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lunes, 14 de enero de 2013

Marcel Proust - Albertina desaparecida





Marcel Proust

Albertina desaparecida



ADVERTENCIA

La presente edición reproduce el texto del ejemplar mecanografiado de Albertine disparue, parcialmente co­rregido por Marcel Proust.

El texto mecanografiado se ha cotejado con los cua­dernos manuscritos «en limpio» a partir de los cuales había sido fijado (fundamentalmente el cuaderno XII; algunas páginas del cuaderno XV). La secretaria de Marcel Proust, Yvonne Albaret, reproduce las indica­ciones a veces confusas del escritor, cuando, en el cua­derno manuscrito, éste vacila sobre la ordenación de determinados pasajes. Comoquiera que el ejemplar me­canografiado no fue ordenado por él, hemos tratado de ceñirnos al máximo a sus instrucciones. A veces, los resultados difieren bastante de los obtenidos por A. Ferré, para la «Bibliothèque de la Pléiade» (cf. pp.73-77 y III, 458-461). Como nuestros predecesores, nos hemos visto obligados a decidir incorporar algu­nos añadidos marginales, a restablecer o suplir cons­trucciones, a modificar en determinados casos la pun­tuación. Cuando la lectura errónea se producía en un pasaje que Proust, al ponerlo «en limpio», había vuelto a copiar o dictado textualmente de un cuaderno de apuntes, a veces hemos logrado localizar la primera versión y sustituir el texto erróneo.


El fondo Proust de la Bibliothèque nationale nos fue generosamente abierto por Madame Florence Callu, conservadora en la Sección de Manuscritos, y se nos brindaron toda clase de facilidades para nuestro traba­jo en el Institut des Textes et Manuscrits modernes dirigido por Bernard Brun. Reciban ambos nuestro más sincero agradecimiento.


«Aquí comienza Albertine desaparecida, continua­ción de la novela anterior La prisionera.»

Capítulo primero

¡Y así, lo que me figuraba que no suponía nada para mí, representaba ni más ni menos que toda mi vida! Cómo nos ignoramos. Urgía poner fin a mi su­frimiento; cariñoso conmigo como mi madre con mi abuela moribunda, con esa buena voluntad que se pone en no dejar sufrir al ser querido, me decía a mí mismo: «Ten un segundo de paciencia, hallaremos remedio, tranquilízate, no te dejaremos sufrir así. Todo esto no tiene ninguna importancia porque la haré volver en se­guida. Examinaré los medios, pero de un modo u otro ella estará aquí esta noche. Conque inútil preocupar­se». «Todo esto no tiene ninguna importancia», no me limité a decírmelo, procuré dar esa impresión a Fran­çoise no dejando que nada se trasluciese. Era tal la cos­tumbre que tenía de que estuviese conmigo Albertine y, de repente, veía un nuevo rostro de la Costumbre. Se me había antojado hasta el momento un poder ani­quilador que suprime la originalidad y hasta la con­ciencia de las percepciones; la veía ahora como una terrible divinidad, tan asociada a nosotros, tan incrus­tado su insignificante rostro en nuestra alma, que, de desprenderse, de apartarse de nosotros, esa deidad que apenas distinguíamos nos inflige sufrimientos más tremendos que ninguna, pasando a ser entonces tan cruel como la muerte.
Lo que más urgía era leer su carta, puesto que que­ría estudiar los medios de hacerla volver. Los sentía míos pues, al ser el futuro lo que no existe sino en nuestro pensamiento, nos parece aún modificable mer­ced a la intervención in extremis de nuestra voluntad. Pero al mismo tiempo recordaba que había visto ac­tuar sobre él fuerzas ajenas a la mía contra las que me había sentido impotente, aun disponiendo de más tiempo. ¿De qué sirve que no haya aún llegado la hora si nada podemos hacer sobre lo que ha de acaecer? Cuando Albertine estaba en casa, me hallaba firme­mente decidido a mantener la iniciativa de nuestra separación. Y se había ido. Abrí su carta. Se expresa­ba en estos términos:
«Perdóname, querido, por no haberme atrevido a decirte de viva voz lo que sigue, pero soy tan cobarde, siempre he sentido tanto miedo ante ti, que aun for­zándome no me he visto con ánimos para hacerlo. He aquí lo que hubiera debido decirte: la vida entre los dos se ha vuelto imposible, por tu escena de la otra noche notarías además que algo ha cambiado en nuestras re­laciones. Lo que pudo arreglarse esa noche pasaría a ser irreparable dentro de unos días. Mucho mejor es pues, ya que hemos tenido la suerte de reconciliarnos, que nos separemos como buenos amigos; por eso, cariño, te mando estas líneas y te ruego que tengas la bondad de perdonarme si te causo algún dolor, pensando en lo grande que será el mío. Cielo, no quiero convertirme en tu enemiga, bastante duro me resultará serte poco a poco, y muy pronto, indiferente; por eso, como mi de­cisión es irrevocable, antes de dar esta carta a Françoi­se para que te la entregue, le habré pedido mis baúles. Adiós, te dejo lo mejor de mí misma. Albertine.»
Todo esto no significa nada, pensé; incluso es mejor de lo que me imaginaba, pues, como no piensa nada de todo eso, resulta evidente que sólo lo ha escrito pa­ra impresionar, para asustarme. Lo que más urge es que regrese esta noche. Entristece pensar que los Bon­temps sean gente turbia que utiliza a su sobrina para sacarme dinero. Aunque para lograr que Albertine esté aquí esta noche tenga que entregar la mitad de mi fortuna a la señora Bontemps, nos quedará lo su­ficiente a Albertine y a mí para vivir agradablemen­te. Y calculaba a la par si tendría tiempo de ir a en­cargar por la mañana el yate y el Rolls Royce que ella quería, sin reparar ya, disipada toda vacilación, en que me había parecido poco sensato regalárselos. Aun si la adhesión de la señora Bontemps no es suficiente, si Albertine se niega a obedecer a su tía y pone como condición para su regreso el disponer en lo venidero de plena independencia, aun así, por mucha pena que me cause, se la daré, saldrá sola, como quiera; es me­nester acceder a determinados sacrificios, por dolo­rosos que sean, cuando está en juego aquello a lo que se tiene más apego y que, pese a lo que yo creía esta mañana a tenor de mis rigurosos y absurdos razo­namientos, es que Albertine viva aquí. ¿Puedo afirmar por lo demás que dejarle tal libertad me resultaría del todo doloroso? Mentiría. Con frecuencia había adver­tido ya que el sufrimiento de dejarla libre de hacer el mal lejos de mí era menor aún quizá que esa peculiar tristeza que solía invadirme al notar que se aburría conmigo, en mi casa. Sin duda, en el momento mismo en que me pidiese marchar a algún sitio, el dejarla, con la idea que ello implicaba de las orgías organiza­das, me habría resultado atroz. Pero decirle: «Coge nuestro barco, o el tren, vete un mes a tal país que no conozco, donde no sabré nada de lo que hagas» era idea que con frecuencia me había agradado al pensar que, por comparación, lejos de mí, me preferiría, y sería feliz a la vuelta. Y además seguro que ella misma lo desea, en modo alguno exige esa libertad de la que yo, brindándole cada día nuevos placeres, fácilmente lograría obtener, día a día, alguna limitación. No, lo que ha querido Albertine es que yo dejase de ser inso­portable con ella, y sobre todo -como en otro tiempo Odette con Swann- que me decida a casarme con ella. Una vez casada, se olvidará de su independencia, nos quedaremos los dos aquí, tan felices. Sin duda era re­nunciar a Venecia. Pero hasta qué punto las ciudades más deseadas -con mayor motivo las amas de casa más agradables, las distracciones, y en bastante mayor me­dida que Venecia, la duquesa de Guermantes, el tea­tro-, ciudades como Venecia, se tornan pálidas, indi­ferentes, muertas, cuando nos une a otro corazón un vínculo tan doloroso, que nos impide alejarnos. Alber­tine, por lo demás, tiene perfecta razón en este asun­to del matrimonio. Incluso a mamá le parecían ridí­culos tales aplazamientos. Casarme con ella es lo que tenía que haber hecho hace ya tiempo, es lo que ten­dré que hacer, es lo que la ha inducido a escribir esa carta de la que no cree ni una palabra, únicamente por lograr eso ha renunciado durante unas horas a lo que debe de desear tanto como yo deseo que lo haga: regresar aquí. Sí, eso es lo que ha querido, ésa es la intención de su acto, me decía la razón reconfortán­dome, pero yo advertía que diciéndomelo mi razón se­guía situándose en la misma hipótesis que adoptara desde un principio. Y me daba perfecta cuenta de que era la otra hipótesis la que en ningún momento había dejado de confirmarse. Sin duda esta segunda hipóte­sis jamás habría sido lo bastante atrevida como para formular expresamente que Albertine hubiese podido estar ligada a la señorita Vinteuil y a su amiga. Y sin embargo, cuando aquella noticia terrible cobró cuerpo anonadándome, en el momento en que entrábamos en la estación de Incarville, fue la segunda hipótesis la que se vio confirmada. Esta jamás concebiría más ade­lante que Albertine pudiese abandonarme por propia iniciativa, de aquella manera, sin avisarme ni darme tiempo de que se lo impidiese. Con todo, si tras el nuevo e inmenso salto que acababa de hacerme dar la vida, la realidad que se me imponía me resultaba tan nueva como aquella a la que nos enfrentan el descu­brimiento de un físico, las investigaciones de un juez de instrucción o los hallazgos de un historiador sobre los entresijos de un crimen o de una revolución, esa realidad rebasaba las parvas previsiones de mi segun­da hipótesis, si bien las cumplía. Esta segunda hipóte­sis no era la de la inteligencia, y el pánico que me ate­nazara la noche en que Albertine no me besó, la noche en que oí el ruido de la ventana, ese miedo no era ra­zonado. Pero -y lo que viene lo atestiguará mejor, como numerosos episodios han podido ya indicarlo- ­el que la inteligencia no sea el instrumento más sutil, más poderoso, más apropiado para captar la Verdad, no es sino razón de más para comenzar por la inteli­gencia, y no por un intuitivismo del subconsciente, por una fe preconcebida en los presentimientos. La vida es la que poco a poco, caso por caso, nos permite observar que lo que es más importante para nuestro corazón, o para nuestra mente, no nos lo enseña el razonamiento sino otros poderes. Y entonces es la pro­pia inteligencia la que, advirtiendo la superioridad de estos últimos, abdica, por razonamiento, ante ellos, y consiente en pasar a ser su colaboradora y su esclava. Fue experimental. El imprevisto infortunio con el que me enfrentaba también me resultaba conocido (como la amistad de Albertine con dos lesbianas) por haberlo leído en tantas señales en las que (pese a las afirma­ciones contrarias de mi razón, basadas en las declara­ciones de la propia Albertine) había atisbado el has­tío, el horror que le producía vivir en tal esclavitud, y que se dibujaban en el fondo de sus pupilas tristes y sometidas, de sus mejillas bruscamente inflamadas por un inexplicable rubor -en medio del ruido de la ven­tana inexplicablemente abierta- como con tinta invi­sible. Sin duda no me había atrevido a interpretarlas hasta el final y plasmar deliberadamente la idea de tan súbita marcha. Tan sólo había pensado, con el alma equilibrada por la presencia de Albertine, en una mar­cha dispuesta por mí en fecha indeterminada, o sea si­tuada en un tiempo inexistente; por consiguiente había tenido la mera ilusión de pensar en una marcha, igual que la gente se imagina que no teme la muerte cuan­do piensa en ella mientras goza de buena salud, con lo que no hacen en realidad sino introducir una idea puramente negativa en el seno de una buena salud que se vería precisamente alterada al avecinarse la muer­te. Por otra parte, aunque con toda claridad, con la mayor nitidez del mundo, la sola idea de que Alberti­ne deseara marcharse hubiera llegado a cruzar mil veces por mi mente, nunca habría sospechado qué cosa original atroz, desconocida, qué mal completamente nuevo era con relación a mí, o sea en realidad, aquella marcha. De haberla previsto, habría podido pensar en ella ininterrumpidamente durante años, sin que ensam­blados todos esos pensamientos tuviesen la más leve relación no sólo de intensidad sino de semejanza con el inimaginable infierno cuyo velo me alzara Françoise diciéndome: «La señorita Albertine se ha marchado.» Para representarse una situación desconocida la ima­ginación toma prestados elementos conocidos y, debi­do a ello, no se la representa. Pero la sensibilidad, aun la más física, recibe como el surco que deja el rayo la impronta original y durante largo tiempo indeleble del acontecimiento nuevo. Y apenas me atrevía a decirme que de haber previsto aquella marcha quizá hubiese sido incapaz de representármela en su horror, e inclu­so -ella anunciándomela, yo amenazándola suplican­te- de impedirla. ¡Cuán lejos estaba ya de mí el deseo de Venecia! Como antaño en Cambray el de conocer a la señora de Guermantes, cuando llegaba el instante en que sólo me interesaba una cosa, tener a mamá con­migo en mi cuarto. Y sin duda alguna eran todas las inquietudes experimentadas desde mi infancia las que, convocadas por la angustia nueva, habían acudido a re­forzarla, a amalgamarse con ella en una masa homo­génea que me asfixiaba.
Ciertamente, ese golpe físico que asesta en el co­razón una separación semejante y que, por obra del tremendo poder de retención que posee el cuerpo, con­vierte el dolor en algo contemporáneo a todas las épocas dolorosas de nuestra existencia, ciertamente, ese golpe en el corazón sobre el que acaso especula un poco -hasta tal extremo se es insensible al dolor ajeno- ­aquella que desea conferir a la añoranza su máxima intensidad, ya porque la mujer fingiendo que se mar­cha se limita a pedir condiciones mejores, ya porque al marcharse para siempre -¡para siempre!- desea herir, bien por vengarse, bien por seguir siendo amada, bien, con vistas a la calidad del recuerdo que dejará, por romper violentamente esa red de hastíos, de indi­ferencias que había notado tejerse; ciertamente, ese golpe en el corazón me había prometido a mí mismo evitarlo, convencido de que nos separaríamos bien. Pero es realmente infrecuente separarse bien, pues si estuviera uno bien no se separaría. Y además la mujer a la que mostramos la mayor indiferencia no deja de advertir oscuramente que, al cansarnos de ella, en vir­tud de una misma costumbre le hemos ido cobrando apego, y piensa que uno de los elementos más esen­ciales para separarse bien es marcharse avisando al otro. Ahora bien, avisando, teme obstaculizar su mar­cha. Toda mujer es consciente de que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único modo de mar­charse es huir. Fugitiva por ser reina, así es. Existe, desde luego, un inconcebible intervalo entre ese has­tío que inspiraba hacía un instante y, por el hecho de haberse marchado, la furiosa necesidad de recuperar­la. Pero de ello existen razones, fuera de las expuestas en el transcurso de esta obra y de otras que lo serán más adelante. En primer lugar, la marcha sobreviene a menudo en el momento en que la indiferencia -real o creída- alcanza su grado máximo, el punto extre­mo de la oscilación del péndulo. La mujer piensa: «No, esto así no puede seguir», precisamente porque el hom­bre no habla más que de abandonarla, o lo piensa, y es ella la que lo abandona. Entonces, al regresar el pén­dulo a su otro punto extremo, el intervalo es el mayor. En un segundo regresa a ese punto; una vez más, fuera de todas las razones expuestas, es tan natural. El co­razón late; y además la mujer que se ha marchado no es ya la misma que la que estaba. Su vida junto a no­sotros, demasiado conocida, ve de pronto incorporadas las vidas en las que va a mezclarse, y acaso por mez­clarse en ellas nos ha abandonado. De modo que esa riqueza nueva de la mujer ida actúa retroactivamente sobre la mujer que estaba junto a nosotros y quizá pre­meditaba su marcha. A la serie de hechos psicológi­cos que podemos deducir y que forman parte de su vida con nosotros, de nuestro hastío demasiado patente hacia ella, de nuestros celos también (y que hace que los hombres que han sido abandonados por varias mu­jeres lo hayan sido casi siempre del mismo modo, a causa de su carácter y de reacciones siempre idénticas que pueden calcularse: cada cual tiene su modo pecu­liar de ser traicionado, como tiene su modo de acata­rrarse), a esa serie, no demasiado misteriosa para no­sotros, correspondía sin duda una serie de hechos que ignorábamos. Debía de llevar algún tiempo mantenien­do relaciones escritas, o verbales, o a través de men­sajeros, con tal hombre, o tal mujer, aguardando tal señal que quizá habíamos dado nosotros mismos sin saberlo, diciendo: «Vino ayer a verme el señor X», si ella había convenido con el señor X que la víspera del día en que debía reunirse con el señor X, éste se pre­sentaría a vernos. Cuántas hipótesis posibles. Posibles sin más. Construía yo tan bien la verdad, aunque sólo en el ámbito de lo posible, que tras abrir un día por error una carta para una amante mía, carta escrita en estilo convenido y que decía: «Sigo esperando llamada para acudir a casa del marqués de Saint-Loup, avise mañana por teléfono», reconstruí una especie de pro­yecto de fuga, en el que el nombre del marqués de Saint-Loup figuraba allí significando algo completamen­te distinto, ya que mi amante no conocía a Saint-Loup, pero me había oído hablar de él, y además la firma era una especie de sobrenombre, sin forma alguna de lenguaje. Pues bien, la carta no iba dirigida a mi aman­te, sino a una persona de la casa cuyo apellido era dis­tinto pero que había sido mal leído. La carta no esta­ba redactada en estilo convenido sino en mal francés porque era de una americana, efectivamente amiga de Saint-Loup como supe por éste. Y la forma extraña con que la americana trazaba ciertas letras había hecho parecer sobrenombre un nombre perfectamente real, pero extranjero. Por tanto aquel día me había equivocado de medio a medio en mis sospechas. Pero la ar­mazón intelectual que había relacionado en mi mente aquellos hechos, falsos todos ellos, era por su parte la forma tan exacta, tan inflexible de la verdad que, cuan­do tres meses más tarde mi amante (que entonces que­ría pasar toda la vida conmigo) me abandonó, lo hizo de forma absolutamente idéntica a la que imaginara yo la primera vez. Llegó una carta, con las mismas par­ticularidades que yo atribuyera a la primera, pero coin­cidiendo en este caso con el sentido de la señal.
Esta desdicha era la mayor de toda mi vida. Y, no obstante, el sufrimiento que me causaba quedaba quizá rebasado por la curiosidad de conocer las causas de esa desdicha, a quién había deseado, encontrado, Alberti­ne. Pero las fuentes de estos grandes acontecimientos son como las de los ríos, por mucho que recorremos la superficie de la tierra, no las encontramos. ¿Tenía premeditada Albertine su fuga desde hacía tiempo? No he comentado (porque aquello me pareció entonces simple capricho y malhumor, lo que llamaba Françoi­se «estar de morros») que, desde el día en que dejó de besarme, parecía un alma en pena, tiesa, petrificada, con voz triste hasta para las cosas más nimias, lenta en sus movimientos, sin sonreír jamás. No puedo decir que algún hecho probara connivencia alguna con el ex­terior. Françoise me contó más adelante que, al entrar la antevíspera de la marcha en su cuarto, no había nadie y estaban las cortinas cerradas, pero que notó por el olor del aire y por el ruido que la ventana esta­ba abierta. Y en efecto encontró a Albertine en el bal­cón. Pero no acaba de verse con quién podía mante­ner contactos desde allí, y además las cortinas corri­das sobre la ventana abierta se explicaban sin duda porque sabía que yo temía las corrientes de aire y, si bien las cortinas no me protegían gran cosa, hubieran impedido a Françoise ver desde el pasillo que estaban abiertos los postigos tan temprano. No, no veo sino un pequeño detalle que demuestra tan sólo que, la vís­pera, sabía que iba a marcharse. La víspera en efecto cogió de mi cuarto sin que yo me diese cuenta una gran cantidad de papel y de tela de embalaje que había allí, con ayuda de los cuales embaló sus innumerables batines y saltos de cama durante toda la noche, para marcharse al día siguiente. Es el único detalle, no hubo más. No puedo conceder importancia al hecho de que me devolviese casi a la fuerza aquella noche mil fran­cos que me debía, la cosa no tiene nada especial, pues era enormemente escrupulosa en cuestiones de dine­ro. Sí, cogió los papeles de embalaje la víspera, pero ya antes de la víspera sabía que se marcharía. Pues no fue el dolor lo que la movió a marchar, sino la firme resolución de irse, de renunciar a la vida que había soñado, lo que le dio ese aspecto dolorido. Dolor, casi solemnemente frío conmigo, salvo la última noche en que, tras quedarse en mi cuarto más tarde de lo que tenía previsto -lo que me extrañaba de ella, que siem­pre quería alargar ese momento-, me dijo desde la puerta: «Adiós, pequeño, adiós, pequeño.» Pero no le di importancia en el instante. Me dijo Françoise que a la mañana siguiente, cuando le anunció que se mar­chaba (aunque ello sea explicable también por la fati­ga, pues no se había desnudado y se había pasado la noche embalando, salvo las cosas que tenía que pedir­le a Françoise, que no estaban en su habitación ni en su cuarto de baño), estaba muchísimo más triste, más tiesa, más petrificada que los días anteriores, hasta tal punto que a Françoise le dio la impresión, cuando le dijo: «Adiós, Françoise», de que se iba a caer. Cuando nos enteramos de tales cosas, comprendemos que la mujer que nos gustaba muchísimo menos que todas cuantas nos tropezamos tan fácilmente en nuestros pa­seos habituales, a quien echábamos en cara el sa­crificarlas por ella, es por el contrario la que prefe­riríamos mil veces. Pues ya no entran en lid un placer determinado -que por el uso, y acaso por la medio­cridad del objeto, ha pasado a ser casi nulo- y otros placeres, ellos sí tentadores, maravillosos, sino esos pla­ceres y algo mucho más intenso que ellos, la compasión por el dolor.
Prometiéndome a mí mismo que Albertine estaría aquí esa noche, me había apresurado a hacer lo más urgente, y aliviado con una nueva creencia la brusca desaparición de la mujer con la que había vivido hasta ahora. Pero por rápido que hubiese actuado mi instin­to de conservación, al hablarme Françoise había per­manecido durante un segundo indefenso, y aunque su­piese ya que Albertine estaría aquí esa noche, el dolor que me había atenazado durante el instante en que aún no me había comunicado a mí mismo ese regreso (el instante inmediato a las palabras: «La señorita Alber­tine ha pedido sus baúles, la señorita Albertine se ha marchado»), ese dolor renacía espontáneamente en mí, igual a como era antes, o sea como si ignorase aún el próximo regreso de Albertine. Además, tenía que vol­ver, pero por propia iniciativa. En cualquiera de los casos, dar la impresión de mandar hacer gestiones, de rogarle que volviese, redundaría en contra del objeti­vo. Qué duda cabe de que no me sentía ya con fuerzas para renunciar a ella como renunciara a Gilberte. Más que volver a ver a Albertine, lo que deseaba era poner fin a la angustia física que mi corazón, más deteriora­do que antaño, no podía ya tolerar. Y además, a fuer­za de acostumbrarme a no querer, se tratase del trabajo o de cualquier otra cosa, me había vuelto más cobar­de. Pero, sobre todo, esa angustia era incomparable­mente más fuerte por bastantes razones, la más im­portante de las cuales no era quizá que nunca hu­biera disfrutado de placer sensual con la señora de Guermantes o con Gilberte, sino que al no verlas cada día, a cualquier hora, no teniendo esa posibilidad y por consiguiente esa necesidad, mi amor por ellas se veía privado de la fuerza inmensa de la Costumbre. Quizá, ahora que mi corazón, incapaz de querer, y de sopor­tar por propia voluntad el sufrimiento, no veía más que una solución posible, el regreso a toda costa de Albertine, quizá la solución opuesta (la renuncia vo­luntaria, la resignación progresiva) se me hubiera an­tojado una solución de novela, inverosímil en la vida, de no haber optado por ella tiempo atrás en el caso de Gilberte. Sabía por tanto que esta otra solución podía ser aceptada también, y por un solo hombre, pues yo seguía siendo más o menos el mismo. Sólo que el tiem­po había desempeñado su papel; el tiempo que me había envejecido, el tiempo también que había puesto a Albertine perpetuamente a mi lado cuando llevába­mos nuestra vida en común. Pero al menos, sin re­nunciar a ella, el residuo de lo que experimentara por Gilberte era el orgullo de no querer ser un juguete re­pugnante para Albertine mandándole decir que volvie­ra; quería que volviera sin que pareciese que yo tenía especial apego en ello. Me levanté para no perder tiem­po, pero me detuvo el sufrimiento: era la primera vez que me levantaba desde que marchara ella. Sin embar­go urgía levantarme e ir a pedir información al porte­ro de Albertine.
El sufrimiento, prolongación de un golpe moral im­puesto, aspira a cambiar de forma; uno espera volati­lizarlo haciendo proyectos, pidiendo informaciones; quiere que experimente sus innumerables metamorfo­sis, ello exige menos valor que conservar el sufrimiento puro; la cama donde uno se acuesta con su dolor parece tan estrecha, tan dura, tan fría. Así que me puse en pie; avanzaba por la habitación con prudencia infinita, me colocaba evitando ver la silla de Alberti­ne, la pianola en cuyos pedales apoyaba sus chinelas doradas, ni uno solo de los objetos que había usado ella, todos los cuales, en el lenguaje peculiar que les ha­bían enseñado mis recuerdos, parecían querer darme una traducción, una versión distinta, anunciarme por segunda vez su marcha. Pero, sin mirarlos, los veía, me abandonaron las fuerzas, caí sentado en uno de aquellos sillones de raso azul cuya veladura, una hora antes, en el claroscuro de la habitación anestesiada por un rayo de luz, me había hecho tener sueños apasio­nadamente acariciados entonces, tan lejos de mí ahora. Ay, no me había sentado en ellos hasta ese instante, sin estar Albertine. En consecuencia, no pude quedar­me, me levanté; y así a cada instante ocurría que al­guno de los innumerables y humildes «yo» que nos componen ignoraba aún la marcha de Albertine y era menester notificársela, era menester -lo que resulta­ba más cruel que si hubieran sido extraños y no hu­bieran tomado prestada mi sensibilidad para sufrir- ­anunciar la desgracia que acababa de suceder a todos aquellos seres, a todos aquellos «yo» que seguían ig­norándola, era menester que cada uno de ellos a su vez oyese por primera vez estas palabras: «Albertine ha pedido sus baúles -esos baúles en forma de ataúd que yo había visto cargar en Balbec junto a los de mi madre-, Albertine se ha marchado.» A cada uno de ellos tenía que comunicar mi dolor, el dolor que no es ni mucho menos una conclusión pesimista libremente extraída de un conjunto de circunstancias funestas, sino la reviviscencia intermitente e involuntaria de una impresión específica, llegada de fuera, y que no hemos elegido. A algunos de aquellos «yo» hacía mucho tiem­po que no los veía. Por ejemplo (no se me había ocu­rrido que era el día del peluquero) mi «yo» de cuando me cortaban el pelo. Había olvidado aquel yo; su lle­gada me hizo romper en sollozos como en un entierro la de un anciano servidor que conoció a la que acaba de morir. Luego recordé de repente que desde hacía ocho días me acometían pánicos que no me había con­fesado. En tales momentos discutía, no obstante, di­ciéndome: «Inútil, cierto, considerar la hipótesis de que se marche bruscamente. Es absurdo. De habérsela con­fesado a un hombre sensato e inteligente (y lo hubiera hecho para tranquilizarme, de no haberme impedido los celos hacer confidencias), me habría dicho con en­tera seguridad: «Pero está usted loco. Eso es imposi­ble.» Y en efecto no habíamos tenido una sola dispu­ta. «Se marcha uno por un motivo. Lo dice. Permite que se le conteste. No se va uno por las buenas. No, es una niñería. Es la única hipótesis absurda.» Y sin embargo, todos los días, al encontrármela aquí cuan­do llamaba, lanzaba un inmenso suspiro de alivio. Y cuando Françoise me entregó la carta de Albertine, en seguida tuve el convencimiento de que se trataba de la cosa que no podía ser, de aquella marcha en cierto modo atisbada varios días antes, pese a las razones ló­gicas de estar tranquilo. Me lo dije casi satisfecho de mi perspicacia dentro de la desesperación, como el ase­sino que sabe que no puede ser descubierto, pero que tiene miedo y que ve de repente el nombre de su víc­tima escrito en la cabecera de un sumario en el despa­cho del juez de instrucción que lo ha mandado llamar.
Todas mis esperanzas se cifraban en que Albertine se hubiese marchado a Turena, a casa de su tía, donde en definitiva estaba bastante vigilada y no podría hacer gran cosa hasta que yo la recogiese. Lo que más temía era que se hubiese quedado en París, o que se hubiese marchado a Amsterdam o a Montjouvain, o sea que se hubiese escapado para dedicarse a alguna intriga cuyos preliminares me hubiesen pasado por alto. Pero en realidad, al decirme a mí mismo París, Amsterdam, Trieste, Balbec, o sea varios lugares, pensaba en luga­res que eran tan sólo posibles; por eso, cuando el por­tero de Albertine contestó que se había marchado a casa de su tía, esa residencia que yo creía desear se me antojó la más espantosa de todas, porque ahora era real, y por primera vez, torturado por la certeza del presente y la incertidumbre del futuro, me imaginaba a Albertine iniciando una vida que había querido se­parada de mí, quizá para mucho tiempo, quizá para siempre, donde realizaría ese algo desconocido que tanto me turbara antaño, pese a que tenía la felicidad de poseer, de acariciar, lo que era su superficie exte­rior, ese dulce rostro impenetrable y captado. Era ese algo desconocido lo que constituía la entraña de mi amor.
Delante de la puerta de Albertine, me encontré a una zagalilla pobre que me miraba con los ojos abier­tos y que tenía tal aire de bondad que le pregunté si quería venir a mi casa, como lo habría hecho con un perro de mirada fiel. Pareció contenta. En casa, la mecí durante un rato en mis rodillas, pero pronto su pre­sencia, al hacerme notar demasiado la ausencia de Al­bertine, se me hizo insoportable. Y le pedí que se mar­chara, tras entregarle un billete de quinientos francos. Y sin embargo, poco después, el pensar en tener a al­guna otra chiquilla a mi lado, en no estar nunca solo sin el socorro de una presencia inocente, fue el único sueño que me permitió tolerar la idea de que quizá Albertine pasase algún tiempo sin volver.
La propia Albertine únicamente existía en mí bajo la forma de su nombre, que, salvo raros respiros al des­pertar, se fijaba en mi cerebro y ya no cejaba. De haber pensado en voz alta lo habría repetido sin parar, y mi parloteo habría sido tan monótono, tan limitado, como si me hubiese visto convertido en pájaro, en un pá­jaro semejante al de la fábula, cuyo grito repetía sin fin el nombre de aquella que amara siendo hombre. Nos lo decimos, y, como nos lo callamos, parece que lo escribamos en nosotros mismos, que deje su huella en el cerebro y éste deba acabar quedando, como una pared que alguien se haya entretenido emborronando con un lápiz, enteramente cubierto por el nombre mil veces reescrito de la mujer amada. No dejamos de escribirlo en el pensamiento mientras somos fe­lices, más aún cuando somos infelices. Y el repetir ese nombre que no nos da sino lo que ya sabemos, nos hace experimentar la necesidad siempre renovada, pero, a la larga, una fatiga. En el placer carnal ni siquiera pensaba en aquel momento; ni siquiera veía ante mi pensamiento la imagen de aquella Albertine, con ser la causa de tal conmoción en mi ser, no vislumbraba su cuerpo, y si hubiera querido aislar la idea que apa­recía asociada -siempre hay alguna- a mi sufrimien­to, habría resultado ser, alternativamente, por una parte la duda sobre sus sentimientos al marchar, con o sin ánimo de regreso, por otra los medios para ha­cerla volver. Quizá haya un símbolo y una verdad en el ínfimo lugar que ocupa en nuestra ansiedad aque­lla que nos la inspira. Y es que en efecto su propia persona cuenta muy poco en casi todo el proceso de emociones, de angustias que tales azares nos hicieron concebir antaño respecto a ella y que la costumbre ha vinculado a ella. Lo que constituye buena prueba de ello es (más aún que el hastío que experimentamos en la felicidad) hasta qué punto ver o no ver a esa misma persona, merecer o no su estima, tenerla o no a nues­tra disposición, se nos antojará una cosa indiferente cuando ya no tengamos que plantearnos el problema (tan ocioso que ni nos lo plantearemos) sino con rela­ción a la propia persona, una vez olvidado el proceso de emociones y de angustias, al menos el vinculado a ella, pues ha podido desarrollarse de nuevo, pero trans­ferido a otra mujer. Antes de eso, cuando estaba aún vinculado a ella, creíamos que nuestra felicidad depen­día de su persona, dependía únicamente del término de nuestra ansiedad. En ese momento nuestro subcons­ciente mostraba más clarividencia que nosotros mis­mos, empequeñeciendo de tal modo la figura de la mujer amada, figura que aun quizá habíamos olvida­do, que podíamos conocer mal y creer mediocre, en el espantoso drama en el que de recobrarla para dejar de esperarla podía depender hasta nuestra propia vida. Proporciones minúsculas de la figura de la mujer, efec­to lógico y necesario del modo de desarrollarse el amor, clara alegoría de la naturaleza subjetiva de ese amor.
El espíritu con que se había marchado resultaba se­mejante sin duda al de los pueblos que preparan con una demostración de su ejército la labor de su diplo­macia. Había debido de marcharse para obtener de mí mejores condiciones, más libertad, lujo. De ser así, sería yo el que habría ganado la batalla, si hubiese te­nido fuerzas para esperar, para esperar el momento en que ella, viendo que no obtenía nada, hubiese dado marcha atrás. Pero si en las cartas, en la guerra, donde lo único que importa es ganar, se puede resistir la ba­ladronada, no son_ tales las condiciones que engendran el amor y los celos, por no hablar del sufrimiento. Si para esperar, para «durar», toleraba que Albertine per­maneciese lejos de mí varios días, varias semanas quizá, arruinaba lo que había constituido mi objetivo durante más de un año, no dejarla libre una hora. Todas mis precauciones venían a resultar inútiles, si le daba tiempo y facilidades para que me engañase a su antojo, y si al final se rendía, me vería incapaz de olvidar la época que había pasado sola, y aun saliendo triunfante al final, a pesar de todo, en el pasado, o sea irreparablemente, sería yo el vencido.
En cuanto a los medios de hacer regresar a Alber­tine, tenían tantas más posibilidades de triunfar cuan­to que la hipótesis de que se hubiera marchado con­fiada en ser llamada con mejores condiciones pareciese plausible. Y, sin duda, para las personas que no creían en la sinceridad de Albertine, de fijo para Françoi­se por ejemplo, esa hipótesis lo era. Pero para mi razón, a quien la única explicación de ciertos malhumores, de ciertas actitudes, había parecido, antes de que yo supiera nada, el proyecto abrigado por ella de una mar­cha definitiva, resultaba difícil creer que, ahora que se había producido esa marcha, no fuese sino simula­ción. Hablo de mi razón, no de mí.
La hipótesis de la simulación me resultaba especial­mente necesaria por ser improbable, y ganaba en fuer­za lo que perdía en verosimilitud. Cuando nos vemos al borde del abismo y se nos figura que Dios nos ha abandonado, no dudamos ya en aguardar de él un mi­lagro. Reconozco que en todo esto fui el más antipáti­co, y también el más doloroso, de los policías. Pero su fuga no me había devuelto las cualidades que el hábi­to de mandarla vigilar por otros me había quitado. Úni­camente pensaba en una cosa, encomendar a otro esa investigación; ese otro fue Saint-Loup, que consintió. La ansiedad de tantos días traspasada a otro me llenó de alegría y me estremecí de placer, seguro del éxito, y volví a tener las manos secas como antaño, sin ese sudor con el que me mojara Françoise al decirme: «La señorita Albertine se ha marchado.» Y además no era eso sólo. Se recordará que, cuando decidí vivir con Al­bertine, y hasta casarme con ella, fue por conservarla conmigo, saber lo que hacía, impedirle que volviese a sus costumbres con la señorita Vinteuil. Fue en medio del atroz quebranto de su revelación en Balbec cuan­do me dijo -como una cosa de lo más natural y que yo, con llevarme el disgusto más grande de mi vida, aparenté encontrar muy natural- la cosa que en mis peores suposiciones jamás hubiera tenido la audacia de imaginar (resulta extraño comprobar hasta qué punto los celos, que tanto tiempo pasan forjando pequeñas conjeturas en el ámbito de lo falso, carecen de imagi­nación cuando se trata de descubrir lo verdadero). Y ese amor, nacido sobre todo de una necesidad de im­pedir que Albertine hiciera el mal, había conservado posteriormente la impronta de su origen. Estar con ella me importaba poco, con tal que pudiese evitar que «el ser fugitivo» fuese aquí o allá. Para evitárselo, había apelado a los ojos, a la compañía de las personas que iban con ella, y con tal que me hiciesen por la noche un informe bien tranquilizador, mis inquietu­des se desvanecían en buen humor.
Tras afirmarme a mí mismo que, hiciese yo lo que hiciese, Albertine estaría de regreso en casa aquella misma noche, suspendí el dolor que me causara Fran­çoise diciéndome que Albertine se había marchado (porque entonces mi ser, pillado desprevenido, creyó por un instante que la marcha era definitiva).
Pero tras una interrupción, cuando por un impul­so de su vida independiente el sufrimiento inicial vol­vía espontáneamente a mí, tornaba a ser igual de atroz por ser anterior a la promesa consoladora que me había hecho a mí mismo de traer aquella misma noche a Al­bertine; esa frase que lo hubiera calmado, la ignoraba mi sufrimiento. Para poner en ejecución los medios de lograr este regreso, una vez más, no porque tal ac­titud me hubiese dado nunca mucho resultado, sino porque la había adoptado siempre desde que amaba a Albertine, me veía condenado a fingir que no la amaba, que no me dolía su marcha, me veía condenado a se­guir mintiéndole. Podría ser tanto más enérgico en los medios para hacerla volver cuanto que personalmente pareciera haber renunciado a ella. Me proponía escri­bir a Albertine una carta de adiós en la que conside­raría definitiva su marcha, en tanto que mandaría a Saint-Loup a ejercer sobre la señora Bontemps, y como a mis espaldas, la presión más brutal para que Alber­tine regresase cuanto antes. Sin duda había experi­mentado con Gilberte el peligro de las cartas de una indiferencia que, fingida en un principio, pasa a ser auténtica. Y dicha experiencia hubiera debido impedir­me escribir a Albertine cartas del mismo carácter que las que escribiera a Gilberte. Pero lo que denominamos experiencia no es sino la revelación a nuestros propios ojos de un rasgo de nuestro carácter, que naturalmen­te reaparece, y reaparece con tanta mayor fuerza cuan­to que ya lo hemos evidenciado una vez ante nosotros mismos, de modo que el movimiento espontáneo que nos guiara la primera vez se ve reforzado por todas las sugestiones del recuerdo. El plagio humano al que resulta más difícil sustraerse a los individuos (y aun a los pueblos que perseveran en sus faltas y van agra­vándolas) es el plagio de uno mismo.
Enterado de que estaba en París, mandé al punto recado a Saint-Loup, que acudió rápido y eficaz como lo era antaño en Doncières, y consintió marchar de inmediato a Turena. Le expuse la siguiente maniobra. Tenía que bajar en Châtellerault, preguntar por la casa de la señora Bontemps, aguardar a que saliese Albertine pues podría reconocerle. «¿Pero entonces me conoce la muchacha de la que hablas?», me preguntó. Le dije que no lo creía. El proyecto de este plan me colmó de infinita alegría. Y eso que se hallaba en ab­soluta contradicción con lo que me había prometido a mí mismo en un principio, arreglármelas para que no pareciese que mandaba buscar a Albertine, que es lo que parecería inevitablemente. Pero tenía sobre «lo que hubiera convenido hacer» la inestimable ventaja de que me permitía decirme que alguien enviado por mí iba a ver a Albertine, sin duda a traerla. Y, de haber sa­bido ver claro en mi corazón al principio, habría podi­do prever que esa solución oculta en la sombra y que me parecía deplorable, solución que estaba decidido a querer por falta de voluntad, acabaría imponiéndose so­bre las soluciones de paciencia. Como Saint-Loup pare­cía ya un poco sorprendido de que una muchacha hubie­se estado viviendo durante todo un invierno en mi casa sin que yo le hubiese dicho nada, como por otra parte me había mencionado muchas veces a la muchacha de Balbec y yo nunca le había contestado: «Pues vive aquí», hubiera podido ofenderle mi falta de confianza. Bien es verdad que quizá le hablase la señora Bon­temps de Balbec. Pero aguardaba yo con demasiada im­paciencia su marcha, su regreso, como para querer, para poder, pensar en las posibles consecuencias de aquel viaje. En cuanto a lo de que reconociese a Al­bertine (a quien por lo demás había evitado sistemáti­camente mirar cuando coincidieron en Doncières ), ésta había cambiado y engordado tanto, al decir de todos, que no resultaba nada probable. «¿No tienes una foto­grafía? Me sería bastante útil.» Contesté primero que no para que no tuviera, según mi fotografía hecha más o menos en tiempos de Balbec, posibilidad de recono­cer a Albertine, a quien no obstante apenas había en­trevisto en el vagón. Pero me di cuenta de que en la última sería ya tan distinta de la Albertine de Balbec como lo era ahora la Albertine viva, y de que no la reconocería más en la fotografía que en la realidad. Mientras se la buscaba, él me acariciaba suavemente la frente, con ánimo de consolarme. Me emocionaba la pena que le causaba el dolor que adivinaba en mí. Bien es cierto que por mucho que se hubiese separado de Rachel, lo que experimentara entonces no estaba aún tan lejano como para que no sintiese una simpa­tía, una compasión especial por tal índole de sufrimien­tos, como nos sentimos más próximos de alguien que tiene la misma enfermedad que nosotros. Sentía ade­más tanto afecto por mí que el pensar en mis sufri­mientos le resultaba insoportable. Tan es así que la que me los causaba le inspiraba una mezcla de rencor y admiración. Me tenía por un ser tan superior que pensaba que, para verme yo sometido a otra criatura, ésta había de ser absolutamente extraordinaria. Yo es­taba convencido de que encontraría bonita la fotogra­fía de Albertine, pero como aun así no me imaginaba que produjera en él la impresión de Helena sobre los ancianos troyanos, al tiempo que la buscaba decía mo­destamente: «Bueno, no te vayas a creer, primero que la foto es mala, y luego que ella no es nada del otro mundo, tampoco es una belleza, sobre todo es simpá­tica.» «¡Oh!, sí, será maravillosa», contestó él con entusiasmo cándido y sincero, tratando de imaginarse al ser que pudiera sumirme en tal desesperación y de­sasosiego. «Le echo en cara el que te lastime, pero tam­bién cabía imaginar que un artista hasta la médula como tú, un ser que ama en todo la belleza y con tal amor, estaba predestinado a sufrir más que otro cuan­do la encontrase encarnada en una mujer.» Acababa por fin de encontrar la fotografía. «Seguro que será maravillosa», seguía diciendo Robert, sin advertir que yo le alargaba la fotografía. De pronto la vio, la sos­tuvo durante un instante en sus manos. Reflejaba su cara una estupefacción rayana en la estupidez. «¿Esta es la chica de la que estás enamorado?», terminó di­ciéndome con tono en el que se echaba de ver que dominaba su asombro para no ofenderme. No hizo ninguna observación, había tomado el aire razonable, prudente, forzosamente una pizca desdeñoso que adop­tamos ante un enfermo -por mucho que haya sido hasta entonces hombre eminente y amigo de noso­tros- pero que ya no es nada de todo eso, pues, aquejado de locura furiosa, nos habla de un ser celes­te que se le ha aparecido, y sigue viéndolo en el lugar en que uno, hombre sano, tan sólo ve un edredón. Comprendí de inmediato el asombro de Robert, el mismo que me embargara a mí al ver a su amante, con la única diferencia de que yo hallé en ella a una mujer que ya conocía, en tanto que él creía no haber visto nunca a Albertine. Pero sin duda la diferencia entre lo que veíamos ambos de una misma persona era igual de grande. Lejano quedaba el tiempo en el que yo comencé tímidamente en Balbec añadiendo a las sensaciones visuales, cuando veía a Albertine, sen­saciones de sabor, de olor, de tacto. Desde entonces, habían venido a añadirse sensaciones más profundas, más suaves, más indefinibles, que habían dado paso a las sensaciones dolorosas. Albertine, como una piedra en torno a la cual ha nevado, no era en definitiva sino el centro generador de un inmenso edificio que pasa­ba por el plano de mi corazón. Robert, para quien resultaba invisible toda esa estratificación de sensacio­nes, tan sólo captaba un residuo que ésta en cambio me impedía ver a mí. Lo que había desconcertado a Robert al ver la fotografía de Albertine era no el pasmo de los ancianos troyanos cuando ven pasar a Helena y dicen:

Nuestro dolor no vale ni una mirada suya,

sino el exactamente inverso y que hace decir: «¡Cómo, por ésa ha ido de cabeza, ha sufrido tanto, ha hecho tantas locuras!» Preciso es confesar que ese tipo de reacción al ver a la persona que ha causado los sufri­mientos, conmocionado la existencia, a veces provoca­do la muerte de algún ser querido es infinitamente más frecuente que el de los ancianos troyanos y, como quien dice, el habitual. Y eso no sólo porque el amor es individual, ni porque, cuando no lo experimentamos, el encontrarlo evitable y el filosofar sobre la locura ajena nos resulta natural. No, lo que ocurre es que, cuando ha alcanzado el grado en que provoca tales males, el edificio de las sensaciones interpuestas entre el rostro de la mujer y los ojos del amante (el enorme y doloroso huevo que lo recubre y lo disimula como una capa de nieve una fuente), ha crecido ya lo bas­tante como para que el punto en que se detienen las miradas del amante, el punto que le procura placer y sufrimientos, aparezca tan lejano del punto en que lo ven los demás como el sol auténtico del lugar en que su luz condensada nos lo muestra en el cielo. Y ade­más, entretanto, bajo la crisálida de dolores y cariños que hace invisibles al amante las peores metamorfosis del ser amado, el rostro ha ido envejeciendo y cam­biando. Y así, si el rostro que viera el amante por pri­mera vez aparece muy lejano del que ve desde que ama y sufre, aparece, en sentido inverso, igual de lejano del que puede ver ahora el espectador indiferente. (¿Y si Robert, en vez de ver la foto de la que era una mu­chacha, hubiera visto la de una vieja amante?) Ni siquiera necesitamos ver por primera vez a la que ha causado tantos estragos para experimentar ese asom­bro. A menudo la conocíamos como conocía mi tío abuelo Adolphe a Odette. Entonces la diferencia de óp­tica se extiende no sólo al aspecto físico sino al carác­ter, a la importancia individual. Hay muchas probabi­lidades de que la mujer que hace sufrir al hombre que la ama haya sido siempre buena con alguien que no le hacía el menor caso, como Odette tan cruel con Swann había sido la solícita «dama vestida de rosa» de mi tío abuelo Adolphe, o que el ser de quien cada decisión es sopesada de antemano con tanto temor como la de una divinidad por el que lo ama aparezca como una persona inconsistente, demasiado feliz de hacer cuan­to uno quiera, a los ojos del que no la ama, como la amante de Saint-Loup para mí, que no veía en ella sino a aquella «Rachel cuando del Señor» a quien tantas veces me ofrecieran. Recordaba, la primera vez que la vi con Saint-Loup, mi estupefacción al pensar que a alguien pudiese torturarle no saber lo que había hecho semejante mujer tal noche, lo que le había dicho a al­guien en voz baja, el porqué de su deseo de romper. Ahora bien, me daba cuenta de que ese pasado -pero de Albertine-, hacia el que cada fibra de mi cora­zón, de mi vida, se dirigía con sufrimiento vibrátil y torpe, debía de parecerle igualmente insignificante a Saint-Loup, llegaría quizá a serlo un día para mí, y yo pasaría quizá poco a poco, con respecto a la insigni­ficancia o la gravedad del pasado de Albertine, del es­tado de ánimo que tenía en aquel momento al que te­nía Saint-Loup, pues no me hacía ilusiones sobre lo que Saint-Loup pudiera pensar, sobre lo que quienquiera que no sea el amante pueda pensar. Y ello no me hacía sufrir mucho. Dejemos las mujeres guapas a los hom­bres sin imaginación. Recordaba esa trágica explicación de tantas vidas que es un retrato genial y nada fiel como el que le hiciera Elstir a Odette, y que es menos el retrato de una amante que amor deformante. Sólo le faltaba -lo que tantos retratos tienen- ser a un tiempo de un gran pintor y de un amante (y bien se decía que Elstir lo había sido de Odette). Toda la vida de un amante, de un amante cuyas locuras nadie com­prende, toda la vida de un Swann, prueban tal deseme­janza. Pero cuando el amante se desdobla en un pin­tor como Elstir, sale a relucir la clave del enigma, apa­recen por fin ante nuestros ojos esos labios que el vulgo jamás ha atisbado en aquella mujer, esa nariz que nadie le ha conocido, ese porte insospechado; el retrato dice: «Lo que he amado, lo que me ha hecho sufrir, lo que he visto sin cesar, es esto.» Por una gim­nasia inversa, yo, que había intentado con el pensamien­to añadir a Rachel todo cuanto le había añadido por su cuenta Saint-Loup, trataba de eliminar mi aporta­ción cardíaca y mental en la composición de Alberti­ne e imaginármela tal como debía de aparecérsele a Saint-Loup, como a mí Rachel. ¿Pero qué importancia tiene eso? Tales diferencias, aunque las viésemos noso­tros mismos, seguiríamos añadiendo. Cuando antaño, en Balbec, Albertine me esperaba bajo los soportales de Incarville y saltaba a mi coche, no sólo no había aún «echado carnes», sino que a consecuencia de un exceso de ejercicio se había consumido demasiado; flaca, desfavorecida por un feo sombrero que dejaba asomar una puntita de fea nariz y ver de perfil unas mejillas blancas como larvas, poco encontraba de ella, lo suficiente no obstante para que por su forma de sal­tar a mi coche supiese que era ella, que había sido pun­tual a la cita y no había ido a otro sitio; y eso basta; aquello que se ama está demasiado inmerso en el pa­sado, consiste demasiado en el tiempo perdido juntos como para que necesitemos a toda la mujer; tan sólo queremos estar seguros de que es ella, no equivocar­nos sobre la identidad, muchísimo más importante que la belleza para los que aman; pueden hundirse las me­jillas, enflaquecer el cuerpo, incluso para los que se mostraron en un principio más orgullosos a los ojos de los demás de su dominación sobre una belleza, ese hociquito, esa señal en que se resume la personalidad permanente de una mujer, ese extracto algebraico, esa constante, basta para que un hombre esperado entre los círculos más selectos, y aferrado a ellos, no pueda disponer de una sola de sus noches, porque se pasa el tiempo peinando y despeinando hasta la hora de dor­mirse a la mujer que ama, o sencillamente permane­ciendo a su lado, para estar con ella, o para que ella esté con él, o tan sólo para que no esté con otros. «¿Es­tás seguro -me dijo Saint-Loup- de que puedo ofre­cerle por las buenas a esa mujer treinta mil francos para el comité electoral de su marido? ¿Hasta tal ex­tremo llega su deshonestidad? Si no te equivocas, bas­tarían tres mil francos.» «No, por favor, no quieras ahorrar con una cosa tan capital para mí. Tú le dices lo siguiente, en donde además hay una parte de ver­dad: "Mi amigo le había pedido estos treinta mil francos a un pariente para el comité del tío de su novia. Se los dieron precisamente por ese motivo de su noviaz­go. Y me pidió que se los llevase a usted para que Al­bertine no se enterase de nada. Y resulta que ahora Albertine lo planta. El ya no sabe qué hacer. Forzosa­mente ha de devolver los treinta mil francos si no se casa con Albertine. Y si se casa con ella, aunque sea por guardar las formas ella tiene que volver inmedia­tamente, porque si se prolongase la fuga haría un efec­to pésimo." ¿Crees que suena a inventado adrede?» «En absoluto», me contestó Saint-Loup por bondad, por discreción, y porque sabía que las circunstancias son en ocasiones más extrañas de lo que nos figu­ramos. Al fin y al cabo, no era imposible que en aquella historia de los treinta mil francos existiera, como se lo decía yo, una gran parte de verdad. Era posible, pero no era cierto, y esa parte de verdad era precisamente una mentira. Pero Robert y yo nos men­tíamos, como en todas las charlas en que un amigo desea sinceramente ayudar a su amigo presa de una desesperación amorosa. El amigo, consejo, apoyo, con­suelo, puede compadecerse de la zozobra del otro, no experimentarla, y cuanto mejor es con él, más mien­te. Y el otro le confiesa lo necesario para recibir ayuda, pero, precisamente para recibir ayuda, le oculta no pocas cosas. El feliz es, a pesar de todo, el que se es­fuerza, el que hace un viaje, el que cumple una mi­sión, pero no sufre interiormente. Yo era en aquel mo­mento el que fuera Robert en Doncières cuando creyó que le había abandonado Rachel. «En fin, como quie­ras, si me dan un chasco, lo acepto de antemano por ti. Y aunque me resulte un tanto extraño este camba­lache tan poco disimulado, demasiado sé que en nues­tro mundo hay duquesas, y hasta de las más mojiga­tas, que por treinta mil francos harían cosas más difí­ciles que decirle a su sobrina que no se quede en Turena. Vaya, que me alegra doblemente serte útil, ya que es la única manera de que te dignes verme. Si me caso -agregó-, ¿nos veremos con más frecuencia, considerarás mi casa un poco como la tuya?...» Se interrumpió bruscamente, debiendo de pensar, me ima­giné yo entonces, que si también me casaba yo, Al­bertine no podría ser para su mujer una relación ín­tima. Y me vino a la memoria lo que me contaron los Cambremer acerca de su probable boda con la hija del príncipe de Guermantes. Consultada la guía, vio que no podría salir hasta la noche. Françoise me preguntó: «¿Hay que quitar del despacho la cama de la señorita Albertine?» «Al revés -le dije-, hay que hacerla.» Esperaba que regresara de un día a otro y no quería que Françoise pudiera siquiera dudarlo. La marcha de Albertine había de parecer algo convenido entre no­sotros, que no implicara en absoluto que me amaba menos. Pero Françoise me miró con cara, si no de in­credulidad, sí de duda. También ella tenía sus dos hi­pótesis. Se le dilataba la nariz, olfateaba la ruptura, debía de llevar tiempo notándola. Y si no estaba del todo segura, quizá fuera porque, como a mí, le inspi­raba recelo creer plenamente en algo que tanto le hu­biera gustado.
Cuando apenas debía de haber llegado Saint-Loup al tren, me crucé en mi antesala con Bloch, a quien no había oído llamar, de modo que me vi obligado a recibirlo un instante. Me había visto hacía poco con Albertine (a la que conocía de Balbec) un día en que ella estaba de malhumor. «He cenado con el señor Bontemps -me dijo-, y como ejerzo cierta influencia sobre él, le he dicho que me tenía muy triste el que su sobrina no se portara mejor contigo, que procurase aleccionarla en este sentido.» Yo estaba ciego de rabia, tales ruegos y quejas destruían todo el efecto de la gestión de Saint-Loup y me implicaban directamente ante Albertine pareciendo que le suplicase. Para colmo de desdichas, Françoise, que estaba en la antesala, lo oía todo. Colmé de reproches a Bloch, diciéndole que nadie la había pedido que tomase cartas en el asunto, y que además el hecho era falso. A partir de aquel mo­mento Bloch no dejó ya de sonreír, creo que, más que de alegría, de apuro por haberme disgustado. Se reía sorprendido de mi arranque de ira. Quizá lo hacía para restar importancia ante mis ojos a su indiscreta ges­tión, quizá porque era de carácter cobarde y vivía ale­gre y perezosamente en la mentira, como las medusas a flor de agua, quizá porque, aun cuando perteneciera a otra raza de hombres, como los demás no pueden nunca situarse en el mismo punto de vista que noso­tros, no calibran el daño que pueden causarnos sus pa­labras pronunciadas al azar. Acababa de despedirlo, sin hallar remedio a lo que había hecho, cuando volvie­ron a llamar, y Françoise me entregó una citación de la jefatura de policía. Los padres de la niña que había pasado una hora en casa habían presentado una denun­cia acusándome de corrupción de menores. Hay mo­mentos en la vida en que nace una especie de belleza de la multiplicidad de conflictos que nos asaltan, entre­mezclados como leitmotivs wagnerianos, de la noción también, emergente entonces, de que los acontecimien­tos no se sitúan en el conjunto de reflejos pintados en el pobre espejillo que lleva delante la inteligencia y que denomina futuro, de que están fuera y surgen tan bruscamente como alguien que viene a verificar un flagrante delito. Ya abandonado a sí mismo, un acontecimiento se modifica bien porque nos lo ampli­fique el fracaso, bien porque la satisfacción lo reduz­ca. Pero rara vez está solo. Los sentimientos excitados por cada acontecimiento se neutralizan entre sí y el miedo, como pude observar mientras me encaminaba a la jefatura de policía, es en cierta medida un revul­sivo, al menos momentáneo y bastante eficaz, de las tristezas sentimentales. En la comisaría me encontré con los padres, que me insultaron, me espetaron: «Guárdese su asqueroso dinero», devolviéndome los quinientos francos que yo no quería tomar. Entretan­to, el jefe de policía, proponiéndose como inimitable ejemplo la facilidad de los jueces dados a la réplica punzante, seleccionaba una palabra de cada frase que yo decía, palabra que le servía para enjaretar una in­geniosa y abrumadora respuesta. De mi inocencia en el asunto ni se trató, pues fue la única hipótesis que nadie quiso admitir ni por un instante. Con todo, las dificultades de la inculpación permitieron que todo quedara en aquel rapapolvo, en extremo violento mien­tras estuvieron presentes los padres. Pero no bien se marcharon, el jefe de policía, que era aficionado a las niñas, cambió de tono y me regañó como a un compa­dre: «Otra vez, séame más listo. Pero hombre, a quién se le ocurre querer cazarlas tan rápido, eso siempre falla. Además, niñas mejores que ésa las encontrará en cualquier sitio, y por mucho menos dinero. Esa can­tidad era un disparate.» Tan evidente me resultaba que no me comprendería si intentaba explicarle la verdad, que aproveché sin abrir la boca el permiso que me dio para retirarme. Hasta que llegué a casa, todos los tran­seúntes se me antojaban inspectores encargados de es­piar mis actos y movimientos. Pero tanto aquel leit­motiv como el de la ira contra Bloch se apagaron para dar paso al de la marcha de Albertine. Y éste reapare­cía, pero con un tono casi alegre desde que partiera Saint-Loup. Desde que consintiera ir a ver a la señora de Bontemps, el peso del asunto no descansaba ya en mi mente agotada, sino en Saint-Loup. Incluso, cuan­do se marchó, me invadió una especie de euforia por­que había tomado una decisión: «He contestado con las mismas armas.» Y se disiparon mis sufrimientos. Creía que era por haber actuado, lo creía de buena fe, pues nunca sabemos lo que se oculta en nuestra alma. En el fondo, lo que me hacía feliz no era el haber descargado mis indecisiones en Saint-Loup, como pen­saba. Además, no me equivocaba en absoluto; el re­medio específico para curar un acontecimiento desdi­chado (las tres cuartas partes de los acontecimientos lo son) es una decisión; pues la decisión tiene el efec­to, por un brusco trastrueque de nuestros pensamientos, de interrumpir el flujo de los que vienen del acon­tecimiento pasado, cuya vibración prolongan, de que­brarlo mediante un flujo inverso de pensamientos inversos, llegado del exterior, del futuro. Pero estos pensamientos nuevos nos resultan sobre todo benéfi­cos (y era el caso de los que me asaltaban en aquel momento) cuando, desde el fondo de ese futuro, nos traen una esperanza. Lo que, en el fondo, me hacía tan feliz era la secreta certeza de que, no pudiendo fracasar la misión de Saint-Loup, Albertine tenía for­zosamente que volver. Lo comprendí porque, al no re­cibir el primer día respuesta de Saint-Loup, volví a sufrir. Por tanto, mi decisión, mi transmisión de plenos poderes a Saint-Loup, no eran la causa de mi alegría, que, en tal caso, me habría durado, sino aquel: «El triunfo es seguro» que pensé cuando decía: «Sea lo que Dios quiera.» Y la idea, despertada por su tardanza, de que en efecto podía sobrevenir otra cosa que no fuese el éxito me resultaba tan odiosa que había per­dido la alegría. En realidad es nuestra previsión, nues­tra esperanza de acontecimientos felices, lo que nos colma de una alegría que atribuimos a otras causas, y que cesa para sumirnos en la zozobra si ya no esta­mos tan seguros de que lo que deseamos se realizará. Lo que sostiene el edificio de nuestro mundo sensiti­vo es siempre una invisible creencia, y privado de ella se tambalea. Hemos visto que fijaba para nosotros el valor o la nulidad de los seres, el entusiasmo o el has­tío de verlos. Nos da asimismo la posibilidad de so­portar un disgusto que no nos atosiga sencillamente porque estamos convencidos de que pasará, o de re­pente nos lo agranda hasta que una presencia cobra igual importancia para nosotros, a veces incluso más que nuestra vida. Hubo algo, además, que acabó mar­tirizándome tanto como en el primer minuto, y preci­so es decir que ya no me sentía martirizado. Fue el releer una frase de la carta de Albertine. Por mucho que amemos a los seres, el dolor de perderlos, cuando en nuestro aislamiento nos quedamos a solas con él, al que nuestra mente da en cierto modo la forma que quiere, ese dolor es soportable y distinto del menos hu­mano, menos nuestro, tan imprevisto y extraño como un accidente en el mundo moral y en la región del co­razón, que viene causado, más que por los propios seres, por la forma de enterarnos de que no volvería­mos a verlos. Podía pensar en Albertine llorando que­damente, aceptando no verla más aquella noche que el día anterior, pero el releer: «Mi decisión es irrevo­cable» era muy distinto, era como tomar un medica­mento peligroso que me provocase un ataque cardíaco al que fuese imposible sobrevivir. Hay en las cosas, en los acontecimientos, en las cartas de ruptura, un peligro peculiar que amplifica y distorsiona el propio dolor que pueden causarnos los seres. Pero ese dolor dura poco. A pesar de todo, estaba tan convencido de que triunfaría la habilidad de Saint-Loup, el regreso de Albertine me parecía cosa tan segura, que me pre­gunté si había hecho bien en desearlo. Pero me ale­graba.
Junto con los coches, quería comprar el yate más hermoso que existía entonces. Estaba en venta, pero era tan caro que no aparecía comprador. Además, una vez comprado, aun suponiendo que no hiciésemos más que cruceros de cuatro meses, supondría más de dos­cientos mil francos al año de mantenimiento. Lleva­ríamos un ritmo de gastos anual de medio millón. ¿Po­dría aguantarlo yo más de siete u ocho años? Pero qué importa, cuando no me quedasen más que cincuenta mil francos de renta, podría dejárselos a Albertine y matarme. Fue la decisión que tomé. Me hizo pensar en mí. Y como el yo vive de continuo pensando can­tidad de cosas, como no es más que el pensamiento de tales cosas, cuando por casualidad en vez de tenerlas delante piensa de pronto en sí mismo, tan sólo se en­cuentra un aparato vacío, algo que desconoce, al que, para infundirle alguna realidad, incorpora el recuerdo de una cara avistada en el espejo. Esa extraña sonrisa, esos bigotes asimétricos, eso es lo que desaparecerá de la superficie de la tierra. Cuando me matase den­tro de cinco años, se acabaría para mí el poder pensar en todas esas cosas que desfilaban sin cesar por mi men­te. Desaparecería de la superficie de la tierra y nunca más regresaría, mi pensamiento se detendría para siem­pre. Y mi yo se me antojó aún más inútil, al verlo ya como algo que había dejado de existir. ¿Cómo puede re­sultar difícil sacrificar a la mujer en la que tenemos puesto constantemente el pensamiento (la mujer ama­da), sacrificarle ese otro ser en el que jamás pensamos: nosotros mismos? Por eso ese pensamiento de mi muer­te me pareció en ese sentido, al igual que la noción de mi yo, singular; no me resultó nada desagradable. De pronto lo encontré espantosamente triste; porque, al pensar que si no podía disponer de más dinero era porque vivían mis padres, pensé de pronto en mi madre. Y no pude soportar la idea de lo que sufriría tras mi muerte.
Desgraciadamente para mí, que creía liquidado el asunto de la policía, vino Françoise a anunciarme que se había presentado un inspector preguntando si yo acostumbraba recibir jovencitas en casa, que la portera, imaginando que se referían a Albertine, había contes­tado que sí, y que desde entonces la casa parecía vigi­lada. Nunca más podría traer a una niña a que me consolase de mis penas, sin exponerme a sufrir el oprobio ante ella de que apareciese un inspector y la niña me viese como un malhechor. Y comprendí a un tiempo hasta qué punto vivimos aferrados a determinados sue­ños, pues esa imposibilidad de volver a mecer a una niña despojaba a la vida para mí definitivamente de todo valor; pero comprendí asimismo lo lógico que re­sulta que la gente rechace fácilmente la fortuna y arrostre la muerte, pese a que nos figuramos que el interés y el miedo mueven el mundo. Pues de habér­seme ocurrido que incluso una niña desconocida pu­diese tener un concepto execrable de mí, por la apari­ción de un policía, habría preferido mil veces matar­me. No existía ni comparación posible entre ambos sufrimientos. Pero en la vida las personas no reparan jamás en que aquellos a quienes ofrecen dinero, a quie­nes amenazan de muerte, pueden tener una amante, o aun sencillamente un amigo, cuya estima les intere­sa, aunque no les interesa la propia. Pero de pronto, por una confusión que me pasó inadvertida (pues no pensé que siendo mayor de edad Albertine podía vivir en mi casa y hasta ser mi amante), me pareció que la corrupción de menores podía aplicarse también a Al­bertine. Entonces, ya, vi que la vida se me cerraba por todas partes. Y pensando que no había vivido casta­mente con ella, hallé, en el castigo que se me infligía por haber mecido en mis rodillas a una niña descono­cida, esa relación que existe casi siempre en los casti­gos humanos, y que hace que no haya casi nunca ni condena justa, ni error judicial, sino una especie de armonía entre la idea falsa que se forma el juez de un acto inocente y los hechos culpables que ha igno­rado. Pero entonces, al pensar que el regreso de Al­bertine podía acarrearme una condena infame que me degradaría a sus ojos y quizá ocasionarle a ella un que­branto que no me perdonaría, dejé de desear aquel re­greso, me espantó. Hubiera deseado telegrafiarle que no volviese. Y de repente, avasallando todo lo demás, me invadió el deseo apasionado de que volviese. ¡Y es que al considerar por un instante la posibilidad de de­cirle que no volviera y vivir sin ella, de pronto me sentí por el contrario dispuesto a sacrificar todos los viajes, todos los placeres, todos los trabajos, por que Albertine volviese!
Mi amor por Albertine, cuyo destino creí poder pre­ver basándome en el que me uniera con Gilberte, se había desarrollado, ay, en perfecto contraste con este último. ¡Cuán imposible se me hacía estar sin verla! ,Y para cada acto, siquiera el más mínimo, pero in­merso antaño en la feliz atmósfera que constituía la presencia de Albertine, necesitaba cada vez, con reno­vado empeño, con idéntico dolor, reiniciar el aprendi­zaje de la separación. Luego, el contraste con otras for­mas de la vida relegaba a la sombra aquel nuevo dolor; y durante aquellos días, que fueron los primeros de la primavera, mientras esperaba que Saint-Loup se entre­vistase con la señora de Bontemps, viví momentos de grato sosiego imaginando Venecia y hermosas mujeres desconocidas. En cuanto me di cuenta, me invadió un tremendo pánico. El sosiego que acababa de saborear era la primera aparición de esa gran fuerza intermiten­te, que iba a luchar en mí contra el dolor, contra el amor, y acabaría sometiéndolos. Aquel sabor anticipa­do, aquel presagio, eran, por un instante tan sólo, lo que más adelante constituiría para mí un estado perma­nente, una vida en la que ya no podría sufrir por Al­bertine, en la que ya no la amaría. Y mi amor, que aca­baba de reconocer al único enemigo capaz de vencerle, el olvido, se echó a temblar, como un león que ve de pronto en su jaula la serpiente pitón que lo devorará.
Pensaba a cada instante en Albertine, y cuando en­traba Françoise en mi cuarto a decirme: «No hay car­tas», nunca lo hacía lo bastante rápido como para abre­viar mi angustia. Pero de cuando en cuando, dejando que se filtrase una u otra corriente de ideas en mi dolor, lograba renovar, airear una pizca la atmósfera viciada de mi corazón; pero por la noche, si acertaba a dormirme, era como si el recuerdo de Albertine fuese el medicamento que me había procurado el sueño, y cuya influencia, al cesar, me despertaría. Mientras dor­mía, pensaba continuamente en Albertine. Era un sueño peculiarmente suyo el que me daba, y durante él, además, me resultaba imposible pensar en otra cosa, como cuando estaba despierto. El sueño, su recuerdo, eran las dos sustancias que se me suministraban a un tiempo para dormir. Estando despierto, además, mi su­frimiento iba aumentando en vez de disminuir. No es que el olvido no realizase su labor, sino que con ello favorecía la idealización de la imagen añorada, y por ende la asimilación de mi sufrimiento inicial a otros análogos que lo reforzaban. Y esa imagen aún era so­portable. Pero si de repente pensaba en su habitación, en su habitación con la cama vacía, en su piano, en su automóvil, desfallecía, cerraba los ojos, inclinaba la ca­beza sobre el hombro izquierdo como los que están a punto de desmayarse. El ruido de las puertas me hacía casi el mismo daño, porque no las abría ella. Cuando fue ya tiempo de que llegara un telegrama de Saint­-Loup, no me atreví a preguntar: «¿Hay algún telegra­ma?» Llegó uno, por fin, que no hacía sino posponer­lo todo anunciándome: «Las señoras se han marchado por tres días.»
Sin duda, había soportado los cuatro días que lle­vaba fuera Albertine porque pensaba: «Es cuestión de tiempo, antes del fin de semana estará aquí.» Pero no era ello óbice para que para mi corazón, para mi cuer­po, el acto que era menester realizar fuese el mismo: vivir sin ella, volver a casa sin encontrármela, pasar ante la puerta de su cuarto -para abrirlo, no me veía aún con ánimos- sabiendo que no estaba, irme a la cama sin haberle dado las buenas noches, tales eran las cosas que mi corazón hubo de realizar en su terrible totalidad y como si no hubiera de volver a ver a Alber­tine. Y el que ahora lo hubiera realizado cuatro veces demostraba que era capaz de seguir haciéndolo. Puede que pronto pudiese prescindir de la razón -el próxi­mo retorno de Albertine- que me ayudaba a seguir viviendo así (podría pensar: «No volverá nunca», y aun así seguir viviendo como lo había hecho ya durante cuatro días), como un herido que ha recuperado el há­bito de caminar y puede prescindir de las muletas. Por la noche, al volver, me topaba desde luego con los re­cuerdos, yuxtapuestos en interminable serie, de todas las noches en que Albertine me esperaba, y ello me dejaba sin respiración, me ahogaba de vacío y soledad; pero ya me venía a la mente también el recuerdo de la víspera, de la antevíspera y de las dos noches ante­riores, o sea el recuerdo de las cuatro noches transcu­rridas desde que marchara Albertine, durante las cua­les había estado sin ella, solo, en las que así y todo había vivido, formando una cinta de recuerdos muy tenue comparada con la otra pero que quizá fuese co­brando cuerpo conforme pasaban los días. No me ex­tenderé aquí sobre la carta de declaración que recibí por entonces de una sobrina de la señora de Guerman­tes, que era tenida por la más guapa muchacha de París, ni sobre los pasos que dio el duque de Guer­mantes de parte de los padres resignados, en aras de la felicidad de su hija, a admitir un partido tan desi­gual, una boda tan dispar. Tales incidentes, que podrían regalar el amor propio, resultan dolorosos cuan­do se ama. Puede tenerse el deseo pero no la indelica­deza de darlos a conocer a la que tenía formada sobre nosotros un juicio menos favorable, que por lo demás tampoco modificaría al saber que podemos ser objeto de otro juicio completamente distinto. Lo que me es­cribía la sobrina del duque no hubiera tenido otro efec­to que impacientar a Albertine.
Desde el mismo momento en que me despertaba y me sumergía en mi dolor tomándolo en el punto en que quedara antes de dormirme, como un libro cerra­do un instante y que ya no me abandonaría hasta la noche, mis sensaciones únicamente podían confluir en un pensamiento que tuviera que ver con Albertine, lo mismo viniesen de fuera que de dentro. Llamaban: ¡es una carta de ella, quizá sea ella! Si me encontraba bien físicamente, si no era muy infeliz, dejaba de tener celos, se acababan los reproches, anhelaba verla cuan­to antes, besarla, pasar alegremente toda la vida con ella. Telegrafiarle: «Ven en seguida» se me antojaba la cosa más sencilla, como si mi nuevo talante hubie­se modificado no sólo mis sentimientos, sino las cosas exteriores a mí, como si las hubiese vuelto más fáci­les. Si me sentía alicaído, despertaban todas mis iras contra ella, ya no tenía ganas de besarla, sentía la im­posibilidad de ser feliz con ella, tan sólo deseaba ha­cerle daño e impedirle que perteneciera a persona al­guna. Pero de esos dos humores contrarios el resulta­do era idéntico, tenía que volver cuanto antes. Y sin embargo, por mucha alegría que pudiera producirme ese retorno, notaba que no tardarían en presentarse las mismas dificultades, y que la búsqueda de la felicidad en la satisfacción del deseo moral venía a resultar tan ingenua como la empresa de alcanzar el horizonte ca­minando hacia adelante. Cuanto más progresa el deseo, más se aleja la posesión auténtica. De manera que, si cabe encontrar la felicidad, o al menos la ausencia de sufrimientos, lo que es menester buscar no es la satis­facción sino la reducción progresiva, la extinción final del deseo. Intentamos ver lo que amamos, deberíamos intentar no verlo, sólo el olvido acaba conduciéndo­nos a la extinción del deseo. Y me imagino que si un escritor formulara verdades de este tipo, dedicaría el libro que las contuviera a una mujer a la que le gusta­ría acercarse así, diciendo: «Este es tu libro.» Y así, diciendo las verdades en su libro, mentiría en su dedi­catoria, pues para él supone lo mismo el que el libro sea de esa mujer que esa piedra que procede de ella, y a la que sólo tendrá en estima mientras ame a la mujer. Los vínculos entre un ser y nosotros no exis­ten sino en nuestro pensamiento. La memoria, al de­bilitarse, los despega, y pese a la ilusión con que qui­sieramos engañarnos, y con que por amor, por amis­tad, por cortesía, por respeto humano, por deber, engañamos a los demás, existimos solos. El hombre es el ser que no puede salir de sí mismo, que únicamen­te en sí mismo conoce a los demás, y, diciendo lo con­trario, miente. Y habría tenido tanto miedo, si alguien hubiese sido capaz de hacerlo, de quitarme esa necesi­dad de ella, ese amor por ella, que me convencía de que era precioso para mi vida. Poder oír pronunciar, sin fascinación y sin sufrimiento, los nombres de las estaciones por las que pasaba el tren para ir a Turena, se me hubiera antojado una disminución de mí mismo (sencillamente en el fondo porque eso indicaba que Al­bertine pasaba a serme indiferente); estaba bien, me decía a mí mismo, que preguntándome de continuo qué estaría haciendo, pensando, deseando, a cada ins­tante, si quería, si iba a volver, mantuviese abierta esa puerta de comunicación que el amor había practicado en mí, y sintiese que la vida de otra persona desborda­ba, abiertas las esclusas, la alberca cuyas aguas no que­rían volver a quedar estancadas. Al poco, como se pro­longase el silencio de Saint-Loup, una ansiedad secun­daria -la espera de un telegrama, de una llamada telefónica- enmascaró la primera, la inquietud del re­sultado, el saber si regresaría Albertine. Espiar cada ruido a la espera del telegrama me resultaba tan into­lerable que me parecía que, fuera el que fuere, la lle­gada de ese telegrama, que era lo único en que pensa­ba ahora, pondría término a mis sufrimientos. Pero cuando recibí por fin un telegrama de Robert en el que me anunciaba que había visto a la señora Bontemps pero pese a todas sus precauciones Albertine lo había visto a él, lo que lo había echado todo por tierra, esta­llé de ira y desesperación, pues era lo que a toda costa había querido yo evitar. Al conocer Albertine el viaje de Saint-Loup, parecería que yo me aferraba a ella, lo que la empecinaría aún más en no volver, y lo espan­toso era, además, que con ello mi amor perdía el or­gullo que le quedaba de tiempos de Gilberte. Maldije a Robert, pero luego pensé que si fracasaba ese plan, ya echaría mano de otro; habida cuenta de que el hom­bre puede actuar sobre el mundo exterior, ¿cómo no iba a lograr yo, haciendo valer la astucia, la inteligen­cia, el interés, el afecto, suprimir esa cosa atroz: la ausencia de Albertine? Creemos que podemos modifi­car conforme a nuestro deseo cuanto nos rodea, lo creemos porque, fuera de eso, no vemos ninguna so­lución favorable, no pensamos en la que se da con más frecuencia y que también es favorable: no acertamos a cambiar las cosas conforme a nuestro deseo, pero nuestro deseo va cambiando poco a poco. La situación que esperábamos cambiar porque nos resultaba inso­portable pasa a sernos indiferente. No hemos podido superar el obstáculo, como anhelábamos, pero la vida nos lo ha hecho soslayar, rebasar, y apenas si volvién­donos entonces hacia la lejanía del pasado podemos atisbarlo, hasta tal punto se nos ha hecho impercep­tible.
Oí en el piso de arriba unos pasajes de Manon que tocaba una vecina. Apliqué la letra, que conocía, a Al­bertine y a mí, y me invadió una emoción tan profun­da que me eché a llorar. Era:

El pájaro que huye creyéndose esclavo
Cuántas veces, ay,
Desesperado vuelve a llamar al cristal,

y la muerte de Manon:

Contéstame, Manon, el amor de mi vida,
Tu bondad hasta hoy no llegué a conocer.

El que Manon volviese a Des Grieux me movía a pensar que yo era para Albertine el amor de su vida. Lo más probable, ay, es que de haber oído en aquel instante la misma aria, no me habría amado a mí bajo el nombre de Des Grieux, y aun suponiendo que lo hubiera pensado, mi recuerdo le habría impedi­do emocionarse al escuchar aquella música que sin em­bargo encajaba bien, aunque mejor escrita y más deli­cada, con el género que a ella le gustaba. Por mi parte, no me vi con ánimos de abandonarme al placer de pen­sar que Albertine me llamaba «el amor de mi vida» y reconocía que se había engañado «creyéndose escla­va». Yo sabía que no puede leerse una novela sin atri­buir a la heroína los rasgos de la mujer amada. Pero por feliz que sea el final del libro, nuestro amor no ha dado un paso más, y, cuando lo cerramos, la mujer amada, que por fin ha venido a nosotros en la no­vela, no nos ama un ápice más en la vida. Furioso, telegrafié a Saint-Loup que volviera cuanto antes a París, para evitar al menos la apariencia de poner una insistencia agravante en un paso que tanto quería ocultar.
Tenía la convicción de que Albertine no estaba con su tía, sino oculta en casa de la pastelera donde había­mos estado merendando muy poco tiempo antes de su marcha. Me presenté a merendar allí, halagué a la pas­telera con promesas de un afecto que me inspiraba real­mente en aquel momento en que tanto podía hacer por mí, le rogué encarecidamente que me dejara visitar toda la casa. La mujer consintió. Pero aquí había algo en obras, allí me hacía esperar para ponerlo todo en orden, había tiempo sobrado para que mi amiga pu­diera cambiar de habitación conforme entraba yo. En un cuarto, por fin, me dijo que tenía a una niña que había adoptado y que estaba enferma. Insistí. «No, que la despertará usted.» Por fin me dejó pasar, la besó en la frente sin despertarla. No era Albertine. Pero, en­frente, vi un cuarto con las cortinas echadas que no me abrió porque no tenía la llave; supliqué, me brin­dé para ir a buscar a un cerrajero. Fue inútil, y quedé convencido de que detrás de aquella cortina estaba Al­bertine.
Pero antes de que regresase Saint-Loup según mis instrucciones, lo que recibí fue este telegrama de la propia Albertine:
«Ha sido una insentatez mandar a tu amigo Saint­Loup a ver a mi tía. Si me necesitabas, tenías que haberme escrito directamente, me hubiera encantado tanto volver. Deja ya de hacer cosas absurdas.»
«¡Me hubiera encantado tanto volver!» Si decía eso, era que le dolía haberse ido, que sólo buscaba un pre­texto para volver. Luego yo tenía que hacer ni más ni menos que lo que me decía, escribirle que la necesita­ba, y regresaría. O sea que volvería a verla, a ella, a la Albertine de Balbec (pues, desde su marcha, había vuel­to a serlo para mí. Como una concha en la que ni re­paramos cuando la tenemos siempre encima de la có­moda, de la que nos desprendemos para darla, o que hemos perdido y pensamos en ella, cosa que no hacía­mos, me recordaba la jubilosa belleza de las montañas azules del mar). Y no sólo ella se había convertido en un ser de la imaginación, o sea deseable, sino que la vida con ella había pasado a ser también una vida ima­ginaria, o sea exenta de toda dificultad, hasta el punto de que exclamaba para mis adentros: «¡Qué felices vamos a ser!» Pero, puesto que tenía ya la certeza de ese retorno, no debía dar la impresión de apresurarlo, sino por el contrario borrar el mal efecto de la ges­tión de Saint-Loup, que siempre podría desautorizar más adelante alegando que había obrado por su cuen­ta, porque siempre había sido partidario de aquel ma­trimonio. Así y todo, cuando releía su carta, me de­cepcionaba lo poco que deja de sí una persona en una carta. Sin duda los caracteres trazados reflejan nues­tro pensamiento, como también ocurre con nuestros rasgos, no dejamos de encontrarnos siempre en pre­sencia de un pensamiento. Pero, de todas formas, en la persona, el pensamiento no es perceptible hasta que se difunde en esa corola del rostro, abierta como una ninfea. Y eso lo modifica bastante. Quizá una de las causas de nuestras perpetuas decepciones en amor sean esas perpetuas desviaciones que hacen que, en la espe­ra del ser ideal que amamos, cada cita nos traiga una persona de carne y hueso que tan poco tiene ya que ver con nuestro sueño. Y cuando reclamamos algo de esa persona, recibimos de ella una carta en la que incluso de la persona queda muy poco, al igual que en las letras del álgebra no queda ya la noción de las ci­fras de la aritmética, que no contienen ya las cualida­des de las flores o de los frutos sumados. Y sin em­bargo, «amor», «ser amado», sus letras, son quizá en el fondo traducciones, por insatisfactorio que resulte pasar de una a otra, de la misma realidad, puesto que la carta sólo nos parece insuficiente al leerla, si bien sudamos muerte y pasión en tanto no llega, y basta para calmar nuestra angustia, ya que no para colmar con sus garabatillos negros nuestro deseo que en el fondo no ve en ella sino la equivalencia de una pa­labra, de una sonrisa, de un beso, no esas cosas mis­mas. Además, cada vez que releía aquella carta la encontraba distinta. Tras recordarla decepcionante, me deslumbraban de pronto palabras cautivadoras que no me habían parecido tales. Y cuando la leía de nuevo, se esfumaba el recuerdo confiado que me que­dara de la última lectura. Así, cada cosa cobra un viso distinto según la ilumine la aurora, el fuego del hogar, la pantalla violácea de la tormenta, o el in­nombrable cristal velado del aguacero. Escribí a Al­bertine:
«Me disponía precisamente a escribirte, y te agradez­co que me digas que, en caso de haberte necesitado, habrías acudido, es meritorio por tu parte que tengas tan elevado concepto de la abnegación hacia un anti­guo amigo y ello no hace sino aumentar la estima en que te tengo. Pero no, no te lo pedí, ni te lo pediré; volver a vernos, al menos de aquí a mucho tiempo, quizá no te fuese penoso, muchacha insensible. A mí, a quien a veces juzgaste tan indiferente, me lo sería mucho. La vida nos ha separado. Has tomado una de­cisión que creo muy sensata, y la tomaste en el mo­mento justo, con un presentimiento maravilloso, por­que te fuiste al día siguiente de recibir yo el consenti­miento de mi madre para pedir tu mano. Te lo hubiera anunciado al despertarme, cuando recibí su carta (¡al mismo tiempo que la tuya!). Quizá hubieras temido lastimarme marchándote entonces. Y quizá hubiésemos unidos nuestras vidas para lo que habría sido para no­sotros, quién sabe, el infortunio. Si así había de ser, bendita sea tu cordura. Volviendo a vernos, perdería­mos el fruto obtenido. No es que no sea para mí una tentación. Pero no tengo mucho mérito afrontándola. Sabes que soy un ser inconstante y que olvido de prisa. Por tanto, no soy digno de lástima. Me lo has dicho muchas veces, soy antes que nada hombre de costum­bres. Las que comienzo a adquirir sin ti no son aún muy firmes. En este momento, claro está, siguen do­minando las que tenía contigo y que tu marcha alte­ró. Pero será por poco tiempo. Por eso mismo, inclu­so, tenía pensado aprovechar esos últimos días en que vernos no sería para mí lo que, pasada una quincena, quizá menos, supondría (perdóname la franqueza) un trastorno, tenía pensado aprovecharlos antes del olvi­do final, para liquidar contigo unos asuntillos mate­riales en los que podrías, mi buena y deliciosa amiga, hacer un favor a quien por cinco minutos se creyó tu prometido. Como no dudaba de la aprobación de mi madre, como por otra parte deseaba que gozáramos ambos de toda esa libertad que, derrochando gentile­za, me habías ofrendado, sacrificio que cabía admitir para una vida en común de unas semanas, pero que nos hubiera resultado tan odioso tanto a ti como a mí ahora que habíamos de pasar toda la vida juntos (mien­tras te escribo, casi me duele el pensar que fue algo que estuvo a punto de ocurrir, que por unos segundos no ocurrió), había pensado organizar nuestra existen­cia del modo más independiente posible; y para empezar quería que tuvieses ese yate en el que hubieras po­dido viajar mientras yo, imposibilitado por mis dolen­cias, te esperaba en el puerto; había escrito a Elstir para pedirle consejo, pues sabía que apreciabas su gusto. Y, en tierra, quería que tuvieses tu propio auto­móvil, en el que pudieras salir, viajar, a tu antojo. El yate estaba ya casi dispuesto y se llama, según el de­seo que expresaste en Balbec, El Cisne. Me acordaba de que tu coche preferido era el Rolls y encargué uno. Pero ahora que no volveremos a vernos, como no ha lugar hacerte aceptar el barco ni el coche, inútiles ya -a mí de nada podrían servirme-, había pensado, dado que se los encargué a un intermediario dejando tu nombre, que quizá, si cancelaras tú el encargo, po­drías evitarme ese yate y ese coche inútiles. Pero para eso, y para muchas otras cosas, tendríamos que haber hablado. Y creo que mientras me vea en trance de vol­ver a amarte, cosa que no durará mucho, sería una locura, por un barco de vela y un Rolls Royce, volver a vernos y poner en juego la felicidad de tu vida, pues­to que estimas que es vivir lejos de mí. No, prefiero conservar el Rolls y hasta el yate. Y como no 'los utili­zaré y corren suerte de quedarse siempre el uno en el puerto, anclado, desarmado, el otro en la cuadra, man­daré grabar en el... del yate (Dios mío, no me atrevo a mencionar erróneamente una pieza y cometer una herejía que te moleste) esos versos de Mallarme que te gustaban -acuérdate, esa poesía que empieza diciendo: “El hoy virginal, vivaz y hermoso”-. Por desgracia, hoy no es ya ni virginal ni hermoso. Para quienes saben, como yo, que muy pronto lo convertirán en un "mañana" soportable, no son nada soportables. En cuanto al Rolls, merecía más bien esos otros versos del mismo poeta, que asegurabas ser incapaz de com­prender:

Dime si no estoy alegre
Trueno y rubíes en el disco
Viendo en el aire que este fuego

Con reinos dispersos taladra
Como morir púrpura la rueda
De mi único carro vespertino.

»Adiós para siempre, Albertine querida, y gracias otra vez por el grato paseo que dimos juntos la víspe­ra de nuestra separación. Me ha dejado un recuerdo estupendo.
»Posdata. No te contesto a lo que me dices de las su­puestas proposiciones de Saint-Loup a tu tía (nadie me hará creer, desde luego, que está en Turena). Eso es puro Sherlock Holmes. ¿En qué concepto me tienes?»
Sin duda, del mismo modo que antes le decía a Al­bertine: «No te quiero», para que me quisiera, «Cuan­do no veo a la gente la olvido», para que nos viéra­mos más a menudo, «He decidido dejarte», para evi­tar cualquier idea de separación, ahora le decía: «Adiós para siempre», porque quería a toda costa que volvie­ra antes de ocho días, le decía: «Me parece peligroso verte», porque quería volver a verla, le escribía: «Te­nías razón, seríamos desgraciados juntos», porque vivir separado de ella me parecía peor que la muerte. Pero, ay, aquella carta que había escrito por fingir despego hacia ella (único orgullo que quedaba de mi antiguo amor por Gilberte en mi amor por Albertine ), y tam­bién por el placer de decir ciertas cosas que sólo po­dían emocionarme a mí y no a ella, debería haber pre­visto que podía provocar una respuesta refrendando cuanto yo decía, o sea negativa, lo cual era harto pro­bable, pues, aunque Albertine hubiera sido menos in­teligente de lo que era, ni por un instante habría dudado que lo que yo decía era falso. Sin pararse a ana­lizar las intenciones que expresaba yo en la carta, el mero hecho de escribirla, aun de no haber sido inme­diato a la gestión de Saint-Loup, bastaba para confir­marle mi deseo de que volviese, y para aconsejarle que me dejara morder cada vez más el anzuelo. Además, tras prever la posibilidad de una respuesta negativa, tenía que haber previsto asimismo que, bruscamente, esa respuesta intensificaría hasta su punto más álgido mi amor por Albertine. Y también antes de mandar la carta, hubiera debido preguntarme si, en caso de que contestase Albertine con idéntico tono y no quisiese volver, lograría yo reprimir mi dolor lo bastante como para guardar silencio, como para no telegrafiarle: «Vuelve» o mandarle otro mensajero, lo que, después de haberle escrito que no volveríamos a vernos, equi­valía a demostrarle de manera palmaria que no podía vivir sin ella, provocaría una negativa aún más enér­gica por su parte, y que yo, incapaz de soportar la an­gustia, me presentase en su casa, aun a riesgo de no ser recibido. Y sin duda habría sido ésta, después de tres enormes torpezas, la peor de todas, tras la cual ya sólo me quedaría matarme delante de su casa. Pero el modo desastroso con que está construido el universo psicológico quiere que el acto torpe, el acto que ha­bría que evitar ante todo, sea precisamente el acto cal­mante, el acto que, abriendo para nosotros, en espera de conocer su resultado, nuevas perspectivas de espe­ranza, nos libera momentáneamente del intolerable dolor que la negativa nos provoca. Y así, cuando el do­lor es muy fuerte, caemos de lleno en la torpeza que consiste en escribir, en mandar a alguien que supli­que, en dejar claro que no podemos vivir sin la mujer amada.
Pero nada de eso tuve en cuenta. Me parecía, al revés, que la carta haría volver de inmediato a Alber­tine. Y ese pensamiento me hizo tan grato escribirla. Pero al propio tiempo no dejé de llorar mientras la escribía; primero, un poco cuando fingí la falsa sepa­ración, porque aquellas palabras, significándome la idea que me expresaban aunque apuntasen al efecto con­trario, pronunciadas engañosamente para no confesar, por orgullo, que la amaba, encerraban tristeza. Pero también porque notaba que aquella idea contenía algo de verdad. El tiempo pasa, y poco a poco las mentiras que decíamos pasan a ser verdades, demasiado lo ex­perimenté con Gilberte, la indiferencia que fingía cuan­do no cesaba de sollozar había acabado haciéndose real, poco a poco la vida, como le decía yo a Gilberte en fórmula embustera que se había confirmado retrospec­tivamente, la vida nos había separado. Me venía todo eso a la memoria y pensaba: «Si Albertine deja pasar unos meses, mis mentiras se convertirán en verdades. Y ahora que ha pasado lo más duro, ¿no sería desea­ble que dejase transcurrir ella ese mes? Si vuelve, re­nunciaré a la vida auténtica que por supuesto soy in­capaz aún de saborear, pero que progresivamente podrá comenzar a brindarme alicientes, en tanto que irá ate­nuándose el recuerdo de Albertine.»
Pareciéndome evidente el resultado de aquella carta, lamenté haberla mandado. Pues, al imaginarme el retorno de Albertine tan factible en definitiva, todas las razones que convertían nuestro matrimonio en una cosa mala para mí tornaron de pronto a hacérseme pre­sentes. Confiaba en que no quisiese volver. Hacía cá­balas y pensaba que mi libertad, todo mi futuro, de­pendían de su negativa, que había cometido una locu­ra escribiendo, que hubiera debido cogerle la carta a Françoise cuando me la volvió a traer con el periódi­co. No sabía cuántos sellos había que ponerle. Pero de inmediato mudé de parecer: deseaba que Albertine no volviese, pero deseaba que la decisión partiera de ella para poner fin a mi ansiedad, y quise devolver la carta a Françoise.
Abrí el periódico. Anunciaba la muerte de la Berma. Me vinieron entonces a la memoria las dos ma­neras distintas con que había escuchado Fedra, y ahora vi de una tercera manera la escena de la declaración. Me parecía que lo que me había recitado tantas veces a mí mismo y que había escuchado en el teatro era el enunciado de las leyes que había de experimentar en mi vida. Encierra nuestra alma cosas cuya importan­cia para nosotros no calibramos. O bien, vivimos sin ellas porque, en nuestro temor de fracasar o sufrir, aplazamos día a día el poseerlas. Eso fue lo que me ocurrió con Gilberte cuando creí renunciar a ella. Que antes del instante en que nos hemos despegado total­mente de esas cosas, instante muy posterior a aquel en que creemos haberlo hecho, por ejemplo que la mu­chacha se prometa con alguien, enloquecemos, no po­demos soportar ya la vida que nos parecía tan melan­cólicamente apacible. O bien, si poseemos la cosa, se nos antoja una carga de la que nos desharíamos a gusto, y es lo que me había ocurrido con Albertine; pero como el ser indiferente nos deje, ya no podemos vivir. ¿Y no se fundían uno y otro caso en el «argu­mento» de Fedra? Hipólito va a marcharse. Fedra, que hasta entonces ha hecho todo lo posible por ganarse su enemistad, por escrúpulo dice ella, o se lo hace decir el poeta, pero más bien porque no tiene claro adónde puede llegar y no se siente amada, no aguanta más. Va a confesarle su amor, y es la escena que tan­tas veces me había recitado yo:

Dicen que vais a dejarnos muy pronto.

Cabe pensar sin duda que el motivo de que se mar­che Hipólito es accesorio comparado con el de la muer­te de Teseo. Como cuando, unos versos más adelante, Fedra finge creer por un instante haber entendido mal:

¿Habré perdido el cuidado de mi honra?_

cabe creer que lo hace porque Hipólito ha rechazado su declaración:

¿Olvidáis, señora,
Que Teseo es mi padre y también vuestro esposo?

Pero Fedra, aun sin esa indignación y ante la feli­cidad alcanzada, hubiera tenido la misma sensación de que Hipólito valía poco. Ahora bien, cuando ve que no está afectado, que Hipólito cree haber entendido mal y se disculpa, entonces, como yo cuando quise de­volver la carta a Françoise, quiere que la negativa parta de él, quiere jugar su última baza:

Oh, cruel, bien me has oído.

Y hasta las rudezas de Swann con Odette o mías con Albertine, rudezas que sustituyeron el amor ante­rior por uno nuevo, construido a base de compasión, de cariño, de necesidad de efusión y que no hacía sino variar el primero, aparecen también en esta escena:

No por odiarme más te quería yo menos.
Tus desdichas ponían en ti nuevos encantos.

La prueba de que el máximo afán de Fedra no es «el cuidado de su honra» es que perdonaría a Hipólito y se zafaría de los consejos de Enona si no se enterase en ese momento de que Hipólito ama a Aricia. Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdi­da de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de la reputación. Entonces es cuando Fedra deja que Enona (que no es sino el nombre de lo peor de ella misma) calumnie a Hipólito sin «velar por defender­le», mandando así al hombre que la rechaza a un des­tino cuyas calamidades tampoco la consuelan a ella misma, puesto que su muerte voluntaria es casi inme­diata a la de Hipólito. Así al menos, limando los es­crúpulos jansenistas, como hubiera dicho Bergotte, que Racine dio a Fedra para hacerla parecer menos culpa­ble, me imaginaba yo la escena, suerte de profecía de los episodios amorosos de mi propia existencia. Tales reflexiones nada habían cambiado por lo demás en mi determinación y devolví la carta a Françoise para que la echara por fin, llevando a cabo con Albertine ese intento que se me antojaba indispensable desde que supe que no se había efectuado. Y sin duda hacemos mal en creer que la realización de nuestro deseo sea poca cosa, puesto que en cuanto creemos que puede no cumplirse, vuelve a importarnos y no juzgamos que no merece la pena perseguirlo hasta que no tenemos la total certeza de que lo lograremos. Y sin embargo tam­bién tenemos razón. Porque si esa realización, si la fe­licidad, únicamente parecen pequeñas a través de la certeza, son sin embargo algo inestable que sólo puede originar sufrimientos. Y los sufrimientos serán tanto más intensos cuanto más completa sea la realización del deseo, más imposibles de soportar en la medida en que la felicidad, contra la ley de la naturaleza, se pro­longue algún tiempo, en la medida en que reciba la consagración de la costumbre.
En otro sentido asimismo, ambas tendencias, en este caso la que me movía a desear que saliese mi carta y a lamentarlo cuando la creía en camino, encierran una y otra su verdad. En cuanto a la primera, es harto comprensible que persigamos nuestra felicidad -o nuestra desdicha- y al propio tiempo deseemos esta­blecer ante nosotros, mediante esa acción nueva que va a comenzar a desplegar sus consecuencias, una es­pera que no nos postra en la desesperación absoluta, en una palabra que intentemos aliviar con otras for­mas que nos imaginamos han de resultarnos menos crueles el dolor que nos aqueja. Pero no es menos im­portante la otra tendencia, pues, nacida de la creencia en el éxito de nuestra empresa, es ni más ni menos que el comienzo, el comienzo anticipado de la desilu­sión que no tardaría en embargarnos en presencia de la satisfacción del deseo, el pesar de haber elegido para nosotros, a expensas de las demás que quedan exclui­das, esa forma de felicidad. Tan pronto salió mi carta, el regreso de Albertine se me hizo de nuevo inminen­te. Este regreso intercalaba en mi mente graciosas imá­genes que, al procurarme placer, neutralizaban un poco los peligros que veía en él. El placer, durante tanto tiempo perdido, de tenerla conmigo me extasiaba. No digo que no empezase ya a obrar el olvido. Pero uno de los efectos del olvido era precisamente hacer que mu­chos de los aspectos ingratos de Albertine, de las horas tediosas que pasaba con ella, no aflorasen ya a mi me­moria, dejasen de incitarme a desear que no estuviera como lo deseaba cuando todavía estaba allí, para darme de ella una imagen sumaria, embellecida con todo el amor que había sentido por otras. Bajo esta forma par­ticular, el olvido, que sin embargo trabajaba en habi­tuarme a la separación, mostrándome a Albertine más dulce, más guapa, me hacía desear más su regreso.
Desde que marchara Albertine, muchas veces, cuando me parecía que no quedaban huellas de llanto en mi rostro, llamaba a Françoise y le decía: «Ten­drá que mirar que no se haya dejado nada la seño­rita Albertine. Acuérdese de hacer su cuarto, que esté a punto cuando vuelva.» O sencillamente: «Pre­cisamente me decía el otro día la señorita Albertine, mire, la víspera de marcharse...» Quería reducir el detestable placer que le producía a Françoise la mar­cha de Albertine haciéndole entrever que duraría poco. Quería también dar a entender a Françoise que no me daba miedo hablar de aquella marcha, mos­trándola -al modo de esos generales que llaman repliegue forzoso a una retirada estratégica cuidado­samente elaborada- como algo deseado, como un epi­sodio cuyo auténtico significado ocultaba yo momen­táneamente, en absoluto como el final de mi amistad con Albertine. Nombrándola a cada momento quería, en definitiva, insuflar algo de ella, como un poco de aire, en aquel cuarto en el que su ausencia había dejado un vacío y donde yo no podía ya respirar. Y es que intentamos atenuar las proporciones de nuestro dolor integrándolo en el lenguaje hablado, encargando un traje, por ejemplo, o dando unas órdenes para la cena.
Mientras ordenaba el cuarto de Albertine, Françoi­se, movida por la curiosidad, abrió una mesita de palo de rosa en la que mi amiga guardaba los objetos ínti­mos que se quitaba para dormir. «¡Oh! Señor, la se­ñorita Albertine se ha olvidado sus sortijas, se han que­dado, en el cajón.» Mi primera reacción fue decir: «Hay que mandárselas.» Pero con ello daba a entender que no estaba seguro de que volvería. «Bueno -contesté tras un instante de silencio-, da igual para el poco tiempo que estará ausente. Démelas, que ya veré.» Françoise me las entregó no sin cierto recelo. Detestaba a Al­bertine, pero, juzgándome por su propio rasero, se fi­guraba que no podían entregarme una carta escrita por mi amiga sin temor a que yo la abriera. Cogí las sorti­jas. «Tenga cuidado el señor, no vaya a perderlas -dijo Françoise-, ¡la verdad es que son una preciosidad! No sé quién se las habrá regalado, si el señor u otra per­sona, pero ha tenido que ser alguien rico y con gusto.» «No se las he regalado yo -contesté a Françoise-, y además no vienen las dos de la misma persona, una se la regaló su tía y la otra se la compró ella.» «¡Que no vienen de la misma persona! -exclamó Françoise-, está de guasa, señor, si son iguales, menos el rubí que le han añadido a una, las dos llevan la misma águila, las mismas iniciales en el interior...» No sé si era cons­ciente Françoise del daño que me hacía, pero empezó a esgrimir una sonrisa que ya no se borró de sus la­bios. «¿Cómo que la misma águila? Está usted loca. En la que no tiene rubí sí que hay un águila, pero la otra lleva una especie de cabeza de hombre cincela­da.».«¿Una cabeza de hombre, dónde la ha visto el señor? Me han bastado los lentes para ver que era una de las alas del águila, si coge el señor su lupa, verá la otra ala al otro lado, y la cabeza y el pico en el centro. Las mismas plumas se ven. ¡Ah! Es una preciosidad de trabajo.» El ansioso afán de saber si me había men­tido Albertine me hizo olvidar que hubiera debido con­servar un ápice de dignidad ante Françoise y negarle el perverso placer que ponía, si no en torturarme, sí en perjudicar a mi amiga. Jadeaba mientras Françoi­se iba por mi lupa, la cogí, pedí a Françoise que me enseñase el águila en la sortija que llevaba el rubí. No le costó mucho esfuerzo hacerme reconocer las alas, estilizadas como en la otra sortija, el relieve de cada pluma, la cabeza. Me hizo observar también unas ins­cripciones parecidas, a las cuales, era cierto, habían sido añadidas otras en la sortija del rubí. Y en el interior de ambas, las iniciales de Albertine. «Pero me extraña que haya necesitado todo esto el señor para darse cuenta de que era la misma sortija -me dijo Françoise-. Hasta sin mirarlas de cerca se nota la misma labor, la misma manera de trabajar el oro, la misma forma. Sólo con verlas hubiera jurado que venían del mismo sitio. Se conoce como se conocen los guisos de una buena co­cinera.» Y, en efecto, a su curiosidad de criada estimu­lada por el odio y habituada a observar detalles con aterradora precisión se había sumado, para ayudarla en aquel peritaje, ese gusto que tenía, ese mismo gusto que mostraba en efecto en la cocina, acentuado quizá, como noté al ir a Balbec en su modo de vestir, por la coque­tería de la mujer que ha sido guapa, que se ha fijado en las joyas y los vestidos de las demás. Si, un día en que hubiera bebido demasiado té, me hubiese equivocado de caja y hubiese tomado cafeína en vez de veronal, no me habría latido tan fuertemente el corazón. Mandé re­tirarse a Françoise. Ojalá hubiera podido ver en aquel instante a Albertine. Al horror de su mentira, a los ce­los del desconocido, venía a sumarse el dolor de que se hubiese dejado hacer regalos. Bien es cierto que yo le hacía más, pero una mujer a la que mantenemos no nos parece una mantenida hasta que nos enteramos de que también la mantienen otros. Y, sin embargo, pues­to que no había dejado de gastar tanto dinero con ella, la había aceptado a sabiendas de aquella bajeza mo­ral, esa bajeza la había alimentado yo en ella, puede que la hubiera acentuado, hasta creado. Además, como poseemos la capacidad de inventarnos cuentos para ali­viar nuestro dolor, como llegamos a convencernos cuando nos morimos de hambre de que un desconoci­do nos dejará una fortuna de cien millones, me imagi­né a Albertine en mis brazos, explicándome en dos pa­labras que había comprado la otra sortija porque eran muy parecidas, que había sido ella la que había man­dado grabar sus iniciales. Pero tal explicación resulta­ba aún endeble, no había habido tiempo para que hun­diera en mi mente sus benéficas raíces y mi dolor no podía calmarse tan aprisa. Y pensaba que muchos hom­bres que alaban ante los demás la bondad de su aman­te sufren semejantes torturas. Lo que pasa también es que mienten a los demás y se mienten a sí mismos. No mienten del todo; pasan con esa mujer momentos realmente felices; pero toda esa amabilidad que les pro­digan ellas ante sus amigos y que les permite vanaglo­riarse, y toda la que prodigan a solas a sus amantes y que les permite bendecirlas, ¡cuántas horas ignoradas ocultan durante las que que el amante ha sufrido, duda­do, rastreado inútilmente aquí y allá para saber la ver­dad! No son otros los sufrimientos que conlleva el pla­cer de amar, de extasiarse con las palabras más insigni­ficantes de una mujer, que sabemos insignificantes, pero que perfumamos con su fragancia. En aquel instante no podía ya deleitarme respirando con el recuerdo la de Albertine. Aterrado, con las dos sortijas en la mano, contemplaba aquella despiadada águila cuyo pico me atenazaba el corazón, cuyas alas con sus plumas en re­lieve me habían arrebatado la confianza que deposita­ba en mi amiga, y bajo las garras de la cual mi ator­mentada mente no podía soslayar un instante las in­sistentes preguntas sobre aquel desconocido cuyo nombre simbolizaba sin duda el águila sin por ello re­velármelo, a quien ella había amado sin duda tiempo atrás, y a quien sin duda había vuelto a ver no hacía mucho, puesto que fue el día tan grato, tan familiar, del paseo juntos por el Bois de Boulogne cuando vi por primera vez la segunda sortija, la sortija en la que el águila parecía hundir el pico en la capa de sangre clara del rubí.
Pero el que sufriese de la mañana a la noche por la ausencia de Albertine no significaba que únicamen­te pensase en ella. Por una parte, al haberse ido di­fundiendo poco a poco su embrujo a objetos que aca­baban distanciándose muchísimo pero aun así quedaban magnetizados por la misma emoción que me hacía sentir ella, bastaba que algo me hiciese pensar en In­carville, o en los Verdurin, o en un nuevo papel de Léa, para que me atenazase de nuevo el sufrimiento. Por otra parte, lo que yo llamaba pensar en Alberti­ne era pensar en los medios de hacerla volver, de reu­nirme con ella, de saber lo que hacía. Y así, si du­rante aquellas horas de incesante martirio, hubiesen podido representarse en un gráfico las imágenes que acompañaban mi sufrimiento, habría aparecido la es­tación de Orsay, los billetes ofrecidos a la señora Bon­temps, Saint-Loup inclinado sobre el pupitre de una oficina de telégrafos rellenando un impreso de telegra­ma para mí, nunca la imagen de Albertine. Al igual que, en el transcurso de nuestra vida, nuestro egoís­mo ve continuamente ante él las metas preciosas para nuestro yo, pero no mira nunca a ese propio Yo que no deja de examinarlas, así el deseo que rige nuestros actos desciende hacia ellos, pero nunca reasciende a sí mismo, ya porque, demasiado utilitario, se precipita a la acción y desdeña el conocimiento, ya porque busca el futuro para corregir las decepciones del presente, ya porque la pereza de la mente lo mueve a deslizarse por la fácil pendiente de la imaginación, en vez de tre­par por la abrupta cuesta de la introspección. En rea­lidad, en esas horas de crisis en que nos jugaríamos toda nuestra vida, conforme el ser del que ésta depen­de va revelando la inmensidad del lugar que ocupa para nosotros, no dejando nada en el mundo que no resul­te trastornado por él, proporcionalmente la imagen de ese ser decrece hasta dejar de ser perceptible. En todas las cosas hallamos el efecto de su presencia por la emoción que nos embarga; a él mismo, a él, la causa, no lo encontramos en ningún sitio. Fui durante aque­llos días tan incapaz de imaginarme a Albertine que casi hubiera podido creer que no la amaba, lo mismo que mi madre, durante los meses de desesperación en que fue incapaz de imaginarse a mi abuela (menos una vez en el encuentro fortuito de un sueño cuya tras­cendencia notó hasta tal punto, que, aunque dormida, se esforzó en hacerlo durar con las fuerzas que le que­daban en el sueño), hubiera podido acusarse y se acu­saba en efecto de no añorar a su madre, cuya muerte la mataba pero cuyos rasgos se le hurtaban al recuerdo.
¿Por qué había de creer que a Albertine no le gus­taban las mujeres? Porque había dicho, sobre todo en los últimos tiempos, que no le gustaban; ¿pero no des­cansaba nuestra vida en una perpetua mentira? Nunca me había dicho una sola vez: «¿Por qué no puedo salir libremente, por qué preguntas a los demás lo que hago?» Pero era, en efecto, una vida demasiado singu­lar como para que no me lo hubiera preguntado si no hubiera comprendido por qué. Y a mi silencio sobre las causas de su enclaustramiento, ¿no resultaba com­prensible que correspondiese por su parte un mismo y constante silencio sobre sus perpetuos deseos, sus re­cuerdos innumerables, sus innumerables deseos y ex­periencias? Françoise parecía saber que yo mentía cuando aludía al inminente regreso de Albertine. Y su creencia se basaba al parecer en algo más que en la ver­dad que guiaba habitualmente a nuestra criada: que a los señores no les gusta verse humillados ante sus servi­dores y no les revelan de la realidad sino lo que no se aparta demasiado de una halagadora ficción, destinada a mantener el respeto. En este caso la creencia de Françoise parecía basarse en otra cosa, como si ella misma hubiese despertado, alimentado la desconfianza en la mente de Albertine, sobreexcitado su ira, como si la hu­biese llevado, en definitiva, a ese punto en el que hubiera podido predecir como inevitable la marcha de mi amiga. De ser cierto eso, mi versión de una ausen­cia momentánea, conocida y aprobada por mí, no podía sino tropezarse con la incredulidad de Françoise. Pero la idea que tenía formada de la naturaleza interesada de Albertine, la exageración con que, en su odio, incre­mentaba el «provecho» que se suponía sacaba Alberti­ne de mí, podían frustrar en cierta medida su certeza. Por eso, cuando aludía yo en su presencia, como cosa de lo más natural, al inminente regreso de Albertine, Françoise miraba mi cara (igual que, cuando el maître d'hôtel para fastidiarla le leía cambiando las palabras una nueva política que ella dudaba en creer, como el cierre de las iglesias y la deportación de los curas, Françoise, aun desde la otra punta de la cocina y sin poder leer, miraba instintiva y ávidamente el periódi­co), como si pudiese ver si estaba realmente escrito, si yo no me lo inventaba. Pero cuando vio que tras escribir una larga carta yo buscaba la dirección exacta de la señora Bontemps, aquel terror hasta entonces tan vago de que volviese Albertine creció en Françoise. Pasó a ser auténtica consternación cuando, a la ma­ñana siguiente, tuvo que entregarme con el correo una carta en cuyo sobre reconoció la letra de Alber­tine. Se preguntaba si no habría sido la marcha de Albertine una simple comedia, suposición que la cons­ternaba por partida doble, pues confirmaba definitiva­mente la futura presencia de Albertine en casa y re­presentaba para mí, como amo suyo, o sea para la pro­pia Françoise, la humillación de haber sido engañado por Albertine. Con estar impaciente por leer la carta de ésta, no pude evitar el examinar por un instante los ojos de Françoise, de los que se había desvanecido toda esperanza, deduciendo por tal presagio la inmi­nencia del regreso de Albertine, al igual que el aficio­nado a los deportes de invierno concluye complacido que se acercan los fríos al observar que se marchan las golondrinas. Françoise se retiró por fin, y una vez me cercioré de que había cerrado la puerta, abrí sin hacer ruido, para no parecer impaciente, la carta que decía así:
«Querido, gracias por todo lo bueno que me dices, dispón de mí para anular la compra del Rolls si crees que algo puedo hacer, que así lo creo yo; no tienes más que mandarme el nombre de tu intermediario. A ti te embaucaría esa gente que sólo busca una cosa, vender, ¿y qué harías con un coche tú que no sales nunca? Me emociona que hayas conservado tan buen recuerdo de nuestro último paseo. Te aseguro que tam­poco yo olvidaré aquel paseo doblemente crepuscular (anochecía e íbamos a separarnos), que sólo la noche total borrará de mi mente.»
Me daba perfecta cuenta de que aquella última frase no era sino una frase y de que Albertine no habría po­dido conservar, hasta la muerte, tan dulce recuerdo de aquel paseo que a todas luces no le había producido el menor placer puesto que estaba impaciente para sepa­rarse de mí. Pero me admiró también el talento de la ciclista, la jugadora de golf, la que sólo había leido Es­ther antes de conocerme, y hasta qué punto tenía yo razón pensando que su vida conmigo la había enrique­cido con nuevas cualidades que la hacían distinta y más completa. Y así la frase que le dijera en Balbec: «Creo que mi amistad te sería preciosa, que soy precisamen­te la persona que podría darte lo que te falta» (le había dedicado así una foto: «Con la certeza de ser providencial»), aquella frase que decía sin pensarla y única­mente para estimular su interés por verme y atajar el hastío que pudiera producirle, aquella frase se revela­ba también cierta; como, en definitiva, cuando le dije que no quería verla por temor a enamorarme, se lo dije porque, por el contrario, sabía que con el trato constante mi amor se amortiguaba y que la separación lo exaltaba; pero en realidad el trato constante había hecho nacer una necesidad de ella infinitamente más intensa que el amor de los comienzos en Balbec, de modo que aquella frase también había resultado cierta.
Pero en definitiva la carta de Albertine en nada hacía avanzar las cosas. Unicamente me hablaba de escribir al intermediario. Había que salir de aquella situación, forzar las cosas, y se me ocurrió la idea si­guiente. Mandé llevar de inmediato una carta a An­drée en la que le decía que Albertine estaba en casa de su tía, que yo me encontraba muy solo, que me haría inmensamente feliz viniendo a instalarse a mi casa unos días y que no quería andarme con tapujos, que le rogaba que advirtiera a Albertine. Y al mismo tiempo escribí a Albertine como si no hubiera leído aún su carta:
«Querida, perdóname lo que comprenderás perfec­tamente, detesto tanto los tapujos que he querido que estuvieras al tanto a través de ella y de mí. La felici­dad de tenerte conmigo en casa me ha hecho acostum­brarme a no estar solo. Puesto que hemos decidido que no volverías, he pensado que la persona que mejor te sustituiría, por ser la que menos me haría notar el cambio, la que más me recordaría a ti, era Andrée, y le he pedido que venga. Para que no parezca todo esto demasiado brusco, le he hablado sólo de unos días, pero entre nosotros tengo el convencimiento de que esta vez es para siempre. ¿No crees que hago bien?
Ya sabes que vuestro grupito de muchachas de Balbec ha sido siempre la célula social que ha ejercido en mi el mayor prestigio, el unirme un día a ella ha sido de las cosas que me han hecho más feliz. Sin duda ese prestigio se deja aún notar. Puesto que la fatalidad de nuestros caracteres y lo aciago de la vida han querido que mi querida Albertine no pudiera ser mi mujer, creo que hallaré también una mujer -menos delicio­sa, pero a la que mayores afinidades innatas quizá per­mitan ser más feliz conmigo- en Andrée.»
Pero, tras echar al correo la carta, sospeché de re­pente que, cuando Albertine me escribió: «Me hubie­ra encantado volver si me lo hubieras escrito directa­mente», no lo decía porque yo no se lo hubiese escri­to directamente y que, aunque así lo hubiera hecho, tampoco habría vuelto, que se alegraría de saber que Andrée vivía conmigo y se convertiría en mi esposa, con tal que ella, Albertine, fuese libre, porque ahora, desde hacía ya ocho días, podía entregarse a sus vi­cios, destruyendo las precauciones que, hora tras hora, tomara yo durante más de seis meses en París y que habían resultado inútiles puesto que durante aque­llos ocho días debía de haber hecho lo que, minuto a minuto, había impedido yo. Me decía a mí mismo que probablemente, allá, utilizaba mal su libertad, y sin duda esa idea que me formaba me parecía triste pero era general, al no mostrarme nada en particular, y, por el número indefinido de amantes que me hacía imagi­nar, no dejándome detenerme en ninguna, arrastraba a mi mente a una especie de movimiento perpetuo no exento de dolor, pero de un dolor que por defecto de imagen concreta era soportable. Aunque dejó de serlo y pasó a ser atroz con la llegada de Saint-Loup. Pero antes de explicar por qué las palabras que me dijo me hicieron tan desdichado, quiero relatar un incidente que se sitúa inmediatamente antes de su visita, y cuyo recuerdo me alteró tanto que atenuó si no la penosa impresión que me produjo mi conversación con él, al menos el alcance práctico de dicha conversación. El incidente consistió en lo siguiente. Ardiendo de impa­ciencia por ver a Saint-Loup, lo esperaba (cosa que no habría podido hacer de haber estado allí mi madre, pues era lo que ésta más detestaba en el mundo después de «hablar por la ventana») en la escalera, cuando oí las palabras siguientes: «¿Cómo, no sabe usted hacer echar a una persona que le molesta? No es tan difícil. Esconde usted por ejemplo las cosas que él tenga que llevar, y así, cuando le llamen sus señores impacien­tes, él no encontrará nada, perderá la cabeza, y mi tía le dirá a usted, furiosa con él: "¿Pero qué está hacien­do?" Cuando aparezca, tarde, todo el mundo estará sul­furado y él no tendrá lo que le habían pedido. Al cabo de cuatro o cinco veces no le quepa duda de que lo ha­brán despedido, sobre todo si procura usted manchar las cosas limpias que tenga que llevar, y mil otros tru­cos parecidos.» Me quedé mudo de estupefacción, pues tan maquiavélicas y crueles palabras eran pronuncia­das por la voz de Saint-Loup. Y como siempre lo había considerado un ser tan bueno, tan compasivo con la gente desgraciada, tenía la mismísima impresión de que estuviera representando el papel de Satán; aunque no podía estar hablando en su nombre. «Pero bien hay que dejar que cada cual se gane la vida», replicó su inter­locutor, a quien divisé entonces y que era uno de los lacayos de la duquesa de Guermantes. «¿Y qué más le da a usted eso si así se queda a sus anchas? -contestó pérfidamente Saint-Loup-. Además se dará usted el gustazo de tener un chivo expiatorio. Puede usted per­fectamente volcarle tinteros en la librea en el momento en que vaya a servir una cena de gala, en fin, no de­jarle un minuto de respiro, que acabe prefiriendo irse. Además, ya le echaré yo una mano, le diré a mi tía que admiro la paciencia que tiene usted sirviendo con un zafio semejante y tan descuidado.» Me dejé ver, Saint-Loup se me acercó, pero mi confianza en él se había tambaleado al oírle tan distinto de como lo co­nocía. Y me preguntaba si una persona capaz de obrar tan cruelmente con un infeliz no habría jugado un papel de traidor conmigo, en su misión cerca de la se­ñora Bontemps. Tal reflexión sirvió sobre todo para no hacerme considerar su fracaso como una prueba de que yo no podía salir triunfante, una vez se marchó. Con todo, mientras estuvo conmigo, tuve presente al Saint-Loup de antaño y al amigo que acababa de dejar a la señora Bontemps. Lo primero que me dijo fue: «No estás contento conmigo, lo he notado en tus tele­gramas, pero no eres justo, he hecho cuanto he podi­do; opinas que tenía que haberte telefoneado más, pero me contestaban siempre que estabas ocupado.» Pero el sufrimiento se me hizo insoportable cuando me dijo: «Para empezar donde te dejó mi último telegrama, tras pasar por una especie de cobertizo, entré en la casa, y al cabo de un largo pasillo me hicieron pasar a un salón.» Al oír las palabras cobertizo, pasillo, salón, y aun antes de que fuesen pronunciadas, me dio un vuel­co el corazón con más rapidez que si hubiese sido una corriente eléctrica, pues la fuerza que da más veces la vuelta a la tierra en un segundo no es la electricidad, sino el dolor. ¡Cuántas veces las repetí, renovando el impacto una y otra vez, las palabras cobertizo, pasillo, salón, cuando se marchó Saint-Loup! En un cobertizo puede ocultarse a una amiga. Y en aquel salón, ¿quién sabe lo que hacía Albertine cuando no estaba su tía? ¿Cómo? ¿Me había imaginado entonces que la casa donde vivía Albertine no podía tener ni cobertizo ni salón? No; no me la había imaginado de ningún modo, o como un lugar vago. Sufrí por primera vez cuando se individualizó geográficamente el lugar en que esta­ba, cuando me enteré de que en vez de estar en dos o tres sitios posibles estaba en Turena; aquellas palabras de su portero habían marcado en mi corazón como en un mapa el lugar en el que tenía que sufrir por fin. Pero al habituarme a la idea de que estaba en una casa de Turena, no vi la casa; en ningún momento cruzó por mi imaginación aquella espantosa idea de salón, de cobertizo, de pasillo, que ahora, frente a mí, en la retina de Saint-Loup, que las había visto, me parecían las habitaciones donde Albertine iba, pasaba, vivía, aquellas habitaciones en particular y no una infinidad de habitaciones posibles que se habían destruido entre sí. Las palabras cobertizo, pasillo, salón me revelaron la locura que había sido dejar ocho días a Albertine en aquel lugar maldito cuya existencia (y no la simple posibilidad) acababa de aparecérseme. Cuando Saint­Loup me dijo también que en aquel salón había oído cantar a voz en grito desde una habitación contigua y que era Albertine la que cantaba, comprendí con de­sesperación que Albertine, libre por fin de mí, ¡ay!, era feliz. ¡Y yo me pensaba que iba a venir a ocupar el puesto de Andrée! Suelta de nuevo, tras abandonar la jaula, en mi casa, donde yo me pasaba días enteros sin dejarla pasar a mi cuarto, había recobrado para mí todo su valor, volvía a ser aquella a la que todo el mundo seguía, el ave maravillosa de los primeros días. Mi dolor se mudó en cólera contra Saint-Loup. «Era precisamente lo que te pedí que evitases, que se en­terara de que ibas.» «Si te parece que era fácil. Me habían asegurado que no estaba allí. En fin, resuma­mos. Por lo que respecta al dinero, no sé que decirte, hablé con una mujer que me parecía tan delicada que temía ofenderla. Pero tampoco abrió la boca cuando hablé del dinero. Incluso, un poco más tarde, me dijo que le emocionaba ver que nos entendíamos tan bien. En cambio, todo lo que dijo a continuación era tan de­licado, tan elevado, que me parecía imposible que hu­biera podido decir al ofrecerle el dinero: "Nos enten­demos tan bien", porque en el fondo yo estaba actuan­do como un patán.» «Pero quizá no se enteró, quizá no te oyó, tenías que habérselo repetido, seguro que ahí estaba la clave.» «Pero cómo quieres que no lo oyera, si se lo dije como te hablo ahora, tampoco está sorda ni loca.» «¿Y no te hizo ningún comentario?» «Ninguno.» «Tenías que habérselo repetido.» «¿Cómo querías que se lo repitiera? En cuanto vi su aspecto al entrar, vi claro que te habías equivocado, que me obligabas a cometer una tremenda pifia, y resultaba terriblemente difícil ofrecerle ese dinero así. Y sin embargo lo hice por obedecerte, convencido de que me echaba de su casa.» «Pero no lo hizo. Luego, o no lo había oído y tenías que habérselo repetido, o teníais que haber seguido hablando del tema.» «Dices que no me oyó porque estás aquí, pero si hubieras pre­senciado nuestra conversación lo hubieras visto, no había ningún ruido, se lo dije brutalmente, ya digo, no es posible que no me entendiese.» «¿Pero es que no ve claro que siempre he querido casarme con su so­brina?» «No, si quieres mi opinión, ella no creía que tuvieses la menor intención de hacerlo. Me dijo que tú mismo le habías dicho a su sobrina que querías dejarla. Ni siquiera sé si ahora está muy convencida de que quieras casarte con ella.» Aquello me tran­quilizaba pues me demostraba que, al ser menor mi humillación, era aún capaz de conseguir su amor, más libre de dar un paso decisivo. Sin embargo, me sentía atormentado. «Lo siento porque veo que no estás contento.» «Sí, te agradezco de todo corazón tu amabilidad, pero creo que hubieras podido...» «He hecho cuanto he podido. Nadie hubiera podido hacer más, ni siquiera tanto. Inténtalo con otro.» «Qué va, precisamente de haberlo sabido no te hubiera man­dado, pero tu fracaso me impide intentar nada más.» Le hacía reproches: había intentado serme útil y no lo había logrado. Al marcharse, Saint-Loup se cruzó con unas muchachas que entraban. Muchas veces ima­giné que Albertine conocía a alguna muchacha de por allí, pero fue la primera vez que me torturó pensar­lo. Cabe creer realmente que la naturaleza ha dado a nuestro cerebro la capacidad de segregar un con­traveneno natural que aniquila las suposiciones que hacemos de modo continuo y sin peligro. Pero nada me inmunizaba contra aquellas muchachas con las que se había tropezado Saint-Loup. Además, ¿no eran pre­cisamente todos aquellos pormenores sobre Albertine los que quería averiguar yo de todos y cada uno? ¿No había sido yo quien, para conocerlos al detalle, había pedido a Saint-Loup, reclamado por su coronel, que acudiese a toda costa a mi casa? ¿No había deseado conocerlos yo, o, mejor dicho, mi dolor ansioso, ávido de crecer y nutrirse de ellos? Por otra parte, Saint-Loup me había dicho que se había llevado la grata sorpresa de encontrarse, única persona conocida suya y que le había recordado el pasado, a una antigua amiga de Ra­chel, una bonita actriz que veraneaba por los alrede­dores. Y el nombre de aquella actriz bastó para que yo pensase: «Puede que haya sido con ésa», bastaba aquello para que yo viese en los brazos, incluso de una mujer a la que no conocía, a Albertine sonriente y roja de felicidad. ¿Y en el fondo por qué no había de ser así? ¿Había dejado yo de pensar en mujeres desde que conocía a Albertine? La noche en que estuve en casa de la princesa de Guermantes, ¿no regresé pensando mucho menos en esta última que en la muchacha de la que me había hablado Saint-Loup y que acudía a las casas de citas, y en la doncella de la señora Putbus? ¿No había regresado por esta última a Balbec? Más recientemente, me había apetecido mucho ir a Vene­cia. ¿Por qué no había de apetecerle a Albertine ir a Turena? Sólo que, en el fondo, y me daba cuenta ahora, no la hubiera abandonado, no habría ido a Ve­necia; incluso, en el fondo de mí mismo, por mucho que pensaba: «La dejaré muy pronto», sabía que no la dejaría nunca, como sabía que ya no me pondría a tra­bajar, ni llevaría una vida saludable, en fin, todo cuan­to me prometía cada día para el día siguiente. Sólo que, aun sin parecérmelo, había juzgado más hábil de­jarla vivir bajo la amenaza de una perpetua separación. Y sin duda, gracias a mi detestable habilidad, la había convencido demasiado bien. En cualquier caso, ahora, aquello no podía seguir así, no podía dejarla en Ture­na con aquellas muchachas, con aquella actriz, no podía soportar el pensar en aquella vida que se me es­capaba. Aguardaría su respuesta a mi carta: si obraba mal, un día más o menos, ¡ay!, poco importaba (y quizá pensaba eso porque, como había perdido la cos­tumbre de pedirle cuenta de cada uno de sus minutos uno solo de los cuales me hubiera aterrado dejarle en libertad, mis celos establecían otra división del tiem­po). Pero tan pronto recibiese su respuesta, si no venía, iría a buscarla; de grado o a la fuerza, la arrancaría de sus amigas. Además, ¿no era preferible que fuese yo mismo, una vez descubierta la maldad, hasta entonces insospechada por mí, de Saint-Loup? ¿Quién sabe si no había organizado toda una intriga para separarme de Albertine? ¿Era porque yo había cambiado, era por­que no pude imaginar entonces que una serie de causas naturales me llevarían un día a aquella situación excepcional -pero cómo habría mentido ahora si le hubiera escrito, como se lo decía en París- por lo que deseaba que no le ocurriese ningún accidente? ¡Ah!, si le hubiese ocurrido uno, mi vida, en vez de estar perpetuamente envenenada por aquellos incesantes celos, hubiera recobrado de inmediato ya que no la fe­licidad, al menos la calma mediante la supresión del dolor.
¿La supresión del dolor? ¿He podido creerlo real­mente alguna vez, creer que la muerte no hace sino borrar lo que existe y dejar tal cual lo demás, que eli­mina el dolor del corazón de la persona para quien la existencia de la otra no es ya sino fuente de dolores, que elimina el dolor y no pone nada en su lugar? ¡La supresión del dolor! Ojeando los sucesos de los perió­dicos, lamentaba no tener el valor de formular el mismo deseo que Swann. Si Albertine hubiese sufrido un accidente, viva habría tenido un pretexto para co­rrer junto a ella, muerta habría recobrado, como decía Swann, la libertad de vivir. ¿Lo creía yo así? Aquel hombre tan sagaz y que tan bien creía conocerse sí lo creyó. ¡Qué poco conocemos lo que encierra nuestro corazón! ¡Qué bien hubiera podido demostrarle muy poco después, de haber vivido él, que su deseo, al tiem­po que criminal, era absurdo, que la muerte de la mujer que amaba no lo hubiera liberado de nada! Renuncié a todo tipo de orgullo de cara a Albertine, le mandé un telegrama desesperado en el que le pedía que vol­viese cualesquiera que fuesen las condiciones, que po­dría hacer cuanto quisiera, que sólo pedía besarla un minutos tres veces por semana antes de que se acosta­se. Y si hubiese dicho una vez, habría aceptado igual­mente.
No volvió nunca. Acababa de salir mi telegrama cuando recibí otro. Era de la señora Bontemps. El mundo no ha sido creado con carácter definitivo para cada uno de nosotros. Se van sumando en el trans­curso de la vida cosas que no sospechábamos. ¡Ah!, no fue la supresión del dolor lo que produjeron en mí las dos primeras líneas del telegrama:
«Mi pobre amigo, nuestra querida Albertine se nos ha ido, perdóneme que le anuncie algo tan espan­toso a usted que tanto la quería. Su caballo la arrojó contra un árbol mientras paseaba a orillas del Vivon­ne. Todos nuestros esfuerzos por reanimarla resulta­ron inútiles. ¡Por qué no habré muerto yo en su lugar!»
No, no fue la supresión del dolor, sino un dolor desconocido, el de saber que nunca más volvería. ¿Pero acaso no me había repetido varias veces a mí mismo que quizá no volviera? Así era, en efecto, pero ahora comprendía que ni por un instante lo creí. Como necesitaba su presencia, sus besos, para soportar el daño que me causaban mis sospechas, me había acos­tumbrado desde Balbec a estar siempre con ella. Aun cuando ella no estaba, cuando me quedaba solo, se­guía besándola. Había seguido haciéndolo desde que ella se había ido. Necesitaba no tanto su fidelidad como su regreso. Y aunque mi razón pudiera ponerlo im­punemente en duda alguna vez, mi imaginación no cesaba un instante de recordármelo. Instintivamente me pasé la mano por el cuello, por los labios, que se veían besados por ella desde que marchara y que no volverían a serlo, me pasé la mano por ellos, al igual que mamá me acarició al morir mi abuela diciéndome: «Pobre niño mío, tu abuela que tanto te quería no vol­verá a besarte.» Aquellas palabras: «a orillas del Vi­vonne», añadían un elemento más atroz a mi desespe­ración. Pues la coincidencia de que me hubiese dicho en el trenecillo que era amiga de la señora Vinteuil, y de que la casa donde vivía desde que me dejara y donde encontró la muerte estuviese por los alrededores de Montjouvain, tal coincidencia no podía ser gratuita, se dibujaba una luz entre el Montjouvain contado en el tren y el Vivonne involuntariamente confesado en el telegrama de la señora Bontemps. ¡Por tanto me min­tió la noche en que fui a casa de los Verdurin, la noche en que le dije que quería abandonarla! Toda mi vida futura quedaba arrancada de mi corazón. ¿Mi vida futura? ¿Acaso no había pensado alguna vez vivirla sin Albertine? ¡En absoluto! ¿Luego desde hacía tiem­po le había consagrado todos los minutos de mi vida hasta mi muerte? ¡Por supuesto que sí! No había sa­bido ver aquel futuro indisoluble de ella, pero ahora que acababa de quedar desvelado, notaba el lugar que ocupaba en mi corazón abierto. Françoise, que no sabía aún nada, entró en mi cuarto; con expresión iracun­da, le grité: «¿Qué pasa?» Entonces, contestó (a veces hay palabras que cambian la realidad que tenemos al lado por otra distinta, aturdiéndonos como un vérti­go): «El señor no tiene por qué estar enfadado. Al revés, se pondrá bien contento. Son dos cartas de la señorita Albertine.» Noté, luego, que debí de poner ojos de persona cuya mente se tambalea. No di muestra ni de alegría ni de incredulidad. Estaba como quien ve un sitio de su cuarto ocupado a un tiempo por un sofá y una cueva. Al perder la noción de la realidad, cae desvanecido al suelo. Las dos cartas de Albertine debían de haber sido escritas poco antes del paseo du­rante el que había muerto. La primera decía:
«Querido, te agradezco la confianza que me de­muestras anunciándome tu intención de invitar a An­drée a tu casa. Estoy segura de que aceptará encanta­da y creo que será maravilloso para ella. Con su inte­ligencia, sabrá aprovechar la compañía de un hombre como tú y la admirable influencia que sabes ejercer en las personas. Creo que se te ha ocurrido una idea que puede resultarle tan beneficiosa a ella como a ti. Pero si pusiera la menor pega, telegrafíame, yo me en­cargaré de convencerla.»
La segunda estaba fechada un día más tarde. En realidad, debía de haberlas escrito a pocos instantes la una de la otra, quizá a la vez, y antedatado la primera. Pues en todo momento había imaginado de manera ab­surda sus intenciones, que no habían sido otras que volver conmigo, y que una persona ajena al asunto, un hombre sin imaginación, el negociador de un tratado de paz, el comerciante que examina una transacción, habrían juzgado con más discernimiento que yo. Sólo contenía estas palabras:
«¿Es ya tarde para volver contigo? Si no le has es­crito aún a Andrée, ¿me aceptarías de nuevo? Me in­clinaré ante tu decisión, te suplico que no tardes en comunicármela, puedes imaginarte con qué impacien­cia la espero. Si decides que vuelva, tomaré el tren in­mediatamente. Tuya de todo corazón, Albertine.»
Para que la muerte de Albertine hubiese podido su­primir todos mis sufrimientos, habría sido necesario que el choque la matase no sólo en Turena, sino den­tro de mí. Y nunca había estado más viva. Para en­trar en nosotros, un ser se ha visto obligado a tomar la forma, a adaptarse al marco del tiempo; al no apa­recérsenos sino en minutos sucesivos, nunca ha podi­do darnos más que un solo aspecto suyo a la vez, mos­trarnos una sola foto de su persona. Gran debilidad sin duda para un ser el consistir en una simple colec­ción de momentos; gran fuerza también; depende de la memoria y la memoria de un momento no está in­formada de todo lo acaecido desde entonces; ese momento que ha registrado dura aún, vive aún y tam­bién la persona que se perfilaba en él. Y este des­migamiento no solamente da vida a la muerta, la multiplica. Para consolarme, tenía que haber olvidado no a una sino a innumerables Albertines. Cuando lo­graba soportar el dolor de haber perdido a ésta había de volver a hacerlo con otra, con cien más.
Entonces mi vida sufrió un cambio total. Lo que, cuando estaba solo, había constituido su encanto, y no a través de Albertine, paralelamente a ella, era preci­samente, ante la llamada de momentos idénticos, el perpetuo renacer de momentos pasados. Por el rumor de la lluvia, me llegaba la fragancia de las lilas de Cam­bray; por la movilidad del sol en el balcón, las palo­mas de los Campos Elíseos; por el amortiguarse de los ruidos en el calor de la mañana, el frescor de las cere­zas; la añoranza de Bretaña o de Venecia por el silbi­do del viento y la llegada de la Pascua. Llegaba el ve­rano, se alargaban los días, hacía calor. Era la época en que muy de mañana alumnos y profesores acuden a los jardines públicos a preparar los últimos exáme­nes bajo los árboles, para recoger la única gota de fres­cor que deja caer un cielo menos inflamado que en el ardor del día pero ya con la misma pureza estéril. Desde mi habitación oscura, con un poder de evoca­ción igual al de antaño pero ya sólo capaz de engen­drar sufrimiento, notaba que afuera, en la gravidez del aire, el sol declinante bañaba la verticalidad de las casas, de las iglesias, con un tinte leonado. Y como Françoise al volver descompusiese sin querer los plie­gues de las amplias cortinas, ahogaba un grito ante el laceramiento que acababa de producirme aquel rayo de sol antiguo que me había hecho parecer hermosa la fachada de Bricqueville l'Orgueilleuse, cuando Alber­tine me dijo: «Está restaurada.» No sabiendo cómo ex­plicar mi suspiro a Françoise, le decía: «¡Ah! Tengo sed.» Françoise salía, regresaba, pero yo me volvía vio­lentamente, sometido a la dolorosa descarga de uno de los mil invisibles recuerdos que de continuo estalla­ban a mi alrededor en la oscuridad: acababa de ver que había traído sidra y cerezas, aquella sidra y aquellas cerezas que un mozo de granja nos trajera en el coche, en Balbec, especies con las cuales habría comulgado de modo perfecto, tiempo atrás, con el arco iris de los comedores oscuros los días de canícula. Entonces pensé por primera vez en la granja-restaurante de Les Eco­rres, y pensé que algunos días en que Albertine me decía en Balbec que no estaba libre, o que tenía que salir con su tía, quizá estaba con alguna de sus ami­gas en una granja por la que sabía que yo no solía ir, y donde, mientras yo hacía tiempo por si acaso en la de Marie-Antoinette, donde me habían dicho: «No la he­mos visto hoy», ella empleaba con su amiga las mismas palabras que conmigo cuando salíamos los dos: «No se le ocurrirá buscarnos aquí y así estaremos tranqui­las.» Le decía a Françoise que corriese las cortinas, para no ver aquel rayo de sol. Pero seguía filtrándose, igual de corrosivo, en mi memoria. «No me gusta, está restaurada, pero mañana iremos a Saint-Martin-le-Vêtu, pasado mañana a...» Mañana, pasado mañana, era un futuro de vida en común, quizá para siempre, mi co­razón se abalanza hacia él, pero se ha esfumado, Al­bertine ha muerto.
Preguntaba la hora a Françoise. Las seis. Por fin, a Dios gracias, desaparecería aquel calor agobiante del que me quejaba tiempo atrás con Albertine y que nos gustaba tanto. El día tocaba a su fin, ¿pero y qué ga­naba yo con ello? Llegaba el frescor de la noche, de­clinaba el sol; en mi memoria, al final de una carretera que tomábamos juntos para volver, lo divisaba, más lejos que el último pueblo, como una estación distante, inaccesible para aquella misma noche en que nos deten­dríamos en Balbec, siempre juntos. Juntos entonces. Ahora había que pararse en seco ante aquel mismo abismo, ella había muerto. No bastaba ya correr las cortinas, intentaba tapar los ojos y oídos de mi memo­ria, para no ver aquella franja anaranjada del crepús­culo, para no oír aquellos invisibles pájaros que se con­testaban de uno a otro árbol, a cada lado de mí, a quien tan tiernamente besaba entonces la que ahora había muerto. Me esforzaba en evitar esas sensaciones que suscitan la humedad de las hojas al atardecer, las subi­das y bajadas de la carretera. Pero ya esas sensaciones me habían invadido de nuevo, me habían arrastrado lo bastante lejos del momento actual como para que la idea de que había muerto Albertine cobrase toda la pers­pectiva, todo el impulso necesario para herirme de nuevo. ¡Ah! Nunca más volvería a adentrarme en un bosque, ni a pasearme por entre los árboles. ¿Pero me resultarían menos crueles los llanos? Cuántas veces, para ir a buscar a Albertine, había cruzado y vuelto a tomar al regresar con ella la gran llanura de Cricque­ville, tanto con tiempo brumoso en que la inundación de la niebla nos daba la sensación de estar rodeados por un inmenso lago, como durante esos límpidos atar­deceres en que el claro de luna, desmaterializando la tierra, haciéndola parecer casi celeste como no lo es durante el día sino en lontananza, encerraba los cam­pos, los bosques con el firmamento al que los había asimilado, en una ágata arborizada de un solo azul.
Françoise debía de alegrarse de la muerte de Al­bertine, y preciso es reconocerle que por una especie de decencia y de tacto no fingía estar triste. Pero las leyes no escritas de su antiguo Código y su tradición de campesina medieval que llora como en los cantares de gesta eran más antiguas que el odio que profesaba a Albertine e incluso a Eulalie. Y así, uno de aquellos atardeceres, al no ocultar yo lo bastante rápido mi dolor, divisó mis lágrimas, ayudada por su instinto de antigua campesinilla que otrora le hiciera capturar y hacer sufrir a los animales, disfrutar ahogando los po­llos y cociendo vivos los bogavantes, y cuando yo es­taba enfermo observando, como las heridas que hubie­ra infligido a una lechuza, mi mala cara que a conti­nuación pregonaba con tono fúnebre y cual presagio de desdichas. Pero su Derecho consuetudinario de Combray no le permitía tomarse a la ligera las lágri­mas, el dolor, cosas que juzgaba tan funestas como qui­tarse su prenda interior de franela o comer con desgana. «¡Oh! ¡No, señor, no debe llorar, le sentará mal!» Y, en su afán de atajar mis lágrimas, parecía tan inquie­ta como si hubiesen sido mares de sangre. Por desgra­cia, adopté un aire frío que cortó en seco las efusio­nes que esperaba prodigarme y que además quizá ha­brían sido sinceras. Debía de pasarle lo mismo con Albertine que con Eulalie, y ahora que mi amiga no podía sacar ya ningún beneficio de mí, Françoise había dejado de odiarla. Con todo, insistió en demostrarme que notaba perfectamente que yo lloraba y que, siguien­do tan sólo el funesto ejemplo de los míos, no quería «hacerlo ver». «No debe llorar, señor», me dijo con tono ya más sosegado, y más bien para demostrarme su clarividencia que para testimoniarme su piedad. Y agregó: «Tenía que suceder, era demasiado feliz, la pobre, no supo apreciar su felicidad.»
Qué lento es el día en morir durante esas desme­suradas tardes de verano. Un pálido fantasma de la casa de enfrente seguía plasmando indefinidamente su persistente blancura como una acuarela en el cielo. Por fin reinaba la noche en el piso, me daba golpes con los muebles de la antesala, pero en la puerta de la es­calera, en medio de la oscuridad que me figuraba total, la parte de vidrio se veía traslúcida y azul, de un azul de flor, de un azul de ala de insecto, de un azul que me hubiera parecido hermoso de no haber advertido que era un postrer reflejo, cortante como un acero, un golpe supremo que en su infatigable crueldad me asestaba aún el día.
No obstante, la oscuridad acababa siendo comple­ta; pero entonces bastaba una estrella columbrada junto al árbol del patio para recordarme nuestras sa­lidas en coche, después de cenar, por los bosques de Chantepie, tapizados por el claro de luna. Y aun en las calles me ocurría aislarme en el respaldo de un banco, para captar la pureza natural de un rayo de luna en medio de las luces artificiales de París, de Pa­rís, sobre el que hacía reinar, insertando fugaz e ima­ginariamente la ciudad en la naturaleza, con el silen­cio infinito de los campos evocados, el doloroso recuer­do de los paseos que diera con Albertine. ¡Ah! ¿Cuán­do terminaría la noche? Con el primer frescor del alba me estremecía, pues ésta me había traído el grato re­cuerdo de aquel verano en el que de Balbec a Incarvi­lle, de Incarville a Balbec, nos habíamos acompañado tantas veces el uno al otro hasta el amanecer. Una sola esperanza me quedaba para el futuro -esperanza harto más desgarradora que un temor- y era olvidar a Al­bertine. Sabía que olvidaría algún día, bien había olvi­dado a Gilberte, a la señora de Guermantes, bien había olvidado a mi abuela. Y nuestro más justo y cruel cas­tigo por el olvido tan total, apacible como el de los cementerios, con que nos hemos despegado de aque­llos a quienes hemos dejado de amar es que ese mismo olvido se nos antoje inevitable de cara a aquellos a quienes todavía amamos. En realidad, sabemos que es un estado no doloroso, un estado de indiferencia. Pero, al no poder pensar a un tiempo en lo que era y en lo que sería, pensaba con desesperación en todo aquel te­gumento de caricias, besos, noches de sueño amigas, del que pronto habría de verme despojado para siem­pre. Al estrellarse aquel torrente de recuerdos tan gra­tos contra la idea de que Albertine había muerto, me oprimía con un entrechocar de corrientes tan contra­puestas que no podía estarme quieto; me levantaba, me detenía fulminado: el mismo amanecer que veía cuan­do acababa de dejar a Albertine, radiante aún y cálido por sus besos, asomaba por encima de las cortinas su acero siniestro cuya blancura fría, implacable y com­pacta me asestaba como una cuchillada.
No tardarían en oírse los ruidos de la calle, permi­tiendo leer en la escala cualitativa de sus sonoridades el grado del creciente calor en que resonarían. Pero en ese calor, que horas más tarde se impregnaría de olor a cerezas, lo que hallaba yo (como en un remedio que, al modificar uno de sus elementos, pasa a ser de­presivo, de eufórico y excitante que era) no era un deseo de mujeres sino la angustia por la ausencia de Albertine. Además, el recuerdo de todos mis deseos estaba tan impregnado de ella, y de sufrimiento, como el recuerda de hs placeres. Ahora que ya no estaba Albertine, prefería no regresar a aquella Venecia en donde su presencia me pareció inoportuna (sin duda porque vislumbraba vagamente que me resultaría ne­cesaria). Albertine se me había antojado un obstáculo que me separaba de todas las cosas porque ella era para mí su contenido y porque de ella, como de un reci­piente, podía yo recibirlas. Ahora, destruido el recipien­te, no me sentía ya con ánimos para tomarlas, no había una sola de la que no me apartase, abatido, prefirien­do no probarla. Así que mi separación de ella no abría en un ápice el campo de los placeres posibles que ima­giné vedado por su presencia. Además, el obstáculo que pudiera haberme supuesto su presencia para via­jar, para gozar de la vida, tan sólo me había encubier­to, como sucede siempre, los demás obstáculos, que reaparecían intactos ahora que aquél había desapare­cido. Tiempo atrás, por ejemplo, cuando una visita amable no me dejaba trabajar, al día siguiente estaba solo y tampoco trabajaba. Basta que una enfermedad, un duelo, un caballo encabritado nos haga ver la muer­te de cerca, para que nos venga a la mente lo mucho que habríamos disfrutado de la vida, de placeres, de países desconocidos de los que nos veremos privados. Y una vez pasado el peligro, lo que nos encontramos es la misma vida triste en la que nada de aquello exis­tía para nosotros.
Sin duda esas noches tan cortas duran poco. Aca­baría volviendo el invierno, y ya no tendría que temer el recuerdo de los paseos con ella hasta el alba que tan pronto asomaba. ¿Pero no me traerían las prime­ras heladas, conservado en su hielo, el germen de mis primeros deseos, cuando la mandaba buscar a media­noche, cuando el tiempo se me antojaba tan largo hasta su timbrazo, hasta su timbrazo que ahora podía aguar­dar eternamente en vano? ¿No me traerían el germen de mis primeras inquietudes, cuando en dos ocasiones creí que no acudiría? Por aquella época la veía muy poco; pero incluso aquellos intervalos que salpicaban entonces sus visitas y que, haciendo surgir a Alberti­ne al cabo de varias semanas del seno de una vida des­conocida que yo no intentaba controlar, me serenaban evitando que las ininterrumpidas veleidades de mis celos se conglomerasen, se agolpasen en mi corazón, aquellos intervalos, si tranquilizadores habían podido resultar en aquella época, retrospectivamente aparecían impregnados de dolor, desde que las actividades igno­radas de Albertine habían dejado de resultarme indife­rentes, y sobre todo ahora que habían concluido para siempre sus visitas; de modo que aquellas noches de enero en que acudía Albertine, y que tan gratas me habían sido por ello, me insuflarían ahora con su ás­pero cierzo una inquietud que no conocía entonces, y me traerían, trocado en pernicioso, el primer ger­men de mi amor, conservado en su hielo. Y al pensar que vería empezar de nuevo aquella época invernal que desde Gilberte y mis juegos en los Campos Elíseos me había parecido siempre tan triste, cuando pensaba que volverían noches parecidas a aquella, a aquella noche de nieve en que, hasta altas horas, esperé en vano a Albertine, como un enfermo que, en lo tocante al cuer­po, mira por su pecho, yo, moralmente, en aquellos momentos, lo que más temía para mi dolor, para mi corazón, era que volvieran los grandes fríos, y pensa­ba que lo que quizá me costaría más sería pasar el in­vierno. Unido como estaba el recuerdo de Albertine a todas las estaciones, para perderlo, me vería obligado a olvidarlas todas, aun a costa de volver a conocerlas, como aprende a leer el anciano aquejado de hemiple­jía; me vería obligado a renunciar a todo el universo. Sólo una auténtica muerte de mí mismo -pensaba­- sería capaz (pero es imposible) de consolarme de la suya. No me daba cuenta de que la muerte de uno mismo no es ni imposible ni extraordinaria; se con­suma sin que nos enteremos, si es preciso contra nues­tra voluntad, cada día. Y tendría que sufrir la repeti­ción de toda clase de días que no sólo la naturaleza, sino circunstancias facticias, un orden más convencio­nal, introducen en una estación. Pronto volvería la fecha en que había ido a Balbec el verano anterior y en que mi amor, que no era aún inseparable de los celos y que no se preocupaba de lo que hacía Alberti­ne a lo largo del día, había de evolucionar tanto, antes de convertirse en el otro, tan distinto, de los últimos tiempos, que aquel año final en el que había comen­zado a cambiar y había concluido el destino de Alber­tine me parecía colmado, heterogéneo, vasto como un siglo. Luego, llegaría el recuerdo de días más tardíos, pero en años anteriores; los domingos de mal tiem­po, en los que, sin embargo, todo el mundo había salido, en el vacío de la tarde cuando el rumor del viento y de la lluvia me hubieran invitado tiempo atrás a hacer de «filósofo bajo los tejados», con qué ansiedad vería acercarse la hora en que Albertine, tan poco esperada, había venido a verme, me había acariciado por prime­ra vez, interrumpiéndose al aparecer Françoise con la lámpara, en aquel tiempo dos veces muerto en que era Albertine la que se interesaba por mí, en que mi cari­ño por ella podía legítimamente concebir tantas espe­ranzas. Oiría el flautín del cabrero, los gritos de los vendedores cuyos productos habíamos comido. Ni si­quiera en una estación más avanzada, aquellas glo­riosas noches en que las recocinas, los internados, entreabiertos como capillas, bañados en un polvo do­rado, coronan la calle con esas semidiosas que, con­versando no lejos de nosotros con sus compañeras, nos despiertan el ansia de penetrar en su existencia mito­lógica, me recordarían ya el cariño de Albertine, que junto a mí era un obstáculo para acercarme a ellas.



Capítulo segundo

Mi madre me había llevado a pasar unas semanas a Venecia y -como puede existir belleza lo mismo en las cosas más humildes que en las más exquisitas- dis­frutaba allí de impresiones análogas a las que tantas veces experimentaba antaño en Combray, aunque tras­puestas de manera totalmente distinta y más rica. Cuando a las diez de la mañana venían a abrirme los postigos, veía llamear, en vez del mármol negro en que se transformaban resplandeciendo las pizarras de San Hilario, el Angel de oro del campanile de San Mar­cos. Refulgiendo de tal modo que casi resultaba impo­sible mirarlo, me hacía con sus brazos abiertos de par en par -para cuando yo estuviese media hora más tarde en la Piazzetta- una promesa de dicha más se­gura que la que tuviera que anunciar en tiempos a los hombres de buena voluntad. Era lo único que podía ver mientras estaba acostado, pero como el mundo no es sino un gran reloj de sol en el que un solo segmen­to soleado nos permite ver la hora que es, desde la pri­mera mañana pensé en las tiendas de la plaza de la iglesia en Combray, que los domingos estaban a punto de cerrar cuando yo llegaba a misa, en tanto que la paja del mercado comenzaba a oler mal bajo el sol ya caliente. Pero a partir del segundo día lo que vi al despertarme, lo que me hizo levantar (pues sustituyó en mi memoria y en mi deseo los recuerdos de Com­bray ), fueron las impresiones de mi primera mañana por Venecia, por Venecia, donde la vida cotidiana no era menos real que en Combray, donde, como en Com­bray los domingos por la mañana, se disfrutaba tam­bién bajando a una calle en fiestas, pero donde esa calle aparecía cubierta de un agua de zafiro, refrescada por tibios soplos de brisa, y era de un color tan resistente que mis ojos fatigados podían, para relajarse y sin temor a que cediese, apoyar en ella sus miradas. Como en Combray los vecinos de la calle de l'Oiseau, tam­bién en esta nueva ciudad los habitantes salían de las casas alineadas una junto a otra en la calle principal, pero ese papel de las casas proyectando un poco de sombra a sus pies lo desempeñaban en Venecia los pa­lacios de pórfido y jaspe, sobre cuya puerta cimbrada la cabeza de un dios barbudo (rebasando la alinea­ción, como la aldaba de una puerta en Combray) os­curecía con su reflejo no el suelo oscuro, sino el espléndido azul del agua. En la Piazza, la sombra que habrían proyectado en Combray el toldo de la tienda de novedades y el letrero de la peluquería eran las flo­recillas azules que siembra a sus pies en el desierto del rutilante enlosado el relieve de una fachada rena­centista; y no es que, cuando el sol pegaba fuerte, no fuese necesario, en Venecia como en Combray, bajar los toldos aun hasta la misma orilla del canal; pero se extendían entre los cuatrifolios y los follajes de las ven­tanas góticas. Lo mismo diré de la de nuestro hotel, ante cuyos balaustres me esperaba mi madre mirando el canal, con una paciencia que no hubiera mostrado antaño en Combray en aquella época en que, ponien­do en mí esperanzas que luego no se verían realiza­das, no quería dejar traslucir lo mucho que me que­ría. Ahora comprendía que su frialdad aparente nada cambiaría, y el cariño que me prodigaba era como esos alimentos prohibidos que dejan de negarse a los enfermos cuando se hace evidente que ya no pueden sanar. Cierto que las humildes particularidades que conferían individualidad a la ventana de la habita­ción de mi tía Léonie, en la calle de l'Oiseau, su asimetría debida a la desigual distancia que mediaba entre las dos ventanas contiguas, la excesiva altura de su antepecho de madera y la barra acodada que servía para abrir los postigos, las dos cortinas de brillante raso azul abiertas y separadas por un alzapaño, el equivalente a todo ello existía en aquel hotel de Vene­cia donde me llegaban también esas palabras tan pe­culiares, tan elocuentes, que nos permiten reconocer de lejos la casa adonde regresamos a almorzar, y más tarde quedan impresas en nuestro recuerdo testimo­niado de que durante cierto tiempo esa casa fue la nuestra; pero, en Venecia, el papel de pronunciarlas correspondía, no como en Combray y en casi todas partes, a las cosas más sencillas, incluso las más insig­nificantes, sino a la ojiva aún medio árabe de una fa­chada que figura en todos los museos de reproduc­ciones y en todos los libros de arte ilustrados como una de las obras maestras de la arquitectura domés­tica en la Edad Media; desde muy lejos, y cuando apenas había rebasado San Jorge el Mayor, divisaba aquella ojiva que me había visto, y el vuelo de sus arcos mitrales confería a su sonrisa de bienvenida la distinción de una mirada más elevada, casi incompren­dida. Y porque tras aquellos balaustres de mármol de distintos colores mamá leía aguardándome, cubierto el rostro por un velillo de tul, de un blanco tan desga­rrador como el de sus cabellos para mí, consciente de que mi madre, ocultando sus lágrimas, lo había incor­porado a su sombrero de paja no sólo para dar una im­presión de ir más «vestida» ante la gente del hotel, sino sobre todo para parecerme menos enlutada, menos tris­te, casi consolada de la muerte de mi abuela; porque, sin haberme reconocido de inmediato, no bien la lla­maba desde la góndola, mandaba hacia mí, desde el fondo de su corazón, su amor, que no se detenía sino donde ya no había materia para sostenerlo -en la su­perficie de su mirada apasionada que intentaba acer­car lo más posible a mí, que procuraba realzar, en la punta de los labios, con una sonrisa que parecía abra­zarme- enmarcado y bajo el dosel de la sonrisa más discreta de la ojiva iluminada por el sol de mediodía: por todo eso, aquella ventana ha dejado impreso en mi memoria el grato recuerdo de las cosas que parti­ciparon con nosotros, junto a nosotros, en cierta hora que sonaba, la misma para nosotros y para ellas; y, por admirables que sean sus parteluces, aquella ilustre ven­tana conserva para mí el aspecto íntimo de un hom­bre eminente con el que hubiéramos veraneado un mes en el mismo sitio, con quien hubiéramos trabado allí cierta amistad; y si, desde entonces, cada vez que veo la reproducción de esa ventana en un museo, tengo que aguantarme las lágrimas, es sencillamente porque me dice lo que más me llega al corazón: «Me acuerdo muy bien de tu madre.»
Y para ir a buscar a mamá, que había abandonado la ventana, también me invadía, al dejar el calor de la calle, aquella sensación de frescor experimentada años atrás en Combray cuando subía a la habitación; pero lo que la transmitía en Venecia era una corriente de aire marina, no ya en una escalerilla de madera de an­gostos peldaños, sino en las nobles superficies de unos escalones de mármol salpicados en todo momento de un centelleo glauco, y que a la útil lección de Chardin, recibida tiempo atrás, sumaban la de Veronese. Y como sea que en Venecia son las obras de arte, las cosas magníficas, las encargadas de transmitirnos las impre­siones familiares de la vida, es esquivar el carácter de esta ciudad, so pretexto de que la Venecia de cier­tos pintores resulta fríamente estética en su parte más célebre, el representar únicamente (exceptuemos los so­berbios estudios de Maxime Dethomas) sus aspectos miserables, los que anulan todo cuanto constituye su esplendor, y para reflejar una Venecia más íntima y auténtica, el hacerla parecerse a Aubervilliers. Por reacción bastante natural contra la Venecia ficticia de los malos pintores, muchos artistas cayeron en el error de decantarse únicamente por la Venecia que les pa­reció más realista de los humildes campi, de los pe­queños abandonados. Esa era la que yo exploraba con frecuencia por las tardes, cuando no salía con mi madre. En ella hallaba más fácilmente a mujeres del pueblo, cerilleras, enhebradoras de perlas, artesanas del vidrio o del encaje, obrerillas de amplios chales ne­gros con franjas. Mi góndola se deslizaba por los cana­lillos; como la mano misteriosa de un genio que me con­dujera por los recovecos de aquella ciudad de Oriente, conforme avanzaba, parecían franquearme un camino abierto en pleno corazón de un barrio que dividían separando apenas, con tenue surco arbitrariamente tra­zado, las altas casas de pequeñas ventanas orientales; y como si el guía mágico llevara en la mano una vela y me iluminara, hacían brillar ante ellos un rayo de sol al que iban abriendo camino.
Se advertía que entre las pobres casas que el cana­lillo acababa de separar y que, si no, habrían formado un todo compacto, no se había reservado sitio alguno, de modo que el campanile de la iglesia o los emparrados de los jardines caían a pico sobre el rio como en una ciudad inundada. Pero lo mismo en el caso de las iglesias que en el de los jardines, merced a la misma transposición que en el Gran Canal, donde el mar se presta tan bien a desempeñar la función de vía de co­municación, a cada orilla del canaletto las iglesias sur­gían del agua en aquel antiguo barrio populoso de pa­rroquias humildes y concurridas que ostentaban el sello de su necesidad, de la afluencia de numerosas gentes humildes; los jardines, atravesados por el canal, deja­ban flotar sobre el agua sus hojas o sus frutos atóni­tos, y, en el saliente de la casa cuya arenisca toscamen­te resquebrajada estaba aún rugosa como si acabasen de serrarla bruscamente, algunos chiquillos sorprendi­dos y conservando el equilibrio dejaban colgar las piernas verticalmente, cual marineros sentados en un puente móvil cuyas dos mitades acaban de separarse dejando pasar el mar entre ellas.
A veces surgía un monumento más hermoso, que se hallaba allí como una sorpresa en una caja que aca­básemos de abrir, un templecillo de marfil con sus ór­denes corintios y su estatua alegórica en el frontón, una pizca desplazado entre las cosas usuales en medio de las que aparecía, y el peristilo que le reservaba el canal conservaba el aspecto de un muelle para descar­ga de productos hortícolas.
Estaba aún muy alto el sol cuando me reunía con mi madre en la Piazzetta. Remontábamos el Gran Canal en góndola, contemplábamos cómo los palacios entre los que pasábamos reflejaban la luz y la hora en sus costados rosados y cambiaban con ellas, más que como viviendas privadas y monumentos célebres, como una cadena de acantilados de mármol al pie de la cual vamos a pasearnos en barca al anochecer para ver la puesta de sol. Así, las mansiones dispuestas a ambos lados de aquel canal hacían pensar en monumentos de la naturaleza, pero de una naturaleza que hubiera crea­do sus obras con imaginación humana. Pero al mismo tiempo (debido al carácter de las impresiones siempre urbanas que Venecia produce casi en pleno mar, sobre aquellas aguas en las que el flujo y el reflujo se dejan notar dos veces al día y que alternativamente cubren con marea alta y descubren con marea baja las magní­ficas escaleras exteriores de los palacios), como habría­mos hecho en París por los bulevares, en los Campos Elíseos, por el Bois de Boulogne, en cualquier ancha avenida de moda, bañados en la luz chispeante del atar­decer nos cruzábamos con las mujeres más elegantes, extranjeras casi todas ellas, que, indolentemente apo­yadas en los cojines de su carruaje flotante, se ponían en cola, se paraban ante un palacio donde tenían que ver a una amiga, mandaban preguntar si estaba; y mientras aguardando la respuesta preparaban por si acaso su tarjeta para dejarla, como hubieran hecho en la puerta del palacio de Guermantes, consultaban en la guía la época, el estilo del palacio, no sin ser sacu­didas como en la cresta de una ola azul por el rebullir del agua centelleante y encabritada, que se espantaba de quedar atrapada entre la estremecida góndola y el mármol resonante. Y así los paseos, aun sólo para hacer visitas o recados, resultaban triples y únicos en aquella Venecia en que las simples idas y venidas mundanas cobran a un tiempo la dimensión y el en­canto de una visita a un museo y de una travesía por mar.
Varios de los palacios del Gran Canal habían pasa­do a ser hoteles y, por afición a cambiar o por com­placer a la señora Sazerat, a quien nos habíamos en­contrado -la imprevista e inoportuna amistad con la que se tropieza uno en cada viaje- y a quien mamá había invitado, quisimos una noche intentar cenar en un hotel que no era el nuestro y donde decían que la cocina era mejor. Mientras mi madre pagaba al gon­dolero y entraba con la señora Sazerat en el salón que tenía reservado, quise echar una ojeada al comedor principal del restaurante, con hermosas columnas de mármol y antaño totalmente cubierto de frescos, des­pués mal restaurados. Dos camareros conversaban en un italiano que traduje así:
-¿Comen en la habitación los viejos? No avisan nunca. Es una lata, nunca sé si tengo que reservarles la mesa (non so se è bisogno conservar loro la tavo­la). ¡Y además, que se fastidien si bajan y se la en­cuentran ocupada! No entiendo que en un hotel tan elegante reciban a semejantes forestieri. Desentona aquí esa gente.
El camarero, pese a su desdén, quería saber qué tenía que hacer con respecto a la mesa, e iba a man­dar al ascensorista que subiera a informarse, cuando, sin darle tiempo, recibió la respuesta: acababa de ver entrar a la anciana. No me resultó difícil, pese al as­pecto triste y cansado que confiere el lastre de los años, y a una especie de eczema, de lepra roja, que le cu­bría la cara, reconocer bajo su gorro, con su túnica negra hecha por W..., pero, para los profanos, igual que la de una vieja portera, a la marquesa de Villepa­risis. Quiso el azar que el lugar en que yo estaba, de pie, examinando los vestigios de un fresco, se hallara exactamente detrás, a lo largo de las hermosas pare­des de mármol, de la mesa en que acababa de sentarse la señora de Villeparisis.
-Entonces no tardará mucho en bajar el señor de Villeparisis. En el mes que llevan aquí, sólo han co­mido separados una vez -dijo el camarero.
Me estaba preguntando yo quién sería el pariente con el que viajaba, y a quien llamaban señor de Ville­parisis, cuando , al poco, vi acercarse a la mesa y sen­tarse junto a ella a su viejo amante, el señor de Nor­pois. Su avanzada edad había debilitado la sonoridad de su voz, pero dado en cambio a su lenguaje otrora tan comedido una auténtica intemperancia. Quizá había que buscar la causa en ciertas ambiciones que veía difíciles ya de realizar por falta de tiempo y que acentuaban su vehemencia y fogosidad, o quizá en el hecho de que, marginado de una política en la que se moría por entrar, creía, con la ingenuidad que po­nemos en nuestros deseos, defenestrar con sus san­grantes críticas a aquellos a quienes se veía a punto se sustituir. Así vemos a políticos convencidos de que el gabinete del que no forman parte no durará tres días. Con todo, resultaría exagerado creer que el señor de Norpois había perdido totalmente las tradiciones del lenguaje diplomático. En cuanto se hablaba de «asun­tos trascendentales» volvía a ser, como veremos, el hombre que conocimos, pero el resto del tiempo se desahogaba con uno u otro, desplegando esa violencia senil de ciertos octogenarios, que los lleva a per­seguir mujeres a quienes ya no pueden hacer gran daño.
La señora de Villeparisis guardó durante unos mi­nutos el silencio de la anciana a quien cuesta remon­tarse del recuerdo del pasado al presente. Acto segui­do, hizo una de esas preguntas puramente prácticas que llevan impresa la prolongación de un mutuo amor:
-¿Has pasado por casa de Salviati?
-Sí.
-¿Lo mandarán mañana?
-Yo mismo he traído la copa. Te la enseñaré des­pués de cenar. Veamos el menú.
-¿Has dado la orden de bolsa para mis Suez?
-No; en este momento la bolsa concentra toda su atención en los valores de petróleo. Es el grupo que está en boga. La Royal Dutch no ha dado otra subida de tres mil francos. Se habla de una cotización de cua­renta mil francos. A mi juicio no sería prudente aguar­dar a ese punto. Pero tampoco hay ninguna urgencia dadas las excelentes disposiciones del mercado. Ten el menú. De entrada hay salmonetes. ¿Quieres que to­memos?
-Yo sí, pero tú los tienes prohibidos. En vez de eso, pide risottos. Aunque no saben hacerlos.
-Da igual: Mozo, tráiganos primero unos salmo­netes para la señora y un risotto para mí. Un nuevo y largo silencio.
-Mira, te traigo periódicos, el Corriere della Sera, la Gazzetta del Popolo, etcétera. ¿Sabes que se habla mucho de un reajuste diplomático cuyo primer chivo expiatorio puede que sea Paléologue, notoriamente in­suficiente en Servia? Quizá lo sustituya Lozé y en­tonces quedaría vacante el puesto de Constantinopla; pero -se apresuró a añadir ásperamente el señor Nor­pois- para cubrir una embajada de tal envergadura y donde salta a la vista que Gran Bretaña ocupará siempre, ocurra lo que ocurra, un puesto privilegiado en la mesa de deliberaciones, resultaría prudente ape­lar a hombres de experiencia, mejor preparados para resistir a las asechanzas de los enemigos de nuestro aliado británico que los diplomáticos de la nueva es­cuela que caerían como niños en la trampa.
La irritada locuacidad con que pronunció el señor de Norpois estas últimas palabras obedecía más que nada a que los periódicos, en vez de publicar su nom­bre como les había recomendado que hicieran, daban como «gran favorito» a un joven ministro de Asuntos Exteriores.
-Dios sabe que los hombres de edad se guardan muy mucho de querer ocupar, mediante qué sé yo qué tortuosas maniobras, el puesto de neófitos más o menos incapaces. He conocido a muchos de esos su­puestos diplomáticos del método empírico que cifra­ban todas sus esperanzas en un globo sonda que yo no tardaba en deshinchar. Queda fuera de duda, si el go­bierno comete la insensatez de dejar las riendas del Es­tado en manos turbulentas, que ante la llamada del deber un recluta contestará siempre «presente». Pero quién sabe (y el señor de Norpois parecía saber muy bien de quién hablaba) si no ocurriría lo mismo el día en que fuesen a buscar a algún veterano lleno de saber y entusiasmo. A mi juicio -cada cual puede verlo a su manera-, el puesto de Constantinopla no debería aceptarse, hasta que resolvamos los contenciosos pen­dientes con Alemania. No debemos nada a nadie y re­sulta inadmisible que cada seis meses vengan a recla­marnos, mediante maniobras dolosas y contra nuestra voluntad, yo no sé qué finiquito, siempre aireado por una prensa de vendidos. Todo eso debe acabar y por su­puesto un hombre de cumplido valor y reconocida ex­periencia, un hombre que, vaya, sería escuchado por el emperador Guillermo, gozaría de más autoridad para poner punto final al conflicto.
Un señor que estaba terminando de cenar saludó al señor de Norpois.
-¡Anda! Pero si es el príncipe Foggi -exclamó el marqués.
-¡Ah! No sé exactamente de quién hablas -sus­piró la marquesa.
-Pues claro que sí. Es el príncipe Odon. Ni más ni menos que el cuñado de tu prima Doudeauville. ¿Recordarás que cacé con él en Bonnétable?
-¡Ah! Odon, ¿el que pintaba?
-No, hombre, no, el que se casó con la hermana del gran duque N...
El señor de Norpois decía todo aquello con el tono bastante desagradable del profesor descontento de su alumno y, con sus ojos azules, miraba fijamente a la señora de Villeparisis.
Cuando el príncipe se acabó el café y abandonó la mesa, el señor de Norpois se levantó, se dirigió muy solícito hacia él y, con majestuoso ademán, se echó a un lado y, en discreto segundo término, lo presentó a la señora de Villeparisis. Y durante los pocos minutos que el príncipe permaneció con ellos, el señor de Nor­pois no dejó un instante de vigilar a la señora de Vi­lleparisis con su pupila azul, por complacencia o seve­ridad de viejo amante, o más bien por temor a que a ella le diera por soltar una de esas barbaridades que él había celebrado pero que temía. Apenas ella decía al príncipe alguna inexactitud, él rectificaba y clavaba los ojos en la marquesa compungida y dócil, con la fijeza e intensidad de un hipnotizador.
Se acercó un camarero a decirme que mi madre me esperaba, me reuní con ella y me disculpé ante la se­ñora Sazerat alegando que me había hecho gracia ver a la señora de Villeparisis. Al oír ese nombre, la se­ñora Sazerat palideció y pareció a punto de desmayar­se. Me dijo, conteniendo la emoción:
-¿La señora de Villeparisis, la señorita de Boui­llon?
-Sí.
-¿No podría verla un segundo? Es el sueño de mi vida.
-Pues no se entretenga mucho, señora, porque no tardará en acabar de cenar. Pero ¿cómo puede intere­sarle tanto?
-Es que la señora de Villeparisis era en primeras nupcias la duquesa de Havré, una mujer hermosa como un ángel y mala como un demonio, que volvió loco a mi padre, lo arruinó y luego lo abandonó. Y fíjese usted, a pesar de que se portó con él como una golfa de la peor especie y de que fue la causa de que yo y los míos viviésemos estrechamente en Combray, ahora que mi padre está muerto, mi único consuelo es que amó a la mujer más guapa de su tiempo, y como nunca la he visto, a pesar de todo, me será grato...
Acompañé a la señora Sazerat, trémula de emo­ción, hasta el restaurante y le mostré a la señora de Villeparisis.
Pero, como los ciegos que dirigen los ojos a donde no es, la señora Sazerat no detuvo la vista en la mesa en donde cenaba la señora de Villeparisis, y, buscando otro punto de la sala, exclamó:
-Pues se habrá marchado, no la veo donde dice usted.
Y seguía buscando, persiguiendo la visión aborre­cida, adorada, que llevaba tanto tiempo habitando en su mente.
-Que sí, en la segunda mesa.
-Será que empezamos a contar desde un punto dis­tinto. Tal como cuento yo, la segunda mesa es esa en que está sentada, junto a un caballero anciano, una mujer baja y jorobada, coloradota, horrorosa.
-Esa es.
Entretanto, tras pedir la señora de Villeparisis al señor de Norpois que invitara a sentarse al príncipe Foggi, se inició una amable conversación entre los tres; hablaron de política, el príncipe declaró que le traía sin cuidado la suerte del gabinete, y que pensaba que­darse al menos una semana más en Venecia. Confiaba en que de allí a entonces se evitara cualquier crisis mi­nisterial. El príncipe Foggi creyó en un primer instante que aquellos asuntos de política no interesaban al señor de Norpois, pues éste, que hasta entonces se había expresado con tanta vehemencia, de pronto dio en guardar un silencio casi angelical que parecía no poder plasmarse, de volverle la voz, sino en un ino­cente y melodioso canto de Mendelssohn o de César Franck. Pensaba también el príncipe que aquel silen­cio obedecía a la reserva del francés que ante el italia­no no quiere hablar de los asuntos de Italia. Ahora bien, el príncipe se equivocaba por completo. El silen­cio, el aire de indiferencia no traslucían en el señor de Norpois reserva alguna sino que eran el habitual preludio de una intromisión en asuntos importantes. El marqués ambicionaba ni más ni menos que Cons­tantinopla, no sin solventar antes los asuntos alema­nes, para lo cual se proponía apretar los tornillos al gabinete de Roma. El marqués juzgaba en efecto que un acto de alcance internacional podía ser un digno broche de oro para su carrera, aun quizá el inicio de nuevos honores, de funciones difíciles a las que no había renunciado. Y es que la vejez comienza incapa­citándonos para emprender pero no para desear. Úni­camente en un tercer período los que llegan a muy vie­jos renuncian al deseo, como hubieron de renunciar a la acción. Ni siquiera se presentan a elecciones fútiles en las que tantas veces intentaron triunfar, como la de presidente de la República. Se limitan a salir, a comer, a leer los periódicos, se sobreviven a sí mismos.
El príncipe, para hacer que el marqués se sintiese cómodo y demostrarle que lo consideraba como a un compatriota, comenzó a hablar de los posibles suceso­res del presidente del Consejo. Sucesor cuya misión sería difícil. Cuando el príncipe Foggi hubo enumera­do más de veinte nombres de políticos, nombres que el ex embajador escuchó con los párpados semientor­nados sobre sus ojos azules y sin hacer un movimien­to, el señor de Norpois rompió por fin el silencio para pronunciar estas palabras que durante veinte años ha­brían de alimentar la conversación de las cancillerías y más adelante, cuando se las creía olvidadas, ser exhu­madas por cierta personalidad tras el seudónimo de «un Informado» o «Testis» o «Machiavelli», en un perió­dico en el que el mismo olvido en que habían caído les valió el beneficio de volver a causar sensación. Así, el príncipe Foggi acababa de citar más de veinte nom­bres ante el diplomático, inmóvil y mudo como un hombre sordo, cuando el señor de Norpois alzó leve­mente la cabeza y, en la forma en que fueron transcritas sus intervenciones diplomáticas de mayor resonancia, aunque en este caso con mayor audacia y menor bre­vedad, preguntó sutilmente:
-¿Y no ha pronunciado nadie el nombre del señor Giolitti?
Al oír estas palabras, al príncipe Foggi se le quitó la venda de los ojos, oyó un murmullo celestial. Y, de inmediato, el señor de Norpois se puso a hablar de dis­tintas cosas, no tuvo empacho en hacer algún ruido, del mismo modo que, cuando expira la última nota de una sublime aria de Bach, no tememos ya hablar en voz alta, ir a buscar nuestros abrigos al vestuario. Y hasta hizo que el cambio resultase más brusco rogan­do al príncipe que presentara sus respetos a Sus Ma­jestades el Rey y la Reina cuando tuviese ocasión de verlos, frase de despedida que correspondía a lo que supone el oír gritar al final de un concierto: «El co­chero Auguste de la calle de Belloy.» Ignoramos cuá­les fueron exactamente las impresiones del príncipe Foggi. A buen seguro quedaría encantado de haber oído aquella obra maestra: «¿Y nadie ha pronunciado el nombre del señor Giolitti?» Pues el señor de Norpois, en quien la edad había apagado o desordenado sus mejores cualidades, había perfeccionado, en cam­bio, al envejecer esas breves «arias de bravura», del mismo modo que algunos músicos mayores, en deca­dencia para todo lo demás, adquieren hasta el último día para la música de cámara un virtuosismo perfecto que no poseían hasta entonces.
El caso es que el príncipe Foggi, que tenía previs­to pasar quince días en Venecia, regresó a Roma aquel mismo día y fue recibido en audiencia por el rey unos días después para tratar sobre unas propiedades que, como creemos haber dicho ya, el príncipe poseía en Sicilia. El gabinete vegetó más tiempo de lo que cabía esperar. A su caída, el rey consultó con distintos hom­bres de estado sobre el jefe que convenía al nuevo ga­binete. Al poco, mandó llamar a Giolitti, que aceptó. Tres meses después un periódico contó la entrevista del príncipe Foggi con el señor de Norpois. La con­versación aparecía reseñada tal como lo hemos hecho, con la diferencia de que en vez de decir: «El señor de Norpois preguntó sutilmente», se leía «dijo con esa sutil y exquisita sonrisa que le es propia». El señor de Norpois juzgó que «sutilmente» tenía ya una fuer­za explosiva suficiente para un diplomático y que aquel añadido era, cuando menos, intempestivo. Le hubiera gustado pedir que el Quai d'Orsay desmintiera la cosa oficialmente, pero el Quai d'Orsay andaba de cabeza. Y es que, desde que se había hecho pública la entre­vista, el señor Barrère telegrafiaba varias veces por hora a París para decir que había un embajador ofi­cioso en el Quirinal y manifestar el descontento que tal hecho había producido en Europa entera. No exis­tía dicho descontento, pero los distintos embajadores eran demasiado educados para desmentir al señor Ba­rrère cuando les aseguraba que sin duda alguna todo el mundo estaba indignado. El señor Barrère, obceca­do en lo suyo, tomaba aquel silencio cortés por adhe­sión. Inmediatamente, telegrafiaba a París: «He con­versado durante una hora con el marqués Visconti­Venosta, etc.» Sus secretarias no daban abasto.
Con todo, el señor de Norpois tenía «a su disposi­ción» a un muy antiguo periódico francés que, inclu­so en 1870 cuando era ministro de Francia en un país alemán, le había hecho un gran favor. Aquel periódi­co estaba (sobre todo el primer artículo, no firmado) admirablemente redactado. Pero interesaba mil veces más cuando este primer artículo (denominado premier­Paris en aquellos lejanos tiempos y llamado hoy no se sabe por qué «editorial») aparecía por el contrario mal escrito, con infinitas repeticiones de palabras, etcéte­ra. Todo el mundo advertía entonces con emoción que el artículo había sido «inspirado». Ya por el señor de Norpois, ya por algún otro personaje clave del momen­to. Para dar una idea anticipada de los acontecimien­tos de Italia, veamos cómo el señor de Norpois utilizó aquel periódico en 1870, inútilmente, se dirá, ya que la guerra tuvo lugar de todas formas, muy eficazmen­te, pensaba el señor de Norpois, cuyo axioma era que lo primero de todo era preparar la opinión. Sus artí­culos, en los que pesaba cada palabra, semejaban esas optimistas notas a las que sigue de inmediato la muer­te del enfermo. Por ejemplo, en 1870, en vísperas de la declaración de guerra, cuando casi había conclui­do la movilización, el señor de Norpois (permaneciendo, por supuesto, a la sombra) se creyó obligado a mandar a aquel famoso periódico el siguiente editorial:
«Parece prevalecer la opinión en medios autoriza­dos de que desde media tarde de ayer la situación, sin presentar por supuesto caracteres alarmantes, podría calificarse de seria, y aun, en determinados aspectos, podría llegar a considerarse crítica. El marqués de Nor­pois parece haber mantenido varias entrevistas con el ministro de Prusia, al objeto de examinar con espíritu de firmeza y conciliación, y de modo muy concreto, los distintos motivos de fricción, si se pueden deno­minar así. Por desgracia, no nos ha llegado noticia en el momento de imprimir estas líneas de que se hayan puesto de acuerdo sobre una fórmula que pueda servir de base para un instrumento diplomático.»
Ultima hora: «Se ha sabido con satisfacción en cír­culos bien informados que parece haberse producido una leve distensión en las relaciones franco-prusianas. Parece concederse muy especial importancia al hecho de que el señor de Norpois se entrevistó al parecer «Unter den Linden» con el ministro inglés, con quien conversó durante unos veinte minutos. La noticia se considera satisfactoria (befriedigend) en ámbitos bien informados.» Y al día siguiente se leía en el editorial: «Parece ser, pese a las buenas dotes desplegadas por el señor de Norpois, de quien todos encarecen la hábil energía con que ha sabido defender los derechos ina­lienables de Francia, que la ruptura resulta, por así de­cirlo, poco menos que inevitable.»
El periódico no podía por menos de añadir a seme­jante editorial unos cuantos comentarios, enviados, ni que decir tiene, por el señor de Norpois. Se habrá ob­servado en las páginas precedentes que el condicional era una de las formas gramaticales preferidas del em­bajador en la literatura diplomática («Se concedería es­pecial importancia»[1], por «parece concederse especial importancia»). Pero el presente del indicativo, tomado no en su sentido habitual sino en el del antiguo opta­tivo, resultaba no menos caro al señor de Norpois. Los comentarios que acompañaban al editorial eran los si­guientes:
«Nunca dio prueba el público de tan admirable calma (el señor de Norpois hubiera deseado que así fuese pero temía todo lo contrario). Está cansado de agitaciones estériles y ha sabido con satisfacción que el gobierno de Su Majestad se enfrentaría con sus res­ponsabilidades según las eventualidades que pudieran producirse. El público no pide (optativo) otra cosa. A su maravillosa sangre fría, que constituye ya un índi­ce de éxito, añadiremos una noticia que no puede sino tranquilizar a la opinión pública, si ello fuera necesa­rio. Se asegura, en efecto, que el señor de Norpois, quien por razones de salud hacía tiempo que debía hacer una pequeña cura en París, ha abandonado París por juzgar que su presencia allí resultaba ya inútil.»
Ultima hora: «Su Majestad el Emperador se des­plazó esta mañana de Compiègne a París al objeto de conferenciar con el marqués de Norpois, el ministro de la Guerra y el mariscal Bazaine, en quien la opi­nión pública confía especialmente. S. M. el Empera­dor ha aplazado la cena que debía ofrecer a su cuña­da la duquesa de Alba. Nada más darse a conocer, la medida ha producido en todos los ámbitos una impre­sión especialmente favorable. El Emperador pasó re­vista a las tropas, cuyo entusiasmo resulta indescripti­ble. Tras una orden de movilización emitida al llegar los soberanos a París, se sabe que algunas unidades, en previsión de lo que pueda suceder, han partido hacia el Rin.»

Después de almorzar, cuando no iba a deambular solo por Venecia, subía a mi cuarto a prepararme para salir con mi madre. En el brusco golpe que los cantos de la pared daban a ésta y que le reducían los ángulos, notaba las restricciones dictadas por el mar, la par­quedad del suelo. Y al bajar a reunirme con mamá que me esperaba, a esa hora en que en Combray resultaba tan grato gozar del sol cercano en la oscuridad mante­nida por los postigos cerrados, allí, del primer al últi­mo peldaño de la escalera de mármol que, como en una pintura del Renacimiento, no se sabía si se erguía en un palacio o en una galera, el mismo frescor y la misma sensación del esplendor de afuera los propor­cionaba el toldo que ondulaba ante las ventanas cons­tantemente abiertas y a través de las cuales, en ince­sante corriente de aire, la tibia sombra y el sol verdoso se escurrían como en una superficie flotante y evoca­ban la vecindad movediza, la luz, la espejeante ines­tabilidad de las aguas. La víspera de marchar, qui­simos llegarnos a Padua, donde se hallaban aquellos «Vicios» y aquellas «Virtudes» cuyas reproducciones me diera Swann; tras cruzar a pleno sol el jardín de la Arena, penetré en la capilla de los Giotto, donde la bóveda entera y los fondos de los frescos son tan azu­les que parece como si el radiante día hubiese traspues­to el umbral al tiempo que el visitante, y hubiese en­trado un momento a poner al fresco y a la sombra su cielo puro, un ápice más oscuro al perder los dorados de la luz, como en esos breves paréntesis que se pro­ducen en los días más hermosos, cuando, sin que se vea ninguna nube, el sol desvía fugazmente la mirada hacia otro sitio, y el azul del cielo, más suave aún, se ensombrece. En aquel cielo, sobre la piedra azulada, volaban unos ángeles con tal ardor celestial, o al menos infantil, que semejaban aves de una especie particular que hubiera existido realmente, que debiera figurar en la historia natural de los tiempos bíblicos y evangélicos, y que no dejan de volar ante los santos cuando és­tos se pasean; siempre aparece alguno suelto por enci­ma de ellos, y como son criaturas reales y efectivamen­te voladoras, se les ve elevándose, describiendo cur­vas, ejecutando acrobacias con extrema soltura, aba­lanzándose hacia el suelo con gran acompañamiento de alas que les permiten mantenerse en condiciones contrarias a las leyes de la gravedad, y recuerdan mucho más a una variedad de pájaros, o a jóvenes alumnos de Fonck ejercitándose en el vuelo planeado, que a los ángeles del arte del Renacimiento y de las épocas posteriores, cuyas alas no son ya sino emble­mas y cuyo porte es por lo común el mismo que el de los personajes celestiales no alados.
Al anochecer, salía solo por la ciudad encantada, y me hallaba en medio de barrios nuevos como un perso­naje de Las mil y una noches. Raro era que no descu­briese al albur de mis paseos alguna plaza desconocida y espaciosa de la que ningún guía, ningún viajero, me habían hablado.
Me había internado en una red de callejas, de calli que dividían en todos los sentidos, con sus ranuras, el trozo de Venecia recortado entre un canal y la lagu­na, como si se hubiese cristalizado siguiendo aquellas formas innumerables, tenues y minuciosas. De repen­te, en la punta de una de aquellas callejuelas, parecía como si en la materia cristalizada se hubiese produci­do una distensión. Una amplia y suntuosa explanada, cuya importancia, en medio de aquella red de callejue­las, me hubiera sido imposible adivinar, y que tampo­co hubiera sabido ubicar, se extendía ante mí, rodeada de exquisitos palacios, pálida de luna. Era uno de esos conjuntos arquitectónicos hacia los cuales, en otra ciu­dad, las calles se dirigen, nos conducen y lo señalan. Allí, parecía oculto adrede en un entrecruzarse de ca­lles, como esos palacios de los cuentos orientales a los que es conducido por la noche un personaje que, devuelto a su casa antes del amanecer, no podrá volver a dar con la mágica mansión adonde acaba creyendo que fue en sueños.
Al día siguiente, partía en busca de mi preciosa plaza nocturna, me internaba en unas calli que se pa­recían todas ellas y se negaban a darme referencia al­guna, como no fuese para extraviarme más. A ratos un leve indicio que creía reconocer me hacía suponer que iba a ver aparecer, en su claustración, su soledad y su silencio, la hermosa plaza expatriada. En aquel instante, algún genio maligno que había cobrado la apariencia de una nueva calle me hacía desandar lo an­dado a mi pesar y, de súbito, me encontraba de nuevo con el Gran Canal. Y como entre el recuerdo de un sueño y el de una realidad no media gran diferencia, acababa preguntándome si aquel extraño balanceo que ofrecía una gran plaza rodeada de palacios a la medi­tación del claro de luna no se habría producido duran­te mi sueño, en un oscuro trozo de cristalización ve­neciana.
Cuando supe, el mismo día en que regresábamos a París, que la señora Putbus, y por consiguiente su don­cella, acababan de llegar a Venecia, pedí a mi madre que aplazase nuestra marcha unos días; la cara que puso de no tomar en consideración mi ruego, ni aun en serio, despertó en mis nervios excitados por la pri­mavera veneciana ese viejo deseo de resistencia a una intriga urdida contra mí por mis padres (convencidos de que me vería obligado a obedecer), esa voluntad de lucha, deseo que me impulsara antaño a imponer brus­camente mi voluntad a quienes más amaba, sin per­juicio de resignarme a la suya, una vez lograba hacer­les ceder. Dije a mi madre que no me iría, pero ella, juzgando más hábil fingir que no creía que yo habla­se en serio, ni siquiera me contestó. Agregué que ya vería si la cosa iba o no en serio. Y cuando llegó el momento en que, seguida de todo mi equipaje, mi ma­dre salió hacia la estación, pedí que me trajeran una bebida a la terraza, ante el canal, y me acomodé allí, contemplando el crepúsculo en tanto que en una barca parada frente al hotel un músico tocaba Sole mio.
Continuaba descendiendo el sol. Mi madre no es­taría lejos de la estación. No tardaría en marchar, yo me quedaría solo en Venecia, solo con la tristeza de saberla dolida conmigo, y sin su presencia para conso­larme. Se acercaba la hora del tren. Mi irrevocable so­ledad estaba tan cercana que me parecía ya comenza­da y total.
Las cosas se me habían tornado ajenas. Carecía ya de sosiego para salir de mi palpitante corazón e intro­ducir en ellas alguna estabilidad. La ciudad que tenía ante mí había dejado de ser Venecia. Su personali­dad, su nombre, se me antojaban engañosamente fic­ciones que ya no tenía el valor de inculcar a las pie­dras. Los palacios me parecían reducidos a sus simples partes y cantidades de mármol semejante a cualquier otro, y el agua como una combinación de hidrógeno y de ázoe, eterna, ciega, anterior y exterior a Venecia, ajena a los dux y a Venecia. Y, sin embargo, aquel lugar cualquiera era extraño como un lugar al que acabamos de llegar, que no nos conoce aún, como un lugar de donde nos hemos marchado y que nos ha re­legado al olvido. No podía decirle ya nada de mí, no podía dejar que nada mío se pusiese en él, me desazo­naba, dejándome reducido a un corazón que latía y a una atención que seguía ansiosamente el desarrollo de Sole mio. Por mucho que aferraba desesperadamente mi pensamiento al hermoso ángulo característico del Rialto, se me aparecía con la mediocridad de la evi­dencia como un puente no solamente inferior, sino tan ajeno a la idea que tenía de él como un actor del que supiera que en esencia no era Hamlet, pese a llevar peluca rubia e ir vestido de negro. Del mismo modo, los palacios, el canal, el Rialto, se hallaban despojados de la idea que constituía su individualidad, quedando disueltos en sus vulgares elementos materiales. Pero, al mismo tiempo, aquel lugar mediocre se me antoja­ba lejano. En el fondeadero del arsenal, debido a un elemento científico también, la latitud, se daba esa singularidad de las cosas que, aun semejantes en apa­riencia a las de nuestro país, se revelan extrañas, en exilio bajo otros cielos; notaba que en aquel horizon­te, tan cercano que hubiera podido alcanzarlo en una hora, la tierra formaba una curva muy distinta de la de los mares de Francia, una curva lejana que, por el artificio del viaje, se hallaba pegada a mí; hasta tal punto que aquel fondeadero del arsenal, a un tiempo insignificante y lejano, me llenaba de esa mezcla de asco y espanto que experimentara de niño la primera vez que acompañé a mi madre a los baños Deligny; en efecto, en aquel lugar fantástico compuesto por un agua oscura que no cubrían el cielo ni el sol y que, sin embargo, limitado por las cabinas, parecía comu­nicar con invisibles profundidades cubiertas de cuer­pos humanos en bañador, me pregunté si aquellas pro­fundidades, sustraídas a los ojos de los mortales por unas barracas que les impedían adivinarlas desde la calle, no serían la entrada a los mares glaciales que comenzaban allí, si no abarcaban también los polos y si aquel estrecho espacio no era precisamente el mar libre 'del polo; aquella Venecia irreal que me era hos­til, donde iba a quedarme solo, no se me antojaba menos aislada, menos irreal, y el canto de Sole mio, elevándose cual elegía de la Venecia que yo conociera, apelaba al testimonio de mi dolor. Sin duda habría sido necesario dejar de escucharlo si hubiera querido alcanzar a mi madre y tomar el tren con ella, habría sido necesario decidir que me iba sin perder un segun­do, pero eso era precisamente lo que no podía hacer: permanecía inmóvil, incapaz no sólo de levantarme, sino siquiera de decidirme a hacerlo.
Mi pensamiento, acaso para no plantearse resolu­ción alguna, se concentraba en seguir el desarrollo de las sucesivas frases de Sole mio, en cantar mentalmen­te con el cantante, en prever su súbito arrebato, en dejarme llevar y luego caer con él.
Sin duda aquel canto insignificante oído cien veces no me interesaba en absoluto. A nadie, ni aun a mí mismo, podía complacer escuchándolo tan religiosa­mente hasta el final. Ninguno de los temas de aquella vulgar romanza, sobradamente conocidos, podía inspi­rarme la resolución que necesitaba; es más, cada una de aquellas frases, conforme iba oyéndose, se conver­tía en un obstáculo para tomar eficazmente tal resolu­ción, o, mejor dicho, me obligaba a la resolución con­traria de no marcharme, pues hacía que pasara la hora. Con ello, aquella ocupación, carente de placer en sí, de escuchar Sole mio se cargaba de una tristeza pro­funda, casi desesperada. Me daba perfecta cuenta de que, no moviéndome, lo que hacía en realidad era tomar la resolución de no marcharme; pero pensar: «No me marcho», que no me resultaba posible dicho de modo tan directo, lo era dicho de este otro modo: «Voy a oír una frase más de Sole mio»; aunque el sig­nificado práctico de aquel lenguaje figurado no me pa­saba por alto y, cuando pensaba: «Total, sólo escucho una frase más», sabía que aquello quería decir: «Me quedaré solo en Venecia.» Y quizá aquella tristeza, que era como una especie de frío entumecedor, constituía el encanto desesperado pero fascinante de aquel canto; cada nota que emitía la voz del cantante, con fuerza y ostentación casi musculares, me golpeaba en pleno co­razón; cuando se extinguía la frase y parecía concluir el trozo, el cantante no se daba por contento y prose­guía con renovados ímpetus como si necesitase pro­clamar una vez más mi soledad y mi desesperación.
Mi madre debía de haber llegado a la estación. Pronto, se habría marchado. Me sentía atenazado por la angustia que me causaba -junto con la vista del canal empequeñecido desde que volara de él el alma de Venecia, de un Rialto trivial que no era ya el Rial­to- aquel canto de desesperación en que se convertía Sole mio y que, así clamado ante los palacios incon­sistentes, terminaba de hacerlos trizas y culminaba la ruina de Venecia; asistía a la lenta consumación de mi infortunio, construido artísticamente, sin prisa, nota tras nota, por el cantante a quien contemplaba con asombro el sol detenido tras San Jorge el Mayor, de suerte que aquella luz crepuscular había de formar para siempre en mi memoria, junto con el temblor de mi emoción y la voz de bronce del cantante, una mez­cla equívoca, inmutable y desgarradora.
Y así, permanecí inmóvil, disuelta la voluntad, sin decisión aparente; aunque quizá en tales momentos esté ya tomada la decisión: en muchas ocasiones nues­tros amigos pueden preverla. Pero nosotros no, cuan­do con ello nos ahorraríamos tantísimos sufrimientos.
Pero, por fin, de abismos más insondables que aque­llos de los que sale disparado el cometa que podemos predecir -gracias al insospechable poder defensivo de la costumbre inveterada, gracias a las reservas ocultas que ésta, por un súbito impulso, lanza en el último instante a la palestra- surgió mi acción: arranqué a correr y llegué, cuando ya habían cerrado las puertas, pero a tiempo para encontrarme con mi madre sofoca­da de emoción, conteniendo el llanto, pues creía que ya no aparecería. Luego, partió el tren, y vimos que Pa­dua y Verona se echaban hacia nosotros a decirnos adiós casi hasta la estación y -cuando nos alejamos- ­regresaban, ellas que no se iban y reanudaban su vida, la una a su llanura, la otra a su colina.
Pasaban las horas. Mi madre no se apresuró a leer las dos cartas que se había limitado a abrir y procuró que tampoco yo sacase enseguida la cartera para coger la carta que me había entregado el conserje del hotel. Temía siempre que los viajes me resultasen demasia­do largos, demasiado fatigosos, y aplazaba cuanto podía, para tenerme ocupado las últimas horas, el mo­mento en que sacaría los huevos duros, me alcanzaría los periódicos, desharía el paquete de libros que ha­bía comprado sin decírmelo. Miré a mi madre, que leía su carta con extrañeza, después alzaba la cabeza, y sus ojos parecían irse deteniendo en recuerdos distin­tos, incompatibles, que no acertaba a relacionar. En­tretanto, reconocí la letra de Gilberte en mi sobre. Lo abrí. Gilberte me anunciaba su boda con Robert de Saint-Loup. Me decía que me había telegrafiado a Venecia sin recibir respuesta. Recordé que me habían dicho que el servicio de telégrafos funcionaba allí muy mal. No había recibido su telegrama. Quizá ella no lo creyera. De pronto advertí que un hecho, anclado en mi cerebro en forma de recuerdo, dejaba su sitio para cedérselo a otro. El telegrama que había reci­bido últimamente, y que creí de Albertine, era de Gil­berte. Como la originalidad bastante artificial de la letra de Albertine consistía principalmente, cuando escribía una línea, en colocar en la línea superior las barras de las t, que parecían subrayar las palabras, o los puntos sobre las íes, que parecían interrumpir las frases de la línea de encima, y en cambio en intercalar en la línea de debajo los rabos y arabescos de las pala­bras que estaban arriba, resultaba muy natural que el empleado de telégrafos interpretase las curvas de s o de y de la línea superior como una terminación en «ine» de la palabra Gilberte. El punto sobre la i de Gil­berte había trepado arriba en forma de punto suspen­sivo. En cuanto a la G, parecía una A gótica. El que, aparte de todo ello, dos o tres palabras hubiesen sido mal interpretadas metidas las unas en las otras (algu­nas, desde luego, me habían parecido incomprensibles) bastaba para explicar los detalles de mi error, y ni siquiera era necesario. ¿Cuántas letras lee en una pala­bra una persona distraída y sobre todo ya al tanto, que parte de la idea de que la carta es de determinada per­sona, cuántas palabras en la frase? Leyendo, adivina­mos, creamos; todo parte de un error inicial; los errores que siguen (y ello no ocurre solamente en la lectura de las cartas y de los telegramas, o con cualquier lec­tura), por extraordinarios que puedan resultar a quien no está en la misma situación, son de lo más natural. Gran parte de cuanto creemos, y así es hasta en las úl­timas conclusiones, con idéntica obcecación y buena fe, nace de un primer engaño en las premisas.

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