BLOOD

william hill

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miércoles, 7 de abril de 2010

A r m a n d , e l v a m p i r o -- A n n e R i c e - 1ªparte

EL VAMPIRO

ARMAND

CRÓNICAS VAMPÍRICAS

Anne Rice

A r m a n d , e l v a m p i r o -- A n n e R i c e

1ªparte

Título original: The Vampire Armand

ÍNDICE

PARTE I CUERPO Y SANGRE .................................6

PARTE II EL PUENTE DE LOS SUSPIROS.............. 201

PARTE III APPASSIONATA ................................. 217

A Brandy Edwards,

Brian Robertson,

Christopher Rice y Michele Rice

Jesús dijo a María Magdalena: «Suéltame, pues

todavía no he subido al Padre; vete a mis hermanos y diles:

Voy a subir a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a

Vuestro Dios.»

JUAN, 20:17

PARTE I

CUERPO Y SANGRE

1

Decían que una niña había muerto en el último piso. Habían encontrado su ropa en la

pared. Yo quería subir allí, tumbarme junto a la pared y estar solo.

Habían visto algunas veces al fantasma de la niña, pero ninguno de esos vampiros podía

ver a espíritus, al menos no como los veía yo. Da lo mismo, no era la compañía de la niña lo

que yo buscaba, sino estar en ese lugar.

No ganaba nada permaneciendo junto a Lestat. Yo había acudido puntualmente; había

cumplido mi propósito. No podía ayudarle.

Sus ojos de mirada fija, inmóviles, me ponían nervioso. Me sentía sereno y rebosante de

amor hacia mis seres queridos, mis criaturas humanas, mi pequeño Benji de pelo oscuro y mi

dulce y esbelta Sybelle, pero aún no era lo suficientemente fuerte para llevármelos conmigo.

Salí de la capilla sin reparar siquiera en quién estaba allí. Todo el convento se había

convertido en la morada de vampiros. No era un lugar desordenado, ni abandonado, pero no

me fijé en los seres que había en la capilla cuando me marché.

Lestat seguía tendido en el suelo de mármol de la capilla, frente a un gigantesco

crucifijo, de costado, con las manos inertes, la izquierda justo debajo de la derecha. Sus dedos

rozaban levemente el mármol, como si lo tanteara, aunque no era así. Tenía los dedos de la

mano derecha crispados, formando un pequeño hueco en la palma sobre la que incidía la luz,

lo cual también parecía encerrar algún significado, pero no significaba nada.

Se trataba simplemente de un cuerpo sobrenatural que yacía privado de voluntad,

exangüe, tan inerte como su rostro, cuya expresión parecía asombrosamente inteligente,

teniendo en cuenta los meses durante los cuales Lestat no había movido un músculo.

Las grandes vidrieras se habían cubierto para que la luz del alba no le hiriera. Por la

noche resplandecían a la luz de las maravillosas velas colocadas alrededor de las hermosas

estatuas y reliquias que abundaban en ese otrora santo y bendito lugar. Unos niños mortales

habían asistido a misa bajo este elevado techo; un sacerdote había entonado ante el altar las

palabras en latín.

Ahora era nuestro, pertenecía a Lestat, el hombre que yacía inmóvil sobre el suelo de

mármol. Hombre, vampiro, criatura de las tinieblas. Cualquiera de estos apelativos sirve para

describirle.

Al volver la cabeza para observarlo, me sentí como un niño. Eso es lo que soy. Esta

definición me cuadra como si fuera el único rasgo que contuviera mi código genético.

Yo tenía unos diecisiete años cuando Marius me convirtió en vampiro. Para entonces, ya

había dejado de crecer. Hacía un año que medía un metro y sesenta y ocho centímetros. Tenía

las manos delicadas como las de una damisela y era imberbe, como solíamos decir en aquella

época, el siglo XVI. No era un eunuco, no, sino un jovencito.

En aquel tiempo se estilaba que los chicos fueran tan bellos como las muchachas. Ahora

se me antoja una característica útil, y ello se debe a que amo a los demás, a mis seres

queridos: Sybelle, con sus pechos de mujer y sus piernas largas y juveniles, y Benji, con su

carita redonda e intensa, típicamente árabe.

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8

Me detuve a los pies de la escalera. Aquí no hay espejos, sólo elevados muros de ladrillo

desprovistos de yeso, unos muros viejos sólo a ojos de los mortales, oscurecidos por la

humedad que invade el convento. Todas las texturas y los elementos habían sido suavizados

por los sofocantes veranos de Nueva Orleans y sus húmedos e insidiosos inviernos, unos

inviernos verdes, según los llamo yo, porque los árboles aquí casi nunca aparecen desprovistos

de hojas.

Nací en un lugar donde el invierno es eterno en comparación con este lugar. No es de

extrañar que en la soleada Italia olvidara mis orígenes y creara mi vida a partir del presente

de mis años con Marius. «No lo recuerdo.» Ello se debía a mi pasión por el vicio, a mi afición al

vino y la suculenta comida italiana, al tacto del cálido mármol bajo mis pies desnudos cuando

las estancias del palacio se hallaban perversa, pecaminosamente caldeadas por los fuegos

exorbitantes de Marius.

Sus amigos mortales, unos seres humanos como yo en aquella época, le censuraban que

malgastara tanto dinero en leña, aceite y velas. Marius sólo utilizaba las mejores velas de cera

de abeja. Cada fragancia era importante.

No pienses más en esas cosas. Los recuerdos ya no pueden herirte. Viniste aquí por un

motivo y ya no tienes nada que hacer en este lugar; ve en busca de los seres que amas, tus

jóvenes mortales, Benji y Sybelle. Debes seguir adelante.

La vida ya no era un escenario donde el fantasma de Banquo cobraba vida para sentarse

a la siniestra mesa. Un intenso dolor me atenazaba el alma.

Sube la escalera. Acuéstate un rato en este convento de ladrillo donde hallaron la ropa

de la niña. Tiéndete junto a la niña que murió asesinada aquí, en este convento, según dicen

los cotillas, los vampiros que merodean por estas habitaciones, los cuales han venido a

contemplar al gran vampiro Lestat sumido en un sueño como Endimión.

Sin embargo, no sentía que en este lugar se hubiera cometido un asesinato, sino que

sólo percibía las dulces voces de las monjas.

Subí la escalera, dejando que mi cuerpo hallara su peso y su paso humanos.

Después de quinientos años, conozco esos trucos. Era capaz de atemorizar a todos los

vampiros jóvenes .los parásitos y los mirones. al igual que los otros vampiros ancianos,

incluso los más modestos, pronunciando unas palabras para demostrar su telepatía, o

esfumándose cuando deseaban marcharse, o utilizando de vez en cuando sus poderes para

hacer que temblara el edificio, una hazaña interesante teniendo en cuenta que estos muros

miden cincuenta centímetros de grosor y cuentan con unas soleras de madera de ciprés que

nunca se pudre.

«A él le deben de gustar los aromas de este lugar .pensé.. ¿Dónde está Marius?»

Antes de que yo fuera a ver a Lestat, no me había apetecido hablar con Marius y sólo había

cruzado con él unas trases de cortesía cuando había dejado mis tesoros a su cargo.

Yo había llevado a mis pupilos a una morada de vampiros. ¿Quién mejor para

custodiarlos que mi estimado Marius, tan poderoso que nadie se atrevía aquí a cuestionar su

menor deseo?

No existe ningún vínculo telepático natural entre nosotros; Marius me creó, yo soy su

eterno discípulo. No obstante, en cuanto me ocurrió esto, comprendí que sin la ayuda de ese

vínculo telepático no podía sentir la presencia de Marius en el edificio. No sabía lo que había

sucedido durante el breve intervalo en que me arrodillé para contemplar a Lestat. No sabía

dónde se encontraba Marius. No percibí los olores humanos de Benji y Sybelle que me eran tan

familiares. Sentí una punzada de pánico que me paralizó.

Me detuve en el rellano del segundo piso del edificio. Me apoyé en la pared, fijando

serenamente la vista en el lustroso suelo de pino. La luz creaba unos charcos amarillos sobre

las tablas.

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¿Dónde se habían metido Benji y Sybelle? ¿Cómo se me había ocurrido traer aquí a esos

dos maduros y espléndidos seres humanos? Benji era un alegre muchacho de doce años;

Sybelle, una criatura femenina de veinticinco. ¿Y si Marius, de alma tan generosa, no los

hubiera vigilado como yo le había pedido?

.Aquí estoy, joven. .Era una voz brusca, pero al mismo tiempo suave y acogedora.

Mi creador se encontraba en el rellano del primer piso. Había subido la escalera detrás de

mí, o para ser más precisos, había utilizado sus poderes para situarse allí, recorriendo la

distancia que nos separaba a una velocidad silenciosa e invisible.

.Maestro .repuse con una breve sonrisa.. Durante unos instantes temí por ellos .dije

a modo de disculpa.. Este lugar me entristece.

Él asintió.

.Están conmigo, Armand .contestó.. La ciudad está atestada de mortales. Hay comida

suficiente para todos los vagabundos que deambulan por aquí. Nadie los lastimará. Aunque yo

no estuviera aquí para asegurártelo personalmente, nadie se atrevería a hacerles daño.

Fui yo quien asintió entonces, aunque en realidad no estaba tan seguro. Los vampiros

son perversos por naturaleza y cometen verdaderas atrocidades simplemente por placer. Matar

a la mascota mortal de otro vampiro sin duda habría constituido una estupenda diversión para

algunos de esos siniestros y extraños seres que merodeaban por los aledaños de este lugar,

atraídos por los asombrosos acontecimientos que se producían aquí.

.Eres asombroso, joven .comentó Marius sonriendo. ¡Joven! ¿Quién si no Marius, mi

creador, me llamaría así? ¿Qué significaban para él quinientos años?.. Has intentado alcanzar

el sol, hijo .continuó mostrando una evidente expresión de inquietud en su afable rostro.. Y

has vivido para contarlo.

.¿Alcanzar el sol, maestro? .pregunté como si cuestionara sus palabras. Pero yo no

deseaba revelar nada más. No quería hablar todavía, referirle lo que había ocurrido, la leyenda

del velo de la Verónica y la faz de Nuestro Señor grabada en él, y la mañana en la que

renuncié a mi alma sintiéndome absolutamente feliz. ¡Qué fábula!

Marius subió la escalera para estar junto a mí, pero se mantuvo a una cortés distancia.

Siempre había sido un caballero, incluso antes de que se inventara esa palabra. En la antigua

Roma debía de existir un término similar para describir a una persona como él, de exquisitos

modales, amable con los demás por considerarlo una cuestión de honor, e invariablemente

educado con los ricos y con los pobres. Éste era Marius, y siempre había sido Marius, al menos

por lo que yo sabía.

Marius apoyó su mano blanca como la nieve en la balaustrada, la cual emitía un suave y

satinado resplandor. Lucía una larga y holgada capa de terciopelo gris, otrora espectacular

pero ahora un tanto deslucida debido a la lluvia y al uso. Su pelo rubio era largo como el de

Lestat, lleno de caprichosos reflejos y alborotado debido a la humedad, salpicado con unas

gotas de rocío, el mismo que adornaba sus doradas cejas y oscurecía las largas y rizadas

pestañas que enmarcaban sus ojos de un azul cobalto.

Marius emanaba un aire más nórdico y gélido que Lestat, que tenía el cabello más

dorado, cuajado de luminosos reflejos, y cuyos prismáticos ojos absorbían los colores que le

rodeaban hasta adquirir un maravilloso color violeta a la menor provocación del mundo

exterior que le veneraba.

En Marius yo veía el cielo soleado de las desoladas regiones nórdicas, unos ojos siempre

radiantes que rechazaban todo color exterior, unos portales perfectos de su alma constante.

.Deseo que me acompañes, Armand .dijo Marius.

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.¿Adonde, maestro? .pregunté, esmerándome en ser tan cortés como él. Marius tenía

el don de poner de relieve, incluso tras una pugna de poder a poder, mis instintos más nobles.

.A mi casa, Armand, donde se encuentran en estos momentos Sybelle y Benji. No

temas por ellos. Son unos mortales extraordinarios, brillantes, distintos y, sin embargo,

parecidos. Ellos te aman y han aprendido mucho a tu lado.

Mis mejillas se tiñeron de sangre y de rubor; aquel sofoco me escocía y resultaba

desagradable, pero cuando la sangre se retiró de la superficie de mi rostro, me sentí

refrescado y curiosamente excitado por haber experimentado aquellas sensaciones.

Me turbaba estar ahí y deseaba que aquella escena terminara cuanto antes.

.Maestro, no sé quién soy en esta nueva vida .dije con tono de gratitud. ¿Renacido?

¿Confundido? Dudé unos instantes, pero no podía detenerme.. No me pidas que me quede

aquí. Quizá regrese en otra ocasión, cuando Lestat vuelva a ser el mismo de siempre, cuando

haya transcurrido un tiempo... No lo sé con certeza, sólo sé que en estos momentos no puedo

aceptar tu amable invitación.

Marius asintió brevemente, al tiempo que hacía un pequeño ademán de aquiescencia. Su

vieja capa gris se había deslizado sobre un hombro, pero a él no parecía importarle. Sus raídas

ropas de fina lana mostraban un aspecto lamentable; las solapas y los bolsillos estaban orlados

de un polvo grisáceo, lo cual no dejaba de resultar chocante por tratarse de él.

Marius lucía una bufanda de seda blanca en torno al cuello que hacía que su pálido rostro

pareciera más sonrosado y humano de lo habitual. Pero la seda estaba desgarrada como si

hubiera quedado prendida en una zarza. En definitiva, vagaba por el mundo vestido de una

forma impropia en él. Era el atuendo de un saltimbanqui, no de mi viejo maestro.

Creo que se percató de mi dilema. Alcé la vista hacia el tenebroso techo del edificio.

Deseaba alcanzar el ático, las ropas semiocultas de la niña muerta. Me intrigaba esa historia

de la niña muerta. Tuve la impertinencia de distraerme pensando en ello, aunque Marius

esperaba una respuesta.

Marius interrumpió mis meditaciones con sus suaves palabras:

.Cuando decidas venir a por Sybelle y Benji los hallarás en mi casa .comentó.. No te

costará encontrarnos. Oirás la Appassionata cuando desees oírla .añadió sonriendo.

.Le has cedido el piano .respondí. Me refería a la dorada Sybelle. Yo había cerrado mis

oídos a todo sonido que no fuera sobrenatural y no deseaba abrirlos ni siquiera para escuchar

a Sybelle tocar el piano, un placer que añoraba intensamente.

Tan pronto como penetramos en el convento, Sybelle había visto un piano y me había

preguntado al oído si podía tocarlo. El piano no se hallaba en la capilla donde yacía Lestat, sino

en una espaciosa estancia que estaba desierta. Yo le había dicho que no era correcto, que

podía importunar a Lestat, pues no sabíamos lo que él pensaba o sentía, ni si se sentía

angustiado y atrapado en sus sueños.

.Espero que cuando vengas te quedes una temporada .dijo Marius.. Te encantará oír

a Sybelle tocar mi piano. Podremos conversar, tú podrás descansar con nosotros y

compartiremos la casa durante tanto tiempo como desees.

Yo no respondí.

.Es una mansión palaciega al estilo del Nuevo Mundo .prosiguió Marius con una sonrisa

socarrona.. No está lejos. Poseo un jardín inmenso repleto de vetustos robles, unos robles

más antiguos que los de la Avenida, y grandes puertaventanas. Ya sabes lo que me gustan

esas cosas. Es el estilo romano. La casa está abierta a la lluvia primaveral, y la lluvia

primaveral aquí es de ensueño.

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.Lo sé .musité.. Creo que ha empezado a llover, ¿verdad? .agregué sonriendo.

.Sí, me han caído unas gotas .contestó Marius casi alegremente.. Ven cuando

quieras. Si no esta noche, mañana...

.Iré esta misma noche .respondí. No deseaba ofenderlo, pero Benji y Sybelle ya habían

visto suficientes monstruos de rostro pálido y voz suave. Había llegado el momento de

marcharse.

Observé a Marius casi con descaro, deleitándome, tratando de superar una timidez que

para los seres como nosotros representa una gran desventaja en este mundo moderno. En la

Venecia antigua, Marius se había vanagloriado de su elegancia como todos los caballeros de

esa época, siempre espléndidamente ataviado, el vivo espejo de la moda, para utilizar una

antigua y airosa expresión. Cuando atravesaba la plaza de San Marcos bajo la suave luz

violácea de la noche, todos se volvían para mirarlo. El rojo era su color distintivo, el terciopelo

rojo: una holgada capa, un jubón magníficamente recamado y debajo de él una camisa de

seda dorada, muy en boga en aquellos tiempos.

Marius poseía entonces el cabello del joven Lorenzo de Médicis; parecía salido de un

fresco.

.Sabes que te amo, maestro, pero en estos momentos deseo estar solo .dije.. Tú no

me necesitas, ¿no es cierto, señor? Lo cierto es que nunca me has necesitado.

En el acto me arrepentí de haberlo dicho. Las palabras, no el tono, resultaban

impertinentes. Y nuestras mentes estaban tan separadas que temí que Marius las

malinterpretara.

.Deseo gozar de tu presencia, querubín .repuso Marius con tono condescendiente..

Pero esperaré. Me parece que hace poco pronuncié estas mismas palabras, cuando estábamos

juntos, pero no me importa repetirlas.

Yo no me atrevía a decirle que últimamente anhelaba tener compañía humana, que

deseaba pasar la noche charlando con el pequeño Benji, un muchacho muy sabio, o

escuchando a mi amada Sybelle tocar una y otra vez su sonata preferida. No me pareció

oportuno darle más explicaciones. De golpe me sentí de nuevo triste, abrumado e

innegablemente triste por haber acudido a este desolado y desierto convento donde yacía

Lestat, incapaz de moverse y de hablar, quién sabe por qué motivo.

.No ganarás nada con mi compañía en estos momentos, maestro .comenté.. Pero

confío en que me des alguna pista para que pueda dar contigo cuando haya pasado un

tiempo... .No concluí la frase.

.¡Temo por ti! .murmuró de pronto Marius con afecto.

.¿Más que en épocas pasadas, señor? .pregunté.

Tras reflexionar unos momentos, Marius respondió:

.Sí. Amas a dos criaturas mortales. Representan tu luna y tus estrellas. Ven a pasar

unos días conmigo. Dime lo que piensas sobre nuestro Lestat y sobre lo que ha ocurrido.

Espero que me cuentes tu opinión sobre todo cuanto has visto últimamente. Prometo guardar

silencio y no presionarte.

.Te admiro, señor, por expresarlo con delicadeza .repuse.. ¿Te refieres a por qué creí

a Lestat cuando me dijo que había estado en el cielo y el infierno? ¿Deseas saber lo que vi

cuando me mostró la reliquia que había traído consigo, el velo de la Verónica?

.Sí, si deseas decírmelo. Pero ante todo deseo que descanses un tiempo en mi casa.

Yo apoyé mi mano en la suya, maravillado de que pese a todo cuanto había soportado,

mi piel fuera casi tan blanca como la suya.

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.¿Tendrás paciencia con mis niños hasta que yo vaya a buscarlos? .pregunté.. Se

creen intrépidamente malvados por haber venido aquí conmigo y haberse puesto a silbar con

toda naturalidad en la morada de los no muertos, por así decirlo.

.Los no muertos .repitió Marius, sonriendo con aire de reproche.. No utilices ese

lenguaje en mi presencia. Sabes que lo detesto.

Marius me besó brevemente en la mejilla, lo cual me dejó perplejo. Luego se esfumó.

.¡Un viejo truco! .exclamé en voz alta, preguntándome si Marius estaría aún lo

suficientemente cerca para oírme, o si había cerrado sus oídos al mundo externo con tanta

firmeza como lo había hecho yo.

Fijé la mirada en el infinito, deseando hallarme en un lugar apacible, soñando con

cenadores, no mediante palabras sino en imágenes, como suele hacer mi vieja mente,

ansiando tumbarme entre los macizos de flores de un jardín, oprimir el rostro contra la tierra y

canturrear suavemente.

Añoraba la primavera que había estallado en el exterior, la neblina que presagiaba

lluvia... Anhelaba los húmedos bosques situados más allá de este lugar, pero también

anhelaba reunirme con Sybelle y Benji, y partir, tener la fuerza de voluntad de seguir

adelante.

«¡Ah, Armand! Siempre careciste de fuerza de voluntad. No dejes que la vieja historia se

repita. Ármate con cuanto ha sucedido.»

Noté la presencia de otro ser que merodeaba cerca. Me pareció intolerable que un ser

inmortal, a quien yo no conocía, tuviera la osadía de entrometerse en mis reflexiones íntimas y

aleatorias, quiza con el deseo egoísta de adivinar mis sentimientos. Sin embargo, se trataba

de David Talbot.

Tras salir del ala donde estaba la capilla, había atravesado las salas del convento que la

comunicaban con el edificio principal, donde yo me encontraba en el rellano del segundo piso.

Le vi entrar en el vestíbulo. A sus espaldas había una puerta de cristal que daba acceso a

la galería, y abajo el patio, invadido por una delicada luz blanca y dorada.

.Menos mal que todo está tranquilo .comentó David.. El ático está desierto; supongo

que sabes que no puedes entrar en él.

.Vete .repliqué. No sentí ira, sólo el legítimo deseo de que nadie se entrometiera en

mis pensamientos y mis emociones.

David, haciendo gala de su prodigiosa desenvoltura, hizo caso omiso de mi petición y

repuso:

.Reconozco que te temo un poco, pero me puede la curiosidad.

.¡Conque ésa es tu excusa por haberme seguido hasta aquí!

.No te he seguido .contestó David.. Vivo aquí.

.Lo lamento, lo ignoraba .me disculpé.. Me alegra saberlo. Así puedes vigilarle, no

está solo. .Me refería a Lestat, por supuesto.

.Todos te temen .dijo David con calma. Se detuvo a pocos pasos de mí, con los brazos

cruzados sobre el pecho.. ¿Sabes?, es muy interesante estudiar los usos y costumbres de los

vampiros.

.A mí no me lo parece .repliqué.

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.Es natural.repuso él.. Perdóname, estaba reflexionando en voz alta. Pensaba en la

niña que dicen que murió asesinada en el ático. Es una historia tremenda sobre una persona

muy joven. Quizá tengas más suerte que los otros y consigas ver al fantasma de la niña cuyas

ropas emparedaron para que nadie las hallara.

.¿Te importa que te observe mientras tratas de colarte en mi mente con aplastante

descaro? .pregunté.. Nos conocimos hace tiempo, antes de que ocurriera lo que ocurrió:

Lestat, el Viaje Celestial, este lugar... No te observé detenidamente. Me eras indiferente, o

quizá me lo impidió mi educación.

Me asombró la vehemencia de mi tono. Estaba muy excitado, pero no por culpa de David

Talbot.

.Pienso en los datos que circulan sobre ti .dije.. Que no naciste con el cuerpo que

muestras ahora, que eras un anciano cuando te conoció Lestat, que este cuerpo en el que

resides pertenecía a un alma inteligente capaz de saltar de un ser vivo a otro y apoderarse de

él.

David esbozó una sonrisa encantadora.

.Eso dijo Lestat .contestó.. Eso escribió Lestat, y sin duda es cierto. Tú sabes que lo

es. Lo sabías desde el momento en que nos conocimos.

.Pasamos tres noches juntos .respondí.. Jamás se me ocurrió dudar de ti. Quiero

decir que nunca te miré directamente a los ojos.

.En aquel entonces pensábamos en Lestat.

.¿Y ahora no?

.No lo sé .contestó David.

.David Talbot .dije, midiéndole fríamente con los ojos.. David Talbot, general superior

de la orden de detectives clarividentes, conocida como Talamasca, catapultado al cuerpo que

habita ahora. .Yo no sabía si estaba parafraseando o inventando lo que decía.. Encerrado o

encadenado dentro de ese cuerpo, sujeto al mismo por multitud de viejas venas y arterias, y

convertido en un vampiro a medida que una sangre ardiente e irrestañable invadía su

afortunada anatomía, sellando su alma dentro de su cuerpo y transformándolo en un ser

inmortal, un hombre de piel atezada y cabello seco, espeso, lustroso y negro.

.Creo que has acertado .contestó él con condescendiente cortesía.

.Un apuesto caballero .continué., de color caramelo, que se mueve con la agilidad de

un gato, exhibe una mirada tan encantadora que me hace pensar en una serie de cosas

placenteras y exhala un popurrí de aromas: canela, clavo, pimienta y otras especies doradas,

castañas o rojas, cuyas fragancias son capaces de estimular mi cerebro y sumirme en unos

deseos eróticos que exigen satisfacción. Su piel debe de oler a anacardos y una espesa crema

de almendras. Estoy seguro de ello.

.He captado tu mensaje .comentó David, echándose a reír.

Yo estaba pasmado y turbado por la perorata que acababa de soltar.

.Pues yo no estoy seguro de saberlo .repliqué.

.Está muy claro .dijo él.. Deseas que te deje tranquilo.

De inmediato reparé en las absurdas contradicciones que encerraba la cuestión.

.Estoy trastornado .murmuré.. Tengo los sentidos confundidos: gusto, vista, olor,

tacto... No estoy en mis cabales.

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Pensé con frialdad y alevosía en atacarlo, apoderarme de él, derrotarlo con mi astucia y

mis facultades superiores a las suyas y probar su sangre sin su consentimiento.

.Ni lo intentes, soy un viejo zorro .afirmó David.. ¿Cómo se te ocurre semejante

cosa?

¡Qué aplomo! El anciano que llevaba dentro se imponía sobre la envoltura joven y fuerte,

el sabio mortal que imponía su autoridad de hierro sobre todo lo eterno y dotado de un poder

sobrenatural. ¡Qué combinación de energías! Yo deseaba beber su sangre, apoderarme de él

contra su voluntad. No existe nada más divertido en este mundo que violar a un ser igual a ti.

.No sé .dije, avergonzado. Violar es un acto poco viril.. No sé por qué te insulto. Yo

quería marcharme cuanto antes. Quería visitar el ático y largarme de aquí. Quería evitar este

enamoramiento mutuo. Me pareces un ser prodigioso, y tú opinas lo mismo de mí. Es una

situación comprometida.

Le miré de arriba abajo. La última vez que nos encontramos yo debía de estar ciego, sin

duda.

David iba vestido a la última. Con la habilidad de otros tiempos, cuando los hombres

podían exhibirse como pavos reales, había elegido unos colores dorados, sepia y ambarinos

para su atuendo. Ofrecía un aspecto pulcro y elegante, decorado con unos toques de oro puro

estratégicamente repartidos, en la pulsera del reloj, los botones y el alfiler de corbata, esa

curiosa tira coloreada que lucen los hombres de esta época, como para permitirnos agarrarles

más fácilmente por el nudo de la misma. Un ridículo ornamento. Incluso su camisa de bruñido

algodón mostraba unos reflejos irisados que recordaban el sol y la cálida tierra. Hasta sus

zapatos eran marrones, relucientes como el dorso de un escarabajo.

David se acercó a mí.

.Ya sabes lo que voy a pedirte .anunció.. No luches con estos pensamientos que no

alcanzas a articular, estas nuevas experiencias, estos conocimientos que te abruman. Escribe

un libro para mí basado en ese material.

Yo no pude haber adivinado que ésa sería su petición. Me sorprendió, dulcemente, pero

no dejó de desconcertarme.

.¿Que escriba un libro? ¿Yo, Armand?

Me dirigí hacia él, luego di media vuelta y subí la escalera apresuradamente, sin

detenerme en el tercer piso, hasta alcanzar el cuarto, donde se hallaba el ático.

Reinaba un ambiente denso y sofocante. Era un lugar que el sol recalentaba a diario.

Todo emanaba un aroma seco y dulzón; la madera olía a incienso y las tablas del suelo

estaban astilladas.

.¿Dónde estás, criatura? .pregunté.

.Querrás decir niña .me corrigió David.

Había subido tras de mí, dejando pasar unos minutos en aras de los buenos modales.

.Esa niña nunca estuvo aquí .añadió.

.¿Cómo lo sabes?

.Si fuera un fantasma, yo podría invocarla .contestó él.

.¿Tienes ese poder? .pregunté, volviéndome hacia David.. ¿O lo dices por decir?

Antes de que me respondas, te advierto que casi nunca tenemos la facultad de ver espíritus.

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15

.Soy un ser de nuevo cuño .repuso David.. Distinto de los otros. He penetrado en el

Mundo de las Tinieblas con otras facultades. Todo indica que nuestra especie, los vampiros,

hemos evolucionado.

.El mundo convencional es estúpido .repliqué, dirigiéndome hacia el ático. Vi un

pequeño dormitorio con los muros de yeso desconchados y pintados con grandes y vistosas

rosas victorianas y unas hojas borrosas de color verde pálido. Entré en la habitación. La luz

penetraba a través de una elevada ventana a la que una niña no habría podido asomarse.

«Qué crueldad», pensé.

.¿Quién dijo que aquí murió una niña? .pregunté.

La habitación estaba limpia y ordenada, pese al deterioro causado por el paso del

tiempo. No noté presencia alguna. Todo estaba perfecto; no había ningún fantasma para

darme ánimos ¿Por qué iba a despertarse un fantasma de su plácido sueño para

reconfortarme?

Me quedaba el recurso de recrearme en el recuerdo de la niña, su tierna leyenda. ¿Cómo

es posible que mueran asesinados niños en orfanatos atendidos sólo por monjas? Nunca

supuse que las mujeres pudieran ser tan crueles. Quizá secas, carentes de imaginación, pero

no tan agresivas como nosotros, capaces de matar.

Deambulé por la habitación. En una pared había unos taquilleros de madera, uno de los

cuales estaba abierto y contenía unos zapatitos marrones, estilo Oxford, con cordones negros.

De pronto, al volverme, vi el hueco roto y astillado del que habían arrancado sus ropas. Las

prendas de la niña yacían allí, arrugadas y cubiertas de moho.

Se apoderó de mí una inmovilidad como si el polvo de la habitación se compusiera de

unos fragmentos de hielo caídos de las elevadas cimas de unas montañas altaneras y

monstruosamente egoístas con el fin de congelar a todo ser vivo, para aniquilar a todo cuanto

respirara, sintiera, soñara o viviera.

.«No temas el calor del sol .murmuró David citando unos versos.. Ni la cólera feroz

del invierno. No temas...»

Sonreí satisfecho. Yo conocía ese poema, me encantaba.

Hice una genuflexión, como si me hallara ante el sacramento, y toqué las ropas de la

niña.

.Era muy pequeña, no debía de tener más de cinco años, pero no murió aquí. Nadie la

mató. No tuvo un fin tan especial.

.Tus palabras desmienten tus pensamientos .declaró David.

.No, pienso en dos cosas simultáneamente. Existe cierta distinción en morir asesinado.

A mí me asesinaron. No, no fue Marius, como quizá creas, sino otros.

Me expresé con suavidad, sin dar contundencia a mis palabras, porque no pretendía

hacer un drama de ello.

.Los recuerdos me envuelven como un viejo abrigo de piel. Alzo el brazo y compruebo

que está cubierto por la manga de la memoria. Me vuelvo y contemplo épocas pasadas. ¿Pero

lo que más me aterroriza? Que este estado, como tantos otros que he experimentado, no

signifique el comienzo de nada sino que se prolongue a lo largo de los siglos.

.¿Qué es lo que temes realmente? ¿Qué pretendías de Lestat al venir aquí?

.Vine a verlo a él, David. Vine a averiguar cómo estaba, qué hacía en este lugar,

tumbado en el suelo, inmóvil. Vine... .Pero no dije nada más.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

16

Las relucientes uñas daban a sus manos un aire ornamental y especial, tan grato y

acariciante que deseabas que te tocaran. David tomó el vestido infantil, desgarrado, grisáceo,

adornado con unos jirones de encaje. Todo lo que está envuelto en carne mortal emite una

belleza deslumbrante si uno se concentra en ello con la suficiente intensidad, y la belleza de

David te asaltaba sin pedir disculpas.

.Una ropa infantil, simplemente. .Algodón estampado con flores, un trozo de terciopelo

con una manga abullonada no mayor que una manzana para el siglo de brazos desnudos de

día y de noche.. No hubo violencia .afirmó David como lamentándose de ello., No era más

que una pobre niña, ¿no crees?, triste por naturaleza y debido a las circunstancias.

.¿Por qué emparedaron sus ropas? ¿Qué pecado cometieron estos vestiditos? .

Suspiré.. Por todos los santos, David Talbot, ¿por qué no permites que esa niña tenga su

leyenda, su fama? Me enojas. Dices que puedes ver fantasmas. ¿Te parecen agradables? ¿Te

gusta hablar con ellos? Yo podría hablarte sobre un fantasma...

.¿Cuándo me hablarás de él? ¿No ves el bien que haría un libro? .David se levantó y se

limpió el polvo del pantalón con la mano derecha. En la izquierda sostenía el vestido de la

pequeña. Había algo en aquella configuración que me preocupaba, un ser altísimo sosteniendo

el vestido arrugado de una niña.

.Bien pensado .dije, volviendo la cabeza para no ver el vestido en la mano de David.,

no existe ningún bendito motivo para que existan niños y niñas. Piensa en ello, en la tierna

cuestión de los mamíferos. ¿Acaso existen distinciones de sexo entre gatitos o potros? No tiene

la menor importancia. Esas criaturas a medio crecer son asexuadas. No tienen un sexo

definido. No hay nada más espléndido que contemplar a un niño o una niña. Tengo la cabeza

llena de ideas. Creo que estallaré si no hago algo... Me has propuesto que escriba un libro para

ti. ¿Crees que es posible, crees que...?

.Lo que creo es que cuando escribes un libro, debes relatar la historia tal como la

conoces.

.No veo que eso encierre una gran sabiduría.

.Entonces piensa, pues buena parte de lo que decimos no es sino un medio de expresar

nuestros sentimientos, un mero estallido. Escucha, toma nota de la forma en que se producen

esos estallidos.

.No deseo hacerlo.

.Sin embargo, lo haces, aunque no sean las palabras que desees leer. Cuando escribes,

ocurre algo distinto. Creas una historia, por fragmentada, experimental o carente de fórmulas

convencionales que sea. Inténtalo por mí. No, se me ocurre una idea mejor.

.¿Qué?

.Acompáñame a mis aposentos. Ahora vivo aquí, como ya te he dicho. A través de mis

ventanas se ven los árboles. No vivo como nuestro amigo Louis, vagando de un polvoriento

rincón a otro para regresar luego al apartamento de la Rué Royale una vez que se ha

convencido por enésima vez de que nadie pretende lastimar a Lestat. Mis habitaciones están

bien caldeadas. Utilizo velas para obtener una iluminación antigua. Baja y escribiré tu historia.

Puedes hablar conmigo, protestar o gritar como un poseso mientras escribo. El mero hecho de

que yo escriba tu historia hará que saques provecho de ella. Empezarás a...

.¿A qué?

.A contarme lo que ocurrió, cómo moriste y cómo viviste.

.No esperes milagros, mi desconcertante y erudito amigo. No morí en Nueva York

aquella mañana. Casi morí.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

17

David me tenía ligeramente intrigado, pero no podía hacer lo que me pedía. No obstante,

me pareció honesto, extraordinariamente honesto, y por tanto sincero.

.No me refería a que seas literal. Lo que quiero es que me cuentes lo que sentiste

cuando trepaste hasta el sol, cuando padeciste tantos sufrimientos, según afirmas, para

descubrir en tu dolor esos recuerdos, esos vínculos que unen un episodio con otro.

¡Cuéntamelo! ¡Te lo ruego!

.No si pretendes darle coherencia .repliqué con brusquedad. Por su reacción deduje

que no estaba enojado conmigo. Deseaba seguir conversando.

.¿Que le dé coherencia? Me limitaré a escribir lo que tú me cuentes, Armand .repuso

David con palabras sencillas, pero curiosamente vehementes.

.¿Lo prometes? .pregunté, mirándole con expresión coqueta. ¡Yo! Rebajarme a estos

extremos...

David sonrió. Estrujó el vestido de la niña y luego lo arrojó de forma que cayera sobre el

montón de viejas prendas infantiles.

.No alteraré una sílaba .dijo.. Acompáñame, sincérate conmigo y sé mi amor .

añadió, sonriendo de nuevo.

De pronto avanzó hacia mí con la agresividad con que yo había pensado en abordarle

antes. Me levantó el pelo de la frente, me acarició la cara y sepultó el rostro entre mis bucles,

riendo. Luego me besó en la mejilla.

.Tu cabello parece tejido con un material ambarino, como si el ámbar pudiera fundirse,

como si pudiéramos extraerlo de las llamas de las velas, formar con él unos finos y airosos

hilos y, tras dejarlos secar, confeccionar esta lustrosa cabellera. Eres muy dulce, viril y al

mismo tiempo lindo como una jovencita. Me gustaría verte vestido con prendas antiguas de

terciopelo como te vestías para él, Marius. Quisiera contemplarte durante unos momentos

ataviado con unas medias y un jubón ceñido en la cintura y recamado de rubíes. Pero

permaneces impávido, mi gélido amigo. Mi amor no te conmueve.

Eso no era cierto.

Sus labios estaban calientes y sentí sus incisivos sobre mi piel, sus dedos oprimiendo con

fuerza mi cuero cabelludo. Sentí un escalofrío, mi cuerpo se tensó y luego me eché a temblar.

Fue un momento de insospechada dulzura. Esa solitaria intimidad me dolió hasta el punto de

desear transformarla o librarme de ella por completo; prefería morir o alejarme de allí, en la

oscuridad, simple y solo con mis lágrimas corrientes y vulgares.

Por la expresión de sus ojos deduje que David era capaz de amar sin dar nada. No era un

experto, tan sólo un bebedor de sangre.

.Haces que sienta hambre .murmuré.. No de ti, sino de uno que esté condenado pero

vivo. Deseo cazar una presa. ¡Basta! ¿Por qué me acaricias? ¿Por qué eres tan gentil conmigo?

.Todos te desean .respondió David.

.Lo sé. Todos desean violar a una criatura astuta y perversa. Todos desean poseer a un

muchacho alegre y risueño que sabe desenvolverse en el mundo. Los niños son un alimento

más sabroso que las mujeres, y las niñas se parecen demasiado a las mujeres. Pero los

muchachos jóvenes... No son como los hombres, ¿verdad?

.No te burles de mí. Me refería a que sólo deseo tocarte, sentir la suavidad de tu piel,

eternamente joven.

.Oh, sí, sí, soy eternamente joven .me burlé.. Dices muchas estupideces para ser tan

hermoso. Me marcho. Tengo que alimentarme. Cuando haya terminado, cuando me sienta

caliente y saciado, regresaré y hablaremos y te contaré todo lo que deseas saber.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

18

Me alejé un poco de él, estremeciéndome cuando David me soltó el pelo. Alcé la vista y

contemplé la ventana blanca y vacía, demasiado alta para divisar los árboles a través de ella.

Desde aquí no alcanzaban a ver el verdor de las plantas y los arboles. Fuera ya ha

llegado la primavera, una primavera sureña. La huelo a través de las paredes. Deseo

contemplar durante unos instantes las flores. Matar, beber sangre y recrearme contemplando

las flores.

.Eso no basta. Debemos escribir el libro .replicó David.. Quiero que lo escribamos

ahora, que me acompañes. No permaneceré aquí para siempre.

.¡No digas tonterías! Crees que soy un muñeco, ¿no es cierto? Te parezco un muñeco

de cera más que apetecible y te quedarás aquí tanto tiempo como me quede yo.

.Eres un poco cruel, Armand. Pareces un ángel pero te expresas como un vulgar matón.

.¡Qué arrogancia! Pero ¿no habíamos quedado en que me deseabas?

.Sólo con ciertas condiciones.

.Mientes, David Talbot .le espeté.

Me dirigí hacia la escalera. Las cigarras cantaban en la noche como suelen hacer, a todas

horas, en Nueva Orleans. A través de las ventanas de nueve paneles de la escalera observé las

floridas copas de los árboles y una parra enroscada sobre el tejado del porche.

David me siguió. Bajamos la escalera, caminando como hombres de carne y hueso, hasta

llegar al primer piso. Atravesamos la reluciente puerta de cristal y salimos a la espaciosa e

iluminada avenida de Napoleón con su verde, húmedo y fragante parque situado en el centro,

un parque rebosante de cuidadas flores y vetustos, retorcidos y humildes árboles cuyas ramas

se inclinaban hacia el suelo.

Toda la escena se movía al ritmo del viento sutil procedente del río; la húmeda neblina

se arremolinaba sobre la ciudad, pero no caía convertida en lluvia; las diminutas hojas se

desprendían de los árboles como cenizas marchitas. La suave primavera sureña... Hasta el

cielo parecía preñado con la estación, denso y sonrojado debido a la luz reflectante, emanando

neblina a través de todos sus poros.

Percibí el estridente perfume que exhalaban los jardines a mi derecha e izquierda, la

fragancia de las maravillas violáceas, como las llaman los mortales, una flor rampante que

prolifera como la mala hierba, pero infinitamente dulce; los lirios silvestres irguiéndose afilados

como cuchillos del lodo negro, sus pétalos profundos y monstruosamente grandes batiendo

sobre viejos muros y escalones de hormigón; y, por supuesto, multitud de rosas, rosas de

mujeres ancianas y jóvenes, rosas demasiado íntegras para la noche tropical, rosas

recubiertas de veneno.

Antiguamente, a través de este prado central cubierto de hierba habían circulado

tranvías. Yo sabía que las vías se extendían sobre este ancho espacio verde por el que

caminaba delante de David hacia los arrabales, hacia el río, hacia la muerte, hacia la sangre. Él

me seguía. Yo podía cerrar los ojos mientras avanzaba sin tropezar y ver los tranvías.

.Anda, ¡sígueme! .exclamé. Más que una invitación era una descripción de lo que él

hacía.

Recorrí una manzana tras otra en pocos segundos. Él me seguía a corta distancia. Era

muy fuerte. Sin duda la sangre de toda la corte real de los vampiros circulaba por sus venas.

Era muy propio de Lestat crear el monstruo más feroz que jamás haya existido, es decir,

después de sus equivocaciones iniciales (Nicolás, Louis y Claudia), ninguno de los cuales era

capaz de cuidar de sí mismo. Dos habían perecido y uno, el más débil de todo el elenco de

vampiros, seguía vagando por el ancho mundo.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

19

Me volví para mirar a David. Su rostro tenso, tostado y bruñido me sorprendió. Ofrecía

un aspecto lacado, encerado, lustrado y pensé de nuevo en especias, en nueces acarameladas,

en aromas exquisitos, en chocolatinas repletas de azúcar y suculentos caramelos. Tuve la

tentación de abalanzarme sobre él.

Sin embargo, David no podía compararse con un repugnante, maduro y apestoso mortal.

Así pues, señalé hacia delante y dije:

.Ahí.

David miró el lugar que yo le indicaba. Contempló la hilera de desvencijados edificios. Por

doquier había mortales dormidos, sentados, cenando, caminando entre pequeñas y angostas

escaleras, tras muros desconchados y destartalados techos.

Yo había dado con uno, perfecto en su maldad, un cúmulo de perversión, avaricia y odio

que ardía como odiosas brasas mientras esperaba que yo apareciera.

Llegamos a Magazine Street y la atravesamos; aún no habíamos alcanzado el río, aunque

faltaba poco. Yo no recordaba esta calle, jamás la había recorrido durante mis vagabundeos

por esta ciudad de Louis y Lestat, una calle estrecha con viviendas de color madera que

arrastraba el río a la luz de la luna y unas ventanas cubiertas con cortinas baratas. Dentro

había un mortal arrogante, vicioso, tumbado frente al televisor, bebiendo cerveza de una

botella marrón sin hacer caso de las cucarachas y el sofocante calor que penetraba por la

ventana, un ser grotesco, sudado, repugnante e irresistible, de carne y hueso, que me

aguardaba.

La casa estaba tan atestada de bichos que más que una vivienda parecía un simple

caparazón, crepitante y deleznable, cuyas siniestras sombras eran del mismo color que un

bosque. Las normas más elementales de higiene brillaban por su ausencia. Hasta los muebles

se pudrían entre aquel montón de basura y humedad. El ruidoso y blanco frigorífico estaba

oxidado.

Sólo el apestoso lecho y las ropas indicaban que la casa estaba habitada.

Era el nido más indicado donde hallar a este pajarraco, este gordo, suculento y apetitoso

saco de huesos y sangre cubierto por un raído plumaje.

Al abrir la puerta, me asaltó un hedor humano semejante a un enjambre de moscas.

Arranqué la puerta de sus goznes sin apenas hacer ruido.

Avancé sobre los periódicos que cubrían el suelo pintado, sorteando unas cáscaras de

naranja del color pardo del cuero. Todo estaba infestado de cucarachas. El mortal ni siquiera

levantó la vista. Tenía el rostro hinchado y surcado de venitas azuladas típico de los borrachos,

las cejas negras, espesas y alborotadas, pero presentaba cierto aspecto angelical, debido a la

luz que emitía la pantalla del televisor.

El mortal oprimió un botón del mando a distancia para cambiar de canal. El resplandor

del televisor se intensificó y parpadeó unos segundos, en silencio. Luego el mortal dejó que

sonaran las notas de la canción que tocaba un estrambótico grupo musical mientras el público

aplaudía a rabiar.

Unos ruidos grotescos, unas imágenes grotescas, como todo lo que le rodeaba. No

obstante te deseo. Nadie más te desea.

El mortal alzó la vista y me miró, observó al muchacho que había irrumpido en su casa.

David se había quedado rezagado, acechando, y no alcanzó a verlo.

Yo aparté el televisor de un manotazo. El aparato se movió violentamente y cayó al

suelo, rompiéndose como si contuviera multitud de tarros de potencia, sembrando el suelo de

fragmentos de vidrio.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

20

Una furia momentánea se apoderó del mortal; volvió su rostro abotargado hacia mí y me

miró como si me hubiera reconocido. Se levantó y se precipitó hacia mí con los brazos

extendidos.

Antes de que clavara mis dientes en su carne, observé que tenía el pelo negro, largo y

sucio; sucio pero espeso. Lo llevaba recogido con un trozo de tela en una gruesa cola de

caballo que le colgaba sobre la camisa a cuadros.

A todo esto, el mortal poseía la suficiente sangre espesa y saturada de cerveza, horrenda

pero deliciosa, para satisfacer a dos vampiros, además de un corazón furioso que no se rendía

fácilmente y un corpachón tan voluminoso que tuve la sensación de estar montado sobre un

toro bravo.

Mientras me alimento, todos los olores me parecen agradables, incluso los más rancios.

Pensé, como de costumbre, que iba a morir de gozo.

Succioné con fuerza para llenarme la boca, dejando que la sangre se deslizara sobre mi

lengua hasta mi estómago, suponiendo que posea uno, pero sobre todo para saciar mi infinita

y sucia sed, aunque no tan rápidamente como para acabar con él de inmediato.

El mortal comenzó a perder las fuerzas, pero siguió luchando. Luego cometió la estupidez

de asirme de las manos para obligarme a soltarlo, seguido de la increíble torpeza de tratar de

arrancarme los ojos. Yo los cerré con fuerza y dejé que tratara de meter sus grasientos dedos

en mis ojos. Sus esfuerzos fueron en vano. Soy un joven inatacable. No se puede cegar a un

ciego. Yo estaba demasiado repleto de sangre para preocuparme por esas nimiedades.

Además, sus forcejeos me complacían. Esas débiles criaturas, cuando tratan de arañarte, en

realidad te acarician.

La vida del mortal pasó ante él como si todas las personas a quienes había amado se

deslizaran por una montaña rusa bajo las rutilantes estrellas. Era peor que un cuadro de Van

Gogh. Uno no conoce nunca la paleta de la criatura que asesina hasta que la mente

desembucha sus colores más hermosos.

Al poco cayó al suelo, arrastrándome consigo. Yo le rodeaba con el brazo izquierdo y me

acurruqué como un niño contra su enorme y musculosa barriga, chupándole la sangre que

brotaba a chorro, estrujando todo cuanto él pensaba y veía hasta convertirlo en un solo color,

un naranja puro. Durante unos segundos, mientras él agonizaba, cuando la muerte pasó ante

mí como una gigantesca bola de siniestra fuerza que en realidad no era nada, tan sólo humo o

algo incluso menos tangible que el humo, cuando su muerte penetró en mí y salió de nuevo

como el viento, me pregunté: «¿Al destruir a este mortal impido acaso que en sus últimos

estertores reconozca sus errores?»

«No seas necio, Armand. Tú sabes lo que saben los espíritus, lo que saben los ángeles.

¡Ese cabrón se va a casa! Al cielo. A un cielo que a ti te rechazó y siempre te rechazará.»

En el trance de la muerte, el mortal ofrecía un excelente aspecto.

Me senté junto a él. Me limpié la boca, aunque no quedaba una gota de su sangre en mis

labios. A los vampiros sólo les chorrea la sangre por las comisuras de la boca en las películas.

Me limpié la boca porque tenía el rostro y los labios manchados con su sudor y me daba asco.

Con todo, reconozco que le admiré por su fuerza y dureza pese a su aspecto flácido.

Admiré su cabellera negra adherida a su húmedo pecho a través del desgarrón que le había

producido inevitablemente en la camisa.

Tenía un espléndido cabello negro. Le arranqué el pedazo de tela que lo sujetaba. Tenía

una mata de pelo espesa como la de una mujer.

Tras asegurarme de que estaba muerto, le agarré el pelo firmemente con la mano

izquierda para arrancárselo del cuero cabelludo.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

21

.¿Es necesario que hagas esto? .protestó David.

.No .respondí.

En aquel momento se desprendió un puñado de pelos de su cuero cabelludo, cuyas raíces

ensangrentadas se agitaron en el aire como diminutas luciérnagas. Sostuve el mechón durante

unos instantes en alto y luego dejé que cayera sobre su cabeza, que estaba vuelta hacia mí.

Los cabellos cayeron desordenadamente sobre su áspera mejilla. Mi víctima tenía los ojos

húmedos y me contemplaba como una medusa moribunda.

David dio media vuelta y salió a la calle. Percibí el ruido del tráfico que circulaba. Por el

río navegaba un barco provisto de un órgano de vapor.

Seguí a David. Me limpié el polvo de la ropa. Habría podido derribar de un golpe aquella

húmeda y destartalada vivienda, que se habría desplomado sobre la pútrida porquería que

contenía, pereciendo en silencio entre las casas vecinas de forma que ninguno de sus

habitantes se habría percatado de lo sucedido.

No conseguía librarme del sabor y el olor del sudor de mi víctima.

.¿Por qué no querías que le arrancara la cabellera? .pregunté a David.. Me apetecía

conservarla; él está muerto y nadie va a echar en falta su negra caballera.

David se volvió y me observó fijamente sonriendo de forma socarrona.

.Tu expresión me alarma .dije.. Temo haber cometido la imprudencia de revelar mis

deseos más íntimos a un monstruo. Cuando mi bendita Sybelle no toca la sonata de Beethoven

denominada la Appassionata, se entretiene observándome mientras me alimento con la sangre

de un mortal. ¿Aún deseas que te relate mi historia?

Me volví para contemplar al muerto que yacía de costado en el suelo, con todo el peso

apoyado sobre un hombro. Sobre el alféizar de la ventana, junto a él, había una botella azul de

cristal que contenía una flor naranja. «Qué curioso», pensé.

.Sí, deseo oír tu historia .contestó David.. Vamos, regresemos juntos. Te pedí que no

le arrancaras la cabellera por una razón.

.¿Ah, sí? .pregunté, mirándole. Me picaba la curiosidad.. ¿Qué razón es ésa? Sólo

quería arrancarle el pelo para luego desecharlo.

.Como si le arrancaras las alas a una mosca .replicó David no en tono de censura.

.Una mosca muerta .apostillé, sonriendo.. ¿A qué viene tu actitud?

.Lo dije para ponerte a prueba .repuso David.. Si me hacías caso, significaba que

todo iría bien entre nosotros. Y te detuviste. De lo cual me alegro .añadió, volviéndose y

tomándome del brazo.

.¡No me gustas! .le espeté.

.Te engañas, Armand .contestó él.. Deja que escriba tu historia. Grita y protesta

cuanto desees. En estos momentos eres muy importante porque tienes a esos dos espléndidos

mortales pendientes de cada gesto tuyo, como unos acólitos ante su dios. Pero sabes que

deseas contarme tu historia. ¡Andando!

No pude por menos de soltar una carcajada.

.¿Siempre te dan resultado estas tácticas? .le pregunté.

David me miró sonriendo.

.No, reconozco que no .repuso.. Debes escribir tu historia para ellos.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

22

.¿Para quién?

.Para Benji y Sybelle .contestó David, encogiéndose de hombros.. ¿No estás de

acuerdo?

Yo no respondí.

Sí, escribe la historia para Benji y Sybelle. Vi en mi imaginación una habitación alegre y

acogedora, donde nos reuniríamos los tres dentro de unos años: yo, Armand, inmutable, un

maestro niño, y Benji y Sybelle en su plenitud mortal; Benji convertido en un caballero alto y

elegante, con el encanto de un árabe de ojos negros como el azabache, sosteniendo en la

mano su cigarro favorito, un hombre de grandes expectativas y posibilidades, y mi Sybelle,

una mujer con un cuerpo voluptuoso e imponente, convertida en una excelente concertista de

piano, cuyo dorado cabello enmarcaba su rostro ovalado de mujer, unos labios sensuales y

unos ojos luminosos rebosantes de entsagang y misterio.

¿Sería yo capaz de dictar la historia en esta habitación y entregarles el libro? ¿Dictárselo

a David Talbot? ¿Podría yo, una vez que les hubiera liberado de mi universo alquimista,

entregarles el libro? Partid, hijos míos, con la riqueza y los consejos que os doy, y este libro

que escribí hace mucho con David para vosotros.

Sí, respondió mi alma. Sin embargo, me volví, arranqué la negra cabellera de mi víctima

y la pisoteé con furia.

David no se inmutó. Los ingleses son muy educados.

.Muy bien .acepté., te contaré mi historia.

Sus habitaciones se hallaban en el segundo piso, no lejos de donde yo me había detenido

en la cima de la escalera. ¡Qué cambio de los desiertos y gélidos pasillos! David se había

construido una librería con mesas y sillas. También me fijé en el lecho de metal, seco y limpio.

.Estas son las habitaciones de Dora .comentó David.. ¿Te acuerdas?

.Dora .dije. De golpe me pareció oler su perfume, el cual impregnaba la habitación.

Pero sus efectos personales habían desaparecido.

Estos libros pertenecían sin duda a David. Estaban escritos por los nuevos exploradores

espirituales: Dannion Brinkley, Hilarión, Melvin Morse, Brian Weiss, Matthew Fox, el libro de

Urantia. Además de los textos antiguos: Casiodoro, santa Teresa de Ávila, Gregorio de Tours,

los Veda, el Talmud, el Tora, el Kamasutra, todos escritos en las lenguas originales. También

poseía unas novelas, obras teatrales y poemas que yo desconocía.

.Sí .asintió David, sentándose ante la mesa.. No necesito la luz. ¿Quieres que la

encienda?

.No sé qué contarte.

.¡Ah! .contestó David. Sacó su pluma mecánica. Abrió una libreta que contenía unas

hojas blancas con unas finas rayas verdes.. Ya se te ocurrirá .añadió fijando la vista en mí.

Crucé los brazos y dejé caer la cabeza sobre el pecho con tal violencia que parecía que

fuera a desprenderse del tronco. Mi largo cabello se deslizó sobre mi rostro.

Pensé en Sybelle y en Benjamin, mi apacible muchacha y mi exuberante niño.

.¿Te gustan mis pupilos, David? .pregunté.

.Sí, desde el primer momento en que los vi, cuando los trajiste aquí. A los demás

también. Los observaron con cariño y respeto. Ambos poseen un gran empaque y encanto.

Todos soñamos con tener unos amigos mortales como ellos, leales, llenos de gracia, que no

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

23

estén locos de remate. Está claro que te aman, pero no se sienten intimidados ni fascinados

por ti.

Yo no me moví, ni medié palabra. Cerré los ojos. Oí en mi corazón la marcha trepidante

de la Appassionata, esas oleadas sincopadas e incandescentes de música, pletóricas de un

metal pulsante y agudo. Sin embargo, sonaba sólo en mi mente. No la tocaba mi Sybelle de

piernas largas y esbeltas.

.Enciende todas las velas que tengas .sugerí tímidamente.. ¿Lo harás por mí? Sería

bonito. Mira, en las ventanas todavía cuelgan los visillos de encaje de Dora, frescos y pulcros.

Me encanta el encaje. Éste es encaje de Bruselas, o un tejido muy parecido, el cual me

enloquece.

.Encenderé las velas .respondió David.

Yo estaba de espaldas a él. Oí el breve y delicioso crujido de una pequeña cerilla de

madera. Percibí un olor a fósforo seguido de la fragancia de la mecha que oscilaba levemente

inclinada, y observé el resplandor que trepaba sobre las tablas de ciprés del techo de madera

de la habitación. Otro crujido, otros pequeños sonidos crepitantes, y la luz se intensificó, cayó

sobre mí e iluminó la pared que estaba en penumbra.

.¿Por qué lo hiciste, Armand? .inquirió David.. El velo muestra la faz de Cristo, desde

luego, todo indica que se trata del velo de la Verónica, y Dios sabe cuánta gente cree en ello,

sí, pero en tu caso... Era extraordinariamente bello, lo reconozco, el rostro de Cristo con sus

espinas y su sangre, con sus ojos contemplándonos fijamente, a ambos de nosotros, pero

¿cómo es posible que a estas alturas creas en ello a pies juntillas? ¿Por qué te dirigiste hacia

Él? Porque eso es lo que trataste de hacer, ¿no es cierto?

Yo meneé la cabeza y me expresé con tono suave e implorante.

.No insistas, mi docto amigo .respondí, volviéndome despacio.. Escribe lo que yo te

dicte. Esto es para ti y para Sybelle. Y por supuesto para mi pequeño Benji. En cierto modo, es

una sinfonía dedicada a Sybelle. La historia comienza hace mucho. Quizá no haya reparado

hasta este momento en el mucho tiempo que ha transcurrido. Presta atención y escribe. Deja

que sea yo quien proteste y grite y me desespere.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

24

2

Mírame las manos. Pienso en la frase «no creado por manos humanas». Sé lo que

significa, aunque cada vez que he oído esta frase pronunciada con emoción se refería a algo

que yo mismo había creado.

Me gustaría pintar, tomar un pincel y hacerlo como lo hacía entonces, sumido en un

trance, con furia, de un solo trazo, cada línea y masa de color combinándose sobre la tela,

cada decisión la definitiva. No obstante, estoy muy desorganizado, abrumado por mis

recuerdos.

Permite que elija el punto en el que deseo comenzar.

Constantinopla estaba gobernada desde hacía poco por los turcos. Era una ciudad

musulmana desde hacía menos de un siglo, cuando llegué a ella, un joven esclavo, que había

sido capturado en las regiones agrestes de su país, del que apenas conocía su nombre: la

Horda de Oro.

La memoria me había sido arrebatada, junto con la lengua, y toda capacidad de razonar

de forma coherente. Recuerdo unas sórdidas habitaciones que debían de hallarse en

Constantinopla porque oí hablar a unas personas, y por primera vez desde que me habían

despojado de mis recuerdos, comprendí lo que decían.

Los mercaderes que trataban con esclavos destinados a los burdeles de Europa hablaban

en griego. No conocían religión ni alianza, que era todo cuanto conocía yo, lamentablemente

desprovisto de detalles.

Me arrojaron sobre una gruesa alfombra turca, semejante a las suntuosas alfombras que

uno ve en un palacio, utilizada para exhibir mercancía de lujo.

Tenía el pelo húmedo y largo; alguien lo había cepillado con tanta energía que me dolía

la cabeza. Todos los objetos personales que me pertenecían me los habían arrebatado de mi

persona y mi memoria. Iba cubierto sólo con una vieja y raída túnica de tejido dorado. La

habitación era húmeda y calurosa. Estaba hambriento, pero como no tenía la menor esperanza

de que me dieran de comer, deduje que era un dolor que me atormentaría durante un rato y

luego se desvanecería de modo espontáneo. La túnica debía de conferirme un cierto aire a

ángel caído. Tenía unas mangas largas y holgadas, y me llegaba a las rodillas.

Cuando me levanté, descalzo, y vi a esos hombres, comprendí lo que deseaban, que eran

unos seres viciosos y despreciables y que el precio de su vicio era el infierno. Evoqué las

críticas de mis mayores ya difuntos: demasiado lindo, demasiado suave, demasiado pálido, en

sus ojos se refleja el diablo y tiene una sonrisa endiabladamente seductora.

Con qué vehemencia discutían y regateaban esos hombres. Con qué atención me

observaban sin mirarme a los ojos.

De pronto me eché a reír. En este lugar todo se hacía con premura. Los hombres que me

habían llevado allí me habían abandonado. Los que me habían lavado no se habían movido de

los baños. Yo era una mera mercancía que habían arrojado sobre la alfombra.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

25

Durante unos momentos recordé haber sido en el pasado un ser cínico y elocuente, un

buen conocedor de la naturaleza humana. Me reí porque esos mercaderes me habían tomado

por una muchacha.

Esperé, aguzando el oído, tratando de captar unos fragmentos de la conversación.

Nos encontrábamos en una habitación amplia, con un curioso techo bajo endoselado con

una seda bordada con los espejitos y volutas tan apreciados por los turcos, y las lámparas,

aunque exhalaban humo, estaban perfumadas y saturaban la atmósfera con un hollín fino y

negruzco que hacía que me escocieran los ojos.

Los hombres, vestidos con unos caftanes y turbantes, no me resultaban desconocidos,

como tampoco el idioma que hablaban. Sin embargo, sólo alcancé a oír unas pocas frases.

Busqué con los ojos una vía de escape, pero no había ninguna. Unos individuos altos y fornidos

estaban apoyados en la pared junto a las puertas, custodiándolas. En un rincón había un

hombre sentado ante un escritorio que utilizaba un abaco para llevar las cuentas. Ante él había

varios montones de monedas de oro.

Uno de los mercaderes, un hombre alto y delgado con los pómulos y la mandíbula

pronunciados, avanzó hacia mí y me palpó los hombros y el cuello. Luego me levantó la túnica.

Yo me quedé inmóvil, ni enfurecido ni temeroso, simplemente paralizado. Ésta era la tierra de

los turcos, y yo sabía lo que les hacían a los muchachos. Pero nunca había visto una ilustración

ni había oído relatar ninguna historia sobre esa tierra, ni conocía a nadie que hubiera vivido en

ella, que la hubiera visitado y regresado a casa.

Mi casa... Supongo que yo deseaba olvidar quién era, obligado por la vergüenza que

sentía. Pero en aquellos momentos, en aquella habitación semejante a una tienda de campaña

con su floreada alfombra, entre mercaderes y tratantes de esclavos, me esforcé en recordarlo

como si, al descubrir un mapa en mi interior, éste me hubiera facilitado el medio de huir de allí

y regresar a mi hogar.

Logré recordar unos pastizales, una región agreste donde nadie ponía jamás los pies

salvo para... No obstante, tenía lagunas en mi memoria. Yo había estado en esos pastizales,

desafiando al destino, estúpidamente pero no contra mi voluntad. Transportaba algo de suma

importancia. Después de desmontar de mi caballo, tomé un voluminoso fardo que estaba

sujeto a los arreos de cuero y eché a correr sosteniendo el fardo contra mi pecho.

.¡Los árboles! .gritó él, pero ¿quién era él?

Sin embargo, comprendí que debía alcanzar el bosque y depositar el tesoro allí, ese

espléndido y mágico objeto que portaba, «no creado por manos humanas».

No obstante, no llegué al bosque. Cuando me capturaron, dejé caer el fardo y ellos ni

siquiera se molestaron en recogerlo, al menos que yo recuerde. Cuando me alzaron en el aire,

pensé: «No deben hallarlo así, envuelto en un pedazo de lana. Debo depositarlo en los

árboles.»

Deduzco que me violaron en el barco porque no recuerdo haber llegado a Constantinopla.

No recuerdo haber pasado hambre ni frío, ni sentirme humillado o aterrorizado.

Una vez aquí, conocí lo que significa ser violado, presencié disputas y airadas protestas

por haber lastimado al corderito. Sentí una insoportable impotencia. Eran unos hombres

deleznables que transgredían las normas de Dios y de la naturaleza.

Emití un rugido tan feroz que uno de los mercaderes tocados con un turbante me golpeó

en la oreja y caí al suelo. Le miré con toda la rabia que era capaz de expresar con los ojos.

Pero no me levanté, ni siquiera cuando me propinó un puntapié. No dije una palabra.

El mercader me cargó sobre sus hombros y me sacó de allí. Atravesamos un patio

atestado de gente, pasamos frente a unos apestosos camellos y burros y unas montañas de

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26

basura, hasta llegar al puerto donde aguardaban los barcos. El mercader subió a bordo de una

embarcación y me arrojó en la bodega.

Era un lugar tan inmundo como la tienda de campaña, invadido por un olor a excremento

y el sonido de ratas correteando por el barco. Caí sobre un jergón cubierto con una burda

manta. Busqué de nuevo el medio de huir, pero sólo vi la escalera por la que había bajado el

mercader y en cubierta oí las voces de un grupo de hombres.

Aún no había amanecido cuando el barco zarpó. Al cabo de una hora, me puse a vomitar;

me sentía tan mal que deseaba morirme. Me acurruqué en el suelo y permanecí tan inmóvil

como pude, oculto bajo la suave y mullida túnica de tejido dorado. Dormí durante varias horas

seguidas.

Cuando me desperté, vi a un anciano. Lucía un atuendo distinto al de los turcos tocados

con turbantes y presentaba un aspecto menos fiero. Tenía una mirada bondadosa. El anciano

se inclinó hacia mí y me habló en una lengua extraordinariamente suave y dulce, pero no

comprendí lo que decía.

Una voz le dijo en griego que yo era mudo, imbécil y que rugía como una bestia. Era el

momento para soltar la carcajada, pero yo estaba demasiado mareado para reírme.

El griego explicó al anciano que yo no presentaba el menor rasguño ni herida y que valía

mucho dinero. El anciano hizo un gesto ambiguo con la mano y meneó la cabeza mientras

pronunciaba unas palabras en la lengua que yo desconocía. Luego apoyó las manos en mis

hombros y me ayudó a levantarme.

A continuación, me condujo a través de una puerta hacia un pequeño camarote tapizado

en seda roja.

El resto de la travesía lo pasé en ese camarote, excepto una noche.

Esa noche, no recuerdo cuál, al despertarme y comprobar que el anciano estaba dormido

junto a mí, un anciano que jamás me puso la mano encima salvo para darme unas palmaditas

de aliento, abandoné el camarote, subí la escalera y pasé un buen rato en cubierta

contemplando las estrellas.

Echamos el ancla en el puerto de una ciudad repleta de edificios azul oscuro y negros,

rematados por cúpulas y unos campanarios construidos sobre los riscos que presidían el

puerto, donde unas antorchas ardían bajo los vistosos arcos de una arcada.

Todo esto, la civilizada costa, me pareció viable, atrayente, pero no pensé que lograría

saltar a tierra y escapar. Bajo la arcada iban y venían continuamente numerosos hombres.

Debajo del arco más próximo a donde me encontraba, vi a un individuo extrañamente ataviado

con un casco reluciente y una enorme espada que le colgaba del cinto, el cual montaba

guardia junto a una columna adornada con grecas, tan maravillosamente tallada que parecía

un árbol que sostenía el claustro, como los restos de un palacio cuyos muros habían excavado

para construir este burdo canal para los barcos.

A partir de esa larga y memorable noche no me entretuve contemplando la costa.

Prefería alzar la vista al cielo y observar su corte de míticas criaturas fijadas para siempre en

las poderosas e inescrutables estrellas. Estas relucían cual gemas en la noche oscura como

boca de lobo. De pronto recordé unos viejos poemas, incluso el sonido de unos himnos

entonados sólo por hombres mortales.

Según creo recordar, transcurrieron varias horas antes de que me atraparan, me

azotaran salvajemente con un látigo y me encerraran de nuevo en la bodega del barco. Yo

sabía que los azotes cesarían en cuanto me viera el anciano. Furioso y temblando de

indignación, el anciano se apresuró a abrazarme y nos acostamos en su camarote. Era

demasiado viejo para pedirme nada.

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Yo no le amaba. Pese a ser mudo e imbécil, no tardé en comprender que ese hombre me

consideraba un bien muy valioso, digno de ser vendido por un elevado precio. Pero yo le

necesitaba y él me enjugaba las lágrimas. Me pasaba buena parte del día y de la noche

durmiendo. Cada vez que el mar se agitaba, me ponía a vomitar. A veces me mareaba debido

al calor que reinaba en el barco. Jamás había experimentado un calor tan sofocante. El anciano

me alimentaba tan bien que a veces pensé que me cebaba para venderme como si fuera un

ternero.

Llegamos a Venecia un día al atardecer. Yo no podía adivinar que Italia fuera un país tan

bello. Había permanecido encerrado en esa inmunda bodega con el viejo guardián, y cuando

me condujo a la ciudad, mis sospechas sobre el anciano se vieron confirmadas.

En una oscura habitación, él y otro hombre se enzarzaron en una acalorada discusión.

Pese a sus esfuerzos, no consiguieron hacerme hablar. No lograron hacerme reconocer que

comprendía lo que decían, pero entendí cada palabra. El otro individuo entregó un dinero al

anciano, que se marchó sin volverse para mirarme.

Se afanaron en enseñarme cosas que yo desconocía. Se expresaban en una lengua suave

y cadenciosa. Venían unos chicos que se sentaban a mi lado y trataban de instruirme con

tiernos besos y abrazos. Me pellizcaban las tetillas y trataban de tocar mis partes íntimas, que

a mí me habían enseñado que no debía mirar nunca so pena de cometer un pecado.

En varias ocasiones traté de rezar, pero no recordaba las palabras. Hasta las imágenes

eran borrosas. Las luces que me habían guiado durante toda la vida se habían apagado para

siempre. Cada vez que me sumía en unas profundas reflexiones, alguien me golpeaba o me

tiraba del pelo.

Después de azotarme, siempre me aplicaban ungüentos para disimular mis heridas. En

cierta ocasión, cuando un hombre me golpeó en la mejilla, otro protestó airadamente y le

sujetó la mano para evitar que lo hiciera por segunda vez.

Me negué a comer y a beber. No lograron obligarme a probar bocado. La comida se me

atragantaba. No es que decidiera matarme de hambre; es que era incapaz de tratar de

mantenerme vivo. Sabía que regresaría a casa, estaba convencido de ello. Me moriría y

regresaría a casa. Pero nunca estaba solo. Tenía que morirme delante de otras personas. Hacía

mucho tiempo que no veía la luz del sol. Incluso el resplandor de las lámparas herían mis ojos

porque estaba acostumbrado a la oscuridad. No obstante, siempre había alguien presente.

De pronto se encendía una lámpara. Los hombres se sentaban en un corro a mi

alrededor con sus sucios rostros y sus manazas con las que se apresuraban a retirar un

mechón de pelo que me caía sobre la frente o me daban unos golpecitos en el hombro para

despabilarme. Yo me volvía hacia la pared.

Había un sonido que me hacía compañía. Un sonido que me acompañaría hasta el fin de

mis días. El murmullo del agua. La oía lamiendo el muro en el exterior. Podía adivinar cuándo

pasaba un barco por los crujidos de los pilotes de madera; apoyaba la cabeza contra la piedra

y sentía que la casa se mecía en el agua, no como si estuviera construida junto a ella sino

dentro del agua, como así era, por supuesto.

En una ocasión soñé con mi hogar, pero no recuerdo qué. Me desperté gritando, y desde

las sombras brotaron unas palabras de consuelo, unas voces tiernas y sentimentales.

Pensé que anhelaba estar solo, pero no era así. Cuando me encerraban durante varios

días y noches en una habitación a oscuras sin agua ni un mendrugo de pan, me ponía a gritar

y a aporrear los muros, pero no acudía nadie.

Por fin caía dormido y, al rato, cuando alguien abría la puerta de golpe, me despertaba

sobresaltado. Entonces me incorporaba y me tapaba los ojos, pues aquella lámpara

representaba una amenaza. La cabeza me dolía.

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28

De pronto percibí un perfume suave e insinuante, una mezcla del fragante olor de la leña

al arder en un invierno nevoso y de flores trituradas y aceite aromático.

Sentí el tacto de algo duro, hecho de madera o metal, pero el objeto se movía como si

fuera orgánico. Por fin abrí los ojos y vi un hombre que me abrazaba, y esas cosas que

parecían de piedra o de metal eran sus dedos. El hombre me miró preocupado con unos ojos

azules y amables.

.Amadeo .dijo.

Iba ataviado de terciopelo rojo y era imponentemente alto. Tenía el pelo rubio y lo

llevaba peinado con raya al medio, un peinado que le daba cierto aire de santo, en una melena

que le rozaba los hombros y se desparramaba sobre su capa, formando unos lustrosos bucles.

Tenía la frente lisa, sin la menor arruga, y unas cejas altas de color dorado oscuro que

conferían a su rostro una expresión franca y decidida. Sus párpados estaban orlados por unas

pestañas de color dorado oscuro como sus cejas, que se curvaban hacia arriba. Cuando

sonreía, sus labios adquirían de pronto un tono rosa pálido que resaltaba su perfilada forma.

Yo le reconocí. Le hablé. Jamás había contemplado esos prodigios en el rostro de otra

persona.

Él me miró, sonriendo. No observé ni sombra de vello sobre su labio superior ni en su

barbilla. Tenía la nariz fina y delicada, pero lo bastante grande para guardar la debida

proporción con el resto de sus atractivas facciones.

.No soy Jesucristo, hijo mío .comentó., sino alguien que porta su propia salvación.

Abrázame.

.Me muero, maestro .respondí, no recuerdo en qué idioma, pero él comprendió mis

palabras.

.No, pequeño, no te mueres. Te acogeré bajo mi protección y, si los astros nos son

propicios, jamás morirás.

.Pero tú eres Jesucristo. ¡Te reconozco!

Él denegó con la cabeza y luego, en un gesto muy común y humano, bajó los ojos y

sonrió. Cuando sus labios carnosos se entreabrieron, vi unos dientes blanquísimos de un ser

humano. El hombre me tomó por las axilas, me alzó y me besó en el cuello, lo cual me

provocó un intenso escalofrío. Cerré los ojos y sentí sus labios sobre mis párpados.

.Duerme mientras te llevo a casa .me murmuró al oído.

Cuando me desperté, comprobé que nos hallábamos en un baño de gigantescas

dimensiones. Ningún veneciano había poseído jamás un baño semejante; eso lo sé por todo lo

que contemplé más tarde. Pero ¿qué sabía yo sobre las costumbres de aquel lugar? Esto era

un auténtico palacio; yo había visto muchos palacios.

Me levanté del nido de terciopelo sobre el que yacía, formado por su capa roja, si no

recuerdo mal. A mi derecha vi un gigantesco lecho rodeado por una cortina y, más allá, una

bañera ovalada. El agua manaba de una concha sostenida por unos ángeles y de la amplia

superficie se alzaba una nube de vapor. De pronto mi maestro se levantó de la bañera y

apareció enmarcado por el vapor, mostrando su pecho desnudo y sus tetillas levemente

rosadas. Tenía el pelo estirado hacia atrás, más espeso y hermoso que antes.

Mi maestro me indicó que me acercara.

El agua me infundía respeto. Me arrodillé junto a la bañera y metí la mano en el agua.

Con un ademán pasmosamente rápido y airoso, mi maestro me agarró y sumergió en la

cálida bañera hasta que el agua me cubrió los hombros. Luego me inclinó la cabeza hacia

atrás.

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29

Al alzar la vista, observé que el techo azul estaba pintado con unos ángeles de aspecto

muy real provistos de unas grandes y plumosas alas. Jamás había contemplado unos ángeles

tan lustrosos y juguetones, triscando sin el menor pudor, exhibiendo su belleza humana y sus

musculosas piernas bajo unas túnicas vaporosas, sus rizados cabellos agitados por el viento.

Me pareció un tanto exagerado, esas robustas y retozonas criaturas, esa orgía de juegos

celestiales plasmada en el techo hacia el que ascendía el vapor de la bañera, esfumándose en

una luz dorada.

Miré a mi maestro, cuyo rostro estaba ante mí. «Bésame otra vez, sí, haz que vuelva a

estremecerme.» Sin embargo, él era de la misma pasta que esos ángeles pintados en el techo,

era uno de ellos, y ese cielo era un lugar pagano habitado por dioses-soldados en el que

abundaba el vino, la fruta y los placeres de la carne. Me había equivocado de lugar.

Él echó la cabeza hacia atrás y lanzó una sonora carcajada. Tomó un puñado de agua y

la vertió sobre mi pecho. De golpe abrió la boca y durante unos instantes vi el destello de algo

nocivo y peligroso, unos dientes afilados como los de un lobo. Pero desaparecieron de

inmediato y sólo sentí sus labios sobre mi cuello, mis hombros. Luego comenzó a succionarme

una tetilla, sin hacer caso de mis esfuerzos por detenerle.

Emití un gemido de gozo. Me sumergí de nuevo en el agua cálida sintiendo los labios de

él sobre mi pecho y mi vientre. Mi maestro me succionó la piel con delicadeza, como si

succionara la sal y el calor que emanaba, e incluso el tacto de su frente sobre mi hombro me

provocaba un cosquilleo delicioso. Le rodeé con un brazo y cuando él halló el objeto de pecado,

sentí que éste se disparaba como una flecha; sentí el impulso, la potencia de esa flecha, y

volví a gemir de placer.

Él dejó que reposara un rato apoyado en él mientras me lavaba lentamente. Me lavó el

rostro con un esponjoso trapo. Luego me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para lavarme

el pelo.

Luego, cuando creyó que yo había reposado lo suficiente, empezamos a besarnos de

nuevo.

Me desperté antes del alba, apoyado en su hombro. Me incorporé y le observé mientras

se ponía la capa y se cubría la cabeza. La habitación estaba llena de muchachos, pero muy

distintos de los tristes y depauperados instructores del burdel. Estos jóvenes que estaban

congregados alrededor del lecho eran hermosos, bien alimentados, risueños y dulces.

Iban vestidos con unas túnicas de vibrantes colores, plisadas, y la cintura ceñida por un

cinturón que les confería una gracia femenina. Todos lucían unas espesas y lustrosas

cabelleras.

Mi maestro se volvió hacia mí y en una lengua que yo comprendí perfectamente, me dijo

que yo era su único pupilo, que regresaría aquella noche y que para entonces yo habría

contemplado un mundo nuevo.

.¡Un mundo nuevo! .exclamé.. No me dejes, maestro. No deseo conocer el mundo

entero. ¡Sólo te deseo a ti!

.Amadeo .repuso, inclinándose sobre el lecho y utilizando un lenguaje íntimo y

confidencial. Tenía el pelo seco y cepillado; se había aplicado unos polvos en las manos para

suavizarlas.. Me tendrás siempre. Deja que estos chicos te den de comer y te vistan. Ahora

me perteneces a mí, a Marius Romanus.

Mi maestro se volvió hacia ellos y les dio unas órdenes en aquella lengua dulce y

melodiosa.

A juzgar por los alegres rostros de los jóvenes, cualquiera habría pensado que les había

dado oro y golosinas.

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30

.Amadeo, Amadeo .canturrearon mientras se arremolinaban a mi alrededor. Me

contuvieron para impedir que siguiera a mi maestro. Me hablaban en griego, rápidamente y

con fluidez, aunque me costaba un poco entenderlos. No obstante, comprendí lo que decían.

Ven con nosotros, eres uno de los nuestros, nos portaremos bien contigo, tenemos

órdenes de tratarte muy bien. Me vistieron apresuradamente con prendas suyas, discutiendo

entre ellos sobre qué túnica me sentaba mejor, protestando porque esas medias estaban

deslucidas, aunque era un atuendo provisional. Cálzale estas zapatillas; ponle esta chaquetilla,

a Riccardo le queda muy estrecha. A mí me parecían unas prendas dignas de un rey.

.Te amamos .dijo Albinus, el segundo en orden jerárquico después de Riccardo, un

joven rubio de ojos verde pálido cuya belleza contrastaba con la de Riccardo. En los otros no

me fijé, pero estos dos constituían un festín para los ojos.

.Sí, te amamos .apostilló Riccardo, apartándose el pelo negro de la frente y guiñando

el ojo. Tenía la piel más suave que los demás y unos ojos negros como el azabache. Me tomó

de la mano y observé que tenía los dedos largos y finos. Aquí todo el mundo tenía unos dedos

finos muy hermosos. Tenían unos dedos como los míos, los cuales destacaban entre los de mis

compatriotas, pero en aquellos momentos no pensé en eso.

De pronto se me ocurrió la extraña posibilidad de que yo, ese pálido jovencito, el que

había provocado aquella situación, el de los dedos finos y largos, había sido conducido a la

tierra a la que pertenecía. Sin embargo, eso era inverosímil. Me dolía la cabeza. Vi unas

imágenes efímeras y silenciosas de los fornidos jinetes que me habían capturado, de la

hedionda bodega del barco en el que me habían trasladado a Constantinopla, de los individuos

delgados y de ademanes bruscos que se habían hecho cargo de mí allí.

Dios mío, ¿por qué me amaron aquellos hombres? ¿Con qué fin? ¿Por qué me amas tú,

Marius Romanus?

Mi maestro sonrió al despedirse con la mano desde la puerta. Se había enfundado la

capucha, un marco escarlata que ponía de realce sus hermosos pómulos y perfilados labios.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Una bruma blanca envolvió a mi maestro cuando la puerta se cerró tras él. La noche se

desvanecía, pero las velas seguían ardiendo.

Entramos en una espaciosa estancia, donde vi unos potes de pintura y unos recipientes

de barro que contenían unos pinceles. Unos grandes lienzos cuadrados aguardaban que

alguien les aplicara pintura.

Aquellos chicos no elaboraban sus colores con la yema de un huevo al estilo tradicional.

Mezclaban los hermosos pigmentos directamente con los óleos de color ámbar. Los potecitos

contenían unas grandes y relucientes masas de color dispuestas para que yo las utilizara.

Tomé el pincel que me entregaron los jóvenes. Contemplé la tela inmaculadamente sobre la

que debía pintar.

.No creado por manos humanas .comenté. Pero ¿qué significaban esas palabras? Alcé

el pincel y comencé a esbozar al hombre rubio que me había rescatado de las tinieblas y la

escualidez. Introduje el pincel en los potes de pintura crema, rosa y blanco, aplicando esos

colores al lienzo perfectamente tensado, pero no fui capaz de pintar un cuadro.

.¡No creado por manos humanas! .musité. Dejé caer el pincel y me cubrí el rostro con

las manos.

Busqué las palabras en griego. Cuando las pronuncié, varios de los jóvenes asintieron,

pero no captaron el significado. ¿Cómo podía explicarles aquella catástrofe? Me miré los dedos.

¿Qué había sido de...? Pero ahí concluían mis recuerdos y lo único que me quedaba era

Amadeo.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

31

.No puedo hacerlo .dije contemplando el lienzo, aquel amasijo absurdo de colores..

Quizá podría pintar sobre madera en lugar de tela.

Los muchachos me observaron sin comprender a qué me refería.

Mi maestro, el rubio de ojos azules, no era el Señor encarnado en un mortal, pero era mi

señor. Y yo no podía hacer lo que se suponía que debía hacer.

Para tranquilizarme, para distraerme, los muchachos tomaron sus pinceles y, al poco

rato, me asombraron con las imágenes que pintaban en un abrir y cerrar de ojos.

El rostro de un chico, las mejillas, los labios, los ojos, sí, el espeso cabello dorado rojizo.

Dios santo, era yo...; no era una tela sino un espejo. Era Amadeo. Riccardo aplicó los últimos

toques para refinar la expresión, para conferir mayor profundidad a la mirada y modificar un

poco los labios de forma que parecía que me disponía a hablar. ¿Qué magia era esa que hacía

que apareciera un muchacho de la nada, con una expresión de lo más natural, inclinado hacia

un costado, con el ceño fruncido y unos mechones cayéndole sobre la oreja? Se me antojó a

un tiempo blasfema y hermosa esta figura fluida, desenvuelta, carnal.

Riccardo leyó las palabras en griego mientras las escribía. Luego arrojó el pincel.

.Un cuadro muy distinto de lo que imagina nuestro maestro .dijo, recogiendo los

dibujos.

Los jóvenes me mostraron toda la casa, el palazzo, como lo llamaban, enseñándome a

pronunciar esta palabra.

Todo el lugar estaba repleto de cuadros .en las paredes, en los techos, en los paneles

de madera y en unas pilas de lienzos., unos inmensos cuadros de edificios en ruinas,

columnas rotas, prados sin fin, lejanas montañas y un infinito río de gente con el rostro

acalorado, una lujuriante masa de pelo y unas elegantes ropas invariablemente arrugadas y

agitadas por el viento.

Era como las grandes bandejas de fruta y entremeses que depositaron ante mí. Un

desorden caótico, una abundancia exagerada, un gigantesco amasijo de colores y formas.

Como el vino, demasiado dulce y ligero.

Era como el panorama de la ciudad que se divisaba desde las ventanas cuando las

abrían. Vi las pequeñas embarcaciones, las góndolas, reluciendo bajo el sol mientras

navegaban por las aguas verduscas de los canales; unos hombres ataviados con suntuosas

capas escarlata y oro se apresuraban por el muelle.

Nos montamos en unas góndolas y comenzamos a deslizarnos ágil y silenciosamente por

entre las fachadas de los edificios; cada gigantesca vivienda era tan magnífica como la

catedral, con sus arcos ojivales, sus ventanas como flores de loto y su deslumbrante piedra

blanca.

Incluso los edificios más antiguos y destartalados, no excesivamente ornados pero de

unas proporciones monstruosas, estaban pintados de variados colores: un rosa tan intenso que

parecía provenir de los pétalos de la flor, un verde tan denso que parecía haber sido elaborado

con las propias aguas opacas del canal.

Por fin llegamos a San Marcos, deslizándonos entre las largas y fantásticas arcadas que

se erguían a ambos lados de la plaza. Al contemplar los centenares de personas que desfilaban

ante las distantes y doradas cúpulas de la iglesia, tuve la impresión de hallarme en el propio

cielo.

Unas cúpulas doradas, unas cúpulas doradas.

Alguien me había contado alguna vez una historia sobre cúpulas doradas, y creí recordar

haberlas visto en un viejo grabado. Unas cúpulas sagradas, destruidas, envueltas en llamas,

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32

de una iglesia violada, como yo mismo había sido violado. Las ruinas desaparecieron de

pronto, arrasadas por el súbito estallido de todos los objetos íntegros y palpitantes que me

rodeaban. ¿Cómo era posible que todo hubiera brotado de unas cenizas invernales? ¿Cómo era

posible que yo hubiera perecido entre nieve y hogueras para renacer de nuevo aquí, bajo este

sol que acariciaba mi piel?

Su cálida y dulce luz bañaba a los mendigos y a los comerciantes e iluminaba a los

príncipes que pasaban seguidos por unos pajes que portaban sus largas y vistosas colas de

terciopelo, los libreros que exhibían sus libros bajo unas marquesinas escarlata, los juglares

que tocaban por un puñado de monedas.

Todas las mercancías existentes en el ancho y diabólico mundo aparecían expuestas en

los comercios y los mercadillos: objetos de cristal como yo jamás había visto, copas de todos

los colores imaginables y unas figurillas que representaban animales y seres humanos; unos

maravillosos rosarios con cuentas de cristal; unos espléndidos encajes que mostraban unos

delicados y airosos diseños, inclusive unas escenas inmaculadamente blancas de las torres de

la iglesia y casitas con puertas y ventanas; unas plumas inmensas pertenecientes a aves que

yo desconocía; otras especies exóticas que se agitaban dentro de sus jaulas doradas;

suntuosas alfombras, exquisitamente tejidas, que me recordaron a los poderosos turcos y su

capital, de la que había logrado huir. No obstante, ¿quién podía resistirse a esas alfombras?

Puesto que la ley les prohibía representar a seres humanos, los musulmanes dibujaban flores,

arabescos, grecas y otros complejos diseños con tintes de vivos colores y admirable precisión.

Había aceite para lámparas, cirios, velas, incienso, un variado surtido de rutilantes joyas de

una belleza indescriptible y magníficos objetos salidos de los talleres de los orfebres en oro y

plata, nuevos y antiguos. Había comercios dedicados exclusivamente a las especias. En otros

vendían toda clase de medicinas y remedios. Había estatuas de bronce, cabezas de león,

linternas, armas. Había comerciantes de tejidos que vendían sedas orientales, las lanas de

mejor calidad teñidas con unos tintes prodigiosos, algodón y lino, increíbles bordados y cintas

de todos los colores del arco iris.

Los hombres y las mujeres de este lugar tenían aspecto de ser inmensamente ricos; en

las hosterías comían pastelitos de carne, bebían vino tinto y remataban el festín con tartas

rellenas de nata.

Los libreros ofrecían libros que se habían publicado hacía poco, sobre los que los otros

aprendices me hablaron con todo detalle, ensalzando el maravilloso invento de la prensa, que

permitía que hombres en todo el mundo adquirieran libros que no sólo contenían letras y

palabras, sino ilustraciones.

En Venecia existían docenas de pequeñas imprentas y editoriales donde las prensas

trabajaban día y noche para producir libros en griego y en latín, y en la lengua vernácula, esa

lengua suave y melodiosa en la que hablaban los aprendices entre sí.

Dejaron que me detuviera para deleitarme contemplando esas maravillas, esas máquinas

que confeccionaban las páginas de los libros.

Sin embargo, Riccardo y sus compañeros tenían varias tareas que cumplir, entre ellas

adquirir para nuestro maestro todas las litografías y los grabados de pintores alemanes que

pudieran hallar, unas litografías realizadas por las nuevas imprentas de antiguas obras de arte

de Memling, Van Eyck o El Bosco. Nuestro maestro las coleccionaba. Esas litografías acercaban

el norte al sur. Nuestro maestro era un entusiasta aficionado a estos inventos. Le complacía

que en nuestra ciudad existiera más de un centenar de imprentas, poder desprenderse de sus

burdas copias de Livio y de Virgilio y poseer los textos recientemente corregidos. ¡Cuántas

novedades para asimilarlas en un solo día!

No menos importante que la literatura o los cuadros del universo era el tema de mi

atuendo. Debíamos rogar a los sastres que dejaran lo que tuvieran entre manos para que

confeccionaran para mí unas prendas que se ajustaran a los pequeños bocetos en yeso que

había hecho nuestro maestro.

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33

Asimismo, los aprendices debían llevar a los bancos unas letras de crédito escritas a

mano. Yo debía disponer de dinero, al igual que todo el mundo. Jamás había manejado dinero.

El dinero era bonito: las monedas de oro y plata florentinas, los florines alemanes, los

groschens bohemios, las vistosas y antiguas monedas de oro acuñadas bajo los gobernantes

de Venecia llamados Dogos, las exóticas monedas de la Constantinopla antigua.

Los aprendices me entregaron un pequeño talego repleto de monedas, el cual me sujeté

al cinturón, al igual que hicieron ellos con los suyos.

Uno de los jóvenes me compró un pequeño y extraordinario objeto: un reloj. Por más

que mis compañeros trataron de explicármelo, no alcancé a comprender el mecanismo de

aquel singular instrumento engarzado con joyas. Por fin comprendí de qué se trataba, debajo

de las filigranas y el esmalte, de su extraña esfera de cristal decorada con gemas, había un

diminuto reloj.

Lo sostuve en la mano y lo observé con incredulidad. Jamás había visto otros relojes que

los grandes y venerables instrumentos instalados en los campanarios o muros.

.Ahora llevo el tiempo conmigo .murmuré en griego, mirando a mis amigos.

.Cuenta las horas por mí, Amadeo .repuso Riccardo.

Yo deseaba decir que este prodigioso descubrimiento significaba algo, algo personal.

Eran un mensaje para mí de un mundo que yo había olvidado rápida y temerariamente. El

tiempo ya no era el tiempo que conocíamos; el día no era día, la noche no era noche. Yo era

incapaz de expresarlo, ni en griego ni en ninguna otra lengua, ni siquiera en mis febriles

pensamientos. Me enjugué el sudor de la frente, alcé la cabeza y achiqué los ojos para evitar

que el ardiente sol italiano me deslumbrara. Vi unos pájaros que volaban en grandes

bandadas, como pequeños trazos de plumas que se agitaban al unísono.

.Estamos en el mundo .creo que musité estúpidamente.

.¡Nos hallamos en su mismo centro, en la ciudad más grande del mundo! .exclamó

Riccardo, conduciéndome a través de la multitud.. Podrás comprobarlo por ti mismo antes de

que lleguemos al taller del sastre.

Sin embargo, antes debíamos pasar por la pastelería para comprar un prodigioso

chocolate con azúcar, unas exquisiteces dulces y jugosas cuyo nombre yo desconocía, de color

rojo y amarillo.

Uno de los chicos me enseñó un librito que contenía unas terroríficas ilustraciones de

hombres y mujeres realizando el acto carnal. Eran las historias de Boccaccio. Riccardo dijo que

me las leería, que era un libro excelente y muy adecuado para enseñarme el italiano. También

prometió enseñarme la obra de Dante.

Otro aprendiz me explicó que Boccaccio y Dante eran florentinos, pero que no eran malos

escritores.

A nuestro maestro le entusiasmaban los libros, según me informaron mis compañeros, y

afirmaba que eran una excelente inversión. Temí que los maestros que acudían a la casa iban

a volverme loco con sus lecciones. Era la studia humanitatis que todos debíamos aprender,

que comprendía historia, gramática, retórica, filosofía y los autores antiguos... Un cúmulo de

complejas enseñanzas cuyo significado sólo alcanzaría a comprender después de que me las

repitieran y demostraran reiteradamente.

Otra lección que yo debía aprender era que nuestro maestro nos exigía que

presentáramos siempre un aspecto impecable. Me compraron cadenas de plata, collares con

medallones y otras baratijas.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

34

Tuvimos que regatear enérgicamente con los orfebres para que rebajaran el precio de

esos objetos. Salí luciendo una esmeralda auténtica procedente del Nuevo Mundo y dos

sortijas de rubíes que ostentaban unas inscripciones que no alcancé a leer.

Me chocaba ver mis manos adornadas con sortijas. Hasta esta misma noche de mi vida,

unos quinientos años después de esos episodios que te relato, siento una debilidad especial

por las joyas. Sólo renuncié a mi pasión por las sortijas durante los siglos que pasé en París

como penitente, cuando era uno de los Hijos de la Noche de Satán descalzos. Fue una larga

época de tinieblas. Pero dejemos esa pesadilla para más tarde.

De momento me hallaba en Venecia, era el pupilo de Marius y participaba con mis

compañeros en unos juegos que se repetirían durante muchos años.

Los aprendices me llevaron al sastre.

Mientras éste me tomaba las medidas y hacía que me probara unas prendas, los chicos

me relataron unas historias sobre los venecianos ricos que acudían a nuestro maestro para que

les cediera una pequeña obra suya. En cuanto a nuestro maestro, pretextando que no gozaba

de una situación holgada, solía negarse a vender sus tesoros, pero de vez en cuando pintaba

el retrato de una mujer o un hombre que le había llamado la atención. En esos retratos, la

persona aparecía casi siempre representada como un objeto mitológico: dioses, diosas,

ángeles y santos. Los jóvenes mencionaron unos nombres que yo conocía y otros de los que

jamás había oído hablar. Al parecer, los ecos de todas las cosas sagradas habían sido

engullidos por las nuevas tendencias que invadían este país.

En ocasiones percibía un recuerdo vago, pero la memoria me jugaba malas pasadas. No

sabía con certeza si los santos y los dioses eran la misma entidad. ¿No existía un código que

yo debía observar fielmente que dictaba que todo eso no eran sino unas mentiras destinadas a

confundir a la gente? No tenía las ideas claras a este respecto, y me asombraba la dicha que

observaba a mi alrededor. Me parecía imposible que aquellos rostros sencillos y transparentes

ocultaran maldad. Era inverosímil. Sin embargo, yo recelaba de todo tipo de placeres. Me

sentía desconcertado cuando era incapaz de ceder, y abrumado cuando me rendía. Durante los

días sucesivos me rendí cada vez con mayor facilidad.

Esa jornada de iniciación fue sólo uno de cientos, no, de miles de días que siguieron; no

sé cuándo empecé a comprender con claridad lo que mis jóvenes compañeros decían, pero ese

momento llegó, y no tardó mucho. No recuerdo haber conservado durante mucho tiempo mi

ingenuidad.

Durante esa primera expedición, todo me pareció mágico. El firmamento exhibía un

espléndido azul cobalto, y la brisa del mar era húmeda y refrescante. En lo alto aparecían unas

nubes como las que yo había visto maravillosamente pintadas en los cuadros del palacio, lo

cual me demostró por primera vez que los cuadros de mi maestro no eran mentira.

Cuando visitamos, gracias a un permiso especial, la capilla del Dogo, San Marcos, me

quedé pasmado al contemplar aquel esplendor, con sus muros recubiertos de abigarrados

ornamentos de oro. Sin embargo, me impresionó también hallarme literalmente sepultado en

luz y en unos tesoros increíbles, y me quedé perplejo al comprobar que la capilla estaba

repleta de austeras y sombrías figuras de santos que yo conocía.

Éstos no constituían un misterio para mí, lesas figuras de ojos almendrados que residían

entre estos muros, severos en sus largas túnicas, con las manos unidas invariablemente en

actitud de oración. Yo conocía sus halos, la existencia de los diminutos orificios practicados en

el oro para hacer que emitieran un brillo mágico. Conocía el juicio de esos barbudos patriarcas

que me miraban impasibles cada vez que me detenía, fascinado, para contemplarlos, incapaz

de seguir adelante.

En éstas caí al suelo, mareado. Los jóvenes aprendices me sacaron de la iglesia. El

barullo de la plaza se alzó sobre mí como si yo estuviera a punto de exhalar mi último suspiro.

Quise tranquilizar a mis amigos, diciéndoles que había sido inevitable, que ellos no tenían la

culpa.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

35

Los aprendices estaban trastornados. Yo no podía explicarles lo sucedido. Conmocionado,

empapado en sudor y tendido como un pelele a los pies de una columna, escuché aturdido

mientras me explicaban en griego que esta iglesia sólo era una parte de todo cuanto había

contemplado. ¿Por qué me había aterrorizado de ese modo? Era muy antigua, sí, y bizantina,

como gran parte de Venecia.

.Nuestros barcos llevan comerciando con Bizancio desde hace siglos .me informaron

mis compañeros.

Yo traté de asimilarlo.

Lo único que comprendí con claridad en medio de mi dolor fue que este lugar no

constituía un castigo que me había sido impuesto. Me había visto obligado a abandonarlo con

la misma facilidad con que me habían devuelto a él. A los jóvenes de voz dulce y manos

suaves que me rodeaban, que me ofrecieron un vaso de vino fresco y fruta para reanimarme,

este lugar no les infundía terror alguno.

Al volverme hacia la izquierda, vi el muelle, el puerto. Eché a correr hacia él, asombrado

de ver aquel cúmulo de barcos de madera amarrados. Pero más allá del muelle contemplé un

espectáculo prodigioso: grandes galeones de madera, con sus velas hinchadas por el viento y

sus airosos remos agitándose en el agua mientras se deslizaban hacia el mar abierto.

El tráfico marítimo era incesante; las grandes barcazas de madera navegaban a escasa

distancia unas de otras, entrando y saliendo de la boca de Venecia, mientras otras

embarcaciones no menos airosas e inverosímiles permanecían amarradas mientras

descargaban las abundantes mercancías que transportaban.

Mis compañeros me condujeron al Arsenal, donde me deleité al contemplar a hombres

corrientes y vulgares que construían unos barcos increíbles. A partir de aquel día acudí con

frecuencia al Arsenal, para observar el ingenioso proceso mediante el cual unos seres humanos

construían unas embarcaciones tan gigantescas que parecía imposible que no se hundieran en

el agua.

De vez en cuando vislumbré unas imágenes de ríos helados, de barcazas y chalanas, de

hombres rudos que apestaban a grasa animal y cuero rancio. Sin embargo, estos ingratos

retazos del mundo invernal del que yo provenía no tardaron en disiparse.

Quizá de no haberme encontrado en Venecia, todo habría sido muy distinto.

Durante los años que pasé en Venecia, jamás me cansé de visitar el Arsenal, de admirar

cómo construían los barcos. Unas palabras amables y unas monedas me facilitaban el acceso a

él, donde gozaba contemplando cómo construían esas fantásticas estructuras formadas por

cuadernas, paneles de madera y esbeltos mástiles. El primer día recorrimos apresuradamente

estos astilleros, donde los trabajadores obraban auténticos milagros, pero fue suficiente.

Sí, esto era Venecia, el lugar que lograría borrar de mi mente, al menos durante un

tiempo, el confuso tormento de una existencia anterior, un amasijo de todas las verdades que

yo no podía afrontar.

De no tratarse de Venecia, mi maestro jamás habría estado allí. Ni me habría explicado

un mes más tarde todo cuanto le ofrecía cada ciudad italiana, cuánto le agradaba contemplar a

Miguel Ángel, el gran escultor, mientras trabajaba en Florencia, y la frecuencia con que acudía

para escuchar a los grandes maestros y eruditos en Roma.

.Pero Venecia posee un arte antiquísimo .dijo mi maestro como si hablara consigo

mismo, mientras tomaba el pincel para pintar un panel de inmensas proporciones.. Venecia

constituye en sí misma una obra de arte, una metrópoli repleta de increíbles templos

domésticos construidos uno junto a otro como una colmena, cuyas necesidades son atendidas

por una población tan industriosa como las abejas. Contempla nuestros soberbios palacios, que

de por sí merecen una visita a esta ciudad.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

36

Con el tiempo, mi maestro me instruyó en la historia de Venecia, al igual que a los otros

aprendices, explicándome con detalle la naturaleza de la República, que, aunque despótica en

sus decisiones y ferozmente hostil hacia los forasteros, no dejaba de ser una ciudad de

hombres «iguales». Florencia, Milán y Roma eran unas ciudades que habían caído bajo el

poder de pequeños grupos formados por familias e individuos poderosos, mientras que

Venecia, a pesar de sus defectos, seguía siendo gobernada por sus senadores, sus poderosos

mercaderes y su Consejo de los Diez.

Aquel primer día nació en mí un amor por Venecia que perduraría siempre. Era una

ciudad que se me antojaba carente de lacras, un lugar acogedor incluso para los astutos y bien

vestidos mendigos que recorrían sus calles y plazas, un centro de prosperidad, vehemente

pasión y riqueza apabullante.

En la sastrería me vistieron como a un príncipe, con prendas tan elegantes como las que

lucían mis nuevos amigos.

Riccardo incluso me cedió su espada. Todos mis compañeros eran de noble cuna.

.Olvida todo cuanto te ha ocurrido antes .me aconsejó Riccardo.. Nuestro maestro es

nuestro señor, y nosotros somos sus príncipes, su corte real. Ahora eres rico y nada puede

perjudicarte.

.No somos meros aprendices en el sentido corriente del término .me explicó Albinus..

El maestro nos enviará a la Universidad de Padua. Nos lo ha prometido. Recibimos lecciones de

música, danza y modales, al igual que un tutor nos instruye en ciencias y literatura. Tú mismo

podrás comprobar que los jóvenes que regresan a visitarnos son unos caballeros de fortuna.

Giuliano se ha convertido en un próspero abogado, y uno de los otros muchachos ha abierto

una consulta de médico en Torcello, una pequeña isla de la laguna de Venecia.

.Todos disponen de sus propios recursos económicos cuando abandonan la casa del

maestro .añadió Albinus.. El maestro, al igual que todos los venecianos, desprecia a los que

no trabajan. Nosotros somos tan ricos como los nobles holgazanes de otros países que no

hacen nada sino gozar del mundo como si fuera una bandeja de comida.

Cuando concluyó esta primera y soleada aventura, esta provechosa incursión en la

escuela de mi maestro y su espléndida ciudad, mis compañeros me peinaron, acicalaron y

vistieron en los colores que el maestro había elegido para mí: azul celeste para las medias, un

terciopelo azul noche para la chaquetilla adornada con un cinturón y un azul más pálido para la

camisa bordada con pequeñas flores de lis, el emblema de la casa real francesa, en grueso hilo

de oro; un toque de color burdeos en los ribetes y la capa de piel, pues cuando soplaba la

brisa del mar en invierno, este paraíso se convertía en lo que los italianos consideraban frío.

Al atardecer, bailé un rato con los otros sobre las baldosas de mármol al ritmo de los

laúdes que tocaban unos chicos más jóvenes, acompañados por la frágil música del virginal, el

primer instrumento de teclado que yo había visto.

Cuando los últimos rayos del crepúsculo se disiparon lánguidamente en el canal que

discurría frente a las ventanas ojivales del palacio, me paseé por el imponente edificio,

contemplando mi imagen en los numerosos espejos oscuros que se alzaban desde el suelo de

mármol hasta el techo del pasillo, el salón, la alcoba o cualquier otra espléndida estancia en la

que penetré.

Recité unas palabras nuevas al unísono con Riccardo. El gran estado de Venecia se

denominaba la Serenísima. Las embarcaciones negras que navegaban por los canales eran

góndolas. El viento que no tardaría en soplar y haría que todos enloqueciéramos era el Siroco.

La máxima autoridad de esta ciudad mágica era el Dogo, el libro que leeríamos esta noche con

el tutor era de Cicerón, el instrumento musical que Riccardo tocaba pulsando sus cuerdas era

el laúd. El inmenso dosel que cubría el lecho del maestro se llamaba baldacchino, e iba

adornado con un ribete de oro que renovaban cada quince días.

Yo me sentía a un tiempo perplejo y entusiasmado.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

37

No sólo tenía una espada sino también una daga, lo cual demostraba la confianza que mi

maestro había depositado en mí. Por supuesto, los demás (e incluso yo mismo) me

consideraban un corderito, pero nadie me había entregado jamás unas armas de bronce y

acero como éstas. De nuevo, la memoria me jugó una mala pasada. Yo sabía arrojar una lanza

de madera, y también... Pero ¡ay!, ese recuerdo se esfumó de inmediato, dejándome con la

sensación de que no eran armas lo que me había sido encomendado, sino otra cosa, algo

inmenso que me exigía una entrega absoluta. Las armas me estaban vedadas.

Bien, la situación había cambiado. La muerte me había engullido y me había arrojado en

este lugar. En el palacio de mi maestro, en un salón vistosamente adornado con escenas de

batallas, mapas pintados en el techo y ventanas de grueso cristal esmerilado, desenfundé mi

espada con un sonido sibilante y la apunté hacia el futuro. Con mi daga, después de examinar

los rubíes y las esmeraldas de su empuñadura, partí de un solo golpe una manzana.

Los otros chicos se rieron de mí, pero todos me trataban con simpatía y amabilidad.

El maestro no tardaría en llegar. Los chicos más jóvenes, unos niños que no nos habían

acompañado, comenzaron a corretear de una habitación a otra, armados con velas, antorchas

y candelabros. Yo me quedé en el umbral, observando cómo se iluminaban en silencio todas

las estancias.

En éstas apareció un hombre alto, sombrío y poco agraciado, que sostenía un libro viejo

y gastado. Su larga cabellera y su sencilla túnica de lana eran negras. Tenía unos ojillos

risueños, pero sus labios delgados y pálidos mostraban una expresión beligerante.

Al verlo aparecer, los jóvenes aprendices protestaron.

Acto seguido se apresuraron a cerrar las ventanas para impedir que penetrara el aire frío

de la noche.

Oí cantar a unos hombres mientras conducían sus estrechas y alargadas góndolas por el

canal; las voces parecían trepar por los muros, delicadas, alegres como cascabeles, antes de

disiparse a lo lejos.

Me comí el último bocado de la jugosa manzana. Aquel día había comido más fruta,

carne, pan, pasteles y golosinas de lo que un ser humano es capaz de ingerir. Yo no era un ser

humano, sino un joven famélico.

El tutor chasqueó los dedos, se sacó una fusta del cinturón y la hizo restallar sobre su

pierna.

.Empecemos .ordenó a los chicos.

En aquel momento entró el maestro.

Todos los chicos, altos y corpulentos, delicados y viriles, corrieron hacia él y le abrazaron

mientras él examinaba los cuadros que habían pintado durante la larga jornada.

El tutor aguardó en silencio, tras inclinarse humildemente ante el maestro.

Al cabo de unos momentos, echamos a andar a través de las galerías, el maestro y

nosotros, seguidos por el tutor. Mientras avanzaba, el maestro extendió las manos; era un

privilegio sentir el tacto de sus dedos blancos y fríos, e incluso asir un pedazo de las largas

mangas rojas que arrastraba por el suelo.

.Ven, Amadeo, acompáñanos.

Yo anhelaba tan sólo una cosa, que no tardó en ocurrir.

El maestro ordenó a los otros chicos que fueran con el tutor a aprender la lección de

Cicerón. Luego me tomó con firmeza por los hombros, con sus manos cuidadas y de uñas

relucientes, y me condujo a sus aposentos privados.

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38

Una vez a solas, mi maestro se apresuró a cerrar la puerta de madera pintada. Los

braseros exhalaban un aroma a incienso; de las lámparas de cobre emanaba un humo

perfumado. Sobre el lecho yacían unos mullidos almohadones, un jardín de seda estampada y

bordada, raso con dibujos de flores y adornos de pasamanería, suntuoso brocado. El maestro

corrió las cortinas rojas del lecho. La luz les daba un aspecto transparente. Rojo y más rojo.

Era su color favorito, según me dijo, al igual que el mío era el azul.

El maestro me hizo el amor en un lenguaje universal, pletórico de imágenes.

.El fuego arranca unos reflejos ambarinos a tus ojos castaños .murmuró.. Son

grandes y relucientes como dos espejos en los que me contemplo, aunque no puedo penetrar

los misterios que encierran; tus ojos son los portales de un alma noble.

Yo estaba perdido en el gélido azul de sus ojos y el delicado y reluciente coral de sus

labios.

Tendido a mi lado, mi maestro me besó y acarició con suavidad el cabello, procurando no

tirarme de los rizos, provocándome un delicioso cosquilleo en el cuero cabelludo y la

entrepierna. Al deslizar sus pulgares, duros y fríos, sobre mis mejillas, labios y mandíbula, se

tensaron todos los músculos de mi rostro. Luego hizo que volviera la cabeza hacia un lado y el

otro mientras depositaba con avidez y ternura unos besos en el pabellón de mis orejas.

Yo era demasiado joven para haber tenido sueños eróticos que me provocaran una

eyaculación. Me pregunto si lo que yo sentía era más intenso que lo que experimentan las

mujeres. Creí que aquel placer se prolongaría eternamente. El sentirme atrapado en sus

manos, incapaz de huir, se convirtió en un delicioso tormento que me llevó al éxtasis mientras

me revolvía y estremecía una y otra vez.

Más tarde mi maestro me enseñó algunas palabras de la nueva lengua, la palabra que

describía las baldosas duras y frías del suelo de mármol de Carrara, la palabra que describía

los cortinajes de seda tejida, los nombres de los «peces», «tortugas» y «elefantes» bordados

en los almohadones, y la palabra que significaba león, que aparecía bordado en punto de cruz

en la gruesa colcha.

Mientras yo le escuchaba arrobado, pendiente de todos los detalles, tanto importantes

como insignificantes, mi maestro me explicó la procedencia de las perlas que estaban cosidas

en mi camisa; me dijo que se originaban en las ostras y que unos chicos se sumergían en el

mar para traer esos blancos y preciados tesoros a la superficie, transportándolos en la boca.

Las esmeraldas procedían de unas minas en la tierra. Muchos hombres estaban dispuestos a

matar por ellas. Los diamantes, ¡ah!, fíjate en esos diamantes. Mi maestro se quitó una sortija

del dedo y me la colocó en el mío, acariciándome con las yemas de los dedos mientras me la

encajaba. «Los diamantes son la luz blanca de Dios», me dijo. Los diamantes son puros.

Dios. ¿Qué Dios? Sentí una conmoción tan violenta como una descarga eléctrica y tuve la

impresión de que la escena que me rodeaba estaba a punto de desvanecerse.

El maestro me observó mientras hablaba. Me pareció oír lo que decía con toda nitidez,

aunque él ni siquiera había movido los labios ni emitido sonido alguno.

Mi agitación fue en aumento. Dios, no me hagas pensar en Dios. Sé mi Dios.

.Dame tu boca, dame tus brazos .musité. Mi pasión le causó tanto asombro como

excitación.

Rió suavemente mientras respondía a mi súplica con más besos tiernos y fragantes.

Sentí su cálido aliento sobre mis partes íntimas como un delicado y sibilante torrente.

.Amadeo, Amadeo, Amadeo .murmuró.

.¿Qué significa ese nombre, maestro? .pregunté.. ¿Por qué me lo has puesto?

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

39

Creo que oí a mi antiguo yo en esa voz, pero quizá se tratara sólo de este nuevo príncipe

adornado y envuelto en joyas y sedas que había elegido esta voz respetuosa pero enérgica.

.Amado por Dios .repuso él.

Yo no soportaba oír hablar de esto. Dios, el Dios inevitable. Me sentí presa de angustia y

pavor.

El maestro me tomó la mano y apuntó con mi índice hacia un niño con unas alitas que

aparecía bordado en brillantes cuentas sobre un almohadón un tanto raído que yacía junto a

nosotros.

.Amadeo .pronunció., amado por el Dios del amor.

Al descubrir el reloj que emitía su constante tictac entre el montón de ropa que yacía

junto al lecho, mi maestro lo tomó y observó con una sonrisa de gozo. No había visto muchos

relojes como éste. ¡Qué maravilla! Eran lo suficientemente costosos para ser dignos de un rey

o una reina.

.Tendrás todo cuanto desees .prometió.

.¿Por qué?

Mi maestro lanzó de nuevo una carcajada.

.Por ese cabello rojizo que tienes .respondió acariciándome el pelo.; por estos ojos

castaños profundos y bondadosos; por esta piel blanca como la leche recién ordeñada; por

estos labios indistinguibles de unos pétalos de rosa.

Bien entrada la noche, mi maestro me relató historias sobre Eros y Afrodita; me arrulló

con su voz cantarina mientras me refería la fantástica tragedia de Psique, amada por Eros, a la

cual le estaba prohibido contemplar la luz del día.

Avancé junto a él a través de los gélidos corredores. Mi maestro hundió los dedos en mis

hombros mientras me mostraba las bellas estatuas de mármol blanco de sus dioses, diosas,

amantes: Dafne, cuyos airosos brazos se habían convertido en ramas de laurel mientras el

dios Apolo se esforzaba en alcanzarla; Leda, impotente en las garras del poderoso cisne.

El maestro guió mis manos sobre los contornos de mármol, los rostros finamente

cincelados y pulidos, las tensas pantorrillas de piernas nubiles, las frías cavernas de labios

entreabiertos. Luego aplicó mis manos sobre su rostro. Parecía una estatua viviente, más

maravillosamente esculpida que todas las demás. Cuando me alzó en el aire con sus poderosas

manos, sentí el intenso calor que emanaba, una cálida oleada de dulces suspiros y palabras

susurradas.

Al término de la semana, yo no recordaba una palabra de mi lengua materna.

Desde la plaza, rodeado por un tumulto de injurias, contemplé la procesión del gran

consejo de Venecia a lo largo del Molo; asistí a una misa cantada en el altar mayor de la

basílica de San Marcos; contemplé los barcos cuando abandonaban las relucientes olas del

Adriático; observé a los pintores que mezclaban los colores con sus pinceles en unos potes de

barro para obtener una variada y maravillosa gama de tonalidades: carmesí, bermellón,

carmín, cereza, cerúleo, turquesa, verde cromo, amarillo ocre, ocre oscuro, purpúreo, citrino,

sepia, el maravilloso violeta llamado Caput mortuum y una laca espesa llamada sangre de

dragón.

Me convertí en un experto en danza y esgrima. Mi compañero favorito era Riccardo. No

tardé en darme cuenta de que yo era el alumno más dotado en esas artes después de

Riccardo, superior incluso a Albinus, que había ocupado el segundo lugar hasta que aparecí yo,

aunque no manifestaba la menor inquina hacia mí.

Esos jóvenes eran como hermanos para mí.

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40

Me llevaron a casa de la hermosa e incomparable cortesana llamada Bianca Solderini,

una mujer grácil y encantadora, con una cabellera ondulada al estilo Botticelli, unos ojos grises

almendrados y un marcado y generoso sentido del humor. Yo me convertí en el jovencito de

moda en su casa, a la que acudía con frecuencia y donde me codeaba con bellas muchachas y

hombres que pasaban horas allí leyendo poemas, hablando sobre las interminables guerras

extranjeras, sobre los últimos pintores y sobre cuáles habían recibido el encargo de pintar una

obra importante o el retrato de un personaje destacado.

Bianca poseía una voz atiplada e infantil que encajaba con su rostro juvenil y su naricilla

respingona. Su boca se asemejaba a un capullo de rosa. Sin embargo, era inteligente e

indomable. Rechazaba de modo implacable a cualquier pretendiente demasiado posesivo; le

gustaba que su casa estuviera llena de gente a todas horas. Cualquier persona bien vestida, o

que portara una espada, era admitida automáticamente. Casi nadie, salvo los hombres

empeñados en poseerla, tenía vedada la entrada en su casa.

A casa de Bianca acudían numerosos visitantes de Francia y Alemania, y todas las

personas que la frecuentaban, tanto extranjeras como nacionales, se mostraban intrigados a

propósito de nuestro maestro, Marius, un hombre misterioso, aunque éste nos había ordenado

que no respondiéramos a preguntas baladíes sobre él, y que cuando alguien nos preguntara si

pensaba casarse, pintar el retrato de tal persona o tal otra o si estaría en casa en una

determinada fecha para ir a visitarlo, nos limitáramos a responder con una sonrisa.

A veces me quedaba dormido sobre los cojines de un diván en casa de Bianca, o uno de

los lechos, escuchando las voces tenues de los nobles, sumido en mis ensoñaciones, arrullado

por la música.

En muy raras ocasiones, el maestro aparecía por allí para recogernos a Riccardo y a mí;

su llegada provocaba siempre un pequeño revuelo en el portego o salón principal. Nunca se

sentaba, sino que permanecía de pie sin quitarse la capa de los hombros ni la capucha de la

cabeza. Pero sonreía y respondía con amabilidad a las preguntas que le hacían, y a veces

regalaba uno de los pequeños retratos de Bianca que había pintado.

Me parece contemplar ahora esos diminutos retratos de Bianca que el maestro regalaba,

todos ellos engarzados con piedras preciosas.

.Es increíble el parecido que consigues plasmar de memoria en los retratos .

comentaba Bianca, acercándose para besarlo. El Maestro acogía esas efusiones con reserva,

manteniendo a Bianca a cierta distancia de su frío y duro pecho y de su rostro, depositando

Unos besos en sus mejillas que transmitían un encanto, ternura y dulzura que, de haberla

abrazado con pasión, habrían quedado destruidos.

Yo pasaba horas leyendo con ayuda del tutor Leonardo de Padua, recitando las palabras

al unísono con él mientras trataba de captar el significado de los textos en latín, italiano y

griego. Aristóteles me gustaba tanto como Platón, Plutarco, Livio o Virgilio. Lo cierto era que

no comprendía bien esas obras. Me limitaba a hacer lo que deseaba el maestro, dejando que

los conocimientos se acumularan en mi mente.

No veía la razón de hablar constantemente, como hacía Aristóteles, sobre cosas que ya

estaban creadas. Las vidas de los antiguos que relataba Plutarco con excelente ingenio

constituían unas historias apasionantes, pero yo deseaba conocer a mis coetáneos, prefería

dormitar sobre el diván de Bianca que discutir sobre los méritos de este u otro pintor. Por lo

demás, estaba convencido de que mi maestro era el mejor de todos ellos.

Este mundo estaba formado por habitaciones espaciosas, muros decorados, una luz

generosa y fragante y un desfile constante de personajes vestidos a la última moda, a lo cual

me acostumbré rápidamente, sin contemplar jamás el dolor y la miseria que padecían los

pobres de la ciudad. Incluso los libros que leía reflejaban este nuevo ambiente en el que me

movía con tal comodidad que nada ni nadie habría sido capaz de devolverme al mundo de caos

y sufrimiento en el que había habitado antes.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

41

Aprendí a tocar algunas canciones con el virginal. Aprendí a pulsar las cuerdas del laúd y

a cantar con voz suave, aunque sólo entonaba canciones tristes. A mi maestro le encantaban

esas canciones.

En ocasiones, mis compañeros y yo cantábamos a coro, y ofrecíamos al maestro

nuestras composiciones o unas danzas que nosotros mismos habíamos creado.

En las tardes calurosas, en lugar de dormir la siesta, jugábamos a los naipes. Riccardo y

yo fuimos algunas veces a jugar a las tabernas. En un par de ocasiones bebimos demasiado

vino. Cuando el maestro se enteró de nuestras escapadas, se apresuró a ponerles fin. Le

horrorizaba pensar que yo me había caído borracho al Gran Canal y que unos torpes e

histéricos transeúntes habían tenido que rescatarme de sus aguas. Pese a su dominio de sí

mismo, juraría que el maestro palideció cuando le refirieron el incidente, ya que el color se

desvaneció de sus mejillas.

Riccardo recibió unos azotes. Yo me sentí avergonzado. Riccardo encajó el castigo como

un soldado, sin protestar ni lamentarse, de pie e inmóvil ante la inmensa chimenea, de

espaldas para recibir los azotes en las piernas. Más tarde, se arrodilló y besó la sortija del

maestro. Yo juré no volver a emborracharme.

Al día siguiente volví a emborracharme, pero tuve la sensatez de ir a casa de Bianca y

ocultarme debajo de su lecho, donde pude echar un sueñecito sin peligro de que me

descubrieran. Antes de la medianoche el maestro me sacó de mi escondite. Me temí lo peor,

pero sólo me acostó en mi lecho, donde caí dormido antes de poder pedirle disculpas. Me

desperté al cabo de un rato y le vi sentado a su escritorio, escribiendo con la misma agilidad

con que pintaba en un voluminoso libro de tapas verdes que siempre ocultaba antes de salir de

casa.

Durante las tardes más sofocantes del verano, cuando los otros dormían, inclusive

Riccardo, salía sigilosamente y alquilaba una góndola. Tumbado de espaldas, contemplaba el

firmamento mientras nos deslizábamos por el canal hacia las aguas turbulentas del golfo. Al

regresar, cerraba los ojos, atento a las sofocadas voces que brotaban de las casas durante la

hora de la siesta, al murmullo de las turbias aguas sobre los cimientos podridos de los

edificios, a los gritos de las gaviotas. No me molestaban ni las cucarachas ni el hedor de los

canales.

Una tarde no regresé a casa a la hora de la lección. Me metí en una taberna para

escuchar a los músicos y a los cantantes; en otra ocasión asistí a una representación teatral

sobre un escenario provisional instalado en la plaza. Nadie me reprochaba mis correrías. Nadie

me denunciaba ante el maestro. Nadie nos ponía exámenes ni a mí ni a mis compañeros para

que demostráramos los conocimientos que habíamos asimilado.

A veces me pasaba el día durmiendo, o hasta que me levantaba movido por la

curiosidad. Me encantaba despertarme y hallar al maestro trabajando, en su estudio o

moviéndose por el andamio mientras pintaba una gigantesca tela, o junto a mí, sentado a su

mesa en la alcoba, escribiendo afanosamente.

En la casa había bandejas de comida por doquier: suculentos racimos de uva, melones

maduros y cortados en rodajas, listos para comer, y un delicioso pan de miga fina preparado

con el aceite de la mejor calidad. A mí me gustaba comer olivas negras acompañadas por unas

lonchas de queso fresco y puerros recién recogidos del huerto. Un criado me servía leche

fresca en una jarra de plata.

El maestro no comía nada, todo el mundo lo sabía. Además, se ausentaba siempre de

casa durante el día. Jamás nos referíamos al maestro de forma irrespetuosa. El maestro era

capaz de adivinar nuestro pensamiento. Sabía distinguir entre el bien y el mal, y no tardaba en

descubrir una mentira. Los aprendices eran buenos chicos. A veces alguien comentaba en voz

baja que el maestro había expulsado a uno de ellos de la casa, pero nadie hablaba en tono

superficial sobre él, nadie comentaba el hecho de que yo durmiera en el lecho del maestro.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

42

Hacia el mediodía comíamos todos juntos, por lo general pollo asado, costillas de cordero

lechal y unas jugosas rodajas de carne de buey.

Durante la jornada acudían tres o cuatro profesores para instruir a diversos y reducidos

grupos de aprendices. Algunos hacían sus tareas mientras otros estudiaban.

Yo pasaba con toda naturalidad de la clase de latín a la de griego. En ocasiones hojeaba

los sonetos eróticos o leía lo que podía mientras Riccardo me echaba una mano leyendo algo

cómicamente y provocando la hilaridad entre nuestros compañeros, mientras los profesores

aguardaban a que las risas cesaran.

Hice grandes progresos en este ambiente grato y tolerante. Aprendí con rapidez y era

capaz de responder a todas las preguntas que formulaba el maestro, ofreciendo algunos

comentarios de mi propia cosecha.

El maestro se dedicaba a pintar cuatro de siete noches a la semana, por lo general

pasada la medianoche hasta que desaparecía al alba. No dejaba que nada interrumpiera esas

sesiones.

Trepaba por el andamio con asombrosa agilidad, como un enorme mono blanco, y, tras

dejar caer su capa al suelo, tomaba el pincel de manos del chico que lo sostenía y se ponía a

pintar con tal furia que nos manchaba a todos de pintura mientras le contemplábamos

fascinados. Bajo su toque genial, a las pocas horas cobraban vida grandes paisajes; plasmaba

grupos de seres humanos con todo detalle.

El maestro tarareaba en voz alta mientras trabajaba; anunciaba los nombres de los

grandes escritores o héroes cuyos retratos pintaba de memoria o utilizando su imaginación.

Nos hablaba sobre los colores y las líneas que empleaba, los efectos de perspectiva mediante

los cuales emplazaba a los grupos de personas que pintaba en unos jardines, estancias,

palacios y salones reales.

A los aprendices dejaba sólo la tarea de ultimar por la mañana algunos pequeños

detalles, como el colorido de los cortinajes, las alas, los amplios espacios de carne humana a

los que el maestro se aplicaba de nuevo por la noche para añadir los muebles de una sala

mientras la pintura al óleo era aún dúctil, el suelo reluciente de unos palacios que después de

sus últimos toques parecían de mármol auténtico bajo los rollizos pies de sus filósofos y sus

santos.

El trabajo nos unía a mí y a mis compañeros de forma natural y espontánea. En el

palacio había docenas de telas y muros por terminar de pintar, los cuales ofrecían un aspecto

tan real que parecían puertas de acceso a otro mundo.

Gaetano, uno de los aprendices más jóvenes, era el más dotado para la pintura. Pero

cualquiera de los chicos, salvo yo, podía compararse con los aprendices de cualquier pintor de

renombre, incluso con los de Bellini.

Ciertos días estaban reservados a recibir a las personas que acudían al palacio. Bianca

asumía entusiasmada la tarea, con ayuda de sus sirvientes, de ejercer de ama y señora de la

casa, de recibir a los hombres y las mujeres de las casas nobles de Venecia que acudían para

contemplar las pinturas del maestro. Todos se quedaban maravillados de sus dotes. Al

escuchar sus comentarios, me enteré de que el maestro vendía muy pocas de sus telas, pues

le gustaba llenar su palacio con sus propias obras, y poseía sus propias versiones de los temas

más célebres, desde la escuela de Aristóteles hasta la crucifixión de Jesucristo. Un Jesucristo

humano, de pelo rizado, fuerte y musculoso; el Jesucristo de estas personas. Un Jesucristo

parecido a Cupido o a Zeus.

A mí, ni me importaba no saber pintar tan bien como Riccardo y los demás aprendices, ni

tenerme que contentar la mayoría de las veces con sostener para ellos los potes de pintura,

lavar los pinceles y borrar los errores que debían corregirse. Yo no deseaba pintar. El mero

hecho de pensar en ello hacía que mis manos se crisparan y que sintiera náuseas.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

43

Yo prefería conversar, bromear, hacer cábalas sobre el motivo por el que el maestro no

aceptaba encargos, aunque cada día recibía numerosas cartas invitándole a competir para

obtener el encargo de pintar un mural en el Palacio Ducal o una de las miles de iglesias que

había en la isla.

Me divertía observar cómo los demás extendían los colores sobre los lienzos, aspirar el

aroma de los barnices, pigmentos y óleos.

De vez en cuando se apoderaba de mí una extraña furia, pero no debido a mi falta de

destreza. En ocasiones me atormentaba otro sentimiento, relacionado con las posturas

húmedas y tempestuosas de las figuras pintadas, con sus relucientes mejillas sonrosadas

enmarcadas por un cielo hirviente y nublado, o las gráciles ramas de árboles sombríos.

Me parecía una locura esta exagerada representación de la naturaleza. Con el corazón

dolorido, caminaba solo y apresuradamente por entre los canales hasta hallar una vieja iglesia,

un altar dorado decorado con santos de postura rígida y mirada recelosa, demacrados y

sombríos: el legado de Bizancio, tal como observé en San Marcos el día en que llegué. El alma

me dolía profunda e incesantemente mientras contemplaba con todo detalle esas viejas

reliquias. Cuando mis nuevos amigos daban con mi paradero, me enojaba. Permanecía

arrodillado, negándome a darme por enterado de su presencia. Me tapaba los oídos para no oír

las carcajadas de mis compañeros. ¿Cómo se atrevían a reírse en una iglesia en la que estaba

presente Cristo crucificado, moribundo, derramando unas gotas de sangre como escarabajos

negros de sus deslucidas manos y pies?

De vez en cuando me quedaba dormido ante un antiguo altar. Había burlado a mis

compañeros. Estaba solo pero feliz tendido sobre las frías losas. Creía oír el murmullo del agua

que se deslizaba debajo del suelo.

Fui a Torcello en una góndola, para visitar la gran catedral de Santa María Assunta,

célebre por sus mosaicos que, según decían, eran tan antiguos y espléndidos como los de San

Marcos. Me deslicé sigilosamente bajo los arcos, admirando el antiguo iconostasio de oro y los

mosaicos del ábside. En lo alto, en la curva posterior del ábside, se hallaba la Virgen,

Theotokos, la portadora de Dios. Tenía un rostro austero, casi amargo. Sobre su mejilla

izquierda relucía una lágrima. En sus manos sostenía al niño Jesús, junto con un paño, el

emblema de la Mater Dolorosa.

Yo comprendía esas imágenes, aunque hacían que se me encogiera el corazón. Me sentía

mareado, y el calor de la isla y el silencio de la catedral me provocaron náuseas. Sin embargo,

me quedé allí, me paseé por el iconostasio y recé.

Estaba seguro de que nadie me encontraría allí. Al anochecer, me sentí enfermo. Tenía

fiebre, pero busqué un rincón de la iglesia, me tumbé en el suelo y apoyé el rostro y las manos

en las frías losas. Ante mí, al alzar la cabeza, contemplé unas escenas aterradoras del día del

Juicio, de unas almas condenadas al infierno. «Merezco este dolor», pensé.

El maestro vino a buscarme. No recuerdo el trayecto de regreso al palacio. Al cabo de

unos minutos, o eso me pareció, me acostaron y mis compañeros me aplicaron en la frente

unas compresas frías. Me hicieron beber un poco de agua. Alguien comentó que yo había

contraído «la fiebre», a lo que otro replicó: «Cállate.»

El maestro me veló toda la noche. Tuve una pesadilla que no logré hacer revivir cuando

desperté. Antes del alba, el maestro me besó y me arrulló en sus brazos. Nunca me había

parecido tan reconfortante el tacto frío y duro de su cuerpo como en aquellos momentos; me

abracé a su cuello y apoyé la mejilla sobre la suya.

El maestro me administró un caldo caliente que sabía a especias. Después de besarme,

volvió a acercar el cuenco de caldo a mis labios. Sentí que un fuego sanador me recorría el

cuerpo.

Sin embargo, cuando el maestro regresó aquella noche, me había vuelto a subir la fiebre.

No tuve ningún sueño, pero permanecí en un estado de duermevela; tuve la sensación de

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44

atravesar un siniestro pasillo incapaz de hallar un lugar cálido y limpio. Tenía tierra bajo las

uñas. De pronto vi moverse una pala y un montón de tierra; temí que esa tierra me sepultara,

y rompí a llorar.

Riccardo también permaneció a mi lado, sosteniéndome la mano, asegurándome que

pronto anochecería y el maestro regresaría a casa.

.Amadeo .dijo el maestro, tomándome en brazos como si yo fuera una criatura.

En mi mente se agolparon numerosas preguntas. ¿Acaso iba a morir? ¿Dónde me llevaba

el maestro? Yo iba envuelto en terciopelo y pieles y él me transportaba en brazos, pero

¿adonde?

Nos encontrábamos en una iglesia en Venecia, entre pinturas de nuestra época. Ardían

las velas de rigor. Unos hombres rezaban. El maestro me sostuvo en sus brazos y me dijo que

contemplara el gigantesco altar que había ante nosotros.

Los ojos me escocían debido a la fiebre, pero le obedecí. Al alzar la cabeza, vi una virgen

sobre el altar, coronada por su amado hijo, Cristo Rey.

.Observa la dulzura de su rostro, la naturalidad de su expresión .murmuró el

maestro.. Aparece sentada en esta iglesia una mujer corriente y vulgar. Observa a los

ángeles, esos niños alegres agrupados alrededor de las columnas debajo de la virgen. Fíjate en

la serenidad y dulzura de sus sonrisas. Esto es el cielo, Amadeo. Es la bondad.

Medio dormido, contemplé la pintura sobre el altar.

.Observa al apóstol que murmura unas palabras al oído de la figura que está a su lado,

con la naturalidad de cualquier asistente a una ceremonia. Mira, arriba está Dios Padre,

contemplando la escena con satisfacción.

Traté de formular unas preguntas, protestar que esa combinación de lo carnal y lo

beatífico era inverosímil, pero no hallé unas palabras elocuentes para expresarlo. La desnudez

de los ángeles resultaba encantadora e inocente, pero no creía en ella. Era una mentira urdida

por Venecia, por Occidente, una mentira urdida por el mismo diablo.

.Amadeo .continuó el maestro., no existe la bondad en el sufrimiento y la crueldad;

no existe una bondad que arraigue en el dolor de niños inocentes. Del amor de Dios brota

siempre la belleza. Mira esos colores, Amadeo, son los colores creados por Dios.

A salvo en sus brazos, con los pies colgando en el aire y los brazos en torno a su cuello,

dejé que los detalles del inmenso altar se grabaran en mi memoria. Repasé una y otra vez

todos los pequeños toques que me deleitaban.

Señalé con el dedo el león, sentado apaciblemente a los pies de san Marcos. Fíjate, las

páginas del libro de san Marcos se mueven a medida que las pasa. Y el león se ve tan pacífico,

domesticado y simpático como un perro instalado junto al fuego.

.Esto es el cielo, Amadeo .dijo él.. Cualquiera que sea el pasado que llevas clavado

en el alma, olvídalo.

Yo sonreí y, lentamente, mientras observaba los santos, hilera tras hilera de santos,

empecé a reírme suavemente al oído del maestro, como si le hiciera una confidencia.

.Todos están hablando, murmurando, charlando entre sí como si fueran unos senadores

venecianos.

El maestro respondió con una breve y tenue carcajada.

.Yo creo que los senadores son más decorosos, Amadeo. Nunca los he visto en una

actitud tan desenvuelta, pero, como he dicho, esto es el cielo.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

45

.Ah, maestro, mira a ese santo que sostiene un icono, un precioso icono. Debo decirte,

maestro... .Pero no terminé la frase. La fiebre había aumentado y estaba empapado en

sudor. Los ojos me escocían y no veía con claridad.. Estoy en unas tierras extrañas, maestro.

Echo a correr. Tengo que depositarlo entre los árboles.

¿Cómo iba a saber él a lo que yo me refería, la desesperada huida a través de los

desolados páramos con el sagrado fardo que me habían encomendado, un fardo que debía

desenvolver y depositar entre los árboles?

.Mira, el icono.

Me sentía repleto de una miel dulce y espesa. Provenía de un frío manantial, pero no me

importó. Yo conocía ese manantial. Mi cuerpo era como una copa que se agitaba, disolviendo

todo lo amargo en su contenido, disolviéndose en un remolino y dejando sólo la miel y un calor

de ensueño.

Cuando abrí los ojos me hallaba acostado en nuestro lecho. Todo estaba fresco. La fiebre

había bajado. Me volví y me incorporé.

El maestro estaba sentado a su escritorio, leyendo lo que acababa de escribir. Llevaba el

pelo rubio sujeto con una cinta. Me pareció contemplar su rostro por primera vez, su hermoso

rostro de pronunciados pómulos y una nariz fina y estrecha. En éstas me miró y sus labios

esbozaron una prodigiosa sonrisa.

.No persigas esos recuerdos .comentó. Lo dijo como si yo hubiera hablado en sueños.

. No vayas a la iglesia de Torcello en busca de ellos. No vayas a contemplar los mosaicos de

San Marcos. Con el tiempo recordarás todos esos episodios que te hieren.

.Temo recordar .contesté.

.Lo sé .dijo mi maestro.

.¿Cómo puedes saberlo? .le pregunté.. Lo tengo clavado en el corazón. Ese dolor es

sólo mío. .No pretendía ser descarado, pero el caso es que, al margen de mis pocas o muchas

faltas, a menudo replicaba con descaro.

.¿Dudas de mí? .preguntó mi maestro.

.Tus dotes son inconmensurables. Todos lo sabemos, aunque no hablamos de ello; tú y

yo nunca hablamos de ello.

.Entonces ¿por qué no confías en mí en lugar de las cosas que sólo recuerdas a medias?

El maestro se levantó del escritorio y se acercó al lecho.

.¡Acompáñame! .me pidió.. Ya no tienes fiebre. Ven conmigo.

El maestro me llevó a una de las numerosas bibliotecas del palacio, una estancia en la

que los manuscritos yacían desordenados sobre las mesas y los libros en unas pilas. Marius

trabajaba rara vez en estas salas. Dejaba sus adquisiciones allí, para que los chicos las

catalogaran, y llevaba lo que precisaba para trabajar en el escritorio instalado en nuestra

habitación.

El maestro se movió entre los estantes hasta hallar un gran portafolio con tapas de cuero

amarillo, gastadas en los bordes. Acarició con sus dedos largos y blancos un enorme

pergamino. Luego lo depositó en la mesa de estudio para que yo lo examinara. Era una pintura

antigua.

Vi una inmensa iglesia con cúpulas doradas, de gran belleza y majestuosidad. Sobre ella

aparecían inscritas unas letras, que yo conocía. Pero por más que me esforcé no logré que su

significado acudiera a mi mente ni a mis labios.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

46

.Rus de Kíev .dijo el maestro. Rus de Kíev.

Un insoportable horror hizo presa en mí. Sin poder contenerme, respondí:

.Está en ruinas, se ha quemado. Ese lugar no existe. No está vivo como Venecia. Es un

lugar en ruinas, frío, sucio y desolado. Sí, ésa es la palabra. .Estaba mareado. Creí distinguir

una ruta de escape de aquella desolación, pero era fría y oscura, una ruta tortuosa que

conducía a un mundo de eternas tinieblas donde el único olor que emanaba de las manos, la

piel y la ropa era el olor a tierra.

Me aparté de la mesa y salí precipitadamente de la habitación. Atravesé todo el palacio a

la carrera. Bajé la escalera corriendo y crucé las estancias inferiores que daban acceso al

canal. Cuando regresé, hallé al maestro solo en la alcoba. Estaba leyendo, como de

costumbre. Leía el libro que le había impresionado más recientemente, Consolación de la

filosofía, de Boecio. Cuando entré, alzó la vista del libro.

Me detuve en el umbral, pensando en mis recuerdos dolorosos. No conseguía atraparlos.

¡Paciencia! Se desvanecían en la nada como hojas en un callejón, las hojas que el viento

acumula sobre los tejados y a veces se deslizan por las tapias verdes de los jardines.

.No quiero .dije de nuevo.

.Algún día lo recordarás con claridad, cuando tengas la fuerza suficiente para sacar

provecho de ello .repuso él, cerrando el libro.. Pero ahora deja que yo te consuele.

Sí, eso era justamente lo que yo deseaba.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

47

3

¡Qué largos se me hacían los días sin él! Al anochecer, cuando los sirvientes encendían

las velas, yo crispaba los puños de impaciencia.

Algunas noches no aparecía por el palacio. Los chicos decían que tenía asuntos

importantes que atender, que todo debía proseguir como si él estuviera en casa.

Me acostaba solo en nuestro lecho; nadie hacía ningún comentario al respecto. Yo

buscaba por la casa algún rastro personal de él. Me atormentaba un cúmulo de preguntas.

Temía que no regresara jamás, pero él volvía siempre.

Cuando subía la escalera, yo corría a su encuentro y me arrojaba en sus brazos. Él me

abrazaba y besaba, y dejaba que me apoyara suavemente sobre su pecho. Mi peso no le

incomodaba, aunque yo había crecido y me había desarrollado mucho.

Yo siempre sería el joven de diecisiete años que ves ante ti, pero me asombraba que un

hombre tan delgado como él me levantara en el aire con aquella facilidad. No soy un chico

enclenque, jamás lo he sido. Soy fuerte.

Me encantaba cuando el maestro, en los momentos que yo tenía que compartirlo con mis

compañeros, nos leía en voz alta.

Rodeado de candelabros, el maestro se expresaba con voz tenue y amable. Leía la Divina

comedia de Dante, el Decamerón de Boccaccio, o El romance de la rosa o los poemas de

François Villon en francés. Nos dijo que debíamos aprender a hablar las nuevas lenguas con la

fluidez con que hablábamos en griego y latín. Nos advirtió que la literatura ya no se reducía a

las obras clásicas.

Mis compañeros y yo nos sentábamos en silencio a su alrededor, sobre unos cojines, o

sobre las frías baldosas del suelo. Algunos se colocaban de pie junto a él, mientras que otros

permanecían de cuclillas.

A veces Riccardo tocaba el laúd y cantaba las melodías que le había enseñado su tutor, o

las canciones lascivas que había oído por la calle. Cantaba al amor con tono melancólico y nos

hacía llorar. El maestro le miraba arrobado.

Yo no estaba celoso, ya que era el único que compartía el lecho del maestro.

En ocasiones, el maestro ordenaba a Riccardo que se sentara junto a la puerta de

nuestra alcoba y tocara el laúd. Riccardo obedecía sin pedirle jamás que le dejara entrar en la

habitación.

Mi corazón palpitaba agitadamente cuando el maestro corría las cortinas que rodeaban el

lecho. Luego me abría la túnica, o la desgarraba en un gesto retozón, como si fuera una

prenda vieja e inútil.

Yo me hundía en la colcha de raso debajo de su peso; separaba las piernas y le

acariciaba con mis rodillas, aturdido y excitado al sentir el roce de sus nudillos sobre mis

labios.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

48

En una ocasión me quedé semidormido. El aire tenía una tonalidad rosácea y dorada. Me

envolvía un dulce calor. Sentí sus labios sobre los míos, su lengua moviéndose como una

serpiente en mi boca. Un líquido, un delicioso y ardiente néctar me llenaba la boca, una poción

exquisita que se deslizó a través de mi cuerpo hasta alcanzar las yemas de mis dedos. Sentí

cómo descendía a través de mi torso hasta mis partes íntimas. Me abrasaba. Estaba ardiendo.

.Maestro .murmuré., ¿qué es este líquido, más dulce que los besos?

Él apoyó la cabeza en la almohada y volvió la cabeza.

.Dámelo otra vez, maestro .dije.

El maestro me complació. Pero sólo me lo daba cuando lo deseaba él, a gotas, con los

ojos inundados de unas lágrimas rojas que a veces permitía que yo lamiera.

Creo que transcurrió un año entero antes de que yo regresara a casa una noche,

tintando debido al aire invernal, ataviado con mi mejor traje azul, unas medias azules y los

zapatos azules lacados en oro más costosos que pude hallar, un año, digo, antes de que

regresara aquella noche, arrojara mi libro en un rincón de la alcoba con gesto cansino, me

plantara en jarras y observara al maestro sentado en una silla de elevado respaldo y los ojos

fijos en el carbón que ardía en el brasero, con las manos extendidas sobre él, contemplando

las llamas.

.Bien .espeté con tono impertinente, echando la cabeza hacia atrás, con el desparpajo

de un hombre de mundo, un sofisticado veneciano, un príncipe del mercado rodeado por una

corte de mercaderes pendiente de sus menores caprichos, un erudito que había leído

muchísimos libros.

»Bien .repetí.. Aquí hay un misterio y tú lo sabes. Creo que ya va siendo hora de que

me lo expliques.

.¿Cómo dices? .preguntó él con tono afable.

.¿Por qué nunca...? ¡Eres insensible, nada te afecta! .le espeté.. ¿Por qué me tratas

como si fuera un muñeco? ¿Por qué nunca...?

Por primera vez le vi sonrojarse; sus ojos se humedecieron y achicaron y por su rostro

rodaron unas lágrimas rojizas.

.Me asustas, maestro .musité.

.¿Qué pretendes que sienta, Amadeo? .preguntó.

.Pareces un ángel, una estatua .repuse, contrito y temblando.. Juegas conmigo,

maestro, soy el muñeco que siente y padece. .Me acerqué a él. Le toqué la camisa, tratando

de desabrocharla.. Deja que...

Él me tomó la mano. Se llevó mis dedos a los labios, los introdujo en su boca y los

acarició con la lengua. Sus ojos se clavaron en los míos.

Siento lo suficiente, decían sus ojos.

.Yo te daría lo que tú quisieras .afirmó con tono implorante. Introduje la mano entre

sus piernas. Tenía el miembro duro, lo cual no era inusual, pero debía dejar que yo le llevara

más lejos, debía confiar en mí.

.Amadeo .dijo.

Me abrazó y, con su extraordinaria fuerza, me arrastró hasta el lecho. Fue un gesto tan

súbito que no parecía que se hubiera levantado siquiera de la silla. Caímos sobre los

almohadones de raso. Yo no salía de mi asombro. El maestro corrió las cortinas del lecho sin

apenas tocarlas, como si se tratara de un truco de la brisa que penetraba por las ventanas. Sí,

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

49

escucha las voces que brotan del canal. Las voces que cantan y trepan por los muros de

Venecia, la ciudad de los palacios.

.Amadeo .repitió el maestro, besándome en el cuello como había hecho en mil

ocasiones, pero esta vez noté un pellizco breve e intenso. De pronto noté como si alguien

hubiera tirado de un hilo que me atravesaba el corazón. Me había convertido en el miembro

que tenía entre las piernas; no era sino eso. Él volvió a besarme, y sentí de nuevo aquel

extraño tirón.

Soñé. Creo que vi otro lugar. Creo que vi las revelaciones de mis sueños, que una vez

despierto jamás lograba recordar. Creo que recorrí un camino en esas increíbles fantasías que

sólo experimentaba en sueños.

Esto es lo que quiero de ti.

.Y yo te lo daré .dije.

Las palabras brotaron atropelladamente hacia el presente casi olvidado mientras sentí

que flotaba junto a él, sintiéndole temblar estremecido de placer, sintiéndole tirar de aquel hilo

que me atravesaba el corazón, haciendo casi que rompiera a llorar, sintiéndole regocijarse con

mi turbación, sintiéndole enarcar la espalda y dejar que sus dedos temblaran y danzaran

mientras se estremecía sobre mí. Bébelo, bébelo.

Al cabo de unos instantes se separó y se tumbó junto a mí.

Yo sonreí mientras yacía con los ojos cerrados. Me toqué los labios. Tenía una gota de

aquel néctar en mi labio inferior, que lamí con la lengua. Me parecía estar sumido en un

ensueño.

Él respiraba trabajosamente y estaba taciturno. Se estremeció un par de veces, y al asir

mi mano, noté que la suya le temblaba.

.¡Ah! .exclamé, sonriendo y besándole en el hombro.

.Te he lastimado .se lamentó él.

.No no, mi dulce maestro .respondí.. ¡Soy yo quien te ha lastimado a ti! ¡Pero te

tengo en mi poder!

.Te comportas como el mismo diablo, Amadeo .protestó él.

.¿No quieres que lo haga, maestro? ¿Acaso no te gusta? ¡Has tomado mi sangre y me

has convertido en tu esclavo!

Él lanzó una carcajada.

.De modo que quieres que juguemos a eso .dijo alegremente.

.Hummm. Ámame. ¿Qué importa lo demás?

.No se lo cuentes a los demás .repuso él. Lo dijo sin asomo de temor, debilidad ni

vergüenza.

Yo me volví, me incorporé sobre los codos y observé su plácido perfil.

.¿Acaso temes su reacción?

.No .contestó el maestro.. Me importa lo que piensen y sientan. No tengo tiempo

para preocuparme de esas cosas. Debes ser compasivo y prudente, Amadeo .añadió,

mirándome.

Guardé silencio durante un rato, limitándome a observar al maestro. Poco a poco me

percaté de que estaba asustado. Temí que mi temor destruyera la dulzura de aquel momento,

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

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la espléndida e intensa luz que penetraba a través de las cortinas y se reflejaba en los

bruñidos planos de su rostro marfileño, en la dulzura de su sonrisa. Al cabo de unos instantes

ese temor fue superado por una preocupación más acuciante.

.Tú no eres mi esclavo, ¿no es cierto? .pregunté.

.Claro que lo soy .respondió, reprimiendo una carcajada.. Puedes estar seguro de

ello.

.¿Qué ocurrió, qué hiciste, qué fue...?

Él aplicó un dedo sobre mis labios.

.¿Crees que soy como los demás hombres? .inquirió.

.No .repuse, pero al pronunciar aquella palabra sentí de nuevo una punzada de temor.

Traté de contenerme, pero me arrojé sobre él y traté de sepultar el rostro en su cuello. Él era

demasiado frío para abandonarse a esas efusiones, aunque me acarició la cabeza y me besó

en la coronilla, me apartó el pelo de la frente y hundió el pulgar en mi mejilla.

.Deseo que un día te marches de aquí .declaró.. Deseo que te vayas. Llevarás contigo

una fortuna que yo te daré y todos los conocimientos que he procurado inculcarte. Llevarás

contigo tu gracia y las artes que has logrado aprender: a pintar, a interpretar cualquier música

que yo te pida, a danzar con asombrosa exquisitez. Llevarás contigo esas dotes e irás en busca

de todo cuanto deseas...

.Sólo te deseo a ti.

.Cuando pienses en estos momentos, cuando estés acosado por la noche y cierres los

ojos, estos instantes que tú y yo hemos compartido te parecerán corruptos y extraños. Te

parecerán cosa de magia, una locura, y este lugar cálido se convertirá en una cámara de

siniestros secretos, y estos recuerdos te dolerán.

.No me iré.

.Recuerda que fue por amor .dijo mi maestro.. Que ésta fue la escuela de amor en la

que curaste tus heridas, en la que aprendiste de nuevo a hablar, sí, y a cantar, y en la que

renaciste de aquel niño destruido como si ésta fuera una cáscara y tú, un ángel, brotando de él

con unas alas grandes y fuertes.

.¿Y si me niego a marcharme por voluntad propia? ¿Me arrojarás por una ventana para

obligarme a volar so pena de estrellarme contra el suelo? ¿Echarás el cerrojo para impedirme

entrar? Te aconsejo que lo hagas, porque aporrearé la puerta hasta caer muerto. No tengo

alas para alejarme de tu lado volando.

El maestro me observó durante unos minutos. Por mi parte, jamás había conseguido

mirarle a los ojos durante tanto rato seguido, ni deleitarme acariciándole los labios con los

dedos sin que él apartara el rostro.

Por fin el maestro se incorporó junto a mí y me obligó suavemente a tenderme de

espaldas. Sus labios, rosados como los pétalos interiores de las tímidas rosas blancas, se

tiñeron de rojo. Entre sus labios se extendía un hilo rojo que se deslizaba por las pequeñas

arrugas de sus labios, tiñéndolos de rojo, como si fuera vino, pero era un líquido brillante que

hacía que sus labios relucieran; y cuando los entreabrió, ese líquido rojo brotó de su boca

como si fuera una lengua enroscada.

Yo alcé la cabeza y atrapé el líquido en mi boca.

La habitación empezó a girar vertiginosamente. Me pareció estar a punto de

desvanecerme. Cuando abrí los ojos, él oprimió su boca sobre la mía y perdí el mundo de

vista.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

51

.¡Me siento morir! .murmuré, estremeciéndome debajo de él, tratando de hallar un

lugar al que aferrarme en este vacío de ensueño, intoxicante. Me agité y me estremecí de

placer; mis piernas se tensaban y luego tenía la sensación de que flotaban; todo mi cuerpo

emanaba del suyo, de sus labios, a través de mis labios, como si mi cuerpo se hubiera

convertido en su aliento y sus suspiros.

De pronto noté una punzada, como una incisión producida por una navaja, diminuta y

exquisitamente afilada, que me traspasó el alma. Me retorcí frenéticamente como si estuviera

empalado. ¡Ah, ni los dioses conocían un goce sensual tan intenso como éste! Fue un rito

iniciático, una experiencia liberadora a la que temía no sobrevivir.

Ciego y temblando, me uní a él para siempre. Él me tapó la boca con la mano para

sofocar mis gritos.

Yo le rodeé el cuello con los brazos, oprimiendo su boca contra mi cuello.

.¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Hazlo!

Cuando me desperté, era de día.

Él se había marchado, como de costumbre. Me hallaba solo. Los demás aprendices aún

no habían aparecido.

Me levanté del lecho y me acerqué a la elevada y estrecha ventana, como las que se ven

por doquier en Venecia, una ventana que impedía que se filtrara el sofocante calor en verano y

el frío viento del Adriático en invierno.

Abrí los gruesos paneles de cristal y contemplé desde mi refugio los muros que se

alzaban frente a mí, como hacía a menudo.

En un balcón situado al otro lado del canal, vi a una sirvienta sacudir una escoba. La

observé durante unos momentos. Su rostro tenía un color lívido y se movía incesantemente,

como si estuviera cubierto por un enjambre de hormigas. Apoyé las manos en el alféizar de la

ventana y agucé la vista. Entonces me di cuenta de que eran los músculos los que hacían que

la máscara de su rostro pareciera moverse.

Tenía las manos horrendas, hinchadas y deformes, y el polvo de la escoba que sostenía

ponía de relieve cada arruga.

Meneé la cabeza perplejo. La mujer se encontraba demasiado lejos para que yo pudiera

observar estos detalles.

Oí a los chicos conversando en una habitación del palacio. Era hora de levantarse y

ponerse a trabajar, incluso en el palacio del señor de las tinieblas que jamás se mostraba de

día. Los aprendices estaban demasiado alejados para que yo los oyera.

Cuando mi mano rozó la cortina de terciopelo, el tejido preferido del maestro, noté que

tenía un tacto más bien peludo que de terciopelo. ¡Podía ver cada fibra del tejido! Me dirigí

apresuradamente al espejo.

En el palacio abundaban los espejos, unos espejos grandes y barrocos con unos marcos

decorados y repletos de diminutos querubines. Hallé un espejo de gran tamaño en la

antecámara, una salita a la que se accedía a través de una puerta exquisitamente pintada en

la que yo guardaba mi ropa.

La luz que penetraba por la ventana me siguió. Contemplé mi imagen en el espejo. No

era una masa corrompida e infestada de bichos como me había parecido la vieja sirvienta.

Tenía el rostro extraordinariamente blanco, sin una arruga.

.¡Lo deseo! .murmuré, convencido de lo que decía.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

52

.No .replicó él.

Esto sucedió por la noche, cuando regresó el maestro. Yo me puse a protestar y a

berrear.

Él no se molestó en darme prolijas explicaciones basadas en la magia o la ciencia, lo cual

pudo haber hecho con toda facilidad. Se limitó a decir que yo era todavía un niño y que debía

saborear ciertas cosas antes de que desaparecieran para siempre.

Rompí a llorar. No quería trabajar ni pintar ni estudiar ni hacer ninguna otra cosa.

.Esas cosas han perdido momentáneamente su atractivo .me explicó el maestro con

paciencia.. Pero no imaginas...

.¿Qué? .le interrumpí.

.Lo mucho que lo lamentarás cuando dejen de interesarte por completo, cuando te

conviertas en un ser perfecto e inmutable como yo, cuando todos los errores humanos sean

suplantados por una nueva y pasmosa colección de fracasos. No vuelvas a pedírmelo.

Sentí deseos de morir. Me acurruqué en el lecho, presa de la furia y la amargura, y me

encerré en un profundo mutismo.

Sin embargo, él no había concluido.

.No protestes, Amadeo .dijo con tono apesadumbrado.. No es preciso que me lo

pidas. Yo te lo daré cuando lo crea conveniente.

Al oír esas palabras, eché a correr hacia él como un niño, arrojándome en sus brazos y

besando su helada mejilla mil veces pese a su fingida sonrisa de desdén.

Al cabo de unos momentos, el maestro me agarró por los hombros con firmeza y me

advirtió que esta noche no habría juegos de sangre. Yo debía estudiar, aprenderme la lección

que me había saltado por la mañana.

Luego me dijo que él debía ir a hablar con los aprendices, ocuparse de sus tareas, del

gigantesco lienzo sobre el que estaba trabajando. Yo hice lo que me había ordenado.

Pero antes del mediodía vi operarse en él un cambio que me impresionó. Los demás ya

se habían acostado. Yo estaba enfrascado en un libro, estudiando, cuando observé que su

rostro adquiría una expresión feroz, como si una bestia le hubiera atacado y anulado todas sus

facultades civilizadas, dejándole ahí, sentado en una silla, hambriento, con los ojos vidriosos y

la boca teñida de sangre, una sangre que se deslizaba por las múltiples arruguitas del sedoso

borde de sus labios.

Él se levantó, como si estuviera drogado, y avanzó hacia mí con unos movimientos

rítmicos que yo jamás había presenciado y que me llenaron de pavor.

El maestro alzó el dedo índice y me indicó que me acercara.

Yo corrí hacia él. Me alzó del suelo con ambas manos, sujetándome los brazos son

suavidad, y sepultó el rostro en mi cuello. Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo,

desde las puntas de los pies hasta el cuero cabelludo.

No sé dónde me arrojó. Quizá me arrojara sobre el lecho, o los cojines del salón contiguo

a la alcoba.

.Dámelo .murmuré como en un trance, y cuando el líquido llenó mi boca, perdí el

conocimiento.

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53

4

El maestro me ordenó visitar los burdeles para aprender a copular como era debido, no

como si estuviera jugando, como solíamos hacer los otros chicos y yo entre nosotros.

En Venecia abundaban los burdeles, unos establecimientos bien regentados, reservados

al placer en un ambiente confortable y lujoso. Todo el mundo sostenía que esos placeres no

eran sino un pecado venial a los ojos de Jesús, y los jóvenes de la alta sociedad frecuentaban

esos establecimientos sin molestarse en ocultarlo.

Yo conocía una casa en la que trabajaban unas mujeres exquisitas y muy hábiles, donde

había unas bellezas altas, de cuerpo voluptuoso y ojos azul pálido, procedentes del norte de

Europa, algunas de las cuales tenían un pelo rubio casi blanco y eran distintas de las mujeres

italianas, de estatura más baja, que veíamos todos los días. Esa diferencia apenas tenía

importancia para mí, pues me había sentido atraído por la belleza de los muchachos y las

muchachas italianos desde que llegué aquí. Las jóvenes italianas, con su cuello de cisne y sus

caprichosos tocados adornados con abundantes velos, se me antojaban irresistibles. Sin

embargo, en el burdel se hallaban toda clase de mujeres, y de lo que se trataba era de montar

a tantas como fuera posible.

El maestro me llevó a un burdel, pagó el precio que le pidió la robusta y encantadora

mujer que lo regentaba, una fortuna en ducados, y dijo a ésta que pasaría a recogerme al

cabo de unos días. ¡Unos días!

Abrasado por los celos y muerto de curiosidad, le observé alejarse con su habitual

empaque, ataviado de rojo, como siempre. Tras montarse en la góndola se volvió hacia mí y

se despidió con un guiño.

Pasé tres días en un burdel donde trabajaban las doncellas más voluptuosas y sensuales

de Venecia, durmiendo hasta entrada la mañana, comparando las mujeres de piel aceitunada

con las rubias de tez pálida y dedicándome a examinar con detalle el vello púbico de todas las

bellezas del local, tomando nota de las diferencias entre los pubis sedosos y los más ásperos y

encrespados.

Aprendí pequeños refinamientos de placer, como la dulce sensación que experimentas

cuando te muerden las tetillas (con suavidad, estas mujeres no eran vampiros) o te tiran con

delicadeza del vello de las axilas, del que yo tenía muy poco, en determinados momentos. Me

untaron miel dorada en mis partes íntimas y aquellas criaturas angelicales y risueñas me la

lamieron.

Existían otros trucos más íntimos, por supuesto, inclusive ciertos actos bestiales que, en

rigor, constituyen unos delitos, pero que en aquella casa no hacían sino aderezar unos goces

seductores y saludables. Todo se hacía con gracia. Las chicas me bañaban con frecuencia en

unas grandes y profundas tinas de madera que contenían agua caliente, perfumada y teñida

de rosa, en cuya superficie flotaban unas flores; yo me reclinaba, a merced de aquellas

mujeres de voz suave que me mimaban y agasajaban emitiendo unos grititos de gozo

mientras me lamían como gatitos y peinaban mi cabello con los dedos para formar unos rizos.

Yo era el pequeño Ganímedes de Zeus, un ángel salido de uno de los cuadros más

atrevidos de Botticelli (muchos de los cuales se conservaban en este burdel, tras haber sido

rescatados de las hogueras de las vanidades erigidas en Florencia por el implacable reformador

Savonarola, quien había conminado a Botticelli a que quemara sus maravillosas obras), un

querubín caído del techo de una catedral, un príncipe veneciano (que técnicamente no existían

en la República) cuyos enemigos lo habían entregado a aquellas mujeres para que aniquilaran

su voluntad por medio del placer carnal.

La estancia en aquel burdel estimuló mi deseo sexual. Si uno tiene que vivir como un ser

humano el resto de su existencia, ésta es la forma más placentera de hacerlo, triscando sobre

mullidos cojines turcos con unas ninfas que los demás mortales sólo vislumbran a través de

bosques mágicos en sus sueños. Cada hueco suave y aterciopelado constituía una nueva y

exótica envoltura para mi espíritu retozón.

El vino era delicioso y la comida maravillosa, inclusive los platos azucarados y especiados

de los árabes, más originales y exóticos que la comida que servían en casa de mi maestro

(cuando se lo conté, contrató a cuatro cocineros nuevos).

Según parece, yo no estaba despierto cuando él vino a recogerme. Me llevó a casa de

forma misteriosa e infalible, como correspondía a su estilo, y al despertarme, me encontré de

nuevo en mi lecho.

En cuanto abrí los ojos, me di cuenta de que sólo anhelaba estar con él. Los platos de

carne que había ingerido durante los últimos días habían estimulado mi apetito e intensificado

mi deseo de comprobar si el cuerpo pálido y encantador de mi maestro respondería a los

refinados trucos que yo había aprendido en el burdel. Cuando descorrió las cortinas del lecho

me arrojé sobre él, le quité la camisa y empecé a succionarle las tetillas, descubriendo que

pese a su turbadora blancura y frialdad tenían un tacto suave y estaban conectadas a la raíz

de sus deseos.

El maestro se tendió en el lecho, en silencio, dejando que yo jugueteara con él como mis

tutoras del burdel me habían enseñado. Cuando me ofreció los besos de sangre que yo

ansiaba, todo recuerdo de contacto humano se disipó de mi mente y experimenté una

sensación de impotencia en sus brazos, como de costumbre. Nuestro universo íntimo no se

componía sólo de un deseo carnal, sino de un hechizo mutuo ante el cual cedían todas las

leyes naturales.

Hacia el alba de la segunda noche fui a buscarlo y lo hallé pintando en su estudio,

rodeado por los aprendices, quienes habían caído dormidos junto a él como los apóstoles

infieles en Getsemaní.

Él no se detuvo para responder a mis preguntas. Me situé tras él y le abracé por la

espalda, alzándome de puntillas para susurrarle al oído.

.Dime, maestro, te lo suplico, ¿cómo conseguiste esta sangre mágica que me

proporcionas? .Le mordisqueé los lóbulos de las orejas y le acaricié el pelo. Pero él continuó

pintando sin inmutarse.. ¿Naciste así, me equivoco al pensar que experimentaste una

transformación...?

.Basta, Amadeo .murmuró el maestro.

Siguió trabajando afanosamente en el rostro de Aristóteles, la figura anciana y barbuda

de su gran obra titulada La academia.

.¿No te sientes nunca solo, maestro, no sientes nunca el deseo de sincerarte con un

amigo, un confidente de tu misma especie que sepa comprenderte?

Él se volvió, desconcertado por mis preguntas.

.¿Y tú, mi pequeño y caprichoso ángel, crees que puedes ser ese amigo? .repuso,

bajando la voz para conservar su suavidad.. ¡Qué ingenuidad! Serás siempre un ingenuo.

Eres un sentimental. Te niegas a aceptar toda realidad que no encaje con tu fervorosa fe, una

fe que te convierte en un pequeño monje, un acólito...

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

55

Yo retrocedí indignado. Jamás me había sentido tan enfadado con él.

.¡No soy un ingenuo! .protesté.. Pese a mi aspecto juvenil soy un hombre, lo sabes

bien. ¿Quién si no yo sueña con lo que tú eres y la alquimia de tus poderes? ¡Ojalá pudiera

arrebatarte un poco de tu sangre para analizarla como hacen los médicos y averiguar de qué

se compone y en qué se diferencia del líquido que fluye por mis venas! Soy tu pupilo, sí, tu

alumno, pero para serlo debo ser un hombre. ¿Cuándo tolerarías tú a un ingenuo a tu lado?

¿Acaso cuando nos acostamos juntos me comporto como un ingenuo? Soy un hombre.

Asombrado, el maestro prorrumpió en unas sonoras carcajadas. Me complació ver que

había logrado asombrarle.

.Cuéntame tu secreto, señor .le rogué, abrazándolo y apoyando la cabeza en su

hombro.. ¿Acaso te parió una madre tan pálida y fuerte como tú, una portadora de Dios, que

te llevó en su vientre celestial?

El maestro retiró mis brazos de alrededor de su cuello y se separó un poco para

besarme. Su boca era insistente y durante unos momentos me alarmé. Luego me besó en el

cuello, succionando mi piel y haciendo que me sintiera débil y dispuesto a hacer cuanto él

deseara.

.Me compongo de la luna y las estrellas, sí, y de esa soberana palidez que constituye la

sustancia de las nubes y la inocencia .dijo.. Pero no me parió madre alguna; tú lo sabes. Fui

un hombre mortal, que envejeció. Mira. .El maestro me tomó de la barbilla y me obligó a

examinar su rostro.. ¿No ves la sombra de unas arrugas en las esquinas de los ojos?

.No veo nada, señor .murmuré, pensando que mi respuesta le consolaría si le turbaba

aquella imperfección. Tenía un aspecto radiante, una piel tersa y lustrosa. Las expresiones más

simples adquirían en su rostro un calor luminiscente.

Imagina una figura de hielo, tan perfecta como la Galatea de Pigmalión, arrojada al

fuego, deshaciéndose, fundiéndose, pero conservando unos rasgos prodigiosamente intactos...

Pues ése era el aspecto que ofrecía mi maestro cuando le asaltaban unas emociones humanas,

como le ocurrió en aquellos momentos.

Él me estrechó entre sus brazos y me besó de nuevo.

.Mi hombrecito, mi duendecillo .murmuró.. ¡Ojalá te conserves así toda la eternidad!

¿No te has acostado conmigo las suficientes veces para saber que soy capaz e incapaz de

gozar?

Durante una hora, antes de que se marchara, logré cautivarlo, conquistarlo con mis

besos y caricias.

Sin embargo, la noche siguiente el maestro me envió a otro prostíbulo más clandestino y

lujoso que el anterior, un establecimiento donde trabajaban muchachos jóvenes para satisfacer

los deseos de los clientes.

Estaba decorado al estilo oriental, combinando los lujos de Egipto y de Babilonia. Las

pequeñas cámaras contenían unas rejas doradas, unas esbeltas columnas de bronce y

lapislázuli que sostenían el techo de seda color salmón y unos divanes de madera dorada

tapizados en damasco ribeteado con borlas. El ambiente estaba impregnado de incienso, y la

iluminación era tenue y difusa.

Los muchachos, desnudos, bien alimentados, nubiles, de piel suave y piernas bien

torneadas, eran solícitos, fuertes y tenaces, y aportaban a los juegos sus intensos deseos

masculinos.

Tuve la sensación de que mi alma era un péndulo que oscilaba entre el ávido placer de la

conquista y la rendición incondicional a unos cuerpos fuertes y musculosos, unas voluntades

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56

férreas y unas manos más enérgicas que las mías que me manipulaban, con exquisita dulzura,

a su antojo.

Cautivo entre dos amantes hábiles y voluntariosos, me sentí traspasado y succionado,

sacudido y vaciado hasta caer en el sueño más profundo que jamás había experimentado sin

necesidad de las artes mágicas de mi maestro. Eso fue sólo el principio.

A veces me despertaba de mi embriagado estupor y comprobaba que estaba rodeado por

unos seres que no parecían masculinos ni femeninos. Sólo dos de ellos eran eunucos, pero tan

habilidosos que eran capaces de alzar sus leales armas tan puntualmente como el que más.

Los otros simplemente compartían la afición de sus compañeros por la pintura. Todos llevaban

los ojos perfilados en negro y sombreados con un tono púrpura, las pestañas rizadas y

pintadas para dar a su mirada una expresión distante y misteriosa. Sus labios pintados de

carmín eran más exigentes y agresivos que los de las mujeres, besándome con una insistencia

como si el elemento masculino que les confería músculos y unos órganos duros hubiera dotado

también a su boca de virilidad. Tenían unas sonrisas angelicales. Sus tetillas estaban

adornadas con unos aros de oro. Su vello púbico estaba empolvado con oro.

No protesté de su vehemente ardor. No temí que me lastimaran, e incluso dejé que

ataran las muñecas y los tobillos a los postes del lecho con el fin de demostrarme todas sus

artes. Era imposible temerlos. Su placer me crucificó. Sus insistentes dedos no me permitieron

siquiera cerrar los ojos. Me acariciaron los párpados, me obligaron a contemplar lo que hacían.

Me acariciaron las piernas con unos cepillos de cerdas suaves. Me untaron aceite en todo el

cuerpo. Succionaron mi ardiente savia una y otra vez, como si fuera un néctar, hasta que

protesté en vano que no tenía más que darles. Llevaban la cuenta de mis «pequeñas

muertes», lo cual les provocaba un gran regocijo; me colocaron boca arriba y boca abajo, me

volvieron hacia un lado y el otro, me esposaron y sujetaron... Yo los dejé hacer, hasta que por

fin caí en un sueño extasiado y profundo.

Cuando me desperté, no tenía noción del tiempo ni estaba preocupado. Percibí el denso

humo de una pipa. La tomé de manos del chico que me la pasó y fumé, saboreando el sabor

oscuro y familiar de hachís.

Permanecí allí cuatro noches. Fue, de nuevo, una experiencia liberadora.

Esta vez, al despertarme, comprobé que estaba aturdido, que presentaba un aspecto

desaliñado y que estaba cubierto sólo con una camisa de seda color crema desgarrada. Yacía

en un diván perteneciente al prostíbulo, pero me hallaba en el estudio de mi maestro, el cual

estaba sentado junto a mí, evidentemente pintando mi retrato, ante un pequeño caballete del

que apartaba los ojos de vez en cuando para observarme.

Pregunté qué hora era y si era de noche. El maestro no me respondió.

.¿Estás enojado porque me he divertido? .pregunté.

.Te he dicho que te estés quieto .replicó.

Me recosté de nuevo en el diván, sintiendo frío, dolor, soledad, anhelando refugiarme en

sus brazos como un niño.

Por la mañana, el maestro me abandonó sin decir palabra. El cuadro era una espléndida

obra maestra de lo obsceno. Yo aparecía tumbado en la orilla del río, como un fauno dormido,

y junto a mí la figura alta y esbelta de un pastor que vigilaba, el maestro, vestido con unos

ropajes sacerdotales. El bosque que nos rodeaba era frondoso, compuesto por unos vetustos y

maltrechos árboles repletos de hojas polvorientas. El agua del río estaba pintada con tal

realismo que invitaba a sumergirse en ella; yo presentaba un aspecto de lo más inocente,

sumido en un sueño profundo, con los labios entreabiertos en una expresión natural y serena.

Furioso, arrojé el cuadro al suelo, resuelto a destruirlo.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

57

¿Por qué se había negado a hablarme el maestro? ¿Por qué me obligaba a someterme a

esas lecciones que luego se interponían entre nosotros? ¿Por qué se enojaba conmigo por

hacer lo que él me ordenaba? Me pregunté si los burdeles a los que me había enviado

constituían una prueba de mi inocencia y si su manifiesto deseo de que yo gozara en ellos era

mentira.

Me senté a su escritorio, tomé su pluma y le escribí un mensaje.

Tú eres el maestro. Debes saberlo mejor que nadie. Es insoportable

dejarse guiar por alguien incapaz de hacerlo. Muéstrame el camino con claridad,

pastor, o renuncia a ello.

Lo cierto era que estaba agotado debido a esos cuatro días entregado al placer, al vino

que había bebido, a la distorsión de mis sentidos; me sentía solo y anhelaba estar con él para

que me tranquilizara y asegurara que yo era suyo. Pero él no estaba junto a mí.

Salí a dar un paseo. Pasé todo el día en las tabernas, bebiendo, jugando a los naipes,

coqueteando con las chicas bonitas que se me acercaban, con el fin de retenerlas a mi lado

mientras yo participaba en diversos juegos de azar.

Más tarde, cuando cayó la noche, me dejé seducir por un inglés borracho, un noble rubio

y pecoso perteneciente a uno de los títulos francés e inglés más antiguo, el conde de Harlech,

quien viajaba por Italia para admirar sus maravillas y estaba intoxicado con los numerosos

placeres que ofrecía, inclusive la práctica de la sodomía en un país extraño.

Naturalmente, le parecí un joven bellísimo, como a todo el mundo. Él no era mal

parecido. Incluso su rostro pálido y pecoso poseía cierto encanto, que su espectacular mata de

pelo cobrizo ponía de relieve.

El aristócrata inglés me llevó a sus habitaciones situadas en un recargado y hermoso

palacio, donde me hizo el amor. No fue una experiencia desagradable. Su inocencia y su

torpeza me deleitaron. Sus ojos azules y redondos eran una maravilla; tenía unos brazos

extraordinariamente fuertes y musculosos y una barbita color naranja, un tanto cursi pero

deliciosamente puntiaguda.

Escribió unos poemas en latín y en francés para mí, que recitó en voz alta con gran

encanto. Al cabo de un par de horas de hacer el papel de macho conquistador, me indicó que

le apetecía que yo le montara, lo cual me procuró un intenso placer. A partir de entonces lo

hicimos varias veces de ese modo, desempeñando yo el papel de soldado conquistador y él el

de víctima en el campo de batalla; en ocasiones le azotaba suavemente con un cinturón de

cuero antes de poseerlo, lo cual exacerbaba nuestra pasión.

De vez en cuando, el inglés me suplicó que le confesara quién era y que quedáramos

citados para vernos de nuevo, a lo cual como es lógico me negué.

Pasé tres noches con él, charlando sobre las misteriosas islas inglesas, leyéndole en voz

alta poemas italianos, tocando la mandolina y cantándole canciones de amor.

Él me enseñó una gran cantidad de palabras obscenas en inglés, y manifestó su deseo de

llevarme a Inglaterra con él. Tenía que recuperar el juicio, según me confesó; tenía que

regresar a sus deberes y obligaciones, sus propiedades, a su odiosa y adúltera esposa

escocesa, cuyo padre era un asesino, y a su hijo pequeño e inocente, de cuya paternidad

estaba bastante seguro, dado que el niño tenía el pelo rojo y rizado como él.

Me prometió instalarme en una espléndida mansión que poseía en Londres, regalo de su

majestad el rey Enrique VII. Aseguró no poder vivir sin mí; todos los Harlech sin excepción

tenían que salirse siempre con la suya, y yo no podía sino capitular ante él. Si era hijo de un

destacado noble debía decírselo, y él se encargaría de allanar este obstáculo. ¿Odiaba acaso a

mi padre? Me confesó que era un canalla. Todos los Harlech eran unos canallas y lo habían

sido desde los tiempos de Eduardo el Confesor. Nos marcharíamos subrepticiamente de

Venecia esa misma noche.

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58

.No conoces Venecia y no conoces a sus nobles .repuse.. Recapacita. Si lo intentas,

te expones a que te maten.

Observé que era joven. No había reparado antes en ello, pues todos los hombres

mayores me parecían unos ancianos. Calculé que debía de tener unos veinticinco años. Por lo

demás, estaba completamente loco.

En éstas el inglés saltó de la cama, con su cabellera roja de punta, desenvainó una

imponente daga italiana y me miró fijamente.

.Te mataré .declaró con arrogancia, utilizando el dialecto veneciano. Acto seguido

clavó la daga en la almohada, provocando una nube de plumas.. Te mataré si es preciso .

repitió, quitándose unas plumas de la cara.

.¿Y qué ganarás con ello? .pregunté.

De pronto oí un crujido a sus espaldas. Sospeché que había alguien junto a las ventanas,

al otro lado de los postigos de madera, aunque nos hallábamos situados a tres pisos sobre el

Gran Canal. Cuando comenté mis sospechas al inglés, éste me creyó.

.Provengo de una familia de salvajes asesinos .mentí.. Son capaces de seguirte hasta

los confines de la Tierra si averiguan que me has traído aquí; arrasarán tus castillos, te

cortarán por la mitad, te arrancarán la lengua y tus partes pudendas, las envolverán en

terciopelo y las enviarán a tu soberano. Anda, cálmate.

.Eres un demonio astuto y deslenguado .replicó el inglés.; pareces un ángel y te

expresas como un mozo de taberna con esa voz dulce y viril.

.Ese soy yo .dije alegremente.

Me levanté, me vestí apresuradamente, rogándole que no me matara todavía, puesto

que regresaría tan pronto como pudiera, ya que sólo anhelaba estar con él. Luego le besé y

me dirigí hacia la puerta.

El inglés permaneció sentado en el lecho, sin soltar la daga, con su pelirroja pelambrera,

la barba y los hombros cubiertos de plumas. Ofrecía un aspecto muy peligroso.

Yo había perdido la cuenta de las noches que había estado ausente.

No hallé ninguna iglesia abierta. No deseaba compañía.

Estaba oscuro y hacía frío. Había sonado el toque de queda. Por supuesto, el invierno

veneciano me parecía templado en comparación con las tierras nevadas del norte, donde yo

había nacido; pero era un invierno húmedo y opresivo, y aunque la brisa limpiaba y purificaba

la ciudad, ésta me pareció inhóspita e insólitamente silenciosa. El ilimitado firmamento se

desvanecía debajo de una gruesa capa de niebla. Las piedras de los edificios estaban heladas.

Me senté en unos escalones junto a un canal, sin importarme que estuvieran empapados,

y rompí a llorar. ¿Qué había aprendido de aquella experiencia?

Me sentía como un sofisticado hombre de mundo debido a la esmerada educación que

había recibido. Sin embargo, no me había aportado ningún calor, un calor duradero y

reconfortante; la soledad que experimentaba era peor que el sentimiento de culpa, que la

sensación de estar condenado.

La soledad había venido a suplantar esa vieja sensación. Yo la temía, pues estaba

completamente solo. Sentado en aquellos escalones, contemplando un pequeño fragmento de

cielo negro y unas pocas estrellas que se deslizaban sobre los tejados de las casas, presentí lo

terrible que sería perder simultáneamente a mi maestro y mi sentimiento de culpabilidad, ser

expulsado por aquél a un universo donde nadie se molestaría en amarme ni condenarme,

sentirme perdido e ir dando tumbos por el mundo con la única compañía de seres humanos,

esos jóvenes y esas muchachas, el aristócrata inglés y su daga, incluso mi estimada Bianca.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

59

Por fin me dirigí a casa de ésta. Me oculté debajo del lecho, como había hecho en otras

ocasiones, y me negué a salir.

Bianca había convidado a su casa a un numeroso grupo de ingleses, pero por fortuna no

a mi amante pelirrojo, quien sin duda seguía vagando por la habitación entre un montón de

plumas. «Bien .pensé., si el encantador conde de Harlech se presenta aquí, no creo que se

arriesgue a hacer el ridículo delante de sus compatriotas.» Al cabo de un rato apareció Bianca,

bellísima, con un favorecedor traje violeta y un collar de perlas que debía de costar una

fortuna. Se arrodilló junto al lecho y acercó su cabeza a la mía.

.¿Qué ocurre, Amadeo?

Yo nunca había solicitado sus favores. Que yo supiera, nadie se habría atrevido a hacerlo.

Pero en aquellos momentos era un adolescente desesperado y nada me pareció más oportuno

que arrojarme sobre ella.

Salí de debajo de su lecho, me dirigí a la puerta y eché el cerrojo, para que las voces y

risas de los convidados no nos turbaran.

Cuando me volví, vi a Blanca arrodillada en el suelo, mirándome con el entrecejo fruncido

y sus labios dulces como un melocotón entreabiertos en un gesto de perplejidad que me

pareció encantador. Sentí deseos de aplastarla con mi pasión, pero no con violencia, por

supuesto, confiando en que más tarde volvería a ser la de siempre, como si pudiera

recomponerse un hermoso jarrón hecho añicos y restituirle un esplendor aún más

extraordinario que antes.

La levanté por las axilas y la arrojé sobre el lecho. Era un lecho impresionante, en el que,

según decían, dormía sola. El cabecero estaba decorado con unos majestuosos cisnes dorados,

y en el dosel de madera aparecían pintadas unas ninfas danzando. Las cortinas eran de oro

tejido y transparente. No tenía un aspecto invernal, como el lecho de terciopelo rojo de mi

maestro.

Me incliné sobre ella y la besé, enloquecido por sus bonitos y astutos ojos que me

observaban con frialdad. La sujeté por las muñecas y luego, tras cruzar su muñeca izquierda

sobre la derecha, sostuve sus manos con una de las mías mientras le desgarraba el vestido. Lo

desgarré con tal brutalidad que los botones de madreperla cayeron al suelo. Acto seguido le

abrí el corpino, debajo del cual llevaba un elegante corsé ribeteado de encaje, que rasgué por

la mitad como si fuera de papel.

Bianca tenía los pechos pequeños y deliciosos, demasiado delicados y juveniles para el

prostíbulo donde la voluptuosidad estaba a la orden del día. No obstante, deseé magrearlos a

mi antojo. Tarareé la estrofa de una canción en su oído. Ella suspiró. Entonces me arrojé sobre

ella, sin soltarle las muñecas, y le chupé los pezones con fuerza, uno tras otro. A continuación

me aparté y le propiné unos cachetes en los pechos con suavidad, de izquierda a derecha,

hasta que adquirieron un tono rosáceo.

Bianca tenía la cara encendida y seguía mirándome con el ceño arrugado, un gesto que

apenas alteraba la tersura de su pálida frente.

Sus ojos parecían dos ópalos, y aunque pestañeó lentamente, casi como si estuviera

adormilada, no movió un músculo.

Yo concluí mi labor sobre sus frágiles ropas. Le arranqué los volantes de la falda y, al

quitársela, comprobé que estaba espléndidamente desnuda, tal como había supuesto. En

realidad yo no tenía ni idea de lo que una mujer respetable llevaba debajo de la falda. Pero

Bianca sólo mostraba un pequeño y dorado nido de vello púbico, el cual realzaba un vientre

levemente redondeado y la humedad que tenía entre las piernas.

Enseguida me di cuenta de que yo le gustaba. No estaba indefensa. Al contemplar el

reluciente vello entre sus piernas, me volví loco. La penetré con furia, asombrado de lo poco

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usada que parecía estar, como si hubiera tenido pocas experiencias carnales. Bianca emitió un

pequeño grito de dolor.

Me empleé a fondo, deleitándome con su timidez. Me apoyé sobre el brazo derecho para

no descargar todo mi peso sobre ella, pues no quería soltarle las muñecas. Ella se agitó y

retorció hasta que su cabello dorado se soltó del tocado de perlas y cintas que lo sujetaba y se

desparramó sobre la almohada. Tenía la piel húmeda, rosada y reluciente, como la curva

interna de una concha de gran tamaño.

Al fin no pude contenerme más y, en el momento en que eyaculé, ella emitió un último y

prolongado suspiro. Ambos nos mecimos abrazados. Bianca tenía los ojos cerrados y el rostro

congestionado, como si hubiera sufrido un síncope, y sacudía la cabeza sin cesar. Al cabo de

unos segundos, su cuerpo se relajó.

Yo me tendí a su lado y me cubrí el rostro con las manos, como si temiera que me fueran

a abofetear.

Bianca se echó a reír como una niña e, inopinadamente, me golpeó en los brazos, pero

de forma cariñosa. Yo fingí ponerme a llorar de vergüenza.

.¡Has destrozado mi maravilloso vestido! ¡Eres un sátiro, un vil conquistador! ¡Un niño

precoz!

De pronto noté que se levantaba del lecho y oí que se vestía al tiempo que canturreaba

alegremente.

.¿Qué pensará tu maestro de esta aventura, Amadeo? .inquirió Bianca.

Yo aparté los brazos de la cara y miré hacia el lugar donde sonaba su voz. Bianca se

vistió detrás de un elegante biombo pintado, un regalo de París, según creo recordar, de uno

de sus poetas franceses favoritos. Al poco rato apareció tan espléndida como antes, con un

vestido verde manzana bordado con flores silvestres. Parecía la viva imagen de un jardín

sembrado de florecitas amarillas y rosas bordadas con esmero en el corpino y la larga falda de

tafetán.

.¿Qué dirá el gran maestro cuando averigüe que su joven amante es un auténtico dios

de los bosques?

.¿Amante? .pregunté asombrado.

Bianca me miró con gran dulzura. Luego se sentó y empezó a trenzar de nuevo su larga

y alborotada cabellera. No llevaba pinturas y su semblante aparecía intacto, sin mostrar la

menor huella de nuestros juegos; el cabello le caía sobre los hombros, enmarcando su rostro

como una magnífica capucha dorada. Tenía la frente lisa y despejada.

.Pareces creada por Botticelli .murmuré.

Yo se lo decía con frecuencia, pues lo cierto es que Bianca parecía una de sus bellezas.

Todo el mundo opinaba como yo, y sus amigos le regalaban de vez en cuando unas pequeñas

copias de los célebres cuadros florentinos del pintor.

Reflexioné sobre ello, pensé en Venecia y en este mundo en el que yo vivía. Pensé en

ella, una cortesana, recibiendo esas pinturas a un tiempo castas y lascivas como si fuera una

santa.

Evoqué unos ecos de los antiguos mundos sobre los que me habían hablado hacía

mucho, cuando me arrodillé en presencia de una belleza vieja y deteriorada, y creí que yo me

hallaba en el pináculo, que debía tomar el pincel y pintar única y exclusivamente «aquello que

representaba el universo de Dios».

No había ningún tumulto en mi interior, sólo una mezcla de corrientes, cuando la observé

mientras se peinaba, enlazando las hermosas hileras de perlas entre su cabello, y las cintas de

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61

color verde pálido bordadas con las mismas florecillas que decoraban su vestido. Tenía los

pechos sonrosados, semicubiertos debajo del ceñido corpino. Sentí deseos de desgarrarlo de

nuevo.

.Mi dulce Bianca, ¿qué te hace pensar que soy el amante del maestro?

.Todo el mundo lo sabe .murmuró ella.. Eres su favorito. ¿Crees que le has enojado?

.¡Ojalá pudiera! .respondí, incorporándome.. No conoces a mi maestro. Nada es

capaz de hacerle levantar la mano contra mí. Ni siquiera levantar la voz. Me envió a aprender

ciertas cosas, a averiguar lo que saben los hombres.

Bianca sonrió y movió la cabeza para indicarme que lo comprendía.

.De modo que viniste a mi casa y te ocultaste debajo del lecho .dijo.

.Estaba triste.

.Estoy convencida de ello. Duerme un rato, y cuando yo regrese, si aún estás aquí, te

daré calor. Supongo, mi joven y revoltoso amigo, que no necesito advertirte que jamás debes

contar a nadie lo que ha ocurrido aquí .concluyó Bianca, inclinándose para besarme.

.No, perla mía, hermosa mía, no es necesario que me lo adviertas. Ni siquiera se lo

contaré a él.

Bianca se levantó y recogió las perlas rotas y las cintas arrugadas, los restos de la

violación. Luego alisó la colcha. Estaba tan bella como un cisne humano, más aún que los

cisnes dorados que adornaban su lecho semejante a una góndola.

.Tu maestro lo averiguará .anunció.. Es un excelente mago.

.¿Acaso le temes? Me refiero en términos generales, no debido a lo que ha ocurrido

entre nosotros.

.No .contestó Bianca.. ¿Por qué había de temerlo? Todo el mundo sabe que conviene

no enojarle, ni ofenderle, ni interrumpir su soledad, ni hacerle preguntas, pero no es temor.

¿Por qué lloras, Amadeo? ¿Qué ocurre?

.No lo sé, Bianca.

.Yo te lo diré .repuso ella.. Él se ha convertido en todo tu universo, como sólo puede

hacerlo un gran hombre como él. Te has alejado de ese universo y ansías regresar a él. Es

lógico que un hombre como tu maestro lo represente todo para ti, que su sabia voz se

convierta en la norma según la cual lo mides todo. Todo cuanto reside más allá de él no tiene

valor alguno porque él no lo ve, no proclama su valor. Por tanto, no tienes más remedio que

dejar los desechos que se hallan fuera de su luz y regresar a él. Vete a casa.

Bianca salió de la habitación y cerró la puerta. Yo volví a tumbarme y me quedé dormido,

pues no deseaba regresar a casa.

A la mañana siguiente, desayuné con Bianca y pasé todo el día con ella. Desde que le

había hecho el amor me sentía subyugado por aquella radiante mujer. Por más que ella

hablara del maestro yo la contemplaba arrobado en aquel ambiente impregnado de su

fragancia, rodeado por sus efectos personales e íntimos.

Nunca olvidaré a Bianca. Jamás.

Le hablé, como es posible hacer con una cortesana, sobre los burdeles que había

visitado. Quizá los recuerdo con detalle porque le hablé sobre ellos. Me expresé con

delicadeza, por supuesto, pero se lo expliqué todo. Le dije que mi maestro deseaba que yo

aprendiera todo cuanto pudieran enseñarme esas espléndidas academias, a las que él mismo

me había llevado.

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.Eso está muy bien, pero no puedes quedarte, Amadeo. Él te ha llevado a lugares donde

gozarás de la compañía de mucha gente. Quizás el maestro no desee que frecuentes la

compañía de una sola persona.

Yo no deseaba irme. No obstante, al anochecer, cuando acudieron los poetas ingleses y

franceses asiduos a la casa, y comenzó la música y el baile, no me apeteció compartir a Bianca

con su corte de admiradores.

La observé durante un rato, confusamente consciente de que la había poseído en su

alcoba secreta como ninguno de sus admiradores la había poseído ni la poseería jamás, pero

eso no me consoló.

Yo deseaba algo de mi maestro, algo definitivo, concluyente, que borrara todo lo demás.

Enloquecido por ese deseo, plenamente consciente de él, me emborraché en una taberna, lo

suficiente para ponerme quisquilloso y desagradable, y luego regresé a casa trastabillando por

las calles.

Me sentí envalentonado y agresivo, y muy independiente por haber permanecido alejado

de mi maestro y sus misterios durante tanto tiempo.

Cuando regresé, lo encontré subido en el andamio, pintando con furia. Supuse que

estaba trabajando en los rostros de sus filósofos griegos, creando esa alquimia gracias a la

cual salían de su pincel unos semblantes tan vividos y realistas que parecían más descubiertos

que aplicados.

Llevaba una túnica raída y gris que le llegaba a los pies. Cuando entré no se volvió.

Parecía como si hubieran trasladado todos los braseros de la casa al estudio para procurarle la

luz que él necesitaba.

Los aprendices estaban impresionados de la velocidad con que el maestro había llenado

el lienzo.

En cuanto entré en el estudio, me percaté de que no se hallaba pintando su Academia

Griega.

Pintaba un retrato mío en el que yo aparecía de rodillas, un joven contemporáneo,

luciendo mis habituales guedejas y una ropa austera, como si hubiera decidido alejarme de

aquel mundo de relumbrón, con expresión inocente y las manos unidas como si orara. Me

rodeaban unos ángeles de rostro amable y gloriosos, como de costumbre, pero éstos

ostentaban unas alas negras.

¡Unas alas negras! Unas grandes alas negras cubiertas de sutiles plumas. Al observar con

detenimiento aquellas criaturas, me parecieron horribles, siniestras. Él casi había completado

el cuadro. Eran espantosos, y él casi lo había completado. El joven de pelo castaño rojizo con

los ojos dirigidos hacia el cielo y expresión fervorosa tenía un aspecto muy real; los ángeles

parecían a un tiempo ávidos y tristes.

Sin embargo, nada de cuanto mostraba el cuadro era tan monstruoso como el

espectáculo de mi maestro mientras lo pintaba, los febriles movimientos de su mano y su

pincel al plasmar el cielo, las nubes, un frontón roto, el ala de un ángel, la luz del sol.

Los aprendices se hallaban arracimados en un rincón, convencidos de que el maestro

había perdido la razón. ¿Qué era, un loco o un brujo? ¿Por qué se revelaba de forma tan

impúdica ante aquellos jóvenes, turbando su serenidad de ánimo?

¿Por qué revelaba nuestro secreto, demostrando que ni él era un hombre ni aquellas

criaturas aladas unos ángeles? ¿Qué había logrado hacerle perder la paciencia hasta ese

extremo?

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En éstas arrojó furioso un pote de pintura al otro extremo de la habitación. Una mancha

verde se extendió sobre el muro, desfigurándolo. El maestro se puso a gritar y a renegar en

una lengua que ni mis compañeros ni yo comprendíamos.

Luego tiró todos los potes que estaban sobre el andamio, derramando la pintura por el

suelo en unos grandes y relucientes charcos. Por último, arrojó los pinceles, que volaron por

los aires como flechas.

.¡Largaos de aquí! ¡Idos a la cama! ¡No quiero ver vuestros estúpidos e inocentes

rostros! ¡Fuera!

Los aprendices huyeron asustados. Riccardo rodeó a los más pequeños con los brazos

para protegerlos de las iras del maestro y todos salieron apresuradamente.

El maestro se sentó, con las piernas colgando por el borde del andamio, y me miró como

si no me reconociera.

.Baja, maestro .le rogué.

Tenía el pelo alborotado y manchado de pintura. No parecía sorprendido de verme allí; ni

se sobresaltó al oír mi voz. Él sabía desde el primer momento que yo estaba allí. Lo sabía todo.

Oía palabras pronunciadas en otras habitaciones. Conocía los pensamientos de quienes le

rodeaban. Estaba repleto de magia, y cuando yo bebía de esa magia, sus potentes efectos me

nublaban los sentidos.

.Deja que te peine y alise el pelo .dije con tono insolente.

El maestro tenía la túnica sucia y manchada de pintura por haber limpiado el pincel en

ella.

Una de sus sandalias cayó del andamio y se estrelló en el suelo con un ruido seco.

.Baja, maestro .insistí.. Si he dicho algo que te ha disgustado, prometo no volver a

decirlo.

Él no respondió.

De pronto estalló en mí toda la rabia contenida; la sensación de soledad que había

experimentado por haber permanecido alejado de él durante unos días, siguiendo sus

instrucciones, y al regresar a casa, encontrármelo furioso y mirándome como si no me

reconociera. No estaba dispuesto a tolerar que me tratara de ese modo, prescindiendo

olímpicamente de mí. Quería obligarle a reconocer que yo era la causa de su ira. Obligarle a

hablar.

Sentí deseos de romper a llorar.

En su rostro se dibujó una expresión de angustia. Me horrorizaba verlo, pensar que

sentía un dolor tan intenso como yo, como los otros chicos.

.¡Eres un egoísta que se divierte atemorizándonos a todos! .grité en un gesto de

rebeldía.

El maestro desapareció en un gran remolino, sin decir palabra, y oí sus pasos

atravesando apresuradamente las estancias desiertas del palacio.

Yo sabía que se había movido con una velocidad desconocida para el resto de los

hombres. Eché a correr tras él, pero el maestro me cerró la puerta de la alcoba en las nances y

corrió el cerrojo antes de que yo pudiera alcanzarla y tirar del pomo.

.¡Déjame entrar, maestro! .le supliqué.. Me fui porque tú me lo ordenaste. .

Desesperado, me puse a dar vueltas. Era imposible derribar esa puerta. La aporreé con los

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64

puños y le propiné patadas, pero fue en vano.. Tú me enviaste a los burdeles. Tú me

ordenaste que fuera a esos malditos lupanares.

Al cabo de un rato, me senté junto a la puerta, apoyando la espalda en ella, y prorrumpí

en sonoros sollozos. Di un escándalo imponente. Él esperó a que yo me hubiera desahogado.

.¡Vete a dormir, Amadeo! .ordenó.. Mis iras no tienen nada que ver contigo.

Eso era imposible. ¡Mentira! Yo me sentía furioso, herido y ofendido de que me tomara

por idiota, y estaba aterido de frío.

.¡Entonces hagamos las paces, señor! .exclamé. La casa estaba helada como un

témpano.

.Ve a acostarte junto con tus compañeros .respondió él suavemente.. Tu sitio está

con ellos, Amadeo. Tú los quieres. Pertenecen a tu misma especie. No busques la compañía de

monstruos.

.¿Eso es lo que tú eres, maestro? .pregunté con tono agresivo y enojado.. ¿Tú, que

pintas como Bellini y Mantegna, que sabes leer todas las palabras y hablar todas las lenguas,

que tienes una capacidad infinita de amar y una paciencia no menos infinita, un monstruo?

¿Eso eres? ¡Un monstruo que nos proporciona un techo y nos alimenta con unas exquisiteces

preparadas en las cocinas de los dioses! ¡Menudo monstruo!

Él no respondió.

Eso me enfureció aún más. Bajé a la planta inferior. Tomé una enorme hacha de guerra

que colgaba en la pared. Era una de las numerosas armas expuestas en la casa, en la que yo

apenas había reparado. «Ha llegado el momento de utilizarla .pensé.. Estoy harto de su

frialdad. No lo soporto. No lo soporto.»

Subí de nuevo y descargué un hachazo contra la puerta. Como era de prever, el hacha

traspasó la puerta, haciendo añicos el panel pintado y la laca antigua y las bonitas rosas

amarillas y rojas. Retrocedí unos pasos y volví a descargar otro hachazo contra la puerta.

Esta vez, el cerrojo cedió y derribé la puerta de una patada.

El maestro estaba sentado en su amplia poltrona de roble oscuro, con las manos

crispadas sobre las dos cabezas de león, mirándome estupefacto. A sus espaldas se erguía el

gigantesco lecho con su suntuoso dosel ribeteado de oro.

.¡Cómo te atreves! .exclamó.

El maestro se levantó en el acto, me arrebató el hacha y la arrojó con tal violencia que

fue a dar contra el muro de piedra situado al otro lado de la habitación. Luego me tomó en

brazos y me arrojó hacia el lecho. Todo él se estremeció bajo el impacto, inclusive el dosel y

los cortinajes. Ningún hombre habría sido capaz de arrojarme a esa distancia. Excepto él. Volé

por los aires agitando los brazos y las piernas y aterricé sobre el lecho.

.¡Eres un monstruo despreciable! .protesté. Me volví, me incorporé sobre un costado,

doblando una rodilla, y le miré con descaro.

Él se hallaba de espaldas a mí. Se disponía a cerrar la puerta interior del apartamento,

que había estado abierta y, por tanto, yo no había tenido que derribar. No obstante, se

detuvo. Acto seguido se volvió y me observó con expresión divertida.

.Sorprende ese mal genio en un joven de rostro tan angelical .comentó suavemente.

.Si soy un ángel .repliqué, apartándome del borde del lecho., píntame con unas alas

negras.

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.Has tenido el valor de derribar la puerta de mis aposentos .dijo él cruzando los

brazos.. ¿Debo decirte por qué no estoy dispuesto a tolerar semejante osadía ni en ti ni en

nadie?

El maestro me miró con las cejas arqueadas.

.Me atormentas .respondí.

.¿De veras?¿Desde cuándo? Explícate.

Sentí deseos de ponerme a chillar, a sollozar. Deseaba decirle: «Te amo.»

Pero en lugar de ello dije:

.Te detesto.

El no pudo reprimir una carcajada. Agachó la cabeza, con los dedos apoyados en el

mentón, y me observó detenidamente. Luego extendió la mano y chasqueó los dedos.

Oí un murmullo procedente de la habitación contigua. Alargado, me levanté del lecho

precipitadamente.

Vi el látigo del maestro deslizarse a través del suelo de la habitación, como si el viento lo

hubiera arrastrado hasta aquí; se enroscó, se alzó y cayó en su mano.

La puerta interior de la alcoba situada detrás del maestro se cerró de un portazo y el

cerrojo se corrió emitiendo un sonido metálico.

Yo retrocedí espantado.

.Será un placer azotarte .afirmó él, sonriendo dulcemente; sus ojos traslucían una

expresión casi inocente.. Considéralo otra experiencia humana, como retozar con tu lord

inglés.

.¡Adelante, hazlo! Te odio .contesté.. Soy un hombre, por más que te empeñes en

negarlo.

Él presentaba un aspecto a la vez prepotente y afable, pero era evidente que aquello no

le divertía.

Avanzó hacia mí, me agarró por la cabeza y me arrojó boca abajo sobre el lecho.

.¡Demonio! .exclamé.

.Maestro .respondió con calma.

Acto seguido apoyó la rodilla en mi rabadilla y me propinó un latigazo sobre los muslos.

Por supuesto yo no llevaba nada puesto salvo las finas medias que exigía la moda de la época,

de forma que era como si estuviera desnudo.

Yo lancé un grito de dolor y luego apreté los labios. Durante la siguiente tanda de

latigazos me tragué las ganas de gritar pero no logré reprimir un gemido, lo cual me enfureció.

El maestro descargó el látigo una y otra vez sobre mis muslos y mis pantorrillas.

Rabioso, traté en vano de incorporarme, apoyando los talones sobre la colcha, pero no pude

moverme. Él me tenía inmovilizado con su rodilla mientras seguía azotándome con saña.

De pronto me rebelé como jamás lo había hecho y decidí poner en práctica un

jueguecito. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero no estaba dispuesto a quedarme ahí tendido

y llorar desconsoladamente. Cerré los ojos, apreté los dientes e imaginé que cada latigazo era

de aquel color rojo divino que tanto me gustaba, y que el lacerante dolor que experimentaba

también era rojo, y que el calor que abrasaba mis piernas después de cada azote era dorado y

dulce.

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.¡Qué hermoso eres! .exclamé.

.¡Eso no te servirá de nada, niño! .replicó él.

El maestro siguió azotándome con renovada rapidez y violencia. Me dolía tanto que no

pude retener mis bonitas visiones.

.¡No soy un niño! .protesté.

En éstas sentí algo húmedo sobre mis piernas y supuse que era sangre.

.¿Es que vas a desfigurarme, maestro?

.¡No hay nada peor que un santo caído se convierta en un grotesco diablo!

Los latigazos no cesaban. Supuse que sangraba por varias heridas. Debía de tener las

piernas llenas de hematomas. No podría andar durante varios días.

.¡No sé a qué te refieres! ¡Detente!

Por increíble que parezca, el maestro me obedeció. Yo apoyé el rostro sobre el brazo y

rompí a llorar. Lloré durante largo rato. Las piernas me escocían como si él siguiera

azotándome una y otra vez sobre el mismo lugar, pero no era así. Confié en que aquel dolor

desapareciera y en su lugar experimentara una sensación cálida y agradable, como había

experimentado durante el primer par de azotes. Eso no me importaba, pero esto es terrible.

¡Lo odio!

De pronto se arrojó sobre mí. Sentí el delicioso cosquilleo de su pelo sobre mis piernas.

Sentí que sus dedos agarraban la malla rota de mis medias y me las arrancaba rápidamente

de ambas piernas, dejándolas desnudas. Luego introdujo la mano debajo de mi túnica y me

arrancó el resto de las medias.

El dolor se intensificó, pero luego remitió un poco. El aire aliviaba mis heridas. Cuando

sus dedos las acariciaron, sentí un placer tan terrible que no pude por menos que gemir.

.¿Volverás a derribar mi puerta? .preguntó él.

.Jamás .murmuré.

.¿Volverás a desafiar mi autoridad?

.Nunca, te lo prometo.

.¿Qué más?

.Te amo.

.Ya.

.Te lo juro .dije, sorbiéndome los mocos.

Las caricias de sus dedos sobre mis heridas me deleitaban sin medida, tanto que ni

siquiera me atreví a levantar la cabeza. Apreté mi mejilla contra la colcha bordada, contra la

gran imagen del león cosida a ella, aguanté la respiración y dejé que las lágrimas brotaran de

mis ojos. Sentí una profunda calma, un placer que me robaba el control de mis extremidades.

Cerré los ojos y sentí sus labios sobre mi pierna. Cuando me besó uno de los

hematomas, me sentí morir. Creí que iría al cielo, a un paraíso más excelso y delicioso que

este paraíso veneciano. En mis partes íntimas sentí un cosquilleo de vitalidad, una grata y

pujante fuerza aislada del resto de mi cuerpo.

Sobre el hematoma fluían unas ardientes gotas de sangre. Sentí el tacto un tanto áspero

de su lengua al lamerla, chuparla, y un inevitable estremecimiento que prendió fuego a mi

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67

imaginación, un fuego voraz que se extendió a través del mítico horizonte en tinieblas de mi

mente.

El maestro aplicó su lengua sobre otro hematoma, para lamer las gotas de sangre que

brotaban. El lacerante dolor desapareció y sólo experimenté una pulsante dulzura. Cuando

oprimió sus labios sobre el siguiente hematoma, pensé: «No lo resisto, voy a morir.»

El maestro se desplazó rápidamente de una lesión a otra, depositando su beso mágico y

la caricia de su lengua, mientras yo me estremecía y gemía de placer.

.¡Menudo castigo! .exclamé de pronto.

Enseguida me arrepentí de haber soltado aquella impertinencia. Él reaccionó,

propinándome un feroz cachete en el trasero.

.No quise decir eso .me disculpé.. Me refiero a que no pretendí ofenderte. Lamento

haberlo dicho.

Pero él respondió con otro cachete tan violento como el anterior.

.¡Piedad, maestro! ¡Me siento confuso! .protesté.

El maestro apoyó la mano sobre la ardiente superficie que acababa de golpear. Yo pensé:

«Ahora me dará una paliza hasta dejarme sin sentido.»

Pero sus dedos sólo me rozaron la piel, que no estaba lesionada, sólo caliente, al igual

que los primeros hematomas producidos por los primeros latigazos.

.Maestro, maestro, maestro, te amo.

.Bueno, eso no es de extrañar .murmuró sin cesar de besar y lamer la sangre. Yo me

estremecí bajo el peso de su mano sobre mi trasero.. Pero la cuestión, Amadeo, es por qué te

amo yo. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que ir a buscarte a aquel asqueroso burdel? Soy fuerte por

naturaleza... sea cual fuere mi naturaleza...

Me besó con avidez en un gran hematoma que tenía en el muslo. Sentí sus labios

succionándolo y luego su sangre mezclándose con la mía. El placer me produjo una sucesión

de descargas eléctricas. No vi nada, aunque creo que había abierto los ojos. Traté de

comprobar si tenía los ojos abiertos, pero sólo vislumbré un resplandor dorado.

.Te amo, sí, te amo .respondió.. ¿Y por qué? Eres inteligente, sí, y hermoso, sin

duda, y en tu interior arden las reliquias de un santo.

.No sé a qué te refieres, maestro. Jamás fui un santo. No pretendo ser un santo. Soy un

ser irrespetuoso e ingrato. Pero te adoro. Me siento deliciosamente impotente a tu merced.

.Deja de burlarte de mí.

.No me burlo .protesté.. Digo la verdad, aunque quede en ridículo por decir la

verdad, aunque haga el ridículo por... ti.

.Sí, supongo que no pretendes burlarte de mí. Eres sincero. Aunque no comprendes que

lo que dices es absurdo.

El maestro cesó de recorrer mis hematomas con sus labios. Mis piernas habían perdido

toda forma que hubieran poseído en mi obnubilada mente.

Tendido en el lecho, sentí cómo mi cuerpo vibraba bajo sus besos y caricias. Él apoyó la

cabeza en mis caderas, en el lugar donde me había propinado un cachete y que estaba

caliente, y empezó a acariciar mis partes íntimas.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

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Mi miembro se endureció bajo sus dedos, debido a la infusión de su sangre ardiente,

pero ante todo al vigor de mi juventud que se rendía a sus caprichos y confundía el placer con

el dolor.

Él permaneció tendido sobre mi espalda, sosteniendo con fuerza mi pene, hasta que por

fin me corrí entre sus resbaladizos dedos en unos violentos y sublimes espasmos de placer.

Me incorporé sobre un codo y le miré. Él estaba sentado, contemplando el semen blanco

y perlado que tenía en los dedos.

.¡Dios! ¿Eso es lo que querías? .pregunté.. ¿Contemplar ese líquido viscoso y

blancuzco en tu mano?

Él me miró. ¡Qué angustia reflejaba su rostro!

.¿Significa eso que ha llegado el momento? .inquirí.

La tristeza que reflejaban sus ojos era demasiado intensa para que yo siguiera

insistiendo.

Adormilado y ciego, noté que él me volvía y me arrancaba la túnica y la chaqueta. Noté

que me alzaba, y entonces sentí el aguijonazo en el cuello.

Sentí un dolor que me traspasó el corazón, que remitió en el preciso instante en que creí

morir. Luego me acurruqué junto a su pecho, bajo la colcha con la que él nos había cubierto a

los dos, y me quedé dormido.

Todavía era negra noche cuando abrí los ojos. El maestro me había enseñado a presentir

el amanecer, pero aún faltaba mucho para que amaneciera.

Al mirar a mi alrededor, le vi a los pies del lecho. Iba elegantemente vestido de

terciopelo rojo. Lucía una chaqueta con las mangas cortas y una gruesa túnica de cuello alto.

La capa de terciopelo rojo estaba ribeteada de armiño.

Se había cepillado el pelo y se había untado una leve capa de aceite para que emanara

sofisticado y atractivo resplandor. Lo llevaba peinado hacia atrás, mostrando el nacimiento

recto y limpio del cuero cabelludo, y caía en elegantes tirabuzones en sus hombros.

.¿Qué ocurre, maestro?

.Estaré ausente durante varias noches. No, no es porque esté enojado contigo,

Amadeo. Debo emprender un viaje que he aplazado demasiado tiempo.

.No te vayas, maestro. Perdóname. ¡Te suplico que no te vayas ahora! Lo que yo...

.Es preciso, criatura. Debo ir a ver a aquellos que deben ser custodiados. No tengo más

remedio.

Durante unos momentos no dije nada. Traté de comprender la denotación de las

palabras que había pronunciado. Las había dicho en voz baja, casi balbuciéndolas.

.¿A qué te refieres, maestro? .pregunté.

.Puede que alguna noche te lleve conmigo. Pediré permiso... .No concluyó la frase.

.¿Para qué, maestro? ¿Cuándo has necesitado tú que alguien te dé permiso para hacer

algo?

No pretendí que mi respuesta sonara tan simple e ingenua y menos aún descarada.

.No te inquietes, Amadeo .contestó.. De vez en cuando debo pedir permiso a mis

mayores, como es lógico. .Parecía cansado. Se sentó junto a mí, se inclinó y me besó en los

labios.

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69

.¿A tus mayores, señor? ¿Te refieres a aquellos que deben ser custodiados? ¿Unas

criaturas como tú?

.Sé amable con Riccardo y los demás. Ellos te adoran .dijo el maestro.. No cesaron

de llorar durante tu ausencia. No me creyeron cuando les aseguré que regresarías a casa.

Luego Riccardo te vio con tu lord inglés y temió que yo te hiciera pedazos, o que te matara el

inglés. Tiene reputación de sanguinario, tu lord inglés; es capaz de clavar su cuchillo en el

letrero de cualquier taberna que se le antoje. ¿Es preciso que frecuentes a asesinos comunes y

vulgares? Aquí tienes a un experto en materia de aniquilar a otros seres. Cuando fuiste a casa

de Bianca, no se atrevieron a contármelo, pero crearon unas curiosas imágenes en sus mentes

para impedir que yo adivinara sus pensamientos. ¡Qué dóciles se muestran con mis poderes!

.Ellos te aman, señor .repuse.. Doy gracias a Dios de que me hayas perdonado por

haber visitado esos repugnantes lugares. Haré lo que tú quieras.

.Entonces buenas noches .dijo, levantándose.

.¿Cuántas noches estarás ausente, maestro?

.Tres a lo sumo .repuso, mientras se dirigía hacia la puerta. Presentaba una figura

gallarda e imponente envuelto en su capa de terciopelo rojo.

.Maestro.

.¿Sí?

.Seré bueno, un santo .contesté.. Pero si no lo soy, ¿me azotarás de nuevo? ¿Por

favor?

En cuanto advertí su expresión de ira, me arrepentí de haberlo dicho. ¿Por qué me

empeñaba en provocarle con mis impertinencias?

.¡No me digas que no pretendías decir eso! .me espetó, adivinándome el pensamiento

y percibiendo las palabras antes de que yo las pronunciara en voz alta.

.No, pero me disgusta que te vayas. Supuse que si lograba enfurecerte lograría que te

quedaras.

.Debo irme. Y no me provoques. Te lo advierto por tu bien.

El maestro salió antes de cambiar de opinión y regresar. Se acercó al lecho. Yo me temí

lo peor. Que me golpeara y se marchara sin besarme el hematoma para disipar el dolor. Sin

embargo, me equivoqué.

.Durante mi ausencia, Amadeo, te aconsejo que recapacites .afirmó.

Me sentí relajado mientras le miraba. Su conducta me hizo reflexionar antes de mediar

palabra.

.¿Sobre todo, maestro? .pregunté.

.Sí .repuso. Y luego me besó de nuevo.. ¿Prometes ser siempre así? .preguntó..

¿Serás este hombre, este joven que eres ahora?

.¡Sí, maestro! ¡Siempre, y contigo! .Deseé decirle que no existía nada que yo no

pudiera hacer que pudiera hacer otro hombre, pero no me pareció prudente, pues temí que no

lo creyera.

Él apoyó la mano afectuosamente en mi cabeza, apartándole el pelo de la frente.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

70

.Durante dos años he observado cómo crecías .dijo.. Has alcanzado tu estatura

definitiva. Eres bajito, y tienes la cara aniñada, y aunque estás sano eres muy delgado, y aún

no te has convertido en el robusto joven que yo desearía que fueras.

Yo estaba demasiado extasiado para interrumpirle. Cuando se detuvo, esperé a que

continuara.

El maestro suspiró y fijó la vista en el infinito, como si no hallara las palabras adecuadas.

.Cuando te fuiste de aquí, tu lord inglés te amenazó con su cuchillo, pero tú no te

amedrentaste. ¿Lo recuerdas? No hace ni dos días que ocurrió.

.Sí, señor, fue una estupidez.

.Pudo haberte matado .dijo el maestro, arqueando una ceja.. Fácilmente.

.Señor, te ruego que me reveles estos misterios .respondí.. Cuéntame cómo

adquiriste tus poderes. Confíame estos secretos. Haz que pueda permanecer siempre contigo,

señor. Lo que yo piense no cuenta; me supedito a tu voluntad.

.Pero sólo si satisfago tu petición.

.No deja de ser una forma de rendirme ante ti, a tu voluntad y a tu poder. Sí, me

gustaría poseerlo y ser como tú. ¿Es eso lo que me prometes, maestro, es eso lo que me das a

entender, que puedes convertirme en un ser como tú? ¿Que puedes llenarme con tu sangre,

esa sangre que me transforma en tu esclavo, y conseguir que yo sea como tú? En ocasiones sé

que puedes conseguirlo, maestro, pero me pregunto si lo sé sólo porque tú lo sabes, y si

deseas hacerlo porque te sientes solo.

.¡Ah! .exclamó él, cubriéndose el rostro con las manos, como si yo le hubiera

disgustado.

Yo me quedé perplejo.

.Si te he ofendido, maestro, pégame, azótame, haz lo que te plazca, pero no te apartes

de mí. No te tapes los ojos para no verme, maestro, porque no puedo vivir sin tu mirada.

Explícamelo, maestro, no permitas que nada se interponga entre nosotros. Si es mi ignorancia,

haz que desaparezca.

.Lo haré, lo haré .contestó el maestro.. Eres muy astuto, Amadeo. Eres capaz de

embaucar a cualquiera, incluso de fingir que eres un ingenuo y te crees todas esas zarandajas

sobre Dios, tal como te dijeron hace tiempo que debe comportarse un santo.

.No te comprendo, señor. No soy un santo, pero sí un ingenuo, porque deduzco que es

una forma de sabiduría y la deseo porque tú valoras la sabiduría.

.Me refiero a que das la impresión de ser simple, pero tu simplicidad oculta una gran

astucia. Me siento solo, sí, y anhelo explicarle a alguien mis desgracias. Pero ¿cómo voy a

abrumar a un ser tan joven como tú con mis desgracias? ¿Qué edad crees que tengo,

Amadeo? Trata de calcular mi edad con tu simplicidad.

.Tú no tienes edad, señor. Ni comes ni bebes, ni cambias con el paso del tiempo. No

necesitas agua para lavarte. Eres suave y resistente a todo. Lo sé muy bien, maestro. Eres un

ser limpio, noble e íntegro.

Él meneó la cabeza en sentido negativo. Lo único que conseguía yo con mi cháchara era

disgustarle, precisamente cuando lo que necesitaba era que le animara.

.Ya lo he hecho .murmuró.

.¿Qué, señor? ¿Qué has hecho?

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

71

.Te atraje a mí, Amadeo, por ahora... .El maestro se detuvo y arrugó el ceño. Su

rostro mostraba una expresión tan afable y desconcertada que sentí una punzada de dolor..

Pero estos delirios de grandeza no conducen a nada. Yo podría llevarte, junto con un montón

de oro, y depositarte en una remota ciudad donde...

.Mátame, maestro. Mátame antes de hacer eso, o elige una ciudad que se encuentre

más allá de los límites del mundo conocido, porque te aseguro que regresaré. Emplearé el

último ducado del oro que me des en regresar aquí y llamar a tu puerta.

Él me miró con tristeza; tenía un aspecto más mortal que nunca, herido y temblando,

con la vista fija en el inmenso abismo que nos separaba.

Yo apoyé las manos en sus hombros y le besé. Fue un gesto de una profunda intimidad

viril precisamente debido al acto carnal en el que yo había participado hacía unas horas.

.No hay tiempo para esas efusiones .replicó él.. Debo irme. El deber me llama. Me

llaman unos seres antiguos, los cuales me agobian desde hace mucho. ¡Estoy cansado,

Amadeo!

.No te vayas esta noche. Cuando amanezca, llévame contigo, maestro, llévame donde

te ocultas del sol. Es del sol de quien debes ocultarte, ¿no es cierto, maestro? Tú, que pintas

unos cielos azules y la luz de Febo más brillante que quienes la contemplan, jamás ves...

.¡Basta! -.me rogó él, apretándome la cabeza, con las manos.. Deja de besarme y de

exponerme tus razonamientos. ¡Obedece!

El maestro suspiró y, por primera vez desde que estaba con él, le vi sacar un pañuelo de

la chaqueta y enjugarse el sudor de la frente y los labios. Al retirar el pañuelo de su rostro, vi

que estaba manchado de rojo. Él también lo observó.

.Antes de irme, deseo mostrarte algo .anunció.. Vístete apresuradamente. Yo te

ayudaré.

A los pocos minutos, yo estaba vestido para hacer frente al frío aire nocturno. El maestro

me echó una capa negra sobre los hombros, me entregó unos guantes ribeteados de armiño y

me encasquetó un gorro de terciopelo negro. Los zapatos que eligió eran unas botas de cuero

negro, que jamás había permitido que me calzara. Las botas no le gustaban porque decía que

los chicos teníamos unos tobillos muy hermosos y no debíamos ocultarlos, pero no le

importaba que nos las pusiéramos de día, cuando él no estaba presente.

Parecía tan preocupado, tan angustiado; y su rostro, pese a sus rasgos blancos y

purísimos, estaba contraído en un rictus tan amargo que no pude por menos de abrazarlo y

besarlo, para obligarle a separar los labios y sentir su boca sobre la mía.

Cerré los ojos y sentí sus dedos sobre mi rostro, sobre mis párpados.

En éstas oí un ruido tremendo, como si una puerta se hubiera abierto violentamente y

hubiera saltado en mil pedazos, como cuando yo la había derribado con el hacha, y una ráfaga

de aire hiciera volar los cortinajes.

El aire me envolvía. Marius me depositó en el suelo y, pese a estar cegado, me di cuenta

de que pisaba el pavimento. Oí discurrir el agua del río junto a mí, lamiendo las piedras,

mientras el viento invernal lo agitaba e impulsaba el mar hacia la ciudad; oí un bote de

madera golpeando persistentemente un poste del embarcadero.

Él retiró los dedos de mis párpados y abrí los ojos.

Estábamos a una gran distancia del palacio. Me chocó comprobar que nos habíamos

alejado tanto, aunque en realidad no me sorprendió. Él era capaz de obrar toda clase de

prodigios y me había permitido presenciar uno más. Nos hallábamos en un apartado callejón,

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

72

en un embarcadero junto a un estrecho canal. Yo nunca me había aventurado en este mísero

barrio obrero.

Tan sólo distinguí los porches traseros de las viviendas, las ventanas enrejadas, la

sordidez y la oscuridad, al tiempo que percibí el hedor de los desechos que flotaban sobre las

frías y agitadas aguas del canal.

Él se volvió y me apartó del borde del canal, y durante unos momentos no vi nada.

Luego el maestro extendió su pálida mano y señaló a un hombre dormido en una larga y

desvencijada góndola que reposaba sobre unos maderos, lista para ser reparada. El hombre se

despertó y retiró la manta bruscamente. Vi su fornida silueta y le oí rezongar y maldecir

porque habíamos turbado su sueño.

Vi el resplandor del acero de su cuchillo y me llevé la mano a la daga. Pero apenas rozó

la mano blanca del maestro la muñeca del hombre, éste soltó el arma, que cayó

estrepitosamente sobre las piedras.

Aturdido y furioso, el hombre se arrojó sobre el maestro en un torpe intento de derribarlo

al suelo.

El maestro lo agarró sin mayores dificultades, como si se tratara de un pedazo de lana

apestosa. Vi la expresión en el rostro de mi maestro. Abrió la boca mostrando unos diminutos

y afilados incisivos, como dagas, y los clavó en el cuello del hombre. Éste gritó, pero sólo unos

instantes, y luego su cuerpo se relajó.

Atónito y fascinado, observé cómo mi maestro le cerraba los ojos; en la penumbra las

doradas pestañas del hombre tenían un aspecto plateado. Percibí un sonido sordo, húmedo,

apenas audible pero siniestro, como un líquido que chorrea, y deduje que era la sangre del

individuo. El maestro se inclinó más sobre su víctima y le estrujó el cuello con sus pálidos

dedos para obtener el líquido vital que emanaba, al tiempo que emitía un prolongado suspiro

de gozo.

A continuación, bebió la sangre. La bebió, sí. Fue un gesto inconfundible. Incluso ladeó

un poco la cabeza para aprovechar hasta la última gota, y en ese momento el cuerpo del

hombre, que parecía frágil y de plástico, se estremeció sacudido por una última convulsión y

se quedó inerte.

El maestro se incorporó y se relamió los labios, en los que no quedaba ni una gota de

sangre. Sin embargo, la sangre era visible en el interior de mi maestro. Su rostro adquirió un

resplandor rojizo. Se volvió y me miró. Observé el tono rojo encendido de sus mejillas, el

resplandor escarlata de sus labios.

.De ahí provienen mis poderes, Amadeo .confesó el maestro, arrojando el cadáver

hacia mí. Sus hediondas ropas me rozaron, y cuando la cabeza cayó hacia atrás, sin vida, mi

maestro me obligó a contemplar el rostro tosco y sin vida del individuo. Era joven, barbudo, no

era hermoso, estaba pálido y muerto.

Debajo de los párpados inexpresivos e inertes asomaba una sutil línea blanca. De los

labios exangües, entre sus dientes putrefactos y amarillentos, pendía un hilo de saliva

grasienta.

Me quedé estupefacto. El temor, el odio, ninguno de esos sentimientos tenía nada que

ver. Estaba asombrado, sencillamente. Me pareció algo prodigioso.

En un inopinado arrebato de furia, el maestro arrojó el cadáver del hombre a su

izquierda, a las aguas del canal, en las que se sumergió con un ruido seco y burbujeante.

Luego me tomó en brazos y echó a correr. Vi las ventanas desfilar ante nosotros. Cuando

nos elevamos sobre los tejados estuve a punto de gritar, pero el maestro me tapó la boca con

la mano. Se movía a tal velocidad que parecía como si un motor le propulsara hacia delante o

hacia arriba.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

73

De pronto giramos como en un remolino, o eso me pareció, y al abrir los ojos, comprobé

que me hallaba en una habitación que me resultaba familiar, rodeado de unas imponentes

cortinas doradas. Hacía calor. En las sombras vi la reluciente silueta de un cisne dorado.

Era la habitación de Bianca, su santuario particular, su dormitorio.

.¡Maestro! .protesté temeroso y escandalizado por haber irrumpido de esta forma en la

habitación de Bianca, sin anunciar nuestra visita.

Por debajo de la puerta se filtraba un pequeño rayo de luz sobre el suelo entarimado

cubierto por una gruesa alfombra persa, alcanzando las plumas talladas en madera de su lecho

de cisne.

Entonces oí sus pasos apresurados, dejando atrás una sutil nube de voces, que se

dirigían a la alcoba para investigar el ruido que había percibido.

Al abrirse la puerta, penetró una ráfaga de aire frío en la habitación. Bianca se apresuró

a cerrarla. «¡Qué mujer tan valiente!», pensé.

Luego tendió la mano con pasmosa precisión y subió la mecha de la lámpara que

reposaba en la mesilla de noche. Bianca se volvió y contempló a la luz de la llama a mi

maestro, aunque deduzco que también me había visto a mí.

Presentaba el mismo aspecto que cuando yo la había dejado inmersa en su mundo hacía

unas horas, ataviada en terciopelo dorado y sedas, su trenza recogida en la nuca para

compensar el peso de sus espléndidos y voluminosos rizos que caían sobre sus hombros y su

espalda.

Su pequeño rostro mostraba una expresión inquisitiva y alarmada.

.¡Marius! .exclamó Bianca.. ¿Qué hacéis aquí, en mis aposentos privados? ¿Cómo

habéis entrado por la ventana y con Amadeo? ¿A qué se debe esto? ¿Acaso estáis celoso?

.No, pero deseo una confesión .respondió el maestro con voz temblorosa. Avanzó

hacia ella, apuntándola con un dedo acusador y sosteniéndome de la mano como si yo fuera

un niño.. Díselo, ángel mío, cuéntale lo que se oculta detrás de su fabuloso rostro.

.No sé a qué os referís, Marius. Pero me estáis enojando. Os ordeno que salgáis de mi

casa. ¿Qué opinas tú de este atropello, Amadeo?

.No lo sé, Bianca .murmuré. Estaba aterrorizado. Jamás había oído temblarle la voz al

maestro, ni había oído a nadie llamarle por su nombre.

.Salid de mi casa, Marius. Marchaos. Apelo a vuestra caballerosidad.

.¿Y cómo se fue tu amigo Marcellus, el florentino, el que te ordenaron que atrajeras

aquí con tu hábil palabrería y al que ofreciste una bebida que contenía suficiente veneno para

matar a veinte hombres?

El semblante de mi damisela mostraba una expresión seria pero no adusta. Parecía una

princesa de porcelana mientras observaba a mi maestro, que temblaba de ira.

.¿Qué os importa eso, señor? .replicó Bianca.. ¿Os habéis convertido acaso en el

Gran Consejo o en el Consejo de los Diez? ¿Vais a llevarme ante vuestros tribunales acusada

de asesinato, maldito brujo? ¡Demostrad vuestras palabras!

Bianca se expresaba con una gran dignidad no exenta de tensión. Estiró el cuello y alzó

el mentón en un gesto desafiante.

.¡Asesina! .exclamó el maestro.. Lo veo en la solitaria celda de vuestra mente, una

docena de confesiones, una docena de actos crueles e impertinentes, una docena de

crímenes...

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74

.¡No tenéis derecho a juzgarme! Quizá seáis un mago, pero no sois un ángel, Marius. No

con vuestros muchachitos.

Él la empujó hacia el lecho. Le vi entreabrir los labios. Vi de nuevo sus siniestros

incisivos.

.¡No, maestro, no! .grité, aprovechando un descuido suyo para interponerme entre ella

y él y golpearle con los puños.. No podéis hacer eso, maestro. No me importa lo que haya

hecho esta mujer. ¿A qué viene esto? ¿La tacháis de impertinente? ¿A ella? ¡Y a vosotros qué

os importa!

Bianca tropezó contra el lecho y se encaramó a él, colocándose de rodillas y

retrocediendo hacia las sombras.

.¡Sois el mismísimo diablo! .murmuró.. Sois un monstruo. He visto sus intenciones,

Amadeo, me matará.

.Deja que viva, señor, ¡o moriré con ella! .dije.. Esta mujer no constituye para mí

más que una lección, pero no dejaré que la matéis.

El maestro me miró desconcertado. Estaba aturdido. Me apartó con brusquedad,

asiéndome del brazo para impedir que cayera al suelo. Luego avanzó hacia el lecho, en busca

de ella. En lugar de arrojarse sobre Bianca, se sentó a su lado. Ella retrocedió hacia el

cabecero, extendiendo la mano en un vano intento de protegerse con los cortinajes dorados.

Era una mujer menuda, frágil, pero sus fieros ojos azules permanecían clavados en el

maestro.

.Ambos somos unos asesinos, Bianca .murmuró el maestro, extendiendo la mano para

aferrarla.

Yo me precipité hacia mi maestro, pero él me detuvo con la mano derecha mientras con

la izquierda apartaba unos rizos que le caían a Bianca sobre la frente. Luego apoyó la mano

sobre su cabeza como si fuera un sacerdote y la bendijera.

.Todo cuanto he hecho fue por pura necesidad, señor .confesó Bianca.. ¿Qué remedio

tenía? .Qué valiente era, qué fuerte, como plata fina imbuida de acero.. Una vez que me

daban las órdenes, qué iba a hacer yo. Sabía lo que tenía que hacer, y a quién. Eran muy

astutos. La poción tardaba varios días en matar a la víctima lejos de mis cálidas habitaciones.

.Haz venir aquí a tu opresor, hija mía, y envenénalo en lugar de matar a las personas

que él te ordena.

.Sí .tercié yo., mata al hombre que te obliga a cometer esos crímenes.

Ella pareció reflexionar sobre ello y luego sonrió.

.¿Y sus guardias, sus secuaces? Me estrangularían por haberle traicionado.

.Yo le mataré por ti, mi dulce Bianca .repuso Marius.. Y por eso no me deberás

ningún crimen de importancia, sólo te pido que olvides amablemente el apetito que has visto

esta noche en mí.

Por primera vez, Bianca dio muestras de arredrarse. Tenía los ojos llenos de unas bonitas

lágrimas cristalinas. Parecía un poco cansada.

.Ya sabéis quién es .dijo, agachando la cabeza.. Sabéis dónde se aloja, sabéis que en

estos momentos se encuentra en Venecia.

Yo le rodeé el cuello con el brazo y le besé en la frente. El maestro observó a Bianca

fijamente.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

75

.Vamos, querubín .ordenó, sin apartar la vista de ella.. Vamos a eliminar a ese

florentino, ese banquero que utiliza a Bianca para despachar a quienes le confían unas cuentas

secretas.

El conocimiento de la verdad sorprendió a Bianca, que de nuevo esbozó una leve sonrisa

de cómplice. Estaba dotada de gentileza, desprovista de todo orgullo y amargura. La

esremecedora situación se desvaneció con rapidez.

Mientras el maestro me sostenía con el brazo derecho, introdujo la mano izquierda en el

bolsillo de su chaqueta y sacó una enorme y maravillosa perla, un objeto de incalculable valor.

Acto seguido se la entregó a Bianca, quien la aceptó no sin cierta reticencia mientras

observaba cómo Marius la depositaba en su mano abierta y perezosa.

.Permite que te bese, mi querida princesa .dijo él.

Por extraño que parezca, ella se lo consintió. El maestro la cubrió con unos besos leves

como plumas. Bianca frunció su pálido entrecejo, sus ojos se ofuscaron y cayó sobre los

almohadones, dormida.

Nosotros nos retiramos. Al alejarnos de la casa, creí oír a alguien cerrar los postigos. La

noche era húmeda y negra como boca de lobo. Apoyé la cabeza en el hombro del maestro.

Aunque hubiera querido no habría sido capaz de alzarla.

.Gracias, amado maestro, por no haberla matado .murmuré.

.Bianca es más que una mujer práctica .repuso él.. No está maleada. Posee la

inocencia y la astucia de una duquesa o una reina.

.¿Dónde vamos? .pregunté.

.Ya hemos llegado, Amadeo. Estamos sobre el tejado. Mira a tu alrededor. ¿No oyes ese

ruido a tus pies?

Era el sonido de panderetas, tambores y flautas.

.Morirán durante su banquete .declaró el maestro con aire pensativo. Se hallaba en el

borde del tejado, sujeto al antepecho de piedra. El viento agitaba su capa y él alzó la vista

hacia las estrellas.

.Deseo presenciarlo todo .afirmé.

Él cerró los ojos como si yo le hubiera golpeado.

.No me tomes por frío, señor .dije.. No creas que estoy cansado y acostumbrado a

presenciar cosas brutales y crueles. Sólo soy un idiota, un idiota que se cree esas zarandajas

sobre Dios. Nosotros no cuestionamos nada, si no recuerdo mal. Nos reímos y lo aceptamos

todo y convertimos la vida en una fiesta continua.

.Entonces baja conmigo. Hay un montón de ellos, de esos taimados florentinos. Ah,

estoy famélico. He ayunado para gozar esta noche de un auténtico festín.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

76

5

Quizá sea esto lo que experimentan los mortales cuando cazan a grandes animales en el

bosque y la selva.

Por lo que a mí se refiere, cuando bajamos la escalera desde el tejado y penetramos en

la sala de banquetes de este nuevo y abigarrado palacio, sentí una intensa excitación. Unos

hombres iban a morir. Unos hombres caerían asesinados. Unos hombres perversos, unos

hombres que habían perjudicado a la hermosa Bianca, serían asesinados sin que mi poderoso

maestro, ni nadie que yo conociera y amara, corriera el menor riesgo.

Ni un ejército de mercenarios habría sentido menos compasión hacia esos individuos.

Quizá los venecianos que atacaron a los turcos se habían apiadado más que yo de su enemigo.

Yo estaba fascinado; en mi interior percibía el olor simbólico de la sangre, y deseaba

verla correr. Los florentinos no me caían bien, no comprendía a los banqueros y deseaba

vengarme, no sólo de quienes habían obligado a Bianca a hacer su voluntad, sino de quienes

casi habían logrado que mi maestro saciara su sed en ella. La suerte de esos hombres estaba

echada.

Entramos en una espaciosa e imponente sala de banquetes, donde unos siete individuos

se atracaban con un espléndido asado de cerdo. Unos tapices flamencos, todos muy nuevos,

que mostraban unas espléndidas escenas de caza en las que participaban nobles y damas con

sus caballos y mastines, colgaban de recias varas de hierro en toda la habitación, cubriendo

incluso las ventanas, hasta el suelo.

El suelo era de mármol multicolor incrustado, dispuesto en unos dibujos de pavos reales

adornados con gemas y exhibiendo sus majestuosas colas.

A un lado de la larga mesa se hallaban sentados tres hombres que devoraban con

fruición la comida apilada en unas bandejas y platos de oro repletos de grasientas espinas y

huesos, y el celebérrimo asado de cerdo, un pobre e hinchado animal que conservaba la

cabeza y sostenía en la boca la inevitable manzana, como si ésta fuera la expresión definitiva

de su última voluntad.

Los otros tres individuos, todos ellos jóvenes, guapos y atléticos, a tenor del aspecto de

sus musculosas piernas, danzaban formando un artístico círculo, con las manos unidas en el

centro, mientras un pequeño grupo de chicos tocaba los instrumentos cuya machacona marcha

había oído desde el tejado.

Todos presentaban un aspecto un tanto grasiento y manchado debido al festín, pero ni

uno solo dejaba de exhibir un cabello largo y espeso, peinado según la moda de la época, y

unas medias y camisas de seda exquisitamente bordadas. El fuego no estaba encendido, pero

no lo necesitaban, pues iban bien abrigados con unas chaquetas ribeteadas de armiño o zorro

plateado.

El vino era trasegado de una jarra a unas copas por un hombre incapaz de realizar ese

gesto. Los tres que bailaban, aunque cumplían un rito cortesano, no cesaban de empujarse y

hacer payasadas como si se mofaran de los pasos de baile que evidentemente conocían.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

77

Enseguida comprendí que habían despedido a los sirvientes. Los comensales habían

derribado varias copas de vino. Unas pequeñas cucarachas, pese a que estábamos en invierno,

se habían congregado sobre los restos de comida y los montones de fruta húmeda.

La estancia estaba envuelta en un dorado resplandor, el humo del tabaco que los

hombres fumaban en unas pipas de variada forma. El fondo de los tapices era invariablemente

azul oscuro, lo cual confería a la escena una calidez que ponía de relieve el espléndido y

colorista atuendo de los jóvenes músicos y los comensales.

Al penetrar en la caldeada estancia invadida de humo, me sentí intoxicado por la

atmósfera, y cuando mi maestro me ordenó que me sentara a un extremo de la mesa, obedecí

porque estaba demasiado débil para resistirme, pero procuré no tocar la superficie de la mesa

y menos aún el borde de los platos.

Los alegres y alborotados comensales, con el rostro congestionado debido al exceso de

comida y vino, no repararon en nosotros.

El imponente ruido que organizaban los músicos bastaba para hacernos invisibles. Sin

embargo, los hombres estaban demasiado borrachos para guardar silencio. El maestro,

después de besarme en la mejilla, se dirigió hacia el centro de la mesa, a un hueco que había

dejado uno de los comensales que bailaba al son de la música, y se sentó en el banco

tapizado.

Súbitamente, los dos hombres sentados a cada lado del maestro, quienes habían estado

discutiendo a voz en cuello, repararon en la presencia de aquel convidado ataviado con una

resplandeciente capa roja.

Mi maestro se quitó la capucha, mostrando una cabellera prodigiosamente larga. Me

recordó de nuevo a Jesucristo durante la Última Cena, con su fina nariz, su boca carnosa y su

cabello rubio peinado con la raya en medio, reluciente debido a la humedad de la noche.

Mi maestro miró a los comensales de uno en uno y, ante mi asombro, se introdujo con

toda facilidad en la conversación, comentando con ellos las atrocidades que habían padecido

los venecianos que quedaban en Constantinopla cuando el sultán turco Mehmet II, de veintiún

años, había conquistado la ciudad.

De pronto se produjo una áspera discusión sobre la forma en que los turcos habían

conquistado la capital sagrada. Un hombre dijo que, de no haber zarpado los buques

venecianos de Constantinopla, desertándola antes de los postreros días de la invasión, la

ciudad se habría salvado.

«¡Imposible!», afirmó otro comensal, un hombre robusto y pelirrojo con unos ojos que

parecían dorados. ¡Qué belleza! Si ése era el canalla que había manipulado a Bianca a su

antojo, comprendo que ella se dejara cautivar por él. Sus labios, enmarcados por una barba y

un bigote pelirrojos, eran carnosos y perfectamente delineados, y su mandíbula poseía la

fuerza de la figura sobrehumana de mármol esculpida por Miguel Ángel.

.Durante cuarenta y ocho días, los cañones de los turcos bombardearon los muros de la

ciudad .declaró al individuo que estaba sentado a su lado., y al fin lograron penetrar en ella.

Era inevitable. Jamás has visto unos cañones como aquéllos.

El otro individuo, un joven apuesto y moreno, de piel aceitunada, con las mejillas

suavemente redondeadas, la nariz respingona y unos ojos negros de terciopelo, protestó

furioso que los venecianos se habían comportado como cobardes y que su nutrida flota pudo

haber detenido a los cañones, por potentes que fueran.

.¡Abandonaron Constantinopla a su suerte! .gritó, descargando un puñetazo sobre la

mesa.. Venecia y Genova no movieron un dedo por ayudarla. Aquel fatídico día dejaron que

el imperio más grande de la Tierra sucumbiera a los turcos.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

78

.¡No es cierto! .replicó el maestro sin alzar la voz, arqueando las cejas y ladeando la

cabeza. Luego miró lentamente a todos los comensales.. Acudieron muchos valientes

venecianos para rescatar a Constantinopla. En mi opinión, aunque hubiera acudido toda la

flota veneciana no habrían logrado detener a los turcos. El sueño del joven sultán Mehmet II

era apoderarse de Constantinopla, y nada ni nadie habría podido detenerle.

La situación se ponía interesante. Ansioso de recibir una lección de historia y de oír y

contemplar la escena con más claridad, me acerqué a la mesa y me senté en una silla de tijera

provista de un cómodo asiento de cuero rojo. Coloqué la silla de forma que pudiera ver bien a

los bailarines, quienes pese a su torpeza ofrecían un hermoso espectáculo gracias a sus largas

y ornadas mangas que se agitaban en el aire y el sonido de sus zapatillas recamadas con

gemas al deslizarse por el suelo de baldosas.

El pelirrojo que estaba sentado a la mesa, sacudiendo su larga y rizada melena de un

lado a otro, coqueteaba descaradamente con el maestro, quien le miraba arrobado.

.He aquí a un hombre que está informado de lo ocurrido. Y tú mientes, necio .le espetó

al otro individuo.. Te consta que los genoveses lucharon con valor hasta el último momento.

El Papa envió tres barcos, que rompieron el bloqueo del puerto y llegaron hasta las mismas

puertas del castillo del pérfido sultán en Rumeli Hisar. Fue obra de Giovanni Longo. ¿Te

imaginas tamaño valor?

.Francamente, no .repuso el hombre moreno, inclinándose delante de mi maestro

como si éste fuera una estatua.

.Fue una acción valerosa .comentó mi maestro, sin darle importancia a la cosa.. ¿Por

qué insistís en unas patrañas que ni vos mismo creéis? Sin duda, sabéis lo que les ocurrió a los

barcos venecianos que capturó el sultán.

.Eso, ¿habrías tenido tú el valor de adentrarte en el puerto? .preguntó el florentino

pelirrojo.. ¿Sabes lo que hicieron con los tripulantes de los barcos venecianos que habían

capturado seis meses antes? Decapitaron a todos los hombres que había a bordo.

.¡Salvo el capitán! .terció un bailarín, que escuchaba la conversación procurando no

perder el paso.. A ése lo empalaron en una estaca. Era Antonio Rizzo, uno de los mejores

hombres que ha existido jamás. .Mientras seguía bailando, el individuo hizo un gesto de

desdén sobre su hombro. Luego ejecutó una pirueta y por poco pierde el equilibrio. Sus

compañeros se apresuraron a sujetarlo.

El hombre moreno sentado a la mesa meneó la cabeza.

.Si hubiera acudido toda la flota veneciana... .dijo, pero no concluyó la frase.. Los

florentinos y los venecianos sois iguales, unos traidores, eludiendo siempre todo compromiso.

Mi maestro se echó a reír mientras observaba al hombre.

.No os riáis de mí .protestó el individuo moreno.. Sois veneciano; os he visto mil

veces, a vos y a ese chico.

El individuo me señaló. Yo miré al maestro, pero éste se limitó a sonreír. Luego me

murmuró una frase, que percibí tan claramente como si se hubiera sentado a mi lado en lugar

de a unos metros de distancia:

.El testimonio de los muertos, Amadeo.

El hombre moreno tomó su copa, bebió un trago de vino y derramó el resto sobre su

puntiaguda barba.

.Una ciudad llena de cobardes y sinvergüenzas .declaró.. Que sólo sirven para una

cosa, pedir dinero prestado a un elevado interés cuando se han gastado todo el que tenían en

ropas elegantes.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

79

.Mira quién habló .replicó el pelirrojo.. Pareces un pavo real. Me entran ganas de

cortarte la cola. ¡Regresa a Constantinopla si estás tan seguro de que podía salvarse!

.Y tú te has convertido en un maldito veneciano.

.Soy banquero; un hombre de responsabilidad .contestó el pelirrojo.. Admiro a

quienes prosperan gracias a mí. .Tras estas palabras alzó su copa, pero en lugar de beber el

vino, lo arrojó en la cara del hombre moreno.

Mi maestro no se molestó en apartarse, por lo que le cayeron unas gotas encima.

Contempló los arrebolados rostros de los dos hombres que estaban sentados junto a él.

.Giovanni Longo, uno de los genoveses más valientes que jamás ha capitaneado un

barco, permaneció en esa ciudad durante todo el asedio .apuntó el pelirrojo.. Eso se llama

valor. Apostaría hasta mi último ducado sobre un hombre así.

.No sé por qué .terció de nuevo el bailarín, el mismo de antes, apartándose del

círculo.. Perdió la batalla, y tu padre tuvo la sensatez de no apostar un centavo sobre esa

panda de inútiles.

.¡No te atrevas a mentar a mi padre! .protestó el pelirrojo.. ¡A la salud de Giovanni

Longo y los genoveses que lucharon con él! .Tras esas palabras agarró la jarra, derramando

casi todo su contenido sobre la mesa, llenó su copa y bebió un largo trago.. Y a la salud de mi

padre. Que Dios lo tenga en su gloria. Padre, he matado a tus enemigos y mataré a quienes

hagan de la ignorancia una diversión.

Luego se volvió, propinó un codazo a mi maestro y soltó:

.Ese chico vuestro es una belleza. No os precipitéis. Pensadlo con calma. ¿Cuánto

queréis por él?

Mi maestro lanzó la carcajada más dulce y espontánea que jamás le había oído emitir.

.Ofrecedme algo que yo anhele .repuso, contemplándome con una expresión entre

divertida y misteriosa.

Todos los presentes se volvieron para observarme. Ten en cuenta que no eran

aficionados a los mancebos, sino unos italianos de su época, quienes, tras haber prohijado una

caterva de niños, tal como era su deber, y haber violado a tantas mujeres como pudieran, no

rechazaban un revolcón con un jovencito rollizo y jugoso, al igual que los hombres hoy en día

aprecian una tostada dorada untada con nata agria y el mejor caviar negro.

Yo no pude por menos de sonreír. «Mátalos .pensé., acaba con todos ellos.» Me sentía

hermoso y seductor. Esperaba que alguno me dijera que le recordaba a Mercurio ahuyentando

a las nubes en la Primavera de Botticelli. El individuo pelirrojo me miró con expresión

juguetona y picaruela y dijo:

.Es el David de Verrocchio, el modelo de la estatua de bronce. No me lo neguéis. Es

inmortal, eso es evidente. Jamás morirá.

Tras esa parrafada el pelirrojo bebió otro trago. Luego se tentó la parte delantera de la

chaqueta y del ribete de armiño extrajo un medallón de oro engarzado con un diamante de

gigantescas proporciones. Acto seguido, se arrancó la cadena del cuello y se lo ofreció con

orgullo a mi maestro, quien observó el medallón oscilando ante sus ojos como si fuera capaz

de hipnotizarlo.

.Para todos nosotros .dijo el hombre moreno, volviéndose para mirarme. Los otros se

echaron a reír.

.¡Y nosotros! .exclamaron los bailarines.

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

80

.Tendréis que esperar vuestro turno, pues yo seré el primero en acostarme con él .dijo

uno, a lo que otro individuo replicó:

.Ten, para ser el primero, antes que tú.

Esta frase iba dirigida al pelirrojo, pero el bailarín arrojó a mi maestro, una sortija

engastada con una piedra violácea que no logré identificar.

.Un zafiro .murmuró el maestro, dirigiéndome una mirada burlona.. ¿Te gusta,

Amadeo?

El tercer bailarín, un individuo rubio, algo más bajo que el resto de los presentes y con

una pequeña joroba en su hombro izquierdo, se apartó del círculo y avanzó hacia mí. Se

despojó de todas sus sortijas, como quien se quita unos guantes, y las arrojó a mis pies.

.Qué sonrisa tan dulce, joven dios .dijo. Jadeaba debido al ejercicio y tenía el cuello de

terciopelo empapado en sudor. Se bamboleó un poco y por poco pierde el equilibrio, pero hizo

un comentario jocoso al respecto y siguió bailando.

La música continuó sonando machaconamente, como si los bailarines pretendieran

sofocar las voces de sus ebrios jefes.

.¿A alguien le interesa el asedio de Constantinopla? .preguntó mi maestro.

.Cuéntame qué fue de Giovanni Longo .le rogué tímidamente. Todos se volvieron hacia

mí.

.El asedio de... Amadeo, ¿no? ¡Claro, Amadeo, qué despistado soy! .exclamó el

bailarín rubio.

.No se lo discuto, señor .repliqué.. Pero enseñadme un poco de historia.

.¡El jovencito nos ha salido respondón! .exclamó regocijado el nombre moreno.. Ni

siquiera has recogido las sortijas del suelo.

.Llevo los dedos cargados de anillos .contesté educadamente, lo cual era cierto.

El pelirrojo se lanzó de nuevo a la batalla.

Giovanni Longo permaneció durante los cuarenta días que duró el bombardeo. Luchó

toda la noche contra los turcos cuando derribaron las murallas. No se arredraba ante nada. Se

lo llevaron del campo de batalla cuando lo abatieron de un disparo.

.¿Y los cañones, señor? .pregunté.. ¿Eran muy grandes?

.¡Supongo que tú estabas presente! .espetó el hombre moreno al pelirrojo antes de

que éste pudiera responder.

.Mi padre estaba allí.contestó el pelirrojo.. Y me lo contó él mismo. Iba a bordo del

último barco que salió del puerto con los venecianos, y antes de que abras la boca, no se te

ocurra hablar mal de mi padre ni de esos venecianos. Llevaron a los ciudadanos a lugar

seguro, perdieron la batalla...

.Querrás decir que desertaron .apostilló el individuo moreno.

.Partieron llevándose a los desvalidos refugiados después de que los turcos hubieran

conquistado la ciudad. ¿Acaso te atreves a llamar cobarde a mi padre? Sabes tanto de modales

como de la guerra. Eres demasiado estúpido para que me moleste en pelear contigo, y estás

demasiado borracho.

.Amén .espetó mi maestro.

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81

.Contádselo .dijo el hombre pelirrojo a mi maestro.. Contádselo vos, Marius de

Romanus. .El pelirrojo bebió otro trago, derramándose por encima el resto del vino..

Explicadle lo de la matanza, lo que ocurrió. Contadle cómo Giovanni Longo peleó junto a las

murallas hasta que le hirieron en el pecho. ¡Escucha, mentecato! .gritó a su amigo.. Nadie

sabe más sobre este asunto que Marius de Romanus. Los magos son muy listos, según dice mi

ramera. ¡Un brindis por Bianca Solderini! .exclamó apurando la copa.

.¿Vuestra ramera, señor? .pregunté.. ¿Decís eso de una mujer tan admirable y en

presencia de estos borrachos y deslenguados?

Ninguno de ellos me hizo el menor caso, ni el pelirrojo, que estaba ocupado apurando su

copa, ni los otros.

El bailarín rubio se acercó a mí.

.Están demasiado ebrios para recordarte, hermoso joven .dijo.. Pero yo no.

.Al bailar os hacéis un lío con los pies .repuse.. No vayáis a haceros un lío con las

palabras.

.¡Serás descarado! .exclamó el otro, precipitándose sobre mí y chocando con una silla.

Pero yo me hice a un lado y el individuo voló sobre la silla y aterrizó en el suelo.

Sus compañeros soltaron una sonora carcajada. Los otros dos bailarines dejaron de

ejecutar sus intrincados pasos.

.Giovanni Longo era valiente .afirmó el maestro con calma, recorriendo con la vista la

concurrencia y posándola sobre el pelirrojo.. Todos eran valientes. Pero nada pudo salvar a

Bizancio. Había llegado su hora. Había sonado la hora fatídica tanto para los emperadores

como para los mozos de cuadra. En el holocausto que estalló se perdieron muchos tesoros.

Ardieron bibliotecas enteras. Multitud de textos y sus imponderables misterios se convirtieron

en humo.

Yo me aparté de mi ebrio agresor, quien rodó por el suelo.

.¡Dame la mano, estúpido perrito faldero! .rezongó éste.

.Sospecho que deseáis más que eso, señor .repuse.

.¡Y lo conseguiré! .gritó, pero al tratar de incorporarse resbaló y volvió a caer al suelo

con un estentóreo gemido.

Uno de los hombres que estaba sentado a la mesa .apuesto pero mayor, con el pelo

largo, ondulado y gris y un rostro curtido pero hermoso, que engullía en silencio una grasienta

pierna de cordero. contempló al individuo tendido en el suelo que se esforzaba en levantarse.

.Hummm. Así cayó Goliat, pequeño David .comentó, mirándome con una sonrisa..

Conten tu lengua, pequeño David, no todos somos unos gigantes estúpidos, y no debes

desperdiciar tus piedras.

.Vuestra chanza es tan torpe como vuestro amigo, señor .repuse sonriendo.. En

cuanto a mis piedras, se quedarán en su sitio, dentro de su bolsa, esperando a que tropecéis y

caigáis, al igual que vuestro amigo.

.¿Qué habéis dicho sobre unos libros, señor? .inquirió el pelirrojo, dirigiéndose a

Marius, que estaba distraído y no había oído ese pequeño duelo verbal.. ¿Os referís a los que

se quemaron durante la caída de la ciudad más grande del mundo?

.Sí, a este hombre le gustan los libros .intervino el individuo moreno.. Os aconsejo

que os ocupéis de vuestro chico, señor. Es terrible, ha interrumpido el baile. Decidle que no se

burle de sus Mayores.

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Los dos bailarines se acercaron a mí, tan borrachos como el individuo que yacía en el

suelo. Trataron de acariciarme, convirtiéndose simultáneamente en unas jadeantes bestias de

cuatro patas con un aliento apestoso.

.¿Te sonríes al contemplar a nuestro amigo rodando por el suelo? .preguntó uno de

ellos, introduciendo la rodilla entre mis piernas.

Yo me aparté, tratando de esquivar sus burdas caricias.

.Es lo más suave que podía hacer .repuse.. Teniendo en cuenta que fue mi belleza lo

que ocasionó su caída. No caigáis en esa tentación, señores. No tengo la menor intención de

responder a vuestras plegarias.

El maestro se levantó de golpe.

.Estoy cansado de esto .declaró con una voz fría y clara que resonó a través de los

tapices que pendían de los muros. Tenía un sonido siniestro.

.¡Vaya! .exclamó el hombre moreno, observando al maestro.. Os llamáis Marius de

Romanus, si no me equivoco. He oído hablar de vos. No os temo.

.Muy amable de vuestra parte .murmuró el maestro, sonriendo. Al apoyar la mano

sobre la cabeza del individuo, éste se apartó bruscamente, cayéndose casi del banco. Ahora sí

parecía aterrorizado.

Los bailarines observaron al maestro, sin duda tratando de calcular si lograrían reducirlo

con facilidad.

Uno de ellos se volvió de nuevo hacia mí y exclamó:

.¡Al cuerno tú y tus plegarias!

.Ojo con mi maestro, señor .repliqué.. Está cansado de vos; cuando está cansado se

vuelve muy quisquilloso.

El otro trató de aferrarme del brazo pero yo lo retiré a tiempo.

Retrocedí hacia donde se hallaban los jóvenes músicos. La música me envolvió como una

nube protectora.

Vi pánico en sus rostros, pero continuaron tocando a gran velocidad, haciendo caso

omiso del sudor que cubría sus frentes.

.Dulces caballeros, me encanta vuestra música .dije., pero tocad un réquiem, os lo

ruego.

Los jóvenes músicos me miraron con aprensión. El tambor siguió sonando, la gaita emitió

su sinuosa melodía y el sonido de los laúdes reverberó a través de la habitación.

El individuo rubio que yacía en el suelo gritó pidiendo auxilio mientras trataba en vano de

incorporarse. Los dos bailarines acudieron en su ayuda. Uno de ellos me dirigió unas miradas

como dardos.

El maestro miró al tipo moreno que le había desafiado, le agarró con una sola mano y

volvió a sentarlo en el banco. Luego se inclinó sobre él para besarlo en el cuello. El hombre se

quedó inmóvil como un pequeño mamífero atrapado en las fauces de una bestia feroz,

totalmente a su merced. Casi percibí el sonido de la sangre al brotar de la yugular al tiempo

que la cabellera de mi maestro se estremecía y caía sobre su festín mortal.

Mi maestro dejó caer al hombre al suelo. Sólo el pelirrojo observó la escena. Pero estaba

tan borracho que no se dio cuenta de lo ocurrido. Alzó los ojos, con expresión ofuscada, y

bebió otro trago de su copa manchada de vino. Luego se chupó los dedos de la mano derecha,

A r m a n d , e l v a m p i r o A n n e R i c e

83

uno tras otro, como si fuera un gato, en el preciso momento en que el maestro dejó caer a su

compinche moreno de bruces sobre la mesa, concretamente sobre un plato de fruta.

.¡Estúpido borracho! .exclamó el hombre pelirrojo.. ¡Nadie lucha por valor, honor o

decencia!

.En cualquier caso no muchos .repuso el maestro, mirándole.

.Esos turcos rompieron el mundo por la mitad .dijo el pelirrojo contemplando al

muerto, quien le miraba estúpidamente desde el plato de fruta que había hecho añicos con la

cabeza. Yo no alcanzaba a verle el rostro, pero me excitó pensar que estaba muerto.

.Acercaos, caballeros .dijo mi maestro., vos también, señor, el que ofrecisteis

vuestras sortijas a mi chico.

.¿Es hijo vuestro, señor? .preguntó el jorobado rubio, quien por fin había logrado

ponerse en pie. Apartó a sus amigos de un empellón y se acercó a la mesa.. Yo seré mejor

padre para él que vos.

Mi maestro apareció súbita y silenciosamente en el lado de la mesa donde nos

hallábamos nosotros. Sus ropas se organizaron de nuevo en torno a su cuerpo, como si tan

sólo hubiera dado un paso. El pelirrojo no se percató de la maniobra.

.Deseo proponer un brindis por Skanderbeg, el gran Skanderbeg .propuso el individuo

pelirrojo, como si hablara consigo.. Hace mucho que murió, pero dadme cinco Skanderbegs y

organizaré una nueva cruzada para rescatar nuestra ciudad de manos de los turcos.

.¡Menuda proeza! Cualquiera podría hacerlo con cinco Skanderbegs .repuso el hombre

mayor que estaba sentado al otro extremo de la mesa, el que mordisqueaba los restos de la

pata de cordero. Tras limpiarse los labios con la muñeca, añadió.: No existe ni jamás existió

un general como Skanderbeg, salvo él mismo. Pero ¿qué le pasa a Ludovico? ¡Será imbécil! .

exclamó levantándose.

El maestro rodeó con un brazo los hombros del individuo rubio, quien trató de soltarse,

pero mi maestro era inamovible. Mientras los dos bailarines propinaban a mi maestro

empujones y manotazos para liberar a su compañero, mi maestro depositó de nuevo su beso

fatal. Tomó al joven rubio por el mentón, le alzó el rostro y fue directo a la yugular. Volvió a su

víctima hacia un lado y le succionó la sangre de una sola vez. Luego se apresuró a cerrarle los

ojos con dos pálidos dedos y dejó el cadáver al suelo.

.Ha llegado vuestra hora, amables caballeros .dijo el maestro a los bailarines que

retrocedían espantados.

Uno de ellos desenvainó su espada.

.¡No seas estúpido! .gritó su compañero.. Estás borracho. No conseguirás...

.No, no lo conseguirás .apostilló el maestro, emitiendo un breve suspiro. Sus labios

tenían un color rosa más acentuado que de costumbre, y la sangre que había bebido se exhibía

en sus mejillas. Hasta sus ojos poseían un brillo, un fulgor más intenso.

El maestro asió la espada del individuo y con una presión del pulgar la partió en dos, de

forma que el bailarín se quedó sosteniendo sólo un fragmento del arma.

.¿Cómo os atrevéis..? .protestó el individuo.

.Yo me pregunto cómo lo ha logrado .le interrumpió el pelirrojo sentado a la mesa..

¡La ha partido por la mitad! ¿De qué acero está hecha esa espada?

El individuo que seguía devorando la pierna de cordero echó la cabeza hacia atrás y soltó

una sonora carcajada, tras lo cual siguió limpiando el hueso.

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El maestro extendió la mano a través del tiempo y el espacio y agarró al tipo de la

espada, cuya yugular aparecía visible e hinchada, y le partió el cuello con un ruido seco.

Los otros tres, al parecer, lo oyeron, es decir, el individuo que devoraba la pierna de

cordero, el atemorizado bailarín y el individuo pelirrojo.

El último bailarín fue la próxima víctima de mi maestro. Éste le tomó del rostro como si

estuviera enamorado de él y bebió su sangre, sujetándolo del cuello de forma que sólo logré

ver la sangre durante unos segundos, un auténtico torrente de sangre que mi maestro cubrió

luego con su boca y su cabeza.

Vi cómo la sangre del bailarín comenzaba a circular por las venas de la mano de mi

maestro. Estaba impaciente por verle alzar la cabeza, cosa que no tardó en hacer, tras

despachar a su víctima con mayor celeridad que a la anterior. Me miró con expresión soñadora

y el rostro arrebolado. Parecía tan humano como cualquiera de los presentes, tan embriagado

de su bebida especial como ellos de vino.

Tenía unos rizos rubios pegados a la frente debido al sudor, constituido por unas gotitas

de sangre.

La música cesó de repente.

No fue la barahúnda lo que hizo que los músicos dejaran de tocar, sino el aspecto que

ofrecía mi maestro, quien dejó caer a su última víctima al suelo como si fuera un saco de

huesos.

.Un réquiem .pedí de nuevo.. Sus fantasmas os lo agradecerán, amables caballeros.

.O bien .dijo Marius avanzando hacia los músicos. salid volando de esta habitación.

.Yo prefiero salir volando .murmuró el que tocaba el laúd. Todos dieron media vuelta y

corrieron hacia la puerta, pero por más que tiraron del pomo maldiciendo y blasfemando no

lograron abrirla.

El maestro retrocedió y recogió las sortijas del suelo junto a la silla que yo había ocupado

antes.

.Os vais sin cobrar vuestro jornal, jovencitos .afirmó el maestro.

Los músicos se volvieron gimoteando de terror y contemplaron las sortijas que el

maestro les arrojaba. Avergonzados, estúpidos y codiciosos se abalanzaron sobre ellas, pero

sólo consiguieron apoderarse de una cada uno.

Acto seguido, la puerta de doble hoja se abrió estrepitosamente y se partió contra los

muros.

Los músicos salieron a toda prisa, arrancando unos fragmentos de pintura del marco de

la puerta, la cual volvió a cerrarse.

.¡Muy hábil! .exclamó el hombre mayor, que por fin había dejado la pierna de cordero

tras dejar el hueso limpio.. ¿Cómo lo habéis hecho, Marius de Romanus? He oído decir que

sois un mago muy poderoso. No me explico por qué el Gran Consejo no os acusa de practicar

la brujería. Debe de ser porque tenéis mucho dinero, ¿no es así?

Observé a mi maestro. Nunca le había visto tan hermoso como en estos momentos,

rebosante de sangre nueva. Deseé tocarlo, abrazarlo. Me miró con una expresión dulce, ebrio

de satisfacción.

Sin embargo, al cabo de unos segundos apartó su seductora mirada de mí y se dirigió

hacia la mesa, rodeándola hasta detenerse junto al comensal que había dado buena cuenta de

la pierna de cordero.

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85

El hombre de pelo canoso lo miró y luego se volvió hacia su compañero pelirrojo.

.No seas idiota, Martino .le comentó a éste.. Debe de ser perfectamente legal ser un

brujo en la región del Véneto siempre y cuando pagues tus impuestos. Os aconsejo que

depositéis vuestro dinero en el banco de Martino, Marius de Romanus.

.Ya lo he hecho .respondió Marius de Romanus, mi maestro., y debo decir que me

rinde unos buenos beneficios.

El maestro se sentó entre el muerto y el individuo pelirrojo, que parecía encantado de

tenerlo a su lado de nuevo.

.Martino .dijo el maestro., sigamos charlando sobre la caída de los imperios. ¿Por qué

estaba vuestro padre en el bando de los genoveses?

El pelirrojo, entusiasmado con el giro que había tomado la conversación, afirmó con

orgullo que su padre había sido el representante de la familia en Constantinopla, y que había

muerto debido a las heridas que había recibido el último y fatídico día del asedio.

.Mi padre lo presenció todo .contó el pelirrojo., vio cómo mataban a las mujeres y los

niños. Vio cómo arrancaban a los sacerdotes de los altares de Santa Sofía. Él conoce el

secreto.

.¡El secreto! .exclamó el hombre mayor con desdén. Se trasladó al otro extremo de la

mesa y, de un manotazo con la mano izquierda, derribó al suelo al muerto que yacía sobre el

banco.

.¡Maldito y arrogante cabrón! .protestó el pelirrojo.. ¿No has oído cómo se ha partido

el cráneo contra el suelo? No trates a mis invitados de esa forma, te juegas el pellejo.

Yo me acerqué a la mesa.

.Sí, acércate, bonito .dijo el pelirrojo.. Anda, siéntate .añadió, mirándome con sus

ojos dorados y relucientes.. Siéntate frente a mí. ¡Válgame Dios! ¡Pobre Francisco! Juraría

que oí cómo se partía el cráneo contra las losas.

.Está muerto .repuso el maestro suavemente.. Pero no os preocupéis, al menos de

momento .agregó. Su rostro tenía un color más subido debido a la sangre que había bebido.

Toda su piel mostraba un tono rosáceo radiante y uniforme, que realzaba el color rubio pálido

de su cabello. En las esquinas de los ojos aparecían unas arruguitas, que sin embargo no

mermaban un ápice la lustrosa belleza de los mismos.

.De acuerdo, bien, están muertos .afirmó el pelirrojo, encogiéndose de hombros..

Como os decía, y tomad buena nota de mis palabras porque sé lo que digo, esos sacerdotes

tomaron el cáliz sagrado y la sagrada hostia y se refugiaron en un lugar oculto en Santa Sofía.

Mi padre lo presenció con sus propios ojos. Yo conozco el secreto.

.Y dale con los ojos .dijo el hombre mayor.. ¡Tu padre debía de ser un pavo real para

tener tantos ojos!

.Calla o te corto el cuello .replicó el individuo pelirrojo.. Mira lo que le has hecho a

Francisco al arrojarlo al suelo. ¡Válgame Dios! .añadió, santiguándose perezosamente.. Le

sale sangre de la cabeza.

El maestro se volvió y, agachándose, recogió unas gotas de sangre con los cinco dedos

de la mano. Luego se volvió lentamente hacia mí y hacia el pelirrojo y se chupó un dedo.

.Sí, está muerto .confirmó.. Pero su sangre es cálida y espesa .agregó sonriendo

lentamente.

El pelirrojo estaba tan fascinado como un niño en una función de títeres.

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86

Mi maestro extendió los dedos manchados de sangre, con la palma hacia arriba, y sonrió

como preguntando: «¿Quieres probarla?»

El individuo pelirrojo asió a Marius por la muñeca y lamió la sangre de su índice y su

pulgar.

.Hummm, está muy rica .dijo.. Todos mis compañeros tienen una sangre excelente.

.Ya lo había notado .repuso el maestro.

Yo no podía apartar mis ojos de él, de su rostro que mudaba continuamente de aspecto.

Sus mejillas presentaban ahora un color más intenso, o quizá se debía a la curva de sus

pómulos cuando sonreía. Sus labios tenían un tono rosa vivo.

.No he terminado, Amadeo .murmuró el maestro.. No he hecho más que empezar.

.¡No está malherido! .insistió el hombre mayor observando a la víctima que yacía en el

suelo. Parecía preocupado. ¿Lo había matado?.. Se ha hecho un corte en la cabeza, eso es

todo. ¿No es así?

.Sí, un pequeño corte .respondió Marius.. ¿Qué secreto es ése, querido amigo? .

preguntó de espaldas al hombre de pelo canoso, dirigiéndose al pelirrojo con un interés que no

había demostrado hasta ahora.

.Sí, sí .tercié yo.. ¿A qué secreto os referís, señor? .pregunté.. ¿Al lugar donde se

ocultaron los sacerdotes?

.No, criatura, no seas necio .contestó el pelirrojo, mirándome a través de la mesa.

Era un individuo tan bello como corpulento. ¿Le había amado Bianca? Ella no me lo había

dicho.

.El secreto, el secreto .dijo.. Si no creéis en este secreto, es que sois unos descreídos

incapaces de creer en nada sagrado.

El pelirrojo alzó su copa, pero estaba vacía. Yo tomé la jarra y se la llené con aquel vino

oscuro y aromático. Se me ocurrió probarlo, pero sentí tal repugnancia que desistí.

.No seas remilgado .murmuró mi maestro.. Anda, bebe en memoria de los muertos.

Ahí tienes una copa limpia.

.Ah, sí, disculpa .se apresuró a decir el pelirrojo.. No te he ofrecido una copa.

¡Válgame Dios, pensar que te arrojé un mero diamante perfecto para conseguir tu amor! .

agregó, tomando una copa de plata labrada y engastada con pequeñas gemas. Entonces

reparé en que todas las copas formaban parte de un juego, adornadas con delicadas figurillas

labradas y diminutas pero refulgentes piedras preciosas. El pelirrojo depositó la copa ante mí

con un golpe contundente. Luego tomó la jarra que yo sostenía, me llenó la copa y me

devolvió la jarra de vino.

Temí que iba a ponerme a vomitar en el suelo. Miré al pelirrojo, su dulce rostro y su

espléndida caballera roja. Él sonrió con timidez, mostrando unos dientes pequeños, blancos y

perfectos, muy perlados, al tiempo que me observaba arrobado, con una expresión bobalicona,

sin decir palabra.

.Anda, bebe .dijo mi maestro.. El tuyo es un camino peligroso, Amadeo, bebe para

que el vino te dé fuerzas y sabiduría.

.¿No te estarás burlando de mí, señor? .pregunté sin quitar ojo al pelirrojo aunque me

dirigía a Marius.

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87

.Te quiero, Amadeo, como siempre te he querido .repuso mi maestro., pero

comprende que te hable así, pues la sangre humana me embrutece. Es un hecho ineludible.

Sólo en el ayuno hallo una pureza etérea.

.Y me apartáis a cada momento de la penitencia .repliqué., hacia el goce de los

sentidos, del placer.

El individuo pelirrojo y yo nos miramos a los ojos, lo cual no me impidió oír decir a

Marius:

.Es una penitencia matar, Amadeo, ése es el problema. Es una penitencia matar sin

motivo alguno, no hacerlo «por honor, valor ni decencia», como dice nuestro amigo.

.¡Sí .insistió., nuestro amigo! .el cual miró a Marius y luego a mí.. ¡Bebe! .

ordenó, ofreciéndome la copa.

»Y cuando todo haya terminado, Amadeo .prosiguió el maestro., recoge esas copas y

tráelas a casa como trofeo de mi fracaso y mi derrota, pues son la misma cosa, y una lección

que no debes desaprovechar. Pocas veces lo veo todo con tanta nitidez e intensidad como

ahora.

El pelirrojo se inclinó hacia delante, coqueteando conmigo descaradamente, y me acercó

la copa a los labios.

.Pequeño David, de mayor serás rey, ¿recuerdas? Pero yo te adoro tal como eres ahora,

adoro tu tierna juventud, tus lozanas mejillas, y te suplico que me ofrezcas un salmo de tu

arpa, sólo uno.

.¿Puedes concederle su último deseo a un moribundo? .murmuró el maestro.

.¡Yo creo que ya está muerto! .soltó el hombre de pelo canoso con voz áspera y

estentórea.. Oye, Martino, creo que le he matado; está muerto, sangra como un condenado

tomate. ¡Fíjate!

.¡Olvídate del muerto! .replicó Martino, el pelirrojo, sin apartar los ojos de los míos..

¿Quieres concederle un último deseo a este moribundo, pequeño David? .insistió.. Todos

vamos a morir, yo por ti, y te suplico que accedas a morir un poco en mis brazos. Juguemos

un rato. Os garantizo que os divertiréis, Marius de Romanus. Yo le montaré y le acariciaré

hábil y rítmicamente, y contemplaréis una escultura de carne mortal que se convertirá en una

fuente cuando el líquido que yo le introduzca brote de él y se derrame en mi mano.

El pelirrojo cerró la mano como si sostuviera mi miembro, sin apartar la vista de mí.

Luego bajó la voz y añadió:

.Soy demasiado blando para crear una escultura. Deja que beba de tu fuente.

Compadécete de un sediento.

Yo le arrebaté la copa de su temblorosa mano y la apuré. De inmediato sentí que mi

cuerpo se tensaba. Temí vomitar el vino que acababa de ingerir y traté de reprimir mis

náuseas. Miré a mi maestro.

.Es horrible. Odio el vino.

.¡Bobadas! .repuso el maestro sin apenas mover los labios.. ¡Hay belleza en todo

cuanto nos rodea!

.Que me aspen si no está muerto .dijo el hombre de pelo canoso, propinando un

puntapié al cadáver de Francisco, que yacía en el suelo.. Yo me largo de aquí, Martino.

.Quedaos, señor .le exhortó Marius.. Deseo despedirme de vos con un beso .añadió,

aferrando al hombre mayor por la muñeca y precipitándose sobre su yugular. A todo esto,

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¿qué debió de parecerle la escenita al pelirrojo, quien se limitó a observar con cara de idiota

antes de seguir cortejándome? Luego volvió a llenarme la copa.

En éstas oí un gemido que deduje que había emitido el hombre mayor, ¿o había sido

Marius?

Yo estaba petrificado. Cuando el maestro soltara a su víctima y se volviera hacia mí,

vería más sangre circulando por sus venas, pero lo que deseaba era volver a verle pálido, mi

dios de mármol, mi padre esculpido en piedra en nuestro lecho privado.

El individuo pelirrojo se levantó, se inclinó sobre la mesa y oprimió sus labios húmedos

sobre los míos.

.¡Muero por ti, tesoro!

.No, mueres por nada .contestó Marius.

.¡No le mates, maestro! .le supliqué.

Al retroceder, tropecé con el banco y por poco me caigo. El brazo del maestro se

interpuso entre ambos y apoyó la mano en el hombro del pelirrojo.

.¿Cuál es el secreto, señor? .pregunté desesperado.. El secreto de Santa Sofía, el que

debemos creer.

El hombre pelirrojo me miró aturdido. Sabía que estaba borracho. Sabía que lo que había

presenciado no tenía ningún sentido, pero lo achacó a que estaba borracho. Contempló el

brazo de Marius extendido a través de su pecho, e incluso se volvió y contempló la mano

apoyada en su hombro. Luego miró a Marius, y yo también.

Marius era humano, totalmente humano. No había rastro del dios impermeable e

indestructible en él. Sus ojos y su rostro rebosaban sangre. Tenía las mejillas arreboladas

como si hubiera disputado una carrera; sus labios eran rojos como la sangre, y cuando se los

lamió, vi que su lengua era de color rojo rubí.

Marius sonrió a Martino, el último que quedaba, el único que seguía vivo. Martino apartó

la vista de Marius y me miró. De inmediato su expresión se suavizó y siguió hablando con

serenidad.

.En pleno asedio, cuando los turcos irrumpieron en la iglesia, algunos sacerdotes

abandonaron el altar de Santa Sofía .contó con tono reverente.. Se llevaron el cáliz y la

hostia sagrada, el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, y han permanecido ocultos hasta la

fecha en las cámaras secretas de Santa Sofía. En el momento en que conquistemos de nuevo

la ciudad, en el momento en que recuperemos la gran iglesia de Santa Sofía, cuando

expulsemos a los turcos de nuestra capital, esos sacerdotes regresarán. Saldrán de su

escondite, subirán la escalera del altar y reanudarán la misa en el mismo punto donde se

vieron obligados a interrumpirla.

.¡Ah! .exclamé, suspirando maravillado.. Es un secreto lo suficientemente importante

para salvar la vida de un hombre, ¿no crees, maestro? .pregunté suavemente.

.No .repuso Marius.. Conozco la historia, y ese tipo se ha referido a nuestra Bianca

como una ramera.

El pelirrojo se esforzó en seguir nuestra conversación, en comprender el significado.

.¿Una ramera? ¿Bianca? Una redomada asesina, señor, pero no una ramera. Nada tan

simple como una ramera. .El pelirrojo observó a Marius como si ese hombre

apasionadamente rubicundo le pareciera el colmo de la hermosura. Y lo era.

.¡Ah! Pero vos le enseñasteis el arte de asesinar .dijo Marius casi con ternura. Mientras

acariciaba el hombro del pelirrojo con la mano derecha, extendió el brazo izquierdo alrededor

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de la espalda de Martino hasta que su mano izquierda se unió con la derecha, que estaba

apoyada en el hombro de éste. A continuación, inclinó la cabeza y apoyó la frente en la sien de

Martino.

.Hummm .exclamó Martino, estremeciéndose.. He bebido demasiado. Jamás enseñé

a Bianca a matar.

.Por supuesto que lo hicisteis, la enseñasteis a asesinar por unas sumas irrisorias.

.¿Qué nos importa eso a nosotros, maestro?

.Mi hijo olvida a veces quién es .repuso Marius sin quitarle ojo a Martino.. Olvida que

estoy obligado a mataros en beneficio de nuestra dulce dama, a quien habéis involucrado en

vuestros oscuros complots.

.Ella me hizo un servicio .dijo Martino.. ¡Dadme a vuestro chico!

.¿Cómo decís?

.Si queréis matarme, adelante. Pero dadme a vuestro chico. Un beso, señor, es cuanto

pido. Un beso, que para mí representa el mundo. Estoy demasiado borracho para hacer otras

cosas.

.Os lo suplico, maestro, no lo soporto .dije.

.¿Entonces cómo vas a soportar la eternidad, hijo mío? ¿No sabes que eso es lo que

deseo darte? ¡No existe poder en este mundo de Dios capaz de destruirme! .exclamó el

maestro, mirándome furioso, pero me pareció más bien un gesto fingido que una emoción

auténtica.

.He aprendido la lección .contesté.. Pero detesto verle morir.

.Ah, sí, ya veo que te la has aprendido. Martino, besa a mi hijo si él te lo permite, pero

hazlo con suavidad.

Yo me incliné sobre la mesa y deposité un beso en la mejilla del pelirrojo. Él se volvió y

atrapó mi boca con la suya, ávida, con un sabor rancio a vino, pero deliciosa y eléctricamente

caliente.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Abrí la boca para dejar que él introdujera su lengua.

Y con los ojos cerrados, sentí que exploraba mi boca con su lengua, y que apretaba los labios

como si de pronto éstos se hubieran convertido en una trampa de acero que me impedía cerrar

la boca.

El maestro le aferró por el cuello, interrumpiendo nuestro beso, y yo, llorando, tendí la

mano ciegamente para palpar el lugar donde el maestro había clavado sus mortíferos incisivos

en el cuello de su víctima. Noté el tacto sedoso de los labios de mi maestro, y sus afilados

dientes, y el cuello suave y dúctil de Martino.

Abrí los ojos y me aparté. Mi pobre Martino suspiró y gimió y cerró los labios,

reclinándose contra el maestro con los ojos entreabiertos.

De pronto volvió la cabeza lentamente hacia el maestro y con voz ronca y ebria dijo:

.Por Bianca...

.Por Bianca .repetí yo, tapándome la boca con la mano para sofocar mis sollozos.

El maestro se enderezó y alisó con la mano izquierda el pelo húmedo y alborotado de

Martino.

.Por Bianca .le susurró al oído.

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.Nunca... nunca debí permitir que siguiera viva .fueron las últimas palabras que

pronunció Martino. Luego inclinó la cabeza sobre el brazo derecho de mi maestro.

El maestro le besó en la coronilla y le dejó caer sobre la mesa.

.Encantador hasta el último momento .comentó.. Un auténtico poeta capaz de

conmoverte hasta las entretelas.

Yo me levanté, aparté el banco y me dirigí al centro de la habitación, donde me eché a

llorar desconsoladamente sin tratar de contener mi llanto. Saqué un pañuelo del bolsillo, pero

cuando me disponía a secarme las lágrimas, tropecé con el cadáver del jorobado y por poco

me caigo de bruces. Espantado, lancé un angustioso, débil e ignominioso alarido.

Me aparté apresuradamente del jorobado y de los cadáveres de sus compañeros y

retrocedí hasta topar con el pesado y áspero tapiz; percibí el olor de las fibras y el polvo.

.De modo que esto es lo que querías .dije sollozando con autentico desconsuelo.. Que

me compadeciera de ellos, que llorara por ellos, que luchara por ellos, que te implorara por

ellos.

El maestro se hallaba sentado a la mesa, inmóvil, como Jesucristo en la Ultima Cena, con

su pelo repeinado, su rostro reluciente, sus manos enrojecidas cruzadas una sobre la otra,

contemplándome con los ojos húmedos y mirada febril.

.¡Llora por ellos, al menos por uno de ellos! .repuso con tono airado.. ¿Acaso es

mucho pedir? ¿Que llores la muerte de un hombre entre tantos otros? .Se levantó de la

mesa, temblando de furia.

Yo me cubrí el rostro con el pañuelo, sin dejar de sollozar.

.No derramamos una sola lágrima por un pordiosero anónimo acostado en una góndola

que le servía de lecho, ¿verdad? Y nuestra hermosa Bianca sufrirá como una perra porque nos

hemos comportado como un joven Adonis en su lecho. Y por éstos tampoco lloramos, salvo

por el más ruin, porque ha halagado nuestra vanidad, ¿no es cierto?

.Yo le conocía .musité.. En el poco rato que hemos estado aquí, hablé con él, y...

.¡Y hubieras preferido que huyeran de ti como estos zorros anónimos en el bosque! .

replicó Marius, señalando los tapices con escenas de cacerías.. Contempla con los ojos de un

mortal lo que te muestro.

En éstas las llamas de las velas oscilaron y la habitación se oscureció. Yo grité asustado,

pero él se colocó ante mí y me miró con ojos febriles y el rostro arrebolado. Sentí un calor

como si exhalara a través de cada poro de su piel un aliento cálido.

.¿Estás satisfecho de lo que me has enseñado, maestro? .pregunté tragándome las

lágrimas.. ¿Estás contento con lo que he aprendido o no? ¡No pretendas jugar conmigo! ¡No

soy un pelele, señor, ni jamás lo seré! ¿Qué pretendes de mí? ¿Por qué estás enfadado

conmigo? .Me estremecí de rabia y de dolor, con los ojos anegados en lágrimas.. Quisiera

ser fuerte como tú deseas, pero yo... le conocía.

.¿Por qué? ¿Porque te besó? .Marius se inclinó, me agarro por el pelo con la mano

izquierda y me atrajo hacia él.

.¡Marius, por el amor de Dios!

Entonces me besó. Me besó como me había besado Martino. Su boca era tan humana y

estaba tan caliente como la del otro. Cuando introdujo su lengua entre mis labios, no sentí

sabor a sangre, sino pasión masculina. Su dedo me abrasaba la mejilla.

Al cabo de unos instantes, me separé de él. Él permitió que me apartara.

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.Regresa a mí, mi frío y pálido dios .murmuré. Apoyé la cabeza sobre su pecho y oí los

latidos de su corazón. Nunca los había oído, nunca había percibido siquiera el pulso en la

capilla de piedra de su cuerpo.. Regresa a mí, mi frío y severo maestro. No sé qué quieres de

mí.

.Amor mío .repuso él suspirando. A continuación me cubrió de besos como había

hecho tantas veces; no el gesto fingido de un hombre apasionado, sino unos besos afectuosos,

delicados como pétalos, unos tributos que depositaba sobre mi rostro y cabello.. Mi hermoso

Amadeo, hijo mío.

.Ámame, ámame, ámame .musité yo.. Ámame y llévame contigo. Soy tuyo.

Él me abrazó en silencio. Yo me apoyé en su hombro, adormilado.

De pronto penetró una leve ráfaga de aire, pero no agitó los pesados tapices en los que

los caballeros y las damas francesas paseaban por el frondoso bosque rodeados de mastines

que ladraban a las aves que no cesaban de cantar.

Por fin el maestro me soltó. Dio media vuelta y se alejó con la espalda encorvada y

cabizbajo. Luego, con un gesto indolente, me indicó que le siguiera y salió casi volando de la

habitación.

Yo bajé tras él la escalera de piedra que conducía a la calle. Al llegar abajo, traspuse la

puerta, que estaba abierta. El gélido viento secó mis lágrimas y se llevó el maléfico calor que

reinaba en aquella habitación. Eché a correr junto a los canales, atravesé unos puentes y le

seguí hacia la plaza.

No le alcancé hasta llegar al Molo, donde le vi caminando a paso ligero, un hombre alto

ataviado con una capa y una capucha rojas. Pasó frente a San Marcos y se dirigió al puerto. Yo

corrí tras él. Soplaba del mar un viento áspero y helado que casi me impedía caminar. Pero me

sentía doblemente purificado.

.¡No me dejes, maestro! .grité. El viento sofocó mis palabras, pero él me oyó.

Marius se detuvo, como si yo le hubiera obligado. Se volvió y esperó a que yo le

alcanzara y luego tomó la mano que le tendí.

.Escucha mi lección, maestro .le rogué.. Juzga mi trabajo. .Me detuve unos

instantes para recuperar el resuello y continué.: Te he visto beber de aquellos malvados,

condenados en tu fuero interno por unos crímenes atroces. Te he visto deleitarte conforme a

las inclinaciones de tu naturaleza. Te he visto beber la sangre que necesitas para sobrevivir. Te

rodea un mundo perverso, un yermo lleno de hombres no mejores que las bestias, los cuales

te procuran una sangre tan dulce y alimenticia como la sangre de un inocente. Lo he visto con

toda nitidez. Eso era lo que tú querías que viera, y lo has conseguido.

Marius me miró impasible, observándome en silencio. La fiebre que le había devorado

hacía un rato comenzaba a remitir. Las lejanas antorchas encendidas a lo largo de las arcadas

iluminaban su rostro, pálido y duro como de costumbre. Los barcos crujían en el puerto. A lo

lejos se oían unos murmullos y unas voces, sin duda de quienes no lograban conciliar el sueño.

Alcé la vista al cielo, temiendo ver la fatídica luz que le obligaría a huir.

.Si bebo la sangre de los malvados y de los que consiga subyugar, ¿me convertiré en un

ser como tú, maestro?

Marius denegó con la cabeza.

.Muchos hombres han bebido la sangre de otros, Amadeo .respondió en voz baja pero

sosegada. Había recuperado la razón, los modales, su presunta alma.. ¿Deseas permanecer a

mi lado y ser mi pupilo, mi amor?

.Sí, maestro, para siempre, o durante tanto tiempo como nos conceda la naturaleza.

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.Lo que te he dicho antes no eran palabras huecas. Somos inmortales. Y sólo puede

destruirnos un enemigo: el fuego que arde en esa antorcha, o el sol. ¡Qué dulce es pensar en

ello!, saber que cuando nos cansemos de este mundo siempre existe el sol.

.Soy tuyo, maestro. .Le abracé con fuerza y traté de derrotarlo a fuerza de besos. Él

soportó mis caricias, e incluso sonrió, pero no movió un músculo.

Sin embargo, cuando me separé de Marius y blandí el puño derecho como amenazando

con golpearle, lo cual pude haber hecho, curiosamente él comenzó a ceder.

Se volvió y me estrechó entre sus poderosos pero delicados brazos.

.No puedo vivir sin ti, Amadeo .confesó con un hilo de voz, desesperado.. Quería

mostrarte el mal, no un pasatiempo. Quería mostrarte el pérfido precio de mi inmortalidad. Y

lo he conseguido. Pero al mostrártelo, yo mismo lo he visto, y me escuecen los ojos y me

siento dolorido y cansado.

Marius apoyó la cabeza contra la mía y me abrazó con fuerza.

.Haz lo que quieras conmigo, señor .dije.. Hazme sufrir y gozar con ello, si eso es lo

que deseas. Estoy dispuesto a todo. Soy tuyo.

Marius me soltó y me besó ceremoniosamente.

.Cuatro noches, hijo mío .contestó, echando a andar. Se besó las yemas de los dedos

y depositó un último beso sobre mis labios. Luego se marchó.. Debo cumplir un viejo deber.

Cuatro noches. Hasta la vista.

Me quedé solo y aterido de frío, bajo el pálido firmamento matutino, pero sabía que era

inútil ir tras él. Deprimido, eché a caminar por los callejones, atravesando pequeños puentes

para sumergirme en el bullicio matutino de la ciudad, aunque no sabía con qué fin.

Me llevé cierta sorpresa al percatarme de que había regresado a la casa de los hombres

que Marius había asesinado. Me quedé perplejo cuando comprobé que la puerta seguía abierta,

temiendo que apareciera un sirviente, pero no apareció nadie.

Lentamente, el cielo adquirió una pálida blancura que luego dio paso a un azul celeste.

La bruma se deslizaba sobre el canal. Atravesé el pequeño puente que conducía a la puerta y

subí la escalera de nuevo.

Una luz polvorienta penetraba por los postigos entreabiertos de las ventanas. Hallé sin

dificultad la sala de banquetes donde ardían todavía las velas. Un olor rancio a tabaco, cera y

comida aderezada con especias impregnaba el ambiente.

Entré en la estancia e inspeccioné los cadáveres que yacían tal como los habíamos

dejado, despeinados y con la ropa arrugada, ligeramente amarillentos y presa de las

cucarachas y las moscas.

Sólo se oía el zumbido de las moscas.

El vino derramado sobre la mesa se había secado, formando unos charquitos. Los

cadáveres no presentaban ninguna señal de una muerte violenta.

Sentí de nuevo un asco que me produjo náuseas y temblores, y respiré hondo para no

ponerme a vomitar. Entonces comprendí por qué había regresado a aquel lugar.

En aquella época los hombres lucían una capa corta sobre la chaqueta, a veces sujeta a

la misma, como sin duda sabes. Yo necesitaba una de esas capas y la robé, se la arranqué al

jorobado que yacía casi de bruces. Era una capa holgada de color amarillo canario ribeteado de

zorro blanco y forrada de rica seda. Le hice unos nudos para formar con ella un saco. Luego

recorrí la mesa arriba y abajo recogiendo todas las copas, que eché en el saco después de

haberlas vaciado.

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93

El saco mostraba unas manchas de vino y grasa por haberlo depositado sobre la mesa.

Cuando hube terminado me enderecé, comprobando que no se me había escapado

ninguna copa. Me había hecho con todas. Observé a los hombres asesinados: mi pelirrojo

Martino, que parecía dormir plácidamente con el rostro en un charco de vino sobre el suelo de

mármol, y Francisco, de cuya cabeza brotaban unas gotas de sangre negruzca.

Las moscas revoloteaban, emitiendo su característico zumbido, sobre la sangre y las

manchas de grasa en torno a los restos del asado de cerdo. En éstas apareció un batallón de

pequeñas cucarachas negras, muy frecuentes en Venecia, pues las transporta el agua, que se

dirigió hacia la mesa, directamente al rostro de Martino.

A través de la puerta penetraba una luz límpida y cálida. Había amanecido. Tras echar

una última ojeada para que los detalles de aquella escena quedaran grabados para siempre en

mi mente, me fui a casa.

Entregué a la sirvienta el voluminoso saco que contenía las copas de plata, y ella,

semidormida pues acababa de llegar, lo tomó sin hacer ningún comentario.

De pronto me acometió una sensación de angustia, de náuseas, de que iba a estallar. Me

pareció que mi cuerpo era demasiado pequeño, demasiado imperfecto para contener todo lo

que sabía y sentía. La cabeza me dolía. Deseaba tumbarme y descansar, pero antes tenía que

ver a Riccardo. Tenía que hablar con él y con los aprendices veteranos.

Atravesé la casa hasta que me los encontré, reunidos para recibir una lección del joven

abogado que se trasladaba de Padua una o dos veces al mes para instruirnos en derecho. Al

verme en la puerta, Riccardo me indicó que guardara silencio. El profesor estaba hablando.

Yo no tenía nada que decir. Me apoyé en el quicio de la puerta y observé a mis amigos.

Los amaba. Sí, los amaba. Hubiera sacrificado mi vida por ellos. Lo sabía con toda certeza. Con

una inmensa sensación de alivio, rompí a llorar.

Cuando me disponía a marcharme, Riccardo se acercó a mí.

.¿Qué pasa, Amadeo? .preguntó.

Mi tormento me hacía delirar. Vi de nuevo la carnicería perpetrada por Marius durante el

banquete. Me volví hacia Riccardo y le abracé, reconfortado por su suavidad y su calor humano

comparado con el maestro. Luego le dije que estaba dispuesto a morir por él, por cualquiera

de ellos y también por el maestro.

.Pero ¿por qué, a qué viene esto, por qué me dices esto ahora? .preguntó.

Yo no podía explicarle lo de la carnicería. No podía confesarle la frialdad con que yo había

presenciado los asesinatos de aquellos hombres.

Entré en el dormitorio de mi maestro, me tumbé en el lecho y traté de dormir.

Hacia media tarde, cuando me desperté y vi que alguien había cerrado la puerta para

que nada turbara mi sueño, me levanté y me acerqué al escritorio del maestro. Comprobé con

asombro que su libro estaba ahí, el diario que siempre ocultaba cuando se ausentaba del

palacio.

Por supuesto, no podía girar las páginas, pero estaba abierto, y al leer la página escrita

en latín, me pareció un latín extraño, que me costaba comprender, pero el significado de las

últimas palabras era inconfundible:

¿Cómo es posible que tanta belleza oculte un corazón duro y lacerado?

¿Por qué le amo, por qué me apoyo, cansado, en su irresistible e indómita

fortaleza? ¿Acaso no es el espíritu marchito y fúnebre de un hombre muerto

vestido con la ropa de un niño?

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Experimenté un extraño cosquilleo en el cuero cabelludo y los brazos. ¿Es eso lo que yo

era? ¿Un corazón duro y lacerado? ¿El espíritu marchito y fúnebre de un hombre muerto

vestido con la ropa de un niño? No podía negarlo; no podía protestar que era mentira. Pero me

pareció una descripción cínica y cruel; no, cruel no, simplemente brutal y exacta. ¿Qué

derecho tenía yo a esperar misericordia?

Rompí a llorar.

Me tendí en nuestro lecho, como tenía por costumbre, y atusé los mullidos almohadones

para formar un nido donde apoyar el brazo izquierdo y la cabeza.

Cuatro noches. ¿Cómo iba a soportarlo? ¿Qué quería él de mí? ¿ Que analizara todo

cuanto conocía y amaba y renunciara a ello como joven mortal? Sí, eso es lo que me ordenaría

que hiciera, y eso es lo que yo debía hacer.

La providencia me concedía sólo unas pocas horas.

Me despertó Riccardo, agitando una nota sellada ante mis ojos.

.¿Quién la envía? .le pregunté adormilado. Me incorporé, introduje el pulgar debajo del

papel doblado y rompí el sello de cera.

.Léela y dime lo que dice. Han venido a entregarla cuatro hombres, nada menos que

cuatro hombres. Debe tratarse de algo muy importante.

.Sí .dije abriendo la nota., pero no pongas esa cara de terror.

Riccardo me observó en silencio con los brazos cruzados.

La nota decía lo siguiente:

Tesoro mío:

No salgas de casa bajo ningún concepto y no franquees la entrada a nadie.

Tu malvado lord inglés, el conde de Harlech, ha averiguado tu identidad

mediante las más innobles indagaciones, y en su locura ha jurado llevarte con él

a Inglaterra o dejarte a pedacitos a la puerta de tu maestro. Confiésaselo todo a

Marius. Sólo su poder puede salvarte. Y escríbeme unas letras para que no

enloquezca pensando en ti y en los siniestros relatos que circulan esta mañana

por todos los canales y plazas de la ciudad.

Tu amiga que te adora,

Bianca.

.¡Maldita sea! .exclamé doblando la nota.. Marius se ausenta durante cuatro noches y

ahora recibo esto. No puedo permanecer oculto durante cuatro noches precisamente en estos

momentos.

.Será mejor que le hagas caso.

.Entonces ¿conoces la historia?

.Me la ha contado Bianca. El inglés, después de seguirte hasta casa de Bianca y oír de

sus propios labios que estabas allí, estaba dispuesto a destrozar su casa y lo habría conseguido

de no habérselo impedido los convidados de la hermosa damisela.

.¡Por todos los santos! ¿Por qué no acabaron con él? .repuse furibundo.

Riccardo me miró preocupado, compadeciéndose de mí.

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.Creo que cuentan con que lo haga el maestro .dijo., puesto que eres tú a quien

desea ese hombre. ¿Cómo sabes que el maestro se ausentará durante cuatro noches? ¿Acaso

te lo dijo él? Va y viene a su antojo sin decir nunca una palabra a nadie.

.No discutas .repliqué irritado.. Te aseguro que no regresará a casa hasta dentro de

cuatro noches, Riccardo, pero no me quedaré encerrado en casa mientras lord Harlech

organiza esos escándalos.

.¡Debes quedarte aquí! .insistió Riccardo.. Amadeo, ese inglés es un consumado

espadachín. Practica con un maestro de esgrima. Es el terror de las tabernas. Tú ya lo sabías

cuando te fuiste con él. Recapacita. Ese tipo tiene fama de canalla y pendenciero.

.Entonces acompáñame. Mientras tú le distraes, le mataré.

.No, manejas bien la espada, lo reconozco, pero no puedes matar a un hombre que

practica la esgrima desde antes que tú nacieras.

Me recliné sobre los almohadones y reflexioné. ¿Qué podía hacer? Ardía en deseos de

salir y ver mundo, contemplar todo cuanto ofrecía imbuido de la dramática sensación de que

sólo me quedaban unos pocos días entre los vivos. ¡Y ahora recibía este golpe! El hombre con

el que había retozado y gozado durante unas cuantas noches no se recataba en proclamar su

cólera hacia mí.

Era un trago amargo, pero debía quedarme en casa. No había vuelta de hoja. Deseaba

matar a ese hombre, liquidarlo con mi cuchillo y espada, y creía tener bastantes probabilidades

de lograrlo. Pero ¿qué era esa insignificante aventura comparada con lo que se me vendría

encima cuando regresara el maestro?

.De acuerdo. ¿Está Bianca a salvo de ese hombre? .pregunté a Riccardo.

.Descuida. Tiene más admiradores de los que caben en su casa, y los ha arengado

contra ese amiguito tuyo. Escríbele una nota, demostrando tu gratitud y tu sentido común, y

júrame que no te moverás de aquí.

Me levanté, me dirigí al escritorio del maestro y agarré la pluma. Sin embargo, cuando

me disponía a escribir la nota, oí un tumulto seguido de una serie de agudos e irritantes

chillidos que reverberaron a través de las estancias de piedra de la casa. Oí unos pasos

apresurados. Alarmado, Riccardo se llevó la mano a la espada.

Yo también eché mano de mis armas, desenvainando al mismo tiempo mi florete y mi

daga.

.¡Por todos los cielos! ¡No me digas que ese hombre ha entrado en casa!

Un angustioso grito ahogó los otros chillidos.

Giuseppe, el más joven de nosotros, apareció en la puerta. Tenía el rostro pálido y

luminoso y los ojos grandes redondos.

.¿Qué diablos ocurre? .inquirió Riccardo, asiéndolo por los hombros.

.¡Le han apuñalado! .exclamé.. ¡Está sangrando!

.Amadeo, Amadeo. .La voz sonó potente y clara por la escalera de piedra. Era la voz

del inglés.

El desdichado Giuseppe se retorcía de dolor. Le habían asestado una cruel puñalada en el

vientre.

Riccardo estaba fuera de sí.

.¡Cierra las puertas! .gritó.

.No puedo .protesté.. Temo que los otros chicos se topen con ese salvaje.

Salí corriendo, atravesé el gran salón y entré en el vestíbulo de la casa.

Otro chico, Jacope, yacía en el suelo, tratando de incorporarse de rodillas. Sobre las losas

corría un chorro de sangre.

.¡Qué injusticia, qué salvajada asesinar a estos pobres inocentes! .grité.. ¡Sal de tu

escondite, Harlech! ¡Vas a morir!

En aquellos instantes Riccardo lanzó un grito de dolor. El chico había muerto.

Eché a correr hacia la escalera.

.¡Aquí estoy, Harlech! .bramé.. ¡Cerdo cobarde, asesino de niños! Tengo preparada

una piedra para atártela al cuello.

.Está ahí .murmuró Riccardo indicándome que me volviera.. Voy contigo .añadió,

desenvainando su espada en un santiamén. Manejaba la espada con más destreza que yo,

pero esta pelea era mía.

El inglés se hallaba en el otro extremo del vestíbulo. Confiaba en que estuviera borracho,

pero no tuve esa suerte. De inmediato comprendí que todo sueño que pudiera haber albergado

de llevarme con él a Inglaterra se había desvanecido; había asesinado a dos muchachos, y

sabía que su lujuria le había llevado a una situación desesperada. No era un enemigo

disminuido por amor.

.¡Que Dios nos ampare! .murmuró Riccardo.

.¡Harlech! .grité.. ¡Cómo te atreves a irrumpir en casa de mi maestro!

Me aparté de Riccardo para que ambos tuviéramos suficiente espacio para maniobrar e

indiqué a Riccardo, que se hallaba junto a la escalera, que se adelantara. Sopesé mi florete,

que era excesivamente ligero, lamentando no haber practicado más con él.

El inglés avanzó hacia mí; su airosa capa oscilaba al ritmo de sus movimientos. Era más

alto de lo que yo recordaba y tenía los brazos largos, lo cual suponía una gran ventaja para él.

Calzaba unas botas recias, en una mano sostenía su florete y en la otra, su larga daga italiana.

Al menos, no esgrimía una espada pesada y contundente.

Aunque parecía un enano comparado con las inmensas dimensiones de la estancia, el

conde era un hombre de gran estatura que ostentaba la típica cabellera encrespada y cobriza

de los ingleses. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre, pero se movía con paso firme, y

su mirada era la de un asesino. Por su rostro rodaban unas lágrimas amargas.

.Amadeo .dijo, avanzando hacia mí. Su voz resonó por la espaciosa habitación.. ¡Me

arrancaste el corazón del pecho cuando aún estaba vivo y respiraba, y te lo llevaste! ¡Esta

noche nos reuniremos en el infierno!

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