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sábado, 23 de abril de 2011

YO, CRISTIANNE.f , O COMO INVOLUCRARSE CON UNA MANERA DE VIVIR



HACE YA MUCHOS AÑOS, EXACTAMENTE UNOS 16, ESTABA BUSCANDO ALGO, COMO TODO EL MUNDO, MI MANERA DE SER, MI MANERA DE PENSAR, A MI, Y SOLO BUSCABA, ANDABA ,Y VOLVIA A CASA, TRABAJABA, TODO NORMAL, EN ESTOS TIEMPOS HAY QUIEN DICE, YO NACI GOTICO, DARK,ETC...; PUES YO SIN SABERLO NACI YONKIE,TOXICOMANO, UNOS PANTALONES DE LICRA DESTEÑIDA, UN PELO SIN CLASIFICAR, Y HEROES DE DAVID BOWIE, AUNQUE BUSCABA, ESTABA YA TODO PREDESTINADO, UNA PELICULA, Y LA "CAIDA" DE UNA DICTADURA, ASI, HASTA QUE ME ENCONTRE COMPRANDO UN DISCO DE LOS ROLLING, EN DONDE ESTA SYSTER MORFINE, Y A LA VUELTA TODAS LAS CARTELERAS DE LOS CINE, LAS MIRE TRES O CUATRO VECES Y NINGUNA ME DECIA NADA, QUE AL CINE A LA PLAYA O A CASA, COMO SIEMPRE, Y ENTRE UN REFLEJO, EN UN CARTEL SONG: DAVID BOWIE, LA DECISION ESTABA TOMADA, Y EL NOMBRE DE LA PELICULA YO,CRISTINA F : LAS AVENTURAS DE LOS NIÑOS DE LA PARADA DEL TREN DEL ZOO, Y AQUI EMPIEZA MI HISTORIA HACE YA UNOS 30 AÑOS, AHORA HACE YA LA MITA DE TIEMPO QUE SOY COMO DIRIA LA GENTE NORMAL, NO FUMO, NO BEVO, NO ME DROGO, Y HE ENCONTRADO UNA COSA QUE SE LLAMA VIDA.
QUIERO PEDIR UNA RESPONSABILIDAD, PARA LEER ESTE LIBRO, O VER LA PELICULA, TIENES QUE TENER LAS COSAS CLARAS, SINO ENTRARAS EN UNA VORAGINE, QUE PODRIAS LLAMAR INFIERNO; SE DE PERSONAS, QUE HAN MUERTO POR VER LA PELICULA, ESTA CLARO QUE NO POR VER LA PELICULA, SINO, POR SEGUIR BUSCANDO MAS, DESPUES DE HABER ENCONTRADO ALGO, TAMBIEN LE HECHO LA CULPA A LOS ESTADOS, POR NO DEJAR QUE CADA UNO PIENSE COMO QUIERA, Y TENGA LEYES PARA COHIBIR A LAS PERSONAS, SI TODO FUERA LEGAL, SE VENDERIA EN LUGARES ASEPTICOS(FARMACIAS) Y PODRIA ESTAR CONTROLADO POR EL ESTADO, ¿QUE HAY DE MALO EN ELLO?

VUELVO A PEDIR TENER CABEZA.


FRASE EN ANTARTICA:yo ya naci yonkie, me comia las pipas... a puñaos,...a puñaos.

                                                                                      NOCHE DE VINO Y ROSAS



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Acerca de cómo conocí a Christianne y de cómo me involucré con su vida y ella con la mía.
Por Jrisí Tefarikis.
En 1992 una muchachita de 19 años que era mi profesora de conversación en francés en el Instituto Berlitz de Pedro de Valdivia me obsequió un libro. “Es para que practiques pero por sobre todo, porque sé que te interesan los problemas juveniles que has logrado detectar en tus clases universitarias” me dijo. La drogadicción, ya se había adentrado en las aulas escolares y universitarias pero yo no estaba al tanto de qué se trataba este nuevo fenómeno juvenil ni de sus trágicas consecuencias. Lo había asumido como una especie de moda pero no como una plaga mortal…
Fue así como a los pocos días me descubrí leyendo por primera vez esta novela titulada “Christianne F…, 13 ans, droguée et prostituée”, obra que había sido escrita originalmente por dos periodistas alemanes que se dedicaban exclusivamente a los temas juveniles: Horst Riecke y Kai Hermann. La versión que llegó a mis manos era una excelente traducción francesa de Lea Marcou editada por Laborde y que mi profesora había traído de Canadá.
La verdad es que la novela me impactó de tal manera que me la devoré en un par de días y se me quedó grabada por lo importante que consideré su contenido desde el punto de vista periodístico. Allí no aparecían solamente los motivos familiares, sociales y escolares, entre otros, que conducen a la drogadicción si no lo crítica que se está tornando la vida moderna tanto para niños, jóvenes, adultos y ancianos como producto de la forma de vida moderna. En buenas cuentas, los parámetros sociales y familiares son los mismos que los de hace cien años o más pero la forma de vida moderna no corresponde ya casi en nada a esos parámetros. Es como ponerle un motor 2006 a un auto de los años 20. Ese el desajuste que interpreta esta brillante novela alemana, que para mi gran sorpresa, a pesar de que se desenvuelve en uno de los países más ricos y desarrollados del mundo_ con las leyes laborales más modernas del mundo occidental_, tiene en común los mismos problemas familiares, juveniles y sociales que América Latina.
Una amiga que leyó la traducción que yo realicé al español me dijo: “nunca me imaginé que los alemanes tuvieran los mismos problemas que tenemos en Chile.”
Un par de años después decidí traducir esta novela para publicarla en español porque pensé que resultaría un tremendo aporte para el público de habla hispana. Mi inexperiencia en materia editorial y el chasco que me provocó el primer encuentro con una de éstas, me dejó paralogizada. Entonces decidí esperar una ocasión más propicia ya que en habla hispana son escasos los buenos libros que son traducidos a nuestro idioma, con la excepción de best-sellers.
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A fines de 1994, obtuve una beca para ir a realizar un Seminario para Periodistas de origen griego en Atenas y Salónica. Tocó la casualidad que la primera noche nos llevaron a cenar a un restaurante y me tocó sentarme con el grupo de periodistas que provenía de Alemania. Cuando me preguntaron que había hecho ese año yo les respondí que había traducido “Christianne F…” Grandes aplausos y vítores. La obra era muy conocida y popular en Alemania y en toda Europa. Así fue cómo me enteré de los últimos pasos de Christianne, dieciséis años después que se había publicado el libro. Había recaído pero se había vuelto a recuperar. Se había enamorado de un griego y estuvo viviendo en una isla griega durante un tiempo. Europa está lleno de clubes que llevan el nombre de la protagonista, había sido traducido a varios idiomas europeos y habían hecho una película hecha sobre la base del libro.
Cuando regresé a Chile le escribí a una prima mía que vive en Francia(es francesa y actualmente tiene la edad de mi madre, 82 años) y le pedí me enviara la versión gala para cotejarla con la canadiense que yo había utilizado para la traducción. En Francia la novela fue editada por la editorial más prestigiosa de ese país, Gallimard, y esa fue la versión que me mandó mi prima, muy sorprendida y encantada de que yo había hecho la traducción de la novela porque ella ya la había leído en su momento. Afortunadamente, las versiones de Laborde y Gallimard eran exactas, incluidas en el centro las fotos de los protagonistas: varias eran de muchachos que habían fallecido víctima de las drogas.
Cuando me incorporé tardíamente al mundo de la computación, en 2002, comencé a indagar inmediatamente acerca de esta novela y he descubierto que hay cientos de artículos, sitios, clubes acerca de la protagonista, de la novela y de los autores, en varios idiomas.
Por otra parte, a mis alumnos de mis Cursos de Redacción y Cultura Literaria les he dado como lectura esta novela traducida por mí (cuya gran dificultad consiste en la traducción del argot utilizado entre los jóvenes personajes) durante un período y han quedado fascinados con ésta y nadie ha demostrado decepción. Al contrario.
Para finalizar, quiero relatarles que he conocido a jóvenes europeos en la Universidad que leyeron la novela en sus países de origen y que la encuentran absolutamente fascinante…
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Christianne F…13 años, drogadicta y prostituta. Kai Hermann y Horst Rieck.
Crítica Literaria : ( Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis).
A fines de la década de los setentas, se publicó en Alemania una novela testimonial titulada “ Wir Kinder vom Banhof Zoo (“Los niños de la Estación Zoo”) por dos periodistas germanos especializados en temas juveniles. La novela obtuvo tal éxito que a las pocas semanas de ser publicada fue traducida a varios países del orbe por la contingencia y profundidad de su contenido.
No busquemos en este libro elementos estéticos en la narrativa. La riqueza de su contenido, la valentía de la denuncia realizada por los periodistas alemanes acerca de la drogadicción infantil y juvenil , sus implicancias y consecuencias, la convirtió en una de las novelas favoritos del continente europeo y norteamericano durante más de dos décadas y su popularidad se mantiene hasta el día de hoy.
“Christianne F., 13 ans, droguée, prostituée…”es el título francés de la obra traducida por Lea Marcou y la protagonista se ha convertido en un icono de la juventud de los países desarrollados, quienes le siguen, día a día, los pasos a esta sobreviviente única a través de publicaciones en la prensa escrita, la Televisión y diferentes clubes que llevan su nombre a través del mundo.
No nos estamos refiriendo a una novela convencional. Los periodista alemanes que publicaron esta asertiva novela, andaban, en principio, tras la pista de la muerte de una joven adolescente, Babsi, uno de los personajes de esta novela, quién había fallecido por sobredosis. Su padrastro era un pianista de gran renombre en Alemania. Así fue como para dar con el rastro de la muerte de Babsi conocieron a Chistianne, quién a los trece años, estaba declarando ante una Corte de Justicia de Berlín por traficar con drogas, además de practicar la prostitución infantil. Hermann y Rieck quedaron atónitos ante la brillante personalidad de Chistianne.
Fue así como la citaron para que respondiera a unas preguntas que quedarían grabadas. La inteligencia de Christianne y su actitud madura ante los cuestionarios de los periodistas, psicólogos, sacerdotes, entre otros, instó a Hermann y Rieck a invitar a la madre de Christianne a participar de esta experiencia. también. Christianne y su madre son entrevistadas en forma separada , lo que enriquece la información entregada por interlocutores que se hallan en los extremos opuestos de la realidad, así como los demás personajes y profesionales especializados en el área de la salud que aparecen en la novela.
A través de las apasionantes páginas de “Christianne F.,…” llegamos a la conclusión de que los jóvenes y adolescentes son víctimas de la drogadicción, alcoholismo, prostitución, no a causa de las drogas en sí, sino que al frenesí de la vida deshumanizada de los tiempos modernos: consumismo excesivo, disolución de la familia, carencia de valores, y por sobretodo, un monstruoso egoísmo adulto que
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impide dedicarle el tiempo que se merecen aquellos niños o niñas que no pidieron venir al mundo.
En síntesis, está novela no está escrita con el fin de penalizar a los vendedores de drogas o intermediarios en particular si no que a la sociedad que hace proclive a las personas a caer en las garras de las drogas por carencias afectivas, tanto en el ámbito familiar, escolar y social.
Para poder publicar esta novela, los periodistas se comprometieron a escribir sólo nombres (probablemente falsos) sin los apellidos de los jóvenes que protagonizan este relato.
No existe, en la actualidad, un libro más profundamente analítico de la descomposición moral y social de nuestro mundo moderno_ citando casos de personas de la vida real_, que éste. Es por eso que para mí significa un gran honor poder presentarlo por capítulos al público de habla hispana en una traducción exclusiva realizada por mí al español en el sitio www.apocatastasis.com .A continuación, los invitó a conocer el prólogo de “Christianne F., 13 años, drogadicta y prostituta…” realizado por Horst Eberhard Richter, Profesor y Doctor en Medicina y Filosofía.
Xrisí Athena Tefarikis
Periodista/Docente/Crítica Literaria...
Santiago, 11 de mayo de 2005...
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Prólogo de la novela: Horst-Eberhard Richter.
(Traducción al español: Xrisi Athena Tefarikis).
“Este libro nos sumerge en un problema relacionado con la angustia y desamparo de un sector de nuestra sociedad que intentamos desconocer. Es de la mayor trascendencia abordar el tema en esta ocasión porque nos obliga a compenetrarnos_ y en profundidad_ ya que nos aporta elementos muchos más valiosos que aquellos que nos podrían ofrecer masivos análisis sociológicos, o en ocasiones, informaciones proporcionadas por expertos o especialistas en materia de drogadicción juvenil.
Este documento único hará que un numeroso público comprenda finalmente_ al menos, eso esperamos_, que la toxicomanía juvenil, al igual que el alcoholismo juvenil, avanza hoy en día en progresión constante
y que la atracción de los jóvenes por sectas no son fenómenos importados sino que han sido engendrados dentro de nuestra misma sociedad.
Nuestras familias, nuestras escuelas, las discotecas, son entre otros, aquellos lugares de encuentro en los que los jóvenes conviven y a los que tienen acceso por derecho propio y en los cuales germina este flagelo, generalmente considerado como una enfermedad exótica. Y el documento que nos ofrece Christianne (con la ayuda de los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck) nos enseña además otra cosa: el camino que conduce a la droga no está pavimentado de excentricidades de una particular categoría de niños y adolescentes marginales en su mayoría si no que a un conjunto de problemas complejos e interrelacionados: condiciones habitacionales inhumanas, desventajas en las reglas del juego social; crisis matrimoniales de los padres, un sentimiento generalizado de alienación y aislamiento, tanto dentro del seno de las familias como en las escuelas.
Después de haber concluido la lectura de este libro, más de alguien, y con justicia, se preguntará: ¿ Quién era la persona más “ humana “ próxima a la desventurada Christianne, drogadicta y delincuente, cuando las personas más cercanas a su entorno reconocidas habitualmente como “normales” por la sociedad moderna se reconocen también como “honorables”?
Durante la década de los sesentas emergió un síntoma de sublevación juvenil y cuando la ebullición comenzó a declinar, la mayoría de nosotros nos adormecimos con la ilusión de que todo había retornado al orden habitual. Se pensaba, con excepción de los terroristas y sus imitadores, que la juventud actual vivía dentro de un proceso de integración social. Esa idea surgió como producto de un obstinado trabajo subconsciente de evasión.
Se constató la extinción de conflictos provocados por activistas, característicos de los sesentas, las que a su vez acarreaban realizaciones de lamentables provocaciones diarias y se tendió a minimizar, a mirar con negligencia las nuevas formas de rebelión. Y esto se debió a que la nueva generación era menos bulliciosa y espectacular que aquella que la antecedió. Sin embargo, esta conducta ilustra a una importante mayoría de la juventud actual.
Por su parte, los adultos estaban satisfechos al comprobar que habían cesado los permanentes conflictos generados en el interior de las familias, en las escuelas, en las universidades. También se pensó que las calles se habían liberado
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definitivamente de las masivas manifestaciones que realizaban los jóvenes de los sesentas. Por otro lado, los adultos prefirieron no enterarse que bajo una fachada de posible adaptación al medio, habían comenzado a emerger algunos síntomas inquietantes, los que ya se habían asilado en un masivo y creciente número de jóvenes. Entre estas características podríamos mencionar una extraña apatía y una cierta tendencia replegarse en si mismos. La gran masa de todos los adultos, constituida por individuos establecidos y adaptados socialmente, adoptó una actitud resignada pero básicamente defensiva:”Allá ustedes y su anti-cultura, sus excéntricos modos de vida, siempre que no perturben nuestros pequeño mundo. Ustedes terminarán por comprender que para sobrevivir en nuestra sociedad hiperorganizada y despiadada, tendrán que terminar por adaptarse a ésta definitivamente.”
La indiferencia, las manifestaciones de rechazo de muchos niños y adolescentes, nosotros las interpretamos con un:”Déjennos en paz” o “Queremos estar entre nosotros”, etc. Sin embargo, esa interpretación no es más que un deseo subconsciente de los adultos para mantener su involuntaria ceguera ante la realidad.
Christianne, como miles de otros niños y adolescentes, se alejaron de su entorno familiar porque estaban decepcionados. A su vez, los adultos, en general, no supieron brindarles una imagen de comunidad fraternal en la que existía un espacio para ellos y en el que ellos querrían integrarse a su vez al sentir que recibían comprensión, seguridad y afecto. Christianne, como todos los integrantes de su pandilla_integrada por drogadictos y prostitutas_ poseían padres que a su vez, padecían grandes dificultades e inconscientemente les transmitían su angustia, su soledad, tanto física como psíquica, sus desmoralizaciones como sus amarguras y resentimientos.
Los jóvenes que se integran a las pandillas son particularmente vulnerables, en general, como consecuencia del fracaso de la generación de sus progenitores. Como Christianne, están llenos de dignidad y se refugian en la marginalidad para liberarse de lo violento que les resulta tener que adaptarse a la “normalidad” y también para protegerse de la despersonalización en la que se hallan sumidos sus padres.
Resulta doloroso ver a esos seres pequeños y frágiles involucrados en pandillas para intentar construir, clandestinamente, un mundo irreal que responda a sus más acariciados anhelos. Pero esas tentativas están irremediablemente condenadas al fracaso.
¿Qué es lo que busca incansablemente la protagonista en el interior de su pandilla? Un poco de auténtica solidaridad: una paz que la aleje de la agitación de su entorno. Ella busca ser aceptada y, a la vez, intenta encontrar un refugio que la ponga a salvo de aquellas instituciones que la oprimen.”No estoy segura si aún existen amistades como aquellas que compartimos con los miembros de la pandilla en los hogares de los muchachos que no se drogan” señala. La pandilla simboliza las respuestas a aquellas instituciones, que teóricamente, deberían responder a sus aspiraciones. Así lo expresa con acentuada desesperación en su diatriba en contra de su escuela:” ¿Qué querrán decir cuando se refieren a la protección del medio ambiente?”. En primer lugar, eso debería significar enseñar a las personas a relacionarse entre ellas. Eso es lo que deberían enseñarnos en esa ridícula escuela: a interesarnos los unos por los otros. Sin embargo, se magnifica a aquellos que
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vociferan en vez de conversar, a los que son físicamente más fuertes que sus pares, y a los que se revientan por obtener las mejores calificaciones”.
Si los lectores desean confirmar a través de la lectura de este libro que las revelaciones que encierra atañen sólo a los habitantes de las grandes urbes y a individuos de escasos recursos nosotros les respondemos: la heroinomanía precoz, el alcoholismo juvenil y sus efectos secundarios, que se traducen posteriormente en prostitución infantil y delincuencia ligada a la dependencia toxicómana son males que se arrastran desde el pasado y que ahora se están manifestando en sonoras voces de alarma. La interrogante que nos planteamos entonces es: ¿Porqué estos temas son tan poco conocidos? La confesión de Christianne nos brinda algunas explicaciones: las instituciones oficiales (policías, escuelas, instituciones sanitarias y sociales, clínicas, entre otras) son pocas en relación a los problemas infantiles y juveniles y las que están al tanto de la problemática debieron haber dado el toque de alarma a tiempo. Pareciera que todo transcurriese como si hubiera una silenciosa conspiración, como si se hubiese decidido no legislar acerca de este asunto para el que se han tomado sólo medidas rutinarias. Se conforman con observar, registrar y en ocasiones, eluden el problema. Nada aflora hacia el exterior que denote los sufrimientos y la desesperación de esos niños desamparados y sus trágicas existencias. Por lo general, se esfuerzan en mostrar la drogadicción como una consecuencia única de la actividad criminal de los traficantes y revendedores de las drogas. La lucha en contra de esos individuos está orientada, en cierta manera, a una suerte de “desinfección”.
Las instituciones relacionadas con el problema de la drogadicción probablemente harían esfuerzos superiores para incrementar la cantidad de terapias de rehabilitación y lo mismo se haría en materias de prevención, si contarán con el apoyo irrestricto de los sectores políticos. Los esfuerzos, hasta la fecha, son aún insuficientes. Por su parte, la actividad política se enfrenta_ a su vez_ con una opinión pública que se caracteriza por su tendencia generalizada a rechazar la realidad. En efecto, nos referimos a una tendencia sutilmente conservadora que mantienen ciertos sectores políticos que se caracterizan por su superficialidad para no dejar sombra alguna en su accionar al impedir efectuar presión alguna sobre el orden ya establecido. Ellos imputan sistemáticamente el fracaso o a la inadaptación de los drogadictos al propio inadaptado o a la intervención de extranjeros corruptos.
Tampoco se visualiza alguna inquietud por mejorar el problema de la desinformación que existe acerca de las drogas y tampoco se vislumbra una real inquietud de parte de los adultos para cambiar de actitud al respecto. Nosotros, los adultos, debemos tener la valentía de asumir que hemos tomado conciencia de esta deplorable situación, y que de hecho, somos bastante responsables de lo que está ocurriendo. Debemos asumir que en cierto grado, el problema de la droga es un síntoma bastante acusador de nuestra incapacidad_ me refiero a nosotros los adultos en general_ de convencer a la nueva generación de que ellos tienen la oportunidad de encontrar un espacio que desea abrirles sus compuertas para que logren una real y efectiva inserción dentro de la sociedad.
Lo cierto es que si concluimos que los niños se han arrojado en brazos de las drogas o se han insertado en dudosas sectas, no se trata de un simple capricho de parte de éstos. Lo que sucede en la realidad es que la generación correspondiente a sus progenitores les ha negado su ayuda y la posibilidad de convivir en forma conjunta con ellos, y por cierto, esa ha sido una actitud involuntaria e inconsciente.
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Esa sería UNA de las modalidades que evitarían que los muchachos, condicionados por su soledad, salgan en búsqueda de elementos alienantes que giran en su entorno más próximo.
ESCUCHAR a los niños, tomar conciencia de sus problemas, no requiere de un gran esfuerzo. Por el contrario, son los padres los que involucran a sus hijos a hundirse junto con ellos en sus conflictos personales. Estos casos son mucho más frecuentes de lo que imagina la gente, en su generalidad, y los menores son recargados al asumir responsabilidades excesivas para sus precoces vidas. El ejemplo de Christianne ilustra claramente aquel mecanismo psicológico: se puede precisar mediante un análisis la manera en que esta niña asume, inconscientemente, los resentimientos y aspiraciones insatisfechas de su padre como aquellas de su madre. Y como ella fracasa en esta exhaustiva gestión para su edad, la derrota adquiere resultantes inesperadas que se reconocen en su permanente rebeldía.
De cualquier forma, es un error fundamental pensar que la incorporación de los jóvenes marginados marca el término de su irremediable aislamiento. Este aislamiento preexistía con anterioridad, por tanto, no se le pueden atribuir conductas calificadas como de “mala voluntad” al rechazar la comunicación con sus padres. Por el contrario, los niños se han visto expuestos a la dolorosa privación de una relación confiable y sólida con aquellos que tienen por misión brindarles amor y respaldo. A pesar de ello, no se puede cerrar este capítulo acusando sólo a los padres y a las madres. Existen otros factores exógenos que influyen en forma negativa en los jóvenes. Christianne describe con agudeza los daños provocados por una urbanización casi programada para la disgregación de la familia y para la intercomunicación entre los seres humanos. Los desiertos de hormigón de muchas de nuestras “zonas de saneamiento” modernas, encierran a las personas en un entorno totalmente artificial, frío, mecánico, que agrava en proporciones catastróficas todos los conflictos de las relaciones humanas. Desafortunadamente, la gran mayoría de las familias asimilan esta modalidad de vida como parte de su bagaje personal después que se instalan a vivir en esos “modernos” conjuntos habitacionales. Gropius, el inmenso conjunto habitacional en el que reside Christianne, es uno de los numerosos conjuntos masivos construidos con una perspectiva funcional y técnica, exclusivamente, dejando al olvido las necesidades afectivas y recreacionales de los individuos. A su vez, se han convertido en caldo de cultivo para el desarrollo de problemas psicológicos por lo que no es una simple coincidencia que los llamados “puntos claves” del alcoholismo y de la toxicomanía juvenil provengan de esa masas de hormigón.
Asimismo, las escuelas se asemejan a las grandes industrias en las que reina el anonimato, la soledad moral y una rivalidad encarnizada y brutal. En estas condiciones, es muy fácil que los menores llenos de vida e incapaces de someterse al nivel de rigor imperante de la sociedad contemporánea, se refugien secretamente en un mundo paralelo embellecido por sus sueños. Es por ello que participan sólo externamente de los rituales familiares y escolares en los que a menudo, su presencia pasa inadvertida. El modo mediante el que Christianne logró manejar una doble vida durante un prolongado período de tiempo conviviendo con su entorno más directo _ su hogar_ sin que nadie se enterase, al lograr engañar a los demás con su aparente “adaptación” al medio familiar, habría tenido un resultado muy diferente si la hubieron sorprendido antes y evitar de este modo, su desesperada decadencia.
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Esa es la primera lección que nos enseña este emotivo documento: los inicios de la toxicomanía son casi siempre lentos y se prolongan en el tiempo. El poder estar en conocimiento de este hecho permitiría a los padres y a los profesores intervenir a tiempo y prestar asistencia a los jóvenes en peligro.
De partida, se debería estar alerta al observar que un niño pareciera estar “ausente” en el momento de compartir con la familia o en la sala de clases: su participación es superficial y automática. ¡Ese es el momento de abrir los ojos!
También se debería intentar comprender lo que le ocurre a un menor cuando paulatinamente comienza a transformarse en un extraño ante la vista de los que antes habían sido depositarios de su confianza. Todo depende, por supuesto, de la preocupación de los padres, maestros y educadores: reconocer en aquel repliegue interno del niño una señal de peligro e intentar, sobretodo, disminuir exigencias inoportunas.
Segunda lección: Se podría cautelar el proceso a través de intervenciones terapéuticas de prevención, tan pronto como sea posible, y que éstas sean llevadas a efecto con eficacia y profundidad. Incluso se podría contar con la
participación de los padres, _si fuera posible_ junto con la de los maestros para activar el proceso dirigido por un consejero familiar o un terapeuta. Un tratamiento al estilo de las “terapias familiares” puede arrojar positivos resultados cuando se intenta impedir el avance en el consumo de las drogas ANTES que el joven descubra que esta inmerso en el proceso de dependencia fisiológica.
Naturalmente, la terapia es todavía más necesaria si el joven ya ha adquirido el hábito de consumir drogas “duras”, porque ese es un problema mucho más difícil de resolver.
Resulta verdaderamente irresponsable descuidarlos tal como lo hacen la mayoría de los centros terapéuticos comprobados hasta la fecha, por falta de medios y por la imperiosa necesidad de crear nuevos centros de rehabilitación. En el ínter tanto, se conforman con encarcelar a los drogadictos gracias a modalidades preconizadas por ciertas tendencias políticas y que se aplican con rigor en la actualidad. Eso constituye una manera de abandonarlos definitivamente_, y con cinismo_ a su propia suerte.
A pesar de todas las dificultades que enfrentan los terapeutas, se debería realizar la movilización de todas las ayudas posibles para incrementar la disminución de un problema que sustenta sus raíces en deficiencias humanas para ir en auxilio de los pacientes de la toxicomanía. Nosotros no hemos carecido de conocimientos acerca de la forma en que se deberían reforzar sus motivaciones, sus intereses, para ayudarlos a emerger desde el fondo del abismo en el que se encontraban sumidos, gracias a las terapias de largo aliento practicadas en algunos centros asistenciales o en consultorios terapéuticos.
Desde luego que apoyar y acompañar a un joven a través del prolongado proceso que significa sacudirlos de su disgregación interior a una casi total reconstrucción de su ser es una empresa extraordinariamente costosa y una tarea difícil de realizar en un mundo en el que reina el egoísmo y la indiferencia. Un mundo que, por ejemplo, busca y explota a víctimas muy jóvenes para introducirlas en el camino institucionalizado de la prostitución infantil. Y por cierto, demás está señalar esa tolerancia generalizada de parte de la sociedad que resulta tan difícil de remover. Y esto se debe al hecho que la terapia no podrá lograr un desencuentro con la oposición de los intereses reconocidos en forma abierta o
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secreta por aquellos que reclaman en el nombre de sus libertades, el derecho de “consumir sexualmente” a jóvenes drogadictas.
Para las jóvenes como Christianne se trata de los mismos ciudadanos, los del “otro costado de la ciudad”, los “bien adaptados” a la sociedad y aquellos que desean velar por ellas en su condición de “seres humanos” a pesar de rebajarlas al rango de mercaderías. Sin embargo, esta confusa contradicción es una característica general de nuestra situación socio-cultural. La joven Christianne nos devuelve esta imagen desde el fondo de su desamparo. Ella nos permite dimensionar el deterioro de esta sociedad en la que se pondera a diario los últimos beneficios logrados en el área de la salud. Los testimonios de esta obra nos ofrecen un aporte mucho más significativo que aquellos obtenidos en la quietud de algunos seminarios realizados por eficientes instituciones de investigación. Esa es la profunda razón por la cual este libro extraordinario es_ y debería ser_prácticamente irrefutable.
Horst Eberhard-Richter
Profesor y Doctor en Medicina y Filosofía.
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Christianne F…13 años, drogadicta y prostituta.
Kai Hermann y Horst Rieck.
( Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis).
LA ACUSACION.
(Extraída de la Acta de Acusación del Fiscal ante el Tribunal de Mayor Cuantía de Berlín, el 27 de Julio de 1977).
Christianne Vera F…, estudiante, menor no responsable, está acusada de haber adquirido en Berlín, en forma permanente y continua, sustancias y preparaciones que infringen las actuales disposiciones legales de estupefacientes, sin autorización del Ministerio de Salud.
La acusada consume heroína desde Febrero de 1976. La susodicha se inyecta _ al comienzo en forma intermitente_ para luego proseguir de manera continua_ un cuarto de gramo al día. Ella es responsable de su penalidad a partir del 20 de Mayo de 1976.
La acusada ha sido interpelada tras ser identificada mediante dos controles diarios realizados con anterioridad: los días 1 y 13 de marzo de 1977, respectivamente, en la Estación del Metro Zoo y en la Estación Kurfurstendamm. En la primera ocasión portaba 18 miligramos y en la segunda140, 7 miligramos de un sustancia derivada de la heroína.
El día 12 de Mayo de 1977 fueron descubiertos algunos de los bienes personales de la acusada: una bolsa de papel de estaño que contenía 62.4 miligramos de una sustancia derivada de la heroína. Asimismo, se hallaron utensilios útiles para la aplicación de una inyección. El examen de laboratorio demostró que aquellos utensilios presentaban vestigios de heroína. El análisis de orina reveló también la presencia de morfina.
El día 12 de mayo de 1977, la madre de la acusada, la señora F., descubrió entre los enseres personales de su hija, 62, 4 miligramos de una sustancia derivada de la heroína. Ella se encargó de que esta substancia llegara a manos de la policía judicial. Durante el transcurso de su declaración, la acusada declaró que consumía heroína a partir de Febrero de 1976. Por otra parte, se entregó a la prostitución desde fines de 1976 con el fin de poder financiar las cantidades de heroína que requería para su uso diario.
Por tanto, se concluye que la acusada no ha cesado de consumir drogas.
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EL JUICIO.
(Extraído del juicio emitido por el Tribunal de Primera Instancia de Neumunster el 14 de Junio de 1978, en el nombre del pueblo.)
En relación al caso Christianne F.,… estudiante, inculpada de infringir la ley de estupefacientes. La acusada es culpable de reiteradas adquisiciones de estupefacientes como de ocultar sustancias prohibidas por el Estado.La Corte suspende la decisión de pronunciar una condena penal para la menor.
Motivos: El desarrollo vital de la acusada ha sido normal hasta la edad de trece años. Su inteligencia es superior a la media, por lo que estaba, por tanto, plenamente consciente que la adquisición de heroína constituía un acto delictivo, objeto de sanción.
Sin embargo, contamos con suficientes indicios para concluir que la acusada se encontraba, a partir del 20 de Mayo de 1976, en estado de dependencia fisiológica de la droga. Esto, no obstante, no excluye su responsabilidad penal ni su capacidad de estar consciente de su culpabilidad. En el ínter tanto, la acusada ha tomado nota de su situación y ha decidido desintoxicarse, por su propia voluntad, Por lo tanto, está perfectamente capacitada para comprender el carácter reprensible de su comportamiento y de actuar en consecuencia.
En lo relativo al futuro, el pronóstico es _al menos hasta la fecha actual_, favorable aún cundo no se pueda excluir en el caso de la acusada, una eventual recaída. La evolución de la acusada deberá ser observada con atención, al menos durante el próximo período.
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CHRISTIANNE.
Esto es super pero super entretenido. Mi mamá se la pasa todo el día embalando y llenando cajas y maletas. Parece que vamos a empezar una vida nueva.Recién cumplí seis años y después del traslado me va a tocar entrar a la escuela. Ahora que veo a mi mamá embalando todo lo que pilla me doy cuenta de que está súper nerviosa y por eso me voy a ir a pasar el día a la granja Volkel. Me dedico a esperar que las vacas regresen de su pastoreo y después me voy al establo para la ordeña. Les doy de comer a los chanchos y a los pollos, me revuelco en la paja con mis amigos y salgo a pasear con mis gatitos en los brazos. ¡Este ha sido un verano maravilloso! Es también, el primero en el que soy consciente de mis actos.
Sé que muy pronto nos iremos a vivir muy lejos de aquí a una ciudad muy grande que se llama Berlín.Mamá partió antes para encontrar un departamento apropiado para nosotros cuatro. Mi hermanita menor, mi papá y yo vamos a viajar dentro de un par de semanas. ¡En avión! Para nosotras, mi hermana y yo, se trata de un bautizo aéreo. Todo este cuento me está resultando fascinante.
Nuestros papás nos han contado muchísimos cuentos fantásticos de nuestra nueva vida. Nos iremos a vivir a un enorme departamento con seis cuartos grandotes. Ellos van a ganar cualquier plata. Mi mamá nos ha dicho que cada una de nosotras va a tener un cuarto grandote y que vamos a comprar unos muebles sensacionales. Nos han descrito en forma muy precisa la decoración de nuestros cuartos. Todavía me acuerdo de todas esas promesas porque durante mis primeros años de vida siempre soñé con todo eso. Y a medida que pasaban los años, mi imaginación embellecía más y más esos sueños.
Tampoco puedo olvidar como era el departamento cuando llegamos a vivir en Berlín. Me inspiró un verdadero sentimiento de horror, sin duda alguna, Era tan grande y tan vacío que tenía temor de perderme dentro de éste. Cuando uno hablaba un poco más fuerte, los muros resonaban de modo alarmante.Sólo tres de las piezas estaban ligeramente amobladas: dos camas y un armario viejo de la cocina en el que mi madre guardó nuestros juguetes. En la otra pieza estaba la cama de mis padres. La tercera, la más amplia, tenía instalado un diván viejo y algunas sillas. Ese era, en síntesis, nuestro departamento de Berlin-Kreutzberg, esquina con Paul- Lincke.
Al cabo de unos días de nuestra llegada agarré mi bicicleta y me aventuré sola por las calles. Había visto jugar a unos niños un poco mayores que yo. En nuestra casa del campo, los niños mayores jugaban con los más pequeños y los cuidaban también. Los niños berlineses exclamaron de inmediato:” ¿Qué está haciendo ella aquí?”. Luego se apoderaron de mi bicicleta. Cuando la recuperé, me habían desinflado un neumático y abollaron el guardabarros.
Mi padre me dio una paliza por haber destrozado mi bicicleta. Ya no me servía más que para pasearme entre los seis cuartos del departamento. Tres de éstos estaban
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previstos para ser utilizadas como oficinas. Mis padres querían instalar una agencia matrimonial. Pero los escritorios y los sillones anunciados para habilitar esas habitaciones no llegaron nunca. Y el armario viejo de la cocina permaneció en el cuarto de los niños.
Un día, el diván, las camas y el armario fueron trasladados por un camión a un lugar ubicado en el Conjunto habitacional llamado Gropius. Nos instalamos en un departamento de dos piezas y media, pequeñitas, en un onceavo piso. La media pieza era el cuarto de los niños.todas las cosas hermosas de las que nos había hablado nuestra madre, al final, nunca las conocimos.
El Conjunto Gropius albergaba a 45.000 personas, entre edificios para viviendas, el césped y los centros comerciales. Desde lejos, todo esto daba la impresión de algo nuevo y bien cuidado pero cuando uno se encontraba en el interior, es decir, dentro de las torres habitacionales, todo apestaba a orina y excrementos. Esto se debía a todos los perros y a todos los niños que vivían allí. Y en la caja de la escala, el olor era mucho más penetrante.
Mis padres estaban furiosos y culpaban a los hijos de los obreros porque decían que eran ellos los que ensuciaban las escalas. Pero la culpa no era de los hijos de los obreros. Recuerdo muy bien aquella primera vez que sentí la necesidad urgente de correr al baño mientras jugaba afuera. Mientras el ascensor bajaba y luego tardó en subir hasta el onceavo piso, yo no me pude aguantar…Mi padre me golpeó por lo que hice. Después de tres o cuatro experiencias similares y haciendo abstracción de las palizas recibidas, yo hacía como los demás: buscaba un rincón discreto, me ponía en cuclillas y cagaba en el lugar más seguro que descubrí y éste termino siendo la caja de la escala.
Los niños del sector me consideraban una pequeña retrasada mental porque no tenía juguetes como los suyos ni pistola de agua. Me vestía diferente de ellos, hablaba diferente y desconocía sus juegos. ¡Los detesté!
En el pueblo nosotros pescábamos nuestras bicicletas y partíamos con frecuencia al bosque. Llegábamos a un arroyo que era atravesado por un puente. Allí construimos unos diques y castillos en medio del agua. Después juntábamos todo lo que habíamos construido y lo repartíamos por partes iguales. Y esto lo hacíamos con el beneplácito de todos, incluso la decisión de destruir nuestras obras cuando nos retirábamos del lugar. Y todos nos quedábamos felices. Nadie dictaba normas. Cada uno de nosotros podía proponer un juego. Luego, lo discutíamos. En ocasiones, los mayores cedían ante los más pequeños y nadie los censuraba por ello. Se trataba de una verdadera democracia infantil.
En Gropius teníamos un jefe. El era el más poderoso y poseía la mejor pistola de agua. A menudo jugábamos a las brigadas policiales. La regla principal era que todos los niños tenían que obedecerlo ciegamente.
La mayor parte del tiempo no jugábamos juntos en realidad: más bien peleamos por bandos, los unos en contra de los otros. Por ejemplo, quitarle el juguete nuevo a un niño para luego destrozarlo. Se trataba de fastidiar al otro y obtener alguna ventaja para si mismo. Había que conquistar el poder y hacer alarde de ello. Los más frágiles eran los grandes receptores de golpes. Mi hermanita era muy delgadita y también algo temerosa. Ella fue víctima de sus flaquezas y yo no podía hacer nada por remediarlo.
Al terminar las vacaciones estaba con muchas ganas de entrar al colegio. Mis padres me dijeron que tenía que portarme muy bien y sobretodo, ser muy obediente, en particular, con la profesora. Para mí, eso era algo muy natural. En el
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pueblo, los niños respetaban a los adultos. Y yo pensaba que en la escuela, la mayoría de los niños tenía como obligación respetar al profesor…pero aquí sucedía todo lo contrario. Al cabo de los primeros días, los alumnos se paseaban y reñían en la misma sala de clases. La profesora se sentía absolutamente impotente. No dejaba de gritar:” ¡Siéntense!” sin más resultado que provocar las risotadas de algunos y la provocación de mayor alboroto por parte de otros.
Desde muy pequeña yo adoraba a los animales. Todo el mundo en mi familia se moría por ellos también. Era una verdadera pasión. Y yo era la más fanática de todas. No he conocido otra familia en mi vida que quisiera tanto a los animales como la nuestra. Y compadecía a esos pobres
niños a los que sus padres no les permitían tener mascotas en la casa.
Nuestros dos cuartos empezaron, poco a poco, a convertirse en un verdadero zoológico. Yo tenía cuatro ratitas, dos gatos, dos conejos, un canario, además de Ayax, nuestro perro que había viajado con nosotros desde el campo.
Ayax se acostaba a un costado de mi cama. Cuando yo dormía, solía tirar los cobertores hacia atrás para tocarlo y cerciorarme de su presencia.
También conocí otros niños que tenían perros en sus casas. Con ellos lo pasábamos divino. Descubrí luego que en Rudow, no muy lejos de mi vecindad, subsistía un pequeño espacio donde había naturaleza real y viva. De tanto en tanto, íbamos allí con nuestros perros.Usábamos como territorios de juegos unos viejos vertederos colmados de tierra. Nuestros perros jugaban mucho con nosotros en ese lugar. Y el juego predilecto era el del “Sabueso” en el que el animal tenía que reconocer a su dueño a través de su olfato. Entonces uno de nosotros se escondía y en el ínter tanto, los otros retenían al perro. Mi Ayax era el mejor de todos. A mis otros bichos los llevaba a zambullirse a una pila de arena y otras veces los llevaba a la escuela. La profesora los usaba como material de muestra en las clases de biología. A veces me dejaba llevar a Ayax a la sala de clases. El no molestaba jamás. Se quedaba sentado a mis pies, inmóvil, hasta que sonaba justo el timbre que anunciaba el recreo.
Gracias a mis animales yo me sentía contenta porque las cosas en mi casa andaban de mal en peor. En particular con mi padre. Mi madre trabajaba. El se quedaba en la casa. El proyecto de la Agencia Matrimonial se fue a pique. Mi padre esperaba que le propusieran un trabajo que le agradase.Y sus explosiones de rabia comenzaron a ser cada vez más frecuentes.
En las tardes, cuando mamá regresaba, me ayudaba a hacer mis deberes escolares. Durante un tiempo tuve problemas para distinguir la letra H de la K. Mi madre me explicaba con paciencia angelical pero yo apenas la escuchaba. Tenía pánico que se enojara papá. Luego ocurrió lo siguiente: el se iba a la cocina en busca de un escobillón y me golpeaba. Después yo le tenía que decir cuál era la diferencia entre la H y la K. Por supuesto, me enredaba entera con lo que me aseguraba una paliza extra y después me mandaba a mi cuarto.
Esa era su forma de ayudarme a hacer mis deberes.El quería que yo fuese una buena alumna y que fuese “alguien” en el futuro. Al final de cuentas, su abuelo había sido muy rico: tuvo una imprenta y un diario, entre otras cosas. Después de la guerra, fue expropiado por la RDA (República Alemana del Este). Era por eso que mi padre se ponía furioso cuando pensaba que me iba mal en la escuela.
Aún recuerdo ciertas veladas hasta en los más mínimos detalles. En cierta ocasión me pidieron que diseñara casas en el cuaderno de matemáticas: seis cuadrados de largo y cuatro de alto. De repente, mi padre se sentó a mi lado. Me
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pidió le dijera desde dónde y hasta dónde quedaría ubicada la siguiente casa. Me asusté tanto que no conté más los cuadrados y me puse a contestar al azahar. Cada vez que me equivocaba recibía un golpe. Y después, sopeada en lágrimas, era incapaz de contestar a ninguna otra pregunta. Entonces se levantó y se dirigió a la cocina. De allí sacó una huincha de goma. Se la añadió a una vara de bambú y me golpeó en el trasero hasta que mis nalgas sangraban en carne viva, Comencé a temblar por lo que pudiese ocurrir encima de la mesa... Si hacía cualquier movimiento resultaría trágico y si intentaba proseguir con mis deberes, de nuevo me golpearía. Apenas me atrevía a tocar mi vaso de leche.Comencé a tener pavor de que se encontrara de malas antes o después de la cena. Todas las noches le preguntaba muy gentilmente si iba salir. Lo hacía a menudo y nosotras tres respirábamos profundo. Aquellas noches eran maravillosamente apacibles. Cuando regresaba, la atmósfera se enrarecía. La mayor parte del tiempo estaba borracho y ante el menor pretexto_por ejemplo_ si los juguetes o nuestras ropas estaban tiradas, había una explosión. Una de las fórmulas favoritas de mi padre era que lo más importante en la vida era el orden. Y si llegaba a medianoche y descubría que mis cosas estaban desordenadas, me sacaba de la cama y me daba una paliza. Después le tocaba el turno a mi hermanita. Después, tiraba todas nuestras cosas al piso y nos daba cinco minutos para que dejáramos el cuarto impecable. Por lo general, no alcanzábamos a ordenar todo esto en ese lapso de tiempo y los golpes nos llovían.
La mayoría de las veces mi madre observaba estas escenas de pie desde el umbral de la puerta, llorando. Era muy raro que ella se atreviera a actuar en defensa nuestra porque después el la golpeaba también a ella. Sólo mi perro, Ayax, se interponía en nuestra defensa: se ponía a gemir de una manera que a mí me reventaba de pena. Era lo único que hacía entrar en razón a mi padre, porque como todos nosotros, adoraba a los perros. Muchas veces llegó a enojarse y a ser muy brusco con Ayax pero jamás lo golpeó.
A pesar de todo, yo quería y respetaba a mi padre. Lo consideraba lejos, muy superior a los demás. Le tenía miedo pero su conducta para mí era totalmente normal. Los otros niños de Gropius no corrían mejor suerte. De vez en cuando lucían moretones y sus madres también. A veces encontraban a algunos padres tirados en las calles, absolutamente embriagados, También se veían esas escenas en los sitios que teníamos para jugar. Mi padre nunca se emborrachaba hasta ese punto. A veces, también veíamos volar muebles_ .los que se estrellaban contra el piso_ y a las madres de familia correr por los pasillos gritando para que los vecinos llamaran a la policía. Lo cierto es que en nuestra casa no pasaban cosas tan graves como esas.
Mi padre adoraba su auto, un Porsche, más que a nada en el mundo. Lo limpiaba hasta dejarlo brillante cada día. Seguro que ese era el único Porsche en Gropius. Y yo creo que era el único cesante que circulaba en Porsche por Berlín.
Mi padre le reprochaba constantemente a mi madre que no supiera administrar nuestro dinero. De todos modos, era ella la que nos mantenía. En ocasiones, mamá reclamaba porque papá se gastaba la plata en juergas, mujeres y que el combustible del coche se comía la mayor parte de nuestras entradas. Entonces se agarraban a golpes.
Por cierto, en esa época yo no entendía qué era lo que le sucedía a mi padre ni cuál era el motivo de sus reiteradas crisis. Más tarde, cuando comenzaron a hablar más a menudo con mamá, intuí cuál era la explicación. El no se encontraba a sus
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anchas: era así de simple. Lo devoraba la ambición y fracasaba en todo. Su padre lo menospreciaba por eso. El abuelo se lo había advertido a mamá antes del matrimonio. Decía que su hijo era un pillo. La verdad es que su propia familia había albergado grandes esperanzas en su persona: pensaban que mi padre debía recobrar el pasado esplendor que ellos poseían antes de la expropiación.
Si el no hubiese conocido a mamá haría sido en la actualidad un administrador de empresas_ estuvo a punto de serlo_ y también un criador de perros. Pero como mamá se quedó encinta abandonó sus estudios y se casó con ella. Por lo tanto, el debía tener metido en la cabeza que mi mamá y yo éramos las responsables de su fracaso. De todos sus sueños sólo le quedaban el Porsche y sus amigos fanfarrones. El no sólo detestaba a su familia sino que pura y simplemente, nos rechazaba. Esto llegaba al punto de que ninguno de sus amigos podía saber que el era casado y padre de familia. Cuando nos encontrábamos con el en algún lugar, o lo venían a buscar a casa teníamos que decirle “tío Richard”. Yo tenía que aprender con mucho esfuerzo mis deberes (también con golpes) para poderlas repetir a la perfección en presencia de extraños. Y papá pasaba a convertirse en “mi tío”.
Algo similar ocurría con mi madre. Ella tenía prohibición de decir que era su esposa en presencia de sus amigos y sobretodo, de comportarse como tal. Creo que el la hacía pasar por una hermana.
Los amigos de mi padre eran menores que él. Tenían todo el futuro por delante. Mi padre quería ser como ellos y no un hombre que tenía que cargar con su familia y es incapaz de satisfacer sus necesidades.
Naturalmente_ en este período_ entre los seis y ocho años de edad todo esto me resbalaba completamente. El comportamiento de mi padre sólo confirmaba simplemente a mis ojos las reglas de la vida que aprendí en la escuela y en la calle: golpear o ser vencida. Mi madre, que ya había recibido su dosis de golpes en la vida, había llegado a la misma conclusión. No cesaba de repetirme:” No comiences una pelea pero si te pegan, pega de vuelta”. Y hazlo con mucha, mucha energía.” Ella nunca pudo devolver los golpes que recibió.
Poco a poco fui aprendiendo la lección. En la escuela comencé a atacar al profesor más débil. Actuaba sistemáticamente de payaso en sus clases y hacía reír a los demás. Cuando intentaba interrumpir en clases a los profesores más temibles, contaba con el apoyo de mis compañeros para hacerlo. Aquellos primeros éxitos me envalentonaron Comencé a fortalecer mi musculatura. En realidad, yo era más bien frágil pero la rabia duplicaba mis fuerzas. No dudaba en desafiar a alguien más fuerte que yo. Casi me alegraba cuando me desafiaban otros y tenía que encontrarlos a la salida de la escuela pero la mayor parte del tiempo no tenía necesidad de pelear porque la mayoría de los niños me respetaban.
Luego cumplí los ocho años. Mi deseo más ferviente era el de crecer pronto, de convertirme en una adulta, adulta como mi padre. Para poder ejercer poder realmente sobre los demás. En el inter tanto, me medía con los que podía.
Mi padre encontró un empleo que no le aportaba mayores satisfacciones pero se entretenía con su Porche y sus andanzas de hombre joven. A la salida de la escuela, me empecé a encontrar sola con la única compañía de mi hermanita menor (ella tenía un año y medio menos que yo). Me hice amiga de una niña dos años mayor que yo y eso me enorgullecía mucho. Junto a ella me sentía bastante más protegida. Jugábamos casi todos los días y decidimos incluir a mi hermanita. Me tocó aprender un juego nuevo. Recogíamos colillas de cigarrillos en el trayecto de nuestra escuela a nuestra casa para luego juntarlas y fabricarnos unos pitillos.
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Luego los fumábamos. Cuando mi hermana quería imitarnos los apagábamos en el dorso de su mano. Nosotras éramos las que dábamos las órdenes: debía lavar la vajilla, pasar el trapo al polvo en poco tiempo para luego hacernos cargo de todas las otras labores del aseo que nuestros padres nos encargaban. Después pescábamos nuestras muñecas, encerrábamos a nuestro “juguete” dentro del departamento y salíamos a dar un paseo. No liberábamos a mi hermana hasta que hubiese terminado de asear toda la casa.
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En esa época, _yo tenía entre ocho y nueve años de edad_, se instaló un poni club en Rudow. Al principio estábamos furiosas al ver que el único lugar que teníamos para ir a jugar con nuestros perros estaba tapiado con barrotes. Sin embargo me simpatizaban los empleados y los ayudé con algunos servicios. Los ayudaba a cepillar los caballos y limpiar las caballerizas. En retribución tenía derecho a cabalgar unos minutos durante la semana. Era algo fantástico.
Adoro a los caballos y sentía una inmensa ternura por el burrito que pertenecía también al club. Pero había otra cosa que me fascinaba: cabalgar. Cabalgar para mí era una demostración de fuerza y de poder. Mi caballo era más fuerte que yo pero se sometía a mi voluntad. Cuando me caía, volvía a montarme de inmediato. Hasta en eso me obedecía. Un día me despidieron. De allí en adelante si quería cabalgar tendría que pagar por ello. Como mi mesada no me alcanzaba, decidí hacer algunas trampitas: logré que me reembolsaran (a escondidas por cierto) los cupones de la cooperativa y los envases de las botellas de cerveza.
Cuando me aproximaba a mi décimo cumpleaños comencé también a robar. Merodeaba en los supermercados y sustraía aquellas cosas de la que estábamos privados en casa. Confites, en particular. Casi todos los niños tenían derecho a comer confites. Nosotros, no. Mi padre decía que eran dañinos para nuestra dentadura.
En Gropius se aprendía, por decirlo de alguna manera, a trasgredir las prohibiciones de manera sistemática. Por otra parte, todo o casi todo estaba prohibido y sobretodo aquello que a uno más la divertía. Gropius estaba repleto de carteles que demostraban una suerte de defensa. Los pretendidos parques construidos para separar las torres habitacionales eran verdaderas bosques de paneles. Y en casi todos los paneles se prohibía alguna cosa para los niños. (años más tarde transcribí todas las prohibiciones en mi diario de vida). El primer cartel estaba instalado en la puerta de la entrada de nuestro edificio. De hecho, los niños podían desplazarse tan sólo desde la escala hasta el acceso de la entrada del edificio en punta de pies. Estaba prohibido jugar, correr, andar en bicicleta o en patines de ruedas. Por todas partes se podía ver algo de hierba y también los siguientes carteles: “No caminar encima del césped”. Tampoco teníamos derecho a sentarnos con nuestras muñecas. Una miserable mata de rosas adornaba la siguiente expresión: “Espacio verde protegido” acompañado de todo tipo de amenazas si uno intentaba aproximarse a las flores. Por consiguiente, nosotros fuimos relegados al llamado “terreno de los juegos”. Había uno por cada conjunto de torres. Se componían de un montón de arena hedionda a orina, unos cuantos aparatos rotos y, evidentemente contaban con un feroz cartel. Un cartel salvaguardado por sólidos grilletes de fierro para impedir que nosotros acabásemos con el. “Reglamento del terreno de juego”. Debajo se podía leer que
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estaba “a disposición de los niños para su alegría y descanso”. Sin haber revisado si estaba correctamente dispuesto, informaba en trazos gruesos: “El acceso está autorizado de 8:00 a 13:00 horas y de 15:00 a 19:00 horas. En otras palabras, no se contemplaba ningún recreo a la hora de la salida de la escuela que ocurría a las 13:00 horas.
Mi hermana y yo no podíamos acudir porque siempre, conforme al cartel, no podíamos hacer uso del ·”terreno para juegos” más que “con el consentimiento y bajo la vigilancia de una persona encargada de su educación. Además, sólo tenían acceso los que además participaran “con la condición de no hacer ruido”. Se nos rogaba “respetar la necesidad de dormir de los co-propietarios”. Teníamos todo el derecho y las ganas de tirar una pelota: los niños suelen hacerlo. Pero “los juegos de pelota de carácter deportivo están prohibidos”. Descartados el voleibol y el fútbol. Esto era particularmente penoso para los niños que pierden la oportunidad de gastar sus energías en deportes porquen dependen de instalaciones y, por cierto, de los carteles. Lo que si debe costar dinero es renovar los últimos en forma permanente.
Los guardias del edificio estaban encargados de velar por las prohibiciones. Yo no le agradé al nuestro durante mucho tiempo. Desde que llegamos a Gropius encontré espantosamente odioso el “terreno para los juegos” con esa construcción fría, la arena fría y ese minúsculo tobogán de metal. Había muchas otras cosas interesantes. Los desagües de las alcantarillas instaladas en la construcción de hormigón para escurrir las aguas de lluvias. En ese tiempo estaban todavía recubiertas por una rejilla movible (después las refaccionaron). Me entretenía levantar la rejilla y entonces, mi hermana y yo, metíamos toda clase de objetos dentro del agujero. En una ocasión nos descubrió el guardia y nos arrastró a la oficina de la Gerencia donde nos hicieron identificarnos. Aunque teníamos cinco o seis años respectivamente, fuimos consideradas culpables. Se lo comunicaron a nuestros padres y así papá tuvo una buena razón para darnos una paliza. Yo no podía entender muy bien por qué era tan grave haber tapado ese desagüe.
En el pueblo, cuando jugaba en el borde de un arroyo, lo hacían también otros niños y jamás fuimos censurados por un adulto. Fue así como llegué a la conclusión que los únicos juegos autorizados eran aquellos previstos por los adultos. Había que hacer buenos moldes de arena y deslizarse por el tobogán. Tener ideas resultaba peligroso.
Mi próximo encuentro con el guardia fue bastante peor. Y lo pasé muy mal. Ocurrió lo siguiente: salí a pasear con Ayax y andaba con la idea de cortar algunas flores para mamá. Antes, cuando vivía en el pueblo, solía llevarle un ramo de flores cada vez que salía de paseo. Entre medio de las torres sólo florecían unas rosas enclenques.Corté tres o cuatro y me clavé todos los dedos. No pude leer el cartel que lo prohibía porque no sé si aún no sabía leer o no entendí bien lo que decía. Lo que si comprendí de inmediato es que vi al guardia correr hacia mí a gritos y agitando los brazos cuando cruzaba el prohibido césped. Presa del pánico, yo exclamaba: ¡Cuidado, Ayax!
Mi Ayax levantó las orejas en punto, se puso rígido, se asomaron los pelos de su nuca: aguardaba al malvado con un aspecto muy desafiante. El guardia se batió en retirada a toda prisa y pisoteó una vez más el malogrado césped. No emitió un solo sonido hasta que alcanzó la entrada del edificio. Allí se largó a gritar. Yo estaba
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satisfecha pero disimulé las flores porque presentí, que una vez más, había hecho algo prohibido.
Cuando llegué a casa, la Gerencia ya se había hecho escuchar. Por teléfono, al parecer: yo había amenazado al guardia con hacerlo morder por un perro. En vez de recibir un beso maternal que daba por descontado a cambio de mis flores, obtuve un correctivo paternal.
En el verano el calor en Gropius muchas veces se tornaba insoportable: toda esa construcción de hormigón, el asfalto, la acumulación de piedras y la sensación de aire cálido en la atmósfera. Nuestros escasos y macilentos árboles no nos brindaban sombra alguna. Las torres detenían los vientos. No había piscina ni una cubeta en la cual los niños pudiesen chapotear. En el centro de la plaza había un chorro de agua donde íbamos a veces a chapotear un rato, a arrojarnos agua. Naturalmente eso estaba prohibido y nos apresurábamos para que los guardias no nos alcanzaran.
Hubo un tiempo en que nuestra pasión eran las canicas. Pero ¿dónde podíamos jugar a las canicas en Gropius? Entre el cemento, o el asfalto y el césped prohibido, era imposible. Y sobre la pila de arena no daría resultado. Descubrimos un lugar en donde el suelo era duro y se podían abrir pequeños agujeros. Habíamos encontrado un terreno casi ideal: debajo de los arces. Para que no se asfixiaran, dejamos una abertura circular en el asfalto alrededor de los troncos. Era el suelo ideal para jugar a las bolitas.
Sin embargo, desde que nos instalamos teníamos a nuestras espaldas al guardia y también al jardinero. Ellos se encargaban de ahuyentarnos reforzados por pavorosas amenazas. Y luego un día, se les ocurrió la gran idea: en lugar de emparejar la tierra, pavimentaron. ¡Adiós al juego de las canicas!
Cuando llovía, el hall de entrada se convertía en una fantástica pista de patinaje sobre ruedas. Al menos, pudo haber sido. Como no había departamentos en el primer piso no molestábamos a nadie si hacíamos ruido. Efectivamente, las primeras veces nadie se quejó. Pero un día la aseadora decretó que estábamos rayando el piso. ¡Adiós patines! Por ellos, amerité una paliza doble.
Era falso aquello de que cuando hacía mal tiempo uno se podía refugiar en Gropius. Ninguno de nosotros tenía derecho de llevar a los compañeros a su casa. Por otra parte, los cuartos de los niños eran demasiado pequeños: la mayoría de los niños dormían en el mismo medio cuarto que nos habían asignado a mi hermana y a mí.
Cuando llovía, me quedaba, en ocasiones, sentada en la ventana y recordaba lo que hacíamos en el pueblo cuando llovía: por ejemplo, trabajar la madera. Eso siempre estaba muy organizado. Cuando hacía buen tiempo, trasladaban desde los bosques grandes trozos de corteza de encina y luego, cuando venían los días lluviosos tallábamos pequeñas embarcaciones. Cuando llovía mucho, nos colocábamos nuestros impermeables para salir camino al arroyo para salir a probar nuestros botecitos recién fabricados. Construíamos puertos imaginarios y emprendíamos verdaderas competencias con nuestras embarcaciones hechas de corteza.
Vagabundear entre las torres bajo la lluvia no era en modo alguno, divertido. Había que descubrir algo entretenido. Algo que estuviera estrictamente prohibido. Por ejemplo: jugar a los ascensores. Evidentemente, se trataba de fastidiar a los otros niños. Al atrapar a uno se lo encerraba en el ascensor y lo hacíamos apoyarse sobre todo los botones mientras se inmovilizaba el otro ascensor. El prisionero estaba obligado a subir hasta el último piso deteniéndose, a su vez, en todos los pisos. A
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mi me tocó hacerlo a menudo, de preferencia cuando sacaba a pasear a mi perro y estaba urgida por regresar a casa para cenar. Aquello duraba un tiempo agobiador y Ayax terminaba con los nervios de punta. Cuando esto se convertía en algo repugnante era cuando se tomaba por asalto el ascensor que conducía a un niño apremiado por ir al baño. Por lo general, no alcanzaba a contenerse. Pero más repugnante todavía resultaba quitarles la cuchara de madera a los más pequeños. La cuchara de madera era un accesorio indispensable para ellos: su largo mango les permitía alcanzar los botones del ascensor. Sin ellos estaban perdidos y no les quedaba otra alternativa que subir ocho, nueve o diez pisos a pie porque evidentemente, los otros niños no los ayudaban y los adultos creían que se dirigían a entretenerse en los ascensores y que deseaban destruirlos.
Los ascensores solían estar a menudo en panne y nosotros no siempre no éramos responsables de ello. Hacíamos carrereas de ascensores. Al principio todos tenían la misma rapidez pero existían algunos trucos que permitían que uno ganara la carrera en unos pocos segundos. Se cerraba la puerta de afuera muy rápido pero suavemente para que no se volviera a abrir, entonces la puerta interior de cerraba automáticamente pero permitía acelerar el proceso. Si se hacía el movimiento en forma manual (en ciertas ocasiones esta estrategia impedía el normal funcionamiento de los ascensores). A mi me fue bastante bien en las carreras de ascensores.
Al cabo de un tiempo los trece pisos no nos resultaban suficientes. Por otro lado, teníamos a los guardias permanentemente a nuestras espaldas. El acceso a otros edificios estaba absolutamente prohibido para los niños y por otra parte, no teníamos llaves para ingresar. Pero siempre había una segunda entrada que estaba cerrada con una rejilla para los muebles y otros objetos que estaban allí arrumbados. Yo descubrí la forma de entrar a ellos a pesar de la rejilla: primero había que introducir la cabeza y girarla un poco. Luego encoger bien el cuerpo. El único requisito necesario era no ser gordo. Así fue cómo obtuvimos acceso a un verdadero paraíso jugando a los ascensores: un viaje de treinta y dos pisos en ascensores tremendamente sofisticados. Nunca sospechamos antes la cantidad de cosas que se podían hacer dentro de un ascensor. Uno de nuestros juegos favoritos era “El salto”: cuando el aparato estaba en movimiento, todos saltábamos al mismo tiempo. Entonces el ascensor se detenía y se abría la puerta de seguridad. ¡Era genial! Otro juego entretenido consistía en hacer girar la manilla del freno de seguridad hacia el lado en vez de estar hacia abajo y la puerta de seguridad permanecía abierta igual que cuando funcionaba el ascensor. Eso nos permitía darnos cuenta de la prodigiosa rapidez de esos aparatos. Se podía ver deslizar el botón y las puertas a una velocidad asombrosa.
El colmo de la temeridad _ la gran demostración de coraje_ era la de apretar el timbre de alarma. Se escuchaba un ruido estridente y después la voz del guardia que hablaba por micrófono. Después de eso, había que escapar rápidamente. Un viaje de treinta y dos pisos ofrecía más posibilidades de escapar. De todos modos, el guardia nos acechaba todo el tiempo pero muy pocas logró atraparnos.
Sin embargo, el juego más apasionante lo realizábamos cuando hacía mal tiempo. Se llamaba “el sótano”. Se comprende que estaba absolutamente prohibido. Cada habitante del edificio disponía de un apartado individual cerrado con rejillas (aunque no enteramente) hasta el techo. Por lo tanto, se podía pasar por debajo. Allí realizábamos unos formidables escondites. Era aterradoramente delicioso encontrarse atrapados en la penumbra entre medio de todo ese revoltijo de cosas
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desconocidas. Además, podíamos ser sorprendidos por uno de los locatarios. Nosotros sabíamos muy bien que ese juego era, al menos, doblemente prohibitivo.
Era más divertido hurguetear dentro de las cajas y descubrir los objetos más increíbles: juguetes, trapos (El vestuario para nuestros disfraces. Por cierto, después no nos acordábamos donde habíamos extraído esto o aquello, por lo que decidimos esconder nuestros descubrimientos debajo de la rejilla, al azar. En ocasiones, cuando encontrábamos algo muy especial nos apropiábamos del objeto. Naturalmente, el ruido no tardó en propagarse y se comenzó a sospechar de inesperados visitantes en el subterráneo. Pero jamás nos atraparon.
De este modo, se aprendía automáticamente, que todo aquello que estaba permitido en Gropius era súper aburrido y aquello que estaba prohibido, por el contrario, era muy entretenido.
El centro comercial que estaba enfrente de nuestro edificio era igualmente un sitio relativamente prohibido, “protegido” por un guardia particularmente feroz, que nos perseguía de modo intransigente. Aquello que me sacaba de quicio era cuando me veía llegar con mi perro. El decía que el centro comercial estaba sucio por nuestra culpa. Es cierto que había mal olor. Las tiendas eran más modernas, más elegantes y distinguidas que las otras pero los botes de basura desbordaban en los patios de la parte trasera. Había restos de helados y excrementos de perros los que estaban insertos dentro de las latas de cerveza o de Coca Cola.
En las tardes, al guardia le tocaba limpiar todo aquello.No era de extrañar que se pasará la tarde atisbando quiénes eran los que ensuciaban. Sólo que a los comerciantes no les podía decir nada cuando arrojaban sus inmundicias fuera de los botes de basura. Tampoco se atrevía a arremeter en contra de los muchachos ebrios que botaban latas de cerveza por todas partes. Y a los niños que se paseaban con sus perros los recriminaba severamente. Sólo le quedábamos nosotros, los niños, para descargar su rabia.
Los comerciantes tampoco nos querían. Cuando uno de nosotros recibía su mesada o lograba tener algo de dinero en su bolsillo, se dirigía a la “Boutique de Café” donde también vendían pasteles. Por cierto, íbamos acompañados de otros niños porque se trataba de todo un acontecimiento. Cuando los vendedores veían entrar a una media docena de mocosos que discutían durante un cuarto de hora para decidir qué tipo de bombones elegirían, se exasperaban. Y así fue como nosotros nos comenzamos a sentir, poco a poco, invadidos por una suerte de resentimiento en contra de los comerciantes y nos parecía bien engañarlos.
En el centro comercial había también una agencia de viajes. Apegábamos nuestras narices en los ventanales hasta que nos echaban. Ese lugar estaba lleno de afiches maravillosos que en el costado tenían la imagen de un avión: playas, palmeras, negros, animales salvajes. ¡Cuántas maravillas! Nosotros nos imaginábamos a bordo del avión viajando a esas playas: Luego trepando esa palmera para contemplar a los leones y rinocerontes.
A un costado de la agencia de viajes estaba el Banco para el Comercio y la Industria. En esa época no nos preguntábamos todavía que hacía el Banco para el Comercio y la Industria en Gropius, donde vivían asalariados que no tenían nada que ver con la industria y el comercio. Nosotros queríamos mucho a aquella institución. Los señores que andaban de punta en blanco no fueron jamás desagradables con nosotros... Eran bastante menos violentos que los vendedores.
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Yo fui a cambiar dos monedas de diez pfennings que la había robado de la caja donde mi madre guardaba el sencillo. (En la “Boutique del Café” nos insultaban cuando pagábamos con monedas de poco valor).Incluso nos regalaban alcancías si las solicitábamos de buenas maneras. Pensarían que éramos niños muy económicos para requerirlas.La verdad es que nosotros usábamos esas alcancías con formas de elefantes y cerdos para jugar al zoológico sobre una pila de arena.
Cuando en nuestros conjuntos habitacionales comprobaron que cada vez hacíamos más desmanes nos construyeron un “terreno para aventuras”. Yo no sé qué concepto de “aventura” tienen los individuos que inventaron esa hazaña. Sin duda creyeron_ los adultos_ que así los padres podían imaginar que sus hijos podrían vivir experiencias extraordinarias e impedirles realizar alevosas maldades. Eso les costó, sin duda, una buena suma de dinero. En todo caso, perdieron un lamentable tiempo en construirlo. Y cuando finalmente nos autorizaron para que fuésemos, nos recibieron de manera muy amable, unos profesores. “Vamos, ¿qué desean hacer?” etc. La aventura consistió en que estábamos perpetuamente vigilados. Tenían herramientas de verdad, tablas bien pulidas y clavos. Por lo tanto teníamos acceso para la construcción de objetos. El profesor velaba para que nadie se martillara los dedos. Cuando alguien se enterraba un clavo, se acababa el asunto y no se insistía en aquella construcción. Tampoco se podía sugerir una nueva alternativa. Por tanto, cuando uno quería realizar algo diferente, no se podía porque había que insistir en las fórmulas probadas…
Un día le conté a uno de los profesores como fabricábamos cabañas en el campo sin usar clavos ni martillos. Lo hacíamos precisamente con ramas y cortezas de árboles que recogíamos por aquí y por allá. Y cada vez que regresábamos a la “obra” deshacíamos y cambiábamos todo. ¡Eso era muy entretenido! El profesor, por supuesto, lo comprendió, pero el tenía responsabilidades y un reglamento que respetar. ¿Acaso no era así?
Al principio podíamos hacer uso de nuestras propias ideas. Por ejemplo, se propuso jugar a “la familia de la edad de piedra” y cocinar una sopa de verdad al calor de unos leños. El profesor encontró genial la idea. Desgraciadamente, no podíamos hacer una hoguera y en consecuencia, tampoco la sopa. ¿Por qué no construíamos, en lugar de eso, una cabaña? ¿En la Edad de Piedra?
Posteriormente, el “terreno de aventuras” fue clausurado. Nos dijeron que tenían que realizar un trabajo para poder protegernos cuando hiciera mal tiempo. Más tarde vimos llegar cargamentos con vigas de hierro, mezcladores de hormigón y un grupo de albañiles... Iban a construir un “bunker”. No se trataba de una cabaña, de un chalet o del algo por el estilo. Se trataba de una verdadera fortaleza que tenía dos o tres ventanas incrustadas. Los cristales se quebraron de inmediato. No sé si los niños fueron los responsables pero si me di cuenta que esa mole de cemento los puso agresivos. También nos preguntamos si acaso nos habían construido esa fortaleza de cemento porque en Gropius, todo aquello que no era construido con cemento y fierro era rápidamente demolido. La sala de juegos de la fortaleza acabó con gran parte del “terreno de aventuras”.
Después construyeron justo al lado, una escuela, con su propio campo de juego equipado con un tobogán, un pórtico y algunas estacas de madera muy apropiadas para orinar. Ese campo de juegos colindaba con nuestro “terreno de aventuras” y pusieron una reja metálica para separar ambos ambientes. Quedamos reducidos a la mínima expresión.
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Poco a poco, el pequeño “terreno” que nos quedó pasó a convertirse en el lugar de encuentro de una pandilla de personas que nosotros apodamos “Los Rockers”. Por lo habitual, llegaban después del mediodía ya embriagados, atemorizaban a los niños y se dedicaban a destrozar lo que pillaban. El vandalismo, por definirlo de algún modo, era su única ocupación. Los profesores jamás se disgustaban con ellos. De golpe, el “terreno de aventuras” estaba cerrado casi todo el tiempo.
En revancha, nosotros los niños, tuvimos acceso a una verdadera maravilla. En el barrio instalaron una cancha para trineos. El primer invierno resultó sensacional. Éramos libres para escoger nuestras pistas: algunas eran fáciles para deslizarse pero había una llamada “el anillo de la muerte”.Los “Rockers” eran peligrosos. Hacían una cadena con sus trineos e intentaban, sistemáticamente, derribarnos. Pero rápidamente aprendimos a escaparnos a través de otra pista. Esos juegos en la nieve los recuerdo como los más hermosos durante mi permanencia en Gropius.
Durante la primavera, proseguíamos en nuestros intentos de divertirnos en las pistas para trineos. Salíamos con nuestros perros y brincábamos, y hacíamos piruetas con ellos para luego rodar tras la pendiente. O aun mejor: ¡descendíamos en bicicleta! Y ¡zas! nos caíamos… pero aquello era menos peligroso que volar por los aires. Los golpes eran amortiguados por la espesa hierba.
La prohibición, sin embargo, no se hizo demorar. Se declaró que las pistas para trineos no era lugar para hacer cabriolas ni tampoco para velódromo. Por otra parte, había que dejar reposar el césped…Nosotros ya estábamos en una edad en la que los “ Se prohíbe que…” dejaron de impresionarnos y no los tomábamos en cuenta. Entonces llegaron hasta allí los del Servicio de Horticultura. Rodearon el lugar de una verdadera muralla de espinos artificiales. Nosotros nos dimos por vencidos…por algunos días. Luego, cada uno se procuró unas cizallas y se confeccionó una brecha tan ancha que nos permitiera atravesar el pasaje con nuestros perros y bicicletas. Cada vez que cerraban, nosotros volvíamos a abrir.
Algunas semanas más tarde, regresaron los albañiles. Se pusieron a tapiar nuestras pistas de trineos, a cimentar, a alquitranar. Nuestro “anillo de la muerte” se convirtió en una escalera. La plataforma de la partida estaba recubierta de placas de hormigón. Al retirarse, dejaron tirados restos de paja sobre el césped.
En el verano, ese sitio estaba desprovisto de todo interés. En el invierno era particularmente peligroso subir a la antigua cancha porque ahora había que trepar las entrecortadas escaleras en tramos embadolsados. Cuando caían heladas_ lo que sucedía con frecuencia_ no obteníamos más que moretones y heridas. Muchos niños sufrieron malas caídas que les provocaron conmociones cerebrales.
Poco a poco, Gropius alcanzaba la perfección. Para el espíritu de los urbanistas, allí se encontraba un gran conjunto urbanístico modelo: una magnífica realización. A nuestra llegada, aún no estaba terminada.Los alrededores del sector de las torres, en particular, fueron perjudicados y estuvieron lejos de alcanzar la perfección requerida.
A pocos minutos de caminar_ en paseos que los niños realizaban por si mismos_ se llegaban a descubrir verdaderos rincones paradisíacos. Nuestro sitio preferido se extendía a lo largo del Muro de Berlín (Gropius no estaba lejos de
allí) y nosotros lo llamábamos “la tierra de nadie” o el “pequeño bosque”. Se trataba de una franja de tierra de apenas veinte metros de ancho pero de unos quinientos metros de largo. Una maraña de altos arbustos _tan altos como nosotros_ de árboles, matorrales, orificios con agua por doquier cubiertos por tablas viejas.
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Nos encaramábamos en los árboles, jugábamos a las escondidas, después nos convertíamos en exploradores que cada día necesitan encontrar algo nuevo, hasta ahora desconocido, como por ejemplo, un misterioso bosque virgen. También podíamos hacer fogatas, enviar señales de humo y dorar manzanas sobre las brasas. Eso ocurrió hasta que se percataron que los niños de Gropius habían descubierto ese sitio y se divertían. ¡Había que restablecer el orden! Nuestro rincón se plagó de carteles. No teníamos derecho a hacer nada. Había prohibición de andar en bicicleta, de subirse a los árboles, de que anduviesen perros por allí… Los policías estaban siempre allí por la proximidad del Muro de Berlín y vigilaban nuestro comportamiento. Oficialmente, nuestra “Tierra de nadie” pasó a convertirse en “Zona de protección de los Pájaros”. Algún tiempo más tarde se transformó en un vertedero público.
Nos quedaba el antiguo vertedero recubierto de tierra y de arena donde íbamos a menudo a jugar con nuestros perros. Pronto nos encontramos con un cinturón dentado y una empalizada… y nos prohibieron la entrada. Construyeron en ese lugar un restorán panorámico.
También nos gustaba ir a los campos. Había uno cercano a Gropius, en un lugar baldío: el Estado había comprado el terreno para construir sitios de esparcimiento. Aún quedaban brotes de trigo pero predominaban las plantas de cardenales, las amapolas, las ortigas y unos arbustos tan altos que las cubrían totalmente. Fueron eliminadas todas: una por una. Se instaló allí un club para “ponies” y en el terreno restante construyeron una piscina. En lo sucesivo, se habían terminado todos los lugares para evadirnos de Gropius. Mi hermana y yo salimos favorecidas: al menos nos dejaron trabajar en el picadero y nos daban permiso para montar a caballo. Al comienzo se podía pasear por donde uno quisiera. Más tarde, construyeron una alameda para caballos y todo el resto de las calles y caminos estaban prohibidos. Hicieron una bella alameda, enarenada y todo se construyó de acuerdo a las reglamentaciones requeridas. Debió costar muchísimo dinero ya que se extendía a lo largo de la vía férrea. Estaba a dos pasos de los rieles. Por lo que yo sabía, ningún caballo podía reprimirse de lanzar estruendosos resoplidos al estar próximo a la pasada de un tren. Afortunadamente, no era el caso de los nuestros. Ellos alcanzaban a salvarse mientras nosotras rezábamos como locas para que no se arrojaran encima del tren.
Yo tenía más suerte que los otros niños porque contaba con mis animales. En ocasiones, llevaba a mis tres ratas al “terreno de juegos” para que se revolcaran en la arena. Al menos el reglamento no prohibía a las ratas. Construimos unos pasillos y las hacíamos correr.
Una tarde, una de las ratas se introdujo en el prohibido césped. No la volvimos a encontrar. Estuve un poco triste pero me consolé pensando que seguramente sería más feliz allí que dentro de una jaula.
Justo esa misma noche mi padre vino a nuestro cuarto, miró la jaula de las ratas y exclamó:”Pero aquí no hay más que dos. ¿Dónde está la otra? No sentí temor porque su pregunta me pareció imbécil. A él jamás le gustaron las ratas y me decía en forma permanente que me deshiciera de ellas. Yo le contesté que la rata estaba a salvo en el “terreno de los juegos”.
Mi padre me miró con un aspecto absolutamente demente. Entendí que dentro de treinta minutos de descontrolaría. Se puso a golpear y a aullar. Yo estaba en mi cama. Inmóvil. Era imposible salvarme. Y me pegó. El nunca me había golpeado tan fuerte y llegué a pensar que me mataría. Cuando se alejó para comenzar a
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arremeter en contra de mi hermana, salté instintivamente hacia la ventana. Creí que estaría a salvo. Desde un onceavo piso…
Pero mi padre me atrapó y golpeó sobre la cama. Mi madre, para variar, estaba de pié, llorando y apoyada en el umbral de la puerta. Yo no alcanzaba a verla. Sólo pude ver cuando ella se arrojó encima de mi padre que estaba encima mío.Ella empezó a darle puñetazos desde abajo.
Mi padre perdió totalmente el control y arrastró a mi madre al pasillo sin dejar de pegarle. Bruscamente comencé a sentir más compasión por ella que por mí. Pero él la agarró del pelo. Como todas las noches, la ropa se estaba remojando en la bañera. Aún no podíamos solventar la compra de una máquina para lavar. Mi padre hundió la cabeza de mamá en la bañera que estaba llena de agua. No sé cómo alcanzó a liberarse: no sé si mi padre la soltó finalmente o si ella se liberó por si misma.
Mi padre, lívido, huyó hacia la sala de estar. Mi madre abrió el closet, cogió su abrigo y se fue. Sin pronunciar una sola palabra.
Entonces ocurrió uno de los momentos más terribles de mi existencia: ese minuto en que vi. partir a mi madre, sin una palabra y en el que nos dejó solas a mi hermana y a mí. Al cabo de unos instantes yo pensaba solamente en una cosa: el volvería a arremeter en contra de ella y los golpes proseguirían. Pero desde la sala no se percibía ningún movimiento. El único que se escuchaba era el de la televisión. Cogí a mi hermana y la metí en mi cama. No nos despegábamos la una de la otra, Mi hermana sintió deseos de ir al baño. La verdad es que no sentía deseos de ir al baño pero tenía pavor de mojar la cama porque eso le significaría otra golpiza. Sentimos la voz de papá en la sala de estar. Nos dijo:”Buenas noches”.
Al día siguiente por la mañana nadie vino a despertarnos. Nos fuimos a la escuela. Al final de la mañana mi madre regresó .Sin decir palabra, o casi nada, recogió algunas cosas, metió el gato en un bolso, luego me dijo que atara a Ayax a una cuerda y nos dirigimos a tomar el metro. Pasamos los días siguientes en la casa de una compañera de trabajo de mamá. Y ella nos explicó finalmente que deseaba divorciarse.
El departamento de su compañera era pequeño. Demasiado pequeño para acoger a mi madre, a mi hermana, al gato, al perro y a mí. En todo caso, al cabo de algunos días la dueña de casa estaba bastante enervada. Mi madre rearmó nuestros bultos, cogió a los animales y regresamos a Gropius. Papá regresó justo cuando mi hermana y yo nos estábamos bañando. Se acercó a nosotras y con una voz completamente normal como si nada hubiera pasado señaló: “¿pero porqué se tuvieron que ir? Ustedes no necesitan, en realidad, ir a alojar a las casas de extraños. Nosotros podemos vivir muy felices los tres aquí. Mi hermana y yo nos miramos, mudas…Esa noche mi padre se comportó como si mamá no existiese. Después hizo lo mismo con nosotras. No nos habló más ni volvió a mirarnos. ¡Eso fue peor que los golpes!
Mi padre jamás volvió a levantar su mano en contra mía. Pero su manera de comportarse, como si no tuviese nada que ver con nosotras, me provocó un efecto terrible. Fue solamente, a partir de entonces, que sentí que era realmente mi padre. En el fondo, nunca lo odié. Y siempre estuve orgullosa de él: porque amaba a los animales y porque tenía ese auto potente, su Porche 1962.
Y de pronto, dejó de ser nuestro padre, aunque vivíamos todo bajo el mismo techo, en aquel minúsculo departamento. En el ínter tanto pasé otro tremendo mal rato: mi Ayax, mi perro, tuvo una perforación abdominal y se murió. Nadie pudo
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consolarme. Mi madre sólo pensaba en el divorcio y en sus problemas. Lloraba a menudo y no se relajaba jamás.Yo me sentía muy sola…Una noche tocaron a la puerta. Era Klaus, un amigo de papá que fue a buscarlo para ir al bar. Pero mi padre ya se había dio.
Mi madre invitó al fulano a entrar. El era bastante menor que papá. Debía tener entre veintidós o veintitrés años. Y de pronto, invitó a mi madre a cenar con él. Ella respondió en seguida “Si ¿porqué no?” Y partió a cambiarse, se fue con el tipo y nos dejó solas.
Quizás otros niños habrían intentado hacer una maldad para amargar su madre o bien haberse puesto a gritar. Yo lo pensé por un momento pero se me pasó muy rápido de la mente porque pensé sobretodo, que estaba contenta por ella. Sinceramente. Ella tenía un aspecto verdaderamente feliz al salir, aunque no lo demostró mucho. Mi hermana tuvo la misma impresión: “mamá está súper contenta” dijo. Desde entonces, Klaus venía a menudo cuando papá estaba ausente de casa. Un domingo, _lo recuerdo muy particularmente_ mi madre me envió a vaciar el bote de la basura. Al regresar, no hice ningún ruido intencionalmente quizás. Cuando eché una mirada en la sala, vi que Klaus estaba a punto de besar a mi madre.
Aquello me inquietó tremendamente… Me deslicé en mi cuarto. Ellos no me vieron y yo no le conté a mi madre lo que vi. Tampoco a mi hermana con la que no tenía secretos.
A partir de entonces, ese hombre estaba todo el tiempo en nuestra casa. Yo lo encontraba antipático. Pero el era amable con nosotras. Y sobretodo, era muy amable con mi madre. Ella dejó de llorar y de nuevo la escuchamos reír. Comenzó nuevamente a soñar. Hablaba del cuarto que tendríamos mi hermana y yo en el nuevo departamento que habitaríamos con Klaus. Pero todavía no lo teníamos. Papá todavía no se trasladaba de casa.No lo hizo hasta que el divorcio fue un hecho. Mis padres se odiaban pero dormían en el mismo lecho. Por otra parte, andábamos escasos de dinero.
Cuando nos trasladamos finalmente a otro departamento en Rudow, a una estación del metro de Gropius, no todo fue miel sobre hojuelas. Klaus estaba todo el tiempo metido en nuestra casa y eso me desagradaba. El seguía siendo muy amable pero era un obstáculo entre mi madre y yo. En mi fuero interno, yo no lo aceptaba. No pensaba recibir órdenes de ese hombre joven. A su modo de ver, yo me puse cada vez más agresiva.
Terminamos riñendo. Primero por tonterías. A veces era yo la que las provocaba. El motivo más recurrente eran mis discos. Mi madre me había ofrecido un tocadiscos para mi onceavo cumpleaños En las noches, ponía a tocar un disco _ tenia algunos tubos electrónicos y un par de discos_ y lo ponía a tocar a todo volumen como hacer romper los tímpanos de cualquiera. Una noche, Klaus apareció en nuestro cuarto y me pidió que bajara el volumen. No le obedecí. Se devolvió y retiró el brazo del tocadiscos. Yo volví a ponerlo y me planté delante del tocadiscos para impedirle el acceso. Klaus me empujó. No pude soportar que ese hombre me tocara. Y estallé.
Mi madre, por lo general, se aproximaba prudentemente a mi lado. No fue tan grave el asunto porque mi madre terminó riñendo con Klaus. De pronto me sentí culpable. Había alguien de sobra en ese departamento…
En realidad, hubo riñas peores que aquel pero, después de todo, ocurrían, de tarde en tarde, Nuestras jornadas tranquilas en casa eran así: estábamos todos reunidos
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en la sala de estar. Klaus hojeaba una historieta o giraba las perillas del televisor; mi madre intentaba entablar una conversación a veces con nosotras, a veces con Klaus y nadie reaccionaba realmente y todos sus esfuerzos eran en vano. ¡Era patético! Mi hermana y yo preferíamos estar sentadas en nuestro cuarto. Y cuando anunciábamos que saldríamos a dar un paseo, nadie protestaba. Al menos Klaus nos parecía francamente contento de vernos partir. Fue por eso que cada vez salíamos con más frecuencia y nos quedábamos fuera el mayor tiempo posible.
Retrospectivamente, pienso en Klaus y creo que no se merece ningún reproche. El no tenía más que una veintena de años. No sabía lo que significaba una familia. El no se daba cuenta que mi madre nos necesitaba y nosotras a ella. Que nosotras la queríamos tener con nosotras y ella quería estar también con nosotras durante el poco tiempo que podíamos compartir con ella: en las noches y durante los fines de semana. El estaba probablemente celoso de nosotras. Y por cierto, nosotras de él. Mi madre deseaba estar disponible para nosotras y conservar a su novio… Una vez más, ella no supo manejarse.
Ante esta situación yo me puse cada vez más ruidosa y agresiva. Mi hermana se puso cada más silenciosa. Ella sufría y seguramente ignoraba el motivo, pero habló de regresar a la casa de mi padre. Ante mis ojos, eso era algo totalmente insensato., después de los que nos hizo. Sin embargo, mi padre nos propuso que regresáramos con él. Ya no era el mismo hombre. Tenía una novia joven y cada vez que nos encontrábamos, el parecía estar de excelente humor. Era extremadamente amable con nosotras. Me regaló otro perro: una hembra.
Tenía doce años y me hacían crecido un poco los pechos y comencé a interesarme muchísimo por los muchachos y por los hombres, en general. Para mí eran unos seres extraños. Brutales, todos. También esos adultos jóvenes que vagabundeaban, a su manera, por las calles como Klaus y mi padre. Me daban miedo. Pero también me fascinaban. Ellos eran fuertes porque manejaban el poder .Los envidiaba. En todo caso, el poder y la fuerza que emanaba de ellos me fascinaban.
En cierta ocasión tuve que utilizar el secador de pelo de mi madre. Me corté un flequillo con una tijera para cortar uñas y me peiné con la partidura al lado. Me preocupaba por mantener en forma mi cabello largo porque solían decirme que lo tenía hermoso. Ya no quise volver a ponerme mis pantalones escoceses de niña. Me hacían sentir débil. Quería unos “jeans” y me los compré. Quería usar, de todos modos, tacones altos. Mi madre me dio un par de los suyos.
En “jeans” y con tacones altos me paseaba casi todas las tardes por la calle hasta las diez de la noche. Tenía la impresión de que en casa nadie notaba mi ausencia. Pero, por otra parte, me parecía formidable poder gozar de tanta libertad. Pienso que también saboreaba mis disputas con Klaus. Eso me daba sensación de poder por lo que me significaba poder estar enrabiada con un adulto.
Mi hermana ya no soportaba toda aquella situación. Cometió, a mi modo ver, un acto incomprensible: se fue a vivir con papá. Abandonó a mi madre y me dejó sola a mí .Ahora me encontraba más desolada que nunca. Pero el golpe para mi madre fue terrible. Sus llantos recomenzaron. Desgarrada entre su pareja y sus hijas, se encontraba una vez más sobrepasada por sus problemas.
Yo pensé que mi hermana no tardaría en regresar pero ella estaba satisfecha en la casa de papá. El le daba dinero para el bolsillo, le pagaba la lección de equitación y ofreció comprarle un auténtico traje de montar. Para mí, todo aquello me resultaba difícil de soportar. Por mi parte, regresé al Club de los” ponies “en donde
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a cambio de trabajo, se me permitía montar. Pero eso no lo podía hacer con frecuencia. En cambio ella, vestida con su flamante traje de montar se convirtió en mejor equitadora que yo. Finalmente tuve derecho a una compensación. Mi padre me ofreció un viaje a España. Había obtenido un excelente certificado escolar en el que se especificaba que estaba en condiciones de ingresar a la Enseñanza Media. Me había inscrito en la Escuela Polivalente (Estos establecimientos agrupan a diversos tipos de escuelas secundarias que sirvieron como banco de pruebas para la futura enseñanza de la República Federal Alemana. La experiencia fue muy discutida).
Así fue como al pasar por una nueva etapa en mi vida_una etapa que lógicamente debía conducirme al bachillerato_ me fui volando a Torremolinos en compañía de mi padre y su pareja. Fueron una súper vacaciones.Mi padre se portó formidable y yo pude constatar que el me quería, a su manera. En ese entonces, el me trataba casi como una adulta.
Y muchas veces me llevaba consigo cuando salía por las noches con su pareja. Se había transformado en un ser razonable. Ahora tenía dos amigos de su edad y no les ocultó el hecho de haber estado casado. Ya no tenía que decirle “tío Richard”.Yo era su hija. Y el parecía orgulloso de mí. Una sola sombra oscureció el paisaje: el _ algo muy propio suyo_ escogió la fecha de las vacaciones. Así fue como llegué a mi nueva escuela con dos semanas de retraso.
Me sentía muy desorientada. En mi clase las amistades ya se habían establecido y se habían organizado las pandillas. Yo estaba completamente sola en mi rincón. Pero lo peor fue que en el transcurso de esas dos semanas en las que me ausenté por haber estado en España, ya les habían explicado a los demás el funcionamiento de la escuela. Era un sistema que resultaba muy complicado para cualquiera que provenía de la educación primaria: uno tenía que escoger por si misma sus orientaciones e inscribirse en determinados cursos. Los demás ya habían recibido orientación y asesoría y fueron guiados en sus elecciones mi me tocó desenvolverme sola. Me sentía perdida en ese colegio. Y lo estaría siempre: ya no existiera más, como en la escuela primaria, una profesora que se preocupara individualmente de los alumnos. Cada profesor le hacía clases a varios cientos de alumnos. Si uno quería llegar al bachillerato, se tenía que preocupar por si mismo para lograrlo. Decidirse por trabajar mucho. Hacer lo necesario para ser admitidos en los grupos de nivel de más elevado. Tener padres que le estén diciendo permanentemente lo que debe hacer: haz esto así, hasta esto asá y a una la van impulsando y orientando. Yo estaba perdida…
Ya no me sentía “alguien” en esa escuela. Los otros iban adelantados en dos semanas. Era demasiado para una nueva escuela. Intenté mi receta de la primaria: armaba alboroto, interrumpía a los profesores, los contradecía. A veces, en mi opinión, para engañarlos y otras veces, por principio. Yo estaba en pie de guerra. En contra de los profesores y en contra de la escuela. Yo deseaba ser alguien. Existir…
La jefa de nuestra clase era una chica. Se llamaba Kessi. Ella ya tenía pecho de verdad. Se veía por lo menos, dos años mayor que nosotras. Igual, era más madura. Todo el mundo la respetaba. Yo la admiraba. Mi mayor deseo era convertirme en su amiga.
Kessi tenía pololo. Un tipo formidable. Estaba en un curso paralelo al nuestro pero era mayor que nosotras. Se llamaba Milan. Medía por lo menos un metro setenta, sus cabellos eran negros y rizados y le caían sobre los hombros. Usaba
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unos jeans ajustados y unas botas que eran el último grito. Todas las chicas estaban locas por el.
El prestigio de Kessi no se debía solamente a su aspecto físico y a sus hechuras de mujer adulta, si no que al hecho de que andaba con Milan.
Nosotras, las chicas, teníamos una imagen muy precisa de aquello que nos agradaba de los varones. Por ejemplo: no debían vestir pantalones con pata de elefante. Lo que si debían usar eran jeans ajustados, zapatos a la moda (nada de zapatillas de gimnasia: daban la sensación de fragilidad), de preferencia botas, y decoradas. Y también tacones altos. Despreciábamos a los nenes que tiraban bolitas de papel o restos de manzanas en la sala de clases. Eran los mismos que en el recreo tomaban leche y jugaban a la pelota. En tanto que los tipos realmente atractivos desaparecían en el rincón de los fumadores. Y tomaban cerveza. Recuerdo cómo me impresioné cuando Kessi me contó que Milan se había embriagado.
Yo me preguntaba qué podía hacer para lograr que un tipo como Milan se interesara en mí. O bien_ en lo profundo de mi ser_ que Kessi me considerara amiga suya. Hasta su nombre era exquisito. Para mis adentros pensaba que no valía la pena lucirse ante los profesores, a los que veía de vez en cuando. Lo importante era ser aceptada por las personas que comparten tu jornada diaria. De repente me empecé a comportar muy mal en clases.No guardaba ninguna relación personal con los profesores. La mayoría de ellos, por su parte, parecían fastidiarse por todo, no tenían autoridad sobre los alumnos y se conformaban con vociferar para demostrarnos su malestar. Yo lograba que se pusieran de todos los colores.En poco tiempo, fui capaz de desorganizar un curso completo. Naturalmente, aquello me valió la consideración de mis compañeros.
Raspaba los cajones de los armarios de mi casa para encontrar algunas monedas que me permitieran comprar cigarrillos y poder compartir el rincón de los fumadores. Kessi se dirigía allí durante todos los recreos. Cuando comencé a ir con más frecuencia, sentí que ella pareció interesarse en mi persona.
Nos juntábamos a la salida del colegio. Finalmente me invitó a su casa. Tomamos cerveza_ me marié como pollo_ y conversamos acerca de nuestras respectivas familias. Ella tenía los mismos problemas que yo. Y peores aún. Su madre cambiaba continuamente de pareja y estos, naturalmente, no querían a Kessi. Ella venía saliendo de un período espantoso a raíz del último amigo de su madre, un tipo que era bueno para los golpes. Un día agarró a patadas todo el mobiliario de la casa y para terminar, cogió el televisor y lo tiró por la ventana. Pero la madre de Kessi no era como la mía. Ella se mostraba severa con su hija, salvo un permiso excepcional, y la obligaba a estar de regreso a las ocho de la noche en casa.
En la escuela todo empezó a funcionar súper bien. Debo admitir que logré ganarme la consideración de mis compañeros de clases. Ese fue un combate difícil, casi permanente, que no me dejaba tiempo ni para estudiar. Mi día de gloria fue aquel cuando Kessi me autorizó para sentarme a su lado. Me enseñó a escapar de la escuela. Cuando ella no quería asistir a un curso, se desaparecía para ir a juntarse con Milan o hacía cualquier cosa, lo que se le antojaba. Las primeras veces me aterré. Pero muy pronto me di cuenta que podía ausentarme de una o dos clases. Durante el día a sabiendas de que nadie lo notaría.No se pasaba lista después de la primera clase de la mañana. Los profesores eran incapaces_ los cursos eran
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demasiado numerosos_ de saber quiénes estaban allí y cuáles eran los ausentes. Por eso, muchos de ellos se desaparecían.
Kessi se dejaba besar y acariciar por los muchachos. Frecuentaba el “Hogar Social”: era una vivienda para los jóvenes que funcionaba bajo el alero de la Iglesia Reformista. En el subterráneo había una especie de discoteca: “El Club”. Sólo se permitían la entrada a partir de los catorce años.Pero Kessi demostraba más de trece…
A fuerza de suplicarle a mi madre que me comprara un sostén logré tener uno a pesar de que aún no me hacía falta. Comencé también a maquillarme. Y Kessi me llevaba al Club, el que abría a las cinco de la tarde.
A la primera persona que divisé en el sótano resultó ser un muchacho de nuestra escuela. Tenía trece años, y ante mis ojos era el tipo más fabuloso que existía. Incluso era superior a Milan. Era más buen mozo. Sobretodo daba la impresión de ser muy seguro de si mismo. Se paseaba por el Hogar Social con la soltura de un astro de cine. Se notaba que se sentía superior a todo el mundo. Se llamaba Piet. Sus amigos y él se mantenían a cierta distancia del resto.Todo ese grupo tenía un aspecto deslumbrante. Los muchachos eran más refinados que los demás: vestían jeans ajustados, botas con tacones muy altos, chaquetas de género de jeans bordadas, o de fantasía, con tejidos originales y bonitos.
Kessi los conocía y me los presentó. Yo estaba emocionada y encontraba genial que Kessi me permitiera aproximarme a ellos. En el Hogar Social todo el mundo los respetaba. Y nosotras teníamos el honor de sentarnos con ellos.
A la noche siguiente, los muchachos de aquella pandilla trajeron una gigantesca pipa de agua. Yo no sabía ni para que servía. Kessi me explicó que ellos fumaban “hachís”. Yo tampoco sabía muy bien que era aquello: sólo que era una droga y que estaba estrictamente prohibida.
Encendieron ese aparato e hicieron circular el tubo. Cada uno aspiró una bocanada. Lo mismo hizo Kessi. Cuando me tocó el turno, lo rechacé. No tenía intención de aspirarlo pero por otra parte tenía tantos deseos de pertenecer a una pandilla… Pero ¿ingerir droga?... ¡No’ No podía, no todavía! Aquello me producía un miedo espantoso.
Mi actitud me hizo sentir muy mal, incómoda. Tenía ganas de que me tragara la tierra. Pero no podía abandonar la mesa. Tenía la sensación de haber acabado con la pandilla porque ellos fumaban hachís. Decreté que tenía ganas de tomarme una cerveza. Reuní las botellas que estaban dispersas por todas partes. Cambiaban cuatro botellas vacías de cerveza por una llena. Me emborraché por primera vez en mi vida mientras los otros aspiraban el tubo de la pipa de agua. Hablaban de música. Yo no sabía gran cosa respecto de aquello. Mi cultura pop-rock era más que deficiente. Por lo tanto, no podía participar de la conversación. Por otra parte, me encantó estar ebria porque me evitó sentir un tremendo complejo de inferioridad.
No tardé mucho en comprender la música que fascinaba a los muchachos de la pandilla y dejé de renegar en contra de David Bowie, etc. Ante mis ojos, pasaron a convertirse en mis ídolos. Por detrás, todos los integrantes de la pandilla se parecían a David Bowie, aunque ninguno superaba los dieciséis años.
Los miembros de la pandilla eran seres superiores y sus modales me enloquecían de fascinación No gritaban, no reñían, no jugaban al terrorismo. Eran muy silenciosos. La superioridad emanaba de ellos: así de simple. Entre ellos también eran increíbles. Jamás se disputaban entre ellos..Cuando se reunían se besaban entre ellos,_ un pequeño beso en la boca. Eran los muchachos los que
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mandaban, pero las chicas eran bien recibidas. En todo caso, entre ellos no existían esas peleas estúpidas como las que ocurren entre hombres y mujeres.
En una ocasión, Kessi y yo abandonamos el colegio durante los dos últimos períodos escolares, como era nuestra costumbre, para ir a la estación Wutzkyalle del metro. Allí se encontraría con Milan. Como éste se demoró en llegar, nos deslizamos con mucha cautela por la estación Wutzkyalle temerosas de visualizar la aparición de algún maestro: era muy riesgoso huir de clases en ese horario.
Kessi estaba a punto de encender un cigarrillo cuando yo divisé a Piet, un chico de la pandilla junto a su amigo Charly. Así fue como comenzó un sueño tan anhelado para mí: hacía tanto tiempo que deseaba encontrarme con Piet _ o con otro_ durante el día para invitarlos a mi casa. ¡Ah, ese habría sido todo un honor para mí! Todavía no estaba interesada en el sexo opuesto, contaba con sólo doce años y todavía no me llegaba la regla. Lo que deseaba era poder contar que Piet había estado en mi casa para que el resto pensara que “andábamos” juntos o que, al menos, yo era un miembro integrante de esa pandilla.
A esa hora no había nadie en casa. Mi madre y su pareja estaban en sus respectivos trabajos. Le dije a Kessi:” Vamos a ver a esos muchachos. Así aprovechamos de conversar con ellos un rato….” Mi corazón comenzó a latir como un tambor. Después de algunos minutos, y con una voz que denotaba una gran seguridad, _ la que contrarrestaba mi pánico interno_ le pregunté a Piet:” ¿Les gustaría ir a mi casa? No hay nada y la pareja de mi papá tiene unos súper discos: Led Zeppelín, David Bowie, Teen Years After, Deep Purple, y el álbum del Festival de Woodstock.”
Había logrado avanzar bastante. Me había familiarizado con la música que les gustaba a ellos pero también con su lenguaje. Hablaban de un modo diferente que el resto. Me dediqué a aprender su vocabulario, tan novedoso para mí. Y eso me parecía más importante que las matemáticas o los verbos en inglés.
Piet y Charly aceptaron de inmediato. Me puse loca de alegría. Estaba totalmente henchida de orgullo. Una vez que llegamos a casa exclamé:” Mierda, muñecos: no tenemos nada para beber”. Juntamos una monedas y partí con Charly al supermercado.
La cerveza estaba muy cara. Teníamos que tomar mucho para embriagarnos. Finalmente, por dos marcos compramos un litro de vino tinto. Y la conversación prendió. Bebimos el vino con avidez y el tema de la conversación giró en torno a la policía. Piet dijo que ellos desconfiaban de una manera muy peculiar de los consumidores de hachís. En general, hablaron muy mal de los policías. Dijeron que vivíamos en un estado policial.
Todo aquello era nuevo para mí. Hasta ese momento no conocía otros representantes de la ley que fuesen aborrecibles aparte de los guardias de los edificios: unos tipos que la atrapaban a una cuando se estaba divirtiendo. Los policías uniformados encarnaban un mundo absolutamente desconocido para mí. Fue así cómo me enteré que en Gropius vivíamos en un universo policial. Y que los policías eran mucho más peligrosos que los guardias. Y si lo decían Piet y Charly aquello no podía ser más que la estricta verdad. Una vez vaciada la botella de vino, Piet anunció que todavía le quedaba hachís en su casa. Los otros dos quedaron maravillados. Piet salió por el balcón (era lo que yo hacía también ahora que vivíamos en un primer piso) y regresó con una bolsa del tamaño de una mano, con mercadería dividida en diez unidades que tenían un valor de diez marcos cada una. También trajo consigo un “shilom”, una pipa especial para fumar hachís que tenía
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forma de tubo de madera de unos veinte centímetros de largo. Colocó en ella tabaco y a continuación la rellenó con una mezcla de tabaco y hachís. Fumamos boca arriba con la cabeza echada hacia atrás y sosteniendo el tubo tan verticalmente como fuera posible para que no cayeran cenizas en el suelo.
Yo observaba bien cómo lo hacían. Sabía que ahora no podía rehusarme ya que Piet y Charly estaban de visita en mi casa. . Resolví afirmar con decisión:”Me vendría bien un poco de hierba” como si ya hubiera fumado mucho antes. Bajamos las persianas. La luz se filtraba por las rendijas y se podían visualizar espesas nubes de humo. Puse un disco de David Bowie. Yo inhalaba desde el “shilom” y almacenaba el humo en mis pulmones hasta que me sentí presa de un ataque de tos. Nadie dijo nada. Escuchábamos la música con la vista perdida en el vacío.
Yo esperaba que algo me sucediera. Me decía a mi misma:” Ahora estás drogada y deberías sentir algo realmente extraordinario”. Pero no sentía nada. Sólo me sentí un poco somnolienta, pero ese efecto se debía especialmente al vino. No sabía, que en la mayor parte de los casos, el hachís no provocaba nada_ al menos, conscientemente_ la primera vez. Se requería de un poco de entrenamiento para experimentar los efectos. El alcohol produce efectos mucho más inmediatos.
Piet y Kessi estaban sentados en el sofá y cada vez se acercaban más el uno al otro. Piet acariciaba el brazo de mi amiga. Al cabo de un rato, ambos se levantaron y se fueron a encerrar a mi cuarto. Y yo me quedé allí completamente sola con Charlie .El se sentó en el brazo de mi butaca y pasó su brazo alrededor de mis hombros. En esos instantes me gustó más que Piet. Y estaba encantada de que él se interesara en mí. Siempre tuve temor de que los muchachos se enterasen que tenía sólo doce años, me tomaran por una mocosa y me rechazaran. Charly comenzó a manosearme. Ya no supe si aún estaba contenta. Lo que si es que me sentía terriblemente acalorada. De miedo, quizás. Estaba petrificada. Intenté mascullar algo acerca del sujeto que estaba interpretando la canción en el disco que había colocado recién. Cuando Charly empezó a tocarme los pechos _ bueno, los que serían mis pechos_ me levanté de un salto y me precipité encima del tocadiscos fingiendo que tenía que arreglar algo. Piet y Kessi salieron de mi cuarto. Tenían un aspecto extraño, preocupado, entristecido. Sus miradas se evitaban. Estaban extrañamente silenciosos. Kessi tenía el rostro encendido. Tuve la impresión de que había pasado por una experiencia macabra. En todo caso, lo sucedido no le aportó nada a ninguno de los dos.Eso debió ser penoso para ambos. Finalmente, Piet me preguntó si yo iría esa tarde al Hogar Social. Eso me impactó. ¡Había triunfado! Todo había ocurrido tal como lo había soñado: había invitado a unos muchachos de la pandilla a casa y pasé a integrarme , en definitiva, en parte de ellos.
Piet y Kessi se fueron trepando por el balcón. Charly se retrasó. El miedo volvió a apoderarse de mí. No quería estar a solas con el... Le dije claramente que ya era hora de ordenar el departamento y que además debía atender mis deberes escolares. De repente, adivine sus pensamientos… Charly se fue. Me tiré en mi cama con la vista fija en el techo para intentar ver cómo salía adelante de aquella situación.
El tenía buena pinta pero no sabía porqué me había dejado de gustar. Transcurrió una hora, una hora y media. Sonó el timbre. Miré a través de la mirilla de la puerta. Era Charly. No abrí y me encaminé silenciosamente hacia mi cuarto en la punta de los pies. Me aterrorizaba permanecer a solas con ese tipo. Me desagradaba.
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Además, tenía un poco de vergüenza. No sabía específicamente si era a causa de la droga o de Charly.
Me sentí triste. Por fin había sido admitida dentro de la pandilla pero en el fondo ese no era mi sitio. Era demasiado niña para escuchar los cuentos de aquellos muchachos. Me di muy buena cuenta de ello. Cuando se pusieron a hablar acerca de la policía, del Estado, etc., no sentí el menor interés en escucharlos.
De todos modos, decidí ir al hogar desde temprano. Fuimos al cine. Traté de sentarme entre Kessi y un chico al que no conocía pero Charly logró deslizarse a mi lado. Durante la exhibición de la película, comenzó a manosearme. Me metía la mano entre las piernas. No lo rechacé Ese tipo logró impactarme tremendamente... Estaba como paralizada, terriblemente asustada. Tenía deseos de largarme a correr a más no poder pero me dije a mi misma:” Christianne, este es el premio por haber sido admitida en la pandilla”. No me moví y permanecí en silencio. Sólo que cuando el me pidió que lo acariciara porque me tocaba el turno y me agarró la mano para atraerla hacia él, me liberé y crucé mis manos sobre mis rodillas con firmeza. No me moví y permanecí en silencio.
Finalmente la película acabó. Aliviada, me apresuré para reunirme con Kessi.Le conté todo lo que me había ocurrido y ella me aconsejó que no debía volver a Charly. Ella estaba enamorada de él y por eso era que ella los había invitado para que se reuniera con nosotros. Ella no me lo contó pero me enteré de eso después. Kessi se puso a llorar en pleno Hogar Social porque el no le prestó mayor atención que a las demás chicas. Más tarde, me confesó que en esa época ella realmente loca por él, Charly andaba medio parqueado…
De todos modos, yo logré integrarme a la pandilla. Por cierto me decían “pequeña”. Pero yo lo acepté. Ningún chico intentó tocarme. Se sabía y se admitía que yo era demasiado joven para aquello. En ese aspecto, nuestra pandilla era diferente a la de los alcohólicos. Esos se hundían en la cerveza y el aguardiente. También eran muy duros con las chicas que “tenían modales”. Se mofaban de ellas, las insultaban y las maltrataban. Entre nosotros, aquello no existía. Jamás hubo violencia. Nos aceptábamos los unos con los otros tal como éramos. Por lo demás, rodos nosotros éramos bastante parejos, o al menos, estábamos todos metidos en el mismo bote. No requeríamos de largos discursos para entendernos. Entre nosotros nadie gritaba ni decía obscenidades. Los aullidos de los demás no nos interesaban. Estábamos por encima de ellos.
Aparte de Piet, Kessi y yo, todo el mundo tenía un empleo. Y todos gozaban de la misma sensación: no estaban contentos en su casa ni con sus trabajos. Pero así como los alcohólicos arrastraban su stress al Hogar y se desahogaban de manera agresiva, los muchachos de mi pandilla eran capaces de desconectarse de sus problemas. Cuando acababan su jornada laboral hacían las cosas que les agradaba: fumar droga, escuchar buena música. Así se hallaban en paz. Nos olvidábamos de la mierda que nos había traído el día.
Yo aún no me sentía completamente como los otros. Pienso que era demasiado niña. Pero ellos eran mis modelos. Yo quería parecerme a ellos, aprender de ellos a vivir estupendamente porque ellos no se fastidiaban por estupideces ni por toda la mierda del mundo. De todos modos, ni mis padres ni mis profesores tenían ya influencia sobre mi persona. Lo único que me importaba, aparte de mis animales, era la pandilla. Las cosas de esa manera, la vida en mi casa en mi casa se me hizo insoportable. Lo peor era que a Klaus, la pareja de mamá, le tenía miedo a los animales. Al menos, eso era lo que yo pensaba en aquel entonces.
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Durante el primer período que vivió con nosotros se dedicó a criticar todo sin parar. Decía que el departamento era demasiado pequeño para mantener toda esa colección de fieras. Luego le prohibió el acceso a la sala a mi perro, aquel que me había regalado papá. Entonces yo exploté. Nuestros perros habían sido toda la vida parte de la familia. ¡Y ahora este tipo pretendía ahuyentar a mi perro de la sala!
Eso no era todo: me prohibió que durmiera a un costado de mi cama. Quería_ y lo decía en serio_ que yo le construyese una casa en mi dormitorio, que ya era minúsculo de por sí. Naturalmente, no hice nada de eso.
Después Klaus me asestó el golpe de gracia. Decretó que tenía que deshacerme de todos mis animales. Mi madre se puso de su lado y dijo que yo ya no me preocupaba de éstos. ¡Fue el colmo! Seguramente, cuando yo llegaba, a menudo, tarde por las noches, se veían obligados a sacar el perro. A partir de entonces, consagré todo mi tiempo libre a mis animalitos. Lloré y grité cuando se llevaron a mi perro. Se lo dieron a una señora muy buena y simpática. Pero ella se enfermó de cáncer y no lo pudo conservar. Por lo que entendí, parece que mi regalón fue a parar a una taberna. Era un animal extremadamente sensible y no soportaba los gritos. En un ambiente como ese no iba a sobrevivir mucho tiempo. Yo eso lo sabía muy bien. Si el llegaba a morir sería a causa de Klaus y de mamá. Yo ya no tenía nada en común con aquellas personas.
Todos esos acontecimientos se sitúan en la época en la que empecé a frecuentar el Hogar Social y a fumar hachís. Me quedé con mis dos gatos. En las noches dormían sobre mi cama. Pero durante el día, no me necesitaban. Sin mi perro ya no tenía ningún motivo para estar en casa. No tenía deseos de salir a pasear completamente sola. Esperaba con impaciencia que fueran las cinco de la tarde: era la hora en que abrían el Hogar Social.
En ocasiones, me reunía con Kessi y algunos compañeros de la pandilla justo después de almuerzo y fumaba todas las tardes. Entre nosotros, los que tenían dinero lo compartían con los demás. Por eso no me inquietaba fumar hachís. Por lo demás, en el Hogar Social no se ocultaba nada. De tarde en tarde aparecían los anfitriones que se las daban de moralistas. Pero la mayoría de ellos reconocían que se sentían tentados por fumar. Venían de la Universidad, del movimiento estudiantil en donde se consideraba totalmente normal fumar hachís. Sólo nos decían que no exagerásemos, etc. Y sobretodo, que no pasáramos a las drogas duras.
Esos consejos no nos daban ni frío ni calor. ¿Porque se entrometían esos patanes con nosotros? Ellos también fumaban. ¿Acaso no era así? Uno de los muchachos les preguntó francamente:” ¿Porqué a ustedes no les preocupe que el fumador sea estudiante? Piensan que sabe lo que hace. Pero si les provoca pánico que lo haga un principiante o un obrero. ¿Qué es lo que se han figurado? Sus argumentos no son válidos”.
El tipo no supo qué responder. Eso le debe haber creado un gran cargo de conciencia.
Por mi lado, ya no me contentaba con fumar. Cuando no estaba drogada, bebía vino o cerveza. Aprovechaba mis salidas de clases o en la mañana cuando me iba al colegio. Necesitaba estar todo el tiempo un poco evadida, un poco rodeada de nubes. Deseaba escapar de toda esa mierda de escuela y de esa mierda de casa... La escuela, de todos modos, llegó a fastidiarme completamente.
Físicamente también había sufrido un gran cambio.. Estaba cada vez más delgada porque apenas me alimentaba. Flotaba dentro de todos mis pantalones. Mi rostro
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se había hundido. Pasaba mucho tiempo frente al espejo. Mi nueva apariencia me agradaba. Cada vez me asemejaba más y más al resto de mi pandilla. Al final perdí mi apariencia inocente, mi rostro infantil. Estaba obsesionado con mi físico. Obligué a mi madre que me comprase pantalones ajustados que asemejaran una segunda piel en mi cuerpo y zapatos con tacones altos. Me peinaba con una raya al medio y mis cabellos largos tapaban mi rostro. Quería lucir un aspecto misterioso; nadie debía reconocerme en el día y nadie podía dudar de lo sensacional que era tal como lo demostraba a través de mi nuevo “look”.
Una noche me encontré con Piet en el Hogar Social y me preguntó si yo había realizado un “viaje”.”Por supuesto, viejito” le respondí. Comprendí que hablaba de LSD. Piet sonrió. Me di cuenta que no me había creído. Como había escuchado a varios referirse a su último “viaje”, intenté relatar mi supuesta experiencia haciendo uso de informaciones ajenas. Pero Piet no me creyó absolutamente nada. No lo podía engañar tan fácilmente. Me sentí avergonzada. “Si quieres intentarlo” me dijo “tendré de la buena el domingo. Te convidaré un poco” agregó. Esperé el fin de semana con impaciencia. Cuando me lanzara con el LSD sería igual que los demás. A mi llegada al Hogar Social, Kessi ya se había iniciado en “viajar”.Piet me señaló:” Si estás realmente decidida, te daré la mitad de uno. Será suficiente para la primera vez”. Me pasó un rollo de papel de cigarrillos. Allí encontré un pedazo de comprimido. No me lo podía tragar tal cual delante de todo el mundo. Estaba terriblemente nerviosa. Además, tenía miedo de ser cogida en delito flagrante. Por otra parte quería otorgarle una cierta solemnidad al acontecimiento. Al final, me fui a encerrar al baño y me tragué el asunto.
A mi regreso, Piet dijo que yo había ido a lanzar el comprimido por el W.C
Por mi parte, esperaba con impaciencia que la droga me hiciera efecto para que los demás creyeran que efectivamente me había engullido el comprimido. A las diez, hora del cierre del Hogar, todavía no sentía nada especial. Acompañé a Piet al metro. Nos encontramos con Frank y Paulo, dos amigos suyos. Ellos respiraban una calma extraordinaria. Me agradaron. “Están inmersos en la heroína” me dijo Piet. En ese instante no les presté atención alguna. Estaba ocupada en lo mío. El comprimido comenzaba a hacerme efecto. Tomamos el Metro. A esas alturas, yo deliraba. Estaba completamente volada. Tenía la impresión de estar al interior de una caja de conserva o de alguna mezcolanza junto a una cuchara gigante. El estrépito que hacía el vagón dentro del túnel era espantoso. ¡Insoportable! Los pasajeros tenían unas máscaras horribles. Con eso quiero decir que lucían sus rostros habituales, los muy puercos…Fue entonces cuando los pude ver mejor, que me di cuenta hasta qué punto tenían un aspecto vomitivo, los burgueses de siempre. Debían de venir de regreso de sus asquerosos trabajos. Después verían la tele, de allí a sus camas, y a recomenzar la faena: metro-trabajo-dormir. Yo pensaba para mis adentros:”Tu tienes la suerte de no ser como ellos. De contar con la pandilla. De haber tomado ese asunto que te está permitiendo ver la realidad dentro del Metro. ¡Pobres infelices ! Esas eran las mismas ideas que cruzaban mi mente durante mis siguientes “viajes”. De repente, hoy en día, esas mismas máscaras me inspiran temor. Yo miraba a Piet. El también me pareció más feo de lo habitual, con un rostro minúsculo…pero dentro de todo, conservaba su rostro más o menos normal
Luego llegamos. Estaba contenta de encontrarme afuera. Allí despegué definitivamente. Todas las luces eran de una intensidad increíble. Jamás el sol me había parecido tan brillante como aquel farol que se hallaba encima de nuestras
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cabezas. En el Metro sentí frío. Después me dio mucho calor. Tuve la sensación de estar en España y no en Berlín. Las calles se convirtieron en playas, los árboles en palmeras, como los bellos afiches de la agencia de viajes de Gropius. La luz era deslumbrante. No le comenté a Piet que estaba volada. Mi viaje era tan fantástico que quería realizarlo sola. Piet, que estaba volado también, propuso que fuéramos a la casa de una amiga. Una chica a la que el quería mucho. Era probable que los padres se encontraran ausentes. Nos dirigimos entonces al aparcamiento para comprobar si el auto aún se encontraba allí. Me vino una crisis de angustia. La techumbre del garaje que de por sí era baja, yo la sentía descender más y más…Estaba adquiriendo el aspecto de una bóveda. Los pilares de cemento oscilaban…
El coche de los padres de Piet se encontraba allí.
Piet exclamó con rabia ¡Dios mío! ¿Qué haremos en esta porquería de garaje? Luego, al pensar que yo estaba volada me preguntó:”Dime ahora dónde está el comprimido que tenías” Me miró y al cabo de un rato dijo:”mocosa de mierda”. No he dicho nada. Tienes las pupilas vagamente dilatadas”.
Entonces el mundo se embelleció nuevamente. Me senté sobre la hierba. Una casa, el vecindario, compartían un muro anaranjado resplandeciente. Se diría que el sol se había levantado para reflejarlos. Las sombras danzaban como si quisieran borrarse ante la presencia de la luz. El muro se hundía y de repente pareció que iba a estallar en llamas.
Nos fuimos a la casa de Piet. El tenía un talento de pintor impresionante. Uno de sus cuadros, colgado en su recámara, representaba un esqueleto armado de una guadaña sobre un enorme caballo. Me precipité enfrente del cuadro. No era la primera que lo veía y siempre había pensado que representaba a la Muerte. En esa ocasión, no me produjo miedo alguno. Comencé a sentirme invadida por pensamientos muy ingenuos. Creí que ese esqueleto era incapaz de maltratar a un caballo tan vigoroso. Hablamos largamente acerca del cuadro. Cuando me iba, Piet me prestó algunos discos para “aterrizar”. Entré a la casa.
Mi madre, por cierto, me esperaba. Fue el eterno lío de siempre: qué dónde había estado, que no podía continuar así, etc. La consideré absolutamente ridícula, gorda y grasienta enfundada en su camisa de dormir blanca y su rostro retorcido por la rabia. Como los personajes del Metro.
No abrí la boca. De todos modos, no le hablé más. Justo lo indispensable y sólo frases cortas sin importancia. Ya no quería que me tocara. Yo me figuraba, en aquel entonces, que ya no necesitaba a una madre ni una familia. Ahora vivíamos en mundos completamente diferentes. Mi madre y su pareja por un lado y por el otro estaba yo, completamente sola. Ellos no tenían la menor idea de lo que yo hacía. Pensaban que yo era una niña totalmente normal que atravesaba el difícil período de la pubertad. ¿Y qué podía yo contarles? De todos modos, ellos no comprenderían. Y no hacían otra cosa que bombardearme de prohibiciones. En todo caso, eso era lo que creía. El único sentimiento que albergaba por mi madre era el de compasión. Me apenaba verla regresar del trabajo, estresada y nerviosa, extenuada, para comenzar con las labores domésticas. Pero yo pensaba que eso era por culpa de ellos, los viejos, por llevar una vida tan estúpida…
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LA MADRE DE CHRISTIANNE.
¿Cómo fue posible que no me diera cuenta de lo que le ocurría a Christianne? Me he hecho esa pregunta en numerosas ocasiones. La respuesta es simple: me hizo falta mantener un contacto permanente con otros padres para asumir la realidad. No me quería rendir ante la evidencia de que mi hija se había iniciado en las drogas. Así de simple. Mantuve los ojos cerrados el mayor tiempo que pude.
Mi pareja, _el hombre con el que vivía después de mi divorcio_ estaba sospechoso de la situación hacía tiempo. Pero yo le decía:”Son ideas tuyas. Ella nos es más que una niña”. Ese fue, sin dudas, el error más grande: uno se imagina que sus hijos son incapaces de estar involucrados con las drogas. Yo comencé a preguntarme porque Christianne, evitaba cada vez más el contacto con nosotros, y partía los fines de semana con sus amigos en lugar de realizar cualquier actividad con la familia. Al cabo de un me pregunté a mí misma porque ella actuaba así. Me tomé las cosas muy a la ligera.
Sin duda, cuando uno trabaja, no se preocupa lo suficiente de lo que les sucede a nuestros hijos. Uno ansía conservar la paz y en el fondo está contenta de verlos seguir su propio camino. Por cierto, Christianne llegaba, en ocasiones, con retraso. Pero ella siempre me daba una buena excusa y yo tendía a creer lo que ella me decía. También traté de justificar su creciente rebeldía como algo típico de su edad y pensaba que se le iba a pasar.
Yo no quería ser exigente con Christianne. Personalmente, sufrí mucho en mi adolescencia por ello. Tuve un padre extremadamente severo. En el pueblo de Hesse, en el que nací, era un ciudadano notable, dueño de una cantera. Su educación consistía exclusivamente en prohibir. Si yo tenía la desgracia de hablar con muchachos_ sólo conversar con ellos_, ya era merecedora de un par de bofetadas. Jamás olvidaré la tarde de un domingo en particular. Yo me paseaba con una amiga. Dos muchachos nos seguían, a unos cien metros de distancia. Y de pronto, por casualidad, pasó mi padre por allí. Se detuvo en seco, bajó de su auto, y me dio una bofetada en plena calle, me introdujo en el auto, y me llevó de regreso a casa. Todo eso porque dos muchachos caminaban detrás nuestro. Eso me sublevó. Tenía dieciséis años en esa época y sólo penaba en una cosa: en cómo abandonar Hesse.
Mi madre era una mujer con un corazón de oro. Pero ella no tenía derecho a opinar en estas cuestiones. Yo soñaba con convertirme en una mujer culta, pero mi padre me obligó a realizar estudios de comercio para que así pudiera llevar la contabilidad en su empresa. Fue en esa época que conocí a mi esposo, Richard. El
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tenía un año más que yo y recibía instrucción agraria para dedicarse a la administración de empresas. El también estudiaba para satisfacer los deseos de su padre. Al comienzo, lo nuestro se inició como una relación amistosa solamente. Mi padre decidió impedir que me viese con él. Y mientras más se obstinaba, más me empecinaba yo en contra. suya. Al final de cuentas, no veía más que una solución para conquistar mi libertad: quedar encinta y obligar a Richard a que se casara conmigo.
Tenía dieciocho años cuando esto ocurrió. Richard tuvo que suspender sus estudios y nos fuimos a instalar al Norte, al pueblo en el que vivían sus padres. Nuestro matrimonio fue un completo fracaso. Desde el comienzo, no podía contar con mi marido a pesar de mi embarazo, me dejaba sola durante noches enteras. El sólo pensaba en su Porsche y en sus grandes proyectos. Ningún trabajo le parecía digno de su persona. El quería ser, a toda costa, un individuo destacado. Repetía constantemente que antes de la guerra su familia había sido prominente y que sus abuelos eran propietarios de un diario, de una joyería, de una carnicería y de algunas haciendas.
Aseguraba que el podía perfectamente llegar a tener su propia empresa. En ocasiones, se obstinaba en montar un negocio de transportes, después en la venta de automóviles y también en asociarse con un amigo en un negocio de horticultura. Pero en la realidad, el nunca llegó más allá de los contactos preliminares. Y en la casa, se desquitaba con las niñas. No me atrevía a interponerme porque las pequeñas lloraban. Era yo la que aportaba la mayor parte de los ingresos que requeríamos para subsistir. Cuando Christianne tenía cuatro años encontré un buen trabajo en una agencia matrimonial. En ocasiones, me vi. obligada a trabajar durante los fines de semana_ el contrato así lo establecía_, y entonces Richard me ayudaba. Después de dos años, las cosas marcharon relativamente bien. Luego Richard se disputó con mi jefe y perdí mi trabajo. Richard había decidido abrir una agencia matrimonial a todo vapor. Con sede en Berlín. Nos trasladamos en 1968. Yo esperaba que este cambio de escenario le brindaría una nueva oportunidad a nuestro matrimonio. Pero en lugar de un bello departamento y suntuosos escritorios para atender al público, terminamos aterrizando en uno de dos cuartos y medio del sector Gropius, casi en los suburbios de Berlín. Richard no encontró los medios necesarios para desenvolverse. Todo comenzó a ser como en el principio. Su ira la volcó en las niñas y en mí. Una vez, en uno de esos períodos encontró trabajo en el comercio. En el fondo, el era incapaz de resignarse a ser como los otros habitantes de Gropius: un individuo de la clase media baja.
Yo pensaba a menudo en el divorcio pero me faltaba coraje para tomar una resolución definitiva. La poca confianza en mí misma que me había inspirado mi padre, mi marido se encargó de destruirla.
Felizmente, encontré rápidamente trabajo en Berlín: una vacante de empleada de una oficina que me pagaban mil marcos al mes. El sentimiento de ser considerada, de hacer algo nuevamente, me devolvió las fuerzas. Dejé de aceptar totalmente a mi marido. Comencé a considerar ridícula su megalomanía. Nuestros choques comenzaron a ser cada vez más frecuentes y luego cada vez más violentos. Hicimos varios intentos de separarnos pero nunca resultaron. Aún me sentí muy ligada a él_ quizás porque fue el primer hombre de mi vida. Y también a causa de nuestras hijas. No podía encontrar un par de vacantes en un jardín infantil para las pequeñas, y por otro lado, tampoco podía costear ese gasto. Es por eso que yo estaba tan contenta cuando sabía que Richard estaba en casa de cuando en
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cuando… Así fue como comencé a aplazar mi decisión. Finalmente, en 1973, me sentí lo suficientemente fuerte para reparar en mi error. Fui a ver a un abogado y solicité el divorcio. Aquello que había logrado quería inculcárselo a Christianne: me juré a mí misma desde el día en que nació que no sería necesario que hiciera lo que hice yo para desposarme con el primer hombre y menos para huir de la casa. Debía abrirse paso libremente, sin exigencias. Yo deseaba ser una madre moderna. Lo que ocurrió posteriormente fue que me demostré demasiado permisiva.
Una vez que obtuve el divorcio, tuve que buscar un nuevo departamento para vivir. Richard rehusó trasladarse. Encontré uno por 600 marcos mensuales (con garaje incluido aunque no lo necesitaba porque no teníamos auto). Era mucho para mí pero no tenía otra alternativa. Quería abandonar a mi marido y deseaba, a cualquier precio, que las niñas y yo pudiéramos iniciar una nueva vida.
Richard no tuvo que invertir en una pensión alimenticia. Yo me decía:”Sólo queda una cosa por hacer: tú lo asumiste por lo que trabajarás horas extraordinarias pero las niñas llevarán una vida decente. Entonces ellas tenían diez y once años respectivamente y en toda su infancia no habían conocido más que un departamento mal amoblado con lo estrictamente necesario. Ni siquiera teníamos un sofá decente. Me dolía el corazón el no poder ofrecerles un hogar confortable a mis hijas.
Ahora que me había divorciado deseaba que esa situación cambiase. Quería tener, finalmente, un bonito departamento en el que las tres nos sintiéramos contentas. Para eso trabajaba, para realizar mi sueño. Pero también para poderles comprar de vez en cuando algún dulce a mis hijas, hermosos vestidos, y poder salir a pasear algún fin de semana sin fijarnos en los gastos.
Perseguí ese propósito con obstinación y entusiasmo. Las niñas pudieron tener un bonito cuarto y ellas mismas eligieron los papeles de los muros y los muebles a su gusto. En 1975 pude comprarle un tocadiscos a Christianne. Todo aquello me llenaba de alegría. Estaba tan contenta de poder, finalmente, brindarles algún bienestar a mis hijas.
A menudo, les compraba confites cuando regresaba a casa después de la oficina. A veces, cualquier tontería. Pero yo me sentía tan contenta de poder comprarles cualquier cosa en esas grandes tiendas…Por lo general, se trataba de artículos que estaban rebajados: un simpático sacapuntas, un artefacto corriente, alguna que otra golosina. Ellas se me arrojaban al cuello. Aquello me daba la impresión de que estábamos siempre en Navidad.
Ahora me doy cuenta, por supuesto, de que era una forma de tranquilizar mi conciencia, una compensación a cambio de mi falta de dedicación a ellas. Debí prestar menos importancia al dinero y ocuparme de mis hijas en vez de trabajar tanto fuera de casa.
Hasta la fecha no logro comprender bien mi actitud. ¿Por qué las dejé solas? Los confites no reemplazaban lo demás. Quizás debí haber solicitado un subsidio familiar del gobierno cuando las niñas me necesitaban pero para mi desgracia habría sido criticada por mis padres: ellos se oponían a que uno viviera dependiente del Estado. Por otra parte, quizás debí solicitarle a mi ex -marido una pensión alimenticia para sostener a las niñas- No lo sabía. En todo caso, a fuerza de haber escogido una opción negativa como lo fue el procurar tener una decoración atractiva en mi casa, perdí completamente de vista las prioridades reales. Cambié el sentido real de todas las cosas al punto que siempre me reprocho nuevamente
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que dejé a mis hijas libradas a su propia suerte. Y Christianne, seguramente, necesitaba una guía, un apoyo mucho más sólido. Ella era más inestable, más sensible que su hermanita. Tampoco se me pasó por la mente, en aquella época, que ella había comenzase a rodar por una mala pendiente. Observaba muy bien lo que ocurría a nuestro alrededor, en nuestro barrio, Gropius. Allí había riñas todos los días. Se bebía de vez en cuando y no era extraño ver a un hombre, o a una mujer, o también a un adolescente, perdidamente borrachos y tirados en el piso. Sin embargo, yo pensaba que si uno les daba un buen ejemplo, si les impedía salir, las niñas nos imitarían porque representábamos sus modelos de vida y que todo marcharía bien. Yo pensaba, honestamente, que estaban encaminadas por la buena senda. Por las mañanas, las niñas iban al colegio, al mediodía ellas se preparaban su almuerzo, y en la tarde a menudo iban al club de los ponys. Ambas sentían una verdadera pasión por los animales.
Al cabo de un tiempo, todo funcionaba bien, aparte de algunas escasas escenas de celos entre las niñas y Klaus, mi pareja, que se vino a vivir con nosotras. Yo quería estar un poco disponible para él, además de mi trabajo, la casa y las niñas. El era, en cierto modo, mi tabla de salvación. Pero cometí un grave error: por dedicarme más a él permití que la hermana de Christianne regresara a la casa de su padre. Richard se sintió solo y le prometió un montón de cosas. Por lo tanto, Christianne se empezó a encontrar sola cuando regresaba a casa después del colegio. Comenzó a tener malas compañías. Pero yo no me daba cuenta de nada. Pasaba, a menudo las tardes con su amiga Kessi, lo que me parecía muy razonable para su edad. Y la madre de Kessi controlaba de vez en cuando a las dos niñas. Éramos vecinas y así como Christianne iba a la casa de Kessi, ésta a su vez frecuentaba la nuestra.
Ellas tenían entre doce y trece años, la edad en la cual se empieza a sentir curiosidad por todo, a desear tener experiencias. Tampoco encontré nada que objetarles cuando iban por las noches al Hogar Social, el centro juvenil patrocinado por la Iglesia Evangélica. Yo estaba convencida que entre aquellas personas, Christianne se hallaba en buenas manos. Por eso mismo, ni en mis peores pesadillas habría soñado que allí fumaban hachís. Por el contrario, después de ver a Christianne tan triste después de la partida de su hermana podía apreciar en ella a una adolescente muy alegre. Después de trabar amistad con Kessi se comenzó a reír de nuevo. Se ponían a hablar un montón de tonterías que ni yo podía impedir reírme. ¿Cómo podía haber adivinado que aquella alegría, esas risas tontas, era producto del hachís o de cualquier otra droga?
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CHRISTIANNE.
Mi familia era la pandilla. Con ellos encontré la amistad, la ternura y aquellos sentimientos que se asemejan al amor. Sólo el pequeño beso de recepción me pareció un cuento fantástico. Cada uno le aportaba al otro una pequeña dosis de ternura y amistad. Mi padre jamás supo brindarme tanto afecto. Los problemas en la pandilla no existían. Jamás hablábamos de nuestros problemas. Nadie fastidiaba a los otros con sus problemas familiares o laborales. Cuando estábamos reunidos, toda la porquería del mundo exterior desaparecía. Hablábamos de música y de drogas; algunas veces de trapos y en otras nos referíamos a aquellas personas que eran tratadas a patadas por esta sociedad policial. Considerábamos “correcto” que cualquiera pudiese robar un auto, desvalijar un banco o un departamento.
Después de mi primer “viaje” me sentía una más entre los otros. Fue espectacular. Tuve mucha suerte. Para la mayoría de las personas, el primer “viaje” era desagradable y les provocaba pánico. Pero yo me sentí espectacular… Tuve la impresión de haber aprobado un examen. Y después ocurrieron algunas cosas dentro del grupo. Se empezó a sentir una sensación de vacío. La hierba y los “viajes” ya no nos estimulaban realmente. Estamos habituados a sus efectos y aquello ya no nos provocaba sensaciones especiales, era como permanecer en la normalidad. Nada especial…
Una tarde, un miembro de la pandilla llegó al Hogar y anunció: “Camaradas, traigo conmigo algo que es totalmente nuevo; se llama Efedrina. Un asunto fabuloso. Me tomé dos comprimidos de Efedrina_ era un estimulante_ sin saber lo que estaba tragando. Tomé cerveza junto con los comprimidos porque era lo que estaban haciendo los demás. Tuve que hacer un esfuerzo. Me disgustaba mucho la cerveza porque sentía pánico al ver personas adictas a la cerveza. De repente, en el Hogar comenzó a circular todo tipo de comprimidos. Algún tiempo después comencé a ingerir los Mandrakes_ un poderoso somnífero. Aquella vez, el mundo me pareció maravilloso y mis compañeros de pandilla, encantadores. Durante las semanas siguientes arrasamos con todas las farmacias.
En la escuela las cosas iban de mal en peor. Renuncié a realizar mis deberes escolares. Por las mañanas no estaba nunca lo suficientemente despejada- Pasé de curso. Me preparaba un poco en determinadas materias, como en Letras y en Instrucción Cívica cuando algún individuo lograba interesarme. Pero era justamente en aquellas materias que había aprobado en donde justamente encontraba las mayores dificultades: con los profesores como los compañeros de curso. La manera cómo nos trataban, _ y las formas como se comportaban los muchachos entre ellos, me parecía abominable. Recuerdo como estallé ante un profesor que nos habló acerca del medio ambiente. La clase era absolutamente apática y no le interesó a nadie. No había que tomar apuntes ni nos daban lecciones para estudiar en casa. El bla bla bla del profesor me exasperaba y consideraba que no pasaba la materia que era la que realmente importaba. Fue por eso que en una ocasión exploté y vociferé:” ¿Qué significa la protección del medio ambiente? Es la
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manera en que las personas deberían aprender a vivir armónicamente entre ellas. Es eso lo que deberíamos aprender en esta estúpida escuela: a interesarnos los unos por los otros. Pero, al contrario, cada cual intenta gritar más fuerte que su vecino, trata de ser más poderoso que el otro, y gasta la mayor parte de su tiempo haciendo fechorías para lograr una mejor calificación. Y los profesores deberían preocuparse de lo que ocurre a su alrededor y juzgar a sus alumnos en forma más equitativa”. Así eran las cosas en la escuela. Ocurría lo mismo con las otras clases. Había un profesor al que me gustaba verlo sentado _porque el sólo hecho de verlo de pie me irritaba_ y desde mi asiento, lo insultaba.
La escuela me tenía realmente hastiada. No manteníamos ningún contacto entre los alumnos, no teníamos ninguna relación personal con los profesores. Y la unión entre los alumnos se anulaba porque tomábamos distintos cursos. El objetivo, una vez más, era liquidar al vecino. Nadie le tendía una mano al otro y cada cual velaba por lo suyo propio y basta. Los profesores aplastaban a los alumnos. Ellos sustentaban el poder. Eran ellos los que ponían las notas. Y a la inversa, si caían en manos de un profesor bonachón y que no sabía imponerse, eran los alumnos los que hacían gala de un poderío colectivo.
Yo estaba consciente de aquello pero eso no me impedía molestar en las clases cada vez que se me ocurría. Mis compañeros no entendían que yo lo hacía porque me daba cuenta que el profesor había dicho en ese momento una estupidez cualquiera. Sin embargo, tampoco se daban cuenta cuando yo intentaba hablar en serio, cuando decía que la escuela era una mierda….
En el fondo eso no me importaba mayormente porque mis intereses residían en ser reconocida por los muchachos de la pandilla. Y en la pandilla, toda esa mierda, la competencia, el stress, etc. no existían. Pero al mismo tiempo terminé por sentirme con frecuencia un poco aislada y participaba cada vez menos de las discusiones. De todos modos, siempre hablaban de lo mismo: de las drogas, de la música, el último “viaje” y después se sucedían algunas preguntas respecto del precio de la hierba, del LSD y de diversos comprimidos. Por lo general, me sentía tan deprimida, que no sentía ganas de hablar y sólo aspiraba a estar absolutamente sola en mi rincón.
En el ínter tanto descubrí un nuevo objetivo: la “Sound”.Toda la ciudad estaba repleta de afiches que anunciaban: “Sound, la discoteca más moderna de Europa”. Los muchachos de la pandilla iban con frecuencia pero no admitían menores de dieciséis años y yo recién había cumplido trece. Falsifiqué la fecha de mi nacimiento en el carné de identidad escolar pero igual sentía temor de que no me dejasen entrar. Yo sabía que en la “Sound” existía La Parva, (lugar de encuentro entre drogadictos y revendedores). Allí había de todo, desde hierba hasta heroína pasando por el Mandrake y el Valium.
Yo pensaba que ese sitio estaba repleto de tipos caperuzos. Un lugar fabuloso para una niña como yo que de Berlín sólo conocía sólo el trayecto entre Rudow y el sector de Gropius. Yo imaginaba la “Sound” como un verdadero palacio, deslumbrante por todos los ángulos, con efectos de luces enloquecedoras, y una música genial. Y los tipos más sensacionales estaban allí y que todo en ese sitio era igualmente fuera de serie…
Yo ya había programado muchas veces ir a ese sitio con los otros pero nunca me resultó. En una ocasión, Kessi y yo ideamos un plan de batalla preciso: le diría a mi madre que iba a dormir en la casa de Kessi el sábado por la noche y ella le contó el mismo cuento a la suya, es decir, que dormiría en mi casa. Nuestras madres
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cayeron en la trampa. Una amiga de Kessi llamada Peggy (era un poco mayor que yo) vendría con nosotras. Nos juntamos en su casa para esperar a su novio, Micha. Kessi, con aire de importancia me explicó que Micha se inyectaba heroína. Yo estaba fascinada, impaciente por conocerlo. Era la primera vez que iba a conocer a alguien que yo supiera en forma fehaciente que se inyectaba.
Micha llegó. Me impresionó muchísimo. Lo encontré más atractivo que a los chicos de mi pandilla. De repente, nuevamente me afloró el complejo de inferioridad. Micha nos trató con mucha condescendencia. Me consolé pensando que sólo tenía trece años y que ese Yunki (así les decían a los tipos que ingerían drogas duras) era un individuo extraño, y además mucho mayor que yo. Sin duda, me sentía muy inferior a él. Micha murió algunos meses más tarde.
Tomamos el Metro hasta la estación Kürfunstenstrasse. En esa época, eso significaba para mí un largo trayecto. Me sentía muy alejada de casa. El lugar tenía un aspecto deprimente. Estaba lleno de chicas con aspecto de vagabundas. No tuve duda alguna del los sitios en los que se desempeñaban….Vimos también a unos tipos que caminaban con un tranco muy lento. Peggy dijo que eran revendores. Si alguien me hubiese dicho que en un tiempo más caminaría ese trayecto hacia la horrible Kürfunstrasse´, y que lo haría a diario, habría pensado que estaba demente.
Nos fuimos a la “Sound”. Cuando me encontré en el interior, casi me fui de espaldas. Nadie me contó ni imaginé nunca lo que vi. “La discoteca más moderna de Europa” era un subterráneo, con un techo muy bajo, sucia y ruidosa. La gente brincaba en la pista de baile y cada uno bailaba por su cuenta. Un grupo de imbéciles que no tenían ningún contacto entre ellos. El lugar olía mal y había olor a vino en el ambiente, en general. De vez en cuando, un ventilados, removía los efluvios…
Me senté en un banco y no me atrevía a moverme. Tenía la impresión de ser observada, que todo el mundo tenía la impresión que yo no tenía nada que hacer allí. Kessi entró apresuradamente al baño. Ella corría de derecha a izquierda en busca de un súper mino. Dijo que nunca había visto tantos minos juntos. Yo estaba como petrificada. Los otros andaban premunidos de alguna droga y tomaban cerveza. Yo no quise tomar nada. Pasé toda la noche delante de dos jugos de frutas. Si me hubiera escapado habría regresado a mi casa., pero no podía hacerlo. Mamá pensaba que yo dormía en la casa de Kessi. Esperé hasta las cinco, hora del cierre. Durante un instante deseé que mi madre se enterase de todo y que me viniera a buscar. Si de pronto hubiera podido verla a mi lado….Luego me dormí. Las otras me despertaron. Eran las cinco de la madrugada. Kessi dijo que regresaría con Peggy. Tenía un espantoso dolor de estómago. Nadie se preocupó de mí. Completamente sola, me encaminé a la Kürfurstentrasse para dirigirme a la estación del metro., a las cinco de la mañana. El metro estaba repleto de borrachos. Sentí deseos de vomitar.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan contenta de abrir la puerta del departamento y de ver salir a mi madre salir del cuarto para acostarse. Le dije que Kessi se había despertado muy temprano y que yo había regresado para poder dormir a pierna suelta hasta más tarde. Cogí a mis dos gatos y los llevé junto conmigo hasta mi cama y me acurruqué bajo los cobertores.”Christianne”, me dije a mi misma, “esto no es para ti. Te equivocaste de camino”.
Me levanté al mediodía, todavía media atontada. Deseaba hablar con alguien acerca de lo que me había ocurrido. Entre los chicos de la pandilla, nadie me
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comprendería… Eso ya lo sabía. No podía conversar de aquello sino que con mi madre. No sabía cómo comenzar. Le dije: “Escucha, mamá, ayer en la noche fuimos con Kessi a la “Sound”. Mi madre me miró horrorizada. Le dije:”No es tan terrible. Es un centro nocturno enorme. También hay un cine”.
Por su lado, mi madre me dirigió uno de sus habituales reproches. Esperé que me hiciera preguntas. Pero mamá no me hizo ninguna.
Ella estaba estresada nuevamente porque ese domingo al mediodía tuvo que asear, cocinar y discutir con Klaus. No tenía ganas de trenzarse en una discusión conmigo. Quizás, ella tampoco quería enterarse realmente de lo que ocurría.
Yo no tenía valor para hablar. Por otra parte, yo no estaba totalmente consciente de tener deseos de hablar. En aquel entonces, no tenía conciencia de nada, vivía de acuerdo a mis estados de ánimo, jamás pensaba en el mañana ni hacía proyectos. ¿Qué proyectos podía tener? No hablábamos nunca del futuro.
Al fin de semana siguiente, Kessi vino a pasar la noche a mi casa, tal como habían convenido nuestras madres. La arrastré hasta mi casa. Estaba completamente volada. Yo también había tomado algo pero todavía no se me hundían los ojos. Kessi se plantó en la mitad de la calle y se extasió al contemplar que dos autos alcanzaron a frenar justo delante de ella. Me vi obligada a arrastrarla a la vereda para que no la aplastaran. La deposité luego en mi cuarto. Pero mi madre, por cierto, se puso en estado de alerta de inmediato.
Kessi y yo tuvimos la misma alucinación: mi madre estaba demasiado gorda para penetrar en la habitación. Y permanecía inmovilizada en el umbral de la puerta. Aquello nos provocó un ataque de risa que nos impedía parar de hacerlo. Veía a mi madre transformada en un dragón._ un robusto dragón bonachón_ con un hueso en la cola a modo de decoración. Estábamos dobladas en dos de la risa y mi madre reía alegremente con nosotros... Debió pensar: “Estas dos chicas están enfermas de la risa”.
De allí, todos los sábados iba a la “Sound” con Kessi. Al comienzo, yo simplemente la acompañaba porque de lo contrario no sabía qué hacer los sábados por la tarde. Y, poco a poco, me habitué a la “Sound”. Se lo conté a mi madre quién estuvo de acuerdo siempre que regresara con el último viaje del metro.
Hasta allí todo iba bien hasta una tarde de un sábado veraniego del año 1975. Habíamos decidido pasar toda la noche en la “Sound” y _ como de costumbre_, ambas mentimos al decir que la una se iba a alojar en la casa de la otra. Eso funcionó siempre bien porque ninguna de las dos teníamos teléfonos en nuestros domicilios. Por lo tanto, ninguna de ambas madres podía espiarnos. Nos fuimos al Hogar Social donde se consumieron diez botellas de vino y después hicieron una mezcla espantosa de drogas. Kessi engulló además algunas cápsulas de Efedrina y en cierto momento se largó a llorar. Yo ya conocía esa canción. La Efedrina, en algunas ocasiones, provoca crisis de remordimientos. Sin embargo, cuando noté que Kessi había desaparecido, me sentí desfallecer. Tenía una vaga idea en dónde la podría encontrar y me largué en dirección al Metro. Estaba bien. Dormía estirada encima de un banco. En el suelo había un cucurucho de papas fritas, que se habían deslizado por su mano caída. Antes de que lograse despertarla se detuvo un carro del metro y de allí descendió la madre de Kessi. Ella trabajaba en un sauna y entraba alrededor de las diez de la noche. Descubrió a su hija que estaba durmiendo supuestamente en mi casa. Le propinó un par de bofetadas: una a la derecha y la otra a la izquierda. Se escuchó cómo restallaban. Kessi se despertó con
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vómitos. Su madre la agarró de un brazo_ la saco al más piro estilo policial_ y se la llevó consigo.
Este par de bofetadas que se brindaron en la estación del Metro sirvieron para dos cosas. Si no hubiera sido por éstas, Kessi habría aterrizado antes que yo en los escenarios de las drogas duras como la Estación Zoo del Métro y en la práctica del prostitución infantil. Además, no habría estado en condiciones de aprobar el bachillerato.
A Kessi le prohibieron volverme a ver para siempre y de allí en adelante la encerraron en su casa todas las noches. Después de algún tiempo, volví a sentirme muy sola. La pandilla no me aportaba gran cosa. Continuaban reuniéndose en el Hogar Social por las noches pero yo no me podía imaginar los sábados por la noche sin la “Sound”.Cada vez la encontraba más genial y admiraba a las personas que allí acudían. Ellos eran ahora mis ídolos. Ellos eran más perversos que los muchachos de la pandilla, que después de todo, no metían jamás sus narices fuera de la zona Gropius. Ahora estaba casi siempre parqueada. Kessi recibía cien marcos para su mesada y eso nos alcanzaba para comprar hierba y comprimidos. En lo sucesivo, debía encontrar la forma de obtener dinero por mi cuenta, porque lo necesitaba para “volar”.
No tenía con quién ir a la Sound y empecé a partir hacia allí completamente sola. Al viernes siguiente del lío de las bofetadas, fui a la farmacia a comprar una caja de Efedrina_ ese fármaco lo vendían sin receta. Ya no me bastaban dos comprimidos. Ahora necesitaba cuatro o cinco. Me detuve en el Hogar Social para mendigarle a alguien que me comprara una bebida semi-alcohólica y me largué hacia el Metro.Ya no pensaba más en Kessi y desde allí en adelante, no pensé en nadie más. Flotaba en un mundo extraño y fantástico. Me alegraba muchísimo cuando en cada estación íbamos recogiendo clientes para la “Sound”. Se notaba de inmediato: presentación esmerada, cabellos largos, botas con tacones de diez centímetros. Aquellos eran mis ídolos, los ídolos de la “Sound”. Nunca más tuve temor de dirigirme hasta allí.
En la escalera de la “Sound” me tropecé con un chico. Me miró y murmuró algo. Lo encontré súper atrayente. Era alto, delgado, con cabellos largos y rubios y con un aspecto extraordinariamente calmo. Permanecimos en la escala para iniciar una conversación. Me sentía increíblemente bien. Nos entendíamos increíblemente bien, cada frase nos aproximaba, nos gustaba la misma música, hacíamos los mismos “viajes”. Se llamaba Atze. Fue el primer chico que encontré realmente sensacional. Para mí, ese fue el primer flechazo y era la primera vez en mi vida que sentía un sentimiento tan importante por un hombre. Atze me presentó a sus amigos. Era una pandilla espectacular, realmente una maravilla. Partí de inmediato al baño. Ellos se quedaron conversando acerca de drogas y los nuevos métodos para “aterrizar” y diferentes maneras de realizar “buenos viajes”. Yo sabía tanto como ellos aparentaban saber. También hablaron de heroína. Estuvieron de acuerdo en reconocer que era una porquería y que era preferible volarse los sesos que involucrarse con esa porquería. Entonces dije:” las inyecciones de heroína son para los vulnerables.” Después hablamos de trapos: cómo se podían angostar los jeans. También pude opinar acerca de ese asunto. Adelgazaba tanto que todas las semanas me tocaba estrechar mis pantalones. Los jeans ultra apretados pasaron a constituir una suerte de marca de fábrica para los clientes de la “Sound”. Fue por eso que les pude contar algunos trucos: enangostar pantalones era el único trabajo manual que sabía realizar.
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La pandilla me adoptó de inmediato sin que tuviera que hacer el menor esfuerzo por lograrlo. Y me sentía con tal confianza en mí misma, tal calmada, que ni yo misma lo podía creer.
Había otro chico en la pandilla al que encontré muy simpático. Se llamaba Detlev. Era muy diferente de Atze, muy dulce, con la cara muy tierna porque aún conservaba su rostro infantil. En la pandilla le decían “ el bañista”. Tenía 16 años. Yo hablaba en forma muy espontánea cuando conversaba con él. En aquella época el tenía una novia. Ella era una chica me caía podrida. Se llamaba Astrid. Tenía clase. Y cuando contaba una anécdota todos se doblaban en dos de la risa. Siempre decía lo preciso y lo conciso. Y yo la admiraba por ello. Había sólo un tipo del que había que desconfiar: Blacky. Podía ser muy hiriente si se lo proponía. En una ocasión le comenté que mientras “viajaba” en el Metro me había puesto a jugar con un bebé que parecía un verdadero ángel. Blacky de inmediato emitió un comentario retorcido.. Había que poner mucha atención en lo que se decía delante de él. Había otro muchacho que tampoco me gustaba mucho: era medio rastrero y no podía dejar de compararlo con Charly. No lo podía tolerar. Sin embargo, los chicos mencionados no constituían ni la mitad de esta nueva pandilla.
Estuvimos conversando toda la noche y de a momentos nos arrancábamos para ir a un fumar un pito. Cuando cerraban la “Sound” nos íbamos a pasear a la Kúrfurstenstrasse. Cuando regresaba en el Metro, me sentía inundada de bondad. Aterrizaba muy dulcemente, sentía una agradable sensación de cansancio, y por la primera vez en mi vida, sentí que estaba enamorada.
De allí en adelante, vivía para esperar los fines de semana.
Atze era tierno, lleno de atenciones. En nuestro tercer encuentro en la “Sound”, el me besó y yo le devolví su beso. Eran besos muy castos. Yo no deseaba llegar más lejos .Atze lo notó sin que fuera necesario hablar más sobre el asunto. Esa era la gran diferencia que existía entre los alcohólicos y los drogadictos La mayor parte de los drogadictos son muy sensibles ante los sentimientos ajenos, al menos, eso ocurría entre los miembros de mi nueva pandilla. Los alcohólicos, cuando atracaban, se arrojaban encima de las chicas. Lo único que deseaban era tener sexo. Nosotros no, nosotros teníamos ideas totalmente diferentes acerca de las cosas importantes.
Atze y yo éramos como hermano y hermana. El era mi hermano mayor. Caminábamos siempre juntos y andábamos del brazo. Eso me daba la impresión de estar protegida. Atze tenía dieciséis años, era aprendiz de vidriería y detestaba su oficio. El tenía ideas muy precisas acerca de cómo debía ser una chica excepcional. Para complacerlo, cambié de peinado y en una tienda usada me compré un abrigo (el tenía un sobretodo). Un abrigo maxi con una rajadura en la parte trasera.
Ya no me podía imaginar la vida sin Atze.
Dejé de regresar a casa cuando cerraban la “Sound” porque me quedaba con los amigos de la pandilla. Volábamos o aterrizábamos juntos y paseábamos durante la mañana del domingo por la ciudad. Íbamos a exposiciones, al zoológico, o caminábamos por la Kúrfurstenstrasse. En ocasiones, permanecíamos juntos durante todo el domingo. Le conté a mi madre lo que había ocurrido con Kessi, pero me inventé un par de compañeras que supuestamente me alojaban en las noches durante los fines de semana. Tenía una desbordante imaginación para relatarle a mi madre cómo y con quienes compartía los wikenes…Durante la semana me reunía siempre con la antigua pandilla en el Hogar Social. Pero los sentía un poco distanciados, con un aire misterioso. A veces, les hablaba de mis
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aventuras en la “Sound”. Yo creía que ellos me admiraban. Había hecho mayores progresos que ellos. Había avanzado un poco más allá en la aproximación al infierno, pero aún no estaba consciente de ello.Y desgraciadamente, varios de mis compañeros del Hogar me siguieron los pasos.
En la “Sound” había todo tipo de drogas. Yo consumía de todo menos heroína: Valium, Efedrina, Mandrake. También probaba un montón de mezclas y por lo menos dos veces a la semana, me compraba algo que me permitiera “viajar”. Engullíamos estimulantes y barbitúricos por puñados. Todo esto liberaba un combate descarnado dentro de nuestros organismos y por ello era que nos provocaban unas sensaciones tremendas…Uno podía escoger el estado anímico que deseaba disfrutar: bastaba con tomar unos tranquilizantes o estimulantes demás, según fuera el caso. Si yo deseaba estar de ánimo festivo en la “Sound”, y con ganas de bailar, me inclinaba por la Efedrina. Si prefería estar sentada tranquilamente en mi rincón o ver un film en el cine de la “Sound” tragaba Mandrakes y Valiums... Al cabo de algunas semanas flotaba en las nubes a causa de mi buen humor. Justo hasta un espantoso domingo. Al llegar a la “Sound”, me encontré en una escalera con Uwe, un chico de la pandilla. El me dijo:” ¿Sabías que Atze abandonó su trabajo?” Silencio, y agregó: “Ahora viene aquí todas las noches”. Noté que Uwe tenía una voz extraña e intuí de inmediato: debe tener otra chica…
Luego pregunté: “¿Qué es lo que pasa?”
Uwe me respondió:”Tiene una pareja: Moni”
¡Qué impacto! Me quedaba una esperanza: podía ser una falsedad, Bajé a la discoteca. Atze estaba allí totalmente solo. Nada había cambiado, me abrazó y después guardó mis cosas en su casillero. En la “Sound”, las provisiones se guardaban siempre en un casillero, o de lo contrario, a una la desvalijaban.
Más tarde llegó Moni. Yo jamás le había visto puesto atención antes. Se sentó en forma muy natural junto a nosotros. Ella era parte de la pandilla. Me distancié un poco y me dediqué a observarla.
Era muy diferente de mí, bajita, regordeta, siempre sonriente. Ella era muy maternal con Atze. Yo me repetía:” No es cierto. No es posible. El no me quiere dejar por esta gorda idiota.” Tuve que hacer un gran esfuerzo por reconocer que ella tenía un rostro muy lindo y bellos cabellos rubios, muy largos. Yo me decía: “podría ser que el necesite una chica como: maternal y siempre de buen humor.” Poco a poco me empezó a invadir otra sospecha:” Atze necesita una chica que acepte acostarse con él. Esa Moni es de ese tipo.”
Yo estaba perfectamente lúcida. Por otra parte, esa noche no tomé nada. Cuando ya no pude soportar más el verlos juntos, me fui a desquitar sobre la pista de baile. A mi regreso, ya habían desaparecido. Los busqué como una loca por todas partes. Los encontré en el cine. Estrechamente abrazados.
Me uní a los demás sin saber mucho lo que hacía. Todos comprendieron lo que me ocurría. Detlev pasó su brazo alrededor de mis hombros. No quería llorar. Siempre pensé que era tremendamente ridículo llorar enfrente de la pandilla ¿porqué ridículo? No lo sé. Pero cuando sentí que ya no podía contener las lágrimas, me precipité hacia fuera. Atravesé la calle y me oculté en un parque que estaba enfrente de la “Sound”. Lloré como mala de la cabeza.
De repente, noté que Detlev estaba a mi lado. Me pasó un pañuelo de papel y también otro, después. Estaba demasiado preocupada por mi dolor para notar su presencia. Sólo mucho más tarde me pude dar cuenta lo gentil que había sido al ir en mi búsqueda…
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No quería volver a mirar a Atze. No habría podido soportar mirarlo a los ojos mientras lloraba delante de todo el mundo por su culpa. Pero Detlev me llevó de regreso a la “Sound”. De todos modos, era bueno que regresara a la “Sound” porque Atze tenía la llave del casillero en donde había guardado mis cosas. Decidí ir entonces al cine para pedirle la llave. Pero no tenía el valor para quedarme allí después de recuperar mis cosas. Detlev no me abandonó en ningún momento.
Pasaron casi dos horas. Había perdido el último tren. Plantada delante de la “Sound”, no sabía hacia dónde dirigirme. Tenía unas enormes ganas de evadirme. Lo necesitaba. Pero no tenía un cobre. En eso pasó un muchacho de mi pandilla del Hogar Social: Pantera. Yo sabía que el vendía LSD y que siempre tenía mercadería de la mejor calidad. Le pedí que me diera la cantidad necesaria para pegarme un “viaje”. El me pasó un cristal _ de calidad “extra”_ sin preguntarme el porqué tenía una necesidad tan absoluta de realizar un viaje a semejante hora.
Después decidí bajar a bailar. Bailé durante casi una hora y me moví como una loca. Pero no lograba emprender vuelo. Pantera debió de haberme tomado el pelo. Afortunadamente, habían varios compañeros del Hogar Social esa noche en la “Sound”. Quería ver a Piet para contarle lo que me había ocurrido esa noche con Atze. Pero Piet también andaba volado con LSD y su mente estaba en otra esfera. Se contentó con decirme: “Olvídalo, mocosa” “No era para ti” y otras frases por el estilo.
Me comí un flan de vainilla mientras me repetía a mí misma: “Al final, uno siempre está sola. La vida es una porquería”. Me apresuré para ir a buscar mi vaso y recuperar la contraseña_ en la “·Sound toda la vajilla tenía una contraseña porque se la robaban_ y de repente sentí una iluminación. Fue como un relámpago: me sentí deslumbrada por la animación y la agitación fenomenal del ambiente. Me levanté y me puse a bailar hasta la hora del cierre.
Afuera me reencontré con los muchachos de la pandilla y también estaban Atze y Moni. No me importó en lo más mínimo. Atze se llevó a Moni a su casa. Nosotros nos dirigimos hacia el Zoológico. Alguien sugirió que podíamos “aterrizar” en una pista de patinaje del Europacenter. La noche estaba tibia., había llovido y el hielo estaba cubierto de agua. Me deslicé en aquella agua imaginando que caminaba sobre el mar. Escuché un brusco ruido de vidrios quebrados: los muchachos habían irrumpido en la jaula de vidrio del cajero... Uno de ellos atravesó el vidrio partido, abrió un cajón y nos arrojó un cartucho con monedas. Antes de percatarnos bien de lo que estaba ocurriendo, todo el mundo se echó a correr. Incómoda, con mis tacones altos, caí cuán larga sobre el hielo. Estaba empapada. Detlev me esperaba y me cogió de la mano.
Cuando llegamos al Café Kranzler, procedimos a repartirnos el botín. A cada uno le correspondió su parte. Eso le encontré genial. Todos estaban locos de alegría. A causa del dinero que robamos a los guardias privados que vigilaban el Europacenter, nos tuvieron el ojo puesto durante un buen tiempo... No se repartió el cartucho con las monedas sino que se abrió y se lanzaron las monedas al aire. Las monedas llovían delante de Café Kranzler. El suelo también quedó cubierto con éstas.
Nos fuimos a la estación del Zoo donde ya había abierto un bar. Aquello me produjo una pésima impresión. Era la primera vez que ponía mis pies en la Estación Zoo. Era repugnante, llena de pequeñines, sucios y muy pobres que estaban revolcados en vómito, borrachos, en todos los rincones. Por cierto que no
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me imaginé nunca que a partir de entonces y durante muchos meses, yo iba a pasar todas las tardes rodeada por aquel entorno.
Alrededor de la seis, decidí regresar a casa. Una vez en mi cama estuve a punto de sufrir un freak-out (un mal “aterrizaje “producto de la drogadicción) por primera vez en mi vida. Yo había colgado un poster en el muro en el muro que representaba a una negra que estaba fumando un pito. En un rincón de la imagen, abajo, había una pequeña mancha azul. Al ver cómo esta se metamorfoseaba en una máscara que hacía gestos para luego transformarse en una verdadera cabeza de Frankenstein. Sentí pavor. Resolví, y justo a tiempo, concentrar mi espíritu en otra cosa.
Me desperté al mediodía, muy tensa, insensible, como muerta. Todo lo que se me ocurrió pensar fue:” Te va a tocar andar coja porque tu primer noviecito te abandonó muy pronto”. Me miré en el espejo. Me odiaba a mí misma. Hasta el día anterior había considerado que mi rostro era estupendo, misterioso, precisamente tenía el aspecto de una chica audaz, que se sabe manejar. Aquel día tenía un aspecto absolutamente siniestro, las ojeras negras bajo mis ojos parecían estar recubierto de hollín. Estaba lívida.
Me dije:”Christianne, la “Sound” se acabó. No puedes seguir aparentando ante Atze y su pandilla”. Durante los días siguientes, me esforcé por matar en mí todo sentimiento por los otros. No tomé más comprimidos ni probé el LSD. Me fumaba un pito de tras del otro y durante todo el día tomaba té mezclado con hachís. Al cabo de algunos días me volví a sentir estupendamente. Me propuse no amar a nadie excepto a mí misma. Pensaba que de allí en adelante sería la dueña de mis sentimientos. No quería regresar nunca más a la “Sound”.
La noche del sábado siguiente viví la noche más larga de mi existencia. Me quedé en casa por primera vez, después de mucho tiempo. Era incapaz de ver televisión y tampoco podía dormir. No tenía drogas para “viajar”, me rendí ante la evidencia de que no podía vivir sin la “Sound” y mis amigos. Sin ellos, la vida me parecía totalmente vacía.
Después que decidí regresar a la “Sound” me sorprendí esperando con impaciencia el fin de semana. Interiormente, me estaba preparando para regresar a la “Sound”. Ensayé diferentes peinados para decidir finalmente no peinarme en forma sofisticada. Consideré que de esa manera tendría un aspecto más misterioso.
El viernes opté por tomarme unos Valiums con un poco de cerveza. Antes de ir a la “Sound” me tragué un Mandrake. Así, no tendría miedo de Atze ni de sus compañeros. Estaba apenas consciente. Me puse un gran sombrero de tela de jean, me senté en una mesa, coloqué mi cabeza debajo y dormí casi toda la noche.
Cuando desperté, Detlev había retirado mi sombrero de mi rostro y me acarició los cabellos. Me preguntó qué me ocurría. Le respondí: “Nada”. Me mostré muy distante, pero lo encontré extraordinariamente amable por ocuparse de mí de esa manera.
Para el wikén siguiente estuvimos casi todo el tiempo juntos. Ahora tenía una nueva razón para ir a la “Sound”: Detlev.
No fue un flechazo como con Atze. Al comienzo estábamos juntos mientras permanecíamos en la “Sound”. Conversábamos como locos. Me llevaba muy bien con Detlev pero todo era muy diferente a lo que había conocido a través de Atze. Ninguno era superior al otro ni intentaba imponer su propio punto de vista. Con Detlev yo podía hablar de todo, sin pensar que el explotaba mis puntos débiles. Por otra parte, lo encontré muy simpático desde nuestro primer encuentro. Claro que
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no era un tipo fuerte como Atze pera era muy tierno, transparente. Así fue cómo me comencé a dar cuenta, poco a poco, que mi amistad con Detlev me aportaba mucho más que mi relación con Atze. Aunque yo estaba a la defensiva_ yo nunca más iba a depender de un muchacho_ cada semana empecé a quererlo más y más. Y un día me vi obligada a reconocer que estaba enamorada de Detlev. Por siempre y para siempre.
Me transformé en una chica calmada. Eso tenía que ver con el hecho de que casi no tomaba estimulantes aunque de vez en cuando me tomaba unos tranquilizantes. Perdí toda mi vivacidad. Dejé de bailar. Sólo lograba agitarme un poco cuando no podía encontrar un poco de Valium.
Supongo que fui más agradable en la convivencia con mi madre y su pareja. No contestaba, no peleaba, no me oponía a nadie. Había renunciado a cambiar mi comportamiento en casa. Y constaté que eso simplificaba la situación.
Para la Navidad de 1975_ tenía trece años y medio_ yo pensaba que gracias a mi resignación ahora tendría derecho a renovar las relaciones con mi madre (aparentemente congeladas) para que ella pudiese tener acceso a una parte de la verdad. Le expliqué, entonces, que ya no iba a dormir siempre a la casa de Kessi, que había optado por pasar las noches en la “Sound” durante los últimos fines de semana cuando no alcanzaba a coger el último tren del metro. Naturalmente, su reacción fue violenta y me regañó. Le dije que resultaba mejor pasar de vez en cuando una noche en una discoteca y regresar sabiamente a casa después, que aquello era mucho mejor que lanzarme a la vida como tantas otras chicas del sector Gropius. Le dije que era mejor que ella estuviera al corriente y supiese dónde me encontraba a que yo me viera forzada a contarle mentiras. Ella se tragó todo ese cuento. En honor a la verdad, yo no tenía muchos deseos de poner a mi madre al corriente de lo que ocurría en mi vida. Pero aquello de estar contando mentiras en forma permanente me tenía con los nervios de punta. Por otra parte, cada vez me resultaba más difícil inventar historias que resultaran convincentes. Precisamente, esa fue una de las razones de “mi confesión”._ no encontraba ningún pretexto para irme la noche de Navidad y del Año Nuevo a la “Sound”. Mi madre me permitió salir todas las tardes durante el período de las fiestas. Yo misma estaba estupefacta. Es cierto que yo no conté cómo era realmente la “Sound”: un sitio correcto donde una adolescente no arriesgaba_ absolutamente nada_, y, por otra parte, todos mis amigos tenían permiso para ir allí. Además, le di a entender que ella debía darme un día de asueto a la semana y así yo podía vivir en paz en mi hogar.
En el ínter tanto, en la “Sound”, todo cambió. La heroína había causado estragos en forma violenta. En nuestra pandilla no se hablaba al respecto... En el fondo, todo el mundo estaba en contra ya que se habían visto suficientes personas demolidas por la heroína. Eso no impidió que algunos tarados la probaran una y otra vez. Y la mayoría, después de la primera inyección, quedaban enganchados. La heroína destruyó nuestra pandilla. Los que se inyectaban pasaron a formar parte de otro grupo.
La heroína me inspiraba un santo temor. Cuando me sentía tentada por probarla me recordaba a mi misma que tenía trece años. Pero nuevamente comencé a sentir consideración por aquellos que se inyectaban. Ellos pasaron a constituirse en modelos de tipos más valientes, más audaces. Estos eran los yunkis y comenzaron a mirarnos con gran menosprecio. Para ellos, el hachís era droga para bebés. Me deprimía pensar que yo nunca pasaría a formar parte de ellos, que
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las drogas duras que ingerían no eran para mí. No había ninguna posibilidad de promoción porque esa droga me repugnaba profundamente: era como llegar al fondo del abismo. Lo que hizo que desistiera de la pandilla sin mayor objeción fue que contaba con Detlev. Los otros no contaban para nada porque la relación entre Detlev y yo cada vez funcionaba mejor. Un domingo, a comienzos de 1976, lo llevé a casa. Sabía que mi madre y su pareja se encontrarían ausentes. Cociné para Detlev y le preparé un verdadero banquete. Nos sentamos en la mesa y almorzamos, como le correspondía a una pareja de veras. Lo pasamos realmente estupendo.
Después de aquella ocasión, no dejé de pensar en Detlev toda la semana. Esperé con impaciencia el día viernes y el momento de reencontrarlo en la “Sound”. Llegué súper contenta y sin haber consumido ninguna droga antes. Detlev estaba emparejado con una chica que tenía aspecto de náufrago. Me senté al lado de ellos pero Detlev apenas me miraba. Estaba bastante ausente. En un momento pensé que me volvería a pasar lo mismo que con Atze. Pero ese idiota no me iba a plantar por esa morcilla viciosa…
Por de pronto, no se hablaban entre ellos y sólo intercambiaban una que otra frase incoherente. Lo único que comprendí es que hablaban de heroína. Y de súbito caí en la cuenta. Detlev le estaba pidiendo heroína o ella le estaba solicitando que le consiguiera una dosis a ella. Algo así. Sentí un pánico espantoso. Y aullé literalmente:” ¡Muñeco de mierda! ¡Estás totalmente trastornado! ¡Tienes dieciséis años y sin embargo ya te quieres inyectar! “
El no tenía deseos de escuchar. Yo proseguí:” ¡Mándate tres viajes de una vez! Yo te los conseguiré, pero no te metas en líos, te lo imploro.” Le supliqué suave y dulcemente. El reaccionó peor aún, con gran indiferencia. Y fue entonces que cometí un error garrafal_ ahora que lo recuerdo bien. Estaba tan aterrada que volví a gritarle: “¡Si te inyectar se acabó todo entre nosotros! Tienes el campo libre. No quiero verte más”. Después me levanté y me fui a bailar. Me moví como una idiota. No debí hacer ese espectáculo. Debí esperar a reencontrarme con él y hablar calmadamente. Yo ejercía influencia sobre él. Y sobretodo, no debí dejarlo sólo, ni un segundo, porque el ya estaba volado…
Dos horas después, alguien me dijo que Detlev y Bernd, su mejor amigo, se habían inyectado una pequeña dosis. Primero habían inhalado y después se inyectaron.
Volví a ver a Detlev en el transcurso de la noche. El me sonrió, _ una sonrisa que parecía desde muy lejos. Tenía un aspecto muy alegre… Tampoco intentó acercárseme. Y yo no quería estar junto a él. Fue peor que aquella noche en que perdí a Atze. Detlev se fue. Partió a un mundo que no era el mío. De un plumazo, a causa de una inyección, ya no existía nada en común entre nosotros.
Yo continué frecuentando la “Sound”. Detlev encontró pronto una nueva pareja. Se llamaba Angie. Era horrible y despojada de sentimientos. Pude constatar que entre ellos no existía contacto alguno. Jamás vi. a Detlev hablarle. Pero ella se inyectaba. Detlev iba a verme de vez en cuando pero se comportaba como un extraño. Por lo general aparecía cuando necesitaba cinco o seis marcos para inyectarse. Cuando tenía dinero se lo daba.
Los domingos por la mañana eran siniestros. Me arrastraba hacia el metro pensando:”Todo esto es una buena mierda”. Ya no supe quién era yo. No sabía porqué iba a la “Sound”, porqué me drogaba, porqué debería intentar hacer otra cosa_ no sabía absolutamente nada de nada, en que mundo vivía_… El hachís no me
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aportaba gran cosa. Cuando aterrizaba me encontraba en un aislamiento total, incapaz de hablarle a nadie de lo que me sucedía. Pero como ya no tenía a Detlev a mi lado de vez en cuando, comencé a acercarme más a los otros. Y cada vez consumía mayor cantidad de comprimidos.
Un sábado en el cual me encontré con dinero en el bolsillo llegué más lejos. Como estaba completamente bajoneada, me tomé tres Captagon, dos Efedrinas, algunos comprimidos de “coofies” (de cafeína) y los mezclé con una buena cantidad de cerveza. Como no me surtieron el efecto deseado, pesqué un Mandrake y una buena dosis de Valium y me los zampé. Todavía no sé cómo regresé a casa esa noche. En todo caso, me resbalé en alguna parte en un vagón del metro camino a casa. Vi unos peldaños delante de una tienda, me arrastré hacia allí, estaba extenuada. Al cabo de un rato, logré levantarme apoyándome en todo lo que pillé. De un farol a un árbol, de un árbol, al próximo farol, y así sucesivamente. El trayecto me parecía interminable. Pero era necesario hacerlo, hasta que pudiese caminar con más seguridad. De lo contrario moriría allí, en la calle. Lo peor era ese dolor en el pecho. Tenía la impresión de que alguien me había perforado. Era como si me hubiera hecho pedazos el corazón.
A la mañana siguiente, era lunes, vino mi madre a despertarme... Y en la tarde, cuando regresó de su trabajo, yo todavía estaba allí, inmóvil. Me hizo tragar numerosas cucharadas de miel Sólo después del martes, al mediodía, fui capaz de levantarme. Le conté a mi madre que estaba con gripe y bajo un fuerte estado emocional... Efectivamente, eso se me ocurrió de repente. Le expliqué que varias compañeras de curso estaban con ese bajón, que aquello era producto de la pubertad y del cambio de etapa de niña a adolescente. Evité a toda costa que llamase a un médico porque temía que se enterase de lo que ocurría realmente. Ella parecía estar siempre satisfecha cuando yo le proporcionaba informaciones de mi estado anímico. Mi bolso estaba repleto de pastillas. No tomé ninguna hasta el sábado siguiente. Me sentía muy mal.
El domingo, cuando fui a la “Sound”, decidí regalarme un “viaje”. Fue horroroso. Por primera vez sufrí un freak-out total. La máscara de Frankenstein que aparecía sobre la mancha azul en la parte baja del póster, comenzó a gesticular nuevamente. Después tuve la impresión que se chupaba mi sangre. Eso duró dos horas. No podía caminar, no podía hablar. Escuchaba sin entender en la sala de cine de la “Sound” y pasé cinco horas en la butaca con la sensación que se estaban chupando mi sangre.
No me quedó más alternativa que acabar con los comprimidos y con el LSD. Hacía tiempo que no fumaba “hachís”. Sólo ingería uno que otro Valium y no probé absolutamente nada después durante un período de tres semanas. Fue un período macabro.
Nos cambiamos de casa, en la calle Kreuzberg, muy cerca del muro. El sector era feo pero los arriendos eran más bajos. Entonces tardaba media hora en el metro para llegar a mi escuela que estaba en Gropius. La ventaja era que estaba cerca de la “Sound”. La “Sound” sin droga era una porquería. No pasaba absolutamente nada. Al cabo de unos días ví que por todas partes habían unos afiches absolutamente fuera de serie. Decían: “David Bowie viene a Berlín”. ¡No podía creerlo! David Bowie era nuestro súper ídolo, el mejor cantante de todos, su música era lo máximo. Todos los chicos querían imitarlo. Y ahora, David Bowie venía a Berlín. Mi madre me dijo que en su oficina se había conseguido dos localidades gratuitas para el concierto. Curiosamente, de inmediato supe a quién le iba a regalar la otra entrada. A Frank. ¿Porqué a él? No me lo cuestioné. Frank
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pertenecía a la antigua pandilla de la “Sound” y era idéntico a David Bowie. Tenía el cabello rojo teñido con Henna igual que el cantante. Quizás fue por eso que lo escogí.
Frank había sido el primero de la pandilla en inyectarse. El primero que cayó en la dependencia física. Anteriormente le habíamos puesto el sobrenombre de “Pavo frío”. Después todo el mundo le decía Macabeo, porque tenía el aspecto de un cadáver ambulante. Tenía dieciséis años, como la mayoría de los chicos de la pandilla... Pero era extraordinariamente perspicaz para su edad. Estaba por encima de todos y a pesar de ello, nunca adquirió aires de superioridad., ni menos ante una pequeña fumadora como yo. Escogí precisamente a un vicioso, a un drogadicto hasta los huesos, para que acompañara al concierto de David Bowie, a la noche que yo consideraba iba a ser la más importante de mi vida. En honor a la verdad yo no había tomado conciencia de lo importante que era todo este asunto hasta que se lo propuse espontáneamente a Frank. En aquel entonces mis actos eran producto de mi subconsciente. Estaba cambiando de actitud respecto de la heroína en el transcurso de aquellas semanas en que me asumí que ya no interesaban ya los comprimidos, ni el hachís ni el LSD… En todo caso, las barreras infranqueables que me aislaban de los viciosos comenzaron aparentemente a derrumbarse.
El día del concierto quedamos de encontrarnos con Frank en la Hermannplatz. Nunca había advertido lo muy delgado y alto que era. Me explicó que no pesaba más de sesenta y tres kilos. Venía del Servicio de Transfusión Sanguínea. Frank adquiría parte de su mercancía vendiendo su sangre. Y allí se la aceptaban a pesar de su aspecto cadavérico y de sus brazos repletos de pinchazos. Además, los viciosos solían padecer de hepatitis.
En el metro me recordé que había olvidado tomarme un Valium . Y se lo dije a Frank. Ya me había tomados algunos ya para sentirme bien pero no como para “viajar” al escuchar a David Bowie, y quería tener algunos más en caso de… De pronto, Frank no pensaba más que en ese Valium. Quería que regresáramos a mi casa por ellos. Le pregunté que porqué insistía en el asunto, El se conformó respondiendo que debíamos regresar a casa. Lo miré con mayor atención y me caí e la cuenta: sus manos estaban temblando, estaba con el síntoma de “cold turkey”. Turkey es una palabra inglesa que significa “pavo”. Cuando un pavo se pone nervioso se pone a batir sus alas. Entre nosotros usábamos ese vocablo a menudo para nombrar aquellas manifestaciones que se presentaban por carencia de droga, muy corriente entre los adictos. El efecto que provocaba la carencia de la inyección de heroína era macabro.
Le advertí a Frank que llegaríamos retrasados al concierto. Me dijo entonces que no había traído drogas ni dinero. A causa del concierto, no había podido comprar absolutamente nada, dijo que era un crimen ir a un concierto de David Bowie y no tener un solo Valium. Yo había visto a menudo personas con síndrome de abstinencia sin saber realmente de qué se trataba ese asunto.
En la Deutchlandhalle, en el lugar que se iba a realizar el concierto, el ambiente era espectacular. El público, fantástico, y sólo había fans alrededor nuestro. Unos soldados norteamericanos fumaban una pipa con hachís. No nos quedó más que conformarnos con mirarlos para ver si después la compartían con nosotros.
Frank estaba tirado en el piso como un pavo. Y cada vez se ponía peor.
David Bowie comenzó. Era espectacular. Mucho mejor de lo que yo imaginaba. ¡Sensacional! Pero cuando se escucharon los primeros compases de “It is too late”, me deprimí. De repente descubrí que estaba arranada en el asiento como una
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idiota. Durante aquellas últimas semanas en las que no sabía que sentía ni porqué sentía, esa canción me tocó hasta la médula. Descubrí que la letra relataba una situación idéntica a la mía. En ese momento me habría venido de perillas un Valium.
Al finalizar el concierto, Frank apenas se sostenía de pie. Estaba completamente en completo ataque de abstinencia. Nos encontramos con Bernd, el amigo de Detlev. Dijo que había que hacer para ayudar a Frank. Se había inyectado una dosis antes del concierto pero que podía aguantarse otra.
Bernd trajo consigo dos dosis de LSD. Las vendió rápidamente a la entrada de la Deutchschlandhalle. Eso nos proporcionó algún dinero pero no nos alcanzaba. Para conseguir el resto había que sablear a los transeúntes. Yo era una maestra en la materia. Así era como recolectaba casi todo el dinero que necesitaba para drogarme en la “Sound”.Delante de la Deutchschlandhalle eso marchó sobre ruedas. Entre las personas que salían del concierto, estaba lleno de esos que tienen mucho dinero y a los que no les sorprendía ser sableados por los drogadictos. Utilicé mi estrategia habitual:” No tengo dinero para el metro…” y las monedas tintineaban cada vez más dentro de mi bolso de plástico. Había que hacer un esfuerzo extra para poder comprar dos inyecciones de heroína. En esa época la mercadería buena aún era de buena calidad.
Bernd fue a comprarlas y de repente se me ocurrió algo: eres tú la que te conseguiste el dinero. Al menos, deberías probarla. Deberías comprobar si ese cuento es realmente tan espectacular. Si los que se la inyectan lucen tan felices después de aplicársela…No pensaba nada más allá de eso. Todavía no me había percatado que en aquellos últimos meses me había estado preparando sistemáticamente para pasar a la heroína. Tampoco me había dado cuenta de que estaba bajo una fuerte depresión, que ese “It ¨s too late” me había trastornado, y que las otras drogas no eran más que auxiliares. Aquel era el resultado lógico de mi historia del vicio... Yo me decía solamente que rogaba para que Bernd y Frank no se largaran y me dejaran sola en mi desesperación. Entonces les dije a los muchachos que quería, que deseaba intentarlo. Frank ya no tenía fuerzas para hablar pero empezó a sentir una rabia negra. Me dijo: “No vas a hacerlo. No tienes la menor idea de cómo es este asunto. Si lo haces, te vas encontrar en un vacío desesperante como en el que me encuentro yo. Te vas a convertir en un cadáver.” El sabía perfectamente que lo apodaban Macabeo.
Yo no fui, por lo tanto, la pobre niñita pervertida por unos drogadictos perversos. o por un desalmado revendedor. Ese era el tipo de historias que se leían en los diarios, pero no conocí ningún caso como ese, eso de ser “drogadicto a la fuerza”. La mayoría de los muchachos acababan en la heroína cuando estaban maduros para hacerlo. Y yo ya estaba preparada. La rabia balbuceante de Frank sólo logró reforzar mi decisión. El estaba con crisis de abstinencia. Más que un tipo fantástico y superior ahora se había transformado en una pobre criatura que me necesitaba, y yo no lo iba a aceptar que me diera órdenes así como así. Le respondí: “Entonces esa mercadería es mía porque al final de cuentas yo fui la que recolectó el dinero. Así que déjate de hablar estupideces. Yo no me voy a convertir en lo que tú eres. Yo me sé controlar. Quiero probar, quiero saber cómo es y después no tocarla nunca más”.
Entonces ignoraba hasta qué punto la crisis de abstención podía debilitar a una persona. Frank parecía estar muy impresionado con mi discurso y no abrió la boca. Bernd masculló algo pero no lo escuché. Les dije claramente que si ellos no querían
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dejarme probar, tenían que darme mi ración de todas maneras. Nos fuimos a esconder en el vestíbulo de un edificio. Y Bernd dividió la heroína en tres partes iguales. Yo estaba terriblemente ansiosa. Sin pensarlo mucho y sin mala intención, me obsesionaba una sola cosa: probarlo y reventarme de una vez por todas; hacía mucho tiempo que no tenía una sensación similar. Pero temía inyectarme. Les dije a los muchachos; “No me voy a inyectar. Voy a inhalar.” Bernd me explicó cómo lo debía hacer, pero no valió la pena. A fuerza de oír tanto acerca de la heroína ya sabía de memoria cómo hacerlo.
Cogí mi dosis y la consumí. Era amarga y desagradable; al principio, eso fue todo lo que experimenté. Reprimí mis deseos de vomitar y escupí parte del polvo. Después me hizo efecto y muy rápido. Tenía las piernas y los brazos muy pesados, pesados, pesados y después los sentí muy ligeros. Estaba horriblemente cansada pero me sentía de maravillas. Todos mis problemas desaparecieron de un solo viaje. Más que con “Its too late”. Jamás me había sentido tan a mis anchas. Eso ocurrió el 18 de Abril de 1976, un mes antes de cumplir los catorce años. Jamás olvidaré esa fecha.
Frank y Bernd se fueron a inyectar al coche de un toxicómano. Quedé de reunirme con ellos en la “Sound”. Ya no me importaba en lo absoluto estar sola. Al contrario, encontré que era una sensación maravillosa. Me sentía muy fuerte. En la “Sound” me senté en una banqueta. Astrid, mi mejor amiga de esa época, llegó, me miró y gritó: “Dime la verdad. ¿Consumiste heroína?
¡Qué pregunta tan idiota! Entonces exploté: “Fuera de aquí” ¡Apresúrate en salir de este lugar”! Yo no comprendía porqué actuaba de esa manera…
Frank y Bernd llegaron. Frank había vuelto ser el tipo sensacional de antes. Detlev no estaba allí. Tenía sed y fui a buscar un jugo de frutas. No bebí más que eso en toda la noche. En aquellos momentos, el alcohol me disgustaba profundamente.
Como a las cinco de la mañana, Bernd propuso que fuéramos a su casa.Y fuimos. Me colgué alegremente del brazo de Frank. El jugo de frutas se me empezó a revolver en el estómago. Sentí náuseas. Vomité en el camino y me dio exactamente lo mismo ¿Los otros? Tampoco parecieron notarlo
Tenía la impresión de haber descubierto una nueva familia en la que había refinamiento y elegancia. Yo no hablé mucho pero tenía la impresión de que podía confiar en decir cualquier cosa delante de esos muchachos. La heroína nos convirtió en hermanos. Estábamos a parejas. Podía revelarles mis más secretos pensamiento. Después de esas semana de desamparo tuve la impresión de no haber sido nunca tan feliz.
Dormí con Bernd, en su cama. El no me tocó. Nosotros éramos hermanos y también estábamos hermanados en la heroína. Frank se acostó en el piso y apoyó la cabeza en el sofá. Permaneció allí hasta las dos y media de la tarde. Después se levantó porque de nuevo estaba con crisis de abstinencia y tenía que inyectarse.
Yo comencé a sentir una comezón en todo el cuerpo. Me había acostado desnuda y me rascaba con el cepillo para el cabello. Me rasqué hasta sangrar, en especial, en los tobillos. No estaba sorprendida porque sabía que los adictos sufrían de comezón. Era por eso que los reconocía en la “Sound”. Las pantorrillas de Frank estaban en carne viva_ excepto un trozo de piel que se había salvado. El no se rascaba con un cepillo pero si usaba un cortaplumas para hacerlo.
Antes de salir me dijo:” La droga que me diste te la devolveré mañana” El estaba convencido que yo ya me había convertido en una viciosa. Comprendí lo que quiso
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decirme entrelíneas y le respondí con gran desparpajo:”No, déjalo, no importa si no me la devuelves hasta dentro de un mes”.
Volví a dormirme, calmada y contenta. En la noche, regresé a casa. De vez en cuando me perseguía un pensamiento:” Mierda, tu sólo tienes trece años y ya te pasaste a las filas de la heroína”. Pero lo ahuyentaba de inmediato. Me sentía demasiado bien como para reflexionar más allá. Al comienzo no se tienen crisis de abstinencia. Me sentí de maravillas durante toda la semana. En la casa, ni una pelea. En el colegio, me tomé las cosas de un modo muy relajado, estudiaba poco y sacaba buenas calificaciones. En el transcurso de las semanas siguientes, recobré mi autoestima. Me sentía verdaderamente reconciliada con la vida y con lo que me rodeaba. Durante la semana, regresé al Hogar Social. Cuatro compañeros se habían pasado a la heroína como yo. Me sentaba junto con ellos_ ahora éramos cinco_, marginados de los demás. Muy rápidamente, el Hogar Social empezó a albergar muchos heroinómanos. El polvo blanco comenzó a dispersarse como polvareda sobre el sector Gropius.
JURGEN QUANDT
Pastor, Capellán de la Juventud y responsable del Centro Socio-Cultural Protestante “El Hogar Social”.
El sótano del Hogar Social fue, con el correr de los años, el principal punto de encuentro de los jóvenes de la Comunidad Gropius y del barrio Neukolln. Allí acudían por las tardes alrededor de quinientos jóvenes hasta Diciembre de 1976, cuando tuvimos que cerrarla porque el consumo de las drogas estaba causando estragos. Nosotros pensamos que la clausura atraería la atención de los Servicios Públicos acerca de aquella catastrófica situación.
Nosotros los educadores fuimos los primeros en sorprendernos en observar la rapidez con que las drogas duras se habían empezado a imponer en la Comunidad Gropius. Durante la época del movimiento estudiantil discutimos acerca del uso de las drogas dulces para que surgiera una conciencia crítica en nuestro ambiente. Sin embargo, en el corto lapso de unos pocos meses, unas cincuenta personas de nuestro Hogar estaban involucradas con las drogas duras. Todo esto ocurrió como si nuestras tentativas de vigilancia, nuestros esfuerzos por persuadir a los jóvenes del peligro con argumentos, _ en vez de recurrir a medidas disciplinarias_, fueron acogidas como una invitación a llegar “más lejos”, como una ratificación de nuestra impotencia en la lucha contra la droga.
Nuestro trabajo en el Hogar Social nos hizo constatar rápidamente que los Servicios Públicos se negaban todavía a admitir que la “epidemia de la droga” no se batía en retirada. Por el contrario, si el problema se hubiese atacado cuantitativamente como cualitativamente, no habría logrado alcanzar dimensiones comparables a la de los Estados Unidos.
Las personas más amenazadas hoy en día son los jóvenes trabajadores sin formación y los chicos cesantes. Por lo tanto, a nosotros .los educadores no nos quedaba otra alternativa que protestar públicamente contra la política del avestruz
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de las autoridades. El cierre del sótano debió_ así opinamos nosotros_ encender una luz entre muchos que preferían dejar este problema a la sombra. Efectivamente, los Servicios Públicos de Berlín Oriental han tomado conciencia del problema de la droga y se están preocupando en forma responsable de este problema.
Nosotros reabrimos el sótano después de haber recibido algunas satisfacciones en numerosos objetivos. Estas son las condiciones que se impusieron en esta nueva incursión. Una consulta especializada, subvencionada por el Estado fue creada en Neukölln y en la Comunidad Gropius para poner en marcha un centro de prevención móvil. Estábamos mejor equipados en materias terapéuticas. A pesar de eso, dos años después, los problemas de la droga no carecían de gravedad e igual habrían arrasado con la nueva generación. En lo que se refiere a los que estaban sumidos en el mundo de la heroína durante los dos últimos años….la mayoría falleció.
Las condiciones de vida de los jóvenes de Gropius no habían mejorado. A los antiguos problemas se habían agregado otros. Cada vez, y con mayor frecuencia, los muchachos portaban armas, y no dudaban dado el caso, en hacer uso de éstas. Se constató, asimismo, que había surgido un nacionalismo agresivo acompañado de una propensión a dejarse influir por el pensamiento fascista.
La mayoría de los jóvenes con los que trabajábamos en el Hogar Social provenían de familias de obreros. A pesar de la aparente mejoría de su nivel social, sus condiciones de vida no habían cambiado y durante los últimos años tendían a empeorar. La escuela les imponía un creciente stress, una lucha por la vida cada vez más dura para sobrevivir en el seno de hogares en los que prevalecía la cesantía y los conflictos familiares.
Una circunstancia agravante: dentro del gran conjunto de la Comunidad Gropius en el que viven 45.000 personas, todos los problemas se cuestionan en términos masivos (masas de jóvenes cesantes, masivos fracasos escolares, familiares, etc.)
Por otra parte nos encontramos con el problema del “entorno natural” que no admitía casi ninguna naturaleza “real” y por tanto, ofrecía reducidas posibilidades de relajación y de reposo. Los más frágiles; los niños, los adolescentes y los ancianos, son los más expuestos y los que más sufren con esta inquietante situación.
En la Comunidad Gropius, por ejemplo, no había espacios para que jugaran los niños porque cuando terminaron los trabajos de construcción se percataron de que no había terrenos disponibles para la recreación de sus habitantes. No existían espacios para los momentos de esparcimiento de los adolescentes y los adultos, y por sobretodo, no había lugares para el disfrute de los ancianos. Allí no hay ni un gran parque, ni césped ni bosques: ningún sitio en donde los niños puedan jugar libremente y en donde los adultos pudiesen salir a pasear.
Estos grandes conjuntos fueron concebidos únicamente en función de la rentabilidad del capital y no de acuerdo a requerimientos de seres humanos. También les impusieron a las personas que viven allí, una manera de vivir en donde las condiciones solamente podemos sospecharlas hasta la fecha, y que comienzan a ser en la actualidad, cada vez más evidentes…
Las dificultades materiales constituyen siempre el origen de numerosos conflictos y problemas. El alto costo de los arriendos, la permanente alza en los precios de los productos de primera necesidad, obligan a ambos padres a salir a trabajar, induce a hombres y mujeres a invertir una mayor cantidad de energía y
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fuerzas vitales en sus trabajos cotidianos, sin que por esto reciban un aporte real de bienestar y recompensa económica suficiente.
La droga, es desde siempre, uno de los más horribles medios utilizados para impedir que los hombres tomen conciencia de que son víctimas de las revoluciones sociales. Este fue exactamente el rol que ejerció el alcohol durante largo tiempo entre las clases obreras. Durante los últimos decenios, otras drogas se han introducido en el mercado: los medicamentos psicotrópicos, en donde el comercio es legal y cada vez más fructífero. Abundan productos ilegales pero no menos rentables como la heroína y la cocaína.
De hecho, lo más asombroso no es el nombre de los toxicómanos, pero si el de aquellos que a pesar de sufrir enormes dificultades, no recurren a la droga. Este hecho es válido también para los jóvenes: al tomar cuenta de su situación, el aumento de la toxicomanía, la delincuencia, la violencia y la propagación de modas de orientación fascista, no deja de ser sorprendente que existan muchachos que no hayan caído en el vicio de la droga.
CHRISTIANNE.
Al fin de semana siguiente de haber ingerido mi primera dosis de heroína, me encontré con Detlev en la “Sound”. Se me dejó caer de inmediato: “Lo has hecho. Me parece que estás totalmente chiflada”. Astrid se había encargado de propagar la noticia.
Le respondí:”Calma., chiquito. Tú estarás enganchado pero yo no me pienso enviciar”.
Detlev no quiso responder. De todos modos, en esos momentos no estaba con crisis de abstención_ todavía no había alcanzado el estado de dependencia física_ pero ya había empezado a inyectarse con frecuencia. Terminó por decirme que andaba con ganas de comprar un poco de droga pero que andaba corto de plata.
Yo: “Tú sabrás, chiquito. Ese es problema tuyo.” Luego le sugerí que juntos consiguiéramos unos marcos. Estuvo de acuerdo pero lo mataba la curiosidad de saber cómo íbamos a solucionar el problema económico. En veinte minutos recolecté veinte marcos. Detlev consiguió bastante menos pero teníamos suficiente para ambos. A esas alturas del partido necesitábamos una dosis mínima para pasarlo bomba. El asunto de la repartija no entró en discusión, estaba tácitamente establecida. Aquella tarde Detlev se inyectó y yo aspiré. Ese fue mi despegue: mis auspiciosas promesas de no volver a aspirar heroína se esfumaron.
Detlev y yo comenzamos a andar juntos de nuevo. Como si nunca nos hubiéramos separado, como si esas semanas en las que nos vimos envueltos en la “Sound”, cuando nos tratamos como extraños, no hubiesen existido jamás. Ni el ni yo hicimos ningún comentario al respecto. El mundo había vuelto a ser tan hermoso como ese domingo en el que cociné para Detlev y almorzamos después.
En el fondo, estaba contenta de que las cosas hubieran tomado ese rumbo. Si no hubiera insistido en la heroína, nunca más habría vuelto a ver a Detlev. Pensé que en el futuro me convertiría en una toxicómana de wikén. Uno siempre cree que
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puede cuando se inicia para luego comprobar que los toxicómanos de wikén no existen, que nadie se puede conservar en esa condición. Además, imaginaba que podía salvar a Detlev, que podía impedir que se transformarse en un drogadicto desde la punta de los pies hasta la punta de la cabeza. Me sentía satisfecha haciéndome esas ilusiones.
Es muy posible que mi subconsciente no compartiera aquellas ilusiones. No quería escuchar que me hablasen de la heroína: si alguien se atrevía a hacerlo me ponía de malhumor y le gritaba que desapareciera de mi vista. Como cuando Astrid me empezó a hacer un montón de preguntas después que aspiré heroína la primera vez. Me dediqué a odiar a todas las niñas de mi edad que tenían mi misma pinta. Las tenía súper cachadas . Las que estaban en el metro eran las mismas que iban a la “Sound” : mocosas agrandadas que desde los doce o trece años ya consumían hachís, andaban voladas y andaban vestidas en forma súper liberal.
Me repetía a mí misma: “Esta mocosita va a terminar por inyectarse.” Yo no era mal intencionada por naturaleza pero esas niñas me sacaban de quicio. Las odiaba, si, las odiaba con toda mi alma. En esa época no me daba cuenta que me estaba empezando a odiar a mi misma.
Después de ingerir heroína durante los fines de semanas sucesivos, dejé de hacerlo durante un período de quince días. No me pasó absolutamente nada, al menos, era lo que imaginaba. Físicamente, no me sentía ni mejor ni peor que cuando comencé a drogarme con heroína. Sin embargo, para los demás… estaba inmersa de nuevo en esa mierda. No sentía agrado por nada, comencé a reñir de nuevo con mi madre. Al cabo de unos días, se iniciarían las vacaciones de Semana Santa. Eso fue en el año 1976.
El primer sábado de aquellas vacaciones me encontraba en la “Sound” , sentada en una banqueta al costado de una escalera: Una vez más me pregunté qué era lo que estaba haciendo en ese sitio. Dos chicas descendieron por la escala. Debían tener alrededor de unos doce años pero andaban con sostenes camuflados, maquillaje, intentaban aparentar que tenían dieciséis. Yo también le contaba a todo el mundo_ excepto a mis amigos íntimos_ que tenía dieciséis años y me maquillaba para verme mayor. Esas dos niñas me cayeron como patada. Pero al mismo tiempo me comenzaron a interesar. Al poco rato, no les podía sacar los ojos de encima.
Me di cuenta de inmediato que querían conectarse., ser aceptadas dentro de alguna pandilla. Y la más prestigiosa, para ellas, debía serlo, por cierto, la de los adictos. Conocían a Richi, el jefe de los meseros de la Sound_ era el único viejo entre los empleados, tenía alrededor de cuarenta años. Le gustaban mucho las chicas de esa edad. Las dos niñitas se instalaron entonces junto a Richi. Ellas dirigían sus miradas
de manera manifiesta en mi dirección. Se dieron cuenta que yo las miraba con insistencia. Sin lugar a dudas porque se percataron que éramos de la misma edad. Después una de ellas se me aproximó. Tenía un rostro verdaderamente angelical que emanaba inocencia… Y se presentó:” Soy Babsi” y me preguntó si le podía conseguir una volada.
“¿Una volada” ¿Y qué piensas hacer? Olvídalo. Esas son palabras mayores.” Yo saboreaba mi superioridad. Era necesario que aprendiese que hacer migas con una perita de la heroína no era un asunto así como así. Ella debió encontrarme muy segura de mí misma. Además, sospechó que estaba involucrada desde hacía mucho tiempo en el cuento de las drogas. Babsi ofreció comprarme un jugo de frutas. Partió a buscarlo y regresó de inmediato. Apenas se sentó y dio vuelta la espalda,
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se aproximó la otra chica que andaba con ella. Se llamaba Stella. Quería saber qué me había dicho Babsi. Le respondí: “una volada”. “¿Y tenía dinero”? me respondió “A mí me faltan cinco marcos. Ese mocoso me los robó” agregó. A Stella la habían desplumado en la “Sound”. Desde entonces estábamos las tres siempre juntas. Babsi y Stella se convirtieron después en mis mejores amigas. Hasta que Babsi pasó a invadir la prensa con la noticia de su muerte: falleció de una sobredosis y fue la víctima más joven de la droga reconocida en Berlín hasta esa fecha.
Babsi regresó con el jugo de frutas. Ella me disgustó pero al mismo tiempo como que tenía esa cara tan angelical y ese modo tan ingenuo que terminé encariñándome con ella... En síntesis: Babsi y Stella se habían retirado de la escuela, un colegio de enseñanza general, porque estaban muy retrasadas respecto de sus compañeros. Eso les ocurrió porque se metieron en una pandilla de mala muerte. Por eso se habían arrancado de sus casas y andaban en busca de nuevas experiencias. Babsi tenía doce años y Stella trece.
Invité a Babsi para que fuera a mi casa al día siguiente por la mañana. Como andaba con la espalda descubierta, le pasé dos polerones míos y un cuadro. Luego durmió en mi cama durante un rato mientras yo me preparaba un pitillo. Entonces descubrí que era realmente simpática .Al día siguiente me hice amiga de Stella. Estas niñas habían sido cómo era yo algunos meses atrás. Me sentía mucho más a gusto con ellas que con los yunkis. Fumaban hierba e ingerían LSD. Gracias a ellas ya no me junté más con personas que de lo único sabían hablar era de drogas. Yo me contentaba con mi pequeña dosis de los sábados por la tarde. Los demás estaban indignados al ver que yo me juntaba con esta dos mocosas, pero a mí me daba lo mismo.
Teníamos un montón de temas de conversación. Compartíamos los mismos problemas familiares por lo tanto, cuando nos quedábamos las tres solas teníamos mucho que conversar. El padre se Babsi se había suicidado .Babsi era muy pequeña en aquel entonces. Su madre era modelo y antes había sido bailarina. Su padrastro era un gran pianista, “de fama internacional”, precisó. El era muy presumido. Babsi no se alegraba para nada cuando pasábamos por una tienda de discos y mirábamos todos esos LP con el nombre y la foto de su padrastro en la portada. Pero el gran artista no parecía interesarse en ella. Babsi vivía con sus abuelos quiénes la habían prácticamente adoptado. Le brindaban una vida de princesa. Poco después fui a su casa: ví su dormitorio _fantástico _, con unos muebles soberbios. Tenía un tocadiscos último modelo y cantidades de discos. Y trapos tirados por todas partes. Pero ella no se llevaba bien con su abuela, la que era una verdadera arpía. Lo único que deseaba Babsi era regresar a su hogar junto con su madre. Es por eso que su lujoso cuarto le resultaba absolutamente indiferente.
La madre de Stella era muy hermosa. Stella la quería mucho. Pero no le dedicaba ningún tiempo a su hija ni se preocupaba por ella. Además, era bebedora excesiva. Su problema era que sola no se podía desenvolver bien en la vida. El padre de Stella había muerto tres años antes en un incendio. Stella tenía un ídolo: Muhammed Ali. Admiraba su fuerza. En mi opinión el encarnaba a su padre y al hombre de su vida a la vez.
Nosotras tres estábamos, de alguna manera, metidas en el mismo bote. Yo estaba en lo cierto cuando las ví la primera vez esa primera noche en la “Sound”: terminaron inyectándose. Eso no impidió que me enojara con Stella la vez que me pidió una dosis de heroína. Exploté y las regañe rabiosamente:” No toques esa
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mierda.De todos modos, nadie te va a convidar. Por mi parte, estoy pensando en dejar este vicio. No te va a aportar absolutamente nada.” Les pedí a los otros que no le pasaran mercancía. El asunto acabó cuando algunos días más tarde apareció Blacky y Stella logró conmoverlo: era el muchacho de la pandilla que terminó siendo su pareja. Empezó por aspirar heroína, y por cierto, Babsi la imitó.
Sin embargo este par se vio impedidas de proseguirán sus andanzas: fueron cogidas en una redada y las regresaron a sus familias. No las volví a ver hasta varias semanas después.
La primavera llegó y poco a poco la vida comenzó a renacer. Siempre me sentía alegre durante los primeros días de esa estación. Eso me ocurría desde mi infancia. Recuerdo que entonces me gustaba caminar con los pies descalzos, quitarme la ropa, chapotear en el agua, ver florecer el jardín. Pero durante la primavera de 1976 escuchaba en vano mis antiguas sensaciones de bienestar. Me decía a mí misma que era imposible que la vida no me pareciera más hermosa cuando el sol parecía abrigar más y más. Pero yo arrastraba siempre un montón de problemas sin entender bien claramente cuáles eran. Cuando “aspiraba” los problemas se disipaban pero hacía tiempo que una dosis no me hacía efecto durante una semana completa.
Durante ese mes de mayo celebré mi cumpleaños número décimo cuarto. Mi madre me dio un beso y un billete de de cincuenta marcos. Había ahorrado esa suma del dinero de las compras. Me recomendó que me comprara algo que me gustara realmente.
En la noche fui a la Kurfurstentrasse y gasté cuarenta marcos en heroína. Nunca había tenido tal cantidad de heroína en mis manos. Después me compré un paquete de cigarrillos por seis marcos_ a esas alturas me había convertido en una fumadora empedernida capaz de despacharme una cajetilla en dos o tres horas. Me quedaron cuatro marcos para la discoteca.
En la “Sound” me junté con Detlev . Me besó tiernamente y me deseó un feliz cumpleaños. Le correspondí sus felicitaciones a mi vez: su cumpleaños había sido dos días antes. Estaba un poco triste porque sus padres no lo habían saludado ese año. Sólo su abuela. Estaba más apenado que yo. Intenté consolarlo con un:” No te hagas mala sangre, chiquito”. Pero le tenía un regalo increíble: algo para inyectarse. Tenía una cantidad de droga como para que ambos nos pegáramos una volada sensacional.
Después de nuestra pequeña fiesta de cumpleaños_ una feroz “aspirada” mía y una fuerte inyección para Detlev_ nos sentimos más unidos que nunca. Antes, Detlev solía malgastar su tiempo con compañeros mientras yo estaba con Babsi y Stella. Fue entonces cuando descubrió que ya no tenía un minutos libre. Detlev no estaba casi nunca ocupado, había abandonado su trabajo de plomero. Y cuando necesitaba dinero, se reventaba de desesperación.
Llegaron entonces las vacaciones de verano. El primer día de vacaciones fui a la playa de Wansee con algunos compañeros. De nuevo me sentí completamente bajoneada. Aprendí de inmediato a procurarme el dinero para la mercadería.
Me instalaba en el bosque, el rincón favorito de las ancianas porque no toleraban bien el calor del verano. Al comienzo nos contentábamos con cubrir nuestras necesidades más esenciales. Nos fijábamos en aquellas personas que partían a bañarse y dejaban una manta y una nevera portátil. Yo me aproximaba diciendo en voz muy alta:” Mira abuela, desaparecieron” y cogía algunas latas de Coca- Cola que estaban dentro de la nevera y salía arrancando. La vez anterior había cogido una
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toalla y una manta. En la noche mi botín se enriqueció con algunos confites y una radio portátil. Detlev se apoderó de un reloj.
En la “Sound” vendí de inmediato la radio en cincuenta marcos. Fue una jornada increíble. Estaba totalmente ansiosa cuando le dije a Detlev:”Dime qué hago. Estoy aburrida de aspirar. Me voy a inyectar”.
Detlev se enojó por la forma en que lo dije. Al fin de cuentas, aspirar o inyectarse era casi lo mismo. Sólo que cuando aspiraba uno no pasaba por ser una auténtica adicta.
En la Kurfurstenstrasse, nuestro vendedor habitual nos reconoció de lejos. De inmediato enfiló hacia algunas calles alejadas y permaneció en un rincón tranquilo. Le compré cuarenta marcos en mercadería. Estaba muy decidida con el asunto de la inyección. Cuando uno aspira la droga, el despegue es más lento, pero cuando uno se inyecta, se parte como cohete_ entendí porqué los demás lo comparaban con un orgasmo. Tenía que probar esa sensación. No se pasó por la mente ni un segundo que me estaba hundiendo cada vez más en la mierda. Me dirigí al WC público del costado de la calle Postdamer. Un lugar asqueroso. Estaba lleno de vagabundos a la entrada del W: C: Los alcohólicos pernoctaban allí. Les distribuí un paquete de cigarrillos. Estaban acostumbrados a esperar nuestra llegada.
Fuimos con Tina, una muchachita de la “Sound”. Detlev sacó los utensilios_ jeringa, cuchara, limón_ de una bolsa plástica. Vertió el polvo en la cuchara, agregó un poco de agua y de jugo de limón. Esa era la manera en que mejor se disolvía la droga porque nunca estaba lo suficientemente purificada. Había que utilizar una jeringa para calentar el polvo con un encendedor. La jeringa había sido usada anteriormente, era desechable y repugnantemente sucia, con una aguja completamente roma. Detlev fue el primero en inyectarse, después le tocó el turno a Tina. La aguja quedó completamente obstruida, inutilizable. Al menos, eso fue lo que ellos dijeron. Quizás para impedir que me inyectara pero yo quería hacerlo de todas maneras.
Apareció otro adicto en el WC. Un tipo completamente reventado, en un estado de decadencia impresionante. Le pedí que me prestara sus utensilios. Aceptó. Pero de pronto sentí una tremenda repugnancia por tener que hundí esa aguja en mi vena. La coloqué allí donde correspondía, allí donde me sangraba el brazo. Sabía cómo hacerlo. Lo había visto hacerlo a menudo, pero no, no podía… Detlev y Tina se hicieron los desentendidos. Me vi en la obligación de pedirle a ese tipo que me ayudara. Por cierto, se dio cuenta de inmediato que se trataba de mi primera experiencia. Me sentí bastante estúpida delante de ese experimentado personaje.
Me dijo que iba a realizar algo deleznable pero cogió la jeringa. Como mis venas eran apenas visibles, le costó descubrir una… Volvió a intentarlo en tres ocasiones antes de volver a llevar un poco de sangre al tubo. Gruñó una vez más que todo aquello era asqueroso y me inyectó la dosis completa. Partí, realmente, como un cohete. Pero era así como imaginaba un orgasmo y de repente, estaba como metida en la niebla, estaba apenas consciente de lo que sucedía a mi alrededor, no pensaba en nada. Fui a la “Sound”, me instalé en un rincón y bebí un jugo de frutas.
Detlev y yo estábamos en igualdad de condiciones. Nos unimos para siempre, como una pareja de casados. Sólo que no nos acostábamos juntos. No teníamos ningún contacto sexual. Yo no me sentía todavía muy madura para eso y Detlev lo aceptó sin mayor discusión. Por eso también lo encontraba fantástico. Era un tipo extraordinariamente decente.
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Yo sabía que llegaría el día en que me iba a acostar con él. Y estaba contenta de no haberlo hecho nunca con otro muchacho. Estaba segura que lo nuestro iba a durar siempre. A la salida de la “Sound”, Detlev y yo nos fuimos caminando hasta mi casa. Eso nos tomó dos horas. El por lo general hacía “dedo” para regresar a su casa. Vivía con su padre.
Hablamos de un montón de cosas completamente extrañas. Yo había perdido todo sentido de la realidad. Para mí, la realidad era irreal. No me interesaba ni el ayer ni el mañana. No tenía proyectos. Solo poseía sueños. Mi tema de ensoñación favorito era imaginar qué haríamos Detlev y yo si tuviésemos mucho dinero. Nos compraríamos una gran casa, un súper auto y unos muebles enfermos de finos. Soñaba con un montón de cosas . La heroína quedaba excluida.
A Detlev se le ocurrió una manera de enriquecerse. Un revendedor estaba dispuesto a integrarlo en su red por cien marcos de heroína a crédito: había que confeccionar raciones pequeñas que se venderían en veinte marcos cada una: se obtendrían cien marcos de beneficio. Volveríamos a comprar mercadería con ese dinero y duplicaríamos nuestro capital de inversión y así sucesivamente. Encontré genial su idea. En aquella época nos forjábamos bellas ilusiones gracias al tráfico de drogas.
Así fue cómo Detlev obtuvo cien marcos de heroína a crédito. En ese tiempo había escasez de revendedores. No nos arriesgamos a vender por nuestra cuenta por lo que decidimos trabajar en la “Sound”. Detlev, con su corazón de oro, terminó aprovisionando a personas que no tenían un cobre y a los que tenían crisis de abstinencia. Les entregaba mercadería a crédito, y naturalmente, jamás pagaron. La mitad de la heroína desapareció de esa manera y la otra mitad, la consumimos nosotros. Por lo tanto, no hubo más mercadería ni sueldo.
El tipo que entregó mercancía a Detlev estaba furioso pero se conformó con vociferar como loco. Sin duda, el quiso probar la capacidad de revendedor de Detlev. El examen fue concluyentemente malo.
Durante de las tres primeras semanas de vacaciones, Detlev y yo nos encontrábamos todos los días al mediodía. Y, por lo general, salíamos en busca de dinero. Intenté algunos trucos que jamás me habría atrevido a realizar antes. Volaba como una urraca por las grandes tiendas en busca de objetos fáciles de vender a bajos precios en la “Sound” Aquello nos permitía proveernos escasamente de dos inyecciones diarias pero aún no necesitábamos ingerir esa dosis. Todavía no estábamos en condiciones de dependencia física, y un día “SIN” de vez en cuando no nos atemorizaba.
Para la segunda mitad de las vacaciones estaba previsto que fuera a casa de mi abuela que vivía en una pequeña aldea de Hesse. Quizás suene como algo extraño pero la verdad que estar en la casa de mi abuela me llenó de alegría. También gocé con la idea de ir al campo. Por otra parte, no me veía pasando dos otras semanas sin Detlev ni tampoco algunos días sin la “Sound” y sin las luces de la ciudad. A pesar de todo, sin embargo, estaba súper contenta de compartir con jóvenes que no conocían la droga, de poder andar a caballo, bañarme, etc. La verdad es que a esas alturas, no tenía muy clara mi identidad.
Sin darme cuenta me convertí en dos personas absolutamente opuestas. Me escribía cartas a mí misma. Más precisamente, Christianne le escribía a Vera. Vera era mi segundo nombre. Christianne era la niña de trece años que anhelaba ir a casa de su abuela . Esa era la niña buena. Vera, bueno, esa era la drogadicta.
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Tan pronto mamá me dejó en el tren no fui más que Christianne. Y, una vez que estuve en la cocina de mi abuela, me sentí completamente en casa, como si jamás hubiese puesto mis pies en Berlín. El sólo hecho de ver a mi abuela sentada en aquella cocina, con su aspecto tranquilo y relajado, hizo que mi corazón rebosara de calidez. Era una verdadera cocina campestre, con el horno casi siempre encendido, con calderos y sartenes inmensos, siempre un buen guiso cocinándose lentamente al fuego. Como en un libro de cuentos. Me sentía a gusto.
Muy pronto comencé a reunirme con mis primos y primas y con otros chicos de mi edad. Todavía eran menores. Como yo. Volví a reencontrarme con las delicias de mi infancia. No sabía cuánto tiempo iba a sentir esa felicidad bajo mi piel. Abandoné en un rincón mis botas de tacones altos. Me prestaron unas sandalias y cuando llovía, usaba botas de goma. No toqué más que una vez mis productos de maquillaje. Aquí no había necesidad de andar demostrando nada. A una la aceptaban tal cuál una era…
Anduve mucho a caballo. Se organizaron un montón de competencias tanto pedestres como ecuestres. Pero nuestro sitio predilecto para jugar fue siempre el arroyo. Como habíamos crecido, los diques que construíamos ahora tenían enormes proporciones. Los chicos estaban acostumbrados a crear verdaderos lagos artificiales. Y cuando salíamos a excursionar de noche nos tropezábamos con una cascada de agua, de por lo menos tres metros, que descendía por el arroyo.
Por supuesto, los demás me preguntaban acerca de mi vida en Berlín, de lo que hacía, etc. Pero no les conté gran cosa. No tenía ningún interés en trasladarme mentalmente a Berlín. Era increíble pero tampoco pensaba en Detlev. Le había prometido escribirle a diario pero terminé haciéndolo en forma ocasional. De vez en cuando, en las noches, intentaba pensar en él pero apenas recordaba sus rasgos. Tenía la impresión de que el pertenecía a otro mundo donde yo no comprendía la forma de existir.
Después comencé a tener crisis de angustia. Me ocurría cuando estaba sola en mi cama. Veía flotar delante de mis ojos tal cantidad de fantasmas, los rostros de los tipos de la “Sound” y pensaba que pronto debía estar de regreso en Berlín. Le tenía pánico a mi regreso a Berlín. Me decía mí a misma que podía solicitarle a mi abuela que me permitiese permanecer junto a ella. Pero no sabía cómo exponer el motivo. ¿Qué le diría a mi madre? Tendría que confesarle todo. Pero no me resolvía a hacerlo. Mi abuela se quedaría tiesa si yo le contaba que su pequeña nieta se drogaba con heroína.
Por tanto, no tenía otra alternativa que regresar a Berlín. El ruido, las luces, la animación, todo aquello que me agradaba tanto hasta hace poco, ahora me exasperaba. En la noche, el bullicio me impedía dormir. Me daba pánico ir a la Kurfurstentrasse con todo ese tráfico automovilístico y ese gentío.
Al comienzo no intenté reaclimatarme en Berlín. Sabía que mi curso iría de excursión por algunos días. En ningún instante soñé con volver a comprar droga. Por lo tanto, guardaba los cincuenta marcos que me había regalado mi madrina. No volví a buscar a Detlev. Me dijeron que había desaparecido de la “Sound”.
Ese viaje de vacaciones me brindó mucha alegría pero al cabo de dos o tres días de mi regreso a casa comencé a sentirme mal. Tenía dolores de estómago después de comer, las excursiones comenzaron a agobiarme. Cuando fuimos en el autobús a conocer la fábrica de chocolates Suchard, Kessi, que estaba sentada a mi lado, me dijo bruscamente: “Dime ¿porqué estás amarilla como un membrillo? Debes estar con ictericia”.
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Era eso. Lo sabía muy bien, todos los adictos la contraían. Era por el asunto de las agujas y jeringas sucias, por aquello de que pasaban de una mano a otra. Por primera vez, y desde hacía mucho tiempo, pensé nuevamente en la heroína. Y de inmediato recordé la aguja asquerosa de mi primera inyección. Pero después me di cuenta que Kessi no me había hablado muy en serio y pensé que habían pasado muchas semanas desde entonces, seguramente se trataba de una equivocación.
En la puerta de las fábricas Suchard me compré una cuchara de plástico y luego me dirigí al Palacio de la Reina del Chocolate. Puse a remojar la cuchara dentro de cada cuba y devolvía el contenido cuando no me gustaba el sabor. Cuando descubría uno que me fascinaba, desviaba la atención del guía y le hacía un montón de preguntas para aprovechar de sacar otro poco. También desocupé los bolsillos de mi chaqueta para convertirlos para convertirlos en verdaderas alforjas y a la salida, éstos desbordaban de chocolates.
Apenas emprendimos el viaje de regreso juré no volver a probar un chocolate en mi vida. Cuando llegamos a nuestro centro de recepción, me derrumbé. Debí comer kilos de esa masa cremosa y chocolateada. Mi hígado reventó definitivamente.
El maestro, por su parte, notó el tono amarillo de mi piel. Mandó a llamar a un médico y de inmediato una ambulancia me trasladó al hospital. El cuarto de aislamiento del Servicio Pediátrico era muy pequeño, de una blancura inmaculada. Ningún cuadro ni imagen alguna pendía de aquellos muros, las enfermeras me traían los medicamentos y mi comida, sin proferir, prácticamente, una palabra. Un médico hacía su aparición de vez en cuando y me preguntaba cómo seguía. Tres semanas transcurrieron sin mayores variaciones. No tenía derecho a abandonar mi lecho, ni siquiera para hacer pis. Nadie me vino a ver, nadie fue a conversar conmigo. No tenía nada interesante para leer, tampoco una radio. Más de una vez pensé que me iba a volver loca en ese lugar.
La única cosa que me mantenía con ganas de vivir eran las cartas de mi madre. Yo también le escribía. Pero mi correspondencia epistolar estaba dirigida particularmente a mis gatos, los únicos regalones que me quedaban. Les mandaba unas cartitas minúsculas que deslizaba dentro de unos sobres confeccionados por mí.
De vez en cuando pensaba en mi abuela, en los niños el pueblo, en el arroyo, en los caballos. A veces también tenía la mente puesta en Berlín., en la “Sound”, en Detlev, en la heroína. Ya no sabía quién era yo.
Cuando me sentía realmente mal, me decía mí misma: “Eres una adicta que está padeciendo su primera hepatitis y eso sería todo.”. Cuando me imaginaba jugando con mis gatos, me prometí estudiar mucho en la escuela y pasar todos los veranos en casa de mi abuela. Todo aquello me daba vueltas y más vueltas en la cabeza. También pasé largas horas mirando el techo sin pensar en nada, eso era mejor que pensar en la muerte.
Siempre tuve temor que los médicos descubrieran el origen de mi hepatitis. Las huellas de las inyecciones en las venas habían desaparecido y ya no tenía cicatrices ni marcas en mis brazos. Por lo demás, ¿quién se molestaría en investigar a una drogadicta del Servicio Pediátrico de Friburgo?
Al cabo de tres semanas comencé a caminar. Después me autorizaron para que regresara a Berlín, en avión. Eso corría por cuenta del Seguro Social. Me acosté cuando regresé a casa. Estaba contenta de volver a ver mi madre y a los gatos. No quería pensar en nada más.
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Un poco después, mi madre me contó que Detlev había ido muchísimas veces para saber cómo seguía. Tenía un aspecto triste debido a mi prolongada ausencia._ me dijo ella. Entonces volví a pensar en Detlev , recordé sus cabellos ondulados, su rostro alegre, y singularmente dulce. Estaba muy contenta de que alguien se interesara en mí, que alguien me quisiera de veras. Y ese era Detlev. Sentí remordimientos por haberlo olvidado, casi, a él, y a nuestro amor durante tantas semanas.
Después de algunos días, Detlev me fue a visitar. Cuando lo vi. al pie de mi cama, sufrí un schock. Fui incapaz de pronunciar una palabra.
No tenía más que piel sobre los huesos. Sus brazos estaban tan delgados que podía abrazarlo y me sobraban brazos para hacerlo. Su rostro estaba muy blanco, su aspecto denotaba una gran fragilidad. A pesar de todo, era un muchacho hermoso. Sus ojos grandes, parecían más grandes, pero tenían una mirada muy triste. ¡De pronto, todo mi amor revivió! ¡Qué importaba que estuviera esquelético! Tampoco quise preguntarme a mi misma el porqué.
Al cabo de un rato no sabíamos qué decirnos. El quería saber mis novedades pero no tenía nada interesante que contarle. No se me ocurrió tampoco hablarle de las vacaciones donde mi abuela. Terminé por preguntarle porqué había dejado de ir a la “Sound”. Me respondió que la “Sound” era una mierda.
¿Adónde iba entonces? Terminó por escupir la siguiente frase: ¡”A la estación Zoo! “¿Qué haces allí?” le pregunté. “Me prostituyo” respondió.
En ese momento me sentí tremendamente impactada. Sabía que algunos adictos lo hacían, ocasionalmente. No tenía una idea muy precisa de cómo funcionaba todo eso ni de lo que Detlev me había querido decir. Todo lo que sabía era que tenían que satisfacer a maricas, sin arriesgar nada de sí y que se podía ganar un montón de plata con ese cuento. No pedí mayores explicaciones. Estaba demasiado feliz de ver a Detlev, de amarlo y de ser amada.
Al domingo siguiente, Detlev me fue a buscar para realizar mi primera salida. Fuimos a un café de la calle Lietzenburger. Estaba repleto de maricas y casi todos conocían a Detlev. Todos fueron muy amables conmigo, me dijeron un montón de piropos, felicitaron a Detlev por tener una pareja tan bonita. Percibí que Detlev estaba orgulloso de mí: fue por eso que me llevó a ese café donde todo el mundo lo conocía.
Yo quería a los gays. Eran amables conmigo, me piropeaban sin esperar nada a cambio, me halagaban. Todos los cumplidos lograron extasiarme. Me fui a mirar al espejo del baño y consideré que ellos tenían razón. Esos dos meses sin droga habían resultado ser tremendamente exitosos, tenía buen semblante, nunca antes había lucido tan bien.
Detlev me dijo que tenía que pegarse una escapada a la estación del Zoo. Tenía una cita con Bernd, su mejor amigo. Bernd había trabajado para proveer la mercadería de ambos durante ese día. Le tocaba el turno a Detlev. No era mi culpa que Detlev tuviera que ir a la estación Zoo Entonces lo acompañé sin chistar. Además, tenía ganas de volver a ver a Bernd.
Bernd no estaba. Acababa de partir con un cliente. Lo esperamos. Esa noche, el entorno no me había parecido tan siniestro como en mis recuerdos. De hecho, era un sitio que me permitía estar con Detlev. Cuando me dejó sola durante unos instantes y se puso a conversar con sus compañeros, los metiches_ así les decían a los extranjeros_ vinieron a acosarme. Alcancé a escuchar “sesenta marcos” o algo similar. Entonces me cogí fuertemente del brazo de Detlev y me sentí segura. Lo
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persuadí para que me acompañase a la “Sound”. Después le pedí que me diera algo para aspirar un rato. Por cierto, se negó a hacerlo. Yo insistí: “Solamente por esta noche”.Sólo quiero festejar mi regreso. Necesito sentirme un poco volada, como tú. De lo contrario, tu tampoco te inyectarás” le dije.
Cedió y me dijo que era la última vez. Le respondí: “Por supuesto. He demostrado que puedo prescindir de la heroína durante un largo tiempo” Reconocí que aquella había sido una experiencia súper positiva.
Lo último resultó ser un argumento de peso. Detlev me dijo:”Escucha, pequeña, también yo voy a dejar el vicio. Ya verás”. Después se inyectó y yo aspiré. Estábamos extraordinariamente contentos y hablamos de nuestra felicidad futura, juntos y sin heroína.
Al día siguiente, al mediodía, fui a buscar a Detlev a la estación del Zoo. Tenía derecho a pegarme una nueva aspirada. En el transcurso de los días siguientes comencé a inyectarme de nuevo. Fue como si nunca hubiese salido de Berlín, como si los dos meses y medio sin heroína no hubieran existido jamás. Casi todos los días hablábamos acerca de nuestra decisión de dejar el vicio y le expliqué a Detlev que ese era un cuento extraordinariamente fácil de llevar a efecto.
A menudo, al salir de la escuela me iba directamente a la Estación Zoo. En mi bolso llevaba los utensilios de los drogadictos y un gran paquete con sandwiches. Mi madre debió sorprenderse de ver cómo adelgazaba ante sus ojos al verme partir por las mañanas con ese cargamento de sandwiches. Yo sabía que Detlev y sus amigos esperaban que les llevara algo para almorzar.
Al comienzo, Detlev se enojaba cuando me veía llegar. No quería que lo viera prostituirse.”Cítame en algún lugar. No me importa dónde” decía “pero no vengas aquí”.
No lo escuchaba. Quería estar con él, no importaba dónde. Y poco a poco, me fui acostumbrando a la escenografía de la estación Zoo. Dejé de sentir olor a orina y a desinfectantes. Los clientes, las putas, los metiches, los guardias, los mendigos y los borrachos eran parte del entorno diario. Aquel era mi lugar porque allí estaba Detlev.
La manera en que las otras niñas me miraban, de arriba hacia abajo, y en forma tan insistente me molestaba sobremanera. Me parecían más agresivas que las miradas de los clientes lascivos. Después me di cuenta que las chicas que acudían allí para prostituirse, me temían. Temían que les levantara a sus mejores clientes. ¿Acaso no era yo mercadería fresca y apetitosa? La verdad es que lucía mejor que ellas, tenía un aspecto más prolijo, me lavaba el pelo casi a diario. Nadie pudo haber pensado en aquel entonces que fuese drogadicta .Me sentía superior a las demás y eso me brindaba una sensación bastante agradable. Efectivamente, los clientes se apiñaban a mí alrededor. Pero no sentía deseos de prostituirme. Detlev lo hacía por mí. Los otros, los que me observaban, debían pensar: “¡Qué chica! Está embolinada con la droga y le toca trabajar para conseguirla…”
Al comienzo los clientes me daban asco. Sobretodo, los metiches con sus reiteradas solicitudes:”Tú. ¿vas a la cama? ¿vas a hotel?”. Algunos de ellos proponían veinte marcos. Muy pronto comenzó a divertirme aquello de poderles tomar el pelo y mandarlos a la cresta. Les respondía: “Hey, viejito, ¿andas mal de la cabeza? A mí nadie se me acerca por menos de quinientos marcos”. O de lo contrario, los miraba de frente y les decía con un tono burlesco:” Te equivocaste de
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dirección, viejito. Desaparécete”. Aquello me complacía mucho, poder ver cómo escapaban esos cerdos con la cola entre las piernas.
A los clientes comunes y corrientes también les parecía apetecible. Si uno de ellos se atrevía se atrevía a insolentarse o se tornaba agresivo, Detlev se me acercaba de inmediato. Cuando el partía con algún marica, le pedía a sus compañeros que me cuidaran.Eran como hermanos para mí. ¡Pobre del tipo que se atreviese a faltarme el respeto!
Dejé de ir a la “Sound” por lo que no tenía otros amigos que aquellos que conformaban el pequeño grupo de la estación Zoo. Entre ellos se encontraban Detlev, Bernd y Axel. Todos tenían dieciséis años. Los tres muchachos vivían en el departamento de Axel.
Al contrario de los otros dos, Axel era muy feo. Su rostro era inarmónico, sus piernas y brazos daban la impresión de no estar hechas adecuadamente para su cuerpo. El tenía serios problemas para encontrar clientes. Por lo tanto, contaba con unos maricas que eran fijos y algunos clientes habituales. Cuando Detlev se sentía colmado de todo, injuriaba e insultaba a los maricas. Axel, por su físico poco atractivo, estaba obligado a controlarse todo el tiempo, era siempre amable. Además, parece que en la cama tenía algo muy particular, algo que complacía mucho. Si no hubiera sido por eso, habría sido un total fracaso, con toda esa concurrencia que acudía a la Zoo…
Se desquitaba a su manera. Desde que había caído en las garras de un cliente medio bestial, se dedicaba a estafarlos. Axel era un muchacho con carácter: cuando lo ofendían o humillaban , se dominaba, no mostraba jamás sus sentimientos. Por otra parte, era increíblemente gentil y compasivo, características muy inusuales en un drogadicto... de hecho, no existían dos como el, Se comportaba como si no viviera en este mundo podrido. En aquel entonces le quedaba un solo año de vida.
La historia de Axel se asemejaba a la nuestra. Sus padres eran divorciados. Vivía junto a su madre hasta el día en que ella decidió irse a vivir con su pareja. Pero la madre fue generosa: le dejó un departamento de dos dormitorios, algunos muebles y un cuadro. Además lo visitaba una vez a la semana y le daba algo de dinero. Sabía que Axel se inyectaba y le pidió en innumerables ocasiones que abandonara el vicio. Ella consideraba que había hecho mucho por él, más de lo que hacen la mayoría de las madres por sus hijos. ¿Acaso no le había regalado un departamento y un cuadro?
Pasé el fin de semana en casa de Axel. Le dije a mi madre que me quedaría en la casa de una amiga.
El departamento de Axel era un verdadero cuchitril de drogadicto. La hediondez me invadió desde el umbral de la puerta de entrada. Latas de sardinas vacías tiradas por todas las esquinas, colillas flotando dentro del aceite de las latas o en salsa de tomate. Había también una cantidad de vasos y tazas sucias. En el interior de éstos había agua, ceniza, tabaco, papel de cigarrillos. Cuando quise poner los yogures encima de la mesa_ la única mesa que había_ me encontré con dos latas de sardinas vacías tumbadas encima y la salsa del interior estaba salpicada en la alfombra. A nadie le llamó la atención.
De todos modos, esa alfombra apestaba de una manera espantosa. Cuando Axel se inyectó me dí cuenta porqué. Cuando retiró la jeringa de su brazo, la llenó de agua y vació el líquido rosáceo_ la jeringa contenía aún algunas gotas de sangre_ sobre la alfombra. Así limpiaba sus utensilios. Y era el olor dulzón de la sangre seca
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mezclado con aquella salsa de pescado lo que provocaba esa terrible hediondez. Igual que las cortinas: se habían amarillado y olían mal.
En medio de todo ese loquerío reinaba un lecho con sábanas de una blancura deslumbrante. Me refugié en ella de inmediato. Hundí mi cuerpo en las almohadas: tenían un fragante aroma de almidón. Creo que nunca me había acostado en una cama tan pulcra.
Axel me dijo: “Puse esas sábanas para ti “Todos los sábados me encontraba con la cama recién hecha, fresca. No alcanzaba a dormir dos noches seguidas dentro de las mismas sábanas mientras que los muchachos no las cambiaban jamás.
Hacían todo lo que podían para agradarme. Siempre había cosas para comer y para beber de mi agrado…
Me compraban, además, droga de la mejor calidad. Después de la ictericia solía tener problemas con mi hígado, sobre todo si usaba mercadería adulterada, me sentía morir. Los muchachos siempre se hacían mala sangre cuando comenzaba a quejarme de mis achaques.
Entonces iban y me compraban heroína “extra” y no les importaba nada el precio. Estaban siempre cuando los necesitaba. En el fondo, no tenían a nadie más que a mí. Y yo tenía a Detlev _ Detlev ocupaba siempre el primer lugar_ después Axel o Bernd, después, cualquiera otra persona…
Me sentía muy feliz. Contenta como pocas veces en mi vida. Me sentía protegida. Tenía un hogar: la estación del Zoo después del mediodía y el hediondo departamento de Axel para el fin de semana.
Detlev era el más fuerte del grupo, yo, la más débil. Me sentía inferior a los varones, tanto en lo físico como en lo moral. Sobretodo porque era mujer. Sin embargo, por primera vez me agradaron mis puntos flacos. Saboreaba la protección de Detlev. Paladeaba el agrado que me provocaba que Detlev, Axel y Bernd estaban allí cada vez que los necesitaba.
Mi novio, mi pareja hacía por mí lo que no haría ningún otro drogadicto: compartir conmigo sus dosis de heroína. Ganaba dinero para mí y hacía el peor trabajo que podía existir. Para pagar mi ración de heroína se hacía dos clientes diarios extra. Nosotros no éramos como los demás, todo lo contrario: el hombre se prostituía en beneficio de su mujer. Quizás éramos la única pareja del mundo que vivía una experiencia semejante.
Durante aquel otoño de 1976 la idea de prostituirme no se me cruzaba por la mente. Al menos, en serio. A veces lo pensaba unos pocos segundos. Ocurría durante los días en que sentía remordimientos cuando veía partir a Detlev con algún tipo particularmente repulsivo. Pero sabía muy bien que Detlev me reprendería con extrañeza si sugería tal posibilidad.
Lo cierto es que no entendía muy claramente en qué consistía todo aquello. O al menos no quería pensar ni imaginarlo. Detlev no hablaba del asunto. Al escuchar las conversaciones de los tres muchachos tenía la impresión de que éstas giraban alrededor de intentar hacerles zancadillas a los maricas.
Para mí todo aquello no tenía nada que ver con nosotros., Detlev y Christianne. Como era un asunto que el estaba obligado a hacer, no me disgustaba. Que el tuviera sus enredos con los homos no era tan terrible, era su trabajo, _ el asqueroso trabajo que nos permitía conseguir la droga. Sólo que yo no quería que esos tipo manosearan a Detlev. El era mío, solamente mío.
Al comienzo encontraba muy simpáticos a algunos de aquellos homosexuales. Los muchachos comentaban ocasionalmente que fulano o mengano no era un mal
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tipo y que debían conservarlo. Esa fue una de las cosas que se me quedaron grabadas en la memoria. Algunos de ellos eran muy amables conmigo cuando estaba junto a Detlev en la estación Zoo. Se podría decir que me querían de veras. De vez en cuando, uno de los muchachos me entregaba un billete de parte de un marica porque me encontraban “tan preciosa”. Detlev nunca me contó que esos tipos lo hostigaban para que yo me acostara con ellos.
Me dediqué a observar a las otras niñas. Casi todas eran chicas como yo. Se notaban que se sentían bastante desgraciadas. Sobretodo las toxicómanas, las que tenían que prostituirse para poder inyectarse. Yo veía el disgusto pintado en sus rostros cuando se les acercaba un cliente y las tocaba, se veían forzadas a sonreír. Los despreciaba, a esos fulanos que se deslizaban cobardemente en el hall de la estación en busca de carne fresca. Desde un rincón oculto encendían sus miradas. Eran idiotas o perversos seguramente. ¿Qué placer podían experimentar al acostarse con una chica totalmente desconocida, visiblemente asqueada por lo que hacía y con la cual era imposible no palpar su angustia y desamparo?
Terminé por detestar también a los homos. Poco a poco fui tomando conciencia de los sufrimientos que padecía Detlev a causa de ellos. Con frecuencia tenía dificultades para frenar la repulsión que sentía por realizar ese trabajo. De todos modos, si no estaba lo suficientemente reventado por una dosis de heroína, no lo hacía. Cuando sufría crisis de abstinencia_ esto era, por cierto, cuando más necesitaba dinero_ se ponía a salvo gracias a sus clientes. Entonces Axel y Bernd intentaban reemplazarlo en la estación. Se esforzaban en reprimir su rabia y también necesitaban desesperadamente drogarse cuando estaban con crisis de abstinencia. A mi me exasperaba ver cómo los maricas corrían detrás de Detlev.
Balbuceaban juramentos de amor totalmente ridículos, le deslizaban cartas de amor en la mano y todo eso lo hacían en mi presencia. Esos tipos debían hacer esas cosas cuando estaban a solas. ¡Qué tipos! Comencé a sentirme incapaz de sentir compasión por esos individuos. Tenía ganas de gritarles: “Escucha, viejito, intenta comprender que Detlev es mío y de ninguna otra persona, ni menos de un maricón de mierda como tú”. Pero eran esos tipos los que nos procuraban el dinero, los que se dejaban desplumar igual que los pavos en Navidad. Los necesitábamos.
A medida que pasaba el tiempo me di cuenta que entre esos hombres habían algunos que conocían íntimamente a Detlev, mucho más íntimamente que yo. Me dieron ganas de vomitar. Un día, escuché que los tres muchachos contaron que algunos clientes no pagaban si su acompañante no tenía un orgasmo. Creí que iba a reventar de rabia.
Cada vez veía menos a Detlev porque siempre estaba partiendo con uno de esos maricones asquerosos. Temía por él. Alguien me había contado que los muchachos que se prostituían terminaban_ definitivamente_ convertidos en homosexuales. Pero no podía decirle nada a Detlev. Necesitábamos dinero y cada vez lo necesitábamos más. Y la mitad de lo que ganaba era para pagar mi ración de droga. Cuando me incorporé a su grupo tomé la decisión, al menos, inconscientemente, de ser como ellos: una drogadicta de veras. Me inyectaba a diario. Y me encargaba de tener la suficiente cantidad de heroína para la mañana siguiente.
Ninguno de los dos había estado todavía en estado de total dependencia física. Entre los principiantes que no se inyectan a diario, el proceso de dependencia física funcionaba en forma más lento. Nosotros habíamos logrado llegar al punto que podíamos pasar uno o dos días sin heroína: tomábamos otras cosas para poder volar un poco y no sufríamos demasiado. Entonces decíamos que no éramos como
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los otros, no como esos viciosos que se habían derrumbado completamente. Podíamos detenernos cuando queríamos.
A pesar de todo, teníamos momentos felices. Todos los domingos, en casa de Axel, Detlev se acostaba conmigo en la bella cama, impecable, me deseaba “buenas noches” con un dulce beso en la boca y luego nos dormíamos. Nos tendíamos espalda con espalda, cachetes con cachetes. Cuando despertaba, Detlev me daba el beso de los buenos días.
Hacía seis meses que andábamos juntos y todavía no teníamos aproximaciones físicas más profundas. Cuando conocí a Detlev ya desconfiaba de la brutalidad de los muchachos. Por eso le dije de inmediato:” Tú sabes que soy virgen. Quiero esperar un poco todavía. Considero que soy muy joven todavía aún”.
Lo entendió de inmediato y jamás armó ningún lío sobre el asunto. Para él, yo era algo más que una amiga con la que se entendía pero se daba cuenta que a pesar de mis catorce años, todavía era una niña. Detlev tenía una sensibilidad extraordinaria, sentía lo que yo deseaba, lo que debía hacer. A comienzos de Octubre le pedí a mi madre que me comprara pastillas anti-conceptivas. Me advirtió que tenía que usarlas en forma reglamentarias. Sabía lo de Detlev pero no me creyó que entre nosotros dos no pasaba nada. Era muy desconfiada en ese tipo de cosas.
Comencé a tomar las pastillas sin advertirle a Detlev. Todavía tenía miedo. Un día Sábado, a fines de Octubre, lo vi llegar a la casa de Axel y de inmediato se puso a armar mi cama con un par de sábanas blancas. Eran un poco más largas de las que usábamos habitualmente. Axel me explicó que era estúpido que durmiéramos los dos apiñados en un camastro mientras el se repantigaba en un plumón solo. Nos cedió su cama.
Ese día todo el mundo andaba de buen humor. De pronto, Detlev, sugirió que hiciéramos un buen aseo. Todos estuvimos de acuerdo. Comencé por abrir todas las ventanas. Las primeras bocanadas de aire fresco que penetraron me hicieron tomar conciencia nuevamente de la hediondez en las que estábamos sumidos. Ninguna persona normal podría haber aguantado más de unos minutos toda esa mugre, mezcla de mal olor de sangre seca, cenizas, conservas de pescados podridas.
Dos horas más tarde toda una revolución se había apoderado del departamento. Se barrió, se apilaron montañas de basura en bolsas plásticas. Pasé la aspiradora, limpié también la jaula del canario_ el que se había sobreexcitado con el cuento de la limpieza. La madre de Axel lo había dejado en el departamento porque a su pareja no le gustaban los pájaros. Axel detestaba, asimismo, a ese desafortunado bicho y éste, cuando no podía soportar más la soledad, se pone a piar, chocaba fuerte contra la jaula y se arremolinaba como un loco entre medio de los barrotes.
Ninguno de los muchachos se preocupaba del canario pero la madre de Axel le llevaba regularmente una provisión de alpiste semanal. Yo le compré un pequeño recipiente de vidrio para que tomara agua limpia durante unos seis días.
Cuando nos acostamos esa noche, las cosas no se desarrollaron en la forma habitual. Detlev no me dio el beso de las buenas noches y no me dio la espalda. Se puso a hablarme, a decirme cosas muy dulces. Sentía cómo sus manos me acariciaban. Muy tiernamente. Yo no estaba en absoluto temerosa. A mi vez, yo también lo acaricié. Intercambiamos caricias, Durante un largo tiempo. Sin decir una palabra. Fue maravilloso.
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Pasó al menos una hora antes de que Detlev rompiera el silencio. Me preguntó:” ¿Quieres hacer el amor el próximo domingo? Le respondí: “O.K”. Siempre temí esa pregunta. Estuve contenta cuando Detlev la formuló.
Al cabo de un rato le dije: “O.K. Pero con una condición: no tomaremos nada, ni uno ni el otro. Ni pensar en la heroína. Si estamos volados voy a correr el riesgo de que no me guste. Y quizás me agrade solamente porque estoy drogada. Quiero estar totalmente lúcida. Y quiero que tu también para que te enteres si me amas realmente”. Detlev dijo: “OK.”, me deseó buenas noches con un dulce beso y nos quedamos dormidos, espalda con espalda, cachetes con cachetes.
Cuando nos reunimos el domingo siguiente ambos comprobamos que habíamos mantenido nuestra promesa: no ingerimos nada. El departamento estaba de nuevo sucio y maloliente. Pero nuestra cama tenía unas sábanas que resplandecían por su blancura. Nos desvestimos. Yo todavía estaba un poco asustada. Estábamos tendidos el uno al lado del otro, sin decir palabra. Yo pensaba en lo que me habían contado mis compañeras de colegio, de cómo los hombres se lanzaban encima de uno, brutalmente, de cómo hundían su aparato en el cuerpo de uno y no se detenían hasta que estaban realmente satisfechos. Las niñas me contaron que era algo atroz.
Le dije a Detlev que no quería que me ocurriese aquello que contaban mis compañeras.
El me respondió:”OK. pequeña…”
Nos acariciamos durante un largo tiempo. Me penetró un poco, apenas me di cuenta. Cuando sentía un poco de dolor, Detlev lo percibía sin que yo se lo dijera.
Pensé:” No importa que me duela un poco. Hace seis meses que espera…”
Pero Detlev no quería hacerme daño. En un momento dado, resultó. Nos unimos definitivamente. Lo amaba, estaba loca de amor por él. Pero me sentía tiesa como una tabla. Detlev estaba también inmóvil. Seguramente se dio cuenta de que yo era incapaz de expresarme: estaba paralizado de angustia y de felicidad.
Detlev se retiró y me abrazó. Experimenté algo extraordinario: Me pregunté cómo pude merecerme semejante muchacho. Un chico que solamente pensaba en mí y no en él. Pensé en Charly, el que metió sus manos entre mis piernas cuando estábamos viendo una película. Estaba contenta de haber esperado a Detlev, de no pertenecer nada más que a él. Amaba tanto a ese chico que de repente sentí pánico. Tenía miedo de la muerte. Y me repetía todo el tiempo: “No quiero que Detlev muera”.
Le dije mientras me acariciaba:”Detlev, vamos a dejar de inyectarnos”.
“Si” respondió él. “No quiero que te conviertas en una viciosa”.
El me abrazó. Nos dimos vuelta lentamente y nos dormimos espalda con espalda, cachetes con cachetes.
Me desperté con las manos de Detlev sobre mi cuerpo .Todavía era muy temprano, una luz gris se filtró a través de las cortinas. Nos acariciamos y después nos hicimos el amor. Lo que yo sentía estaba dentro de mi cabeza y no en la parte inferior de mi cuerpo. Pero ya sabía que hacer el amor con Detlev era maravilloso.
El lunes me fui directamente desde la escuela hasta la estación Zoo. Detlev estaba allí. Le di mi merienda y una manzana. Estaba con hambre. Yo necesitaba inyectarme con desesperación porque hacía tres días que no consumía heroína. Le dije a Detlev: “¿Tienes una inyección para mí?”
Respondió que no y añadió:”No te daré más. No quiero hacerlo. Te amo demasiado. No quiero que te conviertas en una yunki”.
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Entonces exploté. Me puse a vociferar: “¿Acaso tienes un culo sagrado, viejito? Estás completamente reventado. Tus pupilas se han puesto del tamaño de una cabeza de alfiler. ¿Y te atreves a sermonearme? Comienza por detenerte tu primero, luego lo haré yo. Pero no hables estupideces: confiesa de inmediato que te guardaste toda la droga para ti solo”.
Quise que me escuchara en forma terminante. No podía defenderse, había recomenzado a inyectarse a partir de la noche anterior. Terminó cediendo y me dijo:”OK. Pequeña: vamos a desengancharnos juntos”. Después partió con un homo. Así fue como conseguimos el dinero para mi ración.
Cuando comenzamos a tener relaciones, muchas cosas cambiaron mi vida. Dejé de sentirme a mis anchas en el metro. Sabía lo que eso significaba: prostituirme tarde o temprano. ¡Eso era lo que deseaban los tipos que se me aproximaban! Lo mismo que habíamos hecho Detlev y yo. Fornicar…
Por cierto que antes no entendía bien en que consistía todo ese asunto, era algo muy abstracto para explicarlo en palabras. Entre Detlev y yo había empezado a ocurrir algo maravilloso y más íntimo. Aquellos fulanos me desagradaban… Lo que allí sucedió me parecía absolutamente incomprensible: ¿Cómo podía uno acostarse con uno de esos extranjeros repugnantes, con un borracho o con un hombre calvo, gordo y sudoroso? Aquello no me asombraba más que escuchar los cuentos de los maricas. Ya no sabía qué responderles. Me libraba de ellos ahuyentándolos y en ocasiones, también los golpeaba. En cuanto a los maricones, ahora les tenía verdadero horror Por mí los hubiera matado. ¡Qué cerdos! Pasaba gran parte del tiempo tratando de impedir imaginarme a Detlev acariciando a esos tipejos.
Sin embargo, continué yendo todos los días después de la escuela. Por ver a Detlev. Cuando tenía un cliente en la mañana me invitaba a tomarme un chocolate en la terraza de la estación. A veces las cosas andaban mal, pasaban días en que Detlev no lograba reunir dinero para nuestras dos raciones de heroína.
Poco a poco fui conociendo a los otros muchachos. Detlev intentó mantenerme alejada de ellos anteriormente. Estaban bastante más deteriorados que nosotros, tenían muchas más dificultades que mis compañeros para atraer clientes. Esos eran los yunkis, la clase de tipos que yo solía admirar.
Detlev me dijo que ellos eran amigos suyos pero al mismo tiempo me pidió que desconfiase de ellos. Andaban siempre drogados y buscando con qué inyectarse. Jamás se les podía mostrar dinero ni un poco de droga porque se corría el riesgo de sufrir una feroz golpiza. Ellos tenían problemas con los clientes y también entre ellos.
Comencé a comprender lo que era todo eso, y porque ese mundo de drogadictos me atraía sobremanera. Solamente ahora que estaba dentro lo entendía. Al menos, casi…
En ocasiones, los amigos de Detlev me decían:”Desengánchate, eres demasiado joven para andar metida en esto. Desengánchate: podrás detenerte siempre que te separes de Detlev. El no se va salir nunca de este cuento. No seas idiota, bótalo de una vez”.
Los mandaba a la cresta. ¿Separarme de Detlev? Me parecía impensable. Si el decidía matarse, me mataría con él. Pero no les decía nada al respecto, les respondía simplemente:” Te equivocas, no somos toxicómanos. Nosotros podemos abandonar la droga cuando se nos antoje”. Durante ese mes de Noviembre los días me parecían todos iguales. De dos a ocho en la estación Zoo. Después, al
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“Treibhaus”, una discoteca de la calle Kurfursterdamm a la que Detlev había adquirido el hábito de frecuentar. Era un lugar de encuentro de drogadictos y era aún peor que la “Sound”.Me quedaba a menudo hasta las doce y veinte de la noche, a la hora en que pasaba el último colectivo. En realidad, yo no vivía más que para los sábados en la noche. Detlev y yo hacíamos el amor el sábado en la noche. Y cada vez resultaba más hermoso, al menos que estuviésemos demasiados volados. Llegó Diciembre. Tenía frío. Nunca antes había sufrido de frío. Me empecé a dar cuenta de que estaba físicamente deteriorada. Lo supe un día Domingo al comenzar el mes. Lo advertí cuando estaba en el departamento de Axel. Detlev dormía tendido encima de mis costillas. Yo estaba congelada. Mis ojos se posaron sobre una caja. Y, de pronto, la inscripción que había sobre la caja me saltó a la vista. Era en colores, con esos colores agresivos que le hacen daño a la vista. Resaltaba, sobre todo, un rojo aterrador. Cuando partía en uno de aquellos “viajes” siempre sentí temor del color rojo. Pero la heroína lograba que el rojo se transformara en un tono muy suave, lo recubría_, al igual que a los otros colores_, con una especie de velo.
De pronto, el rojo que cubría esa estúpida caja, se tornó siniestro. Tenía mi boca llena de saliva. La tragaba pero reaparecía nuevamente. Volvía a inundar mi boca sin poderla controlar. Después la saliva desapareció bruscamente y empecé a sentir mi boca seca y pegajosa. Intenté tomar algo pero no podía tragar. Temblaba de frío y al minuto siguiente sentía mucho calor. Estaba totalmente transpirada. Desperté a Detlev y le dije:” algo está ocurriendo”.
Detlev me miró en forma insistente. “Tienes las pupilas grandes como platillos”. Un largo silencio y después me dijo: “Y bien, chiquita, eso era”
De nuevo me sentí sacudida de escalofríos. Le pregunté: “·Eso es ¿qué?”.
“Cold turkey, lo que llaman “ Pavo frío”: la crisis de abstención. La estás sintiendo” agregó. “Eres una adicta “me dije a mi misma”. Pero no era algo tan horrible.¿Porqué harán tanta cuestión sobre este asunto?” Yo no estaba realmente mal: sólo temblaba, me sentía agredida por los colores y tenía esa extraña sensación en la boca.
Detlev no dijo nada más. Sacó del bolsillo de su jean un pequeño paquete y ácido ascórbico, fue a buscar una cuchara, calentó todo encima de la llama de una vela y me pasó una jeringa preparada. Yo temblaba tanto que me inyecté mal en la vena pero al poco rato me sentí resucitar. Todo regresó a la normalidad: los colores, volvieron a ser suaves, mi boca recobró su estado normal y yo me acurruqué en el hombro de Detlev mientras el aprovechaba la ocasión para inyectarse. Nos levantamos al mediodía y en seguida le pedí a Detlev que me convidara un poco de heroína.
Me dijo: “No lo hagas. Te pondrás una dosis hoy por la noche antes de regresar a tu casa”.
“Pero yo necesito algo para hoy por la mañana” le respondí.
“Te diré algo: no tengo suficiente. Y no tengo ganas de ir a la estación Zoo. De todos modos, hoy es Domingo y no debe haber nadie. Esa fue la respuesta de Detlev.
Sentí pánico:” ¿pero no lo comprendes? Si no tengo con que inyectarme mañana en la mañana, sufriré una crisis de abstención y no podré ir a clases.”
Detlev:” Te lo había advertido, niñita. ¡Estás atrapada! “
De todos modos, después fuimos a la estación Zoo. Tenía tiempo para reflexionar. Había tenido mi primera crisis de abstinencia. Ahora me había convertido en una persona dependiente. De la heroína y de Detlev. ¿Cómo sería el amor de una pareja
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cuando uno depende totalmente del otro? ¿Qué ocurriría si estaba obligada a suplicarle a Detlev para que me diese una ración de droga? Ya había comprobado que los adictos que estaban con crisis de abstención se veían obligados a mendigar, a rebajarse, a sufrir todo tipo de humillaciones. Yo desconocía lo que significaba pedir. Y no comenzaría a hacerlo con Detlev. Por ningún motivo, Si el dejaba de mantenerme, nuestra relación se terminaría para siempre.
Detlev encontró un cliente. Me puse a esperar su regreso. Y se demoró…se demoraba… Tenía que acostumbrarme a esperar para obtener mis dosis matutinas.
Estaba deprimida. Monologaba conmigo misma.”¿Y qué te parece Chtistianne? Obtuviste lo que deseabas. ¿Así fue cómo te lo imaginabas? Seguramente, no. Pero lo deseabas en el fondo. Admirabas a los toxicómanos ¿Verdad? Ya estás metida en el baile. Ahora no te puedes echar para atrás. Cuando hablaban de crisis de abstención debiste abrir bien los ojos. Deberías saber lo que era. No se te ocultó la verdad. Ahora te toca a ti impresionar a otros.”
Pero no me dejé abatir realmente. Pensé en la forma en que había tratado a los yunkis en estado de abstención. No comprendía entonces qué era lo que les ocurría. Solamente había notado que se ponían bastante sensibles, totalmente desarmados y muy vulnerables. Un toxicómano en crisis quedaba de tal forma anulado que no podía contradecir a terceras personas. Me daban deseos de probar con ellos mis apetitos de poder. Cuando uno sabía cómo atacarlos se los podría destruir en un breve espacio de tiempo. Bastaba con golpearlos en el lugar preciso, luego aplicar pacientemente el hierro caliente en la herida para que cayeran derrumbados.
Cuando uno sufre una crisis de abstinencia, está lo suficientemente lúcida para darse cuenta que está convertida en un guiñapo. La fachada “sensacional” se acaba y sólo se piensa en lo que hay en el interior de una y en el interior de los demás.
Me decía a mí misma: “Ahora te toca ti babear cuando te toque una crisis. Se van a dar cuenta que eres fea y desgreñada. Pero después de todo, tú ya lo sabías. ¿No es así? Es extraño que no hayas pensado bien acerca de todo este asunto.”
Mi discurso para mí misma no me condujo a nada. Sentí necesidad de hablar con alguien. Por cierto, podía ir en busca de uno de los compañeros de Detlev que vagabundeaban por esos lados. En lugar de hacerlo, me encogí en un rincón, al lado de la Oficina Central de Correos. Sabía de sobra lo que me dirían:” No te preocupes, chiquita. Se te va a componer el naipe. Tienes que hacerte una cura de desintoxicación. El Valeron fue creado para eso”. Detlev solía hacer ese tipo de bromas.
Sólo me quedaba hablarle a mi madre. Pero me dije:” Es imposible. Tú no puedes hacerlo. Ella te quiere. Tú también la quieres, a tu manera. Si le cuentas lo que te ocurre, ella va a sufrir. Y de todos modos, ella no puede ayudarte. Quizás decida ponerte en un internado. Y aquello ¿a quién le servirá? Las medidas forzadas no logran que las personas retornen al buen camino. Y sobretodo a ti. Saltarás el muro y partirás corriendo. Y eso sería todavía peor”.
Continué monologando a media voz:”Abandona todo esto de una vez por todas. Sufrirás de abstención durante algunos días pero te las arreglarás para capear el temporal, Cuando regrese Detlev le dirás: “No deseo más heroína. Acabé con eso. Y tú debes hacer lo mismo. De lo contrario, nos separamos. ¿tienes dos raciones de mercadería en el bolsillo? OK viejito. Nos pegaremos la última volada y mañana se acaba todo.” No me di cuenta que en medio de todo aquel discurso estaba con muchos deseos de inyectarme. Y yo murmuraba como si me estuviera revelando
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un secreto a mi misma.”De todos modos, Detlev no lo logrará. Y tú sabes de sobra que tú no lo dejarás a él. Deja de contarte cuentos. Llegaste al punto final, al punto más final… No has hecho gran cosa con tu vida pero lograste lo que deseabas”.
Detlev regresó. Sin intercambiar ninguna palabra enfilamos hacia la Kurfurstendamm en busca de nuestro habitual revendedor. Consumí mi dosis, entré a casa y me refugié en mi cuarto.
Dos semanas después, Detlev y yo nos encontrábamos solos en el departamento de Axel. Estábamos totalmente bajoneados. El día anterior, al no encontrar a nuestro revendedor habitual, le compramos mercadería a otro tipo que nos engañó. La droga que nos vendió estaba tan infectada que el domingo por la mañana nos tuvimos que inyectar una dosis doble para estabilizarnos.
Ese domingo al mediodía estábamos sin un gramo para colocarnos. Detlev empezó a transpirar y me di cuenta de que estaba próximo a sufrir una crisis de abstinencia.
Registramos todo con la esperanza de encontrar algo vendible. Sabíamos de antemano que no había nada. Desde la cafetera eléctrica hasta la radio a transistores, todo se había canjeado por inyecciones. Quedaba la aspiradora pero estaba tan vieja que no le sacaríamos ni cinco marcos.
Detlev me dijo:” Chiquita, es necesario que consigas dinero y rápido. Es posible que dentro de dos horas estemos en plena crisis de abstención y eso sería insoportable. Como es domingo en la noche no voy a poder conseguir por mi cuenta todo el dinero que necesitamos. Me tienes que ayudar. Lo mejor que podrías hacer es realizar una colecta en la “Sound”. Trata de reunir unos cuarenta marcos. Si logro enganchar un cliente por unos cuarenta o cincuenta marcos, nos quedará un poco de droga para mañana por la mañana. ¿Puedes hacerlo?”
Yo:” Por supuesto que puedo hacerlo. Haré la colecta. Es mi especialidad”. Quedamos de juntarnos al cabo de dos horas. Yo había recolectado dinero en varias ocasiones. Y sobretodo en la “Sound”. En ocasiones lo había hecho sólo como un desafío. Y siempre obtuve buenos resultados. Pero no aquella noche. Estaba presionada y la colecta requería tiempo: tenía que elegir bien a los tipos que tenía que sablear, saber cómo abordarlos, a veces, charlar un poco con ellos y sobretodo estar con la autoestima en alto. Para hacer una colecta uno tenía que estar con deseos de hacerla.
Pero yo estaba en crisis y la hice con resentimiento. Al cabo de una hora sólo pude recolectar siete marcos. Me dije a mi misma:” Jamás lograrás reunir esa cantidad de dinero”. Pensé en Detlev y lo imaginé buscando un cliente en la estación Zoo, un sitio que los domingos por la noche era frecuentado exclusivamente por familias, papá, mamá y los niños. Más allá del acuerdo que hicimos, tuve presente que el estaba sufriendo una crisis. Sentí pánico.
Salí afuera, sin un plan preconcebido. Pensé que probablemente tendría más éxito haciendo la colecta en la calle. Un feroz Mercedes se detuvo. Tenía por costumbre mirar los coches de lujo cuando disminuían la velocidad o cuando se detenían delante de la “Sound”. En ninguna parte la carne fresca era más solicitada que allí, niñas que no tenían los dos marcos para cancelar el ticket de la entrada se vendían por el ticket y un par de botellas de Coca Cola.
El tipo del Mercedes me hizo una seña. Lo reconocí. Pasaba a menudo por allí y no era la primera vez que me seguía. Su frase habitual:” ¿No tienes deseos de ganarte un billete de cien marcos?”. En una ocasión le pregunté qué solicitaba el a cambio. Respondió: “Nada en particular”. Entonces me reí muchísimo de él.
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No sé exactamente cuál fue la idea que se me atravesó en ese momento. Quizás algo por el estilo de:”Cómo veo siempre a este tipo voy a intentar saber qué desea en realidad. Quizás podría lograr que soltara algunos billetes.”. Se detuvo hasta que de pronto me vi encaramada dentro del Mercedes. Me dijo que subiera, que no podía detenerse allí. Obedecí.
En realidad, yo sabía muy bien lo que iba a ocurrir. Al tipo no le importó en lo absoluto que estuviera haciendo una colecta. Desde ese día, Los clientes, a partir de entonces, dejaron de ser para mí criaturas de otro planeta. Los veía a menudo en la Estación Zoo, había escuchado suficientes relatos de mis compañeros para saber como iba a continuar la película que acababa de comenzar. Me di cuenta de que se trataba de un cliente que no imponía condiciones. Intenté aparentar estar encantada. Había dejado de temblar. Aspiré un par de fuertes bocanadas de aire y desafortunadamente sólo logré que mi voz sonara vacilante:
Yo: “¿Y entonces…?
El:” Y entonces ¿qué? Cien marcos… ¿De acuerdo?”
Yo: “No nos acostaremos. Por ningún motivo lo haré.”
Me preguntó porqué y en mi nerviosismo no se me ocurrió nada mejor que decirle la verdad:” Tengo novio. No he tenido relaciones sexuales con otro. Y no tengo ganas de hacerlo.
El: “Bien. Entonces prepárame una pipa”
Yo: “No, no podría. Me haría vomitar”.Respondí categórica.
Decididamente, nada lo sacaba de sus casillas. Entonces respondió:”OK. Entonces me vas a manosear…”
Yo:” De acuerdo. Por cien marcos.”
En aquel momento la cifra no me sorprendió porque me di cuenta de que el tipo quería estar de todos modos conmigo. Cien marcos por hacer eso y en la Kurfurstenstrasse , donde la prostitución infantil era casi regalada… Se quedó enganchado por ese temor que no logré disimular por completo. Yo estaba encogida contra la puerta del automóvil, la mano derecha encima de la manija. El sabía muy bien que no estábamos jugando. Aceleró la marcha. Yo me aterré. Me decía a mi misma:”Seguramente no se va a conformar con eso. Ahora me va a culear. O quizás no me dé el dinero”.
Se detuvo. Estábamos en un parque, cerca de la “Sound” Yo solía atravesar ese parque con frecuencia. Era un verdadero centro sexual, había preservativos y pañuelos de papel tirados por todas partes.
Temblaba entera y estaba ligeramente asqueada. El tipo mantuvo siempre un aspecto muy calmo. Apelé a todo mi valor y prosiguiendo con las leyes de la prostitución infantil le dije:” Ahora, el dinero”. Me lo dio. Yo seguía perturbada. Nadie podía asegurar que de repente me dijera que le devolviera el dinero. Había escuchado muchos cuentos similares. Pero yo sabía que iba a hacer él. Durante el último tiempo, los muchachos del grupo no hacían otra cosa que contar sus aventuras con los clientes. De todos modos, no tenían nada mejor que contar.
Esperé a que se desabotonase el pantalón_ estaba demasiado ocupado en si mismo para vigilarme_ y aproveché de deslizar los billetes en mi bota. El ya estaba listo. Yo, yo estaba amarrada a la punta de mi asiento en el Mercedes . Inmóvil, sin mirarlo, extendí mi brazo izquierdo. Me tuve que aproximar al tipo. Aproveché de darle un vistazo rápido a su aparato antes de cogerlo en mi mano.
Tenía ganas de vomitar y tenía frío. Mantuve los ojos fijos en el parabrisa intentando pensar en otra cosa. Quise concentrarme en la publicidad luminosa que
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parpadeaba intermitentemente a lo lejos, también en unos focos de autos que veía brillar detrás de los matorrales.
El asunto terminó bastante rápido. El tipo buscó en su billetera. La sujetaba de manera tal que me permitiera adivinar que dentro de ésta había un montón de billetes. Quería impresionarme. Además me dio veinte marcos. Una propina.
Una vez fuera del vehículo me sentí bastante relajada y comencé a realizar una especie de balance:”Fíjate bien. Ya tienes catorce años y hasta un mes atrás eras virgen. Ahora te prostituyes.”
Después no pensé más en el tipo ni en lo que había hecho. Además estaba muy contenta. Por lo del dinero. Nunca antes había tenido tanto dinero en mis manos. No me preocupé por Detlev. Tampoco me importaba lo que diría Detlev. La crisis de abstinencia se estaba apoderando de mí y sólo una idea giraba en torno a mi mente: comprar mercadería para inyectarme. Tuve suerte porque de inmediato encontré a nuestro proveedor acostumbrado. Al ver esa cantidad de dinero me dijo:” ¿De dónde sacaste todo eso? ¿Te prostituiste?” Le respondí casi a gritos: “¿Estás soñando? ¿Yo? ¿Metida en ese cuento? Si pienso dejar de inyectarme en forma definitiva. Mi padre me lo dio. Por fin se acordó de que tiene una hija.”
Compré dos cuartos por ochenta marcos. Los cuartos eran una novedad en el mercado. Era casi un cuarto de gramo. Antes usábamos un cuarto para tres. Ahora alcanzaba justo una porción para Detlev y otra para mí.
Me dirigí a los W.C. de la Kurfurstenstrasse y me inyecté una dosis. Era mercadería “extra”. Introduje el resto de la heroína y el dinero en el estuche plástico de mi carné escolar.
La operación completa no tardó más de quince minutos. Hacía cuarenta y cinco minutos que había abandonada a Detlev y estaba segura de encontrarlo en la Estación Zoo. Estaba allí hecho una miseria. Sin ningún cliente a la vista en un domingo al mediodía, y de seguro, en estado crítico. Le dije: “Ven. Yo tengo”.
No me preguntó cómo lo había hecho ni hizo otras preguntas. El tenía una sola prisa: regresar a su casa. Nos fuimos directamente a los baños. Saqué el carné escolar de mi bolsillo y le entregué una bolsa pequeña. Mientras calentaba el polvo blanco en la cuchara, Detlev vio que en el estuche había otra bolsa similar y unos billetes.
“¿De dónde sacaste ese dinero?”
“La colecta no resultó. No había nada que hacer.Pero había un tipo con un montón de dinero. Se lo manoseé. Eso fue todo, te lo aseguro. No podría haberme acostado. Lo que hice fue sólo por ti”.
Antes de que terminara de hablar, vi que Detlev palideció intensamente. Se transformó en un loco furioso. Se puso a vociferar:” Mientes. Nadie da cien marcos por tan poco. Y de partida ¿qué significa se lo manoseé y eso fue todo?”. No podía más. Estaba en plena crisis de abstinencia. Todo su cuerpo temblaba, su camisa estaba empapada, tenía calambres en las piernas.
Se puso la inyección en el brazo. Yo estaba sentada en el borde de la bañera y lloraba. Pensaba que el tenía motivos para estar tan furioso. Seguí llorando mientras aguardaba que la inyección surtiera el efecto deseado en Detlev. Aunque fuera así, me podría pegar un par de bofetadas. De seguro que si. Pero yo no me iba a defender.
Detlev retiró la jeringa, salió del baño_ yo iba pisándole los talones_ sin decir una palabra. Finalmente abrió la boca:”Te acompañaré al bus”. Abrí la segunda bolsita y le entregué parte de ella. La colocó en su Jean. Detlev siguió sin decir nada. Habría
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preferido que me golpeara, que me gritara, que al menos dijera algo. Pero nada, nada, nada.
Llegó el bus. No me subí. Cuando partió le dije a Detlev:” Lo que te conté es la estricta verdad. A ese tipo lo manoseé. Eso fue todo. Y no fue tan terrible. Es necesario que me creas. ¿O es que no me tienes confianza?
Detlev: “Está bien. Te creo”.
Yo: “Lo hice por ti. Realmente fue así…”
La voz de Detlev se escuchó más firme:”No digas estupideces. Lo hiciste por ti. Estabas en estado de crisis y te despabilaste. Perfecto. Lo habrías hecho de todos modos así yo no existiera. Intenta comprenderlo. Ahora eres toxicómana. Eres físicamente dependiente. Y todo aquello que hagas, lo harás por ti”.
Le respondí:”Tienes razón”. Pero escúchame un poco. No podrás seguir solo en este negocio. Entre ambos consumimos una buena cantidad de heroína . Y no quiero que tú hagas todo el trabajo. Ahora es mi turno. Estoy segura de que puedo ganar un montón de dinero. Y sin acostarme. Te prometo no acostarme jamás con un cliente.”
Detlev no dijo nada. Luego rodeó mi espalda con su brazo. Se puso a llover y no sabía si las gotas de agua que brillaban sobre su rostro eran lágrimas o eran efecto de la lluvia. Otro bus se detuvo. Yo dije:” Estamos fregados. ¿Recuerdas cuando consumíamos hachís y uno que otro comprimido? Nos sentíamos absolutamente libres. No necesitábamos nada ni a nadie. Y ahora, ahora estamos extrañamente poseídos.”
Dejamos pasar otros tres buses. Murmuramos algunas frases tristes…Lloré acurrucada en sus brazos. El dijo: “Esto se va a arreglar. Nos vamos a desintoxicar. Nos tenemos que librar de todo esto. Voy a conseguirme el Valeron. Me encargaré de eso mañana por la mañana. Estaremos juntos para iniciar nuestra “limpieza”
Se detuvo un bus. Detlev me levantó en alto y me puso dentro.
En casa realicé los gestos habituales en forma mecánica. Fui a buscar un yogur al refrigerador. Me lo comí en la cama. En realidad era sólo un pretexto para llevar la cuchara a mi cuarto. La tenía que utilizar la mañana siguiente para preparar mi dosis. Después fui al baño por un vaso de agua para limpiar la jeringa.
Al día siguiente todo sucedió como de costumbre. Mi madre me despertó a las siete menos cuarto.. Me quedé en cama aparentando no haberla escuchado. Regresó al cabo de cinco minutos. Terminé por decirle:”Si, si, me levantaré de inmediato”. Me volvió a interrumpir. Yo contaba los minutos hasta las siete y cuarto para llegar a tiempo a clases.
Cuando finalmente escuché cerrar la puerta del departamento, eché a andar mis automáticos movimientos. Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama. Justo al lado, en la bolsa plástica, estaban mis productos de belleza, un paquete de cigarrillos Roth-Handle, un pequeño frasco de ácido cítrico, la jeringa estaba obstruida como siempre, por culpa de esa mugre de tabaco que se mete por todos lados. La sumergí en el vaso de agua, puse el polvo en la cuchara, agregué unas gotas de ácido cítrico, puse todo a calentar, me coloqué el asunto en el brazo, etc. Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día. De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases. Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa.
En ciertas ocasiones, mi madre logró levantarme de la cama y me hacía tomar
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el metro junto con ella. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W.C: de la estación Moritsplatz. Resultaba bastante desagradable. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis. Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar.
Llevaba casi todos mis utensilios a clases. Por si acaso. Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. En el W.C. de la escuela sólo una de las puertas se podía cerrar. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo. Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius.
Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado. A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio. Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo. No hubo ninguno que me hablara acerca de las drogas, tampoco nunca me preguntaron si tenía algún problema. Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros. De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres. No existía tampoco ningún contacto de tipo personal.
Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Sacaban el registro de calificaciones cuando teníamos que realizar algún trabajo. Después que anunciaban el título, yo escribía: “No sé”. Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa. La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo. Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Por lo demás, parecían no estar contentos cuando lograban terminar una clase sin alboroto.
Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes.
Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades. Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos. Pero se daba cuenta que no podía proseguir de esa manera, y un día me propuso que trabajáramos juntos.
Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer. Quizás todavía no habían descubiertos aún su potencial masculino. Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían. Tipos que me pidieran que les hiciera cosas. Esos eran los que prefería Detlev, por lo demás. Pensaba que podíamos cobrar cien marcos, quizás más.
Nuestro primer cliente común fue Maxie-Max. Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Lo único que deseaba era que yo estuviera con el pecho descubierto y lo golpeara. Estuve de acuerdo. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: siempre me llené de agresividad contra de los clientes de Detlev. Por su parte, Maxie- Max estaba
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encantada con la idea de que iba a estar con ellos. Por el doble de la tarifa, naturalmente. Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar. Max ya estaba allí. Detlev, no. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Adiviné que se había encontrado con otro cliente, un tipo que pagaba bien y con el que se veía en la obligación de quedarse más tiempo del estipulado. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. Pero Maxie-Max estaba visiblemente más asustado que yo. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer. Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible.
Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Además, estaba sin droga y antes de terminar con Max, ya estaría con crisis de abstención. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz:” Ven, viejito. Detlev nos tendió una trampa. Me voy a ocupar sola de ti y verás cómo te gustará. Pero mantendremos el precio fijado: ciento cincuenta marcos.”
Balbuceó un “si” y giró sobre sus talones. Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino.
Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo. Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado. Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente. Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual.
Nos fuimos a su casa. Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple.
Me saqué mi polera y el me pasó un látigo. Parecía que estábamos en el cine. Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte. Pero el me suplico que le hiciera daño. Entonces lo hice. El gritó:”mamá” y no sé qué otras cosas. No escuché más y trataba de no mirar. Pero vi. las huellas sobre su cuerpo, y después cómo se hinchaban, y cómo se había reventado la piel por todas partes. Era repugnante y eso duró casi una hora.
Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo. Bajé las escaleras con gran velocidad. Pero apenas estuve afuera mi estómago no resistió más y vomité delante de la casa. Después, le puse punto final a ese asunto. No lloré más ni sentí compasión de mí. Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma.
Me dirigí a la estación del Zoo. Detlev estaba allí. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max. Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra. Habíamos tenido una jornada sensacional. De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta
Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones. Jamás en la vida con un extranjero. Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: con frecuencia les gustaba hacer trampas, decían que no tenían mucho dinero_ generalmente no pagaban más de veinte o treinta marcos.
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_ además siempre querían acostarse y no llevaban preservativos, No tenía relaciones sexuales con los clientes. Aquello lo hacía solamente con Detlev. Era el último pedazo de vida privada. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo “a la francesa”. Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna “gracia” a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Si lo intentaban, los insultaba a más no poder.
Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente. Ese último resquicio de amor propio fue una de las actitudes que con el tiempo más me costó desterrar. Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde. Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max.
Maxi-Max era nuestro cliente habitual común, de Detlev y mío.Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos. Evidentemente, con su salario de obrero no podía seguir pagándonos ciento cuarenta marcos. Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba. Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos. Cuando los tenía, me lo daba.
Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida... Para Detlev, pudding de sémola_ a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador. Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates. La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros.
El pobre comenzó a adelgazar cada vez más. Le costábamos casi todo su dinero y se mataba de hambre por culpa nuestra. Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí. Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado. Un día llegué a su casa para pedirle prestados veinte marcos y lo encontré lívido y más tartamudo que nunca. Había leído que un cierto Detlev W. era la novena víctima de la heroína en lo que llevaba de corrido el año. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también. Le respondí muy fríamente que si la dejábamos, no regresaríamos a su casa. No dijo nada más.
Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Nosotros odiábamos a todos los clientes, sin excepción. Por consiguiente odiábamos a Maxi-Max. Pero tampoco lo considerábamos una mala persona (sobretodo quizás porque nunca hizo ningún lío cuando necesitábamos los cuarenta marcos). También experimentábamos por él un sentimiento casi compasivo. Ese fue un caso de un cliente que, en el fondo, era más desgraciado que nosotros. Estaba absolutamente solo y contaba con nosotros, nada más. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes.
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En ocasiones pasábamos la noche en la casa de Max y mirábamos juntos la televisión., tranquilamente, antes de dormir. Nos dejaba su cama y dormía en el piso. Una noche en la que estamos totalmente volados, Maxi –Max puso un disco súper movido, peinó una peluca y se la puso, se colocó un abrigo de piel hermoso y se largó a bailar hecho un loco. Nosotros lo mirábamos medios muertos de la risa. De repente, se tropezó y cayó. Su cabeza se golpeó contra la máquina de coser y estuvo inconsciente durante algunos minutos. Nos alarmamos muchísimo. Llamamos a un médico. Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama.
Al poco tiempo, perdió su trabajo. Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido. Destruido por los drogadictos. Por nosotros. Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos. De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Después, andábamos siempre cortos de tiempo, corríamos todo el día para sobrevivir. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata. “Un drogadicto” le dijo Detlev muy seco “es como un hombre de negocios. Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad.”
Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros. Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la niñita
que hacía algunos meses me abordó en la “Sound” para pedirme LSD. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos.
Nos miramos, comprendimos de inmediato en qué onda estábamos, para luego caer una en los brazos de la otra. Era tan increíblemente bueno volver a verse. Babsi estaba súper delgada, ya no se veía si iba por delante o por detrás. Pero estaba más bonita que antes Su cabello rubio le caía sobre los hombros, impecablemente peinados, se la veía totalmente rozagante. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana.
Babsi estaba muy calmada. No estaba en lo más mínimo acelerada como nosotros, todo el día a la caza de dinero. Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Me dijo además que me regalaría mercadería para inyectarme y algo para comer. Después subimos a la terraza. Era inútil intentar contarnos todo lo que nos había ocurrido durante nuestra separación. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga. Solamente me confió que después de la fuga su familia se había tornado más severa. Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases. Su abuela la vigilaba permanentemente.
No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga.”Tengo un cliente_ dijo ella_”un tipo de cierta edad pero súper buena onda. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína. Tres cuartos diarios. Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Pero por ahora, está enganchado conmigo. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista,
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charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes”.
El tipo se llamaba Henri. Tenía una fábrica de papel. Había escuchado hablar de él. Un tipo fantástico que entregaba la heroína directamente, aquello evitaba que uno anduviera corriendo por todos lados. Envidié a Babsi porque llegaba a su casa a las ocho de la noche a más tardar, podía dormir los efectos de la droga y llevaba una existencia mucho más tranquila que la nuestra.
Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. Nosotros usábamos jeringas desechables y eran difíciles de conseguir. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo. Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos.
Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado. Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes. Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso. Y Babsi se acostaba con él. “Para mí, esa sería la perdición” dijo Stella. “¡Acostarse con semejante tipo”! ¡Con cualquier cliente…! Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK... pero acostarse…!!!!
En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso. Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo. Por eso ella conocía tan bien sus exigencias. Después pasaría yo por la misma experiencia.
Stella me confesó que no había nada más denigrante que prostituirse en la “Sound”. “Allí sólo se ven chicas totalmente trajinadas y extranjeros. Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros.”
Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse. Yo consideraba todo aquello espantoso: subirse a un auto sin ningún modo de saber cuáles eran las exigencias del cliente. Le dije a Stella:” A mi parecer, eso es peor que la Zoo. Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos. Dos clientes para una dosis. Yo no podría…”
Estuvimos discutiendo durante casi una hora sobre si resultaba más denigrante prostituirse en la estación Zoo o en la Kurfurstenstrasse. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso.
Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Cada una de nosotros se esforzaba en demostrarse a si misma y a las demás que uno todavía no estaba tan decadente. Y cuando nos encontrábamos de a dos, hablábamos mal de la tercera ausente.
Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: haríamos nuestro dinero a través de robos y colectas. Stella tenía experiencia al respecto.
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Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe. Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños. Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte. Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Y más aún, si las carteras estaban colgadas en las perchas laterales, éstas oscilaban en sus puestos cuando se sentaban en el water y luego se caían. Era fácil atraparlas, en ambos casos, desde el suelo. Además, las viejas no se atrevían a salir corriendo con el traste al aire y cuando estaban vestidas, ya era demasiado tarde.
Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe. Pero cada vez que Stella anunciaba: “¡Ahora!” a mi me daban cólicos estomacales. Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez. El resultado nos hizo desistir de la operación “Toilettes” para damas. Además, para robar, había que tener nervios de acero y ese no era mi caso, todo lo contrario.
Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Entre dos nos trabajábamos a un cliente. Teníamos un montón de ventajas. Nos desempeñábamos en silencio. Nos vigilábamos mutuamente Cada una sabía dónde había aceptado ir la otra. Estando las dos nos sentíamos seguras, era más difícil que nos engañaran y nos podíamos defender mejor si un cliente no quería respetar las condiciones. Y por lo demás, todo funcionaba más rápido: una se ocupaba de arriba y la otra de abajo y el asunto quedaba terminado en dos tiempos y tres movimientos.
Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: los tipos experimentados sabían que mientras estaba ocupados con una, la otra le podía sustraer la billetera. De nosotras tres, Stella era la que tenía mayores problemas para trabajar a dúo: como ya no tenía aspecto de niña, tenía mayores dificultades para encontrar clientes que Babsi y yo.
Babsi era la más afortunada. Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras. Con sus trece años, su rostro de niña inocente_ no se maquillaba jamás_ y su silueta plana, era precisamente lo que andaban buscando los tipos en el mercado de la prostitución infantil. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes.
Detlev. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos. Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto. Pero no pasaba nada entre las dos parejas. Eramos simplemente una pandilla espectacular. Cada uno podía hablar acerca de sus inquietudes_ prácticamente de todas ellas_ sin importar a quién se lo contaba. Por supuesto que no parábamos de discutir, pero eso, entre los toxicómanos era casi un ejercicio de sobre vivencia. En el estado en que nos encontrábamos entonces, la heroína nos unía cada vez más. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban. Y estas amistades estupendas que existían, al menos, entre los “debutantes” ejercía una gran atracción entre los demás jóvenes.
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La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev. Nos amábamos tanto o más que antes pero cada vez reñíamos más a menudo. Detlev estaba irritable. Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Sobretodo_ lo que más le disgustaba_ era que yo eligiera a mis clientes. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella. Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Estaba súper celoso.
Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él. No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga. En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: dos personas absolutamente independientes la una de la otra. En nuestra pandilla, en ocasiones, las chicas nos convidábamos droga entre nosotras y los muchachos tenían que salir a buscarla afuera.
Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos. Cada vez nos íbamos poniendo más y más agresivos. La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares_ había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones. En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros.
Con la que mejor me entendía era con Babsi: por otra parte, ella era la más calmada de todos nosotros. Ibamos a trabajar juntas a menudo Nos comprábamos las mismas polleras negras, ajustadas y con un tajo hasta la cola. También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes. Además, nuestros rostros aún se mantenían infantiles.
Poco antes de la Navidad del año 1976, mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola. Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi. Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. Babsi y yo tuvimos una pelea de muy bajo nivel, nos gritábamos cada vulgaridad, que mi hermana menor, _tenía un año menos que yo_ se largó a llorar. Ella no tenía dudas acerca de nuestra doble vida y nosotros, cuando reñíamos, utilizábamos un repertorio digno de putas.
A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Siempre fue así: cuando dormíamos bien y el regreso a la realidad era grato, uno estaba de un humor apacible. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible. Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte.
Lo extraño era que no hacíamos más que hablar de obtener un “golpe” espectacular, con droga del tipo “extra”. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños.
Mi hermana terminó por comprender por fuerza que nosotras estábamos en un estado completamente anormal. Ella sabía que nos drogábamos y que estábamos teniendo una experiencia singular. Juró guardar solemnemente el secreto.
A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba. Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: queso
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fresco, yogures, puddings y unos buñuelos que vendían en la estación del Kurfurstedndamm . Mi estómago no toleraba más que aquellos productos. Babsi preparó entonces su mezcolanza. Parecía la celebración de un rito religioso: nosotras estábamos las tres en la cocina. Babsi oficiaba, mi hermana y yo la contemplábamos con fervor. Estábamos felices de disponernos a ingerir un feroz desayuno de queso blanco. Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto.
Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño. Pero las cosas se comenzaron a poner dramáticas. La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras.
Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar. Babsi se puso furiosa: “¿Porqué siempre tú primero? Hoy seré yo la que comience. Además se trata de mi mercadería.”
Aquello me sacó de quicio. Era verdad que por lo general ella estaba más aperada de heroína que Stella y yo, pero no soporté el tener que aguantarle sacar siempre ventaja por ello. Le dije: “Escucha, mi vieja. Estás delirando. Toda la vida te demoras una eternidad”. Era efectivo. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente. Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera.
En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba_ un privilegio que estaba reservado sólo para él_ o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo. Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón. Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme.
De todos modos, esa mañana gané el combate. Tomé la jeringa, la coloqué como correspondía y la operación completa no duró más de dos minutos. Fue un pinchazo terrible: mi sangre borboteaba. Sentí calor, mucho calor. Eché a correr agua fría sobre mi cuerpo, después logré sentirme súper bien y comencé a masajear todo mi cuerpo.
Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show. Se puso a aullar:” ¡Mierda, me asfixio en este cuartucho! ¡Abre, te digo, esa ventana asquerosa!”
Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Le respondí:”No me huevees más, mierda. Si te asfixias, jódete y no me hinches más.”
Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena. Perdía los estribos cada vez más hasta que exclamó:” ¿Qué pasa? ¿No hay luz en esta cloaca?” “Anda a buscarme algo. Trae la lámpara del dormitorio”. Me daba flojera ir hasta nuestro cuarto por la lámpara. Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente. Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso. No dijo ni una sola palabra más.
Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco. Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo
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visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme:”Tú sabes porqué lo hice”.
Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre. Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Por nada. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así. La droga destruye todas las relaciones con los demás. Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Donde nos aferrábamos los unos a los otros_ quizás porque todos éramos muy jóvenes_ y pensábamos que nos unía un sentimiento excepcional.
Mis disputas con Detlev se fueron poniendo cada vez más desagradables. Ambos estábamos, tanto el uno como el otro, bastante deteriorados físicamente.Yo no pesaba más de de 49 kilos para 1.69 mts. Y Detlev 54 para 1.76 mts. A veces nos llegábamos a sentir tan mal _ y con frecuencia_ que todo nos enervaba y nos insultábamos mutuamente. Intentábamos hacernos mucho daño y cada cual golpeaba al otro en su ángulo más vulnerable. Tanto para Detlev como para mí, la prostitución la intentábamos considerar como un asunto secundario, de pura rutina.
Ejemplo:” Crees que tengo ganas de acostarme con una niñita que se mete en la cama con repulsivos extranjeros?”
Y yo “Me repugna un tipo que se deja culear” etc., etc.
La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos. Las variantes eran: Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro. Era hermoso reconciliarse después acurrucándose uno en los brazos del otro como dos niños. Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea (o viceversa) y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto…
Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas. El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio. Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores. Si se atrevían a reclamar les decía que si no les agradaba, se retirarán de ese lugar. Mi mayor placer era quitarle el último asiento de atrás a una anciana. Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón. En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad. Pero ya no podría reprimirme.
Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces (también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc.) que a uno la recorrían por todas partes, me rascaba delante de todo el mundo, sin importarme lo que dirían las personas a mi lado. No tenía ningún empacho_ bajo ninguna circunstancia_ en sacarme las botas o en arremangarme la pollera hasta el ombligo dentro del metro. La única cosa importante para mí era la opinión que tenían de mí los miembros de la pandilla.
Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla. Conocía algunos de aquellos “viejos toxicómanos”: se inyectaban a lo menos desde hace cinco años y todavía lograban sobrevivir. Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos. Estos individualistas sin par nos
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impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad. Y además considerábamos importante conocerlos personalmente. Por otra parte, los menospreciábamos: eran la decadencia total. Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga. El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando aparecía, los revendedores corrían más velozmente que cuando llegaba la policía. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar. Nadie se atrevía a auto defenderse. Ahora, con los adictos jóvenes, ustedes comprenderán….
Una vez lo vi. en acción. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente. Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida. Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse. Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. En el cuello. Ese monstruo ya no tenía temor de nada y ese era el único sitio de todo su cuerpo en el que todavía se podía clavar una aguja... Sangró como un cerdo.”Creí que se iba a inyectar en la vena” le dije. Le importó un bledo. Me dijo:”gracias” y se largó.
Al menos, yo, jamás llegaría a ese extremo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero. Era asquerosamente fuerte. Y ese no era mi caso…
En nuestra pandilla todo giraba_ y cada vez con mayor intensidad_ alrededor de la prostitución infantil y de los clientes. Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras. Todavía nos interesábamos los unos por los otros y nos ayudábamos. Nosotras, las chicas, intercambiábamos nuestras experiencias. Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella. Y era muy útil saber a qué atenerse.
Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos. Una clasificación en la que las simpatías personales no contaban para nada. Nos dejaron de interesar las profesiones de los clientes, su situación familiar, etc. No les hablábamos nunca y por otra parte, si nos hacían confidencias eran acerca de su vida privada. Lo único que nos importaba a nosotras era si se trataba de un buen o de un mal cliente.
El “buen cliente” era por ejemplo, aquel que sentía pavor por las enfermedades venéreas y andaba con preservativos. Desgraciadamente, eran pocos. La mayoría de las niñas que no tenía experiencia en la prostitución infantil terminaban contagiándose alguna enfermedad. Como se drogaban, les causaba temor ir al médico para que las revisara y continuaban trabajando como si nada pasara.
El “buen cliente” también era el tipo que solicitaba que se lo chuparan y punto. Eso evitaba estar durante horas discutiendo las condiciones. Pero nosotros solíamos poner la mejor calificación a un tipo relativamente joven y más bien delgado que no nos trataba como mercadería sino que se mostraba hasta casi amable. De vez en cuando nos invitaba a cenar.
Pero el criterio principal lo aplicábamos al informe precio-calidad: lo que el tipo estaba dispuesto a pagar a cambio del servicio prestado. Había que evitar a aquellos patudos que no respetaban los convenios y una vez en el hotel, intentaban
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extorsionar con amenazas o requerir servicios suplementarios ofreciendo a cambio sólo bellas palabras.
Finalmente y sobretodo, intercambiábamos informaciones (intentábamos hacer los retratos lo mejor posible) acerca de los peores de todos: los tipos que después de hacerlo, pedían que les devolviéramos el dinero empleando el uso de la fuerza. El pretexto era que no habían quedado satisfechos. Esa clase de desventura solía ocurrirles con más frecuencia a los pobres muchachos que a nosotros.
Estábamos ya en 1977. Apenas me di cuenta. Invierno o verano, Navidad o Año Nuevo, para mí todos los días eran iguales. Me regalaron dinero para Navidad lo que me permitió hacerme uno o dos clientes de menos. De todos modos, en el período de fiestas no había casi nadie. Pasé algunas semanas totalmente encerrada. No pensaba en nada, no me daba cuenta de nada. Estaba totalmente replegada dentro de mí misma porque ya no sabía quién era yo. En ocasiones, ni siquiera estaba consciente de que todavía estaba viva.
Apenas recuerdo algunos acontecimientos de aquel período. Por otra parte, ninguno de ellos valía mucho la pena de ser registrado. Hasta que algo trascendente sucedió a fines de Enero.
Había regresado a casa de amanecida y me sentía bastante contenta. Acostada en mi cama imaginaba que era una muchacha que regresaba de un baile. Ella había conocido un tipo sensacional, súper amoroso y se había enamorado de él. Comencé a sentirme feliz sólo cuando soñaba y cuando soñaba que tenía otra identidad. Mi sueño favorito era imaginar que yo era una adolescente feliz, tan feliz como aquella muchacha que aparecía ilustrando la publicidad de la Coca-Cola.
Al mediodía mi madre me despertó y me llevó el desayuno a la cama. Lo hacía siempre cuando yo estaba los domingos en casa. Me forcé a tragar algunos bocados. Me resultaba difícil: aparte del yogur, el queso fresco y los flanes, nada más me bajaba. De inmediato, agarré mi bolso de plástico. Estaba en un estado calamitoso, había perdido las manijas y estaba totalmente resquebrajado. De vez en cuando lo rellenaba con mi ropa., además de la jeringa, además de la jeringa y los cigarrillos. Yo andaba tan volada que no se me había ocurrido comprarme uno nuevo. Tampoco se me ocurrió evitar pasar delante de mi madre con el bolso plástico cuando iba al baño .Me encerré. En casa nadie lo hacía. Como todos los días, me miré al espejo. Me devolvió la imagen de un rostro descompuesto, desfigurado. Hacía mucho tiempo que no me reconocía en la imagen que me devolvía el espejo. Ese rostro no me pertenecía. Tampoco ese cuerpo esquelético. Por otra parte, tampoco sentía mi cuerpo. Este último sólo se manifestaba cuando estaba enfermo. La heroína lo puso insensible al hambre, al dolor y también a la fiebre. Ya no reaccionaba más que cuando estaba en crisis de abstinencia.
De pie, ante el espejo, me preparé un pinchazo. Lo estaba necesitando con todas mis fuerzas. Se trataba de un pinchazo especial porque tenía heroína gris _ se le decía así a diferencia de la blanca _ y era la que entonces se encontraba con frecuencia en el mercado. La heroína particularmente impura era de color gris verdosa y provocaba un “flash” (Placer violento y muy breve que se experimenta después de inyectarse en el organismo. Actuaba en el corazón y se debía colocar con sumo cuidado. Si la dosis era excesiva podía acabar con una de un solo paraguazo). Pero yo estaba tremendamente deseosa de experimentar ese súper flash.
Me hundí la aguja en la vena, aspiré, la sangre subió de inmediato. En otras ocasiones yo filtraba la heroína gris pero esta tenía un montón de mugre. Y ocurrió
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lo siguiente: la aguja se obstruyó. Podía suceder lo peor porque la aguja se tapó en el momento preciso. La sangre se podía coagular dentro de la jeringa y entonces no quedaba nada por hacer. En consecuencia, había que arrojar la dosis.
Empujé con todas mis fuerzas para que esa porquería pasara por la aguja. Acerté: el cuento comenzó a funcionar. Accioné nuevamente la jeringa para inyectarme hasta la última mota de polvo. Pero la aguja se volvió a tapar. Me puse loca de rabia. No quedaban más que diez segundos para que el flash surtiera efecto. Apelé a todas mis fuerzas. El pistón saltó y la sangre se salpicó. El piso del baño quedó cubierto de gotas de sangre. El “flash” fue demencial. Un calambre espantoso en la región cardiaca. Un millón de agujas me traspasaron la piel del cráneo. Sujeté mi cabeza con las dos manos para impedir que estallara bajo el martilleo_ parecía que alguien me estuviera golpeando por debajo. Y de golpe, mi brazo izquierdo se paralizó.
Cuando fui capaz de moverme, cogí unos Kleenex para limpiar las manchas de sangre las que estaban diseminadas sobre el lavatorio, el espejo y en los muros.
Afortunadamente la pintura era al óleo y no me costó desmanchar. Mientras estaba preocupada de limpiar, mi madre golpeó la puerta. “Abre. Déjame entrar. ¿Por qué te encierras?? Otra de tus manías, para variar…”
Yo: “No seas bocona. Ya terminé”. Ella me enervaba, importunarme justo en ese momento. Me puse a tiritar como un pavo. Con la prisa, olvidé las manchas de sangre y dejé el Kleenex teñido de rojo en el lavatorio. Abrí la puerta y mi madre entró como una tromba. No sospeché nada, pensé que tenía apuro para hacer pis. Llevé mi bolso de plástico a mi cuarto, me recosté y encendí un cigarrillo.
Apenas terminé de lanzar la primera bocanada cuando mi madre irrumpió en el cuarto. Me vociferó:”Tú te drogas·” Yo:”Mira las cosas que se te ocurren. ¿Qué te hizo pensar eso?”
Se me abalanzó encima y me obligó a estirar los brazos. No me defendí realmente. Mi madre vio la huella de la inyección que recién me había puesto. Estaba fresca, aún. Cogió mi bolso de plástico y lo dio vuelta encima de mi cama. Cayó la jeringa, pegoteada con tabaco y una pila de pedazos de papel de aluminio. La heroína venía envuelta en esos papeles que me servían cuando estaba en crisis de abstención: en los días en que no podía conseguir mercadería los raspaba con la lima para las uñas y con los residuos de polvo me fabricaba un pito.
Mi madre no necesitó mayores pruebas. Por otro lado, comprendió todo cuando entró al baño: además del Kleenex y las manchas de sangre, también reparó en los rastros del hollín_ que provenían de la cuchara en que calentaba mis mezclas. Y ella había leído suficientes artículos sobre la heroína en la prensa como para saber que dos más eran cuatro.
No quise seguir negándome. Estaba postrada por el pinchazo que me había puesto
recién. Me puse a llorar, me sentí incapaz de proferir una palabra. Mi madre no dijo nada más pero estaba temblando, Lo ocurrido le provocó un extraño schock. Salió de mi cuarto y escuché que hablaba con su amigo Klaus. Regresó. Tenía un aspecto un poco más calmado y me preguntó: ¿” No puedes hacer nada en contra de…? “¿No puedes dejarlo…?”
Le respondí: “Mamá, eso es lo que más quiero. Sinceramente. Puedes creerme. Realmente quiero salirme de toda esta mierda.”
Ella dijo:” Bueno, entonces, lo intentaremos juntas. Voy a pedir una licencia para poder compartir contigo todo el proceso de abstinencia. Y comenzaremos a partir de hoy”.
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Yo:” Magnífico. Pero todavía queda otra cosa. Yo no funciono sin Detlev. Lo necesito y el me necesita a mí. También quiere desintoxicarse. Lo hemos conversado a menudo”.
Mi madre quedó estupefacta. “¿Qué?” “¿Detlev también”? Ella siempre lo había considerado un buen chico y estaba muy contenta de que tuviera un amigo tan educado. Yo respondí:” Naturalmente que Detlev también. ¿Acaso crees que me habría metido en esto completamente sola? Detlev no lo habría permitido. Sin embargo, por ningún motivo querrá que me desintoxique sin él.”
De ponto comencé a sentirme muy bien. La idea de que Detlev y yo nos desintoxicáramos juntos me hacía sentir muy feliz. Por lo demás, era algo que teníamos proyectado desde hacía tiempo. Pero mi madre, por su cuenta, tenía treinta y siete años en el cuerpo y estaba verde. Pensé que de un minuto a otro iba a sufrir una crisis de nervios. El cuento de Detlev le provocó un segundo schock. Pero el golpe de gracia lo sufrió al enterarse que yo llevaba dos años metidos en ese boche y que ella nunca había visto ni presentido nada. Comenzó a tener nuevas sospechas, quería saber cómo conseguía el dinero. Y de inmediato asoció dinero con prostitución infantil. Eso era.
Pero yo no tenía fuerzas para decirle la verdad. Mentí: “Bueno, hacemos colectas. Siempre me encuentro con personas dispuestas a regalarme un par de marcos. También hago limpieza en departamentos de vez en cuando”.
Mi madre no insistió. Como de costumbre, tenía la apariencia de estar relativamente contenta de escuchar cómo yo apaciguaba sus temores. De todos modos, ella había tenido bastante por ese día y estaba exhausta. Sentí compasión por ella, me daba remordimientos verla en ese estado. Partimos de inmediato en busca de Detlev. No estaba en la estación Zoo. Tampoco adelantamos nada yendo a la casa de Axel y Bernd.
En la noche fuimos a ver a su padre. Los padres de Detlev también eran divorciados. Su padre era funcionario estatal. Hacía mucho tiempo que estaba al corriente de lo de Detlev. Mi madre le reprochó que no la hubiera advertido. El casi se puso a llorar. Era extraordinariamente duro tener un hijo que se drogaba y se prostituía. Señaló estar contento que mi madre hubiera tomado cartas en el asunto repetía sin detenerse:” Si, habría que hacer algo…”
El padre de Detlev guardaba en una gaveta toda una colección de somníferos y tranquilizantes. Me los dio porque le dije que no teníamos Valeron y practicar una abstinencia sin hacer uso del Valeron era espantosa. Llevé conmigo cuatro o cinco Mandrakes, un tubo de Menetrin y cincuenta Valiums del 10. En el camino de regreso, me tomé un puñado de comprimidos en el metro porque sentía venir la crisis de abstención. Todo funcionó bastante bien y pasé buena noche.
A la mañana del día siguiente, Detlev tocó a la puerta de nuestra casa. Estaba en plena crisis de abstinencia. Creo que fue todo un acierto de su parte venir en ese estado, sin haberse inyectado previamente. El sabía que yo no tenía drogas conmigo. “Quería estar en las mismas condiciones que tú para comenzar el proceso el de abstinencia” dijo. ¡Qué formidable era!
Como yo, Detlev quería muy sinceramente, desintoxicarse de una vez por todas. Y estaba bastante contento con la idea de que había llegado el momento. Sólo que nosotros, _y también nuestros padres_ ignorábamos que era una locura realizar una desintoxicación a dos personas simultáneamente. Porque siempre llega el momento en el que uno recae y arrastra al otro consigo. Bueno, nosotros lo habíamos escuchado pero igual nos hicimos ilusiones de que resultaría. Estábamos
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convencidos de no estar hechos de la misma madera que los otros toxicómanos. Y de todas maneras, nos resultaba impensable realizar algo de importancia sin la participación del otro.
Gracias a las cápsulas del padre de Detlev, la mañana transcurrió sin dificultad. Hablamos de cómo sería nuestra vida “después”_ en esos instantes lo veíamos todo color de rosa_ y nos prometimos conservarnos bien, muy valientes para el día siguiente y los días venideros. Estábamos felices a pesar del dolor que sentíamos aproximarse.
En la tarde se desencadenaron todos los demonios. Nos engullimos las pastillas a puñados rociadas con copiosos vasos repletos de vino. Pero aquello no sirvió de nada.De pronto, perdí el control de mis piernas. Sentí un peso enorme que las aplastaba. Me acosté en el suelo y extendí las piernas para intentar aflojar y contraer continuamente mis músculos. Pero ya no las dominaba. Entonces apoyé mis piernas contra el armario. Después que se adherían se soltaban de inmediato. Me puse a rodar por el piso pero mis pies permanecían de alguna manera, adheridos al armario.
Estaba empapada de sudor helado que me corría hasta dentro de los ojos. Tenía frío, temblaba y esa porquería de sudor olía asquerosamente. Debía ser aquel veneno que estaba eliminando a través de todo el cuerpo. Tuve la sensación de estar viviendo un verdadero exorcismo.
Para Detlev fue todavía peor. Estaba completamente mareado. Temblaba de frío, se quitó su pulóver. Se sentó en mi lugar favorito en la esquina cerca de la ventana, pero parecía dispuesto a pelear. Sus piernas delgadas como fósforos no cesaban de ir y venir en forma muy agitada, sacudidas por terribles estremecimientos. Eso era más que un temblor, era un terremoto. Sin detenerse se secaba el sudor que le inundaba todo el cuerpo, se replegó en dos, se retorcía aullando de dolor. Tenía calambres en el estómago.
Detlev olía peor que yo. Infestamos todo el cuarto. Recordé que había escuchado decir que la amistad entre toxicómanos no resistía jamás una abstinencia exitosa. Pero yo amaba a Detlev más que nunca a pesar de su fetidez.
Detlev se levantó, se arrastró hasta mi cuarto, se plantó delante del espejo, y dijo:” Ya no puedo más. No voy a poder resistirlo. De veras que ya no puedo más”. No supe qué responderle. No tenía fuerzas para decirle palabras de aliento. Intenté no pensar como él. Intenté concentrarme en una novela de terror. Después hojeé una revista: estaba tan nerviosa que la rompí.
Tenía la boca y la garganta tremendamente secas porque mi boca estaba llena de saliva. Y por tanto tenía mi boca repleta de saliva. Como no lograba tragarla, tosí. Mientras más esfuerzos hacía por tragarla, más tosía. Tuve un acceso de tos que impedía detenerme. Y de repente, vomité. Y todo cayó encima de la alfombra. Una especie de espuma blanca_ mi perro vomitaba así cuando se atiborraba de verduras. Tosía y vomitaba…
Mi madre se mantuvo en la sala cerca de nosotros casi todo el tiempo. Cuando vino a vernos quedó totalmente desconcertada. Se la pasó corriendo al centro comercial para comprar cosas que no podíamos tragar. Finalmente acertó al comprar unos caramelos con extracto de malta y eso si dio resultado. Se calmó mi tos. Mi madre limpió el piso . Era adorable y yo ni siquiera podía decirle “Gracias”.
Después los comprimidos y el vino entraron simultáneamente en acción. Me tragué cinco Valium del 10, dos Mandrakes, y vacié prácticamente una botella de vino. Como para apalear a un individuo normal por varios días. Mi organismo entonces
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reaccionó. Eso denotaba mi alto grado de intoxicación. Pero, al menos, eso me calmó. Me estiré sobre mi cama. Habíamos instalado una litera al lado. Detlev vino y se tendió y no nos tocamos. Cada cual estaba absorbido en lo suyo. Yo caí en una especie de vigilia. Dormía, pero sabía que dormía y estaba totalmente consciente de esos espantosos dolores. Me levanté y reflexioné. Habían ocurrido tantas cosas. Tenía la impresión de que alguien, sobretodo mi madre podía leer en mí como en un libro, leer mi porquería de pensamientos. Ver que yo no era más que un montón de mierda. Ver que yo no era más que un montón de mierda asquerosa. Mi cuerpo me causaba horror. Si éste pudiese desligarse de mí, lo haría…
En la noche volví a tomarme unos comprimidos. Un individuo normal se habría muerto. A mí me permitían dormir durante algunas horas. Un sueño me despertó: yo era un perro que siempre fui bien tratado por los seres humanos hasta que me encerraron en una perrera. Allí me torturaron hasta matarme. Detlev movía los brazos en todos los sentidos y me golpeaba involuntariamente. La luz estaba encendida. Al lado de mi cama había una cubeta llena de agua y una esponja de baño. Mi madre las había traído. Sequé mi rostro empapado en sudor.
Detlev parecía dormir profundamente pero todo su cuerpo estaba sobresaltado. Sus piernas pedaleaban y sus brazos giraban como un molino.
Me sentí un poco mejor. Tenía fuerzas para enjugar la frente de Detlev con la esponja del baño. No se dio cuenta de nada. Yo sabía que lo amaría siempre, apasionadamente. Un poco más tarde, en mi semi-sueño estaba nuevamente adormecida_ sentí que Detlev me pasaba la mano por los cabellos.
A la mañana del día siguiente estábamos definitivamente mejor. La antigua regla de sobre vivencia que indicaba el segundo día de abstinencia como el más terrible, no fue efectiva para nosotros. Es cierto que se trataba de nuestra primera “limpieza” y por lo tanto, la más fácil de realizar. Al mediodía pudimos conversar. Primero, de cosas sin importancia, después de nuestro porvenir. Juramos recíprocamente no volver a ingerir drogas: LSD, heroína ni comprimidos. Queríamos llevar una vida apacible, rodeados de personas tranquilas. Fumaríamos hachís como antes, _para nosotros, aquella época era sinónimo de buenos tiempos_ porque aceptaríamos tener sólo amigos fumadores. En cuánto a los alcohólicos, los evitaríamos porque eran muy agresivos.
Detlev buscaría un trabajo. “Regresaré donde mi antiguo patrón, le diré que me había desaparecido pero que ahora había madurado, que me he convertido en una persona razonable. En el fondo mi patrón fue siempre comprensivo. Reiniciaré mi aprendizaje desde el comienzo”.
Yo, yo por mi parte me convertiría en una alumna aplicada, obtendría mi grado y quizás podría intentar el bachillerato.
Entre medio de todos esos planes mi madre hizo su entrada con una sorpresa genial: había ido a visitar a su médico el que le dio una receta de Valeron para nosotros. Detlev y yo ingerimos veinte gotas de acuerdo a la prescripción médica. El Valeron nos hizo efecto de inmediato. Debíamos cuidar de no abusar de los medicamentos y el frasco debía durar toda la semana. Mi madre nos preparó unos bocadillos_ teníamos muchísima hambre .Nos compró helados. Todo lo que deseábamos. Montañas de cosas para leer. Dibujos animados. Antes pensaba que la B.D. era aburrida. Ahora no me bastaba con darle solamente una ojeada. Detlev y yo juntos mirábamos de cerca cada dibujo y los encontrábamos tan divertidos que nos doblábamos de la risa.
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El tercer día ya estábamos en forma. Evidentemente, todavía estábamos atiborrados de medicamentos; de Valeron y también de cantidad de Valiums y todo eso rociado con vino.
De vez en cuando nuestro organismo se defendía todavía de la abstinencia, reclamaba su veneno, pero en general, nos sentíamos estupendamente bien. La noche del tercer día hicimos el amor por primera vez después de largo tiempo, porque la heroína inhibe el deseo sexual, y, por primera vez, después de mi depuración, hicimos el amor sin estar volados. Fue fantástico. Hacía mucho tiempo que no nos amábamos de esa manera, tan intensamente. Nos quedamos en cama horas mientras duraba, nos acariciábamos; y, por lo tanto, continuábamos transpirando. En realidad, estábamos capacitados para estar de pie a partir del cuarto día pero pasamos otros tres días acostados amándonos, dejándonos mimar por mi madre y tomado Valium con vino. Pensábamos que después de todo no era tan terrible abstenerse, y que era fabuloso estar liberados de la heroína.
Nos levantamos al séptimo día. Mi madre estaba muy feliz. Nos abrazó. La semana que vivimos juntas transformó mi relación con ella. Sentí que me unía a ella una amistad y también una buena dosis de gratitud. Y por otra parte, estaba loca de felicidad de contar con Detlev. Había reencontrado la paz. Me repetía a mí misma que no existían dos como él. Y si en el caso de los otros toxicómanos la abstinencia había matado el amor, para nosotros fue al contrario. Nos amábamos mucho más ahora. Era maravilloso. Le dijimos a mamá que deseábamos salir a tomar el aire: veníamos de pasar una semana entera encerrados en un cuarto minúsculo. Ella estuvo de acuerdo.”¿Adónde iremos?” preguntó Detlev. No tuve nada que proponerle. Nos dimos cuenta en ese preciso instante que no teníamos ningún lugar al cual acudir. Todos nuestros amigos eran drogadictos. Y todos los sitios que frecuentábamos o en los que nos sentíamos a nuestras anchas, eran aquellos donde los jóvenes se inyectaban. ¿Y los fumadores de hachís? Hacía tiempo que los habíamos dejado de ver.
De repente comencé a sentirme mal. Se nos había acabado el Valeron. Ese era el motivo por el que nos sentíamos enervados dentro del departamento y decidimos salir. Pero el hecho de no tener donde ir nos enervó mucho más. De pronto me sentí completamente atrapada y vacía. La heroína se había acabado y no teníamos dónde ir.
Nos dirigimos hacia el metro. Automáticamente, sin haberlo decidido nosotros mismos. Sin tomar conciencia de ello, estábamos como suspendidos de un hilo invisible. Y de pronto, nos encontramos en la estación Zoo. Detlev, que estaba silencioso desde que salimos de casa, abrió por fin la boca:” Al menos, deberíamos ir a desearles los buenos días a Axel y a Bernd. Deben estar pensando que estamos en la cárcel o en el cementerio”.
De repente, me sentí aliviada. “Por cierto. Debemos contarles lo de nuestra abstinencia. Quizás podamos convencerlos de que ellos también deberían hacerlo”.
Nos dejamos caer de inmediato sobre Axel y Bernd. Tenían cantidades de drogas con ellos. Habían tenido un buen día. Detlev les contó lo nuestro. Encontraron formidable lo que hicimos. Y después que nos felicitaron, nos contaron que habían regresado para inyectarse.
Detlev y yo nos miramos. Nuestras miradas se cruzaron y sonreímos. Un pensamiento cruzó durante un instante por mi mente:”Sería de locos el primer día”. Detlev dijo:” Tú sabes que uno se puede mandar un pinchazo muy a lo lejos, de vez en cuando. Es sensacional. Piensa que es una única súper oportunidad. No
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nos provocará dependencia. Debemos ser más cautelosos para no recaer en la dependencia porque no me veo volviendo a pasar de nuevo por ese proceso de abstinencia”.
Yo:” Por supuesto. Un pinchazo muy de vez en cuando. Es sensacional. Además, ya estamos prevenidos. Sabemos que debemos desconfiar de la dependencia.”Había perdido totalmente la razón. Sólo pensaba en una sola cosa: inyectarme.
Detlev le dijo a Axel: ¿“Nos podrías prestar un poco…? Te lo devolveremos apenas podamos. Prometido”. Axel y Bernd intentaron disuadirnos en forma muy diplomática. Dijeron que ellos también se “limpiarían” dentro de una semana. Justo el plazo para aprovisionarse de Valeron. Aquello de regresar a sus trabajos habituales les había parecido excelente, así como pincharse muy de vez en cuando. Dos horas después de abandonar el departamento de mi madre, Detlev y yo estábamos de nuevo drogados y nos sentíamos de maravillas.
Nos paseamos del brazo por la Kurfurstendamm. Era formidable la sensación de andar volados y poder pasearse tranquilamente así, sin tener prisa, sin tener que aprovisionarse de droga para la mañana siguiente. Detlev me dijo lleno de alegría:” Mañana por la mañana haremos un poco de gimnasia para proseguir el día sin una gota de heroína”.
Nos creíamos de fierro. Nuestra primera ilusión había sido imaginar que durante la semana que habíamos pasado en casa de mi madre, sufriendo y vomitando, habíamos llevado a cabo una verdadera desintoxicación. Por cierto, nuestros cuerpos habían expulsado el veneno. Al menos, la heroína, Pero nos atiborramos de Valeron, Valiums, etc. Y tampoco nos preguntamos qué hacer después de la desintoxicación física. Mi madre también había pecado de ingenua. Ella esperaba, de buena fe, que nos habíamos librado definitivamente de todo el asunto. Y por otra parte, ¿Cómo podía saber ella que nada nos pasaría después de la abstinencia?
En realidad, nosotros debimos saberlo. Teníamos suficientes ejemplos. Pero no queríamos enfrentarnos con la realidad. Y además, nosotros sólo éramos unos niños y unos niños muy ingenuos. Con mucha experiencia pero que nos servía para nada bueno.
Nos inyectamos recién un mes después. Logramos hacer lo que nos habíamos prometido: nada de prostituirse, sólo un pinchazo cuando teníamos dinero o cuando alguien nos regalaba una dosis de heroína. Sólo que cada día estábamos más ansiosos por encontrar medios para obtener dinero. O que alguien nos convidara un poco de heroína. Por supuesto, eso nunca lo reconocimos abiertamente.
De todos modos, fue un período espectacular. Dejé de ir a clases_ mi madre quiso que esas primeras semanas sin heroína me resultaran particularmente agradables. Además, permitió que Detlev continuase viviendo en nuestra casa. Detlev me reveló nuevos aspectos de su personalidad y yo lo amaba cada vez más. Parecía despreocupado, alegre, desbordante de creatividad. Ëramos como una yunta, siempre de buen humor y llenos de vivacidad. Al menos, eso parecíamos reflejar.
Hicimos largos paseos por el bosque. Llevábamos a mis gatos y les permitíamos treparse arriba de los árboles. Hacíamos el amor casi todas las noches .Todo era maravillosamente ideal. Llegamos a pasar tres días sin inyectarnos. Cuando nos conseguíamos heroína evitábamos ir a la asquerosa estación del Zoo. Nuestro lugar favorito era la Kurfurstendamm: nos paseábamos en el lugar en el que se reunía la burguesía. En el fono, queríamos ser como ellos_ sólo que un poquitín diferentes.
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En todo caso, ellos se querían mostrar y mostrarle al mundo entero que aunque se volaban, no eran toxicómanos.
Ibamos completamente drogados a unas discotecas muy formales. Mirábamos a los otros_ a los jóvenes y a los burgueses refinados y bien nacidos_ y podría decirse que eran casi como nosotros y de seguro no eran drogadictos.
En ocasiones pasábamos todo el día en casa, conversando de todo un poco, mirando por la ventana, intentando arrancar las hojas enclenques de los árboles que brotaban delante de nuestra casa. Yo me inclinaba por la ventana y Detlev me sujetaba por las piernas y efectivamente, logré atrapar varias hojas. Nos besuqueábamos, leíamos, y las tres cuartas partes del tiempo nos comportábamos como dos felices tórtolos. Jamás hablábamos en serio acerca de nuestro futuro.
A veces, en contadas ocasiones, yo me sentía bastante mal. Cuando tenía algún problema. Por ejemplo: cuando Detlev y yo reñíamos por una idiotez. No me desahogaba, rumiaba para mis adentros y tenía miedo de perder el control de mí misma por una tontería cualquiera. En aquellos momentos ansiaba inyectarme para borrar el problema de un solo viaje.
Pero se presentó un problema real. Klaus, la pareja de mi madre, armó todo un lío a causa de Detlev. Dijo que el departamento era demasiado pequeño para albergar a un extraño. Mi madre no se atrevió a rebatirlo. Y yo, una vez más, me sentí totalmente desarmada.
No hacía mucho tiempo que Klaus me había ordenado separarme de mi perro. De la mañana a la noche, todo empezó a marchar muy mal. Fue el final de aquella época paradisíaca. Tenía que regresar a la escuela y Detlev no pudo regresar a dormir en casa.
No me di cuenta que había perdido tres semanas de clases. De todos modos, hacía mucho tiempo que había perdido el hilo en clases. Pero se me presentó un nuevo problema: el tabaco. Cuando no estaba drogada me fumaba entre cuatro y cinco paquetes de cigarrillos diarios. Uno después del otro. Y a partir de la primera hora de clases, sentía una gran ansiedad y me iba al WC. No paraba de fumar en toda la mañana y vomitaba en el canasto para los papeles. Esa era mi rutina: fumar y vomitar. Apenas metía los pies en la sala de clases.
Al cabo de tres semanas no vi a Detlev por primera vez durante el horario diurno. Decidí ir a la estación del Zoo a la salida del colegio. Mi Detlev estaba allí. Esperaba por un cliente.
Aquello me fastidió. Reencontrarlo en ese asqueroso sitio esperando por un asqueroso marica. Pero me explicó que no tenía un cobre. De todos modos, no sabía hacer nada mejor. Regresó a la casa junto con Axel y Bernd, iba todos los días a la estación del Zoo y regresaba a casa para inyectarse. Si yo deseaba verlo debía regresar a la estación del Zoo. No contaba con nadie más que con él. No podía vivir sin él. Regresé entonces casi a diario, a la estación del Zoo.

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