BLOOD

william hill

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sábado, 6 de febrero de 2010

SAGA VAMPIROS TWILIGHT 02 (CREPUSCULO)

SAGA VAMPIROS TWILIGHT 02 (CREPUSCULO)

PORT ANGELES

Jessica conducía aún más deprisa que Charlie, por lo que

estuvimos en Port Angeles a eso de las cuatro. Hacía bastante

tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de chicas; el

subidón del estrógeno resultó vigorizante. Escuchamos canciones

de rock mientras Jessica hablaba sobre los chicos con los que

solíamos estar. Su cena con Mike había ido muy bien y esperaba

que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la

etapa del primer beso. Sonreí para mis adentros, complacida.

Angela estaba feliz de asistir al baile aunque en realidad no le

interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de

chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre vestidos poco

después, para distraerla. Angela me dedicó una mirada de

agradecimiento.

Port Angeles era una hermosa trampa para turistas, mucho más

elegante y encantadora que Forks, pero Jessica y Angela la

conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el tiempo en

el pintoresco paseo marítimo cerca de la bahía. Jessica condujo

directamente hasta una de las grandes tiendas de la ciudad,

situada a unas pocas calles del área turística de la bahía.

Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y

ninguna de nosotras sabía con exactitud qué significaba aquello.

Jessica y Angela parecieron sorprendidas y casi no se lo creyeron

cuando les dije que nunca había ido a ningún baile en Phoenix.

— ¿Ni siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? —me

preguntó Jess dubitativa mientras cruzábamos las puertas

frontales de la tienda.

—De verdad —intentaba convencerla sin querer confesar mis

problemas con el baile—. Nunca he tenido un novio ni nada que

se le parezca. No salía mucho en Phoenix.

— ¿Por qué no? —quiso saber Jessica.

—Nadie me lo pidió —respondí con franqueza.

Parecía escéptica.

—Aquí te lo han pedido —me recordó—, y te has negado.

En ese momento estábamos en la sección de ropa juvenil,

examinando las perchas con vestidos de gala.

—Bueno, excepto con Tyler —me corrigió Angela con voz suave.

— ¿Perdón? —me quedé boquiabierta—. ¿Qué dices?

—Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de

la promoción —me informó Jessica con suspicacia.

— ¿Que dice el qué?

Parecía que me estaba ahogando.

—Te dije que no era cierto —susurró Angela a Jessica.

Permanecí callada, aún en estado de shock, que rápidamente se

convirtió en irritación. Pero ya habíamos encontrado la sección

de vestidos y ahora teníamos trabajo por delante.

—Por eso no le caes bien a Lauren —comentó entre risitas Jessica

mientras toqueteábamos la ropa.

Me rechinaron los dientes.

— ¿Crees que Tyler dejaría de sentirse culpable si lo atropellara

con el monovolumen, que eso le haría perder el interés en

disculparse y quedaríamos en paz?

—Puede —Jess se rió con disimulo—, si es que lo está haciendo

por ese motivo.

La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron

unos cuantos que probarse. Me senté en una silla baja dentro del

probador, junto a los tres paneles del espejo, intentando controlar

mi rabia.

Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo,

largo y sin tirantes; el otro, un vestido de color azul, con tirantes

finos, que le llegaba hasta la rodilla. Angela eligió un vestido

color rosa claro cuyos pliegues realzaban su alta figura y

resaltaban los tonos dorados de su pelo castaño claro. Las felicité

a ambas con profusión y las ayudé a colocar en las perchas los

modelos descartados.

Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité

a observar y criticar mientras ellas se probaban varios pares,

porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no estaba de

humor para comprarme nada. La tarde noche de chicas siguió a

la estela de mi enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando

espacio a la melancolía.

— ¿Angela? —comencé titubeante mientras ella intentaba

calzarse un par de zapatos rosas con tacones y tiras. Estaba

alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto como

para poder llevar tacones. Jessica se había dirigido hacia el

mostrador de la joyería y estábamos las dos solas.

Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista

posible del zapato.

Me acobardé y dije:

—Me gustan.

—Creo que me los voy a llevar, aunque sólo van a hacer juego

con este vestido —musitó.

—Venga, adelante. Están en venta —la animé.

Ella sonrió mientras volvía a colocar la tapa de una caja que

contenía unos zapatos de color blanco y aspecto más práctico. Lo

intenté otra vez.

—Esto... Angela... —la aludida alzó los ojos con curiosidad.

— ¿Es normal que los Cullen falten mucho a clase?

Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en

mi intento de parecer indiferente.

—Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de

excursión varios días, incluso el doctor —me contestó en voz baja

y sin dejar de mirar a los zapatos—. Les encanta vivir al aire

libre.

No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles que

hubiera provocado la mía en los labios de Jessica. Angela estaba

empezando a caerme realmente bien.

—Vaya.

Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un

diamante de imitación que había encontrado en la joyería a juego

con sus zapatos plateados.

Habíamos planeado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano

junto al paseo marítimo, pero la compra de la ropa nos había

llevado menos tiempo del esperado. Jess y Angela fueron a dejar

las compras en el coche y entonces bajamos dando un paseo

hacia la bahía. Les dije que me reuniría con ellas en el restaurante

en una hora, ya que quería buscar una librería. Ambas se

mostraron deseosas de acompañarme, pero las animé a que se

divirtieran. Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando

estaba rodeada de libros, era algo que prefería hacer sola. Se

alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé

en la dirección indicada por Jess.

No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que

buscaba. Los escaparates estaban llenos de vasos de cristal,

dreamcatchers2 y libros sobre sanación espiritual. Ni siquiera entré.

2 [N. del T.] Objeto consistente en un círculo del que penden plumas en

cuyo centro hay una red; se cuelga en la pared de los dormitorios, ya que,

según la tradición de los indios ojibwa, atrapa las pesadillas de los niños

dormidos.

Desde fuera vi a una mujer de cincuenta años con una melena

gris que le caía sobre la espalda. Lucía un vestido de los años

sesenta y sonreía cordialmente detrás de un mostrador. Decidí

que era una conversación que me podía evitar. Tenía que haber

una librería normal en la ciudad.

Anduve entre las calles, llenas por el tráfico propio del final de la

jornada laboral, con la esperanza de dirigirme hacia el centro.

Caminaba sin saber adonde iba porque luchaba contra la

desesperación, intentaba no pensar en él con todas mis fuerzas y,

por encima de todo, pretendía acabar con mis esperanzas para el

viaje del sábado, temiendo una decepción aún más dolorosa que

el resto. Cuando alcé los ojos y vi un Volvo plateado aparcado en

la calle todo se me vino encima. Vampiro estúpido y voluble, pensé.

Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de

escaparates de apariencia prometedora, pero cuando llegué al

lugar, sólo se trataba de un establecimiento de reparaciones y

otro que estaba desocupado. Aún me quedaba mucho tiempo

para ir en busca de Jess y Angela, y necesitaba recuperar el ánimo

antes de reunirme con ellas. Después de mesarme los cabellos un

par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué

para doblar la esquina.

Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la

dirección equivocada. Los pocos viandantes que había visto se

dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la zona

parecían almacenes. Decidí dirigirme al este en la siguiente

esquina y luego dar la vuelta detrás de unos bloques de edificios

para probar suerte en otra calle y regresar al paseo marítimo.

Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me

dirigía. Yo vestía de manera demasiado informal para ser alguien

que volvía a casa después de la oficina, pero ellos iban

demasiado sucios para ser turistas. Me percaté de que no debían

de tener muchos más años que yo conforme se fueron

aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose

escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí pitando

lo más lejos posible de la parte interior de la acera para dejarles

vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la esquina, detrás

de ellos.

— ¡Eh, ahí! —dijo uno al pasar.

Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por

los alrededores. Alcé la vista de inmediato. Dos de ellos se habían

detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo,

un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de veinte años,

era el que parecía haber hablado. Llevaba una camisa de franela

abierta sobre una camiseta sucia, unos vaqueros con desgarrones

y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.

— ¡Pero bueno! —murmuré de forma instintiva.

Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina.

Les podía oír reírse estrepitosamente detrás de mí.

— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve

la cabeza gacha y doblé la esquina con un suspiro de alivio. Aún

les oía reírse ahogadamente a mis espaldas.

Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte

posterior de varios almacenes de colores sombríos, cada uno con

grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas

con candados durante la noche. La parte sur de la calle carecía de

acera, consistía en una cerca de malla metálica rematada en

alambre de púas por la parte superior con el fin de proteger

algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje. En mi

vagabundeo había pasado de largo por la parte de Port Angeles

que tenía intención de ver como turista. Descubrí que anochecía

cuando las nubes regresaron, arracimándose en el horizonte de

poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el cielo seguía

siendo claro, pero, rasgado por rayas naranjas y rosáceas,

comenzaba a agrisarse. Me había dejado la cazadora en el coche y

un repentino escalofrío hizo que me abrazara con fuerza el torso.

Una única furgoneta pasó a mi lado y luego la carretera se quedó

vacía.

De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del

hombro para localizar a la nube causante de esa penumbra, me

asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían

sigilosamente a seis metros.

Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la

esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que se había

dirigido a mí. De inmediato, miré hacia delante y aceleré el paso.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el tiempo me recorrió la

espalda. Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa

cruzada alrededor del pecho, como se suponía que tenía que

llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía

exactamente dónde estaba mi aerosol de autodefensa, en el talego

de debajo de la cama que nunca había llegado a desempaquetar.

No llevaba mucho dinero encima, sólo veintitantos dólares, pero

pensé en arrojar «accidentalmente» el bolso y alejarme andando.

Mas una vocecita asustada en el fondo de mi mente me previno

que podrían ser algo peor que ladrones.

Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los

comparaba con el bullicio que estaban armando antes. No parecía

que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más

cerca. Respira, tuve que recordarme. No sabes si te están siguiendo.

Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr,

concentrándome en el giro que había a mano derecha, a pocos

metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban

antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche azul giró

en la calle y pasó velozmente a mi lado. Pensé en plantarme de

un salto delante de él, pero dudé, inhibida al no saber si

realmente me seguían, y entonces fue demasiado tarde.

Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un

callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro edificio.

En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía rectificar a

toda prisa, cruzar como un bólido el estrecho paseo y volver a la

acera. La calle finalizaba en la próxima esquina, donde había una

señal de stop. Me concentré en los débiles pasos que me seguían

mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más

lejanos, aunque sabía que, en cualquier caso, me podían alcanzar

si corrían. Estaba segura de que tropezaría y me caería de ir más

deprisa. Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso me

arriesgué a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vi

con alivio que ahora estaban a doce metros de mí, pero ambos

me miraban fijamente.

El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una

eternidad. Mantuve un ritmo vivo, hasta el punto de rezagarlos

un poco más con cada paso que daba. Quizás hubieran

comprendido que me habían asustado y lo lamentaban. Vi cruzar

la intersección a dos automóviles que se dirigieron hacia el norte.

Estaba a punto de llegar, y suspiré aliviada. En cuanto hubiera

dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor.

En un momento doblé la esquina con un suspiro de

agradecimiento.

Y me deslicé hasta el stop.

A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin

ventanas. A lo lejos podía ver dos intersecciones, farolas,

automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban demasiado

lejos, ya que los otros dos hombres del grupo estaban en mitad

de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste,

mirándome con unas sonrisas de excitación que me dejaron

petrificada en la acera. Súbitamente comprendí que no me habían

estado siguiendo.

Me habían estado conduciendo como al ganado.

Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho

tiempo. Di media vuelta y me lancé como una flecha hacia el otro

lado dé la acera. Tuve la funesta premonición de que era un

intento estéril. Las pisadas que me seguían se oían más fuertes.

— ¡Ahí está!

La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la

intensa quietud y me hizo saltar. En la creciente oscuridad

parecía que iba a pasar de largo.

— ¡Sí! —Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto

mientras intentaba correr calle abajo—. Apenas nos hemos

desviado.

Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada

rapidez la distancia respecto a los dos que esperaban apoyados

en la pared. Era capaz de chillar con mucha potencia e inspiré

aire, preparándome para proferir un grito, pero tenía la garganta

demasiado seca para estar segura del volumen que podría

generar. Con un rápido movimiento deslicé el bolso por encima

de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o

usarlo como arma, según lo dictasen las circunstancias.

El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me

detuve con cautela y caminó lentamente por la calle.

—Apártese de mí —le previne con voz que se suponía debía

sonar fuerte y sin miedo, pero tenía razón en lo de la garganta

seca, y salió... sin volumen.

—No seas así, ricura —gritó, y una risa ronca estalló detrás de

mí.

Separé los pies, me aseguré en el suelo e intenté recordar, a pesar

del pánico, lo poco de autodefensa que sabía. La base de la mano

hacia arriba para romperle la nariz, con suerte, o incrustándosela

en el cerebro. Introducir los dedos en la cuenca del ojo,

intentando engancharlos alrededor del hueso para sacarle el ojo.

Y el habitual rodillazo a la ingle, por supuesto. Esa misma

vocecita pesimista habló de nuevo para recordarme que

probablemente no tendría ninguna oportunidad contra uno, y

eran cuatro. « ¡Cállate!», le ordené a la voz antes de que el pánico

me incapacitara. No iba a caer sin llevarme a alguno conmigo.

Intenté tragar saliva para ser capaz de proferir un grito aceptable.

Súbitamente, unos faros aparecieron a la vuelta de la esquina. El

coche casi atropello al gordo, obligándole a retroceder hacia la

acera de un salto. Me lancé al medio de la carretera. Ese auto iba

a pararse o tendría que atropellarme, pero, de forma totalmente

inesperada, el coche plateado derrapó hasta detenerse con la

puerta del copiloto abierta a menos de un metro.

—Entra —ordenó una voz furiosa.

Fue sorprendente cómo ese miedo asfixiante se desvaneció al

momento, y sorprendente también la repentina sensación de

seguridad que me invadió, incluso antes de abandonar la calle,

en cuanto oí su voz. Salté al asiento y cerré la puerta de un

portazo.

El interior del coche estaba a oscuras, la puerta abierta no había

proyectado ninguna luz, por lo que a duras penas conseguí verle

el rostro gracias a las luces del salpicadero. Los neumáticos

chirriaron cuando rápidamente aceleró y dio un volantazo que

hizo girar el vehículo hacia los atónitos hombres de la calle antes

de dirigirse al norte de la ciudad. Los vi de refilón cuando se

arrojaron al suelo mientras salíamos a toda velocidad en

dirección al puerto.

—Ponte el cinturón de seguridad —me ordenó; entonces

comprendí que me estaba aferrando al asiento con las dos manos.

Le obedecí rápidamente. El chasquido al enganchar el cinturón

sonó con fuerza en la penumbra. Se desvió a la izquierda para

avanzar a toda velocidad, saltándose varias señales de stop sin

detenerse.

Pero me sentía totalmente segura y, por el momento, daba igual

adonde fuéramos. Le miré con profundo alivio, un alivio que iba

más allá de mi repentina liberación. Estudié las facciones

perfectas del rostro de Edward a la escasa luz del salpicadero,

esperando a recuperar el aliento, hasta que me pareció que su

expresión reflejaba una ira homicida.

— ¿Estás enfadado conmigo? —le pregunté, sorprendida de lo

ronca que sonó mi voz.

—No —respondió tajante, pero su tono era de furia.

Me quedé en silencio, contemplando su cara mientras él miraba

al frente con unos ojos rojos como brasas, hasta que el coche se

detuvo de repente. Miré alrededor, pero estaba demasiado

oscuro para ver otra cosa que no fuera la vaga silueta de los

árboles en la cuneta de la carretera. Ya no estábamos en la

ciudad.

— ¿Bella? —preguntó con voz tensa y mesurada.

— ¿Sí?

Mi voz aún sonaba ronca. Intenté aclararme la garganta en

silencio.

— ¿Estás bien?

Aún no me había mirado, pero la rabia de su cara era evidente.

—Sí —contesté con voz ronca.

—Distráeme, por favor —ordenó.

—Perdona, ¿qué?

Suspiró con acritud.

—Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me

calme —aclaró mientras cerraba los ojos y se pellizcaba el puente

de la nariz con los dedos pulgar e índice.

—Eh... —me estrujé los sesos en busca de alguna trivialidad—.

Mañana antes de clase voy a atropellar a Tyler Crowley.

Edward siguió con los ojos cerrados, pero curvó la comisura de

los labios.

— ¿Por qué?

—Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción...

O está loco o intenta hacer olvidar que casi me mata cuando...

Bueno, tú lo recuerdas, y cree que la promoción es la forma

adecuada de hacerlo. Estaremos en paz si pongo en peligro su

vida y ya no podrá seguir intentando enmendarlo. No necesito

enemigos, y puede que Lauren se apacigüe si Tyler me deja

tranquila. Aunque también podría destrozarle el Sentra. No

podrá llevar a nadie al baile de fin de curso si no tiene coche... —

proseguí.

—Estaba enterado —sonó algo más sosegado.

— ¿Sí? —pregunté incrédula; mi irritación previa se enardeció—.

Si está paralítico del cuello para abajo, tampoco podrá ir al baile

de fin de curso —musité, refinando mi plan.

Edward suspiró y al fin abrió los ojos.

— ¿Estás bien?

—En realidad, no.

Esperé, pero no volvió a hablar. Reclinó la cabeza contra el

asiento y miró el techo del Volvo. Tenía el rostro rígido.

— ¿Qué es lo que pasa? —inquirí con un hilo de voz.

—A veces tengo problemas con mi genio, Bella.

También él susurraba, y no dejaba de mirar por la ventana

mientras lo hacía, con los ojos entrecerrados.

—Pero no me conviene dar media vuelta y dar caza a esos... —no

terminó la frase, desvió la mirada y volvió a luchar por controlar

la rabia. Luego, continuó—: Al menos, eso es de lo que me

intento convencer.

—Ah.

La palabra parecía inadecuada, pero no se me ocurría una

respuesta mejor. De nuevo permanecimos sentados en silencio.

Miré el reloj del salpicadero, que marcaba las seis y media

pasadas.

—Jessica y Angela se van a preocupar —murmuré—. Iba a

reunirme con ellas.

Arrancó el motor sin decir nada más, girando con suavidad y

regresando rápidamente hacia la ciudad. Siguió conduciendo a

gran velocidad cuando estuvimos bajo las lámparas, sorteando

con facilidad los vehículos más lentos que cruzaban el paseo

marítimo. Aparcó en paralelo al bordillo en un espacio que yo

habría considerado demasiado pequeño para el Volvo, pero él lo

encajó sin esfuerzo al primer intento. Miré por la ventana en

busca de las luces de La Bella Italia. Jess y Angela acababan de

salir y se alejaban caminando con rapidez.

— ¿Cómo sabías dónde...? —comencé, pero luego me limité a

sacudir la cabeza. Oí abrirse la puerta y me giré para verle salir.

— ¿Qué haces?

—Llevarte a cenar.

Sonrió levemente, pero la mirada continuaba siendo severa. Se

alejó del coche y cerró de un portazo. Me peleé con el cinturón de

seguridad y me apresuré a salir también del coche. Me esperaba

en la acera y habló antes de que pudiera despegar los labios.

—Detén a Jessica y Angela antes de que también deba buscarlas a

ellas. Dudo que pudiera volver a contenerme si me tropiezo otra

vez con tus amigos.

Me estremecí ante el tono amenazador de su voz.

— ¡Jess, Angela! —les grité, saludando con el brazo cuando se

volvieron. Se apresuraron a regresar. El manifiesto alivio de sus

rostros se convirtió en sorpresa cuando vieron quién estaba a mi

lado. A unos metros de nosotros, vacilaron.

— ¿Dónde has estado? —preguntó Jessica con suspicacia.

—Me perdí —admití con timidez—, y luego me encontré con

Edward.

Le señalé con un gesto.

— ¿Os importaría que me uniera a vosotras? —preguntó con voz

sedosa e irresistible. Por sus rostros estupefactos supe que él

nunca antes había empleado a fondo sus talentos con ellas.

—Eh, sí, claro —musitó Jessica.

—De hecho —confesó Angela—, Bella, lo cierto es que ya hemos

cenado mientras te esperábamos... Perdona.

—No pasa nada —me encogí de hombros—. No tengo hambre.

—Creo que deberías comer algo —intervino Edward en voz baja,

pero autoritaria. Buscó a Jessica con la mirada y le habló un poco

más alto—: ¿Os importa que lleve a Bella a casa esta noche? Así,

no tendréis que esperar mientras cena.

—Eh, supongo que no... hay problema...

Jess se mordió el labio en un intento de deducir por mi expresión

si era eso lo que yo quería. Le guiñé un ojo. Nada deseaba más

que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había tantas

preguntas con las que no le podía bombardear mientras no

estuviéramos solos...

—De acuerdo —Angela fue más rápida que Jessica—. Os vemos

mañana, Bella, Edward...

Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude

ver un poco más lejos, aparcado en First Street. Cuando entraron,

Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su rostro supe que se

moría de curiosidad. Le devolví el saludo y esperé a que se

alejaran antes de volverme hacia Edward.

—De verdad, no tengo hambre —insistí mientras alzaba la

mirada para estudiar su rostro. Su expresión era inescrutable.

—Compláceme.

Se dirigió hasta la puerta del restaurante y la mantuvo abierta

con gesto obstinado. Evidentemente, no había discusión posible.

Pasé a su lado y entré con un suspiro de resignación.

Era temporada baja para el turismo en Port Angeles, por lo que el

restaurante no estaba lleno. Comprendí el brillo de los ojos de

nuestra anfitriona mientras evaluaba a Edward. Le dio la

bienvenida con un poco más de entusiasmo del necesario. Me

sorprendió lo mucho que me molestó. Me sacaba varios

centímetros y era rubia de bote.

— ¿Tienen una mesa para dos? —preguntó Edward con voz

tentadora, lo pretendiese o no.

Vi cómo los ojos de la rubia se posaban en mí y luego se

desviaban, satisfecha por mi evidente normalidad y la falta de

contacto entre Edward y yo. Nos condujo a una gran mesa para

cuatro en el centro de la zona más concurrida del comedor.

Estaba a punto de sentarme cuando Edward me indicó lo

contrario con la cabeza.

— ¿Tiene, tal vez, algo más privado? —insistió con voz suave a la

anfitriona. No estaba segura, pero me pareció que le entregaba

discretamente una propina. No había visto a nadie rechazar una

mesa salvo en las viejas películas.

—Naturalmente —parecía tan sorprendida como yo. Se giró y

nos condujo alrededor de una mampara hasta llegar a una sala

de reservados—. ¿Algo como esto?

—Perfecto.

Le dedicó una centelleante sonrisa a la dueña, dejándola

momentáneamente deslumbrada.

—Esto... —sacudió la cabeza, bizqueando—. Ahora mismo les

atiendo.

Se alejó caminando con paso vacilante.

—De veras, no deberías hacerle eso a la gente —le critiqué—. Es

muy poco cortés.

— ¿Hacer qué?

—Deslumbrarla... Probablemente, ahora está en la cocina

hiperventilando.

Pareció confuso.

—Oh, venga —le dije un poco dubitativa—. Tienes que saber el

efecto que produces en los demás.

Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.

— ¿Los deslumbro?

— ¿No te has dado cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta

facilidad?

Ignoró mis preguntas.

— ¿Te deslumbro a ti?

—Con frecuencia —admití.

Entonces llegó la camarera, con rostro expectante. La anfitriona

había hecho mutis por el foro definitivamente, y la nueva chica

no parecía decepcionada. Se echó un mechón de su cabello negro

detrás de la oreja, y sonrió con innecesaria calidez.

—Hola. Me llamo Amber y voy a atenderles esta noche. ¿Qué les

pongo de beber?

No pasé por alto que sólo se dirigía a él. Edward me miró.

—Voy a tomar una CocaCola.

Pareció una pregunta.

—Dos —dijo él.

—Enseguida las traigo —le aseguró con otra sonrisa innecesaria,

pero él no lo vio, porque me miraba a mí.

— ¿Qué pasa? —le pregunté cuando se fue la camarera. Tenía la

mirada fija en mi rostro.

— ¿Cómo te sientes?

—Estoy bien —contesté, sorprendida por la intensidad.

— ¿No tienes mareos, ni frío, ni malestar...? y

— ¿Debería?

Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.

—Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.

Su rostro se contrajo al esbozar aquella perfecta sonrisa de

picardía.

—Dudo que eso vaya a suceder —respondí después de tomar

aliento—. Siempre se me ha dado muy bien reprimir las cosas

desagradables.

—Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de

glucosa y comida.

La camarera apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines

en ese preciso momento. Permaneció de espaldas a mí mientras

las colocaba sobre la mesa.

— ¿Han decidido qué van a pedir? —preguntó a Edward.

— ¿Bella? —inquirió él.

Ella se volvió hacia mí a regañadientes. Elegí lo primero que vi

en el menú.

—Eh... Tomaré el ravioli de setas.

— ¿Y usted?

Se volvió hacia Edward con una sonrisa.

—Nada para mí —contestó.

No, por supuesto que no.

—Si cambia de opinión, hágamelo saber.

La sonrisa coqueta seguía ahí, pero él no la miraba y la camarera

se marchó descontenta.

—Bebe —me ordenó.

Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente;

luego, bebí a tragos más largos, sorprendida de la sed que tenía.

Comprendí que me la había terminado toda cuando Edward

empujó su vaso hacia mí.

—Gracias —murmuré, aún sedienta.

El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.

— ¿Tienes frío?

—Es sólo la Coca—Cola —le expliqué mientras volvía a

estremecerme.

— ¿No tienes una cazadora? —me reprochó.

—Sí —miré a la vacía silla contigua y caí en la cuenta—. Vaya,

me la he dejado en el coche de Jessica.

Edward se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro,

simplemente. Me concentré para obligarme a hacerlo en ese

momento. Se estaba quitando su cazadora de cueto beis debajo

de la cual llevaba un suéter de cuello vuelto que se ajustaba muy

bien, resaltando lo musculoso que era su pecho.

Me entregó su cazadora y me interrumpió mientras me lo comía

con los ojos.

—Gracias —dije nuevamente mientas deslizaba los brazos en su

cazadora.

La prenda estaba helada, igual que cuando me ponía mi ropa a

primera hora de la mañana, colgada en el vestíbulo, en el que hay

mucha corriente de aire. Tirité otra vez. Tenía un olor asombroso.

Lo olisqueé en un intento de identificar aquel delicioso aroma,

que no se parecía a ninguna colonia. Las mangas eran demasiado

largas y las eché hacia atrás para tener libres las manos.

—Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul —

observó mientras me miraba. Me sorprendió y bajé la vista,

sonrojada, por supuesto.

Empujó la cesta con los colines hacia mí.

—No voy a entrar en estado de shock, de verdad —protesté.

—Pues deberías, una persona normal lo haría, y tú ni siquiera

pareces alterada.

Daba la impresión de estar desconcertado. Me miró a los ojos y vi

que los suyos eran claros, más claros de lo que anteriormente los

había visto, de ese tono dorado que tiene el sirope de caramelo.

—Me siento segura contigo —confesé, impelida a decir de nuevo

la verdad. ,

Aquello le desagradó y frunció su frente de alabastro. Ceñudo,

sacudió la cabeza y murmuró para sí:

—Esto es más complicado de lo que pensaba.

Tomé un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo,

evaluando su expresión. Me pregunté cuándo sería el momento

oportuno para empezar a interrogarle.

—Normalmente estás de mejor humor cuando tus ojos brillan —

comenté, intentando distraerle de cualquiera que fuera el

pensamiento que le había dejado triste y sombrío. Atónito, me

miró.

— ¿Qué?

—Estás de mal humor cuando tienes los ojos negros. Entonces,

me lo veo venir —continué—. Tengo una teoría al respecto.

Entrecerró los ojos y dijo:

— ¿Más teorías?

—Aja.

Mastiqué un colín al tiempo que intentaba parecer indiferente.

—Espero que esta vez seas más creativa, ¿o sigues tomando ideas

de los tebeos?

La imperceptible sonrisa era burlona, pero la mirada se mantuvo

severa.

—Bueno, no. No la he sacado de un tebeo, pero tampoco me la he

inventado—confesé.

— ¿Y? —me incitó a seguir, pero en ese momento la camarera

apareció detrás de la mampara con mi comida.

Me di cuenta de que, inconscientemente, nos habíamos ido

inclinando cada vez más cerca uno del otro, ya que ambos nos

erguimos cuando se aproximó. Dejó el plato delante de mí —

tenía buena pinta— y rápidamente se volvió hacia Edward para

preguntarle:

— ¿Ha cambiado de idea? ¿No hay nada que le pueda ofrecer?

Capté el doble significado de sus palabras.

—No, gracias, pero estaría bien que nos trajera algo más de

beber.

Él señaló los vasos vacíos que yo tenía delante con su larga mano

blanca.

—Claro.

Quitó los vasos vacíos y se marchó.

— ¿Qué decías?

—Te lo diré en el coche. Si... —hice una pausa.

— ¿Hay condiciones?

Su voz sonó ominosa. Enarcó una ceja.

—Tengo unas cuantas preguntas, por supuesto.

—Por supuesto.

La camarera regresó con dos vasos de CocaCola. Los dejó sobre

la mesa sin decir nada y se marchó de nuevo. Tomé un sorbito.

—Bueno, adelante —me instó, aún con voz dura.

Comencé por la pregunta menos exigente. O eso creía.

— ¿Por qué estás en Port Angeles?

Bajó la vista y cruzó las manos alargadas sobre la mesa muy

despacio para luego mirarme a través de las pestañas mientras

aparecía en su rostro el indicio de una sonrisa afectada.

—Siguiente pregunta.

—Pero ésa es la más fácil —objeté.

—La siguiente —repitió.

Frustrada, bajé los ojos. Moví los platos, tomé el tenedor, pinché

con cuidado un ravioli y me lo llevé a la boca con deliberada

lentitud, pensando al tiempo que masticaba. Las setas estaban

muy ricas. Tragué y bebí otro sorbo de mi refresco antes de

levantar la vista.

—En tal caso, de acuerdo —le miré y proseguí lentamente—.

Supongamos que, hipotéticamente, alguien es capaz de... saber

qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes, salvo unas

cuantas excepciones.

—Sólo una excepción —me corrigió—, hipotéticamente.

—De acuerdo entonces, una sola excepción.

Me estremecí cuando me siguió el juego, pero intenté parecer

despreocupada.

— ¿Cómo funciona? ¿Qué limitaciones tiene? ¿Cómo podría ese

alguien... encontrar a otra persona en el momento adecuado?

¿Cómo sabría que ella está en un apuro?

— ¿Hipotéticamente?

—Bueno, si... ese alguien...

—Supongamos que se llama Joe —sugerí.

Esbozó una sonrisa seca.

—En ese caso, Joe. Si Joe hubiera estado atento, la sincronización

no tendría por qué haber sido tan exacta —negó con la cabeza y

puso los ojos en blanco——. Sólo tú podrías meterte en líos en un

sitio tan pequeño. Destrozarías las estadísticas de delincuencia

para una década, ya sabes.

—Estamos hablando de un caso hipotético —le recordé con

frialdad.

Se rió de mí con ojos tiernos.

—Sí, cierto —aceptó—. ¿Qué tal si la llamamos Jane?

¿—Cómo lo supiste? —pregunté, incapaz de refrenar mi

ansiedad. Comprendí que volvía a inclinarme hacia él.

Pareció titubear, dividido por algún dilema interno. Nuestras

miradas se encontraron e intuí que en ese preciso instante estaba

tomando la decisión de si decir o no la verdad.

—Puedes confiar en mí, ya lo sabes —murmuré.

Sin pensarlo, estiré el brazo para tocarle las manos cruzadas, pero

Edward las retiró levemente y yo hice lo propio con las mías.

—No sé si tengo otra alternativa —su voz era un susurro—. Me

equivoqué. Eres mucho más observadora de lo que pensaba.

—Creí que siempre tenías razón.

—Así era —sacudió la cabeza otra vez—. Hay otra cosa en la que

también me equivoqué contigo. No eres un imán para los

accidentes... Esa no es una clasificación lo suficientemente

extensa. Eres un imán para los problemas. Si hay algo peligroso

en un radio de quince kilómetros, inexorablemente te encontrará.

— ¿Te incluyes en esa categoría? —Sin ninguna duda.

Su rostro se volvió frío e inexpresivo. Volví a estirar la mano por

la mesa, ignorando cuando él retiró levemente las suyas, para

tocar tímidamente el dorso de sus manos con las yemas de los

dedos. Tenía la piel fría y dura como una piedra.

—Gracias —musité con ferviente gratitud—. Es la segunda vez.

Su rostro se suavizó.

—No dejarás que haya una tercera, ¿de acuerdo?

Fruncí el ceño, pero asentí con la cabeza. Apartó su mano de

debajo de la mía y puso ambas sobre la mesa, pero se inclinó

hacia mí.

—Te seguí a Port Angeles —admitió, hablando muy deprisa—.

Nunca antes había intentado mantener con vida a alguien en

concreto, y es mucho más problemático de lo que creía, pero eso

tal vez se deba a que se trata de ti. La gente normal parece capaz

de pasar el día sin tantas catástrofes.

Hizo una pausa. Me pregunté si debía preocuparme el hecho de

que me siguiera, pero en lugar de eso, sentí un extraño espasmo

de satisfacción. Me miró fijamente, preguntándose tal vez por

qué mis labios se curvaban en una involuntaria sonrisa.

— ¿Crees que me había llegado la hora la primera vez, cuando

ocurrió lo de la furgoneta, y que has interferido en el destino? —

especulé para distraerme.

—Esa no fue la primera vez —replicó con dureza. Lo miré

sorprendida, pero él miraba al suelo—. La primera fue cuando te

conocí.

Sentí un escalofrío al oír sus palabras y recordar bruscamente la

furibunda mirada de sus ojos negros aquel primer día, pero lo

ahogó la abrumadora sensación de seguridad que sentía en

presencia de Edward.

— ¿Lo recuerdas? —inquirió con su rostro de ángel muy serio.

—Sí —respondí con serenidad.

—Y aun así estás aquí sentada —comentó con un deje de

incredulidad en su voz y enarcó una ceja.

—Sí, estoy aquí... gracias a ti —me callé y luego le incité—.

Porque de alguna manera has sabido encontrarme hoy.

Frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados mientras

volvía a cavilar. Lanzó una mirada a mi plato, casi intacto, y

luego a mí.

—Tú comes y yo hablo —me propuso.

Rápidamente saqué del plato otro ravioli con el tenedor, lo hice

estallar en mi boca y mastiqué de forma apresurada.

—Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual. Normalmente

puedo hallar a alguien con suma facilidad siempre que haya

«oído» su mente antes —me miró con ansiedad y comprendí que

me había quedado helada. Me obligué a tragar, pinché otro

ravioli y me lo metí en la boca.

—Vigilaba a Jessica sin mucha atención... Como te dije, sólo tú

puedes meterte en líos en Port Angeles. Al principio no me di

cuenta de que te habías ido por tu cuenta y luego, cuando

comprendí que ya no estabas con ellas, fui a buscarte a la librería

que vislumbré en la mente de Jessica. Te puedo decir que sé que

no llegaste a entrar y que te dirigiste al sur. Sabía que tendrías

que dar la vuelta pronto, por lo que me limité a esperarte,

investigando al azar en los pensamientos de los viandantes para

saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese modo dónde

estabas. No tenía razones para preocuparme, pero estaba

extrañamente ansioso...

Se sumió en sus pensamientos, mirando fijamente a la nada,

viendo cosas que yo no conseguía imaginar.

—Comencé a conducir en círculos, seguía alerta. El sol se puso al

fin y estaba a punto de salir y seguirte a pie cuando... —

enmudeció, rechinando los dientes con súbita ira. Se esforzó en

calmarse.

— ¿Qué pasó entonces? —susurré. Edward seguía mirando al

vacío por encima de mi cabeza.

—Oí lo que pensaban —gruñó; al torcer el gesto, el labio superior

se curvó mostrando sus dientes—, y vi tu rostro en sus mentes.

De repente, se inclinó hacia delante, con el codo apoyado en la

mesa y la mano sobre los ojos. El movimiento fue tan rápido que

me sobresaltó.

—Resultó duro, no sabes cuánto, dejarlos... vivos —el brazo

amortiguaba la voz—. Te podía haber dejado ir con Jessica y

Angela, pero temía —admitió con un hilo de voz— que, si me

dejabas solo, iría a por ellos.

Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de pensamientos

incoherentes, con las manos cruzadas sobre el vientre y recostada

lánguidamente contra el respaldo de la silla. El seguía con la

mano en el rostro, tan inmóvil que parecía una estatua tallada.

Finalmente alzó la vista y sus ojos buscaron los míos, rebosando

sus propios interrogantes.

— ¿Estás lista para ir a casa? —preguntó.

—Lo estoy para salir de aquí —precisé, inmensamente

agradecida de que nos quedara una hora larga de coche antes de

llegar a casa juntos. No estaba preparada para despedirme de él.

La camarera apareció como si la hubiera llamado, o estuviera

observando.

— ¿Qué tal todo? —preguntó a Edward.

—Dispuestos para pagar la cuenta, gracias.

Su voz era contenida pero más ronca, aún reflejaba la tensión de

nuestra conversación. Aquello pareció acallarla. Edward alzó la

vista, aguardando.

—Claro —tartamudeó—. Aquí la tiene.

La camarera extrajo una carpetita de cuero del bolsillo delantero

de su delantal negro y se la entregó.

Edward ya sostenía un billete en la mano. Lo deslizó dentro de la

carpetita y se la devolvió de inmediato.

—Quédese con el cambio.

Sonrió, se puso de pie y le imité con torpeza. Ella volvió a

dirigirle una sonrisa insinuante.

—Que tengan una buena noche.

Edward no apartó los ojos de mí mientras le daba las gracias.

Reprimí una sonrisa.

Caminó muy cerca de mí hasta la puerta, pero siguió poniendo

mucho cuidado en no tocarme. Recordé lo que Jessica había

dicho de su relación con Mike, y cómo casi habían avanzado

hasta la fase del primer beso. Suspiré. Edward me oyó, y me miró

con curiosidad. Yo clavé la mirada en la acera, muy agradecida

de que pareciera incapaz de saber lo que pensaba.

Abrió la puerta del copiloto y la sostuvo hasta que entré. Luego,

la cerró detrás de mí con suavidad. Le contemplé dar la vuelta

por la parte delantera del coche, de nuevo sorprendida por el

garbo con que se movía. Probablemente debería haberme

habituado a estas alturas, pero no era así. Tenía la sensación de

que Edward no era la clase de persona a la que alguien pueda

acostumbrarse.

Una vez dentro, arrancó y puso al máximo la calefacción. Había

refrescado mucho y supuse que el buen tiempo se había

terminado, aunque estaba bien caliente con su cazadora, oliendo

su aroma cuando creía que no me veía.

Se metió entre el tráfico, aparentemente sin mirar, y fue

esquivando coches en dirección a la autopista.

—Ahora —dijo de forma elocuente—, te toca a ti.

TEORIA

— ¿Puedo hacerte sólo una pregunta más? —imploré mientras

aceleraba a toda velocidad por la calle desierta. No parecía

prestar atención alguna a la carretera.

Suspiró.

—Una —aceptó. Frunció los labios, que se convirtieron en una

línea llena de recelo.

—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y

que me había dirigido hacia el sur. Sólo me preguntaba cómo lo

sabías.

Desvió la vista a propósito.

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —

refunfuñé.

Casi sonrió.

—De acuerdo. Seguí tu olor —miraba a la carretera, lo cual me

dio tiempo para recobrar la compostura. No podía admitir que

ésa fuera una respuesta aceptable, pero la clasifiqué

cuidadosamente para estudiarla más adelante. Intenté retomar el

hilo de la conversación. Tampoco estaba dispuesta a dejarle

terminar ahí, no ahora que al fin me estaba explicando cosas.

—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dije

para ganar tiempo.

Me miró con desaprobación.

— ¿Cuál?

— ¿Cómo funciona lo de leer mentes? ¿Puedes leer la mente de

cualquiera en cualquier parte? ¿Cómo lo haces? ¿Puede hacerlo el

resto de tu familia...?

Me sentí estúpida al pedir una aclaración sobre una fantasía.

—Has hecho más de una pregunta —puntualizó. Me limité a

entrecruzar los dedos y esperar—. Sólo yo tengo esa facultad, y

no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante

cerca. Cuanto más familiar me resulta esa «voz», más lejos soy

capaz de oírla, pero aun así, no más de unos pocos kilómetros —

hizo una pausa con gesto meditabundo—. Se parece un poco a

un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez.

Sólo es un zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que

localizo una voz, y entonces está claro lo que piensan... La mayor

parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer

demasiado y así es más fácil parecer normal—frunció el ceño al

pronunciar la palabra—, y no responder a los pensamientos de

alguien antes de que los haya expresado con palabras.

Me miró con ojos enigmáticos.

— ¿Por qué crees que no puedes «oírme»? —pregunté con

curiosidad.

—No lo sé —murmuró—. Mi única suposición es que tal vez tu

mente funcione de forma diferente a la de los demás. Es como si

tus pensamientos fluyeran en onda media y yo sólo captase los

de frecuencia modulada.

Me sonrió, repentinamente divertido.

— ¿Mi mente no funciona bien? ¿Soy un bicho raro?

Esas palabras me preocuparon más de lo previsto,

probablemente porque había dado en la diana. Siempre lo había

sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.

—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un

bicho raro —se rió—. No te inquietes, es sólo una teoría. .. —su

rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.

Suspiré. ¿Cómo empezar?

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —me

recordó con dulzura.

Aparté la vista del rostro de Edward por primera vez en un

intento de hallar las palabras y vi el indicador de velocidad.

— ¡Dios santo! —grité—. ¡Ve más despacio!

— ¿Qué pasa? —se sobresaltó, pero el automóvil no desaceleró.

— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí chillando.

Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba

demasiado oscuro para distinguir mucho. La carretera sólo era

visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El

bosque que flanqueaba ambos lados de la carretera parecía un

muro negro, tan duro como un muro de hierro si nos salíamos de

la carretera a esa velocidad.

—Tranquilízate, Bella.

Puso los ojos en blanco sin reducir aún la velocidad.

— ¿Pretendes que nos matemos? —quise saber.

—No vamos a chocar.

Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:

— ¿Por qué vamos tan deprisa?

—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la

boca.

— ¡No apartes la vista de la carretera!

—Nunca he tenido un accidente, Bella, ni siquiera me han puesto

una multa —sonrió y se acarició varias veces la frente—. A

prueba de radares detectores de velocidad.

—Muy divertido —estaba que echaba chispas—. Charlie es

policía, ¿recuerdas? He crecido respetando las leyes de tráfico.

Además, si nos la pegamos contra el tronco de un árbol y nos

convertimos en una galleta de Volvo, tendrás que regresar a pie.

—Probablemente —admitió con una fuerte aunque breve

carcajada—, pero tú no —suspiró y vi con alivio que la aguja

descendía gradualmente hasta los ciento veinte.

— ¿Satisfecha?

—Casi.

—Odio conducir despacio —musitó.

— ¿A esto le llamas despacio?

—Basta de criticar mi conducción —dijo bruscamente—, sigo

esperando tu última teoría.

Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos

—No me voy a reír —prometió.

—Temo más que te enfades conmigo.

— ¿Tan mala es?

—Bastante, sí.

Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le

pude ver la expresión.

—Adelante —me animó con voz tranquila.

—No sé cómo empezar —admití.

— ¿Por qué no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu

invención.

—No.

— ¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película? —me

sondeó.

—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y

contemplar su rostro. Pareció confundido—. Me encontré con un

viejo amigo de la familia... Jacob Black —proseguí—. Su padre y

Charlie han sido amigos desde que yo era niña.

Aún parecía perplejo.

—Su padre es uno de los ancianos de los quileute —lo examiné

con atención. Una expresión helada sustituyó al desconcierto

anterior—. Fuimos a dar un paseo... —evité explicarle todas mis

maquinaciones para sonsacar la historia—, y él me estuvo

contando viejas leyendas para asustarme —vacilé—. Me contó

una...

—Continúa.

—... sobre vampiros.

En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora

no le podía ver la cara, pero sí los nudillos tensos, convulsos, de

las manos en el volante.

— ¿E inmediatamente te acordaste de mí?

Seguía tranquilo.

—No. Jacob mencionó a tu familia.

Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De

repente, me alarmé, preocupada por proteger a Jacob.

—Sólo creía que era una superstición estúpida —añadí

rápidamente—. No esperaba que yo me creyera ni una palabra —

mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que confesar

—: Fue culpa mía. Le obligué a contármelo.

— ¿Por qué?

—Lauren dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. Un joven

mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a la reserva,

sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por

lo que me llevé a Jacob a solas y le engañé para que me lo contara

—admití con la cabeza gacha.

— ¿Cómo le engañaste?

—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había

pensado —la incredulidad llenó mi voz cuando lo evoqué.

—Me gustaría haberlo visto —se rió entre dientes de forma

sombría—. Y tú me acusas de confundir a la gente... ¡Pobre Jacob

Black!

Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través

de la ventanilla.

— ¿Qué hiciste entonces? —preguntó un minuto después.

—Busqué en Internet.

— ¿Y eso te convenció? —su voz apenas parecía interesada, pero

sus manos aferraban con fuerza el volante.

—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —

me detuve.

— ¿Qué?

—Decidí que no importaba —susurré.

— ¡¿Que no importaba?! —el tono de su voz me hizo alzar los

ojos. La máscara tan cuidadosamente urdida se había roto

finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve atisbo de la

rabia que yo temía.

—No —dije suavemente—. No me importa lo que seas.

— ¿No te importa que sea un monstruo? —su voz reflejó una

nota severa y burlona

— ¿Que no sea humano?

—No.

Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.

—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.

—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara

—. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo que pienses sea

una locura.

—Así que, ¿me equivoco otra vez? —le desafié.

—No me refiero a eso. «No importaba» —me citó, apretando los

dientes.

— ¿Estoy en lo cierto? —contesté con un respingo.

¿Importa?

Respiré hondo.

—En realidad, no —hice una pausa—. Siento curiosidad.

Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.

— ¿Sobre qué sientes curiosidad?

— ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —respondió de inmediato.

— ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?

Frunció los labios mientras miraba la carretera.

—Bastante —admitió, al fin.

—De acuerdo.

Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus

vigilantes ojos me miraban con más frecuencia que antes, cuando

le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé una

sonrisa más amplia de estímulo y él frunció el ceño.

—No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?

En cualquier caso, se rió.

—Un mito.

— ¿No te quema el sol?

—Un mito.

— ¿Y lo de dormir en ataúdes?

—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se

filtró en su voz—. No puedo dormir.

Necesité un minuto para comprenderlo.

— ¿Nada?

—Jamás —contestó con voz apenas audible.

Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos

dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad de

pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.

—Aún no me has formulado la pregunta más importante.

Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo

con ojos gélidos. Parpadeé, todavía confusa.

— ¿Cuál?

— ¿No te preocupa mi dieta? —preguntó con sarcasmo.

—Ah —musité—, ésa.

—Sí, ésa —remarcó con voz átona—. ¿No quieres saber si bebo

sangre?

Retrocedí.

—Bueno, Jacob me dijo algo al respecto.

— ¿Qué dijo Jacob? —preguntó cansinamente.

—Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra

familia no era peligrosa porque sólo dabais caza a animales.

— ¿Dijo que no éramos peligrosos?

Su voz fue profundamente escéptica.

—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los

quileutes siguen sin quereros en sus tierras, sólo por si acaso.

Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.

—Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazáis personas? —

pregunté, intentando alterar la voz lo menos posible.

—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.

Lo acepté como una confirmación.

—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen

razón al mantener la distancia con nosotros.

—No comprendo.

—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en

todo lo que hacemos, pero a veces cometemos errores. Yo, por

ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.

— ¿Esto es un error?

Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había

advertido.

—Uno muy peligroso —murmuró.

A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo

giraban las luces del coche con las curvas de la carretera. Se

movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un

videojuego. Era consciente de que el tiempo se me escapaba

rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y

tuve un miedo espantoso a no disponer de otra oportunidad para

estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin

muros entre nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y

retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos

que tenía a su lado.

—Cuéntame más —pedí con desesperación, sin preocuparme de

lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.

Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había

operado en mi voz.

— ¿Qué más quieres saber?

—Dime por qué cazáis animales en lugar de personas —sugerí

con voz aún alterada por la desesperación. Tomé conciencia de

que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba

apoderarse de mí.

—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.

—Pero ¿no bastan los animales?

Hizo una pausa.

—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía

con vivir a base de queso y leche de soja. Nos llamamos a

nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste

privado. No sacia el apetito por completo, bueno, más bien la

sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la

mayoría de las veces —su voz sonaba a presagio—. Unas veces es

más difícil que otras. — ¿Te resulta muy difícil ahora?

Suspiró.

—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza,

afirmando, no preguntando.

— ¿Qué te hace pensar eso?

—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de

que la gente, y los hombres en particular, se enfada cuando tiene

hambre.

Se rió entre dientes.

—Eres muy observadora, ¿verdad?

No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la

memoria.

—Este fin de semana estuvisteis cazando, ¿verdad? —quise saber

cuando todo se hubo calmado.

—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo

decir algo o no—. No quería salir, pero era necesario. Es un poco

más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

— ¿Por qué no querías marcharte?

—El estar lejos de ti me pone... ansioso —su mirada era amable e

intensa; y me estremecí hasta la médula—. No bromeaba cuando

te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves

pasado. Estuve abstraído todo el fin de semana, preocupándome

por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que

hayas salido indemne del fin de semana —movió la cabeza;

entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.

— ¿Qué?

—Tus manos —me recordó.

Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas

de los pulpejos. A Edward no se le escapaba nada.

—Me caí —reconocí con un suspiro.

—Eso es lo que pensé —las comisuras de sus labios se curvaron

—. Supongo que, siendo tú, podía haber sido mucho peor, y esa

posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron

tres días realmente largos y la verdad es que puse a Emmett de

los nervios.

Me sonrió compungido.

— ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?

—No, volvimos el domingo.

—Entonces, ¿por qué no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?

Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me

había llevado a causa de su ausencia.

—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero

no puedo salir a la luz del día... Al menos, no donde me pueda

ver alguien.

— ¿Por qué?

—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.

Pensé en ello durante un momento.

—Me podías haber llamado —decidí.

Se quedó confuso.

—Pero sabía que estabas a salvo.

—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los

ojos.

— ¿Qué? —me impelió con voz arrulladora.

—Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.

Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista

con aprensión. Observé su expresión apenada.

—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.

No comprendí esa respuesta. ¿Qué he dicho?

— ¿No lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto

involucrada, es una de las que me hace sentir peor —fijó los ojos

en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad

que casi no lo comprendí—. No quiero oír que te sientas así —

dijo con voz baja, pero apremiante—. Es un error. No es seguro.

Bella, soy peligroso. Grábatelo, por favor.

—No.

Me esforcé por no parecer una niña enfurruñada.

—Hablo en serio —gruñó.

—También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado

tarde.

—Jamás digas eso —espetó con dureza y en voz baja.

Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía

aquello. Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar cerca.

Conducía mucho más deprisa.

— ¿En qué piensas? —inquirió con voz aún ruda.

Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera

capaz de hablar.

— ¿Estás llorando?

No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se

había desbordado. Rápidamente, me froté la mejilla con la mano

y, efectivamente, allí estaban las lágrimas delatoras,

traicionándome.

—No —negué, pero mi voz se quebró.

Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se

contuvo y lentamente la volvió a poner en el volante.

—Lo siento —se disculpó con voz pesarosa.

Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me

habían perturbado. La oscuridad se deslizaba a nuestro lado en

silencio.

—Dime una cosa —pidió después de que hubiera transcurrido

otro minuto, y le oí controlarse para que su tono fuera ligero.

— ¿Sí?

—Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué

pensabas? No comprendí tu expresión... No parecías asustada,

sino más bien concentrada al máximo en algo.

—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes. ..

autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a ese... —pensé

en el tipo moreno con una oleada de odio.

— ¿Ibas a luchar contra ellos? —eso le perturbó—. ¿No pensaste

en correr?

—Me caigo mucho cuando corro —admití.

— ¿Y en chillar?

—Estaba a punto de hacerlo.

Sacudió la cabeza.

—Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el

destino al intentar mantenerte con vida.

Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El

viaje le había llevado menos de veinte minutos.

— ¿Te veré mañana? —quise saber.

—Sí. También he de entregar un trabajo —me sonrió—. Te

reservaré un asiento para almorzar.

Después de todo lo que habíamos pasado aquella noche, era una

tontería que esa pequeña promesa me causara tal excitación y me

impidiera articular palabra.

Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban

encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía absolutamente

normal. Era como despertar de un sueño. Detuvo el vehículo,

pero no me moví.

— ¿Me prometes estar ahí mañana?

—Lo prometo.

Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la

cabeza. Me quité la cazadora después de olería por última vez.

—Te la puedes quedar... No tienes una para mañana —me

recordó.

Se la devolví.

—No quiero tener que explicárselo a Charlie.

—Ah, de acuerdo.

Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé

mientras intentaba prolongar el momento.

— ¿Bella? —dijo en tono diferente, serio y dubitativo.

— ¿Sí? —me volví hacia él con demasiada avidez.

— ¿Vas a prometerme algo?

—Sí —respondí, y al momento me arrepentí de mi incondicional

aceptación. ¿Qué ocurría si me pedía que me alejara de él? No

podía mantener esa promesa.

—No vayas sola al bosque.

Le miré fijamente, totalmente confusa.

— ¿Por qué?

Frunció el ceño y miró con severidad por la ventana.

—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera.

Dejémoslo así.

Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero

estaba aliviada. Al menos, ésta era una promesa fácil de cumplir.

—Lo que tú digas.

—Nos vemos mañana —suspiró, y supe que deseaba que saliera

del coche.

—Entonces, hasta mañana.

Abrí la puerta a regañadientes.

— ¿Bella?

Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su

espléndido rostro pálido a unos centímetros del mío. Mi corazón

se detuvo.

—Que duermas bien —dijo.

Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito

aroma que emanaba de la cazadora, pero de una forma más

concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrada. Edward se

alejó.

Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la

mente. Entonces salí del coche con torpeza, teniendo que

apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una risita,

pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar que fuera

cierto.

Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y

entonces oí el sonido del motor del coche. Me volví a tiempo de

contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás de la

esquina. Me di cuenta de que hacía mucho frío.

Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie

me llamó desde el cuarto de estar.

— ¿Bella?

—Sí, papá, soy yo.

Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.

—Has vuelto pronto.

— ¿Sí? —estaba sorprendida.

—Aún no son ni las ocho —me dijo—. ¿Os habéis divertido?

—Sí, nos lo hemos pasado muy bien —la cabeza me dio vueltas

al intentar recordar todo el asunto de la salida de chicas que

había planeado—. Las dos encontraron vestidos.

— ¿Te encuentras bien?

—Sólo cansada. He caminado mucho.

—Bueno, quizás deberías acostarte ya.

Parecía preocupado. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara.

—Antes debo llamar a Jessica.

—Pero ¿no acabas de estar con ella? —preguntó sorprendido.

—Sí, pero me dejé la cazadora en su coche. Quiero asegurarme

de que mañana me la trae.

—Bueno, al menos dale tiempo de llegar a casa.

—Cierto —acepté.

Fui a la cocina y caí exhausta en una silla. Entonces empecé a

marearme de verdad. Me pregunté si, después de todo, no iba a

entrar en estado de sbock. ¡Contrólate!, me dije.

El teléfono me sobresaltó cuando sonó de repente. Levanté el

auricular de un tirón.

— ¿Diga? —pregunté entrecortadamente.

— ¿Bella?

—Hola, Jes. Ahora te iba a llamar.

— ¿Estás eh casa?—su voz reflejaba sorpresa y alivio.

—Sí. Me dejé la cazadora en tu coche. ¿Me la puedes traer

mañana?

—Claro, pero ¡dime qué ha pasado! —exigió.

—Eh, mañana, en Trigonometría, ¿vale?

Lo pilló al vuelo.

—Ah, tu padre está ahí, ¿no?

—Sí, exacto.

—De acuerdo. En ese caso, mañana hablamos —percibí la

impaciencia en su voz—. ¡Adiós!

—Adiós, Jess.

Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me

nublaba la mente. Me preparé para irme a la cama sin prestar

atención a lo que hacía. No me percaté de que estaba helada

hasta que estuve en la ducha, con el agua —demasiado caliente—

quemándome la piel. Tirité violentamente durante varios

minutos; después, el chorro de agua relajó mis músculos

agarrotados. Luego, sumamente cansada para moverme,

permanecí en la ducha hasta que se acabó el agua caliente.

Salí a trompicones y envolví mi cuerpo con una toalla en un

intento de conservar el calor del agua para que no regresaran las

dolorosas tiritonas. Rápidamente me puse el pijama. Me

acurruqué debajo de la colcha, avovillándome como una pelota,

abrazándome, para conservar el calor. Me estremecí varias veces.

La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba

comprender y algunas otras que intentaba reprimir. Al principio, no tenía nada

claro, pero cuando gradualmente me fui acercando al sueño, se me hicieron

evidentes algunas certezas.

Estaba totalmente segura de tres cosas. Primera, Edward era un vampiro.

Segunda, una parte de él, y no sabía lo potente que podía ser esa parte, tenía sed

de mi sangre. Y tercera, estaba incondicional e irrevocablemente enamorada de

él.

INTERROGATORIOS

A la mañana siguiente resultó muy difícil discutir con esa parte

de mí que estaba convencida de que la noche pasada había sido

un sueño. Ni la lógica ni el sentido común estaban de mi lado.

Me aferraba a las partes que no podían ser de mi invención,

como el olor de Edward. Estaba segura de que algo así jamás

hubiera sido producto de mis propios sueños.

En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edward no

tenía razón alguna para no asistir a clase hoy. Me vestí con ropa

de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora, otra

prueba de que mis recuerdos eran reales.

Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era

más tarde de lo que creía. Devoré en tres bocados una barra de

muesli acompañada de leche, que bebí a morro del cartón, y salí a

toda prisa por la puerta. Con un poco de suerte, no empezaría a

llover hasta que hubiera encontrado a Jessica.

Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía

impregnado de humo. Su contacto era gélido cuando se

enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el

momento de llegar al calor de mi vehículo. La neblina era tan

densa que hasta que no estuve a pocos metros de la carretera no

me percaté de que en ella había un coche, un coche plateado. Mi

corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda

velocidad.

No vi de dónde había llegado, pero de repente estaba ahí, con la

puerta abierta para mí.

— ¿Quieres dar una vuelta conmigo hoy? —preguntó, divertido

por mi expresión, sorprendiéndome aún desprevenida.

Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era

libre de rehusar y una parte de él lo esperaba. Era una esperanza

vana.

—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.

Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que su

cazadora color canela colgaba del reposacabezas del asiento del

pasajero. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de lo que era

posible imaginar, se sentó a mi lado y arrancó el motor.

—He traído la cazadora para ti. No quiero que vayas a enfermar

ni nada por el estilo.

Hablaba con cautela. Me di cuenta de que él mismo no llevaba

cazadora, sólo una camiseta gris de manga larga con cuello de

pico. De nuevo, el tejido se adhería a su pecho musculoso. El que

apartara la mirada de aquel cuerpo fue un colosal tributo a su

rostro.

—No soy tan delicada —dije, pero me puse la cazadora sobre el

vientre e introduje los brazos en las mangas, demasiado largas,

con la curiosidad de comprobar si el aroma podía ser tan bueno

como lo recordaba. Era mejor.

— ¿Ah, no? —me contradijo en voz tan baja que no estuve segura

de si quería que lo oyera.

El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por

los jirones de niebla. Me sentía cohibida. De hecho, lo estaba. La

noche pasada todas las defensas estaban bajas... casi todas. No

sabía si seguíamos siendo tan candidos hoy. Me mordí la lengua

y esperé a que hablara él.

Se volvió y me sonrió burlón.

— ¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy?

— ¿Te molestan mis preguntas? —pregunté, aliviada.

—No tanto como tus reacciones.

Parecía bromear, pero no estaba segura. Fruncí el ceño.

— ¿Reaccioné mal?

—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no

es natural. Eso me hace preguntarme qué piensas en realidad.

—Siempre te digo lo que pienso de verdad.

—Lo censuras —me acusó.

—No demasiado.

—Lo suficiente para volverme loco.

—No quieres oírlo —mascullé casi en un susurro.

En cuanto pronuncié esas palabras, me arrepentí de haberlo

hecho. El dolor de mi voz era muy débil. Sólo podía esperar que

él no lo hubiera notado.

No me respondió, por lo que me pregunté si le había hecho

enfadar. Su rostro era inescrutable mientras entrábamos en el

aparcamiento del instituto. Ya tarde, se me ocurrió algo.

— ¿Dónde están tus hermanos? —pregunté, muy contenta de

estar a solas con él, pero recordando que habitualmente ese coche

iba lleno.

—Han ido en el coche de Rosalie —se encogió de hombros

mientras aparcaba junto a un reluciente descapotable rojo con la

capota levantada—. Ostentoso, ¿verdad?

—Eh... ¡Caramba! —musité—. Si ella tiene esto, ¿por qué viene

contigo?

—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.

—No tenéis éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos

del coche. Ya no llegábamos tarde; su alocada conducción me

había traído a la escuela con tiempo de sobra—. Entonces, ¿por

qué ha conducido Rosalie hoy si es más ostentoso?

— ¿No lo has notado? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.

Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de

mí mientras caminábamos hacia el campus. Quería acortar esa

pequeña distancia, extender la mano y tocarle, pero temía que no

fuera de su agrado.

— ¿Por qué todos vosotros tenéis coches como ésos si queréis

pasar desapercibidos? —me pregunté en voz alta.

—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos

gusta conducir deprisa.

—Me cuadra —musité.

Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jessica estaba

esperando debajo del saliente del tejado de la cafetería. Sobre su

brazo, bendita sea, estaba mi cazadora.

—Eh, Jessica —dije cuando estuvimos a pocos pasos—. Gracias

por acordarte.

Me la entregó sin decir nada.

—Buenos días, Jessica —la saludó amablemente Edward. No

tenía la culpa de que su voz fuera tan irresistible ni de lo que sus

ojos eran capaces de obrar.

—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus

pensamientos dispersos—. Supongo que te veré en

Trigonometría.

Me dirigió una mirada elocuente y reprimí un suspiro. ¿Qué

demonios iba a decirle?

—Sí, allí nos vemos.

Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del

hombro.

— ¿Qué le vas a contar? —murmuró Edward.

— ¡Eh! ¡Creía que no podías leerme la mente! —susurré.

—No puedo —dijo, sobresaltado. La comprensión relució en los

ojos de Edward—, pero puedo leer la suya. Te va a tender una

emboscada en clase.

Gemí mientras me quitaba su cazadora y se la entregaba para

reemplazarla por la mía. La dobló sobre su brazo.

—Bueno, ¿qué le vas a decir?

—Una ayudita —supliqué—, ¿qué quiere saber?

Edward negó con la cabeza y esbozó una sonrisa malévola.

—Eso no es elegante.

—No, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes.

Lo estuvo reflexionando mientras andábamos. Nos detuvimos en

la puerta de la primera clase.

—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas, y también

qué sientes por mí —dijo al final.

— ¡Oh, no! ¿Qué debo decirle?

Intenté mantener la expresión más inocente. La gente pasaba a

nuestro lado de camino a clase, probablemente mirando, pero

apenas era consciente de su presencia.

—Humm —hizo una pausa para atrapar un mechón suelto que

se había escapado del nudo de mi coleta y lo colocó en su lugar.

Mi corazón resopló de hiperactividad—. Supongo que, si no te

importa, le puedes decir que sí a lo primero... Es más fácil que

cualquier otra explicación.

—No me importa —dije con un hilo de voz.

—En cuanto a la pregunta restante... Bueno, estaré a la escucha

para conocer la respuesta.

Curvó una de las comisuras de la boca al esbozar mi sonrisa

picara predilecta. Se dio la vuelta y se alejó.

—Te veré en el almuerzo —gritó por encima del hombro. Las tres

personas que traspasaban la puerta se detuvieron para mirarme.

Colorada e irritada, me apresuré a entrar en clase. ¡Menudo

tramposo! Ahora estaba incluso más preocupada sobre lo que le

iba a decir a Jessica. Me senté en mi sitio de siempre al tiempo

que lanzaba la cartera contra el suelo con fastidio.

—Buenos días, Bella —me saludó Mike desde el asiento

contiguo. Alcé la vista para ver el aspecto extraño y resignado de

su rostro. ¿Cómo te fue en Port Angeles?

—Fue... —no había una forma sincera de resumirlo—. Estuvo

genial —concluí sin convicción——. Jessica consiguió un vestido

estupendo.

— ¿Dijo algo de la noche del lunes? —preguntó con los ojos

relucientes. Sonreí ante el giro que había tomado la conversación.

—Dijo que se lo había pasado realmente bien —le confirmé.

— ¿Seguro? —dijo con avidez.

—Segurísimo.

Entonces, el señor Masón llamó al orden a la clase y nos pidió

que entregásemos nuestros trabajos. Lengua e Historia se

pasaron de forma borrosa, mientras yo seguía preocupada sobre

la forma en que iba a explicarle las cosas a Jessica. Me iba costar

muchísimo si Edward estaba escuchando lo que decía a través de

los pensamientos de Jessica. ¡Qué inoportuno podía llegar a ser

su pequeño don cuando no servía para salvarme la vida!

La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero

el día seguía oscuro, con nubes bajas y opresivas. Le sonreí al

cielo.

Edward estaba en lo cierto, por supuesto. Jessica se sentaba en la

fila de atrás cuando entré en clase de Trigonometría, casi botando

fuera del asiento de pura agitación. Me senté a su lado con

renuencia mientras me intentaba convencer a mí misma de que

sería mejor zanjar el asunto lo antes posible.

— ¡Cuéntamelo todo! —me ordenó antes de que me sentara.

— ¿Qué quieres saber? —intenté salirme por la tangente.

— ¿Qué ocurrió anoche?

—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.

Me miró con una forzada expresión de escepticismo.

— ¿—Cómo llegaste a casa tan pronto?

—Conduce como un loco —esperaba que oyera eso—. Fue

aterrador.

— ¿Fue como una cita? ¿—Le habías dicho que os reunierais allí?

No había pensado en eso.

—No... Me sorprendió mucho verle en Forks.

Contrajo los labios contrariada ante la manifiesta sinceridad de

mi voz.

—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... —me sondeó.

—Sí, eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la

noche pasada no tenía la cazadora —le expliqué.

—Así que... ¿vais a salir otra vez?

—Se ofreció a llevarme a Seattle el sábado, ya que cree que mi

coche no es demasiado fiable. ¿Eso cuenta?

—Sí —asintió.

—Bueno, entonces, sí.

—V—a—y—a —magnificó la palabra hasta hacerla de cuatro

sílabas—. Edward Cullen.

—Lo sé —admití. «Vaya» ni siquiera se acercaba.

— ¡Aguarda! —alzó las manos con las palmas hacia mí como si

estuviera deteniendo el tráfico—. ¿Te ha besado?

—No —farfullé—. No es de ésos.

Pareció decepcionada, y estoy segura de que yo también.

— ¿Crees que el sábado...? —alzó las cejas.

—Lo dudo, de verdad.

Oculté muy mal el descontento de mi voz.

— ¿Sobre qué hablasteis? —me susurró, presionándome en busca

de más información. La clase había comenzado, pero el señor

Varner no prestaba demasiada atención y no éramos las únicas

que seguíamos hablando.

—No sé, Jess, de un montón de cosas —le respondí en susurros

—. Hablamos un poco del trabajo de Literatura.

Muy, muy poco, creo que él lo mencionó de pasada.

—Por favor, Bella —imploró—. Dame algunos detalles.

—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la

camarera flirteando con él. Fue una pasada, pero él no le prestó

ninguna atención.

A ver qué puede hacer Edward con eso.

—Eso es buena señal —asintió—. ¿Era guapa?

—Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.

—Mejor aún. Debes de gustarle.

—Eso creo, pero resulta difícil de saber —suspirando, añadí en

beneficio de Edward—. Es siempre tan críptico...

—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él

—musitó.

— ¿Por qué?

Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.

—Intimida tanto... Yo no sabría qué decirle.

Hizo una mueca, probablemente al recordar esta mañana o la

pasada noche, cuando él empleó la aplastante fuerza de sus ojos

sobre ella.

—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él —

admití.

—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.

Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier

fallo, lo cual, en su opinión, probablemente fuera así.

—El es mucho más que eso.

— ¿De verdad? ¿Como qué?

Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo

tomara a broma cuando se enterara.

—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble

detrás del rostro.

El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya

que así no sería un monstruo... Miré hacia la parte delantera de la

clase.

— ¿Es eso posible?—dijo entre risitas.

La ignoré, intentando aparentar que prestaba atención al señor

Varner.

—Entonces, ¿te gusta?

No se iba a dar por vencida.

—Sí —respondí de forma cortante.

—Me refiero a que si te gusta de verdad —me apremió.

—Sí ——dije de nuevo, sonrojándome.

Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de

Jessica. Las respuestas monosilábicas le iban a tener que bastar.

— ¿Cuánto te gusta?

—Demasiado —le repliqué en un susurro—, más de lo que yo le

gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.

Solté un suspiro. Un sonrojo enmascaró el siguiente. Entonces,

por fortuna, el señor Varner le hizo a Jessica una pregunta.

No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y

en cuanto sonó el timbre inicié una maniobra de evasión.

—En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo

sobre la noche del lunes —le dije.

— ¡Estás de guasa! ¡¿Qué le dijiste?! —exclamó con voz

entrecortada, desviada por completo su atención del asunto.

— ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra

por palabra!

Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de

las frases y la mayor parte de la clase de español con una

minuciosa descripción de las expresiones faciales de Mike. No

hubiera estirado tanto el tema de no ser porque me preocupaba

convertirme de nuevo en el tema de la conversación.

Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me

levantara de un salto de la silla y guardase precipitadamente los

libros en la mochila con expresión animada, debió de suponer un

indicio claro para Jessica, que comentó:

—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?

Creo que no.

No estaba segura de que no fuera a desaparecer

inoportunamente otra vez. Pero Edward me esperaba a la salida

de nuestra clase de Español, apoyado contra la pared; se parecía

a un dios heleno más de lo que nadie debería tener derecho.

Jessica nos dirigió una mirada, puso los ojos en blanco y se

marchó.

—Te veo luego, Bella —se despidió, con una voz llena de

implicaciones. Tal vez debería desconectar el timbre del teléfono.

—Hola —dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo

tiempo. Era obvio que había estado escuchando.

—Hola.

No se me ocurrió nada más que decir y él no habló —a la espera

del momento adecuado, presumí—, por lo que el trayecto a la

cafetería fue un paseo en silencio. El entrar con Edward en el

abigarrado flujo de gente a la hora del almuerzo se pareció

mucho a mi primer día: todos me miraban.

Encabezó el camino hacia la cola, aún sin despegar los labios, a

pesar de que sus ojos me miraban cada pocos segundos con

expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba

venciendo a la diversión como emoción predominante en su

rostro. Inquieta, jugueteé con la cremallera de la cazadora.

Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.

— ¿Qué haces? —objeté—. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?

Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.

—La mitad es para mí, por supuesto.

Enarqué una ceja.

Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la

vez anterior. En el extremo opuesto de la larga mesa, un grupo

de chicos del último curso nos miraron anonadados cuando nos

sentamos uno frente a otro. Edward parecía ajeno a este hecho.

—Toma lo que quieras —dijo, empujando la bandeja hacia mí.

—Siento curiosidad —comenté mientras elegía una manzana y la

hacía girar entre las manos—, ¿qué harías si alguien te desafiara a

comer?

—Tú siempre sientes curiosidad.

Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente,

atrapando mi mirada, mientras alzaba un pedazo de pizza de la

bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba

rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los ojos abiertos como

platos.

—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? —

preguntó con condescendencia.

Arrugué la nariz.

—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.

Se echó a reír.

—Supongo que no me sorprende.

Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.

—Jessica está analizando todo lo que hago. Luego, lo montará y

desmontará para ti.

Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica

devolvió a su semblante una parte de su antigua irritación. Dejé

la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que sabía que

Edward estaba a punto de comenzar.

— ¿De modo que la camarera era guapa? —preguntó de forma

casual.

— ¿De verdad que no te diste cuenta?

—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.

—Pobre chica.

Ahora podía permitirme ser generosa.

—Algo de lo que le has dicho a Jessica..., bueno..., me molesta.

Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me

miraba con ojos de preocupación a través de sus largas pestañas.

—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes

lo que se dice de los cotillas —le recordé.

—Te previne de que estaría a la escucha.

—Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.

—Lo hiciste —concedió, todavía con voz ronca—, aunque no

tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que piensas...

Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.

Fruncí el ceño.

—Esa es una distinción importante.

—Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.

—Entonces, ¿cuál es?

En ese momento, nos inclinábamos el uno hacia el otro sobre la

mesa. Su barbilla descansaba sobre las alargadas manos blancas;

me incliné hacia delante apoyada en el hueco de mi mano. Tuve

que recordarme a mí misma que estábamos en un comedor

abarrotado, probablemente con muchos ojos curiosos fijos en

nosotros. Resultaba demasiado fácil dejarse envolver por nuestra

propia burbuja privada, pequeña y tensa.

— ¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti? —

murmuró, inclinándose más cerca mientras hablaba

traspasándome con sus relucientes ojos negros.

Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para

recuperarme.

—Lo has vuelto a hacer —murmuré.

Abrió los ojos sorprendido.

— ¿El qué?

—Aturdirme —confesé. Intenté concentrarme cuando volví a

mirarlo.

—Ah —frunció el ceño.

—No es culpa tuya —suspiré—. No lo puedes evitar.

— ¿Vas a responderme a la pregunta?

—Si.

— ¿Sí me vas a responder o sí lo piensas de verdad?

Se irritó de nuevo.

—Sí, lo pienso de verdad.

Fijé los ojos en la mesa, recorriendo la superficie de falso veteado.

El silencio se prolongó.

Con obstinación, me negué a ser la primera en romperlo,

luchando con todas mis fuerzas contra la tentación de atisbar su

expresión.

—Te equivocas —dijo al fin con suave voz aterciopelada. Alcé la

mirada y vi que sus ojos eran amables.

—Eso no lo puedes saber —discrepé en un cuchicheo. Negué con

la cabeza en señal de duda; aunque mi corazón se agitó al oír esas

palabras, pero no las quise creer con tanta facilidad.

— ¿Qué te hace pensarlo?

Sus ojos de topacio líquido eran penetrantes, se suponía que

intentaban, sin éxito, obtener directamente la verdad de mi

mente.

Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con

claridad, a pesar de su rostro, para hallar alguna forma de

explicarme. Mientras buscaba las palabras, le vi impacientarse.

Empezó a fruncir el ceño, frustrado por mi silencio. Quité la

mano de mi cuello y alcé un dedo.

—Déjame pensar —insistí.

Su expresión se suavizó, ahora satisfecho de que estuviera

pensando una respuesta. Dejé caer la mano en la mesa y moví la

mano izquierda para juntar ambas. Las contemplé mientras

entrelazaba y liberaba los dedos hasta que al final hablé:

—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... —

vacilé—. No estoy segura, yo no puedo leer mentes, pero algunas

veces parece que intentas despedirte cuando estás diciendo otra

cosa.

No supe resumir mejor la sensación de angustia que a veces me

provocaban sus palabras.

—Muy perceptiva —susurró. Y mi angustia surgió de nuevo

cuando confirmó mis temores—, aunque por eso es por lo que te

equivocas —comenzó a explicar, pero entonces entrecerró los

ojos—. ¿A qué te refieres con «lo obvio»?

—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba

haciendo—. Soy absolutamente normal; bueno, salvo por todas

las situaciones en que la muerte me ha pasado rozando y por ser

una inútil de puro torpe. Y mírate a ti.

Lo señalé con un gesto de la mano, a él y su asombrosa

perfección. La frente de Edward se crispó de rabia durante un

momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un

brillo de comprensión.

—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir

que has dado en el clavo con los defectos —se rió entre dientes de

forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban todos los

chicos de esta escuela el día de tu llegada.

—No me lo creo... —murmuré para mí y parpadeé, atónita.

—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.

Mi vergüenza fue mucho más intensa que el placer ante la

mirada procedente de sus ojos mientras pronunciaba esas

palabras. Le recordé mi argumento original rápidamente:

—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.

— ¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se

preocupa, porque si he de hacerlo, si dejarlo es lo correcto —

enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara contra esa

idea—, sufriré para evitar que resultes herida, para mantenerte a

salvo.

Le miré fijamente.

— ¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo?

—Nunca vas a tener que efectuar la elección.

Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente

y una sonrisa traviesa e irresistible le cambió las facciones.

—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un

trabajo a tiempo completo que requiere de mi constante

presencia.

—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecida por

abordar un tema más liviano.

No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo,

me suponía capaz de ponerme en peligro a propósito para

retenerlo cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de que sus

rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea me metería en un

buen lío.

—Aún —agregó.

—Aún —admití. Se lo hubiera discutido, pero ahora quería que

estuviera a la espera de desastres.

—Tengo otra pregunta para ti ——dijo con rostro todavía

despreocupado.

—Dispara.

— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una

excusa para no tener que dar una negativa a tus admiradores?

Hice una mueca ante ese recuerdo.

—Todavía no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes —

le previne—. Es culpa tuya que se haya engañado hasta creer que

le voy a acompañar al baile de gala.

—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda.

En realidad, sólo quería ver tu cara —se rió entre dientes. Me

hubiera enfadado si su risa no hubiera sido tan fascinante. Sin

dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo hubiera pedido, ¿me

hubieras rechazado?

—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado

después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.

Se quedó extrañado.

— ¿Por qué?

Moví la cabeza con tristeza.

—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que

tú lo entenderías.

— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una

superficie plana y estable sin encontrar algo con lo que tropezar?

—Obviamente.

—Eso no sería un problema —estaba muy seguro—. Todo

depende de quién te lleve al bailar —vio que estaba a punto de

protestar y me cortó—. Pero aún no me has contestado... ¿Estás

decidida a ir a Seattle o te importaría que fuéramos a un lugar

diferente?

En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.

—Estoy abierta a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un

favor.

Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una

pregunta abierta.

— ¿Cuál?

— ¿Puedo conducir?

Frunció el ceño.

— ¿Por qué?

—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Charlie que me iba a

Seattle, me preguntó concretamente si viajaba sola, como así era

en ese momento. Probablemente, no le mentiría si me lo volviera

a preguntar, pero dudo que lo haga de nuevo, y dejar el coche

enfrente de la casa sólo sacaría el tema a colación de forma

innecesaria. Y además, porque tu manera de conducir me asusta.

Puso los ojos en blanco.

—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te

preocupa mi conducción —movió la cabeza con desagrado, pero

luego volvió a ponerse serio—. ¿No le quieres decir a tu padre

que vas a pasar el día conmigo?

En su pregunta había un trasfondo que no comprendí.

—Con Charlie, menos es siempre más —en eso me mostré firme

—. De todos modos, ¿adonde vamos a ir?

—Va a hacer buen tiempo, por lo que estaré fuera de la atención

pública y podrás estar conmigo si así lo quieres.

Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.

— ¿Y me enseñarás a qué te referías con lo del sol? —pregunté,

entusiasmada por la idea de desentrañar otra de las incógnitas.

—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a

solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a Seattle tú

sola. Me estremezco al pensar con qué problemas te podrías

encontrar en una ciudad de ese tamaño.

Me ofendí.

—Sólo en población, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En

tamaño físico...

—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había

llegado la hora, por lo que preferiría que permanecieras cerca de

mí.

Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción.

No conseguí debatir ni con la vista ni con los argumentos lo que,

de todos modos, era un punto discutible.

—No me importa estar a solas contigo cuando suceda.

—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías

contar a Charlie.

— ¿Por qué diablos iba a hacer eso?

Sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.

—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de

vuelta.

Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve

segura:

—Creo que me arriesgaré.

Resopló con enojo y desvió la mirada.

—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.

— ¿De qué quieres hablar? —preguntó, todavía sorprendido.

Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos

podía oír. Mientras paseaba la mirada por el comedor, observé

los ojos de la hermana de Edward, Alice, que me miraba

fijamente, mientras que el resto le miraba a él. Desvié la mirada

rápidamente, miré a Edward, y le pregunté lo primero que se me

pasó por la cabeza.

— ¿Por qué te fuiste a ese lugar, Gota Rocas, el último fin de

semana? ¿Para cazar? Charlie dijo que no era un buen lugar para

ir de acampada a causa de los osos.

Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo

evidente.

— ¿Osos? —pregunté entonces de forma entrecortada; él esbozó

una sonrisa burlona—. Ya sabes, no estamos en temporada de

osos —añadí con severidad para ocultar mi sorpresa.

—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con

armas—me informó.

Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.

— ¿Osos? —repetí con dificultad.

—El favorito de Emmett es el oso pardo —dijo a la ligera, pero

sus ojos escrutaban mi reacción. Intenté recobrar la compostura.

— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza

como pretexto para bajar los ojos. La mastiqué muy despacio, y

luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la mirada.

—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con

los suyos, ansiosos.

— ¿Cuál es tu favorito?

Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.

—El puma.

—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras

volvía a tomar CocaCola.

—Por supuesto —dijo imitando mi tono—, debemos tener

cuidado para no causar un impacto medioambiental

desfavorable con una caza imprudente. Intentamos

concentrarnos en zonas con superpoblación de depredadores... Y

nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos

y alces —sonrió con socarronería—. Nos servirían, pero ¿qué

diversión puede haber en eso?

—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco

a la pizza.

—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Emmett

para cazar al oso —sonrió como si recordara alguna broma—.

Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más

irritables.

—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —

admití, asintiendo.

Se rió con disimulo y movió la cabeza.

—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.

—Me lo intento imaginar, pero no puedo —admití—. ¿Cómo

cazáis un oso sin armas?

—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una

sonrisa breve y amenazadora. Luché para reprimir un escalofrío

que me delatara—, sólo que no de la clase que se contempló al

legislar las leyes de caza. Si has visto atacar a un oso en la

televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Emmett.

No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda.

Miré a hurtadillas a Emmett, al otro extremo de la cafetería,

agradecida de que no estuviera mirando en mi dirección. De

alguna manera, los prominentes músculos que envolvían sus

brazos y su torso ahora resultaban más amenazantes.

Edward siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.

Le miré, enervada.

— ¿También tú te pareces a un oso? —pregunté con un hilo de

voz.

—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal

vez nuestras preferencias sean significativas.

Intenté sonreír.

—Tal vez —repetí, pero tenía la mente rebosante de imágenes

contrapuestas que no conseguía unir—, ¿es algo que podría

llegar a ver?

— ¡Absolutamente no!

Su cara se tornó aún más lívida de lo habitual y de repente su

mirada era furiosa. Me eché hacia atrás, sorprendida —y

asustada, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. El hizo lo

mismo y cruzó los brazos a la altura del pecho.

— ¿Demasiado aterrador para mí? —le pregunté cuando

recuperé el control de mi voz.

—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante

—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te podría sentar

mejor.

—Entonces, ¿por qué? —le insté, ignorando su expresión

enojada.

Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:

—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar con

retraso.

Miré a mí alrededor, sorprendida de ver que tenía razón: la

cafetería estaba casi vacía.

Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban

de tal manera que perdía la noción de ambos. Me incorporé de

un salto mientras recogía la mochila, colgada del respaldo de la

silla.

—En tal caso, más tarde —admití.

No lo iba a olvidar.

COMPLICACIONES

Todo el mundo nos miró cuando nos dirigimos juntos a nuestra

mesa del laboratorio. Me di cuenta de que ya no orientaba la silla

para sentarse todo lo lejos que le permitía la mesa. En lugar de

eso, se sentaba bastante cerca de mí, nuestros brazos casi se

tocaban.

El señor Banner — ¡qué hombre tan puntual!— entró a clase de

espaldas llevando una gran mesa metálica de ruedas con un

vídeo y un televisor tosco y anticuado. Una clase con película. El

relajamiento de la atmósfera fue casi tangible.

El profesor introdujo la cinta en el terco vídeo y se dirigió hacia la

pared para apagar las luces.

Entonces, cuando el aula quedó a oscuras, adquirí conciencia

plena de que Edward se sentaba a menos de tres centímetros de

mí. La inesperada electricidad que fluyó por mi cuerpo me dejó

aturdida, sorprendida de que fuera posible estar más pendiente

de él de lo que ya lo estaba. Estuve a punto de no poder controlar

el loco impulso de extender la mano y tocarle, acariciar aquel

rostro perfecto en medio de la oscuridad. Crucé los brazos sobre

mi pecho con fuerza, con los puños crispados. Estaba perdiendo

el juicio.

Comenzaron los créditos de inicio, que iluminaron la sala de

forma simbólica. Por iniciativa propia, mis ojos se precipitaron

sobre él. Sonreí tímidamente al comprender que su postura era

idéntica a la mía, con los puños cerrados debajo de los brazos.

Correspondió a mi sonrisa. De algún modo, sus ojos conseguían

brillar incluso en la oscuridad. Desvié la mirada antes de que

empezara a hiperventilar. Era absolutamente ridículo que me

sintiera aturdida.

La hora se me hizo eterna. No pude concentrarme en la película,

ni siquiera supe de qué tema trataba. Intenté relajarme en vano,

ya que la corriente eléctrica que parecía emanar de algún lugar

de su cuerpo no cesaba nunca. De forma esporádica, me permitía

alguna breve ojeada en su dirección, pero él tampoco parecía

relajarse en ningún momento. El abrumador anhelo de tocarle

también se negaba a desaparecer. Apreté los dedos contra las

costillas hasta que me dolieron del esfuerzo.

Exhalé un suspiro de alivio cuando el señor Banner encendió las

luces al final de la clase y estiré los brazos, flexionando los dedos

agarrotados. A mi lado, Edward se rió entre dientes.

—Vaya, ha sido interesante —murmuró. Su voz tenía un toque

siniestro y en sus ojos brillaba la cautela.

—Humm —fue todo lo que fui capaz de responder.

— ¿Nos vamos? —preguntó mientras se levantaba ágilmente.

Casi gemí. Llegaba la hora de Educación física. Me alcé con

cuidado, preocupada por la posibilidad de que esa nueva y

extraña intensidad establecida entre nosotros hubiera afectado a

mi sentido del equilibrio.

Caminó silencioso a mi lado hasta la siguiente clase y se detuvo

en la puerta. Me volví para despedirme. Me sorprendió la

expresión desgarrada, casi dolorida, y terriblemente hermosa de

su rostro, y el anhelo de tocarle se inflamó con la misma

intensidad que antes. Enmudecí, mi despedida se quedó en la

garganta.

Vacilante y con el debate interior reflejado en los ojos, alzó la

mano y recorrió rápidamente mi pómulo con las yemas de los

dedos. Su piel estaba tan fría como de costumbre, pero su roce

quemaba.

Se volvió sin decir nada y se alejó rápidamente a grandes pasos.

Entré en el gimnasio, mareada y tambaleándome un poco. Me

dejé ir hasta el vestuario, donde me cambié como en estado de

trance, vagamente consciente de que había otras personas en

torno a mí. No fui consciente del todo hasta que empuñé una

raqueta. No pesaba mucho, pero la sentí insegura en mi mano. Vi

a algunos chicos de clase mirarme a hurtadillas. El entrenador

Clapp nos ordenó jugar por parejas.

Gracias a Dios, aún quedaban algunos rescoldos de

caballerosidad en Mike, que acudió a mi lado.

— ¿Quieres formar pareja conmigo?

—Gracias, Mike... —hice un gesto de disculpa—. No tienes por

qué hacerlo, ya lo sabes.

—No—te preocupes, me mantendré lejos de tu camino —dijo con

una amplia sonrisa.

Algunas veces, era muy fácil que Mike me gustara.

La clase no transcurrió sin incidentes. No sé cómo, con el mismo

golpe me las arreglé para dar a Mike en el hombro y golpearme

la cabeza con la raqueta. Pasé el resto de la hora en el rincón de

atrás de la pista, con la raqueta sujeta bien segura detrás de la

espalda. A pesar de estar en desventaja por mi causa, Mike era

muy bueno, y ganó él solo tres de los cuatro partidos. Gracias a

él, conseguí un buen resultado inmerecido cuando el entrenador

silbó dando por finalizada la clase.

—Así... —dijo cuando nos alejábamos de la pista.

—Así... ¿qué?

—Tú y Cullen, ¿en? —preguntó con tono de rebeldía. Mi anterior

sentimiento de afecto se disipó.

—No es de tu incumbencia, Mike —le avisé mientras en mi fuero

interno maldecía a Jessica, enviándola al infierno.

—No me gusta —musitó en cualquier caso.

—No tiene por qué —le repliqué bruscamente.

—Te mira como si... —me ignoró y prosiguió—: Te mira como si

fueras algo comestible.

Contuve la histeria que amenazaba con estallar, pero a pesar de

mis esfuerzos se me escapó una risita tonta. Me miró ceñudo. Me

despedí con la mano y huí al vestuario.

Me vestí a toda prisa. Un revoloteo más fuerte que el de las

mariposas golpeteaba incansablemente las paredes de mi

estómago al tiempo que mi discusión con Mike se convertía en

un recuerdo lejano. Me preguntaba si Edward me estaría

esperando o si me reuniría con él en su coche. ¿Qué iba a ocurrir

si su familia estaba ahí? Me invadió una oleada de pánico.

¿Sabían que lo sabía? ¿Se suponía que sabían que lo sabía, o no?

Salí del gimnasio en ese momento. Había decidido ir a pie hasta

casa sin mirar siquiera al aparcamiento, pero todas mis

preocupaciones fueron innecesarias. Edward me esperaba,

apoyado con indolencia contra la pared del gimnasio. Su

arrebatador rostro estaba calmado. Sentí peculiar sensación de

alivio mientras caminaba a su lado.

—Hola —musité mientras esbozaba una gran sonrisa.

—Hola —me correspondió con otra deslumbrante—. ¿Cómo te

ha ido en gimnasia?

Mi rostro se enfrió un poco.

—Bien —mentí.

— ¿De verdad?

No estaba muy convencido. Desvió levemente la vista y miró por

encima del hombro. Entrecerró los ojos. Miré hacia atrás para ver

la espalda de Mike al alejarse.

— ¿Qué pasa? —exigí saber.

Aún tenso, volvió a mirarme.

—Newton me saca de mis casillas.

— ¿No habrás estado escuchando otra vez?

Me aterré. Todo atisbo de mi repentino buen humor se

desvaneció.

— ¿Cómo va esa cabeza? —preguntó con inocencia.

— ¡Eres increíble!

Me di la vuelta y me alejé caminando con paso firme hacia el

aparcamiento a pesar de que había descartado dirigirme hacia

ese lugar.

Me dio alcance con facilidad.

—Fuiste tú quien mencionaste que nunca te había visto en clase

de gimnasia. Eso despertó mi curiosidad.

No parecía arrepentido, de modo que le ignoré.

Caminamos en silencio —un silencio lleno de vergüenza y furia

por mi parte— hacia su coche, pero tuve que detenerme unos

cuantos pasos después, ya que un gentío, todos chicos, lo

rodeaban. Luego, me di cuenta de que no rodeaban al Volvo, sino

al descapotable rojo de Rosalie con un inconfundible deseo en los

ojos. Ninguno alzó la vista hacia Edward cuando se deslizó entre

ellos para abrir la puerta. Me encaramé rápidamente al asiento

del copiloto, pasando también inadvertida.

—Ostentoso —murmuró.

— ¿Qué tipo de coche es?

—Un M3.

—No hablo jerga de Car and Driver.

—Es un BMW

Entornó los ojos sin mirarme mientras intentaba salir hacia atrás

y no atropellar a ninguno de los fanáticos del automóvil.

Asentí. Había oído hablar del modelo.

— ¿Sigues enfadada? —preguntó mientras maniobraba con

cuidado para salir.

—Muchísimo.

Suspiró.

— ¿Me perdonarás si te pido disculpas?

—Puede... si te disculpas de corazón —insistí—, y prometes no

hacerlo otra vez.

Sus ojos brillaron con una repentina astucia.

— ¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte

conducir el sábado? —me propuso como contraoferta.

Lo sopesé y decidí que probablemente era la mejor oferta que

podría conseguir, por lo que la acepté:

—Hecho.

—Entonces, lamento haberte molestado —durante un

prolongado periodo de tiempo, sus ojos relucieron con

sinceridad, causando estragos en mi ritmo cardiaco. Luego, se

volvieron picaros—. A primera hora de la mañana del sábado

estaré en el umbral de tu puerta.

—Humm... Que, sin explicación alguna, un Volvo se quede en la

carretera no me va a ser de mucha ayuda con Charlie.

Esbozó una sonrisa condescendiente.

—No tengo intención de llevar el coche.

— ¿Cómo...?

—No te preocupes —me cortó—. Estaré ahí sin coche.

Lo dejé correr. Tenía una pregunta más acuciante.

— ¿Ya es «más tarde»? —pregunté de forma elocuente. El frunció

el ceño.

—Supongo que sí.

Mantuve la expresión amable mientras esperaba.

Paró el motor del coche después de aparcarlo detrás del mío.

Alcé la vista sorprendida: habíamos llegado a casa de Charlie,

por supuesto. Resultaba más fácil montar con Edward si sólo le

miraba a él hasta concluir el viaje. Cuando volví a levantar la

vista, él me contemplaba, evaluándome con la mirada.

—Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? —

parecía solemne, pero creí atisbar un rescoldo de humor en el

fondo de sus ojos.

—Bueno —aclaré—, sobre todo me preguntaba el motivo de tu

reacción.

— ¿Te asusté?

Sí. Sin duda, estaba de buen humor.

—No —le mentí, pero no picó.

—Lamento haberte asustado —persistió con una leve sonrisa,

pero entonces desapareció la evidencia de toda broma—. Fue

sólo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.

Se le tensó la mandíbula.

— ¿Estaría mal?

—En grado sumo —respondió apretando los dientes.

— ¿Por...?

Respiró hondo y contempló a través del parabrisas las espesas

nubes en movimiento que descendían hasta quedarse casi al

alcance de la mano.

—Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando

cazamos —habló despacio, a regañadientes—, nos regimos

menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del

olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el

control de esa manera... —sacudió la cabeza mientras se

demoraba contemplando malhumorado las densas nubes.

Mantuve mi expresión firmemente controlada mientras esperaba

que sus ojos me mirasen para evaluar la reacción subsiguiente.

Mi rostro no reveló nada.

Pero nuestros ojos se encontraron y el silencio se hizo más

profundo... y todo cambió. Descargas de la electricidad que había

sentido aquella tarde comenzaron a cargar el ambiente mientras

Edward contemplaba mis ojos de forma implacable. No me di

cuenta de que no respiraba hasta que empezó a darme vueltas la

cabeza. Cuando rompí a respirar agitadamente, quebrando la

quietud, cerró los ojos.

—Bella, creo que ahora deberías entrar en casa —dijo con voz

ronca sin apartar la vista de las nubes.

Abrí la puerta y la ráfaga de frío polar que irrumpió en el coche

me ayudó a despejar la cabeza. Como estaba medio ida, tuve

miedo de tropezar, por lo que salí del coche con sumo cuidado y

cerré la puerta detrás de mí sin mirar atrás. El zumbido de la

ventanilla automática al bajar me hizo darme la vuelta.

— ¿Bella? —me llamó con voz más sosegada.

Se inclinó hacia la ventana abierta con una leve sonrisa en los

labios.

— ¿Sí?

—Mañana me toca a mí —afirmó.

— ¿El qué te toca?

Ensanchó la sonrisa, dejando entrever sus dientes relucientes.

—Hacer las preguntas.

Luego se marchó. El coche bajó la calle a toda velocidad y

desapareció al doblar la esquina antes de que ni siquiera hubiera

podido poner en orden mis ideas. Sonreí mientras caminaba

hacia la casa. Cuando menos, resultaba obvio que planeaba

verme mañana.

Edward protagonizó mis sueños aquella noche, como de

costumbre. Pero el clima de mi inconsciencia había cambiado. Me

estremecía con la misma electricidad que había presidido la

tarde, me agitaba y daba vueltas sin cesar, despertándome a

menudo. Hasta bien entrada la noche no me sumí en un sueño

agotado y sin sueños.

Al despertar no sólo estaba cansada, sino con los nervios a flor de

piel. Me enfundé el suéter de cuello vuelto y los inevitables jeans

mientras soñaba despierta con camisetas de tirantes y shorts. El

desayuno fue el tranquilo y esperado suceso de siempre. Charlie

se preparó unos huevos fritos y yo mi cuenco de cereales. Me

preguntaba si se había olvidado de lo de este sábado, pero

respondió a mi pregunta no formulada cuando se levantó para

dejar su plato en el fregadero.

—Respecto a este sábado... —comenzó mientras cruzaba la

cocina y abría el grifo.

Me encogí.

— ¿Sí, papá?

— ¿Sigues empeñada en ir a Seattle?

—Ese era el plan.

Hice una mueca mientras deseaba que no lo hubiera mencionado

para no tener que componer cuidadosas medias verdades.

Esparció un poco de jabón sobre el plato y lo extendió con el

cepillo.

— ¿Estás segura de que no puedes estar de vuelta a tiempo para

el baile?

—No voy a ir al baile, papá.

Le fulminé con la mirada.

— ¿No te lo ha pedido nadie? —preguntó al tiempo que ocultaba

su consternación concentrándose en enjuagar el plato.

Esquivé el campo de minas.

—Es la chica quien elige.

—Ah.

Frunció el ceño mientras secaba el plato.

Sentía simpatía hacia él. Debe de ser duro ser padre y vivir con el

miedo a que tu hija encuentre al chico que le gusta, pero aún más

duro el estar preocupado de que no sea así. Qué horrible sería,

pensé con estremecimiento, si Charlie tuviera la más remota idea

de qué era exactamente lo que me gustaba.

Entonces, Charlie se marchó, se despidió con un movimiento de

la mano y yo subí las escaleras para cepillarme los dientes y

recoger mis libros. Cuando oí alejarse el coche patrulla, sólo fui

capaz de esperar unos segundos antes de echar un vistazo por la

ventana. El coche plateado ya estaba ahí, en la entrada de coches

de la casa.

Bajé las escaleras y salí por la puerta delantera, preguntándome

cuánto tiempo duraría aquella extraña rutina. No quería que

acabara jamás.

Me aguardaba en el coche sin aparentar mirarme cuando cerré la

puerta de la casa sin molestarme en echar el pestillo. Me

encaminé hacia el coche, me detuve con timidez antes de abrir la

puerta y entré. Estaba sonriente, relajado y, como siempre,

perfecto e insoportablemente guapo.

—Buenos días —me saludó con voz aterciopelada—. ¿Cómo

estás hoy?

Me recorrió el rostro con la vista, como si su pregunta fuera algo

más que una mera cortesía.

—Bien, gracias.

Siempre estaba bien, mucho mejor que bien, cuando me hallaba

cerca de él. Su mirada se detuvo en mis ojeras.

—Pareces cansada.

—No pude dormir —confesé, y de inmediato me removí la

melena sobre el hombro preparando alguna medida para ganar

tiempo.

—Yo tampoco —bromeó mientras encendía el motor.

Me estaba acostumbrando a ese silencioso ronroneo. Estaba

convencida de que me asustaría el rugido del monovolumen,

siempre que llegara a conducirlo de nuevo.

—Eso es cierto —me reí—. Supongo que he dormido un poquito

más que tú.

—Apostaría a que sí.

— ¿Qué hiciste la noche pasada?

—No te escapes —rió entre dientes—. Hoy me toca hacer las

preguntas a mí.

—Ah, es cierto. ¿Qué quieres saber?

Torcí el gesto. No lograba imaginar que hubiera nada en mi vida

que le pudiera resultar interesante.

— ¿Cuál es tu color favorito? —preguntó con rostro grave.

Puse los ojos en blanco.

—Depende del día.

— ¿Cuál es tu color favorito hoy? —seguía muy solemne.

—El marrón, probablemente.

Solía vestirme en función de mi estado de ánimo. Edward

resopló y abandonó su expresión seria.

— ¿El marrón? —inquirió con escepticismo.

—Seguro. El marrón significa calor. Echo de menos el marrón.

Aquí —me quejé—, una sustancia verde, blanda y mullida cubre

todo lo que se suponía que debía ser marrón, los troncos de los

árboles, las rocas, la tierra.

Mi pequeño delirio pareció fascinarle. Lo estuvo pensando un

momento sin dejar de mirarme a los ojos.

—Tienes razón —decidió, serio de nuevo—. El marrón significa

calor.

Rápidamente, aunque con cierta vacilación, extendió la mano y

me apartó el pelo del hombro.

Para ese momento ya estábamos en el instituto. Se volvió de

espaldas a mí mientras aparcaba.

— ¿Qué CD has puesto en tu equipo de música? —tenía el rostro

tan sombrío como si me exigiera una confesión de asesinato.

Me di cuenta de que no había quitado el CD que me había

regalado Phil. Esbozó una sonrisa traviesa y un brillo peculiar

iluminó sus ojos cuando le dije el nombre del grupo. Tiró de un

saliente hasta abrir el compartimiento de debajo del reproductor

de CD del coche, extrajo uno de los treinta discos que guardaba

apretujados en aquel pequeño espacio y me lo entregó.

— ¿De Debussy a esto? —enarcó una ceja. Era el mismo CD.

Examiné la familiar carátula con la mirada gacha.

El resto del día siguió de forma similar. Me estuvo preguntando

cada insignificante detalle de mi existencia mientras me

acompañaba a Lengua, cuando nos reunimos después de

Español, toda la hora del almuerzo. Las películas que me

gustaban y las que aborrecía; los pocos lugares que había

visitado; los muchos sitios que deseaba visitar; y libros, libros sin

descanso.

No recordaba la última vez que había hablado tanto. La mayoría

de las veces me sentía cohibida, con la certeza de resultarle

aburrida, pero el completo ensimismamiento de su rostro y el

interminable diluvio de preguntas me compelían a continuar. La

mayoría eran fáciles, sólo unas pocas provocaron queme

sonrojara, pero cuando esto ocurría, se iniciaba toda una nueva

ronda de preguntas. Me había estado lanzando las preguntas con

tanta rapidez que me sentía como si estuviera completando uno

de esos test de Psiquiatría en los que tienes que contestar con la

primera palabra que acude a tu mente. Estoy segura de que

habría seguido con esa lista, cualquiera que fuera, que tenía en la

cabeza de no ser porque se percató de mi repentino rubor.

Cuando me preguntó cuál era mi gema predilecta, sin pensar, me

precipité a contestarle que el topacio. Enrojecí porque, hasta

hacía poco, mi favorita era el granate. Era imposible olvidar la

razón del cambio mientras sus ojos me devolvían la mirada y,

naturalmente, no descansaría hasta que admitiera la razón de mi

sonrojo.

—Dímelo —ordenó al final, una vez que la persuasión había

fracasado, porque yo había hurtado los ojos a su mirada.

—Es el color de tus ojos hoy —musité, rindiéndome y

mirándome las manos mientras jugueteaba con un mechón de mi

cabello—. Supongo que te diría el ónice si me lo preguntaras

dentro de dos semanas.

Le había dado más información de la necesaria en mi

involuntaria honestidad, y me preocupaba haber provocado esa

extraña ira que estallaba cada vez que cedía y revelaba con

demasiada claridad lo obsesionada que estaba.

Pero su pausa fue muy corta y lanzó la siguiente pregunta:

— ¿Cuáles son tus flores favoritas?

Suspiré aliviada y proseguí con el psicoanálisis.

Biología volvió a ser un engorro. Edward había continuado con

su cuestionario hasta que el señor Banner entró en el aula

arrastrando otra vez el equipo audiovisual. Cuando el profesor se

aproximó al interruptor, me percaté de que Edward alejaba

levemente su silla de la mía. No sirvió de nada. Saltó la misma

chispa eléctrica y el mismo e incesante anhelo de tocarlo, como el

día anterior, en cuanto la habitación se quedó a oscuras.

Me recliné en la mesa y apoyé el mentón sobre los brazos

doblados. Los dedos ocultos aferraban el borde de la mesa

mientras luchaba por ignorar el estúpido deseo que me

desquiciaba.

No le miraba, temerosa de que fuera mucho más difícil mantener

el autocontrol si él me miraba. Intenté seguir la película con todas

mis fuerzas, pero al final de la hora no tenía ni idea de lo que

acababa de ver. Suspiré aliviada cuando el señor Banner

encendió las luces y por fin miré a Edward, que me estaba

contemplando con unos ojos que no supe interpretar.

Se levantó en silencio y se detuvo, esperándome. Caminamos

hacia el gimnasio sin decir palabra, como el día anterior, y

también me acarició, esta vez con la palma de su gélida mano,

desde la sien a la mandíbula sin despegar los labios... antes de

darse la vuelta y alejarse.

La clase de Educación física pasó rápidamente mientras

contemplaba el espectáculo del equipo unipersonal de

bádminton de Mike, que hoy no me dirigía la palabra, ya fuera

como reacción a mi expresión ausente o porque aún seguía

enfadado por nuestra disputa del día anterior. Me sentí mal por

ello en algún rincón de la mente, pero no me podía ocupar de él

en ese momento.

Después, me apresuré a cambiarme, incómoda, sabiendo que

cuanto más rápido me moviera, más pronto estaría con Edward.

La precipitación me volvió más torpe de lo habitual, pero al fin

salí por la puerta; sentí el mismo alivio al verle esperándome ahí

y una amplia sonrisa se extendió por mi rostro. Respondió con

otra antes de lanzarse a nuevas preguntas.

Ahora eran diferentes, aunque no tan fáciles de responder.

Quería saber qué echaba de menos de Phoenix, insistiendo en las

descripciones de cualquier cosa que desconociera. Nos sentamos

frente a la casa de Charlie durante horas mientras el cielo

oscurecía y nos cayó a plomo un repentino aguacero.

Intenté describir cosas imposibles como el aroma de la creosota

—amargo, ligeramente resinoso, pero aun así agradable—, el

canto fuerte y lastimero de las cigarras en julio, la liviana

desnudez de los árboles, las propias dimensiones del cielo, cuyo

azul se extendía de uno a otro confín en el horizonte sin otras

interrupciones que las montañas bajas cubiertas de purpúreas

rocas volcánicas.

Lo más arduo de explicar fue por qué me resultaba tan hermoso

aquel lugar y también justificar una belleza que no dependía de

la vegetación espinosa y dispersa, que a menudo parecía muerta,

sino que tenía más que ver con la silueta de la tierra, las cuencas

poco profundas de los valles entre colinas escarpadas y la forma

en que conservaban la luz del sol. Me encontré gesticulando con

las manos mientras se lo intentaba describir.

Sus preguntas discretas y perspicaces me dejaron explayarme a

gusto y olvidar a la lúgubre luz de la tormenta la vergüenza por

monopolizar la conversación. Al final, cuando hube acabado dé

detallar mi desordenada habitación en Phoenix, hizo una pausa

en lugar de responder con otra cuestión.

— ¿Has terminado? —pregunté con alivio.

—Ni por asomo, pero tu padre estará pronto en casa.

— ¡Charlie! —de repente, recordé su existencia y suspiré. Estudié

el cielo oscurecido por la lluvia, pero no me reveló nada—. ¿Es

muy tarde? —me pregunté en voz alta al tiempo que miraba el

reloj. La hora me había pillado por sorpresa. Charlie ya debería

de estar conduciendo de vuelta a casa.

—Es la hora del crepúsculo —murmuró Edward al mirar el

horizonte de poniente, oscurecido como estaba por las nubes.

Habló de forma pensativa, como si su mente estuviera en otro

lugar lejano. Le contemplé mientras miraba fijamente a través del

parabrisas. Seguía observándole cuando de repente sus ojos se

volvieron hacia los míos.

—Es la hora más segura para nosotros —me explicó en respuesta

a la pregunta no formulada de mi mirada—. El momento más

fácil, pero también el más triste, en cierto modo... el fin de otro

día, el regreso de la noche —sonrió con añoranza—. La oscuridad

es demasiado predecible, ¿no crees?

—Me gusta la noche. Jamás veríamos las estrellas sin la

oscuridad —fruncí el entrecejo—. No es que aquí se vean mucho.

Se rió, y repentinamente su estado de ánimo mejoró.

—Charlie estará aquí en cuestión de minutos, por lo que a menos

que quieras decirle que vas a pasar conmigo el sábado...

Enarcó una ceja.

—Gracias, pero no —reuní mis libros mientras me daba cuenta

de que me había quedado entumecida al permanecer sentada y

quieta durante tanto tiempo—. Entonces, ¿mañana me toca a mí?

— ¡Desde luego que no! —Exclamó con fingida indignación—.

No te he dicho que haya terminado, ¿verdad?

— ¿Qué más queda?

—Lo averiguarás mañana.

Extendió una mano para abrirme la puerta y su súbita cercanía

hizo palpitar alocadamente mi corazón.

Pero su mano se paralizó en la manija.

—Mal asunto —murmuró.

— ¿Qué ocurre?

Me sorprendió verle con la mandíbula apretada y los ojos

turbados. Me miró por un instante y me dijo con desánimo:

—Otra complicación.

Abrió la puerta de golpe con un rápido movimiento y, casi

encogido, se apartó de mí con igual velocidad.

El destello de los faros a través de la lluvia atrajo mi atención

mientras a escasos metros un coche negro subía el bordillo,

dirigiéndose hacia nosotros.

—Charlie ha doblado la esquina —me avisó mientras vigilaba

atentamente al otro vehículo a través del aguacero.

A pesar de la confusión y la curiosidad, bajé de un salto. El

estrépito de la lluvia era mayor al rebotarme sobre la cazadora.

Quise identificar las figuras del asiento delantero del otro

vehículo, pero estaba demasiado oscuro. Pude ver a Edward a la

luz de los faros del otro coche. Aún miraba al frente, con la vista

fija en algo o en alguien a quien yo no podía ver. Su expresión

era una extraña mezcla de frustración y desafío.

Aceleró el motor en punto muerto y los neumáticos chirriaron

sobre el húmedo pavimento. El Volvo desapareció de la vista en

cuestión de segundos.

—Hola, Bella —llamó una ronca voz familiar desde el asiento del

conductor del pequeño coche negro.

— ¿Jacob? —pregunté, parpadeando bajo la lluvia.

Sólo entonces dobló la esquina el coche patrulla de Charlie y las

luces del mismo alumbraron a los ocupantes del coche que tenía

enfrente de mí.

Jacob ya había bajado. Su amplia sonrisa era visible incluso en la

oscuridad. En el asiento del copiloto se sentaba un hombre

mucho mayor, corpulento y de rostro memorable..., un rostro que

se desbordaba, las mejillas llegaban casi hasta los hombros, las

arrugas surcaban la piel rojiza como las de una vieja chaqueta de

cuero. Los ojos, sorprendentemente familiares, parecían al mismo

tiempo demasiado jóvenes y demasiado viejos para aquel ancho

rostro. Era el padre de Jacob, Billy Black. Lo supe

inmediatamente a pesar de que en los cinco años transcurridos

desde que lo había visto por última vez me las había arreglado

para olvidar su nombre hasta que Charlie lo mencionó el día de

mi llegada. Me miraba fijamente, escrutando mi cara, por lo que

le sonreí con timidez. Tenía los ojos desorbitados por la sorpresa

o el pánico y resoplaba por la ancha nariz. Mi sonrisa se

desvaneció.

«Otra complicación», había dicho Edward.

Billy seguía mirándome con intensa ansiedad. Gemí en mi fuero

interno. ¿Había reconocido Billy a Edward con tanta facilidad?

¿Creía en las leyendas inverosímiles de las que se había mofado

su hijo?

La respuesta estaba clara en los ojos de Billy. Sí, así era.

JUEGOS MALABARES

— ¡Billy! —le llamó Charlie tan pronto como se bajó del coche.

Me volví hacia la casa y, una vez me hube guarecido debajo del

porche, hice señales a Jacob para que entrase. Oí a Charlie

saludarlos efusivamente a mis espaldas.

—Jake, voy a hacer como que no te he visto al volante —dijo con

desaprobación.

—En la reserva conseguimos muy pronto los permisos de

conducir —replicó Jacob mientras yo abría la puerta y encendía

la luz del porche.

—Seguro que sí —se rió Charlie.

—De alguna manera he de dar una vuelta.

A pesar de los años transcurridos, reconocí con facilidad la voz

retumbante de Billy. Su sonido me hizo sentir repentinamente

más joven, una niña.

Entré en la casa, dejando abierta la puerta detrás de mí, y fui

encendiendo las luces antes de colgar mi cazadora. Luego,

permanecí en la puerta, contemplando con ansiedad cómo

Charlie y Jacob ayudaban a Billy a salir del coche y a sentarse en

la silla de ruedas.

Me aparté del camino mientras entraban a toda prisa

sacudiéndose la lluvia.

—Menuda sorpresa —estaba diciendo Charlie.

—Hace ya mucho tiempo que no nos vemos. Confío en que no

sea un mal momento —respondió Billy, cuyos inescrutables ojos

oscuros volvieron a fijarse en mí.

—No, es magnífico. Espero que os podáis quedar para el partido.

Jacob mostró una gran sonrisa.

—Creo que ése es el plan... Nuestra televisión se estropeó la

semana pasada.

Billy le dirigió una mueca a su hijo y añadió:

—Y, por supuesto, Jacob deseaba volver a ver a Bella.

Jacob frunció el ceño y agachó la cabeza mientras yo reprimía

una oleada de remordimiento. Tal vez había sido demasiado

convincente en la playa.

— ¿Tenéis hambre? —pregunté mientras me dirigía hacia la

cocina, deseosa de escaparme de la inquisitiva mirada de Billy.

—No, cenamos antes de venir —respondió Jacob.

— ¿Y tú, Charlie? —le pregunté de refilón al tiempo que doblaba

la esquina a toda prisa para escabullirme.

—Claro —replicó. Su voz se desplazó hacia la habitación de en

frente, hacia el televisor. Oí cómo le seguía la silla de Billy.

Los sandwiches de queso se estaban tostando en la sartén

mientras cortaba en rodajas un tomate cuando sentí que había

alguien a mis espaldas.

—Bueno, ¿cómo te va todo? —inquirió Jacob.

—Bastante bien —sonreí. Era difícil resistirse a su entusiasmo—.

¿Y a ti? ¿Terminaste el coche?

—No —arrugó la frente—. Aún necesito piezas. Hemos pedido

prestado ése —comentó mientras señalaba con el pulgar en

dirección al patio delantero.

—Lo siento, pero no he visto ninguna pieza. ¿Qué es lo que estáis

buscando?

—Un cilindro maestro —sonrió de oreja a oreja y de repente

añadió—: ¿Hay algo que no funcione en el monovolumen?

—Ah. Me lo preguntaba al ver que no lo conducías.

Mantuve la vista fija en la sartén mientras levantaba el extremo

de un sándwich para comprobar la parte inferior.

—Di un paseo con un amigo.

—Un buen coche —comentó con admiración—, aunque no

reconocí al conductor. Creía conocer a la mayoría de los chicos de

por aquí.

Asentí sin comprometerme ni alzar los ojos mientras daba la

vuelta a los sandwiches.

—Papá parecía conocerle de alguna parte.

—Jacob, ¿me puedes pasar algunos platos? Están en el armario

de encima del fregadero.

—Claro.

Tomó los platos en silencio. Esperaba que dejara el asunto.

— ¿Quién es? —preguntó mientras situaba dos platos sobre la

encimera, cerca de mí. Suspiré derrotada.

—Edward Cullen.

Para mi sorpresa, rompió a reír. Alcé la vista hacia él, que parecía

un poco avergonzado.

—Entonces, supongo que eso lo explica todo —comentó—. Me

preguntaba por qué papá se comportaba de un modo tan

extraño.

—Es cierto —simulé una expresión inocente—. No le gustan los

Cullen.

—Viejo supersticioso —murmuró en un susurro.

—No crees que se lo vaya a decir a Charlie, ¿verdad? —no pude

evitar el preguntárselo. Las palabras, pronunciadas en voz baja,

salieron precipitadamente de mis labios.

—Lo dudo —respondió finalmente—. Creo que Charlie le soltó

una buena reprimenda la última vez, y desde entonces no han

hablado mucho. Me parece que esta noche es una especie de

reencuentro, por lo que no creo que papá lo vuelva a mencionar.

—Ah —dije, intentando parecer indiferente.

Me quedé en el cuarto de estar después de llevarle a Charlie la

cena, fingiendo ver el partido mientras Jacob charlaba conmigo;

pero, en realidad, estaba escuchando la conversación de los dos

hombres, atenta a cualquier indicio de algo sospechoso y

buscando la forma de detener a Billy llegado el momento.

Fue una larga noche. Tenía muchos deberes sin hacer, pero temía

dejar a Billy a solas con Charlie. Finalmente, el partido terminó.

— ¿Vais a regresar pronto tus amigos y tú a la playa? —preguntó

Jacob mientras empujaba la silla de su padre fuera del umbral.

—No estoy segura —contesté con evasivas.

—Ha sido divertido, Charlie ——dijo Billy.

—Acércate a ver el próximo partido —le animó Charlie.

—Seguro, seguro —dijo Billy—. Aquí estaremos. Que paséis una

buena noche —sus ojos me enfocaron y su sonrisa desapareció al

agregar con gesto serio—: Cuídate, Bella.

—Gracias —musité desviando la mirada.

Me dirigí hacia las escaleras mientras Charlie se despedía con la

mano desde la entrada.

—Aguarda, Bella —me pidió.

Me encogí. ¿Le había dicho Billy algo antes de que me reuniera

con ellos en el cuarto de estar?

Pero Charlie aún seguía relajado y sonriente a causa de la

inesperada visita.

—No he tenido ocasión de hablar contigo esta noche. ¿Qué tal te

ha ido el día?

—Bien —vacilé, con un pie en el primer escalón, en busca de

detalles que pudiera compartir con él sin comprometerme—. Mi

equipo de bádminton ganó los cuatro partidos.

— ¡Vaya! No sabía que supieras jugar al bádminton.

—Bueno, lo cierto es que no, pero mi compañero es realmente

bueno —admití.

— ¿Quién es? —inquirió en señal de interés.

—Eh... Mike Newton —le revelé a regañadientes.

—Ah, sí. Me comentaste que eras amiga del chico de los Newton

—se animó—. Una buena familia —musitó para sí durante un

minuto—. ¿Por qué no le pides que te lleve al baile este fin de

semana?

— ¡Papá! —gemí—. Está saliendo con mi amiga Jessica. Además,

sabes que no sé bailar.

—Ah, sí—murmuró. Entonces me sonrió con un gesto de

disculpa—. Bueno, supongo que es mejor que te vayas el

sábado. .. Había planeado ir de pesca con los chicos de la

comisaría. Parece que va a hacer calor de verdad, pero me puedo

quedar en casa si quieres posponer tu viaje hasta que alguien te

pueda acompañar. Sé que te dejo aquí sola mucho tiempo.

—Papá, lo estás haciendo fenomenal —le sonreí con la esperanza

de ocultar mi alivio—. Nunca me ha preocupado estar sola, en

eso me parezco mucho a ti.

Le guiñé un ojo, y al sonreírme le salieron arrugas alrededor de

los ojos.

Esa noche dormí mejor porque me encontraba demasiado

cansada para soñar de nuevo. Estaba de buen humor cuando el

gris perla de la mañana me despertó. La tensa velada con Billy y

Jacob ahora me parecía inofensiva y decidí olvidarla por

completo. Me descubrí silbando mientras me recogía el pelo con

un pasador. Luego, bajé las escaleras dando saltos. Charlie, que

desayunaba sentado a la mesa, se dio cuenta y comentó:

—Estás muy alegre esta mañana.

Me encogí de hombros.

—Es viernes.

Me di mucha prisa para salir en cuanto se fuera Charlie. Había

preparado la mochila, me había calzado los zapatos y cepillado

los dientes, pero Edward fue más rápido a pesar de que salí

disparada por la puerta en cuanto me aseguré de que Charlie se

había perdido de vista. Me esperaba en su flamante coche con las

ventanillas bajadas y el motor apagado.

Esta vez no vacilé en subirme al asiento del copiloto lo más

rápidamente posible para verle el rostro. Me dedicó esa sonrisa

traviesa y abierta que me hacía contener el aliento y me

paralizaba el corazón. No podía concebir que un ángel fuera más

espléndido. No había nada en Edward que se pudiera mejorar.

— ¿Cómo has dormido? —me preguntó. ¿Sabía lo atrayente que

resultaba su voz?

—Bien. ¿Qué tal tu noche?

—Placentera.

Una sonrisa divertida curvó sus labios. Me pareció que me estaba

perdiendo una broma privada.

— ¿Puedo preguntarte qué hiciste?

—No —volvió a sonreír—, el día de hoy sigue siendo mío.

Quería saber cosas sobre la gente, sobre Renée, sus aficiones, qué

hacíamos juntas en nuestro tiempo libre, y luego sobre la única

abuela a la que había conocido, mis pocos amigos del colegio y...

me puse colorada cuando me preguntó por los chicos con los que

había tenido citas. Me aliviaba que en realidad nunca hubiera

salido con ninguno, por lo que la conversación sobre ese tema en

particular no fue demasiado larga. Pareció tan sorprendido como

Jessica y Angela por mi escasa vida romántica.

— ¿Nunca has conocido a nadie que te haya gustado? —me

preguntó con un tono tan serio que me hizo preguntarme qué

estaría pensando al respecto.

De mala gana, fui sincera:

—En Phoenix, no.

Frunció los labios con fuerza.

Para entonces, nos hallábamos ya en la cafetería. El día había

transcurrido rápidamente en medio de ese borrón que se estaba

convirtiendo en rutina. Aproveché la breve pausa para dar un

mordisco a mi rosquilla.

—Hoy debería haberte dejado que condujeras —anunció sin

venir a cuento mientras masticaba.

— ¿Por qué? —quise saber.

—Me voy a ir con Alice después del almuerzo.

—Vaya —parpadeé, confusa y desencantada—. Está bien, no está

demasiado lejos para un paseo.

Me miró con impaciencia.

—No te voy a hacer ir a casa andando. Tomaremos tu coche y lo

dejaremos aquí para ti.

—No llevo la llave encima —musité—. No me importa caminar,

de verdad.

Lo que me importaba era disponer de menos tiempo en su

compañía.

Negó con la cabeza.

—Tu monovolumen estará aquí y la llave en el contacto, a menos

que temas que alguien te lo pueda robar.

Se rió sólo de pensarlo.

—De acuerdo —acepté con los labios apretados.

Estaba casi segura de que tenía la llave en el bolsillo de los

vaqueros que había llevado el miércoles, debajo de una pila de

ropa en el lavadero.

Jamás la encontraría, aunque irrumpiera en mi casa o cualquier

otra cosa que estuviera planeando. Pareció percatarse del desafío

implícito en mi aceptación, pero sonrió burlón, demasiado

seguro de sí mismo.

— ¿Adonde vas a ir? —pregunté de la forma más natural que fui

capaz.

—De caza —replicó secamente—. Si voy a estar a solas contigo

mañana, voy a tomar todas las precauciones posibles —su rostro

se hizo más taciturno y suplicante—. Siempre lo puedes cancelar,

ya sabes.

Bajé la vista, temerosa del persuasivo poder de sus ojos. Me

negué a dejarme convencer de que le temiera, sin importar lo real

que pudiera ser el peligro. No importa, me repetí en la mente.

—No —susurré mientras le miraba a la cara—. No puedo.

—Tal vez tengas razón —murmuró sombríamente.

El color de sus ojos parecía oscurecerse conforme lo miraba.

Cambié de tema.

— ¿A qué hora te veré mañana? —quise saber, ya deprimida por

la idea de tener que dejarle ahora.

—Eso depende... Es sábado. ¿No quieres dormir hasta tarde? —

me ofreció.

—No —respondí a toda prisa. Contuvo una sonrisa.

—Entonces, a la misma hora de siempre —decidió—. ¿Estará

Charlie ahí?

—No, mañana se va a pescar.

Sonreí abiertamente ante el recuerdo de la forma tan conveniente

con que se habían solucionado las cosas.

— ¿Y qué pensará si no vuelves? —inquirió con la voz cortante.

—No tengo ni idea —repliqué con frialdad—. Sabe que tengo

intención de hacer la colada. Tal vez crea que me he caído dentro

de la lavadora.

Me miró con el ceño enfurruñado y yo hice lo mismo. Su rabia

fue mucho más impresionante que la mía.

— ¿Qué vas a cazar esta noche? —le pregunté cuando estuve

segura de haber perdido el concurso de ceños.

—Cualquier cosa que encontremos en el parque —parecía

divertido por mi informal referencia a sus actividades secretas—.

No vamos a ir lejos.

— ¿Por qué vas con Alice? —me extrañé.

—Alice es la más... compasiva.

Frunció el ceño al hablar.

— ¿Y los otros? —Pregunté con timidez—. ¿Cómo se lo toman?

Arrugó la frente durante unos momentos.

—La mayoría con incredulidad.

Miré a hurtadillas y con rapidez a su familia. Permanecían

sentados con la mirada perdida en diferentes direcciones, del

mismo modo que la primera vez que los vi. Sólo que ahora eran

cuatro, su hermoso hermano con pelo de bronce se sentaba frente

a mí con los dorados ojos turbados.

—No les gusto —supuse.

—No es eso —disintió, pero sus ojos eran demasiado inocentes

para mentir—. No comprenden por qué no te puedo dejar sola.

Sonreí de oreja a oreja.

—Yo tampoco, si vamos al caso.

Edward movió la cabeza lentamente y luego miró al techo antes

de que nuestras miradas volvieran a encontrarse.

—Te lo dije, no te ves a ti misma con ninguna claridad. No te

pareces a nadie que haya conocido. Me fascinas.

Le dirigí una mirada de furia, segura de que hablaba en broma.

Edward sonrió al descifrar mi expresión.

—Al tener las ventajas que tengo —murmuró mientras se tocaba

la frente con discreción—, disfruto de una superior comprensión

de la naturaleza humana. Las personas son predecibles, pero tú

nunca haces lo que espero. Siempre me pillas desprevenido.

Desvié la mirada y mis ojos volvieron a vagar de vuelta a su

familia, avergonzada y decepcionada. Sus palabras me hacían

sentir como una cobaya. Quise reírme de mí misma por haber

esperado otra cosa.

—Esa parte resulta bastante fácil de explicar —continuó. Aunque

todavía no era capaz de mirarle, sentí sus ojos fijos en mi rostro

—, pero hay más, y no es tan sencillo expresarlo con palabras...

Seguía mirando fijamente a los Cullen mientras él hablaba. De

repente, Rosalie, su rubia e impresionante hermana, se volvió

para echarme un vistazo. No, no para echarme un vistazo. Para

atraparme en una mirada feroz con sus ojos fríos y oscuros.

Hasta que Edward se interrumpió a mitad de frase y emitió un

bufido muy bajo. Fue casi un siseo.

Rosalie giró la cabeza y me liberé. Volví a mirar a Edward, y

supe que podía ver la confusión y el miedo que me había hecho

abrir tanto los ojos. Su rostro se tensó mientras se explicaba:

—Lo lamento. Ella sólo está preocupada. Ya ves... Después de

haber pasado tanto tiempo en público contigo no es sólo

peligroso para mí si... —bajó la vista.

— ¿Si...?

—Si las cosas van mal.

Dejó caer la cabeza entre las manos, como aquella noche en Port

Angeles. Su angustia era evidente. Anhelaba confortarle, pero

estaba muy perdida para saber cómo hacerlo. Extendí la mano

hacia él involuntariamente, aunque rápidamente la dejé caer

sobre la mesa, ante el temor de que mi caricia empeorase las

cosas. Lentamente comprendía que sus palabras deberían

asustarme. Esperé a que el miedo llegara, pero todo lo que sentía

era dolor por su pesar.

Y frustración... Frustración porque Rosalie hubiera interrumpido

fuera lo que fuera lo que estuviese a punto de decir. No sabía

cómo sacarlo a colación de nuevo. Seguía con la cabeza entre las

manos. Intenté hablar con un tono de voz normal:

— ¿Tienes que irte ahora?

—Sí —alzó el rostro, por un momento estuvo serio, pero luego

cambió de estado de ánimo y sonrió—. Probablemente sea lo

mejor. En Biología aún nos quedan por soportar quince minutos

de esa espantosa película. No creo que lo aguante más.

Me llevé un susto. De repente, Alice se encontraba en pie detrás

del hombro de Edward. Su pelo corto y de punta, negro como la

tinta, rodeaba su exquisita, delicada y pequeña faz como un halo

impreciso. Su delgada figura era esbelta y grácil incluso en

aquella absoluta inmovilidad. Edward la saludó sin desviar la

mirada de mí.

—Alice.

—Edward —respondió ella. Su aguda voz de soprano era casi tan

atrayente como la de su hermano.

—Alice, te presento a Bella... Bella, ésta es Alice —nos presentó

haciendo un gesto informal con la mano y una seca sonrisa en el

rostro.

—Hola, Bella —sus brillantes ojos de color obsidiana eran

inescrutables, pero la sonrisa era cordial—. Es un placer

conocerte al fin.

Edward le dirigió una mirada sombría.

—Hola, Alice —musité con timidez.

— ¿Estás preparado? —le preguntó.

—Casi —replicó Edward con voz distante—. Me reuniré contigo

en el coche.

Alice se alejó sin decir nada más. Su andar era tan flexible y

sinuoso que sentí una aguda punzada de celos.

—Debería decir «que te diviertas», ¿o es el sentimiento

equivocado? —le pregunté volviéndome hacia él.

—No, «que te diviertas» es tan bueno como cualquier otro.

Esbozó una amplia sonrisa.

—En tal caso, que te diviertas.

Me esforcé en parecer sincera, pero, por supuesto, no le engañé.

—Lo intentaré —seguía sonriendo—. Y tú, intenta mantenerte a

salvo, por favor.

—A salvo en Forks... ¡Menudo reto!

—Para ti lo es —el rostro se endureció—. Prométemelo.

—Prometo que intentaré mantenerme ilesa —declamé—. Esta

noche haré la colada... Una tarea que no debería entrañar

demasiado peligro.

—No te caigas dentro de la lavadora —se mofó.

—Haré lo que pueda.

Se puso en pie y yo también me levanté.

—Te veré mañana —musité.

—Te parece mucho tiempo, ¿verdad? —murmuró.

Asentí con desánimo.

—Por la mañana, allí estaré —me prometió esbozando su sonrisa

picara.

Extendió la mano a través de la mesa para acariciarme la cara, me

rozó levemente los pómulos y luego se dio la vuelta y se alejó.

Clavé mis ojos en él hasta que se marchó.

Sentí la enorme tentación de hacer novillos el resto del día, faltar

al menos a clase de Educación física, pero mi instinto me detuvo.

Sabía que Mike y los demás darían por supuesto que estaba con

Edward si desaparecía ahora, y a él le preocupaba el tiempo que

pasábamos juntos en público por si las cosas no salían bien. Me

negué a entretenerme con ese último pensamiento y en vez de

eso, concentré mi atención en hacer que las cosas fueran más

seguras para él.

Intuitivamente, sabía —y me daba cuenta de que él también lo

creía así— que mañana iba a ser un momento crucial. Nuestra

relación no podía continuar en el filo de la navaja. Caeríamos a

uno u otro lado, dependiendo por completo de su elección o de

sus instintos. Había tomado mi decisión, lo había hecho incluso

antes de haber sido consciente de la misma y me comprometí a

llevarla a cabo hasta el final, porque para mí no había nada más

terrible e insoportable que la idea de separarme de él. Me

resultaba imposible.

Resignada, me dirigí a clase. Para ser sincera, no sé qué sucedió

en Biología, estaba demasiado preocupada con los pensamientos

de lo que sucedería al día siguiente. En la clase de gimnasia,

Mike volvía a dirigirme la palabra otra vez. Me deseó que tuviera

buen tiempo en Seattle. Le expliqué con detalle que, preocupada

por el coche, había cancelado mi viaje.

— ¿Vas a ir al baile con Cullen? —preguntó, repentinamente

mohíno.

—No, no voy a ir con nadie.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —inquirió con demasiado interés.

Mi reacción instintiva fue decirle que dejara de entrometerse,

pero en lugar de eso le mentí alegremente.

—La colada, y he de estudiar para el examen de Trigonometría o

voy a suspender.

— ¿Te está ayudando Cullen con los estudios?

—Edward —enfaticé— no me va ayudar con los estudios. Se va a

no sé dónde durante el fin de semana.

Noté con sorpresa que las mentiras me salían con mayor

naturalidad que de costumbre.

—Ah —se animó—. Ya sabes, de todos modos, puedes venir al

baile con nuestro grupo. Estaría bien. Todos bailaríamos contigo

—prometió.

La imagen mental del rostro de Jessica hizo que el tono de mi voz

fuera más cortante de lo necesario.

—Mike, no voy a ir al baile, ¿de acuerdo?

—Vale —se enfurruñó otra vez—. Sólo era una oferta.

Cuando al fin terminaron las clases, me dirigí al aparcamiento sin

entusiasmo. No me apetecía especialmente ir a casa a pie, pero no

veía la forma de recuperar el monovolumen. Entonces, comencé

a creer una vez más que no había nada imposible para él. Este

último instinto demostró ser correcto: mi coche estaba en la

misma plaza en la que él había aparcado el Volvo por la mañana.

Incrédula, sacudí la cabeza mientras abría la puerta —no estaba

echado el pestillo— y vi las llaves en el bombín de la puesta en

marcha.

Había un pedazo de papel blanco doblado sobre mi asiento. Lo

tomé y cerré la puerta antes de desdoblarlo. Había escrito dos

palabras con su elegante letra: «Sé prudente».

El sonido del motor al arrancar me asustó. Me reí de mí misma.

El pomo de la puerta estaba cerrado y el pestillo sin echar, tal y

como se había quedado por la mañana. Una vez dentro, me fui

directa al lavadero. Parecía que todo seguía igual. Hurgué entre

la ropa en busca de mis vaqueros y revisé los bolsillos una vez

que los hube encontrado. Vacíos. Quizás las hubiera dejado

colgando dentro del coche, pensé sacudiendo la cabeza.

Siguiendo el mismo instinto que me había movido a mentir a

Mike, telefoneé a Jessica so pretexto de desearle suerte en el baile.

Cuando ella me deseó lo mismo para mi día con Edward, le hablé

de la cancelación. Parecía más desencantada de lo realmente

necesario para ser una observadora imparcial. Después de eso,

me despedí rápidamente.

Charlie estuvo distraído durante la cena, supuse que le

preocupaba algo relacionado con el trabajo, o tal vez con el

partido de baloncesto, o puede que le hubiera gustado de verdad

la lasaña. Con Charlie, era difícil saberlo.

— ¿Sabes, papá? —comencé, interrumpiendo su meditación.

— ¿Qué pasa, Bella?

—Creo que tienes razón en lo del viaje a Seattle. Me parece que

voy a esperar hasta que Jessica o algún otro me puedan

acompañar.

—Ah —dijo sorprendido—. De acuerdo. Bueno, ¿quieres que me

quede en casa?

—No, papá, no cambies de planes. Tengo un millón de cosas que

hacer: los deberes, la colada, necesito ir a la biblioteca y al

supermercado. Estaré entrando y saliendo todo el día. Ve y

diviértete.

— ¿Estás segura?

—Totalmente, papá. Además, el nivel de pescado del congelador

está bajando peligrosamente... Hemos descendido hasta tener

reservas sólo para dos o tres años.

Me sonrió.

—Resulta muy fácil vivir contigo, Bella.

—Podría decir lo mismo de ti —contesté entre risas demasiado

apagadas, pero no pareció notarlo. Me sentí culpable por hacerle

creer aquello, y estuve a punto de seguir el consejo de Edward y

decirle dónde iba a estar. A punto.

Después de la cena, doblé la ropa y puse otra colada en la

secadora. Por desgracia, era la clase de trabajo que sólo mantiene

ocupadas las manos y mi mente tuvo demasiado tiempo libre, sin

duda, y debido a eso perdí el control. Fluctuaba entre una ilusión

tan intensa que se acercaba al dolor y un miedo insidioso que

minaba mi resolución. Tuve que seguir recordándome que ya

había elegido y que no había vuelta atrás. Saqué del bolsillo la

nota de Edward dedicando mucho más esfuerzo del necesario

para embeberme con las dos simples palabras que había escrito.

El quería que estuviera a salvo, me dije una y otra vez. Sólo podía

aferrarme a la confianza de que al fin ese deseo prevaleciera

sobre los demás. ¿Qué otra alternativa tenía? ¿Apartarle de mi

vida? Intolerable. Además, en realidad, parecía que toda mi vida

girase en torno a él desde que vine a Forks.

Una vocecita preocupada en el fondo de mi mente se preguntaba

cuánto dolería en el caso de que las cosas terminaran mal.

Me sentí aliviada cuando se hizo lo bastante tarde para

acostarme. Sabía de sobra que estaba demasiado estresada para

dormir, por lo que hice algo que nunca había hecho antes: tomar

sin necesidad y de forma consciente una medicina para el

resfriado, de esas que me dejaban grogui durante unas ocho

horas. Normalmente no hubiera justificado esa clase de

comportamiento en mí misma, pero el día siguiente ya iba a ser

bastante complicado como para añadirle que estuviera

atolondrada por no haber pegado ojo. Me sequé el pelo hasta que

estuvo totalmente liso y me ocupé de la ropa que llevaría al día

siguiente mientras aguardaba a que hiciera efecto el fármaco.

Una vez que lo tuve todo listo para el día siguiente, me tendí al

fin en la cama. Estaba agitada, sin poder parar de dar vueltas. Me

levanté y revolví la caja de zapatos con los CD hasta encontrar

una recopilación de los nocturnos de Chopin. Lo puse a un

volumen muy bajo y volví a tumbarme, concentrándome en ir

relajando cada parte de mi cuerpo. En algún momento de ese

ejercicio, hicieron efecto las pastillas contra el resfriado y, por

suerte, me quedé dormida.

Me desperté a primera hora después de haber dormido a pierna

suelta y sin pesadillas gracias al innecesario uso de los fármacos.

Aun así, salté de la cama con el mismo frenesí de la noche

anterior. Me vestí rápidamente, me ajusté el cuello alrededor de

la garganta y seguí forcejeando con el suéter de color canela hasta

colocarlo por encima de los vaqueros. Con disimulo, eché un

rápido vistazo por la ventana para verificar que Charlie se había

marchado ya. Una fina y algodonosa capa de nubes cubría el

cielo, pero no parecía que fuera a durar mucho. Desayuné sin

saborear lo que comía y me apresuré a fregar los platos en cuanto

hube terminado. Volví a echar un vistazo por la ventana, pero no

se había producido cambio alguno. Apenas había terminado de

cepillarme los dientes y me disponía a bajar las escaleras cuando

una sigilosa llamada de nudillos provocó un sordo golpeteo de

mi corazón contra las costillas.

Fui corriendo hacia la entrada. Tuve un pequeño problema con el

pestillo, pero al fin conseguí abrir la puerta de un tirón y allí

estaba él. Se desvaneció toda la agitación y recuperé la calma en

cuanto vi su rostro.

Al principio no estaba sonriente, sino sombrío, pero su expresión

se alegró en cuanto se fijó en mí, y se rió entre dientes.

—Buenos días.

— ¿Qué ocurre?

Eché un vistazo hacia abajo para asegurarme de que no me había

olvidado de ponerme nada importante, como los zapatos o los

pantalones.

—Vamos a juego.

Se volvió a reír. Me di cuenta de que él llevaba un gran suéter

ligero del mismo color que el mío, cuyo cuello a la caja dejaba al

descubierto el de la camisa blanca que llevaba debajo, y unos

vaqueros azules. Me uní a sus risas al tiempo que ocultaba una

secreta punzada de arrepentimiento... ¿Por qué tenía él que

parecer un modelo de pasarela y yo no?

Cerré la puerta al salir mientras él se dirigía al monovolumen.

Aguardó junto a la puerta del copiloto con una expresión

resignada y perfectamente comprensible.

—Hicimos un trato —le recordé con aire de suficiencia mientras

me encaramaba al asiento del conductor y me estiraba para

abrirle la puerta.

— ¿Adonde? —le pregunté.

—Ponte el cinturón... Ya estoy nervioso.

Le dirigí una mirada envenenada mientras le obedecía.

— ¿Adonde? —repetí suspirando.

—Toma la 101 hacia el norte —ordenó.

Era sorprendentemente difícil concentrarse en la carretera al

mismo tiempo que sentía sus ojos clavados en mi rostro. Lo

compensé conduciendo con más cuidado del habitual mientras

cruzaba las calles del pueblo, aún dormido.

— ¿Tienes intención de salir de Forks antes del anochecer?

—Un poco de respeto —le recriminé—, este trasto tiene los

suficientes años para ser el abuelo de tu coche.

A pesar de su comentario recriminatorio, pronto atisbamos los

límites del pueblo. Una maleza espesa y una ringlera de troncos

verdes reemplazaron las casas y el césped.

—Gira a la derecha para tomar la 101 —me indicó cuando estaba

a punto de preguntárselo. Obedecía en silencio.

—Ahora, avanzaremos hasta que se acabe el asfalto.

Detecté cierta sorna en su voz, pero tenía demasiado miedo a

salirme de la carretera como para mirarle y asegurarme de que

estaba en lo cierto.

— ¿Qué hay allí, donde se acaba el asfalto?

—Una senda.

— ¿Vamos de caminata? —pregunté preocupada. Gracias a Dios,

me había puesto las zapatillas de tenis.

— ¿Supone algún problema?

Lo dijo como si esperara que fuera así.

—No.

Intenté que la mentira pareciera convincente, pero si pensaba que

el monovolumen era lento, tenía que esperar a verme a mí...

—No te preocupes, sólo son unos ocho kilómetros y no iremos

deprisa.

¡Ocho kilómetros! No le respondí para que no notara cómo el

pánico quebraba mi voz. Ocho kilómetros de raíces traicioneras y

piedras sueltas que intentarían torcerme el tobillo o

incapacitarme de alguna otra manera. Aquello iba a resultar

humillante.

Avanzamos en silencio durante un buen rato mientras yo sentía

pavor ante la perspectiva de nuestra llegada.

— ¿En qué piensas? —preguntó con impaciencia.

—Sólo me preguntaba adonde nos dirigimos —volví a mentirle.

—Es un lugar al que me gusta mucho ir cuando hace buen

tiempo.

Luego, ambos nos pusimos a mirar por las ventanillas a las

nubes, que comenzaban a diluirse en el firmamento.

—Charlie dijo que hoy haría buen tiempo.

— ¿Le dijiste lo que te proponías?

—No.

—Pero Jessica cree que vamos a Seattle juntos... —la idea parecía

de su agrado—. — ¿No?

—No, le dije que habías suspendido el viaje... cosa que es cierta.

— ¿Nadie sabe que estás conmigo? —inquirió, ahora con enfado.

—Eso depende... ¿He de suponer que se lo has contado a Alice?

—Eso es de mucha ayuda, Bella —dijo bruscamente.

Fingí no haberle oído, pero volvió a la carga y preguntó:

— ¿Te deprime tanto Forks que estás preparando tu suicidio?

—Dijiste que un exceso de publicidad sobre nosotros podría

ocasionarte problemas —le recordé.

— ¿Y a ti te preocupan mis posibles problemas? —El tono de su

voz era de enfado y amargo sarcasmo—. ¿Y si no regresas?

Negué con la cabeza sin apartar la vista de la carretera. Murmuró

algo en voz baja, pero habló tan deprisa que no le comprendí.

Nos mantuvimos en silencio el resto del trayecto en el coche.

Noté que en su interior se alzaban oleadas de rabiosa

desaprobación, pero no se me ocurría nada que decir.

Entonces se terminó la carretera, que se redujo hasta convertirse

en una senda de menos de medio metro de ancho jalonada de

pequeños indicadores de madera. Aparqué sobre el estrecho

arcén y salí sin atreverme a fijar mi vista en él puesto que se

había enfadado conmigo, y tampoco tenía ninguna excusa para

mirarle. Hacía calor, mucho más del que había hecho en Forks

desde el día de mi llegada, y a causa de las nubes hacía casi

bochorno. Me quité el suéter y lo anudé en torno a mi cintura,

contenta de haberme puesto una camiseta liviana y sin mangas,

sobre todo si me esperaban ocho kilómetros a pie.

Le oí dar un portazo y pude comprobar que también él se había

desprendido del suéter. Permanecía cerca del coche, de espaldas

a mí, encarándose con el bosque primigenio.

—Por aquí —indicó, girando la cabeza y con expresión aún

molesta. Comenzó a adentrarse en el sombrío bosque.

— ¿Y la senda?

El pánico se manifestó en mi voz mientras rodeaba el vehículo

para darle alcance.

—Dije que al final de la carretera había un sendero, no que lo

fuéramos a seguir.

— ¡¿No iremos por la senda?! —pregunté con desesperación.

—No voy a dejar que te pierdas.

Se dio la vuelta al hablar, sonriendo con mofa, y contuve un

gemido. Llevaba desabotonada la camiseta blanca sin mangas,

por lo que la suave superficie de su piel se veía desde el cuello

hasta los marmóreos contornos de su pecho, sin que su perfecta

musculatura quedara oculta debajo de la ropa. La desesperación

me hirió en lo más hondo al comprender que era demasiado

perfecto. No había manera de que aquella criatura celestial

estuviera hecha para mí.

Desconcertado por mi expresión torturada, Edward me miró

fijamente.

— ¿Quieres volver a casa? —dijo con un hilo de voz. Un dolor de

diferente naturaleza al mío impregnaba su voz.

Me adelanté hasta llegar a su altura, ansiosa por no desperdiciar

ni un segundo del tiempo que pudiera estar en su compañía.

— ¿Qué va mal? —preguntó con amabilidad.

—No soy una buena senderista —le expliqué con desánimo—.

Tendrás que tener paciencia conmigo.

—Puedo ser paciente si hago un gran esfuerzo.

Me sonrió y sostuvo mi mirada en un intento de levantarme el

ánimo, súbita e inexplicablemente alicaído. Intenté devolverle la

sonrisa, pero no fue convincente. Estudió mi rostro.

—Te llevaré de vuelta a casa —prometió.

No supe determinar si la promesa se refería al final de la jornada

o a una marcha inmediata. Sabía que él creía que era el miedo lo

que me turbaba, y de nuevo agradecí ser yo la única persona a la

que no le pudiera leer el pensamiento.

—Si quieres que recorra ocho kilómetros a través de la selva

antes del atardecer, será mejor que empieces a indicarme el

camino —le repliqué con acritud.

Torció el gesto mientras se esforzaba por comprender mi tono y

la expresión de mis facciones. Después de unos momentos, se

rindió y encabezó la marcha hacia el bosque.

No resultó tan duro como me había temido. El camino era plano

la mayor parte del tiempo y estuvo a mi lado para sostenerme al

pasar por los húmedos heléchos y los mosaicos de musgo.

Cuando teníamos que sortear árboles caídos o pedruscos, me

ayudaba, levantándome por el codo y soltándome en cuanto la

senda se despejaba. El toque gélido de su piel sobre la mía hacía

palpitar mi corazón invariablemente. Las dos veces en que esto

sucedió miré de reojo su rostro, estaba segura de que, no sabía

cómo, él oía mis latidos.

Intenté mantener los ojos lejos de su cuerpo perfecto tanto como

me fue posible, pero a menudo no podía resistir la tentación de

mirarle, y su hermosura me sumía en la tristeza.

Recorrimos en silencio la mayor parte del trayecto. De vez en

cuando, Edward formulaba una pregunta al azar, una de las que

no me había hecho en los dos días anteriores de interrogatorio.

Me interrogó sobre mis cumpleaños, los profesores en la escuela

primaria y las mascotas de mi infancia... Tuve que admitir que

había renunciado a ellas después de que se murieran tres peces

de forma seguida. Rompió a reír al oírlo con más fuerza de lo que

me tenía acostumbrada... De los bosques desiertos se levantó un

eco similar al tañido de las campanas.

La caminata me llevó la mayor parte de la mañana, pero él no

mostró signo alguno de impaciencia. El bosque se extendía a

nuestro alrededor en un interminable laberinto de viejos árboles,

y la idea de que no encontráramos la salida comenzó a ponerme

nerviosa. Edward se encontraba muy a gusto y cómodo en aquel

dédalo de color verde, y nunca pareció dudar sobre qué dirección

tomar.

Después de varias horas, la luz pasó de un tenebroso tono

oliváceo a otro jade más brillante al filtrarse a través del dosel de

ramas. El día se había vuelto soleado, tal y como él había

predicho. Comencé a sentir un estremecimiento de entusiasmo

por primera vez desde que entré en el bosque, sensación que

rápidamente se convirtió en impaciencia.

— ¿Aún no hemos llegado? —le pinché, fingiendo fruncir el

ceño.

—Casi —sonrió ante el cambio de mi estado de ánimo—. ¿Ves

ese fulgor de ahí delante?

—Humm —miré atentamente a través del denso follaje del

bosque—. ¿Debería verlo?

Esbozó una sonrisa burlona.

—Puede que sea un poco pronto para tus ojos.

—Tendré que pedir hora para visitar al oculista —murmuré.

Su sonrisa de mofa se hizo más pronunciada.

Pero entonces, después de recorrer otros cien metros, pude ver

sin ningún género de duda una luminosidad en los árboles que

se hallaban delante de mí, un brillo que era amarillo en lugar de

verde. Apreté el paso, mi avidez crecía conforme avanzaba.

Edward me dejó que yo fuera delante y me siguió en silencio.

Alcancé el borde de aquel remanso de luz y atravesé la última

franja de helecho para entrar en el lugar más maravilloso que

había visto en mi vida. La pradera era un pequeño círculo

perfecto lleno de flores silvestres: violetas, amarillas y de tenue

blanco. Podía oír el burbujeo musical de un arroyo que fluía en

algún lugar cercano. El sol estaba directamente en lo alto,

colmando el redondel de una blanquecina calima luminosa.

Pasmada, caminé sobre la mullida hierba en medio de las flores,

balanceándose al cálido aire dorado. Me di media vuelta para

compartir con él todo aquello, pero Edward no estaba detrás de

mí, como creía. Repentinamente alarmada, giré a mí alrededor en

su busca. Finalmente, lo localicé, inmóvil debajo de la densa

sombra del dosel de ramas, en el mismo borde del claro, mientras

me contemplaba con ojos cautelosos. Sólo entonces recordé lo

que la belleza del prado me había hecho olvidar: el enigma de

Edward y el sol, lo que me había prometido mostrarme hoy.

Di un paso hacia él, con los ojos relucientes de curiosidad. Los

suyos en cambio se mostraban recelosos. Le sonreí para

infundirle valor y le hice señas para que se reuniera conmigo,

acercándome un poco más. Alzó una mano en señal de aviso y yo

vacilé, y retrocedí un paso.

Edward pareció inspirar hondo y entonces salió al brillante

resplandor del mediodía.

CONFESIONES

A la luz del sol, Edward resultaba chocante. No me hubiera

acostumbrado ni aunque le hubiera estado mirando toda la tarde.

A pesar de un tenue rubor, producido a raíz de su salida de caza

durante la tarde del día anterior, su piel centelleaba literalmente

como si tuviera miles de nimios diamantes incrustados en ella.

Yacía completamente inmóvil en la hierba, con la camiseta

abierta sobre su escultural pecho incandescente y los brazos

desnudos centelleando al sol. Mantenía cerrados los

deslumbrantes párpados de suave azul lavanda, aunque no

dormía, por supuesto. Parecía una estatua perfecta, tallada en

algún tipo de piedra ignota, lisa como el mármol, reluciente

como el cristal.

Movía los labios de vez en cuando con tal rapidez que parecían

temblar, pero me dijo que estaba cantando para sí mismo cuando

le pregunté al respecto. Lo hacía en voz demasiado baja para que

le oyera.

También yo disfruté del sol, aunque el aire no era lo bastante

seco para mi gusto. Me hubiera gustado recostarme como él y

dejar que el sol bañara mi cara, pero permanecí avovillada, con el

mentón descansando sobre las rodillas, poco dispuesta a apartar

la vista de él. Soplaba una brisa suave que enredaba mis cabellos

y alborotaba la hierba que se mecía alrededor de su figura

inmóvil.

La pradera, que en un principio me había parecido espectacular,

palidecía al lado de la magnificencia de Edward.

Siempre con miedo, incluso ahora, a que desapareciera como un

espejismo demasiado hermoso para ser real, extendí un dedo con

indecisión y acaricié el dorso de su mano reluciente, que

descansaba sobre el césped al alcance de la mía. Otra vez me

maravillé de la textura perfecta de suave satén, fría como la

piedra. Cuando alcé la vista, había abierto los ojos y me miraba.

Una rápida sonrisa curvó las comisuras de sus labios sin mácula.

— ¿No te asusto? —preguntó con despreocupación, aunque

identifiqué una curiosidad real en el tono de su suave voz.

—No más que de costumbre.

Su sonrisa se hizo más amplia y sus dientes refulgieron al sol.

Poco a poco, me acerqué más y extendí toda la mano para trazar

los contornos de su antebrazo con las yemas de los dedos.

Contemplé el temblor de mis dedos y supe que el detalle no le

pasaría desapercibido.

— ¿Te molesta? —pregunté, ya que había vuelto a cerrar los ojos.

—No—respondió sin abrirlos—, no te puedes ni imaginar cómo

se siente eso.

Suspiró.

Siguiendo el suave trazado de las venas azules del pliegue de su

codo, mi mano avanzó con suavidad sobre los perfectos

músculos de su brazo. Estiré la otra mano para darle la vuelta a

la de Edward. Al comprender mi pretensión, dio la vuelta a su

mano con uno de esos desconcertantes y fulgurantes

movimientos suyos. Esto me sobresaltó; mis dedos se paralizaron

en su brazo por un breve segundo.

—Lo siento —murmuró. Le busqué con la vista a tiempo de verle

cerrar los ojos de nuevo—. Contigo, resulta demasiado fácil ser

yo mismo.

Alcé su mano y la volví a un lado y al otro mientras contemplaba

el brillo del sol sobre la palma. La sostuve cerca de mi rostro en

un intento de descubrir las facetas ocultas de su piel.

—Dime qué piensas —susurró. Al mirarle descubrí que me

estaba observando con repentina atención—. Me sigue

resultando extraño no saberlo.

—Bueno, ya sabes, el resto nos sentimos así todo el tiempo.

—Es una vida dura — ¿me imaginé el matiz de pesar en su voz?

—. Aún no me has contestado.

—Deseaba poder saber qué pensabas tú —vacilé— y...

— ¿Y?

—Quería poder creer que eres real. Y deseaba no tener miedo.

—No quiero que estés asustada.

La voz de Edward era apenas un murmullo suave. Escuché lo

que en realidad no podía decir sinceramente, que no debía tener

miedo, que no había nada de qué asustarse.

—Bueno, no me refería exactamente a esa clase de miedo,

aunque, sin duda, es algo sobre lo que debo pensar.

Se movió tan deprisa que ni lo vi. Se sentó en el suelo, apoyado

sobre el brazo derecho, y con la mano izquierda aún en las mías.

Su rostro angelical estaba a escasos centímetros del mío. Podría

haber retrocedido, debería haberlo hecho, ante esa inesperada

proximidad, pero era incapaz de moverme. Sus ojos dorados me

habían hipnotizado.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo? —murmuró mirándome con

atención.

Pero no pude contestarle. Olí su gélida respiración en mi cara

como sólo lo había hecho una vez. Me derretía ante ese aroma

dulce y delicioso. De forma instintiva y sin pensar, me incliné

más cerca para aspirarlo.

Entonces, Edward desapareció. Su mano se desasió de la mía y se

colocó a seis metros de distancia en el tiempo que me llevó

enfocar la vista. Permanecía en el borde de la pequeña pradera, a

la oscura sombra de un abeto enorme. Me miraba fijamente con

expresión inescrutable y los ojos oscuros ocultos por las sombras.

Sentí la herida y la conmoción en mi rostro. Me picaban las

manos vacías.

—Lo... lo siento, Edward —susurré. Sabía que podía escucharme.

—Concédeme un momento —replicó al volumen justo para que

mis pocos sensitivos oídos lo oyeran. Me senté totalmente

inmóvil.

Después de diez segundos, increíblemente largos, regresó,

lentamente tratándose de él. Se detuvo a pocos metros y se dejó

caer ágilmente al suelo para luego entrecruzar las piernas, sin

apartar sus ojos de los míos ni un segundo. Suspiró

profundamente dos veces y luego me sonrió disculpándose.

—Lo siento mucho —vaciló—. ¿Comprenderías a qué me refiero

si te dijera que sólo soy un hombre?

Asentí una sola vez, incapaz de reírle la gracia. La adrenalina

corrió por mis venas conforme fui comprendiendo poco a poco el

peligro. Desde su posición, él lo olió y su sonrisa se hizo burlona.

—Soy el mejor depredador del mundo, ¿no es cierto? Todo

cuanto me rodea te invita a venir a mí: la voz, el rostro, incluso

mi olor. ¡Como si los necesitase!

Se incorporó de forma inesperada, alejándose hasta perderse de

vista para reaparecer detrás del mismo abeto de antes después de

haber circunvalado la pradera en medio segundo.

— ¡Como si pudieras huir de mí!

Rió con amargura, extendió una mano y arrancó del tronco del

abeto una rama de un poco más de medio metro de grosor sin

esfuerzo alguno en medio de un chasquido estremecedor. Con la

misma mano, la hizo girar en el aire durante unos instantes y la

arrojó a una velocidad de vértigo para estrellarla contra otro

árbol enorme, que se agitó y tembló ante el golpe.

Y estuvo otra vez en frente de mí, a medio metro, inmóvil como

una estatua.

— ¡Como si pudieras derrotarme! —dijo en voz baja.

Permanecí sentada sin moverme, temiéndolo como no lo había

temido nunca. Nunca lo había visto tan completamente libre de

esa fachada edificada con tanto cuidado. Nunca había sido

menos humano ni más hermoso. Con el rostro ceniciento y los

ojos abiertos como platos, estaba sentada como un pájaro

atrapado por los ojos de la serpiente.

Un arrebato frenético parecía relucir en los adorables ojos de

Edward. Luego, conforme pasaron los segundos, se apagaron y

lentamente su expresión volvió a su antigua máscara de dolor.

—No temas —murmuró con voz aterciopelada e

involuntariamente seductora—. Te prometo... —vaciló—, te. juro

que no te haré daño.

Parecía más preocupado de convencerse a sí mismo que a mí.

—No temas —repitió en un susurro mientras se acercaba con

exagerada lentitud. Serpenteó con movimientos deliberadamente

lentos para sentarse hasta que nuestros rostros se encontraron a

la misma altura, a treinta centímetros.

—Perdóname, por favor —pidió ceremoniosamente—. Puedo

controlarme. Me has pillado desprevenido, pero ahora me

comportaré mejor.

Esperó, pero yo todavía era incapaz de hablar.

—Hoy no tengo sed —me guiñó el ojo—. De verdad.

Ante eso, no me quedó otro remedio que reírme, aunque el

sonido fue tembloroso y jadeante.

— ¿Estás bien? —preguntó tiernamente, extendiendo el brazo

lenta y cuidadosamente para volver a poner su mano de mármol

en la mía.

Miré primero su fría y lisa mano, luego, sus ojos, laxos,

arrepentidos; y después, otra vez la mano. Entonces,

pausadamente volví a seguir las líneas de su mano con las yemas

de los dedos. Alcé la vista y sonreí con timidez.

—Bueno, ¿por dónde íbamos antes de que me comportara con

tanta rudeza? —preguntó con las amables cadencias de

principios del siglo pasado.

—La verdad es que no lo recuerdo.

Sonrió, pero estaba avergonzado.

—Creo que estábamos hablando de por qué estabas asustada,

además del motivo obvio.

—Ah, sí.

— ¿Y bien?

Miré su mano y recorrí sin rumbo fijo la lisa e iridiscente palma.

Los segundos pasaban.

— ¡Con qué facilidad me frustro! —musitó.

Estudié sus ojos y de repente comprendí que todo aquello era

casi tan nuevo para él como para mí. A él también le resultaba

difícil a pesar de los muchos años de inconmensurable

experiencia. Ese pensamiento me infundió coraje.

—Tengo miedo, además de por los motivos evidentes, porque no

puedo estar contigo, y porque me gustaría estarlo más de lo que

debería.

Mantuve los ojos fijos en sus manos mientras decía aquello en

voz baja porque me resultaba difícil confesarlo.

—Sí —admitió lentamente—, es un motivo para estar asustado,

desde luego. ¡Querer estar conmigo! En verdad, no te conviene

nada.

—Lo sé. Supongo que podría intentar no desearlo, pero dudo que

funcionara.

—Deseo ayudarte, de verdad que sí —no había el menor rastro

de falsedad en sus ojos límpidos—. Debería haberme alejado

hace mucho, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy capaz.

—No quiero que te vayas —farfullé patéticamente, mirándolo

fijamente hasta lograr que apartara la vista.

—Irme, eso es exactamente lo que debería hacer, pero no temas,

soy una criatura esencialmente egoísta. Ansió demasiado tu

compañía para hacer lo correcto.

—Me alegro.

— ¡No lo hagas! —retiró su mano, esta vez con mayor delicadeza.

La voz de Edward era más áspera de lo habitual. Áspera para él,

aunque más hermosa que cualquier voz humana. Resultaba

difícil tratar con él, ya que sus continuos y repentinos cambios de

humor siempre me producían desconcierto.

— ¡No es sólo tu compañía lo que anhelo! Nunca lo olvides.

Nunca olvides que soy más peligroso para ti de lo que soy para

cualquier otra persona.

Enmudeció y le vi contemplar con ojos ausentes el bosque.

Medité sus palabras durante unos instantes.

—Creo que no comprendo exactamente a qué te refieres... Al

menos la última parte.

Edward me miró de nuevo y sonrió con picardía. Su humor

volvía a cambiar.

— ¿Cómo te explicaría? —musitó—. Y sin aterrorizarte de

nuevo...

Volvió a poner su mano sobre la mía, al parecer de forma

inconsciente, y la sujeté con fuerza entre las mías. Miró nuestras

manos y suspiró.

—Esto es asombrosamente placentero... el calor.

Transcurrió un momento hasta que puso en orden sus ideas y

continuó:

—Sabes que todos disfrutamos de diferentes sabores. Algunos

prefieren el helado de chocolate y otros el de fresa.

Asentí.

—Lamento emplear la analogía de la comida, pero no se me

ocurre otra forma de explicártelo.

Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió con pesar.

—Verás, cada persona huele diferente, tiene una esencia distinta.

Si encierras a un alcohólico en una habitación repleta de cerveza

rancia, se la beberá alegremente, pero si ha superado el

alcoholismo y lo desea, podría resistirse.

«Supongamos ahora que ponemos en esa habitación una botella

de brandy añejo, de cien años, el coñac más raro y exquisito y

llenamos la habitación de su cálido aroma... En tal caso, ¿cómo

crees que le iría?

Permanecimos sentados en silencio, mirándonos a los ojos el uno

al otro en un intento de descifrarnos mutuamente el

pensamiento.

Edward fue el primero en romper el silencio.

—Tal vez no sea la comparación adecuada. Puede que sea muy

fácil rehusar el brandy. Quizás debería haber empleado un

heroinómano en vez de un alcohólico para el ejemplo.

—Bueno, ¿estás diciendo que soy tu marca de heroína? —le

pregunté para tomarle el pelo y animarle.

Sonrió de inmediato, pareciendo apreciar mi esfuerzo.

—Sí, tú eres exactamente mi marca de heroína.

— ¿Sucede eso con frecuencia?

Miró hacia las copas de los árboles mientras pensaba la

respuesta.

—He hablado con mis hermanos al respecto —prosiguió con la

vista fija en la lejanía—. Para Jasper, todos los humanos sois más

de lo mismo. El es el miembro más reciente de nuestra familia y

ha de esforzarse mucho para conseguir una abstinencia completa.

No ha dispuesto de tiempo para hacerse más sensible a las

diferencias de olor, de sabor —súbitamente me miró con gesto de

disculpa—. Lo siento.

—No me molesta. Por favor, no te preocupes por ofenderme o

asustarme o lo que sea... Es así como piensas. Te entiendo, o al

menos puedo intentarlo. Explícate como mejor puedas.

—De modo que Jasper no está seguro de si alguna vez se ha

cruzado con alguien tan... —Edward titubeó, en busca de la

palabra adecuada—, tan apetecible como tú me resultas a mí. Eso

me hizo reflexionar mucho. Emmett es el que hace más tiempo

que ha dejado de beber, por decirlo de alguna manera, y

comprende lo que quiero decir. Dice que le sucedió dos veces,

una con más intensidad que otra.

— ¿Y a ti?

—Jamás.

La palabra quedó flotando en la cálida brisa durante unos

momentos.

— ¿Qué hizo Emmett? —le pregunté para romper el silencio.

Era la pregunta equivocada. Su rostro se ensombreció y sus

manos se crisparon entre las mías. Aguardé, pero no me iba a

contestar.

—Creo saberlo —dije al fin.

Alzó la vista. Tenía una expresión melancólica, suplicante.

—Hasta el más fuerte de nosotros recae en la bebida, ¿verdad?

— ¿Qué me pides? ¿Mi permiso? —mi voz sonó más mordaz de

lo que pretendía. Intenté modular un tono más amable. Suponía

que aquella sinceridad le estaba costando mucho esfuerzo—.

Quiero decir, entonces, ¿no hay esperanza?

¡Con cuánta calma podía discutir sobre mi propia muerte!

— ¡No, no! —Se compungió casi al momento—. ¡Por supuesto

que hay esperanza! Me refiero a que..., por supuesto que no voy

a... —dejó la frase en el aire. Mis ojos inflamaban las llamaradas

de los suyos—. Es diferente para nosotros. En cuanto a Emmett y

esos dos desconocidos con los que se cruzó... Eso sucedió hace

mucho tiempo y él no era tan experto y cuidadoso como lo es

ahora.

Se sumió en el silencio y me miró intensamente.

—De modo que si nos hubiéramos encontrado... en... un callejón

oscuro o algo parecido... —mi voz se fue apagando.

—Necesité todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti en

medio de esa clase llena de niños y... —enmudeció bruscamente

y desvió la mirada—. Cuando pasaste a mi lado, podía haber

arruinado en el acto todo lo que Carlisle ha construido para

nosotros. No hubiera sido capaz de refrenarme si no hubiera

estado controlando mi sed durante los últimos... bueno,

demasiados años.

Se detuvo a contemplar los árboles. Me lanzó una mirada

sombría mientras los dos lo recordábamos.

—Debiste de pensar que estaba loco.

—No comprendí el motivo. ¿Cómo podías odiarme con tanta

rapidez...?

—Para mí, parecías una especie de demonio convocado

directamente desde mi infierno particular para arruinarme. La

fragancia procedente de tu piel... El primer día creí que me iba a

trastornar. En esa única hora, ideé cien formas diferentes de

engatusarte para que salieras de clase conmigo y tenerte a solas.

Las rechacé todas al pensar en mi familia, en lo que podía

hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de pronunciar las

palabras que te harían seguirme...

Entonces, buscó con la mirada mi rostro asombrado mientras yo

intentaba asimilar sus amargos recuerdos. Debajo de sus

pestañas, sus ojos dorados ardían, hipnóticos, letales.

—Y tú hubieras acudido —me aseguró.

Intenté hablar con serenidad.

—Sin duda.

Torció el gesto y me miró las manos, liberándome así de la fuerza

de su mirada.

—Luego intenté cambiar la hora de mi programa en un estéril

intento de evitarte y de repente ahí estabas tú, en esa oficina

pequeña y caliente, y el aroma resultaba enloquecedor. Estuve a

punto de tomarte en ese momento. Sólo había otra frágil

humana... cuya muerte era fácil de arreglar.

Temblé a pesar de estar al sol cuando de nuevo reaparecieron

mis recuerdos desde su punto de vista, sólo ahora me percataba

del peligro. ¡Pobre señora Cope! Me estremecí al pensar lo cerca

que había estado de ser la responsable de su muerte sin saberlo.

—No sé cómo, pero resistí. Me obligué a no esperarte ni a

seguirte desde el instituto. Fuera, donde ya no te podía oler,

resultó más fácil pensar con claridad y adoptar la decisión

correcta. Dejé a mis hermanos cerca de casa. Estaba demasiado

avergonzado para confesarles mi debilidad, sólo sabían que algo

iba mal... Entonces me fui directo al hospital para ver a Carlisle y

decirle que me marchaba.

Lo miré fijamente, sorprendida.

—Intercambiamos nuestros coches, ya que el suyo tenía el

depósito lleno y yo no quería detenerme. No me atrevía a ir a

casa y enfrentarme a Esme. Ella no me hubiera dejado ir sin

montarme una escenita, hubiera intentado convencerme de que

no era necesario... A la mañana siguiente estaba en Alaska —

parecía avergonzado, como si estuviera admitiendo una gran

cobardía—. Pasé allí dos días con unos viejos conocidos, pero

sentí nostalgia de mi hogar. Detestaba saber que había

defraudado a Esme y a los demás, mi familia adoptiva. Resultaba

difícil creer que eras tan irresistible respirando el aire puro de las

montañas. Me convencí de que había sido débil al escapar. Me

había enfrentado antes a la tentación, pero no de aquella

magnitud, no se acercaba ni por asomo, pero yo era fuerte, ¿y

quién eras tú? ¡Una chiquilla insignificante! —de repente sonrió

de oreja a oreja—. ¿Quién eras tú para echarme del lugar donde

quería estar? De modo que regresé...

Miró al infinito. Yo no podía hablar.

—Tomé precauciones, cacé y me alimenté más de lo

acostumbrado antes de volver a verte. Estaba decidido a ser lo

bastante fuerte para tratarte como a cualquier otro humano. Fui

muy arrogante en ese punto. Existía la incuestionable

complicación de que no podía leerte los pensamientos para saber

cuál era tu reacción hacia mí. No estaba acostumbrado a tener

que dar tantos rodeos. Tuve que escuchar tus palabras en la

mente de Jessica, que, por cierto, no es muy original, y resultaba

un fastidio tener que detenerme ahí, sin saber si realmente

querías decir lo que decías. Todo era extremadamente irritante.

Torció el gesto al recordarlo.

—Quise que, de ser posible, olvidaras mi conducta del primer

día, por lo que intenté hablar contigo como con cualquier otra

persona. De hecho, estaba ilusionado con la esperanza de

descifrar algunos de tus pensamientos. Pero tú resultaste

demasiado interesante, y me vi atrapado por tus expresiones... Y

de vez en cuando alargabas la mano o movías el pelo..., y el

aroma me aturdía otra vez.

»Entonces estuviste a punto de morir aplastada ante mis propios

ojos. Más tarde pensé en una excusa excelente para justificar por

qué había actuado así en ese momento, ya que tu sangre se

hubiera derramado delante de mí de no haberte salvado y no

hubiera sido capaz de contenerme y revelar a todos lo que

éramos. Pero me inventé esa excusa más tarde. En ese momento,

todo lo que pensé fue: «Ella, no».

Cerró los ojos, ensimismado en su agónica confesión. Yo le

escuchaba con más deseo de lo racional. El sentido común me

decía que debería estar aterrada. En lugar de eso, me sentía

aliviada al comprenderlo todo por fin. Y me sentía llena de

compasión por lo que Edward había sufrido, incluso ahora,

cuando había confesado el ansia de tomar mi vida.

Finalmente, fui capaz de hablar, aunque mi voz era débil:

— ¿Y en el hospital?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Estaba horrorizado. Después de todo, no podía creer que

hubiera puesto a toda la familia en peligro y yo mismo hubiera

quedado a tu merced... De entre todos, tenías que ser tú. Como si

necesitara otro motivo para matarte —ambos nos acobardamos

cuando se le escapó esa frase—. Pero tuvo el efecto contrario —

continuó apresuradamente—, y me enfrenté con Rosalie, Emmett

y Jasper cuando sugirieron que te había llegado la hora... Fue la

peor discusión que hemos tenido nunca. Carlisle se puso de mi

lado, y Alice —hizo una mueca cuando pronunció su nombre, no

imaginé la razón—. Esme dijo que hiciera lo que tuviera que

hacer para quedarme.

Edward sacudió la cabeza con indulgencia.

—Me pasé todo el día siguiente fisgando en las mentes de todos

con quienes habías hablado, sorprendido de que hubieras

cumplido tu palabra. No te comprendí en absoluto, pero sabía

que no me podía implicar más contigo. Hice todo lo que estuvo

en mi mano para permanecer lo más lejos de ti. Y todos los días

el aroma de tu piel, tu respiración, tu pelo... me golpeaba con la

misma fuerza del primer día.

Nuestras miradas se encontraron otra vez. Los ojos de Edward

eran sorprendentemente tiernos.

—Y por todo eso —prosiguió—, hubiera preferido delatarnos en

aquel primer momento que herirte aquí, ahora, sin testigos ni

nada que me detenga.

Era lo bastante humana como para tener preguntar:

— ¿Por qué?

—Isabella —pronunció mi nombre completo con cuidado al

tiempo que me despeinaba el pelo con la mano libre; un

estremecimiento recorrió mi cuerpo ante ese roce fortuito—. No

podría vivir en paz conmigo mismo si te causara daño alguno —

fijó su mirada en el suelo, nuevamente avergonzado—. La idea

de verte inmóvil, pálida, helada... No volver a ver cómo te

ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando

sospechas mis intenciones... Sería insoportable —clavó sus

hermosos y torturados ojos en los míos—. Ahora eres lo más

importante para mí, lo más importante que he tenido nunca.

La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que había

dado nuestra conversación. Desde el alegre tema de mi

inminente muerte de repente nos estábamos declarando.

Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a pesar de

fijar los míos en nuestras manos. Al final, dije:

—Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que,

burdamente traducido, significa que preferiría morir antes que

alejarme de ti —hice una mueca—. Soy idiota.

—Eres idiota —aceptó con una risa.

Nuestras miradas se encontraron y también me reí. Nos reímos

juntos de lo absurdo y estúpido de la situación.

—Y de ese modo el león se enamoró de la oveja... —murmuró.

Desvié la vista para ocultar mis ojos mientras me estremecía al

oírle pronunciar la palabra.

— ¡Qué oveja tan estúpida! —musité.

— ¡Qué león tan morboso y masoquista!

Su mirada se perdió en el bosque y me pregunté dónde estarían

ahora sus pensamientos.

— ¿Por qué...? —comencé, pero luego me detuve al no estar

segura de cómo proseguir.

Edward me miró y sonrió. El sol arrancó un destello a su cara, a

sus dientes.

— ¿Sí?

—Dime por qué huiste antes.

Su sonrisa se desvaneció.

—Sabes el porqué.

—No, lo que quería decir exactamente es ¿qué hice mal? Ya sabes,

voy a tener que estar en guardia, por lo que será mejor aprender

qué es lo que no debería hacer. Esto, por ejemplo —le acaricié la

base de la mano—, parece que no te hace mal.

Volvió a sonreír.

—Bella, no hiciste nada mal. Fue culpa mía.

—Pero quiero ayudar si está en mi mano, hacértelo más

llevadero.

—Bueno... —meditó durante unos instantes—. Sólo fue lo cerca

que estuviste. Por instinto, la mayoría de los hombres nos

rehuyen repelidos por nuestra diferenciación... No esperaba que

te acercaras tanto, y el olor de tu garganta...

Se calló ipso facto mirándome para ver si me había asustado.

—De acuerdo, entonces —respondí con displicencia en un

intento de aliviar la atmósfera, repentinamente tensa, y me tapé

el cuello—, nada de exponer la garganta.

Funcionó. Rompió a reír.

—No, en realidad, fue más la sorpresa que cualquier otra cosa.

Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi

garganta. Me quedé inmóvil. El frío de su tacto era un aviso

natural, un indicio de que debería estar aterrada, pero no era

miedo lo que sentía, aunque, sin embargo, había otros

sentimientos...

—Ya lo ves. Todo está en orden.

Se me aceleró el pulso, y deseé poder refrenarlo al presentir que

eso, los latidos en mis venas, lo iba a dificultar todo un poco más.

Lo más seguro es que él pudiera oírlo.

—El rubor de tus mejillas es adorable —murmuró.

Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flácidas

sobre mi vientre. Me acarició la mejilla con suavidad para luego

sostener mi rostro entre sus manos de mármol.

—Quédate muy quieta —susurró. ¡Como si no estuviera ya

petrificada!

Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí.

Luego, de forma sorprendente pero suave, apoyó su mejilla

contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de moverme,

incluso aunque hubiera querido. Oí el sonido de su acompasada

respiración mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban

con su pelo de color bronce, la parte más humana de Edward.

Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con

deliberada lentitud. Le oí contener el aliento, pero las manos no

se detuvieron y suavemente siguieron su descenso hasta llegar a

mis hombros, y entonces se detuvieron.

Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz

rozando mi clavícula. A continuación, reclinó la cara y apretó la

cabeza tiernamente contra mi pecho...... escuchando los latidos de

mi corazón.

—Ah.

Suspiró.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados sin movernos. Pudieron

ser horas. Al final, mi pulso se sosegó, pero Edward no se movió

ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo. Sabía que en

cualquier momento él podría no contenerse y mi vida terminaría

tan deprisa que ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me

asustó. No podía pensar en nada, excepto en que él me tocaba.

Luego, demasiado pronto, me liberó.

Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:

—No volverá a ser tan arduo.

— ¿Te ha resultado difícil?

—No ha sido tan difícil como había supuesto. ¿Y a ti?

—No, para mí no lo ha sido en absoluto.

Sonrió ante mi entonación.

—Sabes a qué me refiero.

Le sonreí.

—Toca —tomó mi mano y la situó sobre su mejilla—. ¿Notas qué

caliente está?

Su piel habitualmente gélida estaba casi caliente, pero apenas lo

noté, ya que estaba tocando su rostro, algo con lo que llevaba

soñando desde el primer día que le vi.

—No te muevas —susurré.

Nadie podía permanecer tan inmóvil como Edward. Cerró los

ojos y se quedó tan quieto como una piedra, una estatua debajo

de mi mano.

Me moví incluso más lentamente que él, teniendo cuidado de no

hacer ningún movimiento inesperado. Rocé su mejilla, acaricié

con delicadeza sus párpados y la sombra púrpura de las ojeras.

Tuve sus labios entreabiertos debajo de mi mano y sentí su fría

respiración en las yemas de los dedos. Quise inclinarme para

inhalar su aroma, pero dejé caer la mano y me alejé, sin querer

llevarle demasiado lejos.

Abrió los ojos, y había hambre en ellos. No la suficiente para

atemorizarme, pero lo bastante para que se me hiciera un nudo

en el estómago y el pulso se me acelerara mientras la sangre de

mis venas no cesaba de martillar.

—Querría —susurró—, querría que pudieras sentir la

complejidad... la confusión que yo siento, que pudieras

entenderlo.

Llevó la mano a mi pelo y luego recorrió mi rostro.

—Dímelo —musité.

—Dudo que sea capaz. Por una parte, ya te he hablado del

hambre..., la sed, y te he dicho la criatura deplorable que soy y lo

que siento por ti. Creo que, por extensión, lo puedes comprender,

aunque —prosiguió con una media sonrisa— probablemente no

puedas identificarte por completo al no ser adicta a ninguna

droga. Pero hay otros apetitos... —me hizo estremecer de nuevo

al tocarme los labios con sus dedos—, apetitos que ni siquiera

entiendo, que me son ajenos.

—Puede que lo entienda mejor de lo que crees.

—No estoy acostumbrado a tener apetitos tan humanos.

¿Siempre es así?

—No lo sé —me detuve—. Para mí también es la primera vez.

Sostuvo mis manos entre las suyas, tan débiles en su hercúlea

fortaleza.

—No sé lo cerca que puedo estar de ti —admitió—. No sé si

podré...

Me incliné hacia delante muy despacio, avisándole con la mirada.

Apoyé la mejilla contra su pecho de piedra. Sólo podía oír su

respiración, nada más.

—Esto basta.

Cerré los ojos y suspiré. En un gesto muy humano, me rodeó con

los brazos y hundió el rostro en mi pelo.

—Se te da mejor de lo que tú mismo crees —apunté.

—Tengo instintos humanos. Puede que estén enterrados muy

hondo, pero están ahí.

Permanecimos sentados durante otro periodo de tiempo

inmensurable. Me preguntaba si le apetecería moverse tan poco

como a mí, pero podía ver declinar la luz y la sombra del bosque

comenzaba a alcanzarnos. Suspiré.

—Tienes que irte.

—Creía que no podías leer mi mente —le acusé.

—Cada vez resulta más fácil.

Noté un atisbo de humor en el tono de su voz. Me tomó por los

hombros y le miré a la cara. En un arranque de repentino

entusiasmo, me preguntó:

— ¿Te puedo enseñar algo?

— ¿El qué?

—Te voy a enseñar cómo viajo por el bosque —vio mi expresión

aterrada—. No te preocupes, vas a estar a salvo, y llegaremos al

coche mucho antes.

Sus labios se curvaron en una de esas sonrisas traviesas tan

hermosas que casi detenían el latir de mi corazón.

— ¿Te vas a convertir en murciélago? —pregunté con recelo.

Rompió a reír con más fuerza de la que le había oído jamás.

— ¡Como si no hubiera oído eso antes!

—Vale, ya veo que no voy a conseguir quedarme contigo.

—Vamos, pequeña cobarde, súbete a mi espalda.

Aguardé a ver si bromeaba, pero al parecer lo decía en serio. Me

dirigió una sonrisa al leer mi vacilación y extendió los brazos

hacia mí. Mi corazón reaccionó. Aunque Edward no pudiera leer

mi mente, el pulso siempre me delataba. Procedió a ponerme

sobre su espalda, con poco esfuerzo por mi parte, aunque,

cuando ya estuve acomodada, lo rodeé con brazos y piernas con

tal fuerza que hubiera estrangulado a una persona normal. Era

como agarrarse a una roca.

—Peso un poco más de la media de las mochilas que sueles llevar

—le avisé.

— ¡Bahh.! —resopló. Casi pude imaginarle poniendo los ojos en

blanco. Nunca antes le había visto tan animado.

Me sobrecogió cuando de forma inesperada me aferró la mano y

presionó la palma sobre el rostro para inhalar profundamente.

—Cada vez más fácil —musitó.

Y entonces echó a correr.

Si en alguna ocasión había tenido miedo en su presencia, aquello

no era nada en comparación con cómo me sentí en ese momento.

Cruzó como una bala, como un espectro, la oscura y densa masa

de maleza del bosque sin hacer ruido, sin evidencia alguna de

que sus pies rozaran el suelo. Su respiración no se alteró en

ningún momento, jamás dio muestras de esforzarse, pero los

árboles pasaban volando a mi lado a una velocidad vertiginosa,

no golpeándonos por centímetros.

Estaba demasiado aterrada para cerrar los ojos, aunque el frío

aire del bosque me azotaba el rostro hasta escocerme. Me sentí

como si en un acto de estupidez hubiera sacado la cabeza por la

ventanilla de un avión en pleno vuelo, y experimenté el

acelerado desfallecimiento del mareo.

Entonces, terminó. Aquella mañana habíamos caminado durante

horas para alcanzar el prado de Edward, y ahora, en cuestión de

minutos, estábamos de regreso junto al monovolumen.

—Estimulante, ¿verdad? —dijo entusiasmado y con voz aguda.

Se quedó inmóvil, a la espera de que me bajara. Lo intenté, pero

no me respondían los músculos. Me mantuve aferrada a él con

brazos y piernas mientras la cabeza no dejaba de darme vueltas.

— ¿Bella? —preguntó, ahora inquieto.

—Creo que necesito tumbarme —respondí jadeante.

—Ah, perdona —me esperó, pero aun así no me pude mover.

—Creo que necesito ayuda —admití.

Se rió quedamente y deshizo suavemente mi presa alrededor de

su cuello. No había forma de resistir la fuerza de hierro de sus

manos. Luego, me dio la vuelta y quedé frente a él, y me acunó

en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Me sostuvo en

vilo un momento para luego depositarme sobre los mullidos

helechos.

— ¿Qué tal te encuentras?

No estaba muy segura de cómo me sentía, ya que la cabeza me

daba vueltas de forma enloquecida.

—Mareada, creo.

—Pon la cabeza entre las rodillas.

Intenté lo que me indicaba, y ayudó un poco. Inspiré y espiré

lentamente sin mover la cabeza. Me percaté de que se sentaba a

mi lado. Pasado el mal trago, pude alzar la cabeza. Me pitaban

los oídos.

—Supongo que no fue una buena idea —musitó.

Intenté mostrarme positiva, pero mi voz sonó débil cuando

respondí:

—No, ha sido muy interesante.

— ¡Vaya! Estás blanca como un fantasma, tan blanca como yo

mismo.

—Creo que debería haber cerrado los ojos.

—Recuérdalo la próxima vez.

— ¡¿La próxima vez?! —gemí.

Edward se rió, seguía de un humor excelente.

—Fanfarrón —musité.

—Bella, abre los ojos —rogó con voz suave.

Y ahí estaba él, con el rostro demasiado cerca del mío. Su belleza

aturdió mi mente... Era demasiada, un exceso al que no

conseguía acostumbrarme.

—Mientras corría, he estado pensando...

— En no estrellarnos contra los árboles, espero.

—Tonta Bella —rió entre dientes—. Correr es mi segunda

naturaleza, no es algo en lo que tenga que pensar.

—Fanfarrón —repetí. Edward sonrió.

—No. He pensado que había algo que quería intentar.

Y volvió a tomar mi cabeza entre sus manos. No pude respirar.

Vaciló... No de la forma habitual, no de una forma humana, no

de la manera en que un hombre podría vacilar antes de besar a

una mujer para calibrar su reacción e intuir cómo le recibiría. Tal

vez vacilaría para prolongar el momento, ese momento ideal

previo, muchas veces mejor que el beso mismo.

Edward se detuvo vacilante para probarse a sí mismo y ver si era

seguro, para cerciorarse de que aún mantenía bajo control su

necesidad.

Entonces sus fríos labios de mármol presionaron muy

suavemente los míos.

Para lo que ninguno de los dos estaba preparado era para mi

respuesta.

La sangre me hervía bajo la piel quemándome los labios. Mi

respiración se convirtió en un violento jadeo. Aferré su pelo con

los dedos, atrayéndolo hacia mí, con los labios entreabiertos para

respirar su aliento embriagador. Inmediatamente, sentí que sus

labios se convertían en piedra. Sus manos gentilmente pero con

fuerza, apartaron mi cara. Abrí los ojos y vi su expresión

vigilante.

— ¡Huy! —musité.

—Eso es quedarse corto.

Sus ojos eran feroces y apretaba la mandíbula para controlarse,

sin que todavía se descompusiera su perfecta expresión. Sostuvo

mi rostro a escasos centímetros del suyo, aturdiéndome.

— ¿Debería...?

Intenté desasirme para concederle cierto espacio, pero sus manos

no me permitieron alejarme más de un centímetro.

—No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor —pidió

con voz amable, controlada.

Mantuve la vista fija en sus ojos, contemplé como la excitación

que lucía en ellos se sosegaba. Entonces, me dedicó una sonrisa

sorprendentemente traviesa.

— ¡Listo! —exclamó, complacido consigo mismo.

— ¿Soportable? —pregunté.

—Soy más fuerte de lo que pensaba —rió con fuerza—. Bueno es

saberlo.

—Desearía poder decir lo mismo. Lo siento. —Después de todo,

sólo eres humana.

—Muchas gracias —repliqué mordazmente.

Se puso de pie con uno de sus movimientos ágiles, rápidos, casi

invisibles. Me tendió su mano, un gesto inesperado, ya que

estaba demasiado acostumbrada a nuestro habitual

comportamiento de nulo contacto. Tomé su mano helada, ya que

necesitaba ese apoyo más de lo que creía. Aún no había

recuperado el equilibrio.

— ¿Sigues estando débil a causa de la carrera? ¿O ha sido mi

pericia al besar?

¡Qué desenfadado y humano parecía su angelical y apacible

rostro cuando se reía! Era un Edward diferente al que yo conocía,

y estaba loca por él. Ahora, separarme me iba a causar un dolor

físico.

—No puedo estar segura, aún sigo grogui —conseguí

responderle—. Creo que es un poco de ambas cosas.

—Tal vez deberías dejarme conducir.

— ¿Estás loco? —protesté.

—Conduzco mejor que tú en tu mejor día —se burló—. Tus

reflejos son mucho más lentos.

—Estoy segura de eso, pero creo que ni mis nervios ni mi coche

seríamos capaces de soportarlo.

—Un poco de confianza, Bella, por favor.

Tenía la mano en el bolsillo, crispada sobre las llaves. Fruncí los

labios con gesto pensativo y sacudí la cabeza firmemente.

—No. Ni en broma.

Arqueó las cejas con incredulidad.

Comencé a dar un rodeo a su lado para dirigirme al asiento del

conductor. Puede que me hubiera dejado pasar si no me hubiese

tambaleado ligeramente. Puede que no.

—Bella, llegados a este punto, ya he invertido un enorme

esfuerzo personal en mantenerte viva. No voy a dejar que te

pongas detrás del volante de un coche cuando ni siquiera puedes

caminar en línea recta. Además, no hay que dejar que los amigos

conduzcan borrachos —citó con una risita mientras su brazo

creaba una trampa ineludible alrededor de mi cintura.

—No puedo rebatirlo —dije con un suspiro. No había forma de

sortearlo ni podía resistirme a él. Alcé las llaves y las dejé caer,

observando que su mano, veloz como el rayo, las atrapaba sin

hacer ruido—. Con calma... Mi monovolumen es un señor mayor.

—Muy sensata —aprobó.

— ¿Y tú no estás afectado por mi presencia? ——pregunté con

enojo.

Sus facciones sufrieron otra transformación, su expresión se hizo

suave y cálida. Al principio, no me respondió; se limitó a inclinar

su rostro sobre el mío y deslizar sus labios lentamente a lo largo

de mi mandíbula, desde la oreja al mentón, de un lado a otro. Me

estremecí.

—Pase lo que pase —murmuró finalmente—, tengo mejores

reflejos.

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