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domingo, 7 de noviembre de 2010

El Visitante Y Otras Historias -- Dylan Thomas -- MDIV


El Visitante Y Otras Historias


Dylan Thomas



Presentación


La obra de Dylan Thomas, galés, alcohólico, y bohemio, revaloriza el poder creador de la imaginación y la gran función alumbradora que el mundo cotidiano y el mítico, entremezclados, tienen para la poesía. Prueba de ello la constituyen los textos reunidos en este volumen bajo el título genérico de El visitante y otras historias, selección realizada por Thomas antes de su muerte.
Estos catorce textos del celebrado autor del Retrato del artista cachorro compendian la casi totalidad de sus preocupaciones temáticas y expresivas: el sentimiento mágico de la Naturaleza y la pasión del hombre por sus orígenes, así como los paraísos de la infancia, son los motivos recurrentes de estas páginas. Su ardor vital y su fabuloso verbo creador exploran ámbitos inéditos y siguen, como en el caso de Blake y Rimbaud, el camino iluminado de todos los poetas visionarios anteriores.

Dylan Thomas nació en Swansea en 1914. Cursó estudios en la Grammar School de esta ciudad, don­de su padre era profesor de inglés. Consi­derado no apto para el servicio militar, du­rante la II Guerra Mundial trabajó en el cine, realizando documentales para el Mi­nisterio de Información Británico. Fue re­dactor del South Wales Evening Post. Co­mo poeta se adscribió al movimiento «Nue­vo Apocalipsis», que representaba una reac­ción contra la generación de Auden. Murió en New York en 1953, cuando realizaba una gira dando conferencias por los Esta­dos Unidos.

Otras obras del autor: Dieciocho poemas (1934), Mapa de amor (1939), Muertes e ingresos (1946), Poemas reunidos (1952), El doctor y los demonios (1953), Bajo el bosque lácteo (1954), Con distinta piel (1955).

Noticia


El visitante y otras historias, con exclusión del relato «El mapa del amor», fue publicado por la editorial Alfaguara–Nostromo, en 1975. En aquella ocasión, el editor consideró opor­tuno variar el orden de los textos y excluir el relato mencionado. Para la presente versión se ha optado por seguir fielmente la edición original, que estuvo a cargo de Daniel Jones, gran amigo de Dylan Thomas.
Los cuentos y ensayos contenidos en esta obra fueron escogidos personalmente por su autor, antes de morir, como representativos del tipo de escritos que a él le hubiera gustado ver preservados.

Parte 1


Una visión del mar

(1937)

A mediados del verano, un muchacho
feliz por no tener qué hacer y porque hacía calor,
se hallaba echado en un maizal.
Las hojas de maíz se mecían por encima de él como grandes abanicos
y los pájaros trinaban en las ramas de los árboles que ocultaban la casa.
Tendido de espaldas contra la Tierra,
contemplaba el cielo infinitamente azul que caía sobre los perfiles del maizal.
El aire, después de un cálido chaparrón de mediodía,
traía un aroma de conejos y vacas.
Se estiró como un gato y cruzó los brazos tras la nuca.

Ahora surcaba los mares como un velero,
navegaba entre las doradas olas del maizal
y se deslizaba por el cielo como un ave,
saltaba por las campiñas en botas de siete leguas
y construía un nido en el sexto de los siete árboles
que desde una verde y radiante colina
le saludaban aleteando las ramas.
Luego volvió a ser el muchacho de los cabellos revueltos
que, levantándose perezosamente,
buscaba tras los maizales la línea del río que serpenteaba entre las colinas.

Metió los dedos en el agua como provocando una ola
que traviesa hiciera rodar los cantos y estremeciera el limo dormido.
En el agua sus dedos se erigieron en diez pilares de torre
y un pececillo de hermosa cabeza y cola de látigo
sorteó las compuertas de las torres hábilmente.
Y mientras el pececillo huía por entre el laberinto de dedos hacia los guijarros
y el lecho de las aguas se removía inquieto,
se imaginó una historia.

Érase una princesa de un libro navideño que se había ahogado,
con los hombros descoyuntados y dos coletas pelirrojas
tersas como cuerdas de violín en torno al quebrado cuello.
Atrapada en las redes de un pescador, los peces le estaban arrancando el pelo.
Se olvidó de cómo terminaba la historia
si es que una historia que no tiene principio puede terminar de alguna manera.
¿Revivía la princesa alzándose como una sirena de entre las redes?
¿O sucedía que un príncipe, que salía de otro cuento,
le tensaba las coletas y hacía con los huesos de los hombros un arco de lira
a la que arrancaba fúnebres notas que resonaban en los ámbitos cortesanos?

El muchacho arrojó una piedra contra las verdes aguas,
luego vio que por entre unas matas se escabullía un conejo
y le disparó otra piedra a la cola.
Un pez brincó entre las aguas cazando insectos
y una alondra pasó volando como una saeta.
Aquel verano era el más hermoso desde el principio de los siglos.
No creía en Dios,
pero era Dios quien había alumbrado aquel verano
tan lleno de azules aires, y aquel calor y aquellas palomas que poblaban el bosque.
En las anónimas colinas que se avistaban a la distancia,
no había torres de minas, chimeneas ni remolques,
sólo siete árboles que semejaban hombres y mujeres tendidos al Sol.
No encontraba palabras que expresaran la maravilla de aquel verano
o el murmullo de los pájaros del bosque
o el susurro del maizal mecido por la brisa del mar.
No había palabras para Sol y Cielo,
para el campo entero del estío.
Todo era hermosísimo, las aves y el maizal...

Campo a través llegó hasta la falda de las colinas.
El cuento de la princesa ya se había pasado.
Aquella tarde,
bajo el verde inocente de los árboles y entre los jilgueros que volaban hacia el Sol,
no había mar en que aquélla pudiera ahogarse prendida del cabello.
El mar se había retirado y tras sí quedaron
un campo sembrado de maíz, una casa escondida y una colina.

Del séptimo árbol se descolgó de pronto la princesa,
era tan alta como el primero de los árboles
y llevaba un vestido de seda hecho jirones.
Tenía las piernas llenas de rozaduras, manchas de fresa por los labios,
rotas y negras las uñas, los dedos de los pies le asomaban por las sandalias.
Se puso encima de un montoncito
y con sólo hacerlo el campo que la rodeaba
y la curva del río que brillaba allí mismo
se volvieron tan pequeños
que pareció que una enorme montaña se alzase sobre una cuchilla
y unas gotas de agua.
Los árboles de la granja parecieron fósforos,
y en la distancia, ahora ya mínima, los picos de Jarvis,
y detrás de éstos, el monte Cader, ya en los bordes de Inglaterra,
eran tan sólo toperas o sombras.

El muchacho contempló asombrado la desaparición del río,
vio cómo la Tierra se tragaba los sembrados
y cómo los árboles del bosque se reducían a pequeños tallitos
y cómo el campo y el paisaje entero le cabían en el cuenco de la mano,
encogida la Tierra como prenda recién lavada.
Pero, de repente, de la minúscula gotita de agua del río
se levanto un aire que devolvía todo a su verdadero tamaño,
y el tallito pequeño se desdoblaba en el bosque
que escondía con su ramaje la casa
y el maizal volvió a salir donde estaba.
Sucedió en medio segundo.

De las copas de los árboles volvían a surgir bandadas de gorriones
como en una nube,
líneas negras que formaban cantarines triángulos por la estela solar,
tendiendo una alada pasarela, hasta que el viento volvía a soplar,
ahora desde el gigantesco mar
y se estrellaba contra el montante de la pasarela
y los gorriones caían como presas de caza.
Todo sucedió en medio segundo.

La muchacha del vestido de seda se sentó en la hierba y cruzó las piernas.
El aire levantaba los jirones de aquellos harapos
y se le veían las piernas tersas y obscuras como la cáscara de una bellota.
El muchacho, tímidamente acurrucado en la sombra,
vio morir a la princesa por segunda vez
mientras una campesina ocupaba su puesto.
¿Por qué se había asustado con la desbandada de los pájaros?
¿Cómo se había podido dejar impresionar por aquel destello
que había hecho parecer al contorno todo cosa tan pequeña?
¿Quién le había hecho creer que la princesa era alta como un árbol?
Era una muchacha tan corriente como cualquiera de esas otras
que los domingos cortan flores y meriendan por el Valle de Whippet.

¿Qué estabas haciendo ahí arriba en el árbol? –preguntó él,
sintiendo una cierta vergüenza ante su sonrisa,
que ahora se le tornaba en una tímida mueca
mientras la hierba verdeaba entre las piernas bien curtidas de la muchacha–.
¿Estabas buscando nidos? –insistió, y se sentó a su lado.
Y en aquel mismo retazo verde, en la séptima sombra,
volvió a acometerle el primer terror,
el miedo que eriza los cabellos y saca los ojos de sus órbitas.
Las manchas de aquellos labios no eran de fresa sino de sangre,
no estaban rotas las uñas, sino afiladas como diez hojas de cuchilla
dispuestas a cortarle la lengua.
Si gritaba pidiendo auxilio, ella crearía nuevos animales,
tigres de Camarthen que saldrían del bosque y le comerían las manos.

Y se quedó a su lado sin hacer nada,
sentado a la izquierda y escuchando el latir de su corazón
donde se ahogaban todos los sonidos del verano.
Las hojas de los árboles crecían hasta tomar el tamaño de un hombre,
la corteza de los árboles era un río enorme con infinitos afluentes,
y el musgo y los verdes anillos de los troncos eran praderas de verde terciopelo.
Y luego, en la dimensión de los gigantes,
entre los árboles paraísos de todas las tormentas,
ella se echó sobre él y ya no pudo ver ni el maizal ni la casa de su tío,
porque un pelo rojizo y estropajoso se lo ocultaba a la vista,
y el cielo y las crestas del monte ya sólo eran dos puntos perdidos
en las pupilas de aquellos ojos.

«Esto es la muerte –se dijo el muchacho–, la consumación,
la tos infernal que hace vomitar piedras,
el rostro con que se castiga el mirarse demasiado en el espejo».
Las bocas de los dos se aproximaron.
Ella le pasó los dedos por los párpados.
Esto es un cuento, dijo ella, que trata de un muchacho a quien besa una bruja.
Voló hasta un montículo
que cambiaba de tamaño como cambia el humor de una rana.
Le acarició los ojos y se estrechó contra él.
Y después que lo hubo amado y provocado su muerte,
se lo llevó dentro de ella a una cabaña en el bosque.

Pero este cuento, como todos los cuentos, termina con el beso.
Ahora él no era más que un muchacho abrazado a aquella chica.
Y la colina estaba sobre un río de verdad
y los picos y los árboles que apuntaban hacia Inglaterra
eran los mismos que Jarvis había conocido siempre
en sus paseos con sus caballos y amantes,
a lo largo de medio siglo, un siglo atrás.

Un retazo de viento prendido en la luz solar
que iluminaba el pequeño paisaje,
como un viento entre paredes de un vacío caserón,
con­virtió los rincones en montañas
y pobló los áticos de sombras que despuntaban por el te­jado.
Por todos los pasillos del paisaje corría el aire
como un puñado de voces de creciente intensidad
hasta oírse una última ya grave para dejar el caserón lleno de murmullos.

¿De dónde vienes? –le preguntó ella al oído.
Seguía sentada a su lado,
y aunque ya no le abrazaba, tenía una rodilla entre las pier­nas del muchacho
y con una mano le sujetaba las de él.
¿Por qué tener miedo de aquella mu­chacha de tostada piel
si no era mayor ni más fuerte que las pálidas muchachas
que en su pueblo tenían hijos antes de casarse?
Del valle de Ammán –dijo el muchacho.
Tengo una hermana en Egipto –dijo ella–.
Vive en una pirámide... –y se le acercó todavía más.
Me están llamando para el té –dijo el muchacho.

Ella se levantó el vestido hasta la cintura.
«Si ella me ama hasta hacerme morir
se dijo el muchacho a la sombra del séptimo ár­bol
que cambiaba de forma cada tres minu­tos–,
me llevará dentro de sí a una cabaña en el bosque,
a un agujero en el tronco de un árbol
donde mi tío no podrá encontrarme.
Este es el cuento del niño robado.
Me ha pues­to un puñal en el estómago y me va a sacar las tripas.»
Volvió a decirle al oído:
«Voy a tener un hijo en cada una de estas colinas. ¿Cómo te llamas, Ammán?»

Ya estaba cayendo la tarde.
Perezosa y anó­nima corría en dirección oeste a través de nu­bes de insectos,
saltaba por lomas, árboles, maizales, ríos y praderas,
y llegaba hasta el mar como si un vientecillo la estuviera soplan­do a la popa.
Lenta y azul, como aire soñador que alivia el cuerpo,
venía a quedarse al cobijo de las aguas serenas de las playas grises de plata
entre el luminoso cerco de pájaros
que con laurel en el pico esperaban al día siguiente,
el mañana en que habrían de coronar
las des­moronadas torres de los castillos de arena.

Se pasó las manos por las ropas y se mesó el cabello
cuando el día ya estaba muriendo,
y se revolvió a un lado sin atender a la puesta de Sol
ni al obscurecer del contorno.
El mucha­cho despertó en el interior de un extraño sue­ño,
dentro de un verano más amplio aún
que la negra nube posada en el centro incorrupti­ble
de un ascua de luz.

Un viento lleno de cu­chillas giratorias lo sacaba desde el amor
y a través de galerías pobladas de pájaros de blan­ca carne,
lo llevaba hacia una nueva cumbre
y allí, irguiéndose arrogante en pleno atarde­cer,
parecía desafiar irrespetuosamente a las brisas marinas y a las estrellas.
Sacó el pecho y con la cabeza alta,
en actitud insultante,
salió de los ámbitos del amor por una estrecha oquedad entre dos puertas
hasta llegar a un enorme salón con un mirador
desde el que se divisaba la Tierra.

Asomado al extremo del barandal de hierro,
el mundo giraba ante él vertiginosamente
y en él reconocía los surcos del arado,
las huellas de los hombres y las bestias,
las gotas, crestas y efluvios de las aguas,
las estrías de polvo en la muerte
que estaba firmada con una rúbrica de plumón
y sombra de tiempo,
veía todos los helados ban­cales, todos los confines del mar,
todo allí en la esfera metálica que se encontraba al otro lado de las puertas.

Vio la negra huella pulgar de una ciudad
y la huella fósil de un hombre que había vivido feliz por las praderas,
los restos fósiles del verde campo
y la mano de una ciudad ahogada en el fondo de Europa,
y por la palma impresa vio el brazo de un im­perio quebrado como Venus,
y por el brazo los pechos, y por la historia los muslos,
y en­tre los muslos la primera huella de Occidente
entre la obscuridad misma y el verde Edén.

El jardín, llegado ese punto, se hundió
bajo las aguas de Asia ya convertidas en Tierra
que ro­taban al ritmo de una música en aquel atar­decer.
Mientras Dios dormía,
el muchacho había subido por una escalera
y al final de aquélla
aparecía un cuarto techado y asolado
con páginas vivas del libro de los días,
las páginas eran jardines, las palabras árboles
y el Edén crecía por encima de él para hacerse otro Edén,
y se perdía en interminables corredores de pá­jaros y follaje.

Ahora se había detenido en un repecho
donde los polos del mundo se besaban a su espalda.
Y el muchacho tropezó como Atlas
y vino a estrellarse contra la verja
desde donde había estado contemplando el mundo y el tiem­po zozobrante,
y ahora volvía al campo en la colina posada bajo la nube.

Despiértate –le dijo al oído.
Tenía en la sonrisa un extraño rictus,
y el Edén se encogía en la séptima sombra.
Ella le dijo que le mi­rara a los ojos.
El había pensado que tenía los ojos pardos o verdes,
pero en realidad eran azules como el mar y con negras pestañas,
el pelo lo tenía negro y espeso.
Le alborotó ella el pelo y tomando una de sus manos,
se la llevó hasta el pecho para que supiera
que el pezón de su corazón era encarnado.

Él la miró a los ojos, pero eran un espejo circular,
y al apartarse de ellos, vio que los árboles se habían hecho transparentes.
Ella podía hacer que los árboles se volvieran de cristal
y las paredes de la casa de tafetán.
Le dijo cómo se llamaba, pero él lo olvidó nada más oírlo.
Le dijo qué edad tenía, y era una cifra nueva.
«Mírame a los ojos», le dijo.

No faltaba más que una hora para que empezara la noche,
ya empezaban a aparecer la Luna y los luceros.
Le tomó de la mano
y corriendo entre los árboles
hasta más allá de los montes, las ortigas y las flores silvestres,
más allá del silencio,
llegaron a la luz solar
y al murmullo del mar que rompía con­tra los acantilados.

La colina estaba entre dos luces,
la noche del bosque y la amarilla mancha de una playa al Sol,
diez millas de campos de maíz se per­dían en lontananza
allá donde la arena dorada cubría las peñas.
La Luna brillaba sobre siete árboles
y el Sol de un extraño día sobre mó­viles cascadas.
La colina aparecía entre una lechuza y una gaviota.

El muchacho oyó el canto de las dos aves:
pardas alas sobresalían por entre unas ramas
y otras blancas aletea­ban sobre las olas del mar.
El canto de las gaviotas le animaba a correr por las cálidas arenas
hasta recibir el abrazo de las aguas:
la espuma de las olas trenzaría en torno a él una cadena.
La muchacha le tomó de la mano y frotó la mejilla contra su hombro.
Él se sen­tía feliz de tenerla cerca: era la princesa del cuento,
la dama misteriosa que había hecho cambiar el tamaño de las cosas
y que lo había conducido por el túnel del amor hasta la casa de entre nubes.
Estaba allí sola, en el cerco de la Luna y en las siete sombras.

Aquella mañana hacía calor y el Sol brilla­ba inesperadamente.
Una muchacha le susurró al oído:
«Ven corriendo conmigo hasta la ori­lla del mar.»
Y los pechos le bailaban en su loca carrera
y el pelo le flotaba al descuido,
mientras le precedía en la marcha
hacia los bordes de un mar sin agua
y en busca de los pequeños y estruendosos cantos
que se rom­pían en mil pedazos con las acometidas de un mar seco.

Y por la fulgente línea del horizonte náufrago
donde el vuelo de las aves parecía la navegación de un velero,
desde los cuatro pun­tos de la brújula,
emergiendo entre lechos de algas,
fundiéndose entre trópico y oriente,
traspasando montes helados y bancos de ba­llenas,
a través de corredores del amanecer y del crepúsculo,
jardines de sal y campos de arenques,
torbellinos y tormentas,
escapando por las torrenteras de los montes,
cayendo por cataratas,
un blanquecino mar de gentes,
te­rrible número mortal de olas,
un mar inun­dado en granizos de todos los siglos antes de Cristo,
que padeció el viento tormentoso del mañana,
se precipitaba con las voces del mun­do entero sobre la playa interminable.

¡Vuelve, vuelve! –gritó el muchacho.
Mas ella siguió sorda su carrera y se per­dió por el mar.
La cara se le había vuelto una pálida gota de agua
y los miembros, blancos ya como nieve y en la espuma perdidos,
eran la espuma de la marea.
El corazón era una roja campanilla
que sonaba en la cresta de una ola,
espuma era su incoloro cabello,
se con­fundía su voz en las aguas de carne y hueso.

Él volvió a gritar
pero ella se había con­fundido entre la gente
que la marea arrastraba bajo el grave arco de la Luna.
Ya no se la dis­tinguía
entre el bosque de contundentes gestos marinos,
manos que se alzaban implorantes,
erguidas cabezas y ojos de las máscaras que miraban hacia el mismo lado.
¿En qué parte del mar estaría?
Entre los blancos y movedi­zos ojos de coral.

«¡Vuelve, vuelve! Escapa del mar, amor.»
Entre la procesión de las olas.
La campanilla de su pecho repicaba en la arena.
Corrió él hasta el amarillo pie de las dunas y seguía exclamando:
«¡Escapa del mar!»
Pero ¿dónde estaba?
En las aguas antaño verdes
donde nadan los peces, donde se posan las ga­viotas,
donde las piedras luminosas cobran tersas y suaves formas,
hasta quedarse ador­mecidas en los verdes fondos,
por donde cru­zan los vapores mercantes
y donde anónimos y locos animales vienen a abrebar aguas sa­ladas.
Tropezó en la arena y en las flores de arena
como un ciego contra el Sol,
que se escurría por el cerco de sus hombros.

Una vez las aguas del mar contaron como en un murmullo una historia.
El murmullo marino adormeció el eco de los dorados huecos
de los árboles plantados más allá de la playa,
arañó la madera de los troncos
hasta que pájaros y bestias salieron al Sol.
A su lado pasó volando un cuervo, salido de una ventana
y enfilando la torre de vientos ciegos que sacudía los furores del mañana
como un espantapájaros de las tormentas.
Érase una vez –dijo la voz del mar.
No te aventures más –dijo el eco.
Ella toca para ti una campanita en el mar.
Yo soy la lechuza y el eco: ya nunca volverás.

En el horizonte de la colina un viejo remataba un barco
y la luz del mar perfilaba al sesgo sobre las cubiertas de aquél
y en las cuadernas orientales,
la sagrada montaña de una sombra.
Y por los cielos y de sus guaridas y jardines,
por blancos precipicios hechos de plumas,
por estrepitosos terraplenes y crestas,
desde las grutas de las colinas,
las sombrías figuras de pájaros, bestias e insectos
se arrastraban hacia el interior de las puertas bien labradas.
Al vuelo del cuervo siguió una paloma con un verde pétalo.
Una ligera lluvia empezó a caer.


Nota

El digitalizador considera muy relacionados al texto anterior Una visión del mar y a En la dirección del comienzo con el poema La colina de los helechos (Fern hill), que a título ilustrativo se transcribe a continuación, en traducción de Félix della Paolera (en Antología de la poesía universal, estudio preliminar y selección de Luis Gregorich, Biblioteca Básica Universal 006, Centro Editor de América Latina, 1978).
Aunque hay que aclarar que todos los textos de Dylan están muy relacionados entre sí, y que la mayor parte de ellos son poesía, independientemente de que algunos se presenten con el “aspecto” de prosa.

Cuando era libre y joven bajo las ramas del manzano
próximo a la casa cantarina y feliz porque la hierba estaba verde,
la noche encima de la estelar cañada,
el tiempo me dejaba celebrarle y ascender
dorado en el colmo de sus ojos,
y honrado entre los carros era príncipe en los pueblos manzaneros
y señorial tuve en un tiempo el rastro de árboles y hojas
con margaritas y cebada
hacia los ríos de la luz legada.

Y mientras era verde y sin cuidados, célebre entre los graneros
próximos al corral dichoso y cantaba porque la granja era mi casa,
en el Sol que sólo es joven una vez,
el Tiempo me dejaba jugar y ser
dorado por merced de sus arbitrios,
y siendo verde y dorado era montero y pastor de los becerros
respondían a mi cuerno, claro y frío ladraban los zorros por las lomas
y el domingo repicaba lentamente
en los guijarros de los arroyos sacros.

Era un correr de Sol a Sol, era hermoso, los henares
altos como la casa, el sonar de las chimeneas, era aéreo
y travieso, bello y acuo
y fuego verde como hierba
y de noche bajo las estrellas simples
cuando corría a dormir las lechuzas iban llevándose la granja,
todo a lo largo de la Luna, bendecido entre establos, escuchaba
a los vencejos volando con las niaras, y los potros
relumbrando en lo obscuro.

Y luego despertar, y la granja, como un errante, regresado,
blanco de rocío, gallo al hombro; todo era
brillante, era adánico y vírgen,
otra vez reunido el Cielo
y redondeado el Sol ese día mismo.
Debió ser después que la simple luz naciera
en el hilante sitio, prístino, los deslumbrados potros saliendo calmosos,
del relinchante establo verde
hacia los prados de la loa.

Y honrado entre zorros y faisanes junto a la alegre casa
bajo las recientes nubes y dichoso porque duraba el corazón,
en el Sol una y otra vez nacido
mis descuidadas sendas recorría,
corrían mis anhelos por el heno alto como la casa
y nada me importaba, en mis negocios celestiales, que el
Tiempo permitiese,
en su armonioso giro, unas pocas y ciertas canciones matinales
antes que los niños verdes y dorados
lo siguiesen a la gracia.

Nada me importaba, en los días inocentes, que el Tiempo me llevase
de la sombra de mi mano hasta el desván atestado de golondrinas,
en la Luna que siempre está saliendo,
ni que corriendo al sueño
yo lo oyese volar con los altos prados
y despertase en la granja huida para siempre de la Tierra sin niños,
Oh, mientras fui joven y libre, en la merced de sus arbitrios
el Tiempo me mantuvo verde y moribundo
aunque canté en mis cadenas como el mar.

El limón

(1936)

Una mañana, bajo el arco de una lámpara, cuidadosa y silenciosamente, el doctor, con ba­tín y guantes de goma, injertó en un tronco de pollo una cabeza de gato. La criatura gaticéfala parecía tambalearse dentro de su urna, intentó aguzar la vista por las ranuras ocula­res pero nada distinguía. Sólo bajo la piel y las plumas reconocía los latidos de un extraño temblor, y cuando levantó la pata derecha contra la pared de vidrio, el cuerpo entero se le venció a la izquierda. Si se le cambia el sexo a un perro macho, chillará como una perra encelada y husmeará perplejo por las pajas de su camastro. Un perro así de extraño, con un ovario injertado, aullaba en una jaula. El doctor acercó la oreja al cristal esperando un sonido desconocido. Por las ventanas del labo­ratorio se colaba el Sol mañanero, y con el Sol, con su mismo color, un aire luminoso. El doc­tor, con los oídos llenos de música, se paseaba entre los frascos y probetas donde se encon­traban los seres de sus experimentos. Estaban los mutilados en silencio. Los recién nacidos de la jaula de conejos inhalaban aire muy com­placidamente. Mañana sería el turno del hurón que ahora, junto a la ventana, saltaba al Sol.
La colina era grande como una montaña y en su cumbre más alta aparecía altanera la casa. Entre sus muchas habitaciones, una ser­vía de refugio de lechuzas, mientras que en los sótanos las sabandijas se multiplicaban sobre lechos de paja y engordaban hasta tener el tamaño de un conejo. Los habitantes de la casa se deslizaban por entre las mesas de blan­cos manteles como una muchedumbre de fan­tasmas y cuando se encontraban cara a cara por los corredores se cubrían la cara por te­mor a descubrir un extraño o acudían hasta el gran recibidor de la entrada preguntándose entre sí cómo se llamaban los recién nacidos. Los rostros aquellos iban sin embargo desva­neciéndose paulatinamente, y cada una de las desapariciones recibía el reemplazo de la figura de una mujer amamantando un niño o la de un hombre ciego. Todos tenían llaves de la casa.
Había entre todos aquellos un niño que tenía el nombre mismo de la casa, hijo de la casa, y que jugueteaba con las sombras de los corredores y dormía en una de las habitacio­nes superiores herméticamente cerrada. Los habitantes de la casa dormían a la Luna, escu­chaban los chillidos de las gaviotas y el rumor del oleaje cuando el viento sur rompía las olas contra la ribera, y dormían con los ojos abier­tos.
El doctor se despertó con el trino de los pájaros, el Sol se alzaba todos los días como en una acuarela y el día, como los embriones de los matraces, ganaba fuerza y color cuando el paso de las horas lo salpicaba de lluvia, brillo o partículas de luz invernal. Aquella ma­ñana, como ya tenía por costumbre, se dirigió hacia sus tubos de ensayo mientras la coma­dreja saltaba junto al ventanal. Con inmortal calma, con el interminable comienzo de una sonrisa que ninguna madre había alumbrado, observó cómo los pequeñuelos lamían a sus madres y a sus padres, y cómo latían los re­cién incubados y cómo las crías abrían el pico. Él era el poder y el cuchillo de arcilla, él era el sonido y la substancia: había compuesto una mano de cristal, una mano venosa cosida sobre la carne y alimentada del calor de una falsa luz donde habían crecido largas uñas. La vida surgía de aquellos dedos suyos, en una humareda de ácidos, hasta la superficie de hierbas hirvientes. Tenía la muerte en un millar de poderes. Había helado un crucifijo de vapor. Toda la química de la Tierra, el misterio de la materia. «Ves –dijo en voz alta–, una mar­ca en la frente de una rana donde antes no había nada», en aquella habitación, la más alta de la casa, no había misterio.
La casa era un misterio. Todo en ella suce­día en un haz de luz. Las manos del niño ten­tando a ciegas las paredes de los corredores eran un movimiento de luces, aunque ya la última llama de una vela se hubiera desvane­cido al final de las escaleras y las líneas de luz que surgían por las rendijas de puertas cerradas se hubieran apagado repentinamente. Nant, el niño, no estaba solo: sintió el frufrú de una rana y una mano, por debajo de la suya, que le rozaba destempladamente. «¿De quién es esa mano?», dijo en voz baja. Luego, bajando ya presa del pánico por las obscuras alfombras, gritó: «¡No me contestáis nunca!» «Es tu mano», respondió la obscuridad, y Nant se detuvo.
Para el doctor, la muerte y la eternidad eran demasiado duraderas.
Yo era el niño de aquel sueño y me detuve al saberme solo, al saber que aquella voz era la mía y que la obscuridad no era la muerte del Sol sino la obscura luz encerrada entre las paredes de aquellos corredores sin ventanas. Saqué el brazo y se convirtió en un árbol.
Aquella mañana, bajo el arco de una lám­para, el doctor preparaba un nuevo ácido, lo revolvía con una cuchara y lo veía ir tomando color en el tubo de ensayo hasta alcanzar el tono mismo del agua con un último cambio de temperatura. Era un ácido fortísimo que abra­saba el aire, y sin embargo, corrió por las ye­mas de sus dedos, suave como almíbar, sin quemarle. Cuidadosa y silenciosamente tomó el tubo de ensayo y abrió la puerta de una jaula. Era leche nueva para el gato. Vertió el ácido en una escudilla y la criatura gatocéfala se acercó a beberlo. En el sueño yo era aquella cabeza de gato, bebí el ácido y me dormí. Cuan­do me desperté era la muerte y entonces me olvidé del sueño y me transformé en un ser diferente, en la imagen de un niño aterrori­zado por la obscuridad. Y mi brazo, que ya no era la rama de un árbol, como un topo se es­curría de la luz y hacia la luz. En un momento ciego era un topo con manos de niño que es­carbaban no sé cómo, la tierra del País de Gales. Sabía que estaba soñando, cuando de repente la tremenda obscuridad de los corredores de la casa me despertó. Nadie había que pu­diera guiarme. El lector, un extraño vestido de blanco, fabricante de una lógica nueva en su torre de pájaros, era mi único amigo. Nant corrió hacia la torre del doctor, subió una es­calera de caracol y una escala medio deshecha y leyó, junto a un cirio, una señal que decía: «A Londres y al Sol.» El niño y yo, él en mi imagen y yo en la suya, éramos dos hermanos ascendiendo en compañía.
De la cintura le colgaba una cadena y con una llave que pendía de ella abrí la puerta y hallé al doctor como siempre solía, observan­do una urna de cristal. Se sonrió y no me hizo caso a pesar de mi ansiosa búsqueda de aquella sonrisa y aquellos blancos ropajes. «Le he dado el ácido y ha muerto –dijo el doctor–. Des­pués de morir, sin embargo, la gallina muerta se levantó, se estuvo restregando contra el cris­tal como un gato y yo me quedé contemplando su cabeza de gato. La muerte duró diez minutos.»
Del mar se levantó una negra tormenta que trajo la lluvia y doce vientos que expulsaron a los pájaros del semblante del firmamento. Con la tormenta vinieron también el hombre negro, el murmullo del fondo del mar, el rayo, el relámpago y las todopoderosas piedras. Era como una plaga, una placenta reventada en las entrañas de la atmósfera. Levantándose por entre una neblina, un anticristo surgido del fuego marino, como un crucifijo visible entre vapores, avanzaba revestido de lluvias. Y con la intensidad del ácido, se multiplicaban las tormentas y se hacía el color en las manos profanas de piedra.
Así era el mundo exterior.
Y las sombras que tenían picos de ave, atrapadas en una gigantesca tela de araña, las sombras esquivas que portaban una mujer en cada mano, estaban hechas de gaseosas subs­tancias. Y los caballos de espuma del mar ex­terior subían por las faldas de los montes como si fueran zorros. Un cráneo de caballo, un buey y un hombre negro arrancados de un marco de tierra: así era el mundo interior, aquel don­de los ácidos cobraban más fuerza y donde la muerte prolongaba diez días la vida de los muertos. Y allí estaban Nant y el doctor.
El doctor no conseguía verme. Y yo, que era en el sueño el doctor, el lógico forastero y fabricante de pájaros, sorbí el ácido vitali­zante y quise hallar el olvido, pero al llevar­me la probeta a la boca se me vino encima la tormenta, y a cada sorbo, un trueno, y un re­lámpago cruzaba el cielo cuando el doctor cayó al suelo.
Hay un muerto en la torre –dijo una mujer a otra que junto a ella estaba apostada a la puerta del salón central.
«Hay un muerto en la torre», repitieron los ecos de los rincones y sus voces poblaron to­dos los ámbitos. Y en seguida se había llenado el salón aquel, y todos los habitantes de la casa se preguntaban entre sí cuál sería el nom­bre del nuevo difunto.
Nant estaba al lado del doctor. El doctor estaba muerto. Un pasillo llevaba hasta la to­rre de la muerte de los diez días y allí mismo, una mujer, con las manos de un hombre sobre los hombros, bailaba. Vírgenes de pechos des­nudos se unieron a los movimientos de aquélla, avanzando hacia las puertas del corredor. En el salón central compusieron una danza que celebraba la muerte. Era la danza de los impedidos, los moribundos y los ciegos, la danza de la abnegación de la muerte, la danza de los niños, la danza de los que sueñan con el ojo entreabierto y el cerebro agitadamente desnu­do. Y mientras se movían, parecían estar dur­miendo. A mis pies yacía muerto el doctor. Me arrodillé y le conté las costillas, le tomé por el mentón y traté de quitarle de las manos el tubo del ácido. Pero tenía la mano agarrotada.
A la altura del codo sentí una voz: «Ábre­me la mano.» Iba a obedecer cuando una voz más tenue me susurró al oído: «No toques esa mano.» «Acaba con esa voz.» «No hagas caso a esa otra voz.» «Abre esa mano.» «No la to­ques.» Golpeé con los puños ambas voces y la mano de Nant se convirtió en un árbol.
Al mediodía había arreciado la tormenta. Durante toda la tarde estuvo martilleando con­tra la torre y arrancando como de cuajo las pizarras del tejado. Era una tormenta que ve­nía del mar, de las profundidades de los lechos marinos y de las raíces de los bosques. Nada oía yo sino la voz del trueno en que se ahoga­ban las dos voces contradictorias. Vi que un relámpago iluminaba la casa entera y tuve la impresión de que era un ser humano que blan­día contra mí un enorme y brillante tridente. Cuando empezó a caer la tarde, la tormenta aún no había amainado y las vírgenes semidesnudas seguían bailando. Era la danza de la celebración de la muerte en el mundo interior.
Por encima del trueno oí una voz: «Hay que enterrar al muerto. Esta no es la muerte eterna sino una muerte temporal, es un sueño sin corazón. Hay que enterrar a ese muerto.» Corta y eterna la voz se repetía en el interior de mi corazón. Con la tormenta las voces se oían cada vez más lejos, pero en una tregua de lluvia aún las pude oír incitándome a abrir la mano o a no tocarla. Agarré entonces aque­lla entumecida mano, le abrí los dedos y me llevé el tubo del ácido a la boca. Sentí un ardor en los labios al tiempo que alguien golpeaba estruendosamente la puerta. Eran los habitan­tes de la casa que con inmenso vocerío recla­maban el cuerpo del nuevo difunto. Mi cora­zón de niño saltó hecho pedazos. Desvié los ojos hacia una mesa y allí, en un plato, había un limón. Practiqué un corte en su corteza y vertí el ácido dentro. Me sobresaltó una tor­menta de voces y golpes: la puerta de la torre había sido arrancada de cuajo. El difunto ha­bía sido hallado. Después de luchar contra el humano torrente de extraños, alcancé la esca­lera de caracol y bajé hasta los corredores, llevando el limón guardado en el pecho.
Nant y yo éramos hermanos en este mundo furioso, lejos de los pueblos tranquilos, lejos del mar que Inglaterra guarda en el cuenco de sus manos, lejos de los grandiosos chapi­teles y de las tumbas santas que a su sombra moran. Nant y yo, una sola cabeza, compar­tiendo los mismos pies, corríamos por los sa­lones y no veíamos sombra alguna ni oíamos ningún rumor inquietante. Todo estaba limpio de perversión. Buscamos algún demonio por los rincones, pero los secretos de los rincones ya nos pertenecían. Seguimos corriendo y la sangre nos bullía exultante. Llevábamos la muerte en el pecho, un amarillo y cumplido tumor, un ácido fruto. Me separé de Nant con dolor y terror, y mientras él seguía corriendo en solitario por la casa, yo hallé la senda lu­minosa que llevaba a la colina de Cathmarw y al Valle Negro. Ahora trepaba él por las escaleras de piedra hasta la última torre. La muerte le estaba esperando y él la besó en la mejilla y le tocó los senos, y entonces cesó la tormenta.
Con unas tijeras que ella llevaba, Nant cortó el limón en dos mitades.
Y al beber su jugo, la tormenta se volvió a desatar.
Así fue como llegó la muerte al mundo in­terior.

Después de la feria

(1934)

Ya estaba cerrada la feria, habían apagado las luces de los tenderetes de coco y los caba­llitos de madera, inmóviles en la obscuridad, aguardaban las músicas y el zumbido de ma­quinaria que volviera de nuevo a hacerlos trotar. En las casetas, las lamparillas de nafta se habían ido difuminando una a una y sobre cada uno de los tableros de juegos habían ido echando las fundas de lona. Todo el gentío había vuelto a sus casas y ya sólo quedaban lucecitas en los ventanucos de los carromatos.
Nadie había reparado en aquella niña. A un lado del tiovivo, vestida de negro, escucha­ba el último hilillo de pasos ya lejanos que se marcaban en el serrín mientras agonizaba un ligero murmullo de silenciosas despedidas. Y entonces, sola ella en medio de aquel desierto de perfiles de caballitos y humildes barquitos fantásticos, se puso a buscar un lugar donde dormir. Aquí y allí, levantando las lonas que parecían mortajas cubriendo los tenderetes, se abría paso entre la obscuridad. Le asustaban los ratones que correteaban por los tablamentos repletos de desperdicios y el mismo latir de las lonas que el aire hacía bambolearse como un velamen. Ahora se había escondido junto a los tiovivos. Se coló en uno de ellos y con el crujido de los pasos repiquetearon las campanitas que los caballos llevaban col­gadas al cuello. No se atrevió a respirar hasta que no se reanudó el tranquilo silencio y la obscuridad no se hubo olvidado del ruido. En todas las góndolas, en todos los puestos bus­caba con los ojos un lecho. Pero no había un solo lugar en toda la feria donde pudiera echarse a dormir. Un sitio porque era dema­siado silencioso, otro porque los ratones an­daban allí. En el puesto del astrólogo había un montoncito de paja, se arrodilló a su cos­tado y al extender la mano sintió que tocaba una mano de niño.
No, no había un solo lugar. Se dirigió len­tamente hacia los carromatos que se habían estacionado más lejos del centro de la feria y descubrió que sólo en dos de ellos había luces. Agarró con fuerza su bolsa vacía y se quedó a la espera mientras elegía uno en que molestar. Por fin se decidió a llamar a la ven­tana de uno pequeño y decrépito que tenía al lado. Empinada de puntillas, ojeó su interior. Delante de una cocinilla, tostando una reba­nada de pan, estaba sentado el hombre más gordo que ella había visto nunca. Dio tres golpecitos con los nudillos en el cristal y luego se escondió en las sombras. Oyó que el hom­bre salía hasta los escalones y preguntaba: «¿quién?, ¿quién?», pero no se atrevió a res­ponder. «¿Quién? ¿Quién?», repitió.
La voz de aquel hombre, tan fina como grueso su cuerpo, le hizo reír.
Y él, al descubrir la risa, se volvió hacia donde la obscuridad la ocultaba. «Primero lla­mas –dijo–, luego te escondes y después te ríes, ¿eh?»
La niña apareció entonces en un círculo de luz sabiendo que ya no hacía falta seguir es­condida.
Una niña –dijo–. Anda, entra y sacú­dete los pies.
Ni siquiera la esperó; ya se ha­bía vuelto a retirar al carromato y ella no tuvo otro remedio que seguirle, subir los escalones y meterse en aquel desordenado cuartucho. El hombre había vuelto a sentarse y seguía tos­tándose la misma rebanada de pan.
¿Estás ahí? –preguntó, porque ahora le daba la espalda.
¿Cierro la puerta? –preguntó la niña.
Y la cerró sin esperar respuesta.
Se sentó en un camastro y le observó tos­tar el pan.
Yo sé tostar el pan mejor que tú –dijo la niña.
No lo dudo –dijo el Gordo.
Vio cómo colocaba en un plato un trozo carbonizado y cómo, en seguida, ponía otro frente al fuego, que se quemó inmediatamente.
Déjame tostártelo –dijo ella.
Y él le alargó con torpeza el tenedor y la barra en­tera.
Córtalo –dijo–, tuéstalo y cómetelo.
Ella se sentó en la silla.
Mira cómo me has hundido la cama –di­jo el Gordo–, ¿quién eres tú para hundirme la cama?
Me llamo Annie –le dijo.
En seguida todo el pan estuvo tostado y untado de mantequilla, y la niña lo dispuso en dos platos y acercó dos sillas a la mesa.
Yo me voy a comer lo mío en la cama –dijo el Gordo–. Tú tómatelo aquí.
Cuando acabaron de cenar, él apartó su silla y se puso a contemplarla desde el otro extremo de la mesa.
Yo soy el Gordo –dijo–. Soy de Treorchy. El adivinador de al lado es de Aberdare.
Yo no soy de la feria –dijo la niña–, vengo de Cardiff.
Esa es una ciudad grande –asintió el Gordo.
Y le preguntó que por qué andaba por allí.
Por dinero –dijo Annie.
Y luego él le contó cosas de la feria, los si­tios por donde había andado y la gente que había conocido. Le dijo los años que tenía, lo que pensaba, cómo se llamaban sus herma­nos y cómo le gustaría ponerle a su hijo. Le enseñó una postal del puerto de Boston y un retrato de su madre que era levantadora de pesos. Y le contó cómo era el verano en Ir­landa.
Yo he sido siempre gordo –dijo–– y aho­ra ya soy el Gordo. Como soy tan gordo nadie me quiere tocar.
Y le contó que en Sicilia y por el Medite­rráneo había una ola de calor. Ella le habló del niño que había en el puesto del Astrólogo.
Eso son las estrellas otra vez –dijo él.
Ese niño se va a morir –dijo Annie.
El abrió la puerta y salió a la obscuridad. Ella no se movió, se quedó mirando a su alrededor pensando que a lo mejor él se había ido a buscar un policía. Sería una fatalidad volver a ser cogida por la policía. Al otro lado de la puerta abierta, la noche se veía inhóspita y ella acercó la silla a la cocina.
Mejor que me cojan caliente –dijo.
Por el ruido supo que el Gordo se acercaba y se puso a temblar. Subió los escalones como una montaña andarina y ella apretó las manos por debajo de su delgado pecho. Pudo ver, aun en la obscuridad, que el Gordo sonreía.
Mira lo que han hecho las estrellas –di­jo, y traía en los brazos al niño del Astrólogo.
Ella lo acunó y el niño lloriqueaba en su regazo mientras la niña contaba el miedo que había pasado después que se hubo ido.
¿Y qué iba a hacer yo con un policía?
Ella le contó que un policía la estaba bus­cando.
¿Y qué has hecho tú para que te ande buscando la policía?
Ella no contestó y tan sólo se llevó al niño al pecho estéril. Y él vio lo delgadita que es­taba.
Tienes que comer, Cardiff –dijo.
Y entonces se echó a llorar el niño. De un gemidito pasó el llanto a convertirse en una tormenta de desesperación. La niña lo movía pero nada lograba aliviarlo.
¡Para, para! –dijo el Gordo, pero el llan­to se hizo mayor.
Annie lo sofocaba con besi­tos, pero el aullido persistía.
Tenemos que hacer algo –dijo ella.
Cántale una canción de cuna.
Así lo hizo, pero al niño no le gustaba.
Sólo podemos hacer una cosa –dijo–, tenemos que llevarle hasta el tiovivo.
Y con el niño abrazado al cuello, bajó pre­cipitadamente las escaleras del carromato y corrió por entre la feria desierta con el Gordo jadeante a sus talones.
Entre los tenderetes y puestos llegaron has­ta el centro de la feria donde se alzaban los caballitos del tiovivo y se subió a una de las monturas.
Pónlo en marcha –dijo ella.
Desde lejos podía oírse al Gordo dando vueltas al manubrio con que se echaba a an­dar aquel mecanismo que hacía galopar a los caballos el día entero. Y ella oía bien el sal­modiante respiro de las máquinas. Al pie de los caballitos, las tablas se estremecían en un crujido. La niña vio que el Gordo apalancaba una manivela y que venía a sentarse en la montura del más pequeño de todos los caba­llos. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, despa­cito al principio y ganando velocidad después, y el niño que llevaba al pecho la pequeña ahora ya no lloraba y batía las palmas. El airecillo nocturno le mesaba el cabello, la mú­sica le vibraba en los oídos. Los caballitos seguían dando vueltas y vueltas, y el trepidar de sus pezuñas acallaba los lamentos del vien­to nocturno.
Y así fue como empezaron a salir de sus carromatos las gentes y así los encontraron al Gordo y a la niña de negro que llevaba en los brazos un pequeño. En sus corceles mecá­nicos giraban al compás de una incesante mú­sica de órgano.

El visitante

(1935)

Las manos le pesaban, aunque toda la no­che las había tenido posadas sobre las sába­nas y no las había movido más que para lle­várselas a la boca y al alborotado corazón. Las venas, insalubres, torrentes azules, se precipi­taban hacia un blanco mar. A su lado una taza desportillada despedía un vaho de leche. Ol­fateó la mañana y supo entonces que los gallos volvían a asomar las crestas y cacareaban al Sol. ¿Qué eran aquellas sábanas que le envol­vían sino un sudario? ¿Y qué era aquel fati­goso tictac del reloj, situado entre los retra­tos de su madre y su difunta esposa, sino la voz de un viejo enemigo? El tiempo era lo su­ficientemente generoso como para dejar que el Sol llegara a la cama y lo bastante misericorde como para arrancárselo por sorpresa cuando se cernía la noche y más necesitado estaba él de luz roja y claro calor.
Rhiana estaba al cuidado de un muerto: acercó a aquellos labios muertos el borde des­cascarillado de la taza. Aquello que latía bajo las costillas era imposible que fuera el cora­zón. Los corazones de los muertos no laten. Mientras esperaba a ser amortajado y embal­samado, Rhiana le había abierto el pecho con una plegadora, le había extirpado el corazón y lo había metido en el reloj. La oyó decir por tercera vez: «Bébete la leche.» Y al sentir que su amargor se le deslizaba por la lengua y que las manos de ella le acariciaban la frente, supo que no estaba muerto. Aún vivía. Los meses, serpenteando entre secos días, seguían su cau­ce de millas y millas en pos de los años.
Hoy vendría a sentarse allí y a charlar con él. Oyó dentro de la cabeza la batalla de voces de Callaghan y Rhiana, luego se quedó dormi­do saboreando la sangre de las palabras. Las manos le pesaban. Por dentro de aquel cuerpo escurrido y blanco en cuyos costados sobresa­lían los filos de las costillas, se había apostado una sombra de melancolía. Sus manos habían apretado otras manos y habían lanzado algo al vacío. Ahora eran unas manos muertas. Po­día retorcérselas entre los cabellos o llevarlas insensibles hasta el estómago o dejar que se perdieran en el valle abierto entre los pechos de Rhiana. Cualquier cosa que hiciera con ellas, estaban tan muertas como las manecillas del reloj y a su compás giraban.
¿Cierro la ventana hasta que caliente más el Sol? –dijo Rhiana.
No tengo frío.
Estuvo a punto de decirle que los muertos no sienten ni el calor ni el frío, que ni el Sol ni el viento pueden metérseles entre las ropas. Pero ella se habría reído con aquella condescendencia suya, le habría besado en la frente y le hubiera dicho:
¿Por qué estás aquí, Peter, qué tienes? Mañana estarás bien.
Un día había de salir a vagar por las coli­nas de Jarvis como el fantasma de un niño y le oiría decir a la gente: «Ese es el fantasma de Peter, un poeta que estuvo muerto varios años antes de que lo enterrasen.»
Rhiana le tapó los hombros con la sábana, le dio un beso como todas las mañanas y se llevó la taza.
Un hombre había dibujado con pincel un marco de colores bajo el Sol y había pintado círculos y más círculos alrededor de su esfera. La muerte era un hombre con una guadaña, pero aquel día de verano no había vida que segar.
El enfermo esperaba a su visitante. Peter estaba esperando a Callaghan. Su cuarto era un mundo dentro de otro mundo. Dentro de él había un mundo que giraba y giraba y don­de salía un Sol y se ponía una Luna. Callaghan era el viento del oeste y Rhiana, como un vien­to del sur, le quitaba los escalofríos del otro viento.
Se llevó la mano a la cabeza y la posó allí como una piedra sobre otra. Nunca había so­nado la voz de Rhiana tan remota como cuan­do dijo que se bebiera la leche. ¿Y qué era ella sino una enamorada hablando enloquecida a su amor bajo la tapa de un ataúd arropado? ¿Quién habría andado hurgando en él duran­te la noche para despojarle de todo menos de un corazón ajeno? Aquel corazón guardado en la armadura de sus costillas no le pertenecía, tampoco era suyo aquel hormigueo en las ve­nas de los pies. Ya no podía mover los brazos ni siquiera para abrazar a una muchacha y protegerla de vientos y ladrones. Nada había bajo el Sol más lejano que su propio nombre. La poesía era una simple ristra de palabras puestas a secar. Dio forma con los labios a una leve esfera de sonidos y pronunció una palabra.
No hay mañana para los muertos. No cabía pensar que tras la noche y el sueño la vida iba a volver a brotar como una flor por las rendi­jas de un ataúd.
El cuarto era un amplio lugar en torno a él. Los retratos mendaces de las mujeres le con­templaban desde sus marcos. A un lado el rostro de su madre, un óvalo amarillento den­tro de un marco de terciopelo y oro viejo, y al otro la difunta Mary. Aunque el viento de Callaghan soplara con fuerza, nunca lograría abatir la pared que había tras ella. Pensaba en ella tal y como había dicho, recordaba su Peter, querido, Peter, y la sonrisa de sus ojos.
Recordó que no había vuelto él a sonreír desde aquella noche, hacía ya siete años, en que el corazón se le había estremecido con tanta violencia que le había hecho caer. Había hallado fuerzas en el precioso crepúsculo. So­bre las colinas y el tejado habían desfilado an­chas lunas, y a la primavera había seguido el verano. ¿Cómo había podido vivir sin que Ca­llaghan hubiera aventado con un ruidoso so­plido las telarañas del mundo y sin que Millicent hubiera derramado sobre él todo su cariño? Pero los muertos no necesitan amigos. Miró con perplejidad por encima de la tapa del ataúd. Un hombre de cera hierático y rí­gido le devolvió la mirada. Después los ojos se desviaron y se contemplaron el rostro.
Nada hubo en el cambio de los días más que la divinidad que él había construido en torno a ella. Su hijo mató a Marya en las en­trañas. El notó que su cuerpo se volvía vapor y que los hombres ligeros como el aire pasa­ban a través de él con sus pies metálicos.
Empezó a gritar:
¡Rhiana, Rhiana!, me han levantado y me están dando patadas en el costado. La sangre me corre gota a gota. ¡Rhiana!
Ella subió corriendo y una y otra vez le limpiaba las lágrimas de las mejillas con la manga del vestido.
Siguió allí tumbado toda la mañana, mien­tras el día crecía y maduraba camino del me­diodía. Rhiana entraba y salía y él olfateaba la leche y los tréboles de su vestido cuando se inclinaba sobre él. Nuevamente sorprendido seguía sus refrescantes evoluciones por la es­tancia, el movimiento de sus manos mientras quitaban el polvo al marco del retrato de Mary. Con la misma sorpresa, pensó, siguen los muertos la velocidad del movimiento y el florecer de la piel. Ella debía estar cantando mientras recorría la habitación de un lado a otro poniendo las cosas en su sitio, zumbando como una abeja. Y si hubiera hablado o reído, o se hubiera enganchado las uñas con el fino metal de los candelabros rechinando en un sollozo de campana, o si su cuarto se hubiera llenado de repente de un estruendo de pájaros, él se hubiera echado nuevamente a llorar. Le agradó contemplar las inmóviles olas de las ropas de la cama, y pensó que era una isla emplazada en algún lugar de los mares del Sur. En esta isla de rica y milagrosa vegeta­ción los frutos, los vientos del Pacífico los ha­cían caer al suelo y allí se convertían en am­paro de las expediciones veraniegas.
Y pensando en la isla, pensó también en el agua y sintió su ausencia. El vestido de Rhiana ondulando a su paso, creaba un murmullo de agua. La llamó a su lado y, poniéndole la ma­no en la pechera, sintió un tacto de agua. «Agua», le dijo. Y le contó cómo de niño se había tumbado a veces sobre las rocas jugue­teando con los dedos en la corriente. Ella le trajo entonces un vaso de agua y se lo puso a la altura de los ojos para que pudiera ver la habitación a través de un muro de agua. No quiso beber él y ella retiró el vaso. Imaginó la frescura del mar. Aquella tarde de verano le hubiera gustado estar sumergido totalmente en el agua y ser, no una isla que flotara sobre ella, sino un verde lugar en el fondo de una vertiginosa caverna marina. Pensó unas pala­bras bonitas y compuso un verso acerca de un olivo que crecía en el fondo de un lago. Pero el árbol era un árbol de palabras y el lago rimaba con otra palabra.
Siéntate y léeme, Rhiana.
Después de que comas –dijo ella.
Y le trajo comida.
Él no podía comprender que ella hubiera bajado a la cocina y que le estuviera preparando la comida con sus propias manos. Pero se había ido y ya estaba de vuelta otra vez con la sencillez de una doncella del Antiguo Tes­tamento. Su nombre no tenía sentido, pero sonaba muy bien. Era un nombre extraño to­mado de la Biblia. Aquella mujer le había la­vado el cuerpo después de arrancárselo al ár­bol y sus dedos expertos y frescos habían acariciado los huecos de su corteza como diez bendiciones. Él le gritó: «Pónme bajo el brazo hierbas dulces y mojadas de tu saliva y estaré fragante.»
¿Qué te leo? –preguntó ella sentándose a su lado.
Él movió la cabeza, no le importaba lo que le leyera, sólo quería escuchar su voz y en nada quería pensar sino en las inflexiones de su tono.


Ah! gentle may i lay me down,
and gentle rest my head,
and gentle sleep the sleep of death,
and gentle hear the voice
of Him that walketh in the garden
in the evening time. *

* _

Dulcemente quisiera yacer,
y dulcemente apoyar mi cabeza,
dulcemente dormir el sueño de los muer­tos
y dulcemente oír la voz
de Aquel que cruza por mi jardín
a esta hora de la tarde.

Callaghan tenía el abrigo mojado y le rozó a Peter el rostro.
Callaghan, Callaghan –le dijo con la bo­ca apretada contra la negra tela de su abrigo.
Sintió los movimientos del cuerpo de Ca­llaghan, el tensarse y relajarse de sus múscu­los, notó la curva de sus hombros, el impacto de sus pies sobre el suelo movedizo. Un viento de arcilla y limo subió hasta su rostro.
Sólo cuando sintió un arañazo de ramas en la espalda supo que iba desnudo. Para no gri­tar, apretó firmemente los labios como un dique contra aquella carne floja. Callaghan también iba desnudo como un niño.
Vamos desnudos. Aún nos quedan los huesos, los órganos, la piel y la carne. Tienes en el pelo una cinta de sangre. No te asustes. Un tejido de venas te cubre las piernas.
El mundo se echaba encima de ellos, en el vacío se precipitaba un viento aventando los frutos del combate bajo la Luna. Peter oyó un canto de pájaros, pero era un canto nunca oído, muy distinto de aquel otro que salía de las gar­gantas de los pájaros de su ventana. Eran pá­jaros ciegos.
¿Son ciegos? –dijo Callaghan–. Tienen mundos en los ojos. Su trino es blanco y ne­gro. No te asustes. Bajo la cáscara de sus hue­vos, hay unos ojos que brillan.
De repente se detuvo. Peter tenía, entre sus brazos, la ligereza de una pluma. Lo depositó dulcemente sobre un verde ribazo. Allí comen­zaba el viaje infinito de un valle cargado de hierbas y entecos árboles hasta perderse en la lejanía donde la Luna pendía obscura como un cordón umbilical. A uno y otro lado surgía de entre los bosques un afilado rumor de fai­sanes y escopetas que caían como una lluvia. Pero al momento la noche se había serenado y aquel trepidar de ramas arrumbadas por donde los pies de Callaghan pisaban chas­queando vino a hacerse un suave rumor.
Peter, con la conciencia de su corazón en­fermo, se llevó una mano al costado y lo en­contró vacío. Las puntas de los dedos flotaron por un torrente de sangre, pero las venas no se podían ver. Estaba muerto. Ahora sabía que estaba muerto. El fantasma de Peter, invisi­blemente herido, fantasma de sangre, se irguió desafiante frente a la corrupción de la noche.
¿Dónde estamos? –dijo la voz de Peter.
En el valle de Jarvis –dijo Callaghan.
Callaghan también estaba muerto. Ni uno de sus cabellos podía moverse bajo la helada que estaba cayendo sin cesar.
Este no es el valle de Jarvis.
Este es el valle desnudo.
La Luna, doblando y redoblando la fuerza de sus haces, iluminaba las cortezas, las raí­ces y las ramas de los árboles de Jarvis, los perfiles de sus piedras, las negras hormigas que se arrastraban entre ellas, los guijarros de los arroyos, la hierba secreta, los incansa­bles gusanos de la muerte. Las comadrejas y las ratas, con el pelo emblanquecido por la Luna, salían de sus agujeros por los flancos de las colinas, rabiando y enceladas en busca de gargantas donde clavar la furia de sus dien­tes. Y cuando el ganado, presa ya de las coma­drejas que huían, caía al suelo desmoronado, todas las moscas, levantando su vuelo des­de los estercoleros, venían sobre sus cabezas y allí se posaban como una nube. Del fondo de aquel valle desnudo emergía el olor de la muerte y se colaba por la enorme nariz de la montaña hasta la cara de la Luna. Las moscas zumbaban sobre los rebaños abatidos. Las ratas peleaban encarnizadamente por entre las heridas de las ovejas. Aún le quedaba a Peter un poco de tiempo antes de que los muertos, apenas identificados, quedaran enterrados bajo una Tierra que el viento arrastraba sonora y poderosamente derribando a su paso nubes de insectos que caían sobre la hierba. Los gu­sanos de la muerte deshacían ya las fibras de los huesos de los animales, los devoraban es­pléndida y minuciosamente, de entre las cuen­cas de los esqueletos crecían malas hierbas y de los pechos abandonados brotaban flores, cuyas hojas tenían el carnoso color de la muer­te. Y la sangre que había manado de aquellos cuerpos corría ahora por las verdes superfi­cies y se posesionaba de las semillas que, plan­tadas en el curso del viento, anunciaban la boca de la primavera. Rojos regatos de san­gre, un amasijo de venas retorcidas poblaba espesamente el campo entero como un coágu­lo de areniscas.
Peter, dentro de su fantasma, gritaba con alegría. En el valle desnudo había vida, vida en su misma desnudez. Peter contemplaba las aguas turbulentas de los torrentes, las flores surgiendo de entre los muertos y la multipli­cación de raíces revestidas de un extraño po­der en cada tramo de sangre derramada.
Se detuvieron los arroyos. El polvo de la muerte ahogaba las gargantas de la primave­ra, yacía sobre las aguas como un obscuro hie­lo, y la luz, hasta entonces un movimiento inundado de ojos, empezó a helarse en el cla­ror de Luna.
Vida en esta desnudez –dijo Callaghan, burlonamente, y Peter vio que el fantasma de su dedo señalaba los muertos arroyos.
Y mientras hablaba, la forma que el cora­zón de Peter había tenido en el tiempo de la carne tangible sentía sobre sí la llamada del terror, y una vida estallaba dentro de cada piedra a modo de cuerpos de niño nacidos en mil úteros. Los arroyos volvieron a correr y la luz de la Luna brillaba con un nuevo esplendor sobre el valle, magnificando las sombras en torno y haciendo salir a los topos de sus inver­nales escondrijos, y arrojándolos a la media noche inmortal del mundo.
Está empezando a aclarar por el filo del monte –dijo Callaghan.
Y levantó en sus bra­zos al invisible Peter.
En efecto, empezaba a amanecer en las sil­vestres lejanías de Jarvis, aún desnudas bajo la Luna.
Callaghan se echó a correr por la cresta del monte hacia el interior de los bosques don­de los árboles corrían a su paso. Peter gritó exultante de alegría.
Oyó una carcajada de Callaghan que el viento trajo hasta él con un estertor de trueno. Al bramido del viento siguió una conmo­ción bajo la capa de la Tierra. Unas veces bajo las raíces y otras en las copas de los árboles. Los dos extraños corrían desesperadamente, saltaban por encima de los cercados y grita­ban sin cesar.
Escucha el canto del gallo –dijo Peter.
Y se subió el embozo de la sábana hasta la mandíbula.
Un hombre había dibujado un círculo rojo por el Este. El fantasma de otro círculo alre­dedor de la esfera de la Luna giraba en torno a una nube. Se pasó la lengua por los labios revestidos milagrosamente de carne y piel. Te­nía en la boca un extraño sabor como si la última noche, hacía ya trescientos años, se hubiera dormido teniendo la corola de una amapola entre ellos. Seguía en su cabeza el viejo rumor de Callaghan. Entre el amanecer y la noche le había hablado de la muerte, ha­bía escuchado una carcajada que aún le retum­baba en los oídos. El gallo volvió a cantar y se oyó el trino de un pájaro como una guadaña en un trigal.
Rhiana, con la garganta desnuda y dulce, entró en la habitación.
Rhiana –dijo–, dame la mano.
Ella no le oyó. Se quedó junto a la cama y le miró con infinito dolor.
Dame la mano –dijo.
Y poco después:
¿Por qué me echas la sábana encima de la cara?

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