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miércoles, 27 de julio de 2011

Pío Baroja La lucha por la vida II


Pío Baroja
La lucha por la vida II
Mala hierba
Primera parte
I
El taller - La vida de Roberto Hasting - Álex Monzón
Roberto se había levantado de la cama y, vestido con su traje de calle
y sentado a una mesa llena de papeles, escribía.
El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran
ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de
barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de tamaño mayor
que el natural, descomunales y estrambóticas, que estaban solamente
esbozadas, como si el autor no hubiera querido acabarlas; eran dos
gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,
pecho hundido y vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos
parecían agobiados por el abatimiento profundo. Frente a la ventana,
ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas y
en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;
en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en
un rincón, un lebrillo con barro.
De cuando en cuando, Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado
sobre una mesa entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por
el cuarto. Por la ventana, en las galerías de la casa de enfrente, se veía
pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una baraúnda
ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores
ambulantes.
A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al
cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en
busca de Roberto Hasting.
Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de
vida; se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a
seguirla hasta el fin.
Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló
unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda
raída. Además, añadió a la donación una gorra de forma y de color
absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos
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consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de
todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales,
y la ociosidad, la madre de todos los vicios.
Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos
buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la
chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los
pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos,
en plata o en billetes.
La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre,
concede más valor a los bienes materiales que a los espirituales, sin
comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un
billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y, en cambio, un
buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene,
además, la ventaja de que, sin cuidarse de él para nada, dura
eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa u
otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le
dieron.
Con el lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,
sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la
memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que, de todos, el
único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar
a su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo;
doña Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en
la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el
Superhombre las supiera.
-¿Sigue viviendo en su casa de usted?
-No; estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le
encontrará en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde, que tiene
un letrero en el balcón.
Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en
seguida; subió al piso principal de la casa y se detuvo ante una puerta
cerrada con un cristal en donde había grabados dos mundos: el antiguo
y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se
puso a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del
nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo
Superhombre, que llegaba de la calle.
-¿Qué haces aquí? -le dijo el periodista, mirándole de arriba abajo-.
¿Quién eres tú?
-Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se
acuerda usted?
-¡Ah, sí!... ¿Y qué quieres?
-Quisiera que me dijese usted si sabe en dónde vive don Roberto, que
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creo que ahora es periodista.
-¿Y quién es don Roberto?
-El rubio..., el estudiante amigo de don Telmo.
-¿El niño litri aquél...? ¡Yo qué sé!
-¿Ni dónde trabaja tampoco?
-Creo que da lecciones en la Academia de Fischer.
-No sé en qué sitio está esa academia.
-Me parece que en la plaza de Isabel Segunda -contestó el
Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de
cristales con un llavín y entraba.
Manuel fue a la academia; aquí, un ordenanza le dijo que Roberto vivía
en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto
fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esa parte de
Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba
en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los
lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las
criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los
horteras, recostados en la puerta de la tienda, echaban un párrafo con
la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en
equilibrio en la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de
otros, formaban una baraúnda ensordecedora y un espectáculo
abigarrado y pintoresco.
Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,
preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las
porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y
enterarse allí.
Después de varias ascensiones dio con el estudio del escultor. En el
extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en
donde charlaban unas cuantas viejas.
-¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
-Será ahí, en esa puerta.
La entreabrió Manuel, se asomó y vio a Roberto escribiendo.
-¡Hola! ¿Eres tú? -dijo Roberto-. ¿Qué hay?
-Pues venía a verle a usted.
-¿A mí?
-Sí, señor.
-¿Qué te pasa?
-Que me he quedado parado.
-¿Cómo parado?
-Sin trabajo.
-¿Y tu tío?
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-¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
-¿Y cómo ha sido eso?
Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía
escribiendo rápidamente, se calló.
-Puedes seguir -murmuró Hasting-, te oigo mientras escribo; tengo que
concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró a los dos
gigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó
sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó
riendo:
-¿Qué te parece eso?
-Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres? —El autor los
llama «Los explotados».. Quiere dar a entender que son los hombres a
quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones
y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de
comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus
asuntos.
Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó y
paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable
del cuarto.
-¿Quién te ha dicho dónde vivía? -preguntó.
-En una academia.
-¿Y quién te ha indicado la academia?
-El Superhombre.
-¡Ah! El divino Langairiños... Y dime ¿desde cuándo estás sin trabajo?
-Desde hace unos días.
-¿Y qué piensas hacer?
-Pues estar a lo que salga.
-¿Y si no sale nada?
-Creo que algo saldrá.
Roberto sonrió burlonamente.
-¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero,
en fin, tú no tienes la culpa. Oye: si estos días no encuentras sitio donde
dormir, quédate aquí.
-Bueno; muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo
va?
-Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.
-Me alegraré.
Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta
cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el
cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su
apellido. Sabiendo esto, pregunté por estas capellanías en el obispado;
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no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín
a Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este
asunto he ido un mes a Labraz.
-¿Ha estado usted fuera de Madrid?
-Sí; he gastado mil pesetas. En la situación que me encuentro, figúrate
lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido ningún
inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, a Labraz; he visto el
libro de partidas en la iglesia y me he encontrado que hay un salto en el
libro desde el año mil setecientos cincuenta y nueve al sesenta. «¿Qué es
esto?», me dije. Miré, volví a mirar; no había señal de hoja arrancada: la
numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban, y,
¿sabes lo que pasa? , que una hoja está pegada a otra. Después fui al
seminario de Pamplona, y conseguí encontrar una lista de los alumnos
que estudiaron a fines del siglo dieciocho, y allí está don Fermín, y pone:
«Núñez de Letona, Labraz (Álava)». De manera que la partida de bautismo
de don Fermín se encuentra en la hoja pegada.
-¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?
-No; ¿quién sabe lo que puede suceder? Podría levantar la caza. El libro
queda allí. Yo he mandado a Londres mi escrito; cuando venga el
exhorto, el juzgado nombrará tres peritos, que irán a Labraz, y, ante ellos
y ante el juez y el notario, se despegará la hoja.
Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su
imaginación le hacia ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de
viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y sus ilusiones
apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante y se
puso a escribir de nuevo.
Manuel se levantó.
-Qué, ¿te vas? -le dijo Roberto.
-Sí; ¿qué voy a hacer aquí?
-Si no tienes que almorzar, toma una peseta. No tengo más.
-¿Y usted?
-Yo como en casa de un discípulo. Oye: si vienes a dormir, adviérteselo
a mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha
levantado. Se llama Alejo Monzón, pero le llaman Álex.
-Bueno; sí, señor.
Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre
rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la
pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.
-¿Usted es don Alejo? -le preguntó Manuel.
-Sí, ¿qué hay?
-Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que
no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.
-Tendrás que acostarte en el sofá -dijo el de la blusa blanca-, porque
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no hay otra cama.
-No importa. Estoy acostumbrado.
-¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
-Yo, no.
-Anda, entonces ponte sobre la tarima. Me servirás de modelo. Siéntate
en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano, como si estuvieras
pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.
El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba
modelando y comenzó a levantar otra figura.
Manuel se cansó pronto de posar, y se lo advirtió así a Álex, quien le
dijo que descansara.
A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos
amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y
comenzaron a amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en
un sofá. Llegaron poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz
en grito.
Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,
de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal era admirable; Cual, detestable; H,
un genio; B, un imbécil.
No les gustaban, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;
parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.
Al anochecer se prepararon para salir.
-¿Tú te vas? -preguntó el escultora Manuel
-Saldré un momento a cenar.
-Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré a eso de las doce y llamaré.
-Está bien.
Manuel comió otra ración de pan y queso y dio un paseo por las calles,
y entrada la noche volvió al taller. Hacía frío allá arriba, más frío que en
la calle. Se acercó a tientas al sofá y se tendió y esperó a que viniera el
escultor. Cerca de la una llamó y le abrió Manuel.
Álex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo
paseando por el estudio hablando solo.
-Ese imbécil de Santiuste -le oyó murmurar Manuel-, que dice que el
no concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba a mí!
Pero ¿por qué le haré yo caso a ese idiota?
Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió
paseando por el cuarto, lamentándose en voz alta de la estupidez y de la
envidia de sus compañeros.
Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de
«Los explotados» y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vio que
Manuel no dormía, y le preguntó cándidamente:
-¿Has visto tú algo más colosal que esto?
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-Es una cosa muy rara -contestó Manuel.
-¡Sí es! -replicó Álex-. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé si
habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizá Rodin ¡Hum!...,
¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?
-No sé.
-En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin
adornos. ¡Qué efectos produciría!, ¿eh?
-Ya lo creo.
El asombro de Manuel lo tomó Álex por admiración, y con la bujía en
la mano fue quitando los paños que cubrían sus estatuas y
enseñándoselas.
Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas, con los
pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos; hombres que parecían
buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,
otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción y armonía.
Manuel sospechó si aquella fauna mostruosa sería una broma de Álex;
pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras
no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los
imbéciles. Todos eran símbolos.
Después de mostrar sus obras, Álex se sentó en una silla.
-No me dejan trabajar -exclamó con abandono-, y lo siento, no creas
que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzón no triunfa, la escultura en
Europa retrocede cien años.
Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir.
Al día siguiente, cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido
elegantemente y escribiendo en su mesa.
-¿Está usted ya levantado? -le dijo Manuel con asombro.
-Hay que madrugar, amigo -contestó Roberto-. Yo no soy de los que
están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la montaña;
no hay más remedio.
Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la
montaña, y desperezándose se levantó del sofá.
Anda -le dijo Roberto-, ve por un café con media tostada.
Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
-¿Quiere usted alguna cosa más? -preguntó Manuel.
-No, nada.
-¿No piensa usted volver hasta la noche?
-No.
-¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
-Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez
páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí
tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al
centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la
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traducción. Salgo a las doce, voy a mi restaurante, corno, tomo café,
escribo mis cartas a Inglaterra, y a las tres estoy en la Academia de
Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis a ocho
paseo, a las nueve ceno, a las diez estoy en el periódico, y a las doce, en
la cama.
-¡Qué barbaridad! Pero, entonces, ¿usted ganará mucho? -dijo Manuel.
-De ochenta a noventa duros.
-¿Y vive usted aquí?
-Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos
los meses treinta duros a mi familia para que mi madre y mis dos
hermanas vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente quince o
veinte duros, y con lo demás voy pasando.
Manuel contempló con admiración profunda a Roberto.
-Pues hijo -exclamó Roberto-, para vivir no hay más remedio. Y es lo
que debes hacer tú: buscar, preguntar, correr, trotar; algo encontrarás.
Manuel pensó que, aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz
de desenvolver una actividad semejante; pero se calló.
Esperó a que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de
las dificultades de la vida.
-Mira: por ahora me sirves de modelo -dijo Álex-, y ya encontraremos
alguna combinación para comer.
-Bueno, sí, señor; como usted quiera.
Álex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y calculó
que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un
modelo. Los dos se decidieron a alimentarse de conservas y pan.
No era el escultor perezoso, ni mucho menos; pero no tenía constancia
en el trabajo ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo
que al ir a detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, las
dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el modelar
exactamente un brazo o una pierna era una labor indigna y decadente,
y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el trabajo,
corroboraban su idea.
Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces
pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,
parecían pantallas para ocultar sus defectos.
Hacía un retrato o un busto, y se le decía: «No se le parece», y él
contestaba: «Eso es lo de menos», y en todo pasaba lo mismo.
Manuel se fue aficionando a las reuniones del estudio por la tarde y
escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.
Dos o tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos
conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en
café, reuniéndose en cualquier parte para tener el gusto de hablar mal
de los amigos. Fuera de esta conversación, en la cual todos concretaban
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admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un
continuo discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que a Manuel,
que no tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no
comprendía si hablaban en serio o en broma; les oía cambiar de opinión
a cada momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan
contradictorias.
A veces, una alusión embozada, un juicio acerca de éste o del otro,
exasperaba a todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada
palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más sencillas
se notaba que latía el odio, la envidia y la intención mortificante y
agresiva.
En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,
solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos e
indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo viejo,
grave, enjuto; se llamaba don Servando Arzubiaga; el otro, de la misma
edad que Álex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque literato, no
tenía vanidad literaria, o si la tenía, era tan honda, tan subterránea, que
no se le notaba.
Acudía al taller a distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los
diversos pareceres de unos y otros, sonriendo a las exageraciones,
terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.
Bernardo Santín era el más joven de los contertulios indiferentes, no
hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente
literaria o artística pudiesen reñir de aquella manera.
Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos tristes,
el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre copiando
cuadros en el museo, y cada vez lo hacía peor; pero desde que comenzó
a frecuentar el estudio de Álex, las pocas aficiones al trabajo las había
perdido por completo.
Una de sus manías era hablar de tú a todo el mundo. A la tercera o
cuarta vez de ver a una persona ya la tuteaba.
Los conciliábulos en el estudio de Álex se conoce que no bastaban a los
bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa.
Manuel, sin ser considerado como uno ú,, ellos, era aceptado en la
reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba, se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían
la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse
con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban
verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida
con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un
ambiente de murmuraciones y de intrigas.
Roberto pasaba por medio de ellos tranquilo, indiferente, sin hacer
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caso de sus proyectos ni de sus discusiones.
Manuel creyó comprender que a Roberto le molestaba verle tan metido
en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó
hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino
que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar
trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.
-¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer -contestó
Roberto-: buscar, buscar y buscar. Luego, trabajar hasta echar el alma
por la boca.
-¡Pero si no tengo en dónde!
-Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber
desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que
no deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás
si te reúnes con los que vienen aquí al estudio; además de vago,
concluirás en sinvergüenza.
-¿Pero ellos?...
-Ellos yo no sé si han hecho o no indignidades; como comprenderás,
eso a mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede
comprender nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni
sentimientos altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si
estas gentes tuvieran un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer
su carrera, pero no lo tienen; en cambio, han perdido las nociones
morales del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre
vulgar. Viven como hombres que poseyeran de los genios sus
enfermedades y sus vicios, pero no su talento ni su corazón; vegetan en
una atmósfera de pequeñas intrigas, de mezquindades torpes. Son
incapaces de realizar una cosa. Quizá haya algo de genial, yo no digo que
no, en esos monstruos de Álex, en esas poesías de Santillana; pero eso
no basta: hay que ejecutar lo que se ha pensado, lo que se ha sentido, y
para eso se necesita el trabajo diario, constante. Es como un niño que
nace, y la comparación, aunque es vieja, es exacta: la madre le pare con
dolor, luego le alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace
fuerte. Esos quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa y no
hacen más que hablar y Hablar.
Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura:
-Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen
unos a otros, conocen a los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una
fuerza bruta. Pero tú no, tú no puedes acercarte a la prensa; necesitarías
siete u ocho años de preparación, de buscar amistades,
recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?
-No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.
- ¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago, y debes
hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.
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Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;
repite lo que hagas, hasta que la actividad para ti sea una costumbre.
Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero
decirte que tengas voluntad.
Manuel contempló a Roberto desanimado. Hablaban los dos en
distinto idioma.
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II
La señorita Esther Volowitch - Una boda
Manuel aprendiz de fotógrafo
A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer
nada útil, sirviendo de modelo a Álex y de criado a todos los demás que
se reunían en el estudio. Algunas veces, al pensar en las
recomendaciones de Roberto, se indignaba en contra de él.
«Yo ya sé -pensaba- que no tengo su arranque, que no soy capaz de
hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí.
Me dice: «Ten voluntad». «Pero ¿si no la tengo?» «Hazla.» Es como si me
dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me
buscase un sitio donde trabajar?»
Manuel comenzó a sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse a
solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier
cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar a la
práctica.
Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,
cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,
al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le
vio el pelo.
-¿Dónde andará ese ganso? -se preguntaron todos.
Nadie lo sabia.
Una noche, Varela, uno de los literatos, dijo que había visto a Bernardo
Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía
inglesa.
-¡Rediez con los tontos! -exclamó uno.
-Eso es cosa vieja-repuso otro-. Ya lo dijo Schopenhauer: los fatuos son
los que tienen más éxito con las mujeres.
-¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
-¡La inglesa!... ¡Como no haya sido de la ingle! -dijo un jovencito,
aprendiz de sainetero.
-¡Uf! Se va uno a intoxicar aquí con esos chistes -gritaron varios al
mismo tiempo.
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Se pasó a hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación
apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento
estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando
terminó la ovación, le preguntaron:
-¿Quién es la inglesa?
-¿Qué inglesa?
-¡Esa chica rubia con quien te paseas!
-Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha a la que
he conocido en el museo. Da lecciones de francés y de inglés.
-¿Y cómo se llama?
-Esther.
-Buena cosa para invierno -saltó el aprendiz de sainetero.
-¿Por qué? -preguntó Bernardo.
-Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.
-¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron todos.
-¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo! -repitió impertérrito el jovencito.
Santín contó cómo había conocido a la polaca. Todos sentían alguna
envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su
triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener
cincuenta años, podía haber tenido dos o tres chiquillos con algún
carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió a
presentarse en el café.
Un par de semanas después, muy temprano aún, dormía Manuel en el
sofá del estudio, y Roberto, según su costumbre, traducía sus diez
páginas, lo que constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del
estudio y apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos,
pero se hizo el dormido.
«¿A qué vendrá éste?», se preguntó.
Bernardo saludó a Roberto y se puso a andar a un lado y a otro del
estudio.
-Qué temprano vienes. ¿Pasa algo? -dijo Hasting.
-Chico -murmuró Santín, deteniéndose en su paseo-, te tengo que dar
una noticia muy seria.
-¿Qué hay?
-Que me caso.
-¡Que te casas tú!
-Sí.
-¿Con quién?
-¡Con quién ha de ser! Con una mujer.
-Me lo figuro. Pero ¿tú estás loco?
-¿Por qué?
-¿Con qué vas a mantener a tu mujer?
-¡Hombre..., algo gano pintando!
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-¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.
-Eso te parece a ti... Además, mi novia da lecciones.
-Y piensas vivir a su costa... Vamos, lo comprendo.
-No, no, señor. No pienso vivir a su costa. Voy a poner una fotografía..
-¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!
-Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo
que hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un
genio.
-No; pero se necesita saber, y tú no sabes.
-Ya verás, ya verás cómo sé, hombre.
-Además, se necesita dinero.
-El dinero lo tengo.
-¿Quién te lo ha dado?
-Una persona.
-¡Qué suerte tienes, chico!
-Ahí verás.
-¿A que le has sacado ese dinero a tu novia?
-No.
-¡Bah! No me engañes.
-Te digo que no.
-Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba a dar el dinero si no? Una persona
cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si
habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo
una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.
-Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.
-Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido a
contarme unas cuantas bolas.
Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.
Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.
-¿Te falta mucho? -preguntó de repente, parándose.
-Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.
-Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi
novia. Ella me lo ofreció. «¿Qué podríamos hacer con esto?», me dijo. Y a
mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso tercero con
un taller muy hermoso en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la
casa y la galería... Y la verdad, la galería no sé cómo arreglarla, porque
hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.
-¡Es raro eso en un fotógrafo, hombre! No saber cómo se arregla una
galería.
-Yo sé manejar la máquina.
-Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo: apuntar, dar al resorte,
y lo demás... que lo haga otro.
-No; también sé lo demás.
La lucha por la vida II. Mala hierba
16
-¿Sabrías reforzar una placa?
-SI, ya lo creo que lo sabría.
-¿Cómo?
-¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.
-¡Qué fotógrafo! Estás engañando a tu novia de una manera miserable.
-Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero
ahora es que escribas a estas dos casas de Alemania que traigo aquí
apuntadas pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de
fotografía. Además, quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu
talento, me puedes dar una idea.
-Me adulas de una manera indecente.
-No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás? -Bueno,
iré algún día.
-Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y
trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.
-Hombre, me parece bien.
-Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve? -¿Por qué?
-Porque yo me lo podía llevar a mi casa y allí podría aprender el oficio:
-Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.
-¿Querrá Álex?
-Con tal que quiera el chico.
-¿Le hablarás?
-Sí, ahora mismo.
-¿Cuento con que escribirás esas cartas?
-Sí.
-Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al
chico!
-Descuida.
-Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende
mi porvenir y el de mi padre.
-Iré por allá.
Bernardo estrechó la mano de su amigo con efusión y se fue. Roberto,
al terminar de escribir, llamó:
-Manuel.
-¿Qué?
-Estabas despierto, ¿eh?
-Sí, señor.
-Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender. -Iré, si le
parece a usted bien.
-Lo que tú quieras.
-Entonces voy ahora mismo.
Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Álex y se marchó
en busca de Bernardo Santín a la calle de Luchana. Era el piso tercero,
Pío Baroja
17
pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó Manuel y le
abrió un viejo con ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le explicó a lo
que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fue a la cocina, donde
estaba guisando. Manuel esperó a que llegara Bernardo. La casa estaba
todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos cacharros en
la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, almorzaron
los tres y dispuso Santin que el muchacho pidiera una escalera al
portero y se dedicase a sujetar y a componer los cristales de la galería.
Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban, y se fue. Manuel,
el primer día, se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los cristales
con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.
Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después, Manuel
colocó las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color
azulado.
A la semana o cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con
lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo a Bernardo
cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio donde era conveniente
hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las positivas, y le
indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que le decía y
transmitió el encargo a Manuel. Bernardo, además de ser poco
inteligente, era un gandul completo. Sólo cuando venía su novia a ver
cómo marchaban los trabajos fingía estar atareado.
Era la novia muy simpática; a Manuel le pareció hasta bonita, a pesar
de tener el pelo rojo y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía una
carita blanca, algo pecosa; la nariz, sonrosada, respingona; los ojos,
claros, y los labios, también rojos y tan bonitos que despertaban el deseo
de besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada.
Hablaba rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.
Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo cual a Manuel le chocó.
«Es que no le conoce», pensó.
Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, la
explicaba a la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba a poner el
laboratorio. Lo que oía a Roberto se lo espetaba a su novia con un
descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda,
se prometía un porvenir risueño.
Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba
si no sería una obra de caridad advertirle a la rubia que su novio era un
zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía a él en esto!
Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las
casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa
era dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras
tanto, el padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero
machacando en el almirez o picando en el tajo.
La lucha por la vida II. Mala hierba
18
Manuel, iba a la cama tan cansado, que se dormía en seguida; pero
una noche que no se durmió tan pronto oyó en el otro cuarto a Bernardo
que decía:
Voy a mataros.
-¿Le mata? -preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados.
-Espera-replicó el hijo-; me has interrumpido.
Y volvió a comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más
que de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy a mataros. En las noches
siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era éste, sin
duda, su único trabajo.
Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era
completamente indiferente; había sacado el dinero a su novia y vivía con
aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la
máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio se
entretuvo en impresionar placas, que reveló Roberto; pronto se aburrió
de esto y no hizo nada.
Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades:
abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los
frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.
Mientras tanto, adelantaban los preparativos de boda. Manuel y
Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de
actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el
retrato y lo volvieron a pegar en otros cartones con la firma «Bernardo
Santín, fotógrafo», puesta al margen con letras doradas.
En noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no
quiso asistir; pero el mismo Bernardo fue a buscarle a su casa, y no tuvo
más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia
fueron a comer a un café de la glorieta de Bilbao.
Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos
militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; un
primo de Bernardo, su mujer y Manuel.
Roberto comenzó a hablar con la novia y le pareció muy simpática y
agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas
frases en este idioma.
«Es una lástima que se case con este mastuerzo», pensó Roberto.
En la comida, uno de los viejos comenzó a soltar una porción de
indecencias, que hicieron ruborizar a la novia. Bernardo, que bebió
demasiado, dio bromas a la mujer de su primo, y lo hizo con la pesadez
y falta de gracia que le caracterizaba.
La vuelta de la boda a la casa, al anochecer, fue melancólica. Bernardo
se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con
Roberto de su madre, que había muerto, de la soledad en que vivía.
Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir a
Pío Baroja
19
marcharse Roberto, Bernardo se le acercó; con voz apagada y débil le
confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.
-Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?
-No sabía lo que hacia. Anda, acompáñame un momento.
-Pues ¡vaya una gracia que le haría a tu mujer!
-Sí, le eres muy simpático.
Roberto contempló con atención a su amigo, y no le miró la frente
porque no le gustaban las bromas.
-Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa, además.
-¿Pues qué hay?
-Que no sé aún nada de fotografía, y quisiera que vinieras una semana
o dos. ¡Por favor te lo pido!
-No puede ser; yo tengo que dar mis lecciones.
-Ven, aunque no sea más que a la hora de comer. Comerás con
nosotros.
-Bueno.
-Y ahora sube un instante, por favor.
-No, ahora no subo -y Roberto dio media vuelta y se fue.
En los días posteriores, Roberto fue a casa del recién casado y charló
un rato con el matrimonio durante la comida.
Al tercer día, entre Bernardo y Manuel retrataron a dos criadas que
aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clisés, que por
casualidad salieron bien, y siguió acudiendo a casa de su amigo.
Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,
dedicándose a pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó a la
hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; habla notado
que su mujer y Roberto simpatizaban, y pensó que éste, por seguir
adelante y hacerle el amor a su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal que
su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.
Cuando lo comprendió, Roberto se indignó.
-Pero oye, tú -le dijo-. ¿Es que tú crees que yo voy a trabajar por ti
mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
-Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos -replicó Bernardo,
malhumorado-; yo soy un artista.
-Lo que tú eres es un imbécil, que no sirves para nada.
-Bueno, mejor.
-Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos
cuartos que tenía. Da asco.
-Si ya sé yo que tú defenderás a mi mujer.
-No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la
pobre para casarse contigo.
-¿Eso quiere decir que no quieres venir a trabajar?
-Claro que no.
La lucha por la vida II. Mala hierba
20
-Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De
manera que ya sabes; y a nadie le pido que venga a mi casa.
-Está bien. Adiós.
Dejó Roberto de aparecer por la casa; a los pocos días se presentó el
socio, y Bernardo despidió a Manuel.
Pío Baroja
III
La Europea y La Benefactora - Una colocación extraña
Volvió Manuel al estudio de Álex. Éste, incomodado con el muchacho
por haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí
de nuevo.
Preguntaron los bohemios que se reunían en el taller por la vida de
Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca
de la suerte que el destino reservaba a la cabeza del fotógrafo.
-¿De manera que Roberto le revelaba los clisés? -dijo uno.
-Sí.
-Le retocaba las placas y la mujer -añadió otro.
-¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!
-No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la
huerta. Es la verdadera felicidad.
-¿Y tú qué vas a hacer? -preguntó Álex irónicamente a Manuel.
-No sé; buscaré una colocación.
-Hombre, ¿ustedes conocen a un señor don Bonifacio Mingote, que vive
en el tercer piso de esta casa? -dijo don Servando Arzubiaga, el hombre
enjuto e indiferente.
-No.
-Es un agente de colocaciones. No debe de tenerlas muy buenas
cuando no se ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era
representante de unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló
el otro día de que necesitaba un chico.
Véanle ustedes -replicó Álex.
-¿Tú no aspiras a ser grande de España, verdad? -preguntó don
Servando a Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.
-No, ni usted tampoco -dijo desenfadado Manuel.
Don Servando se echó a reír.
-Si quieres, le veremos a ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?
-Vamos, si usted quiere.
Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron
pasar a un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada
22
zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los
nudillos, y al oír: «¡Adelante!», que dijeron de dentro, pasaron los dos al
interior del cuarto.
Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón
de mujer, que iba y venía, hablando y accionando con un junquillo en la
mano derecha, se detuvo, y, abriendo los brazos con grandes extremos y
en un tono teatral, exclamó:
-¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!
Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió:
-¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo
empedernido, a horas tan tempranas?
Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo
que le llevaba por allá.
En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de
chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso a frotarse
las manos con aire de satisfacción.
El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y
pequeños, pegados a la pared; en un rincón había una cama estrecha y
sin hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio,
un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban
dos calcetines sucios.
-Por ahora no puedo asegurar nada —dijo el agente de negocios a don
Servando, después de oír sus explicaciones-, mañana lo sabré; pero
tengo un buen asunto entre manos.
-Ya ves lo que dice este señor -indicó don Servando a Manuel-; mañana
ven por aquí.
-¿Tú sabes escribir? -preguntó el señor Mingote al muchacho.
-Sí, señor.
-¿Con ortografía?
-Algunas palabras quizá no sepa...
-A. mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes
despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte a trabajar
aquí -y puso una silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre
amarillo-. Este trabajo -añadió- será el pago del servicio que te voy a
prestar buscándote una colocación pistonuda.
-Señor Mingote -exclamó don Servando-, muchas gracias por todo.
-¡Señor don Servando! ¡Siempre a sus órdenes! —contestó el agente de
negocios y de colocaciones, revirando uno de los ojos que se le desviaba
y haciendo una solemne reverencia.
Manuel se sentó a la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tinteto y
esperó.
-Vete poniendo un nombre de éstos en cada circular -le dijo Mingote,
dándole una lista y un paquete de circulares.
Pío Baroja
23
La letra del agente era defectuosa y mal hecha, de hombre que apenas
sabe escribir. La circular ponía lo siguiente:
LA EUROPEA
AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES DE BONIFACIO
DE MINGOTE.
En ella se ofrecía a las diversas clases sociales toda clase de artículos,
de representaciones y de colocaciones.
Se compraban a bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,
mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora;
se analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas;
se proporcionaban apuntes de asignaturas de derecho, de medicina y
carreras especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se
ponían anuncios monstruosos, sensacionales, emocionantes, y todos
estos servicios y muchísimos más se hacían por una tarifa mínima,
ridícula de puro exigua.
Manuel se puso a copiar con su mejor letra los nombres en las
circulares y en los sobres.
El señor de Mingote vio la letra de Manuel y, después de conceder su
beneplácito, se embozó en el mantón, dio dos o tres pasos por el cuarto
y preguntó a su escribiente:
-¿Dónde íbamos?
-Decíamos -contestó con su gravedad siniestra el amanuense- que el
Anís Estrellado Fernández es la salvación.
-¡Ah!, sí; lo recuerdo.
De pronto, el señor Mingote, con voz de trueno, gritó:
-¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es
la energía, es la fuerza.
Manuel levantó la cabeza asombrado y vio al agente de negocios con la
vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como
amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo,
mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.
-Es un hecho universalmente reconocido por la ciencia -siguió diciendo
Mingote en tono melodramático- que la neurastenia, la astenia, la
impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema
nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura? -añadió Mingote con su voz
natural.
-El raquitismo, la escrófula, la corea...
-Que el raquitismo, la escrófula y otros muchos desórdenes del sistema
nervioso...
-Perdone usted -dijo el amanuense-,creo que el raquitismo no es un
desorden del sistema nervioso.
-Bueno, pues táchelo usted. ¿Íbamos en el sistema nervioso?
La lucha por la vida II. Mala hierba
24
-Sí, señor.
-... y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien -y
Mingote levantó la voz con nuevos bríos-: el Anís Estrellado Fernández
corrige esta atonía; el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción
de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades, que
envejecen y aniquilan al hombre.
Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego
oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró
con voz natural:
Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera
bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?
-Sí, ayer enviaron dos.
-¿Y dónde están?
-Me las he llevado a casa.
-¿Eh?
-Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló
con todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.
-¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas
botellas de anís magnífico para que venga otro con sus manos lavadas...
¡Dios de Dios! y Mingote quedó mirando al techo con uno de los ojos
extraviados.
-¿No le queda a usted ninguna? -dijo el amanuense.
-Sí, pero se me van a acabar en seguida.
Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su
discurso para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.
Al mediodía, el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
fue sin saludar ni decir una palabra.
Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y, paternalmente,
añadió:
-Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.
Manuel subió al estudio. Ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones, y para
la una y media volvió a casa de don Bonifacio, y entre bostezo y bostezo
siguió poniendo nombres en las circulares.
A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto, o porque
en la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
-No eres como mi amanuense -le dijo, halagado por las
manifestaciones de alegría del muchacho-, que no ríe mis chistes y luego
Pío Baroja
25
me los roba y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres
que escribe. Y no es eso lo peor. Lee.
Y Mingote le dio a Manuel un anuncio impreso.
Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
así:
LA BENEFACTORA
AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON PELAYO HUESCA
Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de
Administración de La Benefactora lo forman los banqueros más
acaudalados de Madrid. La Benefactora tiene cuenta corriente con el
Banco de España.
En La Benefactora no hay cuota de entrada.
Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
dietas, entierros, lactancia, etc. Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta,
tres, cuatro y cinco pesetas. (Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente, Pelayo Huesca. Misericordia, 6.
¿Eh? -gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer-. ¿Qué te parece?
Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En
todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero, ¡ah!, señor don
Pelayo, yo le encontraré a usted. Si es usted un murciélago alevoso, yo le
clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé
su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no
se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única
legítima de todas las propiedades?
Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la
circular. Era una idea de don Pelayo. En ella, la agencia se ofrecía para
servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada,
se dirigía a los que deseaban conocer una mujer agradable para
completar su educación; a los que querían realizar un buen matrimonio;
a los que dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la agencia
ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y
vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una
delicadeza delirante.
A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a
él.
-¿Ves? No se puede vivir -terminó diciendo-. Todos los hombres son
unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.
Efectivamente, por la protección de Mingote, Manuel pudo comer
aquella noche.
-Mañana, cuando vengas aquí -advirtió don Bonifacio-, coges un
paquete de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una.
La lucha por la vida II. Mala hierba
26
No quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
preguntas. ¿Entiendes?
-Sí, señor.
-Yo mientras tanto, prepararé tu asunto.
Al día siguiente, Manuel repartió una porción de circulares y volvió a
la hora de comer con el recado hecho.
Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el
cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido
molinete, dio un golpe en el brazo al muchacho, se paró, se tiró a fondo,
y gritó:
-¡Ah, pillo, bandido, infame!
-¿Qué pasa? -dijo, asustado, Manuel.
-¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de
la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
-¿De qué? -preguntó el muchacho.
-De hijo.
-¿De hijo? No comprendo.
Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como
un profesor de esgrima con el florete, y añadió:
-¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!
-¿Quién, yo?
-Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas
aristocráticas. Hasta titulo puedes llegar a tener.
-Pero des verdad?
-Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda
Europa. Conque anda, futuro barón, ráscate la mugre, cepíllate, quita el
barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de la
baronesa.
Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero
no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
únicamente por el gusto de embromarle.
Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron
los dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a
la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en
un portal, en donde entraron.
De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.
Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
chocolate circundaban el patio.
Llamó Mingote a una de las puertas de la galería del segundo piso.
-¿Quién es? -preguntó desde dentro una voz de mujer.
-Soy yo -contestó Mingote.
Voy, voy.
Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chandas, seguida de tres
Pío Baroja
27
perros de lanas, que ladraron con furia.
-¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito! -gritaba la mulata con un tono muy
lánguido-. Pasen, pasen.
Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
cubiertas por ropas de mujer, que formaban como un zócalo de trapos
alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos,
que mostraba cínicamente un manchón oscuro de sangre.
-Esperen un momento. La señora está vistiéndose -advirtió la mulata.
Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
La baronesa era una señora rubia, vestida con una bata clara; estaba
sentada en un sofá, con gran aspecto de languidez y desolación.
-¿Otra vez aquí, Mingote?
-sí, señora, otra vez.
-Siéntense ustedes.
El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco
trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea; unos
sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea
por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo y un espejo biselado,
grande, con la luna rajada.
-Le traigo a usted, baronesa -dijo Mingote-, el chico de que hemos
hablado.
-¿Es éste?
-Sí.
-Yo creo que le conozco a este chico.
-Sí; yo también la conozco a usted -dijo Manuel-. Yo estaba en la casa
de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
doña Casiana; mi madre era la criada.
-Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace? -preguntó la baronesa a
Manuel.
-Murió ya.
-Es huérfano -saltó diciendo Mingote-. Libre como el pájaro en la selva;
libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación
llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo y, es original,
verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.
-Y tú, ¿cuántos años tienes? -preguntó la baronesa al muchacho, sin
hacer caso de las reflexiones del agente.
-Dieciocho.
-Pero oiga usted, Mingote -dijo la baronesa-, el chico no tiene la edad
que usted me decía.
-Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El
La lucha por la vida II. Mala hierba
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hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...
-Y diga usted y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para
hablarle en voz baja-, ¿le ha dicho usted para qué es?
-Sí; si no, lo habría averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha
rondado por ahí, no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria
enseña mucho, baronesa.
-Dígamelo usted a mí -repuso la dama-, que cuando pienso en la vida
que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente,
Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
facilidad a todo.
-Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere -replicó Mingote-.
¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
-No hablemos de eso.
-Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo
plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
-Bueno.
-Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.
-Nada, nada, que se quede.
-Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días, en que traeré
los papeles. Señora..., a sus pies.
-¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en
los hombros del muchacho.
Adiós, hijo mío -le dijo-; que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser
barón de veras, que todo me lo debes a mí.
-No se me olvidará; descuide usted -contestó Manuel.
-¿Te acordarás siempre de tu protector?
-Siempre.
-Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la providencia... Me
siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes, por casualidad, algunos
cuartos?
-No.
-Es un contratiempo molesto y Mingote, después de hacer un molinete
con su bastón, salió de la casa.
Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
-¡Chucha! ¡Chucha! -gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste,
que se hallaba confundido y sin saber qué hacer:
-Mira, éste es el chico.
Pío Baroja
29
-¡Jesú! ¡Jesú! -gritó la mulata-. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrencia le
ha dado a la señora de traer este granuja a casa?
Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la
más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
-Le estás azarando -exclamó la baronesa, riendo a carcajadas.
-Pero su mersé está loca -murmuró la mulata.
-Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
se limpie.
Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.
-¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?
-Sí, algo me ha dicho.
-¿Y estás conforme?
-Yo, si, señora.
Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta
ahora?
Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa
durante algún tiempo.
-Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?..., y vete a lavarte.
La lucha por la vida II. Mala hierba
IV
La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía
Se prepara una farsa
Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.
Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros días,
experimentaba la nostalgia de la vida bohemia. Unos cuantos tomos de
novelones por entregas que le prestó la niña Chucha mitigaron su afán
de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
y González y Tárrago y Mateos, a la vida del siglo XVII, con sus caballeros
bravucones y damas enamoradas.
Niña Chucha, habladora sempiterna, contó a Manuel en varios
folletines, la vida de su amita, como llamaba a la baronesa.
La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
padre, rico señor cubano, la envió a los dieciocho años, acompañada de
una tía, a que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, rubio
y blanco, elegante, con un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la
muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al
mes de llegar a España la cubana se llamaba la baronesa de Aynant y
marchaba con su marido a vivir a Amberes.
Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
de las comidas aderezadas con manteca de vaca; a la cubana, en cambio,
le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el clima
seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los guisotes
hechos con aceite.
Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
espesándose, llegaron a nublar completamente el amor del barón y de su
esposa. Esta no podía oír con calma las ironías tranquilas y frías que su
marido dedicaba a los boniatos, al aceite y al acento de la gente del Sur.
El barón, a su vez, se molestaba oyendo hablar a su mujer con desprecio
31
de las mujeres grasientas que se dedican a atracarse de manteca. La
supremacía del aceite o de la manteca, enredándose y mezclándose con
asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que los cónyuges
llegaron a un estado de exaltación y de odio tal, que se separaron; y el
barón quedó en Amberes, dedicándose a sus aficiones artísticas y a sus
tostadas de manteca, y la baronesa vino a Madrid, donde pudo
entregarse a la alimentación frugívora y aceitosa con delicia.
En Madrid, la baronesa hizo mil disparates: trató de divorciarse para
volverse a casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba
gravemente enfermo, y, al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se
presentó en Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él
y tuvieron una niña.
En esta segunda época de su amor los dos cónyuges echaron un velo
sobre la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
mutuas concesiones, y la baronesa iba a terminar en una buena dama
flamenca cuando quedó viuda.
Volvió a Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña le pasaba un tanto al mes,
pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
la aceptó y prefirió la protección de aquel señor a ser su mujer. Pronto le
engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la
baronesa tenía un fondo moral y apartaba a su hija por completo del
mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y todos
los meses, el primer dinero que encontraba era para pagar el colegio de
la niña. Cuando ésta terminase su educación la llevaría a Amberes y
viviría con ella, resignándose a ser una señora respetable.
Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita,
pero terminaba siempre obedeciéndola.
Manuel se encontraba en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, o paseando
por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.
Mientras tanto, Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar a
don Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector
de la dama. Ésta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
manifestó a su antiguo protector que, de sus relaciones, tenia un hijo;
después, que el hijo habla muerto, y luego, nuevamente, que el hijo vivía.
A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una
petición de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último,
escamado, advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel
hijo. La baronesa le acusó de ruin y miserable, y don Sergio contestó
La lucha por la vida II. Mala hierba
32
haciéndose el sueco y cerrando su caja.
¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fue la
baronesa la que se los contó; pero él logró averiguarlos, y como su
imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar
un chico, proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don
Sergio.
A la baronesa, que no entendía de leyes y creía que el código era una
red puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada
productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, y
la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde aquel
momento Mingote se dio a buscar un chico que reuniera las necesarias
condiciones para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando encontró a
Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.
A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
escribiente y un amigo de éstos llamado Peñalar, los falsificaron con un
arte exquisito.
-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó la baronesa.
Mingote quedó pensativo. Si la baronesa escribía a don Sergio, éste,
probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra
persona.
-¿Qué le parece a usted si fuera un confesor? -preguntó Mingote.
-¿Un confesor?
-Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
secreto de confesión le había usted dicho...
-No, no -interrumpió la baronesa-. ¿Y dónde está ese cura?
-Irla Peñalar disfrazado.
-No. Además, don Sergio sabe que yo soy poco devota.
-Un maestro de escuela quizá seria mejor.
-¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?
-No; el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio que le dice que tiene
un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le
atiende. Un día le pregunta al prodigio: «Cómo se llaman tus padres,
niño?». Y él dice: «Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa
de Aynant». Entonces él, el pedagogo, viene a verle a usted, y usted le
contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio
del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni reconocerlo
siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el
nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
sublime dice: «Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
prodigioso niño, de ese extraordinario niño», y toma la determinación de
Pío Baroja
33
ir a ver al padre de la criatura... ¿eh? ¿Qué le parece a usted?
-La trama no está mal urdida; ¿pero quién va a hacer de maestro de
escuela? ¿Usted?
-No; Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un
colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el
tiempo que yo estoy fuera no estaría mal que le enseñara usted algo de
la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por
ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel
que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de
marinero y un cuello grande y blanco; pero, por más que le adornaron y
le escamondaron, no se consiguió darle un aspecto verosímil de hijo de
familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones
y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
A las dos horas Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con
un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar,
habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
abandonando el tono enfático, discutió las condiciones del cobro y el
tanto por ciento que le correspondería a él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
viendo que Mingote no cedía, aceptó.
-Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
atrás y, tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono
verdaderamente evangélico:
-Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del
Progreso.
Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.
-¿Don Sergio Redondo? -preguntó Peñalar a un viejo de boina.
-No ha bajado aún al despacho.
-Esperaré; dígale que hay aquí un caballero que desea verle.
-Bueno; ¿quién le digo que le espera?
-No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
Siéntate, hijo mío -añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel, con una voz y
una sonrisa de pura cepa evangélica.
Se sentó Manuel, y Peñalar paseó su mirada por el almacén, con la
calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus
actos.
No tardó en aparecer el viejo de la boina.
-Pasen ustedes al despacho -y empujó una mampara negra de cristales
rayados-. Ahora viene el señor -añadió.
La lucha por la vida II. Mala hierba
34
Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana
con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un
armario de caoba con libros de comercio y, en medio, una mesa de
escribir llena de cajoncitos, y a un lado de ésta, una caja de valores con
botones dorados.
El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que
aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel
se sintió amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de
debilidad; pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su
nariz y sonrió.
No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
blanco, con una mirada suspicaz, lanzada al través de sus antiparras.
Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba un gorro
griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía hacia un lado.
Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al muchacho, que se
levantaron; quizá creyó que había descubierto el objeto de la visita,
porque con voz seca, autoritaria y sin invitarlos a que se sentaran,
preguntó a Peñalar:
-¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme
de un asunto de familia? ¿Usted?
Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo. Peñalar,
no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que a él más le
gustaban. Comenzó a hablar, sin desconcertarse con las miradas
inquisitoriales del comerciante.
Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
impertérrito.
Él era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista, ¡oh! ,
dedicado a la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
guardaban los gérmenes regeneradores de la patria. Él sufría mucho,
mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre como él, conocedor del
francés, del inglés, del alemán, que tocaba el piano; un hombre como él,
emparentado con toda la aristocracia del reino de León; un hombre que
sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos!
¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho a la vida.
Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:
-Usted no debe trabajar.
-Pero tengo hambre.
-Pida usted dinero.
Y por eso algunas veces pedía.
Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras,
no intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura,
notó que la fuerza de la costumbre había llevado, su discurso al tema
Pío Baroja
35
constante de por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su
elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó
en tono confidencial:
-Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
don Sergio, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella? Y
eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí; yo creo en la
inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
materia. Antes, no, lo confieso -sonriendo más dulcemente aún-; antes
era panteísta y conservo no sé si de aquella época cl entusiasmo por la
naturaleza. ¡Oh, el campo! , ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
recuerdo aquellos versos del mantuano:
¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe gustar, con el
talento que usted tiene.
La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
-El campo me revienta.
Peñalar quedó parado con la boca abierta.
-Señor mío, señor mío -añadió el comerciante, levantando la voz
iracunda-, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo
propio.
-No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita-dijo Peñalar, y
se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.
-No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
limosnas.
-Caballero, señor don Sergio -y Peñalar se levantó con las gafas en la
mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato-,está usted en
un profundo error. No vengo a pedir limosna, ni son ésos mis hábitos.
Nadie podrá decirlo; vengo -y se caló los lentes con resolución- a cumplir
un deber sagrado.
-Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ése? ¡Qué! Basta de farsas. La
charlatanería me revienta.
-Permítame usted que me siente. Estoy fatigado -murmuró Peñalar con
voz desfallecida- ¿No nos oye nadie?
Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente
el pañuelo, lleno de agujeros; luego, dirigiéndose a Manuel, que seguía
sumido en el mayor estupor, le dijo:
-Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y espérame.
Manuel abrió la puerta del despacho y salió al almacén. Esta maniobra
produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
La lucha por la vida II. Mala hierba
36
Te, dulcis conjux, te solo in litore secum
Te veniente die, te decedente canebat
Yo, caballero -dijo Peñalar al verse solo con el comerciante-, estoy
dedicado a la enseñanza de la juventud.
-¿Que es usted maestro? Lo he oído.
-Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo cuando se me
ocurrió establecerme por mi cuenta.
-Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y a mí todo eso qué me importa?
-gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
-Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de su
voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo que no
tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su casa.
-¿Y a mí qué?
-Espere usted, don Sergio. Fui a ver a esa señora protectora suya, que
es una baronesa, y le dije: «El muchacho a quien usted protege es digno
de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación». «Su
madre no tiene dinero, y su padre, que es rico, no hace nada por él», me
contestó la baronesa. « Dígame usted quién es su padre y le iré a ver.»
«Es inútil -replicó-, porque no conseguirá usted nada de él; se llama don
Sergio Redondo.»
Al decir esto, Peñalar se levantó y contempló con la cabeza erguida a
don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar a un pobre réprobo.
Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los labios,
carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.
Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.
-La baronesa -añadió- me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
mía, que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, a pesar de
esto -sonriendo dulcemente y sintiéndose ya superevangélico y
supermoral-, pensé: «Mi deber es ir a ver a ese caballero». Por eso he
venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
con la mía.
Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir, y con la sonrisa
de todo el martirologio en los labios, cogió el sombrero, saludó
ceremoniosamente y se acercó a la puerta.
-¿Y ese niño es el que estaba aquí? -preguntó en voz baja y vacilante
don Sergio.
-El mismo.
-¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa? =-~lamó el comerciante.
-Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
con la contestación.
Y Peñalar salió del despacho.
-Vamos, hijo mío -le dijo a Manuel.
Pío Baroja
37
Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de la casa,
llevando de la mano a su querido discípulo, a aquél niño portentoso tan
poco apreciado por sus padres.
La lucha por la vida II. Mala hierba
V
Vida y milagros del señor de Mingote - Comienza la dulce
explotación de don Sergio
Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la
fecha.
Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la
necesidad de buscar dinero buscó a un prestamista de la calle del Pez.
En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote,
y se arregló el negocio entre los dos. Desde entonces, don Bonifacio
frecuentaba la casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo
era don Bonifacio?
Hay bímanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la
historia natural del hombre son como esas especies de monotremas
entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bímanos
interesantes pertenecía Mingote.
Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de
bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca
cínica, las trazas de un agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una
manera presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el
chaleco y diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y
en los dedos.
Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer,
no siendo persona decente; prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
la bolsa, agente de quintas, curial, revendedor y gancho...
Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes
del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
defectos propios.
Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote,
cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando lo escuchaba lo hacía
con gusto; sin duda, al oírle, admiraba la sutileza y la finura de las malas
39
artes de aquel pícaro.
‘ Al cabo de algún tiempo de oírle su charla desvergonzada, repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico; pero el
cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.
-Pierden el tiempo los que me insultan -decía tranquilamente-; a
sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como
un Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato por entre su
coraza de puntilloso caballero, aparecía la garfa del truhán.
-En cuestiones de honor no admito distingos -decía el hombre cuando
se sentía hidalgo-; usted me dirá: «El honor de una martingala». Es
verdad. Pero yo tengo esa desgracia: soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas;
algunas de sus cartas terminaban poniendo: «Salud y Revolución social»,
lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una
casa de préstamos; otras, una casa de citas o algún otro «honrado»
comercio por el estilo.
Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los
compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
para dar un golpe y para comprar bombas, ya para escribir un
diccionario libertario, en donde él, Mingote, desmenuzaría con su
análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos,
todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la
existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre
no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y
de negocios, surgía el hombre moderno, el struggler for life de la
almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
-Yo -solía decir- hice la almoneda de la Chavito; yo le vendí la cuadra
al marqués de Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el
cataforético Pipot, el pectoral de sampaguita salvaje Álex, la pasta
manicura de Chiper, la cataplasma eléctrica de Pirogoff, la harina
pépsica de Clarckson, la auditina de Well, el corazón artificial de Tomás
y Gil, el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el
vacío a mi alrededor.
Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría
en la cabeza a sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser
admirables, no tenía ningún inconveniente en venderlas en lotes de poco
La lucha por la vida II. Mala hierba
40
dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en
papeles de periódico, de sus minas de aquí y de allá.
-Ésta -y Mingote mostraba un pedrusco- es de las minas del Suspiro
del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable ¿verdad? De hierro... casi
puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
toneladas.
Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que
se echaba a reír.
La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
-Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender? -le
preguntaba.
-¡Ah! , no importa-replicaba Mingote-; se inventan; es lo mismo. En
seguida que le demos el golpe a don Sergio nos dedicamos a los negocios.
Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo
que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte y en seguida
hacemos acciones. «Sociedad Anónima del Coto Prosperidad»; capital:
siete millones de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul;
cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía cierto; aquel
hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma,
encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar
de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como
nadie.
Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h .·. y en otra
porción de mojigangas por el estilo.
En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía
extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio;
el soltar una gracia constituía para él una necesidad y, probablemente,
empalado, con la soga al cuello o en las gradas del patíbulo, temblando
de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
convulsiones, alguna cosa chusca.
Reñía con todo aquel a quien no necesitaba por cosas fútiles;
vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores;
levantaba el bastón a los golfos; trataba desdeñosamente a todo el
mundo; hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus
maridos o de sus padres, y, a pesar de esto, no recibía más que raras
veces las bofetadas o palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.
Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
sonrisa en gesto amenazador; y el gesto amenazador, en sonrisa; a veces
Pío Baroja
41
sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba; pero no se
desconcertaba nunca.
El ex prestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenia
grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica
era rapidísima y expedita: a la primera semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños
Mingotes. Con ellas, el ex prestamista había organizado un servicio de
mendicidad por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
menos, gracias al dinero que traían las mujeres vivían ellas, el gran
Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.
Éste era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en compaña.
La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona del
principal.
-Pero ¿por qué hace usted eso? -le preguntó Mingote-.
Cuanto en peor situación la vea a usted, il vecchio será más
espléndido.
-Yo le creía a usted más listo, Mingote -replicó fríamente la baronesa-.
Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente me daría una
limosna; de otro modo, ya veremos. Además, déjeme usted a mí dirigir
mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
planchar una de sus batas y vistió a Manuel y hasta le dio polvos de
arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado. Mingote
escribió a don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta
con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
La baronesa y Manuel esperaron a que llegara il vecchio. A media tarde
se oyó el ruido de un coche que paraba en al puerta.
-Éste es -dijo la baronesa; miró por las rendijas de la persiana-. Sí, es
él -añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.
Bien vestida y ataviada, resultaba apetitosa; una jamona rubia de
buen ver.
-Mira: es mejor que te metas en ese otro cuarto -dijo la baronesa a
Manuel, señalándole una alcoba-; le diré que estás estudiando.
Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se
escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de
cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el
observatorio muy cómodo y se puso a mirar por los visillos; le interesaba
ver cómo se desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella
La lucha por la vida II. Mala hierba
42
trapisonda, en los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
Cuando la criada de la casa de huéspedes fue a anunciar la visita de
don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. Il vecchio
pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle;
luego, con un ademán de languidez y de contrariedad, le indicó que podía
sentarse.
Il vecchio Cromwell se sentó. Manuel pudo observarle con calma.
Estaba pálido y tenía un color calcáreo.
«Vaya un papá feo que me he echado», se dijo Manuel.
La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía
lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto,
observó los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan
elegante.
Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba
lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel
pensó que no le faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas
de cabra para representar, en unión de la baronesa, un grupo que él
había visto unos días antes en un escaparate de la carrera de San
Jerónimo, cuyo titulo era La ninfa y el sátiro. Manuel creyó que el viejo
se iba a arrodillar, y le dieron ganas de gritarle: «¡Fuera, Cromwell».
Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se
fue animando, y comenzó a accionar con violencia.
-Ese abandono del muchacho es incalificable -decía.
-¡Incalificable!
-Sí, señora.
-Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
-Tengo derechos, sí, señora.
La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un
gallardo ademán y tirando el libro al suelo, acusó al iracundo Cromwell
de todo lo malo que podía ocurrir al niño. Él tenía la culpa de todo por
ser un avaro y un miserable.
Replicó a esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las
mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
-Si usted ha venido aquí -interrumpió la baronesa- a insultar a una
mujer porque está sola, no lo consentiré.
Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
el ofrecerse...
-No necesito de usted para nada -contestó la baronesa
arrogantemente-. No le he llamado a usted.
El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que a
ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los gastos
de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
Pío Baroja
43
La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño
creta que sus padres hablan muerto.
-No, no tenga usted cuidado, Paquita -exclamó il vecchio.
Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:
-¿Está en casa Sergio?
-Sí, señora.
-Dígale usted que venga.
Entró Manuel confuso.
-Este señor quiere verte -dijo la dama.
-Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado -murmuró il
vecchio.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dio unos
golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.
-Es muy huraño -dijo la baronesa.
-Yo era igual a su edad -repuso don Sergio.
La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió
observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de
recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia,
el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.
La baronesa le acompañó hasta la puerta.
-¿De modo, Paquita, que está usted contenta? -la dijo antes de
marcharse.
-¡Contentísima!
-¿No siente usted que haya venido a verla?
-¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es
usted el único amigo de mi pobre padre!
-Sí, es verdad, Paquita; es verdad -murmuró il vecchio, acariciando
entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.
Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la
dama.
Jesús, qué lata de viejo -murmuró ella, dando un portazo-. ¡Manuel,
Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? Il vecchio
Cromwell, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito
nos mudamos de casa.
Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a
la calle a buscar un cuarto. Después de mucho corretear y de andar con
la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un
tercer piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba
veinticinco duros al mes.
-A niña Chucha le va a parecer caro; pero yo lo alquilo -dijo la
baronesa.
Y llamó en el primer piso, donde vivía el administrador, y habló con él,
La lucha por la vida II. Mala hierba
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y pagó la casa por adelantado.
El mismo día se hizo la mudanza, y Manuel trajinó con entusiasmo,
llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el
sitio que designaba niña Chucha.
Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenla algunos muebles
guardados en casa de una amiga cubana, unos días después fue a verla
para pedírselos. No apareció en todo el día, ni aun a cenar, y volvió a la
noche, muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa,
venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
-La coronela no me ha querido dejar venir -murmuró-; he cenado en su
casa, y luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta
aquí mismo.
No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la
baronesa, y se asombró bastante al oír contestar a los reproches de niña
Chucha, balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera
insustancial. Hubiese jurado Manuel que al salir del comedor la
baronesa había dado un traspiés; pero con el sueño no se enteró bien, y
se abstuvo de comentarios.
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha
en la calle, cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.
-¡Hola, estudiante! -dijo-. ¿Y doña Paquita?
-En su cuarto -contestó Manuel.
Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos, y repitió varias veces:
-¿Se puede?
-Pase usted, don Sergio -dijo la baronesa-, y abra usted las ventanas.
Entró el viejo en el cuarto, tropezando con los bultos desparramados
por el suelo, y abrió el balcón.
-Pero, Paquita, ¿todavía en la cama? -preguntó en el colmo de la
estupefacción-. Eso no es sano.
-¡Oh! Si viera usted cómo he trabajado -replicó la baronesa,
desperezándose-. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
cabeza que me he tenido que acostar otra vez.
-¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
-Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan.
Chucha no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar
como un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que
otro día seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena
chica que soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.
-Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
arrumacos a Cromwell y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta
pesetas.
Pío Baroja
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-Pero...
-Si ya sé que me va usted a reñir. No crea que he gastado todo el
dinero, ni mucho menos. Es que, la verdad, un billete de quinientas
pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
-Vaya, ahí va.
Y don Sergio, con una sonrisa que quería ser amable, sacó la cartera
del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de noche; luego, le
pareció poco galante dar lo que le había pedido, y dejó otro.
La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después,
acurrucándose entre las sábanas, con voz soñolienta, murmuró:
-¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
-Pues cuídate, hija; cuídate y no trabajes tanto.
Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró
con la niña Chucha, que volvía de la calle.
-No debes dejar que trabaje tanto tu ama-le dijo secamente-; se pone
enferma.
La mulata contempló sonriendo al viejo.
-Bueno, señó -dijo.
-Y el muchacho, ¿qué hace?
-Etá estudiando -contestó la niña Chucha con malicia, y le mostró con
los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.
Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
Mateos.
La lucha por la vida II. Mala hierba
VI
Kate, la niña blanca - Los amores de Roberto - El pundonor
militar - Las cucas - Disquisiciones antropológicas
Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad,
y como en los colegios había vacaciones, la baronesa fue en busca de su
hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.
Niña Chucha se encargó de informar a Manuel y de darle detalles de la
hija de la baronesa.
-Es una cantimpla, ¿sabe?; una niña blanca y sosa que parece una
muñeca.
Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en
su tipo a su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
Al llegar a casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño
a la colegiala; Manuel fue reconocido por ella, lo que le produjo gran
satisfacción.
La hija de la baronesa se llamaba Catalina; sus parientes de Amberes
la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente le decía la Nena.
Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa
abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias del colegio
que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.
No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
lenta, pero profunda; en cambio, su madre poseía la sutileza y el ingenio
del momento. La baronesa, a veces se impacientaba al oírla, y decía entre
cariñosa y enfadada:
-¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no acompañaban en
el comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la
mulata sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba
como una muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que
47
no tenía motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy
amable, aunque con poca vivacidad.
Por aquellos días de fiesta de Navidad, madre e hija salían de casa con
mucha frecuencia a compras, y las acompañaba generalmente Manuel,
que volvía cargado de paquetes.
El día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al
teatro de Apolo a ver Los sobrinos del capitán Grant, notó Manuel que
Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir los siguió;
la muchacha se hizo la desentendida.
Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vio a Roberto que paseaba
por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
Encontró un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
acercó a él.
-¿Estás en su casa? -le preguntó apresuradamente.
-Sí.
-Tienes que darle una carta.
-Bueno.
-A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla.
No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la darás,
¿verdad?
-Sí, hombre, descuide usted.
Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve;
bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.
Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía
guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras,
estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos
estaban llenos de recordatorios y de estampitas.
Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha
como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas; éste se
sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las
alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
-Esta cadena me la regaló mi tío -decía la colegiala-. Esta sortija es de
mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde Park, cuando estuve en
Londres con mi tío.
Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta
en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de
su niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con
el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
pensamientos y hierbas, que luego copiaba y pintaba con una caja de
acuarelas.
Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero
no se atrevió.
De pronto, después de carraspear mucho, balbució:
La lucha por la vida II. Mala hierba
48
-¿Sabe usted?
-¿Qué?
-Roberto..., aquel estudiante rubio de la otra casa..., el que ayer estaba
en el teatro..., me ha dado una carta para usted.
-¿Para mí? -y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
brillaron con más vivacidad que de ordinario.
-Sí.
-Pues dámela.
-Tome usted.
Manuel entregó la carta, y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su
cuarto. A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para
Roberto, y Roberto, en seguida, con otra para Kate.
Un día Kate fue con Manuel a su colegio, en donde había un
nacimiento, y a la ida y a la vuelta los acompañó Roberto. Hablaron los
dos muchísimo. Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto
del amor es una cosa extraña. Para él, no dijo Roberto nada que valiera
la pena de oírse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
Roberto fue para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
escuchó atenta.
Manuel fue confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un
candor y de una inocencia inmaculados; tenía una falta de comprensión
para cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión
ante aquella naturaleza aristocrática y elegante; tenía un sentimiento de
inferioridad que en nada le molestaba.
La Nena le contó a Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas,
Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
Manuel le contó a Kate detalles de la vida pobre madrileña, que a la
colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
sus casas e iban a dormir a los rincones de las iglesias; de los que
robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. La
Nena le solía escuchar muy intrigada.
-¡Oh, qué miedo! -solía decir; y sólo el pensar que aquella gente
miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
estremecer.
Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
quería salir los domingos por no andar entre los hombres de blusa y
soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía de ser mala. Desde
que se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.
Pío Baroja
49
Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que
daba a la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente como un bosque,
y el Palacio Real, en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas, que
de día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo
y el horizonte, que se enrojecía al caer de la tarde...
Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.
La primera salida nocturna que hizo la baronesa fue, acompañada por
Manuel, a casa de su amiga cubana. Salieron la baronesa y Manuel
después de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la
casa: les abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron,
por un corredor, en una sala muy iluminada, adornada con lujo barato
y chillón. En medio había un aparato eléctrico con siete u ocho
bombillas, un sofá grande con flores, dos sillones dorados al lado de una
chimenea, y sobre el mármol de ésta, un reloj en forma de bola, un
barómetro con un martillo, un termómetro con un puñal y otra porción
de cosas con formas absurdas. Por todos lados se veían fotografías.
No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a
la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veta que quería
halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros, y la boca con una
expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico, inquietante y
amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía de tener vicios
extraños, que era capaz de cometer crímenes.
Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto
sobre el velador.
La mujer del coronel, a quién la baronesa había conocido de sargenta
en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un
salón, de bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.
-Pero ¿de verdad? -preguntó la baronesa.
-Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta
que ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama
Instantáneas. Es un nombre modernista, ¿verdad?
-Ya lo creo.
-Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra
con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un
grupo, y ella le contesta: «¡Ay, no me toque usted el chassis!». Es bonito,
¿verdad?
La lucha por la vida II. Mala hierba
50
-Precioso -dijo la baronesa, mirando a Manuel y riéndose.
Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto,
movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
triste.
-¿Tiene usted mucha gente en la sala? -preguntó la baronesa.
-Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco
para que usted la vea.
Dio la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecita agria.
Advierte a ésos -le dijo la coronela- de que estás aquí.
Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el coronel,
señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en el brazo
de Mingote; detrás de éstos, un joven flaco, de bigote rubio, con las
mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un melenudo, el
profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija mayor de la casa,
una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un
cuadro de Rubens.
-Primero, ¿qué va a ser? ¿El monólogo o el baile? -preguntó la coronela.
-El monólogo, el monólogo -dijeron todos.
-Vamos a ver. Silencio.
El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
mejillas, sonrió amablemente.
La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
porción de brutalidades en verso capaces de llevar el rubor a las curtidas
mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas terminaba con el
estribillo de «¡Ay, no me toque usted el chasis!».
Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así..., un
poco, vamos, demasiado libres, y miró a todos pidiendo su opinión. Se
discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
argumentos, pero la réplica de Mingote fue decisiva.
-No, coronel -concluyó diciendo el prestamista, exaltado-; es que usted
siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira esto
como militar.
La baronesa contempló asombrada a Mingote y no pudo contener la
risa.
El coronel explicó confidencialmente a Mingote por qué las ideas
militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza y, sobre todo, por
el uniforme.
Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó
a bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
dilucidar, y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
Pío Baroja
51
era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
trascendental: es ese movimiento de caderas que el público llama
científicamente bisagra. La coronela preguntaba: «Cómo tiene Lulú que
hacer esta parte del tango, o sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ella
pide o velándolo un poco?».
A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
emocionante, la bisagra.
El coronel, a pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo
era cosa de material.
Mingote, entonces, para enseñar a la niña cómo debía hacer aquel
movimiento, se levantó y se puso a mover las caderas de un modo
grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces la
coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar a
la mujer la gracia de aquel movimiento. La baronesa sonrió
discretamente.
En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba
Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia, porque la
coronela se levantó al momento y se dispuso a salir.
Anda, dale la ruleta -dijo el coronel a su esposa-, y que enciendan las
luces de la sala. ¿Qué? -añadió el buen señor-. ¿Quiere usted que
hagamos una vaquita, baronesa?
Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.
-Bueno.
Bailó otro tango Lulú, y al poco rato apareció la coronela.
-Ya pueden ustedes pasar -dijo.
Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
comedor entraron en una sala grande, con tres balcones. Había dos
mesas allí; una de ellas con una ruleta; la otra, sin nada.
Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
pagadores.
-Hagan juego -dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.
Tiró la bola blanca en la ruleta, y antes que se parara, el croupier dijo:
-¡No va más!
Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir
que se siguiera apuntando.
-No va más -repitieron al mismo tiempo con voz monótona.
Fue entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas
alrededor de la mesa.
Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años,
La lucha por la vida II. Mala hierba
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alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes
blancos.
-Pero hijo, ¿tú aquí? -dijo la baronesa.
-¿Y tú? -replicó él.
Era aquel hombre primo en segundo o en tercer grado de la baronesa,
y se llamaba Horacio.
-¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve? -preguntó
la baronesa.
-Sí, aunque no siempre. ¿Hacemos una vaca, prima?
-No me parece mal.
Reunieron el dinero y ambos siguieron jugando. Horacio apuntaba
según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco
se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas
señoras con sus hijas.
Manuel vio a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
sortijas de piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de
barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven, lampiño, de aire
aburrido.
-¿Usted se retiró ya? -decía el joven.
-Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no, habría seguido jugando
hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para
mí, ésta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
suele decir algunas veces: «Hacemos una vaca, marqués?». «No; le daría
a usted mala suerte», le contesto yo.
-¿Quién es la Valiente?
-Ahora la verá usted, cuando empiece el bacará.
Se encendió la luz en la otra mesa.
Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la
mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron
diez o doce personas.
-¿Quién talla? -preguntó el viejo.
-Cincuenta duros -murmuró uno.
-Sesenta. Cien.
-Ciento cincuenta duros.
-Doscientos -gritó una voz de mujer.
-Ahí está la Valiente —dijo el marqués.
Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta a
cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era
muy morena, con una tez olivácea; los ojos, negros, hermosos. Se cegaba
en las apuestas y salía a los pasillos a fumar. Se notaba en ella una gran
Pío Baroja
53
energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. No
le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la rubia
gruesa, a la cual dominaba. Tenla una suerte loca algunas veces, y para
mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.
-Y ese hombre que no juega y está siempre aquí, ¿quién es? -preguntó
el joven, señalando a un tipo de unos sesenta años, basto, de bigote
pintado.
-Éste es un usurero, que creo es socio de la coronela. Cuando yo fui
gobernador de La Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
chanchullo que había hecho en la aduana. Le dejaron cesante, y luego le
dieron un destino en Filipinas.
-¿En recompensa?
-Hombre, todo el mundo tiene que vivir -replicó el marqués-. En
Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
libre lo emplearon en Cuba.
-Querían que estudiara el régimen colonial español -advirtió el joven.
-Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó a
negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
millón de pesetas.
-¡Demonio!
-Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una
tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
dos salían a pasear los domingos por las afueras como la gente pobre. Se
le murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas
veces él mismo va a la compra y guisa. El que es interesante es su
antiguo secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
Manuel escuchaba con atención.
-Ese sí que es un hombre -dijo el marqués, mirándole atentamente.
El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón,
se volvió y saludó amablemente al viejo.
-Adiós, Maestro -le dijo éste.
-¿Le llama usted Maestro? -preguntó el joven.
-Así le llama todo el mundo.
Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
marqués y del joven.
-¡Qué moninas son! -dijo el marqués.
Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante.
No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como
decía la coronela, era una reunión muy modernista.
En los divanes hablaban las muchachas con los hombres
animadamente; se discurría, se estudiaban combinaciones para el
La lucha por la vida II. Mala hierba
54
juego...
-A mí esto me encanta dijo el marqués con su sonrisa pálida.
La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
-Me voy. ¿Me acompañas, Horacio? -preguntó a su primo.
-SI; te acompañaré.
Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió a ellos.
-¡Qué gentuza!, ¿verdad? -dijo la baronesa, con la sonrisa ingenua
peculiar suya, al encontrarse en la calle.
-Es la amoralidad, como dicen ahora -replicó Horacio-. Los españoles
no somos inmorales; lo que pasa es que no tenemos idea de la moralidad.
«Ya ve usted -decía el coronel en el momento que me he levantado para
tomar un poco de aire-, ya ve usted, a mí me han mermado el retiro: de
ochenta duros me han dejado en setenta; y, ¡claro!, hay que buscar otros
ingresos; así, las hijas de los militares tienen que ser bailarinas..., y todo
lo demás.»
-¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!
-¿Pero eso te choca? A mí, no. Si eso es una consecuencia natural y
necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de
última clase.
-¿Por qué?
-Porque sí; no hay más que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
tiene el coronel?
-No. ¿Qué tiene en la cabeza? -preguntó burlonamente la baronesa.
-Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en las
razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior a
Napoleón, porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
La idea del deber no entra en los cráneos como el del coronel. Háblale a
un mendigo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me
lo explico todo por las leyes antropológicas.
Pasaron por delante del café de Varela.
-¿Quieres que entremos aquí? -dijo el primo.
-Vamos.
Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
el primo de la baronesa hablando.
Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir, y con eso y un
destinillo en un Ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy
reglamentado, leyendo a Spencer en inglés y cambiando de género de
vida por temporadas.
Hombre original, llevaba ya cuatro o cinco años encenagado en los
pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
convencido de que intelectualmente era un anglosajón, a quien no le
debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
Pío Baroja
55
Mediodía.
-Pues sí -siguió diciendo Horacio, llenando su copa de cerveza-. Yo me
lo explico todo, los detalles más nimios, por las leyes biológicas o
sociales. Esta mañana, al levantarme, oía a mi patrona que hablaba con
el panadero de la subida del pan. «¿Y por qué ha encarecido el pan?», le
preguntaba ella. «No sé -replicaba él-; dicen que la cosecha es buena.»
«¿Pues entonces?» «No sé.» Me fui a la oficina a la hora en punto, con
exactitud inglesa; no había nadie, es la costumbre española, y me
pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
buena? Y di con la explicación, que creo te convencerá. Tú sabrás que en
el cerebro hay lóbulos.
-Yo qué he de saber eso, hijo mío -replicó la baronesa, distraída,
mojando un bizcocho en el chocolate.
-Pues sí, hay lóbulos, y, según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra,
¿comprendes?
-Sí.
-Bueno; figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
individuos que no saben leer y escribir. ¿No me entiendes?
-Sí, hombre, sí.
-Pues bien: ese lóbulo en los hombres ilustrados, se emplea en
esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee; aquí no lo utilizan
trece millones de habitantes. Esa fuerza, que debían gastar en discurrir,
la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el crimen aumenta,
aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el consumo de
alimentos y encarece el pan.
La baronesa no pudo menos de reírse al oír la explicación de su primo.
-No es una fantasía -replicó Horacio-; es la pura verdad.
-Si no lo dudo, pero me hace reír la noticia. Manuel también se ríe.
-¿De dónde has sacado este chico?...
-Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?
-A ver, quítate la gorra.
Manuel se quitó la gorra.
-Éste es un celta -añadió Horacio-. ¡Buena raza! El ángulo facial
abierto, la frente grande, poca mandíbula...
-Yeso ¿qué quiere decir? -preguntó Manuel.
-En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?
-¿Yo? Ni un botón.
-Pues entonces, lo que te puedo decir es esto: que como no tienes
dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
aunque la tengas, que creo que sí, probablemente morirás en algún
hospital.
-¡Qué bárbaro! -exclamó la baronesa-. No le digas eso al chico.
La lucha por la vida II. Mala hierba
56
Manuel se echó a reír; la profecía le parecía muy divertida.
-En cambio, yo -siguió diciendo Horacio- no hay cuidado de que muera
en un hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de
adquisitividad más brutal. Soy un berebere de raza, un euroafricano; eso
sí, afortunadamente estoy influido por las ideas de la filosofía práctica de
lord Bacon. Si no fuera por eso, estaría bailando tangos en Cuba o en
Puerto Rico.
-¿De manera que gracias a ese lord eres un hombre civilizado?
-Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés.
¿Tengo yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta o sajón? No me
hago ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy a hacer! Yo no he
nacido en Manchester, sino en el Camagüey, y he sido criado en Málaga.
¡Figúrate!
-Yeso, ¿qué tiene que ver?
-La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
hermosos también, tipos como el de tu hija, con sus ojos tan azules, la
tez tan blanca y el cabello tan rubio.
-Y yo..., ¿qué soy? -preguntó la baronesa-. ¿Un poco de eso que decías
antes?
-¿Un poco berebere?
-Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
-En el carácter, quizá, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus
ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir o del valle de
Cabul; pero no has pasado por África. Puedes estar tranquila.
La baronesa miró a su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
después, los dos primos y Manuel salieron del café.
Pío Baroja
VII
El berebere se siente profundamente anglosajón
Mingote, mefistofélico - Cogolludo - Despedida
Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel de la baronesa y del
sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de
antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían
aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la
baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y la niña Chucha escuchaban
al berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían
objeciones, que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos,
con muchísima gracia.
El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó
quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá
por afinidades de raza, y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando
venía don Sergio.
La situación era comprometida, porque la baronesa no se preocupaba
de nada; después de servirse de Mingote, le había despedido dos o tres
veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día
fue decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de
Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella le
contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote; que
ella tendría quien la protegiese, y que, en el caso de que interviniese la
justicia, el primero que iría a la cárcel sería él.
Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de
la disputa llegó el primo Horacio.
-¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle -dijo.
-Este hombre, que me está insultando -clamó la baronesa.
Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la
puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de
Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere,
levantó el pie y dio con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El
agente gritó más, y dé nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte
más redonda de su individuo.
58
La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;
no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de
Manuel, porque se cogía los dedos con la puerta; pero probablemente
advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.
Antes que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole
dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.
El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.
-Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar
muchas veces.
Al saber la contestación, la baronesa se indignó.
-¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer caso
de ese vejestorio infecto. Cuando venga, yo le diré cuántas son cinco.
Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se
mudó a una casa más barata con el propósito de economizar, y niña
Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupar un tercer piso en la
calle del Avemaría.
Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio, a pesar de
que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la
mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al
flirt.
La baronesa, de cuando en cuando, para atender a los gastos de la
casa, vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el
desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento.
Al mes de estancia en la calle del Avemaría apareció una mañana don
Sergio, indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle
por la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió
una carta a la baronesa.
Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le
parecía bien que Horacio pasase la vida en casa de la baronesa; no
encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La
baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que, sin duda, no buscaba
más que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se
sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral, y dejó de presentarse
en casa de la baronesa.
Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la
vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió sintiéndose
anglosajón, ario y acordándose de lord Bacon.
Mientras tanto, don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,
volvió a la carga y se presentó en la casa.
-Pero ¿qué le pasa a usted, Paquita? -dijo, al ver a la baronesa
desmejorada.
-Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy
con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente
Pío Baroja
59
abandonada. En fin, Dios sobre todo.
Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con
que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:
-Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que
tener régimen; así no puede ser.
-Eso mismo estaba pensando yo -replicó la baronesa-. Sí, lo
comprendo; a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita
de doce duros.
-¿Y los muebles?
-Los venderé.
¿Cómo decir que los había ya vendido?
-No, yo... -el calcáreo iba a hacer una observación de buen
comerciante, pero no se atrevió-. Luego esas visitas tan frecuentes de su
primo de usted no están bien -añadió.
-Pero si me persigue -murmuró con voz quejumbrosa la baronesa-,
¿qué voy a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca;
comprendo que es raro, porque ya a mis años.
-No diga usted esas cosas, Paquita.
-Pero, nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted
cómo no va a volver.
-¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...
-Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.
-Entonces, mejor que mejor.
La baronesa miró indignada a don Sergio; después tomó una actitud
compungida.
Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita
debía dejar a niña Chucha, a quien el viejo calcáreo detestaba
cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería como a una hija,
tanto o más que a sus perros, que eran casi para ella como las niñas de
sus ojos.
De pronto, la baronesa se incorporó en el sofá.
-Tengo un plan -le dijo a don Sergio-. Dígame si le parece bien. En El
Imparcial de ayer vi anunciada una casa o finca en Cogolludo, con huerta
y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa muy mala;
pero, al fin, será un terreno y una choza, a mí me basta con la cabañita.
Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece a usted, don Sergio?
-Pero ¿para qué te vas a marchar de aquí?
-Es que no se lo he querido decir -añadió la baronesa-; pero ese
hombre me persigue.
Y contó una porción de embustes. Se recreaba la buena señora
haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía tenazmente, y todas
las cartas que ella le había escrito a él supuso que era él quien se las
había escrito a ella.
La lucha por la vida II. Mala hierba
60
-Y claro -siguió diciendo-, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo de
ese ridículo trovador.
-Pero Cogolludo no debe de tener tren; te vas a aburrir.
-¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en
regar el jardín y cuidar las flores... Pero soy tan desgraciada que con
seguridad ya habrán alquilado la casa.
-No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no
podrá ir al colegio.
-Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.
-Bueno; alquilaremos esa casa.
-Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la
cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No
estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.
-Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y
alíviate pronto.
-Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...
Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya
sabe usted que soy muy arregladita y que no pierdo ni desperdicio nada.
Era lo mejor que tenla la baronesa: que se conocía a fondo.
Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre
niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía
mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.
-Pero, hija, ¿qué vas a hacer?
La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un
pequeño rastaquouèe que sentía la nostalgia del cocotero, le había
ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.
La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo
que le dio fue que si el americano no se contentaba únicamente con que
ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era
tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en
blando.
Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias
para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se
encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.
-¿Adónde vas? -le dijo-. Cualquiera diría que huyes de mí.
-¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.
-Yo también.
-Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.
-Bueno.
Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y
pluma.
-¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?
-Hombre, según lo que sea.
Pío Baroja
61
-Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas
Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.
-¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien
como yo -contestó cándidamente Manuel.
-Es una combina que me traigo.
-Y yo, ¿qué voy ganando con eso?
-Te puedes ganar treinta duros.
-¿Sí? ¡Vengan!
-No, cuando el negocio esté terminado.
Viendo Mingote a Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba
para quitar a la baronesa los papeles falsificados de su identificación y
se los entregaba, añadiría a los treinta veinte duros más.
-Los papeles los tengo yo guardados -dijo Manuel-; si espera usted aquí
un momento, voy y se los traigo a usted en seguida.
-Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho! -murmuró
Mingote-. Se figura que le voy a dar cincuenta duros. ¡Qué primo!
Pasó una hora; luego otra; Manuel no aparecía.
-¿Habré sido yo el primo? -exclamó Mingote-. Sin duda.
¿Me habrá engañado ese condenado niño?
Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.
Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el
pueblo sería algo así como una aldea flamenca, y se encontró con un
poblachón en medio de una llanura.
La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con
una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte
de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día
siguiente de llegar, la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La
baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.
-¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa! -decía-. ¿Por qué habremos venido aquí? ¡Y
qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el
Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!
Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía
más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel
trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso a
trabajar con fe.
Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.
Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción
garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse si era o no el tiempo de
la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundo
que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la
cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una
especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
agua.
La lucha por la vida II. Mala hierba
62
A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y
cuando ya la casa estuvo limpia fue a Madrid, sacó del colegio a Kate y
la llevó a Cogolludo.
Kate, como tenía un espírutu práctico, llenó unas cuantas macetas de
tierra y plantó una porción de cosas en ellas.
-¿Para qué hace usted eso -le dijo Manuel-, si dentro de poco estará
todo esto lleno de plantas?
-Yo quiero tener las mías -contestó la niña.
Pasó un mes, y, a pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó
nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por
la criada crecían, a pesar de la sequedad, admirablemente.
Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los
metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de
horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las avispas,
que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los intersticios
de las tejas, se guarecían.
Entabló con las avispas una lucha a muerte y no las pudo vencer;
parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan
furiosa, que la mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, lleno
de picaduras y expuesto a caerse del tejado.
Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había
arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con
la cama, cubierta con la colcha blanca y oculta por las cortinas; los
tiestos, en la ventana, en los que empezaban a brotar las plantas; su
armario, y los cromos en las paredes azules, su alcoba tenía un aspecto
de gracia encantador.
Luego era la muchacha de una bondad amable y serena.
Había encontrado en el campo un gato herido, a quien perseguían los
chicos a pedradas; lo recogió, a riesgo de ser arañada, lo cuidó y curó, y
el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con ella.
Manuel obedecía a la Nena ciegamente; sentía, además, una gran
satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de
perfecciones, y, a pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero
interno, enamorarse de ella. Quizá la encontraba demasiado buena,
demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de
todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se
enamoran de lo imperfecto.
El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en
Cogolludo, al parecer contento: pero, al fin de agosto, las pesetas que
recibía la baronesa no aparecieron.
Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de
que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor propio
del viejo Cromwell; pero don Sergio no cayó en la celada.
Pío Baroja
63
Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún
tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se
presentó el guarda de la casa, diciendo a la baronesa que la desalojara,
que en Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa
insultando y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la
orden era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el
alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas;
calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid, con las ventas y
los empeños, quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se
decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.
Una tarde que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso
a Kate, muy azorada, la situación.
-¿Vamos a Madrid? -terminó diciendo.
-Vamos.
-¿Ahora mismo?
-Ahora mismo.
Hacía frío. Comenzaba a lloviznar.
La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el
camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a
nadie. Kate iba un tanto asustada.
-Vaya una facha rara que debemos de tener -decía la baronesa.
A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la vuelta de un
sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco
como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a
lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y
blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la oscuridad
rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con
una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren
huyó y quedaron tres farolillos rojos y uno verde danzando en la
oscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las
sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación.
Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid.
La baronesa estaba azarada; fueron a una casa de huéspedes; les
preguntaron si tenían equipaje; la baronesa dijo que no, y no supo
encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje no
les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa salió
avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se había
mudado; no se sabía tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo
que empeñar un reloj de Kate, y fueron a parar los tres a un hotel de
tercera clase.
Al cuarto día el dinero se terminó. La baronesa había perdido su
presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.
La lucha por la vida II. Mala hierba
64
Escribió una carta humilde a su cuñado, pidiéndole hospitalidad para
ella y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate
para llorar.
La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que
esperara unos días a que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda,
a quien la petición hecha en otra forma no le habría chocado, se figuró,
por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo
que no esperaba, que si al día siguiente no le pagaban, avisaría a la
justicia.
Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo
que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.
Voy a ver al embajador de mi país -dijo Kate resueltamente.
-¿Tú sola? Iré yo.
-No; que me acompañe Manuel.
Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dio su
tarjeta Kate a un portero, e inmediatamente la hicieron pasar; Manuel,
sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo
salió la muchacha al portal, acompañada de un señor de aspecto
venerable.
Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.
El lacayo abrió la portezuela de un coche que había frente a la puerta,
y permaneció con el sombrero en la mano.
Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:
-Vamos.
Entró ella en el coche y luego Manuel, estupefacto.
-Ya está todo arreglado -dijo la muchacha a Manuel-. El embajador ha
telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.
Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas
veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a
ocultar sus deseos, tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un
poder y una fuerza extraordinarios.
La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura
besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.
Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un
cheque para que se pusieran en camino.
A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió
que no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la
Nena y para ella.
Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en
coche hasta la estación.
La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba,
como siempre, al parecer, serena y tranquila.
En el trayecto ninguno de los tres dijo una palabra.
Pío Baroja
65
Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un
baúl, y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron
asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por.el andén de la
estación, pálido, de un lado a otro.
La baronesa prometió al muchacho que volverían.
Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.
-Vamos, bájate -dijo la baronesa-. El tren va a empezar a andar.
Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.
-Abrázala -dijo su madre.
Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus
brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.
-Adiós, Manuel -le dijo, secándose una lágrima.
Echó a andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;
pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.
Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren silbando por los campos,
y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.
Roberto le agarró del brazo.
-Vamos de aquí.
-Es usted? -le dijo Manuel.
-Sí.
-Han sido muy buenas para mí -añadió Manuel tristemente.
La lucha por la vida II. Mala hierba
Segunda parte
67
I
Sandoval - Los sapos de Sánchez Gómez - Jacob y Jesús
Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.
-¡Y otra vez a empezar! -le dijo Roberto-. ¿Por qué no te decides de una
vez a trabajar?
-¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En
alguna imprenta...
-¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?
-Sí; ¿qué voy a hacer?
-Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora
mismo. Vamos.
Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los Reyes,
hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una casa.
Llamaron en el piso principal, y una mujer esmirriada salió a la puerta y
les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo y no
quería que se le despertase.
-Soy amigo suyo -replicó Roberto-; yo le despertaré.
Entraron los dos por un corredor a un cuarto oscuro, en donde olía a
yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó:
-¡Sandoval!
-¿Qué hay? ¿Qué sucede? -gritó una voz fuerte.
-Soy yo, Roberto.
Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas de
un balcón y luego se le vio volver a meterse en una cama grande.
Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba
negra.
-¿Qué hora es? -dijo, desperezándose.
-Las diez.
-¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas
despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.
Roberto lanzó un «¡Ehl» sonoro, y se presentó en el cuarto una
muchacha pintada, con aire de mal humor.
Anda, tráeme la ropa -la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la
68
cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.
-¿A qué venías? -preguntó.
-Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la redacción,
te traigo éste.
-Pues, hombre, tengo ya otro.
-Entonces, nada.
-Pero en la imprenta creo que necesitan.
A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.
-Se lo diré yo; no me puede negar eso.
-¿Se te olvidará?
-No, no se me olvidará.
-¡Bah! Escríbele; es mejor.
-Ya le escribiré.
-No, ahora; ponle unas letras.
Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un
desorden y una suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama
de matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un
estante y dos sillas rotas. Sobre la cómoda y el estante se amontonaban
libros desencuadernados y papeles; en las sillas, enaguas y vestidos de
mujer; el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódicos
y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa
aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y de
carbones apagados.
Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval
se levantó en calzoncillos y anduvo buscando el jabón entre los pápeles,
hasta que lo encontró. Se fue a lavar en la palangana del aguamanil,
llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos
de mujer.
-¿Quieres echar el agua? -dijo el periodista a la muchacha
humildemente.
-Échala tú -contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.
Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano;
después volvió, se lavó y fue vistiéndose.
Sobre los libros y los papeles se vela algún peine grasiento, algún
cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello
postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos llena de abolladuras,
con la brocha apelmazada y negra.
Después de vestirse, Sandoval se transformó a los ojos de Manuel:
tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y
Roberto y Manuel salieron de la casa.
-Se ha quedado maldiciendo de nosotros -dijo Roberto.
-¿Por qué?
-Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan
Pío Baroja
69
trabajar.
Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en
una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que
salía de la línea, de las demás.
-Ésta es la imprenta -dijo Roberto.
Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación de que aquello era
una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano
negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique
recién blanqueado, en donde se señalaban las huellas impresas de dedos
y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se
amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; en el
otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba;
cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza, que
desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimiento, un
hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba
el papel, que allí parecía blanco como la nieve, sobre la platina de la
máquina, y otro lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un
motor de gas, que movía la prensa.
Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y
estrecho, que recibía la luz por dos ventanas a un patio.
Adosados a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras,
y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres,
cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con
los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.
Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
cogió la carta, y gruñó malhumorado:
-No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la...!
-Éste es el chico a quien hay que enseñarle el oficio -interrumpió
Roberto fríamente.
-Como no le enseñe yo la... -y el cojo soltó diez o doce barbaridades y
un rosario de blasfemias.
-Hoy estará usted de mal humor.
-Estoy como me da la gana..., tanto amolar..., porque me sale así de
los santísimos... ¿Sabe usted?
-Bueno, hombre, bueno -repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
teatro de los que oye todo el mundo-: ¡Qué paciencia hay que tener con
este animal!
-Es una broma -siguió diciendo el cojo, sin hacer caso del aparte-;que
el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué? ; que no tiene qué comer,
¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares..., con viento fresco.
-¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer; no
La lucha por la vida II. Mala hierba
70
quiero perder el tiempo.
-¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a
bien que yo necesito que se quede usted aquí; que se quede el chico;
usted aquí estorba.
-Gracias. Tú, quédate aquí -dijo Roberto a Manuel-; ya te dirán lo que
tienes que hacer.
Manuel quedó perplejo, vio a su protector que se marchaba, miró a
todos lados, y viendo que nadie le hacía caso, se fue acercando a la
escalera y bajó dos peldaños.
-¡Eh! ¿Adónde vas? -le gritó el cojo-. ¿Es que quieres o no quieres
aprender el oficio? ¿Qué es esto?
Manuel quedó nuevamente confuso.
-¡Eh, tú, Yaco! -gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que
trabajaban-. Enséñale la caja a este choto.
El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con barba negrísima,
que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente
a Manuel y volvió a su trabajo.
El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
burlón, con una canturia extraña:
-¡Ah, Yaco! ¿Por qué no le enseñas al muchacho las letras?
-Enséñale tú —contestó el que llamaban Yaco.
El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se
echó a reír; y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después
trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro,
y dijo:
-Ve echando cada letra en su cajetín.
Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.
El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a
un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente
de cajetín a cajetín.
Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo
compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no
tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no
contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.
Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó
solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían de
comer: luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia era comestible;
pensó que quizá aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima,
podrían ser aprovechados, pero no se decidió.
Pío Baroja
71
A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
comenzaron de nuevo el trabajo.
Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en
la de componer.
El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba, poniendo
encima de ellas un papel y golpeando con un mazo; después, con unas
pinzas, extraía unas letras y las iba sustituyendo por otras.
Jesús, a media tarde, dejó de componer, cambió de faena; cogía las
galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro de unas cuñas.
El marco se lo llevaba uno de los maquinistas al sótano y volvía con él
al cabo de una hora. Jesús sustituía en el marco de hierro unas
columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
repetía la misma operación.
Luego de trabajar toda la tarde, iban a salir a las siete cuando Manuel
se acercó a Jesús y le dijo:
-¿No me dará el amo de comer?
-¡Quia!
Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
-¡Ah!, ¿no? Anda, vente conmigo.
Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la
calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero, y
después dijo a Manuel:
-Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
haces una charranada.
-Descuide usted.
-Bueno, vamos adentro; hoy convido yo.
Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos a la mesa.
Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían,
Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del
amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la
barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta
perderse de vista.
Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oírle.
Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:
-Tienes sitio donde dormir?
-No.
-Ahí, en la imprenta, debe de haber.
Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a
Manuel dormir en algún rincón.
-¡Moler! -exclamó el cojo-. Esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya
una golfería! Porque el cojo será muy malo, pero aquí todo el mundo
viene. ¡Claro! A la gandinga.
La lucha por la vida II. Mala hierba
72
Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho al que
se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas
mantas.
Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
-Mira lo que hace éste, y luego haz tú lo mismo -le dijo, indicándole al
hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.
Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
platina; venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja
con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante,
la máquina tragaba el papel, y al poco rato salía impreso por un lado, y
unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente
en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.
El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas y por
la tarde y parte de la noche en la máquina, y le asignó seis reales de
jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano; pero
de noche, imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo
quedaba la atmósfera asfixiante.
A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco
y se tuteaba con los dos.
Jesús le aconsejaba a Manuel que se aplicase en las cajas y aprendiera
pronto a componer.
-Al menos se tiene la pitanza segura.
-Pero es muy difícil -decía Manuel.
-¡Quia, hombre! Acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
agua.
Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir
ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo
el verlas después impresas.
Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera
de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
(Jacob era su nombre), con su familia, y Jesús, con sus dos hermanas.
Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oírle decir
maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
eses.
Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y
él en la más extraña jerigonza que imaginarse puede; una mezcla de
árabe y castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.
-¿Te acuerdas, Yaco -le decía Jesús remedándole-,cuando llevaste a
Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: «¡Ah, Yaco!,
¿qué es ese pasharo que tiene las plumas amarías». Y tú le contestabas:
«¡Ah Mesoda! Este pasharo es un canario y te lo traigo para tzá>.
Pío Baroja
73
Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a
Jesús y le decía:
-¡Ah roín, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los vivos!
-Y cuando Mesoda -proseguía Jesús- te decía: «Finca aquí, Yaco; finca
aquí. ¡Ah Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el corasón, un
martio en cada sien y un pescao en la nuca. ¡Llámale a mi babá que me
traiga una ramita de letuario, Yaco!».
Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a
Jacob, y oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás
las de Camila.
-No respetas la familia, perro -terminaba diciendo.
-¡La familia! -le replicaba Jesús-. Lo primero que debe hacer uno es
olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven
más que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre debe
aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.
-Calla, cafer, calla. Te veas como el vapó, con agua en los lados y fuego
en el corasón. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando así.
Jesús se reía, y, después de oírle hablar a Jacob, añadía:
-Hace unos miles de años, este animal, que ahora no es más que un
tipógrafo, habría sido un profeta y estarla en la Biblia al lado de
Matatías, Zabulón y de toda esa morralla.
-No digas necedades -replicaba Jacob.
Después de la discusión, Jesús le decía:
-Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero, a pesar
de esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una
copa.
Jacob movía la cabeza y aceptaba.
La lucha por la vida II. Mala hierba
II
Los nombres de los sapos - El director de Los Debates
y sus redactores
Sánchez Gómez, el impresor, a quien también se le conocía por el mote
de Plancheta, aunque trabajaba como obrero, era hombre rico; tenía un
humor endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de
buen corazón.
Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio,
el más complicado e interesante.
Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por
un motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos
títulos nadie podría encontrar insignificantes.
Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, EL Radical La Mañana,
El Mundo, El Tiempo y La Prensa, todos estos diarios importantes nacían
en el sótano de la imprenta. A cualquier hombre vulgar le parecía esto
imposible; para Sánchez Gómez, aquel proteo de la tipografía, la palabra
imposible no existía en el diccionario.
Cada periódico importante de éstos tenia una columna suya; y lo
demás, información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
común a todos.
Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía e
independencia en absoluto, y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
al otro como dos gotas de agua. El cojo realizaba en sus publicaciones la
unidad y la variedad.
El Radical, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
columna a faltar al Gobierno y a los curas; pero sus noticias eran las
mismas que las de El Mundo, diario conservador impenitente, que
empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
nuestra patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...
De todos los periódicos allí impresos, Los Debates constituían un buen
75
negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar
Era Los Debates -utilizando los símiles empleados en el diario- terrible
ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para las
exigencias de los acreedores.
El chantaje, en manos del director del periódico, se convertía en
terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta
y seis podían comparársele.
El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de
tres columnas propias.
Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y
un señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y
siempre muerto de hambre.
Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de Los
Debates, pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales
se estampaban en los nueve sapos nacidos en los sótanos de la imprenta
de Sánchez Gómez.
Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en
broma, los periodistas el Superhombre, y, abreviando, el Súper, porque
siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de
Nietzsche, sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que
justicia.
Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
Máximo; otras, Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en Los Debates
o en El Tiempo, en El Mundo o en El Radical, era Ernesto Langairiños.
¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca
una tarde de verano. ¡Langairiños! Un sueño.
El gran Langairiños tenia entre treinta y cuarenta años; abdomen
pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.
Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral;
algunas de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su
indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
dandismo; a pesar de que casi constanterüente sus pantalones
mostraban rodilleras y flecos, y sus americanas, constelaciones de
manchas; a pesar de todo esto, su elegancia natural, su aire de
superioridad y de distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así
como la ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.
Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos aparecían
al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
despreciaba esas frases vulgares como la «señorita de Pérez rayó a gran
La lucha por la vida II. Mala hierba
76
altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra», y otras de la
misma clase.
En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas las ideas acerca
del mundo que le rodeaba; eran dos frases terribles, de una ironía
amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro
periodista tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: «Sí, sí; ya sé
quién dices». Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o
dejaban de hacer..., él contestaba: «Bueno, bueno; por la otra puerta».
La superioridad del espíritu de Langairiños no le permitía suponer que
un hombre que no fuera él valiese más que otro.
Su obra maestra era un articulo titulado «Todos golfos». Se trataba de
una conversación entre un maestro del periodismo -él- y un aprendiz de
periodista.
Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:
El aprendiz. -Hay que tener principios.
El maestro. -En la mesa.
El aprendiz. -Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.
El maestro. -Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos
de la casa de huéspedes.
El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible,
shakesperiano.
A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su
enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía
gimnasia.
Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes
de doña Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga
el número de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis,
veintisiete, hasta llegar a ciento, y aún más. Aquel Bayardo de la
gimnasia se llamaba Langairiños.
Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños.
González Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda.
Hablaba burlonamente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los
políticos, braguetones, y a los periódicos de Sánchez Gómez, los sapos.
El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino
y almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar
señor a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se
pasaba la vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni
cóleras.
González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de
expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de Los Debates, a que
Pío Baroja
77
les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.
Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por
conocerle.
Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
años; había conseguido varias veces el cargo de gobernador, gracias a su
mujer, una real hembra en sus buenos tiempos, capaz de obtener
cualquier cosa de un ministro. En los Gobiernos civiles por donde pasó
el matrimonio no quedaron ni los clavos.
¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces,
cuando llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada,
después de alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble
aspecto cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola
cariñosamente.
El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
diestro en el arte de crear acreedores y torearlos después, que siempre
encontraba medios de sacar algunos cuartos.
Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable,
llamando al director señor Sampayo a cada momento, le exponían su
crítica situación, Sampayo entregó a Fresneda una carta para un general
americano, pidiéndole dinero. Puso a su redactor la condición de que
todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.
Al salir a la calle los dos redactores, González Parla le exigió a su
compañero la carta, y el hombre espectral se la dio.
-Yo iré a verle a ese braguetón de general -dijo González Parla y le
sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra mitad
para mí.
El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.
El general, un guachindangu¡to vestido de guacamayo, leyó la carta del
director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
contemplándole de arriba abajo:
-¿ Uté es el señó de Fresneda?
-Sí, señor.
-¿Etá uté seguro?
-Claro; soy yo.
-Pero uté etá tísico, ¿no?
-¿Yo? No, señor.
-Pues eso me disen en la carta, ¿sabe?... Que tiene uté siete hijos y que
por su aspecto podré comprender que etá en el último período de tisis,
¿sabe?
González Parla se azaró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido
el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, que
La lucha por la vida II. Mala hierba
78
ya lo estaba en principio, de modo que, aunque no lo fuera, era casi lo
mismo que si lo estuviera ya.
-Yo no comprendo eso, ¿sabe? -dijo el general, después de escuchar
una argumentación tan deficiente-; yo entiendo que eso e una macana,
¿no? No se puede etá tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en fin
-y largó un billete doblado entre sus dedos-, tome, váyase, y no sea
pendejo.
-Esta gordura es falsa -replicaba humildemente González Parla,
cogiendo el billete-. Es la patata que come uno -y se escabulló
avergonzado.
El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor flaco
y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Éste se prometió
no darles ni un céntimo durante meses.
Fresneda, en las últimas boqueadas de hambre, tuvo la única frase
enérgica de toda su vida.
-Yo le daré a usted una recomendación para el ministro -le dijo el
director, contestando así a una petición de dinero.
-Para morirse de hambre, señor Sampayo -contestó con energía, no
exenta de su proverbial finura, Fresneda-, no se necesitan
recomendaciones.
Pío Baroja
III
El parador de Santa Casilda - La historia de Jacob - La Fea
y la Sinforosa - La chica sin madre - Mala Nochebuena
Para la primavera, Manuel componía con facilidad. Poco después, el
tercer cajista se fue, y jesús dijo al amo que debía poner a Manuel en la
plaza vacante.
-Pero si no sabe nada -replicó el dueño.
-¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.
-No; le subiré el jornal.
-¿Cuánto le va usted a dar?
-Le daré ocho reales.
-Es poco. El otro ganaba doce.
-Bueno, le daré nueve, pero que no venga a dormir aquí.
El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la
imprenta y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa
Casilda, en donde él vivía: un enorme caserón de un solo piso, con tres
patios muy grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Habría deseado
Manuel no ir por aquellos barrios, de los que conservaba malos
recuerdos; pero su amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron
en el parador, por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una
cama, una silla rota de paja y una estera, colgada del techo, que hacía
de puerta. Cuando el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban
de humo los cuartos y los corredores del parador de Santa Casilda. Los
patios del parador eran, poco más o menos, como los de la casa del tío
Rilo, con galerías idénticas, y puertas numeradas.
Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
panzudos, rojos, de la Fábrica del Gas, con los soportes altos de hierro
terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos
ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el paisaje
árido, y sus lomas calvas, amarillentas, se escalonaban hasta perderse
en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Ángeles, con su
ermita en la punta.
En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y
80
su mujer, que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a
la niña de una manera bestial.
Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque
suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.
Una de las mañanas que encontró a la carpintera le dijo:
-¿Por qué pegan ustedes así a la chica?
-,Te importa algo?
-Claro que me importa.
-¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.
-Así debía haber hecho su madre con usted -le contestó-: quitarla de
en medio a palos, por bruja.
Refunfuñó la mujer, y Manuel se fue a la imprenta.
Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.
-¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?
-Le he dicho que no debía pegar a su hija.
-Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?
El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y el cuello
de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
Afortunadamente para él, el carpintero y su mujer se mudaron de la
casa pronto.
En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos
gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;
una muchacha ciega que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con
unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chiva,
con la que se pegaba continuamente; dos hermanas muy golfas, muy
zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres
como cabras.
La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima a la de Manuel, y
esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más
sus relaciones de amistad.
Jesús era un excelente muchacho, pero se emborrachaba con una
frecuencia lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con
unos ojos verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y
la otra, una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, a quien todos la
decían, implacablemente, la Fea.
A los dos meses o cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono
irónico peculiar, le dijo a Manuel cuando marchaban los dos a la
imprenta:
-¿No sabes? Mi hermana está preñada.
-¿Sí?
-Vaya.
-¿Cuál de las dos?
-La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.
Pío Baroja
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El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.
A Manuel no le parecía bien esto; al fin, era su hermana; pero jesús
salió con sus invectivas contra la familia y que uno no se debía ocupar
para nada de sus hermanos, ni de los padres, ni de nadie.
-Buena teoría para los egoístas -le dijo Manuel.
-La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en
contra de la humanidad -contestó Jesús.
-Bastante caso haces tú de la humanidad; tan poco como de tu familia
-le replicó Manuel.
Por esta cuestión volvieron a discutir varias veces y llegaron a decirse
cosas muy agrias y mortificantes.
A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía
indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su
hermana y la enviasen a hacer recados y la obligasen a barrer cuando la
pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.
Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas
cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó a charlar con Jacob
y a hacerle preguntas acerca de su país.
A Jacob, a pesar de que, según decía, no le había ido muy bien en su
tierra, le gustaba hablar de ella.
Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.
La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros
y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de los
judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un
comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.
Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado,
pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando
hablaba de su país.
Pintaba el paso de las caravanas, compuestas de camellos, asnos y
dromedarios. Describía éstos con sus largos cuellos y su cabeza
pequeña, que se balanceaba como la de las serpientes, con los ojos
apagados que miran al cielo; y al oírle mientras peroraba, se creía estar
atravesando aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía
también los mercados, constituidos en la confluencia de unas cuantas
sendas, y caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las
cábilas próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los
hechiceros, los narradores de cuentos de Las mil y una noches, los
médicos que sacan los gusanos de los oídos.
Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,
jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de
los cuervos, que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían
de una capa negra.
Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a
La lucha por la vida II. Mala hierba
82
caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad por los caminos, gentes
sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en
nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los
ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el
cuscús, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.
Un sábado, Jacob le convidó a comer en su casa.
Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
próxima al paseo de Areneros.
La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos
mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.
Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo, que andaba por
la casa con una túnica oscura y una gorra; a su mujer, Mesoda, y a una
niña de ojos negros llamada Aisa.
Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras
gravemente en una lengua enrevesada que Manuel supuso sería una
oración en judío, y comenzaron a comer.
La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le
pareció que mascaba flores.
En la, mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de África; en su
narración, Prim, el señor Juan Prim -como decía él-, tomaba
proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le
dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda, muy tímida,
sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.
Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos
de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno
de aquellos instrumentos primitivos.
Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de
cuando en cuando.
Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador
encontró en el pasillo que conducía a su cuarto un grupo de comadres
que hablaban de Jesús y de sus hermanas.
La Fea había parido; estaba en su cuarto el médico de la Casa de
Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
asistiendo enfermos.
-Pero ¿qué ha hecho Jesús? -preguntó Manuel al oír los dicterios de las
mujeres contra el cajista.
-¿Qué ha hecho? -contestó una de las comadres-. Pues na, que ha
resultao que vivía amontonado con la Sinfo, que es una pécora más mala
que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la zorrona
Pío Baroja
83
de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.
Eso no puede ser verdad -replicó Manuel.
-¿Que no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.
-Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos -añadió una de
las mujeres.
-Tanto como la que más -replicó la comadre oradora-. Se lo ha contao
to al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao
gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao toos
los quisquis, fue la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago de
aguardiente, y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó borracha...
Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, viéndola en
la cama a la Fea, la dijo, dice: «Anda, que la cama la necesitamos
nosotros para...» (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me entienden
ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no sabía lo que
se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla curda, la lleva a la
delega y la mete en un cuarto oscuro, y allí algún tío...
-Que estaría también curda -dijo un albañil que se detuvo al oír la
relación.
-Pues na... -añadió la comadre.
-Si llega a ver luz, pa mi que no hay nada, porque el compadre, al ver
la cara de la socia, se asusta -añadió el albañil, siguiendo su camino.
Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del
cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador: la hermana del cajista,
pálida, con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras,
cubierta con telas de saco, parecía un cadáver, el médico la fajaba en
aquel momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco
de sangre manchaba los ladrillos.
Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su
hermana, impasible, con los ojos brillantes.
El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;
cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate de tablas
y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como un
esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que no
debía de tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su
lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.
Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.
Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera
así.
El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al
extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer
todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.
Luego, cuando se fue el médico, Jesús cayó en manos de las comadres,
que lo pusieron como un trapo.
La lucha por la vida II. Mala hierba
84
Él no negó nada. Al revés.
-Durante el embarazo -dijo- ha dormido en el suelo, sobre la estera.
Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista.
Éste se encogía de hombros estúpidamente.
-¡Mire usted que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera,
mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama! —decía una.
Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a
la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo
que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la
parturienta.
La Sinfo debió de sospechar algo, pues no se presentó en el parador.
Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes,
en los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una
palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.
Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño
a la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin inconveniente
alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió a la semana.
La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había
lanzado a la vida.
El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores
vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un señor
estirado, de barba entrecana y anteojos de oro, y otro que parecía
secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al andar
e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de San
Vicente de Paúl; visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas que
vivían en rincones y tabucos de la casa.
Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús,
que no hacían más que dormir en el parador; no conocían la vecindad;
así que anduvieron por su casa como por una extraña.
-¡Hipócritas! -decía el albañil a voz en grito.
-Pero, hombre, ¡cállese usted -exclamó Manuel-, que le van a oír!
-¿Y qué? -replicaba el vecino-. ¡Que me oigan! Son unos hipócritas. ¿A
qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso
vienen esos tíos, esos farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? ¿Que vivimos
mal? ¿Que estamos hechos unos guarros? ¿Que no cuidamos a los
chicos? ¿Que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero
y viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.
Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro.
En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer
hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.
En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.
Pío Baroja
85
Desde el pasillo, Manuel pudo oír la conversación que tenían adentro.
El viejecillo de bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que
le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó
un sinfín de miserias y dolores.
La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación
extraordinaria.
Se cebó la desgracia en ella y fue cayendo y cayendo hasta llegar a
aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos
favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su
casa, a quienes había ayudado a establecerse en mejores épocas. La
carnicera, que además era prestamista, solfa comprar en el Rastro
mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir o
arreglar, se los llevaba a la hija de la hidrópica para que los compusiera.
Esto, la antigua criada se lo pagaba a la hija de sus amos con un
montón de huesos, y a veces, cuando quedaba satisfecha de su trabajo,
le daba las sobras de su comida.
-¡Moler con la generosidad de la carnicera! -dijo el albañil, que
escuchaba la narración de la vecina.
-También la gente del pueblo -repuso Jesús en broma, recordando una
frase de zarzuela- tiene su corazoncito.
Los señores de la Conferencia de San Vicente de Paúl, después dé oír
tan conmovedora relación, dieron tres bonos a la hija de la hidrópica y
salieron del cuarto.
-Ya es feliz esta mujer-murmuró Jesús irónicamente-; tenía que
morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quieres más?
El albañil murmuró:
-Me parece.
El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la
hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.
Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,
una vieja les llamó, y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran,
y les llevó, alumbrándoles con una bujía, a un camaranchón o agujero
negro abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y
arropada en un mantón raído había una chiquilla delgada, esmirriada, la
cara morena y flaca, los ojos negros, huraños y brillantes. A su lado
dormía un chiquillo de dos o tres años.
-Yo quisiera que unías -dijo la vieja- la metieran a esta chica en un
asilo. Es huérfana; su madre, que, con perdón, no llevaba muy buena
vida, murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede
echar, y roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa,
otras en otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usias
consiguieran que la llevaran a un asilo.
La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados, a los tres señores,
La lucha por la vida II. Mala hierba
86
y agarró de la mano al chico.
-Esta niña -dijo el secretario, el de los papeles- tiene por su hermano
un cariño verdaderamente curioso e interesante, y yo no sé si sería cruel
separarlos.
-Estaría mejor en un asilo -añadió la vieja.
-Ya veremos, ya veremos -replicó el señor anciano. Se fueron los tres.
-¿Cómo te llamas tú? -le preguntó Jesús a la chica.
-¿Yo? Salvadora.
-¿Quieres venir a vivir conmigo con tu chico?
-Sí -contestó sin vacilar la niña.
-Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va a poner muy contenta
-dijo Jesús, como para dar una explicación de su rasgo-. Si no, la van a
separar de su crío, y es una barbaridad.
La chica cogió al chico en brazos y acompañó a Jesús. La Fea recibió
a los dos abandonados con gran entusiasmo. Manuel no presenció la
escena, porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven.
-¿No me conoces? -le preguntó, encarándose con él.
-Sí, hombre... El Aristón.
-El mismo.
-¿Vives aquí?
Ahí, en el corral.
El corral era uno de los patios del parador, y daba a ese infecto Rastro
que va desde la ronda a la Fábrica del Gas. El Aristón seguía con su
necromanía; no le habló a Manuel más que de muertos, entierros y cosas
fúnebres.
Le dijo que iba a los camposantos los domingos; pues él consideraba
como un deber el cumplir esa obra de misericordia que manda enterrar
a los muertos.
En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si
el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que, a pesar de
esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.
Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.
-¿Adónde me llevas? -le preguntó Manuel.
-Si quieres venir, verás un muerto.
-¿Y qué vas a hacer junto a ese muerto?
-Voy a velarle y a rezar por él -dijo el Aristón.
En un cuartucho, iluminado por dos velas, puestas en dos botellas,
había un hombre muerto, tendido en un jergón...
De lejos llegaba el rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en
cuando una voz chillona, de vieja borracha, cantaba a voz en grito:
Pío Baroja
87
En el cuarto del muerto, en aquel instante, no había nadie.
La lucha por la vida II. Mala hierba
Ande, ande, ande
la marimorena;
ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.
IV
La Navidad de Roberto - Gente del Norte
A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo
Santín envuelto en su abrigo. La noche estaba fría; apenas transitaba
nadie por la calle; los tranvías pasaban de prisa, resbalando por los raíles
con un zumbido suave.
Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta
Esther y pasó adentro.
-¿Y Bernardo? -preguntó Roberto.
-No ha venido en todo el día —contestó la ex institutriz.
-¿No?
-No.
Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la
antigua galería fotográfica, estaba iluminado por un quinqué de petróleo.
Todo denunciaba allí la mayor miseria.
-¿Se han llevado la máquina? -preguntó Roberto.
-Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me
aconseja usted que haga, Roberto?
Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de
repente se detuvo ante Esther.
-¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?
-Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.
-Pues bien; entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si
el consejo le parecerá a usted brutal...
-Diga usted.
-Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.
Esther calló.
-Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí
en manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin
energía, incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.
-¿Y qué voy a hacer?
-¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés.
¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?
89
-No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por
Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no le he querido
nunca.
-Entonces, ¿por qué se casó usted con él?
-Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no
conocerle; fue una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día
siguiente estaba arrepentida.
-Lo creo. Yo, cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna
aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego,
cuando la fui conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta
mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No
hay explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado
a una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me
lo he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un
hombre, aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?
-No; me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión
tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre.
Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos
mandaba un pariente de París. Yo había concluido de estudiar en el
Conservatorio y buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano y una de
inglés, con lo que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se
puso enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me vi en
una situación angustiosísima. Luego, cuando murió, me encontraba sola
en una casa de huéspedes, asediada de hombres que me hacían
proposiciones indignas a todas horas; correteando por las calles para
encontrar una plaza de institutriz; verdaderamente desesperada. Crea
usted que hubo días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme
a la mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener que
pensar. En esta situación, un día leo que una señora inglesa que se
hospedaba en el hotel de París quería una señorita de compañía que
conociera bien el español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la
señora, y ésta me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una
hermana. Puede usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca
he sido ingrata; si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la
vida, se la habría dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era
aficionada a pintar y acostumbraba ir al museo; yo solfa acompañarla.
Entre los que copiaban en el museo había un joven alemán, alto, rubio,
amigo de mi protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le
encontraba petulante y poco simpático. Cuando mi protectora notó que
el pintor me galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un
perdido, un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como
un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el alemán,
escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al pintor claramente
La lucha por la vida II. Mala hierba
90
mi desprecio. A pesar de esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando
apareció allí Bernardo. Creo que conocía algo al alemán, y un día habló
con nosotras. Entonces mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una
labor contraria a la que había hecho con Oswald: me alabó a Bernardo a
todas horas; me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de
una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba.
Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos
delicados, que me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras
entrevistas, excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio
desdichado y, viéndome casada, se fue de Madrid. A las dos o tres
semanas de matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que
me había escrito se las había dictado Fanny.
-¿Fanny dice usted? -preguntó Roberto.
-Sí; ¿la conoce usted?
-Creo que sí.
-Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho, para impedir que
Oswald me galantease, una gran perfidia. Después de salvarme de la
miseria, me ha llevado a una situación aún peor que aquella en que me
encontró. Abusó de la confianza ciega que en ella tenia. Pero me vengaré,
sí; me vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito
a él citándole para mañana.
-Ha hecho usted mal, Esther.
-¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?
-¿Qué adelantará usted con eso?
Vengarme; ¿le parece a usted poco?
-Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.
-No; yo, no. No le quiero; pero no dejaré a Fanny sin castigar su
perfidia.
-¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?
-¿Y quién le ha dicho a usted que llegaría al adulterio? Ademas, en mí
sería un derecho, no una falta.
-Haría usted, además, desgraciado a Oswald.
-¿No me han hecho desgraciada a mí?
Esther se hallaba presa de una gran excitación.
-¿Cree usted que mañana vendrá Oswald a esta casa? -le preguntó
Roberto.
-Sí, creo que sí.
-Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?
-¡Sí!
-Es mi prima.
-¿Su prima de usted?
-Sí. Le advierto a usted que es muy violenta.
-Lo sé.
Pío Baroja
91
-Que es capaz de atacarla a usted en cualquier parte.
-Lo sé también.
-¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá
usted, un hombre a quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí a
usted fue porque me engañaron respecto a usted, y me dijeron que era
usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse a oír
tranquilamente esta confidencia.
-¿Y qué va a hacer?
-Buscará una compensación. Nadie se resigna a ser un instrumento de
venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.
-¿No perturbaron la mía?
-Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante no me parece justo.
-No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.
-¿Cuál?
-El que le pudiera ocasionar a usted algún perjuicio. Usted ha sido
bueno para mí -murmuró Esther, ruborizándose.
-No; a mí ningún perjuicio puede ocasionarme; pero a usted, sí. Fanny
es colérica.
-¿Quiere usted venir mañana?
-Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?
-¿No es usted amigo mío?
-Sí.
-Entonces, venga usted.
Fue Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su
costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos,
muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
encontrar sólo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en tono de dómine,
que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir
un libro, el Antilatino, considerando a estos pueblos como degenerados,
que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le indignaba que se
hablara de Francia. Francia, no existía; Francia no había hecho nada.
Francia tenía a su alrededor la muralla de la China. Como ha dicho
Bjoernson, desde hace mucho tiempo el mundo tiene como el mejor
músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor
novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor, a Bocklin; sin embargo, en
Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirabeau y de otros imbéciles
por el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los
músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia
francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia
era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.
Roberto no contestó a esto, y observó atentamente a Oswald. ¡Le
La lucha por la vida II. Mala hierba
92
parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, a quien citaba
una mujer y hablaba de sociología, de política y de historia!
Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de
sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente,
salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.
-¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí? -dijo Esther a Oswald.
-Sí; creo que sí.
-Me alegro.
-¿Por qué?
-Porque vendrá también ella.
-¿Tiene algo que ver en este asunto?
-Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?
-Sí. Ya hace tiempo.
Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación
embarazosa. De pronto se oyó un campanillazo formidable.
-Aquí está ella -dijo Esther, y abrió la puerta.
Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.
-¿No me esperabas? -preguntó a Esther.
-Sí;’sabía que vendría usted.
-¿Qué le quieres a Oswald?
-Nada; quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo
usted que Oswald había engañado a una mujer para abandonarla
después.
-¡Yo! -dijo con asombro el pintor.
-Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
despreciable y sin talento.
Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
-Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos -siguió diciendo
Esther, dirigiéndose a Oswald-, no dejó ocasión de hablar mal de usted,
de insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como
un malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...
-¡Mientes, mientes! -gritó Fanny, con voz chillona.
-Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creía que sus consejos
eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había
cometido conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede
cometer, valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.
-Pero usted me escribió una carta -dijo Oswald.
-Yo, no.
-Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.
-No; yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería a todo
trance apartarle a usted de mí.
Pío Baroja
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-¡Oh! Ha matado mi vida -exclamó Oswald de un modo enfático, y se
sentó junto a la mesa y apoyó la frente en la mano; luego se levantó de
la silla y comenzó a pasear de un lado a otro del cuarto.
-Ésta es la verdad, la pura verdad -afirmó Esther-, y quería que la
supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
hecho desgraciada; pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.
-¡Ha matado mi vida! -replicó Oswald con su tono enfático.
-Ella. Ha sido ella.
-Te mataré -gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a
Esther.
-Pero ¿ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?
-preguntó Oswald.
-Sí.
-Ahora, ¿podrá usted oírme?
-Ahora, ¡ja..., ja! -rió Fanny-;ahora tiene un amante.
-No es cierto -exclamó Esther.
-Sí lo es; viene todos los días a verte. Es uno rubio. No lo puedes negar.
-¡Ah! Estaba aquí hace un momento -dijo Oswald.
No es mi amante, es un amigo.
-Pero ¿por qué le has llamado a Oswald? -gritó Fanny con rabia-. ¿Es
que le quieres?
-¡Yo, no! Pero quiero enseñarle a usted que no se juega con la vida de
los demás como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he
vengado.
-Te mataré volvió a gritar Fanny, y agarró del cuello a Esther.
-¡Roberto! ¡Roberto! -clamó Esther, asustada.
Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo, y violentamente
la hizo separarse de Esther.
-¡Ah! ¿Eres tú, Bob? -dijo Fanny, serenándose inmediatamente-; has
venido a tiempo; iba a matarla.
La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los
cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema
de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther,
y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iba a
arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
análisis psicológicos, que no conducían a nada. Había oscurecido; Esther
encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba
en frío; Oswald hablaba monótonamente.
-Sé tú el árbitro -dijo Fanny a Roberto.
-Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su
conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a
Esther un perjuicio material grandísimo.
-Estoy dispuesta a indemnizarla.
La lucha por la vida II. Mala hierba
94
Yo nada quiero de usted -exclamó Esther.
-No; perdone usted -dijo Roberto-, perdone usted que tercie en este
asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social;
Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir
truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero
yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber
vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.
-Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.
-Yo he dicho también que no quiero nada de usted.
-No; usted debe dejarme a mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana
podré verte, Fanny?
-Toda la tarde te esperaré.
-Está bien, trataremos de este asunto.
Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente a Esther, y tendió la
mano a su primo.
-¿Sin rencor? -preguntó Roberto.
-Sin rencor -afirmó ella, dando una sacudida violenta a la mano de
Roberto.
Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto
quedaron solos en el taller.
-¿Sabe usted una cosa? -dijo Roberto, riendo.
-¿Qué?
-Que no habría ganado usted gran cosa casándose con Oswald en vez
de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
-¿Me abandona usted, Roberto? -murmuró Esther con melancolía.
-No; vendré mañana a verla a usted.
-No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.
-¿No le parece a usted peligroso?
-¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted o para mí?
-Para los dos quizá.
-¡Oh! Para mí, no. Quisiera salir de aquí, no ver a Bernardo, que no me
moleste.
-No la molestará ya más.
-Lléveme usted de aquí a cualquier parte.
-Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea
recta. Es mi única fuerza; tengo anteojeras, como los caballos, y no me
desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y
casarme con una mujer; todo lo demás para mí es una tardanza en
conseguir mis fines.
-¿Y yo entro en todo lo demás?
-Sí, porque si no, me desviaría de mi camino.
-Es usted inflexible.
-Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una
Pío Baroja
95
situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal,
trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un
miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
-Y usted me dice fríamente: «Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza,
porque nadie la entiende; yo sigo adelante».
-Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
cualquiera, lo que un hombre galante haría en mi posición?
¿Aprovecharse de su desconcierto y hacer que usted fuera mi querida, y
luego dejarla a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea
rectilínea, como mis aspiraciones; es así.
-No hay salvación; mi vida está aniquilada -murmuró Esther con la
mirada brillante.
-No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
luchar, ¡si ésa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la
alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
-Adiós; trataré de seguir sus consejos -y le tendió la mano.
Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
Iba a marcharse cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un
niño que implora:
-¡Oh, no se vaya usted!
Roberto volvió.
-Yo no le desviaré de su camino -exclamó Esther-. Lléveme usted de
aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana, como una criada, si
usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
-Vamos -murmuró Roberto emocionado-. ¿No le va usted a avisar a
Bernardo?
Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me
esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente, y se
acercó a Roberto, que la, esperaba en la puerta.
-Pero si no quiere usted acompañarme, no lo haga usted, Roberto. Por
compromiso, no -dijo Esther, con los ojos llenos de lágrimas.
-!la dicho usted que sería mi hermana, vamos -repuso él con cariño.
Ella entonces se refugió en su pecho: él, apartando con la mano los
rizos de la frente, la besó con dulzura.
-No, así no, así no -exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto
por las muñecas le presentó los labios.
Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su
La lucha por la vida II. Mala hierba
96
cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza
a los pies.
-¿Vamos?
Vamos.
Salieron de casa.
Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la
mano, murmuraba:
-¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?
Pío Baroja
V
Paro general - Juergas - EL baile del Frontón
La iniciación del amor
La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos
recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el
chiquitín entraron a formar parte de la familia.
Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar,
a barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le
gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de
enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque
gastaban mucho en la taberna, y al mediodía, con un cesto que abultaba
más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la
Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser
nueva.
-La chica esta no nos va a dejar vivir -decía Jesús.
La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a
pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez
más sombrío y más tétrico.
Un día de invierno en que había cobrado el jornal, al salir de la
imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:
-Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
-¡Psch!
-¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
-¿Y qué le vas a hacer?
-Cualquier cosa preferiría yo a esto.
-¡Si estuvieras solo como yo!
La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir -dijo Jesús. En la
primavera, añadió, tenían que hacer los dos un viaje a pie por los
caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos
nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro,
que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si
lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.
Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso cuando pasó
98
por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble.
Empezaba a nevar; hacia mucho frío.
-¿Vamos a cenar hoy bien? -dijo Jesús.
-En casa nos estarán esperando.
-¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida
pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorra!, ¿para qué?
Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo, y en la
de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras
cenaban hablaron con entusiasmo del viaje proyectado. Brindaron una
porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba
decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.
-Ahora hay que ir al baile del Frontón -murmuró Jesús con voz
estropajosa a los postres-. Allí encontraremos unas golfas, y ¡venga
juerga!, y la imprenta pa el gato.
-Eso es -repetía Manuel-; ¡al baile! Y al cojo, que le den morcilla. ¡Anda,
tú!
Se levantaron, pagaron y, al pasar por la calle de Carretas, entraron en
una taberna a tomar dos copas.
Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se
empeñó Jesús en que debían tomar otras copas; entraron en una
taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber; estaba pálido y
desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y sus mejillas le
echaban fuego.
Anda, vamos -le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse.
Manuel vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por
marcharse, y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa
de la taberna.
Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando
ante sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la
carrera de San Jerónimo vio a una muchacha que se detenía a hablar
con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era
ella.
Ésta tenia la cabeza abotagada y erisipelada.
Tú, ¿qué haces? -le dijo Manuel bruscamente.
-¿No lo ves? Vender Heraldos.
-¿Y nada más?
Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
-Y jugar.
Manuel estaba con el corazón palpitante.
-¿No tienes novio? -la dijo.
-No quiero chulos.
-¿Por qué no?
-Pa que le quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de
Pío Baroja
99
palos. SI, sí...
-¿Cuánto quieres por venir conmigo?
-¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes ni una perra!
-¿Que no?
-Vaya que no.
-Yo tengo -murmuró Manuel con jactancia- cinco duros para tirarlos,
y tú no me sirves a mí para nada.
Y tú a mí ni pa la limpieza.
-Oye -añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dio un
empellón.
-¡Vamos, quita, asaúra!-gritó ella.
-No quiero.
-Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?
-Si quieres te convido a café -y Manuel hizo sonar el dinero en su
bolsillo.
La muchacha vaciló, dio los números del periódico que llevaba a una
vieja, se ató el pañuelo al cuello y fue con Manuel a una buñolería de la
calle de Jacometrezo. Un perrillo de color canela los siguió.
-¿Este perro es tuyo?
-Sí.
-¿Cómo se llama?
-Sevino.
-¿Y por qué le llamas así?
-Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.
Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo
fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freír buñuelos. Dos
luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con
luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos
blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una
mesa próxima a una puerta que daba a un callejón.
La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una
ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra; pero la
decían Matilde porque era más bonito. Tenía dieciséis años y vivía en la
calle del Amparo, en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando
ella se levantaba, su madre tenía ya arreglada la casa. No salía hasta el
anochecer; vendía una mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que
se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y cuando
ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.
Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía,
sin comprender apenas lo que le hablaban.
Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego
de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado
a quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los
La lucha por la vida II. Mala hierba
100
párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío
de un puesto de periódicos que prestaba un duro a los chicos que
vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por la noche le tenían
que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.
Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un
baile, aunque ya no recordaba dónde.
-Vamos a ese baile -dijo.
-¿A cuál? ¿Al del Frontón?
-Sí.
-¡Hale!
Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas
desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta
iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes;
dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.
Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos
paredes largas pintada de azul oscuro y marcada a trechos con rayas
blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los
palcos.
Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de
pelota. Arriba, en el alto techo, entre la armazón de hierro, diez o doce
puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal,
centelleaban de un modo deslumbrador.
Aquel local ancho y pintado de oscuro parecía un taller de máquinas
desocupado.
Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y
flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
Cuando la charanga comenzó a tocar con estrépito, la gente de los
pasillos y del ambigú salió al centro a bailar, y poco a poco se formó una
corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena
de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos
voltaicos se veía a las parejas dando vueltas, hombres y mujeres, todos
muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran a un
entierro.
Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No
se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente
apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera. A veces algún
gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un
baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un
momento de confusión; se restablecía pronto el orden y se formaba de
nuevo la corriente.
Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso a bailar con
la muchacha. Ésta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.
Pío Baroja
101
Manuel quedó desconsolado e hizo lo mismo. Pasaban parejas por
delante de ellos; las mujeres, pintarrajeadas, con los ojos sombreados y
la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres, con
aspecto petulante y la mirada agresiva.
Éstos rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los
palcos y que se les enredaban al pasar.
Un negro borracho, sentado cerca de Manuel, saludaba el paso de
alguna mujer guapa, gritando con voz aniñada:
-¡Olé ahí! ¡Vaya caló!
-Adiós, Manolo -oyó Manuel que le decían.
Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido a ella.
-Vete a verme mañana -dijo Vidal.
-¿Adónde?
-A las siete de la noche, en el café de Lisboa.
-Bueno.
Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música
de tocar en un intermedio.
-¿Vamos? -preguntó Manuel a la muchacha.
-Si, vamos.
Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento
trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.
Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón
iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron
Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle
del Correo y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, iluminado
por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un farol grande
con una luz muy triste.
Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera oscura
desaparecieron...
La lucha por la vida II. Mala hierba
VI
La nieve - Otras historias de don Alonso - Las Injurias
El asilo del Sur
Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo a pierna
suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.
Llamó en el cuarto de Jesús. Estaba la Fea en la máquina y la
Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el
chiquitín jugaba en el suelo.
-¿Y Jesús? -preguntó Manuel.
-¡Tú lo sabrás! -contestó la Salvadora con una voz colérica.
-Yo... me separé de él...; luego me encontré con un amigo... -Manuel se
esforzó en inventar una mentira-. Quizá esté en la imprenta -añadió.
-No, en la imprenta no está -replicó la Salvadora.
-Le buscaré.
Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al
centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.
-Aquí estuvo -contestó el mozo-, hasta que se cerró la taberna. Luego
se fue hecho un pepe, no sé adónde.
Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día
siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una
inercia imposible de vencer.
En el corredor se encontró con la Salvadora.
-¿Hoy tampoco has ido a la imprenta? -le dijo.
-No.
-Bueno, pues no vuelvas más por aquí -añadió la muchacha,
encolerizada-: no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras
trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si
le ves a Jesús, dile esto de parte de su hermana y de la mía.
Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el
día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y de mangueros
quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.
Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal;
pero no le vio y después de comer en una taberna, se fue a pasear por
103
las calles. Oscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba
deshabitado; la plaza de Oriente tenia un aspecto irreal, de algo como
una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos
mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba
gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones
blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de
tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido
por una irradiación luminosa.
Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.
«Mañana voy a la imprenta», se dijo, pero tampoco fue; se despertó muy
temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y al ir
a entrar se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no
entró. «Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte», pensó; y volviendo
por sus pasos se fue a la Puerta del Sol, después a la plaza de Oriente, y
por la calle de Bailén y luego la de Ferraz, salió al paseo de Rosales.
Estaba desierto y silencioso.
Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las oscuras
arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos
negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra,
hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio,
entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido
estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la
estación del Norte turbaban aquella calma. Los pasos resonaban en el
suelo.
Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los
barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo
aquella capa blanca.
Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y
preguntó al maquinista por Jesús.
-Menuda bronca le ha echado el amo -le contestó.
-¿Le ha despedido?
-No, que no. Anda, sube tú ahora.
Manuel, que iba a subir, se detuvo.
-¿Se fue ya Jesús?
-Sí. Estará en la taberna de la esquina.
Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa, bebía una copa de
aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba a sus pensamientos
sombríos.
-¿Qué haces? -le preguntó Manuel.
-¡Ah! ¿Eres tú?
-Sí; ¿te ha despedido el Cojo?
-Sí.
-¿Estabas pensando en algo?
La lucha por la vida II. Mala hierba
104
-¡Pchs!... Cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos a tomar
unas copas.
-No, yo no.
-Tú harás lo que se te mande. No tengo más que cuarenta céntimos,
que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.
Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía
nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.
-Te advierto que la Salvadora la chiquita, te va a armar una chillería
de mil demonios -dijo Manuel-. ¡Vaya un genio que tiene!
-¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro
de que la chiquita esté en casa, porque así la defiende a la Fea, que es
más infeliz... Y a ti, ¿cuánto te queda de la quincena? -preguntó el cajista
a Manuel.
-¿A mí? Ni un botón.
Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que, agarrando
del brazo a su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y
le quería como a un hermano.
-Y ¡maldito sea el veneno! -concluyó diciendo-, si yo no soy capaz de
hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes
ni un botón vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.
Manuel, conmovido por estas palabras, aseguró con voz velada que,
aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto a todo.
Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad,
entraron los dos en la taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras
copas de aguardiente.
Cuando llegaron al parador de Santa Casilda iban completamente
borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro,
reclamándoles a ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús le contestó, en
broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que
pagaban o se marchaban a la calle, y el cajista le replicó que les echara
si se atrevía.
La mujer, que era de armas tomar, empujándolos por la espalda, puso
a los dos en la calle.
-¡Rediós con el sexo débil! -murmuró Jesús-. A esto le llaman el sexo
débil..., y a uno le ponen en la calle... y a tomar dos duros... ¿Eh,
Manuel? El sexo débil... ¿Qué te parece a ti esa manera de hablar
figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.
Echaron a andar; no sentía ninguno de los dos el frío.
De cuando en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se
reía al verlos pasar o algún chiquillo, desde un portal, los llamaba y les
tiraba una bola de nieve.
«¿De quién se reirán?», pensaba Manuel.
La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio,
Pío Baroja
105
dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;
danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la
calma, caían lenta y blandamente en el aire gris como el plumón suave
desprendido del cuello de un cisne. A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba
el paisaje de los alrededores, las lomas redondas de curva suave, las
casas y los cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más
negro: los tejados, las tapias, los árboles, los faroles cubiertos de espesas
caperuzas de nieve.
Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las
chimeneas de las fábricas se extendía por el aire como una amenaza.
-El sexo débil. ¿Eh Manuel? -siguió Jesús con su idea fija-, y a uno le
ponen en la puerta de la calle... Es como si dijeran la nieve débil...,
porque tú la pisas..., ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... ¿Y quién es
más débil, tú o la nieve?... Tú, porque te enfrías. En este mundo no hace
uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... Todo. Como la
nieve..., la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa..., el sexo débil...,
pues cógela y te hielas.
Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde
entonces perdieron ya la conciencia de sus actos.
A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo
del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.
Jesús tosía de una manera terrible.
-Estate tú aquí -le dijo Manuel-. Voy a ver si encuentro algo de comer.
Salió a la ronda; ya no nevaba; algunos chicos se divertían tirándose
bolas de nieve; subió por la calle del Águila; la zapatería estaba cerrada.
Entonces Manuel pensó en buscar a Jacob; se dirigió hacia el Viaducto,
e iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:
-Detén tu brazo, Abraham. ¿Adónde vas?
Era el Hombre-boa, el ilustre don Alonso.
Manuel le contó lo que les pasaba a su amigo y a él.
-No hay que apurarse; ya vendrá la buena -murmuró el Hombre-boa-.
¿Tú tienes algún sitio donde ir?
-Una tejavana.
-Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los
tres.
Entraron en una casa de comidas de la calle del Águila, donde les
dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los
dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y,
después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y
logró hacer fuego dentro del cobertizo.
Por la tarde comenzó a llover a torrentes; el Hombre-boa se creyó en el
caso de amenizar la reunión, y comenzó a contar historias sobre
La lucha por la vida II. Mala hierba
106
historias, principiando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en
América...».
-Una vez en América -y esta historia es la menos insustancial de las
que contó- íbamos navegando por el Mississipi en vapor. Os advierto que
en estos vapores se puede jugar al billar: tan poco movimiento tienen.
Pues bien: íbamos navegando y llegamos a un pueblo; se detiene el barco
y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos
acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos
carabineros y soldados yanquis.
»Yo -esto lo añadió don Alonso con arrogancia-,que era el director, dije
a mis músicos: “Hay que tocar con brío”, y en seguida, bum... bum...
bum... tra... la... la... No os podéis figurar los gritos y chillidos y
graznidos de aquella gente.
«Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí
una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso
a hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté a uno de los yanquis: “Quién
es esa señora?” “Es la reina -me dijo-, y desea un poco más de música.”
Yo la saludé: “¡Muy señora mía!” (haciendo elegantes y versallescas
reverencias y echando un pie hacia atrás), y les dije a los de la banda:
“Muchachos: un poquito más de música para su majestad”. Volvieron a
tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el
corazón. Yo hice lo mismo: “¡Muy señora mía!”.
»Armamos nuestro circo portátil en unas horas y me retiré a pensar en
el programa. Yo era el director. “Hay que hacer el Indio a caballo -me
dije-; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo
conocerán. Luego sacaré écuyéres, acróbatas, equilibristas,
pantomimistas, y al último, clowns, que darán el golpe.” Al que iba a
hacer el Indio a caballo le advertí: “Mira, tú ponte lo más parecido a
ellos”. “Descuide usted, señor director.” Muchachos: fue un éxito
sensacional. Salió el Indio. ¡Qué aplausos!
Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba,
imitando los movimientos del que va a caballo; hundía la cabeza en el
pecho, mirando con ojos desencajados a un punto, y hacía como si
volteara un lazo por encima de su cabeza.
-El Indio a caballo -prosiguió don Alonso se ganó los aplausos de los
demás indios. Pa mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un
número de acróbatas; luego, otros varios, hasta que llegó la hora de los
clowns. «Ahora sí que va a haber jaleo», pensé yo; y, efectivamente, no
hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. «¡Cómo se
divierten!», pensaba yo. Cuando viene un mozo a decirme: «¡Señor
director! ¡Señor director!». «¿Qué pasa?» «El público entero se va.» «¿Que
se va?» Nada, los indios se habían asustado al ver a los clowns, y creían
que eran demonios que habían ido allí a aguarles la función. Entro en la
Pío Baroja
107
pista y saco a los clowns a trompicones. Luego, para quitar a los indios
la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé
a echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo
se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les
saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he
tenido nunca ovación mayor.
Calló don Alonso, Jesús y Manuel se preparaban a dormir, tirados en
el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba a llover a torrentes; el
agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento
silbaba y gemía a lo lejos.
Empezó a tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un
despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los
truenos.
-¡Vaya una tempestad! -murmuró Jesús.
-¡Las tempestades de tierra! -replicó don Alonso-. ¡Valiente filfa! Las
tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar hay que verlas,
cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En
el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con
olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato
como el estanque del Retiro. Una vez en América...
Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron
los dormidos, y el antiguo Hombre-boa se calló, desconsolado, y pensó
en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas a los indios y les
sacaba la pecera.
No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de
sitio, porque entraba el agua por el tejado.
A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había
derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase
convertida en un pantano; el suelo de la ronda, en un barrizal; las casas
y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto;
sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban
en los montones de basura.
Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho
con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la
prenda y fueron los tres a comer a la tienda-asilo de la Montaña del
Príncipe Pío.
Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos
imprentas a preguntar si había trabajo; pero no lo había. Por la noche
volvieron a la tienda-asilo a cenar. Propuso don Alonso ir a. dormir al
Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer, había una fila
de golfos andrajosos a la puerta del Depósito esperando a que abrieran;
Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.
Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos
La lucha por la vida II. Mala hierba
108
soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron
la calle de Ferraz, y luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle
de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.
El rincón donde habían pasado la noche anterior lo ocupaba una
banda de golfos.
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de
nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera
del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna
estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el
barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y
entraron. El Hombre-boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos
de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos
destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba
agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de
infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los
rincones, cucarachas muertas y secas.
Por la mafiana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y
triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por
las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
marchaban por el arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos
de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la
que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo
de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad
y de la miseria.
-Si los ricos vieran esto, ¿eh? -dijo don Alonso.
-¡Bah! , no harían nada -murmuró Jesús.
-¿Por qué?
-Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere
de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
-¿Crees tú eso? -preguntó don Alonso, mirando a Jesús con asombro.
-Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas,
tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre-boa; le molestaba que se
hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, a las
escombreras de la Fábrica del Gas de encima de las Injurias comenzaron
a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
Pío Baroja
109
hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla
del cigarro en la boca.
Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en
la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús -el titiritero había desaparecidose
decidieron a ir al asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los
dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes
vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en
un asilo, iban viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las
Delicias fue un día de marzo.
Cuando llegaron al asilo no se había abierto aún. Aguardaron
paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los
campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas
puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban
chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un
cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
rota, algún horno de cal derruido. Sólo a largo trecho se destacaba una
huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte,
se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje
intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en
grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco,
y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la
derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios
abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de
madera, le daban aspecto de un chalet suizo. En el balcón, en un letrero
sujeto al barandado; se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal
rojo lanzaba la luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un
empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron y
entraron en el asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas,
iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con
pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel
cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo,
sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos
y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en
La lucha por la vida II. Mala hierba
110
medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus
abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.
-Aquí no corre tanto aire -dijo un viejo mendigo que se preparaba a
tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince años hicieron irrupción en la sala, se
apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.
-¡Qué tunantes sois! -les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel-.
Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!
-¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado! -replicó uno de los golfos.
-Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el
tambor -dijo otro.
-¡Granujas! ¡Golfos! -murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras
que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y
mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro
de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó
en el suelo.
-Es que estos granujas nos desacreditan explicó el viejo-; el año pasado
robaron el teléfono del asilo y un pedazo de plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
blanca, con una cara de apóstol, embebido en sus pensamientos,
apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una
bufanda y una gorrila. En el rincón ocupado por los golfos descarados y
fanfarrones se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo
de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco
o seis años.
Todos los demás eran de facha brutal: mendigos con aspecto de
bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre
éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello,
corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor
de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel se tendió en su tarima y escuchó la conversación que
entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un
pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la
caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rondando de un lado a otro, no se
Pío Baroja
111
había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
-Antes se estaba bien en este asilo -explicaba el viejo a Jesús-; había
una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el
mundo se le daba una sopa.
-Sí, una sopa de agua -replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
tostado por el sol.
-Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la
golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por
Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro
de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
Ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
de ellos en la miseria y en el desamparo más grande. Mientras tanto,
escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y
después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una
peseta, fue al Gobierno Civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo
y a él a un asilo. «No llevo al asilo sino a los que piden limosna», le dijo
el guardia. «Yo voy a pedir limosna -le contestó él con humildad-; puede
usted llevarme.» «No; pida usted limosna, y entonces le cogeré.»
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca.
Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al asilo de las
Delicias.
-Pues si le llegan a coger, no adelanta usted nada -dijo el de los
anteojos-; le habrían llevado al Cerro del Pimiento y allá se habría usted
pasado el. día sin probar la gracia de Dios.
Y luego, ¿qué habrían hecho conmigo? -preguntó la persona decente.
-Echarlo fuera de Madrid.
-Pero ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche? -dijo Jesús.
-La mar -contestó el viejo-, por todas partes. Ahora que en el invierno
se tiene frío.
-Yo he vivido -añadió el mendigo joven- más de medio año en
Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y
yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con
una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la
bota y después tapábamos el agujero con pez.
-¿Y por qué se fueron ustedes de allí? -preguntó Manuel.
-La Guardia Civil nos sintió y tuvimos que escaparnos por las
ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me
La lucha por la vida II. Mala hierba
112
gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra
uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...
-¿Y usted ha andado mucho por ahí?
-Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay cosa como eso. Se come donde
se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
el rey Luego, como las golondrinas, sé va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
Adonde suelo yo ir cuando hace buen tiempo es a un campo santo que
hay cerca del tercer depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó
dormido. A media noche se despertó al oír unas voces. En el rincón de la
golfería, dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo
partido.
-Te daré dinero -murmuraba uno entre dientes.
-Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
el garrote y dio un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió
bramando de coraje.
-Ven ahora, ¡cochino! ¡Hijo de la grandísima perra! -gritó.
Se abalanzaron uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
bruces.
-Estos granujas nos están desacreditando -exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a
tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
sibilantes...
Por la mañana, antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de
la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas
de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales
lanzaban un guiñó confidencial desde sus altos soportes; las calderas en
tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos
lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas
Pío Baroja
113
bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y
oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas
tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a
la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la
izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban
hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo
húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...
La lucha por la vida II. Mala hierba
VII
La Casa Negra - Incendio - Fuga
Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros
habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento Manuel y Jesús.
-Tenemos que ir a ese pueblo -murmuró Jesús.
-¿A cuál?
-A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A
Vaciamadrid.
-Bueno.
Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron a la
puerta de la estación, a la salida de los viajeros, con la idea de ganarse
algunos cuartos llevando alguna maleta.
Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo a un
coche. El señor le dio unas perras.
Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del museo cuando
vieron un simón, y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don
Alonso con un traje haraposo lleno de agujeros.
-¡Eh! ¡Eh! -le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.
-¿Adónde iba usted? -le preguntaron.
-Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero
estoy cansado, ya no tengo piernas.
-¿Y qué hace usted? -le preguntaron.
-¡Psch!... Morirme de hambre.
-¿No viene la buena?
-¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en Uaterlú, ¿verdad?
Pues mi vida es un Uaterlú continuo.
-¿A qué se dedica usted ahora?
-He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno -añadió,
mostrando a Manuel una cartilla cuyo título era: Las picardías de las
mujeres la primera noche de novios.
-,Es bueno esto? -preguntó Manuel.
Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo,
115
dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en Niu Yoc!
-Ya vendrá la buena.
-Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fui
a una Casa de Socorro, porque ya no podía más. «¿Qué tiene usted?», me
preguntó uno. «Hambre.» «Eso no es enfermedad», me dijo. Entonces me
eché a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca;
allá, a las señoras que van solas les digo que se me ha muerto un hijo,
que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y
me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir.
Está por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y
por la tarde, el Hombre-boa fue a su centro de operaciones del barrio de
Salamanca.
-Peseta y media he sacado hoy -les dijo a Manuel y a Jesús-. Vamos a
cenar.
Cenaron en el parador de Barcelona, en la calle de Caballero de Gracia,
y después el resto lo emplearon en aguardiente.
Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso: una casa en ruinas
próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de
ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.
Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual
sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las
chimeneas de un pontón.
Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltaron por encima
de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascotes.
Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en
el hueco de la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de
gitanos y unos cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con
paja y trapos; otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto
sujetas a las paredes.
Don Alonso tenía su rincón y llevó allá a Manuel y a Jesús.
El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa
en pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña
cogidos en el río y pedazos de estera.
-¡Qué moler! -dijo don Alonso al tenderse-;siempre hay que andar
buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
-¿Para qué? -preguntó Jesús.
-Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
-¡Ya vendrá la buena! -dijo irónicamente Manuel.
-Ésa es la esperanza -replicó el Hombre-boa-. Mañana quizá haya
cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para
el hombre es como el viento para la veleta.
-Lo malo es -murmuró Jesús- que la veleta nuestra, cuando no señala
La lucha por la vida II. Mala hierba
116
hambre, señala frío, y siempre miseria.
-Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó
Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo
que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra
ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de
harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban a las
mujeres en la semioscuridad y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel, una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria
orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una
mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren
los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno
de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano.
Ella dejó al niño a un lado y se tendió en el suelo...
Un día de abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de
la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas,
y cuando menos se esperaba prendió el cañizo. Inmediatamente se
generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa
llamarada se levantó en el aire.
Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron
de prisa por el paseo de los Pontones hacia la ronda.
En la noche oscura brillaba el techo incendiado como una gran
antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas que saltaban y
volaban en el aire.
Los tres marcharon por la ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de
faroles de gas, y a trechos, núcleos de luces como islas brillantes en
medio de la oscuridad. En la ronda solitaria se oía muy de tarde en tarde
el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de los
perros.
Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por
el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada
con faroles de petróleo que pasaba al lado de la Fábrica de Gas.
Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas
redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se
levantaban los soportes, que en la oscuridad producían un efecto
extraño.
No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron
andando los tres por la ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica
cuyas ventanas vertían una luz violeta de arco voltaico en la negrura de
la noche.
En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba
Pío Baroja
117
borbotones de humo por la chimenea.
-No debía haber fábricas -dijo Jesús con una indignación súbita.
-¿Y por qué? -preguntó don Alonso.
-Porque no.
-¿Y de qué iba a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer de la industria si no
hay fábricas?
-Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que
vivamos todos -añadió Jesús.
-¿Y la civilización? -preguntó don Alonso.
-¡La civilización! Bastante nos sirve a nosotros la civilización. La
civilización es muy buena para el rico; ¡lo que es para el pobre...!
-¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
-Pero ¿usted los utiliza?
-No; pero los he utilizado.
-Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que tiene
dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes, el rico y el pobre se
alumbraban con un candil parecido; hoy, el pobre sigue con el candil, y
el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, el pobre iba a pie, el rico
a caballo; hoy, el pobre sigue andando a pie, y el rico va en automóvil;
antes, el rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha hecho
una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres chillan, él no oye;
que se mueren de hambre, él no se entera...
-No tiene razón dijo don Alonso.
-Casi nada...
Siguieron oyendo los ladridos lejanos de los perros. Hacia cada vez más
frío. Pasaron por la ronda de Valencia y por la de Atocha.
Se destacó el Hospital General con su sombría mole y sus ventanas
iluminadas por luces mortecinas.
Ahí siquiera no se debe de tener frío -murmuró el Hombre-boa con su
tono jovial que sonaba a dolorida queja.
Comenzaba a clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por
el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...
La lucha por la vida II. Mala hierba
VIII
Las cuevas del Gobierno Civil - El repatriado
La sopa del convento
Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las
iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en la iglesia de San
Sebastián, llena de bancos, el sacristán los hizo salir y los entregó a una
pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los guardias
que era una persona no sólo decente, sino importante; mientras él
peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
-En la Delegación contará todo eso -contestó el guardia a las
explicaciones del Hombre-boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un
farol rojo entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto
donde garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a
Manuel sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más
humildemente posible.
-Usted, el viejo, ¿cómo se llama? -dijo uno de los escribientes.
-¿Yo? -preguntó el Hombre-boa.
-Sí, usted. ¿Es usted sordo o idiota?
-No; no, señor.
-Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
-¿Edad?
-Cincuenta y seis años.
-¿Estado?
-Soltero.
-¿Profesión?
Artista de circo.
-¿En dónde vive usted?
-Hasta hace unos días...
-Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil.
Ahora, pues...
-Pon sin domicilio -dijo uno de los escribientes al otro.
119
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a
sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; a veces se oía sonar
el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con
una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
-¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído
y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó;
después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una
grosería y una bestialidad épicas:
-Eso, a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso -y
volvió la cabeza y siguió fumando.
La mujer paseó sus ojos, asustada, por la delegación; se decidió a salir,
dio las buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida y se fue.
-¡Cagatintas! ¡Canallas! -murmuró don Alonso en voz baja-. ¡Qué les
costaba el haber enviado algún guardia para que acompañara a esa
mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre-boa más de dos horas, y al cabo de
éstas los guardias los hicieron entrar en un cuarto en donde paseaba un
hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador
o de croupier.
-¿Qué son éstos? -preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo
brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
-Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián -dijo el
guardia-; no tienen domicilio.
-Perdone usted -dijo don Alonso-;accidentalmente...
-Llevadlos a que pasen la quincena -lijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso a decir nada, porque uno de los
guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias los obligaron a bajar las escaleras y los metieron en
un cuarto oscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
-En fin, ya vendrá la buena -dijo don Alonso, sentándose y lanzando
un profundo suspiro.
Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas
ganas de reír tan grandes, que no las pudo contener.
-¿Por qué te ríes, hijo mío? -preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reír, y de reír
mucho, se quedó con un humor fúnebre.
-¡Qué diría Jesús si estuviera aquí! -murmuró Manuel-. En la casa de
Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el
sacristán le entrega a uno a los guardias; los guardias le meten a uno en
La lucha por la vida II. Mala hierba
120
un cuarto oscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo
tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.
-No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer! -murmuró don
Alonso.
-En eso estarán pensando.
Sería la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del
chiquero, y, conducidos por dos guardias, el Hombre-boa y Manuel
salieron a la calle.
-Pero ¿adónde nos llevan? -preguntó don Alonso, un poco asustado.
-Usted siga para adelante -le contestó el guardia.
-Esto es una arbitrariedad -murmuró don Alonso.
-Usted siga para adelante si no quiere ir atado codo con codo -replicó
el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron
en el Gobierno Civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha
escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo iluminada por un
quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormía una fila de diez o doce
guardias de Orden público vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno
de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas
hicieron entrar a don Alonso y a Manuel y cerraron tras de ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron a mirarlos.
-Esto es una arbitrariedad -gritó don Alonso-. Nosotros nada hemos
hecho para que se nos encarcele.
-Ni yo tampoco -murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo,
habían cogido pidiendo limosna-; luego, aquí no se puede estar.
-¿Qué pasa? -preguntó Manuel.
-Que uno de éstos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo.
Debían llevarle al hospital. Él dice que le han robado la ropa; estos chicos
aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
Y es verdad -replicó uno de los golfos-. Hemos estado pasando la
quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta
nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos
cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas
encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse
dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
-¡Agua! -murmuró con voz débil.
-Ya se la hemos pedido al sargento -dijo el mendigo-; pero no la trae.
-Esto es una salvajada -gritó el Hombre-boa-,esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
-Ese otro -agregó el golfo, riéndose y señalando a uno escondido en un
Pío Baroja
121
rincón- tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
-¿Y qué van a hacer de nosotros? -preguntó Manuel.
-Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días -contestó el mendigo.
-¿Y allí se come? -preguntó el Hombre-boa, saliendo del fondo de su
ensimismamiento.
-No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo
de voces, que pronto se convirtieron en una algarabía de gritos de mujer,
de imprecaciones y de lloros.
-¡Leñe, no empuje usted!
-¡Moler con el hombre!
Anda, anda para adentro -decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle que encerraban en la
jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a
insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe
de la Higiene.
-No queda una madre sana hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer las voces de la Chata y de la Rabanitos.
Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se
acercó a la jaula de los hombres.
-Señor sargento -dijo don Alonso-, que aquí hay un hombre que está
malo.
-¿Y qué quiere usted que yo le haga?
-Señor sargento, si me hiciera usted un favor... -añadió Manuel.
-¿Qué?
-Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias
aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El Mundo y que me
han metido preso.
-Bueno, se dirá.
No había pasado media hora cuando volvió a presentarse el sargento,
abrió la reja y se dirigió a Manuel:
-¡Eh tú, el cajista! Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban
encerradas las mujeres y vio a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de
viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió
de prisa la escalerilla hasta la sala donde dormía el retén de guardias. El
sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un
puntapié con toda su fuerza y le puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se
metió por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza
Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba
a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó, también
La lucha por la vida II. Mala hierba
122
allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba
empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a
vivir a salto de mata.
-Después de todo, voy teniendo suerte -añadió el repatriado-. Cuando
no me, he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la
mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por
allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto
constituyó el desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
-¿Adónde vamos? -preguntó Manuel.
-Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde
nos darán de comer -dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
-Vamos de prisa.
-No sirve. Sacan la comida después que ellos comen. De manera que,
aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar:
tenia la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un
sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja
arrollada al cuello, y en la mano, un garrote.
Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa,
en donde seis o siete hombres esperaban ya.
-¿Tú sabes hacer versos? -preguntó el repatriado a Manuel.
-Yo, no. ¿Por qué?
-Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba
tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la
comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de
bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dio de comer y de
beber.
-Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla.
¿Cómo se llama el rector?
-Domingo.
Pensó Manuel una palabra que terminara en «ingo» y no la encontró y
olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima
de la mesa.
Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De
éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo
repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.
-Espere usted, compadre -dijo el repatriado antes que metiera el otro
la cuchara-. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y
de allí comeremos.
-¡No sé qué tengo yo! -murmuró el mendigo.
Pío Baroja
123
-¿Usted? Que tiene un labio que parece un bistec.
Comieron Manuel y el repatriado y, después de dar las gracias al lego,
salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
Hacía una tarde de mayo espléndida; el sol calentaba de firme; el
repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de
una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban
se ponía densamente pálido.
Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y
marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras
pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas.
Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el
escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo
nunca. Los oficiales del Ejército, antes de fantásticas batallas -porque los
cubanos corrían siempre como liebres-, disputándose las propuestas
para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y
del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por
Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una
mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente
famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don
Sargento, que tenemos hambre!». Además de esto, los fusilamientos, el
machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y
oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto, los soldados, indiferentes,
sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por
la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían: «Mi
capitán, yo me quedo aquí»; y se les quitaba el fusil y se seguía adelante.
Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el
barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de
esqueletos; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba
al agua.
-Y al llegar a Barcelona, ¡moler! , ¡qué desencanto! -terminó diciendo-.
Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y
encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno
pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos
fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a
preguntas cuando llegue a España». Nada. Ya no le interesaba a nadie lo
que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender a la patria!
¡Que la defienda el nuncio! Para morirse de hambre y de frío, y luego que
le digan a uno: «Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla».
Es también demasiado amolar esto...
Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron
y fueron hacia Madrid.
La lucha por la vida II. Mala hierba
IX
Noche en el paseo de la Virgen del Puerto - Suena un tiro
Calatrava y Vidal - Un tango de la bella Pérez
-Las noches que no hace frío -dijo el repatriado-, yo suelo ir a dormir
a esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres que
vayamos hoy? -añadió.
-Sí, vamos.
Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía
una noche templada, de niebla, de una niebla azulada, luminosa, que
temblaba al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real
brillaban entre aquella gasa flotante con una luz morada.
Bajaron Manuel y el repatriado por la cuesta de la Vega y entraron en
el bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia.
Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles.
Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia salían
llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una barraca.
Del paseo de los Melancólicos bajaron a la hondonada, y en un cobertizo
se cobijaron y se tendieron a dormir. Hacía fresco; pasaban por allá
algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, se metió las manos en
el bolsillo del pantalón y se quedó profundamente dormido.
Rumor chillón de cornetas le despertó.
-Es la guardia de Palacio -dijo el repatriado.
La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y
gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el
estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron,
salieron del cobertizo dispuestos a huir, no vieron nada.
-Es un joven que se ha suicidado -dijo un hombre de blusa que pasó
corriendo por delante de Manuel y del repatriado.
Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron a
un muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre
y un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se
acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que
llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta,
125
le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de oro.
-Vamos a escaparnos, no vaya a venir alguno elijo Manuel.
-No -contestó el repatriado.
Volvió a entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en
la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltos en un papel, las
sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.
-En la guerra, como en la guerra -murmuró, después de ejecutar su
maniobra con una rapidez extraordinaria-. Ahora -añadió-, vuélvete a
echar y hazte el dormido, por si acaso.
Poco después se oyó un murmullo de voces en la hondonada, y Manuel
vio dos guardias civiles que pasaban a caballo por delante del cobertizo.
Se acercaba la gente al lugar del suceso; los guardias civiles,
registrando al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que
indicaba que no se culpara a nadie de su muerte.
Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron. Manuel preguntó:
-¿Vamos a recoger eso?
-Espera que se vayan todos.
Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas
y el reloj.
-Esta sortija creo que es buena -elijo-. ¿Cómo lo averiguaremos?
-En una platería.
-Vete a una platería así, con esos harapos y una sortija con un
brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te lleven
a la cárcel.
-Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj -dijo Manuel.
-También es peligroso. Vamos a buscar a Marcos Calatrava, un amigo
mío a quien conocí en Cuba. Ése nos sacará del apuro. Vive en una casa
de huéspedes de la calle de Embajadores.
Fueron allá; les salió una mujer a la puerta y les dijo que el tal Marcos
se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la planta
baja de la casa.
-¡El Cojo! Sí, le conozco, ya lo creo -dijo el tabernero-. ¿Sabe usted
dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en
la calle Mayor.
Fue para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su
existencia; sentían un hambre horrorosa, y al pensar que con la venta de
aquellas sortijas y del reloj podrían comer todo lo que se les antojara, y
que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible.
Se pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban a la
taberna a preguntar si había llegado ya el Cojo.
Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó a saludarle y los tres
pasaron al interior de la taberna, a un rincón, a hablar. El repatriado
contó el caso a Calatrava.
La lucha por la vida II. Mala hierba
126
-Ahora mismo viene mi secretario -dijo Marcos-, y él lo arreglará.
Mientras tanto pedid de cenar.
-Pide tú -dijo el repatriado a Manuel.
Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la
taberna dijo que la cena tardaría algo.
Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso a
observar a este último.
Calatrava resultaba un tipo raro, a primera vista casi ridículo; tenia
una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy amojamada; dos o tres
cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro,
pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural
que en la de madera; una chaquetilla corta, más oscura que el pantalón;
una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.
Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no
tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas,
sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
Al verle, exclamó Manuel:
-¡Vidal! ¿Eres tú?
-Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
-¿Le conoces a éste? -preguntó Calatrava a Vidal.
-Sí; es primo mío.
Marcos explicó a Vidal lo que quería el repatriado.
-Ahora mismo -contestó Vidal-; no tardo diez minutos.
Efectivamente, al poco tiempo volvió con dos papeletas de empeño y
unos billetes. Los tomó el repatriado y fue repartiéndolos; a Manuel le
tocaron cinco duros.
-Mira -le dijo Calatrava a Vidal-. Tú y tu primo os quedáis a cenar aquí;
tendréis que hablar, y nosotros nos vamos a otro lado, que también
tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale a tu primo a dormir a tu
casa.
Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.
-¿Has cenado? -preguntó Vidal.
-No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?
-Estarán bien.
-¿No los ves?
-No.
-¿Y el Bizco?
Vidal palideció profundamente.
-No me hables del Bizco -dijo.
-¿Por qué?
-No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?
-¿Qué?
-La muerte de Dolores la Escandalosa.
Pío Baroja
127
No sabia nada.
-Si; mataron a la vieja en una casa que llaman el Confesionario, que
está hacia Aravaca. ¿Y sabes tú quién la mató?
-¿El Bizco?
-Sí, estoy seguro. El Bizco iba al Confesionario a reunirse con otros
granujas.
-Es verdad. A mí me lo dijo.
-¿Has hablado con él?
-Sí; pero hace ya mucho tiempo.
-Pues si; los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino
era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como
quien va a una cita. Era el Bizco, estoy seguro.
-¿Y no le han cogido?
-No.
Vida¡ quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse.
Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.
-¡Menuda carpata tienes tú, gachó! -dijo Vidal, ya tranquilizado,
sonriendo.
-¡Dios! , si tenía un hambre...
Ahora vamos a tomar café.
Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.
Mientras saboreaban el café, Manuel contempló a Vidal. Llevaba la
cabeza muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas.
Tenla un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa del hombre guapo,
el cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía,
sonriendo siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira
de sus frases; no acompañaba a la afabilidad de su palabra cariñosa y
de su sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más
que desconfianza y cautela.
-Y tú, ¿qué haces? -preguntó Manuel, después de examinarle
atentamente.
-¡Psch!... Vivo...
-Pero ¿de qué?, ¿cómo?
-Hay negocios, chico... Luego, las mujeres...
-Pero ¿tú trabajas?
-Según a lo que llames trabajar.
-Hombre, quiero decir que si vas a un taller.
-No.
-¿Tienes alguna querida?
-Ahora no tengo más que tres.
-¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?
-Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y
socio de la Paloma Azul y del Billete.
La lucha por la vida II. Mala hierba
128
-¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?
-¡Claro! Luego, con las mujeres es cuestión de labia... Algunas veces se
las echa uno de incomodado y se le arrima a una un par de bofetadas...
-Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!
-¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el
mundo y que está chalada por mí. Esta cadena de reloj me la regaló ella...
Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿a que no te figuras
quién?
-¡Qué sé yo! Alguna marquesa.
-No, un marqués.
-¿Para qué?
-Nada, que me hace el amor.
Manuel se quedó mirando asombrado a Vidal, que sonrió
misteriosamente.
-¿Tú estás cansado? -preguntó Vidal.
-No.
-Entonces vamos a Romea.
-¿Qué hay allá?
-Baile y mujeres guapas.
-Vamos, sí.
Salieron del café y subieron la calle de Carretas. Tomó Vidal dos
butacas. Era domingo.
El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de
humo, con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la
noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una
funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la
manera más sosa que puede imaginarse, entre las interrupciones y los
gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha que
cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una canción
pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, vieja y
fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó a las
candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió
una palabra, y cuyo estribillo era:
Pauvre petit chat, petit chat.
Después dio unas cuantas volteretas levantando el pie hasta dar con
él en el sombrero y se fue. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió a
levantarse y se presentó la bella Pérez y fue saludada por una salva
nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose,
riéndose, y cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El
piano de la orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió dé
entre bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un
Pío Baroja
129
sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó
el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la capa
y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que
dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango,
todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por
la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y
la bella bailaba con la cara enfurruñada y los dientes apretados, dando
taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al
replegarse la falda sobre sus flancos como la bandera triunfante. De
aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo que
enloquecía a todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el vientre
y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir a todo el teatro.
-¡Eso!
-¡Ahí la bisagra!
-¡Esa tripita!
Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
-¡Tango! ¡Tango! -gritaban todos como energúmenos.
Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.
-¡Viva la lujuria! -vociferaba un joven al lado de Manuel.
Volvió la bella Pérez a bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y
Vidal, una muchacha mecía en sus brazos a una niña con la cara llena
de costras. La muchacha, señalando a la bella Pérez, decía a la niña:
-Mira, mira a mamá.
-¿Es la madre de esta chica? -preguntó Manuel.
-Sí -contestó la niñera.
Sin saber por qué, Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y
hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura
y de polvos de arroz, se adivinaban roséolas y granos.
Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de
huéspedes de la calle del Olmo.
Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la
Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que los
reconocieron y los llamaron.
Las dos muchachas aguardaban a la Engracia, que se había ido con
un señor. Mientras tanto, reñían. La Rabanitos juraba y perjuraba que
no tenía más de dieciséis años; la Chata aseguraba que iba para los
dieciocho.
-¡Si se lo he oído decir a tu madre! -gritaba.
-¿Pero qué va a decir ‘eso mi madre? ¡Cerda! -replicaba la Rabanitos.
Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
-¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía
entonces? Trece.
-¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí -interrumpió
La lucha por la vida II. Mala hierba
130
Vidal.
La muchachita se volvió como una víbora, contempló a Vidal de arriba
abajo, y con voz estridente le dijo:
-Pa mí que tú eres de los que se agarran a la verja del Dos de Mayo y
dan la espalda.
Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades
imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del
delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó a todos.
En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla les encontró la
Engracia.
Anda, tú, convida-le dijo Vidal-. ¿Tendrás dinero?
-¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que quedrán.
-Aunque sea a recuelo -repuso Vidal.
-Bueno, vamos.
Entraron los cinco en una buñolería.
-Este señor con quien he ido -dijo la Engracia- es pintor y me ha dicho
que me daba cinco pesetas por hora para servir de modelo de desnudo.
A la Rabanitos la sublevó la noticia.
-¿Pero qué vas a servir tú para eso, si no tienes tetas? -dijo con su
vocecilla aguda.
-No, las tendrás tú.
-No es por ponerme moños -contestó la Rabanitos-; pero estoy mejor
formada que tú.
-¡Magras! -replicó la otra, y sin hacer caso se puso a hablar con Vidal.
La Rabanitos le cogió a Manuel por su cuenta y le contó sus penas con
una seriedad de vieja.
-Chico, estoy derrengá -le decía-, porque como una es débil y no tiene
fuerza..., luego, los hombres son tan brutos y claro, como la ven a una
así, hacen lo que quieren, y todo el mundo le pone a una el pie encima.
Manuel oía hablar a la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le
permitían darse cuenta de lo que oía. Entraron otras dos muchachas en
la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados
y expresión entre feroz e irónica. Los cuatro venían borrachos; las
mujeres se pusieron a insultar a todos los que estaban en la buñolería.
-¿Quiénes son ésas? -preguntó Manuel.
-Unas tías escandalosas.
-Oye, vámonos -dijo Vidal a su primo con la prudencia que le
caracterizaba.
Salieron todos de la buñolería; las muchachas fueron hacia el centro,
y ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vida¡ la puerta
de su casa.
Aquí es -le dijo a Manuel.
Subieron hasta e¡ último piso. Allí, Vida¡ encendió una cerilla, metió la
Pío Baroja
131
mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un
pasillo, y Vidal dijo a Manuel:
-Éste es tu cuarto. Hasta mañana.
Manuel se despojó de sus harapos, y ¡a cama le pareció tan blanda
que, a pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.
La lucha por la vida II. Mala hierba
Tercera parte
I
¿Será la buena? - Proposiciones de Vidal
Al día siguiente, cuando despertó Manuel daban las doce. Hacía tanto
tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre
o de angustia, que al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto
estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando. Luego, de pronto, el
recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le vino a la memoria;
después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y la conversación en
la buñolería con la Rabanitos.
«Habrá venido la buena? -se preguntó a sí mismo. Se incorporó en la
cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla no supo qué hacer-.
Si me ven vestido así me echan», pensó. Y en la vacilación volvió a
meterse entre las sábanas.
Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era
Vidal.
-Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?
-Si me ven con eso me echan -replicó Manuel, señalando sus andrajos.
-La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta -dijo Vidal,
contemplando la indumentaria de su primo-. Vaya unos zapatitos de
baile -añadió, cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de
barro y levantándola cómicamente para observarla mejor-. Es de la
última moda de los poceros de la villa. Y de medias, nada, y de
calzoncillos, ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!
Ya ves.
-Pues no vas a estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa mía;
creo que te vendrá bien.
-Sí, tú eres un poco más alto.
-Bueno; espera un momento.
Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la
carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles
vuelta por abajo; en cambio, las botas le venían estrechas y cortas.
-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito.
Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
134
-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una
mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?
-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde
elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
-¿Para qué?
-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo
que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo
ató con una guita y lo cogió en la mano.
-¿Vamos?
-Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él
y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna
parte.
-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un
solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de
Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las
tostadas con ansia.
-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de
golfo tienes!
-¿Por qué?
-¿Qué sé yo? Porque la tienes.
-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de
todo eso lo que es peor.
-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
-O de otra manera.
-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que
trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.
De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no
soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga
soldado un día de éstos.
-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se
puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco;
¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.
Pío Baroja
135
-Bueno; tendrás algún secreto.
-Puede ser.
-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar,
la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo,
sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría
cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo
vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no
quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con
franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...
-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.
-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?
-A ti.
-¡Quia!
-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos
nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo
somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para
tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años
trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas;
total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para
quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
¿Y cómo?
-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al
centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin
culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo,
¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza
robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas
lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio,
una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése!
¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San
Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me
agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve
un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no
escarmenté.
-¿Volviste a coger otras lámparas?
-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que
tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-Sí, hombre.
-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a
un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas
golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro
La lucha por la vida II. Mala hierba
136
suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la
hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que
al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le
habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente
comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me
escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de
las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un
sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo
me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí.
Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a
tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un
vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me
habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera,
¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú
no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes
tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad
ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas
hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a
una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te
conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo
más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,
-¿Y le diste el reloj?
-Sí. Al día siguiente...
-Te quedarías de boqueras...
Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-¿Y quién es ese hombre?
-Marcos Calatrava.
-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.
¿Quieres entrar en la comba?
-¿Pero qué hay que hacer?
-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una
buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.
-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi
prefiero vivir así.
-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le
llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o
engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo
han de regalar.
-Sí, es verdad.
-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo,
chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente,
y robando te llevan a la cárcel.
Pío Baroja
137
-¿Crees tú...?
-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres:
unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son
robados.
-¡Sabes que me parece que tienes razón!
-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.
-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un
Bizco.
-Pero hay un Cojo.
-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
-¿Es el jefe de la partida?
-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se
entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que
sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que
hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero
fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-Comprendido.
-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos
bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho
una persona decente..., al pelo.
-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo
maldito si lo sé.
-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por
prófugo.
-¡Psch!
-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?
-Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó
lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.
-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el
Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos,
y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron
nuevamente solos los dos primos.
Vamos al Círculo -dijo Vidal.
El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había
billares y algunas mesas de café.
Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y a un mozo que
La lucha por la vida II. Mala hierba
138
apareció le dijo:
-Dos cubiertos.
-Van.
-Oye -añadió Vidal-; desde que entres aquí, ni una palabra; ni me
preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber, yo te lo diré.
Comieron los dos. Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que
Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
Vamos a tomar café arriba -dijo Vidal.
Junto al mostrador había una puerta, y de ella subía una escalera de
caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la
escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó
Vidal y pasaron a un corredor a cuyos lados se veían mamparas forradas
de verde.
Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre;
contempló a Vidal y a Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una
puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.
Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres
a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos
escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio se veía
una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la
cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran silencio;
no se oía más que las palabras de los croupiers y el ruido que hacían al
recoger con el rastrillo las monedas y fichas colocadas sobre el tapete
verde.
Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones
entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:
-Hagan juego, señores.
Callaban todos y el silencio era tan grande, que se oía el roce de las
cartas entre los dedos del croupier.
-Esto parece una iglesia, ¿verdad? -murmuró Vidal-. Como dice un
señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.
Tomaron café y una copa.
-¿Tienes cigarros? -preguntó Vidal.
-No.
-Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
-¿Se podrá saber cómo se llama?
-Sí; el bacará. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.
Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el
dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se
entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que
sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.
Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y
de fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas
Pío Baroja
139
francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.
Los que estaban en pie alrededor, y de los cuales la mayoría no
jugaban, parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se
hallaban sentados y jugaban fuerte.
Eran aquellos, tipos de miseria y sordidez horrible; llevaban chaquetas
rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de
barro.
En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha
de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo
echado hacia adelante conteniendo la respiración.
Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vio cómo se
reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fue al café de Lisboa.
Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del
juego.
-Bueno; eso en seguida lo aprendes -le dijo el otro-. Además, los
primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes
jugar.
-Muy bien; ¿y el dinero?
-Toma, para mañana. Cincuenta duros.
-¿Son buenos?
-Enséñaselos a cualquiera.
-¿De modo que es una combina como la del Pastiri?
-Igual.
La tarde siguiente, con los cincuenta duros que le dio su primo y las
indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó a
Vidal.
Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre
en una oficina y le despacharon.
-Te han rebajado -le advirtió Vidal.
-Bueno -contestó alegremente Manuel-; me alegro de no ser soldado. ‘
Siguió acudiendo al Circulo todos los días que le indicaron, y al cabo
de algún tiempo conocía al personal de la casa de juego. Había mucha
gente empleada allá: varios croupiera muy atildados, con las manos
limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, y
otros que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.
Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la
mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y
empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.
Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la
repugnancia por aquel medio, y sentía oscuramente la protesta de su
conciencia.
La lucha por la vida II. Mala hierba
II
El Garro - Marcos Calatrava - El Maestro - Confidencias
Una noche salió Manuel del Círculo acompañado de un hombrecito
con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el
café de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó
con ella, y Manuel se acercó a su primo.
-¿Qué hablabas con ése? -le preguntó Vidal al verle.
-Nada; de cosas indiferentes.
-Te advierto que es uno de la policía.
-¿Sí?
Ya lo creo.
-Pues lo he visto en el Círculo.
-Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con ésa, que es la
Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa
de María la Guerrero, cuando yo me fui con la Violeta. La Chana entonces
ya se dedicaba a perista; conocía a todos los inspectores y estaba liada
con un matón que llamaban el Ministro, y a quien le mataron en la calle
de Alcalá. Ten cuidado con el Garro, si te pregunta algo, no le digas nada;
ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.
Al día siguiente el Garro volvió a reunirse con Manuel y le preguntó
quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de
embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y el Cojo.
-Le advierto a usted que son dos pájaros de cuenta -le dijo el policía.
-¿Sí, eh?
-¡Uf!, que se pierden de vista! El Cojo sobre todo, es atravesado. No se
meta usted con él, porque es capaz de todo.
-¿Tan fiero es?
-Ya lo creo. Yo conozco su historia; él no lo sabe. Se llama
Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace algunos años cursaba
medicina.
El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un
gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó a frecuentar garitos, y en
uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran in
141
fraganti; le llevaron a la Cárcel Modelo y estuvo allí arriba dos meses. Al
año siguiente tomó la decisión de no estudiar, y como de su casa no le
mandaban dinero, comenzó a matonear por garitos y chirlatas. Una
navajada que le dieron en una bronca que tuvo le quitó por algún tiempo
sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fue a ver a la superiora
de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. Quería
hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera de hablar
melosa la convenció, la sacó los cuartos y, además, una carta para el
prior de un convento de Burgos.
Calatrava se gastó el dinero, y a los dos o tres meses estaba muerto de
hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, a
quienes explotó de una manera miserable, y al año o cosa así de recibir
la carta de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró
en el fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella.
Como era hombre de decisiones rápidas, no vaciló; tomó el tren sin
billete, y entre los fardos de los vagones de mercancías llegó a Burgos, se
presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le
enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien,
hasta se distinguió por su celo; pero después empezó a hacer
barbaridades, escandalizó a las personas piadosas de las aldeas, y
cuando el prior, a quien había llegado la noticia de sus fechorías, le
mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo
explotando los hábitos, y cuando ya iban a pescarle, volvió a Madrid. A
los tres o cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito,
y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad Militar y marcharse
a Filipinas.
Un médico del regimiento, viendo a Marcos tan servicial y tan listo,
trató de ayudarle a terminar la carrera, y le colocó de interno en el
Hospital Militar de Manila.
Inmediatamente Calatrava empezó a robar de la botica del hospital
medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le
despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó a cobrar el barato en
los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le
hizo la vida imposible, y entonces recurrió a un Círculo de militares y
consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino a
España.
En Madrid volvió a encontrarse apurado, y como no era de los que se
ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba a
Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones; ascendió
pronto a sargento, cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que
cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió a España, ya
sin porvenir y con un retiro ridículo.
Aquí anduvo fingiéndose agente de policía secreta, rondando por las
La lucha por la vida II. Mala hierba
142
calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro,
que, a pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los
estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y criadas
de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo
engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y
despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de
la estafa; calculó el pro y el contra de cada uno de ellos, y encontró que
todos tenían grandes quiebras.
Al último -concluyó diciendo el Garro-, se encontró con el Maestro, que
se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos;
el caso es que lo tienen.
-¿Hay más de un Círculo de éstos? -preguntó Manuel.
-Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la
Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el
Maestro. ¿No ha ido usted a aquella casa?
-No.
-Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo
ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija bailarina, va a abrir
un salón.
-Esa Coronela, ¿es cubana? -preguntó Manuel.
-Sí.
-La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.
El policía miró con cierta reserva a Manuel.
-Puede usted decir -le dijo- que conoce usted lo peorcito de Madrid.
Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tiene una casa de citas
elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fue el que
organizó aquel baile célebre. Se pagaba a duro la entrada, y al final se
rifaba una señorita: la hija de la querida de Mingote.
Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y
encontrarse con Vidal sintió la necesidad de hablarle del malestar que
experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de
humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.
Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y
después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que
entraran a tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.
Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a
remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les
reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas
chuletas.
-Hay que olvidar -dijo después de dar estas disposiciones.
Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó
Vidal.
Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba
Pío Baroja
143
atentamente.
-No sabía la historia de Calatrava -dijo, al concluir, Vidal.
-Pues historia por historia -repuso Manuel-. Dime tú: ¿Quién es ese
Maestro?
-El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
-No.
Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le
parecía la más a propósito para comparar al Maestro.
Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero
muchísimo más listo que él; un hombre que imita las letras, que sabe
cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la
blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un
caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que es
una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se
ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio llorando porque
ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha pedido limosna una
golfilla.
-¿Y cómo se llama?
-¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su
padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural
de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así,
sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía
diecisiete años.
-Pronto empezó.
-Sí; le prendieron sin culpa. Él era empleado de uno que había hecho
una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta
él mismo. Un día pare que fue el juez a tomar declaración a un preso, y
estando el escribiente copiando la declaración, le dio un mal y tuvieron
que llevarle a su casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso
que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Éste se
sentó en la silla, miró los papeles y se puso a escribir. El juez, al terminar
la declaración, echa una mirada a los autos y queda asombrado. No se
conocía donde había empezado a escribir el Maestro y dónde había
acabado el escribiente; la letra de uno y otro eran iguales.
-¡Qué tío!
-Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera
sido un estúpido, él no habría terminado mal; pero al juez lo único que
se le ocurrió fue decir que aquel chico era peligroso y que había que tener
con él mucho ojo. El Maestro, que vio que extremaban la vigilancia con
él por el motivo de haberle hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en
el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos, desde la
misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el registro
del entierro.
La lucha por la vida II. Mala hierba
144
-¡Qué bárbaros!
-Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos
dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno: «¿Quién ha
sido el que ha escrito esto?». «Yo», contestaba. Le preguntaban al otro:
«¿Quién ha sido el que ha escrito esto?». «Yo», contestaba también. No
podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterlos
a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que
habían venido a saber que estaban preparando un entierro: y, ¡chico!, los
dos escribieron igual, con la misma letra y los mismos borrones. Figúrate
tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido
baile y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha
puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y
marqueses.
-¡Rediez! -dijo Manuel, admirado-. ¿Y el compañero del Saladero vive?
-No; creo que murió en América.
-¿Ha estado allá también el Maestro?
-En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado
diez o doce falsificaciones.
-¿Será rico?
-Sí, seguramente.
-¿Y qué hace con el dinero?
-Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo
me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y
que le dejaría una fortuna.
-¿Y dónde vive ese hombre?
-Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando
la guitarra y besando el retrato de su hija.
-Sería curioso saber lo que hace.
-No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de
un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este
punto», me dije, y fui al otro día, y lo encontré. Estaba muy alegre,
jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al
día siguiente, el Cojo me dijo:
-No vuelvas donde estuviste ayer si no quieres reñir conmigo para
siempre.
Comprendí la advertencia y no he vuelto.
Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en
combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo
como quien oye un cuento.
-¿Y la Coronela? -le preguntó.
-Nada..., una pendona. Fue la querida de un relojero, que se hartó de
ella porque era una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una
tía sucia y mala.
Pío Baroja
145
-Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.
-¿Mala? Es una loba y tiene furor..., ¿sabes? Hace ignominias. Antes,
cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su
casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero que con ella, sí. Ahora
va a los cuarteles... Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está
haciendo con su hijo es todavía peor.
-¿Pues qué hace?
-Nada. Que por entretenerse, le viste de chica y le pintan, y ya no le
llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.
-¡Cristo! -murmuró Manuel, dando un puñetazo en la mesa-. Eso es
demasiado. Hay que denunciar eso.
-Calla, que viene gente -advirtió Vidal.
Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado.
Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas
y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero,
patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con
la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el
aspecto del joven decrépito.
La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el
pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con
cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño, que encuadraba su
rostro y caía sobre el pecho.
En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica;
no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y
movía nerviosamente los labios.
Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las
barbas hacía preguntas y más preguntas a la muchacha, y ésta
contestaba con gran descoco. Manuel y Vidal se pusieron a escuchar.
-¿De veras eres partidaria del amor libre? -decía el de las barbas.
-Sí.
-¿No quisieras casarte?
-Yo, no.
-Es una mujer indiferente -interrumpió el de las patillas-; no
comprende esas cosas de cariño.
-¡Bah!, no lo creo.
-Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta -murmuró el viejo con voz
aguardentosa.
-¿Y tu mujer? -preguntó ella, agitándose en la silla y mirando al viejo
con los ojos fríos y burlones.
La muchacha aquella daba la impresión de una avispa o de un bicho
con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba a decir algo, pinchaba,
y quedaba ya tranquila y satisfecha por el momento.
El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió
La lucha por la vida II. Mala hierba
146
preguntando a la muchacha:
-¿Pero tú no has querido a nadie?
-Yo, no; ¿para qué?
-Si te digo que es fría como el mármol -murmuró el de la facha de
peluquero.
-Cuando le conocí a éste -añadió ella, riéndose y señalando al de las
patillas- tenía un hombre que me había puesto un cuarto, y la patrona
de la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya
ves, ninguno notó nada.
-Es terrible -exclamó el de las barbas, llenando un vaso de vino y
vaciándolo-; no nos quieren, y nosotros, suponiendo siempre que tienen
corazón. Pero, de veras, dime de veras: ¿no has querido nunca a nadie?
-A nadie, a nadie.
-¡Si te digo que es fría como el mármol! -repitió el hombre con facha de
peluquero-. ¡Si supieras las majaderías que hice por ella! Preguntaba
tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme a hablarla; y
luego, al conseguirla, supe que era una mujer a quien se dice: «(Mañana
estás libre a tal hora?». «Sí.» «Pues mañana nos veremos.»
-Como quien avisa a un afinador de pianos -repuso el de la barba,
encontrando no se sabe qué relación entre las mujeres y los pianos-. Es
terrible -añadió; y después, con un arrebato de ira, golpeó la mesa con el
puño e hizo tambalearse los vasos.
-¿Qué te pasa? -preguntó el viejo. .
-Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento
anarquista.
-¡Bah!, yo creo que te sientes borracho -interrumpió el de las patillas.
-¡San Dios! Porque tú seas un indecente burgués dedicado a los
negocios...
-Si tú eres más burgués que yo.
El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado;
luego, dirigiéndose a la muchacha, con voz iracunda la dijo:
-Dile a este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe
callar. La culpa la tenemos nosotros, que le otorgamos la beligerancia.
-¡Pobre hombre!
-¡Idiota!
-Si eres más pesado que un artículo tuyo -gritó el de las patillas-; y
todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; pero
si no la sientes, si eres un pobre desgraciado que te reconoces a ti mismo
imbécil, si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya
has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de cualquier
parte... La palidez del de las barbas hizo callar a su contrincante, y
siguieron los tres hablando en tono tranquilo.
De pronto el viejo se puso a chillar.
Pío Baroja
147
-Pues no será una persona decente decía.
-¿Por qué no? -replicaba la mujer.
-Porque no. Será carpintero, basurero, o ladrón, o hijo de mala madre,
porque una persona decente no sé a qué se va a levantar por la mañana.
Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y
sus tres acompañantes.
-Ahora va uno a casa -murmuró el de las barbas rojas en tono
lúgubre-,arregla la cama, se mete uno dentro, enciende un pitillo, bebe
un vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.
Al salir los cuatro a la calle, Vidal fue detrás de ellos.
-Voy a enterarme quién es ella -le dijo a Manuel-. Hasta mañana.
-Adiós.
La lucha por la vida II. Mala hierba
III
La Flora y la Aragonesa - La Justa
La inauguración del Salón París
Al día siguiente, Vidal dijo a su primo que se había enterado quién era
la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir a
una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato disimulada.
Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora. Ya iba adelantando su
intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho de Manuel y de Vidal,
les invitó a los dos un domingo por la tarde a ir a una casa de la calle del
Barquillo, en donde se encontrarían mozas guapas e irían con ellas a los
Viveros. Aquella tarde fue terrible de emociones para Manuel. Fueron
Calatrava, Vidal y Manuel en coche a la tienda de modas, y les hicieron
subir a un saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora,
acompañada de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina,
verdaderamente hermosa, la cual produjo gran entusiasmo en Calatrava.
-Esperemos que venga otra -dijo Vidal.
Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó
la cortina y apareció una mujer. Era la justa, más pálida, con los ojos
más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la
espalda, y trató de salir.
-¿Por qué quieres marcharte? -preguntó Vidal.
La muchacha nada replicó.
-Bueno, vamos -dijo Calatrava.
Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba
esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la justa, y en otro
coche, Calatrava y la mujer alta de los ojos negros; se dirigieron hacia la
Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, a la Bombilla.
En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel
estuvieron callados.
La merienda fue para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava
desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué
decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo
de la vida.
149
Al anochecer, las tres parejas volvieron a Madrid y cenaron en un
cuarto del café Habanero.
Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y
milagros, menos la Justa, que calló.
Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en
la vida irregular que llevaban.
Yo entré en la vida -dijo la Flora- porque no veía otra cosa en mi casa.
No he conocido padre ni madre; viví hasta los quince años con mis tías,
que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La mayor
tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había convertido
en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una se quedara
en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la otra. Cuando
se encontraban sin dinero, escribían a una señora que tenía casa de
compromiso, acudían a la cita, y volvían con el dinero tan contentas. A
mí me querían meter en un taller, y dije yo: «No; para trabajar, prefiero
ser golfa»; y me lancé a la vida.
La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban
Petra la Aragonesa.
-Yo -dijo con voz grave- fui deshonrada por un señorito: vivía en
Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, y
también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir a
Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas.
Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos a Madrid. En la
estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos
echarnos a andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por
la plaza de los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir adónde
cae ni qué nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y
oímos el sonido de un organillo. Entramos; dos chulos se pusieron a
bailar con nosotras, y nos llevaron a una casa de la calle de San Marcos.
»Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo: «Anda,
trae el dinero que llevas y vamos a comer aquí mismo». Yo dije que nones.
Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien
puesta, con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos
invitó a quedarnos allá. Yo no quise tomar nada, y me fui. La otra le dio
todo el dinero que tenía al chulo, y se quedó. Luego, el hombre aquel la
sacaba todo el dinero y la pegaba.
-¿Y vive todavía en la casa tu compañera? -preguntó Vidal.
-No; la traspasaron a una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
-¿Para qué fue?
La Aragonesa se encogió de hombros.
-Es que las mujeres de la vida son como bestias -dijo Vidal-; no tienen
entendimiento, ni conocen sus derechos, ni nada.
-¿Y tú? -preguntó Calatrava a la justa.
La lucha por la vida II. Mala hierba
150
La muchacha se encogió de hombros y no despegó sus labios.
-Ésta será alguna princesa rusa-dijo con sorna la Flora.
-No -replicó la justa secamente-; soy lo que eres tú: una tía.
Concluyeron de cenar, y cada pareja se fue por su lado. Manuel
acompañó a la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.
Al llegar al portal, Manuel iba a despedirse, esquivando su mirada;
pero ella le dijo: «Espera». Les abrió el sereno, le dio ella diez céntimos, el
vigilante le entregó una cerilla larga, después de encenderla en la
linterna, y comenzaron a subir la escalera. A la luz de la cerilla, la
sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse
en las paredes. En el tercer piso abrió la justa una puerta con un llavín,
y pasaron los dos adentro, a un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa
encendió un quinqué de petróleo, y se sentó; Manuel hizo lo mismo.
Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No
comprendía para qué la justa le había hecho subir a su casa; se
encontraba cohibido ante ella, y no se atrevía a preguntarle nada.
Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la
dijo:
-¿Y tu padre?
-Bueno.
De pronto la justa, con una brusca transición, empezó a llorar. Debía
de sentir un gran deseo de contar a Manuel su vida, y lo hizo sollozando,
con palabra entrecortada.
El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había deshonrado
y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la abandonó
y se fue de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que marcharse al
hospital. Cuando fue su padre a San Juan de Dios y la vio boca arriba,
con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la iba a matar,
y con voz rabiosa dijo que para él su hija había muerto. Ella se echó a
llorar desconsolada; una vecina que estaba en la cama de al lado le dijo:
« ¿Por qué no te echas a la vida?». Pero ella no hacía más que llorar.
Cuando la dieron el alta fue a ver a la maestra del taller, y no la quiso
recibir. Entonces, ya a la noche, salió dispuesta a todo. Estaba en la calle
Mayor, cuando se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la
mano, y le dijo: «Anda para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre
la hizo entrar en el Gobierno civil; subieron hasta el último piso, y
pasaron por un corredor oscuro a un cuarto con luz eléctrica, lleno de
mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de algún
tiempo, un señor empezó a leer una lista, y se fueron marchando las
mujeres. No quedaron más que veinte o treinta de las más
zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas escaleras y las
encerraron en una cueva.
Allí pasé una noche desesperada -concluyó diciendo la justa-; al día
Pío Baroja
151
siguiente me llevaron a reconocimiento y me dieron cartilla.
Manuel no supo encontrar una frase de consuelo, y al ver su frialdad,
la justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después, Manuel
contó su vida tranquilamente: los recuerdos se engarzaron unos con
otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del quinqué
vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
-También es casualidad -dijo la justa.
-No; que no tendría petróleo -repuso Manuel-. Bueno, yo me voy.
Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
-¿No tienes cerillas? -preguntó ella.
-No.
Manuel se levantó, y fue tanteando; tropezó con la mesa; luego con una
silla, y se detuvo.
La Justa abrió el balcón que daba a la calle, y Manuel pudo ver algo y
dirigirse a la puerta.
-¿Tienes la llave de la casa? -dijo.
-No.
-Y entonces, ¿cómo voy a salir?
-Tendremos que llamar al sereno.
Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.
Esperaron a que se viera el farolillo del sereno.
La justa se acercó mucho a Manuel; éste le pasó el brazo por el talle.
Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la oscuridad
hacia la alcoba.
Había que aceptar las cosas tal como venían. Manuel prometió a la
Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos
cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la justa lloró
emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes
de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo
único que hizo fue ir a vivir con la Justa. A veces los dos sentían una
repugnancia grande por la vida que llevaban, y refrían y se insultaban
por cualquier motivo; pero en seguida hacían las paces.
Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de
vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés,
colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas
tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.
Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al
entrar en la casa y al subir las escaleras sola, sentía un miedo y un
remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de
la conciencia.
Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba
junto a él, sin despertarle, temblando de frío.
Manuel se iba acostumbrando a aquella vida y a sus nuevas
La lucha por la vida II. Mala hierba
152
amistades; no se atrevía a intentar un cambio de postura por pereza y
por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de
paseo a los Cuatro Caminos y a la Puerta de Hierro, y cuando no refrían,
hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida, que vendría para ellos
sin esfuerzo, como una cosa providencial.
Durante este invierno, los dueños del Círculo instalaron en la planta
baja, en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las
bellezas sensacionales que habían de exhibirse aparecieron las
bailarinas y cupletistas de más nombre: las Dalias, Gardenias,
Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de
Chuchita, la hija de la Coronela. Ésta trataba de explotar a su niña como
empresaria y como madre. El día de la representación, la madre hizo que
la claque ocupara todas las localidades. Vidal, El Cojo y Manuel se
acomodaron en las primeras filas de sillas, en calidad de alabarderos.
-Aplaudirán ustedes, ¿eh? -preguntó la Coronela.
-Descuide usted -dijo Calatrava-; y al. que no le guste, mire usted qué
argumento le traigo y mostró su garrote.
Después de un magnetizador salió Chuchita, en medio de una salva de
aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar
un tango, sacaron al escenario una gran cantidad de guirnaldas de flores
y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la
Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los
cuales había dos amigos de Álex, el escultor, y fueron juntos a dar la
enhorabuena al padre de la Chuchita.
Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al
cuarto del Coronel. Éste, metido en la cama, fumaba tranquilamente.
Entraron todos en la alcoba.
-Que sea enhorabuena, mi Coronel.
El hombre del pundonor militar recibía los plácemes, sin notar la sorna
que aquello significaba.
-¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado? -preguntaba el padre desde su
cama.
-Muy bien; al principio, un poco tímida; luego se soltó.
-Si las bailarinas son como los militares: en cuanto llegan al terreno se
crecen.
Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase con risas
burlonas; se despidieron del Coronel, y volvieron de nuevo al Salón París.
La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas
las tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama, se
preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.
Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el
torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al
torero para que el debut de Chuchita fuera para ella del todo agradable...
Pío Baroja
153
La apertura del Salón París dio ocasiones a Manuel y a Vidal de nuevos
conocimientos.
Éste se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que
alcahueteaba por el teatro, y el chiquillo llevó a Vidal y a Manuel a los
cuartos de las bailarinas.
Cuando la justa se enteró de las amistades de Manuel, le armó un
escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de
Manuel insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un
chulo que vivía a sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando
armaba un escándalo de éstos, Manuel, resignado, se encogía de
hombros, y la justa sumida momentáneamente en la mayor
desesperación, se tiraba a lo largo en el suelo y se quedaba inmóvil, como
muerta. Luego se le pasaba el arrechucho, y tan tranquila.
La lucha por la vida II. Mala hierba
IV
Un fusilamiento - En el puente del Sotillo - El destino
Una noche de agosto salían del teatro Eldorado Manuel, Vidal, la Flora
y la justa, cuando dijo Vidal:
-Hoy fusilan a un soldado. ¿Queréis que vayamos a verlo?
-Sí, vamos -contestaron la Flora y la justa.
Hacía una noche hermosa y templada.
Subieron a la calle de Alcalá, y entraron en Fornos. A eso de las tres
salieron del café, y en una manuela se dirigieron al lugar de la ejecución.
Dejaron el coche frente a la cárcel Modelo.
Era demasiado temprano; aún no habla amanecido.
Dieron la vuelta a la cárcel, metiéndose por una callejuela con una
zanja abierta en la arena, hasta salir a los desmontes próximos a la calle
de Rosales. Tenía el edificio de la cárcel Modelo, visto desde aquellos
campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta
en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de
cuando en cuando un alerta largo, que producía una terrible impresión
de angustia.
-¡Qué triste es esta casa! -murmuró Vidal-. ¡Y cuánta gente habrá ahí
encerrada!
-¡Psch..., que los maten! -replicó la justa con indiferencia.
Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la justa.
-¿Pa qué roban? -replicó ésta.
-Y tú, ¿por qué...?
-Yo, para comer.
-Pues ellos también para comer.
La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.
Había ido con la hija de la portera de su casa.
Allí estaba el patíbulo y señaló el centro de una tapia frente a una
capilla-. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida
de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar
ya muerta de espanto; la sentaron en el banquillo, y el cura con una cruz
alzada se puso delante de la Higinia; la ató el verdugo con unas cuerdas
155
por los pies, sujetándola las faldas; luego la tapó la cara con un pañuelo
negro, y poniéndose detrás de ella, dio de prisa dos vueltas a la rueda;
en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raída sobre
el palo.
Después -terminó diciendo la Flora-, la otra chica y ella tuvieron que
echar a correr, porque los guardias civiles dieron una carga.
Vidal, al oír tan minuciosas descripciones, palideció.
-Estas cosas me matan -dijo, poniéndose una mano sobre el corazón.
-¿Para qué has querido venir? -le preguntó Manuel-. ¿Quieres que nos
volvamos?
-No, no.
Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había
un grupo de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba
en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de
caballería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se
detuvo el escuadrón frente a la cárcel.
-A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte -decía un
vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía de
parecer en extremo desagradable.
-Hacia San Bernardino es donde lo fusilan -anunció un golfo.
Todos echaron a correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes
próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había
un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en
coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espacio
despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del
cuadro a la carrera; bajaron tres figuras que parecían muñecos; los dos
de a los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al
soldado.
-¡Bajad las cabezas -decían los del público, los que estaban atrás-, que
veamos todos!
Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se
pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente,
porque, moviéndose de lado, como un animal de muchas patas,
anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del
desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de
mando: los fusiles apuntaron.
-¡Bajad las cabezas! -gritaron otra vez con acento irritado los que se
hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
-Es el golpe de gracia -murmuró Vidal.
Todo el mundo echó a andar hacia Madrid; se oyó estrépito de
tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban
Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros cuando oyeron
La lucha por la vida II. Mala hierba
156
otra detonación.
-Se conoce que no había muerto -añadió Vidal, más pálido.
Estaban los cuatro preocupados.
-¿Sabes? -dijo Vidal-. Se me ha ocurrido una cosa para quitarnos la
mala impresión de esto: irnos a merendar esta tarde.
—¿Adónde? -preguntó Manuel.
-Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te
parece?
-Muy bien.
-¿La Justa no tendrá nada que hacer?
-No.
-Bueno. Pues, entonces, al mediodía estamos todos en el merendero de
la señora Benita, que está cerca del embarcadero y del puente del Sotillo.
-Convenido.
-Ahora vamos a dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa, y fueron al
merendero; todavía no había llegado nadie.
Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada.
Compró diez céntimos de cacahuetes y se puso a comerlos.
-¿Quieres? -le dijo a Manuel.
-No; se me meten en las muelas.
-Pues y o tampoco y los tiró al suelo.
-¿A qué los compras para tirarlos?
-Me da la gana.
-Bueno, haz lo que quieras.
Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa,
impacientada, se levantó.
-Me voy a casa -dijo.
-Yo voy a esperar -replicó Manuel.
-Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
Manuel se encogió de hombros.
-Y que te den morcilla.
-Gracias.
La Justa, que iba a marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava
con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una guitarra.
Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y
bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida
de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de
hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y
provocativa, comenzó a reírse de la mujer gorda; la otra contestó con
despreciativo retintín y recalcando la palabra:
-Estos pericos...
Pío Baroja
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-¡La tía gamberra! -murmuró la Justa, y cantó a media voz,
dirigiéndose a la chata, este tango:
-¡Indecente! -gruñó la gorda.
El hombre con facha de gitano se acercó a Manuel para decirle que
aquella señora (la justa) estaba faltando a la suya, y que él no podía
permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, a pesar de esto,
contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de
muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se
había faltado a nadie, y se arregló la cuestión. Pero la justa estaba con
humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros,
desvergonzado por razón de oficio.
-Calla, ¡leñe! -gritó Calatrava, dirigiéndose a la justa-, y tú calla
también -lijo al organillero-, porque si no te voy a arrimar un estacazo.
-Vamos nosotros adentro -indicó Vidal.
Pasaron las tres parejas a un cobertizo con mesas y bancos rústicos y
un barandado de palitroques que daba al Manzanares.
En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y
entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla a
otra.
Trajeron la comida, pero la justa no quiso comer, y a las preguntas que
la hicieron no contestó; y luego, sin saber por qué, empezó a llorar
amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se
tranquilizó y quedó alegre y jovial.
Comieron allá opíparamente y salieron un momento a bailar a la
carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al
Bizco por delante del merendero.
-¿Será él? ¿Qué buscará por aquí? -se preguntó.
Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un
cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo
rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de
Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad,
macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo e incendiando
todo lo que se le ponía por delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con
entusiasmo. De pronto, Calatrava calló, pensativo, como si algún
recuerdo triste le embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran
sentimiento, después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia,
cortando las frases para dar más intención y poniendo la mano en la
La lucha por la vida II. Mala hierba
158
Eres más fea que un perro de presa,
y a presumida no hay quien te gane.
boca de la guitarra, para detener a veces el sonido. La Flora marcó unas
cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano,
cantaba:
Luego fue Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabia puntear
como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos
cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un
país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los
negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de
los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas a los ojos,
el recuerdo de la derrota..., algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo
muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oír aquellas canciones la idea grande, fiera y
sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia,
con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de
la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las
coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
Pío Baroja
159
¡Ze coman los mengues
mardita la araña
que tie en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Ay! Malhaya la araña
que a mí me picó.
Pinté a Matansa, confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podio pintá
el nido de la lechusa,
Yo pinté por donde crusa
un beyo ferrocarrí,
un machete y un fusí
y una lancha cañoera,
y no pinté la bandera
por la que voy a morí.
No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes
que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...
Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las
últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes encendidas como dragones
de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la
línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia poniente se llenaba
de llamas.
Luego oscureció: fue ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla a otra, pasaban
mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún
merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
Vidal salió del cobertizo.
-Ahora vengo -erijo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se
levantaron.
-¿Ha sido Vidal? -preguntó la Flora.
-No sé -dijo Calatrava, dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que
daba al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban
a brazo partido. Uno de ellos era Vidal; se le conocía por el sombrero
cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dio un grito de terror; poco
después los dos hombres se separaron y Vidal cayó a tierra, de bruces,
en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió de
asestarle diez o doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó a la otra
orilla y desapareció.
Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se
acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto a
él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró
del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.
Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el
pecho sobre el corazón.
-Está muerto -dijo tranquilamente.
Manuel miró el cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde
se reflejaban en los ojos, muy abiertos. Calatrava puso el cadáver en la
misma posición que lo había encontrado. Volvieron al merendero.
-¡Hala!, vámonos -dijo Marcos.
-¿Y Vidal? -preguntó la Flora.
-Ha espichado.
La Flora comenzó a chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del
brazo y la hizo enmudecer.
-Vaya..., ahuecando -dijo, y con gran seriedad pagó la cuenta, cogió la
La lucha por la vida II. Mala hierba
160
guitarra y salieron todos del merendero.
Había oscurecido; a lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se
destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el poniente
por grandes fajas moradas y verdosas; las estrellas comenzaban a lucir
y a parpadear con languidez; el río brillaba con reflejo de plata.
Pasaron silenciosos el puente de Toledo, cada uno entregado a sus
pensamientos y a sus temores. Al final del paseo de los Ocho Hilos
encontraron dos coches; Calatrava, la Aragonesa y la Flora entraron en
uno; la Justa y Manuel, en otro.
Pío Baroja
V
El calabozo del juzgado de guardia - Digresiones
La declaración
Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con
ansiedad los periódicos; contaban todo lo pasado en el merendero; las
señas de cada uno de los comensales venían claras; se había identificado
el cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de
cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una
muerte cometida en el camino de Aravaca.
El pánico de la Justa y de Manuel fue grandísimo; temían que les
considerasen complicados en el crimen, que les llamasen a declarar; no
sabían qué hacer.
Después de pensar mucho decidieron como lo más cuerdo mudarse de
casa e ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando
habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo,
próxima al Tercer Depósito, en Vallehermoso.
La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones que daban a
un descampado o solar donde tallaban los canteros grandes piedras.
Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos sueltos,
residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en donde
vivían el guarda y su familia.
Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se
ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal o
por un impulso intimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar
una vida nueva: buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de
Chamberf. Era muy violento para él estar encerrado todo el día en la
imprenta; pero la misma violencia que tenía que hacer le animaba a
perseverar. La Justa, en cambio, se aburría, se hallaba continuamente
malhumorada y triste.
A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver a casa Manuel,
se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche,
inquieto; no apareció.
Al día siguiente, cuando vio que no volvía, se echó a llorar. Comprendió
que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado
a creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.
162
Los días anteriores le había oído a la Justa quejarse de dolores de
cabeza, de falta de apetito, de marcharse de allá; pero no sospechaba en
aquella resolución, no creía que le iba a abandonar así, tan fríamente.
¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto
inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía
triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus tejados
rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio
y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y
majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían
vagamente notas alegres de los organillos.
Manuel se sentó en la cama, pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos,
cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma!
Estaba al principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni
una esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué?
Componer y componer columnas de letras de molde, ir y venir a casa,
comer, dormir, ¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración.
Miraba la tarde del domingo alegre, inundada de sol; el cielo azul, las
torrecillas lejanas.
Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban a la
puerta, cada vez más fuerte.
«¿Será la justa? -pensó-. No puede ser.»
Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se
presentaron dos hombres.
-Manuel Alcázar -le dijo uno de ellos-, quedas detenido.
-¿Por qué?
-El juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
-¿Me van a atar? -preguntó Manuel.
-Si no haces tonterías, no. ¡Hala!, vamos.
Bajaron los tres a la calle y salieron al paseo de Areneros.
-Tomaremos un tranvía -dijo uno de los polizontes.
Entraron; venían atestados de gente y fueron los tres en la plataforma.
Al llegar a la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos o tres
calles, aparecieron frente a las Salesas; de aquí torcieron una esquina,
se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de éste
hicieron entrar a Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
Dicen que la soledad y el silencio son como el padre. y la madre de los
pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio,
no encontró la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar,
no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio en donde
sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala
silla ni una mala banqueta en el calabozo. Se sentía abatido y cansado,
y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una
Pío Baroja
163
claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.
-Han encendido luz -se dijo Manuel-. Habrá oscurecido.
Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
-Ande usted, que si no le va a salir peor cuenta —decía una voz grave.
-Pero si yo no he sido, señor guardia; si yo no he sido -replicaba una
voz suplicante-; déjeme usted ir a casa.
-¡Hala! Adentro.
-¡Por Dios! ¡Por Dios! Yo no he sido.
-Adentro.
Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo;
después, el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió
clamando con pesada monotonía:
-Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido...
-Pues, señor, ¡vaya una lata! -se dijo Manuel-. Si está toda la noche así,
me va a divertir.
Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco a poco y
debieron de terminar en silencioso llanto. Se oían en el corredor los
pasos rítmicos de alguno que iba y venía.
Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro,
aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada;
lo único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.
Tal carencia de ideas le condujo como de la mano a un sueño
profundo, que quizá no duró más que un par de horas, pero que a él le
parecieron un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no
había perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fue
para él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró
fuerte, dispuesto a cualquier cosa.
Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.
Llamó discretamente a la puerta del calabozo.
-¿Qué quiere usted? -le dijeron de fuera.
-Quisiera salir un rato.
-Salga usted.
Salió al pasillo.
-¿Podría traerme alguno un café? -preguntó a un guardia.
-Pagándolo...
-Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una
cajetilla.
Entregó al guardia dos pesetas.
-Ahora van -dijo éste.
-¿Qué hora es? -preguntó Manuel.
-Las doce.
-Si no fuera porque tengo que estar en este rincón, le invitaría a tomar
café conmigo; pero...
La lucha por la vida II. Mala hierba
164
-Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.
Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un
pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
-Llévese usted un banco de éstos para dormir.
Manuel cargó con uno y se echó a la larga. El día anterior, libre, se
encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los
proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro; la
imaginación aletea en la oscuridad como los pájaros nocturnos; como
ellos, también se refugia en las ruinas.
Manuel no durmió, pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la
mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la
puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
Le irían a llevar ante el juez. ¿Qué iba a contestar? Idearía un plan:
una casualidad le había llevado al puente del Sotillo; no conocía a
Calatrava; pero ¿y si le careaban con ellos? Se iba a embarullar. Lo mejor
era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, por favorecer su
causa: le conocía a Calatrava por su primo; le veía de cuando en cuando
en el salón; él trabajaba en una imprenta..
Estaba ya decidido a seguir este plan cuando entró un guardia.
-Manuel Alcázar.
-Servidor.
-Anda, al despacho del juez.
Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.
-¿Da usted su permiso? -dijo el guardia.
-Adelante.
Pasaron a un despacho con dos grandes ventanas, por donde se veían
los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez, sentado en un
sillón de alto respaldo. Frente a la mesa había un armario de estilo gótico
lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones de
papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y
firmaba de prisa.
Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez
y le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una
mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:
«Hay que decir la verdad; si no, me la arrancarán y será peor.» Con esta
decisión se sintió más tranquilo.
-Acérquese usted -dijo el juez.
Manuel se acercó..
-¿Cómo se llama usted?
-Manuel Alcázar.
-¿Cuántos años tiene?
`Veintiuno.
Pío Baroja
165
-¿Qué oficio?
-Cajista.
-¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?
-Sí, señor.
-Si así lo hace, Dios se lo premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo
usted el día del crimen?
-La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos a ver cómo
fusilaban a un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y a las
once fui con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos
habíamos citado con Vidal.
-¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?
-Era su primo.
-¿Riñó usted alguna vez con él?
-No, señor.
-¿Cómo ha vivido usted hasta el día que murió Vidal?
-He vivido del juego.
-¿Qué hacía usted para vivir del juego?
-Jugaba el dinero que me daban en el Círculo de la Amistad, y
entregaba las ganancias unas veces a Vidal, otras a un cojo que se llama
Calatrava.
-¿Qué cargos desempeñaban en el Circulo Vidal y ese cojo?
-El Cojo era secretario del Maestro, y Vidal, secretario del Cojo.
-¿Cómo se llama el Cojo?
-Marcos Calatrava.
-¿Por quién le conoció usted al Cojo?
-Por Vidal.
-¿En dónde?
-En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.
-¿Cuánto tiempo hará de esto?
-Un año.
-¿Quién le llevó a usted al Círculo de la Amistad?
-Vidal.
-¿Conoce usted a un sujeto apodado el Bizco?
-Sí, señor.
-¿De dónde le conoce usted?
-De que era amigo de Vidal cuando chico.
-¿No era amigo también de usted?
-Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.
-¿Por qué?
-Porque me parecía malo.
-¿Qué entiende usted por esto?
-Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y
martirizaba al que era más débil que él.
La lucha por la vida II. Mala hierba
166
-¿Usted tiene una querida?
-Sí, señor.
-¿Es una mujer pública?
-Sí, señor -tartamudeó Manuel, temblando de dolor y de ira.
-¿Cómo se llama?
-Justa.
-¿Dónde vive?
-No sé; se marchó de mi casa anteayer.
-¿Dónde la conoció usted?
-En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.
-¿Cómo se llama ese trapero?
-El señor Custodio.
-¿Fue usted el que impulsó a su querida a prostituirse?
-Yo, no, señor.
-Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?
-No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su
casa; luego, cuando la vi por segunda vez, era ya mujer pública.
Al decir esto, a Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por
salir de sus ojos.
El juez le contempló fríamente.
-¿Quién le propuso ir al merendero del puente del Sotillo?
-Vidal.
-¿Vio usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?
-Sí, señor.
-¿No le chocó?
-Sí, señor.
-¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado a una mujer en el
camino de Aravaca?
-Eso me dijo Vidal.
-Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez
con él?
-No, señor.
-¿Nunca?
-No, señor.
-Tenga cuidado con lo que dice -y el juez clavó su mirada en Manuel-.
¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?
-No, señor y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.
-¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?
-Sí, señor.
-¿Cómo no le comunicó la noticia a Vidal?
-Porque mi primo me habla dicho que no le hablara del Bizco.
-¿Por qué?
-Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.
Pío Baroja
167
-Cuando vio usted que iba a salir, ¿cómo no le advirtió usted que podía
estar el Bizco?
-No se me ocurrió.
-¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?
-Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y el Cojo, y desde
allá vimos a Vidal y al Bizco en la islilla en que peleaban.
-¿Cómo conoció usted que eran ellos?
-Por el grito de Vidal, y, además, porque llevaba un sombrero cordobés
blanco.
-¿Qué hora sería cuando sucedió esto?
-No sé a punto fijo. Estaba anocheciendo.
-¿Cómo conoció usted al Bizco?
-No le conocí; pensé que era él.
-¿Llevaba dinero Vidal?
-No lo sé.
-¿Cuánto duró la lucha?
-Un momento.
-¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
-No, señor. A poco de asomarnos al balcón cayó Vidal al suelo y el otro
se metió en el río y se fue.
-Está bien; ¿qué pasó después?
-El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, salimos al río y nos
acercamos a la isla. El Cojo le cogió la mano a Vidal y dijo: «Está muerto».
Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.
El juez se volvió al escribiente.
-Luego le leerá usted la declaración y que la firme.
Llamó al timbre y apareció el guardia.
-Que siga en el calabozo.
Manuel salió del despacho erguido. Le hablan llegado al alma algunas
de las frases del juez, pero estaba satisfecho de su declaración; no le
habían llegado a embrollar.
Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
«El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto
o muy malo. En fin, esperemos.»
Al mediodía abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres.
Uno era Calatrava; el otro, el Garro.
-Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido -dijo
Calatrava.
-Ya ve usted, aquí me tiene.
-¿Has declarado?
-Sí.
-¿Qué has dicho?
-Toma, ¡qué voy a decir! La verdad.
La lucha por la vida II. Mala hierba
168
-¿Has hablado de mí?
-No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
-Rediós, ¡qué bestia eres!
-No; que voy a pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se
pasean por la calle.
-Merecías estar aquí siempre -exclamó Calatrava-, por panoli, por
boceras.
Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava
y el Garro, y salieron del calabozo.
Volvió Manuel a tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y
entró un guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.
-¿Quién me manda esto? -preguntó Manuel.
-Una muchacha que se llama Salvadora.
Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le
quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.
Pío Baroja
VI
Lo que pasaba en el despacho del juez - La Casa de Canónigos
Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió e
hizo sonar inmediatamente un timbre.
-¿Quién ha traído estas cartas? -preguntó el juez de guardia.
-Un lacayo.
-¿Hay por ahí algún agente?
-Está el agente Garro.
-Que pase.
Entró el agente y se acercó a la mesa del juez.
-En estas cartas -le dijo éste- se hace referencia a la declaración que
ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la
declaración que ha dado?
-No lo sé.
-¿Ha hablado ese muchacho con alguno?
-Con nadie -dijo tranquilamente el Garro.
-En esta carta, dos señoras a quienes el ministro no puede negar nada,
le piden a él, y él me pide a mí, que eche tierra a este asunto. ¿Qué
interés pueden tener estas señoras en ello?
-No sé. Si supiera quiénes son, quizá...
-Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.
-Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo donde estaba
empleado el muchacho tienen interés en que no se hable de la casa de
juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado a esas
señoras, y esas señoras, al ministro.
-¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?
-La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con
el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.
-¿Y la marquesa?
-Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que últimamente
su querido era Ricardo Salazar.
-¿El ex diputado?
-Sí, un golfo completo. Hace uno o dos años, cuando las relaciones de
170
Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de
cuando en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de
usted dirigida a su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas
íntimas bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas enviaré la carta
a su marido». Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que
por consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al
hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo
Ricardo Salazar.
-¿Del amante?
-Sí.
-¡Vaya un caballero!
-Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
-¿Al descubrirse el enredo de la carta?
-No; eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía
dinero que la marquesa no pudo o no quiso darle. Salazar debía tres mil
duros a la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: «Deme usted las
cartas de la marquesa y no me debe usted nada». Ricardo se las dio, y la
marquesa ha quedado entregada de pies y manos a la Coronela y a sus
socios.
El juez se levantó de la silla y paseó lentamente por el despacho.
-Hay, además -dijo-, un besalamano del director de El Popular, en que
me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito
y el propietario del periódico?
-Que es socio. En el caso de que se descubriera el garito, el periódico
haría una campaña fuerte contra el Gobierno.
-¡Quién hace justicia de este modo! -murmuró el juez, pensativo.
El Garro contempló al juez irónicamente.
Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.
-¿Da usía su permiso? -preguntó un escribiente.
-¿Qué hay?
-De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme
a sus deseos.
-Que sí, dígale usted que sí -contestó el juez, malhumorado. Luego se
volvió hacia el agente-. Este muchacho preso, ¿no tiene participación
ninguna en el crimen?
-Absolutamente ninguna -contestó el Garro.
-¿Es primo del muerto?
-Sí, señor.
-¿Y conoce al Bizco?
-Sí; ha sido amigo suyo.
-¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?
-De eso yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
-Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda? Andará
Pío Baroja
171
escondido por las afueras.
-¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?
-El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere
usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis órdenes,
el Bizco antes de ocho días está en la cárcel.
Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta y se la
entregó a Garro.
Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo a.
Manuel.
-¿Hay que declarar otra vez? -preguntó el muchacho.
-No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
Salieron a la calle. A la puerta del juzgado vio Manuel a la Fea y a la
Salvadora; pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
-¿Estás ya libre? -le dijeron.
-Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
-Lo hemos leído en el periódico -contestó la Fea-, y a ésta se le ocurrió
traerte la comida.
-¿Y Jesús?
-En el hospital.
-¿Qué tiene?
-El pecho. Ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón
del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
-Bueno.
-Adiós, ¿eh?
-Adiós, y muchas gracias.
Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal
adornado con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
-¿Qué es esto? -preguntó Manuel.
-Ésta es la Casa de Canónigos.
Recorrieron un pasillo con las mamparas negras, y en un cuarto donde
escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
-Ahí fuera debe de estar -le dijeron.
Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y
venían de prisa; otros, quietos, esperaban. Eran éstos obreros
desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma
de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.
Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos
o casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que
pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia a través
de sus gafas; era el escribano, menos grave, más jovial, que llamaba a
uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y
volvía a salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus
pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.
La lucha por la vida II. Mala hierba
172
Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero
de la justicia aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas,
el prestamista, el casero...
Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les
arreglaban sus asuntos; daban un carpetazo a los procesos molestos,
arreglaban o empeoraban un litigio y mandaban a presidio o sacaban de
él por poco dinero.
¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de
aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al
pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad
haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las
monedas...
El Garro encontró al Gaditano, a quien buscaba, y le llamó:
-Oye, tú has tomado las declaraciones a este chico, ¿verdad?
-Sí.
-Pues haz el favor de poner que no sabe quién fue el que mató a su
primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su
libertad.
-Bueno. Pasad a la escribanía.
Entraron en un cuartucho estrecho, con una ventana en el fondo. En
una de las paredes largas del cuarto había un armario, y encima una
porción de cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una
bicicleta.
Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso a escribir
rápidamente.
-Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos
es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
-Eso es -dijo el Garro.
bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
Se despidió el agente del Gaditano y Manuel y el Garro salieron a la
calle.
-¿Ya estoy libre? -preguntó Manuel.
-No.
-¿Por qué no?
-Té han dejado libre con una condición: que ayudes a buscar al Bizco.
-Yo no soy de la policía.
-Bueno, pues escoge: o ayudas a buscar al Bizco, u otra vez vas al
calabozo.
-Nada; ayudaré a buscar al Bizco.
Pío Baroja
VII
La Fea y la Salvadora - Ortiz - Antiguos conocidos
Salieron los dos por la calle del Barquillo a la de Alcalá.
«No me vuelven a coger», pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que
tan tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil
no tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.
-Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre -exclamó
Manuel.
-¿Por quién te han puesto libre? Por mí -contestó Garro.
Manuel no contestó.
-Y ahora, ¿adónde vamos? -preguntó.
-Al Campillo del Mundo Nuevo.
-Entonces tenemos camino largo.
-En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.
Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron
por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha, ya
en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron.
Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.
En la primera puerta abierta entró el Garro y preguntó con voz
autoritaria:
-¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?
Del fondo de un rincón oscuro, en donde trabajaban dos hombres
cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:
-¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.
Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una
caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la
echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de
cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las
abrían y en una de las planchas aparecía el barquillo, como una oblea
redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo
colocaba en una caja.
-¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz? -preguntó
de nuevo el Garro.
174
-Ortiz -dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada-. Sí, aquí
vive. Es el administrador.
Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.
-Pues si es el administrador -dijo el que trabajaba-, hace un momento
estaba en el patio.
Salieron el Garro y Manuel al patio y el agente vio al guardia en la
galería del piso primero.
-¡Eh, Ortiz! -le gritó.
-¿Qué hay? ¿Quién me llama?
-Soy yo, Garro.
Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
-¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae a usted por aquí?
-Este muchacho es el primo de ese que han matado en el puente del
Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco.
¿Quieres encargarte de la captura?
-Hombre... Si me lo mandan...
-No; la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una carta
aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de la
captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
-Tiempo hay de sobra.
-Entonces, ahora voy a dejar la carta a tu coronel.
-Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
-Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.
-Está bien.
-¿No hay más que decir?
-Nada.
-Pues adiós, y buena mano derecha.
-Adiós.
El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.
-Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes
-le dijo el cabo a Manuel.
El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era
un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas
salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba
mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz
profunda en la mejilla.
Vestía de paisano, traje oscuro y gorra. En su figura había algo de lo
agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.
-¿No me va usted a dejar salir? -preguntó Manuel.
-No.
-Tenía que ver a unas amigas.
-Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas? Algunas golfas...
-No; son las hermanas de un cajista, compañero mío, que fueron mis
Pío Baroja
175
vecinas en el parador de Santa Casilda.
-¡Ah! , pero ¿tú has vivido allí?
-Sí.
-Pues yo también. Las conoceré.
-No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
-La Fea.
-Sí.
-La conozco. ¿Dónde vive?
-En el callejón del Mellizo.
-Aquí mismo está. Vamos a verla.
Salieron de la casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del
Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en
su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruido por
grandes losas, puestas unas encima de otras, más que una casa grande
en el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos
cañís con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y
gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
Preguntaron a un gitano por la Fea, y les indicó el número 6 del piso
segundo.
En la puerta del cuarto, en un letrero escrito en una cartulina, ponía:
«Se cose a máquina».
Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
-Éste es el hermano de la Salvadora -dijo Manuel.
Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes
muestras de alegría y saludó a Ortiz.
-¿Y la Salvadora? -preguntó Manuel.
-En la cocina; ahora viene.
El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos
rayos del sol poniente.
-Debe de ser muy alegre este cuarto -dijo Manuel.
-Entra el sol desde que sale hasta que se marcha -contestó la Fea-.
Queremos mudarnos; pero no encontramos cuarto parecido a éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser
nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
-¿Y Jesús, en el hospital?
-En la clínica de San Carlos -dijo la Fea.
No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le
habrían cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al
hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar
de alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa.
Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a máquina.
-¿Te quedarás a cenar con nosotros? -le preguntó la Fea a Manuel.
La lucha por la vida II. Mala hierba
176
-No, no puedo; no me dejan.
-Si vosotras me aseguráis -saltó diciendo Ortiz- que cuando le avise a
este hombre, vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.
-Sí, pues se lo aseguramos a usted-dijo la Fea.
-Bueno; entonces me voy. Mañana, a las nueve en punto, en mi casa.
¿Estamos?
-Sí, señor.
-Con exactitud militar.
-Con exactitud militar.
Se fue Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque
éste la miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el
hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel
y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y
de su tía, como le llamaba a la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una
bordadora de la vecindad, y Manuel se encontró con dos antiguos amigos
suyos: el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado su entusiasmo de gimnasta y se había hecho
capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto a otro, y le había
sustituido al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía
periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde pegaba
anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria,
no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los
domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el
Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía
tres o cuatro novias, y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y
manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador
en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy
agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vio o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y la
llamaba repetidas veces Joaquina como era su nombre. La Fea, al verse
galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fue a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto
la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de
San Francisco.
Pío Baroja
VIII
La pista del Bizco - Las afueras - El ideal de Jesús
Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las
nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
-Así me gusta -le dijo el cabo-. Con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver, que metió en el cinto; de un bastón, que
sujetó al puño con una correa, y de una cuerda; entregó un garrote a
Manuel y salieron los dos.
Vamos por estos cafetines -dijo el guardia a Manuel-, y tú mira bien si
está el Bizco.
Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había
sido también, y el instinto de persecución era en él tan fuerte como en
los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en
lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró
en el Orden público.
-He hecho más servicios que nadie -dijo-; pero no me ascienden porque
no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más
ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.
Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca
allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su
trabuco. Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de
vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las
mesas.
-No hay nada de lo que buscas -dijo el tabernero al policía.
Ya veo que no, tío Pepe —contestó Ortiz, y sacó dos monedas para
pagar.
-Está pagao -replicó el tabernero.
-Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.
-Vamos al café de Naranjeros -dijo el polizonte-,aunque por aquí no es
178
fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando
con las cantaoras Ortiz, desde la puerta, gritó:
-¡Eh, Tripulante! , haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.
-¿Tú no conoces a un randa a quien llaman el Bizco?
-Sí, creo que sí.
-¿Anda por estos barrios?
-No, por aquí no.
-¿De veras?
-De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
-Te creo, hombre; ¿por qué no? Oye, Tripulante -añadió Ortiz,
agarrando del brazo al muchacho-. Ojo, ¿eh?, que te vas a caer.
El Tripulante se echó a reír, y poniéndose el dedo índice de la mano
derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
-¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cavará !
-Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.
-Descuide usted, señor Ortiz -replicó el muchacho-; se filará.
Salieron el guardia y Manuel del café.
-Éste es uno del ful listo como un condenado. Vamos hacia abajo;
quizá el Tripulante tenga razón.
Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada;
brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del
Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un
monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar con
su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a
las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a
boca con el sereno.
Ortiz le dijo a lo que iban y le dio las señas del Bizco; pero el sereno les
advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
-Preguntaremos, si ustedes quieren.
Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno
de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A
la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veta un
viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado, dos muchachos y una
chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
-Aquí hay una familia que no conozco -dijo el sereno, y llamó a la
puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
-¿Quién es? -dijo de adentro una voz de mujer.
-La autoridad —contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y
pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un
Pío Baroja
179
camastro hecho de harapos y papeles dormía una mujer ciega. El sereno
metió el chuzo por debajo de la cama.
-Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
-Ahí, en las Cambroneras, vivió el Bizco durante algún tiempo -dijo
Manuel.
-Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que
hala! -repuso Ortiz-. Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a
los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba
en el agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas
salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los
silbidos de un tren; en la dehesa del Canal, los árboles torcidos
destacaban su silueta negra en el ambiente oscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el
Bizco.
-Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos
mañana?
-En la taberna de la Blasa.
-Bueno. Allí iré a las tres.
Volvieron a pasar por el puente y entraron en Casa Blanca.
-Veremos al administrador -dijo Ortiz.
Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya
puerta entornada salía la luz, llamaron. Un hombre en mangas de
camisa salió al portal.
-¿Quién es? -gritó.
Ortiz se dio a conocer.
-Aquí no está ése -contestó el administrador-. Estoy seguro; tengo
todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas, y
Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas
tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas
cerradas.
Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde
habían encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y
el sereno de éste y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.
-Este sereno es un barbián -dijo Ortiz-; ha acabado con los matones de
las Peñuelas a garrotazos.
Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que
podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el
Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fue
a su casa.
Por la mañana temprano marchó a la imprenta, y al advertir que por
La lucha por la vida II. Mala hierba
180
la tarde no podría ir, le despidieron.
Manuel fue a comer a casa de la Fea.
-Me han despedido de la imprenta -dijo al entrar.
-Habrás ido tarde -saltó la Salvadora.
-No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y lo
he advertido en la imprenta y me han despedido.
-Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar a hacer nada -dijo
la Fea.
La Salvadora sonrió irónicamente, y Manuel sintió que se le enrojecía
la cara.
-No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
-Si yo no he dicho nada, hombre -replicó burlonamente la Salvadora.
-Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado; fue a buscar a Ortiz y, reunido
con él, bajó a las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron en la
puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía enfrente
dormían los hombres tumbados a las puertas de sus casas; las mujeres
correteaban de un lado a otro con las haraposas faldas recogidas,
chapoteando los pies en la alcantarilla maloliente que corría por en
medio de la calleja como un arroyo negro. Algunas de aquellas mujeres
llevaban la colilla en la boca. Las ratas, grandes, grises, corrían por
encima del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían a palos y a
pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el
sereno de las Cambroneras. Saludó a Ortiz, tomaron unas copas los dos,
y el sereno dijo:
-Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos
barrios. Él cree que debe estar en la Manigua, en la California o por ahí.
Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista.
Ortiz se levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron a la glorieta del
puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron a andar por la
carretera de Andalucía. Por allá había ido a merendar días antes Manuel
con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las
puertas de los merenderos; algunos conocían a Ortiz y le invitaban a
tomar una copa.
Llegaron a una barriada, próxima al río, de chozas míseras, sin
chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de
mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
-Éste es el tejar de Matapobres -dijo Ortiz.
En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus
familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos,
amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes
Pío Baroja
181
brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al
Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este
poblado apareció otro, sobre un altozano, constituido por casuchas con
sus corrales.
-El barrio de los Hojalateros; así se llama esto -indicó Ortiz.
Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las
casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenia su corraliza
limitada por vallas de latas viejas, roñosas, extendidas y clavadas en los
postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en
los suelos de los corrales, cestas viejas, las cajas de cartón de las
sombrererías alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de las
casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya
labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja;
las gallinas picoteaban en el suelo.
Ortiz se acercó a un hombre que estaba componiendo un carro.
-Oiga, buen amigo, ¿conoce usted por si acaso a un muchacho que se
llama el Bizco? Uno rojo feo...
-¿Acaso es usted de la policía? -preguntó el hombre.
-No; no, señor.
-Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco y el hombre
volvió la espalda.
-Aquí hay que andar con mucho ojo -murmuró Ortiz-, porque si se
enteran a lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.
Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente
por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del
Manzanares.
En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente,
pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela,
buscando grillos.
Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la
China; el guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco.
Se alejaron de allá y se sentaron en la hierba a descansar. Iba
anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus
cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían
las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de
algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos;
alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda azul de Prusia del
cielo; el Guadarrama, de color violeta oscuro, rompía con sus picachos
blancos el horizonte lejano.
Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores
era de noche; tomaron una copa en el merendero de la Manigua y
echaron una ojeada por allá.
-Cena conmigo -dijo Ortiz-, y por la noche volveremos a la cacería.
La lucha por la vida II. Mala hierba
182
Hemos de registrar todo Madrid.
Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo
del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas
de las calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el
cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al
sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos a
otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima,
mostrando en un corro una sortija y una peineta, se las guardó de prisa
y corriendo al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra y le llamó al mozo.
-¿Qué quiere usted? -preguntó éste, escamado.
-Preguntarte una cosa.
-Usted dirá.
-¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?
-Yo, no, señor.
El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse de
que no conocía al Bizco, porque murmuró:
-No sabe nadie dónde está.
Siguieron recorriendo las tabernas; al pasar por la calle del Amparo,
Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo
en uno de sus balcones.
Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños
vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer
piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio
público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer
astrosa, con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en
chanclas; era la encargada.
-Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted
lo permite, entraremos.
La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y
estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de
camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas
iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un
lado.
Ortiz pidió la vela y fue alumbrando los rostros de los que ocupaban
las camas.
Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se
dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se
veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente
enferma...
-Y abajo, ¿hay alguien? -preguntó Ortiz a la encargada.
-En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un
Pío Baroja
183
rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.
Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en casa
de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana y
con la Salvadora.
Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.
Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo
en que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y
Manuel expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
-Ya, ya me lo han dicho -advirtió Jesús-, y yo no quería creerlo. ¿De
manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a
coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
-Sí. Si no, no me dejan en libertad. ¿Qué iba a hacer?
-Negarte.
-¿Y pudrirme en la cárcel?
-Y pudrirte en la cárcel mejor que hacer a un amigo una charranada.
-El Bizco no es amigo mío.
-Pero lo fue por lo que tú dices.
-Amigo, no...
-Compañero de golfería, vamos.
-Sí.
-¿De modo que te has hecho polizonte?
-¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
-¡Cualquiera se fía de ti! -añadió sarcásticamente el cajista.
Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El
Bizco era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la
verdad.
-Lo malo es que no me puedo volver atrás -dijo Manuel-, ni escaparme,
porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a la
Salvadora a la cárcel.
-¿Por qué?
-Porque ellas le han dicho que respondían por mí.
-¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te advirtieron que no
se te olvidara hacer lo de los demás días y que no saben nada más,
sencillamente.
-¿A ti qué te parece? -preguntó Manuel, indeciso, a la Fea.
-Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que se dice, y que a
nosotros no nos pueden hacer nada.
-Hay otra cosa -advirtió Manuel-: que yo no puedo vivir escondido
mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.
Yo te llevaré a una imprenta que conozco -replicó Jesús.
-Pero pueden sospechar. No, no.
La lucha por la vida II. Mala hierba
184
-¿Prefieres ser un charrán?
-Voy a hacer una cosa: ir ahora mismo a ver a uno que lo puede
arreglar todo.
-Espera un momento.
-No, no; déjame.
Salió Manuel decidido a hablar con el Cojo o con el Maestro. Fue a la
carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre
que solía estar en la puerta de la sala del juego le preguntó:
-Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
-No; el que está es don Marcos.
Llamó Manuel a la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una
mesa con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al vera Manuel
le miró fijamente:
-¿A qué vienes tú aquí, soplón? -exclamó-. Aquí no haces falta.
-Ya lo sé.
-Estás despedido. El jornal no lo esperes.
-No; no lo espero.
-Entonces, ¿a qué vienes aquí?
Vengo a esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en
libertad con la condición de que ayudara a coger al que mató a Vidal, y
a mí me hacen ir y venir a todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya
no quiero hacer de polizonte.
-Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.
-No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el
Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.
-Bueno; allá aprenderás a no mover la sinhueso.
-No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la
gente...
-Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
-No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de
perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga;
conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
-Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!
-Eso lo veremos.
Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo;
pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle la mano, y empujándole para
atrás le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un
estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fue hacia Manuel;
pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. En esta situación
apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.
-¿Qué pasa? -preguntó, mirando a Calatrava y a Manuel severamente-.
Marchaos vosotros -añadió, dirigiéndose a los demás.
Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
Pío Baroja
185
El Maestro, después de oírle, dijo a Calatrava:
-¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
-Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
-Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera -añadió, dirigiéndose
a Manuel- que tú no quieres ayudar a la Policía? Haces bien. Puedes
marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una
vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la ronda.
Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo:
un odio, hasta entonces amortiguado, se despertaba en su alma contra
la sociedad, contra los hombres...
-De veras te digo -concluyó diciendo- que quisiera que estuviera
lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho
ascuas.
Y, rabioso, invocó a todos los poderes destructores para que redujesen
a cenizas esta sociedad miserable.
Jesús le escuchaba con atención.
-Eres un anarquista -le dijo.
-¿Yo?
-Sí. Yo también lo soy.
-¿Tú?
-Sí.
-¿Desde cuándo?
-Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde
que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de
humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los
hombres en las calles y en los hospitales -contestó Jesús con cierta
solemnidad.
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de
Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba
la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor
brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel
océano de astros.
A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar
en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un
muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas
silvestres, agostadas por el calor.
-¡Cuánta estrella! -dijo Manuel-. ¿Qué serán?
-Son mundos, y mundos sin fin.
-No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús,
¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? -preguntó Manuel.
La lucha por la vida II. Mala hierba
186
-Quizá, ¿por qué no?
-¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh?
¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de
un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y
pueril...
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un
estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados,
ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres
libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y
el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada
vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de
energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes,
caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando
la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de
la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables,
llevaba a sus corazones una deliciosa calma...

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