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viernes, 22 de abril de 2011

DE SADE -- La marquesa de Gange







MARQUÉS DE SADE
La marquesa de Gange


El relato que ofrecemos al lector no es una novela; son crudos hechos que se hallan en el libro Procesos famosos. Por toda Europa se extendió el eco de una historia tan lamentable. ¿Quién no sintió escalofríos? ¿Qué alma sen­sible no derramó lágrimas sin fin?
Pero, ¿por qué no coincide nuestra narración con la que nos transmitieron aquellas Memorias? Esta es la razón, amigo lector: quien escribió los Procesos famosos no conocía todos los detalles, faltaba mucho en las Memorias donde se inspiró. Por ello, mejor documentados, hemos podido narrar los lamentables hechos con mayor amplitud de la que pudo darle quien se vio obligado a disponer de un muy reducido caudal de información.
No obstante, alguien se preguntará: ¿por qué escribi­mos con un estilo novelesco? Porque así lo requieren los hechos; la trágica historia que sucedió realmente resultó novelesca hasta un extremo y la hubiéramos desfigurado, si le hubiéramos disminuido este aspecto, aunque podemos asegurar que tampoco le añadimos sombras a lo sucedido. El cielo es testigo de que no hemos pintado un cuadro más negro que la realidad. Ello no sería posible, aunque alguien lo intentara.
Afirmamos, pues, solemnemente que no hemos cam­biado la realidad de los hechos; rebajar el sentido trágico habría sido contrario a nuestros intereses; aumento significaría atraer sobre nosotros la maldición que recae sobre los monstruos que cometen iniquidades y sus cronistas.
Por tanto, quienes deseen enterarse con exactitud de la historia de la desventurada marquesa de Gange que nos lean con el interés que despierta la verdad y quienes desean hallar detalles de ficción incluso en relatos históricos, que no nos reprochen haber puesto la suficiente, ya que la lec­tura de los hechos tal como sucedieron sería muy penosa y, cuando el autor presume que los mismos provocarán nece­sariamente la indignación, le es permitido añadirle los ingredientes que permitan digerirlos sin que el lector se sienta herido por su excesiva crudeza.
Quizá hubiéramos tenido que finalizar el libro al ter­minar la narración de la catástrofe. Pero dado que las Memorias de aquella época nos informan del final de los monstruos, capaz de asombrar al lector, hemos creído que nos agradecería su transmisión, aunque no con exactitud de detalles; podrán alegar contra nosotros respecto al mayor criminal de los tres, y con toda razón. Pero resulta tan odioso hacer aparecer la maldad como próspera que, si no hemos seguido esta norma l, y hemos corregido el curso de la suerte, lo hemos hecho pensando en agradar al lector virtuoso, quien nos agradecerá no haberlo contado todo, cuando todo lo que pasó en realidad sólo serviría para anu­lar la esperanza, que da tanto consuelo a los virtuosos, de que quienes persiguen a los buenos deben inexorablemente al fin sufrir persecución.
1 Sade alude aquí a la muerte del abate de Gange incluida al final del libro, hecho que no se dio en la realidad. Dicho final viene a ser el colo­fón de la atención corrosiva de Sade, hábilmente disfrazada de afán moralizador.


I
El testamento de Luis XIII, que establecía un consejo de regencia, anulado por un decreto del Parlamento, según la voluntad de Ana de Austria, viuda de este monarca; la investidura de esta regencia a dicha princesa por un tiempo ilimitado; la guerra en que la regente se vio obligada a armar a los franceses contra su hermano Felipe, a quien no obstante quería mucho (guerra desastrosa y que duraba ya trece años); la elección, por parte de la regente, de Maza­rino, dueño a un tiempo de la voluntad de esta soberana y de los destinos de Francia entera; la guerra civil, secuela inevitable de la desavenencia entre los ministros o de su desmedida ambición; la lucha, siempre peligrosa, dé los Parlamentos contra la autoridad suprema; las detenciones arbitrarias de los Noviac, los Chardon, los Broussel, lleva­das a cabo fusil en mano, colmando París de barricadas, jornada funesta de la que sin pudor alguno se jactaba el cardenal de Retz; la retirada de la corte a Saint-Germain, en condiciones harto indignas de personas de rango; la minoría de edad de Luis XIV, quien a la sazón contaba sólo once años: juzgue el lector; en fin, si tantos y tales sucesos desastrosos deparaban un horizonte sereno a los primeros días del himeneo que mademoiselle de Rossan, hija de uno de los más ricos gentileshombres de Aviñón, acababa en 1649 de acordar con el conde de Castellane, hijo de un duque de Villars.
Tales eran, no obstante, los sucesos del día, cuando aquella belleza juvenil, que apenas contaba trece años, apa­reció, bajo la égida de su esposo, en la corte real, donde su gracia, la amena dulzura de su carácter y una celestial apa­riencia no tardaron en hacerle señora de todos los corazo­nes. No hubo caballero de aquella corte que no tuviera a gala hacerse merecedor de una de sus miradas; y el propio joven rey, que danzó con ella repetidas veces, probó, con los más halagüeños discursos, el homenaje que rendía a todas las cualidades de aquella joven condesa.
A imitación de todas las mujeres virtuosas, madame de Castellane, atenta por demás a sus deberes, sólo tuvo en cuenta aquellos universales aplausos como otros tantos motivos para hacerse más acreedora a ellos. Pero cuanto más a un ser favorecen naturaleza y fortuna, más fácil­mente vemos a la suerte ingrata abrumarle con todos sus rigores: compensación que constituye una justicia del cielo, destinada a servir a la vez de ejemplo y de lección a los hombres.
Mademoiselle Euphrasie de Châteaublanc no había nacido para ser dichosa; desde su más tierna edad, los decretos divinos, pesando sobre ella, debían enseñarle que todas las prosperidades terrenas sirven únicamente para probar al hombre la existencia de un mundo eterno donde Dios premia tan sólo la virtud.
El conde de Castellane pereció en un naufragio, y la nueva llegó a oídos de su joven esposa en aquella corte, que, testigo hasta entonces de sus éxitos, pasó a serlo de sus lágrimas. Respetuosa en extremo para con la memoria de su esposo, madame de Castellane se acogió a la paz del claustro para sortear los escollos donde tal vez podía sucumbir su juvenil inexperiencia, sin el sostén de un espo­so; pero reflexiones tan prudentes difícilmente se mantie­nen a los veintidós años. ¡Qué de desgracias, con todo, hubiérase ahorrado aquella interesante mujer si, alentando en su corazón tales reflexiones, hubiera ofrecido al Señor aquel corazón que consintió en entregar al mundo! ¡Cuánto más se inflama ante el ser creador quien supo amar a los objetos creados! ¡Cuán vacía aparece la segunda de tales emociones a quien ha sabido embargarse de toda la emoción primera!
Euphrasie no perseveró en las austeridades del retiro; presurosa de volver a un mundo tan digno de poseerla, prestó oídos a sus pérfidas insinuaciones, y, creyendo volar en alas de la dicha no tardó en correr hacia su perdición. ¡Qué de nuevos amantes reaparecieron desde que se espar­ció la nueva de que Euphrasie había consentido al fin en reemplazar los crespones de la viudez por las rosas que Himeneo por doquier le presentaba!
Madame de Castellane, a quien entonces sólo se había visto como a una preciosa criatura, no tardó en merecer en el gran mundo el título de la mujer más hermosa del siglo. Era alta, de una belleza que hubiera exaltado el genio de un pintor, con ojos donde el mismo Amor parecía establecer su imperio, una apariencia de amenidad tan profunda­mente grabada en sus rasgos, gracias tan naturales e inge­nuas, un espíritu a la vez tan recto y tan dulce... Mas, por encima de todo ello, una suerte de impresión romántica que parecía probar que, si la naturaleza le había prodigado cuantas prendas podían ganarle adoradores, había mez­clado al mismo tiempo entre tales dones cuanto debía pre­pararla al infortunio; extravagancia de su mano, necesaria sin duda pero que parece demostrar que esta potencia celeste sólo nos formó para sentir la dicha de amar infun­diéndonos al tiempo cuanto nos puede inducir a deplorar tal sentimiento.
De todos los nuevos pretendientes que se ofrecieron a la bella Euphrasie, fue el marqués de Gange, propietario de muchos bienes en el Languedoc, y de veinticuatro años de edad a la sazón, quien logró disipar en el corazón de madame de Castellane el recuerdo de un primer esposo a quien de todos modos había mirado sólo como a un mentor.
Si madame de Castellane pasaba con razón por la mujer más hermosa de Francia, el señor de Gange merecía igual­mente la reputación de uno de los más gallardos caballeros de la corte. Nacido en Aviñón, pero llegado muy joven a dicha corte, conoció en ella a madame de Castellane y la igualdad de patria y la vecindad de los bienes pronto fueron parte a determinar a Alphonse de Gange para unir al más arrebatado amor los motivos más aptos para determinar la elección de Euphrasie. Alphonse aparece y se ve atendido; Euphrasie se rinde a las conveniencias: ¡tal es la fuerza de éstas cuando el amor las sostiene! Su mano recompensa el amor del marqués y se celebran las bodas.
¡Justo cielo! ¿Por qué las furias prendieron su antorcha en el fuego de la que presidió aquella tierna unión, y por qué pudo verse a serpientes profanar con su veneno las ramas de mirto que palomas dejaban en la cabeza de los infortunados?
Pero no nos adelantemos a los acontecimientos, pues algunos tintes más claros pueden aún tranquilizar a quienes inician la lectura de esta fatal historia. No introduzcamos los colores lúgubres hasta que la verdad nos fuerce a ello.
El nuevo matrimonio pasó todavía dos años en París, entre el tumulto y los placeres de la villa y corte. Pero dos corazones unidos no tardan en cansarse de cuanto parece interrumpir el mutuo deseo que conciben de evitar todo lo que pueda separarlos aunque sea por espacio de un ins­tante; y, en la ebriedad de la llama que los consumía, resol­vieron ir a aislarse en sus tierras tras haber confiado el hijo varón que acababan de tener a los cuidados de la madre de Euphrasie, que, llevándoselo consigo a Aviñón, tendría a su cargo la educación del vástago.
-¡Oh, amor mío! -dijo la marquesa a su esposo tras la partida de su hijo, cuyos pasos se disponían a seguir-. ¡Oh, mi querido Alphonse! ¿Dónde se ama mejor que en el campo? Todo es nuestro, todo para nosotros, en aque­llos floridos albergues que parecen embellecidos para el amor por la naturaleza. Allí -repetía estrechando a su amado esposo entre sus brazos-, ningún rival que temer; a nadie debes temer conmigo; pero, ¿quién podría asegu­rarme que en París otras mujeres más amables no acaba­rían por robarme tu corazón...? Este corazón, Alphonse, que es mi único bien... Alphonse, si yo lo viera en manos de otra, sería menester que al mismo tiempo me arranca­ran la vida, y, al ver este corazón donde tan profunda­mente impresa está tu imagen, ¡qué remordimientos no sentirías por no haber dejado en él el tuyo en prenda! Tú lo sabes, querido Alphonse, tú sabes que sólo a ti amo en el mundo. Niña aún, en los brazos de Castellane, no pude fomentar en mí los sentimientos de pasión violenta con que sólo tú has encendido mi alma. No haya, pues, lugar a celos por este lado: dueña de mis acciones, he visto, osaré decirlo, a mis pies la flor y nata galante de la corte, y a Alphonse de Gange elegí único entre todos. Ámame, pues, esposo amado; ama a tu Euphrasie como ella te ama; que todos tus instantes le pertenezcan como todos sus votos se dirigen hacia ti; seamos una sola alma en dos cuerpos; tu amor, alimentado por el mío, adquirirá toda su fuerza, y no podrás dejar de amar a Euphrasie, como Euphrasie amará a su Alphonse.
-¡Mi dulce y deliciosa amiga -respondía el marqués de Gange-, cuánta delicadeza en tus palabras! ¿Cómo no adorar a la que así se expresa? Sí, tengamos una sola alma; nos bastará para existir, puesto que sólo el uno para el otro podemos hacerlo.
-¡Pues bien, querido esposo, partamos, abandonemos este peligroso dominio de la galantería y la corrupción! No quiero estar donde se habla siempre de amor, sino donde mejor se sabe sentirlo. ¡El castillo de tus padres me parece tan apto para nuestros propósitos! Allí todo me recordará cuanto te pertenece; al darte herederos, fijar la mirada en tus antepasados, y dirigiéndome al Padre Eterno le diré con compunción: «Dios Santo, el corazón de Alphonse es san­tuario de las virtudes que le legó su ilustre ascendencia; haz que pasen al alma de sus hijos a través del fuego de amor que consume la mía.»
Partieron; el antiguo y majestuoso Castillo de Gange fue elegido como lugar de residencia de los jóvenes esposos. La cabeza de partido de aquella noble casa está situada cerca de la villa de Gange, a siete leguas de Montpellier, a orillas del río Aude. Villa feliz y tranquila, cuyos industriosos habi­tantes encuentran, en los recursos que sus manufacturas, la comodidad que las artes prefieren a esas riquezas acumula­das sin trabajo por medio de las cuales el habitante de las grandes ciudades, al consumir los frutos de la industria, no los devora sin destruir a la vez el árbol y sus raíces.
Nuestros viajeros habían pasado la noche anterior en Montpellier, y de esta villa habían partido al rayar el alba para llegar a hora temprana a su destino. Se hallaban ape nas a medio camino cuando se rompió una de las ruedas del coche, y madame de Gange, al caer, se lastimó el hom­bro derecho. ¿Quién podría describir las inquietudes del marqués? El temor de que las leguas que faltaban fatigasen a Euphrasie le hacía concebir el deseo de no ir más lejos; pero, ¿qué hacer en una aldea huérfana de todo recurso? Euphrasie aseguró que no tenía importancia, y, en cuanto fue reparado el percance del coche, reanudaron la marcha.
-¡Amor mío! -dijo la sensible Euphrasie, no sin derramar algunas lágrimas involuntarias-, ¿por qué ha tenido que sobrevenirnos este accidente a las puertas de tu castillo...? Perdona a esta débil mujer, pero muy a mi pesar, me alarman algunos presentimientos... Casi hubiera prefe­rido la desgracia antes de conocerte; compartida contigo, me infunde temor.
-Querida esposa -respondió vivamente Alphonse-, aleja de ti esos vanos temores: mientras esté a tu lado, la desgracia no ensombrecerá tu existencia.
-Alphonse -exclamó dolorosamente la marquesa-, ¿puede llegar, entonces, un momento en que ya no te tenga a mi lado?
-Sería aquel en que terminasen mis días... ¿y acaso no tenemos la misma edad?
-¡Oh, sí, sí! Viviremos siempre juntos y sólo la muerte nos separará.
Nuestros viajeros llegaron finalmente a Gange; atra­vesaron la ciudad; todos los vasallos del marqués le rin­dieron homenaje; le fueron ofrecidos los presentes que dicta la tradición. Llegados, al pie de las torres, la mar­quesa concibió gran turbación ante sus dimensiones: -Hay en ellas algo que me espanta, amor mío -dijo a su esposo.
-Tal era el gusto de nuestros mayores, pero si tú quie­res las haré derribar.
-¡Oh, no, no! Respetemos estos recuerdos de la virtud de quienes las construyeron; los amables y dulces hábitos de la corte que acabamos de abandonar templarán un tanto las ideas, tal vez algo sombrías, que suscita la visión de estas antigüedades; y, en fin, ¿no embellecerá siempre tu presen­cia los lugares que serán testigos de nuestra felicidad?
Se esperaba al marqués, en el castillo, y todo aparecía dispuesto para su recepción. Los antiguos y fieles servidores de su padre el conde de Gange vinieron a ofrecer sus brazos a los jóvenes esposos, y les abrumaban con esas ingenuas cortesías que nacen sólo del corazón. Todos decían reconocer en el rostro de su joven señor los rasgos majestuosos y venerados de su antiguo dueño, y estos elo­gios complacían a la marquesa.
-Sí, hijos míos -les decía-, será como aquel a quien tanto afecto profesasteis; el hijo os será tan caro como lo fue el padre; yo respondo de sus virtudes...
Las rugosas mejillas de aquellas buenas gentes eran surcadas por lágrimas de dicha, mientras llevaban en triunfo a sus jóvenes señores hacia los vastos lares donde con tanta fidelidad habían servido a su antecesor.
Un ligero temor asaltó de nuevo a la dulce Euphrasie cuando oyó resonar los pasos en el eco de aquellas bóvedas antiguas y vio aquellos gruesos portalones abrirse con un chirrido de sus goznes herrumbrosos. Muy emocionada, fatigada del camino y un poco dolorida de sus contusiones, en cuanto el médico de la aldea les hubo dado seguridades de que aquéllas no tendrían consecuencias, la marquesa se acostó en una alcoba que se le había dispuesto provisional­mente, pues la suya no estaba aún a punto; y, por primera vez desde su matrimonio, rogó a su marido que la dejase sola.
Es propio de la naturaleza del hombre (se trata de una verdad universalmente comprobada) conceder quizá mayor importancia de la debida a los sueños y presenti mientos. Esta debilidad deriva del estado de infortunio en que por naturaleza todos nacemos, unos más y otros menos. Parece que estas inspiraciones secretas nos lleguen de una fuente más pura que los acontecimientos ordinarios de la vida; y la inclinación religiosa, que las pasiones debi­litan pero no absorben jamás, nos remite constantemente a la idea de que como quiera que todo lo sobrenatural nos viene de Dios, nos vemos, aun a pesar nuestro, arrastrados a este género de superstición que la filosofía reprueba y que, bañado en lágrimas, adopta el desdichado. Mas, a la verdad, ¿qué ridículo haría en creer que la naturaleza, que nos advierte de nuestras necesidades, que nos consuela tan tiernamente de nuestras aflicciones, que nos da tanta pre­sencia de ánimo para sobrellevarlas, pudiera tener igual­mente una voz que nos advirtiera de su vecindad? ¡Pues qué! Ella, que vela sobre nosotros en todo momento, que nos indica tan celosamente lo que puede mantenernos o resultarnos dañino, ¿no podría igualmente prevenirnos de lo que va encaminado a nuestra destrucción? No se me oculta que tales razonamientos pasarán por absurdas para­dojas; pero también sé de sobra que cualquier intento de probarlo sería baldío. Cuando en la exposición de un sis­tema filosófico cualquiera la ironía ocupa el lugar de la refutación, es posible, a lo que creo, burlarse del torpe bur­lador escuchando la voz de la razón ¡Cuántos incrédulos hubiera hecho Voltaire, de haber sustituido la risa por el razonamiento! Y si, para nosotros, sus ataques se han con­vertido en triunfos, habrá que atribuirlo a que la verdad que convence al hombre sabio provoca únicamente la risa de los necios. Sea como fuere, la opinión que presentamos participa de lo religioso y debe complacer a las almas sen­sibles, y nos atendremos a ella en tanto no se nos pruebe que se trata de un sofisma.
Y sobradamente creía en los presentimientos nuestra interesante heroína, cuando mojó con sus lágrimas el lecho en que pasó aquella primera noche; creía en ellos, cuando, despertándose sobresaltada en aquella noche cruel, se la oyó gritar: «¡Esposo mío! ¡Sálvame de estos desalmados!» Estas terribles palabras, ¿fueron dictadas por un sueño o por un presentimiento? No lo sabemos, pero fueron oídas, y sin duda aquí se confunden tan solemnes anuncios de la naturaleza, que está muy lejos de equivocarse, al infundirlos confusamente en nosotros.
¿Quién debía sembrar de espinas el feliz destino de Euphrasie? Riquezas, honores, belleza, noble cuna ¿Qué seres malvados podían interponerse en aquel luminoso camino de la vida de madame de Gange? ¿Quién debía marchitar aquellas rosas? ¿Quién podía ser tan cruel para someter al yugo del dolor a aquella cuyo único desvelo era suavizar los dolores ajenos y que con tan sublime delica­deza colocaba en preeminente lugar entre sus más dulces placeres el de adivinar la proximidad del infortunio, para aliviarlo o prevenirlo? ¿Quién, pues, podía desencantar de esta suerte las ilusiones de la existencia en el alma amante de la bella marquesa? ¡Ah! No apresuremos la revelación: el crimen es tan penoso de describir...; los colores que un cronista fiel debe prestarle son a la vez tan sombríos y tan lúgubres, que en vez de mostrarlo al desnudo preferiríase las más de las veces dejarlo adivinar o dibujarse por sí mismo, más por los hechos que lo constituyen que por los nefandos pinceles con que nos vemos forzados a descri­birlo.
La marquesa se levantó un poco más sosegada. Como habrá podido imaginar el lector, faltó tiempo a Alphonse para introducirse en su alcoba en cuanto le fue dado per­miso.
¡Querida Euphrasie! -exclamó, abrazándola-. ¿Qué visiones turbaron anoche tu sueño? ¿Por qué tus primeros pasos en el castillo han debido verse regados de lágrimas? ¿Hay aquí algo que no esté acorde con tus gus­tos? ¿Esta soledad te parece demasiado profunda? No te inquietes, querida Euphrasie; recibiremos la visita de familiares y amigos; tengo dos hermanos a quienes, qui­zás aún por algún tiempo, el deber mantiene alejados, pero que arden en deseos de verte. Ambos jóvenes y de trato agradable; ambos tendrán a gala el complacerte, y alegraremos la austeridad de este retiro. Vecinos y ami­gos acudirán igualmente, y si aún todo ello no te bastara, Montepellier y Aviñón no están lejos. Podemos ir allí en busca de los placeres que te rehúsen estos dominios.
-Querido Alphonse -respondió la marquesa-, ¿acaso no he elegido esta residencia? ¿Se han borrado, pues, de tu memoria los motivos que determinaron mi elección? Bien sabes, esposo amado, que, para mí, la ver­dadera felicidad sólo existe en el solitario recinto donde pueda conocer a solas los goces de tu amor. ¿En virtud, pues, de qué injusticia me acusas de haber mudado de parecer?
-Pero esta inquietud, esta melancolía...
-Al verte se disipan... hasta el punto de olvidarme de su causa. ¿Y cómo podría recordarla? Pues te aseguro, Alphonse, que es sólo una quimera; son esas ideas que ale tean en torno a nuestra mente... ideas que es imposible fijar, menos aún reducirlas a la conciencia, semejantes a fuegos fatuos de los que en vano esperaríamos recibir luz alguna. Ánimo, amado mío, mírame otra vez serenada. Recorramos el castillo, ardo en deseos de conocer hasta sus últimos vericuetos. Visitemos el parque, las alamedas; quiero verlo todo. Da aviso de que comeremos tarde; este ejercicio nos abrirá el apetito.
En cuanto la marquesa estuvo dispuesta y se hubieron desayunado, los dos esposos, acompañados por algunos de sus súbditos, iniciaron la visita que habían proyectado.
Conviene observar, al llegar a este punto, que, diecio­cho meses atrás, el marqués, en previsión del viaje de su esposa al Languedoc, había hecho preparar de antemano cuanto vamos a esforzarnos en describir.
Entraron primeramente en la galería principal del cas­tillo, bastante alejada de la estancia donde, como acabamos de relatar, la marquesa había pasado aquella primera noche, en tanto terminaba de disponerse su alcoba.
En aquel recinto, los muros, adornados sobriamente con los retratos de la familia del marqués, imprimían en un alma sensible recuerdos harto más dulces que los debidos a las superfluidades de la moda, que, ofreciendo a los ojos fútiles placeres, no encienden ninguno perdurable en los corazones.
-Señores -dijo la marquesa a los vasallos que la acompañaban-, si el hombre de mundo dice con necia satisfacción a los que vienen a admirarle: «Mirad estos cuadros: la Escuela de Atenas, el Amor cautivando a las Gra­cias, etc.», yo me conformaré con decir, abriéndoos mis brazos: «Amigos del alma, he aquí a mis antepasados; sé que hicieron la felicidad de vuestros padres, y a causa de ellos me haré acreedora de vuestro afecto.»
Aquella majestuosa galería, decorada con sencillez como acaba de verse, desembocaba, por su parte meridio­nal, en el recinto destinado a madame de Gange, y por el otro extremo, en la capilla del castillo... asilo misterioso, iluminado simplemente por una cúpula y que suscitaba, volviendo los ojos hacia la estancia situada en el ala opuesta, la idea de que el Ser sacrosanto a quien venían a venerar allí los mortales sólo podía hallarse al lado de la más bella de sus obras. Nada de ornamentos y reliquias en demasía, sino únicamente la sacra efigie de aquel Dios de bondad que se inmoló para salvar al género humano, alzado en medio de cuatro candelabros de plata rodeados de jarros de flores, y en lo alto la imagen de su inmaculada Madre. ¿Y cómo Alphonse había avivado el culto de aquella santa mujer en el alma de los asistentes al divino sacrificio? Había man­dado de París un retrato de Euphrasie, y este retrato, el de la protectora de los menesterosos, venían a adorar quienes creían hallarse ante la imagen de una divinidad.
Cuando la piadosa madame de Gange advirtió aquella delicada superchería, su alma dulce y timorata le movió a formular algún reproche a su marido.
-¡Querida esposa! -dijo Alphonse, oprimiéndola contra su corazón-. Me era preciso recurrir al dechado de todas las virtudes: ¿a quién, sino a ti, podía retratar? ¿Y no es María uno de tus nombres, y esta santa mujer uno de tus modelos?
La habitación de madame de Gange, que remataba el otro extremo de la galería, era, pese a la sencillez de su decoración, la más rica de la casa. Seda verde y oro, a la vez obra y homenaje de los buenos habitantes de Gange, recu­bría aquellas piedras antiguas que habían visto transcurrir casi ocho siglos. Sobre una mesa, al descuido, se hallaba el retrato de Alphonse.
-¡Ah! -exclamó la marquesa, tomándolo en un transporte de júbilo y colocándolo en la cabecera de su cama-, ya que tú has colocado mi retrato en el lugar más santo de tu casa, déjame decorar con el tuyo este templo venturoso de nuestro amor.
Algunos gabinetes acababan de dar a la estancia todas las comodidades de que era susceptible. Uno de ellos daba entrada a la escalera de una torre donde se conservaban los archivos. Y el resto de la mansión, una de las más vastas de la provincia, respondía a aquel estilo de arquitectura y de disposición gótica tan cara a las almas sensibles y melan­cólicas, para quienes los recuerdos ofrecen goces mucho más auténticos que los que pueden procurarnos los frívolos monumentos de la edad moderna, donde lo inútil susti­tuye a lo necesario, la fragilidad a la solidez, lo indecoroso al buen gusto...
Era a principios del otoño... de esa estación romántica, más elocuente aún que la primavera, por cuanto parece que en ésta la naturaleza, pensando sólo en sí misma, se asemeja a una coqueta que desea agradar; mientras que en otoño se dirige a nosotros, tal una madre que se despide de sus hijos y acompaña su adiós de sus más dulces dones. Aquella conmovedora manera de desprenderse de sus galas para despertar nuestra nostalgia; aquellos presentes con que nos exhorta a llenar nuestros graneros, a la espera de que tenga a bien concedernos nuevos favores; todo, hasta aquella pálida coloración de que se cubren las hojas para anunciarnos la suerte que nos espera, hasta aquellas calén­dulas y adormideras que sustituyen a la rosa y al lirio de los valles; todo, en suma, cautiva el ánimo en tal estación, todo es en ella una imagen de la vida y contiene una lección para el hombre.
Un inmenso parque rodeaba el castillo; largos paseos de tilos, de moreras y de encinas dividían en cuatro bos­quecillos aquella extensión donde diferentes especies ani­males se reproducían para los placeres de la caza.
Uno de aquellos sotos parecía, sin embargo, llamado a un destino más singular: un laberinto casi impenetrable se dibujaba en él con un arte tal que la salida parecía inaccesi ble a quien se aventuraba en su recinto. Los ramilletes que sombreaban los senderos estaban formados de lilas, de madreselvas, de rosales y de mil otros arbustos, que pobla­ban en primavera aquellas leves criaturas del aire cuyos acentos suaves y melodiosos sumergen al hombre en esas religiosas ensoñaciones donde, enteramente entregado a su Dios halla en la contemplación de los eternos milagros que le rodean tan dulces motivos de culto.
Cuando, tras numerosos rodeos y pasos a menudo inú­tiles, llegaron por fin al centro del laberinto, un sarcófago de mármol negro apareció ante sus ojos.
-He aquí la que será nuestra última morada -dijo Alphonse a su amada Euphrasie-. Ahí, corazón mío, para siempre uno en brazos del otro, los siglos transcurri­rán sobre nosotros sin rozarnos... ¿Te aflige esta idea, Euphrasie?
-¡Oh, no, no, mi querido Alphonse, puesto que hace eterna nuestra unión, y los espinosos senderos de la vida cerrados para siempre tras nuestros pasos dejarán abiertos a nuestra mirada aquellos senderos en que nos aguarda el Señor! Mas, si el cielo contrariase tan consoladores pro­yectos... ¡Oh, amor mío! ¿Quién puede responder de sus designios? Los del hombre son como hojas arrebatadas por el viento; y el poder destructor que, tarde o temprano, ha de conducimos a este sarcófago, ¿no puede igualmente destruir los proyectos de reunión que osamos concebir sin su aquiescencia?
Y los dos esposos continuaron examinando el monu­mento.
Los atributos de aquel mausoleo eran tan simples como majestuosos: sobre un pequeño obelisco de granito que coronaba su cabecera se leía en letras de bronce: Eterno descanso del hombre; el espectro de la muerte entreabría la puerta que parecían retener amor e himeneo, y sobre esta piedra podía leerse: Eternidad, en Dios com­prendo tu transcurso.
Los cipreses y sauces llorones que velaban con sus sombras aquel sepulcro le prestaban aún mayor solemni­dad. Se diría que el balanceo de sus flexibles ramas imitaba el sonido de los lamentos de quienes vendrían tal vez algún día a llorar sobre aquella tumba.
Volvieron atrás por los caminos del dédalo, que se confundían hasta tal punto que el sendero que parecía lle­var a la salida conducía nuevamente al sepulcro... ¡Consoladora imagen de nuestra deplorable existencia, que nos muestra el término en que la maldad de los hombres fra­casará ante la justicia de Dios, que nos liberará finalmente de sus furores!
Algunas sentencias aparecían grabadas en la corteza de los árboles. En un sicomoro podía leerse: Por tales rodeos se llega al final del camino. En un alerce se mostraba: La naturaleza nos conduce fácilmente al sepulcro, pero sólo a Dios pertenece librarnos de sus tinieblas.
-¡Oh, amor mío! -dijo Euphrasie-, cuánta verdad encierran tales sentencias y qué devoción me inspira el alma que las dictó.
-Es el alma en que tú reinas, Euphrasie: ¿cómo no . iban a llenar las más sublimes ideas del creador el alma donde tan fielmente se refleja tu imagen?
-Esposo amado -dijo la marquesa cuando por fin salieron del laberinto-, me encuentro en un estado difícil de describir: este bosque impresionante, la variedad de sotos que lo embellece, la profunda soledad que nos depa­ran estas vastas extensiones umbrías, la frialdad de estos mármoles labrados por el arte, en reposo ante la naturaleza siempre activa, esta estación en que todo se marchita, el astro que en este instante parece velarse, para prestar tintes aún más augustos al cuadro... Todo imprime en la imagi­nación esta especie de terror religioso que parece advertir­nos que no existe felicidad verdadera fuera del seno de Dios, de quien son obra cuantas maravillas puede admirar el hombre.


II


Parte de la nobleza del contorno y los principales bur­gueses dula villa de Gange se habían reunido en el castillo para rendir homenaje a los esposos.
Poca dificultad tuvo en merecer el sufragio de la pro­vincia quien acababa de obtener el de la corte. Todos admi­raron la hermosura de la marquesa, su dulzura, la extrema fluidez con que se expresaba y, sobre todo, aquel precioso y raro arte de dirigir a cada interlocutor las palabras que más pudieran interesarle o halagar su amor propio.
El verdadero ingenio, en sociedad, consiste en poner de relieve el ingenio ajeno, y como esto sólo es posible a costa del propio sacrificio, pocas personas en el mundo se sien­ten capaces de tal esfuerzo.
Monsieur de Gange fue reputado como el hombre más afortunado del mundo por poseer una mujer como aque­lla, y cuanto más se le decía, más la joven marquesa parecía referir únicamente a la persona de su esposo los elogios prodigados a la suya.
Madame de Gange, enterada de los motivos que impe­dían a su madre hallarse presente en aquel primer viaje, pareció más afligida que sorprendida.
-Respecto a mis cuñados -dijo al círculo que le rodeaba-, seguramente uno de ellos (el abate) no tardará mucho en llegar. El caballero, a quien estos agitados momentos retienen en su guarnición, quizá me retrase todavía por algún tiempo el placer de conocerle.
Monsieur de Gange retuvo a algunos invitados y sen­táronse todos a la mesa.
La marquesa, ya más desembarazada, no pudo disimu­lar las tristes impresiones de su paseo matutino. Pregun­tada, nada respondió; trataron de alegrar su semblante, y capituló; y los primeros ocho días transcurrieron en visitas recíprocas:
Se acercaba el invierno; una sociedad más íntima, un círculo menos extenso, se reunió con el propósito de pasar en el castillo parte de los rigores de la estación.
No siempre los verdaderos goces de la vida se encuen­tran en el torbellino de las grandes urbes. El hombre de mundo, ocupado únicamente de su existencia, sólo piensa en hacer derivar en su provecho la felicidad que pueda depararle cuanto le rodea. Es egoísta por necesidad; ¿a santo de qué debería seguir los dictados de la virtud? ¿Tiene acaso tiempo de estudiarlos? ¿Y de practicarlos? No se le agradecería siquiera; si pensara ofrecer algo más que su mera apariencia, no tardaría en pasar por hombre poco ameno.
Viviendo en un círculo más reducido y, por consi­guiente, visto más de cerca, debe emplear absolutamente todos sus recursos para sobresalir. El microscopio está dirigido hacia él; nada le escapa; aparecen en su lente hasta los más secretos repliegues del corazón. Ya no se le exigen las artes del disimulo, sino la franqueza y la verdad; no intentará engañar por mucho tiempo. Si finge, está dema­siado próximo para que se contenten con que despliegue las falsas apariencias de la virtud; y si, realmente, la virtud no existe en su alma, no tarda en alejarse de quien, desde un principio, gangrenando toda la sociedad, podía ser úni­camente nocivo para cada uno de sus miembros.
Así pues, los señores de Gange tuvieron buen cuidado, en cuanto les fue posible, de reunir a su alrededor personas de virtuosa compañía; y, para tener al lector al corriente, diremos algunas palabras sobre cada uno de los miembros de su círculo.
Madame de Roquefeuille, poseedora de bienes en las cercanías de Montpellier, había ido a visitar a los jóvenes esposos a causa de los antiguos lazos de amistad que la unieran al padre del marido. Era una mujer que frisaba en la cincuentena, de natural dulce y agradable, que había conservado a la perfección el tono y modales de la antigua corte, donde había transcurrido su juventud. Le acompa­ñaba su hija, mademoiselle Ambroisine de Roquefeuille: dieciocho años, un rostro agraciado, más candor que inge­nio, pero con todas las prendas que aseguran el éxito en sociedad.
El conde de Villefranche, de unos veintitrés años de edad, había venido a dar al marqués noticias de su her­mano, el caballero de Gange, en cuyo regimiento servía y a quien le unían vínculos amistosos. El marqués le había invitado a hacer del castillo su cuartel de invierno, y el conde, devoto en extremo de las gracias del bello sexo, se guardó muy mucho de rehusar una invitación que podía acercarle a la cuñada de su amigo. Villefranche poseía una figura agradable, pero también una dulzura y bondad naturales que no siempre le situaban en primera línea entre quienes aspiran a dominar.
Un buen franciscano, revestido de toda la confianza que inspira su orden, antiguo capellán de la casa, tenía acceso, a causa de sus excelentes cualidades, a todas las penas y alegrías del castillo, y a fe que era digno de ello en todos los aspectos.
El padre Eusèbe, tan alejado de los defectos de su hábito, tan cercano a las sublimes virtudes del Evangelio, hombre instruido, buen director de conciencias y predica­dor elocuente, merecía, como acabamos de decir, ser reci­bido en la mejor sociedad. Tenía cerca de sesenta años y uno de esos rostros que infunden respeto, imagen cierta de la serenidad de su alma; jamás había pensado o dicho mal de nadie, había atenuado casi siempre los defectos que se imputaban a los demás, no había hecho en los días de su vida derramar lágrima alguna y enjugado muchas; amigo de las honestas diversiones, a las que se prestaba con ama­bilidad; conciliador de todas las querellas; consolador de todos los desdichados, sin más pertenencia que su corazón, que llamaba el patrimonio de los pobres; sin arrebatos, más con una fe pura; amante de la belleza de su religión, detes­taba todos los abusos que había hecho nacer entre hom­bres que, sin duda, bien poco la conocían, puesto que tan mal la practicaban, y atribuía únicamente a la ceguera de ellos tales desórdenes inseparables de la humanidad, pero alejados del Señor, que sólo había querido la virtud.
Fácilmente deducirá el lector que, con tales prendas, el padre Eusèbe debía ser en gran manera grato a sus huéspe­des; y de ahí lo que hacía de él, tan sinceramente, a un tiempo el amigo dilecto de todas las personas honestas y el guía iluminado de la virtuosa Euphrasie.
Hombres como éstos escasean en el mundo; hay que buscarlos, poner en ellos toda nuestra devoción cuando se los encuentra, y, por encima de todo, no calumniar a la reli gión porque no todos sus ministros sean de este temple. Este género de injusticia se asemejaría a la de un hombre que condenase todos los libros a la hoguera porque un tercio de los que poseemos no merecen ni siquiera ser abiertos.
Si la religión es el más respetable de los frenos, sus minis­tros deben ser los más respetables de los hombres, y sus erro­res, cuando incurran en ellos, deben ser excusados por quie­nes veneran al mismo Dios a quien aquéllos sirven.
Víctor era un viejo ayuda de cámara de la casa a quien no nos hubiéramos referido de no ser por su antigua fide­lidad a sus dueños y el papel que quizá le veremos desem­peñar a su tiempo.
Fuera de los personajes principales de esta deplorable historia, que sobradamente aparecerán en el relato de las desgracias en cuyo detalle nos disponemos a entrar, tales eran los actores que van a ocupar primeramente la escena. ¡Quiera Dios que nuestros lectores, tranquilizado su ánimo por las virtudes que hemos dejado entrever, puedan ahora seguirnos sin tan grave angustia en los pormenores de los siniestros acontecimientos que nos disponemos a desvelar!
El grupo acababa de instalarse en el gran salón, ilu­minado por las bujías de una araña de cristal; una partida de naipes ocupaba a los señores de Gange, a madame de Roquefeuille y al conde de Villefranche. El padre Eusèbe, al amor del antiguo lar de aquella sala, aclaraba un punto de doctrina a mademoiselle de Roquefeuille. Daban las seis en el reloj del torreón del castillo, cuando una gran agitación en el exterior anunció la llegada de un nuevo huésped. Las hojas de la puerta se abrieron con estrépito sobre sus grue­sos goznes; Víctor anunció al señor abate de Gange, que hasta la fecha no había aparecido en la mansión fraterna.
-¡Qué agradable sorpresa! -exclamó el marqués, abrazando calurosamente al abate-. ¿De modo, querido Théodore, que por fin has recordado que aún tienes un hermano que jamás ha dejado de quererte?
-¿Podías creerme capaz de haberte olvidado? -re­puso el clérigo, de veintidós años de edad, aún no some­tido al rigor de las órdenes mayores y cuyo porte parecía destinar más al culto de Marte que al de los altares- ¡Oh!, no, mi querido Alphonse, no he olvidado a un hermano como tú, y menos aún los deberes que cerca de una hermana me impone la cortesía de la que siempre hice profe­sión. No habiendo tenido nunca el honor de verla, mi demora resulta tanto más culpable, y no tendría excusa de no mediar los numerosos asuntos que me retienen en Avi­ñón de tres años a esta parte, alejado de cuanto debe serme más querido... -y apenas pronunciadas estas palabras, ya los ojos de Théodore se dirigían con tanta zozobra como sorpresa hacia los de su amable hermana-. Tenía un retrato de la señora -prosiguió el abate dirigiendo por segunda vez con ardor sus ojos hacia Euphrasie-, un retrato, querido Alphonse, que el afecto te dictó enviarme desde París en los primeros tiempos de tu matrimonio; más, ¡qué abismo media entre retrato y modelo y qué reproches deben dirigirse al artista! Bien se ve que no manejaste tú los pinceles, hermano.
Y Théodore, tras haber abrazado a su cuñada, rogó a la concurrencia que tomara nuevamente asiento.
Los primeros momentos transcurrieron en el comenta­rio de las últimas noticias. Las relativas a la llamada de Carlos II por la nación inglesa, su restablecimiento en el trono de sus antepasados, el creciente poder de Mazarino, a quien el Parlamento cayó en la bajeza de aclamar a su vuelta a París, y otros varios hechos menos interesantes que ocupaban entonces a la villa y corte, dieron materia a la conversación hasta la hora de cenar.
El marqués colocó gustosamente a su hermano entre mademoiselle de Roquefeuille y madame de Gange, y la alegría más franca pareció animar la comida.
Permítasenos aprovechar el tiempo que se invirtió en ella para retratar someramente al nuevo personaje.
La costumbre familiar y algunas conveniencias de for­tuna habían llevado a Théodore a abrazar un estado cuyos sentimientos no podían estar más alejados de su corazón. El abate de Gange no esperaba sino una ocasión para colgar los hábitos, y su legítima, aunque no muy crecida, de acuerdo con las leyes del país, que daban toda la prioridad al primo­génito, le permitía no obstante, dada la generosidad del reparto que había llevado a cabo su hermano, aspirar a un matrimonio ventajoso; pero tal estado, entre los más pru­dentes y útiles a la sociedad, convenía poco a un joven tan depravado como Théodore. ¿Acaso el que no desea a las mujeres sino para burlarlas, no las ama sino para poseerlas, no las posee sino para traicionarlas, y las desprecia cuando han dejado de gustarle, que no conoce respeto a ninguna cosa sagrada cuando se trata de seducirlas, y que no las seduce sino para deshonrarlas; acaso un sujeto tal puede sen­tir la dicha de elegir una virtuosa compañera que pueda fijar la irregularidad de los vínculos que nos cautivan cuando son tejidos por Himeneo? Sin duda, tal cosa es imposible, y, en esta certidumbre, forzoso nos será reconocer que, sin ser nunca feliz, el abate de Gange hará la infelicidad de muchas. ¡Pueda al menos quedar a salvo de tal suerte la que tan cerca tiene en esta casa! Esperémoslo, mas no nos congratulemos de ello, para evitarnos una cruel decepción.
Vivía desde hacía varios años en el castillo un abate lla­mado Laurent Perret, a quien, en virtud de la confianza que inspiraba como vicario de la parroquia, había llamado el padre del marqués de Gange para atender el castillo y residir en él de modo permanente. Este sujeto, de unos cuarenta y cinco años de edad, había visto con mucha fre­cuencia en otro tiempo al joven Théodore, obteniendo de él los mismos sentimientos que le profesara el difunto conde; con una diferencia, no obstante: en este caso, era el vicio el fundamento de la amistad. Confidente de los exce­sos del joven, el abate Perret, que los favorecía, había adquirido sobre el ánimo de Théodore una especie de ascendiente que hacía aún más peligrosa aquella asocia­ción; y como en aquel momento ambos desearan hablarse, en cuanto se levantaron de la mesa, a una señal de Théo­dore, Perret tomó un candelabro para guiar a su protector hasta su habitación y encerrarse allí con él.
-Amigo mío -dijo Théodore a su confidente en cuanto se encontraron solos-, dime si crees que pueda existir en el mundo mayor dechado de perfecciones que la mujer de mi hermano. La suerte que hubiera quizá cono­cido al lado de esta mujer, de haber sido yo el primogénito, me da motivos para dolerme de no haber precedido en algunos años a Alphonse en el mundo... ¡Cuán superior es su ventura! Además, querido Perret, no es cosa segura que la felicidad que pueden ofrecemos las mujeres se encuentre en el matrimonio, y no sé si vale más perturbar tres o cua­tro de ellos que contraer uno solo.
-Sin duda, señor abate, esto último sería preferible -dijo Perret-; pero nada podemos contra hechos consu­mados.
-No, pero sí puedo trastornarlos.
-¡ Oh, no vais a hacerlo! ¡El señor vuestro hermano es tan amable, y tan firme el amor que profesa a su esposa! -¿Y te parece que ella le ama?
-Mucho; no se separan un instante; sus momentos más divinos son los que pasan en mutua compañía. Los deseos de la señora son órdenes para el señor. ¿Dónde se han visto cuidados tan tiernos y atenciones tan obsequiosas...? Pero no importa, señor abate; si suponéis que mis desvelos os pueden ser útiles, estoy dispuesto a que entre en acción mi artillería; tened por seguro desde ahora el celo de Perret.
-Amigo mío -respondió Théodore-, la conquista me parece muy difícil; Ambroisine de Roquefeuille, que cenaba a mi lado, contrapesa un poco las impresiones pro por madame de Gange; pero con ella sería inevita­ble el matrimonio, y sabes bien que no pienso encade­narme con este vínculo. Con Euphrasie es mucho mejor;
basta con sembrar la turbación y suscitar contrariedades, lo cual concuerda maravillosamente con la dosis de per­versidad con que la naturaleza se ha complacido en com­poner mi constitución. Y, además, ¿no piensas, como yo, que Euphrasie, aunque un poco mayor en edad, vale cien veces más que la pequeña Ambroisine? Prefiero las muje­res que hablan a la imaginación a las que se dirigen sola­mente a los sentidos.
-Sí, pero, ¿y vuestro parentesco?
-Querido amigo, concibo fácilmente el cuadro: un hermano que goza de todo mi afecto y estima y que, pese a ser el primogénito, ha hecho un reparto tan favorable conmigo; el reconocimiento que debo contrariar; los lazos conyugales que me será forzoso quebrantar... una mujer honesta a quien debo seducir... Todo ello me retiene, debo confesarlo; pero, amigo Perret, no sospechas siquiera los frenos que puede romper una sola mirada de Euphrasie; es el destello de un rayo de luz fundiendo las nieves del Cáu­caso. ¿Sabes que, durante su estancia en la corte, hizo vaci­lar por algunos instantes la violenta pasión que el rey sen­tía por la bella Mancini, sobrina del cardenal Mazarino?
-Sí, señor, no lo ignoraba, y no me sorprende: Eu­phrasie es digna de un rey, y si vos quisierais, señor, po­dríais más que todos los reyes.
-No, no, voy a contenerme, haré lo posible para per­manecer virtuoso, incluso abandonar esta casa si es pre­ciso; mas, en el caso de que mis esfuerzos fuesen baldíos... si el amor pudiera más que ellos, convendrás en que mi conciencia podrá estar tranquila; el amor es más poderoso que la razón; y seres tan desdichados y débiles como noso­tros, ¿acaso no deben ceder al peso dominante que los arrebata, como la caña agitada por el aquilón?
Perret, a quien el abate colmaba de gracias y dones, podía esperar harto provecho de aquellos pervertidos razonamientos para osar combatirlos; guardó, pues, silen­cio, y se retiraron a sus respectivas habitaciones.
Durante quince días, cuantas distracciones podía ofre­cer el castillo y su vecindad se prodigaron en honor del abate de Gange, para aliviarle la monotonía de la vida campestre. Se organizaron comidas, bailes, cacerías en el par­que, paseos a orillas del Aude; nada se omitió; mas nada sirvió para refrenar las peligrosas inclinaciones que hacia Euphrasie alentaba Théodore; y, queriendo el joven abate ahogar la llama, sólo consiguió avivarla más aún, de suerte que no tardó en experimentar la imposibilidad de resistir al impulso que le empujaba al abismo. Pero, ¿se esforzaba realmente? ¿Acaso no triunfa siempre la voluntad perseve­rante? Quien halla excusas para su caída en la fatalidad de su estrella, culpa más bien a la flaqueza de su voluntad.
-Amor mío -dijo cierto día Euphrasie a su esposo, cuando algún sosiego había ya sucedido al tumulto de las diversiones-, puedo equivocarme, mas hallo gran diferencia entre tú y tu hermano. ¡Qué lejos estoy de atribuirle la bondad y dulzura de carácter que te caracterizan! Sí, no le negaré algunas virtudes; pero no brillan en su alma como las que irradian de la tuya; y, en tanto que basta con verte para sentirse cautivado, creo que él debe esforzarse mucho para llegar a semejante término.
-Sólo a tu ternura hacia mí atribuyo, Euphrasie, tus palabras, pues el abate es amable y de vivo ingenio; cuanto mejor le conozcas, mayor afecto le profesarás.
-Amor mío, el parentesco que os une sería razón sobrada para que me esforzara en ello; pero insisto en afir­mar que tus prendas superan en mucho a las suyas.
-Quizá el caballero te sea más grato -dijo Al­phonse-; su deber le retiene aún de guarnición en Niza, pero no tardará en venir, y espero que, reunidos los cua­tros, pasemos aquí algunos años felices.
-¡Ah!, si mi compañía te basta, la tuya es el único requisito de mi felicidad; tú, tú solo me harás feliz, no los que te rodeen.
En aquel momento, la conversación fue interrumpida por madame de Roquefeuille, para invitarles a acudir a la parroquia de Gange, donde predicaba el padre Eusèbe a quien aún no había oído. Todos los habitantes del castillo estuvieron presentes. El tema del sermón era el amor divino. ¡Qué calor puso aquel santo varón en su homilía! ¡Con qué arte supo infundir en el alma cuanto puede incli­nar a la criatura a amar a su creador! ¡Cómo arrastraba a todos los corazones al culto del ser divino a quien todo debemos! Se servía de las maravillas de la creación para conducir al hombre a la gratitud que debe al Dios que le depara tanta belleza. Las describía sin exaltarse; la contem­plación exigía la adoración. En cuanto a los incrédulos, negaba su misma existencia: «Si no creen, no sienten; si des­conocen a Dios, están ciegos. Sentimiento y amor deben ser la misma cosa en un alma sensible -exclamaba Eusèbe-. ¡Oh, corazones ingratos! ¿Acaso podéis negar la existencia del Dios que os predico, cuando sólo su mano os preserva de los infortunios a que os tiene abocados vuestra contu­macia? ¿A quién debéis no perecer a manos de los infelices corrompidos por vuestras máximas? ¡Sólo a Él, a quien negáis! ¡Os tiende su mano benefactora y la rechazáis! No voy a hablaros de su ira... Os habéis hecho demasiado merecedores de ella para sobrecogeros con su descripción; no, prefiero recordaros únicamente las bondades divinas. Apresuraos a prestar oídos a la voz de su clemencia y sus brazos estarán siempre abiertos para vosotros.»
En Gange hay muchos protestantes; atraídos por la reputación de Eusèbe, habían venido varios a escucharle. Se sintieron tan conmovidos como los católicos; el amor a Dios pertenece a todos los tiempos, a todos los lugares, a todas las religiones; es un punto de contacto donde con­vienen todos los hombres, porque todo ser en su sano jui­cio debe necesariamente un culto y un tributo de gratitud a quien le dio y le conserva la vida. Todas las virtudes deri­van de la sincera admisión de este sistema, que convierte el alma en hogar de todas ellas. Sólo el corazón del ateo está vacío, y, desconocedor de toda virtud, se abre por natura­leza a vicios cuya sanción desconoce.
Durante toda la cena sólo se habló del efecto produ­cido por el sermón de Eusèbe, y con mayor naturalidad aún por concurrir la circunstancia de que el buen francis cano, que cenaba en casa del cura, no estaba presente para protestar por los elogios que se le prodigasen.
Sólo el abate de Gange se expresó con frialdad sobre este punto.
-Hay cosas tan naturales y evidentes -decía-, que me asombra que puedan servir para motivo de un sermón. Predicar la existencia de Dios equivale a suponer que haya personas que no crean en él, y no imagino que pueda exis­tir una sola.
-No abundo en vuestra opinión -dijo madame de Roquefeuille-; cierto que son pocos los que lo declaran abiertamente, pero creo que hay muchos incrédulos, y en todo caso consideraré como tales a los que se dejan arras­trar por sus pasiones. De creer en Dios, ¿cometerían accio­nes que le ofenden?
-¿Y no hay leyes -dijo el abate- para refrenar a aquellos a quienes no contenga el temor de Dios?
-No bastan-dijo madame de Roquefeuille-, ¡es tan fácil eludirlas! ¡A tantos crímenes secretos no alcanzan, y tanta audacia pone en desafiarlas el poderoso! ¿Cómo no va a temblar el débil ante la amenaza del fuerte sin el con­suelo de la idea de que un Dios de justicia vengará un día u otro las fechorías de su perseguidor? ¿Qué dice el pobre al verse despojado? ¿Qué el sin ventura al sufrir persecución? ¡Ah!, exclaman uno y otro, vertiendo lágrimas que la espe­ranza enjuga, quien así me tiraniza será juzgado como yo; juntos compareceremos ante el tribunal del Eterno, y allí me veré vengado. ¡No privéis a los desdichados de este último consuelo, único que les resta, ay, y que sería propio de bárbaros arrebatarles!
Los bellos ojos de Euphrasie, acordes con la bondad de su corazón, aprobaban cuanto decía madame de Roque­feuille; mas Théodore, distraído, procuraba que la conversación tomase un giro menos grave; logró tal propósito y acabó la sobremesa.
Tales venían a ser los pasatiempos, las diversiones, las ocupaciones en el castillo de Gange, cuando los rigores del invierno cedieron paso a las dulzuras primaverales. El estado del corazón de Théodore permanecía inmutable, y ya se dis­ponía a alejarse de una casa harto peligrosa para él, cuando una conversación con el pérfido Perret vino a reavivar en él la esperanza de un triunfo al que ya había renunciado.
-Amigo --dijo a tan peligroso confidente-, ha trans­currido el invierno y en nada ha mejorado mi posición; las rosas me encuentran como me dejaron las caléndulas; todo cobra nueva vida ante nuestros ojos, y tan sólo mi corazón, falto de su más necesario alimento, se niega a la universal regeneración. Los mismos tormentos, las mismas angustias, los mismos deseos, la misma impotencia: ¿por qué todo en mí esta muerto, cuando todo renace en la naturaleza? Cuanto más veo a Euphrasie, más la adoro, y menos me atrevo a expresarle los vivos sentimientos que me inspira. Lo que me ocurre es harto singular, querido amigo; no me siento con valor para expresarle mi amor, y sí para inducirla a com­partirlo... ¿Timidez o perversidad? Dímelo, querido Perret.
-A fe mía, señor abate -respondió Perret-, no soy lo suficiente sabio para daros una explicación a este misterio. Comprendo bien que el pudor y la serenidad que ema­nan de toda la persona de Euphrasie puedan imponeros respeto; mas en este caso, en vez de devanar la madeja del sentimiento, parece aconsejable cortar por lo sano; y, puesto que os sentís con fuerzas para ello, adelante, señor. -¿No sabes cuál es mi imaginación?
-No, pero, sea cual fuere, tened la certeza de encon­trar en mí a un servidor tan fiel como seguro.
-No lo dudaba.
-Explicaos, pues, señor abate.
-Hay que despertar a estas dos almas adormecidas por la felicidad; al ser menos felices, ambos serán más fácil­mente manejables; y la llama de los celos, que me pro pongo encender en ellos, al enfriar o alejar al marido debe infaliblemente echar en mis brazos a la esposa.
-No estoy seguro de que tal cosa sea posible, señor. ¡Están los dos tan firmes en sus sentimientos...!
-Porque aún no han sido sometidos a prueba. Tendá­mosles lazos y caerán en ellos; ya verás, Perret, los efectos de mi maquinación. Mi pecho recibirá las lágrimas que habré hecho verter, y tengo a gala que te complacerá en extremo la industria que pienso adoptar para enjugarlas. -¿Y vuestra prudencia, vuestro temor a faltar a la gra­titud, aquella firme decisión que formulasteis de alejaros antes que sucumbir?
-¿Cómo quieres que piense en la prudencia cuando me siento arrebatado por el delirio?
-Manos a la obra, señor, manos a la obra y vos mismo veréis si me faltará celo en vuestro servicio.
Sigamos ahora a este intrigante en sus maniobras; mejor es presentar sus actos que transcribir sus palabras; lo primero será más interesante que lo segundo.


III


Desde su llegada al castillo de Gange, el conde de Villefranche, joven militar notable en todos los aspectos, había trabado gustosos lazos de amistad con Théodore, a quien estimaba por su ingenio, que convenía mejor a la profesión de las armas que a la eclesiástica. Por su parte, Théodore, que había concebido proyectos sobre Ville­franche, aprovechaba todas las ocasiones que podían acer­carle al joven.
-Querido conde -le dijo un día el abate, en uno de sus paseo s solitarios-, me parecéis harto ocioso en este castillo; os suponía con algunas miras respecto a Ambroisine; es digna de todos los homenajes; y, si no queréis tomarla por esposa, convendréis al menos conmigo en que sería una amante encantadora.
-Nunca osaría abordar con tales designios a persona tan respetable como mademoiselle de Roquefeuille, y no soy lo bastante rico para poder aspirar a su mano.
-¿Habéis dado algún paso?
-Ninguno, y lo que me ha quitado hasta el deseo de intentarlo ha sido el no haber descubierto ningún indicio en Ambroisine que pareciera autorizarme a ello. A mi lle­gada, creía al principio que me distinguía con su atención; Pero su frialdad me ha devuelto a la calma de la que nunca debí haber salido, y heme aquí, pues, desocupado.
-No obráis con buen criterio; ni a vuestra edad ni a vuestra figura le convienen languidecer de esta suerte en un reposo por demás nefasto para un hombre de buena presencia. Si Ambroisine no os satisface, dejádsela a mi her­mano, a quien he advertido que está lejos de serle indiferente.
-¡Cómo! ¿El marqués?
-¿Creéis, pues, en su constancia hacia Euphrasie? ¡Ah, querido conde, cuán novicio me resultáis en materia amorosa! Se contrae matrimonio por conveniencia y luego se busca otro acomodo por necesidad. Os aseguro que Alphonse ama a Ambroisine, que ésta no ha alentado vues- tros sentimientos porque está locamente enamorada de mi hermano, y, si sois un digno y noble caballero, debéis algunas compensaciones a la infortunada Euphrasie.
-¿Me aconsejáis, pues, que aborde a vuestra cuñada? -Es la amistad más conveniente que esta casa pueda ofreceros y podéis contar con mis buenos servicios... ¿Por ventura no os place Euphrasie?
-Me parece deliciosa -cuanto me decís me conviene infinitamente, pero no osaría emprender nada si no me ase­guraseis la infidelidad del marqués.
-Probad, amigo, probad, y ya me diréis el resultado.
Y como el conde hubiera dado promesa a Théodore de seguir sus consejos, el abate pasó a emprender la segunda etapa de su plan.
No bastaba a la perfidia de Théodore hacer incurrir en culpa a su cuñada en provecho propio, y le era preciso que Alphonse cayera también, para que Euphrasie, convencida de la infidelidad de su cónyuge, se precipitara más fácil­mente en sus brazos... Mas, ¿no podía ocurrir que se pre­cipitara en los de Villefranche, ya que incitaba al joven hacia ella? Ningún temor tenía en tal sentido el abate; estaba bien seguro de saber detener a tiempo los impulsos
de infidelidad de Euphrasie si era preciso; de anular a Ville­franche y hacer que todo derivara en su beneficio.
No puede concebirse hasta qué punto rebosó de dicha el alma de Perret cuando, al confiarle sus proyectos, Théo­dore le encargó todas las medidas accesorias.
-¡Voto a bríos, cuán vivo es vuestro ingenio, señor abate! -exclamó en su entusiasmo-; hubierais suplan­tado a Mazarino, de sentir vocación por la política.
-Un amor desenfrenado como el mío todo lo vence, querido amigo -respondió Théodore-; nada resiste a su violencia; semejante al aquilón impetuoso, destruye y pulveriza cuanto pueda suponerle un obstáculo; y cuantos más diques se le oponen, mayor es la fuerza que cobra para franquearlos o derribarlos.
Antes de poner en movimiento los resortes de su segundo plan, el abate creyó conveniente juzgar los efectos del primero.
-Y bien, ¿cómo van las cosas? -preguntó a Villefran­che al cabo de un mes de espera.
-Tan adelantadas como el primer día -respondió el conde-; esta mujer es inabordable, es un bastión de la virtud.
-Apuesto a que empleáis mal vuestras artes; con una mujer como ella no hay que dirigir los primeros asaltos al corazón, sino el amor propio. Tratad de persuadirla hábil mente de que es ridículo no brillar en sociedad, desperdi­ciando las encantadoras gracias que la adornan; ironizad sobre la ley conyugal; más aún: persuadidla de que este marido a quien tanto distingue es el primero en quebrantar sus juramentos, y que los rigores que os ha dispensado Ambroisine obedecen a la confesión que os ha hecho de su amor por Alphonse, quien, por su parte, la prefiere desde luego a su esposa. Continuad persuadiendo así al espíritu y pronto habréis inflamado el corazón.
-Esta industria me parece peligrosa -dijo Villefran­che-; pues, si no llego a persuadir a Euphrasie, tendrá una explicación con Alphonse y deberé enfrentarme a la cólera de ambos.
-Sí, de no poseer yo la certeza de saber fascinar a los sentidos; pero ya veréis qué artes desplegaré para servi­ros y convencer a uno y otro: a ella, de que su marido le es infiel, y a él, de que vos poseéis el corazón de su es­posa.
-Entonces, ya que estamos en el campo del honor, habrá que aceptar el desafío; lo acepto con placer, los due­los me divierten; puedo matar al esposo, mas no por eso habré adelantado nada respecto a la mujer.
-Ni una palabra más, amigo, ni una palabra más; estáis a cien leguas de la verdad; ante el temor de un esta­llido que causaría la perdición de su mujer, mi hermano no aceptará el reto, podéis estar seguro; dejará el castillo, se irá a Aviñón, donde importantes asuntos le reclaman, y que­daremos dueños y señores del campo de batalla.
-Querido abate-dijo Villefranche-, sería imposible que las circunstancias destruyeran esta fábrica levantada por vuestra imaginación; voy a intentarlo; todo me inclina
a ello, pues reconozco amar tiernamente a vuestra cuñada; mas, si fracaso, renunciaré a ella; prefiero inmolar mi amor que causar la perdición de quien lo ha suscitado.
Transcurrieron aún algunos meses sin que el abate recogiera ningún fruto de aquella primera astucia; y, comenzando a impacientarse, puso en juego la segunda.
Era en pleno verano. La frescura del crepúsculo había favorecido un paseo en el parque, que separó a la concu­rrencia en grupos. Por influjo del abate, el marqués, sin proponérselo, se halló a solas con mademoiselle de Roque­feuille, y Théodore con Euphrasie; mas había dispuesto las cosas con tal arte, que las dos parejas debían encontrarse necesariamente al final de la doble alameda que recorrían por separado.
-Me parece -dijo Théodore a su cuñada- que en este paseo cada uno se ha colocado como mejor le convenía. -¿Os parece? -dijo Euphrasie.
-Así es. La prudente madame de Roquefeuille sos­tiene pláticas morales con el padre Eusèbe, y su hija con vuestro esposo. En cuanto a mí, estoy lejos de quejarme de mi suerte: ¿con quién podría estar mejor que con mi encantadora hermana?
-Me parece muy acertada la combinación del primer coloquio que habéis nombrado; mas espero que vuestra alusión al segundo haya sido una simple chanza.
-¡Ah -exclamó el abate-, mujer virtuosa y respeta­ble entre todas, de qué feliz constitución os ha dotado el cielo! Con razón se dice que quienes son incapaces de hacer el mal no lo conciben en los demás; pero como está fuera de duda que existe una dosis de mal en el mundo, y que las leyes de la naturaleza exigen que este mal se cometa, está escrito, pues, en los decretos eternos, que cada uno debe recibir su parte de la iniquidad que pesa sobre todos. Según esto, una infidelidad constante pesa hoy sobre vuestro esposo, y creedme que no es obra del azar el que se haya quedado a solas con Ambroisine. Pero si que­réis que os preste servicio, si queréis que os convenza, juradme guardar el más riguroso secreto, so pena de que os deje en la penosa situación de sospechar de todo sin estar segura de nada.
-¡Ah, hermano mío! -dijo Euphrasie con la más viva emoción-, ¿de qué armas os servís para destro­zarme el corazón? ¿Acaso no conocéis mi sensibilidad? ¿Ignoráis hasta qué punto amo a Alphonse y cuán cierto es que preferiría mil veces perder la vida antes que su co­razón?
Precisamente porque nada de esto se me oculta, que­rida hermana, he resuelto quitaros la venda de los ojos. Vuestro esposo adora a Ambroisine, y nunca os profesó a vos los sentimientos ardientes que le inspira esta joven criatura. Temo que esta pasión le lleve demasiado lejos, y quizá no estaría de más que tomaseis alguna iniciativa...
Pero al llegar a este punto le faltaron las fuerzas a la des­venturada marquesa... Se dejó caer junto a un árbol; cerrá­ronsele los ojos. «Hela en el estado a que quería verla redu cida», se dijo malignamente Théodore, corriendo en busca de Villefranche, que le aguardaba en un recodo de la alameda. -Vuela a atender a la marquesa -le dijo-; se ha des­vanecido al pie de aquel árbol; prodígale tus cuidados; aprovéchate de las circunstancias; si lo quieres, será tuya.
Y mientras Villefranche acude, Théodore se precipita en la alameda lateral donde se encuentra su hermano con Ambroisine.
-Deberíamos ir en busca de vuestra esposa, hermano -dijo a Alphonse-. He oído algunos gritos por aquel lado; no sé quién la acompaña ni qué causa puede hacerle pedir socorro, como parece; mas tengo por cierto que debiéramos acudir.
-¡Santo cielo! ¿Qué me dices? -exclamó el mar­qués-. Creía que mi mujer estaba contigo.
-Así era, y hacía unos minutos que me había separado de ella, cuando, al volver a su encuentro la he encontrado exánime al pie de una encina. Al ver a Villefranche, le envié en su auxilio, y he venido también a apresuraros...
Iban corriendo mientras hablaban, y llegaron fina­mente a donde estaba la marquesa, desvanecida en brazos de Villefranche.
-Acudid, Alphonse -exclama el joven-; no sé qué ha puesto a vuestra esposa en tal estado, pero me es impo­sible hacer que recobre el conocimiento.
Ambroisine afloja el vestido de Euphrasie y le acerca un frasco de sales. Euphrasie abre los ojos y, en cuanto ve a su marido participar en los cuidados que le prodiga la que ella cree su rival, dos ríos de lágrimas inundan sus mejillas.
-¿Qué te ocurre, querida? -dijo Alphonse, cubrién­dola de besos-. ¿De dónde pueden provenir este pavor y esta tristeza?
-No es nada, amor mío, no es nada -dijo Euphrasie levantándose dificultosamente-; volvamos al castillo; algunos instantes de calma bastarán para reparar este tras­torno.
Aquella prudente mujer llegaba incluso a querer que se ocultase al padre Eusèbe lo ocurrido, el cual se aproximaba con madame de Roquefeuille. Euphrasie enjugó sus lágri­mas y se generalizó la conversación.
Acabamos de recorrer el laberinto -dijo madame de Roquefeuille-; había oído hablar de él, pero es la primera vez que me he paseado por su recinto.
-Es un paseo instructivo -dijo Eusèbe-; satisface la vista y edifica el alma. ¡Qué dulces ideas hemos apren­dido allí!
-Dulces y consoladoras -afirmó Euphrasie con voz algo alterada-, ya que nos presentan el puerto donde deben cesar todas nuestras desventuras, y la vida es harto cruel cuando se ha perdido todo lo que nos podía inducir a amarla.
-Tan tristes reflexiones no os convienen-dijo en voz baja Villefranche a Euphrasie-; no es a criaturas como vos a quien la vida debe reservar sus espinas.
-Tal cosa podía suponer hace sólo unas horas -dijo la marquesa en tono igualmente misterioso-, pero estas breves horas han bastado para desengañarme.
-Pluguiere al cielo que nunca os desengañaseis de mi amor -dijo apasionadamente el conde.
Y la marquesa, mirándole sorprendida, responde:
-Creía haberos dado muestras de cuán poco gratos me son tales discursos y no ver qué pueda haberos movido a reincidir en ellos.
-¿Qué son estos aires de misterio que adoptan Ville­franche y mi mujer? -dijo a Théodore su hermano, que se encontraba a algunos pasos de aquel lugar-; no lo había notado hasta ahora.
-Porque en realidad nada hay que notar -dijo el abate-; una palabra de la marquesa puede aclararlo todo, y espero que mañana no nos levantaremos sin estar al corriente del asunto.
Por la noche, al volver a su cuarto, el abate encontró en la chimenea un billete de Euphrasie, que contenía tan sólo las siguientes palabras:
«No le diré nada a mi marido hasta mañana, pero en tanto sus negocios le retengan toda la mañana en Gange, venid a terminar lo que iniciasteis. Hundidme un puñal en el corazón, si realmente debéis hacerlo.»
Por supuesto, el abate no faltó a la cita; otorgaba tan alto precio al éxito de sus artes, que no ahorraba ningún paso que pudiera asegurarle sus frutos.
Sin embargo, antes de acudir a reunirse con la mar­quesa, no dejó de reflexionar seriamente sobre la conducta que debía adoptar.
«La ocasión -se dijo- resulta tentadora para decla­rarle mis sentimientos; pero esta precipitación puede per­derme. Lo revelaría todo a su marido y, en vez de ganar algo, lo perdería todo en un instante. Es, pues, preferible que persista en representarla culpable con Villefranche; de esta suerte, me libro en primer lugar de un rival que, por haber cedido en demasía a mis instigaciones, termi­naría por suplantarme, y al mismo tiempo coloco a la mar­quesa en un descrédito tal ante su marido, que la abando­nará o la castigará, resultados que igualmente la ponen a mis brazos.
Cálculo abominable, sin duda; mas, ¿qué otro podía esperarse de un alma tan corrompida como la de Théo­dore?
-Dos cosas me sorprendieron sobremanera en el curso de nuestro paseo de ayer, querido abate -dijo la marquesa en cuanto se halló a solas con Théodore-. La primera, que me afecta más vivamente, concierne a las sos­pechas que os habéis esforzado en infundirme sobre la conducta natural, a más no poder, de mi marido con made­moiselle de Roquefeuille; la segunda tiene por objeto la singular circunstancia de que, habiendo, por así decirlo, caído desmayada en vuestros brazos, me haya despertado en los de Villefranche. ¿Cómo habéis podido ceder con tanta ligereza a un extraño vuestro derecho a prodigarme unos cuidados que sólo de vos debía esperar en este caso? ¿Y cómo es posible que Villefranche, amparado en esta cir­cunstancia, se haya aventurado más tarde en el curso del paseo a dirigirme frases que ya habían merecido de mí la más constante reprobación? Sólo vos, hermano, podéis ponerme en claro estos extremos, y más lo espero de vues­tra amistad que de los vínculos que, a lo que creo, deben unir nuestros intereses.
La marquesa, que hasta entonces había interrogado al abate bajando recatadamente los ojos, los levantó y le miró fijamente, para mejor leer en su rostro los caracteres que iban a imprimir en él sus respuestas.
Pero el abate de Gange era demasiado hábil y avisado para ignorar que la configuración del rostro humano se modica según las emociones que se experimentan, y que la frente y los ojos son siempre fieles espejos del alma. Miró, pues, fijamente a su cuñada con el mismo atrevimiento que ella empleaba con él, con la sola diferencia de que el candor y la pureza de alma de la marquesa motivaban el arrojo que se traslucía en su mirada, mientras que únicamente la fal­sedad, el crimen y el disimulo reinaban en los ojos del desalmado Théodore.
-Señora -respondió el abate-, acomodaré el orden de mis respuestas al de vuestras preguntas. Los sentimien­tos de vuestro marido para con mademoiselle de Roque feuille os asombran, y, pasando del asombro a la incredu­lidad, os basáis en él para negar los hechos... Permitidme que os haga observar, querida hermana, que esta falsa lógica del corazón va en grave detrimento de la del espí­ritu, y que es causa de común extravío tanto el dar crédito ciegamente a lo que concuerda con los propios deseos como el rechazar de plano lo que suscita nuestros temores. De todos los movimientos que se adueñan de nuestras almas, es la esperanza el más engañoso. Recordad el tema de aquel hermoso cuadro que admirasteis en París y que hemos comentado algunas veces este invierno. La espe­ranza acompañaba al hombre a la muerte; le iluminaba con una lámpara cuya claridad parecía extinguirse en el mo­mento en que el espectro encerraba a su presa en el sepul­cro. Tal es la esperanza en todas las situaciones de la vida; hija del demonio, nos sostiene mientras le es posible, y cuando la verdad termina mostrándole la nulidad de este deseo, la esperanza huye, dejándonos a solas con la adver­sidad.
-Sombrío exordio el vuestro, querido hermano -dijo la marquesa.
-Hermana, la verdad así me lo dicta, y mi amistad os lo presenta; dad, pues, ahora crédito a mis palabras. Harto cierta es, desgraciadamente, la intriga que temíais; sólo hace cuatro meses que la he advertido, y ninguno de los dos culpables ha podido engañar a mi discernimiento. De las precauciones que han tomado para disfrazarse ante los ojos de madame de Roquefeuille han derivado necesaria­mente los velos impenetrables con que han envuelto su ile­gítimo comercio. Confieso que escapa a mis luces qué puede pretender mi hermano, que está casado con una joven soltera; tiemblo ante las posibles consecuencias de tan funesta pasión. Lo único cierto es que tal pasión existe, y cuando, para convenceros, necesitéis pruebas más con­cluyentes, me brindo a proporcionároslas.
La seguridad de las miradas de la marquesa se fue debi­litando por momentos. Poco a poco fue inclinando la cabeza; sus bellos ojos se llenaron de lágrimas, y los sollozos que retenía resonaron sordamente en su pecho; todos sus nervios estaban en tensión; su cuerpo se agitaba. Para las cándidas almas que jamás recurren al artificio, es tan difícil suponerlo en otros que prefieren dar crédito a la mentira antes que esforzarse en descubrir la verdad.
Euphrasie intentó en vano serenarse; la ahogaban los sollozos y los extremos de su dolor se manifestaban en gritos.
-¡Alphonse, Alphonse! -exclamó-, ¿qué hé hecho para perder tu amor y tu confianza? Tú que me amabas tan tiernamente, tú que no tenías más instantes de felicidad que los que pasabas con tu Euphrasie... ¿Por qué ahora me entregas al horror de los celos y a las torturas del aban­dono? ¡Pérfido! ¿Acaso es Ambroisine más bella que yo? ¿Acaso te ama más rendidamente? ¡Y me sacrificas a ella! Pero ahora debes de odiarme; mi existencia es para ti una carga; sin duda deseas mi muerte, y, cuando el cielo te con­ceda esta gracia, me privarás incluso de la dicha de com­partir aquel sepulcro que tus atenciones, entonces tan deli­cadas, habían construido para ambos; será otra la que ocupe mi lugar y viaje contigo hacia lo eterno. Mas, si en la tierra me alejas de ti, el Dios que nos había creado el uno para el otro nos reunirá en su seno; te verás forzado a seguir amándome cuando sepas por ti mismo que todos mis votos y mis últimos suspiros llegaban hasta ti en el seno de la infidelidad.
Y madame de Gange no cesaba de llorar mientras pro­nunciaba tan conmovedoras palabras. Su rostro angelical, velado a medias por el pañuelo que empapaban sus lágrimas, mostraba en su aflicción las rosas del pudor y la ino­cencia marchitas por la desesperación.
-Señora -dijo el insensible Théodore, más ocupa­do en alcanzar sus fines que en remediar el lamentable es­tado en que había sumido a la marquesa-, ahora no debemos ocupamos tanto de vuestro dolor como de los medios para atajar su causa. No debéis ya consideración alguna a vuestro esposo; se ha hecho indigno incluso de vuestra com­pasión; una venganza fulminante es lo que conviene a la jus­ticia de vuestra causa y a la nobleza de vuestro carácter; el medio para llevarla a cabo se nos ofrece naturalmente, y al exponerlo responderé a vuestra segunda pregunta.
«El conde Villefranche es un hombre de bien. Durante nuestra estancia en Gange ha advertido como yo, las cul­pables distracciones de vuestro esposo. Al punto concibió en su corazón ardientes deseos de consolaros, de los que me hizo confidente. No os ocultaré que al aprobar su pro­yecto le ofrecí poner cuanto pudiera de mi parte para serle útil; conque esa es la explicación del servicio que le presté en el paseo de ayer y de las insinuaciones que haya podido haceros. Villefranche es de natural dulce y amable; pres­tadle oídos sin temor; este es quizá el único medio de devolveros a vuestro esposo. Herido en su orgullo al ver que otro puede sustituirle en vuestro corazón, lamentará su pérdida... ¡Cuántas mujeres han triunfado valiéndose de tal subterfugio!»
-No dudo que así sea con las casquivanas, pero no con las mujeres honestas, señor abate -respondió la mar­quesa-. Me sería harto penoso intentarlo, y no sé si pre­feriría perder el corazón de mi esposo antes que recon­quistarlo mediante un delito. ¡Qué desprecio le inspiraría cuando conociese la verdad! No, sólo por mi dulzura, mi paciencia y la constancia de mi devoción quiero atraerme de nuevo los sentimientos de Alphonse; esperaré a que el transcurso del tiempo me devuelva lo que la injusticia de mi marido me niega; le ocultaré incluso mis lágrimas; estoy segura de que le afligirían, y no quiero que un solo instante de preocupación pueda turbar la ebriedad de su dicha... Mas, si pudiera tener una explicación con él...
-Guardaos de hacerlo -respondió vivamente Théo­dore-. Reconocer que estáis al tanto de sus extravíos equivale casi a autorizarlos; sólo serviría para que se mostrara más falso con vos, sin que por eso fueseis más feliz; habríais inmolado vuestro orgullo y una paz interior que jamás recobraríais. Respecto al artificio que os propongo, cometéis un error al rehusarlo. Villefranche no os propon­drá nunca cosa alguna que pueda atentar contra vuestro deber. Simplemente os hará la corte, os prodigará sus aten­ciones y, sólo con esto, inquietará a vuestro marido hasta el punto de que volverá fatalmente a colocarse a vuestros pies. ¡Ah! Creedme, señora, no debe ahorrarse ningún recurso para restableceros en los derechos que os arrebata la injusticia. Aun en el caso de que cometierais la debilidad de incurrir realmente en falta, sólo podría culparse a vues­tro esposo. No os propongo neutralizar un crimen con otro, sino paralizar el que se está cometiendo, por todos los medios que el arte y el ingenio permiten emplear a una mujer honesta cuando se le priva de su felicidad.
-Pero, ¿acaso es lícito presentarse como culpable? ¿Y quién nos asegura que mi marido, encantado al ver mi debilidad, no hallará en ella un nuevo motivo para reafirmarse en su conducta? ¡Qué triunfo para mi rival! ¡Oh!, no... no, todo mi amor, mi orgullo, sufre en la decisión que me aconsejáis tomar; mientras que un recto proceder no ofende a ninguno de tales sentimientos, y me mantiene digna a la vez de mi propia estima y de la suya.
-Sea, pero infaliblemente perderéis a Alphonse adop­tando tal comportamiento; su injusticia os acusará de debi­lidad de carácter, y la llama del amor no vuelve jamás a encenderse para un ser a quien se desprecia. Mujer dulce y virtuosa con exceso, dignaos prestar oídos a mis amones­taciones; las dicta la más tierna y sincera amistad. Sólo aspiro a veros dichosa y a librar a mi hermano de la peli­grosa pasión que le domina. No tengo más deseo que devolveros cuanto antes el uno al otro; estas severas cos­tumbres a las que os empeñáis en ateneros os apartan para siempre de mis designios y os conducen a la perdición. Pensad en lo que debéis a mi hermano, en lo que os debéis a vos misma, y no os detengan fútiles consideraciones cuando está en juego la felicidad de toda vuestra vida...
-¡La felicidad! ¡La felicidad! -exclamó la mar­quesa-. ¡Oh!, no, ya no puede haber felicidad para mí. Toda mi felicidad residía en los vínculos que había contraído voluntariamente; en agradar a un esposo al que adoraba y que ahora me rechaza y me cubre de oprobio. Decidme, pues, ¿qué felicidad puede existir ahora para mí en el mundo? ¡Le lloraré, le seguiré adorando y él ya no me amará! ¡Ah, hermano mío! ¿Conocéis más amargo supli­cio? Es el mismo que sufren los réprobos, pues dirigen constantemente al cielo votos y promesas que ven recha­zadas. Así pues, cruel, sólo habrás querido unir tu vida a la de aquella que llamabas tu ángel para hacerme sufrir los tormentos del infierno... Para ti no hay más ángel que el de las tinieblas, que dispone los tormentos del hombre; pero nunca seré tu ángel de las tinieblas, querido Alphonse; ¡oh, nunca jamás! Aun siéndome infiel, te afligiría verme seguir tu ejemplo y la mera apariencia de infidelidad, al turbar tu vida, sumiría la mía en la desesperación... Yo te amaré con los brazos de mi rival... Quizá llegaré incluso a amar a esta rival, como rodeada por tu amor; la amaré como autora de tu felicidad... ¡Ah! ¡Qué de injusticias cometería de no elegir el partido de resignarme a la que pesa sobre mí. Mi propia delicadeza me vengará; te hará arrepentirte de haberla perdido, y si mi último suspiro puede exhalarse en tu seno inflamado todavía de amor, no sentirás en él la más leve sombra de reproche.
-¡Ah, dulce y querida hermana! -dijo Théodore con la mayor energía, no me ofrecéis sino los sofismas del sen­timiento, cuando esperaba de vos las resoluciones del valor. El mal está hecho y urge repararlo; lo agraváis al negaros a destruirlo, y sólo podéis hacerlo siguiendo mis dictados. Cien veces me había asaltado la idea de prevenir a madame de Roquefeuille, pero una traición de esta índole repugnaba a mi corazón. Supongamos que, horrorizada, se llevara a su hija del castillo; seríais sospechosa de tener alguna parte en ello; habríamos hecho la infelicidad de Ambroisine, sin otro resultado que un malestar cuyas con­secuencias revertirían a vos fatalmente.
-Este medio me inspira la mayor repugnancia, y lo habría rechazado en cualquier caso -repuso la marquesa.
-Aceptad entonces la industria que os propongo, so pena de convertiros en la más desventurada de las mujeres.
-Pero -arguyó la marquesa, cuya voluntad empe­zaba ya a flaquear-, ¿podéis responderme totalmente de Villefranche?
-Más que de mí mismo -afirmó el abate-; sabrá fin­gir sin experimentar ningún sentimiento reprobable, y no respondería-dijo Théodore bajando los ojos-de no con cebir ningún sentimiento si fuese yo quien fingiera. Sólo os pido que aparentéis aceptar las atenciones de mi amigo; hecho lo cual, rechazaréis con energía cuanto tome visos de mayor seriedad. Vuelvo a repetiros que nada debéis temer de él. Enterado de nuestros proyectos, captará per­fectamente su espíritu y en nada faltará a la conducta que pueda llevarlos a buen término. Pero ocultádselo todo a vuestro marido; haceos cargo de los peligros de una expli­cación que no podría tener sino las más funestas conse­cuencias. Si el marqués advierte algo y os dirige algún reproche, le impondréis condiciones, y os lo inmolará todo sin que vos debáis sacrificar nada.
-Consentiré, pues... -dijo madame de Gange sumida en la mayor turbación-. ¡Dios mío, ayúdame! Guía, Señor, mis vacilantes pasos en esta peligrosa senda, donde no puedo dejar de ver un crimen y en la que sólo me aven­turo movida por la esperanza de prevenir otro mayor.
El pérfido abate abrazó a Euphrasie, enjugó sus lágri­mas, la calmó y así terminó la escena... Desdichado y cri­minal acuerdo en el que la infortunada marquesa estaba lejos de adivinar las desgracias que debían sellar su ejecu­ción.
Sea como fuere, se acordó que el conde de Villefranche dedicaría a madame de Gange atenciones desinteresadas; que, supuesto que fuera iniciado más a fondo en los misterios de aquel peligroso pacto, nunca trataría de servirse de él en provecho propio, y que la marquesa, por su parte, se conduciría con su esposo como de costumbre; que, sobre todo, se abstendría de dirigirle cualquier reproche y no suscitaría ninguna explicación.


IV


No escapó a Théodore que, pudiendo sus primeras medidas colocarle en algún peligro, le convenía proseguir cuanto antes lo iniciado, y, al día siguiente por la mañana, fue a visitar al marqués a su habitación.
--Mucho me satisface tu visita, querido abate-le dijo Alphonse-, pues debía comunicarte algo que agobia infi­nitamente mi corazón.
-¿Cómo no me lo has dicho todavía? -respondió Théodore-. ¿Tienes en el mundo un amigo más sincero que yo.?
-No creo -dijo Alphonse-, y precisamente por eso voy a abrirme a la confidencia. Hasta el presente, querido hermano, me había creído el más tranquilo y feliz de los esposos, y ahora temo ver turbada mi felicidad.
-¿Y por qué este temor?
-¿Qué es lo que pudo causar el desvanecimiento de mi esposa durante el paseo de anteayer? ¿Por qué Ville­franche, a quien creía contigo, se encontró a solas con ella en aquel momento? ¿A qué obedece que sólo de él reci­biera los primeros auxilios? ¿Tendría Villefranche algo que ver con aquella crisis? Y, de ser así, ¿no habría en ello razón suficiente para alarmarme?
-No, por cierto -respondió Théodore-; Euphrasie te ama demasiado y es sobradamente virtuosa para que la más leve sospecha de infidelidad pueda pesar sobre ella. ¿Se ha hecho acreedora a algún reproche desde que uniste tu suerte a la suya? ¿Y no sabes que una mujer que durante años ha permanecido fiel a la virtud no desmiente su conducta en un solo día? Por lo demás, Villefranche es un hombre de bien; es amigo tuyo y mío, y no es persona que vaya a turbar la paz de una casa donde ha sido invitado por ti.
-Más, ¿qué pensar de aquel encuentro, de aquel vahído?
-Nada más sencillo. Me parece que tu esposa nos explicó la misma noche la causa de su sobresalto; un rumor en los sotos, un ciervo que cruzó la alameda, eso fue todo; yo estaba con ella y puedo dar fe de la veracidad de los hechos. Como no disponía de los cordiales que exigía la circunstancia, y creyendo oíros cerca de nosotros, volé a tu encuentro, la asistimos... No sé por qué quieres que te repita detalles que conoces tan bien como yo.
-Sin duda los recuerdo perfectamente, pero también recuerdo la zozobra de mi mujer cuando la sorprendimos, y más aún la de Villefranche cuando creyó que yo advertía todo el calor que ponía en los cuidados que dedicaba a Euphrasie. Un corazón tan ardiente como el mío se sobre­salta con facilidad; necesita, para calmarse razones más poderosas que las que han motivado su primera alarma, y mucho me temo que no me las puedas proporcionar.
-De ti solo depende el calmarte o no; destruye las qui­meras que te turban, y la serenidad nacerá en tu alma; ama a tu esposa y a tu amigo, y no los creerás ya capaces de atentar contra la tranquilidad de tu espíritu. Sin embargo, cuenta con mi ayuda para poner en claro la conducta de quienes tanto te alarman, y, cualesquiera que sean los vín­culos que me unan a tu esposa, o los de mi amistad por Villefranche, te respondo de mi imparcialidad.
-Tal vez logren engañarte.
-¡De acuerdo, pues! ¿Quieres un modo seguro de poner a prueba a Euphrasie?
-¿Cuál?
-Inspírale celos; vierte en su alma a manos llenas ese veneno que consume la tuya; si es culpable, le delatará su alegría de verte culpable a ti también; en el caso contrario, sus inquietudes te convencerán de que eres con toda segu­ridad el único objeto de su amor.
-Pero si es inocente la sumiré en la aflicción.
-Sea, pero averiguarás si es culpable o no lo es.
-Prefiero mis dudas a su infelicidad.
-Resígnate, pues, a la incertidumbre.
-No tendré fuerzas para soportarla.
-No vaciles más, entonces, y sal de dudas.
-¿Y a quién puedo emplear para esta prueba? -A Ambroisine.
-¿A una persona amiga que está en mi casa? ¿Y qué diría su respetable madre?
-No digo que haya que llevar las cosas demasiado lejos, y sin duda madre e hija son acreedoras a todo nues­tro respeto. Por otra parte, sería muy posible que pudieras alcanzar el fin que te propongo sin poner al corriente a Ambroisine, y, por consiguiente, sin alarmar su modestia: se trata sólo de fingir... de dedicarle algunas atenciones un poco especiales y, en el fondo, sin ningún motivo real.
-¿Y crees que los resultados de esta industria...?
-Probarán la inocencia o la culpabilidad de tu mujer. El medio es infalible: sírvete de él sin temor.
-De acuerdo -dijo el marqués-, espero que esto no sea óbice para que me prestes los servicios que me has pro­metido.
-Ten por seguro que estaré atento a la conducta del conde y de tu mujer y que te daré cuenta día por día de las más minuciosas particularidades.
Desde aquel punto, el abate juzgó que no había tiempo que perder para prevenir a Villefranche del papel que le tocaba desempeñar.
-La marquesa te prestará atención -le dijo-; hemos convenido en ello; pero no fuerces las cosas; sólo por un artificio consiente en escucharte, a fin de despertar en su esposo unos celos que le devuelvan su amor. Está conven­cida de que el marqués prefiere a Ambroisine y se ha per­suadido a sí misma de que, aparentando amarte, hará que él vuelva a sus brazos. Encarna el personaje del que sólo quiero darte ahora la fisonomía; conviértete en amante de la marquesa, y aunque sólo al azar debas el ser feliz, al menos habrás sido feliz por algunos días.
No costó mucho a Villefranche tomar el camino indi­cado. Ni su edad ni sus disposiciones para amar a la mar­quesa le permitían rechazar aquel acomodo, y, en vista de todo ello, el abate, como sus escenas estuvieran ya en curso, pasó a ocuparse del desenlace.
-Querido amigo -dijo a Perret, exponiéndole con detalle sus primeras maniobras-, creo que he sembrado a las mil maravillas la confusión en esta casa y que mi empresa debe indiscutiblemente verse coronada por el mayor de los éxitos. Basta con tener valor y perseverancia.
-Pero si todo esto sale adelante -advirtió Perret-, ¿no es muy posible que naufraguemos al llegar a puerto?
-¿Y cómo iba a ser así si consigo adueñarme de la voluntad de esta esquiva mujer?
-Pero, ¿creéis que su virtud la abandonará...? La des­gracia, lejos de disminuir las fuerzas, las electriza en un alma elevada, y ha habido heroínas de virtud a las que nada hizo sucumbir.
-Sí, en las novelas, pero aquí no se trata de una novela. Tengo cien maneras de triunfar, y las emplearé todas si es preciso.
--Hay algunas, señor, que no os atreveréis a emplear.
-A buen seguro, emplearé todas las que puedan ganarme su persona y su corazón; pero si sólo me fuera posible obtener lo primero a expensas de lo segundo, quizá el orgullo humillado me impediría adoptar tales medidas. En suma, procederemos según las circunstancias, y he notado más de una vez que el cielo ayuda a los audaces.
-Sí, señor abate, es un adagio conocido, pero eso no significa que siempre sea cierto. ¡Cuántas víctimas deberán sacrificarse en esta horrible empresa!
-Serán otras tantas ofrendas a mi diosa, y los dioses nunca se quejan de que se les prodigue el incienso.
El resto de la conversación tuvo por objeto establecer algunas medidas necesarias para el buen funcionamiento del asunto. Théodore dio instrucciones a Perret y los dos personajes se separaron.
No dejaban de inquietar a la marquesa las promesas que había hecho al abate de Gange. Nada más lejos de su pensamiento que abrigar alguna sospecha sobre el comportamiento de su cuñado; mas aquella simulación que el abate creía necesaria, aquella necesidad de sondear a su marido mediante una impostura tan alejada de su carácter, sembraban en su alma una turbación que afectaba a su aspecto físico. Había prometido obrar en silencio, mas su pureza de conciencia no le permitió mantener tan riguro­samente su palabra.
Había en el castillo dos personas dignas de su con­fianza; la primera, madame de Roquefeuille; pero no era posible ponerla al corriente sin comprometer gravemente a su hija; no había, pues, ni que pensar en ella; la otra era el padre Eusèbe, su director espiritual. Aquel venerable per­sonaje le pareció más conveniente en todos los aspectos; pero no debía decírselo todo: revelar lo relativo a made­moiselle de Roquefeuille podía perjudicar a aquella joven y al marqués de Gange, si acaso los hechos no resultaran ser exactos. Tan delicadas consideraciones no escaparon a un espíritu tan justo como el de Euphrasie; sin embargo, le era absolutamente preciso desahogar su corazón.
Así, pues, encargó que se rogara a Eusèbe que compa­reciera en la capilla del castillo, y cumplió de rodillas ante él las obligaciones del santo y respetable sacramento que, reconciliando al hombre con Dios, por la mediación salu­dable de uno de sus ministros, restablece en el alma del pecador la paz que turbaban sus extravíos; grande y con­movedora institución de nuestra santa religión, que pre­viene o suspende los efectos del crimen, haciendo digno de perdón a quien lo había concebido; emblema venerado de la inmolación de Dios hecho hombre, puesto que en este sublime sacramento recuperamos parte de las gracias que nos valió su muerte.
Euphrasie, revestida con los adornos que seducen a los débiles mortales, parecía aumentar sus gracias con la majestad del deber que acababa de cumplir; embellecida para su Dios, era embellecida por su Dios; era la belleza de los ángeles que rodean el trono celestial. Un rayo de la divinidad formaba sus más dulces encantos, y, como el astro que ilumina la tierra, sólo a su Dios debía el esplen­dor que la rodeaba.
Cumplidas, pues, estas primeras obligaciones, madame de Gange tomó asiento al lado de Eusèbe:
-Padre -le dijo-, quiero pediros consejo sobre un punto estrechamente ligado a la felicidad de mi vida. ¿Conocéis mi devoción a mi esposo?
-La conozco y la respeto, señora; os vale la estima de todos los hombres y os convierte en modelo de todas las mujeres.
-No son elogios lo que os pido, padre, sino consejo; ninguno más apto para guiarme que el vuestro -y, prosi­guiendo con la serenidad de un alma pura-: Esta tranqui­lidad que me hace dichosa se ve amenazada, padre; acusan de infidelidad a mi esposo, me hunden un puñal en el cora­zón, con el designio de romper la imagen que reina en él. No puedo daros el nombre de quien tan cruel servicio me presta; si tiene razón, faltaría a la gratitud, y si está equivo­cado, le comprometería. La prudencia me prohíbe, pues, una revelación que por otra parte considero prácticamente innecesaria; mas debo exponeros los medios que se me proponen para atajar mi situación, ya que ellos son el prin­cipal objeto de mi consulta. Se me dice que aparente acep­tar los homenajes que me ofrece otro hombre; me aseguran que este medio es el único que puede devolverme o alejar para siempre a mi esposo; sí me ama aún, caerá a mis rodi­llas, y se habrá probado su inocencia; si me rechaza o se enoja, su falta queda probada, y debo esforzarme en disi­par mis dudas. Pero, padre, ¿os dais cuenta de la repug­nancia que embarga mi corazón ante la perspectiva de adoptar este partido? ¡Fingir que amo a otro que Alp­honse! ¡Prestar oído a discursos que sólo de sus labios escucho complacida! ¡Oh, no, es imposible! Decidme, pues, qué debo hacer, y compadeceos de mi suerte.
-Empezaré, señora -respondió Eusèbe-, por expresaros la extrema dificultad que me supone dar crédito a semejante acusación. Si hay una persona en el mundo sobre cuya rectitud pueda pronunciarme sin la más mínima duda, es a buen seguro monsieur de Gange. No voy a repetir elogios que harto presentes tiene vuestro corazón y que la justicia y la verdad deben grabar en él de continuo. Dicho esto en primer lugar, podría prescindir de refutar los consejos que esta persona se ha creído en el deber de daros, a causa de la certeza que pudiera albergar respecto a la opinión que he destruido; pero creo mi deber responder a tales consejos.
«Tened, pues, a bien convenceros, señora, de que en ningún caso está permitido aparentar un crimen, sea para descubrir otro, sea para prevenirlo. Si se prestara aquiescencia a este falso principio, serían dos y no uno los insul­tos de que se haría objeto a la virtud; por tanto, este cálculo es inadmisible y lo debéis descartar, así como la idea que parece autorizarlo. Vuestro marido no es culpable, y vos no debéis aparentar serlo para saber si lo es; porque, si lo es, vuestro inmoral artificio nada impide, y, si no lo es, constituye una ofensa para él. No llegaré a deciros que des­confiéis de la persona de quien recibís consejos y preven­ciones de esta especie; nunca entró en mi naturaleza pensar mal de nadie. Sin duda esta persona estaba persuadida de lo que os decía, y no ha temido las consecuencias de su con­sejo; pero no debéis fundar vuestra opinión sobre la débil base de las opiniones ajenas o alarmaros por quimeras que quizá son fruto solamente de la bondad de alma de quien con ellas os sobrecoge. No cambiéis en nada vuestra con­ducta, señora. Sea vuestra redoblada ternura hacia un esposo inocente la única luz que sirva para convenceros de la verdad. Es difícil esconderse cuando se obra mal, y, si vuestro esposo es culpable, cosa que me resisto a admitir, el aumento de vuestras atenciones le enfriará, en lugar de inflamarle. Tal es la única prueba que os resulta lícito intentar; os bastará con ella, señora; sin necesidad de adop­tar la máscara del crimen, podréis tranquilizaros al reco­nocer a la virtud.»
-¡Ah, padre -exclamó la interesante Euphrasie-, con qué dulce bálsamo aliviáis mis heridas!
-No es a mí a quien debéis agradecer tales consuelos, señora -repuso Eusèbe-; os habéis hecho merecedora de ellos por el acto piadoso que acababais de llevar a efecto antes de abrirme vuestro corazón; el Dios de paz a quien habéis servido y cuyos santos mandamientos habéis aca­tado se ha dignado escogerme para infundir en vuestra alma la tranquilidad con que debía premiar vuestra sumi­sión. ¡Pluguiere al cielo que este ejemplo mantenga en vuestro ánimo aquel amor divino que fue objeto de uno de mis recientes sermones! Y persuadíos, señora, de que este Dios de misericordia no ofrece de continuo al pecador la mano armada que debe castigarle, y sí la que presta su auxilio al infortunado que le implora.
Madame de Gange se decidió, pues, a no variar en nada su conducta con el marqués y a renunciar decididamente a la que su hermano parecía exigirle respecto al conde de Villefranche. Previno de ello a Théodore, quien, conoce­dor de su entrevista con Eusèbe, no tuvo la menor duda sobre la causa del cambio de actitud de Euphrasie, aunque no se atrevió a contrariarla.
-Pues bien-dijo a su hermana-, el tiempo dirá si yo tenía o no razón; pero, sea como fuere, señora, no veáis en mí -dijo afectuosamente- sino el más ardiente deseo de serviros.
Pero, como un ser tan virtuoso como Eusèbe podía estorbar grandemente las tramas que a diario urdía Théo­dore contra la más respetable de las mujeres, aquel monstruo, prevaliéndose de su crédito, consiguió ensombrecer la reputación de aquel santo varón ante sus superiores, que le llamaron primero a Montpellier y, poco tiempo después, le confinaron en una malsana soledad en las fronteras de Italia, donde no tardó en entregar al Señor el alma cándida y pura que sólo había servido para labrar su desgracia.
Se convenció entonces el abate de que debía emplear más audaces y graves recursos para persuadir a su cuñada y resolvió poner en juego los acuerdos qué había convenido con Laurent, y cuya ejecución vamos a presenciar en breve. Al mismo tiempo hizo algunos cambios en el papel asignado a Villefranche, instó más vivamente al marqués a poner en práctica la prueba que le había aconsejado y se atrincheró, hasta nueva orden, en una simple posición de observador.
Obedeciendo las sabias indicaciones de su director espiritual, la marquesa se acercó más íntimamente a su marido; pero el mal estaba hecho: los celos que devoraban a Alphonse y las violentas sospechas que alimentaba no le permitieron dedicar a su esposa aquellas dulces efu­siones en las que antaño sabían ambos hallar la felicidad. La marquesa, recordando entonces las palabras de Eusèbe, creyó probada la inconstancia de su esposo, y sintió que debía resignarse y llorar en silencio, sin emplear los culpables artificios que le había sugerido su cuñado.
-¿Qué tenéis, querida Euphrasie? -le dijo un día madame de Roquefeuille en el curso de un paseo que había dispuesto a drede para indagar la causa de la tristeza que se reflejaba en el rostro de su amiga.
-¡Ay! -respondió madame de Gange, muy azorada y procurando no ceder a confesiones que podían resultar peligrosamente indiscretas-. ¡Ay, querida señora! Sólo a mí misma me acuso de la actual frialdad de Alphonse, que no os habrá escapado; y, no encontrando en mí culpa alguna, me esfuerzo vanamente en indagar el motivo de este abandono. Decidme sinceramente, señora, si os ha sido posible reconocer en mí la causa de un cambio que hasta tal punto me desespera.
Nada he advertido, querida amiga -repuso madame de Roquefeuille-; mas permitidme deciros que al supo­ner constancia en los sentimientos de un esposo habéis demostrado conocer mal a los hombres. Su injusticia para con nosotras es indecible. Cuanto más les dejamos leer en nuestros corazones los sentimientos que nos afec­tan, tanto más dispensa dos se creen de darles corres­pondencia; tendríamos que amarles mucho menos para que nos amasen mucho más, si se me permite la expre­sión. Parecen compensar con una frialdad mortal la generosidad que antes empleaban para complacernos, y, como poseen ya todo lo que ellos querían, se asombran de vernos aún desear algo más; como somos más sensi­bles que ellos, nuestra naturaleza les sorprende, poco a poco los vínculos pierden fuerza y todavía cometen la injusticia de quejarse de los yerros a que su inconstancia nos empuja. Evitad tales yerros, querida mía; dejad que él solo cargue con el peso de sus remordimientos; ésta es la única venganza permitida a una mujer honesta. Tal vez vuestra perseverancia y excelente conducta os devuelvan a vuestro marido; y si continúa siendo injusto, por lo menos no deberéis reprocharos haber legitimado su con­ducta con la vuestra.
-Pero -respondió madame de Gange- ¿no habéis pensado en alguna nueva pasión que pueda ser la causa de esta tibieza?
-En absoluto. Testigo como vos misma de su diario comportamiento, desde que habitamos en este castillo, no tengo más motivos que vos para concebir cualquier género de sospechas.
-En tal caso, dejémoslo todo a la acción del tiempo. -Es el único proceder razonable.
-¡Ah, qué largos se me harán los días en que ya no podré llamarle amado mío y leer en sus ojos los dulces sen­timientos que antaño los animaban!
-Euphrasie: ¿aprobaríais que le hiciera algunas pre­guntas sobre este cambio que os alarma y que quizá sólo existe en el ardor excesivo de vuestra imaginación?
-Guardaos de hacerlo -respondió la marquesa-; no quiero que advierta ni siquiera mis lágrimas... ¡Ah, si no acudiera a enjugarlas!
-¡Ah, criatura sensible y delicada en exceso! dijo madame de Roquefeuille-. No supongáis en él tal extremo de barbarie: Alphonse os ama; sois su única preo cupación; vuestras alarmas sólo obedecen a vuestra extrema susceptibilidad, y os haría desdichada si os acon­sejara ser menos sensible. ¿Habéis confiado vuestras penas a otras personas?
Y al llegar a este punto, madame de Gange le narró su conversación con el padre Eusèbe y transmitió a madame de Roquefeuille algunas de las recomendaciones y consue­los que de él había recibido.
-Eusèbe es un hombre de bien -respondió madame de Roquefeuille-. Apruebo todo lo que os ha dicho y os exhorto a ponerlo en práctica; pero, desgraciadamente, le hemos perdido.
Y madame de Roquefeuille informó a su amiga de los acontecimientos relativos al buen franciscano.
-Pero, ¿cuál puede ser la causa de este retiro precipi­tado?
-Lo ignoro. Eusèbe partió sin ver a nadie ni decir palabra. Al parecer, le reclamaron sus superiores. Entonces la marquesa quedó pensativa; luego, inquieta y dolida, dijo:
-No me queda más consejo que el vuestro, y sólo a él me atendré en adelante. Debo armarme de valor y confiar en que el tiempo haga su obra.
-No hay otro remedio para vuestros males.
-¡Ah, si el tiempo transcurre demasiado lentamente, la melancolía hará más acerbos mis dolores, las lágrimas marchitarán los débiles encantos que le cautivaron y mi esperanza se reducirá a la nada como ellos...! ¡Qué desdi­cha lamía, querida señora!
La conversación se vio interrumpida en este punto por la llegada de Ambroisine, que acudía a rogar a su madre que se adhiriera al parecer general de los habitan­tes del castillo, que tenían intención de ir a pasar algunos días en la feria de Beaucaire y deseaban partir inmediata­inente.
-Me resulta imposible-dijo madame de Roquefeui­lle-. Asuntos de la máxima importancia me reclaman en Montpellier. Os acompañaré hasta allí, pero dejaré con vos a mi hija -dijo dirigiéndose a madame de Gange-. Os la confío, y no quiero sustraerla a sus amistades para llevarla a. compartir mis fastidiosos problemas.
Ambroisine abrazó a su madre para mostrarle su agra­decimiento, y no hubo en el castillo otra ocupación que los preparativos de aquel viaje cuyo instigador, sin que nadie lo advirtiera, había sido el pérfido Théodore.
Se pusieron en camino. Madame de Roquefeuille se quedó en Montpellier, y monsieur de Gange, Euphrasie, Ambroisine y Villefranche pasaron la noche en Tarascón, para desde allí disponer el alojamiento que necesitarían en Beaucaire.
Como es sabido, esta villa, situada en la orilla derecha del Ródano, toma nombre de un castillo donde se celebra­ban antaño cortes de amor y cuyas ruinas pueden verse aún en la montaña que domina la localidad, donde también se halla -monumento igualmente digno de interés- la casa de la familia Porcelet, tan célebre en la causa de las Vísperas Sicilianas.
Famosa por la feria que celebra todos los años, esta villa, poco adecuada para recibir al gran número de foras­teros que atrae en tal época, sería aun sin este acontecimiento un lugar muy agradable; pero sin duda merece ser visitada especialmente durante esta feria.
No es fácil concebir el inmenso número de personas que llegan a Beaucaire desde los más apartados confines de Europa. Es tal la afluencia que, con razón ha nacido el dicho de que una flor arrojada desde una ventana no llega­ría a tocar el suelo. Unida Beaucaire a Tarascón por un puente de barcas, las dos ciudades parecen una sola.
Tal es la reunión tumultuosa en la que un extranjero puede formarse una idea singular del comercio de Fran­cia. ¡Qué de negocios se cierran allí en el lapso de siete u ocho días! ¡Qué movimiento! ¡Qué tráfago! Diríase que no se venera a otro dios que a Pluto, numen de las rique­zas, y que el oro circula en vez de sangre por todas las venas. Pero si el trabajo ocupa todos los días, no por ello sus noches dejan de dedicarse regularmente a las más varias diversiones públicas: excursiones campestres, abundantes refrescos y helados en los cafés; a la derecha, el magnífico espectáculo de los puestos de todas las naciones, destinados a la venta o intercambio de sus mer­cancías; a la izquierda, baile al son de mil varios instru­mentos, fuegos de artificio y paseos, tanto más intere­santes cuanto que, entre la abigarrada multitud, todas las lenguas se hablan y las más diversas naciones se hallan presentes. Idéntico afán de comercio e idéntico deseo de prodigalidad parece unir a la concurrencia, convirtién­dola en una misma familia cuyos intereses coinciden. Apenas si se piensa en comer. Todo el mundo, hasta los ociosos, parece atareado y, por la noche, el esparcimiento atrae por igual a los que no han sufrido sino pérdidas y a los que se doblan bajo el peso de las riquezas que acaban de obtener.
Pero como en todo orden de cosas rige la ley de la com­pensación, la extrema dificultad de hallar alojamiento en una villa tan pequeña hace tan caras como escasas las habitaciones disponibles, como pudo comprobar Théodore cuando, al día siguiente a la llegada de los habitantes del castillo de Gange a Tarascón, fue designado por el grupo para convenir el alojamiento, y, como tuviese además miras particulares, sus dificultades aumentaron al verse forzado a acomodarse a las posibilidades de la realidad.
El abate alojó a las dos damas en una casa donde no quedaba más sitio disponible que las dos habitaciones que alquiló para ellas. Su hermano, Villefranche y él mismo se alojarían en una casa vecina, y, achacándolo a la imposibilidad de hallar mejor acomodo, decía no haber encontrado ni siquiera un cuarto pequeño para la donce­lla, y menos aún sitio alguno para los criados y equipajes; de suerte que, a excepción de los señores, todo quedó en Tarascón.
Los pérfidos cuidados del abate habían determinado que la habitación de Ambroisine se encontrara en el primer piso y la de Euphrasie en el segundo. El abate había hecho quc le dieran dos llaves de cada una de estas habitaciones. Y mientras el marqués se cercioraba, en la casa donde le había colocado su hermano, de que no había lecho dispo­nible para él, Théodore aposentó a las damas como acaba­mos de indicar y entregó al marqués el duplicado de la llave del cuarto de Ambroisine.
-No vayas a equivocarte esta noche cuando te reti­res al cuarto de tu mujer -le dijo-. Esta es la llave. Recuerda que la he alojado en el primer piso y le he dado a la joven la habitación del segundo, como menos cómoda.
-No sé si voy á ir -dijo el marqués-. Hasta que su conducta me resulte menos dudosa no tengo demasiados deseos de acercarme a ella.
-Mas, por ahora, nada abona esos temores -dijo el abate-. Sigamos observando: en el seno de la familiaridad que procura nuestra actual residencia nos será fácil salir de dudas. Cuenta conmigo, tal como te prometí, querido her­mano, y entre tanto no trates a tu esposa con excesivo rigor, no creo que lo merezca.
-De acuerdo -consintió Alphonse-, iré a su cuarto esta noche; pero aún es temprano. Vayamos a dar un paseo.
Villefranche y los dos hermanos salieron a pasear. Vol­vieron a las once de la noche y, como las dos damas se habían quedado en casa, para aposentarse o preparar su tocado para el día siguiente, Alphonse, provisto del dupli­cado de la llave y seguro de encontrar a Euphrasie en su habitación, se presentó en el piso que le había indicado su hermano. De modo que, provistos ambos de las llaves correspondientes, el abate subió al segundo piso, a la habi­tación de su cuñada, y el marqués, creyendo entrar en la de su esposa, se detuvo en el primero y se encerró en la de Ambroisine.
-¡Chitón! -dijo el abate a la marquesa entrando en su cuarto cuando ésta se hallaba a punto de acostarse-, creo que esta noche conseguiré disipar vuestras dudas. Vuestro marido, a quien he seguido paso a paso sin que él lo advirtiera, acaba de entrar furtivamente en el cuarto de Ambroisine, pese a saber perfectamente que vuestra habi­tación era ésta. Por esta abertura hecha en el piso de vues­tra habitación podremos ver cuanto ocurra en la de Ambroisine.
-¡Cielos, que revelación! Mas, ¿podré soportar tal espectáculo? Hermano, ¡terrible servicio el que me prestáis! -Lo sé, pero era preciso convenceros. Si hubiese visto que el marqués subía a vuestra habitación, no habría dicho nada; pero al ver que entraba en la de Ambroisine, me he apresurado a obligaros a verlo todo.
Y la alarmada Euphrasie se precipitó hacia la abertura que le indicaba Théodore. ¡Qué visión para aquella esposa infortunada! Vio a Alphonse encerrarse en el cuarto de Ambroisine, acercarse al lecho donde ella ya dormía e introducirse en él a su lado. Le faltaron las fuerzas y no pudo seguir mirando más... Se echó sobre los hombros el primer vestido que encontro y salió pre­cipitadamente a la escalera, al pie de la cual no encontró a otra persona que a Villefranche. Fue cosa de un momento tomar al joven del brazo y llevarle a la calle sin decir más que:
-Salgamos, señor, salgamos; no quiero permanecer ni un instante más en el execrable teatro de mi deshonor.
Y Villefranche, a quien había prevenido el abate de la posibilidad de aquel comportamiento de Euphrasie, no le opuso ninguna resistencia. Se dirigieron a la estación de postas y alquilaron una para Gange. Villefranche hizo subir a la marquesa y partieron.


Ahora que dos acciones simultáneas reclaman la aten­ción del cronista, empecemos por narrar la de Ambroisine y dejemos partir a la marquesa con el acompañante que, celador de su seguridad, terminará tal vez convirtiéndose en causa de sus infortunios.
En cuanto mademoiselle de Roquefeuille fue desper­tada por la cercanía del marqués, a quien estaba lejos de suponer en su cuarto, lanzó tal grito de sobresalto que Théodore corrió a presentarse a su puerta, para saber, según dijo, la causa de aquel pavor.
-¿Qué es esto, hermano? -dijo en cuanto le abrieron la puerta-. Nada me habíais dicho de este proyecto. -¿A qué llamas tú proyecto? -respondió Alphonse, no sin humor-. Ningún proyecto he concebido que vaya en contra del respeto que debo a esta señorita; siempre te lo he dicho, y renuevo ante ti mis más sinceras excusas por el error que acaba de ocasionar este embrollo. ¿No me diste tú esta llave?
-Ciertamente.
-¿No me has dicho que era de la habitación de mi esposa?
-Sin duda, pero también he añadido que la habitación de tu mujer estaba en el segundo piso, y no comprendo por qué has ido al primero.
-Pero, ¿y esta llave?
-Es la del cuarto de tu mujer en el segundo piso. Ven a hacer la prueba.
Subieron y, en efecto, la llave abrió la puerta. Théo­dore era demasiado hábil para haber descuidado esta doble precaución. Pero, ¿cuál no sería el estupor y la aflicción de Alphonse al no ver a nadie en el cuarto y descubrir una abertura en su centro?
-¡Justo cielo! ¡Euphrasie me cree culpable! -ex­clamó-. ¿Cómo demostrarle ahora su error? ¿Dónde está? ¿Quién sabe dónde la habrán precipitado los efectos de su desesperación? ¡Oh, querido Théodore, soy el más desventurado de los hombres!
-No perdamos ni un minuto más -dijo el abate- y corramos tras sus huellas; quizá lleguemos a saber algo.
-¡Ah, querido hermano! -exclamó el marqués-. La mayor prueba de la inocencia de mi esposa es el efecto que ha producido en ella el temor a mi infidelidad.
-¿No te había ponderado siempre su virtud?
Los dos hermanos, mientras Ambroisine, a quien no comunicaron la nueva de la evasión de Euphrasie, se sose­gaba y volvía a acostarse, corrieron tras los pasos de la fugitiva y comenzaron sus pesquisas por la casa de Ville­franche. Sólo hallaron una bujía encendida aún sobre la mesa, vestidos esparcidos en desorden por las butacas, y todas las apariencias de una huida precipitada.
-¡Están juntos! -exclamó el marqués-. Te equivo­cabas al creerla sola. Pero ha sido mi primera falta, o, mejor dicho, mi primera apariencia de falta, el motivo de la suya: aquí me tienes convertido en el más infeliz de los esposos. ¡Desdichado viaje...! ¡Execrable complacencia de mi parte...! Parecía que presintiera lo que iba a suceder. ¡Vamos, hermano, no perdamos más tiempo! Recorramos las calles de la ciudad; informémonos por todas partes... Este viaje de placer me ha resultado nefasto... Siempre me opuse a su proyecto.
El abate, siempre fértil en industrias, había imaginado otra más, cuyo resultado podía ser incierto pero que tenía dispuesta para un caso de necesidad. Apenas él y su her­mano habían llegado al final de la calle donde vivían, un centinela les dio el alto:
-A partir de las doce está prohibido el paso.
-Pero, señor...
-Prohibido el paso, os digo.
-Volvamos atrás -dijo Théodore-; quizá por el otro lado podamos salir más fácilmente.
Mas apenas habían llegado al otro extremo de la calle, un nuevo centinela les dio igualmente el alto; se vieron incluso imposibilitados de volver a su alojamiento.
-Pero, señor, hace sólo un instante no estabais aquí apostado.
-Así es, señor; empezamos a montar guardia a las doce.
-¿De modo que hemos quedado prisioneros en la calle?
-Así es, señores, hasta el paso de la ronda, que os con­ducirá al cuerpo de guardia e indagará vuestra identidad.
-¡Por vida de ...! -exclamó el marqués-. Todo esto me enoja por demás -y añadió, desenvainando la espada-: Pasaré aunque sea por encima de vuestro cadáver.
Ante estas palabras, el centinela dio gritos de socorro.
-Vayámonos, vayámonos -dijo el abate-; no nos busquemos aquí más complicaciones de las que tenemos.
No tardará en hacerse de día. Entremos en un café y espe­remos allí tomándonos algún descanso.
Fácilmente adivinará el lector los motivos de este segundo artificio. El abate, que lo había dispuesto, colocando y pagando por sí mismo a los supuestos centinelas, preveía la evasión, y aspiraba por este medio a proporcionar a los otros dos fugitivos el tiempo que les era necesario para que resul­tara más difícil dar con ellos y pudiesen así caer más fácil­mente en las nuevas trampas que les había preparado.
-Prosigamos nuestras pesquisas -dispuso el marqués en cuanto amaneció.
Y, tras haberse informado por doquier, llegaron final­mente a la estación de postas, donde no tardaron en saber que Euphrasie y Villefranche estaban juntos y que se diri­gían hacia Gange.
Alphonse quería partir en el acto, pero el abate, procu­rando siempre introducir dilaciones, hizo ver a su her­mano que era imposible dejar sola a Ambroisine en una habitación de alquiler y sus equipajes en Tarascón.
-No acabaríamos nunca -dijo el marqués-. Y, en­tre tanto, ¿quién sabe lo que puede ocurrir entre mi esposa y ese joven que ya sentía una fuerte inclinación hacia ella?
-Pero, ¿no acabas de decir que el comportamiento de Euphrasie era la prueba de la fidelidad de su afecto? ¿A qué, pues, esta alarma de ahora? Sé consecuente en tus. sospechas y no te inquietes más de lo necesario.
-Sí -respondió el marqués, presa aún de fuerte agita­ción-; pero piensa en que se ha ido enfurecida contra mí, y que en tal ocasión nada es tan temible como la venganza de una mujer.
Sin embargo, iban prosiguiendo su camino. Los coches llegaron a Beaucaire y se reunieron con Ambroisine, muy afligida de no haber obtenido de aquel viaje, a guisa de todo placer, sino las contrariedades de una aventura que su inocencia y candor le impedían concebir y que le fue expli­cada a dos o tres leguas de Beaucaire, sin que el abate, que se la expuso, le revelara sus motivos.
V


Es difícil describir la sorpresa del marqués al no encon­trar, a su llegada a Gange, ni a Villefranche ni a su esposa. El abate, aunque mejor enterado, fingió la misma sorpresa que su hermano, y la consternación pareció general.
-Nos hemos equivocado -dijo el marqués a Théo­dore-; han huido juntos, y, para mejor inducirnos a error, han dicho en Beaucaire que el coche les conduciría a Gange. ¿En qué cruel situación nos hallamos ahora esta desventurada y yo? Ella me cree culpable y yo estoy con­vencido de que ella lo es. Sin embargo, quiero cerciorarme; amor y orgullo me lo dictan...
Y el infortunado recorría a grandes pasos las diversas estancias del castillo, regando con sus lágrimas todos los muebles y habitaciones que le recordaban las horas felices que había pasado antaño junto a su amada Euphrasie.
Nada lacera tanto el corazón como hallarnos solos en lugares que fueron testigos de nuestra pasada felicidad; todo vuelve a representarnos su objeto, todo lo pinta ante nuestros ojos; parece que aún presta vida a lo que antaño embelleciera; los ecos nos repiten el sonido de aquella voz encantadora; volamos a su encuentro para encontrar sola­mente una imagen destrozada por la desesperación.
Un día que Alphonse estaba llorando en la capilla a los pies del retrato de su amada esposa-colocado, como dijimos, encima del Cristo y a cuya Madre representaba-, sumergido en aquella especie de extravío que hace posibles todas las quimeras, creyó ver que los ojos de aquella virgen celeste se llenaban de lágrimas, mirándole con ardor, y que sus labios de rosa, palideciendo súbitamente, se entrea­brían para pronunciar estas palabras entrecortadas: «Muerte... infortunio... sepultura.»
La agitación del marqués creció.
-¡Oh! -dijo a su hermano-. Está llorando; sus lágrimas han caído sobre mis manos y, de ellas, han ido a posarse en mi corazón... Me ha hablado, y mi suerte está escrita en las palabras que se le han escapado. Debo encon­trarla o resignarme a expirar.
Permítasenos dejarle en tal cruel situación para ocu­parnos un instante de la persona que constituye su objeto. Todo estaba sabiamente, o, mejor dicho, malignamente combinado en los planes del abate. Sabía bien que si, como era de prever, la marquesa, enfurecida por el espectáculo que le había tocado presenciar, resolvía volver pronta­mente a Gange, tanto si lo hacía sola como en compañía de Villefranche, se dirigiría a la estación de postas para alqui­lar una. Un cochero, sobornado por Théodore, debía en consecuencia ofrecerle sus servicios, y fue precisamente este hombre comprado quien guió el coche en que Ville­franche hizo subir a la marquesa.
A excepción de algunas declaraciones de Villefranche a la marquesa, el respeto y la circunspección presidieron las palabras pronunciadas durante el trayecto; todo discurrió con entera normalidad hasta las cercanías de Montpellier. Pero a dos leguas de esta localidad, en un bosque de pinos, el cochero se detuvo de pronto. En vano Villefranche le preguntó por la razón de este proceder; obtuvo por única respuesta que había que dejar descansar a los caballos. En aquel punto, la marquesa no pudo dejar de concebir alguna inquietud... ¿Qué hacer...? La voluntad de esta clase de personas es invariable: cuando menos les asiste la razón, más insolentes se muestran. Sólo quienes han viajado por aquella región conocen la verdad de este principio. Pasa­ron, pues, casi un cuarto de hora detenidos en el bosque; mas el temor de los viajeros no tardó en aumentar al ver que se aproximaban dos sujetos de muy mala catadura; temor acrecentado aún por el hecho de que Villefranche, en su salida apresurada de Beaucaire, no se había provisto de ninguna precaución encaminada a salvaguardar su segu­ridad: ni su pistola, ni siquiera su espada.
-¿Dónde vais? -dijo uno de aquellos bandidos acer­cándose al coche sable en mano-. ¿Os figuráis que se puede pasar por mis dominios sin hacerme una visita? Villefranche, privado de medios de defensa, intentó hablar, pero no le prestaron atención.
-Bajad, bajad los dos del coche -le dijeron-. Esta­mos a cien pasos de nuestro palacio y podéis andar un tre­cho tan breve.
Temblorosa, la marquesa obedeció, apoyándose en el conde. Ambos siguieron a su guía, que, levantando una piedra oculta por la maleza, tendió cortésmente la mano a la marquesa para descender a lo que él llamaba su palacio. Cuatro nuevos bandidos que esperaban en su interior se apresuraron a dar la bienvenida a sus huéspedes.
-No os asombre nuestro comportamiento para con vos, señora -dijo el jefe, tras haberle procurado refrigerio y reposo-; no ha motivado nuestra detención el deseo de causaros perjuicio alguno. Ambos podéis estar tranquilos; no os haremos ningún daño. Os queremos proporcionar amigos, no enemigos. Cansados de nuestro oficio, empe­zamos a temer las consecuencias de esta vida errante y vagabunda y estamos dispuestos a abandonarla, pero la justicia no creerá en nuestra sinceridad, por lo que necesitamos algún testigo. Desde que se inició el tránsito de vian­dantes hacia la feria hemos detenido a numerosas personas, a las cuáles, como a vos ahora, sólo hemos dispensado atenciones. Hemos rogado a todas estas gentes de bien que difundieran entre el público la nueva de nuestra conver­sión, y ellos han prometido servirnos de testigos y de defensores. Honradnos, pues, con la misma gracia... Vos, señor conde de Villefranche, a quien sobradamente cono­cemos, poseéis todo el crédito necesario para salvarnos de las penas a que nos hemos hecho acreedores. Dirigíos a Montpellier e interceded en nuestro favor; custodiaremos a vuestra dama hasta que, portador de las nuevas favora­bles que os pedimos, vos mismo regreséis a retirarla de aquí. Creed que, hasta entonces, las mayores atenciones y el respeto más extremado presidirán toda nuestra conducta hacia ella; pero conviene preveniros que ella es el precio de vuestro favor, y sólo a condición de cumplirlo os será devuelta.
Villefranche intentó hablar, pero no se lo permitieron. La marquesa, por su parte, hizo todo lo posible para impe­dir que Villefranche la abandonara; todo fue en vano, y el conde se vio obligado a ceder. Partió, pues, escoltado por dos bandidos, y la marquesa, sumida en el llanto y la angustia, se quedó sola con los otros cuatro.
Para podernos ocupar en lo sucesivo únicamente de madame de Gange, diremos a nuestros lectores que Ville­franche no fue conducido a Montpellier, sino a las puertas de Aviñón, donde le abandonaron, explicándole que todo lo que le habían dicho tenía por único objeto quedarse con la marquesa; que los bandoleros de cuyas manos salía no necesitaban gracia ni defensores, y que si se atrevía a dar el menor paso en favor o en contra de ellos sería asesinado en el plazo de ocho días, dondequiera que fuese a buscar refu­gio. Y, pronunciadas estas palabras, se alejaron. Volvere­mos a ocuparnos de él a su tiempo. Regresemos ahora a la guarida subterránea.
En nada se faltó a la conducta que habían prometido observar con la marquesa: atenciones, finezas, conversa­ciones honestas, todo se prodigó para agasajarla. Pero, al cabo de tres o cuatro días, el jefe de la banda dio todas las señales de no poder resistirse al amor que le inspiraba tan hermosa mujer. Le declaró sus sentimientos, y sus atencio­nes disminuyeron notablemente al advertir la repugnancia invencible que inspiraba a la marquesa. Sin embargo, ésta no creyó en tales circunstancias que debiera disimular la inquietud que le producía la tardanza de Villefranche. La infortunada Euphrasie acababa de confiarse en tal sentido al jefe un día en que, por hallarse los demás bandoleros en una correría, ambos se encontraban absolutamente solos.
-No os inquietéis, señora -le dijo aquel bergante con arrogancia-, porque a Villefranche nunca le volveréis a ver; mis palabras son tan engañosas como mis actos, y sólo saldréis de aquí muerta o convertida en mi esposa.
Pero como aquel hombre brutal advirtiera que una declaración tan súbita y cruel podía conducir a la marquesa a la sepultura, intentó tranquilizarla.
-Bien, señora -continuó diciéndole-; vuestro dolor me conmueve. Veréis cómo me mostraré más razonable. Suspenderé para con vos los efectos de una superioridad de la que podría obtenerlo todo, si quisiera, pero sólo con una condición que espero vais a aceptar.
-¿De qué se trata?
-Debéis copiar y firmar de vuestro puño y letra este escrito.
Euphrasie tomó el papel y leyó:
«Descontenta de la conducta actual de mi esposo para conmigo, prometo y declaro al señor Joseph Deschamps, propietario, en cuyo poder me encuentro voluntariamente, continuar viviendo con él en la mayor familiaridad e inti­midad, hasta que, libre por la muerte de monsieur de Gange, pueda contraer matrimonio con el susodicho señor Deschamps, al cual prometo fe, sumisión y fidelidad hasta entonces.»
-¿Habéis reflexionado, señor-dijo Euphrasie-, en que debo necesariamente preferir la muerte a semejante compromiso?
-Sois muy dueña de decidir, señora -respondió Des­champs mostrando a la marquesa el cañón de una pistola-; siempre me queda este último recurso a vuestra disposición, mas tened por seguro que no lo emplearé sino des­pués de otro que no os dejará ni la tranquilidad de espíritu de morir inocente.
-Vuestras palabras me horrorizan, señor.
Vuestra resistencia, señora, es más inconcebible que mis palabras; pero, por vuestro bien, os exhorto a decidir­nos prontamente.
La marquesa no podía ya dudar; firmando, ganaba tiempo y podía seguir sana y salva; si no firmaba, estaba per­dida. Apenas lo había hecho, cuando dos personajes, que se decían ministros de justicia, se apoderaron de Deschamps, le ataron y le llevaron con la marquesa fuera del asilo de sus horrores. Guardaron cuidadosamente el escrito, que también se llevaron; un coche los esperaba y, en menos de dos horas, se encontraban los cuatro en Montpellier. Ocurrió entonces un suceso muy singular que no pudo comprender la mar­quesa. Era de noche cuando llegaron a Montpellier, y el coche se detuvo en una taberna de mala fama situada en un arrabal. Dejaron a madame de Gange a solas con la huéspeda, y Deschamps desapareció con sus guardianes, excepto uno que entró en la habitación donde había quedado Euphrasie, intimándola a seguirle hasta el palacio episcopal, donde tenía orden de dejarla. La marquesa salió, tranquilizada por aque­lla orden, y siguió gustosamente a su guía... Llegaron al pa­lacio.
-Monseñor -presentó el oficial de policía-, esta es madame de Gange. La hemos detenido en unión de una pandilla de desalmados. Aquí tenéis la confesión de su entrega al cabecilla, que ha declarado haber obtenido de ella este escrito sin emplear ninguna coacción, y ha aña­dido a tal declaración otras aún más desfavorables a las costumbres y la virtud de esta dama. Conocedores de los lazos que os unen a la casa de Gange, nos hemos creído en el deber de entregárosla antes que llevarla a los tribunales.
Pronunciadas estas palabras, el oficial se retiró y la marquesa quedó a solas con el prelado.
-Extraordinario comportamiento el vuestro, señora -dijo el venerable pastor.
-Reconozco -respondió Euphrasie- que todas las apariencias me acusan; mas, si prestáis oídos a mi relato, espero que su sinceridad os abrirá los ojos.
Y el prelado, tras invitar a la marquesa a que tomara asiento, la escuchó con tanta bondad como atención. Nada ocultó Euphrasie; tuvo únicamente la prudencia de atribuir tan sólo a falsos rumores sobre su esposo su huida con el conde de Villefranche. Su detención por Deschamps fue presentada en términos de la más estricta veracidad, y al llegar a las pretendidas flaquezas que se le imputaban con Deschamps y al escrito que contenía su confesión, lo negó todo con aquel tono enérgico al que sólo puede aspirar la inocencia.
-Señora -respondió el prelado con aquel candor e ingenuidad que es verdadero atributo de los varones apos­tólicos-, bien engañosa sería vuestra fisonomía si estuvierais mintiendo; mas, teniendo en cuenta el estado en que se os ha conducido aquí y la acusación que se os atribuye, no puedo asumir la responsabilidad de dejaros partir sin algu­nas medidas ulteriores; no tengáis, pues, a mal, os lo ruego, que entre tanto haga que os conduzcan al convento de Ursulinas de esta localidad; se os tratará con todos los mira­mientos debidos a vuestra condición. Una vez os encontréis allí, escribiremos, por separado, al marqués de Gange, y haré entonces cuanto él tenga a bien exigirme.
Euphrasie, no pudiendo reprobar un partido tan razo­nable, dio las gracias a monseñor y, conducida por el vica­rio de la diócesis, pasó aquella misma noche al convento indicado. Se escribieron las cartas, y he aquí la que la mar­quesa se apresuró a enviar a su marido:
«Me encuentro, por orden del señor obispo de Mont­pellier, en el convento de Ursulinas de esta localidad. ¡Qué de acontecimientos me han sobrevenido en el tiempo que llevamos sin vernos! Acudid en cuanto os llegue mi carta, mas visitad al obispo antes de presentaros en el convento; sólo él puede daros permiso para hablarme. Seguid amando a vuestra Euphrasie, que se cree tan digna de vos como vos lo seréis siempre de ella. He podido pareceros culpable, pero no menos culpable aparecéis vos a mis ojos. No demoréis, pues, una explicación tan necesaria para nuestra felicidad.»
Imposible describir los extremos de júbilo de Alphonse ante la lectura de aquel billete.
-Sí, ángel mío -exclamó-, tú me amas y yo te ado­raré toda la vida; no eres más culpable que yo, estoy seguro de ello; apresurémonos a adquirir ambos tan venturoso convencimiento...
Y, sin más preparativos, el marqués tomó un coche y se hizo conducir rápidamente a Montpellier.
En virtud de la carta de su mujer y de la del obispo, que había recibido al mismo tiempo, se dirigió al palacio del prelado, y, tras haberse hecho anunciar, el obispo, sin que­ rer entrar en ninguna explicación, se contentó con exten­derle la autorización para ver a su esposa en cuanto qui­siera, y, al darle este documento, le adjuntó el que Euphrasie había firmado en el subterráneo.
-Por lo que respecta a este documento -dijo al mar­qués-, mi deber y mi conciencia me obligan a entregá­roslo, mas no sin advertirnos que no lo considero sino como una muestra de la maldad de este tal Deschamps y del terror indecible que supo infundir en el alma de vues­tra esposa, contra la cual ninguna sospecha debe haceros alentar este escrito.
Antes de examinar el papel, Alphonse voló al convento y obtuvo de la abadesa autorización para ver a su mujer en una sala exterior. Una vez en aquel recinto, madame de Gange dijo a su esposo:
-¡Oh, amor mío! Cuando se hubo ofrecido a mi vista el cruel espectáculo que probaba de modo tan concluyente vuestra infidelidad fui presa de la desesperación; me dejé llevar a una terrible imprudencia, lo sé; pero, ¿cómo razo­nar cuando se ha perdido el dominio sobre los propios actos...? Bajé precipitadamente la escalera y me encontré con Villefranche; le dije todo lo que había visto, todo lo que justificaba el desorden en el que me presentaba ante sus ojos. Sin darle tiempo a responderme, hice que me siguiera a la estación de postas y alquilamos una para Gange...
Y la marquesa prosiguió su explicación sobre los acon­tecimientos subsiguientes con la misma franqueza que había empleado para con el obispo.
-Pero, T quién -quiso saber Alphonse- te mostró el error que yo cometía? ¿Cómo es que estaba dispuesta una abertura en el suelo para observarme en aquella habitación que yo creía la tuya?
En este punto, la prudente marquesa, no queriendo comprometer a los dos hermanos, dijo que ella sola, sor­prendida de los ruidos que le llegaban del cuarto de Ambroisine, se aproximó al agujero y lo descubrió.
-Mi extravío hizo el resto -añadió- y partimos. Te repito, amor mío, que es imposible ponderar como lo merecen todas las pruebas de atención y respeto que me dio el conde durante el camino, e incluso durante nuestro desgraciado encuentro con aquellos bandidos. -Terrible aventura -dijo el marqués, que aparecía aún más inquieto por la conducta de Deschamps que por la de Villefranche.
-Querido Alphonse -replicó la marquesa-, ni uno ni otro deben alarmarte.
-Pero -arguyó el marqués leyendo el papel- las declaraciones que contiene este billete...
-No tuvieron otro objeto que la conservación de mi vida, y sólo deseaba conservarla para justificarme ante ti; de lo contrario, hubiera expirado sumida en la desesperación. ¡Amor mío! Cree en la virtud de esta mujer, basada en su firme amor; una y otro son inalterables. Rompe ese horrible papel; no merece otra suerte que el desprecio.
-Lo conservaré -respondió Alphonse-; la clase de papel y la tinta que te han procurado pueden ayudarnos un día a descubrir al culpable, y mucho nos importa conocer su identidad.
-De acuerdo, como tú quieras -accedió la mar­quesa-; pero reunámonos de nuevo cuanto antes, te lo suplico. Ahora imagino que una palabra tuya puede bastar para liberarme de esta reclusión y unir nuevamente nues­tras vidas, sin que el veneno de los celos vuelva a empozo­ñarnos; sin que ni una nube más, en suma, pueda oscurecer la primavera de nuestra existencia.
Y, tras nuevas protestas de mutuo afecto y ternura, el marqués voló de nuevo al palacio del obispo, quien, man­teniendo siempre en secreto los motivos de su comporta miento, entregó a monsieur de Gange la orden de libertad de su mujer. Y los dos esposos, tras una nueva visita de cumplido al prelado, se pusieron en camino inmediata­mente hacia Gange.
-Ha sido, en verdad, una aventura extraordinaria -dijo Alphonse a Euphrasie en cuanto pudieron hablar con algún desahogo-. ¿Quién será el instigador de esta intriga?.
-No lo sé -dijo la marquesa-, pero me atrevería a afirmar que todo ha sido obra de una misma mano.
-Sí, indudablemente -respondió Alphonse- todo tiene una misma causa, y esta causa no es otra que tu imprudente error de Beaucaire.
-Pero este error se debió a la industria de alguien -afirmó madame de Gange-, y este es el punto difícil de aclarar: cuanto más quiero asentar mis ideas en algunas conjeturas verosímiles, más son las contradicciones que se suscitan, y, tras madura reflexión, no se a qué carta que­darme.
-Tal es también el estado de mi espíritu -respondió Alphonse-; mas no nos fatiguemos devanando vanas hipótesis. Estamos juntos otra vez; te he probado mi ino­cencia y tú me has convencido de la tuya; que nuestro futuro pertenezca a la dicha y dejemos el infortunio al pasado.


En este punto en que el discernimiento de nuestros lec­tores habrá seguramente reconocido en las nuevas acciones que acabamos de relatar la mano pérfida del abate de Gange, nos falta exponer los motivos que le impulsaron a introducir tales complicaciones en aquella aventura.
¿Por qué no quiso dejar que el conde Villefranche acompañara a la marquesa al castillo, contentándose con hacerla detener a la entrada de Montpellier, para que así se obtuviera el objeto que perseguía Théodore? He aquí la razón: en primer lugar, esto hubiera supuesto dejar por demasiado tiempo a su cuñada en manos de su rival, lo que no hubiera sido posible sin causarle a él vivos celos, en segundo lugar, este proceder no arrojaba sino leves sospechas sobre madame de Gange, y en las intenciones del abate entraba infligirle perjuicios mucho más graves. De este modo, haciéndola apresar por unos bandidos, que al mismo tiempo alejan a su rival, y con uno de los cuáles emplea el arte de comprometerla gravemente, con­vendrá el lector en que recae sobre la víctima una dosis de infortunio mucho más grave que en el primer caso. Y, según esto, ¡cuánto más graves y severos los medios que el marqués debería emplear para escarmiento de su cón­yuge! Hubiera sido igualmente detenida en Montpellier, cierto, pero simplemente como compañera de un joven virtuoso y merecedora de todo respeto. ¡Qué diferencia con ser conducida a esta ciudad en compañía de un capi­tán de bandoleros y pasando por ser su amante! Y bien sabe el lector (y quizá tendrá en breve mayores pruebas de ello) que ninguno de tales matices escapaba al pérfido instigador de tan crueles maquinaciones y que no descui­daba nada que pudiese asegurarle la desgracia total de su víctima. Pero, ¿cómo había conseguido sorprender la buena fe del obispo? A buen seguro, ninguna astucia le resultó tan fácil como ésta: ¿acaso la noble simplicidad de la virtud no es siempre víctima de los ardides odiosos del crimen?
Sea como fuere, aquel desalmado que había contado con más prolongadas dilaciones, se asombró en extremo al ver que llegaban con tanta rapidez a su término unas intrigas a las que su abominable imaginación había fijado un plazo mucho más extenso. De manera que, en cuanto llegaron los dos esposos, debió sumarse a la alegría gene­ral, lo que no supuso ningún inconveniente para un hom­bre acostumbrado desde su infancia al fingimiento y a la hipocresía.
Tal era el estado de los ánimos cuando reapareció Ville­franche.
Aquel joven de apocada constitución, pero de notables prendas, enamorado siempre en su fuero interno de madame Gange, dio testimonio de la más viva inquietud sobre la suerte de la esposa de su amigo. Aseguró que, pese a las amenazas que pesaban sobre él si intentaba encontrar de nuevo a aquella de la que tan cruelmente le habían sepa­rado, había vuelto sobre sus pasos en cuanto quedó en libertad. Afirmó que había vuelto a dar con el subterráneo, pero lo encontró vacío y, no sabiendo entonces cómo pro­seguir sus pesquisas, había regresado a Aviñón con el pro­yecto de tener una explicación con la misma madre de madame de Gange. Sin embargo, renunció a este proyecto, temiendo propagar una noticia que sin duda la familia pre­feriría guardar en secreto. Finalmente se había enterado por casualidad de que madame de Gange se hallaba de regreso en su castillo, y se había apresurado a ir a cercio­rarse por sí mismo de tan venturosa nueva.
Con toda diligencia le explicaron la aventura, y el conde, tras haber cumplido con los deberes que le dictaba el decoro, anunció que partiría al día siguiente. Le invita ron a quedarse, y no fue muy difícil lograr que aceptara algo que ya estaba deseando. Y cuando mayor iba a ser la alegría general, una carta de madame de Roquefeuille, enterada de cuanto había ocurrido, requirió urgentemente a su hija. Fue forzoso, pues, que la amable Ambroisine partiera, colmada de elogios por aquella sociedad donde tanto se echaría de menos a una joven por todos conceptos tan interesante y respecto a la cual la marquesa había visto ya tranquilizados sus temores.
-Me parece -dijo algún tiempo después Théodore a Villefranche- que hiciste muy mal uso de la magnífica ocasión que te había proporcionado con mi cuñada. Reco noce que es muy poco hábil haber dejado que unos bandi­dos te quitaran a una mujer que no debiera haber conocido otros grilletes que tus brazos...
Y el desalmado se guardaba muy mucho de decir que su malignidad había iniciado el mal y sus celos habían inte­rrumpido su curso.
-¡Ah, querido abate! -respondió Villefranche-. Puedes creer que lo puse todo de mi parte; pero, como ya te he dicho, tu cuñada es inabordable; no conozco en el mundo mujer de más juicio y virtud. Oponiéndome sin cesar el ardiente amor por su esposo que la devora, no me dejaba la más leve esperanza.
-Hay que remediar esto, querido amigo. Has vuelto y te han invitado a quedarte; tienes el campo libre y puedes seguir contando con mis servicios. Es menester rendir a esta beldad altiva; hay que humillar a esta esquiva virtud que te opone resistencia movida más por su orgullo que por su inclinación. Hazte justicia, querido conde; por más gallardo caballero que sea mi hermano, ¿no le superas en mucho? Un poco de perseverancia, y triunfarás. ¿No resulta gracioso -prosiguió el abate- que sea un hom­bre de mi estado quien enseñe a un apuesto caballero el modo de ganarse a una mujer? Vamos a ver, amigo: ¿de modo que has llegado a tus años creyendo en la virtud de las mujeres? Ten por seguro que sólo la conservan por­ que les faltan ocasiones y que, a poco que éstas se les ofrez­can, saben muy bien cómo aprovecharlas. Serán mil las ocasiones seguras que aquí tendrás, y te prometo que no dejaré que las desaproveches.
-Consiento en todo -accedió el conde-: las dificul­tades y resistencias no han hecho sino avivar mi llama, y estoy más prendado que nunca.
-¡Ah, querido Perret-dijo Théodore a su confidente pocos días después del regreso de Villefranche-, cuán adversa ha vuelto a sernos la fortuna! Una vez la marquesa se encontrara en Montpellier, mi intención era que en el convento le privasen de todos los medios de escribir y que, sobre todo, el obispo no diese noticias de ella. Me dices que todo te lo habían prometido, y no se ha cumplido nada. De cumplirse, Alphonse hubiera recorrido en vano el mundo sin encontrarla, y, cansado finalmente de tan inú­tiles pasos se hubiera decidido a abandonar la búsqueda y yo me habría convertido en dueño único de mi cuñada.
-Todo se debe a una negligencia de monseñor -dijo Perret-, porque yo le había insistido en la importancia de esta cláusula, haciéndole ver la necesidad de recluir a vues tra cuñada, que vagaba por el mundo en compañía de jóve­nes oficiales y de jefes de bandoleros. Sea como fuere, señor -prosiguió Perret-, tranquilizaos; gracias a mis medidas, la reputación de esta orgullosa mujer se halla gra­vemente empañada; la aventura se ha hecho pública; me he encargado de divulgarla.
-Tanto mejor -dijo Théodore-; mucho se adelanta a veces con difamar a una mujer, y gran número de ellas han consentido en el libertinaje porque se creía que ya lo practicaban. Los resultados de la calumnia siempre son favorables a proyectos como los nuestros; esta ponzoña de la maldad humana es la que se extiende más rápidamente, y sus heridas son las que más tardan en cerrarse. No debemos dejar de utilizarla. Y, además, ¿acaso mi hermano no abandonaría a su mujer al creerla deshonrada? Y, ¿no nacerá de este abandono mi felicidad?
-Pero si la marquesa descubre nuestros planes...
-Imposible. Poseo como nadie el arte de ocultarme tras las circunstancias y de suscitarlas en el seno de la misma verdad. El conde no está enamorado con el ardor que yo desearía.
-¡Cómo, señor! ¿Deseáis que otro esté enamorado de la que es objeto de vuestros deseos?
-En nada me estorba el amor de Villefranche; cuando me convenga haré que se extinga, y ahora sólo lo alimento porque me resulta necesario para perderlos a ambos. Tranquilízate, Perret; o mucho me equivoco, o no tardarás en ser testigo de singulares acontecimientos.
En este punto se hallaban las cosas, cuando madame de Cháteaublanc, madre de madame de Gange, llegó al casti­llo, atraída por el rumor de la aventura de su hija y deseosa de explicaciones. Muchos deseos tenía el abate de encar­garse de dárselas él sólo. Lo hubiera hecho según su fanta­sía, y, sin duda, las impresiones que hubiera suscitado en madame Cháteaublanc habrían favorecido sus proyectos; mas, inversamente, ¡cuán peligroso le resultaba que noti­cias más ciertas llegaran por otro conducto a los oídos de aquella madre respetable!
Los hechos fueron expuestos por la propia madame de Gange y corroborados por Alphonse. Aunque su hija no hubiera pecado sino por alguna imprudencia, madame de Cháteaublanc la reprendió vivamente.
-Querida hija -le dijo afectuosamente aquella dulce madre-, recordad que, por honesta que sea una mujer, jamás debe permitir que recaigan sospechas sobre ella; la virtud femenina es una flor a la que perjudica el más leve soplo del céfiro. El público, siempre inclinado por natura­leza a creer en el mal, reprocha a veces a una mujer más las faltas que aparenta que las que comete en realidad. Éstas dependen de su conciencia: la bondad de su carácter y la excelencia de su educación deben guardarle de ellas; las otras son del dominio de la opinión pública, y si no se pone en ello un cuidado muy especial, difícilmente puede ganársela. Me diréis tal vez que es una injusticia. Cierta­mente. Pero es defecto común a todos los hombres, y hay que evitar darles un punto de apoyo del que no dejarán de servirse.
-¡Oh, querida madre -exclamó la marquesa-, cuán profundas son las heridas que me ha infligido esta deplo­rable calumnia!
-Hay que cauterizarlas desde su origen -respondió madame de Cháteaublanc-. He aquí la razón de que una joven deba rodearse de las precauciones más rigurosas. Y sólo profundamente imbuida de su religión podrá ponerse a salvo de todos los peligros que la acechan. No hay verdadera moral sin religión; en ella tiene su puntal y su base. Y, ¿cómo no triunfará de las asechanzas de los hom­bres la que reúna el temor de sucumbir a ellas y la fundada esperanza de las recompensas con que el Señor debe algún día coronar sus virtudes?
Y aquella madre respetable, no queriendo que aquellos simples consejos pasaran por reproches ante su hija, se contentó de algunas advertencias subsiguientes que la mar­quesa recibió con lágrimas de gratitud.
-Querido hermano -dijo Théodore a Alphonse durante la estancia en Gange de madame de Cháteau­blanc-, esta mujer no me agrada: tiene mucha más con fianza con su hija que nosotros. Si tu mujer hereda de madame de Nochères, como parece seguro, ya verás como Euphrasie concierta con su madre algún acuerdo que nos impedirá disfrutar de esta inmensa fortuna hasta la mayo­ría de edad del niño.
-Razón de más para tratarla con miramientos -dijo el marqués.
Más bien sería una razón para perderla de vista, si tuviésemos el valor suficiente.
-Pero, querido hermano, no voy a poner a Euphrasie en el trance doloroso de privarla de su madre precisamente en el momento en que me acabo de reconciliar con ella y amo más que nunca a tan querida esposa.
-Querido Alphonse -dijo Théodore-, siempre has razonado equivocadamente en lo que concierne a tus inte­reses. ¿Qué relación existe entre esta madre y su hija con respecto a ti? ¿Te has casado con la madre por haberte casado con la hija? ¿No es cosa de todos los días que un esposo adore a una hija y deteste a su madre?
-No es muy frecuente. -Pero ocurre.
-Concedido. Mas, ¿será por ello menor la tristeza que la que amo experimentará por la que habré causado a la que no amo, y los efectos de esta tristeza no serán igual­mente de temer?
-¿Y el perjuicio que puede causarnos este viaje no te causaría mayor tristeza que la que pudiera sentir tu mujer por la pérdida de su madre?
-¿Cómo? ¿La pérdida? ¿Qué insinúas?
-Tienes razón, he hablado en exceso: ante un alma tan timorata como la tuya, hay que callarse o disimular; con­vendré, por lo demás, en que mis palabras iban mucho más lejos que mis ideas. No pretendo en absoluto atentar con­tra la vida de madame de Châteaublanc. ¡Líbreme Dios de concebir semejante pensamiento! Pero de momento pode­mos apartarla del mundo, tenerla a buen recaudo y actuar directa o indirectamente entre tanto; en una palabra, tomar las precauciones que nos parezcan más indicadas para pri­var a esta mujer de medios de perjudicarnos, o de inducir a tu esposa a hacerlo.
-Querido hermano -dijo Alphonse-, sabes hasta qué punto confío en ti. Haz lo que quieras, pero no digas una palabra a mi mujer; lo único que te pido es que los recursos que pongas en movimiento no sean causa de aflic­ción alguna para ella.
-De acuerdo; déjame llevar a mí el timón y te aseguro que seguiremos la derrota más acorde con nuestros deseos.


El abate, una vez conseguida esta autorización de su hermano, se convirtió en el más amable anfitrión de madame de Châteaublanc; fue él quien le hizo los honores del castillo y la acompañó a pasear por los alrededores, y, como habrá podido imaginar fácilmente el lector, aquel hombre pérfido, con más libertad de movimientos, no dejó de suscitar algunas sospechas respecto a la virtuosa mar­quesa.
-Hemos tenido que aparentar que dábamos crédito a esta historia -dijo Théodore a madame de Château­blanc-; pero, a la verdad, es difícil persuadirse de que Euphrasie haya salido intacta de manos de Deschamps. Admito que no tuviera en ello ninguna parte, pero un ban­dido hace lo que quiere con una mujer cuando la amenaza pistola en mano. Respecto a Villefranche, vuestra hija no es tan excusable, pues sin su aquiescencia no hubieran llegado a una amistad tan íntima. Fijaos atentamente en ambos y me diréis si es posible equivocarse a este respecto.
-Me resulta muy difícil dar crédito a vuestras palabras, señor -replicó madame de Châteaublanc-. Conozco el virtuoso recato de mi hija y es incapaz de la conducta que presumís en ella. Gozaba de la estima general de la familia de su primer esposo: ¿habrá entrado en la vuestra para ver puesta en entredicho su reputación? Los placeres de la corte, donde pasó mi hija sus primeros años, le proporcio­naban muchas más ocasiones de entregarse a la conducta desarreglada que le atribuís, y nunca las aprovechó.
-Pero, ¿cómo justificáis la historia del bandido, señora?
-La simple existencia del hecho destruye la acusación; mi hija debía elegir entre la muerte y la infamia; vive, luego es inocente.
-Luego es culpable -replicó el abate.
-No, señor: vive, luego es inocente. Si se hubiera visto forzada a sucumbir se habría dado muerte ella misma.
-De acuerdo, señora. Explicadnos entonces lo demás, es cuanto puedo deciros; mas tened por seguro que su aventura de Beaucaire, su detención en Montpellier, miste­riosamente ordenada por el obispo, así como el regreso súbito de Villefranche, dan pie a formularse graves suposi­ciones respecto a vuestra hija. Además de esto, el arrepen­timiento de que da pruebas y la tristeza en que nuevos reproches sumirían a mi hermano me inclinan a pediros que mantengáis en secreto nuestra conversación, y algún día los acontecimientos os probarán si sois engañada por vuestra credulidad o víctima yo de mis temores.
-Comprendo los motivos que tenéis para reservaros vuestras sospechas, señor, y más aún sus fundamentos; pero nada me obliga a recelar tan fácilmente de la conducta de una hija... que nunca me dio un instante de sobresalto, y, para darme por convencida, esperaré a tener pruebas capaces de hacerme perder la estimación y ternura que le he profesado siempre.
Aunque aquellas primeras confidencias iban encami­nadas a enfriar un tanto las relaciones entre estas dos per­sonas, el abate, consciente de que el interés de sus manio­bras exigía estar a bien con aquella mujer, continuó mos­trándose amable, sin volver a abordar un asunto tan serio.
Madame de Châteaublanc partió al cabo de quince días, sin revelar ningún punto de la conversación que había sostenido con Théodore, y por desgracia en un aspecto, aunque por fortuna en otro- Villefranche no había dado ningún paso que pudiera justificar las sospechas que el abate hubiera querido suscitar en el alma de la madre de Euphrasie.
Por aquella época, el marqués recibió una carta del caballero de Gange, su hermano, fechada en Niza, donde le retenía aún el deber. En aquella carta aseguraba a Alphonse que no tardarían en volver a verse; su deseo de trabar conocimiento con una cuñada cuyas prendas tanto se le habían ponderado le movería a despachar lo más pronto posible todos los asuntos que podían retrasar por más tiempo aquel placer.


Este nuevo personaje, de quien ha llegado el momento de dar una idea al lector, dado el importante papel que está llamado a desempeñar en el curso de la presente historia, era el miembro más joven de la familia. Peor intencionado que el marqués, cedía sin embargo en agudeza de espíritu al abate; éste era su mejor amigo y consejero, y raramente tomaba decisión alguna sin la instigación de Théodore. En fin, para describir a los tres hermanos en una sola frase diremos que el marqués se prestaba al mal, el abate lo aconsejaba y el caballero lo ejecutaba.
Sin duda el pavor invadirá al lector a la vista de los enemigos que no tardarán en rodear a la más dulce, ama­ble y virtuosa de las mujeres; mas no nos adelantemos a los acontecimientos, pues no es mucho lo que nos queda por narrar.
Todos los años, la víspera del día dedicado por la Igle­sia a la conmemoración de los Fieles Difuntos, fiesta lúgu­bre y solemne, que data de la más remota antigüedad y debe su origen a la tierna piedad y el respeto religioso que todo hombre sensible debe a los que le precedieron en el trayecto de la vida y de los que hoy sólo quedan sus restos mortales; todos los años, decíamos, en aquella época, madame de Gange, desde que se hallaba en el castillo, no dejaba de ir a visitar, en el laberinto, el sepulcro donde un día ella y su esposo hallarían su última morada; y, en esta ocasión, pareció moverla un más vivo impulso de su sensi­bilidad.
Serían las cinco de la tarde cuando, sola como de cos­tumbre, llegó al paraje. Espesa bruma envolvía la atmósfera y velaba los últimos rayos del astro que se precipitaba en los abismos marinos; la calma y suavidad del tiempo dejaban llegar más nítidamente el impresionante sonido de las cam­panas con que el hombre, conmoviendo los aires, parece asociar al Señor a las lágrimas que su dolor vierte. Aquellos sones lastimeros, confundiéndose con el griterío lúgubre de las aves nocturnas, acababan de prestar a aquel sombrío recinto todo el patetismo y la solemnidad de que era sus­ceptible: parecían oírse los lamentos de los difuntos a quie­nes venía a honrarse; diríase que sus manes erraban en tomo a los sepulcros y los entreabrían para recibir al visitante.
Euphrasie, sobrecogida, permaneció inmóvil algunos minutos y sólo emergió de aquella especie de apatía, fruto precioso de la más exquisita sensibilidad, ante el graznido del ave de la muerte, que emprendió rápidamente el vuelo por encima de su cabeza. Vivamente emocionada por tan diversas impresiones, juntó las manos y se arrodilló ante el mausoleo.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó con la compunción de un alma viva y ardiente-. Si me reservas nuevas desdichas, concédeme el don de evitarlas haciéndome descender hoy mismo a este último asilo donde debe venir a reunirse con­migo el esposo amado que me diste; al menos así llegaré al sepulcro pura y digna de sus lamentos y Tú prolongarás los días de su existencia terrenal, para eternizar en su recuerdo la imagen de aquella que murió idolatrándolo. Mas, ¡oh, Señor!, si este pensamiento mundano en demasía te- ofendiese, tuyos son todos los impulsos amantes de Euphrasie; justo es que te pertenezcan por entero, pues a Ti debo únicamente los fugaces instantes de felicidad que he conocido hasta el presente. ¡Oh, Señor mío!, acógeme en tu seno; el mío estuvo siempre habitado por tu imagen; sólo por el amor hacia Ti que me abrasaba he concebido su existencia. ¡Ah!, si tu templo es el corazón humano, se debe sin duda a que es también el lugar donde se electriza la. llama cuyo santo ardor le consume.
«Dígnate aceptar mis votos por los familiares que he perdido... por aquel primer esposo que guió mis años de juventud, y cuando tus designios me lleven a reunirme con ellos, dígnate, como a ellos, colocarme cerca de Ti para que pueda contemplarte en la inmensidad de siglos de esa eter­nidad que deja de aterrar al débil espíritu humano cuando puede dedicarla a bendecirte y glorificarte sin cesar.»
Euphrasie, al pronunciar estas últimas palabras, sintió que le faltaban de tal modo las fuerzas, que parecía que la vida se le escapaba; su seno palpitaba violentamente, su mirada fija en el cielo no veía sino a Dios; de su boca entre­abierta parecía volar hacia Dios el alma que la animara, y, como sólo en Dios existía, sólo por Él podía renacer.
¡Monstruos de maldad, que escogisteis aquel instante para completar la ruina de vuestra víctima, acudid a con­templarla en ese estado de ansiedad que la une al Dios a quien van a horrorizar vuestros crímenes, y si la vista de este ángel celeste no suspende vuestros designios, todos los suplicios del infierno serán poco para vosotros!
Théodore, que conocía las costumbres de su cuñada, no había olvidado indicar a Villefranche aquel momento como el más propicio para el triunfo que se proponía obtener.
-Ahí está -le indicó el pérfido-. Su alma, conmo­vida por la devoción, se abrirá más fácilmente al amor; ánimo, amigo, introdúcete silenciosamente en el laberinto y aprovecha la ocasión; si la encuentras rezando, será tuya; ya no te respondo de ello si el momento de efervescencia se ha desvanecido. Sé para ella como la serpiente para Eva; también Eva estaba rezando cuando cayó en la tentación.
Inmediatamente después, Théodore preguntó al mar­qués:
-¿Qué piensas de esta costumbre de tu esposa de ir a rezar cada año al laberinto? Te diré que a mí no me parece muy edificante. Si yo estuviera casado, te aseguro que no dejaría a mi mujer ir a vagar sola por el bosque a estas horas. Mal que me pese, mis sospechas recaen siempre sobre Villefranche; te las oculté mientras me fue posible, pero no dejan de asaltarme nuevamente. El más elemental decoro le obligaba a darnos alguna explicación después de la aventura de Beaucaire. Escúchame, hermano: no me acuses de querer sembrar la discordia en vuestra unión, y creo que no necesito defenderme de tal acusación, pues sabes que soy completamente incapaz de ello, mas si para ti no supone ningún deshonor tener en la familia una mujer dada a aventuras, te prevengo que yo no quiero ser cuñado de una mujer cuya imprudencia o debilidad da motivo diario a las más graves sospechas. Tomemos las armas y, dispuestos para cualquier eventualidad, vayamos a pasearnos al mausoleo.
-En verdad, hermano, tu espíritu ve el mal en todas partes, y ahora quieres suponerlo en el más virtuoso y santo de los actos.
-¿Por ventura no sabes que las mujeres ligeras ocultan siempre sus extravíos con habilidad bajo engañosas apa­riencias de decoro y de religión? Espero y deseo estar equivocado, pero, ya que la ocasión se presenta, salgamos de dudas... ¿Dónde está Villefranche? Esta tarde teníamos que ir los dos a cazar en el parque. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no ha cumplido su palabra?
-Vamos, quiero darte gusto -concedió el marqués, guardándose en el bolsillo dos pistolas cargadas-; pero ten en cuenta que será la última condescendencia que tenga para tus figuraciones.
-De acuerdo, comparto plenamente tu parecer, y si esta prueba resulta baldía, ten por cierto que no te pediré otra. Pero démonos prisa; se está haciendo de noche y apenas queda luz suficiente para iluminar la inocencia o el des­honor de tu Euphrasie.
Apenas habían entrado en el laberinto, uno de los árboles, adornados con las sentencias a que aludimos al descubrir este dédalo, ofreció al marqués, que se detuvo a leerla, la siguiente inscripción:


Guárdate de las astucias de los malvados.


-Singular divisa -comentó Alphonse-. No la recor­daba, y me sorprende.
-A mí me sobrecoge -dijo el abate-: ¿deberemos ver en ella un horóscopo? ¿Este precioso aviso no vendrá tal vez a confirmar mis sospechas?
-Esta advertencia va dirigida a uno de nosotros dos -dijo Alphonse-; si eres un malvado, deberé desconfiar de ti.
-Prosigamos -aconsejó Théodore.
Así lo hicieron, hasta llegar cerca del terrible recinto donde todo debería ponerse en claro.
-Continúa tú solo -dijo el abate-; yo te esperaré aquí. No quiero dar pie a que se crea que he provocado una resolución que sólo a ti te pertenece. Ve, pues, mas sé prudente; no hay ningún mal en descubrir una falta, y mucho en tomarse la justicia por su mano. Esta justicia pertenece sólo a los tribunales; déjales, pues, tan terrible ocupación.
El abate quedó apoyado en una encina secular y el marqués siguió avanzando solo. Apenas llegado al seto de cipreses y sauces, cuyas ramas se inclinaban sobre el mausoleo, divisó, a través del follaje, a Villefranche que estre­chaba entre sus brazos a Euphrasie, sellando sus labios con un beso criminal. Sin tomarse el tiempo de observar la vigorosa resistencia de Euphrasie, de ver que sólo aquella boca impúdica le impedía exhalar los gritos que le dictaban la indignación y la desesperación, el marqués se precipitó sobre su osado rival y le dijo, ofreciéndole una pistola al tiempo que le encajonaba con la otra:
-Defiéndete, desalmado, o te levanto la tapa de los sesos.
Villefranche, turbado, tomó el arma, disparó contra el marqués y erró el tiro. Alphonse apuntó, y el culpable fue a expiar su crimen en las aguas de la laguna Estigia... Euph­rasie cayó desvanecida sobre su cadáver.
-Ven aquí, hermano -clamó el desdichado Alphonse-, ven a gozar del espectáculo de la iniquidad que me has aconsejado; ven a saciarte del horror de mi des tino. Ahora ya no me es posible dudar; hela ahí, cómplice del libertinaje de un traidor... Mírala cubierta de la sangre que deshonraba la mía; la vergüenza se refleja en el rostro de la adúltera, y ya la envuelven los velos de la muerte. ¡Ah! ¡Cómo ha sabido engañarme hasta ahora! Dejémos­les; quieren morir juntos, deben morir juntos; que este sepulcro entierre a la vez mi desesperación y los que fue­ron su causa.
Mas el infame Théodore no renunciaba a su víctima; había querido castigarla, pero no perderla. Le acercó un frasco de sales y la marquesa volvió en sí. La ayudó a levantarse, pero le faltaban fuerzas para caminar y cayó a los pocos pasos. Los dos hermanos regresaron pronta­mente al castillo para mandar un coche a recogerla. Hallá­ronla sin conocimiento, y muy penosamente la llevaron al castillo, devorada por un ardiente acceso de fiebre.


VI


-¡Qué artificiosa criatura! -dijo Alphonse a su her­mano en cuanto se encontraron a solas-. ¡Cómo finge religión, virtud y buenas costumbres, y cómo esta dulce apariencia le ayuda en su fingimiento! Sin embargo, tras sus facciones seductoras puede advertirse la máscara de la hipocresía; había que estar tan ciego como yo para no haberlo reconocido inmediatamente. ¡Ah! ¡Cuán dignos de compasión serían todos los hombres si todas las muje­res fuesen como ésta!
-Querido hermano -dijo Théodore-, temo que te hayas precipitado; te exhorté a la prudencia y te dejaste llevar de tu arrebato. ¿Qué vamos a hacer ahora, con un hombre muerto y una mujer culpable?
-Enterrarle a él y encerrarla a ella -determinó Al­phonse-. Tú te quedarás aquí a cargo de todo y yo me voy a Aviñón para ponerme a salvo de las consecuencias de este duelo. Evita las pesquisas e investigaciones; tenme al tanto de todo con el mayor detalle posible.
-¿Y qué piensas decir a la madre para justificar la reclusión de su hija?
-Le revelaré su conducta.
-Eso equivale a deshonrarte tú mismo.
-¿Pretenderás acaso que, para perpetuar mi ver­güenza, deje a esta mujer en libertad?
-No era esa mi intención. Te diré el proceder que me parecería más prudente: hay que hacer que venga al casti­llo madame de Cháteaublanc con su nieto... En cuanto haya salido de Aviñón, haremos correr la voz de que urgentes asuntos la han reclamado a ella y a su nieto a París. A partir del momento en que empiecen a hallarse bajo mi poder, te respondo de esas tres personas; pero la precaución que te aconsejo es doblemente esencial, por cuanto madame de Nochères, aquella rica familiar que ya conoces, va a hacer testamento en favor de Euphrasie, la cual, disgustada con nosotros, testará a su vez en favor de su madre y de su hijo. Te harás cargo, pues, de que importa mucho tomar precauciones. No basta con ocuparse de la propia venganza, hermano; hay que pensar también en el propio interés. Una vez en nuestras manos madame de Cháteaublanc, y creyéndola todo el mundo en París, será olvidada; es poco conocida en sociedad, y la haremos pasar por muerta. En consecuencia, los bienes legados por madame de Nochères pasarán inmediatamente a tu mujer, cuya alienación mental nos será muy fácil probar, adu­ciendo su conducta, con lo que seremos dueños absolutos de los bienes hasta la mayoría de edad de tu hijo.
-Todo está muy bien pensado, querido Théodore; pero, ¡cuánto trecho va a veces del proyecto a la realidad! ¡Qué de dificultades veo en cuanto me expones!
-Las allanaré, tenlo por seguro.
Y fueron a acostarse, sin interesarse siquiera por el terrible estado en que debía hallarse la más inocente, vir­tuosa y desdichada de las mujeres.
¡Hasta qué punto las pasiones endurecen el corazón humano! ¿Cómo puede decirse que son las más ciertas ins­piraciones de la naturaleza, cuando de modo tan rotundo contradicen sus leyes? El corazón del hombre, agitado por ellas, se asemeja a un bajel acometido por la tempestad y arrebatado por los vientos al antojo de su furia. El corazón ts, pues, presa de impulsos que nada tienen de naturales, ya que provienen de una causa extraña. De no mediar esta causa, se hallaría sosegado. No sucede así por la acción de esta causa, pero, aun siéndole extraña, ¿no puede pertene­cer al orden de la naturaleza? A buen seguro que no: hacerla depender de la naturaleza sería tanto como soste­ner que Dios, que es su motor primero, quiere a la vez el bien y el mal, lo que no es posible en un Ser perfecto. Mas, objetan los ateos, si Dios es todopoderoso, ¿por qué per­mite el mal? Para darnos la posibilidad del mérito de resis­tirnos a él, lo que siempre podemos conseguir con la ayuda de la gracia divina. Mas, ¿por qué no concede esta gracia a todos los hombres? Porque no todos saben pedírsela, o porque no todos son dignos de obtenerla. Razonamientos sofísticos, os replicarán vuestros inmorales contradictores. Mucho más sofísticos son los vuestros; respondedles, pues, si existe un sofisma bien probado, es sin duda el de quien osa considerar al Creador y Ser Perfecto como autor igual­mente del bien y del mal. No, el mal no está en la natura­leza; está en la depravación del hombre, que olvida sus leyes ose extravía sobre su significado, pues, ¿existe en el mundo un hombre que pueda cometer un crimen a sangre fría? No, sin duda. ¿Quién lo comete? El hombre que se deja llevar de sus pasiones; y ese tal, que desafía a la natu­raleza y se aparta de sus leyes, no puede, a buen seguro, ser el hombre de la naturaleza. Pero el mal es necesario a la naturaleza. No, es un accidente de la naturaleza, pero no una necesidad: si me tiro al río y me ahogo, esta muerte es uno de los accidentes de mi acción, pero no es necesaria, pues no era necesario en absoluto que me arrojase al agua. Podemos, pues, tener por seguro que los razonamientos torcidos del hombre no provienen sino de sus pasiones, que, extraviando su corazón, turban su espíritu; bastará con que las subyugue o las dirija para que todo se aclare ante sus ojos, oscurecidos tan sólo por las tinieblas en que aquéllas le han precipitado. Pero dejemos esta digresión a que nos ha llevado nuestro asunto y prosigamos el relato, por penoso que nos resulte.
-Iré a ver a la marquesa -dijo Alphonse al desper­tarse-; siento curiosidad por ver con qué cara excusará su ignominia... ¿Quieres venir conmigo, Théodore?
-Estaría fuera de lugar y estorbaría la explicación. Actúa con suavidad y firmeza; escucha lo que ella te diga; perdónala si le asiste la razón; no tengas piedad si no puede exculparse de lo que viste ayer con tus propios ojos.
-La reto a que lo haga.
-¡Ah, querido hermano! ¿Acaso ignoras cuán con­fiado es el amor? Verás como te prueba que no has visto nada, porque sabe bien que se da crédito a cuanto diga una esposa amada. Saldrá de este nuevo examen tan pura como tuviste la debilidad de creerla en el asunto de Deschamps, a quien sin embargo está fuera de duda que no le negó nada.
-No me abras nuevas heridas, cuando estoy procu­rando sanar las que acaban de causarme.
-Mi afecto hacia ti me impone ser cruel, y lo soy; debo tener el valor de quitarte la venda de los ojos, y lo hago. Quieres ser engañado nuevamente, y lo serás, por que, ¡es tan dulce excusar al objeto de nuestros amores y tan agradable para nuestro amor propio no dar crédito a la infidelidad, y tú eres de un natural tan débil!
-No tardaré en convencerte de que no es así -afirmó Alphonse estrechando la mano a su hermano y dirigién­dose hacia la habitación de Euphrasie, a cuya puerta se encontró con que querían detenerle alegando que la mar­quesa había pasado muy mala noche y necesitaba que la trataran con miramiento.
-Ningún miramiento se debe al vicio -replicó Al­phonse apartando a la doncella y descorriendo violentamente las cortinas del lecho de su esposa, a la que dijo con aspe­reza-: Levantaos, señora, y responded a mis preguntas.
-Así lo haré, señor, pese a mi estado de salud.
-Sean cuales fueren vuestros padecimientos, es difícil que puedan compararse a los que infligís a los demás -y la marquesa, sin responder, buscaba apresuradamente un ves­tido que ponerse-. Tomad éste -dijo Alphonse-: toda­vía está manchado de la sangre impura que queríais mez­clar con la vuestra. Estas huellas, perpetuamente ante vuestros ojos, servirán para recordaros vuestro crimen; es el único vestido que os conviene en el sepulcro donde voy a recluiros en vida.
-¡Ah! ¡Quiera el cielo que al menos pueda descender a él sin haber perdido vuestra benevolencia!
-¿Habéis hecho algo que la justifique?
-Nada he hecho que pueda contrariarla, y, si ya no soy digna de vuestro amor, creed al menos que lo seré siempre de vuestra estima.
-No os creí capaz de tanta arrogancia.
-Ni yo a vos de tanta injusticia.
-¿Pretendéis, pues, que no dé crédito a mis ojos?
-A menudo las apariencias engañan, señor, en tales momentos de crisis. ¡Ay! Estaba rogando por vos al Señor, cuando un hombre al que apenas pude reconocer se aba­lanzó sobre mí y motivó que vos me encontrarais en la sospechosa situación a que aquel malvado me redujo por fuerza
-No podía leer vuestros pensamientos; era testigo solamente de vuestros actos.
-Mas, si no leíais mis pensamientos, ¿por qué los suponéis culpables?
-Porque los hechos prueban vuestra depravación.
-Así, pues, ¿creéis que una esposa fiel desde el primer momento, una esposa que siempre os ha adorado y os sigue adorando, es culpable ante vos del mayor de los crí­menes, solamente porque las apariencias la acusan?
-¿Cómo? ¿No es el suceso de ahora una lógica conti­nuación de vuestra aventura de Beaucaire? ¿No es un resultado de vuestra relación con Villefranche?
-Pero, señor, ¿cómo iba a tener continuación ni resul­tado algo que jamás tuvo principio? Puesto que me justifi­qué respecto a la primera parte de esta acusación, ¿por qué queréis admitir la segunda, cuya existencia es nula, habién­dose anulado la primera? Si manteníais alguna sospecha respecto a Villefranche, ¿por qué le acogisteis nuevamente a su regreso? ¿Quién de nosotros dos es culpable?, me atrevo a preguntarnos. Me siguió al laberinto a donde yo había ido a rogar por vos y por mis antepasados. ¿Quién le envió allí? ¿Quién le dijo que yo me encontraba allí? ¿Pues qué, señor? ¿Podéis acaso suponer que en el momento en que rogaba al Señor por vos, en que sólo por vos me con­movía, en que sólo de vos me ocupaba, en que me entre­gaba a la dicha de veros desechar vuestras desagradables impresiones sobre mí; podéis suponer, como digo, que precisamente en tal momento hubiera caído en semejante extremo de perfidia y falsedad? ¡Oh, no, no, mi querido Alphonse! No es posible que lo creas -dijo aquella inte­resante mujer, postrándose bañada en lágrimas a los pies de su esposo-; no crees que tu Euphrasie sea culpable, por­que es imposible que lo sea, porque un corazón que te per­tenece no sabría inflamarse de amor por otro hombre, por­que te adoraré hasta mi último suspiro, y la mujer que, té traicionara ya no podría amarte, puesto que ya no sería digna de ti. Ámame, Alphonse, ámame y no creas jamás a Euphrasie capaz de profanar el altar donde se rindiera culto a tu imagen.
Aquella mujer divina a los pies de su esposo; las lágri­mas que corrían a lo largo de sus mejillas de rosa, aún más vivamente coloreadas por el fuego que inflamaba sus venas; aquellas ropas ensangrentadas que parecían defen­derla en vez de inculparla; la negligencia de su tocado, que dejaba al descubierto un seno de alabastro sobre el cual se agitaba en desorden una bellísima cabellera, parte de la cual se enlazaba en torno al talle más hermoso del mundo; la verdad que exhalaba su dulcísima boca; una de sus bellas manos elevada hacia el cielo, mientras la otra estrechaba la de su marido; aquel noble dolor con que la injusticia abru­maba a un alma altiva que no se rebajaba a justificarse; todo, en fin, borrando lo que en aquella mujer angelical pudiera haber de terrestre, la presentaba a los ojos de los mortales como encarnación divina de la inocencia y la vir­tud.
Cuando Alphonse sintió sus manos inundadas por las lágrimas de aquella a quien había idolatrado, le recorrió un estremecimiento; deseoso de ahogar o al menos disimular aquel impulso de sensibilidad al que cedía a pesar suyo, se puso en pie y recorrió febrilmente la habitación; se afirmó en su decisión, que iba a ceder ante el amor y el arrepenti­miento, y, a continuación, haciendo levantarse violenta­mente a su mujer, le dijo:
-Seguidme; habéis perdido el derecho a engañarme; os será imposible seguir intentándolo.
Tras estas palabras, abrió la puerta del gabinete donde. se hallaba la escalera que conducía a la torre de los archivos: -Seguidme, os digo. Voy a llevaros a un aposento más adecuado para vos que éste: la habitación de madame de Gange no puede ser la de una adúltera; imagen de la muerte, el crimen debe ocultarse bajo las mismas tinieblas. Euphrasie, cuyas lágrimas había secado aquella reno­vada crueldad, quiso llevarse algunos de sus muebles o vestidos; el marqués se opuso a ello y, con airado sem­blante, le dijo:
-Una vez os hayáis aposentado en esta torre se os proporcionará todo lo necesario. Podéis estar tranquila, señora: se os tratará con más consideración de la que merecéis.
Euphrasie obedeció y siguió a su esposo, pero, al pasar junto al lecho, tomó el retrato de Alphonse, que nunca había cambiado de sitio, y dijo con energía:
-De esto no me privaréis.
-Dejad ese retrato, señora -ordenó Alphonse, pro­curando arrebatárselo-; ya no sois digna de poseerlo, puesto que habéis traicionado a aquel a quien representa.
-No, no le he traicionado, y no me quitarán su ima­gen -dijo aquella infortunada, oprimiendo el retrato contra su corazón-. Será mi consuelo en el retiro al que me habéis condenado; a él me dirigiré para expresarle las prue­bas de mi inocencia que vos os negáis a escuchar; más justo que vos, él me escuchará.
Pero el cuadro, roto durante el forcejeo, cayó en tierra, y la desventurada se precipitó sobre él, como una madre a quien arrebatan sus hijos. Recogió el lienzo, lo oprimió contra su seno y subió la escalera.
La habitación destinada a su encierro, que se hallaba encima de los archivos, era redonda como la torre que coronaba; una elevada tronera, provista de barrotes de hie rro, apenas dejaba entrar en aquel lúgubre reducto algunos rayos del astro del que nadie tiene derecho a privar a un semejante. Una mesa, dos sillas miserables y un catre ado­sado a la pared y cubierto con dos míseros colchones com­pletaban el mobiliario destinado a aquella mujer que hasta entonces había vivido en el lujo y la abundancia.
-Una vez por día vendrán a traeros vestidos y comida, señora -dijo Alphonse al retirarse-. Si decís una sola palabra a la sirvienta, esta puerta no volverá a abrirse. Adiós... ¡Quiera el cielo que vuestra estancia en este cala­bozo devuelva vuestra alma a la virtud y me haga, si es que esto es posible, olvidar vuestras faltas!
-Señor -preguntó la marquesa-, ¿se me permitirá escribiros?
-No escribiréis a nadie, señora. Ya podéis ver que no hemos dejado ningún recado de escribir. Aquí tenéis algu­nos libros piadosos; que os ayuden a recobrar sentimientos que jamás hubieran debido alejarse de vuestro corazón.
Euphrasie se precipitó hacia la puerta cuando vio a su esposo disponerse a cerrarla, y, sin pronunciar palabra, le tendió los brazos... ¡Oh, lenguaje elocuente del dolor silencioso! No alcanzas ya al corazón que debieras con­mover y los torrentes de la injusticia te devoran... Euphra­sie, rechazada por Alphonse, cae hacia atrás soltando la puerta, que se cierra con estruendo, dejando tras sí sollo­zos de desesperación y clamores de agonía.
-Nunca te hubiera creído con tantos arrestos -dijo el abate al regreso de Alphonse-; pero has cumplido con tu deber, y, a partir de ahora, nada de volverse atrás.
-¡Oh, hermano mío! Si la hubieras oído, quizá darías algún crédito a sus palabras.
-¿Por ventura no sabes que cuanto más culpables son las mujeres, mejor modo hallan de justificarse?
-¡Ah, querido hermano! Siento sus lágrimas en mi corazón como si hubieran caído en él.
-Tienes que desaparecer, Alphonse. Aviñón te ofrece la mayor seguridad. Es una villa encantadora. Pasa en ella algún tiempo. Yo me ocuparé del castillo. Sobre todo, no dejes de enviarme a madame de Cháteaublanc y a tu hijo; ya te he advertido de hasta qué punto era esencial. El pre­texto de venir a ver a su hija basta y sobra para justificar el viaje. No le expliques nada antes de su partida: ya le diré lo que más convenga cuando se encuentre en el castillo.
Una vez dispuesto todo, el marqués partió, sin volver a ver a su esposa ni siquiera dignarse preguntar por ella a la mujer encargada de servirla.
Al día siguiente, Théodore subió a ver a Euphrasie.
-Querida hermana-le dijo al entrar-, vuestra situa­ción me afecta vivamente; ved los tristes resultados de una imprudencia, ya que no creo que haya sido otra cosa. ¿Acaso Alphonse no cayó en el mismo error que vos en Beaucaire? Sin embargo, no era más culpable que vos ahora. Pero, ¿quién puede en los días de su vida conside­rarse a salvo de una imprudencia? Lo que me desespera es no poder suavizar vuestra suerte, pues, ¡me ha dejado órdenes tan precisas...! Incluso quería encerraros en el húmedo subterráneo que sirve de sótano a esta torre. Sólo a mis ruegos insistentes debéis el hallaros en una situación menos malsana. Mas, ¿qué ven mis ojos? ¡Un lecho sin cortinas, colchones de ínfima calidad y ni siquiera un sillón! A esto puedo ponerle remedio, y no tardaré en hacerlo. Desgraciadamente, no puedo disponer también de lo restante; mas, creedme, mi hermano depondrá su rigor y terminaremos por convencerle. Confiad un poco en mí y no tardaréis en convenceros de la eficacia de mis cuidados.
-¿De modo que mi esposo no está en el castillo?
-Ha temido las consecuencias de aquel duelo. Aviñón le servirá de asilo durante algún tiempo, y veréis como todo se arregla. ,
-¡Cielos! ¡Mi marido en peligro por mi causa! ¡Dios de justicia! ¡Que caiga sobre mí toda vuestra cólera y pre­servad a mi esposo de ella!
-¡Qué dulzura de alma la vuestra, Euphrasie! ¡Rogáis por vuestro perseguidor!
-Es mi esposo, cree que le asiste la razón y debo res­petar incluso su injusticia. Tal vez un día reconozca el deli­cado amor que he sabido profesarle; en el punto en que cese su obcecación tendrá inicio mi recompensa.
-¡Qué recinto! -exclamó el abate contemplando la estancia-. ¿Aquí debe respirar el venturoso modelo de las gracias y las virtudes? -y, prosiguiendo en tono igual­mente afectuoso-: ¿El marqués os impide escribir?
Me ha privado de todos los medios para ello; además, ¿qué puedo escribir que no le haya dicho ya? Si no ha que­rido ver la justificación en mi alma, ¿la hallará acaso en mis escritos? Esta situación me aflige únicamente porque entraña el no recibir cartas suyas. ¡Hubiera sido tan dulce regar con mis lágrimas aquellos rasgos tan queridos que antaño me describían su ardor...! ¿Qué queréis, hermano? De todo han tenido que privarme. Sólo de mis pensamien­tos no le podrán desterrar; mientras yo exista estarán fijos en él, y, cualesquiera que sean los males que me aflijan, en tales pensamientos hallaré mi consuelo.
-Quizá -dijo el abate como al descuido-, quizá algún día se os puedan procurar consuelos más reales...
Y no queriendo ir demasiado lejos en una primera entrevista, se despidió de su cuñada, no sin prometerle que le procuraría cuanto pudiera hacerle más agradable la estancia, a excepción, sin embargo, de las cosas absoluta­mente prohibidas por el marqués.
Desde aquel momento, Théodore se puso al frente de la administración interior del castillo: colonos comercian­tes; domésticos, quedaron bajo sus órdenes. Comoquiera que el duelo de su hermano no constituía motivo alguno de deshonra, Théodore dio noticia de él y dijo que lá mar­quesa había partido en secreto a encontrarse con su marido en Aviñón, de donde muy posiblemente se dirigiría a París para obtener por medio del cardenal la gracia de su esposo. Rose, la única sirvienta de Euphrasie, estaba en el secreto, Y y, a partir de aquel momento, el traidor fue dueño absoluto de la mujer que había conseguido a costa de ardides e iniquidades; mas, considerando que la prudencia era necesa­ria para la consumación de sus crímenes, se contuvo y dejó transcurrir más de ocho días sin ir a visitar a su cautiva.
La marquesa hacía más leve su retiro con la lectura de los libros piadosos que le había dejado su esposo. Hay que haber conocido por experiencia propia la horrible situa­ción de un prisionero para poder describirla.


Mientras que en torno a él todo cambia y varía, su vida permanece inmutable. ¿Es esto vivir? ¡Ah, Dios mío, ape­nas es existir!


Qué cruel resulta, en efecto, ver que los días transcu­rren absolutamente idénticos y decirse, llorando: mañana haré absolutamente lo mismo que hoy; para mí no hay variación posible; me envuelve ya la noche del sepulcro; sólo la terrible desesperación de vivir me diferencia de un muerto; me veo anulado para todos los acontecimientos de la vida, insensible a todos los sentimientos del alma; todas sus afecciones se amortiguan a mi alrededor y a todas permanezco extraño; mi corazón, principio de mi existen­cia, dulce presente de la naturaleza, está ya helado en mi pecho, impasible ante el amor, el odio o la esperanza; los latidos de este corazón reducido al estado de autómata son ya como los movimientos del péndulo del reloj que me acerca a la nada. Y, como ha perdido la facultad de amar, el desgraciado prisionero ha perdido la de ser; poca diferen­cia hay entre él y un cadáver... ¿A quién podría dirigir sus palabras? ¿A quién podría hablar en el pavoroso silencio donde le ha sumergido el infortunio...? ¡Sólo a Dios...! Escritores culpables, bárbaros incrédulos, en el seno de los goces criminales que autorizan vuestros perniciosos siste­mas, al menos no privéis al infortunado de su único con­suelo; dejadle con el Dios que le abre los brazos y, alimen­tado por ideas más elevadas; la justa esperanza que recibirá de su divino Creador le consolará al menos de lo que le hacen perderse vuestros peligrosos placeres.
La marquesa de Gange, que ni en el seno de los encan­tos mundanales había perdido la piedad, encontró en la religión todas las dulzuras que depara a quienes la res petan. Devoró los libros que le había dejado su marido, y nuestras sagradas escrituras le ofrecieron paz, sosiego y felicidad. Quien como ella los desee, lea con atención los libros de Job, de jeremías, los admirables Salmos de David, la imitación de Cristo y juzgue si no son propias del mismo Dios las palabras contenidas en tan sublimes escri­tos. Obediente al ejemplo de aquel Dios de bondad que murió para salvarnos, que se acomode a la paciencia y dul­zura de ánimo que le acompañaron en los últimos instan­tes de aquel memorable sacrificio; hallará de esta suerte confirmación a la verdad, tan consoladora para el desdi­chado, de que todos los goces de la vida no valen lo que el rayo de esperanza que el Señor concede al hombre que llora y reza. En tan celeste maná halló Euphrasie valor para soportar el estado en que se encontraba y exclamar como el rey profeta:
«¡Oh Señor! Vos sois mi único refugio contra los males que me rodean: libradme de los enemigos que me asedian por doquier.»
Finalmente, el abate volvió a visitar a su cuñada, y, no sin jactarse de ver que se habían ejecutado sus órdenes según la prometida benevolencia, le dijo:
-Y bien, querida Euphrasie, ¿estáis un poco más cómoda? ¡Ah! Veo vuestro destierro como el de los ánge­les del cielo a los que un día les será dado contemplar la inmensidad del Creador. ¡Con qué delicias se verán un día compensadas las privaciones momentáneas que os veis reducida a soportar!
-Tal es mi esperanza, hermano -respondió la mar­quesa-, y os confesaré que sólo en estas ideas hallo con­suelo desde que se me confinó en este retiro.
-¡Cuánto más positivamente aún quisiera suavizar sus rigores! -dijo el pérfido abate dirigiendo a Euphrasie miradas encendidas de pasión.
-¡Ah! ¿Qué mejor alivio puedo recibir en mis tribu­laciones -respondió la esposa de Alphonse- que el que me manda el Señor?
-Nada más lejos de mis intenciones que privaros de lo que constituye vuestra dicha-dijo el abate-, pero no por eso dejo de pensar que sería posible procurarnos alguna mayor comodidad.
-¿Cómo?
-Ya veis que he quedado como árbitro absoluto de vuestro sino... ¿Creéis acaso que si vos os compadecierais del mío yo no hallaría medio de aliviar el vuestro...?
En este punto, la espiritual criatura, creyendo com­prender a Théodore, apartó de él sus miradas con una especie de inquietud que le fue imposible disimular.
-No os comprendo, hermano -le dijo dulcemente-; me decís que mi suerte, prescrita por Alphonse, sólo por él puede verse suavizada... ¿Qué osaríais, pues, hacer sin su conocimiento?
-Adoraros, señora -dijo Théodore, postrándose a los pies de la marquesa-, juraros un amor que no tenga otro término que mi vida, y que nació en el primer instante de veros.
Entonces la marquesa, firmemente decidida a rechazar tales confesiones, se halló sin embargo en un grave aprieto: veía en qué abismo de infortunios iría a precipitarla su negativa; mas, por otro lado, ¡qué invencible repugnancia le inspiraba el pacto criminal que osaban proponerle! Trai­cionar a la vez sus deberes, su virtud, su fidelidad conyu­gal, le era de todo punto imposible. Terrible fue, pues, su emoción; mas, como no la desasistieran su pudor, su reli­gión y sus sentimientos, dijo altivamente a Théodore:
-Salid, señor, salid. Creí encontrar en vos a un amigo y sólo veo a un seductor... Salid, os digo; sabré llevar la carga de mis penas... Quizás aún sea soportable... En cam bio, me resultaría más acerba que el peor de los suplicios si la agravara con una acción semejante.
-Creo, señora, que estáis en un error-dijo el abate al retirarse-. No importa. Os dejo a solas con vuestras refle­xiones, persuadido de que las circunstancias harán que se inclinen en mi favor.
-No hay circunstancia alguna capaz de hacerme olvi­dar a mi esposo y vuestros agravios -dijo Euphrasie-, y no creo que pueda surgir nunca ninguna capaz de arras­trarme a los abismos del crimen.


VII


Resultaría difícil expresar la confusión de Théodore al verse tratado de esta guisa por una mujer a quien ya creía en sus brazos por obra del infortunio.
-¡Qué altivez! -dijo a Laurent, quejándosele de la escena que acababa de hacerle-. ¿A qué artes habrá que recurrir para reducir a esta orgullosa criatura?
-El proceder contrario al vuestro me parece el más aconsejable, señor -repuso el confidente-. Puesto que así os recibe; tened por seguro que sólo la doblegaréis obrando del mismo modo; si es cruel con vos, sedlo vos con ella. Privadla de todas las comodidades que le habéis procurado y que cada día le depare por obra vuestra una nueva privación; que sepa que sólo en vos puede espe­rar, que sólo vos podéis hacerla feliz, que sólo vos la po­déis reconciliar con su marido y que, en fin, sólo vos podéis hacer que resplandezca su inocencia. Cuando adquiera este convencimiento, veréis cómo la sumisión sucede a la altivez en su alma de bronce y la necesidad la precipita en los únicos brazos que sabrá aún capaces de abrirse a ella.
-Buen consejo, aunque duro, querido Laurent.
-¿Acaso hay lugar para la vacilación en vuestro caso? ¿Qué proporción guardan vuestros deseos con sus infor­tunios? ¿Acaso no debemos preferir siempre lo que nos deleita a lo que sólo sirve al interés de los demás? En una palabra: ¿no soy digno alumno vuestro? ¿Es a mí a quien toca daros lecciones?
-Tienes razón, querido amigo; en adelante daré de lado toda piedad para atender únicamente a mi amor, pero conviene proceder de un modo gradual: una contrariedad hoy, una tentativa mañana, y así sucesivamente hasta obte­ner su rendición.
-Perfectamente -asintió Laurent-, pero, ¿y si no se rindiera?
-Imposible, querido amigo, estamos abriendo brecha en una plaza fuerte. Los asediados capitularán y, en el peor de los casos, la tomaremos por asalto.
-Es preferible... sí, señor, es preferible, si bien se miran las cosas, que capitule, y tened por seguro que lo hará.
-Con eso cuento... Haced venir a su sirvienta; quiero darle algunas órdenes.
Cuando la carcelera, mujer dé unos treinta años que había estado al servicio de la casa desde su infancia, se pre­sentó ante el abate, éste se dirigió a ella, diciéndole:
-Rose, podéis decir a la señora que, en virtud de las nuevas órdenes que acabo de recibir de su esposo, debe volver al estado en que se hallaba cuando mis bondades acudieron en su auxilio. La privaréis absolutamente de todo: del retrato, de los libros, de los muebles, y sólo le dejaréis un colchón en la cama.
-Pero, señor -dijo la complaciente Rose-, esas son órdenes muy rigurosas; la señora enfermará... Acaba ape­nas de recobrarse de su último acceso de fiebre... Os ase­guro, señor, que será tanto como hacerla morir.
-Lo sé, Rose -respondió el abate-; mas imperiosas circunstancias nos obligan a tal proceder. El duelo ha sus­citado mucho escándalo, y sólo poniendo de relieve la con ducta extraviada de su esposa puede mi hermano excusar aquel desdichado combate; y, si recibiéramos alguna visita, nos sería menester probar, por el rigor de nuestro trato a la culpable, la parte que ésta tuvo en el desgraciado suceso. Estoy seguro, Rose, de que tienes sobrado criterio para comprenderlo.
-Ciertamente, señor; mas él rigor de las circunstancias no atenúa la desesperación producida por sus consecuen­cias, y la señora es tan buena, tan dulce, tan resignada...
-Si llega a ablandarte, te despido. Sólo su crimen debes considerar en ella, y éste es de tal magnitud, que debe extinguir en todas las almas los sentimientos de conmise­ración que podrían amortiguar su horror. ¿Acaso ignoras, Rose, que era públicamente la querida de Villefranche? ¿Que aquel bergante no guardaba ya ningún respeto a las formas? ¿Que la deshonraba públicamente? ¿Que, en una palabra, mi hermano les sorprendió en delito? Sin duda, Rose, la marquesa te ha ocultado esos extremos.
-En efecto, señor, nada sabía de todo ello... ¡Traicio­nar a un hombre de tantas prendas como el señor mar­qués! ¡Es horrible! Podéis estar seguro de que voy a cam­biar de opinión respecto a ella.
-Empieza, pues, a ejecutar mis órdenes sin piedad alguna y ya vendrás a darme cuenta del efecto que hayan producido en ella.
Hay momentos de la vida en que los mayores desalma­dos reflexionan, en que los remordimientos conturban todavía su corazón y quizá se harían atrás si no les arreba taran sus pasiones. En tales momentos, parece que la natu­raleza recobre los derechos que el crimen quería privarle. Sólo los horrores de este combate bastarían para infundir pavor a un hombre de recto juicio, pues tal combate no existiría si el que desea hacerse culpable no opusiera el cri­men a la virtud. Dichoso él si la razón triunfa; si le domi­nan las pasiones, se convierte en el más infeliz de los mortales: por segunda vez la voz del arrepentimiento se hace oír en su afligido corazón; ya no llega a tiempo, el despre­cio de los hombres y el rigor de las leyes pesan sobre él, el Dios de venganza le castiga, y sólo a sí mismo puede atri­buir el malvado la causa de sus sufrimientos. Pero el endu­recido corazón de Théodore ya no vacila; su alma abierta a la infamia no deja penetrar un solo destello de virtud.
-Y bien, Rose -dijo, cuando ésta descendió de la torre-, ¿has cumplido mis órdenes? Mas, ¿qué veo? ¿Llo­ras? Te creía convencida de lo intempestivo de esta fla­queza de ánimo.
-Y lo estoy, señor, mas, ¿cómo queréis que deje de llorar cuando veo llorar a mi señora?
-En suma, ¿cómo ha acogido las medidas que acabas de adoptar en su aposento?
-Con una resignación angelical, señor; me instaba a llevarme muchas más cosas de las que me habíais orde­nado: no quería que le dejase ni un solo colchón en la cama. «Con este tablón me basta --decía-; nada necesito en el mundo una vez perdido el corazón de mi esposo; sólo un ataúd me haría falta, hija mía, un ataúd...» Y un torrente de lágrimas inundaba sus ojos...
-¿Te ha hablado de mí?
-No, señor. Le he descrito el pesar que os inspiraba la ejecución de medidas tan rigurosas, y me ha respondido que no dudaba de ello.
-¿Y ni una sola palabra de queja contra mí?
-Ni una sola, señor.
-Bien. Mañana, en lugar de los manjares acostumbra­dos, le subes sólo pan y agua.
-¡Oh! Nunca haría tal cosa, señor.
-Como quieras; yo mismo lo haré si tú te niegas. Sin duda no estará muy limpia tu conciencia cuando te apiadas de la suerte de un monstruo que acaba de ocasionar la huida de su marido, la muerte de su amante, el deshonor de la familia y todas las nuevas desgracias que quizá puedan aún resultar de tan indignas iniquidades. ¿Le has repro­chado su execrable conducta?
-¡Oh, no, señor! ¿Cómo suponer el mal donde tan claramente aparece reflejada la virtud? ¡Ay! Creería insul­tarla atribuyéndole tales horrores, y, cuando le hablase de un crimen, la virtud aparecería en sus ojos, reclamando sus derechos, para defenderla y hacerla triunfar.
-¡Rose! Bien veo que no sois la mujer que necesito. El abate Perret ocupará más dignamente este puesto, y voy a encargárselo.
Pero la bondadosa Rose, consciente de lo que podía perder la marquesa en el cambio, optó por fingir en bien de su señora, y, haciendo que se le repitieran por segunda vez los yerros de los que se culpaba la marquesa, pareció ceder ante los detalles que tan malignamente le pintaba Théo­dore y prometió en consecuencia ejecutar al pie de la letra cuanto se le prescribía.
Tras algunos días en aquel régimen, el abate se resolvió a una nueva acometida.
Entró. Impresionado por el abatimiento en que halló a la marquesa, sintió por un instante que la piedad se des­pertaba en él; pero de poca duración puede ser el imperio de este sentimiento sobre un corazón tan corrompido.
-Señora -dijo a su cuñada-, vengo a expresaros la contrariedad que me inspira la ejecución de las órdenes de mi hermano; mas al parecer las consecuencias del duelo no se acallan, y la renovada severidad que emplea con vos tiene por objeto convencer a la opinión de la gran parte que habéis tenido en el suceso.
-De modo, señor -repuso fríamente la marquesa-, que acusáis a mi esposo de cometer una segunda injusticia para paliar los efectos de la primera.
-Muy olvidadiza de vuestras faltas me parecéis, se­ñora, si con tal consideración las excusáis. ¿De qué no seréis capaz, cuando tan lejos lleváis vuestro descaro?
-¡Ah, señor! ¿Daríais vuestro consentimiento para que un rayo fulminara al más culpable de nosotros dos? -No, señora, pues me resultaría molesto veros perecer ante mis ojos.
-Este hábil subterfugio basta para desenmascararos, Théodore; vuestra alma queda al descubierto, y os aseguro que no muy favorecida.
-¿A qué viene entonces tanta efervescencia cuando una sola palabra vuestra bastaría para mejorar vuestra con­dición?
-De acuerdo; diré esta palabra, si os avenís a que sea con el consentimiento de mi esposo.
-¿De qué os sirven estas astucias y sutilezas? -dijo Théodore-. Mal podrían consentir en la petición de tal consentimiento los sentimientos que os he descrito, Euphrasie; estos sentimientos superan cuanto me es posible expresar; adoraros es mi sola ley; comunicároslo, mi más dulce felicidad; sólo por vos aliento; una palabra, y cesarán vuestras desdichas. Renunciad a la vana esperanza de reco­brar el corazón de mi hermano; jamás podréis cerrar sus heridas. ¿No podría yo, pues, encargarme para con vos de todos los cuidados que no podéis esperar de él? Si las leyes de Francia prohíben nuestra felicidad, podemos vivir en otros países, y mi patria será siempre el territorio donde me permitáis vivir en vuestra compañía. Seguidme, Euph­rasie, seguidme, y mi felicidad estará asegurada..., si es posible que me creáis capaz de contribuir a la vuestra.
-¿De modo que cuanto acabáis de ejecutar no obede­cía a órdenes de mi marido? En tal caso, se trata de una, astucia muy poco hábil para hacerme caer en vuestras redes.
-No, no, señora, todo el mal que os he infligido era en cumplimiento de órdenes recibidas; sólo la dicha os vendrá de mí.
-Pues bien, nunca la aceptaré a este precio. Señor, vuestras argucias han quedado al descubierto; quizá poseo yo tanto talento para desembrollarlas como vos para urdir­las, arte que es la única arma de los débiles, concedido por la naturaleza para preservarles de las asechanzas de los más fuertes. He adivinado, pues, vuestros ardides, señor. Por tanto, proceded como queráis , mas tened por seguro que a vuestros esfuerzos y engaños opondré siempre toda la fuerza que el cielo me ha dado para defenderme.
-Os conjuro, señora -dijo el abate- a inclinaros hacia sentimientos más benevolentes para conmigo. Me decís que amáis a vuestro marido; pues bien, sólo yo puedo restableceros en su favor, sólo yo puedo devolve­ros su corazón y, ciertamente, os perderé para siempre ante él a menos que me ofrezcáis justa compensación a mis desvelos.
-Así, pues, hombre cruel e inconsecuente, ¿preten­déis que recupere el corazón de mi marido justamente con el proceder que más indigna puede hacerme de él?
-Tales sacrificios no contarán para él, que los ignorará siempre. Me ocasionáis, pues, un grave perjuicio, sin que por ello vos ganéis nada.
-Si mi infortunio es tal que no consigo recobrar la estima de mi marido, conservaré al menos mi propia es­tima; tendré la tranquilidad de conciencia que nos consuela de lo que nos ha hecho morir en paz; tendré, en fin, vues­tra estima, señor. Bien se que se odia a quien rehúsa hacerse cómplice de un crimen, pero es imposible no estimar su virtud.
Y el abate, furioso, salió, encerrando por sí mismo a su desgraciada víctima.
Inmediatamente, Théodore cambió de táctica. Hizo que se le restituyeran a la marquesa todas las comodida­des de las que le había privado y multiplicó en su reclusión cuanto podía hacerle agradable la estancia: libros, papel, tinta, flores, pájaros; todo lo que amaba le fue prodigado; se le sirvió únicamente lo que podía ser de su agrado, y Rose, todas las mañanas, indagaba el estado dé sus deseos.
-Y bien, ¿qué piensa ahora de mí? -dijo el abate a Rose-. ¿Disminuye su aversión?
-No puedo ocultaron, señor, que la señora me parece tan insensible a vuestras bondades para con ella como antes a las privaciones que os complacíais en infligirle.
«Rose -me dice con la mayor sangre fría-, los motivos que guían la conducta de mi cuñado me son tan conocidos que no puedo agradecerle sus beneficios ni reprocharle sus malos tratos. Por lo demás, no aspiro a otra felicidad en el mundo que la de ver a mi esposo, y no será Théodore quien me depare este favor... Debo resignarme, y puedes ver que tal es la disposición de mi espíritu: estoy resignada .
a todo lo que la suerte pueda depararme. No puedes ima­ginarte, querida Rose, el consuelo que la propia estima y la religión pueden aportar a un alma sensible. Las injusticias ajenas son para nosotros frecuentemente otros tantos motivos de alegría. Saber que nos asiste la razón es un pla­cer tan grande para el amor propio que uno se siente casi tentado a preferir el papel de víctima al de perseguidor. Bajo el más humillante sayal del infortunio, soy mucho más feliz de lo que cabría imaginar: el día en que, como espero, me vea reconciliada con mi marido, me agradecerá no haberme dejado abatir por el infortunio.» Estas fueron, señor, las palabras de la señora.
Y en este punto Rose trató de poner en claro qué objeto podía perseguir el abate con la singular conducta que observaba para con Euphrasie. Lo mismo había inqui­rido de su señora; pero, siendo ambos igualmente reserva­dos aunque por motivos bien opuestos, no le dieron nin­guna satisfacción. Y Rose, sin atreverse a decir nada, se imitó a obedecer.
-Y bien, señora -dijo al fin Théodore reapareciendo en la habitación de su cuñada-, ¿estáis un poco más con­tenta de mí?
-No, querido hermano -respondió aquella intere­sante mujer esbozando una sonrisa-, no, no estoy más contenta de vos, porque nada en vuestra conducta deja de obedecer a un mismo y único motivo, y este motivo es harto criminal para que pueda estar contenta de los que guían por él su conducta.
-Querida hermana, ¡cuán falsas ideas concebís acerca de la virtud femenina! -dijo Théodore-. Como­quiera que el matrimonio es un pacto que reúne a los dos esposos, sólo conserva su fuerza en tanto los cónyuges tengan a bien mantenerlo. A partir del momento en que se rompe el pacto, su fuerza dividida no puede ser la misma de antes, y ¡ay de uno de los esposos, entonces! Ahora bien, os pregunto si está puesto en razón pensar que las leyes civiles y religiosas hayan podido nunca tener por objeto el cimentar un vínculo cuyos lazos, en el caso expuesto, hacen la desgracia de uno de los contratantes. Un pacto sólo puede ser condicional; si deja de serlo, degenera en abuso y tiranía, lo que no ha escapado a los legisladores que han establecido el divorcio. Ahora bien, si la admisión del divorcio es la muestra más cabal de pru­dencia y buen juicio en un gobierno, ¿por qué no pueden admitirlo todos? ¿Y por qué los súbditos de un gobierno donde no se admite el divorcio no pueden liberarse de un yugo debido tan sólo a la negligencia del legislador? El hombre prudente prevé la ley en su defecto; se adelanta a su promulgación, le rinde homenaje como si existiera ya, Creed, querida hermana, que todo parecer contrario éste es un absurdo nocivo para la población, puesto que, priva a hombre y mujer de cumplir fuera del pacto periclitado el objeto que les impone la naturaleza, y ahoga en un mar de lágrimas una generación siempre preciosa. En una palabra: la obligación de permanecer bajo el yugo: matrimonial cuando no nos ofrece sino espinas me parece' tan criminal como los vicios que diezman la población, y no dudaré en creer digno de las penas del infierno al ser que voluntariamente ha consentido en apartar de los pla­nes de la naturaleza algo que ésta ha creado para que la sirvamos.
-Lo que acabáis de exponerme, señor -respondió la marquesa-, no es sino la llamada lógica de los senti­dos. En tanto que una mujer está unida a su esposo, supuesto que ha aceptado voluntariamente este vínculo,, debe respetarlo durante toda la vida de su esposo, y cual-. quier conducta que se oponga a ésta la precipita fatalmente en el adulterio. Poderosas y respetables razones, de Estado han podido romper estos vínculos en la per­sona de algunos soberanos; el bien de sus súbditos ha legitimado forzosamente tal divorcio. Ningún crimen hay en el soberano cuando obra según lo que le exige o prescribe el bienestar de su pueblo; mas, entre personas particulares, nada atenúa la fuerza del mal ni lo impone como ley; así, pues, el divorcio recobra la fisonomía cri­minal de que le privaban las razones de Estado. ¿Qué suerte pueden correr unos hijos que se quedan sin madre porque ésta les abandona en las de la inconstancia y, dando a luz a otros, descuida necesariamente a los pri­meros? En una palabra: sólo la inconstancia, y por con­siguiente el libertinaje, motiva el divorcio en el esposo que lo desea: los efectos serán, pues, tan criminales como la causa. Cuando una mujer rompe con su esposo por­que, insatisfecha de él, quiere conocer a un segundo, nada se opone ya a que quiera conocer a un tercero, a un cuarto, etcétera. Ahora bien, ¿en qué consideración puede tenerse a mujer tan inmoral? Sólo desprecio se le debe; y, si existe otro deber concerniente a ella, será a buen seguro el de no tomarla por esposa. Concedo que el clima o la natural inconstancia humana hayan podido hacer que se adopte el divorcio en algunas naciones, mas, siempre que un pueblo no tenga iguales motivos, no debe en absoluto permitírselo. Examinemos, si lo prefe­rís, esta extravagancia desde el punto de vista del senti­miento. ¿Qué valor pueden tener a los ojos del segundo marido las promesas de una mujer que no ha sido capaz de mantener las que había hecho al primero? ¿Creéis que un esposo expuesto de esta guisa a una incertidumbre constante puede ser feliz? A la incertidumbre no tarda en suceder la frialdad. Y, ¿qué felicidad puede haber en una unión donde ninguno de los dos esposos puede profesar el menor afecto ni estima al otro? ¿Qué diferencia veis, en suma, entre una esposa infiel y una esposa divorciada? ¿Y si a aquélla debe acompañarla el desprecio, por qué razón el mismo castigo no debiera pesar sobre ésta? Si la falta de una mujer para con el hombre a quien ha jurado fidelidad es un crimen, lo sigue siendo con la frívola autorización de la ley, porque, tanto si el crimen está en la ley como si reside simplemente en la voluntad de la mujer, es igualmente crimen; en un caso, porque la mujer lo quiere; en el otro, porque se acoge a una tolerancia verdaderamente criminal. Ha habido pueblos que han autorizado el robo: esta acción a causa de tal permiso, ¿deja de ser criminal a vuestros ojos? No, sin duda; sólo la acción debéis tomar en cuenta, y no los motivos del legislador que la permite o la prohíbe. Mil razones pueden haber autorizado en él esta singularidad; ninguna puede excusarla en vos. El que ahoga la sagrada voz de su conciencia simplemente porque algunas razones hayan forzado al legislador a paliar lo que esta conciencia le reprocha, es tan culpable como el que ahoga su voz al simple imperativo de las pasiones. No hay componendas con la propia conciencia; indagad en lo más profundo de la vuestra, Théodore, y decidme si os aconseja la infamia a la que queréis conducirme. Creed, en suma, que, sea cual fuere el estado en que se halle un hombre, deja de ser virtuoso en cuanto legitima sus extravíos por medio de sofismas o cediendo a sus pasiones.
Y aquella interesante criatura, haciéndose de esta suerte apologista de la virtud, parecía revestirse de todas sus gra­cias.
Pero como se dirigía a un hombre disoluto, inflamaba su ardor en vez de calmarlo.
-¡Ah, peligrosa criatura! -exclamó el abate-, deja de tener razón cuando quieras persuadirme, pues entonces sólo resultas más adorable a costa de hacerme mil veces más desdichado.
En este punto, la bondadosa y dulce marquesa tomó afectuosamente la mano de Théodore y le dijo:
-Ved cuán sincero afecto os profeso, hermano. Domi­nad vuestras pasiones; creed que no tenemos peores ene­migos que ellas cuando no sabemos refrenarlas. ¿Cómo no os avergüenza amar a la mujer de vuestro hermano? ¿En qué opinión podríais tenerla si accediera a tan culpable efervescencia? ¡Ah, si os pudieseis formar una idea de los placeres celestes que nos depara una victoria sobre noso­tros mismos...! No niego que sea agradable estar contento del proceder ajeno, pero creed que lo es cien veces más estar contento del propio; es una alegría exclusivamente nuestra, sólo a nosotros mismos pertenece; mientras que la otra sólo depende de los caprichos humanos, y ya sabéis el poco caso que debemos hacer de éstos. Devolvedme el favor de mi marido, querido hermano, os conjuro a ello. ¡Si supieseis cómo me atormenta la idea de ser objeto de sus sospechas...! Mostraos franco siquiera una vez: sabéis bien que soy inocente; probadle, pues, esta inocencia, de la que por encima de todo deseo convencerle. ¿Acaso no cre­éis que tal proceder os deparará tantas delicias como pueda depararos mi corrupción? ¡Ah, querido Théodore, no me habléis de los goces del vicio, que tan amargos remordi­mientos engendran!


Mas cuando el lector haya llegado al final de esta deplorable historia, cuando se haya persuadido de toda la perversidad del monstruo que nos vemos obligados a des cribir, no se sorprenderá de verle insensible al voluntarioso candor, a la conmovedora inocencia con que acababa de expresarse aquella admirable mujer.
-Querida hermana, me estáis pidiendo imposibles -dijo a la marquesa, cuyos bellísimos ojos, fijos en él, parecían solicitar una más justa respuesta.
-¿Imposibles? -dijo Euphrasie.
-Sí, querida hermana, imposibles. Decís que sois ino­cente, y por tal causa nace en vuestra alma el deseo de reconciliaros con mi hermano. Se trata sin duda de' un razonamiento especioso; si sois culpable, como vuestro esposo y yo creemos muy fundadamente, ¿cómo podéis pretender que me encargue de semejante intercesión?
-¿Y por qué destruís mi deseo en nombre de una suposición gratuita?
-Aquí reside precisamente el colmo de la falsedad que Jamás podrá perdonaras vuestro marido. Preferiría cien veces que le confesarais vuestras faltas y le pidierais per­dón, a veros persistir con semejante descaro en el crimen. -La culpabilidad sólo se demuestra mediante pruebas: ¿cuáles tenéis vos?
-Las tengo. Villefranche me tomó por confidente de sus amores, sin ceder a mis exhortaciones para que se apartara de tan culpable pasión. Me hizo patente el imperio que había adquirido sobre vos. Dispensadme, os lo ruego, de insistir sobre lo ocurrido con Deschamps en el curso de aquel viaje, aunque esto solo bastaría para condenaros. Limitémonos, pues, a la aventura de Ville­franche: ¿qué significan su retorno al castillo, aquel paseo en el laberinto, aquella cita, cuya prueba existe en un billete firmado por vos, que se encontró en el bolsillo del muerto?
-¿Podéis mostrarme ese billete? -dijo Euphrasie con firmeza-. Sólo una cosa os pido ya: mostradme ese billete.
-Vuestro marido se ha quedado con él, como con el del. subterráneo. Dice que constituyen pruebas para la separación, y sólo las sacará a la luz ante vuestros jueces. Si hubieseis querido favorecer la llama de mi pasión, os hubiera ocultado esto toda la vida, e incluso hubiera para­lizado sus efectos. Vuestros rigores hacen legítimos los míos, y sólo presto oídos a los intereses de mi hermano.
-¡Santo cielo -exclamó la marquesa, derramando un torrente de lágrimas- cómo necesito pedir tu misericor­dia, cuando con tal sangre fría se me precipita en los exce­sos del infortunio!
Cesaron sus lágrimas; las hizo cesar la violencia de su estado, extraviados sus ojos por el más pavoroso delirio. En aquel rostro de impar belleza, sucedieron a las gracias las deformidades de la desesperación. Sus miembros se extendieron y contorcieron en mil diversos sentidos; sus gritos agudos resonaron en la prisión; golpeó los muros con su cabeza; su sangre manó hasta inundar al desalmado que la hacía derramarse y que, inflamado como el tigre por la sola vista de esta sangre preciosa, no tardará en hacerla manar de un modo harto más execrable.
-Esto os faltaba por hacer-dijo Perret a Théodore al tener conocimiento de la horrible escena-. Casi siempre el éxito depende de la fuerza con que se asesten los últimos golpes. La habéis abrumado de calumnias; preciso es que se rinda o que muera de pesar. Dejadla sola por algún tiempo, abandonada del mundo, entregada a sus reflexio­nes... A buen seguro, algún provecho se derivará para vos de semejante afluencia de males.
Apenas terminada aquella odiosa conversación se dejó oír un gran ruido, en el patio del castillo. Vinieron a avisar al abate de que llegaban madame de Cháteaublanc y su nieto.
Théodore corrió a recibirlos.
-Señora -dijo a la madre de Euphrasie, ofreciéndole la mano-, creo que es de importancia capital que no dejéis en el castillo vuestro coche y acompañantes.
-Tal es mi intención -dijo madame de Château­blanc-. Mi yerno me ha prevenido de todo, y he dado inmediatamente orden al séquito de regresar a Aviñón tras un breve refresco. ¿Vais a llevarme a ver a mi hija, señor? -preguntó acto seguido madame de Cháteaublanc-. Ardo en deseos de verla.
-Permitidme antes, señora -respondió el abate de Gange- que os aposente en la habitación que os he desti­nado; mi hermano me ha recomendado vivamente que empezara por tener esta atención, y os revelaré sus motivos en cuanto os halléis aposentada.
-¿Mi hija vendrá a verme allí? -Eso creo, señora.
Y mientras hablaban iban avanzando, precedidos por Laurent, hacia una habitación apartada de las que se habi­taban ordinariamente en el castillo, y dispuesta como una prisión, con la sola diferencia del lujo de los muebles y de la agradable distribución interior del local.
-Hermosa habitación -alabó madame de Cháteau­blanc-; mas, ¿qué significan estos barrotes y cerrojos?
-Son órdenes de mi hermano, señora -contestó Théodore-, y voy a tener el honor de explicaros los motivos de tales órdenes en cuanto tengáis la bondad de sentaros.
Y mientras Perret distraía al niño mostrándole las comodidades de la estancia, el abate dio la siguiente expli­cación a la madre de su cuñada:
-Sería vano ocultaros, señora, hasta qué punto vues­tra hija es culpable en esta cruel aventura, y desgraciada­mente poseemos todas las pruebas que evidencian sus cri menes. Estas primeras razones explican la reclusión en que su esposo la mantiene y la imposibilidad de verla en que os hallaréis hasta que todo haya vuelto a su cauce. La menor alteración podría perdernos a todos, y, cono­ciendo vuestra tierna inclinación hacia Euphrasie, hemos temido sus consecuencias, señora. Hubieseis proclamado que era inocente, y cuanto más, se hubiera esparcido este escándalo por vuestra parte, en mayor necesidad nos hubiéramos visto de paralizar sus efectos dando publici­dad auténtica a la culpa de vuestra hija, de donde resulta­rían mil funestos inconvenientes para vuestro yerno. Ha preferido, pues, sustraeros a tal ocasión, y, consciente de que ello no era posible sin imponeros algún freno, ha dis­puesto el retiro que tenéis a la vista, amenizado, como podéis juzgar por vos misma, por cuanto le han dictado la conveniencia y el decoro. Este es, señora, vuestro apo­sento; se os servirá en todo según vuestros deseos, mas permaneceréis con vuestro nieto en este recinto, y os está totalmente vedado ver a vuestra hija, que corre la misma suerte que vos. En cuanto habéis salido de Aviñón, el marqués ha esparcido el rumor de que os hallabais de viaje a París para obtener del cardenal Mazarino la gracia del duelo de que mi infortunado hermano se ha hecho culpable, a causa de la conducta extraviada de vuestra hija. Resolución penosa, pero necesaria, como sin duda comprenderéis.
-Sí, señor -respondió madame de Cháteaublanc-, puedo hacerme cargo; pero incluso las cosas más importantes pueden acomodarse con las formas y el decoro, y me concederéis que tales deberes se descuidan sobremanera conmigo en el presente caso. Sin duda mi yerno, para actuar como lo ha hecho, tiene otros motivos de los que no me habéis hablado; porque, de no ser así, los que me alegáis me parecen muy endebles. Es más: no os ocultaré que tales procedimientos mejor pueden incli­narme a creer en la inocencia de mi hija que en los crímenes que se le atribuyen, y mis sospechas crecen ante esta negativa a que nos veamos. No importa; sólo a mi flaqueza puedo culpar; es la única causa de mi caída en una trampa tan grosera, y, según esto, haced lo que os plazca, señor; sólo me quejaré cuando llegue la ocasión. Pero decidme, señor, ¿cómo cumpliré con mis deberes religiosos?
-Aquí tenéis al señor abate Perret, vicario de la parro­quia -respondió Théodore-, quien, en la ausencia del padre Eusèbe, capellán del -castillo, viene a celebrar aquí el santo sacrificio todos los días en que la Iglesia prescribe a los fieles tal obligación.
-¿Podré ver entonces a mi hija?
-No, señora.
-¿De modo que no oye misa?
-Reza en su habitación, y, por piadosa que pueda ser, aún no se ha quejado del rigor que a este respecto nos hemos visto forzados a adoptar con ella.
-De modo que las culpas que le atribuís, quizá sin fundamento, tienen como consecuencia que incurra real­mente en la de faltar a los deberes que le impone su reli­gión.
-En cualquier parte puede rezarse a Dios, señora, y bien sabéis que en este país no faltan santos varones que le invocan en pleno desierto, sin atenerse a nuestras cos­tumbres.
-No creo que tales palabras convengan al hábito que vestís.
-Este hábito, mera costumbre formularia en los segundones de las casas nobles, a nada me obliga, señora; ningún vínculo me une a la Iglesia.
-Sea; mas os ruego que volvamos al objeto esencial de nuestra conversación. ¿Estáis plenamente convencidos vos y mi yerno de que mi hija es culpable?
-Nadie podría responder de ello mejor que nosotros. Su intriga con Villefranche duraba desde el viaje fatal de Beaucaire. Cuando aquel.alocado joven se la llevó, fueron detenidos por un capitán de bandoleros; Villefranche fue separada de ella, y vuestra hija, conducida a la guarida de aquel forajido renovó con él la culpa que acababa de come­ter con su amante. Aquella complicidad de desórdenes llegó finalmente a conocimiento de nuestro pariente, monseñor el obispo de Montpellier, que hizo recluir a vuestra hija y la puso en libertad únicamente en benévola consideración hacia mi hermano. Euphrasie regresó finalmente al castillo; su seductor no tardó en reaparecer, y en reanudarse su comercio... Lo demás os es sobradamente conocido, señora.
-Mas, para ejercer sobre mi hija una venganza seme­jante a la que ejerce su marido, ¿no sería preciso estar tan seguro del crimen que se le imputa como de la propia exis­tencia?
-Ciertamente, señora; mas, cuando a lo que hemos visto vienen a unirse pruebas escritas, y de la fuerza de las que poseemos, creo, señora, que la duda se hace imposible.
-¿Podréis mostrármelas, sin duda?
-Sólo obran en mi poder las copias; los originales quedaron en manos de mi hermano.
-Mostradme, pues, al menos esas copias.
Y en el acto el abate se sacó del bolsillo un billete que contenía las siguientes palabras:
«Mañana, víspera de Difuntos, iré, según tengo por costumbre, a rezar en el mausoleo del parque; si te encuen­tras allí, querido conde, serás el dios que adoraré, pues nin guno es para mí tan sagrado como tú. Evita las miradas del marqués y del abate; tienen ojos de lince. Te abrazo con toda la fuerza de mi amor; creo darte con ello suficiente idea del ardor de este beso encendido con toda la llama de la pasión más violenta.»
Tras dar lectura a este billete, el abate leyó el acta escrita y firmada en el subterráneo de Deschamps.
El conocimiento de tales pruebas sumió a madame de Châteaublanc en un estupor del que le fue difícil recupe­rarse.
Sin embargo, recobrada al poco tiempo, dijo con fir­nmeza:
-Señor, considero que estos escritos pueden pasar, desde todos los puntos de vista, por verdaderos monu­mentos del horror y la iniquidad; porque, o bien son de mi hija, en cuyo caso no podrían inspirarme mayor espanto, o bien son invenciones calumniosas, y, en esta segunda supo­sición, ¿hubiera podido la propia mano de Lucifer trazar nada más horrendo?
-Más se trasluce aquí la verdad que el engaño -res-. pondió Théodore-. Hay cosas tan horribles que, a lo que creo, nadie sería capaz de inventarlas.
-Sí, pero las hay tan abominables, que resulta difícil. darles crédito. ¡Cuántas pruebas en favor de mi hija, señor, pueden atenuar las vuestras! Su afecto sin límites hacia el señor de Gange, a quien ha preferido a toda la corte; su conducta, irreprochable en todos los aspectos; su religión, tan mancillada por las frases impías del billete que se pretende le escribió a Villefranche; el candor y la sinceridad que la caracterizan; todo, señor, la exculpa de los horrores que se le atribuyen, y antes prefiero creer en la calumnia que en el adulterio. Sea como fuere, señor-aña­dió madame de Châteaublanc interrumpiendo la conversa­ción-, necesito algún reposo, y os ruego que os retiréis. Cumplid con lo que se os ha prescrito; consiento en ello, puesto que soy la más débil; mas el cielo, que no deja en la tierra ningún crimen sin castigo, vengará un día u otro a . la virtud de los crímenes con que el crimen pretende abru­marla.
El abate llamó a Rose.
-Aquí tenéis, hija mía -díjole-, una nueva huéspeda que nos envía mi hermano, y a la que debéis los mismos cuidados que a vuestra señora; le serviréis, a ella y a su nieto, en esta habitación, donde no debéis olvidaros de dejarla encerrada cada vez que salgáis. En cuanto a vos, señor abate Perret, estaréis a las órdenes de la señora en tanto ésta juzgue necesarios vuestros servicios. Si la señora os considera adecuado para educar a su nieto, cumpliréis con sus deseos; y a vos, señora -dijo Théodore retirán­dose con el vicario-, tendré el honor de visitaros cuando tengáis a bien concederme permiso para ello.
Théodore y el vicario salieron, y Rose, debidamente catequizada, se quedó con la madre de Euphrasie.
-Dos o tres huéspedes más de esta índole -dijo el abate a Perret- y nuestra casa parecerá una plaza fuerte. Dicen que Mazarino ha hecho construir algunas; me siento tentado de ofrecerle ésta.
-Feliz vos, señor abate, que podéis bromear en las más espinosas situaciones de la vida.
-¿Espinosas? ¿Y por qué?
-Pero, señor abate, me parece que esta mujer no da crédito muy fácilmente a las pruebas de convicción que le presentamos.
-¿Qué importa? Las tenemos, y con eso basta. En Aviñón la creen en París, y os aseguro que en París nadie va a imaginar que está en Gange.
-Pero -dijo Perret-, nunca me habíais hablado de este billete dirigido a Villefranche. ¿En qué laboratorio infernal fue fabricado?
-En el mío -respondió Théodore-; ni siquiera el marqués tiene aún noticia de su existencia. Yo lo redacté, y di en Nimes con un hábil falsificador a quien bastó una muestra de la escritura de mi cuñada para imitarla a la per­fección en un instante.
-¿De modo que le habéis enseñado únicamente una copia?
-Sólo exhibiré el original en caso de necesidad. Mas dejemos esto a un lado. Lo que ahora importa es estorbar toda comunicación entre esas dos mujeres: no dejes de amonestar a Rose al respecto. Tú cuídate especialmente de la madre; procúrale piadosas lecturas. Yo me encar­garé de todo lo concerniente a Euphrasie.


VIII


No escapó al prudente abate que, enterada la madre de que su hija se hallaba en el castillo, iba a resultar muy difí­cil evitar que la hija se enterase de la llegada de su madre. ¿Podía acaso confiarse en Rose para guardar un secreto semejante? ¿No son siempre de temer los cómplices de una mala acción? Rose daba muestras de buen corazón y de leal afecto a su señora. Nada tan pavoroso como estos matices de virtud en un agente del crimen, y este modo imperioso en que la naturaleza reclama sus derechos debiera refrenar a cuantos pretenden infringirlos.
Llegó, pues, el abate a la conclusión de que era infini­tamente más sencillo, y al mismo tiempo más cómodo, sembrar la confusión y la enemistad entre dos mujeres que no se veían que contar con la discreción de una muchacha que las veía a ambas. Por consiguiente, al cabo de algunos días se presentó en la habitación de Euphrasie.
-Señora -le dijo al entrar-, vuestra madre y vuestro hijo se encuentran en el castillo.
-¡Mi madre! ¡Mi hijo! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué rayo de esperanza aparece ante mis ojos!
-Pasito, pasito -dijo el pérfido abate-; no es un rayo tan luminoso como parecéis suponer. Madame de Cháteau­blanc se encuentra aquí, en efecto; mas, indignada con vos, se niega en redondo a veros. Vuestro marido le ha mostrado las pruebas desdichadas de vuestros crímenes, y su furia no es para descrita.
-Pero, ¿a qué nuevas calumnias os referís ahora?
-¡Cómo! ¿Os obstináis en negarlo?
-No confundamos las cosas, señor: sólo firmé el docu­mento del subterráneo para conservar mi vida y así poder jus­tificarme luego; la carta a Villefranche es falsa; nunca la escribí.
-Disculpad, señora; pero semejante obstinación contri­buye mucho más a condenaros que a justificaros. Os conven­dría infinitamente más recurrir a la dulzura, a la moderación, a las excusas; así demostraríais poseer un alma noble, mientras que el proceder contrario da pruebas de vuestra familiaridad con el vicio, que cree anular los propios yerros negándolos, y librarse del castigo o del oprobio haciendo revertir a otros los horrores de que es culpable. Tal extremo de simulación no redunda jamás en beneficio del acusado, y sí contribuye a su perdición. No es este el lenguaje del arrepentimiento, y sólo el arrepentimiento puede conmover en un culpable.
-¿De modo que, según vuestro criterio, para merecer la estimación ajena es menester reconocerse culpable de crímenes que jamás se han cometido?
-No, pero cuando se han cometido- efectivamente tales crímenes, es forzoso avenirse a confesarlos, antes que aumen­tar su gravedad con una persistente negativa. Mas dejemos de lado los argumentos de una lógica a menudo sofística, e inu­til en todo caso. Vuestra madre ha leído el billete dirigido a Villefranche cuya existencia negáis con tanta audacia.
-No he escrito tal billete; no dejaré que se me acuse sin defenderme, y mi silencio sería un crimen tan grave como el que me atribuís.
-Os defenderéis ante los tribunales.
-Quiero comparecer ante ellos cuanto antes.
-Tened por seguro que vuestro marido no tardará en llevaros a su presencia. Entre tanto, contentaos con saber que vuestra madre rehúsa recibiros, convencida plenamente de la realidad de vuestras culpas.
-En tal caso, ¿a qué ha venido al castillo?
-En busca de algunos papeles útiles para el viaje a París que va a emprender con vistas a solventar, si es posi­ble, las desdichadas consecuencias del duelo que ocasio­nasteis y que, de no mediar pacificación, retendrá para siempre a vuestro esposo en tierra extraña.
-¿Al menos enoja a mi madre el hecho de que se me impida verla?
-No, porque de ella proviene tal prohibición.
-¿De modo que toda mi familia está contra mí? ¿Podría acaso mostrárseme más avara la suerte si fuese en verdad culpable? ¿Hay cosa más dura que ver depararse a la inocencia todos los sinsabores y tormentos que pertene­cen sólo a la iniquidad? Mas, a lo que entiendo, ¿vos me ofrecéis, a cambio de cometer un crimen verdadero, vues­tra mediación y servicios para librarme de uno imaginario?
-Mi oferta y su precio no han variado.
-¿De modo que cifráis vuestra virtud en hacerme cul­pable?
-Tened en cuenta que la acción que tanto horror os inspira es mucho menos reprensible que la que ya os habéis permitido; pensad que os libráis de un gran delito por otro de poca monta.
-No acierto a ver ninguna diferencia entre el mal que me reprocháis y el que queréis que cometa; más aún, siendo hermano de mi marido, este mal me parece mucho mayor.
-No hacéis justicia a mis sentimientos: sólo a vuestro corazón aspiro, señora, y tenemos pruebas de que Ville­franche os exigía mucho más.
-Ninguna relación mantuve con Villefranche, y sólo a mi marido quiero amar; la primera parte de mi razona­miento refuta vuestra acusación; la segunda os prueba la imposibilidad de la recompensa que me exigís a cambio de vuestros servicios.
-Pues bien, señora, todo queda tal como estaba, y mi misión, cumplida. Me encargaron transmitiros la despe­dida de vuestra madre y así lo hago; si tenéis algún recado particular para ella y para vuestro hijo, me encargaré igual- mente de transmitírselo, y me retiraré en cuanto deis vues­tro consentimiento.
-¡Cómo! ¿No podré ver a mi hijo? Hablarme de él ha sido una crueldad inútil; ya que no queríais dejármelo ver, hubierais debido mantenerme en la ignorancia de su lle gada al castillo. Cruel, ¿qué mal os he hecho para merecer tal severidad?
-Es sobremanera singular, señora, que os quejéis de un trato riguroso en demasía cuando vos misma no tenéis reparo en hundir un puñal en el corazón de los que os rodean.
-¡Hijo mío! Tus manos cariñosas no enjugarán las lágrimas que tu padre hace manar diariamente; dile al menos cuánto le adoro; quizá creerá en mi inocencia al ver la que reflejan tiernamente tus facciones; y esas lágrimas en las que no puedo bañarte dejarán de manar si consigues tu intento.
Era tarde. El abate se retiró, disponiéndose a asestar a la mañana siguiente al corazón de la madre los mismos gol­pes mortales que acababan de destrozar el de la hija.
-Señora -dijo a madame de Cháteaublanc al entrar en su aposento-, pese a las severas recomendaciones de mi hermano encaminadas a que os privara de ver a vuestra hija, el deseo de acercaros y lograr la deseable concordia me inclinó ayer a visitarla para invitarla a descender a vuestra habitación. Juzgar cuál no sería mi sorpresa cuando hallé sólo resistencia en aquella mente díscola. «Mi madre viene sólo a duplicar mis males o a añadir un nuevo grillete a mis cadenas -me ha dicho-. No quiero verla. Me reprocharía acciones dictadas por un impulso más poderoso que yo misma y de las que mal puedo arrepentirme, pues, ¿quién sabría gobernar los movimientos de su corazón? Sin ofensa para nadie puedo ahora confesar mi amor por el tierno objeto que me han robado los feroces celos de mi esposo. Sólo el recuerdo de aquel amor me consuela, y no estoy dis­puesta a someterme a reproches de los que no me creo mere­cedora en absoluto. Me decís que mi madre va a París para poner remedio al percance de mi marido; sinceramente pido al cielo que el éxito la acompañe; mas, en cuanto mi marido esté libre de zozobra, le ruego que piense en nuestra perpe­tua separación. Cuando no se puede ya poseer un corazón, es bien que al menos no se intente tiranizarlo. Nada tan injusto y atroz como la prisión en que se me retiene; ¿qué derecho puede ejercerse sobre quien no ha sido juzgado? ¿Y acaso no se ultraja a las leyes reconociendo culpable­mente su insuficiencia si se sustrae a su acción un sujeto tenido por digno de ella? Tal vez a los soberanos les sea dado este derecho: autores y protectores de las leyes, pueden corregir su obra; mas tal derecho reservado sólo a ellos, no puede pertenecer a una familia. prosiguió la desvergon­zada-, bastará con este proceder, presentado ante los tribu­nales, para obtener prontamente la separación a que aspiro.»
-Me veo en la precisión de creer vuestras palabras, señor-respondió madame de Cháteaublanc-, mas no os ocultaré que hubiera preferido oírlas de los mismos labios de mi hija.
-¿De suerte, señora, que la recompensa de mis buenos oficios será hacerme pasar por un impostor?
-¡Es tan penoso para el corazón de una madre adqui­rir tal convencimiento...! Pues bien, señor, en la terrible imposibilidad en que me hallo de poner término a mis dudas, sólo una cosa voy a pediros: que me juréis sobre este Santo Cristo que preside mi habitación que cuanto me habéis dicho en los dos últimos días responde en todos sus puntos a la verdad, que el billete que me habéis mostrado ha sido verdaderamente escrito por mi hija al conde de Villefranche, que el documento del subterráneo ostenta idénticos caracteres de autenticidad y que, en una palabra, en nada me habéis engañado.
-Señora, jamás hubiera creído que me sometieseis a semejante prueba; mas accedo a ella, puesto que la juzgáis necesaria.
Y el monstruo, capaz de cualquier crimen, alzó la mano y pronunció ante su Dios las frases que le dictó madame de Châteaublanc, probando, por tal extremo de maldad, cuán desgraciadamente cierto es que sólo el pri­mer paso resulta difícil en la senda del crimen y que, una vez dado, no hay extravío que el criminal no se permita ni atrocidad a la que no se entregue. ¡Quiera el cielo que ejemplo tan nefando sirva para contener a quienes aho­gan el clamor de su conciencia! Que se detengan al pri­mer tropiezo; que reflexionen sobre los peligros del segundo, sobre todos los males que de él se derivarán, y, contenidos por los buenos principios que se les inculca­ron en su infancia, por la santa religión que fue alimento de sus primeros años, se evitarán muchos infortunios.
-Bien, señor, ahora os creo -otorgó madame de Châteaublanc-. Siempre tendemos a dudar de lo que supone para nosotros motivo de aflicción. Una dulce ilu sión daba pábulo a mi esperanza, pero puesto que me pri­váis de ella, forzoso es que me resuelva.
Y aquella mujer sensible y piadosa, postrándose a los pies del Cristo que había servido de testimonio al perjurio de Théodore, exclamó con los ojos bañados en llanto:
-¡Dios mío! Dadme el valor de soportar tan crueles desdichas; dignaos sobre todo cambiar el corazón de mi hija volviendo a insuflar en él un día las virtudes que ale­graban mi existencia.
Entonces el niño, viendo a su abuela bañada en lágri­mas, se abalanzó sobre su regazo y le dijo:
-¿Por qué lloras, abuelita? -mientras sus bracitos la rodeaban amorosamente.
-Hijo mío -respondió ella dándole un beso-, ¡quiera Dios que nunca llegues a saber lo que cuesta dejar de amar a lo que fue la felicidad y el orgullo de nuestra vida!
El abate, que observaba los efectos de una crisis tan vio­lenta, parecía dar muestras de la mayor sangre fría... Es, pues, cierto que el crimen ahoga todas las facultades de nuestra alma. ¡Cuán enemigo de sí mismo es entonces quien deja adquirir tal preponderancia a un veneno tan destructor! Así transcurrió un buen período de tiempo, durante el cual el abate visitaba a ambas señoras por mera cortesía sin que ninguna explicación agriase tales visitas. Pero la mar­quesa estaba harto deseosa de una aclaración para no intentar cuanto le fuera posible en tal sentido. Consiguió ganar para su causa a la buena Rose, y, pese a los peligros que esto le suponía, aquella honrada joven prometió posi­bilitar un encuentro entre las dos mujeres.
Se comprenderá fácilmente que la madre, enterada de los deseos de su hija y reconociendo sólo por este dato parte de las imposturas del abate, consintiera en todo lo que se hiciera a este respecto. De suerte que ya el único problema residía en asegurar el éxito de una empresa tanto más difícil cuanto que Perret no tenía un momento de dis­tracción, y poseía tan buenas disposiciones para el servicio de los dos hermanos como podía tenerlas Rose para sacri­ficarse en interés de madre e hija.
Todo, pues, quedó dispuesto para aquella peligrosa aventura. Euphrasie debía bajar a la habitación de su madre, cuya puerta se encargaría Rose de dejar abierta.
Era en enero. La interesante Euphrasie se levantó tiri­tando de frío, pasó a su antigua habitación y sus ojos, arrasados de lágrimas, contemplaron por un instante aquella estancia que antaño fuera teatro de su felicidad. No tardó en sustraerse a un lugar cuyos recuerdos tanto dolor la causa­ban, para cruzar la galería que unía su habitación a la capilla. Caminaba a tientas en la oscuridad: las prudentes precau­ciones de Rose habían desaconsejado el uso de cualquier lamparilla. Las tinieblas de aquellos vastos salones se veían solamente interrumpidas por algunos pálidos reflejos de las estrellas que brillaban en el cielo aquella noche, metamorfo­seando en fantasmas los retratos que ornaban las paredes de aquella galería. Aquellos resplandores fugaces, que se filtra­ban amortiguados a través de antiguos vitrales, contribuían más a aumentar el pavor que a guiar los pasos de Euphrasie. Traspuesta la galería, incluso aquella débil claridad cesaba: debía penetrar en un largo corredor totalmente a oscuras, al final del cual se hallaba el aposento de madame de Château­blanc. Una bujía colocada en el dintel daba una luz todavía más débil y vacilante que la que había guiado los pasos de Euphrasie. La infortunada, más despavorida que nunca, se apoyaba en el hombro de Rose, cuando una mano pesada y grosera tomó a ésta por el brazo.
-¿Dónde vais? -exclamó Perret con voz de trueno-. Volved inmediatamente a vuestra habitación, si no queréis que vaya a dar parte al señor abate.
Mas Euphrasie ya nada oía: se había desvanecido en brazos de Rose, y en tal estado fue conducida, con la ayuda de Perret, a su torre. Rose se quedó con ella para cuidarla, y el feroz agente del mayor de los monstruos fue a cerrar de nuevo el aposento de la madre y a dar noticia de lo acontecido a su dueño.
-Señor -le dijo-, ningún suplicio es bastante cruel para esta guardiana desleal; ningún castigo sería demasiado severo; os exhorto a que toméis las más rigurosas medidas. Todo esto ha sido resultado de una conjura largamente tra­mada. ¿Qué hubiera sido de nosotros, señor, si estas muje­res se hubieran visto?
Théodore se precipitó en el aposento de su cuñada.
-¿De modo, señora, que queréis agravar vuestra detención y vuestras faltas? -le dijo, encolerizado-. ¿Qué motivo ha podido inclinaros a seducir a esta mucha­cha y aproximaros a vuestra madre, firmemente resuelta a marcharse sin veros?
En este punto, la marquesa, que no podía responder sin comprometer a la que la había servido, se limitó a decir que había obligado a su guardiana a abrirle la puerta y a conducirla ante una madre a la que seguía adorando y cuyas desfavorables impresiones quería desvanecer.
-En tal caso, sólo vos seréis castigada -sentenció Théodore, quien, como no disponía de nadie que pudiera sustituir a Rose, prefería mantener a ésta en su puesto y limitarse a reprenderla, que castigarla separándola de Euphrasie-. Seguidme, señora -dijo después a su cuñada-. Esta habitación es demasiado cómoda para que vos habitéis en ella; os voy a conducir a otra donde no os resultarán tan fáciles estas evasiones nocturnas.
Entonces, el cruel abate, arrastrando a su cuñada con la cólera feroz que dicta el crimen, la recluyó en el calabozo de la torre, donde apenas penetraba el aire y donde sólo había un montón de paja en el suelo para descansar.
-Rose, tomad las llaves -ordenó el abate-, y si vol­véis a hacer mal uso de ellas, este mismo calabozo os ser­virá de sepulcro.
Resignada a todo, la infortunada marquesa sólo opuso una noble presencia de ánimo a la bajeza de su verdugo; no derramó una sola lágrima, y, como los primeros cristianos perseguidos por su fe, vio cerrarse las puertas de su mazmo­rra con el pensamiento puesto en los salmos en que el santo rey pide a Dios el perdón de sus enemigos. ¡Oh, religión!, tales son tus dulzuras; no hay males en la tierra para quien recibe tu consuelo. ¿Por qué afligirnos por los tormentos que sufrimos en esta vida, cuando tan venturoso porvenir nos depara la certeza de renacer en el seno de un Dios de paz?
-La imprudencia que habéis cometido esta noche, señora -dijo Théodore entrando en la habitación de la madre de su víctima-, no conviene ni a vuestra edad ni a vuestro buen juicio. Persuadida como estáis de que graves razones nos fuerzan a manteneros en este triste cautiverio, ¿qué ha podido moveros a semejante tentativa?
-El deseo de adquirir un convencimiento, señor, que estoy muy lejos de poseer.
-¿Sospecháis aún, después de mi juramento?
-La persona a quien es preciso forzar a un juramento puede muy bien ser culpable de la atrocidad que lo motiva. Quiero ver a mi hija y no me iré del castillo sin verla.
-Ante tan firme resolución -dijo el abate-, sólo os pido, para asentir a ella, esperar la respuesta de mi her­mano. Voy a mandar inmediatamente a un hombre a caballo para Aviñón, y acataré al pie de la letra los dictados del marqués: soy un simple instrumento de su voluntad y le he jurado cumplirla en todo momento.
-Mas, ¿qué razones me fuerzan a depender de mi yerno? ¿Con qué derecho me retiene prisionera en su castillo?
-Habéis venido por vuestra propia voluntad, señora; lo demás es una precaución conveniente para el sosiego familiar, sobre cuya necesidad ya me extendí en su día.
-De acuerdo, señor, escribid; esperaré la respuesta.
Théodore se apresuró a escribir.
Los anales que hemos consultado sólo nos han transmi­tido un resumen de aquella carta; pero la respuesta, redactada en los términos que siguen, nos ha llegado íntegramente.
«Aviñón, 25 de enero de 1665.-Un cambio de extrema importancia sobrevenido en nuestros asuntos va a impo­nernos también un cambio de planes. Todos los motivos de la detención de mi mujer y mi suegra desaparecen ante la importancia del asunto que voy a exponerte.
Monsieur de Nochères, muerto hace tres días, ha legado a mi mujer su inmensa fortuna. Si persistimos en nuestros malos tratos a Euphrasie, adoptaría respecto a esta sucesión algunas medidas tanto más desagradables para nosotros cuanto que hasta dentro de veinte años dicha sucesión no pasará a su hijo. De suerte que, si ella se pusiera en contra de nosotros, nos veríamos privados por veinte años de la tutela y, por consiguiente, del disfrute de los bienes del menor. Cierto que habría un modo -ya adi­vinas cuál- de poseerlo todo... Y el caballero de Gange, que ha venido aquí, de regreso de su guarnición, me lo aconseja vivamente; pero he amado a esta mujer y he pro­fesado afecto a su madre... Además, no soy de espíritu tan templado como vosotros respecto a estas medidas maquia­vélicas de las que la antigua Roma y la moderna Florencia nos ofrecen tantos ejemplos... No te diré más: el caballero afirma que con esto te basta y que eres capaz de llevarlo a cabo. ¿Qué quieres que te diga? O esto, o una reconcilia­ción general que, colocando a estas damas en más favora­ble disposición, nos las devuelva a Aviñón con el pensa­miento bien alejado de medidas que harían que esta fortuna pasase ante nuestros ojos sin que pudiéramos tocarla. Recibe un abrazo mío y otro de nuestro hermano, que arde en deseos de verte.»
Esta carta llegó a Théodore por medio de un mensa­jero, sellada y lacrada a prueba de toda indiscreción o infi­delidad.
El abate dio lectura a ella en compañía de Perret. ¡Cuál no sería su sorpresa y tribulación al recibir tales noticias!
-El designio que vuestros hermanos dejan entrever sería probablemente el mejor y más seguro -dijo Perret-; yo, en vuestro lugar, no dudaría un minuto. Están ya apartadas del mundo; un paso más, y habrán desaparecido del todo. -Probablemente -respondió Théodore-, y te ase­guro que no experimentaría el más leve escrúpulo; mas no contrariemos nuestros intereses cuando sólo debemos pen­sar en servirlos. Veo bien el peligro que encierra dejar esa herencia en manos de dos mujeres descontentas de nuestro proceder. Puede apostarse doble contra sencillo a que, hasta la mayoría de edad del niño, harán todo lo posible para que la herencia quede intacta en sus cofres, sin que nosotros podamos sustraer ni el más modesto óbolo. Mas, caso de deshacernos de ellas... En primer lugar, ¿es seguro que podríamos hacerlo con toda seguridad? En segundo, ¿no sería nombrado un consejo de tutela para garantizar la sucesión y oponerse a cualquier sustracción del patrimonio por nuestra parte? ¿No se reunirían los amigos y parientes del testador para poner la herencia a buen recaudo? Ni mis hermanos ni yo tenemos principios muy severos en lo que respecta a la economía, y temerán nuestras malversaciones. Someterán a severa custodia la herencia, y seremos aún menos dueños de ella que siendo mi cuñada o su madre las depositarias. Euphrasie, siempre muy enamorada de su marido, hará, a lo que creo, mucho más por él que por su propio hijo. Bien sé que nos hemos indispuesto con estas dos damas, pero nada tan fácil como ganarse de nuevo a una mujer; su corazón es por naturaleza tan bueno y sensible, su carácter tan cambiante, su espíritu tan ligero, que muy poco suele mediar en ellas entre el amor y el odio, entre el odio y el perdón. Así pues, pienso que debemos dejarlas en libertad inmediatamente, consolarlas, apaciguarlas y enviarlas cuanto antes a Aviñón, donde el marqués hará lo que juzgue oportuno para acabar de calmarlas. Yo mismo las acompañaré, y ten por seguro, Perret, que esta conducta nos dará mejores frutos que cualquier otra.
El buen Perret, siempre partidario de los recursos extre­mos, imprimió a su rostro una horrible mueca al ver que se le privaba de los medios de cometer un crimen. Sacudió por tres veces su espantable cabeza y dijo entre blasfemias:
-Sois demasiado bueno, señor abate, demasiado cle­mente; tened presente que os arrepentiréis de esta resolu­ción y que un día u otro os veréis forzada a volver a méto­dos más rigurosos, quizá cuando ya no sea posible.
-Querido amigo -repuso Théodore-, me conoces lo bastante para saber que no me retiene el honor ante la acción propuesta, sino la certidumbre de su completa inu tilidad y la de que más puede derivar en nuestro detrimento que en nuestro provecho. Bástete con saber que estarás satisfecho de mi proceder cuando la ocasión lo requiera.
Y Perret, calmado muy a pesar suyo, se retiró para ali­mentarse, como las serpientes, con el veneno que no podría expulsar.
La sensible Euphrasie rogaba de rodillas al Dios de bondad y de misericordia, única esperanza de alivio a sus males, cuando Théodore penetró en su mazmorra.
-Todo ha cambiado, señora-le dijo-, y para no dife­rir la exposición de las felices nuevas que me comunica Alphonse, tened la bondad de seguirme a los aposentos de vues­tra señora madre, a fin de hacérsela saber al mismo tiempo.
Euphrasie, cuya alma había madurado en la escuela del dolor, afrontó aquel cambio de situación con la misma sere­nidad que la había sostenido en el infortunio, y siguió a su cuñado al aposento de madame de Châteaublanc. Mas al lle­gar a él, sus emociones, largamente contenidas, se desborda­ron, y cayó bañada en lágrimas en brazos de su madre. Madame de Châteaublanc participó en tal dulce impulso. ¡Las almas sensibles tienen un mismo lenguaje! La madre y el niño inundaron con su llanto a Euphrasie, y durante un buen rato ninguno de los tres pudo pronunciar palabra.
-Tranquilizaos, señoras, os lo suplico -dijo Théo­dore-, y prestad atención a los graves asuntos que se me ha encargado comunicaros.
Se calmaron, tomaron asiento y prestaron atención al abate.
-A menos que poseyéramos la sabiduría y la prescien­cia del mismo Dios -expuso Théodore-, era difícil no creer a Euphrasie culpable de los yerros que mi hermano y yo le imputábamos. Las confidencias de Villefranche la con­denaban. Él se vanagloriaba de un triunfo imposible sobre la más virtuosa de las mujeres, y llevó su descaro hasta el extremo de tomarme por confidente, comprometiendo a mi hermana en mil ocasiones distintas. Con la ayuda de estas pruebas aparentes, la terrible catástrofe del parque, el azar que hizo testigo de ella a mi propio hermano y, finalmente, el billete que se encontró en el bolsillo del muerto, acabaron de completar el pliego de cargos. ¿Quién no se hubiera per­suadido ante tales presunciones? Y, con el natural celoso de mi hermano, ¿quién no hubiera montado en cólera? Proce­dió contra vos, señora -prosiguió Théodore mirando a Euphrasie-, por dos motivos básicamente idénticos. Me había suplicado que os indujera a creer que yo os profesaba los mismos sentimientos que Villefranche: en primer lugar, para saber si érais inclinada por naturaleza a esta clase de deslices; en segundo, para darme medios de ganar vuestra confianza y sonsacaron la verdad de los hechos, si ambos hubiéramos llegado a vivir en mayor intimidad. Puse en acción tales recursos, y debo reconocer ahora públicamente que no han servido sino para que resplandeciera mejor vues­tra inocencia. Cada día daba cuidadosamente cuenta por escrito de lo acontecido a mi hermano, el cual, convencido de vuestras faltas, se mostraba remiso siempre a cuanto pudiera justificaron. Para no denigrarse ante el mundo, ya que empezaba a esparcirse el rumor de la detención de madame de Gange, hizo que madame de Châteaublanc saliera para Gange, haciendo público en Aviñón que la seve­ridad que empleaba con su esposa contaba con el asenti­miento familiar y que, puesto que enviaba allí a su suegra y a su hijo, tal severidad no era tan rigurosa como algunas malas lenguas se complacían en pintarla, en una ciudad donde es notorio que-la calumnia circula con tanta facilidad como los impetuosos vendavales que aborrascan su cielo diariamente. De modo que al cabo de algún tiempo yo mismo debía con­certar la entrevista que vuestra impaciencia quiso adelantar, y que razones de peso me movían a diferir y de vuestra mutua explicación esperaba establecer una opinión decisiva, con la que mi hermano prometía darse al fin por satisfecho. En este intervalo -prosiguió el abate dirigiéndose a madame de Châteaublanc- me exigisteis un juramento que no creí debiera dudar en haceros, vista la realidad de las pruebas que obraban en mi poder. He aquí los originales.
El abate mostró las dos pruebas. La primera, la del sub­terráneo, no requirió mayor examen, por ser ya conocida; sólo se pretendía de ella una convicción moral, pues no cabía dudar de su existencia física. La segunda prueba reclamó la atención de un modo más particular; las dos damas se apoderaron ávidamente de aquella carta; devora­ban su contenido.
-¡Qué destreza! -exclamó Euphrasie.
-Tranquilizaos, señora -dijo el abate-. Este papel fue efectivamente encontrado en un bolsillo del muerto, pero con no menor certeza se puede afirmar que es obra de la más negra calumnia, encargada por el propio Villefranche a un copista del contorno. El falsario, recientemente condenado por otros delitos, confesó también éste. Queda, pues, claro que Villefranche llevaba de intento este billete en el bolsillo para excusar su desarreglo en caso de verse sorprendido y salvarse a costa de condenaron si le era posible; sin duda debió decirse que vos obtendríais de un marido que os ado­raba el perdón de aquella falta con mucha más facilidad que él. Según esto, ya ninguna prueba os acusa, señora. Os halláis completamente justificada y sólo nos resta lamentar la con­ducta que tan graves sospechas nos forzaban a adoptar para con vos. Otra especie de bálsamo tengo para cubrir vuestras heridas, querida hermana: monsieur de Nochères acaba de fallecer, legándoos una fortuna cuya magnitud os es cono­cida. Tal es el complemento de mi discurso. Permitidme que sea el primero en felicitaros por tan venturoso cambio de fortuna en todos los asuntos que os conciernen.
Entonces el traidor se levantó vertiendo lágrimas tan falaces como el corazón que parecía dictarlas y abrazó a ambas señoras y a su sobrino, a quien pareció felicitar con la mayor sinceridad del mundo por tan inesperada for­tuna, de la que el vástago de dos mujeres tan cabales en mérito y virtudes sólo podía hacer, en su día, el mejor y más honesto uso.
Como, después de tales emociones, parecía necesario un momento de calma y de reposo, el abate dejó a las dos señoras, a las que algunas horas más tarde hizo servir una espléndida comida, en cuyo transcurso la alegría, la dicha y la tranquilidad ocuparon el lugar de las zozobras que hasta entonces las habían inquietado, estableciéndose de modo definitivo la partida a Aviñón para el día siguiente.
Cuando una crisis violenta ha roto los lazos de una sociedad, es poco frecuente que una nueva armonía resta­blezca el orden antiguo con tanta rapidez como lo turbó la discordia: reinan el temor y el recelo, y una mal disimulada frialdad caracteriza los primeros días de la reconciliación. Tal fue el caso de nuestros viajeros: dedicaron poco tiempo a hablar entre sí, y mucho a sus pensamientos. No tardaron en presentarse a sus miradas las murallas de Aviñón, y la certeza de que la entrada en aquella ciudad rompía definiti­vamente los grilletes de nuestras cautivas, haciendo fruncir el ceño a su perseguidor, despejó la frente de sus víctimas. Los viajeros se dirigieron a sus respectivos destinos. Madame de Gange pasó a casa de su madre, y el abate fue a encontrarse con sus hermanos, a quienes prometió pre­sentarles prontamente a las damas.


Mientras nuestros personajes se aposentan, permítase­nos dar a nuestros lectores una idea de lo que era aquella ciudad en el siglo XVIII.
Aviñón, célebre por haber sido sede pontificia durante setenta y dos años bajo siete pontificados, desde Clemente V a Gregorio XI, que restableció la Santa Sede en Roma, está situada en un llano tan fértil como ameno. Asentada en la orilla oriental del Ródano, la ciudad podría, por su situa­ción, ser un importante emporio comercial, y lo hubiera sido a no ser por la inactividad y muelle indolencia de sus habitantes, los cuales, nobles, abogados o abates casi en su totalidad, apenas admitían en su comunidad a algunos comerciantes. De esto resultaba que la abundancia de con­sumidores sin almacenes donde proveerse debía fatalmente hacer que reinase la miseria en una provincia en que el oro, siempre alejado del país, no hallaba la necesaria armonía para el intercambio comercial.
Fue Inocencio VI quien, para defenderse de las incur­siones del arcipreste Cervolles, capitán de bandidos, levantó en torno a la ciudad las monumentales murallas que causan la admiración de todos los viajeros. Otro de los motivos que impulsaron al Papa a tal construcción fue el dejar constancia, mediante obra tan grandiosa, de la sobe­ranía que su predecesor, Clemente VI, acababa de adquirir sobre aquel hermoso país, que le había vendido en 1348 Juana de Nápoles, hija del buen rey Roberto, por la suma de ochenta mil florines; adquisición doblemente singular, por cuanto que ni el Papa tenía derecho a comprar ni Juana a vender. Una soberanía no puede enajenarse, y quien la compra no prueba sino su incapacidad para adquirirla; ningún derecho tiene el poder que da la ocupación, pues el invasor tiene el derecho de la fuerza, que no poseían ni el comprador ni el vendedor en la enajenación del Condado. De esta suerte, los reyes de Francia no han tenido la menor dificultad en apoderarse de este país cada vez que les ha sido necesario o en represalia hacia los Papas.
Los pontífices, a su regreso a Roma, dejaron para repre­sentarles en Aviñón a unos legados apostólicos, quienes, en un cargo previsto solamente para seis años, no se ocuparon, a ejemplo de los bajaes de Egipto, sino en ganar dinero, vendiendo todos los bienes de que podían disponer. Había también mujeres que compartían su autoridad; convertidas en canal de todos los beneficios, constituían otro defecto de la administración que, unido al nulo comercio, contribuía infaliblemente a la ruina de un país que por su posición debería sobrepasar a todos sus vecinos, o al menos empo­brecerlos, absorbiendo los aromas nutricios.
La guarnición de la ciudad estaba formada, simple­mente, por la guardia de honor del legado apostólico, lo cual constituía un nuevo motivo de pobreza, pues privaba a la ciudad de la estancia de tropas, que siempre contribu­yen a la prosperidad y seguridad. Cocineros, maestresalas y ayudas de cámara -cuyo servicio no era ni largo ni fati­goso- constituían las falanges aviñonesas.
Otra causa del malestar popular en aquel país era la indulgencia del soberano, que no cobraba ningún im­puesto.
La exención total de impuestos, al multiplicar los bie­nes del rico, reduce inevitablemente al pueblo a la inac­ción: puesto que no pesa sobre él ninguna carga, no tiene ya necesidad de trabajar. Por otra parte, la situación de semejante Estado, casi muerto, en un país de actividad y de industria, ¿no conducía inevitablemente a su ruina?
Todos los pueblos tenían un gobierno; sólo Aviñón care­cía de él. En una localidad donde los individuos hacen lo que quieren, los negocios discurren como pueden, y, sin embargo, ningún soberano cedía en despotismo al legado apostólico. Todas sus órdenes eran inapelables; todas las sentencias de los tribunales suspendían sus efectos cuando el legado se pro­nunciaba. ¿Qué valor pueden tener las leyes a los ojos de un soberano que las suspende a su capricho? Los reyes de Fran­cia decían: Lo quiero; el legado decía: Lo ordeno.
Mas, para llevar al máximo el empobrecimiento de aquel hermoso país, ¿creerá el lector que el gremio de gran­jeros franceses pagaba doscientos mil francos por año para que los habitantes del condado no fabricasen tabaco ni indiana? Tal acomodo era muy conveniente para los lega­dos apostólicos, que preferían con razón la seguridad eco­nómica que les procuraba el dinero a una industria cuyo producto no ofrecía a sus ojos una fuente de ganancias tan segura. Al menos, si se hubieran quedado en el país, los legados habrían hecho circular el dinero que ganaban; mas, como hemos dicho, al cabo de seis años desaparecían con las sumas acumuladas.
Había muchos duques y príncipes en Aviñón, lo que venía a ser una especie de tributo que el gobierno percibía en lugar de los impuestos; pues era costoso revestirse de tales títulos, que sólo se obtenían por medio de bulas semejantes a las que conceden los obispos. Hubiérase dicho que los Papas, no pudiendo ser reyes, hallaban al menos alguna compensación creando grandes señores.
La Inquisición estaba en vigor en el condado, pero era menos rigurosa que en España, debido a lo cual podía verse a muchos judíos. Es una singularidad que se observa traspuestos los Alpes y los Pirineos. Parece que, por un movimiento natural, el perseguido tiende a acercarse a su perseguidor, como para apaciguarlo u observarlo. Junto a este severo organismo existían sin embargo inmunidades personales o lugares que garantizaban la inmunidad; debe rendirse tal justicia a la Iglesia, que por aquel entonces establecía en todos los países sometidos a su autoridad lugares idóneos para proporcionar asilo al pecador, para darle tiempo a obtener la absolución antes de presentarse ante sus jueces o aparecer en público.
Por lo demás, las diversiones de toda índole, los paseos, los bailes, los conciertos religiosos, las meriendas de locutorio y sobre todo la maledicencia eran las ocupaciones preferidas de los aviñoneses. La absoluta ociosidad los llevaba a este género de distracción, que ciertamente convenía a su carácter. En todos los tiempos y países ha habido modas. La de las damas de Aviñón no era amar a sus maridos, sino, muy al contrario, tener, como en Italia, amantes de tres o cuatro variedades; la conversación obsequiosa y galante, llevando el abanico y los guantes de la dama al trote junto a su silla de manos, era costumbre común de esos tales.
Una vez llegado a Aviñón, el viajero no tardaba mucho en enterarse de las intrigas del país. La posadera, al servirle, le ponía al corriente de cuanto fácilmente podría comprobar por sí mismo en el curso de su estancia, exagerando a menudo la realidad; porque, en los pueblos ociosos, va poco de la maledicencia a la calumnia. En fin, para que no les fal­tara ni uno solo de los defectos que caracterizan a los pue­blos desocupados, los aviñoneses eran grandes políticos.
Tal era, en suma, la ciudad donde la marquesa de Gange iba a pasar algunos años en compañía de su madre, que residía en ella, y donde la veremos expuesta a nuevos percances, obra de los que conspiraban para su perdición.


IX


Al día siguiente a la llegada de madame de Gange a Aviñón, los tres hermanos la visitaron por primera vez. El marqués se portó a las mil maravillas: en aquel momento el interés pesaba más que cualquier otro sentimiento en su corazón.
-Os presento mis más sinceras excusas, señora-dijo Alphonse-, si sólo infortunios os ha procurado la violen­cia de mi amor. ¿Quién está a salvo de los celos cuando es tal la belleza del objeto amado? Hemos sido víctimas de los engaños y tretas de un insensato cuya misma memoria debo detestar, pues sólo a él debo atribuir las injusticias que con vos he cometido. ¿Podré aspirar a que mi arrepentimiento borre el recuerdo de tales faltas?
-Me atrevo a salir fiador de ello por mi encantadora hermana -dijo el caballero de Gange, que no había logrado sustraerse a la más viva emoción ante la belleza de aquella mujer-, y tengo a gala que no habré de verme des­mentido por ella.
-Por cierto que sí, querido hermano-dijo Euphrasie abrazando tiernamente a su marido-: ¿cómo podría yo seguir pensando en males que tuvieron por única causa el amor de tan tierno esposo? ¿Cómo el dolor que muestra por lo ocurrido no iba a desvanecer todo resentimiento de mi corazón?
Luego pasaron a ocuparse de los asuntos de la suce­sión. El marqués ofreció sus servicios, y madame de Châ­teaublanc se lo agradeció, diciendo, sin la menor sombra de aspereza o resentimiento, que su yerno no tenía por qué molestarse, pues ya había encargado a personas de con­fianza las gestiones pertinentes.
Las facciones de Alphonse adoptaron en este punto un aire grave y pensativo. Se inclinó, asegurando fríamente que sólo el deseo de evitar preocupaciones a su suegra y a su esposa le había movido a tal ofrecimiento, pero que no dudaba de que cuanto ellas hicieran sería lo procedente.
Pasaron a hablar entonces de adquirir un gran palacio en la calle de la Calade, donde podría aposentarse toda la familia en invierno, pero la marquesa, sin descartar tal pro­yecto, demoró su ejecución hasta que se hubieran liqui­dado las rentas pendientes de la herencia. Madame de Chá­teaublanc fue del mismo parecer, que prevaleció.
-De modo que hasta entonces sólo nos veremos como en visita de cumplido -dijo Alphonse asaz fría­mente-. Resulta muy desagradable para quienes se aman. Sin embargo -añadió dirigiéndose a su esposa-, nada más lejos de mi intención que contrariaros, y vuestros deseos serán siempre órdenes para mí.
-Además -dijo el caballero, que seguía vivamente emocionado cerca de la marquesa-, nos reuniremos los hermanos en Gange.
-Así lo espero -dijo Alphonse-, y tendré a gala que las contrariedades experimentadas en aquel castillo por mi querida Euphrasie pasen al olvido junto a un esposo que jamás dejará de adorarla.
Toda la familia comió en casa de madame de Cháte­aublanc, y por la noche acudieron a casa del duque de Cadagne, que agasajaba por entonces a la sociedad de Aviñón.
La marquesa, a quien se esperaba, había atraído a toda la ciudad. Apareció en aquel círculo como el astro prima­veral que no han oscurecido las nubes de invierno. Una vaga languidez que invadía toda su persona; el leve balan­ceo de un talle ligero y flexible que sugería, al verla, la idea de un rosal agitado un instante por el céfiro; aquellas tren­zas de cabellos castaños artísticamente enlazadas sobre la más hermosa de las cabezas; los menores gestos, que aña­dían gracia a cada uno de sus movimientos; el dulcísimo sonido de aquella voz que no se dejaba oír sino para pro­nunciar dulces y espirituales palabras; tantos encantos reu­nidos, en suma, produjeron el asombro general a su entrada en el salón, y sus mismas rivales la alabaron, triunfo poco frecuente para una mujer hermosa pero que, reconocido por unanimidad, aseguró para siempre en Avi­ñón los laureles de la belleza a la interesante Euphrasie.
Un descendiente de Laura, poeta de moda en la buena sociedad, le dedicó a su entrada el siguiente madrigal:


Antaño en esta ciudad,
Laura fue, dicen, la más bella.
¡Ah!, de Euphrasie sin la beldad,
¿cómo se hizo inmortal aquélla?


Algo se sabía de las desgracias sobrevenidas a la mar­quesa de Gange, pero como la galantería aviñonesa fue en tal ocasión más poderosa que la natural inclinación de los habitantes de aquella ciudad a la calumnia, apenas se per­mitió la concurrencia algunas ligeras reflexiones en voz baja. El abate y el marqués desaparecieron antes de la cena, y madame de Cháteaublanc no había acudido, de suerte que sólo quedó el caballero para acompañarla de regreso a su casa; y, como era aún temprano, pidió permiso a Eu­phrasie para conversar un instante con ella.
-Nada tan halagüeño -dijo el caballero- como los tributos que acaban de rendirse a vuestra belleza, si no es el merecerlos con la justicia que vos los merecéis.
-Son hábitos de cortesía -respondió Euphrasie-. No me había mostrado en público en Aviñón desde mi lle­gada de París. La curiosidad local estaba ansiosa de verse satisfecha y han juzgado oportuno alabarme. De esto nacen los elogios donde vos quisierais hacerme ver un motivo de orgullo; sólo a los de mi marido aspiro, y jamás desearé otros.
-Pero -dijo el caballero- ha incurrido en la barba­rie de negaros por largo tiempo la justicia que se os debía; y, por alejado que me encontrase de vos, os aseguro que sentía vuestra suerte.
-¿Quién no ha pasado en la vida por algunos momen­tos de injusticia? Cometí una imprudencia y debía expiarla.
-Concedido. Pero convendréis en que la expiación superó con creces a la falta, y que mi hermano fue, a lo que creo, mucho más lejos de lo preciso.
-Nunca seré de vuestro parecer en lo tocante a incul­par a Alphonse. La persona amada tiene siempre razón. Es un deber excusarla; perdonarla, una alegría.
-¡Qué alma la vuestra, querida hermana, y cuán dichoso puede considerarse su dueño!
-No tal, caballero; a buen seguro, Alphonse no se tenía por dichoso conmigo.
-¿Habéis sufrido mucho?
-Todo quedó olvidado en el momento en que reco­bré a mi marido.
-Mas la conducta de ese tal Villefranche fue imperdo­nable.
-La edad disculpa muchos extravíos, y, por lo demás, convendréis en que sufrió harto castigo.
-Le ha sido difícil a mi hermano echar tierra a este asunto. Sin duda os habrá dicho que hace sólo algunos días que recibió los documentos de gracia.
-Nada me ha dicho, imagino que por delicadeza.
-¡Cuán inclinada sois a la indulgencia!
-Es fruto del amor. ¿Erais amigo de Villefranche?
-Sí, servíamos en el mismo cuerpo. Me era bastante agradable su trato, pero los abusos que cometió con vos me desengañaron y nunca se los podré perdonar.
-La animosidad debe cesar al término de una vida humana. Nada tan penoso como ensañarse en la memoria de un muerto. Puesto que no está aquí para defenderse, ¿no estimáis que es una flaqueza, e incluso una crueldad, detestar hasta sus cenizas? El odio es una carga tan pesada que tarde o temprano acaba por desaparecer. Que des­canse, pues, en la tumba, envuelto en el sudario de quien lo inspiró. ¿No basta con haber odiado hasta entonces? Lo mismo debe suceder en nuestros últimos momentos; creo que en aquel instante terrible perdonaría hasta a quien me hubiese quitado la vida; no querría que mis manes errasen, cargados de hiel, en torno a mis perseguidores. ¿Acaso sería digna de sentarme a los pies de un Dios de clemencia si yo misma hubiese carecido de ella?
Al pronunciar estas palabras, un leve estremecimiento agitó a Euphrasie, que cambió de color, apartando su mirada del caballero. En efecto. ¿A quién, Dios santo, diri gía tan sublimes pensamientos? ¿No hubiérase dicho que el Señor hablaba por su boca y le forzaba a decir lo que habría querido callarse?
-Señora -prosiguió el caballero-, lo cierto es que hubiera querido estar presente en tal ocasión. El mar­qués es celoso; el abate, muy severo; os hacía falta un conciliador.
En este punto, el caballero pareció deseoso de inquirir detalles respecto a la detención de la marquesa, mas ella rehusó repetidamente dárselos.
-Mas, ¿por qué -dijo la marquesa- recordar los malos momentos cuando todos, en estas circunstancias, se afanan en hacérmelos olvidar?
-¡Ah! -dijo ardorosamente el hermano del mar­qués-, no querría sino cambiarlos en placeres... Per­mitidme que me retire, señora; estoy abusando de vues tra bondad, y ya empiezo a concebir mil temores en vuestra compañía.
-Caballero -dijo Euphrasie, en el tono más amable y risueño que imaginarse pueda-, no entristezcáis una con­versación llamada a conducirme a la amistad que con vos deseo y de la que siempre seréis digno.
El caballero se retiró. Y, al dar las buenas noches a su madre, Euphrasie le contó la conversación que acababa de sostener con él, confesando que aquel hermano le complacía mucho más que el otro; que hallaba en él inge­nio, gallardas maneras y sobre todo una dulzura de carác­ter que la había seducido y que, a lo que imaginaba, le habría evitado muchos sinsabores de hallarse con sus hermanos cuando sobrevinieron los acontecimientos del castillo.
Madame de Cháteaublanc no pareció penetrarse de aquella idea y dijo a su hija que sus desgracias la autoriza­ban a desconfiar de todo el mundo.
Al día siguiente, toda la ciudad llamaba a la puerta de madame de Gange. Tales señales de deferencia formaban parte de la etiqueta en Aviñón, mas, en este caso, venían a añadirse dos nuevos motivos: la curiosidad y la sensación causada por Euphrasie en la velada del duque de Gadagne. Ella atendió cuidadosamente a sus compromi­sos sociales, y mientras se ocupaban en las gestiones rela­tivas a los quinientos mil francos de la herencia de Nochères, se procuró distraer lo mejor posible a la joven marquesa.
El caballero no había ocultado al abate la profunda impresión que le había producido la mujer de su her­mano.
-Es un ángel -le dijo-, y no he visto mujer que pueda comparársele. ¡Qué gracias, qué dulzura, qué inge­nio, qué donaire! ¿Cómo no te enamoraste de ella cuando la tuviste bajo tu custodia?
-Porque no es lícito abusar de la confianza ajena -dijo el abate-, y, además, ¡pesaban sobre mí obliga­ciones tan crueles...!
-No debiste cumplirlas, sino darle un lecho de rosas. Vosotros, los eclesiásticos, sois de tal severidad... Y, sin embargo, no es este el espíritu del Evangelio, querido her­mano; serás un mal sacerdote.
-No seré sacerdote-dijo Théodore-: bien sabes que puedo contraer matrimonio cuando quiera, y ten por cierto que no me enterraré en vida en un tedioso celibato. En suma, lo que me parece fuera de duda es que amas a Euphrasie y me has honrado dándome el papel de confi­dente.
-Cierto que la amo, pero ya ves que es una pasión condenada al infortunio. Debemos guardarnos de decirle nada al marqués: sería tanto como dar motivo a sus celos inveterados y a sus interminables escenas, y no podría consolarme de ver que aquella criatura angelical llorase por mi causa. En suma, vuelvo a preguntártelo: ¿cómo pudiste convivir tanto tiempo con esa mujer sin amarla?
-Soy más juicioso que tú, querido hermano; esta es toda la explicación. Pero, ¿no te parece que Alphonse está un poco frío con ella desde que regresamos de Gange?
-En efecto, lo he observado: el marqués desechó fácil­mente sus primeras impresiones. Por lo demás, este asunto de la herencia le inquieta bastante; y, de hecho, ¿sabes que hay razones para preocuparse al respecto? Mientras esta mujer no mueva un dedo, no hay nada que temer; pero si toma precauciones, y ten por seguro que su madre le hará tomarlas, no podremos contar ni con cien luises; y es duro, a nuestra edad, vernos reducidos a la pensión de un her­mano que, por lealmente que pueda proceder, nunca lle­gará a satisfacer nuestros deseos. ¿Qué invención, querido Théodore, podría impedir que esa mujer se apoderase de todo en favor de su hijo?
-A fe mía -dijo el abate-, sólo veo una posibilidad multiplicar los lazos y celadas sobre Euphrasie, mante­niéndonos ocultos de manera que no pueda sospecharse de nosotros. Es menester que las inevitables caídas en que la haremos incurrir aguijen más vivamente que nunca los celos del marqués; que la resonancia que daremos a tales caídas empañe irreparablemente la reputación de su esposa y el marqués, viendo que reincide en sus culpas y se deshonra constantemente, se vea forzado, por esta sucesión de yerros, a privarla jurídicamente de toda potes­tad sobre la herencia, de cuya conservación se encargará a uno de nosotros tres; la marquesa, tenida por demente o por disipadora, perderá totalmente la confianza de su esposo y será nuevamente confinada en Gange. Y enton­ces veremos.
-De acuerdo -aprobó el caballero-, mas conviene proceder con mucho tiento. Si la marquesa llega a sospe­char nuestras intenciones, precipitaremos lo que deseamos impedir, y todo nuestro trabajo habrá sido en vano. En segundo lugar, la madre no nos quita ojo y, a poco que nos descuidemos, nuestros temores se verán cumplidos incluso antes de lo que imaginábamos.
-Razones de más -prosiguió el abate- para obrar con el mayor disimulo.
-Sí, pero, ¿será forzoso seguir multiplicando las des­dichas de esta mujer a la que adoro? Sin contar con que estos lazos deberán ser tendidos por sujetos que me harán morir de celos.
-Querido hermano, necesitamos dinero, y debemos hacer todo lo posible para procurárnoslo. ¿Acaso ignoras que con dinero se tiene cuanto se desea, y mujeres más bellas aún que Euphrasie?
-Imposible. El mundo no conoce nada igual. Todos los tesoros de Europa no podrían procurarme una mujer que despertara en mí tanto amor.
-Esta efervescencia será transitoria: ya se sabe cuál es el curso y efecto de una pasión. Créeme, querido hermano, atendamos primero al interés y ya hablaremos de amor cuando seamos ricos.
-Resumiendo, pues: ¿cuál es tu resolución definitiva?
-Hacer cuanto esté en nuestra mano para perder a esta mujer y para que su marido no conserve la menor estima hacia ella. ¿Tendré que decirlo? Pues bien, her­mano: hay que prostituirla en Aviñón y hacer que regrese a Gange cubierta de dolor y oprobio.
-¿Y en cuanto a la madre?
-Hay mil maneras de quitarla de en medio. A sus años, podemos hacerla pasar por alienada; se la declara incapacitada y la privamos de la tutela.
-Se me ocurre una solución mejor -dijo el caba­llero-; pero atengámonos a la que propones y, sobre todo, obremos de modo que sea imposible reconocernos. Mas, ¿qué será de mi amor?
-Muy bien podría suceder qué tuviera un feliz desen­lace; así me parece ahora, pero ya me tendrás al tanto. -Te doy mi palabra.
Y los dos hermanos se separaron con la firme resolu­ción de iniciar inmediatamente la ejecución de los inferna­les planes que habían concebido.
El abate, como acaba de verse, no se había comprome­tido a nada en aquella conversación. Era sobradamente hábil y avisado para afrontar la rivalidad de un hermano con quien llevaba las de perder, mas esperaba aprovechar los nuevos lazos que tendería a su cuñada para reanudar la ejecución de sus antiguos proyectos.
Entre las pocas personas que tenían el honor de ser recibidas en casa de madame de Gange se contaba una tal condesa de Donis, procedente, por su marido, de una familia florentina establecida en Aviñón durante el perío­do papal. Si, en lo tocante a la nobleza, aquella mujer reu­nía todos los requisitos necesarios para ser recibida en la mejor sociedad, sus costumbres estaban lejos de ser las más idóneas para abrirle tales puertas, pero una profunda hipocresía ocultaba su intimidad con tanta destreza, su lenguaje casaba tan bien con las apariencias que quería adoptar, que generalmente engañaba a la opinión. Su marido, muerto hacía algunos años, la había dejado viuda y sin hijos, en una edad en que los encantos femeniles pue­den aún encender el fuego de las pasiones. Madame de Donis contaba apenas cuarenta años, era agraciada y poseía una fortuna bastante considerable para ocupar un lugar de distinción en la ciudad. No dejaban de atribuír­sele algunos amantes; pero urdía tan misteriosamente sus intrigas, que la calumnia no osaba atacarla y a buen seguro que más difícilmente se hubiera creído en sus desórdenes, incluso presenciándolos, que en su virtud, sólo con oírla mencionar. Las mujeres de esta especie abundan más de lo que se cree, y son siempre mucho más peligrosas que las francamente disolutas, ya que al menos contra éstas es posible prevenirse.
Madame de Donis, que había sido amante del abate de Gange durante tres o cuatro años, pareció a aquel peli­groso sujeto muy adecuada para ayudarle en uno de los pérfidos proyectos que acariciaba contra su infeliz cuñada. El abate se lo comunicó, y madame de Donis, que en toda astucia o maldad hallaba una ocasión de placer, conside­rando que podía poner ésta en práctica con la discreción que solía rodear sus actividades, aceptó sin vacilación. Y el lector verá a continuación el resultado de la conjura en la que pareció esencial asociar al marqués.
Madame de Donis, que, como dijimos anteriormente, había conseguido sorprender la buena fe de madame de Châteaublanc, tenía con ésta y con su hija la mayor inti midad. Un día, en tono de confidencia, dijo a la mar­quesa:
-Me molesta en extremo esta especie de desunión que parece haberse establecido entre vos y el marqués de Gange. Su modo de ser empieza a dar que hablar en la ciu dad, y ayer, sin ir más lejos, en casa del duque de Gadagne se comentaba con extrañeza la circunstancia de que ni siquiera se haya dignado aposentarse en vuestra casa.
-Pero -explicó madame de Gange- esto se debe a algunas conveniencias de interés y de familia que en nada alteran nuestros sentimientos. No nos amamos menos por vivir en casas distintas, y espero que el invierno próximo podáis vernos reunidos en el mismo palacio.
-Lo creo. Pero entre tanto se habla, se inventa, se trata de hallar motivos donde no los hay, y ya sabéis lo que es la gente, sobre todo en una ciudad como ésta. ¿Tendré que decíroslo? Se cree advertir cierta frialdad en vuestras relaciones. Decidme la verdad, querida Euphra­sie, abridme sin temor vuestro corazón: ¿cuál puede ser la causa de esta alteración que ha advertido todo el mundo? Vuestro honor, no menos que vuestra felicidad, exige que lo pongáis en claro. Os conjuro, en nombre de mi constante amistad hacia vos, a hablarme sobre este particular con toda la franqueza que yo he puesto en mi petición.
Entonces, la marquesa, herida en el punto más sensible de su corazón, cayó en brazos de madame de Donis y le confesó cuán cierta era esta frialdad de Alphonse, mas haciendo protestas al mismo tiempo de ignorar su causa y estar dispuesta a dar la vida para conocerla y ponerle tér­mino.
-¿Queréis que os hable con franqueza? -dijo madame de Donis-. Creo que vuestro marido es muy celoso; la historia de Villefranche, conocida de muchos en esta ciudad, lo prueba; en tales casos los maridos, inevita­blemente, se enfrían o se vuelven más coléricos. El vuestro parece haber adoptado la primera actitud, pero no faltan medios para devolvéroslo.
-Los que se me han sugerido me inspiran un horror invencible.
-¿Os referís a la infidelidad? ¡Oh, querida! Nada tan lejos de mis pensamientos como semejante perfidia. En vida de mi marido, una circunstancia más o menos pare a la vuestra me aconsejó adoptar el proceder que voy a aconsejaros, que obtuvo resultados favorables. Prestadle atención antes de rechazarlo, y adoptadlo si os conviene: Cuando un marido parece hastiado de los lazos del hime­neo, hay que esforzarse en recobrarle sobre las alas ligeras del amor. Dejad por un instante de ser la esposa del mar­qués de Gange y convertíos en su amante; no podéis ima­ginar el provecho que una mujer hábil puede obtener de este cambio de papel. Yo me encargaré de caldear su ima­ginación para hacerle creer en tal artificio. Un oscuro gabi­nete de mi casa os servirá de lugar de cita; el marqués no ignorará que se halla con vos, mas, para contribuir mejor al éxito de la escena, vos no aparentaréis saber que estáis con él. Creed que de resultas de esta entrevista veréis reavi­varse todas las llamas de su amor. Ceded, si os insta a ello: ¿qué riesgo corréis, pues estaréis segura de caer en sus bra­zos? Podréis verlo entonces sumido en el delirio y la embriaguez que el hábito impide. Entonces la ilusión desa­parecerá: encenderemos las luces; la presunta amante resul­tará ser su querida y ardiente esposa, y, con los lazos de himeneo, recobrará las rosas del amor.
No sin agitación había escuchado Euphrasie a madame de Donis; la más casta pasión coloreaba sus mejillas con el feliz maridaje del pudor y la voluptuosidad; suspiros aho gados agitaban su hermoso seno y hacían palpitar su cora­zón como el de una paloma ante la proximidad de su pareja.
-Pero, querida señora -dijo recobrando la sereni­dad-, ¿en nada atenta esto al honor?
-En nada; todo va encaminado a devolveros a quien es vuestro ante la ley.
-¿Ni va contra la delicadeza?
-Menos aún: ¿cómo puede ofenderla la intención de adoptar nuevamente ante un esposo las primeras formas que le sedujeron? Esta conducta, infinitamente culpable con otro hombre, resulta virtuosa en este caso, pues tiene por único objeto hacer que vuestro esposo vuelva al más casto de los vínculos.
Euphrasie accedió, y fue fijado el día. Para conservar todas las apariencias de misterio era preciso no llegar hasta la noche a casa de madame de Donis. La marquesa llegó a las nueve.
-Aquí está -dijo la condesa-, le ha encantado el artificio y es para él una delicia prestarse a realizarlo. Por­taos bien; sobre todo, recordad que él se cree con Euphrasie, pero Euphrasie no debe decir nada que pruebe que se halla con su esposo. Poned arte en la escena y os aseguro el éxito.
Un gabinete muy sombrío le esperaba. Aunque la marquesa estaba segura de no hallar sino a su marido, entró temblando en la habitación. Ni un rayo de luz penetraba en aquel refugio solitario; no se oía ni el más leve rumor, y la marquesa iba advertida de que hablara bajo.
-¿Sois vos? -preguntó suavemente una voz igual­mente velada-. ¿Sois vos, ángel mío? ¡Cuán delicado me parece este modo de vernos!
-Mucho me ha costado prestarme a ello, mas, ¿qué no se hará en aras del amor? No abuses al menos de mi debi­lidad.
-No, pero me permitirás usar de mis derechos.
-¿Supones, pues, tenerlos sobre mi corazón?
-Por cierto que sí: el amor me los da.
-¡Cuán dulce me suena la palabra amor en una situa­ción como ésta!
-No demoremos más sus demostraciones.
-Ya faltas a tus promesas.
-Sólo he prometido amarte... ¿Cómo? ¿Te me resis­tes?
-¿Cómo podría resistirme al único hombre que adoro en el mundo?
-Depón, pues, tu oposición a las pruebas ardientes de este amor que también a mí me consume...
Y la crédula Euphrasie, ignorante de que cedía a un abrazo criminal, creía conceder a Himeneo lo que el cri­men iba a profanar.
De pronto, una puerta distinta a la de entrada se abrió con estrépito...
-¡Criatura falaz! -barbotó, irrumpiendo en la estan­cia el marqués de Gange, que empuñaba dos antorchas cuyos reflejos, deslumbrando a la marquesa, le impidieron ver a un joven que se daba rápidamente a la fuga-. Mujer culpable y merecedora de toda mi cólera -prosiguió el marqués, enfurecido-, bien veo cómo multiplicas tus excesos y ni siquiera tratas de disimularlos.
Mas Euphrasie, que conservaba toda su sangre fría, corrió a la habitación de madame de Donis, seguida por su marido.
-¿Qué significan -dijo la marquesa con el noble arrojo que da la virtud- las horribles escenas que habéis provocado, señora? ¿Acaso no acabáis de precipitarme vos misma en esta trampa, habiéndome prometido una entre­vista con mi marido?
-¡Qué duplicidad! -exclamó Alphonse sin deponer su furor-. No estaba con vos, pero sí harto más cerca de lo que quisierais. ¿Acaso ha salido en el curso de esa con versación una sola palabra de vuestros labios que probase que os dirigíais a mí?
-¿Y cómo hubiera podido ser así -se apresuró a decir la condesa-, si estaba completamente segura de hallarse en compañía del amante que me había rogado dejarle ver en mi casa, a lo cual no me presté sino advir­tiendo previamente a su esposo?
-¡Dervergonzada!
-Silencio, señora, silencio -prosiguió madame de Donis-. Nada me correspondía hacer en vuestro favor en tal ocasión, y todo en favor de un marido a quien me era forzoso convencer de vuestra desarreglada conducta. Y cuando, a vuestras reiteradas instancias, he accedido a concederos una cita en mi casa con vuestro amante, sólo me guiaba el propósito de que vuestro marido pudiera comprobar con sus propios ojos el inconcebible extremo a que lleváis el abandono de la propia estima y la falsedad.
-Monstruo execrable -dijo Euphrasie, palideciendo de cólera-, ¿de qué infernales abismos has salido para cebarte en la virtud?
-Callaos, señora -dijo Alphonse-. Esta efervescen­cia no viene a cuento; convendría quizás a una mujer jui­ciosa; en vos, sólo contribuye a resaltar con más nefandos caracteres el vicio que os infama. No provoquéis ningún escándalo, señora; se volvería contra vos, y no temáis ya nada del furor de unos celos que desaparecen al mismo tiempo que mi amor. Os abandono al desprecio; volved en paz a vuestra casa, y, sobre todo, silencio; la discreción y una conducta más arreglada pueden todavía sostener los vacilantes escombros de vuestra reputación; el menor escándalo causará su perdición y la de mi honra.
-Os obedeceré, señor -dijo Euphrasie conteniendo sus impulsos, aunque presa de violenta agitación-. Sí, obe­dezco; mas esta nueva llaga, abierta en la estima que me pro fesabais por las manos bárbaras de esta indigna criatura, será cubierta, señor, será cubierta. Tened bien presente que sabré, con una conducta constante y ejemplar, forzaros a devol­verme una consideración que nunca he merecido perder, cuando me vea libre de la persecución de tales monstruos -y, dirigiéndose a la condesa, le dijo-: Tratad de hallar motivos razonables para romper conmigo, señora; pero que no vuelva a veros jamás, o, de lo contrario, los efectos de mi venganza sobrepasarían los de vuestra falsedad.
La marquesa volvió a su casa decidida a no decir nada, persuadida justamente como estaba de que, en tan desdi­chada aventura, quizá le sería más fácil verse convencida que disculpada. Según este principio, juzgó que debía seguir mostrándose en público como hasta entonces, y así lo hizo.
Sin embargo, los desalmados que habían urdido aquel suceso no dejaron de esparcir su rumor, conforme a los deseos de los perseguidores de Euphrasie, que, animados por el éxito de aquella artimaña, no tardaron en pasar a nuevas ocupaciones.


El lector habrá comprendido que, para persuadir más firmemente al marqués, madame de Donis, conforme a las instrucciones del abate, había tenido buen cuidado de no decirle que su mujer se creía con él en aquella entre­vista, mostrándole en todo momento el incidente bajo el aspecto que más podría perjudicar a Euphrasie. Júzguese qué nueva prueba de convicción adquiría con ello el des­venturado Alphonse y hasta qué punto se afirmaba en la idea de que tales escenas conducirían imperceptiblemente a su esposa al estado en que su desapego y su interés que­rían verla.
Vivían por entonces en Aviñón dos jóvenes de muy buen trato y apariencia a quienes belleza y fortuna habían prodigado sus dones, mas eran de la especie de los libertinos, es decir, de aquellos que, abusando de todos los favo­res que han recibido de la naturaleza, cometen la injusticia de considerar a las mujeres como a seres creados única­mente para la satisfacción de sus pasiones, sin pensar en el daño que infligen a la sociedad al arrastrar al adulterio a crédulas esposas y al libertinaje a muchachas seducidas, las cuales, una vez corrompidas, dominadas por el vicio y a menudo por el crimen, no tardan en volver contra sus corruptores las flechas envenenadas con las que cometie­ron la imprudencia de armar sus débiles manos... Cruel realidad, que hace sentir como ninguna otra la necesidad perentoria de moral y debería ser dictada a todo hombre de bien por su propio instinto de conservación. ¡En qué extremo de inconsecuencia incurren quienes no se ocupan sino en pervertir las costumbres con su ejemplo o con sus escritos, puesto que ellos mismos previenen los infortu­nios que será su castigo!
Uno de estos jóvenes era el duque de Caderousse; otro, el marqués de Valbelle. Más ricos que el caballero de Gange, por ser primogénitos de sus respectivas casas, no por ello dejaban de estar unidos a él por firmes lazos de amistad. Y a ellos, por consejo de Théodore, confió el caballero sus designios, tras algunas confidencias iniciales.
-Ayer tuvisteis ocasión de ver a mi cuñada-les dijo el caballero de Gange, cenando con ellos en la fonda más repu­tada de la ciudad.
-Por cierto que sí -respondió Valbelle-, y no hay mujer más hermosa en toda la ciudad. Si tus deseos se avie­nen con los sentimientos que nos inspira, ten por seguro que los verás cumplidamente atendidos.
-No parece que vayáis bien encaminados, amigos; no voy a serviros, sino que espero de vosotros grandes servi­cios, y que sin duda os parecerán extraordinarios: estoy locamente enamorado de esta mujer, y, sin embargo, quiero acarrearle ante la sociedad todo el perjuicio que me sea posible.
-¡Voto a bríos! -exclamó Caderousse-. Me parece que en cuanto se convierta en tu amante su reputación habrá quedado sobradamente dañada. Posees con creces las cualidades precisas para causar el deshonor de una mujer.
-No, no se trata de eso. Veo que, o me explico mal, u os resulta harto difícil comprenderme. Si hago lo que me decís, se me cargará esta mujer en mi cuenta, cuando lo que quiero es que se os cargue en la vuestra; mío ha de ser el provecho, y vuestros los cargos.
-Valbelle -dijo Caderousse-, este papel me com­place bastante; reconocerás conmigo que, de hecho, es casi preferible, para la reputación de un hombre apuesto, que se le atribuya una mujer que poseerla en efecto. Adelante, acepto el papel -prosiguió el duque-; pero tú me guiarás, caballero, me dirás lo que debo hacer y, entre tanto, nos revelarás los motivos que te inclinan a semejante conducta.
Entonces el caballero de Gange explicó a sus amigos toda la historia de la herencia, los temores legítimos que abrigaban sus hermanos y él mismo de que madame de Châteaublanc se convirtiera en tutora del hijo del mar­qués en su detrimento, lo que restringiría su fortuna durante veinte años al menos; les explicó asimismo que, atribuyendo faltas a la marquesa de Gange y perjudicando a su madre, las alejarían de la administración del patrimo­nio y que, de resultas de todo ello, si sus amigos estaban dispuestos a ayudarle, probablemente obtendría a la mar­quesa, y que, por consiguiente, servía así al mismo tiempo al amor y al interés, lo que no era siempre fácil hacer fran­camente; que, en suma, serían sucesivamente los presun­tos amantes de la marquesa de Gange, que él sería el ver­dadero y que la víctima de tan agradables proyectos -perdida su reputación con ellos, su honor con él y su herencia para ella- iría a llorar a sus anchas en el retiro forzoso de una torre.
-He aquí el plan más infernal que imaginarse pueda -dijo Valbelle-, y creo que es forzoso reconocer, caba­llero, que nos dais ciento y raya en el difícil arte de engañar y deshonrar a una mujer.
-Queridos amigos -dijo de Gange-, hay cosas real­mente molestas pero cuya necesidad hace que olvidemos la contrariedad que nos ocasionan. Puesto que amo a esta mujer, preciso es que sea mía; y, puesto que quiere ser más rica que yo, está claro que debo causar su ruina. No hay equilibrio ni justicia en el mundo si los que desean poseer no poseen nada, y si los que tienen cuanto desean no lo comparten con los demás.
-¿Y qué dirá el marqués a todo esto? -objetó Valbelle.
-Sabrá desenvolverse por su lado: aquí tendrá tantas mujeres como quiera, y más dinero del que puede esperar. Como veis, no pienso sino en el bien de mi familia. Creed­me, amigos: el orden y la razón me asisten mucho más de lo que pudierais imaginar.
-Cuando desees probamos tal cosa -dijo Valbelle-, no te sirvas de la lógica que acabas de emplear. Sea como fuere, está hecho; el caballero nos ha asignado nuestros respectivos papeles; empieza tú, querido duque, y yo te seguiré.
-Perfecto -asintió Caderousse-; mas si por casuali­dad, trabajando en tu interés, se me presenta una buena ocasión, no iré a buscarte para que la aproveches.
-Y, sin embargo, esto es lo que quisiera -dijo de Gange-, y de ahí mi temor de que todo este asunto ter­mine por enemistarnos. Mas no nos adelantemos a los hechos. Es muy posible que ninguno de nosotros cobre tan valiosa pieza. Atengámonos a las circunstancias y nave­guemos en un mar, ya de por sí bastante tempestuoso.
Algunas botellas de Hermitage y de champán sellaron aquel pacto infausto, y pasaron a ocuparse de su ejecución.
La llegada del carnaval, alegre y animado por lo común en Aviñón, favorecía en grado sumo los proyectos del caballero, muy aplaudidos por Théodore, a quien había hecho partícipe de ellos. Juzgaron que convenía empezar por poner a la marquesa en contacto con los dos crimina­les agentes del pérfido caballero, y el abate se los presentó. Dotados de todas las prendas necesarias para agradar y ser recibidos en el gran mundo, fueron muy gratamente reci­bidos por Euphrasie.
Como dos días después la madre del duque de Cade­rousse celebrase en su casa un gran baile, el joven señor tuvo buen cuidado de invitar a la marquesa.
Aunque muy prudente y virtuosa, madame de Gange, que se hallaba en la edad de los placeres, no rehusaba nin­guno de los que no parecían apartarle de sus obligaciones; recuerde el lector que ello entraba en sus planes, desde su aventura en casa de la condesa de Donis. Por otra parte, le era tan necesario distraer las melancolías que acababan de abrumarle y cuanto le rodeaba le incitaba tanto a ello, que aceptó con la mejor disposición del mundo.
Por agraciada que sea una mujer, gusta de realzar sus encantos con todas las gracias del tocado, y la marquesa poseía el arte de probar que, en una mujer honesta, un poco de coquetería puede muy bien aliarse con la decencia, y los adornos y aderezos con la religión, como sus propios ministros lo prueban en las fiestas señaladas. Lo que agrada a los ojos se dirige siempre al alma. Quizá el fervor se enti­biaría si los altares no estuviesen llenos de flores, y si no se recubrieran a menudo de oro los ornamentos sacerdotales.
Madame de Gange apareció, pues, en el baile como la mejor compuesta y la más bella. El marqués y el abate se habían quedado en casa de madame de Châteaublanc; el caballero era, pues, único acompañante de la marquesa. Causó allí el mismo entusiasmo que cuando se presentó en el círculo del duque de Gadagne. Se recordó que había bai­lado con Luis XIV y que, por un instante, el rey le había dado preferencia sobre la hermosa Mancini; todo ello con­tribuyó a que las miradas se fijasen largamente en ella y las invitaciones a bailar se le prodigaran.
Sólo Caderousse aparentó ocuparse muy poco de ella, y el caballero revestía su amor de todo el decoro de que era capaz.
Hacia las ocho de la noche, el duque de Caderousse invitó sin afectación a la marquesa a tomar un refrigerio en una sala alejada de aquella en que se celebraba el baile. El caballero la siguió. A todo lo que le fue ofrecido, la marquesa, muy acalorada, prefirió un poco de caldo, que le presentó Caderousse en una escudilla de oro. Apenas lo había tomado, cuando un tupido velo pesó sobre los pár­pados de Euphrasie, la cual se desvaneció sobre un canapé, sin poder resistirse al sueño letárgico que anulaba sus fuer­zas. En el acto fue raptada y trasladada a un coche de cua­tro caballos, que emprendió rápidamente el camino hacia la aldea de Cadenet, cabeza de partido de los dominios de Caderousse, donde se halla el antiguo castillo que da nom­bre a la familia, situado a siete leguas de Aviñón, en la carretera de Aix, dominando el Durance desde la elevada meseta que le sirve de base.
El movimiento del coche despertó a la marquesa, quien bajó el cristal de la ventanilla y quiso hacer detener al coche; pero dos hombres que la custodiaban, cuyas másca ras y embozos le mostraron los rayos de la luna, al instante la impidieron gritar, tapándole uno la boca con la mano y aferrándose el otro violentamente el cuello.
-¿Qué es esto, Dios mío? -dijo la marquesa, llevada a pesar suyo más al interior del coche-. ¿Qué será de mí? ¿Por qué he de ser siempre víctima de mi imprudencia?
-Tranquilizaos, señora -le dijo una voz descono­cida-, nada malo va a ocurriros, nada que pueda afligir a una mujer hermosa.
-Mas, ¿esta afrenta se debe a monsieur de Cade­rousse?
-No, señora, para nada ha intervenido en este asunto.
-¿Es obra entonces de mi cuñado? Sólo ellos dos me acompañaban cuando tomé aquel brebaje soporífero.
-Pues bien, el responsable no es ninguna de las dos personas que nombráis.
-¿De modo que no me hallaba en el baile de la duquesa de Caderousse?
-En él os hallabais, señora.
-¿Y no se hallaba conmigo el caballero de Gange?
-Con vos se hallaba, señora.
-¿Y no se debe a ellos mi rapto?
-No, señora; el caldo que os dieron contenía un pode­roso filtro. A partir de vuestro desvanecimiento, todo ha cambiado: un hombre muy enamorado de vos se ha apoderado de vuestra persona, y, en el momento en que el caballero de Gange y el señor duque corrían a buscaros auxilio, el hombre en cuestión os ha llevado a este coche, confiándoos a nuestros cuidados. Estamos cerca de nues­tro punto de destino; allí, señora, conoceréis a vuestro rap­tor; allí veréis a vuestras rodillas a aquel de quien creéis deber quejaros, y allí, como todas las mujeres, perdonaréis al criminal únicamente en favor de su crimen.
-Nada perdonaré -aseguró la marquesa en el límite de la desesperación-, nada quiero saber ni conocer, sólo quiero que me dejéis en el camino y fácilmente encontraré a alguien que pueda hacerme escapar del indigno trata­miento que se me reserva.
-¿Cómo, señora? ¡Dejaros aquí, en este peligroso valle de Lourmarin, donde se refugian los protestantes y dan muerte sin piedad a los que vienen a turbar su retiro!
-Les temeré menos que a vos; defienden sus derechos, mientras que vos ultrajáis los míos; estos hombres con los que queréis inspirarme temor pueblan el país en que vivo; jamás he tenido queja alguna de ellos; veneran al mismo Dios que yo, y no le ofenden como vos Dejadme, os digo; dejadme, o voy a gritar llamándoles en mi auxilio.
Esta amenaza obtuvo como único resultado que se alzaran cuidadosamente ante los cristales del coche dos planchas de madera artísticamente trabajadas, se recomendara al cochero mayor celeridad y se retuviera más fuerte­mente a la marquesa.
-Bien, me resignaré a mi suerte -dijo aquella infor­tunada-: he cometido una falta, y preciso es que se me castigue. Señor, imploro tu piedad; tú me preservarás de tan graves peligros; tus bondades jamás desasisten a la vir­tud débil y desdichada; no serías ya el vengador del crimen si lo dejaras triunfar sobre la virtud.
Al cabo de una hora de marcha, en plena noche, llega­ron al final del viaje. El coche se detuvo en un patio com­pletamente oscuro, y la marquesa sólo distinguió al ape arse unas altas murallas que casi le ocultaron la escalera por la que la hicieron subir sus dos guardias. Llegó a un vasto aposento donde fue cuidadosamente recluida. Se habían tomado las más eficaces precauciones para que no pudiera abrir las ventanas y el más pavoroso silencio rei­naba en todo el castillo.
X


Dotada de una tan viva imaginación y teniendo tan reciente el recuerdo de sus infortunios, fácilmente conce­birá el lector a qué género de reflexiones se entregó madame de Gange. ¡Qué de suspiros exhaló su corazón oprimido y cuántas lágrimas inundaron sus mejillas al verse en tan terrible situación! Víctima de cruel agitación, recorría aquel vasto recinto sin poder apreciar sus dimen­siones, cuando creyó distinguir una puertecilla entrea­bierta. Era aún de noche, y el lugar en que se encontraba estaba iluminado solamente por algunos rayos de una pálida luna que turbulentas nubes ocultaban a cada ins­tante. Euphrasie corrió hacia aquella puerta. El infortunio se aferra a cuantas ocasiones le procura el azar: una lám­para a medio extinguir dejaba entrever el gabinete a que daba acceso la puerta que había descubierto. Euphrasie entró; mas, ¡qué pavoroso objeto se ofreció a su mirada! Sobre una mesa vio un cadáver abierto en canal, casi ente­ramente desgarrado, sobre el cual acababa de operar el cirujano del castillo, que tenía aquella estancia por labo­ratorio. Euphrasie retrocedió dando un grito de espanto: extraviada, vacilante, sólo el terror la mantenía en vida, y hubiera expirado a no ser por la extrema agitación que pre­cipitaba los latidos de su pecho. No había salida ni posible medio de fuga, pues, sin que ella lo advirtiera, la puerta que le había dado entrada a aquel lugar terrible había vuelto a cerrarse.
-¡Ah -exclamó estremeciéndose-, se trata de una víctima de los monstruos que me han raptado! ¡Esta es la suerte que me espera! ¿Cómo salir de aquí...?
En pie, inmóvil, débilmente apoyada contra la pared, apenas se atrevía a respirar. De pronto se extinguió la lám­para y mil fantasmas se le aparecieron, y, como si la natu raleza quisiera agravar los temores de la infortunada, esta­lló una tempestad... Un trueno terrorífico se dejó oír. Euphrasie echó a correr hacia su derecha. ¡Cuán cierto es que a veces el cielo parece sernos adverso sólo en nuestro propio bien! El movimiento de Euphrasie la llevó a pulsar - inadvertidamente un resorte que abrió otra puerta. Un estrecho corredor apareció ante su mirada. Ocupada en huir del peligro presente, sin pararse a reflexionar que podían acecharle otros aún más pavorosos, Euphrasie se precipitó en el corredor. Éste terminaba en una escalera, por la que descendió sin saber dónde se encontraba ni hacia dónde iba. Llegó al patio del castillo; la inclemencia del tiempo había alejado a los guardas; nadie vigilaba la verja; Euphrasie la sacudió y aquélla cedió hasta abrirse, y Euphrasie se vio en libertad.
¡Ah! ¡Cuán cierto es que las inciertas precauciones del crimen le traicionan a cada instante!
La tempestad arreciaba. ¿Qué iba a ser de Euphrasie vestida sólo con las ligeras galas que se suelen llevar en un baile? Nada la protegía contra los peligros a que se veía expuesta por aquel nuevo percance; mas sólo a uno aten­día, al que la acechaba en la casa de la que acababa de huir. Avanzó apresuradamente, sin encontrar caminos, sende­ros ni árboles, dejando a sus espaldas la carretera que hubiera debido seguir. La tempestad no se calmaba; no cesaba el retumbar de los truenos; las chispas eléctricas, encendiéndose al mismo tiempo en distintos lugares, infla­maban masas de material etéreo a imagen de un combate de las potencias celestes. Aquellos ruidos precursores de la muerte resonaban con estruendo por los valles que domina el castillo. Casi cegada por los relámpagos, cuyo fulgor daba paso a una oscuridad más profunda, Euphrasie hallaba sólo obstáculos a su paso, y sus delicados pies que­daban presos en las espesas raíces de la cepas de los viñedos que recorría sin rumbo.
Finalmente, las nubes se abrieron y vomitaron sobre la tierra torrentes de lluvia que no extinguía el fuego que caía con ellos. La luz de una miserable choza destruida por el rayo a unos cien pasos de distancia, al tiempo que redo­blaba el terror de Euphrasie, le mostró con triste claridad los tortuosos senderos que recorría, los cuáles sólo le depa­raban precipicios. A tan funesto espectáculo vinieron a sumarse los lamentos de los infortunados a quienes aque­lla desgracia había arrebatado su hacienda; sus dolorosos acentos, mezclándose con el sonido de las campanas que el pueblo, en virtud de un peligroso prejuicio, hacía resonar en los aires y con los repetidos fragores de la tempestad parecían advertir que la naturaleza, irritada por los críme­nes del hombre, iba a sumirle para siempre en la nada de donde la rescató la bondad divina.
Euphrasie, vacilante, empujada alternativamente por el vendaval y por el pánico, parecía un sauce combatido por la tempestad. Cayó finalmente en uno de los surcos inundados de agua que hacían vacilar constantemente sus pasos. Sólo a la muerte llamó ya en su auxilio. Invocó la furia de los relámpagos cuyo fulgor la rodeaba cual joven choza acosada por los cazadores que va a expirar en su último refugio.
Dejaronse oír nuevos rumores; se acercaba gente. La interesante y triste criatura no sabía si debía desear o temer su vecindad.
-¿Qué me queréis? -exclamó-. ¿Me buscáis a mí? Si es para inmolarme, dejadme perecer donde estoy; el cielo acogerá favorablemente mis votos, y prefiero morir por su obra que por la vuestra.
-Venid, venid, señora -le dijeron-. Habéis burlado nuestra vigilancia y habéis estado a punto de perdernos; pero más pesadas cadenas van a preservarnos de la suerte que nos deparaba vuestra imprudencia.
Con estas palabras, dos hombres se apoderaron de ella, la envolvieron en un capote y la llevaron al castillo con las mayores precauciones. Una vez hubo entrado en el casti llo, uno de sus conductores se retiró; el segundo, tras haberla conducido a la sala donde se encontrara anterior­mente entró con una lámpara. Mas, ¿quién se presentaba a sus ojos? ¿Era, pues, cierto que el cielo nunca desampara a la virtud? Se trataba de Víctor, el fiel criado del marqués de Gange -a quien nos referimos al comienzo de la pre­sente historia-, que, salido de su servicio por algunos pequeños disgustos, había entrado al servicio del duque de Caderousse. Víctor reconoció a su antigua señora.
-¿Cómo? ¿Sois vos, señora marquesa? -dijo, pos­trándose a sus pies-. ¡Dios mío! ¿Cómo podré liberaros de los peligros que os rodean?
-Pero, ¿dónde estoy?
-En casa del duque de Caderousse, señora, el mejor señor del mundo, sin duda, pero también el más depra­vado del siglo. Los individuos que os han acompañado me lo han contado todo, a excepción de vuestra identidad. El duque os hizo raptar en Aviñón. Tenéis sobre él cuatro horas de ventaja, y cuando aparezca aquí será para some­teros a sus criminales deseos. Estáis perdida, señora, si no consigo haceros salir de este infierno. Pero, ¿cómo conse­guirlo? ¡Ay! Si os dejo escapar me dará muerte, y si no os pongo a salvo, vuestra honra perecerá.
-¡Ah! ¡Víctor!
-No es preciso que me roguéis; mi decisión está tomada: entre mi vida y vuestro honor no debo vacilar un instante.
-¡Virtuosa decisión! ¿Se han ido los que me conduje­ron?
-Eso creo. Pero, ¿cómo salir de aquí en vuestro estado? Afortunadamente, mi mujer vive en esta casa. Pase­mos inmediatamente a su habitación, vestíos con sus ropas y os acompañaré... Mas pensad que, al sacrificarme por vos, no podré volver a poner los pies en esta casa.
-¡Ah, Víctor! ¿Puedes acaso pensar por un instante que yo pueda abandonarte nunca?
-Apresurémonos; no hay tiempo que perder. Bajaron a la habitación de la mujer de Víctor, empleada como portera en el castillo. El cambio de vestidos se llevó a cabo rápidamente. Se precipitaron en el patio y traspu­sieron por segunda vez las rejas.
-Un momento -dijo Víctor deteniéndose-; guar­démonos de regresar a Aviñón por el camino que habrá tomado el duque para dirigirse al castillo; sería inevitable que nos lo encontráramos. Apresurémonos a bajar de la montaña; pasemos el Durance por el pontón, encaminé­monos a Aix y alquilemos allí un coche para Aviñón. Mas, ¿podréis soportar este largo recorrido a pie?
-¿Hay fatiga cuando se huye de la desgracia? Apresu­rémonos, y estad seguro de mí.
Corrieron... Cualquier ruido parecía a madame de Gange el del coche de su raptor. Víctor la tranquilizó y lle­garon al pontón. Pero era imposible pasar el torrente; las aguas, fuertemente acrecidas por la tormenta, inundaban toda la campiña, y, por más que le insistieron al barquero, se negó a prestar servicio a quienes por lo demás parecían personas de poca importancia. Era, pues, preciso aguardar a que cesara la crecida, pero, ¿cómo saber cuánto podía durar ésta? ¿Qué hacer entre tanto?
A unos doscientos pasos aparecía, a la derecha, una miserable taberna de contrabandistas. Sólo dos soluciones se ofrecían a los viajeros: aposentarse en tal alojamiento o regresar por el mismo camino que habían recorrido. Si la primera de tales soluciones hacía temer los inconvenientes de la más funesta compañía, la segunda ofrecía el peligro mucho mayor de encontrarse con Caderousse. Madame de Gange quería esperar en el pontón, pero el patrón sólo consintió en ello durante un par de horas y luego les obligó a salir. Tuvieron, pues, que dirigirse a la casucha.
-¡Cielos! -exclamó Víctor reconociendo de lejos a un pavoroso personaje que fumaba a la puerta de la cocina-. ¿Dónde estamos? Aquel hombre es uno de los agentes del duque, un desalmado que en recompensa a los servicios prestados a este señor ha escapado ya por dos veces a los castigos que merecían sus crímenes. Estoy seguro de que lo han enviado en nuestra persecución... ¿Dónde ocultarnos?
A la izquierda de la puerta del figón había un mísero cobertizo desde el cual podía oírse cuanto se decía en la casa ocupada por aquel bandido y dos acólitos que no se movían de su lado.
-Escondámonos allí -sugirió Víctor-. Al menos sabremos a qué atenernos respecto a estos hombres temi­bles.
Euphrasie aprobó tal parecer y ambos se agazaparon bajo unos haces de paja, prestando oído ávidamente a la conversación.
-Por una hora no los hemos cazado -dijo el jefe a sus compañeros-. Tenían que estar escondidos en el pontón... ¡Lo que nos hemos perdido! A Víctor le costará la vida, pero la marquesa está perdida. No importa mucho; no se trata de una mujer demasiado honesta. Su marido tuvo un duelo con Villefranche porque le sorprendió en el lecho de su esposa. Y poco antes, cuando huía de Beaucarie con tal amante, y Deschamps, a cuyas órdenes me encontraba yo por aquel entonces, le hizo descender a su subterráneo, ¿acaso no obtuvo de ella lo que quiso? Es una perdida.
-Sí -continuó el jefe-, tales son las damas que usur­pan la estima de la sociedad. Si fuera una de las nuestras, dirían simplemente que es una mujerzuela; parece que los pobres no deban tener reputación; pero tratándose de mar­quesas y duquesas, hay que medir las palabras; aunque se porten peor que nuestras mujeres, hay que seguir respe­tándolas.
-Dicen que es bonita -dijo el tercer hombre.
-Si no lo fuera -replicó el jefe-, el duque no paga­ría tan alto precio por nuestros servicios. Su suerte está echada -prosiguió el bandido-; nadie querrá volverla a mirar a la cara en Aviñón.
-Bueno -dijo el tercer acólito-, su marido la hará recluir. Es joven; le darán tiempo de enmendarse. Todas las mujeres de esta ralea debieran estar a la sombra; ellas son las causantes de la perdición de las demás, y de ahí la plaga de libertinaje que infesta este país. Mas prosigamos nuestra búsqueda. Vayamos al otro pontón; quizá los encontre­mos allí.
-¡Por vida de ...! -exclamó de pronto el jefe-. Os aseguro que la llevaré al duque de muy buena gana; es un barbián, y no hay mal alguno en que saque partido de las necedades de estas mujeres. ¿Para qué habría venido ella, de no ser así?
Los bandidos pagaron su consumición y pasaron, al salir, tan cerca del refugio donde se encontraba la marquesa que uno de ellos estuvo a punto de caer sobre los haces de paja que les ocultaban.
En cuanto sus perseguidores hubieron partido, los dos fugitivos retrocedieron por el campo y ganaron una pequeña elevación desde la cual podían observar cuanto ocurría en el segundo pontón, viendo a los bandidos volver finalmente sobre sus pasos y emprender nuevamente el camino del castillo. Se dirigieron entonces a la orilla del río y solicitaron pasar al otro lado. Como las aguas se habían retirado un poco, el patrón accedió; luego, mirándoles atentamente, les dijo:
-¿Por ventura no formáis parte de la gente que el duque ha enviado en persecución de una mujer que acaba de escapar de su casa? Os habréis encontrado con la gente encargada de perseguirla y apresarla a ella y a su acompa­ñante.
-¡Voto a bríos! -exclamó Víctor-. Esa es también nuestra consigna: nos ha instado a mi mujer y a mí a idén­tico proceder. Como sabéis, estamos a su servicio.
-Daos prisa -recomendó el barquero-. Creo que la persona que buscáis está en el camino de Aix; ha pasado por el otro pontón.
-Bien -dijo Víctor-, volaremos tras ella; no cejare­mos hasta encontrarla.
-Pasad, pasad, amigos. Hay que mirar por el señor duque; es un buen señor que no escatima los luises de oro.
Cruzaron el río, y la marquesa se encontró por fin en la carretera de Aix.
-¡Ah, querido Víctor -dijo Euphrasie en cuanto vio que el río se interponía entre ella y sus raptores-, cuán obligada os estoy por semejante servicio!
-Señora -dijo Víctor, rehusando un valioso anillo que le quería dar la marquesa-, quien tiene la dicha de preservar a la virtud de las asechanzas del vicio no debe recibir recompensa sino de su propio corazón.
-Mas, ¿habéis oído sus horribles palabras? ¡A dón­de puede llevar la más leve imprudencia a una mujer! ¡Qué lección, querido Víctor!
-Triunfaréis de tales celadas, señora-respondió Víc­tor-, y las explicaciones que voy a dar tal vez me deparen la fortuna de contribuir a ello.
La marquesa estaba cansada; sus fuerzas, alteradas por la tristeza y la inquietud, comenzaban a flaquear. Subió con su protector a una carreta que seguía su mismo camino, y en tal situación llegaron a Aix. Dejaron aquel triste carruaje y Víctor condujo a la marquesa a la mejor posada de la ciudad. Apenas habían llegado cuando se pre­sentó a sus ojos el marqués de Gange. Euphrasie estuvo a punto de sufrir un desvanecimiento...
-¿Cómo? ¿Puedo dar crédito a mis ojos? ¡Vos, señora! ¡Y en tal estado! ¡Conducida por un hombre que despedí de mi casa! ¡Disfrazada con ropas ajenas! ¡Y, so pretexto de un baile, recorriendo la provincia! ¿Comprendéis la inquie­tud en que habéis sumido a vuestra madre y a toda vuestra familia? ¡De fijo, señora, que sólo puedo encontrarme con vos para formularos reproches, tan merecidos por vuestra desarreglada conducta!
-¡Ah, señor!, tened a bien escucharme antes de dictar sentencia.
-De acuerdo! Pasemos cuanto antes a mi habitación y exponedme allí a vuestras anchas una aventura tan singu­lar... Vos, Víctor, podéis estar tranquilo; basta con haber acompañado a la señora para haceros acreedor a mi recom­pensa. Vos mismo me diréis lo que más os convenga.
-El honor de serviros, señor marqués... ¡Ah, tened por cierta la respetabilidad de vuestra esposa!
Pasaron a la habitación del marqués, y Euphrasie, tras haber vertido amargo llanto, contó a su esposo con el mayor lujo de detalles cuanto acababa de acontecerle, disimulándole, sin embargo, por prudencia, la participación del caballero en la historia.
No se culpe por ello a nuestra heroína de falsedad; es lícito ocultar lo que sería imprudente decir, mientras que es siempre muy culpable dar a los hechos una apariencia distinta de la verdadera.
El marqués reprendió severamente a su esposa por caer de este modo en cuantas trampas se le tendían.
-Os haréis cargo -dijo- de que me obligáis a retar a Caderousse como hice con Villefranche.
-Guardaos de hacerlo -contestó Euphrasie-. Dejad que se olvide una aventura que de tener resonancia sería mi perdición; a mi discernimiento toca ahora prevenirse en adelante.
-¡Ah, pérfida! Lo mismo me dijisteis en casa de madame de Donis.
-Culpable en uno y otro caso únicamente de impru­dencia, creed que ahora seré más severa que nunca res­pecto a todo lo que pudiera serme ocasión de recaer en las mismas faltas. Recompensad a Víctor, señor, os lo suplico; el motivo que os llevó a despedirle en Gange no puede admitir parangón con su heroico comportamiento actual.
Víctor fue debidamente recompensado y colocado en Aix con su esposa. Los dos esposos regresaron a Aviñón, adonde llegaron sin cambiar una palabra.
-He aquí a vuestra hija, señora -dijo Alphonse a su suegra-, ella os lo contará todo y vos decidiréis.
Con estas palabras, el marqués salió de la estancia y dejó a las dos mujeres que hablasen libremente.
La primera idea que vino a las mientes de madame de Châteaublanc fue que se trátaba de alguna nueva trampa.
-No lo dudo -dijo Euphrasie-. Y lo que me parece más singular es que Alphonse no ha modificado ninguna de sus desfavorables impresiones sobre mí. Se comportó con una frialdad glacial durante el viaje de regreso.
-Alguien está sembrando cizaña -dijo madame de Châteaublanc-. Que nada os aparte nunca de vuestros deberes, hija mía. Tarde o temprano se descubrirá la verdad y triunfaremos de nuestros enemigos.
-Temo -dijo madame de Gange- que esta herencia sea el móvil del comportamiento de todos ellos.
-Mas, ¿qué derecho pueden tener a ella? Al legaros quinientos mil francos, Nochères ha querido que pasaran a vuestro hijo.
-Sí, pero tal vez mi marido hubiera deseado que este testamento no fuera menos en su favor que en el mío. Quizá desearía percibir las rentas hasta la mayoría de edad de mi hijo.
-Teniendo en cuenta la conducta de vuestro esposo y de sus hermanos, no creo que nuestro querido vástago saliera muy beneficiado de tal administración.
-Monsieur de Gange es incapaz...
-No os lo negaré; pero es débil de voluntad, y sus hermanos hacen de él lo que quieren.
-¡Oh, madre, me desolaría reñir con mi marido...! Si supierais cuánto le amo...
-Pues a mí, hija, me desolaría que vuestro hijo se que­dara sin nada. Por lo demás, procedamos en este asunto del modo más político posible, y creed que mis reflexiones, y los buenos consejos que nos procuraremos, no tardarán en proporcionarnos los medios de establecer un justo equili­brio en todas las ramas de tan importante negocio.


XI


Una hora después de que la marquesa partiera de Cadenet, el caballero de Gange y el duque de Cade­rousse habían llegado con las más criminales intenciones. El lector se representará fácilmente su asombro al ente­rarse de la traición de Víctor. Su mujer fue despedida en cuanto reconocieron en ella los vestidos de Euphrasie, y se dieron rigurosas consignas en todo el dominio de Caderousse.
-¿Hay desgracia mayor para dos hombres de bien? -dijo el caballero-. Porque convendrás conmigo en que era imposible estar más de acuerdo. Yo te cedía todos mis derechos antes de la derrota del enemigo, y nada podía atentar contra nuestra amistad.
-No hay enemistad posible con tal proceder -ase­veró el duque-; pero tampoco es frecuente hallar aman­tes tan complacientes. En fin, puesto que la parte más esencial de nuestro plan no se ha cumplido, esperemos que al menos se cumpla la segunda. Volvamos a Aviñón y divulguemos la aventura del baile. En realidad, ¿qué importa que hayamos deshonrado o no a esta mujer, con tal que la envuelvan las apariencias del deshonor? Ya te lo dije, querido amigo: manchar la reputación de esta mujer me complace tanto como poseerla; ambas cosas convie­nen por igual a mi interés, y sólo a él atiendo.
-Y será debidamente atendido, tenlo por seguro. Vayamos al encuentro de Valbelle, pues ahora le toca a él el turno; esperemos que sea más afortunado que nosotros.
En cuanto los libertinos jóvenes hubieron regresado a la capital del condado, se reunieron con Valbelle y Théo­dore, para. tener lo que llamaban un conciliábulo, y lo pri mero que se acordó fue dar a la aventura la mayor publici­dad posible, manteniendo sin embargo oculto el papel desempeñado por el caballero, que sólo hubiera debido actuar para prestar ayuda a su cuñada. Acto seguido se acordó acercar a Valbelle a la dama, a fin de multiplicar el número de sus adoradores, dejando sin embargo transcu­rrir el tiempo, para no suscitar sospechas de animosidad o encarnizamiento.
-Por lo demás -dijo el abate, que había propuesto esta nueva medida-, veremos qué ocurre durante este intervalo. El caballero, de quien no se sospechará, o al menos no mucho, continuará poniéndose a bien con su cuñada, y quizá el plazo que he fijado, dando nacimiento a nuevas circunstancias, nos proporcionará nuevos medios de conseguir nuestros propósitos.
Prevaleció esta opinión, y se atuvieron a ella. El caba­llero no tardó en visitar a su cuñada.
-No vine sino para prestaros auxilio -dijo afectuo­samente.
-Así me lo dijeron, y lo he creído -respondió Eu­phrasie-. Desde el momento que se trate de algo que pueda perjudicarme, nunca os acusaré de tener parte en ello, mi querido hermano.
-Lo que me enoja es que esta historia ha armado mucho revuelo y comprenderéis que tal escándalo no puede sino afligirme, dado el sincero afecto que siento por vos.
-No soy insensible al interés que os tomáis por mí.
-Sabéis que es sincero.
-¡Cómo disminuye, en cambio, el de vuestro her­mano!
-Tened en cuenta que tales incidentes no pueden por menos de inquietar a un marido; por ridículos que resulten en este caso los prejuicios, existen, y es preciso respetarlos. ¿Cómo haréis para que se olvide esta enojosa historia?
-Observando una conducta extremadamente regular; si mantengo una discreción sin límites, la opinión pública variará; para hacerla callar hay que desengañarla.
-¡La calumnia está tan de moda en esta maldita ciudad!
-¡Ah! ¡Cómo me pesa estar aún en ella!
-Os retienen los asuntos de esta herencia, ¿no es cierto?
-Hay que terminar de solventarlos.
-¿Se trata de quinientos mil francos, según me han dicho?
-Aproximadamente. Temo que mi marido esté eno­jado por no haber sido nombrado como yo en este testa­mento.
-Es un hombre demasiado integro para caer en esto: Nochères era dueño de hacer su voluntad. Por lo demás, madame de Châteaublanc y vos podríais ponerle fácilmente remedio a esta omisión...
Euphrasie, que comprendió perfectamente lo que el caballero quería insinuar, bajó los ojos y cambió de con­versación.
-¿No creéis, hermano, que debo negarme a recibir en lo sucesivo al duque de Caderousse?
-Creo que lo más prudente es no verlo; mas Valbelle, que nada tiene que ver con todo esto y es cortés, amable y reservado, os puede seguir frecuentando. Es preferible no aislarse del todo: daría lugar todavía a más comentarios.
-De todos modos, no quiero ir a ningún otro baile.
-Es una precaución excesiva, pero no puedo repro­chárosla.
Durante casi un año -tiempo que duró aquel rigu­roso recato de la marquesa- el caballero no dejó de cor­tejar asiduamente a Euphrasie, y el abate, no menos celoso que pérfido, le mantenía en esta pasión, asegurando que terminaría por verse recompensado con la ansiada felici­dad. Mas la extrema reserva de la marquesa no anunciaba que ello hubiera de producirse. Poseía el arte de mantener encendida su llama sin darle nunca esperanzas, y, mediante tan hábil comportamiento, creía ganar en él a un amigo, a un protector ante un esposo que seguía adorando, y ante el abate, que seguía temiendo, sin darle, no obstante, el menor poder sobre ella. Théodore le reprochaba a menudo esta preferencia.
-Señora, habéis olvidado -le dijo en cierta ocasión­- el afecto que os profeso; ya no recordáis que sólo en vues­tra persona cifro mi felicidad.
-Mas, a lo que creo, fuisteis vos mismo, hermano, quien, al revelarme la razón que antaño os moviera a hablarme de esta guisa, me prometisteis olvidar tal extra­vagancia.
-Puesto que os referís a aquel tiempo, debo revela­ros los motivos que entonces dictaron mi conducta. No sin extremo dolor -prosiguió Théodore- veía la desunión entre vos y vuestro marido. Por más que deseara poseeros, no entraba en mis proyectos conseguirlo mediante una separación segura con Alphonse: mi inten­ción era, en lo posible, acordar el amor con las conve­niencias del decoro, persuadiendo a mi hermano de que ninguna culpa teníais en las diversas aventuras que os habían sobrevenido. Creía obtener mi objeto, y, aunque ciertamente fueseis culpable...
-¿Yo, culpable?
-En efecto, señora; es imposible justificaros. Aunque fueseis culpable, decía, quise defenderos.
-¡Santo cielo! ¡Qué nuevos horrores!
-No, señora, me limitaré a recordaros los antiguos... Os lo repetiré, Euphrasie, sois culpable. Cuanto dije en vuestro favor obedece a mi sincero afecto por vos y no a la veracidad. El billete que se encontró en el bolsillo de Ville­franche es sin lugar a dudas de vuestro puño y letra; aún lo poseo, y puedo sacarlo a relucir si fuera preciso. El docu­mento que firmasteis en la guarida de Deschamps consti­tuye otra prueba de vuestra desarreglada conducta, que bas­taría para perderos. Ya vísteis, sin embargo, cuál fue mi comportamiento. Yo mismo os devolví a los brazos de vues­tro esposo; me sacrifiqué por vos. Contaba con vuestro agradecimiento, mas sois una ingrata y preferís al caballero, habéis cedido al duque de Caderousse y a la vez os cubrís de crímenes y de ingratitud. Sólo ante mí mostráis falsas apa­riencias de virtud, ¡y todavía queréis que no me irrite! Mas, ¡de qué inconsecuencia dais muestras! Pues sabéis que basta una palabra mía para rematar vuestra perdición en el ánimo de mi hermano, y está segura de que pronunciaré esta pala­bra y exhibiré las pruebas que poseo si persistís en esta frial­dad, tan peligrosa para vos y tan fuera de lugar conmigo...
Entonces el abate, incapaz de contenerse por más tiempo, se arrojó a los pies de su adorada y la conjuró ardorosamente a hacer alguna concesión a la impetuosa pasión que le consumía. ¡Qué embarazoso trance para la marquesa! Volvía a hallarse en la misma situación en que aquel frenético ser la había colocado en el castillo de Gange: contrariándole, hacía de él un terrible enemigo; aquel hombre iba a perderla definitivamente ante su esposo y a enemistarla con el caballero, cuyo carácter, al conocer sólo sus aspectos positivos, la complacía en extremo y con quien contaba para rehabilitarla ante la opi­nión pública. Si terminaba de enojar a Théodore con un silencio frío y despectivo, ¿no equivaldría este silencio a reconocer faltas que estaba lejos de haber cometido? Y, por otra parte, ¿podía acaso ceder? ¡Qué dilema!
-¡Oh, señor! -dijo al abate, obligándole a cambiar la actitud que le había inspirado su amor-. Sois a la vez mal­vado y falaz: malvado, porque me amenazáis con la perdición si no consiento en deshonrarme; falaz, porque dais hoy por verdaderas las pruebas que disteis por falsas antes de par­tir de Gange. Ahora bien, ¿cómo un hombre que desea sedu­cir a una mujer osa presentarse a ella con tan abominables máscaras? ¿No pretendéis, pues, haceros grato a la mujer que cortejáis? Pues, de ser así, no os conduciríais como lo hacéis.
-Nada quiero responder a tan inhábil subterfugio -dijo el abate-. Basta para mostrarme la perfidia de vuestro corazón; es cuanto necesitaba. Os abandono a vuestras reflexiones, señora, pero recordar que en mí no tendréis sino al más mortal enemigo.
-Pues bien -contestó la marquesa, reteniéndole a su pesar-, acusadme ante mi madre y vuestros dos hermanos si os atrevéis a ello; dejad de serviros de medios ocultos y calumniosos. Apelo al dictamen de un consejo de familia, y ante él responderé de los horrores que me imputáis. Si tenéis el descaro de seguir sosteniéndolos, y conseguís convencerme, capitularé; mas dejaréis de hablarme como lo estáis haciendo si no conseguís persuadir de mis extra­víos a quienes yo haya convocado.
-Artificiosa criatura -dijo el abate-; bien sabes que no puedo hacer tal cosa sin pasar yo mismo por culpable, y por esto te atreves a desafiarme. No, no haré lo que deseas, y emplearé para perderte medios más seguros que los que tú crees capaces de salvarte.
Estremecióse la desdichada Euphrasie. Dijerase que presentía lo que le reservaba aquel monstruo y le parecía que las furias del infierno desplegaban ante sus ojos el velo de sangre que le deparaba el porvenir.
Salió el desalmado, y, para enlazar los rasgos de su vida que mejor le describen, aun cuando entre ambas conversa­ciones haya mediado algún intervalo, fue a decir al caba llero que cometía un grave error al no apremiar a Euphra­sie, pues había reconocido en la marquesa la más viva inclinación hacia él. «Puedes tener la seguridad de salir vencedor, amigo mío, si entras en liza. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo haría que este combate estaría ganado si yo me encontrase en tu lugar! El crédulo caballero, convencido de lo que acababa de oír, corrió a casa de Euphrasie, y, si se exceptúa el hecho de haber sido tratado con alguna mayor consideración que de costumbre, salió con tan pocas espe­ranzas como siempre.
Desde hacía más de un año, la marquesa de Gange vivía en tal retiro que resultaba inatacable a la calumnia. La aventura de Caderousse le había perjudicado mucho y, gracias a los cuidados de quienes querían perderla, aquella historia había sido desfigurada hasta tal punto que a duras penas empezaba la opinión pública a transigir y cambiar de parecer.
Valbelle era, además del caballero, casi el único joven de la ciudad recibido por la marquesa.
-En suma -dijo finalmente De Gange a su cóm­plice-, la suavidad y las buenas maneras no nos condu­cen a nada con esta mujer, y gana ante el público el tiempo que nos hace perder. No hay que dejar que vuelva a flore­cer por mucho tiempo esta reputación que queremos des­truir: terminarían por creerla virtuosa, y nada más funesto para nuestros designios. No demos tiempo a que las heri­das se cierren, hay que acabar de desgarrarlas cuando san­gran todavía. Esta vez te toca a ti, Valbelle, ya lo sabes; trata de desenvolverte mejor que Caderousse, y la víctima será inmolada conforme a nuestros propósitos.
-Pero, ¿cómo hacerlo? -preguntó Valbelle.
-Hay que combinarlo todo de un modo tan seguro que al menos esta vez no nos falle.
-Ciertamente, pero recuerda que debes mantener conmigo el mismo trato que habías pactado con el duque.
-Te lo prometo, aunque muy a mi pesar: no quiero ocultarte que mi amor por mi cuñada aumenta cada vez que la veo. ¡Qué dechado de virtud, de devoción, de can­dor! ¡Qué de gracias y de gentileza! Querido amigo, es un ángel colocado por el cielo entre demonios con el único fin de probarlos. Su venturosa estrella la liberará de nuestras manos criminales tan pura como habrá caído en ellas.
-Lo dudo -dijo el caballero-; nuestras redes están demasiado bien tendidas. Sólo saldrá de una trampa para caer en otra, y la dominaremos siempre. ¿Qué vamos a inventar esta vez?
-No lo sé; el pájaro está asustado y será difícil hacerle salir de la jaula.
Te equivocas -afirmó el caballero-. La confianza que le hemos inspirado no dejará de dar sus frutos favorables. Apenas se hubieron tomado tales resoluciones, madame de Cháteaublanc recibió una carta de sus administradores invitándola a personarse cuanto antes en Marsella para tomar posesión de un terreno situado en el campo, cerca de la ciudad, dependiente de la herencia de Nochéres. A lo que decía la carta, no era de prever que tal operación mantu­viera a madame de Châteaublanc fuera de su casa por más de ocho días. El hombre de leyes que le comunicaba tal cir­cunstancia le ofrecía su casa para alojarse en ella. La madre de Euphrasie, enterada ya del asunto, se dispuso a partir al día siguiente, sin que le viniera siquiera a las mientes la posibilidad de proponer a su hija un viaje de tan escasa amenidad, y, dada la brevedad de su ausencia, ni siquiera le dejó las señas, contentándose con decirle que le escribiría si su viaje tuviera que prolongarse por alguna razón.
Euphrasie pareció por un momento inquieta por encontrarse sola en Aviñón, sobre todo teniendo en cuenta que su marido se había ido por algunos días a Gange; pero madame de Cháteaublanc se apoyó en la certidumbre de que el caballero no la abandonaría, y aquella madre, con­fiada en exceso, partió sin ningún género de aprensión.
Al cabo de dos días, el caballero de Gange fue a visitar a su cuñada. Aquella prudente mujer empezó por supli­carle que acudiera completamente solo.
-Como mi marido no se encuentra en Aviñón -le dijo la marquesa-, debo ser más circunspecta que nunca.
De Gange le elogió aquella prudencia, y el pérfido le dijo que ésta debía ser en el porvenir la base de sus accio­nes, y que se habría evitado muchas desgracias si se hubiera conducido siempre con parecida discreción. La marquesa agradeció vivamente a su cuñado el interés que se tomaba por ella y, no pudiendo resistir a abrirle su corazón, le dijo con aquel candor e inocencia que tan atractiva le hacían:
-Querido caballero, ¿qué he hecho a mi marido para que el amor hacia él que me abrasa obtenga como única recompensa la frialdad?
-Os habéis conducido con demasiada ligereza -dijo el caballero de Gange-. De ello ha resultado, sin que mediara culpa de vuestra parte, la apariencia de un proce der equívoco. Sólo el tiempo puede ponerle remedio. Ya conocéis el carácter de Alphonse; es bueno y confiado, pero justamente esta clase de personas se encolerizan al verse engañadas; necesitan ser tratadas con más miramien­tos que las demás. Contad con mi esfuerzo, Euphrasie, para ayudaros a recuperar un corazón que tanto merecéis.
En este punto, la interesante marquesa, no pudiendo resistir a la efusión de su sensibilidad, se precipitó bañada en lágrimas sobre el pecho del caballero, y aquellas lágri mas, debidas al afecto, agradecimiento y a la virtud, mojaron, sin secarse, el seno del crimen y de la impostura. Aquel corazón profundamente depravado no se conmovió ante la efusión de aquellas preciosas lágrimas, y el estado de dolor y abandono de quien las vertía no sirvió sino para alimentar la culpable pasión de uno de sus más crueles ene­migos. El caballero disfrazó su emoción tras la que Eu­phrasie infundía a su alma. La abrazó y la consoló, y, más animada por aquellos simulacros de lo que ella creía una pura amistad, Euphrasie le habló del abate:
-Parece enojado contra mí -le dijo al caballero-. Vuelve a poner antiguas calumnias sobre el tapete y parece más persuadido que nunca de mi culpabilidad. ¡Ah! ¡Qué suplicio es este trato para la inocencia!
-Creo -dijo De Gange aparentando la mayor fran­queza- que Théodore está enamorado de vos.
-¡Oh, no! -exclamó la marquesa rechazando una idea que era prudente descartar-. No imaginéis tal cosa, her­mano; el abate, más severo que vos, ve el crimen en todas partes, y sin embargo nadie debiera estar más persuadido que él de que nunca he cometido los que me atribuye.
-Transigid al menos en suponerle avaricia -sugirió el caballero-, y creed que el interés es un dios al que rinde asiduo culto: tal es la verdadera causa de sus rigores; todo deriva del asunto del testamento. El abate, reducido como yo a su sola pensión, se aflige sin embargo mucho más que yo por no ver en manos del marqués la administración de una herencia que hubiera puesto a nuestro hermano en situación de procurarnos gran ayuda.
-Lo comprendo -dijo madame de Gange-; pero hemos debido acatar las intenciones del testador, y mi madre no era dueña de transgredirlas.
-Tanto el abate como Alphonse abandonarán sus pre­juicios -contestó el caballero-, y creed que, en todo caso, tendréis en mí vuestro protector y vuestro mejor amigo.
Así osaba expresarse el traidor, que en aquel mismo momento preparaba a los pies de la infortunada el abismo en el que iba a precipitarla.
¡Ah, si la traición y la falsedad son vicios pavorosos, qué negrura no llegan a revestir cuando toda la atrocidad del crimen los hace pesar sobre la virtud!
Madame de Châteaublanc llevaba casi ocho días ausente, y había llegado, pues, la época en que su hija debía esperarla, si cumplía la palabra que le había dado. Madame de Gange se hallaba haciendo algunos preparati­vos para dispensar una agradable acogida a su madre, cuando una carta consternadora vino a turbar aquella ale­gría. Madame de Châteaublanc requería la presencia de su hija y le rogaba que fuera a verla a unas señas indicadas de forma que era muy posible equivocarse. Movida única­mente por el afán de ser útil a su madre, Euphrasie, cuyo coche se había llevado madame de Châteaublanc, tomó al instante uno que partía hacia Marsella y se hizo dejar en las señas donde suponía que iba a hallar al tierno objeto de sus inquietudes. Subió con aquella especie de confianza que atiende a su objeto sin tomar en consideración otros cálculos. Cuál no sería su sorpresa al verse recibida por monsieur de Valbelle, que ocupaba la casa de su tío, céle­bre marino que había partido para una misión con el duque de Vivonne.
-¿A qué buena fortuna -exclamó Valbelle- debo, señora, el beneficio de encontraros hoy en esta ciudad? Euphrasie, confundida, no sabía qué responder.
-Señor -le dijo, mostrándole la carta-, creía diri­girme a la casa de mi madre, que acaba de caer enferma en esta ciudad. Me parece que me indica las señas de esta casa.
Valbelle se apresuró a leer el texto, e hizo observar a madame de Gange su error. Mil veces más agitada, la mar­quesa quiso salir al instante en busca de las nuevas señas.
-La ciudad es grande, señora -le advirtió Valbelle, reteniéndola-. Dejad que yo mismo me encargue de esta búsqueda y os ofrezca entre tanto mi casa.
-Señor -dijo Euphrasie-, a lo que creo vivís solo en ella, y el decoro se opone a que acepte vuestra urbanidad.
-No, señora, no vivo solo -interrumpióla vivamente el conde, y, tomándola de la mano, la hizo pasar a una habitación ocupada por una mujer de unos treinta y cinco años-. Permitidme que os presente a mi prima madame de Moissac, que os hará los honores de la casa -prosiguió Valbelle, y comprendiendo que había de por medio una diligencia más urgente que cualquier cumplimiento, dijo a aquella mujer-: Querida prima, creo que el mejor modo de complacer a la señora en estos momentos sería ir a informaros vos misma de dónde se hospeda madame de Cháteaublanc, para que podamos conducir allí a la señora marquesa, cuya inquietud veo crecer por momentos.
-¡Oh, qué atención la vuestra! Mas quizá sea mejor que vayamos juntas.
-No consentiré en que os toméis esta molestia, señora -dijo Valbelle-. Estáis fatigada y quizá la búsqueda nos llevase muy lejos: dejad que mi prima se encargue ella sola del asunto.
-Nada más agradable para mí -respondió la prima-, pues me permite compartir con monsieur de Valbelle las atenciones que se deben a una dama tan agradable y respetable. Quedaos, pues, tranquilos y con la seguridad de que aunque deba recorrer dos o tres veces la ciudad de punta a cabo no volveré sin haber visto a madame de Cháteaublanc.
Dicho lo cual, la diligente prima quiso iniciar sus pes­quisas. Pero madame de Gange, cuya agitación no cesaba, se negaba a tomar asiento.
-De acuerdo, señora -dijo el conde, que adivinaba perfectamente el motivo de su inquietud-. Ya que os parezco un hombre tan temible que no osáis quedaros una o dos horas a solas conmigo, vamos a dar un paseo por el puerto; sin duda este magnífico espectáculo, desconocido para vos, no dejará de interesaros.
-Disculpad, señor, pero en estos momentos sólo mi madre me preocupa.
-Pero mi prima tardará sus buenas dos horas en encontrarla. Para entonces estaremos de vuelta, y no veo que estas dos horas podáis emplearlas en otra cosa que en pasear o descansar. Preferiría lo segundo, pues me daría ocasión de ocuparme más íntimamente de vos.
-Pues bien, señor, salgamos a dar el paseo que me ofrecéis.
Tal resolución parecía la más prudente, sin lugar a dudas. Salieron, y madame de Gange, ocupada entera­mente por cuanto se ofrecía a su vista, se entregaba a la admiración y la sorpresa.
En efecto, qué interesante retablo componía aquella variedad de individuos de todas las naciones, estimulados a la mayor actividad por el comercio. De un lado, los barcos de donde se descargaban mercancías; de otro, el transporte de tales mercancías a casa del ávido negociante que las reci­biría sediento de oro e impaciente por obtener ganancias, mientras por un lastimoso contraste podía verse en la misma orilla al infeliz forzado que, movido igualmente por el afán de lucro, no empleó medios honrados para alcanzar este objeto; la vergüenza nubla su frente y el dolor se refleja en sus ojos. El múltiple concierto de todos los rincones de aquel vasto muelle; aquella muchedumbre de curiosos o de gente atareada cruzándose, entrechocando en todos los sentidos; la alegría, en fin, por doquier, de aquella nación viva y laboriosa, que no cede a los placeres sino después de haber cumplido los primeros objetivos de sus intereses y relaciones comerciales; todo, sin duda, contribuía a hacer del puerto de Marsella uno de los más hermosos espectácu­los del mundo, y madame de Gange lo admiraba sin pensar en que ella misma era uno de los primeros objetos de la admiración pública, y, ciertamente, el paseo de una mujer tan agraciada acompañada de uno de los jóvenes más cele­brados del momento causaba la sorpresa de muchos.
La infortunada se distraía de esta. suerte, sin sospechar que sus enemigos, ocupados en el doble proyecto de sedu­cirla y deshonrarla, la habían llevado a dar este paseo con el único fin de ponerla en evidencia. Para su disgusto, la encontraron y saludaron malignamente, entre otros muchos jóvenes nobles de Aviñón, buen número de cono­cidos: Caumont, Théran, Darcusia, Fourbin y Senas la reconocieron y saludaron, no sin sonreír a su caballero, a quien algunos felicitaron por lo bajo por su buena fortuna. La marquesa creyó incluso reconocer al caballero de Gange, y, cuando quería dirigirse hacia él, Valbelle la con­tuvo asegurándole que se equivocaba y que, aun en el caso de que se tratara realmente de él, valía más rehuirle que ir a su encuentro, porque quizás antes de dar tiempo a nin­guna explicación el caballero le echaría en cara su conducta y reprocharía al propio Valbelle un comportamiento que sin embargo, como podía ver madame de Gange, no cono­cía otro motivo que la honestidad y el decoro. Prosiguie­ron, pues, el paseo, y transcurridas las dos o tres horas pre­vistas para la búsquéda de madame de Moissac, regresaron a la mansión de Valbelle.
Madame de Moissac ya estaba de vuelta.
-Mucho me ha costado -explicó- dar con mi objeto, pero al fin lo he conseguido. He tenido el honor de ver a vuestra señora madre; se encuentra mejor y me ha parecido desolada por el equívoco de estas señas que se prestaban a confusión, de la que se culpaba; desea veros con impaciencia.
-¡Oh, señora, cuán agradecida os estoy! dijo Euph­rasie-. No me resta sino esperar de vuestra bondad que me conduzcáis cuanto antes a su presencia.
-Ciertamente -dijo el conde de Valbelle-, ni mi prima ni yo os abandonaremos. Mas permitidme, sin embargo, que os haga observar que es tarde y que no habéis aceptado la más ligera colación desde vuestra lle­gada esta mañana.
-¡Oh, no, os lo suplico, partamos inmediatamente! -pidió madame de Gange-. No quiero abusar de vues­tras amabilidades, y sin duda os haréis cargo de cuán vivo es mi deseo de abrazar por fin a mi madre.
-De acuerdo, señora, a vuestras órdenes -se ofreció Valbelle, ordenando seguidamente que se unciera un tiro de caballos a uno de los coches de su tío-. Tanto mi prima como vos -dijo después- estáis demasiado fatiga­das para emprender este nuevo recorrido a pie: subamos, pues, al coche.
Y se dirigieron hacia el barrio indicado.
Pero cuando madame de Gange advirtió que salían de la ciudad, y era casi de noche, empezó a inquietarse; su alma se envolvió en los mismos crespones que iban a sumir en tinie blas el imponente espectáculo de la naturaleza y su alterado rostro empezó a reflejar todas las angustias de su corazón.
-Me parece que esta casa está muy alejada -dijo.
-Así es -repuso madame de Moissac-, y de ahí que hayamos preferido ir en coche.
Por fin, al cabo de una hora llegaron a su destino. Se trataba de una casa de campo completamente aislada, rodeada de higueras, naranjos y limoneros que la ocultaban a la vista de los posibles transeúntes. La puerta prin­cipal daba al campo y la del jardín, a la orilla del mar, cuya plateada superficie se hallaba sumida entonces en la oscuridad.
En cuanto bajaron del coche, éste se alejó, y las damas entraron con Valbelle en una sala baja de techo y débil­mente iluminada. La prima desapareció y madame dé Gange quedó cercada entre el crimen y el corruptor.
-¡Ah, señora! dijo Valbelle, postrándose ante su ado­rada-. ¿Seréis capaz de perdonar a mi violento amor el error a que os he inducido? En esta casa que me pertenece, en vez de a vuestra señora madre no encontraréis sino al hombre más apasionadamente prendado de vuestros encantos. La pasión que por vos me inflama autoriza todos los ardides, y, haga lo que haga un amante, sólo de amor será culpable.
-¿Qué podéis esperar de mí, señor? -dijo Euphrasie, con tanto valor como altivez-. Conocéis los vínculos que me atan y debéis respetarlos. Toda esperanza es, pues, un crimen y no debéis concebirlas.
-¿Pediréis a las grandes pasiones que razonen, señora? No esperéis destruir nunca la que por vos me inflama, y no me recordéis deberes que una sola de vuestras miradas basta para hacerme olvidar: pensad que estamos solos en la casa y que la mujer que ha venido con nosotros, lejos de ser pariente mía, se halla por completo a mis órdenes. El aisla­miento de esta casa, la noche que oculta sus salidas, todas las circunstancias, como podéis ver, favorecen completa­mente mis deseos, y estáis perdida si cedo a éstos el impe­rio que en ellos suscitan vuestros encantos: dejad de inten­tar impedir su posesión al amor asistido por la fuerza. Si me oponéis resistencia, os entregaré al oleaje que oís bramar, y una embarcación conducirá a las costas de África a esta arisca virtud, que no será allí más respetada.
-¡Ah, señor -exclamó Euphrasie-, os atrevéis a lla­mar amor al bárbaro sentimiento que os ciega hasta el punto de darme a elegir entre la muerte y el deshonor! Pues bien, no voy a dudar: esos hombres feroces entre quienes queréis abandonarme no serán sin duda tan crue­les como vos; escojo, pues, esta suerte. Poned manos a la obra. Pero no, debo mudar hacia sentimientos más delica­dos: prestadles oído, señor; no los rechacéis. ¡Cómo nos deshonraríamos ambos en el cálculo infame que os atrevéis a proponerme! Supongamos que me entrego a vos: ¿qué os quedaría, tras la inmolación de vuestra víctima? ¿Podríais seguir adorando a la desdichada, que acabaríais de forzar y podría yo concebir otro sentimiento que el odio para con el hombre vil que me habría servido de verdugo? Respeté­monos, señor, seamos uno y otro dignos de nuestra propia estima: a tal estado se llega por sentimientos contrarios a los que mostráis, mientras que sólo se puede llegar al odio y desprecio mutuo por los que osáis concebir. Decís amarme: probádmelo haciéndome conducir a casa de mi madre o del gobernador de la ciudad. Con esta condición os perdonaré. Sólo este proceder, suscitando mi gratitud, podrá quizá haceros acreedor algún día a más benevolentes sentimientos... Pero dadme la libertad, haced que se me abran las puertas y pueda salir en el acto de una casa donde la marquesa de Gange, ultrajada por Valbelle, no podría ver en él sino al más despreciable de los hombres.
Estas palabras, pronunciadas con la mayor energía, produjeron tal impresión en el ánimo del conde, que, bañado en lágrimas, tomó en brazos a la marquesa, le hizo tomar asiento y le rogó que se tranquilizara.
-El inaudito ascendiente de vuestras sublimes virtudes -le dijo- es más poderoso en estos momentos, señora, que el de vuestros encantos; me fulminan los destellos de vuestra mirada; el cielo os los ha prestado, y una débil criatura como yo no puede sino ceder. Sin embargo, señora, me es absolutamente imposible renunciar a los sentimientos con que consumís mi alma: por más que os respete, no puedo dejar de idolatraros, y sólo accedo a la mitad de vuestra peti­ción. Me voy, señora: os dejo. Salid, Julie, salid, atended a la señora y probadle que está sola con vos en la casa y que se convenza por sus propios ojos de que me voy ahora mismo. Más tened en cuenta que se trata sólo de una tregua, que romperé dentro de dos días; pasado mañana, a esta misma hora, me presentaré aquí, y espero hallaros en una disposi­ción más favorable. Si no es así, nada doblegará mi voluntad, y obtendré por la violencia lo que el amor me ha negado. Hasta entonces, Julie, os prohíbo que dejéis salir a la señora. Pensad que me respondéis de ella con vuestra vida.
Entonces, sin añadir palabra, Valbelle subió a su coche, que le aguardaba a veinte pasos, y regresó apresurada­mente a Marsella, dejando a la marquesa sumida en la más violenta agitación.
-Señora -le dijo Julie en cuanto se hallaron a solas-, yo también debo daros mil excusas por haber fingido, en vuestro perjuicio, una falsa identidad. No soy ni madame de Moissac ni la prima de monsieur de Valbelle; me llamo Julie Dufrène y regento una casa de habitaciones de alquiler en Marsella, a la que me ofrezco a conduciros si queréis escapar a los peligros que en ésta os amenazan. Sé que recaerán sobre mí todas las iras del señor conde, pero habré reparado mi mala conducta para con vos, y con eso me basta.
-¿Cómo, señorita? Pese a las severas advertencias del hombre que desea mi perdición, pese a los peligros a que os exponéis, ¿queréis ofrecerme un asilo?
-Ciertamente, señora; debo hacerlo y lo hago de todo corazón.
-Mas, en tal caso, ¿por qué no me lleváis a casa de mi madre?
-No tenía en absoluto el encargo de buscarla, señora. Pero cuando haya tenido la dicha de poneros a salvo en mi casa, podremos ocuparnos más sosegadamente de tal asunto.
-¿Y qué os induce a suponer que en vuestra casa estaré a salvo de Valbelle?
-Sólo permaneceréis allí el tiempo necesario para des­cubrir las señas de madame de Châteaublanc: cuando él llegue a buscaros, ya estaréis fuera.
-En tal caso, ¿por qué dormir aquí? Sería preferible que partiéramos cuanto antes.
-Esta noche es imposible: vivo al otro lado de la ciu­dad, casi a dos leguas de distancia, y a esta hora no encon­traríamos coche que nos llevara a mi casa. Por lo demás, podéis estar totalmente tranquila. Estamos solas y tengo todas las llaves de la casa. Partiremos al amanecer.
Madame de Gange no se avino sin pesar a tal aplaza­miento, pero era necesario. Julie le dio de cenar y la aco­modó acto seguido en una bonita habitación, acostán­dose ella cerca de la alcoba de la marquesa.
Conviene observar en este punto que la intrigante Julie, generosamente pagada por Valbelle y por el caba­llero de Gange, estaba a las órdenes de ambos. Y el ca ballero, a medias siempre con su amigo, en nada se apar­taba del proyecto de poseer igualmente a la marquesa y deshonrar después de común acuerdo su reputación.
Madame de Gange, agitada con exceso, no pudo conci­liar el sueño: la inquietaban los más sombríos pensamien­tos. Errando entre las espinas de la vida, se extraviaba en ellas en vez de despejarlas o esquivarlas... Hubiérase dicho que dejaba a las furias el cuidado de prolongar su existen­cia y que la trama de aquella triste vida era hilada por las hijas del Erebo con las serpientes de Megera; sólo para la desdicha alentaba, sin rechazarla ni temerla, y se alimen­tara de ella... ¡Desgarrador estado del alma que felizmente ignoran los necios y donde halla su goce el infortunio!
De pronto, Euphrasie oyó rumor de remos surcando las olas. Gritos de angustia llegaron de la orilla y se oyó desembarcar. Faltó a Euphrasie tiempo para vestirse apre­suradamente y despertar a Julie:
-¡Vámonos, vámonos! -le apremió-. ¿No oís esos pavorosos ruidos? Vienen a nuestras puertas.
Julie, a quien no habían prevenido, se levantó tem­blando y dijo a la marquesa, iniciando la fuga lo más rápido posible:
-Tranquilizaos, señora, no vienen por nosotras. Supongo que son los piratas argelinos que desembarcan a menudo para asolar esta comarca. Estaremos lejos antes de que entren en casa.
Mas apenas habían franqueado las puertas cuando oyeron que se penetraba violentamente en la casa. Afortunadamente no las encontraron y no tardaron en hallarse en la ciudad.
El pretendido pirata no era sino el caballero De Gang. Fácil es imaginar el motivo que le guiaba. Juzgando inútil prevenir a Julie, había sido causa imprudente de una evasión que en modo alguno hubiera podido prever. Al no encontrar a nadie, volvió la misma noche a Marsella, donde no tardaremos en verle reaparecer para ejecutar la segunda parte del proyecto, en la cual creía ocupada a Julie, puesto que no la encontró en la casa.
Las dos mujeres avanzaban a una rapidez increíble rumbo a la casa de Julie, donde llegaron hacia las cinco de la madrugada.
Se ofreció una habitación a Euphrasie, la cual, viendo ya levantadas a muchas mujeres en aquella casa, terminó en ella la noche con algo más de sosiego. Sin embargo, voces de hombre y ruidos desacostumbrados no tardaron en des­pertarla; incluso hubieran entrado en su habitación a no ser por las precauciones que había tomado al acostarse. Se levantó y llamó a Julie... ¡Pero cuál no sería su sorpresa al divisar, a la luz que entró al abrir la puerta, a un hombre con las ropas en desorden, que se introdujo en el lecho que ella acababa de dejar! Euphrasie quiso huir... Julie apareció y la detuvo.
-¿Qué deseáis, señora? -le preguntó, y, señalando al hombre-: ¿El señor no se ha portado correctamente?
-¿Qué me estáis diciendo? ¿Quién es este hombre? ¿Qué hace aquí? ¡Ah, bien veo que sigo aún en manos de traidores! -y acto seguido, apartando violentamente a Julie, le dijo-: Dejadme salir; aquí todos conspiráis desen­frenadamente para mi perdición.
-No, no, señora -dijeron a un tiempo sus dos herma­nos, que entraron precipitadamente-, no para vuestra per­dición, sino para sustraéros a la infamia a que os entregáis sin cesar: Julie, haced subir a algunas de vuestras pupilas; es de justicia que vengan a felicitar a su nueva compañera.
Entonces, cinco o seis detestables criaturas entraron con grandes carcajadas y convencieron a Euphrasie de que el infortunio que se cebaba constantemente en ella acababa de conducirla a una de esas casas infamantes que la política tolera en las grandes ciudades para evitar males mayores.
Sin embargo, por orden de los dos hermanos, se requi­rió la presencia de un inspector de policía, el cual hizo cons­tar en su atestado: primero, que la casa donde se le hizo comparecer era un lugar de prostitución; segundo, que las presentes servían a tal fin; tercero, que la dama ante quien se hallaba era, según el testimonio de sus dos hermanos, sin lugar a dudas, la marquesa de Gange; cuarto, finalmente, que el hombre que se hallaba en el lecho era, según sus res­puestas, un soldado de marina que había pasado la noche con la marquesa. Todas estas declaraciones fueron firmadas. Cerróse el atestado, y la marquesa, que no pudo resistir el horror de tan execrables procedimientos, fue llevada sin sentido a un coche, entre dos desconocidos que, sin decirle palabra, la condujeron a casa de su madre en Aviñón.
-Amada y dulce madre -dijo la infortunada, bañada en lágrimas en el seno de madame de Châteaublanc-, aquí tenéis de nuevo a vuestra hija en el colmo de la desdicha. ¡Bárbaros...! Sólo dejarán de ensañarse conmigo cuando me hayan hecho perecer. No me miran sino como a una víctima de cuya sangre están sedientos; sólo la guadaña de la muerte puede romper las redes en que me envuelven.
Euphrasie, ya un poco más calmada, contó luego a su madre cuanto le había acontecido, ante el horror de aque­lla respetable mujer al desvelársele las trampas que se le habían tendido a su hija para perderla.
-El caballero -dijo Euphrasie-, ese joven de tan agradable natural, que tenía por un amigo, se contaba entre mis acusadores, e incluso era de los más encarnizados.
Madame de Châteaublanc contó a su vez lo que había hecho:
-Sólo pasé ocho días en Marsella, querida hija, y ya no estaba allí cuando vos acudisteis. Al llegar os mandé mis señas. Parece que la carta que recibisteis en lugar de la mía era una falsificación, ya que las señas no eran exactas y se hacía referencia a una enfermedad inexistente. Aque­lla falsa carta os indicaba que fueseis a mi encuentro, mien­tras que la mía os avisaba de mi regreso. Atrocidades sin igual, querida hija, ante las cuales sólo cabe adoptar una resolución tan firme como rápida. No lo dudemos más: el testamento les desespera, y el amor que fingen y las tram­pas que os tienden no tienen otro objeto que haceros apa­recer como una mujer incapacitada para recibir y adminis­trar en nombre de su hijo la herencia que se os acaba de legar. Frustremos tales artimañas, y que dentro de poco no puedan ya alcanzarnos.
Aquellas dos mujeres, tan juiciosas como prudentes, abrigaban tales intenciones, cuando un nuevo aconteci­miento vino a apresurar la necesidad de su ejecución.


XII


La piadosa marquesa de Gange, que hallaba una fuente de los más puros goces en el cumplimiento de los debe­res de su religión, cumplía un día en la parroquia de San Agrícola la acción sagrada por la que el hombre, mediante la participación del ministro del altar, ve operar ante sus ojos el divino misterio de la eterna alianza que, para la sal­vación del hombre, el propio hijo del Creador tuvo a bien establecer con su divino Padre; sacrificio sin duda inefable, puesto que este Ser celestial se digna aparecer a los ojos de quienes redimió bajo una grosera apariencia que, lejos de disminuir el mérito de tan solemne humillación, la hace aún más sublime al alma pura que sabe apreciarla.
Euphrasie se hallaba rezando, cuando un joven, ves­tido con harapos miserables, la interrumpió y se le dirigió en tono implorante... Euphrasie alzó la vista y, movida por un sentimiento inconsciente, volvió a bajarla para fijarla en su libro.
-No, señora, no -le dijo en voz baja el desconocido-, no rechacéis la compasión que he despertado en vuestra alma caritativa; no os fijéis sólo en mis palabras, señora; dig­naos venir a visitar el deplorable asilo de mi miseria.
Viendo Euphrasie surcado de lágrimas el rostro de aquel desdichado, le dijo:
-Vayamos, pues, amigo. Precededme. Daré orden de que mi silla de manos os siga.
Así se hizo. Euphrasie entró en su silla de manos y siguieron al mendigo... Éste se detuvo al fin en una calle estrecha, aislada, cuyos escasos edificios, mezquinos y ruinosos, evidenciaban que sus muros vacilantes daban abrigo a la más deplorable indigencia. El pobre se detuvo en el humilde umbral de uno de aquellos miserables habitáculos y Euphrasie bajó de su silla de manos, siguiendo a solas a su guía por un largo pasaje que terminaba en una especie de sótano, donde el mendigo se precipitó de rodillas ante su bienhechora en cuanto ésta hubo entrado.
-¡Oh, señora marquesa! -le dijo con una voz debili­tada por la necesidad-, ¿no echaréis en cara su imprudencia a un hombre que en la miseria ha recibido de la mano de Dios el justo castigo por el crimen de que intenté inculparos? ¡Ah, señora! ¿Os dignaréis prestar auxilio al execrable Des­champs al reconocerle? ¡No pido por mí, respetable señora! Mi iniquidad me hace harto indigno de vuestra compasión... No, no pido por mí; dignaos más bien extender la generosa piedad que oso imploraros a los desdichados seres que la jus­ticia del cielo ha precipitado conmigo en el infortunio.
La marquesa levantó la vista y vio sobre algunos tablo­nes podridos a un octogenario sacudido por las angustias de la inanición y cuyo gélido aliento intentaba en vano rea nimar a un escuálido lactante que ya no hallaba alimento en el seno exhausto de una madre desdichada tendida a los pies del autor de los días de su marido.
-Esta es mi familia, señora -prosiguió Deschamps-; tales son los seres a quienes mis crímenes empujan al sepulcro; sólo por ellos intercedo ante vos. ¿Debe acaso el inocente expiar las faltas del culpable...? Negádmelo todo, tal es vuestro deber, señora; mas dignaos velar por la vida de estos infortunados cuyas manos, selladas ya por la negra sombra del sepulcro, hallan aún fuerzas para alzarse hacia vos. Que no desciendan maldiciéndome a los abismos de la muerte; que sus manes no rechacen con horror las tinieblas de la eternidad donde los sepulto conmigo. Hace tres días que no ha entrado un solo alimento en este antro; voy a perder a todos los seres queridos que tengo en el mundo y, solo ante sus restos mortales, a mis ojos no se ofrecerá sino el espectáculo de mi crimen.
En este punto, los gritos agudos del niño se confundie­ron con los conmovedores lamentos de la madre y los gemidos del anciano.
La marquesa estaba, sin duda, cruelmente ofendida por el hombre que osaba implorarle, pero, en un alma como la suya, la desdicha extingue todo resentimiento.
-Amigo -dijo a Deschamps-, me habéis hecho todo el daño que os fue posible, pero más daño me hace todavía este espectáculo. En mí ensayasteis la desdicha; hoy la ve recaer por entero sobre vos, y os perdono. Sólo llevo treinta luises en la bolsa: tomadlos. Aliviad los males de vuestra familia y volved al sendero de la virtud, que se aprende a seguir en la escuela del infortunio. Que el tiempo que os separa de la tumba os depare la consideración de vuestros remordimientos, y seréis digno de bajar a ella cuando no os queden lágrimas por derramar en el camino de la vida.
-¡Ah, señora! -rogó con el sublime arrebato de la gratitud el hombre a quien Euphrasie acababa de salvar-. No me dejéis, os lo suplico, hasta que os haya dado el nom bre de los instigadores de mi crimen. ¡Qué revelación para vos...! Por el amor de Dios, dignaos prestarme oídos: sólo por este medio puedo agradeceros todas vuestras bondades.
-Guardad silencio, Deschamps, os lo ordeno... ¿Qué mérito tendría haber comprado vuestra confesión? Habéis colaborado con malvados; no necesito conocer su identidad. Esta revelación los degradaría en mi ánimo, pero bas­tante lo están ya por su crimen. Yo no sería por ello más dichosa, y vos no lo seríais como quiero que lleguéis a serlo. Todos los años, tal día como hoy, iréis a buscar a casa de mi notario una suma equivalente a la que hoy os he dado. Tened en cuenta que dejaréis de percibirla el día en que el nombre de vuestros corruptores y de mis enemigos haya sido revelado por vos.
-¡Oh, dechado de todas las virtudes! -exclamó Des­champs, postrándose con su mujer a los pies de Euphrasie, que regaba con sus lágrimas-. Vuestras virtudes igualan en este momento a las de nuestro divino Salvador, que desde la cruz bendijo a sus verdugos.
La marquesa salió, dando orden a Deschamps de que­darse en su casa. Mas en la puerta encontró al abate de Gange.
-¿De donde venís, señora? -le preguntó con inso­lencia-. ¿Una mujer como vos en este barrio?
-Tendré siempre a gala encontrarme donde pueda poner alivio a la miseria.
-No me engañaréis, señora -replicó vivamente Thé­odore-. Sobradamente conocemos los motivos que os han traído aquí. Sin duda habéis buscado, y encontrado finalmente, a ese tal Deschamps. Venís de su casa. No os he perdido el rastro desde que habéis salido de la iglesia; nada más fácil, pues, que conocer las razones que os han condu­cido a esta guarida. Teméis aún a este bandido, y sin duda acabáis de pagar su silencio, una prueba más de vuestra desarreglada conducta con él. Cierto que Deschamps se halla sumido en el infortunio; sus faltas le han hecho caer en la indigencia de que acabáis de ser testigo. Mas no debisteis ir a verle; hacerlo equivale a una confesión. Vol­ved a vuestra casa, señora. La opinión pública y vuestra familia no tardarán mucho en acabar de saber quién sois. No dejaréis de tener noticias mías.
-Quedo a la espera de ellas, señor -dijo, Euphrasie volviendo a subir a su silla de manos-. Sí, las esperaré con la tranquilidad de la inocencia, mientras que vos me las anunciáis con la agitación del crimen.
-Como podéis ver, querida y respetada madre -dijo la marquesa al volver a su casa, contándole cuanto acababa de ocurrirle-, las celadas se multiplican a cada instante sobre mis pasos; apresurémonos, pues, en nuestras opera­ciones, pues ya no podemos permitirnos ningún retraso.
En efecto; al día siguiente, madame de Gange mandó lla­mar a su notario e hizo testamento, por el que nombraba a madame de Châteaublanc su heredera universal, encargada de llamar a la sucesión al joven de Gange, de ocho años de edad a la sazón, único hijo habido de su esposo. Y aunque este testamento se hizo en secreto, al día siguiente madame de Gange convocó en su casa a parte de la nobleza de Aviñón y a varios magistrados, ante los cuales declaró que, caso de hacer un testamento distinto del que había dictado el día anterior a su notario, desautorizaba formalmente este testa­mento posterior, debiendo ejecutarse únicamente el primero.
Tal declaración, que probaba los tristes presentimien­tos de madame de Gange, dio mucho que hablar en Aviñón y cambió inmediatamente los designios de los señores de Gange.
«No tenemos más que una salida -se dijeron inmedia­tamente-: hay que hacer revocar este testamento y luego la declaración, pero ya no podemos obtener estos fines por medios indirectos, sino por la violencia. Dejemos de espar­cir calumnias; llevemos a la madre y a la hija a Gange, y allí veremos qué se puede hacer.
A consecuencia de este nuevo plan, los tres hermanos fueron a ver a la marquesa y le prodigaron en apariencia las mayores muestras de estima y de amistad.
-Olvidemos cuanto ha ocurrido, querida Euphrasie -dijo Alphonse-. Hemos sido, como vos misma, vícti­mas de todos los desalmados que parecían tener por consigna vuestra perdición; mas ahora os hacemos justicia por completo. Creed que nunca habéis perdido ni mi amor ni la sincera estima de vuestros hermanos.
La bondadosa madame de Gange, que desde hacía mucho tiempo no había oído palabras tan halagüeñas y consoladoras como las que salían de la boca de un hombre que le era tan querido, se aferró ardorosamente a la espe­ranza, siempre tan dulce al ánimo de los infortunados, y se abrazó bañada en llanto a su esposo.
-¿Cómo has podido creer -le dijo- en las faltas imagi­narias de una mujer que jamás ha dejado de adorarte? ¡Ah! ¡Cuán feliz me hace tu justicia! Este es el primer día de felici dad que veo resplandecer en mucho tiempo. ¿Qué querías que hiciera Euphrasie en el mundo, si tú la privabas de lo único que daba sentido a su existencia? ¡Oh, sí, sí, querido Alphonse, júrame que me amarás siempre y que, reunidos en aquel sepul­cro que hiciste construir para ambos, prolongaremos allí la dicha de amarnos más allá de nuestra existencia terrenal!
Madame de Châteaublanc, libre ya de temores, se avino de todo corazón a reconciliarse, diciendo por lo bajo a su hija:
-Querida Euphrasie, ya ves que el éxito nos ha son­reído.
Toda la familia prodigó los abrazos y parabienes, y, al día siguiente, una comida selló aquel feliz entendimiento.
Hablóse aquel mismo día del proyecto de regresar a Gange. Madame de Châteaublanc fue la primera invitada, y la ejecución de este proyecto se fijó en el plazo de ocho días. Se convino en que el marqués y su suegra llegarían al castillo antes que Euphrasie y sus dos cuñados, a fin de preparar para tan amada esposa la más fastuosa acogida.
Al llegar la marquesa, todas las muchachas de Gange le ofrecieron flores. Olivos, limoneros y naranjos guar­necían su paso. ¡Infortunada! Se parecía a las víctimas que son preparadas para el sacrificio.
Todos los vasallos del marqués habían contribuido a escote a un soberbio festín que se había hecho preparar a la entrada del parque y al que se hicieron los debidos honores.
Aquella recepción donde parecía reinar tan franca cor­tesía disipó todos los temores de madame de Gange, y transcurrieron dos meses en la dulce embriaguez de la feli cidad a que se acoge vehemente el infortunado cuando cree hallarse al término de sus males, como el navegante que llega a puerta tras los violentos bandazos de la tempestad.
Madame de Gange fue juguete de tan falsas apariencias; creyó en la calma absoluta que tanto necesitaba.
Cuando el marqués y madame de Châteaublanc estima­ron que la tranquilidad se había restablecido por completo, regresaron a Aviñón, donde les reclamaban sus asuntos. Euphrasie, sola con Théodore y el caballero, no observó ningún cambio en la actitud de sus cuñados. No se permi­tieron sacar a colación historias pasadas, ni dirigirle repro­che alguno, ni siquiera bromear: todo estaba presidido por la delicadeza y el decoro. La marquesa, en el colmo de la felicidad, parecía iniciar una nueva existencia: apareció a los ojos de toda la sociedad mil veces más hermosa que nunca. Diríase que la naturaleza redobla sus dones cuando se dis­pone a llamarnos a su seno, como si así quisiera hacernos más dignos del ser divino con quien vamos a reunirnos.
Un día, en medio de esta dulce serenidad, el caballero se aventuró a hablar a su hermana del testamento que había hecho en Aviñón. Le propuso revocarle, haciéndole ver que, puesto que su marido le había devuelto toda su estima y su ternura, no debía dar lugar a que se sospechara -co­mo ocurriría caso de mantener tal testamento- que no le profesaba los mismos sentimientos, reticencia velada que podría hacer pesar sobre ella la acusación de falsedad. La perversa lógica de aquel traidor consiguió decidir a la mar­quesa, falta ya del apoyo de su madre, y, sin invalidar su declaración pública, hizo un nuevo testamento en favor de su marido. Pareció entonces el caballero completamente satisfecho, pero ocurrió algo inaudito que apenas puede comprenderse, que ningún documento de la época nos explica, y que prueba la ceguera inconcebible a que con­ducen siempre las conjuras criminales: el caballero, que no podía dejar de estar al corriente de la declaración pública de la marquesa ante la nobleza de Aviñón el día siguiente a la firma del primer testamento, o creyó inútil hacer refe­rencia a ella o la olvidó, de suerte que el nuevo documento firmado en Gange por la marquesa venía a resultar absolu­tamente nulo.
Tenga, sin embargo, el lector buen cuidado de no atri­buir a madame de Gange la más leve sombra de falsedad: ninguna infamia de esta especie podía ensombrecer un alma tan noble. Aquella seductora madre se sentía tan obligada para con su esposo como para con su hijo, y quizá más todavía. Cumpliendo la voluntad del caballero, Euph­rasie aseguraba su propia tranquilidad y no hacía correr ningún riesgo a su hijo, puesto que la declaración de Avi­ñón anulaba cualquier acta posterior. De no dictar el nuevo testamento, se exponía a caer de nuevo en las desdichas de las que apenas acababa de verse liberada; por tanto, se creyó autorizada a adquirir por este medio la permanencia de una tranquilidad que no ofendía en nada a la delicadeza de su espíritu: todos los perjuicios de aquel suceso recaían sobre el olvidadizo caballero, no sobre la esposa; el pri­mero cometía una necedad; la segunda se limitaba a una precaución absolutamente necesaria para su sosiego.
Debíamos tal justificación a la más desdichada y al mismo tiempo más respetable de las mujeres; y puesto que ninguna prueba material la abona, nos hemos considerado en la obligación de inferirla de la naturaleza de su corazón y de nuestra imparcialidad.
Mas todo ello no pareció tan sencillo al abate, al regreso de una estancia de algunos días en el campo.
-Eres un mentecato -reprochó a su hermano-. Este documento no es más que papel mojado. Euphrasie se ha burlado de nosotros y hay que pedirle que se retracte de la declaración pública de Aviñón y recurrir a medidas de la mayor violencia si se niega, porque, de lo contrario, puede revelar tu proposición, mostrar el documento a que dio lugar y hacernos pasar por unos corruptores. Ahora ella y su madre disponen de armas terribles contra nosotros. Nos hallamos en una situación semejante a esas partidas finales en las que se juega el todo por el todo: uno de los dos rivales debe arruinarse. Euphrasie es en este punto doblemente cul­pable; en primer lugar, lo es en grado sumo por la declaración pronunciada ante la nobleza y los magistrados de Aviñón, a cuyos ojos es patente que nuestros procedimientos nos hacen pasar por malversadores, calumniadores y bergantes... Es culpable, además, por su comportamiento contigo, que no constituye sino una abominable superchería que prueba la doblez del alma de esta pérfida mujer. No hay, pues, tér­mino medio: o retracta la declaración pública de Aviñón, o debe perecer, si queremos pasar tranquilos lo que nos resta de vida. Por otra parte, en cuanto sus ojos se hayan cerrado, todo se anula; cualesquiera que hayan sido sus medidas, no se podrá dejar que prevalezca el testamento dictado en favor de madame de Châteaublanc, que resultará, sin ninguna razón, redundar en perjuicio del marqués. Debe encomendarse a éste la tutela de su hijo: es imposible que, en un caso como éste, pueda adoptarse otra resolución... Si acabamos nosotros con la vida de esta mujer, diremos que se ha dado muerte ella misma, lo que probará que estaba loca y, por consiguiente, no podía testar. Daremos a conocer su conducta, la carta de Villefranche, el documento del subterráneo de Deschamps, su reciente visita a este sujeto, el atestado del inspector de policía de Marsella; creo que son pruebas más que suficien­tes para probar su completa enajenación mental. No cabe la menor duda de que no se otorgará ningún valor a cualquier documento suscrito por una mujer que recorre los lugares más infamantes de la comarca, que se deja raptar en un baile, que da citas misteriosas a su amante en un parque después de haber recorrido el Languedoc en su compañía y que, para rematar su obra, da en matarse, algún tiempo después, en el castillo. Basta, pues, de consideraciones, querido hermano. Vayamos a presentarle el modelo del acta que debe anular la declaración pública de Aviñón. Si quiere firmarla, tanto mejor; de lo contrario, no tengamos piedad.
Al día siguiente, la nueva acta fue presentada a la mar­quesa, quien rehusó firmarla, mas con toda la dulzura ima­ginable y diciendo que se había prestado a cumplir los deseos del caballero, pero que ir más allá atentaba a su honor y a su deber.
Los dos hermanos se retiraron sin pronunciar palabra. Tal silencio inquietó a la marquesa, colocándola en un estado de ensoñadora melancolía. Aquellos monstruos dejaron transcurrir ocho días más sin hacer nada, pero al fin siguieron intentando seducirla por más insidiosas astu­cias... Todo fue en vano.
Madame de Gange había probado toda su vida que era una buena esposa y ahora debía probar que era una buena madre, y así lo hizo.
¡Oh, furias infernales! Prestadme vuestras antorchas; sólo ellas pueden alumbrar las terribles escenas que nos quedan por describir. Persuádanse al menos nuestros lec tores de que, en todos los hechos, transcribiremos palabra por palabra los datos del proceso; sería imposible añadir nada a las atrocidades que contienen, más gravosas quizá para el hombre de bien que las describe que para el desal­mado que las ejecuta.
El 7 de mayo de 1667, la marquesa de Gange, hallán­dose indispuesta, requirió algunos medicamentos. Un far­macéutico de la villa de Gange fabricó por sí mismo el bre baje y lo llevó al castillo. No se sabe en qué manos cayó, mas cuando la marquesa expresó su deseo de tomarlo, le respondieron que no había llegado todavía. Por fin lo pre­sentaron a la marquesa, diciéndole que, impacientes por el tiempo que habían tardado en prepararlo, lo habían ido a buscar a Gange. La marquesa empezó a tomarlo, mas lo halló tan negro y tan espeso que se negó a seguir ingirién­dolo. Perret se ofreció inmediatamente para encargar otro en la farmacia...
-No, no -dijo la marquesa-. Tengo unas píldoras cuyo efecto purgante es el mismo; tomaré algunas.
Las sacó de un cofrecito cuya llave sólo ella poseía y las tomó. Relataron este incidente a los dos hermanos, que se abstuvieron de todo comentario.
Por la tarde, la marquesa invitó a algunas damas a merendar en el castillo. Les hizo los honores con toda la gracia y ligereza de espíritu que imaginarse pueda. Ella comió normalmente, y parecía alegre por demás. Sus dos cuñados tomaron parte en aquella comida, mas pudo observarse que se hallaban distraídos y ausentes. La mar­quesa bromeó un poco sobre esta circunstancia, pero no por esto cambiaron de actitud.
Después de la merienda, el abate volvió a acompañar a las damas. El caballero se quedó con su cuñada y llenaron este intervalo las bellísimas frases de la marquesa sobre el retorno de la tranquilidad de que ahora gozaba, y que sólo a él creía poder atribuir. A todo ello, De Gange, siempre absorto en sus pensamientos, no respondió palabra. La marquesa le tomó la mano:
-¿Cómo, caballero? -le dijo-. ¿He perdido, pues, vuestra estima? ¿Debo atribuir a esto vuestra frialdad o acaso con ella queréis indicarme que mis desdichas no han terminado...?
-No, no han terminado -dijo el abate, entrando hecho una furia, pistola en mano, y en la otra el brebaje que Euphrasie había rechazado por la mañana-. Debéis morir, señora; ya no hay perdón para vos...
En el mismo instante, el caballero desenvainó su espada... La marquesa creyó que era para defenderla...
-Querido caballero -exclamó con el acento más conmovedor y patético-, salvadme de los furores de este malvado.
Mas en la actitud y los ojos extraviados de De Gange comprendió que tenía en él a otro verdugo y que sería víc­tima de ambos. Tan pavorosa certidumbre le dio fuerzas para postrarse bañada en lágrimas a los pies de estos dos crueles seres. Aquellas manos unidas y dirigidas hacia ellos en ade­mán de súplica; aquel seno de alabastro cubierto únicamente por los bellísimos cabellos que flotaban en desorden; aque­llos gritos de terror y de lástima, entrecortados por sollozos de desesperación; aquel llanto que inundaba las armas dirigi­das ya hacia su garganta... ¡Justicia del cielo! ¿A quién no habría desarmado tan conmovedor espectáculo?
Aquellos monstruos permanecieron impasibles.
-Debéis morir, señora -le dijo Théodore por segunda vez-. En lugar de tratar de conmovernos, agradecednos que os dejemos escoger la clase de muerte que debe dar fin a una criatura tan culpable..., a una criatura tan falsa como vos. Escoged, pues, entre el fuego, el hierro y el veneno, y dad gracias al cielo por el favor que os concedemos.
-¿Cómo? Vosotros, mis hermanos, ¿deseáis mi muerte -dijo la sin ventura, que permanecía arrodillada ante ellos-. ¿Qué he hecho para merecerla, y precisa­mente de vuestras manos? ¡Oh, caballero! ¡Permitid que os pida la gracia de mi vida; no rematéis vuestra bárbara obra!
-Daos prisa, señora -respondió aquel hombre fe­roz-, ha llegado el momento. Nada de cuanto digáis nos puede conmover; habéis colmado la medida... Apresuraos a escoger el género de muerte que preferís o la reunión de los tres precipitará vuestro fin.
-¡Cielos! ¿Sólo mi sangre puede, pues, saciar vuestra sed de venganza? ¿Y debe ser derramada por vos...?
Mas la infortunada, viendo que los impulsos de su pro­fundo dolor no contribuían sino a exacerbar la saña de sus asesinos, reunió todo su valor, tomó el vaso y bebió el fatí dico licor... El caballero, observando que había quedado un poso en el fondo del vaso, lo cual debía disminuir la fuerza del veneno, tomó el vaso, lo agitó, removió el fondo con la punta de su espada y le dijo a Euphrasie:
-Bebe, apura el cáliz hasta las heces.
Temblorosa, Euphrasie volvió a tomar la copa...
-Dádmela, dádmela; voy a obedeceros. Así apresuro el fin de mis tormentos; bebiendo la muerte en este vaso, ya no veré más a mis verdugos... -dijo, pero falláronle las fuerzas; acercó el licor a su boca, e involuntariamente lo vomitó con un espasmo de repugnancia; la ponzoña tiñó su seno y sus labios de un verde negruzco...
¡Naturaleza! ¿Cómo en tal ocasión permitiste que los más dulces encantos de aquella mujer celestial fuesen implacablemente empañados por el crimen?
-Puesto que habéis satisfecho vuestra venganza dijo la marquesa con el más conmovedor de los acentos-, puesto que la muerte circula ya por mis venas, no me neguéis el con suelo de un director espiritual en cuyo seno pueda entregar al Señor el alma que de Él he recibido. Quiero morir como una cristiana, para que vuestra víctima pueda implorar en el cielo el perdón de vuestros desesperados furores.
Ante aquellas palabras, retiráronse los dos desalmados, y su crueldad, extendiéndose incluso más allá de la tumba, como si hubiesen querido arrebatar a su hermana los últimos consuelos que imploraba, les dictó enviarle al abate Perret, a aquel ser monstruoso, para cumplir tan sagrado ministerio.
Al salir, los dos hermanos cerraron las puertas y deja­ron transcurrir algunos instantes entre su discusión y la llegada de Perret. La marquesa no dejó de aprovechar ese intervalo. Se puso a toda prisa una falda de tafetán blanco y saltó por una ventana que sólo estaba a veintidós pies de altura sobre el patio de las caballerizas. En aquel preciso momento apareció Perret, quien, viéndola a punto de caer, la retuvo por el cordón de la falda que acababa de ponerse con el único resultado de que, al tirar de ella hacia arriba, cayera de pie y no de cabeza en el suelo. El indigno Perret, desesperado al ver escaparse a su presa, tomó los grandes jarrones de flores que adornaban aquella ventana y se los arrojó a Euphrasie, que había salido casi indemne de su caída. Ella se levantó y pidió auxilio, pero, ¿a quién? ¿Quién se acercaba para procurárselo? ¡Ay! La pobre Rose, que se había casado con el cochero de la casa. Corrió Rose en ayuda de su señora y le dijo llorando:
-¡Oh, señora! ¡En qué estado os han puesto esos monstruos! ¡Ah! ¡Si hubiera podido veros...! ¡Siempre temí que os harían perecer! ¡Querida ama, desgraciada señora...!
Y, de esta guisa, Rose la llevó a una de las casas más próximas, donde vivía un vecino llamado Desprad, cuyas hijas se encontraban en aquel momento solas en casa.
Al llegar, la marquesa hundió sus cabellos en la boca, lo que la hizo vomitar gran parte del veneno que había inge­rido. Las señoritas Desprad, cuyo candor y virtudes eran característicos de los honrados ciudadanos de Gange, pro­digaron nuevos auxilios a la desgraciada marquesa. Una de ellas, recordando que tenía una caja de contraveneno, lo dio a beber a Euphrasie, quien acabó de devolver todas las impurezas de su estómago.
Poco después llegaron el caballero y su hermano, ente­rados de que su cuñada se hallaba en casa de Desprad. Pro­firiendo blasfemias, esgrimiendo sus armas, cubrieron de invectivas a cuantos socorrieron a su cuñada, amenazando de muerte inmediata a quienes no compartieran sus furor res. El caballero se apoderó del interior de la casa y el abate se encargó de custodiar su entrada.
-¿Cómo -exclamaron- podéis prestar auxilio a una criatura perdida por el libertinaje y a quien sus accesos his­téricos mueven a saltar por las ventanas en busca de hom bres? No hay que socorrer a esta adúltera, sino encerrarla a piedra y lodo -y dirigiéndose a las señoritas Desprad-: Sólo quienes son como ella pueden salir en su defensa.
Consumida por la sed, la marquesa había pedido un vaso de agua. El bárbaro de De Gange se lo llevó, y se lo rompió en el rostro.
No hubiéramos osado introducir tal horror de no hallarse textualmente transcrito en el libro de los Procesos célebres.
Las señoritas Desprad requirieron finalmente la pre­sencia del médico y Théodore aseguró que iba a buscarle. Pero se trataba sólo de un ardid para retrasar su llegada y dar tiempo a que el veneno surtiera su efecto.
El caballero, que se había quedado solo, instó a las señoritas a que salieran de la casa. Al principio, éstas se negaron a ello, y sólo consintieron finalmente a instancias de la marquesa, temerosa de que recayera sobre ellas la furia del caballero.
En cuanto se encontró a solas con éste, volvió a inten­tar apaciguarle:
-¡Querido hermano! -le dijo, postrándose a sus pies-, ¿qué os he hecho para que me tratéis con esta cruel­dad? Vos, que siempre me parecisteis de tan dulce natural; vos, a quien daba preferencia con tan franca sinceridad. El velo de la muerte se extiende ya sobre mis ojos apagados; dejadle que me envuelva sin más intervención vuestra; es, todo lo más, cuestión de algunos días. Si teméis que emplee este tiempo en divulgar esta sangrienta escena, os doy jura­mento de no decir palabra. ¿Voy acaso a infamarme con un perjurio en tan terrible momento? Salvadme, salvadme, por lo que más queráis.
-No, debes morir. Ya te lo he dicho: tu suerte está echada; tu muerte es necesaria a toda la familia...
Pero la marquesa, indignada, se precipitó impetuosa­mente hacia la puerta, con la intención de lanzarse a la calle... Aquel tigre le dio alcance y le hundió por dos veces su espada en el seno. Euphrasie, tambaleándose, pidió auxilio. Furioso, el caballero la hirió otras cinco veces, quedando la hoja de la espada rota y hundida en el hombro de la desdichada.
A sus gritos las señoritas Desprad acudieron con la mujer del médico, ya que no habían dado con su marido. El abate las hizo a un lado y quiso rematar a su cuñada con la pistola que seguía empuñando, pero ellas se lo impidie­ron y, viendo Théodore que la concurrencia aumentaba, se dio a la fuga, seguido por su hermano, y ambos desapare­cieron, perseguidos por las sierpes del crimen y las tortu­ras del remordimiento.
Multiplicáronse entonces los auxilios: restañaron la sangre y vendaron las heridas, aunque se tropezó con la difi­cultad de arrancar la hoja hundida en el hombro.
-Arrancadlo, arrancadlo apoyando sobre mí las rodi­llas -dijo la valerosa marquesa-. Hay que extraer y ocul­tar este hierro. Delataría al caballero De Gange y os pro­híbo nombrarle...
¡Tal era el ser celestial que destruían aquellos malva­dos! Finalmente extrajeron el hierro. Lo escondieron y la marquesa fue llevada a su habitación.
No tardó en correr la voz de tan funesta jornada. Ma­dame de Gange, que gozaba del aprecio general, recibió visitas de más de diez leguas a la redonda. Alphonse, ente rado del incidente, no se inmutó, quedándose dos días en Aviñón ocupado en sus negocios y placeres habituales. Tan extraña conducta no dejó de hacerle sospechoso y produ­cir su efecto. Finalmente, llegó. Madame de Châteaublanc y su nieto le habían precedido.
-¡Ah, querido Alphonse! -dijo Euphrasie al ver entrar a su esposo en su habitación. Ya veis el estado a que me han reducido esos bárbaros. ¿Por qué me habéis dejado en sus manos? -terribles recuerdos hicieron entonces estremecerse al marqués-. ¡Ay! Estos repro­ches os afligen, señor; mas mi estado no me permite velar una atrocidad demasiado conocida. Hubiera preferido morir y que vuestros hermanos pudieran escapar sin escándalo... Ahora es imposible, y la obligación de acusar a culpables que deben gozar de vuestro afecto me aflige más que la muerte misma.
Todos lloraban, excepto el marqués. Euphrasie, consu­mida por dolores indescriptibles, les rogó que se retirasen.
Al día siguiente, Alphonse penetró antes que nadie en el cuarto de su esposa.
-Señora -le dijo-, mucho me temo que sólo vos seáis culpable de vuestra suerte. Estabais aún a tiempo y habéis rehusado las proposiciones que se os hicieron; que no os acompañe a la tumba el crimen de tal obstinación. Haré llamar al notario; revocad la declaración de Aviñón.
-No, señor, no puedo hacerlo -declaró resuelta­mente la marquesa-. Las cosas van a quedar tal como están, pues no pienso cambiar nada.
El miedo a despertar sospechas impidió al marqués insistir en sus peticiones y, temiendo incluso que pudiera leerse en su alma el secreto que tenía tanto interés en ocultar, partió, no sin asegurar que su mujer no estaba tan grave como creían y que él no tardaría en regresar; pero no vol­vió a aparecer. Sus hermanos también estaban ya lejos.
Madame de Gange, al sentir que se avecinaban sus últi­mos momentos, volvió a solicitar los socorros religiosos... ¡Mas cuál sería su sorpresa al ver que era el abate Perret quien se los ofrecía, presentándole los consuelos del Santí­simo Sacramento! La marquesa, aterrada, sólo se avino a tragar la Hostia si el vicario tomaba la mitad; éste consin­tió en ello, y madame de Gange cumplió con las exigencias del Santo Sacramento, por más afligida que estuviera de que se los dispensara un hombre de semejante ralea.
Cinco días después del suceso llegaron los magistrados de Toulouse, que venían a abrir el atestado. Madame de Gange, por un exceso de delicadeza digno en todo de su alma, a fin de dar a los culpables el tiempo preciso para ale­jarse, rogó a los jueces que esperasen a que estuviera en casa de su madre en Aviñón, para atender como convenía a un asunto de tanta importancia, lo que le era imposible hacer con sangre fría en una casa que encerraba para ella tan pavorosos recuerdos. Su petición fue atendida.
Como sintiera al día siguiente que su estado de debili­dad le impediría quizá soportar el viaje, quiso rodearse en sus últimos momentos de cuantas cosas queridas le que daban en el mundo y se hizo ataviar convenientemente en su lecho, que rodearon de flores. Luego, una vez se hubie­ron sentado a su alrededor su madre, su hijo, las señoritas Desprad, las dos o tres personas que más apreciaba en Gange y sus más fieles servidores, entre los que no fue omitida la buena Rose, se expresó en los siguientes térmi­nos con toda la fuerza y confianza que, para desesperación del crimen, conserva siempre la virtud:
-Querida madre -dijo con compunción-. Vedme llegada a muy temprana edad al momento temible en que el alma, separada del cuerpo, alza el vuelo hacia su Dios aban­donando en la tierra sus despojos mortales. Creía más pavoroso este momento de lo que es en realidad: me inclino a creer que sólo resulta dulce a quienes no han abusado de la vida y, mirándola solamente como un camino de prueba que los designios del cielo nos obligan a seguir, han reco­rrido animados por la esperanza sus escollos. En estos últi­mos momentos se siente el ánimo inclinado a pasar rápida­mente revista a la existencia desde el día del nacimiento hasta el actual de la muerte, y se es feliz, a lo que creo, cuando en este largo recorrido no se ven sino muy raras ale­grías y muy frecuentes sinsabores. Es muy consolador, tras este severo examen, creerse al menos con algún derecho a las bondades de un Dios que nos espera para consolarnos; siento que nos enojaría haber vivido más felizmente. ¡Ah! Observo, en este riguroso examen de mi vida, que si no he hecho todo el bien que hubiera querido hacer, al menos no he hecho el mal de que me acusaban mis tiranos. Os debía tales confesiones, que no las pronuncia el orgullo, sino que las dicta la verdad: es grato mostrar la inocencia donde los malvados suponían que residía el crimen. Querida madre, ¡quién hubiera podido deciros que educaríais a nuestra Euphrasie para que fuese tan desdichada! ¿Quién os hubiera dicho que los cuidados que le prodigabais no serían en breve sino cebos para el crimen? ¡Quiera el cielo que el niño que os dejo-y, diciendo esto, le besaba-pueda con­solaros un día de las desgracias que pesaron sobre su madre! Y a ti, hijo mío, que estas pavorosas escenas no alte­ren en nada el amor y el respeto que debes a tu padre: con­suelo, y no reproches, debes depararle. No es culpable de mi muerte; no figura entre mis verdugos; sus manos son inocentes, no han cortado el hilo de mi vida... ¿Debo que­jarme de que haya sido destruido? Urdido por el infortu­nio, su subsistencia sólo hubiese multiplicado mis desdichas. ¿Por qué los que agonizan lamentan el fin de su exis­tencia? Se equivocan: sólo nuevas tribulaciones hubieran hallado en el camino de la vida, y deben agradecer al cielo que les ponga término. Por ventura, el Dios que nos creó, ¿no sabe cuándo conviene destruirnos? Puesto que cuanto haga será justo, ¿a qué lamentarnos de sus decretos? Vene­rémosle y sequemos nuestras lágrimas. ¡Oh, Dios mío! Tú sabes que siempre cifré en Ti mi confianza. Tú enjugaste mis lágrimas en todo tiempo; es imposible que hoy pongas fin a la fuente de las que te ofrecía con mis desdichas terre­nales para hacerme verter otras en la vida futura. Con esta dulce confianza, mi alma volará a tu seno; dígnate recibirme y colocarme un día entre esta madre tierna y este hijo ino­cente que dejo no sin inquietud, a tan temprana edad en los senderos espinosos de la vida. Guárdale, Señor, de las des­dichas que me han asaltado; presérvale de hacerse un día acreedor a ellas. Señor, déjame en la dulce creencia de que en mí se han agotado cuantos males reservabas a mi familia. Y vosotros, que me estáis oyendo, rogad al cielo por la triste Euphrasie: que las manos puras e inocentes de esta tierna criatura se eleven con las vuestras hacia el santuario del Sumo Hacedor para obtener que la que escucháis por última vez halle al menos en el cielo el consuelo de sus males -y asiendo el crucifijo con la devoción más conmo­vedora y oprimiéndolo contra su seno, prosiguió-: ¡Ay! ¿Acaso no sufrió más que yo este Dios de bondad que se inmoló por todos nosotros? La desdicha me hace acreedora a su benevolencia, pues la desdicha le hizo digno de su Padre inmortal, y por ella seré yo digna de sus inefables bondades. ¡Oh! ¡Qué sosiego aporta al alma del cristiano la santa religión que ha respetado durante toda su vida! Su dulzura se siente plenamente en estos últimos momentos; diríase que entonces su antorcha muestra a quienes la vene­ran el bienaventurado puerto donde les espera el Ser Supremo que constituye su principio. Dios Todopoderoso, ¡que quienes me rodean puedan participar igualmente de tus favores! He recibido de estas personas los más conmo­vedores y asiduos cuidados; si al aliviarme eran instrumen­tos de tu bondad, les debes alguna protección. Acércate, madre; quiero terminar mi vida en el seno que me la dio; quiero recibir de ti esta segunda vida que transcurrirá en el seno divino. Y tú, hijo mío, recibe el último adiós de una madre privada de la dulce ocupación de educarte evitando los males que causan mi pérdida. No pienses nunca en ven­garme... ¡Ah! ¿De qué podría lamentarme, pues sólo se me priva de esta vida terrible para hacerme pasar a otra mejor? Llevaos de este castillo mi retrato y, mirándolo a veces uno y otro, recordéis, tú, madre mía, a una hija que muere amándoos, y tú, hijo, a la mujer de quien recibiste la exis­tencia y que pierde la suya idolatrándote.
Todos se deshacían en llanto; no se oían sino sollozos de dolor y clamores de desesperación. Parecía que aquel ángel, al volar hacia los cielos, se llevaba consigo toda la gloria y prosperidad del mundo, y que éste, privado de su más preciado joyel, debiera perecer cuando dejara de bri­llar el astro radiante que lo embellecía.
Aquella mujer celeste más allá de todo elogio, tan digna de adornar otra existencia, dejó la terrestre a los treinta y un años, unas dos horas después de las últimas palabras que hemos transcrito.
Se le hizo la autopsia: las heridas de espada no eran mortales; sólo la acción del veneno la había precipitado a la tumba. Sus entrañas estaban consumidas y carbonizado el cerebro. Fue embalsamada y expuesta durante dos días a la pública veneración... en la misma capilla donde un día el marqués vio derramar lágrimas a su retrato.
Toda la vecindad vino a llorar sobre la tumba de quien tanto llanto enjugara en vida. Al tercer día fue llevada a Aviñón y sepultada en el panteón familiar, donde hoy sigue alentando, pues la virtud nunca perece.
Madame de Châteaublanc tuvo en adelante por único cuidado asegurar la fortuna de su nieto y perseguir a los asesinos de su hija. El marqués de Gange fue encarcelado y se defendió a sí mismo en el proceso. Como sólo pesaban sobre él sospechas e indicios, se contentaron con degradarle de su título nobiliario, desterrarle a perpetuidad y confiscar todos sus bienes.
Mas tales sospechas e indicios pasaron casi a ser convic­ciones cuando se supo que había ido a reunirse con el caba­llero. En cuanto a éste y al abate de Gange, lograron hacerse a la mar y desaparecer. El tribunal de Toulouse los condenó a ser descuartizados, y al abate Perret, a galeras a perpetui­dad.
El caballero concurrió al sitio de Candía; el marqués no tardó en unírsele, y allí encontraron ambos, al servicio de la república de Venecia, justa, mas harto gloriosa, expia ción del crimen nefando con que acababan de infamarse. Alphonse murió a consecuencia del estallido de una bomba y el caballero pereció en la explosión de una mina.
La venganza del cielo quedó por un instante en sus­penso sobre el abate. Pasó a Holanda, donde un joven francés le presentó al conde de la Lippe, cuya confianza supo ganarse con tan buena maña que aquel hombre cré­dulo le confió la educación de su hijo.
Dotado de todos los talentos que la naturaleza sólo debiera conceder a quienes pueden usarlos de acuerdo con la virtud, Théodore fue un excelente preceptor. Vivía en la casa una agraciada joven a quien el monstruo tuvo la auda­cia de seducir, con el desprecio más notorio de cuanto debía a su benefactor; llegó incluso a pedirla en matrimo­nio, pero el holandés rehusó, basándose en la diferencia de nacimiento que él suponía.
-¿Quién sois? -le preguntó un día el conde de la Lippe-. Decídmelo y tomaré una decisión.
El prudente abate, creyendo despertar compasión en vez de espanto, se dio a conocer... Confesó ser el desgraciado abate de Gange... El crimen, aún demasiado reciente, inspiró al conde de la Lippe tal horror, que quiso hacer que se arrestara al abate, y lo hubiera conseguido de no impedírselo su esposa.
-Al menos salid inmediatamente de mi casa-ordenó el conde de la Lippe a aquel desalmado- y dejadme devo­rado de inquietud sobre los principios con que quizá habéis gangrenado el corazón de mi hijo.
El abate se refugió en Amsterdarn. La muchacha que había seducido le siguió y se casaron.
Pero su crimen no podía quedar sin castigo. La ven­ganza celeste persigue y fulmina al culpable cuando cree poder escapar de ella.
Seis meses después de su boda, un desconocido abordó a Théodore, hacia las diez de la noche, en una calle apar­tada donde residía.
-Eres el abate de Gange -le dijo aquel personaje mis­terioso-. Hace tiempo que sigo tus pasos. Muere, mons­truo de maldad: soy el vengador de tu víctima...
Y, diciendo así, le saltó la tapa de los sesos.
El desconocido desapareció sin que nunca haya podido ponerse en claro su identidad. Mas, quienquiera que fuese, el cielo le había armado la mano.
¡Ah! Si algún consuelo tiene el desdichado, es la certi­dumbre de que la mano que le abate no tardará en correr su misma suerte.

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