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viernes, 8 de octubre de 2010

La bestia en la cueva -- H. P. Lovecraft




La bestia en la cueva
H. P. Lovecraft

La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la caverna de Mammoth. Dirigiese adonde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los agradables valles y colinas del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como comprendí que estaba perdido.

Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir –reflexioné–, aquella caverna terrible pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de mi desgracia: me había separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre las circunstancias exactas en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchado sobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver de encontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme, para su atmósfera e impregnado su ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habían encontrado una muerte extraña y horrible. Yo había visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me había preguntado qué clase de influencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo.

Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que –apelando a toda la fuerza de mis pulmones– proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención del guía. Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz – aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba– no alcanzaría más oídos que los míos propios.

Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.

¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confuso la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Además al escuchar con atención, me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizás a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consideré que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado, determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia –al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía– perdiese el rumbo, como me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tantee a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero –a intervalos breves y frecuentes– me parecía que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoción. Me preguntaba cuál sería la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; debía tratarse, pensé, de alguna bestia desafortunada que había pagado la curiosidad que la llevó a investigar una de las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le servirían de alimento los peces ciegos, murciélagos y ratas de la caverna, así como alguno de los peces que son arrastrados a su interior cada crecida del Río Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas subterráneas. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal; recordaba la terrible apariencia que atribuía la tradición local a los tuberculosos que allí murieron tras una larga residencia en las profundidades. Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba de que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora. el decidido "pat, pat" de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Podía escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprendí que debía de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De pronto se rompió el hechizo; mi mano, que mi sentido del oído –siempre digno de confianza– casi alcanzó su objetivo: escuche como la cosa saltaba y volvía a caer a cierta distancia; allí pareció detenerse.

Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché caer la criatura, vencida por completo, y permaneció yaciente e inmóvil. Casi agobiado por el alivio que me invadió, me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo, en forma de jadeantes y pesadas inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no había hecho más que herirla. Y entonces perdí todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no me acerqué al cuerpo ni continué arrojándole piedras para completar la extinción de su vida. En lugar de esto, corrí a toda velocidad en lo que era –tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condición de frenesí– la dirección por la que había llegado hasta allí. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda: era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas mientras balbuceaba –a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí– explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con protestas de gratitud. Volví por último a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El guía había advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y –guiado por su propio sentido intuitivo de la orientación– se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá del lugar en el que había hablado conmigo por última vez; y localizó mi posición tras una búsqueda de más de tres horas.

Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a reflexionar sobre la extraña bestia a la que había herido a poca distancia de allí, en la oscuridad y sugerí que averiguásemos, con la ayuda de la antorcha, qué clase de criatura había sido mi víctima. Por consiguiente volví sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco, más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extranaturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de un mono antropoide de grandes proporciones, escapado quizás de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se debía a la calcinadora acción de una larga permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas; y era también sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la cabeza; era allí abundante y largo que caía en profusión sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado opuesto a donde estábamos, y la criatura yacía casi directamente sobre ella. La inclinación de los miembros era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba a veces a cuatro patas, y otras en sólo dos. De las puntas de sus dedos se extendían uñas largas, como de rata. Los pies no eran prensiles, hecho que atribuí a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes, parecía también la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. Parecía carecer de cola.

La respiración se había debilitado mucho, y el guía sacó su pistola con la clara intención de despachar a la criatura, cuando de súbito un sonido que ésta emitió hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada. Resulta difícil describir la naturaleza de tal sonido. No tenía el tono normal de cualquier especie conocida de simios, y me pregunté si su cualidad extranatural no sería resultado de un silencio completo y continuado por largo tiempo, roto por la sensación de llegada de luz, que la bestia no debía de haber visto desde que entró por vez primera en la caverna. El sonido, que intentaré describir como una especie de parloteo en tono profundo, continuó débilmente.

Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energía pareció conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsión del cuerpo rodó sobre sí mismo, de modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros. Quedé por un momento tan petrificado de espanto por los ojos de esta manera revelados que no me apercibí de nada más. Eran negros aquellos ojos; de una negrura profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de nívea blancura. Como los de las otras especies cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando miré con mayor atención, vi que estaban enclavados en un rostro menos prognático que el de los monos corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contemplábamos la enigmática visión que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos, tras lo cual la cosa se sumió en el descanso de la muerte.

El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento.

Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí.

El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasión y respeto; los sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita, era –o había sido alguna vez– ¡¡¡UN HOMBRE!!!
[FIN]

LA AVENTURA DEL ASESINO METALICO , kk Fred Saberhagen



LA AVENTURA DEL ASESINO METALICO
Fred Saberhagen



Tenía la forma de un hombre, y el cerebro de un demonio electrónico.
El y las máquinas como él eran las mejores imitaciones de hombres y mujeres que los berserkers, también máquinas asesinas, eran capaces de imaginar y construir. Aun así, podían ser descubiertos como obvios fraudes cuando eran inspeccionados de cerca por cualquier humano.
—¿Sólo registramos veintinueve? —preguntó lacónicamente el supervisor de Defensa. Atado a su silla de combate, observaba atentamente el espacio a través de la pantalla de información semitransparente, frente a él. La mole cercana de la Tierra estaba acorazada por el castaño oscuro de los campos de fuerza defensivos, volviendo invisibles los colores normales del terreno del agua y del aire.
—Sólo veintinueve. —La respuesta llegó al puente de la nave insignia en medio de un agudo chisporroteo de estática. La voz roturada continuó—. Y estamos bastante seguros ahora de que al principio había treinta.
—Entonces, ¿dónde está el otro?
No hubo respuesta.

Todas las fuerzas defensivas de la Tierra estaban aún en alerta total, a pesar de que el ataque había sido minúsculo, no más que un intento de infiltración, y parecía haber sido repelido por completo. Los berserkers, remanentes de una antigua guerra interestelar, eran mortales enemigos de todo lo viviente y el mayor peligro para la humanidad que el universo había exhibido hasta el momento.
Una pequeña turbulencia saltó sobre la superficie parda de la Tierra, lanzándose en un curso que la llevaría a unos pocos cientos de kilómetros del aparato del supervisor. Se trataba de la Estación de Energía Uno, un agujero negro domesticado. En tiempos de paz los miles de millones de consumidores, ávidos de energía de todo el planeta tomaban de ella la mitad de la fuerza que necesitaban. La Estación Uno era visible al ojo desnudo sólo como una leve distorsión flotante del fondo de estrellas.
Estaba llegando otro informe.
—Buscamos en el espacio al androide berserker faltante, supervisor.
—Más les vale hacerlo.
—El aparato enemigo infiltrado almacenaba contenedores para treinta androides, como lo muestra el análisis de los restos que hizo la computadora. Tenemos que asumir que todos los contenedores estaban llenos.
En el tono del supervisor se leían la vida y la muerte.
—¿Hay alguna posibilidad de que la unidad faltante se haya colado hacia la superficie?
—Negativo, Supervisor. —Hubo una pequeña pausa—. Al menos sabemos que no alcanzó la superficie en nuestra época.
—¿Nuestra época? ¿Qué quiere decir eso, charlatán? ¿Cómo podría...? Ah.
El agujero negro pasó como un rayo. No estaba realmente domesticado, aunque esa era una palabra tranquilizadora, y los humanos la aplicaban con frecuencia. Habían logrado ponerle algo así como un arnés, eso era todo.
—Supóngase —y, dada la ubicación de la escaramuza, la suposición no era arriesgada— que el androide berserker número treinta hubiera sido propulsado, por algún accidente del combate, directamente hacia la Estación Uno. Podría haber entrado con facilidad en al agujero negro. De acuerdo con las últimas teorías, cabía imaginar que podría haber sobrevivido para reemerger intacto en el universo real, proyectado fuera del agujero como su propia imagen tangible en una erupción de radiación de partículas virtuales.

La teoría indicaba que en tal caso la reemergencia debía producirse antes de la penetración. El supervisor distribuyó órdenes vigorosamente. En el acto sus computadoras en el mundo de abajo, el Conglomerado de Defensa de la Tierra, tomaron el problema, dándole la máxima prioridad. ¿Qué podía hacerle a la Tierra un androide berserker? Probablemente no mucho. Pero para el supervisor, y para los que trabajaban en él, la defensa era una tarea sagrada. El templo de la seguridad de la Tierra había sido horriblemente profanado.
A las máquinas les llevó once minutos producir las primeras respuestas.
—El número treinta entró en el agujero negro, señor. Ni nosotros ni el enemigo podríamos haber previsto ese resultado, pero...
—¿Qué probabilidades hay de que el androide emergiera intacto?
—Por el ángulo peculiar en el que entró, aproximadamente sesenta y nueve por ciento.
—¡Tan alta!
—Y hay un cuarenta y nueve por ciento de probabilidades de que alcance la superficie de la Tierra en condiciones funcionales, en algún punto de nuestro pasado. Sin embargo, las computadoras nos tranquilizan. Como el artefacto del enemigo debe haber sido programado para algún ataque sutil a nuestra sociedad actual, no es probable que pueda hacer mucho daño en el tiempo y lugar en que...
—Verdaderamente su cráneo tiene un vacío de nivel intergaláctico. Yo le voy a decir a usted y a las computadoras cuando sea posible sentir el mínimo de tranquilidad. Mientras tanto consígame más cifras.
Las siguientes palabras desde la superficie del planeta llegaron veinte minutos más tarde.
—Hay una probabilidad del noventa y dos por ciento de que el aterrizaje del androide en la Tierra, si eso ocurrió, haya sido en área de cien kilómetros a cincuenta y un grados, once minutos latitud norte, cero grados, siete minutos longitud oeste.
—¿Y la época?
—Noventa y ocho por ciento de probabilidades para el 1ro. de enero, 1880, Era Cristiana, con un error posible de diez años más o menos.
Una masa de tierra, una gran isla cubierta de nubes apareció en la pantalla del televisor.
—¿Curso de acción recomendado? Le llevó una hora y media al conglomerado DT responder a eso.
Los primeros dos voluntarios perecieron en pruebas de despegue antes de que el método pudiera ser perfeccionado lo suficiente como para ofrecer un margen razonable de supervivencia. Cuando el tercer hombre estuvo listo, fue citado justo antes del despegue, para una última reunión privada con el supervisor.

El supervisor lo miró de arriba abajo, considerando su traje exótico, su extraño peinado, y todo lo demás. No preguntó si el voluntario estaba listo, sino que comenzó abruptamente: —Ha sido confirmado recién que, ya sea que gane o pierda allá, nunca podrá regresar a su propia época.
—Sí, señor. Ya había pensado que la situación sería esa.
—Muy bien. —El supervisor consultó los datos desparramados frente a él—. Todavía no estamos seguros acerca de cómo estará armado el enemigo. Algo sutil, sin duda, apropiado para un saboteador en la Tierra de nuestros días. Además, por supuesto, de la fuerza física y rapidez sobrehumanas con que cuenta un enemigo como ése debe considerar los rayos mentales interruptores o disruptores; ambos podrían dañar a cualquier sociedad humana. Están las bombas patrón, diseñadas para anular nuestras computadoras de defensa alimentándolas con información aleatoria. Siempre hay posibilidades de armas biológicas. ¿Tiene su equipo médico camuflado? Sí, ya veo. Y por supuesto siempre está el riesgo de algo nuevo.
—Sí, señor. —El voluntario parecía tan preparado como podría estarlo cualquiera. El supervisor se le acercó, abriendo los brazos para un saludo ritual de despedida.

Pestañeó para escurrir la lluvia londinense. Sacó su reloj de pesado tic tac como si estuviera controlando la hora, y se paró en la vereda frente al teatro como si estuviera esperando a un amigo. El instrumento en su mano pulsó una vibración extra, silenciosa, además del tic tac, y esta señal especial había tomado ahora un carácter que significaba que la máquina enemiga estaba muy cerca. Probablemente en un radio de cincuenta metros.
Un afiche en el frente del teatro decía:

EL AUTOMATA JUGADOR
DE AJEDREZ MEJORADO
MARAVILLA DE LA EPOCA
BAJO NUEVA DIRECCION

—El verdadero problema, señor —proclamaba un hombre de sombrero de copa cerca de ahí, conversando con otro—, no es si se puede hacer una máquina para ganar al ajedrez, sino si es posible hacerla simplemente para jugar.
—No, ese no es el verdadero problema, señor —pensó el agente del futuro—, pero considérese afortunado por poder creerlo.
Compró un boleto y entró, tomando asiento. Cuando se había reunido un auditorio considerable, hubo una breve conferencia a cargo de un hombre bajo en traje de etiqueta, que tenía algo de ave de rapiña, y a la vez cierto aire medroso, a pesar de su volubilidad y el humor ensayado de su charla.
Finalmente apareció el propio jugador de ajedrez. Era una caja con aspecto de escritorio con una figura sentada detrás. El conjunto en su totalidad se desplazaba sobre unas ruedas por el escenario, empujado por varios asistentes. La figura era la de un hombre enorme vestido como un turco. Resultaba obvio que se trataba de un maniquí o de algún tipo de muñeco; se balanceaba ligeramente con el movimiento del escritorio rodante, al que estaba fijada la silla. Ahora el agente podía sentir la vibración excitada de su reloj sin meter siquiera la mano en el bolsillo.
El ave de rapiña dijo otro chiste, desplegó una sonrisa siniestra, y entonces eligió a uno de los varios jugadores de ajedrez del auditorio que levantaron las manos —el agente no estaba entre ellos— para desafiar al autómata. El retador subió al escenario, donde las piezas estaban siendo colocadas sobre un tablero sujeto al escritorio rodante, mientras las puertas del frente del escritorio eran abiertas para mostrar que adentro no había otra cosa que maquinaria.
El agente notó que no había velas sobre el escritorio, como las que hubiera en el del jugador de ajedrez de Maelzel unas pocas décadas atrás. El autómata de Maelzel había sido un fraude astuto, por supuesto. Se habían usado velas sobre la caja para disimular el olor a cera quemada de la vela que necesitaba el hombre ingeniosamente escondido adentro entre los falsos engranajes. En la época en que había llegado el agente todavía era muy temprano, lo sabía, para la luz eléctrica, por lo menos para la clase que hubiera sido útil para un humano escondido de ese modo. Añádase el hecho de que al oponente de este jugador de ajedrez se le permitía sentarse mucho más cerca de lo que jamás estuvo del de Maelzel, y se podría hacer una deducción bastante segura sobre que no había ningún ser humano escondido en la caja o en la figura sobre el escenario.
Por lo tanto...
El agente podía hacerle un disparo limpio en ese momento, si se paraba entre el auditorio. ¿Pero debía dispararle a la figura o a la caja? Y no podía estar seguro sobre cómo iba armado. ¿Y quién lo detendría si lo intentaba y fallaba? Estaba seguro de que el enemigo ya había aprendido lo suficiente como para sobrevivir en el Londres del siglo diecinueve. Probablemente ya había matado, para corroborar sus designios. "Bajo nueva dirección" inclusive.
No, ahora que había localizado a su enemigo debía planear concienzudamente y trabajar con paciencia. Sumido en sus pensamientos, dejó el teatro entre la multitud y empezó a caminar hacia las habitaciones que acababa de comenzar a compartir en Baker Street. Una dificultad menor en el lanzamiento hacia el agujero negro le había costado parte del equipo, incluyendo una buena cantidad de su dinero falsificado. Todavía no había tenido tiempo en la profesión que había adoptado para obtener buenos ingresos; así que por el momento pasaba por ciertas estrecheces financieras.
Debía planear. Supongamos, ahora, que abordaba al hombrecito asustado, al de traje de etiqueta. A la sazón éste ya debería haber empezado a descubrir la clase de tigre que estaba montando. El agente podría abordarlo disfrazado de...
Un súbito golpeteo comenzó en el bolsillo del reloj del agente. Era una señal bastante diferente de cualquiera generada previamente por su falso reloj. Significaba que el enemigo se las había arreglado para detectar su detector; de hecho estaba conectado y rastreándolo.
El sudor se mezcló con la llovizna en la cara del agente cuando empezó a correr. Debía haberlo descubierto en el teatro, aunque probablemente sin lograr distinguirlo entre la multitud. Esquivando coches de alquiler, carros y un ómnibus dio la vuelta por Oxford Street hacia Baker Street y disminuyó la marcha hasta transformarla en una rápida caminata para cubrir la corta distancia restante. No podía deshacerse del reloj indicador porque hubiera sido incapaz de rastrear al enemigo sin él. Pero tampoco se atrevía a llevarlo encima.
Cuando el agente irrumpió en la sala, su compañero de cuarto alzó la vista, con su habitual, casi superficial, sonrisa, e interrumpió el trabajo apacible de sacar libros de un canasto y ponerlos en los estantes.
—Perdón —comenzó el agente con una mezcla de alivio y urgencia—; surgió algo bastante importante, y hay dos diligencias que debo llevar a cabo en el acto. ¿Podría imponerle una a usted?
La breve diligencia propia del agente no lo llevó más allá de la vereda de enfrente. Ahí, en la puerta de Camden House se ocultó encogiéndose, tratando de respirar silenciosamente. No se había movido cuando, tres minutos más tarde, se aproximó desde la dirección de Oxford Street, una figura alta que, de acuerdo con las sospechas del agente, no era humana. Llevaba el sombrero calado, y la parte inferior de la cara envuelta en vendajes. Se detuvo cruzando la calle, pareció consultar su propio reloj de bolsillo y luego se dio vuelta para tocar la campanilla de la puerta de la casa. Si el agente hubiera estado absolutamente seguro de que se trataba de su presa, le hubiera disparado por la espalda. Pero sin el reloj, habría tenido que acercarse para tener una razonable certeza.
Luego de consultar con la casera, la figura fue admitida. El agente esperó dos minutos. Entonces aspiró profundamente, juntó coraje, y lo siguió.
La cosa parada junto a la ventana giró en su dirección, cuando entró a la sala, y ahora él estaba seguro de lo que era aquello. Los ojos sobre la cara vendada no eran los ojos del turco, pero tampoco eran humanos.
La faja blanca apagaba la voz ronca.
—¿Usted es el doctor?
—Ah, usted busca a mi compañero de cuarto. —El agente echó una mirada descuidada sobre el escritorio donde estaban desparramados algunos papeles que llevaban el nombre de su compañero—. No está en este momento, como puede ver, pero espero que vuelva pronto. Supongo que usted es un paciente.
La cosa dijo, con su voz falsa:
—Me lo recomendaron. Parece que el doctor y yo compartimos un cierto origen común. Por lo tanto la casera fue muy amable permitiéndome esperarlo aquí. Supongo que mi presencia no será inconveniente.
—En lo más mínimo. Por favor tome asiento, ¿señor...?
Cualquier fuera el nombre que el berserker le haya dado, el agente nunca lo supo. Abajo sonó la campanilla, suspendiendo la conversación. Oyó a la sirvienta contestar a la puerta, y un momento más tarde los rápidos pasos de su compañero de cuarto en la escalera. La máquina mortal tomó un objeto pequeño del bolsillo y se corrió un paso para tener una visión clara de la puerta.
Dándole la espalda al enemigo, como con el propósito casual de saludar al hombre que estaba por entrar, el agente sacó disimuladamente de su bolsillo una pipa de brezo bastante funcional, diseñada para cumplir también otra función. Entonces giró la cabeza y disparó la pipa hacia el berseker por debajo de su propia axila.
Para un ser humano, el enemigo era pavorosamente rápido, y para un berseker el androide era miserablemente lento y torpe, ya que había sido diseñado primordialmente para la imitación, no para la pelea. Las armas dispararon simultáneamente.
Las explosiones destrozaron y destruyeron al enemigo, ráfagas poderosas como para hacerlo pedazos, pero drásticamente limitadas en espacio, autoamortiguadas y casi silenciosas.
El agente también fue alcanzado. Tambaleando, se dio cuenta, con su último pensamiento claro, de qué arma había esgrimido el enemigo. Era el rayo mental disruptor. Entonces por un momento no pudo pensar en absoluto. Tenía una vaga conciencia de estar agachado sobre una rodilla y adivinaba a su compañero de habitación, que acababa de entrar, mirándolo aturdido, a un paso de la puerta.
Finalmente el agente pudo moverse otra vez, y guardó la pipa tembloroso. El cuerpo destrozado del enemigo ya estaba casi vaporizado. Debía haber sido construido para autodestruirse cuando fuera seriamente dañado, para que la humanidad nunca pudiera conocer sus secretos. Ya no era más que un cúmulo de neblina pesada, alejándose en lentos remolinos por la ventana apenas abierta para mezclarse con la bruma londinense.
El hombre que todavía estaba parado cerca de la puerta había estirado una mano para afirmarse contra la pared. —El joyero... no tenía su reloj —murmuró atontado.
Vencí, pensó el agente lentamente. Fue un pensamiento sin alegría porque con él llegó la lenta percepción del precio de su éxito. Tres cuartos de su intelecto, al menos, habían desaparecido, con el patrón superior de las conexiones de sus células cerebrales hundido en la disociación. No. No disociado. El rayo mental disruptor debía haber reimpuesto el patrón de sus neuronas en algún lugar más alejado de su trayectoria... ahí, detrás de esos ojos grises con su nueva mirada penetrante.
—Obviamente, lo de enviarme a buscar su reloj fue un ardid. —La voz del compañero de cuarto era súbitamente más vigorosa, más segura que antes—. También, noto que su escritorio ha sido forzado, por alguien que pensaba que era el mío. —El tono se suavizó un poco—. Vamos, hombre, no tengo nada en contra suya. Su secreto, si es honorable, estará a salvo. Pero está claro que usted no es lo que representaba ser.
El agente se levantó, tirando de su pelo color arena, tratando desesperadamente de pensar.
—¿Cómo... cómo lo sabe?
—¡Elemental! —exclamó el hombre alto.

AMBROSE BIERCE - UNA TUMBA SIN FONDO


AMBROSE BIERCE - UNA TUMBA SIN FONDO



Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para
fabricar granos de café con arcilla. Era un hombre honrado y no se hubiera
comprometido él solo en la fabricación. Por esta razón, era moderadamente rico:
las regalías de su valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar
los gastos del pleito contra los bribones culpables de la infracción. Fue así
que yo carecí de muchas de las ventajas de gozan los hijos de padres deshonestos
e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (quien
descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi educación),
habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela.
Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había
tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y
sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le
habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas
de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había
declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él
hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera
vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción. Mi
madre, en cambio, para quien la piedad y la resignación ante los designios del
Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos
conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre
fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de
esta manera:
-Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más
desagradables incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me
resulta poco agradable. Os ruego que creáis que yo no he tenido nada que ver en
su ejecución. Desde luego -añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos
abatidos por un profundo pensamiento-, desde luego es mejor que esté muerto.
Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que
ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una
explicación. Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de
sorpresa de mi madre nos resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de
mal humor me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus simples
palabras: "¡John, me sorprendes!", fueron para mí una recriminación tan severa
que al fin de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y, arrojándome a
sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!".
Así, ahora, todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que aceptar sin
preguntas el hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre
estuviese muerto, provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:
-Debo deciros, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte,
la ley exige que venga el médico forense, corte en pedazos el cuerpo y los
someta a un grupo de hombres quienes, después de inspeccionarlos, declaran a la
persona muerta. Por hacer esto el forense recibe una gran suma de dinero. Deseo
eludir tan penosa formalidad; eso es algo que nunca tuvo la aprobación de... de
los restos. John -aquí mi madre volvió hacia mí su rostro angelical-, tú eres un
joven educado y muy discreto. Ahora tienes la oportunidad de demostrar tu
gratitud por todos los sacrificios que nos impuso su educación. John, ve y mata
al forense.
Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la
oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural
disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé
con lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al
médico.
De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy
incómoda: me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis compañeros
de celda, dos clérigos, a quienes la práctica teológica había dado abundantes
ideas impías y un dominio absolutamente único del lenguaje blasfemo. Pero ya
avanzada la mañana, el carcelero que dormía en el cuarto contiguo y a quien
tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y con un feroz juramento
advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia más, su sagrada
profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia moderaron su
objetable perversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude dormir pacífico
y refrescante sueño de la juventud y de la inocencia.
A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de
sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y
añadí que el hombre al que yo había asesinado era un notorio Demócrata. (Mi
bondadosa madre era Republicana y desde mi temprana infancia fui cuidadosamente
instruido por ella en los principios de gobierno honesto y en la necesidad de
suprimir la oposición sediciosa.) El juez, elegido mediante una urna Republicana
de doble fondo, estaba visiblemente impresionado por la fuerza lógica de mi
alegato y me ofreció un cigarrillo.
-Con el permiso de Su Excelencia -comenzó el Fiscal-, no considero necesario
exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la Nación se sienta usted
aquí como juez de Sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como
argumentos implicarían la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de cumplir
con su deber jurado. Ese es todo mi caso.
Mi abogado, un hermano del Médico Forense fallecido, se levantó y dijo:
-Con la venia de la Corte... mi docto amigo ha dejado también y con tanta
elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta
preguntar hasta dónde se la ha acatado. En verdad, su Excelencia es un
magistrado penal, y como tal es su deber sentenciar -¿qué?- este es un asunto
que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propio arbitrio, y sabiamente ya
ha descargado usted cada una de las obligaciones que la ley impone. Desde que
conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha
sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio,
asesinato... cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y
los depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con su
deber de magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este joven
meritorio, mi cliente, propongo que sea absuelto.
Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con
voz temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después,
volviéndose hacia mi consejero, dijo fría pero significativamente:
-Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan escrupulosamente
contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano -con quien había tenido
una pelea por unas tierras- desapareció, y se desconoce su suerte hasta el día
de hoy.
Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a
medianoche en los fondos de su último domicilio, con sus últimas botas puestas y
el contenido de su fallecido estómago sin analizar.
-Él se oponía a cualquier ostentación -dijo mi querida madre mientras terminaba
de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la
tierra removida-, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.
El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para creer
que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su casa desde
hacía varios días; pero el Cuervo del juez - como siempre despreciativamente la
llamó después- decidió que la iba de muerte no era suficiente y puso el
patrimonio en manos de un Administrador Público, que era su yerno. Se descubrió
que el pasivo daba igual que el activo; sólo había quedado la patente de
invención del dispositivo para forzar cajas de seguridad por presión hidráulica
y en silencio, y ésta había pasado a la propiedad legítima del Juez
Testamentario y del Administrador Público, como mi querida madre prefería
decirlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia fue
reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar.
Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación,
etc., nos guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una
selecta escuela privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las
alfombras de piel de leopardo; el mayor de mis hermanos, George Heriry, a quien
le gustaba la música, se convirtió en el corneta de un asilo para sordomudos de
los alrededores; mi hermana Mary María, aceptaba pedidos de Esencias de
Picaportes para condimentar fuentes minerales del Profesor Pumpernickel, y yo me
establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. Los demás, demasiado
jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de pequeños artículos expuestos
en la vidriera de las tiendas, tal como habían sido enseñados.
En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y enterrábamos
los cuerpos en un sótano.
En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la
rapidez con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que los
espíritus de las personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín. Al
menos era cierto que con frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos de
carnes adobadas, mercaderías envasadas y restos de comida ensuciando el lugar, a
pesar de que había sido cerrado con llave y atrancado, previendo toda
intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y almacenarlas en cualquier
otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y hospitalaria, dijo
que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser descubiertos; si los
fantasmas les era negada esta insignificante gratificación, podrían iniciar una
investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la división del trabajo,
desviando las energías de toda la familia hacia la simple industria a la cual yo
me dedicaba: todos tendríamos que decorar las vigas de las horcas. Aceptamos su
decisión con filial sumisión, que se debía a nuestro respeto por su sabiduría y
la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -ninguno se atrevía a entrar
solo- ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los
solemnes oficios del entierro cristiano, mi madre y los niños pequeños
sosteniendo cada uno una vela, mientras que George Henry y yo trabajábamos con
la pala y el pico, mi hermana Mary María profirió un chillido y se cubrió los
ojos con las manos. Estábamos todos sobrecogidos de espanto y las exequias del
alcalde fueron suspendidas de inmediato, mientras que, pálidos y con la voz
temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había alarmado. Los niños más
pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa firmeza, y las
ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con
movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La
cara del hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora
extinguiéndose a través de alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez
una nueva y más imponente expresión, una amenaza aún más maligna. Más asustadas
que nosotros por el grito de la niña, las ratas echaron a correr en multitudes
por el lugar, lanzando penetrantes chillidos, o con sus ojos fijos estrellando
la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos de luz verde haciendo
juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que llenaba la tumba a
medio cavar y que parecía la visible manifestación de un leve olor a moribundo
que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y se pegaban a las
piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, mientras que nosotros estábamos
a punto de ser abandonados en la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra
que fluía despaciosamente por encima de la tierra revuelta e inundaba los bordes
de la tumba como una fuente.
Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación,
se había quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el
interior de un oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.
-¡Allí está! -Allí está! -chilló, señalando- ¡Dios del cielo! ¿No podéis verlo?
Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas;
una figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer,
agarrándose a los barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante,
tambaleándose y, por un momento, apareció a la luz de lo que quedaba de nuestras
velas; luego se irguió pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese momento
todos habíamos reconocido la figura, la cara y el porte de nuestro padre.
¡Muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos! ¡Nuestro padre,
sin duda, resucitado y horriblemente borracho!
En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar;
en la aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco
apretujarse por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y
trepando uno sobre la espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés
pisoteados por sus robustos hermanos y arrojados de vuelta a la muerte por un
brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi
hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo, para morir de sus
heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una hora,
nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que
teníamos, y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la
luz de las llamas, hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el
seguro, y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una
tierra lejana, que ése había sido el único pecado de omisión que quedaba sobre
su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo tales
circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido.
Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi
infancia, yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con
la intención de recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el
sótano. Debo decir que no tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos humanos
en las ruinas obligó a las autoridades a excavar por más. Encontraron el tesoro
y lo guardaron. La casa no fue reconstruida; todo el vecindario era una
desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos extraterrenos habían sido
denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien
preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la contemplación,
una vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros ojos
nos habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él
siempre había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto ni
había oído nada acerca de él desde su muerte, tenía razones como para pensar que
debió haber sido enterrado con el anillo puesto. Procurándome una pala,
rápidamente localicé la tumba en lo que había sido el fondo de mi casa, y
comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de cuatro pies de profundidad, la
tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe, cayendo por el largo agujero
de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro alguno de él.
Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité
con cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida
mampostería que lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto
sótano.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado
esa descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera podido
arrojar algo de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente, enterrado
vivo. La tumba se había excavado accidentalmente sobre el olvidado desagüe hasta
el recodo del caño, y como no utilizamos ataúd, sus esfuerzos por sobrevivir
habían roto la podrida mampostería, cayendo a través de ella y escapando
finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no era bienvenido en su
propia casa, pero no teniendo otra, había vivido en reclusión subterránea como
testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra providencia. Él era
quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro vino; no era mejor que
un ladrón. En un momento de intoxicación y sintiendo, sin duda, necesidad de
compañía, que es el único vínculo afín entre un borracho y su raza, abandonó el
lugar de su escondite en un momento extrañamente inoportuno, acarreando
deplorables consecuencias a aquellos más cercanos y queridos. Un desatino que
tuvo casi la dignidad de un crimen.

jueves, 7 de octubre de 2010

La Ciudad -- Ray Bradbury



La Ciudad
Ray Bradbury

La ciudad esperaba desde hacía veinte mil años.
La ciudad esperaba con sus vidrios y negras paredes de obsidiana; y sus altas torres y sus desnudas torrecillas, con sus calles desiertas sin papeles ni huellas digitales. Esperaba... y el planeta daba vueltas en el espacio alrededor de un sol blanco y azul, y las estaciones pasaban del hielo al fuego, y otra vez al hielo, y los campos verdes se convertían en prados amarillos.
Y en la mitad del año veinte mil, la ciudad dejó de esperar.
Una nave apareció en el cielo.
La nave pasó rugiendo sobre la ciudad y fue a posarse a treinta metros de las paredes oscuras.
Unas botas aplastaron las hierbas delgadas y unos hombres hablaron:
¾¿Listos?
¾Muy bien. En marcha hacia la ciudad. Jensen, usted y la patrulla de Hutchinson vayan adelante. Y tengan cuidado.
En las negras paredes se abrieron narices ocultas, y una tromba de aire, uniformemente aspirada, entró en lo más profundo del cuerpo de la ciudad, por los canales, los filtros y los recolectores de polvo, hasta unas delgadas y sensibles membranas y bobinas, plateadas y brillantes. Una y otra vez se repitieron las inmensas succiones; una y otra vez unos cálidos vientos llevaron los olores del prado a la ciudad.
El olor del fuego, el olor de un meteoro, el olor de un metal caliente. Una nave ha llegado de otro mundo. El olor del cobre y los azufres de la nave.
La información pasó por unas ranuras a otros aparatos.
Una máquina de calcular funcionó: siete, ocho, nueve. ¡Nueve hombres! Una máquina de escribir imprimió el mensaje, que desapareció rápidamente entre dos rodillos.
La ciudad esperó las blandas pisadas de las botas de goma.
Las narices de la ciudad volvieron a abrirse.
Sobre la ciudad, desde los hombres acechantes, el aura que flotaba hacia la enorme Nariz se descompuso en recuerdos de leche, queso, crema, mantequilla.
¾Jones, tenga su arma preparada.
¾La ciudad está muerta, ¿para qué preocuparse?
¾No se puede saber.
Ahora, ante la charla, la Oreja despertó. Después de haber escuchado durante siglos unos débiles vientos, después de haber oído como brotaban las hojas de los árboles y cómo crecía suavemente la hierba, la Oreja estiró un enorme parche de tambor, donde los corazones invasores batirían y golpearían delicadamente. La Oreja escuchó y la Nariz aspiró varios metros cúbicos de olores. Los hombres sudaron. Se les mojaron las manos que sostenían las armas, y unas islas de humedad nacieron en las axilas.
La Nariz se movió y estudió el aire, como un catador que probase un viejo vino.
La información descendió girando en unas cintas paralelas. Sudor: cloruros, sulfatos; ácidos, nitratos amoniacales, creatinina, azúcar, ácido láctico. Sonaron las campanas. Aparecieron los totales. La Nariz expelió el aire analizado. La Oreja escuchó de nuevo:
¾Creo que deberíamos volver a la nave, señor.
¾Soy yo quién da las órdenes, señor Smith.
¾Sí, capitán.
¾¡Eh! ¡La patrulla! ¿Ven ustedes algo?
¾Nada, señor. ¡Parece que estuviese muerta desde hace siglos!
¾¿Ha oído, Smith? No hay nada que temer.
¾No me gusta. No sé por qué. Esta ciudad es demasiado familiar.
¾Tonterías. Este sistema planetario está a billones de kilómetros.
¾Sin embargo, yo lo siento así, señor. Creo que deberíamos irnos.
El ruido de los pasos cesó de pronto. Sólo se oía la respiración de los intrusos en el aire tranquilo.
La Oreja oyó y funcionó rápidamente. Momentos después, respondiendo a las solicitaciones de la Oreja y la Nariz, unas frescas nubes de vapor salieron por las aberturas de los muros y llegaron hasta los invasores.
¾¿Huele eso, Smith? Hierba verde. ¿Conoce algo mejor? Por Dios, me quedaría aquí sólo para respirar ese aroma.
La clorofila invisible voló entre los hombres inmóviles.
Los pasos resonaron otra vez.
¾No hay nada malo en eso, ¿eh, Smith? ¡Adelante!
La Oreja y la Nariz descansaron aliviadas durante una billonésima fracción de segundo. La contramaniobra había tenido éxito.

Ahora, los nublados Ojos de la ciudad se despojaron de sus nieblas y sus brumas.
¾¡Capitán! ¡Las ventanas!
¾¿Qué?
¾Las ventanas de ese edificio. ¡Ése! ¡Se movieron!
¾No vi nada.
¾Sí. Cambiaron de color. Antes eran oscuras. Ahora son claras.
¾A mí me parecen unas ventanas comunes.
Los objetos borrosos adquirieron una forma precisa. En las entrañas mecánicas de la ciudad, unos ejes aceitados se adelantaron, unas ruedas volantes se zambulleron en unos pozos de aceite verde. Los marcos de las ventanas se ajustaron. Los vidrios resplandecieron.
Abajo, por la calle, pasaban dos hombres, seguidos a cierta distancia por los otros siete miembros de la patrulla. Caminaban tiesamente con sus extremidades posteriores y esgrimían unas armas metálicas. Calzaban botas. Eran del sexo masculino. Tenían ojos, bocas, narices y orejas.
Las ventanas se estremecieron, se aclararon, se dilataron.
¾¡Fíjese, capitán, las ventanas!
¾Siga adelante.
¾Yo me vuelvo a la nave, señor.
¾¡Smith!
¾¡No quiero caer en una trampa!
¾¿Tiene miedo de una ciudad desierta?
La calle estaba empedrada con piedras de ocho centímetros de ancho por dieciséis de largo. Con un movimiento imperceptible, la calle cedió. Estaba pesando a los invasores.
En la máquina instalada en un sótano, una aguja señaló en una escala y el registro del peso de los hombres descendió por unos carreteles.
Ahora la ciudad estaba totalmente despierta.
Los ventiladores aspiraban y expiraban el aire, el olor a tabaco, el perfume jabonoso de las manos. Hasta los globos oculares tenían un leve olor. La ciudad registró esos olores, obteniendo un total que se unió a los otros totales. Las ventanas brillaron.
La Oreja se endureció y estiró más y más su piel de tambor. Todos los sentidos de la ciudad hormigueaban ahora; contaban las respiraciones y los sordos latidos de corazones ocultos, escuchaban, observaban, gustaban.
Pues las calles eran como lenguas y, allí donde pisaron los hombres, el gusto de las botas fue absorbido por los poros de las piedras. Ese total químico, tan sutilmente recogido, se añadió a las sumas que crecían y esperaban el cálculo final.
Pasos. Alguien que corre.
¾¡Vuelva acá, Smith!
¾¡No, váyanse al diablo!
¾¡Deténganlo!
La ciudad, después de haber escuchado, observado, gustado, sentido, pesado y comparado, tenía que realizar un último examen.
En medio de la calle se abrió una trampa. El capitán, lejos de los otros, que corrían detrás de Smith, desapareció.
Colgado de los pies, el capitán murió en seguida. Una navaja le abrió la garganta, otra el pecho. Le vaciaron las entrañas con rapidez y las expusieron sobre una mesa, bajo la calle, en un cuarto secreto. Unos grandes microscopios examinaron atentamente las rojas fibras de los músculos. Unos dedos sin cuerpo tocaron el corazón palpitante. Unas pinzas sujetaron a la mesa los jirones de la piel, mientras que unas manos veloces movían las distintas partes del cuerpo. Allá arriba, en la calle, los hombres corrían. Abajo, la sangre llenaba unas cápsulas y, agitada y batida, cubría las delgadas platinas de los microscopios. Se sacaban cuentas, se registraban las temperaturas, se cortaba el corazón, se abrían los riñones y el hígado. Del cráneo trepanado salía el cerebro; los nervios se estiraban, se probaba la elasticidad de los músculos. Y en el subterráneo eléctrico, la Mente, al fin, sacaba el total definitivo y toda la maquinaria hacía un alto.
El total.
Estos SON hombres. Estos SON hombres de un mundo lejano, de un CIERTO planeta. Tienen ciertos ojos, ciertas narices, y caminan erguidos de cierto modo, y llevan armas, y piensan, y luchan, y tienen esos corazones y esos órganos que fueron registrados hace ya mucho tiempo.
Arriba, los hombres corrían, alejándose hacia la nave.
Estos son nuestros enemigos. Estos son los que esperamos desde hace tanto tiempo. Estos son los hombres de un planeta llamado Tierra, que hace veinte mil años declaró la guerra a Taollan, que nos esclavizó y nos arruinó y nos destruyó con una peste mortífera. Luego se fueron a vivir a otra galaxia, escapando a esa muerte que habían diseminado entre nosotros. Olvidaron aquella guerra, aquellos días. Pero nosotros no olvidamos. Nuestra espera ha terminado.
¾¡Smith! ¡Vuelve!
Sobre la mesa roja, en el cuerpo abierto y vacío del capitán, otras manos comenzaron a agitarse. Colocaron en el interior unos órganos de cobre, plata, aluminio, goma y seda; unas arañas mecánicas tejieron bajo la piel una tela de oro; se añadió un corazón; en la caja craneana pusieron un cerebro de platino que zumbaba y emitía unas chispas azules; unos finos alambres unieron el cerebro con brazos y piernas. En sólo un instante otras manos cosieron el cuerpo y borraron las incisiones y las cicatrices de la nuca, la garganta y el cráneo.
El capitán se sentó y flexionó los brazos.
¾¡No corras, Smith!
El capitán reapareció en la calle, alzó el revólver e hizo fuego.
Smith cayó con una bala en el corazón.
¾¡Ese imbécil! ¡Tenerle miedo a una ciudad!
Los hombres miraron el cuerpo de Smith tendido a sus pies.
Luego miraron al capitán con ojos que se abrían y se cerraban.
¾Escúchenme ¾dijo el capitán¾. Tengo que decirles algo muy importante.
Ahora la ciudad se preparó para mostrar el último de sus poderes, el poder del lenguaje. Habló con la voz tranquila de un ser humano.
¾Ya no soy vuestro capitán. Ya no soy un hombre.
Los hombres retrocedieron.
¾Soy la ciudad ¾dijo la voz. En el rostro apareció una sonrisa¾. He esperado doscientos siglos. He esperado a que los hijos de los hijos de los hijos volvieran aquí.
¾¡Capitán, señor!
¾Permítanme un momento. ¿Quién me ha creado? La ciudad. Unos hombres que murieron; la vieja raza que una vez vivió aquí. La gente que los terrestres dejaron morir de un mal espantoso. Y los seres de esa vieja raza, soñando con la vuelta de los hombres, construyeron esta ciudad cuyo nombre es Venganza. En veinte mil años sólo dos naves descendieron aquí. Una venía de una remota galaxia llamada Ennt. La ciudad pesó y examinó a los ocupantes de aquella nave y los dejó ir, sin un solo rasguño. Hizo lo mismo con los tripulantes de la segunda nave. ¡Pero hoy! ¡Al fin habéis llegado! La venganza será total. Aquellos hombres murieron hace doscientos siglos, pero dejaron una ciudad para daros la bienvenida.
¾Capitán, señor, usted no se siente bien. Será mejor que vuelva a la nave, señor.
La ciudad se estremeció.
Las piedras de la calle se apartaron y los hombres cayeron gritando. Y vieron, mientras caían, unas brillantes navajas que se apresuraban a recibirlos.
Pasaron algunos minutos. Luego el llamado.
¾¿Smith?
¾¡Presente!
¾¡Jensen!
¾¡Presente!
¾¿Jones, Hutchinson, Springer?
¾¡Presente, presente, presente!
¾Volvemos en seguida a la Tierra.
¾¡Sí, señor!
Las incisiones de los cuellos eran invisibles; lo mismo los ocultos corazones de cobre, los órganos de plata y los alambres de los nervios dorados y finos. Las cabezas emitían un leve zumbido eléctrico.
Nueve hombres introdujeron en la nave las bombas de gérmenes patógenos.
¾Arrojaremos estas bombas sobre la Tierra.
¾¡Muy bien, señor!
La portezuela de la nave se cerró de golpe. La nave saltó hacia el cielo.
La ciudad descansaba. Los ojos de vidrio se apagaron. La Oreja se cerró; los grandes ventiladores de la Nariz dejaron de girar; las balanzas de las calles se detuvieron, y la maquinaria oculta volvió a hundirse en su baño de aceite.
Lentamente, apaciblemente, la ciudad disfrutó del placer de morir.

F I N

JOSEPH PAYNE BRENNAN - EL SÉPTIMO CONJURO



JOSEPH PAYNE BRENNAN - EL SÉPTIMO CONJURO




«Siete negros conjuros hay: tres para los encantamientos o ensalmos ordinarios,
y el mismo número para la impía aniquilación de todo enemigo. Pero del séptimo
prevengo al curioso en todas estas consideraciones: no se recitará el séptimo
conjuro a menos que se desee la aparición del más espantoso de los Demonios.
Aunque dicen que ese Demonio no aparece a menos que las palabras sean recitadas
junto al Altar Sangriento de los Antiguos, no está de más precaverse. Pues
sabido es que el mago sarraceno Mal Lazal recitó por capricho las palabras
calamitosas y vino el Demonio y, no encontrando una ofrenda sangrienta, descargó
su ira sobre el brujo y lo destrozó atrozmente. La sangre viva de un niño o de
una doncella casta es la mejor, pero dicen que basta con una bestia: un buen
buey o una oveja. Pero cuidaos de que la bestia no esté muerta cuando derraméis
la sangre, pues entonces la furia del Demonio será terrible. Si la ofrenda es
buena, el Demonio concederá un Poder Impío, de modo que el esclavo se hará rico
y destacará sobre todos sus vecinos.»
Por tercera vez, y con creciente emoción, Emmet Telquist leyó las desvaídas
palabras. Estaban contenidas en un libro manuscrito, desvencijado, curioso y
probablemente único, que había descubierto por pura casualidad unos días antes
mientras curioseaba entre los polvorientos cajones de embalaje que guardaban la
biblioteca de su difunto tío.
El titulo del libro era simplemente Magia verdadera y el autor usaba la firma
«Theophilis Wenn». Era muy posible que el nombre fuese un seudónimo; desde
luego, a juzgar por el contenido, el temerario autor debió tener razones para
mantener secreta su identidad verdadera.
El libro era una auténtica enciclopedia de ciencia demoniaca. En todo lo que
decía se manifestaba una erudición genuina que abarcaba una enorme variedad de
temas esotéricos y prohibidos. Había discusiones detalladas sobre encantamientos
y posesiones; párrafos sobre el vampirismo y las leyendas necrófagas; páginas
dedicadas a la demonología, al culto de las brujas, a los ídolos subterráneos;
notas sobre los ritos del holocausto, deshonras innombrables y terroríficos
sacrificios de luna llena a los poderes de la prístina oscuridad.
Evidentemente, el escritor había sido un nigromante notable. El estilo era en
general arbitrario y confiado, con muestras de egoísmo y no poca arrogancia. No
había la más mínima nota de humor. Theophilis Wenn –o quien fuese el que
escondía su verdadera identidad bajo ese nombre– escribió con absoluta seriedad.
De eso no cabía duda.
Para Emmet Telquist, el personaje menos querido del pueblo, el amargo y
misantrópico hijo de un padre infame y una madre que murió loca, el libro era
como un tesoro inesperado, un almacén secreto de conocimientos y poder que le
permitirían competir con sus más afortunados vecinos.
Siempre había sido un marginado, no encajaba en la comunidad, era el blanco de
críticas y maliciosos cotilleos. Siempre se había sentido más o menos aliado a
las leyes y a los agentes de lo no humano.
Su tío, el único pariente del que tenía algún recuerdo, había sido un viejo
agrio, de corazón negro y obsesivo, que lo toleraba sólo porque le hacía los
trabajos de la casa. Nunca dudó de que su tío lo habría repudiado sin
contemplaciones de no haberle sido útil como sirviente. Los lazos de sangre no
hubieran significado nada para el viejo.
De hecho, de no haber sido por su repentina y algo misteriosa muerte, el canalla
probablemente se las hubiera arreglado para que el sobrino sólo heredase negras
memorias. Pero como no se había hallado ningún testamento, Emmet Telquist había
tomado posesión de la laberíntica granja de su tío y los escasos enseres que
contenía.
Pero mientras examinaba con ansia la caligrafía curiosa y desvaída del
nigromante Theophilis Wenn, Telquist comenzó a creer que el manuscrito era con
mucho el artículo más valioso que le había dejado, involuntariamente, su maligno
pariente.
Además, una serie de cuestiones que en el pasado le habían intrigado se
volvieron menos desconcertantes. A menudo había deseado saber qué había detrás
del extraño comportamiento de su tío: las largas ausencias, especialmente de
noche, los murmullos que provenían con frecuencia de su habitación, la
inexplicable fuente de sus ingresos.
Con una creciente sensación de incertidumbre y expectación, abrió la página en
la que estaba apuntado el séptimo conjuro. Estaba escrito en una extraña tinta
azul-grisácea que parecía ligeramente fosforescente. No se atrevió a leer las
palabras; sólo las miró por encima, determinando que eran lo que parecía
meramente una mescolanza de sonidos vocales sin sentido, entre los que a menudo
aparecía el nombre «Nyogtha».
Sonriendo maliciosamente para sí, volvió las páginas y releyó el párrafo que
servía de introducción y explicación de los conjuros. ¡Bien sabía en qué pensaba
Theophilis Wenn cuando se refería al «Altar Sangriento de los Antiguos»! Él,
Emmet Telquist, había visto un altar así.
Aunque eso había sido muchos años antes, cuando el pantano no era tan
intransitable como ahora, no dudaba que podría localizar el crómlech de los
abominables sacrificios. ¡Con qué nitidez recordaba cómo había seguido
penosamente el desdibujado sendero alzado que serpeaba por el pantano! De
repente un montículo, inesperado, oscuro incluso a la luz del sol de mediodía;
el círculo de enormes monolitos; el túmulo en el centro, coronado por una losa
grande y gruesa, manchada de un rojo herrumbroso, ¡una indecible mancha infernal
que ni siquiera siglos de lluvia y viento habían podido borrar!
Nunca había hablado de su descubrimiento con nadie. El pantano era un lugar
prohibido, supuestamente por rumores de arenas movedizas y serpientes venenosas.
Pero en más de una ocasión había visto a los viejos del pueblo santiguarse
cuando se mencionaba esa zona. Y decían que hasta los perros de caza abandonaban
la persecución de los animales que se escapaban en sus espesuras.
Anticipándose al poder que finalmente sería suyo, Emmet Telquist comenzó a hacer
planes. No cometería el error del mago sarraceno, Mal Lazal. Aunque no se
atrevía a tomar las medidas necesarias para conseguir un sacrificio humano, «un
niño o una doncella casta», sería bastante fácil obtener una oveja. De noche
podría robarla de uno de los varios rebaños del pueblo. Conocía todos los
bosques y caminos, y se pondría a salvo con su presa mucho antes de que la
pérdida fuese descubierta.
La noche antes de la luna llena, entró en un campo cercano en el que pastaban
ovejas y se hizo con una bien gorda; la empujó y la arrastró por encima de un
muro de piedra y luego la llevó a casa por caminos en desuso, siguiendo un
itinerario indirecto.
Al día siguiente hizo una visita furtiva a los alrededores del pantano
prohibido, y exploró la maloliente maleza hasta que dio con el principio del
borroso sendero por el que había pasado años antes. Aunque estaba parcialmente
obstruido por apretados juncos, enredaderas y lozanas hierbas de pantano, había
señales de que los ciervos lo utilizaban de vez en cuando. Probablemente haría
falta paciencia para abrirse camino, pero por lo menos el sendero no debía de
ser impenetrable.
Tomó buena nota de donde estaba, volvió a casa y completó las preparaciones para
la noche.
Poco antes de las once entró sigilosamente en el cobertizo en el que había atado
la oveja y la sacó a la luz de la luna.
El campo estaba bañado de una luz argentina y embrujadora. No tuvo problemas
para llegar al pantano y tras buscar un poco encontró el estrecho sendero.
Pero cuando quiso meterse en la maleza, que le llegaba por el hombro, sintió un
tirón en la cuerda que sujetaba a la oveja. De repente el animal se resistía con
ojos locos de miedo.
Maldijo a la bestia, se volvió y le propinó unas patadas brutales. Inexorable en
su decisión, apretó la cuerda hasta que arrancó la lana y la piel de la oveja.
Avanzó con gran dificultad. Tuvo que arrastrar y empujar a la oveja numerosas
veces. Y según penetraban hacia el corazón del pantano, la altura y el espesor
crecientes de la exuberante maleza hacían más difícil el paso.
La luz de la luna se filtraba misteriosamente entre los árboles y, en las
sombras circundantes, las traicioneras charcas tenían un brillo negro y
plateado. En ocasiones, ocultos observadores lo miraban desde las profundidades
y, bastante a menudo, sapos enormes saltaban al sendero y le contemplaban con
sus ambarinos ojos. Parecían no tener miedo alguno, casi como si se consideraran
propietarios del pantano y le juzgasen incapaz de causarles daño. Emmet empezó a
imaginar que tenían una cualidad vagamente maligna. Nunca los había visto tan
grandes, ni tan numerosos. Pero eso era probablemente porque nadie los molestaba
en el pantano y así se criaban y se desarrollaban sin los obstáculos
artificiales que inevitablemente prevaleceúan en una zona menos apartada.
Según avanzaba hacia el corazón del pantano, el silencio se volvía más intenso y
opresivo. Los sonidos normales de la noche cesaron del todo y solamente sus
jadeos rompían el silencio. La oveja se obstinaba más que nunca; necesitó todas
sus fuerzas para arrastrarla. Parecía adivinar el destino que la esperaba.
De repente, tan de repente que casi soltó un grito de asombro, la maleza acabó y
se encontró al pie del impío montículo.
Era justo como lo recordaba: enormes menhires formando un tosco círculo
alrededor de un túmulo central sobre el cual había una losa grande y gruesa de
un color oscuro que no era el de los monolitos circundantes. Parecía caer una
sombra sobre el conjunto, pero cuando alzó la mirada vio que la luna llena
estaba directamente encima.
Sacudiéndose la sensación de terror que le envolvía, comenzó a subir la cuesta
cubierta de liquen. Pero ahora la oveja hincó las patas delanteras y tuvo que
arrastrarla centímetro a centímetro hacia el círculo de mégalitos. Sin embargo,
aceptó el esfuerzo con alivio, pues le distraía del temor sin nombre que le
producía el crómlech.
Estaba casi exhausto cuando acabó de arrastrar a la oveja hasta el círculo de
rocas, pero no se atrevía a descansar, pues sabía que la demora significaría su
perdición. Ya sentía un deseo loco de dejar la oveja y volver corriendo por el
pantano plagado de sapos al familiar mundo exterior.
Rápidamente quitó la cuerda del cuello de la oveja, le ató las patas y con un
tremendo esfuerzo la levantó hasta la losa de sacrificio cubierta de óxido.
Repeliendo un impulso de escapar casi incontrolable, desenvainó el cuchillo de
caza que había traído y sacó del bolsillo el curioso libro manuscrito, Magia
verdadera por Theophilis Wenn.
No tuvo problemas para encontrar el extrañamente siniestro séptimo conjuro,
pues, a la luz de la brillante luna, la inusual tinta azul-grisácea en la que
estaban escritas las letras parecía verdaderamente luminosa.
Con el libro en una mano y el cuchillo preparado en la otra, comenzó a repetir
la mescolanza de sonidos ininteligibles.
Al leer las silabas, éstas parecían ejercer un influjo sobrenatural, de modo que
su voz se alzó en un aullido salvaje, un alarido agudo, inhumano, que penetró en
las partes más profundas del pantano. A intervalos, su voz produjo sordos
sonidos guturales o silbidos de serpiente.
Y entonces, al pronunciar por última vez la muy repetida palabra «Nyogtha»,
llegó a sus oídos, como desde una distancia inmensa, un sonido corno el avance
de un viento potente, aunque no se movió ni una hoja de los árboles cercanos.
De repente el libro se volvió oscuro en su mano y vio que había caído una sombra
sobre la página.
Alzó los ojos y la locura aturdió su cerebro.
Encaramada en el borde de la losa había una forma que vivía en la pesadilla, una
cosa escamosa, con garras, como una gárgola monstruosa o un sapo deforme, que le
miraba con penetrantes ojos rojos.
Emmet quedó helado de terror; una furia repentina llameó en los ojos de la cosa.
Extendió el cuello y emitió un silbido de ira por su pico moteado.
Emmet Telquist entró en acción. Sabía lo que quería esa cosa: sangre viva.
Alzó el cuchillo, avanzó, y estaba a punto de clavarlo en la oveja cuando lo
sobrecogió un nuevo terror.
La oveja ya estaba muerta. La presencia atroz que se agazapaba a su lado ya la
había reclamado. Había muerto de miedo. Sus ojos estaban vidriosos y no había
ninguna señal de que respirase todavía.
Recordando la advertencia de Theophilis Wenn, «cuidaos de que la bestia no esté
muerta», Emmet Telquist se quedó quieto como una estatua de piedra, con el
cuchillo aún alzado en la mano.
Entonces lo dejó caer y corrió.
Lanzándose entre dos menhires, bajó el montículo corriendo hacia el sendero del
pantano.
Levantando el cuello escamoso, la presencia sobre la losa le siguió con la
mirada y finalmente, silbando con furia, saltó de la piedra y se lanzó a la
caza.
Sonó un alarido terrible y poco después la cosa volvió a subir a la losa,
sujetando en su pico sangriento una forma que colgaba sin vida, un sacrificio
digno. 

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