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jueves, 17 de marzo de 2011

Los reyes malditos -- EL REY DE HIERRO











Los reyes malditos


I

EL REY DE HIERRO


Maurice Druon






Los reyes malditos es una novela cuyos personajes han existido. Apoyada en una vasta recopilación de documentos, la obra revela – tal como si fuera un acontecimiento que estuviera ocurriendo hoy – los dramas políticos y apasionantes que opusieron a reyes y reinas, Papas, ministros, alta nobleza durante la tormentosa época que se inicia con el proceso a los Templarios y termina al comenzar la guerra de los cien años.
EL REY DE HIERRO, primer tomo del ciclo, tiene por figura central al rey Felipe el Hermoso, quién está decidido a luchar contra el enorme poder – que amenaza a la corona – acumulado por la orden de los caballeros Templarios. Felipe fue un monarca implacable, pero cuya voluntad estaba guiada por su deseo de lograr la unidad nacional.

PROLOGO

Al comenzar el siglo XIV, Felipe IV, rey de legendaria belleza, reinaba en Francia como amo absoluto. Había domeñado el orgullo guerrero de los barones, había vencido a los flamencos sublevados, a los ingleses en Aquitania e incluso al papado, al que había instalado por la fuerza en Aviñón. Los parlamentos obedecían sus órdenes y los concilios respondían a la paga que recibían.
Para asegurar su descendencia contaba con tres hijos. Su hija habíase casado con el rey de Inglaterra. Seis reyes figuraban entre sus vasallos y la red de sus alianzas se extendía hasta Rusia.
Ninguna riqueza escapaba de sus manos. Etapa tras etapa, había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a los judíos y atacado al trust de los banqueros lombardos.
Para hacer frente a las necesidades del Tesoro practicaba la alteración de la moneda. Cada día el oro pesaba menos y valía más. Los impuestos eran agobiantes y la policía se multiplicaba. Las crisis económicas engendraban la ruina y el hambre que, a su vez, eran la causa de motines ahogados en sangre. Las revueltas terminaban en la horca del cadalso. Ante la autoridad real, todo debía inclinarse, doblegarse o quebrarse.
Pero la idea nacional anidaba en la mente de este príncipe sereno y cruel, para quien la razón de Estado se sobreponía a cualquier otra. Bajo su reinado Francia era grande; y los franceses, desdichados.
Sólo un poder había osado resistirse: la Orden soberana de los Caballeros del Temple. Esta formidable organización, a la vez militar, religiosa y financiera debía a la Cruzadas, de las cuales había salido, su gloria y su riqueza.
La independencia de los templarios inquietó a Felipe el Hermoso, mientras que sus inmensos bienes excitaron su codicia. Instauró contra ellos el proceso más vasto que recuerda la historia. Cerca de quince mil hombres estuvieron sujetos a juicio durante siete años; y en este periodo se perpetraron toda clase de infamias.
Nuestro relato comienza al final des séptimo año.













PRIMERA PARTE


LA MALDICIÓN

I

LA REINA SIN AMOR

Un leño entero, sobre un lecho de brasas incandescentes, se consumía en la chimenea. Por las vidrieras verdosas, de reticulado de plomo, se filtraba un día de marzo, avaro de luz.
Sentada en alto sitial de roble, cuyo respaldo coronaban los tres leones de Inglaterra, la reina Isabel, esposa de Eduardo II con la barbilla apoyada en la palma de la mano, miraba distraídamente la lumbre del hogar.
Tenía veintidós años. Sus cabellos de oro recogidos en largas trenzas formaban como dos asas de ánfora a cada lado de su rostro.
Escuchaba a una de sus damas francesas, que le leía un poema de lsuque Guillermo de Aquitania:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco,
porque no tengo el que quiero...

La voz cantarina de la dama de compañía se perdía en aquella sala demasiado grande para que una mujer pudiera vivir dichosa en ella.

Me ha pasado siempre igual,
de quien quién amo no gocé,
no gozo no gozaré...

La reina sin amor suspiró.
- ¡Qué conmovedoras palabras! – exclamó -
Diríase que han sido escritas para mí. ¡Ah! Terminaron los tiempos en que un gran señor como el duque Guillermo demostraba tanta destreza en la poesía como en la guerra.
¿Cuándo me dijisteis que vivió? ¿Hace doscientos años?
Se diría que ese poema fue escrito ayer... (El más antiguo poeta francés conocido que escribió en romance vulgar, el duque Guillermo IX de Aquitania es una de las figuras más sobresalientes e interesantes de la Edad Media.
Gran señor, gran amador y muy ilustrado, su vida e ideas fueron excepcionales par su época. El refinado fausto de que se rodeó en sus castillos dio origen a las famosas “cortes de amor”.
Queriendo liberarse totalmente de la autoridad de la Iglesia, rehusó al papa Urbano II, que fue a visitarlo expresamente a sus estados, participar en la Cruzada. Aprovechó la ausencia de su vecino, el conde de Tolosa, para meter mano en sus tierras. Pero el relato de las aventuras lo incitó a emprender, poco más tarde, el camino de oriente, a la cabeza de una fuerza de 30,000 hombres que llevó hasta Jerusalén.
Sus versos, de los que sólo nos han llegado once poemas, introdujeron en la literatura de los países latinos, principalmente en la francesa, un concepto idealizado del amor y de la mujer, desconocido hasta entonces. Son la fuente de la gran corriente de lirismo que atraviesa, irriga y fecunda toda nuestra literatura. La influencia de los poetas hispano-árabes se hace notar en este príncipe-trovador.)

Y reptió para sí:

Del amor no puedo hablar,
ni siquiera lo conozco...

Durante unos instantes permaneció pensativa.
- ¿Prosigo, señora? – preguntó la dama con el dedo apoyado en la página iluminada.
- No, amiga mía – respondió la reina -. Por hoy mi alma ha llorado bastante.
Se incorporó y cambió de tono:
- Mi primo Roberto de Artois me ha hecho anunciar su visita. Cuidad de que sea conducido a mi presencia en cuanto llegue.
- ¿Viene de Francia? Estaréis contenta, entonces, señora.
- Deseo estarlo... siempre que las noticiad que me traiga sean buenas.
Entró otra dama, presurosa, con semblante de gran alegría. Su nombre de soltera era Juana de Jounville y habíase casado con sir Roger Mortimer, uno de los primeros barones de Inglaterra.
- Señora, señora – exclamó -, ha hablado.
- ¿De verdad? – preguntó la reina - ¿Y qué ha dicho?
- Ha golpeado la mesa y ha dicho... “!Quiero¡”
Una expresión de orgullo iluminó el hermoso semblante de Isabel.
- Traédmelo aquí – dijo.
Lady Mortimer salió de la estancia corriendo, y regresó poco después, con un niño de quince meses en los brazos, sonrosado, regordete que depositó a los pies de la reina. Vestía un traje color granate, bordado de oro, más pesado que él.
- De modo, meciere, hijo mío, que habéis dicho: “¡Quero!” – exclamó Isabel inclinándose para acariciarle la mejilla -. Me agrada que ésa haya sido vuestra primera palabra. Es palabra de rey.
El niño le sonreía y balanceaba la cabeza.
- ¿Y porqué lo ha dicho? – preguntó la reina.
- Porqué me resistía a darle un trozo de galleta que estaba comiendo – respondió lady Mortimer.
Isabel esbozó una rápida sonrisa que se apagó en seguida.
- Puesto que empieza a hablar – dijo -, pido que no se le anime a balbucear y a pronunciar tonterías, como por lo común se hace con los niños. Poco me importa que sepa decir “papá” y “mamá”. Prefiero que conozca las palabras “rey” y “reina”.
En su voz había una gran autoridad natural.
- Ya sabéis, amiga mía – continuó -, qué razones me decidieron a elegiros para aya del niño. Sois sobrina nieta del gran Joinville, quien estuvo en la Cruzada con mi bisabuelo, monseñor san Luis. Sabréis enseñar a este niño que pertenece a Francia como a Inglaterra. ( En 1314 hacía 44 años que el rey San Luis había fallecido. Fue canonizado veintisiete años después de su muerte, reinando su nieto Felipe IV y ocupando el pontificado Bonifacio VIII).
Lady Mortimer hizo una reverencia. En este momento se presentó la primera dama francesa, anunciando a monseñor el conde Roberto de Artois.
La reina se irguió en su sitial y cruzó las manos blancas sobre el pecho en actitud de ídolo. Su preocupación para conservar la majestuosidad de su porte no lograba envejecerla.
El andar de un cuerpo de noventa kilos hizo crujir el pavimento.
El hombre que entro medía casi dos metros de altura, tenía muslos semejantes a troncos de encina y manos como mazas. Sus botas rojas, de cordobán, estaban sucias de barro y mal cepilladas; el manto que pendía de sus hombros era lo suficientemente amplio para cubrir un lecho. Habría bastado una daga en su cintura para que tuviera el aspecto de hallarse aprestado para ir a la guerra. Su barbilla era redonda, su nariz corta, su quijada ancha y el pecho fuerte. Sus pulmones necesitaban más aire que la generalidad de los hombres. Aquel gigante contaba veintisiete años, pero su edad desaparecía bajo los músculos, lo que le hacía aparentar treinta y cinco.
Se quitó los guantes mientras se adelantaba hacia la reina, y dobló la rodilla con sorprendente agilidad para tal coloso.
Antes de que le hubieran invitado a hacerlo, ya se había incorporado.
- Y bien, Primo mío – dijo Isabel -. ¿Tuvisteis buena travesía?
- Execrable, señora, horrorosa – respondió Roberto -. Una tempestad como para echar tripas y alma. Creí llegada mi última hora, hasta el extremo de que decidí confesar mis pecados a Dios. Por fortuna, eran tantos, que al tiempo de decir la mitad ya llegábamos a destino. Guardo suficientes para el regreso.
Estallo en una carcajada que hizo retemblar las vidrieras.
- ¡Vive Dios! – prosiguió -. Mi cuerpo está hecho para recorrer la tierra y no para cabalgar aguas saladas. Si no hubiera sido por el amor que os profeso, prima mía, y por las cosas urgentes que debo deciros...
- Permitid que concluya – le interrumpió Isabel, mostrando al niño -. Mi hijo ha empezado a hablar hoy.
Luego se dirigió a lady Mortimer:
- Quiero que se habitúe a los nombres de sus deudos y que sepa, en cuanto sea posible, que su abuelo, Felipe el Hermoso, reina sobre Francia. Comenzad a recitar delante de él el Padre Nuestro y el Ave María, así como la plegaria a monseñor san Luis. Esas son cosas que deben adueñarse de su corazón aun antes de que su razón las comprenda.
No le desagradaba mostrar ante uno de sus parientes de Francia, descendiente a su vez de un hermano de san Luis, la manera como velaba por la educación de su hijo.
- Bella enseñanza daréis a ese jovencito – dijo Roberto de Artois.
- Nunca se aprende demasiado pronto a reinar – respondió Isabel.
El niño se divertía en caminar con el paso cauteloso y titubeante de las criaturas.
- ¡Y pensar que nosotros también hemos sido así! – dijo de Artois.
- Viédoos ahora, cuesta creerlo, primo mío – dijo la reina, sonriendo.
Por un instante, contemplando a Roberto de Artois pensó en los sentimientos de la mujer, pequeña y menuda que había engendrado aquella fortaleza humana, y miró a su hijo.
El niño avanzaba con las manos tendidas hacia el fuego, como si quisiera asir la llama con sus minúsculas manos. Roberto de Artois le cerró el paso, adelantando su bota roja. Nada asustado, el pequeño príncipe aferró aquella pierna que sus brazos penas lograban rodear, y se sentó en ella a horcajadas. El gigante lo elevó por los aires, tres o cuatro veces seguidas. El principito reía, encantado con el juego.
- ¡Ah, meciere Eduardo! – dijo de Artois -. Cuando seáis un poderoso príncipe, ¿osaré recordaros que os hice cabalgar en mi bota?
- Podréis hacerlo, primo mío – respondió Isabel -, podréis hacerlo siempre, si siempre seguís mostrandoos nuestro leal amigo... Que se nos deje solos, ahora – añadió.
Las damas francesas salieron, llevándose al niño que, si el destino seguía el curso normal, sería algún día Eduardo III de Inglaterra.
- ¡Y bien, señora! – dijo -. Para completar las buenas lecciones que dais a vuestro hijo, podréis enseñarle que Margarita de Borgoña, reina de Navarra, futura reina de Francia y nieta de san Luis, está en camino de ser llamada por su pueblo Margarita la Ramera.
- ¿De verdad? – dijo Isabel - ¿Era cierto, pues, lo que suponíamos?
- Sí, prima mía. Y no solamente Margarita. Lo mismo digo de vuestras otras dos cuñadas.
- ¿Juana y Blanca...?
- De Blanca estoy seguro. En cuanto a Juana...
Roberto de Artois esbozó un ademán de incertidumbre con su enorme mano.
- Es más hábil que las otras – agregó – pero tengo razones para juzgarla una consumada zorra...
Dio unos pasos y se plantó para decir sin más:
- ¡Vuestros tres hermanos son unos cornudos, señora, cornudos como vulgares patanes!
La reina se había puesto de pie, con la mejillas levemente coloreadas.
- Si lo que decís es verdad, no he de tolerarlo – dijo – No permitiré tal vergüenza, ni que mi familia sea el hazmerreír de la gente.
- Tampoco los barones de Francia lo soportarán – respondió de Artois.
- ¿Tenéis nombres y pruebas?
De Artois respiró profundamente.
- Cuando el verano pasado vinisteis a Francia con vuestro esposo, para las fiestas las cuales tuve el honor de ser armado caballero, junto con vuestros hermanos... puesto que como ya sabéis, no se escatiman honores que nada cuestan, os confié mis sospechas y me confesasteis las vuestras. Me pedisteis que vigilara y que os informara. Soy vuestro aliado; hice lo uno y vengo a cumplir con lo otro.
- Decid: ¿qué averiguasteis? – preguntó Isabel, impaciente.
- En primer lugar, que ciertas joyas desaparecen del cofre de vuestra cuñada Margarita. Ahora bien, cuando una mujer se deshace de sus joyas en secreto, es para comprar algún cómplice o para pagar a algún galán. Su bellaquería está clara, ¿no os parece?
- En efecto. Pero puede fingir que las ha dado de limosna a la Iglesia.
- No siempre. No, si cierto prendedor, por ejemplo, ha sido cambiado a un mercader lombardo por un puñal de Damasco.
- ¿Descubristeis de qué cintura pendía ese puñal?
- ¡Ah no! – respondió de Artois -. Indagué, pero le perdí el rastro. Las pícaras son hábiles, os lo dije. Nunca, en mis bosques de Conches, he cazado ciervos tan diestros en confundir pistas y en tomar atajos.
Isabel se mostró decepcionada. Roberto de Artois, previendo lo que iba a decir, extendió los brazos.
- Aguardad, aguardad – prosiguió -. Soy buen cazador, y raramente se me escapa una pieza. La honesta, la pura, la casta Margarita ha hecho que le arreglen, como aposento, la vieja torre del palacio de Nesle. Dice que lo destina a lugar de retiro para sus oraciones. Sólo que se dedica a rezar justamente las noches en que vuestro hermano Luis está ausente. Y la luz brilla en la torre hasta muy tarde. Su prima Blanca y, algunas veces, Juana, se reúnen con ella. ¡Arteras, la doncellas! Si se interroga a una de las tres, se las compondría muy para decir: “¿Cómo? ¿De qué me acusáis? ¡Si no estaba sola!”...Una mujer pecadora se defiende mal, pero tres rameras juntas forman una fortaleza. Y hay algo más: hete aquí que cuando Luis se ausenta, en esas noches en que la torre de Nesle está iluminada, se produce cierto movimiento en el ribazo, al pie de la torre, en un lugar siempre desierto. Se ha visto salir de allí a hombres que no llevan hábito de monje y que habrían salido por otra puerta de haber venido a cantar los oficios. La corte calla, pero el pueblo comienza a murmurar, porque antes hablan los sirvientes que sus amos...
Mientras hablaba, se agitaba, gesticulaba, caminaba, hacía vibrar el suelo y hendía el aire con aletazos de su capa. El despliegue de su exceso de fuerza era un medio de persuasión para Roberto de Artois. Trataba de convencer con músculos al mismo tiempo que con las palabras; sumergía al interlocutor en un torbellino; y la grosería de su lengua, tan de acuerdo con su aspecto, parecía prueba de su ruda buena fe. Sin embargo, examinándolo con mayor atención, uno llegaba a preguntarse, si todo aquel movimiento no era fanfarria de titiritero, juego de comediante. Un odio implacable, tenaz, brillaba en las grises pupilas del gigante. La joven reina se empeñaba en conservar su claridad de juicio.
- ¿Hablasteis con mi padre? – dijo.
- Mi buena prima, conoces al rey Felipe mejor que yo. Cree tanto en la virtud de las mujeres, que sería preciso mostrarle a vuestras tres cuñadas acostadas con sus amantes para que consintiera en escucharme. Y no soy bien recibido en la corte desde que perdí mi proceso...
- Sé que cometieron una injusticia con vos, primo mío. Si de mí dependiera sería reparada.
Roberto de Artois se precipitó sobre la mano de la reina para posar en ella sus labios.
- Pero, debido justamente a ese proceso – agregó Isabel suavemente -, ¿no podría suponerse que actuáis ahora por venganza?
El gigante se incorporó de un salto.
- ¡Claro que actúo por venganza, señora!
Decididamente el enorme Roberto desarmaba a cualquiera. Uno creía tenderle una celada y cogerlo en falta, y él abría su corazón ampliamente, como un ventanal.
- ¡Me han robado la herencia de mi condado de Artois – exclamó – para entregársela a mi tía Mahaut de Borgoña...! ¡Maldita perra piojosa! ¡Ojalá reviente! ¡Ojalá la lepra carcoma su boca y el pecho se le vuelva carroña! ¿Y por que lo hicieron? ¡Porque a fuerza de astucias, de intrigas y de forzar la mano de los consejeros de vuestro padre con libras constantes y sonantes, mi tía logró casar a las dos rameras de sus hijas y a la ramera de la prima con vuestros tres hermanos!
Se puso a imitar un imaginario discurso de su tía Mahaut, condesa de Borgoña y de Artois, al rey Felipe el Hermoso.
- “Amado señor, pariente y compadre, ¿qué os parece si casarais a mi queridita Juana con vuestro hijo Luis? ¿No queréis? ¡Bien! Dadle a Margot, y luego Juana será para Felipe y mi dulce Blanquita para el hermoso Carlos. ¡Qué dicha, que se amen todos a la vez! Luego, si me concedéis el Artois, propiedad de mi difunto padre, mi franco condado de Borgoña iría a manos de esas avecillas, a Juana, si os parece; así, vuestro hijo segundo se convierte en conde palatino de Borgoña y vos podéis empujarlo hacia la corona de Alemania. ¿Mi sobrino Roberto? ¡Dadle un hueso a ese perro! A ese patán le basta y sobra con el castillo de Conches y el condado de Beaumont.”
Y soplo malicias al oído de Nogaret, y cuanto mil maravillas a Marigny... Y caso a una, caso a dos y caso a tres... Y en cuanto está hecho, mis zorritas empiezan a maquinar entre sí, a enviar mensajes, a procurarse galanes ya a ponerle hermosos cuernos a la corona de Francia... ¡Ah, señora!, si ellas fueran irreprochables, yo tascaría el freno. Pero portarse tan suciamente después de haberme perjudicado tanto; esas niñas de Borgoña sabrán lo que les cuesta; me vengaré en ellas de lo que la madre me hizo. (El caso de la sucesión de los Artois, que es uno de los dramas de herencia más extraordinarios de la historia de Francia, y del cual hablaremos frecuentemente en este volumen y en los siguientes, se desarrollo así:
En 1237, san Luis otorgó el condado de Artois a su hermano Roberto, que pasó así a ser Roberto I de Artois. Su hijo, Roberto II, casó con Amcia de Couternay, señora de Conches. De este matrimonio nacieron dos hijos: Felipe, muerto en 1298 de las heridas recibidas en la batalla de Furnes, y Mahaut, quien casó con Oton, conde palatino de Borgoña.
A la muerte de Roberto II, acaecida en 1302 en la batalla de Courtray, la herencia del condado fue reclamada a la vez por su nieto, Roberto III hijo de Felipe – nuestro héroe -, y por su tía Mahaut, quien invocaba una disposición del derecho consuetudinario de Artois.
En 1309 Felipe el Hermoso falló a favor de Mahaut. Esta, convertida en regente del condado de Borgoña a la muerte de su marido, había casado a sus dos hijas, Juana y Blanca, con Felipe y Carlos, segundo y tercer hijos de Felipe el Hermoso. La decisión que la favoreció fue, por tanto, inspirada en gran parte por esas alianzas que sumaban a la corona, en primer término, el condado de Borgoña, llamado Franco Condado, recibido en dote por Juana. Mahaut se convirtió pues, en condesa-par de Artois.
Roberto no se dio por vencido, y durante veinte años, con rara espereza, ya por acción jurídica, ya por acción directa, llevó contra su tía una lucha en la cual fue empleado cualquier procedimiento, tanto por una como por otra parte: delaciones, calumnias, falsos testimonios, brujerías, envenenamientos, agitación política, y que terminó trágicamente para Mahaut, trágicamente para Roberto, trágicamente para Inglaterra y Francia.
Por otra parte, en lo concerniente a la casa, o mejor casas de Borgoña, envueltas, como en todos los asuntos del reino, en éste de Artois, recordamos al lector que hubo en aquella época dos Borgoñas absolutamente distintas: la Borgoña-Ducado que formaba un palatinado importante del Santo Imperio. Dijon era capital del Ducado; Dole , del Condado.
La famosa Margarita de Borgoña, pertenecía a la familia ducal; sus primas y cuñadas, Juana y Blanca a la casa Condal.)
Isabel permanecía pensativa bajo aquel huracán de palabras. De Artois se aproximó a ella y, bajando la voz, le dijo:
- A vos os odian.
- Es verdad que, por mi parte, no las he querido desde el principio y sin saber por qué – respondió Isabel.
- No las queréis porque son falsas, porque sólo piensan en el placer y porque carecen del sentido del deber. Pero ellas os odian porque están celosas de vos.
- Mi suerte no tiene nada de envidiable, sin embargo – dijo Isabel, suspirando -. Y su situación me parece más dulce que la mía.
- Sois reina, señora. Lo sois por vuestra alma y por vuestra sangre. Vuestras cuñadas, en cambio, podrán llevar corona; pero nunca serán reinas. Por eso os tratarán siempre como enemiga.
Isabel elevó hacia su primo sus bellos ojos azules, y de Artois sintió que esta vez había dado en el blanco. Isabel estaba definitivamente de su parte.
- ¿Tenéis los nombres de... en fin... de los hombres con quienes mis cuñadas...?
No se rendía al crudo lenguaje de su primo y se negaba a pronunciar ciertas palabras.
- Sin ellos nada puedo hacer – prosiguió -. Obtenedlos y os juro que iré a París con cualquier pretexto y que pondré fin a ese desorden. ¿En qué puedo ayudaros? ¿Habéis prevenido a mi tío Valois?
De nuevo se mostraba decidida, precisa, autoritaria.
- Me guardé muy bien – respondió de Artois. El señor de Valois es mi más fiel protector y mi mejor amigo; pero no sabe callar nada y proclamará a los cuatro vientos lo que queremos ocultar. Daría la alarma demasiado pronto y cuando quisiéramos atrapar a las pícaras, las hallaríamos puras como monjas.
- Entonces, ¿Qué proponéis?
- Dos cosas –dijo de Artois -. La primera, nombrar en la corte de Margarita una nueva dama enteramente de nuestra confianza, la cual nos tendrá al corriente de todo. He pensado en la señora de Comminges, que acaba de enviudar y a la que se le deben toda clase de consideraciones. Para ello nos servirá vuestro tío Valois. Hacedle llegar una carta, expresándole vuestro deseo. Monseñor tiene gran influencia sobre vuestro hermano Luis y hará que la señora de Comminges entre bien pronto en el palacio de Nesle. Así tendremos allí una persona adicta, y como decimos la gente de guerra: Vale más un espía dentro que un ejército fuera.
- Escribiré la carta y vos la llevaréis- dijo Isabel - ¿Y luego?
- Habrá que adormecer, al mismo tiempo, la desconfianza de vuestras cuñadas con respecto a vos y halagarlas con hermosos presentes – prosiguió de Artois -. Presentes que puedan convenir del mismo modo a mujeres que a hombres y que les haréis llegar secretamente, sin dar cuenta de ello a vuestro padre, ni a los respectivos esposos, como un pequeño secreto de amistad entre vosotras. Margarita se deshace de sus joyas a favor de un galán desconocido; no sería, pues, extraño, que, tratándose de un regalo del cual no debe rendir cuentas, nos lo encontraremos prendido del cuerpo del mozo que buscamos. Suministrémosles ocasiones de imprudencia.
Isabel reflexionó durante algunos segundos; luego se acercó a la puerta y dio unas palmadas.
Apareció la primera dama francesa.
- Amiga mía – dijo la reina -, traedme la escarcela de oro que el mercader Albizzi me ha ofrecido esta mañana.
Durante la corta espera, Roberto de Artois se desprendió por fin de sus preocupaciones e intrigas y se decidió a examinar la sala donde se hallaba, los frescos religiosos en forma de casco de navío. Todo era nuevo, triste y frío. El mobiliario escaso.
- No es muy risueño el lugar donde vivís. Prima – dijo -. Creeríase una catedral y no un castillo.
- ¿Quiera Dios que no se me convierta en prisión! – respondió Isabel en voz baja -. ¡Cuánto añoro a Francia, muchas veces!
La dama francesa regresó, trayendo una bolsa de hilos de oro entretejidos, forrada de seda y con un cierra de tres piedras preciosas grandes como nueces.
- ¡Qué maravilla! – exclamó de Artois -. Justamente lo que necesitamos. Un poco pesado para adorno de una dama y demasiado delicado para mí; es exactamente el objeto que un jovenzuelo de la corte sueña con colgarse de la cintura para llamar la atención.
- Encargaréis al mercader Albizzi que haga dos escarcelas parecidas a ésta – dijo Isabel a su dama -, y que me las envíe en seguida.
Luego, cuando ésta hubo salido, agregó, dirigiéndose a Roberto de Artois:
- De esa manera podréis llevároslas a Francia.
- Y nadie sabrá que habrán pasado por mis manos – dijo él.
Fuera resonaron gritos y risas. Roberto de Artois se aproximó a una de las ventanas. En el patio, un equipo de albañiles se disponía a izar una pesada piedra clave de bóveda. Unos hombres tiraban de la cuerda de una polea mientras otros, subidos a un andamiaje, se aprestaban a aferrar el bloque de piedra. La faena parecía realizarse en una atmósfera de buen humor.
- ¡Y bien! – exclamó de Artois -. Parece que al rey Eduardo sigue gustándole la albañilería.
Acababa de reconocer, en medio de los obreros, a Eduardo II, marido de Isabel, un hombre bastante apuesto, de unos treinta años de edad, cabellos ondulados, anchos hombros y fuertes caderas. Su traje de terciopelo estaba manchado de yeso. (El rey Eduardo II fue el primer soberano de Inglaterra que llevó el título de Príncipe de Gales antes de su ascensión al trono. Según algunos historiadores, contaba tres días de edad cuando los señores galeses acudieron a su padre, Eduardo I, para pedirle que les diera un príncipe que pudiera comprenderlos y que no hablara ni inglés ni francés. Eduardo I dijo que iba a complacerles y les indicó a su hijo, que no hablaba aún lengua alguna.)
- Hace más de quince años que comenzaron a reconstruir Westminster - dijo isabel, colérica (pronunciaba Westmoustiers, a la francesa) -. Hace seis años, desde que me casé, que vivo entre paletas y mortero. ¡Lo que constgruyen en un mes lo destruyen el otro! ¿No le gusta la albañilería, sino los albañiles! ¿Creéis que lo llaman “señor”? ¡No! Para ellos es Eduardo. Se burlan de él, y él está encantado. ¡Miralo! ¡Ahí lo tenéis!
En el patio, Eduardo II daba órdenes, apoyado sobre el hombro de un joven. Reinaba a su alrededor una sospechosa familiaridad.
- Creía – dijo Isabel – que había conocido lo peor con aquel caballero de Gabastón. Aquel bearnés insolente y jactancioso gobernaba de tal manera a mi marido que disponía del reino a su antojo. Eduardo le dio todas mis joyas de recién casada. ¡Debe de ser costumbre familiar que, de un modo u otro, las joyas de las mujeres vallan a parar a los hombres!
Teniendo a su lado a un pariente y amigo, Isabel se permitía, por fin, desahogar sus penas y humillaciones.
En realidad, las costumbres del rey Eduardo eran conocidas en toda Europa.
- Los barones y yo conseguimos abatir a Gabastón el año pasado; le cortaron la cabeza y me alegré de que su cuerpo fuera a pudrirse en los dominios de Oxford. ¡Pues bien!, he llegado a añorar al caballero de Gabastón. Porque desde aquel día, como para vengarse de mí, Eduardo atrae a palacio a los hombres más ruines e infames de su pueblo. Se le ve recorrer las tabernas del puerto de Londres, sentarse con truhanes, rivalizar en luchas con los descargadores y en carreras con los palafreneros. ¡Hermosos torneos los que nos ofrece! Entretanto, cualquiera manda en el reino, con tal que le organice sus bacanales y que participe en ellas. En este momento les ha tocado el turno a los barones de Despenser; el padre gobernando; el hijo sirviendo de mujer a mi esposo. En cuanto amí, Eduardo, ni se me acerca, y si por casualidad viene a mi cama, siento tal vergüenza sque permanezco absolutamente fría.
Había bajado la cabeza.
- Una reina es el súbdito más miserable del reino – prosiguió – si el rey no la ama. Asegurada la descendencia, su vida ya no cuenta. ¿Qué mujer de barón, de burgués, o de villano soportaría lo que y debo soportar por ser reina? La última lavandera del reino tiene más derechos que y: puede pedirme ayuda...
- Prima, mi hermosa prima, y quiero brindaros mi ayuda – dijo Artois con vehemencia.
Ella alzó tristemente los hombros como si quisiera decir “¿Qué podéis hacer por mí?” Estaban frente a frente; Roberto la tomó por los brazos lo más suavemente que pudo, y murmuró:
- Isabel...
Ella posó sus manos sobre los brazos del gigante. Se miraron sobrecogidos por una turbación imprevista.
De Artois se sintió extrañamente conmovido, y oprimido por una fuerza que temía utilizar con torpeza. Sintió bruscamente el anhelo de consagrar su tiempo, su vida, su cuerpo y su alma a aquella reina frágil. La deseaba, con un deseo inmediato e incontenible, que no sabía cómo expresar. Sus gustos no lo inclinaban, por lo común, hacia las mujeres de calidad y el don de la galantería no se contaba entre sus virtudes.
- Muchos hombres agradecerían al cielo, de rodillas, lo que un rey desdeña, ignorando su perfección – dijo Roberto -. ¡Cómo es posible que a vuestra edad tan fresca y tan joven os veáis privada de las alegrías naturales? ¿Cómo es posible que esos dulces labios no sean besados? ¡Y estos brazos... este cuerpo...? ¡Ha, Isabel tomad un hombre, y que ese hombre sea yo..!
Ciertamente, decía con rudeza lo que quería y su elocuencia se parecía muy poco a la del duque Guillermo de Aquitania. Pero Isabel no separaba su mirada de la de él. La dominaba, la aplastaba con su estatura; olía a bosque, a cuero, a caballo y a armadura; no tenía la voz ni la apariencia de un seductor y, sin embargo, la seducía. Era un hombre de una pieza, un macho rudo y violento, de respiración profunda. Isabel sentía que su voluntad la abandonaba y sólo tenía un deseo: apoyar su cabeza contra aquel pecho de búfalo y abandonarse... apagar aquella gran sed... Temblaba un poco.
Se apartó de golpe.
- ¡No, Roberto! – exclamó -. No voy a hacer y lo que tanto reprocho a mis cuñadas. No puedo ni debo hacerlo. Pero cuando pienso en lo que me impongo, en lo que me niego, mientras ellas tienen la suerte de tener maridos que las aman... ¡Ah, no! Es preciso que sean castigadas!
Su pensamiento se encarnizaba con las culpables, ya que ella no se permitía la misma culpa.
Volvió a sentarse en el gran sitial de roble. Roberto de Artois se aproximó a ella.
- No, Roberto – dijo, extendiendo los brazos -. No os aprovechéis de ni desfallecimiento; me enojaríais.
La extremada belleza, al igual que la majestad inspira respeto. El gigante obedeció.
Pero aquel momento jamás se borraría de la memoria de los dos.
Puedo ser amada”, se decía Isabel. Y casi sentía gratitud hacia el hombre que le había dado la certeza.
- ¿Era eso todo lo que debíais comunicarme, primo? ¿No me traéis otras noticias? – dijo, haciendo un gran esfuerzo para dominarse.
Roberto de Artois, que se preguntaba si no había cometido error al no aprovechar la oportunidad, tardó algún tiempo en contestar.
- Sí, señora, os traigo también un mensaje de vuestro tío Valois.
El nuevo vínculo que se había creado entre ellos daba a sus palabras otras resonancias, y no podían estar completamente atentos a lo que decían.
- Los dignatarios del Temple serán juzgados muy pronto – continuó diciendo de Artois -. Y se teme que vuestro padrino, el gran maestre Jacobo de Molay, sea condenado a muerte. Vuestro tío Valois os pide que escribáis al rey par suplicarle clemencia.
Isabel no respondió. Había vuelto a su posición acostumbrada, la barbilla sobre la palma.
- ¡Cómo os parecéis a él, en este momento! – dijo de Artois.
- ¡A quién?
- Al rey Felipe, vuestro padre.
- Lo que decida mi padre, el rey, bien decidido está – respondió lentamente Isabel -. Puedo intervenir en lo concerniente al honor familiar; pero no pienso hacerlo con respecto al gobierno de un reino.
- Jacobo de Molay es un hombre anciano. Fue noble y grande. Si ha cometido faltas las ha expiado duramente. Recordad que os tuvo en sus brazos en la pila bautismal... ¡Creedme, va a cometerse un gran daño, por obra una vez más, de Nogaret y de Marigny! Al destruir el Temple, esos hombres salidos de la nada han querido atacar a toda la caballería francesa y a los altos barones...

La reina seguía perpleja; ostensiblemente el asunto era superior a su entendimiento.
- No puedo juzgar – dijo -. No puedo juzgarlo.
- Sabéis que tengo una gran deuda adquirida con vuestro tío Valois, y él me quedaría agradecido si obtuviera de vos esa carta. Además, la piedad nunca sienta mal a una reina; es sentimiento de mujer, y seríais alabada por ello. Algunos os reprochan vuestra dureza de corazón; así les daríais cumplida respuesta. Hacedlo por vos, Isabel, y hacedlo por mí.
Ella sonrió.
- Sois muy hábil, primo Roberto, a pesar de vuestro aire ceñudo. Escribiré esa carta y podréis llevároslo todo junto. ¿Cuándo partiréis?
- Cuando me lo ordenéis, prima.
-Supongo que las escarcelas estarán listas mañana. Muy pronto es.
La voz de la reina reflejaba cierto pesar. Se miraron de nuevo, y de nuevo ella se turbó.
-Esperaré vuestro mensaje para saber si debo partir hacia Francia. Adiós, primo. Volveremos a vernos durante la cena.
De Artois se despidió y la habitación, después que él salió, parecía extrañamente tranquila, como un valle tras la tempestad. Isabel cerró los ojos y permaneció inmóvil durante largo rato.
Los hombres llamados a desempeñar un papel decisivo en la historia de los pueblos ignoran a menudo qué destinos encarnan. Los dos personajes que acababan de sostener tan larga entrevista, una tarde de marzo de 1314, en el castillo de Westminster, no podían jamás imaginarse que, por el encadenamiento de sus actos se convertirían en los primeros artífices de una guerra entre Francia e Inglaterra que duraría mas de cien años.

II

LOS PRISIONEROS DEL TEMPLE

La muralla estaba cubierta de salitre. Una vaporosa claridad amarillenta comenzaba a descender hacia la sala cavada en el subsuelo.
El prisionero que dormitaba con los brazos plegados bajo el mentón se estremeció y se irguió bruscamente, huraño, palpitante. Durante un momento permaneció inmóvil, mirando la bruma de la mañana que se deslizaba por el tragaluz. Escuchaba. Nítidos, auque ahogados por el espesor de los enormes muros, llagaban hasta él los tañidos de las campanas anunciando las primeras misas: campanas parisienses, de Saint Martín, de Saint Merry, de Saint Germain L’Auxerrois, de Saint Eustache y de Notre Dame, campesinas campanas de las cercanas aldeas de la Courtielle, de Clignancourt y de Montmartre.
El prisionero no percibió ruido alguno que pudiera inquietarlo. Era sólo la angustia lo que le había sobresaltado, aquella angustia que le sobrevenía a cada despertar, así como en cada sueño tenía una pesadilla.
Cogió la escudilla de madera y bebió un gran trago de agua para calmar la fiebre que no lo abandonaba desde hacía ya muchos días. Después de beber, dejó que el agua se aquietara y se miró en ella, como en un espejo. La imagen que logró captar, imprecisa y oscura, era la de un centenario. Permaneció unos instantes buscando un resto de su antiguo aspecto en aquel rostro flotante, en aquella barba macilenta, en aquellos labios hundidos en la boca desdentada, en la nariz afilada, que temblaban en el fondo de la escudilla.
Se levantó lentamente y dio algunos pasos, hasta que sintió el tirón de la cadena que lo amarraba al muro. Entonces comenzó a gritar:
-¡Jacobo de Molay! ¡Jacobo de Molay! ¡soy Jacobo de Molay!
Nada le respondió, lo sabía; nada debía responderle.
Pero necesitaba gritar su propio nombre, para impedir que su espíritu se disminuyera en la demencia, para recordarse que había mandado ejércitos, gobernado provincias, ostentando un poder igual al de los soberanos y que, mientras conservara un soplo de vida, seguiría siendo, aun en aquel calabozo, el gran maestre de la Orden de los Caballeros del Temple. (La soberana Orden de los Caballeros del Temple de Jerusalén fue fundada en 1128, para asegurar la custodia de los Santos Lugares de Palestina y proteger las rutas de peregrinaje.
Su regla, recibida de san Bernardo, era severa. Les imponía castidad, pobreza y obediencia. No debían “mirar demasiado, rostro de mujer”, ni “besar hembra; ni viuda, ni doncella, ni madre, ni hermana, ni tía, ni ninguna otra mujer”. En la guerra debían aceptar el combate de uno contra tres y no podían ser rescatados con dinero. Sólo les estaba permitida la caza del león.
Única fuerza militar bien organizada, estos monjes-soldados eran los cuadros permanentes de las hordas informes que se reunían en cada Cruzada. Colocados en la vanguardia de todos lo ataques y en retaguardia de todas las retiradas, embarazados por incompetencia o las rivalidades de los príncipes que mandaban estos ejércitos improvisados, perdieron, en el lapso de dos siglos, más de 20,000 hombres en los campos de batalla, cifra considerable en relación con los efectivos de la Orden. Pero también cometieron hacia el fin funestos errores, de carácter estratégico.
Siempre fueron buenos administradores. Como se les necesitaba, el oro de Europa afluyó a sus cofres. Provincias enteras fueron confiadas a su cuidado. Durante un siglo aseguraron al gobierno efectivo de reino latino de Constantinopla. Viajaban por el mundo como amos, sin pagar impuestos, tributos ni peaje. Sólo obedecían al Papa. Tenían encomiendas en toda Europa y en todo el Medio Oriente, pero el centro de su administración estaba en París. Cuando las circunstancias los obligaron a dedicarse a la banca, la Santa Sede y los principales soberanos europeos tuvieron cuentas corrientes con ellos. Prestaban con garantía y adelantaban los rescates de los prisioneros. El emperador Balduino les dio, como fianza, la “Vera-Cruz”.
Todo es desmesurado en el caso de los Templarios: expediciones, conquistas, fortuna... Todo, hasta la manera misma como fueron suprimidos. El pergamino que contiene la transcripción de los interrogatorios a que fueron sometidos en 1307, mide veintidós metros con veinte centímetros. Desde el extraordinario proceso, las controversias no han cesado jamás. Ciertos historiadores han tomado partido contra los acusados; otros, contra Felipe el Hermoso. No hay duda de que las imputaciones hechas a los Templarios fueron exageradas o falsas en gran parte; pero tampoco se puede negar que hubo entre ellos profundas desviaciones dogmáticas. Su larga estancia en Oriente los había puesto en contacto con ciertos ritos de la primitiva religión cristiana, con la religión islámica que ellos combatían, y con las tradiciones esotéricas del antiguo Egipto. La acusación de brujería, idolatría y de prácticas demoníacas se originó, por una confusión muy habitual en la inquisición medieval, a causa de sus ceremonias de iniciación.
El caso de los Templarios nos interesaría menos si no tuviera prolongaciones en la historia del mundo moderno. Es sabido que la Orden del Temple, inmediatamente después de su destrucción, fue reorganizada en forma de sociedad secreta internacional, y conocemos los nombres de los grandes maestres secretos hasta el siglo XVIII. Los Templarios son el origen de las cofradías, institución que aún subsiste. Necesitaban obreros cristianos en sus lejanas encomiendas y los organizaron de acuerdo con su propia filosofía, dándoles una regla llamada “deber”. Estos obreros que no llevaban espada, vestían de blanco. Participaron en las cruzadas y edificaron, en el Medio Oriente, formidables ciudades según lo que se llama en arquitectura “aparejo de los cruzados”. Adquirieron en esos lugares métodos de trabajo heredados de la antigüedad que sirvieron en Europa para levantar las iglesias góticas. En París, los cofrades vivían dentro del recinto del Temple o en el barrio vecino, donde disfrutaban de “franquicias” y que siguió siendo durante quinientos años el centro de los obreros iniciados.
La Orden del Temple, por medio de las cofradías, se relaciona con los orígenes de la masonería, en la que encontramos huellas de sus ceremonias de iniciación y sus emblemas, que no sólo pertenecen a las antiguas compañías de obreros, sino que también, hecho mucho más sorprendente, se ven en los muros de ciertas tumbas de arquitectos del antiguo Egipto. Todo hace pensar, pues, que los ritos, emblemas y procedimientos de trabajo de ese período de la Edad Media fueron introducidos en Europa por los Templarios.)
Por un exceso de crueldad o de escarnio, se veía encerrado, lo mismo él que los principales dignatarios, en las salas bajas, transformadas en cárcel de la torre mayor del palacio del Temple, ¡en su propia casa matriz!
-¡Y fui y quien hizo construir esta torre! – murmuró el gran maestre, colérico, golpeando la muralla con el puño.
Su gesto le arrancó un grito; se había olvidado de que tenía el pulgar destrozado por las torturas. ¿Pero qué lugar de su cuerpo no se había convertido en una llaga o en asiento de un dolor? La sangre circulaba mal por sus piernas y sentía calambres desesperantes desde que lo habían sometido al suplicio de los borceguíes. Con las piernas atadas a unas tablas, había sentido hundírsele en las carnes las uñas de roble sobre las cuales sus torturadores golpeaban con mazos, mientras la voz fría, insistente, de Guillermo de Nogaret, guardasellos del reino, lo apremiaba a confesar. ¿Pero confesar qué...?, y se había desvanecido.
Sobre su carne lacerada, desgarrada, la suciedad, la humedad y la falta de alimentos, hicieron su obra.
Había padecido también, últimamente, el tormento de la garrucha, tal vez el más espantoso de todos los que sufriera. Ataron a su pie derecho el peso de ochenta kilos y por medio de una cuerda y de una polea, lo izaron, ¡a él, a un anciano!, hasta el techo. Y siempre con la voz siniestra de Guillermo de Nogaret: “Vamos, messire, confesad...” Y como se obstinara en negar, tiraron de él una y otra vez, más fuerte y más rápido, del suelo a la bóveda. Sintiendo que sus miembros se desgarraban, que le estallaba el cuerpo, comenzó a gritar que confesaría, sí, todo, cualquier crimen, todos los crímenes del mundo. Sí, los Templarios practicaban la sodomía entre ellos; sí, para entrar en la Orden debían escupir sobre la cruz; sí, adoraban a un ídolo con cabeza de gato; sí, se entregaban a la magia, a la hechicería, al culto del diablo; sí, malversaban los fondos que les habían fomentado una conspiración contra el Papa y el rey... ¿Y qué más, qué más?
Jacobo de Molay se preguntaba cómo había podido sobrevivir a todo aquello. Sin duda las torturas, sabiamente dosificadas, nunca habían sido llevadas hasta el extremo de hacerle correr peligro de muerte, y también porque la constitución de un viejo caballero hecho a la guerra tenía mayor resistencia de la que él mismo suponía.
Se arrodilló, con los ojos fijos en el rayo de la luz del respiradero.
-Señor, Dios mío – dijo -, ¿por qué pusisteis menos fuerza en mi alma que en mi cuerpo? ¿He sido indigno de dirigir la Orden? No me evitasteis caer en la cobardía, evitad, Señor, que caiga en la locura. Ya no podré resistir mucho tiempo, siento que no podré.
Hacía siete años que estaba encadenado; sólo salía de la prisión para ser arrastrado ante la comisión inquisidora y sometido a toda clase de amenazas de legistas y presiones de teólogos. Con semejante trato, no era de extrañar que temiera volverse loco. A menudo había intentado domesticar una pareja de ratones que acudía todas las noches a roer los restos de su pan. Pasaba de la cólera a las lágrimas; de la crisis de devoción, al deseo de violencia; del enervamiento, a la furia.
-¡Lo pagarán! – se repetía -. ¡Lo pagarán!
¿Quién debía pagar? Clemente, Guillermo, Felipe, el Papa, el guardasellos, el rey... Morirían. Molay no sabía cómo, pero seguramente en medio de atroces sufrimientos. Tendrían que expiar sus crímenes. Remachaba sin cesar los tres nombres aborrecidos. Todavía de rodillas y con la barba alzada hacia el tragaluz, el gran maestre suspiró.
-Gracias, Señor, Dios mío, por haberme dejado el odio. Es la única fuerza que me sostiene.
Se incorporó con esfuerzo y volvió al banco de piedra empotrado en el muro, que le servía de asiento y de lecho.
¿Quién hubiera imaginado que llegaría a ese extremo?
Su pensamiento lo llevaba continuamente hacia su juventud, hacia el adolescente que fuera cincuenta años atrás, cuando descendió por las laderas de su Jura natal para correr gran aventura.
Como todos los segundones de la nobleza, había soñado con vestir el largo manto blanco con la cruz negra que era el uniforme de la Orden del Temple. El solo nombre de Templario evocaba entonces exotismo y epopeya; los navíos con las velas henchidas singlando hacia Oriente sobre el mar azul, las cargas al galope en las arenas, los tesoros de Arabia, los cautivos rescatados, las ciudades tomadas y saqueadas, las fortalezas gigantescas. Se decía también que los Templarios tenían puertos secretos donde embarcaban hacia continentes desconocidos...
Jacobo de Molay había realizado su sueño; había navegado y había habitado fortalezas rubias de sol, había marchado orgullosamente a través de ciudades lejanas, por calles perfumadas de especias e incienso, vestido con el soberbio manto, cuyos pliegues caían hasta las espuelas de oro.
Había ascendido en la jerarquía de la Orden mucho más de lo que nunca se habría atrevido a esperar, sobrepasando todas las dignidades, hasta que por fin sus hermanos lo eligieron para desempeñar la suprema función de gran maestre de Francia y de Ultramar, al mando de quince mil caballeros.
Todo para concluir en aquel sótano, en aquella podredumbre y desnudez. Pocos destinos mostraban tan prodigiosa fortuna seguida de tan gran decadencia...
Jacobo de Molay, con ayuda de un eslabón de su cadena, trazaba en el tabique del muro vagos diseños que figuraban las letras de “Jerusalem”, cuando oyó pesados pasos y ruido de armas en la escalera que descendía hasta su calabozo.
La angustia volvió a oprimirlo, pero esta vez con motivo. La puerta rechinó al abrirse y, detrás del carcelero, Molay distinguió a cuatro arqueros con túnica de cuero y la pica en la mano. Delante de sus caras el aliento formaba tenues nubecillas de vapor.
-Venimos en vuestra busca, messire – dijo el jefe del pelotón.
Molay se levantó sin decir palabra.
El carcelero se acercó, y con grandes golpes de martillo y buril hizo saltar el pasador que unía la cadena a las anillas de hierro, que aprisionaban los tobillos del prisionero.
Este ajustó a sus hombros descarnados su manto de gloria, ahora simple harapo grisáceo cuya cruz negra se deshacía en girones sobre la espalda.
Luego se puso en marcha. Aún le restaba a aquel anciano agotado, tambaleante, cuyos pies entorpecidos por el peso de los hierros subían los escalones de la torre cierta apostura del jefe guerrero que, desde Chipre, mandaba a todos los cristianos de Oriente.
Señor Dios mío, dadme fuerzas – murmuraba en su fuero íntimo. Sólo un poco de fuerza.” Para encontrarla iba repitiendo los nombres de sus tres enemigos Clemente, Guillermo, Felipe...
La bruma colmaba el vasto patio del Temple, encapuchaba las torrecillas del muro exterior, se deslizaba entre las almenas y acolchaba la aguja de la gran iglesia de la Orden.
Un centenar de soldados con las armas en el suelo se hallaban reunidos alrededor de una carreta abierta y cuadrada.
De más allá de las murallas llegaba el rumor de París y, algunas veces, el relincho de un caballo cruzaba los aires con desgarradora tristeza.
En medio del patio, messire Alán de Pareilles, capitán de los arqueros del rey, el hombre que asistía a todas las ejecuciones, que acompañaba a los condenados hacia los juicios y al palo del tormento, caminaba con paso lento impasible el rostro, con expresión de fastidio. Sus cabellos de color de acero le caían en cortos mechones sobre la frente cuadrada. Llevaba cota de malla, espada al cinto y sostenía su casco bajo el brazo.
Volvió la cabeza al oír que salía el gran maestre, y éste al verlo, sintió que palidecía, si aún era capaz de palidecer.
Por lo general no se desplegaba tanto aparato para los interrogatorios; nunca había carretas ni hombres armados. Algunos guardias del rey iban en busca de los acusados para pasarlos en una barca al otro lado del Sena, comúnmente a la caída de la tarde.
-Entonces, ¿es cosa juzgada? – preguntó Molay al capitán de los arqueros.
-Lo es, messire – respondió éste.
-¿Sabéis cuál es el fallo, hijo mío? – dijo Molay, tras breve vacilación.
-Lo ignoro, meciere. Tengo orden de conduciros a Notre Dame para escuchar la sentencia.
Hubo un silencio, y luego Jacobo de Molay volvió a preguntar:
-¿En qué día estamos?
-Hoy es lunes, después de san Gregorio.
La fecha correspondía al 18 de marzo de 1314. (El calendario utilizado en la Edad Media no era el mismo que se emplea actualmente y variaba en los distintos países. En Alemania, España, Suiza y Portugal, el año oficial empezaba el día de Navidad; en Venecia, el 1° de marzo; en Inglaterra, el 25 de marzo; en Roma, tanto el 25 de enero como el 25 de marzo; en Rusia, en el equinoccio de primavera.
En Francia el año oficial comenzaba por Pascua. Esta singular costumbre de tomar una fecha móvil como punto de partida del año (llamado método de Pascuas, método francés o método antiguo) determinaba que los años tuvieran una duración variable, entre trescientos treinta o cuatrocientos días. Algunos años tenían dos primaveras, unas el comienzo y otra al final.
Este método antiguo es fuente de innumerables confusiones y de grandes dificultades para establecer una fecha exacta.
De acuerdo con el antiguo calendario, el final del proceso de los Templarios tuvo lugar en 1313, puesto que Pascua el año 1314 cayó el 7 de abril.
Hacia 1564, durante el reinado de Carlos IX, penúltimo rey de la dinastía de los Valois, fue fijado el primero de enero como fecha de comienzo del año. Rusia adoptó el “método nuevo” en 1725, Inglaterra en 1752, y Venecia, la última en adoptarlo, lo hizo después de ser conquistada por Bonaparte.
Las fechas de este relato corresponden, naturalmente, al “método nuevo”.)
¿Me llevan hacia la muerte?” – se preguntaba Molay.
De nuevo se abrió la puerta de la torre y, escoltados por guardias, hicieron su aparición otros tres dignatarios de la Orden, el visitador general, el preceptor de Normandía y el comandante de Aquitania.
También ellos tenían cabellos blancos, blancas barbas hirsutas y párpados entornados sobre enormes órbitas; sus cuerpos flotaban embutidos en los mantos harapientos.
Durante unos instantes permanecieron inmóviles, parpadeando como grandes pájaros nocturnos deslumbrados por la luz del día.
El primero en precipitarse para abrazar al gran maestre, enredándose en sus cadenas, fue el preceptor de Normandía, Godofredo de Charnay. Una larga amistad unía a ambos. Jacobo de Molay había apadrinado en su carrera a Charnay, diez años más joven que él, en quién veía a su sucesor.
Una profunda cicatriz cortaba la frente de Charnay. Era una huella de antiguo combate, en el que un golpe de espada le había desviado también la nariz. Aquel hombre rudo de rostro cincelado por la guerra hundió la frente en el hombro del gran maestre para ocultar sus lágrimas.
-Animo, hermano mío, ánimo – dijo éste, estrechándole en sus brazos-. Animo, hermanos míos – repitió luego al abrazar a los otros dos dignatarios.
Se acercó un carcelero.
-Messire, tenéis derecho a ser desherrados – dijo.
El gran maestre separó las manos con gesto amargo y fatigado.
-No tengo el denario – respondió.
Pues para que les quitaran las argollas a cada salida los Templarios debían pagar un denario de la cantidad que se les destinaba para pagar la innoble pitanza, el jergón de la celda y el lavado de la camisa. ¡Otra crueldad supletoria de Nogaret, muy acorde con sus procedimientos! Eran inculpados, no condenados, tenían pues derecho a una indemnización por su mantenimiento; pero estaba calculada de tal forma que ayunaban cuatro días de cada ocho, dormían sobre piedra y se pudrían en la suciedad.
El preceptor de Normandía sacó de un viejo bolso de cuero que pendía de su cintura los dos denarios que le quedaban y los arrojó al suelo, uno para sus hierros y otro para los del gran maestre.
-¡Hermano! – exclamó Jacobo de Molay, intentando impedírselo.
-Para lo que nos va a servir... – repuso Charnay -. Aceptadlos, hermano; no veáis en ello ningún mérito.
-Si nos deshierran, puede ser buena señal – dijo el visitador general -. Tal vez el Papa haya intercedido por nosotros.
Los pocos dientes y rotos que le quedaban le hacían emitir un silbido al hablar, y tenía las manos hinchadas y temblorosas.
El gran maestre se encogió de hombros y señaló los cien arqueros alineados.
-Preparémonos a morir, hermano – respondió.
-Ved lo que han hecho – gimió el comandante de Aquitania, recogiendo su manga.
-Todos hemos sido torturados – respondió el gran maestre.
Desvió la mirada, como lo hacía siempre que se le hablaba de torturas. Había cedido y firmado confesiones falsas y no se lo perdonaba.
Con los ojos recorrió el inmenso recinto, sede y símbolo del poderío del Temple.
Por última vez”- pensó.
Por última vez contemplaba aquel formidable conjunto, con su torreón, su iglesia, sus edificios, casas, patios y huertos, verdadera fortaleza en pleno París. (El palacio del Temple, sus anexos, sus “cultivos” y las calles vecinas formaban el barrio del Temple que aún conserva este nombre. En la misma gran torre que sirvió de calabozo a Jacobo de Molay fue encarcelado Luis VI, cuatro siglos y medio después. Sólo salió de allí para ir a la guillotina. La torre desapareció en 1811.)
Era allí donde los Templarios, desde hacía siglos, habían vivido, orado, dormido, juzgado, organizado y decidido sus lejanas expediciones; en ese torreón había sido depositado el tesoro del reino de Francia, confiado a su cuidado y administración. Allí habían hecho su entrada, después de las desastrosas expediciones de san Luis y la pérdida de Palestina y de Chipre, arrasando en pos de sí sus escuderos, los mulos cargados de oro, los corceles árabes y los esclavos negros.
Jacobo de Molay volvía a revivir aquel retorno de vencidos, que conservaba aún aire de epopeya.
Nos habíamos vuelto inútiles y no lo sabíamos – pensaba el gran maestre -. Seguíamos hablando de cruzadas y de reconquistas... Tal vez conservábamos demasiada altanería y privilegios, sin que nada lo justificara.”
De milicia permanente de la Cristiandad se habían convertido en banqueros omnipotentes de la Iglesia de la realeza. Cuando uno tiene muchos deudores, adquiere rápidamente enemigos.
¡Ah, la maniobra real había sido bien llevada! El drama se inició el día en que Felipe el Hermoso pidió ingresar a la Orden, con la evidente intención de convertirse en gran maestre. El cabildo había respondido con una negativa tajante y sin apelación.
¿Me equivoqué? – se preguntaba Jacobo de Molay por centésima vez -. ¿No fui demasiado celoso de mi autoridad? No, no podía proceder de otra manera; nuestra regla era terminante: ningún príncipe soberano podía gozar de mando en nuestra Orden.”
El rey Felipe jamás había olvidado aquella insultante repulsa. Comenzó a actuar con astucia, y siguió colmando de favores y de pruebas de amistad a Molay. ¿Acaso el gran maestre no era padrino de su hija Isabel? ¿No era, por ventura, el sostén del reino?
Pero pronto el tesoro real fue transferido del Temple al Louvre. Al mismo tiempo, se inició una sorda y venenosa campaña de denigración contra los Templarios. Se decía, y se hacía decir en los lugares públicos y en los mercados, que especulaban con la cosecha y que eran responsables del hambre; que pensaban más en acrecentar su fortuna que en reconquistar el Santo Sepulcro de mano de los paganos. Como usaban el rudo lenguaje de la milicia, se les tildaba de blasfemos. Se inventó la expresión “Jurar como Templario.” Y de la blasfemia y la herejía sólo hay un paso. Se decía que tenían costumbres contrarias a la naturaleza y que sus esclavos negros eran hechiceros...
Claro que no todos nuestros hermanos olían a santidad y que a muchos la inactividad les perjudicaba.
Se decía, sobre todo, que durante las ceremonias de recepción obligaban a los neófitos a renegar de Cristo a escupir sobre la Cruz y que se les sometía a prácticas obscenas.
Con el pretexto de acallar estos rumores, Felipe había propuesto al gran maestre, por el honor de la Orden, iniciar una investigación.
Y acepté – pensaba Molay -. Fui despreciablemente engañado... me mintieron.”
Pues un cierto día del mes de octubre de 1307... ¡Ah, cómo recordaba Molay aquel día!... “Era un viernes día 13... La víspera, todavía me abrazaba y me llamaba su hermano, otorgándome el primer lugar en el entierro de su cuñada, la emperatriz de Constantinopla...”
El viernes 13 de octubre de 1307, el rey Felipe, mediante una gigantesca redada policial preparada con mucha anticipación, hacía detener al alba a todos los Templarios de Francia, bajo inculpación de herejía, en nombre de la Inquisición. Y el mismo Nogaret había venido a apresar a Jacobo de Molay y a los ciento cuarenta caballeros de la casa matriz.
El grito de una orden hizo sobresaltar al gran maestre. Messire Alán de Pareilles hacía alinearse a sus arqueros. Se había puesto el yelmo; y un soldado sostenía su caballo y le presentaba el estribo.
-Vamos – dijo el gran maestre.
Los prisioneros fueron empujados hacia la carreta. Molay subió primero. El comandante de Aquitania, el hombre que había rechazado a los turcos en San Juan de Arce no salía de su aturdimiento; fue preciso izarlo. El hermano visitador movía los labios hablando a solas sin cesar. Cuando a Godofredo de Charnay le llegó el turno de subir, un perro invisible comenzó a aullar del lado de los establos.
Luego, tirada por cuatro caballos a la pesada carreta se puso en movimiento.
Se abrió el gran portal y se elevó un inmenso clamor.
Varios cientos de personas, todos los habitantes del barrio del Temple y de los barrios vecinos se apretujaban contra las paredes. Los arqueros de la vanguardia tuvieron que apelar a golpes de pica para abrirse camino.
-¡Paso a la gente del rey! – gritaban los arqueros.
Alán de Perilles dominaba el tumulto, erguido en su cabalgadura y con su sempiterna expresión impasible y ceñuda.
Pero al aparecer los Templarios, cesó el clamor en el acto. Ante el espectáculo de aquellos cuatro hombres viejos y desencarnados, que las sacudidas de la carreta lanzaban unos contra otros, los parisienses tuvieron un momento de mudo estupor, de espontánea compasión.
Luego se oyeron gritos de: “¡Muerte a los herejes!”, lanzados por guardias reales mezclados entre la multitud. Entonces, aquellos que siempre están dispuestos a apoyar al poderoso y mostrar bravura cuando nada se arriesga, iniciaron su concierto de voces destempladas:
-¡A la hoguera!
-¡Ladrones!
-¡Idólatras!
-¡Miradlos! ¡Hoy no están tan orgullosos esos paganos! ¡A la hoguera!
Insultos, burlas y amenazas surgían al paso del cortejo. Pero la furia no era general. Gran parte de la multitud seguía guardando silencio, y ese silencio, por prudente que fuera, no resultaba menos significativo.
Pues en siete años el sentimiento popular había cambiado. Se sabía cómo había sido llevado el proceso. Muchos se habían topado con Templarios a la puerta de las iglesias, mostrando al pueblo los huesos quebrados en el potro de los tormentos. En varios pueblos de Francia se había visto morir a los caballeros por decenas en las hogueras. Se sabía que algunos eclesiásticos se habían negado a participar en el juicio y que fue necesario nombrar nuevos obispos, como el hermano del primer ministro, Marigny, para llevar a cabo la tarea. Se decía que el propio Papa Clemente V, había cedido contra su deseo, porque estaba en manos del rey y temía padecer la misma suerte de su predecesor, el Papa Bonifacio, abofeteado en su trono. Además, en aquellos años, el trigo no se había vuelto más abundante, el pan se había encarecido, y era preciso admitir que los Templarios no tenían la culpa.
Veinticinco arqueros, con el arco en banderola y la pica al hombro, marchaban delante de la carreta, veinticinco más iban a cada lado, y otros tantos cerraban el cortejo.
¡AH, si aún nos quedara un ápice de fuerza en el cuerpo!”, - pensaba el gran maestre. A los veinte años hubiera saltado sobre un arquero, le habría arrancado la pica y hubiera intentado escapar o bien habría luchado hasta morir.
Detrás de él, el hermano visitador murmuraba entre sus dientes rotos:
-No nos condenarán. No puedo creer que nos condenen. Ya no somos peligrosos.
El comandante de Aquitania, en medio de su atontamiento murmuraba:
-¡Qué agradable es salir! ¡Qué agradable, respirar aira fresco! ¿Verdad, hermano?
El preceptor de Normandía posó la mano sobre el brazo del gran maestre.
-Messire – dijo en voz baja -, veo que en medio de la multitud algunas gentes lloran y otras de persignan. No estamos solos en nuestro calvario.
-Esas gentes pueden compadecernos; pero no pueden hacer nada por salvarnos – respondió Jacobo de Molay -. No. Busco otras caras.
El preceptor comprendió a qué última e insensata esperanza se aferraba el gran maestre. Sin proponérselo también se dedicó a escrutar la multitud. Pues un cierto número de caballeros del Temple había escapado de la redada de 1307. algunos se refugiaron en los conventos, otros se enclaustraron y vivían en la clandestinidad, ocultos en la campiña y en los pueblos; otros huyeron a España, donde el rey de Aragón, negándose a cumplir las imposiciones del rey de Francia y del Papa, reconoció sus encomiendas a los Templarios y fundó con ellos una nueva Orden. Y restaban, por fin, aquellos que, después de un juicio ante los tribunales relativamente clementes, fueron confiados a la custodia de los Hospitalarios. Muchos de esos caballeros seguían vinculados entre sí y mantenían una especie de red secreta.
Y Jacobo de Molay se decía que tel vez...
Tal vez habían preparado una conspiración... tal vez en la esquina de Blancs-Manteaux, o en la calle de la Bretonnerie, o del claustro de Saint Merry, surgiera un grupo de hombres, que, sacando sus armas de debajo de las cotas, se abalanzara sobre los arqueros; mientras otros, apostados en las ventanas, arrojarían proyectiles. Un carro, lanzado al galope, podría bloquear el paso y acabar de sembrar el pánico...
Mas, ¿por qué habrían de hacer nuestros antiguos hermanos tal cosa? – pensó Molay -. ¿Para liberar a su gran maestre que los ha traicionado, que ha renegado de la Orden, que ha cedido a las torturas...?
No obstante, se obstinaba en observar a la multitud lo más lejos posible; pero sólo distinguía a padres de familia con sus niños sobre los hombros, niños que más tarde cuando se mentara delante de ellos a los Templarios, sólo recordarían a cuatro ancianos barbudos y temblorosos rodeados de soldados como públicos malhechores.
El visitador general seguía murmurando para sí, y el vencedor de San Juan de Arce no cesaba de repetir lo agradable que era dar un paseo por la mañana.
El gran maestre sintió que se formaba en su interior la misma cólera semidemente que lo asaltaba con frecuencia en la prisión, haciéndole gritar y golpear los muros. Seguramente ejecutaría un acto de violencia. No sabía qué... pero sentía la necesidad de realizarlo.
Admitía su muerte casi como una liberación, mas no acertaba a morir injustamente y mucho menos, deshonrado. El prolongado hábito de la guerra agitaba por última vez su sangre de anciano. Quería morir combatiendo.
Buscó la mano de Godofredo de Charnay, su amigo, su compañero, el último hombre fuerte que tenía a su lado, y la estrechó.
El preceptor, alzando los ojos, vio sobre las sienes hundidas del gran maestre las arterias que latían serpenteando como azules culebras.
El cortejo llegaba al puente de Notre Dame.
III
LAS NUERAS DEL REY

Un sabroso olor a harina tostada, a miel y a manteca perfumaba el aire en torno al azafate de mimbre.
-¡Calientes, barquillos calientes! ¡No todos los comerán! ¡Probadlos, burgueses, probadlos!¡Barquillos calientes! – gritaba el buhonero, accionando detrás del horno al aire libre.
Lo hacía todo a la vez: estiraba la masa, retiraba del fuego las galletas cocidas, devolvía el cambio y vigilaba a los pilletes para impedirles sus raterías.
-¡Barquillos calientes!
Tan atareado estaba que no prestó atención al cliente cuya blanca mano depositó un denario sobre la tabla, en pago de una delgada galleta. Pero sí se fijó en que la misma mano dejaba el barquillo, que apenas mostraba la huella de un mordisco.
-¡Mal gusto tiene! – dijo atizando el fuego -. El se lo pierde: trigo candeal y manteca de Vaugirard...
De pronto se irguió y quedó boquiabierto, con la última palabra detenida en su garganta, al ver a quién se había dirigido. Un hombre de elevada estatura, de ojos inmensos e inmóviles, que llevaba caperuza blanca y túnica hasta las rodillas...
Antes de que pudiera esbozar una reverencia o balbucir una excusa el hombre de la caperuza se había alejado. El pastelero, con los brazos caídos, lo miraba perderse entre la multitud, mientras la hornada de barquillos amenazaba quemarse.
Las calles que comprendían el mercado de la ciudad, según decían los viajeros que habían recorrido África y Oriente, se parecían mucho en esos tiempos al zoco de una ciudad árabe. Igual bullicio incesante, iguales tiendas minúsculas pegadas unas a otras, iguales olores a grasa cocida, especias u cuero, igual parsimonia de los compradores y de los mirones, que a duras penas se abrían paso. Cada calle, cada callejón tenía su especialidad, su oficio particular; aquí los tejedores, cuyas lanzaderas corrían sobre los telares en la trastienda; allí los zapateros, claveteando sobre las hormas de hierro; más lejos los guarnicioneros tirando de las leznas, y los carpinteros moldeando patas de banquetas.
Había la calle de los pájaros, de las hierbas, de las legumbres, y la de los herreros, cuyos martillos resonaban sobre los yunques. Los orfebres se agrupaban a lo largo del muelle del mismo nombre, trabajando en torno de sus pequeños braceros.
Estrechas franjas de cielo asomaban entre las casas hechas de madera y de argamasa, con las fachadas tan próximas que de una ventana a otra era fácil darse la mano. Por todas partes el pavimento estaba cubierto de un fango maloliente, por el cual la gente, según su condición social, arrastraba los pies descalzos, las suelas de madera o los zapatos de cuero.
El hombre de altos hombros y caperuza blanca seguía avanzando lentamente por entre la turba, con las manos a la espalda, despreocupado, al parecer, de los empellones que recibía. Por otra parte, muchos le cedían el paso y lo saludaban. Respondía entonces con un leve movimiento de cabeza. Tenía figura de atleta; sus cabellos rubios, más bien rojos, sedosos, terminados por rizos que le caían casi hasta los hombros, enmarcaban su rostro regular, impasible, de una rara belleza de rasgos.
Tres guardias reales, vestidos de azul y llevando colgado del brazo el bastón terminado por la flor de lis, insignia de su cargo, seguían al paseante a cierta distancia sin perderlo de vista jamás, deteniéndose cuando él de detenía y reanudando la marcha al mismo tiempo que él. (Los guardias (sergents en el original) eran funcionarios subalternos encargados de diferentes tareas de orden público y de la ejecución de la justicia. Su misión se confundía con la de los hujieres (guardianes de las puertas) y la de los maceros. Entre sus atribuciones se contaba la de preceder o escoltar al rey, los ministros, los miembros del Parlamento y profesores de la Universidad.
La vara de los actuales agentes de policía francesa tiene su remoto origen en el bastón de los guardias de antaño. Así como la maza que llevan los maceros en las ceremonias universitarias.
En 1254 había sesenta guardias de este género adscritos a la policía de París.)
De pronto, un joven de jubón ceñido, arrastrado por tres grandes lebreles que llevaba atados a una correa, desembocó de una callejuela lateral y vino a chocar contra él, derribándolo casi. Los perros se enredaron y comenzaron a ladrar.
-¡Fijaos por donde camináis! – gritó el joven, con marcado acento italiano -. ¡Poco faltó para que me atropellarais los perros! Me habría gustado que os hubieran mordido.
Dieciocho años a lo sumo, bien moldeado a pesar de su pequeña talla, de ojos negros y fina barbilla, plantado en medio del callejón, levantaba la voz para hacerse el hombre.
Mientras desenredaba la traílla continuó:
-Non si puo vedere un cretino peggiore... (No se puede ver un cretino mayor)
Pero ya lo rodeaban los tres guardias reales. Uno de ellos lo tomó por el brazo y le murmuró un nombre al oído. Al instante, el joven se quitó el gorro y se inclinó con grandes muestras de respeto.
Se formó un pequeño grupo.
-En verdad, unos perros muy hermosos, ¿de quién son? – dijo el paseante, midiendo al muchacho con sus ojos inmensos y fríos.
-De mi tío, el banquero Tolomei... para serviros - respondió el joven, inclinándose de nuevo.
Sin decir más, el hombre de la caperuza blanca siguió su camino. Cuando se hubo alejado, así como sus guardias reales, la gente rodeó al joven italiano. Este no se había movido del lugar y parecía digerir mal su equivocación. Hasta los perros se mantenían expectantes.
-¡Vedlo, ya no está orgulloso! – se decían unos riendo.

-¡Por poco no derriba al rey, y encima casi lo insulta!
-Puedes irte preparando para dormir esta noche en la cárcel, muchacho, con treinta latigazos en el cuerpo.
El italiano hizo frente al coro de mirones:
-¿Y qué queríais? Jamás la había visto. ¿Cómo podía reconocerlo? Además, sabed, burgueses, que vengo de un país donde no hay rey que nos haga pegarnos a las paredes. En mi ciudad de Siena, cada uno puede ser rey a su debido momento. ¡Si alguien quiere algo de Guccio Baglioni, no tiene más que decirlo!
Había lanzado su nombre como un desafío. La orgullosa susceptibili-dad de los toscanos ensombrecía su mirada. En la cintura levaba una daga cincelada. Nadie insistió; el joven hizo chasquear los dedos para despabilar a los perros y prosiguió su camino, menos seguro de lo que pretendía, preguntándose si su tontería no le acarrearía molestas consecuencias.
Pues acababa de atropellar al propio rey Felipe. El soberano, a quien nadie igualaba en poderío, solía pasearse por su ciudad, como un simple burgués, informándose acerca de los precios, gustando las frutas, tanteando telas, escuchando las opiniones de la gente... Le tomaba el pulso a su pueblo. Los forasteros que ignoraban quién era, se dirigían a él para pedirle una simple información. Cierto día, un soldado lo detuvo para reclamarle la paga. Tan avaro de palabras como de dinero, era raro que, a cada salida, pronunciara mas de tres frases o gastara más de tres monedas.
El rey pasaba por el mercado de carnes cuando la campana mayor de Notre Dame comenzó a sonar, al mismo tiempo que se elevaba un gran clamor.
-¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen!
El clamor se acercaba. La turba se agitó y las gentes comenzaron a correr.
Un obeso carnicero salió de detrás de un mostrador, cuchillo en mano, gritando:
-¡Muerte a los herejes!
Su mujer le asió de la manga, y le dijo:
-¡Herejes? ¡No más que tú! ¡Quédate aquí haciendo tu oficio, que más te conviene, gran holgazán!
Se trabaron de la lengua; y en seguida se formó un corro en torno a ellos.
-¡Confesaros delante de los jueces! . seguía diciendo el carnicero.
-¿Los jueces? – replicó alguien -. Siempre hacen igual. Juzgan por la boca de los que pagan.
Todo el mundo comenzó a hablar a la vez.
-Los Templarios son unos santos. Siempre practicaron la caridad.
-Bien estaba sacarles el dinero; pero no atormentarlos.
-El rey era su principal deudor; acabados los Templarios, acabada la deuda.
-El rey ha hecho bien.
-El rey o los Templarios – dijo un aprendiz -, lo mismo da. Que los lobos se devoren entre sí; así no nos devorarán a nosotros.
En este momento una mujer se volvió, palideció, e indicó a los demás que se callaran. Felipe el Hermoso estaba detrás de ellos y los observaba con su mirada inmóvil y glacial. Los guardias se habían acercado a él, dispuestos a intervenir. En un instante el grupo se dispersó y sus componentes salieron a escape, exclamando a grandes voces:
-¡Viva el rey! ¡Mueran los herejes!
El semblante del rey no había cambiado de expresión. Se diría que no había oído nada. Si sorprender a la gente le causaba placer lo mantenía en secreto.
El clamor crecía sin cesar. El cortejo de los Templarios asomaba por el extremo de la calle, el rey, por el espacio abierto entre las casas, pudo ver durante unos instantes al gran maestre. De pie en la carreta, junto a sus tres compañeros, se mantenía erguido; ¡su aspecto era de mártir pero no de vencido!
Dejando que la turba se precipitara a contemplar el paso del cortejo, Felipe el Hermoso, con su mismo paso tranquilo, regresó a palacio por calles bruscamente vacías.
Bien podía el pueblo refunfuñar un poco y el gran maestre erguir su viejo cuerpo quebrado. Dentro de una hora habría terminado, y la sentencia, en general, sería bien recibida. Dentro de una hora quedaría colmada y rematada la obra de siete años.
El Tribunal Episcopal se había pronunciado: los arqueros eran numerosos, las guardias vigilaban las calles. Dentro de una hora el caso de los Templarios sería borrado de los asuntos públicos, y el poder real resultaría acrecentado y reforzado.
Incluso mi hija Isabel estaría satisfecha. He atendido a su súplica y he contentado a todo el mundo; pero ya era tiempo de acabar con esto”, se decía el rey Felipe.
Regresó a su morada por la Galería Merciere.
El palacio, arreglado cien veces, en el transcurso de los siglos, sobre viejos fundamentos romanos, acababa de ser renovado totalmente por Felipe y considerablemente agrandado.
Corrían tiempos de reconstrucción, y los príncipes rivalizaban en ese punto. Lo que se estaba haciendo en Westminster había sido terminado ya en París.
De los antiguos edificios sólo quedó la Sainte Chapelle, construida por su abuelo san Luis. El nuevo conjunto de la Cité, con sus grandes torres blancas reflejándose en el Sena, era imponente, macizo, ostentoso.
Aunque Felipe era muy cuidadoso con los gastos menores, no tacañeaba cuando se trataba de afirmar la pujanza del Estado. Pero como no despreciaba el menor provecho, había concedido a los merceros, mediante el pago de una buena renta, el privilegio de vender en la gran galería del palacio, llamada por esa razón Galería Merciere, después Galería Marchande. (Esa concesión, hecha a algunas corporaciones de mercaderes, de vender en la morada del soberano o en sus cercanías, parece porvenir de Oriente. En Bizancio, los mercaderes de perfumes gozaban del derecho de levantar tiendas frente a la entrada del palacio imperial, pues sus esencias era la cosa más agradable que pudiera llegar hasta las narices del “Basileus”.)
Este inmenso vestíbulo alto y ancho como una catedral de dos naves, provocaba la admiración de los visitantes. Sendos pilares servían de pedestal a las cuarenta estatuas de los reyes que se habían sucedido en el trono del reino de los francos, desde Faramundo y Moroveo. Frente a la estatua de Felipe el Hermoso se había levantado la de Enguerrando de Marigny, coadjutor y rector y rector del reino, el hombre que había inspirado y dirigido las obras.
La galería, abierta para todos, se había convertido en lugar de paseo, de citas de negocios y de encuentros galantes. Uno podía hacer allí sus compras y codearse al mismo tiempo con príncipes. Allí se decidía la moda. La multitud deambulaba incesantemente entre los azafates de los vendedores, bajo las grandes estatuas reales. Bordados, encajes, sedas, terciopelos y rasos; pasamanería, artículos de aderezo y pequeña joyería se amontonaban allí, tornasolaban y refulgían sobre los mostradores de encina, cuya trampa se quitaba por la tarde o se ponían sobre mesas de caballetes, o se colgaban en pértigas. Damas de la corte, burguesas y sirvientas iban de un escaparate a otro. Era un hervidero de discusiones, regateos, parloteos y risas, dominado todo por la charlatanería de los vendedores para cerrar el trato.
Abundaban los acentos extranjeros, sobre todo los de Italia y de Flandes.
Un mozo flacucho ofrecía pañuelos bordados, dispuestos sobre una harpillera de cáñamo en el mismo suelo.
-¡Ah, hermosas damas! – exclamaba -, ¿no os apena sonaros con los dedos o las mangas, cuando existen preciosos pañuelos ideados para tal fin, que podéis anudar graciosamente alrededor de vuestro brazo o de vuestra limosnera?
Poco más allá, otro entretenedor hacía juegos malabares con bandas de encajes de Malinas y las alzaba tan alto que sus blancos arabescos rozaban las espuelas de Luis el Gordo.
-¡Lo regalo, lo doy! A seis denarios la pieza. ¿Quién de vosotras no tiene seis denarios par hacerse pechos provocativos?
Felipe el Hermoso atravesó la Galería en toda su extensión. La mayoría de los hombres se inclinaban a su paso, y las mujeres esbozaban una reverencia. Sin darlo a entender, al rey le placía esa animación y las muestras de deferencia que recibía.
La grave campana de Notre Dame seguía tañendo; pero su sonido llegaba allí atenuado y disminuido.
Al final de la galería, no lejos de la gran escalinata, había un grupo de tres personas, dos mujeres muy jóvenes y un mozalbete, cuya belleza, presencia y prestancia atraían la discreta atención de los paseantes.
Las muchachas eran dos de las nueras del rey, a quienes el pueblo llamaba “las hermanas de Borgoña”. Se parecían poco. Juana, la mayor, casada con el hijo segundo de Felipe el Hermoso, tenía apenas veinte años. Era alta, esbelta y de cabellos de color entre castaño y ceniciento, con porte un poco estudiado y grandes ojos oblicuos como de lebrel. Vestía con sobria simplicidad, casi rebuscada. Aquel día llevaba un largo vestido de terciopelo gris claro, con mangas ajustadas, sobre el cual lucía una sobrevesta bordeada de armiño hasta las caderas.
Su hermana Blanca, esposa de Carlos de Francia, el menor de los príncipes reales, era más pequeña, más torneada, más sonrosada, más espontánea. A sus dieciocho años conservaba todavía los hoyuelos de la niñez en las mejillas. Tenía cabellos de un rubio cálido, ojos de color castaño claro, muy brillantes; y sus dientes eran pequeños y transparentes. Vestirse representaba para ella más una pasión que un juego. Se entregaba a ello con cierta extravagancia que no siempre era de buen gusto. En la frente y en el cuello, las mangas y la cintura, exhibía la mayor cantidad de alhajas posible. Sus vestidos estaban siempre bordados con hilos de oro y perlas. Pero tenía tanta gracia, y parecía tan contenta de sí misma que se le perdonaba de buen grado esta tonta profusión.
El joven que estaba con las princesas vestía como un oficial de casa soberana.
Había una cuestión en este pequeño grupo sobre un asunto de cinco días, que se discutía a media voz con tendencia a agitación. “¿Acaso es razonable atormentarse tanto por cinco días?”, preguntaba la condesa de Piotiers.
El rey surgió detrás de una columna que había ocultado su proximidad.
-Buenos días, hijas mías – dijo.
Los jóvenes callaron bruscamente. El hermoso muchacho hizo una profunda reverencia y se apartó un paso, con los ojos fijos en el suelo. Las dos jóvenes, luego de doblar la rodilla, se quedaron mudas, ruborizadas, un tanto confundidas. parecían tres personas sorprendidas en falta.
-¡Y bien, hijas mías! – agregó el rey -. Se diría que estoy de más en vuestra charla. ¿Qué estabais contando?
No le sorprendía la acogida. Estaba acostumbrado a ver a todo el mundo, aun a sus familiares más próximos, intimidados con su presencia. Un muro de hielo se alzaba entre él y los que lo rodeaban. Ya no se sorprendía; pero lo apenaba. Sin embargo, creía hacer todo lo posible para mostrarse asequible y amable.
Blanca fue la primera en recobrar su aplomo.
-Debéis perdonarnos, sire – dijo -. ¡Pero no es fácil repetir nuestras palabras!
-¿Por qué eso?
-Porque estábamos hablando mal de vos – respondió Blanca.
-¿De verdad? – dijo Felipe, no sabiendo si bromeaba.
Lanzó una ojeada al muchacho, quien, un poco apartado, parecía incómodo, y lo designo con la barbilla.
-¿Quién es ese doncel? – preguntó.
-Messire Felipe de Aunay, escudero de nuestro tío de Valois – respondió la condesa de Poitiers.
El joven volvió a saludar.
-¿No tenéis un hermano? – dijo, dirigiéndose al escudero.
-Si, sire. Está al servicio de monseñor de Poitiers – respondió el joven Felipe de Aunay, enrojeciendo y con voz insegura.
-Eso es; siempre os confundo – dijo el rey.
Luego, volviéndose a Blanca:
-¿Y qué decíais de malo, hija mía?
-Juana y yo estábamos de acuerdo en no perdonaros, padre mío, pues van cinco noches seguidas que nuestros maridos nos descuidan, ya que los retenéis hasta muy tarde en las sesiones del consejo o los alejáis por asuntos del reino.
-Hijas mías, hijas mías, ésas no son palabras para decir en voz alta.
Era púdico por naturaleza y se decía que guardaba absoluta castidad, desde que había quedado viudo hacía nueva años. Pero no podía enojarse con Blanca. Su vivacidad, su alegría y su audacia para decirlo todo, lo desarmaban. Estaba divertido y perplejo a la vez. Sonrió, cosa que raramente sucedía.
-¿Y qué dice la tercera? - Añadió.
Aludía a Margarita de Borgoña, prima de Juana y de Blanca, casada con el heredero del trono, Luis, rey de Navarra.
-¿Margarita? – exclamó Blanca -. Se encierra en su aposento, pone cara triste y dice que sois tan malvado como hermoso.
Otra vez volvió el rey a sentirse indeciso, preguntándose cómo debía tomar las últimas palabras. ¡Pero eran tan límpidas y tan cándida la mirada de Blanca! Era la única que se atrevía a bromear con él, que no temblaba en su presencia.
-¡Pues bien! Tranquilizad a Margarita y tranquilizaos, Blanca; Luis y Carlos os harán compañía esta noche. Hoy es buen día para el reino – dijo Felipe el Hermoso -. No se celebrará consejo esta noche. En cuanto a vuestro esposo, Juana, que ha ido a Dole y a Salins a vigilar los intereses de vuestro condado, no creo que tarde más de una semana.
-Entonces me preparo a festejar su vuelta – dijo Juana, inclinando su bella cabeza.
Para el rey Felipe, la conversación que acababa de sostener era muy larga. Volvió la espalda bruscamente a sus interlocutores y se alejó sin despedirse, hacia la gran escalera que conducía a sus habitaciones privadas.
-¡Uf! – dijo Blanca, con la mano sobre el pecho, viéndolo desaparecer -. De buena nos hemos librado.
-Creí desfallecer de miedo – dijo Juana.
Felipe de Aunay estaba rojo hasta la raíz de los cabellos, no ya de confusión, como poco antes, sino de cólera.
-Gracias por vuestras palabras al rey – dijo secamente a Blanca -. Son cosas muy agradables de oír.
-¿Y qué queríais? – exclamó Blanca. ¿Acaso vos lo hubierais hecho mejor? Os quedasteis pasmado y tartamudeante. Se nos vino encima sin que lo notáramos; tiene el oído más fino del reino. Por si había escuchado las últimas palabras, era la única manera de engañarlo. En lugar de recriminarme deberíais felicitarme, Felipe.
-No empecéis de nuevo – dijo Juana -. Caminemos, recorramos las tiendas, dejemos este aire de conspiradores.
-Messire – prosiguió Juana en vos baja -, os haré notar que vos y vuestros estúpidos celos son la causa de todo. Si no os hubierais puesto a gemir tan alto por los sufrimientos que os hace padecer Margarita, no habríamos corrido el riesgo de que el rey nos oyera.
Felipe conservaba su expresión sombría.
-En verdad – dijo Blanca -, vuestro hermano es más agradable que vos.
-Sin duda lo tratan mejor, de lo que me alegro por él – respondió Felipe -. En efecto, soy un estúpido, al dejarme humillar por una mujer que me trata como un lacayo, que me llama a su lecho cuando la vienen ganas, que me aleja cuando le pasan, que me tiene días enteros sin dar señales de vida, y que finge no conocerme cuando se cruza conmigo. ¿Cuál es el juego, a fin de cuantas?
Felipe de Aunay, escudero de monseñor el conde de Valois, era desde cuatro años el amante de Margarita de Borgoña. La mayor de las nueras de Felipe el Hermoso. Y si osaba hablar de tal modo delante de Blanca de Borgoña, esposa de Carlos de Francia, era porque Blanca era la amante de su hermano, Gualterio de Aunay, escudero del conde de Poitiers. Y si podía descararse delante de Juana, Condesa de Poitiers, era porque ésta, aunque no era amante de nadie, favorecía, un poco por flaqueza y otro poco por diversión, las intrigas de las otras dos nueras reales, combinando entrevistas y facilitando encuentros.
Así, en aquel anticipo de primavera de 1314, el día mismo en que los Templarios iban a ser juzgados, cuando tan grave asunto era la principal preocupación de la corona, dos hijos del rey de Francia, el Mayor, Luis, y el menor Carlos, llevaban los cuernos, por obra y gracia de dos escuderos, pertenecientes uno a la casa de su tío, el otro a la de su hermano, y todo bajo la tutela de su hermana política, Juana, esposa constante, aunque benévola celestina, que sentía un turbio placer viviendo los amores ajenos.
-En todo caso, nada de torre de Nesle esta noche – dijo Blanca.
-Para mí no será distinta de las anteriores – respondió Felipe de Aunay -. Pero rabio al pensar que hoy, entre los brazos de Luis de Navarra, Margarita murmurará, sin duda, las mismas palabras...
-Amigo mío, vais demasiado lejos – dijo Juana con mucha altivez-. Hace un momento acusabais a Margarita, sin razón, de tener otros amantes. Ahora queréis impedir que tenga un marido. Los favores que os concede os hacen olvidar quién sois. Creo que mañana aconsejaré a nuestro tío que os envíe por algunos meses a su condado de Valois, donde tenéis vuestras tierras, para calmaros los nervios.
El hermoso Felipe se serenó de golpe.
-¡Ho, señora! ¡Creo que moriría! – murmuró.
Era más seductor de ese modo que encolerizado. Daban ganas de asustarlo, sólo por verle bajar las sedosas pestañas y temblar levemente su pálida barbilla. De pronto se había convertido en un ser tan desdichado, que ambas mujeres, olvidando su alarma, no pudieron contener una sonrisa.
-Decid a vuestro hermano Gualterio que esta noche suspiraré por él – dijo Blanca con la mayor dulzura del mundo.
No se podía saber si hablaba sinceramente.
-¿No convendría prevenir a Margarita acerca de lo que acabamos de oír? – dijo de Aunay, un tanto vacilante -. En caso de que para esta noche hubiera previsto...
-Que Blanca haga lo que le parezca – dijo Juana -. No pienso encargarme más de vuestros asuntos. He sentido demasiado miedo. Algún día terminará mal y verdaderamente es comprometerme en serio por nada.
-Es cierto que tú no aprovechas las gangas – dijo Blanca -. Tu marido está ausente con mayor frecuencia que los nuestros. Si Margarita y y tuviéramos esa suerte...
-No encuentro placer alguno en ello – replicó Juana.
-O no tienes coraje – dijo Blanca.
Es verdad que, aunque lo quisiera, no tengo tu habilidad para mentir, hermana mía. Estoy segura de que me traicionaría en seguida.
Dicho esto, Juana permaneció unos instantes meditabunda. No, no sentía deseos de engañar a Felipe de Poitiers, pero estaba cansada de pasar por gazmoña.
-Señora... – dijo Felipe de Aunay -. ¿No podríais encargarme un mensaje para vuestra prima?
Juana miró de soslayo al joven, con tierna indulgencia.
-¿No podéis pasaros un día sin ver a la bella Margarita? – respondió -. Bien, seré buena, compraré alguna alhaja para ella y se la llevaréis de mi parte. Pero es la última vez.
Se acercaron a una parada. En tanto que las dos mujeres elegían, y Blanca iba derecha a los objetos más caros. Felipe de Aunay pensaba en la súbita aparición del rey.
Siempre que me ve, me pregunta mi nombre – se decía -. Esta es la sexta vez. Y nunca deja de aludir a mi hermano.”
Sintió una sorda aprensión y se preguntó por qué el rey le inspiraba tanto pavor. Sin duda, era su mirada. Aquellos grandes ojos inmóviles y de extraño color, entre gris y azul pálido, semejantes al hielo de los estanques en las mañanas de invierno, ojos que uno no cesaba de ver durante horas enteras, luego de cruzarse con ellos.
Ninguno de los tres jóvenes había notado la presencia de un hombre de alta estatura, con botas rojas, parado en la gran escalinata, que los vigilaba hacía unos instantes.
-Felipe, no llevo bastante dinero, ¿quieres pagar?
Las palabras de Juana arrancaron a Felipe de sus reflexiones. El joven obedeció en el acto. Juana había elegido para Margarita un cinturón de terciopelo con aplicaciones de filigrana de plata.
-¡Oh, querría uno igual! – dijo Blanca.
Pero tampoco ella tenía dinero, y Felipe debió pagar.
Siempre sucedía lo mismo cuando las acompañaba. Ellas prometían devolverle el dinero cuanto antes, pero pronto lo olvidaban y él era demasiado galante para recordárselo.
-Cuidado, hijo mío – le había dicho su padre, el señor de Aunay -. Las mujeres más ricas son las más costosas.
Bien lo sabía su bolsillo. Mas no le importaba. Los Aunay eran ricos y sus posesiones en Vémars y de Aunay-les-Bondy, entre Pontoise y Luzarchez, les proporcionaban una buena renta.
Ya tenía su pretexto para correr al palacio de Nesle, donde vivían el rey y la reina de Navarra, al otro lado del río. Cruzando el puente de San Miguel, el camino era cosa de minutos.
Saludó a las dos princesas y salió de la Galeria Merciere.
El señor de las botas rojas lo siguió con la mirada, mirada de cazador. Era Roberto de Artois, llegado hacía unos días de Inglaterra. Pareció reflexionar; luego bajó la escalinata, y a su vez, salió a la calle.
Fuera, la campana de Notre Dame había enmudecido. Sobre la isla de la Cité reinaba un silencio desacostumbrado, impresionante. ¿Qué pasaba en Notre Dame?
IV

NOTRE DAME ERA BLANCA

Los arqueros habían formado cordón para mantener a la multitud alejada del atrio. En todas las ventanas se apiñaban cabezas de curiosos.
La bruma se había disipado y un sol pálido alumbraba las blancas piedras de Notre Dame de París. El edificio había sido terminado hacía sólo setenta años y se trabajaba continuamente para embellecerlo. Poseía aún el brillo de lo nuevo, y la luz acentuaba el arco de sus ojivas, el encaje del rosetón central y hacía resaltar el hormigueo de estatuas bajo los pórticos.
Se había hecho retroceder hasta las casas a los vendedores de aves que ofrecían su mercadería todas las mañanas, frente a la iglesia. El cacareo de las aves que se ahogaban en las jaulas desgarraba el silencio, el agobiante silencio que acababa de sorprender al conde de Artois al salir de la Galería Merciere.
El capitán Alán de Pareilles se mantenía inmóvil, frente a sus arqueros.
En lo alto de las gradas que conducían al atrio, estaban en pie los cuatro Templarios, de espaldas a la multitud y de cara al Tribunal Eclesiástico, instalado entre los abiertos batientes del gran portal. Obispos, canónigos y clérigos, se sentaban alineados en dos filas.
La gente señalaba con curiosidad a los tres cardenales, espacialmente enviados por el Papa. Aquello significaba que la sentencia sería dada sin apelación ni curso ante la Santa Sede. Las miradas se dirigían después a Juan de Marigny, joven arzobispo de Sens, hermano del primer ministro, quien había dirigido el caso, junto con el gran inquisidor de Francia.
Una treintena de monjes, con hábito pardo unos, y blanco otros, permanecían en pie, detrás de los miembros del Tribunal. El único civil de la asamblea, el preboste de París, Juan Ployebouche, personaje de unos cincuenta años de edad, rechoncho y con el rostro contraído, parecía poco satisfecho de hallarse allí. Representaba el poder real y era el encargado de mantener el orden. Sus ojos saltaban de la multitud al capitán de los arqueros y de éste al joven arzobispo de Sens.
El sol trazaba arabescos con las mitras, los báculos, la púrpura de las vestes cardenalicias, el amaranto de los obispos, el armiño y terciopelo de las capuchas, el oro de las cruces pectorales, el acero de las cotas de malla y de las armas de la tropa. Ese centelleo, ese colorido, todo ese fulgor, hacía más violento el contraste con los acusados, para los cuales de había montado aquel gran aparato, cuatro Templarios harapientos que, apretados unos contra otros, parecían un grupo moldeado en ceniza.
Monseñor Arnaldo de Auch, cardenal-arzobispo de Albano, primer legado, leía en pie los considerandos del juicio. Lo hacía con lentitud y énfasis, escuchándose, satisfecho de sí mismo y de su lucimiento ante un auditorio extranjero. A veces fingía horrorizarse por la enormidad de los crímenes que enunciaba. Luego recobraba su untuosa majestad para relatar un nuevo cargo, un nuevo delito.
-...Oídos los hermanos Gerardo de Passaje y Juan de Cugny, quienes afirman, igual que muchos más, haber sido forzados durante su recepción en la Orden a escupir sobre la Cruz, porque se les decía que era un simple trozo de madera y que el verdadero Dios estaba en el Cielo... Oído el hermano Guy Dauphin, a quien se indujo, si uno de sus hermanos superiores se sentía arrebatado por el tormento de la carne y quería saciarse con él, a consentir en todo lo que se le pidiera... Oído sobre ese punto el señor de Molay, quien en interrogatorio ha reconocido y confesado...
La multitud debía hacer esfuerzos para captar las palabras deformadas por el tono enfático. El legado se regodeaba con su lectura. El pueblo comenzaba a impacientarse.
A casa acusación, falso testimonio o confusión arrancada por la fuerza, Jacobo de Molay murmuraba para sí:
Mentira... mentira... mentira...”
Lejos de aplcarse, la cólera, que hiciera presa del gran maestre durante el trayecto, crecía sin cesar. En sus descarnadas sienes la sangre batía cada vez con mayor fuerza.
Nada se había producido que viniera a detener el desarrollo de la pesadilla. Ningún antiguo Templario había surgido de entre la turba.
-...Oído el hermano Hugo de Payraud, quien reconoce haber obligado a los novicios a renegar de Cristo tres veces seguidas...
Hugo de Payraud era el hermano visitador. Volvió hacia Jacobo de Molay su rostro dolorido y murmuró:
-Hermano mío... ¿por ventura he dicho y alguna vez semejante cosa?
Los cuatro dignatarios estaban solos, abandonados del cielo y de los hombres, presos como en gigantescas tenazas, entre las tropas y el tribunal, entre la fuerza real y la fuerza de la Iglesia. Cada palabra del cardenal legado estrechaba el cerco.
¿Cómo no habían comprendido los comisiones inquisidoras a pesar de que se les había explicado mil veces, que la prueba de negación era impuesta a los novicios para asegurarse de su actitud si caían prisioneros de los musulmanes y eran obligados a abjurar?
El gran maestre sentía un loco deseo de saltar el cuello del prelado, abofetearlo, tirar al suelo su mitra y estrangularlo. Además, no solamente hubiera hecho trizas a aquel personaje, sino al joven Marigny, aquel presumido con mitra que adoptaba lánguidas posturas. Pero por encima de todo, hubiera querido castigar a sus tres verdaderos enemigos, ausentes de la ceremonia: el rey, el guardasellos, el Papa...
La rabia de la impotencia hacía danzar un velo rojo ante sus ojos. Era preciso que sucediera lago... se apoderó de él un vértigo tan fuerte que temió desplomarse sobre las losas. Ni siquiera veía que igual furia dominaba a Charnay y que la cicatriz del preceptor de Normandía se había vuelto muy blanca en medio de la frente carmesí.
El legado hizo una pausa en su declamación. Bajó el largo pergamino, inclinó ligeramente la cabeza a derecha e izquierda hacia sus asesores, luego acercó de nuevo el pergamino a sus ojos, y sopló como para quitar una mota de polvo. Después reanudó la lectura:
-...Y considerando que los acusados lo han confesado y reconocido, los condenamos a prisión y al silencio por el resto de sus días, a fin de que obtengan la remisión de us faltas por las lágrimas del arrepentimiento. In nomine Patris...
El legado hizo lentamente la señal de la cruz y se sentó, lleno de soberbia, enrollando el pergamino que inmediatamente tendió a su clérigo.
La turba quedó perpleja. Después de semejante enunciado de crímenes, era tan lógico esperar la pena de muerte, que la condena a prisión perpetua, con sus cadenas y su régimen de pan y agua, parecía una sentencia benigna.
Felipe el Hermoso había medido bien el golpe. La opinión pública admitiría sin objeciones, casi plácidamente, ese punto final de una tragedia que la había sacudido durante siete años.
El primer legado y el joven arzobispo de Sens cambiaron una imperceptible sonrisa de connivencia.
-Hermanos míos – tartamudeó el hermano visitador general-. ¿He oído bien? ¡No nos matan! ¡Nos conceden perdón!
Sus ojos estaban llenos de lágrimas; sus manos hinchadas temblaban y su boca de dientes rotos se abría como si fuera a reír.
El espectáculo de aquella alegría espantosa fue la causa de todo.
De pronto, tronó una voz desde lo alto de las gradas:
-¡Protesto!
Sonó tan potente, que nadie pensó, en primer momento, que pudiera pertenecer al gran maestre.
-¡Protesto contra esa sentencia inicua y afirmo que los crímenes que nos atribuyen son imaginarios! – gritó Jacobo de Molay.
Un inmenso suspiro se elevó de la multitud. El Tribunal se inquietó. Los cardenales se miraban estupefactos. Nadie esperaba eso. Juan de Marigny se puso en pie de un salto. ¡Adiós posturas lánguidas! Estaba lívido, tenso, temblaba de cólera.
-¡Mentís! – gritó al gran maestre -. ¡Confesasteis ante la comisión!
Instintivamente, los arqueros apretaron sus filas, aguardando una orden.
-¡No soy culpable – prosiguió Jacobo de Molay -, sino de haber creído a vuestros embustes, amenazas y tormentos! ¡Afirmo ante Dios que nos escucha, que la Orden es inocente y santa!
Y, en efecto, Dios parecía oírle. Sus palabras lanzadas hacia el interior de la catedral, repercutían en las bóvedas y volvían en forma de eco, como si otra voz más poderosa, desde el fondo de la nave, repitiera sus palabras.
-¡Confesasteis la sodomía! – gritó Juan de Marigny.
-¡En el tormento! – replicó Molay.
...En el tormento”, repitió la voz, que parecía nacer en el tabernáculo.
-¡Confesasteis la herejía!
-¡En el tormento!
...En el tormento”, repitió el tabernáculo.
-¡Lo retiro todo! – dijo el gran maestre.
...Todo...”, respondió como trueno la catedral entera.
Un nuevo interlocutor se unió a este extraño diálogo. Godofredo de Charnay, el preceptor de Normandía, apostrofaba al arzobispo de Sens:
-¡Abusasteis de nuestro desfallecimiento! – decía -. Somos víctimas de vuestras intrigas y de vuestras falsas promesas. ¡Vuestro odio y vuestra sed de venganza nos han perdido! Pero y afirmo, ante Dios, que somos inocentes, y los que dicen otra cosa mienten como bellacos.
Entonces se desató el tumulto. Los monjes, desde detrás del tribunal, comenzaron a proferir grandes voces:
-¡Herejes! ¡A la hoguera! ¡Al fuego los herejes!
Pero su clamor fue ahogado bien pronto. Con ese impulso generoso que pone al pueblo al lado del más débil y del valor en desgracia, la turba, en su mayoría tomaba partido por los Templarios. Mostraban el puño en alto a los jueces. De todos los rincones de la plaza llegaban alaridos. Aullaba la gente en las ventanas; aquello amenazaba convertirse en un motín.
A una orden de Alán de Pareilles, la mitad de los arqueros se había formado en cadena, dándose el bazo para resistir a la presión de la multitud, mientras los otros, pica en ristre les hacían frente.
Los guardianes reales golpeaban a diestro y siniestro en medio del gentío, con sus bastones de las flores de lis. Las jaulas habían sido volteadas y las aves, pisoteadas, dejaban escapar estridentes cacareos.
El tribunal estaba en pie, desconcertado. Juan de Marigny discutía con el preboste de París.
-No importa lo que hagáis, monseñor, pero ¡haced algo! – decía el preboste -. Hay que detenerlos. Nos arrollarán. No conocéis a los parisienses cuando se irritan.
Juan de Marigny, extendiendo el brazo, alzó su cayado episcopal para dar a entender que iba a hablar. Pero nadie quería escucharlo. Lo abrumaban a insultos.
¡Torturador! ¡Falso obispo! ¡Dios te castigará!
-¡Hablad, monseñor, hablad! – lo apremiaba el preboste.
Temía por su puesto y su pellejo; recordaba los motines de 1306, durante los cuales fueron saqueadas las casas de los burgueses.
-¡Declaramos relapsos (El término “relapso” ,del latín re-lapsus, recaído, se aplicaba a los inculpados que recaían en la herejía después de haber manifestado pública abjuración) a los dos condenados! – exclamó el arzobispo, forzando inútilmente la voz -. Han reincidido en sus herejías; han rechazado la justicia de la iglesia; la Iglesia los rechaza y los remite a la justicia del rey.
Sus palabras se perdieron en medio de la batahola. Luego, como una bandada de enloquecidas gallinas, el Tribunal penetró en Notre Dame, cuyo portal fue cerrado al instante.
A una señal del preboste a Alán de Pareilles, un grupo de arqueros se precipitó a los peldaños, otros trajeron la carreta, y a golpes de mangos de pica, los condenados fueron obligados a subir a ella. Se dejaban llevar con gran docilidad. El gran maestre y el preceptor de Normandía se sentían a la vez exhaustos y en calma. Por fin estaban en paz consigo mismos. Los otros dos nada comprendían.
Los arqueros abrieron paso a la carreta, en tanto que el preboste Ployebouche daba instrucciones a sus guardias para que despejaran la plaza cuanto antes. Dio media vuelta, completamente desbordado.
-¡Conducid los prisioneros al Temple! – gritó Alán de Pareilles -. Yo corro a avisar al rey.
V

MARGARITA DE BORGOÑA, REINA DE NAVARRA

Entretanto, Felipe de Aunay había llegado al palacio de Nesle. Le habían pedido que aguardara en la antecámara de las habitaciones de la reina de Navarra. Los minutos no acababan de pasar, y Felipe se preguntaba si Margarita se hallaría con algún importuno o simplemente se complacía en hacerlo languidecer. Hubiera sido muy propio de ella. Y tal vez, después de una hora de pisotear, levantarse y sentarse, oiría decir que no podía recibirlo. Su irritación iba en aumento.
Cuatro años atrás, cuando empezaron sus relaciones, no habría procedido de ese modo. O quizá sí. Ya no lo recordaba. En el entusiasmo de la incipiente aventura en la que la vanidad contaba tanto como el amor, de buena gana hubiera caminado cinco horas a la pata coja para ver a su amante desde lejos, o para rozarle los dedos u oír un susurro que significara la promesa de otra entrevista.
Los tiempos habían cambiado. Las dificultades que son aliciente de un naciente amor resultan intolerables cuando han transcurrido cuatro años; y a menudo la pasión muere por lo mismo que la provocó. La perpetua incertidumbre de las citas, las entrevistas postergadas, las obligaciones de la corte, a todo lo cual se sumaban las rarezas de Margarita, habían impulsado a Felipe a una exasperación que sólo expresaba con sus reproches y su cólera.
Margarita parecía tomar las cosas muy de otro modo. Saboreaba el doble placer de engañar al marido y de atormentar al amante. Pertenecía a esa clase de mujeres que sólo renuevan su deseo ante el espectáculo de los sufrimientos que inflingen, hasta que ese mismo espectáculo las hastía.
No pasaba día sin que Felipe se dijera que un gran amor no prospera en el adulterio; ni un solo día dejaba de prometerse que terminaría con aquella relación tan hiriente. Pero era débil y cobarde, se encontraba aprisionado. Semejante al jugador que se empeña en salvar su pérdida, perseguía sus sueños de antaño, su vano presente, su tiempo perdido, su dicha pasada. No tenía coraje para levantarse de la mesa y decir: “Ya he perdido bastante.”
Y allí estaba, transido de tristeza y despecho, aguardando que se dignaran hacerlo entrar.
Para distraer su impaciencia, miraba el ir y venir de los palafreneros en el patio de palacio, quienes sacaban los caballos para llevarlos a apacentar en el pequeño Pré-aux-Clercs, y a los cargadores que traían cuartos de reses y fardos de verdura.
El palacio de Nesle se componía de dos edificios unidos pero distintos; el palacio propiamente dicho, de reciente construcción y la torre un siglo más antigua, que formaba parte del sistema de defensas construidas bajo Felipe-Augusto. Felipe el Hermoso había comprado el conjunto de la edificación, seis años atrás, al conde Amaury de Nesle, y los otorgó como residencia a su hijo mayor, el rey de Navarra. (La torre der Nesle, antes torre de Hamelin, por el nombre del preboste de París que impulsó su construcción, y el palacio de Nesle ocupaban el actual emplazamiento del Instituto de Francia y el de la Moneda.
El jardín limitaba a poniente con la muralla de Felipe-Augusto, cuyo foso, llamado por esta parte “foso de Nesle”, sirvió de trazado a la calle de Mazarino. El conjunto fue dividido en Gran Nesle, Pequeño Nesle y Mansión Nesle. Posteriormente, se construyeron sobre sus diversas partes, los palacios de Nevers, de Guénégaud, de Conti y de la Moneda. La torre no fue destruida hasta 1663, para la construcción del Colegio Mazarino o de las Cuatro Naciones, adscrito al Instituto desde 1805.)
Entonces la torre había sido utilizada como sala de guardias y almacén. Margarita la hizo arreglar y amueblar para ella, según manifestaba, para retirarse allí algunas veces y dedicarse a la oración. Afirmaba que tenía necesidad de soledad, y como la sabía de carácter fantasioso, Luis de Navarra no se asombró por ello. Pero en realidad sólo había querido ese arreglo para poder recibir con mayor tranquilidad al apuesto Aunay.
Esto llenó de inigualable orgullo a su amante. Por amor a él una reina había transformado una fortaleza en cámara de amor.
Y cuando el hermano mayor de Felipe, Gualterio de Aunay, se convirtió en el amante de Blanca, la torre sirvió igualmente de secreto asilo a la nueva pareja. El pretexto resultaba fácil: Blanca venía a visitar a su prima y hermana política: Margarita sólo quería que la dejaran ser complaciente y cómplice.
Pero ahora, mientras Felipe contemplaba la enorme torre sombría, de techo almenado, ventanas estrechas y altas, que dominaba el río, no podía menos de preguntarse si otros hombres no pasarían con su amante las mismas noches turbulentas... ¿Acaso no autorizaban la duda esos cinco días sin dar señales de vida, cuando todo se prestaba a un encuentro?
Se abrió una puerta y una camarera lo invitó a seguirla. Esta vez estaba decidido a no dejarse embaucar. La camarera lo precedió por un largo corredor y luego desapareció. Felipe entró en una habitación baja de techo atestada de muebles, donde flotaba un persistente perfume que conocía muy bien. Era una esencia de jazmín que los mercaderes recibían de Oriente.
Felipe necesitó algunos minutos para acostumbrarse a la penumbra y al calor del ambiente. Un gran fuego ardía en la chimenea de piedra.
-Señora... – dijo.
Una voz surgió del fondo del cuarto, un poco ronca, como adormecida.
-Acercaos, messire.
¿Se atrevía a recibirlo en su cuarto, sin testigos? Al instante se vio tranquilizado y decepcionado: la reina de Navarra no estaba sola. Medio oculta por las cortinas del lecho bordaba una dama de compañía, con el mentón y el cabello aprisionados por las blancas tocas de viuda. Margarita estaba echada en la cama, vestida con un largo ropaje de casa con vueltas de piel, que dejaba ver sus pies desnudos, pequeños y regordetes. Recibir a un hombre con tal atuendo y en tal postura ya constituía, de por sí, una audacia.
Felipe se adelantó y adoptó un tono cortesano, desmentido por su rostro, para enunciar que la condesa de Poitiers lo enviaba en busca de noticias de la reina de Navarra, y le transmitía, junto con un presente, sus cariñosos saludos.
Margarita lo escuchó sin hacer movimiento no volver los ojos.
Era pequeña, de cabellos negros y de tez ambarina. Se decía que tenía el cuerpo mas hermoso del mundo, y por cierto, no era ella la última en hacerlo saber.
Felipe contemplaba aquella boca redonda, sensual, la barbilla corta partida por un hoyuelo, la carnosa garganta que el amplio escote dejaba a la vista, los brazos plegados y hacia arriba descubiertos por la generosa sisa. Felipe se preguntaba si Margarita no estaría completamente desnuda bajo la ropa de la cama.
-Dejad el presente sobre la mesa – dijo Margarita -. Lo veré en seguida.
Se desperezó, bostezó, y Felipe vio la lengua rosada, el paladar y los dientecillos blancos; bostezaba a la manera de los gatos.
Ni una sola vez había vuelto los ojos hacia él. Por el contrario, se sentía observado por la dama de compañía. Él no conocía, entre las acompañantes de Margarita, aquella viuda de largo rostro y penetrante mirada. Hizo un esfuerzo para contener su irritación, que crecía por momentos.
-¿Debo llevar – preguntó – alguna respuesta a madame de Poitiers?
Margarita se dignó por fin a mirar a Felipe. Tenía unos ojos admirables, oscuros y aterciopelados, que acariciaban las cosas y las personas.
-Decid a mi hermana política de Poitiers... – comenzó.
Felipe, que había cambiado de lugar, con nervioso ademán indicó a margarita que despidiera a la vieja. Pero Margarita no parecía comprender. Sonreía, aunque no a Felipe; sonreía al vacío.
-O mejor, no – continuó -. Le escribiré un mensaje que vos le entregaréis.
Luego sse dirigió a la dama de compañía:
-Bien está por hoy. Es tiempo de que me vista. Id a preparar mis ropas.
La vieja dama pasó al cuarto contiguo, pero dejó la puerta abierta.
Margarita se levantó, dejando ver una bella, tersa rodilla y al pasar junto a él le dijo, con un hilo de voz:
-Te amo.
-¿Por qué hace cinco días que no te he visto? – preguntó él de la misma manera.
-¡Qué hermosura! – exclamó Margarita extendiendo el cinturón que la había traído -. Juana tiene un gusto exquisito! ¡Cómo me deleita este presente!
-¿Por qué no te he visto? – repitió Felipe, en voz baja.
-Me vendrá de maravilla para mi nueva escarcela – replicó Margarita casi gritando -. Señor de Aunay, ¿podéis esperar a que escriba unas palabras de agradecimiento?
Se sentó en una mesa, tomo una pluma de ganso y un trozo de papel (El papel de algodón, que se considera un invento chino, en un principio “pergamino griego” porque los venecianos descubrieron su uso en Grecia, hizo su aparición en Europa hacia el siglo X. El papel de lino (o de trapo) fue importado, poco después, por los sarracenos de España. Las primeras fábricas de papel fueron establecidas en Europa durante el siglo XIII. Por razones de conservación y resistencia, el papel no se utilizaba jamás en documentos oficiales, pues éstos debían soportar “sellos colgantes”). Hizo a Felipe señal de que se acercara, y éste pudo leer en el papel. “¡Prudencia!”
Luego gritó a la dama de la pieza contigua:
-¡Señora de Comminges, id en busca de mi hija! No le he dado un beso esta mañana.
La dama de compañía se alejó.
-La prudencia – dijo entonces Felipe – es pretexto para alejar a un amante y acoger a otro. Yo se bien que me mentís.
Ella tenía una expresión de lasitud y de enervamiento.
-Y y creo que no comprendéis nada. Os ruego que seáis más prudente en vuestras palabras y miradas. Cuando los amantes comienzan a reñir o a cansarse traicionan su secreto ante los que los rodean. ¡Dominaos!
Margarita no decía esto sin motivo. Hacía días que sentía a su alrededor una sombra de sospecha. Luis de Navarra había aludido a los éxitos de ella y a las pasiones que levantaba; bromas de marido en las que la risa sonaba a hueco. ¿Habría notado alguien las impaciencias de Felipe? Margarita estaba tan segura como de sí misma del portero y de la camarera de la torre, dos criados que había traído de Borgoña y a quienes aterrorizaba y cubría de oro al mismo tiempo. Pero nadie está cubierto de una imprudencia de palabras. Y luego aquella señora de Comminges, que la había puesto para complacer a monseñor de Valois, correteando por todas partes con su triste ropaje...
-¿Confesáis, pues, que estáis cansada? – dijo Felipe de Aunay.
-Sois fastidioso, ¿sabéis? – declaró Margarita -. Se os ama y todavía gruñís.
-Pues bien, esta noche no tendré ocasión de fastidiaros – respondió Felipe -. No se celebra consejo. El propio rey nos lo ha dicho, de modo que podéis satisfacer cómodamente a vuestro marido.
De no haber estado ciego de cólera, Felipe habría comprendido, por la cara que ella puso, que nada tenía que temer por ese lado.
-¡Y y me dedicaré a cualquier ramera! – agregó.
-¡Muy bien! – dijo Margarita -. Así podréis luego contarme como lo hacen esas mujeres. Me gustará.
Su mirada se había iluminado: se pasaba por los labios la punta de la lengua, irónica.
¡Zorra!, ¡zorra!, ¡zorra!” pensaba Felipe. No sabía cómo tomarla; todo escurría sobre ella como el agua sobre el cristal.
Margarita se acercó a un cofre abierto y sacó un bolso que Felipe no le había visto nunca.
-Me irá a las mil maravillas – dijo Margarita pasando el cinturón por los anillos de oro y contemplándose, con el bolso en la cintura, ante un gran espejo de estaño.
-¿Quién te ha dado esa escarcela? – preguntó Felipe.
-Es un regalo de...
Iba a responder la verdad, ingenuamente. Pero lo vio tan crispado y lleno de sospechas, que no pudo resistir al deseo de divertirse con él.
-Es un regalo de... alguien – dijo.
-¿De quién?
-Adivina.
-¿Del rey de Navarra?
-¡Mi marido no es ten generoso!
-¿De quién, entonces?
-Adivina.
-Quiero saberlo. Tengo derecho a saberlo – dijo Felipe, furioso -. Es un regalo de un hombre, de un hombre rico y enamorado... porque tiene razones para estarlo.
Margarita continuaba mirándose en el espejo, aplicando la escarcela, ora contra una cadera ora contra la otra, ora en mitad de la cintura, y con este movimiento a ambos lados descubría y cubría la pierna.
-Fue Roberto de Artois – dijo Felipe.
-¡Oh, messire, me suponéis de muy mal gusto! – dijo ella -. Ese rústico que huele siempre a caza...
-El señor de Fiennes, entonces, que os ronda como a todas las mujeres – replicó Felipe.
Margarita ladeó la cabeza y adoptó una actitud pensativa.
-¿El señor de Fiennes? – dijo -. No había reparado en su interés por mí. Pero puesto que vos lo decís... Gracias por hacérmelo notar.
-¡Acabaré por enterarme!
-Cuando hayáis citado a toda la corte de Francia...
Iba a agregar: “Puede que penséis en la corte de Inglaterra”, pero se vio interrumpida por el regreso de la señora de Comminges que empujaba delante de ella a la princesa Juana. La niñita, de tres años, caminaba lentamente, enfundada en un bordado con perlas. No tenía de su madre más que la frente convexa, redonda, casi abombada. Pero era rubia, de nariz fina y larga y sedosas pestañas temblorosas, sobre los ojos. Tanto podía ser hija del rey de Navarra como de Felipe de Aunay. Tampoco en este punto Felipe pudo saber nunca la verdad. Margarita era demasiado hábil para traicionarse en un punto tan delicado. Cada vez que Felipe veía a la pequeña, se preguntaba: “¿Será mía?” Recordaba fechas, rebuscaba indicios, y pensaba que más adelante se vería forzado a inclinarse y a obedecer las órdenes de una princesa que tal vez era su hija y que quizás ascendería a los tronos de Navarra y Francia; pues Luis y Margarita no tenían por el momento otra descendencia.
Margarita alzó a la pequeña Juana y la besó en la frente, comprobando que tenía la carita fresca. Luego la entregó a la dama de compañía, diciendo:
-Ahora que la he besado, podéis llevárosla.
En la mirada de la señora de Comminges leyó que no la había engañado. “Debo desembarazarme de esta vieja” pensó Margarita.
Entró otra dama preguntando si estaba allí el rey de Navarra.
-No es en mis aposentos donde, por lo general, se le encuentra a estas horas – dijo Margarita.
-Lo buscan por todas partes. El rey lo llama urgentemente.
-¿Se sabe el motivo? – interrogó Margarita.
-Creí comprender, señora, que los Templarios rechazaron la sentencia. El pueblo se agita en torno a Notre Dame y la guardia ha sido redoblada en todas partes. El rey ha convocado al consejo...
Margarita y Felipe se miraron. Se las había ocurrido la misma idea, que nada tenía que ver con los asuntos del reino. Tal vez los acontecimientos obligarían a Luis de Navarra a pasar parte de la noche en palacio.
-Puede que la jornada no termine de la manera prevista – dijo Felipe.
Margarita lo observó durante algunos segundos y se dijo que lo había hecho sufrir bastante. Felipe había recobrado su actitud respetuosa y distante, pero su mirada mendigaba felicidad. Emocionada, Margarita sintió que le renacía el deseo.
-Puede ser, messire – le dijo.
Se había restablecido la complicidad.
Estrujó el papel en el que había escrito: “prudencia”, y lo arrojó al fuego diciendo:
-Este mensaje no me agrada. Más tarde haré llegar otro a la condesa de Poitiers: espero tener cosas mejores que decirle. Adiós, messire.
Felipe era al salir una persona distinta de la que entró. Una sola palabra de esperanza le había devuelto la confianza en su amante, en sí mismo, incluso en la vida, y el final de la mañana le parecía radiante.
¡Pero si me ama tanto!... Soy injusto con ella”, pensaba.
Cuando pasaba por la sala de guardia se cruzó con el conde de Artois que entraba. Se diría que el gigante le seguía la pista. Pero no era así; por el momento, de Artios tenía otros problemas.
-¿Está en casa monseñor el rey de Naverra? – preguntó a Felipe.
-¿Vinisteis a avisarlo?
-Sí – respondió Felipe, instintivamente.
Al instante pensó que esa mentira, fácilmente comprobable, era una tontería.
-Lo busco por el mismo motivo – dijo de Artois -. Monseñor de Valios querría hablar con él antes del consejo.
Se separaro. Este encuentro fortuito puso en guardia al gigante. “¿Será él?”, pensó de pronto, mientras atravesaba el patio. Una hora antes había visto a Felipe en la Galería Mereciere, en compañía de Juana y de Blanca. Ahora lo encontraba saliendo de los aposentos de Margarita...
Este jovencito o le sirve de mensajero o es su amante de alguna de las tres. Si es así, no tardaré en saberlo...”
La señora de Comminges le informaría. Tenía además un hombre adicto, encargado de vigilar durante la noche los alrededores de la torre de Nesle. Las redes estaban tendidas. ¡Tanto peor para el pájaro de lindo plumaje, si se dejaba atrapar!
VI

EL CONSEJO DEL REY

Cuando el preboste de París, jadeante, se presentó ante el rey, lo halló de buen humor, Felipe el Hermoso se encontraba admirando a tres grandes lebreles que acababan de enviarle con la siguiente carta:

Señor: Un sobrino mío ha venido a confesarme, muy apenado por su falta, que estos tres lebreles que conducía os han atropellado a vuestro paso. Aunque indignos de seros ofrecidos, no es tanto mi mérito para conservarlos, puesto que han tocado a tan alto y poderoso señor. Me fueron enviados hace poco de Venecia. Os pido que los recibáis como muestra de devoción y humildad de vuestro servidor.

Spinello Tolimei
Sienés

-Hombre hábil, ese Tolomei – sed dijo Felipe el Hermoso.
Aunque tenía por costumbre rechazar todo presente, no se resistía a aceptar aquellos perros. Sus jaurías eran las más bellas del mundo, y constituía un halago a su única pasión obsequiarle con animales tan magníficos como los que tenía adelante.
Mientras el preboste explicaba lo sucedido en Notre Dame, Felipe el Hermoso seguía acariciando a los lebreles, abría sus fauces para examinar los blancos colmillos y el negro paladar y palpaba sus flancos. Importados de Oriente, sin duda.
Entre el rey y los animales, principalmente los perros, nacía en seguida un acuerdo tácito, secreto, misterioso. A diferencia de los hombres, los perros no le temían. El más grande de los lebreles posaba ya, por propia iniciativa, su cabeza sobre las rodillas del rey y contemplaba al nuevo amo.
-¡Bouville! – llamó Felipe el Hermoso.
Apareció Hugo de Bouville, primer chambelán del rey, hombre de unos cincuenta años de edad, cuyo negro cabello estaba surcado por blancos mechones lo que le daba un curioso aspecto de tordillo.
-Bouville, reunid inmediatamente al consejo interno – dijo el rey.
Luego hizo saber al preboste que cualquier disturbio que se produjera en París significaría su muerte, y lo despidió.
Felipe el Hermoso se quedó meditando en compañía de sus lebreles.
-Entonces, ¿qué vamos a hacer, Lombardo? – dijo acariciando la cabeza del gran lebrel, y dándole así su nuevo nombre. Porque todo el mundo llamaba Lombardos indistintamente a todos los banqueros o comerciantes originarios de Italia. Y como el perro procedía de uno de ellos, el rey le impuso este nombre, como cosa natural.
Pronto se halló reunido el consejo, no en la gran Sala de Justicia que podía albergar a cien personas y que se utilizaba para los grandes consejos, sino en una pequeña habitación contigua, donde ardía el fuego en la chimenea.
Entorno a una larga mesa, los miembros de este restringido consejo habían tomado asiento para decidir la suerte de los Templarios. El rey se encontraba a la cabecera, con el codo apoyado en el brazo de su sitial, y la barbilla en la mano. A su derecha tenía a Enguerrando de Marigny, coadjutor y rector del reino, a Guillermo de Nogaret, el guardasellos; a Raúl de Presles, presidente del Parlamento de Justicia, y otros tres legistas: Guillermo Dubois, Miguel de Bourdenai y Nicolás le Loquetier. A su izquierda se hallaba el primogénito, el rey Luis de Navarra, a quien habían encontrado por fin, y Hugo de Bouville, el gran chambelán, y el secretario privado Millard. Dos sitios quedaban sin ocupar: el del conde de Poitiers, que se hallaba en Borgoña y el príncipe Carlos, hijo menor del rey, que había salido de caza por la mañana y al cual aún no habían podido encontrar. Faltaba también monseñor d Valois, enviado a llamar a su palacio, donde debía de estar intrigando, como siempre hacía antes de cada consejo. El rey había decidido comenzar sin él.
Enguerrando de Marigny habló el primero. Este todopoderoso ministro, todopoderoso por su profundo entendimiento con el soberano, no había nacido noble. Era un burgués llamado Le Portier antes de convertirse en el señor de Marigny. Su prodigiosa carrera la valía tanta envidia como respeto, y el título de coadjutor, creado para él lo convertía en la mano derecha del rey. Tenía cuarenta y nueva años, sólida figura, ancha quijada, piel granulosa y vivía con magnificencia gracias a la inmensa fortuna adquirida. Era el hombre de palabra más hábil en el reino y poseía una inteligencia política que sobrepasaba a su época.
Pocos minutos le bastaron para exponer un cuadro completo de la situación, según los muchos informes recibidos, entre ellos el de su hermano, arzobispo de Sens.
-La comisión eclesiástica os ha remitido al gran maestre y al preceptor de Normandía, sire – dijo -. Os está permitido disponer de ellos a vuestro antojo, sin atender a ninguna persona ni al mismo Papa. ¿Acaso no es lo mejor que podíamos esperar?
Lo interrumpió el ruido de la puerta que se abría. Monseñor de Valois, entró como un vendaval. Tras de esbozar una inclinación de cabeza hacia el soberano, y sin preocuparse de averiguar lo que se había dicho, el recién llegado gritó:
-¡Qué oigo, hermano? ¿Al señor Le Portier de Marigny – recalcaba el apellido Le Portier – le parece que todo ha sido para bien? ¡Y bien, hermano mío! ¡Con poco se contentan vuestros consejeros! ¡Me pregunto cuándo hallarán que todo anda mal!
Dos años menor que Felipe el Hermoso, parecía el mayor y era tan agitado, como tranquilo el rey. Carlos de Valois, de gruesa nariz y mejillas rubicundas por la vida al aire libre y los excesos de la mesa, adelantaba el vientre, legítima panza, y vestía con suntuosidad oriental que en cualquier otro hubiera parecido ridícula. Había sido guapo.
Nacido tan cerca del trono de Francia, y sin haberse consolado de no haber ascendido a él, este príncipe embrollón había recorrido el universo en incesante búsqueda de otro trono donde sentarse. Adolescente aún, recibió la corona de Aragón que no pudo conservar. Después intentó reconstruir en provecho propio el reino de Arles. Luego fue candidato al imperio de Alemania, pero fracasó en el intento, viudo de una princesa de Anjou-Sicilia, fue emperador de Constantinopla por su nuevo matrimonio con Catalina de Courtenay, heredera del imperio latino de Oriente; pero sólo nominal, porque el verdadero emperador Andrónico II Paleólogo reinaba en Bizancio. Ahora mismo, este cetro ilusorio, a raíz de haber quedado viudo nuevamente, se le había escapado de las manos a favor de uno de sus yernos, el príncipe de Tarento. Sus mejores títulos de gloria eran la campaña relámpago de Guyena en el 97, y su campaña de Toscana, donde luchando con los güelfos contra los gibelinos, había devastado a Florencia y desterrado al poeta Dante. A raíz de sus victoria el Papa Bonifacio VIII lo había nombrado conde de Romaña. Valois vivía al estilo de un rey, tenía su corte y su canciller propio. Detestaba a Engerrando de Marigny por mil razones, por su origen plebeyo, por su título de coadjutor, por su estatua colocada con la de los reyes en la Galería Merciere, por su política hostil a los grandes señores feudales, por todo. Valios, nieto de San Luis, no podía admitir que el reino fuera gobernado por un hombre surgido del pueblo. Aquel día vestía de azul y oro, del sombrero a los zapatos.
-Cuatro ancianos medio muertos – reemprendió -, cuyo destino, según nos habían dicho estaba resuelto, ponen en jaque ¡y de qué manera!, a la autoridad real, y todo anda bien. El pueblo escupe sobre el tribunal eclesiástico... ¡Valla tribunal! Reclutado por las circunstancias, convengamos en ello, pero al fin, tribunal de la Iglesia... todo anda bien. La multitud grita: “¡A muerte!”, pero ¿contra quién? ¡Contra los prelados, contra el preboste, contra los arqueros, contra vos, hermano mío!... y toda va bien. Pues bien, que sea así. ¡Alegrémonos; todo va bien!
Alzó sus hermosas manos cargadas de sortijas, y se sentó no en su sitio reservado, sino en la primera silla que halló a mano, al otro extremo de la mesa, para afirmar, con esta lejanía, su desacuerdo.
Engerrando de Marigny había permanecido de pie, con una mueca de ironía en la comisura de los labios.
-Monseñor de Valois debe estar mal informado – dijo tranquilo -. De los cuatro ancianos que menciona, solamente dos han protestado la sentencia que los condenaba. En cuanto al pueblo, mis informes me aseguran que la opiniones están harto divididas.
-¡Divididas! – gritó Carlos de Valois -. Pero ya es un escándalo que puedan estar divididas. ¿A quién le importa la opinión del pueblo? A vos, señor de Marigny, y se comprende el motivo. He aquí el resultado de vuestro hermoso invento de reunir burgueses, villanos y otros patanes para hacerles aprobar las decisiones del rey. ¡Ahora se arrogan el derecho de juzgar!
En cualquier tiempo y lugar siempre han existido dos partidos: el de la reacción y el del progreso. Ambas tendencias se enfrentaban en el consejo del rey. Carlos de Valois se consideraba jefe natural de los grandes barones. Encarnaba la reacción feudal y su evangelio político defendía ciertos principios con ensañamiento: el derecho de guerra privada entre los señores, el derecho de los grandes feudatarios (Se llamaba feudatarios a los que tenían un feudo y debían, por lo tanto, fidelidad y homenaje al soberano,) de acuñar moneda en sus territorios, el retorno al orden moral y legal de la caballería, y la sumisión a la Santa Sede como supremo poder de arbitraje. Todo ello, instituciones y costumbres heredadas de los siglos pasados pero que Felipe el Hermoso, inspirado por Marigny, había abolido o pugnaba por abolir.
Enguerrando de Marigny representaba el progreso. Sus grandes ideas eran la centralización del poder y de la administración, la unificación de la moneda, la independencia del poder civil con respecto a la autoridad religiosa, la paz exterior mediante la fortificación de ciudades estratégicas y de guarniciones permanentes, la paz interior por el robustecimiento de la autoridad y del intercambio. Sus disposiciones eran llamadas “la innovaciones”.
Pero la medalla tenía su reverso: aumento de la fuerza policial constituía un gasto considerable, lo mismo podía decirse de la construcción de las fortalezas.
Combatido de lleno por el poder feudal, Enguerrando se había esforzado por dar al rey el apoyo de una clase que, al desarrollarse, adquiría conciencia de su importancia: la burguesía. En varias ocasiones difíciles, principalmente a propósito de los conflictos con la Santa Sede, había convocado a los burgueses de París, juntamente con los barones y prelados, al palacio de la Cité. Otro tanto había hecho en las ciudades de provincias. Tenía presente el ejemplo de Inglaterra, donde hacia medio siglo ya funcionaba la Cámara de los Comunes.
Claro está que la misión de estas primeras asambleas francesas no era discutir, sino escuchar las razones de las medidas adoptadas por el rey y aprobarlas. (A partir de esas asambleas instituidas por Felipe el Hermoso, los reyes de Francia tuvieron por norma recurrir a consultas nacionales que tomaron más tarde el nombre de Estados Generales, de donde surgieron, después de 1789, las primeras instituciones parlamentarias)
Por embrollón que fuera Valois, no tenía un pelo de tonto. No perdía una sola oportunidad para desacreditar a Marigny. Su oposición, sorda, durante mucho tiempo, se había convertido, desde meses atrás, en abierta lucha.
-Si los altos barones, de los cuales sois el más alto, monseñor – dijo Marigny -, se hubieran sometido de mejor grado a las ordenanzas reales, no habríamos tenido necesidad de apoyarnos en el pueblo.
-¡Hermoso apoyo, en verdad! – gritó Valois -. ¡Los motines de 1306, cuando el rey y vos mismos debisteis refugiaros en el Temple... sí, os lo recuerdo, en el Temple... no os han servido de lección! Vaticino que, antes de mucho tiempo, si continuamos de ese modo, los burgueses prescindirán del rey para gobernar y serán vuestras asambleas las que redactarán las ordenanzas.
El rey callaba, apoyada la barbilla en la mano y los ojos muy abiertos, fijos delante de sí. Raramente parpadeaba, sus pestañas permanecían inmóviles por largo tiempo, y esto confería a su mirada la extraña fijeza que amedrentaba a todo el mundo.
Marigny se volvió havia él como pidiéndole que usara su autoridad para detener una discusión que tomaba otros derroteros.
Felipe el Hermoso, alzando levemente la cabeza, dijo:
-Hermano mío, hoy se trata de los Templarios, no de las asambleas.
-Sea – dijo Valois, golpeando la mesa -. Ocupémonos de los Templarios.
-¡Nogaret! – murmuró el rey.
El guardasellos se puso en pie. Desde la iniciación del consejo ardía en una cólera que sólo esperaba el momento de manifestarse. Fanático del bien público y de la razón de Estado, el caso de los Templarios era su caso y a él aportaba una pasión sin límites ni descanso. Por otra parte, a ese proceso del Temple debía su alto cargo desde al dramático consejo de 1307 cuando habiendo rehusado el arzobispo de Narbona, Giles Aycelin, guardasellos real, sellar la orden de arresto de los Templarios, Felipe el Hermoso, sin decir palabra, tomó los sellos de manos del arzobispo para entregarlos a Nogaret, haciendo de este legista el segundo personaje de la administración real. Huesudo, moreno, carilargo, de ojos muy juntos, continuamente jugueteaba con sus ropas o se roía las uñas de sus chatos dedos.
-Señor, la monstruosidad de lo ocurrido – comenzó diciendo con voz enfática y apresurada – prueba que cualquier indulgencia concedida a los secuaces del diablo es flaqueza que se vuelve contra vos.
-Es verdad – dijo Felipe el Hermoso, volviéndose hacia Valois-. La clemencia que vos me aconsejasteis, hermano mío, y que mi hija me pidió desde Inglaterra, no han producido buen fruto... Proseguid, Nogaret.
-Se les da a esos canes infectos una vida que no merecen, y en lugar de bendecir a sus jueces la aprovechan para insultar en seguida a la Iglesia y al rey. Los Templarios son herejes...
-Eran – subrayó Carlos de Valois.
-¿Decíais, monseñor? – preguntó Nogaret, impaciente.
-He dicho eran, messire, pues si la memoria no me falla, de los miles que contaban en Francia, y que vos habéis desterrado, encarcelado, atormentado o quemado, sólo cuatro os restan en vuestras manos... bastante molestos, os lo concedo, pues se atreven a proclamar su inocencia después de un proceso de siete años. Creo que antaño, messire de Nogaret, llevabais a cabo vuestra labor con mayor presteza, pues de un simple mojicón hacíais desaparecer a un Papa.
Nogaret se estremeció, y su tez se oscureció aún más, bajo el pelo azul de la barba. Pues había sido él quien había conducido hasta el corazón del Lacio, la siniestra expedición destinada a deponer al anciano Bonifacio VIII, al final de la cual este Papa de ochenta y ocho años fue abofeteado, aun con la tiara pontificia. Nogaret fue excomulgado, y se necesitó toda la autoridad de Felipe el Hermoso sobre Clemente V para que le fuera levantada la sanción.
No era muy antiguo este penoso suceso, databa solamente de doce años y los adversarios de Nogaret no perdían ocasión de recordárselo.
-Bien sabemos, monseñor – replico Nogaret -, que siempre habéis apoyado a los Templarios, sin duda contabais con sus huestes para reconquistar, aun a costa de la ruina de Francia, ese trono fantasma de Constantinopla en el que al parecer, no os habéis sentado.
Devolvía ultraje por ultraje; su tez recobró el color.
-¡Truenos! – rugió Valois, incorporándose y derribando su sillón.
Una zarabanda de ladridos que surgió de debajo de la mesa hizo sobresaltar a todos, excepto a Felipe el Hermoso y a Luis, el rey de Navarra, que se reían a carcajadas. Los ladridos provenían del gran lebrel que el rey de Francia había retenido a su lado y que aún no estaba acostumbrado a esos arranques.
-Luis, callaos – dijo Felipe el Hermoso, clavando una mirada glacial en su hijo.
Luego hizo chasquear los dedos, diciendo: “¡Quieto Lombardo!”, y acercó a su cadera la cabeza del perro.
Luis de Navarra, a quien ya empezaban a llamar Luis Hutin, es decir, el Turbulento, Disputador, Confuso; y Luis la Brouille, Enredón, bajó la cabeza para sofocar su risa bobalicona. Tenía veinticinco años, pero mentalmente no pasaba de los quince. Tenía algunos rastros de su padre; pero su mirada era débil y huidiza. Sus cabellos eran de color desvaído.
-Sire – dijo Carlos de Valois solemnemente, después de que Bouville, el chambelán, le hubiera alzado la silla -. Dios es testigo de que nunca soñé en otros intereses y otra gloria que los vuestros.
Felipe el Hermoso volvió sus ojos hacia él y Carlos de Valois se sintió menos firme en su discurso. Sin embargo, prosiguió:
-En vos únicamente pienso, hermano mío, cuando veo destruir aquello que forjó el poder del reino. Sin el Temple, refugio de la caballería, ¿cómo podríais emprender una cruzada, si fuera menester?
Marigny se encargó de responder.
-Bajo el sabio gobierno de nuestro rey – dijo -, no se ha emprendido ninguna cruzada, justamente porque la caballería estaba tranquila, monseñor, y no fue necesario llevarla allende los mares para que desahogara sus ardores.
-¿Y la fe, messire?
-El oro rescatado de manos de los Templarios ha acrecentado más considerablemente el Tesoro, monseñor, que el gran comercio que se hacía bajo las oriflamas de la fe. Las mercaderías también circulan sin las cruzadas.
-¡Habláis como un descreído, messire!
-¡Hablo como servidor del reino, monseñor!
El rey dio un ligero golpe sobre la mesa.
-Hermano mío – dijo otra vez -, hoy nos ocupamos de los Templarios... Os pido vuestro consejo.
-Mi consejo... ¿mi consejo? – repitió Valois, cogido de sorpresa.
Se hallaba siempre dispuesto a reformar el universo, pero nunca a dar una opinión precisa.
-¡Pues bien, hermano mío! Que aquellos que han bien el caso – desa Marigny y a Nogaret – os inspiren el modo de terminarlo. En cuanto a mí...
E hizo el gesto de Pilatos.
El guardasellos y el canciller cambiaron una mirada.
-Luis... vuestro consejo – dijo el rey.
Luis de Navarra se sobresaltó y tardó un rato en responder.
-¿Y si confiamos esos Templarios al Papa? – dijo por fin.
Callaos – dijo el rey, y cambió con Marigny una mirada de conmiseración.
Devolver al gran maestre al Papa equivalía a comenzar de nuevo, reabrir la causa en cuanto a fondo y forma, renunciar al desentendimiento tan duramente arrancado a los concilios, anular siete años de esfuerzos, reiniciar los debates...
¡Y pensar que ese imbécil, esa pobre mente incompetente va a sucederme en el trono! – se decía Felipe el Hermoso -, ¡en fin, esperemos que de aquí a entonces haya madurado!”
un chaparrón de marzo crepitó sobre los vidrios reticulados de plomo.
-¡Bouville! – llamó al rey.
El gran chambelán, todo devoción, obediencia, fidelidad y afán de agrandar, no tenía espíritu de iniciativa. Como de costumbre, se preguntaba cuál sería la respuesta que Felipe el Hermoso desearía escuchar.
-Reflexiono, sire, reflexiono – respondió.
-¿Vuestro consejo, Nogaret? – dijo el rey.
-Que aquellos que han caído en la herejía sufran el castigo de los herejes... y sin dilación – respondió el guardasellos.
-¿Y el pueblo? – preguntó Felipe el Hermoso dirigiéndose a Marigny.
-Su inquietud casará en cuanto dejen de existir los que la causan – dijo el coadjutor.
Carlos de Valois intentó un último esfuerzo.
-Considerad, hermano mío, que el gran maestre tenía el rango de príncipe soberano. Tocar su cabeza es atentar contra el principio que protege las cabezas reales.
La mirada del rey le cortó la palabra.
Hubo una pausa de pesado silencio. Luego, Felipe el Hermoso pronunció su sentencia:
-Jacobo de Molay y Godofredo de Charnay serán quemados esta tarde en el islote de los Judíos, frente al jardín de palacio. La rebelión ha sido pública, el castigo será también público. Messire de Nogaret redactará el decreto. He dicho.
Se puso en pie, y todos los presentes lo imitaron.
-Quiero que asistáis al suplicio, señores, y que también esté presente nuestro hijo Carlos. Que se le avise.
Luego llamó:
-¡Lombardo!
Y salió seguido del perro.
En este consejo, en el que participaron dos reyes, un exemperador, un virrey y muchos dignatarios, dos grandes señores de la milicia y de la Iglesia al mismo tiempo, eran condenados a morir en la hoguera. Pero en ningún momento se tuvo la sensación de que se trataba de vidas humanas; solo principios.
-Sobrino mío – dijo Carlos de Valois a Luis el Turbulento -, hoy hemos asistido al fin de la caballería.
VII

LA TORRE DEL AMOR

Había caído la noche. La brisa traía olores de tierra mojada, de fango y de savia, y arrastraba nubarrones negros en el cielo sin estrellas.
Una barca acababa de separarse de la orilla, a la altura de la torre del Louvre, y avanzaba sobre el Sena, cuyas aguas relucían como una vieja coraza bien enlustrada.
Dos pasajeros estaban sentados en la popa, con el rostro hundido en sus amplios mantos.
-¡Qué tiempo éste! –dijo el barquero que movía lentamente los remos -. Por la mañana se despierta uno con una bruma que no le deja ver ni a dos pasos; hete aquí que luego a la tercia aparece el sol. Entonces uno se dice: ya está la primavera encima. Nada de eso; empieza a llover y no para hasta las vísperas. Y ahora el viento que se levanta y que a buen seguro va a soplar con fuerza... ¡Qué tiempo éste!... (En la Edad Media, la designación del tiempo era mucho menos precisa que en la actualidad; se usaba la división eclesiástica de: prima, tercia, sexta, nona y vísperas.
La prima comenzaba hacia las seis de la mañana, con la tercia se designaban las horas de la media mañana. La nona era el mediodía y la mitad de la jornada. Las vísperas (con distinción entre altas y bajas vísperas) indicaban el final del día hasta la puesta del sol.)
-De prisa, buen hombre – dijo uno de los pasajeros.
-Se hace lo que se puede. Soy viejo, ¿sabéis? Cincuenta y tres cumpliré para San Miguel. No soy fuerte como vos – respondió el barquero.
Vestía unos harapos y parecía complacerse en adoptar un tono quejumbroso.
A corta distancia, hacia la izquierda, se veían unas luces saltarinas sobre el islote de los Judíos y, más lejos, las ventanas iluminadas de palacio. Por ese lado había gran movimiento de barcas. (Este islote, río abajo en la punta de la isla de la Cité, conocido antiguamente por isla de las Cabras, se llamó después isla de los Judíos, a raíz de las ejecuciones de judíos parisienses allí efectuadas.
Unido a otro islote vecino y a la isla misma, para construir el Puente Nuevo, forma hoy el jardín de Vert-Galant.)
-Entonces, ¿no vais a ver cómo se asan los Templarios? – prosiguió el barquero -. Parece que el rey irá con sus hijos. ¿Es verdad?
-Así parece – dijo el pasajero.
-Y las princesas... ¿estarán también?
-No lo sé..., sin duda – dijo el pasajero volviendo la cabeza, para der a entender que no le interesaba proseguir la conversación.
Luego se dirigió en voz baja a su compañero.
-Este hombre no me gusta. Habla demasiado.
El otro pasajero se encogió de hombros con indiferencia y después de un momento de silencio, murmuró:
-¿Quién te avisó?
-Juana, como siempre – respondió el primero.
-¡Querida condesa Juana, cuántos favores le debemos!
A cada golpe de remo se aproximaba la torre de Nesle, alta mole negra erguida contra el negro cielo.
El mayor de los dos pasajeros posó la mano sobre el brazo de su compañero.
-Gualterio – murmuró -. Esta noche me siento feliz, ¿y tú?
-Yo también, Felipe me siento a gusto.
Así, hablaban los hermanos de Aunay, Gualaterio y Felipe, mientras acudían a la cita que Blanca y Margarita les habían dado en cuanto se enteraron de que el rey retendría a sus maridos aquella noche. Y la condesa de Piotiers, celestina una vez más, se había encargado de transmitir el mensaje.
Felipe de Aunay a duras penas contenía su alegría. Habíase extinguido su angustia de la mañana y sus sospechas le parecían vanas. Margarita lo había llamado; Margarita lo esperaba; en breve la tendría en sus brazos y se comprometía a ser el amante más tierno, el más feliz y ardiente que pudiera hallarse.
La barca se arrimó al talud sobre el que se elevaba el enorme muro de la torre. La última crecida del río había dejado una capa de limo.
El barquero tendió el brazo a los dos jóvenes para ayudarlos a saltar a la tierra.
-Entonces, buen hombre, recuerda lo convenido. Nos aguardas sin alejarte y sin dejarte ver – dijo Gualterio.
-Toda la vida, si queréis, mi joven señor, puesto que me pagáis por ello – respondió el barquero.
-Con la mitad de la noche bastará – dijo Gualterio.
Le dio una moneda de plata, doce veces el valor del viaje, y le prometió otra para el regreso. El barquero saludó con una profunda reverencia.
Cuidando de no resbalar ni enfangarse demasiado, los dos hermanos salvaron la corta distancia que los separaba de una poterna, a la que golpearon según una señal convenida. La puerta se abrió.
Una camarera que llevaba un cabo de vela en la mano, los hizo pasar, y luego de haber echado el cerrojo, los presidió por una escalera de caracol.
La gran habitación redonda donde los hizo entrar sólo estaba iluminada por los reflejos de un fuego de leños, en luna chimenea de campana, reflejos que se iban a perder en el entrecruzado de las ojivas del techo.
Al igual que en el cuarto de Margarita, flotaba allí un olor a esencia de jazmín que lo impregnaba todo: las telas recamadas de oro que cubrían los muros, los tapices, las rústicas pieles esparcidas sobre los lechos bajos, según la moda oriental.
Las princesas no se hallaban presentes y la criada salió, diciendo que iba a anunciarles su llegada.
Los dos jóvenes se despojaron de sus mantos y acercándose a la chimenea, extendieron sus manos hacia el calor de las llamas.
Gualterio de Aunay era veinte meses mayor que su hermano Felipe, al cual se asemejaba mucho, pero era más bajo, más sólido y más rubio. Tenía el cuello grueso, las mejillas sonrosadas y tomaba la vida de manera festiva. No tenía, como su hermano, accesos de pasión o de desánimo. Estaba casado, y bien, con una Montmorency de la cual tenía y tres hijos.
-Siempre me pregunto – dijo mientras se calentaba – por qué Blanca me ha tomado por amante e incluso por qué ha tomado uno. Lo de Margarita es fácil de explicar; basta ver a Luis de Navarra con su mirada gacha, sus pies lerdos y su pecho hundido y mirarte a ti, para comprenderlo al instante. Además, hay otras cosas que nosotros sabemos...
Hacía alusión a ciertos secretos de alcoba, al escaso vigor amoroso del joven rey de Navarra y al odio sordo que existía entre ambos esposos.
-Pero lo de Blanca no lo comprendo – prosiguió Gualterio de Aunay -. Su marido es apuesto, más que y... sí. Felipe, no protestes, lo es; Carlos es más guapo, se parece en todo al rey, su padre... La ama y creo que, a pesar de todo lo que diga, también ella lo ama. Entonces ¿por qué? Aprovecho mi suerte, pero no veo la razón. ¿Será porque no quiere ser menos que su prima?
Se oyó un sordo ruido de pasos y cuchicheos en el corredor que unía la torre con el palacio, y aparecieron las dos princesas.
Felipe se adelantó hacia Margarita, pero se detuvo. Acababa de ver en la cintura de su amante la escarcela que tanto lo había irritado aquella mañana.
-¿Qué tienes, mi hermoso Felipe? – preguntó Margarita tendiéndole los brazos y ofreciéndole su boca -. ¿No eres feliz?
-Bien sabes que sí – respondió él fríamente.
-¿Qué pasa, ahora? ¿qué nueva mosca...?
¿Lo haces para molestarme? –preguntó Felipe señalando la escarcela.
Ella rió con voz cantarina.
-¡Celoso mío! ¡Qué tonto eres y cuánto me gustas! ¿No has comprendido que lo hacía por jugar? Pero te la doy, si eso ha de tranquilizarte.
Y desprendió rápidamente la escarcela de su cintura. El joven esbozó un gesto de protesta.
-Mirad este loco – continuó ella -, que se sulfura con la más mínima apariencia.
Y engrosando la voz, imitaba la cólera de Felipe:
-¡Un hombre! ¿Quién es? ¡Lo quiero saber!... ¿Es Roberto de Artois...? ¿Es el señor de Fiennes...?
Nuevamente la risa brotó de su garganta.
-Me la envió una parienta, señor desconfiado, ya que queréis saberlo. Y Blanca y Juana recibieron otro igual. Si fuera presente d amor, ¿te lo podría regalar? Ahora lo es, para ti.
Avergonzado y satisfecho a la vez, Felipe de Aunay admiraba la escarcela que Margarita le había puesto en las manos casi a la fuerza.
Volviéndose a su prima, Margarita agregó:
-Blanca, enseña a Felipe tu escarcela. Y le he dado la mía.
Y al oído de Felipe murmuró:
-Apuesto que dentro de un momento, tu hermano habrá recibido el mismo presente.
Blanca se había recostado en uno de los lechos del rincón más oscuro de la pieza; Guelterio estaba a su lado, rodilla en tierra, cubriéndole de besos la garganta y los manos.
Incorporándose a medias, con voz fatigada y un poco ausente por la espera del placer, preguntó:
-¿No es muy imprudente, Margarita lo que has hecho?
-No – respondió Margarita -, nadie lo sabe, y nosotras no las habíamos llevado todavía. Bastará advertir a Juana. Y además, el regalo de una bolsa ¿no es la mejor manera de agradecer a estos gentiles hombres el servicio que nos hacen?
-Entonces – exclamó Blanca -, no quiero que mi amante sea menos ni vaya menos engalanado que el tuyo.
Y desató su escarcela, que Gualterio aceptó sin muchos miramientos, puesto que su hermano ya lo había hecho.
Margarita miró a Felipe como diciendo: “¿No te lo había anunciado?” Felipe sonrió.
Nunca podría descifrarla ni explicarse su conducta. ¿Era la misma mujer que aquella mañana, cruel u coqueta, se ingeniaba para hacerle morir de celos, y la que ahora, al ofrecerle un regalo de ciento cincuenta libras, se echaba en sus brazos, sumisa, tierna, casi temblorosa?
-Si te amo tanto - murmuró -, creo que es porque no te comprendo.
Ningún otro cumplido podía proporcionarle mayor placer a Margarita. Se lo agradeció hundiéndole los labios en el cuello. Luego se apartó y aguzando el oído dijo:
-¿Oís?, los Templarios. Los conducen a la hoguera.
Con mirada brillante y el rostro animado por una turbia curiosidad, arrastró a Felipe hasta la ventana, una alta tronera tallada como embudo en el espesor de los muros, y abrió la estrecha vidriera.
Un gran rumor de turba penetró en la estancia.
-¡Blanca, Gualterio, venid a ver! – llamó Margarita.
Pero Blanca respondió con un gemido de gozo:
-¡Ah, no! No quiero moverme, estoy muy bien.
Entre las dos princesas y sus amantes hacia mucho que había desaparecido todo pudor y estaban habituados a entregarse, unos delante de otros, a todos los juegos de la pasión. Y Blanca desviaba la mirada y ocultaba su desnudez en los rincones de la sombra, Margarita por lo contrario, experimentaba doble placer al contemplar el amor de los demás, así como ofrecerse a sus miradas.
Por el momento, a ésta última la retenía el espectáculo que se desarrollaba en medio del Sena. Allá abajo, en el islote de los Judíos, cien arqueros dispuestos en círculo mantenían en alto sus antorchas encendidas. Y las llamas, vacilantes por el viento, formaban una concavidad luminosa, en la que se veía con nitidez la enorme pira levantada y los ayudantes del verdugo que apilaban los haces de leña. Más acá de la fila de los arqueros, el islote, destinado por lo general a pasto de ganado, estaba colmado de gente. Muchas embarcaciones, cargadas de personas que querían presenciar el suplicio surcaba el río.
Después de zarpar de la orilla derecha, una barca más pesada que las demás y con hombres armados a bordo acababan de atrancar en el islote. Dos altas siluetas grises, tocadas con extraños sombreros, descendieron precedidas de un monje que portaba una cruz. Entonces el rumor de la turba se convirtió en clamor. Casi al mismo tiempo se iluminó una galería de la torre llamada del Agua, construida en la esquina del jardín del palacio, y en ella se perfilaron algunas sombras. El rey y su consejo acababan de ocupar sus sitios.
Margarita se puso a reír, con una risa larga y aguda que no tenía trazas de terminar.
-¿Por qué te ríes? – preguntó Felipe.
-Porqué Luis está allí – respondió ella -, y si fuera de día podría verme.
Sus ojos relucían; sus rizos negros danzaban sobre su frente pronunciada. Con rápido movimiento descubrió sus hermosos hombros ambarinos y dejó caer al suelo las ropas, hasta quedar completamente desnuda, como si quisiera, a través de la distancia y de la noche, mofarse del marido a quien detestaba. Atrajo sobre sus caderas las manos de Felipe.
En el fondo de la sala, Blanca y Gualterio yacían uno junto al otro, en indistinto abrazo. El cuerpo de Blanca tenía reflejos nacarados.
Allá abajo, en el centro del río, iba creciendo el griterío. Los Templarios eran atados a la pira a la cual se iba a aplicar el fuego dentro de un momento.
El aira nocturno hizo estremecer a Margarita que se aproximó a la chimenea y permaneció un momento con la mirada fija en las llamas, exponiéndose al ardor de las brasas, hasta que la caricia del calor se hizo insoportable. Las llamas proyectaban reflejos danzantes sobre su piel.
-Arderán, se abrazarán... – dijo con voz jadeante y ronca -. Mientras tanto nosotros...
Sus ojos buscaban en el corazón del fuego infernales imágenes que alimentaran su placer.
Se volvió bruscamente de cara a Felipe, y se ofreció a él, de pie, como las ninfas legendarias se ofrecían a los deseos de los faunos.
En el muro, su sombra se proyectaba, inmensa, hasta las ojivas del techo.
VIII

OS CITO ANTE EL TRIBUNAL DE DIOS”...

El jardín de palacio sólo estaba separado del islote de los Judíos por un delgado brazo de río. La pira había sido levantada, encarada a la galería real de la torre del Agua.
Los curiosos no cesaban de afluir a ambas orillas del Sena y el islote mismo desaparecía bajo las pisadas de la multitud. Los barqueros hacían su agosto.
Pero la tropa estaba bien alineada. Los guardias deshacían cualquier grupo. Piquetes de hombres armados se hallaban apostados en los puentes y en las bocas de todas las calles que afluían al río.
-Marigny – dijo el rey a su coadjutor, que se hallaba a su lado -, podéis felicitar al preboste.
La agitación que por la mañana se temía que acabara en revuelta, terminaba convertida en fiesta popular, en regocijada apoteosis, en trágica diversión ofrecida por el rey a su capital. Reinaba una atmósfera de feria. Los truhanes se mezclaban con los burgueses que habían acudido con sus familias: las busconas, acicaladas y teñidas, habían abandonado las callejuelas de detrás de Notre Dame, donde ejercían su comercio, y los chiquillos se deslizaban por entre las piernas de la gente para ver el espectáculo desde primera fila. Algunos judíos, apretujados en tímidos grupos y con la divisa amarilla sobre sus mantos, se disponían a contemplar un suplicio que por esta vez no les estaba destinado. Hermosas damas con sobrevestas forradas de piel, deseosas de emociones fuertes se apretaban contra sus galanes y lanzaban intermitentes chillidos nerviosos.
Casi hacía frío; de vez en cuando, una ráfaga estremecía la luz de la antorchas que proyectaban rojos jaspeados sobre el río.
Messire Alán de Pereilles, con la visera del casco levantada y su sempiterna cara de fastidio montaba su corcel delante de los arqueros.
Alrededor de la pira de leña, preparada para la hoguera, que sobrepasaba la altura de un hombre, el verdugo y sus ayudantes, vestidos y encapuchados de rojo, se enfadaban acomodando los haces.
En lo alto de la pira, el gran maestre de los Templarios y el preceptor de Normandía habían sido atados a sendos postes, uno junto al otro. Cubría sus cabezas la infamante mitra de papel de los herejes.
Un monje alzaba hacia ellos una gran cruz en una larga pértiga y les dirigía las últimas exhortaciones. La multitud calló para escuchar lo que decía.
-Dentro de un instante compareceréis ante Dios – gritaba el monje -. Aún es tiempo de que confeséis vuestras culpas y os arrepintáis... Por última vez os conjuro...
En lo alto los condenados, inmóviles entre el cielo y la tierra, agitada la barba por el viento, no respondieron.
-Rehúsan confesarse; no se arrepienten – murmuraban los presentes.
El silencio se hizo más denso, más profundo. El monje se había arrodillado y mascullaba unas oraciones en latín. El verdugo tomó de manos de uno de sus ayudantes el blandón de estopa encendida y lo hizo girar varias veces sobre su cabeza para avivar la llama.
Un niño echó a llorar, y se oyó chasquear una bofetada.
El capitán Alán de Pareilles se volvió hacia el palco real como aguardando una orden, y todas las cabezas se volvieron hacia el mismo lado. Quedó en suspenso la respiración.
Felipe el Hermoso estaba en pie contra la balaustrada con los miembros del consejo alineados a ambos lados, inmóviles. Bajo la luz de las de las antorchas parecían un bajorrelieve esculpido en el flanco de la torre.
También los condenados habían elevado sus ojos hacia la galería. La mirada del rey y la del gran maestre se cruzaron, se midieron, se enzarzaron, se retuvieron. Nadie podía saber qué sentimientos y recuerdos cruzaban en aquel momento la mente de los dos enemigos... Pero la turba percibió instintivamente que algo grandioso, terrible y sobrehumano acontecía en aquella muda confrontación entre los dos príncipes de la tierra: todopoderoso uno; y otro, que lo había sido.
¿Se humillaría por fin Jacobo de Molay e imploraría piedad? Y el rey Felipe el Hermoso, con un gesto de postrera clemencia, ¿concedería gracia a los condenados?
El rey hizo un ademán y en su mano se vio chisporrotear una sortija. Alán de Pareilles repitió el gesto en dirección al verdugo, y éste hundió el blandón de estopa entre los haces de la hoguera. Un inmenso suspiro escapó de miles de pechos, suspiró entremezclado de alivio y de horror, de turbio gozo, de espanto, de angustia, de repulsión y de placer.
Numerosas mujeres lanzaron un chillido. Algunos niños ocultaron el rostro entre el vestido de sus padres. Una voz de hombre gritó:
-¡Ya te dije que no vinieras!
El humo comenzó a elevarse en espesas espirales, que una ráfaga de viento empujó hacia la galería.
Monseñor de Valois comenzó a toser de la manera más ostensible. Retrocedió hasta Nogaret y Marigny y dijo:
-Si esto sigue así, nos ahogaremos antes de que vuestros Templarios se hayan quemado. Por lo menos podríais haber puesto leña seca.
Nadie dio oídos a su observación. Nogaret, con los músculos en tensión y la mirada ardiente, saboreaba ásperamente su triunfo. Aquella hoguera esa la coronación de siete años de luchas y de viajes agotadores, de millares de palabras pronunciadas para convencer, de millares de páginas escritas para probar. “Arded, quemaos”, pensaba. “Bastante tiempo me habéis tenido en jaque. Mía era la razón, y vuestra es la derrota.”
Enguerrando de Marigny, imitando la actitud del rey, se forzaba en permanecer empasible y en considerar este suplicio como una necesidad del poder. “Era preciso, era preciso”, se repetía. Pero viendo morir a aquellos hombres, no podía dejar de pensar en la muerte, en su muerte. Los dos condenados ya no eran obstrucciones políticas.
Hugo de Bouville oraba a hurtadillas.
El viento cambió de dirección y la humareda, cada momento más espesa y alta, rodeó a los condenados, y los ocultó casi a la multitud. Se oyó toser y carraspear a los dos ancianos, sujetos a sus respectivos postes.
Luis de Navarra se echó a reír estúpidamente, frotándose los ojos enrojecidos.
Su hermano Carlos, el menor de los hijos del rey desviaba la vista. El espectáculo le resultaba visiblemente penoso. Tenía veinte años; era esbelto, rubio y sonrosado, y los que conocieron a su padre a la misma edad, decían que se le parecía de una manera notable, aunque era menos vigoroso y menos autoritario, como una réplica disminuida de un gran modelo. Tenía la apariencia, pero le faltaba el temple y los dones del carácter.
-Acabo de ver luz en tu casa, en la torre – dijo a Luis a media voz.
-Es la guardia, seguramente, que también quiere alegrarse la vista.
-De buen grado les cedería mi lugar – murmuró Carlos.
-¿Cómo? ¿No te divierte ver asarse al padrino de Isabel? – preguntó Luis de Navarra.
-Es verdad que Molay era padrino de nuestra hermana – murmuró Carlos.
-Luis, callaos – dijo el rey.
Para disipar el malestar que lo invadía, el joven príncipe Carlos se esforzó por concentrar su pensamiento en su objeto placentero. Se puso a soñar con su mujer, Blanca, con la maravillosa de Blanca, con el cuerpo de Blanca, con sus delicados brazos que se tenderían hacia el dentro de poco, para hacerle olvidar esa atroz visión. Pero no pudo evitar que se interpusiera un doloroso recuerdo: los dos hijos que Blanca le había dado habían muerto recién nacidos, dos criaturas que veía ahora inertes, en sus bordados pañales. ¿Tendría la suerte de que Blanca tuviera otros hijos y de que viviesen?
Los gritos de la turba lo sobresaltaron. Las llamas acababan de brotar de la leña. A una orden de Alán de Pareilles, los arqueros apagaron sus antorchas en la hierba y la noche quedó iluminada solamente por la hoguera.
Las llamas alcanzaron primero al preceptor de Normandía. Hizo un patético gesto de retroceso cuando las lenguas de fuego comenzaron a lamerlo, y su boca se abrió como si tratara de respirar el aire que huía de él. A pesar de las ligaduras, su cuerpo casi de dobló en dos.
Cayó la mitra de papel y se consumió en un instante. El fuego iba envolviéndolo. Luego, una nube de humo gris lo engulló. Cuando se hubo disipado, Godofredo de Charnay ardía, gritando y jadeando, y tratando de desprenderse de aquel poste fatal que temblaba sobre su base. Se veía que el gran maestre lo alentaba, pero la turba rugía con tal fuerza para sobreponerse al horror, que no pudo percibirse más que la palabra “hermano”, pronunciada dos veces.
Los ayudantes del verdugo corrían de un lado para otro dándose empellones, en busca de nuevos haces de leña, y atizando la fogata con largos garfios de hierro.
Luis de Navarra, cuyo pensamiento funcionaba siempre con retraso, preguntó a su hermano:
-¿Estás seguro de que había luz en la torre de Nesle? Y no la veo.
Y por un momento una preocupación pareció cruzar su mente.
Enguerrando de Marigny se había cubierto los ojos con la mano para protegerse del fulgor de las llamas.
-¡Hermosa imagen del infierno nos dais, Nogaret! – dijo monseñor de Valois -. ¿Acaso pensáis en vuestra vida futura?
Guillermo de Nogaret no respondió.
La hoguera se había convertido en horno y Godofredo de Charnay no era más que in objeto ennegrecido. Crepitante, henchido de burbujas, se deshacía lentamente en cenizas, se volvía ceniza.
Algunas mujeres se desvanecieron. Otras se acercaron presurosas a la ribera, para vomitar casi en las mismas narices del rey. La turba, después de tanto griterío, se había calmado. Algunos comenzaban a extasiarse porque el viento se obstinaba en soplar del mismo lado de modo que el gran maestre no había sido tocado aún. ¿Cómo podía resistir tanto tiempo? A sus pies, la hoguera parecía intacta.
Luego, de pronto, un hundimiento en el brasero hizo que las llamas, reavivadas, brincaran hacia él.
-¡Ya está! ¡Ahora le toca a él! –gritó Luis de Navarra.
Los grandes y fríos ojos de Felipe el Hermoso tampoco pestañeaban en ese momento.
De pronto, la palabra del gran maestre atravesó la cortina de fuego, y como si se dirigiera a todos y a cada uno de los presentes prodújoles el efecto de una bofetada en pleno rostro. Con irresistible fuerza, como la había hecho en Notre Dame, Jacobo de Molay gritó:
-¡Oprobio, oprobio! ¡Estáis viendo morir a inocentes! ¡Caiga el oprobio sobre vosotros! ¡Dios os juzgará!
Las llamas lo flagelaron, quemando su barba, calcinaron en un segundo la mitra de papel e iluminaron sus blancos cabellos.
La multitud aterrorizada, había enmudecido. Se diría que estaban quemando a un loco profeta.
De su boca en llamas tronó espantosa su voz:
-¡Papa Clemente!... ¡Caballero Guillermo de Nogaret!... ¡Rey Felipe!... ¡Antes de un año y os emplazo para que comparezcáis ante Dios, para recibir vuestro justo castigo!... ¡Malditos, malditos! ¡Malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje!
Las llamas penetraron en la boca del gran maestre y sofocaron su último grito. Luego, durante en tiempo que pareció interminable, se debatió contra la muerte.
Por fin se dobló en dos. Rompióse la cuerda que lo sujetaba, y Jacobo de Molay se hundió en la fogata, y sólo se vio su mano que permanecía alzada entre las llamas. Y así estuvo aquella mano hasta quedar completamente ennegrecida.
Aterrorizada por la maldición, la turba permanecía clavada en su lugar, toda hecha suspiros, murmullos, espera, consternación, angustia. Todo el peso de la noche y del horror había caído sobre ella; el último crepitar de las brasas la hacía estremecer, y las tinieblas invadían la luz menguante de la hoguera.
Los arqueros instaban a la gente, pero nadie se decidía a alejarse.
-No nos maldijo a nosotros, sino al rey – susurraban.
Y las miradas se dirigían hacia la galería. Felipe seguía apoyado contra la balaustrada. Miraba la negra mano del gran maestre clavada en la ceniza. Una mano quemada, sólo esto quedaba de la ilustre Orden de los Caballeros del Temple. Pero aquella mano había quedado inmovilizada en un gesto de anatema.
-¡Bien hermano mío! – dijo monseñor de Valois con aviesa sonrisa -. Supongo que estaréis contento.
Felipe el Hermoso se volvió.
-No, hermano, no estoy contento – dijo -. He cometido un error.
Valois se alborozó, dispuesto a gozar de su triunfo.
-Entonces, ¿reconocéis...?
-Sí, he cometido un error. Antes de quemarlos debí arrancarles la lengua.
Y seguido de Nogaret, de Marigny y de su chambelán, bajó la escalera de la torre para regresar a sus habitaciones.
Ahora, la pira era una masa gris, con algunas estrellas de fuego que saltaban y pronto se extinguían. La galería estaba llena de humo e invadida por el acre olor a carne quemada
-Esto apesta – dijo Luis de Navarra -. Realmente apesta. Vámonos.
El joven príncipe Carlos se preguntaba si en los brazos d Blanca conseguiría olvidar.
IX

LOS SALTEADORES

Los hermanos de Aunay, que acababan de salir de la torre de Nesle, vacilaban, indecisos, en el limo y escrutaban la oscuridad.
Su barquero había desaparecido.
-Te dije que el hombre no me gustaba – dijo Felipe -. No debimos confiar.
.-Le di demasiado dinero – respondió Gualterio -. El muy tuno habría juzgado que se había ganado la jornada y se había ido a ver el suplicio.
-¡Ojalá sólo se trate de eso!
-¿Y qué otra cosa podría ser?
-No lo sé. Pero me da mala espina. El hombre se nos ofrece para cruzar el río, quejándose de que no había ganado nada en todo el día, le decimos que aguarde y se va.
-¿Qué queríais? No podíamos elegir; era el único.
-Justamente – dijo Felipe -. Además, hacía demasiadas preguntas.
Afinó el oído para intentar percibir cualquier ruido de chapoteo de remos; pero sólo se oía el rumor del río y el más disperso de la gente que regresaba a sus casas en París. Más allá, en el islote de los Judíos, que desde el día siguiente comenzaría a ser llamado el islote de los Templarios, todo se había apagado. El olor a humo se entremezclaba con el rancio del Sena.
-No nos queda otro remedio que regresar a pie – dijo Gualterio. Nos enfangaremos las calzas hasta los muslos, pero, con todo, valía la pena.
Avanzaron a lo largo de la muralla del palacio de Nesle, dándose el brazo para evitar un resbalón.
-Me pregunto quién se las habrá dado – dijo Felipe.
-¿Qué cosa?
-Las escarcelas.
-¡ah, todavía piensas en eso! – respondió Guelterio -. Te confieso que a mí no me preocupa en absoluto. ¿Qué importa la procedencia, si el regalo te gusta?
Al mismo tiempo acariciaba la escarcela que pendía de su cintura, sintiendo bajo sus dedos el relieve de las piedras preciosas.
-No debe de ser alguien de la corte – replicó Felipe -. Margarita y Blanca no se hubieran arriesgado a que nos vieran con esas joyas. A menos... que hayan fingido que se las han regalado, y las hayan pagado de su bolsillo.
Ahora estaba dispuesto a atribuir a Margarita cualquier delicadeza de espíritu.
-¿Qué prefieres? – preguntó Gualterio -. ¿Saber o tener?
Felipe iba a responder, cuando sonó un apagado silbido delante de ellos. Sobresaltados, ambos echaron mano a la daga; un encuentro en tal lugar y a tal hora era, seguramente, un mal encuentro.
-¡¿Quién va? – preguntó Gualaterio.
Oyeron otro silbido y ni siquiera tuvieron tiempo de ponerse en guardia.
Seis hombres, surgidos de la noche, se alzaron sobre ellos. Tres de los asaltantes atacaron a Felipe, y sujetando sus brazos contra la pared, le impidieron servirse de la daga. Los tres restantes cumplían igual faena con Gualterio. Este había derribado a uno de los agresores, o mejor dicho, uno de los agresores se había desplomado al esquivar uno de los golpes de su daga. Pero los otros dos sujetaron a Gualterio de Aunay por la espalda y, retorciendo su muñeca, le obligaron a soltar el arma. Felipe sintió que trataban de robarle la escarcela.
Imposible pedir socorro. Si los guardias del palacio de Nesle acudían, podían luego exigirles que explicaran su presencia en aquel lugar. Ambos decidieron callar. Era preciso salir del trance por sí mismos, o sucumbir.
Felipe, arqueado contra el muro, se debatía con la energía de la desesperación. No quería que le quitaran la escarcela. De pronto, el objeto se había convertido en su más preciado tesoro y estaba decidido a todo para no perderlo. Gualterio se sentía más inclinado a parlamentar. Que les robaran, pero que los dejaran con vida. Porque lo más probable era que arrojaran sus cadáveres al Sena después de despojarlos de cuantas prendas de valor llevaran.
En este momento surgió otra sombra de la noche.
Uno de los agresores lanzó un grito.
-¡Alerta compañeros, alerta!
El recién llegado se había arrojado al centro mismo de la refriega. Su espada refulgía como un relámpago.
-¡Tunos!, ¡canallas!, ¡patanes! – gritaba con su poderosa voz, distribuyendo golpes al azar.
Los forajidos huían como moscas ante sus molientes.
Como uno de ellos quedara al alcance de su mano libre, lo asió del cuello y lo alzó contra el muro. El grupo entero huyó a toda prisa. Se oyó el ruido de la precipitada carrera a lo largo de los fosos y luego reinó el silencio.
Jadeando, vacilante, Felipe se acercó a su hermano.
-¿Herido? – preguntó.
-No – dijo Gualterio, sin aliento, frotándose el hombro -. ¿Y tú?
-Tampoco yo. Es un milagro haber salido con vida.
Al mismo tiempo se volvieron hacia su salvador que venía hacia ellos enfundando su espada. Era muy alto, fornido, potente; las ventanas de su nariz dejaban escapar un soplido de bárbaro.
-¡Y bien, messire! – dijo Gualterio -. Os estamos muy agradecidos. Sin vos, no habríamos tardado en flotar en el río, panza al cielo. ¿A quién debemos el honor?
El hombre se reía de manera estentórea, aunque un poco forzada. Luego la luna de entre las nubes y los dos hermanos reconocieron al conde Roberto de Artois.
-¿Eh? ¡Pardiez, monseñor, sois vos!... – exclamó Felipe.
-¿Eh? ¡Por el diablo, jovencitos! – respondió el hombre -. ¡También y os reconozco! ¡Los hermanos de Aunay! – exclamó -. Los más apuestos mozos de la corte. ¡Voto al diablo que no lo esperaba!... Pasaba por la orilla, oí el ruido que hacíais, y me dije: “Algún pacífico burgués está en apuros” Hay que reconocer que París está infestado de pillos. Lo que es ese Ployebouche como preboste... ¡Mejor sería llamarlo Ployecul!... (Juego de palabras harto comprensible para ser traducido) (Nota de la autora) ¡Más se preocupa de lamer los escarpines de Marigny que de sanear la ciudad!
-¡Monseñor – dijo Felipe -, no sabemos como agradeceros...
-No tiene importancia – dijo Roberto de Artois, que trastabilló -. ¡Ha sido un placer! El impulso natural de todo gentilhombre es acudir en socorro de los desvalidos. Pero la complacencia es mayor si se trata de señores de nuestro conocimiento. Estoy encantado de haber conservado a mis primos Valois y Poitiers sus mejores escuderos. Es una pena, sin embargo, que estuviera tan oscuro. ¡Pardiez! Si la luna se hubiera mostrado antes, me habría gustado destripar a alguno de esos bribones. No me atreví a hacerlo por temor a horadaros... Pero, decidme, donceles, ¿qué diablos buscáis en este fangal?
-Nos... paseábamos – dijo Felipe de Aunay.
El gigante estalló en una carcajada.
-¡Os paseabais! ¡Bonito lugar y bonita hora para ello!... Paseabais con el barro hasta las nalgas. ¡Ah, los jóvenes! Siempre la respuesta pronta... Amoríos, ¿verdad? ¡Asuntos de mujeres! – dijo jovialmente, aplastando otra vez el hombro de Felipe -. ¡Siempre con los calzones en llamas! Bella edad la vuestra...
De pronto vio las escarcelas que centelleaban a la luz de la luna.
-¡Ah, pillastres! – exclamó -. ¡Con los calzones en llamas, pero a buen precio! Hermoso adorno, donceles míos, hermoso adorno.
Sopesaba la escarcela de Gualterio.
_Flecos de oro, trabajo fino... italiano, o quizás ingles. Y flamante... No hay paga de escudero que permita tales lujos. ¡No andaban errados los salteadores!
Se agitaba, gesticulaba, sacudía a empellones a los jóvenes. En la penumbra se le veía como un figurón rojizo, enorme, alborotador, licencioso. Comenzaba a atacar los nervios de ambos hermanos. Pero, ¿cómo decir a un hombre que acababa de salvarte la vida que no se entrometa en lo que no le concierne?
-El amor vale la pena, mocitos – prosiguió diciendo, en tanto que echaba a andar en medio de los dos -. Preciso será creer que vuestras amantes son de alcurnia y muy generosas... ¡Ah, estos pillastres de Aunay! ¿Quién lo hubiera creído?
-Monseñor se equivoca – dijo Gualterio fríamente -. Las escarcelas son recuerdos de familia...
-Justamente, de eso estaba seguro – dijo de Artois -. ¡De una familia a quien acabáis de visitar, cerca de madia noche, bajo los muros de la torre de Nesle! Bien, bien, callaremos. Y os lo apruebo, mocitos. ¡Hay que guardar el buen nombre de las damas con quienes uno se acuesta! Id en paz. Y no salgáis más de noche con toda vuestra joyería encima.
Soltó otra carcajada, aplastó a ambos hermanos, uno contra otro en un amplio abrazo y los dejó plantados allí mismo, inquietos, contrariados, sin darles tiempo de reiterarle su gratitud. Franqueó el puentecillo sobre el foso, y se alejó por los campos en dirección de Saint Germain-des-Prés. Los hermanos de Aunay remontaron hacia la puerta Buci.
-Más nos valdría que no contara a la corte dónde nos encontró – dijo Gualterio -. ¿Crees que será capaz de mantener cerrada la bocaza?
-Claro está que sí – dijo Felipe -. No es mal sujeto. La prueba es que sin su bocaza, como dices, y sin sus manazas, no estaríamos aquí. No seamos ingratos; por lo menos tan pronto.
-Además, también nosotros hubiéramos podido preguntarle qué hacía él por estos parajes.
-Juraría que andaba tras alguna buscona. Ahora debe de encaminarse hacia el burdel – dijo Felipe.
Se equivocaba. Roberto de Artois sólo había dado un rodeo por el Pre-aux-Clercs. Al poco rato, volviendo a la ribera, andaba por las ceercanías de la torre de Nesle.
De Artois emitió el mismo silbido corto que presidió a la batahola.
Seis sombras, como antes, se separaron de la pared, más una séptima que se alzó de una barca. Pero ahora las sombras mantenían una actitud respetuosa.
-Buen trabajo – dijo de Artois -. Sucedió como y lo había pedido. Toma, Carl-Hans – agregó, llamando al jefe de los bribones -, repartíos esto.
Le arrojó una bolsa.
-Monseñor, me propinasteis un fuerte golpe en el hombro – dijo uno de los salteadores.
-¡Bah! Estaba incluido en la paga – respondió de Artois riendo -. Desapareced, ahora. Si vuelvo a necesitaros, os avisaré.
Luego subió a la barca, que lo aguardaba y que se hundió bajo su peso. El hombre que asía los remos era el mismo barquero que condujera a los hermanos de Aunay.
-Entonces, monseñor, ¿estáis satisfecho? – preguntó.
Había perdido el tono quejumbroso, parecía diez años más joven, y no escatimaba sus fuerzas.
-¡Completamente, mi viejo Lormet! Has desempeñado tu papel a las mil maravillas – dijo el gigante -. Ahora sé lo que quería saber.
Se echó hacia atrás en la barca, extendió las monumentales piernas y dejó que su gran zarpa pendiera sobre el agua negra.











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