BLOOD

william hill

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sábado, 6 de febrero de 2010

SAGA VAMPIROS TWILIGHT 01 (CREPUSCULO)

CREPÚSCULO

Para mi hermana mayor Emily,

sin cuyo entusiasmo esta historia

aún seguiría inconclusa.

El revela honduras y secretos,

conoce lo que ocultan las tinieblas,

y la luz mora junto a Él.

Daniel 2:22

PREFACIO

Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir, aunque

me habían sobrado los motivos en los últimos meses, pero no

hubiera imaginado algo parecido a esta situación incluso de

haberlo intentado.

Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos

oscuros del cazador al otro lado de la gran habitación. Éste me

devolvió la mirada complacido.

Seguramente, morir en lugar de otra persona, alguien a quien se

ama, era una buena forma de acabar. Incluso noble. Eso debería

contar algo.

Sabía que no afrontaría la muerte ahora de no haber ido a Forks,

pero, aterrada como estaba, no me arrepentía de esta decisión.

Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces

cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su

conclusión.

El cazador sonrió de forma amistosa cuando avanzó con aire

despreocupado para matarme.

PRIMER ENCUENTRO

Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche

bajadas. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados y

el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi

blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos; la

llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un

anorak.

En la península de Olympic, al noroeste del Estado de

Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo casi

siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad

llueve más que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos. Mi

madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y

sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos meses. Me

había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que

por fin me impuse al cumplir los catorce años; así que, en vez de

eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había pasado sus

dos semanas de vacaciones conmigo en California.

Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que

detestaba el lugar.

Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la

vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.

—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión

—, no tienes por qué hacerlo.

Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y

las arrugas de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando

contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía permitir

que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa y

atolondrada? Ahora tenía a Phil, por supuesto, por lo que

probablemente se pagarían las facturas, habría comida en el

frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar a él

cuando se encontrara perdida, pero aun así...

—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy mal

eso de mentir, pero había dicho esa mentira con tanta frecuencia

en los últimos meses que ahora casi sonaba convincente.

—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.

—Sí, lo haré.

—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando

quieras. Volveré tan pronto como me necesites.

Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.

—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente.

Te quiero, mamá.

Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y

ella se marchó.

Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de

Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles una hora más en

avioneta y otra más en coche. No me desagrada volar, pero me

preocupaba un poco pasar una hora en el coche con Charlie.

Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello.

Parecía realmente complacido de que por primera vez fuera a

vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me había

matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar un

coche.

Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda en su

compañía. Ninguno de los dos éramos muy habladores que se

diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle. Sabía

que mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al

igual que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia

Forks.

Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo

consideré un presagio, simplemente era inevitable. Ya me había

despedido del sol.

Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó.

Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe de policía

Swan. La principal razón de querer comprarme un coche, a pesar

de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que

me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y

azules en el techo. No hay nada que ralentice más la velocidad

del tráfico que un poli.

Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a

trompicones la escalerilla del avión.

—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo

tiempo que me sostenía firmemente—. Apenas has cambiado.

¿Cómo está Renée?

—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá —no le

podía llamar Charlie a la cara.

Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era

demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo

habíamos hecho un fondo común con nuestros recursos para

complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo,

era escaso. Todas cupieron fácilmente en el maletero del coche

patrulla.

—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —

anunció una vez que nos abrochamos los cinturones de

seguridad. ¿Qué tipo de coche?

Desconfié de la manera en que había dicho «un coche perfecto

para ti» en lugar de simplemente «un coche perfecto».

—Bueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.

— ¿Dónde lo encontraste?

— ¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?

La Push es una pequeña reserva india situada en la costa.

—No.

—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me

explicó.

Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas

dolorosas e innecesarias.

—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando

no respondí—, por lo que no puede conducir y me propuso

venderme su camión por una ganga.

— ¿De qué año es?

Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta

que no deseaba oír.

—Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En

realidad, tampoco tiene tantos años.

Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer

que iba a dejar pasar el tema así como así.

— ¿Cuándo lo compró?

—En 1984... Creo.

— ¿Y era nuevo entonces?

—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta,

o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó con timidez.

— ¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo

si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.

—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy

en día no los fabrican tan buenos.

El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades

como apodo.

— ¿Y qué entiendes por barato?

Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.

—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de

bienvenida.

Charlie me miró de reojo con rostro expectante.

Vaya. Gratis.

—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.

—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.

Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se

sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta. Yo lo

había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la

carretera cuando le respondí:

—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.

Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en

Forks, pero él no tenía por qué sufrir conmigo. Y a caballo

regalado no le mires el diente, ni el motor.

—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por

mis palabras de agradecimiento.

Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo,

que era húmedo, y básicamente ésa fue toda la conversación.

Miramos a través de las ventanillas en silencio.

El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era

de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el

dosel de ramas que colgaba de los mismos, el suelo cubierto de

helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un

matiz de verdor.

Era demasiado verde, un planeta alienígena.

Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa

pequeña de dos dormitorios que compró con mi madre durante

los primeros días de su matrimonio. Ésos fueron los únicos días

de su matrimonio, los primeros. Allí, aparcado en la calle delante

de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo

monovolumen, bueno, nuevo para mí. El vehículo era de un rojo

desvaído, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de

aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó. No sabía

si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era

uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la

clase de coches que ves en un accidente de tráfico con la pintura

intacta y rodeado de los trozos del coche extranjero que acaba de

destrozar.

— ¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!

Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico. No

me vería en la tesitura de elegir entre andar tres kilómetros bajo

la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de policía me llevara

en el coche patrulla.

—Me alegra que te guste —dijo Charlie con voz áspera,

nuevamente avergonzado.

Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje

escaleras arriba. Tenía el dormitorio de la cara oeste, el que daba

al patio delantero. Conocía bien la habitación; había sido la mía

desde que nací. El suelo de madera, las paredes pintadas de azul

claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas

flanqueando las ventanas... Todo aquello formaba parte de mi

infancia. Los únicos cambios que había introducido Charlie se

limitaron a sustituir la cuna por una cama y añadir un escritorio

cuando crecí. Encima de éste había ahora un ordenador de

segunda mano con el cable del módem grapado al suelo hasta la

toma de teléfono más próxima. Mi madre lo había estipulado de

ese modo para que estuviéramos en contacto con facilidad. La

mecedora que tenía desde niña aún seguía en el rincón.

Sólo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras

que debería compartir con Charlie. Intenté no darle muchas

vueltas al asunto.

Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda

revoloteando a tu alrededor. Me dejó sola para que deshiciera

mis maletas y me instalara, una hazaña que hubiera sido del todo

imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no

tener que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me

permitió contemplar a través del cristal la cortina de lluvia con

desaliento y derramar algunas lágrimas. No estaba de humor

para una gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y

me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al día

siguiente.

El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de

tan sólo trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta

y ocho. Solamente en mi clase de tercer año en Phoenix había

más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se

habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar

juntos. Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad,

un bicho raro.

Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se

espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba en

modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una

jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas

propias de quienes viven en el Valle del Sol.

Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las

muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa de

unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada, pero

más bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba la

coordinación suficiente para practicar deportes sin hacer el

ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a cualquiera que

estuviera demasiado cerca.

Después de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de

pino, me llevé el neceser al cuarto de baño para asearme tras un

día de viaje. Contemplé mi rostro en el espejo mientras me

cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz,

pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede

que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi traslúcida, por

lo que su apariencia depende del color del lugar y en Forks no

había color alguno.

Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el espejo, tuve que

admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría, y no sólo

por mis carencias físicas. Si no me había hecho un huequecito en

una escuela de tres mil alumnos, ¿qué posibilidades iba a tener

aquí?

No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es

que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni siquiera mi

madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba

en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me

preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez

la cabeza no me funcionara como es debido.

Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana no

sería más que el comienzo.

Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar.

El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo no

aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo. Me

tapé la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego añadí la

almohada, pero no conseguí conciliar el sueño antes de

medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un fino

sirimiri.

A la mañana siguiente, lo único que veía a través de la ventana

era una densa niebla y sentí que la claustrofobia se apoderaba de

mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula.

El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó

suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus

esperanzas eran vanas. La buena suerte solía esquivarme. Charlie

se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa y su

familia. Examiné la cocina después de que se fuera, todavía

sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a juego, junto a

la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era pequeña, con

paneles oscuros en las paredes, armarios amarillo chillón y un

suelo de linóleo blanco. Nada había cambiado. Hacía dieciocho

años, mi madre había pintado los armarios con la esperanza de

introducir un poco de luz solar en la casa. Había una hilera de

fotos encima del pequeño hogar del cuarto de estar, que

colindaba con la cocina y era del tamaño de una caja de zapatos.

La primera foto era de la boda de Charlie con mi madre en Las

Vegas, y luego la que nos tomó a los tres una amable enfermera

del hospital donde nací, seguida por una sucesión de mis

fotografías escolares hasta el año pasado. Verlas me resultaba

muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de que las

pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.

Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de

que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi madre. Eso

me hizo sentir incómoda.

No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía

permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak,

tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso

de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.

Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras

buscaba la llave de la casa, que siempre estaba escondida debajo

del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El ruido de mis

botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el crujido

habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar de

nuevo el vehículo, como deseaba, y me apresuré a escapar de la

húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se

agarraba al pelo por debajo de la capucha.

Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era obvio

que Charlie o Billy debían de haberlo limpiado, pero la tapicería

marrón de los asientos aún olía tenuemente a tabaco, gasolina y

menta. El coche arrancó a la primera, con gran alivio por mi

parte, aunque en medio de un gran estruendo, y luego hizo

mucho ruido mientras avanzaba al ralentí. Bueno, un

monovolumen tan antiguo debía de tener algún defecto. La

anticuada radio funcionaba, un añadido que no me esperaba.

Fue fácil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El

edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo, junto a

la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, sólo me

detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del instituto

de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio

en época de vacaciones construidas con ladrillos de color granate.

Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía

verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente de un instituto?,

me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban las alambradas y los

detectores de metales?

Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había

un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches

aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona

prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de

dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana salí de la

cabina calentita del monovolumen y recorrí un sendero de piedra

flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la

puerta.

En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que

esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas

plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas,

noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes

y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas

crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera

suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas

metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de

colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador

había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se

sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color púrpura

que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado elegante.

La mujer pelirroja alzó la vista.

— ¿Te puedo ayudar en algo?

—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su

mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda,

había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa ex

mujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.

—Por supuesto —dijo.

Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta

encontrar los que buscaba.

—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de

la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para enseñármelas. Repasó

todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en

el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para

que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las

clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que

esperaba que me gustara Forks. Le devolví la sonrisa más

convincente posible.

Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al

monovolumen. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje

hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que

casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno

era ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios

pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un Mercedes

nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. El

mejor coche de los que allí había era un flamante Volvo, y

destacaba. Aun así, apagué el motor en cuanto aparqué en una

plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención de los

demás sobre mí.

Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo

con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el

día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré

hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción. Nadie me

va a morder. Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la

acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla

chaqueta negra no llamaba la atención.

Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil

de localizar, ya que había un gran «3» pintado en negro sobre un

fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este.

Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación al

aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entré

detrás de dos personas que llevaban impermeables de estilo

unisex.

El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían

en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había

varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara

como la porcelana y otra, también pálida, de pelo castaño claro.

Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al

que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba

como Sr. Masón. Se quedó mirándome embobado al ver mi

nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por

supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me

envió a un pupitre vacío al fondo de la clase sin presentarme al

resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil mirarme al

estar sentada en la última fila, pero se las arreglaron para

conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que

me había entregado el profesor. Era bastante básica: Bronté,

Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual

era cómodo... y aburrido. Me pregunté si mi madre me enviaría

la carpeta con los antiguos trabajos de clase o si creería que la

estaba engañando. Recreé nuestra discusión mientras el profesor

continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho,

con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado

del pasillo para hablar conmigo.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de

ajedrez.

—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron

para mirarme.

— ¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó. Tuve que

comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.

—Eh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.

Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino —

demasiado amable, sin duda—. Me llamo Eric —añadió.

Sonreí con timidez.

—Gracias.

Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que

caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos

seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba

no estar volviéndome paranoica.

—Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.

—Mucho.

—Allí no llueve a menudo, ¿verdad?

—Tres o cuatro veces al año.

—Vaya, no me lo puedo ni imaginar.

—Hace mucho sol —le expliqué.

—No se te ve muy bronceada.

—Es la sangre albina de mi madre.

Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el

sentido del humor encajaran demasiado bien. Después de estar

varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.

Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la

zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta,

aunque la podía identificar perfectamente.

—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez

coincidamos en alguna otra clase.

Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no

comprometía a nada y entré.

El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor

de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado de

todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único que me

obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a

mis compañeros. Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias

botas al volver a mi pupitre.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada

asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás

que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré

actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al

menos, no necesité el plano.

Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría

como de español, y me acompañó a la cafetería para almorzar.

Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi uno

sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura

melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por

lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los

profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.

Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas

a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en

cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de

hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric,

me saludó desde el otro lado de la sala.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar

conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando

los vi por primera vez.

Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de

donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni comían

pese a que todos tenían delante una bandeja de comida. No me

miraban de forma estúpida como casi todos los demás, por lo que

no había peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme con

un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que

atrajo mi atención.

No se parecían lo más mínimo a ningún otro estudiante. De los

tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que parecía un

verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro,

más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el cabello

del color de la miel. El último era desgarbado, menos corpulento,

y llevaba despeinado el pelo castaño dorado. Tenía un aspecto

más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la

universidad o incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.

Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural.

Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada del

número dedicado a trajes de baño de la revista Sports Illustrated, y

con el que todas las chicas pierden buena parte de su autoestima

sólo por estar cerca. Su pelo rubio caía en cascada hasta la mitad

de la espalda. La chica baja tenía aspecto de duendecillo de

facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada

punta señalando en una dirección, y de un negro intenso.

Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal,

los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo

sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos tenían ojos

muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores de los

cabellos, y ojeras malvas, similares al morado de los hematomas.

Era como si todos padecieran de insomnio o se estuvieran

recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual

que el resto de sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.

Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar la

mirada.

Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan

similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y

devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal

vez en las páginas retocadas de una revista de moda. O pintadas

por un artista antiguo, como el semblante de un ángel. Resultaba

difícil decidir quién era más bello, tal vez la chica rubia perfecta o

el joven de pelo castaño dorado.

Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, también del

resto de los estudiantes y de cualquier cosa hasta donde pude

colegir. La chica más pequeña se levantó con la bandeja —el

refresco sin abrir, la manzana sin morder— y se alejó con un trote

grácil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada por sus

pasos de ágil bailarina, la contemplé vaciar su bandeja y

deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior a lo que

habría considerado posible. Miré rápidamente a los otros, que

permanecían sentados, inmóviles.

— ¿Quiénes son ésos?—pregunté a la chica de la clase de Español,

cuyo nombre se me había olvidado.

Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me

refería, aunque probablemente ya lo supiera por la entonación de

mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, la miró.

Durante una fracción de segundo se fijó en mi vecina, y después

sus ojos oscuros se posaron sobre los míos.

Él desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo,

ruborizada de vergüenza. Su rostro no denotaba interés alguno

en esa mirada furtiva, era como si mi compañera hubiera

pronunciado su nombre y él, pese a haber decidido no reaccionar

previamente, hubiera levantado los ojos en una involuntaria

respuesta.

Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y

fijó la vista en la mesa, igual que yo.

—Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que

se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos viven con el

doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz.

Miré de soslayo al chico guapo, que ahora contemplaba su

bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus largos y

níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus

labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada

perdida, y, aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.

¡Qué nombres tan raros y anticuados!, pensé. Era la clase de

nombres que tenían nuestros abuelos, pero tal vez estuvieran de

moda aquí, quizá fueran los nombres propios de un pueblo

pequeño. Entonces recordé que mi vecina se llamaba Jessica, un

nombre perfectamente normal. Había dos chicas con ese nombre

en mi clase de Historia en Phoenix.

—Son... guapos.

Me costó encontrar un término mesurado.

— ¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita tonta

—. Pero están juntos. Me refiero a Emmett y Rosalie, y a Jasper y

Alice, y viven juntos.

Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo

pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello daría

pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.

— ¿Quiénes son los Cullen? —pregunté—. No parecen

parientes...

—Claro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendrá entre

veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados. Los

Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son su

familia de acogida.

—Parecen un poco mayores para estar con una familia de

acogida.

—Ahora sí, Jasper y Rosalie tienen dieciocho años, pero han

vivido con la señora Cullen desde los ocho. Es su tía o algo

parecido.

—Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos

niños siendo tan jóvenes.

—Supongo que sí —admitió Jessica muy a su pesar. Me dio la

impresión de que, por algún motivo, el médico y su mujer no le

caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección a sus hijos

adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si con eso

disminuyera la bondad del matrimonio, agregó—: Aunque tengo

entendido que la señora Cullen no puede tener hijos.

Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas

furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extraña

familia. Continuaban mirando las paredes y no habían probado

bocado.

— ¿Siempre han vivido en Forks? —pregunté. De ser así, seguro

que los habría visto en alguna de mis visitas durante las

vacaciones de verano.

—No —dijo con una voz que daba a entender que tenía que ser

obvio, incluso para una recién llegada como yo—. Se mudaron

aquí hace dos años, vinieron desde algún lugar de Alaska.

Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión

porque, a pesar de su belleza, eran extranjeros y resultaba

evidente que no se les admitía. Alivio por no ser la única recién

llegada y, desde luego, no la más interesante.

Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo los

estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en esta ocasión con

una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los ojos, me pareció

que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.

— ¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —pregunté.

Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca

abierta, a diferencia del resto de los estudiantes. Su rostro reflejó

una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.

—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas

el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas

del instituto le parece lo bastante guapa —dijo con desdén, en

una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo la habría

rechazado.

Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de

nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver estirada la piel

de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.

Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos

minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso

el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al nombre de

Edward no me miró de nuevo.

Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del

que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar

tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que

tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela,

tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente.

Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.

Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con

dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de

color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía la

mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban

ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba

sentado cerca del pasillo central junto a la única silla vacante, por

lo poco común de su cabello.

Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para

presentarme al profesor y que éste me firmara el comprobante de

asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso rígido en la

silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras miradas se

encontraron. La expresión de su rostro era de lo más extraña,

hostil, airada. Pasmada, aparté la vista y me sonrojé otra vez.

Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve que aferrar

al borde de una mesa. La chica que se sentaba allí soltó una risita.

Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negros como

carbón.

El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un libro,

ahorrándose toda esa tontería de la presentación. Supe que

íbamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro remedio

que mandarme a la única silla vacante en el centro del aula.

Mantuve la mirada fija en el suelo mientras iba a sentarme junto

a él, ya que la hostilidad de su mirada aún me tenía aturdida.

No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me

senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo. Se inclinó

en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla. Apartó el

rostro como si algo apestara. Olí mi pelo con disimulo. Olía a

fresas, el aroma de mi champú favorito. Me pareció un aroma

bastante inocente. Dejé caer mi pelo sobre el hombro derecho

para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar

atención al profesor.

Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema

que ya había estudiado. De todos modos, tomé apuntes con

cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.

No me podía controlar y de vez en cuando echaba un vistazo

través del pelo al extraño chico que tenía a mi lado. Éste no relajó

aquella postura envarada —sentado al borde de la silla, lo más

lejos posible de mí— durante toda la clase. La mano izquierda,

crispada en un puño, descansaba sobre el muslo. Se había

arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de su piel clara

podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso.

No era de complexión tan liviana como parecía al lado del más

fornido de sus hermanos.

La lección parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se

debía a que las clases estaban a punto de acabar o porque estaba

esperando a que abriera el puño que cerraba con tanta fuerza?

No lo abrió. Continuó sentado, tan inmóvil que parecía no

respirar.

¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente?

Cuestioné mi opinión sobre la acritud de Jessica durante el

almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.

No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.

Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté. Me

estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos de

repugnancia. Mientras me apartaba de él, cruzó por mi mente

una frase: «Si las miradas matasen...».

El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward

Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de espaldas a

mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y cruzó la puerta

del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.

Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada

perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No había derecho.

Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba

reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me

llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba,

una costumbre humillante.

—Eres Isabella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.

Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro

aniñado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado con

gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no parecía creer

que yo oliera mal.

—Bella —le corregí, con una sonrisa.

—Me llamo Mike.

—Hola, Mike.

— ¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?

—Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.

—Es también mi siguiente clase.

Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una

escuela tan pequeña.

Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda

la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido en California

hasta los diez años, por eso entendía cómo me sentía ante la

ausencia del sol. Resultó ser la persona más agradable que había

conocido aquel día.

Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:

—Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás lo

había visto comportarse de ese modo.

Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que lo

había notado y, al parecer, aquél no era el comportamiento

habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.

— ¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología?

pregunté sin malicia.

—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido. —No lo

sé —le respondí—. No he hablado con él. —Es un tipo raro —

Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario—. Si

hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera

hablado contigo.

Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era

amable y estaba claramente interesado, pero eso no bastó para

disminuir mi enfado.

El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me

consiguió un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la clase

de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos años a

Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro

años. Forks era mi infierno personal en la tierra en el más literal

de los sentidos.

Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de

forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los

muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al

voleibol.

Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me

dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con

las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y

soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para

protegerme.

Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en la

cálida oficina. Edward Cullen se encontraba de pie, enfrente del

escritorio. Lo reconocí de nuevo por el desgreñado pelo castaño

dorado. Al parecer, no me había oído entrar. Me apoyé contra la

pared del fondo, a la espera de que la recepcionista pudiera

atenderme.

Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable.

Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a otra

hora, a cualquier otra.

No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra

cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en el

laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado debía

de ser otro lío totalmente diferente. Era imposible que aquel

desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia

mí.

La puerta se abrió de nuevo y una súbita corriente de viento

helado hizo susurrar los papeles que había sobre la mesa y me

alborotó los cabellos sobre la cara. La recién llegada se limitó a

andar hasta el escritorio, depositó una nota sobre el cesto de

papeles y salió, pero Edward Cullen se envaró y se giró ——su

agraciado rostro parecía ridículo— para traspasarme con sus

penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un

estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello

de los brazos. La mirada no duró más de un segundo, pero me

heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró hacia

la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:

—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias

por su ayuda.

Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.

Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con el

rostro lívido en lugar de colorado— y le entregué el comprobante

de asistencia con todas las firmas.

— ¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? —me preguntó de de

forma maternal.

—Bien —mentí con voz débil.

No pareció muy convencida.

LIBRO ABIERTO

El día siguiente fue mejor... y peor.

Fue mejor porque no llovió, aunque persistió la nubosidad densa

y oscura; y más fácil, porque sabía qué podía esperar del día.

Mike se acercó para sentarse a mi lado durante la clase de

Lengua y me acompañó hasta la clase siguiente mientras Eric, el

que parecía miembro de un club de ajedrez, lo fulminaba con la

mirada. Me sentí halagada. Nadie me observaba tanto como el

día anterior. Durante el almuerzo me senté con un gran grupo

que incluía a Mike, Eric, Jessica y otros cuantos cuyos nombres y

caras ya recordaba. Empecé a sentirme como si flotara en el agua

en vez de ahogarme.

Fue peor porque estaba agotada. El ulular del viento alrededor

de la casa no me había dejado dormir. También fue peor porque

el Sr. Varner me llamó en la clase de Trigonometría, aun cuando

no había levantado la mano, y di una respuesta equivocada. Rayó

en lo espantoso porque tuve que jugar al voleibol y la única vez

que no me aparté de la trayectoria de la pelota y la golpeé, ésta

impactó en la cabeza de un compañero de equipo. Y fue peor

porque Edward Cullen no apareció por la escuela, ni por la

mañana ni por la tarde.

Que llegara la hora del almuerzo —y con ella las coléricas

miradas de Cullen— me estuvo aterrorizando durante toda la

mañana. Por un lado, deseaba plantarle cara y exigirle una

explicación. Mientras permanecía insomne en la cama llegué a

imaginar incluso lo que le diría, pero me conocía demasiado bien

para creer que de verdad tendría el coraje de hacerlo. En

comparación conmigo, el león cobardica de El mago de Oz era

Terminator.

Sin embargo, cuando entré en la cafetería junto a Jessica —intenté

contenerme y no recorrer la sala con la mirada para buscarle,

aunque fracasé estrepitosamente— vi a sus cuatro hermanos, por

llamarlos de alguna manera, sentados en la misma mesa, pero él

no los acompañaba.

Mike nos interceptó en el camino y nos desvió hacia su mesa.

Jessica parecía eufórica por la atención, y sus amigas pronto se

reunieron con nosotros. Pero estaba incomodísima mientras

escuchaba su despreocupada conversación, a la espera de que él

acudiese. Deseaba que se limitara a ignorarme cuando llegara, y

demostrar de ese modo que mis suposiciones eran infundadas.

Pero no llegó, y me fui poniendo más y más tensa conforme

pasaba el tiempo.

Cuando al final del almuerzo no se presentó, me dirigí hacia la

clase de Biología con más confianza. Mike, que empezaba a

asumir todas las características de los perros golden retriever, me

siguió fielmente de camino a clase. Contuve el aliento en la

puerta, pero Edward Cullen tampoco estaba en el aula. Suspiré y

me dirigí a mi asiento. Mike me siguió sin dejar de hablarme de

un próximo viaje a la playa y se quedó junto a mi mesa hasta que

sonó el timbre. Entonces me sonrió apesadumbrado y se fue a

sentar al lado de una chica con un aparato ortopédico en los

dientes y una horrenda permanente. Al parecer, iba a tener que

hacer algo con Mike, y no iba a ser fácil. La diplomacia resultaba

vital en un pueblecito como éste, donde todos vivían pegados los

unos a los otros. Tener tacto no era lo mío, y carecía de

experiencia a la hora de tratar con chicos que fueran más amables

de la cuenta.

El tener la mesa para mí sola y la ausencia de Edward supuso un

gran alivio. Me lo repetí hasta la saciedad, pero no lograba

quitarme de la cabeza la sospecha de que yo era el motivo de su

ausencia. Resultaba ridículo y egotista creer que yo fuera capaz

de afectar tanto a alguien. Era imposible. Y aun así la posibilidad

de que fuera cierto no dejaba de inquietarme.

Cuando al fin concluyeron las clases y hubo desaparecido mi

sonrojo por el incidente del partido de voleibol, me enfundé los

vaqueros y un jersey azul marino y me apresuré a salir del

vestuario, feliz de esquivar por el momento a mi amigo, el

golden retriever. Me dirigí a toda prisa al aparcamiento, ahora

atestado de estudiantes que salían a la carrera. Me subí al coche y

busqué en mi bolsa para cerciorarme de que tenía todo lo

necesario.

La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de

cocinar otra cosa que huevos fritos y beicon, por lo que le pedí

que me dejara encargarme de las comidas mientras durara mi

estancia. El se mostró dispuesto a cederme las llaves de la sala de

banquetes. También me percaté de que no había comida en casa,

por lo que preparé la lista de la compra, tomé el dinero de un

jarrón del aparador que llevaba la etiqueta «dinero para la

comida» y ahora iba de camino hacia el supermercado Thriftway.

Puse en marcha aquel motor ensordecedor, hice caso omiso a los

rostros que se volvieron en mi dirección y di marcha atrás con

mucho cuidado al ponerme en la cola de coches que aguardaban

para salir del aparcamiento. Mientras esperaba, intenté fingir que

era otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo. Vi

que los dos Cullen y los gemelos Hale se subían a su coche. El

flamante Volvo, por supuesto. Me habían fascinado tanto sus

rostros que no había reparado antes en el atuendo; pero ahora

que me fijaba, era obvio que todos iban magníficamente vestidos,

de forma sencilla, pero con una ropa que parecía hecha por

modistos. Con aquella hermosura y gracia de movimientos,

podrían llevar harapos y parecer guapos. El tener tanto belleza

como dinero era pasarse de la raya, pero hasta donde alcanzaba a

comprender, la vida, por lo general, solía ser así. No parecía que

la posesión de ambas cosas les hubiera dado cierta aceptación en

el pueblo.

No, no creía que fuera de ese modo. En absoluto. Ese aislamiento

debía de ser voluntario, no lograba imaginar ninguna puerta

cerrada ante tanta belleza.

Contemplaron mi ruidoso monovolumen cuando les pasé, como

el resto, pero continué mirando al frente y experimenté un gran

alivio cuando estuve fuera del campus.

El Thriftway no estaba muy lejos de la escuela, unas pocas calles

más al sur, junto a la carretera. Me sentí muy a gusto dentro del

supermercado, me pareció normal. En Phoenix era yo quien

hacía la compra, por lo que asumí con gusto el hábito de

ocuparme de las tareas familiares. El mercado era lo bastante

grande como para que no oyera el tamborileo de la lluvia sobre el

tejado y me recordara dónde me encontraba.

Al llegar a casa, saqué los comestibles y los metí allí donde

encontré un hueco libre. Esperaba que a Charlie no le importara.

Envolví las patatas en papel de aluminio y las puse en el horno

para hacer patatas asadas, dejé en adobo un filete y lo coloqué

sobre una caja de huevos en el frigorífico.

Subí a mi habitación con la mochila después de hacer todo eso.

Antes de ponerme con los deberes, me puse un chándal seco, me

recogí la melena en una coleta y abrí el mail por vez primera.

Tenía tres mensajes. Mi madre me había escrito.

Bella:

Escríbeme en cuanto llegues y cuéntame cómo te ha ido el vuelo.

¿Llueve? Ya te echo de menos. Casi he terminado de hacer las maletas

para ir a Florida, pero no encuentro mi blusa rosa. ¿Sabes dónde la

puse? Phil te manda saludos.

Mamá

Suspiré y leí el siguiente mensaje. Lo había enviado ocho horas

después del primero. Decía:

¿Por qué no me has contestado? ¿A qué esperas? Mamá.

El último era de esa mañana.

Isabella:

Si no me has contestado a las 17:30, voy a llamar a Charlie.

Miré el reloj. Aún quedaba una hora, pero mi madre solía

adelantarse a los acontecimientos.

Mamá:

Tranquila. Ahora te escribo. No cometas ninguna imprudencia.

Bella

Envié el mail empecé a escribir otra vez.

Mamá:

Todo va fenomenal. Llueve, por supuesto. He esperado a escribirte

cuando tuviera algo que contarte. La escuela no es mala, sólo un poco

repetitiva. He conocido a unos cuantos compañeros muy amables que se

sientan conmigo durante el almuerzo.

Tu blusa está en la tintorería. Se supone que la ibas a recoger el viernes.

Charlie me ha comprado un monovolumen. ¿Te lo puedes creer? Me

encanta. Es un poco antiguo, pero muy sólido, y eso me conviene, ya me

conoces.

Yo también te echo de menos. Pronto volveré a escribir, pero no voy a

estar revisando el correo electrónico cada cinco minutos. Respira hondo

y relájate. Te quiero.

Bella

Había decidido volver a leer Cumbres borrascosas por placer —era

la novela que estábamos estudiando en clase de Literatura—, y

en ello estaba cuando Charlie llegó a casa. Había perdido la

noción del tiempo, por lo que me apresuré a bajar las escaleras,

sacar del horno las patatas y meter el filete para asarlo.

— ¿Bella? —gritó mi padre al oírme en la escalera.

¿Quién iba a ser si no?, me pregunté.

—Hola, papá, bienvenido a casa.

—Gracias.

Colgó el cinturón con la pistola y se quitó las botas mientras yo

trajinaba en la cocina. Que yo supiera, jamás había disparado en

acto de servicio. Pero siempre la mantenía preparada. De niña,

cuando yo venía, le quitaba las balas al llegar a casa. Imagino que

ahora me consideraba lo bastante madura como para no matarme

por accidente, y no lo bastante deprimida como para suicidarme.

— ¿Qué vamos a comer? —preguntó con recelo.

Mi madre solía practicar la cocina creativa, y sus experimentos

culinarios no siempre resultaban comestibles. Me sorprendió, y

entristeció, que todavía se acordara.

—Filete con patatas —contesté para tranquilizarlo.

Parecía encontrarse fuera de lugar en la cocina, de pie y sin hacer

nada, por lo que se marchó con pasos torpes al cuarto de estar

para ver la tele mientras yo cocinaba. Preparé una ensalada al

mismo tiempo que se hacía el filete y puse la mesa.

Lo llamé cuando estuvo lista la cena y olfateó en señal de

apreciación al entrar en la cocina.

—Huele bien, Bella.

—Gracias.

Comimos en silencio durante varios minutos, lo cual no resultaba

nada incómodo. A ninguno de los dos nos disgustaba el silencio.

En cierto modo, teníamos caracteres compatibles para vivir

juntos.

—Y bien, ¿qué tal el instituto? ¿Has hecho alguna amiga? —me

preguntó mientras se echaba más.

—Tengo unas cuantas clases con una chica que se llama Jessica y

me siento con sus amigas durante el almuerzo. Y hay un chico,

Mike, que es muy amable. Todos parecen buena gente.

Con una notable excepción.

—Debe de ser Mike Newton. Un buen chico y una buena familia.

Su padre es el dueño de una tienda de artículos deportivos a las

afueras del pueblo. Se gana bien la vida gracias a los

excursionistas que pasan por aquí.

— ¿Conoces a la familia Cullen? —pregunté vacilante.

— ¿La familia del doctor Cullen? Claro. El doctor Cullen es un

gran hombre.

—Los hijos... son un poco diferentes. No parece que en el

instituto caigan demasiado bien.

El aspecto enojado de Charlie me sorprendió.

— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró—. El doctor

Cullen es un eminente cirujano que podría trabajar en cualquier

hospital del mundo y ganaría diez veces más que aquí —

continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que vivan acá, de

que su mujer quiera quedarse en un pueblecito. Es muy valioso

para la comunidad, y esos chicos se comportan bien y son muy

educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos

hijos adoptivos. Pensé que habría problemas, pero son muy

maduros y no me han dado el más mínimo problema. Y no

puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han

vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen

unidos, como debe hacer una familia, se van de camping cada tres

fines de semana... La gente tiene que hablar sólo porque son

recién llegados.

Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie.

Debía de molestarle mucho lo que decía la gente.

Di marcha atrás.

—Me parecen bastante agradables, aunque he notado que son

muy reservados. Y todos son muy guapos —añadí para hacerles

un cumplido.

—Tendrías que ver al doctor —dijo Charlie, y se rió—. Por

fortuna, está felizmente casado. A muchas de las enfermeras del

hospital les cuesta concentrarse en su tarea cuando él anda cerca.

Nos quedamos callados y terminamos de cenar. Recogió la mesa

mientras me ponía a fregar los platos. Regresó al cuarto de estar

para ver la tele. Cuando terminé de fregar —no había lavavajillas

—, subí con desgana a hacer los deberes de Matemáticas. Sentí

que lo hacía por hábito. Esa noche fue silenciosa, por fin.

Agotada, me dormí enseguida.

El resto de la semana transcurrió sin incidentes. Me acostumbré a

la rutina de las clases. Aunque no recordaba todos los nombres,

el viernes era capaz de reconocer los rostros de la práctica

totalidad de los estudiantes del instituto. En clase de gimnasia los

miembros de mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a

interponerse delante de mí si el equipo contrario intentaba

aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto.

Edward Cullen no volvió a la escuela.

Todos los días vigilaba la puerta con ansiedad hasta que los

Cullen entraban en la cafetería sin él. Entonces podía relajarme y

participar en la conversación que, por lo general, versaba sobre

una excursión a La Push Ocean Park para dentro de dos

semanas, un viaje que organizaba Mike. Me invitaron y accedí a

ir, más por ser cortés que por placer. Las playas deben ser

calientes y secas.

Cuando llegó el viernes, yo ya entraba con total tranquilidad en

clase de Biología sin preocuparme de si Edward estaría allí.

Hasta donde sabía, había abandonado la escuela. Intentaba no

pensar en ello, pero no conseguía reprimir del todo la

preocupación de que fuera la culpable de su ausencia, por muy

ridículo que pudiera parecer.

Mi primer fin de semana en Forks pasó sin acontecimientos

dignos de mención. Charlie no estaba acostumbrado a quedarse

en una casa habitualmente vacía, y lo pasaba en el trabajo.

Limpié la casa, avancé en mis deberes y escribí a mi madre varios

correos electrónicos de fingida jovialidad. El sábado fui a la

biblioteca, pero tenía pocos libros, por lo que no me molesté en

hacerme la tarjeta de socio. Pronto tendría que visitar Olympia o

Seattle y buscar una buena librería. Me puse a calcular con

despreocupación cuánta gasolina consumiría el monovolumen y

el resultado me produjo escalofríos.

Durante todo el fin de semana cayó una lluvia fina, silenciosa,

por lo que pude dormir bien.

Mucha gente me saludó en el aparcamiento el lunes por la

mañana, no recordaba los nombres de todos, pero agité la mano

y sonreí a todo el mundo. En clase de Literatura, fiel a su

costumbre, Mike se sentó a mi lado. El profesor nos puso un

examen sorpresa sobre Cumbres borrascosas. Era fácil, sin

complicaciones.

En general, a aquellas alturas me sentía mucho más cómoda de lo

que había creído. Más satisfecha de lo que hubiera esperado

jamás.

Al salir de la clase, el aire estaba lleno de remolinos blancos. Oí a

los compañeros dar gritos de júbilo. El viento me cortó la nariz y

las mejillas.

— ¡Vaya! —Exclamó Mike—. Nieva.

Estudié las pelusas de algodón que se amontaban al lado de la

acera y, arremolinándose erráticamente, pasaban junto a mi cara.

— ¡Uf!

Nieve. Mi gozo en un pozo. Mike se sorprendió.

— ¿No te gusta la nieve?

—No. Significa que hace demasiado frío incluso para que llueva

—obviamente—. Además, pensaba que caía en forma de copos,

ya sabes, que cada uno era único y todo eso. Éstos se parecen a

los extremos de los bastoncillos de algodón.

— ¿Es que nunca has visto nevar? —me preguntó con

incredulidad.

— ¡Sí, por supuesto! —Hice una pausa y añadí—: En la tele.

Mike se rió. Entonces una gran bola húmeda y blanda impactó en

su nuca. Nos volvimos para ver de dónde provenía. Sospeché de

Eric, que andaba en dirección contraria, en la dirección

equivocada para ir a la siguiente clase. Era evidente que Mike

pensó lo mismo, ya que se acuclilló y empezó a amontonar

aquella papilla blancuzca.

—Te veo en el almuerzo, ¿vale? —continué andando sin dejar de

hablar—. Me refugio dentro cuando la gente se empieza a lanzar

bolas de nieve.

Mike asintió con la cabeza sin apartar los ojos de la figura de Eric,

que emprendía la retirada.

Se pasaron toda la mañana charlando alegremente sobre la nieve.

Al parecer era la primera nevada del nuevo año. Mantuve el pico

cerrado. Sí, era más seca que la lluvia... hasta que se

descongelaba en los calcetines.

Jessica y yo nos dirigimos a la cafetería con mucho cuidado

después de la clase de español. Las bolas de nieve volaban por

doquier. Por si acaso, llevaba la carpeta en las manos, lista para

emplearla como escudo si era menester. Jessica se rió de mí, pero

había algo en la expresión de mi rostro que le desaconsejó

lanzarme una bola de nieve.

Mike nos alcanzó cuando entramos en la sala; se reía mientras la

nieve que tenía en las puntas del su pelo se fundía. Él y Jessica

conversaban animadamente sobre la pelea de bolas de nieve;

hicimos cola para comprar la comida. Por puro hábito, eché una

ojeada hacia la mesa del rincón. Entonces, me quedé petrificada.

La ocupaban cinco personas.

Jessica me tomó por el brazo.

— ¡Eh! ¿Bella? ¿Qué quieres?

Bajé la vista, me ardían las orejas. Me recordé a mí misma que no

había motivo alguno para sentirme cohibida. No había hecho

nada malo.

— ¿Qué le pasa a Bella? —le preguntó Mike a Jessica.

—Nada —contesté—. Hoy sólo quiero un refresco.

Me puse al final de la cola.

— ¿Es que no tienes hambre? —preguntó Jessica.

—La verdad es que estoy un poco mareada —dije, con la vista

aún clavada en el suelo.

Aguardé a que tomaran la comida y los seguí a una mesa sin

apartar los ojos de mis pies.

Bebí el refresco a pequeños sorbos. Tenía un nudo en el

estómago. Mike me preguntó dos veces, con una preocupación

innecesaria, cómo me encontraba. Le respondí que no era nada,

pero especulé con la posibilidad de fingir un poco y escaparme a

la enfermería durante la próxima clase.

Ridículo. No tenía por qué huir.

Decidí permitirme una única miradita a la mesa de la familia

Cullen. Si me observaba con furia, pasaría de la clase de Biología,

ya que era una cobarde.

Mantuve el rostro inclinado hacia el suelo y miré de reojo a

través de las pestañas. Alcé levemente la cabeza.

Se reían. Edward, Jasper y Emmett tenían el pelo totalmente

empapado por la nieve. Alice y Rosalie retrocedieron cuando

Emmett se sacudió el pelo chorreante para salpicarlas.

Disfrutaban del día nevado como los demás, aunque ellos

parecían salidos de la escena de una película, y los demás no.

Pero, aparte de la alegría y los juegos, algo era diferente, y no

lograba identificar qué. Estudié a Edward con cuidado. Decidí

que su tez estaba menos pálida, tal vez un poco colorada por la

pelea con bolas de nieve, y que las ojeras eran menos acusadas,

pero había algo más. Lo examinaba, intentando aislar ese cambio,

sin apartar la vista de él.

—Bella, ¿a quién miras? —interrumpió Jessica, siguiendo la

trayectoria de mi mirada.

En ese preciso momento, los ojos de Edward centellearon al

encontrarse con los míos.

Ladeé la cabeza para que el pelo me ocultara el rostro, aunque

estuve segura de que, cuando nuestras miradas se cruzaron, sus

ojos no parecían tan duros ni hostiles como la última vez que le

vi. Simplemente tenían un punto de curiosidad y, de nuevo,

cierta insatisfacción.

—Edward Cullen te está mirando —me murmuró Jessica al oído,

y se rió.

—No parece enojado, ¿verdad? —tuve que preguntar.

—No —dijo, confusa por la pregunta—. ¿Debería estarlo?

—Creo que no soy de su agrado —le confesé. Aún me sentía

mareada, por lo que apoyé la cabeza sobre el brazo.

—A los Cullen no les gusta nadie... Bueno, tampoco se fijan en

nadie lo bastante para les guste, pero te sigue mirando.

—No le mires —susurré.

Jessica se rió con disimulo, pero desvió la vista. Alcé la cabeza lo

suficiente para cerciorarme de que lo había hecho. Estaba

dispuesta a emplear la fuerza si era necesario.

Mike nos interrumpió en ese momento; estaba planificando una

épica batalla de nieve en el aparcamiento y nos preguntó si

deseábamos participar. Jessica asintió con entusiasmo. La forma

en que miraba a Mike dejaba pocas dudas, asentiría a cualquier

cosa que él sugiriera. Me callé. Iba a tener que esconderme en el

gimnasio hasta que el aparcamiento estuviera vacío.

Me cuidé de no apartar la vista de mi propia mesa durante lo que

restaba de la hora del almuerzo. Decidí respetar el pacto que

había alcanzado conmigo misma. Asistiría a clase de Biología, ya

que no parecía enfadado. Tanto me aterraba volver a sentarme a

su lado que tuve unos leves retortijones de estómago.

No me apetecía nada que Mike me acompañara a clase como de

costumbre, ya que parecía ser el blanco predilecto de los

francotiradores de bolas de nieve, pero, al llegar a la puerta,

todos, salvo yo, gimieron al unísono. Estaba lloviendo, y el

aguacero arrastraba cualquier rastro de nieve, dejando jirones de

hielo en los bordes de las aceras. Me cubrí la cabeza con la

capucha y escondí mi júbilo. Podría ir directamente a casa

después de la clase de gimnasia.

Mike no cesó de quejarse mientras íbamos hacia el edificio

cuatro.

Ya en clase, comprobé aliviada que mi mesa seguía vacía. El

profesor Banner estaba repartiendo un microscopio y una cajita

de diapositivas por mesa. Aún quedaban unos minutos antes de

que empezara la clase y el aula era un hervidero de

conversaciones. Dibujé unos garabatos de forma distraída en la

tapa de mi cuaderno y mantuve los ojos lejos de la puerta. Oí con

claridad cómo se movía la silla contigua, pero continué mirando

mi dibujo.

—Hola —dijo una voz tranquila y musical.

Levanté la vista, sorprendida de que me hablara. Se sentaba lo

más lejos de mi lado que le permitía la mesa, pero con la silla

vuelta hacia mí. Llevaba el pelo húmedo y despeinado, pero, aun

así, parecía que acababa de rodar un anuncio para una marca de

champú. El deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve

sonrisa curvaba sus labios perfectos, pero los ojos aún mostraban

recelo.

—Me llamo Edward Cullen —continuó—. No tuve la

oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser

Bella Swan.

Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas. ¿Me lo había

imaginado todo? Ahora se comportaba con gran amabilidad.

Tenía que hablar, esperaba mi respuesta, pero no se me ocurría

nada convencional que contestar.

— ¿Cómo sabes mi nombre? —tartamudeé.

Se rió de forma suave y encantadora.

—Creo que todo el mundo sabe tu nombre. El pueblo entero te

esperaba.

Hice una mueca. Sabía que debía de ser algo así, pero insistí

como una tonta.

—No, no, me refería a que me llamaste Bella.

Pareció confuso.

— ¿Prefieres Isabella?

—No, me gusta Bella —dije—, pero creo que Charlie, quiero

decir, mi padre, debe de llamarme Isabella a mis espaldas,

porque todos me llaman Isabella —intenté explicar, y me sentí

como una completa idiota.

—Oh.

No añadió nada. Violenta, desvié la mirada.

Gracias a Dios, el señor Banner empezó la clase en ese momento.

Intenté prestar atención cuando explicó que íbamos a realizar

una práctica. Las diapositivas estaban desordenadas. Teníamos

que trabajar en parejas para identificar las fases de la mitosis de

las células de la punta de la raíz de una cebolla en cada

diapositiva y clasificarlas correctamente. No podíamos consultar

los libros. En veinte minutos, el profesor iba a visitar cada mesa

para verificar quiénes habían aprobado.

—Empezad —ordenó.

— ¿Las damas primero, compañera? —preguntó Edward.

Alcé la vista y le vi esbozar una sonrisa burlona tan arrebatadora

que sólo pude contemplarle como una tonta.

—Puedo empezar yo si lo deseas.

La sonrisa de Edward se desvaneció. Sin duda, se estaba

preguntando si yo era mentalmente capaz.

—No —dije, sonrojada——, yo lo hago.

Me lucí un poquito. Ya había hecho esta práctica y sabía qué

tenía que buscar. Debería resultarme sencillo. Coloqué la primera

diapositiva bajo el microscopio y ajusté rápidamente el campo de

visión del objetivo a 40X. Examiné la capa durante unos

segundos.

—Profase —afirmé con aplomo.

— ¿Te importa si lo miro? —me preguntó cuando empezaba a

quitar la diapositiva. Me tomó la mano para detenerme mientras

formulaba la pregunta.

Tenía los dedos fríos como témpanos, como si los hubiera metido

en un ventisquero antes de la clase, pero no retiré la mano con

brusquedad por ese motivo. Cuando me tocó, la mano me ardió

igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica.

—Lo siento —musitó y retiró la mano de inmediato, pero alcanzó

el microscopio. Lo miré atolondrada mientras examinaba la

diapositiva en menos tiempo aún del que yo había necesitado.

—Profase —asintió, y lo escribió con esmero en el primer espacio

de nuestra hoja de trabajo. Sustituyó con velocidad la primera

diapositiva por la segunda y le echó un vistazo por encima.

—Anafase —murmuró, y lo anotó mientras hablaba.

Procuré que mi voz sonara indiferente.

— ¿Puedo?

Esbozó una sonrisa burlona y empujó el microscopio hacia mí.

Miré por la lente con avidez, pero me llevé un chasco.

¡Maldición! Había acertado.

— ¿Me pasas la diapositiva número tres? —extendí la mano sin

mirarle.

Me la entregó, esta vez con cuidado para no rozarme la piel. Le

dirigí la mirada más fugaz posible al decir:

—Interfase.

Le pasé el microscopio antes de que me lo pudiera pedir. Echó un

vistazo y luego lo apuntó. Lo hubiera escrito mientras él miraba

por el microscopio, pero me acobardó su caligrafía clara y

elegante. No quise estropear la hoja con mis torpes garabatos.

Acabamos antes que todos los demás. Vi cómo Mike y su

compañera comparaban dos diapositivas una y otra vez y cómo

otra pareja abría un libro debajo de la mesa.

Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no

mirar a Edward... sin éxito. Lo hice de reojo. De nuevo me estaba

observando con ese punto de frustración en la mirada. De

repente identifiqué cuál era la sutil diferencia de su rostro.

— ¿Acabas de ponerte lentillas? —le solté sin pensarlo.

Mi inesperada pregunta lo dejó perplejo.

—No.

—Vaya —musité—. Te veo los ojos distintos.

Se encogió de hombros y desvió la mirada.

De hecho, estaba segura de que habían cambiado. Recordaba

vividamente el intenso color negro de sus ojos la última vez que

me miró colérico. Un negro que destacaba sobre la tez pálida y el

pelo cobrizo. Hoy tenían un color totalmente distinto, eran de

ocre extraño, más oscuro que un caramelo, pero con un matiz

dorado. No entendía cómo podían haber cambiado tanto a no ser

que, por algún motivo, me mintiera respecto a las lentillas. O tal

vez Forks me estaba volviendo loca en el sentido literal de la

palabra.

Observé que volvía a apretar los puños al bajar la vista. En aquel

momento el profesor Banner llegó a nuestra mesa para ver por

qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a nuestra hoja, ya

rellena. Entonces miró con más detenimiento las respuestas.

—En fin, Edward, ¿no crees que deberías dejar que Isabella

también mirase por el microscopio?

—Bella —le corrigió él automáticamente—. En realidad, ella

identificó tres de las cinco diapositivas.

El señor Banner me miró ahora con una expresión escéptica.

— ¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio? —preguntó.

Sonreí con timidez.

—Con la raíz de una cebolla, no.

— ¿Con una blástula de pescado blanco?

—Sí.

El señor Banner asintió con la cabeza.

— ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?

—Sí.

—Bueno —dijo después de una pausa—. Supongo que es bueno

que ambos seáis compañeros de laboratorio.

Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue,

comencé a garabatear de nuevo en mi cuaderno.

—Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? —preguntó Edward.

Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. La

paranoia volvió a apoderarse de mí. Era como si hubiera

escuchado mi conversación con Jessica durante el almuerzo e

intentara demostrar que me equivocaba.

—En realidad, no —le contesté con sinceridad en lugar de fingir

que era tan normal como el resto. Seguía intentando

desembarazarme de aquella estúpida sensación de sospecha, y

no lograba concentrarme.

—A ti no te gusta el frío.

No era una pregunta.

—Tampoco la humedad —le respondí.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.

—Ni te lo imaginas —murmuré con desaliento.

Por algún motivo que no pude alcanzar, parecía fascinado con lo

que acababa de decir. Su rostro me turbaba de tal modo que

intenté no mirarle más de lo que exigía la buena educación.

—En tal caso, ¿por qué viniste aquí?

Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e

imperiosa como él.

—Es... complicado.

—Creo que voy a poder seguirte —me instó.

Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos

relucientes ojos oscuros que me confundían y le respondí sin

pensar.

—Mi madre se ha casado.

—No me parece tan complicado —discrepó, pero de repente se

mostraba simpático—. ¿Cuándo ha sucedido eso?

—El pasado mes de septiembre —mi voz transmitía tristeza,

hasta yo me daba cuenta.

—Pero él no te gusta —conjeturó Edward, todavía con tono

atento.

—No, Phil es un buen tipo. Demasiado joven, quizá, pero

amable.

— ¿Por qué no te quedaste con ellos?

No entendía su interés, pero me seguía mirando con ojos

penetrantes, como si la insulsa historia de mi vida fuera de

capital importancia.

—Phil viaja mucho. Es jugador de béisbol profesional —casi

sonreí.

— ¿Debería sonarme su nombre? —preguntó, y me devolvió la

sonrisa.

—Probablemente no. No juega bien. Sólo compite en la liga

menor. Pasa mucho tiempo fuera.

—Y tu madre te envió aquí para poder viajar con él —fue de

nuevo una afirmación, no una pregunta. Alcé ligeramente la

barbilla.

—No, no me envió aquí. Fue cosa mía.

Frunció el ceño.

—No lo entiendo —confesó, y pareció frustrado.

Suspiré. ¿Por qué le explicaba todo aquello? Continuaba

contemplándome con una manifiesta curiosidad.

—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero le echaba

mucho de menos. La separación la hacía desdichada, por lo que

decidí que había llegado el momento de venir a vivir con Charlie

—concluí con voz apagada.

—Pero ahora tú eres desgraciada —señaló.

— ¿Y? —repliqué con voz desafiante.

—No parece demasiado justo.

Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa.

Me reí sin alegría.

— ¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.

—Creo haberlo oído antes —admitió secamente.

—Bueno, eso es todo —insistí, preguntándome por qué todavía

me miraba con tanto interés.

Me evaluó con la mirada.

—Das el pego —dijo arrastrando las palabras—, pero apostaría a

que sufres más de lo que aparentas.

Le hice una mueca, resistí el impulso de sacarle la lengua como

una niña de cinco años, y desvié la vista.

— ¿Me equivoco?

Traté de ignorarlo.

—Creo que no —murmuró con suficiencia.

— ¿Y a ti qué te importa? —pregunté irritada. Desvié la mirada y

contemplé al profesor deteniéndose en otras mesas.

—Muy buena pregunta —musitó en voz tan baja que me

pregunté si hablaba consigo mismo; pero, después de unos

segundos de silencio, comprendí que era la única respuesta que

iba a obtener.

Suspiré, mirando enfurruñada la pizarra.

— ¿Te molesto? —preguntó. Parecía divertido.

Le miré sin pensar y otra vez le dije la verdad.

—No exactamente. Estoy más molesta conmigo. Es fácil ver lo

que pienso. Mi madre me dice que soy un libro abierto.

Fruncí el ceño.

—Nada de eso, me cuesta leerte el pensamiento.

A pesar de todo lo que yo había dicho y él había intuido, parecía

sincero.

—Ah, será que eres un buen lector de mentes —contesté.

—Por lo general, sí —exhibió unos dientes perfectos y blancos al

sonreír.

El señor Banner llamó al orden a la clase en ese momento, le miré

y escuché con alivio. No me podía creer que acabara de contarle

mi deprimente vida a aquel chico guapo y estrafalario que tal vez

me despreciara. Durante nuestra conversación había parecido

absorto, pero ahora, al mirarlo de soslayo, le vi inclinarse de

nuevo para poner la máxima distancia entre nosotros y agarrar el

borde de la mesa, con las manos tensas.

Traté de fingir atención mientras el señor Banner mostraba con

transparencias del retroproyector lo que yo había visto sin

dificultad en el microscopio, pero era incapaz de controlar mis

pensamientos.

Cuando al fin el timbre sonó, Edward se apresuró a salir del aula

con la misma rapidez y elegancia del pasado lunes. Y, como el

lunes pasado, le miré fijamente.

Mike acudió brincando a mi lado y me recogió los libros. Le

imaginé meneando el rabo.

— ¡Qué rollo! —gimió—. Todas las diapositivas eran

exactamente iguales. ¡Qué suerte tener a Cullen como

compañero!

—No tuve ninguna dificultad —dije, picada por su suposición,

pero me arrepentí inmediatamente y antes de que se molestara

añadí—: Es que ya he hecho esta práctica.

—Hoy Cullen estuvo bastante amable —comentó mientras nos

poníamos los impermeables. No parecía demasiado complacido.

Intenté mostrar indiferencia y dije:

—Me pregunto qué mosca le picaría el lunes.

No presté ninguna atención a la cháchara de Mike mientras nos

encaminábamos hacia el gimnasio y tampoco estuve atenta en

clase de Educación física. Mike formaba parte de mi equipo ese

día y muy caballerosamente cubrió tanto mi posición como la

suya, por lo que pude pasar el tiempo pensando en las

musarañas salvo cuando me tocaba sacar a mí. Mis compañeros

de equipo se agachaban rápidamente cada vez que me tocaba

servir.

La lluvia se había convertido en niebla cuando anduve hacia el

aparcamiento, pero me sentí mejor al entrar en la seca cabina del

monovolumen. Encendí la calefacción sin que, por una vez, me

importase el ruido del motor, que tanto me atontaba. Abrí la

cremallera del impermeable, bajé la capucha y ahuequé mi pelo

mojado para que se secara mientras volvía a casa.

Miré alrededor antes de dar marcha atrás. Fue entonces cuando

me percaté de una figura blanca e inmóvil, la de Edward Cullen,

que se apoyaba en la puerta delantera del Volvo a unos tres

coches de distancia y me miraba fijamente. Aparté la vista y metí

la marcha atrás tan deprisa que estuve a punto de chocar contra

un Toyota Corola oxidado. Fue una suerte para el Toyota que

pisara el freno con fuerza. Era la clase de coche que mi

monovolumen podía reducir a chatarra. Respiré hondo, aún con

la vista al otro lado de mi coche, y volví a meter la marcha con

más cuidado y éxito. Seguía con la mirada hacia delante cuando

pasé junto al Volvo, pero juraría que lo vi reírse cuando le miré

de soslayo.

EL PRODIGIO

Algo había cambiado cuando abrí los ojos por la mañana.

Era la luz, algo más clara aunque siguiera teniendo el matiz gris

verdoso propio de un día nublado en el bosque. Comprendí que

faltaba la niebla que solía envolver mi ventana.

Me levanté de la cama de un salto para mirar fuera y gemí de

pavor.

Una fina capa de nieve cubría el césped y el techo de mi coche, y

blanqueaba el camino, pero eso no era lo peor. Toda la lluvia del

día anterior se había congelado, recubriendo las agujas de los

pinos con diseños fantásticos y hermosísimos, pero convirtiendo

la calzada en una superficie resbaladiza y mortífera. Ya me

costaba mucho no caerme cuando el suelo estaba seco; tal vez

fuera más seguro que volviera a la cama.

Charlie se había marchado al trabajo antes de que yo bajara las

escaleras. En muchos sentidos, vivir con él era como tener mi

propia casa y me encontraba disfrutando de la soledad en lugar

de sentirme sola.

Engullí un cuenco de cereales y bebí un poco de zumo de naranja

a morro. La perspectiva de ir al instituto me emocionaba, y me

asustaba saber que la causa no era el estimulante entorno

educativo que me aguardaba ni la perspectiva de ver a mis

nuevos amigos. Si no quería engañarme, debía admitir que

deseaba acudir al instituto para ver a Edward Cullen, lo cual era

una soberana tontería.

Después de que el día anterior balbuceara como una idiota y me

pusiera en ridículo, debería evitarlo a toda costa. Además,

desconfiaba de él por haberme mentido sobre sus ojos. Aún me

atemorizaba la hostilidad que emanaba de su persona, todavía se

me trababa la lengua cada vez que imaginaba su rostro perfecto.

Era plenamente consciente de que jugábamos en ligas diferentes,

distantes. Por todo eso, no debería estar tan ansiosa por verle.

Necesité de toda mi concentración para caminar sin matarme por

la acera cubierta de hielo en dirección a la carretera; aun así,

estuve a punto de perder el equilibro cuando al fin llegué al

coche, pero conseguí agarrarme al espejo y me salvé. Estaba

claro, el día iba a ser una pesadilla.

Mientras conducía hacia la escuela, para distraerme de mi temor

a sucumbir, a entregarme a especulaciones no deseadas sobre

Edward Cullen, pensé en Mike y en Eric, y en la evidente

diferencia entre cómo me trataban los adolescentes del pueblo y

los de Phoenix. Tenía el mismo aspecto que en Phoenix, estaba

segura. Tal vez sólo fuera que esos chicos me habían visto pasar

lentamente por las etapas menos agraciadas de la adolescencia y

aún pensaban en mí de esa forma. O tal vez se debía a que era

nueva en un lugar donde escaseaban las novedades.

Posiblemente, el hecho de que fuera terriblemente patosa aquí se

consideraba como algo encantador en lugar de patético, y me

encasillaban en el papel de damisela en apuros. Fuera cual fuera

la razón, me desconcertaba que Mike se comportara como un

perrito faldero y que Eric se hubiera convertido en su rival.

Hubiera preferido pasar desapercibida.

El monovolumen no parecía tener ningún problema en avanzar

por la carretera cubierta de hielo ennegrecido, pero aun así

conducía muy despacio para no causar una escena de caos en

Main Street.

Cuando llegué al instituto y salí del coche, vi el motivo por el que

no había tenido percances. Un objeto plateado me llamó la

atención y me dirigí a la parte trasera del monovolumen,

apoyándome en él todo el tiempo, para examinar las llantas,

recubiertas por finas cadenas entrecruzadas. Charlie había

madrugado para poner cadenas a los neumáticos del coche. Se

me hizo un nudo en la garganta, ya que no estaba acostumbrada

a que alguien cuidara de mí, y la silenciosa preocupación de

Charlie me pilló desprevenida.

Estaba de pie junto a la parte trasera del vehículo, intentando

controlar aquella repentina oleada de sentimientos que me

embargó al ver las cadenas, cuando oí un sonido extraño.

Era un chirrido fuerte que se convertía rápidamente en un

estruendo. Sobresaltada, alcé la vista.

Vi varias cosas a la vez. Nada se movía a cámara lenta, como

sucede en las películas, sino que el flujo de adrenalina hizo que

mí mente obrara con mayor rapidez, y pudiera asimilar al mismo

tiempo varias escenas con todo lujo de detalles.

Edward Cullen se encontraba a cuatro coches de distancia, y me

miraba con rostro de espanto. Su semblante destacaba entre un

mar de caras, todas con la misma expresión horrorizada. Pero en

aquel momento tenía más importancia una furgoneta azul oscuro

que patinaba con las llantas bloqueadas chirriando contra los

frenos, y que dio un brutal trompo sobre el hielo del

aparcamiento. Iba a chocar contra la parte posterior del

monovolumen, y yo estaba en medio de los dos vehículos. Ni

siquiera tendría tiempo para cerrar los ojos.

Algo me golpeó con fuerza, aunque no desde la dirección que

esperaba, inmediatamente antes de que escuchara el terrible

crujido que se produjo cuando la furgoneta golpeó contra la base

de mi coche y se plegó como un acordeón. Me golpeé la cabeza

contra el asfalto helado y sentí que algo frío y compacto me

sujetaba contra el suelo. Estaba tendida en la calzada, detrás del

coche color café que estaba junto al mío, pero no tuve ocasión de

advertir nada más porque la camioneta seguía acercándose.

Después de raspar la parte trasera del monovolumen, había dado

la vuelta y estaba a punto de aplastarme de nuevo.

Me percaté de que había alguien a mi lado al oír una maldición

en voz baja, y era imposible no reconocerla. Dos grandes manos

blancas se extendieron delante de mí para protegerme y la

furgoneta se detuvo vacilante a treinta centímetros de mi cabeza.

De forma providencial, ambas manos cabían en la profunda

abolladura del lateral de la carrocería de la furgoneta.

Entonces, aquellas manos se movieron con tal rapidez que se

volvieron borrosas. De repente, una sostuvo la carrocería de la

furgoneta por debajo mientras algo me arrastraba. Empujó mis

piernas hasta que toparon con los neumáticos del coche marrón.

Con un seco crujido metálico que estuvo a punto de perforarme

los tímpanos, la furgoneta cayó pesadamente en el asfalto entre el

estrépito de las ventanas al hacerse añicos. Cayó exactamente

donde hacía un segundo estaban mis piernas.

Reinó un silencio absoluto durante un prolongado segundo antes

de que todo el mundo se pusiera a chillar. Oí a más de un

persona que me llamaba en la repentina locura que se desató a

continuación, pero en medio de todo aquel griterío escuché con

mayor claridad la voz suave y desesperada de Edward Cullen

que me hablaba al oído.

— ¿Bella? ¿Cómo estás?

—Estoy bien.

Mi propia voz me resultaba extraña. Intenté incorporarme y

entonces me percaté de que me apretaba contra su costado con

mano de acero.

—Ve con cuidado —dijo mientras intentaba soltarme—. Creo que

te has dado un buen porrazo en la cabeza.

Sentí un dolor palpitante encima del oído izquierdo.

— ¡Ay! —exclamé, sorprendida.

—Tal y como pensaba...

Por increíble que pudiera parecer, daba la impresión de que

intentaba contener la risa.

— ¿Cómo demo...? —me paré para aclarar las ideas y orientarme

—. ¿Cómo llegaste aquí tan rápido?

—Estaba a tu lado, Bella —dijo; el tono de su voz volvía a ser

serio.

Quise incorporarme, y esta vez me lo permitió, quitó la mano de

mi cintura y se alejó cuanto le fue posible en aquel estrecho lugar.

Contemplé la expresión inocente de su rostro, lleno de

preocupación. Sus ojos dorados me desorientaron de nuevo.

¿Qué era lo que acababa de preguntarle?

Nos localizaron enseguida. Había un gentío con lágrimas en las

mejillas gritándose entre sí, y gritándonos a nosotros.

—No te muevas —ordenó alguien.

— ¡Sacad a Tyler de la furgoneta! —chilló otra persona.

El bullicio nos rodeó. Intenté ponerme en pie, pero la mano fría

de Edward me detuvo.

—Quédate ahí por ahora.

—Pero hace frío —me quejé. Me sorprendió cuando se rió

quedamente, pero con un tono irónico—. Estabas allí, lejos —me

acordé de repente, y dejó de reírse—. Te encontrabas al lado de

tu coche.

Su rostro se endureció.

—No, no es cierto.

—Te vi.

A nuestro alrededor reinaba el caos. Oí las voces más rudas de

los adultos, que acababan de llegar, pero sólo prestaba atención a

nuestra discusión. Yo tenía razón y él iba a reconocerlo.

—Bella, estaba contigo, a tu lado, y te quité de en medio.

Dio rienda suelta al devastador poder de su mirada, como si

intentara decirme algo crucial.

—No —dije con firmeza.

El dorado de sus ojos centelleó.

—Por favor, Bella.

— ¿Por qué? —inquirí.

—Confía en mí —me rogó. Su voz baja me abrumó. Entonces oí

las sirenas.

— ¿Prometes explicármelo todo después?

—Muy bien —dijo con brusquedad, repentinamente exasperado.

—Muy bien —repetí encolerizada.

Se necesitaron seis EMT1 y dos profesores, el señor Varner y el

entrenador Clapp, para desplazar la furgoneta de forma que

pudieran pasar las camillas. Edward la rechazó con vehemencia.

Intenté imitarle, pero me traicionó al chivarles que había sufrido

un golpe en la cabeza y que tenía una contusión. Casi me morí de

vergüenza cuando me pusieron un collarín. Parecía que todo el

instituto estaba allí, mirando con gesto adusto, mientras me

introducían en la parte posterior de la ambulancia. Dejaron que

Edward fuera delante. Eso me enfureció.

Para empeorar las cosas, el jefe de policía Swan llegó antes de

que me pusieran a salvo.

— ¡Bella! —gritó con pánico al reconocerme en la camilla.

—Estoy perfectamente, Char... papá —dije con un suspiro—. No

me pasa nada.

Se giró hacia el EMT más cercano en busca de una segunda

opinión. Lo ignoré y me detuve a analizar el revoltijo de

imágenes inexplicables que se agolpaban en mi mente. Cuando

me alejaron del coche en camilla, había visto una abolladura

profunda en el parachoques del coche marrón. Encajaba a la

1 1 [N. del T.] Siglas de Emergency Medical Technician (Técnicos

Médicos de Emergencia).

perfección con el contorno de los hombros de Edward, como si se

hubiera apoyado contra el vehículo con fuerza suficiente para

dañar el bastidor metálico.

Y luego estaba la familia de Edward, que nos miraba a lo lejos

con una gama de expresiones que iban desde la reprobación

hasta la ira, pero no había el menor atisbo de preocupación por la

integridad de su hermano.

Intenté hallar una solución lógica que explicara lo que acababa de

ver, una explicación que excluyera la posibilidad de que hubiera

enloquecido.

La policía escoltó a la ambulancia hasta el hospital del condado,

por descontado. Me sentí ridícula todo el tiempo que tardaron en

bajarme, y ver a Edward cruzar majestuosamente las puertas del

hospital por su propio pie empeoraba las cosas. Me rechinaron

los dientes.

Me condujeron hasta la sala de urgencias, una gran habitación

con una hilera de camas separadas por cortinas de colores claros.

Una enfermera me tomó la tensión y puso un termómetro debajo

de mi lengua. Dado que nadie se molestó en correr las cortinas

para concederme un poco de intimidad, decidí que no estaba

obligada a llevar aquel feo collarín por más tiempo. En cuanto se

fue la enfermera, desabroché el velero rápidamente y lo tiré

debajo de la cama.

Se produjo una nueva conmoción entre el personal del hospital.

Trajeron otra camilla hacia la cama contigua a la mía. Reconocí a

Tyler Crowley, de mi clase de Historia, debajo de los vendajes

ensangrentados que le envolvían la cabeza. Tenía un aspecto cien

veces peor que el mío, pero me miró con ansiedad.

— ¡Bella, lo siento mucho!

—Estoy bien, Tyler, pero tú tienes un aspecto horrible. ¿Cómo te

encuentras?

Las enfermeras empezaron a desenrollarle los vendajes

manchados mientras hablábamos, y quedó al descubierto una

miríada de cortes por toda la frente y la mejilla izquierda.

Tyler no prestó atención a mis palabras.

— ¡Pensé que te iba a matar! Iba a demasiada velocidad y entré

mal en el hielo...

Hizo una mueca cuando una enfermera empezó a limpiarle la

cara.

—No te preocupes; no me alcanzaste.

— ¿Cómo te apartaste tan rápido? Estabas allí y luego

desapareciste.

—Pues... Edward me empujó para apartarme de la trayectoria de

la camioneta.

Parecía confuso.

— ¿Quién?

—Edward Cullen. Estaba a mi lado.

Siempre se me había dado muy mal mentir. No sonaba nada

convincente.

— ¿Cullen? No lo vi... ¡Vaya, todo ocurrió muy deprisa! ¿Está

bien?

—Supongo que sí. Anda por aquí cerca, pero a él no le obligaron

a utilizar una camilla.

Sabía no que no estaba loca. En ese caso, ¿qué había ocurrido? No

había forma de encontrar una explicación convincente para lo

que había visto.

Luego me llevaron en silla de ruedas para sacar una placa de mi

cabeza. Les dije que no tenía heridas, y estaba en lo cierto. Ni una

contusión. Pregunté si podía marcharme, pero la enfermera me

dijo que primero debía hablar con el doctor, por lo que quedé

atrapada en la sala de urgencias mientras Tyler me acosaba con

sus continuas disculpas. Siguió torturándose por mucho que

intenté convencerle de que me encontraba perfectamente. Al

final, cerré los ojos y le ignoré, aunque continuó murmurando

palabras de remordimiento.

— ¿Estará durmiendo? —preguntó una voz musical. Abrí los ojos

de inmediato.

Edward se hallaba al pie de mi cama sonriendo con suficiencia.

Le fulminé con la mirada. No resultaba fácil... Hubiera resultado

más natural comérselo con los ojos.

—Oye, Edward, lo siento mucho... —empezó Tyler.

El interpelado alzó la mano para hacerle callar.

—No hay culpa sin sangre —le dijo con una sonrisa que dejó

entrever sus dientes deslumbrantes. Se sentó en el borde de la

cama de Tyler, me miró y volvió a sonreír con suficiencia.

— ¿Bueno, cuál es el diagnóstico?

—No me pasa nada, pero no me dejan marcharme —me quejé—.

¿Por qué no te han atado a una camilla como a nosotros?

—Tengo enchufe —respondió—, pero no te preocupes, voy a

liberarte.

Entonces entró un doctor y me quedé boquiabierta. Era joven,

rubio y más guapo que cualquier estrella de cine, aunque estaba

pálido y ojeroso; se le notaba cansado. A tenor de lo que me

había dicho Charlie, ése debía de ser el padre de Edward.

—Bueno, señorita Swan —dijo el doctor Cullen con una voz

marcadamente seductora—, ¿cómo se encuentra?

—Estoy bien —repetí, ojala fuera por última vez.

Se dirigió hacia la mesa de luz vertical de la pared y la encendió.

—Las radiografías son buenas —dijo—. ¿Le duele la cabeza?

Edward me ha dicho que se dio un golpe bastante fuerte.

—Estoy perfectamente —repetí con un suspiro mientras lanzaba

una rápida mirada de enojo a Edward.

El médico me examinó la cabeza con sus fríos dedos. Se percató

cuando esbocé un gesto de dolor.

— ¿Le duele? —preguntó.

—No mucho.

Había tenido jaquecas peores.

Oí una risita, busqué a Edward con la mirada y vi su sonrisa

condescendiente. Entrecerré los ojos con rabia.

—De acuerdo, su padre se encuentra en la sala de espera. Se

puede ir a casa con él, pero debe regresar rápidamente si siente

mareos o algún trastorno de visión.

— ¿No puedo ir a la escuela? —inquirí al imaginarme los

intentos de Charlie por ser atento.

—Hoy debería tomarse las cosas con calma.

Fulminé a Edward con la mirada.

— ¿Puede él ir a la escuela?

—Alguien ha de darles la buena nueva de que hemos

sobrevivido —dijo con suficiencia.

—En realidad —le corrigió el doctor Cullen— parece que la

mayoría de los estudiantes están en la sala de espera.

— ¡Oh, no! —gemí, cubriéndome el rostro con las manos.

El doctor Cullen enarcó las cejas.

— ¿Quiere quedarse aquí?

— ¡No, no! —insistí al tiempo que sacaba las piernas por el borde

de la camilla y me levantaba con prisa, con demasiada prisa,

porque me tambaleé y el doctor Cullen me sostuvo. Parecía

preocupado.

—Me encuentro bien —volví a asegurarle. No merecía la pena

explicarle que mi falta de equilibrio no tenía nada que ver con el

golpe en la cabeza.

—Tome unas pastillas de Tylenol contra el dolor —sugirió

mientras me sujetaba.

—No me duele mucho —insistí.

—Parece que ha tenido muchísima suerte —dijo con una sonrisa

mientras firmaba mi informe con una fioritura.

—La suerte fue que Edward estuviera a mi lado —le corregí

mirando con dureza al objeto de mi declaración.

—Ah, sí, bueno —musitó el doctor Cullen, súbitamente ocupado

con los papeles que tenía delante. Después, miró a Tyler y se

marchó a la cama contigua. Tuve la intuición de que el doctor

estaba al tanto de todo.

—Lamento decirle que usted se va a tener que quedar con

nosotros un poquito más —le dijo a Tyler, y empezó a examinar

sus heridas.

Me acerqué a Edward en cuanto el doctor me dio la espalda.

— ¿Puedo hablar contigo un momento? —murmuré muy bajo. Se

apartó un paso de mí, con la mandíbula tensa.

—Tu padre te espera —dijo entre dientes.

Miré al doctor Cullen y a Tyler, e insistí:

—Quiero hablar contigo a solas, si no te importa.

Me miró con ira, me dio la espalda y anduvo a trancos por la

gran sala. Casi tuve que correr para seguirlo, pero se volvió para

hacerme frente tan pronto como nos metimos en un pequeño

corredor.

— ¿Qué quieres? —preguntó molesto.

Su mirada era glacial y su hostilidad me intimidó, hablé con más

severidad de la que pretendía.

—Me debes una explicación —le recordé.

——Te salvé la vida. No te debo nada.

Retrocedí ante el resentimiento de su tono.

—Me lo prometiste.

—Bella, te diste un fuerte golpe en la cabeza, no sabes de qué

hablas.

Lo dijo de forma cortante. Me enfadé y le miré con gesto

desafiante.

—No me pasaba nada en la cabeza.

Me devolvió la mirada de desafío.

— ¿Qué quieres de mí, Bella?

—Quiero saber la verdad —dije—. Quiero saber por qué miento

por ti.

— ¿Qué crees que pasó? —preguntó bruscamente.

—Todo lo que sé —le contesté de forma atropellada— es que no

estabas cerca de mí, en absoluto, y Tyler tampoco te vio, de modo

que no me vengas con eso de que me he dado un golpe muy

fuerte en la cabeza. La furgoneta iba a matarnos, pero no lo hizo.

Tus manos dejaron abolladuras tanto en la carrocería de la

furgoneta como en el coche marrón, pero has salido ileso. Y luego

la sujetaste cuando me iba a aplastar las piernas...

Me di cuenta de que parecía una locura y fui incapaz de

continuar. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de pura

rabia. Rechiné los dientes para intentar contenerlas.

Edward me miró con incredulidad, pero su rostro estaba tenso y

permanecía a la defensiva.

— ¿Crees que aparté a pulso una furgoneta?

Su voz cuestionaba mi cordura, pero sólo sirvió para alimentar

más mis sospechas, ya que parecía la típica frase perfecta que

pronuncia un actor consumado. Apreté la mandíbula y me limité

a asentir con la cabeza.

—Nadie te va a creer, ya lo sabes.

Su voz contenía una nota de burla y desdén.

—No se lo voy a decir a nadie.

Hablé despacio, pronunciando lentamente cada palabra,

controlando mi enfado con cuidado. La sorpresa recorrió su

rostro.

—Entonces, ¿qué importa?

—Me importa a mí —insistí—. No me gusta mentir, por eso

quiero tener un buen motivo para hacerlo.

— ¿Es que no me lo puedes agradecer y punto?

—Gracias.

Esperé, furiosa, echando chispas.

—No vas a dejarlo correr, ¿verdad?

—No.

—En tal caso... espero que disfrutes de la decepción.

Enfadados, .nos miramos el uno al otro, hasta que al final rompí

el silencio intentando concentrarme. Corría el peligro de que su

rostro, hermoso y lívido, me distrajera. Era como intentar apartar

la vista de un ángel destructor.

— ¿Por qué te molestaste en salvarme? —pregunté con toda la

frialdad que pude.

Se hizo una pausa y durante un breve momento su rostro

bellísimo fue inesperadamente vulnerable.

—No lo sé —susurró.

Entonces me dio la espalda y se marchó.

Estaba tan enfadada que necesité unos minutos antes de poder

moverme. Cuando pude andar, me dirigí lentamente hacia la

salida que había al fondo del corredor.

La sala de espera superaba mis peores temores. Todos aquellos a

quienes conocía en Forks parecían hallarse presentes, y todos me

miraban fijamente. Charlie se acercó a toda prisa. Levanté las

manos.

—Estoy perfectamente —le aseguré, hosca. Seguía exasperada y

no estaba de humor para charlar.

— ¿Qué dijo el médico?

—El doctor Cullen me ha reconocido, asegura que estoy bien y

puedo irme a casa.

Suspiré. Mike y Jessica y Eric me esperaban y ahora se estaban

acercando.

—Vamonos —le urgí.

Sin llegar a tocarme, Charlie me rodeó la espalda con un brazo y

me condujo a las puertas de cristal de la salida. Saludé

tímidamente con la mano a mis amigos con la esperanza de que

comprendieran que no había de qué preocuparse. Fue un gran

alivio subirme al coche patrulla, era la primera vez que

experimentaba esa sensación.

Viajábamos en silencio. Estaba tan ensimismada en mis cosas que

apenas era consciente de la presencia de Charlie. Estaba segura

de que esa actitud a la defensiva de Edward en el pasillo no era

sino la confirmación de unos sucesos tan extraños que

difícilmente me hubiera creído de no haberlos visto con mis

propios ojos.

Cuando llegamos a casa, Charlie habló al fin:

—Eh... Esto... Tienes que llamar a Renée.

Embargado por la culpa, agachó la cabeza. Me espanté.

— ¡Se lo has dicho a mamá!

—Lo siento.

Al bajarme, cerré la puerta del coche patrulla con un portazo más

fuerte de lo necesario.

Mi madre se había puesto histérica, por supuesto. Tuve que

asegurarle que estaba bien por lo menos treinta veces antes de

que se calmara. Me rogó que volviera a casa, olvidando que en

aquel momento estaba vacía, pero resistir a sus súplicas me

resultó mucho más fácil de lo que pensaba. El misterio que

Edward representaba me consumía; aún más, él me obsesionaba.

Tonta. Tonta. Tonta. No tenía tantas ganas de huir de Forks como

debiera, como hubiera tenido cualquier persona normal y cuerda.

Decidí que sería mejor acostarme temprano esa noche. Charlie no

dejaba de mirarme con preocupación y eso me sacaba de quicio.

Me detuve en el cuarto de baño al subir y me tomé tres pastillas

de Tylenol. Calmaron el dolor y me fui a dormir cuando éste

remitió.

Esa fue la primera noche que soñé con Edward Cullen.

LAS INVITACIONES

En mi sueño reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz

mortecina parecía proceder de la piel de Edward. No podía verle

el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mi lado,

dejándome sumida en la negrura. No lograba alcanzarlo por más

que corriera; no se volvía por muy fuertemente que le llamara.

Apenada, me desperté en medio de la noche y no pude volver a

conciliar el sueño durante un tiempo que se me hizo eterno.

Después de aquello, estuvo en mis sueños casi todas las noches,

pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.

El mes siguiente al accidente fue violento, tenso y, al menos al

principio, embarazoso.

Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante

el resto de la semana. Tyler Crowley se puso insoportable, me

seguía a todas partes, obsesionado con compensarme de algún

modo. Intenté convencerle de que lo único que quería era que

olvidara lo ocurrido, sobre todo porque no me había sucedido

nada, pero continuó insistiendo. Me seguía entre clase y clase y

en el almuerzo se sentaba a nuestra mesa, ahora muy concurrida.

Mike y Eric se comportaban con él de forma bastante más hostil

que entre ellos mismos, lo cual me llevó a considerar la

posibilidad de que hubiera conseguido otro admirador no

deseado.

Nadie pareció preocuparse de Edward, aunque expliqué una y

otra vez que el héroe era él, que me había apartado de la

trayectoria de la furgoneta y que había estado a punto de resultar

aplastado. Intenté ser convincente. Jessica, Mike, Eric y todos los

demás comentaban siempre que no le habían visto hasta que

apartaron la furgoneta.

Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba

antes de que me salvara la vida de un modo tan repentino como

imposible. Con disgusto, comprendí que la causa más probable

era que nadie estaba tan pendiente de Edward como yo. Nadie

más le miraba de la forma en que yo lo hacía. ¡Lamentable!

Edward jamás se vio rodeado de espectadores curiosos que

desearan oír la historia de primera mano. La gente lo evitaba

como de costumbre. Los Cullen y los Hale se sentaban en la

misma mesa, como siempre, sin comer, hablando sólo entre sí.

Ninguno de ellos, y él menos, me miró ni una sola vez.

Cuando se sentaba a mi lado en clase, tan lejos de mí como se lo

permitía la mesa, no parecía ser consciente de mi presencia. Sólo

de forma ocasional, cuando cerraba los puños de repente, con la

piel, tensa sobre los nudillos, aún más blanca, me preguntaba si

realmente me ignoraba tanto como aparentaba.

Deseaba no haberme apartado del camino de la furgoneta de

Tyler. Esa era la única conclusión a la que podía llegar.

Tenía mucho interés en hablar con él, y lo intenté al día siguiente

del accidente. La última vez que le vi, fuera de la sala de

urgencias, los dos estábamos demasiado furiosos. Yo seguía

enfadada porque no me confiaba la verdad a pesar de que había

cumplido al pie de la letra mi parte del trato. Pero lo cierto es que

me había salvado la vida, sin importar cómo lo hiciera, y de

noche, el calor de mi ira se desvaneció para convertirse en una

respetuosa gratitud.

Ya estaba sentado cuando entré en Biología, mirando al frente.

Me senté, esperando que se girara hacia mí. No dio señales de

haberse percatado de mi presencia.

—Hola, Edward —dije en tono agradable para demostrarle que

iba a comportarme.

Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez

y miró en la dirección opuesta.

Y ése fue el último contacto que había tenido con él, aunque

todos los días estuviera ahí, a treinta centímetros. A veces,

incapaz de contenerme, le miraba a cierta distancia, en la

cafetería o en el aparcamiento. Contemplaba cómo sus ojos

dorados se oscurecían de forma evidente día a día, pero en clase

no daba más muestras de saber de su existencia que las que él me

mostraba a mí. Me sentía miserable. Y los sueños continuaron.

A pesar de mis mentiras descaradas, el tono de mis correos

electrónicos alertó a Renée de mi tristeza y telefoneó unas

cuantas veces, preocupada. Intenté convencerla de que sólo era el

clima, que me aplanaba.

Al menos, a Mike le complacía la obvia frialdad existente entre

mi compañero de laboratorio y yo. Noté que le preocupaba que

me hubiera impresionado el atrevido rescate de Edward. Quedó

muy aliviado cuando se dio cuenta de que parecía haber tenido

el efecto opuesto. Su confianza aumentó hasta sentarse al borde

de mi mesa para conversar antes de que empezara la clase de

Biología, ignorando a Edward de forma tan absoluta como él a

nosotros.

Por fortuna, la nieve se fundió después de aquel peligroso día.

Mike quedó desencantado por no haber podido organizar su

pelea de bolas de nieve, pero le complacía que pronto

pudiéramos hacer la excursión a la playa. No obstante, continuó

lloviendo a cántaros y pasaron las semanas.

Jessica me hizo tomar conciencia de que se fraguaba otro

acontecimiento. El primer martes de marzo me telefoneó y me

pidió permiso para invitar a Mike en la elección de las chicas

para el baile de primavera que tendría lugar en dos semanas.

— ¿Seguro que no te importa? ¿No pensabas pedírselo? —insistió

cuando le dije que no me importaba lo más mínimo.

—No, Jess, no voy a ir —le aseguré.

Bailar se encontraba claramente fuera del abanico de mis

habilidades.

—Va a ser realmente divertido.

Su esfuerzo por convencerme fue poco entusiasta. Sospechaba

que Jessica disfrutaba más con mi inexplicable popularidad que

con mi compañía.

—Diviértete con Mike —la animé.

Me sorprendió que al día siguiente no mostrara su efusivo ego de

costumbre en clase de Trigonometría y español. Permaneció

callada mientras caminaba a mi lado entre una clase y otra, y me

dio miedo preguntarle la razón. Si Mike la había rechazado yo

era la última persona a la que se lo querría contar.

Mis temores se acrecentaron durante el almuerzo, cuando Jessica

se sentó lo más lejos que pudo de Mike y charló animadamente

con Eric. Mike estuvo inusualmente callado.

Mike continuó en silencio mientras me acompañaba a clase. El

aspecto violento de su rostro era una mala señal, pero no abordó

el tema hasta que estuve sentada en mi pupitre y él se encaramó

sobre la mesa. Como siempre, era consciente de que Edward se

sentaba lo bastante cerca para tocarlo, y tan distante como si

fuera una mera invención de mi imaginación.

—Bueno —dijo Mike, mirando al suelo—, Jessica me ha pedido

que la acompañe al baile de primavera.

—Eso es estupendo —conferí a mi voz un tono de entusiasmo

manifiesto—. Te vas a divertir un montón con ella.

—Eh, bueno... —se quedó sin saber qué decir mientras estudiaba

mi sonrisa; era obvio que mi respuesta no le satisfacía—. Le dije

que tenía que pensármelo.

— ¿Por qué lo hiciste?

Dejé que mi voz reflejara cierta desaprobación, aunque me

aliviaba saber que no le había dado a Jessica una negativa

definitiva. Se puso colorado como un tomate y bajó la vista. La

lástima hizo vacilar mi resolución.

—Me preguntaba si... Bueno..., si tal vez tenías intención de

pedírmelo tú.

Me tomé un momento de respiro, soportando a duras penas la

oleada de culpabilidad que recorría todo mi ser, pero con el

rabillo del ojo vi que Edward inclinaba la cabeza hacia mí con

gesto de reflexión.

—Mike, creo que deberías aceptar la propuesta de Jess —le dije.

— ¿Se lo has pedido ya a alguien?

¿Se había percatado Edward de que Mike posaba los ojos en él?

—No —le aseguré—. No tengo intención de acudir al baile.

— ¿Por qué? —quiso saber Mike.

No deseaba ponerle al tanto de los riesgos que bailar suponía

para mi integridad, por lo que improvisé nuevos planes sobre la

marcha.

—Ese sábado voy a ir a Seattle —le expliqué. De todos modos,

necesitaba salir del pueblo y era el momento perfecto para

hacerlo.

— ¿No puedes ir otro fin de semana?

—Lo siento, pero no —respondí—. No deberías hacer esperar a

Jessica más tiempo. Es de mala educación.

—Sí, tienes razón —masculló y, abatido, se dio la vuelta para

volver a su asiento.

Cerré los ojos y me froté las sienes con los dedos en un intento de

desterrar de mi mente los sentimientos de culpa y lástima. El

señor Banner comenzó a hablar. Suspiré y abrí los ojos.

Edward me miraba con curiosidad, aquel habitual punto de

frustración de sus ojos negros era ahora aún más perceptible.

Le devolví la mirada, esperando que él apartara la suya, pero en

lugar de eso, continuó estudiando mis ojos a fondo y con gran

intensidad. Me comenzaron a temblar las manos.

— ¿Señor Cullen? —le llamó el profesor, que aguardaba la

respuesta a una pregunta que yo no había escuchado.

—El ciclo de Krebs —respondió Edward; parecía reticente

mientras se volvía para mirar al señor Banner.

Clavé la vista en el libro en cuanto los ojos de Edward me

liberaron, intentando centrarme. Tan cobarde como siempre, dejé

caer el pelo sobre el hombro derecho para ocultar el rostro. No

era capaz de creer el torrente de emociones que palpitaba en mi

interior, y sólo porque había tenido a bien mirarme por primera

vez en seis semanas. No podía permitirle tener ese grado de

influencia sobre mí. Era patético; más que patético, era

enfermizo.

Intenté ignorarle con todas mis fuerzas durante el resto de la

hora y, dado que era imposible, que al menos no supiera que

estaba pendiente de él. Me volví de espaldas a él cuando al fin

sonó la campana, esperando que, como de costumbre, se

marchara de inmediato.

— ¿Bella?

Su voz no debería resultarme tan familiar, como si la hubiera

conocido toda la vida en vez de tan sólo unas pocas semanas

antes.

Sin querer, me volví lentamente. No quería sentir lo que sabía

que iba a sentir cuando contemplase aquel rostro tan perfecto.

Tenía una expresión cauta cuando al fin me giré hacia él. La suya

era inescrutable. No dijo nada.

— ¿Qué? ¿Me vuelves a dirigir la palabra? —le pregunté

finalmente con una involuntaria nota de petulancia en la voz. Sus

labios se curvaron, escondiendo una sonrisa.

—No, en realidad no —admitió.

Cerré los ojos e inspiré hondo por la nariz, consciente de que me

rechinaban los dientes. El aguardó.

—Entonces, ¿qué quieres, Edward? —le pregunté sin abrir los

ojos; era más fácil hablarle con coherencia de esa manera.

—Lo siento —parecía sincero—. Estoy siendo muy grosero, lo sé,

pero de verdad que es mejor así.

Abrí los ojos. Su rostro estaba muy serio.

—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.

—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.

Entrecerré los ojos. Había oído eso antes.

—Es una lástima que no lo descubrieras antes —murmuré entre

dientes—. Te podías haber ahorrado todo ese pesar.

— ¿Pesar? —La palabra y el tono de mi voz le pillaron con la

guardia baja, sin duda—. ¿Pesar por qué?

—Por no dejar que esa estúpida furgoneta me hiciera puré.

Estaba atónito. Me miró fijamente sin dar crédito a lo que oía.

Casi parecía enfadado cuando al fin habló:

— ¿Crees que me arrepiento de haberte salvado la vida?

que es así —repliqué con brusquedad.

—No sabes nada.

Definitivamente, se había enfadado. Alejé bruscamente mi rostro

del suyo, mordiéndome la lengua para callarme todas las fuertes

acusaciones que quería decirle a la cara. Recogí los libros y luego

me puse en pie para dirigirme hacia la puerta. Pretendí hacer una

salida dramática de la clase, pero, cómo no, se me enganchó una

bota con la jamba de la puerta y se me cayeron los libros. Me

quedé allí un momento, sopesando la posibilidad de dejarlos en

el suelo. Entonces suspiré y me agaché para recogerlos. Pero él ya

estaba ahí, los había apilado. Me los entregó con rostro severo.

—Gracias —dije con frialdad.

Entrecerró los ojos.

— ¡No hay de qué! —replicó.

Me enderecé rápidamente, volví a apartarme de él y me alejé

caminando a clase de Educación física sin volver la vista atrás.

La hora de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte, jugamos

a baloncesto. Mi equipo jamás me pasaba la pelota, lo cual era

estupendo, pero me caí un montón de veces, y en ocasiones

arrastraba a gente conmigo. Ese día me movía peor de lo habitual

porque Edward ocupaba toda mi mente. Intentaba concentrarme

en mis pies, pero él seguía deslizándose en mis pensamientos

justo cuando más necesitaba mantener el equilibrio.

Como siempre, salir fue un alivio. Casi corrí hacia el

monovolumen, ya que había demasiada gente a la que quería

evitar. El vehículo había sufrido unos daños mínimos a raíz del

accidente. Había tenido que sustituir las luces traseras y hubiera

realizado algún retoque en la chapa de haber dispuesto de un

equipo de pintura de verdad. Los padres de Tyler habían tenido

que vender la furgoneta por piezas.

Estuvo a punto de darme un patatús cuando, al doblar la

esquina, vi una figura alta y oscura reclinada contra un lateral del

coche. Luego comprendí que sólo se trataba de Eric. Comencé a

andar de nuevo.

—Hola, Eric —le saludé.

—Hola, Bella.

— ¿Qué hay? —pregunté mientras abría la puerta. No presté

atención al tono incómodo de su voz, por lo que sus siguientes

palabras me pillaron desprevenida.

—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo.

La voz se le quebró al pronunciar la última palabra.

—Creí que era la chica quien elegía —respondí, demasiado

sorprendida para ser diplomática.

—Bueno, sí —admitió avergonzado.

Recobré la compostura e intenté ofrecerle mi sonrisa más cálida.

—Te agradezco que me lo pidas, pero ese día voy a estar en

Seattle.

—Oh. Bueno, quizás la próxima vez.

—Claro —acepté, y entonces me mordí la lengua. No quería que

se lo tomara al pie de la letra.

Se marchó de vuelta al instituto arrastrando los pies. Oí una débil

risita.

Edward pasó andando delante de mi coche, con la vista al frente

y los labios fruncidos. Abrí la puerta con un brusco tirón, entré

de un salto y la cerré con un sonoro golpe detrás de mí. Aceleré

el motor en punto muerto de forma ensordecedora y salí marcha

atrás hacia el pasillo. Edward ya estaba en su automóvil, a dos

coches de distancia, deslizándose con suavidad delante de mí,

cortándome el paso. Se detuvo ahí para esperar a su familia.

Pude ver a los cuatro tomar aquella dirección, aunque todavía

estaban cerca de la cafetería. Consideré seriamente la posibilidad

de embestir por detrás a su flamante Volvo, pero había

demasiados testigos. Miré por el espejo retrovisor. Comenzaba a

formarse una cola. Inmediatamente detrás de mí, Tyler Crowley

me saludaba con la mano desde su recién adquirido Sentra de

segunda mano. Estaba demasiado fuera de mis casillas para

saludarlo.

Oí a alguien llamar con los nudillos en el cristal de la ventana del

copiloto mientras permanecía allí sentada, mirando a cualquier

parte excepto al coche que tenía delante. Al girarme, vi a Tyler.

Confusa, volví a mirar por el retrovisor. Su coche seguía en

marcha con la puerta izquierda abierta. Me incliné dentro de la

cabina para bajar la ventanilla. Estaba helado hasta el tuétano.

Abrí el cristal hasta la mitad y me detuve.

—Lo siento, Tyler —seguía sorprendida, ya que resultaba

evidente que no era culpa mía——. El coche de los Cullen me

tiene atrapada.

—Oh, lo sé. Sólo quería preguntarte algo mientras estábamos

aquí bloqueados.

Esbozó una amplia sonrisa. No podía ser cierto.

— ¿Me vas a pedir que te acompañe al baile de primavera? —

continuó.

—No voy a estar en el pueblo, Tyler.

Mi voz sonó un poquito cortante. Intenté recordar que no era

culpa suya que Mike y Eric ya hubieran colmado el vaso de mi

paciencia por aquel día.

—Ya, eso me dijo Mike —admitió.

—Entonces, ¿por qué...?

Se encogió de hombros.

—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle las

calabazas.

Vale, eso era totalmente culpa suya.

—Lo siento, Tyler —repliqué mientras intentaba esconder mi

irritación—, pero me voy de verdad.

—Está bien. Aún nos queda el baile de fin de curso.

Caminó de vuelta a su coche antes de que pudiera responderle.

Supe que mi rostro reflejaba la sorpresa. Miré hacia delante y

observé a Alice, Rosalie, Emmett y Jasper dirigiéndose al Volvo.

Edward no me quitaba el ojo de encima por el espejo retrovisor.

Resultaba evidente que se estaba partiendo de risa, como si lo

hubiera escuchado todo. Estiré el pie hacia el acelerador, un

golpecito no heriría a nadie, sólo rayaría el reluciente esmalte de

la carrocería. Aceleré el motor en punto muerto.

Pero ya habían entrado los cuatro y Edward se alejaba a toda

velocidad. Regresé a casa conduciendo despacio y con

precaución, sin dejar de hablar para mí misma todo el camino.

Al llegar, decidí hacer enchiladas de pollo para cenar. Era un

plato laborioso que me mantendría ocupada. El teléfono sonó

mientras cocía a fuego lento las cebollas y los chiles. Casi no me

atrevía a contestar, pero podían ser mamá o Charlie.

Era Jessica, que estaba exultante. Mike la había alcanzado

después de clase para aceptar la invitación. Lo celebré con ella

durante unos instantes mientras removía la comida. Jessica debía

colgar, ya que quería telefonear a Angela y a Lauren para

decírselo. Le sugerí por «casualidad» que quizás Angela, la chica

tímida que iba a Biología conmigo, se lo podía pedir a Eric. Y

Lauren, una estirada que me ignoraba durante el almuerzo, se lo

podía pedir a Tyler; tenía entendido que estaba disponible. Jess

pensó que era una gran idea. De hecho, ahora que tenía seguro a

Mike, sonó sincera cuando dijo que deseaba que fuera al baile. Le

mencioné el pretexto del viaje a Seattle.

Después de colgar, intenté concentrarme en la cocina, sobre todo

al cortar el pollo. No me apetecía hacer otro viaje a urgencias.

Pero la cabeza me daba vueltas de tanto analizar cada palabra

que hoy había pronunciado Edward. ¿A qué se refería con que

era mejor que no fuéramos amigos?

Sentí un retortijón en el estómago cuando comprendí el

significado. Debía de haber visto cuánto me obsesionaba y no

quería darme esperanzas, por lo que no podíamos siquiera ser

amigos. ..., porque él no estaba nada interesado en mí.

Naturalmente que no le interesaba, pensé con enfado mientras

me lloraban los ojos —reacción provocada por las cebollas—. Yo

no era interesante y él sí. Interesante... y brillante, misterioso,

perfecto..., y guapo, y posiblemente capaz de levantar una

furgoneta con una sola mano.

Vale, de acuerdo. Podía dejarle tranquilo. Le dejaría solo.

Soportaría la sentencia que me había impuesto a mí misma aquí,

en el purgatorio; luego, si Dios quería, alguna universidad del

sudeste, o tal vez Hawai, me ofrecería una beca. Concentré la

mente en playas soleadas y palmeras mientras terminaba las

enchiladas y las metía en el horno.

Charlie parecía receloso cuando percibió el aroma a pimientos

verdes al llegar a casa. No le podía culpar, la comida mexicana

comestible más cercana se encontraba probablemente al sur de

California. Pero era un poli, aunque fuera en aquel pequeño

pueblecito, de modo que tuvo suficientes redaños para tomar el

primer bocado. Pareció gustarle. Resultaba divertido comprobar

lo despacio que empezaba a confiar en mí en los asuntos

culinarios. Cuando estaba a punto de acabar, le pregunté:

— ¿Papá?

— ¿Sí?

—Esto... Quería que supieras que voy a ir a Seattle el sábado de

la semana que viene..., si te parece bien.

No le pedí permiso, era sentar un mal precedente, pero me sentí

maleducada. Intenté arreglarlo con ese fin de frase.

— ¿Por qué?

Parecía sorprendido, como si fuera incapaz de imaginar algo que

Forks no pudiera ofrecer.

—Bueno, quiero conseguir algunos libros porque la librería local

es bastante pequeña, y tal vez mire algo de ropa.

Tenía más dinero del habitual, ya que no había tenido que pagar

el coche gracias a Charlie, aunque me dejaba un buen pellizco en

las gasolineras.

—Lo más probable es que el monovolumen consuma mucha

gasolina —apuntó, haciéndose eco de mis pensamientos.

—Lo sé. Pararé en Montessano y Olympia, y en Tacorna si fuera

necesario.

— ¿Vas a ir tú sola? —preguntó. No sabía si sospechaba que tenía

un novio secreto o si se preocupaba por el tema del coche.

—Sí.

—Seattle es una ciudad muy grande, te podrías perder —señaló

preocupado.

—Papá, Phoenix es cinco veces más grande que Seattle y sé leer

un mapa, no te preocupes.

— ¿No quieres que te acompañe?

Intenté ser astuta al tiempo que ocultaba mi pánico.

—No te preocupes, papá. Voy a ir de tiendas y me pasaré el día

en los probadores... Será aburrido.

—Oh, vale.

La sola de idea de sentarse en tiendas de ropa femenina por un

periodo de tiempo indeterminado le hizo desistir de inmediato.

—Gracias —le sonreí.

— ¿Estarás de vuelta a tiempo para el baile?

Maldición. Sólo en un pueblo tan pequeño, un padre sabe cuándo

tienen lugar los bailes del instituto.

—No, yo no bailo, papá.

Él por encima de todos los demás debería entenderlo. No había

heredado de mi madre mis problemas de equilibrio. Lo

comprendió.

—Ah, vale —había caído en la cuenta.

A la mañana siguiente, cuando me detuve en el aparcamiento,

dejé mi coche lo más lejos posible del Volvo plateado. Quise

apartarme del camino de la tentación para no acabar debiéndole

a Edward un coche nuevo. Al salir del coche jugueteé con las

llaves, que cayeron en un charco cercano. Mientras me agachaba

para recogerlas, surgió de repente una mano nivea y las tomó

antes que yo. Me erguí bruscamente. Edward Cullen estaba a mi

lado, recostado como por casualidad contra mi automóvil.

— ¿Cómo lo haces? —pregunté, asombrada e irritada.

— ¿Hacer qué?

Me tendió las llaves mientras hablaba y las dejó caer en la palma

de mi mano cuando las fui a coger.

—Aparecer del aire.

—Bella, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistada.

Como de costumbre, hablaba en calma, con voz pausada y

aterciopelada. Fruncí el ceño ante aquel rostro perfecto. Hoy sus

ojos volvían a relucir con un tono profundo y dorado como la

miel. Entonces tuve que bajar los míos para reordenar mis ideas,

ahora confusas.

— ¿A qué vino taponarme el paso ayer noche? —Quise saber,

aún rehuyendo su mirada—. Se suponía que fingías que yo no

existía ni te dabas cuenta de que echaba chispas.

—Eso fue culpa de Tyler, no mía —se rió con disimulo—. Tenía

que darle su oportunidad.

—Tú... —dije entrecortadamente.

No se me ocurría ningún insulto lo bastante malo. Pensé que la

fuerza de mi rabia lo achantaría, pero sólo parecía divertirse aún

más.

—No finjo que no existas —continuó.

— ¿Quieres matarme a rabietas dado que la furgoneta de Tyler

no lo consiguió?

La ira destelló en sus ojos castaños. Frunció los labios y

desaparecieron todas las señales de alegría.

—Bella, eres totalmente absurda —murmuró con frialdad.

Sentí un hormigueo en las palmas de las manos y me entró un

ansia de pegar a alguien. Estaba sorprendida. Por lo general, no

era una persona violenta. Le di la espalda y comencé a alejarme.

—Espera —gritó. Seguí andando, chapoteando enojada bajo la

lluvia, pero se puso a mi altura y mantuvo mi paso con facilidad.

—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras caminaba. Le

ignoré—. No estoy diciendo que no sea cierto —prosiguió—,

pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

— ¿Por qué no me dejas sola? —refunfuñé.

—Quería pedirte algo, pero me desviaste del tema —volvió a reír

entre dientes. Parecía haber recuperado el buen humor.

— ¿Tienes un trastorno de personalidad múltiple? —le pregunté

con acritud.

—Y lo vuelves a hacer.

Suspiré.

—Vale, entonces, ¿qué me querías pedir?

—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana, ya sabes, el

día del baile de primavera...

— ¿Intentas ser gracioso? —lo interrumpí, girándome hacia él.

Mi rostro se empapó cuando alcé la cabeza para mirarle. En sus

ojos había una perversa diversión.

—Por favor, ¿vas a dejarme terminar?

Me mordí el labio y junté las manos, entrelazando los dedos, para

no cometer ninguna imprudencia.

—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me

preguntaba si querrías dar un paseo.

Aquello fue totalmente inesperado.

— ¿Qué? —no estaba segura de adonde quería llegar.

— ¿Quieres dar un paseo hasta Seattle?

— ¿Con quién? —pregunté, desconcertada.

—Conmigo, obviamente —articuló cada sílaba como si se

estuviera dirigiendo a un discapacitado.

Seguía sin salir de mi asombro.

— ¿Por qué?

—Planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser

honesto, no estoy seguro de que tu monovolumen lo pueda

conseguir.

—Mi coche va perfectamente, muchísimas gracias por tu

preocupación.

Hice ademán de seguir andando, pero estaba demasiado

sorprendida para mantener el mismo nivel de ira.

— ¿Puede llegar gastando un solo depósito de gasolina?

Volvió a mantener el ritmo de mis pasos.

—No veo que sea de tu incumbencia.

Estúpido propietario de un flamante Volvo.

—El despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.

—De verdad, Edward, no te sigo —me recorrió un escalofrío al

pronunciar su nombre; odié la sensación—. Creía que no querías

ser amigo mío.

—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.

—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —le repliqué con feroz

sarcasmo.

Me di cuenta de que había dejado de andar otra vez. Ahora

estábamos al abrigo del tejado de la cafetería, por lo que podía

contemplarle el rostro con mayor comodidad, lo cual, desde

luego, no me ayudaba a aclarar las ideas.

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amiga —explicó

—, pero me he cansado de alejarme de ti, Bella.

Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunció con

voz seductora aquella última frase. Me olvidé hasta de respirar.

— ¿Me acompañarás a Seattle? —preguntó con voz todavía

vehemente.

Aún era incapaz de hablar, por lo que sólo asentí con la cabeza.

Sonrió levemente y luego su rostro se volvió serio.

—Deberías alejarte de mí, de veras —me previno—. Te veré en

clase.

Se dio la vuelta de forma brusca y desanduvo el camino que

habíamos recorrido.

GRUPO SANGUÍNEO

Me dirigí a clase de Lengua aún en las nubes, tal era así que al

entrar ni siquiera me di cuenta de que la clase había comenzado.

—Gracias por venir, señorita Swan —saludó despectivamente el

señor Masón.

Me sonrojé de vergüenza y me dirigí rápidamente a mi asiento.

No me di cuenta de que en el pupitre contiguo de siempre se

sentaba Mike hasta el final de la clase. Sentí una punzada de

culpabilidad, pero tanto él como Eric se reunieron conmigo en la

puerta como de costumbre, por lo que supuse que me habían

perdonado del todo. Mike parecía volver a ser el mismo mientras

caminábamos, hablaba entusiasmado sobre el informe del tiempo

para el fin de semana. La lluvia exigía hacer una acampada más

corta, pero aquel viaje a la playa parecía posible. Simulé interés

para maquillar el rechazo de ayer. Resultaría difícil; fuera como

fuera, con suerte, sólo se suavizaría a los cuarenta y muchos

años. . Pasé el resto de la mañana pensando en las musarañas.

Resultaba difícil creer que las palabras de Edward y la forma en

que me miraba no fueran fruto de mi imaginación. Tal vez sólo

fuese un sueño muy convincente que confundía con la realidad.

Eso parecía más probable que el que yo le atrajera de veras a

cualquier nivel.

Por eso estaba tan impaciente y asustada al entrar en la cafetería

con Jessica. Le quería ver el rostro para verificar si volvía a ser la

persona indiferente y fría que había conocido durante las últimas

semanas o, si por algún milagro, de verdad había oído lo que

creía haber oído esa mañana. Jessica cotorreaba sin cesar sobre

sus planes para el baile —Lauren y Angela ya se lo habían

pedido a los otros chicos e iban a acudir todos juntos—,

completamente indiferente a mi desinterés.

Un flujo de desencanto recorrió mi ser cuando de forma infalible

miré a la mesa de los Cullen. Los otros cuatro hermanos estaban

ahí, pero él se hallaba ausente. ¿Se había ido a casa? Abatida, me

puse a la cola detrás de la parlanchina Jessica. Había perdido el

apetito y sólo compré un botellín de limonada. Únicamente

quería sentarme y enfurruñarme.

—Edward Cullen te vuelve a mirar —dijo Jessica; interrumpió mi

distracción al pronunciar su nombre—. Me pregunto por qué se

sienta solo hoy.

Volví bruscamente la cabeza y seguí la dirección de su mirada

para ver a Edward, con su sonrisa picara, que me observaba

desde una mesa vacía en el extremo opuesto de la cafetería al que

solía sentarse. Una vez atraída mi atención, alzó la mano y movió

el dedo índice para indicarme que lo acompañara. Me guiñó el

ojo cuando lo miré incrédula.

— ¿Se refiere a ti? —preguntó Jessica con un tono de insultante

incredulidad en la voz.

—Puede que necesite ayuda con los deberes de Biología —musité

para contentarla—. Eh, será mejor que vaya a ver qué quiere.

Pude sentir cómo me miraba al alejarme.

Insegura, me quedé de pie detrás de la silla que había enfrente de

Edward al llegar a su mesa.

— ¿Por qué no te sientas hoy conmigo? —me preguntó con una

sonrisa.

Lo hice de inmediato, contemplándolo con precaución. Seguía

sonriendo. Resultaba difícil concebir que existiera alguien tan

guapo. Temía que desapareciera en medio de una repentina nube

de humo y que yo me despertara. Él debía de esperar que yo

comentara algo y por fin conseguí decir:

—Esto es diferente.

—Bueno —hizo una pausa y el resto de las palabras salieron de

forma precipitada—. Decidí que, ya puesto a ir al infierno, lo

podía hacer del todo.

Esperé a que dijera algo coherente. Transcurrieron los segundos

y después le indiqué:

—Sabes que no tengo ni idea de a qué te refieres.

—Cierto —volvió a sonreír y cambió de tema—. Creo que tus

amigos se han enojado conmigo por haberte raptado.

—Sobrevivirán.

Sentía los ojos de todos ellos clavados en mi espalda.

—Aunque es posible que no quiera liberarte —dijo con un brillo

pícaro en sus ojos. Tragué saliva y se rió. —Pareces preocupada.

—No —respondí, pero mi voz se quebró de forma ridícula—.

Más bien sorprendida. ¿A qué se debe este cambio?

—Ya te lo dije. Me he hartado de permanecer lejos de ti, por lo

que me he rendido. Seguía sonriendo, pero sus ojos de color ocre

estaban serios.

— ¿Rendido? —repetí confusa.

—Sí, he dejado de intentar ser bueno. Ahora voy a hacer lo que

quiero, y que sea lo que tenga que ser.

Su sonrisa se desvaneció mientras se explicaba y el tono de su

voz se endureció.

—Me he vuelto a perder.

La arrebatadora sonrisa reapareció.

—Siempre digo demasiado cuando hablo contigo, ése es uno de

los problemas.

—No te preocupes... No me entero de nada —le repliqué

secamente.

—Cuento con ello.

—Ya. En cristiano, ¿somos amigos ahora?

—Amigos... —meditó dubitativo.

—O no —musité.

Esbozó una amplia sonrisa.

—Bueno, supongo que podemos intentarlo, pero ahora te

prevengo que no voy a ser un buen amigo para ti.

El aviso oculto detrás de su sonrisa era real.

—Lo repites un montón —recalqué al tiempo que intentaba

ignorar el repentino temblor de mi vientre y mantenía serena la

voz.

—Sí, porque no me escuchas. Sigo a la espera de que me creas. Si

eres lista, me evitarás.

—Me parece que tú también te has formado tu propia opinión

sobre mi mente preclara.

Entrecerré los ojos y él sonrió disculpándose.

—En ese caso —me esforcé por resumir aquel confuso

intercambio de frases—, hasta que yo sea lista... ¿Vamos a

intentar ser amigos?

—Eso parece casi exacto.

Busqué con la mirada mis manos, en torno a la botella de

limonada, sin saber qué hacer.

— ¿Qué piensas? —preguntó con curiosidad.

Alcé la vista hasta esos profundos ojos dorados que me turbaban

los sentidos y, como de costumbre, respondí la verdad:

—Intentaba averiguar qué eres.

Su rostro se crispó, pero consiguió mantener la sonrisa, no sin

cierto esfuerzo.

— ¿Y has tenido fortuna en tus pesquisas? —inquirió con

desenvoltura.

—No demasiada —admití.

Se rió entre dientes.

— ¿Qué teorías barajas?

Me sonrojé. Durante el último mes había estado vacilando entre

Barman y Spiderman. No había forma de admitir aquello.

— ¿No me lo quieres decir? —preguntó, ladeando la cabeza con

una sonrisa terriblemente tentadora.

Negué con la cabeza.

—Resulta demasiado embarazoso.

—Eso es realmente frustrante, ya lo sabes —se quejó.

—No —disentí rápidamente con una dura mirada—. No concibo

por qué ha de resultar frustrante, en absoluto, sólo porque

alguien rehusé revelar sus pensamientos, sobre todo después de

haber efectuado unos cuantos comentarios crípticos,

especialmente ideados para mantenerme en vela toda la noche,

pensando en su posible significado... Bueno, ¿por qué iba a

resultar frustrante?

Hizo una mueca.

—O mejor —continué, ahora el enfado acumulado fluía

libremente—, digamos que una persona realiza un montón de

cosas raras, como salvarte la vida bajo circunstancias imposibles

un día y al siguiente tratarte como si fueras un paria, y jamás te

explica ninguna de las dos, incluso después de haberlo

prometido. Eso tampoco debería resultar demasiado frustrante.

—Tienes un poquito de genio, ¿verdad?

—No me gusta aplicar un doble rasero.

Nos contemplamos el uno al otro sin sonreír.

Miró por encima de mi hombro y luego, de forma inesperada, rió

por lo bajo.

— ¿Qué?

—Tu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo.

Se debate entre venir o no a interrumpir nuestra discusión.

Volvió a reírse.

——No sé de quién me hablas —dije con frialdad— pero, de

todos modos, estoy segura de que te equivocas.

—Yo, no. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría

de las personas.

—Excepto yo, por supuesto.

—Sí, excepto tú —su humor cambió de repente. Sus ojos se

hicieron más inquietantes—. Me pregunto por qué será.

La intensidad de su mirada era tal que tuve que apartar la vista.

Me concentré en abrir el tapón de mi botellín de limonada. Lo

desenrosqué sin mirar, con los ojos fijos en la mesa.

— ¿No tienes hambre? —preguntó distraído.

—No —no me apetecía mencionar que mi estómago ya estaba

lleno de... mariposas. Miré el espacio vacío de la mesa delante de

él—. ¿Y tú?

—No. No estoy hambriento.

No comprendí su expresión, parecía disfrutar de algún chiste

privado.

— ¿Me puedes hacer un favor? —le pedí después de un segundo

de vacilación.

De repente, se puso en guardia.

—Eso depende de lo que quieras.

—No es mucho —le aseguré. El esperó con cautela y curiosidad.

—Sólo me preguntaba si podrías ponerme sobre aviso la próxima

vez que decidas ignorarme por mi propio bien. Únicamente para

estar preparada.

Mantuve la vista fija en el botellín de limonada mientras hablaba,

recorriendo el círculo de la boca con mi sonrosado dedo.

—Me parece justo.

Apretaba los labios para no reírse cuando alcé los ojos.

—Gracias.

—En ese caso, ¿puedo pedir una respuesta a cambio? —pidió.

—Una.

—Cuéntame una teoría.

¡Ahí va!

—Esa, no.

—No hiciste distinción alguna, sólo prometiste una respuesta —

me recordó.

—Claro, y tú no has roto ninguna promesa —le recordé a mi vez.

—Sólo una teoría... No me reiré.

—Sí lo harás.

Estaba segura de ello. Bajó la vista y luego me miró con aquellos

ardientes ojos ocres a través de sus largas pestañas negras.

—Por favor —respiró al tiempo que se inclinaba hacia mí.

Parpadeé con la mente en blanco. ¡Cielo santo! ¿Cómo lo

conseguía?

—Eh... ¿Qué?—pregunté, deslumbrada.

—Cuéntame sólo una de tus pequeñas teorías, por favor.

Su mirada aún me abrasaba. ¿También era un hipnotizador? ¿O

era yo una incauta irremediable?

—Pues... Eh... ¿Te mordió una araña radiactiva?

—Eso no es muy imaginativo.

—Lo siento, es todo lo que tengo —contesté, ofendida.

—Ni siquiera te has acercado —dijo con fastidio.

— ¿Nada de arañas?

—No.

— ¿Ni un poquito de radiactividad?

—Nada.

—Maldición —suspiré.

—Tampoco me afecta la kriptonita —se rió entre dientes.

—Se suponía que no te ibas a reír, ¿te acuerdas?

Hizo un esfuerzo por recobrar la compostura.

—Con el tiempo, lo voy a averiguar —le advertí.

—Desearía que no lo intentaras —dijo, de nuevo con gesto serio.

— ¿Por...?

— ¿Qué pasaría si no fuera un superhéroe? ¿Y si fuera el chico

malo? —sonrió jovialmente, pero sus ojos eran impenetrables.

—Oh, ya veo —dije. Algunas de las cosas que había dicho

encajaron de repente.

— ¿Sí?

De pronto, su rostro se había vuelto adusto, como si temiera

haber revelado demasiado sin querer.

— ¿Eres peligroso?

Era una suposición, pero el pulso se me aceleró cuando, de forma

instintiva, comprendí la verdad de mis propias palabras. Lo era.

Me lo había intentado decir todo el tiempo. Se limitó a mirarme,

con los ojos rebosantes de alguna emoción que no lograba

comprender.

—Pero no malo —susurré al tiempo que movía la cabeza—. No,

no creo que seas malo.

—Te equivocas.

Su voz apenas era audible. Bajó la vista al tiempo que me

arrebataba el tapón de la botella y lo hacía girar entre los dedos.

Lo contemplé fijamente mientras me preguntaba por qué no me

asustaba. Hablaba en serio, eso era evidente, pero sólo me sentía

ansiosa, con los nervios a flor de piel... y, por encima de todo lo

demás, fascinada, como de costumbre siempre que me

encontraba cerca de él.

El silencio se prolongó hasta que me percaté de que la cafetería

estaba casi vacía. Me puse en pie de un salto.

—Vamos a llegar tarde.

—Hoy no voy a ir a clase —dijo mientras daba vueltas al tapón

tan deprisa que apenas podía verse.

— ¿Por qué no?

—Es saludable hacer novillos de vez en cuando —dijo mientras

me sonreía, pero en sus ojos relucía la preocupación.

—Bueno, yo sí voy.

Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran.

Concentró su atención en el tapón.

—En ese caso, te veré luego.

Indecisa, vacilé, pero me apresuré a salir en cuanto sonó el

primer toque del timbre después de confirmar con una última

mirada que él no se había movido ni un centímetro.

Mientras me dirigía a clase, casi a la carrera, la cabeza me daba

vueltas a mayor velocidad que el tapón del botellín. Me había

respondido a pocas preguntas en comparación con las muchas

que había suscitado. Al menos, había dejado de llover.

Tuve suerte. El señor Banner no había entrado aún en clase

cuando llegué. Me instalé rápidamente en mi asiento, consciente

de que tanto Mike como Angela no dejaban de mirarme. Mike

parecía resentido y Angela sorprendida, y un poco intimidada.

Entonces entró en clase el señor Banner y llamó al orden a los

alumnos. Hacía equilibrios para sostener en brazos unas cajitas

de cartón. Las soltó encima de la mesa de Mike y le dijo que

comenzara a distribuirlas por la clase.

—De acuerdo, chicos, quiero que todos toméis un objeto de las

cajas.

El sonido estridente de los guantes de goma contra sus muñecas

se me antojó de mal augurio.

—El primero contiene una tarjeta de identificación del grupo

sanguíneo —continuó mientras tomaba una tarjeta blanca con las

cuatro esquinas marcadas y la exhibía—. En segundo lugar,

tenemos un aplacador de cuatro puntas —sostuvo en alto algo

similar a un peine sin dientes—. El tercer objeto es una micro—

lanceta esterilizada —alzó una minúscula pieza de plástico azul y

la abrió. La aguja de la lanceta era invisible a esa distancia, pero

se me revolvió estómago.

—Voy a pasar con un cuentagotas con suero para preparar

vuestras tarjetas, de modo que, por favor, no empecéis hasta que

pase yo... —comenzó de nuevo por la mesa de Mike, depositando

con esmero una gota de agua en cada una de las cuatro esquinas

—. Luego, con cuidado, quiero que os pinchéis un dedo con la

lanceta.

Tomó la mano de Mike y le punzó la yema del dedo corazón con

la punta de la lanceta. Oh, no. Un sudor viscoso me cubrió la

frente.

—Depositad una gotita de sangre en cada una de las puntas —

hizo una demostración. Apretó el dedo de Mike hasta que fluyó

la sangre. Tragué de forma convulsiva, el estómago se revolvió

aún más—. Entonces las aplicáis a la tarjeta del test —concluyó.

Sostuvo en alto la goteante tarjeta roja delante de nosotros para

que la viéramos. Cerré los ojos, intenté oír por encima del pitido

de mis oídos.

—El próximo fin de semana, la Cruz Roja se detiene en Port

Angeles para recoger donaciones de sangre, por lo que he

pensado que todos vosotros deberíais conocer vuestro grupo

sanguíneo —parecía orgulloso de sí mismo—. Los menores de

dieciocho años vais a necesitar un permiso de vuestros padres...

Hay hojas de autorización encima de mi mesa.

Siguió cruzando la clase con el cuentagotas. Descansé la mejilla

contra la fría y oscura superficie de la mesa, intentando

mantenerme consciente. Todo lo que oía a mí alrededor eran

chillidos, quejas y risitas cuando se ensartaban los dedos con la

lanceta. Inspiré y expiré de forma acompasada por la boca.

—Bella, ¿te encuentras bien? —preguntó el señor Banner. Su voz

sonaba muy cerca de mi cabeza. Parecía alarmado.

—Ya sé cuál es mi grupo sanguíneo, señor Banner —dije con voz

débil. No me atrevía a levantar la cabeza.

— ¿Te sientes débil?

—Sí, señor —murmuré mientras en mi fuero interno me daba de

bofetadas por no haber hecho novillos cuando tuve la ocasión.

—Por favor, ¿alguien puede llevar a Bella a la enfermería? —

pidió en voz alta.

No tuve que alzar la vista para saber que Mike se ofrecería

voluntario.

— ¿Puedes caminar? —preguntó el señor Banner.

—Sí —susurré. Limítate a dejarme salir de aquí, pensé. Me

arrastraré.

Mike parecía ansioso cuando me rodeó la cintura con el brazo y

puso mi brazo sobre su hombro. Me apoyé pesadamente sobre él

mientras salía de clase.

Muy despacio, crucé el campus a remolque de Mike. Cuando

doblamos la esquina de la cafetería y estuvimos fuera del campo

de visión del edificio cuatro —en el caso de que el profesor

Banner estuviera mirando—, me detuve.

— ¿Me dejas sentarme un minuto, por favor? —supliqué.

Me ayudó a sentarme al borde del paseo.

—Y, hagas lo que hagas, ocúpate de tus asuntos —le avisé.

Aún seguía muy confusa. Me tumbé sobre un costado, puse la

mejilla sobre el cemento húmedo y gélido de la acera y cerré los

ojos. Eso pareció ayudar un poco.

—Vaya, te has puesto verde —comentó Mike, bastante nervioso.

— ¿Bella? —me llamó otra voz a lo lejos.

¡No! Por favor, que esa voz tan terriblemente familiar sea sólo una

imaginación.

— ¿Qué le sucede? ¿Está herida?

Ahora la voz sonó más cerca, y parecía preocupada. No me lo

estaba imaginando. Apreté los párpados con fuerza, me quería

morir o, como mínimo, no vomitar.

Mike parecía tenso.

—Creo que se ha desmayado. No sé qué ha pasado, no ha

movido ni un dedo.

—Bella —la voz de Edward sonó a mi lado. Ahora parecía

aliviado—. ¿Me oyes?

—No —gemí—. Vete.

Se rió por lo bajo.

—La llevaba a la enfermería —explicó Mike a la defensiva—,

pero no quiso avanzar más.

—Yo me encargo de ella —dijo Edward. Intuí su sonrisa en el

tono de su voz—. Puedes volver a clase.

—No —protestó Mike—. Se supone que he de hacerlo yo.

De repente, la acera se desvaneció debajo de mi cuerpo. Abrí los

ojos, sorprendida. Estaba en brazos de Edward, que me había

levantado en vilo, y me llevaba con la misma facilidad que si

pesara cinco kilos en lugar de cincuenta.

— ¡Bájame!

Por favor, por favor, que no le vomite encima. Empezó a caminar

antes de que terminara de hablar.

— ¡Eh! —gritó Mike, que ya se hallaba a diez pasos detrás de

nosotros.

Edward lo ignoró.

—Tienes un aspecto espantoso —me dijo al tiempo que esbozaba

una amplia sonrisa.

— ¡Déjame otra vez en la acera! —protesté.

El bamboleo de su caminar no ayudaba. Me sostenía con cuidado

lejos de su cuerpo, soportando todo mi peso sólo con los brazos,

sin que eso pareciera afectarle.

— ¿De modo que te desmayas al ver sangre? —preguntó.

Aquello parecía divertirle.

No le contesté. Cerré los ojos, apreté los labios y luché contra las

náuseas con todas mis fuerzas.

—Y ni siquiera era la visión de tu propia sangre —continuó

regodeándose.

No sé cómo abrió la puerta mientras me llevaba en brazos, pero

de repente hacía calor, por lo que supe que habíamos entrado.

—Oh, Dios mío —dijo de forma entrecortada una voz de mujer.

—Se desmayó en Biología —le explicó Edward.

Abrí los ojos. Estaba en la oficina. Edward me llevaba dando

zancadas delante del mostrador frontal en dirección a la puerta

de la enfermería. La señora Cope, la recepcionista de rostro

rubicundo, corrió delante de él para mantener la puerta abierta.

La atónita enfermera, una dulce abuelita, levantó los ojos de la

novela que leía mientras Edward me llevaba en volandas dentro

de la habitación y me depositaba con suavidad encima del

crujiente papel que cubría el colchón de vinilo marrón del único

catre. Luego se colocó contra la pared, tan lejos como lo permitía

la angosta habitación, con los ojos brillantes, excitados.

—Ha sufrido un leve desmayo —tranquilizó a la sobresaltada

enfermera—. En Biología están haciendo la prueba del Rh.

La enfermera asintió sabiamente.

—Siempre le ocurre a alguien.

Edward se rió con disimulo.

—Quédate tendida un minutito, cielo. Se pasará.

—Lo sé —dije con un suspiro. Las náuseas ya empezaban a

remitir.

— ¿Te sucede muy a menudo? —preguntó ella.

—A veces —admití. Edward tosió para ocultar otra carcajada.

—Puedes regresar a clase —le dijo la enfermera.

—Se supone que me tengo que quedar con ella —le contestó con

aquel tono suyo tan autoritario que la enfermera, aunque frunció

los labios, no discutió más.

—Voy a traerte un poco de hielo para la frente, cariño —me dijo,

y luego salió bulliciosamente de la habitación.

—Tenías razón —me quejé, dejando que mis ojos se cerraran.

—Suelo tenerla, ¿sobre qué tema en particular en esta ocasión?

—Hacer novillos es saludable.

Respiré de forma acompasada.

—Ahí fuera hubo un momento en que me asustaste —admitió

después de hacer una pausa. La voz sonaba como si confesara

una humillante debilidad—. Creí que Newton arrastraba tu

cadáver para enterrarlo en los bosques.

—Ja, ja.

Continué con los ojos cerrados, pero cada vez me encontraba más

entonada.

—Lo cierto es que he visto cadáveres con mejor aspecto. Me

preocupaba que tuviera que vengar tu asesinato.

—Pobre Mike. Apuesto a que se ha enfadado.

—Me aborrece por completo —dijo Edward jovialmente.

—No lo puedes saber —disentí, pero de repente me pregunté si a

lo mejor sí que podía.

—Vi su rostro... Te lo aseguro.

— ¿Cómo es que me viste? Creí que te habías ido.

Ya me encontraba prácticamente recuperada. Las náuseas se

hubieran pasado con mayor rapidez de haber comido algo

durante el almuerzo, aunque, por otra parte, tal vez era

afortunada por haber tenido el estómago vacío.

—Estaba en mi coche escuchando un CD.

Aquella respuesta tan sencilla me sorprendió. Oí la puerta y abrí

los ojos para ver a la enfermera con una compresa fría en la

mano.

—Aquí tienes, cariño —la colocó sobre mi frente y añadió—:

Tienes mejor aspecto.

—Creo que ya estoy bien —dije mientras me incorporaba

lentamente.

Me pitaban un poco los oídos, pero no tenía mareos. Las paredes

de color menta no daban vueltas.

Pude ver que me iba a obligar a acostarme de nuevo, pero en ese

preciso momento la puerta se abrió y la señora Cope se golpeó la

cabeza contra la misma.

—Ahí viene otro —avisó.

Me bajé de un salto para dejar libre el camastro para el siguiente

inválido. Devolví la compresa a la enfermera.

—Tome, ya no la necesito.

Entonces, Mike cruzó la puerta tambaleándose. Ahora sostenía a

Lee Stephens, otro chico de nuestra clase de Biología, que tenía el

rostro amarillento. Edward y yo retrocedimos hacia la pared para

hacerles sitio.

—Oh, no —murmuró Edward—. Vamonos fuera de aquí, Bella.

Aturdida, le busqué con la mirada.

—Confía en mí... Vamos.

Di media vuelta y me aferré a la puerta antes de que se cerrara

para salir disparada de la enfermería. Sentí que Edward me

seguía.

—Por una vez me has hecho caso.

Estaba sorprendido.

—Olí la sangre —le dije, arrugando la nariz. Lee no se ha puesto

malo por ver la sangre de otros, como yo.

—La gente no puede oler la sangre —me contradijo.

—Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mala. Huele a óxido... y a

sal.

Se me quedó mirando con una expresión insondable.

— ¿Qué? —le pregunté.

—No es nada.

Entonces, Mike cruzó la puerta, sus ojos iban de Edward a mí. La

mirada que le dedicó a Edward me confirmó lo que éste me había

dicho, que Mike lo aborrecía. Volvió a mirarme con gesto

malhumorado.

—Tienes mejor aspecto —me acusó.

—Ocúpate de tus asuntos —volví a avisarle.

—Ya no sangra nadie más —murmuró—. ¿Vas a volver a clase?

— ¿Bromeas? Tendría que dar media vuelta y volver aquí.

—Sí, supongo que sí. ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?

Mientras hablaba, lanzó otra mirada fugaz hacia Edward, que se

apoyaba con gesto ausente contra el desordenado mostrador,

inmóvil como una estatua. Intenté que pareciera lo más amigable

posible:

—Claro. Te dije que iría.

—Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.

Su mirada se posó en Edward otra vez, preguntándose si no

estaría dando demasiada información. Su lenguaje corporal

evidenciaba que no era una invitación abierta.

—Allí estaré —prometí.

—Entonces, te veré en clase de gimnasia —dijo, dirigiéndose con

inseguridad hacia la puerta.

—Hasta la vista —repliqué.

Me miró una vez más con la contrariedad escrita en su rostro

redondeado y se encorvó mientras cruzaba lentamente la puerta.

Me invadió una oleada de compasión. Sopesé el hecho de ver su

rostro desencantado otra vez en clase de Educación física.

—Gimnasia —gemí.

—Puedo hacerme cargo de eso —no me había percatado de que

Edward se había acercado, pero me habló al oído—. Ve a sentarte

e intenta parecer paliducha —murmuró.

Esto no suponía un gran cambio. Siempre estaba pálida, y mi

reciente desmayo había dejado una ligera capa de sudor sobre mi

rostro. Me senté en una de las crujientes sillas plegables

acolchadas y descansé la cabeza contra la pared con los ojos

cerrados. Los desmayos siempre me dejaban agotada.

Oí a Edward hablar con voz suave en el mostrador.

— ¿Señora Cope?

— ¿Sí?

No la había oído regresar a su mesa.

—Bella tiene gimnasia la próxima hora y creo que no se

encuentra del todo bien. ¿Cree que podría dispensarla de asistir a

esa clase? —su voz era aterciopelada. Pude imaginar lo

convincentes que estaban resultando sus ojos.

—Edward —dijo la señora Cope sin dejar de ir y venir. ¿Por qué

no era yo capaz de hacer lo mismo?—, ¿necesitas también que te

dispense a ti?

—No. Tengo clase con la señora Goff. A ella no le importará.

—De acuerdo, no te preocupes de nada. Que te mejores, Bella —

me deseó en voz alta. Asentí débilmente con la cabeza,

sobreactuando un poquito.

— ¿Puedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez?

De espaldas a la recepcionista, su expresión se tornó sarcástica.

—Caminaré.

Me levanté con cuidado, seguía sintiéndome bien. Mantuvo la

puerta abierta para mí, con la amabilidad en los labios y la burla

en los ojos. Salí hacia la fría llovizna que empezaba a caer.

Agradecí que se llevara el sudor pegajoso de mi rostro. Era la

primera vez que disfrutaba de la perenne humedad que emanaba

del cielo.

—Gracias —le dije cuando me siguió—. Merecía la pena seguir

enferma para perderse la clase de gimnasia.

—Sin duda.

Me miró directamente, con los ojos entornados bajo la lluvia.

—De modo que vas a ir... Este sábado, quiero decir.

Esperaba que él viniera, aunque parecía improbable. No me lo

imaginaba poniéndose de acuerdo con el resto de los chicos del

instituto para ir en coche a algún sitio. No pertenecía al mismo

mundo, pero la sola esperanza de que pudiera suceder me dio la

primera punzada de entusiasmo que había sentido por ir a la

excursión.

— ¿Adonde vais a ir exactamente? —seguía mirando al frente,

inexpresivo.

—A La Push, al puerto.

Estudié su rostro, intentando leer en el mismo. Sus ojos

parecieron entrecerrarse un poco más. Me lanzó una mirada con

el rabillo del ojo y sonrió secamente.

—En verdad, no creo que me hayan invitado.

Suspiré.

—Acabo de invitarte.

—No avasallemos más entre los dos al pobre Mike esta semana,

no sea que se vaya a romper.

Sus ojos centellearon. Disfrutaba de la idea más de lo normal.

—El blandengue de Mike... —murmuré, preocupada por la

forma en que había dicho «entre los dos». Me gustaba más de lo

conveniente.

Ahora estábamos cerca del aparcamiento. Me desvié a la

izquierda, hacia el monovolumen. Algo me agarró de la cazadora

y me hizo retroceder.

— ¿Adonde te crees que vas? —preguntó ofendido.

Edward me aferraba de la misma con una sola mano. Estaba

perpleja.

—Me voy a casa.

— ¿Acaso no me has oído decir que te iba a dejar a salvo en casa?

¿Crees que te voy a permitir que conduzcas en tu estado?

— ¿En qué estado? ¿Y qué va a pasar con mi coche? ——me

quejé.

—Se lo tendré que dejar a Alice después de la escuela.

Me arrastró de la ropa hacia su coche. Todo lo que podía hacer

era intentar no caerme, aunque, de todos modos, lo más probable

es que me sujetara si perdía el equilibrio.

— ¡Déjame! —insistí.

Me ignoró. Anduve haciendo eses sobre las aceras empapadas

hasta llegar a su Volvo. Entonces, me soltó al fin. Me tropecé

contra la puerta del copiloto.

— ¡Eres tan insistente!—refunfuñé.

—Está abierto —se limitó a responder. Entró en el coche por el

lado del conductor.

—Soy perfectamente capaz de conducir hasta casa.

Permanecí junto al Volvo echando chispas. Ahora llovía con más

fuerza y el pelo goteaba sobre mi espalda al no haberme puesto

la capucha. Bajó el cristal de la ventanilla automática y se inclinó

sobre el asiento del copiloto:

—Entra, Bella.

No le respondí. Estaba calculando las oportunidades que tenía de

alcanzar el monovolumen antes de que él me atrapara, y tenía

que admitir que no eran demasiadas.

—Te arrastraría de vuelta aquí —me amenazó, adivinando mi

plan.

Intenté mantener toda la dignidad que me fue posible al entrar

en el Volvo. No tuve mucho éxito. Parecía un gato empapado y

las botas crujían continuamente.

—Esto es totalmente innecesario —dije secamente.

No me respondió. Manipuló los mandos, subió la calefacción y

bajó la música. Cuando salió del aparcamiento, me preparaba

para castigarle con mi silencio —poniendo un mohín de total

enfado—, pero entonces reconocí la música que sonaba y la

curiosidad prevaleció sobre la intención.

¿Claro de luna?—pregunté sorprendida.

— ¿Conoces a Debussy? —él también parecía estar sorprendido.

—No mucho —admití—. Mi madre pone mucha música clásica

en casa, pero sólo conozco a mis favoritos.

—También es uno de mis favoritos.

Siguió mirando al frente, a través de la lluvia, sumido en sus

pensamientos.

Escuché la música mientras me relajaba contra la suave tapicería

de cuero gris. Era imposible no reaccionar ante la conocida y

relajante melodía. La lluvia emborronaba todo el paisaje más allá

de la ventanilla hasta convertirlo en una mancha de tonalidades

grises y verdes. Comencé a darme cuenta de lo rápido que

íbamos, pero, no obstante, el coche se movía con tal firmeza y

estabilidad que no notaba la velocidad, salvo por lo deprisa que

dejábamos atrás el pueblo.

— ¿Cómo es tu madre? —me preguntó de repente.

Lo miré de refilón, con curiosidad.

—Se parece mucho a mí, pero es más guapa —respondí. Alzó las

cejas—; he heredado muchos rasgos de Charlie. Es más sociable y

atrevida que yo. También es irresponsable y un poco excéntrica,

y una cocinera impredecible. Es mi mejor amiga —me callé.

Hablar de ella me había deprimido.

—Bella, ¿cuántos años tienes?

Por alguna razón que no conseguía comprender, la voz de

Edward contenía un tono de frustración. Detuvo el coche y

entonces comprendí que habíamos llegado ya a la casa de

Charlie. Llovía con tanta fuerza que apenas conseguía ver la

vivienda. Parecía que el coche estuviera en el lecho de un río.

—Diecisiete —respondí un poco confusa.

—No los aparentas —dijo con un tono de reproche que me hizo

reír.

— ¿Qué pasa? —inquirió, curioso de nuevo.

—Mi madre siempre dice que nací con treinta y cinco años y que

cada año me vuelvo más madura —me reí y luego suspiré—. En

fin, una de las dos debía ser adulta —me callé durante un

segundo—. Tampoco tú te pareces mucho a un adolescente de

instituto.

Torció el gesto y cambió de tema.

—En ese caso, ¿por qué se casó tu madre con Phil?

Me sorprendió que recordara el nombre. Sólo lo había

mencionado una vez hacía dos meses. Necesité unos momentos

para responder.

—Mi madre tiene... un espíritu muy joven para su edad. Creo

que Phil hace que se sienta aún más joven. En cualquier caso, ella

está loca por él —sacudí la cabeza. Aquella atracción suponía un

misterio para mí.

— ¿Lo apruebas?

— ¿Importa? —le repliqué—. Quiero que sea feliz, y Phil es lo

que ella quiere.

—Eso es muy generoso por tu parte... Me pregunto... —

murmuró, reflexivo.

— ¿El qué?

— ¿Tendría ella esa misma cortesía contigo, sin importarle tu

elección?

De repente, prestaba una gran atención. Nuestras miradas se

encontraron.

—E—eso c—creo —tartamudeé—, pero, después de todo, ella es

la madre. Es un poquito diferente.

—Entonces, nadie que asuste demasiado —se burló.

Le respondí con una gran sonrisa.

— ¿A qué te refieres con que asuste demasiado? ¿Múltiples

piercings en el rostro y grandes tatuajes?

—Supongo que ésa es una posible definición.

— ¿Cuál es la tuya?

Pero ignoró mi pregunta y respondió con otra.

— ¿Crees que puedo asustar?

Enarcó una ceja. El tenue rastro de una sonrisa iluminó su rostro.

—Eh... Creo que puedes hacerlo si te lo propones.

— ¿Te doy miedo ahora?

La sonrisa desapareció del rostro de Edward y su rostro divino se

puso repentinamente serio, pero yo respondí rápidamente—

—No.

La sonrisa reapareció.

—Bueno, ¿vas a contarme algo de tu familia? —pregunté para

distraerle—. Debe de ser una historia mucho más interesante que

la mía.

Se puso en guardia de inmediato.

— ¿Qué es lo que quieres saber?

— ¿Te adoptaron los Cullen? —pregunté para comprobar el

hecho.

—Sí.

Vacilé unos momentos. — ¿Qué les ocurrió a tu padres?

—Murieron hace muchos años —contestó con toda naturalidad.

—Lo siento —murmuré.

—En realidad, los recuerdo de forma confusa. Carlisle y Esme

llevan siendo mis padres desde hace mucho tiempo.

—Y tú los quieres —no era una pregunta. Resultaba obvio por el

modo en que hablaba de ellos.

—Sí —sonrió—. No puedo concebir a dos personas mejores que

ellos.

—Eres muy afortunado.

—Sé que lo soy.

— ¿Y tu hermano y tu hermana? Lanzó una mirada al reloj del

salpicadero.

—A propósito, mi hermano, mi hermana, así como Jasper y

Rosalie se van a disgustar bastante si tienen que esperarme bajo

la lluvia.

—Oh, lo siento. Supongo que debes irte.

Yo no quería salir del coche.

—Y tú probablemente quieres recuperar el coche antes de que el

jefe de policía Swan vuelva a casa para no tener que contarle el

incidente de Biología.

Me sonrió.

—Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los

secretos —suspiré.

Rompió a reír.

—Diviértete en la playa... Que tengáis buen tiempo para tomar el

sol —me deseó mientras miraba las cortinas de lluvia.

— ¿No te voy a ver mañana?

—No. Emmett y yo vamos a adelantar el fin de semana.

— ¿Qué es lo que vais a hacer?

Una amiga puede preguntar ese tipo de cosas, ¿no? Esperaba que

mi voz no dejara traslucir el desencanto.

—Nos vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del

monte Rainier.

—Ah, vaya, diviértete —intenté simular entusiasmo, aunque

dudo que lo lograse. Una sonrisa curvó las comisuras de sus

labios. Se giró para mirarme de frente, empleando todo el poder

de sus ardientes ojos dorados.

— ¿Querrías hacer algo por mí este fin de semana?

Asentí desvalida.

—No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que

atraen los accidentes como un imán. Así que..., intenta no caerte

al océano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo... ¿De

acuerdo?

Esbozó una sonrisa malévola. Mi desvalimiento desapareció

mientras hablaba. Le miré fijamente.

—Veré qué puedo hacer —contesté bruscamente, mientras salía

del volvo bajo la lluvia de un salto. Cerré la puerta de un

portazo. Edward aún seguía sonriendo cuando se alejó al volante

de su coche.

CUENTOS DE MIEDO

En realidad, cuando me senté en mi habitación e intenté

concentrarme en la lectura del tercer acto de Macbeth, estaba

atenta a ver si oía el motor de mi coche. Pensaba que podría

escuchar el rugido del motor por encima del tamborileo de la

lluvia, pero, cuando aparté la cortina para mirar de nuevo,

apareció allí de repente.

No esperaba el viernes con especial interés, sólo consistía en

reasumir mi vida sin expectativas. Hubo unos pocos

comentarios, por supuesto. Jessica parecía tener un interés

especial por comentar el tema, pero, por fortuna, Mike había

mantenido el pico cerrado y nadie parecía saber nada de la

participación de Edward. No obstante, Jessica me formuló un

montón de preguntas acerca de mi almuerzo y en clase de

Trigonometría me dijo:

— ¿Qué quería ayer Edward Cullen?

—No lo sé —respondí con sinceridad—. En realidad, no fue al

grano.

—Parecías como enfadada —comentó a ver si me sonsacaba algo.

— ¿Sí? — mantuve el rostro inexpresivo.

—Ya sabes, nunca antes le había visto sentarse con nadie que no

fuera su familia. Era extraño.

—Extraño en verdad —coincidí.

Parecía asombrada. Se alisó sus rizos oscuros con impaciencia.

Supuse que esperaba escuchar cualquier cosa que le pareciera

una buena historia que contar.

Lo peor del viernes fue que, a pesar de saber que él no iba a estar

presente, aún albergaba esperanzas. Cuando entré en la cafetería

en compañía de Jessica y Mike, no pude evitar mirar la mesa en

la que Rosalie, Alice y Jasper se sentaban a hablar con las cabezas

juntas. No pude contener la melancolía que me abrumó al

comprender que no sabía cuánto tiempo tendría que esperar

antes de volverlo a ver.

En mi mesa de siempre no hacían más que hablar de los planes

para el día siguiente. Mike volvía a estar animado, depositaba

mucha fe en el hombre del tiempo, que vaticinaba sol para el

sábado. Tenía que verlo para creerlo, pero hoy hacía más calor,

casi doce grados. Puede que la excursión no fuera del todo

espantosa.

Intercepté unas cuantas miradas poco amistosas por parte de

Lauren durante el almuerzo, hecho que no comprendí hasta que

salimos juntas del comedor. Estaba justo detrás de ella, a un solo

pie de su pelo rubio, lacio y brillante, y no se dio cuenta, desde

luego, cuando oí que le murmuraba a Mike:

—No sé por qué Bella —sonrió con desprecio al pronunciar mi

nombre— no se sienta con los Cullen de ahora en adelante.

Hasta ese momento no me había percatado de la voz tan nasal y

estridente que tenía, y me sorprendió la malicia que destilaba. En

realidad, no la conocía muy bien; sin duda, no lo suficiente para

que me detestara..., o eso había pensado.

—Es mi amiga, se sienta con nosotros —le replicó en susurros

Mike, con mucha lealtad, pero también de forma un poquito

posesiva. Me detuve para permitir que Jessica y Angela me

adelantaran. No quería oír nada más.

Durante la cena de aquella noche, Charlie parecía entusiasmado

por mi viaje a La Push del día siguiente. Sospecho que se sentía

culpable por dejarme sola en casa los fines de semana, pero había

pasado demasiados años forjando unos hábitos para romperlos

ahora. Conocía los nombres de todos los chicos que iban, por

supuesto, y los de sus padres y, probablemente, también los de

sus tatarabuelos. Parecía aprobar la excursión. Me pregunté si

aprobaría mi plan de ir en coche a Seattle con Edward Cullen.

Tampoco se lo iba a decir.

—Papá —pregunté como por casualidad—, ¿conoces un lugar

llamado Goat Rocks, o algo parecido? Creo que está al sur del

monte Rainier.

—Sí... ¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Algunos chicos comentaron la posibilidad de acampar allí.

—No es buen lugar para acampar —parecía sorprendido—. Hay

demasiados osos. La mayoría de la gente acude allí durante la

temporada de caza.

—Oh —murmuré—, tal vez haya entendido mal el nombre.

Pretendía dormir hasta tarde, pero un insólito brillo me despertó.

Abrí los ojos y vi entrar a chorros por la ventana una límpida luz

amarilla. No me lo podía creer. Me apresuré a ir a la ventana

para comprobarlo, y efectivamente, allí estaba el sol. Ocupaba un

lugar equivocado en el cielo, demasiado bajo, y no parecía tan

cercano como de costumbre, pero era el sol, sin duda. Las nubes

se congregaban en el horizonte, pero en el medio del cielo se veía

una gran área azul. Me demoré en la ventana todo lo que pude,

temerosa de que el azul del cielo volviera a desaparecer en

cuanto me fuera.

La tienda de artículos deportivos olímpicos de Newton se situaba

al extremo norte del pueblo. La había visto con anterioridad, pero

nunca me había detenido allí al no necesitar ningún artículo para

estar al aire libre durante mucho tiempo. En el aparcamiento

reconocí el Suburban de Mike y el Sentra de Tyler. Vi al grupo

alrededor de la parte delantera del Suburban mientras aparcaba

junto a ambos vehículos. Eric estaba allí en compañía de otros

dos chicos con los que compartía clases; estaba casi segura de que

se llamaban Ben y Conner. Jess también estaba, flanqueada por

Angela y Lauren. Las acompañaban otras tres chicas, incluyendo

una a la que recordaba haberle caído encima durante la clase de

gimnasia del viernes. Esta me dirigió una mirada asesina cuando

bajé del coche, y le susurró algo a Lauren, que se sacudió la

dorada melena y me miró con desdén.

De modo que aquél iba a ser uno de esos días.

Al menos Mike se alegraba de verme.

— ¡Has venido! —gritó encantado—. ¿No te dije que hoy iba a

ser un día soleado?

—Y yo te dije que iba a venir —le recordé.

—Sólo nos queda esperar a Lee y a Samantha, a menos que tú

hayas invitado a alguien —agregó.

—No —mentí con desenvoltura mientras esperaba que no me

descubriera y deseando al mismo tiempo que ocurriese un

milagro y apareciera Edward.

Mike pareció satisfecho.

— ¿Montarás en mi coche? Es eso o la minifurgoneta de la madre

de Lee.

—Claro.

Sonrió gozoso. ¡Qué fácil era hacer feliz a Mike!

—Podrás sentarte junto a la ventanilla —me prometió. Oculté mi

mortificación. No resultaba tan sencillo hacer felices a Mike y a

Jessica al mismo tiempo. Ya la veía mirándonos ceñuda.

No obstante, el número jugaba a mi favor. Lee trajo a otras dos

personas más y de repente se necesitaron todos los asientos. Me

las arreglé para situar a Jessica en el asiento delantero del

Suburban, entre Mike y yo. Mike podía haberse comportado con

más elegancia, pero al menos Jess parecía aplacada.

Entre La Push y Forks había menos de veinticinco kilómetros de

densos y vistosos bosques verdes que bordeaban la carretera.

Debajo de los mismos serpenteaba el caudaloso río Quillayute.

Me alegré de tener el asiento de la ventanilla. Giré la manivela

para bajar el cristal —el Suburban resultaba un poco

claustrofóbico con nueve personas dentro— e intenté absorber

tanta luz solar como me fue posible.

Había visto las playas que rodeaban La Push muchas veces

durante mis vacaciones en Forks con Charlie, por lo que ya me

había familiarizado con la playa en forma de media luna de más

de kilómetro y medio de First Beach. Seguía siendo

impresionante. El agua de un color gris oscuro, incluso cuando la

bañaba la luz del sol, aparecería coronada de espuma blanca

mientras se mecía pesadamente hacia la rocosa orilla gris. Las

paredes de los escarpados acantilados de las islas se alzaban

sobre las aguas del malecón metálico. Estos alcanzaban alturas

desiguales y estaban coronados por austeros abetos que se

elevaban hacia el cielo. La playa sólo tenía una estrecha franja de

auténtica arena al borde del agua, detrás de la cual se

acumulaban miles y miles de rocas grandes y lisas que, a lo lejos,

parecían de un gris uniforme, pero de cerca tenían todos los

matices posibles de una piedra: terracota, verdemar, lavanda,

celeste grisáceo, dorado mate. La marca que dejaba la marea en la

playa estaba sembrada de árboles de color ahuesado —a causa de

la salinidad marina— arrojados a la costa por las olas.

Una fuerte brisa soplaba desde el mar, frío y salado. Los

pelícanos flotaban sobre las ondulaciones de la marea mientras

las gaviotas y un águila solitaria las sobrevolaban en círculos. Las

nubes seguían trazando un círculo en el firmamento,

amenazando con invadirlo de un momento a otro, pero, por

ahora, el sol seguía brillando espléndido con su halo luminoso en

el azul del cielo.

Elegimos un camino para bajar a la playa. Mike nos condujo

hacia un círculo de lefios arrojados a la playa por la marea. Era

obvio que los habían utilizado antes para acampadas como la

nuestra. En el lugar ya se veía el redondel de una fogata cubierto

con cenizas negras. Eric y el chico que, según creía, se llamaba

Ben recogieron ramas rotas de los montones más secos que se

apilaban al borde del bosque, y pronto tuvimos una fogata con

forma de tipi encima de los viejos rescoldos.

— ¿Has visto alguna vez una fogata de madera varada en la

playa? —me preguntó Mike.

Me sentaba en un banco de color blanquecino. En el otro extremo

se congregaban las demás chicas, que chismorreaban

animadamente. Mike se arrodilló junto a la hoguera y encendió

una rama pequeña con un mechero.

—No —reconocí mientras él lanzaba con precaución la rama en

llamas contra el tipi.

—Entonces, te va a gustar... Observa los colores.

Prendió otra ramita y la depositó junto a la primera. Las llamas

comenzaron a lamer con rapidez la lefia seca.

— ¡Es azul! —exclamé sorprendida.

—Es a causa de la sal. ¿Precioso, verdad?

Encendió otra más y la colocó allí donde el fuego no había

prendido y luego vino a sentarse a mi lado. Por fortuna, Jessica

estaba junto a él, al otro lado. Se volvió hacia Mike y reclamó su

atención. Contemplé las fascinantes llamas verdes y azules que

chisporroteaban hacia el cielo.

Después de media hora de cháchara, algunos chicos quisieron

dar una caminata hasta las marismas cercanas. Era un dilema.

Por una parte, me encantan las pozas que se forman durante la

bajamar. Me han fascinado desde niña; era una de las pocas cosas

que me hacían ilusión cuando debía venir a Forks, pero, por otra,

también me caía dentro un montón de veces. No es un buen

trago cuando se tiene siete años y estás con tu padre. Eso me

recordó la petición de Edward, de que no me cayera al mar.

Lauren fue quien decidió por mí. No quería caminar, ya que

calzaba unos zapatos nada adecuados para hacerlo. La mayoría

de las otras chicas, incluidas Jessica y Angela, decidieron

quedarse también en la playa. Esperé a que Tyler y Eric se

hubieran comprometido a acompañarlas antes de levantarme con

sigilo para unirme al grupo de caminantes. Mike me dedicó una

enorme sonrisa cuando vio que también iba.

La caminata no fue demasiado larga, aunque me fastidiaba

perder de vista el cielo al entrar en el bosque. La luz verde de

éste difícilmente podía encajar con las risas juveniles, era

demasiado oscuro y aterrador para estar en armonía con las

pequeñas bromas que se gastaban a mí alrededor. Debía vigilar

cada paso que daba con sumo cuidado para evitar las raíces del

suelo y las ramas que había sobre mi cabeza, por lo que no tardé

en rezagarme. Al final me adentré en los confines esmeraldas de

la foresta y encontré de nuevo la rocosa orilla. Había bajado la

marea y un río fluía a nuestro lado de camino hacia el mar. A lo

largo de sus orillas sembradas de guijarros había pozas poco

profundas que jamás se secaban del todo. Eran un hervidero de

vida.

Tuve buen cuidado de no inclinarme demasiado sobre aquellas

lagunas naturales. Los otros fueron más intrépidos, brincaron

sobre las rocas y se encaramaron a los bordes de forma precaria.

Localicé una piedra de apariencia bastante estable en los

aledaños de una de las lagunas más grandes y me senté con

cautela, fascinada por el acuario natural que había a mis pies.

Ramilletes de brillantes anémonas se ondulaban sin cesar al

compás de la corriente invisible. Conchas en espiral rodaban

sobre los repliegues en cuyo interior se ocultaban los cangrejos.

Una estrella de mar inmóvil se aferraba a las rocas, mientras una

rezagada anguila pequeña de estrías blancas zigzagueaba entre

los relucientes juncos verdes a la espera de la pleamar. Me quedé

completamente absorta, a excepción de una pequeña parte de mi

mente, que se preguntaba qué estaría haciendo ahora Edward e

intentaba imaginar lo que diría de estar aquí conmigo.

Finalmente, los muchachos sintieron apetito y me levanté con

rigidez para seguirlos de vuelta a la playa. En esta ocasión

intenté seguirles el ritmo a través del bosque, por lo que me caí

unas cuantas veces, cómo no. Me hice algunos rasguños poco

profundos en las palmas de las manos, y las rodillas de mis

vaqueros se riñeron de verdín, pero podía haber sido peor.

Cuando regresamos a First Beach, el grupo que habíamos dejado

se había multiplicado. Al acercarnos pude ver el lacio y

reluciente pelo negro y la piel cobriza de los recién llegados, unos

adolescentes de la reserva que habían acudido para hacer un

poco de vida social.

La comida ya había empezado a repartirse, y los chicos se

apresuraron para pedir que la compartieran mientras Eric nos

presentaba al entrar en el círculo de la fogata. Angela y yo fuimos

las últimas en llegar y me di cuenta de que el más joven de los

recién llegados, sentado sobre las piedras cerca del fuego, alzó la

vista para mirarme con interés cuando Eric pronunció nuestros

nombres. Me senté junto a Angela, y Mike nos trajo unos

sandwiches y una selección de refrescos para que eligiéramos

mientras el chico que tenía aspecto de ser el mayor de los

visitantes pronunciaba los nombres de los otros siete jóvenes que

lo acompañaban. Todo lo que pude comprender es que una de

las chicas también se llamaba Jessica y que el muchacho cuya

atención había despertado respondía al nombre de Jacob.

Resultaba relajante sentarse con Angela, era una de esas personas

sosegadas que no sentían la necesidad de llenar todos los

silencios con cotorreos. Me dejó cavilar tranquilamente sin

molestarme mientras comíamos. Pensaba de qué forma tan

deshilvanada transcurría el tiempo en Forks; a veces pasaba

como en una nebulosa, con unas imágenes únicas que sobresalían

con mayor claridad que el resto, mientras que en otras ocasiones

cada segundo era relevante y se grababa en mi mente. Sabía con

exactitud qué causaba la diferencia y eso me perturbaba.

Las nubes comenzaron a avanzar durante el almuerzo. Se

deslizaban por el cielo azul y ocultaban de forma fugaz y

momentánea el sol, proyectando sombras alargadas sobre la

playa y oscureciendo las olas. Los chicos comenzaron a alejarse

en duetos y tríos cuando terminaron de comer. Algunos

descendieron hasta el borde del mar para jugar a la cabrilla

lanzando piedras sobre la superficie agitada del mismo. Otros se

congregaron para efectuar una segunda expedición a las pozas.

Mike, con Jessica convertida en su sombra, encabezó otra a la

tienda de la aldea. Algunos de los nativos los acompañaron y

otros se fueron a pasear. Para cuando se hubieron dispersado

todos, me había quedado sentada sola sobre un leño, con Lauren

y Tyler muy ocupados con un reproductor de CD que alguien

había tenido la ocurrencia de traer, y tres adolescentes de la

reserva situados alrededor del fuego, incluyendo al jovencito

llamado Jacob y al más adulto, el que había actuado de portavoz.

A los pocos minutos, Angela se fue con los paseantes y Jacob

acudió andando despacio para sentarse en el sitio libre que

aquélla había dejado a mi lado. A juzgar por su aspecto debería

tener catorce, tal vez quince años. Llevaba el brillante pelo largo

recogido con una goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa

piel sedosa de color rojizo y ojos oscuros sobre los pómulos

pronunciados. Aún quedaba un ápice de la redondez de la

infancia alrededor de su mentón. En suma, tenía un rostro muy

bonito. Sin embargo, sus primeras palabras estropearon aquella

impresión positiva.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Aquello era como empezar otra vez el primer día del instituto.

—Bella —dije con un suspiro.

—Me llamo Jacob Black —me tendió la mano con gesto amistoso

—. Tú compraste el coche de mi papá.

—Oh—dije aliviada mientras le estrechaba la suave mano—. Eres

el hijo de Billy. Probablemente debería acordarme de ti.

—No, soy el benjamín... Deberías acordarte de mis hermanas

mayores.

—Rachel y Rebecca —recordé de pronto.

Charlie y Billy nos habían abandonado juntas muchas veces para

mantenernos ocupadas mientras pescaban. Todas éramos

demasiado tímidas para hacer muchos progresos como amigas.

Por supuesto, había montado las suficientes rabietas para

terminar con las excursiones de pesca cuando tuve once años.

— ¿Han venido? —inquirí mientras examinaba a las chicas que

estaban al borde del mar preguntándome si sería capaz; de

reconocerlas ahora.

—No —Jacob negó con la cabeza—. Rachel tiene una beca del

Estado de Washington y Rebecca se casó con un surfista

samoano. Ahora vive en Hawai.

— ¿Está casada? Vaya —estaba atónita. Las gemelas apenas

tenían un año más que yo.

— ¿Qué tal te funciona el monovolumen? —preguntó.

—Me encanta, y va muy bien.

—Sí, pero es muy lento —se rió—. Respiré aliviado cuando

Charlie lo compró. Papá no me hubiera dejado ponerme a

trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos

uno en perfectas condiciones.

—No es tan lento —objeté.

— ¿Has intentado pasar de sesenta?

—No.

—Bien. No lo hagas.

Esbozó una amplia sonrisa y no pude evitar devolvérsela.

—Eso lo mejora en caso de accidente —alegué en defensa de mi

automóvil.

—Dudo que un tanque pudiera con ese viejo dinosaurio —

admitió entre risas.

—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.

—Cuando dispongo de tiempo libre y de piezas. ¿No sabrás por

un casual dónde puedo adquirir un cilindro maestro para un

Volkswagen Rabbit del ochenta y seis? —añadió jocosamente.

Tenía una voz amable y ronca.

—Lo siento —me eché a reír—. No he visto ninguno

últimamente, pero estaré ojo avizor para avisarte.

Como si yo supiera qué era eso. Era muy fácil conversar con él.

Exhibió una sonrisa radiante y me contempló en señal de

apreciación, de una forma que había aprendido a reconocer. No

fui la única que se dio cuenta.

— ¿Conoces a Bella, Jacob? —preguntó Lauren desde el otro lado

del fuego con un tono que yo imaginé como insolente.

—En cierto modo, hemos sabido el uno del otro desde que nací

—contestó entre risas, y volvió a sonreírme.

— ¡Qué bien!

No parecía que fuera eso lo que pensara, y entrecerró sus pálidos

ojos de besugo.

—Bella —me llamó de nuevo mientras estudiaba con atención mi

rostro—, le estaba diciendo a Tyler que es una pena que ninguno

de los Cullen haya venido hoy. ¿Nadie se ha acordado de

invitarlos?

Su expresión preocupada no era demasiado convincente.

— ¿Te refieres a la familia del doctor Carlisle Cullen? —preguntó

el mayor de los chicos de la reserva antes de que yo pudiera

responder, para gran irritación de Lauren. En realidad, tenía más

de hombre que de niño y su voz era muy grave.

—Sí, ¿los conoces? —preguntó con gesto condescendiente,

volviéndose en parte hacia él.

—Los Cullen no vienen aquí —respondió en un tono que daba el

tema por zanjado e ignorando la pregunta de Lauren.

Tyler le preguntó a Lauren qué le parecía el CD que sostenía en

un intento de recuperar su atención. Ella se distrajo.

Contemplé al desconcertante joven de voz profunda, pero él

miraba a lo lejos, hacia el bosque umbrío que teníamos detrás de

nosotros. Había dicho que los Cullen no venían aquí, pero el tono

empleado dejaba entrever algo más, que no se les permitía, que

lo tenían prohibido. Su actitud me causó una extraña impresión

que intenté ignorar sin éxito. Jacob interrumpió el hilo de mis

cavilaciones.

— ¿Aún te sigue volviendo loca Forks?

—Bueno, yo diría que eso es un eufemismo —hice una mueca y

él sonrió con comprensión.

Le seguía dando vueltas al breve comentario sobre los Cullen y

de repente tuve una inspiración. Era un plan estúpido, pero no se

me ocurría nada mejor. Albergaba la esperanza de que el joven

Jacob aún fuera inexperto con las chicas, por lo que no vería lo

penoso de mis intentos de flirteo.

— ¿Quieres bajar a dar un paseo por la playa conmigo? —le

pregunté mientras intentaba imitar la forma en que Edward me

miraba a través de los párpados. No iba a causar el mismo efecto,

estaba segura, pero Jacob se incorporó de un salto con bastante

predisposición.

Las nubes terminaron por cerrar filas en el cielo, oscureciendo las

aguas del océano y haciendo descender la temperatura, mientras

nos dirigíamos hacia el norte entre rocas de múltiples

tonalidades, en dirección al espigón de madera. Metí las manos

en los bolsillos de mi chaquetón.

—De modo que tienes... ¿dieciséis años? —le pregunté al tiempo

que intentaba no parecer una idiota cuando parpadeé como había

visto hacer a las chicas en la televisión.

—Acabo de cumplir quince —confesó adulado.

— ¿De verdad? —mi rostro se llenó de una falsa expresión de

sorpresa—. Hubiera jurado que eras mayor.

—Soy alto para mi edad —explicó.

— ¿Subes mucho a Forks? —pregunté con malicia, simulando

esperar un sí por respuesta. Me vi como una tonta y temí que,

disgustado, se diera la vuelta tras acusarme de ser una farsante,

pero aún parecía adulado.

—No demasiado —admitió con gesto de disgusto—, pero podré

ir las veces que quiera en cuanto haya terminado el coche. .. y

tenga el carné —añadió.

— ¿Quién era ese otro chico con el que hablaba Lauren? Parecía

un poco viejo para andar con nosotros —me incluí a propósito

entre los más jóvenes en un intento de dejarle claro que le

prefería a él.

—Es Sam y tiene diecinueve años —me informó Jacob.

— ¿Qué era lo que decía sobre la familia del doctor? —pregunté

con toda inocencia.

— ¿Los Cullen? Se supone que no se acercan a la reserva.

Desvió la mirada hacia la Isla de James mientras confirmaba lo

que creía haber oído de labios de Sam.

— ¿Por qué no?

Me devolvió la mirada y se mordió el labio.

—Vaya. Se supone que no debo decir nada.

—Oh, no se lo voy a contar a nadie. Sólo siento curiosidad.

Probé a esbozar una sonrisa tentadora al tiempo que me

preguntaba si no me estaba pasando un poco, aunque él me

devolvió la sonrisa y pareció tentado. Luego enarcó una ceja y su

voz fue más ronca cuando me preguntó con tono agorero:

¿—Te gustan las historias de miedo?

—Me encantan —repliqué con entusiasmo, esforzándome para

engatusarlo.

Jacob paseó hasta un árbol cercano varado en la playa cuyas

raíces sobresalían como las patas de una gran araña blancuzca. Se

apoyó levemente sobre una de las raíces retorcidas mientras me

sentaba a sus pies, apoyándome sobre el tronco. Contempló las

rocas. Una sonrisa pendía de las comisuras de sus labios carnosos

y supe que iba a intentar hacerlo lo mejor que pudiera. Me

esforcé para que se notara en mis ojos el vivo interés que yo

sentía.

¿—Conoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? —comenzó

—. Me refiero a nuestro origen, el de los quileutes.

—En realidad, no —admití.

—Bueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se

remontan al Diluvio. Supuestamente, los antiguos quileutes

amarraron sus canoas a lo alto de los árboles más grandes de las

montañas para sobrevivir, igual que Noé y el arca —me sonrió

para demostrarme el poco crédito que daba a esas historias—.

Otra leyenda afirma que descendemos de los lobos, y que éstos

siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe

matarlos.

»Y luego están las historias sobre los fríos.

— ¿Los fríos? —pregunté sin esconder mi curiosidad.

—Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los

lobos, y algunas son mucho más recientes. De acuerdo con la

leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de ellos. Fue él

quien selló el trato que los mantiene alejados de nuestras tierras.

Entornó los ojos.

— ¿Tu tatarabuelo? —le animé.

—Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los

enemigos naturales de los lobos, bueno, no de los lobos en

realidad, sino de los lobos que se convierten en hombres, como

nuestros ancestros. Tú los llamarías licántropos.

— ¿Tienen enemigos los hombres lobo?

—Sólo uno.

Lo miré con avidez, confiando en hacer pasar mi impaciencia por

admiración. Jacob prosiguió:

—Ya sabes, los fríos han sido tradicionalmente enemigos

nuestros, pero el grupo que llegó a nuestro territorio en la época

de mi tatarabuelo era diferente. No cazaban como lo hacían los

demás y no debían de ser un peligro para la tribu, por lo que mi

antepasado llegó a un acuerdo con ellos. No los delataríamos a

los rostros pálidos si prometían mantenerse lejos de nuestras

tierras.

Me guiñó un ojo.

—Si no eran peligrosos, ¿por qué...? —intenté comprender al

tiempo que me esforzaba por ocultarle lo seriamente que me

estaba tomando esta historia de fantasmas.

—Siempre existe un riesgo para los humanos que están cerca de

los fríos, incluso si son civilizados como ocurría con este clan —

instiló un evidente tono de amenaza en su voz de forma

deliberada—. Nunca se sabe cuándo van a tener demasiada sed

como para soportarla.

— ¿A qué te refieres con eso de «civilizados»?

—Sostienen que no cazan hombres. Supuestamente son capaces

de sustituir a los animales como presas en lugar de hombres.

Intenté conferir a mi voz un tono lo más casual posible.

— ¿Y cómo encajan los Cullen en todo esto? ¿Se parecen a los

fríos que conoció tu tatarabuelo?

—No —hizo una pausa dramática—. Son los mismos.

Debió de creer que la expresión de mi rostro estaba provocada

por el pánico causado por su historia. Sonrió complacido y

continuó:

—Ahora son más, otro macho y una hembra nueva, pero el resto

son los mismos. La tribu ya conocía a su líder, Carlisle, en

tiempos de mi antepasado. Iba y venía por estas tierras incluso

antes de que llegara tu gente.

Reprimió una sonrisa.

— ¿Y qué son? ¿Qué son los fríos?

Sonrió sombríamente.

—Bebedores de sangre —replicó con voz estremecedora—. Tu

gente los llama vampiros.

Permanecí contemplando el mar encrespado, no muy segura de

lo que reflejaba mi rostro.

—Se te ha puesto la carne de gallina —rió encantado.

—Eres un estupendo narrador de historias —le felicité sin apartar

la vista del oleaje.

—El tema es un poco fantasioso, ¿no? Me pregunto por qué papá

no quiere que hablemos con nadie del asunto.

Aún no lograba controlar la expresión del rostro lo suficiente

como para mirarle.

—No te preocupes. No te voy a delatar.

—Supongo que acabo de violar el tratado —se rió.

—Me llevaré el secreto a la tumba —le prometí, y entonces me

estremecí.

—En serio, no le digas nada a Charlie. Se puso hecho una furia

con mi padre cuando descubrió que algunos de nosotros no

íbamos al hospital desde que el doctor Cullen comenzó a trabajar

allí.

—No lo haré, por supuesto que no.

— ¿Qué? ¿Crees que somos un puñado de nativos

supersticiosos? —preguntó con voz juguetona, pero con un deje

de precaución. Yo aún no había apartado los ojos del mar, por lo

que me giré y le sonreí con la mayor normalidad posible.

—No. Creo que eres muy bueno contando historias de miedo.

Aún tengo los pelos de punta.

—Genial.

Sonrió. Entonces el entrechocar de los guijarros nos alertó de que

alguien se acercaba. Giramos las cabezas al mismo tiempo para

ver a Mike y a Jessica caminando en nuestra dirección a unos

cuarenta y cinco metros.

—Ah, estás ahí, Bella —gritó Mike aliviado mientras movía el

brazo por encima de su cabeza.

— ¿Es ése tu novio? —preguntó Jacob, alertado por los celos de la

voz de Mike. Me sorprendió que resultase tan obvio.

—No, definitivamente no —susurré.

Le estaba tremendamente agradecida a Jacob y deseosa de

hacerle lo más feliz posible. Le guiñé el ojo, girándome de

espaldas con cuidado antes de hacerlo. El sonrió, alborozado por

mi torpe flirteo.

—Cuando tenga el carné... —comenzó.

—Tienes que venir a verme a Forks. Podríamos salir alguna vez

—me sentí culpable al decir esto, sabiendo que lo había utilizado,

pero Jacob me gustaba de verdad. Era alguien de quien podía ser

amiga con facilidad.

Mike llegó a nuestra altura, con Jessica aún a pocos pasos detrás.

Vi cómo evaluaba a Jacob con la mirada y pareció satisfecho ante

su evidente juventud.

— ¿Dónde has estado? —me preguntó pese a tener la respuesta

delante de él.

—Jacob me acaba de contar algunas historias locales —le dije

voluntariamente—. Ha sido muy interesante.

Sonreí a Jacob con afecto y él me devolvió la sonrisa.

—Bueno —Mike hizo una pausa, reevaluando la situación al

comprobar nuestra complicidad——. Estamos recogiendo. Parece

que pronto va a empezar a llover.

Todos alzamos la mirada al cielo encapotado. Sin duda, estaba a

punto de llover.

—De acuerdo —me levanté de un salto—, voy.

—Ha sido un placer volver a verte —dijo Jacob, mofándose un

poco de Mike.

—La verdad es que sí. La próxima vez que Charlie baje a ver a

Billy, yo también vendré —prometí.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso sería estupendo.

—Y gracias —añadí de corazón.

Me calé la capucha en cuanto empezamos a andar con paso firme

entre las rocas hacia el aparcamiento. Habían comenzado a caer

unas cuantas gotas, formando marcas oscuras sobre las rocas en

las que impactaban. Cuando llegamos al coche de Mike, los otros

ya regresaban de vuelta, cargando con todo. Me deslicé al asiento

trasero junto a Angela y Tyler, anunciando que ya había gozado

de mi turno junto a la ventanilla. Angela se limitó a mirar por la

ventana a la creciente tormenta y Lauren se removió en el asiento

del centro para copar la atención de Tyler, por lo que sólo pude

reclinar la cabeza sobre el asiento, cerrar los ojos e intentar no

pensar con todas mis fuerzas.

PESADILLA

Le dije a Charlie que tenía un montón de deberes pendientes y

ningún apetito. Había un partido de baloncesto que lo tenía

entusiasmado, aunque, por supuesto, yo no tenía ni idea de por

qué era especial, así que no se percató de nada inusual en mi

rostro o en mi voz.

Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio

hasta encontrar mis viejos cascos y los conecté a mi pequeño

reproductor de CD. Elegí un disco que Phil me había regalado

por Navidad. Era uno de sus grupos predilectos, aunque, para mi

gusto, gritaban demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo

introduje en el reproductor y me tendí en la cama. Me puse los

auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me

dolieron los oídos. Cerré los ojos, pero la luz aún me molestaba,

por lo que me puse una almohada encima del rostro. Me

concentré con mucha atención en la música, intentando

comprender las letras, desenredarlas entre el complicado

golpeteo de la batería. La tercera vez que escuché el CD entero,

me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió

descubrir que, después de todo, una vez que conseguí superar el

ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía que volver a darle

las gracias a Phil.

Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que

era el objetivo final del asunto. Escuché el CD una y otra vez

hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al fin me

dormí.

Abrí los ojos en un lugar conocido. En un rincón de mi conciencia

sabía que estaba soñando. Reconocí el verde fulgor del bosque y

oí las olas batiendo las rocas en algún lugar cercano. Sabía que

podría ver el sol si encontraba el océano. Intenté seguir el sonido

del mar, pero entonces Jacob Black estaba allí, tiraba de mi mano,

haciéndome retroceder hacia la parte más sombría del bosque.

— ¿Jacob? ¿Qué pasa? —pregunté. Había pánico en su rostro

mientras tiraba de mí con todas sus fuerzas para vencer mi

resistencia, pero yo no quería entrar en la negrura.

— ¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.

— ¡Por aquí, Bella! ——reconocí la voz que me llamaba desde el

lúgubre corazón del bosque; era la de Mike, aunque no podía

verlo.

— ¿Por qué? —pregunté mientras seguía resistiéndome a la

sujeción de Jacob, desesperada por encontrar el sol.

Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y

profirió un grito para luego caer sobre el suelo del bosque oscuro.

Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo

contemplaba aterrada.

— ¡Jacob! —chillé.

Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de

ojos negros y pelaje de color marrón rojizo. El lobo me dio la

espalda y se alejó, encaminándose hacia la costa con el pelo del

dorso erizado, gruñendo por lo bajo y enseñando los colmillos.

— ¡Corre, Bella! —volvió a gritar Mike a mis espaldas, pero no

me di la vuelta. Estaba contemplando una luz que venía hacia mí

desde la playa.

Y en ese momento Edward apareció caminando muy deprisa de

entre los árboles, con la piel brillando tenuemente y los ojos

negros, peligrosos. Alzó una mano y me hizo señas para que me

acercara a él. El lobo gruñó a mis pies.

Di un paso adelante, hacia Edward. Entonces, él sonrió. Tenía

dientes afilados y puntiagudos.

—Confía en mí —ronroneó.

Avancé un paso más.

El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el

vampiro y yo, buscando la yugular con los colmillos.

— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.

El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el

reproductor de CD de encima de la mesilla. Resonó sobre el suelo

de madera.

La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos

puestos, me senté sobre la cama. Desorientada, eché un vistazo al

reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la madrugada.

Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las

botas a puntapiés, aunque me sentía demasiado incómoda para

conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y desabotoné los

vaqueros, sacándomelos a tirones mientras intentaba permanecer

en posición horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte

posterior de la cabeza, por lo que me ladeé, solté la goma y la

deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima

de los ojos.

No sirvió de nada, por supuesto. Mi subconsciente había sacado

a relucir exactamente las imágenes que había intentado evitar

con tanta desesperación. Ahora iba a tener que enfrentarme a

ellas.

Me incorporé, la cabeza me dio vueltas durante un minuto

mientras la circulación fluía hacia abajo. Lo primero es lo

primero, me dije a mí misma, feliz de retrasar el asunto lo

máximo posible. Tomé mi neceser.

Sin embargo, la ducha no duró tanto como yo esperaba. Pronto

no tuve nada que hacer en el cuarto de baño, incluso a pesar de

haberme tomado mi tiempo para secarme el pelo con el secador.

Crucé las escaleras de vuelta a mi habitación envuelta en una

toalla. No sabía si Charlie aún dormía o si se había marchado ya.

Fui a la ventana a echar un vistazo y vi que el coche patrulla no

estaba. Se había ido a pescar otra vez.

Me puse lentamente el chándal más cómodo que tenía y luego

arreglé la cama, algo que no hacía jamás. Ya no podía aplazarlo

más, por lo que me dirigí al escritorio y encendí el viejo

ordenador.

Odiaba utilizar Internet en Forks. El módem estaba muy

anticuado, tenía un servicio gratuito muy inferior al de Phoenix,

de modo que, viendo que tardaba tanto en conectarse, decidí

servirme un cuenco de cereales entretanto.

Comí despacio, masticando cada bocado con lentitud. Al

terminar, lavé el cuenco y la cuchara, los sequé y los guardé.

Arrastré los pies escaleras arriba y lo primero de todo recogí del

suelo el reproductor de CD y lo situé en el mismo centro de la

mesa. Desconecté los cascos y los guardé en un cajón del

escritorio. Luego volví a poner el mismo disco a un volumen lo

bastante bajo para que sólo fuera música de fondo.

Me volví hacia el ordenador con otro suspiro. La pantalla estaba

llena de popups de anuncios y comencé a cerrar todas las

ventanitas. Al final me fui a mi buscador favorito, cerré unos

cuantos popups más, y tecleé una única palabra.

Vampiro.

Fue de una lentitud que me sacó de quicio, por supuesto. Había

mucho que cribar cuando aparecieron los resultados. Todo

cuanto concernía a películas, series televisivas, juegos de rol,

música undergroundy compañías de productos cosméticos

góticos. Entonces encontré un sitio prometedor: «Vampiros, de la

A a la Z». Esperé con impaciencia a que el navegador cargara la

página, haciendo clic rápidamente en cada anuncio que surgía en

la pantalla para cerrarlo. Finalmente, la pantalla estuvo completa:

era una página simple con fondo blanco y texto negro, de aspecto

académico. La página de inicio me recibió con dos citas.

No hay en todo el vasto y oscuro mundo de espectros y

demonios ninguna criatura tan terrible, ninguna tan temida y

aborrecida, y aun así aureolada por una aterradora fascinación,

como el vampiro, que en sí mismo no es espectro ni demonio,

pero comparte con ellos su naturaleza oscura y posee las

misteriosas y terribles cualidades de ambos.

Reverendo Montague Summers

Si hay en este mundo un hecho bien autenticado, ése es el de los

vampiros. No le falta de nada: informes oficiales, declaraciones

juradas de personajes famosos, cirujanos, sacerdotes y

magistrados. Las pruebas judiciales son de lo más completas, y

aun así, ¿hay alguien que crea en vampiros?

Rousseau

El resto del sitio consistía en un listado alfabético de los

diferentes mitos de los vampiros por todo el mundo. El primero

en el que hice clic fue el danag, un vampiro filipino a quien se

suponía responsable de la plantación de taro en las islas mucho

tiempo atrás. El mito aseguraba que los danag trabajaron con los

hombres durante muchos años, pero la colaboración finalizó el

día en que una mujer se cortó el dedo y un danag lamió la herida,

ya que disfrutó tanto del sabor de la sangre que la desangró por

completo.

Leí con atención las descripciones en busca de algo que me

resultara familiar, dejando sólo lo verosímil. Parecía que la

mayoría de los mitos sobre los vampiros se concentraban en

reflejar a hermosas mujeres como demonios y a los niños como

víctimas. También parecían estructuras creadas para explicar la

alta tasa de mortalidad infantil y proporcionar a los hombres una

coartada para la infidelidad. En muchas de las historias se

mezclaban espíritus incorpóreos y admoniciones contra los

entierros realizados incorrectamente. No había mucho que

guardara parecido con las películas que había visto, y sólo a unos

pocos, como el estrie hebreo y el upier polaco, les preocupaba el

beber sangre.

Sólo tres entradas atrajeron de verdad mi atención: el rumano

varacolaci, un poderoso no muerto que podía aparecerse como un

hermoso humano de piel pálida, el eslovaco nelapsi, una criatura

de tal fuerza y rapidez que era capaz de masacrar toda una aldea

en una sola hora después de la medianoche, y otro más, el

stregoni benefici.

Sobre este último había una única afirmación.

Stregoni benefici: vampiro italiano que afirmaba estar del lado del

bien; era enemigo mortal de todos los vampiros diabólicos.

Aquella pequeña entrada constituía un alivio, era el único entre

cientos de mitos que aseguraba la existencia de vampiros buenos.

Sin embargo, en conjunto, había pocos que coincidieran con la

historia de Jacob o mis propias observaciones. Había realizado

mentalmente un pequeño catálogo y lo comparaba

cuidadosamente con cada mito mientras iba leyendo. Velocidad,

fuerza, belleza, tez pálida, ojos que cambiaban de color, y luego

los criterios de Jacob: bebedores de sangre, enemigos de los

hombres lobo, piel fría, inmortalidad. Había muy pocos mitos en

los que encajara al menos un factor.

Y había otro problema adicional a raíz de lo que recordaba de las

pocas películas de terror que había visto y que se reforzaba con

aquellas lecturas: los vampiros no podían salir durante el día

porque el sol los quemaría hasta reducirlos a cenizas. Dormían en

ataúdes todo el día y sólo salían de noche.

Exasperada, apagué el botón de encendido del ordenador sin

esperar a cerrar el sistema operativo correctamente. Sentí una

turbación aplastante a pesar de toda mi irritación. ¡Todo aquello

era tan estúpido! Estaba sentada en mi cuarto rastreando

información sobre vampiros. ¿Qué era lo que me sucedía? Decidí

que la mayor parte de la culpa estaba fuera del umbral de mi

puerta, en el pueblo de Forks y, por extensión, en la húmeda

península de Olympic.

Tenía que salir de la casa, pero no había ningún lugar al que

quisiera ir que no implicara conducir durante tres días. Volví a

calzarme las botas, sin tener muy claro adonde dirigirme, y bajé

las escaleras. Me envolví en mi impermeable sin comprobar qué

tiempo hacía y salí por la puerta pisando fuerte.

Estaba nublado, pero aún no llovía. Ignoré el coche y empecé a

caminar hacia el este, cruzando el patio de la casa de Charlie en

dirección al bosque.

No transcurrió mucho tiempo antes de que me hubiera

adentrado en él lo suficiente para que la casa y la carretera

desaparecieran de la vista y el único sonido audible fuera el de la

tierra húmeda al succionar mis botas y los súbitos silbos de los

arrendajos.

La estrecha franja de un sendero discurría a lo largo del bosque;

de lo contrario no me hubiera arriesgado a vagabundear de

aquella manera por mis propios medios, ya que carecía de

sentido de la orientación y era perfectamente capaz de perderme

en parajes mucho menos alambicados. El sendero se adentraba

más y más en el corazón del bosque, incluso puedo aventurar

que casi siempre rumbo Este. Serpenteaba entre los abetos y las

cicutas, entre los tejos y los arces. Tenía leves nociones de los

árboles que había a mi alrededor, y todo cuanto sabía se lo debía

a Charlie, que me había ido enseñando sus nombres desde la

ventana del coche patrulla cuando yo era pequeña. A muchos no

los identificaba y de otros no estaba del todo segura porque

estaban casi cubiertos por parásitos verdes.

Seguí el sendero impulsada por mi enfado conmigo misma. Una

vez que éste empezó a desaparecer, aflojé el paso. Unas gotas de

agua cayeron desde el dosel de ramas de las alturas, pero no

estaba segura de si empezaba a llover o si se trataba de los restos

de la lluvia del día anterior, acumulada sobre el haz de las hojas,

y que ahora goteaba lentamente en el suelo. Un árbol caído

recientemente —sabía que esto era así porque no estaba

totalmente cubierto de musgo— descansaba sobre el tronco de

uno de sus hermanos, cuyo resultado era la formación de una

especie de banco no muy alto a pocos —y seguros— pasos del

sendero. Llegué hasta él saltando con precaución por encima de

los heléchos y me senté colocando la chaqueta de modo que

estuviera entre el húmedo asiento y mi ropa. Apoyé la cabeza,

cubierta por la capucha, contra el árbol vivo.

Aquél era el peor lugar al que podía haber acudido, debería de

haberlo sabido, pero ¿a qué otro sitio podía ir? El bosque, de un

verde intenso, se parecía demasiado al escenario del sueño de la

última noche para alcanzar la paz de espíritu. Ahora que ya no

oía el sonido de mis pasos sobre el barro, el silencio era

penetrante. Los pájaros también permanecían callados y aumentó

la frecuencia de las gotas, lo que parecía confirmar que allí arriba,

en el cielo, estaba lloviendo. Ahora que me había sentado, la

altura de los heléchos sobrepasaba la de mi cabeza, por lo que

cualquiera hubiera podido caminar por la senda a tres pies de

distancia sin verme.

Allí, entre los árboles, resultaba mucho más fácil creer en los

disparates de los que me avergonzaba dentro de la casa. Nada

había cambiado en aquel bosque durante miles de años, y todos

los mitos y leyendas de mil países diferentes me parecían mucho

más verosímiles en medio de aquella calima verde que en mi

despejado dormitorio.

Me obligué a concentrarme en las dos preguntas vitales que

debía contestar, pero lo hice a regañadientes.

Primero tenía que decidir si podía ser cierto lo que Jacob me

había dicho sobre los Cullen.

Mi mente respondió de inmediato con una rotunda negativa.

Resultaba estúpido y mórbido entretenerse con unas ideas tan

ridículas. Pero, en ese caso, ¿qué pasaba?, me pregunté. No había

una explicación racional a por qué seguía viva en aquel

momento. Hice recuento mental de lo que había observado con

mis propios ojos: lo inverosímil de su fortaleza y velocidad, el

color cambiante de los ojos, del negro al dorado y viceversa, la

belleza sobrehumana, la piel fría y pálida, y otros pequeños

detalles de los que había tomado nota poco a poco: no parecía

comer jamás y se movía con una gracia turbadora. Y luego estaba

la forma en que hablaba a veces, con cadencias poco habituales y

frases que encajaban mejor con el estilo de una novela de finales

del siglo XIX que de una clase del siglo XXI. Había hecho novillos

el día que hicimos la prueba del grupo sanguíneo, tampoco se

negó a ir de camping a la playa hasta que supo adonde íbamos a

ir, y parecía saber lo que pensaban cuantos le rodeaban, salvo yo.

Me había dicho que era el malo de la película, peligroso...

¿Podían ser vampiros los Cullen?

Bueno, eran algo. Y lo que empezaba a tomar forma delante de

mis ojos incrédulos excedía la posibilidad de una explicación

racional. Ya fuera uno de los fríos o se cumpliera mi teoría del

superhéroe, Edward Cullen no era... humano. Era algo más.

Así pues... tal vez. Ésa iba a ser mi respuesta por el momento.

Y luego estaba la pregunta más importante. ¿Qué iba a hacer si

resultaba ser cierto?

¿Qué haría si Edward fuera... un vampiro? Apenas podía

obligarme a pensar esas palabras. Involucrar a nadie más estaba

fuera de lugar. Ni siquiera yo misma me lo creía, quedaría en

ridículo ante cualquiera a quien se lo dijera.

Sólo dos alternativas parecían prácticas. La primera era aceptar

su aviso: ser lista y evitarle todo lo posible, cancelar nuestros

planes y volver a ignorarlo tanto como fuera capaz, fingir que

entre nosotros existía un grueso e impenetrable muro de cristal

en la única clase que estábamos obligados a compartir, decirle

que se alejara de mí... y esta vez en serio.

Me invadió de repente una desesperación tan agónica cuando

consideré esa opción que el mecanismo de mi mente de rechazar

el dolor provocó que pasara rápidamente a la siguiente

alternativa.

No hacer nada diferente. Después de todo, hasta la fecha, no me

había causado daño alguno aunque fuera algo... siniestro. De

hecho, sería poco más que una abolladura en el guardabarros de

Tyler si él no hubiera actuado con tanta rapidez. Tanta, me dije a

mí misma, que podría haber sido puro reflejo: ¿Cómo puede ser

malo si tiene reflejos para salvar vidas?, pensé. No hacía más que

darle vueltas sin obtener respuestas.

Había una cosa de la que estaba segura, si es que estaba segura

de algo: el oscuro Edward del sueño de la pasada noche sólo era

una reacción de mi miedo ante el mundo del que había hablado

Jacob, no del propio Edward. Aun así, cuando chillé de pánico

ante el ataque del hombre lobo, no fue el miedo al licántropo lo

que arrancó de mis labios ese grito de « ¡no!», sino a que él

resultara herido. A pesar de que me había llamado con los

colmillos afilados, temía por él.

Y supe que tenía mi respuesta. Ignoraba si en realidad había

tenido elección alguna vez. Ya me había involucrado demasiado

en el asunto. Ahora que lo sabía, si es que lo sabía, no podía

hacer nada con mi aterrador secreto, ya que cuando pensaba en

él, en su voz, sus ojos hipnóticos y la magnética fuerza de su

personalidad, no quería otra cosa que estar con él de inmediato,

incluso si... Pero no podía pensar en ello, no aquí, sola en la

penumbra del bosque, no mientras la lluvia lo hiciera tan

sombrío como el crepúsculo debajo del dosel de ramas y disperso

como huellas en un suelo enmarañado de tierra. Me estremecí y

me levanté deprisa de mi escondite, preocupada porque la lluvia

hubiera borrado la senda.

Pero ésta permanecía allí, nítida y sinuosa, para que saliera del

goteante laberinto verde. La seguí de forma apresurada, con la

capucha bien calada sobre la cabeza, sin dejar de sorprenderme,

mientras pasaba entre los árboles casi a la carrera, de lo lejos que

había llegado. Empecé a preguntarme si me dirigía a alguna

salida o si la senda llevaría hasta más allá de los confines del

bosque. Atisbé algunos claros a través de la maraña de ramas

antes de que me entrara demasiado pánico, y luego oí un coche

pasar por la carretera, y allí estaba el jardín de Charlie que se

extendía delante de mí, y la casa, que me llamaba y me prometía

calor y calcetines secos.

Apenas era mediodía cuando entré. Subí las escaleras y me puse

ropa de estar por casa, unos vaqueros y una camiseta, ya que no

iba a salir. No me costó mucho esfuerzo concentrarme en la tarea

para ese día, un trabajo sobre Macbeth que debía entregar el

miércoles. Pergeñé un primer borrador del trabajo con una

satisfacción y serenidad que no sentía desde... Bueno, para ser

sincera, desde el jueves.

Esa había sido siempre mi forma de ser. Adoptar decisiones era

la parte que más me dolía, la que me llevaba por la calle de la

amargura. Pero una vez que tomaba la decisión, me limitaba a

seguirla... Por lo general, con el alivio que daba el haberla

tomado. A veces, el alivio se teñía de desesperación, como

cuando resolví venir a Forks, pero seguía siendo mejor que

pelear con las alternativas.

Era ridículamente fácil vivir con esta decisión. Peligrosamente

fácil.

De ese modo, el día fue tranquilo y productivo. Terminé mi

trabajo antes de las ocho. Charlie volvió a casa con abundante

pesca, lo que me llevó a pensar en adquirir un libro de recetas

para pescado cuando estuviera en Seattle la semana siguiente.

Los escalofríos que corrían por mi espalda cada vez que pensaba

en ese viaje no diferían de los que sentía antes de mi paseo con

Jacob Black. Creía que serían distintos. Deberían serlo, ¡deberían

serlo! Sabía que debería estar asustada, pero lo que sentía no era

miedo exactamente.

Dormí sin sueños aquella noche, rendida como estaba por

haberme levantado el domingo tan temprano y haber

descansando tan poco la noche anterior. Por segunda vez desde

mi llegada a Forks, me despertó la brillante luz de un día

soleado.

Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con

asombro que apenas había nubes en el cielo, y las pocas que

había sólo eran pequeños jirones algodonosos de color blanco

que posiblemente no trajeran lluvia alguna. Abrí la ventana y me

sorprendió que se abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de

que no se había abierto en quién sabe cuántos años, y aspiré el

aire, relativamente seco. Casi hacía calor y apenas soplaba viento.

Por mis venas corría la adrenalina.

Charlie estaba terminando de desayunar cuando bajé las

escaleras y de inmediato se apercibió de mi estado de ánimo.

—Ahí fuera hace un día estupendo —comentó.

—Sí —coincidí con una gran sonrisa.

Me devolvió la sonrisa. La piel se arrugó alrededor de sus ojos

castaños. Resultaba fácil ver por qué mi madre y él se habían

lanzado alegremente a un matrimonio tan prematuro cuando

Charlie sonreía. Gran parte del joven romántico que fue en

aquellos días se había desvanecido antes de que yo le conociera,

cuando su rizado pelo castaño —del mismo color que el mío,

aunque de diferente textura— comenzaba a escasear y revelaba

lentamente cada vez más y más la piel brillante de la frente. Pero

cuando sonreía, podía atisbar un poco del hombre que se había

fugado con Renée cuando ésta sólo tenía dos años más que yo

ahora.

Desayuné animadamente mientras contemplaba revolotear las

motas de polvo en los chorros de luz que se filtraban por la

ventana trasera. Charlie me deseó un buen día en voz alta y

luego oí que el coche patrulla se alejaba. Vacilé al salir de casa,

impermeable en mano. No llevarlo equivaldría a tentar al

destino. Lo doblé sobre el brazo con un suspiro y salí caminando

bajo la luz más brillante que había visto en meses.

A fuerza de emplear a fondo los codos, fui capaz de bajar del

todo los dos cristales de las ventanillas del monovolumen. Fui

una de las primeras en llegar al instituto. No había comprobado

la hora con las prisas de salir al aire libre. Aparqué y me dirigí

hacia los bancos del lado sur de la cafetería, que de vez en

cuando se usaban para algún picnic. Los bancos estaban todavía

un poco húmedos, por lo que me senté sobre el impermeable,

contenta de poder darle un uso. Había terminado los deberes,

fruto de una escasa vida social, pero había unos cuantos

problemas de Trigonometría que no estaba segura de haber

resuelto bien. Abrí el libro aplicadamente, pero me puse a soñar

despierta a la mitad de la revisión del primer problema.

Garabateé distraídamente unos bocetos en los márgenes de los

deberes. Después de algunos minutos, de repente me percaté de

que había dibujado cinco pares de ojos negros que me miraban

fijamente desde el folio. Los borré con la goma.

— ¡Bella! —oí gritar a alguien, y parecía la voz de Mike.

Al mirar a mi alrededor comprendí que la escuela se había ido

llenando de gente mientras estaba allí sentada, distraída. Todo el

mundo llevaba camisetas, algunos incluso vestían shorts a pesar

de que la temperatura no debería sobrepasar los doce grados.

Mike se acercaba saludando con el brazo, lucía unos shorts de

color caqui y una camiseta a rayas de rugby.

Se sentó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja y las cuidadas

puntas del pelo reluciendo a la luz del sol. Estaba tan encantado

de verme que no pude evitar sentirme satisfecha.

—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos

rojos —comentó mientras atrapaba entre los dedos un mechón

que flotaba con la ligera brisa.

—Sólo al sol.

Me sentí incómoda cuando colocó el mechón detrás de mi oreja.

—Hace un día estupendo, ¿eh?

—La clase de días que me gustan —dije mostrando mi acuerdo.

— ¿Qué hiciste ayer?

El tono de su voz era demasiado posesivo.

—Me dediqué sobre todo al trabajo de Literatura.

No añadí que lo había terminado, no era necesario parecer

pagada de mí misma. Se golpeó la frente con la base de la mano.

—Ah, sí... Hay que entregarlo el jueves, ¿verdad?

—Esto... Creo que el miércoles.

— ¿El miércoles? —Frunció el ceño—. Mal asunto. ¿Sobre qué

has escrito el tuyo?

—Acerca de la posible misoginia de Shakespeare en el

tratamiento de los personajes femeninos.

Me contempló como si le hubiera hablado en chino.

—Supongo que voy a tener que ponerme a trabajar en eso esta

noche —dijo desanimado—. Te iba a preguntar si querías salir.

—Ah.

Me había pillado con la guardia bajada. ¿Por qué ya no podía

mantener una conversación agradable con Mike sin que acabara

volviéndose incómoda?

—Bueno, podíamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más

tarde.

Me sonrió lleno de esperanza.

—Mike... —odiaba que me pusieran en un aprieto—. Creo que no

es una buena idea.

Se le descompuso el rostro.

— ¿Por qué? —preguntó con mirada cautelosa. Mis

pensamientos volaron hacia Edward, preguntándome si también

Mike pensaba lo mismo.

—Creo, y te voy dar una buena tunda sin remordimiento alguno

como repitas una sola palabra de lo que voy a decir —le amenacé

—, que eso heriría los sentimientos de Jessica.

Se quedó aturdido. Era obvio que no pensaba en esa dirección de

ningún modo.

—Jessica?

—De verdad, Mike, ¿estás ciego?

—Vaya —exhaló claramente confuso.

Aproveché la ventaja para escabullirme.

—Es hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.

Recogí los libros y los introduje en mi mochila.

Caminamos en silencio hacia el edificio tres. Mike iba con

expresión distraída. Esperaba que, cualesquiera que fueran los

pensamientos en los que estuviera inmerso, éstos le condujeran

en la dirección correcta.

Cuando vi a Jessica en Trigonometría, desbordaba entusiasmo.

Ella, Angela y Lauren iban a ir de compras a Port Angeles esa

tarde para buscar vestidos para el baile y quería que yo también

fuera, a pesar de que no necesitaba ninguno. Estaba indecisa.

Sería agradable salir del pueblo con algunas amigas, pero Lauren

estaría allí y quién sabía qué podía hacer esa tarde... Pero ése era

definitivamente el camino erróneo para dejar correr mi

imaginación...

De modo que le respondí que tal vez, explicándole que primero

tenía que hablar con Charlie.

No habló de otra cosa que del baile durante todo el trayecto hasta

clase de Español y continuó, como si no hubiera habido

interrupción alguna, cuando la clase terminó al fin, cinco minutos

más tarde de la hora, y mientras nos dirigíamos a almorzar.

Estaba demasiado perdida en el propio frenesí de mis

expectativas como para comprender casi nada de lo que decía.

Estaba dolorosamente ávida de ver no sólo a Edward sino a

todos los Cullen, con el fin de poder contrastar en ellos las

nuevas sospechas que llenaban mi mente. Al cruzar el umbral de

la cafetería, sentí deslizarse por la espalda y anidar en mi

estómago el primer ramalazo de pánico. ¿Serían capaces de saber

lo que pensaba? Luego me sobresaltó un sentimiento distinto.

¿Estaría esperándome Edward para sentarse conmigo otra vez?

Fiel a mi costumbre, miré primero hacia la mesa de los Cullen.

Un estremecimiento de pánico sacudió mi vientre al percatarme

de que estaba vacía. Con menor esperanza, recorrí la cafetería

con la mirada, esperando encontrarle solo, esperándome. El lugar

estaba casi lleno —la clase de Español nos había retrasado—,

pero no había rastro de Edward ni de su familia. El desconsuelo

hizo mella en mí con una fuerza agobiante.

Anduve vacilante detrás de Jessica, sin molestarme en fingir por

más tiempo que la escuchaba.

Habíamos llegado lo bastante tarde para que todo el mundo se

hubiera sentado ya en nuestra mesa. Esquivé la silla vacía junto a

Mike a favor de otra al lado de Angela. Fui vagamente consciente

de que Mike ofrecía amablemente la silla a Jessica, y de que el

rostro de ésta se iluminaba como respuesta.

Angela me hizo unas cuantas preguntas en voz baja sobre el

trabajo de Macbeth, a las que respondí con la mayor naturalidad

posible mientras me hundía en las espirales de la miseria.

También ella me invitó a acompañarlas por la tarde, y ahora

acepté, agarrándome a cualquier cosa que me distrajera.

Comprendí que me había aferrado al último jirón de esperanza

cuando vi el asiento contiguo vacío al entrar en Biología, y sentí

una nueva oleada de desencanto.

El resto del día transcurrió lentamente, con desconsuelo. En

Educación física tuvimos una clase teórica sobre las reglas del

bádminton, la siguiente tortura que ponían en mi camino, pero al

menos eso significó que pude estar sentada escuchando en lugar

de ir dando tumbos por la pista. Lo mejor de todo es que el

entrenador no terminó, por lo que tendría otra jornada sin

ejercicio al día siguiente. No importaba que me entregaran una

raqueta antes de dejarme libre el resto de la clase.

Me alegré de abandonar el campus. De esa forma podría poner

mala cara y deprimirme antes de salir con Jessica y compañía,

pero apenas había traspasado el umbral de la casa de Charlie,

Jessica me telefoneó para cancelar nuestros planes. Intenté

mostrarme encantada de que Mike la hubiera invitado a cenar,

aunque lo que en realidad me aliviaba era que al fin él parecía

que iba a tener éxito, pero ese entusiasmo me sonó falso hasta a

mí. Ella reprogramó nuestro viaje de compras a la tarde noche

del día siguiente.

Aquello me dejaba con poco que hacer para distraerme. Había

pescado en adobo, con una ensalada y pan que había sobrado la

noche anterior, por lo que no quedaba nada que preparar. Me

mantuve concentrada en los deberes, pero los terminé a la media

hora. Revisé el correo electrónico y leí los mails atrasados de mi

madre, que eran cada vez más apremiantes conforme se

acercaban a la actualidad. Suspiré y tecleé una rápida respuesta.

Mamá:

Lo siento. He estado fuera. Me fui a la playa con algunos amigos y

luego tuve que escribir un trabajo para el instituto.

Mis excusas eran patéticas, por lo que renuncié a intentar

justificarme.

Hoy hace un día soleado. Lo sé, yo también estoy muy sorprendida, por

lo que me voy a ir al aire libre para empaparme de toda la vitamina D

que pueda. Te quiero.

Bella

Decidí matar una hora con alguna lectura que no estuviera

relacionada con las clases. Tenía una pequeña colección de libros

que me había traído a Forks. El más gastado por el uso era una

recopilación de obras de Jane Austen. Lo seleccioné y me dirigí al

patio trasero. Al bajar las escaleras tomé un viejo edredón roto

del armario de la ropa blanca.

Ya fuera, en. el pequeño patio cuadrado de Charlie, doblé el

edredón por la mitad, lejos del alcance de la sombra de los

árboles, sobre el césped, que iba a permanecer húmedo sin

importar durante cuánto tiempo brillara el sol. Me tumbé

bocabajo, con los tobillos entrecruzados al aire, hojeando las

diferentes novelas del libro mientras intentaba decidir cuál

ocuparía mi mente a fondo. Mis favoritas eran Orgullo y prejuicio

y Sentido y sensibilidad. Había leído la primera recientemente, por

lo que comencé Sentido y sensibilidad, sólo para recordar al

comienzo del capítulo tres que el protagonista de la historia se

llamaba Edward. Enfadada, me puse a leer Mansfield Park, pero el

héroe del texto se llamaba Edmund, y se parecía demasiado. ¿No

había a finales del siglo XVIII más nombres? Aturdida, cerré el

libro de golpe y me di la vuelta para tumbarme de espaldas. Me

arremangué la blusa lo máximo posible y cerré los ojos. No

quería pensar en otra cosa que no fuera el calor del sol sobre mi

piel, me dije a mí misma. La brisa seguía siendo suave, pero su

soplo lanzaba mechones de pelo sobre mi rostro, haciéndome

cosquillas. Me recogí el pelo detrás de la cabeza, dejándolo

extendido en forma de abanico sobre el edredón, y me concentré

de nuevo en el calor que me acariciaba los párpados, los

pómulos, la nariz, los labios, los antebrazos, el cuello y calentaba

mi blusa ligera.

Lo próximo de lo que fui consciente fue el sonido del coche

patrulla de Charlie al girar sobre las losas de la acera. Me

incorporé sorprendida al comprender que la luz ya se había

ocultado detrás de los árboles y que me había dormido. Miré a

mi alrededor, hecha un lío, con la repentina sensación de no estar

sola.

— ¿Charlie? —pregunté, pero sólo oí cerrarse de un portazo la

puerta de su coche frente a la casa.

Me incorporé de un salto, con los nervios a flor de piel sin ningún

motivo, para recoger el edredón, ahora empapado, y el libro.

Corrí dentro para echar algo de gasóleo a la estufa al tiempo que

me daba cuenta de que la cena se iba a retrasar. Charlie estaba

colgando el cinto con la pistola y quitándose las botas cuando

entré.

—Lo siento, papá, la cena aún no está preparada. Me quedé

dormida ahí fuera —dije reprimiendo un bostezo.

—No te preocupes ——contestó—. De todos modos, quería

enterarme del resultado del partido.

Vi la televisión con Charlie después de la cena, por hacer algo.

No había ningún programa que quisiera ver, pero él sabía que no

me gustaba el baloncesto, por lo que puso una estúpida comedia

de situación que no disfrutamos ninguno de los dos. No obstante,

parecía feliz de que hiciéramos algo juntos. A pesar de mi

tristeza, me sentí bien por complacerle.

—Papá —dije durante los anuncios—, Jessica y Angela van a ir a

mirar vestidos para el baile mañana por la tarde a Port Angeles y

quieren que las ayude a elegir. ¿Te importa que las acompañe?

—Jessica Stanley? —preguntó.

—Y Angela Weber.

Suspiré mientras le daba todos los detalles.

—Pero tú no vas a asistir al baile, ¿no? —comentó. No lo

entendía.

—No, papá, pero las voy a ayudar a elegir los vestidos —no

tendría que explicarle esto a una mujer—. Ya sabes, aportar una

crítica constructiva.

—Bueno, de acuerdo —pareció comprender que aquellos temas

de chicas se le escapaban—. Aunque, ¿no hay colegio por la

tarde?

—Saldremos en cuanto acabe el instituto, por lo que podremos

regresar temprano. Te dejaré lista la cena, ¿vale?

—Bella, me he alimentado durante diecisiete años antes de que tú

vinieras —me recordó.

—Y no sé cómo has sobrevivido —dije entre dientes para luego

añadir con mayor claridad—: Te voy a dejar algo de comida fría

en el frigorífico para que te prepares un par de sandwiches, ¿de

acuerdo? En la parte de arriba.

Me dedicó una divertida mirada de tolerancia.

Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. Me desperté con

esperanzas renovadas que intenté suprimir con denuedo. Como

el día era más templado, me puse una blusa escotada de color

azul oscuro, una prenda que hubiera llevado en Phoenix durante

lo más crudo del invierno.

Había planeado llegar al colegio justo para no tener que esperar a

entrar en clase. Desmoralizada, di una vuelta completa al

aparcamiento en busca de un espacio al tiempo que buscaba

también el Volvo plateado, que, claramente, no estaba allí.

Aparqué en la última fila y me apresuré a clase de Lengua,

llegando sin aliento ni brío, pero antes de que sonara el timbre.

Ocurrió lo mismo que el día anterior. No pude evitar tener ciertas

esperanzas que se disiparon dolorosamente cuando en vano

recorrí con la mirada el comedor y comprobé que seguía vacío el

asiento contiguo al mío de la mesa de Biología.

El plan de ir a Port Angeles por la tarde regresó con mayor

atractivo al tener Lauren otros compromisos. Estaba ansiosa por

salir del pueblo, para poder dejar de mirar por encima del

hombro, con la esperanza de verlo aparecer de la nada como

siempre hacía. Me prometí a mí misma que iba a estar de buen

humor para no arruinar a Angela ni a Jessica el placer de la caza

de vestidos. Puede que también yo hiciera algunas pequeñas

compras. Me negaba a creer que esta semana podría ir de

compras sola en Seattle porque Edward ya no estuviera

interesado en nuestro plan. Seguramente no lo cancelaría sin

decírmelo al menos.

Jessica me siguió hasta casa en su viejo Mercury blanco después

de clase para que pudiera dejar los libros y mi coche. Me cepillé

el pelo a toda prisa mientras estaba dentro, sintiendo resurgir

una leve excitación ante la expectativa de salir de Forks. Sobre la

mesa, dejé una nota para Charlie en la que le volvía a explicar

dónde encontrar la cena, cambié mi desaliñada mochila escolar

por un bolso que utilizaba muy de tarde en tarde y corrí a

reunirme con Jessica. A continuación fuimos a casa de Angela,

que nos estaba esperando. Mi excitación crecía exponencialmente

conforme el coche se alejaba de los límites del pueblo.

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