BLOOD

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lunes, 14 de enero de 2013




ALAS NOCTURNAS
Robert Silverberg
I
Ruma es una ciudad construida sobre siete colinas. Dicen que fue una gran capital en
uno de los ciclos pasados. De esto no sé nada, puesto que pertenezco a la hermandad
de los Vigías y no a la de los Memorizadores; pero cuando hube divisado por primera
vez a Ruma, al llegar desde el sur en el crepúsculo, pude darme cuenta de que
realmente debió haber sido muy importante. Aún ahora es una gran ciudad, con
muchos miles de habitantes.
Sus altas torres se erguían destacándose contra el sol poniente. Las luces
comenzaban a brillar, atractivas. Hacia mi izquierda el cielo se incendiaba a medida
que el sol iba renunciando a sus dominios. Franjas de colores azul, violeta y carmesí se
enroscaban y retorcían en la danza precursora de la noche. A mi derecha, ya estaba
oscuro. Traté, sin éxito, de identificar las siete colinas, sabiendo sin embargo que ésta
era la Ruma majestuosa, hacia la cual todos los caminos conducían. En ese momento
sentí reverencia y respeto por las obras de nuestros antepasados.
Nos detuvimos a descansar a la vera del largo camino recto, siempre mirando hacia
Ruma. Entonces hablé:
—Es una bella ciudad. Creo que hallaremos trabajo.
Cerca de mi Avluela movió sus alas irisadas.
—¿Y comida? —preguntó con su voz aguda—¿Y refugio? ¿Y vino?
—También—repliqué—, hallaremos también todo esto.
—¿Cuánto hace que caminamos, Vigía?—me preguntó.
—Dos días y tres noches.
—Si lo hubiera hecho volando, hubiera tardado mucho menos.
—Tú sí—le contesté—, pero nos hubieras dejado muy atrás, para nunca volvernos a
ver. ¿Es ése tu deseo?
Entonces se me acercó y frotó cariñosamente la burda tela de mi manga. Luego se
apretó contra mí tal como lo hubiera hecho un gatito mimoso. Sus alas se desplegaron,
y eran un sutil encaje, a través del cual se distorsionaban mágicamente las luces del
crepúsculo y las que se iban encendiendo en la ciudad. Pude sentir entonces la
fragancia de su pelo, mientras la rodeaba con mis brazos envolviendo su cuerpo
estilizado como el de un muchachito.
Me dijo:
—Tú sabes que mi deseo es quedarme contigo para siempre, Vigía. ¡Para siempre!
—Sí, Avluela. Y seremos felices—dije, mientras la soltaba.
—¿Entraremos en Ruma ahora?
—Creo que deberíamos esperar a Gormon —le dije mientras hacía un gesto negativo
con la cabeza—Pronto estará de vuelta de sus exploraciones.—No quise que supiera
que estaba agotado. Era una niña de diecisiete años; ¿qué podía saber del cansancio
de la edad? Soy viejo. Es verdad que no tan viejo como Ruma, pero bastante viejo.
—Mientras esperamos, ¿puedo volar?
—Vuela—le dije.
Me acuclillé al lado del carrito y acerqué mis manos al calor del generador, que vibraba
rítmicamente, mientras Avluela se preparaba a volar. Primero se quitó los vestidos,
porque sus alas son débiles y no pueden levantar el peso agregado. Con destreza y
suavidad se liberó de las burbujas vítreas que cubrían sus pies, de la chaqueta carmesí
y de los suaves y peludos pantalones. La luz, al desvanecerse en el oeste, cubrió su
esbelta figura. Como todos los Voladores, su cuerpo no tenía un gramo de más: sus
senos se reducían a dos leves protuberancias, sus nalgas eran chatas y sus muslos tan
delgados que cuando estaba de pie quedaba entre ellos una amplia separación.
¿Pesaría cincuenta kilos? No creo que tanto. Mirándola, y por comparación, me sentí
gordo, ligado a la tierra, un ser de grosera continencia, y sin embargo no soy grueso ni
pesado.
Cerca del camino se puso de rodillas en tierra, con la cabeza tocando el suelo,
musitando el ritual de los Voladores. Me daba la espalda. Sus delicadas alas temblaban
llenas de vida y la nimbaron de rosa, como una frágil capa batida por el viento. Nunca
fui capaz de comprender cómo tan tenues alas podían levantar siquiera una forma tan
grácil como la de Avluela. No eran alas de halcón, eran alas de mariposa, surcadas por
venas, y transparentes, con zonas pigmentadas de ébano, turquesa y escarlata. Un
fuerte ligamento las unía a los chatos músculos que tenia debajo de los omóplatos,
pero carecía de las bandas de fuertes tendones que son necesarios para el vuelo y del
macizo hueso del pecho común a las criaturas voladoras. Oh, bien sé que los
Voladores usan algo más que sus músculos para remontarse y que en sus iniciaciones
existen rituales mágicos. Aun siendo yo miembro de los Vigías, era escéptico en lo que
se refería a las hermandades más misteriosas.
Avluela terminó de musitar su ritual. Se puso de pie y aprovechando la brisa, se elevó a
cierta distancia del suelo. Allí se mantuvo, suspendida sobre el cielo y la tierra mientras
sus alas se movían frenéticamente. Todavía no había oscurecido y las alas de Avluela
eran solamente alas para la noche. De día no podía volar, pues la terrible presión del
viento solar la precipitaría a tierra si lo hiciera. Ahora, a mitad de camino entre el
crepúsculo y la oscuridad, no era, aún el mejor momento para elevarse. La vi lanzarse
hacia el este, recortándose contra el resto de luz. No solamente sus alas, sino también
sus brazos batían el aire; su carita revelaba la intensa concentración mientras sus
delgados labios repetían las palabras de su hermandad. Se plegó sobre si misma y
luego salió disparada, la cabeza hacia un lado y las piernas a otro y, abruptamente,
comenzó a flotar horizontalmente, mirando hacia abajo, batiendo el aire con sus alas.
¡Arriba, Avluela, arriba!
Y arriba iba, conquistando por el mero esfuerzo de su voluntad los vestigios de luz aún
existentes.
Con placer contemplé su desnuda figura recortándose sobre la oscuridad. La podía ver
claramente pues los ojos de un Vigía son agudos. La altura a la que volaba era de
cinco veces la suya propia; ahora, sus alas se hallaban totalmente desplegadas, y esto
hacía que las torres de Ruma se eclipsaran parcialmente para mí. Me saludó con la
mano. Le tiré un beso y le dije palabras de amor. Los Vigías no se casan ni tienen
descendencia, pero Avluela era como una hija para mí y me enorgullecía enormemente
el verla volar. Hacia ya un año que viajábamos juntos, desde que nos habíamos
encontrado en Agupto, pero a mí me parecía que la hubiera conocido toda mi larga
vida. Ella fue quien me insufló renovadas fuerzas. No sé cuál fue la escondida faceta
mía que ella logró revelar. ¿Seguridad? ¿Sabiduría? ¿Una continuidad con los tiempos
que precedieron su nacimiento? Todo mi anhelo consistía en que ella me profesara el
mismo cariño que yo le tenia.
Ahora se hallaba lejos. Estaba entregada a múltiples piruetas, zambullidas,
elevaciones, giros y alados pesos de danza. Su largo pelo renegrido volaba alrededor
de ella. Su cuerpo parecía solamente un apéndice de las dos enormes alas que
relucían, pulsaban y brillaban en la noche. Se elevó, feliz de su aérea libertad,
haciéndome sentir aún más pegado al suelo, y como un rayo se dirigió ligera en
dirección a Ruma. Todo lo que vi de ella fueron las plantas de sus pies, las puntas de
sus alas, y luego desapareció.
Suspiré y puse mis manos bajo mis brazos, para calentarlas. ¿Por qué sentía frío
mientras una muchachita como Avluela podía volar desnuda por el aire?
Nos hallábamos en la duodécima de las veinte horas, momento en que yo debía
realizar mi tarea de Vigía. Fui hasta el carretón, abrí las cajas y preparé los
instrumentos. Algunas de las cubiertas de los diales estaban ya borrosas y
amarillentas, las agujas habían perdido su fluorescencia; las cubiertas de los
instrumentos tenían manchas de salitre, restos de la época en que los piratas me
asaltaron en el océano terrestre. Los niveles y los señaladores, gastados y
resquebrajados, respondieron a mi contacto, cuando comenzaron las operaciones
preliminares. Primero se ruega para obtener una mente pura y perceptiva; luego se
crea la afinidad para con los instrumentos y finalmente se precede a realizar la
observación propiamente dicha, interrogando a los cielos en búsqueda de los enemigos
del hombre. Tales son mi habilidad y mi pericia. Mientras manipulaba llaves y botones
trataba de dejar mi mente libre de todo otro pensamiento, a fin de que yo mismo me
transformara en una extensión de mis instrumentos.
Acababa de traspasar el umbral, y me hallaba en la primera fase de mi tarea de Vigía
cuando oí una voz resonante que dijo a mis espaldas: —Bien, Vigía, ¿cómo va eso?
II
Me desplomé sobre mi carrito. Sentía un verdadero dolor físico cuando alguien me
arrancaba tan inesperadamente de mi trabajo. Por un momento me pareció que garras
gigantescas atenazaban mi corazón. Mi cara se enrojeció, mis ojos se negaban a
enfocar y la saliva escapaba de mi boca. Tan pronto como me fue posible tomé las
medidas protectoras adecuadas para aliviar el esfuerzo metabólico y me aparté de mis
instrumentos. Ocultando mi temblor cuanto me fue posible, me volví.
Gormon, el otro miembro de nuestro grupo, había aparecido y se hallaba parado, con
cierto garbo, a mi lado, mientras reía divertido por mi malestar. Sin embargo, no pude
enojarme. No se debe demostrar disgusto hacia una persona sin hermandad, no
importa cuál fuere la provocación recibida.
Con esfuerzo, le dije:
—¿Has pasado bien este rato?
—Ya lo creo. ¿Dónde está Avluela?
Señalé hacia arriba. Gormon asintió.
—¿Qué has hallado?—le pregunté.
—He averiguado que esta ciudad es, indudablemente, Ruma.
—Nunca lo dudé.
—Yo sí. Pero ahora tengo pruebas.
—¿Cómo dices?
—Mira en mi sobrebolsa.
De su túnica sacó su sobrebolsa, la abrió para poder introducir en ella su mano y
refunfuñando, comenzó a sacar un objeto pesado. Era una larga columna de mármol,
de piedra blanca y estriada, con innumerables marcas dejadas por los años.
—¡De un templo de la Ruma Imperial! —dijo Gormon, exultante.
—No deberías haberla cogido.
—¡Espera! ¡Hay algo más! —y hundió la mano nuevamente. La sacó con un puñado de
placas circulares de metal, que luego desparramó, tintineando, a mis pies.— ¡Monedas!
¡Dinero! Míralas, Vigía, llevan grabadas las imágenes de los Césares.
—¿De quiénes?
—De sus antiguos gobernantes. ¿No conoces la historia de los ciclos pasados?
Lo miré con curiosidad.
—Tú dices no pertenecer a ninguna hermandad, Gormon. ¿Puede ser que seas un
Memorizador, y estés tratando de ocultármelo?
—Mírame, Vigía. ¿Podría pertenecer yo a hermandad alguna? ¿Aceptarían a un
Mutante?
—Es cierto—repliqué, reparando una vez más en su color dorado, en la piel gruesa y
de consistencia cérea, en su boca deformada. Gormon había sido criado en base a
drogas teratogénicas. Era un monstruo, no carente de cierto atractivo, pero un
monstruo, un Mutante considerado fuera de las leyes y de las costumbres de los
hombres tal como se practican en el Tercer Ciclo de civilización. Y los Mutantes no
pertenecen a hermandad alguna.
—Todavía hay más—dijo Gormon. La sobrebolsa era de capacidad infinita; todo un
mundo podía introducirse en su encogido buche, y sin embargo su tamaño no
sobrepasaría el de la mano de un hombre. Gormon sacó de ella pequeñas piezas de
maquinaria, elementos para leer, un objeto angular de metal marrón que podría ser una
antigua herramienta, tres láminas cuadradas de cristal, cinco hojas de papel (¡papel!) y
una buena cantidad de otras reliquias—. ¿Has visto?—dijo—¡Un paseo provechoso,
Vigía! Y ten en cuenta que esto no ha sido cogido al azar. Todo está registrado,
marcado, individualizado el estrato, estimada la edad, determinada la posición cuando
se hallaba in situ. Esto representa diez mil años de la historia de Ruma.
—No sé si es correcto que te hayas llevado esas cosas—dijo dubitativamente.
—¿Y por qué no? ¿Quién va a echarlas de menos? ¿A quién, en este ciclo, le importa
el pasado?
—A los Memorizadores.
—No necesitan objetos sólidos para ayudarse en su labor.
—¿Y para qué quieres tú esas cosas?
—El pasado me interesa, Vigía. Si bien no pertenezco a ninguna hermandad, tengo
necesidad de ciertos conocimientos. ¿Está mal? ¿Está prohibido, a un monstruo como
yo, la persecución de la sabiduría?
—No, no, nada de eso. Busca y toma lo que desees. Trata de realizar tus aspiraciones
tal como tú lo entiendes. Estamos en Ruma. Entraremos al amanecer. Espero hallar
trabajo allí.
—Puedes llegar a tener problemas.
—¿Cómo dices?
—Sin duda ya ha de haber muchos Vigías en Ruma. Pienso que tal vez tus servicios no
sean necesarios.
—Trataré de hallar favor en el príncipe de Ruma —le contesté.
—El príncipe de Ruma es un hombre cruel, frío y duro.
—¿Sabes algo acerca de él?
—Poco—dijo Gormon con una sacudida de hombros. Comenzó a guardar los objetos
nuevamente en la sobrebolsa— Prueba suerte, Vigía. ¿Qué otra posibilidad tienes?
—Tienes razón, ninguna otra—le contesté. Gormon rió, pero yo no.
Se afanó por guardar su botín del pasado. Sus palabras me hundieron en una profunda
depresión. Me parecía tan seguro de sí mismo, en un mundo inseguro, este hombre sin
hermandad, este monstruo mutado, este ser de mirada no humana. ¿Cómo podía
mostrarse tan frío, tan indiferente? No le daba importancia a las posibles calamidades,
y se burlaba de quienes admitían tener miedo. Gormon se había unido a nosotros hacia
nueve días, cuando le encontramos en la antigua ciudad tan cercana al volcán, hacia el
sur, junto al mar. No fui yo quien sugerí que se uniera a nosotros. En realidad, se invitó
a sí mismo, y acepté porque Avluela me lo pidió. Los caminos son oscuros y fríos en
esta época del año, abundan bestias de muchas especies y un hombre viejo que viaja
con una niña, bien puede pensar en llevar consigo a un sujeto musculoso como
Gormon. Sin embargo, había veces en que deseaba que no hubiera venido con
nosotros, y ésta era una de ellas.
Lentamente caminé hacia donde estaba mi equipo.
Gormon dijo, como si acabara de darse cuenta:
—Te interrumpí en tu tarea de Vigía
—Sí, así fue—contesté con suavidad.
—Lo siento. Comienza nuevamente, te dejaré tranquilo.—Y me dedicó su extraña
sonrisa, tan llena de encanto que hacia olvidar la arrogancia de sus palabras.
Manejé nuevamente los controles y tomé contacto con los manipuladores. Pero no me
hundí nuevamente en mi tarea de Vigía, porque permanecí consciente de la presencia
de Gormon, y temí que en cualquier momento pudiera interrumpir dolorosamente mi
atención, a pesar de sus promesas. Después de un rato me aparté de mis aparatos
Gormon se mantuvo de pie del otro lado del camino, doblando el cuello para avistar un
signo que indicara la presencia de Avluela. En el momento en que lo miré, se volvió
hacia mí diciendo:
—¿Paso algo, Vigía?
—No. Simplemente que el momento no es propicio para que realice mi tarea. Esperaré.
—Dime—me preguntó—, cuando los enemigos de la tierra se aproximen, ¿tus
instrumentos te lo harán saber?
—Espero que así sea.
—Y entonces ¿qué harás?
—Se lo haré saber a los Defensores.
—Y luego se habrá acabado el trabajo de toda tu vida.
—Tal vez—le contesté.
—Entonces ¿para qué existe toda una hermandad? ¿Por qué no formar un centro de
control donde se mantenga la vigilancia? ¿Qué razón hay para que exista un gran
número de Vigías que van de un lado a otro, sin descanso?
—Cuanto mayor sea la cantidad de los vectores de detección, mayor será la
probabilidad de detectar antes una posible invasión—le contesté.
—¿Entonces podría suceder que un Vigía, individualmente, conectara sus aparatos y
no supiera nada, aun hallándose invasores aquí?
—Es posible; por lo tanto preferimos que las observaciones sean múltiples.
—Sin embargo, no dejo de pensar que ustedes exageran.—Gormon se rió.—¿Crees
realmente que se va a producir tal invasión?
—Realmente lo creo—dije, tenso—. De otra forma, toda mi vida hubiera sido en vano.
—Dime, ¿qué buscarían los seres de las estrellas aquí en la Tierra? ¿Qué otra cosa
tenemos, aparte de lo que ha quedado de los antiguos imperios? ¿Qué harían ellos con
la miserable Ruma? ¿O con Perris, o con Jorsalén? ¡Restos lamentables! ¡Príncipes
idiotas! Debes admitirlo, Vigía: la invasión es un mito y tú te afanas inútilmente tres
veces por día ¿No es así?
—Mi arte y mi ciencia es el vigilar. Tu ocupación es mofarte. Cada uno a su
especialidad, Gormon.
—Perdóname —dijo con burlona humildad—. Ve, entonces y vigila.
—Así lo haré.
Enojado, me dirigí hacia mis instrumentos, decidido a ignorar cualquier interrupción, no
importa lo brutal que ésta pudiera ser. Ahora las estrellas estaban bien claras; elevé mi
mirada hacia las brillantes constelaciones y automáticamente mi mente registró los
múltiples mundos. "Vigilemos", me dije, "y mantengamos nuestra vigilancia a pesar de
las burlas".
Me hundí en el estado de profunda observación.
Asiéndome a los instrumentos permití que su energía pasara a través de mí. Proyecté
mi mente a los cielos y comencé la búsqueda de entidades hostiles. ¡Qué éxtasis! ¡Qué
increíble esplendor! Yo, que nunca había abandonado este planeta, surcaba los negros
espacios del vacío, resbalando de estrella en estrella, divisando a los planetas como
peonzas giratorias. También veía caras que parecían mirarme mientras viajaba,
algunas sin ojos, pero otras con muchas pupilas, toda la complejidad de la poblada
galaxia ahora accesible a mi interrogación. Busqué posibles concentraciones de
fuerzas enemigas. Inspeccioné los campamentos militares y los lugares de
entrenamiento. Traté de hallar, tal como lo había hecho cuatro veces por día, todos los
días de mi vida adulta, a los invasores que se nos había informado existían, a los
conquistadores que en un día aciago tratarían de arrebatarnos este mundo, tan
lastimado.
Nada hallé, y cuando volví de mi trance, sudoroso y agotado, vi a Avluela
descendiendo.
Se posó en el suelo con levedad de pluma. Gormon la llamó y ella corrió, desnuda, sus
pequeños pechos saltando a cada impulso, a refugiar su fragilidad en los poderosos
brazos. Su abrazo no fue apasionado, sino lleno de alegría. Luego, ella se volvió hacia
mí.
—Ruma—susurró—. ¡Ruma!
—¿La has visto?
—¡Todo! ¡Miles de personas! ¡Luces! ¡Bulevares! ¡Un mercado! ¡Edificios en ruinas, de
muchos ciclos de antigüedad! ¡Oh, Vigía, Ruma es maravillosa!
—Entonces, tu vuelo ha sido satisfactorio.
—¡Un milagro!
—Mañana iremos allí para quedarnos.
—No, Vigía. ¡Ahora, ahora!—Su impaciencia era infantil, su cara resplandecía—. Mira,
es muy cerca. El viaje será muy corto.
—Descansemos primero—le dije—. No queremos llegar cansados a Ruma.
—Podemos descansar allí —me dijo Avluela—. ¡Ven! ¡Guarda todas tus cosas! Has
cumplido ya con tu vigilancia, ¿verdad?
—Sí. Así es.
—Entonces, vamos. ¡A Ruma! ¡A Ruma!
Miré a Gormon para lograr su apoyo. Ya era de noche, había que armar el
campamento para dormir unas cuantas horas.
Esta vez, Gormon estuvo de mi parte. Le dijo a Avluela:
—El Vigía tiene razón, debemos descansar todos. Iremos a Ruma cuando amanezca.
Avluela se mostró decepcionada. Ahora parecía más niña que nunca. Sus alas
cayeron; su frágil cuerpo mostró la decepción. Con petulancia fue doblando sus alas
hasta que quedaron del tamaño de dos puños, en su espalda. Luego recogió sus
vestidos que habían quedado en el suelo. Se vistió mientras nosotros armábamos el
campamento. Yo fui el encargado de distribuir las tabletas de comida y luego todos nos
introdujimos en nuestros receptáculos. Me dormí rápidamente y en mi sueño vi a
Avluela destacándose en su vuelo contra la silueta de la luna, mientras Gormon volaba
a su lado. Dos horas antes del amanecer me levanté y realicé mi primera vigilancia del
nuevo día mientras mis compañeros aún dormían. Luego los desperté y nos dirigimos
hacia la fabulosa ciudad imperial, hacia Ruma.
III
La luz de la mañana era clara y áspera, como si fuera la de un nuevo mundo recién
creado. El camino estaba casi desierto. Nadie viaja demasiado en estos días, salvo
que, como yo, sean vagabundos por hábito y por profesión.
Ocasionalmente nos hacíamos a un lado para dejar paso a algún carruaje
perteneciente a un miembro de la hermandad de los Amos, tirados por una docena de
inexpresivos neutros, dispuestos en serie. Pasaron cuatro de estos vehículos en las
primeras dos horas del día, todos ellos convenientemente cerrados a fin de que las
orgullosas facciones quedaran bien ocultas a las gentes comunes como nosotros.
También vi pasar varios vehículos transportando cargos, mientras sobre nuestras
cabezas volaban otras maquinarias. Sin embargo, el camino estuvo, en general, libre, a
nuestra disposición.
Los alrededores de Ruma mostraban los vestigios de la antigüedad: columnas aisladas,
acueductos que ya no transportaban nada y que no desembocaban en parte alguna,
los portales de un templo desaparecido. Esta fue la parte más vieja de Ruma que
vimos, pero había también ruinas de la Ruma posterior, de los ciclos subsiguientes: las
casuchas de los campesinos, las cúpulas de los centros de energía, los esqueletos de
las torres que sirvieron de viviendas. A veces veíamos los cascos carbonizados de
algún antiguo aparato aéreo. Seguimos caminando hasta que nos hallamos frente a las
murallas de la ciudad.
Estas eran de piedras azules y relucientes, cuidadosamente superpuestas, que se
elevaban hasta unas ocho veces la altura de un hombre. El camino que habíamos
tomado atravesaba la muralla a través de una puerta, provista de un arco, que estaba
abierta. Cuando nos aproximamos a ella, vimos que se acercaba a nosotros la figura
encapuchada y enmascarada de un hombre de extraordinaria altura, que vestía el
sombrío atavío de la hermandad de los Peregrinos. No es adecuado acercarse a estas
personas, sino que se les debe hacer saber que se les presta atención si nos hacen
una seña con la cabeza. En este caso, sucedió así.
Hablando a través del enrejado de su máscara nos preguntó:
—¿De dónde vienen?
—Del sur. Viví en Agupto durante un tiempo, luego crucé el Puente de Tierra hasta
Talya.
—¿Adónde se dirigen ahora?
—A Ruma, por un tiempo.
—¿Cómo va la tarea de Vigía?
—Sin novedades.
—El Peregrino preguntó:
—¿Tienen un lugar donde alojarse en Ruma?
Moví la cabeza negativamente:
—Confiamos en la benevolencia de la voluntad. —La voluntad no es siempre
benevolente—dijo el peregrino con aire ausente—. Tampoco hay mucha demanda de
Vigías en Ruma. ¿Por qué viajas con una Voladora?
—Porque me agrada su compañía. Además, es joven y es necesario protegerla.
—¿Quién es el otro?
—No pertenece a ninguna hermandad, es un Mutante
—Ya lo veo, pero ¿por qué viaja con ustedes?
—Es fuerte, y yo soy viejo, así que viajamos juntos. ¿Hacia dónde vas tú, Peregrino?
—A Jorsalén. ¿Es que puede haber otro destino para alguien de mi hermandad?
Le hice saber que estaba de acuerdo.
Entonces el peregrino me dijo:
—¿Por qué no vienes conmigo a Jorsalén?
—Mi meta está hacia el norte. Jorsalén está hacia el sur, cerca de Agupto.
—¿Has estado en Agupto y no has ido a Jorsalén? —me preguntó intrigado.
—Así es. No había llegado para mí el momento de ver Jorsalén.
—Hazlo ahora. Podremos ir juntos por el camino, Vigía, y hablaremos de los tiempos
idos y de los por venir. Yo te ayudaré en tu tarea de Vigía y tú lo harás cuando yo me
comunique con la Voluntad. ¿Te parece bien?
Era una verdadera tentación. Me pareció poder ver la imagen de Jorsalén, la dorada:
sus templos y sus edificios sagrados, su lugar de renovación, donde se logra que los
viejos vuelvan a ser jóvenes, sus torres aguzadas, sus tabernáculos. Aunque soy un
hombre de resoluciones firmes, me atraía la idea de abandonar Ruma e irme con el
peregrino a Jorsalén.
Le pregunté:
—¿Y mis compañeros?
—Déjalos atrás. Me está prohibido viajar con personas que no pertenecen a alguna
hermandad, y no quiero viajar con mujeres. Tú y yo, Vigía, iremos a Jorsalén juntos.
Avluela, que había seguido la conversación enfurruñada, me dirigió una mirada de
terror.
—No los abandonaré—contesté.
—Entonces iré a Jorsalén solo—dijo el Peregrino. Vi surgir de su manga una mano
descarnada, de blancos y largos dedos. Toqué reverentemente las puntas de sus
dedos con los míos, y el Peregrino me dijo—: Que la Voluntad te brinde ayuda, amigo
Vigía. Y cuando llegues a Jorsalén, búscame.
Siguió su camino sin conversar más.
Gormon me dijo entonces:
—Tú te hubieras ido con él, ¿verdad?
—Lo consideré seriamente.
—¿Qué podrías hallar en Jorsalén que no haya aquí? Aquélla es una ciudad santa,
pero también ésta lo es. Aquí podrás descansar. No creo que seas capaz de caminar
mucho por ahora.
—Tal vez tengas razón—le contesté. Y con el resto de mis energías me dispuse a
atravesar los portales de Ruma.
Atentos ojos nos escudriñaban desde las ranuras existentes en las paredes. Cuando
nos hallábamos en la mitad del camino que trasponía el arco de entrada, un centinela
gordo, con la cara llena de marcas, nos dio el alto y preguntó qué veníamos a hacer en
Ruma. Yo me apresuré a hacerle saber cuál era mi hermandad y propósitos, a lo que él
contestó con un bufido de disgusto.
—Vete a otra parte, Vigía. Aquí necesitamos exclusivamente hombres que nos sean
útiles.
—Los Vigías somos útiles—le contesté con moderación.
—Sin duda, sin duda. —Mirando a Avluela me preguntó—: ¿Y quién es ésta? los Vigías
son solteros, ¿verdad?
—Es mi compañera de viaje.
El centinela echó una risotada.
—Apuesto a que es una ruta que atraviesas frecuentemente. A pesar de que no digo
que valga mucho. ¿Qué edad tiene? ¿Trece? ¿Catorce? Ven aquí, muchacha. Déjame
revisarte a ver si traes contrabando.—Paso las manos rápidamente sobre el cuerpo de
Avluela, refunfuñando cuando tocó sus pechos y luego alzando las cejas palpó los dos
bultos de sus alas en la espalda.—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Tienes más en la
espalda que adelante. ¿Eras una Voladora? Esto no me gusta nada. Voladoras unidas
a desagradables Vigías viejos.—Se rió entre dientes y puso la mano sobre el cuerpo de
Avluela en una forma que hizo que Gormon se le abalanzara, con el furor pintado en el
rostro. Afortunadamente pude sujetarle la muñeca a tiempo, utilizando toda mi fuerza
para impedir que nos arruinara a todos al atacar a un centinela. Gormon tiró de mí, con
lo que casi me derriba, pero luego se calmó y se mantuvo tranquilo, esperando a que el
rudo guardia terminara de buscar el «contrabando» sobre Avluela.
Finalmente, el centinela se volvió con disgusto hacia Gormon y le preguntó:
—¿Y tú, qué eres?
—Sin hermandad, señor—le contestó Gormon en tono cortante—. Un humilde y poco
valioso producto de la teratogénesis, pero, sin embargo, un hombre libre que desea
entrar en Ruma.
—¿Piensas que necesitamos más monstruos?
—Como muy poco y trabajo fuerte.
—Trabajarías más aún si te castraran —dijo el centinela.
Gormon se agitó. Yo pregunté:
—¿Podemos entrar?
—Un momento.—El centinela se puso su gorro caperuza pensante y entrecerró los ojos
mientras transmitía un mensaje a los depósitos de memoria. Su cara se puso tensa por
el esfuerzo; luego sus facciones se relajaron y pocos momentos después vino la
respuesta. No podíamos oír lo que se decía, pero por su expresión de desilusión vimos
de inmediato que no había razón alguna para rehusarnos la entrada a Ruma.
—¡Pasen!—nos dijo—. Los tres. ¡Rápido!
Atravesamos la entrada.
Gormon dijo:
—Podría haberlo partido en dos de un golpe.
—Y te habrían castrado al llegar la noche. Un poco más de paciencia y habremos
entrado en Ruma.
—La forma en que la manoseó...
—Adoptas una actitud demasiado posesiva hacia Avluela—le contesté—. Recuerda
que es una Voladora, y que no puede tener relaciones sexuales con los que no
pertenecen a una hermandad.
Gormon ignoró lo que dije, y me replicó:
—No provoca en mí más deseos que tú, Vigía, pero me duele que sea maltratada. Lo
hubiera matado si tú no me sujetas.
Avluela preguntó:
—¿Y dónde nos alojaremos, ahora que estamos en Ruma?
—Espera hasta que hallemos los edificios de mi hermandad—le contesté—. Me
registraré en la Posada de los Vigías. Luego, tal vez, podamos ir al alojamiento de los
Voladores para comer algo.
—Y luego —dijo Gormon secamente— iremos al Albañal de los Sin Hermandad, a
mendigar unas monedas.
—Te tengo piedad, porque no tienes hermandad—le repliqué—. Pero me parece mal
que te compadezcas tanto a ti mismo. Vamos.
Tomamos por una callejuela tortuosa que llevaba lejos de la entrada, hacia Ruma. Nos
hallamos en los suburbios, una sección residencial de casas bajas y cuadradas,
coronadas por las instalaciones defensivas. Más allá estaban las torres brillantes que
habíamos visto desde el campo; lo que quedaba de la antigua Ruma, cuidadosamente
preservado durante diez mil años o más; el mercado, la zona industrial, los edificios de
comunicaciones, los templos de la Voluntad, los depósitos de memoria, los refugios de
los que dormían, los lupanares de los extraterrestres, los edificios del gobierno, los
lugares de concentración de las distintas hermandades.
En una esquina hallé una caperuza pensante, para uso público, y me la coloqué en la
cabeza. Inmediatamente mis pensamientos atravesaron el conducto que la unía con la
estación, y de allí a uno de los cerebros almacenados en el depósito de memoria. Miré
hacia la estación y pude ver el cerebro arrugado, de color gris, destacándose en el
fondo verde del lugar donde estaba alojado. Una vez, un Memorizador me contó que en
ciclos pasados los hombres construían máquinas pensantes para que los ayudaran,
pero que estas máquinas eran terriblemente caras y requerían muy amplios espacios
para contenerlas, además de que debían ser alimentadas con enormes flujos de
energía. Esta no fue la peor de las locuras cometidas por nuestros antepasados, pero
¿por qué construir cerebros artificiales, cuando cada día la muerte pone a nuestra
disposición grandes cantidades de ellos, magníficamente apropiados para ser
conservados en los depósitos de memoria? ¿Sería que no tenían conocimientos
suficientes como para utilizarlos? Me cuesta creerlo.
Le di al cerebro la identificación de mi hermandad y le pregunté las coordenadas de los
edificios correspondientes. Las recibí instantáneamente y partimos, con Avluela
caminando a un lado y Gormon a otro, mientras yo empujaba el carrito en el cual
llevaba mis instrumentos.
La ciudad estaba llena de gente. No había visto estas multitudes en el soñoliento y
cálido Agupto, ni tampoco en ningún otro lugar por el cual hubiera pasado en mis
viajes. Las calles estaban pobladas de Peregrinos, llenos de secretos y enmascarados.
Junto a ellos pasaban los atareados Memorizadores, los melancólicos Mercaderes, y a
veces se veía pasar la litera de algún Amo. Avluela divisó a varios Voladores pero las
reglas de su hermandad le prohibían ponerse en contacto con ellos hasta que no
hubiera cumplido los rituales de purificación. Lamento tener que admitir que vi a varios
Vigías, todos los cuales me miraron con desdén, sin atisbos de una bienvenida. Noté
que había muchos Defensores y también se hallaban ampliamente representados las
hermandades menores, tales como los Vendedores, Servidores, Manufactureros,
Escribas, Comunicadores y Transportadores. Naturalmente, una gran cantidad de
neutros se afanaban silenciosa y humildemente en sus labores, y numerosos
extraterrestres, de todas las descripciones, recorrían las calles; muchos de ellos
probablemente turistas, y otros tal vez empeñados en realizar algún tipo de negocio
con los sombríos y empobrecidos pobladores de la Tierra. Noté la presencia de muchos
Mutantes que cojeaban furtivamente a través de la multitud, ninguno de ellos de un
porte tan orgulloso como el de Gormon, que se hallaba al lado de mí. En realidad, era
único entre los de su clase; los otros, con la piel manchada y descolorida, asimétricos,
carentes de miembros o con apéndices de más, deformados en mil maneras
imaginativas y artísticas, se escabullían, bizqueaban, restregaban los pies contra el
suelo, se arrastraban, eran carteristas, buhoneros, traficantes de arrepentimientos,
compradores de chafalonías, y ninguno de ellos se mantenía erguido como si se
considerara un hombre. La información que me había dado el cerebro era exacta y en
menos de una hora de camino llegamos a la Posada de los Vigías. Les pedí a Gormon
y Avluela que me esperaran afuera y yo entré, arrastrando mi carrito.
En la sala inmediata a la entrada descansaban unos cuantos miembros de la
hermandad. Les dediqué la señal acostumbrada, a la que ellos respondieron
lánguidamente. ¿Eran ellos los guardianes de la seguridad de la Tierra? Me parecieron
en extremo simples y debiluchos.
—¿Dónde puedo registrarme?—les pregunté.
—¿Eres nuevo? ¿De dónde vienes?
—Agupto fue el último lugar en que me registré.
—Debiste haberte quedado allí. No tenemos necesidad de Vigías en Ruma.
—¿Dónde puedo registrarme?
Un jovencito con aire vanidoso me indicó una pantalla que se hallaba en el fondo del
gran salón. Me dirigí a ella y coloqué allí las puntas de los dedos. Fui interrogado, y
contesté dando mi nombre, algo que un Vigía puede hacer solamente cuando se dirige
a otro miembro de la hermandad y dentro del recinto de una posada. Se abrió un panel
y apareció un hombre de ojos saltones, que lucía el emblema de los Vigías en su
mejilla derecha en vez de hacerlo en la izquierda, signo de su alto rango en la
hermandad, me llamó por mi nombre y me dijo:
—No deberías haber venido a Ruma. Estamos por encima de la cuota de Vigías que
corresponde.
—Reclamo que se me dé alojamiento y trabajo, de todas maneras.
—Un hombre con tu sentido del humor debió haber nacido dentro de la hermandad de
los Payasos —me contestó.
—No veo dónde está la broma.
—De acuerdo con leyes promulgadas recientemente por nuestra propia hermandad,
una posada no tiene la obligación de aceptar nuevos huéspedes, una vez que ha
llegado al máximo de su capacidad. Nosotros no tenemos más sitio, así que adiós,
amigo.
Quedé horrorizado.
—No sabía nada de tales reglas. ¡Esto es realmente increíble! ¿Cómo puede ser que
en una posada de la hermandad se rechace a uno de los miembros? ¿Cómo se puede
rechazar a un hombre de mi edad, que llega cansado después de haber cruzado el
Puente de Tierra, en viaje desde Agupto, y que arriba a Ruma sin tener dónde alojarse
ni dónde comer?
—¿Por qué no nos preguntaste antes de venir?
—No tenía idea de que fuera necesario.
—De acuerdo con las nuevas reglas...
—¡Que la Voluntad confunda a las nuevas reglas! —le grité—. Quiero ser alojado.
Trabajo de Vigía desde antes de que tú nacieras, y no permitiré que se me deje en la
calle.
—Tómatelo con calma, hermano.
—No dudo que habrá algún lugar donde alojarme, y algo que haya sobrado para
comer.
A medida que mi tono cambió de la ira a la súplica, su expresión se ablandó, pasando
de la indiferencia al desdén.
—No tenemos alojamiento ni comida. Corren tiempos difíciles para nuestra hermandad.
Hay rumores que dicen que seremos desbandados, puesto que piensan que somos un
lujo inútil y que drenamos los recursos de la Voluntad. Ya estamos demasiado
limitados. La gran cantidad de Vigías que hay en Ruma hace que nuestras raciones se
hayan achicado, y si te admitimos serán todavía más pequeñas.
—Pero ¿adónde iré? ¿Qué puedo hacer?
—Te aconsejo—me contestó con suavidad—que te encomiendes a la piedad del
príncipe de Ruma.
IV
Salí, y cuando le conté a Gormon lo que había pasado, se rió tan furiosamente que las
estrías de sus magras mejillas se enrojecieron como si fueran franjas sanguinolentas.
—¡La piedad del príncipe de Ruma! —repetía— ¡La piedad del príncipe de Ruma!
—Es habitual que el desgraciado vaya a pedir ayuda al dignatario local—le contesté
con frialdad.
—El príncipe de Ruma no sabe lo que es piedad —me contestó Gormon—. ¡El príncipe
te hará comer las piernas para calmar tu hambre!
—Tal vez—dijo Avluela—deberíamos tratar de encontrar la posada de los Voladores.
Es posible que allí nos den de comer.
—No a Gormon—le contesté—. Tenemos obligaciones unos con otros.
—Tal vez nos sea posible compartir con él lo que nos den si nos espera afuera.
—Prefiero ir primero a la corte—insistí—. Asegurémonos de si recibiremos o no ayuda.
Luego podremos improvisar algunas comodidades, en caso de que nos sea
imprescindible.
La muchachita asintió, y nos dirigimos al palacio del príncipe de Ruma, un macizo
edificio situado frente a una plaza rodeada de columnas, del lado opuesto al río que
divide la ciudad en dos.
En la plaza fuimos acosados por una multitud de mendigos de todas clases, algunos de
los cuales no eran de la Tierra. Un extraño ser con tentáculos delgados y una cara
arrugada y carente de nariz, se me abalanzó pidiendo limosna, hasta que Gormon lo
empujó para que se apartara de mí. Poco después, otra criatura igualmente extraña, de
piel marcada con depresiones luminiscentes, y con miembros en los cuales poseía
múltiples ojos se aferró a mis rodillas y me suplicó, en nombre de la Voluntad, que le
diera algo.
—Soy un pobre Vigía—le dije, señalando mi carrito—y yo también vengo a pedir ayuda.
Pero el extraño ser persistió, balbuceando entre sollozos sus desventuras con una voz
de suave ronquera. Finalmente, y para gran disgusto de Gormon, eché unas tabletas
de comida en la depresión que presentaba en el pecho. Luego proseguimos
abriéndonos camino hasta las puertas del palacio. En el pórtico vimos un feo
espectáculo: un Volador mutilado, con sus frágiles miembros doblados y retorcidos; una
de sus alas se hallaba semidesplegada, pero la otra parecía haber sido arrancada. El
Volador se abalanzó sobre Avluela, la llamó por un nombre que no era el suyo y
derramó tan copiosas lágrimas que mojó los pantalones de la muchacha manchándolos
con húmedos parches.
—Haz que me admitan en la posada—le pidió—. Me han echado porque soy inválido,
pero si tú me ayudas...—Avluela le explicó que nada podía hacer puesto que ella
misma era extranjera. El pobre Volador no la soltaba, hasta que Gormon, con gran
delicadeza, lo levantó y, con el cuidado debido a ese triste conjunto de secos huesos,
lo depositó en el suelo. Subimos hasta el pórtico y allí nos enfrentamos a un trío de
neutros de blandas facciones, que nos preguntaron qué buscábamos, haciéndonos
luego pasar a la línea siguiente. Esta estaba custodiada por dos Señaladores que,
hablando al unísono, nos interrogaron.
—Pedimos audiencia—les dije— Es para solicitar la piedad del Príncipe.
—La audiencia será dentro de cuatro días—dijo el señalador de la derecha—. Haremos
constar vuestra petición en la lista.
—¡No tenemos dónde dormir! —exclamó Avluela—. ¡Tenemos hambre! Nosotros...
La hice callar. Gormon, mientras tanto, estaba buscando a tientas en su sobrebolsa.
Retiró de ella unos objetos brillantes: trozos de oro, el metal eterno, con imágenes de
caras barbadas y de narices aguileñas. Las había hallado rebuscando en las ruinas. Le
tiró una de ellas al Señalador que nos había rechazado. El hombre la recibió, le pasó el
pulgar por la superficie brillante y finalmente la guardó en una de los pliegues de su
vestimenta. El otra hombre nos dirigió una mirada expectante. Gormon, sonriendo le
dio otra moneda.
—Tal vez—les dije—podamos pedir una audiencia inmediatamente.
—Tal vez sea posible—dijo una de los Señaladores—. Pasen.
Así fue que entramos en la nave del palacio, y nos enfrentamos con el gran pasaje
central que conducía a la cámara del trono, situada en el ábside. Aquí hallamos más
mendigos, los que tenían licencia debido a concesiones que se transmitían en forma
hereditaria, y gran cantidad de Peregrinos, Comunicadores, Memorizadores, Músicos,
Escribas y Señaladores. Escuche las plegarias musitadas; hasta mí llegaba el olor del
incienso y las vibraciones de subterráneos gongs. En ciclos pasados, este edificio
había sido el centro de una de las viejas religiones: la de los cristianos. Esto me lo dijo
Gormon, haciéndome sospechar una vez más, que tal vez fuera un Memorizador que
quería hacerse pasar por un Mutante. También me dijo que actualmente seguía
manteniendo algo de su carácter sagrado, a pesar de ser el centro del gobierno
secular. Pero ¿cómo íbamos a hacer para ver al Príncipe?
A mi izquierda se hallaba una pequeña capilla, muy bien ornamentada, donde
entraban, lentamente, una serie de Mercaderes y Terratenientes de aspecto próspero.
Espiando al pasar vi que había tres cráneos montados en un artefacto en forma de
signo de interrogación—un depósito de memoria—y al lado de éste se hallaba un
corpulento escriba. Le pedí a Gormon y a Avluela que me esperaran, y me incorporé a
la fila.
Esta se movía muy lentamente y tardé casi una hora hasta llegar al artefacto. Los
cráneos parecieron mirarme con sus órbitas vacías; en su interior bullían los líquidos
nutricios que mantenían vivo al cerebro sin cuerpo, pero funcionante, cuyos billones de
unidades sinápticas servían ahora como incomparables conservadores de memoria. El
Escriba pareció sorprendido de hallar a un Vigía en la fila, pero antes de que pudiera
decirme nada, yo me dirigí a él abruptamente.
—Vengo como extranjero a solicitar el favor del Príncipe. Mis compañeros y yo no
tenemos dónde alojarnos. Mi propia hermandad me ha rechazado. ¿Qué puedo hacer?
¿Cómo solicitar y obtener una audiencia?
—Vuelve dentro de cuatro días.
—He dormido en los caminos durante más tiempo, ahora necesito descansar.
—Ve a una hostería pública.
—¡Pero yo pertenezco a una hermandad! —protesté—. Las hosterías públicas no me
admitirán porque mi hermandad tiene aquí su propio establecimiento, y a la vez, en la
Posada de la hermandad me han rechazado a causa de una nueva regla recientemente
votada. ¿Comprendes ahora mi problema?
Con voz cansada, el Escriba me replicó:
—Puedes solicitar una audiencia especial. Te será negada, pero de todos modos
puedes solicitarla.
—¿Dónde?
—Aquí. Tienes que hacer figurar tu propósito.
Me identifiqué dirigiéndome a los cráneos, les di también los nombres y demás señas
de mis dos compañeros. Todo esto fue absorbido y transmitido a los otros cerebros que
se hallaban en algún lado de la gran ciudad, y cuando terminé, el Escriba me dijo:
—Si la solicitud es aprobada, se te notificará.
—Mientras tanto ¿dónde debo esperar?
—Te sugiero que lo hagas cerca del palacio.
Comprendí. Debería unirme a la legión de miserables que se aglomeraban en la plaza.
¿Cuántos de ellos habían pedido algún favor especial al Príncipe y se hallaban allí,
meses o años después, esperando ser llevados a su presencia? Durmiendo sobre el
duro suelo, mendigando unas mendrugos y viviendo en inútil espera.
Pero ya había probado todas las posibilidades. Volví donde estaban Gormon y Avluela,
les informé lo que pasaba y les sugerí que tratáramos de hallar cualquier lugar.
Gormon, sin hermandad, podía alojarse en cualquiera de las pobres hosterías públicas
que se mantenían para las gentes como él. Avluela tal vez pudiera hallar alojamiento
en la posada de su hermandad; solamente yo me vería precisado a dormir en las
calles, si bien no sería la primera vez. Pero deseé que no tuviéramos que separarnos.
Comencé a pensar en nosotros como en una familia, si bien este era un extraño
pensamiento en un Vigía.
Cuando nos dirigíamos hacia la salida, mi marcador del tiempo me indicó que ya era
hora de efectuar mi observación. Es tanto mi obligación como mi privilegio el realizar mi
tarea no importa cuál sea el lugar donde me encuentro, siempre que se haya cumplido
la hora. Por lo tanto me detuve, abrí mi carrito y activé mi equipo. Gormon y Avluela se
quedaron al lado mío.
Vi burla y desprecio en las caras de los que pasaban junto a mí entrando y saliendo del
palacio. Ya el trabajo de los Vigías no se tenía en cuenta, puesto que habíamos
observado el espacio durante largo tiempo, sin que la tan temida invasión se hubiera
producido jamás. Sin embargo, mis deberes eran todo para mí, no importa cuán
cómicos pudieran parecerle a los demás. Lo que para algunos es un insignificante
ritual, constituye la vida entera para otros. Tenazmente, me forcé a entrar en el estado
de observación. El mundo que me rodeaba desapareció para mí, y penetré en los
espacios infinitos. La alegría que esto me producía, tan familiar para mí, me absorbió
por complete, e investigué los lugares que me eran conocidos, y otros que ya no lo
eran tanto. Mi mente amplificada saltaba entre las galaxias con salvaje alegría. ¿Se
estaba reuniendo una armada? ¿Había tropas ejercitándose para conquistar la tierra?
Vigilaba cuatro veces por día, y lo mismo hacían otros miembros de la hermandad,
todos a horas ligeramente distintas, de modo tal que permanentemente había una
mente escrutando los cielos. Realmente no creo que esto tarea pudiera considerarse
insignificante.
Cuando volví a tener conciencia de mí mismo, una voz metálica anunciaba: "¡...al
príncipe de Ruma! ¡Abran paso al príncipe de Ruma!"
Parpadeando, traté de liberarme de los últimos ramalazos de mi concentración. Un
magnífico palanquín había emergido desde el fondo del palacio, y se acercaba hacia
donde yo estaba, avanzando por la nave, llevado por una falange de neutros. Cuatro
hombres, con los trajes ornados de los Amos, flanqueaban la litera, precedida por un
trío de Mutantes, cuyas gargantas se habían modificado para poder imitar los sonidos
de las ranastoro. A medida que avanzaban emitían sonidos similares a los de las
trompetas, de majestuosa resonancia.
Me pareció raro que un príncipe admitiera Mutantes a su servicio, aun siendo tan
raramente dotados. Mi carrito se hallaba en el camino de esta magnífica procesión, por
lo que me apresuré a acercarlo y ponerlo a un lado antes de que llegaran hasta donde
estábamos. La edad y el miedo hicieron que mis dedos lucharan torpemente, y no pude
sellar los instrumentos con el cuidado necesario. Mientras me afanaba, los vanidosos
Mutantes se acercaron tanto que el ruido de sus gargantas se tornó ensordecedor, y
Gormon trató de ayudarme, obligándome a que le recordara por lo bajo que quien no
pertenecía a nuestra hermandad no podía tocar los instrumentos. Lo empujé y un
instante más tarde una vanguardia de neutros se abalanzó sobre mí para echarme del
lugar a latigazos.
—En nombre de la Voluntad—exclamé—, ¡soy un Vigía!
Y como respuesta me llegó una voz tranquila y profunda que decía:
—Dejadlo estar. Es un Vigía.
Inmediatamente se interrumpieron los movimientos. El príncipe de Ruma había
hablado.
Los neutros se retiraron. Los Mutantes cesaron sus trompeteos los que portaban el
palanquín lo bajaron hasta el nivel del suelo. Todos los que se hallaban en la nave del
palacio habían retrocedido, salvo Gormon, Avluela y yo. Las brillantes cortinillas del
palanquín se abrieron y dos de los Amos se adelantaron e introdujeron sus manos a
través de la barrera sónica ofreciéndole ayuda a su Príncipe. La barrera se interrumpió
con un quejido.
El príncipe de Ruma hizo su aparición.
¡Era tan joven! Poco más que un muchachito, de cabello espeso y negro, de rostro
fresco. Pero se veía que había nacido para mandar, y a pesar de su juventud su porte
era tan autoritario como no he visto jamás. Sus labios eran delgados y los mantenía
firmemente cerrados; su nariz, era aguda y agresiva, sus ojos eran dos lagos infinitos.
Llevaba el atavío enjoyado de los Dominadores, pero en su mejilla se veía la cruz de
doble brazo de los Defensores, y alrededor de su cuello lucía el chal de los
Memorizadores. Un Dominador puede pertenecer a cuantas hermandades desee, y es
raro que no sean también Defensores, pero me extrañó ver que este príncipe era
también un Memorizador. Esta no es, habitualmente, una hermandad elegida por los
fuertes.
Me miró con interés y me dijo:
—Has elegido un extraño lugar para efectuar tu vigilancia, anciano.
—Mi señor, la hora determinó el lugar. Aquí me hallaba, y aquí el deber me alcanzó. No
podía saber que me iba a encontrar en vuestro camino.
—¿Tu búsqueda no halló enemigos?
—No, mi señor, ninguno.
Casi abusé de mi suerte y, aprovechándome de la tan extraña aparición del Príncipe,
estuve tentado de solicitarle su favor, pero su interés en mí se apagó como una llama
vacilante, mientras yo me mantenía a la expectativa y no me atrevía a llamarlo, una vez
que él hubo desviado la cabeza. Luego sus ojos cayeron sobre Avluela. Su mirada se
iluminó, y los músculos de su mandíbula temblaron. Sus delicadas fosas nasales
aspiraron el aire.
—Ven aquí, pequeña Voladora—dijo inclinando la cabeza—. ¿Eres amiga del Vigía?
Ella asintió, aterrorizada.
El príncipe le tendió una mano y tomó la de ella, ella flotó hasta el palanquín, y el joven
Dominador la atrajo, atravesando la cortinilla, con una sonrisa tan maligna que pareció
una parodia de perversidad. Instantáneamente un par de Amos hicieron funcionar
nuevamente la barrera sónica, pero la procesión no avanzó. Me mantuve inmovilizado.
Gormon, al lado de mí, parecía congelado, su poderoso cuerpo se mantenía rígido
como una estaca. Llevé mi carrito hacia un lugar menos conspicuo. Los segundos
parecían eternos. Los cortesanos se mantuvieron en silencio, con la vista
discretamente alejada del palanquín.
Finalmente, las cortinillas se apartaron una vez más. Avluela apareció, tambaleándose,
su cara estaba pálida, sus ojos parpadeaban rápidamente. Parecía desconcertada. Por
sus mejillas se deslizaban surcos de transpiración. Casi cae al suelo, y un neutro debió
sostenerla para que pudiera volverse a poner de pie. Se podía ver que sus alas se
hallaban parcialmente desplegadas, levantando su chaqueta y dándole una apariencia
de joroba, lo que significaba que se hallaba en un estado de intensa emoción. Vino
hasta nosotros con pasos indecisos, temblando y sin poder articular palabra. Me dedicó
una mirada y luego se arrojó en los brazos de Gormon.
Los servidores levantaron el palanquín. El príncipe de Ruma salió de su palacio.
Cuando se hubo ido, Avluela exclamó roncamente:
—El príncipe de Ruma nos ha ofrecido alojamiento en la hostería Real.
V
Por supuesto, los encargados de la hostería no quisieron creernos.
Los huéspedes de palacio eran alojados en la hostería Real, situada en los fondos del
edificio, en un pequeño jardín de extrañas flores y lujuriosa vegetación. Los ocupantes
habituales son los Amos, ocasionalmente algún Dominador o, caso excepcional, algún
Memorizador particularmente importante que se halle realizando un tipo de
investigación de tanta significación como para merecer hospedaje, o bien algún
Defensor de alto grado, cuya visita se deba a propósitos de alta estrategia. El hecho de
alojar allí a un Volador sería verdaderamente extraño, el admitir a un Vigía sería muy
poco probable, pero el ingreso de un Mutante o de otro ser sin hermandad era algo que
escapaba a toda posible comprensión. Cuando nos presentamos, por lo tanto,
encontramos que los Servidores nos dispensaron un trato que osciló entre la diversión,
que les produjo lo que creyeron una broma, luego la irritación y finalmente el desdén.—
¡Fuera de aquí!—nos gritaron—¡Basuras humanas! ¡Gentuza! Avluela les dijo con seria
determinación:—No puede echarnos, puesto que el Príncipe nos ha dado alojamiento
aquí.—¡Fuera! ¡Fuera! Un desdentado Servidor sacó una cachiporra neutral y la blandió
en la cara de Gormon, diciéndole, al mismo tiempo, algo muy ofensivo sobre su
carencia de hermandad. Gormon le arrebató la cachiporra de la mano, sin hacer caso
del dolor, y pateó al hombre en la barriga, con lo que éste retrocedió, resoplando. Un
enjambre de neutros salió corriendo de la hostería. Gormon alzó en vilo a uno de los
Servidores y lo arrojó entre los que se aproximaban, transformándolos en un atontado y
desorientado montón. Gritos y maldiciones atrajeron la atención de un venerable
Escriba, que se abrió paso hasta la puerta, exigió que se hiciera silencio y escuchó
nuestra historia—Esto es fácilmente comprobable—dijo, una vez que Avluela le contó
lo ocurrido. A un Servidor le ordenó, con desdén: —¡Envía a preguntar inmediatamente
a los Señaladores! A su tiempo la confusión se aclaró, y fuimos debidamente admitidos.
Nos dieron cuartos separados, pero situados uno al lado del otro. Nunca en mi vida
había disfrutado de tanto lujo, y probablemente nunca vuelva a gozarlo. Los cuartos
eran largos, altos y profundos. Se entraba en ellos a través de accesos telescópicos,
regulados de acuerdo a la producción térmica de cada uno, para asegurar de tal modo
la inviolabilidad. Las luces se encendían cuando el residente hacía un leve gesto,
puesto que del techo y de las paredes colgaban globos con agujas de luces esclavas
traídas de los Mundos de la Luz y entrenadas a base de sufrimientos para obedecer
tales órdenes. Las ventanas aparecían y desaparecían a voluntad. Cuando se las
usaba, se ocultaban en banderolas cubiertas con gasas casi sensitivas, traídas de otros
mundos, que no sólo eran bellamente decorativas, sino que también funcionaban como
monitores, para producir deliciosos perfumes de acuerdo a lo solicitado. Los cuartos se
hallaban equipados con caperuzas pensantes individuales, conectadas al depósito
principal de memoria. Tenían también conductos que convocaban a los Servidores,
Escribas, Señaladores o Músicos, según fueran los deseos. No hay duda de que un
hombre de mi hermandad no haría jamás uso de otros seres humanos en esta forma,
puesto que podría despertar su resentimiento. Pero, de todos modos, para nada los
necesitaba. No le pregunté a Avluela sobre lo que había ocurrido en el palanquín del
Príncipe, y que había desembocado en nuestro ingreso en la hostería Real. Pero bien
podía imaginármelo, tal como le sucedía a Gormon, cuya mal enmascarada ira
denunciaba a las claras su no admitido amor por mi pequeña y esbelta Voladora.
Nos instalamos. Coloqué mi carrito junto a la ventana, lo envolví en gasas y quedó así
listo para mi próximo periodo de observación. Lavé mi cuerpo mientras las extrañas
entidades adheridas a la pared cantaban para transmitirme un sentimiento de paz.
Luego comí y posteriormente Avluela vino a mi cuarto, fresca y relajada por el reciente
baño, para hablar tranquilamente de nuestras experiencias.
Gormon no apareció durante varias horas. Llegué a pensar que tal vez hubiera
abandonado la hostería, hallando la atmósfera demasiado enrarecida para su gusto y
buscando la compañía de otros seres sin hermandad. Pero, en el crepúsculo, Avluela y
yo paseábamos por el recinto cerrado que configuraba el jardín de la hostería y
subimos a una rampa para ver salir las estrellas en el cielo de Ruma; allí estaba
Gormon. Con él, estaba un descarnado hombre que llevaba el chal de los
Memorizadores. Estaban hablando en tono muy bajo.
Gormon me saludó y me dijo:
—Vigía, quiero que conozcas a mi nuevo amigo.
El delgadísimo personaje acarició su chal.
—Yo soy el Memorizador Basil—me dijo con una voz tan tenue que parecía un fresco
arrancado de la pared que adornara—. He venido desde Perris a ahondar en los
misterios de Ruma. Pienso permanecer aquí muchos años.
—Este Memorizador cuenta historias verdaderamente maravillosas—dijo Gormon—, es
uno de los más destacados de su hermandad. Cuando tú te acercabas, me estaba
detallando las técnicas para revelar el pasado. Cavan una zanja profunda que atraviesa
los estratos del tercer ciclo, y con aparatos que hacen el vacío levantan las moléculas
de tierra para dejar al descubierto las capas antiguas.
—Hemos hallado—dijo Basil—las catacumbas de la Ruma imperial y las piedras de la
Edad Arrolladora, así como libros escritos sobre placas de metal blanco, provenientes
del Segundo Ciclo, aproximadamente. Todo esto será enviado a Perris, para ser
examinado, clasificado y descifrado. Luego los enviaremos de vuelta. ¿Te interesa el
pasado, Vigía?
—Hasta cierto punto—le contesté sonriendo—. Sin embargo, este Mutante que aquí
ves siente mucha fascinación. A veces llego a dudar de su autenticidad. ¿Reconocerías
tú a un Memorizador disfrazado?
Basil escrutó a Gormon, deteniéndose en los rasgos deformados y en sus poderosos
músculos.
—No es un Memorizador —dijo finalmente—. Pero veo que tiene intereses de
anticuario. Me ha hecho muchas preguntas interesantes.
—¿Cuáles fueron?
—Quiere saber cuál fue el origen de las hermandades. Me preguntó el nombre del
cirujano que logró conformar a un Volador que pudiera reproducirse. Se pregunta por
qué existen Mutantes, y si realmente se hallan bajo la maldición de la Voluntad.
—¿Y puedes responderle a estas preguntas?—le pregunté.
—A algunas—fue la respuesta.
—¿Sobre el origen de las hermandades?
—Fue para tratar de dar estructura y significado a una sociedad que había sido
derrotada y destruida dijo el Memorizador— Al final del Segundo Ciclo, todo estaba
subvertido. Nadie sabía cuál era su rango ni su propósito. Nuestro mundo estaba lleno
de arrogantes extraterrestres que nos miraban como si fuéramos seres sin valor. Fue
necesario establecer marcos de referencia fijos, de acuerdo a los cuales cada cuál
pudiera conocer su posición frente a otra. Así aparecieron las primeras hermandades:
Dominadores, Amos, Mercaderes, Manufactureros, Vendedores y Servidores. Luego
vinieron los Escribas, Músicos, Payasos y Transportadores. Luego se tornó necesario
contar con los Señaladores, los Vigías y los Defensores. Cuando los años de Magia
nos dieron los Voladores y los Mutantes, se agregaron estas hermandades y luego se
produjeron los sin hermandad, los neutros, de forma tal...
—Pero los Mutantes no tienen hermandad tampoco —dijo Avluela.
El Memorizador la miró por primera vez.
—¿Quién eres?—le preguntó.
—Soy Avluela, de los Voladores. Viajo con este Vigía y con este Mutante.
Basil continuó:
—Tal como le decía al Mutante, en los primeros tiempos, la gente como él pertenecía a
una hermandad. Esta fue disuelta mil años atrás, por orden del Consejo de
Dominadores, después de un intento de una fracción de Mutantes de tomar el poder de
los lugares santos de Jorsalén. Desde entonces los Mutantes han sido privados de la
hermandad, hallándose ahora sólo sobre los neutros.
—Es la primera vez que oigo esta historia—dije.
—Tú no eres un Memorizador—me dijo Basil, con aire afectado—; nuestra tarea es
revelar el pasado.
—Es cierto. Tienes razón.
Gormon dijo:
—Y actualmente, ¿cuántas hermandades existen?
Desconcertado, Basil contestó con vaguedad:
—Por lo menos unas cien, mi amigo. Algunas son muy pequeñas. Otras tienen vigencia
local solamente. Mi preocupación gira alrededor de las hermandades originales y de
sus inmediatas sucesoras. Lo ocurrido en los últimos cien años quede para ser
investigado por otros. ¿Quieres que pida alguna información especial para darte?
—No te preocupes—le dijo Gormon—. Era solamente una pregunta sin importancia.
—Tienes una curiosidad aguda en extremo—fue el comentario del Memorizador.
—Hallo que el mundo, y todo lo que en él se encuentra, es extremadamente fascinante.
¿Es esto un pecado?
—Es extraño—le replicó Basil—. Los sin hermandad raramente ven más allá de su
limitado horizonte.
VI
Apareció un servidor, quien con una mezcla de curiosidad y desprecio hizo una
genuflexión frente a Avluela y le dijo:
—El Príncipe ha regresado. Son sus deseos que vayas ahora al palacio a hacerle
compañía.
El terror hizo brillar los ojos de la muchachita, pero estaba fuera de toda posibilidad el
negarse.
—¿Debo ir ahora, contigo?—preguntó.
—Sí, por favor. Deberás vestirte y perfumarte. Desea que vayas a su encuentro con las
alas desplegadas, además.
Avluela asintió. El Servidor la guió hacia el palacio.
Permanecimos en la rampa unos minutos más. Basil, el Memorizador, nos habló de los
viejos tiempos de Ruma, y yo escuché mientras Gormon trataba de ver a través de la
oscuridad creciente. Después de un rato el Memorizador se excusó, pues su garganta
se hallaba seca por el esfuerzo, y se fue moviéndose solemnemente. Unos pocos
momentos después en el patio situado debajo nuestro, se abrió una puerta y por ella
apareció Avluela, caminando como si perteneciera a los Sonámbulos y no a los
Voladores.
Estaba desnuda, y su frágil cuerpo brillaba espectralmente blanco bajo las estrellas.
Sus alas se hallaban desplegadas y se movían lentamente en una triste sístole y
diástole. Dos Servidores la llevaban tomada de los brazos, conduciéndola hacia el
palacio como si fuera un facsímil onírico de sí mismo, en vez de una muchachita real.
—¡Vuela, Avluela, vuela!—oí que susurraba Gormon—. ¡Escapa mientras puedes!
Avluela desapareció por una entrada lateral del palacio.
El Mutante me miró y me dijo:
—Se ha vendido al Príncipe para que nosotros tuviéramos donde alojarnos.
—Así parece.
—¡Podría derrumbar este palacio!
—¿La amas?
—Ya deberías haberte dado cuenta.
—Tendrás que olvidarla—le aconsejé—. Eres un hombre poco común, pero una
Voladora es demasiado para tí. Especialmente una Voladora que ha compartido el
lecho con el príncipe de Ruma.
—Pasa de mis brazos a los suyos.
Esto me confundió.
—¿La has conocido?—le pregunté.
—Más de una vez—me dijo sonriendo con tristeza—. En el momento del éxtasis sus
alas baten el viento como las hojas en una tormenta.
Me así de la baranda de la rampa, para no caerme al patio. Las estrellas giraban sobre
mi cabeza, la vieja luna y sus dos consortes de blanca faz saltaban y se meneaban
ante mis ojos. Me sobresalté sin comprender por completo la causa de mi emoción
¿Era ira porque Gormon se había atrevido a violar un canon de la ley? ¿Era una
manifestación de los sentimientos falsamente paternales que tenía por Avluela? ¿O era
simplemente envidia de Gormon, que se había atrevido a cometer un pecado que
estaba más allá de mi capacidad, pero no de mis deseos?
Le dije:
—Podrían destruirte el cerebro por lo que has hecho. Serian capaces de hacer añicos
tu alma. Y ahora me has convertido en tu cómplice.
—No me importa. Este príncipe ordena y obtiene lo que desea. Pero ha habido otros
antes. Tenia que hacérselo saber a alguien.
—¡No sigas! ¡Por favor, no sigas!
—¿La volveremos a ver?
—Los príncipes se cansan pronto de sus mujeres. Dentro de unos pocos días, tal vez
de una sola noche, nos la devolverá. Y es posible que entonces tengamos que
abandonar la hostería.—suspiré—. Por lo menos habremos tenido unas cuantas
noches de estas magnificas comodidades.
—¿Y adónde irás, entonces?—me preguntó Gormon.
—Me quedaré en Ruma durante un tiempo.
—¿Aunque tengas que dormir en la calle? No parece haber mucha demanda de Vigías.
—Ya me arreglaré—le contesté—. Luego tal vez me dirija a Perris.
—¿Para aprender las enseñanzas de los Memorizadores?
—Para conocer Perris. ¿Y a tí, qué? ¿Qué buscas en Ruma?
—Quiero a Avluela.
—¡No hables más así!
—Muy bien—contestó. Y su sonrisa era amarga—. Pero aquí me quedaré hasta que el
Príncipe se canse de ella. Entonces haré que sea mía, y hallaremos la forma de
sobrevivir. Quienes no tienen hermandad suelen echar mano a muchos recursos. No
tienen otro remedio. Tal vez podamos obtener hospedaje en Ruma durante un tiempo y
luego te seguiremos a Perris. Si aún quieres seguir viajando con monstruos y con
Voladoras que han perdido la fe.
Me estremecí.
—Veremos a su debido tiempo.
—¿Has estado antes en compañía de un Mutante?
—No a menudo, ni por mucho tiempo.
—Me siento honrado—tamborileó sobre el parapeto—. No me eches de tu lado, Vigía.
Tengo razones para quedarme contigo.
—¿Qué razones?
—Ver tu cara el día que tus instrumentos te digan que ha comenzado la invasión de la
Tierra.
Me doblé hacia adelante, con los hombros caídos. —Te quedarás junto a mí durante
mucho tiempo, entonces.
—¿No crees que la invasión se produzca?
—Algún día, pero no pronto.
Gormon rió entre dientes.
—Te equivocas. Está casi sobre nosotros.
—¿Estás bromeando?
—¿Qué te pasa, Vigía? ¿Has perdido la fe? Se ha dicho durante mil años que otra raza
ambiciona la Tierra, y que un tratado se la ha concedido. Algún día vendrán a reclamar
lo que es suyo. Esto se decidió al fin del Segundo Ciclo.
—Sé todo esto, si bien no soy Memorizador—luego me volví hacia él y pronuncié
palabras que no pensé decir jamás—. Durante un tiempo que abarca dos veces tu vida,
Mutante, he escuchado el mensaje de las estrellas y realizado mi vigilancia. Algo que
se repite tan a menudo suele perder su significado. Repite tu nombre diez mil veces y
será solamente un sonido hueco. He cumplido con mi deber, y lo he hecho
correctamente, pero en las oscuras horas de la noche a veces pienso que vigilo en
vano, que mi vida no ha servido para nada. En realidad, siento placer en mi deber de
Vigía, pero tal vez no haya ninguna razón para que éste se cumpla.
Su mano encerró mi muñeca.
—Tu confesión es tan sorprendente como la mía. Ten fe, Vigía. ¡La invasión se acerca!
—¿Cómo puedes saberlo tú?
—Aun los sin hermandad tienen determinadas habilidades.
La conversación me perturbaba. Le pregunté:
—¿Es muy doloroso no tener hermandad?
—Uno aprende a reconciliarse con la idea. Y hay ciertas compensaciones para la falta
de preeminencia. Puedo hablar libremente a todos.
—De esto no me cabe duda.
—También me muevo con libertad. Estoy siempre seguro de hallar comida y
alojamiento, si bien la primera pueda ser muy desagradable, y el alojamiento muy
pobre. Las mujeres se sienten atraídas hacia mí a pesar de todas las prohibiciones. Tal
vez a causa de ellas. No me veo perturbado por ambición alguna.
—¿Nunca has deseado elevarte por encima de tu condición?
—Nunca.
—Tal vez hubieras sido más feliz como Memorizador.
—Soy feliz ahora. Puedo disfrutar de los placeres de un Memorizador sin compartir sus
responsabilidades.
—¡Eres realmente vanidoso! ¡Hacer de tu falta de hermandad una virtud!
—¿Y de qué otra forma se puede tolerar las aflicciones que nos impone la Voluntad?—
miró hacia el palacio—. Los humildes se elevan, los poderosos caen. Tómalo como una
profecía, Vigía; este príncipe lujurioso sabrá mucho más acerca de la vida antes de que
llegue el verano. ¡Le arrancaré los ojos por habérmela quitado!
—¡Palabras peligrosas! Estás lleno de ideas traicioneras esta noche.
—Te dije que lo consideraras una profecía.
—No podrás acercártele—le contesté, irritado por tomar en serio sus tonterías— ¿Y
además, por qué lo culpas? No hace otra cosa que repetir las costumbres de todos sus
iguales. Culpa a la muchacha por hacerle caso. Podría haberlo rechazado.
—Y perder sus alas. O morir. No, no tenía otro camino, ¡Pero yo si!—En un súbito y
terrible gesto, el Mutante extendió sus dedos índice y pulgar unidos, con largas uñas, y
los hundió en unos ojos imaginarios.
—Espera—me dijo—, ¡ya verás!
En el patio aparecieron dos Cronománticos, armaron los instrumentos de su
hermandad y encendieron pequeños cirios por los cuales adivinarían lo que habría de
suceder al día siguiente. Hasta mi nariz llegó un desagradable olor de humo pálido y
rosado. Yo ya había perdido todo interés en continuar hablando con el Mutante.
—Se hace tarde—le dije—. Debo descansar. Y pronto tendré que realizar mi vigilancia
—Vigila con cuidado—me dijo Gormon.
VII
Esa noche, en mi cuarto, realicé la cuarta y última observación del día, y por primera
vez en mi vida detecté una anomalía. No pude interpretarla. La sensación era obscena,
una mezcla de gustos y sonidos, la impresión de hallarme en contacto con una masa
de dimensiones colosales. Preocupado, me aferré a mis instrumentos durante un lapso
mucho más prolongado, pero al final de mi sesión no había podido percibir mayores
detalles que al principio.
Luego me puse a cavilar sobre mis obligaciones.
Los Vigías han sido entrenados desde la niñez, para ser rápidos en dar la alarma, y
dicha alarma debe darse cuando el Vigía considere que el mundo está en peligro
¿Estaba ahora obligado a notificar a los Defensores? Cuatro veces en mi vida se había
dado la alarma, las cuatro en forma errónea, y cada uno de los Vigías que había
movilizado de tal manera innecesaria a las fuerzas de defensa sufrió una grave pérdida
en su estado. Uno de ellos debió contribuir con su cerebro a los depósitos de memoria,
otro se tornó un neutro, por vergüenza, otro destrozó sus instrumentos y se fue a vivir
entre los sin hermandad, y el último, que quiso en vano continuar con sus ocupaciones,
se vio despreciado y rechazado por sus camaradas. Yo no veía la ventaja de mofarme
de quien hubiera dada una falsa alarma, porque, en última instancia, ¿no era mejor
esto que la falta de advertencia? Pero tales eran las costumbres de mi hermandad, y
me hallaba limitado por ellas.
Evalué entonces mi posición, decidiendo que no tenía motivos para dar la alarma.
Pensé que Gormon me había sugestionado con su charla, y que tal vez ahora estaba
simplemente reaccionando a sus comentarios sobre una posible invasión.
No me sentía capaz de actuar. No me atrevía a poner en peligro mi posición con una
falsa alarma. También desconfiaba de mi estado emocional.
Por lo tanto, no di la alarma.
Agitado, confundido, con el alma perturbada, cerré mi carrito y me hundí en un sueño
pesado.
Al amanecer me desperté y me abalancé a la ventana, esperando hallar invasores en
las calles. Pero todo se hallaba en calma. Una grisácea claridad de invierno pesaba
sobre el patio, y adormilados Servidores pasaban empujando a los pasivos neutros.
Inquieto; me dediqué a la primer observación del día, y para mi gran alivio, no volví a
experimentar la extraña sensación de la noche anterior, si bien no perdía de vista el
hecho de que mi sensibilidad es mayor durante la noche que por la mañana, al
despertar. Comí y me dirigí al patio. Gormon y Avluela ya se hallaban allí. La
muchachita tenía un aspecto cansado y deprimido, después de la noche pasada con el
príncipe de Ruma, pero nada le dije al respecto. Gormon, negligentemente recostado
contra una pared, decorada con las caparazones de distintos moluscos, me preguntó:
—¿Fue buena tu observación?
—Sí, bastante buena.
—¿Qué haremos ahora?
—Quiero salir a conocer Ruma. ¿Vienen conmigo?
—Por supuesto —me contestó Gormon, mientras Avluela asentía con un gesto, y como
buenos turistas, salimos a conocer la espléndida Ruma.
Gormon nos hizo de guía en las mezcladas ruinas de Ruma, lo que me pareció clara
señal de que mentía al decir que no había estado allí antes. Con la misma precisión
con que hubiera podido hacerlo un Memorizador, describió todo lo que íbamos viendo a
medida que caminábamos por las tortuosas calles. Todos los dispersos niveles de
miles de años se hallaban expuestos. Vimos las cúpulas de fuerza del Segundo Ciclo, y
el Coliseo, en el cual, durante una época inimaginablemente lejana los hombres y las
bestias contendían como si fueran ambos criaturas de las selvas. En los restos
desgarrados de ese edificio donde tantos horrores se habían sucedido, Gormon nos
habló del salvajismo que imperaba en esa época tan lejana.
—Luchaban—nos dijo—desnudos frente a enormes multitudes. Los hombres se
enfrentaban con las manos, sin arma alguna, a bestias llamadas leones, grandes gatos
peludos con enormes cabezas, y cuando el león yacía derrotado en la arena, sobre su
propia sangre, el hombre victorioso se dirigía al príncipe de Ruma y le pedía perdón de
los crímenes que lo hubieran llevado a tal estado. Si había luchado bien, el príncipe
hacía un gesto con la mano y el hombre era liberado—Gormon nos ilustró sobre el
gesto: el pulgar hacia arriba, que se movía hasta sobresalir por el hombro varias
veces—. Pero si el hombre se había portado con cobardía, o si el león se había
distinguido de alguna manera al morir, el hombre era condenado a ser eliminado por
una segunda bestia.—
Gormon también nos mostró cuál era ese gesto: el dedo medio sobresaliendo de un
puño cerrado, y levantado en un solo tirón súbito.
—¿Cómo se han llegado a saber estas cosas?—preguntó Avluela, pero Gormon hizo
como si no la hubiera oído.
Vimos la línea de columnas de fisión construidas en los primeros tiempos del Tercer
Ciclo para extraer energía del núcleo de la Tierra, que aún funcionaban, si bien se
hallaban manchadas y corroídas. Vimos el muñón que restaba de una máquina
meteorológica del Segundo Ciclo, que todavía era una poderosa columna de una altura
igual a la de veinte hombres. Vimos una colina en la cual las reliquias de mármol de la
Ruma del Primer Ciclo surgían como pálidos agrupamientos de invernales flores de
muerte. Penetrando en la parte interior de la ciudad pasamos por el asentamiento de
amplificadores defensivos, que esperaban listos para lanzar el impacto de la Voluntad
sobre los invasores. Llegamos hasta un mercado donde los visitantes de las estrellas
regateaban con los campesinos para comprarles algún desenterrado fragmento de la
antigüedad. Gormon pasó entre la multitud y compró varias cosas. Pasamos por una
casa de lujuria para los visitantes extraterrestres donde se podía comprar desde una
casi-vida hasta cumulus de hielo-pasión. Comimos en un pequeño restaurante situado
a orillas del río Tíber, donde se servía a los sin hermandad con módulos desprovistos
de toda ceremonia. Allí probamos, a insistencia de Gormon, unos montoncitos de una
sustancia blanda y pastosa.
Luego pasamos por una arcada cubierta, en cuyos numerosos portales, rollizos
vendedores ofrecían mercancías provenientes de las distintas estrellas, caras bebidas
del Afreca y los endebles productos de los manufactureros locales. Más allá nos
encontramos con una plaza que tenía una fuente en forma de bote, detrás de ella se
alzaba una escalera, de peldaños rayados y largamente usados, que llevaba a una
zona cubierta de hierbas y pedruscos. Gormon nos hizo señas de que avanzáramos, y
así pasamos por esta área desolada hasta llegar a un suntuoso palacio, aparentemente
construido a principios del Segundo Ciclo, o tal vez a fines del Primero, asentado sobre
una colina cubierta de vegetación.
—Dicen que éste es el centro del mundo—dijo Gormon—. En Jorsalén existe otro lugar
que también reclama para sí el mismo honor. Este sitio está marcado en el mapa.
—¿Cómo es posible que el mundo tenga un centro —preguntó Avluela—, si es esfera?
Gormon rió. Dentro, en una oscuridad de invierno, vimos un colosal globo cuajado de
joyas, que relucía gracias a una luz interior. —Aquí tienes a tu mundo—dijo Gormon
con un gesto ampuloso.
—¡Oh! —exclamó Avluela—. ¡Todo! ¡Aquí está todo!
El mapa era una verdadera maravilla, un prodigio de artesanía. Sus contornos y
elevaciones parecían naturales; los mares simulaban espacios líquidos; los desiertos
se hallaban tan bien imitados que la boca parecía secarse de sed; las ciudades bullían
con vigor y vida. Pude distinguir bien los continentes: Eiropa, Afreca, Aisi y Stralia.
Contemplé el vasto Océano Terrestre. Atravesé, con la mirada, la franja dorada del
Puente de Tierra que había cruzado a pie y con tanto trabajo hacía poco. Avluela
señaló, entusiasmada, el lugar que ocupaba Ruma, y luego buscó Agupto, Jorsalén y
Perris. Marcó el lugar de las altas montañas al norte de Hindu y dijo:
—Aquí nací yo, donde impera el hielo, donde las montañas rozan las lunas. Aquí es
donde está situado el reino de los Voladores.—Fue moviendo su dedo hacia el oeste,
hacia Pers y más allá, hasta el terrible desierto de Arab, y luego hacia Agupto.— Hacia
aquí volé. De noche, cuando ya no fui más una niña. Todos debemos volar y yo volé
hacia aquí. Cientos de veces creí morir. Aquí, en este desierto, con arena en mi
garganta mientras volaba, arena que golpeaba contra mis alas. Me vi precisada a bajar
a tierra y allí yací desnuda en la arena caliente durante varios días, hasta que otro
Volador me halló y me alzó en el aire. Eso me hizo recobrar fuerzas, y juntos volamos
hacia Agupto. Murió sobre el mar. Su vida se apagó, a pesar de que era joven y fuerte,
y cayó al mar. Yo volé hacia él, para acompañarlo, y el agua estaba caldeada tanto de
noche como de día. Me dejé llevar por las alas y cuando llegó la mañana vi las piedras
vivientes, que crecían como árboles en el agua, y los peces de muchos colores que se
acercaban y mordisqueaban la carne de mi compañero, que flotaba con sus alas
extendidas en el agua. Allí lo dejé, esperando que hallara descanso. Yo me elevé, sola
y asustada, y me dirigí a Agupto donde te encontré a ti, Vigía—me sonrió
tímidamente—. Dinos dónde pasaste tu juventud, Vigía.
Con dolor, pues me sentí súbitamente impedido de moverme con ligereza, me dirigí
hacia el otro lado del globo. Avluela me siguió, pero Gormon se quedó atrás, como si
tuviera muy poco interés. Señalé las islas diseminadas en dos largas franjas a lo largo
del Océano Terrestre. Lo que quedaba de los Continentes Perdidos.
—Aquí—dije, señalando la isla en que había nacido, hacia el oeste—; éste es el lugar
que me vio nacer.
—¡Tan lejos!—exclamó Avluela.
—Ya hace tanto tiempo—agregué—. A mitad del Segundo Ciclo, me parece.
—¡No! ¡Eso no es posible!—Pero la asombrada mirada que me dirigió, decía que tal
vez no fuera mera invención mi idea de haber nacido mil años atrás.
Sonreí y toqué su suave mejilla.
—Sólo me parece a mí—le expliqué.
—¿Cuándo dejaste tu hogar?
—Cuando tenía el doble de tu edad—le contesté—, y vine hacia aquí.—Señalé el grupo
de islas situado hacia el este.—Pasé doce años como Vigía en Palash. Entonces la
Voluntad me impulsó a cruzar el Océano Terrestre, hasta Afreca. Allí fui y viví durante
cierto tiempo en los países cálidos. Luego seguí viaje a Agupto, donde hallé a una
Voladora. —Quedé en silencio mientras miraba largamente las islas que fueron mi
hogar, y contemplándolas me imaginé que abandonaba mi pobre y gastado cuerpo
para volver a ser joven y musculoso, para trepar las verdes montañas y nadar en el
fresco mar, y realizar mis vigilancias en una blanca playa bordeada de espuma.
Mientras meditaba, melancólico, Avluela se volvió hacia Gormon y le dijo:
—Ahora tú. Enséñanos de dónde vienes, Mutante. Gormon se encogió de hombros.
—Ese lugar no figura en el globo. —¡Pero eso es imposible! —¿Lo es?—preguntó él.
Avluela lo trató de presionar para que contara, pero Gormon se escabulló. Salimos y
volvimos a la calle.
VIII
Me estaba cansando, pero Avluela no quería dejar rincón de la ciudad por conocer,
como si pudiera devorársela en una sola tarde. Por lo tanto, proseguimos nuestro
camino por las calles que se continuaban unas a otras, pasando por una zona de
bellísimas mansiones, pertenecientes a los Amos y Mercaderes, atravesando barrios
desagradables de Servidores y Vendedores, que se extendían en catacumbas
subterráneas, y llegando a otras zonas donde los Sonambulistas nos asediaban para
que pasáramos a sus casuchas y les pagáramos por revelarnos la verdad que intuyen
en sus trances. Avluela nos pidió que entráramos, pero Gormon movió la cabeza
negativamente, y yo sonreí, mientras seguíamos adelante. Ahora nos hallábamos en el
borde de un parque situado en el centro de la ciudad. Aquí los ciudadanos de Ruma se
paseaban con una energía que yo había vista muy pocas veces en el caluroso Agupto,
y nos unimos a ellos.
—¡Miren!—dijo Avluela—. ¡Cómo brilla!
Señalaba un brillante arco dimensional que encerraba alguna reliquia de la antigua
ciudad. Cubriéndome los ojos en parte pude distinguir una gastada pared de piedra,
frente a la cual se hallaba un grupo de gente. Gormon dijo:
—Es la Boca de la Verdad.
—¿Qué es eso?—preguntó Avluela
—Ven. Veremos.
Una fila de gente avanzaba lentamente hacia la esfera. Nos colocamos en ella y pronto
llegamos hasta el interior, abarcando con curiosas miradas la región sin tiempo que se
hallaba más allá del umbral. No sabía por qué se le había prestado a esta reliquia una
protección tan especial, que muy pocas gozaban y por lo tanto le pregunté a Gormon.
Su sabiduría, que nada tenia que envidiar a la de los Memorizadores, le permitió
explicarme.
—Se ha hecho así porque éste es el reino de la certeza, donde lo que se dice es
absolutamente congruente con la realidad.
—No entiendo—dijo Avluela.
—Es imposible mentir en este lugar—le explicó Gormon—. ¿Puedes imaginarte otro
lugar que sea más digno de protección?
Pasó por el estrecho corredor de la entrada y su figura se borroneó ante nuestros ojos.
Lo seguí rápidamente al interior. Avluela dudó. Pasó un largo momento antes de que se
decidiera a entrar; se paró unos instantes en el umbral, aparentemente desconcertada
por el viento que se sentía circular a lo largo de la línea limítrofe entre el mundo exterior
y el cerrado universo en el cual nos hallábamos.
Un compartimento interior contenía la Boca de la Verdad propiamente dicha. La fila de
gente se extendía hasta allí, y un Señalador, de aire solemne, controlaba el flujo de
entrada al tabernáculo. Pasó un rato antes de que se nos permitiera entrar. Nos
hallamos entonces frente a la feroz cabeza de un monstruo, en bajorrelieve, unido a
una antiquísima muralla, marcada por el tiempo. Las mandíbulas del monstruo se
hallaban abiertas; la boca abierta tenia un aspecto siniestro. Gormon asentía con
gestos, mientras la inspeccionaba satisfecho, aparentemente, de hallarla tal cual
pensaba que debía ser.
—¿Qué debemos hacer?—preguntó Avluela.
—Vigía—dijo Gormon—, pon tu mano dentro de la Boca de la Verdad.
Con cierto resquemor, hice lo que me decía.
—Ahora—volvió a hablar Gormon—se hace una pregunta. Tú la deberás contestar,
pero si dices algo que se aparte de la verdad, la boca se cerrará y seccionará tu mano.
—¡No!—gritó Avluela.
Miré con temor las mandíbulas de piedra que rodeaban mi mano. Un Vigía al cual le
falte una mano es un hombre sin profesión. Durante el Segundo Ciclo se podía obtener
una prótesis más bonita que la mano verdadera. Pero estas épocas habían pasado
hacia ya tiempo, y actualmente en la Tierra no se podían conseguir tales delicados
objetos.
—¿Cómo es posible?—le pregunté.
—La Voluntad es especialmente intensa en estos lugares—replicó Gormon—.
Distingue con la mayor severidad lo que es verdad de lo que no lo es. Detrás de esta
pared se halla un trío de Sonambulistas, a través de los cuales se manifiesta la
Voluntad, y ellos controlan la Boca. ¿Temes a la Voluntad, Vigía?
—Temo a mi propia lengua.
—Ten valor. Nunca se ha dicho una mentira frente a esta muralla. Nunca, por lo tanto,
ha habido que lamentar la pérdida de una mano.
—Prosigue, entonces—le dije—. ¿Quién me va a proponer la pregunta?
—Yo—dijo Gormon—. Dime, Vigía, y ahora sin falsas pretensiones, ¿dirías que una
vida dedicada a la vigilancia ha sido una vida sabiamente empleada?
Me mantuve en silencio durante un largo tiempo, mirando las entreabiertas mandíbulas.
Luego dije:
—Dedicar la vida a la vigilancia, a fin de servir a nuestros semejantes, es tal vez el más
noble propósito que existe.—¡Cuidado!—gritó, alarmado, Gormon.—No he terminado—
le manifesté.—Continúa.—Pero dedicarse a la vigilancia cuando el enemigo no es más
que una creación de la imaginación, es realmente inútil, y si nos felicitamos por la
búsqueda meticulosa de una mera invención somos tontos y pecadores. Mi vida no ha
servido para nada. Las mandíbulas de la Boca de la Verdad no temblaron siquiera.
Retire mi mano, mirándola como si hubiera crecido nuevamente. Me sentí,
súbitamente, como si hubiera envejecido varios ciclos. Avluela, con los ojos muy
abiertos y una mano puesta sobre los labios, parecía muy impresionada por lo que yo
había dicho. Mis propias palabras parecían rondar todavía, congeladas en el aire frente
al desagradable ídolo.—Has hablado con honestidad—dijo Gormon— si bien muestras
poca piedad hacia ti mismo. Te juzgas con demasiada acritud, Vigía.—Hablé como
debía para salvar mi mano—le respondí—; ¿preferirías que hubiera mentido? Se
sonrió. Luego se volvió hacia Avluela y le dijo: —Es tu turno. Visiblemente asustada, la
pequeña Voladora se aproximó a la Boca. Su delicada mano temblaba mientras la
introducía entre las mandíbulas de fría piedra. Tuve que contener el impulso de
abalanzarme y liberar su manecita de aquellas diabólicas mandíbulas que parecían
sonreír.—¿Quién le preguntará?—dije.—Yo lo haré—contestó Gormon. Las alas de
Avluela se agitaron débilmente debajo de su vestido. Su carita se puso pálida, su nariz
tembló y su labio superior se deslizó sobre el inferior. Se quedó apretada contra la
muralla, mirando con horror el lugar donde estaba introducida su mano. Afuera vimos
las expresiones vagas de la gente que esperaba, sus labios se movían y estaban
aparentemente perturbados por nuestra larga visita a la Boca, pero nadie nos dijo nada.
La atmósfera que nos rodeaba era cálida y pegajosa, con un cierto olor musgoso como
el que provendría de un pozo labrado a través de la estructura del Tiempo. Gormon le
preguntó lentamente: —La noche que acaba de pasar le has entregado tu cuerpo al
príncipe de Ruma. Antes de esto, también te ofreciste al Mutante Gormon, si bien tales
relaciones se hallan prohibidas por las costumbres y por la ley. Mucho antes habías
sido la amante de un Volador, que ahora ha muerto. Puedes haber tenido relaciones
con otros hombres, de las cuales nada sé, pero que para los propósitos de mi pregunta
son irrelevantes. Dime, Avluela, ¿cuál de los tres te inspiró emociones más profundas y
cuál de ellos elegirías como tu compañero, en caso de que te decidieras a hacer tal
cosa? Quise protestar, diciéndole al Mutante que le había propuesto tres preguntas, lo
que lo ponía en ventaja, pero no tuve tiempo de decir nada. Avluela contestó sin dudar:
—El príncipe de Ruma fue el que más placer me dio, pero es frío y cruel y lo desprecio.
Mi querido Volador, ya muerto, fue el ser que más amé, antes o después. Pero era
débil, y yo no querría a un débil como compañero. En cambio tú, Gormon, a pesar de
que eres un extraño para mí aún ahora, y que siento como si no conociera tu cuerpo ni
tu alma, no importa cuán ancha es la brecha que nos separa serías el hombre a quien
yo elegiría como compañero para mis días por venir.
Retiró la mano de la Boca de la Verdad.
—¡Bien dicho!—exclamó Gormon, si bien era obvio que la firmeza de su respuesta lo
había herido tanto como lo había halagado—. Repentinamente hallas tu elocuencia,
¿ah?, cuando las circunstancias lo exigen. Ahora es el turno de arriesgar mi mano.
Se acercó a la Boca. Yo le dije:
—Tú has hecho las dos preguntas. ¿Quieres terminar ahora el trabajo y preguntarte
también la tercera?
—No quisiera hacer eso—contestó. Hizo un gesto negligente con su mano libre—.
Hagan un conciliábulo y piensen cuál puede ser la tercera pregunta.
Avluela y yo conferenciamos. Con una franqueza poco habitual en ella, propuso una
pregunta, y como era la misma que yo le hubiera planteado a Gormon le pedí que se la
hiciera.
Avluela interrogó:
—Cuando estábamos frente al globo terráqueo, yo te pedí que señalaras el lugar donde
habías nacido y tú me dijiste que no podrías hallarlo en el mapa. Esto nos pareció muy
extraño. Dime ahora, ¿eres lo que afirmas ser, un Mutante que vaga por el mundo?
Gormon contestó.
—No, no lo soy.
En cierto sentido ya había satisfecho la pregunta que le había hecho Avluela, pero era
indudable que su respuesta no había sido adecuada, así que sin retirar la mano de la
Boca de la Verdad, continuó:
—No les señalé mi lugar de nacimiento en el globo porque no nací en este mundo, sino
en una estrella cuyo nombre no debo revelar. No soy un Mutante, de acuerdo a
vuestras ideas, si bien lo soy si nos atenemos a otras definiciones del término, puesto
que mi cuerpo está algo disfrazado, y en mi propio mundo mi forma es diferente. He
vivido en la Tierra durante diez años.
—¿Cuál fue tu propósito cuando viajaste aquí? —le pregunté.
—Estoy obligado a contestar una solo pregunta —dijo Gormon—. Pero igualmente te
daré la respuesta. Fui enviado a la Tierra para efectuar observaciones militares y
preparar la invasión para la cual tú tanto has vigilado, en la cual ya no crees y que sin
embargo estará aquí en el término de unas pocas horas.
—¡Mentiras!—grité—. ¡Todas mentiras!
Gormon se rió, y retiró la mano de la Boca de la Verdad. Estaba intacta, sin lesión
alguna.
IX
Confundido y agitado corrí con mi carrito de instrumentos, saliendo de la esfera brillante
a la calle que se había vuelto súbitamente fría y oscura. La noche había llegado con la
celeridad con que lo hace en invierno. Era casi la hora nona, momento en que debía
realizar mi vigilancia.
Las burlas de Gormon rondaban todavía mi mente. Lo había arreglado todo: nos había
llevado a la Boca de la Verdad, había logrado arrancar de mis labios una confesión de
falta de fe, y otro tipo de confesión de boca de Avluela. Además, había cuidado sin
piedad, de que no dejáramos de saber determinadas verdades que no tendría que
habernos revelado, con palabras calculadas para herirme en lo más profundo.
¿Podía ser que la Boca de la Verdad fuera un fraude? ¿Era posible que Gormon
mintiera sin que pasara nada a su mano?
Nunca había realizado mi vigilancia a otra hora que la determinada, pero éste era el
momento en que las realidades parecían derrumbarse. No podía esperar hasta que
llegara el instante prefijado. Agazapándome en la calle barrida por el viento, abrí mi
carrito, alisté mi equipo y me zambullí en el trance de la vigilancia.
Mi conciencia amplificada se dirigió una vez más hacia las estrellas.
Como un dios, erré por los espacios infinitos. Sentía la presión del viento solar, pero no
era un Volador, y nada podía sucederme. Con cierto dolor, la dejé atrás alejándome de
las furiosas partículas de luz, dentro de la oscuridad que delineaba los dominios del sol.
Sentí que actuaba sobre mí una distinta presión.
Se acercaban naves espaciales.
No eran las líneas turísticas habituales que traían visitantes curiosos por lo que
quedaba de nuestro disminuido mundo. Tampoco eran los vehículos de transporte
mercantiles ni las naves vaciadero que recogían los vapores interestelares, ni las naves
que oficiaban de cruceros, en sus órbitas hiperbólicas.
Estas eran naves militares, oscuras, ajenas y amenazadoras. No pude determinar su
número; observé solamente que se dirigían hacia la Tierra a una velocidad muchas
veces mayor a la de la luz, proyectando un cono de energía delante de ellas. Me di
cuenta entonces de que era ese cono lo que yo percibía, y que lo había percibido
similarmente la noche anterior, penetrando en mi mente a través de los instrumentos y
hundiéndome en lo que parecía ser un cubo de cristal, cuyas líneas de fuerza
danzaban y brillaban.
Toda mi vida había pasado vigilando y esperando este momento.
Había sido entrenado para percibirlo. Luego llegué a rogar para que jamás pudiera
sentirlo, luego, en mi sensación de fracaso comencé a desear sentirlo y finalmente
había dejado de creer en él. Y ahora, gracias al Mutante Gormon había llegado a
percibirlo. Vigilando antes de que llegara el momento prefijado, agazapado en una calle
de Ruma, a la salida del lugar donde se hallaba la Boca de la Verdad.
A los Vigías se los instruye para que cuando sus observaciones son confirmadas por
una cuidadosa revisión, se interrumpa la vigilancia. Obedientemente, realicé mi
segunda confirmación, a fin de poder dar la alarma. Varié de uno a otro canal de
observación, triangulando y siempre captando la tremenda sensación de una fuerza
titánica que se precipitaba sobre la Tierra a una velocidad inimaginable.
O bien me engañaba, o la invasión se acercaba. Pero no podía salir de mi trance para
dar la alarma.
Con lentitud, amorosamente, seguí sumergido en los datos sensoriales durante un
lapso que me pareció de horas. Seguí utilizando mi equipo, exigiéndole una total
confirmación de lo que había hallado. Oscuramente, tuve noción de que podía estar
desperdiciando un tiempo precioso, y de que era mi deber abandonar mi estado de
morosa delectación frente al destino para alertar a los Defensores.
Finalmente, me liberé de mi estado de trance y volví al mundo que debía proteger.
Avluela se hallaba a mi lado asombrada y temerosa, con los nudillos apretados contra
sus labios y sus ojos muy abiertos.
—¡Vigía, Vigía!, ¿me oyes? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué nos va a pasar?
—La invasión—le contesté—. ¿Cuánto tiempo estuve en trance?
—Alrededor de medio minuto, creo. Tus ojos estaban cerrados, y llegué a creer que
estabas muerto.
—¡Gormon decía la verdad! ¡La invasión está casi sobre nosotros! ¿Dónde está?
¿Dónde ha ido?
—Desapareció cuando salimos del edificio donde estaba la Boca —susurró Avluela—.
Vigía, estoy muy asustada. Siento que todo se derrumba. Tengo que volar. ¡No me
puedo quedar aquí abajo!
—Espera—le dije aferrándola pero sin lograr asir su brazo—. No te vayas todavía.
Primero tango que dar la alarma, y luego...
Pero ella ya se estaba quitando apresuradamente las ropas. Desnuda hasta la cintura,
su pálido cuerpo brillaba en la luz nocturna, mientras alrededor de nosotros la gente iba
de un lado a otro, sin tener idea de lo que estaba ocurriendo. Quería mantener a
Avluela a mi lado, pero no podía esperar más para dar la alarma, por lo que la dejé
para dirigirme a mi carrito.
Como preso en un ensueño nacido de deseos demasiado maduros, empuñé el resorte
que jamás había usado, el que enviaría la alerta mundial de los Defensores.
¿Habrían sido advertidos ya? Tal vez algún otro Vigía había percibido ya lo que yo
capté y, menos paralizado por el asombro y la duda, había alertado a los Defensores,
fase final de la tarea de un Vigía.
No. No. Porque entonces estarían sonando las sirenas, cuya aguda llamada
reverberaría desde los altavoces que orbitaban sobre la ciudad.
Toqué el resorte. Con el rabillo del ojo pude ver a Avluela libre ahora de sus vestiduras,
arrodillada musitando sus palabras y llenando sus frágiles alas de energía. En un
momento más se hallaría en el aire, lejos de mi alcance.
Con un rápido movimiento, activé la alarma.
En ese momento fui consciente de una maciza figura que se dirigía hacia nosotros.
Gormon, pensé, y mientras me levantaba junta a mi equipo, traté de alcanzarlo para no
dejarlo ir. Pero el que se aproximaba no era Gormon sino un Servidor de cara burda,
quien se dirigió a Avluela advirtiéndole:
—Cuidado, Voladora, no aprontes tus alas. El príncipe de Ruma me envía para que te
lleve a su presencia.
Forcejearon. Sus pequeños pechos saltaban; sus ojos le dirigieron una mirada de
cólera.
—Déjame ¡Voy a volar!
—El príncipe de Ruma te requiere—dijo el Servidor tomándola en sus brazos.
—El príncipe de Ruma tendrá otras ocupaciones esta noche. No creo que la necesite—
le dije al Servidor.
Mientras hablaba pudimos escuchar las sirenas atronando el cielo.
El Servidor la soltó. Su boca pronunció inaudibles palabras; hizo uno de los gestos
protectores de la Voluntad; miró hacia arriba y gruñó:
—¡La alarma! ¿Quién dio la alarma? ¿Has sido tú, viejo Vigía?
La gente corría de un lado a otro en la calle, como poseída.
Avluela, ya libre, corrió cerca de mí, a pie, con sus alas desplegadas sólo a medias, y
fue engullida por la multitud. Por sobre el terrible sonido de las sirenas escuchamos los
mensajes que daban instrucciones para la defensa y seguridad de la población. Un
hombre que llevaba en su mejilla la marca de los Defensores se abalanzó sobre mí y
me gritó palabras demasiado incoherentes para ser comprendidas, después de lo cual
salió corriendo. El mundo parecía haberse vuelto loco.
Solamente yo permanecía tranquilo. Miré hacia el cielo, esperando ver las naves
negras de los invasores sobre las torres de Ruma. Pero nada vi, excepto las luces
nocturnas y todos los objetos que me eran familiares.
—¿Gormon?—llamé—. ¿Avluela?
Estaba solo.
Una extraña sensación de vacío me invadió. Había dado la alarma. Los invasores se
acercaban, yo había perdido mi ocupación. Ya no habría necesidad de Vigías.
Casi con cariño toqué el usado carrito que había sido mi compañero durante tantos
años. Pasé mis dedos sobre sus sucios y abollados instrumentos, y luego me alejé,
abandonándolo para volver a las calles oscuras sin mi cargo, convertido en un hombre
cuya vida había adquirido sentido sólo para volver a perderlo en un instante, alrededor
de mí rugía el caos.
Se sobreentendía que cuando llegara el momento de la invasión, con su batalla
correspondiente, todas las hermandades serian movilizadas, con la sola excepción de
los Vigías. Aquellos que habían vigilado el perímetro de la defensa durante tanto
tiempo no tomarían parte en la estrategia del combate y eran exceptuados, después de
haber dado una alarma certera. Ahora era el momento para que la hermandad de los
Defensores demostrara lo que sabía hacer. Durante medio ciclo habían planeado lo
que harían en el momento de guerra. ¿Cuáles serían sus futuras acciones? ¿Qué
hechos protagonizarían?
Mi única preocupación, en ese momento, era volver a la hostería Real y esperar los
acontecimientos. Era casi imposible pensar que hallaría a Avluela, y me culpé por
haberla dejado irse así, desnuda y sin quien la protegiera, en aquellos momentos de
confusión. ¿Adónde iría? ¿Quién estaría allí para defenderla?
Un camarada Vigía, empujando desesperadamente su carrito casi chocó conmigo.
—¡Cuidado!—le grité.
Miró hacia arriba, sin aliento, atontado.
—¿Es verdad?—me preguntó—. ¿La alarma?
—¿No la oyes?
—Pero ¿es verdad?
Le señalé en dirección a su carrito.
—Tú sabes cómo cerciorarte.
—Dicen que el que dio la alarma estaba borracho, que era un viejo tonto que fue
echado de la posada ayer.
—Puede ser—admití.
—Pero si lo de la alarma es verdad...
Sonriendo le dije:
—Si es así, ahora todos podremos descansar. Adiós Vigía.
—¡Tu carrito! ¿Dónde está tu carrito?—me gritó.
Pero yo ya lo había dejado atrás y me dirigía hacia un enorme pilar de piedra labrada,
sin duda una reliquia de la Ruma imperial.
En esto columna se hallaban grabadas antiguas imágenes: batallas y victorias,
monarcas extranjeros que marchaban portando las cadenas de la derrota por las calles
de Ruma, águilas triunfantes que celebraran las grandezas del Imperio. En mi extraña y
recién hallada calma, me quedé largo rato frente a la columna admirando sus elegantes
grabados. Hacia mí se acercó una figura frenética en quien reconocí al Memorizador
Basil.
Lo saludé diciéndole:
—¡Llegas a tiempo! Hazme el favor de explicarme estas imágenes, Memorizador. Me
fascinan y excitan en extremo mi curiosidad.
—¿Estás loco? ¿No oyes la alarma?
—Yo di la alarma, Memorizador.
—¡Apúrate, entonces! ¡Vienen los invasores y debemos luchar!
—Yo no, Basil. Mi tarea ya está hecha. Cuéntame la historia aquí representada.
Háblame de estos reyes derrotados, de estos emperadores destronados. Un hombre
de tus años no se verá envuelto en la lucha.
—¡Todos estamos movilizados!
—Todos menos los Vigías—le repliqué—. Tómate unos instantes. Ha comenzado a
interesarme el pasado. Gormon se ha ido, guíame tú entonces, a través de la historia
de estos ciclos perdidos.
El Memorizador sacudió salvajemente la cabeza, giró alrededor de mí y trató de
escaparse. Yo me abalancé sobre él, tratando de aferrarlo por un brazo para impedirle
moverse, pero me eludió y sólo pude asir su oscuro chal, que me quedó entre las
manos. Basil ya se había ido, corriendo locamente con trancos enormes de sus piernas
de araña y alejándose de mi vista.
Me encogí de hombros y examiné el chal que tan extrañamente había adquirido.
Estaba surcado por brillantes hebras metálicas dispuestas de acuerdo a un intrincado
esquema que engañaba la vista: cada una de ellas parecía desaparecer en la trama del
hilado, para reaparecer en algún lugar inesperado, como los árboles genealógicos de
las dinastías, que inesperadamente revivían en distantes ciudades. La forma en que
estaba hecho era verdaderamente magnifica. Casi sin quererlo me lo eché a los
hombros.
Seguí caminando.
Mis piernas, que casi me habían fallado antes, ahora me servían adecuadamente. Con
renovada juventud me abrí paso en la caótica ciudad, sin hallar dificultades para elegir
mi camino. Me dirigí hacia el río, lo crucé y, en su orilla más alejada, busqué el palacio
del Príncipe. La oscuridad se había acentuado, pues la mayoría de las luces se
extinguieron de acuerdo a las órdenes de movilización, y de vez en cuando la explosión
de una bomba en lo alto liberaba una especie de humareda densa que procuraba
ocultar la ciudad a la mayor parte de los métodos de visualización a larga distancia. En
las calles se veían pocos peatones. Las sirenas aún atronaban el espacio. Sobre los
edificios se veían las instalaciones defensivas que comenzaban a entrar en acción: oía
los sonidos de los aparatos de rechazo que se calentaban y los largos brazos de las
máquinas amplificadoras que se balanceaban de una a otra torre, mientras afinaban
para un rendimiento máximo. Ya no cabría ninguna duda de que la invasión se
acercaba, pues si mis instrumentos hubieran sido mal interpretados debido a mi propia
confusión, no se hubiera seguido adelante con la movilización hasta este punto. Era
indudable que el informe inicial había sido corroborado por los hallazgos de otros
miembros de la hermandad.
Mientras me acercaba al palacio, vi que corrían hacia mí dos Memorizadores, ambos
sin aliento sus chales agitándose detrás suyo. Me hablaron con palabras que no
alcancé a interpretar, seguramente algún tipo de código de su hermandad, y recordé
que estaba usando el chal de Basil. No les pude responder, y entonces comenzaron a
hablar como Io hacemos habitualmente, mientras me preguntaban:
—¿Qué te pasa? ¡Ve a tu puesto! ¡Debemos registrar los hechos, comentarlos y
observarlos!
—Están confundidos—les dije—. Tengo este chal porque es de vuestro hermano Basil,
quien lo dejó a mi cuidado. No tango ningún puesto que custodiar.
—Un Vigía—dijeron al unísono y me insultaron cada uno por separado, al alejarse.
Riendo, me dirigí hacia el palacio.
Sus puertas estaban abiertas. Los neutros que guardaban el portal exterior no estaban,
al igual que los dos Señaladores que solían situarse en el lado de adentro. Los
mendigos que se hallaban en la amplia plaza habían forcejeado hasta lograr penetrar
en el edificio, buscando refugio. Esto despertó la ira de los mendicantes portadores de
licencias hereditarias, cuyo estacionamiento habitual estaba situado en esa parte del
edificio, quienes se lanzaron sobre los refugiados que entraban con furia e inesperada
energía. Vi a mendigos que golpeaban usando sus muletas como garrotes, a ciegos
que daban golpes con sospechosa puntería, a delgados penitentes que esgrimían una
amplia variedad de armas, desde estiletes hasta pistolas sónicas. Manteniéndome
alejado de este espectáculo vergonzoso penetré en la parte interior del palacio,
espiando hacia el interior de las capillas, donde hallé a Peregrinos que rogaban ser
bendecidos por la Voluntad, y Comunicantes que buscaban desesperadamente una
guía espiritual que les dijera qué sucedería durante la batalla que se avecinaba.
De pronto sentí el sonar de las trompetas y los gritos de:
—¡Abrid paso! ¡Abrid paso!
Una fila de macizos Servidores marchó hacia el interior del palacio, dirigiéndose hacia
las habitaciones del príncipe, situados en el ábside. Varios de ellos sujetaban a alguien
que pateaba frenéticamente, poseedora de alas semidesplegadas.
—¡Avluela!
La llamé, pero mi voz se perdió en el tumulto, y ella no me oyó. Los Servidores me
hicieron a un lado. La procesión penetró en las habitaciones del Príncipe. Eché una
última mirada sobre la pequeña Voladora, pálida y diminuta entre sus capturas y luego
se perdió una vez más.
Tomé del brazo a un tambaleante neutro que se movía inseguramente.
—¡Esa Voladora! ¿Por qué la traen aquí?
—Él... Él... Ellos...
—¡Respóndeme!
—El Príncipe... su mujer... en la carroza... los... los invasores.
Hice a un lado a la insignificante criatura y me abalancé hacia el ábside. Una muralla
metálica de unas diez veces mi altura me detuvo. Comencé a golpearla con el puño:
—¡Avluela! —grité con voz ronca—, ¡Avlu... e... la!
No fui rechazado, ni tampoco se me permitió pasar. Simplemente, se me ignoró. El loco
alboroto que reinaba en las puertas occidentales del palacio se había extendido ahora
a la nave y ábsides y a medida que la turba de mendigos se acercaba a mí ejecuté un
rápido giro y luego pasé por una de las puertas laterales del edificio.
Me detuve en el patio situado frente a la hostería Real, inmóvil y pasivo. Una extraña
electricidad crepitaba en el aire. Pensé que seria una emanación de una de las
instalaciones para la defensa de Ruma. Algún tipo de rayo destinado a proteger a la
ciudad. Pero pocos instantes después comprendí que presagiaba la llegada de los
invasores.
Ahora sí podía ver las naves espaciales en los cielos.
Cuando las había percibido en mis observaciones, me habían parecido negras contra la
infinita oscuridad, pero ahora ardían brillantes como soles. Una banda de globos
relucientes, de aspecto duro y similar al de las joyas engalanaba el cielo; se hallaban
dispuestos uno junto a otro y se extendían de este a oeste en una banda continua,
llenando los cielos. Cuando las vi aparecer simultáneamente me pareció que oía los
sonidos de una sinfonía invisible que pregonaba el arribo de los conquistadores de la
Tierra.
No pude calcular la altura a la que se hallaban las naves espaciales, ni determinar cuál
era su número ni ninguno de los detalles de su forma. Solamente me di cuenta, de que,
con súbita y masiva majestad, habían aparecido. Si hubiera sido un Defensor, creo que
mi alma se hubiera llenado de angustia tras esa increíble escena.
El cielo estaba cruzado por luces de muchas tonalidades. La batalla había comenzado.
No podía comprender las acciones de nuestros guerreros, y me hallaba desconcertado
por las maniobras de aquellos que venían a tomar posesión de nuestro empobrecido
planeta, tan cubierto de historia. Para mi vergüenza, me sentía no solamente fuera de
la lucha, sino por encima de ella, como si ésta no fuera mi batalla. Hubiera querido que
Avluela me acompañara, pero ella estaba en algún lugar de las profundidades del
palacio del príncipe de Ruma. Hasta la presencia de Gormon me hubiera servido de
consuelo. Gormon el Mutante, Gormon el Espía, Gormon, el monstruo traidor de
nuestro mundo.
Altavoces gigantescos hendían el aire:
—¡Paso al príncipe de Ruma! ¡El príncipe de Ruma nos guía a la batalla para salvar a
nuestra madre Tierra!
Del palacio emergió un vehículo resplandeciente, en forma de lágrima, en cuyo techo
brillante y metálico se hallaba una lámina transparente que permitía que todos vieran al
gobernante, poniendo así nuevo ánimo en sus corazones. En los controles del vehículo
se hallaba el príncipe de Ruma, orgullosamente plantado, sus crueles y juveniles
facciones fijas en una rígida determinación y, a su lado, vestida con los ropajes de una
emperatriz, pude distinguir la frágil figura de la Voladora Avluela. Esta parecía hallarse
en trance.
El carruaje real se remontó, perdiéndose en la oscuridad.
Me pareció que aparecía un segundo vehículo, que seguía su ruta, y que el del
Príncipe se volvió a ver, trabándose ambos aparentemente en un combate que los
llevaba a describir círculos en el aire. Nubes de azules chispas envolvieron a ambos
vehículos que se remontaron rápidamente, perdiéndose de vista detrás de una de las
colinas de Ruma.
¿Se había extendido la batalla a todo el planeta? ¿Se hallaría en peligro Perris, y la
sagrada Jorsalén, y también las soñolientas islas de los Continentes Perdidos? ¿Las
naves espaciales habrían llegado a todas partes? No lo sabía. Podía determinar
solamente los acontecimientos que sucedían en un pequeño segmento del cielo de
Ruma, e incluso eso con poca claridad y exactitud. En momentos de claridad repentina,
vi pasar verdaderos batallones de Voladores cruzando el cielo, y luego la oscuridad se
reinstaló, como si se hubiera cubierto la ciudad con una mortaja de terciopelo. Pude
observar cómo las grandes maquinarias para la defensa lanzaban terribles explosiones
de lo alto de las torres, pero, sin embargo, las naves espaciales permanecían intactas,
ilesas, siempre inmóviles sobre nuestras cabezas. El patio en el cual me hallaba estaba
desierto pero a lo lejos podía escuchar algunas voces, llenas de temor y angustia,
hablándose con tones tímidos que parecían los gritos de los pájaros. Ocasionalmente
se oía un tremendo estampido que conmovía toda la ciudad.
En una oportunidad vi pasar a un pelotón de Sonambulistas. En la plaza situada
enfrente del palacio observé lo que me pareció un grupo de Payasos que desplegaban
una suerte de red centelleante, de aspecto militar. A la luz de una súbita claridad vi a
un trío de Memorizadores, sobre un plato antigravitatorio, tomando profusas notas de
todo lo que estaba sucediendo. Parecía, pero no podía asegurarlo, que el vehículo que
llevaba al príncipe de Ruma había vuelto, surcando velozmente los cielos con su
perseguidor a corta distancia.
—¡Avluela! —susurré, al ver desaparecer los dos puntos gemelos de luz. ¿Estaban las
naves espaciales desembarcando tropas? ¿Descendían desde esos brillantes objetos
colosales columnas de energía hasta tocar la superficie de la Tierra? ¿Por qué se
había llevado el Príncipe a Avluela? ¿Dónde estaba Gormon? ¿Qué hacían nuestros
Defensores? ¿Por qué no se habían hecho ya volar las naves espaciales enemigas?
Como arraigado en las antiguas piedras del patio, observé la batalla cósmica sin
entender nada durante toda la noche.
Amanecía. Franjas de pálida luz cruzaban el cielo de una a otra torre. Me llevé los
dedos a los ojos, dándome cuenta de que debí haberme dormido mientras me hallaba
de pie. Tal vez debería pedir la admisión en la hermandad de los Sonambulistas, pensé
sin seriedad. Pasé mis manos sobre el chal del Memorizador, que todavía se hallaba
sobre mis hombros, tratando de recordar cómo lo había conseguido, y la respuesta
apareció en mi mente.
Miré el cielo.
Las naves invasoras se habían ido. Vi solamente el cielo de la mañana, gris, con tonos
rosados que aparecían lentamente. Sentí el aguijón de la costumbre y busqué mi
carrito, comprendiendo luego que ya no debería efectuar más vigilancias y sintiéndome
más vacío de lo que ordinariamente me sucedería a esa hora.
¿Habría concluido la batalla?
¿Habría sido rechazado el enemigo?
¿Estaban las naves de los invasores, destrozadas y yacentes en carbonizadas ruinas
en las afueras de Ruma?
El silencio reinaba. No escuché ya sinfonías celestiales. Luego, destacándose sobre la
extraña paz, pude percibir un nuevo sonido, similar al de vehículos con ruedas que
pasaran por las calles de la ciudad. Y los Músicos invisibles hicieron resonar una última
nota, profunda y clara, que se dispersó bruscamente como si todas las cuerdas
hubieran sido rotas al unísono.
Los altavoces utilizados para los avisos públicos dejaron oír estas palabras:
—Ruma ha caído. Ruma ha caído.
X
La hostería Real se hallaba sin atención. Los neutros y los miembros de las
hermandades de servicio habían huido. Los Defensores, Amos y Dominadores debían
haber perecido honorablemente en la batalla. Basil el Memorizador no estaba allí, como
tampoco ninguno de sus hermanos. Fui a mi cuarto, me lavé y refresqué, comí algo,
reuní mis pocas pertenencias y dije mi adiós a los lujos, que habían sido míos por tan
corto tiempo. Lamenté haber tenido tan pocos días para visitar Ruma, pero Gormon
había sido un excelente guía, y había podido ver mucho.
Ahora ya estaba decidido a seguir adelante.
No me parecía prudente permanecer en una sociedad conquistada. La caperuza
pensante que se hallaba en mi cuarto no respondió a mis preguntas, así que no pude
determinar la gravedad de nuestra derrota, aquí o en otros lugares. Lo evidente era
que, por lo menos Ruma había pasado a manos no humanas, y por lo tanto yo deseaba
partir con rapidez. Pensé dirigirme hacia Jorsalén tal como me lo había propuesto aquel
alto Peregrino, pero luego lo pensé mejor y tomé una ruta que llevaba al oeste, hacia
Perris, la cual no sólo estaba más cerca, sino que sobre ella se asentaba el cuartel
general de los Memorizadores.
Mis ocupaciones habían sido dejadas de lado, pero en esta primera mañana de la
ocupación de la Tierra sentí una súbita necesidad de ofrecerme a los Memorizadores y
de buscar con ellos los datos pertenecientes a un pasado más glorioso.
A mediodía dejé la hostería. Primero me dirigí hacia el palacio, cuyas puertas seguían
abiertas. Los mendigos yacían alrededor, algunos drogados, otros durmiendo, la
mayoría muertos. Por la forma ruda en que habían hallado la muerte supuse que se
habían matado unos a otros en su pánico y frenesí. Un Señalador, con aire triste,
merodeaba alrededor de los tres cráneos de la maquinaria de interrogación, situada en
la capilla.
Cuando entré me dijo:
—Es inútil. Los cerebros no contestan.
—¿Qué le sucedió al príncipe de Ruma?
—Está muerto. Los invasores hicieron volar su carruaje aéreo.
—Una joven Voladora se hallaba con él. ¿Sabes algo de ella?
—Nada. Supongo que también estará muerta.
—¿Y la ciudad?
—Ha caído. Los invasores están por todas partes.
—¿Matando?
—Ni siquiera saqueando —dijo el Señalador—. Son muy gentiles. Nos tienen bajo
control.
—¿En Ruma solamente, o en toda la Tierra?
El hombre se encogió de hombros. Comenzó a moverse de adelante hacia atrás,
rítmicamente. Lo dejé y me introduje en el palacio. Para mi sorpresa, los recintos
imperiales se hallaban abiertos. Penetré en ellos, observando con sorpresa las
colgaduras, los tapices, las luces, los muebles. Fui de cuarto en cuarto y llegué
finalmente hasta el lecho real, cuyo cobertor era la carne de un colosal molusco bivalvo
de otro planeta, y cuando el caparazón se abrió a mi contacto, toqué la piel
infinitamente suave, bajo la cual había descansado el príncipe de Ruma. Luego recordé
que allí también había yacido Avluela, y si hubiera sido más joven, hubiera estallado en
lágrimas.
Dejé el palacio y lentamente crucé la plaza para comenzar mi viaje hacia Perris.
Mientras partía pude echar mi primer vistazo a nuestros conquistadores. Un vehículo
de raro diseño se arrimó al borde de la plaza y una docena de figuras emergió de él.
Podrían haber sido casi humanos. Eran altos y fuertes, de tórax amplio, tal como
Gormon, y solamente la extremada longitud de sus brazos los distinguía
instantáneamente como seres de otro planeta. Sus pieles tenían una extraña textura y
pienso que si hubiera estado más cerca, hubiera visto ojos, labios y narices que no
respondían a nuestros modelos humanos. Sin fijarse en mí cruzaron la plaza,
caminando con un paso extrañamente elástico, que me recordaba notablemente el de
Gormon, y entraron en el palacio. No adoptaban actitudes prepotentes ni beligerantes
Turistas. Una vez más la magnifica Ruma ejercía su magnetismo sobre sus visitantes.
Dejando a nuestros nuevos amos con sus diversiones, comencé a caminar hacia las
afueras de la ciudad. La frialdad de un eterno invierno se adentró en mi alma. Me
preguntaba: ¿sentía pena porque había caído Ruma? ¿O lamentaba la pérdida de
Avluela? ¿O era tal vez que ya habían dejado de realizar tres vigilancias sucesivas y,
como los adictos, comenzaba a sentir los sufrimientos de la abstinencia?
Era todo eso lo que me perturbaba, decidí, pero especialmente lo último.
No vi a nadie en las calles, a medida que caminaba. El miedo a los nuevos amos
mantenía a los ciudadanos en sus casas. De tiempo en tiempo pasaba uno de los
vehículos de los invasores, pero no fui molestado. Llegué a las puertas del lado oeste
de la ciudad, por la tarde. Se hallaban abiertas, revelándome una bella colina, en cuyas
laderas se alzaban árboles coronados de verde. Pasé por ellas y vi a corta distancia,
más allá de las murallas, la figura de un Peregrino que se alejaba lentamente.
Me extrañó lo titubeante e inseguro de su paso, puesto que ni siquiera sus pesadas
vestimentas podían ocultar la fuerza juvenil de su cuerpo. Se mantenía erguido, firmes
sus hombros y su espalda, y sin embargo caminaba con el paso vacilante de los viejos.
Cuando me acerqué a él y miré bajo su capucha entendí lo que sucedía, pues unido a
su máscara de bronce llevaba un reverberado, usado por los ciegos para eludir los
obstáculos del camino. Se dio cuenta de mi presencia y me rogó:
—Soy un Peregrino ciego. Te ruego que no me molestes.
No era, sin embargo, la voz de un Peregrino la que oía. Era una voz firme y fuerte, de
imperioso tono.
Le repliqué:
—No pienso molestarte. Soy un Vigía que ha quedado sin ocupación la noche pasada.
—Muchas ocupaciones han quedado de lado la noche pasada, Vigía.
—No la de los Peregrinos.
—Sin duda—replicó—; no la de los Peregrinos.
—¿Adónde te diriges?
—Quiero irme de Ruma.
—¿No piensas especialmente en un lugar?
—No —me contestó— Simplemente iré de un lado a otro.
—Tal vez podamos ir juntos—le sugerí. Se cree que es augurio de buena fortuna el
viajar acompañado de un Peregrino. Sin mi Voladora y mi Mutante me había quedado
ahora en soledad—. Me dirijo a Perris. ¿Quieres venir?
—Me da lo mismo ir allí que a cualquier otra parte —me replicó amargamente—. Sí.
Iremos a Perris juntos. ¿Pero qué tiene que hacer un Vigía en Perris?
—Un Vigía ya no sirve para nada. Simplemente pienso ofrecerme al servicio de los
Memorizadores.
—¡Ah!
—Habiendo sido vencida la Tierra, quiero aprender más sobre sus épocas de gloria.
—Entonces ¿han conquistado toda la Tierra, y no solamente Ruma?
—Así lo creo—le contesté.
—¡Ah!—exclamó el Peregrino—. ¡Ah!
Luego quedó silencioso y seguimos adelante. Le ofrecí mi brazo y entonces su paso
dejó de ser vacilante para recobrar el vigor de la juventud. Una y otra vez sentí que
ahogaba lo que parecía ser un suspiro o un sollozo. Cuando lo interrogué acerca de
ciertos detalles de su peregrinaje contestó en forma indirecta, o simplemente guardó
silencio. Cuando hacia ya una hora que caminábamos alejándonos de Ruma, y
atravesábamos los bosques, me dijo, súbitamente:
—Esta máscara me aprieta y me hace daño. ¿Podrías ayudarme a colocármela mejor?
Vi, con sorpresa, que se la estaba quitando. Quedé sin aliento, porque a un Peregrino
le está prohibido mostrar su cara. ¿Había olvidado que yo no era ciego?
Cuando terminó de quitársela me dijo:
—No es un espectáculo agradable.
La rejilla de bronce resbaló de su frente y pude ver que sus ojos habían sido
recientemente heridos, no por un cirujano, ciertamente, sino arrancados, como si se les
hubiera introducido el pulgar y el índice. La nariz arrogante y los tensos labios
terminaron de ofrecerme las facciones del príncipe de Ruma.
—¡Majestad!—exclamé.
Por sus mejillas corrían dos regueros de sangre seca. Noté que alrededor de las órbitas
vacías había sido colocado un ungüento. Sentía poco dolor, pues lo había colmado con
la pomada verde, pero el dolor que yo experimentaba era verdadero e intenso.
—Ya no soy Majestad de nadie—me dijo—. Ayúdame a arreglar esta máscara. Es
necesario agrandarla, pues me ajusta cruelmente las mejillas. Aquí, aquí.
Rápidamente traté de agrandar la máscara, pues no quería seguir viendo su rostro.
Se la colocó nuevamente.
Continuamos en silencio. No podía hablar de cosas triviales frente a tanta desgracia.
Sería un triste viaje hasta Perris, pero ya me había comprometido a guiarlo. Pensé en
Gormon, y en su fidelidad a su juramento. También pensé en Avluela y muchas veces
estuve a punto de preguntarle al derrocado Príncipe cuál había sido la suerte de su
consorte, la Voladora, en la terrible noche pasada. Pero no me atreví a hacerlo.
Se acercaba el crepúsculo, pero el sol todavía brillaba intensamente rojo hacia el oeste.
Súbitamente me detuve, y una exclamación brotó de mis labios al ver una sombra que
pasaba sobre nuestras cabezas.
En la altura distinguí a Avluela. Su piel se teñía con los colores del crepúsculo y sus
alas se hallaban totalmente desplegadas, luciendo radiantes todos los colores del
espectro. Se hallaba a una altura equivalente a la de cien hombres, aproximadamente,
pero seguía ascendiendo. Para ella yo no debía ser más grande que una mota entre los
árboles.
—¿Qué sucede? —preguntó el Príncipe—. ¿Qué has visto?
—Nada.
—Nada.
—¡Dime lo que has visto!
No podía negarme.
—Vi pasar a una Voladora, Majestad. Una niña muy delgada, allá en la altura.
—Entonces ya debe ser de noche.
—No—le repliqué—. El sol se halla todavía por encima del horizonte.
—¿Cómo es posible? Sus alas sirven solamente en la noche. El sol la haría
precipitarse a tierra.
Vacilé. No podía explicarme como era posible que Avluela volara durante el día, puesto
que sus alas eran para la noche. Lo que no podía decirle al príncipe de Ruma es que al
lado de ella, carente de alas, moviéndose con esfuerzo en el espacio, apoyándola,
guiándola y ayudándola a resistir la presión del viento solar, se hallaba Gormon, el
invasor.
—Bien—me preguntó—. ¿Cómo hace para volar de día?
—No sé—le contesté—. Es un misterio. Veo ahora muchas cosas que ya no
comprendo.
Una vez más reinó el silencio. Ardía en deseos de llamar a Avluela, pero era obvio que
no podía oírme, y pienso que, tal vez, tampoco hubiera querido hacerlo. Así que seguí
caminando hacia el crepúsculo, en ruta hacia Perris, guiando al príncipe ciego. Sobre
nuestras cabezas Gormon y Avluela siguieron volando, delineadas sus figuras sobre
los últimos resplandores del día, hasta que se perdieron de vista.
FIN

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