BLOOD

william hill

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sábado, 11 de septiembre de 2010

SCI-FI




Philip K. Dick - IMPOSTOR



- Uno de estos días voy a tomarme tiempo - dijo Spence Olham en el desayuno. Miró a su mujer -. Creo que me he ganado un descanso. Diez años es mucho tiempo.

- ¿Y el Proyecto?

- La guerra será ganada sin mí. Esta bola de arcilla nuestra no está realmente en mucho peligro. - Olham se sentó a la mesa y encendió un pitillo -. Las máquinas de noticias alteran los despachos para hacer aparecer que los Extraespaciales están sobre nosotros. ¿Sabes cómo me gustaría pasar mis vacaciones? Me gustaría hacer una excursión de camping a estas montañas en las afueras de la ciudad, donde fuimos aquella vez. ¿Recuerdas? Yo cogí zumaque venenoso y tú casi pisaste una culebra.

- El Bosque Sutton - Mary comenzó a retirar los platos -. El Bosque se incendió hace unas semanas. Creí que lo sabías. Alguna especie de rayo.

Olham se combó.

- ¿Y no intentaron nunca hallar la causa? - Se contrajeron sus labios -. A nadie le importa ya nada. Todo en lo que pueden pensar es en la guerra.

Apretó las mandíbulas, representándose todo el cuadro en su mente, los Extraespaciales, la guerra, las naves-aguja

- ¿Cómo podríamos pensar en otra cosa cualquiera?

Olham asintió. Ella tenía razón, desde luego. Las pequeñas naves negras de Alpha-Centauri habían desviado fácilmente a los cruceros de Tierra, dejándolos como indefensas tortugas. Habían sido combates unidireccionales, todos en dirección a la Tierra.

Todos hacia allí hasta que fue demostrada la ampolla protectora de los «Laboratorios Westinghouse». Tendida en torno a las principales ciudades, y finalmente al propio planeta, la ampolla era la primera defensa real, la primera respuesta legítima a los Extraespaciales... como los etiquetaron las máquinas de noticias.

Pero ganar la guerra era ya otra cosa. Cada laboratorio, cada proyecto estaba trabajando noche y día, interminablemente, para encontrar algo mejor: un arma de combate positivo. Su propio proyecto, por ejemplo. Durante todo el día, año tras año.

Olham se puso en pie, dejando a un lado su pitillo.

- Como la espada de Damocles - dijo -. Siempre pendiente sobre nosotros. Me estoy cansando. Todo lo que deseo es tomar un largo descanso. Pero supongo que todo el mundo siente lo mismo.

Cogió la chaqueta del perchero y salió al porche. En cualquier momento aparecería el rápido microvehículo que le transportaría al Proyecto.

- Espero que Nelson no se retrase - dijo mirando su reloj -. Son casi las siete.

- Aquí llega ya el micro - dijo Mary, ojeando entre las hileras de casas. El sol brillaba tras los tejados, reflejándose contra las gruesas planchas de plomo. La colonia estaba tranquila; sólo unas pocas personas parecían afanarse -. Hasta luego. Trata de no excederte en el trabajo, Spence.


Olham abrió la portezuela del vehículo y se deslizó en su interior, recostándose en su asiento con un suspiro... Había un hombre mayor con Nelson.

- ¿Y bien? - preguntó Olham -. ¿Algunas noticias interesantes?

- Lo acostumbrado - respondió Nelson -. Unas cuantas naves extraespaciales alcanzaron a otro asteroide abandonado por razones estratégicas.

- Todo irá bien cuando llevemos el Proyecto a la fase final. Quizá sea sólo la propaganda de las máquinas de noticias, pero en el último mes ya me he aburrido de todo eso. Todo parece tan torvo y serio, una vida tan incolora, tan sin motivo...

- ¿Cree usted que la guerra es en vano? - dijo de pronto el hombre de más edad -. Usted mismo es una parte íntegra de ella.

- Aquí el mayor Peters - anunció Nelson.

Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham estudió al otro.

- ¿Qué es lo que le trae tan de mañana? - preguntó -. No recuerdo haberle visto a usted antes en el Proyecto.

- No, no estoy con el Proyecto - respondió Peters -, pero conozco algo de lo que está usted haciendo. Mi trabajo es completamente diferente.

Una mirada se cruzó entre él y Nelson. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículo estaba ganando velocidad, cruzando como una centella el pelado terreno sin vida hacia el distante borde de los edificios del Proyecto.

- ¿En qué se ocupa usted? - preguntó Olham -. ¿O no se le permite hablar de ello?

- Estoy con el Gobierno - respondió Peters -. Con el FSA, el Organismo de Seguridad.

- ¿Ah? - Olham alzó una ceja -. ¿Es que hay en esta región alguna infiltración enemiga?

- En realidad estoy aquí para verle a usted -, señor Olham.

Olham quedó desconcertado. Consideró las palabras de Peters, pero no pudo sacar nada en limpio.

- ¿Para verme a mí? ¿Y por qué?

- Estoy aquí para detenerle como espía del Espacio exterior. Por eso me he levantado tan temprano esta mañana. Atrápale, Nelson...

El arma presionó en el costado de Olham. Las manos de Nelson temblaban de emoción y tenía la cara pálida. Respiró profundamente.

- ¿Hemos de matarlo ahora? - cuchicheó a Peters -. Creo que deberíamos hacerlo. No podemos esperar.

Olham miró fijamente a la cara de su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron las palabras. Ambos hombres le tenían clavada una mirada torva, rígida de espanto. Olham se sintió mareado. Le dolía y daba vueltas la cabeza.

- No comprendo... - murmuró.

En aquel momento el vehículo dejó el suelo y se elevó en dirección al espacio. Bajo ellos, el Proyecto fue empequeñeciéndose hasta desaparecer. Olham cerró la boca.

- Podemos esperar un poco - dijo Peters -. Quiero hacerle primero algunas preguntas.

Olham lanzó una inexpresiva mirada, al precipitarse el vehículo por el espacio.

- La detención se ha efectuado perfectamente - dijo Peters en el videoteléfono, en cuya pantalla aparecieron las facciones de jefe de Seguridad -. Un peso quitado de cualquier mente.

- ¿Alguna complicación?

- Ninguna. Entró en el vehículo sin sospechas. No pareció pensar que mi presencia era demasiado insólita.

- ¿Dónde se encuentran ahora?

- En camino exterior, justamente dentro de la ampolla protectora. Nos estamos moviendo a velocidad máxima. Puede decirse que ha pasado el período crítico. Me satisface que los propulsores de despegue hayan funcionado debidamente. De haber habido algún fallo en ese momento...

- Déjeme verle - dijo el jefe de Seguridad.

Miró directamente a donde estaba Olham sentado, con las manos en el regazo, y la mirada fija adelante.

- Así que ése es el hombre - dijo mirando a Olham durante unos momentos. Olham no dijo nada. Finalmente, el jefe hizo un gesto de asentimiento a Peters -. Está bien. Ya basta. - Una débil huella de disgusto arrugó sus facciones -. Ya he visto lo que deseaba. Ha hecho usted algo que se recordará durante mucho tiempo. Están preparando alguna especie de citación para ustedes dos.

- No es necesario - dijo Peters.

- ¿Cuánto peligro hay ahora? ¿Existe aún mucha probabilidad de que...?

- Hay alguna probabilidad, pero no demasiada. Desde mi punto de vista, esto requiere una frase clave verbal. En todo caso, hemos de correr el riesgo.

- Notificaré a la base Luna la llegada de ustedes.

- No - Peters meneó la cabeza -. Posaré el vehículo en el exterior, más allá de la base. No quiero que corra ningún riesgo.

- Como desee.

Los ojos del jefe flamearon al mirar de nuevo a Olham. Luego se desvaneció su imagen y la pantalla quedó en blanco.

Olham desvió la mirada a la ventanilla. El vehículo estaba atravesando ahora la ampolla protectora, precipitándose cada vez a mayor velocidad. Peters se apresuraba en la tarea de la apertura total de los propulsores. Tenía miedo, una prisa frenética, a causa de él.

En el asiento de su lado, Nelson se agitaba inquieto

- Creo que deberíamos hacerlo ya - dijo -. Daría cualquier cosa por acabar ya con esto.

- Tranquilízate - dijo Peters -. Conduce todavía para que pueda hablarle.

Se deslizó al lado de Olham, mirándole a la cara. Tendió ahora una mano y le tocó cautelosamente, primero en un brazo y luego en la mejilla.

Olham no dijo nada. Si pudiese hacérselo saber a Mary, pensó de nuevo. Si pudiese hallar algún medio de hacérselo saber... Miró en derredor. ¿Cómo? ¿El videoteléfono? Nelson estaba junto a él, empuñando el arma. No había nada que pudiese hacer. Estaba cogido, atrapado.

¿Pero por qué?


- Escuche - dijo Peters -. Quiero hacerle algunas preguntas. Usted sabe a dónde nos dirigimos. Nos movemos en dirección a Luna. Dentro de una hora alunizaremos en el extremo opuesto, en la parte desolada. Y una vez lo hagamos, usted será entregado inmediatamente a un equipo de hombres que espera allí. Su cuerpo será destruido en seguida. ¿Lo comprende? - Consultó su reloj -. Dentro de dos horas sus partes serán desperdigadas por el terreno. No quedará nada de usted.

Olham pugnó por salir de su letargo.

- ¿Puede usted decirme...?

- Seguramente, se lo diré - asintió Peters -. Hace dos días recibimos un informe de que una nave del Espacio exterior había penetrado la ampolla protectora. La nave soltó un espía en forma de robot humanoide. El robot debía destruir un ser particular humano y ocupar su lugar... - Peters miró tranquilamente a Olham, y prosiguió -: En el interior del robot había una Bomba-U. Nuestro agente no sabía cómo sería detonada, pero conjeturó que podría realizarse por una determinada frase hablada, o cierto grupo de palabras. El robot viviría la vida de la persona que mataba, asumiendo sus acostumbradas actividades, su trabajo, su vida social. Había sido construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.

El rostro de Olham se tornó blanco como la tiza.

- La persona a la que debía personalizar el robot - prosiguió Peters - era Spence Olham, un alto funcionario de uno de los Proyectos de investigación. Y debido a que este proyecto particular estaba aproximándose a su fase crucial, la presencia de una bomba animada moviéndose hacia el centro del mismo...

Olham se miró fijamente las manos. ¡Pero yo soy Olham!

- Una vez el robot hubiese localizado y matado a Olham, era una simple cuestión asumir su vida. El robot fue soltado de la nave posiblemente hace ocho días. La sustitución se realizó durante el último fin de semana, cuando Olham fue a dar un pequeño paseo por los cerros.

- ¡Pero yo soy Olham! - repitió, volviéndose a Nelson sentado ante los controles -. ¿Es que no me reconoces tú? Tú me has conocido durante veinte años. ¿No recuerdas cómo íbamos al colegio juntos? - Se puso en pie -. Tú y yo estuvimos en la Universidad. Ocupamos la misma habitación. - Se dirigió a Nelson.

- ¡Apártate de mí! - gruñó Nelson.

- Escucha. ¿Recuerdas nuestro segundo año? ¿Recuerdas aquella muchacha? ¿Cómo se llamaba...? - Se frotó la frente -. Aquella del cabello negro. La que conocimos donde Ted

- ¡Calla! - Nelson agitó frenéticamente su arma -. No quiero oír nada más. ¡Tú le mataste! Tú máquina.

Olham le miró fijamente.

- Estás equivocado - dijo -. No sé lo que sucedió, pero el robot no me alcanzó nunca. Algo debió ir mal. Quizá la nave se estrellara. - Se volvió a Peters -. Yo soy Olham, lo sé. No se me ha hecho ningún traspaso. Soy el mismo que siempre he sido. - Recorrió su cuerpo con sus manos -. Debe haber algo para probarlo. Llevadme de nuevo a Tierra. Un examen de rayos X, un estudio neurológico, algo por el estilo os lo demostrará. O quizá podamos encontrar la nave estrellada.

Ni Peter ni Nelson hablaron.

- Yo soy Olham - repitió de nuevo -. Sé que lo soy. Pero no puedo demostrarlo.

- El robot - dijo Peters - no se percataría de que no era el verdadero Spence Olham. Se convertiría en Olham tanto de mente como de cuerpo. Se le habría dado un sistema de memoria artificial, un falso recuerdo. Tendría su mismo aspecto, sus memorias, sus pensamientos e intereses, realizaría su trabajo... Pero habría una diferencia. Dentro del robot habría una Bomba-U, dispuesta a explotar a la frase detonadora - Peters se apartó un poco -. Ésa es la única diferencia. Por eso es que le estamos llevando a la Luna. Ellos le desarticularán y quitarán la bomba. Quizás explote, pero no importará, por lo menos allí.

Olham volvió a sentarse, lentamente.

- No tardaremos en llegar - dijo Nelson.


Se tendió hacia atrás, pensando frenéticamente, al descender la nave. Bajo ellos estaba la superficie de la Luna. cubierta de hoyos, la interminable extensión de ruina. ¿Qué podía hacer él? ¿Qué lo salvaría?

- Prepárese - dijo Peters.

En pocos minutos estaría muerto. Allá abajo podía ver una motita, un edificio de alguna clase. Había hombres en él, el equipo de demolición, esperando hacerle trizas. Le descuartizarían, le arrancarían piernas y brazos, le harían pedazos. Y cuando no encontrasen ninguna bomba, se sorprenderían; lo sabrían entonces, pero sería demasiado tarde.

Olham miró en torno a la pequeña cabina. Nelson seguía sosteniendo su arma. No había probabilidad alguna por aquella parte. Si pudiese conseguir un médico, hacer que le examinasen... era la única manera. Mary podía ayudarle. Los pensamientos corrían desolados en su cerebro. Sólo quedaban unos cuantos minutos, un brevísimo espacio de tiempo. Si pudiese entrar en contacto con ella, comunicarse como fuese...

- Tranquilo - dijo Peters. El vehículo descendió lentamente, dando un tope en el áspero suelo.

- Escuche - dijo con voz estropajosa Olham -. Puedo probar que soy Spence Olham. Consiga un médico. Tráigalo aquí...

- Allí está la patrulla - apuntó Nelson -. Vienen hacia aquí - lanzó una nerviosa ojeada a Olham -. Espero que no suceda nada.

- Nos habremos ido antes de que empiecen a actuar - dijo Peters -. Estaremos fuera en un momento. - Se puso su traje de presión, y tomó el arma de Nelson -. Yo le vigilaré entretanto - dijo.

Nelson se puso a su vez su traje de presión con torpe apresuramiento.

- ¿Qué hay de él? - Señaló a Olham -. ¿También necesitará uno?

- No - respondió Peters meneando la cabeza -. Los robots probablemente no necesiten oxígeno.

El grupo de hombres estaban casi junto a la nave. Se detuvieron, esperando. Peters los señaló.

- ¡Adelante! - Agitó su mano y los hombres se acercaron cautelosamente; envaradas y grotescas figuras en sus inflados trajes.

- Si se abre la portezuela - dijo Olham -, será mi muerte. Seré asesinado.

- Abrid la portezuela - dijo Nelson, tendiendo la mano al picaporte.

Olham le observó. Vio la mano del hombre apretarse en torno al metal. En un momento, la portezuela se abriría, saldría expelido el aire del interior, él moriría, y entonces ellos se percatarían de su error. Quizás en algún otro tiempo, cuando no hubiese guerra, los hombres no actuarían así, enviando apresuradamente a un individuo a la muerte, porque tuvieran miedo. Todo el mundo estaba asustado, todo el mundo estaba dispuesto a sacrificar al individuo debido al miedo del grupo.

Él iba a morir porque ellos no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No había tiempo suficiente.

Miró a Nelson. Había sido su amigo durante años. Habían ido a la escuela juntos. Había sido padrino de su boda. Y ahora Nelson iba a matarle. Pero Nelson no era un malvado; no era su culpa. Era la época. Seguramente pasó lo mismo durante las plagas. Cuando los hombres mostraban una lacra, se les mataba también, sin un momento de vacilación, sin pruebas, por la sola sospecha. En épocas de peligro no había otro medio.

No los reprochaba. Pero tenía que vivir. Su vida era demasiado preciosa para ser sacrificada. Olham pensó rápidamente. ¿Qué podía hacer? ¿Había algo? Miró en derredor.

- Ya va - dijo Nelson.

- Tienes razón - dijo Olham. El sonido de su propia voz le sorprendió. Era la fuerza de la desesperación -. No tengo necesidad de aire. Abre la puerta.

Nelson y Peters le miraron con alarmada curiosidad.

- Adelante. Abridla. No supone ninguna diferencia. - La mano de Olham desapareció en el interior de su zamarra -. Me pregunto hasta dónde podréis correr.

- ¿Correr?

- Tenéis quince segundos de vida. - En el interior de su zamarra se retorcieron sus dedos, con su brazo súbitamente rígido. Se relajó, sonriendo ligeramente -. Estabais equivocados sobre la frase de disparo. Sí, estabais equivocados al respecto. Catorce segundos ahora.

Dos rostros impresionados le miraron fijamente desde sus trajes de presión. Luego pugnaron, se apresuraron, abrieron la portezuela. El aire salió clamoreante, esparciéndose en el vacío. Peter y Nelson fueron expelidos de la nave. Olham fue tras ellos, pero asiendo la portezuela tiró de ella cerrándola. El sistema automático de presión produjo un furioso ruido de escape de gases, restaurando el aire. Olham respiró con un escalofrío.

Un segundo más y...

A través de la ventanilla vio cómo los dos hombres se unían al grupo que se desperdigaba corriendo en todas direcciones, vio cómo ambos alunizaban, uno tras otro y, sentado ante el panel de control, reguló los dispositivos de gobierno. Y aún tuvo tiempo, mientras la nave se enderezaba en el aire, de ver cómo los dos hombres abajo se ponían en pie y miraban arriba, con las bocas abiertas.

- Lo siento - murmuró Olham -, pero yo he de volver a Tierra.

Y dirigió la nave por donde habían venido.


Era de noche. Chirriaban los ensamblajes internos de la nave, perturbando la fría oscuridad. Olham se inclinó sobre la pantalla del video. Se formó gradualmente la imagen; la llamada se había efectuado sin dificultad. Lanzó un suspiro de alivio.

- Mary - dijo.

La mujer le miraba.

- ¡Spence! - jadeó -. ¿Dónde estás? ¿Qué ha sucedido?

- No puedo decírtelo. Escucha. He de hablar rápidamente, pues pueden interrumpir esta llamada en cualquier momento. Ve a las instalaciones del Proyecto y llama al doctor Chamberlain. En caso de que no se encuentre allí, lleva a casa a otro doctor cualquiera. Haz que lleve un equipo completo, rayos X fluoroscopio..., en fin, todo.

- Pero...

- Haz lo que te digo. Aprisa. Tenlo dispuesto en una hora. - Olham se inclinó hacia la pantalla -. ¿Todo va bien? ¿Estás sola?

- ¿Sola?

- ¿Hay alguien contigo? ¿Ha... ha entrado en contacto contigo Nelson o cualquiera?

- No, Spence. No lo comprendo...

- Está bien. Te veré en casa dentro de una hora. Y no le digas nada a nadie. Lleva a Chamberlain u a otro con cualquier pretexto.

Cortó la comunicación y consultó su reloj. Y poco después abandonaba la nave, introduciéndose en la oscuridad. Tenía media milla de camino.

Echó a andar.

Una luz aparecía en la ventana, la luz del estudio. La contempló, arrodillándose junto a la valla. No había ningún ruido, tampoco movimientos de ninguna clase. Consultó su reloj a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.

Un vehículo atravesó la calle, prosiguiendo su rauda carrera.

Olham miró a la casa. El doctor debía haber llegado ya. Debía estar dentro, esperando con Mary. Un pensamiento le asaltó. ¿Habría podido abandonar la casa? Quizá la hubieran interceptado. Quizá fuera a caer en una trampa.

¿Pero qué otra cosa podía hacer?

Con registros, fotografías e informes de un médico, había una probabilidad de demostrar quién era. Si pudiera ser examinado, si pudiera permanecer con vida el tiempo suficiente para que lo estudiaran...

Podía probarlo de esa manera. Era probablemente la única forma. Su única esperanza residía en el interior de la casa. El doctor Chamberlain era un hombre respetado. Era el médico del personal del Proyecto. Él lo sabría; su palabra en la cuestión pesaría decisivamente. Podía superar con hechos la histeria, la locura que los dominaba.

Locura... eso era. Si tan sólo quisieran esperar, actuar despacio, tomarse su tiempo. Pero no podían esperar. Él tenía que morir, morir en seguida, sin pruebas, sin ninguna especie de juicio o examen. El más simple test lo diría, pero ellos no tenían tiempo ni para esto. Sólo podían pensar en el peligro. En el peligro, y en nada más.

Se puso en pie y se dirigió hacia la casa. Cuando llegó al porche, hizo una pausa, escuchando. Ningún ruido todavía. La casa estaba absolutamente silenciosa.

Demasiado en silencio.

Olham permaneció en el porche, inmóvil. Trataban de estar callados en el interior... ¿Por qué? Era una casa pequeña; a muy poca distancia de la puerta, Mary y el doctor Chamberlain deberían estar en pie. Sin embargo, él no podía oír nada, ningún ruido o voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era una puerta que había abierto y cerrado miles de veces, cada mañana y cada noche.

Puso la mano en el picaporte. Luego, de pronto, apartó la mano y tocó el timbre, que repicó en alguna parte de la casa. Olham sonrió al oír movimiento.

Mary abrió la puerta. Y tan pronto como la vio se dio cuenta.

Y corrió, precipitándose a los matorrales. Un oficial de Seguridad apartó del camino a Mary, disparando el paso. Apartando los matorrales, Olham contorneó el costado de la casa, y dando un brinco corrió desesperadamente en la oscuridad. El haz luminoso de un foco trazó un círculo a su paso.

Atravesó el camino, franqueó una valla y siguió corriendo por un césped. Le perseguían hombres, oficiales de Seguridad, gritándose unos a otros mientras se aproximaban. Olham jadeaba buscando aliento, con restallante vaivén de su pecho.

El rostro de su mujer... lo había adivinado al instante. Los labios contraídos, y los aterrorizados y lastimeros ojos... ¡Suponiendo que él hubiera seguido adelante, empujado la puerta y entrado...! Ellos habían registrado su llamada y acudido en seguida. Quizás ella creyera lo que ellos le habían contado. Sin duda, también pensaba que él era el robot.


Olham corrió sin descanso. Estaba despegándose de los oficiales, dejándolos atrás. Al parecer no eran buenos corredores. Trepó una colina y descendió por el otro lado. En un momento volvería a estar en la nave. ¿Pero adónde iría esta vez? Se detuvo. Podía ver la nave, recortada contra el cielo, donde la había aparcado. La instalación del Proyecto estaba a su espalda; él se encontraba en los lindes de la selva, entre los lugares habitados y donde comenzaban los bosques y la desolación. Atravesó un erial y se internó en la arboleda. Al llegar a la nave se abrió la portezuela por donde se asomó Peters, enmarcado contra la luz y llevando en brazos un arma pesada. Olham se detuvo, rígido. Peters miró en torno, en la oscuridad.

- Sé donde estás, en algún sitio - dijo -. Ven aquí, Olham. Los hombres de Seguridad te rodean por todas partes.

Olham no se movió.

- Escúchame. Te atraparemos muy pronto. Al parecer sigues sin creer que no eres el robot. La llamada a tu mujer indica que te encuentras aún bajo la ilusión creada por tus memorias artificiales.

»Pero tú eres el robot. Tú eres el robot y en tu interior está la bomba. En cualquier momento puedes pronunciar la frase detonadora, o quizá la pronuncie cualquier otro. Y cuándo eso suceda, la bomba lo destruirá todo en muchas millas a la redonda. El Proyecto, las mujeres, todos nosotros desapareceremos. ¿Lo comprendes?

Olham siguió callado. Estaba a la escucha. Hombres se movían hacia él, deslizándose a través de los árboles.

- Si no sales - prosiguió Peters -, te atraparemos. Sólo será cuestión de tiempo. No tratamos ya de trasladarte a la base Luna. Serás destruido a la vista y habremos de correr el riesgo de que detone la bomba. He dado órdenes a todos los oficiales de Seguridad disponibles en la zona. Están registrando toda la región, centímetro a centímetro. No hay ningún lugar donde puedas ir. En torno a este bosque hay un cordón de hombres armados. Te quedan unas seis horas antes de que el último centímetro sea cubierto.

Olham se apartó de allí y Peters siguió hablando; no le había visto en absoluto, pues estaba demasiado oscuro. Pero Peters tenía razón. No había lugar adonde pudiera ir. Estaba más allá de la instalación, en el lindero donde comenzaban los bosques. Podía ocultarse durante algún tiempo, pero a la larga le atraparían.

Sólo era cuestión de tiempo.

Olham echó a andar a través del bosque. Milla a milla, cada parte de la región se estaba midiendo, registrando, estudiando, examinando. El cordón se estrechaba cada vez más, reduciendo el espacio libre.

¿Qué le quedaba? Había perdido la nave, la única esperanza de huida. Ellos estaban en su casa; su mujer estaba con ellos, creyendo, sin duda, que el verdadero Olham había muerto. Apretó los puños. Recordó que en algún lugar cercano había una aguja-nave del Espacio exterior estrellada, y entre sus restos, los del robot. En algún lugar cercano se había estrellado y destrozado la nave. Se lo habían dicho.

Y en su interior yacía destruido el robot.

Una débil esperanza le agitó. ¿Y si pudiese encontrar los restos? ¿Si pudiese mostrarles, los restos de la nave, el robot...?

¿Pero dónde? ¿Dónde podía encontrarlo?

Siguió adelante, perdido en pensamientos. En algún lugar, no demasiado lejos, probablemente. La nave debía haber esperado aterrizar no lejos del Proyecto y el robot habría esperado hacer a pie el resto del camino. Subió la ladera de una colina y miró en derredor. Estrellada e incendiada. ¿Había alguna pista, alguna sugerencia? ¿Había leído u oído algo? Algún lugar cercano, a distancia de marcha... Algún lugar relativo selvático, un remoto paraje donde no habría gente...

De pronto, Olham sonrió. Estrellada e incendiada...

El bosque Sutton.

Apresuró el paso.


Era la mañana. Los rayos de sol se filtraban entre los árboles, hasta el hombre agazapado en el borde del claro. Olham alzaba la cabeza de cuando en cuando, escuchando. Ellos no estaban lejos, sólo a cinco minutos. Sonrió.

Allá abajo, desperdigada a través del claro y entre los troncos carbonizados de lo que había sido el bosque Sutton, había una enmarañada masa de restos. Destellaban a la luz del sol, y no le había costado mucho encontrarlos. El bosque Sutton era un lugar que él conocía bien; había recorrido aquellos aledaños muchas veces en su vida, cuando era más joven. Había sabido dónde encontrar los restos. Un pico emergía de sopetón y así, una nave que descendía y no estaba familiarizada con el bosque tenía pocas probabilidades de evitarlo.

Ahora, agazapado, miraba a la nave o lo que quedaba de ella...

Olham se puso en pie. Podía oír a sus perseguidores, a poca distancia, juntos, y hablando bajo. Se puso tenso. Todo dependía de quien le viera primero. Si era Nelson, no tendría ninguna opción. Nelson dispararía de inmediato. Estaría muerto antes de que ellos vieran los restos. de la nave. Pero si tuviera tiempo de llamarles la atención, de contenerlos por un momento... Esto era todo cuanto necesitaba. Una vez vieran la nave, él estaría a salvo.

Pero si disparaban primero...

Crujió una rama carbonizada. Apareció una figura, que avanzaba insegura. Olham respiró profundamente. Sólo quedaban unos cuantos segundos, quizá los últimos segundos de su vida. Alzó los brazos, escudriñando intensamente.

Era Peters.

- ¡Peters! - Olham agitó los brazos. Peters alzó su arma, apuntando -. ¡No dispares! - gritó Olham con voz quebrada -. ¡Espera un momento! ¡Mira cerca de mí, a través del claro!

- ¡Le he encontrado! - gritó Peters a sus compañeros.

Aparecieron los hombres de Seguridad, surgiendo de la maleza incendiada que los rodeaba.

- ¡No disparéis! - volvió a gritar Olham -. Mirad cerca de mí! ¡La nave, la nave-aguja! ¡La nave del Espacio! ¡Mirad!

Peters vaciló. El arma penduló.

- ¡Está ahí! - dijo rápidamente Olham -. Sabía que la encontraría aquí. El bosque incendiado. Ahora me creeréis. Encontraréis los restos del robot en la nave. Mirad, ¿queréis?

- Hay algo allá abajo - dijo uno de los hombres nerviosamente.

- ¡Disparad! - clamó una voz.

Era Nelson.

- Esperad - atajó Peters volviéndose -. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Quizás esté diciendo la verdad.

- ¡Disparad! - repitió Nelson -. Él mató a Olham. En cualquier momento puede matarnos a nosotros. Si la bomba explota...

- ¡Cállate! - conminó Peters avanzando hacia el declive -. Fíjate en eso - dijo mirando abajo. Llamó a dos hombres, haciendo un gesto con la mano para que se acercaran -. Bajad ahí y ved lo que es eso - les ordenó.

Los hombres bajaron por el declive, a través del claro. Se inclinaron, hurgando en las ruinas de la nave.

- ¿Qué hay? - gritó Peters.

Olham contuvo la respiración. Sonrió un poco. El robot debía estar allí; no había tenido tiempo de mirar, pero tenía que estar. Una repentina duda le asaltó. ¿Y suponiendo que el robot hubiese vivido lo bastante como para ir a otra parte? ¿Y suponiendo que su cuerpo hubiera quedado completamente destruido, reducido a cenizas por el fuego?

Se pasó la lengua por los labios resecos. El sudor brotó en su frente. Nelson le estaba mirando fijamente, y con el rostro lívido aún. Su pecho subía y bajaba a impulsos de la agitación que le dominaba.

- Matadlo - repitió -. Antes de que él nos mate a nosotros.

Los dos hombres se pusieron en pie.

- ¿Qué habéis encontrado? - dijo Peters. Sostenía con firmeza su arma -. ¿Hay algo ahí?

- Parece que sí. Es una nave-aguja, sí. Hay algo junto a ella.

- Voy a verlo - Peters pasó ante Olham, y éste le vio descender por el declive e ir hacia donde estaban los hombres. Los demás le siguieron, fisgando.

- Hay una especie de cuerpo - dijo Peters -. ¡Miradlo!


En el suelo, encorvado y retorcido de forma extraña, había una grotesca figura. Parecía humana, pero estaba encorvada de una manera muy rara, con los brazos y piernas disparados en todas direcciones. Tenía la boca abierta, y los ojos vidriosos y fijos.

- Como una máquina desvencijada - murmuró Peters.

- ¿Y bien? - dijo Olham, sonriendo levemente.

Peters le miró.

- No puedo creerlo. Estuvo usted diciendo la verdad todo el tiempo.

- El robot no me alcanzó nunca - dijo Olham. Sacó un pitillo y lo encendió -. Quedó destruido al estrellarse la nave. Todos ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra para preguntarse por qué un paraje boscoso se había incendiado de repente. Ahora ya lo saben.

Permaneció fumando y contemplando cómo los hombres arrastraban de la nave los grotescos restos. El cuerpo estaba tieso y los brazos y piernas rígidos.

- Ahora encontrarán la bomba - dijo Olham.

Los hombres depositaron el cuerpo en el suelo. Peters se inclinó sobre él.

- Creo que veo el escondite del artefacto - dijo.

Tendió una mano tocando el cuerpo.

El pecho del cadáver estaba abierto. Dentro del boquete brillaba algo metálico. Los hombres lo miraron sin hablar.

- Eso nos hubiese destruido a todos, si hubiese vivido - dijo Peters -. Ese objeto metálico, ahí.

Hubo un silencio completo.

- Creo que le debemos a usted algo - dijo Peters a Olham -. Esto debió haber sido una pesadilla para usted. De no haber huido, le hubiésemos...

Se detuvo.

Olham arrojó su pitillo.

- Yo sabía, desde luego, que el robot no había conseguido alcanzarme nunca. Pero no tenía manera alguna de probarlo. A veces no es posible demostrar debidamente una cosa. Ese fue todo el trastorno. No había medio alguno de que yo pudiera demostrar que era yo mismo.

- ¿Qué le parecen unas vacaciones? - dijo Peters -. Creo que podríamos destinarle un mes. Podría usted serenarse, relajarse del todo.

- Creo que lo que más deseo ahora es irme a casa - dijo Olham.

- Está bien, pues - dijo Peters -. Como prefiera.

Nelson se había agazapado en el suelo, junto al cadáver. Tendió su mano hacia el brillo del metal visible en el interior del pecho.

- No lo toques - dijo Olham -. Podría estallar aún. Será preferible que intervenga en ello el equipo de demolición.

Nelson no dijo nada. De súbito asió el metal, metiendo su mano en la cavidad del pecho. Tiró.

- ¿Qué estás haciendo? - gritó Olham.

Nelson se puso en pie. Estaba sosteniendo el objeto metálico. Su rostro estaba lívido de terror. Era una navaja metálica, una navaja-aguja del Espacio exterior, cubierta de sangre.

- Esto lo mató - murmuró Nelson -. Mi amigo murió a causa de esto. - Miró a Olham -. Tú lo mataste con esto y lo dejaste junto a la nave.

Olham estaba temblando. Le castañeteaban los dientes. Miró la navaja del cuerpo.

- Ése no puede ser Olham - dijo. Su mente era un torbellino. ¿Estaba equivocado? Jadeó -. Pero si ése es Olham, entonces yo debo ser...

No completó la frase. La ráfaga del estallido fue visible en todo el trayecto a Alpha Centauri.

F. Valverde Torné - EL HOMBRE MECANICO



El doctor Krul se disponía a abandonar su consulta cuando oyó el zumbido del aparato de intervisión. Pulsó el botón de respuesta y en la pantalla apareció el rostro femenino, orlado de una cabellera rubia, de su ayudante.

- Doctor, acaba de llegar un nuevo paciente.

- Iba a marcharme ya...

- Se lo he dicho, pero ha insistido mucho en verle.

Por lo común los pacientes del doctor Krul no acostumbraban insistir si llegaban tarde a la consulta, aunque esto no solía ocurrir. Se les asignaba previamente una hora, y jamás se había dado el caso de que acudiera uno sólo sin haber sido citado con anterioridad.

- ¿Tenía hora fijada? - preguntó a su ayudante.

- Creo que no.

- ¿No está segura?

- Es que no ha querido darme su nombre. Sin embargo, estoy segura de que han venido todos los que tenía anotados para hoy. Creo que debería verle, doctor, a pesar de todo.

El doctor Krul guardó silencio, aunque estaba intrigado. Su trabajo se reducía exclusivamente a una rutina, en la cual casi todos los casos apenas se diferenciaban de los demás: trastornos cerebrales más o menos agudos, pero que se solucionaban satisfactoriamente en un par de sesiones. La insistencia de su ayudante, pues, no podía ser caprichosa.

- Está bien - accedió -. Haré una excepción. Dígale que pase.

Volvió a abotonarse la bata blanca y esperó de pie en medio del despacho.

Sus ojos, acostumbrados a penetrar en el interior de su pacientes, tropezaron con un muro infranqueable cuando se encontraron frente a la fría mirada del desconocido. Era un hombre alto, de movimientos algo torpes, con el pelo extrañamente negro, de reflejos metálicos azulados. Su tez aceitunada parecía una máscara animada de una vida absurda, aunque su expresión era tan enigmática como su mirada.

La penumbra del atardecer penetraba a través de la ventana difuminando las sombras. El doctor Krul encendió la luz.

En seguida comprendió que se hallaba ante un hombre completamente distinto de todos los pacientes que habían desfilado por su consulta a lo largo de toda su carrera, aunque no podía definir en qué consistía la diferencia.

«Vivimos en un mundo donde los hombres carecen de problemas - había escrito una vez en uno de sus trabajos científicos para la Revista de la Academia de la Mente -. Sólo el cerebro continúa encerrando misterios ocultos. Tal vez sus mayores trastornos sean en gran parte motivados por la ausencia de problemas más allá de la especialización del individuo dentro de una sociedad en la cual sólo cuenta con un lugar sin horizontes. Sería conveniente, tal vez, acostumbrar al hombre de nuevo a la idea del fracaso. La necesidad de confiar en sus propias fuerzas imprimiría un sentido nuevo a su vida, y podría perseguirse un fin. Frente a la máquina, el hombre defendió la libertad. Pero al final la ha sacrificado también y ahora sólo cuenta con la más estúpida de las felicidades: la absoluta.»

Ignoraba por qué aquel hombre que tenía delante le hacía recordar estas ideas, que casi habían estado a punto de arruinar su carrera de doctor de la Mente. Acaso la razón estaba en que el desconocido parecía tener impresa en su rostro inmóvil la imagen de algo parecido a la muerte. Era una impresión sin fundamento que, no obstante, producía inquietud.

- Bien, siéntese - invitó el doctor.

El desconocido lo hizo maquinalmente, hasta el punto de que el doctor Krul pensó que se habría caído al suelo si no le hubiera acercado rápidamente la butaca.

- ¿Qué es lo que le ocurre? - preguntó, esforzándose en dar a sus palabras una entonación profesional.

El desconocido tardó unos segundos en responder. Lo hizo cuando el doctor iba a repetir la pregunta. Su voz monótona carecía de inflexiones, y su tono casi arañaba los oídos.

- No lo sé. Por eso he venido.

El doctor Krul se sentó frente a él, sin dejar de mirarle. Su interés creció cuando, tras preguntarle por su nombre, el desconocido respondió:

- No lo sé.

Esto, aunque poco frecuente, no era un síntoma extraño.

- Muéstreme su placa de identificación.

- No tengo.

Esto no era extraño, sino sencillamente imposible. En aquella sociedad supertécnica, cada hombre era un número, un lugar, una ocupación, una pieza que podía ser sustituida, pero que no podía tener duplicados. Prácticamente no podía ocurrir, pero en el caso insólito de que un hombre consiguiera desprender de su cuerpo su placa de identificación, sería automáticamente destruido. La placa era la única garantía de la vida, y también de una dignidad incomprensible, seguramente, por las pasadas civilizaciones, cuando en el mundo existía la enfermedad y el dolor. A veces el doctor Krul se había preguntado hasta qué punto el hombre se había redimido de la tiranía de la máquina, si en realidad no habían caído en un maquinismo más sutil, más cruel, hipócritamente disfrazado con una apariencia de libertades falsas.

Ahora el problema adquiría consistencia viva, y trató de ordenar sus ideas.

- A ver si he comprendido bien - dijo, analizando cuidadosamente el significado de las palabras -. ¿Quiere decir que ha logrado quitarse la placa?

- Quiero decir, simplemente, que no la tengo.

Para probar su afirmación, el desconocido le mostró el pecho desnudo. Su piel era tan aparentemente muerta como la de su rostro. Era una impresión indefinible, como una certeza sin pruebas, un convencimiento que iba más allá de la razón.

El doctor Krul llamó a su ayudante, encendiendo el intervisor.

- Puede marcharse - dijo -. Creo que permaneceré aquí mucho tiempo.

El rostro de la muchacha denotó una fugaz sorpresa, pero se limitó a preguntarle si de veras no necesitaba nada.

- No. Pero mañana le ruego que venga temprano.

- Muy bien. Buenas noches, doctor.

Al apagar el intervisor el doctor se enfrentó de nuevo con su problema. El caso ni siquiera podía haber sido imaginado, como no fuera por alguno de los cerebros desquiciados que tenía que tratar diariamente. Algo imposible. Pero allí estaba. Era como una demostración palpable de sus íntimas ideas, que jamás se había atrevido a confesarse a sí mismo. Aquel hombre era auténticamente libre. ¿O acaso no era... un hombre? Su imaginación iba demasiado lejos, sin duda. Debía existir una explicación lógica. Era preciso que pusiera freno a sus divagaciones imaginativas para enfrentarse fría y científicamente a la realidad. Hacía tiempo que había aprendido a no creer en los milagros.

- ¿Cómo lo hizo? - inquirió, esforzándose por mantenerse tranquilo.

- ¿Quiere decir cómo me desprendí de la placa?

- Eso mismo.

- No creo haberlo hecho. Al menos, no lo recuerdo.

- Pudo hacerlo alguien más. Eso es importante. ¿Entiende?

- Tal vez no la tuve nunca. De lo contrario, habría quedado una cicatriz.

Esto era verdad. Pero, ¿qué significaba este detalle frente a la evidencia de un imposible hecho realidad?

- Su caso deberá ser denunciado a las autoridades. ¿Se da cuenta?

- Pero yo he venido a ver al doctor. Necesito ayuda.

- De acuerdo. Bien, dígame por qué... ¿Qué le ocurre?

- Se lo he dicho. No sé quién soy. No recuerdo nada. Me he encontrado a mí mismo en la calle. Fue como si hubiera surgido de la nada. El instante anterior no había existido para mí. Deseo recordar, saber de dónde vengo. Esto es todo.

El doctor hundió sus manos en sus cabellos. Fue un movimiento estúpido, pero no se le ocurrió otra cosa para ordenar sus ideas. Los casos de amnesia eran frecuentes, aunque no abarcaban la totalidad del pasado. Además, aquel hombre hablaba como si su drama interior no le afectara lo más mínimo, como si deseara saber solamente por curiosidad. Era un enigma íntegro. Un antiguo robot se hubiera comportado como él, sólo que esta idea era la más disparatada de todas. Durante siglos los hombres mecánicos habían permanecido olvidados totalmente. La civilización se había librado de aquel azote... ¡Cielos! ¿Por qué pensaba de aquel modo? El doctor Krul rechazó sus pensamientos, casi con un sentimiento de vergüenza. No debía olvidar que era uno de los más notables científicos de una época que había superado todas las debilidades.

- Tendré que hacerle una exploración cerebral - dijo.

- Bien, confío en usted.

- ¿Tiene miedo? - preguntó el doctor con una chispa de esperanza.

- Hay muchas cosas que desconozco. En realidad lo ignoro todo.

- ¿Tiene idea de la muerte?

- Estoy seguro de que no piensa matarme.

- Claro. Sólo trato de saber un poco más de su conciencia antes de hacer la exploración.

- Mi conciencia... - murmuró el desconocido, reflexivo Por primera vez pareció que su expresión perdía su rigidez para ensombrecerse un poco. Pero fue un gesto tan fugaz que el doctor lo atribuyó a una ilusión de los sentidos, a una materialización del deseo de descubrir en aquellas facciones un poco de humanidad.

- Su amnesia es total en cuanto al tiempo - dijo -, pero no en cuanto a sus otras facultades. Su memoria sólo falla en una dirección. Debería haber olvidado el lenguaje. Sin embargo, habla.

La fiebre de la investigación se apoderó vivamente del doctor. El hecho de que el desconocido careciera de placa de identificación excluía toda posibilidad de un fraude. Se hallaba frente a un imposible viviente. Recordó todo lo que había leído acerca de la era de la mecanización que en el pasado marcó el camino crucial y decisivo de la humanidad. El hombre tuvo que enfrentarse con la máquina, que se había convertido en su enemigo mortal. La lucha había sido espantosa. Nunca el hombre había estado tan cerca de su destrucción total, víctima de la misma perfección de su propia obra.

Pero todo esto estaba demasiado lejos en el pasado, todo estaba muerto. Del resultado de aquella lucha algo sustancial había cambiado. El mundo era distinto, pero la conciencia, de la cual aquel ser parecía carecer, era la misma.

- Pase - indicó el doctor al desconocido, abriendo una puerta -. intentaremos saber qué secretos se ocultan en su cerebro.

Mientras el doctor ponía a punto toda la complejidad electrónica del explorador cerebral, observaba de reojo al paciente, que se mantenía impasible.

«Esto impresiona a todos los que por primera vez se tienen que someter a ese monstruo devorador de conciencias - pensó el doctor con un estremecimiento -. Sin embargo, este hombre ni siquiera se inmuta. No es posible que el autodominio llegue tan lejos... a menos que se carezca de nervios.»

Con la misma impasibilidad, el desconocido se dejó poner el casco, de donde partían una serie de cables, conectados al explorador electrónico. El doctor apagó la luz y clavó sus ojos en la pantalla... donde comenzaron a dibujarse una serie de rayas sinuosas...


La bella ayudante del doctor Krul llegó temprano a la consulta. También ella había observado algo extraño en el último visitante del día anterior, hasta el punto de que su recuerdo, unido al desacostumbrado comportamiento del doctor, la había mantenido toda la noche preocupada, contando las horas, hasta que el sol comenzó a romper las tinieblas.

Al sentarse frente a su mesa conectó el intervisor. El doctor no estaba en el campo visual de la pantalla, pero oyó su voz sensiblemente alterada.

- ¿Quiere venir, por favor? - dijo, omitiendo su acostumbrado saludo.

Era lo que la muchacha deseaba oír.

- En seguida, doctor.

Le encontró examinando unos gráficos.

- Acérquese y vea esto - dijo sin levantar los ojos, cuando su ayudante entró en el despacho -. Son los resultados de una exploración cerebral. Écheles un vistazo.

Ella lo hizo en silencio. Después se incorporó, perpleja.

- No lo entiendo - confesó.

- Lo entenderá cuando le explique que está usted viendo el gráfico de las ondas cerebrales de algo que hacía siglos creíamos exterminado: un hombre mecánico.

- ¿Un... robot? - musitó ella con un hilo de voz.

- Comprendo que le cueste trabajo creerme.

- ¡Pero eso es imposible! Debe... debe de haber un error.

- No lo hay.

El doctor se dirigió a la puerta que daba paso a la habitación contigua. Al abrirla, sus goznes chirriaron levemente. Era la primera vez que la muchacha lo advertía.

- Acérquese - añadió el doctor -. Prepárese para ver algo horrible. Me he visto obligado a destruirle. Era mi deber. Pero esta historia no terminará aquí. Presiento que una gran amenaza se cierne de nuevo sobre el mundo. Sospecho que esto no es más que el principio de una nueva lucha entre hombres y máquinas. Y esta vez es posible que el resultado sea distinto.

La muchacha se debatió entre el horror que le producían las palabras del doctor y su propia razón, que rechazaba aquella pavorosa idea. Un estremecimiento la hizo vacilar antes de franquear el umbral.

Fue suficiente un solo paso para comprobar con sus propios ojos la espantosa verdad. Después se detuvo paralizada, mientras el doctor sumergía sus manos en agua.

- Haga lo mismo que yo. Debe descargar la tensión de sus nervios.

Ella reaccionó de pronto y huyó, perseguida por la visión de aquel ser mecánico, tumbado en el suelo, mostrando sus entrañas blandas, orgánicas, en medio de un charco de sangre ROJA...

Howard Fast - OVNI


- Nunca lees en la cama - le dijo el señor Nutley a su mujer.

- Antes sí, ¿te acuerdas? - contestó la señora Nutley -. Pero luego descubrí que me bastaba con quedarme quieta y ordenar mis pensamientos.

- Te envidio. Nunca tienes dificultad para dormirte.

- Oh, sí. Algunas veces. Para ser completamente franca - agregó -, creo que las mujeres hacemos menos alharaca que ustedes los hombres.

- Yo no hago alharaca - protestó el señor Nutley, dejando de lado su «New Yorker» y apagando la luz del velador. Es algo muy desagradable. No padezco de insomnio, pero se me ocurre una idea y me da vueltas y vueltas en la cabeza.

- ¿Tienes una idea esta noche?

- Sólo que Ralph Thompson es un tipo insoportable, pero no sé si eso se puede llamar una idea.

- Eso no basta para mantenerte despierto. Debo admitir que yo siempre lo he encontrado muy agradable como vecino. Podríamos tener vecinos peores, sabes.

- Supongo que sí.

- ¿Por qué estás enojado con él? - preguntó la señora Nutley, tapándose bien para protegerse contra el frío de la habitación.

- Porque nunca estoy seguro si me está tomando el pelo o hablando en serio. Todos los artistas y escritores son insoportables, pero ninguno tan insoportable como él. Como yo me traslado a la ciudad todos los días y pongo el traste sobre una silla para ganarme la vida honradamente, me transformo, según él, en parte del establishment y en objeto de sus bromas.

- Pues sí, estás molesto - dijo la señora Nutley.

- No lo estoy. ¿Por qué pasa una hora antes de que yo pueda contestar sus imbéciles observaciones de una manera ingeniosa?

- Porque eres una persona honesta y considerada, y me alegro mucho de que seas así. ¿Qué te dijo?

- La forma en que lo dijo - replicó el señor Nutley -. Entre desprecio y mofa. Dijo que vio un plato volador al anochecer, que bajó y se posó en el pequeño valle detrás de la colina.

- Bueno, eso no es muy ingenioso que digamos. Probablemente caíste en la trampa y le dijiste que los platos voladores no existen.

- Me voy a dormir - dijo el señor Nutley. Se dio vuelta, se estiró, se tapó bien y se quedó callado. Después de un minuto o dos le preguntó a la señora Nutley si dormía.

- No, estoy despierta.

- Pues le dije que por qué no iba al valle para ver dónde había aterrizado. Me contestó que él no entra sin permiso en la propiedad de gente millonaria.

- ¿Cree en realidad que somos millonarios?

- Un hombre que ve platos voladores puede creer cualquier cosa. ¿Qué le pasa a este país? Nadie veía platos voladores cuando yo era chico. A nadie lo asaltaban en la calle. Nadie se drogaba. Te pregunto a ti: ¿Oíste alguna vez hablar de platos voladores cuando eras chica?

- Creo que no había platos voladores cuando éramos chicos - dijo la señora Nutley.

- Claro que no.

- Antes no existían, a lo mejor ahora sí.

- Eso es ridículo.

- No necesariamente - dijo la señora Nutley suavemente -. Los ven toda clase de personas.

- Lo que sólo significa que el mundo está lleno de locos. Dime una cosa, si existen los platos voladores, ¿qué es lo que quieren?

- Curiosear.

- ¿Cómo es eso?

- Bueno - dijo la señora Nutley -, nosotros somos curiosos, ellos también son curiosos. ¿Por qué no?

- Porque es esa clase de razonamiento la que hace que el mundo esté como está. Ésa es una suposición sin fundamento. Si las personas como tú estuvieran más en contacto con la realidad del mundo, todos estaríamos mejor.

- ¿Qué quieres decir con eso de personas como yo?

- Personas que no saben absolutamente nada del mundo real.

- ¿Como yo? - preguntó dulcemente la señora Nutley. No se enojaba casi nunca.

- ¿Qué haces todo el día aquí en estos barrios o suburbios o lo que sean, a cien kilómetros de Nueva York?

- Siempre estoy atareada, - respondió ella.

- Estar atareado no es suficiente -. El señor Nutley había comenzado uno de sus discursos instructivos, pensó la señora Nutley. Ocurrían cada quince días aproximadamente, cuando padecía de insomnio -. Todas las personas deben justificar su existencia.

- Haciendo dinero. Siempre me dices que tenemos suficiente dinero.

- Nunca he mencionado el dinero. Cuando los chicos entraron en la universidad y tú dijiste que ibas a hacer un doctorado en biología vegetal, yo aprobé tu proyecto. ¿No fue así?

- Así fue. Te mostraste muy comprensivo.

- No me refiero a eso, sino al hecho de que han transcurrido dos años desde que obtuviste el título y no haces absolutamente nada. Pasas los días aquí, sin hacer nada.

- Estás enojado conmigo ahora - dijo la señora Nutley.

- No estoy enojado.

- Estoy ocupada continuamente. Trabajo en el jardín. Colecciono especímenes.

- Tienes jardinero. Le pago ciento diez dólares por semana. Tienes cocinero. Tienes mucama. Los otros días leí en el «Sunday Observer» un artículo acerca de la vida sin objeto que lleva la mujer de la clase media alta.

- Sí, yo también lo leí - dijo la señora Nutley.

- Nunca me permites decir lo que quiero, sin interrupciones - dijo con enojo el señor Nutley -. Estábamos hablando de platos voladores, que tú pareces aceptar como si existieran.

- Pero ahora estamos hablando de otra cosa, ¿no? Estás disgustado porque no encuentro trabajo en alguna universidad como bióloga vegetal para poder demostrar que tengo una función en la vida. En ese caso, nunca nos veríamos, y yo te quiero.

- ¿Dije algo yo de conseguir trabajo en una universidad? En realidad, hay cuatro universidades en treinta kilómetros a la redonda, y cualquiera te aceptaría de buen grado.

- Ésa es una suposición. Me quedo con mi casa, que me gusta mucho.

- Entonces, aceptas el aburrimiento. Aceptas una existencia gris y sin sentido. Aceptas...

- Sabes bien que no debes ponerte en este estado a esta hora de la noche - dijo con dulzura la señora Nutley -. Después te cuesta mucho más dormirte. ¿No quieres un vaso de leche tibia?

- ¿Por que no me dejas terminar de decir lo que quiero?

- Te voy a traer la leche. Siempre te duermes después.

La señora Nutley se levantó de la cama, encendió el velador de la mesa de luz, se puso la bata y bajó a la cocina. Puso la leche a calentar en un hervidor. De un frasco de la alacena sacó un paletito de Seconal y puso un poco del polvo en el vaso. Agregó luego la leche y la revolvió con una cuchara. Después regresó al dormitorio. Su marido tomó la leche bajo su mirada aprobadora.

- Tu leche tibia es mágica - dijo el señor Nutley. - Me pongo así de este humor porque no me puedo dormir.

- Ya lo sé.

- Es que pienso que estás sola todo el día aquí...

- Si a mí me encanta este lugar.

Ella aguardó hasta que la respiración de su marido se hizo regular.

- Mi pobre amor - dijo con un suspiro. Esperó diez minutos más. Luego se levantó de la cama, se puso unos viejos pantalones vaqueros, botas, una camisa y un pulóver, y bajando las escaleras silenciosamente salió de la casa.

Atravesó el jardín hasta el invernadero. La luna estaba tan brillante que no tuvo necesidad de usar la linterna que llevaba en el cinturón. En el invernadero estaba su mochila con los especímenes vegetales que había coleccionado y catalogado las tres últimas semanas. Apreciaba tanto el cuidado con que catalogaba cada espécimen y la manera con que lo envolvía en musgo húmedo, así como el hecho de que dejara los hongos para el último día con el fin de que estuvieran frescos y turgentes, que eso le proporcionaba un cálido sentimiento de satisfacción que duraba días. Además, le pagaban muy bien por su trabajo. El señor Nutley tenía mucha razón. Una persona que tenía un oficio u ocupación especial debía ser remunerada por el mismo. Ella tenía una cartera vieja en un cajón de la cómoda, llena de diamantes pequeños. Claro que los diamantes eran tan comunes en su planeta como los guijarros en nuestra tierra, y por eso no tenía remordimientos de conciencia.

Se puso la mochila al hombro, abandonó el invernadero y se encaminó por el sendero que subía la montaña adentrándose en el valle que estaba escondido detrás, donde se encontraba generalmente escondido el plato volador, cómodo y protegido de la mirada de los incrédulos y cínicos.

Caminaba con el paso largo y tranquilo de una mujer de cincuenta años, aunque el trabajo que realizaba al aire libre la mantenía en muy buen estado físico. Pensó qué bien le haría al señor Nutley si pudiera pasar sus días en el campo, al aire libre, en lugar de en una oficina en la ciudad.


Philip K. Dick - EL CASO RAUTAVAARA



Los tres técnicos de la esfera flotante monitorizaban fluctuaciones en los campos magnéticos interestelares, e hicieron un buen trabajo hasta el momento en que murieron.

Fragmentos de basalto, viajando a velocidad enorme en relación con la esfera, rompieron la barrera y anularon la provisión de aire. Los dos ejemplares masculinos tardaron en reaccionar y no hicieron nada. La joven técnica finlandesa, Agneta Rautavaara, logró ponerse el casco de emergencia, pero los tubos se enredaron; aspiró y murió: una muerte melancólica, estrangulada en su propio vómito. Así terminó la tarea de exploración de la esfera flotante Ex208.

Faltaba un mes para que los técnicos fueran relevados y volvieran a la Tierra.

Nosotros no podíamos llegar a tiempo para salvar a las tres personas de la Tierra, pero enviamos un robot para ver si alguna de ellas podía ser regenerada. A las personas de la Tierra no les gustamos, pero en este caso la esfera de exploración estaba operando en nuestra vecindad. En esas emergencias hay normas que rigen para todas las razas de la galaxia. A nosotros no nos interesaba ayudar a las personas de la Tierra, pero siempre nos atenemos a las normas.

Las normas nos imponían el intento de restaurar la vida de los tres técnicos muertos, pero permitimos que un robot asumiera la responsabilidad, y tal vez en eso nos equivocamos. Además, las normas nos exigían notificar a la nave terrestre más cercana sobre la calamidad, y optamos por no hacerlo. No defenderé esta omisión ni analizaré nuestros razonamientos de entonces.

El robot nos comunicó que no había encontrado funciones cerebrales en los dos ejemplares masculinos y que su tejido neural había degenerado. En cuanto a Agneta Rautavaara, podían detectarse ligeras ondas cerebrales. De modo que en el caso de Rautavaara el robot iniciaría un intento de restauración. Sin embargo, como no podía tomar una decisión por su cuenta, se comunicó con nosotros. Le dijimos que hiciera el intento. Por lo tanto, la responsabilidad - la culpa, si se quiere - es nuestra. Si hubiéramos estado en el lugar, habríamos actuado de otra manera. Aceptamos el cargo.

Una hora más tarde el robot comunicó que había restaurado funciones cerebrales significativas en Rautavaara suministrando al cerebro la sangre rica en oxígeno del cuerpo muerto. El oxígeno, aunque no las sustancias nutricias, venía del robot. Le indicamos que empezara la síntesis de sustancias nutricias procesando el cuerpo de Rautavaara, usándolo como materia prima. Esta fue la decisión más profundamente objetada después por las autoridades de la Tierra. Pero no teníamos ninguna otra fuente de sustancias nutricias. Como nosotros somos plasma, no podíamos ofrecer nuestros cuerpos.

Las autoridades objetaron que podríamos haber utilizado los cuerpos de los compañeros de Rautavaara muertos. Pero entendíamos que los otros cuerpos, de acuerdo con los informes del robot, estaban demasiado contaminados por la radiactividad y por lo tanto resultarían tóxicos para Rautavaara; las sustancias nutricias derivadas de esas fuentes pronto le envenenarían el cerebro. Si ustedes no aceptan nuestra lógica, nos tiene sin cuidado; así era la situación tal cual la reconstruimos desde nuestro punto remoto. Por eso digo que nuestro verdadero error consistió en mandar un robot en vez de ir nosotros mismos. Si desean acusarnos, que nos acusen de eso.

Pedimos al robot que se pusiera en contacto con el cerebro de Rautavaara y nos transmitiera sus pensamientos para que pudiéramos evaluar el estado físico de sus células neurales.

La impresión que recibimos fue alentadora. Fue entonces cuando notificamos a las autoridades de la Tierra. Les informamos sobre el accidente que había destruido la Ex208; les informamos que dos de los técnicos, los ejemplares masculinos, estaban irrecuperablemente muertos; les informamos que gracias a nuestros rápidos esfuerzos el único ejemplar femenino estaba revelando actividad cefálica estable, es decir, que el cerebro estaba vivo.

- ¿El qué? - dijo la persona de la Tierra que operaba la radio, en respuesta a nuestro llamado.

- Estamos suministrándole sustancias nutricias derivadas de su cuerpo...

- Santo cielo - dijo la persona de la Tierra que operaba la radio -. No pueden alimentarle el cerebro de ese modo. ¿Para qué sirve un cerebro solo?

- Para pensar - dijimos.

- De acuerdo. Ahora nos encargaremos nosotros - dijo la persona de la Tierra que operaba la radio -. Pero habrá una investigación.

- ¿No fue correcto salvarle el cerebro? - preguntamos -. A fin de cuentas, la psique está localizada en el cerebro. El cuerpo físico es un instrumento mediante el cual el cerebro se relaciona con...

- Denme la ubicación de la Ex208 - dijo la persona de la Tierra que operaba la radio -. Enviaremos una nave de inmediato. Debieron notificarnos al instante en vez de tratar de rescatarla por cuenta de ustedes. Las aproximaciones no entienden las formas de vida somáticas.

Para nosotros es ofensivo oír el término aproximaciones. Es un mote de la Tierra que alude a nuestro origen en el sistema de Próxima Centauri. Implica que no somos auténticos, que somos mera simulación de vida.

Ésa fue nuestra recompensa en el caso Rautavaara. Ser ridiculizados. Y por cierto hubo una investigación.


En las profundidades de su cerebro lesionado, Agneta Rautavaara probó el vómito ácido y sintió miedo y aversión. Alrededor de ella la Ex208 estaba hecha trizas. Vio a Travis y Elms; estaban deshechos en trozos sanguinolentos, y la sangre se había congelado. El hielo cubría el interior de la esfera. No hay aire, no hay temperatura... ¿Qué me mantiene con vida? se preguntó. Levantó las manos y se tocó la cara: o trató de tocarse la cara. El casco, pensó. Me lo puse a tiempo.

El hielo, que lo cubría todo, empezó a derretirse. Los brazos y piernas cercenados de sus dos compañeros se unieron a los cuerpos. Los fragmentos de basalto incrustados en el casco de la esfera se desprendieron y echaron a volar.

El tiempo, advirtió Agneta, está retrocediendo. ¡Qué extraño!

El aire volvió; Agneta oyó el zumbido opaco del indicador. Travis y Elms se levantaron penosamente. Miraron en derredor, desconcertados. Ella tuvo ganas de reír, pero la situación era demasiado seria. Aparentemente la fuerza del impacto había causado una perturbación local del tiempo.

- Siéntense - les dijo.

- Yo... bueno, tienes razón - dijo roncamente Travis. Se sentó ante la consola y apretó el botón que lo sujetaba con firmeza al asiento. Elms, sin embargo, se quedó de pie.

- Chocamos con partículas de gran tamaño - dijo Agneta.

- Sí - dijo Elms.

- De gran tamaño y con impacto suficiente como para perturbar el tiempo - dijo Agneta - De modo que hemos vuelto al instante antes del hecho.

- Bien, en parte es por causa de los campos magnéticos - dijo Travis. Se restregó los ojos; le temblaban las manos -. Quítate el casco, Agneta. No lo necesitas.

- Pero el impacto está por producirse - dijo ella.

Los dos hombres la miraron.

- El accidente se repetirá - dijo ella.

- Pamplinas - dijo Travis -. Sacaré la Ex de aquí. - Tecleó varias llaves de la consola. - No habrá impacto.

Agneta se quitó el casco. Se descalzó, recogió las botas... y entonces vio la figura.

La figura estaba detrás de ellos tres. Era Cristo.

- Miren - les dijo Agneta a Travis y Elms.

La figura usaba una túnica blanca tradicional y sandalias; tenía el pelo largo y pálido como bañado por un claro de luna. La cara barbada era mansa y sabia. Como en los holoavisos de las iglesias en la Tierra, pensó Agneta. Con túnica y barba, sabio y manso, y los brazos ligeramente levantados. Hasta tiene aureola. ¡Qué raro que nuestros preconceptos sobre Dios fueran tan acertados!

- Dios mío - dijo Travis. Ambos hombres miraban, y ella miraba también -. Ha venido por nosotros.

- Bien, yo no me opongo - dijo Elms.

- Claro, tú no te opones - dijo rencorosamente Travis -. No tienes mujer ni hijos. ¿Y qué dices de Agneta? Ella tiene sólo trescientos años; es una niña.

- Yo soy la viña, vosotros sois las ramas - dijo Cristo -. Quien permaneciere en mí, conmigo en Él, dará fruto en abundancia, pues arrancados de mí no podéis hacer nada.

- Sacaré la Ex de este vector - dijo Travis.

- Hijos míos - dijo Cristo -, no estaré mucho más con vosotros.

- Bien - dijo Travis. La Ex se movía ahora a velocidad máxima hacia el eje de Sirio; el mapa estelar mostraba un flujo masivo.

- Demonios, Travis - dijo furiosamente Elms -. Ésta es una gran oportunidad. Es decir, ¿cuántas personas han visto a Cristo? Es decir, él es Cristo. ¿No es verdad? - preguntó a la figura.

- Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida - dijo Cristo -. Nadie puede llegar al Padre sino a través de mí. Quien me conoce a mí, también conoce a mi Padre. Desde este momento lo conocéis y lo habéis visto.

- Bien dicho - dijo Elms, la cara radiante -. ¿Ves? Quiero manifestar que estoy muy contento de conocerlo, señor... - Se interrumpió. - Iba a decir «señor Cristo». Qué tontería. Cristo, señor Cristo, siéntese. Siéntate. Puedes ocupar mi lugar o el de la señorita Rautavaara, ¿verdad, Agneta? Este es Walter Travis; él no es cristiano, pero yo sí; he sido cristiano toda mi vida. Bien, casi toda mi vida. No sé qué dirá la señorita Rautavaara. ¿Qué dices, Agneta?

- Basta de tonterías, Elms - dijo Travis.

- Él va a juzgarnos - dijo Elms.

- Si alguien oye mis palabras y no las guarda fielmente - dijo Cristo -, no soy yo quien lo condenará, pues no he venido para condenar el mundo sino para salvar el mundo; quien me rechace y niegue mis palabras ya tiene su juez.

- Bien dicho - dijo Elms, cabeceando gravemente.

- Sé tolerante con nosotros - le dijo Agneta a la figura, atemorizada -. Los tres hemos sufrido un trauma importante. - De pronto se preguntó si Travis y Elms recordarían que habían muerto, que sus cuerpos habían sido destruidos.

La figura sonrió, tranquilizadora.

- Travis - dijo Agneta, inclinándose sobre él -. Quiero que me escuches. Ni tú ni Elms sobrevivieron al accidente, no sobrevivieron a las partículas de basalto. Por eso él está aquí. Yo soy la única que no... - Titubeó.

- Murió - concluyó Travis -. Nosotros estamos muertos, y él ha venido a buscarnos. Estoy preparado, Señor - le dijo a la figura -. Llévame.

- Llévalos a ambos - dijo Travis -. Yo mandaré un pedido de auxilio. Y diré lo que ocurre aquí. Lo informaré antes de que me lleve o trate de llevarme.

- Tú estás muerto - le dijo Elms.

- Aún puedo enviar un informe radial - dijo Travis, pero tenía la resignación pintada en la cara.

- Dale un poco de tiempo a Travis - le dijo Agneta a la figura -. Él no entiende bien. Pero supongo que ya lo sabes; tú lo sabes todo.

La figura asintió.


Nosotros y el Comité de Investigación de la Tierra escuchamos y observamos esta actividad en el cerebro de Rautavaara, y comprendimos juntos lo que había ocurrido. Pero no nos pusimos de acuerdo en nuestra evaluación. Mientras las seis personas de la Tierra lo consideraban pernicioso, nosotros lo considerábamos magnífico, tanto para Agneta Rautavaara como para nosotros. Mediante su cerebro lesionado, restaurado por un robot mal instruido, estábamos en contacto con el otro mundo y los poderes que lo gobiernan.

La actitud de las personas de la Tierra nos consternaba.

- Está alucinando - dijo el vocero de las personas de la Tierra -. Porque no recibe datos sensorios. Porque su cuerpo está muerto. Miren lo que han hecho.

Señalamos que Agneta Rautavaara era feliz.

- Lo que debemos hacer - dijo el vocero humano - es desconectar ese cerebro.

- ¿Y perder el contacto con el otro mundo? - objetamos, -. Ésta es una espléndida oportunidad para visualizar la vida después de la muerte. El cerebro de Agneta Rautavaara es nuestra lente. La causa científica pesa más que la humanitaria.

Ésta fue la posición que tomamos en la investigación. Era una posición sincera, no oportunista.

Las personas de la Tierra decidieron mantener el cerebro de Rautavaara en pleno funcionamiento con transducción de audio y video, que desde luego era grabada; entretanto, las medidas contra nosotros quedaron en suspenso.

A mí me fascinaba personalmente la idea terrestre del Salvador. Para nosotros era una concepción rara y exótica, no porque fuera antropomórfica sino porque implicaba un tratamiento escolar del alma del difunto. Suponía una suerte de mesa examinadora que hacía una lista de buenas y malas acciones; un boletín de calificaciones trascendente como los que se usan en la escuela primaria.

Para nosotros ésta era una concepción primitiva del Salvador, y mientras yo observaba y escuchaba - mientras nosotros observábamos y escuchábamos como entidad poliencefálica - me pregunté cuál habría sido la reacción de Agneta

Rautavaara ante un Salvador, un Guía del Alma, basado en nuestras expectativas. A fin de cuentas, su cerebro era mantenido por nuestro equipo, por el mecanismo que nuestro robot había llevado originalmente al lugar del accidente. Habría sido riesgoso desconectarlo; ya se habían producido muchas lesiones cerebrales. Todo el artefacto, incluyendo el cerebro, había sido transferido a la sede de la investigación judicial, una zona neutral comprendida entre el sistema Próxima Centauri y el sistema sol.

Más tarde, en una discusión aparte con mis compañeros, sugerí que intentáramos insertar nuestra concepción del Guía del Alma Después de la Muerte en el cerebro artificialmente mantenido en Rautavaara. La razón: sería muy interesante ver cómo reaccionaba.

Mis compañeros señalaron de inmediato la contradicción de mi lógica. En la investigación yo había alegado que el cerebro de Rautavaara era una ventana al otro mundo, lo cual justificaba nuestra operación y nos eximía de culpa. Ahora alegaba que lo que ella experimentaba era una proyección de sus propios preconceptos, nada más.

- Ambas proposiciones son verdaderas - dije -. Es una genuina ventana al otro mundo, y es una presentación de las tendencias culturales y raciales de Agneta Rautavaara.

Lo que teníamos, en esencia, era un modelo donde podíamos introducir variables cuidadosamente seleccionadas. Podíamos introducir en el cerebro de Rautavaara nuestra propia concepción del Guía del Alma y por lo tanto ver cómo nuestra versión difería en la práctica de la versión pueril de las personas de la Tierra.

Era una nueva oportunidad de someter a verificación nuestra teología. En nuestra opinión la teología de las personas de la Tierra había sido sometida a suficientes verificaciones y resultaba deficiente.

Decidimos hacerlo, ya que nosotros cuidábamos del aparato que mantenía el cerebro de Rautavaara. Para nosotros, esta cuestión era mucho más interesante que el resultado de la investigación. La culpa es un mero problema cultural; no traspone las fronteras de las especies.

Supongo que las personas de la Tierra podrían juzgar nuestras intenciones como malignas. Yo lo niego, nosotros lo negamos. Más bien considérenlo un juego. Nos causaría cierto goce estético presenciar cómo Rautavaara enfrentaba a nuestro Salvador y no al de ella.

- Yo soy la resurrección - dijo la figura, alzando los brazos ante Travis, Elms y Agneta -. Quien crea en mí, aunque muera vivirá, y quien vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Creéis estas palabras?

- Claro que sí - dijo Elms con entusiasmo.

- Pamplinas - dijo Travis.

Yo no estoy segura. En verdad no lo sé, pensó Agneta Rautavaara.

- Tenemos que decidir si iremos con él - dijo Elms -. Travis, tú estás liquidado, acabado. Quédate allí y púdrete... es tu destino. - A Agneta le dijo: - Espero qué te decidas por Cristo, Agneta. Quiero que goces de la vida eterna que yo gozaré. ¿No es verdad, Señor? - preguntó ala figura.

La figura cabeceó.

- Travis - dijo Agneta -, creo..., bien, pienso que deberías venir con nosotros. Yo... - No quería insistir en que Travis estaba muerto. Pero él tenía que entender la situación; de lo contrario, como había dicho Elms, estaba condenado. - Ven con nosotros - dijo.

- ¿Entonces irás? - dijo Travis, con amargura.

- Si - dijo ella.

- Tal vez me equivoco - dijo Travis, mirando a la figura -, pero parece estar cambiando.

Ella miró, pero no vio ningún cambio. Sin embargo Elms parecía asustado.

La figura de túnica blanca caminó lentamente hacia Travis. La figura se detuvo junto a Travis, se quedó parada un tiempo y luego, agachándose, mordió la cara de Travis.

Agneta gritó. Elms se quedó pasmado. Travis, amarrado al asiento, pataleaba. La figura lo comió con calma.

- Como ustedes ven - dijo el vocero del Comité de Investigación -, el cerebro debe desconectarse. El deterioro es grave; la experiencia es terrible para ella; debe terminar.

- No - dije yo -. Nosotros los de próxima Centauri encontramos muy interesante este viraje de los acontecimientos.

- ¡Pero el Salvador está devorando a Travis! - exclamó otra persona de la Tierra.

- Acaso en la religión de ustedes - dije - no comen la carne de Dios y beben su sangre? Lo que ha sucedido aquí es una imagen simétrica de esa Eucaristía.

- ¡Ordeno que se desconecte el cerebro! - dijo el vocero del Comité; tenía la cara pálida; el sudor le perlaba la frente.

- Antes deberíamos ver más - dije. Me resultaba muy excitante, esta representación de nuestro sacramento, nuestro sacramento más alto, donde nuestro Salvador nos devora.


- Agneta - susurró Elms -, ¿viste eso? Cristo se comió a Travis. No dejó más que los guantes y las botas.

Oh Dios, pensó Agneta Rautavaara. ¿Qué está ocurriendo? No entiendo.

Se apartó de la figura, acercándose instintivamente a Elms.

- Él es mi sangre - dijo la figura relamiéndose los labios -. Bebo esta sangre, la sangre de la vida eterna. Cuando la haya bebido, viviré para siempre. Él es mi cuerpo, yo no tengo cuerpo propio, soy sólo un plasma. Al comer su cuerpo, obtengo la vida eterna. Ésta es la nueva verdad que proclamo, que soy eterno.

- Nos comerá también a nosotros - dijo Elms.

Sí, pensó Agneta Rautavaara. Lo hará. Ahora podía ver que la figura era una aproximación. Es una forma de vida de Próxima, advirtió. Tiene razón; no tiene cuerpo propio. El único modo en que puede conseguir un cuerpo es...

- Lo mataré - dijo Elms. Tomó el rifle láser de emergencia del gabinete y apuntó a la figura.

- La hora ha llegado - dijo la figura.

- Aléjate de mí - dijo Elms.

- Pronto no me verás más - dijo la figura - a menos que yo beba tu sangre y coma tu cuerpo. Glorifícate para que yo viva. - La figura avanzó hacia Elms.

Elms disparó el rifle láser. La figura se tambaleó y sangró. Era la sangre de Travis, comprendió Agneta. En él. No su propia sangre. Es terrible. Se llevó las manos a la boca, aterrada.

- Pronto - le dijo a Elms -. Di: «Soy inocente de la sangre de este hombre.» Dilo antes que sea demasiado tarde.

- Soy inocente de la sangre de este hombre - susurró roncamente Elms.

La figura cayó. Agonizaba, desangrándose. Ya no era un hombre barbado. Era otra cosa, pero Agneta Rautavaara no entendía qué.

- ¿Eli, Eli, lama sabachtani? - dijo la figura. Bajo la mirada de Agneta y Elms, la figura murió.

- Lo maté - dijo Elms -. Maté a Cristo. - Se apuntó a sí mismo con el rifle láser, buscando el gatillo a tientas.

- No era Cristo - dijo Agneta -. Era otra cosa. Lo opuesto de Cristo. - Le quitó el arma a Elms.

Elms lloraba.


Las personas de la Tierra tenían voto mayoritario en el Comité de Investigación, y votaron por la anulación de toda actividad en el cerebro artificialmente mantenido de Rautavaara. Esto nos defraudó, pero no había remedio.

Habíamos visto el comienzo de un experimento científico absolutamente pasmoso: la teología de una raza injertada en la de otra.

Desconectar el cerebro de la persona de la Tierra fue una tragedia científica. Por ejemplo, en lo concerniente a la relación básica con Dios, las personas de la Tierra tenían una actitud diametralmente opuesta a la nuestra. Desde luego esto debe atribuirse al hecho de que son una raza somática, no un plasma como nosotros. Ellos beben la sangre de su Dios, y comen su carne; así alcanzan la inmortalidad. Para ellos no resulta escandaloso. Lo encuentran absolutamente natural. Pero para nosotros es horrendo. ¿Que el adorador coma y beba a su Dios? Espantoso, realmente espantoso. Un ultraje y una vergüenza. Una abominación. Lo superior siempre debería alimentarse de lo inferior; el Dios debe consumir al adorador.

Observamos cómo se cerraba el caso Rautavaara con la desconexión del cerebro, de modo que toda actividad EEG cesó y los monitores no indicaron nada. Sentimos decepción. Para colmo, las personas de la Tierra votaron por imponernos una pena por nuestra conducción de la misión de rescate.

Es asombroso el abismo que separa a las razas que evolucionan en sistemas estelares diferentes. Nosotros hemos tratado de comprender a las personas de la Tierra, y ha sido en vano. También advertimos que ellas no nos comprenden y a su vez repudian algunas de nuestras costumbres. Ello quedó demostrado por el caso Rautavaara. ¿Pero acaso no servíamos al propósito del estudio científico objetivo? Yo mismo quedé azorado ante la reacción de Rautavaara cuando el Salvador comió al señor Travis. Habría deseado ver cómo este santísimo sacramento era realizado con los demás, con Rautavaara y Elms.

Pero fuimos privados de ello. Y el experimento, desde nuestro punto de vista, fracasó.

Y ahora vivimos, para colmo, bajo el anatema de una culpa moral innecesaria.


Fritz Leiber - LA RAÍZ CUADRADA DE CEREBRO


- De modo que viaja usted a menudo en platillos volantes, Mr. Satanelli - dijo cortésmente el Joven Modesto,


DODGSON, CHARLES LUTWIDGE. Véase Lewis Carroll. - Universal American Encyclopedia.


alzando su voz sólo lo suficiente para que resultara inteligible a través de la barahúnda de una fiesta en Hollywood, amplificada (la barahúnda) por un techo de veinte pies de altura y por las enormes cajas de resonancia de cinco habitaciones contiguas. Los pesados cortinajes eran discordantemente psicodélicos entre las amplias extensiones de cristal, en tanto que los muebles, con sus cromados y sus trapecios de rubia madera y almohadones tubulares y multicolores como píldoras de barbitúricos, semejaban más unas elegantes máquinas para el tratamiento de enajenaciones o para viajar a través del tiempo que divanes y sillones. Aquí y allí, envueltas en brillantes minitocados y estacionadas como estatuas, veíanse unas jovencitas con aspecto de starlets, de expresiones inteligentes, bellas, desconcertadas o levemente preocupadas, como si hubieran empezado a preguntarse si estaban allí como seres de carne y hueso o como un simple adorno.

El Joven Modesto tenía aquella expresión astuta y manhattaniana que en Nueva York resulta eficaz e incluso agresiva, pero que en Los Angeles, donde el metal es el oro, resulta un poco afeminada. Se había quedado muy serio después de formular su pregunta.

Morpheo Satanelli cubileteó diestramente su martini dentro de su copa, a fin de que no se derramara a consecuencia del cariñoso doble empujón que acababa de recibir de dos hermosas mujeres que no eran starlets, ataviadas respectivamente de azul y dorado. Respondió tranquilamente:

- Al igual que los demás, usted está interesado en los aspectos materiales de mis experimentos con platillos volantes y mis contactos con las gentes del espacio: lo cual encontrará perfectamente explicado en ese compendio del saber humano que es la Universal American Encyclopedia. Mas, para mí, lo espiritual


PERSONALIDAD DUAL, la supuesta distinción y acción potencialmente independiente de cada uno de los hemisferios cerebrales; de uno de los cuales, el izquierdo, proceden todos los impulsos vitales buenos y nobles, en tanto que del otro proceden todas las influencias malignas. Universal American Encyclopedia.


tiene la mayor importancia. «Morpheo, elévate a un plano superior - me sugiere siempre mi áureo Guía -. Te hemos hecho la gracia de esta visión infinita, para que puedas apartar los ojos de tu mezquino entorno terráqueo. Morpheo, ¿recuerdas la luz de la luna sobre Venus? ¿Los ondulantes mares de Mercurio acariciados por suaves lluvias? Morpheo, Morpheo...»

Una mano morena y rapaz, brillante de perlas, agarró el brazo del Joven Modesto.

- Esta es Friday Morphy - interrumpió la anfitriona, empujándole hacia un vestido blanco dentro del cual se encontraba una joven de cabello rubio platino y facciones hispano-irlandesas -. Friday recuerda todas sus vidas pasadas. Estamos registrándolas todas en mi antigua grabadora..., bobinas y bobinas.

Friday sonrió gravemente.

- He vivido y revivido muchas vidas. Ahora mismo, sueca, siglo diecisiete - dijo, con una monotonía musical.

- Eso suena un poco como un viaje a través del tiempo...


MANLIUS, MARCUS CAPITOLINUS, el salvador de Roma durante la invasión de los Galos, en el año 309 antes de Jesucristo. Cayó en desgracia a los ojos de los patricios, y murió ajusticiado el año 384 a. de J.C., despeñado desde lo alto de la roca Tarpeya. - Universal American Encyclopedia.


como ciencia-ficción - intervino un Anciano Vulgar, volviéndose hacia ellos mientras hablaba. Era obeso y parecía discretamente alegre.

- Algo por el estilo - dijo Friday.

El Joven Modesto dirigió una amistosa sonrisa al recién llegado y luego le preguntó cortésmente a Friday:

- Supongo que habla usted el sueco. El sueco del siglo diecisiete, claro.

Friday sacudió la cabeza tristemente.

- Nunca me acuerdo de los idiomas. Sólo de los acentos.

- El tropismo de inteligibilidad universal - explicó Morpheo Satanelli -. Cada mensaje tiende hacia un lenguaje que comprenda el auditorio, casi siempre inglés. De otro modo, los frutos de la mediación se perderían en la traducción, aparte de los gastos que comportaría esta última.

- Declaro - afirmó la Anfitriona con voz chillona - que hay más sabiduría secreta bajo este techo que en aquella inmensa biblioteca subterránea que Helena - Helena Blavatsky - visitó en el Tíbet.

Simultáneamente, el Anciano Vulgar murmuró aparte al Joven Modesto:

- Realmente, se encuentra uno con peces muy raros


UVA ESPIN, el fruto de la Ribes grosularia, y también el propio arbusto. El fruto es una baya suculenta, muy sana y agradable, de diversos colores: blanquecina, amarilla, verde y roja. Una especie americana tiene hermosas flores blancas y se cultiva como arbusto ornamental, especie de Lofio, alcanza una longitud de 4 a 5 pies y un peso de 15 a 170 libras. Es pardo oscuro por encima, y blanco sucio debajo, y de aspecto horroroso (siendo conocido también como «pico ancho» y «pez diablo»). Su apetito es voraz, y se alimenta indistintamente de toda clase de peces, devorando ocasionalmente algunas aves, tales como gaviotas y patos. El pejesapo no sirve prácticamente para nada. - Universal American Encyclopedia.


aquí.

Aunque el Joven Modesto pareció momentáneamente regocijado por aquella observación, la cual demostraba que tenía un compañero en sufrimiento, había cierta tensión en su voz cuando dijo:

- Miss Morphy... y sir... Mr. Morpheo me ha estado hablando de sus viajes a bordo de platillos volantes. Estaba a punto de preguntarle qué es lo que hace volar a los platillos.

- Morpheo Satanelli. Para muchos planetas - rectificó el hombre aludido.

- De acuerdo, Satanelli. ¿Tiene algún parentesco con el individuo que dirige el Primer Templo de Culto Satánico en San Francisco? - preguntó el Joven Modesto, convertido en osado por la presencia del Anciano Vulgar junto a él.

- Ninguno - respondió Morpheo secamente -. Anton sigue otro camino - añadió -. En cuanto a la fuerza motriz de los platillos, funcionan por el color de los rayos: verde para la atracción, rojo para la repulsión, amarillo hacia el sol, azul hacia las estrellas, violeta...

- Eso fue lo que Jacob Boehme le dijo a Newton - confirmó Friday.

Morpheo se encogió de hombros.

- Yo no estoy interesado en la técnica. Eso es más propio de Gloriana Grant. - Señaló a la mujer no starlet del vestido dorado, y luego bajó el tono de su voz para informarles -: Ha ofrecido a las Fuerzas Aéreas los planos de la nave espacial que le envió su marido desde Saturno, pidiendo sólo dos millones...

- Tres millones, pero aceptaría dos y medio - rectificó alegremente Gloriana Grant, acercándose a ellos. Una de dos, o tenía un oído excepcional, o era cierto lo que se decía de su finura de oído, especialmente para las palabras relacionadas con el dinero -. Y esos dos millones y medio están destinados ya a un Centro de Supervivencia para cuando el peso de los icebergs hunda el mundo en 1985.

- ¿Su... marido? Si he entendido bien... desde Saturno... ¿sí?... ¿Le ha enviado los planos de una nave espacial mediante una nave espacial? - inquirió el Joven Modesto con una suavidad que sus labios resecos desmentían.

Ella respondió vivamente:

- No, por telepatía: es mucho más seguro, más rápido, libre de vigilancia y, en su aspecto telequinético, el arma secreta maestra del universo. - Luego, su voz se convirtió en un susurro mientras revelaba (apretando el brazo de la mujer no starlet vestida de azul, la cual inclinó la mirada, presa de confusión) -: El Grupo de Asalto Psiónico de Linda Lee, de la Jack Hemlock Society, desintegró el mes pasado por medio de rayos de energía mental


NEURASTENIA, un trastorno nervioso funcional resultante de la debilidad o agotamiento de los centros nerviosos. Entre los síntomas corrientes se encuentran la falta de energía, debilidad, irritabilidad, insomnio, acusado pesimismo, cefalgias, presión en la parte superior de la cabeza, dolor en la espalda, fallos de la memoria, desarreglos menstruales en las mujeres, trastornos sexuales en los hombres y trastornos gastrointestinales. El principal factor predisponente es la masturbación. - Universal American Encyclopedia.


siete satélites-espía rusos. Su destrucción es segura, porque las estaciones de rastreo han estado detectando fragmentos fantasmas de ellos en sus pantallas.

- ¡Hurra por la vieja Linda! - gritó una recia voz masculina desde cierta distancia.

- ¿De veras? - inquirió el Joven Modesto en tono algo estridente, mientras el Anciano Vulgar tiraba subrepticiamente de su manga. Resonaron unos pasos detrás de él. Continuó -: En tal caso...

Un robusto brazo uniformado se enroscó alrededor de su hombro por un lado, y una corriente de aliento saturado de alcohol le abofeteó desde el otro. Al volverse, encontró su cara a unas pulgadas de otra cara áspera y papuda, con pelambrera plateada encima y un cuello con tres estrellas debajo.

- Querida Linda - dijo aquella cara -, tendrías ya diecisiete Medallas de Honor del Congreso si yo comandara el Ejército. Gloriana, cariño, ¿cuándo vas a entrar en razón en lo que respecta al precio? - A continuación se dirigió al Joven Modesto -: Le he estado observando, hijo, y puedo asegurarle que no ha aprendido aún a desenvolverse en estos ambientes. ¿Me permite una sugerencia amistosa? No ponga nunca en cuarentena la palabra de las personas interesantes


ANNEBERG, MOSES LOUIS, nació en Alemania y llegó a los Estados Unidos a edad muy temprana. Empezó su carrera como vendedor de periódicos en Chicago, más tarde ingresó en el departamento de circulación del Examiner de Chicago, y en 1904 había ascendido a director de aquel departamento. En 1926 abandonó la organización Hearst para poder dedicarse por entero a sus propias publicaciones, las cuales incluían el Daily Racing Form y el Nation-Wide News Service, y a sus numerosos negocios. Poco después Anneberg fundó la Miami Tribune, la Radio Guide, la Screen Guide y las Official Detective Stories. En 1936 sorprendió al mundo del periodismo al pagar la suma de 15.000.000 de dólares al contado a Mrs. Eleanor Elverson Patenotre por el Philadelphia Inquirer. En esta publicación se reflejó la capacidad directiva y la política progresista de Moe Anneberg, como es popularmente conocido. El autodidacta Anneberg, que cumplió 59 años el 11 de febrero de 1937, es una verdadera inspiración para la juventud de América. Anneberg se interesó por el arte durante muchos años, posee una hermosa colección de obras maestras antiguas y es también un apasionado pescador. Su finca de Great Neck, en Long Island, es un verdadero palacio, y posee además una residencia de invierno en Miami Beach, un rancho en Wyoming y otras mansiones en Nueva York y Filadelfia. Murió oscuramente en una penitenciaría federal, a la cual había sido enviado por eludir el pago de impuestos. - Universal American Encyclopedia.


que dicen que están trabajando en beneficio de América. Por absurdas que resulten las cosas que dicen, pueden ser ciertas, ¿Tiene la Gente del Espacio observadores entre nosotros? ¿Agentes en la Casa Blanca? ¿Oficiales de enlace en el


ISLAS SHANTAR, un archipiélago del Mar Egeo, separado del continente siberiano por un estrecho canal; tiene una superficie de 1.100 millas cuadradas. La mayor de las diez grandes islas es Shantar. Esas islas no están habitadas, pero son visitadas por los buques mercantes. - Universal American Encyclopedia.


Pentágono? Ni siquiera yo podría decirlo con seguridad... y no lo haría si pudiera. Pero sé esto. - Su mirada se paseó del rostro del Joven Modesto al rostro del Anciano Vulgar -: extirpen el escepticismo de sus mentes y la debilidad de sus corazones. De un extremo a otro del país, tenemos grupos de investigación y de desarrollo que trabajan en todos los problemas del universo: fuerza motriz espacial, energía antigravedad, incluso la fuerza motriz de los colores de Morpheo. Tenemos grandes cerebros en acción.

- General, si espera que sus cerebros realicen algo, será mejor que les diga que desconecten sus cabezas y sintonicen sus redaños - interrumpió un hombre de rostro ojeroso contra cuyo plexo solar, en vez de una corbata, colgaba un racimo de campanillas doradas -. La escalerilla genética que enseño a trepar a mis acólitos, pisando firme en los infinitos peldaños del código de la DNA, conduce desde el nivel del ombligo hasta Dios, en ambos sentidos. Hasta hoy, sólo hemos descendido hasta la explosión de los protones que empieza este universo, y ascendido hasta el calor mortal que lo termina, pero, ¿quién sabe cuán lejos podemos haber llegado mañana? Sólo para estar a salvo de las hijas de Kali y de la muerte por el fuego


COMBUSTIÓN, el acto de arder, el estado de ser quemado. La Combustión Espontánea es la Combustión que se produce sin que el hombre ponga nada de su parte para producirla. Una Combustión del cuerpo humano producida por causas internas ocultas, se afirma que ha ocurrido varias veces, la mayoría de los casos en mujeres aficionadas con exceso al alcohol, y muy obesas o muy delgadas. Incendiadas accidentalmente por una brasa o una vela, o incluso por una chispa, se dice que su tronco ha ardido con gran rapidez, dejando un residuo de grasa y de cenizas fétidas, de olor nauseabundo, y conteniendo un hollín muy penetrante. Como posibles causas se han señalado el alcohol que saturaba sus cuerpos, la electricidad, el hidrógeno fosfórico u otros gases inflamables liberados por la descomposición de las estructuras, aunque el tema exige hechos modernos comprobados y elucidación científica reciente. La mayoría de los químicos opinan que la Combustión del cuerpo humano del modo descrito es una imposibilidad. - Universal American Encyclopedia.


hay que mantenerse centrado. - Inclinó la mirada y tocó las campanillas doradas de modo que resonaran apagadamente contra el centro de su torso -. Lo mejor para centrarse es el oro. Y después los diamantes - añadió,

- Lo sé - dijo el general, con una sonrisa indulgente -. O'Leary se ocupa de eso.

- En Hight-Ashbury... - intervino una voz.

- Todo lo de Ashbury ha sido trasladado al Cañón Topanga - replicó otra voz.

- Muy interesante - observó el Anciano Vulgar.

El Joven Modesto asintió, con una considerable tensión en su cuello.

Un hombre de baja estatura y músculos de luchador de karate, con atuendo de playboy, entró como un meteoro, acompañado de dos monstruos con rostros de Frankenstein y cuatro beldades microvestidas y recién salidas de algún plató, a juzgar por su maquillaje pancromático.

- Los secretos del universo dejan de serlo en cuanto son atrapados por una cámara cinematográfica - dogmatizó el recién llegado -. A mí me llaman el Niño Prodigio


BONAPARTE, JEROME, nacido en 1784, se convirtió en oficial de marina y al principio de la guerra con Inglaterra se vio obligado a refugiarse con su barco en Nueva York, donde contrajo matrimonio con una joven norteamericana, Elizabeth Patterson, y vivió por espacio de dos años (1785-1789).


BOYER, JEAN PIERRE, Presidente de la República de Haití, fue un mulato, nacido en Port-au-Prince en 1776. Fue educado en Francia y en 1796 ingresó en el servicio militar. - Universal American Encyclopedia.


de Sunset Strip, de modo que escuchen con atención mi profecía de esta noche: cuando llegue, la Gran Película Norteamericana será un filme publicitario de tres horas de duración. Todos nuestros modernos Shakespeares son escritores publicitarios. Cuando esa basura dorada


MUERTE ELÉCTRICA, muerte resultante de la electricidad descargada a través del sistema animal. Cuando la electricidad se aplica a la ejecución de criminales (electrocución), la víctima es sentada en un sillón (silla eléctrica) y atada a él. Un electrodo con una superficie almohadillada húmeda se coloca contra su cabeza o alguna parte contigua. Otro electrodo se coloca contra alguna de las partes inferiores, y una corriente de una dinamo alterna circula durante quince o más segundos. La diferencia de potencial aplicada a los electrodos suele ser de unos 2.200 voltios. Este elevado voltaje es necesario para vencer la resistencia del cuerpo, la cual varía de 20.000 a 60.000 ohmios. Una corriente de tres centésimas (0,3) de amperio suele ser fatal, aunque no siempre. - Universal American Encyclopedia.


dé en el blanco, habrá sabiduría cósmica esparcida por las paredes del Kremlin y de la Ciudad Prohibida.

Con un tic facial inmediatamente reprimido, el Niño Prodigio se alejó, seguido de sus acompañantes.

- Sólo viene a robar nuestras mejores ideas para sus películas - comentó Morpheo en tono acibarado, para añadir inmediatamente -: Claro que, si nuestras ideas se extienden, ¿qué importa el vehículo?

- La mano izquierda ayuda a la mano derecha - aprobó la Anfitriona -. El orgiástico Tantrie, el meditativo Tantric...

- La Pasión Satánica... Estaciones de


DIABLO, el tema de una asombrosa cantidad de especulaciones ociosas. - Universal American Encyclopedia.


la Cruz Invertida... Anton LaVey... - flotó una voz. - Wilhem Reich... La sustancia química del sexo, azul como un bebé... ¿O es sonrosado?

- Ron Hubbard... ¿Ha pagado usted 1.500 dólares por Excalibur?

- Roger Babson... La Fundación rechazó el ensayo de Gloriana, porque demostraba que la gravedad era una ilusión.

- Symmes, Teed, Burroughs.... nuestra tierra hueca.

- Ignatius Donnelly, Hans Hoerbiger, Hans Schiller Bellamy, Immanuel Velikovsky.... nuestro mundo golpeado muchas veces por cometas, lunas, planetas... Creo que si fuera hueco no podría resistirlo, pero supongo...

Mientras flotaban aquellas otras voces, el Joven Modesto y el Anciano Vulgar empezaron a alejarse.

La Anfitriona dijo, tras dirigirles una mirada fugaz:

- Tengo la impresión de que esos dos no encajan aquí.

- Dos - dijo Gloriana Grant -. El número de la discordia. Los números son misteriosos.


LUISIANA, un estado de la parte central del sur de los Estados Unidos; limita con Arkansas, Mississippi, el Golfo de Méjico y Texas; admitido en la Unión el 30 de abril de 1812. En 1936 había en todo el Estado 1.318 blancos, 4.552 mexicanos, 776.326 negros, 1.536 indios, 522 chinos y 52 japoneses. - Universal American Encyclopedia.


- ¡Escépticos! - exclamó Morpheo -. Los números siempre están de acuerdo con uno.

- Es evidente que esa pareja no había estado nunca en Bootcamp Pacific - observó el general.

- ¡Oh! Son unos don nadie - resumió Linda Lee.

El Joven Modesto se sentó en un sillón complicadamente tubular.

- Este es un lugar muy fastidioso - dijo -. Oyendo hablar a esa gente, uno juraría que no pueden pertenecer a una raza que domina los vuelos espaciales


ARMADILLO, nombre hispanoamericano, incorporado al inglés, de varios mamíferos pertenecientes al orden Edentata, familia Dasipodidos, y su típico género Dasipus. El nombre implica que llevan una armadura. Cuando el animal se ve en peligro, puede improvisar un agujero y desaparecer en él con asombrosa rapidez. - Universal American Encyclopedia.


y la energía atómica.

- Pertenecen a ella - observó el Anciano Vulgar -. Y pronto alcanzarán el subespacio y viajarán hasta las estrellas.

- Escribiré un informe veraz, pero me pondrán de patitas en la calle - dijo el Joven Modesto quejumbrosamente -. Y en cuanto a mi artículo para la Enciclopedia Galáctica... -

- Mis jefes son terriblemente incrédulos, también - declaró el Anciano Vulgar -, y los editores de la Galáctica todavía más. Es una suerte que nuestros caminos se hayan cruzado. Tal vez en otra ocasión...

- Sí, bueno... - empezó a decir el Joven Modesto, volviéndose hacia el Anciano Vulgar.

Con un ahogado pop, el sillón de curvas almohadilladas que ocupaba el Anciano Vulgar había desaparecido junto con su ocupante, sin dejar detrás de él más que una momentánea corriente de aire helado.

El Joven Modesto sonrió astutamente y murmuró para sí:

- ...espacio.

Los tubos de su sillón empezaron


CARROLL, LEWIS. Véase Dogdson, Charles Lutwidge. - Universal American Encyclopedia.


a brillar débilmente. Elevándose sólo una fracción de pulgada por segundo, pero adquiriendo rápidamente velocidad, el sillón cruzó silenciosamente el umbral de la puerta, apuntado directamente a Marte.


Fredric Brown - POLICIA 1999


El hombre bajito con el escaso cabello gris y su vulgar traje de color rojo brillante, se detuvo en la esquina de las calles State y Randolph para comprar un microdiario, el Sun Tribune de Chicago, del día 21 de marzo de 1999. Nadie se fijó en él, cuando entró en el superalmacén de la esquina de enfrente, y se sentó a una mesa vacía. Dejó caer una moneda en el automático y mientras la máquina le servía café, miró los titulares escritos en la página diminuta que tenía unas dimensiones de siete por diez centímetros. Sus ojos eran extraordinariamente agudos; podía ver fácilmente los titulares sin la ayuda del microlector. Pero ni en la primera ni segunda página había nada que le interesara; se referían a asuntos internacionales, al tercer cohete que se había lanzado en viaje a Venus y el último desfavorable informe de la novena expedición lunar. Pero en la página tres había dos reportajes sobre las actividades del hampa y sacó un pequeño microlector del bolsillo y lo colocó encima de la página, para leer aquella información mientras bebía el café.

El hombre bajito se llamaba Bela Joad. Este era su nombre verdadero, pero había usado tantos nombres en tantos lugares diferentes, que solamente una memoria fenomenal podía haber llevado el registro de todos ellos, pero él tenía una memoria fenomenal. Ninguno de aquellos nombres había aparecido nunca en los periódicos, ni tampoco su rostro ni su voz habían sido vistos ni oídos en las pantallas de televisión. Menos de una docena de personas, todas ellas desempeñando cargos de importancia en varias jefaturas de Policía, sabían que Bela Joad era el primer detective del mundo.

No estaba a sueldo de ningún Departamento de Policía, no recibía primas ni dinero para sus gastos y nunca había cobrado ninguna recompensa. La razón de aquello podía ser que tenía medios propios de fortuna y se complacía en la investigación del crimen como simple amateur. Pero también podía ser que ganase dinero, gracias a sus actividades contra el crimen, o que consiguiese que los bandidos pagasen de un modo u otro, los gastos de sus campañas contra ellos.

Cualquiera que fuese la razón, él no trabajaba para nadie; trabajaba contra el crimen. Cuando un delito o una serie de delitos le interesaban, se dedicaba a su investigación, a veces de acuerdo con el jefe de Policía de la ciudad donde se habían cometido, a veces operando sin el conocimiento de la Policía, hasta que se presentaba en la oficina del jefe, para entregarle las pruebas que permitirían realizar las detenciones necesarias y obtener las merecidas condenas.

El nunca había aparecido, ni siquiera como testigo, en las salas del juzgado. Y mientras él conocía a los principales personajes del hampa en una docena de ciudades, no había ningún delincuente que pudiese identificarlo, excepto bajo alguna identidad falsa, con otra apariencia, que rara vez volvía a utilizar.

Ahora, mientras bebía su café matinal, Bela Joad leía con atención, a través de su microlector, los dos reportajes del Sun Tribune que le habían llamado la atención. Uno se refería a un caso que había sido uno de sus pocos fracasos, la desaparición, posiblemente el secuestro, del Doctor Ernst Chappel, profesor de criminología en la Universidad de Columbia. El titular decía: «Nueva Pista en el Caso Chappel» pero después de leer toda la información, el detective se dio cuenta de que la pista era nueva sólo para aquel periódico; él mismo la había seguido hasta un callejón sin salida, hacía ya dos años, cuando Chappel acababa de desaparecer.

La otra información se refería a un tal Paul (Gyp) Girard, que había sido absuelto del asesinato de su principal competidor en el control de las casas de juego del Norte de Chicago. Joad leyó el reportaje con minuciosa atención.

Seis horas antes, sentado en una cervecería de Nuevo Berlín, Alemania Occidental, había escuchado las primeras noticias sobre aquella absolución por la pantalla de televisión pública, sin detalles. Había salido en el primer estratoavión para Chicago.

Cuando hubo terminado de leer el microdiario, apretó el botón de su radioreloj de pulsera, el cual estaba en sintonía automática con la estación horaria más próxima y pudo escuchar, con el volumen necesario para que sólo él oyera: «Las nueve y cuatro minutos». Sin duda, el jefe de Policía, Dyer Rand, ya estaría en su despacho.

Nadie se fijó en él cuando dejó el superalmacén. Nadie le prestó atención, mientras caminaba con la muchedumbre a lo largo de la calle Randolph, hasta llegar al gran edificio que albergaba la jefatura de Policía, situado en la esquina de la calle Clark.

La secretaria del jefe Rand aceptó su tarjeta - no la suya verdadera, pero una que Rand podría reconocer fácilmente - sin mirarle dos veces.

Rand le estrechó la mano por encima de su escritorio y luego apretó el botón de su comunicador interno, encendiendo una señal en la mesa de su secretaria que significaba: «Que no se me moleste». Se inclinó hacia atrás en su sillón giratorio y cruzó las manos por encima de los severos y pequeños tres centímetros cuadrados de su camisa violeta y amarilla. Luego dijo:

- ¿Ha leído las noticias de la absolución de Gyp Girard?

- Por eso estoy aquí.

Rand sonrió y luego volvió a quedarse serio.

- Las pruebas que me envió - dijo - eran perfectas, Joad. Debían haber significado una condena a la silla. Pero quisiera que me las hubiera traído en persona, en vez de enviarlas por correo, o que hubiera habido alguna forma de ponerme en contacto con usted. Le habría dicho que posiblemente no íbamos a conseguir que el tribunal le condenase. Joad, algo terrible está sucediendo. Tengo la impresión que usted es la última esperanza que me queda. Si hubiese tenido la oportunidad de hablarle antes...

- ¿Hace dos años?

Rand pareció sorprendido.

- ¿Por qué dice eso?

- Porque hace dos años que el Dr. Chappel desapareció en Nueva York.

- ¡Oh! - dijo Rand -. No, no hay ninguna conexión entre los dos casos.

- Pensé que quizá sabía algo del asunto, cuando mencionó los dos años. No ha estado sucediendo durante tanto tiempo, desde luego, pero es bastante cerca.

Se levantó de su escritorio de plástico y empezó a caminar a lo largo de su oficina.

- Joad - dijo -, durante el pasado - teniendo en cuenta sólo este tiempo, aunque realmente empezó hace cerca de dos años -, de cada diez delitos importantes cometidos en Chicago, siete no han podido ser resueltos. Técnicamente sin solución, desde luego; de cada cinco de esos siete, sabemos quién es el culpable, pero no lo podemos probar. No podemos conseguir que los condenen.

»El hampa nos está venciendo, Joad, mucho más de lo que han hecho en cualquier época desde la era de la prohibición, hace setenta y cinco años. Si esto sigue, vamos a volver a días como aquellos y aún peores.

»Durante los veinticuatro años últimos hemos conseguido condenar a los culpables de ocho de cada diez delitos importantes. Inclusive veinte años atrás - antes de que el uso del detector de mentiras en los Tribunales fuese declarado legal - teníamos un porcentaje superior al que conseguimos ahora. Allá por la década del 1970 al 1980, por ejemplo, conseguíamos el doble de condenas de las que obtenemos ahora; podíamos condenar a los responsables de seis de cada diez crímenes. Este año pasado, sólo han sido tres de cada diez.

»Y el caso es que conozco la razón, pero no sé qué hacer para remediarlo. La razón es que los criminales han dominado el detector de mentiras.

Bela Joad asintió. Luego dijo suavemente:

- Unos cuantos siempre han conseguido engañarlo. El aparato no es perfecto. Los jueces siempre aconsejan a los jurados que recuerden que las indicaciones del detector de mentiras tienen un alto grado de probabilidad, pero no son infalibles; que los resultados obtenidos deben ser considerados como posibles pero no definitivos y que siempre debe haber otra evidencia para apoyarlos. Y siempre han existido algunos raros individuos que pueden contar el más grande embuste delante del detector, sin que las agujas de los gráficos se muevan ni una sola vez.

- Uno en un millón, de acuerdo. Pero, Joad, en estos últimos tiempos, casi todos los jefes del hampa han podido engañar al detector.

- Quiere decir los delincuentes profesionales, no los aficionados.

- Exactamente. Sólo los habituales del delito, los profesionales, miembros del hampa. Si no fuese por eso, pensaría..., no sé lo que pensaría. Quizá que toda la teoría del detector está equivocada.

- Podría eliminar el uso del detector en los Tribunales - dijo Joad - Se han obtenido condenas antes de que su uso fuese legalizado; y antes de que se inventara el detector.

Dyer Rand suspiró y se dejó caer en su sillón neumático.

- Me gustaría hacerlo si pudiera. En este momento quisiera que nunca se hubiese inventado este aparato, o que su uso se haya introducido en los Tribunales. Pero no olvide que la ley que lo legaliza, concede a las dos partes el derecho de pedir su uso ante los jueces. Si un criminal sabe que puede engañarlo, exigirá su uso aunque nosotros no queramos. Y ya me dirá qué posibilidad hay de que un jurado lo condene, cuando el acusado exige el uso del detector de mentiras y éste confirma su inocencia.

- Muy poca, desde luego.

- Menos que nada, Joad. Tomemos este asunto de Gyp Girard, que fue absuelto ayer. Yo sé que él mató a Pete Bailey. Usted lo sabe. Las pruebas que me envió fueron, en circunstancias normales, definitivas. Y sin embargo yo sabía que íbamos a perder el caso. No me habría molestado en llevarlo a los tribunales, si no fuera por una sola cosa.

- ¿Cuál?

- Para hacerle venir aquí, Joad. No tenía ningún otro recurso para ponerme en contacto con usted, y tenía la esperanza de que si leía las noticias de la absolución de Girard, después de las pruebas que me había dado, no dejaría de venir a verme, para saber qué había pasado.

Se levantó y volvió a pasearse por la oficina.

- Joad, voy a volverme loco. ¿Cómo es posible que toda el hampa pueda engañar al detector? Esto es lo que quiero saber y va a ser el caso más importante de toda su vida. Tómese un año o cinco, Joad, pero resuélvalo. Fíjese en la historia de las fuerzas de la Ley. Siempre la policía ha tenido ventaja sobre los criminales en el campo de la ciencia. Ahora los criminales, por lo menos en Chicago, nos llevan ventaja a nosotros. Y si la situación sigue así, si no conseguimos encontrar la respuesta, nos dirigimos hacia una nueva edad media, cuando no era seguro para ningún hombre ni mujer el caminar por la calle después de anochecido. Los mismos fundamentos de nuestra sociedad pueden ser derribados. Nos encontramos enfrentados a algo maligno y muy poderoso.

Bela Joad cogió un cigarrillo de la cajita que había encima del escritorio de Rand; se encendió automáticamente tan pronto como lo tuvo en los labios. Era un cigarrillo verde y Joad sacó dos nubecillas de humo verde por la nariz, antes de contestar, casi sin interés aparente:

- ¿Tiene alguna sugestión que ofrecer, Rand?

- He tenido dos ideas - dijo Rand -, pero ya las he desechado. La primera es de que las máquinas habían sido preparadas, con el fin de que declarasen a favor de los delincuentes. La segunda es de que los técnicos que las hacen funcionar, se habían puesto de acuerdo con los acusados. Pero he hecho que se investigara tanto a los hombres como a las máquinas, desde todos los puntos de vista posibles y no he podido encontrar nada sospechoso. En los casos importantes he tomado precauciones especiales. Por ejemplo, el detector que usamos en el juicio de Girard era nuevo, recién salido de la fábrica y lo comprobé en esta misma oficina. - Rand se rió -. Puse al Capitán Burke bajo el aparato y le pregunté si era fiel a su esposa. Me contestó que sí y casi rompe la aguja. De aquí salió para el Tribunal, bajo custodia especial.

- ¿Y el técnico que lo hizo funcionar?

- Yo mismo me senté a los controles. Fui a aprender su uso, por las noches, durante cuatro meses.

Bela Joad asintió.

- De modo que no es la máquina ni el técnico. Hemos eliminado estas posibles causas y ahora puedo investigar de aquí en adelante.

- ¿Cuánto tiempo le va a llevar, Joad?

- No tengo la menor idea.

- ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Algo que necesite para empezar a trabajar?

- Sólo una cosa, Dyer. Necesito una lista de los delincuentes que han conseguido vencer al detector y el expediente de cada uno de ellos. Sólo de aquellos en los que estemos totalmente seguros de que han cometido los crímenes imputados. Si hay alguna duda razonable, no los ponga en la lista. ¿Cuándo podré tener esta lista?

- Ahora mismo; la tenía hecha pensando en el día que podríamos hablar de este asunto. Es un informe muy largo, de modo que lo he microcopiado - dijo Rand, mientras entregaba a Bela Joad un pequeño sobre.

- Gracias - dijo Joad - No vendré a verle a menos de que tenga alguna información importante o necesite su cooperación. Creo que lo primero que voy a hacer, va a ser preparar un asesinato para que podamos poner al asesino enfrente del detector.

Los ojos de Dyer Rand se abrieron.

- ¿A quién se va a asesinar?

- A mí - dijo Bela Joad sonriendo.

Cuando llegó a su hotel, sacó el sobre que Rand le había dado y pasó varias horas estudiando los microfilms con su microlector de bolsillo, hasta que pudo repetir palabra por palabra su contenido, de memoria. Luego quemó los films y el sobre.

Después de aquello, Bela Joad pagó su cuenta en el hotel y desapareció, pero un hombre bajito que no se parecía ni remotamente a Joad, alquiló un cuarto en un hotel barato, bajo el nombre de Martin Blue. El hotel estaba en Lakeshore Drive, que entonces era el corazón del hampa de Chicago.

El mundo criminal de Chicago había cambiado menos, en cincuenta años, de lo que uno podía suponer. Las pasiones humanas no cambian, o lo hacen muy lentamente. Era cierto que ciertos delitos habían disminuido apreciablemente, pero por el contrario, el juego había aumentado. La seguridad y el bienestar de que todos disfrutaban, era quizás un factor dominante en ese aumento. Ya no había necesidad de ahorrar para la vejez como, en épocas pasadas, habían hecho unos cuantos.

El juego era un campo propicio para los criminales y ellos cultivaban ese campo adecuadamente. Una técnica muy adelantada había aumentado el número de formas de juego, y al mismo tiempo había mejorado la eficiencia de los sistemas utilizados para dar ventaja a los fulleros. El juego con trampa era un negocio enorme y, diariamente ocurrían muertes y luchas entre bandas que se disputaban los derechos territoriales para sus casas de juego, del mismo modo que habían luchado por las mismas causas en los días idos de la prohibición, cuando el alcohol era el rey del crimen. Aún existían cabarets y clubs nocturnos, pero ése era un negocio de menor importancia. La gente había aprendido a beber con moderación. Y las drogas era una cosa pasada, aunque aún se hacía algún tráfico en ellas.

Todavía habían robos y atracos, aunque no con tanta frecuencia como cincuenta años atrás.

El asesinato era ligeramente más frecuente. Sociólogos y criminólogos diferían respecto a las razones para este aumento en los delitos de esa categoría.

Las armas de defensa y ataque habían, desde luego, mejorado mucho, pero no incluían las atómicas. Todas las armas atómicas y subatómicas eran rígidamente controladas por el Ejército y nunca eran usadas, ni por la policía ni por los delincuentes. Eran demasiado peligrosas; la pena de muerte era obligatoria para cualquiera a quien se encontrara en posesión de un arma atómica.

Pero las pistolas y revólveres que poseían el criminal de 1999, eran muy eficaces. Eran mucho más pequeñas, más compactas y completamente silenciosas. Tanto las pistolas como las municiones estaban hechas de magnesio superduro y eran muy ligeras. El arma más común era la pistola del calibre 16 - tan mortal como la 45 del tiempo pasado, porque los diminutos proyectiles eran explosivos - y hasta una pequeña pistola de bolsillo contenía de cincuenta a cien balas.

Pero volvamos a Martin Blue, cuya entrada en el mundo del hampa coincidió con la desaparición de Bela Joad del hotel de este último.

Se vio muy pronto que Martin Blue no era un hombre agradable. No tenía medios de vida aparente, aparte del juego y parecía perder, en pequeñas cantidades, más de lo que ganaba. Casi se vio metido en dificultades por una cuestión de un cheque sin fondos, que entregó para saldar sus pérdidas en un garito, pero pudo evitar que lo liquidaran pagando al día siguiente en efectivo. Lo único que leía era el Microdiario de las carreras y bebía mucho, casi siempre en una taberna con una sala de juego clandestina en la trastienda que antes había sido propiedad de Gyp Girard. Una vez le dieron una paliza, porque defendió a Gyp Girard ante un comentario del actual propietario, quien dijo que Gyp había perdido el valor y se había vuelto honrado.

Durante una temporada la suerte se volvió contra Martin y éste se vio tan apurado que tuvo que emplearse como camarero, en el bar de un garito en el Boulevard Michigan, llamado Sucio Joe, quizá porque el dueño del local, Joe Zatelli, era considerado como uno de los hombres más bien vestidos de Chicago, y eso en los años de fin de siglo, cuando los trajes de piel de leopardo (piel sintética, pero más fina y cara que la verdadera piel de leopardo) eran muy comunes y todo el mundo usaba ropa interior de seda plástica.

Entonces le sucedió una cosa muy graciosa a Martin Blue. Joe Zatelli lo mató. Lo sorprendió, después de haber cerrado, mientras robaba la caja del bar y en el momento en que Martin daba media vuelta para huir, Zatelli disparó. Hizo tres disparos para asegurarse. Y luego Zatelli, quien nunca había confiado en los cómplices, puso el cuerpo en su coche y lo abandonó en una calleja detrás de un teleteatro.

El cuerpo de Martin Blue se levantó y se fue a ver al jefe Rand para decirle personalmente lo que quería que se hiciera.

- Se ha arriesgado mucho, Joad - dijo Rand.

- No lo crea - contestó Blue -. Yo había puesto cartuchos de fogueo en su pistola y estaba bien seguro de que usaría aquella arma. Y no se va a enterar de qué clase de cartuchos lleva, a menos de que se trate de matar a otra persona. Tienen toda la apariencia de cartuchos verdaderos. Y además llevaba un chaleco especial bajo el traje. Flexible para facilitar los movimientos y acolchado por encima para que parezca carne al contacto, y desde luego no pudo sentir el latido del corazón cuando me cogió para llevarme al coche. Y estaba preparado para emitir un sonido como el de las balas explosivas al estallar en el interior.

- ¿Y qué habría pasado si hubiese cambiado de pistola o de balas?

- ¡Oh!, ese chaleco es a prueba de balas de cualquier arma, excepto las atómicas. El peligro estaba en que se le ocurriese alguna forma extravagante de hacer desaparecer el cuerpo. Me las habría arreglado, desde luego, pero se habría estropeado el plan que me ha costado tres meses de preparación. Pero tenía bien estudiada su forma de operar y estaba seguro de lo que haría. Y ahora esto es lo que quiero que haga usted, Dyer.

Los periódicos y programas de televisión de la mañana siguiente, difundieron la noticia de que había sido encontrado el cuerpo de un hombre sin identificar, en cierta callejuela de los barrios bajos. Al mediodía se informó al público de que el muerto había sido identificado como un tal Martin Blue, un ratero de poca categoría que había vivido en Lakeshore Drive, en el corazón de Chicago. Y a la noche, ya se rumoreaba en todos los bares y cabarets de la ciudad que la policía sospechaba de Joe Zatelli, que había sido el patrón de Martin Blue, y que posiblemente lo iban a detener para ponerle ante el detector.

Varios agentes de paisano vigilaron el local de Zatelli, tanto la entrada principal como la trasera, para ver dónde iría si es que salía a la calle. Vigilando el frente del local había un hombre pequeño, con la estatura de Bela Joad o Martin Blue. Desgraciadamente, a Zatelli se le ocurrió salir por la puerta trasera y consiguió despistar a los detectives que le siguieron la pista.

Lo detuvieron a la mañana siguiente, a pesar de todo, y lo llevaron a jefatura. Lo pusieron enfrente del detector de mentiras y le preguntaron qué sabía sobre Martin Blue. Zatelli admitió que Blue había trabajado para él, pero que lo había visto por última vez, cuando Martin había dejado el trabajo, la noche del asesinato. El detector indicó que no mentía.

Entonces los policías se sacaron un as de la manga. Hicieron entrar a Martin Blue en la habitación donde se estaba interrogando a Zatelli. Pero la jugada falló. Las agujas del detector no se movieron ni una fracción de milímetro y Zatelli contempló a Blue y luego a sus interrogadores con gran indignación.

- ¿Qué significa esto? - exigió -. Este tipo ni siquiera está muerto, ¿y me están preguntando si es que yo lo he matado?

Los policías aprovecharon la ocasión de tener a Zatelli allí, para preguntarle sobre unos cuantos crímenes que podía haber cometido, pero pronto se hizo aparente de acuerdo a sus contestaciones y al detector de mentiras que no había cometido ninguno de ellos. Al final lo pusieron en libertad.

Desde luego aquello fue el fin de Martin Blue. Después de mostrarse ante Zatelli en la jefatura, igual podía estar muerto en aquella calleja, para lo que les iba a servir de ahora en adelante.

Bela Joad comentó con el jefe Rand.

- Bien, de todos modos, ahora lo sabemos.

- ¿Qué es lo que sabemos?

- Tenemos la seguridad de que el detector está siendo engañado sistemáticamente. Era posible que se hubieran cometido una serie de detenciones equivocadas con anterioridad. Inclusive las pruebas que le di contra Gerard podían haber estado equivocadas. Pero ahora sabemos que Zatelli venció a la máquina. Solamente siento que Zatelli no hubiera salido por la puerta principal, de modo que yo hubiese podido seguirle; ahora podríamos tener el caso completamente resuelto, en vez de conocer sólo una parte de él.

- ¿Va a regresar? ¿Tendremos que empezar de nuevo? Sí, pero no del mismo modo. Esta vez tengo que estar en el otro extremo de un asesinato, y voy a necesitar su ayuda para eso.

- La tendrá. Pero, ¿no quiere decirme qué es lo que piensa hacer?

- Me temo que no me es posible, Dyer. Es sólo una idea muy vaga. En realidad, la he tenido desde que empecé a trabajar en este asunto. ¿Querrá hacerme otro favor, Dyer?

- Desde luego. ¿Qué es?

- Ponga uno de sus hombres a seguir a Zatelli y que vigile todo lo que haga de ahora en adelante. Ponga otro en la pista de Gyp Girard. En realidad, quisiera que usara todos los hombres de que pueda disponer y que vigilen a cada uno de los hombres de los que estamos seguros de que se han burlado del detector durante estos dos últimos, años. Y que se mantengan siempre a distancia, que no dejen que esos tipos se den cuenta de que están siendo seguidos. ¿Podrá hacerlo?

- No sé qué es lo que busca, pero lo haré. ¿No puede decirme nada? Joad, esto es importante. No olvide que no se trata de un caso rutinario. Esto es algo que puede llevar al derrumbe de la ley.

Bela Joad sonrió.

- El asunto no es tan grave, Dyer. La ley que se pueda aplicar contra el hampa, desde luego. Pero usted está consiguiendo su porcentaje usual de condenas para los crímenes y delitos que no son cometidos por profesionales.

Dyer Rand lo miró confuso.

- ¿Y qué es lo que esto tiene que ver con nuestro caso?

- Quizá tenga mucha importancia. Es por esto que aún no le puedo decir nada. Pero no se preocupe. - Joad se inclinó a través de la mesa y golpeó en el hombro del jefe, y en aquel momento los dos parecían, aunque ellos no se dieran cuenta, como si un «foxterrier» le extendiera la pata a un gran «San Bernardo».

- No se preocupe, Dyer. Le prometo que le traeré la solución. Aunque quizá no podrá hacer uso de ella.

- ¿Sabe realmente lo que está buscando?

- Sí. Estoy buscando a un criminólogo que desapareció hace más de dos años. El Dr. Ernst Chappel.

- ¿Usted cree...?

- No estoy seguro. Por esto quiero encontrar al Dr. Chappel.

Y esto fue todo lo que Rand pudo conseguir de Joad. Bela Joad abandonó la oficina de Dyer Rand y regresé al hampa.

Y en el bajo mundo de Chicago apareció una nueva estrella. Quizá deberíamos llamarla una nova más bien que simplemente una estrella, tan rápidamente se convirtió en famoso o notorio. Físicamente, era un hombre bajito, no más alto que Bela Joad o Martin Blue, pero no era una persona de maneras corteses como Joad ni una hiena como Blue. Tenía lo necesario para imponerse en un mundo de malhechores y sabía utilizar bien sus cualidades. Se hizo el dueño de un pequeño club nocturno, pero era sólo para cubrir las apariencias. Detrás de esa fachada, sucedían muchas cosas, cosas de las que la policía aún no podía acusarle, y las que no parecían conocer, pero el bajo mundo estaba bien enterado.

Su nombre era Willie Ecks, y nadie en el mundo del hampa hizo amigos y enemigos con mayor rapidez. Tenía muchos de cada; los primeros eran poderosos y los segundos peligrosos. En otras palabras, ambos eran el mismo tipo de personas.

Su breve carrera fue verdaderamente - si me permiten seguir con mi símil celestial - meteórica. Y por una vez ese símil gastado e inexacto ha sido usado correctamente. Los meteoros no se elevan, como sabe cualquiera que haya estudiado meteorología, la cual no tiene nada que ver con los meteoros. Los meteoros caen, a veces con gran estruendo. Y eso es lo que le sucedió a Willie Ecks cuando se hubo elevado lo bastante.

Tres días antes, el peor enemigo de Ecks había desaparecido de entre el seno de sus amigos. Dos pistoleros de su banda esparcieron el rumor de que la policía lo había detenido, pero eso era evidentemente un intento de prepararse la coartada, ya que tenían la intención de vengarlo. El rumor fue desacreditado, cuando a la siguiente mañana, se supo que el cuerpo del gangster había sido hallado, con un peso en los pies, en el Lago Azul del Parque Washington.

Y al anochecer del mismo día se empezó a comentar en todos los clubs y en todas las tabernas, que la policía tenía pruebas de quién era el asesino - que había usado un arma atómica prohibida - y que planeaban la detención de Willie Ecks para interrogarlo. Estas cosas se saben rápidamente aunque no se quiera que los demás se enteren.

Fue en el segundo día que había pasado Willie Ecks escondido en un hotel barato en la calle North Clark, un hotel antiguo con ascensores y ventanas en las paredes, y donde sólo unos cuantos amigos fieles sabían que se había refugiado, que uno de esos fieles amigos llamó de cierta manera a la puerta y fue inmediatamente admitido.

El nombre del recién llegado era Mike Leary, y era un acérrimo amigo de Willie y enemigo del caballero que, según los periódicos, había sido hallado en el Lago Azul.

Sus primeras palabras fueron:

- Creo que estás en un lío, Willie.

- Sí - contestó Willie. No había usado depilatorio facial durante los dos últimos días y su cara estaba azul por la barba y aún más azulada por el miedo.

Mike le dijo:

- Hay una salida, Willie. Te va a costar diez de los grandes. ¿Puedes conseguirlos?

- Los tengo. ¿Cuál es la salida?

- Hay un hombre. Yo sé cómo encontrarlo. Nunca lo he usado, pero lo haría si me viera en un lío como el tuyo. El puede arreglar tu asunto, Willie.

- ¿Cómo?

- Te enseñará cómo puedes engañar al detector de mentiras. Puedo conseguir que venga aquí y que arregle esta cuestión. Entonces puedes dejar que las policías te detengan para interrogarte, ¿comprendes? Tendrán que dejarte en libertad o si te llevan ante el juez, no conseguirán que te condenen.

- ¿Y qué pasará si me preguntan, respecto... bien, no importa, sobre otras cosas que puedo haber hecho?

- Ese amigo lo arreglará todo. Por los cinco mil te pondrá en condiciones de que puedas enfrentarte con ese detector y de que no puedan acusarte de nada.

- Antes has dicho diez mil.

Mike Leary hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa.

- Yo también tengo que vivir, ¿no es así, Willie? Y me has dicho que tenías los diez grandes, de manera que debes estar dispuesto a pagarlos para salir de este atolladero.

Willie Ecks discutió con él, pero todo en vano. Tuvo que darle a Mike cinco billetes de mil dólares como pago por su intervención en el asunto. No es que ese dispendio le importase mucho, ya que los que pagó fueron billetes de mil dólares muy especializados. La tinta verde con que estaban impresos, se convertiría en violeta dentro de unos días. Ni siquiera en el año 1999 es posible hacer pasar un billete de mil dólares de color violeta, de modo que cuando los billetes cambiasen, Mike Leary también se pondría de color violeta, pero entonces ya sería demasiado tarde para que pudiese remediarlo.

Ya era bien entrada la noche, cuando llamaron a la puerta de la habitación que Willie Ecks ocupaba en aquel hotel Este; es levantó de donde estaba leyendo los periódicos de la tarde y apretó un botón que hizo que la puerta se volviese transparente desde el interior.

Estudió con atención al hombre de aspecto corriente que estaba en el exterior. No puso ninguna atención a los contornos faciales ni al desaliñado traje amarillo que llevaba. Se fijó bastante en los ojos, pero principalmente estudió la forma y colocación de las orejas y las comparó mentalmente con las orejas que había visto en las fotografías que había examinado concienzudamente.

Por fin Willie Ecks volvió a ponerse la pistola en el bolsillo y abrió la puerta.

- Entre - dijo.

El hombre del traje amarillo entró y Willie Ecks cerró la puerta con cuidado y luego dio la vuelta a la llave.

- Estoy muy contento de verle, Dr. Chappel.

Su voz tenía un tono de convicción y en realidad el hombre llamado Willie Ecks estaba satisfecho de su trabajo.

Ya eran las cuatro de la mañana cuando Bela Joad se encontró delante de la puerta del departamento de Dyer. Tuvo que esperarse, allí en el pasillo tenuemente iluminado, el tiempo que necesitó el jefe de Policía para levantarse de la cama y llegar hasta la puerta y luego poner en funcionamiento el tablero transparente por un lado y opaco por el otro y examinar a su visitante.

La cerradura magnética suspiró suavemente y la puerta se abrió. Los ojos de Rand estaban soñolientos y su cabello revuelto. Llevaba unas zapatillas de plástico y un pijama de neonylon arrugado.

Se hizo a un lado para permitir la entrada a Joad y éste pasó hasta el centro de la habitación y se quedó mirando a su alrededor con curiosidad. Era la primera vez que entraba en las habitaciones particulares de Rand. El departamento era como el de cualquier otro soltero de buena posición de aquella época. El mobiliario era sencillo y funcional, cada pared pintada en un tono pastel diferente, levemente fluorescente, emitía un agradable calor radiante, y la suave pero constante caricia de los rayos ultravioleta mantenía a las personas que podían permitirse aquella clase de instalación, saludablemente bronceadas. La alfombra tenía un dibujo de cuadros alternados, de color beige y gris, con piezas sueltas y cambiables, de modo que se compensara el uso en sus diferentes partes. Y el techo, desde luego, era un espejo de una sola pieza, que daba la sensación de altura y espacio.

Rand dijo:

- ¿Buenas noticias, Joad?

- Sí, pero ésta es una entrevista no oficial, Dyer. Lo que voy a decirle tiene que quedar en secreto entre nosotros dos.

- ¿Qué quiere decir?

- Aún parece dormido, Dyer - dijo Joad - Tomemos una taza de café, ¿no? Lo despertará y yo lo necesito.

- Muy bien - dijo Rand. Entró en la pequeña cocina y apretó el botón que calentaba la cafetera automática.

- ¿Lo quiere con coñac? - preguntó desde allí.

- Sí, muchas gracias.

En un minuto, Rand regresó con dos tazas de fragante y humeante café. Esperó con impaciencia hasta que estuvieron confortablemente sentados y hubieron tomado el primer sorbo de café, y entonces preguntó:

- ¿Bien, Joad?

- Antes de empezar, quiero repetir que esta entrevista no es oficial, Dyer. Puedo darle la solución completa del caso, pero solamente lo haré en el bien entendido de que la olvidará cuando yo salga de aquí; que nunca se lo contará a otra persona y de que no tomará ninguna iniciativa a consecuencia de lo que yo le diga.

Dyer Rand se quedó mirando a su huésped incrédulamente.

- ¡No puedo prometerle nada de esto! - dijo -. Soy el jefe de Policía, Joad. Tengo mis deberes para con mi puesto y el pueblo de Chicago.

- Por eso vine aquí, a su departamento, en vez de ir a su oficina. Ahora no está trabajando, Dyer. Esta es su casa y puede hablar como particular.

- Pero...

- ¿Me lo promete?

- ¡No!

- Entonces siento haberle despertado. - Bela Joad suspiró, dejó la taza y empezó a levantarse.

- ¡Espere! No puede hacer eso. No puede irse ahora sin contarme nada.

- ¿Que no puedo?

- Está bien, conforme. Prometeré. Supongo que debe tener buenas razones para pedir algo tan extraordinario, ¿no es así?

- Sí, tengo poderosas razones.

- Bien, entonces aceptaré su palabra de que esto debe de ser así.

Bela Joad sonrió.

- Bien - dijo -. Entonces voy a darle el informe de mi último caso. Porque éste es el último caso en el que trabajo, Dyer. De ahora en adelante me dedicaré a otra clase de trabajo.

Rand lo miró con sorpresa.

- ¿Cómo?

- Voy a enseñar a los malhechores cómo engañar al detector de mentiras.

El jefe de Policía, Dyer Rand, dejó su taza lentamente y se puso en pie. Avanzó un paso hacia el hombre bajito, quien tenía la mitad de su peso y que seguía sentado en la silla de respaldo inclinado.

Bela Joad aún sonreía.

- No lo haga, Dyer - dijo -. Por dos razones. La primera es que no me tocará y yo podría herirle y no quiero. La segunda es que puedo explicárselo todo y es completamente honesto. Siéntese.

Dyer Rand se sentó.

Bela Joad dijo:

- Cuando me explicó que este caso era importante, ni usted mismo sabía hasta dónde llegaba su importancia. Y aún lo será más. Chicago es solamente el principio. Y de paso, gracias por los informes que le pedí. Son exactamente lo que esperaba.

- ¿Los informes? Si todavía están en mi oficina de la jefatura.

- Estaban. Los he leído todos y después los he destruido. Las copias también. Olvídese de ellos. Y no preste demasiada atención a sus estadísticas. También las he leído.

Rand frunció el ceño.

- ¿Y por qué debo olvidarlas?

- Porque confirman lo que Ernie Chappel me ha contado esta noche. ¿Sabe usted, Dyer, que el número de delitos importantes ha descendido mucho más en este último año que el porcentaje en que ha bajado el número de sus condenas obtenidas?

- Ya me he fijado en este detalle. ¿Quiere decir que existe una relación?

- Sin duda alguna. La mayoría de los delitos, un elevado porcentaje del total, son cometidos por delincuentes profesionales, reincidentes. Y, Dyer, esto aún va más lejos. De un total de varios miles de delitos cometidos al año, el noventa por ciento son cometidos por unos cuantos centenares de criminales profesionales. Y dígame, ¿se ha fijado en que el número de criminales profesionales en Chicago ha quedado reducido en un tercio en los dos últimos años? Pues lo ha hecho. Y ésta es la razón de que el número de delitos haya disminuido.

Bela Joad tomó otro sorbo de café y entonces se inclinó hacia delante.

- Gyp Girard, según sus informes, tiene ahora un puesto de refrescos en el West Side, y no ha cometido ningún delito durante todo el año pasado. Desde que consiguió vencer al detector de mentiras. - Siguió contando con los dedos - Joe Zatelli, que era uno de los tipos más duros en el North Side, ahora está llevando su restaurante decentemente. Carey Hutch, Wild Bill Wheeler. - La lista es muy larga. - Usted tiene los informes, y éstos no están completos porque hay muchos nombres que no están en la lista, gente que fueron a ver a Ernst Chappel para que les enseñara cómo engañar al detector de mentiras y después de todo no fueron arrestados. Y nueve de cada diez de ellos - y quizá me quedo corto - no han cometido ningún delito desde entonces

Dyer Rand dijo:

- Continúe, escucho.

- Mi primera investigación del caso Chappel me demostró que había desaparecido voluntariamente. Y ahora sé que Chappel es honrado y un gran hombre. Sabía que no estaba loco, porque era un psiquiatra al mismo tiempo que un criminólogo. Un psiquiatra tiene que estar cuerdo.

»De modo que comprendí que había desaparecido por alguna razón importante. Y cuando, hace nueve meses, me contó usted lo que estaba pasando en Chicago, empecé a sospechar que Chappel podía estar aquí realizando sus proyectos. ¿Empieza a comprender?

- Muy poco.

- Bien, espere. Lo entenderá cuando se forme una idea de cómo un experto psiquiatra puede ayudar a los criminales a engañar al detector.

- ¿Puede hacerlo? Pero... yo...

- Exactamente. Por la forma más elemental de tratamiento hipnótico. Algo que cualquier buen psiquiatra podía hacer hace cincuenta años. Los clientes de Chappel, que desde luego, no saben quién es él ya que para ellos Chappel es un personaje misterioso del hampa, que les ayuda a escapar de la policía, le pagan bien y le dicen qué crímenes serán los que les puede preguntar la policía, si los arrestan. El les dice que incluyan en su relación todos los delitos que hayan cometido en su vida, de modo que la policía no puede cogerles por algún asunto pasado. Y entonces...

- Espere un poco - interrumpió Rand - ¿Cómo puede conseguir que se confíen hasta ese punto?

Joad hizo un gesto de impaciencia.

- Muy sencillo. No le confiesan un solo crimen, ni siquiera a él. El sólo les pide una lista que incluya todo lo que hayan hecho en su vida. Pueden añadir alguna mentira y él no puede saber qué delitos son los verdaderos. De manera que eso no importa.

»Entonces los somete a una ligera hipnosis y les asegura que no son delincuentes ni nunca lo han sido y que nunca han hecho nada de las cosas escritas en la lista que les vuelve a leer. Y eso es todo.

»De modo que cuando les pone enfrente del detector y se les pregunta si es que han hecho esto o aquello, ellos pueden contestar que no y estar convencidos de ello. Por eso el aparato no puede indicar que mientan. Por esa razón Joe Zatelli no se inmutó cuando vio a Martin Blue entrar en aquella habitación. No recordaba que Blue estuviese muerto, excepto por lo que había leído en los periódicos.

Rand se inclinó.

- ¿Dónde está Ernst Chappel?

- No se le debe molestar, Dyer.

- ¿Que no se le debe molestar? ¡Es el hombre más peligroso que existe!

- ¿Para quién?

- ¿Cómo que para quién? ¿Está loco, Joad?

- No estoy loco. Es el hombre más peligroso que existe, pero sólo para los criminales. Fíjese, Dyer. Cuando un delincuente empieza a ponerse nervioso porque la policía lo va a detener, envía a buscar a Ernie o lo va a ver. Y Ernie lo limpia de todos sus pecados y además le convence de que no es un criminal.

» De modo que en nueve de cada diez casos, el individuo en cuestión deja de ser criminal. Dentro de diez o veinte años Chicago no va a tener hampa. El crimen organizado por los criminales profesionales no existirá. Siempre existirán los aficionados, pero comparativamente éstos no tienen importancia. ¿Qué le parece si tomamos un poco más de café?

Dyer Rand se dirigió a la cocina y lo sirvió. Ahora estaba completamente despierto, pero andaba como un sonámbulo.

Cuando volvió, Joad le dijo:

- Y ahora que me he asociado con Ernie, vamos a extender la organización a todas las ciudades del mundo en las que exista un bajo mundo que valga la pena. Adiestraremos personal escogido; ya me he fijado en dos de sus hombres y puede ser que pronto me los lleve conmigo. Vamos a seleccionar nuestros apóstoles - más o menos una docena - muy cuidadosamente. Tienen que poseer las cualidades necesarias para ese trabajo.

- Pero, Joad - protestó Rand -, ¿qué me dice de todos los crímenes que van a quedar sin castigo; de los criminales que escaparán a la justicia?

Bela Joad bebió el resto de su taza de café y se levantó.

- ¿Y qué importa más - dijo -, castigar criminales o terminar con el crimen? O si quiere mirarlo desde un punto de vista moral, ¿debe castigarse a un hombre por un crimen que no recuerda haber cometido, cuando ya no es un criminal?

Dyer Rand suspiró.

- Creo que tiene razón. Yo mantendré mi promesa.

Supongo que ya no le veré más.

- Probablemente, no, Dyer. Y voy a adelantarme a lo que va a decir. Sí, brindaremos juntos en despedida. Una copa de licor, sin el café.

Dyer Rand trajo dos vasos.

- ¿Bebamos por Ernst Chappel? - dijo.

Bela Joad sonrió.

- Lo incluiremos en el brindis, Dyer - dijo -. Pero vamos a beber por todos los hombres que trabajan para terminar su obra. Los médicos trabajan por el día en que la raza será tan fuerte que no serán necesarios médicos; los abogados trabajan por el día en que los pleitos no serán necesarios. Y los policías, criminólogos y detectives trabajan por el día en que ya no serán necesarios, porque el crimen no existirá.

Dyer Rand asintió seriamente y levantó su copa.

Luego bebieron.


Brian Aldiss - PLENISOL



Las sombras de los interminables árboles se alargaron al atardecer y luego desaparecieron, mientras el sol era consumido por un gran montón de nubes en el horizonte. Balank, preocupado, tomó su rifle laser del robot y se lo colocó debajo del brazo, aunque ello significara más peso con que cargar cuesta arriba y a pesar de lo cansado que estaba.

El robot nunca se cansaba. Habían estado trepando por aquellas colinas la mayor parte del día, y Balank tenía todos los músculos doloridos de andar agachado bajo las encinas, con la máquina siempre a su lado, adaptándose a su paso.

Durante casi todo el día sus instrumentos le habían indicado que el hombre lobo estaba muy cerca. Balank permanecía alerta, sospechando de cada árbol. Sin embargo, durante la última media hora el rastro se había desvanecido. Cuando alcanzaran la cumbre de la colina descansarían... o al menos descansaría el hombre. El claro en la cumbre estaba cerca ahora. Bajo las botas de Balank la capa de hojas secas iba haciéndose más delgada.

Había pasado demasiado tiempo con su cabeza inclinada hacia la alfombra pardo-dorada; incluso sus retinas estaban cansadas. Se detuvo, respirando profundamente el aire, y miró a su alrededor. Detrás de ellos, el paisaje, a través de una campiña deshabitada, era espléndido, pero Balank apenas le dedicó una ojeada. El indicador infrarojo del robot dejó oír su aviso y la máquina señaló con una delgada varilla hacia un punto situado delante de ellos. Balank vio al hombre casi en el mismo instante que la máquina.

El desconocido estaba de pie, medio oculto detrás del tronco de un árbol, observando con aire de incertidumbre a Balank y al robot. Cuando Balank levantó una mano en un gesto de saludo, el desconocido respondió con cierta vacilación. Cuando Balank mencionó en voz alta su número de identificación, el hombre salió cautelosamente de su escondite, contestando con su propio número. El robot consultó sus archivos, emitió una señal afirmativa y Balank y él avanzaron.

Al llegar a la altura del hombre vieron que tenía una pequeña garita móvil plantada en el suelo detrás de él. El desconocido estrechó la mano de Balank y dijo que se llamaba Cyfal.

Balank era un hombre alto y delgado, con muy poco pelo y la expresión cerrada de su rostro que podía ser considerada como característica de su época. Cyfal, por su parte, era tan delgado como él pero mucho más bajo, de modo que parecía más robusto; una abundante cabellera cubría todo su cráneo y caía ligeramente sobre su cara. Algo en sus modales, o quizás la expresión de sus ojos, hablaba del raro tipo de hombre cuya existencia discurría principalmente fuera de la ciudad.

- Soy el oficial maderero de esta zona - dijo, y señaló su receptor de muñeca al tiempo que añadía -: Me informaron que podría venir usted a esta zona, Balank.

- Entonces, sabrá que ando detrás del hombre lobo.

- ¿EL hombre lobo? Hay muchos de ellos moviéndose a través de esta región, ahora que las poblaciones humanas están concentradas casi enteramente en las ciudades.

Algo en el tono de la observación sonó a crítica social en los oídos de Balank; miró al robot sin contestar.

- De todos modos, tendrá usted una noche excelente para cazarle - dijo Cyfal.

- ¿A qué se refiere?

- Hay luna llena.

Balank no contestó. Sabía mucho mejor que Cyfal, pensó, que cuando había luna llena los hombres lobo alcanzaban el máximo de su fuerza.

El robot estaba reconociendo los alrededores, haciendo girar lentamente una de sus antenas. Balank le siguió. Hombre y máquina se detuvieron juntos en el borde de un pequeño acantilado detrás de la garita móvil. El acantilado era como el rizo de espuma sobre una gigantesca ola encrespada del Pacífico, ya que aquí la gran ola de la Tierra que era esta colina alcanzaba su punto más alto. Más allá, se hundía en unos frescos valles. La ladera descendente estaba cubierta de hayas, del mismo modo que la ladera opuesta lo estaba de encinas.

- Ese es el valle del Pracha. Puede ver el río desde aquí - dijo Cyfal, que se había acercado a ellos.

- ¿Ha visto usted a alguien que pudiera ser el hombre lobo? Su verdadero nombre es Gondalug, número de identidad YB5921, de la ciudad de Zagrad.

Cyfal dijo

- Vi alguien esta mañana que seguía este camino. Eran más de uno, creo. - Algo en su tono hizo que Balank le mirase fijamente -. No hablé con ninguno de ellos, ni ellos conmigo.

- ¿Les conoce?

- He hablado con muchos hombres aquí, en los bosques silenciosos, y más tarde he sabido que eran hombres lobo. Nunca me han hecho el menor daño.

Balank dijo

- Pero, usted les teme...

Aquella medio afirmación, medio pregunta, fundió la reserva de Cyfal.

- Desde luego que les temo. No son humanos... no son verdaderos hombres. Son enemigos de los hombres, ¿no es cierto? Poseen poderes mayores que los nuestros.

- Se les puede matar. No tienen máquinas, como nosotros. No son una grave amenaza.

- ¡Habla usted como un hombre de la ciudad! ¿Cuánto hace que anda detrás de ese hombre lobo?

- Ocho días. Le he tenido al alcance de mi laser, pero desapareció. Es un hombre gris, muy peludo, de facciones muy afiladas.

- ¿Quiere quedarse a cenar conmigo? Por favor. Necesito alguien con quien hablar.

Para cenar, Cyfal comió parte de un animal salvaje muerto al que había guisado. Balank, desagradablemente impresionado, comió sus propias raciones que transportaba el robot. En este y en otros sentidos, Cyfal era un anacronismo. Hacía millones de años que apenas se gastaba madera en las ciudades, y la principal tarea de los oficiales madereros consistía en fijar unas señales a los árboles viejos que habían caído peligrosamente, a fin de que las máquinas pudieran volar más tarde por encima de ellos y extraerlos como dientes careados de las mandíbulas del bosque. El puesto de oficial maderero era asignado de un modo creciente a las máquinas, a medida que escaseaban los hombres dispuestos a encargarse de aquella solitaria y peligrosa tarea lejos de las ciudades.

A lo largo de siglos de historia conocida, el género humano había creado máquinas que convirtieron sus ciudades en lugares de deleite. Las antiguas junglas de piedra de la breve adolescencia del hombre estaban tan profundamente enterradas en el olvido como las junglas de carbón del período Carbonífero.

El hombre y las máquinas habían descubierto el modo de crear vida. Se producían nuevos alimentos, que no eran carne ni verduras, y la antigua rueda del pasado estaba rota para siempre, ya que ahora el lazo entre el hombre y la tierra estaba cortado: la agricultura, la tarea de Adán, estaba tan muerta como los buques a vapor.

Las actitudes mentales estaban moldeadas por el cambio físico. A medida que las ciudades fueron capaces de mantenerse a sí mismas, la raza humana descubrió que sólo necesitaba ciudades y los recursos de las ciudades. Las comunicaciones entre ciudad y ciudad eran tan buenas que el viaje físico ya no resultaba necesario; una ciudad estaba separada de otra ciudad por extensiones de vegetación que las aislaban mutuamente como un planeta está aislado de otro planeta. Muy pocos de los habitantes de las ciudades pensaban siquiera en el exterior; los que iban físicamente al exterior tenían algún elemento de anormalidad en ellos.

- Los hombres lobo crecen en las ciudades como nosotros - dijo Balank -. Sólo en la adolescencia huyen de ellas para refugiarse en lugares agrestes. Supongo que sabe usted eso.

La luz que brillaba por encima de la cabeza de Cyfal parpadeaba de un modo irritante.

- No hablemos de hombres lobo después de la puesta del sol - dijo Cyfal.

- Las máquinas darán cuenta de ellos a su debido tiempo.

- No esté tan seguro de eso. Tienen más dificultades que un hombre para detectar a un hombre lobo.

- Supongo que se da usted cuenta de que eso es crítica social, Cyfal...

Cyfal se encogió de hombros y con la mayor descortesía conectó su receptor de muñeca. Al cabo de unos instantes, Balank hizo lo mismo. El operador se presentó inmediatamente, y Balank pidió que le conectara con el satélite que emitía las noticias.

Quería saber algo nuevo sobre el proyecto de exploración en curso, pero en los archivos no había ninguna novedad. Le comunicaron que volviera a conectar dentro de una hora. Al mirar a Cyfal, vio que éste contemplaba un programa musical; desde el lugar en que se encontraba, las figuras que danzaban en la diminuta pantalla aparecían completamente distorsionadas. Balank se puso en pie y se dirigió a la puerta de la garita.

El robot estaba fuera, siempre alerta. Una claridad fantasmagórica iluminaba el claro. Balank quedó sorprendido al darse cuenta de la rapidez con que había anochecido.

Súbitamente, tuvo conciencia de sí mismo como de un ente, vivo, con un período limitado de vida, la mayor parte del cual había discurrido ya. La introspección era algo tan desusado en él, que se asustó. Se dijo a sí mismo que había pasado demasiado tiempo persiguiendo al hombre lobo y lejos de la ciudad: la soledad empezaba a ejercer sobre él un efecto morboso.

Mientras estaba allí oyó que se acercaba Cyfal. El hombre dijo:

- Lamento haberme mostrado tan descortés cuando lo cierto es que me alegré sinceramente de verle a usted. Lo que pasa es que no estoy acostumbrado al modo de pensar de la gente de la ciudad. Le ruego que me disculpe... Temo que pueda usted pensar, incluso, que soy un hombre lobo.

- ¡Eso es absurdo! Le tomamos a usted una muestra de sangre en cuanto estuvo a la distancia conveniente - explicó.

Sin embargo, se dio cuenta de que Cyfal le tenía intranquilo. Acercándose al robot, cogió su rifle láser y lo deslizó debajo de su brazo.

- Por si acaso - dijo.

- Desde luego. ¿Cree que se encuentra por estos alrededores? Me refiero a Gondalug, el hombre lobo. ¿Tal vez siguiéndole a usted en lugar de que le siga usted a él?

- Como usted ha dicho, hay luna llena. Además, Gondalug no ha comido en varios días. Cuando el gene licantrópico se pone de manifiesto, los hombres lobos no comen alimentos sintéticos.

- ¿Es ese el motivo de que ocasionalmente devoren seres humanos? - Cyfal permaneció silencioso unos instantes y luego añadió -: Pero ellos forman parte de la raza humana... es decir, si se les considera como hombres que se convierten en lobos, y no en lobos que se convierten en hombres. Me refiero a que están más emparentados con nosotros que los animales o las máquinas.

- ¡Que las máquinas, no! - exclamó Balank, con voz alterada -. ¿Cómo podríamos sobrevivir sin las máquinas?

Ignorando aquello, Cyfal dijo

- En mi opinión, los humanos se están convirtiendo en máquinas. Por mi parte, preferiría convertirme en un hombre lobo.

En alguna parte entre los árboles resonó un grito de dolor, que se repitió.

- Es una lechuza - dijo Cyfal.

El sonido pareció retrotraerle al presente y rogó a Balank que entrara en la garita y cerrara la puerta. Sacó un poco de vino, que los dos hombres calentaron, salaron y bebieron juntos.

- Mi reloj es el sol - dijo Cyfal, cuando hubieron charlado un poco -. Me acostaré pronto. ¿Duerme usted también?

- Yo no duermo: descanso despierto.

- A mí no me han hecho la operación. ¿Piensa usted marcharse? ¿Piensa dejarme solo aquí, la noche de la luna llena? - inquirió Cyfal agarrando a Balank por la manga y soltándole luego rápidamente.

- Si Gondalug se encuentra por estos alrededores, quiero matarle esta noche. He de regresar a la ciudad. - Pero vio que Cyfal estaba asustado y se compadeció de él -. Aunque en realidad podría tomarme una hora de descanso: no me he tomado ninguna desde hace tres días.

- ¿Se la tomará usted aquí?

- Desde luego. Vaya a acostarse. Aunque, está usted armado, ¿no?

- A veces, el estar armado no sirve para nada.

Mientras Cyfal preparaba su camastro, Balank conectó de nuevo su receptor de muñeca. En aquel preciso instante se iniciaba el noticiario. Balank volvió a sumergirse en un remoto y terrible futuro.

Las máquinas habían conseguido avanzar ocho millones de años en su exploración del tiempo, pero una desviación en los quanta del espectro electromagnético había interrumpido su avance. El motivo de esto no había sido descubierto y residía en la cambiante naturaleza del sol, el cual influenciaba fuertemente la estructura del tiempo de su propio diminuto rincón de la galaxia.

Balank sentía curiosidad por saber si las máquinas habían resuelto el problema. Al parecer no era así, ya que la principal noticia del día era que la Plataforma Uno había decidido que las operaciones debían limitarse ahora al espacio de tiempo que había quedado abierto. Plataforma Uno era el nombre de la máquina situada a muchos centenares de siglos adelante en el tiempo, que por primera vez había traspasado la barrera del tiempo y establecido contacto con todas las civilizaciones gobernadas por máquinas posteriores a su propia época.

Era una lástima que únicamente los sentidos electrónicos de las máquinas pudieran avanzar en el tiempo... A Balank le hubiera gustado mucho visitar una de las gigantescas ciudades del remoto futuro.

La compensación era que los exploradores enviaban a su propia época imágenes de aquel mundo. Aquellos paisajes del futuro causaban una profunda impresión a Balank; e incluso mientras seguía el rastro del hombre lobo, una tarea que absorbía casi todas sus facultades, no dejaba de conectar su receptor de muñeca, en busca de todas las imágenes posibles de aquella inaccesible y terrorífica realidad que yacía a mucha distancia en el mismo stratum del tiempo que contenía su propio mundo.

Súbitamente, Balank oyó un ruido en el exterior de la garita y se puso rápidamente en pie. Empuñando el rifle, abrió la puerta y asomó la cabeza, con la mano izquierda apoyada en el marco de la puerta y su receptor de muñeca funcionando aún.

El robot montaba guardia en el exterior, sus sentidos funcionando ininterrumpidamente. Un par de hojas se desprendieron de los árboles; el silencio, aquí, no era nunca absoluto, como podía serlo en las ciudades por la noche; aquí siempre había algo vivo o moribundo. Mientras su mirada trataba de taladrar la oscuridad - aunque el robot, e incluso el hombre lobo, según decían, veían mucho más claramente que él en esta situación -, su visión quedó oscurecida por la representación del futuro que centelleaba débilmente en su muñeca. Dos fases del mismo mundo estaban yuxtapuestas, una de ellas prometiendo un entorno donde serían necesarios otros sentidos para sobrevivir.

Satisfecho, aunque todavía cauteloso, Balank cerró la puerta y volvió a sentarse y a estudiar la transmisión. Cuando ésta terminó, Balank pidió una repetición. Al darse cuenta de lo absorto que estaba, Cyfal conectó el mismo programa desde su camastro.

Encima de los desiertos de hielo de la Tierra brillaba un sol azul, demasiado pequeño para mostrar un disco, y desde aquella astilla de luz llegaban todos los cambios terrestres. Su luz era tan brillante como la luz de la luna llena. Todas las antiguas especies primitivas de flora se habían desvanecido hacía mucho tiempo. Los árboles, que por espacio de tantas épocas habían sido una de las formas soberanas de la Tierra, habían desaparecido. Los animales habían desaparecido. Los pájaros se habían desvanecido de los cielos. En los océanos, muy pocas formas de vida prolongaban su existencia.

Nuevas fuerzas habían heredado esta Tierra futura. Era la época de las mayestáticas auroras, de las noches del cero casi absoluto, de las ventiscas que duraban años.

Pero existían aún las ciudades, con sus luces ardiendo con más brillantez que un sol cada vez más frío; y existían las máquinas.

Las máquinas de aquella era remota eran objetos monstruosos y complicados, lentos y acorazados, muy semejantes a los dinosaurios que habían llenado una hora del amanecer de la Tierra. Vagaban por el yermo paisaje en sus ineludibles correrías. Trepaban al espacio, construyendo allí monstruosos brazos unidos por membranas que se extendían lejos de la órbita de la Tierra para recoger energía y el envolver al pobre sol en una amplia red de fuerza magnética.

En el curso natural de su evolución, el sol había alcanzado su fase blanca y enana. Su fase como estrella amarilla, cuando tenía que mantener vida vertebrada, fue muy breve. Ahora avanzaba hacia el período principal de su vida para convertirse en una estrella roja, enana.

Entonces alcanzaría la madurez y arrojaría sobre su tercer planeta la luz de una perpetua luna llena.

El documental presentando esta imagen del futuro incluía un comentario que consistía principalmente en la descripción de las dificultades técnicas con que se enfrentaban la Plataforma Uno y las otras máquinas en aquella época. Era algo demasiado complicado para que Balank pudiera comprenderlo. Levantó la mirada de su receptor y vio que Cyfal se había quedado dormido en su camastro.

Balank contempló al oficial maderero con aire pensativo. La crítica de las máquinas que se había permitido hacer le preocupaba. Naturalmente, la gente siempre estaba criticando a las máquinas, pero, después de todo, la raza humana dependía de ellas cada vez más, y la mayor parte de las críticas eran superficiales. Cyfal parecía dudar del papel absoluto de las máquinas.

Resultaba sumamente difícil decidir cuánto había de verdad en cualquier cosa. En los hombres lobo, por ejemplo. Eran y habían sido siempre enemigos del hombre, y por eso probablemente las máquinas les daban caza de un modo tan implacable: en beneficio del hombre. Pero, por lo que había aprendido en la escuela de patrullas, aquellos seres iban en aumento. ¿Poseían realmente poderes mágicos? Poderes que no estaban al alcance del hombre, que les permitían sobrevivir y medrar como el hombre no podía hacerlo, ni siquiera apoyado por todas las fuerzas de las ciudades. El Hermano Oscuro: así llamaban al hombre lobo, debido a que era como el aspecto nocturno del hombre. Pero no era un hombre. Aunque nadie podía decir exactamente en que se diferenciaba del hombre, aparte de que podía sobrevivir en condiciones mortales para el hombre.

Con el ceño fruncido, Balank volvió a acercarse a la puerta y se asomó al exterior. La luna estaba trepando por el cielo, proyectando una pálida luz sobre los árboles del claro y sobre el robot. Balank recordó aquel lejano día en que el sol no brillaría ya cálidamente.

El robot estaba conectado para una transmisión, y Balank se preguntó con quién estaría en contacto. Con el Cuartel General, posiblemente, recibiendo órdenes o enviando su informe.

- Me estoy tomando una hora de descanso - dijo Balank -. ¿Alguna novedad?

- Ninguna. Puedes descansar. Yo montaré guardia - dijo el circuito parlante del robot.

Balank volvió a entrar en la garita, se sentó y apoyó la cabeza en sus brazos doblados sobre la mesa. Una hora de descanso le dejaría como nuevo para las próximas setenta y dos horas. Quedó sumido en una semiinconsciencia. Al despertar, una hora más tarde, experimentó la desagradable sensación de que en su cerebro reinaba una especie de confusión.

Antes de que hubiera levantado la cabeza llegó el pensamiento: Nunca vemos ningún ser humano en el remoto futuro.

Se irguió en su asiento. Desde luego, no había sido más que una omisión casual en un breve programa. Los humanos no eran tan importantes como las máquinas, y esto tendría aún más validez en el lejano futuro. Pero ninguno de los documentales había presentado a seres humanos, ni siquiera en las inmensas ciudades. Esto era absurdo: allí habría montones de seres humanos. Las máquinas habían prometido, en la época de la histórica Emancipación, que siempre protegerían a la raza humana.

Bueno, se dijo Balank a sí mismo, estaba diciendo tonterías. Los subversivos comentarios que Cyfal se había permitido hacer habían trastornado sus ideas. Instintivamente, se volvió a mirar al oficial maderero.

Cyfal estaba muerto en su camastro. Su cabeza colgaba fuera de la colchoneta, con la garganta desgarrada. La sangre manaba aún lentamente de la herida, deslizándose hasta el hombro y goteando de allí al suelo.

Obligándose a sí mismo a hacerlo, Balank se inclinó sobre él. Una de las manos de Cyfal aferraba un trozo de piel gris.

¡El hombro lobo les había visitado! Balank se llevó una mano a la garganta, aterrorizado. Era evidente que se había despertado a tiempo para salvar su propia vida, y el hombre lobo había huido.

Permaneció largo rato contemplando con una expresión de piedad y de horror al hombre muerto, antes de tomar el trozo de piel de su mano. Lo examinó con disgusto. Era más suave de lo que había imaginado que podía ser la piel de un lobo. Le dio vuelta en la palma de su mano.

Había una letra impresa en la parte de la piel que no estaba cubierta de pelo.

Era apenas visible, pero Balank la reconoció como una S. No, tenía que ser un arañazo, una mancha, cualquier cosa menos una letra impresa. Esto significaría que la piel era sintética, y que había sido dejada como una evidencia para confundir a Balank...

Corrió hacia la puerta, empuñando el laser mientras salía, y se asomó al exterior. La luna estaba ahora muy alta en el cielo. Vio al robot avanzando a través del claro hacia él.

- ¿Dónde has estado? - inquirió.

- Patrullando. He oído algo entre los árboles y me ha parecido ver un gran lobo gris, pero no he podido destruirlo. ¿Por qué estás asustado? Estoy registrando un exceso de adrenalina en tus venas.

- Ven y echa una mirada. Alguien ha asesinado al oficial maderero.

Se hizo a un lado mientras el robot entraba en la garita y extendía un par de varillas sobre el cadáver que yacía en el camastro. Mientras el robot efectuaba aquella operación, Balank se guardó el trozo de piel en un bolsillo.

- Cyfal está muerto. Le han destrozado la garganta. Ha sido obra de un animal de gran tamaño. Balank, si has descansado, debemos reanudar ahora mismo la persecución del hombre lobo Gondelug, número de identidad YB5921. Él ha cometido este crimen.

Salieron al exterior. Balank estaba temblando. Dijo:

- Tendríamos que enterrar a ese pobre hombre.

- Si es necesario, podemos regresar cuando sea de día.

Resultaba imposible discutir con las máquinas. El robot había echado a andar, y Balank se vio obligado a seguirle.

Descendieron la ladera de la colina en dirección al río Pracha. La dificultad del descenso no tardó en borrarlo todo de la mente de Balank. Habían seguido a Gondalug hasta allí, y no parecía probable que el hombre lobo pudiese ir mucho más lejos. Más allá del valle se extendían unas mesetas completamente desprovistas de vegetación, en las cuales no habría modo de ocultarse. Gondalug tenía que encontrarse muy cerca, y no podían tardar en descubrirlo, gracias a sus instrumentos, y destruirlo. Con un poco de suerte, les conduciría a cavernas en las cuales encontrarían y exterminarían a otros hombres y mujeres, y tal vez niños, que eran portadores del mortífero gene licantrópico y se negaban a vivir en las ciudades.

Tardaron dos horas en llegar a la parte inferior del valle. De la ladera de la colina se habían desprendido unas rocas enormes que habían ido a caer sobre el lecho del río, creando un paisaje ideal para ocultarse.

- Tengo que descansar un momento - jadeó Balank.

El robot se detuvo inmediatamente. Permanecieron allí, rodeados por el rumor del pequeño río. De pronto, la máquina preguntó

- ¿Por qué has ocultado el trozo de piel de lobo que encontraste en la mano del oficial maderero?

Balank echó a correr, y dio un salto para buscar refugio detrás de la roca más próxima. Mientras caía en el fango, vio el rayo mortífero que pasaba por encima de su cabeza. Corrió de nuevo, en busca de un refugio más seguro al otro lado del río.

Desde la otra orilla, el robot le gritó

- ¡Balank! ¡Te has vuelto loco!

Sabiéndose casi a salvo, Balank replicó

- ¡Regresa a la ciudad, robot! ¡No podrás alcanzarme!

- ¿Por qué has ocultado el trozo de piel que tenía en la mano el oficial maderero?

- ¿Cómo puedes saber que la piel estaba allí? La pusiste tú. Tú mataste a Cyfal, porque sabía cosas acerca de las máquinas que yo ignoraba, ¿no es cierto? Querías que yo creyera que le había matado el hombre lobo, ¿verdad? Las máquinas están matando poco a poco a los hombres, ¿no? Los hombres lobo no existen...

- Estás en un error, Balank. Los hombres lobo existen. Han sobrevivido porque el hombre nunca ha creído realmente que existieran. Pero nosotras creemos que existen, y para nosotros representan una amenaza mucho mayor que la raza humana. De modo que renuncia a tu locura y vuelve aquí. Continuaremos buscando a Gondalug.

Balank no contestó. Se agachó y escuchó a la máquina gruñendo en la otra orilla del río.

Agachado sobre una roca por encima de la cabeza de Balank había un hombre vigoroso de cráneo aplastado. Contemplaba la escena que se desarrollaba debajo de él sin que se alterase un solo músculo de su rostro grisáceo y serio.

La máquina tomó una decisión. Al no obtener respuesta del hombre, se acercó al borde de la roca que Balank había saltado al iniciar su huida. Por un instante pensó en la posibilidad de transmitir un mensaje pidiendo ayuda, pero la ciudad más próxima, Zagrad, se encontraba a una distancia considerable. Entonces empezó a buscar el lugar más favorable para cruzar el río.

Desde su escondrijo, Balank no perdía de vista al robot. Se dio cuenta de sus intenciones, y comprendió que si permitía que la máquina pasara al otro lado estaba irremisiblemente perdido. Y comprendió también que las dificultades con que tropezaría el robot para franquear las rocas le ofrecían la posibilidad - tal vez la única - de destruirlo. Cogió una piedra de gran tamaño. Cuando el robot estuviera en precario equilibrio sobre una roca se precipitaría contra él, sin darle tiempo a reaccionar, y le golpearía con la piedra haciéndole caer al río.

La máquina era rápida y lista. Balank sólo podría disponer de una fracción de segundo para actuar. Llenó sus pulmones de aire, empuñó fuertemente la piedra, apretó los dientes, y...

Gondalug contemplaba la escena sin que se alterase un solo músculo de su rostro grisáceo. Como si no le afectara en absoluto. Vio lo que había en la mente del hombre, supo que esperaba la fracción de segundo precisa para entrar en acción...

Su propia raza, la del Hermano Oscuro del hombre, actuaba de un modo distinto. Miraba mucho más adelante, como siempre había hecho, de un modo inimaginable para el Homo sapiens. Para Gondalug, el desenlace de aquella pequeña lucha particular no tenía importancia. Sabía que su raza había ganado ya su batalla contra el género humano. Sabía que aún tenía que entablar su verdadera batalla contra las máquinas.

Pero aquel momento llegaría. Y entonces derrotarían a las máquinas. En los largos días en que el sol brillaría siempre sobre la bendita Tierra como una luna llena... en aquellos días, su raza vería terminada su espera y entraría en su propio reino salvaje.


Philip K. Dick - VISITA A UN PLANETA EXTRAÑO



El sol de última hora de la tarde brillaba cegador y caliente, un gran orbe tembloroso en el cielo. Trent se detuvo un momento para recuperar la respiración. En el interior de su casco forrado de plomo, su rostro estaba goteando sudor, gota tras gota de pegajosa humedad que le empañaba el visor y le atragantaba.

Se cambió de hombro la bolsa de emergencia y se subió el cinto de la pistola. Sacó un par de tubos agotados de su tanque de oxígeno y los descartó tirándolos entre las hierbas. Los tubos rodaron y desaparecieron, perdidos en los interminables montones de hojas y matorrales verde rojizos.

Trent comprobó el contador, vio que la lectura era lo bastante baja, y se echó hacia atrás el casco durante un precioso momento.

El aire fresco llenó su boca y nariz. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones. El aire olía bien... denso y húmedo y repleto del aroma de las plantas. Exhaló e inspiró nuevamente.

A su derecha se alzaba una gran columna de matorrales color naranja, envolviendo un inestable pilar de cemento. Por todo el llano paisaje se veía una gran extensión de hierba y árboles. En la distancia, una masa de vegetación se alzaba como una pared, una jungla de enredaderas, insectos, flores y matorrales que tendría que atomizar mientras avanzaba lentamente.

Dos inmensas mariposas danzaron pasando junto a él. Grandes formas frágiles, multicolores, que volaron erráticamente a su alrededor, alejándose luego. Por todas partes había vida: bichos y plantas y los animalillos de la espesura, una zumbante jungla de vida por todas partes. Trent suspiró y volvió a colocarse el casco. A lo más que se atrevía era a un par de inspiraciones.

Incrementó el flujo de oxígeno de su tanque y luego alzó el transmisor a sus labios. Lo tuvo un momento en emisión:

- Trent. Probando con el monitor de la Mina. ¿Me oís?

Un momento de estática y silencio. Luego, una débil y fantasmal voz:

- Adelante, Trent. ¿Dónde infiernos estás?

- Sigo yendo hacia el norte. Tengo ruinas delante. Quizá deba dar un rodeo. Parecen muy espesas.

- ¿Ruinas?

- Probablemente Nueva York. Comprobaré con el mapa.

La voz sonaba ansiosa:

- ¿Has encontrado algo?

- Nada. Al menos por el momento. Daré una vuelta e informaré dentro de una hora - Trent contempló su reloj -. Son las tres y media. Os llamaré antes del anochecer.

La voz dudó:

- Buena suerte. Espero que encuentres algo. ¿Qué tal su suministro de oxígeno?

- Bien.

- ¿Alimentos?

- Tengo bastantes. Quizá encuentre algunas plantas comestibles.

- ¡No corras ningún riesgo!

- No lo haré - Trent apagó el transmisor y lo volvió a colgar de su cinto -. No lo haré - repitió. Sacó su atomizadora, se volvió a colgar la bolsa de emergencia e inició de nuevo el camino, con sus pesadas botas forradas de plomo hundiéndose profundamente en el lujuriante follaje y en el humus de debajo del mismo.

Era poco después de las cuatro cuando los vio. Salieron de la jungla que los rodeaba. Eran dos, machos jóvenes: altos y delgados, y de un color azul grisáceo córneo parecido a la ceniza. Uno de ellos alzó su mano en saludo. Seis o siete dedos, con articulaciones extra.

- Tardes - trompeteó.

Trent se detuvo de inmediato. Su corazón retumbó.

- Buenas tardes.

Los dos jóvenes se le acercaron lentamente. Uno llevaba un hacha; un hacha para cortar follaje. El otro llevaba únicamente sus pantalones y los restos de una camisa de lona. Tenían casi dos metros y medio de altura, sin carne: huesos y ángulos duros y grandes ojos curiosos, con gruesos párpados. También había cambios internos, un metabolismo y una estructura celular radicalmente distintas, la habilidad para utilizar sales radiactivas, un sistema digestivo alterado. Ambos contemplaban a Trent con interés... con creciente interés.

- Oiga - dijo uno -. Usted es un ser humano.

- Así es - dijo Trent.

- Mi nombre es Jackson - el joven extendió su delgada mano azul córneo y Trent la estrechó torpemente. La mano se notaba frágil bajo su guante forrado de plomo. Su propietario añadió -: Mi amigo es Earl Potter.

Trent le estrechó la mano a Potter.

- Saludos - dijo Potter. Hizo una mueca con sus deformes labios -. ¿Podemos mirar su equipo?

- ¿Mi equipo? - repitió Trent.

- Su arma y equipo. ¿Qué es lo que lleva en el cinturón? ¿Y ese tanque?

- Transmisor... oxígeno - Trent les mostró el transmisor -. A pilas. Con un radio de ciento cincuenta kilómetros.

- ¿Es usted de un campo? - preguntó rápidamente Jackson.

- Sí. Allá en Pennsylvania.

- ¿Cuántos?

Trent, se alzó de hombros.

- Un par de docenas.

Los gigantes de piel azulada se mostraron fascinados.

- ¿Cómo han sobrevivido ustedes? A Penn le dieron duro, ¿no? Los estanques deben ser profundos por allí.

- Minas - explicó Trent -. Nuestros antepasados se metieron muy abajo en las minas de carbón cuando comenzó la Guerra. Así dicen los archivos. Estamos bastante bien instalados. Hacemos crecer nuestra propia comida en tanques. Tenemos unas pocas máquinas, bombas, compresores y generadores eléctricos. Algunos tornos manuales.

No mencionó que ahora los generadores tenían que ser puestos en marcha a mano, y que solo la mitad de los tanques seguían operando. Tras trescientos años, el metal y el plástico no servían de gran cosa; a pesar de los continuos arreglos y reparaciones. Todo se estaba desgastando, rompiendo.

- Oiga - dijo Potter -, esto deja como un tonto a Dave Hunter.

- ¿Dave Hunter?

- Dave dice que ya no hay ningún verdadero humano - explicó Jackson. Palpó con curiosidad el casco de Trent -. ¿Por qué no viene de vuelta con nosotros? Tenemos una colonia cerca de aquí... solo a una hora, más o menos, en el tractor: nuestro tractor de caza. Earl y yo estábamos cazando conejos flap-flap.

- ¿Conejos flap-flap?

- Conejos voladores. Buena carne, pero difíciles de cazar... pesan unos doce kilos.

- ¿Con qué los cazan? No será con el hacha.

Potter y Jackson se echaron a reír.

- Mire esto - Potter se sacó un largo tubo de latón de los pantalones. Lo llevaba en el interior de la pernera, a lo largo de su delgadísima pierna.

Trent examinó el tubo. Estaba hecho a mano. Latón blando cuidadosamente trabajado y enderezado. Un extremo tenía forma de boquilla. Miró su interior. Una pequeña aguja metálica estaba alojada en una masa de material transparente.

- ¿Cómo funciona? - preguntó.

- Lo lanza uno, como si se tratase de una cerbatana. Pero una vez el dardo-b está en el aire, sigue siempre a su objetivo. Tiene que suministrársele el impulso inicial. - Potter se echó a reír -. Yo lo suministro. Un gran soplido.

- Interesante. - Trent le devolvió el tubo. Con elaborado descuido, estudiando los dos rostros azul gris, preguntó -: ¿Soy el primer humano al que han visto?

- Así es - dijo Jackson -. Al Viejo le encantará recibirle. - Había ansiedad en su voz -. ¿Qué me dice? Nos ocuparemos de usted. Lo alimentaremos, le traeremos plantas y animales no radiactivos. ¿Qué le parecería pasar aquí una semana?

- Lo lamento - dijo Trent -. Tengo otro trabajo que hacer. Si paso por aquí de regreso...

Los córneos rostros mostraron desencanto.

- ¿Ni siquiera menos tiempo? ¿Esta noche? Le daremos mucha comida sin radiactividad. Tenemos un excelente desirradiador que el Viejo arregló.

Trent se golpeó el tanque.

- Voy corto de oxígeno. ¿No tendrán un compresor?

- No. No lo necesitamos para nada. Pero quizá el Viejo podría...

- Lo lamento - Trent se puso en marcha -. Tengo que seguir. ¿Están seguros de que no hay humanos en esta región?

- Creíamos que ya no quedaba ninguno en parte alguna. Se oyen rumores de vez en cuando. Pero usted es el primero que vemos - Potter señaló hacia el oeste -. Hay una tribu de rodadores en esa dirección - luego señaló vagamente hacia el sur -. Un par de tribus de insectos.

- Y algunos corredores.

- ¿Los ha visto?

- Vengo de esa dirección.

- Y hacia el norte hay algunos de los subterráneos... esos ciegos y perforadores - Potter hizo una mueca -. No puedo soportarlos, con sus galerías y perforaciones. Pero qué infiernos - sonrió -, cada uno tiene su forma de vida.

- Y hacia el este - añadió Jackson -, donde comienza el océano, hay una gran cantidad de la especie tortuga: el tipo submarino. Nadan por allí, usan esos grandes domos con aire y tanques... A veces salen de noche... Mucha gente sale de noche. Nosotros aún seguimos viviendo de día - se acarició su córnea piel azul grisáceo -. Esto filtra muy bien la radiación.

- Lo sé - dijo Trent -. Hasta la vista.

- Buena suerte - lo contemplaron irse, con sus ojos de gruesos párpados muy abiertos aún por el asombro, mientras el ser humano se abría camino lentamente por la lujuriosa vegetación verde, con su traje de metal y plástico brillando débilmente a la menguante luz del sol.


La tierra estaba viva, repleta de movimiento. Plantas, animales e insectos en una confusión desordenada. Seres diurnos, seres nocturnos, seres terrestres y acuáticos, de formas y en número increíbles que nunca habían sido catalogados y que probablemente jamás lo serían.

Al final de la Guerra, cada centímetro cuadrado de la superficie era radiactivo. Todo ser vivo sometido a rayos beta y gamma. La mayor parte de la vida murió..., pero no toda. Las radiaciones fuertes produjeron mutaciones: a todos los niveles, insectos, plantas y animales. El proceso normal de mutación y selección fue acelerado millones de años en segundos.

Esa descendencia alterada llenaba la Tierra. Una gigantesca horda brillante de seres saturados de radiación. En este mundo, solo aquellas formas de vida que podían usar un suelo radiactivado y respirar aire cargado de partículas podían sobrevivir. Insectos, animales y hombres que podían vivir en un mundo cuya superficie brillaba de noche.

Trent consideró esto hoscamente, mientras se abría paso por la calurosa jungla, quemando con gran experiencia los matorrales y enredaderas con su atomizadora. La mayor parte de los océanos se volatilizaron. Y el agua seguía cayendo aún, empapando el suelo con torrentes de caliente humedad. Aquella jungla estaba mojada... mojada, caliente y llena de vida. A su alrededor correteaban y producían ruidos muchos seres vivos. Apretó con fuerza su atomizadora, y siguió adelante.

El sol se estaba poniendo. Estaba comenzando a ser de noche. Una hilera de recortadas colinas se alzaba frente a él, a lo lejos, a la violácea luz. La puesta de sol iba a ser muy hermosa: a causa de las partículas en suspensión, partículas que aún flotaban desde las explosiones iniciales, hacía siglos.

Se detuvo un momento para mirar. Había recorrido un largo camino. Estaba cansado... y descorazonado.

Los gigantes de piel azul córneo eran una típica tribu mutante. Sapos, se los llamaba. A causa de su piel, ya que se parecía a la de los sapos córneos del desierto. Con sus órganos internos alterados para utilizar las plantas y el aire radiactivos, vivían fácilmente en un mundo en el que él solo podía sobrevivir con su traje forrado de plomo, visor polarizado, tanque de oxígeno, y píldoras de alimentos especiales no irradiados hechos crecer bajo tierra en la Mina.


La Mina... era hora de llamar de nuevo. Alzó su transmisor.

- Trent comprobando de nuevo - murmuró. Se lamió los resecos labios. Tenía hambre y sed. Quizá pudiera encontrar un sitio relativamente «frío», libre de radiación. Quitarse el traje durante un cuarto de hora y lavarse. Librarse del sudor y la suciedad.

Llevaba dos semanas caminando, encerrado en aquel caliente y pegajoso traje forrado de plomo, parecido al de un buzo. Mientras, a su alrededor, incontables formas de vida correteaban y saltaban, sin que les molestasen los mortíferos estanques de radiación.

- Mina - respondió la débil y lejana voz.

- Ya estoy harto por hoy. Me voy a parar a comer y descansar. Basta hasta mañana.

- ¿No hubo suerte? - fuerte desencanto.

- No.

Silencio. Luego:

- Bueno. Quizá mañana.

- Quizá. He encontrado una tribu de sapos. Unos machos jóvenes muy amables, de dos metros y medio de alto - la voz de Trent sonaba amarga -. Caminando por ahí sin más que camisas y pantalones. Con los pies descalzos.

El monitor de la Mina se mostraba desinteresado.

- Lo sé. Tienen suerte. Bueno, duerme algo y llámame mañana por la mañana. Ha llegado un informe de Lawrence.

- ¿Dónde está?

- Hacia el oeste. Cerca de Ohio. Caminando a buen ritmo.

- ¿Algún resultado?

- Tribus de rodadores, insectos y el tipo horadador que sale de noche... esas cosas blancas y ciegas.

- Gusanos.

- Sí, gusanos. Nada más. ¿Cuando volverás a informar?

- Mañana - dijo Trent. Desconectó y se colgó el transmisor del cinto.

Mañana. Contempló la distante hilera de colinas a la luz del anochecer. Cinco años. Y siempre... mañana. Era el último de una larga procesión de hombres enviados al exterior. Llevando preciosos tanques de oxígeno, píldoras alimenticias y una pistola atomizadora. Malgastando sus últimas reservas en una inútil exploración de las junglas.

¿Mañana? Algún mañana, no muy lejano, ya no quedarían más tanques de oxígeno ni píldoras alimenticias. Los compresores y las bombas habrían dejado definitivamente de funcionar. Estropeados para siempre. La Mina quedaría muerta y silenciosa. A menos que establecieran contacto muy pronto.

Se puso en cuclillas, y comenzó a pasar su contador por la superficie, buscando un lugar «frío» en el que desnudarse. Cayó dormido.


- Miradlo - dijo una lejana y débil voz. La conciencia le regresó en una oleada. Trent se despertó sobresaltado, echando mano a su atomizador. Era por la mañana. La grisácea luz solar se filtraba por entre los árboles. A su alrededor se movían unas figuras.

¡Su atomizador... había desaparecido!

Trent se sentó, completamente despierto. Las figuras eran vagamente humanas... pero no mucho. Insectos.

- ¿Dónde está mi arma? - preguntó Trent.

- Tómeselo con calma - un insecto avanzó, con los otros detrás. Hacía frío. Trent se estremeció. Se puso torpemente en pie, mientras los insectos formaban un círculo a su alrededor -. Se lo devolveremos.

- Dénmelo ya - estaba envarado y frío. Se colocó bien el casco y se apretó el cinto. Sentía escalofríos y se estremecía. Las hojas y enredaderas goteaban. Notaba el suelo blando bajo sus pies.

Los insectos conferenciaron. Había diez o doce de ellos. Extraños seres, más parecidos a insectos que a hombres. Tenían caparazones de gruesa y brillante quitina, ojos multifacetados. Nerviosas y vibrátiles antenas mediante las cuales detectaban la radiación.

Su protección no era perfecta. Una dosis fuerte, y estaban acabados. Sobrevivían mediante la detección y una inmunidad parcial. Su comida era tomada indirectamente, primero digerida por pequeños animales de sangre caliente y luego tomada como materia fecal, que ya no tenía partículas radiactivas.

- Es usted un humano - dijo un insecto. Su voz era aguda y metálica. Los insectos eran asexuados, al menos aquellos. Existían otros dos tipos, zánganos machos y una Madre. Aquellos eran guerreros neutros, armados con pistolas y hachas para la vegetación.

- Así es - dijo Trent.

- ¿Qué está haciendo aquí? ¿Hay más como usted?

- Unos cuantos.

Los insectos conferenciaron de nuevo, con sus antenas agitándose locamente. Trent esperó. La jungla estaba comenzando a agitarse con vida. Contempló una masa similar a la gelatina fluyendo hacia arriba por el costado de un árbol hasta llegar a las ramas, con un mamífero semidigerido visible en su interior. Algunas polillas diurnas pasaron revoloteando. Las hojas se agitaron cuando algunos animalillos subterráneos perforaron alejándose de la luz.

- Venga con nosotros - dijo un insecto. Hizo una seña a Trent para que fuera hacia adelante -. Vamos.

Trent lo siguió de mala gana. Caminaron a lo largo de un estrecho sendero, cortado recientemente por las hachas. Las primeras ramas y hojas de la jungla estaban ya creciendo de nuevo.

- ¿Adónde vamos? - preguntó Trent.

- Al Montículo.

- ¿Por qué?

- No le importa.

Contemplando como los insectos caminaban, Trent casi no podía creer que habían sido en algún tiempo seres humanos. O al menos sus antepasados. A pesar de su fisiología increíblemente alterada, los insectos tenían una mentalidad similar a la suya. Su estructura tribal era parecida a la de los estados orgánicos humanos: el comunismo y el fascismo.

- ¿Puedo preguntarle una cosa? - dijo Trent.

- ¿El qué?

- ¿Soy el primer ser humano que han visto? ¿No hay otros por aquí?

- Ya no.

- ¿Hay informes de colonias humanas por algún lugar?

- ¿Por qué?

- Simple curiosidad - dijo ceñudo Trent.

- Es usted el único - el insecto parecía complacido -. Tendremos una bonificación por esto. Por capturarle. Hay un premio permanente. Nadie lo había ganado antes.

También allí querían un humano. Un humano llevaba consigo una valiosa gnosis, una carga de tradición que los mutantes necesitaban incorporar a sus tambaleantes estructuras sociales. Necesitaban contacto con el pasado. Un ser humano era un brujo, un sabio que podía instruir y enseñar. Enseñar a los mutantes como había sido la vida, como habían actuado y vivido, y que aspecto habían tenido sus antepasados.

Una valiosa posesión para cualquier tribu... especialmente si no existía ningún otro ser humano en la región.

Trent maldijo profusamente. ¿Ninguno? ¿Nadie más? Tenía que haber otros seres humanos... en algún lugar. Si no al norte, hacia el este. Europa, Asia, Australia. En algún lugar, en algún punto del globo. Humanos, con herramientas y máquinas y equipos. La Mina no podía ser la única colonia, el único resto del verdadero hombre. Valiosas curiosidades... condenadas cuando se quemasen sus compresores y se secasen sus tanques de alimento.

Si no tenía suerte pronto...

Los insectos se detuvieron, escuchando. Sus antenas se agitaban suspicaces.

- ¿Qué pasa? - preguntó Trent.

- Nada - volvieron a ponerse en marcha -. Por un momento...

Un destello. Los insectos que abrían la marcha desaparecieron. Un apagado trueno los sacudió.

Trent cayó al suelo. Luchó, enredado en la pegajosa vegetación. A su alrededor los insectos luchaban locamente. Se peleaban con pequeños seres peludos que disparaban rápida y eficientemente sus armas, y que, a corta distancia, pateaban y rasgaban con sus inmensas patas.

Corredores.

Los insectos estaban perdiendo. Se retiraron, retrocediendo por el sendero, desperdigándose por la jungla. Los corredores saltaron tras ellos, impulsándose con sus poderosas patas traseras, como canguros. El último insecto desapareció. Se apagaron los ruidos.

- De acuerdo - dijo un corredor. Se detuvo para respirar, irguiéndose -. ¿Dónde está el humano?

Trent se puso lentamente en pie.

- Aquí.

Los corredores le ayudaron. Eran pequeños, de no más de un metro veinte. Redondos y gruesos, cubiertos por espesas pieles. Pequeños rostros bienhumorados lo contemplaban con preocupación. Ojos como cuentas, narices temblorosas y grandes patas de canguro.

- ¿Está bien? - preguntó uno. Le ofreció a Trent su cantimplora de agua.

- Estoy bien - Trent apartó la cantimplora -. Se llevaron mi atomizador.

Los corredores buscaron por los alrededores. No se veía por ninguna parte el atomizador.

- Déjenlo correr - Trent agitó la cabeza, atontado, tratando de coordinar sus pensamientos -. ¿Qué pasó? ¿Esa luz?

- Una granada - los corredores se hincharon de orgullo -. Tendimos un cable a lo ancho del sendero, atado al seguro.

- Los insectos controlan la mayor parte de esta área - dijo otro -. Tenemos que abrirnos camino luchando - de su cuello colgaban unos prismáticos. Los corredores iban armados con pistolas de balas y cuchillos -. ¿Es usted realmente un ser humano? - preguntó un corredor -. ¿De la especie original?

- Así es - murmuró Trent, con voz algo temblorosa.

Los corredores estaban asombrados. Sus ojos como cuentas se hicieron más grandes. Tocaron su traje de metal, su visor. Su tanque de oxígeno y su bolsa. Uno se acurrucó y con aire experto siguió el circuito de su aparato transmisor.

- ¿De dónde viene usted? - preguntó el líder con su voz parecida a un profundo ronroneo -. Es usted el primer ser humano que vemos en meses.

Trent se atragantó.

- ¿En meses? Entonces...

- No hay ninguno por aquí. Venimos del Canadá. De alrededor de Montreal. Hay una colonia humana allá.

Trent tenía la respiración alterada.

- ¿A una distancia que se pueda hacer caminando?

- Bueno, nosotros la hemos cubierto en un par de días. Pero vamos bastante deprisa - el corredor contempló dubitativo las piernas, recubiertas de metal, de Trent -. No sé, a usted tal vez le cueste más.

Humanos. Una colonia humana.

- ¿Cuántos? ¿Una colonia grande? ¿Avanzada?

- Es difícil recordar. Vi su colonia en una ocasión. En las profundidades de la tierra... Niveles, células. Les cambiamos algunas plantas «frías» por sal. Pero eso fue hace mucho.

- ¿Estaban muy desarrollados? ¿Tenían herramientas... maquinaria? ¿Compresores? ¿Tanques alimenticios que funcionasen?

El corredor se agitó inquieto.

- De hecho, quizá ya no estén allí.

Trent se quedó helado. El miedo lo atravesó como un cuchillo.

- ¿Quizá ya no estén allí? ¿Qué es lo que quiere decir?

- Quizá se hayan ido.

- Ido, ¿a dónde? - la voz de Trent sonaba apagada -. ¿Qué les pasó?

- No lo sé - dijo el corredor -. No sé lo que les pasó. Nadie lo sabe.


Siguió hacia adelante, apresurándose frenéticamente en dirección norte. La jungla dio paso a un bosque terriblemente frío. Grandes árboles silenciosos por todos lados. El aire era seco y tenue.

Estaba exhausto, y solo le quedaba un tubo de oxígeno en el tanque. Después de eso tendría que sacarse el casco. ¿Cuánto tiempo duraría? La primera lluvia le llevaría partículas letales a los pulmones. O el primer viento fuerte que llegase del océano.

Se detuvo, jadeando. Había llegado a lo alto de una larga ladera. Al fondo se extendía una llanura, cubierta de árboles, una extensión de un verde oscuro casi marrón. Aquí y allá brillaba un punto blanco. Algún tipo de ruinas. Una ciudad humana había estado allí hacía tres siglos.

Nada se movía... ningún signo de vida. Ningún signo por parte alguna.

Trent bajó la ladera. A su alrededor, el bosque estaba en silencio. Una sensación opresiva lo llenaba todo. Hasta faltaba el habitual ruido de los animalillos. Animales, insectos, hombrees... todo había desaparecido. La mayor parte de los corredores habían emigrado hacia el sur. Los animalillos probablemente habían muerto. ¿Y los hombres?

Llegó a las ruinas. Aquella había sido una gran ciudad en otro tiempo. Probablemente los hombres habían bajado a los refugios antiaéreos, las minas y los metros. Después habían agrandado sus cámaras subterráneas. Durante trescientos años los hombres, verdaderos hombres, habían sobrevivido, viviendo bajo la superficie, usando trajes forrados de plomo cuando salían afuera, haciendo crecer comida en tanques, filtrando su agua, comprimiendo aire libre de partículas. Protegiendo sus ojos contra la cegadora luz del brillante sol.

Y ahora... nada.

Alzó el transmisor.

- Mina - dijo secamente -. Soy Trent.

El transmisor carraspeó débilmente. Pasó largo tiempo antes de que respondiesen. La voz era débil y distante, casi perdida en la estática.

- ¿Y bien? ¿Los encontraste?

- Se han ido.

- Pero...

- Nada. Nadie. Completamente abandonado. - Trent se sentó en un muñón de cemento. Su cuerpo estaba muerto. Se le había escapado toda la vida -. Estuvieron aquí recientemente. Las ruinas no están cubiertas. Deben haberse ido en las últimas semanas.

- No tiene sentido. Mason y Douglas están en camino. Douglas tiene el tractor. Debería llegar ahí en un par de días. ¿Cuanto te durará el oxígeno?

- Veinticuatro horas.

- Le diremos que se apresure.

- Lamento no tener más que informar. Algo mejor - la amargura inundó su voz -. Después de todos esos años... Estuvieron aquí todo el tiempo, y ahora que finalmente llegamos hasta ellos...

- ¿Alguna pista? ¿Puedes saber lo que les pasó?

- Miraré - Trent se puso pesadamente en pie -. Si encuentro algo, informaré.

- Buena suerte - la débil voz se perdió en la estática -. Estaremos a la espera.

Trent devolvió el transmisor a su cinto. Alzó la vista al cielo gris. Era tarde, casi de noche. El bosque era hosco y ominoso.

Un débil manto de nieve estaba cayendo silenciosamente sobre la vegetación color marrón, ocultándola bajo una capa blanca. Nieve mezclada con partículas. Polvo mortal... que aún caía, después de trescientos años.

Encendió la lámpara de su casco. El haz iluminó un pálido círculo frente a él, entre los árboles, entre las derruidas columnas de cemento, los montones de vigas oxidadas. Entró en las ruinas.

En su centro halló las torres e instalaciones. Grandes pilares entrelazados con andamiajes de tubo, aún brillantes. Túneles que se abrían a las profundidades y parecían estanques oscuros... túneles desiertos y silenciosos. Miró al interior de uno, iluminándolo con la luz de su casco. El túnel bajaba recto, hundiéndose en el corazón de la tierra. Pero estaba vacío.

¿Adónde habían ido? ¿Qué les había pasado? Trent caminó atontado. Allí habían vivido seres humanos, allí habían trabajado, sobrevivido. Habían subido a la superficie. Podía ver los vehículos con cabezas excavadoras aparcados entre las torres, ahora grisáceos por la nieve nocturna. Habían subido y luego... se habían ido.

¿Adónde?

Se sentó bajo la protección de una columna derruida y encendió la calefacción. Su traje se calentó, con un lento y rojizo calor que le hizo sentirse mejor. Examinó el contador: el área estaba «caliente». Si quería comer y beber, tendría que irse a otro lugar.


Estaba cansado. Demasiado cansado para caminar. Se quedó sentado, descansando, hecho un ovillo, con la luz de su casco iluminando un círculo de nieve gris frente a él. La nieve caía silenciosamente encima suyo, y al final quedó cubierto, una masa gris sentada junto al derruido cemento. Tan silencioso e inmóvil como las torres y los andamiajes que lo rodeaban.

Se adormiló. Su calefacción zumbaba suavemente. A su alrededor se alzó un vientecillo, levantando la nieve, lanzándola contra él. Se deslizó un poco hacia adelante, hasta que su casco de metal y plástico quedó apoyado contra el cemento.

Hacia medianoche se despertó. Se irguió, repentinamente alerta. Había algo... un ruido. Escuchó.

A lo lejos, un rugido apagado.

¿Douglas en el tractor? No, aún no... aún pasarían dos días. Se puso en pie, desparramando la nieve. El rugido estaba creciendo, haciéndose más fuerte. Su corazón comenzó a martillear locamente. Miró a su alrededor, con su haz de luz brillando entre la noche.

El suelo se estremeció, vibrando a su través, haciendo tabletear su tanque de oxígeno casi vacío. Alzó la vista al cielo... y se le quedó la boca abierta.

Una estela encendida rasgaba el cielo, incendiando la oscuridad de la madrugada. De un color rojo oscuro, y haciéndose más grande a cada segundo. La contempló, sin cerrar la boca.

Algo estaba bajando... aterrizando.

Un cohete.

El largo casco metálico resplandecía a la luz del sol de la mañana. Los hombres estaban trabajando atareadamente, cargando equipo y suministros. Por los túneles corrían vehículos, trayendo materiales desde los niveles subterráneos hasta la nave que esperaba. Los hombres trabajaban cuidadosa y eficientemente, cada uno enfundado en su traje de metal y plástico, en su escudo, cuidadosamente cerrado, de plomo.


- ¿Cuántos hay en su Mina? - preguntó suavemente Norris.

- Unos treinta - los ojos de Trent estaban clavados en la nave -. Treinta y tres, incluyendo los que están fuera.

- ¿Fuera?

- Explorando. Como yo. Un par están de camino hacia aquí. Deberían llegar pronto. A última hora de hoy, o mañana.

Norris tomó unas notas en su bloc.

- Podremos llevar unos quince con esta carga. Recogeremos al resto la próxima vez. ¿Pueden resistir una semana más?

- Sí.

Norris lo contempló con curiosidad.

- ¿Cómo nos encontró? Hay mucho trecho desde Pennsylvania. Estamos haciendo nuestros últimos viajes. Si hubiera venido un par de días más tarde...

- Unos corredores me guiaron hasta aquí. Dijeron que ustedes se habían ido. Pero no sabían donde.

Norris se echó a reír.

- Nosotros tampoco sabíamos donde.

- Pero deben estar llevando todo esto a algún lugar. Esta nave... Es vieja, ¿no? ¿Reparada?

- Originalmente era algún tipo de bomba. La localizamos y la reparamos... trabajábamos en ella de tiempo en tiempo. No estábamos seguros de lo que queríamos hacer. Aún no lo estamos. Pero sabemos que tenemos que irnos.

- ¿Irnos? ¿Irnos de la Tierra?

- Naturalmente - Norris le hizo una seña para que fuera hacia la nave. Subieron por la rampa hasta una de las compuertas. Norris señaló hacia abajo -. Mire ahí... esos hombres cargando.

Los hombres casi habían acabado. Los últimos vehículos estaban medio vacíos, trayendo los últimos restos de los subterráneos, libros, discos, cuadros, artefactos... los restos de una cultura. Una multitud de objetos representativos metidos en la bodega de la nave para ser llevados lejos de la Tierra.

- ¿Adónde? - preguntó Trent.

- De momento a Marte. Pero no nos vamos a quedar allí. Probablemente seguiremos más lejos, hacia las lunas de Júpiter y Saturno. Quizá Ganímedes nos convenga. Y si no Ganímedes, alguna otra. En el peor de los casos nos podemos quedar en Marte. Es bastante seco y árido, pero no es radiactivo.

- ¿No tenemos ninguna posibilidad aquí... no hay forma en que limpiar las áreas radiactivas? Si pudiéramos enfriar la Tierra, neutralizar las nubes «calientes» y...

- Si hiciéramos eso - dijo Norris -, todos ellos morirían.

- ¿Ellos?

- Los rodadores, corredores, gusanos, sapos, insectos... todos los demás. Las innumerables variedades de la vida. Las innumerables formas adaptadas a esta Tierra... esta Tierra «caliente». Estas plantas y animales utilizan los metales radiactivos. Esencialmente, la nueva base de la vida es una asimilación de las sales metálicas «calientes», sales que son absolutamente mortíferas para nosotros.

- Pero, aún así...

- Aun así, realmente no es nuestro mundo.

- Somos los verdaderos humanos - replicó Trent.

- Ya no. La Tierra está viva, repleta de vida. Crece locamente... en todas direcciones. Somos una forma, una forma vieja. Para vivir aquí tendríamos que restaurar las viejas condiciones, los viejos factores, el equilibrio que había hace trescientos cincuenta años. Un trabajo colosal. Y, si lo lográsemos, si consiguiésemos enfriar la Tierra, no quedaría nada de todo esto.

Norris señaló al gran bosque marrón. Y, tras él, hacia el sur, al inicio de la húmeda jungla que continuaba ininterrumpidamente hasta el estrecho de Magallanes.

- En cierta manera, es lo que nos merecemos. Nosotros hicimos la guerra. Nosotros cambiamos la Tierra. No la destruimos... la cambiamos. La hicimos tan diferente que no podemos seguir viviendo en ella.

Norris señaló las hileras de hombres con casco... hombres enfundados en plomo, en gruesos trajes protectores, cubiertos por capas de metal y cables, contadores, tanques de oxígeno, escudos, píldoras alimenticias, agua filtrada. Los hombres trabajaban, sudando dentro de sus pesados trajes.

- ¿Los ve? ¿Qué le parecen?

Un trabajador subió, jadeando y resoplando. Por un breve instante alzó su visor e inspiró rápidamente una bocanada de aire. Lo cerró de nuevo con un golpe y, nervioso, lo atornilló en su lugar.

- Dispuestos a irnos, señor. Todo está cargado.

- Cambio de planes - dijo Norris -. Vamos a esperar hasta que los compañeros de este hombre lleguen aquí. Su colonia se está hundiendo. Otro día de espera no nos causará problemas.

- De acuerdo, señor - el trabajador bajó, descendiendo hacia la superficie, una extraña figura en su pesado traje forrado de plomo, esférico casco e intrincado equipo.

- Somos visitantes - le dijo Norris.

Trent tuvo un violento estremecimiento.

- ¿Cómo?

- Visitantes en una planeta extraño. Mírenos. Trajes acorazados y cascos, trajes espaciales... para explorar. Somos una nave que se detiene en un mundo extraño en el que no podemos sobrevivir, deteniéndose un breve período para cargar y despegar de nuevo.

- Cascos cerrados - dijo Trent con una extraña voz.

- Cascos cerrados. Escudos de plomo. Contadores y alimentos y agua especiales. Mire allí.

Un pequeño grupo de corredores estaban apretujados, mirando anonadados a la gran nave brillante. Hacia la derecha, visible entre los árboles, había un poblado de corredores. Campos sembrados en cuadrículas, corrales, y casas de madera.

- Los nativos - dijo Norris -. Los habitantes del planeta. Ellos pueden respirar el aire, beber el agua, comer las plantas. Nosotros no. Este es su planeta... no el nuestro. Ellos pueden vivir aquí, edificar una sociedad.

- Espero que podamos regresar.

- ¿Regresar?

- De visita... algún día.

Norris sonrió tristemente.

- Yo también lo espero. Pero tendremos que conseguir el permiso de sus habitantes... el permiso para aterrizar - sus ojos brillaban divertidos. Y, repentinamente, con dolor. Una súbita agonía que ahogaba todo lo demás -. Tendremos que preguntarles si les parece bien. Y quizá diga no. Quizá no nos acepten...

Valentina Zuravleva - LA PIEDRA DE LAS ESTRELLAS



Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».

Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.

Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.

Tal vez penséis qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico. Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.

Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, decíase, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.

Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante - a veces se producen esas coincidencias - resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.

Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca - y hace casi medio siglo que nos conocemos - le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.

De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de astrofísica.

Tomé un taxi.

El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.

Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?

El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.

Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.

Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.

Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.

Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.

- ¿Se trata del meteorito del Pamir? - pregunté, adivinando ya la respuesta.

- Sí - respondió.

Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.

Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.

Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:

- No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.


Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.

El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal oscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.

- Si el cilindro fuera macizo - dijo Nikonov -, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos. Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...

- Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? - repliqué -. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.

- Descartado - respondió Nikonov -. Da golpes.

No lo entendí.

- ¿Qué es lo que da golpes?

- El que está dentro del cilindro - la voz de Nikonov tembló -. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.

Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.

- Han sondeado el cilindro - me dijo, soltando el receptor -. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.

En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?

Nikonov me escuchó y dijo:

- Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.

- De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.

- ¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?

- Bueno, seres pensantes.

- ¿Con unos brazos y unas piernas?

Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.

- Sin duda - contesté.

- No los hay en la nave - dijo Nikonov -. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.

Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.

- Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.

- ¿Las leyes generales de la evolución? - inquirió Nikonov -. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?

Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.

- Querido amigo - dijo Nikonov -, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.

¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.

- Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente - continuó Nikonov -. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.

»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...

Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.

- Querido amigo - dije -, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.

- Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?

- Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?

- En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.

- ¡Seríamos sirenas! - ironicé.

- Tal vez - replicó Nikonov, imperturbable -. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.

- Sin embargo - dije, sin querer darme por vencido -, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.

- No, no está descartado - convino Nikonov -, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».

Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.

Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...

Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.

Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:

- ¿Qué clase de motor utilizan?

Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...

- No hay ningún motor - respondió Nikonov -. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.

- ¡Ah! - exclamó Astakhov. Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros -. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.

- Probablemente - asintió Nikonov -. Esa es también mi opinión.

- ¿Cómo? - inquirí -. ¿Es posible controlarla?

- En principio, sí, indiscutiblemente - respondió Nikonov -. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.

Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:

- En seguida vamos para allá.

Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:

- Nos esperan.

Salimos al pasillo.

- Algunos físicos opinan - continuó Nikonov - que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.

Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.

Vi por primera vez la nave cósmica. Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal oscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.

Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...

Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.

No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el oscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...

Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.

Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.

Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.

Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.

La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.

Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.

Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los díodos y los tríodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y - hecho fundamental - de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.

En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!

He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.

- ¡Ah! - exclamó -. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...

Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.

Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...

A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.

No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y ala materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.

Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.

Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.

Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.

De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.

Me precipité hacia el sótano.

Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.

¿Qué podíamos hacer?

Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.

Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.

Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.

Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.

En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.

Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.

Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:

- Todo.

Los otros asintieron.

Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la sustancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.

La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una sustancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa sustancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.

El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.

Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.

Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.

Y, sin embargo, el descubrimiento más importante - hasta ahora no ha sido descifrado aún - se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.

En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.

De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.

Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.

No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.

Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.

Fredric Brown - PESADILLA DESPIERTO



Todo empezó como un sencillo caso de asesinato. Esto ya era bastante malo, porque era el primer asesinato cometido durante los cinco años que Rod Caquer llevaba de Teniente de las Fuerzas de Policía, en el Sector Tres de Callisto.

Toda la población del Sector Tres se sentía orgullosa de aquella marca, o por lo menos se había sentido, hasta que aquel récord había dejado de significar algo.

Pero antes de que aquel caso se terminara, nadie se habría sentido más contento que Rod Caquer si el asunto hubiese sido un simple caso de asesinato sin complicaciones cósmicas.

Los sucesos empezaron a ocurrir cuando el zumbido del aparato hizo que Rod Caquer dirigiera la mirada hacia la pantalla de su telecomunicador.

La imagen de Barr Maxon, Director del Sector Tres, le contemplaba severamente.

- Buenos días, Director - dijo Caquer, amablemente -. Me gustó mucho el discurso que pronunció la noche pasada sobre los...

Maxon le interrumpió.

- Gracias, Caquer - dijo -. ¿Conoce a Willem Deem?

- ¿El propietario de la tienda de libros y films? Sí, algo.

- Está muerto - anunció Maxon -. Parece asesinato. Más vale que vaya en seguida.

Su imagen desapareció de la pantalla, antes que Caquer pudiera hacer ninguna pregunta. Pero las preguntas podían esperar. Caquer ya se dirigía a la puerta, mientras se abrochaba el cinto de su espadín.

¿Un asesinato en Callisto? No acababa de creerlo, pero si era cierto lo mejor que podía hacer sería llegar allí cuanto antes. Con toda rapidez, si es que quería poder echar un vistazo al cuerpo antes de que no lo incineraran.

En Callisto, los cadáveres no pueden preservarse más de una hora después de su muerte, debido a las esporas de hylra que, en pequeñas cantidades, flotan siempre en el ambiente. Desde luego, son inofensivas para los tejidos vivos, pero aceleran enormemente la putrefacción en los tejidos animales muertos, de cualquier clase.

El Dr. Skidder, médico forense, atravesaba la puerta de la tienda de libros y películas cuando el Teniente Caquer llegaba, casi sin aliento.

El médico señaló con el pulgar hacia atrás.

- Más vale que se apresure si quiere echar una mirada. Se lo llevan por la puerta trasera. Pero he examinado...

Caquer pasó por su lado corriendo y alcanzó a los sanitarios en la parte de atrás.

- Hola, muchachos, déjenme echar un vistazo - dijo Caquer mientras levantaba la tela que cubría la cosa depositada en la camilla.

Después de verlo se sintió un poco marcado, pero no había ninguna duda de la identidad del cadáver o de la causa de la muerte. Había tenido la esperanza que aquello podría resultar en una muerte por accidente, después de todo. Pero el cráneo estaba partido hasta las cejas, un golpe dado por un hombre fuerte con una pesada espada.

- Deje que nos marchemos, Teniente. Hace casi una hora que lo han encontrado.

La nariz de Caquer confirmó esta observación y volvió a colocar la sábana en su lugar rápidamente y dejó que los sanitarios se dirigieran a su brillante ambulancia blanca, estacionada delante de la puerta.

Volvió a entrar en la tienda, pensativo, y lanzó una mirada a su alrededor. Todo parecía estar en orden. Las largas estanterías de mercancías envueltas en celofán estaban limpias y arregladas. La fila de cabinas en un extremo del local, algunas equipadas con visores para los clientes que deseaban examinar libros, mientras otras disponían de aparatos de proyección para aquellos que estaban interesados en microfilms, estaban vacías y ordenadas.

Un pequeño grupo de curiosos se había reunido en el exterior y Brager, uno de los policías, estaba ocupado en impedir que entrasen en el local.

- Oiga, Brager - dijo Caquer. El patrullero entró en la tienda y cerró la puerta detrás de él.

- Diga, Teniente.

- ¿Sabe algo de esto? ¿Quién lo encontró, cuándo, etc.?

- Yo lo encontré, hace casi una hora. Estaba haciendo mi ronda, cuando oí el disparo.

Caquer lo miró, sin expresión.

- ¿El disparo? - repitió.

- Sí. Entré corriendo y lo encontré muerto sin que se viera a nadie por aquí. Estaba seguro de que nadie había salido por la puerta principal, de modo que fui a la trasera y tampoco se veía a nadie. De manera que regresé y llamé por teléfono.

- ¿A quién? ¿Por qué no me llamó a mí directamente?

- Lo siento, Teniente, pero estaba excitado y sin duda marqué el número mal y salió la comunicación con el Director. Le dije que alguien había disparado contra Deem y me ordenó que me quedase de guardia y que él llamaría al forense, a la ambulancia y a usted.

«¿Lo habría hecho en aquel orden?», se preguntó Caquer. Sin duda, ya que él había sido el último en llegar allí.

Pero puso aquel detalle a un lado para concentrarse en la cuestión más importante, que Brager había oído un disparo. Eso era absurdo, a menos que, pero no, aquello era también absurdo. Si Willem Deem había sido muerto de un tiro, el médico no le habría abierto el cráneo como parte de su autopsia.

- ¿Qué es lo que quiere decir por un disparo, Brager? - preguntó Caquer -. ¿Un arma explosiva de las de tipo antiguo?

- Sí - dijo Brager -. ¿No ha visto el cadáver? Tiene un agujero en el pecho, justo en el corazón. Creo que es un agujero de bala. Nunca he visto uno antes. No sabía que existiera una pistola en Callisto. Fueron prohibidas antes que las armas radiónicas.

Caquer asintió lentamente.

- ¿No has visto ninguna otra señal de... ejem... alguna otra herida? - insistió.

- Caramba, no. ¿Por qué tendría que haber alguna otra herida? Un agujero en el corazón es suficiente para matar a un hombre, ¿no?

- ¿Adónde se fue el Dr. Skidder cuando salió de aquí? - preguntó Caquer -. ¿Dijo algo antes de irse?

- Sí, me dijo que como usted le pediría su informe se marchaba a su oficina y que esperaría hasta que usted fuese allí o le llamase. ¿Qué quiere que haga yo ahora, Teniente?

Caquer pensó por un momento.

- Vaya a la casa de al lado y use su visífono, Brager, yo tengo que comunicar por éste. - Caquer ordenó por fin al policía -. Llame a tres hombres más y los cuatro se dedican a visitar a todas las casas de la manzana y a preguntar a todo el mundo.

- ¿Quiere decir si vieron a alguien escapar por la puerta trasera, o si oyeron el disparo y todo eso? - preguntó Brager.

- Sí. También todo lo que sepan de Deem, o de quien pudiera haber tenido un motivo para matarlo.

Brager saludó y se marchó.

Caquer llamó al Dr. Skidder por el visífono.

- HoIa, Doctor - dijo -. Suéltelo todo

- Nada más que lo que había a la vista, Red. Un arma radiónica, desde luego. A corta distancia.

El Teniente Red Caquer trató de dominar sus pensamientos.

- Repita eso, por favor, Doctor.

- ¿Qué sucede? - preguntó Skidder -. ¿Nunca ha visto una muerte por arma radiónica antes? Es posible que no la haya visto, Red. Pero hace cincuenta años, cuando yo era estudiante, las teníamos de vez en cuando.

- ¿Cómo lo mató?

El Dr. Skidder pareció sorprendido.

- Ah, entonces no alcanzó a los sanitarios. Creía que habría visto el cuerpo. En el hombro izquierdo tenía quemada toda la piel y la carne, y el hueso chamuscado. La muerte fue debida a shock; el rayo no alcanzó ninguna área vital. La quemadura hubiese sido mortal de todos modos, pero el shock hizo la muerte instantánea.

«Los sueños deben ser algo parecido a esto», pensó Caquer. En los sueños pasan cosas que no tienen ningún significado - se dijo a sí mismo - pero ahora no estoy soñando, esto es real.

- ¿Ninguna otra herida o señales en el cuerpo? - preguntó lentamente.

- Ninguna. Le sugiero, Red, que se concentre en la busca del arma. Registre todo el Sector Tres, si es necesario. Ya sabe cómo son las armas radiónicas, ¿no?

- He visto fotografías - dijo Caquer - Dígame, Doctor ¿Hacen ruido? Nunca he visto el disparo de una.

El Dr. Skidder movió la cabeza.

- Hay un destello y un sonido silbante, pero no producen estruendo.

El doctor se lo quedó mirando.

- ¿Quiere decir un disparo de arma explosiva?

- Desde luego que no. Sólo un débil s-s-s. No se podría oír a más de cinco metros.

Cuando el Teniente Caquer hubo cerrado el visífono, se sentó y cerró los ojos, tratando de reunir sus ideas dispersas. De alguna manera tendría que encontrar la verdad entre tres observaciones contradictorias. La suya, la del policía y la del Doctor.

Brager había sido el primero en ver el cuerpo y había dicho que tenía un agujero en el corazón. Y que no había más heridas. Que había escuchado el ruido del disparo.

Caquer pensó, supongamos que Brager miente. Seguía sin haber lógica. Porque de acuerdo con lo dicho por el Dr. Skidder no había agujero de bala, sino una quemadura por rayo. Skidder había visto el cuerpo después de Brager.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber usado un arma radiónica en el intervalo, sobre un cuerpo ya muerto. Pero...

Pero aquello no explicaba la herida de la cabeza, ni el hecho que el médico no había visto el agujero de bala.

Alguien podía, por lo menos en teoría, haber golpeado el cráneo con una espada, entre el momento que Skidder había hecho la autopsia y el instante en que él, Caquer, había visto el cadáver. Pero...

Pero aquello no explicaba porque él no había visto el hombro quemado cuando había levantado la sábana que cubría el cuerpo de la camilla. Podía haber dejado de observar el agujero de la bala, pero no era posible que no se hubiera fijado en un hombro en el estado que lo había descrito el Dr. Skidder.

Siguió trabajando en aquel rompecabezas, hasta que al fin decidió que sólo había una explicación posible. El médico forense mentía, por la razón que fuese. Ello significaba, desde luego, que él, Rod Caquer, no se había fijado en el agujero de la bala; pero aquello seguía siendo posible.

Mientras que la historia de Skidder no podía ser cierta. El mismo Skidder, durante la autopsia, podía haber hecho la herida de la cabeza. Y después, podía haber mentido sobre la quemadura del hombro. Caquer no podía imaginarse por qué - a menos que el hombre estuviese loco - habría cometido ninguna de las dos cosas. Pero ésa era la única forma en que podía hacer encajar todas las piezas del problema.

Pero ahora el cuerpo ya había sido incinerado. Sería su palabra contra la del Dr. Skidder...

«Pero, ¡espera!...» los sanitarios, dos de ellos, tenían que haber visto el cuerpo cuando lo colocaban en la camilla.

Rápidamente, Caquer se puso en pie delante del visífono y obtuvo comunicación con el Hospital.

- Los dos sanitarios que retiraron un cadáver en la Tienda 9364, hace menos de una hora, ¿han llegado ya al Hospital? - preguntó.

- Un momento, teniente... Sí, uno de ellos ha acabado su guardia y se ha marchado a casa. Pero el otro está aquí.

- Que se ponga al aparato.

Red Caquer reconoció al hombre que se situó delante de la pantalla. Era uno de los enfermeros que le habían pedido que se apresurase.

- Sí, teniente - dijo el hombre.

- ¿Usted ayudó a poner el cuerpo en la camilla?

- Desde luego.

- ¿Qué diría usted que fue la causa de la muerte?

El hombre vestido de blanco se quedó mirando a la pantalla incrédulamente.

- ¿Está bromeando, Teniente? - sonrió -. Hasta un tonto podía ver lo que le había sucedido a aquel tipo.

Caquer arrugó el ceño.

- Sin embargo, hay declaraciones contradictorias. Quisiera su opinión.

- ¿Mi opinión? Cuando a un hombre le han cortado la cabeza, no pueden haber diferencias de opinión, Teniente.

Caquer se obligó a hablar tranquilamente.

- El otro hombre que fue con usted, ¿podrá confirmar eso?

- Desde luego. ¡Por Júpiter! Tuvimos que colocarlo en la camilla en dos trozos. Primero, nosotros dos colocamos el cuerpo y luego Walter cogió la cabeza y la colocó al lado del busto. El asesinato se cometió con una onda desintegradora, ¿no fue así?

- ¿Usted comentó el caso con su compañero? - dijo Caquer - ¿No hubo diferencia de opiniones respecto a... uh... los detalles?

- En realidad, sí que la hubo. Por eso le pregunté si el arma usada era un desintegrador. Después que llevamos el cuerpo al incinerador, mi compañero trató de convencerme que el corte tenía la apariencia de que alguien le hubiese dado varios golpes con un hacha o algo parecido. Pero era un corte limpio y recto.

- ¿Vio alguna señal de herida en la parte superior del cráneo?

- No. Oiga, Teniente, no tiene muy buen aspecto. ¿Le pasa algo?

Esa era la situación con la que se enfrentó Rod Caquer y no se le puede culpar por desear que todo hubiese quedado en un simple caso de asesinato.

Unas cuantas horas antes le había parecido bastante mal que se hubiesen interrumpido la serie de años en que no se había registrado ningún asesinato en Callisto. Pero, desde entonces, las cosas se habían complicado. El aún no lo sabía, pero aún se iban a complicar más y aquello era sólo el principio.

Ya eran las ocho de la tarde y Caquer seguía en su despacho con un ejemplar del formularlo 812 delante de él, encima de la brillante superficie de duraplástico de su escritorio. En el formulario había unas cuantas preguntas impresas, aparentemente preguntas muy sencillas.

Nombre del difunto: Willem Deem.

Ocupación: Propietario de una tienda de libros y films.

Residencia: Departamento 825. Sector Tres. Callisto.

Residencia comercial: Tienda 9364. St. Tres. Callisto.

Hora de la muerte: Aprox. 3 tarde. Hora Oficial Callisto.

Causa de la muerte:...

Sí, las cinco primeras preguntas habían sido contestadas en un abrir y cerrar de ojos. Pero, ¿y la sexta? Había estado contemplando el impreso durante más de una hora. Una hora de Callisto, no tan larga como las de la Tierra, pero inacabable cuando se está considerando una pregunta como aquélla.

Fuese como fuese, tendría que escribir algo.

En vez de hacerlo, apretó el botón del visífono y un momento más tarde Jane Gordon le estaba contemplando desde la pantalla. Y Rod Caquer le devolvió la mirada, porque era algo que valía la pena.

- Hola, Jane - dijo - Me temo que no podré venir esta noche. ¿Me perdonas?

- Desde luego, Rod. ¿Qué sucede? ¿El asunto de Deem?

El asintió sombríamente.

- Papeleo. Montañas de informes impresos que tengo que preparar para el Coordinador del Distrito.

- Oh, ¿cómo fue asesinado, Rod?

- El artículo sesenta y cinco - dijo él con una sonrisa - prohíbe dar detalles de ningún crimen sin resolver, a ninguna persona civil.

- Lástima del artículo sesenta y cinco. Papá conocía a Willem Deem y ha estado en casa a menudo. Mr. Deem era prácticamente un amigo nuestro.

- ¿Prácticamente? - preguntó Caquer - ¿Entonces debo entender que no te gustaba, Jane?

- Bien, creo que no. Era una persona de conversación interesante, pero un tipo sarcástico, Rod. Pienso que tenía un sentido pervertido del humor. ¿Cómo lo mataron?

- Si te lo digo, ¿me prometes que no harás más preguntas? - preguntó Caquer.

Los ojos de ella brillaron esperanzados.

- Desde luego.

- Le dispararon con una pistola del tipo explosivo y con otra radiónica. Alguien le abrió el cráneo con una espada, le cortó la cabeza con un hacha y también con una onda desintegradora. Después que estuvo colocado en la camilla, alguien le volvió a pegar la cabeza, porque no estaba separada cuando yo la vi. Y cerró el agujero de la bala, y...

- Rod, deja de decir tonterías - le interrumpió la muchacha -. Si no me lo quieres decir, conforme.

Rod sonrió.

- No te enfades. ¿Cómo sigue tu padre?

- Mucho mejor. Está durmiendo ahora, pero muy mejorado. Creo que podrá volver a la Universidad la semana que viene. Rod, pareces cansado. ¿Cuándo tienes que entregar esos informes?

- Veinticuatro horas después del crimen. Pero...

- Pero, nada. Vente aquí en seguida. Puedes escribir tu informe por la mañana.

Ella le sonrió y Rod sucumbió.

- Muy bien, Jane - dijo -. Pero voy a pasar por el Cuartel de Patrullas. He puesto algunos hombres investigando en el barrio donde se cometió el crimen y quiero sus informes.

Pero el informe, que encontró le estaba esperando, no lanzaba ninguna luz sobre el asunto. La investigación había sido completa, pero no había conseguido descubrir ninguna información de importancia. No se había visto a nadie entrar o salir de la tienda de Deem, antes de la llegada de Brager, y ninguno de los vecinos de Deem sabían que éste tuviera ningún enemigo. Nadie había escuchado el disparo.

Rod Caquer gimió y se metió el informe en el bolsillo. Mientras caminaba hacia la casa de los Gordon, se preguntó cómo iba a dirigir la investigación. ¿Qué es lo que hacía un detective en un caso como aquél?

Cierto; cuando él era un chico que iba a la escuela, allá en la Tierra, había leído novelas de detectives. Los policías generalmente conseguían atrapar a alguien, descubriendo discrepancias en sus declaraciones. Casi siempre lo hacían de un modo dramático.

Había Wilder Williams, el más grande de todos los detectives de novela, que podía mirar a un hombre y deducir toda su historia por el corte de su traje y la forma de sus manos. Pero Wilder Williams nunca se había encontrado con una víctima que había sido muerta de tantas formas diferentes como testigos.

Pasó una tarde agradable - pero inútil - con Jane Gordon, a quien pidió en matrimonio de nuevo y de nuevo fue rechazado. Pero ya estaba acostumbrado a eso. Ella estaba un poco más fría que de costumbre, esa noche, probablemente porque estaba resentida, ya que él no había querido contarle lo de Willem Deem.

Luego se fue a casa a dormir.

Desde la ventana de su departamento, después que hubo apagado la luz, podía ver la monstruosa bola de Júpiter colgada baja en el cielo, el verdeoscuro cielo de medianoche. Se tendió en la cama y la miró hasta que podía verla después de cerrar los ojos.

Willem Deem, muerto. ¿Qué iba a hacer con Willem Deem? Sus pensamientos giraban en círculos, hasta que al fin una idea clara surgió del caos.

Mañana por la mañana hablaría con el doctor Skidder. Sin mencionar la herida de espada en la cabeza, le preguntaría si había notado el agujero de bala que Brager decía haber visto sobre el corazón. Si Skidder aún decía que la quemadura radiónica era la única herida, llamaría a Brager y le dejaría que discutiese con el médico.

Y luego... Bien, ya pensaría en ello cuando llegase el momento. De otro modo nunca conseguiría dormir.

Pensó en Jane, y se durmió.

Después de un rato, soñó. ¿Era aquello un sueño? Si lo era, entonces soñó que se encontraba en la cama, casi, pero completamente despierto y que habían murmullos que le hablaban de todos los rincones de su habitación. Susurros que salían de la oscuridad.

¡Susurros!

- Mátalos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- El Sector Dos tiene todos los beneficios y el Sector Tres hace todo el trabajo. Explotan nuestras plantaciones de corla. Son malos.

- Mátalos, apodérate de ellos.

- Los odias, los odias, los odias.

- Los del Sector Dos son incapaces y usureros. Llevan la mancha de sangre marciana en las venas. Derramar, derramar sangre de Marte. El Sector Tres debe gobernar a Callisto. Tres es el número afortunado. Estamos destinados para gobernar a Callisto.

- Los odias, los odias, los odias.

- Mata, mata, mata.

- Sangre marciana de villanos usureros. Los odias, los odias, los odias.

Susurros.

- Ahora, ahora, ahora.

- Mátalos, mátalos.

- Ciento noventa millas a través de la llanura. Iremos allí en una hora con los monocoches. Ataque por sorpresa. Ahora, ahora, ahora.

Y Rod Caquer estaba levantándose de la cama, vistiéndose apresurada y ciegamente sin encender la luz, porque eso era un sueño y los sueños suceden en la oscuridad.

Su espada estaba en la vaina de su cinto y la sacó y probó el filo, y la hoja estaba afilada y dispuesta a verter la sangre de los enemigos a quienes iba a matar.

Ahora su espada iba a lucir en arcos de roja muerte, aquella espada que nunca había probado la sangre, aquella anacrónica espada que era la enseña de su profesión, de su autoridad. Él nunca había sacado la espada para luchar, aquel corto símbolo de una espada, sólo de cincuenta centímetros de largo; suficiente, sin embargo, para alcanzar el corazón; diez centímetros para llegar al corazón.

Los susurros continuaron.

- Los odias, los odias, los odias.

- Derrama la mala sangre; mata, mata, mata.

- Ahora, ahora, ahora, ahora.

Con la espada desenvainada en su puño crispado, había atravesado silenciosamente la puerta, bajado por la escalera, por delante de los otros departamentos.

Algunas de las otras puertas también se abrían. No estaba solo, allí en la oscuridad. Otras figuras se movían a su lado, en la negrura.

Se deslizó por la puerta hacia la oscuridad fría de la calle. La oscuridad que debía haber estado brillantemente iluminada. Esta era otra prueba de que estaba soñando. Las luces de la calle nunca se apagaban, después de anochecer. De las primeras horas de la tarde hasta el amanecer, nunca estaban apagadas.

Pero Júpiter, aún por encima del horizonte, proporcionaba suficiente luz para poder ver por dónde caminaba. Era como un dragón redondo en los cielos y la mancha roja con un maligno ojo.

Los susurros suspiraban en la noche, murmullos que llegaban de todas partes alrededor de él.

- Mata, mata, mata.

- Los odias, los odias, los odias.

Los susurros no venían de las figuras en sombras que le rodeaban. Todos marchaban hacia delante, silenciosamente, como él.

Los susurros procedían de la misma noche, palabras que ahora empezaban a cambiar de tono.

- Espera, esta noche no, esta noche no - decían. - Vuelve, vuelve, vuelve.

- Regresa a tu casa, a tu cama, regresa a tu sueño.

Y todas las figuras alrededor de él estaban de pie, inmóviles, llenas de vacilación igual que él. Y entonces, casi simultáneamente, habían empezado a obedecer a los susurros. Habían dado media vuelta y regresado igual que habían venido, y tan silenciosamente...

Rod Caquer se despertó con un ligero dolor de cabeza y una sensación de inquietud. El sol, pequeño pero brillante, ya estaba muy alto en el cielo.

Su reloj le dijo que era un poco más tarde que de costumbre, pero se quedó en la cama unos cuantos minutos aún, tratando de recordar el loco sueño que había tenido. Los sueños son así, hay que tratar de recordarlos inmediatamente que uno despierta, antes de estar completamente despierto, o uno se olvida de ellos completamente.

Había sido un sueño absurdo. Un sueño loco y sin sentido. ¿Quizás un efecto de atavismo? Una regresión a los días en que aún las gentes luchaban sin descanso, en los días de las guerras y odios y de la lucha por la supremacía.

Esto había sucedido antes de que el Consejo Solar, reuniéndose primero en uno de los planetas habitados y luego en otro, había conseguido poner orden por medio del arbitraje y luego se había llegado a la unión. Y ahora la guerra era una cosa del pasado. La parte habitable del Sistema Solar - Tierra, Venus, Marte y dos de las lunas de Júpiter - estaban todos bajo un solo Gobierno.

Pero en aquellos días sangrientos del pasado, las gentes habían sentido lo mismo que él había experimentado en aquel sueño atávico. Había sido en los días en que la Tierra - unida por el descubrimiento de los viajes interplanetarios - había conquistado a Marte, el único otro planeta ya ocupado por una raza inteligente, y desde allí había lanzado sus colonias de emigrantes a dondequiera que el Hombre podía poner el pie.

Algunas de esas colonias habían deseado la independencia y luego el predominio. Los siglos sangrientos, se llamaba ahora a aquella época.

Cuando se levantó de la cama para vestirse, vio algo que le confundió, sorprendiéndole. Sus ropas no estaban cuidadosamente colocadas en el respaldo de la silla al lado de la cama, como él las había dejado. En cambio estaban tiradas por el suelo, como si se hubiese desnudado rápida y descuidadamente en la oscuridad.

- ¡Por Júpiter! - pensó -. ¿Habré andado dormido esta noche? ¿Se habría realmente levantado de la cama y habría salido a la calle cuando soñó que lo había hecho? ¿Cuando aquellos susurros le habían dicho que lo hiciera?

«No puede ser - se dijo -. Yo no he andado dormido en mi vida y no lo he hecho ahora. Simplemente debo haber sido descuidado, cuando me desnudé la noche pasada. Estaba preocupado con el caso Deem. En realidad, no me acuerdo de haber puesto las ropas en aquella silla.»

De modo que vistió su uniforme rápidamente y se dirigió a su oficina. A la luz de la mañana le fue fácil completar aquellos informes. En el espacio marcado «Causa de la muerte» escribió: «El forense informa que fue debido a shock por una herida de arma radiónica».

Con esto salió del atolladero; él no había dicho que aquello fuese la causa de la muerte; simplemente que el médico decía que lo era.

Llamó a un mensajero y le entregó los informes con instrucciones de llevarlos al avión correo que saldría dentro de poco. Luego llamó a Barr Maxon.

- He terminado mi informe en el caso Deem - dijo -. Lo siento, pero aún no hemos encontrado la solución. Se ha preguntado a todos los vecinos. Hoy voy a interrogar a todos sus amigos.

El director Maxon movió la cabeza.

- Apresúrese, teniente - dijo -. Este caso debe ser resuelto. Un asesinato, en nuestros días, es algo suficientemente malo. Pero no se puede pensar en un crimen sin castigo. Animaría a cometer otros crímenes.

El teniente Caquer asintió sombríamente. Ya había pensado en ello. Había que pensar en las consecuencias sociales de un crimen, y aquello era también su trabajo. Un Teniente de Policía que dejase a nadie cometer un asesinato sin ser detenido, en su distrito, no tenía más remedio que dimitir.

Después que la imagen del Director había desaparecido del visífono, Caquer cogió la lista de los amigos de Deem, de un cajón de su escritorio, y empezó a estudiarla, principalmente pensando en decidir a quiénes iba a visitar primero.

Escribió un número «1» al lado del nombre de Perry Peters, por dos razones. La casa de Peters estaba sólo a unas cuantas puertas más arriba, y luego él conocía a Perry mejor que a ningún otro de la lista, con la posible excepción del profesor Jan Gordon. E iba a hacer aquella visita la última, porque más tarde sería fácil de encontrar a su hija Jane en casa.

Perry Peters estuvo contento de ver a Caquer y adivinó inmediatamente el motivo de su visita.

- Hola, Shylock.

- ¿Eh? - dijo Rod.

- Shylock, el gran detective. Se encuentra con un misterio por primera vez en su carrera de policía. ¿O ya lo has resuelto, Rod?

- Quieres decir Sherlock, estúpido: Sherlock Holmes. No, aún no lo he resuelto, si es que quieres saberlo. Mira, Perry, dime todo lo que sepas de Deem. ¿Lo conocías bastante bien, no es así?

Perry Peters se frotó la barba pensativo y se sentó en su banco de trabajo. Era tan alto y delgado que podía sentarse allí en vez de tener que saltar para ello.

- Willem era un poco extraño - dijo -. Desagradaba a mucha gente porque era sarcástico y tenía ideas absurdas en política. Yo, la verdad es que no estoy seguro que no tuviese razón la mitad de las veces, pero de todos modos me gustaba porque jugaba muy bien al ajedrez.

- ¿Esa era su única diversión?

- No. Le gustaba construir cosas, aparatos principalmente. Algunos de ellos eran muy buenos, aunque él los hacía como pasatiempo y nunca trató de patentarlos o de venderlos.

- ¿Quieres decir que inventaba aparatos, Perry? ¿Igual que haces tú?

- Bien, no eran tanto invenciones sino aparatos que aplicaban ideas ya conocidas. Pequeños instrumentos, la mayor parte, y Deem era mucho mejor en su trabajo de artesano que en ideas originales. Y, como ya te he dicho, era sólo un pasatiempo.

- ¿Nunca te ayudó en alguna de tus propias invenciones? - preguntó Caquer.

- Desde luego, en ocasiones. Sin embargo, no tanto en la idea, sino ayudándome a fabricar piezas difíciles. - Perry Peters describió un círculo con la mano que incluía todo el taller alrededor de él -. Mis herramientas están muy bien para trabajo basto, en comparación. Nada por debajo de milésimas de exactitud. Pero Willem tiene, tenía, un pequeño torno que es una maravilla. Corta cualquier cosa y preciso a un cincuentavo de milésima.

- ¿Qué enemigos tenía, Perry?

- Ninguno que yo sepa. De verdad, Caquer. A mucha gente no les gustaba, pero se trataba de una clase inofensiva de desagrado. Ya sabes lo que quiero decir, la clase de desagrado que puede hacer que vayan a otra tienda a comprar, pero no la clase que pueda hacerles desear el matarlo.

- ¿Y quién, si es que lo sabes, puede beneficiarse de su muerte?

- Hum... nadie, para así decirlo - dijo Peters, pensativo -. Su heredero es un sobrino que vive en Venus. Lo vi una vez y era un muchacho simpático. Pero la herencia no será nada que valga la pena. No valdrá más allá de unos cuantos miles de créditos.

- Aquí hay una lista de sus amigos, Perry - dijo Caquer mientras le entregaba un papel -¿Quieres mirarla y decirme si puedes añadir algún nombre? ¿O si puedes hacer alguna sugestión?

El inventor estudió la lista, y luego la devolvió.

- Me parece que los incluye a todos - le dijo a Caquer -. Hay un par de ellos que yo no sabía que lo conocieran lo bastante para merecer el estar en la lista. Y también tienes ahí sus mejores clientes, los que le hacían compras importantes.

El Teniente Caquer volvió a meterse la lista en el bolsillo.

- ¿En qué trabajas ahora? - preguntó a Peters.

- Algo que no puedo terminar, me temo - dijo el inventor -. Necesitaba la ayuda de Deem, o por lo menos el uso de su torno, para seguir adelante. - Cogió del banco de trabajo el par de anteojos más raro que Caquer había visto nunca. Los cristales tenían la forma de arcos de círculo, en vez de formar unos círculos completos y estaban sujetos en una banda de plástico flexible, sin duda diseñada para ajustarse apretadamente a la cara, alrededor de los cristales. En la parte central superior, donde quedaría contra la frente del que usase aquellas gafas, había una pequeña caja cilíndrica de unos cuatro centímetros de diámetro.

- ¿Y para qué sirve eso? - preguntó Caquer.

- Para usarlos en las minas de radita. Las emanaciones de ese mineral, mientras sigue en estado bruto, destruyen inmediatamente cualquier substancia transparente que se haya descubierto o fabricado hasta la fecha. Inclusive el cuarzo. Y también daña a los ojos descubiertos. Los mineros tienen que trabajar con los ojos vendados, como si dijéramos, guiándose solamente por el tacto.

- ¿Y cómo es que la forma de esos lentes va a impedir que las emanaciones les perjudiquen, Perry? - preguntó.

- Esa pieza en la parte superior es un pequeño motor. Hace funcionar un par de limpiacristales especialmente preparados. Son como un par de limpiaparabrisas antiguos. Y es por eso que los cristales tienen la misma forma del arco de los limpiacristales.

- ¿Quieres decir que los limpiacristales son absorbentes y que contienen alguna clase de líquido que protege los cristales?

- Sí, excepto que son hechos de cuarzo en vez de vidrio. Y solamente están protegidos una pequeña fracción de segundo. Los brazos del limpiacristales van a toda velocidad, tan rápidos que no se les puede ver cuando se usan las gafas. Los brazos tienen la mitad del tamaño de los cristales y el que los usa sólo puede ver una parte de los cristales a la vez.. Pero puede ver, aunque poco, y esto representa una mejora del mil por uno en la extracción de radita.

- Magnífico, Perry - dijo Caquer -. Y la visión puede mejorarse usando una iluminación superbrillante. ¿Ya los has probado?

- Sí y funcionan. El problema está en los brazos; la fricción los calienta y entonces se expanden, agarrotándose después de un minuto de funcionamiento, poco más o menos. Tengo que ajustarlos en el torno de Deem, u otro parecido. ¿Crees que podrías conseguir que yo lo pudiera usar? ¿Digamos por un día o dos?

- No veo ninguna dificultad - le dijo Caquer -. Hablaré a quienquiera que sea nombrado depositario por el Director, y ya te lo arreglaré. Más tarde es posible que puedas comprar el torno de los herederos. ¿O crees que al sobrino le interesarán estas cosas?

Perry Peters movió la cabeza.

- No creo, no distinguiría un torno de una máquina de taladrar. Te lo agradeceré, Rod, si puedes arreglar que yo pueda usar esa máquina.

Caquer ya había dado media vuelta para irse, cuando Perry Peters le detuvo.

- Espera un minuto - dijo Peters y luego se detuvo, indeciso -. Creo que me reservaba algo, Rod - dijo el inventor al fin -. Conozco una cosa sobre Willem que es posible que tenga algo que ver con su muerte, aunque yo mismo no sé cómo. No lo contaría a no ser que ahora ya esté muerto, de manera que no puede causarle ninguna clase de dificultades.

- ¿Qué es, Perry?

- Libros políticos prohibidos. Se ganaba algún dinero vendiéndolos. Libros en la Lista, ya sabes lo que quiero decir.

Caquer silbó suavemente.

- No sabía que los seguían haciendo. Después que el Consejo lo castiga con penas tan duras, caramba.

- La gente sigue siendo humana, Rod. Siente curiosidad por saber lo que no debiera, sólo por saber por qué no deben conocerlo, si es que no tienen otras razones.

- ¿Libros de la Lista Gris o Negra, Perry?

Ahora fue el inventor quien se mostró sorprendido.

- No te comprendo. ¿Qué diferencia hay?

- Los libros de la Lista Prohibida Oficial están divididos en dos grupos. Los realmente peligrosos están en la Lista Negra. Existen severas penas al que se le encuentre uno y la pena de muerte para el que lo escriba o imprima. Los menos peligrosos están en la Lista Gris, como la llaman.

- Yo no sé cuáles eran los que vendía Deem. Bien, en confianza, una vez leí un par que Deem me prestó y recuerdo que pensé que era algo bastante aburrido. Teorías políticas subversivas.

- Esos serían de la Lista Gris. - El Teniente Caquer parecía aliviado - Toda la parte teórica está en la Gris. Los libros de la Lista Negra son los que contienen información práctica peligrosa.

- ¿Tales cómo? - el inventor contempló fijamente a Caquer.

- Instrucciones y fórmulas para fabricar productos prohibidos - explicó Caquer -. Como la Lethite, por ejemplo. Lethite es un gas venenoso, enormemente mortífero. Con un par de kilos de él se puede destruir una ciudad, de modo que el Consejo prohibió su fabricación y cualquier libro que explicase cómo podía fabricarse fue incluido en la Lista Negra. Algún loco podría conseguir un libro de esos y destruir su propia ciudad.

- ¿Pero quién va a ser, que haga una cosa así?

- Puede estar enfermo mentalmente o sentir odio por algo - dijo Caquer -. O podría usarlo en pequeña escala para algún intento criminal. O, ¡por Júpiter!, podría ser el jefe de algún Gobierno local que quisiera apoderarse de otro Estado vecino. El conocimiento de una cosa así podría quebrantar la paz en todo el Sistema Solar.

Perry Peters asintió pensativamente.

- Comprendo lo que quieres decir - dijo al fin -. Bien, sigo sin ver que ello tenga nada que ver con la muerte de Deem, pero creí que sería mejor decirte este aspecto de su vida. Probablemente querrás hacer una comprobación de los libros que pueda tener, antes de que el depositario abra de nuevo el local.

- Desde luego - dijo Caquer -. Y muchas gracias, Perry. Si me lo permites, usaré tu visífono para que empiecen ese registro inmediatamente. Si es que hay algún libro de la Lista Negra, nos haremos cargo de ellos en seguida.

Cuando pudo conseguir comunicación con su secretaria, ella parecía a la vez asustada y aliviada al verlo.

- Mr. Caquer - dijo -. He estado tratando de encontrarle. Algo horrible ha sucedido. Otra muerte.

- ¿Otro asesinato? - dijo Caquer, aturdido.

- Nadie sabe lo que ha sido - dijo la secretaria -. Una docena de personas lo han visto saltar de una ventana que estaba solamente a unos diez metros de altura. Y en esta gravedad, eso no podría haberle matado, pero ya estaba muerto cuando llegaron a su lado. Y cuatro de los que le vieron, le conocían. Dicen que era...

- Siga, Por Dios, ¿quién era?

- Yo no... Teniente Caquer, ellos dicen, los cuatro a la vez, que era Willem Deem.

Con una sensación de irrealidad, como si se encontrase en una pesadilla, el Teniente Rod Caquer miró por encima del hombro del médico forense al cuerpo que yacía en la camilla, mientras los sanitarios los rodeaban impacientes.

- Apresúrese, Doctor - dijo uno de ellos -. El cuerpo no aguantará mucho más y necesitaremos cinco minutos para llegar al crematorio.

El Dr. Skidder asintió irritado sin alzar la vista y siguió con su examen.

- No hay ni una señal, Rod - dijo -. Ni rastro de veneno. Ni rastro de nada. Simplemente, se ha muerto.

- ¿Podía ser a causa de la caída?

- No hay ni un arañazo de la caída. El único diagnóstico que puedo dar es que le ha fallado el corazón. Bien, muchachos, ya se lo pueden llevar.

- ¿Usted también ha terminado, Teniente?

- Sí - dijo Caquer -. Adelante, Skidder, ¿cuál de los dos era Deem?

Los ojos del Doctor siguieron el cuerpo tapado por una sábana blanca que se llevaban los enfermeros, y se encogió de hombros.

- Teniente, ése es su problema - dijo -. Todo lo que puedo hacer es certificar la causa de la muerte.

- Sin embargo, no es lógico - gimió Caquer -. La ciudad del Sector Tres no es tan grande que pueda existir un doble de Deem sin que la gente lo sepa. Pero uno de ellos tenía un doble. En confianza, ¿cuál le pareció que era el original?

El Doctor Skidder sacudió la cabeza sombríamente.

- Willem Deem tenía una verruga de forma rara en la nariz - dijo -. Los dos cadáveres la tenían, Rod. Y ninguna de las dos era artificial. Puedo apostar mi reputación profesional sobre este punto. Pero venga a la oficina conmigo y le diré cuál de los dos era Willem Deem.

- ¿Sí? ¿Cómo?

- Tenemos sus huellas dactilares en el Departamento, igual que las de todos nosotros. Y siempre se toman las huellas dactilares a un cadáver en Callisto, ya que el cuerpo tiene que destruirse tan rápidamente.

- ¿Ha tomado las huellas de los dos cadáveres? - preguntó Caquer.

- Desde luego. Las tomé antes de que usted llegase, en ambos casos. Tengo las que corresponden a Willem, quiero decir al otro cadáver, en mi despacho. Le diré lo que podemos hacer; vaya a buscar la ficha archivada en el Departamento y nos encontraremos en mi oficina.

Caquer suspiró aliviado mientras asentía. Por lo menos ahora se aclararía una cuestión: a quién pertenecían los cadáveres.

Y permaneció en aquel estado, comparativamente de satisfacción, hasta media hora después en que se reunió con el Dr. Skidder y compararon las tres fichas, la que Rod había retirado del Departamento y las pertenecientes a cada uno de los cuerpos.

Las tres eran idénticas.

- Hum - dijo Caquer -. ¿Está seguro que no se ha equivocado con esas impresiones?

- ¿Cómo puedo haberme equivocado? - dijo el Doctor Skidder -. Sólo he tomado un solo juego de cada cuerpo, Rod. Y si ahora las hubiese mezclado mientras las estamos comparando, el resultado sería el mismo. Las tres impresiones son iguales.

- Pero no lo pueden ser.

Skidder se encogió de hombros.

- Creo que tendríamos que poner el caso en manos del Director cuanto antes - dijo Rod -. Lo voy a llamar y arreglaré una entrevista. ¿Conforme?

Media hora más tarde, Caquer explicó toda la historia al Director Barr Maxon, con el Dr. Skidder a su lado confirmando los puntos más importantes. La expresión del rostro del Director Maxon hizo que Rod se sintiera satisfecho, muy satisfecho, de poder contar con la confirmación del Doctor Skidder.

- ¿Están de acuerdo, pues - preguntó Maxon - que este caso debe ser puesto en conocimiento del Coordinador de Sectores y que debe pedirse que envíe un investigador especial, para hacerse cargo del mismo?

Un poco tristemente, Caquer asintió.

- Me duele admitir que soy incompetente, Director, o que parezco serlo - dijo -. Pero éste no es un crimen ordinario. Lo que está sucediendo es superior a mis fuerzas. Y puede haber algo aún más siniestro que un asesinato detrás de todo ello.

- Tiene razón, Teniente. Tomaré las medidas necesarias para que la persona indicada salga hoy mismo del Sector Centro y se ponga en contacto con usted.

- Director - preguntó Caquer -, ¿puede decirme si se ha inventado alguna vez una máquina o proceso que permita reproducir un cuerpo humano, incluyendo la mente o sin ella?

Maxon pareció sorprendido por la pregunta.

- ¿Cree que Deem pueda haber estado trabajando en algo que se volvió contra él? Desde luego, que yo sepa nunca se ha llegado a un descubrimiento como ése. Nadie ha podido nunca duplicar, excepto por imitación, ni siquiera un objeto inanimado. ¿Usted no habrá oído hablar de tal cosa, Skidder?

- ¡No - dijo el médico forense -. Ni siquiera su amigo Perry Peters podría hacer una cosa así, Rod.

Desde la oficina del Director Maxon, Caquer se dirigió a la tienda de Deem. Brager estaba allí de guardia y lo ayudó a registrar el lugar minuciosamente. Fue una tarea larga y laboriosa, porque cada libro y cada película tenían que ser examinados completamente.

Los que imprimían libros ilegales, y Rod lo sabía, eran muy listos en disimular sus productos. Generalmente, los libros prohibidos llevaban las cubiertas y el título, a veces hasta los primeros capítulos, de alguna novela popular y los rollos de film estaban disimulados igualmente.

Estaba anocheciendo cuando terminaron, pero Rod Caquer sabía que habían hecho un examen concienzudo. No existía ningún libro prohibido en aquella tienda y todas las películas habían sido pasadas por el proyector.

Otros hombres, a las órdenes de Rod, habían registrado el departamento de Deem con igual cuidado. Llamó allí y recibió su informe, completamente negativo.

- No hay ni un folleto Venusiano - dijo el policía encargado del registro en el departamento, con lo que a Rod le pareció un tono de sentimiento.

- ¿Han encontrado un torno, uno pequeño para trabajos de precisión?

- No, no hemos visto nada parecido. Una de las habitaciones ha sido convertida en un taller, pero no hay ningún torno. ¿Es eso importante?

Caquer dijo que no. ¿Qué significaba otro misterio, además pequeño, en un caso como aquél?

- Bien, Teniente - dijo Brager, cuando la pantalla se hubo oscurecido -. ¿Qué hacemos ahora?

Caquer suspiró.

- Usted puede marcharse a casa, Brager - dijo -. Pero primero pase por el Departamento y dígales que envíen un hombre para que se quede de guardia aquí y otro en el departamento. Yo me esperaré hasta que llegue el relevo.

Cuando Brager se hubo marchado, Caquer se dejó caer, cansado, en la silla más cercana. Se sentía físicamente agotado y su cerebro parecía haber dejado de funcionar. Dejó que sus ojos se dirigieran a las ordenadas estanterías y su cuidadoso arreglo le molestó.

Si solamente tuviese una pista, de la clase que fuese... Wilder Williams nunca se había encontrado en un caso como aquél en el que las únicas pistas eran dos cadáveres idénticos, uno de los cuales había sido muerto de cinco maneras diferentes y el otro no tenía ninguna señal de violencia. Aquello no tenía explicación, y ¿por dónde iba él a empezar?

Bien, aún tenía la lista de las personas que quería visitar y aún le quedaba tiempo de ver por lo menos a una de ellas, esta tarde.

¿Debía ir a ver a Perry Peters, para ver qué explicación podía darle de la desaparición del torno? Quizá podría darle alguna idea de lo que había pasado con aquella máquina. Pero, entonces, ¿qué es lo que tendría que ver el torno en aquel caso? Uno no puede fabricar un cadáver en un torno.

Quizá sería mejor que fuese a ver al Dr. Gordon.

Llamó al departamento de los Gordon por el visífono y Jane apareció en la pantalla.

- ¿Cómo está tu padre, Jane? - dijo Caquer -. ¿Puedes decirme si podrá hablar conmigo esta noche?

- Oh, sí - dijo la muchacha -. Se siente mucho mejor y quiere regresar a sus clases mañana. Pero ven cuanto antes si es que vas a venir. Rod, pareces enfermo, ¿qué es lo que te pasa?

- Nada, excepto que me siento atontado. Pero creo que estoy normal.

- Estás demacrado. ¿Cuándo has comido la última vez?

Los ojos de Caquer se abrieron.

- ¡Dios mío! Se me ha olvidado todo lo que se refiere a la comida. He dormido hasta tarde y ni siquiera he desayunado.

Jane Gordon se rió.

- ¡Pobrecillo! Bien, ven pronto y tendré algo preparado cuando llegues.

- Pero...

- Pero nada. No discutas. ¿Cuándo llegarás?

Un minuto después de haber cerrado el visífono, el Teniente Caquer se levantó para contestar a una llamada, que había sonado en la puerta cerrada de la tienda.

La abrió

- Hola, Reese - dijo -. ¿Le envía Brager?

El policía asintió.

- Me dijo que debía estar aquí, por si acaso. ¿De qué?

- Vigilancia de rutina, eso es todo - explicó Caquer -. Dígame, he estado aquí encerrado toda la tarde. ¿Hay algo de nuevo?

- Un poco de excitación. Hemos estado arrestando agitadores en la calle todo el día. Pocos. Hay una epidemia de ellos.

- ¡Caramba! ¿Y qué es lo que quieren?

- Atacar al Sector Dos, por alguna razón que no acaba de ser clara. Están incitando al público a enfurecerse contra el Sector Dos y a eliminarlo. Las razones que dan son completamente absurdas.

Algo se agitó inquieto en la memoria de Rod Caquer, aunque no pudo localizar lo que era. ¿El Sector Dos? ¿Quién le había estado contando cosas del Sector Dos? Algo sobre usura, juego poco limpio, sangre marciana, cosas absurdas. Aunque era cierto que muchas de las gentes que vivían allí tenían sangre marciana...

- ¿Cuántos agitadores han sido arrestados?

- Tenemos a siete, dos más se nos escaparon, pero los agarraremos si empiezan otra vez.

El Teniente Caquer fue caminando, pensativo, hacia el departamento de los Gordon, haciendo esfuerzos para recordar dónde había oído, recientemente, propaganda contra el Sector Dos. Tenía que existir alguna razón común para la aparición simultánea de nueve agitadores en público, todos predicando la misma doctrina.

¿Una organización política subversiva? No había existido ninguna parecida durante el último siglo. Bajo un Gobierno perfectamente democrático, pieza esencial de una organización estable de todos los planetas habitados, podía encontrarse algún iluso que no estaba satisfecho, pero Rod no podía imaginarse ningún grupo organizado en aquella situación.

Parecía tan absurdo como el caso de Willem Deem. Aquello tampoco era lógico. Las cosas sucedían sin significado, como en una pesadilla. ¿Pesadilla? ¿Qué era lo que trataba de recordar sobre una pesadilla? ¿No había tenido él una clase rara de sueño la noche pasada? ¿Qué fue?

Pero, corno hacen siempre las pesadillas, ésta eludió su mente consciente.

De todos modos, mañana interrogaría, o ayudaría a interrogar, a esos agitadores que estaban arrestados. Pondría detectives a investigar sus historias y costumbres y no le cabía duda que podría encontrar un común denominador en alguna parte, que explicara su repentina actividad.

No podía ser por accidente que todos ellos empezaran en el mismo día. Era absurdo, tan absurdo como los inexplicables cadáveres del propietario de la tienda de libros y films. Quizá porque los dos casos eran absurdos, su mente tendía a unir los dos hechos. Pero juntos, los dos no eran más lógicos que separados. Inclusive tenían menos explicación.

¿Por qué no habría aceptado aquel puesto que le ofrecieron en Ganímedes? Ganímedes era una luna agradable y bien organizada. No había nadie allí capaz de ser asesinado dos veces en días consecutivos. Pero Jane Gordon no vivía en Ganímedes; vivía en el Sector Tres y él se dirigía ahora a verla.

Todo hubiese sido maravilloso, excepto que él se sentía tan cansado que no podía pensar a derechas, y que Jane Gordon insistía en considerarlo como un hermano en vez de como un pretendiente y que probablemente iba a perder su empleo. Sería el hazmerreír de todo Callisto, si el investigador especial enviado del Sector Centro encontraba alguna sencilla explicación para todo lo que estaba pasando, que a él se le había escapado...

Jane Gordon, que le pareció más hermosa de lo que nunca había visto, lo recibió en la puerta. Estaba sonriendo, pero la sonrisa se cambió en una mirada de preocupación cuando él entró en la habitación brillantemente iluminada.

- ¡Rod! - exclamó -. Pareces enfermo, realmente enfermo. ¿Qué es lo que has hecho además de olvidarte de comer?

Rod Caquer consiguió sonreír.

- He estado corriendo en círculos dentro de callejones sin salida, Jane. ¿Puedo usar tu visífono?

- Desde luego. Tengo algo de comida preparada para ti. Pondré la mesa mientras llamas. Papá está durmiendo. Me dijo que lo despertase cuando llegase, pero esperaré hasta que hayas comido.

Mientras ella se dirigía a la cocina, Caquer se dejó caer en la silla situada enfrente del visífono y llamó al Departamento de Policía. La roja cara de Borgesen, Teniente del turno de noche, apareció en la pantalla.

- Hola, Borg - dijo Caquer -. Oye, con respecto a esos siete oradores que has arrestado ¿has hecho que...?

- Son nueve - interrumpió Borgesen - Tenemos a los otros dos y quisiera que no estuviesen aquí. Nos van a volver locos.

- ¿Quieres decir que los otros trataron de hablar en público de nuevo? - preguntó Caquer.

- No. Entraron en el Departamento y se entregaron, y no podemos echarlos a la calle, porque hay una denuncia contra ellos. Pero están confesando a todos los que los quieren oír. ¿Y quieres saber lo que confiesan?

- Me rindo - dijo Rod.

- Que tú los has alquilado, y que les has ofrecido cien créditos a cada uno de ellos.

- ¿Cómo?

Borgesen rió, un poco más fuerte de lo necesario.

- Los dos que se entregaron voluntariamente dicen eso y los otros siete. Dios mío, ¿por qué me habré hecho policía? Una vez tuve la oportunidad de estudiar para maquinista de naves interplanetarias y tengo que terminar haciendo esto.

- Mira, quizá lo mejor será que me llegue a la oficina y veamos si son capaces de mantener su acusación en mi cara.

- Probablemente lo harán, pero eso no quiere decir nada, Rod. Dicen que los ha alquilado esta tarde y nosotros sabemos que estabas en la tienda de Deem con Brager. Rod, esta luna se ha vuelto loca y yo también. Walter Johnson ha desaparecido. No se le ha visto desde esta mañana.

- ¿Cómo? ¿El secretario confidencial del Director? Estás bromeando, Borg - dijo Caquer.

- Quisiera que fuese una broma. Tendrías que estar contento de no tener que hacer guardia en el Departamento. Maxon nos ha estado dando siete clases distintas de tormento para que encontremos a su secretario. Y tampoco le gusta el asunto de Deem. Parece que nos echa la culpa de que dejemos que asesinen a un hombre dos veces. Dime, ¿cuál de los dos era Deem, Rod? ¿Tienes alguna idea?

Caquer sonrió débilmente.

- Vamos a llamarles Deem y Deem 2 hasta que lo sepamos - sugirió -. Creo que los dos eran Deem.

- ¿Pero cómo puede un hombre ser dos?

- ¿Cómo puede matarse a un hombre de cinco modos a la vez? - contestó Caquer -. Cuando me contestes eso, te explicaré tu pregunta.

- Estás loco - dijo Borgesen y continuó con una observación algo grotesca -. Creo que hay algo raro en este caso.

Caquer estaba riendo tan fuertemente que había lágrimas en sus ojos, cuando Jane Gordon entró para decirle que la mesa estaba dispuesta. Ella lo miró con asombro, pero había preocupación detrás del asombro.

Caquer la siguió sin protestar y descubrió que estaba hambriento. Cuando hubo comido bastantes alimentos para preparar tres comidas corrientes, volvió a sentirse humano. Su dolor de cabeza aún persistía, pero ya era algo que palpitaba débilmente en la distancia.

El Profesor Gordon estaba esperando en el salón cuando entraron allí procedentes de la cocina.

- Rod, te pareces a algo que haya sido arrastrado por el gato - dijo -. Siéntate antes de que te caigas.

Caquer sonrió.

- Eso es porque he comido demasiado. Jane es una magnífica cocinera.

Se dejó caer en una silla enfrente de Gordon. Jane Gordon se había acomodado en el brazo de la silla de su padre, y los ojos de Caquer se recrearon contemplándola. ¿Cómo era posible que una muchacha con los labios tan suaves y apetecibles como los suyos pudiera insistir en considerar al matrimonio como algo puramente académico? ¿Cómo era posible que...?

- No puedo ver en este momento que ello pueda ser una causa de su muerte, Rod, pero Willem Deem alquilaba libros políticos - dijo Gordon -. No hago ningún daño en decirlo ahora, ya que el pobre hombre está muerto.

Casi las mismas palabras, recordó Caquer, que Perry Peters había usado para decirle la misma cosa.

Caquer asintió.

- Hemos registrado su tienda y su departamento y no hemos encontrado ninguno, Profesor - dijo -. Desde luego, usted no sabrá qué clase...

El Profesor Gordon sonrió.

- Me temo que sí lo sé, Rod. En confianza, y espero que no tendrás ningún dictáfono para registrar nuestra conversación, he leído unos cuantos de esos libros.

- ¿Usted? - Había real sorpresa en la voz de Caquer.

- Nunca dejes de tener en cuenta la curiosidad de un profesor, muchacho. Mucho me temo que la lectura de libros en la Lista Gris es un vicio más extendido entre los profesores de Universidad, que entre ninguna otra clase de personas. Oh, ya sé que está mal el hacerlo, pero la lectura de tales libros no puede afectar a una mente serena y juiciosa.

- Y papá ciertamente disfruta de una mente serena y juiciosa, Rod - dijo Jane, ligeramente desafiante -. Sólo que... a mí no me dejaba leerlos.

Caquer sonrió. El uso por el profesor de la palabra «Lista Gris» lo había tranquilizado.

El alquilar libros de la Lista Gris era solamente una falta leve, después de todo.

- ¿Nunca has leído libros de la Lista Gris, Rod? - preguntó el profesor.

Caquer sacudió la cabeza.

- Entonces, probablemente, nunca habrás oído hablar del hipnotismo. Algunas de las circunstancias en el caso Deem. Bien, me he preguntado si se habría usado hipnotismo.

- Me temo que ni siquiera sé de qué se trata, Profesor.

El débil anciano suspiró.

- Eso es porque nunca has leído libros ilícitos, Rod - dijo Gordon -. El hipnotismo consiste en el control de una mente por otra y había alcanzado un alto grado de desarrollo antes de que fuese prohibido. ¿No habrás oído hablar de la Orden Kapreliana o de la Rueda de Vargas?

Caquer movió la cabeza.

- La historia de este tema está en los libros de la Lista Gris, en varios de ellos - dijo el profesor -. El método y cómo se construye una Rueda de Vargas, estará en los libros de la Lista Negra, muy arriba en la lista de la ilegalidad. Desde luego no he leído éstos, pero conozco la historia.

»Un hombre llamado Mesmer, allá por el Siglo Dieciocho, fue uno de los primeros que usaron, si es que no fue el descubridor, del hipnotismo. Por lo menos, estableció las primeras bases científicas de su práctica. Ya en el Siglo Veinte, se sabía mucho en este campo, y ya era usado profusamente en medicina.

»Cien años más tarde, los médicos trataban casi tantos enfermos con hipnotismo como con drogas y cirugía. Es cierto que hubo algunos casos de abuso, pero fueron relativamente pocos.

»Pero otros cien años trajeron un gran cambio. El hipnotismo había ido demasiado lejos para la seguridad pública. Cualquier criminal o político sin escrúpulos que llegaba a conseguir algunos conocimientos del arte, podía operar con impunidad. Podía engañar al público y conseguir no ser descubierto.

- ¿Quiere decir que realmente podía hacer que la gente pensara lo que él quería? - preguntó Caquer.

- No solamente eso, sino que conseguía que hiciesen cuanto él quisiera. Y con el uso de la televisión un sólo hombre podía visible y directamente hablar a millones de personas.

- Pero, ¿no podía el Gobierno haber dictado leyes para regular la práctica de este arte?

El Profesor Gordon sonrió.

- ¿Cómo, cuando los legisladores son buenos y tan sujetos a la influencia del hipnotismo como el resto de los mortales? Y luego, para complicar las cosas, casi sin posibilidad de arreglo, llegó la invención de la Rueda de Vargas.

»Ya había sido observado, en tiempos tan lejanos como el Siglo Diecinueve, que una serie de espejos movibles, dispuestos de manera especial, podían someter a cualquiera que los mirase a un estado de sumisión hipnótica. Y la transmisión del pensamiento había ya sido experimentada en el Siglo Veintiuno. Fue en el siglo siguiente cuando Vargas combinó y perfeccionó los dos para construir su Rueda. En realidad, era una especie de casco, con una rueda giratoria de espejos, especialmente construidos, colocada encima.

- ¿Y cómo funcionaba? - preguntó Caquer.

- El portador de un casco o Rueda de Vargas tenía de inmediato y automáticamente control sobre cualquiera que le viese directamente en una pantalla de televisión - dijo Gordon -. Los espejos en la pequeña rueda giratoria producían una hipnosis instantánea, mientras que el casco, de alguna manera, llevaba los pensamientos del portador a través de la rueda e implantaba sobre los hipnotizados cualquier pensamiento que deseara transmitir.

»En realidad, el casco, o la Rueda, podían ser ajustadas para producir ciertas ilusiones fijas, sin necesidad de la intervención del operador. O, en cambio, el control podía ser directo, desde su mente.

- ¡Caramba! - dijo Caquer -. Una cosa como ésa podría... Ahora comprendo por qué los libros que dan instrucciones para fabricar una Rueda de Vargas están en la Lista Negra. ¡Por los Asteroides! Un hombre con una de esas Ruedas podría...

- Podría conseguirlo casi todo. Inclusive el matar a un hombre y hacer que la causa de la muerte apareciese de cinco modos distintos a otros tantos observadores.

Caquer silbó suavemente.

- Y también tratar de levantar a las turbas con agitadores, aunque no es necesario que sean agitadores, sino ciudadanos completamente temerosos de la Ley.

- ¿Agitadores? - preguntó Jane Gordon -. ¿Qué es eso de los agitadores, Rod? No me he enterado de nada.

Pero Rod ya se estaba levantando.

- No tengo tiempo de explicártelo ahora, Jane - dijo -. Te lo diré mañana, pero ahora tengo que dedicarme... Un momento, Profesor, ¿es eso todo lo que sabe respecto a ese asunto de la Rueda de Vargas?

- Todo lo que sé, muchacho. Se me había ocurrido como una posibilidad. Solamente llegaron a construirse cinco o seis, hasta que finalmente el Gobierno consiguió apoderarse de ellas y destruirlas, una a una. Costó millones de vidas el hacerlo.

»Cuando finalmente consiguieron dominar a todos los Poseedores, la colonización de los planetas ya se había iniciado y un Consejo Interplanetario tenía ya control sobre todos los Gobiernos. Decidieron que todo lo que se relacionase con el hipnotismo era peligroso y lo declararon prohibido. Costó unos cuantos siglos el eliminar todo conocimiento de este asunto, pero al fin tuvieron éxito. La prueba es que tú nunca has oído hablar de ello.

- ¿Y qué hay de los aspectos beneficiosos del hipnotismo - preguntó Jane Gordon -. ¿Se han perdido?

- Desde luego - dijo su padre -. Pero la ciencia de la Medicina había progresado tanto, que no constituye una pérdida demasiado grande. Hoy en día, los médicos pueden curar por medios físicos todo cuanto podía hacerse con el hipnotismo, por medios mentales.

Caquer, que se había detenido en la puerta, se volvió.

- Profesor, ¿es posible que alguien haya alquilado un libro de la Lista Negra a Deem, y haya aprendido estos secretos?

El Profesor Gordon se encogió de hombros.

- Es posible - dijo -. Deem puede haber tenido algunos libros de la Lista Negra, en ocasiones, pero no hubiera tratado de venderlos o alquilármelos a mí. De modo que no me habría enterado.

En el Departamento de Policía, el Teniente Caquer encontró al Teniente Borgesen al borde de un ataque de apoplejía.

Éste miró a Caquer.

- ¡Tú! - dijo. Y luego continuó - El mundo se ha vuelto loco. Escucha, Brager descubrió el cuerpo de Willem Deem, ¿no es así? A las diez de la mañana de ayer. Y se quedó allí de guardia mientras Skidder y tú y los sanitarios estaban allí, ¿no?

- Sí, ¿por qué? - preguntó Caquer.

La expresión de Borgesen mostró cuánto le habían afectado los últimos sucesos.

- Por nada, no pasa nada, excepto que Brager estuvo en el hospital ayer por la mañana, de las nueve hasta después de las once, curándose un tobillo dislocado. No es posible que haya estado en la tienda de Deem a la hora que él dice. Siete doctores, ayudantes y enfermeras juran que estaba en el hospital a aquella hora.

- Hoy cojeaba, cuando me ayudó a registrar la tienda de Deem - dijo - ¿Qué es lo que dice Brager?

- Dice que estuvo allí, en la tienda de Deem y que descubrió el cuerpo. Nos hemos enterado por casualidad que todo sucedió de otro modo, si es que sucedió de alguna manera. Rod, me voy a volver loco. Pensar que tuve la oportunidad de ser maquinista en un carguero interplanetario y en cambio acepté este maldito empleo. ¿Has podido saber algo de nuevo?

- Puede ser. Pero antes quiero preguntarte algo, Borg. Respecto a esos nueve chiflados que has arrestado, ¿ha tratado alguien de averiguar...?

- Ah, esos - interrumpió Borgesen -. Los he dejado marchar.

Caquer se quedó mirando a la roja faz del Teniente de guardia, como si no pudiera creer lo que veía.

- ¿Que los has dejado marchar? - replicó -. Pero no podías hacerlo, legalmente. Había una denuncia contra ellos. Sin ser juzgados, no podías ponerlos en libertad.

- Sin embargo, lo hice y asumo toda la responsabilidad por ello. Mira, Rod, esos hombres tenían razón, ¿no es eso?

- ¿Qué?

- Desde luego. Debemos despertar al pueblo sobre todo lo que está ocurriendo en el Sector Dos. Esos malditos de allá necesitan que los pongan en su lugar y nosotros vamos a ser los que lo haremos. Este Sector debe ser el Centro de Callisto. ¿No te parece, Rod, que un Callisto unido podría conquistar a Ganímedes?

- Borg, ¿hubo algo en la televisión esta noche? ¿Alguien pronunció algún discurso que tú hayas escuchado?

- Claro, ¿no lo has oído tú? Nuestro amigo Skidder. Debe haber sido mientras te dirigías hacia aquí, porque todos los receptores se han encendido automáticamente; ha sido una llamada general.

- Y... ¿hubo alguna sugerencia específica, Borg, en ese discurso? ¿Sobre el Sector Dos, y Ganímedes y todo eso?

- Claro está, tenemos reunión general mañana a las diez, por la mañana. En la Plaza. Todos tenemos que ir; te veré allí, ¿no es así?

- Sí - dijo el Teniente Caquer -. Me temo que me verás allí. Tengo que marcharme, Borg.

Rod Caquer sabía ahora lo que estaba pasando. Casi lo último que deseaba hacer era seguir allí escuchando a Borgesen, mientras éste hablaba bajo la influencia de, no podía ser otra cosa, una Rueda de Vargas. Ninguna otra fuerza podía haber hecho que el Teniente Borgesen hubiese hablado como lo acababa de hacer. La idea del profesor Gordon parecía más acertada a cada momento que pasaba. Ninguna otra cosa podía haber conseguido aquellos resultados.

Caquer caminó ciegamente a través de las calles iluminadas por la luz nocturna de Júpiter, pasando por delante del edificio donde estaba su propio departamento. Tampoco quería entrar allí.

Las calles de la Ciudad Sector Tres parecían muy animadas para ser una hora tan avanzada de la noche. ¿Qué hora era? Miró a su reloj y silbó suavemente. La noche ya había pasado. Eran las dos de la madrugada y normalmente las calles habrían estado desiertas.

Pero aquella noche no lo estaban. Las gentes andaban por todas partes, solas o en pequeños grupos que andaban juntos en un silencio extraño. Se oía el ruido de sus pisadas, pero ni siquiera el murmullo de una voz. Ni siquiera...

¡Susurros! Algo en aquellas calles y las gentes que las poblaban, hizo que Rod Caquer recordase ahora su pesadilla de la noche anterior. Sólo que ahora sabía que no había sido un sueño. Ni tampoco había andado dormido, en el sentido ordinario de la palabra.

Se había vestido. Había salido del edificio. Y las luces de la calle habían estado apagadas, lo que significaba que los empleados de la Compañía de Electricidad habían abandonado sus puertos. Ellos, igual que los otros, estuvieron vagando entre el gentío.

Escuchando a los susurros de la noche. ¿Y qué era lo que los susurros le habían dicho? Podía recordar parte de ellos...

- Mata, mata, mata. Los odias, los odias.

Un estremecimiento corrió por el espinazo de Caquer cuando se dio cuenta de la importancia del hecho, de que la pesadilla de la noche anterior había sido una realidad. Esto era algo que hacía parecer insignificante la muerte del propietario de una tienda de libros y películas.

Esto era algo que estaba atenazando a una ciudad entera, algo que podía cambiar un mundo, algo que podía conducir a un increíble terror y destrucción en una escala que no había sido conocida desde el Siglo Veinticuatro. Todo aquello que había empezado como un simple caso de asesinato...

En algún lugar más adelante, Rod Caquer escuchó la voz de un hombre que se dirigía a la multitud. Una voz enloquecida, llena de fanatismo. Corrió hasta la esquina y la dobló para encontrarse en el exterior de un grupo de personas que se apretaban alrededor de un hombre que les hablaba desde lo alto de una plataforma.

- Y os digo que mañana es el gran día. Ahora que tenemos al Director con nosotros ya no será necesario destituirle. Hay hombres trabajando en este momento, durante toda la noche, preparándose. Después de la reunión de todo el pueblo en la Plaza mañana por la mañana, haremos...

- ¡Alto! - gritó Rod Caquer. El hombre dejó de hablar y se volvió para mirar a Rod, mientras la multitud se volvía lentamente, casi al unísono, para mirarle.

- ¡Estás arres...!

Entonces Caquer se dio cuenta de que aquello era un gesto inútil.

No fueron los hombres que se dirigían hacia él, que lo convencieron de ello. No tenía miedo de la lucha. La habría recibido con satisfacción, como un alivio a aquel extraño terror, habría aceptado con placer la oportunidad de abrirse paso con su espada.

Pero de pie detrás del orador, estaba un hombre de uniforme: Brager. Y Caquer recordó, entonces, que Borgesen estaba de guardia en el Departamento y que estaba al lado de aquellos locos. ¿Cómo podía arrestar al agitador cuando Borgesen rehusaría aceptar su denuncia, y qué iba a conseguir con iniciar un tumulto y causar heridas a gentes inocentes, gentes que no actuaban por su propia voluntad, sino bajo la poderosa influencia que el Profesor Gordon le había descrito?

Con la mano en el puño de su espada, se retiró. Nadie lo siguió. Como autómatas, volvieron a mirar al orador, quien reasumió su arenga, como si nadie lo hubiese interrumpido. Brager, el policía, no se había movido, ni siquiera había mirado en su dirección. Él solo entre todas aquellas personas, no se había vuelto contra el desafío de su superior.

El Teniente Caquer se apresuró en la dirección que llevaba cuando había oído al orador. Aquel camino le llevaría al centro de la ciudad. Allí encontraría un visífono y podría llamar al Coordinador del Sector. Esto era un caso de emergencia, seguramente la influencia de quienquiera que fuese, que poseía la Rueda de Vargas, no se había extendido más allá de los límites del Sector Tres.

Encontró un restaurante nocturno, abierto pero desierto, con las luces encendidas pero sin camareros en su interior, sin cajero detrás del mostrador. Entró en la cabina del visífono y apretó el botón para llamar al operador de llamadas de larga distancia. La operadora apareció en la pantalla casi inmediatamente.

- Póngame con el Coordinador de Sector, en Ciudad Callisto - dijo Caquer -. Aprisa, por favor.

- Lo siento, señor. Las comunicaciones fuera de la ciudad han sido suspendidas por orden del Contralor de Servicios, hasta nueva orden,

- ¿Cuánto durará?

- No está permitido dar esta información.

Caquer apretó los dientes. Bien, había una persona que podía ayudarle. Obligó a su voz a que continuase tranquila.

- Entonces con el Profesor Gordon, en los Departamentos de la Universidad - dijo a la operadora.

- Bien, señor.

Pero la pantalla siguió sin iluminarse, aunque la pequeña luz roja que indicaba que el zumbador estaba funcionando en la casa de los Gordon, estuvo centelleando durante varios minutos.

- No contestan, señor.

Probablemente el Profesor y su hija estaban profundamente dormidos y no oían la llamada. Por un instante, Caquer pensó en la conveniencia de ir hasta allí. Pero la Universidad estaba en el otro lado de la ciudad, ¿y qué ayuda podrían darle? Ninguna, y el profesor era un anciano débil y enfermo.

No, tendría que... Volvió a pulsar el botón del visífono y un instante más tarde estaba hablando con el encargado de los hangares de la Policía.

- Saque el aparato rápido de persecución - dijo Caquer secamente - y téngalo para dentro de quince minutos que vendré a buscarlo.

- Lo siento, Teniente - fue la respuesta, igualmente seca -. No se suministra telenergía a ningún aparato, por orden especial. No saldrá ningún vuelo mientras dure la emergencia.

«Debí suponerlo», pensé Caquer. Pero, ¿qué pasaría con el investigador especial que llegaría de la oficina del Coordinador?

- ¿Se permite aterrizar a las naves procedentes del exterior? - preguntó.

- Sí, pero no pueden volver a despegar sin órdenes especiales - contestó la voz.

- Gracias - dijo Caquer. Cerró la pantalla y volvió a salir afuera, donde ya amanecía. Aún había una posibilidad. El investigador especial podría quizás ayudarle.

Pero él, Red Caquer, tendría que encontrarle, contarle lo ocurrido y sus consecuencias antes de que pudiera caer, como los otros, bajo la influencia de la Rueda de Vargas. Caquer caminó rápidamente hacia el espaciopuerto. Quizá la nave había aterrizado y el daño ya estaba hecho.

Volvió a pasar por el lado de un grupo de personas reunidas frente a un orador. Casi todo el mundo debía estar bajo la influencia de la Rueda a estas horas. Pero, ¿por qué no lo estaba él? ¿Por qué no estaba también él bajo la maligna influencia?

Ciertamente, debía haberse encontrado en la calle, dirigiéndose al Departamento de Policía, cuando Skidder había estado emitiendo, pero aquello no lo explicaba todo. Todas esas gentes no podían haber visto u oído la emisión. Algunos de ellos ya debían estar durmiendo a aquella hora.

Además él, Red Caquer, había sido afectado, la noche anterior, por los susurros. Debía haber estado bajo la influencia de la Rueda, cuando había investigado la muerte, los asesinatos.

Entonces, ¿por qué se encontraba libre ahora? ¿Era él el único o eran los otros, los que habían escapado, los que estaban cuerdos y en estado normal?

De lo contrario, si era el único, ¿por qué estaba libre? ¿O no lo estaba?

¿Podía ser que lo que estaba haciendo en aquel momento era parte de algún plan realizado bajo las órdenes de otro?

Era inútil que siguiera pensando de aquel modo, o acabaría volviéndose loco. Tenía que seguir haciendo lo que creía que era lo mejor, y esperar que las cosas, y él mismo, eran lo que parecían ser.

Entonces empezó a correr, porque delante de él ya se veía el espacio abierto de la estación terminal y una pequeña espacionave, plateada a la luz del amanecer, estaba descendiendo para aterrizar. Una pequeña nave rápida del Gobierno, debía ser la del investigador especial. Corrió alrededor de los edificios, pasó por la puerta de la valla y se dirigió a la nave, que ya había tomado tierra. La puerta se abrió.

Un hombre pequeño, de movimientos enérgicos salió al exterior y cerró la puerta. Vio a Caquer y sonrió.

- ¿Usted es Caquer? - preguntó, tranquilamente -. La oficina del Coordinador me envía para investigar un caso en el que parece que ustedes se encuentran en dificultades. Me llamo...

El Teniente Rod Caquer estaba mirando, horrorizado, al bien conocido rostro del hombre, a la familiar verruga que tenía en un lado de la nariz, esperando que pronunciase el nombre que ya conocía.

- ...Willem Deem. ¿Le parece que vayamos a su oficina?

El Teniente Rod Caquer, Teniente de Policía del Sector Tres en Callisto, había soportado más de lo que podía. ¿Cómo se puede investigar el asesinato de un hombre que ha sido muerto dos veces? ¿Qué debe hacer un policía cuando la víctima se presenta, viva y sonriente, para ayudarle a resolver el caso?

Ni siquiera cuando se sabe que en realidad no está allí, o si lo está, no es lo que nos dicen nuestros ojos y que no está diciendo lo que escuchan nuestros oídos.

Hay un punto, más allá del cual la mente humana no puede seguir funcionando normalmente y, cuando se alcanza ese punto, distintas personas reaccionan de diferentes maneras.

La reacción de Rod Caquer fue una súbita, ciega y roja cólera que se dirigió, por falta de mejor objetivo, a la persona del investigador especial, si es que era el investigador y no un fantasma hipnótico que ni siquiera se encontraba allí.

El puño de Rod Caquer estableció contacto y encontró una barbilla, lo cual no probaba nada excepto que si el hombre que había bajado del aparato era una ilusión, lo era tanto para la vista como para el tacto. El puño de Rod explotó en su mentón como el escape de un cohete y el hombre se tambaleó y cayó hacia adelante. Aún sonriente, porque no había tenido tiempo de cambiar la expresión de su rostro.

Se cayó de cara y luego dio media vuelta, los ojos cerrados pero sonriendo amablemente hacia el cielo que se iba aclarando rápidamente.

Sintiendo que las rodillas le temblaban, Caquer se inclinó y puso su mano en el interior de la guerrera del hombre. El corazón seguía latiendo, desde luego. Por un momento, Caquer había temido que estuviese muerto a consecuencia del golpe.

Y Caquer cerró los ojos deliberadamente y tocó el rostro del hombre con su mano, y aún seguía pareciendo, el rostro de Willem Deem y la verruga seguía allí, exactamente igual al tacto que a la vista.

Dos hombres habían salido del edificio terminal y cruzaban el campo corriendo, dirigiéndose hacia él. Rod vio la expresión de sus caras y luego pensó en el pequeño aparato que estaba a pocos pasos de él. Tenía que escaparse del Sector Tres, para poder contar a alguien lo que estaba pasando, antes de que fuese demasiado tarde.

Si sólo hubiese sido mentira lo del corte de la teleenergía. Saltó por encima del cuerpo del hombre a quien había derribado y entró en el aparato y empezó a manipular los controles. Pero el aparato no respondió y, no, no le habían mentido respecto al corte de energía.

No le iba a servir de nada el quedarse allí para emprender una pelea, que no iba a decidir absolutamente nada. Salió por la puerta en el otro lado de la nave, huyendo de los hombres que ya llegaban y corrió hacia la valla.

La valla era metálica y tenía una carga eléctrica. No podía matar a un hombre, pero era lo suficiente para mantenerlo sin poder moverse hasta que se cortase la corriente y pudieran detenerlo. Pero si la telenergía estaba cortada, posiblemente la valla tampoco recibiría corriente.

Era demasiado alta para saltarla, de modo que se arriesgó. Por suerte no tenía corriente. Pasó por encima y sus perseguidores se detuvieron y regresaron al lado del hombre caído junto al aparato del Gobierno.

Caquer dejó de correr, pero siguió caminando. No sabía dónde iba, pero tenía que seguir adelante. Después de un rato se dio cuenta de que sus pasos le llevaban hacia los límites de la ciudad, en el lado norte, en dirección a Ciudad Callisto.

Se encontraba en un pequeño parque cerca del límite norte, cuando el significado y la inutilidad de la dirección que llevaba se le hizo evidente. Y al mismo tiempo, se dio cuenta, de que todo su cuerpo le dolía, que estaba cansado y que tenía un dolor de cabeza terrible. Comprendió que no podía seguir, a menos que tuviese un objetivo definido.

Se dejó caer en un banco del parque y durante un rato descansó con la cabeza entre las manos. No encontraba solución.

Al fin levantó los ojos y vio algo que lo fascinó. Era un pequeño molinete de papel de varios colores clavado con una aguja en una varita. Un juguete de niño, que posiblemente lo habían dejado hincado en la hierba del parque, olvidándose de él. El molinete seguía girando, a los impulsos del viento, a veces rápido, a veces lento.

Marchaba en círculos, igual que su mente. ¿De qué otro modo podía funcionar la mente de un hombre, cuando no podía distinguir lo que era ilusión de lo que era realidad? Marchaba en círculos, igual que una Rueda de Vargas.

Círculos.

Pero tenía que haber algún medio. Un hombre con una Rueda de Vargas no podía ser completamente invencible, pues de otro modo, ¿cómo había podido el Consejo haber tenido éxito en destruir las pocas que se habían construido? Posiblemente, los poseedores de las Ruedas se habrían anulado el uno al otro hasta cierto punto, pero siempre habría quedado una última Rueda, en las manos de alguien. En posesión de alguien que quería controlar los destinos del Sistema Solar.

Pero el Consejo había detenido la Rueda.

Por lo tanto, podía ser detenida. Pero, ¿cómo? ¿Cómo, cuando no se la puede ver? Mejor dicho, cuando la vista de una, colocaba a un hombre tan completamente bajo su poder que ya no podía, después de la primera visión, saber que estaba allí. Porque, al verla, había conquistado su mente.

Él tenía que detener la rueda. Era la única solución. Pero, ¿cómo?

Aquel molinete en el jardín, podía ser la Rueda de Vargas, ajustada de modo que crease la ilusión de que era el juguete de un niño. O su poseedor, llevando el casco, podía estar ahora delante de él, observándole. El Poseedor de la Rueda podría ser invisible, porque a la mente de Caquer se le habría ordenado que no lo viese.

Pero si el hombre estaba allí, entonces es que realmente estaba allí, y si Rod podía alcanzarlo con su espada, el peligro habría terminado, ¿no es así? Sin duda.

Pero ¿cómo podía encontrarse una rueda que uno no podía ver? Que no se podía ver, porque...

Y entonces, aún contemplando el molinete, Caquer vio una posibilidad, algo que podía tener éxito, una probabilidad entre mil.

Miró rápidamente a su reloj de pulsera y vio que eran ya las nueve y media, lo que quería decir que aún faltaba media hora para la reunión de la Plaza. Y la Rueda y su poseedor estarían allí, con toda seguridad.

Se quedó sin aliento después de atravesar corriendo unas cuantas manzanas y tuvo que seguir a un paso rápido, pero aún tenía tiempo para llegar allí antes de que la reunión terminase, aunque no viera el principio.

Sí, podría llegar allí. Y entonces, si su idea tenía éxito...

Eran casi las diez cuando pasó por delante del edificio donde estaba su propio departamento y siguió caminando. Entró en una casa unas cuantas puertas más allá. El operador del ascensor había desaparecido, pero Caquer lo hizo funcionar y un minuto más tarde usaba su ganzúa para entrar en el laboratorio de Perry Peters.

Peters no estaba, desde luego, pero las gafas sí, los anteojos especiales con el raro efecto de limpiaparabrisas que hacía que pudiesen usarse en las minas de radita.

Rod Caquer se las colocó delante de sus ojos, se puso la pequeña batería en el bolsillo y apretó el botón que tenía a un lado. Funcionaban. Podía ver, mientras los brazos limpiacristales zumbaban rápidamente. Veía confusamente, pero veía. Pero un minuto más tarde, el aparato se detuvo. Recordaba ahora que Peter había dicho que los ejes se calentaban y expandían después de un minuto de funcionamiento. Bien, aquello podía tener mucha importancia. Un minuto podía ser suficiente y los ejes se habrían enfriado cuando llegase a la Plaza.

Pero necesitaría poder variar la velocidad. Entre la multitud de piezas que cubrían el banco de trabajo, encontró un pequeño reóstato y lo intercaló en uno de los hilos que iban de las gafas a la batería.

Aquello era todo lo que podía hacer. No tenía tiempo para hacer más pruebas. Se levantó los anteojos hasta la frente y corrió hacia el ascensor. Un momento más tarde, estaba en la calle corriendo hacia la Plaza, a dos manzanas de distancia.

Cuando llegó vio la inmensa multitud reunida allí, mirando a los dos grandes balcones del edificio del Directorio. En el inferior habían varias personas a quienes conocía: el Dr. Skidder, Walter Johnson. Hasta el teniente Borgesen esta allí.

En el más alto, el Director Barr Maxon estaba solo, hablando al gentío que se extendía por la plaza. Su voz sonora lanzaba frases reivindicando el poderío del Imperio. A unos cuantos pasos de él, entre las gentes, Caquer distinguió el cabello blanco del Profesor Gordon y la cabellera dorada de Jane Gordon a su lado. Se preguntó si también se encontraban bajo aquel embrujo. No había duda que habían sido engañados o no se encontrarían allí. Comprendió que sería inútil el tratar de hablarles, el explicarles lo que iba a tratar de hacer.

El Teniente Caquer se colocó las gafas delante de los ojos, momentáneamente ciego porque los brazos cerraban en aquel momento los arcos de cristal. Pero sus dedos hallaron el reóstato, que estaba en cero, Y empezaron a moverlo lentamente hacia su máximo.

Y entonces, a medida que los brazos limpiadores empezaron su loca danza y fueron acelerando, empezó a ver. Al principio confusamente. A través de los cristales en forma de arco, miró a su alrededor. En el balcón inferior no observó nada de particular, pero en el balcón más alto, la figura del Director Barr Maxon repentinamente se hizo confusa.

Había un hombre de pie en el balcón, que llevaba un casco de apariencia extraña, que le cubría hasta los hombros y en su parte superior había una rueda de unos diez centímetros de diámetro, compuesta de espejos y prismas.

La rueda aparecía inmóvil, debido al efecto estroboscópico de los anteojos mecánicos. Por un instante la velocidad de los limpiacristales estuvo sincronizada con la rotación de la Rueda, de modo que cada imagen sucesiva de la Rueda la mostraba en la misma posición, y para los ojos de Caquer la Rueda de Vargas estaba inmóvil y pudo verla.

Entonces las gafas se atascaron.

Pero ya no las necesitaba.

Sabía que Barr Maxon, o quienquiera que fuese el que estaba en aquel balcón, era el Poseedor de la Rueda de Vargas.

En silencio y procurando no llamar la atención, Caquer corrió por entre los grupos y alcanzó una puerta lateral del edificio del Directorado.

Había un centinela de guardia.

- Lo siento, señor, pero no se permite la...

El guardia trató de desviar el golpe, demasiado tarde. El plano de la espada del Teniente Caquer le golpeó en un lado de la cabeza y cayó.

El interior del edificio parecía desierto. Caquer subió corriendo la escalinata que lo llevaría al piso de aquel balcón y atravesó el gran salón dirigiéndose a la puerta del balcón.

Irrumpió a través de ella y el Director Maxon se volvió. Ya no se veía el casco en su cabeza. Caquer había perdido las gafas, pero aunque no pudiera verlo, Caquer sabía que el casco y la Rueda estaban en su lugar funcionando y que ésta era su única oportunidad.

Maxon vio el rostro del Teniente Caquer y su espada desenvainada.

Entonces, abruptamente, la figura de Maxon se desvaneció. Le pareció a Caquer - aunque sabía que aquello no podía ser - que la figura ante él era la de Jane Gordon, mirándole suplicante, hablándole en un tono angustioso.

- Rod, no lo... - ella empezó a decirle.

Pero él sabía que no era Jane. Una ilusión, en defensa propia, le había sido proyectada por el operador de la Rueda de Vargas.

Caquer levantó la espada y la dejó caer con toda su fuerza.

Hubo un sonido de cristal roto y el ruido de metal contra metal, cuando su espada cortó a través del casco.

Ahora podía ver que no era Jane - sólo un hombre muerto en el suelo, con la sangre corriendo a través de un corte en el extraño y complicado casco, completamente destrozado. Un casco que ahora será visto por todo el mundo y también por el Teniente Caquer.

Del mismo modo que todo el mundo, incluyendo a Caquer, podía reconocer al hombre que lo había usado.

Sí, era Willem Deem. Y esta vez, Rod Caquer sabía que verdaderamente era Willem Deem...

- Pensé - dijo Jane Gordon - que te ibas a marchar a Ciudad Callisto sin ni siquiera despedirte de nosotros.

Rod Caquer tiró su sombrero en la dirección de una percha.

- Oh, eso - dijo -. No estoy ni siquiera seguro de que vaya a aceptar el puerto de Coordinador de Policía allí. Tengo una semana para decidirme y me quedaré en esta ciudad hasta entonces. ¿Cómo te encuentras, Jane?

- Perfectamente, Rod. Siéntate. Papá llegará pronto y tiene muchas cosas para preguntarte. ¿Cómo es que no te hemos visto desde la manifestación en la Plaza?

Es gracioso cómo un hombre puede ser tan tonto, a veces.

Pero era verdad que él se había declarado tantas veces y había sido rechazado, que quizá toda la culpa no era suya.

Él sólo pudo quedarse mirándola.

- Rod, supongo que todos los hechos no han aparecido en los programas de televisión - dijo ella -. Ya sé que tendrás que volver a contarlo todo para mi padre, pero mientras lo esperamos, ¿no quisieras adelantarme alguna cosa?

Rod sonrió.

- No tiene importancia, realmente, Jane - dijo -. William Deem consiguió hacerse, de algún modo, con un libro de la Lista Negra, y descubrió el modo de fabricar una Rueda de Vargas. De modo que hizo una y empezó a pensar cómo usarla.

- Su primera idea fue matar al Director Barr Maxon y hacerse pasar por Director, ajustando el casco de modo que aparecería como Maxon. Colocó el cuerpo de Maxon en su propia tienda y se divirtió mucho con su propio asesinato. Tenía un torcido sentido del humor y disfrutaba al vernos confundidos.

- ¿Pero cómo consiguió hacer todo el resto? - preguntó la muchacha.

- Se encontraba allí con la apariencia de Brager y pretendió descubrir su propio cuerpo. Dio una descripción de la causa de la muerte e hizo que Skidder, yo y los sanitarios viéramos el cuerpo de Maxon, cada uno de una manera distinta. No es extraño que casi nos volviésemos locos.

- Pero Brager recordaba haber estado allí - objetó ella.

- Brager estaba en el Hospital en aquel momento, pero Deem lo vio más tarde e implantó en su mente el recuerdo de haber descubierto el cuerpo de Deem - explicó Caquer -. Naturalmente, Brager pensó que había estado allí.

»Entonces mató al secretario confidencial de Maxon, porque habiendo estado tanto tiempo en contacto con Maxon, el secretario podía haber sospechado algo fuera de lo normal, aunque no hubiese podido decir lo que era. Éste fue el segundo cadáver de Deem, que a estas alturas estaba divirtiéndose mucho cuando vio el lío en que estábamos.

Y desde luego nunca envió a buscar un investigador especial a Ciudad Callisto. Estaba jugando conmigo, haciéndome creer que iba a encontrar a un detective y haciendo que el detective fuese Willem Deem otra vez. Casi me volví loco, entonces.

- Pero, ¿cómo fue, Rod, que no tenías las mismas ideas que los demás? Me refiero a ese asunto de conquistar Callisto y todo lo demás - preguntó ella -. ¿Estuviste libre de este aspecto de la hipnosis?

Caquer se encogió de hombros.

- Quizá fue debido a que no llegué a ver el discurso de Skidder en la televisión - sugirió. - Desde luego no se trataba de Skidder sino de Deem bajo otra apariencia, llevando el casco. Y quizá me excluyó deliberadamente a mí, porque tenía una clase anormal de diversión al ver mis esfuerzos por resolver las muertes de dos Willem Deem. Es difícil saberlo. Es posible que yo estuviese ligeramente afectado por la tensión nerviosa y por esa razón fuese en parte resistente a la hipnosis general.

- ¿Crees que realmente quería gobernar sobre todo Callisto, Rod? - preguntó Jane.

- Nunca sabremos, con seguridad, hasta dónde quería o esperaba llegar más tarde. Al principio estaba experimentando con los poderes de la hipnosis, por medio de la Rueda. La primera noche, sacó a las gentes de sus casas y las hizo andar por las calles, y luego las mandó regresar e hizo que lo olvidaran. Fue una prueba, sin duda.

»Deem era, indudablemente, psicopático, y no podemos adivinar cuál era su plan completo - continuó Caquer -. ¿Has comprendido cómo funcionaban los anteojos para neutralizar la influencia de la Rueda de Vargas, Jane?

- Creo que sí. Esa fue una brillante idea, Rod. Es lo mismo que cuando se toma una película de una rueda en movimiento, ¿no? Si la cámara se sincroniza con la rotación de la rueda, de modo que a cada fotografía sucesiva la rueda dé un giro completo, entonces parece que la rueda esté inmóvil cuando se proyecta la película.

Caquer asintió.

- Exactamente. Tuve suerte en poder conseguir esos anteojos. Durante un segundo pude ver a un hombre de pie, en el balcón, llevando un casco; eso era todo lo que necesitaba saber.

- Pero, Rod, cuando apareciste en el balcón no llevabas ya las gafas. ¿No podía haberte detenido por medio de la hipnosis?

- Por suerte, no lo hizo. Supongo que no tuvo tiempo de dominar a mi mente. Sin embargo, me proyectó una ilusión. No era ni Barr Maxon ni Willem Deem la persona que vi allí en el último instante. Eras tú, Jane.

- ¿Yo?

- Sí, tú misma. Creo que él sabía que estaba enamorado de ti, y eso fue lo primero que se le ocurrió; que no me atrevería a usar la espada si yo creía que la dirigía contra ti. Pero no lo eras, a pesar de la evidencia de mis ojos, de modo que di el golpe.

Se estremeció ligeramente al recordar la fuerza de voluntad que había necesitado para levantar la espada contra ella.

- Lo peor de todo fue que te vi allí de pie, como siempre he deseado verte, con los brazos tendidos hacia mí y mirándome como si realmente me amaras.

- ¿De este modo, Red?

Y esta vez no fue obtuso para comprender lo que ella quería decir.


Larry Niven - PÁJARO EN MANO


- Eso no es un rocho - dijo Ra Chen.

El ave les devolvió una mirada estúpida desde el otro lado de la gruesa pared de cristal. Sus alas eran pequeñas y subdesarrolladas, sus patas y pies enormes, ridículos. Pesaba trescientas libras y tenía casi ocho pies de estatura.

- Me dio una coz - se quejó Svetz, un hombrecillo delgado -. Me alcanzó en un costado y me partió cuatro costillas.

- Pero no es un rocho. Lo siento, Svetz. Mientras estabas en el hospital efectuamos unas investigaciones en la sección de historia de la Biblioteca de Beverly Hills. El rocho no existió nunca: fue un animal legendario.

- Pero, mira eso...

Ra Chen asintió.

- Eso es lo que dio origen a la leyenda, probablemente.

Los primeros exploradores de Australia vieron a esos... avestruces corriendo por allí. Y se dijeron a sí mismos: «Si los pollos son de ese tamaño, ¿cómo serán los adultos?» Entonces regresaron a sus países y empezaron a contar historias acerca de los adultos.

- ¿Y me ha destrozado las costillas un ave incapaz de volar?

- Cálmate, Svetz. No se ha perdido todo. El avestruz era una especie extinguida. No caerá mal en el vivarium del Secretario General.

- Pero el Secretario General quería un rocho. ¿Qué vas a decirle?

Ra Chen hizo una mueca.

- La cosa es mucho peor. ¿Sabes lo que quiere ahora el Secretario General?

El Secretario General constituía un problema para todo el mundo. Un gene recesivo heredado de su poderosa familia le había dejado con la inteligencia de un niño de seis años. Otra clase de herencia le había convertido en dueño y señor de la Tierra y de sus colonias. Su capricho era ley en todo el universo explorado.

Sea lo que fuere lo que ahora deseaba el Secretario General, resultaba vital que lo obtuviera.

- Algún imbécil se lo llevó a nadar a Los Ángeles - dijo Ra Chen -. Ahora insiste en ver la ciudad antes de que se hundiera.

- No parece una idea descabellada.

- No lo sería, si su deseo se limitara a ver la ciudad. Pero alguien de su Círculo de Consejeros se dio cuenta de su interés, y le han proporcionado grabaciones históricas de Los Ángeles. Le gustaron. Y ahora quiere participar en el primer Motín Watts.

Svetz tragó saliva.

- Eso plantearía algunos problemas de seguridad.

El avestruz ladeó la cabeza, estudiándoles. Parecía la cría enorme de un ave mucho más enorme. Svetz podía imaginar que acababa de ver cómo rompía el cascarón de un huevo del tamaño de un bungalow.

- Me duele la cabeza - dijo -. ¿Por qué me cuentas esas cosas? Sabes perfectamente que la política no es lo mío.

- ¿Imaginas lo que ocurriría si provocáramos la muerte del Secretario General? Existen ya poderosas facciones que anhelan la desaparición del Instituto de Investigaciones Temporales.

- Pero, ¿qué podemos hacer? No podemos desatender una petición directa del Secretario General.

- Podemos distraerle.

- ¿Cómo?

- Aún no lo sé. Si pudiera llegar hasta su niñera - murmuró Ra Chen entre dientes -. Lo he intentado varias veces, inútilmente. Tal vez la ha sobornado el ISR. Tal vez es leal. Hace treinta y ocho años que cuida al Secretario General.

- ¿Cómo podemos saber lo que le llamaría la atención al Secretario General? Sólo le he visto cuatro veces en actos oficiales... Si pudiéramos distraerle con un juguete nuevo, se olvidaría de Los Ángeles.

La jaula ante la cual pasaban estaba etiquetada:


ELEFANTE


Recuperado del año 700 Ante-Atómico, en la región de la India, Tierra. EXTINGUIDO.

El arrugado animal, de color gris, les contempló con soñolienta indiferencia. No había sido capturado por Svetz.

Pero Svetz había capturado casi la mitad de los animales que había allí, incluidos varios cuyos tanques estaban medio llenos de agua. Svetz temía a los animales. Especialmente a los de gran tamaño. ¿Por qué Ra Chen le enviaba siempre a capturar animales?

Los diez metros de basilisco de la jaula siguiente reconocieron a Svetz. Le arrojó un chorro de llamas blanco-anaranjadas, y agitó furiosamente sus diminutas alas de murciélago al comprobar que la llama no traspasaba el cristal.

Los animales de la Tierra del pasado estaban encerrados porque tenían que ser protegidos del aire de la Tierra del presente.

Svetz recordó el cielo azul-cobalto de la Tierra del pasado y se tranquilizó. El cielo de la tarde de hoy era turquesa brillante en el cenit, con tonos verde pastel y amarillos cerca del horizonte. Svetz lo vio y se tranquilizó. Si el escupefuego chino salía de la jaula alguna vez, estaría demasiado ocupado respirando aire más puro para atacar a Svetz.

- ¿Qué podríamos traerle? Creo que está cansado de estos animales. ¿Qué opinas de una jirafa, Svetz?

- ¿Una qué?

- O un perro, o un sátiro... o tal vez un oso.

- Me pregunto si no estaremos siguiendo un camino equivocado - dijo Svetz.

- ¿Por qué?

- El Secretario General tiene animales suficientes para satisfacer a un millar de hombres. Y, lo que es peor, estamos compitiendo con Espacio al traer animales raros. Ellos también pueden hacerlo.

Ra Chen se rascó la nuca.

- Nunca había pensado en eso. Tienes razón. Pero tenemos que hacer algo.

- Con una máquina del tiempo se pueden hacer muchas cosas.

Podían haber tomado una plataforma de desplazamiento para regresar al Centro. Ra Chen prefirió andar. Así tendría la oportunidad de pensar, dijo.

Svetz andaba con la cabeza inclinada al lado de su jefe. La inspiración había acudido a él en casos similares, cuando la necesitaba. Pero llegaron al rojo hexaedro de piedra arenisca que era el centro, y el relámpago mental no había brillado.

Una gran mano se cerró sobre su brazo.

- Un momento - dijo Ra Chen en voz baja -. El Secretario General nos está haciendo una visita.

El corazón de Svetz se encogió.

- ¿Cómo lo sabes?

Ra Chen señaló.

- Deberías reconocer eso que hay en la calzada. Lo trajimos el mes pasado desde el 3 de junio del año 26 Post-Atómico, el día del Gran Terremoto de California, de Los Ángeles. Es un automóvil de combustión interna. Pertenece al Secretario General.

- ¿Qué haremos?

- Entrar y que nos vea. Reza por que no insista en que le lleven a Watts, el 11 de agosto del año 20 Post-Atómico.

- ¿Y si lo hace?

- Le enviaré allí. Pero no contigo, Svetz, sino con Zeera. Ella es negra y habla el inglés norteamericano. Puede ser una ayuda.

- ¿Tú crees? - inquirió Svetz.

Pero estaba ya más tranquilo: los riesgos serían para Zeera.

Pasaron cerca del automóvil del Secretario General. Svetz estaba intrigado por su aspecto angular, sus complicados tableros de mandos, sus adornos cromados. Alguien había levantado el capó, de modo que el motor quedaba a la vista.

- ¡Espera! - dijo Svetz súbitamente -. ¿Le gusta?

- ¿De qué estás hablando?

- ¿Le gusta su automóvil al Secretario General?

- Desde luego. Le tiene mucho cariño.

- Podemos traerle otro automóvil. California tenía que estar llena de automóviles el día anterior al Gran Terremoto.

Ra Chen se paró bruscamente.

- Tal vez tengas razón. Podría entretenerle, darnos tiempo...

- ¿Para qué?

Ra Chen no pareció oírle.

- ¿Un coche de carreras? No, se estrellaría... Y el Círculo de Consejeros no permitiría que instalásemos un conductor robot. Quizás un descapotable...

- ¿Por qué no se lo preguntas a él?

- Vale la pena intentarlo - dijo Ra Chen.

Subieron la escalinata.

En el Centro había tres máquinas del tiempo, incluyendo la que llevaba adosada una jaula, y una multitud de tableros con parpadeantes luces de colores, que era lo que más le gustaba al Secretario General. Este sonrió al ver que se acercaba Ra Chen. Sus guardaespaldas le rodeaban con los rostros rígidos y las palmas de las manos pegadas a las culatas de sus pistolas.

Ra Chen presentó a Svetz como a «mi mejor agente». Svetz quedó tan abrumado por el honor que sólo pudo tartamudear unas palabras ininteligibles. Pero el Secretario General no pareció darse cuenta.

Cuando Ra Chen formuló la pregunta acerca de los automóviles, el Secretario General sonrió de oreja a oreja y asintió vigorosamente. Enfrentado a una amplia gama de modelos - cinco o seis décadas con docenas de modelos nuevos cada año -, el Secretario General se chupó el dedo índice y meditó profundamente.

Finalmente llegó a una decisión.


- «¿Por qué no se lo preguntas a él? ¿Por qué no se lo preguntas a él?» - remedó Ra Chen furiosamente -. Ahora ya lo sabemos. ¡El primer automóvil! ¡Quiere el primer automóvil que se construyó!

- ¿Cómo podía imaginar una cosa así? - trató de disculparse Svetz, en tono lastimero -. Significa una investigación que abarcará más de dos décadas en los continentes europeo y norteamericano...

- Utilizaremos los libros de la Biblioteca de Beverly Hills. Pero es un mal asunto, Svetz...

La incursión a la Biblioteca de Beverly Hills se llevó a cabo en pleno día, utilizando la máquina del tiempo que llevaba adosada la jaula, el 3 de junio del año 26 Post-Atómico. El mismo día que empezaron a producirse los temblores de tierra...

Svetz, Ra Chen y Zeera Southworth se pasaron la mitad de la noche en la sección de Historia de la Biblioteca de Beverly Hills. Ra Chen sabía el suficiente inglés norteamericano para reconocer los títulos, pero al final Zeera tuvo que encargarse de la lectura.

Zeera Southworth era alta, delgada y muy morena, coronada de cabellos semejantes a una explosión de pólvora negra. Entre los hombres que trabajaban en el Centro tenía fama de ser tan frígida como las cavernas de Plutón. También era la única que podía manejar el caballo unicorne que Svetz había traído de la Bretaña prehistórica.

Estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, leyendo en voz alta los párrafos pertinentes, mientras los otros paseaban de un lado para otro. Seguían una intrincada pista de referencias...

A las dos de la mañana estaban sudorosos y enfurecidos.

- ¡Nadie inventó el automóvil! - estalló Ra Chen -. ¡Apareció por casualidad!

- Desde luego, tenemos un amplio campo donde elegir - convino Zeera -. Supongo que podemos prescindir del automóvil a vapor. Esto eliminaría a Cugnot y a Trevithick.

- Gracias sean dadas a la Ciencia por eliminar algo.

Svetz dijo:

- Nuestras mejores posibilidades parecen ser Lenoir de Francia y Marcus de Viena. Sin perder de vista los derechos que alegan Daimler y Benz, y la patente de Selden, en vigor durante muchos años...

- ¡Hay que escoger uno! - exclamó Ra Chen.

- Un momento - dijo Zeera, la única que parecía conservar la calma -. Este Ford podría ser lo que buscamos.

- ¿Ford? ¿Por qué? Lo único que inventó Ford fue un sistema de producción en masa.

Zeera esgrimió el libro. Svetz lo reconoció: un volumen que ella había estado leyendo antes.

- Este libro asegura que Ford fue el responsable de todo, que creó la industria del automóvil sin ayuda de nadie.

- Pero nosotros sabemos que eso no es verdad - protestó Svetz.

Ra Chen agitó una mano, como barriendo la objeción.

- Tomaremos el automóvil Ford, y presentaremos ese libro para autentificarlo. ¿Quién conocerá la diferencia?

- Pero, si alguien efectúa las mismas investigaciones que nosotros... ¡Oh! Desde luego. Obtendrá las mismas respuestas. Es decir, ninguna respuesta. El Ford es tan bueno como cualquier otro.

- Es preferible que a nadie se le ocurra investigar - dijo Zeera -. Lástima que no podamos llevarnos el modelo T; tiene más aspecto de automóvil.

A la mañana siguiente, Ra Chen cursó las últimas instrucciones.

- Si tomásemos un modelo de una época posterior, del Instituto Smithsoniano, por ejemplo, la cosa resultaría menos complicada - dijo Zeera.

- El automóvil tiene que ser nuevo - dijo Ra Chen - Compréndalo, Zeera. ¡No podemos darle al Secretario General un automóvil de segunda mano!

- Es cierto.

- La dejaremos en tierra a las tres de la mañana. Utilice infrarrojos y píldoras para cambiar su visión. No muestre ninguna luz visible. La luz artificial probablemente les asustaría mortalmente.

- De acuerdo. ¿Qué hay del dialecto?

- Usted habla inglés norteamericano blanco y negro, pero de un período posterior. No emplee el argot. Sea negra, a menos que quiera impresionar a algún blanco. Entonces hable blanco, pero hable lenta y cuidadosamente y utilice palabras sencillas. Creerán que es usted de otro país. Eso espero.

Zeera asintió. Entró en la jaula arrastrando detrás de ella el duplicador. No abultaba mucho, pero pesaba alrededor de una tonelada, sin el generador.

Vieron cómo la jaula se hacía borrosa y desaparecía. Continuaba unida a la máquina del tiempo, pero conectada a lo largo de una dirección que no transmitía luz.

- ¡Ya está! - exclamó Ra Chen, frotándose las manos - No creo que Zeera tenga ninguna dificultad para conseguir uno de los cacharros de Henry Ford. Las dificultades pueden empezar cuando el Secretario General vea lo que le entregamos.

Svetz asintió, recordando los grabados en blanco y negro y unidimensionales de los libros de historia. La máquina de Ford era desgalichado, tosca, fea e informal. Unos cuantos añadidos subrepticios la harían un poco más manejable. Nada podría hacerla hermosa.

- Necesitamos otra distracción - dijo Ra Chen -. Con esto sólo hemos conseguido ganar tiempo.

- Hay algo que me gustaría probar - aventuró Svetz.

- ¿Relacionado con...?

- El rocho.

Ra Chen hizo una mueca.

- Querrás decir el avestruz. No quieres darte por vencido, ¿eh? Desengáñate, Svetz, los rochos no existieron nunca.

Pero Svetz se mostró testarudo.

- ¿Has oído hablar de la neotenia?

- No. Mira, Svetz, el viaje para ir en busca del rocho desequilibró nuestro presupuesto. No fue culpa tuya, desde luego, pero otro viaje nos costaría más de un millón de comerciales, y...

- No necesito la máquina del tiempo.

- ¿No?

- Lo único que necesito es la ayuda del Veterinario de Palacio. ¿Puedes conseguírmela?

El Veterinario de Palacio era una mujer robusta, de piernas musculosas y mandíbula saliente. Una plataforma volante llena de instrumentos la seguía entre las jaulas.

- Conozco a cada uno de esos animales - le dijo a Svetz -. Incluso se me ocurrió la idea de darles un nombre. Cada animal debería tener un nombre.

- Ya lo tienen.

- Sí. ELEFANTE, AVESTRUZ - leyó -. A Gilgamesh se le da un nombre para que no se confunda con Gilbert. Pero a nadie se le ocurrirá confundir un CABALLO con un ELEFANTE. Sólo hay un ejemplar de cada animal. Lamentable.

- ¿Y las crías?

- ¿Sabe lo que hacemos con las crías? Las dejamos crecer un poco y luego las congelamos. Sólo puede haber un ejemplar de cada especie vivo - Se paró delante de la jaula del AVESTRUZ -. ¿Es ésa su presa? Tenía ganas de verla...

El ave ladeó la cabeza para estudiar a la pareja que se encontraba al otro lado del cristal. Pareció sorprenderse ante la presencia de Svetz.

- Parece una cría recién nacida - dijo la mujer -. Salvo por las patas y los pies desnudos, desde luego. Parecen haberse desarrollado para soportar una masa suplementaria.

Svetz estaba apurado por la necesidad de hallarse presente en dos lugares al mismo tiempo. Su propia sugerencia había puesto en marcha el proyecto de Zeera. Tendría que estar allí. Pero... el avestruz había sido su primer fracaso.

- ¿Tiene aspecto de neoteno? - inquirió.

- ¿Neoteno? Indiscutiblemente. La neotenia es un método ordinario de evolución. Nosotros mismos poseemos rasgos neotenos: piel desnuda, en tanto que todos los demás primates están cubiertos de pelo. Cuando nuestros antepasados empezaron a cazar su carne a través de las llanuras, necesitaron un sistema de enfriamiento superior al de la mayoría de los primates. De modo que conservaron un aspecto de inmadurez, la piel desnuda.

»El ajolote fue un ejemplo clásico de neotenia...

- ¿El qué?

- Usted sabe lo que era una salamandra, ¿no? En su primera fase de desarrollo tenía agallas y aletas. En su edad adulta desarrollaba pulmones, perdía las agallas y vivía sobre la tierra. El ajolote, en cambio, conservaba las agallas y las aletas. Una recesión genética. Típica de la neotenia.

- Nunca he oído hablar de ajolotes ni de salamandras.

- Se extinguieron hace muchísimo tiempo. Necesitaban arroyos y balsas al aire libre para vivir.

Svetz asintió. El agua al aire libre era un veneno mortal, en cualquier parte de la Tierra.

- El problema estriba en que no sabemos cuándo perdió ese animal su capacidad para volar. No sabemos si, en virtud de algún factor neoténico casual, las alas del ave dejaron de desarrollarse. Como compensación, pudo desarrollar ese tamaño anormal.

- Ya. Entonces, sus antepasados...

- Pudieron tener el tamaño de un pavo. ¿Vamos a echarle una mirada?


El cristal se deslizó a un lado para dejarles entrar en la jaula. El avestruz se echó hacia atrás, intranquilo ante la presencia de la pareja.

La mujer abrió una bolsa de su plataforma flotante, sacó una especie de pistola y la utilizó. El avestruz profirió un gruñido y cayó al suelo, inconsciente.

La mujer avanzó hacia el animal... y se detuvo bruscamente en el centro de la jaula. Olfateó, volvió a olfatear y una expresión de terror asomó a su rostro.

- ¿Acaso he perdido el sentido del olfato? - inquirió.

Svetz sacó un par de lo que parecían bolsas de celofán y le entregó una.

- Póngase esto.

- ¿Por qué?

- Podría asfixiarse si no lo hiciera...

Svetz se colocó la otra bolsa, introduciéndola en su cabeza por la abertura y atándola después alrededor de su cuello.

- Este aire es letal - explicó -. Es el aire del pasado de la Tierra, reconstituido. Tiene una antigüedad de mil quinientos años. Por eso percibía usted únicamente el olor a avestruz.

»Para mantenerse viva usted no necesita dióxido de azufre y dióxido de carbono. Sólo necesita dióxido de carbono. Una determinada concentración de dióxido de carbono en su sangre estimula el reflejo respiratorio».

Ella había terminado de colocarse el casco filtrador.

- Supongo que aquí la concentración es demasiado baja. - Exacto. Se olvidó usted de respirar. Está acostumbrada a un aire que tiene un cuatro por ciento de dióxido de carbono. Aquí, la proporción no llega ni a la décima parte.

»El ave puede respirar este aire. De hecho, moriría sin él. Nosotros hemos tenido mil quinientos años de tiempo para adaptarnos a lo que hemos puesto en el aire. El avestruz, no».

- No lo olvidaré - dijo la mujer secamente, hasta el punto de que Svetz se preguntó si le había estado dando lecciones a alguien que conocía la materia mucho mejor que él.

La mujer se arrodilló junto al caído avestruz y la plataforma descendió hasta su altura.

Svetz la contempló mientras manipulaba en el avestruz, tomando muestras de tejido, comprobando la presión sanguínea y los latidos del corazón en respuesta a pequeñas dosis de hormonas y de drogas.

En términos generales sabía lo que ella estaba haciendo. Existían técnicas para invertir las mutaciones más recientes en las características genéticas de un animal. Uno no hacía siempre lo que se esperaba de él. Sin embargo... varias jaulas más allá había un homo habilis que había pertenecido al Círculo de Consejeros hasta que se le ocurrió sugerir que el Secretario General era un tarado mental y un tirano.

Mientras ella identificaba los desarrollos neotenos, trataría de averiguar también lo que ocurriría cuando fueran eliminados. Luego había problemas de metabolismo. Si Svetz estaba en lo cierto, la masa del ave aumentaría rápidamente. Y tendría que ser alimentada por vía intravenosa.

En términos generales... Pero los detalles de lo que ella estaba haciendo eran misteriosos y oscuros.

Svetz se encontró estudiando el casco filtrante de la mujer. Al hincharse se había hecho casi invisible. Un borde dorado se reflejaba por difracción contra el cielo pardoamarillento.

¿Deseaba realmente el Espacio apoderarse del Instituto de investigación Temporal? En tal caso, aquel halo dorado era un apoyo para su pretensión. Se trataba de una membrana semipermeable. Dejaba pasar selectivamente gases en ambas direcciones, convirtiendo en respirable una atmósfera casi irrespirable.

Procedía de un almacén del Espacio.

El IIT poseía otros materiales procedentes de las industrias del Espacio. Varillas volantes, pistolas que disparaban agujas anestésicas, la unidad antigravitacional de la nueva jaula adosada a la máquina del tiempo...

Pero su argumento básico era más sutil.

Hubo un tiempo en que los océanos estaban llenos de vida - pensó Svetz -. Ahora, los continentes están tan muertos como la Luna: sólo hay en ellos ciudades sumergidas. En otro tiempo, todo este continente era bosque y desierto viviente y agua dulce. Nosotros cortamos los árboles, matamos a los animales y envenenamos los ríos...

Hemos olvidado tanto acerca del pasado que no podemos separar la leyenda de los hechos. Nosotros hemos acabado con la mayoría de las formas de vida sobre la Tierra en los últimos mil quinientos años, y hemos cambiado la composición del aire hasta el punto de que no resistiríamos que volviera a ser lo que era.

Yo temo a los animales desconocidos del pasado. No puedo respirar el aire. No puedo reconocer las plantas comestibles. No mataría animales para comer. Y no sé cuáles de entre ellos me matarían a mí.

El pasado de la Tierra me es tan ajeno como el de otro planeta.

El Veterinario de Palacio estaba ocupado conectando intravenosamente el avestruz a unos tubos de diversos colores.

El teléfono de bolsillo de Svetz empezó a sonar.

Durante unos instantes, Svetz pensó en no contestar. Pero ganaron los buenos modales, y Svetz abrió el teléfono.

- Hay problemas - dijo la imagen de Ra Chen -. La jaula de Zeera ha iniciado su camino de regreso. Zeera debió tirar de la palanca de retorno inmediatamente después de haber pedido la jaula.

- ¿Se marchó Zeera antes de que la jaula pudiera llegar allí?

- Sí - dijo Ra Chen -. Lo que ocurrió tuvo que ocurrir muy aprisa. Si ella pidió la jaula, es que tenía el automóvil. Un momento después hizo abortar la misión. Estoy preocupado, Svetz.

- No me gustaría tener que marcharme ahora - dijo Svetz.

Se volvió a mirar al avestruz. En aquel preciso instante se desprendían todas sus plumas, dejándolo completamente desnudo.

Aquello le decidió.

- Ahora no puedo moverme de aquí. Dentro de unos minutos tendremos un rocho completamente desarrollado.

- ¿Qué? ¡Estupendo! Pero, ¿cómo...?

- El avestruz era una recesión neotena de un rocho.

- ¡Estupendo! No te muevas de ahí, Svetz. Ya nos arreglaremos sin ti.

Ra Chen desconectó.

El Veterinario de Palacio dijo:

- No haga usted promesas que no pueda cumplir.

El corazón de Svetz dio un salto.

- ¿Dificultades?

- No. Hasta ahora todo marcha sobre ruedas.

- Todas las plumas han caído. ¿Es bueno eso?

- No se preocupe por las plumas. Mire: ya hay otra capa de plumón. Y mire las patas: se están haciendo más fuertes.

El ave era ahora una gran bola de plumón amarillo. Su armazón se había encogido, pero las patas se habían encogido todavía más. De pie, la estatura del animal no habría alcanzado los cuatro pies. La masa suplementaria se había convertido en grasa, de modo que el avestruz era casi esférico; parecía un pato de gran tamaño tendido de costado sobre una balsa de plumas.

El Veterinario de Palacio miró a Svetz, sonriendo.

- Tenía usted razón - dijo -. El avestruz era un rocho neoteno.

En aquel momento cambió la luz.

Svetz levantó la mirada: el cielo tenía un color azul claro desde el horizonte hasta el cenit.

- ¿Qué pasa? - La mujer estaba más divertida que asustada -. ¡Nunca había visto un color como ése!

- Yo, si.

- ¿Qué significa?

- No se preocupe. Pero conserve puesto el casco, especialmente si sale de la jaula. ¿Se acordará?

- Desde luego - La mujer enarcó las cejas -. Usted sabe algo acerca de esto, Svetz. Tiene algo que ver con el tiempo, ¿no es cierto?

- Creo que sí - respondió Svetz.

Ahora, el Veterinario de Palacio tenía un aspecto asustado. Pero continuó atendiendo a su paciente.

El avestruz yacía de costado, pero había abierto los ojos. Era enorme, y seguía aumentando de tamaño. Y sus plumas cambiaban de color. Sería un ave negra y verde.

Era casi tan grande como el elefante de la jaula contigua... cuyo aire soñoliento daba paso a otro de intranquilidad.

El ave no se parecía ya en nada a un avestruz.


El cielo era de color azul claro, el azul del lejano pasado, cruzado por nubes algodonosas de un blanco limpio y brillante. Azul desde el horizonte hasta el cenit, sin el menor rastro de los aditivos que deberían estar allí.

Por doquier yacían hombres y mujeres sin sentido. Svetz no se paró a prestarles ayuda. Lo que tenía que hacer era más importante.

Su paso se hizo más lento a medida que se acercaba al Centro. Le dolían las costillas recién curadas, como si alguien hubiese insertado entre ellas la hoja de un cuchillo.

Varios empleados habían caído alrededor del Centro, probablemente después de haber salido al exterior tambaleándose. Y allí estaba el automóvil del Secretario General. Detrás del vehículo, boca arriba, se encontraba Ra Chen.

Estaba vivo. Su pulso era rápido y tumultuoso. Pero no respiraba. O... sí, respiraba. Estaba inhalando el doble del dióxido de carbono necesario para estimular el reflejo.

Svetz entró en el Centro.

Más de una docena de personas se habían derrumbado junto a los iluminados tableros de control. Otras tres figuras estaban tendidas en el suelo, en un pasillo. El Secretario General yacía en un desorden angular, sonriendo estúpidamente al techo. Sus guardaespaldas estaban caídos a su alrededor, con expresiones soñolientas, empuñando sus pistolas.

La pequeña jaula no había regresado.

Svetz contempló el espacio vacío en la máquina del tiempo y un sudor frío inundó su frente. ¿Qué podía hacer sin que Zeera le dijera lo que había pasado?

Desde el año 50 Ante-Atómico hasta el presente el viaje duraba treinta minutos. La llamada de Ra Chen al Zoo había llegado hacía menos de media hora...

A menos de que se tratara de un efecto colateral de la paradoja. A menos de que la paradoja hubiese desintegrado la jaula de Zeera, dejándola a ella embarrancada en el pasado, o proyectándola a una línea del mundo alternativo, o...

Nunca se había producido una paradoja temporal.

Las matemáticas no servían para nada. Las matemáticas del viaje a través del tiempo estaban llenas de singularidades.

El año anterior alguien había tratado de efectuar un análisis topológico del trayecto recorrido por una jaula de extensión. Había demostrado, no sólo que era imposible viajar a través del tiempo, sino también que no se podía viajar a una velocidad superior a la de la luz. Ra Chen había permitido que la noticia se filtrara al Espacio, a fin de que renunciaran a continuar experimentando con sus naves superpotentes.

¿Qué se podía hacer? ¿Empezar a colocar cascos filtradores a todo el mundo? Desde luego. Pero los cascos no se guardaban en el Centro. Tendría que cruzar toda la ciudad. ¿Se atrevería a salir del Centro?

Svetz se obligó a sí mismo a sentarse.


Unos minutos después apareció la pequeña jaula de extensión: Zeera se asomó a la puerta circular.

- Vuelva a meterse ahí dentro! - le ordenó Svetz -. ¡Aprisa!

- Usted no es nadie para darme órdenes, Svetz - Zeera pasó por delante de Svetz y miró a su alrededor -. El automóvil ha desaparecido. ¿Dónde está Ra Chen?

El rostro de Zeera tenía una expresión de agotamiento. Svetz la cogió del brazo.

- ¡Zeera, tenemos...!

Ella se soltó de un tirón.

- Tenemos que hacer algo. El automóvil ha desaparecido. ¿No me ha oído usted?

- ¿Me ha oído usted a mí? ¡Vuelva en seguida a la jaula de extensión!

- Antes hemos de decidir lo que tenemos que hacer. ¿Por qué no capto ningún olor?

Zeera olfateó el aire que estaba vacío, muerto. Volvió a mirar a su alrededor con aire de asombro, dándose cuenta por primera vez de que todo parecía haber cambiado.

Luego puso los ojos en blanco, y Svetz la sostuvo entre sus brazos antes de que cayera al suelo.


Svetz estudió el rostro dormido de Zeera a través del diámetro de la jaula de extensión. Era muy distinto de su rostro despierto. Más suave, más vulnerable. Y más bonito.

- Debería relajarse usted más a menudo - dijo.

Le dolían las costillas fracturadas por el avestruz. El dolor parecía latir como un corazón.

Zeera inquirió:

- ¿Por qué estamos aquí?

- La jaula de extensión tiene su propio sistema de aire - dijo Svetz -. No puede respirar usted el aire exterior.

- ¿Por qué no?

- Dígamelo usted.

Los ojos de Zeera se desorbitaron.

- ¡El automóvil! ¡Ha desaparecido!

- ¿Por qué?

- No lo sé. Svetz, juro que lo hice todo correctamente. Pero cuando conecté el duplicador, el automóvil desapareció.

- ¿Utilizó usted el haz de infrarrojos?

- Desde luego. La oscuridad era absoluta.

- Y tomó usted las píldoras para poder captar los infrarrojos...

- ¿Siempre piensa usted con tanta lentitud, Svetz? - Luego, los ojos de Zeera cambiaron de expresión y Svetz supo que se había dado cuenta de lo que había hecho -. ¡Las píldoras! Desde luego. Tenía la vista adaptada a los infrarrojos, y conecté el extremo caliente...

- Exactamente. Y eso duplicó el espacio vacío donde había un automóvil. Formó usted el vacío en ambos extremos.

Zeera se relajó contra el lado curvado de la jaula de extensión, con los brazos engarzados debajo de sus rodillas. De pronto, dijo:

- Según el libro, Henry Ford vendió aquel automóvil por doscientos dólares. Más tarde tuvo dificultades de financiación. ¿Pudo haber influido aquella suma?

- Probablemente. ¿Cuánto son doscientos dólares?

- Luego, alguien utilizó la producción en masa para fabricar automóviles, a vapor o eléctricos.

- Supongo que a vapor. Fueron los primeros.

- Dígame una cosa, Svetz. Si el aire ha cambiado, ¿por qué no hemos cambiado con él? Hemos desarrollado la capacidad de respirar aire con un determinado porcentaje de monóxido de carbono y de dióxido de azufre. ¿Por qué no se interrumpió también la evolución?

- Hay muchas cosas que ignoramos, Zeera.

Siguió un breve silencio. Finalmente, Zeera dijo:

- Está claro. Tengo que regresar y conectar correctamente el duplicador.

- Eso no daría resultado.

- Entonces, ¿qué podemos hacer?

Svetz meditó unos instantes.

- Intentaremos esto: enviarme a mí hacia atrás, hasta una hora antes de la llegada de Zeera. El automóvil no habrá desaparecido aún. Lo duplicaré, duplicaré el duplicado, y llevaré el duplicado invertido y el automóvil original a la gran jaula de extensión. Eso le permitirá a usted destruir el duplicado. Cuando usted se haya marchado reapareceré, dejaré el automóvil original y regresaré aquí con el duplicado invertido. ¿Qué le parece?

- Una gran idea. ¿Le importaría repetirlo?

- Vamos a ver. Enviarme a mí hacia atrás...

Zeera se estaba riendo de él.

- No importa. Pero tengo que ir yo, Svetz. Usted no podría encontrar el camino. No podría solicitar información ni leer los nombres de las calles. Tiene que quedarse aquí y cuidar de los controles.

Svetz asintió, de mala gana.

Salían de la jaula de extensión cuando oyeron un grito horrible, como si anunciara el fin del mundo.

Svetz echó a correr alrededor del flanco hinchado de la jaula. Zeera le siguió, llevando el casco filtrador que había utilizado durante su tentativa de duplicar el automóvil de Ford.

Una de las paredes del Centro era de cristal. A través de ella podía verse el Zoo. Una de las jaulas se estaba abriendo, como...

...como un huevo. Y de las ruinas de su jaula emergió el rocho.

El grito volvió a resonar.

- ¿Qué es eso? - susurró Zeera.

- Era un avestruz. Ahora no sé qué nombre aplicarle.

El ave se puso en movimiento, lentamente. Verde y negra, hermosa y diabólica, inmensa como una eternidad, luciendo una cresta de plumas doradas que habían brotado en su frente.

Zeera sacudió el brazo de Svetz.

- No tenemos por qué preocuparnos. Si sale del Zoo, se asfixiará.

El ave remontó el vuelo. Sus alas se movieron como velas, y su negra sombra se proyectó sobre las casas como una nube. Svetz vio que el animal llevaba algo en sus enormes garras.

Svetz lo reconoció... y se dio cuenta del tamaño que había alcanzado el rocho.

- Ha agarrado al ELEFANTE - dijo.

Su voz sonó entristecida. Algo inexplicable, porque Svetz odiaba a los animales.

El rocho se remontó a gran altura. Cualquier ave normal hubiera resultado invisible. Pero el rocho se distinguía perfectamente contra el cielo azul, mientras mataba y se comía al ELEFANTE. Luego continuó ascendiendo, ascendiendo, hacia el borde del espacio. En busca de aire puro.

¿Ascendía aún? No, la sombra negra estaba aumentando de tamaño, cada vez más baja en el cielo. Y el lento movimiento de las alas se había interrumpido.

¿Cómo podía saber un rocho que ya no había aire puro en ninguna parte?

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