BLOOD

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viernes, 3 de diciembre de 2010

Cría cuervos The dead beat Robert Bloch



Cría cuervos

The dead beat

Robert Bloch

I


Larry Fox esperaba la señal del director de la orquesta.
Estaba sudando ya ligeramente y el sudor comenzaba a calar la sisa del smoking alquilado. Al recorrer con la vista la pista de baile, sus manos abandonaron el amarillento teclado del viejo y desvencijado piano Gilbert y se las pasó por la negra y rizada cabellera, deslizándolas hasta el cuello. De pronto, se dio cuenta de que estaba serio y forzó una sonrisa.
Pero, ¿por qué iba a preocuparse? A tres metros y medio de distancia, en la penumbra de la pista, nadie notaría la expresión de su rostro. Nadie, absolutamente, podría averiguar que estaba dudando de la capacidad de resistencia de sus muñecas, después de tan prolongada inactividad, y de la eficacia de sus recursos para acompañar los números del espectáculo.
Larry se concentró en aquel pensamiento. Sería imposible advertirlo y a nadie le importaba un bledo. Y en un local como el Sunset Club, todavía menos. Iba a actuar en una sala, como tantas otras del género que se frecuentan los sábados, con el exclusivo propósito de distraer alguna clase de hambre. Porque, a fin de cuentas, hambre de diversión, de novedad, de placeres o de lo que fuese era lo que llevaba a la gente a un tugurio tórrido e infecto, bordeado de mesitas y sillas desiguales.
Nunca había trabajado en él, pero todos eran idénticos. La barra a la entrada y la pista de baile en la parte posterior; una pequeña plataforma semicircular, de madera, colocada junto a la pared con suficiente espacio para un quinteto y un piano, con adornos de pedrería de colores de pacotilla. En el punto más lejano, detrás del equipo de iluminación, había dos camarines de reducidas dimensiones para el personal del espectáculo. A un extremo de la barra, el guardarropa y, a su lado, los malolientes lavabos, con sus paredes adornadas por los desahogos de los visitantes.
Ésta, sin embargo, era la clase de tugurio adonde los serios, los normales y los decentes acudían, en busca de nocturnas emociones, los sábados. Quizás no hubiera otra clase de locales, y sólo miles y miles de Sunset Clubs desparramados por todo el país, en cada uno de los cuales, un jovencito de cara aniñada llamado Larry, o Marty, o Tommy, o Ricky esperaba, en este mismo momento, el último golpe de batuta para iniciar su actuación.
Sin embargo, ahora no tenía tiempo para pensar en aquello. La señal había llegado, en forma inadvertida, y el quinteto empezaba a tocar el número 23, el chabacano arreglo de una pieza de museo: Hindustan. Larry entró con los acordes, automáticamente, escuchando cómo los otros soplaban detrás de él. Tal como se había imaginado, era un conjunto sin categoría, incluso para las actuaciones normales.
La vacilante invasión de la pista comenzó al disminuir la iluminación y entrar en acción los focos de color. A las nueve, estaba medio llena de gente, a medias cargada de whisky. Aquellas personas se sentían algo violentas por ser las primeras en salir a bailar.
A Larry le divertía ver a los decentes desde su elevada plataforma, vestido de etiqueta, como un dios de veintiún abriles, tocando el piano y vigilando a los tontos.
Se fijó en las dos jovencitas, menores, que bailaban juntas, esperando que alguien se acercase a separarlas. Observó a la deslumbrante pelirroja y al tipo de largas patillas, prometidos porque todo el mundo decía que bailaban extraordinariamente bien. Llamó su atención después un vejete de chaqueta deportiva a cuadros, bailando alrededor de la pista, fuera de ritmo y con lentitud, porque su doloroso reuma no le permitía otra cosa y apoyándose sobre una rubia por no hacerlo sobre un cayado. La atraía hacia sí, en abrazo convulsivo, como asiéndose a los restos de una juventud desvanecida.
Convulsivo. A Larry le vinieron a la imaginación las convulsiones y, por asociación de ideas, la figura de un hombre retorciéndose en el suelo, en la habitación de un hotel.
Trató de apartar aquella imagen de su cerebro, a lo que contribuyó fácilmente la música. Estaban tocando Polvo de estrellas. En el segundo estribillo había un solo de piano. Lo atacó con entusiasmo, dándose cuenta de que el entumecimiento de sus muñecas iba desapareciendo. Larry tenía la facilidad de liberarse de sus propios pensamientos cuando interpretaba música de su gusto.
El tugurio se estaba ya llenando de gentes elegantemente vestidas, de sofisticados empleados de surtidores de gasolina, y horteras de zapatería en su noche libre. También había bastantes matrimonios, tipo papá y mamá. Hombres de voluminoso cuello, no gordos, sino simplemente robustos, a los que la desusada corbata sentaba como el nudo de una horca. Mujeres enfundadas en sus corsés, con sus permanentes rizadas, que semejaban el ramaje exterior de las tumbas.
Nudo. Tumbas. Larry meneó la cabeza y fijó la mirada en el teclado. No quería pensar en aquella escoria.
Se alegró cuando, concluidos los números, pudo tomarse un corto descanso. Se fue a los lavabos con Eddie y el saxo. Se apoyaron en la pared y el último le ofreció un cigarrillo.
—Tienes muy buen estilo, Papi — le dijo.
Larry se fijó en la cara de Eddie y vio que asentía. Era buena señal, pues Eddie era el director del conjunto. Había perseguido con interés aquella oportunidad y aquella noche, precisamente.
—Mucha gente —dijo Eddie, atusándose el bigote—. Oye, Fox, ¿te encuentras seguro para los números del espectáculo?
—Tengo la música. Repasé todo a la hora de la cena.
—¡Lástima no haber podido ensayar! Hal se puso enfermo tan de repente...
—¿Crees de verdad que se puso enfermo? —exclamó el saxo, disparando su colilla contra uno de los lavabos y viendo cómo siseaba el extremo encendido—. Algún truco se trae.
Eddie se encogió de hombros y luego se volvió a Larry.
—¡Amigo, qué cosas ocurren en esta maldita profesión! Se está poniendo de tal forma que uno no sabe si dirige un conjunto o una clínica. Tuvimos la suerte de que te presentases tú y nos salvases la situación. La Unión de Músicos no podía mandarnos un sustituto en tan corto espacio de tiempo. Hal avisó demasiado tarde. Y, sin piano, ¿cómo íbamos a organizar el espectáculo?
—Le sustituiré sin dificultad. ¿A qué hora empieza?
Eddie levantó el puño de la camisa y consultó el reloj.
—Dentro de una hora, aproximadamente. ¿Qué te parece si ensayáramos un poco?
El saxo asintió y se quedó atrás hasta que hubo dejado pasar a Eddie. Luego, guiñó un ojo a Larry.
—Esta noche hay un número nuevo —dijo—. Se llama LaVerne. Es la mujer del dueño. ¡Menuda recomendación!
—¿Se quita prendas?
—Sólo canta. Por ser la mujer del dueño, no tiene que molestarse mucho. Pero puedo asegurarte que en ciertas especialidades trabaja muy bien.
—Sí, ¿eh?
El saxo abrió la puerta para dejar paso a Larry, y luego la cerró, encogiéndose de hombros.
—Sin embargo, yo no sé nada, ¿comprendes? No me gusta meterme en esa clase de asuntos. Lo único que hago es correr la voz.
Larry le siguió hasta la plataforma. La LaVerne, la mujer del dueño, estaba bien recomendada. Aquélla era la palabra precisa. Sonrió al pensar en esto. Él también conocía un par de palabras que le encajaban a la perfección. Y dentro de muy poco, si todo salía bien, llevaría su significado a la práctica.
Y, hasta ahora, todo estaba sucediendo a la perfección. O, como diría el saxo, chipén. Así hablaba el saxo, usando un lenguaje agamberrado, lleno de disonancias, sacado de revistas juveniles atrasadas. Con ese mismo estilo, tocaba el saxofón.
Larry le acompañaba, pero la gente no se daba cuenta de nada. Aquella concurrencia no tenía ni tiempo ni ganas de fijarse en ello.
Las personas de alguna edad comenzaban a acercarse a la plataforma a hacer sus peticiones. Eddie se embolsaba medios dólares y dólares enteros, sonriéndoles amablemente cuando les oía solicitar sus números favoritos. Ni siquiera tenía que detenerse a escuchar lo que le pedían. Con verles la cara, ya le daban la pista: sabía lo que querían. Todos pedían siempre los mismos números. Sí, aquellas caras gordezuelas, cuarentonas, atontadas, solicitaban:
—Por favor, ¿querrían tocar Avalon, Dardanella, Dulce Sue?
Larry sabía por qué. Cada copa que tomaban era como una inyección de cierto tipo de super-genitol que les quitaba cuatro años de encima. Cuando habían acumulado seis o siete, se sentían transportados a los buenos y viejos tiempos en que todo el mundo cantaba Dinah, Tiger Rag y Tengo ritmo.
Había algo triste en todo aquello. No es que Larry les tuviese lástima, pero, allá, en el fondo de su cerebro, no podía evitarse la pregunta de lo que ocurriría dentro de veinte o treinta años, cuando él tuviera aquella misma edad. ¿Se acercaría, tambaleante, a la plataforma de una orquesta de cualquier tugurio de aquéllos, dando al director un dólar para que tocase una vieja canción que le recordase una célebre borrachera o una buena fecha de los años sesenta?
—¡Qué va! —dijo para sí.
Sus dedos seguían moviéndose, seguían tocando, haciéndoles llegar a donde debían, pero no podía evadirse a aquellos pensamientos. Algunos de los clientes de aquella noche tenían de todo: coches último modelo, grandes casas, grandes negocios. Suponía que sabían vivir. Y, sin embargo, se iban un sábado por la noche a un tugurio de tercera clase, a atiborrarse de whisky barato, a lloriquear por una cancioncita que les transportase, en su nostalgia, a la Vieja Virginia, a la Novia de Sigma Chi, o a lo que hubiera estado de moda en los viejos y muertos tiempos en que ella y él eran jóvenes.
Pero, ¿existía más que aquello? ¿Aquello era todo? ¡Imposible!, dijo Larry, nuevamente, para sí. Aquello no era para Larry Fox. Y dentro de muy poquito, muy poquito, daría el primer paso para asegurarse la entrada por la puerta grande.
Eran las once y el local estaba abarrotado, al apagarse las luces, y al iniciar los tambores el repiqueteo que anunciaba el comienzo del espectáculo.
Larry examinó las partituras y las miserables orquestaciones, mientras atravesaba el foco azul una nube de humo y aire viciado que se podía cortar.
Un tipo llamado Sammy, que acababa de afeitarse y, aún así, seguía necesitando nuevo afeitado, salió, haciendo piruetas, a la pista, abrazado a un micrófono portátil al que seguía un largo cable. Dio la bienvenida a todos y les deseó una buena velada. Después, hablando más en serio, les contó un chiste verde y, a continuación, presentó a una maravillosa artista. Larry y el batería iniciaron el acompañamiento del primer número del espectáculo.
Larry tocaba suavemente, observando a la bailarina, una frágil mujercita, de agradable cutis negro, pero de piernas esqueléticas como todas las negras, y coordinó su ritmo al repiqueteo de sus puntas y tacones sobre el tablado. Tocó Cuando tú sonríes y Shine, y aquella encantadora gente aplaudió. Después, Sammy relató otro chiste obsceno e hizo la presentación del siguiente número. Otra deslumbrante estrella.
La LaVerne.
Larry respiró profundamente y esperó.
El filtro azul se posó sobre el foco y Larry marcó el acorde de la introducción. Acto seguido avanzó desde el extremo de la sala, entrando en la pista. Era una mujer estilizada, de cabellos de un rubio latón, con ajustado vestido de escote bañera. Entraba lentamente, dando la impresión de no oír los silbidos de admiración ni las libidinosas sonrisas y de que no se daba cuenta de lo que había detrás de las miradas de aquellos hombres, que se dirigían exactamente al punto en que su escote terminaba y comenzaba ella.
Larry continuó dando acordes, hasta que ella llegó al micrófono. Luego la LaVerne levantó los ojos hacia él, para darle la entrada, y entreabrió los labios.
Fue, en aquel momento, cuando le vio.
Durante unos segundos, siguió con los labios entreabiertos. Larry sonrió e hizo un movimiento de cabeza, casi imperceptible, mientras observaba las facciones de su cara, morada por el efecto del foco azul. Advirtió, al mismo tiempo, que, durante aquel brevísimo instante, era una chiquilla asustada y que sus ojos, en la oscuridad, parecían estar contemplando un monstruo.
Pero, naturalmente, no había monstruo ninguno. Era él, Larry, que, en aquel momento, bajaba las manos para tocar, para ella, Noche y día. Y, para ella, podía haberlo tocado hasta durmiendo. Conocía su voz, sus flaquezas, su fuerza ocasional. El año transcurrido no la había cambiado, ni para bien ni para mal. Sin embargo, aquello no le sorprendía. Las mujeres como la LaVerne nunca cambian. Al menos, así lo creía Larry, y con ello contaba.
Podía percibir su tensión en la forma de modular, su nerviosismo y su sorpresa. Pero él sabía dirigirla y lo hacía expertamente. Le disimuló un roce en la letra, le prestó su apoyo durante el segundo estribillo y la llevó con fuerza hasta el final, oprimiendo el pedal suave en el instante preciso.
Después se produjo el momentáneo silencio, los aplausos, el segundo número, el tercero, y los saludos. Larry trabajaba ya automáticamente, esperando sólo el final del espectáculo. Sabía que también ella estaría esperándolo.
La vio, cuando abandonó la plataforma de la orquesta, allá al extremo de la barra, hablando con el barman. Seguramente no tenía nada que decirle. Lo que buscaba era una especie de protección para que los bebedores no la molestasen. Larry se fue acercando y ella le miró disimuladamente.
—¡Hola! —saludó él.
Ella movió la cabeza, en señal de haber oído, pero no sonrió.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
La LaVerne se echó hacia atrás, esperando a que el barman se alejara a servir a un cliente. Luego le dijo:
—No, aquí no. Puede vernos Sol.
Sol era su marido. El dueño del tugurio. Larry estaba al corriente de todo, pero la LaVerne lo ignoraba. Por lo que Larry hizo una mueca, esbozó una sonrisa y esperó, mientras ella, allí de pie, se mordía los labios mirándole fijamente y tratando de adivinar lo que buscaba.
—Vente ahí afuera —dijo ella—. Podemos sentarnos en mi coche. Es un Chevrolet descapotable de color amarillo.
Larry hizo una señal de asentimiento y echó a andar.
—No me sigas ahora —murmuró ella—. Sal dentro de un par de minutos.
Se volvió para mirar al barman y a la gente que se aglomeraba ante el mostrador. Tenía miedo de que la observasen. Salió ella, pues, y Larry se volvió de espalda, haciendo una señal al calvo barman.
—Dame un White Horse, puro.
Se tomó el whisky de un trago y luego se dirigió tranquilamente hacia la puerta. Las risotadas, el griterío, el tirar de dados sobre el mostrador, el constante empujar, el avance a codazos por todos lados, prestaban protector anonimato a su marcha. De esta forma salió a la calle sin que nadie le siguiese.
El lugar de estacionamiento de coches estaba oscuro. Larry, al andar, con la mirada alerta, hacía crujir la gravilla. Trató de localizar el descapotable amarillo. De pronto, los faros de un coche que llegaba rozaron los parachoques de los vehículos allí aparcados, y el resplandor le descubrió el que buscaba. Inmediatamente se dirigió a él, siempre con calma, por si alguien le estuviese vigilando.
Abrió la portezuela del coche, y se deslizó en el asiento delantero. Allí estaba ella, fumando, con una pierna sobre la otra, en actitud un poquito estudiada, que aparentaba ser casual.
Larry le alargó la mano, le cogió el cigarrillo de la boca, y la besó en los labios. Ella se puso rígida, cedió después y, al momento, volvió a oponer resistencia.
—¡Hola, muñeca! —saludó él.
—Déjate de payasadas —contestó ella, recuperando su cigarrillo.
—Como en los viejos tiempos. —Larry escudriñó su rostro mientras ella fumaba. Observó que lo hacía demasiado de prisa y que el cigarrillo se movía nerviosamente entre sus labios. Se rió entre dientes—. Sí —dijo—, lo mismo que en otros tiempos.
—Olvídate de eso. Tú no te has presentado aquí para contemplar ningún álbum.
—Sigues siendo la misma LaVerne.
Le pasó el brazo por el cuello, sobre el respaldo del asiento, y sus dedos tocaron carne conocida. Aquel contacto le recordaba la misma suavidad, la misma redondez de otros tiempos. Por un momento, casi llegó a creer lo que decía. Pero, de pronto, ella se separó bruscamente hacia el otro extremo del asiento.
—Basta, Larry. ¿A qué viene todo esto?
—Enciéndeme un cigarrillo y te lo contaré.
Ella hurgó en su bolso y buscó uno. Como siempre, era ella la que los llevaba. Viéndola rebuscar en el bolso, viéndola encenderle el cigarrillo, Larry se permitió el lujo de un recuerdo parcial.
Había un truco en aquella especie de repaso teatral de su memoria. Larry lo sabía. No podía recordar demasiado atrás. Sus primitivos recuerdos se remontaban a la época en que él se hallaba en el orfanato y la hermana Corinne le daba lecciones de piano. Aquello no había terminado muy bien. Por su endemoniado temperamento, la vapuleó en cierta ocasión y tuvo que largarse de allí. Pero luego las cosas mejoraron, y podía permitirse el lujo de recordar la época en que se hizo con aquel empleo de botones en el Hotel Grand Union. Después de aquello, vinieron los bolos musicales con Perry Stanton y su conjunto. Después la aventura con la jovencita de Richmond y el consiguiente escándalo que originó su padre, por cuyo motivo Larry volvió al trabajo de botones durante cierto tiempo. Botones del Grand Union, en una ciudad donde había campamento militar.
—Ahí tienes —dijo ella, entregándole el cigarrillo.
Larry lo llevó a sus labios, saboreando el humo y, a la vez, el conocido colorete que usaba ella para pintarse. Recordaba haberse encontrado con la LaVerne, por primera vez, en el Grand Union. En aquella época, no le había resultado difícil conocerla. Había muchos puntos que le relacionaban con ella. Y ella se encargó de enseñarle muchas cosas en los años que siguieron. Una de ellas fue la de acompañarla al piano. Así, pues, la acompañaba, y ella tomaba lecciones de canto en su tiempo libre, cuando lo tenía.
Se trataba de una pareja de jovencitos ambiciosos, con talento, que intentaban ganarse la vida. Y se la ganaban a su modo: Larry abajo, vestido de uniforme, y la LaVerne, vestida de quimono, en su habitación. Se ganaban la vida, sí, y una buena vida por cierto, a cuenta de viajantes, marineros y soldados, infantes de marina...
Al llegar a estos últimos, Larry dejó de recordar nuevamente. Los infantes de marina... los marines.
Ella debía de pensar en lo mismo durante el largo espacio de silencio que se produjo desde que le dio el cigarrillo, porque ahora se revolvió en su asiento y preguntó:
—¿Sigues trabajando en los hoteles, Larry?
Él sufrió un instantáneo sobresalto. Tenía un trabajo que hacer, pero no en un hotel, precisamente, y era mejor empezarlo en seguida.
—No. He vuelto a la música. Por eso estoy aquí tocando el piano. —Hizo una pausa—. Una grata coincidencia la de encontrarme aquí contigo.
—No creas que me engañas. No hay tal coincidencia. Center City está a cien millas de distancia.
—Bueno —dijo él, con cierto trabajo—, oí hablar de tu boda. Y creí conveniente dejarme ver por aquí para felicitarte.
—Así de fácil, ¿eh?
—Así de fácil.
Sin embargo, no había sido precisamente así. Lo que sucedió fue que Larry estuvo vigilando el tugurio para averiguar quién tocaba el piano. Se pusieron de acuerdo, por veinte dólares, para que se hiciera el enfermo aquella noche y así apareció él por allí, en el momento oportuno para ocupar su puesto, ver a la LaVerne y conseguir hablar con ella.
Pero la LaVerne no tenía por qué enterarse de aquellos pequeños detalles. Para ella no tenían importancia. Solamente la tenían para él. Se la quedó mirando, y esperó.
—Larry, lamento sinceramente lo ocurrido —dijo ella, encendiendo otro cigarrillo con la colilla del primero—. Me escapé de ti, dejando que te acusasen de aquello. Pero tenía tanto miedo, tanto, que no pude medir el alcance de mi acto. Después, tuve intención de buscarte, te lo juro, pero había conocido a Sol y...
—¿Cuándo te casaste?
—El mes pasado. Ya sé que no me crees. Yo calculaba...
—Ya sé lo que calculabas. —Formaba parte de la técnica dialogal de Larry interrumpirla constantemente, sin dejarla terminar las frases—. Calculaste que te convenía la llegada de otro sujeto cargado de dinero y, por añadidura, con tugurio propio donde te dejaría cantar. Era un buen negocio.
—Bueno, lo es. Y Sol es buena persona. Algo viejo y no precisamente un Adonis, pero, a cambio de ello, me garantiza un porvenir bastante sólido.
La LaVerne esperó otra interrupción y, al ver que no se producía, prosiguió, temblando y un poquito confusa porque no estaba muy segura de lo que debería decirle a continuación.
—Larry, ésta es mi oportunidad para situarme y para emprender el buen camino. Una tiene que pensar en el porvenir. Yo cometí una serie de equivocaciones idiotas. Por eso quiero olvidar todo aquello, absolutamente todo...
—Y, de repente, me presento yo, surgiendo de la nada.
«Ahora me toca a mí», pensó Larry. Había acertado, dejándola hablar hasta dejarla arrinconada.
—No, sólo que...
—Sólo que tú querrías verme muerto, ¿no es eso? Te cubrí la retirada, me hice responsable y te olvidaste de mí. Seguiste dando tumbos por ahí, hasta que cazaste a Papi Cuartos, y las cosas continúan su buena marcha, desde entonces, para ti. Hasta esta noche.
Larry sonrió viéndola estremecerse. Era como una gran mariposa clavada en un agudo alfiler.
—Te molesta verme, ¿verdad, LaVerne? Y quieres saber en seguida si voy a contar a alguien lo que ocurrió. No te preocupes. Me voy de aquí.
—¿Cuándo?
La LaVerne no pudo evitar la precipitación, la ansiedad de la pregunta. Casi parecía que rebosaba de alegría.
Larry se quedó mirando cómo el humo salía de su boca, después de la pregunta, y esperó hasta verlo desintegrarse en la oscuridad. Entonces, habló.
—Tan pronto como me compres el billete.
—Pero, Larry, ¡si yo no tengo ni un céntimo! Sol me regaló este coche, mi ropa, el piso y todo lo que tengo, pero nunca me da dinero.
Ella esperaba discusión, pero Larry se encogió de hombros y sonrió, diciendo:
—De acuerdo, olvídalo. Tengo el recurso de quedarme aquí y tocar el piano hasta que reúna lo suficiente para el viaje. Podré tardar unos meses, pero...
—¡No! —se precipitó a decir la LaVerne, tal como él esperaba que lo hiciera—. No puedes hacerme eso, Larry. Déjame pensar. Quizás pueda reunir algo. No será mucho, desde luego.
—Necesito cinco de cien.
—¡Larry!, ¿de dónde voy a sacar yo tanto dinero?
—No lo sé, muñeca. —Él continuó sonriendo—. Yo no vivo rodeado de placeres, como tú, ni llevo un coche nuevo. Tampoco vivo en compañía de una persona de economía sólida, ni soy estrella de un espectáculo. Por eso, necesito quinientos dólares para largarme de aquí.
La LaVerne volvió la cabeza hacia él.
—¡Me pones en un aprieto, Larry! Quizás pueda hacerme con cien o así, en unos días, pero tienes que darme tiempo.
—¡Tiempo! —Por un momento, Larry la dejó ver algo de su interior—. ¡Ya pasé bastante a la sombra por tu culpa! Seis asquerosos meses sudando el delito que tú cometiste y que tú debiste pagar por el episodio del infante de marina. ¿Te has detenido alguna vez a pensar en eso? Quisiera saber lo que diría Sol de semejante caso.
—No serás capaz de decírselo...
—Claro que no. No le diría lo de aquel marine, ni lo nuestro, ni lo que hacías en Center City. —Le dio unas palmaditas en la mano, hasta que la vio calmarse un poco, y volvió a la carga—. ¿Por qué he de molestarme en decírselo a tu marido? Puedo ir directamente a la policía y sería más práctico. —Dejó caer precipitadamente la mano de la joven—. Óyeme, muñeca, quiero quinientos dólares en dinero contante y sonante. Y los quiero esta misma noche.
—De acuerdo. —La verdad es que las palabras de la LaVerne daban a entender que no estaba muy de acuerdo—. Tendrás tu dinero, ¡miserable chantajista!
—¿Cuándo?
Ella consultó su pulsera, levantando la muñeca, hasta alcanzar el reflejo de las luces que salía por las ventanas del tugurio.
—Ven a verme aquí mismo al final del próximo espectáculo. Pero se entiende que, entonces, te largarás, ¿eh?
La LaVerne abrió la portezuela y se alejó, haciendo crujir la grava. Le habló por encima del hombro:
—No entres hasta que pasen un par de minutos. Es posible que Sol haya venido ya. Y, oye una cosa, hablando de Sol. No te aconsejo que te forjes ninguna idea fantástica. Lo que voy a darte no es ningún plazo. Si pensabas en volver para sacarme más, te ruego no intentes abusar de tu suerte. Podría enfadarme y decirle a Sol que te ajustara las cuentas.
Durante un momento, Larry sintió como si se le pusiera tirante la piel alrededor de sus mandíbulas. Luego, forzó una carcajada.
—No te preocupes. Tú dame los quinientos y te dejaré en paz para siempre. Estoy harto de pueblos baratos y de citas de pacotilla... lo mismo que de mujerzuelas baratas.
La LaVerne no dio señales de haber oído el piropo.
—Entonces, hasta después del espectáculo —murmuró.
Larry se quedó viendo como se alejaba. Durante un momento, pareció un fantasma blanco en la oscuridad y, después, observó la silueta de un busto y unas piernas, todo negro, a contraluz. Terminó de fumar su cigarrillo y arrojó cuidadosamente la colilla por la ventana. Nada ganaba con ensuciar un coche bonito. La LaVerne tenía suerte. Pero él, también. Cinco billetazos hacían una suma respetable, ganada sin esfuerzo y, además, libre de impuestos.
Al ir andando hacia el tugurio, se preguntó si no debía haberle presionado para sacarle más. Aun sin la amenaza de ella, él sabía que no habría repetición y quizás hubiese podido sacarle mil. Pero aquello le parecía exagerado. Era arriesgarse demasiado. Lo había pensado con tiempo y podía irse con quinientos. Ya estaba bien.
Larry siguió pensando en el caso durante la evolución del espectáculo. Sí, tenía razón. Y el saber que la tenía afectaba a su trabajo. Perdió la tensión y olvidó sus resentimientos.
La gente se estaba aprovechando del humor de medianoche. Se bailaba con menos recato, sin guardar siquiera las apariencias. Un par de aprovechados empezaron a tortas en el lavabo, y tuvieron que entrar en acción dos de los forzudos del bar. Seguramente, Sol los tenía allí para esos casos.
Larry se preguntaba cómo sería Sol. Si aquella noche se había presentado, nadie se había molestado en indicárselo. Pero aquel detalle carecía de importancia. Larry no tenía interés en ver a Sol. Tenía que seguir tocando, mientras esperaba el momento de cobrar.
Eddie comenzó entonces a prodigarse, repitiendo bises sin cesar, olvidándose de las orquestaciones de rigor y dejándole solos al trompa. Era bastante malo, pero Larry le llevaba bien. Por lo alegre que se sentía, era capaz de llevar bien a cualquiera, a la orquesta entera, incluso a la concurrencia.
—Perdone...
Era la voz de un hombre de mediana edad que bailaba con su mujer. Él era grandote y se le iniciaba ya la calvicie. Ella era pequeña, de cabellos oscuros, y no se conservaba mal. Larry inclinó la cabeza hacia ellos, durante la corta espera entre pieza y pieza, y les sonrió.
—Toca usted muy bien el piano —dijo el hombre.
—Gracias.
—¿Sabe usted Dulce Sue?
Larry vaciló y miró a Eddie, que estaba al borde de la plataforma.
—Sí, claro —contestó, atento a la señal de Eddie—. Podemos tocar Dulce Sue, ¿no?
Eddie asintió. El hombre dejó un billete en la mano de Larry.
—Muchas gracias —dijo el hombre. La mujer sonrió y guiñó un ojo—. No le haga caso a Walter —dijo—. Siempre que toma un par de copas, le da por ponerse sentimental.
Larry observó que ella oprimía la mano de su pareja, como una seña especial, íntima.
—Con mucho gusto —murmuró Larry.
Luego, sin fijarse en el billete, se lo pasó a Eddie, que lo escamoteó con destreza y le dio la señal para comenzar.
Aquella era una forma más de negociar. Todo lo que Larry hacía era aceptado. El espectáculo siguiente también le salió bien. Cuando entró la LaVerne, él trató de atraer su mirada, pero ella sólo tenía ojos para el público. Esta vez cantó mejor, con menos nerviosismo, más segura de sí misma. Era una buena señal. Aquella tranquilidad significaba que había conseguido el dinero. Todo iba saliendo a pedir de boca.
Y después del show, después de la última salva de aplausos y de los correspondientes saludos, después de aquella sensación de sudor bajo los brazos, que también era natural, Larry se acercó a la barra. Esta vez tuvo que gritar, al pedir lo que quería, para hacerse oír sobre las risas y el griterío. Le trajeron el whisky y lo tomó de un trago. Luego, lentamente, se encaminó a la puerta, tratando de ver si le observaban, hasta salir a la calle. Nadie advirtió su salida.
Había entrado gente y se había ido. Había habido mucho movimiento durante las últimas horas y el lugar de aparcamiento tenía otro aspecto. Al principio, Larry no lograba orientarse. Iba caminando lentamente, sin hacer ruido. Pasó una rubia, un par de coches modelo sport, un Lincoln, un coche negro descapotable, y llegó hasta uno amarillo...
Aquel era. Sin embargo, el asiento delantero estaba vacío.
—Aquí atrás —oyó que le decían en voz baja.
Larry abrió la portezuela y se dispuso a entrar.
En aquel instante, algo duro, como un martillo, golpeó su cabeza, su nuca, sus hombros...
Larry trató de retroceder, pero un brazo le sujetó y le obligó a entrar en el coche donde siguieron prodigándole los golpes sobre su cara y sobre su cabeza con tanto furor que creyó que se la estaban partiendo en cien pedazos. En su interior, gritaba, dolorido:
—¡Maldita!, ¡sinvergüenza!, ¡traidora!... Se lo dijo a Sol y éste debe de ser uno de sus matones.
Tenía que defenderse y atacar, intentar recuperar su equilibrio y conseguir que dejasen de golpearle. Trató de soltarse de las manos que le sujetaban por detrás y, entonces, los golpes volvieron a caer sobre él y sólo sintió dolor, dolor...
Oía voces a lo lejos. Sabía que la puerta del tugurio tenía que estar abierta, dando paso a la gente que salía riendo, alborotada.
Aquel inesperado ataque había durado sólo unos segundos. Todo por un error, por un error. Larry se lo repetía a sí mismo, sin cesar, hasta que oyó unas voces. Abrió la boca para gritar y recibió otro golpe demoledor que paralizó la voz en su garganta y terminó por borrar los pensamientos y las formas de su cerebro.
Sintió como si, en la lejanía, las manos le soltaran. Se dio cuenta de que se abría la portezuela del lado opuesto. El presunto matón se alejaba corriendo, antes de que nadie le viese. Había llegado el momento de gritar. Pero su cabeza, su cerebro, no respondieron a su voluntad.
Larry se recostó contra el asiento posterior y abrió la boca, pero sólo para tragar oscuridad. Luego, se cayó de bruces en el piso del coche y fue la oscuridad la que le tragó a él.

II


Elinor y Walter Harris abandonaron el Sunset Club, poco después de la una. Apenas pasada la entrada se quedaron un momento, cogidos del brazo, bajo un nimbo de neón azul producido por el tubo fluorescente colocado sobre sus cabezas. Elinor se apoyaba pesadamente sobre el hombro de Walter y contemplaba cómo los insectos volaban hacia la luz. Walter inhalaba el aire fresco y lo exhalaba aceleradamente.
—¡Qué bien sienta esto! —exclamó—. Ahí adentro, la atmósfera estaba muy cargada.
Elinor asintió, con un movimiento de cabeza. Se encontraba un poco mareada. No era una sensación desagradable, pero sabía que tendría que tener cuidado al atravesar el lugar de estacionamiento. En un descuido, podía torcerse un pie con aquellos tacones tan altos. Quizás se pudiese quitar los zapatos en el coche.
La visión se hacía difícil, una vez se hubieron apartado de la luz. Todo se apagaba y perdía forma en la oscuridad. Todo era cálido y se esfumaba —los colores, las sombras, incluso la sensación de caminar sobre el suelo de grava. Se cruzaron con un hombre, de poca estatura y fuerte, que surgió de las sombras en dirección al tugurio y que los miró descaradamente. Al menos, a ella le pareció así. Después de todo, pudo haberse equivocado en la oscuridad.
A Elinor le costó trabajo encontrar el coche. ¡Vaya!, allí estaba. Se destacaba, como un pulgar herido y vendado. Siempre, claro, que los pulgares fuesen amarillos.
A Elinor no le había gustado mucho la idea de un descapotable amarillo. Por asociación de ideas, pensó en el bungalow que los Whittaker habían tenido un verano junto al lago. Lo llamaban Punta Irritada. Elinor solía reírse de la ocurrencia, porque el nombrecito le recordaba otra cosa, no muy agradable, por cierto, pero sí graciosa. Y ahora se reía pensando lo que se había reído de aquello.
—¿De qué chiste te ríes, cariño?
—De ninguno. Es que cada vez que veo el coche pienso que deberías ser un tratante de blancas, con patillas largas y bigotazo.
Walter sonrió y se puso a buscar las llaves del coche. La portezuela no estaba cerrada con llave, pero Walter acostumbraba siempre a quitar la llave de la ignición. Ello se debía a que empleaba mucho tiempo en viajes y los viajantes de comercio tenían que ir con cuidado. No es que no creyera a nadie capaz de atreverse a robar un modelo de coche tan llamativo. Walter jamás hubiera elegido aquel color, por ese motivo, precisamente. Pero el año anterior había necesitado uno y el agente de Center City no podía prometerle más que aquél, en el espacio de tres semanas. Por otra parte, había conseguido muy buenas condiciones al entregar el suyo y a Elinor le agradaba la idea del descapotable.
Walter la ayudó a acomodarse en el asiento, y luego dio la vuelta al coche y entró por la otra portezuela, para ponerse al volante. Ella se reclinó hacia atrás y le puso un brazo alrededor del hombro, murmurando al mismo tiempo:
—Gracias, encanto.
Elinor se quitó los zapatos, observando si Walter se fijaba en lo que hacía.
Pero, no. Walter se hallaba entretenido en poner el motor en marcha y en sacar el coche, con mucho cuidado. Ella descansó, despreocupadamente, pues sabía que Walter lo tenía todo bajo control. Al virar por la carretera general, pudieron ver el night club, que dejaban atrás.
—Ese lugar ha cambiado mucho —murmuró Walter.
Elinor hizo una señal de asentimiento mientras él se concentraba en el volante.
«Cambiado», pensó ella. Todo cambia en el transcurso de dieciséis años. Entonces, no era el Sunset Club, sino el Chateau, el Chantecler o un nombre parecido. El interior de la sala también era, entonces, diferente. La barra estaba en un rincón, y tenían un jukebox, en vez de orquesta. Las bebidas eran más baratas, claro, a raíz de la guerra, y todo el establecimiento tenía más categoría. Acudía allí una clase de gente distinta, como una especie de conglomerado estudiantil de la época. Por eso, ella y Walter iban allí, casi todos los sábados por la noche, mientras duró el noviazgo. Ahora, llevaban casados catorce años, y precisamente aquel día celebraban su aniversario de boda.
Muchos cambios desde entonces, musitaba ella. En aquel local e, incluso, en ellos dos. Acaso fuera eso. El local habría sido siempre el mismo miserable tugurio, pero como ellos eran jóvenes cuando lo descubrieron y, con aquella edad, brillaban con luz propia dondequiera que iban, sin importarle en absoluto el aspecto externo de las cosas, ésa era la causa, posiblemente, de que, en aquella época, no les pareciera miserable aquel local.
Elinor suspiró y se desperezó.
—¿Me puedes dar un cigarrillo, encanto?
—¡Ah!, ¿estás despierta?
—No estaba durmiendo, realmente. Es que no había vuelto a beber tanto desde la noche de fin de año. —Elinor encendió el cigarrillo que él le dio—. Ojalá tuvieras más tiempo libre, cariño. Podríamos salir con más frecuencia. Hacía tiempo que no bailábamos. —Ella se rió y levantó las piernas al borde del asiento—. ¡Pobrecitos!
—¿Quiénes?
—Los dedos de mis pies. No te preocupes, estoy tonta. Pero, ¡me siento tan a gusto!
Y se encontraba bien, de veras, paseando en coche. Sentía el calor interior, la presión del hombro de Walter y el soplo del viento en el rostro. La blanca precipitación del camino, el rumor del coche, incluso su cansancio, se le antojaban un descanso agradable. Luego, Walter puso la radio, bajito y suave, y una orquesta tocaba piezas antiguas, como las que habían oído en el Sunset Club.
En aquellos tiempos componían mejores canciones, a juicio de Elinor. Recordó cuando compraba aquellos libritos —costaban diez centavos cada uno y tenían todas las letras— y las chicas del despacho se las aprendían de memoria. Solían también tomarlas, en taquigrafía, de los programas de radio. Antes de casarse le sobraba tiempo para todo.
Elinor meneó rápidamente los dedos de los pies y se entregó a aquellas borrosas reminiscencias. Cuando se casaron, Walter acababa de ser licenciado del Ejército y había conseguido un empleo con la Acme. Vivían en un pisito que constaba de un dormitorio y cocina, en la avenida D'Arcy. Luego, cuando estaba esperando el nacimiento de su primer bebé, se mudaron a otro piso, en el que disponían de un gran dormitorio. Y en él había nacido Roy. Era extraño, pero, todavía hoy, pensaba en él como Roy, a pesar de que jamás había existido. Según el médico, un aborto. Nació muerto. Fue un desgraciado suceso para ella contemplar muerto, después de los terribles dolores del parto, que duraron dos días, a un niño tan hermoso, con unos mechoncitos de cabellos castaños...
Pero ya no le producía tanta tristeza aquello. Había pasado mucho tiempo, y recordarlo era igual que recordar una vieja película en la que ella y Walter habían sido simplemente actores conocidos.
Además, desde aquellos días, todo había ido bien. A Walter le habían ofrecido una maravillosa oportunidad en la casa Youthfrocks y compraron la finca de Garden View porque la fábrica y el despacho central quedaban sólo a un par de millas de distancia. Conocieron a mucha gente, todos ligados con la Universidad, y Walter ganaba mucho dinero, aunque tenía que salir de viaje cuatro días por semana. Ahora, con todos aquellos amigos, el jardín y la casa, tenía demasiado trabajo. No era de extrañar que se le cansasen los pies al bailar.
Elinor bostezó y movió la cabeza. Comenzó a pensar si se estaría volviendo vieja. No, aquello era una tontería. Todo el mundo se cansa y hacía sólo un minuto se sentía estupendamente. Walter se había portado de una forma encantadora, regalándole las flores del aniversario.
Miró a su marido, de perfil, allí sentado, ligeramente inclinado hacia adelante, con las manos apoyadas en el volante. Todavía era un hombre guapo. Al menos, ella lo consideraba así. Repentinamente, se le ocurrió pensar qué diría él si le tirase del brazo, le hiciese detener el coche al borde del camino y comenzase a hacerle el amor.
No, aquello era otra tontería, llevando casados ya tantos años. Ella tenía treinta y tres. Además, dentro de un ratito llegarían a casa...
La radio arrullaba insinuante. El viento, en cambio, lograba suavizar... La carretera desembocó en el asfalto, el coche giró hacia abajo, por una calle conocida y avanzó lentamente, por la pista, hacia su casa, deteniéndose ante ella.
—Podemos dejarlo aquí esta noche —dijo Walter bajando del coche y abriendo la otra portezuela para que ella descendiera.
—Espera un poco —dijo ella, mientras luchaba por ponerse los zapatos—. Ya. ¡Ah!, se me olvidaba. Tiré el bolso en el asiento trasero.
Encendió la luz, echó hacia adelante el asiento delantero, y comenzó a palpar, buscando el bolso. Walter siguió sujetando la portezuela y se limitaba a observar. Por eso, lo vieron los dos a la vez.
Se quedaron inmóviles, mudos, mirando aquella cara aniñada del jovencito vestido de etiqueta que yacía inmóvil en el fondo del coche.
Durante un momento, Elinor se preguntó si efectivamente, habría bebido demasiado. Luego, Walter murmuró algo y ella comprendió que también él había visto al joven. Y, como ella, que también había reconocido en él al pianista de la orquesta, aquel a quien habían pedido que tocasen una pieza para bailar y que, ahora, se hallaba durmiendo en su coche. Durmiendo como un niño, como habría dormido su hijito Roy...
Con la diferencia de que Roy no había llegado a dormir nunca.
Y, quizás, aquel joven no estuviera durmiendo tampoco. Porque en aquel momento, fijándose bien, Elinor pudo ver sangre en su rostro.
III


Sobre el cielo raso de la habitación, una mosca se paseaba tranquilamente. Se movía muy despacio, demostrando que no tenía prisa por llegar a ninguna parte. Quizás, estuviese gustando sólo de la sensación de caminar.
La mosca llegó a una pequeña grieta, cerca de la lámpara que pendía del techo. Pasó la grieta, levantando delicadamente sus peludas patas. Luego, se detuvo un momento y elevo el vuelo. Cambiando de posición en el aire, la mosca zumbó hacia la persiana y se posó en ella. Sintió el suave calorcillo del sol, y tornó a volar. Esta vez, se dirigió a la cama y quedó en la almohada, al lado de la cabeza de Larry.
Larry estiró el brazo y encorvó la mano para cazarla. Y la estrujó.
La mosca se transformó en una bola pegajosa y Larry la tiró. Aquél fue el fin de la mosca, y la primera reacción de Larry.
El muchacho parpadeó, se incorporó, apoyándose en el codo derecho, y escudriñó la habitación.
Estuviera donde estuviese, aquella habitación invitaba al reposo. Una cómoda de arce, silla de la misma madera, con cojín azul, coqueta de arce y cedro y una alfombra de rafia de color castaño. El cuadro que pendía de la pared era el de un indio a caballo, con la cabeza inclinada, sobre un fondo que representaba la puesta del sol. Él lo había visto antes en algunos hoteles.
Pero aquella no era la habitación de un hotel. Apostaría cualquier cosa. Se encontraba en un domicilio particular.
Se incorporó y echó las piernas por encima del borde de la cama. Entonces sintió un dolor en la nuca, como el producido por el golpe de un calcetín lleno de arena.
De pronto, recordó. Le habían golpeado. Pero ¿qué ocurrió después? Había perdido el conocimiento en el asiento trasero del coche de la LaVerne. De eso también se acordaba. Pero nada de ello le explicaba cómo había ido a parar a aquella habitación.
El dolor disminuyó gradualmente hasta convertirse en un palpitar sordo y persistente. Sintió como un bulto que le escocía detrás de la oreja derecha. ¿Tendría sangre?
El muchacho se levantó, se acercó al espejo de la coqueta y se contempló en él. No había sangre y el bulto, oculto bajo el cabello, no se veía. Pero le dolía. Y otro, más abajo. Le dolían los dos y sentía un malestar general en todo su organismo. Maldijo, finalmente, a la persona, fuera quien fuese, que le había llevado hasta allí.
Pero ¿dónde se encontraba?
Larry se acercó a la ventana, levantó la persiana y contempló un pequeño jardín. Un jardín, con paseos de piedra y bancos agrupados alrededor de una chimenea de piedra. Al lado, había un garaje con una pista para meter el coche. Bajo un toldo, reposaba un descapotable amarillo.
¿Sería aquélla la vivienda de la LaVerne?
Larry oyó pasos de alguien que se aproximaba y se volvió a la cama, pisando suavemente. Observo dos libros entre dos sujetadores en la mesita de noche. Estiró el brazo y cogió uno de los sujetadores, mientras se tapaba en la cama. Era mejor estar preparado. Hoy le tocaba a él.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Se puede pasar?
Era una voz femenina, pero no la de la LaVerne. Larry vaciló, pensando si sería conveniente simular que estaba dormido. Esto le daría tiempo para calcular sus respuestas.
Pero ¿por qué tenía que acobardarse? Miró al techo, acordándose de la mosca.
—¡Adelante! —dijo.
Su visitante era de baja estatura, una morena ligeramente gordezuela, con cabellos sueltos sobre el cuello y vestía una bata amarilla. Anoche llevaba los cabellos en alto, recordó él. Era la mujer cuyo marido le había pedido que tocara Dulce Sue.
Larry sonrió, pero no a ella, precisamente, sino en señal de satisfacción por haberse acordado con tanta facilidad. Ella le devolvió la sonrisa.
—¿Cómo se encuentra ahora?
Las cosas comenzaban a aclararse. El descapotable amarillo no era el coche de la LaVerne. No podía serlo. El hombre que le había esperado para golpearle se había equivocado, metiéndose en aquel coche, también amarillo, por equivocación. Y él lo había hecho sin darse cuenta de que podía haber en el recinto dos coches Chevrolet descapotables del mismo color.
Como consecuencia de esto, había perdido el conocimiento, y los propietarios no lo habían descubierto hasta llegar a su casa. De todos modos, aquella pregunta indicaba que ella sabía algo de lo ocurrido. Y él tenía que contestarle pronto. ¿Cómo tenía que sentirse?
—Aún no me encuentro muy bien —respondió.
—¿La cabeza?
¿Sabía aquella mujer lo que había ocurrido, realmente? Tenía que correr el riesgo de volver a responder.
—En parte. Pero, más que dolorido, me encuentro avergonzado.
Ella hizo una señal de asentimiento.
—Walter y yo no nos imaginamos aún cómo pudo haber ido a parar a nuestro coche.
—No me extraña. Tienen razón. —Larry sonrió—. Estaba tratando de descifrarlo yo mismo. Salí a tomar un poco el fresco, con un compañero de la orquesta, que también tiene un descapotable amarillo y, al meterme dentro, pensé...
—¿Estaba usted bebido?
La interrupción le salió rápida. Larry respiró profundamente y continuó:
—No acostumbro beber mucho. Verá, era mi primera noche en el Sunset Club. Todo iba estupendamente bien y, después del segundo espectáculo, salí a fumar un cigarrillo, con uno de los chicos de la orquesta.
Al describirlo, lo hacía con tanta seguridad que él mismo creía lo que iba diciendo. Era mejor así. Dando la sensación de realidad, era muy posible que ella se lo creyese también.
—Mi compañero me dio un cigarrillo que tenía un sabor raro. Yo iba a tirarlo, pero me dijo que terminaría por gustarme, si lo fumaba de prisa. De repente, me sentí mareado. Creo recordar que él se marchó y, entonces, traté de buscar su coche para tumbarme un poco a descansar. Todo daba vueltas a mi alrededor, pero logré abrir la portezuela y me dejé caer dentro, dándome un golpe en la cabeza...
La narración parecía inverosímil, pero tenía que contarlo así.
—Creo que esto me ocurrió cuando perdí el conocimiento.
Al terminar de decir estas palabras, la miró de reojo para ver si ella asentía. Quería que asintiese. Y así fue.
—¡Pobrecito! —exclamó—. ¡Ha pagado la novatada de su primera noche de trabajo allí! Le engañaron haciéndole fumar un cigarrillo de marihuana.
Larry estuvo a punto de sonreír. Su invención había surtido efecto. Aquella mujer aprobaba el papel que él mismo se había asignado en aquella comedia imaginaria.
—Sí, ya he oído hablar de esos cigarrillos —dijo.
—Sangraba un poco cuando Walter lo sacó del coche, pero estaba seguro de que no había conmoción cerebral. Yo quería llamar al médico, pero me dijo que esperase hasta esta mañana. Bueno, eran casi las dos de la madrugada cuando le encontramos.
«Nada de médicos», pensó Larry.
—Estoy perfectamente bien —dijo, incorporándose, para demostrarlo. E, incluso, esbozó una sonrisa.
—Se sentirá mejor después de que se dé un baño y desayune. Al otro lado del pasillo hay una ducha. Walter tiene su ropa en el ropero. Ese pijama que lleva es de él y creo que podré encontrar una camisa y unos pantalones para usted. Le estarán grandes, pero no tiene importancia. Encontrará la máquina de afeitar de Walter en el botiquín. Baje cuando esté listo.
La palabrería de la mujer le gustaba. La escuchó, asintió, y, al final, sonrió. Afortunadamente, la había convencido. Y esto era importante.
En el cuarto de baño, en la ducha y, frente al espejo al afeitarse, Larry trató de encajar las piezas de su propio rompecabezas. El dolor iba desapareciendo y, por ese lado, no había problema. Había tenido la suerte de dar con aquella gente. Pero la intervención del matón comenzaba a preocuparle. ¿Lo habría enviado Sol, o la LaVerne? No le interesaba quién hubiese sido. Lo importante era que la LaVerne se le oponía y que no había logrado atemorizarla lo más mínimo.
Naturalmente, ya no podía volver al Sunset Club aquella noche. Ni nunca. Y, quizás, no estuviera seguro en la habitación del hotel de Center City. Si la LaVerne o el matón habían visto en qué forma había salido de allí, podían tenerlo bajo vigilancia y esperar su llegada al hotel.
Fuera como fuese, necesitaba tiempo para hacer sus planes y, mientras estuviese en aquella casa, estaría perfectamente seguro.
Mientras estuviese allí...
A Larry, por poco, se le escapó la máquina de afeitar.
¿Y por qué no quedarse allí?
Sería estupendo, perfecto, si pudiera quedar a cubierto de cualquier maniobra durante unos cuantos días. Para entonces ya habría calculado la forma de dar a la LaVerne su merecido. Porque tenía que dárselo, no cabía duda. Y, si podía disponer de tiempo para preparar las cosas con cautela, sin arriesgarse a ser descubierto, ya encontraría la forma de llegar hasta ella.
Además, todo ello tendría mucha gracia. Dejar creer a la mujer de aquella casa el truco de la marihuana, fue estupendo. Resultaba más idiota aún que la LaVerne, cuando se tragó lo de que él había estado preso por lo que le habían hecho al infante de marina.
Era posible, sin embargo, que hubiese cometido una equivocación al decírselo. Ella podía comprobar si era cierto y averiguar que se había fugado antes del juicio, sin abonar la fianza. Claro que, cuando regresó, casi un año después, dijo a todo el mundo que había cumplido con la justicia. Sin embargo, todo lo que ella tenía que hacer era comprobar si era cierto.
Aquélla era otra buena razón para no volver al hotel, por si ella le localizaba allí. Podía denunciarle y, entonces, se agravaría sensiblemente su situación.
No. Tenía que quedarse allí y estudiar la forma más rápida de actuar contra ella.
Pero, antes, debía conseguir que le invitasen a quedarse. He ahí su primera preocupación.
Larry pensaba en esto, mientras se vestía el traje de Walter. Resultaba, desde luego, demasiado grande para él. Este tal Walter debía de ser un hombre corpulento y ancho de hombros. Larry se preguntaba si sería tan decente como lo parecía ser su mujer. Ahora estaría, seguramente, en el piso de abajo preparándole el desayuno y hablando al dueño de aquel traje del pobre muchacho a quien alguien había hecho fumar un horrible cigarrillo de marihuana.
Larry se dedicó una sonrisa a sí mismo ante el espejo, con su estilo particular.
—Eres un chico guapo —se dijo—. Un chico guapo, limpio, joven y elegante. Pero has tenido la desgracia de ser huérfano y de que nadie te diese nunca una oportunidad en la vida. Y, sin saber por qué, te encuentras mezclado entre esa gentuza...
Continuó sonriéndose y hablando consigo mismo durante unos minutos. Le asaltaban continuamente nuevas ideas a las que pretendía ir dando forma. Gradualmente, supo quién era él, lo que había estado haciendo y lo que debía hacer.
Incluso estudió la forma de hablar en lo sucesivo. Nada de gamberro. Aquello quedaba descartado. Tenía que pensar, portarse y expresarse con nuevo vocabulario. Le convenía usar aquel que le venía a la imaginación cuando tocaba, al piano, algo que le hacía sentir de verdad.
Hubo épocas en la vida de Larry, durante las cuales había empleado ya el vocabulario correcto. En el invierno anterior, por ejemplo, había acompañado a una chica, llamada Irene, que trabajaba en una tienda de objetos de arte en Detroit. Mientras disfrutó de su amistad, tuvo tiempo de leer mucho e, incluso, llegó a asistir a algunos de aquellos aburridos conciertos de música clásica.
La chica salía con un grupo de aficionados al arte, estudiantes, profesores, seres extravagantes que jamás perdían su compostura hasta después de la séptima copa. Entonces se había procurado un léxico especial que podía encajar perfectamente para aquellas ocasiones. Como epílogo de aquella amistad, había conseguido también unos doscientos dólares y el elegante reloj de la chica cuando decidió desaparecer de allí.
La sonrisa de Larry se ensanchó al recordar el episodio. Era de buen augurio. ¿Qué le había dicho a Irene? Algo así como que le daba asco aquella música de pacotilla y que él quería ser compositor, pero de otra, de la buena.
La idea estaba bien. Podía encajar también ahora. Pero ¿qué procedimiento iba a seguir para convencerles? ¿Cómo podría conseguir que le invitasen a quedarse?
Tenía que haber un modo. Un modo rápido, fácil. Quizás, le asaltase la idea cuando bajase a desayunar. A veces, estas cosas se le ocurrían a uno en el último instante, casi como por accidente.
Larry abandonó el cuarto de baño y anduvo a lo largo del pasillo, hasta llegar a la escalera. Hasta él llegaba el murmullo de voces que procedían de la planta baja, de la cocina, situada a un lado del pasillo. No se notaba alarma en las voces. Se habían tragado el cuento, y lo aceptaban como bueno. Pero si hubiera un modo...
Levantó un pie, lo mantuvo en alto y volvió a sonreír, con su sonrisa particular.
Como por accidente, ¿eh?
Fallándole, intencionadamente, un pie, Larry se dejó caer rodando escaleras abajo.
IV


Rodando, llegó hasta el vestíbulo, donde quedó sentado, felicitándose interiormente por lo bien que sabía caerse. Había hecho un ruido terrible. Sin embargo, no se había producido daño alguno.
A pesar de ello, tenía que habérselo hecho. Porque el marido, aquel grandullón de Walter, se aproximaba ya.
Larry comenzó a frotarse el tobillo izquierdo y forzó una sonrisa.
—Perdone —dijo, levantando la vista hacia Walter—. Perdí el equilibrio.
—Espere, yo le ayudaré.
Larry se cogió a su brazo e hizo una mueca de dolor al levantarse.
—Se ha lastimado la pierna —dijo Walter.
—Creo que es el tobillo. —Larry volvió a sentarse, esta vez en el tercer peldaño de la escalera, y se frotó la tibia izquierda en su parte inferior—. Me lo habré dislocado.
—Deje que se lo vea —sugirió Walter, inclinándose.
—No se preocupe, no será nada.
Larry se levantó y dio un paso adelante, al aparecer la señora en el vestíbulo.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó.
—Se ha torcido un tobillo, Elinor.
De esta forma supo que se llamaba Elinor. Larry le dedicó también una agradecida sonrisa.
—Vaya una tontería que se me ha ocurrido hacer.
—No trate de apoyarse en ese pie —aconsejó Elinor—. Walter, ¿por qué no llamas al doctor Russell? Puede necesitarle.
—Precisamente, iba a hacerlo ahora.
¡Vaya! ¡Otra vez con la canción del médico! No se le había ocurrido pensar en ello. Larry intervino rápidamente:
—No. No necesito al médico para nada.
—No hay que tomar esas cosas a broma —dijo Walter, dirigiéndose al teléfono del pasillo—. Quedaría más tranquilo, si Russell le examinase el pie.
—Mientras llama, venga a desayunar —dijo Elinor. Larry se fue cojeando, hacia el comedor. Se sentó e inclinó la cabeza. Estaba oyendo a Walter marcar el teléfono, mientras ella le servía.
Un momento después, Walter entraba en el comedor.
—No contestan —dijo, sentándose—. ¡Ah!, ahora recuerdo... Hay un campeonato en el Club, en Center City. Supongo que estará jugando allí.
—Podríamos llamar a otro...
—Por favor, no se molesten. Ahora estoy bien —dijo Larry sonriendo. Había llegado el momento de tantear la cosa—. A propósito, ni siquiera me he presentado. Me llamo Larry Fox.
—Y yo, Walter Harris. Y mi mujer, Elinor.
Una presentación muy normal... ¿Qué se creía?, ¿Que la iba a acusar alguien de ser su amante? Larry desechó la idea, y recordó que era un buen chico. Escuchó, mientras Walter le explicaba que era viajante de la Youthfrocks. Hablaba de sí mismo con la manifiesta intención de que Larry hiciese lo mismo. Pero no se hizo esperar. En cuanto se lo permitió, intentó hacerlo.
—Lamento mucho lo de anoche —dijo Larry—. No sólo por haberme desmayado así, sino porque me deprime verme obligado a tocar en un tugurio como aquel. Pero uno tiene que comer, y hay que empezar de algún modo, naturalmente.
Mientras hablaba se le iban ocurriendo ideas nuevas. Ellos intervenían también, pero él les escuchaba a medias, esperando siempre su turno. Durante el desayuno, pudo construir la escena que le interesaba, tal como él quería, poquito a poco.
—Sí, aprendí a tocar el piano en el orfanato... Quisiera poder componer algún día... No, nada de música popular... Quizás me gustase enseñar, pero me falta una base sólida...
Ellos se mostraban interesados, especialmente la mujer, y Larry decidió dedicarse a ella. La oportunidad esperada llegó cuando ella le hizo unas preguntas relacionadas con el Sunset Club.
Larry se quedó mirando la mesa fijamente, hablando suave y sinceramente.
—No. Después de lo de anoche, no quiero volver allí. Ya he aprendido la lección y ésa no es vida para mí. Posiblemente, me vaya a Detroit y pruebe a conseguir trabajo allí. —Hizo una pausa y prosiguió—: Si puedo llegarme a mi hotel en Center City a pagar la cuenta, quizás pueda tomar un autobús.
Esperó, pensando: «He dado en el clavo». A los pocos segundos, oyó decir a Elinor:
—Pero los domingos no salen autobuses de Center City, ¿verdad, Walter? Además, tiene que pensar en ese tobillo. ¿Por qué no se queda un par de días con nosotros, hasta que se le cure?
—Claro —dijo Walter—. Puede quedarse y usar la habitación de forasteros. No es molestia ninguna para nosotros.
—Sentiría causarles trastorno —dijo Larry—. Ya les he molestado bastante.
—¡Nada de eso! —contestó Elinor—. Después del desayuno, se echa a descansar en la cama turca. Le pondremos bolsas de agua caliente en el tobillo y, más tarde, Walter llamará al médico.
Lo había logrado. Larry levantó hacia ellos su agradecida mirada. Ellos no tenían por qué saber que realmente le interesaba quedarse.
Más tarde, tumbado en el sofá, fumando los cigarrillos de Walter y oyendo el ruido de la vajilla que alguien fregaba, Larry pudo tranquilamente relajarse.
—¡Hollywood! —dijo para sí—. Allí es donde debes estar. Eres un talento.
Era una observación que se hacía, con frecuencia, cada vez que lograba engañar a cualquiera, con éxito.
Consiguió engañar a todos en el orfanato, hasta que la hermana Corinne se dio cuenta. Entonces era cuando jugaba a ser buen chico. Luego, cuando trabajaba en el hotel, era el chico amable, sacando el dinero a los borrachos y a los tontos. Había hecho el papel del gato calculador con la LaVerne, y el del intelectual con la niña de la tienda de objetos de arte y sus amigos. Aunque todo era ficticio, le enorgullecía recordar sus aventuras de aquellas épocas. Uno de sus más primitivos recuerdos le transportaba a la oscuridad nocturna del orfanato cuando, acostado en su cama, soñaba despierto mientras los demás dormían a su alrededor.. Su imaginación volaba, libre de obstáculos, y entonces se convertía a veces en un príncipe de cuentos de hadas, a veces en un enorme gigante, tan grande como una casa, mucho más poderoso que la hermana Corinne y las otras hermanas, lo suficiente para comérselas a todas. Podía desmembrarlas, aplastarlas, casi sentía crujir sus huesos...
Claro que afortunadamente logró sobreponerse a aquellas tenebrosas ideas de chiquillo. Más tarde, cuando iba al cine, adquirió la costumbre de hacer mímica ante el espejo. Sólo buscando emociones, naturalmente. Sabía que eran tonterías, pero le gustaban. Se sentía un Rock Hudson, un Robert Wagner o, incluso, aquel villano llamado Rod Steiger. Le gustaba la forma en que Steiger hablaba, en tono muy suave, para luego, de repente, soltarse el pelo y hablar duro.
Más adelante Larry alcanzó su verdadero desarrollo y descubrió la emoción de la música. Durante mucho tiempo, su identificación con el piano era total. Podía ser como tocaba, triste o alegre, vivaz o lento. Cuando descubrió esto, se sintió feliz.
Pero, en la vida, no todo eran emociones placenteras. Había que engañar a la gente si uno quería salir adelante. Tenía que presentarse como un pobre huérfano, como un bastardo. Bastardo. Detestaba la palabra. Pero eso era él, un bastardo. ¿Era culpa suya, acaso? ¿Podía evitarlo? Sólo porque un hombre y una mujer a quienes él jamás había conocido, lo habían querido así, allí estaba él. Papá y Mamá. También detestaba estas dos palabras, odiaba la idea, los odiaba, quienesquiera que fuesen, porque, después de un momento de placer, le habían dejado en un miserable orfanato, abandonado a su suerte.
En algún tiempo, Larry llegó a creer que acaso supieran de él y sólo esperaban a que creciera y se hiciese mayor para ir a recogerle. Que le vigilaban y recibían constantemente noticias de él y, cuando llegase el momento, le llevarían a una casa grande, preciosa, en la que...
Pero aquello no existía.
Algunos de sus compañeros del orfanato también eran bastardos, pero no parecía importarles. Eran chicos normales que deseaban ingresar en el ejército o aprender un oficio y, así, picaban en el anzuelo que las hermanas les ponían. Pasarían por la vida engañados siempre, deseosos de entrar en quintas, de pagar impuestos, de aprovechar cualquier oportunidad que se les presentase. Aquellos merecían ser bastardos, porque no sabían nada mejor. Pero Larry era distinto. Tenía talento. Incluso la hermana Corinne tuvo que confesarlo.
Y él sabía el gran secreto. El gran secreto era salir de allí, largarse del orfanato y situarse en el puesto que le correspondía. El dinero serviría de ayuda y la forma de conseguir dinero era sacándoselo a la gente. Lo único que convenía era que ignorasen que era bastardo... Ahí estaba el truco, en evitar que lo averiguasen.
Ahora tenía todo a su favor. Este matrimonio, Walter y Elinor Harris, habían picado. Podía quedarse con ellos y pasarlo cómodamente, hasta que decidiese lo que procedía hacer con la LaVerne.
Larry frunció el ceño al pensar en ella, pero se encogió de hombros. Quizás el hecho de no haberle entregado el dinero la noche anterior hubiera sido una suerte. Había sido un idiota pidiéndole solamente quinientos dólares. Ahora intentaría encontrar el modo de sacarle un rescate de verdad. Aquel aventurero de pacotilla de su marido, Sol, debía de tener una buena cantidad escondida en alguna parte. Había que hacerle soltar, por lo menos, dos mil.
Lo único que tenía que hacer era apoyarse en una buena base. Mientras tanto, tenía un buen acomodo.
Larry pasó revista al gran televisor, al Spinetti de rubia caoba, probablemente de tono detestable, pero vistoso.
—¿Se siente mejor?
Esta fue la pregunta que le hizo Elinor, al entrar en la estancia, antes de sentarse en un sillón, frente a él. Se había vestido y peinado. Para ser una vieja, no estaba mal.
—Mucho mejor —dijo Larry, asintiendo con la cabeza—. Les estoy agradecidísimo por lo mucho que han hecho por mí.
—¡Bah, no tiene importancia! Es interesante que ocurra algo, de vez en cuando. Walter y yo nos enmohecemos. Usted no creería que anoche fue la primera vez que salimos desde hace un siglo. —Se dio unas ligeras palmaditas en el pelo—. Posiblemente sea porque Walter se pasa viajando cuatro días por semana. Mañana por la mañana se va y no regresará hasta el viernes.
Larry se incorporó al oír aquello. Aquello era interesante.
—¿Es viajante? —preguntó.
—Viajante, precisamente, no. La casa Youthfrocks hace vestidos, generalmente modelos para jovencitas. Walter es el jefe de ventas a almacenistas. Va por las tiendas de muchas ciudades preparando exhibiciones en los escaparates y organizándolas. —Sonrió con aire de confidencia—. Al verlo, no se le ocurriría a usted pensar que aporta a la casa ideas maravillosas. A veces, estando ahí sentado, sin decir una palabra, está ideando proyectos y planes que son sencillamente...
Larry hizo una señal de asentimiento, sin prestar ya verdadera atención. No le interesaba oír más del talento de Walter. Lo que tenía que hacer era obligar a Elinor a reconcentrarse en su talento, en el talento de Larry. Siempre quedaba el recurso del piano.
Hizo una verdadera exhibición en el numerito de ponerse de pie y se fue cojeando lentamente hacia el piano.
—Ya me había fijado en su precioso instrumento —dijo—. ¿Toca usted?
—No. La verdad es que el piano es de mi hermana política, pero se mudó a California y nos pidió que se lo guardásemos hasta su regreso.
Larry aceptó la información y esperó que se produjese la inevitable pregunta. Al fin llegó.
—¿Querrá tocar algo? Anoche me gustó mucho oírle. Y, si no le molestara el tobillo...
Él sonrió y se sentó. Se alegró de que ella le recordara lo del tobillo. Le convenía acordarse de que lo tenía dolorido, pero no demasiado. Lo suficiente para tener que quedarse allí, pero no tanto como para requerir atención médica.
Larry comenzó tocando Fantasía del rascacielos, de Donald Phillips. Era una composición inglesa, del estilo llamado jazz sinfónico. Ella no la reconocería, ni se daría cuenta de sus deslices al falsificar los pasajes difíciles. Seguramente, picaría.
Y picó. Incluso le dio aire de Boogy y ella ni se dio cuenta. Elinor se hallaba cómodamente recostada, con los ojos semicerrados y el mentón alto, lo que disimulaba su leve sotabarba.
Larry tuvo otra idea. Cuando terminase de tocar la pieza, le diría que era una composición suya. Contribuiría a darle el carácter de genio naciente. Podía decirle...
Se hallaba preparando el diálogo en su imaginación, cuando sonó el timbre de la puerta.
Al momento, entraron los Whittaker. El estaba sentado al piano, a cinco compases del final. Fue un golpe de mala suerte.
Considerándolo bien, quizás había sido mejor. Por un lado, aquello facilitó las presentaciones. El ver a Larry al piano, lo clasificó en seguida. Elinor dijo algo de un joven compositor amigo que estaba pasando unos días con ellos. Debía resultarle incómodo explicar por qué estaba allí, y eso también resultaba muy bien. Larry dejó que lo dijera ella todo mientras él se dedicaba a examinar a los Whittaker.
Jim Whittaker era alto, delgado, calvo, de unos cuarenta y cinco años de edad, que escudriñaba el mundo tras unas gafas de gran espesor.
Su mujer, Minnie, tenía cabellos de color de zanahoria, uñas con esmalte dorado y pantalones verdes. Lo único natural en ella era el color del pantalón. Se reía como una jovencita y, en realidad, casi lo era, a sus cuarenta y cinco años.
Venía con ellos, Jill, su hija. Era una morenita delgada, con cabellos a lo paje y cerquillo en la frente. Llevaba pantalón ajustado, de color azul marino, y un jersey amarillo, igualmente ajustado. Larry se preguntó cuánto tiempo podría resistir la tentación de tocar aquel jersey; pero, no... Tenía que portarse con frialdad.
Y ahora le llegaba el turno, en las presentaciones, al cuarto personaje, un estirado y pelirrojo mocito de diecinueve años, o así. Parecía ser el acompañante de Jill. Esto le proporcionó a Larry el placer de verse ante George Drux, descubriendo en seguida que tenía en las manos la fuerza de un gorila y una voz que tendía a destemplarse cuando se excitaba o se sentía avergonzado.
Sería lo más adecuado mantener al jovencito en cualquiera de estos dos estados, pensó Larry. Era lo que necesitaba, precisamente, un tipo así, como contrapunto. Un contraste entre él, el joven compositor, firme y seguro de sí mismo, y el jovenzuelo corriente. Esto le haría ganar puntos ante los mayores, e indudablemente haría efecto sobre Jill. Pero Larry se recordó a sí mismo que no debía dedicarse a Jill. Al menos, por ahora. Había otros puntos en que reconcentrarse, por el momento.
Parecía el primer acto de una comedia. Jim y Minnie Whittaker en el sofá, junto a Elinor, ensayando. Larry oía alguna frase corriente, como: «Pero, encanto, ¡qué guapa estás!» y «Walter bajará en cuanto termine de afeitarse.»
Jill y el jovenzuelo permanecían vacilantes junto al piano. Nadie les había invitado a sentarse y esperaban que Larry dijera algo. Pero Larry se hallaba atento al ruido de los pasos de Walter Harris, que bajaba la escalera en aquel momento.
Cuando llegó, saludó a todo el mundo y se produjo otro revuelo en el diálogo. La función estaba a punto de comenzar y él se consideraba con atribuciones para dirigirla. Podía escoger entre dedicarse a los jovencitos o levantarse y acercarse a los mayores. Por otra parte, quizás le conviniera esperar un poco, hasta tener bien catalogados a los visitantes. Lo que resultaba más fácil, en aquel momento, era dedicarse a la juventud.
—¿Qué era lo que tocabas cuando llegamos?
Era la voz de Jill, que pronunciaba, precisamente, la frase que él esperaba oír.
Larry la obsequió con una sonrisita tímida.
—Nos encantaría oírte. Por favor, sigue tocando.
Jill incluía en el deseo a George, que estaba demostrando no tener gana ninguna de escuchar música. A pesar de ello, Jill insistía.
Larry se dio cuenta. Comenzó a tocar suavemente, para no molestar a los otros, pero pronto Walter los llevó al sótano para enseñarles su taller casero. Con ello, había llegado el momento de desatarse. Pocos minutos después, Jill se sentaba en la banqueta del piano —no había sitio para George—, y Larry tocaba para ella, sonreía para ella, y pensaba en ella, examinándola, de perfil, con cierto disimulo.
—¡Estupendo, chico! —le dijo Jill—. Pareces un profesional. ¿Con quién estudiaste?
Larry no tenía la menor intención de decirle que había estudiado bajo la dirección de la LaVerne.
—Me las arreglo para salir adelante —dijo—. ¿Tocas tú?
—Un poquito. Pero miss Biddle, la profesora del colegio, sólo toca lo aburrido, lo clásico. A mí me gustaría aprender a tocar boogie, ¿sabes?
—Oye, mira... quizas me quede aquí unos días. Podría enseñarte —dijo Larry, pensando que, efectivamente, podría enseñarla bastante.
George Drux estaba ceñudo. Evidentemente, no veía aquello con buenos ojos.
—Creo que deben de estar preparando algo de comer —gruñó, indicando el comedor.
A la salita llegaban sonidos y rumores que corroboraban lo dicho.
Larry le hizo un guiño a Jill y sonrió, con indulgencia.
—A los chicos en pleno desarrollo hay que alimentarlos —dijo, arrepintiéndose de la pulla al instante. No era momento de crearse enemigos, ni siquiera con un pueblerino como George—. Yo mismo soy un chico en desarrollo —agregó para arreglarlo. Y se levantó, comenzando a cojear.
—¿Qué te pasa en la pierna? —preguntó Jill. Al momento se sonrojó—. No estarás...
—Me torcí un tobillo. Por eso me quedo aquí unos días. —Larry dijo esto lo suficientemente alto, al entrar en el comedor, para que le oyesen Elinor y Walter.
Recibieron su entrada de tal modo, que Larry quedó convencido de que había sido objeto de discusión en el sótano y en la cocina. Pero eso tampoco estaba mal.
Una vez sentados a la mesa, Larry esperó que alguien comenzase a hablar de él. Jim Whittaker fue el encargado de hacerlo. Le miró, por encima de la ensalada de patata que tenía ante sí, y dijo:
—Walker me dice que eres un compositor en ciernes, joven. ¿Dónde has adquirido tanto talento?
Larry bajó la vista modestamente hacia su ensalada de patata.
—Bah, no hago nada todavía. Estoy en período de experimentación. Supongo que el señor Harris le habrá explicado cómo nos conocimos.
Whittaker asintió, pero, indudablemente, esperaba oír algo más. Larry respiró profundamente y decidió continuar.
—A decir verdad, dentro de unos días saldré para Detroit. Quiero tomar unas lecciones a las órdenes del viejo Haufner, en la Academia de Música. Teoría y contrapunto.
Whittaker volvió a asentir.
—¿Y qué os parece? —terció Jill—. Me ha prometido enseñarme a tocar boogie.
—Bueno, eso si no me voy mañana por la mañana —dijo Larry, dedicándole una sonrisa a Elinor.
—Naturalmente que no te irás hasta que estés curado del tobillo —dijo Elinor—. Walter, ¿trataste de comunicar con el doctor Russell otra vez?
—Se me olvidó. —Walter se levantó, dejando la servilleta sobre el plato de cartón—. Le llamaré ahora mismo.
—No se moleste —objetó Larry. Pero ya Walter se encaminaba hacia el vestíbulo. Larry contuvo el aliento. ¡Maldita sea! Ahora no puedo fracasar, con todo a mi favor...
Alguien le estaba diciendo algo, pero Larry no se daba cuenta. Estaba mirando para Walter, que regresaba a la habitación.
—Sigue sin contestar —dijo Walter—. Quizás se quede en el Club esta noche. Claro que podría llamarle allí...
—No, si no tendrá importancia —aseguró Larry. Lo que le convenía era que no se le acercara el doctor Russell.
—Podría yo llevarte a su consultorio mañana por la mañana —sugirió Elinor—. De todos modos, tengo que ir a encontrarme con Minnie.
—Es verdad —afirmó Minnie Whittaker—. Nos vamos a reunir las amigas en el Graebner, a almorzar. Pertenecemos al Comité para el próximo baile del Club. Casi se me había olvidado, encanto.
—Así que mañana te dejaré en el consultorio del doctor Russell —dijo Elinor—. Está decidido.
Larry hizo una señal de asentimiento. Aquello quedaba decidido y, ahora, podía descansar y escuchar. Minnie Whittaker tomó el mando en la conversación.
Larry averiguó que los Whittaker gozaban de suficiente posición para proyectar unas vacaciones en Hawai al año siguiente; que Minnie adoraba el espresso; que Whittaker era arqueólogo, antropólogo o, por lo menos, algo que terminaba en ólogo, y oyó que tenía que ir a verles con Elinor dentro de un par de días o así.
Pero aquello fue todo lo que Larry averiguó, hasta el momento de la partida de los Whittaker. Entonces, al darle Jim Whittaker su huesuda mano, le dijo:
—Cuando llegues a la Academia de Música de Detroit, puedes darle recuerdos al viejo Haufner, de mi parte. Yo enseñaba allí.
Larry se despidió de Minnie, de Jill y de George Drux. Y sonrió a Walter y a Elinor, al cerrarse la puerta, tras la visita.
Pero durante todo aquel tiempo, algo se revolvía en la boca de su estómago, enroscándose, en apretado nudo, para estrujárselo.
Porque, que él supiera, ni siquiera existía un establecimiento llamado Academia de Música de Detroit y, desde luego, no sabía que existiese un profesor llamado Haufner.
Por lo que quizás tuviese que actuar de prisa.
V


Al despertarse, Larry miró el techo de la habitación. Aquella mañana no habla ninguna mosca en él.
Si la hubiese habido, tampoco hubiera perdido el tiempo contemplándola. Saltó de la cama inmediatamente y oyó voces en la planta baja. Aquello significaba que Walter Harris se había levantado y se disponía a partir.
Larry estuvo a punto de correr al dirigirse al cuarto de baño, pero se contuvo a tiempo. Sus pasos podían oírse desde la cocina y el hombre que tiene un tobillo torcido no puede correr.
Frenó, pues, pero una vez en el cuarto de baño, recuperó el tiempo perdido, lavándose, afeitándose y peinándose cuidadosamente. Si se lo peinaba para atrás, parecía más viejo. Tenía que hacerse el ricito delante para asegurarse el efecto juvenil. Sí, debía ser así.
Larry se miró al espejo, asintiendo con la cabeza. Las mujeres eran idiotas. Creían tener monopolizado el arte del maquillaje. Recordaba cuántas veces había espiado a Irene o a la LaVerne, en sus momentos rituales de cosmética, mientras estudiaban el efecto del sombreado de los ojos y las pestañas, del lápiz de los labios, o del laborioso peinado del cabello. En tales ocasiones ignoraban por completo su presencia, como si no hubiera hombre que pudiese comprender la magia de tal arte. Pero eran unas idiotas.
Porque los hombres también podían hacerlo. Los hombres astutos, naturalmente. Los hombres de capacidad suficiente para saber cuándo se trata de convencer a jovencitas, como Jill, con el suave y maduro encanto del adulto, y cuándo se ha de apelar al instinto maternal, o como se llame, de mujeres como Elinor Harris. Por eso, esta mañana quería el ricito.
Cinco minutos más tarde, lo exhibía en la mesa del desayuno. Elinor estaba poniendo el café y Walter leía el periódico de la mañana.
—Buenos días —saludó Elinor—. ¿Has dormido bien?
Larry asintió. Era mentira, pero a ellos no les importaba saberlo.
—¿Qué tal el pie? —preguntó Walter.
—Más o menos, igual.
Walter dobló el diario y lo puso a un lado.
—Pasaré por el pueblo, después de presentarme en el despacho. Te dejaré yo mismo en el consultorio del doctor Russell. ¿Qué te parece?
Era una buena pregunta. Para ella, Larry buscaba una respuesta adecuada.
—Pues... —comenzó a decir.
Pero Elinor fue quien respondió por él.
—Olvidas, cariño, que no podrá regresar sin coche. Además, ni siquiera ha desayunado aún. Por otra parte, sabes que Russell va al hospital por la mañana. Nunca visita antes de las once, o más. Yo le llevaré y le recogeré después del almuerzo.
—Tienes razón —dijo Walter.
Larry oyó cómo los pájaros comenzaban a cantar allá afuera. Habían estado cantando ya hacía rato, pero él no se había dado cuenta, hasta entonces.
No le gustaba tener que decir lo que pensaba, pero debía correr el riesgo si quería asegurar las cosas.
—Señora Harris, no tendré que regresar aquí, después de la visita al médico. Puede dejarme en el hotel y me quedaré allí, durante unos días, hasta que tenga el tobillo bien.
Mientras hablaba, Larry daba vueltas alrededor de una silla vacía, caminando lentamente. No hizo ninguna mueca de dolor, hasta pronunciar la palabra bien.
—No seas tonto —dijo Walter—. No debes hacer planes hasta que estés seguro de que carece de importancia. Podrías tener un fractura, o cosa parecida. Por otra parte, puedes aprovecharte de estar aquí, sin que te cueste nada la consulta médica. Después de todo, en cierto sentido, somos responsables nosotros.
—Pero no puedo consentir que ustedes paguen por mí.
—No nos costará nada —le aseguró Walter—. Tengo un seguro de responsabilidad personal y tú eres un huésped de la casa. Hace ocho años que pago las primas y jamás he cobrado ni un centavo. Así que vas a ver a Russell y, si hay alguna anormalidad, dile de mi parte que pase una buena factura.
—Es usted muy amable.
—Además, ¿no le prometiste algo a Jill Whittaker? —Walter sonrió a Elinor—. No creas que no te vimos cómo la mirabas ayer, desde la banqueta del piano. Después de todo, nosotros también hemos sido jóvenes, ¿no, cariño?
—Gracias.
La boca de Larry perdió la tensión. Estaba representando la comedia con perfección inigualable. La hermana Corinne solía decirle que ir al cine era perder el tiempo, porque allí no se aprendía nada. Pero él había aprendido mucho en el cine, incluso aquello de la mueca de dolor que, luego, tapaba con una sonrisa.
Walter se levantó, arreglándose la corbata.
—Tengo que irme —dijo—. Tengo que preparar la exposición de modas en Hillyer esta tarde. Por la noche te llamaré desde el hotel.
—Muy bien, cariño.
Elinor le acompañó al vestíbulo. Al comenzar a levantarse Larry, se volvió.
—No te levantes —le gritó.
—No estés de pie —dijo Walter, al coger el sombrero—. Y no te preocupes por estar aquí. A Elinor le conviene tener compañía, de vez en cuando. Y a Jill Whittaker, también —agregó riendo—. Espero verte, otra vez, el viernes por la noche.
El viernes por la noche. Cinco días. Larry asintió, con alegría. En cinco días podían suceder muchas cosas.
Walter y Elinor se despidieron, dándose el rutinario abrazo en el vestíbulo y, luego, la puerta se cerró. Ahora debía comenzar a trabajar.
Elinor preparó ei zumo de naranja, las tostadas y los huevos, Echó el caté y ella misma tomó una taza. Larry la examinó, reflejada en la brillante superficie del tostador. Estaba demasiado arregladita para aquella hora de la mañana. ¿Era porque se marchaba Walter? ¿O, acaso, porque se quedaba él?
Durante un momento, pensó si habría alguna intención en aquello. No, era demasiado arriesgado. Además, tenía muchos años. Era más práctico continuar dedicándose a la juventud.
Elinor le hizo algunas preguntas relacionadas con el orfanato, y él la satisfizo explicándole unos cuantos detalles. Para impresionarla más, le dijo que había padecido del corazón.
—Tuve fiebres reumáticas, siendo niño.
Después del desayuno, Elinor quitó la mesa y, cuando él se ofreció a secarle los platos, le rechazó, indicándole que no debía estar de pie. Se fue a la sala, pero no se hallaba satisfecho. Le hubiera gustado secar los platos. Hubiera demostrado que quería hacer algo, ser útil. Pero se lo impedía su tobillo. Tenía que hacer algo, sin embargo.
Naturalmente, el piano. Se sentó en la banqueta y comenzó a tocar Claro de luna.
Lo tocó mal. ¡Qué diablo, si no había visto nunca la partitura! Lo había tomado al oído. Pero no importaba. A ella le gustó.
Aún se hallaba tocando cuando ella acabó y subió a vestirse.
Cuando Larry oyó que se cerraba la nuerta del dormitorio, se fue lentamente al vestíbulo y cogió el listín de teléfonos. Lo estuvo hojeando, hasta llegar a la S. El nombre del marido de la LaVerne era Sarno. Pero no aparecía Sol Sarno en el listín. Quizás vivía en cualquiera de los suburbios cercanos. O no tenía registrado su número. Pero eso podría comprobarlo cuando fuese a la ciudad.
Larry volvió otra vez a la sala. De arriba, le llegaba el ruido de la puerta del baño, al cerrarse, y luego oyó el ruido del agua de la ducha.
Iba a sentarse nuevamente, cuando se fijó en la mesa de despacho situada en el rincón. Era, indudablemente, la de Walter. Se hallaba cubierta de facturas, cartas sin abrir y números atrasados del Wall Street Journal, el diario financiero. Larry repasó todo aquello. Nada importante.
Sus manos se deslizaron sobre los tiradores de latón de los cajones y continuó escuchando el ruido de la ducha. Abrió, cuidadosamente, el primer cajón.
Secantes, lápices, una pluma estilográfica vieja y más facturas, atadas con fuertes elásticos de goma. Libretas de notas, una lámina de sellos de correo, unos sobres y presillas para sujetar papeles. Chatarra todo.
El segundo cajón resultó más interesante. El talonario de cheques, por ejemplo, del Garden View Bank. Repasó las matrices hasta llegar a la última donde vio el saldo que arrojaba la cuenta corriente: $ 1.962,43. Y eso, en una cuenta corriente particular. Walter tendría, seguramente, una cuenta de ahorro. De todos modos, no resultaba una carga para el departamento de economía de aquella casa. Estaba bien saberlo. Además, la existencia de la cuenta corriente de Walter podía resultarle beneficiosa más adelante. Sería cuestión de estudiar el procedimiento.
Puso en su sitio el talonario de cheques y abrió el último cajón.
Todo zarandajas. Un álbum de fotografías, cartas, unas cuantas carteritas viejas de cerillas y un encendedor roto. Y, precisamente, al fondo del cajón...
El agua cesó de oírse.
Todo se detuvo, todo cesó, durante un momento, mientras Larry contemplaba el hallazgo.
Tenía la boca completamente seca.
Allí estaba la respuesta.
Ahora sabia cómo manejar a la LaVerne,
Larry miró fijamente al cajón, y actuó.
Cuando bajó Elinor estaba sentado nuevamente al piano, tocando Celos.
Pero en su bolsillo reposaba la pistola de Walter, del 38.
—Bueno —dijo Elinor—, ¿nos ponemos en marcha?
Larry se levantó de la banqueta y sonrió.
—Sí —dijo—, cuando guste.
VI


Cuando Elinor le dejó frente al edificio, Larry entró en él, cojeando. Y no dejó de hacerlo, hasta estar bien seguro de que Elinor se había ido.
Tomó el ascensor hasta el piso del doctor Russell y entró en la sala de recepción. La chica que estaba tras la ventanilla de cristal, levantó la vista.
—¿Está el doctor?
—¿Le han dado hora?
Larry maldijo a quien había inventado aquella costumbre. La detestaba. Era como cuando le preguntan a uno que trata de hablar con alguna persona importante: ¿De parte de quién?
Larry trató de sonreír.
—No, no tengo hora. Sólo quería saber si podría verle. Se trata de un asunto personal.
—Está aún en el hospital —le aclaró la chica—. No le espero hasta la tarde. Si quiere usted que le dé hora...
Larry hizo un movimiento negativo.
—Lo siento —dijo—. Aproveché que pasaba por aquí y quería verle. Pero volveré otro día. Dígale que ha estado aquí Charlie Snow.
Larry se fue apresuradamente, felicitándose. Había corrido el riesgo, pero aunque aquel curandero hubiera estado allí, hubiese encontrado cualquier salida. Hubiera simulado ser viajante, y le hubiese preguntado si necesitaba servilletas de papel o algo así. Cualquier disculpa para que lo echaran de allí. Pero no fue necesario.
Ahora tenía que consultar la guía telefónica.
Buscó el restaurante de la esquina, que era donde tenía que encontrarse con Elinor, dos horas más tarde, y entró en él. Inmediatamente pidió el listín. Larry buscó en la sección de Médicos y Cirujanos, y anotó un nombre: W. A. Hazeltine, médico, con oficinas en el mismo edificio que el doctor Russell, lo cual resultaba perfecto. Le faltaba ver si tenía horas de despacho los lunes por la tarde. Efectivamente: Lunes y viernes, de 7 a 9.
Cerró la guía, y consultó la alfabética de la ciudad. Buscó en la S, Sarno, Sol. Nada. Tendría que utilizar el procedimiento más seguro: llamar al Sunset Club.
Larry buscó en sus bolsillos, que eran los de Walker, pero a los que había transferido el contenido de los de su smoking, y encontró su dinero. No era ninguna fortuna, pero tampoco necesitaba mucho. Tenía algo mejor, aún. Dicen que el dinero hace hablar, pero una pistola del 38 hace hablar más.
Lo primero que tenía que hacer era usar el teléfono. Llamó a la central y dijo lo que deseaba. La telefonista le pidió que depositara treinta y cinco centavos. Y fue una casualidad, pues tenía el cambio exacto. Era un buen síntoma.
Al obtener comunicación, simuló voz gruesa y preguntó por Sol. Nada de señor Sarno, sino Sol, a secas.
Pero no estaba allí. ¿Dónde, entonces, podría localizarlo? Necesitaba verlo para solucionar con él un asunto importante.
Su interlocutor le dio el número de su teléfono: Canterbury, 4982.
Larry respondió:
—Gracias, amigo. ¿Le importaría, ahora, darme su dirección? Creo que me va a interesar visitarle en su domicilio.
El barman de día le dio la dirección que pedía.
—En Canterbury, ¿eh? Bien, muchas gracias.
Larry colgó, convencido de que, por lo menos, Sarno era un hombre valiente. No ocultaba ni su teléfono ni su dirección.
Pero ¿dónde estaba y qué era Canterbury?
Larry caminó, acera abajo, hasta llegar a un surtidor de gasolina que anunciaba: Gasolina barata. Pidió un mapa de carreteras y entró en el lavabo. No le fue difícil localizar Canterbury, que estaba a unas pocas millas de allí, al otro lado del Sunset Club, y a corta distancia de Garden View, donde vivían los Harris. Lo único que precisaba era un coche, y aquel problema ya lo tenía calculado. Pero, antes, tenía que atender a unos cuantos detalles.
Se alejó, cojeando, del surtidor. Elinor podía tener amigos en la población. Caminó hasta que llegó a una ferretería. Un hombre gordo le vendió munición del 38. Larry dejó de cojear dentro de la tienda en la que hizo su entrada cuando vio que en ella había varios compradores. Consiguió lo que quería, sin conversación de ninguna clase. El dueño tenía que fijarse en el resto de los clientes. Le favoreció también la circunstancia de que había allí unos chiquillos que podían guardarse unas linternas o navajas en los bolsillos, en un momento de descuido.
Larry abandonó el establecimiento. La caja de municiones formaba un pequeño bulto en el bolsillo, y la pistola un bulto un poco mayor. También debía arreglar aquello. Su próxima parada fue en una tienda de música, en la calle principal. Le enrollaron el papel pautado que compró y le dieron una bolsa que pidió. Puso la cajita de balas y la pistola en la bolsa, cuando hubo llegado a un recodo cercano a la puerta, donde nadie podía ver lo que estaba haciendo.
Después, se dirigió a otra tienda y compró unos guantes de lona. Le formaban en los dedos unos bultitos irregulares, pero no esperaba tener que apretar el gatillo. Aun así, era conveniente estar preparado. Y ahora ya estaba todo a punto.
Larry volvió al restaurante y se sentó en un taburete, ante el mostrador. Le dieron una lonja transparente de jamón, entre dos trozos de pan blando, una taza de café con leche aguada y una combinación de harina, burbujas de aire y cerezas químicamente conservadas, que pasaba por un helado de lujo. Con ello recibió, gratis, unas bocanadas de humo de los cigarrillos de los ocupantes de los taburetes de al lado y una oleada de golpes y choques de los encargados del servicio de mostrador. No era precisamente lo mejor para hacer una buena digestión. Aquella gente debería poner un anuncio en la puerta que dijese también: Gasolina barata.
Larry detestaba los establecimientos que tenían servicio de mostrador. Odiaba los sitios demasiado concurridos, que daban la sensación de lavabo público, en los que tenía que ocupar un taburete caliente, mientras otro le echaba el humo del cigarrillo en el cuello para que se marchase pronto, con el fin de ocupar su sitio. Le repugnaban las comidas preparadas para la masa, el ruido constante y la estúpida insistencia de los camareros. Estaba indigestado de freidurías, puestos de hamburguesas, tugurios de almuerzo rápido. Se hallaba harto de servilletas de papel, ceniceros de plástico, cubiertos de alpaca que presentaban como de plata, y café servido en tazones.
Pero esto ya no duraría mucho tiempo, después de la entrevista que proyectaba celebrar con la LaVerne. Él merecía algo mejor que una comida normal. Si sabía obrar con astucia, podría conseguir algo más que una cantidad en metálico. No estaría mal tener un bonito descapotable amarillo, el modelo que Walter Harris llevaba y el que tenía también la LaVerne. Con un par de miles y un buen coche, podía uno llegarse a Florida o a la Costa. Se alojaría en un buen albergue, gastaría unos billetes en adquirir trajes de seda, y llegaría a ponerse de acuerdo con un buen agente artístico. Había un montón de cazadores de marfil, ni mejores ni peores que él, que llevaban una vida regalada en los lugares elegantes de por allí. Trabajaría unas horas de noche y pasaría los días en la playa. Después, buscaría la amistad de una jovencita cargada de dólares. Y él podía lograrlo. Lo único que necesitaba era una oportunidad para empezar.
Después de pagar la consumición al cajero y comprar cigarrillos, Larry disponía de catorce dólares y veinte centavos. No le llegaba para pagar el alquiler del smoking y el hotel en Center City. Que esperasen. No pensaba volver por allí a pagar la cuenta. Que se quedasen con su miserable ropa y vendieran su maleta de cartón, si querían. Porque Larry Fox estaba ya en marcha.
Encontró a Elinor a la puerta, en el momento mismo en que ella llegaba.
—Bien, ¿qué tal? —preguntó ella—. ¿Has visto al doctor Russell?
—La enfermera dijo que no visitaría hasta la tarde. Por eso, creí que lo mejor sería ver a otro médico. El doctor Hazeltine vive en el mismo edificio. ¿Le conoces?
—No. He oído hablar de él, pero no lo conozco.
Aquello era lo que Larry esperaba para simplificar las cosas.
—Parece una buena persona —dijo Larry—, Me miró el tobillo por rayos X.
—¿Viste las placas?
—No, no estarán hasta la noche. Me mandó volver.
—¡Ay, qué lástima! —exclamó Elinor—. Minnie Whittaker nos invitó a su casa esta noche. Será mejor que la llame y le diga que tengo que llevarte al médico, y...
Larry la interrumpió rápidamente:
—No necesitará hacer eso. Iré yo en el coche. Puedo llevarla hasta el domicilio de los Whittaker, regresar al pueblo, comprobar el resultado de los rayos X y volver a reunirme con ustedes.
—Pero ¿no te molestará el tobillo al conducir el coche?
—El médico dijo que no había inconveniente. Fue una de las cosas que le pregunté.
—Bueno...
Larry movió los paquetes que llevaba en el regazo, confiando en distraerla.
—¿Has comprado algo?
—Pues, sí. Me detuve en la tienda de música y compré unas cuantas cosas. Pensé que podría trabajar un poco en mi composición.
—¿En la obra que tocabas ayer?
Larry asintió.
—Quiero hacer unos arreglos en ella.
—¡Estupendo! Puedes trabajar esta tarde, si quieres. Yo tengo que lavar.
Se pasó la tarde sentado al piano, imitando a Oscar Levant. Sin embargo, aquel trabajo no le importaba. Su verdadera preocupación se centraba en la realización de unos planes inmediatos.
Pero a la hora de la cena estaba listo. La comida resultó para él como una especie de nebulosa, fija su atención en lo que tenía que hacer, hasta tal punto, que casi se olvidaba de que tenía que llevar a Elinor a casa de los Whittaker. Hizo lo que pudo para que ella no dejase de hablar con el fin de que estuviese entretenida, pero, en su interior, no cesaba de contar los minutos.
Poco después, abría la portezuela y la ayudaba a salir del coche.
—Si no le importa —dijo—, no entraré. Quiero ir al médico y estar de vuelta cuanto antes.
Dirigió el foco movible hacia el sendero, para que Elinor viera el camino, y esperó a que tocase el timbre. Luego, dio marcha atrás y salió en dirección sur.
Veinte minutos más tarde, Larry se hallaba en el locutorio telefónico del restaurante, en Canterbury. Marcó el número de teléfono que le había dado el barman y, al oír la señal de llamada, notó que el auricular le resbalaba de los dedos.
¿Por qué había de temer, si sabía perfectamente lo que tenía que decir? Todo estaba previsto. Si Sarno estaba en casa y contestaba al teléfono, tendría que colgar y esperar, para volver a llamar. Pero si contestaba LaVerne...
Contestó ella.
—Diga...
—Por favor —dijo Larry, bajando el tono de voz—. ¿Está Sol por ahí?
—¿De parte de quién?
—De Tony French. Acabo de llegar a la ciudad. He de solucionar un asunto con él y me dijeron que lo llamara ahí.
—¿Desde dónde llama?
—Desde el Club.
—Hace tres minutos que salió para allá. No tardará en llegar.
—Bien, le esperaré aquí. Gracias.
—De nada.
Colgó el auricular y consultó su reloj: las ocho menos cuarto. La LaVerne no debía estar en el Club, para el primer espectáculo, hasta las diez. Tenía, por consiguiente, bastante tiempo. Llevaba su dirección: 1216, Burnham Drive.
Pero ¿dónde estaba Burnham Drive? Podría preguntar a cualquiera, pero era peligroso. Era mejor que nadie recordase haberle visto por allí, en previsión de que sucediese algo.
No sucederá nada —se dijo a sí mismo—. Nada malo. Esta vez, estoy haciendo las cosas bien.
Bajó por Main Street, giró a la izquierda, en Jefferson Street, dejándose guiar por la corazonada de que una persona como Sol tendría que vivir siempre por los alrededores, en zonas cubiertas de elegantes edificaciones estilo ranchos. Efectivamente, pronto llegó al número 900, de Burnham.
El camino, bordeado de árboles, estaba muy oscuro. Dentro de las casas, las luces se habían reducido para el nocturno ritual de adoración al televisor. Sentados, en reverente silencio, los ciudadanos de Canterbury practicaban sus habituales devociones ante la iluminada pantalla. Unos se embelesaban ante el desarrollo de las películas de cow-boys, y otros se sobrecogían histéricamente ante las de temas policíacos. Éste era, para muchas personas, el pan nuestro de cada día.
Larry sonrió. ¿Qué dirían las hermanas, si hubieran podido escucharle aquel comentario? Sin embargo, ya no tenía que volver a preocuparse de ello. Y allí, en la manzana que empezaba con el 1200 de Burnham Drive, menos aún.
Detuvo el coche y se estacionó al doblar la esquina. El 1216 estaba en el lado opuesto, un poquito más allá. Se fijó en la casa de mampostería con su elegante toldillo de madera, muy bien presentada y bonita. ¿Qué pintaba Sol Sarno, el propietario de un cabaret de pacotilla, en aquella mansión? ¿Y la LaVerne, presumiendo de ama de casa suburbana? Probablemente, llevaría un delantal cuando salía a regar el césped. Casi la veía con él, marcando deliberadamente las formas de su cuerpo.
A pesar de todo, podía ser cierto lo que le había dicho respecto a que vivía honradamente allí. Quizás ella y su marido fueran ciudadanos bien situados como otros muchos, que invitaban a sus vecinos a comer lechoncitos asados en el patio. No era extraño que se sobresaltase al verle aparecer de nuevo. Ni lo era tampoco que hubiese tratado de deshacerse de él cuanto antes.
Pero la LaVerne tenía mala suerte. Había sonado la hora de tocar el timbre y de tocarlo fuerte, como cuando se toca el primer acorde de una composición propia. Eso era él ahora, un compositor. La LaVerne iba a enfrentarse con su música.
La puerta se abrió.
Y apareció ella. La luz que le daba por la espalda destacaba el pijama que llevaba puesto. Su rostro estaba en la sombra, pero Larry podía ver el oscuro óvalo de su boca.
Ella dijo algo que Larry no pudo entender.
Avanzó, a la vez que ella retrocedía, y cerró la puerta tras de sí.
—¡Vaya cueva! —murmuró él.
Y era bonita. Tenía una gran chimenea y sofás colocados a ambos lados. Una alfombra cubría todo el suelo. De una de las paredes colgaban unos hermosos cortinajes sobre el gran ventanal y un bar portátil adornaba una esquina. Larry hizo un rápido inventario y le satisfizo lo que vio. Todo junto representaba dinero.
La LaVerne se fue, cautelosamente, hacia un lado de la estancia, cerca de la puerta.
—¿Qué vienes a hacer aquí? —preguntó, al fin.
Una pregunta innecesaria. Pero a Larry le encantó oírla. No era él el único que copiaba del cine y la televisión. Todo el mundo parecía hacer lo mismo. La LaVerne, consciente o inconscientemente, se situaba en escena: la indefensa jovencita frente al villano. Ella lo había aceptado así y, por consiguiente, él podía comenzar ya a representar su papel de duro.
—¿Amenaza alguien? —preguntó él.
—¿Qué?
—Calma, mujer, calma —le dijo, sentándose al borde de un sofá y sonriéndole—. No tengas miedo, ni hagas preguntas tontas. Ya sabes a qué vengo. Quiero ese dinero.
—Pero yo creí...
—Te equivocaste. En lugar de ir tú, mandaste a uno con tu tarjeta, pero se te olvidó ponerla en el sobre.
Larry comenzaba a divertirse. El diálogo fluía con facilidad.
—No, yo no...
Sacaba a relucir el viejo truco. No había que dejarla terminar las frases.
—No discutamos. Tuviste tu oportunidad y la malograste. Bien, ¿dónde está el dinero?
—Larry, ya te dije que no puedo reunir quinientos dólares con tanta facilidad. Necesito tiempo.
—Sin embargo, lo tuviste para echarme la zancadilla. Veamos, ahora, lo que tardas en entregármelo.
—Escúchame, Larry, no creas que fue como te figuras. Yo no quería...
—¿Estás tratando de hacerme tragar que fue idea de Sol el mandarme aquel orangután a enfriar mi apetito? ¿Le engañaste diciéndole que había uno que quería molestarte, para que mandase a uno de sus matones a sacarme de allí? —Larry no esperó la respuesta y prosiguió—: Eso ya no me importa. Hablemos del dinero.
—Tengo a mano unos ciento cincuenta que podría darte. El resto... verás, serían unos trescientos cincuenta más, ¿no?
—Siempre fuiste torpe con las matemáticas —dijo Larry—. A esos ciento cincuenta debes añadir cuatro mil ochocientos cincuenta más. Es decir, un total de cinco mil dólares. Y al contado.
—Pero tú dijiste quinientos, y bien sabes que es cierto. ¿Cuándo cambiaste de opinión?
—Cuando el orangután comenzó a golpearme la cabeza —contestó él—. Un golpe de amnesia, ¿sabes? Se me olvidó por completo lo de los quinientos, Y ahora son cinco mil.
—Estás loco. Yo no puedo conseguirlos. No puedes sacármelos.
Larry se levantó y comenzó a andar hacia ella.
—No me digas lo que he de hacer —dijo—. Lo he pensado bien y sólo hay tres soluciones. —Se sonrió al acercársele—. La primera, sería echar a correr, que es lo que tú esperabas, ¿no es así? Que me metiese miedo el orangután, para hacerme huir y, así, tú y Sol podríais vivir tranquilamente en el futuro. Pero se da la circunstancia de que nunca me gustó huir.
Había llegado ya cerca de ella. Le agradaba el perfume que llevaba, pero no se lo indicó. Estaba atento, exclusivamente, a explotar el miedo que la invadía.
—La otra solución parecía más aceptable —continuó—. Era la de comunicarme contigo y darte una nueva oportunidad. Es posible que, ahora, no sea tan buena como antes. Después de todo, uno tiene derecho a cierta clase de compensaciones por haber soportado una paliza. A la diferencia entre los quinientos y los cinco mil, puedes llamarla indemnización. De cualquier modo, el trato sigue en pie. Tú me pagas, y yo desaparezco. Y no volveré a aparecer. Además, sin rencor.
Ella tragó saliva.
—Pero es que no te das cuenta. Yo no tengo los cinco mil dólares. No puedo...
—La otra solución consiste en ir a la policía y hablar un poco... Y...
Esta vez fue ella la que interrumpió:
—¡No creas que me asustas! No me delatarás, Larry. Sabía que no lo harías, cuando me lo dijiste la otra noche.
Larry se encogió de hombros.
—Ya sé que lo sabías. Por eso te arriesgaste a hacerme aquel regalo, porque no creíste que yo haría nada. Bien, quizás estuvieras en lo cierto... entonces. Pero ahora, no. Después de la paliza, de ninguna manera. Acaso, yo la necesitase para que me entrase en la cabeza un poco de sentido común. Porque ahora ya no bromeo.
—Eso es una fanfarronada. —Ella volvió a tragar saliva y los largos músculos de su cuello, músculos de cantante, se movieron de arriba abajo—. Imagínate que fueras a la policía. El caso está concluido y tú has pagado ya las consecuencias. ¿Crees que habría quien te creyese, si tratases de relacionarme a mí con lo que pasó, después de tanto tiempo?
—¿Qué me dices de Clarence?
—¿De quién?
—De Clarence Holloway —contestó él, con suavidad—. ¿Te acuerdas de nuestro compañero, el jefe del personal de servicio? Te vio subir con aquel soldado, y hasta ayudó a arreglar la habitación después del jaleo. Ni siquiera se molestaron en llamarle a declarar, pero él lo sabe todo. —Larry sonrió—. Después de lo sucedido la otra noche, me fui a verle y charlamos un rato. Está dispuesto a declarar, si yo se lo pido, por nuestra vieja amistad.
Ahora sí le creía. Él lo veía en sus ojos. Observaba también el miedo que tenía. Larry se metió las manos en los bolsillos y continuó:
—Me olvidaba de que tendrás que ir a trabajar pronto. No quiero entretenerte. Volveré, a buscar el dinero, dentro de tres días. Cinco mil dólares en billetes pequeños, el jueves por la noche. Si no, señalaré otra cita personal para el viernes por la mañana.
—Larry, no podré conseguir nunca esa cantidad. Quizás pueda hacerme con mil, pero...
Vaya, aquello se le parecía más. La cosa comenzaba a arreglarse.
—Voy a decirte más, muñeca. A mí no me engañas con esas palabritas de pobreza, ni te permitiré que trates de ganar tiempo. No pidas auxilio a Sol porque ni él ni sus matones podrán encontrarme. Te advierto que no lo intentes.
Ahora la tenía contra la pared, y él seguía con las manos en los bolsillos. Todo lo había hecho con la voz y los ojos. Comenzó a mover los dedos, como contrapunto a su voz.
—Verás, hay otra solución de la que no te hablé aún. Podría matarte —dijo, enseñándole la pistola.
—¡L... Larry!
—Mírala bien. Es auténtica. Y está cargada. ¿No quieres tocarla, LaVerne? Quisiera que la tocases para que te convencieras de que es auténtica.
—Larry, guarda eso...
—No te gustan las pistolas, ¿eh? Desde que me viste utilizar una con aquel marine. Claro que no disparé, sólo le di unos cuantos golpes con ella. ¿Recuerdas cómo tenía la cabeza? Seguramente se te revolvió el estómago al verle, ¿no?
—Por favor, Larry...
—Pues no lo hagas ahora. Esta noche tienes que cantar. —Guardó la pistola—. Pero podrías acordarte de la pistola, de vez en cuando. Para que no olvides que hay algo que hacer antes del jueves.
La LaVerne suspiró.
—De acuerdo —dijo—. Pero ¿cómo puedo comunicarme contigo?
—Ya lo sabrás.
Larry dio un paso atrás.
—Sabes lo que me estás haciendo, ¿no? —murmuró ella—. Sabes que tendré que robarle ese dinero a Sol y que, al hacerlo, voy a destrozarlo todo, incluso mi vida y la de él. Larry, ¿no habrá otro medio, algo que yo...?
Larry se rió.
—¿Qué insinúas? —preguntó—. ¿Estás tratando de tentarme con tu cuerpo de lirio?
Y, sonriendo, levantó la rodilla y le dio con ella en la boca del estómago.
Su cuerpo golpeó la pared sordamente, luego se dobló por la mitad y cayó al suelo, quejándose. Su rostro adquirió, de pronto, una palidez de muerte.
—Te llamaré antes del jueves —dijo Larry.
Tuvo que contenerse para no salir silbando.
Había interpretado bien aquella composición suya. Ni una nota falsa en toda ella. El hecho de darle un poco de su merecido le había sentado bien, aunque había procurado no darle en la cara, donde se hubiera visto.
Quizás podría ahorrar ese golpe para después, para cuando tuviera el dinero en la mano.
VII


A las nueve de la noche, Elinor comenzaba a preocuparse porque Larry no había llegado aún. Estaba en la cocina con Jim Whittaker, Minnie y Jill. Jim se dio cuenta de la forma en que Elinor consultaba continuamente su reloj de pulsera.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Temes que tu amiguito te haya abandonado?
Todos rieron, pero a Elinor no le hizo ninguna gracia.
—No te sonrojes —dijo Minnie—. No le diremos nada a Walter.
—Hablando en serio —continuó Jim—, me interesa ese chico. ¿Has averiguado algo más de su pasado?
—Sólo sé que es huérfano y que desea ser compositor.
—Eso mismo fue lo que nos dijo a nosotros.
—Jim estaba encendiendo un cigarrillo y observándola, a través del humo—. ¿Tú lo crees?
—Hombre, si trajo a casa papel pautado para... —Elinor se detuvo—. ¿Qué quieres decir?
—Nada. Simples conjeturas. Después de todo, no sabes nada de él más que lo que él te ha dicho.
—¿Y qué más hay que saber?
Jim se encogió de hombros.
—Creo —terció Minnie— que eres muy malpensado. A mí me parece que Larry es un buen chico. Lo que pasa es que estás celoso porque Elinor le prefiere a ti —terminó, riendo.
—¡Qué tontería! Hace ya años que dejé de hacer el amor a Elinor.
—¡Papá! —exclamó Jill, metiéndose en la conversación.
—En realidad, no es la virtud de Elinor lo que está en tela de juicio. Me estoy preguntando simplemente si obraste con cordura al dejarle el coche a un joven a quien casi no conoces. A estas horas, puede estar camino de Méjico.
—¡Qué cosas se te ocurren!
La indignación de Minnie llegó a punto, pues le permitió a Elinor ocultar la suya.
—Papá, pero ¿por qué dices eso? —preguntó Jill—. Si ni siquieras conoces a Larry.
—Por cuya observación deduzco que tú sí le conoces.
—Ayer hablé con él, durante dos horas largas.
—Ya me di cuenta. Y me parece que, desde entonces, no oigo más que hablar de Larry.
—Ya te dije que estás celoso. Tienes envidia —dijo Minnie—. Estás tan acostumbrado a ser la primera figura aquí, que cuando se interpone un joven...
—¡Aja! —dijo Jim—. La palabra secreta es joven, ¿no? Podría haberme dado cuenta de lo que les ocurre a las mujeres cuando aparece el joven forastero, moreno, guapo y misterioso.
Elinor se sonrojó al oírle. Naturalmente, estaba bromeando. Después de tantos años, estaba acostumbrada ya a las bromas de Jim. Pero le molestaba y sus insinuaciones acerca de Larry se pasaban de la raya. Después de todo, Larry era su invitado. Suyo y de Walter.
—Un momento, Jim. Olvidas que Larry también habló con Walter. Y el que se quedase aquí fue idea de mi esposo. Larry quería irse a Center City hoy mismo y así lo sugirió. Pero Walter insistió en que se quedase. No irás a decirme que Walter se haya encaprichado por el chico, ¿verdad?
—Bien hablado, Elinor —dijo Minnie, levantándose—. Perdonadme, mientras preparo un poco de café.
Jim bajó la vista a la mesa.
—Perdona. Quería hacerme el gracioso. Oye, estás preocupada, ¿verdad? ¿Y si llamo al médico a ver si ya salió de allí?
Elinor le sonrió.
—Es una buena idea.
—A ver, ¿a quién fue a consultar?
—Al doctor Hazeltine.
—Ah, sí. Un buen médico.
Jim salió a la sala y se sentó al lado del teléfono. Cogió el auricular.
En aquel momento, sonaron las campanillas de la puerta.
Jill salió corriendo por el vestíbulo y regresó con Larry.
—Buenas tardes a todos —dijo, ofreciéndole la mano a Jim—. Me detuve en el restaurante a comprar helado.
—Gracias. Minnie está haciendo el café.
Jim llevó el recipiente de helado al bar.
—Siento haber llegado tarde —murmuró Larry, al entrar en el cuarto de estar—. Había media docena de enfermos antes que yo.
—¿Viste los rayos X? — preguntó Elinor.
—Sí; nada realmente malo. Me vendó el tobillo. No tendré que volver.
Larry se subió la pernera del pantalón y enseñó el esparadrapo, que subía por encima del borde de su calcetín izquierdo.
Jill entró desde el vestíbulo.
Elinor notó que se acababa de pintar los labios y se mantenía tiesa como una de esas modelos que aparecen en la televisión. No pudo disimular una sonrisa, pero, al mismo tiempo, la molestó.
Larry pareció no darse cuenta. Se fue al encuentro de Jill —casi no cojeaba— y dijo:
—Supongo que tendrás ganas de recibir la primera lección.
—Ah, ¿no te olvidaste, entonces?
—Claro que no. Yo siempre cumplo mis promesas.
Elinor tosió.
—Minnie debe de tener ya listo el café. Vamos, Jill, a ver si podemos ayudarla en algo.
Jill la siguió a la cocina. Elinor ya estaba segura. Pero, como parecía que aquella chica no hacía más que echarse encima de Larry, ella no estaba dispuesta a consentir que abusase de él.
Minnie había puesto la mesa de la cocina y todos se sentaron a su alrededor. Elinor esperó, alerta, para interponerse, en el caso de que Jill intentase tomar las riendas de la conversación. Pero cesó su preocupación al darse cuenta de que Jim Whittaker acababa de iniciar uno de sus temas.
—No, no es una novela. Es una especie de comentario sociológico. Trata del fetichismo.
—¿Quiere decir que es de salvajes? —preguntó Larry.
—De las junglas de la oscurísima América.
—En otras palabras, de gente como nosotros.
—Exceptuando los presentes —dijo Jim—. He aprendido a presentar los hechos. Me ahorra tener que defenderme a puñetazos y que me rompan las gafas.
—Cuénteme, a ver.
—Bien, primordialmente me interesa el fetichismo de la juventud. Se le encuentra presente en el modo de hablar, en el vestir, en el decoro, o, mejor aún, en su ausencia, en la publicidad, en los espectáculos y en todas las artes. Ejerce influencia sobre los negocios, el gobierno y la religión. Eso, sin contar con las actitudes sexuales.
—¡Volvemos a lo mismo! —suspiró Minnie.
Jill frunció el ceño.
—Padre, Larry no necesita una conferencia —dijo.
—De veras, me gustaría oírlo —afirmó Larry.
Elinor disimuló una sonrisa al continuar Jim Whittaker.
—Todo comenzó con la primera Guerra Mundial. Hasta entonces, el papel tradicional del joven en este país, era el de aprendiz. En las comunidades rurales, comenzó como labrador y ayudaba a su padre a labrar las tierras. En las ciudades, entraba en los negocios como escribiente y ordenanza. La juventud aceptaba un lugar subordinado, sin preguntas, incluso, cuando se desarrolló la era industrial. La edad era aún sinónimo de sabiduría. Todo colegio presumía de su sabio venerable, todo el pueblo tenía sus maduros filósofos, y toda familia buscaba el consejo del abuelo o de la abuela. El cabello gris iba asociado a la dignidad y la importancia. Piénsese seriamente en ello, durante un momento, y se comprenderá el cambio tan brusco que se ha experimentado en nosotros, en los últimos cuarenta y pico de años.
—Usted dijo que había sido a raíz de la primera Guerra Mundial —murmuró Larry, hundiendo la cucharilla en el helado.
Jim Whittaker hizo una señal de asentimiento. 
—La guerra es la gran purificadera de la juventud —dijo—. Se oyen los clarines, bate el tambor y, de pronto, toda la chiquillería de dieciocho años del país se cree importante. Un joven se convierte en soldado y, por lo tanto, en hombre. La guerra derrumbó todas las barreras. Llevó a las mujeres al comercio y a la industria en gran escala y ofreció independencia económica a la gente joven de ambos sexos. A la independencia económica siguió la independencia social. En aquella época salió una canción popular titulada Cómo vas a sujetarlos al campo. Después vino Han estado en París. El resultado fue que no podía sujetárseles. Jamás volvieron al campo.
Jim hizo una corta pausa y prosiguió:
—Mientras tanto, la propaganda de guerra aumentaba la importancia de la juventud. De pronto, el deber patriótico de hallarse físicamente en forma, de ser agresivo y estar alerta, dispuesto a aceptar nuevas ideas y cambios en el patrón de vida traídos por el esfuerzo de la guerra, se convirtió en doctrina. De aquí, naturalmente, sólo había un paso a los años veinte y a la edad de la juventud llameante. Y la juventud fijó las modas, las formas, la educación y la moral.
—Tú todo lo ves así de sencillo —interpuso Minnie—. Pero yo no recuerdo que haya ocurrido nada de eso. A mí me parece que nuestros padres seguían siendo los amos.
—No fue sencillo —convino Jim—. Y no le sucedió eso a todo el mundo de la noche a la mañana. El efecto fue progresivo durante una década o más.
—Creo que empiezo a comprenderle —dijo Larry—. Se fue introduciendo solapadamente en la gente.
—Eso es. —Jim encendió un cigarrillo—. Se fue anunciando gradualmente y las artes se convirtieron en voceros del fetichismo de la juventud. La atracción básica iba dirigida a los jóvenes y se manifestaba en modas, en cosmética y en productos para la mujer. Uno era juvenil si se compraba un coche nuevo, una radio nueva, un nuevo refrigerador. Se recomendaba tener en propiedad tales cosas y los anunciantes hicieron cuanto pudieron para hacer creer a la gente que tales propietarios serían igualmente recomendables. En cuanto a las artes, los compositores jóvenes adaptaron los clásicos al jazz, los pintores jóvenes ponían bigotes a los viejos maestros, los jóvenes escritores desenmascaraban el pasado y exaltaban la superioridad de la juventud y de la libertad.
Walter hizo una corta pausa y prosiguió:
—Desde luego, no fue una lucha unilateral. Los viejos hicieron frente a la batalla como pudieron, hasta que llegó la depresión. Sabemos cómo perdieron sus ahorros, sus inversiones, pero a veces nos olvidamos de que también perdieron su estado y su posición. Durante los años treinta, la edad se convirtió repentinamente en pasivo, en vez de activo. La gente joven entró en competencia en el mercado del trabajo y, se hizo con los empleos disponibles. Trabajaban por menos dinero, no se cansaban tan fácilmente y eran más asequibles a las ideas nuevas.
»La segunda Guerra Mundial completó la revolución. Esta vez no había duda ninguna. Desde luego, aún teníamos nuestros hombres de Estado maduros, pero los que principalmente ejercían el movimiento eran los jóvenes. Los pilotos héroes de menos de veinte años, los juveniles comandos, los juveniles directores en todos los órdenes. En cuanto al elemento femenino (si Jill me perdona la vulgaridad) existía una frase para describir su nuevo papel: Si ha adquirido el suficiente desarrollo, tiene la edad suficiente. Añádase a esto el relajamiento de la disciplina paternal, el abandono de las viejas normas de moralidad, y el resultado es evidente. Y a esto hemos llegado hoy, en un mundo donde el fetiche de la juventud constituye una obsesión.
—Contigo, al menos, sí lo es —dijo Minnie.
Jim se encogió de hombros.
—Mirad a vuestro alrededor. Nuestros líderes en economía, por medio de la publicidad, nos aseguran que el deber de cada persona es parecer joven; que compremos productos que disimulen la madurez. Nuestros libros, nuestras revistas, las películas y los programas de televisión nos informan, y no con demasiada sutileza, que el romance y la aventura son de la exclusiva propiedad de la gente comprendida entre los diecisiete y los veinticinco años. Nadie que pase de esa edad se enamora ni experimenta sentimientos duraderos, a excepción de algunos tipos cuarentones que mueven a risa.
Jim hizo una nueva pausa, miró a su alrededor, y continuó:
—Nuestro mismo lenguaje está dominado por la conciencia juvenil. El sonido frío apaga la conversación de las salitas y el léxico del gamberro se ha apoderado de los claustros universitarios. Es a la juventud a la que más buscamos. Nuestras mujeres adoptan el vestuario masculino, con su pantalón tejano. Cuando Minnie invita a algunas amigas para una reunión femenina, las llama chicas, y os aseguro que se creen chicas de verdad, aunque se aproximan a los cincuenta. Y. cuando yo juego al poker con los chicos, veo cabezas más mondas que la mía. Es significativo ver que, cuando un hombre de mi edad adquiere cualquier clase de éxito mundial, consigue el espaldarazo definitivo: la juventud. Los diarios están llenos de relatos sobre jóvenes directores de cuarenta y ocho años, y líderes políticos juveniles, de cuarenta y nueve. Ese es el asunto de que tratará mi libro. Por qué la gente tiene miedo a obrar de acuerdo con su edad. No he comenzado aún a considerar las soluciones. Antes, tendré que aclarar algunos conceptos.
—¡Jim! —exclamó Minnie, haciendo una mueca—. Estás hablando demasiado.
—Perdón. No era esa mi intención.
—Yo me alegro de que lo haya hecho. Quizás podamos hablar algo más sobre ello —dijo Larry.
—Encantado. Me gustaría oír su opinión —dijo Jim. Y pareció hablar con sinceridad.
Elinor se mostraba encantada. Vio que Larry había causado buena impresión en Jim aquella noche.
En aquel momento, Jill apoyó su mano en el brazo de Larry.
—¿Querrías pasar a la otra habitación y probar el piano? —preguntó.
—Claro, la lección —dijo Larry, levantándose.
Jill se había puesto ya de pie y aún se apoyaba en su brazo. Dio un pequeño traspiés, o lo simuló, al menos, y le rozó.
Elinor estaba asqueada. ¡Cómo se le echaba encima! Y el pobre Larry era demasiado bien educado para negarse. Tenía que poner coto a aquello. Consultó su reloj, con rapidez.
—Siento interrumpir —dijo—. Pero creo que debemos irnos. Son las diez y media.
—¿Qué prisa tienes? —preguntó Minnie—. Si nunca os acostáis antes de las doce.
—Es que Walter prometió llamar por teléfono —explicó Elinor—. Quiero estar en casa cuando
llame. —Vaciló un momento—. Claro que si Larry quiere quedarse...
Larry le dirigió una mirada e hizo un movimiento de cabeza.
—Tiene usted razón. Es mejor que nos vayamos. —Se volvió a Jill —. Quizás pueda venir mañana, a cualquier hora. O ir tú a casa de los Harris, si a Elinor no le importa.
—Claro que no —se apresuró a decir Elinor—. Ya lo arreglaremos.
Mientras se despedían, cuidó de encaminar a todos hacia la puerta y Jill ya no volvió a tener ocasión de interrumpir otra vez.
Una vez dentro del coche, Larry se puso al volante y ella se reclinó sobre el asiento. En la oscuridad, sonrió.
Jim Whittaker podría ser un hombre listo, pero estaba equivocado de medio a medio en aquel asunto de la juventud. La juventud todavía podía aprender algo de la experiencia. Y eso era lo que ella tenía: experiencia. Elinor no era vieja y, además, sabía hacer las cosas. Por eso la molestaba tanto la frescura de la dichosa Jill. Larry, por otra parte, era mucho más juicioso. Se encontraba más a gusto con una persona como ella. Y así estaba ahora —ella lo sabía— conduciendo el coche, sonriendo y canturreando un poco.
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.
—En Jim Whittaker —contestó—. Tiene razón. En estos tiempos, todo se basa en la juventud. Estaba pensando en esas canciones modernas, escritas por jovencitos y para jovencitos, cantadas e interpretadas por ellos. En el coche deportivo, y en la forma en que los actores y las actrices tratan de encubrir su edad. Dicen que en Europa es distinto. Si uno ha escrito una comedia o un libro, incluso hace treinta años, todavía hoy lo respetan. Pero en este país, uno vale sólo lo que dure su última película o su última canción, o lo que sea.
Elinor hizo una señal de asentimiento.
—También yo he leído eso —dijo, vacilando, pero con deseos de proseguir, con la repentina y extraña sensación de que tenía que proseguir—. Y también he leído que hay lugares en Francia, por ejemplo, donde no se reconoce el atractivo de una mujer hasta que llega a los cuarenta o, por lo menos, a los treinta y tantos.
Larry se volvió para mirarla.
—¿Quiere que le dé mi opinión? Yo creo que están en lo cierto.
—¿Por qué dices eso?
—Usted pasa de los treinta, ¿no?
Elinor se rió. Una risa de circunstancias, simulada.
—Y bien pasados —respondió.
—Ya ve.
Larry no dijo más. Pero era bastante. Lo bastante para no olvidarse de ello durante el resto del camino, al entrar en casa y al encender las luces y darse las buenas noches.
Elinor subió a su habitación. Mientras se desnudaba escuchaba los débiles rumores que le llegaban de la habitación para forasteros, al final del pasillo. Los débiles rumores de la habitación de Larry.
Elinor se acercó al espejo y se contempló. En la habitación había poca luz. De pronto, sintió el deseo de encender la lámpara más potente para verse con claridad.
En algún recoveco de su cerebro, alguien decía:
—No seas idiota —repitiéndoselo, una y otra vez—. No seas idiota. Eres una cuarentona. Pórtate como tal.
Dio la luz y la voz se esfumó. Tenía alguna semejanza con el eco del viejo Jim Whittaker y sus extravagantes teorías.
Porque el espejo no mentía. La mujer desnuda que estaba ante ella era atractiva. Su piel era suave y limpia y sus carnes firmes y fuertes. Se observaba una ligerísima obesidad en los muslos, pero ninguna flacidez en el resto del cuerpo. Había algo excitante en todo su contorno. Elinor consideró que, a pesar de todo, su carne estaba aún en condiciones de responder a la pasión y a su significado. El hombre sabía apreciar eso también. Un hombre como...
Walter. Seguramente llamaría pronto.
Al pensar en su marido, Elinor se fue hacia la cama y se vistió el camisón. ¿Y si él llamara y la encontrase allí, desnuda y pensando en...?
¡Aquello era una tontería! Por teléfono no podía verla y, menos aún, leer lo que pasaba por su imaginación.
En realidad, no es que hubiera nada que leer, ni nada de qué avergonzarse o sonrojarse. Pero ¿por qué tenía ahora aquella sensación de pudor y se tapaba con la ropa hasta el cuello? Además, Walter tampoco podía oír el ruido procedente de la habitación de forasteros.
Aquel ruido cesó. Ello quería decir que Larry tendría ya puesto su pijama, es decir, el pijama de Walter. Demasiado grande para él, probablemente. Comenzó a imaginarse cómo estaría con él y, después, cómo estaría sin él; pensó que quizá se lo estaría quitando para acercarse, en la oscuridad, a su habitación...
Era pura locura, claro, pero ¿por qué mentir y engañarse? Todo el mundo tenía tales pensamientos. Walter llamaría en cualquier momento. Sabía que tenía que llamar y, hasta entonces, no necesitaba rechazar aquellos pensamientos, siempre que continuara recordando que no podían traducirse en nada real y que no debía desearlo. Pero dejaría de pensar en ello cuando Walter llamase.
Walter, sin embargo, no llamó, y así continuó despierta durante bastante tiempo, saboreando aquellas imágenes. Más tarde, rendida por el cansancio del día, se durmió, pero siguió soñando en lo mismo.
Y, sólo a la mañana siguiente, se dio Elinor cuenta de que se había olvidado de algo que nunca dejaba de hacer, cuando, por ausentarse Walter, ella quedaba sola en casa...
Había olvidado cerrar su habitación por dentro.
VIII


El martes, después de la cena, Larry preguntó a Elinor si podría utilizar su automóvil aquella noche.
—Es que Step Bailey y sus muchachos tocan en un sitio llamado El Grove —le explicó—. Y Jill está loca por conocerle. Naturalmente, yo no puedo bailar, teniendo así el tobillo, pero me basta con oírle tocar.
A Elinor no pareció entusiasmarle la idea, y Larry pensó si no estaría abusando de su suerte. No podía correr el riesgo de que se enojara con él, pero necesitaba el coche.
—¿Por qué no nos acompaña usted? —le dijo, con presteza—. Tocan muy bien.
—No, no podría. Tengo que planchar. Mañana por la noche, Jill celebra su cumpleaños y tendré que ir a Center City por la tarde a comprarle un regalo. Vete tú y divertios.
¿Qué otra cosa podría ella decir? Larry echó su silla hacia atrás y trató de evitar que se le viera lo contento que estaba.
—Gracias —dijo—. No se preocupe, no tardaremos. Se lo prometí a la señora Whittaker.
Y así quedó dispuesto.
Larry subió a afeitarse, se puso una chaqueta deportiva de Walter, la que Elinor le había dado para vestir el día anterior. Le estaba demasiado grande y le sentaba muy mal, pero no le importaba. Se sentía muy optimista.
Lo único que tenía que hacer era pensar en los distintos ángulos del proyecto. Debía hacer algo similar a lo de la noche anterior, gracias a lo cual todo había salido bien. Se acordó del detalle de haberles obsequiado con helados, que causó muy buena impresión a los Whittaker y del haber tenido la paciencia de soportar aquel interminable discurso del jefe de la casa.
Hoy, en el domicilio de los Whittaker, se había dedicado a Jill, actuando en el piano, nada más, naturalmente y no como él hubiese preferido. Pero aquello estaba fuera de lugar. No era lógico echar a perder una buena oportunidad por vivir unas cuantas emociones. El hecho de llevarla esta noche al Grove era simplemente una excusa. Debía tenerlo muy presente. ¡Step Bailey! ¡Valiente birria! ¿Hasta dónde podía uno llegar?
Le reventaba la idea de que un músico como el tal Bailey hubiese adquirido tanta fama. Le parecía imposible que un tipo así, que llevaba rodando por el mundo más de veinticinco años y era ya más yiejo que Matusalén, pudiese mantener un espectáculo en la televisión todas las noches, sin interrupción y durante todo el verano. Eso explicaba las causas por las que el ejercicio de la música estuviese tan desprestigiado. Aquellos vejestorios inútiles lo acaparaban todo.
Larry se encogió de hombros. Su oportunidad se presentaría pronto. Sólo le faltaba un par de días, si actuaba con serenidad. Mientras tanto, podía divertirse.
Bajó las escaleras y Elinor volvió a desearle que lo pasase bien, con su valiente sonrisa, y con la expresión de la mamá que envía a su hijo al campamento.
Luego, llevó el coche a casa de los Whittaker. Jill estaba aún arriba, arreglándose, y el viejo le recibió a la puerta. Aquella noche se mostró muy simpático y amable, pero Larry adivinó que iba a hacerle preguntas, por lo cual entró, sin contemplaciones, adelantándose a responder.
—Siento mucho lo de la otra noche —le dijo.
—¿La otra noche? —preguntó Whittaker, mirándole por encima de las gafas.
—Exactamente, el domingo por la tarde. Estuve hecho un imbécil.
Jim quedó tan perplejo que no supo qué decir, pero Larry no le dio tiempo a reaccionar.
—Dije algo que no era verdad —murmuró—. Y me ha remordido la conciencia, desde entonces. Le dije que iba a ir a Detroit a estudiar con Haufner. Y usted sabe que mentí. Quiero pedirle perdón.
Whittaker sonrió.
—Vaya, hombre, no hay nada que perdonar. Desde entonces no volví a pensar en ello.
«¿Te imaginas que me lo creo?», pensó Larry.
—Pero quisiera darle una explicación —continuó en voz alta—, ahora que le conozco mejor. Creo que usted me comprenderá.
—No es necesario que me explique nada. La gente joven trata siempre de producir buena impresión...
—Lo sé, pero ese no es mi caso. Verá usted, yo soy un golfo.
Larry fijó su mirada en sus manos para dar la impresión de un chiquillo a quien han sorprendido con un libro pornográfico.
—Supongo que Elinor (la señora Harris) le habrá hablado de mí. He rodado por ahí demasiado tiempo. Árbol sin raíces —¡Qué estupenda frase!—. En mi profesión no existe mucha seguridad, si es que se puede llamar profesión a lo mío. La mayoría de la gente desprecia el jazz y a los que lo practican. Me temo que he intentado utilizar unos cuantos métodos del sistema defensivo de la persona. —¡Otra frase de primera! — Uno de ellos ha sido hablar, a lo grande, de mis planes para el porvenir. A decir verdad, en esto voy en serio. Tengo la intención de estudiar composición. Pero no debí insultar su inteligencia con aquella patraña de Haufner.
Whittaker se echó hacia atrás.
—Me alegro de que me lo haya dicho —dijo—. Por más de una razón. Pero, principalmente, por su propio bien. El honrado juicio de uno mismo es una rara cualidad en estos tiempos...
Jill bajó la escalera y Larry se levantó, recibiéndola con una sonrisa. La mitad de ella, por su oportuna llegada, que le libraba del viejo, y la otra mitad, por el aspecto de la joven.
—Parece que estás contento — dijo Jill, mientras se dirigían al coche.
—Es cierto, lo estoy —dijo Larry—. ¿Quién no iba a estarlo yendo en compañía de la ganadora de un concurso de belleza?
—Yo nunca he ganado ninguno...
—Pues te daré una noticia. Acabas de ganar el mío. El Concurso de Belleza Internacional de Larry Fox. Primer Premio.
—¿Tenía muchas competidoras?
—Centenares. Pero obtuviste todos los votos. ¿Satisfecha?
—Mucho. — Ella le miró, sonriente, al ponerse el coche en marcha—. ¿Y en qué consiste el premio?
—Es un secreto. Te lo diré más tarde.
—Lo considero como una promesa.
«¡Naturalmente, nena!», musitó Larry para sí. Luego, puso la radio, porque no quería seguir hablando. Tenía que repasar el plan nuevamente.
Además, no valía la pena hablar con Jill. Era peor que Elinor. A decir verdad, no existían las mujeres inteligentes. Había sólo algunas que se lo creían. La LaVerne, por ejemplo.
Larry estaba pensando en cómo habría cantado la noche anterior, después del rodillazo que le dio en el estómago. Seguro que no habría podido realizar ningún esfuerzo para cantar. Si lo había hecho, se habría acordado de él a cada nota. Y eso era, precisamente, lo que él quería. Que la LaVerne le recordase continuamente, desde aquel momento hasta que le entregase los cinco mil dólares. Ya se preocuparía él de que así fuese.
Jill comenzó a cantar, siguiendo a la radio. Tenía una voz pobrísima.
—¿Dónde aprendiste a cantar así? —le preguntó Larry—. Deberías ser profesional.
—Pues yo...
El ni la escuchaba. ¡Qué insulsa era la niña!
—Ya hemos llegado —dijo Larry, al entrar en el lugar de aparcamiento, al lado del Grove. Era un local típico enclavado a unas diez o doce millas de Center City, y su situación era la única que le interesaba a Larry aquella noche. Pero el local estaba abarrotado.
Tuvo que acercarse a codazos a la taquilla y, además, la entrada costaba tres dólares. Si el tal Bailey iba al tanto por ciento, tenía que ganar mucho.
El interior era un infierno de calor. La gente se arremolinaba en torno a la plataforma de la orquesta, casi todos con gafas de concha. Larry conocía el género. A todos ellos podía vérseles todos los sábados, por la tarde, merodeando alrededor de las tiendas de discos, todos ellos locos por Gerry Mulligan. Las chicas eran como ellos: ratas de orquestina americana.
Mientras Jill avanzaba a su lado, Larry se tapó los oídos. Step Bailey tocaba al estilo Dixieland, no había duda. Los componentes de la orquesta, vestidos con chaquetas a rayas, rebuznaban al unísono.
Pero, veamos, ¿qué entendían de esto aquellos cultos estudiantes del jazz? Se creían que Storyville era el nombre de una etiqueta de discos. A todo llamaban Dixieland y obtenían su información especial de las notas escritas en las portadas de los álbumes.
Larry escuchó una música que quería ser South Rampart. Luego trató de pensar en otra cosa, pero los tambores continuaban interfiriendo.
Tambores. ¿De dónde habían salido los tambores?
Allá por los años veinte, las cosas habían sido distintas. La voz de los veinte era la del saxo. Suave, meloso, dorado; arrullo de la prosperidad, canto de los buenos tiempos, que acababan justamente de doblar la esquina.
En los treinta, vino el clarinete. Un poco chillón, un tanto alborotado e irritado, pero, aún así, desafiador. El viejo BG era el flautista, que sacaba a los chicos de la tristeza de la depresión.
La voz de los años cuarenta era la trompeta. No había duda. El toque de corneta estaba en vigor cuando llegó la guerra.
En los años cincuenta, todo era guitarra, rock-'n-roll, con Elvis, llevándose de calle a todos los chillones de los diez y tantos. Un montón de llorones, realmente.
De pronto, los tambores. Tambores y sonidos fuertes y vacíos. ¿Por qué ahora todo el mundo tocaba fuerte y cantaba de la misma manera? ¿Qué sonido trataban de ahogar? ¿O es que intentaban llenar un silencio vacío?
Pestañeó y abrió los ojos. Larry Fox, el Niño Sociólogo. Aquello era para los normales, para los decentes, como el viejo Whittaker.
Dedicó una sonrisa a Jill.
—¿Te gusta? —le preguntó.
—¡Estupendo!
A pesar de todo, ella era feliz.
Y entonces sucedió algo que a él ni se le hubiese ocurrido esperar. Tenía preparada su historieta, su disculpa, para el descanso, pero no necesitaba ya utilizarla. Porque George Drux se les acercaba, a codazos, por entre la multitud.
Larry se alegró de verle, y así lo dijo.
Se veía que a aquel jovenzuelo le reventaba darle la mano a Larry, pero lo hizo, y saludó alegremente a Jill.
George había venido solo, dijo, y Larry no necesitaba que le dijeran por qué. Se quedó por allí rondando, en la actitud del hermanito mayor que vigila, pero Larry se hizo el desentendido.
Las cosas salían a la perfección. En el descanso, la gente se apresuró a acercarse al bar, en la parte posterior, y Larry dejó que George sugiriera ir hacia allí para tomar algo.
—¿Por qué no te llevas a Jill? —preguntó Larry—. Yo quiero sentarme un rato. El tobillo me está molestando.
—¡Ay, se me había olvidado! —Jill se mostró pesarosa—. Y te he tenido aquí de pie todo el tiempo.
—No importa. —Larry hizo un ademán quitando importancia a aquello—. Id los dos, no os preocupéis. Si no estoy aquí cuando volváis, estaré en el coche, fumando un cigarrillo. Hazte cargo de ella un ratito, ¿quieres, George?
No había que decírselo dos veces. Obedecía las órdenes, como un soldado. ¡Payaso!
Larry esperó hasta que se hubieron ido y después se escabulló. Ya en el lugar de estacionamiento, podía olvidarse de su cojera. Había que hacerlo, pues tenía prisa.
Se fue a Center City a toda velocidad. Había poco tráfico, a aquella hora de la noche, y pudo aparcar, junto a la puerta lateral del hotel, en quince minutos escasos desde que salió del Grove. Larry Fox, el Diablo del Volante.
Ahora tenía que ser otra persona. Enderezó los hombros y penetró en el hall del hotel. Si la suerte le acompañaba, quizás pudiera encontrar al tipo sin preguntar por él siquiera.
Y la suerte le acompañó. Localizó la cabeza calva, al pasar junto a los ascensores.
—¡Clarence! —exclamó.
—¡Caramba, Larry Fox por aquí! —Clarence se levantó de su taburete y salió del ascensor, alargándole la mano.
Larry se la estrechó. Aquello era lo peor de todo. La mano de Clarence estaba sudada, pegajosa, y el aliento le olía a heno. Y no a heno fresco, precisamente.
—¿Qué hay, Papi? —preguntó Clarence.
—¿Se puede hablar?
—Hombre, claro. —Clarence escudriñó el hall desierto—. Estoy de servicio, pero, si alguien llama, puedes subir conmigo. Al viejo Hickey no le importa.
—¿Hickey?
—El nuevo gerente. Hubo muchos cambios, desde que te fuiste.
—Ya lo veo. ¿Cómo es que estás de ascensorista?
—Me cambiaron de puesto. Servicio nocturno. A veces hago de botones cuando hay mucha gente, pero ya me estoy volviendo viejo para eso.
—Observo que sigues perdiendo el pelo. ¿No probaste el tónico que te recomendé?
Clarence se limpió los labios con la manga.
—Tengo algo mejor que un tónico para el cabello —dijo—. ¿No has probado nunca algo más explosivo... como la coca?
—¿Hace efecto?
—Desde luego.
—¿Y dónde consigues el dinero para ella?
—Desde luego, no es barata. Pero sé cómo conseguirla.
Larry guiñó un ojo.
—Oye, ¿querrías invertir alguna cantidad en ese... negocio?
Clarence le devolvió el guiño.
—¿Desde cuándo has abierto cuenta corriente en el Banco?
—Aún no he llegado a eso, pero estoy preparándola. ¿Nos asociamos?
—Sin dudarlo.
Larry tendió una mirada por el hall. Luego se acercó más a él y bajó la voz.
—¿Te acuerdas de lo que ocurrió cuando me fui de aquí? —preguntó.
—Sí. —Clarence volvió a secarse la boca—. Ahora, cuando te vi aparecer, pensé: ¿Cómo es posible que Larry Fox tenga valor para presentarse aquí, después del escándalo?
—Fue de categoría, ¿verdad?
Clarence asintió.
—¡Aquel maldito marino! Su tío parece que era senador, o algo así. La policía entró en acción y nos hizo sudar a todos. Por eso despidieron a Freeman y entró este Hickey. Encargaron a un policía la misión de buscarte. Quizás te siga aún.
—Eso no me preocupa —dijo Larry—. Pero hay alguien más que no descansa desde entonces.
—¿Quién?
—¿Te acuerdas de la LaVerne?
—¿Que si me acuerdo? ¿Qué fue de esa...?
—Ahora, ha encontrado su nido. Nada en la abundancia. Por eso, recordando viejos tiempos, fui a verla, para hablarle de unas cuantas cosas. ¿Entiendes?
—Sí. —Clarence hizo una pausa—. ¿Y qué tiene que ver esto conmigo?
—Puede tenerlo a la hora de cobrar. Hay cinco billetes de los grandes.
—¿Por cabeza?
—¡Naturalmente! ¿No merece la pena molestarse un poco?
Clarence respiró profundamente.
—¿Y qué tengo que hacer? ¿Matarla?
—No seas tan terrorífico. Esto es limpio. Ella ni siquiera te verá. Lo único que quiero es que la llames por teléfono. Si contesta otra persona, cuelgas y a otra cosa.
—¿Qué tengo que decirle?
Larry se lo dijo.
—¿Nada más? —preguntó.
—Nada más. No te entretengas en hablar con ella, ni dejes que te interrumpa. Le dices exactamente lo que yo te he dicho. Ni una palabra más.
—Pero es que no entiendo...
—No tienes nada que entender. Sólo tienes que hacerla comprender que me has visto. Y que si no entrega el dinero, estás dispuesto a hablar.
—¿Y si no me cree?
—No te preocupes. Pagará el jueves. Está todo previsto. Lo único que pretendo, con tu llamada, es garantizar la operación y que ella sepa que vamos en serio.
—¿Y por hacer eso, solamente, me das la mitad?
—Claro. Psicología pura, Clarence. Ya me conoces. Te diré la verdad. Si estuviera seguro del éxito, lo haría yo solo, sin contar contigo. Pero te necesito para asegurarlo. Eso vale la mitad. ¿Qué vas a perder, si lo haces? Una simple llamada de teléfono no es un caso para el F.B.I.
—Parece imposible cualquier complicación.
—Tienes razón. —Larry le dio unas palmaditas en el brazo—. Hazlo como te dije. Trataré de venir por aquí mañana por la tarde, para conocer el resultando. Entonces nos pondremos de acuerdo sobre la forma de hacer el pago. No quisiera tener que hablarte de ello por teléfono. Podrían oírnos desde la centralita.
—De acuerdo. —Clarence arrugó la nariz—. Yo no estaré aquí por la tarde. ¿Por qué no subes a mi cuarto? Estoy en el número 425, al final del pasillo. —Miró a su alrededor—. Será mejor que nadie te vea ni te oiga preguntar por mí.
—Subiré.
Larry se marchó. Tomó el coche y regresó al Grove. Trece minutos tardó en el viaje de vuelta. Había estado ausente, en total, menos de tres cuartos de hora.
Todo estaba dispuesto. Clarence no le traicionaría. No tenía inteligencia para hacerlo, ni valor. Era un inútil, capaz, únicamente, de vender a cualquiera por un copo de nieve. Llamaría por teléfono a la LaVerne y la haría temblar.
Durante un momento, Larry pensó si había hecho bien ofreciéndole quinientos dólares a un personaje como Clarence. Quizás lo hubiera hecho por la mitad. Pero, después de todo, la cantidad era lo de menos. Porque, a la hora de pagar, Clarence no iba a cobrar nada. Larry estaría ya en vías de hacer otros pagos.
Faltaban menos de dos días para el golpe. Mientras tanto, tenía en qué entretenerse. Jill, por ejemplo. Pero era menor. Convenía esperar, por lo menos, un día más hasta que celebrase su decimoctavo cumpleaños.
Larry estacionó el coche, pensando en la excusa que ofrecería si Jill y George le habían estado buscando. En adelante, tendría que extremar su cautela, no correr ningún riesgo. Incluso, iba a portarse bien con George Drux.
Iba a mostrarse amable con todos, a no ser que alguien le traicionase. Pero si alguien lo hacía...
De pronto, Larry se figuró al marine, allí, en el suelo. Podía ver su rostro, su cabeza, y recordó los gritos. No sería agradable ver de nuevo algo parecido. Pero era mejor que nadie se cruzase en su camino, porque entonces... Después de todo, para eso disponía de una pistola.
Mostrando la contraseña, entró en el local en el momento en que la orquesta comenzaba a tocar When the Saints Go Marching In.
IX


El miércoles por la mañana, Larry se hallaba ya sentado en la cocina, fumando un cigarrillo, cuando Elinor bajó del piso. Se levantó y le sirvió una taza de café.
—Buenos días —saludó—. Me estaba inquietando un poco por usted.
—¿Porque me acosté antes de que volvieras a casa? Lo siento. Era mi intención esperar, pero tenía un tremendo dolor de cabeza. Tuve que tomar una píldora para dormir.
Por eso tenía aquella cara. Larry le sonrió.
—¿Y cómo se encuentra ahora?
—Bastante mejor, gracias. — Elinor no le miró—. ¿Qué tal el baile?
—Bien. A Jill le gustó.
Larry se fijó en ella. Algo la preocupaba.
—¿Te detuviste en algún sitio al regreso?
Esto le dio la clave: Elinor tenía celos de Jill. ¡Lo que faltaba!
—No, cenamos allí mismo. Nos encontramos con aquel amigo suyo, George Drux. Se había ido al baile, haciendo auto-stop, y yo le llevé a casa. —Hizo una pausa—. George y Jill forman una buena pareja.
Elinor le miró a la cara, satisfecha. Incluso, le dedicó una sonrisa.
—Yo creo que la encuentras atractiva.
—Claro que sí. Pero, después de todo, es una chiquilla.
Aquello era lo que ella deseaba oír. Larry pudo darse cuenta de que Elinor volvía a ser feliz. Aquello estaba resultando divertido. Dos mujeres en pocos días y ambas le miraban con buenos ojos. En otra ocasión, hubiese intentado algo. Pero ahora no podía ser. Tenía que ocuparse de otras cosas.
—¿Más café?
—No, gracias. —Elinor se levantó, echando su silla hacia atrás—. Tengo que darme prisa. Ya es casi mediodía y he de vestirme. He de salir a comprar el regalo de Jill y, además, ir al salón de belleza a las dos...
—¿Podría acompañarla? —preguntó Larry—. Me ha estado preocupando el smoking. Lo alquilé en un lugar de Center City y debí devolverlo el lunes. Además, tengo que recoger mis cosas y pagar la cuenta del hotel. Así podré marcharme mañana, directamente, desde aquí.
—Me parece bien —dijo Elinor, pero luego vaciló—. ¿Mañana? Yo creí que te quedabas hasta el viernes o, al menos, hasta que Walter regrese.
—No puedo abusar más.
—¡Si no abusas nada!
Hizo ademán de continuar hablando, pero cambió de intención. Eso era, precisamente, lo que le convenía a él. No era el momento más indicado para meterse en líos.
Cuando Elinor subió a vestirse, Larry se sentó en la sala y repasó su plan detenidamente. Tan ensimismado estaba, que ni siquiera oyó sonar el teléfono. Por eso, se sorprendió al oír decir a Elinor, cuando bajó, que Walter había llamado por teléfono.
Ella no dijo más hasta que abandonaron la casa y Larry puso el coche en marcha. En realidad, no tenía nada más que decir, y aquello preocupaba a Larry.
—¿Cómo está Walter? —preguntó.
—Muy bien. Dice que está haciendo un buen viaje. Ha conseguido muchos pedidos.
—Me alegro mucho.
Luego Elinor le miró a la cara y preguntó:
—Larry, ¿estuviste en Center City, anoche?
La pregunta estuvo a punto de hacer perder a Larry el control sobre el coche.
—Pues, no. Estuve en el Grove, con Jill y George.
—Eso es lo que yo le dije. —Ella le observaba, pero Larry procuró no inmutarse—. Sin embargo, Walter asegura que te vio en el hall del hotel. Reconoció su chaqueta deportiva.
—Me habría confundido con otro. Yo no abandoné el salón de baile ni un momento. Pregúnteselo a Jill.
—No, ya lo sé. Además, no importa. ¡Lo digo porque como Walter parecía estar tan seguro! Desde luego, dice que no pudo verte la cara. Solamente vio su chaqueta y, sobre ella, una cabeza de cabello negro, como el tuyo.
—Acaso tenga por ahí un doble —dijo Larry sonriendo.
—Es muy posible. —Pareció estar más conforme—. Además, Walter necesita gafas. Hace más de un año que se lo vengo diciendo, pero no quiere hacerme caso. Dice que le harán viejo.
—Tiene gracia la forma en que algunas personas interpretan las cosas.
—Sí, ¿verdad?
Aquello no tenía gracia ninguna, pero Larry evitó fruncir el ceño. La noticia significaba que había tenido un fallo, a pesar de haber tomado tantas precauciones. ¿Por qué no se le había ocurrido pensar que Walter podía estar en el hotel, sabiendo que Center City entraba en su itinerario? Suerte había tenido de que no le hubiera visto la cara.
Que no haya más fallos como éste, joven, se prometió Larry. De ahora en adelante, anda con pies de plomo. De otro modo, puedes encontrarte en un lío...
Aquella idea no le sentó bien tampoco. Trató de hablar algo durante el resto del trayecto, pero de pronto se dio cuenta de que los nervios le dominaban.
Larry se alegró cuando Elinor tomó el volante en los alrededores de la ciudad. Detuvo el coche frente al restaurante y Larry salió de él con la caja del smoking bajo el brazo.
—A las cuatro y media —dijo—, aquí mismo.
Elinor asintió y el coche siguió su marcha.
Larry comenzó a trabajar.
Primero, se compró unas tijeras en una tienda de baratijas. Desde allí, se fue al surtidor de gasolina.
En el lavabo se sentó y abrió la caja. Con las tijeras, cortó el cosido de las etiquetas que lo identificaban como propiedad de una casa de trajes de alquiler. Después de separadas del smoking, las echó por la tubería abajo.
Realizada esta operación, salió del restaurante y tomó una calle lateral. Entró en una casa de empeños, cuyo propietario le recibió fríamente. Estipularon un precio y Larry decidió no protestar. Le daba nueve dólares por el smoking, cantidad superior a la que esperaba.
Larry contó el dinero. En aquel momento, tenía diecinueve dólares y ochenta centavos.
Eso quería decir que podía pagar el hotel, aquel tugurio en el que se había metido la noche del viernes, y donde le cobraban tres dólares al día. Pasó por su imaginación abandonar su maleta y su miserable ropa. Pero resultaba más conveniente y seguro recogerlo todo. Nada ganaba con dejar pistas. Al abandonar la ciudad, debía salir por la puerta grande, sin ningún lío.
Sin pensarlo más, se acercó al hotelucho, recogió su maleta, bajó los dos pisos, hasta el hall, y pagó.
El empleado se fijó en él.
—Señor Fox, esta mañana le llamaron por teléfono.
—¿Ah? —algo tenía que decir—. ¿Dejaron algún recado?
—La persona que llamó no dejó su nombre. Dijo que volvería a llamar más tarde. Le indiqué que hacía un par de días que no había venido por aquí...
Muy amable, amigo. A Larry le dieron ganas de darle un golpe al tipo, pero, después de todo, él no tenía la culpa. Pagó, pues, sus quince dólares y no dijo más. Nada conseguía provocando otro escándalo.
Además, aquello no significaba nada. Al salir, le asaltó un pensamiento. La llamada era, seguramente, de la casa que le alquiló el smoking. Les había dado su nombre y dirección. ¿Quién podía ser, si no? Nadie sabía que estaba allí. Pero ahora ya no importaba, cuando se disponía a salir de la ciudad, tan pronto como hubiese terminado sus asuntos.
Primer número del programa: El regalo para Jill.
Era una buena idea. Significaba una atención. Larry Fox, el caballero perfecto.
El caballero perfecto entró en el almacén de Hillyer y buscó por allí, hasta encontrar un par de pendientes. Sólo dos dólares, noventa y ocho centavos, más impuestos.
Hubiera gastado más, pero solamente le quedaba un par de dólares. Era una situación extraña, estar hoy en la ruina y poder, a partir de mañana, considerarse rico...
Segundo número: Ver a Clarence.
Larry entró en el Hotel Grand Union a las cuatro menos cinco. Walter no estaba aquel día en la ciudad, y no había nadie que pudiera importunarle, pero, para mayor seguridad, entró por la puerta lateral. De ahora en adelante, nada de riesgos.
Por este motivo huyó de los ascensores y subió por la escalera. Llegó al cuarto piso, sin que nadie le viese, y se fue, pasillo adelante, con rapidez, por si alguien se asomaba a la puerta de una habitación. Pero nadie lo hizo.
El 425 estaba al final del pasillo, cerca de la escalera de incendios. Era un día templado y la puerta de salida a la escalera de acero estaba abierta. Si Larry lo hubiera sabido, hubiese subido por allí. Pero ya no importaba.
Se detuvo y, antes de llamar, echó una mirada por el pasillo para asegurarse de que no había nadie. Llamó a la puerta, con suavidad.
No contestaron. Volvió a llamar, un poco más fuerte, y esperó. Tampoco obtuvo contestación.
Hizo girar el pomo, y la puerta cedió.
¡Qué extraño! Allí no había nadie.
Larry se quedó al lado de la puerta y arrugó la nariz, pues olía mal. De la cama, deshecha, llegaba un olor desagradable. La almohada estaba sucia y las sábanas arrugadas. Todo tenía la apariencia de que Clarence había pasado una noche de juerga. Probablemente hubiese bebido más de la cuenta. Pero Larry recordó que a Clarence no le gustaba la bebida.
Aquello le hizo pensar. ¿Sería posible que se hubiese arrepentido y se hubiese largado, sin hacer la llamada?
De pronto, su olfato percibió un olor distinto a aquel de la cama, que salía del cuarto de baño. Abrió la puerta y entró.
Clarence había vomitado por el suelo. Muy mal lo había pasado, pues había sangre por allí, como si hubiera tenido una hemorragia.
De repente, se detuvo. Larry vio a Clarence, tumbado, en el fondo de la bañera, en la que había caído. La sangre le brotaba aún por las comisuras de los labios.
Intentó sobreponerse a su propia repugnancia y se inclinó sobre él, sacudiéndole por los hombros.
Durante un momento, le examinó pretendiendo descubrir el orificio de una bala o el corte de un cuchillo, pero no vio nada.
Tenía que hacer algo por aquel hombre, llamar al médico pronto. Procuró, de nuevo, hacerle reaccionar. Le sacudió con fuerza, hasta que la cabeza comenzó a bambolearse, hacia atrás y hacia adelante, presentando la boca abierta, como si estuviera tratando de decirle algo.
Entonces se dio cuenta.
Clarence estaba muerto.
X


Elinor no comprendía lo que le había ocurrido.
Cuando recogió a Larry, frente al restaurante, estaba más pálido que un cadáver. Lo advirtió en seguida al sentarse en el coche, a su lado. No sonreía como otras veces, y no hacía más que mover los labios.
—¿Qué te ocurre? —preguntó ella—. ¿No te encuentras bien?
—Creo que tengo fiebre —dijo él—. ¿Conduce usted el coche?
—Desde luego. —Ella le miró—. ¿Te molesta el tobillo?
—No, en absoluto. Comí una hamburguesa, hace un par de horas. Creo que me ha hecho daño.
—En cuanto lleguemos a casa, te acuestas —le dijo Elinor—. Avisaré al doctor Russell.
Él movió la cabeza negativamente.
—No tardaré en ponerme bien. Ya estoy mejor.
Pero no dijo nada durante todo el trayecto hasta Garden View. Con los ojos cerrados y los labios apretados, ya no parecía un chiquillo. Elinor le miraba, de vez en cuando, y observó que no siempre llevaba la boca apretada. Sus labios se movían, como musitando algo.
Al entrar el coche en el sendero de la casa, Elinor creyó oír algo así como: Ya la enseñaré yo. Repitió estas palabras varias veces, pero, cuando ella le preguntó por su significado, sólo movió la cabeza y murmuró:
—No es nada. Creo que estaba medio dormido.
No tenía buen aspecto. Cuando entraron en la casa, Elinor insistió en que subiera a descansar un poco. Le preguntó si quería tomar una aspirina, pero Larry se la rechazó.
Elinor preparó una cena a base de fiambres. Cuando todo estuvo dispuesto, subió a avisarle. Larry estaba acostado y profundamente dormido. Ella vaciló pensando si debía llamarle. Quizás fuera mejor dejarle descansar. Ya cenaría en la fiesta.
Y Elinor cenó sola. Apenas probó nada. Después, subió a vestirse. Llevaba el pelo muy bonito, pero aquello ya no le importaba. Le preocupaba demasiado Larry.
Al fin, a eso de las siete y media, decidió despertarle. Llamó a la puerta y entró de puntillas. Estaba acostado, boca arriba, con los ojos abiertos.
—Creí que dormías —dijo.
—No. Sólo descansaba.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí, un poco.
—Son las siete y media. Los Whittaker nos esperan alrededor de las ocho. ¿Quieres que te prepare un bocadillo y un poco de café...?
—No, gracias —contestó Larry, incorporándose—. Creo que no iré a la fiesta.
—¿Que no vas? Pero...
—Quizás, más tarde. Cuando se me pase el dolor de cabeza. Dentro de un par de horas o así, ya estaré bien.
—Sigo creyendo que debo llamar al doctor Russell. No hay necesidad de correr riesgos.
—¡No! —Casi le gritó—. Déjeme solo... ¡Le repito que me pondré bien!
—Larry...
—Lo siento. —Su voz se suavizó nuevamente—. Es este inoportuno dolor de cabeza, que me pone nervioso. Pero no se preocupe. Ya lo he tenido otras veces. —La miró, sonriente—. Vaya usted delante. Yo iré más tarde. Dígaselo a los Whittaker.
—No me gustaría dejarte solo en esas condiciones. ¿Y si ocurriese algo?
—No ocurrirá nada. —El tono de su voz se elevó, y luego volvió a suavizarse—. No vayamos a echar a perder la fiesta. Yo iré, se lo prometo. Dígale a Jill que tengo un regalo para ella.
Elinor vaciló. Pero la única solución era irse. Todo estaba saliendo mal, precisamente cuando más ilusión tenía de que se produjese a su gusto. Se había hecho una permanente especial y estrenaba un vestido, con el exclusivo propósito de que Jill les viese ir juntos a la fiesta.
La decisión de Larry la decepcionó. No daba ya importancia a su palidez, ni tenía en cuenta el pequeño acceso de cólera con que se había manifestado al hablarle del médico. Todo eso se lo podía perdonar fácilmente. Lo que la afectaba era aquella sensación de que el Larry de ahora ya no era el que ella había conocido. Algo había cambiado en él. Sin embargo, pensándolo bien, llegó a la conclusión de que, muy posiblemente, fuese ella la que no estuviese enfocando con la debida cordura aquella situación. Lo que tenía que hacer era ir a la fiesta y no preocuparse tanto por él. Después de todo, si Larry no iba, no se produciría ninguna tragedia.
Llegó a casa dé los Whittaker, algo más tarde de lo previsto, dando explicaciones y pidiendo disculpas. Minnie llevaba un vestido nuevo, verde, con mangas abombadas, que hacían que sus brazos pareciesen enormes. El comentario de Elinor fue, naturalmente, muy ponderado. Aquellas mangas le favorecían muchísimo. Jim vestía corrientemente y, como novedad, fumaba en pipa esta noche. Jill llevaba el pelo alto. Al recibir el regalo de Elinor, se deshizo en elogios al jersey que le había escogido en la Charm Shop. No hacía más que prodigarse con Elinor, quizás para encubrir su desilusión por la ausencia de Larry.
Además, estaban allí George Drux y un par de amigas del colegio de Jill que, para Elinor, no significaban nada. Habían ido acompañadas de unos chicos desconocidos, soldados con permiso.
A Elinor le sorprendió un poco ver a Minnie servir los cócteles, pero observó que la chiquillada sólo había tomado una copa, antes de bajar a bailar.
Después, bajaron ellos y se detuvieron en la sala. Jim hizo unos manhattans frescos y volvió a llenar sus vasos.
—Parece que estás un poco aburrida —dijo Jim.
—Estoy cansada. Ha sido un día muy movido para mí.
Jim sonrió.
—¡Pues lo único que te faltaba era venir a este manicomio! La fiesta empezó a las seis de la mañana. Toma, bebe. Ambos lo merecemos.
Minnie olfateó su vaso.
—Oye, ¿estás seguro de que le pusiste vermut italiano y no francés? El francés es para los martinis, ya lo sabes.
—Lo sé —dijo Jim.
—Por si acaso, yo haré la próxima ronda —repuso Minnie, levantándose y dirigiéndose a la cocina con la coctelera—. No puedo fiarme de ese hombre para nada.
Elinor le dedicó a Jim una sonrisa, al salir Minnie de la habitación.
—El mío sabe bien.
Jim encendió la pipa.
—Minnie está haciendo su juego.
—¿Qué juego?
Jim iba a responder, pero sonó el timbre de la puerta. Poco después, Larry hizo su entrada.
Elinor se levantó. Le temblaban las piernas, posiblemente a causa de las copas.
—¿Ya estás bien? —le preguntó.
—Estupendamente.
En efecto, su aspecto era normal. Quizás un poco pálido, pero nada más. Ella observó que llevaba un paquete. El regalo para Jill, naturalmente.
Minnie entró con la coctelera.
—Llegas a tiempo de tomar una copa —dijo, dirigiéndose a Larry.
—Gracias. Me sentará bien. —Larry cogió el vaso y miró a su alrededor—. ¿Dónde está la gente?
—Están abajo —respondió Jim—. ¿No oyes el fonógrafo? —Jim se sentó—. ¿Quieres irte con ellos o prefieres la compañía de los viejos?
Larry le miró. Elinor observó que aquella noche no sonreía. Miraba a la gente o, mejor aún, a través de la gente.
—Bajaré dentro de un rato —dijo—. De momento, prefiero quedarme donde haya calma.
El ruido de abajo hacía vibrar el suelo.
—Se deben estar divirtiendo de lo lindo —dijo Elinor.
—¿Por qué no? Como dije la otra noche, la juventud va en cabeza. Afortunadamente, a los antiguos nos queda algún consuelo. —Jim volvió la vista a la coctelera—. ¿Tomamos otra, Larry?
Minnie le miró fijamente, al verle servir el cóctel.
—¿No estamos abusando un poco? —murmuró.
Minnie se volvió hacia Elinor.
—Nunca se cansa de beber.
Elinor no supo qué decir. Por encima del vaso miró a Jim.
—Continúa explicándome lo del juego de Minnie.
Jim asintió con un movimiento de cabeza.
—Es cierto. Me había olvidado. Lo dije cuando Minnie se quejó del cóctel. Y lo confirmo ahora al advertirme que bebo demasiado. Cuando me hace estos recordatorios, me acuerdo de un popular juego de salón al que yo llamo Papi es un tonto.
Minnie olfateo. Después cogió la coctelera y se fue a la cocina. Al salir de la sala, dijo:
—Papi suele hablar demasiado.
—Creo que tiene razón. —Jim se echó hacia atrás y siguió chupando la pipa.
—Siga, siga —le animó Larry—. Explíquese.
—No tiene explicación. Excepto, quizás, en cuanto se refiere a la reorganización social. Podría uno ligarlo con ese tema del fetiche de la juventud, en el que estoy trabajando.
Jim hizo una corta pausa y prosiguió:
—Antes, papi era alguien: el que ganaba el pan, el cabeza de familia. Pero cuando la gente joven tomó el mando, comenzó un nuevo proceso. Las revistas, la radio, las películas y la televisión han alterado la constitución de la familia. Ahora ya no es lo mismo. Papá se ha convertido en papi y mamá en mami. Mami es una actriz de carácter, cariñosa, amable y equilibrada. La nena es una monada. Puede parecer un poquito loca y hablar demasiado por teléfono, pero, cuando llega el momento, siempre sabe lo que dice. Y el nene también es un personaje de categoría. Se mete en toda clase de líos, pero siempre acaba imponiéndose.
Hubo una nueva pausa, que Larry no se atrevió a interrumpir. Al cabo de unos segundos, Jim continuó:
—Ahora queda el papi. Todo el mundo sabe quién es. El desambientado, el inútil y el cómico de la compañía.
Entró Minnie con la coctelera llena y sirvió a todos.
—No os preocupéis por mí —dijo—. No soy más que una actriz de carácter, cariñosa, amable. Pon tu vaso, inútil.
Jim hizo lo que le pedía, y prosiguió:
—Habéis podido comprobar en centenares de ocasiones lo que es digo. Papi es un tonto. Es la persona que todo lo sabe, pero que nunca logra enterarse de lo que ocurre ante sus propias narices. Su mujer le tapa los ojos, los niños se le adelantan para usar el coche o el teléfono e, incluso, el cuarto de baño. Cuando se disgusta por algo que ha hecho el nene o la nena, siempre resulta que son ellos los que tienen razón. Papi es el tonto que se enreda en los quehaceres domésticos, la única persona a quien golpea en la cara la puerta con muelles, el único que recibe una ducha con la manguera del jardín y al que persigue el perro. Moraleja: papi es demasiado viejo para aprender.
—Y puede que sea así —dijo Larry.
Elinor le miró. Estaba inclinado hacia adelante. Sus mejillas aparecían pálidas aún y pudo observar que tenía los pómulos enrojecidos.
Elinor quería decirle algo. Quería rogarle que se callara. Pero era demasiado tarde, porque ya había comenzado a hablar.
—Bien, eso es interesante —dijo Jim—. ¿Quiere otra copa?
—Sí, gracias —asintió Larry—. ¿Y los chicos? ¿No se les tiene en cuenta?
—Para los chicos hay cocas —dijo Minnie.
—¿Se da cuenta de lo que quiero decir? —Larry se fijó en Jim mientras éste le servía—. Manhattan para los mayores y Coca-Colas para los chicos. Los mayores, en la sala y la juventud, a los sótanos. ¿Qué opina de eso?
—Quisieron bajar a bailar —explicó Minnie—. Y en cuanto a lo de tomar cocas...
—No es eso —interrumpió Jim—. Larry está empleando el sistema metafórico de aproximación.
—¡Qué metafórico, ni qué cuerno!
Elinor nunca había oído a Larry hablar así. Volvió a sentir que se le revolvía el estómago, pero ahora era algo parecido a una sensación de tirantez.
Y Larry continuó:
—¿Se detuvo alguna vez a pensar en quién empezó esta guerra de la que habla, entre los jóvenes y los viejos? ¿De quién es la culpa?
—No creo que podamos echar la culpa a nadie —contestó Jim—. Existen ciertas fuerzas económicas y sociales que...
—Tome mi ejemplo. —Larry no escuchaba siquiera. Parecía mirar a través de Jim, como si no existiese—. ¿Qué clase de oportunidades tuve yo? Me criaron en un orfanato. Nadie me quería. Crecí entre prohibiciones. Prohibiciones de las hermanas, de los maestros, de los guardias, de todo el mundo. No hagas esto, no digas aquello, no pises el césped, aquí no puedes jugar, habla poco, no te metas en lo que no te importa y responde cuando te pregunten.
—Pero convendrás en que tu situación era excepcional —dijo Jim.
—¡No convendré en nada! La mayoría de los chicos tienen padres y hogar propio. Pero es lo mismo. Los tienen metidos en un piso pequeño o en una de esas grilleras de dos habitaciones de los suburbios, sin espacio para desarrollarse ni para jugar.
»Tan pronto como saben andar, se les manda a la escuela para quitárselos de encima. Tienen que caminar, atados, por la vía pública, cruzar las calles por los pasos de peatones, obedecer las señales de tránsito.
Hizo una pequeña pausa y continuó:
—Durante su infancia, las cosas eran distintas. Las casas eran grandes, había muchos solares donde jugar, sobraba espacio. Había demasiadas fiestas y demasiados fuegos artificiales. Hoy, sin embargo, está prohibido jugar con cohetes. Hoy se quiere que el chico se desarrolle seguro y sano, para poder incorporarlo pronto al ejército y enseñarle a jugar con bombas.
—Lo estás simplificando demasiado —murmuró Jim.
—Es muy sencillo —respondió Larry—. Considérelo un momento. Cuando la mayoría de la gente vivía en granjas, los chiquillos eran parte del activo. Podían ayudar en las faenas, desarrollarse y dirigir aquella actividad más tarde. En las ciudades, aprendían el oficio del padre o trabajaban en su tienda. Pero hoy representan un pasivo. Dondequiera que uno vaya, se oye a los padres quejarse de lo que les cuesta vestir y alimentarlos, el trabajo que les supone limpiar lo que ensucian, el ruido que hacen y lo difícil que resulta encontrar una persona que quiera cuidarlos. Naturalmente, siguen hablando de lo mucho que los quieren, pero los chicos no son tontos. Se dan cuenta, en su interior. Y según van creciendo, terminan por darse cuenta de todo. Descubren la ficción de Santa Claus y de los Reyes Magos, y que solamente existe el Tío Sam.
Larry hizo otra pequeña pausa, para proseguir después con su argumentación.
—El Tío Sam es uno de los viejos y no malgasta el tiempo en discusiones. Cuando le dice a uno que pague impuestos toda la vida, uno paga y a otra cosa. Cuando ordena que entre en quintas, ha de hacerlo. Para eso son los chicos, para que formen en las filas del ejército y obedezcan al viejo de las barbas. Siempre hemos de estar a las órdenes de los viejos. Ellos son los que dirigen los negocios, las fábricas, el gobierno y las guerras que nos liquidan.
—Esa argumentación no es nueva, ni mucho menos —dijo Jim—. Me imagino que la gente joven de Atenas y Esparta tenían exactamente la misma idea.
—¿Sí? Pues, por lo que he podido oír, los jóvenes de Atenas y de Esparta no viven muy espléndidamente en estos tiempos. Y es posible que la culpa la tengan ellos mismos por haberse creído cuanto les dijeron los ancianos. —Larry frunció el ceño y movió la cabeza, negativamente—. Usted habla del respeto a los mayores. ¿Qué es lo que hemos heredado de ellos? Dos guerras mundiales, el período de depresión, Corea y la guerra fría. ¿Qué clase de mundo nos han creado? Nada tiene de particular que los jóvenes sean hoy diferentes. Las viejas reglas no encajan. Tiene uno que crearse las suyas propias, si desea buscarse una oportunidad para seguir viviendo. El problema está planteado de esa manera. Todo es incierto, nunca se sabe lo que va a ocurrir. Uno vive feliz hoy y no tiene la seguridad de que mañana pueda vivir lo mismo.
Larry se detuvo y pestañeó.
—Perdón —dijo—. No... no fue mi intención excitarme de este modo.
—No te preocupes —dijo Jim—. Comprendemos perfectamente.
—No me encuentro aún del todo bien. —Larry se levantó—. Bajaré un rato a darle a Jill su regalo.
Larry tornó a pestañear y abandonó la habitación.
Minnie le siguió con la mirada.
—¿Qué le ocurre a ese chico?
—Yo creo que tiene fiebre —dijo Elinor—. Quizás debió quedarse en cama.
—Está bajo el influjo de alguna preocupación —comentó Jim, pensativamente.
—No pienses más en él —dijo Minnie encogiéndose de hombros—. Toma, Elinor, otra copita.
—No, gracias, estoy un poco mareada.
Se puso de pie y, efectivamente, sintió una especie de mareo. Comenzó a andar por el pasillo hacia el cuarto de baño.
Se oía el alboroto del fonógrafo, allá en el sótano, y de pronto, por encima de este ruido, otro distinto: el de gritos. Elinor apretó su bolso, deteniéndose ante la puerta de la escalera que descendía al sótano. Oyó ruido de pasos y se echó hacia atrás, al abrirse la puerta.
Minnie y Jim habían aparecido en el pasillo y se hallaban detrás de Elinor cuando Larry hizo su aparición.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Minnie.
Larry no respondió. Estaba muy pálido y un hilillo rojo brillante descendía por la comisura izquierda de sus labios.
Elinor dio un paso adelante.
—Larry, ¿qué diablos ha...?
El movió la cabeza negativamente.
—Nada —dijo—. Nada. Me voy. Me siento mal. Lo lamento.
Trató de sonreír, lo que hizo que la sangre surgiera en más cantidad. Luego se dirigió a la puerta.
El ruido del fonógrafo cesó y se oyeron nuevos pasos en la escalera del sótano, mezclados con un confuso murmullo de voces.
Elinor no esperó y siguió a Larry. Continuaba un poco mareada, pero pudo dominarse. Larry tenía ya el motor en marcha. Los focos la deslumhraron, por lo que tuvo que tantear para encontrar la manecilla de la portezuela. Una vez dentro, el coche dio marcha atrás, para salir a la calle.
—Larry, no sigas —dijo Elinor—. ¿Qué pensarán los Whittaker si...?
—Si vuelvo a entrar ahí, lo mato.
—¿A quién?
—A ese payaso. Me pegó.
—¿George te pegó? ¿Por qué?
—Sin motivo. Bajé y le di a Jill el regalo. Ella me besó y, entonces, él se echó sobre mí.
—¡Pobre chiquillo!
—¡No soy ningún chiquillo! —Larry detuvo el coche, en medio de la calle y se dispuso a abrir la portezuela.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Elinor, sorprendida.
—Me voy de aquí. Todos ustedes son iguales. Todos están contra mí.
—Larry, nadie está contra ti. —Ella le cogió del brazo—. Vamos a casa.
Él vaciló y, al instante, volvió a colocarse bajo el volante.
—¿Tiene allí algo que beber?
—Hombre, sí... creo que hay whisky.
—Bien. Haremos nuestra propia fiesta.
Tomaron el camino de regreso a casa y el coche enfiló el sendero final. Apagó los faros y se encontró detrás de Elinor, al abrir ésta la puerta lateral.
Ella pensó que intentaba adelantársele, pero, de pronto, se dio cuenta de que la tenía entre los brazos y, obligándola a volver la cara hacia él, sus labios se le acercaban.
Otra onda de mareo pareció invadirla y cerró los ojos, volviéndolos a abrir al enfocarles con sus luces un coche que pasaba a distancia. Todo se movía alrededor de ella, mientras sentía, en sus labios, el calor de la boca de Larry, abierta, sedienta, lujuriosa.
De pronto, Elinor se separó bruscamente de él.
—¡Quieto! —dijo—. Límpiate la boca.
—¿La boca?
—Estás sangrando por ella.
Larry la soltó. Se pasó una mano por los labios y la retiró. Luego, fijó los ojos en sus dedos.
Elinor abrió la puerta y encendió la luz de la cocina. Larry la siguió. Volvía a estar pálido.
—Larry, es mejor que me digas lo que te ocurre.
—Sí, claro. —Larry miró hacia los estantes—. ¿Dónde está ese whisky?
—Allí. Pero quizás no debieras...
—Sólo uno. El último. Lo prepararé yo mismo.
Elinor subió a su cuarto. Se quitó el carmín de los labios, que se había corrido, y se los pintó de nuevo. Tardó mucho, pues aún se sentía mareada y sus manos temblaban.
«Hay que ser diligente —dijo para sí—. O, quizás, descuidada.»
¿Cuál de las dos cosas? Ella no lo sabía. No podía decidir. Los acontecimientos se estaban sucediendo con demasiada rapidez y no le era posible pensar con cordura. Posiblemente fuese lo más práctico esperar a ver en qué terminaba aquello.
Al salir, de nuevo, al pasillo, Larry bajaba las escaleras con rapidez, después de haber estado en el cuarto de baño.
Detrás bajaba ella, apoyándose en el pasamanos. Lo hacía con inseguridad, sintiendo una extraña sensación en las rodillas. Había bebido demasiado y, además, estaba nerviosa. De pronto, deseó que Walter la llamara por teléfono. ¡Debería llamarla! Nunca debió marcharse, dejándola sola con un jovenzuelo extraño en casa. Si algo ocurriese, él tendría la culpa por haberlo permitido. Walter se había ido tranquilo y seguro de que nada podía suceder porque Larry era mucho más joven que ella. Pero... no.
«Yo no soy vieja aún —pensó Elinor—. Se equivoca, si piensa así.»
Larry estaría esperándola abajo. Lo más juicioso sería dar media vuelta y subir, escalera arriba, a su habitación, cerrando la puerta con llave, y acostarse. No tenía necesidad de demostrar si era joven o no, en aquel momento, precisamente.
Pero la duda y la inseguridad de sus piernas seguían llevándola escaleras abajo.
A pesar de todo, una simple demostración, si se produjese la oportunidad, podría convencerla a ella misma.
Elinor bajó el último peldaño de la escalera y se fue directamente a la sala. Larry estaba sentado en el sofá. Tenía un vaso en la mano y otro preparado para ella al borde de la mesita. Elinor se sentó.
—Bien —dijo—, ahora cuéntamelo todo.
—Tome su copa —dijo, entregándole el whisky.
Ella levantó la copa automáticamente y bebió. El sabor del whisky era fuerte, pero no le importaba, porque sabía que podía con él.
—No hay mucho que contar, en realidad —dijo Larry.
Elinor volvió a beber.
—Sabes que puedes fiarte de mí.
—Sí —contestó él, asintiendo.
—Así que no trates de disimular. Has estado portándote de un modo muy raro durante toda la tarde. Algo te preocupa, ¿no es eso?
Él se le acercó un poco, en el sofá, mirándola fijamente. Ella ocultó el rostro detrás del vaso, repitiendo otro whisky.
—A ver si lo adivina.
—Yo...
Pero en aquel momento Elinor no tenía intención de adivinar nada. Le miró a la cara y advirtió que ya no tenía sangre en la boca. Sus labios estaban limpios, su rostro era joven y sonreía. No le veía con claridad. Había una especie de neblina, ante sus ojos, que se lo impedía. Sería mejor no beber más.
—Toma, termínalo. —Larry la cogió por las muñecas, al intentar ella colocar el vaso en la mesita.
—No, ya he bebido bastante.
—Vamos, quiero que lo tomes. Mira, yo también bebo el mío.
Nuevamente, sintió el contacto de su mano en la muñeca, su cálida voz en los oídos y su mirada en la de ella. Volvió a beber. Ya no importaba nada. Se encontraba tan cansada que ya nada parecía importarle. ¡Muy cansada! Apenas podía mantenerse erguida y, al aproximarse él más, abrazándola, cerró los ojos.
—¡Oh, cariño! —susurró ella.
Todo parecía muy lejano. Elinor se daba cuenta de que él hablaba, pero apenas le oía. Casi no sentía ya las manos de Larry acariciando su cuerpo, ni su boca...
Durante un momento presionó con sus labios sobre los de él. Después, Larry se separó de ella y su voz se tornaba cada vez más suave. Le decía que no se preocupara, que descansara y que se durmiera.
Pero ¿por qué iba a desear el que se durmiera? Aquello no pareció bien a Elinor. Quiso incorporarse y abrir los ojos, pero él se opuso. A partir de entonces, dejó de preocuparla aquella sensación de mareo.
Larry la tomó en brazos y la llevó escaleras arriba. Elinor pretendía coordinar sus ideas, pero sin poder conseguirlo. Lo único que podía advertir, aunque muy vagamente, era que estaba en la cama y que alguien echaba las colchas hacia los pies. Inmediatamente, comenzó a experimentar una sensación de frescura y, después, de calor. Estaba demasiado cansada para pensar en aquello. No podía hacer otra cosa que dejar que sucediese lo que estaba sucediendo. Había mucha oscuridad en la habitación y ella estaba sola, allí, con Walter... no, con Larry... ¿o era Roy, su hijo? Un hombre estaba con ella, no importaba quién. Después, aquel hombre, fuera quien fuese, se marchó. Y ella quedaba allí.
Luego, sólo hubo oscuridad.
XI


Durante un momento, Larry creyó que Elinor no iba a terminar de perder el conocimiento. Pero tenía que perderlo, necesariamente, después de aquellas copas y de todo aquello...
Larry había encontrado sus pildoras somníferas en el cuarto de baño. Este era el único golpe de suerte que había tenido desde que encontró a Clarence en el cuarto de baño del hotel.
Larry meneó la cabeza, tratando de reconcentrarse. Tenía que recapacitar ahora. Y eso era lo malo. Ya no parecía capaz de dominar la situación.
Sacó del bolso de Elinor las llaves del coche, tal como había previsto. Imaginariamente, volvió a ver el cadáver de Clarence...
Se limpió el sudor de la frente. Tengo que dominarme —se dijo a sí mismo—. Dominarme, y seguir dominándome.
Aquello no era imposible. Incluso, aquella misma tarde, en la habitación del hotel, lo había conseguido. Lo único que necesitaba hacer era coger una toalla y limpiar todo aquello que pudiera haber tocado, incluyendo los picaportes.
Larry puso el motor en marcha y se aseguró de que no venía nadie, de que ningún vecino le veía salir de allí. Era tarde, sin embargo, y no corría demasiado riesgo. Además, necesitaba ir.
Aquello era lo peor de todo. Tenía que ir.
Con anterioridad, después del encuentro con Elinor frente al restaurante, había pasado, durante un momento, por una situación que pudo haber cambiado las cosas totalmente. El hacerse el enfermo parecía haber dado resultado, pero, además, no todo había sido simulación. Había estado enfermo, de verdad.
Cuando hubo persuadido a Elinor para que fuera a la fiesta de los Whittaker sin él, había empezado a trabajar. Llamó a la LaVerne, pero no obtuvo contestación. Cuatro veces lo intentó, pero sin éxito. ¿Dónde podía haber ido? ¿Por qué no estaba en casa, para que él pudiera hablar con ella y decirle que no se acobardaba y que estaba loca si creía que aquello significaba que había desistido de ejecutar el plan trazado? Tenía bien estudiado lo que había de decirle, pero el teléfono no contestaba.
Se sintió intranquilo durante un rato. Tanto, que se fue a la cocina a tomarse un whisky. Entonces fue cuando se le ocurrió la idea. Había whisky en casa y recordó que Elinor le había dicho que había tomado una pildora para dormir la noche anterior. Ya sabía cómo desembarazarse de ella e ir a ver a la LaVerne.
Y tenía que verla, necesariamente. Tenía que hacerla comprender que no podía engañarle ni hacer uso del bluff. O le entregaba mañana el dinero, o lo sentiría por ella. Así se lo iba a decir. Si no por teléfono, personalmente.
Había sido una estupidez discutir con Jim Whittaker. Pero estaba ya harto de oírle pregonar constantemente sus ideas sobre el fetiche juvenil. ¿Qué sabía él de la juventud? ¿Qué sabía él, siquiera, de su propia hija, aquella estúpida de Jill?
El pensamiento de Jill le puso nuevamente furioso. Pisó el acelerador y fijó la vista en la carretera que se precipitaba hacia él, a la luz de los faros.
Jill le había fastidiado bien aquella noche, con su acción de abrir el paquete y su beso dado con la boca abierta, para que notase su calor y humedad. ¡Qué fácil hubiera sido mantenerla así y cerrar los ojos, olvidándose de otras escenas que no podía separar de su imaginación!
Sin embargo, él tuvo la culpa por no haber reprimido sus impulsos al besarla, olvidándose de dónde estaba y de lo que tenía que hacer. No se había dado cuenta del lugar en que había puesto las manos hasta que George le cogió y le hizo dar la vuelta, diciendo:
—¡Eh, tú! ¿A qué diablos te crees que has venido aquí?
La observación fue dura. Los jovencitos enamorados están siempre dispuestos a todo en semejantes ocasiones.
Por este motivo, Larry actuó con rapidez y dio primero. Lanzó el puño hacia adelante, apuntando al estómago de aquel payaso. Y tuvo que hacerle daño, pues el impacto fue certero. Incluso Larry creyó que no iba a poder devolvérselo. Pero lo hizo propinándole un terrible manotazo en la boca.
Entonces fue cuando subió corriendo las escaleras y salió de la casa.
Elinor acertó al seguirle. De otro modo, no sabía lo que hubiera sucedido. Cuando subió al coche, llevaba la alocada idea de dirigirse, sin parar, al Sunset Club para darle a la LaVerne su merecido. ¡Al diablo con ella y su marido y todos aquellos tipos! Después de todo, él tenía una pistola, ¿no?
Pero aquello hubiera sido un suicidio.
Durante un rato, no pudo establecer un plan de acción. Incluso, después de entrar Elinor en el coche y comenzar a hablar con él, tuvo otro mal momento que pudo haber echado todo a perder.
No obstante, cuando advirtió lo bebida que estaba y se acordó de las pildoras somníferas, pudo tranquilamente ñjar su plan.
Larry disminuyó la velocidad al entrar en Canterbury. El reloj del banco de Main Street estaba iluminado: la una y veinte. Aproximadamente, lo que él había calculado. Era buena hora.
Recordó, de nuevo, haber besado a Elinor y haberle oído hablar de la sangre que vertía por los labios. Una escena parecida a la del descubrimiento de Clarence. También él había sangrado por la boca. A Larry se le antojó, que, como a Clarence, todos le perseguían, con la intención de liquidarlo igualmente.
Pero él no era Clarence. El no tenía el vicio de las drogas ni era un vejete enclenque e inútil. Nadie iba a cogerlo con facilidad. Había cometido algunos errores, pero ninguno de ellos podía ser grave. Tenía el aplomo suficiente para conseguir siempre lo que quería. Lo había demostrado con Elinor. Tres píldoras disueltas en su vaso, y el resultado apetecido. Esperar a que ella perdiera el conocimiento fue una prueba muy pesada y cargar con ella, hasta arriba, más pesado aún. Pero lo había hecho. Después, allí, en la oscuridad, casi había estado a punto de consumar el hecho.
Pero no era prudente. No lo era ni la hora ni el lugar. Al menos, para Larry Fox. Larry Fox era un compositor que iba a escribir su propia composición, iba a instrumentarla y a dirigirla. Eso era, exclusivamente, lo que debía preocuparle. Pensar en Clarence y en la sangre de sus labios era inútil. Tenía que conseguir el dinero, pese a todas las dificultades.
Larry estacionó el coche una manzana más allá de la casa y regresó andando. La casa estaba a oscuras. Aquello quería decir que estaban acostados.
No, era demasiado temprano. El Sunset Club no cerraba, incluso en las noches de día laborable, hasta la una. Y al cerrar, ella se iría en coche a su casa, con Sol.
Al pensar en Sol, volvió a experimentar una sensación extraña, hasta que se echó la mano al bolsillo y tocó la pistola. Aquella era la respuesta. Si tenía que enfrentarse con él, no tendría por qué temerle. Y si le acompañaba un poco la suerte, quizás no necesitara ni verle. De todos modos, tenía que correr el riesgo. Larry se acercó a la casa por la pista del coche, echando una mirada a la contigua para asegurarse de que no había luz. Caminaba despacio, sobre el césped que orillaba la pista, para no hacer ningún ruido. El garaje estaba abierto y vacío, lo que demostraba que aún no habían llegado a casa. Echó una mirada a su alrededor. ¿Dónde podría esconderse? Nunca dentro del garaje, pues los faros le delatarían en seguida. Tampoco en el estrecho espacio entre ambas casas. Por otra parte, si se escondía en la parte trasera de la casa, no podría verlos llegar. Larry vaciló un momento. ¿Y si se quedaba entre el garaje y la casa de al lado? Apenas tenía espacio para meterse, pero desde allí dominaba la calle y podía verles llegar.
Larry se ocultó allí y apretó la pistola en su mano. Quería fumar, pero no era conveniente. Tendría que esperar.
Por fin, oyó el ruido que esperaba. Un coche se acercaba calle abajo. Sí, aquel era el descapotable amarillo. Giraba ahora para entrar en la pista. Los faros la iluminaban.
Larry se echó hacia atrás. Tenía la pistola en la mano y el ritmo de sus palpitaciones se aceleraba.
El coche se detuvo frente a la puerta trasera. Alguien descendió de él. Oyó voces, pero no se atrevió a asomarse para ver lo que pasaba.
Parecía que hablaban dos hombres. Uno, probablemente era Sol Sarno. Pero, ¿y el otro? ¿Sería el matón que le había golpeado aquella noche en el Sunset? Naturalmente, él no podría hacer frente a los dos. ¿Y la LaVerne? ¿Dónde estaba?
De pronto, oyó su voz que se elevaba sobre el ruido de una puerta que se abría:
—Yo meteré el coche en el garaje, cariño. Vosotros podéis entrar.
Larry dejó escapar un largo y silencioso suspiro de alivio. Era un golpe de suerte con el que no había contado.
Esperó, hasta oír los pasos de los hombres que entraban en la casa y el golpe de la puerta al cerrarse detrás de ellos. Después, el leve ruido del coche que maniobraba, hasta que se detuvo, dentro del garaje.
Era el momento de actuar.
Salió de su escondrijo rápidamente, tratando de evitar el resplandor de la luz que salía del vestíbulo. La cocina estaba a oscuras. Los dos hombres debían haber ido directamente a la sala. Nadie podía verle. Se situó junto a la portezuela del coche, esperando a que ella saliera de él.
Cuando oprimió la pistola contra la espina dorsal de la LaVerne, esta dijo con cierta suavidad:
—¡Oh!
Y apenas fue necesario que él la conminara:
—No chilles.
Pero, aún así, lo dijo. No quería correr ningún riesgo. De ahora en adelante, no volvería a producirse ningún descuido.
—Quería recordarte solamente que mañana es el día del pago —dijo.
—¡Me has asustado! —exclamó ella, sin tratar siquiera de volverse—. Esperaba que me llamaras por teléfono. Clarence lo hizo esta mañana.
—Supongo que habrás creído que era un truco —dijo él.
—¿Qué quieres decir? Me pareció que hablaba en serio. De modo que vais a medias en el negocio, ¿eh?
No parece hablar con sentido, dijo Larry para sí. En efecto, no lo parecía, a no ser que no se hubiera enterado de lo ocurrido a Clarence. Quizás no lo supiese. Era posible que Clarence hubiese sufrido un accidente fortuito, una hemorragia, por ejemplo, y que hubiese muerto a consecuencia de ella. A veces solían ocurrir cosas así.
—Olvidemos eso —le dijo Larry—. Lo único que interesa es saber cuándo he de cobrar. ¿Tienes ya el dinero?
—Lo tendré mañana.
—¿A qué hora?
—Por la tarde. Ya le he dicho a Sol que tengo que ir a la ciudad de compras. Tendré que sacarlo del Banco, naturalmente, y no quiero hacerlo hasta cerca de la hora de cierre. En caso de que ocurra algo, es preferible sacarlo a última hora para que nadie trate de comprobarlo hasta el viernes. —Su voz tembló—. Larry, ¿te das cuenta de lo que ocurrirá cuando Sol se entere de que saqué ese dinero?
Larry la hizo callar, apoyando la pistola, con fuerza, en su espalda.
—¿A qué hora cierra el Banco?
—A... las tres.
—Muy bien.
Volvió a apuntarle la pistola en los riñones, pero con más fuerza.
—Ten sentido. Quiero que todo permanezca en secreto. ¿Dónde nos encontraremos?
—Espera un poco. Estoy pensando...
—Pues piensa, de prisa —murmuró él—. No quiero que salga nadie en tu busca. Vamos, dímelo pronto.
—Tenernos una choza a orillas del lago, camino de la ciudad. Está en la orilla este. Hay un camino particular con un letrero. Yo podré estar allí a las tres y media, pero...
—Tres y media. —Larry se echó hacia atrás—. No me vengas con trucos. A la primera señal que observe, ya sabes lo que pasará.
—Sí. Te prometo que no fallaré. Ahora déjame entrar en casa, déjame.
—Quédate aquí hasta que yo me vaya.
Larry salió del garaje, de espalda, rápidamente. En vez de dirigirse por el sendero del coche, pasó al patio de la casa contigua y corrió en busca del coche. Lo puso en marcha y desapareció. Todo iba bien.
Lo único que tenía que hacer era esperar hasta mañana. Mañana, a las tres y media.
XII


Elinor no podía despertarse.
Oía ruidos y los reconocía, pero nada tenían que ver con ella. Eran solamente ruidos que perturbaban su sueño. Y tenía que dormir. Estaba tan cansada, que no podía abrir los ojos...
Sonó el teléfono. Después, oyó un portazo y el rumor de un motor. El teléfono volvió a sonar. Sonaba con tanta insistencia, que, instintivamente, se cubrió la cabeza con las ropas de la cama, para no oírlo.
Cesó el ruido, pero, al poco tiempo, volvió a producirse. ¡El teléfono! Tenía que contestar.
Elinor se movió. Su cuerpo le pesaba como si sobre él hubiese una montaña, y sus párpados parecían de hierro. Pudo, por fin, pasar los pies por el borde de la cama. El suelo estaba frío. ¿Dónde estarían sus zapatillas?
Abajo, el teléfono seguía sonando sin cesar. No le daba tiempo para buscarlas. Pestañeando, se obligó a sí misma a ir hacia la puerta, la abrió y comenzó a andar por el pasillo. La luz del sol era como una espada afilada y su corte le cruzaba los ojos. Tuvo que cerrarlos, al bajar, tanteando las escaleras, hasta alcanzar el teléfono. El ruido le golpeaba la cabeza, pero, contestando, se acabaría de una vez y quizás pudiese volver a la cama a dormir.
El auricular pesaba. Lo cogió y pronunció un automático halló. Una voz sonó dura en su oído.
—¿Elinor? Soy Jim... Jim Whittaker. ¿Dónde estabas?
—Aquí mismo. Estaba durmiendo.
—¿Durmiendo? ¿Sabes la hora que es?
—No.
—Ya dieron las dos.
—Las...
Elinor trató de comprender.
—Las dos de la tarde. ¿Qué te ha ocurrido?
—Pues... nada. Ya te dije que estaba durmiendo.
—¿A estas horas? ¿Dónde está Larry?
Le estaba haciendo muchas preguntas y ella apenas podía pensar. Larry tenía que estar en casa. Pero, entonces, ¿por qué no había contestado al teléfono?
Elinor volvió la cara y miró hacia la sala. No había nadie. Escuchó un momento y sólo obtuvo la sensación de silencio.
La voz de Jim Whittaker sonó, cortante, en el auricular :
—Elinor, ¿me has oído?
—Sí, ya te oí. Me preguntaste por Larry. No sé dónde está.
—¿Tienes ahí el coche?
—Naturalmente. —Elinor vaciló—. Espera, voy a mirar.
Dejó el teléfono en la mesa del vestíbulo y entró en la cocina, mirando por la ventana. Desde allí pudo ver el garaje, abierto y vacío.
Elinor volvió al teléfono.
—El coche no está. Debe de haberlo sacado él.
—Me lo parecía. —La voz de Jim sonó extraña—. Elinor, escucha. No te muevas de ahí. Ahora voy a verte.
—Oye, pero ¿ocurre algo?
—Ahora voy a verte — repitió Jim. Y colgó el teléfono.
Elinor quedó inmóvil, tratando de pensar. Eran las dos de la tarde y había estado doce horas durmiendo. Y Larry se había llevado el coche a alguna parte. ¿Qué había ocurrido?
Se fue, tanteando las paredes, hacia la cocina y trató de recordar lo sucedido la noche anterior. Tras el incidente de la fiesta, habían vuelto a casa y Larry trató de besarla. Tenía sangre en la boca. Después, habían tomado unos whiskies y Larry la había subido a su habitación.
La había subido a su habitación.
Repentinamente, volvió todo a su memoria. Unas manos que se movían sobre su cuerpo, en la oscuridad. Elinor recordaba como su ropa iba cayendo y como notó una sensación de calor, como cuando una...
¡No! —insistió Elinor—. ¡Aquello no ocurrió! ¡No pudo haber sucedido!
Se había desmayado y nada más. Y Larry no se hubiera aprovechado de las circunstancias. Ella sabía que, si se lo preguntaba, él le diría la verdad de lo ocurrido la noche anterior. Pero Larry no estaba.
Larry no estaba, y Jim iba a venir a verla. Y ella no estaba segura de nada.
Elinor quería llorar. Pero se contuvo y fue a preparar café. Sus manos iban adquiriendo vivacidad, a medida que se dedicaba a los trabajos habituales. Una vez que hubo puesto la cafetera al fuego, subió la escalera, esta vez con más rapidez. Entró en el baño y luego en el dormitorio, conteniéndose aún. Parecía como si se hubiese propuesto poner a prueba su capacidad de resistencia para no llorar.
Buscó la ropa y se sentó al borde de la cama, mientras se la ponía, inclinándose después para buscar sus zapatos. Pero ya no pudo resistir más. Decidió no maquillar su rostro para evitar que con las lágrimas se le estropease. Allí, sentada, lloraba, pretendiendo convencerse a sí misma de que nada podía haber ocurrido y de que no tenía motivos para pensar en aquello, porque ella amaba a Walter, más que a ningún otro hombre del mundo.
Sonó el timbre de la puerta.
Elinor se sobresaltó. Entonces fue cuando advirtió que estaba llorando. Se levantó, se acercó a la coqueta y se secó los ojos. Cogió la barra de carmín y se pintó los labios precipitadamente, mientras seguía sonando el timbre.
Cuando terminó, bajó a abrir.
Jim entró al instante. La miró sin una sonrisa, sin un saludo.
—Has estado llorando —dijo.
—No es nada. —Ella trató de improvisar una sonrisa—. Creo que tengo resaca de anoche.
A Jim pudo haberle hecho gracia la frase. Pero, por el contrario, no hacía más que mirarle a la cara, con insistencia.
—¿Qué te hizo?
Jim lo sabe... Pero, no puede; es imposible.
Elinor se contuvo antes de contestar.
—No te entiendo.
—¿Qué pasó anoche, después de salir de nuestra casa?
—Pues nos vinimos para acá. Yo... tomé otra copa con Larry, y luego me fui a acostar. Nada más. —Elinor le dio la espalda rápidamente y dijo, por encima del hombro—: Estoy preparando café. ¿Quieres una taza?
Jim la siguió hasta la cocina y se sentó, con los ojos fijos en sus movimientos, mientras servía el café. Estaba demasiado caliente y le quemaba la boca, pero lo tomó a la fuerza.
—¿Y qué dijo Larry? —preguntó Jim—. Me refiero a lo que sucedió en mi casa.
—¡Ah!, es por eso. —Elinor tomó el resto del café —. No recuerdo. —Volvió a llenar la taza, ya un poco más sonriente—. Debí de marearme un poco.
—¿No dijo Larry nada? ¿No profirió amenazas?
—Ninguna. —Elinor puso la taza vacía sobre la mesa. Ahora se sentía mejor y estaba más despejada—. Pero, ¿a qué te refieres?
—Elinor, no quiero intranquilizarte. Pero, por otra parte, creo que ya es hora de que te despiertes. Me está empezando a preocupar tu amiguito.
—¿Amiguito?
—No me interpretes mal. Él no te tocaría. De ningún modo. Lo sé, porque tiene otros proyectos.
Elinor le miró, sobresaltada por el tono duro de su voz. Jamás había visto a Jim con tan adusto ceño.
—¿Sabes lo que ocurrió en la sala de música, anoche?
—Sí... Algo me dijo de...
—Molestó a Jill y luego le dio un puñetazo a George Drux en el estómago.
Elinor asintió, con un movimiento de cabeza. Algo tenía que hacer. Y algo tenía que decir también.
—Ya sabes cómo son los hombres, a esa edad.
—¿Quieres decir que soy tonto por hacer de padre severo? Es posible que sí. Pero no diría nada si eso fuese todo. Hay más aún.
Jim tamborileó con los dedos en la mesa y, después, continuó:
—Después de iros, la fiesta se deshizo. Todo el mundo desapareció en breves minutos. Jill, entonces, promovió un escándalo. A decir verdad, se puso histérica. Minnie se la llevó arriba y me lo explicó después.
—¿Y qué es lo que dijo?
—No tiene importancia. Lo de siempre. Que la habíamos dejado en ridículo ante sus amigos y todas esas tonterías. Que ahora ya tenía dieciocho años y que estaba cansada de que la tratásemos como a una cría. Que prefería escaparse y vivir su propia vida. —Jim suspiró—. Como dije antes, no tiene importancia. O, al menos, no pareció tenerla entonces, después de que Minnie pudo calmarla y hacerla acostarse. —Jim hizo una pausa—. Lo peor es que ahora parece haber cumplido su deseo.
—¿Qué deseo?
—Escaparse. Con tu amigo Larry.
—¡Oh! —Elinor se sintió mareada y notó cómo le temblaba la mano, al recoger la taza de café que Jim parecía haber llenado, nuevamente, sin que ella lo notara.
Jim hizo una señal de asentimiento.
—Esta mañana parecía estar normal. Un poco apagada, pero dueña de sí misma. Yo tuve que irme a la ciudad un rato, y cuando regresé se había ido. Minnie no le había prestado mayor atención, aunque sabe que llamó por teléfono, mientras su madre estaba abajo, terminando la colada. Jill le dijo que había estado hablando con George y que había quedado en ir a bañarse con él, después del almuerzo. Así que almorzó temprano, se llevó una bolsa de playa con sus cosas y dijo que se iba a casa de George a reunirse con él. Acababa de salir, cuando yo llegué.
Jim hizo una pausa y prosiguió:
—Me pareció raro que George no se ofreciera a recogerla en casa, pero no dije nada. Luego, a eso de la una y media llamó George por teléfono, y dijo que quería hablar con Jill. Así se descubrió que no había hablado con él y que el tal proyecto de baño era una invención de ella. Fue entonces cuando yo traté de hablar contigo por teléfono y tú no contestabas. Y empecé a preocuparme. Minnie y yo examinamos la habitación de Jill. Dos de sus mejores vestidos habían desaparecido, juntamente con un camisón y ropa interior. Y se había llevado la libreta del Banco y cuarenta y ocho dólares que tenía guardados en un tarro de crema vacío.
El café no debía de estar bastante caliente, al parecer, porque Elinor se sintió repentinamente fría.
—¿Y crees que se han fugado?
—No sé qué pensar —contestó Jim—. Jill ha desaparecido. Larry no está. Tu coche no aparece.
—Pero Jill no haría semejante cosa...
—¿Crees que Minnie y yo hemos considerado jamás posibilidad semejante? No. Conocemos a nuestra hija. Sabemos todo lo que hay qué saber de los chicos. Anoche llegué casi a pronunciar una conferencia sobre el problema de la juventud. Incluso me considero como una autoridad en este tema y estoy dispuesto a escribir un libro. Sin embargo, no me daba cuenta de lo que estaba ocurriendo ante mis propias narices.
—Pero aunque Jill y Larry hayan tenido ese impulso tonto, no quiere decir que lo lleven a la práctica. Larry tiene sentido suficiente para no cometer tal desatino.
—¡Larry! —Jim se inclinó hacia adelante—. Al no poder conseguir hablar contigo, Elinor, hice otras llamadas de teléfono. Una corazonada. Y puedo asegurarte que sabes tanto de tu impecable huésped, como nosotros sabíamos de Jill.
Ella no pudo contestar y esperó a que él continuase.
—Larry mintió al hablar de su carrera musical. Incluso me lo confesó a mí el otro día, un poco ingenuamente. Ese Larry es muy complicado. Y por las llamadas de teléfono a que me he referido, supe que mintió también acerca de otras cosas. Por ejemplo, jamás fue a consultar al doctor Hazeltine.
—Pero...
—Hace menos de una hora que hablé por teléfono con el doctor Hazeltine, que jamás tuvo un paciente llamado Larry Fox. Ni nadie que se hubiera lastimado un tobillo durante la semana pasada. Tu amiguito no es, siquiera, socio de la Unión de Músicos. También se me ocurrió comprobar ese punto. La oficina de la Unión no tiene su ficha y Center City no pudo darme informes de él hasta que hablé con el secretario ejecutivo.
—¿Llamaste a Center City?
—¿Por qué no? Creí que debía averiguar todo lo que pudiera, en previsión de que tuviéramos que recurrir a la policía.
—¿Hablas en serio?
—¡Y tan en serio! Tú pensarás lo mismo, cuando sepas lo que logró sacarle al secretario de la Unión. Me dijo que Larry Fox había sido expulsado de la asociación, hacía casi dos años. Parece ser que estuvo al servicio del Hotel Grand Union, actuando con algunas orquestas, en los días libres. Después, se metió en un lío. Un caso de chantaje con una mujer. Parece ser que ésta logró llevar a un soldado de marina a su habitación y Larry, en combinación con ella, entró, en el momento oportuno, para amenazarle.
Jim hizo una pausa y prosiguió:
—Pues bien, el soldado no quiso pagar, por lo que Larry se le echó encima armado con una pistola y, después de derribarle, le robó. La chica desapareció. No estaba en el registro del hotel y utilizaba una habitación que Larry sabía que estaba desocupada, pero el soldado le hizo a la policía una perfecta descripción de Larry. Se originó el natural alboroto, porque resultó que el soldado era manco.
—Pero ¿estás seguro de que es el mismo Larry Fox?
—Las autoridades están convencidas. El caso no ha quedado resuelto oficialmente. Larry desapareció, pero todavía le buscan. —Jim hizo una breve pausa—. ¿Comprendes ahora por qué estoy preocupado?
—Sí. Lo que ocurre es que todo eso me está pareciendo imposible.
Jim se puso de pie.
—Echa un vistazo a tus cosas, a ver si te falta algo. Es mejor averiguarlo, antes de llamar a la policía.
—¿De veras crees que debemos hacerlo?
—En estas circunstancias no veo que podamos hacer otra cosa. Jill se ha fugado y tu coche ha desaparecido. ¿Qué más quieres?
Registraron la casa.
Primero Elinor registró la mesa de trabajo. La libreta del Banco y el talonario de cheques no habían sido tocados. Y arriba, en el dormitorio, su joyero estaba abierto y su contenido intacto.
En cierto modo, la vista de sus cosas la tranquilizó.
—Aquí no falta nada. Todo está en su sitio.
—¿Y esta habitación? — sugirió Jim.
Registraron también la habitación de forasteros.
La cama de Larry estaba deshecha. Las ropas de Walter, que ella había sacado para el uso de Larry, estaban esparcidas sobre las sillas. Jim registró los bolsillos y no encontró nada. Cuando éste se agachó para mirar bajo el colchón, Elinor comenzaba a pensar que todas aquellas precauciones eran un poco exageradas. Después de todo, ¿en qué se basaba Jim más que en la sospecha? Aquello no era más que una prueba circunstancial. Lo que ocurría era que estaba intranquilo por causa de Jill.
—Seguramente decidió fugarse, sin exponerse a que le denunciaran por robo —dijo Jim, mientras bajaban la escalera.
—Si es que se fugó, como tú dices —comentó Elinor—. Es decir, que no existen pruebas contra él, ¿verdad?
—Tu coche ha desaparecido.
—Sí, pero también se lo ha llevado otras veces. Quizás haya ido a dar una vuelta.
—Entonces, ¿dónde está Jill?
—¿Cómo he de saberlo yo? —Se contuvo, al observar su reacción—. Eso no quiere decir nada, Jim. Además, careces de pruebas para afirmar que proyectaba fugarse con él, ¿verdad? No oíste nada que pudiera darte una pista y, por lo tanto, creo que te precipitas sacando esas conclusiones.
Jim guardó silencio, mientras ella continuaba:
—¿Por qué no esperar un poco, a ver qué pasa? Sólo son las tres, ahora. Apuesto cualquier cosa a que Larry aparece antes de la cena. Jill también irá a su casa, cuando empiece a tener hambre. Probablemente, estará en casa de cualquier amiga.
—Ya hemos llamado —afirmó Jim—. Minnie llamó al domicilio de todas ellas.
—Yo insisto en que debemos esperar. Estás demasiado nervioso.
—Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Elinor, tú no comprendes. Ese Larry no es un chico normal. Pertenece a la nueva hornada. No es ya un gamberro, sino un supergamberro. Se trata de un trastorno orgánico.
—¿Trastorno?
—Ya has visto esa palabra en artículos que tratan de la bomba H. Algunos defienden la teoría de que la radiación afecta a los genes y esto se refleja en extraños cambios del organismo humano. De aquí, la abundancia actual de seres híbridos, extrahumanos, monstruos.
—¿Y eso qué tiene que ver con Larry? La bomba no ha estallado aún.
—¡Ah, sí que estalló! —Jim se sentó pesadamente—. Estalló hace años. A partir de entonces, comenzaron a producirse los trastornos a que me refiero. No en los cuerpos de los no nacidos, sino en las mentes de los que viven. No fue afectada toda la juventud, pero bastantes de ellos sufrieron ese cambio y, como resultado, tenemos al delincuente juvenil y a su hermano mayor, el gamberro. Pueden explicarse como productos de la pobreza, de la ignorancia o de la depresión. La bomba los creó. La bomba hizo estallar su seguridad. Su nube-hongo les oscureció el futuro y desató una reacción en cadena de comportamiento neurótico. Claro que ya hemos tenido antes nuestra generación perdida, después de otras guerras, pero aquello apenas tuvo importancia. Esta vez, nuestra juventud se halla realmente perdida, sin méritos, sin porvenir. Y los que han sufrido esa serie de trastornos orgánicos sólo encuentran una seguridad pasajera en las sensaciones.
Elinor no entendía nada de aquello. Se alegró al oír la llamada del teléfono. ¿Por qué habría venido Jim a intranquilizarla de aquel modo? ¿A título de qué estaba dándole esta conferencia como un viejo profesor de larga barba gris?
Cogió el auricular y oyó la voz de Minnie; advirtió que ésta lloraba. No sabía por qué, pero aquello la enfureció más aún. Simplemente porque una mujer estúpida había oído una amenaza infantil de labios de su hija, ¿era ya motivo suficiente para echarle la culpa a Larry? ¿Le convertía aquello en un criminal o hacía de todos los jóvenes unos criminales, tal como decía Jim? Primero, la visita de éste y ahora el llanto de Minnie por teléfono. ¡Cualquiera diría que ella tenía la culpa!
Su furia se desbordó.
—Óyeme bien, Minnie Whittaker —dijo—. Basta de lloros. No ha pasado nada. Sí, ya sé lo que te dijo Jill. Los chiquillos dicen un montón de estupideces cuando se desbordan. Pero no hay ni la más ligera prueba de que Jill haya hablado con Larry desde anoche. No, no está ahora, pero estoy segura de que volverá. Naturalmente que sí... Todas sus cosas están aquí. Además, ¿adonde han podido ir? Minnie, si te detienes a pensar un momento, te darás cuenta de que todo es ridículo. Ya sé cómo te sientes. Pero no hay base ninguna para ello. ¿Y qué te parecería si Jill entrase cantando en su casa a la hora de la cena, después de un largo paseo, y se encontrara con que la policía la está esperando? Y a Larry lo mismo. ¿Te has dado cuenta de lo que sucederá cuando esta noticia se publique en los periódicos y del perjuicio que os causaría a vosotros y a Jill? ¿Cómo te sentirías entonces?
Elinor hizo una pausa.
—Al menos —prosiguió—, prométeme una cosa, Minnie. Concédele una hora. Espera hasta las cinco. Si para entonces no ha aparecido y Larry no ha venido a casa, llama a la policía. Claro que colaboraré contigo. Tú sabes muy bien que no le deseo a Jill mal alguno.
Hubo una nueva pausa.
—Sí, te lo mando ahora mismo. Pero, hazme caso, cálmate. Estoy segura de que tendrás noticias antes de las cinco. Yo te llamaré en cuanto sepa algo. De acuerdo. Yo se lo diré a Jim. Y ahora, calma.
Elinor colgó el teléfono.
—Ya has oído lo que le he dicho, Jim —dijo—. Va a esperar hasta las cinco.
Jim se encogió de hombros y se levantó.
—Aún sigo creyendo que cometemos un error —dijo, suspirando.
—El error sería peor aún si metiéramos en esto a la policía —dijo Elinor—. Por las funestas consecuencias que la publicidad nos traería, tanto a vosotros como a nosotros y, más que a nadie, a Jill.
—¡Al diablo con la publicidad! —Jim la miró, ceñudo—. Te digo que sé lo que es ese impecable Larry tuyo.
Elinor había supuesto que ya no estaba enfadado, pero pudo darse cuenta de que el mal genio seguía hirviendo dentro de él. Se molestó por ello y, entonces, se encaró con Jim.
—¡Tú no sabes quién es Larry! ¡Ni sabes quién es nadie, incluyendo a tu hija! No quería decirte esto, pero ya es hora de que te enteres de unas cuantas cosas. Me repugna que insinúes que Larry es un maníaco sexual que trata de seducir a tu encantadora hija, cuando, en realidad, es todo lo contrario. Esas gruesas gafas que llevas te engañan. No ves más allá de tus narices. Pero yo tengo ojos y veo. Y he visto la forma en que Jill ha estado tratando de atraerse a Larry, desde que lo conoció. Lo que anoche sucedió fue por culpa de ella.
—Pero es que él... —Jim hizo un gesto con la pipa y se sofocó.
—Ya estoy enterada. Larry me contó lo que había pasado. Y también me dijo que la chica no le importaba un comino, porque es una cría.
Ahora Elinor sabía por qué estaba furiosa, pero ya era demasiado tarde.
—Vete con tu mujer —dijo—. Te necesita.
—Pero es que quedas aquí sola. Si ese chico vuelve...
—Volverá. ¡Vaya si volverá! —Elinor forzó una sonrisa—. Eso no me preocupa en absoluto. Y, cuando vuelva, te llamaré. Si Jill llega antes, me llamas tú. Quedemos en eso.
—Y si ninguno de los dos vuelve antes de las cinco, llamaremos a la policía. También hemos quedado en eso —murmuró Jim, que vaciló un momento—. Elinor, comprendo perfectamente tu estado de ánimo. Y lo que has dicho de Jill... también lo comprendo. Sólo que...
Elinor le volvió la espalda. No se volvió a mirar, ni al oír la puerta cerrarse tras él. Pero, poco después, inconscientemente, cerraba la puerta por dentro.
No es que tuviera miedo. Incluso, ni aunque Jim estuviese en lo cierto respecto a Larry. Pero era mejor ir sobre seguro.
Y debería comunicarse con Walter. Sí, eso es lo que tenía que hacer. Y lo que debía haber hecho ayer. Ayer necesitaba a Walter. Ayer, hoy y siempre.
Consultó el itinerario que seguía. Hoy le tocaba estar en Denniston.
Elinor cogió el teléfono y pidió conferencia con el hotel al que Walter acostumbraba a ir, en Denniston. Cuando pudo comunicar, le notificaron que Mr. Walter Harris se había marchado a primera hora de la tarde.
Aquello significaba un contratiempo. Debió terminar su trabajo antes de lo previsto. El día siguiente tenía que estar en Kirbysville, pero si, en efecto, había adelantado el trabajo, llegaría aquella misma noche, a la hora de cenar. Entonces, podía llamar al hotel. Entretanto, no había por qué preocuparse.
A no ser por lo que pudiera haber ocurrido entre Larry y ella la noche anterior.
Nada —se dijo—, no ha podido suceder nada.
No es que estuviera segura totalmente, pero en su interior hacía un esfuerzo extraordinario para convencerse a sí misma de que aquellos pensamientos que la asaltaban no eran sino producto, sin fundamento alguno, de su imaginación y su temor.
Elinor se fue escaleras arriba. Se desnudó en el cuarto de baño, dejando la puerta abierta, para poder oír el timbre de la puerta, si llegaba Larry.
Al colocarse bajo la ducha, experimentó una sensación de bienestar. Aquello quería decir que podía hacer lo que estaba pensando, con la conciencia tranquila. Podía contárselo a Walter. Decirle la verdad, toda la verdad. A partir de entonces, se verían libres de Larry.
En aquel momento, casi se hubiera alegrado de que Larry hubiese desaparecido con el coche, fugándose con Jill. Pero aquello era absurdo. Ella sabía que Larry no intentaría semejante estupidez. No tenía dinero, ni lugar adonde ir.
A pesar de todo, era posible otra versión. Larry podía haber huido solo, llevándose el coche. Esta circunstancia tenía que comunicársela a Walter cuanto antes. Era la única forma de que su conciencia quedase tan limpia como estaba quedando su cuerpo, bajo el efecto de la ducha.
El agua estaba fría, pero la reacción le despejaba el cerebro. Cuando salió de la ducha, se sintió completamente despierta. Tan despierta que podía oír las gotas de agua que caían de la ducha. Poco después, podía percibir con nitidez otro sonido, más suave. Venía de abajo, de la cocina. Y era de pasos.
Pero, ¿cómo podía oír ruido de pasos, si la puerta estaba cerrada?
Pronto recordó que la llave de la casa y la del coche estaban juntas, en un mismo llavero. Y Larry tenía el coche.
Elinor cogió la bata y se aproximó de puntillas a la escalera, escuchando los pasos, que sonaban ahora en dirección a la sala.
Bajó la escalera, muy despacio, y oyó un ruido parecido al que se produce al abrir los cajones de una mesa.
Se asomó a la barandilla. Desde allí podía ver la sala.
Entonces divisó a Larry inclinado sobre la mesa.
De pronto, éste se volvió y se la quedó mirando fijamente.
—Ven aquí —dijo, con voz extraña.
Elinor estuvo a punto de desmayarse, al ver lo que Larry tenía en la mano.

XIII


Larry no había podido dormir, cuando regresó a casa. Antes de acostarse, entró dos veces en el dormitorio de Elinor, para comprobar si seguía durmiendo. Estaba completamente insensible.
¡Insensible! ¿Adónde podía ir uno, cuando quedaba insensible? No lo sabía. A él le había pasado lo mismo la otra noche y no podía recordar dónde había estado.
¿Y adónde habría ido Clarence? ¡Clarence sí que estaba insensible!... Tanto, que ya no volvería a sentir jamás.
Lo peor de todo era que Clarence había vuelto. Había vuelto, sí, y Larry no podía deshacerse de él. Acostado en la cama del cuarto de forasteros, le veía en el fondo de la bañera. Para librarse de él, llenó la bañera de dinero, un billete tras otro, hasta que el cuerpo de Clarence quedó completamente cubierto. Ya no se veía ni la cara ni la sangre.
Tardó bastante en conseguirlo porque los billetes resbalaban con facilidad. Pero, después, la cabeza de Clarence comenzó a bambolearse y podía ver cómo movía los labios. A través de ellos, salían pequeñas burbujas rosadas y parecía que iba a decir algo. Larry, entonces, comenzó a meterle dinero en la boca, para que no hablase. Pero, al final, dijo algo y Larry dio un grito. En aquel momento, despertó.
Saltó de la cama, temblando, y se fue a ver si había despertado a Elinor.
No, todavía seguía en cama, y ni siquiera se había movido. Parecía como si estuviese muerta.
Pero no era conveniente sobresaltarse ahora. Elinor estaba simplemente durmiendo y eso era, exactamente, lo que él deseaba. Aquel era el día señalado y estaba dispuesto a sacarle todo el rendimiento posible.
Lo primero que tenía que hacer era afeitarse, y lo hizo a conciencia. Necesitaba estar presentable. Luego, preparó unas tostadas y mantequilla. Aquella mañana no le apetecía tomar café. Además, le llevaba mucho tiempo prepararlo y tenía que atender y comprobar otras cosas.
El coche estaba bien. Tenía suficiente gasolina. Llevaba la pistola, las balas y los guantes. No es que fuera a necesitarlos, pero precisaba actuar sobre seguro. Esta vez, la operación tenía que resultar perfecta.
Larry volvió a dar un repaso a todo, mentalmente, sentado en la sala y, en efecto, no se le había olvidado nada. Al principio, el silencio le ayudó a concentrarse, pero después le puso nervioso. Había demasiado silencio allí, un silencio de tumba.
Inesperadamente, sintió deseos de tocar el piano. Necesitaba superar aquel estado de tensión.
Tenía que confesarlo, pero estaba intranquilo. ¿Y quién no? Dentro de pocas horas habría puesto sus manos en lo que él quería. Era normal que ahora le sudasen.
A pesar de todo, en aquel momento, sentado al piano, podía tocar algo nuevo, algo original. ¡Para eso era compositor! Tenía vocación y aptitudes. Pronto iba a conseguir una oportunidad de demostrarlo.
Todo consistía en saber esperar y no correr riesgos. ¿Por qué tocar en un piano como aquel, cuando podría recibir miles de dólares por hacerlo en uno de cola? Miles. Cinco mil. Para eso estaba preparándose. Es extraño cómo reacciona la imaginación cuando uno está dispuesto. Y él lo estaba.
Sonó el teléfono y Larry corrió a contestar. Tenía que evitar que el ruido de las llamadas despertase a Elinor. Por otro lado, corría un riesgo al contestar él mismo. A pesar de ello, se decidió y descolgó el teléfono.
Era Jill. ¡Mala suerte!
La escuchaba sin poder creer lo que oía. La jovencita hablaba con excitación y se refería a lo ocurrido la noche anterior. Le dijo que había roto con su familia y que sabía, desde el momento en que la besó, lo que él sentía por ella. Además, aseguraba que se iba de casa hoy mismo, con o sin él.
¡Qué pesada! Larry tenía que decirle algo para evitar que se presentase allí a buscarle y lo echase todo a perder. Mientras ella hablaba, él trataba de pensar en lo que podía decirle para ganar tiempo.
Al fin, se le ocurrió una idea. La recogería en la ciudad, frente al surtidor de gasolina, a las cuatro. En aquel momento, era la una.
Dicho esto, colgó el teléfono con rapidez. Era la única forma de hacerla callar.
Maldijo, a continuación, su mala estrella y los caprichos de aquella niña histérica. Lo único en lo que no había pensado era en eso: en tener que cargarse con Jill. De todos modos, no podía verla hasta después de haber conseguido el dinero. Sabía que el viejo Jim avisaría a la policía en cuanto hubiesen abandonado la ciudad.
Bien pensado, era una lástima. Jill podría depararle algunas buenas satisfacciones. Pero no le gustó la idea. En aquel momento prefería el dinero. El mundo estaba lleno de satisfacciones y de jovencitas. Y, además, mejores que ella.
Larry volvió a subir al piso y se asomó al dormitorio. Elinor continuaba representando el papel de la Bella Durmiente. La contempló. Decididamente, hoy no le correspondía a él el de príncipe. Tampoco estaba dispuesto a dar a la Cenicienta zapatillas de cristal. Que esperase, frente al surtidor de gasolina, hasta que se cayese rendida. Tenía una cita demasiado importante con Bucles de oro.
¡Oro! Lo más prudente sería salir corriendo y dirigirse al Banco. Podía llegar tarde.
¡La una y media! Tomaría el coche inmediatamente, antes de que Elinor despertase. Tendría tiempo para llegar a Canterbury y comer algo hasta las tres. A esta hora estaría en el Banco, para ver si la LaVerne sacaba el dinero.
Así es como tenía que hacerlo. Ya no se fiaba de ella. ¿Es que le creía lo suficientemente tonto para creer en su palabra e irse a la choza del lago a meterse en una trampa?
No, Larry Fox no lo haría. Antes, la estaría vigilando en el Banco. Si ella lo hacía todo como le había prometido, estaría seguro de que no intentaba traicionarle. Podía, entonces, seguirla a la choza y no preocuparse más.
Larry entró en el coche. Lo puso en marcha y se dirigió a la parte baja de la ciudad. Allí en donde Jill esperaría, un poco más tarde, a su Príncipe Encantador. ¡De acuerdo! Que esperase, sin prisa. Él se hallaba camino de Canterbury.
El aire fresco le sentó bien, lo mismo que los huevos con tocino que comió en Pats, en la calle principal. Una vez que hubo pagado, le quedaban cincuenta centavos, pero aquello ya no tenía importancia. Al cabo de una hora, tendría en la mano diez mil veces aquella cantidad. Se la había pedido en billetes pequeños. ¡Hasta en ese detalle se consideraba ingenioso!
Dio una propina, compró cigarrillos y bajó, rodando lentamente, calle abajo, para estacionarse frente al Banco. En el contador de estacionamiento colocó su última moneda de níquel.
Luego volvió a entrar en el coche, encendió un cigarrillo y esperó.
Aquello de esperar era difícil para él. El reloj del Banco se le metía en el subconsciente. Esfera blanca, manecillas negras. La manecilla derecha en posición horizontal, la izquierda apuntando al cielo. Eran las tres menos diez.
¿Dónde estaba la LaVerne?
Larry se enderezó y trató de averiguar por dónde vendría el descapotable amarillo. Eran ya las tres menos cinco, pero ¿dónde estaba el coche?
Le dominaban los nervios de tal forma que casi no la vio llegar. Apareció por la esquina, a pie, y entró en el Banco tan de prisa que casi no pudo reconocerla.
Larry pensó que habría dejado el coche a la vuelta de la esquina, donde no había contadores. No valía la pena gastarse una moneda de níquel por unos minutos de estacionamiento. Lo único que tenía que hacer allí era entrar y volver a salir inmediatamente con los cinco mil.
Larry no pudo evitar una sonrisa, su sonrisa peculiar, cuando se dio cuenta. Pero sus ojos continuaron fijos en la puerta del Banco, hasta que la vio salir. Después, se dejó caer otra vez en el asiento.
La LaVerne llevaba un bolso de verano, de buen tamaño, apretado bajo el brazo, como si le pesara, y abultado.
Puso el motor en marcha y comenzó a rodar. Daría la vuelta a la manzana para alcanzarla al entrar en el coche. De esta forma, era muy posible que no tuviera necesidad de ir a la choza. La iría siguiendo y la detendría en el camino.
Llegó a la esquina de la calzaba izquierda y se dispuso a girar. En aquel momento, y sin saber cómo, apareció un policía del tráfico.
—¿No sabe leer?
—Perdón, guardia, yo...
—Ese cartel lo dice con claridad. Prohibido girar a la izquierda.
Larry pestañeó.
—No me di cuenta —dijo.
—Ya, ya. Que no vuelva a repetirse.
Tuvo suerte de que no le pidiese la documentación, ni examinase el coche. Larry llevaba la pistola a su lado, sobre el asiento.
Aquello demostraba que todas las precauciones eran insuficientes. En cierto modo, agradeció el recordatorio. No volvería a descuidarse.
Larry siguió rodando hasta la esquina siguiente. Giró, y luego volvió a girar, para dar la vuelta completa a la manzana donde estaba el Banco. Pero no vio el descapotable de la LaVerne. Se le había escapado por culpa del guardia.
Por lo tanto, no podía hacer otra cosa que dirigirse al lago, por su propia cuenta. El camino del este. Verás un letrero...
Llegó a aquel camino, pero sin mucha prisa. No debía correr más riesgos.
El lago se veía en la distancia. El agua era casi tan azul como el cielo. El azul es un bonito color, pero también lo es el verde. El verde de los crujientes billetes nuevos. 
Encontró el letrero situado a la derecha del sendero de gravilla que descendía a la orilla del lago. En él aparecían unos nombres. El cuarto de la lista decía Sarno. Por consiguiente, tenía que ser la cuarta choza, a la derecha.
Efectivamente, al girar vio en seguida el descapotable estacionado junto a los árboles, en la parte trasera de una choza grande, de color castaño. No se veían otros coches por allí, ni advirtió que hubiese señal de movimiento en las chozas cercanas. Lo cual aseguraba el resultado de su misión.
Larry no entró de frente, sino que puso el coche en el centro del sendero, marcha atrás, con objeto de cortar la retirada al descapotable, en el caso de que ella quisiese huir. Aquella fue otra medida ingeniosa. Inmediatamente salió del coche por la parte opuesta, fijándose bien en las ventanas.
Se acercó a la choza, lentamente. Su mano derecha buscó en el bolsillo la pistola. A la LaVerne no le gustaban las armas. Bueno, a él tampoco, pero necesitaba hacer uso de aquella ventaja.
Aproximándose a la casa Larry suspiró profundamente. Por un momento, se quedó allí, inmóvil, pensando en la inmensa serie de dificultades que había tenido que vencer para llegar hasta aquella puerta y para alcanzar lo que detrás de ella le esperaba.
Por fin, entró en la choza. La educación aconsejaba llamar antes a la puerta, pero Larry entró sin cumplir este requisito. Sabía adónde iba. Y ella, también.
La LaVerne estaba allí, de espaldas a la chimenea. Vio el bolso, abierto, sobre la mesa y, a su lado, un montón de billetes.
Larry miró a la LaVerne. Sus cabellos eran de oro y se desparramaban sobre sus hombros. El vestido que llevaba era de un dorado pálido que casi se confundía con los cabellos. Se fijó rápidamente en estos detalles, pero no le afectaron. Todo parecía estar cambiado de color. No veía más que el color verde de los billetes. Lo único que se le ocurrió pensar, al mirarla, fue que la LaVerne estaba hecha también de dinero. Sus senos podían ser paquetes de billetes de veinte dólares, colocados entre su piel y el vestido.
Pero no era aquel momento para entretenerse. Cerró la puerta y esbozó una sonrisa, diciendo:
—Bueno, aquí estoy.
La LaVerne asintió:
—¿No has venido demasiado pronto?
—El pájaro tempranero come el gusano primero.
—Ahí lo tienes —dijo, señalando el dinero, con un movimiento de cabeza.
Larry se acercó a la mesa, tratando de dominar su impaciencia. De pronto, se dio cuenta de que se había olvidado de una cartera para llevar el dinero y comenzó a meterlo nuevamente en el bolso.
—¿No lo vas a contar?
Ni en el rostro ni en la voz de la LaVerne se advirtió expresión alguna.
—¿Por qué haces eso?
—Lo siento, pero tendré que llevarme también el bolso.
La LaVerne se adelantó hacia él.
—¡No, Larry! Es nuevo, de piel. Me costó quince dólares...
Aquella incongruencia produjo efecto en ambos, pero con distintas reacciones. Ella cedió y Larry se echó a reír.
Por un motivo u otro, a la LaVerne no le gustó aquella risa. Ella dio otro paso hacia adelante y le miró, con gesto de mal humor.
Larry señaló el bolsillo de la pistola, con su mano libre.
—¡Oh! —La LaVerne se detuvo—. Supongo que habrás traído la pistola.
—Acertaste.
—No la necesitabas.
—Lo sé. Pero no hay nada mejor que estar seguro.
Dejó caer el bolso al suelo y se acercó a ella.
—Larry, ¿qué vas a hacer?
—Irme, naturalmente.
—Entonces, vete pronto y deja que yo regrese a mi casa. Sol no está, pero volverá en seguida y quiero disponer de tiempo suficiente para huir antes de que él...
—Cállate. ¿Tienes cordel por ahí?
—¿Cordel?
—Sí, una cuerda —dijo Larry mirándola ceñudamente—. ¡ Rayos, otra cosa que se me olvidó!
—Pero, ¿para qué quieres...?
—Para tus manos —dijo Larry—. Y para tus pies.
—Larry, no irás a atarme de pies y manos.
Larry lo afirmó, con un ademán.
—Pero, ¿qué otra cosa esperabas que hiciera? —preguntó—. ¿Irme tranquilamente y dejarte en libertad para que avisases a la policía?
—No, aquí no hay teléfono.
—Pero tienes un coche —dijo Larry—. Claro que de esas chozas... Algunos de tus vecinos deben de tener teléfono.
La LaVerne negaba con la cabeza.
—No, Larry, te lo prometo. Yo no haría nunca semejante cosa. ¿No te traje el dinero de acuerdo con lo que me dijiste?
—¿Y no trataste de impedírmelo la otra noche, en el Sunset? —preguntó Larry—. Si por quinientos dólares dispusiste que me apaleasen, por cinco mil no sé lo que serías capaz de hacer. No quiero correr ningún riesgo. Vamos a buscar una cuerda.
—Pero estoy segura de que por aquí no hay ninguna —afirmó la LaVerne, volviendo a ponerse de espalda a la chimenea—. Larry, escucha. Yo no podría traicionarte. ¡Si también yo me voy de aquí! No puedo quedarme, después de haber cogido el dinero. Sol me mataría. Tú no le conoces. —La chica tragó saliva—. Larry... iba a pedirte... que me llevaras contigo. Vámonos juntos, como en otros tiempos.
Larry sacó la pistola. Tenía una superficie brillante y metálica y pudo ver en las pupilas de la rubia dos pequeñísimos reflejos de plata.
—¡Larry, guarda eso!
A la LaVerne seguían sin gustarle las armas. Igual que a él no le gustaban las bocas ensangrentadas. Larry podía darse cuenta ahora de la sensación que ella experimentaba. Y, además, aprovecharse de ella.
—No voy a hacerte daño —dijo él—. Pero no me pongas nervioso. Vamos a buscar esa cuerda, ¿quieres?
Así se hacían las cosas. Aquellas eran las palabras más acertadas. ¿Por qué tenía que echarse a temblar de aquel modo y tener miedo a la pistola? La LaVerne tenía los ojos muy abiertos...
—Cuidado —advirtió Larry—. Vas a darte un golpe contra la chimenea.
La LaVerne se detuvo y luego se dejó caer hacia adelante. De pronto, se echó sobre él y trató de arrebatarle la pistola. Larry advirtió en seguida que la intención de la LaVerne no era usarla contra él. Lo que ocurría era que no podía resistir la presencia de ningún arma desde el incidente del marine.
Larry apartó la mano, instintiva y rápidamente, y con la libre la sujetó por la muñeca. Sólo intentaba contenerla y tranquilizarla.
En el forcejeo, la LaVerne gritó:
—¡Déjame, bastardo!
¡La palabra! ¡Larry oyó la palabra! La oyó y miró a la chica. La vio, con los ojos abiertos y la boca torcida. La había pronunciado conscientemente, dándose cuenta de lo que decía, a pesar de que él no quería hacerle daño. Eso era lo que pensaban todos, lo que todos sabían... que él era bastardo. Tenía que conseguir que, de una vez para siempre, dejasen de llamarle así. Todos cuantos le conocían sabían que él no tenía la culpa y, pese a ello, se lo llamaban. Por eso, tenía que buscar un remedio para evitarlo inmediatamente y para siempre.
Se quedó mirándola a la cara. La tenía tan cerca, que podía sentir su aliento en la mejilla. Un momento después, ella pareció alejarse de él y percibió el olor del humo de la pólvora, sintiendo, simultáneamente, el temblor de su mano por la convulsión del arma. Resultaba extraño, porque Larry no recordaba haber oído el disparo. Pero el disparo tuvo que producirse, porque, si no, ella no estaría allí, tendida en el suelo, desmadejada y completamente inmóvil, con un orificio en el cuello.
Larry se echó hacia atrás, mirando el cuerpo que yacía a sus pies y, por un instante, sintió alegría. Ya no podía repetir nunca aquella palabra. Los labios de la LaVerne quedaban sellados para siempre.
Al acordarse de sus labios, Larry se fijó en ellos y vio cómo se abrían, a la vez que comenzaba a brotar sangre de su boca.
Entonces, lanzó un grito y echó a correr.
XIV


Fue un error gritar y echar a correr.
Al llegar a la puerta, Larry se detuvo. Sincronizó su respiración, tratando de recuperar el ritmo normal. Únicamente de esta forma podía pensar en lo que había ocurrido, fijándose en aquella mujer que estaba tendida en el suelo, echando sangre por la boca.
Escuchó detenidamente, durante unos momentos, pero no llegó hasta él rumor alguno del exterior. No había nadie por allí y, por consiguiente, nadie podía haber oído el disparo.
Continuó respirando a ritmo lento, hasta volver a su habitual tranquilidad, como único medio de seguir haciendo bien las cosas. Aquella situación, que no había previsto, era delicada y auténtica, tan auténtica como aquellos cinco mil dólares que estaban en el bolso caído en el suelo.
Larry dio la vuelta y se acercó al bolso. Fijó sus ojos en él y se inclinó, recogiéndolo. Poco a poco, fue desapareciendo de él aquella impresión de pánico que le había hecho gritar y echar a correr.
Aún tenía los guantes en el bolsillo. Debió habérselos puesto. Sin embargo, podía ponérselos ahora para acercarse a la puerta y limpiar el pomo. ¿Había tocado alguna otra cosa?
No. Estaba seguro. No había tocado más que la pistola, que seguía en el suelo, cerca del cadáver de la LaVerne.
Decidió dejarla donde estaba para que, cuando la policía hiciese la correspondiente investigación, fuesen en busca de su propietario. Y, entonces, Walter se encargaría de dar las oportunas explicaciones, si podía.
Larry se dirigió de nuevo hacia la puerta, con ánimo de salir, pero se detuvo.
No; su plan no era correcto. Si la policía llegaba a interrogar a Walter, este tendría una indiscutible coartada. Además, de rechazo, sospecharían de él. Larry había estado viviendo en su casa y había huido de la ciudad el mismo día en que aquella mujer fue muerta, a veinte millas de distancia. Lo de abandonar la ciudad no era una prueba. Pero, si averiguaban que había sido asesinada con una pistola sacada del lugar donde él había vivido, lo sabrían todo.
Ahora estaba pensándolo mejor. Demostraba no haber perdido la serenidad y que no tenía miedo a nadie.
Así, pues, devolvería la pistola a su sitio. Al regresar a casa, la colocaría de nuevo en el cajón de la mesa de Walter. Nadie sabía que la había cogido y, naturalmente, nadie le vería restituirla. Después, podría marcharse tranquilamente con el dinero.
Larry se enderezó y echó una última mirada a la habitación, manteniendo la vista muy por encima del nivel del suelo. Vio el reloj en la repisa de la chimenea y observó que eran las cuatro menos cuarto. Había venido temprano. ¿Qué es lo que le había dicho a la LaVerne? Aquello de «el pájaro tempranero come el gusano primero». Bien, ella también tendría gusanos muy en breve.
Se detuvo. Ya no le resultaba tan difícil. Se hallaba en condiciones de hacer cualquier cosa, si tenía que hacerla. Control perfecto, tranquilidad, he ahí el secreto. Instintivamente pensó que, si lograba continuar dominándose como hasta entonces, no habría dificultades en la vida para él. Podría ser pianista, director, compositor. Escribiría un Concierto para pistola y orquesta.
Se dio cuenta de que, pensando así, conservaba aún su buen humor. Eso demostraba que estaba en forma y que nada podía fallarle. Ahora, podía ya sonreír, al salir de la choza y ponerse de nuevo bajo la luz solar. Nadie había por allí que le observase, pero él quería sonreír. De ahora en adelante, sonreiría siempre.
Larry se dirigió al coche, con el bolso debajo del brazo, y se quitó los guantes. Podría encontrar una bolsa de papel en cualquier sitio para meter el dinero. Luego, se desharía de los guantes y del bolso. Los tiraría al lago, al salir de la ciudad. Pero ¿cómo iba a salir? ¿Esperaría hasta el día siguiente a que Walter llegase de viaje y pediría que le llevase en el coche hasta el autobús?
Ya atendería a aquel detalle más tarde. Ahora tenía que regresar rápidamente y restituir la pistola. Primero, lo más inmediato, y, después, lo demás. Y conservando siempre el dominio de sí mismo.
Sacó el coche de allí cuidadosamente, haciéndolo rodar por la grava para no dejar huellas de los neumáticos. La suerte le acompañaba.
Larry entró en la carretera y pisó el acelerador. Ahora tenía que correr, apartarse del lago y de la choza y de la LaVerne. Cerrando los ojos, podía verla aún tendida en el suelo, en la misma forma en que la había encontrado cuando aquel suceso del marino. En aquella ocasión, ella le había recibido diciéndole: ¡Hola, cariño! Pero la escena pertenecía ya a un lejano pasado. Tampoco volvería a repetirle estas palabras. Si las pudiese pronunciar, cada una de sus letras saldría de su boca, envuelta en su propia sangre.
La memoria de la sangre volvió a excitarle. Repentinamente, experimentó una sensación de mareo. Se acercó al borde del camino y detuvo el coche. Abrió la portezuela, salió y vomitó en la cuneta. Definitivamente, no podía evadirse a la repugnancia de los recuerdos que martilleaban en su cerebro. Volvió al coche, se recostó en el asiento, temblando, y comenzó a respirar lentamente, otra vez, intentando recuperar la normalidad de su sistema nervioso.
Sin embargo, comenzaba a dolerle la cabeza. El dolor se tornó de repente muy agudo. Era, según palabras de la LaVerne, un dolor que cegaba.
Lo cierto era que parecía como si estuviesen partiéndole el cráneo y una parte quedase para conducir el coche y la otra para respirar profundamente y a ritmo lento y para sollozar.
Nunca había pasado aquello por su imaginación. Sin embargo, ahora entraba en su cerebro, produciéndole un dolor vivísimo.
No perfilaba con claridad las ideas, pero creyó ver que, allá en el lugar donde nacen, alguien pretendía llevar el control de sus aventuras y presentaba ante él el pasado de su vida escrito en una partitura musical cuyas notas no podía leer porque estaban manchadas de sangre. Y porque tenía un dolor de cabeza que le cegaba.
Pero aquello era una injusticia. Aquel dolor y aquella ansiedad debían corresponder a la otra mitad. Ella era quien había cometido el error de matar a la LaVerne. Alguien tenía el deber de perseguirle y apresarle para que pagase, con el castigo que merecía el daño cometido. Que le encerrasen, por lo menos, hasta que aprendiese a no herir a la gente. Así no volvería a molestarle a él tampoco. Porque él, Larry Fox, no había hecho nada, en absoluto.
Larry se iba ahora a casa a esconder la pistola. Era lo único de que tenía que preocuparse. Puso de nuevo en marcha el coche y, poco después, entraba en Garden View. Allí era donde tenía que girar. Era mejor frenar para que nadie le detuviese y se hallase obligado a explicar por qué iba tan de prisa. La gente no podría comprenderle. Nunca le habían comprendido. Por eso merecían lo que les pasaba. No quería herir a nadie, pero a veces había que castigar. Es lo que la hermana Corinne le había dicho siempre.
El dinero era auténtico. Lo podía ver en el bolso, sobre el asiento, a su lado. Y la pistola era auténtica. Aún dominaba la situación, porque sabía distinguir las cosas auténticas.
Y por eso giraba allí. Iba a dejar la pistola en el cajón de donde la había sacado. A partir de entonces, podría vivir tranquilo, sin preocupaciones, y sonreír abiertamente a Elinor. Le diría que había salido a dar una vueltecita. Y, si no se lo creía, ya daría cualquier otro pretexto. Porque, en aquellos momentos, conservaba el dominio sobre sí mismo.
Larry estacionó el coche y bajó. Tenía que dejar el bolso donde estaba, hasta que consiguiese una bolsa de papel. Pero llevaba en el bolsillo la pistola y el llavero. Entraría por la puerta de la cocina.
Antes de entrar, miró hacia arriba. La ventana del cuarto de baño estaba bajada y, a través de ella, se veía luz. Elinor debía de estar allí, lo que quería decir que podía entrar en la casa sin ser visto. Abrió la puerta y llegó a la sala. En el momento en que se disponía a abrir uno de los cajones de la mesa de Walter, observó que Elinor le estaba observando, desde arriba.
¿Por qué?
Había bajado la escalera en silencio y allí estaba, sin moverse, mirándole fijamente.
—Acerqúese —dijo Larry.
Ella obedeció. Larry tenía la pistola en la mano.
Larry observó que a Elinor, como a la LaVerne, le impresionaban las pistolas. Esta era rubia y Elinor morena. Pero en esto coincidían. Las dos tenían miedo a las armas. Otro punto de coincidencia era su forma de vestir. Elinor llevaba una simple bata, a través de la cual se veían todas las formas de su cuerpo. ¿Pretendía tentarle, presentándose ante él tan provocativa?
Larry movió la cabeza. Tampoco era aquel el momento oportuno.
Estaba asustada y él la dominaba por completo. Pero no debía acordarse de aquello. Sus preocupaciones derivaban hacia temas de más importancia.
—No se asuste —dijo—. Estaba buscando papel y lápiz en este cajón y vi la pistola. ¿Es de Walter?
—¡Larry, estaba preocupadísima por ti! Cuando me dijeron que te habías ido con ella, no supe qué pensar.
Aquello no le gustó. Se acercó a ella y la cogió por la bata. Ella retrocedió, diciéndole:
—No te enfades, Larry. No disimules más, porque... estoy enterada.
¿Que estaba enterada?
Algo, entonces, había fallado y todos lo sabían. Lo que quería decir que ya no viviría en paz hasta que se hubiese librado de ellos. Todos estaban contra él porque era bastardo, a pesar de que él no tenía culpa alguna. El no había querido matar a la LaVerne. Los culpables eran ellos, que le obligaban a hacerlo.
Sin embargo, confiaba en que esta vez no hubiera sangre.
—Larry... estáte quieto... no te preocupes... sé que no te vas a fugar con Jill.
Elinor temblaba de tal modo que sus dientes castañeteaban. Después de oír aquellas palabras, Larry comprendió que estaba equivocado. Se estaba refiriendo a Jill. Luego no sabían nada de lo ocurrido a la LaVerne y, naturalmente, tampoco le perseguía nadie.
Larry se volvió y aflojó el dedo que tenía apoyado en el gatillo de la pistola.
En aquel momento irrumpió Walter en la casa.
—¡Cuidado! —gritó Elinor.
Larry miró hacia atrás. Dio un empujón a Elinor y la echó a un lado. Después, avanzó al encuentro de Walter.
Walter seguía caminando hacia él. Su rostro estaba intensamente pálido.
—¡Apártate de ella! —dijo—. ¡Apártate de ella!
Larry hizo un movimiento de cabeza y alargó el brazo. Quería entregar a Walter la pistola y decirle que no era su intención hacer daño a nadie. Que su propósito era descansar un poco y marcharse de aquella casa inmediatamente.
Pero ya no había tiempo para explicaciones.
Elinor abrió la boca, como si fuera a gritar, y Larry se volvió rápidamente, dándole con la pistola en la cara.
Al caer Elinor, Walter trató de echarse sobre Larry para apoderarse de la pistola. Pero Larry le esperaba. Al acercársele, esgrimió el arma con seguridad y la dejó caer pesadamente sobre la cabeza de Walter.
Inmediatamente, echó a correr. Atravesó la cocina y salió por la puerta trasera, se metió en el coche de un salto y buscó las llaves en el bolsillo. Rápidamente, dio marcha atrás, procurando no precipitarse. Disponía del tiempo necesario para finalizar todo con éxito, si lograba dominar sus nervios. La LaVerne estaba muerta. Elinor y Walter se hallaban fuera de combate. Larry disponía del dinero, de la pistola y de unas cuantas horas. Atravesaría la frontera del Estado, abandonaría el coche y se desharía del arma. Entretanto, el descapotable amarillo rodaba, a toda velocidad.
De pronto, apareció Jill al borde de la carretera. Iba corriendo y llevaba en la mano una maleta que se bamboleaba contra sus piernas. Parecía haber estado llorando.
Larry acercó el coche a la acera, frenó con fuerza y abrió la portezuela contraria.
—¡Aquí! —dijo.
Jill se volvió y se dirigió a él.
—Larry... ¿dónde has estado? Esperé durante largo rato y no apareciste...
—Es que me retrasé.
—Por eso creí que estarías aún en casa de los Harris e iba a buscarte.
—Ya te he dicho que me retrasé. ¡ Sube!
—Pero, espera un poco...
—No tenemos tiempo.
Y era verdad. De pronto, volvía a faltarle el tiempo. Las cosas cambiaban repentinamente. Si hubiese salido un momento antes no la hubiese encontrado. En cambio, si ahora la dejaba allí, Jill se dirigiría a la casa y encontraría, tendidos en el suelo y sin conocimiento, a Walter y Elinor.
Por eso, la única solución era llevarla consigo, a pesar de que no lo deseaba. Nunca había tenido tal intención y, además, no podía hacerlo porque Jill obstaculizaría la realización de su proyecto.
Pero pensó serenamente, durante unos segundos, y en seguida encontró la solución. Cogió la maleta de Jill, colocándola en el asiento, y la ayudó a entrar en el coche. La sonrió alegremente, para tranquilizarla, y puso de nuevo el motor en marcha, reemprendiendo el viaje.
A Larry le resultaba fácil sonreír ahora. Llevaba la mejor de las garantías en uno de sus bolsillos: la pistola.

XV


Jill subió al coche. Antes de que hubiera cerrado la portezuela, ya Larry había pisado el acelerador. Doblaron la esquina y siguieron por una calle estrecha.
—¡Larry, más despacio! —dijo ella.
—Tenemos prisa, ¿entiendes? —Larry sonrió—. Nunca te habías fugado hasta ahora, ¿verdad?
—¿Fugado, dices?
No se le había ocurrido a Jill pensar de aquella forma en la aventura. Y sin embargo...
—Es como un juego, ¿sabes? —Larry le hablaba por el lado derecho de la boca; volvieron a entrar en la calle y abandonaron Garden View—. Lo importante es salir de la ciudad y cruzar la frontera del Estado antes de que nadie nos dé alcance.
—Pero, ¿quién...?
Él no la dejó terminar la frase.
—Tus padres, naturalmente.
—Larry, he estado pensando en esto. ¿No crees que sería mejor decírselo a ellos antes?
Él movió la cabeza, negativamente.
—¿Qué te ocurre? ¿Ya tienes miedo?
No, no es que tuviese miedo. Además, estaba ya harta de que todo el mundo la tratase como a una cría y de que la tomaran por alguien a quien había que estar dando lecciones continuamente. Sus padres y George Drux y gentes serias como Elinor y Walter Harris... Todos eran igual.
Larry era distinto. Era el único que sabía comprenderla, que no tenía miedo a vivir y que la miraba como si fuese una persona auténtica y no una chiquilla tonta.
Ella le sonrió, mirándole.
—No tengo miedo —dijo—. Pero no me gusta la idea de que te metas en un lío. En primer lugar, este coche no es tuyo.
—Cierto. —Él hizo una señal de asentimiento, pero sus ojos siguieron fijos en la carretera. Estaban ya en las afueras de la ciudad y Larry llevaba el coche a ciento veinte kilómetros por hora—. Pero no necesitas preocuparte. Todo lo tengo dispuesto. No nos llevaremos este coche. Vamos a llevarnos uno igual, de una de mis amistades.
—¿Uno igual?
Él asintió con un movimiento de cabeza.
—Otro Chevrolet, descapotable amarillo, exactamente igual que éste. Lo tengo todo arreglado y nos espera.
—¿Dónde?
—Un poquito más arriba. —Larry hizo un ademán vago y siguió mirando fijamente el camino.
—No lo entiendo. Este amigo tuyo... ¿sabe lo que piensas hacer?
Larry movió negativamente la cabeza.
—No es un amigo, es una amiga. Para que veas, ese bolso que está ahí es de ella. Además, nos presta dinero. Bastante dinero.
A ella le resultó difícil entender la última frase, porque Larry comenzó a reír entre dientes. Posiblemente, le estaba tomando el pelo. Pero no, ella veía allí el bolso.
—Creí que habías dicho que no conocías a nadie por aquí más que a Walter y a Elinor —dijo Jill.
—Y era cierto. Nos encontramos por casualidad. Una afortunada casualidad. —Larry volvió a reír entre dientes.
—Pero, ¿quién es?
—No tardarás en saberlo. Mira, aquí tenemos que doblar.
El coche entró por un camino particular, por el camino del lago.
Jill pestañeó. Todo parecía suceder con demasiada rapidez. No tenía tiempo para pensar ni para darse cuenta de las cosas. Pero había algo que la preocupaba y no era precisamente la idea de que Larry encontrase una amiga que les prestara un coche, así, sin más ni más. Quizá fuese la forma de reír él cuando no había nada de que reírse. Había nerviosidad en los sonidos de Larry y ella comenzaba a sentirla también.
Entonces advirtió que la chaqueta y los pantalones de Larry estaban arrugados y llenos de polvo y que a la camisa le faltaba un botón. Forzó la vista para ver mejor, pero allí, bajo los árboles, estaba más oscuro, y el crepúsculo avanzaba sobre la superficie del lago.
El coche comenzó a perder velocidad.
—Hemos llegado —dijo Larry—. Aquí está el otro Chevrolet.
Había, efectivamente, otro descapotable, exactamente igual que aquél, estacionado junto a la casona de color castaño. Ella contempló el coche, mientras Larry daba marcha atrás en el sendero. No quitaba la vista de la choza, como si esperase que alguien apareciese, de improviso, en la puerta.
—¿Te espera tu amiga? —preguntó Jill.
Larry hizo una señal de asentimiento al parar el motor.
—¿Cómo se llama?
—Os presentaré cuando entremos.
Jill se revolvió en el asiento, mirándole a la cara.
—Larry, ¿estás seguro de que se halla dispuesta a prestarte el coche? ¿Crees que no dirá nada?
Larry rió más fuerte que antes.
—¡Te prometo que no dirá una palabra! —Se fue al otro lado del coche para abrirle la portezuela. Entonces, la tomó del brazo—. Anda, vamos.
La risa cesó, al vacilar ella. Jill notó que los dedos de Larry aprisionaban su brazo y que su voz era dura.
—¡He dicho que vamos!
La voz la hirió más aún que los dedos y ella se apartó.
—Larry, pasa algo, ¿verdad?
—No, nada. Algo de nervios, creo. No estoy acostumbrado a esto. —De pronto, la soltó—. ¡ Es un crimen, eso es lo que es..., un crimen!
—¿El fugarse, quieres decir?
—Sí, claro, el fugarse.
—Larry, quizás no debiéramos hacerlo.
—¿ Hacer qué?
—He estado pensando. Quizá sea mejor que no sigas adelante con el plan.
—Pero, ¿no ves que no tengo más remedio que seguir? Es la única solución.
—¿Por qué? Nadie sabe que hemos venido aquí.
—Así es. Nadie lo sabe.
—¿Y qué sucedería si salimos de aquí y nos volvemos a casa? ¿Qué podría ocurrir?
—¿Qué podría ocurrir? —Volvió a cogerla del brazo y esta vez no hubo risa, ni sonrisa, ni la soltó—. Yo ya no puedo volver. Yo no tengo ninguna otra salida más que irme. Y tú vendrás conmigo.
—Larry, yo...
—¡Cállate!
La sacó del coche de un tirón y la arrastró consigo, por el sendero, hacia la puerta de la casa.
—Larry, si no me sueltas ahora mismo, voy a gritar.
—Grita cuanto quieras. Nadie te oirá.
—Pero tu amiga...
—No le importará nada.
—¡Claro que le importará! Porque voy a decirle que he cambiado de opinión y que ya no me voy contigo.
—Estupendo, dile eso.
Larry volvió a reír, al tiempo que abría la puerta de la casa. Empujó a Jill hacia dentro y cerró la puerta en seguida. La chica entró dando tumbos en la habitación semioscura.
Jill recuperó el equilibrio, forzando una sonrisa por si la amiga de Larry la estuviese mirando, aquella amiga que iba a ser tan bondadosa que les prestara el coche para su luna de miel.
Pero la oscuridad y el silencio contaban su propia historia: la casa estaba vacía. Allí no había nadie. Nadie en la habitación, nadie en toda la casa. Jill miraba fijamente las sillas vacías, el sofá vacío, la gran chimenea, la alfombra enrollada...
Pero la alfombra enrollada era un cuerpo, dos brazos y dos piernas y una cabeza con un agujero en el cuello.
Se asustó al abrirse la puerta tras ella, pero era Larry, naturalmente, que se reía, al mirarla. Ella deseaba echarle los brazos al cuello, pero se dio cuenta de que él tenía la pistola en la mano.
Y le apuntaba con ella. Justamente al cuello.
—¿Fue agradable vuestra charla? —murmuró—. ¿Ya os conocéis? —Larry dio un paso adelante y Jill buscó refugio contra la pared—. Bien, sobraba tiempo para eso. Mucho tiempo. Toda una eternidad.
—Larry...
—¡Cállate! Quiero que estés muy tranquila. Tenemos que estar los dos muy tranquilos. Es la única forma de evitar cosas peores. ¿Ves?, si conservamos la calma, te lo podré decir todo. Tú quieres saberlo todo, ¿verdad, Jill?
—Sí. Quiero saberlo todo.
—Esta mujer se apellidaba LaVerne. Iba a darme dinero, pero se produjo entonces un accidente casual y la pistola se disparó. Tú me crees, ¿verdad?
—Naturalmente. —Jill hizo un esfuerzo para asentir—. Naturalmente que te creo.
—Mientes. —La voz de Larry carecía de inflexión. No temblaba, y era firme como la mano que sostenía la pistola—. No lo crees, ni lo creerá nadie. Por eso no deben saberlo nunca. Ni la policía, ni la hermana Corinne, ni ninguno de ellos. Y no lo sabrán, ni después de haber venido tú hasta aquí.
—Naturalmente que no. Yo no les diré nada. —Jill sintió que se le saltaban las lágrimas, pero pudo contenerlas—. Por eso querías fugarte, ¿verdad? Porque la mujer no puede declarar contra el marido.
—Pensé en eso, sí —dijo Larry—. Y también pensé en otra cosa. En llevarte conmigo por si hubiera tropiezos por el camino. Podía suceder que nos cerraran la carretera o algo así, después de haber dado la señal de alarma. Y entonces podría utilizarte como escudo, porque no se atreverían a disparar sabiendo que tú estabas conmigo.
—Pero tú no harías...
—Eso es, no lo haría. Porque hay otra solución mejor. Una forma de arreglo para que ni siquiera me persigan. Y es que te encuentren a ti aquí, Jill. Aquí con la LaVerne y la pistola que sirvió para matarla.
Larry estaba ahora cerca de ella, pero su voz sonaba lejos.
—Lo entiendes, ¿verdad? Creerán que os peleasteis por la pistola y que os matasteis mutuamente, porque os estabais peleando por mí. Ese será mi golpe definitivo. El gran final.
—Larry, por favor.
Él levantó la pistola.
—No te dolerá —murmuró—. No te dolerá, te lo prometo. Piensa sólo que te vas. Como si fuera un viaje de luna de miel.
A través de la ventana, sobre el hombro de Larry, Jill pudo ver una sombra que se movía. Luego, vio el rostro en el marco de la ventana, mirando hacia dentro. Era un viejecito de cabellos blancos como la nieve, que sonreía a Jill como un gnomo benevolente.
Larry siguió la dirección de su mirada y se volvió.
La pistola se disparó, de pronto, y el viejecito de cabellos blancos se desplomó, doblado, sobre el marco de la ventana. Pero, al caer, levantó el arma que llevaba en su mano e hizo saltar la tapa de los sesos de Larry.

XVI


No pudieron aclarar los hechos hasta mucho después. Llegó la policía y hubo mucho movimiento hasta la terminación del sumario.
Elinor pudo, al fin, contar el resto a los Whittaker, una noche en que fueron a visitarlos.
—Fue ese Sarno el que hizo que le dieran la paliza a Larry el día en que lo encontramos desmayado en nuestro coche. Creyó que aquello iba a arreglarlo todo, hasta el día en que Larry y su amigo Clarence llamaron a la LaVerne y la amenazaron. Sarno estaba escuchando por el teléfono supletorio del piso de arriba.
Elinor hizo una corta pausa y prosiguió:
—Entonces, hizo que mataran a Clarence. La policía dice que Sarno estaba en contacto con corredores de narcóticos y Clarence tenía el vicio. Sarno se encargó de que abastecieran a Clarence en seguida. Le mandó heroína, pero mezclada con un matarratas. — Elinor se estremeció—. ¡Qué horrible manera de morir!
—¿Cómo sabía Sarno que Larry continuaba su plan de chantaje? —preguntó Minnie Whittaker.
—No lo sabía. Creyó que la muerte de Clarence sería suficiente para atemorizarle y hacerle huir. Nunca pensó que la LaVerne sacaría el dinero de su cuenta conjunta, ni se imaginó que fuese a encontrarse con Larry en la choza. Él había estado ausente aquella tarde y, cuando llegó a casa, se encontró con que la LaVerne no estaba. También faltaban algunas cosas de ella, por lo que debió pensar que le había abandonado. Tuvo una corazonada y llamó al Banco, donde le explicaron que había ido allí a sacar dinero.
—Pero ¿por qué había de ir a la choza, entonces?
—La policía cree saberlo. ¿Recordáis, cuando registraron la casa, después, que encontraron once mil dólares en dinero, escondidos bajo las maderas del cobertizo de herramientas?
Jim movió la cabeza, asintiendo.
—Posiblemente temió que la LaVerne pudiera haber descubierto la existencia de este dinero y que proyectase llevarlo también consigo. Lo raro es que, al parecer, la mujer no tenía ni la menor idea de ello. Pero Sarno llegó a la choza justamente después de que llegaran Jill y Larry. Y ya sabéis lo que sucedió después.
—Sí —contestó Minnie—. De todos modos, aunque no hubiera salvado la vida de Jill, me daría lástima ese Sarno. Y eso que era un asesino.
—Su verdadero crimen no fue ese —le dijo Jim—. Su verdadero crimen fue el tratar de comprar algo a lo que no tenía derecho: juventud. Juventud en la forma de la LaVerne. Tenía treinta años menos que su marido. Era natural que hubiese algún contratiempo.
—Todavía sigues interesado en ese problema de la juventud, ¿verdad? —preguntó Walter.
—Naturalmente. Eso es básico. El que Sarno matase a Larry es la esencia misma del caso. La juventud contra la vejez.
—¿Y Larry? —dijo Minnie—. Supongo que creerás que era el tipo de joven actual y que nuestra Jill y los chicos como George Drux son lo mismo que él, ¿verdad?
Jim hizo un ademán impaciente con la pipa.
—Yo no dije eso. Jill fue simplemente una crédula. Los dos sabemos ya que ha escarmentado. Se se sentirá muy feliz con George, o cualquiera como él, y dará gracias al cielo de que todavía existan por ahí bastantes que se le parezcan. No, Larry era una excepción, un caso de trastorno orgánico. Mi única esperanza es que nuestra sociedad no críe demasiados como él. Podemos vivir sin los gamberros.
—¿Gamberros? — Elinor estaba verdaderamente sorprendida—. Yo creí que los gamberros eran esos tipos que andan por ahí con ropas sucias, que tocan jazz y hablan de tonterías. Y, además, creo que llevan barba.
—Cristo también llevaba barba —dijo Jim—. Y Cristo no era así. —Sonrió amargamente—. No estoy tratando de mostrarme petulante. Es que las etiquetas y los símbolos en sí no dicen nada. Hay algo más en la llamada generación gamberril que sentarse en cafés y cavas, emitiendo sonidos raros y metiéndole poesía a la música. El ser gamberro no tiene nada que ver con escribir libros o producir ruidos furiosos. Todo eso lo hacían, cuando nosotros éramos jóvenes, en Greenwich Village o en los claustros universitarios. Ser gamberro es simplemente no dar razón ninguna a la vida. Es adoptar una actitud de yo-primero, y buscar sensaciones a cualquier precio. Larry tenía eso. O, mejor aún, eso lo tenía a él. Él puede haber sido un caso extremo.
—Por favor —dijo Elinor—. No hablemos más de él.
Y no hablaron más de Larry.
Elinor y Walter tampoco hablaron de él, después de irse los Whittaker. Ya habían discutido al volver de la clínica: Elinor con su cicatriz en la mejilla y Walter con la suya en la cabeza. Las heridas estaban ya cicatrizadas y ninguno de los dos quería verlas abiertas nuevamente. Incluso, entonces, naturalmente, Walter no lo había dicho todo. No había hablado de cómo Jim Whittaker había seguido a Larry y Elinor hasta casa la noche de la fiesta de Jill para ver lo que ocurría y que, al pasar en el coche, los había visto abrazados a la puerta la cocina. No le dijo que Jim le había llamado por conferencia a la mañana siguiente y que ése había sido el motivo de que hubiese regresado a casa anticipadamente, con tiempo para sorprender a Larry.
En realidad, Walter no tenía que decírselo a Elinor, porque ella ya lo sabía. Se lo había dicho Minnie Whittaker. Pero quería evitar que Walter se enterase de que lo sabía. Quizás algún día podría explicarlo. Ahora, sólo serviría para lastimarle y no quería lastimarlo porque amaba a Walter.
En cambio, hablaron algo más.
—Verás —dijo Elinor—, no puedo dejar de pensar en este Sarno. No parecía ser un golfo, con aquellas gafas y los cabellos blancos. ¿Qué es lo que vio ese hombre en una mujer como la LaVerne? El ser viejo debe de ser una cosa terrible.
—No, no lo es —murmuró Walter—. La edad es sólo terrible cuando se niega a abandonar la idea de la juventud. Del mismo modo, la juventud es terrible cuando desea cosas que vienen sólo con la edad.
—Esa es una idea muy profunda —le dijo Elinor—. Deberías exponérsela a Jim Whittaker.
—Que la averigüe él, si quiere —contestó Walter—. Todos tenemos que hacerlo, tarde o temprano.
—Pero, ¿y nosotros? —Elinor suspiró—. Nosotros ya no somos jóvenes. Y, en realidad, tampoco somos viejos.
—Es una buena forma de ser —dijo Walter—. ¿No crees? —La tomó del brazo y la llevó consigo al sofá.
—Creo que tienes razón —murmuró Elinor.
Al sentarse, vio una manchita, al borde de la alfombra de la sala. Se estremeció un poco cuando se dio cuenta de que debía ser... sangre suya o de Walter. Entonces, decidió no decir nada. Después de todo, habían mandado la alfombra al tinte.
Y era posible que la mancha desapareciese con el tiempo.

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