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william hill

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sábado, 6 de febrero de 2010

SAGA VAMPIROS TWILIGHT -- 04 ( CREPUSCULO Y CAPITULOS ELIMINADOS )

SAGA VAMPIROS TWILIGHT
04
( CREPUSCULO Y CAPITULOS ELIMINADOS )


IMPACIENCIA

Me desperté confusa. Mis pensamientos eran inconexos y se

perdían en sueños y pesadillas. Me llevó más tiempo de lo

habitual darme cuenta de dónde me hallaba.

La habitación era demasiado impersonal para pertenecer a

ningún otro sitio que no fuera un hotel. Las lamparitas,

atornilladas a las mesillas de noche, eran baratas, de saldo, lo

mismo que las acuarelas de las paredes y las cortinas, hechas del

mismo material que la colcha, que colgaban hasta el suelo.

Intenté recordar cómo había llegado allí, sin conseguirlo al

principio.

Luego, me acordé del elegante coche negro con los cristales de las

ventanillas aún más oscuros que los de las limusinas. Apenas si

se oyó el motor, a pesar de que durante la noche habíamos

corrido al doble del límite de la velocidad permitida por la

autovía.

También recordaba a Alice, sentada junto a mí en el asiento

trasero de cuero negro. En algún momento de la larga noche

reposé la cabeza sobre su cuello de granito. Mi cercanía no

pareció alterarla en absoluto y su piel dura y fría me resultó

extrañamente cómoda. La parte delantera de su fina camiseta de

algodón estaba fría y húmeda a causa de las lágrimas vertidas

hasta que mis ojos, rojos e hinchados, se quedaron secos.

Me había desvelado y permanecí con los doloridos ojos abiertos,

incluso cuando la noche terminó al fin y amaneció detrás de un

pico de escasa altura en algún lugar de California. Haces de luz

gris poblaron el cielo despejado, hiriéndome en los ojos, pero no

podía cerrarlos, ya que en cuanto lo hacía, se me aparecían las

imágenes demasiado vividas, como diapositivas proyectadas

desde detrás de los párpados; y eso me resultaba insoportable. La

expresión desolada de Charlie, el brutal rugido de Edward al

exhibir los dientes, la mirada resentida de Rosalie, el experto

escrutinio del rastreador, la mirada apagada de los ojos de

Edward después de besarme por última vez... No soportaba esos

recuerdos, por lo que luché contra la fatiga mientras el sol se

alzaba en el horizonte.

Me mantenía despierta cuando atravesamos un ancho paso

montañoso y el astro rey, ahora a nuestras espaldas, se reflejó en

los techos de teja del Valle del Sol. Ya no me quedaba la

suficiente sensibilidad para sorprenderme de que hubiéramos

efectuado un viaje de tres días en uno solo. Miré

inexpresivamente la llanura amplia y plana que se extendía ante

mí. Phoenix, las palmeras, los arbustos de creosota, las líneas

caprichosas de las autopistas que se entrecruzaban, las franjas

verdes de los campos de golf y los manchones turquesas de las

piscinas, todo cubierto por una fina capa de polución que

envolvía las sierras chatas y rocosas, sin la altura suficiente para

llamarlas montañas.

Las sombras de las palmeras se inclinaban sobre la autopista

interestatal, definidas y claramente delineadas, aunque menos

intensas de lo habitual. Nada podía esconderse en esas sombras.

La calzada, brillante y sin tráfico, incluso parecía agradable. Pero

no sentí ningún alivio, ninguna sensación de bienvenida.

— ¿Cuál es el camino al aeropuerto, Bella? —preguntó Jasper y

se sobresaltó, aunque su voz era bastante suave y

tranquilizadora. Fue el primer sonido, aparte del ronroneo del

coche, que rompió el largo silencio de la noche.

—No te salgas de la I—10 —contesté automáticamente—.

Pasaremos justo al lado.

El no haber podido dormir me nublaba la mente y me costaba

pensar.

— ¿Vamos a volar a algún sitio? —le pregunté a Alice.

—No, pero es mejor estar cerca, sólo por si acaso.

Después vino a mi memoria el comienzo de la curva alrededor

del Sky Harbor International..., pero en mi recuerdo no llegué a

terminarla. Supongo que debió de ser entonces cuando me

dormí.

Aunque ahora que recuperaba los recuerdos tenía la vaga

impresión de haber salido del coche cuando el sol acababa de

ocultarse en el horizonte, con un brazo sobre los hombros de

Alice y el suyo firme alrededor de mi cintura, sujetándome

mientras yo tropezaba en mí caminar bajo las sombras cálidas y

secas.

No recordaba esta habitación.

Miré el reloj digital en la mesilla de noche. Los números en rojo

indicaban las tres, pero no si eran de la tarde o de la madrugada.

A través de las espesas cortinas no pasaba ni un hilo de luz

exterior, aunque las lámparas iluminaban la habitación.

Me levanté entumecida y me tambaleé hasta la ventana para

apartar las cortinas.

Era de noche, así que debían de ser las tres de la madrugada. Mi

habitación daba a una zona despejada de la autovía y al nuevo

aparcamiento de estacionamiento prolongado del aeropuerto. Me

sentí algo mejor al saber dónde me encontraba.

Me miré. Seguía llevando las ropas de Esme, que no me

quedaban nada bien. Recorrí la habitación con la mirada y me

alborocé al descubrir mi petate en lo alto de un pequeño armario.

Iba en busca de ropa nueva cuando me sobresaltó un ligero

golpecito en la puerta.

— ¿Puedo entrar? —preguntó Alice.

Respiré hondo.

—Sí, claro.

Entró y me miró con cautela.

—Tienes aspecto de necesitar dormir un poco más.

Me limité a negar con la cabeza.

En silencio, se acercó despacio a las cortinas y las cerró con

firmeza antes de volverse hacia mí.

—Debemos quedarnos dentro —me dijo.

—De acuerdo —mi voz sonaba ronca y se me quebró.

— ¿Tienes sed?

—Me encuentro bien —me encogí de hombros—. ¿Y tú qué tal?

—Nada que no pueda sobrellevarse —sonrió—. Te he pedido

algo de comida, la tienes en el saloncito. Edward me recordó que

comes con más frecuencia que nosotros.

Presté más atención en el acto.

— ¿Ha telefoneado?

—No —contestó, y vio cómo aparecía la desilusión en mi rostro

—. Fue antes de que saliéramos.

Me tomó de la mano con delicadeza y me llevó al saloncito de la

suite. Se oía un zumbido bajo de voces procedente de la

televisión. Jasper estaba sentado inmóvil en la mesa que había en

una esquina, con los ojos puestos en las noticias, pero sin

prestarles atención alguna.

Me senté en el suelo al lado de la mesita de café donde me

esperaba una bandeja de comida y empecé a picotear sin darme

cuenta de lo que ingería.

Alice se sentó en el brazo del sofá y miró a la televisión con gesto

ausente, igual que Jasper.

Comí lentamente, observándola, mirando también de hito en hito

a Jasper. Me percaté de que estaban demasiado quietos. No

apartaban la vista de la pantalla, aunque acababan de aparecer

los anuncios.

Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente

revuelto. Alice me miró.

— ¿Qué es lo que va mal, Alice?

—Todo va bien —abrió los ojos con sorpresa, con expresión

sincera... y no me creí nada.

— ¿Qué hacemos aquí?

—Esperar a que nos llamen Carlisle y Edward.

— ¿Y no deberían haber telefoneado ya?

Me pareció que me iba acercando al meollo del asunto. Los ojos

de Alice revolotearon desde los míos hacia el teléfono que estaba

encima de su bolso; luego volvió a mirarme.

— ¿Qué significa eso? —me temblaba la voz y luché para

controlarla—. ¿Qué quieres decir con que no han llamado?

—Simplemente que no tienen nada que decir.

Pero su voz sonaba demasiado monótona y el aire se me hizo

más difícil de respirar.

De repente, Jasper se situó junto a Alice, más cerca de mí de lo

habitual.

—Bella —dijo con una voz sospechosamente tranquilizadora—,

no hay de qué preocuparse. Aquí estás completamente a salvo.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo? —me preguntó confundido.

Aunque podía sentir el tono de mis emociones, no comprendía el

motivo.

—Ya oíste a Laurent —mi voz era sólo un susurro, pero estaba

segura de que podía oírme—. Dijo que James era mortífero. ¿Qué

pasa si algo va mal y se separan? Si cualquiera de ellos sufriera

algún daño, Carlisle, Emmett, Edward... —Tragué saliva—. Si esa

mujer brutal le hace daño a Esme... —hablaba cada vez más alto,

y en mi voz apareció una nota de histeria—. ¿Cómo podré vivir

después sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros

debería arriesgarse por mí...

—Bella, Bella, para... —me interrumpió Jasper, pronunciando con

tal rapidez que me resultaba difícil entenderle—. Te preocupas

por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto: ninguno de

nosotros está en peligro. Ya soportas demasiada presión tal como

están las cosas, no hace falta que le añadas todas esas

innecesarias preocupaciones. ¡Escúchame! —Me ordenó, porque

yo había vuelto la mirada a otro lado—. Nuestra familia es fuerte

y nuestro único temor es perderte.

—Pero ¿por qué...?

Alice le interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus dedos

fríos.

—Edward lleva solo casi un siglo y ahora te ha encontrado. No

sabes cuánto ha cambiado, pero nosotros sí lo vemos, después de

llevar juntos tanto tiempo. ¿Crees que podríamos mirarle a la

cara los próximos cien años si te pierde?

La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos

oscuros. Pero, incluso mientras la calma se extendía sobre mí, no

podía confiar en mis sentimientos en presencia de Jasper.

Había sido un día muy largo.

Permanecimos en la habitación. Alice llamó a recepción y les

pidió que no enviaran a las mujeres de la limpieza para arreglar

el cuarto. Las ventanas permanecieron cerradas, con la televisión

encendida, aunque nadie la miraba. Me traían la comida a

intervalos regulares. El móvil plateado parecía aumentar de

tamaño conforme pasaban las horas.

Mis niñeros soportaban mejor que yo la incertidumbre. Yo me

movía nerviosamente, andaba de un lado para otro y ellos

sencillamente cada vez parecían más inmóviles, dos estatuas

cuyos ojos me seguían imperceptiblemente mientras me movía.

Intenté mantenerme ocupada memorizando la habitación: el

diseño de la tela del sofá dispuesto en bandas de color canela,

melocotón, crema, dorado mate y canela otra vez. Algunas veces

me quedaba mirando fijamente las láminas abstractas, intentando

encontrar figuras reconocibles en las formas, del mismo modo

que las imaginaba en las nubes cuando era niña. Descubrí una

mano azul, una mujer que se peinaba y un gato estirándose, pero

dejé de hacerlo cuando un pálido círculo rojo se convirtió en un

ojo al acecho.

Me fui a la cama, sólo por hacer algo, al morir la tarde. Albergaba

la esperanza de que los miedos que merodeaban en el umbral de

la consciencia, incapaces de burlar la escrupulosa vigilancia de

Jasper, reaparecieran si permanecía sola en la penumbra.

Pero como por casualidad, Alice me siguió, como si por pura

coincidencia se hubiera cansado del saloncito al mismo tiempo

que yo. Empezaba a preguntarme qué clase de instrucciones le

había dado exactamente Edward. Me tumbé en la cama y ella se

sentó a mi lado con las piernas entrecruzadas. La ignoré al

principio, pero de repente me sentí demasiado cansada para

dormir. Al cabo de varios minutos hizo acto de presencia el

pánico que se había mantenido a raya en presencia de Jasper.

Entonces, deseché rápidamente la idea de dormir, y me avovillé,

sujetándome las rodillas contra el cuerpo con los brazos.

— ¿Alice?

— ¿Sí?

Hice un esfuerzo por aparentar calma y pregunté:

— ¿Qué crees que están haciendo?

—Carlisle quería conducir al rastreador al norte tanto como fuera

posible, esperar que se les acercara para dar la vuelta y

emboscarlo. Esme y Rosalie se dirigirían al oeste con la mujer a la

zaga el máximo tiempo posible. Si ésta se volvía, entonces tenían

que regresar a Forks y vigilar a tu padre. Imagino que todo debe

de ir bien, ya que no han llamado. Eso significa que el rastreador

debe de estar lo bastante cerca de ellos como para que no quieran

arriesgarse a que se entere de algo por casualidad.

— ¿Y Esme?

—Seguramente habrá regresado a Forks. No puede llamar por si

hay alguna posibilidad de que la mujer escuche algo. Confío en

que todos tengan mucho cuidado con eso.

— ¿Crees de verdad que están bien?

—Bella, ¿cuántas veces hemos de decirte que no corremos

peligro?

—De todos modos, ¿me dirías la verdad?

—Sí. Siempre te la diré.

Parecía hablar en serio. Me lo pensé un rato y al final me

convencí de que realmente estaba siendo sincera.

Entonces dime, ¿cómo se convierte uno en vampiro?

Mi pregunta la sorprendió con la guardia bajada. Se quedó

quieta. Me volví para mirarle la cara y vi que su expresión era

vacilante.

—Edward no quiere que te lo cuente —respondió con firmeza,

aunque me di cuenta de que ella estaba en desacuerdo con esa

postura.

—Eso no es jugar limpio. Creo que tengo derecho a saberlo.

—Ya lo sé.

La miré, expectante.

Alice suspiró.

—Se va a enfadar muchísimo.

—No es de su incumbencia. Esto es entre tú y yo. Alice, te lo

estoy pidiendo como amiga.

Y en cierto modo nosotras lo éramos ahora, tal como ella

seguramente habría sabido desde mucho antes por sus visiones.

Me miró con sus ojos sabios, espléndidos... mientras tomaba la

decisión.

—Te contaré cómo se desarrolla el proceso —dijo finalmente—,

pero no recuerdo cómo me sucedió, no lo he hecho ni he visto

hacerlo a nadie, así que ten claro que sólo te puedo explicar la

teoría.

Esperé: —

—Nuestros cuerpos de depredador disponen de un verdadero

arsenal de armas. Fuerza, velocidad, sentidos muy agudos, y eso

sin tener en cuenta a aquellos de nosotros que como Edward,

Jasper o yo misma también poseemos poderes extrasensoriales.

Además, resultamos físicamente atractivos a nuestras presas,

como una flor carnívora.

Permanecí inmóvil mientras recordaba de qué forma tan

deliberada me había demostrado Edward eso mismo en el prado.

Esbozó una sonrisa amplia y ominosa.

—Tenemos también otra arma de escasa utilidad. Somos

ponzoñosos —añadió con los dientes brillantes—. Esa ponzoña

no mata, simplemente incapacita. Actúa despacio y se extiende

por todo el sistema circulatorio, de modo que ninguna presa se

encuentra en condiciones físicas de resistirse y huir de nosotros

una vez que la hemos mordido. Es poco útil, como te he dicho,

porque no hay víctima que se nos escape en distancias cortas,

aunque, claro, siempre hay excepciones. Carlisle, por ejemplo.

—Así que si se deja que la ponzoña se extienda... —murmuré.

—Completar la transformación requiere varios días, depende de

cuánta ponzoña haya en la sangre y cuándo llegue al corazón.

Mientras el corazón siga latiendo se sigue extendiendo, curando

y transformando el cuerpo conforme llega a todos los sitios. La

conversión finaliza cuando se para el corazón, pero durante todo

ese lapso de tiempo, la víctima desea la muerte a cada minuto.

Temblé.

—No es agradable, ya te lo dije.

—Edward me dijo que era muy difícil de hacer... Y no le entendí

bien —confesé.

—En cierto modo nos asemejamos a los tiburones. Una vez que

hemos probado la sangre o al menos la hemos olido, da igual, se

hace muy difícil no alimentarse. Algunas veces resulta imposible.

Así que ya ves, morder realmente a alguien y probar la sangre

puede iniciar la vorágine. Es difícil para todos: el deseo de sangre

por un lado para nosotros, y por otro el dolor horrible para la

víctima.

— ¿Por qué crees que no lo recuerdas?

—No lo sé. El dolor de la transformación es el recuerdo más

nítido que suelen tener casi todos de su vida humana —su voz

era melancólica—. Sin embargo, yo no recuerdo nada de mi

existencia anterior.

Estuvimos allí tumbadas, ensimismadas cada una en nuestras

meditaciones. Transcurrieron los segundos, y estaba tan perdida

en mis pensamientos que casi había olvidado su presencia.

Entonces, Alice saltó de la cama sin mediar aviso alguno y cayó

de pie con un ágil movimiento. Sorprendida, volví rápidamente

la cabeza para mirarla.

—Algo ha cambiado.

Su voz era acuciante, pero no me reveló nada más.

Alcanzó la puerta al mismo tiempo que Jasper. Con toda

seguridad, éste había oído nuestra conversación y la repentina

exclamación. Le puso las manos en los hombros y guió a Alice

otra vez de vuelta a la cama, sentándola en el borde.

— ¿Qué ves? —preguntó Jasper, mirándola fijamente a los ojos,

todavía concentrados en algo muy lejano. Me senté junto a ella y

me incliné para poder oír su voz baja y rápida.

—Veo una gran habitación con espejos por todas partes. El piso

es de madera. James se encuentra allí, esperando. Hay algo

dorado... una banda dorada que cruza los espejos.

— ¿Dónde está la habitación?

—No lo sé. Aún falta algo, una decisión que no se ha tomado

todavía.

— ¿Cuánto tiempo queda para que eso ocurra?

—Es pronto, estará en la habitación del espejo hoy o quizás

mañana. Se encuentra a la espera y ahora permanece en la

penumbra.

La voz de Jasper era metódica, actuaba con la tranquilidad de

quien tiene experiencia en ese tipo de interrogatorios.

— ¿Qué hace ahora?

—Ver la televisión a oscuras en algún sitio... no, es un vídeo.

— ¿Puedes ver dónde se encuentra?

—No, hay demasiada oscuridad.

— ¿Hay algún otro objeto en la habitación del espejo?

—Sólo veo espejos y una especie de banda dorada que rodea la

habitación. También hay un gran equipo de música y un televisor

encima de una mesa negra. Ha colocado allí un vídeo, pero no lo

mira de la misma forma que lo hacía en la habitación a oscuras —

sus ojos erraron sin rumbo fijo, y luego se centraron en el rostro

de Jasper—. Esa es la habitación donde espera.

— ¿No hay nada más?

Ella negó con la cabeza; luego, se miraron el uno al otro,

inmóviles.

— ¿Qué significa? —pregunté.

Nadie me contestó durante unos instantes; luego, Jasper me

miró.

—Significa que el rastreador ha cambiado de planes y ha tomado

la decisión que lo llevará a la habitación del espejo y a la sala

oscura.

—Pero no sabemos dónde están.

—Bueno, pero sí sabemos que no le están persiguiendo en las

montañas al norte de Washington. Se les escapará —concluyó

Alice lúgubremente.

— ¿No deberíamos llamarlos? —pregunté. Ellos intercambiaron

una mirada seria, indecisos.

El teléfono sonó.

Alice cruzó la habitación antes de que pudiera alzar el rostro

para mirarla.

Pulsó un botón y se lo acercó al oído, aunque no fue la primera

en hablar.

—Carlisle —susurró. A mí no me pareció sorprendida ni aliviada

—. Sí —dijo sin dejar de mirarme; permaneció a la escucha un

buen rato—. Acabo de verlo —afirmó, y le describió la reciente

visión—. Fuera lo que fuera lo que le hizo tomar ese avión,

seguramente le va conducir a esas habitaciones —hizo una pausa

—. Sí —contestó al teléfono, y luego me llamó—. ¿Bella?

Me alargó el teléfono y corrí hacia el mismo.

— ¿Diga? —murmuré.

—Bella —dijo Edward.

— ¡Oh, Edward! Estaba muy preocupada.

—Bella —suspiró, frustrado—. Te dije que no te preocuparas de

nadie que no fueras tú misma.

Era tan increíblemente maravilloso oír su voz que mientras él

hablaba sentí cómo la nube de desesperación que planeaba sobre

mí ascendía y se disolvía.

— ¿Dónde estás?

—En los alrededores de Vancouver. Lo siento, Bella, pero lo

hemos perdido. Parecía sospechar de nosotros y ha tenido la

precaución de permanecer lo bastante lejos para que no pudiera

leerle el pensamiento. Se ha ido, parece que ha tomado un avión.

Creemos que ha vuelto a Forks para empezar de nuevo la

búsqueda.

Oía detrás de mí cómo Alice ponía al día a Jasper. Hablaba con

rapidez, las palabras se atropellaban unas a otras, formando un

zumbido constante.

—Lo sé. Alice vio que se había marchado.

—Pero no tienes de qué preocuparte, no podrá encontrar nada

que le lleve hasta ti. Sólo tienes que permanecer ahí y esperar

hasta que le encontremos otra vez.

—Me encuentro bien. ¿Está Esme con Charlie?

—Sí, la mujer ha estado en la ciudad. Entró en la casa mientras

Charlie estaba en el trabajo. No temas, no se le ha acercado. Está

a salvo, vigilado por Esme y Rosalie.

— ¿Qué hace ella ahora?

—Probablemente, intenta conseguir pistas. Ha merodeado por la

ciudad toda la noche. Rosalie la ha seguido hasta las cercanías

del aeropuerto, por todas las carreteras alrededor de la ciudad,

en la escuela... Está rebuscando por todos lados, Bella, pero no va

a encontrar nada.

— ¿Estás seguro de que Charlie está a salvo?

—Sí, Esme no le pierde de vista; y nosotros volveremos pronto. Si

el rastreador se acerca a Forks, le atraparemos.

—Te echo de menos —murmuré.

—Ya lo sé, Bella. Créeme que lo sé. Es como si te hubieras llevado

una mitad de mí contigo.

—Ven y recupérala, entonces —le reté.

—Pronto, en cuanto pueda, pero antes me aseguraré de que estás

a salvo —su voz se había endurecido.

—Te quiero —le recordé.

— ¿Me crees si te digo que, a pesar del trago que te estoy

haciendo pasar, también te quiero?

—Desde luego que sí, claro que te creo.

—Me reuniré contigo enseguida.

—Te esperaré.

La nube de abatimiento se volvió a cernir sobre mí sigilosamente

en cuanto se cortó la comunicación.

Me giré para devolver el móvil a Alice y los encontré a ella y a

Jasper inclinados sobre la mesa. Ella dibujaba un boceto en un

trozo del papel con el membrete del hotel. Me incliné sobre el

respaldo del sofá para mirar por encima de su hombro.

Había pintado una habitación grande y rectangular, con una

pequeña sección cuadrada al fondo. Las tablas de madera del

suelo se extendían a lo largo de toda la estancia. En la parte

inferior de las paredes había unas líneas que atravesaban

horizontalmente los espejos, y también una banda larga, a la

altura de la cintura, que recorría las cuatro paredes. Alice había

dicho que era una banda dorada.

—Es un estudio de ballet—dije al reconocer de pronto el aspecto

familiar del cuarto.

Me miraron sorprendidos.

— ¿Conoces esta habitación?

La voz de Jasper sonaba calmada, pero debajo de esa tranquila

apariencia fluía una corriente subterránea de algo que no pude

identificar.

Alice inclinó la cabeza hacia su dibujo, moviendo rápidamente

ahora su mano por la página; en la pared del fondo fue tomando

forma una salida de emergencia y en la esquina derecha de la

pared frontal, una televisión y un equipo de música encima de

una mesa baja.

—Se parece a una academia a la que solía ir para dar clases de

ballet cuando tenía ocho o nueve años. Tenía el mismo aspecto —

toqué la página donde destacaba la sección cuadrada, que luego

se estrechaba en la parte trasera de la habitación—. Aquí se

encontraba el baño, y esa puerta daba a otra clase, pero el aparato

de música estaba aquí —señalé la esquina izquierda—. Era más

viejo, y no había televisor. También había una ventana en la sala

de espera, que se podía ver desde este sitio si te colocabas aquí.

Alice y Jasper me miraban fijamente.

— ¿Estás segura de que es la misma habitación? —me preguntó

Jasper, todavía tranquilo.

—No, no del todo. Supongo que todos los estudios de danza son

muy parecidos, todos tienen espejos y barras —deslicé un dedo a

lo largo de la barra de ballet situada junto a los espejos—. Sólo

digo que su aspecto me resulta familiar.

Toqué la puerta del boceto, colocada exactamente en el mismo

sitio donde se encontraba la que yo recordaba.

— ¿Tendría algún sentido que quisieras ir allí ahora? —me

preguntó Alice, interrumpiendo mis recuerdos.

—No, no he puesto un pie allí desde hace por lo menos diez

años. Era una bailarina espantosa, hasta el punto de que me

ponían en la última fila en todas las actuaciones —reconocí.

— ¿Y no puede guardar algún tipo de relación contigo ahora? —

inquirió Alice con suma atención.

—No, ni siquiera creo que siga perteneciendo a la misma

persona. Estoy segura de que debe de ser otro estudio de danza

en cualquier otro sitio.

— ¿Dónde está el estudio en el que dabas clase? —me preguntó

Jasper con fingida indiferencia.

—Estaba justo en la esquina de la calle donde vivía mi madre,

solía pasar por allí después de la escuela... —dejé la frase

inconclusa, pero me percaté del intercambio de miradas entre

Alice y Jasper.

—Entonces, ¿está aquí?, ¿en Phoenix? —el tono de la voz de éste

seguía pareciendo imperturbable.

—Sí —murmuré—. En la 58 esquina con Cactus.

Nos quedamos todos sentados contemplando fijamente el dibujo.

—Alice, ¿es seguro este teléfono?

—Sí —me garantizó—. Si rastrean el número, la pista los llevará

a Washington.

—Entonces puedo usarlo para llamar a mi madre.

—Creía que estaba en Florida.

—Así es, pero va a volver pronto y no puede ir a esa casa

mientras. .. —me tembló la voz.

No dejaba de darle vueltas a un detalle que había comentado

Edward. La mujer pelirroja había estado en casa de Charlie y en

la escuela, donde figuraban mis datos.

— ¿Cómo la puedes localizar?

—No tienen número fijo, salvo en casa, aunque se supone que

mamá comprueba si tiene mensajes en el contestador de vez en

cuando.

— ¿Jasper? —preguntó Alice.

El aludido se lo pensó.

—No creo que esto ocasione daño alguno, aunque asegúrate de

no revelar tu paradero, claro.

Tomé el móvil con impaciencia y marqué el número que me era

tan familiar. Sonó cuatro veces; luego, oí la voz despreocupada

de mi madre pidiendo que dejara un mensaje.

—Mamá —dije después del pitido—, soy yo, Bella. Escucha,

necesito que hagas algo. Es importante. Llámame a este número

en cuanto oigas el mensaje —Alice ya estaba a mi lado,

escribiéndomelo en la parte inferior del dibujo, y lo leí

cuidadosamente dos veces—. Por favor, no vayas a ninguna

parte hasta que no hablemos. No te preocupes, estoy bien, pero

llámame enseguida, no importa lo tarde que oigas el mensaje,

¿vale? Te quiero, mamá, chao.

Cerré los ojos y recé con todas mis fuerzas para que no llegara a

casa por algún cambio imprevisto de planes antes de oír mi

mensaje.

Me acomodé en el sofá y picoteé las sobras de fruta de un plato al

tiempo que me iba haciendo a la idea de que la tarde sería larga.

Pensé en llamar a Charlie, pero no estaba segura de si ya habría

llegado a casa o no. Me concentré en las noticias, buscando

historias sobre Florida o sobre el entrenamiento de primavera,

además de huelgas, huracanes o ataques terroristas, cualquier

cosa que provocase un regreso anticipado.

La inmortalidad debe de ayudar mucho a ejercitar la paciencia.

Ni Jasper ni Alice parecían sentir la necesidad de hacer nada en

especial. Durante un rato, Alice dibujó un diseño vago de la

habitación oscura que había visto en su visión, a la luz débil de la

televisión. Pero cuando terminó, simplemente se quedó sentada,

mirando las blancas paredes con sus ojos eternos. Tampoco

Jasper parecía tener la necesidad de pasear, inspeccionar el

exterior por un lado de las cortinas, o salir corriendo de la

habitación como me ocurría a mí.

Debí de quedarme dormida en el sofá mientras esperaba que

volviera a sonar el móvil. El frío tacto de las manos de Alice me

despertó bruscamente cuando me llevó a la cama, pero volví a

caer inconsciente otra vez antes de que mi cabeza descansara

sobre la almohada.

LA LLAMADA

Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto

me desperté. Sabía que estaba invirtiendo progresivamente el

horario habitual del día y de la noche. Me quedé tumbada en la

cama y escuché las voces tranquilas de Jasper y Alice en la otra

habitación. Resultaba muy extraño que hablaran lo bastante alto

como para que los escuchara. Rodé rápidamente sobre la cama y

me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el saloncito.

El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la

madrugada. Alice y Jasper se sentaban juntos en el sofá. Alice

estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por encima del

hombro de ésta. Estaban tan absortos en el trabajo de Alice que

no miraron cuando entré.

Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.

— ¿Ha visto algo más? —pregunté en voz baja.

—Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el

vídeo, y ahora está iluminada.

Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas

oscuras en el techo bajo. Las paredes estaban cubiertas con

paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados

de moda. Una oscura alfombra estampada cubría el suelo. Había

una ventana grande en la pared sur y en la pared oeste un vano

que daba a una sala de estar. Uno de los lados de esta entrada era

de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que

daba a ambas habitaciones. Desde este punto de vista, el centro

de la imagen lo ocupaban una televisión y un vídeo —en

equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de madera

demasiado pequeño para los dos—, que se encontraban en la

esquina sudoeste de la habitación. Un viejo sofá de módulos se

curvaba en frente de la televisión con una mesita de café redonda

delante.

—El teléfono está allí —susurré e indiqué el lugar.

Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.

—Es la casa de mi madre.

Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la

mano; empezó a marcar. Contemplé ensimismada la precisa

interpretación de la habitación donde se reunía la familia de mi

madre. Jasper se acercó aún más a mí, cosa rara en él, y me puso

la mano suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su

influjo tranquilizador. La sensación de pánico se difuminó y no

llegó a tomar forma.

Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que

hablaba, por lo que no pude descifrar ese sordo zumbido. No

podía concentrarme.

—Bella —me llamó Alice. La miré atontada—. Bella, Edward

viene a buscarte. Emmett, Carlisle y él te van a recoger para

esconderte durante un tiempo.

— ¿Viene Edward?

Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al

que sujetarme para mantener la cabeza fuera de una riada.

—Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo

recogeremos en el aeropuerto y te irás con él.

—Pero, mi madre... —a pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en

mi voz—. ¡El rastreador ha venido a por mi madre, Alice!

—Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.

—No puedo ganar a la larga, Alice. No podéis proteger a toda la

gente que conozco durante toda la vida. ¿No ves lo que está

haciendo? No me persigue directamente a mí, pero encontrará y

hará daño a cualquier persona que yo ame... Alice, no puedo...

—Le atraparemos, Bella —me aseguró ella.

— ¿Y si te hiere, Alice? ¿Crees que eso me va a parecer bien?

¿Crees que sólo puede hacerme daño a través de mi familia

humana?

Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un

profundo letargo se apoderaron de mí y los ojos se me cerraron

sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la niebla cuando

me di cuenta de lo que estaba pasando. Forcé a mis ojos para que

se abrieran y me levanté, alejándome de la mano de Jasper.

—No quiero volverme a dormir —protesté enfadada.

Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di

un portazo para dejarme caer en la cama, hecha pedazos, con

cierta privacidad. Alice no me siguió en esta ocasión. Estuve

contemplando la pared durante tres horas y media, hecha un

ovillo, meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos,

intentando salir de alguna manera de esta pesadilla. Pero no

había forma de huir, ni indulto posible. Sólo veía un único y

sombrío final que se avecinaba en mi futuro. La única cuestión

era cuánta gente iba a resultar herida antes de que eso ocurriera.

El único consuelo, la única esperanza que me quedaba era saber

que vería pronto a Edward. Quizás, sería capaz de hallar la

solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.

Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi

comportamiento, cuando sonó el móvil. Esperaba que ninguno

de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les

agradecía los sacrificios que hacían por mí.

Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me

llamó la atención fue que, por primera vez, Jasper no se hallaba

en la habitación. Miré el reloj; eran las cinco y media de la

mañana.

—Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y

cinco —dijo Alice; sólo tenía que seguir respirando unas cuantas

horas más hasta que él llegara.

— ¿Dónde está Jasper?

—Ha ido a reconocer el terreno.

— ¿No os vais a quedar aquí?

—No, nos vamos a instalar más cerca de la casa de tu madre.

Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus

palabras, pero el móvil sonó de nuevo, lo que hizo que

abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía

sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él esperanzada.

— ¿Diga? —Contestó Alice—. No, está aquí —me pasó el

teléfono y anunció «Tu madre», articulando para que le leyera los

labios.

— ¿Diga?

— ¿Bella? ¿Estás ahí?

Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído

miles de veces en mi infancia cada vez que me acercaba

demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de su

vista en un lugar atestado de gente. Era el timbre del pánico.

Suspiré. Me lo esperaba, aunque, a pesar del tono urgente de mi

llamada, había intentado que mi mensaje fuera lo menos

alarmante posible.

—Tranquilízate, mamá —contesté con la más sosegada de las

voces mientras me separaba lentamente de Alice. No estaba

segura de poder mentir de forma convincente con sus ojos fijos

en mí—. Todo va bien, ¿de acuerdo? Dame un minuto nada más

y te lo explicaré todo, te lo prometo.

Hice una pausa, sorprendida de que no me hubiera interrumpido

ya.

— ¿Mamá?

—Ten mucho cuidado de no soltar prenda hasta que haya dicho

todo lo que tengo que decir —la voz que acababa de escuchar me

fue tan poco familiar como inesperada. Era una voz de hombre,

afinada, muy agradable e impersonal, la clase de voz que se oye

de fondo en los anuncios de deportivos de lujo. Hablaba muy

deprisa—. Bien, no tengo por qué hacer daño a tu madre, así que,

por favor, haz exactamente lo que te diga y no le pasará nada —

hizo una pausa de un minuto mientras yo escuchaba muda de

horror—. Muy bien —me felicitó—. Ahora repite mis palabras, y

procura que parezca natural. Por favor, di: «No, mamá, quédate

donde estás».

—No, mamá, quédate donde estás —mi voz apenas sobrepasaba

el volumen de un susurro.

—Empiezo a darme cuenta de que esto no va a ser fácil —la voz

parecía divertida, todavía agradable y amistosa—. ¿Por qué no

entras en otra habitación para que la expresión de tu rostro no lo

eche todo a perder? No hay motivo para que tu madre sufra.

Mientras caminas, por favor, di: «Mamá, por favor, escúchame».

¡Venga, dilo ya!

—Mamá, por favor, escúchame —supliqué.

Me encaminé muy despacio hacia el dormitorio sin dejar de

sentir la mirada preocupada de Alice clavada en mi espalda.

Cerré la puerta al entrar mientras intentaba pensar con claridad a

pesar del pavor que nublaba mi mente.

— ¿Hay alguien donde te encuentras ahora? Contesta sólo sí o

no.

—No.

—Pero todavía pueden oírte, estoy seguro.

—Sí.

—Está bien, entonces —continuó la voz amigable—, repite:

«Mamá, confía en mí».

—Mamá, confía en mí.

—Esto ha salido bastante mejor de lo que yo creía. Estaba

dispuesto a esperar, pero tu madre ha llegado antes de lo

previsto. Es más fácil de este modo, ¿no crees? Menos suspense y

menos ansiedad para ti.

Esperé.

—Ahora, quiero que me escuches con mucho cuidado. Necesito

que te alejes de tus amigos, ¿crees que podrás hacerlo? Contesta

sí o no.

—No.

—Lamento mucho oír eso. Esperaba que fueras un poco más

imaginativa. ¿Crees que te sería más fácil separarte de ellos si la

vida de tu madre dependiera de ello? Contesta sí o no.

No sabía cómo, pero debía encontrar la forma. Recordé que nos

íbamos a dirigir al aeropuerto. El Sky Harbor International

siempre estaba atestado, y tal y como lo habían diseñado era fácil

perderse...

—Eso está mejor. Estoy seguro de que no va a ser fácil, pero si

tengo la más mínima sospecha de que estás acompañada,

bueno... Eso sería muy malo para tu madre —prometió la voz

amable—. A estas alturas ya debes saber lo suficiente sobre

nosotros para comprender la rapidez con la que voy a saber si

acudes acompañada o no, y qué poco tiempo necesito para

cargarme a tu madre si fuera necesario. ¿Entiendes? Responde sí

o no.

—Sí —mi voz se quebró.

—Muy bien, Bella. Esto es lo que has de hacer. Quiero que vayas

a casa de tu madre. Hay un número junto al teléfono. Llama, y te

diré adonde tienes que ir desde allí —me hacía idea de adonde

iría y dónde terminaría aquel asunto, pero, a pesar de todo,

pensaba seguir las instrucciones con exactitud—. ¿Puedes

hacerlo? Contesta sí o no.

—Y que sea antes de mediodía, por favor, Bella. No tengo todo el

día —pidió con extrema educación.

— ¿Dónde está Phil? —pregunté secamente.

—Ah, y ten cuidado, Bella. Espera hasta que yo te diga cuándo

puedes hablar, por favor.

Esperé.

—Es muy importante ahora que no hagas sospechar a tus amigos

cuando vuelvas con ellos. Diles que ha llamado tu madre, pero

que la has convencido de que no puedes ir a casa por lo tarde que

es. Ahora, responde después de mí: «Gracias, mamá». Repítelo

ahora.

—Gracias, mamá.

Rompí a llorar, a pesar de que intenté controlarme.

—Di: «Te quiero, mamá. Te veré pronto». Dilo ya.

—Te quiero, mamá —repetí con voz espesa—. Te veré pronto.

—Adiós, Bella. Estoy deseando verte de nuevo.

Y colgó.

Mantuve el móvil pegado al oído. El miedo me había agarrotado

los dedos y no conseguía estirar la mano para soltarlo.

Sabía que debía ponerme a pensar, pero el sonido de la voz

aterrada de mi madre ocupaba toda mi mente. Transcurrieron

varios segundos antes de que recobrara el control.

Despacio, muy despacio, mis pensamientos consiguieron romper

el espeso muro del dolor. Planes, tenía que hacer planes, aunque

ahora no me quedaba más opción que ir a la habitación llena de

espejos y morir. No había ninguna otra garantía, nada con lo que

pudiera salvar la vida de mi madre. Mi única esperanza era que

James se diera por satisfecho con ganar la partida, que derrotar a

Edward fuera suficiente. Me agobiaba la desesperación, porque

no había nada con lo que pudiera negociar, nada que le

importara para ofrecer o retener. Pero por muchas vueltas que le

diera no había ninguna otra opción. Tenía que intentarlo.

Situé el pánico en un segundo plano lo mejor que pude. Había

tomado la decisión. No servía para nada perder tiempo

angustiándome sobre el resultado. Debía pensar con claridad,

porque Alice y Jasper me estaban esperando y era esencial,

aunque parecía imposible, que consiguiera escaparme de ellos.

Me sentí repentinamente agradecida de que Jasper no estuviera.

Hubiera sentido la angustia de los últimos cinco minutos de

haber estado en la habitación del hotel, y en tal caso, ¿cómo iba a

evitar sus sospechas? Contuve el miedo, la ansiedad, intentando

sofocarlos. No podía permitírmelos ahora, ya que no sabía

cuándo regresaría Jasper.

Me concentré en la fuga. Confiaba en que mi conocimiento del

aeropuerto supusiera una baza a mi favor. Era prioritario alejar a

Alice como fuera...

Era consciente de que me esperaba en la otra habitación, curiosa.

Pero tenía que resolver otra cosa más en privado antes de que

Jasper volviera.

Debía aceptar que no volvería a ver a Edward nunca más, ni

siquiera una última mirada que llevarme a la habitación de los

espejos. Iba a herirle y no le podía decir adiós. Dejé que las

oleadas de angustia me torturaran y me inundaran un rato.

Entonces, también las controlé y fui a enfrentarme con Alice.

La única expresión que podía adoptar sin meter la pata era la de

una muerta, con gesto ausente. La vi alarmarse, y no quise darle

ocasión de que me preguntara. Sólo tenía un guión preparado y

no me sentía capaz de improvisar ahora.

—Mi madre estaba preocupada, quería venir a Phoenix —mi voz

sonaba sin vida—. Pero todo va bien, la he convencido de que se

mantenga alejada.

—Nos aseguraremos de que esté bien, Bella, no te preocupes.

Le di la espalda para evitar que me viera el rostro.

Mis ojos se detuvieron en un folio en blanco con membrete del

hotel encima del escritorio. Me acerqué a él lentamente, con un

plan ya formándose en mi cabeza. También había un sobre.

Buena idea.

—Alice —pregunté despacio, sin volverme, manteniendo

inexpresivo el tono de voz—, si escribo una carta para mi madre,

¿se la darás? Quiero decir si se la puedes dejar en casa.

—Sin duda, Bella —respondió con voz cautelosa, porque veía

que estaba totalmente destrozada. Tenía que controlar mejor mis

emociones.

Me dirigí de nuevo al dormitorio y me arrodillé junto a la mesita

de noche para apoyarme al escribir.

—Edward... —garabateé.

Me temblaba la mano, tanto que las letras apenas eran legibles.

Te quiero. Lo siento muchísimo—. Tiene a mi madre en su poder y he

de intentarlo a pesar de saber que no funcionará. Lo siento mucho,

muchísimo.

No te enfades con Alice y Jasper, si consigo escaparme de ellos será un

milagro, dales las gracias de mi parte en especial a Alice por favor.

Y te lo suplico por favor no le sigas, creo que eso es precisamente lo que

quiere. No podría soportar que alguien saliera herido por mi culpa,

especialmente tú, por favor es lo único que te pido. Hazlo por mí.

Te quiero,perdóname

Bella

Doblé la carta con cuidado y sellé el sobre. Ojala que lo

encontrara. Sólo podía esperar que lo entendiera y me hiciera

caso, aunque fuera sólo esta vez.

Y también sellé cuidadosamente mi corazón.

EL JUEGO DEL ESCONDITE

Todo el pavor, la desesperación y la devastación de mi corazón

habían requerido menos tiempo del que había pensado. Los

minutos transcurrían con mayor lentitud de lo habitual. Jasper

aún no había regresado cuando me reuní con Alice. Me

atemorizaba permanecer con ella en la misma habitación —por

miedo a lo que pudiera adivinar— tanto como rehuirla, por el

mismo motivo.

Creía que mis pensamientos torturados y volubles harían que

fuera incapaz de sorprenderme por nada, pero me sorprendí de

verdad cuando la vi doblarse sobre el escritorio, aferrándose al

borde con ambas manos.

— ¿Alice?

No reaccionó cuando mencioné su nombre, pero movía la cabeza

de un lado a otro. Vi su rostro y la expresión vacía y aturdida de

su mirada. De inmediato pensé en mi madre. ¿Era ya demasiado

tarde?

Me apresuré a acudir junto a ella y sin pensarlo, extendí la mano

para tocar la suya.

— ¡Alice! —exclamó Jasper con voz temblorosa.

Este ya se hallaba a su lado, justo detrás, cubriéndole las manos

con las suyas y soltando la presa que la aferraba a la mesa. Al

otro lado de la sala de estar, la puerta de la habitación se cerró

sola con suave chasquido.

— ¿Qué ves? —exigió saber.

Ella apartó el rostro de mí y lo hundió en el pecho de Jasper.

—Bella —dijo Alice.

—Estoy aquí —repliqué.

Aunque con una expresión ausente, Alice giró la cabeza hasta

que nuestras miradas se engarzaron. Comprendí inmediatamente

que no me hablaba a mí, sino que había respondido a la pregunta

de Jasper.

— ¿Qué has visto? —inquirí. Pero en mi voz átona e indiferente

no había ninguna pregunta de verdad.

Jasper me estudió con atención. Mantuve la expresión ausente y

esperé. Estaba confuso y su mirada iba del rostro de Alice al mío

mientras sentía el caos... Yo había adivinado lo que acababa de

ver Alice.

Sentí que un remanso de tranquilidad se instalaba en mi interior,

y celebré la intervención de Jasper, ya que me ayudaba a

disciplinar mis emociones y mantenerlas bajo control.

Alice también se recobró y al final, con voz sosegada y

convincente, contestó:

—En realidad, nada. Sólo la misma habitación de antes.

Por último, me miró con expresión dulce y retraída antes de

preguntar:

— ¿Quieres desayunar?

—No, tomaré algo en el aeropuerto.

También yo me sentía muy tranquila. Me fui al baño a darme una

ducha. Por un momento creí que Jasper había compartido

conmigo su extraño poder extrasensorial, ya que percibí la

virulenta desesperación de Alice, a pesar de que la ocultaba muy

bien, desesperación porque yo saliera de la habitación y ella se

pudiera quedar a solas con Jasper. De ese modo, le podría contar

que se estaban equivocando, que iban a fracasar...

Me preparé metódicamente, concentrándome en cada una de las

pequeñas tareas. Me solté el pelo, extendiéndolo a mí alrededor,

para que me cubriera el rostro. El pacífico estado de ánimo en

que Jasper me había sumido cumplió su cometido y me ayudó a

pensar con claridad y a planear. Rebusqué en mi petate hasta

encontrar el calcetín lleno de dinero y lo vacié en mi monedero.

Ardía en ganas de llegar al aeropuerto y estaba de buen humor

cuando nos marchamos a eso de las siete de la mañana. En esta

ocasión, me senté sola en el asiento trasero mientras que Alice

reclinaba la espalda contra la puerta, con el rostro frente a Jasper,

aunque cada pocos segundos me lanzaba miradas desde detrás

de sus gafas de sol.

— ¿Alice? —pregunté con indiferencia.

— ¿Sí? —contestó con prevención.

— ¿Cómo funcionan tus visiones? —miré por la ventanilla lateral

y mi voz sonó aburrida—. Edward me dijo que no eran

definitivas, que las cosas podían cambiar.

El pronunciar el nombre de Edward me resultó más difícil de lo

esperado, y esa sensación debió alertar a Jasper, ya que poco

después una fresca ola de serenidad inundó el vehículo.

—Sí, las cosas pueden cambiar... —murmuró, supongo que de

forma esperanzada—. Algunas visiones se aproximan a la verdad

más que otras, como la predicción metereológica. Resulta más

difícil con los hombres. Sólo veo el curso que van a tomar las

cosas cuando están sucediendo. El futuro cambia por completo

una vez que cambian la decisión tomada o efectúan otra nueva,

por pequeña que sea.

Asentí con gesto pensativo.

—Por eso no pudiste ver a James en Phoenix hasta que no

decidió venir aquí.

—Sí —admitió, mostrándose todavía cautelosa.

Y tampoco me había visto en la habitación de los espejos con

James hasta que no accedí a reunirme con él. Intenté no pensar en

qué otras cosas podría haber visto, ya que no quería que el

pánico hiciera recelar aún más a Jasper. De todos modos, los dos

iban a redoblar la atención con la que me vigilaban a raíz de la

visión de Alice. La situación se estaba volviendo imposible.

La suerte se puso de mi parte cuando llegamos al aeropuerto, o

tal vez sólo era que habían mejorado mis probabilidades. El

avión de Edward iba a aterrizar en la terminal cuatro, la más

grande de todas, pero tampoco era extraño que fuera así, ya que

allí aterrizaban la mayor parte de los vuelos. Sin duda, era la

terminal que más me convenía —la más grande y la que ofrecía

mayor confusión—, y en el nivel tres había una puerta que

posiblemente sería mi única oportunidad.

Aparcamos en el cuarto piso del enorme garaje. Fui yo quien los

guié, ya que, por una vez, conocía el entorno mejor que ellos.

Tomamos el ascensor para descender al nivel tres, donde bajaban

los pasajeros. Alice y Jasper se entretuvieron mucho rato

estudiando el panel de salida de los vuelos. Los escuchaba

discutiendo las ventajas e inconvenientes de Nueva York,

Chicago, Atlanta, lugares que nunca había visto, y que,

probablemente, nunca vería.

Esperaba mi oportunidad con impaciencia, incapaz de evitar que

mi pie zapateara en el suelo. Nos sentamos en una de las largas

filas de sillas cerca de los detectores de metales. Jasper y Alice

fingían observar a la gente, pero en realidad, sólo me observaban

a mí. Ambos seguían de reojo todos y cada uno de mis

movimientos en la silla. Me sentía desesperanzada. ¿Podría

arriesgarme a correr? ¿Se atreverían a impedir que me escapara

en un lugar público como éste? ¿O simplemente me seguirían?

Saqué del bolso el sobre sin destinatario y lo coloqué encima del

bolso negro de piel que llevaba Alice; ésta me miró sorprendida.

—Mi carta —le expliqué.

Asintió con la cabeza e introdujo el sobre en el bolso debajo de la

solapa, de modo que Edward lo encontraría relativamente

pronto.

Los minutos transcurrían e iba acercándose el aterrizaje del avión

en el que viajaba Edward. Me sorprendía cómo cada una de mis

células parecía ser consciente de su llegada y la anhelarla. Esa

sensación me complicaba las cosas, y pronto me descubrí

buscando excusas para quedarme a verle antes de escapar, pero

sabía que eso me limitaba la posibilidad de huir.

Alice se ofreció varias veces para acompañarme a desayunar. —

Más tarde —le dije—, todavía no.

Estudié el panel de llegadas de los vuelos, comprobando cómo

uno tras otro llegaban con puntualidad. El vuelo procedente de

Seattle cada vez ocupaba una posición más alta en el panel.

Los dígitos volvieron a cambiar cuando sólo me quedaban treinta

minutos para intentar la fuga. Su vuelo llegaba con diez minutos

de adelanto, por lo que se me acababa el tiempo.

—Creo que me apetece comer ahora —dije rápidamente.

Alice se puso de pie.

—Iré contigo.

— ¿Te importa que venga Jasper en tu lugar? —pregunté—. Me

siento un poco... —no terminé la frase. Mis ojos estaban lo

bastante enloquecidos como para transmitir lo que no decían las

palabras.

Jasper se levantó. La mirada de Alice era confusa, pero,

comprobé para alivio mío, que no sospechaba nada. Ella debía de

atribuir la alteración en su visión a alguna maniobra del

rastreador, más que a una posible traición por mi parte.

Jasper caminó junto a mí en silencio, con la mano en mis ríñones,

como si me estuviera guiando. Simulé falta de interés por las

primeras cafeterías del aeropuerto con que nos encontramos, y

movía la cabeza a izquierda y derecha en busca de lo que

realmente quería encontrar: los servicios para señoras del nivel

tres, que estaban a la vuelta de la esquina, lejos del campo de

visión de Alice.

— ¿Te importa? —pregunté a Jasper al pasar por delante—. Sólo

será un momento.

—Aquí estaré —dijo él.

Eché a correr en cuanto la puerta se cerró detrás de mí. Recordé

aquella ocasión en que me extravié por culpa de este baño, que

tenía dos salidas.

Sólo tenía que dar un pequeño salto para ganar los ascensores

cuando saliera por la otra puerta. No entraría en el campo de

visión de Jasper si éste permanecía donde me había dicho. Era mi

única oportunidad, por lo que tendría que seguir corriendo si él

me veía. La gente se quedaba mirándome, pero los ignoré. Los

ascensores estaban abiertos, esperando, cuando doblé la esquina.

Me precipité hacia uno de ellos ——estaba casi lleno, pero era el

que bajaba— y metí la mano entre las dos hojas de la puerta que

se cerraba. Me acomodé entre los irritados pasajeros y me

cercioré con un rápido vistazo de que el botón de la planta que

daba a la calle estuviera pulsado. Estaba encendido cuando las

puertas se cerraron.

Salí disparada de nuevo en cuanto se abrieron, a pesar de los

murmullos de enojo que se levantaron a mi espalda. Anduve con

lentitud mientras pasaba al lado de los guardias de seguridad,

apostados junto a la cinta transportadora, preparada para correr

tan pronto como viera las puertas de salida. No tenía forma de

saber si Jasper ya me estaba buscando. Sólo dispondría de unos

segundos si seguía mi olor. Estuve a punto de estrellarme contra

los cristales mientras cruzaba de un salto las puertas automáticas,

que se abrieron con excesiva lentitud.

No había ni un solo taxi a la vista a lo largo del atestado bordillo

de la acera.

No me quedaba tiempo. Alice y Jasper estarían a punto de

descubrir mi fuga, si no lo habían hecho ya, y me localizarían en

un abrir y cerrar de ojos.

El servicio de autobús del hotel Hyatt acababa de cerrar las

puertas a pocos pasos de donde me encontraba.

— ¡Espere! ——grité al tiempo que corría y le hacía señas al

conductor.

—Éste es el autobús del Hyatt —dijo el conductor confundido al

abrir la puerta.

—Sí. Allí es adonde voy —contesté con la respiración

entrecortada, y subí apresuradamente los escalones.

Al no llevar equipaje, me miró con desconfianza, pero luego se

encogió de hombros y no se molestó en hacerme más preguntas.

La mayoría de los asientos estaban vacíos. Me senté lo más

alejada posible de los restantes viajeros y miré por la ventana,

primero a la acera y después al aeropuerto, que se iba quedando

atrás. No pude evitar imaginarme a Edward de pie al borde de la

calzada, en el lugar exacto donde se perdía mi pista. No puedes

llorar aún, me dije a mí misma. Todavía me quedaba un largo

camino por recorrer.

La suerte siguió sonriéndome. En frente del Hyatt, una pareja de

aspecto fatigado estaba sacando la última maleta del maletero de

un taxi. Me bajé del autobús de un salto e inmediatamente me

lancé hacia el taxi y me introduje en el asiento de atrás. La

cansada pareja y el conductor del autobús me miraron fijamente.

Le indiqué al sorprendido taxista las señas de mi madre.

—Necesito llegar aquí lo más pronto posible.

—Pero esto está en Scottsdale —se quejó.

Arrojé cuatro billetes de veinte sobre el asiento.

— ¿Es esto suficiente?

—Sí, claro, chica, sin problema.

Me recliné sobre el asiento y crucé los brazos sobre el regazo. Las

calles de la ciudad, que me resultaba tan familiar, pasaban

rápidamente a nuestro lado, pero no me molesté ni en mirar por

la ventanilla. Hice un gran esfuerzo por mantener el control y

estaba resuelta a no perderlo llegada a aquel punto, ahora que

había completado con éxito mi plan. No merecía la pena

permitirme más miedo ni más ansiedad. El camino estaba claro, y

sólo tenía que seguirlo.

Así pues, en lugar de eso cerré los ojos y pasé los veinte minutos

de camino creyéndome con Edward en vez de dejarme llevar por

el pánico.

Imaginé que me había quedado en el aeropuerto a la espera de su

llegada. Visualicé cómo me pondría de puntillas para verle el

rostro lo antes posible, y la rapidez y el garbo con que él se

deslizaría entre el gentío. Entonces, tan impaciente como

siempre, yo recorrería a toda prisa los pocos metros que me

separaban de él para cobijarme entre sus brazos de mármol, al fin

a salvo.

Me pregunté adonde habríamos ido. A algún lugar del norte,

para que él pudiera estar al aire libre durante el día, o quizás a

algún paraje remoto en el que nos hubiéramos tumbado al sol,

juntos otra vez. Me lo imaginé en la playa, con su piel

destellando como el mar. No me importaba cuánto tiempo

tuviéramos que ocultarnos. Quedarme atrapada en una

habitación de hotel con él sería una especie de paraíso, con la

cantidad de preguntas que todavía tenía que hacerle. Podría estar

hablando con él para siempre, sin dormir nunca, sin separarme

de él jamás.

Vislumbré con tal claridad su rostro que casi podía oír su voz, y

en ese momento, a pesar del horror y la desesperanza, me sentí

feliz. Estaba tan inmersa en mi ensueño escapista que perdí la

noción del tiempo transcurrido.

—Eh, ¿qué número me dijo?

La pregunta del taxista pinchó la burbuja de mi fantasía,

privando de color mis maravillosas ilusiones vanas. El miedo,

sombrío y duro, estaba esperando para ocupar el vacío que

aquéllas habían dejado.

—Cincuenta y ocho —contesté con voz ahogada.

Me miró nervioso, pensando que quizás me iba a dar un ataque o

algo parecido.

—Entonces, hemos llegado.

El taxista estaba deseando que yo saliera del coche;

probablemente, albergaba la esperanza de que no le pidiera las

vueltas.

—Gracias —susurré.

No hacía falta que me asustara, me recordé. La casa estaba vacía.

Debía apresurarme. Mamá me esperaba aterrada, y dependía de

mí.

Subí corriendo hasta la puerta y me estiré con un gesto maquinal

para tomar la llave de debajo del alero. Abrí la puerta. El interior

permanecía a oscuras y deshabitado, todo en orden. Volé hacia el

teléfono y encendí la luz de la cocina en el trayecto. En la pizarra

blanca había un número de diez dígitos escrito a rotulador con

caligrafía pequeña y esmerada. Pulsé los botones del teclado con

precipitación y me equivoqué. Tuve que colgar y empezar de

nuevo. En esta ocasión me concentré sólo en las teclas,

pulsándolas con cuidado, una por una. Lo hice correctamente.

Sostuve el auricular en la oreja con mano temblorosa. Sólo sonó

una vez.

—Hola, Bella ——contestó James con voz tranquila—. Lo has

hecho muy deprisa. Estoy impresionado.

— ¿Se encuentra bien mi madre?

—Está estupendamente. No te preocupes, Bella, no tengo nada

contra ella. A menos que no vengas sola, claro —dijo esto con

despreocupación, casi divertido.

—Estoy sola.

Nunca había estado más sola en toda mi vida.

—Muy bien. Ahora, dime, ¿conoces el estudio de ballet que se

encuentra justo a la vuelta de la esquina de tu casa?

—Sí, sé cómo llegar hasta allí.

—Bien, entonces te veré muy pronto.

Colgué.

Salí corriendo de la habitación y crucé la puerta hacia el calor

achicharrante de la calle.

No había tiempo para volver la vista atrás y contemplar mi casa.

Tampoco deseaba hacerlo tal y como se encontraba ahora, vacía,

como un símbolo del miedo en vez de un santuario. La última

persona en caminar por aquellas habitaciones familiares había

sido mi enemigo.

Casi podía ver a mi madre con el rabillo del ojo, de pie a la

sombra del gran eucalipto donde solía jugar de niña; o

arrodillada en un pequeño espacio no asfaltado junto al buzón de

correos, un cementerio para todas las flores que había plantado.

Los recuerdos eran mejores que cualquier realidad que hoy

pudiera ver, pero aun así, los aparté de mi mente rápidamente y

me encaminé hacia la esquina, dejándolo todo atrás.

Me sentía torpe, como si corriera sobre arena mojada. Parecía

incapaz de mantener el equilibrio sobre el cemento. Tropecé

varias veces, y en una ocasión me caí. Me hice varios rasguños en

las manos cuando las apoyé en la acera para amortiguar la caída.

Luego me tambaleé, para volver a caerme, pero finalmente

conseguí llegar a la esquina. Ya sólo me quedaba otra calle más.

Corrí de nuevo, jadeando, con el rostro empapado de sudor. El

sol me quemaba la piel; brillaba tanto que su intenso reflejo sobre

el cemento blanco me cegaba. Me sentía peligrosamente

vulnerable. Añoré la protección de los verdes bosques de Forks,

de mi casa, con una intensidad que jamás hubiera imaginado.

Al doblar la última esquina y llegar a Cactus, pude ver el estudio

de ballet, que conservaba el mismo aspecto exterior que

recordaba. La plaza de aparcamiento de la parte delantera estaba

vacía y las persianas de todas las ventanas, echadas. No podía

correr—más, me asfixiaba. El esfuerzo y el pánico me habían

dejado extenuada. El recuerdo de mi madre era lo único que, un

paso tras otro, me mantenía en movimiento.

Al acercarme vi el letrero colocado por la parte interior de la

puerta. Estaba escrito a mano en papel rosa oscuro: decía que el

estudio de danza estaba cerrado por las vacaciones de primavera.

Aferré el pomo y lo giré con cuidado. Estaba abierto. Me esforcé

por contener el aliento y abrí la puerta.

El oscuro vestíbulo estaba vacío y su temperatura era fresca. Se

podía oír el zumbido del aire acondicionado. Las sillas de

plástico estaban apiladas contra la pared y la alfombra olía a

champú. El aula de danza orientada al oeste estaba a oscuras y

podía verla a través de una ventana abierta con vistas a esa sala.

El aula que daba al este, la habitación más grande, estaba

iluminada a pesar de tener las persianas echadas.

Se apoderó de mí un miedo tan fuerte que me quedé literalmente

paralizada. Era incapaz de dar un solo paso.

Entonces, la voz de mi madre me llamó con el mismo tono de

pánico e histeria.

— ¿Bella? ¿Bella? —Me precipité hacia la puerta, hacia el sonido

de su voz—. ¡Bella, me has asustado! —Continuó hablando

mientras yo entraba corriendo en el aula de techos altos—. ¡No lo

vuelvas a hacer nunca más!

Miré a mí alrededor, intentando descubrir de dónde venía su

voz. Entonces la oí reír y me giré hacia el lugar de procedencia

del sonido.

Y allí estaba ella, en la pantalla de la televisión, alborotándome el

pelo con alivio. Era el Día de Acción de Gracias y yo tenía doce

años. Habíamos ido a ver a mi abuela el año anterior a su muerte.

Fuimos a la playa un día y me incliné demasiado desde el borde

del embarcadero. Me había visto perder pie y luego mis intentos

de recuperar el equilibrio. « ¿Bella? ¿Bella?», me había llamado

ella asustada.

La pantalla del televisor se puso azul.

Me volví lentamente. Inmóvil, James estaba de pie junto a la

salida de emergencia, por eso no le había visto al principio.

Sostenía en la mano el mando a distancia. Nos miramos el uno al

otro durante un buen rato y entonces sonrió.

Caminó hacia mí y pasó muy cerca. Depositó el mando al lado

del vídeo. Me di la vuelta con cuidado para seguir sus

movimientos.

—Lamento esto, Bella, pero ¿acaso no es mejor que tu madre no

se haya visto implicada en este asunto? —dijo con voz cortés,

amable.

De repente caí en la cuenta. Mi madre seguía a salvo en Florida.

Nunca había oído mi mensaje. Los ojos rojo oscuro de aquel

rostro inusualmente pálido que ahora tenía delante de mí jamás

la habían aterrorizado. Estaba a salvo.

—Sí —contesté llena de alivio.

—No pareces enfadada porque te haya engañado.

—No lo estoy.

La euforia repentina me había insuflado coraje. ¿Qué importaba

ya todo? Pronto habría terminado y nadie haría daño a Charlie ni

a mamá, nunca tendrían que pasar miedo. Me sentía casi

mareada. La parte más racional de mi mente me avisó de que

estaba a punto de derrumbarme a causa del estrés.

— ¡Qué extraño! Lo piensas de verdad —sus ojos oscuros me

examinaron con interés. El iris de sus pupilas era casi negro, pero

había una chispa de color rubí justo en el borde. Estaba sediento

—. He de conceder a vuestro extraño aquelarre que vosotros, los

humanos, podéis resultar bastante interesantes. Supongo que

observaros debe de ser toda una atracción. Y lo extraño es que

muchos de vosotros no parecéis tener conciencia alguna de lo

interesantes que sois.

Se encontraba cerca de mí, con los brazos cruzados, mirándome

con curiosidad. Ni el rostro ni la postura de James mostraban el

menor indicio de amenaza. Tenía un aspecto muy corriente, no

había nada destacable en sus facciones ni en su cuerpo, salvo la

piel pálida y los ojos ojerosos a los que ya me había

acostumbrado. Vestía una camiseta azul claro de manga larga y

unos vaqueros desgastados.

—Supongo que ahora vas a decirme que tu novio te vengará —

aventuró casi esperanzado, o eso me pareció.

—No, no lo creo. De hecho, le he pedido que no lo haga.

— ¿Y qué te ha contestado?

—No lo sé —resultaba extrañamente sencillo conversar con un

cazador tan gentil—. Le dejé una carta.

— ¿Una carta? ¡Qué romántico! —la voz se endureció un poco

cuando añadió un punto de sarcasmo al tono educado—. ¿Y

crees que te hará caso?

—Eso espero.

—Humm. Bueno, en tal caso, tenemos expectativas distintas.

Como ves, esto ha sido demasiado fácil, demasiado rápido. Para

serte sincero, me siento decepcionado. Esperaba un desafío

mucho mayor. Y después de todo, sólo he necesitado un poco de

suerte.

Esperé en silencio.

—Hice que Victoria averiguara más cosas sobre ti cuando no

consiguió atrapar a tu padre. Carecía de sentido darte caza por

todo el planeta cuando podía esperar cómodamente en un lugar

de mi elección. Por eso, después de hablar con Victoria, decidí

venir a Phoenix para hacer una visita a tu madre. Te había oído

decir que regresabas a casa. Al principio, ni se me ocurrió que lo

dijeras en serio, pero luego lo estuve pensando. ¡Qué predecibles

sois los humanos! Os gusta estar en un entorno conocido, en

algún lugar que os infunda seguridad. ¿Acaso no sería una

estratagema perfecta que si te persiguiéramos acudieras al último

lugar en el que deberías estar, es decir, a donde habías dicho que

ibas a ir?

»Pero claro, no estaba seguro, sólo era una corazonada.

Habitualmente las suelo tener sobre las presas que cazo, un sexto

sentido, por llamarlo así. Escuché tu mensaje cuando entré a casa

de tu madre, pero claro, no podía estar seguro del lugar desde el

que llamabas. Era útil tener tu número, pero por lo que yo sabía,

lo mismo podías estar en la Antártida; y el truco no funcionaría a

menos que estuvieras cerca.

«Entonces, tu novio toma un avión a Phoenix. Victoria lo estaba

vigilando, naturalmente; no podía actuar solo en un juego con

tantos jugadores. Y así fue como me confirmaron lo que yo

barruntaba, que te encontrabas aquí. Ya estaba preparado; había

visto tus enternecedores vídeos familiares, por lo que sólo era

cuestión de marcarse el farol.

«Demasiado fácil, como ves. En realidad, nada que esté a mi

altura. En fin, espero que te equivoques con tu novio. Se llama

Edward, ¿verdad?

No contesté. La sensación de valentía me abandonaba por

momentos. Me di cuenta de que estaba a punto de terminar de

regodearse en su victoria. Aunque, de todos modos, ya me daba

igual. No había ninguna gloria para él en abatirme a mí, una

débil humana.

— ¿Te molestaría mucho que también yo le dejara una cartita a tu

Edward?

Dio un paso atrás y pulsó algo en una videocámara del tamaño

de la palma de la mano, equilibrada cuidadosamente en lo alto

del aparato de música. Una diminuta luz roja indicó que ya

estaba grabando. La ajustó un par de veces, ampliando el

encuadre. Lo miré horrorizada.

—Lo siento, pero dudo de que se vaya a resistir a darme caza

después de que vea esto. Y no quiero que se pierda nada. Todo

esto es por él, claro. Tú simplemente eres una humana, que,

desafortunadamente, estaba en el sitio equivocado y en el

momento equivocado, y podría añadir también, que en compañía

de la gente equivocada.

Dio un paso hacia mí, sonriendo.

—Antes de que empecemos...

Sentí náuseas en la boca del estómago mientras hablaba. Esto era

algo que yo no había previsto.

—Hay algo que me gustaría restregarle un poco por las narices a

tu novio. La solución fue obvia desde el principio, y siempre temí

que tu Edward se percatara y echara a perder la diversión. Me

pasó una vez, oh, sí, hace siglos. La primera y única vez que se

me ha escapado una presa.

»E1 vampiro que tan estúpidamente se había encariñado con

aquella insignificante presa hizo la elección que tu Edward ha

sido demasiado débil para llevar a cabo, ya ves. Cuando aquel

viejo supo que iba detrás de su amiguita, la raptó del sanatorio

mental donde él trabajaba —nunca entenderé la obsesión que

algunos vampiros tienen por vosotros, los humanos—, y la liberó

de la única forma que tenía para ponerla a salvo. La pobre

criaturita ni siquiera pareció notar el dolor. Había permanecido

encerrada demasiado tiempo en aquel agujero negro de su celda.

Cien años antes la habrían quemado en la hoguera por sus

visiones, pero en el siglo XIX te llevaban al psiquiátrico y te

administraban tratamientos de electro—choque. Cuando abrió

los ojos fortalecida con su nueva juventud, fue como si nunca

antes hubiera visto el sol. El viejo la convirtió en un nuevo y

poderoso vampiro, pero entonces yo ya no tenía ningún aliciente

para tocarla —suspiró—. En venganza, maté al viejo.

—Alice —dije en voz baja, atónita.

—Sí, tu amiguita. Me sorprendió verla en el claro. Supuse que su

aquelarre obtendría alguna ventaja de esta experiencia. Yo te

tengo a ti, y ellos la tienen a ella. La única víctima que se me ha

escapado, todo un honor, la verdad.

»Y tenía un olor realmente delicioso. Aún lamento no haber

podido probarla... Olía incluso mejor que tú. Perdóname, no

quiero ofenderte, tú hueles francamente bien. Un poco floral,

creo...

Dio otro paso en mi dirección hasta situarse a poca distancia.

Levantó un mechón de mi pelo y lo olió con delicadeza.

Entonces, lo puso otra vez en su sitio con dulzura y sentí sus

dedos fríos en mi garganta. Alzó luego la mano para acariciarme

rápidamente una sola vez la mejilla con el pulgar, con expresión

de curiosidad. Deseaba echar a correr con todas mis fuerzas, pero

estaba paralizada. No era capaz siquiera de estremecerme.

—No —murmuró para sí mientras dejaba caer la mano—. No lo

entiendo —suspiró—. En fin, supongo que deberíamos

continuar. Luego, podré telefonear a tus amigos y decirles dónde

te pueden encontrar, a ti y a mi mensajito.

Ahora me sentía realmente mal. Supe que iba a ser doloroso, lo

leía en sus ojos. No se conformaría con ganar, alimentarse y

desaparecer. El final rápido con que yo contaba no se produciría.

Empezaron a temblarme las rodillas y temí caerme de un

momento a otro.

El cazador retrocedió un paso y empezó a dar vueltas en torno a

mí con gesto indiferente, como si quisiera obtener la mejor vista

posible de una estatua en un museo. Su rostro seguía siendo

franco y amable mientras decidía por dónde empezar.

Entonces, se echó hacia atrás y se agazapó en una postura que

reconocí de inmediato. Su amable sonrisa se ensanchó, y creció

hasta dejar de ser una sonrisa y convertirse en un amasijo de

dientes visibles y relucientes.

No pude evitarlo, intenté correr aun sabiendo que sería inútil y

que mis rodillas estaban muy débiles. Me invadió el pánico y

salté hacia la salida de emergencia.

Lo tuve delante de mí en un abrir y cerrar de ojos. Actuó tan

rápido que no vi si había usado los pies o las manos. Un golpe

demoledor impactó en mi pecho y me sentí volar hacia atrás,

hasta sentir el crujido del cristal al romperse cuando mi cabeza se

estrelló contra los espejos. El cristal se agrietó y los trozos se

hicieron añicos al caer al suelo, a mi lado.

Estaba demasiado aturdida para sentir el dolor. Ni siquiera podía

respirar.

Se acercó muy despacio.

—Esto hará un efecto muy bonito —dijo con voz amable otra vez

mientras examinaba el caos de cristales—. Pensé que esta

habitación crearía un efecto visualmente dramático para mi

película. Por eso escogí este lugar para encontrarnos. Es perfecto,

¿a que sí?

Le ignoré mientras gateaba de pies y manos en un intento de

arrastrarme hasta la otra puerta.

Se abalanzó sobre mí de inmediato y me pateó con fuerza la

pierna. Oí el espantoso chasquido antes de sentirlo, pero luego lo

sentí y no pude reprimir el grito de agonía. Me retorcí para

agarrarme la pierna, él permaneció junto a mí, sonriente.

— ¿Te gustaría reconsiderar tu última petición? —me preguntó

con amabilidad.

Me golpeó la pierna rota con el pie. Oí un alarido taladrador. En

estado de shock, lo reconocí como mío.

— ¿Sigues sin querer que Edward intente encontrarme? —me

acució.

—No —dije con voz ronca—. No, Edward, no lo hagas...

Entonces, algo me impactó en la cara y me arrojó de nuevo contra

los espejos.

Por encima del dolor de la pierna, sentí el filo cortante del cristal

rasgarme el cuero cabelludo. En ese momento, un líquido

caliente y húmedo empezó a extenderse por mi pelo a una

velocidad alarmante. Noté cómo empapaba el hombro de mi

camiseta y oí el goteo en la madera sobre la que me hallaba. Se

me hizo un nudo en el estómago a causa del olor.

A través de la náusea y el vértigo, atisbé algo que me dio un

último hilo de esperanza. Los ojos de James, que poco antes sólo

mostraban interés, ahora ardían con una incontrolable necesidad.

La sangre, que extendía su color carmesí por la camiseta blanca y

empezaba a formar un charco rápidamente en el piso, lo estaba

enloqueciendo a causa de su sed. No importaban ya cuáles

fueran sus intenciones originales, no se podría refrenar mucho

tiempo.

Ojala que fuera rápido a partir de ahora, todo lo que podía

esperar es que la pérdida de sangre se llevara mi conciencia con

ella. Se me cerraban los ojos.

Oí el gruñido final del cazador como si proviniera de debajo del

agua. Pude ver, a través del túnel en el que se había convertido

mi visión, cómo su sombra oscura caía sobre mí. Con un último

esfuerzo, alcé la mano instintivamente para protegerme la cara.

Entonces se me cerraron los ojos y me dejé ir.

EL ANGEL

Mientras iba a la deriva, soñé.

En el lugar donde flotaba, debajo de las aguas negras, oí el

sonido más feliz que mi mente podía conjurar, el más hermoso, el

único que podía elevarme el espíritu y a la vez, el más espantoso.

Era otro gruñido, un rugido salvaje y profundo, impregnado de

la más terrible ira.

El dolor agudo que traspasaba mi mano alzada me trajo de

vuelta, casi hasta la superficie, pero no era un camino de regreso

lo bastante amplio para que me permitiera abrir los ojos.

Entonces, supe que estaba muerta...

... porque oí la voz de un ángel pronunciando mi nombre a través

del agua densa, llamándome al único cielo que yo anhelaba.

— ¡Oh no, Bella, no! —gritó la voz horrorizada del ángel.

Se produjo un ruido, un terrible tumulto que me asustó detrás de

aquel sonido anhelado. Un gruñido grave y despiadado, un

sonido seco, espantoso y un lamento lleno de agonía, que

repentinamente se quebró...

Yo en cambio decidí concentrarme en la voz del ángel.

— ¡Bella, por favor! ¡Bella, escúchame; por favor, por favor, Bella,

por favor! —suplicaba.

Sí, quise responderle. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero no

encontraba los labios.

— ¡Carlisle! —Llamó el ángel con su voz perfecta cargada de

angustia—. ¡Bella, Bella, no, oh, no, por favor, no, no!

El ángel empezó a sollozar sin lágrimas, roto de dolor.

Un ángel no debería llorar, eso no está bien. Intenté ponerme en

contacto con él, decirle que todo iba a salir bien, pero las aguas

eran tan profundas que me aprisionaban y no podía respirar.

Sentí un punto de dolor taladrarme la cabeza. Dolía mucho, pero

entonces, mientras ese dolor irrumpía a través de la oscuridad

para llegar hasta mí, acudieron otros mucho más fuertes. Grité

mientras intentaba aspirar aire y emerger de golpe del estanque

oscuro.

— ¡Bella! —gritó el ángel.

—Ha perdido algo de sangre, pero la herida no es muy profunda

—explicaba una voz tranquila—. Echa una ojeada a su pierna,

está rota.

El ángel reprimió en los labios un aullido de ira.

Sentí una punzada aguda en el costado. Aquel lugar no era el

cielo, más bien no. Había demasiado dolor aquí para que lo

fuera.

—Y me temo que también lo estén algunas costillas —continuó la

voz serena de forma metódica.

Aquellos dolores agudos iban remitiendo. Sin embargo, apareció

uno nuevo, una quemazón en la mano que anulaba a todos los

demás.

Alguien me estaba quemando.

—Edward —intenté decirle, pero mi voz sonaba pastosa y débil.

Ni yo era capaz de entenderme.

—Bella, te vas a poner bien. ¿Puedes oírme, Bella? Te amo.

—Edward —lo intenté de nuevo, parecía que se me iba aclarando

la voz.

—Sí, estoy aquí.

—Me duele —me quejé.

—Lo sé, Bella, lo sé —entonces, a lo lejos, le escuché preguntar

angustiado—. ¿No puedes hacer nada?

—Mi maletín, por favor... No respires, Alice, eso te ayudará —

aseguró Carlisle.

— ¿Alice? —gemí.

—Está aquí, fue ella la que supo dónde podíamos encontrarte.

—Me duele la mano —intenté decirle.

—Lo sé, Bella, Carlisle te administrará algo que te calme el dolor.

— ¡Me arde la mano! —conseguí gritar, saliendo al fin de la

oscuridad y pestañeando sin cesar.

No podía verle la cara porque una cálida oscuridad me

empañaba los ojos. ¿Por qué no veían el fuego y lo apagaban?

La voz de Edward sonó asustada.

— ¿Bella?

— ¡Fuego! ¡Que alguien apague el fuego! —grité mientras sentía

cómo me quemaba.

— ¡Carlisle! ¡La mano!

—La ha mordido.

La voz de Carlisle había perdido la calma, estaba horrorizado. Oí

cómo Edward se quedaba sin respiración, del espanto.

—Edward, tienes que hacerlo —dijo Alice, cerca de mi cabeza;

sus dedos fríos me limpiaron las lágrimas.

— ¡No! —rugió él.

—Alice —gemí.

—Hay otra posibilidad —intervino Carlisle.

— ¿Cuál? —suplicó Edward.

—Intenta succionar la ponzoña, la herida es bastante limpia.

Mientras Carlisle hablaba podía sentir cómo aumentaba la

presión en mi cabeza, y algo pinchaba y tiraba de la piel. El dolor

que esto me provocaba desaparecía ante la quemazón de la

mano.

— ¿Funcionará? —Alice parecía tensa.

—No lo sé —reconoció Carlisle—, pero hay que darse prisa.

—Carlisle, yo... —Edward vaciló—. No sé si voy a ser capaz de

hacerlo.

La angustia había aparecido de nuevo en la voz del ángel.

—Sea lo que sea, es tu decisión, Edward. No puedo ayudarte.

Debemos cortar la hemorragia si vas a sacarle sangre de la mano.

Me retorcí prisionera de esta ardiente tortura, y el movimiento

hizo que el dolor de la pierna llameara de forma escalofriante.

— ¡Edward! —grité y me di cuenta de que había cerrado los ojos

de nuevo. Los abrí, desesperada por volver a ver su rostro y allí

estaba. Por fin pude ver su cara perfecta, mirándome fijamente,

crispada en una máscara de indecisión y pena.

—Alice, encuentra algo para que le entablille la pierna —Carlisle

seguía inclinado sobre mí, haciendo algo en mi cabeza—.

Edward, has de hacerlo ya o será demasiado tarde.

El rostro de Edward se veía demacrado. Le miré a los ojos y al fin

la duda se vio sustituida por una determinación inquebrantable.

Apretó las mandíbulas y sentí sus dedos fuertes y frescos en mi

mano ardiente, colocándola con cuidado. Entonces inclinó la

cabeza sobre ella y sus labios fríos presionaron contra mi piel.

El dolor empeoró. Aullé y me debatí entre las manos heladas que

me sujetaban. Oí hablar a Alice, que intentaba calmarme. Algo

pesado me inmovilizó la pierna contra el suelo y Carlisle me

sujetó la cabeza en el torno de sus brazos de piedra.

Entonces, despacio, dejé de retorcerme conforme la mano se me

entumecía más y más. El fuego se había convertido en un

rescoldo mortecino que se concentraba en un punto más

pequeño.

Y mientras el dolor desaparecía, sentí cómo perdía la conciencia,

deslizándome hacia alguna parte. Me aterraba volver a aquellas

aguas negras y perderme de nuevo en la oscuridad.

—Edward —intenté decir, pero no conseguí escuchar mi propia

voz, aunque ellos sí parecieron oírme.

—Está aquí a tu lado, Bella.

—Quédate, Edward, quédate conmigo...

—Aquí estoy.

Parecía agotado, pero triunfante. Suspiré satisfecha. El fuego se

había apagado y los otros dolores se habían mitigado mientras el

sopor se extendía por todo mi cuerpo.

— ¿Has extraído toda la ponzoña? —preguntó Carlisle desde un

lugar muy, muy lejano.

—La sangre está limpia —dijo Edward con serenidad—. Puedo

sentir el sabor de la morfina.

— ¿Bella? —me llamó Carlisle.

Hice un esfuerzo por contestarle.

— ¿Mmm?

— ¿Ya no notas la quemazón?

—No —suspiré—. Gracias, Edward.

—Te quiero —contestó él.

—Lo sé —inspiré aire, me sentía tan cansada...

Y entonces escuché mi sonido favorito sobre cualquier otro en el

mundo: la risa tranquila de Edward, temblando de alivio.

— ¿Bella? —me preguntó Carlisle de nuevo. Fruncí el entrecejo,

quería dormir.

— ¿Qué?

— ¿Dónde está tu madre?

—En Florida —suspiré de nuevo—. Me engañó, Edward. Vio

nuestros vídeos.

La indignación de mi voz sonaba lastimosamente débil...

Pero eso me lo recordó.

—Alice —intenté abrir los ojos—. Alice, el vídeo... Él te conocía,

conocía tu procedencia —quería decírselo todo de una vez, pero

mi voz se iba debilitando. Me sobrepuse a la bruma de mi mente

para añadir—: Huelo gasolina.

—Es hora de llevársela —dijo Carlisle.

—No, quiero dormir —protesté.

—Duérmete, mi vida, yo te llevaré —me tranquilizó Edward.

Y entonces me tomó en sus brazos, acunada contra su pecho, y

floté, sin dolor ya.

Las últimas palabras que oí fueron:

—Duérmete ya, Bella.

PUNTO MUERTO

Vi una deslumbrante luz nívea al abrir los ojos. Estaba en una

habitación desconocida de paredes blancas. Unas persianas

bajadas cubrían la pared que tenía al lado. Las luces brillantes

que tenía encima de la cabeza me deslumbraban. Estaba

recostada en una cama dura y desnivelada, una cama con barras.

Las almohadas eran estrechas y llenas de bultos. Un molesto

pitido sonaba desde algún lugar cercano. Esperaba que eso

significara que seguía viva. La muerte no podía ser tan

incómoda.

Unos tubos traslúcidos se enroscaban alrededor de mis manos y

debajo de la nariz tenía un objeto pegado al rostro. Alcé la mano

para quitármelo.

—No lo hagas.

Unos dedos helados me atraparon la mano.

— ¿Edward?

Ladeé levemente la cabeza y me encontré con su rostro exquisito

a escasos centímetros del mío. Reposaba el mentón sobre el

extremo de mi almohada. Comprendí que seguía con vida, pero

esta vez con gratitud y júbilo.

— ¡Ay, Edward! ¡Cuánto lo siento!

—Shhh... —me acalló—. Ahora todo está en orden.

— ¿Qué sucedió?

No conseguía recordarlo con claridad, y mi mente parecía

resistirse cada vez que intentaba rememorarlo.

—Estuve a punto de llegar tarde. Pude no haber llegado a tiempo

—susurró con voz atormentada.

— ¡Qué tonta fui! Creí que tenía a mi madre en su poder.

—Nos engañó a todos.

—Necesito telefonear a Charlie y a mamá —me percaté a pesar

de la nube de confusión.

—Alice los ha llamado. Renée está aquí, bueno, en el hospital. Se

acaba de marchar para comer algo.

— ¿Está aquí?

Intenté incorporarme, pero se agravó el mareo de mi cabeza. Las

manos de Edward me empujaron suavemente hacia las

almohadas.

—Va a volver enseguida —me prometió—, y tú necesitas

permanecer en reposo.

—Pero ¿qué le has dicho? —me aterré. No quería que me

calmaran. Mamá estaba allí y yo me estaba recobrando del

ataque de un vampiro—. ¿Por qué le has dicho que me habían

hospitalizado?

—Rodaste por dos tramos de escaleras antes de caer por una

ventana —hizo una pausa—. Has de admitir que pudo suceder.

Suspiré, y me dolió. Eché una ojeada por debajo de la sábana a la

parte inferior de mi cuerpo, al enorme bulto que era mi pierna.

— ¿Cómo estoy?

—Tienes rotas una pierna y cuatro costillas, algunas contusiones

en la cabeza y moraduras por todo el cuerpo y has perdido

mucha sangre. Te han efectuado varias transfusiones. No me

gusta, hizo que olieras bastante mal durante un tiempo.

—Eso debió de suponer un cambio agradable para ti.

—No, me gusta cómo hueles.

— ¿Cómo lo conseguiste? —pregunté en voz baja.

De inmediato, supo a qué me refería.

—No estoy seguro.

Rehuyó la mirada de mis ojos de asombro al tiempo que alzaba

mi mano vendada y la sostenía gentilmente con la suya, teniendo

mucho cuidado de no romper un cable que me conectaba a uno

de los monitores.

Esperé pacientemente a que me contara lo demás.

Suspiró sin devolverme la mirada.

—Era imposible contenerse —susurró—, imposible. Pero lo hice

—al fin, alzó la mirada y esbozó una media sonrisa—. Debe de

ser que te quiero.

— ¿No tengo un sabor tan bueno como mi olor?

Le devolví la sonrisa y me dolió toda la cara.

—Mejor aún, mejor de lo que imaginaba.

—Lo siento —me disculpé.

Miró al techo.

—Tienes mucho por lo que disculparte.

— ¿Por qué debería disculparme?

—Por estar a punto de apartarte de mí para siempre.

—Lo siento —pedí perdón otra vez.

—Sé por qué lo hiciste —su voz resultaba reconfortante—. Sigue

siendo una locura, por supuesto. Deberías haberme esperado,

deberías habérmelo dicho.

—No me hubieras dejado ir.

—No —se mostró de acuerdo—. No te hubiera dejado.

Estaba empezando a rememorar algunos de los recuerdos más

desagradables. Me estremecí e hice una mueca de dolor.

Edward se preocupó de inmediato.

—Bella, ¿qué te pasa?

— ¿Qué le ocurrió a James?

—Emmett y Jasper se encargaron de él después de que te lo

quitase de encima —concluyó Edward, que hablaba con un

hondo pesar.

Aquello me confundió.

—No vi a ninguno de los dos allí.

—Tuvieron que salir de la habitación... Había demasiada sangre.

—Pero Alice y Carlísle... —apunté maravillada.

—Ya sabes, ambos te quieren.

De repente, el recuerdo de las dolorosas imágenes de la última

vez que la había visto me recordó algo.

— ¿Ha visto Alice la cinta de vídeo? —pregunté con inquietud.

—Sí —una nueva nota endureció la voz de Edward, una nota de

puro odio.

—Alice siempre vivió en la oscuridad, por eso no recordaba

nada.

—Lo sé, y ahora, ella por fin lo entiende todo —su voz sonaba

tranquila, pero su rostro estaba oscurecido por la furia.

Intenté tocarle la cara con la mano libre, pero algo me lo impidió.

Al bajar la mirada descubrí la vía intravenosa sujeta al dorso de

la mano.

— ¡Ay! —exclamé con un gesto de dolor.

— ¿Qué sucede? —preguntó preocupado.

Se distrajo algo, pero no lo suficiente. Su mirada continuó

teniendo un aspecto siniestro.

— ¡Agujas! —le expliqué mientras apartaba la vista de la vía

intravenosa.

Fijé la vista en un azulejo combado del techo e intenté respirar

hondo a pesar del dolor en las costillas.

— ¡Te asustan las agujas! —murmuró Edward para sí en voz baja

y moviendo la cabeza—. ¿Un vampiro sádico que pretende

torturarla hasta la muerte? Claro, sin problemas, ella se escapa

para reunirse con él. Pero una vía intravenosa es otra cosa...

Puse los ojos en blanco. Me alegraba saber que al menos su

reacción estaba libre de dolor. Decidí cambiar de tema.

— ¿Por qué estás aquí?

Me miró fijamente; confundido al principio y herido después.

Frunció el entrecejo hasta el punto de que las cejas casi se

tocaron.

— ¿Quieres que me vaya?

— ¡No! —Protesté de inmediato, aterrada sólo de pensarlo—. No,

lo que quería decir es ¿por qué cree mi madre que estás aquí?

Necesito tener preparada mi historia antes de que ella vuelva.

—Ah —las arrugas desaparecieron de su frente—. He venido a

Phoenix para hacerte entrar en razón y convencerte de que

vuelvas a Forks ——abrió los ojos con tal seriedad y sinceridad

que hasta yo misma estuve a punto de creérmelo—. Aceptaste

verme y acudiste en coche hasta el hotel en el que me alojaba con

Carlisle y Alice. Yo estaba bajo la supervisión paterna, por

supuesto —agregó en un despliegue de virtuosismo—, pero te

tropezaste cuando ibas de camino a mi habitación y bueno, ya

sabes el resto. No necesitas acordarte de ningún detalle, aunque

dispones de una magnífica excusa para poder liar un poco los

aspectos más concretos.

Lo pensé durante unos instantes.

—Esa historia tiene algunos flecos, como la rotura de los

cristales...

—En realidad, no. Alice se ha divertido un poco preparando

pruebas. Se ha puesto mucho cuidado en que todo parezca

convincente. Probablemente, podrías demandar al hotel si así lo

quisieras. No tienes de qué preocuparte —me prometió mientras

me acariciaba la mejilla con el más leve de los roces—. Tu único

trabajo es curarte.

No estaba tan atontada por el dolor ni la medicación como para

no reaccionar a su caricia. El indicador del holter al que estaba

conectada comenzó a moverse incontroladamente. Ahora, él no

era el único en oír el errático latido de mi corazón.

—Esto va a resultar embarazoso —musité para mí.

Rió entre dientes y me estudió con la mirada antes de decir:

—Humm... Me pregunto si...

Se inclinó lentamente. El pitido se aceleró de forma salvaje antes

de que sus labios me rozaran, pero cuando lo hicieron con una

dulce presión, se detuvo del todo.

Torció el gesto.

—Parece que debo tener contigo aún más cuidado que de

costumbre...

—Todavía no había terminado de besarte —me quejé—. No me

obligues a ir a por ti.

Esbozó una amplia sonrisa y se inclinó para besarme suavemente

en los labios. El monitor enloqueció.

Pero en ese momento, los labios se tensaron y se apartó.

—Me ha parecido oír a tu madre ——comentó, sonriendo de

nuevo.

—No te vayas —chillé.

Sentí una oleada irracional de pánico. No podía dejarle marchar...

Podría volver a desaparecer. Edward leyó el terror de mis ojos en

un instante y me prometió solemnemente:

—No lo haré —entonces, sonrió—. Me voy a echar una siesta.

Se desplazó desde la dura silla de plástico situada cerca de mí

hasta el sillón reclinable de cuero de imitación color turquesa que

había al pie de mi cama. Se tumbó de espaldas y cerró los ojos. Se

quedó totalmente quieto.

—Que no se te olvide respirar —susurré con sarcasmo.

Suspiró profundamente, pero no abrió los ojos.

Entonces oí a mi madre, que caminaba en compañía de otra

persona, tal vez una enfermera. Su voz reflejaba cansancio y

preocupación. Quise levantarme de un salto y correr hacia ella

para calmarla y prometerle que todo iba bien. Pero no estaba en

condiciones de hacerlo, por lo que aguardé con impaciencia.

La puerta se abrió una fracción y ella asomó la cabeza con

cuidado.

— ¡Mamá! —susurré, henchida de amor y alivio.

Se percató de la figura inmóvil de Edward sobre el sillón

reclinable y se dirigió de puntillas al lado de mi cama.

—Nunca se aleja de ti, ¿verdad? —musitó para sí.

—Mamá, ¡cuánto me alegro de verte!

Las cálidas lágrimas me cayeron sobre las mejillas al inclinarse

para abrazarme con cuidado.

—Bella, me sentía tan mal...

—Lo siento, mamá, pero ahora todo va bien —la reconforté—, no

pasa nada.

—Estoy muy contenta de que al final hayas abierto los ojos.

Se sentó al borde de mi cama.

De pronto me di cuenta de que no tenía ni idea de qué día era.

— ¿Qué día es?

—Es viernes, cielo, has permanecido desmayada bastante tiempo.

— ¿Viernes? —me sorprendí. Intenté recordar qué día fue

cuando... No, no quería pensar en eso.

—Te han mantenido sedada bastantes horas, cielo. Tenías

muchas heridas.

—Lo sé —me dolían todas.

—Has tenido suerte de que estuviera allí el doctor Cullen. Es un

hombre encantador, aunque muy joven. Se parece más a un

modelo que a un médico...

— ¿Has conocido a Carlisle?

—Y a Alice, la hermana de Edward. Es una joven adorable.

—Lo es —me mostré totalmente de acuerdo.

Se giró para mirar a Edward, que yacía en el sillón con los ojos

cerrados.

—No me habías dicho que tenías tan buenos amigos en Forks.

Me encogí, y luego me quejé.

— ¿Qué te duele? —preguntó preocupada, girándose de nuevo

hacia mí.

Los ojos de Edward se centraron en mi rostro.

—Estoy bien —les aseguré—, pero debo acordarme de no

moverme.

Edward volvió a reclinarse y sumirse en su falso sueño.

Aproveché la momentánea distracción para mantener la

conversación lejos de mi más que candido comportamiento.

— ¿Cómo está Phil? —pregunté rápidamente.

—En Florida. ¡Ay, Bella, nunca te lo hubieras imaginado!

Llegaron las mejores noticias justo cuando estábamos a punto de

irnos.

— ¿Ha firmado? —aventuré.

—Sí. ¿Cómo lo has adivinado? Ha firmado con los Suns, ¿te lo

puedes creer?

—Eso es estupendo, mamá —contesté con todo el entusiasmo

que fui capaz de simular, aunque no tenía mucha idea de a qué

se estaba refiriendo.

—Jacksonville te va a gustar mucho —dijo efusivamente—. Me

preocupé un poco cuando Phil empezó a hablar de ir a Akron,

con toda esa nieve y el mal tiempo, ya sabes cómo odio el frío.

Pero ¡Jacksonville! Allí siempre luce el sol, y en realidad la

humedad no es tan mala. Hemos encontrado una casa de

primera, de color amarillo con molduras blancas, un porche

idéntico al de las antiguas películas y un roble enorme. Está a

sólo unos minutos del océano y tendrás tu propio cuarto de

baño...

—Aguarda un momento, mamá —la interrumpí. Edward

mantuvo los ojos cerrados, pero parecía demasiado crispado para

poder dar la impresión de que estaba dormido——. ¿De qué

hablas? No voy a ir a Florida. Vivo en Forks.

—Pero ya no tienes que seguir haciéndolo, tonta —se echó a reír

—. Phil ahora va a poder estar más cerca... Hemos hablado

mucho al respecto y lo que voy a hacer es perderme los partidos

de fuera para estar la mitad del tiempo contigo y la otra mitad

con él...

—Mamá —vacilé mientras buscaba la mejor forma de mostrarme

diplomática—, quiero vivir en Forks. Ya me he habituado al

instituto y tengo un par de amigas... —ella miró a Edward

mientras le hablaba de mis amigas, por lo que busqué otro tipo

de justificación—. Además, Charlie me necesita. Está muy solo y

no sabe cocinar.

— ¿Quieres quedarte en Forks? —me preguntó aturdida. La idea

le resultaba inconcebible. Entonces volvió a posar sus ojos en

Edward—. ¿Por qué?

—Te lo digo... El instituto, Charlie... —me encogí de hombros. No

fue una buena idea—. ¡Ay!

Sus manos revolotearon de forma indecisa encima de mí

mientras encontraba un lugar adecuado para darme unas

palmaditas. Y lo hizo en la frente, que no estaba vendada.

—Bella, cariño, tú odias Forks —me recordó.

—No es tan malo.

Renée frunció el gesto. Miraba de un lado a otro, ora a Edward,

ora a mí, en esta ocasión con detenimiento.

— ¿Se trata de este chico? —susurró.

Abrí la boca para mentir, pero estaba estudiando mi rostro y

supe que lo descubriría.

—En parte, sí —admití. No era necesario confesar la enorme

importancia de esa parte—. Bueno ——pregunté—, ¿no has

tenido ocasión de hablar con Edward?

—Sí —vaciló mientras contemplaba su figura perfectamente

inmóvil—, y quería hablar contigo de eso.

Oh, oh.

— ¿De qué?

—Creo que ese chico está enamorado de ti —me acusó sin alzar

el volumen de la voz.

—Eso creo yo también —le confié.

— ¿Y qué sientes por él? —mamá apenas podía controlar la

intensa curiosidad en la voz.

Suspiré y miré hacia otro lado. Por mucho que quisiera a mi

madre, ésa no era una conversación que quisiera sostener con

ella.

—Estoy loca por él.

¡Ya estaba dicho! Eso se parecía demasiado a lo que diría una

adolescente sobre su primer novio.

—Bueno, parece muy buena persona, y, ¡válgame Dios!, es

increíblemente bien parecido, pero, Bella, eres tan joven...

Hablaba con voz insegura. Hasta donde podía recordar, ésta era

la primera vez que había intentado parecer investida de

autoridad materna desde que yo tenía ocho años. Reconocí el

razonable pero firme tono de voz de las conversaciones que

había tenido con ella sobre los hombres.

—Lo sé, mamá. No te preocupes. Sólo es un enamoramiento de

adolescente —la tranquilicé.

—Está bien —admitió. Era fácil de contentar.

Entonces, suspiró y giró la cabeza para contemplar el gran reloj

redondo de la pared.

— ¿Tienes que marcharte?

Se mordió el labio.

—Se supone que Phil llamará dentro de poco... No sabía que ibas

a despertar...

—No pasa nada, mamá —intenté disimular el alivio que sentía

para no herir sus sentimientos—. No me quedo sola.

—Pronto estaré de vuelta. He estado durmiendo aquí, ya lo sabes

—anunció, orgullosa de sí misma.

—Mamá, ¡no tenías por qué hacerlo! Podías dormir en casa. Ni

siquiera me di cuenta.

El efecto de los calmantes en mi mente dificultaba mi

concentración incluso en ese momento, aunque al parecer había

estado durmiendo durante varios días.

—Estaba demasiado nerviosa —admitió con vergüenza—. Se ha

cometido un delito en el vecindario y no me gustaba quedarme

ahí sola.

— ¿Un delito? —pregunté alarmada.

—Alguien irrumpió en esa academia de baile que había a la

vuelta de la esquina y la quemó hasta los cimientos... ¡No ha

quedado nada! Dejaron un coche robado justo en frente. ¿Te

acuerdas de cuando ibas a bailar allí, cariño?

—Me acuerdo —me estremecí y acto seguido hice una mueca de

dolor.

—Me puedo quedar, niña, si me necesitas.

—No, mamá, voy a estar bien. Edward estará conmigo.

Renée me miró como si ése fuera el motivo por el que quería

quedarse.

—Estaré de vuelta a la noche.

Parecía mucho más una advertencia que una promesa, y miraba

a Edward mientras pronunciaba esas palabras.

—Te quiero, mamá.

—Y yo también, Bella. Procura tener más cuidado al caminar,

cielo. No quiero perderte.

Edward continuó con los ojos cerrados, pero una enorme sonrisa

se extendió por su rostro.

En ese momento entró animadamente una enfermera para

revisar todos los tubos y goteros. Mi madre me besó en la frente,

me palmeó la mano envuelta en gasas y se marchó.

La enfermera estaba revisando la lectura del gráfico impreso por

mi holter.

— ¿Te has sentido alterada, corazón? Hay un momento en que tu

ritmo cardiaco ha estado un poco alto.

—Estoy bien —le aseguré.

—Le diré a la enfermera titulada que se encarga de ti que te has

despertado. Vendrá a verte enseguida.

Edward estuvo a mi lado en cuanto ella cerró la puerta.

— ¿Robasteis un coche?

Arqueé las cejas y él sonrió sin el menor indicio de

arrepentimiento.

—Era un coche estupendo, muy rápido.

— ¿Qué tal tu siesta?

—Interesante —contestó mientras entrecerraba los ojos.

— ¿Qué ocurre?

—Estoy sorprendido —bajó la mirada mientras respondía—. Creí

que Florida y tu madre... Creí que era eso lo que querías.

Le miré con estupor.

—Pero en Florida tendrías que permanecer dentro de una

habitación todo el día. Sólo podrías salir de noche, como un

auténtico vampiro.

Casi sonrió, sólo casi. Entonces, su rostro se tornó grave.

—Me quedaría en Forks, Bella, allí o en otro lugar similar —

explicó—. En un sitio donde no te pueda causar más daño.

Al principio, no entendí lo que pretendía decirme. Continué

observándole con la mirada perdida mientras las palabras iban

encajando una a una en mi mente como en un horrendo puzzle.

Apenas era consciente del sonido de mi corazón al acelerarse,

aunque sí lo fui del dolor agudo que me producían mis

maltrechas costillas cuando comencé a hiperventilar.

Edward no dijo nada. Contempló mi rostro con recelo cuando un

dolor que no tenía nada que ver con mis huesos rotos, uno

infinitamente peor, amenazaba con aplastarme.

Otra enfermera entró muy decidida en ese momento. Edward se

sentó, inmóvil como una estatua, mientras ella evaluaba mi

expresión con ojo clínico antes de volverse hacia las pantallas de

los indicadores.

— ¿No necesitas más calmantes, cariño? —preguntó con

amabilidad mientras daba pequeños golpecitos para comprobar

el gotero del suero.

—No, no —mascullé, intentando ahogar la agonía de mi voz—.

No necesito nada.

No me podía permitir cerrar los ojos en ese momento.

—No hace falta que te hagas la valiente, cielo. Es mejor que no te

estreses. Necesitas descansar —ella esperó, pero me limité a

negar con la cabeza—. De acuerdo. Pulsa el botón de llamada

cuando estés lista.

Dirigió a Edward una severa mirada y echó otra ojeada ansiosa a

los aparatos médicos antes de salir.

Edward puso sus frías manos sobre mi rostro. Le miré con ojos

encendidos.

—Shhh... Bella, cálmate.

—No me dejes —imploré con la voz quebrada.

—No lo haré —me prometió—. Ahora, relájate antes de que

llame a la enfermera para que te sede.

Pero mi corazón no se serenó.

—Bella —me acarició el rostro con ansiedad—. No pienso irme a

ningún sitio. Estaré aquí tanto tiempo como me necesites.

— ¿Juras que no me vas a dejar? —susurré.

Intenté controlar al menos el jadeo. Tenía un dolor punzante en

las costillas. Edward puso sus manos sobre el lado opuesto de mi

cara y acercó su rostro al mío. Me contempló con ojos serios.

—Lo juro.

El olor de su aliento me alivió. Parecía atenuar el dolor de mi

respiración. Continuó sosteniendo mi mirada mientras mi cuerpo

se relajaba lentamente y el pitido recuperó su cadencia normal.

Hoy, sus ojos eran oscuros, más cercanos al negro que al dorado.

— ¿Mejor? —me preguntó.

—Sí —dije cautelosa.

Sacudió la cabeza y murmuró algo ininteligible. Creí entender las

palabras «reacción exagerada».

— ¿Por qué has dicho eso? —Susurré mientras intentaba evitar

que me temblara la voz—. ¿Te has cansado de tener que

salvarme todo el tiempo? ¿Quieres que me aleje de ti?

—No, no quiero estar sin ti, Bella, por supuesto que no. Sé

racional. Y tampoco tengo problema alguno en salvarte de no ser

por el hecho de que soy yo quien te pone en peligro..., soy yo la

razón por la que estás aquí.

—Sí, tú eres la razón —torcí el gesto—. La razón por la que estoy

aquí... viva.

—Apenas —dijo con un hilo de voz—. Cubierta de vendas y

escayola, y casi incapaz de moverte.

—No me refería a la última vez en que he estado a punto de

morir —repuse con creciente irritación—. Estaba pensando en las

otras, puedes elegir cuál. Estaría criando malvas en el cementerio

de Forks de no ser por ti.

Su rostro se crispó de dolor al oír mis palabras y la angustia no

abandonó su mirada.

—Sin embargo, ésa no es la peor parte —continuó susurrando. Se

comportó como si yo no hubiera hablado—. Ni verte ahí, en el

suelo, desmadejada y rota —dijo con voz ahogada—, ni pensar

que era demasiado tarde, ni oírte gritar de dolor... Podría haber

llevado el peso de todos esos insufribles recuerdos durante el

resto de la eternidad. No, lo peor de todo era sentir, saber que no

podría detenerme, creer que iba a ser yo mismo quien acabara

contigo.

—Pero no lo hiciste.

—Pudo ocurrir con suma facilidad.

Sabía que necesitaba calmarme, pero estaba hablando para sí

mismo de dejarme, y el pánico revoloteó en mis pulmones,

pugnando por salir.

—Promételo —susurré.

— ¿Qué?

—Ya sabes el qué.

Había decidido mantener obstinado una negativa y yo me estaba

empezando a enfadar. Apreció el cambio operado en mi tono de

voz y su mirada se hizo más severa.

—Al parecer, no tengo la suficiente voluntad para alejarme de ti,

por lo que supongo que tendrás que seguir tu camino... Con

independencia de que eso te mate o no —añadió con rudeza.

No me lo había prometido. Un hecho que yo no había pasado por

alto. Contuve el pánico a duras penas. No me quedaban fuerzas

para controlar el enojo.

—Me has contado cómo lo evitaste... Ahora quiero saber por qué

—exigí.

— ¿Por qué? —repitió a la defensiva.

¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no te limitaste a dejar que se

extendiera la ponzoña? A estas alturas, sería como tú.

Los ojos de Edward parecieron volverse de un negro apagado.

Entonces comprendí que jamás había tenido intención de

permitir que me enterase de aquello. Alice debía de haber estado

demasiado preocupada por las cosas que acababa de saber sobre

su pasado o se había mostrado muy precavida con sus

pensamientos mientras estuvo cerca de Edward, ya que estaba

muy claro que éste no sabía que ella me había iniciado en el

conocimiento del proceso de la conversión en vampiro. Estaba

sorprendido y furioso. Bufó, y sus labios parecían cincelados en

piedra.

No me iba a responder, eso estaba más que claro.

—Soy— la primera en admitir que carezco de experiencia en las

relaciones —dije—, pero parece lógico que entre un hombre y

una mujer ha de haber una cierta igualdad, uno de ellos no

puede estar siempre lanzándose en picado para salvar al otro.

Tienen que poder salvarse el uno al otro por igual.

Se cruzó de brazos junto a mi cama y apoyó en los míos su

mentón con el rostro sosegado y la ira contenida. Evidentemente,

había decidido no enfadarse conmigo. Esperaba tener la

oportunidad de avisar a Alice antes de que los dos se pusieran al

día en ese tema.

—Tú me has salvado —dijo con voz suave.

—No puedo ser siempre Lois Lane —insistí—. Yo también quiero

ser Superman.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

Su voz era dulce, pero sus ojos miraban fijamente la funda de la

almohada.

—Yo creo que sí.

—Bella, no lo sabes. Llevo casi noventa años dándole vueltas al

asunto, y sigo sin estar seguro

— ¿Desearías que Carlisle no te hubiera salvado?

—No, eso no —hizo una pausa antes de continuar—. Pero mi

vida terminó y no he empezado nada.

—Tú eres mi vida. Eres lo único que me dolería perder.

Así, iba a tener más éxito. Resultaba fácil admitir lo mucho que le

necesitaba.

Pero se mostraba muy calmado. Resuelto.

—No puedo, Bella. No voy a hacerte eso.

— ¿Por qué no? —tenía la voz ronca y las palabras no salían con

el volumen que yo pretendía—. ¡No me digas que es demasiado

duro! Después de hoy, supongo que en unos días... Da igual,

después, eso no sería nada.

Me miró fijamente y preguntó con sarcasmo:

— ¿Y el dolor?

Palidecí. No lo pude evitar. Pero procuré evitar que la expresión

de mi rostro mostrara con qué nitidez recordaba la sensación el

fuego en mis venas.

—Ése es mi problema —dije—, podré soportarlo.

—Es posible llevar la valentía hasta el punto de que se convierta

en locura.

—Eso no es ningún problema. Tres días. ¡Qué horror!

Edward hizo una mueca cuando mis palabras le recordaron que

estaba más informada de lo que era su deseo. Le miré

conteniendo el enfado, contemplando cómo sus ojos adquirían

un brillo más calculador.

— ¿Y qué pasa con Charlie y Renée? —inquirió lacónicamente.

Los minutos transcurrieron en silencio mientras me devanaba los

sesos para responder a su pregunta. Abrí la boca sin que saliera

sonido alguno. La cerré de nuevo. Esperó con expresión

triunfante, ya que sabía que yo no tenía ninguna respuesta

sincera.

—Mira, eso tampoco importa —musité al fin; siempre que mentía

mi voz era tan poco convincente como en este momento—. Renée

ha efectuado las elecciones que le convenían... Querría que yo

hiciera lo mismo. Charlie es de goma, se recuperará, está

acostumbrado a ir a su aire. No puedo cuidar de ellos para

siempre, tengo que vivir mi propia vida.

—Exactamente —me atajó con brusquedad—, y no seré yo quien

le ponga fin.

—Si esperas a que esté en mi lecho de muerte, ¡tengo noticias

para ti! ¡Ya estoy en él!

—Te vas a recuperar —me recordó.

Respiré hondo para calmarme, ignorando el espasmo de dolor

que se desató. Nos miramos de hito en hito. En su rostro no había

el menor atisbo de compromiso.

—No —dije lentamente—. No es así.

Su frente se pobló de arrugas.

—Por supuesto que sí. Tal vez te queden un par de cicatrices,

pero...

—Te equivocas —insistí—. Voy a morir.

—De verdad, Bella. Vas a salir de aquí en cuestión de días —

ahora estaba preocupado—. Dos semanas a lo sumo.

Le miré.

—Puede que no muera ahora, pero algún día moriré. Estoy más

cerca de ello a cada minuto que pasa. Y voy a envejecer.

Frunció el ceño cuando comprendió mis palabras al tiempo que

cerraba los ojos y presionaba sus sienes con los dedos.

—Se supone que la vida es así, que así es como debería ser, como

hubiera sido de no existir yo, y yo no debería existir.

Resoplé y él abrió los ojos sorprendido.

—Eso es una estupidez. Es como si alguien a quien le ha tocado

la lotería dice antes de recoger el dinero: «Mira, dejemos las cosas

como están. Es mejor así», y no lo cobra.

—Difícilmente se me puede considerar un premio de lotería.

—Cierto. Eres mucho mejor.

Puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa forzada.

—Bella, no vamos a discutir más este tema. Me niego a

condenarte a una noche eterna. Fin del asunto.

—Me conoces muy poco si te crees que esto se ha acabado —le

avise—. No eres el único vampiro al que conozco.

El color de sus ojos se oscureció de nuevo.

—Alice no se atrevería.

Parecía tan aterrador que durante un momento no pude evitar

creerlo. No concebía que alguien fuera tan valiente como para

cruzarse en su camino.

—Alice ya lo ha visto, ¿verdad? —aventuré—. Por eso te

perturban las cosas que te dice. Sabe que algún día voy a ser

como tú...

—Ella también se equivoca. Te vio muerta, pero eso tampoco ha

sucedido.

—Jamás me verás apostar contra Alice.

Estuvimos mirándonos largo tiempo, sin más ruido que el

zumbido de las máquinas, el pitido, el goteo, el tictac del gran

reloj de la pared... Al final, la expresión de su rostro se suavizó.

—Bueno —le pregunté—, ¿dónde nos deja eso?

Edward se rió forzadamente entre dientes.

—Creo que se llama punto muerto.

Suspiré.

— ¡Ay! —musité.

— ¿Cómo te encuentras? —preguntó con un ojo puesto en el

botón de llamada.

—Estoy bien —mentí.

—No te creo —repuso amablemente.

—No me voy a dormir de nuevo.

—Necesitas descansar. Tanto debate no es bueno para ti.

—Así que te rindes —insinué.

—Buen intento.

Alargó la mano hacia el botón.

— ¡No!

Me ignoró.

— ¿Sí? —graznó el altavoz de la pared.

—Creo que es el momento adecuado para más sedantes —dijo

con calma, haciendo caso omiso de mi expresión furibunda.

—Enviaré a la enfermera —fue la inexpresiva contestación.

—No me los voy a tomar —prometí.

Buscó con la mirada las bolsas de los goteros que colgaban junto

a mi cama.

—No creo que te vayan a pedir que te tragues nada.

Comenzó a subir mi ritmo cardiaco. Edward leyó el pánico en

mis ojos y suspiró frustrado.

—Bella, tienes dolores y necesitas relajarte para curarte. ¿Por qué

lo pones tan difícil? Ya no te van a poner más agujas.

—No temo a las agujas —mascullé—, tengo miedo a cerrar los

ojos.

Entonces, él esbozó esa sonrisa picara suya y tomó mi rostro

entre sus manos.

—Te dije que no iba a irme a ninguna parte. No temas, estaré

aquí mientras eso te haga feliz.

Le devolví la sonrisa e ignoré el dolor de mis mejillas.

—Entonces, es para siempre, ya lo sabes.

—Vamos, déjalo ya. Sólo es un enamoramiento de adolescente.

Sacudí la cabeza con incredulidad y me mareé al hacerlo.

—Me sorprendió que Renée se lo tragara. Sé que me conoces

mejor.

—Eso es lo hermoso de ser humano —me dijo—. Las cosas

cambian.

Se me cerraron los ojos.

—No te olvides de respirar —le recordé.

Seguía riéndose cuando la enfermera entró blandiendo una

jeringuilla.

—Perdón —dijo bruscamente a Edward, que se levantó y cruzó

la habitación hasta llegar al extremo opuesto, donde se apoyó

contra la pared.

Se cruzó de brazos y esperó. Mantuve los ojos fijos en él, aún con

aprensión. Sostuvo mi mirada con calma.

—Ya está, cielo —dijo la enfermera con una sonrisa mientras

inyectaba las medicinas en la bolsa del gotero—. Ahora te vas a

sentir mejor.

—Gracias —murmuré sin entusiasmo.

Las medicinas actuaron enseguida. Noté cómo la somnolencia

corría por mis venas casi de inmediato.

—Esto debería conseguirlo —contestó ella mientras se me

cerraban los párpados.

Luego, debió de marcharse de la habitación, ya que algo frío y

liso me acarició el rostro.

—Quédate —dije con dificultad.

—Lo haré —prometió. Su voz sonaba tan hermosa como una

canción de cuna— Como te dije, me quedaré mientras eso te haga

feliz, todo el tiempo que eso sea lo mejor para ti.

Intenté negar con la cabeza, pero me pesaba demasiado.

—No es lo mismo —mascullé.

Se echó a reír.

—No te preocupes de eso ahora, Bella. Podremos discutir cuando

despiertes.

Creo que sonreí.

—Vale.

Sentí sus labios en mi oído cuando susurró:

—Te quiero.

—Yo, también.

—Lo sé —se rió en voz baja.

Ladeé levemente la cabeza en busca de... adivinó lo que

perseguía y sus labios rozaron los míos con suavidad.

—Gracias —suspiré.

—Siempre que quieras.

En realidad, estaba perdiendo la consciencia por mucho que

luchara, cada vez más débilmente, contra el sopor. Sólo había

una cosa que deseaba decirle.

— ¿Edward? —tuve que esforzarme para pronunciar su nombre

con claridad.

— ¿Sí?

—Voy a apostar a favor de Alice.

Y entonces, la noche se me echó encima.

EPÍLOGO

Una ocasión especial

Edward me ayudó a entrar en su coche. Prestó especial atención

a las tiras de seda que adornaban mí vestido de gasa, las flores

que él me acababa de poner en los rizos, cuidadosamente

peinados, y la escayola, de tan difícil manejo. Ignoró la mueca de

enfado de mis labios.

Se sentó en el asiento del conductor después de que me hubo

instalado y recorrió el largo y estrecho camino de salida.

— ¿Cuándo tienes pensado decirme de qué va todo esto? —

refunfuñé quejosa; odio las sorpresas de todo corazón, y él lo

sabía.

—Me sorprende que aún no lo hayas adivinado —me lanzó una

sonrisa burlona, y el aliento se me atascó en la garganta. ¿Es que

nunca me iba a acostumbrar a un ser tan perfecto?

—Ya te he dicho lo guapo que estás, ¿no? —me aseguré.

—Sí.

Volvió a sonreír. Hasta ese instante, jamás le había visto vestido

de negro, y el contraste con la piel pálida convertía su belleza en

algo totalmente irreal. No había mucho que pudiera ocultar, me

ponía nerviosa incluso el hecho de que llevara un traje de

etiqueta...

... Aunque no tanto como mi propio vestido, o los zapatos. En

realidad, un solo zapato, porque aún tenía escayolado y

protegido el otro pie. Sin duda, el tacón fino, sujeto al pie sólo

por unos lazos de satén, no iba a ayudarme mucho cuando

intentara cojear por ahí.

—No voy a volver más a tu casa si Alice y Esme siguen

tratándome como a una Barbie, como a una cobaya cada vez que

venga —rezongué.

Estaba segura de que no podía salir nada bueno de nuestras

indumentarias formales. A menos que..., pero me asustaba

expresar en palabras mis suposiciones, incluso pensarlas.

Me distrajo entonces el timbre de un teléfono. Edward sacó el

móvil del bolsillo interior de la chaqueta y rápidamente miró el

número de la llamada entrante antes de contestar.

—Hola, Charlie —contestó con prevención.

— ¿Charlie? —pregunté con pánico.

La experiencia vivida hacía ahora ya más de dos meses había

tenido sus consecuencias. Una de ellas era que me había vuelto

hipersensible en mi relación con la gente que amaba. Había

intercambiado los roles naturales de madre e hija con Renée, al

menos en lo que se refería a mantener contacto con ella. Si no

podía hacerlo a diario a través del correo electrónico y, aunque

sabía que era innecesario pues ahora era muy feliz en

Jacksonville, no descansaba hasta llamarla y hablar con ella.

Y todos los días, cuando Charlie se iba a trabajar, le decía adiós

con más ansiedad de la necesaria.

Sin embargo, la cautela de la voz de Edward era harina de otro

costal. Charlie se había puesto algo difícil desde que regresé a

Forks. Mi padre había adoptado dos posturas muy definidas

respecto a mi mala experiencia. En lo que se refería a Carlisle,

sentía un agradecimiento que rayaba en la adoración. Por otro

lado, se obstinaba en responsabilizar a Edward como principal

culpable porque yo no me hubiera ido de casa de no ser por él. Y

Edward estaba lejos de contradecirle. Durante los siguientes días

fueran apareciendo reglas antes inexistentes, como toques de

queda... y horarios de visita.

Edward se ladeó para mirarme al notar la preocupación en mi

voz. Su rostro estaba tranquilo, lo cual suavizó mi súbita e

irracional ansiedad. A pesar de eso, sus ojos parecían tocados por

alguna pena especial. Entendió el motivo de mi reacción, y siguió

sintiéndose responsable de cuanto me sucedía.

Algo que le estaba diciendo Charlie le distrajo de sus taciturnos

pensamientos. Sus ojos dilatados por la incredulidad me hicieron

estremecer de miedo hasta que una amplia sonrisa le iluminó el

rostro.

— ¡Me estás tomando el pelo! —rió.

— ¿Qué pasa? —inquirí, ahora curiosa.

Me ignoró.

— ¿Por qué no me dejas que hable con él? —sugirió con evidente

placer. Esperó durante unos segundos.

—Hola, Tyler; soy Edward Cullen —saludó muy educado, al

menos en apariencia, pero yo ya le conocía lo bastante para

detectar el leve rastro de amenaza en su tono.

¿Qué hacía Tyler en mi casa? Caí en la cuenta de la terrible

verdad poco a poco. Bajé la vista para contemplar el elegante

traje azul oscuro en el que Alice me había metido.

—Lamento que se haya producido algún tipo de malentendido,

pero Bella no está disponible esta noche —el tono de su voz

cambió, y la amenaza de repente se hizo más evidente mientras

seguía hablando—. Para serte totalmente sincero, ella no va a

estar disponible ninguna noche para cualquier otra persona que

no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte la velada —dijo,

pero lo cierto es que no sonaba como si no lo sintiera en absoluto.

Cerró el teléfono con un golpe mientras se extendía por su rostro

una ancha y estúpida sonrisa.

Mi rostro y mi cuello enrojecieron de ira. Notaba cómo las

lágrimas producidas por la rabia empezaban a llenarme los ojos.

Me miró sorprendido.

— ¿Me he extralimitado algo al final? No quería ofenderte.

Pasé eso por alto.

— ¡Me llevas al baile de fin de curso! —grité furiosa.

Para vergüenza mía, era bastante obvio. Estaba segura de que me

hubiera dado cuenta de la fecha de los carteles que decoraban los

edificios del instituto de haber prestado un poco de atención,

pero ni en sueños se me pasó por la imaginación que Edward

pensara hacerme pasar por esto, ¿es que no me conocía de nada?

No esperaba una reacción tan fuerte, eso estaba claro. Apretó los

labios y estrechó los ojos.

—No te pongas difícil, Bella.

Eché un vistazo por la ventanilla. Estábamos ya a mitad de

camino del instituto.

— ¿Por qué me haces esto? —pregunté horrorizada.

—Francamente, Bella, ¿qué otra cosa creías que íbamos a hacer?

señaló su traje de etiqueta con un gesto de la mano.

Estaba avergonzada. Primero, por no darme cuenta de lo

evidente, y luego por haberme pasado de la raya con las vagas

sospechas —expectativas, más bien— que habían ido tomando

forma en mi mente a lo largo del día conforme Alice y Esme

intentaban transformarme en una reina de la belleza. Mis

esperanzas, a medias temidas, parecían ahora estupideces.

Había adivinado que se estaba cociendo algún acontecimiento,

pero ¡el baile de fin de curso! Era lo último que se me hubiera

ocurrido.

Recordé consternada que, contra mi costumbre, hoy llevaba

puesto rimel, por lo que me restregué rápidamente debajo de los

ojos para evitar los manchurrones. Sin embargo, tenía los dedos

limpios cuando retiré la mano; Alice debía haber usado una

máscara resistente al agua al maquillarme, seguramente porque

intuía que algo así iba a suceder.

—Esto es completamente ridículo. ¿Por qué lloras? —preguntó

frustrado.

— ¡Porque estoy loca!

—Bella...

Dirigió contra mí toda la fuerza de sus ojos dorados, llenos de

reproche.

— ¿Qué? —murmuré, súbitamente distraída.

—Hazlo por mí —insistió.

Sus ojos derritieron toda mi furia. Era imposible luchar con él

cuando hacía ese tipo de trampas. Me rendí a regañadientes.

—Bien —contesté con un mohín, incapaz de echar fuego por los

ojos con la eficacia deseada—. Me lo tomaré con calma. Pero ya

verás —advertí—. En mi caso, la mala suerte se está convirtiendo

en un hábito. Seguramente me romperé la otra pierna. ¡Mira este

zapato! ¡Es una trampa mortal! —levanté la pierna para reforzar

la idea.

—Humm —miró atentamente mi pierna más tiempo del

necesario—. Recuérdame que le dé las gracias a Alice esta noche.

— ¿Alice va a estar allí? —eso me consoló un poco.

—Con Jasper, Emmett... y Rosalie —admitió él.

Desapareció la sensación de alivio, ya que mi relación con Rosalie

no avanzaba. Me llevaba bastante bien con su marido de quita y

pon. Emmett me tenía por una persona divertidísima, pero ella

actuaba como si yo no existiera. Mientras sacudía la cabeza para

modificar el curso de mis pensamientos, me acordé de otra cosa.

— ¿Estaba Charlie al tanto de esto? —pregunté, repentinamente

recelosa.

—Claro —esbozó una amplia sonrisa; luego empezó a reírse

entre dientes—. Aunque Tyler, al parecer, no.

Me rechinaron los dientes. No entendía cómo Tyler se había

creado esas falsas expectativas. Excepto en los pocos días

soleados, Edward y yo éramos inseparables en el instituto, donde

Charlie no podía interferir.

Para entonces ya habíamos llegado al instituto. Un coche

destacaba entre todos los demás del aparcamiento, el

descapotable rojo de Rosalie. Hoy, las nubes eran finas y algunos

rayos de sol se filtraban lejos, al oeste.

Se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Luego, me

tendió la mano.

Me quedé sentada en mi asiento, obstinada, con los brazos

cruzados. Sentía una secreta punzada de satisfacción, ya que el

aparcamiento estaba atestado de gente vestida de etiqueta:

posibles testigos. No podría sacarme a la fuerza del coche como

habría hecho de estar solos.

Suspiró.

—Hay que ver, eres valiente como un león cuando alguien quiere

matarte, pero cuando se menciona el baile... —sacudió la cabeza.

Tragué saliva. Baile.

—Bella, no voy a dejar que nada te haga daño, ni siquiera tú

misma. Te prometo que voy a estar contigo todo el tiempo.

Lo pensé un poco, y de repente me sentí mucho mejor. Edward lo

notó en mi semblante.

—Así que ahora... —dijo con dulzura—. No puede ser tan malo.

Se inclinó y me pasó un brazo por la cintura, me apoyé en su otra

mano y dejé que me sacara del coche.

En Phoenix celebran los bailes de fin de curso en el salón de

recepciones de los hoteles; sin embargo, aquí, el baile se hace en

el gimnasio, por supuesto. Seguro que debía de ser la única sala

lo bastante amplia en la ciudad para poder organizar un baile.

Cuando entramos, me dio la risa tonta. Había por todos lados

arcos con globos y las paredes estaban festoneadas con

guirnaldas de papel de seda.

—Parece un escenario listo para rodar una película de terror —

me reí por lo bajo.

—Bueno —murmuró él mientras nos acercábamos lentamente

hacia la mesa de las entradas. Edward soportaba la mayor parte

de mi peso, pero aun así yo debía caminar arrastrando los pies y

cojeando—, desde luego hay vampiros presentes más que de

sobra.

Contemplé la pista de baile; se había abierto un espacio vacío en

el centro, donde dos parejas daban vueltas con gracia. Los otros

bailarines se habían apartado hacia los lados de la habitación

para concederles espacio, ya que nadie se sentía capaz de

competir ante tal exhibición. Nadie podía igualar la elegancia de

Emmett y Jasper, que vestían trajes de etiqueta clásicos. Alice

lucía un llamativo vestido de satén negro con cortes geométricos

que dejaba al aire grandes triángulos de nívea piel pálida. Y

Rosalie era... bueno, era Rosalie. Estaba increíble. Su ceñido

vestido de vivido color púrpura mostraba un gran escote que

llegaba hasta la cintura y dejaba la espalda totalmente al

descubierto, y a la altura de las rodillas se ensanchaba en una

amplia cola rizada. Me dieron pena todas las chicas de la

habitación, incluyéndome yo.

— ¿Quieres que eche el cerrojo a las puertas mientras masacras a

todos estos incautos pueblerinos? —susurré como si urdiéramos

alguna conspiración.

Edward me miró.

— ¿Y de parte de quién te pondrías tú?

—Oh, me pondría de parte de los vampiros, por supuesto.

Sonrió con renuencia.

—Cualquier cosa con tal de no bailar.

—Lo que sea.

Compró las entradas y nos dirigimos hacia la pista de baile. Me

apreté asustada contra su brazo y empecé a arrastrar los pies.

—Tengo toda la noche —me advirtió.

Al final, me llevó hasta el lugar donde su familia bailaba con

elegancia, por cierto, en un estilo totalmente inapropiado para

esta música y esta época. Los miré espantada.

—Edward —tenía la garganta tan seca que sólo conseguía hablar

en susurros—. De verdad, no puedo bailar.

Sentí que el pánico rebullía en mi interior.

—No te preocupes, tonta —me contestó con un hilo de voz—. Yo

sí puedo —colocó mis brazos alrededor de su cuello, me levantó

en vilo y deslizó sus pies debajo de los míos.

Y de repente, nosotros también estuvimos dando vueltas en la

pista de baile.

—Me siento como si tuviera cinco años —me reí después de

bailar el vals sin esfuerzo alguno durante varios minutos.

—No los aparentas —murmuró Edward al tiempo que me

acercaba a él hasta tener la sensación de que mis pies habían

despegado del suelo y flotaban a más de medio metro.

Alice atrajo mi atención en una de las vueltas y me sonrió para

infundirme valor. Le devolví la sonrisa. Me sorprendió darme

cuenta de que realmente estaba disfrutando, aunque fuera sólo

un poco.

—De acuerdo, esto no es ni la mitad de malo de lo que pensaba

—admití.

Pero Edward miraba hacia las puertas con rostro enojado.

— ¿Qué pasa? —pregunté en voz alta.

Aunque estaba desorientada después de dar tantas vueltas, seguí

la dirección de su mirada hasta ver lo que le perturbaba. Jacob

Black, sin traje de etiqueta, pero con una camisa blanca de manga

larga y corbata, y el pelo recogido en su sempiterna coleta,

cruzaba la pista de baile hacia nosotros.

Después de que pasara la primera sorpresa al reconocerlo, no

pude evitar sentirme mal por el pobre Jacob. Parecía realmente

incómodo, casi de una forma insoportable. Tenía una expresión

de culpabilidad cuando se encontraron nuestras miradas.

Edward gruñó muy bajito.

¡Compórtate! —susurré.

La voz de Edward sonó cáustica.

—Quiere hablar contigo.

En ese momento, Jacob llegó a nuestra posición. La vergüenza y

la disculpa se evidenciaron más en su rostro.

—Hola, Bella, esperaba encontrarte aquí —parecía como si

realmente hubiera esperado justo lo contrario, aunque su sonrisa

era tan cálida como siempre.

—Hola, Jacob —sonreí a mi vez—. ¿Qué quieres?

— ¿Puedo interrumpir? —preguntó indeciso mientras observaba

a Edward por primera vez.

Me sorprendió descubrir que Jacob no necesitaba alzar los ojos

para mirar a Edward. Debía de haber crecido más de diez

centímetros desde que le vi por vez primera.

El rostro de Edward, de expresión ausente, aparentaba

serenidad. En respuesta se limitó a depositarme con cuidado en

el suelo y retroceder un paso.

—Gracias —dijo Jacob amablemente.

Edward se limitó a asentir mientras me miraba atentamente antes

de darme la espalda y marcharse.

Jacob me rodeó la cintura con las manos y yo apoyé mis brazos

en sus hombros.

— ¡Hala, Jacob! ¿Cuánto mides ahora?

—Metro ochenta y ocho —contestó pagado de sí mismo.

No bailábamos de verdad, ya que mi pierna lo impedía. Nos

balanceamos desmañadamente de un lado a otro sin mover los

pies. Menos mal, porque el reciente estirón le había dejado un

aspecto desgarbado y de miembros descoordinados, y

probablemente era un bailarín tan malo como yo.

—Bueno, ¿y cómo es que has terminado viniendo por aquí esta

noche? —pregunté sin verdadera curiosidad.

Me hacía una idea aproximada si tenía en cuenta cuál había sido

la reacción de Edward.

— ¿Puedes creerte que mi padre me ha pagado veinte pavos por

venir a tu baile de fin de curso? —admitió un poco avergonzado.

—Claro que sí —musité—. Bueno, espero que al menos lo estés

pasando bien. ¿Has visto algo que te haya gustado? —bromeé

mientras dirigía una mirada cargada de intención a un grupo de

chicas alineadas contra la pared como tartas en una pastelería.

—Sí —admitió—, pero está comprometida.

Miró hacia bajo para encontrarse con mis ojos llenos de

curiosidad durante un segundo. Luego, avergonzados, los dos

miramos hacia otro lado.

—A propósito, estás realmente guapa —añadió con timidez.

—Vaya, gracias. ¿Y por qué te pagó Billy para que vinieras? —

pregunté rápidamente, aunque conocía la respuesta.

A Jacob no pareció hacerle mucha gracia el cambio de tema.

Siguió mirando a otro lado, incómodo otra vez.

—Dijo que era un lugar «seguro» para hablar contigo. Te

prometo que al viejo se le está yendo la cabeza.

Me uní a su risa con desgana.

—De todos modos, me prometió conseguirme el cilindro maestro

que necesito si te daba un mensaje —confesó con una sonrisa

avergonzada.

—En ese caso, dámelo. Me gustaría que lograras terminar tu

coche —le devolví la sonrisa.

Al menos, Jacob no creía ni una palabra de las viejas leyendas, lo

que facilitaba la situación. Apoyado contra la pared, Edward

vigilaba mi rostro, pero mantenía el suyo inexpresivo. Vi cómo

una chica de segundo con un traje rosa le miraba con interés y

timidez, pero él no pareció percatarse.

—No te enfades, ¿vale? —Jacob miró a otro lado, con aspecto

culpable.

—No es posible que me enfade contigo, Jacob —le aseguré—. Ni

siquiera voy a enfadarme con Billy. Di lo que tengas que decir.

—Bueno, es un tanto estúpido... Lo siento, Bella, pero quiere que

dejes a tu novio. Me dijo que te lo pidiera «por favor».

Sacudió la cabeza con ademán disgustado.

—Sigue con sus supersticiones, ¿verdad?

—Sí. Se vio abrumado cuando te hiciste daño en Phoenix. No se

creyó que... —Jacob no terminó la frase, sin ser consciente de ello.

—Me caí —le atajé mientras entrecerraba los ojos.

—Lo sé —contestó Jacob con rapidez.

—Billy cree que Edward tuvo algo que ver con el hecho de que

me hiriera —no era una pregunta, y me enfadé a pesar de mi

promesa.

Jacob rehuyó mi mirada. Ni siquiera nos molestábamos ya en

seguir el compás de la música, aunque sus manos seguían en mi

cintura y yo tenía las mías en sus hombros.

—Mira, Jacob, sé que probablemente Billy no se lo va a creer,

pero quiero que al menos tú lo sepas —me miró ahora, notando

la nueva seriedad que destilaba mi voz—. En realidad, Edward

me salvó la vida. Hubiera muerto de no ser por él y por su padre.

—Lo sé —aseguró.

Parecía que la sinceridad de mis palabras le había convencido en

parte y, después de todo, tal vez Jacob consiguiera convencer a

su padre, al menos en ese punto.

—Jake, escucha, lamento que hayas tenido que hacer esto —me

disculpé—. En cualquier caso, ya has cumplido con tu tarea, ¿de

acuerdo?

—Sí —musitó. Seguía teniendo un aspecto incómodo y enfadado.

— ¿Hay más? —pregunté con incredulidad.

—Olvídalo —masculló—. Conseguiré un trabajo y ahorraré el

dinero por mis propios medios.

Clavé los ojos en él hasta que nuestras miradas se encontraron. —

Suéltalo y ya está, Jacob.

—Es bastante desagradable.

—No te preocupes. Dímelo —insistí.

—Vale... Pero, ostras, es que suena tan mal... —movió la cabeza

—. Me pidió que te dijera, pero no que te advirtiera... —levantó

una mano de mi cintura y dibujó en el aire unas comillas—:

«Estaremos vigilando». El plural es suyo, no mío.

Aguardó mi reacción con aspecto circunspecto.

Se parecía tanto a la frase de una película de mafiosos que me

eché a reír.

—Siento que hayas tenido que hacer esto, Jake.

Me reí con disimulo.

—No me ha importado demasiado —sonrió aliviado mientras

evaluaba con la mirada mi vestido—. Entonces, ¿le puedo decir

que me has contestado que deje de meterse en tus asuntos de una

vez? —preguntó esperanzado.

—No —suspiré—. Agradéceselo de mi parte. Sé que lo hace por

mi bien.

La canción terminó y bajé los brazos.

Sus manos dudaron un momento en mi cintura y luego miró a mi

pierna inútil.

— ¿Quieres bailar otra vez, o te llevo a algún lado?

—No es necesario, Jacob —respondió Edward por mí—. Yo me

hago cargo.

Jacob se sobresaltó y miró con los ojos como platos a Edward,

que estaba justo a nuestro lado.

—Eh, no te he oído llegar —masculló—. Espero verte por ahí,

Bella —dio un paso atrás y saludó con la mano de mala gana.

Sonreí.

—Claro, nos vemos luego.

—Lo siento —añadió antes de darse la vuelta y encaminarse

hacia la puerta.

Los brazos de Edward me tomaron por la cintura en cuanto

empezó la siguiente canción. Parecía de un ritmo algo rápido

para bailar lento, pero a él no pareció importarle. Descansé la

cabeza sobre su pecho, satisfecha.

— ¿Te sientes mejor? —le tomé el pelo.

—No del todo —comentó con parquedad.

—No te enfades con Billy —suspiré—. Se preocupa por mí sólo

por el bien de Charlie. No es nada personal.

—No estoy enfadado con Billy —me corrigió con voz cortante—,

pero su hijo me irrita.

Eché la cabeza hacia atrás para mirarle. Estaba muy serio.

— ¿Por qué?

—En primer lugar, me ha hecho romper mi promesa.

Le miré confundida, y él esbozó una media sonrisa cuando me

explicó:

—Te prometí que esta noche estaría contigo en todo momento.

—Ah. Bueno, quedas perdonado.

—Gracias —Edward frunció el ceño—. Pero hay algo más.

Esperé pacientemente.

—Te llamó guapa —prosiguió al fin, acentuando más el ceño

fruncido—. Y eso es prácticamente un insulto con el aspecto que

tienes hoy. Eres mucho más que hermosa.

Me reí.

—Tu punto de vista es un poco parcial.

—No lo creo. Además, tengo una vista excelente.

Continuamos dando vueltas en la pista. Llevaba mis pies con los

suyos y me estrechaba cerca de él.

— ¿Vas a explicarme ya el motivo de todo esto? —le pregunté.

Me buscó con la mirada y me contempló confundido. Yo lancé

una significativa mirada hacia las guirnaldas de papel.

Se detuvo a considerarlo durante un instante y luego cambió de

dirección. Me condujo a través del gentío hacia la puerta trasera

del gimnasio. De soslayo, vi bailar a Mike y Jessica, que me

miraban con curiosidad. Jessica me saludó con la mano y de

inmediato le respondí con una sonrisa. Ángela también se

encontraba allí, en los brazos del pequeño Ben Cheney; parecía

dichosa y feliz sin levantar la vista de los ojos de él, era una

cabeza más bajo que ella. Lee y Samantha, Lauren, acompañada

por Conner, también nos miraron. Era capaz de recordar los

nombres de todos aquellos que pasaban delante de mí a una

velocidad de vértigo. De pronto, nos encontramos fuera del

gimnasio, a la suave y fresca luz de un crepúsculo mortecino.

Me tomó en brazos en cuanto estuvimos a solas. Atravesamos el

umbrío jardín sin detenernos hasta llegar a un banco debajo de

los madroños. Se sentó allí, acunándome contra su pecho. Visible

a través de las vaporosas nubes, la luna lucía ya en lo alto e

iluminaba con su nívea luz el rostro de Edward. Sus facciones

eran severas y tenía los ojos turbados.

— ¿Qué te preocupa? —le interrumpí con suavidad.

Me ignoró sin apartar los ojos de la luna.

—El crepúsculo, otra vez —murmuró—. Otro final. No importa

lo perfecto que sea el día, siempre ha de acabar.

—Algunas cosas no tienen por qué terminar —musité entre

dientes, de repente tensa.

Suspiró.

—Te he traído al baile —dijo arrastrando las palabras y

contestando finalmente a mi pregunta—, porque no deseo que te

pierdas nada, ni que mi presencia te prive de nada si está en mi

mano. Quiero que seas humana, que tu vida continúe como lo

habría hecho si yo hubiera muerto en 1918, tal y como debería

haber sucedido.

Me estremecí al oír sus palabras y luego sacudí la cabeza con

enojo.

— ¿Y en qué extraña dimensión paralela habría asistido al baile

alguna vez por mi propia voluntad? Si no fueras cien veces más

fuerte que yo, nunca habrías conseguido traerme.

Esbozó una amplia sonrisa, pero la alegría de esa sonrisa no llegó

a los ojos.

—Tú misma has reconocido que no ha sido tan malo.

—Porque estaba contigo.

Permanecimos inmóviles durante un minuto. Edward

contemplaba la luna, y yo a él. Deseaba encontrar la forma de

explicarle qué poco interés tenía yo en llevar un vida humana

normal.

— ¿Me contestarás si te pregunto algo? —inquirió, mirándome

con una sonrisa suave.

— ¿No lo hago siempre?

—Prométeme que lo harás —insistió, sonriente.

—De acuerdo —supe que iba a arrepentirme muy pronto.

—Parecías realmente sorprendida cuando te diste cuenta de que

te traía aquí —comenzó.

—Lo estaba —le interrumpí.

—Exacto —admitió—, pero algo tendrías que suponer. Siento

curiosidad... ¿Para qué pensaste que nos vestíamos de esta

forma?

Sí, me arrepentí de inmediato. Fruncí los labios, dubitativa.

—No quiero decírtelo.

—Lo has prometido —objetó.

—Lo sé.

— ¿Cuál es el problema?

Me di cuenta de que él creía que lo que me impedía hablar era

simplemente la vergüenza.

—Creo que te vas a enfadar o entristecer.

Enarcó las cejas mientras lo consideraba.

—De todos modos, quiero saberlo. Por favor.

Suspiré. Él aguardaba mi contestación.

—Bueno, supuse que iba a ser una especie de... ocasión especial.

Ni se me pasó por la cabeza que fuera algo tan humano y común

como... ¡un baile de fin de curso! —me burlé.

— ¿Humano? —preguntó cansinamente.

Había captado la palabra clave a la primera. Observé mi vestido

mientras jugueteaba nerviosamente con un hilo suelto de gasa.

Edward esperó en silencio mi respuesta.

—De acuerdo —confesé atropelladamente—, albergaba la

esperanza de que tal vez hubieras cambiado de idea y que,

después de todo, me transformaras.

Una decena de sentimientos encontrados recorrieron su rostro.

Reconocí algunos, como la ira y el dolor, y, después de que se

hubo serenado, la expresión de sus facciones pareció divertida.

—Pensaste que sería una ocasión para vestirse de tiros largos, ¿a

que sí? —se burló, tocando la solapa de la chaqueta de su traje de

etiqueta.

Torcí el gesto para ocultar mi vergüenza.

—No sé cómo van esas cosas; al menos, a mí me parecía más

racional que un baile de fin de curso —Edward seguía sonriendo

—. No es divertido —le aseguré.

—No, tienes razón, no lo es —admitió mientras se desvanecía su

sonrisa—. De todos modos, prefiero tomármelo como una broma

antes que pensar que lo dices en serio.

—Lo digo en serio.

Suspiró profundamente.

—Lo sé. ¿Y eso es lo que deseas de verdad?

La pena había vuelto a sus ojos. Me mordí el labio y asentí.

—De modo que estás preparada para que esto sea el final, el

crepúsculo de tu existencia aunque apenas si has comenzado a

vivir —musitó, hablando casi para sí mismo—. Estás dispuesta a

abandonarlo todo.

—No es el final, sino el comienzo —le contradije casi sin aliento.

—No lo merezco —dijo con tristeza.

— ¿Recuerdas cuando me dijiste que no me percibía a mí misma

de forma realista? —le pregunté, arqueando las cejas—.

Obviamente, tú padeces de la misma ceguera.

—Lo sé.

Suspiré.

De repente, su voluble estado de ánimo cambió. Frunció los

labios y me estudió con la mirada. Examinó mi rostro durante

mucho tiempo.

— ¿Estás preparada, entonces? —me preguntó.

—Esto... —tragué saliva—. ¿Ya?

Sonrió e inclinó despacio la cabeza hasta rozar mi piel debajo de

la mandíbula con sus fríos labios.

— ¿Ahora, ya? —susurró al tiempo que exhalaba su aliento frío

sobre mi cuello. Me estremecí de forma involuntaria.

—Sí —contesté en un susurro para que no se me quebrara la voz.

Edward se iba a llevar un chasco si pensaba que me estaba

tirando un farol. Ya había tomado mi decisión, estaba segura. No

me importaba que mi cuerpo fuera tan rígido como una tabla,

que mis manos se transformaran en puños y mi respiración se

volviera irregular... Se rió de forma enigmática y se irguió con

gesto de verdadera desaprobación.

—No te puedes haber creído de verdad que me iba a rendir tan

fácilmente —dijo con un punto de amargura en su tono burlón.

—Una chica tiene derecho a soñar.

Enarcó las cejas.

— ¿Sueñas con convertirte en un monstruo?

—No exactamente —repliqué. Fruncí el ceño ante la palabra que

había escogido. En verdad, era eso, un monstruo—. Más bien

sueño con poder estar contigo para siempre.

Su expresión se alteró, más suave y triste a causa del sutil dolor

que impregnaba mi voz.

—Bella —sus dedos recorrieron con ligereza el contorno de mis

labios—. Yo voy a estar contigo..., ¿no basta con eso?

Edward puso las yemas de los dedos sobre mis labios, que

esbozaron una sonrisa.

—Basta por ahora.

Torció el gesto ante mi tenacidad. Esta noche ninguno de los dos

parecía darse por vencido. Espiró con tal fuerza que casi pareció

un gruñido.

Le acaricié el rostro y le dije:

—Mira, te quiero más que a nada en el mundo. ¿No te basta eso?

—Sí, es suficiente —contestó, sonriendo—. Suficiente para

siempre.

Y se inclinó para presionar una vez más sus labios fríos contra mi

garganta.

FIN

CAPÍTULOS ELIMINADOS

Stephenie Meyer

Crepúsculo

(Capítulos eliminados)

En Las Vegas A la mañana siguiente, fuimos al casino. La

luz natural nunca llegaba a tocar la zona de juego, así que

fue más fácil. Edward me contó que generalmente

esperaban ir a perder algo de dinero en el hotel - una

suite como la nuestra estaba reservada para aquella clase

especial de visitantes conocidos como grandes

apostadores. Mientras ellos caminaban - y yo iba en mi

silla de ruedas - a través de los miles de metros de suelo

elegantemente decorado del casino, Alice se detuvo tres

veces en una peculiar tragaperras y deslizó una targeta

por el escáner. Cada vez que lo hacía, las sirenas sonaban

muy fuerte, las luces giraban, y una simulación electrónica

de monedas cayendo indicaba que su premio había sido

abonado a su habitación. Ella trató que yo lo hiciera una

vez, pero negué con la cabeza con escepticismo. - Pensé

que se suponía que deberías perder dinero - le acusé. -

Oh, lo haré - me aseguró - Pero no hasta que les haga

sudar un poco. - Su sonrisa era pecaminosa. Llegamos a

una sección más lujosamente decorada del inmenso casino,

donde ni habían tragaperras ni turistas vestidos de forma

informal con vasos de plástico llenos de cambio. Las sillas

de felpa reemplazaban los taburetes giratorios de bar, y

las voces eran silenciosas, serias. Pero nosotros

continuamos aún más lejos, a través de un conjunto de

vistosas puertas doradas hacia otra habitación, una

habitación privada, más opulenta aún. Al fin entendí

porqué Alice había insistido en la seda cruda, el chal

verde esmeralda que me había puesto hoy alrededor de

mi vestido, porqué ella vestía con un largo pareo blanco

satinado - con un top de encaje que dejaba al descubierto

su plano y blanco estómago - y porqué Edward estaba tan

abrumador e irresistble con otro traje de seda ligera. Los

jugadores de esta habitación estaban vestidos con un

exclusivo esplendor cuyo coste estaba más allá de mi

imaginación. Unos cuantos de los hombres más mayores e

impecables hasta tenían jóvenes mujeres con vestidos

largos de brillantes y sin tirantes que estaban detrás de

sus sillas, tal como en las películas. Me compadecí de las

bellas mujeres en cuanto sus ojos recorrieron a Alice y

Edward, dándose cuenta de sus propios defectos cuando

ellas midieron a la primera, y los defectos de sus parejas

cuando se comían con los ojos al segundo. Yo era el

enigma, y sus ojos se apartaron de mí insatisfechas. Alice

se deslizó hacia las largas mesas de la ruleta y yo me

avergonzé en cuanto pensé en los estragos que causaría. -

Tú sabes cómo se juega al black jack, por supuesto -

Edward se inclinó hacia delante para murmurarme en la

oreja. - ¿Estarás de broma? - Sentí el color

escurriéndose de mi cara.

- Sabiendo la suerte que tienes, dejarte jugar sería la mejor

forma de perderlo todo - rió entre dientes. Me empujó hacia

una mesa con tres sillas vacías. Dos immaculadamente

vestidos, excepcionalmente solemnes hombres asiáticos

echaron un vistazo hacia arriba con incredulidad en cuanto

Edward me levantó con cuidado hasta una de las sillas de

terciopelo, y cogió un asiento al lado mío. La delicada y

preciosa oriental que estaba de pie al final de la mesa miró

con una insultante incredulidad cuando Edward acarició mi

pelo posesivamente. - Sólo usa una mano - me habló en voz

baja casi en silencio en mi oído - Y guarda tus cartas encima

de la mesa. Edward le habló al crupier en voz baja, y

aparecieron dos impresionantes pilas de fichas de azul oscuro

encima de la mesa enfrente de nosotros. No tenían números -

y tampoco lo quería saber. Edward empujó hacia delante una

pequeña pila de las suyas, y una más grande de las mías. Miré

enfurecida a Edward con un avergonzado pánico, pero él sólo

sonrió con travesura mientras que el crupier repartía las

cartas rápidamente. Cogí mis cartas con cuidado,

sujetándolas con rigidez sobre la mesa. Tenía dos nueves.

Edward cogía sus cartas sin apretar; pude ver que tenía un

cinco y un siete. Miré con cautela a los dos señores que

estaban cerca de mí, concentrada y aterrada, observando

detenidamente para ver cuál era el protocolo para una mesa

de black jack de grandes apostadores. Para mi alivio, parecía

fácil. El primero extendió la parte superior de sus cartas

brevemente contra el fieltro, y recibió una carta, el segundo

metió la esquina de sus cartas debajo del montón de fichas

de su apuesta, y no quiso nada. Rápidamente puse mis cartas

hacia abajo, empujándolas torpemente debajo de mis fichas -

con las mejillas ardiéndome - cuando el crupier me miró. Me

di cuenta tarde que el crupier tenía una reina. Edward rozó la

mesa ligeramente, y la crupier le lanzó en la mesa un nueve

boca arriba enfrente de él. Le miré, mientras los hombres de

detrás mío murmuraron con admiración. El crupier tenía un

jack, y yo perdí, como también los dos señores asiáticos.

Suavemente nos liberó de nuestra fichas. Escuché un apagado

alboroto que venía de la mesa de la ruleta, y tuve miedo de

mirar. Edward empujó otra pila de mis fichas sobre la mesa, y

el juego empezó otra vez. Cuando mis fichas desaparecieron,

Edward me pasó parte de las suyas, incapaz de contener su

divertida sonrisa. Lo estaba haciendo bien, ganando tres

veces, que la mayoría de las veces que los otros hombres de

la mesa. Pero, con el tamaño de mis apuestas controlado por

él, estaba perdiendo fichas más rápido de las que él podía

recoger. Todavía tenía que ganar una mano. Era humillante -

pero al menos estaba segura que nunca me convertiría en una

adicta al juego. Finalmente, perdí nuestra última pila de

fichas. Los señores asiáticos, y su escolta femenina,

observaron a Edward con impresionada curiosidad cuando él

no pudo contener por más tiempo su alegría, riendo entre

dientes silenciosamente, pero con un profundo regocijo,

mientras él me volvía a sentar en la silla de ruedas. Me

sonrojé y mantuve la mirada en la gruesa alfombra mientras

me empujaba hacia fuera, aún riéndose. - Soy la peor

jugadora de la historia - murmuré disculpándome.

- En realidad, no lo eres. Eso es lo que lo hace más divertido -

se rio de nuevo. - Tú no hiciste nada mal, aparte de jugar un

poco cautelosamente. Lo extraño hubiera sido que hubieras

perdido todas las manos… - sacudió la cabeza, sonriendo

abiertamente. Llegamos a la mesa de la ruleta justo a tiempo

de ver cómo Alice perdía su espectacular pila de fichas de

todos los colores en un sólo desastroso giro de volante.

Muchos de los jugadores esperanzados que habían apostado

con ella a diecisiete al black, le miraron con mirada asesina

decepcionados. Ella se rio, un vibrante y despreocupado

sonido, y se unió a nosotros. - ¿Perdimos suficiente? -

susurré mientras salíamos por las puertas de oro. - Creo que

la casa está satisfecha. Probablemente eres su clienta

favorita de hoy - se rio él por lo bajo. - Por favor, prométeme

una cosa. - Lo que quieras. - Nunca, jamás me digas cuánto

dinero hemos perdido hoy, por favor. Para entonces, ya

estábamos en el ruidoso casino, y su risa era incontrolada.

Emmet y el Oso Me sorprendió encontrar un extraño vinculo

creciendo entre Emmet y yo, especialmente teniendo en

cuenta que él había sido el que más miedo me daba de todos

ellos. Tenia que ver con el modo en que ambos habíamos sido

elegidos para entrar en la familia; los dos habíamos sido

amados – y habíamos amado en respuesta – mientras éramos

humanos, aunque por poco tiempo para él. Solo Emmet

recordaba – y solo él comprendía el milagro que Edward era

para mí. Hablamos de ello por primera vez una tarde mientras

los tres estábamos sentados en los sofás de la habitación

principal, Emmet entreteniéndome tranquilamente con

recuerdos que eran mejores que cuentos de hadas, mientras

Edward se concentraba en el canal de cocina – había decidido

que quería aprender a cocinar, ante mi incredulidad, y le era

difícil sin el apropiado sentido del gusto o del olfato. Después

sonrisa.

“Para ese entonces él ya había terminado de jugar conmigo, y

supe que iba a morir.” Recordó Emmet suavemente, dando un

giro al relato de sus años humanos con la historia del oso.

Edward no nos prestaba ninguna atención; ya la había oído

antes. “No podía moverme, y mi conciencia se estaba

disipando, cuando escuché lo que pensé que seria otro oso, y

una lucha por ver quien se quedaba con mi cadáver, supuse.

De repente sentí como si volara. Me imaginé que había

muerto, pero intenté abrir los ojos de todos modos. Y

entonces la vi -” Su rostro parecía incrédulo ante el recuerdo;

yo le comprendía completamente, “– y supe que estaba

muerto. Ni siquiera me importaba el dolor – luché por

mantener mis párpados abiertos, no quería perderme ni un

segundo el rostro del ángel. Estaba delirando, por supuesto,

preguntándome por que no habíamos llegado al cielo aún,

pensando que debía de estar más lejos de lo que yo había

creído. Y entonces me llevó ante Dios.” Él rió con su risa

profunda y atronadora. Yo entendía perfectamente qué

alguien hubiese pensado aquello. “Pensé que lo que ocurrió a

continuación era mi juicio final. Había tenido un poco de

demasiada diversión durante mis 20 años humanos, así que no

me sorprendieron las llamas del infierno” Rió de nuevo,

aunque yo me estremecí. El brazo de Edward me rodeó con

más fuerza de forma inconsciente. “Lo que me sorprendió fue

que el ángel no se marchó. No podía entender como algo tan

hermoso podía estar en el infierno junto a mí – pero estaba

agradecido. Cada vez que Dios venia a echarme una ojeada, yo

temía que se la llevase, pero nunca lo hizo. Comencé a pensar

que quizás esos predicadores que hablaban de un Dios piadoso

tenían razón después de todo. Y entonces el dolor

desapareció…y me lo explicaron todo. Les sorprendió lo poco

que me afectó todo ese asunto de los vampiros. Pero si

Carlisle y Rosalie, mi ángel, eran vampiros ¿Qué tan malo

podía ser aquello?” Yo asentí, completamente de acuerdo,

mientras él continuaba. “Tuve unos cuantos problemas con las

reglas…” rió entre dientes. “Tenias las manos llenas conmigo

al principio, eh?” el empujón juguetón de Emmet al hombro de

Edward nos balanceó a los dos. Edward dejó escapar un leve

gruñido sin apartar la vista de la TV. “Así que ya ves, el

infierno no es tan malo si consigues mantener a un ángel a tu

lado” me aseguró de forma traviesa. “Cuando él consiga

aceptar lo inevitable, te irá bien” El puño de Edward se movió

tan rápidamente que no vi lo que golpeó a Emmet lanzándole

sobre el respaldo del sofá. Los ojos de Edward no se

apartaron de la pantalla. “Edward!” le reprendí, horrorizada.

“No te preocupes, Bella” Emmet estaba tan sereno, de vuelta

en su asiento. “Sé dónde encontrarle” Miró por encima de mi

hacia el perfil de Edward. “Tendrás que hacerlo alguna vez”

advirtió. Edward a penas si gruñó de nuevo como respuesta

sin alzar la mirada. El Baile -¿Cuándo piensas decirme que es

lo que pasa Alice? -Ya verás, se paciente- ordenó sonriendo

socarronamente

Estábamos en mi camioneta pero ella estaba conduciendo,

tres semanas más y podría liberarme del yeso para caminar,

después iba a poner mi pie sano a trabajar, en realidad me

gustaba manejar. Era finales de mayo y de alguna manera la

tierra alrededor de Forks se las había arreglado para verse

mas verde de lo normal, era hermoso por supuesto, y yo de

alguna manera, me estaba reconciliando con el bosque, por que

había pasado más tiempo ahí que usualmente, la naturaleza y

yo todavía no éramos muy amigos, pero estábamos

acercándonos. El cielo era gris pero de cualquier manera daba

la bienvenida, era un gris perlado, no sombrío, y no parecía

que fuera a llover, estaba casi lo suficientemente cálido para

mí, las nubes eran densas y seguras, el tipo de nubes que me

parecían lindas por la libertad que garantizaban. Pero a pesar

del entorno agradable, yo me sentía nerviosa por el extraño

comportamiento de Alice. Había insistido en un día

absolutamente para chicas este sábado por la mañana,

llevándome a Port Angeles para hacernos manicure y

pedicure. Se negó a dejarme usar el sencillo tono rosa que yo

había elegido, en su lugar ordenó a la manicurista que pintara

mis uñas con un barniz rojo obscuro y brillante, insistiendo en

que también me pintaran las uñas del pie que tenía enyesado.

Luego me llevó a comprar zapatos aunque yo sólo pudiera

probarme la mitad del par, contra mis estridentes protestas

me compró un par de incómodos y sobre valuados stilettos

que se veían un poco peligrosos, sujetados solo por listones

satinados que cruzaban sobre mi pie y ajustaban en un moño

detrás de mi tobillo; eran de un azul intenso y yo trataba de

explicarle en vano que no tenía nada con que poder usarlos,

incluso en mi closet vergonzosamente lleno de ropa de ropa

que ella me había comprado en Los Angeles, la cual era

demasiado ligera para usar en Forks estaba segura de que no

había nada que pudiera combinar con esos zapatos. Incluso si

tuviera algo perfecto escondido en algún lugar de mi

guardarropa, mi ropa no era apropiada para los stilettos, yo

no estaba acostumbrada a los stilettos. Apenas podía caminar

sin incidentes en calcetines, pero mi sólida lógica no era

importante para ella, ni siquiera lo iba a discutir. -Bueno no

son Bivianos, pero son bonitos- murmuró, y no habló más

mientras daba su tarjeta a unos intimidados empleados.

Me consiguió comida en un establecimiento de comida rápida

en el cual me pasaron la comida por la ventanilla del auto,

diciéndome que debía comer ahí pero negándose a explicarme

por qué tanta prisa, además tuve que recordarle varias veces

que mi camioneta simplemente no era capaz de funcionar

como un auto de carreras aún con las modificaciones de

Rosalie y que por favor le diera un descanso a la pobre

máquina. Usualmente Alice era mi chofer preferido, no

parecía molestarle manejar solo 20 o 30 millas sobre el límite

permitido, algo que otras personas no podían tolerar. Pero el

itinerario secreto de Alice era solo la mitad del problema,

también estaba patéticamente ansiosa por no haber visto la

cara de Edward en casi seis horas, lo que era un récord para

los últimos 2 meses. Charlie se había puesto difícil pero no

imposible, se había reconciliado con la presencia constante de

Edward cuando regresaba a casa ya que no encontraba nada

de que quejarse ya que nos hallaba haciendo tarea en la mesa

de la cocina, incluso parecía disfrutar la compañía de Edward

cuando gritaban juntos en los juegos de ESPN, pero había

perdido poco de su severidad original cuando precisamente a

las 10 en punto de la noche cada día sostenía la puerta para

que Edward saliera, por supuesto Charlie era completamente

inconsciente de la habilidad de Edward para regresar su auto

a casa y estar en mi ventana en menos de 10 minutos. Era

mucho más agradable con Alice, algunas veces daba pena.

Obviamente hasta que cambiara mi aparatoso yeso por algo

más fácil de manejar necesitaría la ayuda de una mujer. Alice

era un ángel, como una hermana, cada noche y cada mañana

aparecía para ayudarme con mi rutina diaria, Charlie le estaba

profundamente agradecido de ser liberado del horror de una

hija casi-adulta que necesitaba ayuda para bañarse, ese tipo

de cosas estaban lejos de ser adecuadas tanto para el como

para mi si era el caso. Pero era con algo más que gratitud con

la que Charlie la había apodado “Angel” y la miraba perplejo

mientras ella bailaba sonriente por la pequeña casa

iluminándola, ningún humano podía evitar ser afectado por su

asombrosa belleza y gracia. Y cuando ella se deslizaba a

través de la puerta cada noche, se despedía de Charlie con un

afectuoso “nos vemos mañana Charlie” lo dejaba aturdido.

-Alice,¿ ya nos vamos a casa?- entendiendo por eso que me

refería a la casa blanca del río -Sí –pero conociéndome bien,

agregó: Pero Edward no está ahí… Fruncí el ceño, ¿Dónde

está? -Tenía algunos encargos que hacer -¿Encargos? Repetí

inexpresivamente, -Alice -mi tono se volvió persuasivo-Por

favor dime que sucede. Sacudió la cabeza sonriendo. – Me

estoy divirtiendo mucho- explicó; cuando llegamos a la casa me

llevó directamente a su baño que era del tamaño de una

recámara, me sorprendió encontrar a Rosalie ahí, esperando

con una sonrisa celestial, parada detrás de una silla baja color

rosa, una alucinante variedad de herramientas y productos

cubrían el largo tocador. -Siéntate- me dijo Alice lo consideré

un minuto pero decidí que ella estaba preparada para usar la

fuerza en caso de ser necesario, cojee hasta la silla y me

senté con toda la dignidad que me fue posible Rosalie

inmediatamente comenzó a cepillar mi cabello -No creo que tú

vayas a decirme de que se trata esto, ¿verdad?- observé

-Puedes torturarme – Dijo entretenida con mi cabello - Pero

nunca hablaré

Rosalie sostuvo mi cabeza en el lavabo mientras Alice con un

shampoo que olía a menta y uva. Alice secaba con una toalla

entre la maraña de cabello mojado furiosamente y luego

rociaba casi una botella entera de algo más, el segundo olía

como pepino, mientras lo rociaba seguía con la toalla en la

mano. Después peinaron rápidamente el desastre que tenía por

cabello y el producto que olía a pepino controló mi cabello, tal

vez después tomaría un poco de eso, cada una tomó una

secadora de cabello y se pusieron a trabajar; mientras los

minutos pasaban y ellas seguían descubriendo mechones

húmedos, sus caras empezaron a verse un poco

preocupadas ,sonreí alegremente, había cosas que ni siquiera

los vampiros

podían acelerar. -Tiene una enorme cantidad de cabellocomentó

Rosalie con una voz ansiosa -“¡Jasper!” llamó

claramente Alce aunque su tono no era elevado –¡Consígueme

otra secadora de cabello! Jasper llegó al rescate y de algún

modo con dos secadoras más, las cuales apuntó hacia mi

cabeza, realmente divertido, mientras trabajaba. -Jasper…

comencé esperanzada -Lo siento Bella no tengo permitido

decir nada Escapó agradecido cuando finalmente todo estuvo

seco y esponjado, mi cabello permanecía a 3 pulgadas de mi

cabeza. -¿Qué me han hecho?- pregunté horrorizada, pero me

ignoraron y sacaron una caja con tubos calientes. Traté de

convencerlas que mi cabello no se rizaría, untaron en mi

cabello algo de un amarillo poco saludable antes de enrollar mi

cabello en el rizador caliente. – ¿Encontraste zapatos?-

Preguntó Rosalie intensamente como si la respuesta fuera de

vital importancia. –Sí, son perfectos- ronroneó Alice con

satisfacción Observé a Rosalie en el espejo mientras ella

asentía con la cabeza, como si le hubieran quitado un gran

peso de encima. –Tu cabello se ve bien- no es que no siempre

se viera perfecto pero ese día lo había levantado creando una

corona de ligeros ricitos encima de su perfecta cabeza. –

Gracias- sonrió y siguió con otra sección de rizos -¿Qué hay

del maquillaje?- Preguntó Alice -Es una molestia- me ofrecí

aunque me ignoraron de nuevo -No necesita mucho, su piel se

ve mejor al natural- musitó Rosalie -Solo un poco de color en

los labios- replicó Alice -Y delineador y rímel-agregó Rosalie –

Solo un poquito Suspiré ruidosamente, a Alice le causó mucha

gracia ya que comenzó a reírse y me dijo: -Sé paciente Bella,

nos estamos divirtiendo. –Bueno, mientras sea así…- musité

Los rizadores ya estaban sujetados fuerte e incómodamente

a mi cabeza.

-Vamos a vestirla- la voz de Alice sonaba anticipadamente

ilusionada. Ni siquiera esperó a que yo me arrastrara fuera

del baño con mi yeso. En lugar de eso, me sacó y me llevó a la

enorme y blanca habitación que Emmett y Rosalie compartían,

en la cama había un vestido, azul intenso por supuesto. - ¿Qué

te parece?- Trinó alegremente Esa era una buena pregunta,

era ligeramente sobrecargado y aparentemente debía usarse

muy ajustado se sujetaba en el hombro, sin tirantes pero con

largas mangas que cubrían hasta las muñecas, las parte

superior era de una tela muy fina -Alice- gemí -No puedo usar

eso - ¿Por qué? – reclamó con voz dura -Es completamente

transparente -Esto va debajo- Rosalie levantó una prenda de

un azul pálido - ¿Qué es eso?- pregunté temerosa -Es un

corsé, tontita- contestó Alice impaciente –Ahora, ¿te lo vas a

poner? o prefieres que llame a Jasper y le pida que te sujete

mientras lo hago por ti. Me amenazó - Se supone que eras mi

amiga- la acusé - Sé amable Bella- musitó- No tengo ningún

recuerdo de ser humana, trato de obtener algo de diversión

indirecta contigo, además es por tu propio bien. Me quejé y

me sonrojé mucho pero no les tomó mucho tiempo meterme en

el vestido, tenía que admitir que el corsé tenía sus ventajas. –

Wow- suspiré mirando hacia abajo- tengo un escote. - ¿Quién

lo hubiera imaginado?- dijo Alice mientras contemplaba

encantada su trabajo, yo por otro lado no estaba

completamente convencida. – No crees que este vestido es un

poco… no se, ¿demasiado a la moda para Forks?- Pregunté

-Creo que el término que buscas es “Alta Costura”- musitó

Rosalie mientas se reía -No es para Forks, es para Edwardinsistió

Alice- Y está perfecto Entonces me llevaron de

regreso al baño soltaron los rizadores con mucha habilidad,

para mi sorpresa cascadas de rulos cayeron sobre mi cara.

Rosalie jaló cuidadosamente la mayoría de estos

retorciéndolos en una cola de caballo que se desbordaba

hacia mi espalda y mientras ella trabajaba, Alice rápidamente

pintó una fina línea negra alrededor de cada uno de mis ojos

aplicó rímel y también labial rojo obscuro, luego salió como un

dardo de la habitación y regresó en seguida con los zapatos. –

Perfectos – suspiró Rosalie mientras Alice los sostenía en

alto para poder admirarlos, Alice me abrochó los mortíferos

zapatos y le lanzó una mirada a mi y eso. – Supongo que hemos

hecho todo lo que hemos podido- sacudió la cabeza con

tristeza – ¿No crees que Carlisle nos deje…? Preguntó

mirando a Rosalie -Lo dudo- contestó Rosalie secamente En

ese momento ambas entornaron la cabeza. –Está de vuelta- yo

sabía bien “quién” estaba de vuelta y por eso mi estómago

estaba lleno de mariposas. –El puede esperar, aún hay algo

más importante- dijo Alice firmemente mientras me

levantaba, lo que ahora era una necesidad ya que estaba

segura de que no podría caminar con ninguno de mis pies, me

llevó a su habitación donde amablemente me mantuvo frente

al ancho espejo con marco dorado y me dijo: -Ya está, ¿Ves?

Me quedé mirando a la extraña en el espejo, se veía muy alta

en tacones con el largo y ajustado vestido añadiéndose al

espejismo, era escotado, donde su inusualmente

impresionante línea del busto llamaba mi atención, su cuello

parecía muy largo, así como la columna de bucles en su

espalda, tono azul era perfecto, resaltaba la palidez de su

piel clara y el sonrojo de sus mejillas, era muy bonita, debía

admitirlo. –Sí Alice ya veo- -No lo olvides me advirtió. Me

levantó de nuevo y me llevó a lo alto de las escaleras. –

Voltéate y cierra los ojos- ordenó para alguien escaleras

abajo- ¡Y mantente fuera de mi mente!, No lo arruines. Vaciló

y caminando más lento de lo normal hacia debajo de la

escalera hasta que pudo ver que el había obedecido, voló el

resto del camino. Edward estaba parado en la puerta

dándonos la espalda muy alto y misterioso, nunca lo había

visto vestido de negro antes. Alice me enderezó alisando el

plisado de mi vestido acomodando un rizo en su lugar, y luego

me dejó ahí yéndose a sentar en el banco del piano para

observar, Rosalie la siguió y fue a sentarse con ella en la

audiencia.

– ¿Ya puedo ver?- su voz resonaba penetrante, lo cual hizo mi

corazón latir más

rápidamente. –Ahora sí- contestó Alice. Volteó

inmediatamente y se quedó helado en ese lugar, sus ojos como

topacio completamente abiertos. Podía sentir el calor

subiendo lentamente hacia mi cuello y mis mejillas. Se veía

hermoso, sentí una punzada del antiguo temor de que el era

sólo un sueño, no era posible que fuera real. Estaba usando un

esmoquin, el pertenecía a una a una pantalla de cine no a mi

lado, lo miré fijamente con sobrecogimiento e incredulidad.

Avanzó lentamente hacia mí dudando un poco antes de

alcanzarme. –Alice, Rosalie, Gracias- musitó sin apartar su

mirada de mi. Escuché a Alice reír entre dientes por el placer.

Se acercó un paso más y poniendo una fría mano bajo mi

mandíbula presionó mis labios en mi cuello. –Eres tú- murmuró

contra mi piel, se alejó un poco y vi que en su otra mano había

flores blancas -Fresia- me informó mientras acomodaba las

flores en mi cabello- Redundante en lo que aroma se refiere

claro. Se ladeó un poco para verme otra vez, sonrió, con el

tipo de sonrisa que detenía mi corazón. -Te ves absurdamente

hermosa- -Yo iba a decir eso- traté de controlar mi voz lo

mejor posible- Justo cuando empiezo a creer que de hecho

eres real, apareces viéndote así, tengo miedo de estar

soñando otra vez; me tomó rápidamente entre sus brazos,

acercó su rostro al mío, sus ojos ardían mientras me acercaba

cada vez más. –Cuidado con el labial- se quejó Alice Se rió con

algo de rebeldía pero llevó su boca al hueco en la base de mi

cuello, en lugar de a mi boca. – ¿Estás lista para irnos?-

preguntó - ¿Nadie piensa contarme cual es la ocasión

especial? -No- Alice soltó una risita y Edward una risa

encantadora, yo fruncí el ceño. - ¿De qué me estoy

perdiendo? - No te preocupes pronto lo averiguarás me

aseguró -Suéltala Edward, para que pueda tomar una foto-

Esme estaba bajando por las escaleras con una cámara

plateada en las manos. – ¿Fotos?, musité mientras el me

dejaba cuidadosamente sobre mi tembloroso pie sano, tenía

un mal presentimiento acerca de todo esto,-¿Aparecerás en

una película?- pregunté sarcásticamente, el me sonrió

abiertamente. Esme nos tomó varias fotos, hasta que Edward

insistió en que llegaríamos tarde.

–Nos vemos ahí- mencionó Alice, mientras el me llevaba hacia

la puerta. – ¿Alice estará ahí? ¿A dónde sea que vallamos?-

eso me hizo sentir un poco mejor. –Y Jasper, Emmett y

Rosalie. Mi frente se frunció a causa del esfuerzo para

deducir el secreto, mi expresión lo hizo reír. –Bella- me llamó

Esme –Tu padre está al teléfono. - ¿Charlie?- Edward y yo

preguntamos simultáneamente, Esme trajo el teléfono pero el

lo robó mientras ella intentaba entregármelo, apartándome

sin esfuerzo, sólo con un brazo. – ¡Oye!- protesté, pero el ya

estaba hablando. - ¿Charlie?, soy yo ¿que pasa?, sonaba

preocupado y palidecí, pero después su expresión se volvió

divertida y un poco perversa. – Dale el teléfono Charlie,

déjame hablar con el- Lo que sea que estuviera sucediendo,

Edward se estaba divirtiendo demasiado como para que

Charlie estuviera en peligro. Me relajé un poco. -Hola Tyler,

Soy Edward Cullen- su voz sonaba amistosa en apariencia,

pero yo lo conocía bastante bien para captar el rastro de

amenaza en su tono. ¿Que hacía Tyler en mi casa? Caí en

cuenta de la terrible verdad. –Lamento que se haya producido

algún tipo de malentendido, pero Bella no está disponible esta

noche- el tono de su voz cambió y la amenaza se hizo mas

evidente mientras seguía hablando- Para serte totalmente

sincero ella no va a estar disponible noche para cualquier otra

persona que no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte

la velada- dijo, pero lo cierto es que sonaba como si no lo

lamentara en absoluto. Cerró el teléfono de golpe mientras se

extendía por su rostro una ancha y estúpida sonrisa. - ¡Me

llevas al baile de fin de cursos!- lo acusé mientras mi rostro y

mi cuello enrojecían de ira, notaba como las lágrimas

producidas por la rabia comenzaban a llenarme los ojos. El no

esperaba esa reacción, eso estaba claro ya que apretó los

labios y sus ojos se obscurecieron. –No te pongas difícil,

Bella- - Bella, todos vamos a ir – me animó Alice súbitamente

junto a mi hombro. - ¿Por qué me hacen esto? – Reclamé

-Será divertido – Alice era muy optimista Pero Edward

murmuró en mi oído con su voz seria de terciopelo. - Solo se

es humano una vez Bella, Compláceme – Y volcó toda la fuerza

de sus abrasadores ojos en mí, derritiendo mi resistencia con

su calidez.

–Bien- contesté, incapaz de mirarlo enfurecida tan

efectivamente como me hubiera gustado –Iré sin hacer

escándalo, pero ya verás- le advertí sombríamente – Con esta

mala suerte de la que te has estado preocupando, tal vez me

rompa la otra pierna, mira este zapato, ¡es una trampa mortal!

– levanté mi pierna sana como evidencia. –Hummm- miró

atentamente mi pierna más tiempo del necesario y luego miró

a Alice con ojos brillantes, - Gracias, de nuevo- -Llegarás

tarde con Charlie- le recordó Esme - Cierto , vámonos- y me

llevó afuera -¿Charlie está enterado de esto? Pregunté con

los dientes apretados. –Claro- contestó alegremente. Estaba

tan preocupada que al principio no me di cuenta, apenas me

percaté de un auto plateado que asumí sería el Volvo, pero

luego el se encorvó tanto que pensé que me estaba dejando

en el piso. - ¿Qué es esto?- pregunté sorprendida por

encontrarme en una cabina desconocida. – ¿Donde esta el

Volvo? -El Volvo es mi auto de todos los días- me dijo casi con

cuidado, como si temiera que me diera otro ataque de rabia. -

Este es mi auto para una ocasión especial- - ¿Qué pensará

Charlie de esto?- sacudí la cabeza con desaprobación

mientras el subía y encendía el motor. –La mayoría de

población en Forks piensa que Carlisle es un ávido

coleccionista de autos- aceleró a través del bosque hacia la

carretera. - ¿Y no es eso cierto? -No, de hecho es más mi

pasatiempo, Rosalie también los colecciona, pero ella prefiere

jugar con la maquinaria que manejarlos, ha hecho muchos

cambios en este para mí- Yo seguía preguntándome por que

regresábamos a casa de Charlie cuando nos estacionamos

frente a ella. La luz de la terraza ya estaba encendida,

aunque todavía no era el crepúsculo. Charlie debía estarnos

esperando, probablemente observando por la ventana en ese

momento, comencé a sonrojarme preguntándome si la primera

reacción de mi padre sería similar a la mía, Edward rodeó el

auto, lentamente para su velocidad, hasta llegar a mi puerta,

confirmando mi suposición de que Charlie estaba mirando.

Luego Edward me levantó cuidadosamente del pequeño auto,

Charlie inusitadamente, salió al jardín para recibirnos, mis

mejillas ardían, Edward se percató y me miró interrogante,

Charlie ni siquiera me miró.

– ¿Es un Aston Martin?- Preguntó con voz reverente -Sí, un

vanquish (nombre del modelo*)- un tic apareció las comisuras

de la boca de Charlie, pero intentó controlarlo, liberando la

impresión con un silbido. -¿Quieres probarlo? Edward levantó

la llave. Los ojos de Charlie al fin se separaron del auto y miró

a Edward con incredulidad, pero con un poco de esperanza. –

No- dijo reacio - ¿Qué diría tu padre? –A Carlisle no le

importará en lo absoluto- contestó Edward riendo

sinceramente, -Adelante- dijo y oprimió las llaves en la

dispuesta mano de Charlie. –Bueno sólo un rápido paseo-

Charlie ya estaba acariciando el guardabarros con una mano.

Edward me ayudó a llegar a la puerta de la entrada,

tomándome entre sus brazos tan pronto estuvimos dentro y

llevándome a la cocina. –Eso funcionó bien- dije – Ni siquiera

tuvo tiempo de notar el vestido- Edward parpadeó – No había

pensado en eso… - sus ojos observaron mi vestido de nuevo

con expresión crítica- Bueno creo que es algo bueno que no

nos hayamos llevado tu camioneta. Aparté la mirada a

regañadientes de su rostro lo suficiente para darme de

cuenta que la cocina estaba inusualmente poco iluminada.

Había velas en la mesa, muchas, tal vez veinte o treinta velas

blancas, la vieja mesa estaba cubierta con un largo y blanco

mantel y había solo dos sillas. – ¿En esto estuviste trabajando

todo el día? -No, esto tomó pocos segundos, lo que me tomó

todo el día fue la comida, los restaurantes elegantes me

fastidian y no hay muchos en esa categoría en los

alrededores, pero decidí que no había queja de tu propia

cocina. Me sentó en una de las sillas cubiertas de tela blanca

y comenzó a acomodar cosas fuera del horno y del

refrigerador, pero noté que sólo había puesto un lugar. – ¿No

planeas alimentar también a Charlie?, eventualmente

regresará a casa. –Charlie no podía probar ni un bocado más,

¿quien creías que iba a probar la comida? debía estar seguro

de que era comestible. Colocó frente a mí un plato lleno de

cosas que se veían comestibles Suspiré. - ¿Sigues enojada?

Jaló la otra silla alrededor de la mesa para poder sentarse

junto a mí. –No, bueno si, pero no en este preciso momento,

sólo estaba pensando en la única cosa que podía hacer mejor

que tú, se ve excelente, suspiré de nuevo. Se rió entre

dientes. –Ni siquiera lo has probado, se optimista, podría

estar horrible- Probé un bocado, hice una pausa y una cara. –

¿Está horrible?

Preguntó consternado. –No, naturalmente está delicioso. -

¡Qué alivio!, sonrió, se veía tan bien. – No te preocupes,

todavía hay muchas cosas en las que eres mejor. –Menciona al

menos una. No respondió al principio, solo recorrió

suavemente mi piel con su dedo frío por la línea de mi

clavícula, atrapando mi mirada con ojos provocativos hasta

que sentí mi piel ardiendo y enrojecida. –Por ejemplomurmuró

tocando mi roja mejilla – Nunca he visto a nadie

sonrojarse tan bien como lo haces tú. –Maravilloso- fruncí el

ceño – Reacciones involuntarias, algo de lo que puedo

enorgullecerme. –Ah sí, también eras la persona más valiente

que conozco. - ¿Valiente? – Pregunté en tono burlón -Pasas

todo tu tiempo libre en compañía de vampiros, para eso se

necesita valor, y no dudas en colocarte en la peligrosa

proximidad de mis dientes. Sacudí la cabeza. – Sabía que no

se te ocurriría nada- Rió - Es en serio ¿sabes?, pero no

importa, come- impaciente tomó mi tenedor por mi y comenzó

a alimentarme, la comida esta buenísima claro está. Charlie

llegó a casa cuando estábamos a punto de terminar, pero mi

suerte se mantenía, estaba demasiado deslumbrado por el

auto como para notar mi atuendo. Le regresó a Edward las

llaves. –Gracias Edward- sonrió soñadoramente- Eso es un

auto de verdad. –De nada. - ¿Cómo estuvo todo? Charlie le

lanzó una mirada a mi plato vacío. –Perfecto- contesté en un

suspiro. – ¿Sabes Bella?, deberías dejarlo practicar su cocina

en otra ocasión para nosotros- trató de sonar normal, pero su

indirecta se entendió a la perfección. –Seguro papá.

No fue hasta que ya nos dirigíamos a la puerta cuando Charlie

despertó por completo, Edward tenía su brazo alrededor de

mi cintura para ayudarme a balancearme; mientras yo me

movía dificultosamente sobre mi inestable zapato. –Hummm,

te ves muy grande Bella- podía percibir un poco de

desaprobación paternal en su voz. –Alice me arregló, no había

mucho que pudiera decir- Edward se rió de mi repuesta pero

lo hizo tan bajo que sólo yo pude escuchar -Ah, bueno si

Alice… - comenzó a decir un tanto distraído – Te ves linda

Bells – Hizo una pausa y con algo de suspicacia en los ojos me

preguntó: - ¿Debería esperar que aparezcan más jóvenes en

esmoquin esta noche? Gruñí y Edward se rió de nuevo, ¿como

alguien podía ser tan ajeno a las circunstancias como Tyler? ,

no podía comprenderlo, Edward y yo no habíamos sido

precisamente reservado en la escuela, llegábamos juntos y

regresábamos juntos, el me llevaba a la mitad de mis clases,

todos los días me sentaba con el y su familia a la hora del

almuerzo, tampoco Edward era tímido en el asunto de

besarme frente a algunos testigos. Tyler claramente

necesitaba ayuda de un profesional. –Espero que norespondió

Edward a mi padre – Hay un refrigerado esta lleno

de sobras – diles que se consuelen a sí mismos. –No lo creo,

esos son míos- agregó Charlie. –Anota los nombres para mí

Charlie – el rastro de amenaza posiblemente era solo audible

para mí - Es suficiente – les ordené a ambos

Afortunadamente llegamos al auto y Edward arrancó De

compras con Alice El coche era liso, blanco y potente; sus

ventanas estaban tintadas de un negro limo. El motor

ronroneó como un gran coche mientras nos apresurábamos a

través de la oscura noche. Jasper conducía con una mano,

despreocupadamente según parecía, pero el poderoso coche

voló hacia delante con perfecta precisión. Alice se sentó

conmigo en el asiento de piel negra. De alguna manera,

durante la larga noche, mi cabeza había acabado contra su

cuello de granito, sus fríos brazos envolviéndome, su mejilla

apoyada en lo alto de mi cabeza. El frente de su fina camisa

de algodón estaba frío, húmedo por mis lágrimas. Ahora y

entonces, si mi respiración crecía desigual, ella murmuraría de

forma calmante; en su veloz y aguda voz, los estímulos

sonaban como cantando. Para mantenerme en calma, me

centré en el tacto de su fría piel; era como una conexión

física con Edward.

Ambos me habían asegurado –cuando me percaté, con pánico,

de que todas mis cosas seguían en la furgoneta- que dejarlo

atrás era necesario, algo que hacer con el olor. Me

dijeron que no me preocupara por las ropas ni el dinero.

Trataba de creerles, haciendo un esfuerzo para ignorar lo

incómoda que estaba en el equipo de prueba de Rosalie (¿?

supongo que se refiere a alguna ropa de Rosalie, un chándal,

no sé…). Era una cosa trivial de la que preocuparse. En las

llanas carreteras, Jasper nunca condujo el robusto coche a

menos de 120 millas por hora. Parecía completamente

inconsciente de los límites de velocidad, pero nunca vimos un

coche patrulla. Las únicas rupturas en la monotonía de la

conducción fueron las dos paradas que hicimos para

carburante. Noté ociosa que Jasper fue adentro a pagar a

efectivo ambas veces. El amanecer comenzó a abrirse cuando

estábamos en alguna parte en el norte de California. Miré con

los ojos secos, semicerrados, como la luz gris se irradiaba a

través del cielo despejado. Estaba exhausta, pero el sueño

había desaparecido, mi mente demasiado llena de imágenes

perturbadoras como para relajarme en la inconsciencia. La

destrozada expresión de Charlie –el brutal gruñido de

Edward, con los dientes al descubierto- la penetrante mirada

fija del perseguidor –la expresión triste de Laurent- la

mirada muerta en los ojos de Edward después de que él me

besara la última vez; como si todavía centellearan frente a

mis ojos, mis sentimientos alternando entre el terror y la

desesperación. En Sacramento, Alice pidió a Jasper que

parara, para conseguirme comida. Pero sacudí mi cabeza

cansadamente, y le dije que siguiese conduciendo con voz

apagada. Unas pocas horas después, en un suburbio a las

afueras de L.A. (Los Ángeles), Alice le volvió a hablar

suavemente, y él salió de la autovía al sonido de mis débiles

protestas. Un gran centro comercial era visible desde la

autovía, y se dirigió allí, entrando en el estacionamiento,

abajo en la planta subterránea para aparcar. - Quédate en el

coche- le ordenó a Jasper. - ¿Estás segura?- él sonaba

receloso. - No veo a nadie más por aquí - dijo ella. Él asintió,

accediendo. Alice me cogió de la mano y me sacó del coche. Se

aferró a mi mano, manteniéndome cerca de ella mientras

caminábamos por el oscuro garaje. Ella rodeó el borde del

garaje, manteniéndose en las sombras. Aprecié cómo su piel

parecía brillar en la luz del sol que se reflejaba de la acera. El

centro comercial estaba abarrotado, varios grupos de

compradores pasaban, algunos girando la cabeza para vernos

pasar cerca. Caminamos bajo un puente que cruzaba desde el

nivel superior del aparcamiento al segundo local de un gran

almacén, siempre manteniéndonos fuera de la luz solar

directa.

Una vez dentro, bajo las luces fluorescentes del almacén,

Alice parecía menos destacada –simplemente una muchacha

alarmantemente pálida, pero con oscuros ojos y pelo negro

puntiagudo. Estaba segura de que las ojeras bajo mis propios

ojos eran más evidentes que

las suyas. Todavía captamos la atención de alguno que echó un

vistazo en nuestra dirección. Me preguntaba lo que pensaban

que veían. La delicada y danzarina Alice, con su llamativo

rostro de ángel, vestida de un modo ligero, pálidas prendas

que no disminuían lo suficiente su palidez, manteniendo sus

manos conmigo, obviamente controlando, mientras yo

arrastraba cansadamente mis torpes pies pero costosas

ropas, mi agarrotado pelo enrollado en nudos a mi espalda.

Alice me condujo inevitablemente a la tienda de alimentos. -

¿Qué quieres comer? El olor de las comidas rápidas

grasientas dobló mi estómago. Pero la mirada de Alice no

dejaba lugar a la persuasión. Pedí sin entusiasmo un bocadillo

de pavo. - ¿Puedo ir al baño? - pregunté en cuanto nos

dirigimos a la cola. - Vale - y cambió de dirección, sin soltar mi

mano. - Puedo ir sola - La atmósfera banal del genérico centro

comercial me hizo sentir lo más normal que había tenido

desde nuestro desastroso juego de anoche. - Lo siento, Bella,

pero Edward va a leer mi mente cuando esté aquí, y si ve que

te he dejado fuera de mi vista durante un minuto…- ella se

calmó, no dispuesta a contemplar las horribles consecuencias.

Al menos esperó fuera del abarrotado cuarto de baño. Me

lavé la cara, así como las manos, ignorando las asustadas

miradas de las mujeres de mí alrededor. Traté de peinarme el

pelo con los dedos, pero rápidamente me rendí. Alice cogió mi

mano de nuevo en la puerta, y volvimos lentamente a la cola de

la comida. Yo estaba retrasándome, pero ella no se mostraba

impaciente conmigo. Me miraba comer, primero despacio y

luego más deprisa a medida que volvía mi apetito. Bebí la soda

que ella me compró tan rápido que me dejó por un momento –

sin quitarme la vista de encima, claro- para conseguirme otra.

- La comida que tú comes es definitivamente más conveniente

- comentó cuando acabé -pero no parece más divertido. - Me

imagino que cazar es más excitante. - No te haces idea -

Centelleó con una amplia sonrisa de brillantes dientes, y

varias personas giraron la cabeza en nuestra dirección.

Tras tirar nuestra basura, me condujo por lo anchos pasillos

del centro comercial, sus ojos reluciendo aquí y allá ante algo

que ella quería, acarreándome junto a ella en cada parada. Se

detuvo por un momento ante una cara boutique para comprar

tres pares de gafas de sol,

dos de mujer y uno de hombre. Noté la mirada del vendedor

hacia ella con una nueva expresión cuando ella le entregó una

inusual y pulcra tarjeta de crédito con líneas doradas

cruzándola. Encontró una tienda de accesorios donde tomó un

cepillo y gomas del pelo. Pero en realidad no dejó los negocios

hasta que me introdujo en el tipo de tiendas que yo nunca

frecuentaba, porque el precio de un par de calcetines estaba

fuera de mi alcance. - Tienes aproximadamente una talla 2 -

Era una declaración, no una pregunta. Me utilizó como una mula

de carga, lastrándome con una escalonada cantidad de ropa.

Aquí y allí podía verla alcanzando una talla extra-pequeña

cuando escogía algo para ella misma. Las prendas que

seleccionaba para sí misma eran todas en materiales ligeros,

pero con longitud o largas hasta el suelo, diseñadas para

cubrir el máximo posible de su piel. Un sombrero negro de

paja de ala ancha coronó la montaña de ropas. La dependienta

tuvo una reacción similar ante la inusual tarjeta de crédito,

volviéndose más servicial, y llamando a Alice “señorita”.

Aunque el nombre que pronunció era desacostumbrado. Una

vez de nuevo fuera del centro comercial, con nuestros brazos

cargados de bolsas, de las cuales ella cargaba la parte de un

león, le pregunté sobre ello. - ¿Qué te llamó? - Esa tarjeta de

crédito dice Rachel Lee. Vamos a ser muy cuidadosos para no

dejar ningún tipo de pista para el rastreador. Vayamos a

cambiarte. Pensé sobre ello cuando ella me llevó de vuelta a los

aseos, poniéndome en el recinto para minusválidos de modo que

tuviera sitio para moverme. La escuché rebuscando en las

bolsas, para finalmente pasarme un ligero vestido azul de

algodón por encima de la puerta. Agradecida me quité los

vaqueros muy largos y muy ajustados de Rosalie, di un tirón a

la blusa que me envolvía en todos los lugares erróneos, y se los

arrojé por encima de la puerta. Me sorprendió pasándome un

par de suaves sandalias de piel por debajo de la puerta –

¿cuándo las había adquirido? El vestido me sentaba

asombrosamente bien, el costoso corte evidente en la manera

en que encajaba a mí alrededor. En cuanto dejé el recinto noté

que estaba tirando las ropas de Rosalie a la papelera. - Guarda

tus zapatillas de deporte - dijo. Las puse arriba de una de las

bolsas. Volvimos al garaje. Alice logró menos miradas esta vez;

estaba tan cubierta por bolsas que su piel era apenas visible.

Jasper estaba esperando. Se deslizó fuera del coche ante

nuestro acercamiento –el maletero estaba abierto. Mientras

alcanzaba primero mis bolsas, echó a Alice una mirada

sarcástica. - Sabía que debía haber ido - murmuró. - Sí -

reconoció ella - te habrían apreciado en el baño de mujeres.

Él no respondió. Alice removió rápidamente entre sus bolsas

antes de ponerlas en el maletero. Le pasó a Jasper un par de

gafas de sol, poniéndose ella otro par. Me pasó el tercer par,

y el cepillo del pelo. Y sacó una camisa larga, fina, negra

transparente, poniéndosela encima de su camiseta, dejándola

abierta. Por último, añadió el sombrero de paja. En ella, el

improvisado traje parecía corresponder a una pista de

aterrizaje (¿? runway). Ella agarró un puñado más de ropas y,

envolviéndolas en una bola, abrió la puerta trasera e hizo una

almohada sobre el asiento. - Necesitas dormir ya - ordenó

firmemente. Avancé despacio y obedientemente en el asiento,

posando mi cabeza al instante, acurrucándome en mi lado.

Estaba medio dormida cuando el coche arrancó. - No deberías

haberme comprado todas estas cosas - mascullé. - No te

preocupes por eso, Bella. Duerme - Su voz era reposada. -

Gracias - suspiré, y caí en un incómodo sueño. Fue el dolor de

dormir en una posición apretada lo que me despertó. Estaba

todavía exhausta, pero de repente estaba nerviosa en cuanto

recordé dónde estaba. Me senté para ver el Valle del Sol

fuera, delante de mí; la extensión amplia, llana, de tejados,

palmeras, autopistas, niebla tóxica y piscinas, abrazada por

los peñascos pequeños y rocosos que llamamos montañas.

Estuve sorprendida de no sentir ninguna sensación de alivio,

sólo una añoranza fastidiosa de los cielos lluviosos y los

espacios verdes del lugar que para mí significa Edward.

Sacudí mi cabeza, intentando hacer retroceder el inicio de

desesperación que amenazaba con abrumarme. Jasper y Alice

estaban hablando; conocedores, estoy segura, de que estaba

consciente de nuevo, pero no dieron ninguna señal de ello. Sus

veloces y suaves voces, una grave, una aguda, enlazándose

musicalmente a mí alrededor. Deduje que estaban discutiendo

dónde permanecer. - Bella - Alice se dirigió a mí casualmente,

como si ya fuera parte de la conversación - ¿Cuál es el camino

al aeropuerto? - Sigue por la I-10 - dije automáticamente -

pasaremos justo por él. Pensé por un momento, mi cerebro

todavía confuso por el sueño. - ¿Vamos a volar a algún sitio? -

pregunté.

No, pero es mejor estar cerca, por si acaso - Abrió su

teléfono móvil, y por lo visto llamó a información. Hablaba

más despacio de lo habitual, preguntando por hoteles cerca

del

aeropuerto, de acuerdo con una sugerencia, luego esperando

mientras era puesta en contacto. Hizo reservas para una

semana bajo el nombre de Christian Bower, recitando a toda

prisa un número de tarjeta de crédito sin siquiera mirarlo. La

escuché repitiendo direcciones por el bien del operador;

estoy segura de que ella no necesitaba ayuda con su memoria.

La vista del teléfono me había recordado mis

responsabilidades. - Alice - dije cuando ella acabó - Necesito

llamar a mi padre - Mi voz era seria. Ella me pasó el teléfono.

Era a última hora de la tarde; estaba deseando que él

estuviera en el trabajo. Pero respondió al primer tono. Me

abatí, imaginando su ansiosa cara por el teléfono. - ¿Papá? -

dije vacilante. - ¡Bella! ¿Dónde estás, cariño? - la fuerte

revelación llenó su voz. - Estoy en la carretera - No era

necesario hacerle saber que yo había hecho un recorrido de 3

días durante la noche. - Bella, tienes que dar la vuelta. -

Necesito ir a casa. - Cariño, hablemos de esto. No necesitas

irte sólo por un chico - Podría decir que él estaba siendo muy

cuidadoso. - Papá, dame una semana. Necesito pensarme las

cosas, y luego decidiré si vuelvo. No tiene nada que ver

contigo, ¿de acuerdo? - Mi voz tembló levemente - te quiero,

papá. Sea lo que sea lo que decida, te veré pronto. Lo

prometo. - De acuerdo, Bella - Su voz era resignada - Llámame

cuando llegues a Phoenix. - Te llamaré desde casa, papá.

Adiós. - Adiós, Bella - Vaciló antes de colgar. Por lo menos

estaba de buenas con Charlie de nuevo, pensé mientras

devolvía el teléfono a Alice. Ella me observaba atentamente,

quizás esperando por otro bajón emocional. Pero yo sólo

estaba muy cansada.

La familiar ciudad voló por mi oscura ventanilla. El tráfico era

ligero. Transitamos rápidamente por el centro de la ciudad y

luego viramos alrededor de la parte norte de Sky Harbour

International, girando al sur en Temple. Sólo en el otro lado

del húmedo cauce del Río Salt (Río de la Sal), a una milla o así

del aeropuerto, Jasper salió ante la orden de Alice. Ella le

dirigió fácilmente a través de las superficiales calles a la

entrada del aeropuerto

Hilton. Yo había estado pensado en el Motel 6, pero estaba

segura de que ellos se cepillarían cualquier preocupación por

el dinero. Aparentaban tener una reserva sin fin. Entramos en

el aparcamiento bajo la sombra de un gran toldo, y dos

botones se colocaron rápidamente al lado del impresionante

automóvil. Jasper y Alice bajaron del coche, pareciéndose

mucho a estrellas del cine con sus oscuras gafas. Yo bajé

torpemente, rígida por las largas horas en el coche,

sintiéndolo acogedor. Jasper abrió el maletero, y el solícito

personal rápidamente colocó nuestras bolsas de la compra en

un carrito. Estaban demasiado bien entrenados como para

mostrar ninguna mirada sorprendida ante nuestra carencia de

un verdadero equipaje. El coche había estado muy fresco en

su oscuro interior; andando por la tarde de Phoenix, hasta en

la sombra, era como pegar mi cabeza dentro de un horno de

asar. Por primera vez en ese día, me sentí en casa. Jasper

cruzó en un paso con seguridad por el vestíbulo vacío. Alice se

mantuvo con cuidado a mi lado, los botones tras nosotros

llevando con impaciencia nuestras cosas. Jasper se acercó al

escritorio con su aire inconscientemente majestuoso. - Bower

- fue todo lo que dijo a la aparentemente profesional

recepcionista. Ella rápidamente procesó la información, con

sólo un mínimo vistazo hacia el ídolo de pelo dorado delante

de él traicionando su cuidadosa eficiencia. Fuimos conducidos

rápidamente a nuestra gran suite. Sabía que los dos

dormitorios eran por mera apariencia. Los botones

descargaron eficientemente nuestras bolsas mientras me

sentaba cansadamente en el sofá y Alice danzaba a examinar

otros espacios. Jasper les dio la mano cuando se iban, y la

mirada que intercambiaron en su salida hacia la puerta era

más que satisfecha; era complacida. Luego estuvimos solos.

Jasper fue a las ventanas, cerrando los dos niveles de

cortinas con seguridad. Alice apareció y dejó caer un menú de

servicio de habitaciones en mi regazo. - Pide algo - aconsejó.

- Estoy bien - dije sin entusiasmo. Me lanzó una oscura

mirada, y recuperó el menú. Quejándose de algo acerca de

Edward, levantó el teléfono. - Alice, de verdad - comencé,

pero me miró en silencio. Apoyé mi cabeza en el reposabrazos

del sofá y cerré los ojos. Una llamada en la puerta me

despertó. Salté tan rápido que me deslicé por la derecha del

sofá al suelo y me golpeé la frente contra la mesa de centro.

-Ouh - dije, aturdida, acariciándome la cabeza. Escuché a

Jasper reírse una vez, y levanté la vista para verle tapándose

la boca, intentando ahogar el resto de su diversión. Alice llegó

a la puerta, presionando sus labios firmemente, los bordes de

su boca estirándose. Me ruboricé y me eché hacia atrás en el

sofá, sosteniendo mi cabeza en mis manos. Era mi comida; el

olor de carne roja, queso, ajo y patatas arremolinándose de

manera atractiva a mi alrededor. Alice llevó la bandeja tan

hábilmente como si hubiera sido camarera durante años, y la

colocó en la mesa ante mis rodillas. - Necesitas proteínas -

explicó, levantando la plateada tapa semiesférica para

mostrar un gran filete y una decorativa escultura de patata -

Edward no estará contento contigo si tu sangre huele anémica

cuando él esté aquí - Estaba segura de que estaba bromeando.

Ahora que podía oler la comida estaba hambrienta de nuevo.

Comí veloz, sintiendo volver mi energía en cuanto los azúcares

llegaron a mi torrente sanguíneo. Alice y Jasper me

ignoraban, viendo las noticias y hablando tan rápida y

calladamente que no pude entender ni una palabra. Un segundo

golpe sonó en la puerta. Salté sobre mis pies, evitando por

poco otro accidente con la medio vacía bandeja en la mesa de

centro. - Bella, necesitas calmarte - dijo Jasper, mientras

Alice respondía a la puerta. Un miembro del personal de

limpieza le dio una pequeña bolsa con el logotipo del Milton y

se fue rápidamente. Alice lo trajo y me lo entregó. Lo abrí

para encontrar un cepillo de dientes, pasta de dientes, y

todas las demás cosas críticas que me había dejado en mi

camioneta. Las lágrimas aparecieron en mis ojos. - Sois tan

amables conmigo…- miré a Alice y luego a Jasper, agobiada.

Había notado que Jasper era normalmente el más cuidadoso

en mantener las distancias conmigo, de modo que me

sorprendió cuando vino a mi lado y colocó su mano en mi

hombro. - Ahora eres parte del clan - bromeó, sonriendo

calurosamente. De repente sentí un pesado agotamiento

fluyendo por mi cuerpo; mis párpados eran de alguna manera

demasiado pesados para mantenerse abiertos. - Muy sutil,

Jasper - escuché a Alice decir en tono sarcástico. Sus fríos y

delgados brazos resbalaron bajo mis rodillas y a mis espaldas.

Ella me levantó, pero yo estaba dormida antes de que me

depositara en la cama.

Era muy temprano cuando me desperté. Había dormido bien,

sin sueños, y estaba más alerta de lo que solía estar al

despertar. Estaba oscuro, pero había destellos azulados de

luz proviniendo desde debajo de la puerta. Alcancé el lado de

la cama, intentando encontrar una lámpara en la mesilla de

noche. Una luz apareció sobre mi cabeza, resoplé, y Alice

estaba allí, arrodillándose a mi lado en la cama, su mano en la

lámpara que fue insensatamente montada sobre la cabecera. -

Lo siento - dijo mientras yo me desplomaba de alivio hacia

atrás, sobre la almohada - Jasper tiene razón - continuó -

necesitas relajarte. - Bien, no le digas eso a él - me quejé - Si

él intenta relajarme más, entraré en coma. Se rió tontamente.

- Lo has advertido, ¿eh? - Si él me golpeara la cabeza con un

sartén habría sido menos obvio. - Necesitabas dormir - Se

encogió de hombros, sonriendo todavía. - Y ahora necesito una

ducha, ¡hala! - Me di cuenta de que todavía llevaba el ligero

vestido azul, el cual estaba más arrugado de lo que tenía

derecho a estar. Mi boca sabía turbia. - Creo que vas a tener

una magulladura en la frente- mencionó mientras me dirigía al

baño. Después de haberme aseado, me sentí mucho mejor. Me

puse las prendas que Alice dejó para mí en la cama, una camisa

verde militar que parecía estar hecha de seda, y pantalones

cortos marrones de lino. Me sentí culpable, ya que mis nuevas

cosas eran mucho más agradables que cualquiera de las

prendas que había dejado atrás. Fue agradable hacer algo por

fin con mi pelo; los champúes del hotel eran de una marca de

buena calidad y mi pelo resplandeció de nuevo. Me tomé mi

tiempo en secarlo con perfecta rectitud. Tuve el

presentimiento de que no haríamos gran cosa hoy. Una

estrecha inspección en el espejo reveló una sombra

oscureciendo mi frente. Fabuloso. Cuando al fin aparecí, la luz

brillaba al máximo alrededor de los bordes de las gruesas

cortinas. Alice y Jasper estaban sentados en el sofá, mirando

fija y pacientemente la televisión, con el sonido casi apagado.

Había una nueva bandeja de comida en la mesa. - Come - dijo

Alice, señalándola firmemente. Me senté obediente en el

suelo, y comí sin sentir la comida. No me gustaba la expresión

de ninguna de sus caras. Estaban demasiado quietos. No

apartaban la vista de la pantalla, ni siquiera cuando echaban

anuncios. Empujé la bandeja a un lado, con el estómago

repentinamente revuelto. Alice miró hacia abajo ahora,

observando con mirada disgustada la bandeja todavía llena. -

¿Qué es lo que va mal, Alice? - pregunté dócilmente. - Todo va

bien - Me miró con ojos abiertos y sinceros que no me creí ni

por un segundo.

- Bien, ¿qué hacemos ahora? - Esperaremos a que Carlisle

llame. - ¿Y no debería haber llamado ya? - Me pareció que me

iba acercando al meollo del asunto. Los ojos de Alice

revolotearon desde los míos hacia el teléfono que estaba

encima de su bolso; luego volvió a mirarme. - ¿Qué significa

eso? - me temblaba la voz y luché para controlarla - ¿qué

quieres decir con que no han llamado? - Simplemente que no

tienen nada que decir - Pero su voz sonaba demasiado

monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar. - Bella -

dijo Jasper con una voz sospechosamente tranquilizadora - no

tienes de qué preocuparte. Aquí estás completamente a salvo.

- ¿Crees que es por eso por lo que estoy preocupada? -

pregunté con incredulidad. - ¿Entonces por que? - Él estaba

también confundido. Aunque podía sentir el tono de mis

emociones, no podía saber las razones que las motivaban. - Ya

oíste a Laurent - mi voz era sólo un susurro, pero estaba

segura de que podía oírme, sin duda - Dijo que James era

mortífero. ¿Qué pasa si algo va mal y se separan? Si

cualquiera de ellos sufriera algún daño, Carlisle, Emmett…

Edward... - Tragué saliva - Si esa mujer brutal le hace daño a

Rosalie o Esme... - hablaba cada vez más alto, y en mi voz

apareció una nota de histeria - ¿Cómo podré vivir después

sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros debería

arriesgarse por mí... - Bella, Bella, para... - me interrumpió

Jasper, sus palabras fluyendo rápidamente - Te preocupas por

lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto: ninguno de

nosotros está en peligro. Ya soportas demasiada presión tal

como están las cosas, no hace falta que le añadas todas esas

innecesarias preocupaciones. ¡Escúchame! - me ordenó, porque

yo había vuelto la mirada a otro lado - Nuestra familia es

fuerte. Nuestro único temor es perderte. - Pero ¿por qué...? -

Alice me interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus

dedos fríos. - Edward lleva solo casi un siglo. Ahora te ha

encontrado, y nuestra familia está completa. ¿Crees que

podríamos mirarle a la cara los próximos cien años si te

pierde? La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus

ojos oscuros. Pero, incluso mientras la calma se extendía

sobre mí, sabía que no podía confiar en mis sentimientos con

Jasper presente.

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