BLOOD

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lunes, 28 de junio de 2010

EL CAZADOR DE SUEÑOS -- STEPHEN KING - 2ª parte

EL CAZADOR DE SUEÑOS -- STEPHEN KING - 2ª parte


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SEGUNDA PARTE









LOS GRISES








Sale un fantasma, del inconsciente

a tantear mi umbral: ¡Gime por renacer!

Lo que tengo detrás no es amigo mío.

La mano de mi hombro se hace cuerno.


theodore roethke


































X





Kurtz v Underhill




1




En la zona de operaciones sólo había una tiendecita que llevaba el nombre de Supermercado Gosselin. Los primeros miembros de la brigada de limpieza de Kurtz llegaron poco después de que empezara a nevar. Cuando llegó el propio Kurtz, lo cual ocurrió a las diez y media, ya acudían refuerzos. La situación empezaba a estar controlada.

La tienda se bautizó como Blue Base One. El cobertizo, el establo contiguo (en mal estado, pero en pie) y el corral llevaban el nombre conjunto de Blue Holding. Era donde ya estaban confinados los primeros detenidos.

Archie Perlmutter, el nuevo ayudante de campo de Kurtz (el de antes, Calvert, había tenido la poca oportunidad de morirse de un infarto hacía menos de dos semanas) tenía una tablilla de clip con una docena de nombres. Perlmutter viajaba con un ordenador portátil y un Palm Pilot, pero resultaba que en Jefferson Tract, de momento, el equipamiento electrónico estaba ESR: Escacharrado Sin Remedio. Los primeros dos apellidos de la hoja eran Gosselin: el viejo que llevaba la tienda y su mujer.

—Están a punto de traer a más —dijo Perlmutter.

Kurtz echó un simple vistazo a los nombres que tenía Pearly en la tablilla y se la devolvió. Detrás de donde estaban había varías caravanas aparcadas, más una serie de remolques en proceso de nivelación. Los operarios también estaban montando postes con focos. Cuando se hiciera de noche, estaría todo tan iluminado que parecería el estadio de los Yankees en una final.

— Se nos han escapado dos por esto —dijo Perlmutter, enseñando la mano derecha y separando un centímetro el pulgar y el índice — . Venían a comprar, más que nada cerveza y salchichas.

Perlmutter tenía la cara blanca, y en cada mejilla una rosita silvestre. Tuvo que hablar muy alto, porque el nivel de ruido aumentaba por momentos. Llegaban helicópteros de dos en dos y aterrizaban en la carretera asfaltada de un carril que iba hasta la interestatal 95, desde donde había dos alternativas: ir hacia el norte hasta un poblacho (Presque Isle) o ir hacia el sur y pasar por varios poblachos (empezando por Bangor y Derry). En sí los helicópteros no tenían ninguna pega. En la medida en que los pilotos no tuvieran que recurrir al sofisticado instrumental electrónico que llevaban instalado, y que también estaba ESR, servirían.

— ¿Y han vuelto a entrar o se han marchado? —preguntó Kurtz.

— Han vuelto a entrar —dijo Perlmutter con la mirada huidiza. No conseguía enfrentarse con la de Kurtz—. En el bosque hay una especie de carreterita. Dice Gosselin que se llama Deep Cut Road. En los mapas normales no aparece, pero tengo uno especial que...

—Perfecto. O vuelven o se quedan dentro. Nos van bien las dos cosas.

Más helicópteros, algunos de los cuales, ya a salvo de miradas indiscretas, descargaban las ametralladoras. Podía acabar siendo tan gordo como Tormenta del Desierto. O más.

—Tú entiendes tu misión, ¿verdad, Pearly?

Perlmutter la tenía clarísima. Como era nuevo y quería quedar bien, casi daba brincos. Como un cocker spaniel oliendo comida, pensó Kurtz. Y todo sin mirar a los ojos.

—Señor, mi trabajo es de naturaleza trina.

Trina, pensó Kurt. Trina. Anda que no.

—Debo: a, interceptar, b, poner en manos del equipo médico a las personas interceptadas, y c, contener y aislar hasta nueva orden.

—Exacto. Es lo...

—Pero señor... Perdone, señor, pero es que aquí aún no hay ningún médico, sólo unos cuantos sanitarios, y...

— Cállate —contestó Kurtz.

Aunque no lo dijo en voz muy alta, cinco o seis hombres que pasaban deprisa para uno u otro menester (todos con mono verde sin nada escrito) aminoraron el paso y giraron la cabeza hacia donde estaban Kurtz y Perlmutter. Después reanudaron su camino a mayor velocidad. En cuanto a Perlmutter, se le marchitaron enseguida las rosas de las mejillas, y retrocedió hasta aumentar en unos treinta centímetros la distancia entre él y Kurtz.

—Como vuelvas a interrumpirme, Pearly, te pego un guantazo, y a la segunda interrupción te mando al hospital. ¿Está claro?

Perlmutter, delatando un grandísimo esfuerzo, desplazó su mirada hacia la cara de Kurtz, concretamente hacia sus ojos, y se cuadró con tanto ímpetu que el gesto casi chisporroteaba de electricidad estática.

— ¡Señor, sí, señor!

—Eso también puedes ahorrártelo, que tan tonto no eres. -Y cuando empezaron a bajar los ojos de Perlmutter—: Mírame a los ojos cuando te hablo.

Perlmutter obedeció a regañadientes. Ahora tenía la cara gris. A pesar de la cacofonía de los helicópteros poniéndose en fila al lado de la carretera, imperaba una sensación de estricto silencio, como si Kurtz llevara consigo una especie de burbuja de aire. Perlmutter estaba convencido de que él y Kurtz eran el centro de atención, y de que se daba cuenta todo el mundo del miedo que pasaba. En parte se debía a los ojos de su nuevo superior, a su vacío radical, como si detrás no hubiera cerebro.

Logró, con todo, no desviar la mirada de los ojos de Kurtz, sino clavarla en el vacío. Había empezado con mal pie, y era importante (perentorio) poner coto al desliz antes de que se convirtiera en avalancha.

— Así me gusta más. —Kurtz hablaba en voz baja, pero el ruido de hélices no restó claridad a sus palabras — . No pienso repetírtelo, y sólo te lo digo porque acabas de ponerte a mis órdenes y se te nota que no sabes hacer la o con un canuto. Me han encargado que dirija una operación phooka. ¿Sabes qué es?

—No —dijo Perlmutter.

Casi le dolía físicamente no poder decir «sí, señor».

Según los irlandeses, que como raza no han acabado de salir de la bañera de superstición donde les meten sus mamas, un phooka es un caballo fantasma que secuestra a los viajeros y se los lleva en el lomo. Uso la palabra en el sentido de que la operación es a la vez secreta y pública. ¡Paradoja, Perlmutter! La parte buena es que este tipo de merienda de negros ya está previsto desde 1947, que es cuando la fuerza aérea recuperó el primer artefacto extraterrestre. La parte mala es que se ha acabado la cuenta atrás, y que ahora tengo que encargarme yo con el apoyo de gente como tú. ¿Captas, chavalote?

—Sí, s... Sí.

—Eso espero. Aquí, Perlmutter, la cuestión es entrar deprisa y a saco, totalmente a lo phooka. Haremos todo el trabajo sucio que haga falta, y saldremos todo lo limpios que podamos. Eso, limpios. Y sonriendo.

Kurtz enseñó los dientes con una sonrisa de intensidad satírica tan brutal que Perlmutter casi tuvo ganas de gritar. Kurtz era alto y tenía los hombros caídos, pero su físico de burócrata escondía algo amedrentador. Se le adivinaba en los ojos, y en la afectación con que enseñaba las manos, pero la razón de que diera tanto miedo, lo que le había valido el sobrenombre de Kurt el Escalofriante, era otra cosa. Perlmutter no tenía claro el origen de aquella sensación de repelús, pero tampoco quería saberlo. En aquel momento, de lo único que tenía ganas era de acabar la conversación sin haberla cagado. ¿Qué falta hacía recorrer treinta o cuarenta kilómetros hacia el oeste para entablar contacto con una especie alienígena? Perlmutter tenía a uno justo delante.

Los labios de Kurtz se cerraron sobre sus dientes.

—Estamos en el mismo barco, ¿no?

—Sí.

—¿Hemos jurado la misma bandera? ¿Meamos en la misma letrina?

— Sí.

— ¿De esta cómo saldremos, Pearly?

— ¿Limpios?

— ¡Premio para el nene! ¿Y qué más?

Perlmutter vivió un segundo horrible de no saberlo, hasta que le vino a la cabeza.

—Sonriendo, señor.

— Como vuelvas a llamarme señor te pego un guantazo.

— Lo siento —susurró Perlmutter. Y era verdad.

Estaba llegando un autobús escolar. A fin de no chocar con la batería de helicópteros, iba muy lento, con las ruedas izquierdas en la zanja y tan inclinado que amenazaba con volcar. A un lado, en letras grandes y negras sobre fondo amarillo, ponía: departamento escolar de millinocket. Era un autobús requisado. Dentro iban Owen Underhill y sus hombres. El equipo A. Para Perlmutter fue un alivio verlo. Los dos habían trabajado con Underhill, aunque en momentos diferentes.

—Cuando anochezca habrá médicos —dijo Kurtz—. Todos los que te hagan falta. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

A medio camino del autobús, que frenó delante del único surtidor de gasolina que tenía Gosselin, Kurtz se miró el reloj. (Era de los de cuerda, porque en la zona no funcionaban los de pilas.) Casi las once. ¡Caramba, qué deprisa pasaba el tiempo al divertirse! Le acompañaba Perlmutter, pero en sus pasos ya no quedaba ningún entusiasmo de cocker spaniel.

—De momento, Archie, míralos bien, huélelos, escucha las mentiras que te cuenten y documenta cualquier Ripley que veas. Porque me imagino que sabes lo del Ripley...

—Sí.

—Mejor. No lo toques.

— ¡Ni muerto! —exclamó Perlmutter, y enrojeció.

Kurtz esbozó una sonrisa, igual de falsa que la mueca anterior de tiburón.

— ¡Muy buena idea, Perlmutter! ¿Tienes máscaras respiratorias?

—Acaban de llegar doce cajas, y han enviado...

—Perfecto. Necesitamos fotos polaroid del Ripley. Y mucha documentación. Prueba A, Prueba B y todo el rollo. ¿Me entiendes?

—Sí.

—Y que no se escape ninguno de los... invitados, ¿eh?

—No, claro.

Se notaba que Perlmutter estaba escandalizado por la idea. Kurtz tensó los labios, haciendo que el esbozo de sonrisa volviera a convertirse en mueca de tiburón. Los ojos vacíos taladraron a Perlmutter, que tuvo la impresión de que alcanzaban hasta el centro de la Tierra. Se le ocurrió la pregunta de si al final de la operación saldría alguien de la base. Aparte de Kurtz, por descontado.

—Prosiga, ciudadano Perlmutter. En nombre del gobierno le ordeno que prosiga.

Archie Perlmutter vio caminar a Kurtz en dirección al autocar, de donde se estaba apeando un personaje achaparrado: Underhill. Nunca se había alegrado tanto de verle a alguien la espalda.





2





—Hola, jefe —dijo Underhill.

Iba igual que los demás, con mono completamente verde, pero coincidía con Kurtz en llevar arma al cinto. El autobús estaba ocupado por unas dos docenas de hombres, la mayoría de los cuales daba los últimos bocados a su temprano almuerzo.

—Oye, ¿qué comen? —preguntó Kurtz.

Su metro noventa y cinco de estatura le daba gran ventaja sobre Underhill, que a su vez debía de sacarle unos treinta kilos.

—Burger King. Nos cogía de paso. Yo tenía miedo de que no cupiéramos, pero ha dicho Yoder que podríamos entrar, y tenía razón. ¿Quieres un Whopper? Ahora ya deben de haberse enfriado un poco, pero seguro que hay un microondas en alguna parte.

Underhill señaló la tienda con la cabeza.

—Paso. Llevo una temporada con el colesterol un poco alto.

¿Y la ingle?

Seis años antes, jugando a raquetball, Kurtz había sufrido una hernia grave que había sido el catalizador de la única discusión entre él y Underhill; nada serio, a juicio de este último, pero con Kurtz nunca se sabía. Tras el rostro público de Kurtz, tan peculiar, pasaban las ideas casi a la velocidad de la luz, el orden del día estaba en permanente reescritura y las emociones se jugaban a cara o cruz. Para algunos (muchos, a decir verdad), estaba loco. Owen Underhill no lo tenía tan claro, pero era consciente de que con un individuo así convenía andarse con pies de plomo.

—Bien, bien —dijo Kurtz.

Se colocó una mano entre las piernas, dio a sus partes un estirón en broma y obsequió a Owen con el panorama de su dentadura.

—Me alegro.

— ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?

— ¿Yo? A tope —dijo Owen.

Por la carretera, ahora se acercaba con la misma lentitud que el autobús (pero sin tantas dificultades) un Lincoln Navigator recién estrenado en cuyo interior viajaban tres cazadores vestidos

de naranja. Los tres eran fornidos, y el espectáculo de los helicópteros y el tráfago de soldados con mono verde les tenía boquiabiertos. Sobre todo los fusiles. ¡Ha llegado Vietnam al norte de Maine! Tardarían muy poco en reunirse con el resto en la zona de confinamiento.

Cuando el Navigator frenó detrás del autobús, se le acercaron seis hombres. Los de dentro eran tres abogados o banqueros con problemas de colesterol (como Kurtz) y un buen fajo de acciones en bolsa; abogados o banqueros haciéndose pasar por ciudadanos medios bajo la impresión (de la que no tardarían en desengañarles) de que aún estaban en un país en paz. Pronto estarían en el establo (o, si preferían aire fresco, en el corral), donde no se podía pagar con Visa. Se les concedería permiso para conservar los teléfonos móviles; no había cobertura, porque estaban en el quinto pino, pero quizá se entretuvieran dándole al botón de rellamada.

— Oye, Owen, ¿en total cuánta gente hay en la zona azul?

— Calculamos que ochocientos. En las zonas Prioritaria A y Prioritaria B, como máximo cien.

Buena noticia, siempre que no se colara nadie. En términos de riesgo de contaminación poco importaban unos cuantos intrusos. En aquel aspecto la situación era positiva. No lo era, por el contrarío, en términos de gestión informativa. Corrían malos tiempos para montar caballos phooka. Demasiada gente con cámaras de vídeo. Demasiados helicópteros de cadenas de televisión. Demasiados ojos.

Dijo Kurtz:

—Ven, vamos a la tienda. Me están instalando un remolque, pero aún no ha llegado.

—Un momento —dijo Underhill, y subió deprisa al autobús.

Volvió a bajar con una bolsa de Burger King manchada de grasa, y en el hombro una grabadora. Kurtz hizo un gesto con la cabeza, refiriéndose a la primera.

— La acabarás palmando.

¿ Hacemos de protagonistas de La guerra de los mundos y tú te preocupas por el colesterol?

Tras ellos, uno de los valientes cazadores que acababan de llegar exponía su voluntad de llamar a su abogado, lo cual debía de significar que era banquero. Kurtz acompañó a Underhill al interior de la tienda. Volvía a haber luces en el cielo, luces corriendo por debajo de las nubes, saltando y bailando como dibujos animados de Walt Disney.





3




El despacho de Gosselin olía a salchichón, puros, cerveza y azufre: o pedos o huevos podridos, consideró Kurtz. Quizá ambas cosas. También flotaba un olor casi imperceptible a alcohol etílico. El de «ellos». Ahora lo impregnaba todo. Quizá otra persona hubiera tenido la tentación de atribuir el olor a una combinación de nervios y demasiada imaginación, pero a Kurtz nunca le había sobrado ninguna de las dos cosas. Al margen de ello, como ecosistema viable, los doscientos o trescientos kilómetros cuadrados forestales cuyo centro era la tienda le parecían tener poco futuro. A veces no había más remedio que decapar un mueble hasta la madera y empezar desde cero.

Kurtz se sentó al escritorio y abrió uno de los cajones. Dentro había una caja de cartón donde ponía quim. 710 unidades. Un punto a favor de Perlmutter. La cogió y la abrió. Contenía varias mascarillas de plástico transparente, de las que tapaban la boca y la nariz. Le lanzó una a Underhill y él se puso otra, ajustando las cintas elásticas con rapidez.

— ¿Hay que ponérselas? —preguntó Owen.

—No lo sabemos. Y no te sientas privilegiado, ¿eh?, que dentro de una hora las llevará todo el mundo. Menos los de la zona de confinamiento, se entiende.

Underhill se colocó la mascarilla y ajustó las correas sin añadir más comentarios. Kurtz se quedó sentado y apoyó la cabeza en un cartel de la OSHA, la administración de sanidad y seguridad laboral, el de la enésima campaña.

— ¿Funcionan?

La voz de Underhill apenas acusó la mediación del plástico, ni lo empañó. No parecía que tuviera poros ni filtros, pero Owen descubrió que podía respirar sin dificultades.

—Funciona con Ebola, con ántrax y con el nuevo supercólera. ¿Que si sirve de algo con el Ripley? Supongo. Si no, la joderemos, chavalín. Hasta puede que ya la hayamos jodido, pero está en marcha el cronómetro y ya ha empezado el partido. ¿ Qué, tengo que oír la cinta que debes de llevar en el trasto que te cuelga del hombro?

— No hace falta que la oigas entera, pero sería conveniente que te pusiera una muestra.

Kurtz asintió con la cabeza, dibujó un círculo en el aire con el índice y se reclinó en la silla de Gosselin.

Underhill se descolgó la grabadora del hombro, la dejó encima de la mesa delante de Kurtz y apretó el play. Se oyó una voz de robot: «Intercepción radiofónica multibanda. 62914A44. Este material posee el calificativo de reservado. Hora de la intercepción 06266, catorce de noviembre, dos cero cero uno. La grabación del mensaje se inicia después de la señal. Por favor, si carece usted de autorización, pulse STOP inmediatamente.»

—Por favor —dijo Kurtz, asintiendo — . Está bien. ¿A que es buena manera de disuadir al personal no autorizado?

Se produjo una pausa, seguida por un pitido de dos segundos y una voz de mujer joven: «Uno. Dos. Tres. No nos hagáis daño, por favor. Ne nous blessez pas.» Dos segundos de silencio, y luego una voz de hombre joven diciendo: «Cinco. Siete. Once. Estamos indefensos. Nous sommes sans défense. No nos hagáis daño, por favor, que estamos indefensos. Ne nous faites...»

¡Jo, parece una clase de idiomas de la Berlitz desde el más allá! —dijo Kurtz.

— ¿Reconoces las voces? —preguntó Underhill.

Kurtz negó con la cabeza y se puso un dedo en los labios.

La siguiente voz era la de Bill Clinton, con su acento de Arkansas. «Trece. Diecisiete. Diecinueve. Aquí no hay infección. Iln'y a pas d'infection id.» Otros dos segundos de pausa, y luego la voz de un famoso. «Veintitrés. Veintisiete. Veintinueve. Nos estamos muriendo. On se meurt, on créve. Nos estamos muriendo.»

Underhill pulsó el STOP.

— La primera voz, por si quieres saberlo, es la de Sarah Jessica Parker, una actriz. El segundo es Brad Pitt.

— ¿Quién es? —Un actor. —Ah.

—Después de cada pausa hay otra voz. Todas tienen en común que en esta zona hay una parte importante de la población que las reconoce o podría reconocerlas. Sale Alfred Hitchcock, Paul Harvey, Garth Brooks, Tim Sample (un humorista muy famoso, de los que gustan en Maine), y así hasta varios centenares. Algunos no los hemos identificado.

— ¿Cómo que centenares? ¿Cuánto dura la intercepción?

—En rigor no es ninguna intercepción, sino una transmisión en banda abierta que llevamos interfiriendo desde las ocho cero cero; o sea, que han podido emitir un fragmento, pero, si lo ha captado alguien, dudamos que haya entendido gran cosa. Y si resulta que sí... —Underhill se encogió un poco de hombros, como diciendo «qué se le va a hacer» —. Todavía sigue. Parece que son voces de verdad. Se han hecho algunas comparaciones y han salido idénticas. No sé qué son, pero con gente así los imitadores se quedarían en paro.

El zum zum zum de los helicópteros se dejaba oír con claridad al otro lado de las paredes. Kurtz, además de oírlo, lo sentía: atravesando los tabiques, el póster de la OSHA y la carne gris que era casi toda agua, y diciéndole: ven, ven, ven, corre, corre, corre. Su sangre reaccionó, pero él se quedó sentado y miró a Owen Underhill sin traicionar ninguna alteración. Le miró y pensó en él. Apresurarse lentamente: buen consejo, sobre todo para tratar con gente como Owen. Conque la ingle, ¿eh?

Tú una vez ya me tocaste los huevos, chavalín, pensó Kurtz. No es que te pasaras, pero te faltó poco. ¿A que sí? Conque ahora más vale tenerte vigilado.

—Repiten constantemente los mismos cuatro mensajes —dijo Underhill, enumerándolos con los dedos de la mano izquierda—: No nos hagan daño, estamos indefensos, aquí no hay infección, y el último...

—No hay infección —dijo Kurtz, pensativo—. Ya. Vaya jeta.

Había visto fotos de una especie de pelusa entre dorada y rojiza que crecía en todos los árboles de la zona. Y en gente. Sobre todo cadáveres, al menos de momento. Los técnicos lo habían bautizado «hongo de Ripley», por el correoso personaje interpretado por Sigourney Weaver en varias películas del espacio. La mayoría eran demasiado jóvenes para acordarse del otro Ripley, el periodista de sucesos que escribía la sección Aunque parezca mentira. Ya hacía tiempo que no se publicaba, porque el siglo XXI, con su corrección política, no estaba para delirios así, pero Kurtz pensó que se ajustaba a la situación, y además como un guante. En comparación, los gemelos siameses y las vacas bicéfalas de Ripley parecían lo más normal del mundo.

El último es «nos estamos muriendo» —dijo Underhill—. Lo que tiene de interesante es que la versión inglesa está emparejada con dos versiones diferentes en francés. La primera está en lenguaje estándar. La segunda (on créve) es tirando a coloquial, algo así como «la estamos pringando». —Miró a Kurtz a los ojos, y éste deseó que estuviera presente Perlmutter para ver que era posible—. ¿Es verdad que vayan a pringarla? Digo si no les ayudamos.

— Owen, ¿por qué en francés? Underhill se encogió de hombros.

—Sigue siendo el otro idioma que se habla aquí arriba.

— Ya. ¿Y los números primos? ¿Sólo para demostrar que tratamos con seres inteligentes? ¡Como si los que no lo fueran pudieran llegar hasta aquí desde otro sistema estelar, otra dimensión o de donde vengan!

—Supongo. ¿Y con las luces qué pasa, jefe?

—Ya se han caído casi todas al bosque. Cuando se quedan sin combustible se desintegran bastante deprisa. Las que hemos podido encontrar parecen latas de sopa con la etiqueta arrancada. Para ser tan pequeñas la arman buena, ¿eh? La gente de aquí está cagada de miedo.

Al desintegrarse, las luces dejaban manchas de moho, hongos o lo que fuera aquella porquería. Al parecer también era el caso de los propios extraterrestres. Los supervivientes se limitaban a rodear la nave como usuarios del transporte público alrededor de un autobús estropeado, dando la lata con que no eran infecciosas, U n'y apas d'infection id. Y cuando tenías encima el pringue, lo más probable era que estuvieras... ¿Qué había dicho Owen? ¡Ah, sí! A punto de pringarla, y nunca mejor empleado. Claro que aún no estaban seguros, que todavía era pronto, pero había que usarlo de premisa.

— ¿Cuántos etés quedan por bajar? —preguntó Owen.

— Que sepamos, puede que unos cien.

— ¿Y que no sepamos? ¿Lo ha calculado alguien?

Kurtz se desentendió con un gesto. Lo suyo no era saber. Competía a otro departamento, cuyos miembros no habían sido invitados a aquella fiesta.

¿Los supervivientes son tripulación? —insistió Underhill. —No lo sé, pero lo dudo. Para tripulantes son demasiados, y para colonos denmasiado pocos. Para tropas de choque ya no te digo lo cortos que se quedan.

— ¿Y qué más, jefe? Porque seguro que pasa algo más.

  • ¿Tan claro lo tienes?

  • Sí.

— ¿Por qué?

Underhill se encogió de hombros.

— ¿Por intuición?

— No, no es intuición —dijo Kurtz, casi con dulzura—. Es telepatía.

—¿Mande?

—De bajo nivel, pero no cabe la menor duda. La gente nota algo, pero aún no le han puesto nombre. Es cuestión de horas. Nuestros amigos grises son telépatas, y parece que lo propagan igual que el hongo.

—Jodeeer —susurró Owen Underhill.

Kurtz permaneció sentado y sereno, viéndole pensar. Le gustaba ver pensar a la gente que tenía un poco de cerebro, y ahora al gusto se sumaba otra cosa: que oía vagamente el pensamiento de Owen, como el ruido del mar en una concha vacía.

— En este medio, el hongo se debilita —dijo Owen—. Ellos también. ¿Y la percepción extrasensorial?

— Aún no se puede decir, pero si resulta que dura, y si sale de esta zona, donde aparte de pinos sólo hay cuatro gatos mal contados, cambia todo. Te das cuenta, ¿no?

Sí, Underhill se daba cuenta.

—No me lo puedo creer.

—Estoy pensando en un coche —dijo Kurtz—. ¿En cuál?

Owen le miró con cara de estar pensando si lo decía en serio. Al ver que sí sacudió la cabeza.

¿Cómo quieres que...? —Hizo una pausa—. Un Fiat. —No, pero casi: un Ferrari. Ahora pienso en un sabor de helado. ¿Cuál?

—Pistacho —dijo Owen.

—Te toca.

Owen hizo otra pausa, al término de la cual, vacilante, le preguntó a Kurtz si sabía cómo se llamaba su hermano.

—Kellogg —contestó Kurtz—. Pero hombre, Owen, ¿a quién se le ocurre ponerle eso a un niño?

—Es el apellido de soltera de mi madre. ¡Joder! ¡Telepatía!

Te digo una cosa: con esto la audiencia de ¿ Quiere ser millonario? se les va al garete —dijo Kurtz, y repitió — : Eso si sale de aquí.

Se oyó un disparo y un grito fuera del edificio.

— ¡No hace falta que dispare! —exclamó alguien con una mezcla de indignación y miedo — . ¡No hace falta que dispare!

Esperaron, pero no se oyó nada más.

—El recuento confirmado de cadáveres de grises es de ochenta y uno —dijo Kurtz—. Lo más probable es que haya más. Después de caerse se descomponen bastante deprisa. Sólo queda un potingue... y luego el hongo.

— ¿Por toda la zona? Kurtz negó con la cabeza.

— Imagínate una cuña con la punta hacia el este. La base es Blue Boy; nosotros estamos en medio, y al este se pasean unos cuantos inmigrantes ilegales de la facción gris. La mayoría de las luces se han quedado por encima de la zona de la cuña.

—Se irá todo al carajo, ¿no? —preguntó Owen—. No sólo los grises, la nave y las luces, sino toda la puta geografía.

—Sobre eso, de momento, no puedo hacer comentarios —dijo Kurtz.

No, claro, pensó Owen, y acto seguido se preguntó si Kurtz le leía el pensamiento. No se podía saber, y menos notárselo en sus ojos azules.

Lo que te puedo decir es que sacaremos al resto de los grises. En los helicópteros sólo irán hombres tuyos. Eres Blue Boy Leader. ¿Está claro?

— Sí, señor.

Kurtz no le corrigió. En aquel contexto, y dada la aversión manifiesta de Underhill a la misión, bien estaba «señor». —Y yo soy Blue One. Owen asintió con la cabeza. Kurtz se levantó y miró su reloj. Ya eran las doce pasadas.

— Se correrá la voz —dijo Underhill—. En la zona hay muchos ciudadanos estadounidenses. Será imposible que no se entere nadie. ¿Cuántos hay que tengan los... los implantes?

Kurtz estuvo a punto de sonreír. Ah, sí, las comadrejas. Había muchas, a las que en años sucesivos habría que sumar unas cuantas más. Underhill no lo sabía, pero Kurtz sí. Menudos bi-charracos. Era una de las ventajas de mandar: que nadie te obligaba a contestar preguntas que no fueran de tu agrado.

Lo que pase luego ya dependerá de los expertos —dijo — . Nosotros lo que tenemos que hacer es reaccionar a lo que han decidido una serie de personas (la voz de una de las cuales debe de salir en tu cinta) que es un peligro claro e inmediato para la población de Estados Unidos. ¿Me explico?

Underhill sostuvo la mirada de sus ojos claros, pero al final sucumbió.

—Y otra cosa —dijo Kurtz — . ¿Te acuerdas del phooka?

—El caballo fantasma irlandés.

— Caliente, caliente. En cuestión de caballos es mi favorito. De siempre. ¿Verdad que en Bosnia te vieron algunos montando en mi phooka?

Owen no se arriesgó a contestar. No pareció que Kurtz se molestara, pero se notaba que estaba concentrado.

—No pienso repetirme, Owen. El silencio es oro. Cuando montemos en el caballo phooka, tendremos que ser invisibles. ¿Está claro?

Sí.

  • ¿Del todo?

—Sí —dijo Owen.

Volvió a preguntarse hasta qué punto le leía Kurtz el pensamiento. Él en todo caso, leía el nombre que ocupaba el primer plano en los de Kurtz, y supuso que era voluntario. Bosanski Novi.







4





Estaban a punto de salir: cuatro tripulaciones de helicópteros de combate, con hombres de Owen Underhill sustituyendo al personal de la ANG que había traído los CH-47. Ya temblaba el aire con el estruendo de las hélices. Entonces llegó la orden de Kurtz anulando el despegue.

Owen la pasó y movió la cabeza a la izquierda. Ahora estaba en el canal privado de Kurtz.

—¿Qué coño pasa, con perdón? —preguntó.

Ya que había que hacerlo, prefería que fuera deprisa. Era peor, mucho peor que lo de Bosanski Novi. Restarle importancia diciendo que los grises no eran seres humanos no colaba, al menos para él. Unos seres capaces de construir algo como el Blue Boy (o como mínimo pilotarlo) eran más que humanos.

— Oye, que no es culpa mía —dijo Kurtz—. Dicen los meteorólogos de Bangor que esto dentro de nada se despeja. Es lo que se llama un Alberta Clipper. En media hora salimos. Máximo tres cuartos. Ya que se nos ha jodido todo el instrumental de navegación, y que podemos esperar (porque podemos), más vale dejarlo para dentro de un rato. A la larga me lo agradecerás.

Eso lo dudo mucho.

—Recibido. —Owen giró la cabeza a la derecha—. Conklin —dijo.

En aquella misión no había que llamar a nadie por su rango, y menos por radio.

— Sí, s... Le recibo.

—Diles a los hombres que esperamos de treinta a cuarenta y cinco minutos. Repito: de treinta a cuarenta y cinco.

—Recibido. De treinta a cuarenta y cinco.

— Pon un poco de marcha.

— Recibido. ¿Algo en concreto?

Lo que te guste. Mientras no sea el himno del escuadrón...

— Recibido. No poner el himno del escuadrón.

A Conk no se le animó la voz, señal de que Owen no estaba solo en su rechazo a la misión. Claro que Conklin también había participado en la de Bosanski Novi del 95. Empezó a sonar Pearl Jam en los cascos de Owen, que se los quitó y se los dejó colgando del cuello como un collar de caballo. No le gustaba Pearl Jam, pero estaba en minoría.

Archie Perlmutter y sus hombres iban y venían con tanta prisa que parecían gallinas decapita-das. Algunos esbozaban un saludo con la mano, pero lo dejaban a medias, ponían cara de a ver si me ha visto y miraban de reojo el helicóptero verde de reconocimiento donde estaba sentado Kurtz con los cascos bien ceñidos y el Derry News delante de la cara. Parecía enfrascado en la lectura del periódico, pero Owen sospechaba que se estaba fijando en todos y cada uno de los saludos abortados, y tomando nota de todos los soldados que sucumbían al automatismo en detrimento de las instrucciones. El otro asiento, el de la izquierda de Kurtz, estaba ocupado por Freddy Johnson, subordinado suyo desde los tiempos en que el arca de Noé encallaba en el monte Ararat. Johnson era otro de los que habían estado en Bosanski, y cabía suponer que hubiera dado el parte a su superior, en vista de que Kurtz no había podido montar en su querido caballo phooka por culpa de la hernia.

En junio del 95, la fuerza aérea estadounidense había perdido un piloto de reconocimiento cerca de la frontera croata. Los serbios dieron mucho bombo al avión del capitán Tommy Callahan, y más bombo le habrían dado al propio capitán, en caso de encontrarle; los jefazos, que tenían presente el recuerdo de los vietnamitas del norte enseñando (¡y con qué felicidad!) pilotos enemigos a la prensa internacional (previo lavado de cerebro), dieron prioridad al asunto Tommy Callaban.

Justo cuando la expedición de búsqueda se disponía a tirar la toalla, Callaban les envió por radio una señal de baja frecuencia. Su novia del instituto les facilitó un detalle que sirvió para identificar al capitán: éste confirmó que sus amigos le llamaban «el Vomitón» desde tercero de instituto, después de una borrachera descomunal.

Los chicos de Kurtz salieron en busca de Callaban en dos helicópteros mucho menores que cualquiera de los que aguardaban el despegue en la base. Estaba al mando Owen Underhill, a quien consideraban ya todos (incluido él mismo, suponía el propio Owen) como el sucesor de Kurtz. Callaban tenía órdenes de avisarles por humo en cuanto les viera pasar, y esperar a que le recogieran. La tarea de Underhill (la parte phooka de su misión) era llevarse a Callaban sin ser visto. En el fondo no le parecía imprescindible, pero era como le gustaba hacer las cosas a Kurtz: sus hombres eran invisibles. Iban montados en el caballo irlandés. La extracción había ido como una seda. Se dispararon algunos misiles tierra-aire, pero con nula puntería, porque Milosevic, en general, sólo tenía chatarra. Los únicos bosnios que había visto Owen, al subir a bordo a Callaban, eran cinco o seis niños mirándoles muy serios, el mayor de los cuales no pasaría de diez años. Ni se le había pasado por la cabeza que las instrucciones de Kurtz sobre que no hubiera testigos pudieran aplicarse a un grupo de niños con la cara sucia. Hasta hoy.

Que Kurtz fuera un hombre despiadado, eso Owen lo tenía clarísimo, aunque ni mucho menos se tratara del único, puesto que el ejército estaba plagado de seres implacables, y muchos estaban enamorados de todo lo secreto. Lo que ya no habría sabido decir Owen era en qué se diferenciaba Kurtz, aquel hombre larguirucho y melancólico, de pestañas blancas y ojos quietos. Costaba mirarlos, porque no contenían nada: ni amor, ni risa, ni una migaja de curiosidad. En el fondo, lo peor era la falta de curiosidad.

Frenó delante de la tienda un Subaru hecho polvo del que se apearon dos hombres mayores con movimientos cautos. La mano de uno, agrietada por la edad, asía un bastón negro. Los dos llevaban ropa de cazador a cuadros rojos y negros, y gorros descoloridos. Viéndose abordados por un contingente militar, pusieron cara de sorpresa. ¿Soldados en la tienda de Gosselin? ¿Qué leches...? Tenían aspecto de pasar de los ochenta años, pero tenían la curiosidad que le faltaba a Kurtz. Se les notaba en el ademán del cuerpo y el ángulo de la cabeza.

Todas las preguntas que no había hecho Kurtz. ¿Qué pretenden? ¿Es verdad que quieran hacernos daño? ¿Lo desencadenará esta operación? ¿Será el viento que, sembrado, germina en tempestades? ¿Qué tenían todos los encuentros anteriores (las luces, las lluvias de cabello de ángel y polvo rojo, las abducciones a partir de los años sesenta) para dar tanto miedo a las autoridades? ¿Se ha hecho algún esfuerzo real de comunicación con esos seres?

Y la última pregunta, la más importante: ¿los grises son como nosotros? ¿Es posible calificarlos de humanos? Lo que estaban a punto de cometer, ¿era un asesinato sin paliativos?

En los ojos de Kurtz tampoco había ninguna pregunta en ese sentido.







5






Empezó a nevar menos, se despejó el día y, a los treinta y tres minutos exactos de que se ordenara el compás de espera, Kurtz dio la señal de despegue. Owen se la transmitió a Conklin, y volvieron a ponerse en marcha los rotores, levantando gasas de nieve y convirtiéndose en fantasmas. Después se pusieron a la altura de las copas de los árboles, se alinearon por detrás de Underhill (Blue Boy Leader) y volaron hacia el oeste, en la dirección de Kineo. El Kiowa 58 de Kurtz volaba por debajo y un poco a estribor, y Owen, de manera fugaz, se acordó de una escena de una película de John Wayne, donde aparecía un destacamento de soldados y, al lado, un explorador indio montado a pelo en un poni. Supuso, sin verlo, que Kurtz aún leía el periódico. Quizá el horóscopo. «Piséis. Quédate en la cama o cometerás una infamia.»

Debajo aparecían y desaparecían los pinos y los abetos, entre vapores blancos. La nieve giraba, chocaba en las dos ventanillas delanteras del Chinook y desaparecía. Estaba siendo un vuelo muy accidentado (como estar dentro de una lavadora), pero Owen lo prefería así. Volvió a ponerse los casos. Otro grupo, quizá Matchbox Twenty. Nada del otro mundo, pero mejores que Pearl Jam. Lo que temía Owen era el himno del escuadrón. Pero lo escucharía. Vaya si lo escucharía.

Debajo de los claros, entre las nubes bajas, vislumbres vaporosas de un bosque que parecía infinito. Oeste oeste oeste.

Blue Boy Leader, aquí Blue Two.

—Recibido, Two.

—Tengo contacto visual con Blue Boy. ¿Confirmado?

Al principio Owen no podía confirmarlo, hasta que pudo, y lo que vio le dejó sin aliento. Una cosa era una foto, una imagen delimitada, algo que se podía coger con la mano, y otra completamente distinta aquello.

Confirmado, Two. Blue Group, al habla Blue Boy Leader. Mantengan las posiciones actuales. Repito, mantengan las posiciones actuales.

Fueron llegando una a una las respuestas de cada helicóptero. Sólo faltaba la de Kurtz, que sin embargo no se movió. Los Chinooks y el Kiowa se habían detenido en pleno vuelo a lo que debía de ser poco más de un kilómetro de la nave espacial derribada. Los separaba de ella una franja enorme de árboles medio tumbados, como por una podadera gigante. Al final de aquella especie de camino había una zona empantanada, con árboles muertos que arañaban el cielo blanco como si quisieran reventar las nubes. Había zigzags de nieve derritiéndose, parte de la cual, al mezclarse con el suelo mojado, se había puesto amarilla. En otras zonas había venas y capilares de agua negra.

La nave, un platillo enorme de casi medio kilómetro de diámetro, había arrasado los árboles muertos del centro de la ciénaga, haciéndolos pedazos y diseminando los restos por todo el perímetro. El Blue Boy (que de azul no tenía nada) había encallado al final de la ciénaga, que estaba limitada por un farallón. Parte considerable de su borde curvo estaba enterrada en el barro. La tersa superficie del casco había quedado sembrada de grumos de tierra y trozos de árboles.

Los grises que seguían con vida se repartían alrededor, casi todos en montículos cubiertos de nieve, bajo el borde inclinado de su nave. Con sol habrían estado a la sombra de la nave accidentada; aunque era evidente que para una persona, más que nave accidentada, era un caballo de Troya. Desnudos e inermes, sin embargo, los grises supervivientes no parecían muy peligrosos. «Unos cien», había dicho Kurtz, pero ahora quedaban menos. Owen hizo cálculos y lo dejó en sesenta. Vio un mínimo de doce cadáveres en estado variable de descomposición y enrojecimiento, todos en montí-culos nevados. Había unos cuantos que tenían hundida la cara en la lámina superficial de agua negra. También había varias manchas rojizas del llamado hongo de Ripley, que contrastaban mucho con la nieve. Sin embargo, al llevarse a los ojos los prismáticos y mirar por ellos, Owen se dio cuenta de que no tenían todas el mismo color vivo. Algunas se habían apagado por efecto del frío, la atmósfera o ambas cosas. No, no les era propicio el ambiente; ni a los grises ni al hongo que habían traído.

¿Propagarse eso? Le pareció imposible.

— ¿Blue Boy Leader? —preguntó Conk—. ¿Me oyes?

—Sí, pero calla un momento.

Owen se inclinó, metió la mano debajo del codo del piloto (Tony Edwards, buen elemento) y cambió el botón de la radio al canal común. No se le pasó por la cabeza la mención de Kurtz a Bosanski Novi. Tampoco se le pasó por la cabeza que pudiera estar cometiendo una equivocación gravísima, ni que pudiera haber subestimado en grado sumo la locura de Kurtz. Lo cierto fue que hizo lo que hizo casi sin pensar. Más tarde, en todo caso, al repasar los hechos y analizar el incidente no una sino repetidas veces, se lo pareció. Un simple botón. Por lo visto no hacía falta nada más para cambiarle la vida a una persona.

Era una voz fuerte y nítida, una voz que no reconocería ninguno de los chavalotes de Kurtz. Walter Cronkite pertenecía a otra época. «... fección. // n'y apas d'infection id». Dos segundos, y después una voz que podía ser perfectamente la de la propia Barbra Streisand. «Ciento trece. Ciento diecisiete. Ciento diecinueve.»

En un momento dado, Owen se fijó en que habían empezado a contar otra vez los números primos desde el uno. En el autobús, yendo hacia el súper de Gosselin, las voces habían llegado a números primos muy altos de cuatro cifras.

«Nos estamos muriendo —dijo la voz de Barbra Streisand —. On se meurt, on créve.» Pausa, y luego la voz de David Letterman: «Ciento veintisiete. Ciento...»

— ¡Ya vale! —exclamó Kurtz. Se conocían desde hacía muchos años, pero era la primera vez que Owen le oía enfadado de verdad, casi ultrajado — . Owen, ¿qué ganas tienes de meterles a mis chicos esta porquería por las orejas? Vuelve ahora mismo para explicármelo.

—Sólo quería oír si había cambiado, jefe —dijo Owen.

Era mentira, y por supuesto que Kurtz no sólo lo sabía sino que acabaría por hacérselo pagar. Owen no lo había hecho porque fuera a repetirse la masacre de los niños, o algo peor. Eso le daba igual. Que se fuera al carajo el caballo phooka. Ya que iban a hacerlo, quería que los chavales de Kurtz (en Bosnia Skyhook, esta vez Blue Group, y la siguiente cualquier otro nombre, pero siempre eran las mismas caras jóvenes y duras) oyeran a los grises una vez más, la última. Viajeros de otro sistema estelar, quizá de otro universo o corriente temporal, con conocimientos que nunca tendrían sus anfitriones (aunque eso a Kurtz le importaba un pito). Que oyeran otra vez a los grises en vez de a Pearl Jam, Jar of Flies o Rage Against the Machine: los grises haciendo un llamamiento a una condición que habían tenido la imprudencia de juzgar más clemente.

— ¿Y ha cambiado? —chisporroteó en respuesta la voz de Kurtz. El Kiowa verde seguía por debajo, a escasa distancia de la hilera de helicópteros de combate, y sus rotores batían la copa seccionada de un pino grande y viejo, despeinándolo y haciendo que se balanceara—. Di, Owen, ¿ha cambiado?

—No —dijo Underhill—. Está igual, jefe. —Pues córtales el rollo, hombre de Dios, que se nos va la luz. Owen hizo una pausa y pronunció con sumo cuidado:

—Sí, señor.





6




Kurtz se irguió en el asiento del Kiowa. El día era gris, con poca luminosidad, pero él se había puesto las gafas de sol. Aun así, Freddy, el piloto, seguía sin atreverse a mirarle más que de reojo. Eran gafas curvadas, de modernillo, gafas que una vez puestas impedían ver dónde miraba el jefe. Del ángulo de su cabeza mejor no fiarse.

En las rodillas de Kurtz estaba el Derry News (con el titular PÁNICO EN JEFFERSON TRACT POR UNA SERIE DE LUCES MISTERIOSAS Y CAZADORES DESAPARECIDOS). Kurtz lo cogió y lo dobló con cuidado. Se le daba muy bien la papiroflexia, y en breve el Derry News tomaría la forma de un sombrero. Seguro que Underhill preveía enfrentarse con alguna medida disciplinaria (impuesta por el propio Kurtz, puesto que se trataba de una operación secreta, al menos en lo que iba de misión), después de lo cual se le daría otra oportunidad. Por lo visto no se daba cuenta de que acababa de desperdiciar la segunda. (Quizá fuera preferible, porque así no estaría sobre aviso ni a la defensiva.) Kurtz nunca le daba dos oportunidades a nadie, y se arrepintió de haber hecho una excepción con Owen. Se arrepintió como de pocas cosas en la vida. Eso de que Owen le saliera con semejante jugadita después de la conversación en el despacho de la tienda... Habiéndole avisado explícitamente...

— ¿Quién da la orden? —dijo la voz de Underhill por el canal privado de Kurtz, entre chisporroteos de estática.

Kurtz estaba sorprendido y un poco consternado por la intensidad de su ira. Nacía esta, en primer lugar, de la mera sorpresa, la emoción más sencilla, la que experimentan los bebés antes que cualquier otra. Lo de poner a los grises por el canal del escuadrón había sido un golpe inesperado. Owen sólo quería saber si seguían diciendo lo mismo de antes. ¡Y un cuerno! Que se metiera el cuento por el culo. Owen tenía muchos puntos para ser el mejor segundo que había tenido Kurtz en toda su carrera, una carrera larga y complicada que se remontaba a Camboya y los años setenta, pero daba igual, porque Kurtz se lo iba a cargar. ¿Por qué? Por la jugarreta de la radio. Porque Owen no aprendía. Ni en Bosanski Novi había sido cuestión de niños, ni ahora de voces. No se trataba de seguir órdenes, ni de cuestión de principios. Se trataba de la línea. La suya, la de Kurtz.

Sin olvidar el «señor».

Aquel «señor» engolado de mierda.

— ¿Jefe? —Ahora la voz de Owen traicionaba una pizca de nerviosismo, y con razón— ¿Quién da...?

—Freddy, ponme por el canal común —dijo Kurtz.

Una ráfaga de viento imprimió una sacudida al Kiowa, que era mucho más ligero que los helicópteros de combate. Kurtz y Freddy no se inmutaron. Freddy efectuó la conexión.

— A ver, a ver, un poco de atención —dijo Kurtz, mirando la hilera de cuatro helicópteros que parecían cuatro libélulas sobrevolando los árboles.

Tenían delante el pantano y el platillo, enorme, inclinado y de color de perla, bajo cuyo borde de popa se resguardaban los supervivientes de la tripulación.

—Escuchad, que papaíto os va a echar un sermón. ¿Me oís? Contestad.

«Sí, sí, afirmativo, recibido» (con algún que otro «señar», pero no pasaba nada, porque no era lo mismo despiste que insolencia).

—Yo, chicos, no soy orador, ni me gano la vida hablando, pero os aviso de que aquí no hay que fiarse para nada, repito, para nada, de lo que se ve con los ojos. Lo que veis son unas seis docenas de humanoides grises, sin distinción de sexos, al menos que se vea, y en pelotas, como Dios los trajo al mundo. No sé si todos, pero algunos seguro que decís: «¡Pobre gente, desnudos y sin armas, sin pollas ni chochos para pasar el rato, y pidiendo clemencia al lado de su trasto intergaláctico, que se les ha estrellado! ¿Qué perro, qué monstruo sería capaz de oírles suplicando y atacar igualmente?» Pues para que lo sepáis: el monstruo soy yo; yo, Abraham Peter Kurtz, oficial retirado de la fuerza aérea, número de serie 241771699, por si le interesa a alguien, y estoy al frente de este ataque. En esta escabechina, el que manda soy yo.

Respiró hondo con la mirada fija en los helicópteros, que no se movían.

Ahora, chicos, que os digo una cosa: los grises llevan dándonos la lata desde finales de los cuarenta, yo a ellos desde finales de los setenta, y os puedo decir que cuando te viene alguien con las manos levantadas diciendo que se rinde, no tienes ninguna garantía de que no lleve medio litro de nitroglicerina escondido en el culo. Otra cosa: casi todos los cerebrines que estudian estos temas, los grandes asesores, los expertos, dicen que los grises llegaron después de que empezáramos a tirar bombas atómicas y de hidrógeno, como insectos a una bombilla encendida. Yo no lo sé, porque no me dedico a pensar (eso se lo dejo a los sabelotodos), pero tengo buena vista, y os digo yo que los cabrones de los grises tienen tanto de inofensivos como un lobo en un corral. Con tantos años hemos ido cogiendo algunos, pero no han sobrevivido. Al morirse se les descompone deprisa todo el cuerpo y se convierte en lo mismo que veis allí abajo, lo que llamáis el hongo de Ripley. A veces explotan, literalmente, y el hongo que llevan (a menos que sea al revés, que lo principal, lo que mande, sea el hongo, que es lo que creen algunos cerebrines) se muere enseguida. Eso si no encuentra un ser vivo, repito, un ser vivo, y parece que su preferido es el homo sapiens, no sé si os suena. Como se te pegue algo, aunque sea un poquito en la uña del meñique, la has pringado.

No era del todo cierto (de hecho ni se acercaba a la verdad), pero el soldado más encarnizado es el que tiene miedo. Kurtz lo sabía por experiencia.

—Resulta, chicos, que esta gente tan simpática, estos grises, tienen telepatía, y se ve que nos la contagian por el aire. Se pega sola, sin depender del hongo. Así, a primera vista, parece cachondo leer un poco el pensamiento, la manera perfecta de triunfar en los guateques, pero que sepáis que por ese camino se llega a lo siguiente: esquizofrenia, paranoia, separación de la realidad y acabar como una puta cabra, para que nos entendamos. Según los cerebrines, de momento la telepatía tiene efectos muy limitados, pero no hace falta que os explique en qué podría acabar si dejamos que se instalen los grises, y que estén a gusto en este planeta. Ahora os diré algo que quiero que escuchéis muy atentamente, como si os fuera la vida, ¿vale? Cuando se nos llevan, digo bien, cuando se nos llevan ellos a nosotros (y ya sabéis que ha habido abducciones, porque los que dicen que los han raptado extraterrestres suelen ser unos comidos de coco y unos neuróticos de la hostia, pero no todos), a algunos les sueltan, pero antes les ponen implantes. En algunos casos sólo son instrumentos (puede que transmisores, o algún tipo de monitores), pero también hay implantes que son seres vivos, que empiezan comiéndose a la persona y después, cuando engordan, la destrozan. Los implantes de que hablo los han puesto seres como los que veis abajo, tan desnuditos e inocentes. Ellos dicen que no hay ninguna infección, pero tenemos clarísimo que están infectados hasta el culo, tíos, hasta las orejas. Yo, que llevo veinticinco años viendo lo que hacen, os digo que ha llegado el gran momento. Esto es la invasión, la superliga de campeones, y vosotros la defensa. No son como ET, no son seres indefensos que lo único que quieren es una tarjeta telefónica para llamar a casa; no, chicos, son una enfermedad.

Son un cáncer, un puñetero cáncer, y nosotros un chorro radiactivo de quimioterapia. ¿Lo entendéis?

Esta vez no hubo expresiones de aquiescencia, sino una aclamación salvaje, gritos nerviosos y neuróticos donde reverberaba una nota de impaciencia. Casi reventaron el canal de transmisión.

—Cáncer, chicos. Son un cáncer. Es la mejor palabra que se me ocurre, aunque ya sabéis que lo mío no es hablar. ¿Qué, Owen, lo has oído?

—Sí, jefe.

¡Qué sereno, el muy cabrón! Bueno, pues que no se alterara; allá él, porque Owen Underhill la había pringado. Kurtz levantó el sombrero de papel de periódico y lo admiró. Owen Underhill la había pringado.

A ver, Owen, ¿lo de abajo qué es? ¿Qué hay alrededor de la nave? ¿Qué son esas cosas que han salido de casa sin acordarse de ponerse los pantalones y los zapatos?

— Cáncer, jefe.

—Exacto. Ahora da la orden y adelante. Venga, Owen, abre esa boquita.

Acto seguido, sin ninguna prisa, sabiéndose observado por los tripulantes de los helicópteros de combate (nunca había largado un sermón así, jamás de los jamases, como no fuera soñando), se puso la gorra al revés.





7






Owen vio que Tony Edwards se giraba la gorra para ponerse la visera en la nuca. Oyó que Bryson y Bertinelli preparaban las ametralladoras y comprendió lo que ocurría. Se les estaban encendiendo los ánimos. Él, Owen, podía hacer dos cosas: subirse al coche o quedarse en la carretera y que le atropellaran. Eran las únicas opciones que le había dejado Kurtz.

También había otra cosa, un recuerdo del pasado remoto, de cuando tenía... ¿ocho años? ¿Siete? Quizá hasta menos. Jugaba en el césped de su casa, la de Paducah, y ni su padre había vuelto del trabajo ni estaba su madre, que debía de haber ido a la iglesia baptista para preparar la sempiterna venta de pasteles. Entonces había llegado una ambulancia y había frenado delante de la casa de al lado, la de los Rapeloew. No llevaba puesta la sirena, pero sí la tira de intermitentes. Dos hombres con un mono muy parecido al que llevaba ahora Owen se habían puesto a correr hacia la casa, desplegando una camilla que brillaba. Y todo mientras corrían. Parecía un truco de magia.

Pasados menos de diez minutos, volvían a salir con la señora Rapeloew en la camilla. Tenía los ojos cerrados. El señor Rapeloew salió después de ella y ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Tenía la misma edad que el padre de Owen, pero de repente parecía igual de viejo que su abuelo. Otro truco de magia. Mientras los hombres cargaban en la ambulancia a la señora Rapeloew, su marido miró a la derecha, vio a Owen de rodillas en el césped, con pantalones cortos y jugando a pelota, y se dirigió a él: «¡Vamos al St. Mary's Memorial! ¡Díselo a tu madre, Owen!» Después subió a la parte trasera de la ambulancia, que se alejó. Owen siguió jugando unos cinco minutos a tirar la pelota y recogerla, pero entre una cosa y otra no dejaba de mirar la puerta que había dejado abierta el señor Rapeloew, ni de pensar que debía cerrarla. Sería lo que llamaba su madre un acto de caridad cristiana.

Acabó levantándose y yendo del césped de su casa al de la de los Rapeloew. Los vecinos siempre le habían tratado bien; nada del otro jueves (nada para tirar cohetes a las dos de la madrugada, que decía su madre), pero la señora Rapeloew hacía cantidades industriales de galletas y siempre se acordaba de guardarle algunas. Eran muchos los cacharros de masa de pastel que había rascado Owen hasta el último grumo en la cocina de la señora Rapeloew, que era gordita y siempre sonreía. El señor Rapeloew, por su lado, le había enseñado a hacer aviones que volaban de verdad. De tres clases. En resumen, que los Rapeloew se merecían caridad cristiana, pero Owen, al entrar en casa de los vecinos por la puerta abierta, ya sabía que no iba por caridad cristiana. Practicar la caridad cristiana no te ponía duro el pito.

Durante cinco minutos (claro que podían haber sido quince, e incluso media hora, porque el tiempo pasaba como en sueños) Owen no hizo nada que no fuera pasearse por la casa de los Rapeloew, pero durante todo ese tiempo tenía el pito como una piedra, tanto que latía como otro corazón; parecía que tuviera que doler, pero qué va, daba gusto, y ahora, después de tantos años, se dio cuenta de en qué había consistido el paseo silencioso: en un juego erótico. El hecho de que no sólo no tuviera nada contra los Rapeloew, sino que le cayeran bien, de alguna manera lo mejoraba. Si le cogían (que no lo hicieron) y le preguntaban por qué, siempre podía contestar «no sé» sin necesidad de mentir.

Tampoco es que hiciera gran cosa. En el cuarto de baño de la planta baja encontró un cepillo de dientes donde ponía DiCK.1 Era el nombre de pila del señor Rapeloew. Owen intentó mearse en las cerdas del cepillo de dientes del señor Rapeloew, que era lo que le apetecía, pero tenía demasiado duro el pito y no salía ni gota de pipí. Optó por escupir encima de ellas, frotar la saliva en el cepillo y devolverlo al vaso. En la cocina derramó un vaso de agua sobre el fogón eléctrico. A continuación sacó del armario una fuente grande de porcelana, la levantó encima de la cabeza y la arrojó a un rincón, donde se hizo mil añicos, momento en que salió corriendo de la casa. Lo que tenía hasta entonces en la cabeza, lo que le había puesto duro el pito y le había dado la sensación de que no le cabían los ojos en las órbitas, se rompió con el ruido del plato; se reventó como un grano, y seguro que sus padres, de no haber estado tan preocupados por la señora Rapeloew, se habrían dado cuenta de que le ocurría algo. Dadas las circunstancias, debieron de suponer que también se había llevado un susto con lo de la vecina. Pasó una semana durmiendo poco y teniendo pesadillas. Owen estaba atormentado por la sensación de culpa y la vergüenza (aunque no tanto como para confesar, porque a ver qué decía si le preguntaba su madre baptista qué mosca le había picado), pero no se le olvidaba el placer ciego de estar de pie en el cuarto de baño con los pantalones cortos a la altura de las rodillas, intentando hacer pipí en el cepillo de dientes del señor Rapeloew, ni el escalofrío de emoción al romperse la fuente. Supuso que con unos años más se habría corrido en los pantalones. La pureza estaba en la falta de sentido, el gozo en el ruido de la porcelana, y la satisfacción posterior, en regodearse lentamente en el remordimiento de haberlo hecho y el miedo de que le pillaran.

Ahora le volvía todo de golpe a la cabeza.

Esta vez puede que me corra, pensó. Lo que está claro es que será bastante más espectacular que intentar mearse en el cepillo de dientes del señor Rapeloew. A continuación, mientras se ponía la gorra al revés, pensó: aunque en el fondo es la misma idea.

— ¿Owen? —La voz de Kurtz —. ¿No me oyes? Como no contestes ahora mismo, me lo tomaré como que no puedes o no...

— Estoy aquí, jefe. —Ni un temblor en la voz. Se le apareció un niño sudoroso con una fuente de porcelana encima de la cabeza—. ¿Qué, chavales, estáis preparados para repartir hostias intergalácticas?

Clamor afirmativo, con un «¡joder que no!» y un «a reventarlos».

— ¿Os apetece algo antes de empezar?

«¡El himno del escuadrón!», «¡Himno!», y «¡Venga, coño, que pongan a los Stones!».

— Si hay alguien que quiera rajarse, que avise.

Silencio total en la radio. En otra frecuencia que Owen no volvería a sintonizar, los grises suplicaban con voces famosas. Abajo y a estribor volaba, pequeño, el Kiowa OH-58. A Owen no le hacían falta prismáticos para ver a Kurtz con el gorro al revés, mirándole. Seguía teniendo en las rodillas el periódico, que por alguna razón formaba un triángulo. Por espacio de seis años, Owen Un-derhill no había necesitado segundas oportunidades; tanto mejor, porque Kurtz no las concedía. Adivinó que en el fondo siempre lo había sabido, pero ya tendría tiempo de pensarlo. Eso si no había más remedio. Se le encendió en la cabeza la chispa de una idea coherente, la última («el cáncer eres tú, Kurtz»), pero se apagó enseguida, tragada por una oscuridad perfecta.

Blue Group, aquí Blue Boy Leader. Seguidme y abrid fuego a doscientos metros. Intentad no darle al Blue Boy, pero que no quede ni uno de los hijoputas. Pon el himno, Conk.

Gene Conklin accionó un interruptor e introdujo un cede en el discman que había en el suelo del Blue Boy Two. En el Blue Boy Leader, Owen, que ya estaba fuera de sí, estiró el brazo y subió el volumen.

Se le llenaron los cascos de Mick Jagger, la voz de los Rolling Stones. Owen levantó la mano, vio que Kurtz le devolvía el saludo (poco le importó si en serio o de manera sarcástica) y bajó el brazo. Mientras Jagger cantaba el himno, el que tocaban cada vez que entraban a saco, los helicópteros inclinaron el morro, apretaron filas y volaron hacia el blanco.




8




Los grises (los que quedaban) estaban a la sombra de su nave, que a su vez se hallaba al final de la franja de bosque talada por su último descenso. Al principio, ni emprendieron la huida ni inten-taron esconderse; de hecho, la mitad dio unos pasos por la nieve derretida, el cieno y las manchas de musgo rojizo, chapoteando con los pies descalzos y sin dedos, y fue al encuentro de la hilera de heli-cópteros que se acercaba a ellos. Iban con las manos en alto, para demostrar que no tenían nada entre sus largos dedos. La poca luz que le quedaba al día se reflejaba en sus ojos, grandes y negros.

Los helicópteros de combate mantuvieron su velocidad, a pesar de que hubo un momento en que todos los hombres oyeron en la cabeza las últimas palabras transmitidas: «No nos hagáis daño, por favor, que estamos indefensos, nos estamos muriendo.» La voz de Mick Jagger empezó a trenzarse por ellas: Picase allow me to introduce myself, I'm a man ofwealth and taste; I've been around for many a long year, stolen many man's soul and faith...'



1. Son los versos de una célebre canción de los Rolling Stones, Sympathy for the Devil. En las siguientes páginas aparecerán con frecuencia, por lo que reproducimos las primeras estrofas:



Picase allow me to introduce myself (Permite, por favor, que me presente

I'm a man ofwealth and taste Soy hombre de riqueza y buen gusto.

I've been around for a long, long year Llevo aquí muchos, muchos años,

Stolen many a man's soul and faith. y he robado el alma y la fe de muchos

[hombres.


And I was around when Jesús Christ Estuve presente cuando Jesucristo

Had his moment of douht and pain tuvo su momento de duda y aflicción.

Made damn sure that Pílate Me cercioré de que Pilatos

Washed his hands and sealed his fate. se lavase las manos y sellase su des-

[tino.


Pleased to meet Encantado de conocerte,

you Hope you guess my name espero que adivines mi nombre,

But what's puzzling you pero lo que te desconcierta

Is the nature of my game. es la naturaleza de mi juego.


I stuck around St. Petersburg Rondé por San Petersburgo,

When I saw it was a time for a cuando vi que era el momento de un

[change [cambio,


.



Los helicópteros de combate efectuaron una maniobra de cuarenta y cinco grados con la misma eficacia que una banda militar, y abrieron fuego las ametralladoras. Las balas se hundían en la nieve, partían ramas de árboles que ya estaban medio muertos y hacían saltar chispas insignificantes en el borde de la nave. Las balas desgarraban a los grises que estaban de pie y con los brazos en alto, y los reventaban. Cuando los cuerpos rudimentarios perdían un brazo, soltaban un chorro que parecía savia rosa. Las cabezas estallaban como calabazas, salpicando la nave y a los otros seres con una lluvia rojiza; no era sangre, sino aquella sustancia que parecía moho, como si las cabezas, llenas de ella, no fueran verdaderas cabezas, sino cestas truculentas de verdura. Varios grises se partieron por la mitad y cayeron sin bajar los brazos en señal de rendición. Al desplomarse, los cuerpos grises adquirían un color blanco sucio y parecía que hirvieran.

Revelaba Mick Jagger: I was around wken Jesús Christ had His moment of doubt andpain...

Algunos grises que seguían debajo del ala de la nave dieron media vuelta como queriendo correr, pero no tenían a donde ir. La mayoría sufrió un derribo inmediato. Los últimos supervivientes, que en total debían de ser unos cuatro, se retiraron a las estrechas sombras. Parecía que hicieran algo, que manipularan algo, y Owen tuvo un horrible presentimiento.

«¡No los tengo a tiro!», se oyó por la radio.

Era Deforest en el Blue Boy Four, tan entusiasmado que casi le costaba respirar. Adelantándose a la orden de Owen de ir a por


___________


Killed the Czar and his ministers maté al Zar y a sus ministros,

Anastasia screamed in vain. Anastasia gritó en vano.

I rodé a tank Conduje un tanque,

Held a general's rank ocupé un puesto de general

When the Blitzkrieg raged and the cuando rugía la guerra relámpago y

(bodies stank. [apestaban los cadáveres.


I watched with glee Observé con alegría

While your kings and queens a vuestros reyes y reinas

Fought for ten decades luchando diez décadas por los dioses

For the Gods they made. que habían creado ellos.

I shouted out «Who killed the Exclamé: «¿Quién ha matado a los

[Kennedys?» [Kennedy?»,

When after all it was you and me... cuando, en definitiva,

habíamos sido todos...)







ellos, el Chinook bajó casi a ras de suelo y levantó un remolino de nieve y agua sucia con las aspas, aplastando el sotobosque.

— ¡No, negativo! ¡Detente y recupera la posición de más cincuenta! —exclamó Owen, dándole a Tony un golpe en el hombro.

Tony, que con la mascarilla transparente tapándole la boca y la nariz presentaba un aspecto ligeramente extraño, dio un tirón a la palanca de mando, y el Blue Boy Leader ascendió en el aire inestable. La música (con sus bongos enloquecidos y el coro haciendo «Hoo-hoo»; Sympatby for the Devil aún no había sonado del todo ni la primera vez, pero tiempo al tiempo) no impidió que Owen oyera rezongar a su tripulación. Vio que la distancia ya empequeñecía al Kiowa. Kurtz, al margen de sus peculiaridades mentales, no era tonto. Y poseía un instinto de primera.

—Pero jefe...

Era Deforest, que más que decepcionado estaba hecho una fiera.

—Repito, repito, recupera la posición anterior, Blue Group, recupera...

La explosión le clavó al respaldo del asiento y lanzó al Chinook hacia arriba como si fuera un juguete. En pleno estallido, Owen oyó las palabrotas de Tony Edwards, que forcejeaba con la palanca. Detrás se oían gritos, pero, si bien estaba herida casi toda la tripulación, la única baja fue Pinky Bryson, que se había asomado para tener mejor visión y se había caído por culpa de la onda expansiva.

—Ya lo tengo, ya lo tengo, ya lo tengo —repetía Tony; pero a Owen le pareció que tardaba como mínimo treinta segundos en dominar el aparato, y parecían horas. El himno ya no sonaba por los altavoces: mal presagio para Conk y los del Blue Two.

Tony hizo dar media vuelta al Blue Boy Leader, y Owen vio que el plexiglás estaba agrietado por dos puntos. Detrás seguía chillando alguien. Resultó que Mac Cavenaugh se las había arreglado para quedarse sin dos dedos.

— ¡La madre que me parió! —murmuró Tony—. Jefe, nos ha salvado el cuello. Gracias.

Owen apenas le oyó. Miraba hacia atrás, hacia los restos de la nave, que se había partido como mínimo en tres trozos. No se podía ver con claridad, porque se había levantado toda la porquería y el aire estaba turbio y de color naranja. Los restos del helicóptero de Deforest se veían un poco mejor. El aparato estaba tumbado en el barro, rodeado de burbujas que explotaban. En el lado de babor, un pedazo largo de hélice rota flotaba en el agua como un remo gigante de canoa. A unos cincuenta metros había más hélices negras y torcidas sobresaliendo de una bola de fuego blancuzco. Eran Conklin y Blue Boy Two.

En la radio, crepitaciones y pitidos. Blakey, en el Blue Boy Three.

— ¡Eh, jefe, jefe, que veo...! —Tres, aquí Leader. Orden de...

— Leader, aquí Tres. Veo supervivientes, repito, veo supervivientes. Veo supervivientes de Blue Boy Four, como mínimo tres... no, cuatro... voy a bajar y...

Negativo, Blue Boy Three. Ni hablar. Recupera la posición más cincuenta; no, orden anulada, posición más ciento cincuenta, uno cinco cero. ¡Ahora mismo!

—Señor... digo jefe, es que... veo a Friedman, y ¡coño, que se está quemando...!

—Atento, Joe Blakey.

La voz rasposa de Kurtz era inconfundible. Se había apartado de la porquería roja con bastante antelación. Casi como si supiera lo que iba a pasar, pensó Owen.

— O te piras ahora mismo o te garantizo que la semana que viene estarás limpiando caca de camello en un país donde haga cincuenta grados a la sombra y esté prohibido beber alcohol. Corto.

No hubo más mensajes del Blue Boy Three. Los dos helicópteros de combate que se habían salvado retrocedieron a su punto original de reunión, más ciento cincuenta metros. Owen contemplaba la furiosa vorágine ascendente del hongo de Ripley, preguntándose si Kurtz lo sabía o sólo lo había intuido, y si él y Blakey se habían alejado a tiempo de la zona; y es que, dijeran lo que dijeran los grises, era infeccioso. Owen no sabía si esto último justificaba lo que acababan de hacer, pero consideró probable que los supervivientes del Blue Boy de Ray Deforest fueran muertos vivientes. O peor: hombres vivos transformándose. A saber en qué.

«Owen.»

La radio.

Tony le miró con las cejas arqueadas.

«Owen.»

Owen, suspirando, cambió al canal de Kurtz con un movimiento de la barbilla.

  • Estoy aquí, jefe.





9






Kurtz estaba sentado en el Kiowa, y seguía teniendo en las rodillas el periódico doblado en forma de sombrero. Tanto él como Freddy llevaban mascarilla, al igual que los muchachos del grupo de ataque. Incluso los que ahora estaban en tierra, pobres, debían de seguir llevándola. Probablemente fueran innecesarias, pero Kurtz, que no tenía la menor intención de contraer el Ripley, era el gran jefe, y entre otras cosas tenía la obligación de dar ejemplo. De nada servía arriesgarse. En cuanto a Freddy Johnson... para Freddy tenía planes.

—Estoy aquí, jefe —dijo Underhill por los auriculares.

—Muy bien los disparos, el vuelo mejor, y los reflejos, superior. Has salvado unas cuantas vidas. Tú y yo volvemos a estar donde antes, en la primera casilla. ¿Me explico?

—Sí, jefe, y se lo agradezco.

Y si te lo crees, pensó Kurtz, es que eres aún más tonto de lo que pareces.




10





Detrás de Owen, Cavenaugh seguía haciendo ruidos, pero el volumen decrecía. Nada se oía de Joe Blakey; quizá empezara a comprender las consecuencias de la turbia vorágine rojiza que quizá hubieran esquivado y quizá no.

— ¿Todo bien, chavalín? —preguntó Kurtz.

— Hay algunos heridos —repuso Owen—, pero en general perfecto. Lo que hay es trabajo para los barrenderos, porque ¡caray! ¡Cómo ha quedado el patio!

La risa estridente de Kurtz hizo vibrar los auriculares de Owen.




11




—Freddy.

—Diga, jefe.

—Tenemos que vigilar a Owen Underhill.

—De acuerdo.

—Si hay que salir huyendo (operación Imperial Valley), Underhill se queda.

Freddy Johnson se limitó a asentir con la cabeza mientras pilotaba el helicóptero. Buen chico. Sabía en qué lado de la línea estaba, a diferencia de otros.

Kurtz se volvió de nuevo hacia él.

—Venga, Freddy, media vuelta y a la tiendecita de mala muerte de donde hemos salido. Y que sea a toda mecha, que quiero llegar como mínimo un cuarto de hora antes que Owen y Joe Blakey. Lo ideal serían veinte minutos.

— Sí, jefe.

Kurtz se apoyó en el respaldo y vio deslizarse el bosque de pinos debajo del helicóptero. Bosque y fauna, los que se quisiera, y seres humanos, un buen puñado (en aquella época del año la gente iba de naranja). En una semana (quizá setenta y dos horas), estaría todo tan muerto como las montañas de la luna. Lástima, pero bueno, en Maine no faltaban bosques.

Cogió el sombrero de papel y lo hizo girar con un dedo. Dentro de lo posible, tenía intención de vérselo puesto a Owen Underhill cuando ya no respirara.

—El tío sólo quería saber si había cambiado algo —dijo quedamente.

Freddy Johnson, que tenía claro su bando, no dijo nada.




12





A medio camino de la tienda de Gosselin, cuando el Kiowa de Kurtz, pequeño y veloz, se hubo reducido como máximo a un punto, los ojos de Owen se fijaron en la mano derecha de Tony Edwards, ceñida a un cuerno de la palanca de mando en forma de i griega del Chinook. La uña del pulgar tenía en la base una línea curva y finísima de color entre rojizo y dorado. Owen se miró las dos manos y se las examinó con la misma escrupulosidad que la señora Jankowski en la clase de higiene personal, en la época remota en que tenían como vecinos a los Rapeloew. De momento no se veía nada, pero Tony tenía su marca, y Owen supuso que la suya tampoco tardaría.

Dada la filiación baptista de la familia Underhill, Owen era buen conocedor de la historia de Caín y Abel. «La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo», había dicho Dios; y había expulsado a Caín al país de Nod, al este del Edén. Sin embargo, antes de dejar errante a Caín, Dios le había puesto una señal para que le reconocieran por lo que era hasta los habitantes de Nod. Ahora que había visto aquel hilo rojizo en la uña del pulgar de Eddie, y que buscaba otro igual en sus propias manos y muñecas, Owen creyó adivinar de qué color había sido la señal de Caín.








XI




El viaje de Henry





1




Henry había descubierto que el suicidio tenía voz, y que quería explicarse. La pega era que no dominaba el inglés; solía conformarse con cuatro palabras mal combinadas, pero bueno, por lo visto era suficiente con que hablara. Desde que Henry le concedía uso de voz al suicidio, su vida había experimentado mejoras enormes. Había noches, incluso, en que conseguía volver a dormir (no muchas, pero suficientes); en cuanto a los días, malos, lo que se decía malos, no había tenido ninguno.

Hasta el de hoy.

El cuerpo que conducía el Arctic Cat era de Jonesy, pero lo que se le había metido dentro estaba lleno de imágenes e intenciones ajenas. Existía la posibilidad de que Jonesy siguiera dentro (Henry tendía a pensar que sí), pero demasiado al fondo, demasiado pequeño y con demasiadas pocas fuerzas para influir. Pronto Jonesy habría desaparecido por completo. Seguro que era lo mejor que podía ocurrirle.

Henry había tenido miedo de ser detectado por la cosa que gobernaba a Jonesy, pero pasó de largo sin frenar. Hacia Pete. ¿Y luego? ¿Luego adonde? Henry no quería pensar ni preocuparse.

Al final reemprendió el camino al campamento, pero no porque en Hole in the Wall quedara algo, sino porque no tenía ningún otro lugar a donde ir. Al llegar a la verja, con su escueto letrero donde ponía clarendon, se escupió otro diente en el guante, lo miró y lo tiró al suelo. Ya no nevaba, pero el cielo seguía oscuro, y le pareció que el viento recobraba fuerzas. ¿No habían comentado algo por la radio sobre una tormenta en dos tandas? Ni se acordaba ni estaba seguro de que tuviera importancia.

Oyó a su izquierda una explosión descomunal que lo sacudió todo. Reaccionó con una mirada apagada en aquella dirección, pero no vio nada. Se había estrellado algo, o había explotado. Justo en aquel momento dejaron de molestarle algunas de las voces. Ignoraba si estaban relacionadas las dos cosas, y si a él le afectaba en algo. Franqueó la verja abierta, pisando la nieve prensada del surco que había dejado el Arctic Cat, y se acercó a Hole in the Wall.

Seguía oyéndose el zumbido del generador, y sobre la losa de granito que les servía de felpudo estaba abierta la puerta. Henry permaneció un rato fuera, examinando la losa. Primero le pareció que había sangre, pero ni fresca ni seca tenía la sangre aquel lustre rojizo tan peculiar. No, lo que veía era una especie de sustancia orgánica, como musgo o alguna clase de hongo. Y algo más...

Levantó la cabeza, dilató la nariz y olfateó, despertando en su mente el recuerdo tan claro como absurdo de estar en Maurice's hacía un mes, con su ex mujer, de oler el vino que acababa de servir el sommelier, ver a Rhonda al otro lado de la mesa y pensar: nosotros olemos el vino, los perros se huelen mutuamente el culo, y en el fondo viene a ser lo mismo. Después se le encendió el recuerdo de su padre con leche en la barbilla. Con Rhonda habían intercambiado sonrisas, y Henry había pensado que sería un alivio indescriptible acabar con todo, y que, ya que había que hacerlo, más valía que fuera deprisa.

Ahora el olor no era de vino, sino de algo húmedo y sulfuroso. Tardó un poco, pero al final lo identificó: la mujer que les había hecho volcar. Era el mismo olor de descomposición intestinal.

Pisó la losa sabiendo que era la última vez que entraba, y sintió el peso de muchísimos años: risas, conversaciones, cervezas, alguna que otra sesión de porros, el día de 1996 en que habían hecho una guerra de comida (¿o de 1997?), disparos, aquel olor amargo, mezcla de pólvora y sangre, que identificaba la temporada del ciervo, olor a muerte y amistad, a todo el fulgor de la niñez...

Volvió a dilatar la nariz. Ahora el olor era más fuerte, y más químico que orgánico, quizá por su abundancia. Miró hacia adentro. En el suelo volvía a haber la misma especie de moho peludo, pero no tapaba del todo la madera. En cambio en la alfombra navajo había proliferado tanto que costaba distinguir el dibujo. Era evidente que le sentaba bien el calor, pero no dejaba de ser inquietante que se extendiera tan aprisa.

Henry estuvo a punto de entrar, pero se lo pensó mejor y prefirió retroceder dos o tres pasos de la puerta, quedándose en la nieve y pensando en la hemorragia nasal y los agujeros que tenía en las encías, donde por la mañana, al despertarse, había tenido dientes. Lo más probable, en caso de que el moho generara alguna clase de virus de transmisión aérea como el Ebola o el Hanta, era que no tardara en pringarla, y que cualquier medida equivaliera a atrancar la puerta del establo después del robo del caballo, pero tampoco tenía sentido correr riesgos innecesarios.

Dio media vuelta y rodeó Hole in the Wall hacia el lado del Barranco. Seguía caminando por el rastro prensado del Arctic Cat, para no hundirse en la nieve fresca.






2




También estaba abierta la puerta del cobertizo, y Henry vio a Jonesy como si le tuviera delante. Le vio detenerse en el umbral antes de entrar por la motonieve, apoyar una mano en el marco de la puerta y escuchar... ¿Escuchar qué?

Escuchar nada. Ni graznido de cuervos, ni chirrido de arrendajos, ni golpes de pájaros carpinteros, ni pasos de ardillas. Sólo se oía el viento, y de vez en cuando el ruido amortiguado de una masa de nieve resbalando de un pino o un abeto y chocando con la nieve fresca de debajo. La fauna local se había marchado corriendo, como en un dibujo animado.

Se quedó un rato donde estaba, procurando acordarse de cómo era por dentro el cobertizo. Pete lo habría hecho mejor (primero habría cerrado los ojos y habría movido el dedo, y a continuación ha-bría dicho dónde estaba todo, hasta la última cajita de tornillos), pero Henry consideró que en aquel caso no le hacía falta el talento especial de su amigo. Sólo había transcurrido un día desde su última visita al cobertizo, en busca de algún accesorio para abrir la puerta de un armario de cocina que se había dilatado. Entonces había visto lo que le hacía falta ahora.

Respiró varías veces con rapidez, a fin de limpiarse los pulmones. A continuación se aplicó una mano enguantada a la nariz y la boca, la apretó con fuerza y entró. Se quedó parado unos segundos, esperando a que se le acostumbrara la vista a la poca luz. Prefería no exponerse a sorpresas innecesarias.

Realizado el ajuste, cruzó el espacio vacío donde había estado la motonieve. Ahora en el suelo no había nada aparte de un dibujo de manchas de aceite, pero la lona verde que había servido para tapar el vehículo, y que estaba arrugada en un rincón, presentaba más placas de la misma sustancia rojiza de antes.

La mesa de trabajo estaba revuelta, y tumbados dos potes, uno de clavos y otro de tornillos, con el resultado de que lo que siempre había estado ordenado ahora estaba mezclado. En el suelo había un estante viejo para pipas que había pertenecido a Lámar Clarendon, y que se había roto con la caída. Los cajones de la mesa estaban abiertos en su totalidad. Uno de los dos, Beaver o Jonesy, había pasado como un huracán en busca de algo.

Ha sido Jonesy, pensó Henry.

Sí. Quizá Henry no llegara a averiguar cuál era el objeto de su búsqueda, pero estaba seguro de que había sido Jonesy, y saltaba a la vista que o él o los dos le otorgaban una importancia vital. Se preguntó si lo había encontrado. Lo más probable era que tampoco llegara a averiguarlo. En cuanto a lo que buscaba él, estaba a la vista en un rincón del fondo, colgado en un clavo sobre un amasijo de latas de pintura y pistolas pulverizadoras.

Atravesó el interior del cobertizo cubriéndose la boca y la nariz, y sin respirar. Había un mínimo de cuatro mascarillas de pintor, colgadas de unas gomas que casi habían perdido toda su elasticidad. Las cogió y se volvió justo a tiempo para ver que se movía algo detrás de la puerta. Contuvo una exclamación, pero se le aceleró el pulso y de repente le pareció demasiado caliente y pesado el aire que le llenaba los pulmones, y que le había permitido llegar hasta allí. No, no había nada; eran imaginaciones suyas. Después vio que sí, que algo había. Por la puerta abierta entraba luz, y un poco más por la ventana sucia de encima de la mesa, que era la única. Henry, literalmente, se había asustado de su sombra.

Abandonó el cobertizo con cuatro zancadas, colgándole las mascarillas de pintor de la mano derecha, pero siguió aguantando la respiración hasta haber dado otros cuatro pasos por el surco de nieve prensada, y sólo entonces expulsó el aire enrarecido.

Luego se inclinó con las manos en los muslos, justo encima de las rodillas, y fueron disolviéndose los puntitos negros que le ensuciaban la vista.

Llegó del este una ráfaga lejana, demasiado fuerte y rápida para ser de escopetas. Eran armas de fuego automáticas. En el cerebro de Henry apareció una visión igual de nítida que la imagen de su padre con leche en la barbilla o la de Barry Newman huyendo de la consulta como alma que llevara el diablo. Vio ciervos, mapaches, perros salvajes y conejos segados a decenas, a centenares, cuando intentaban escapar de lo que se había convertido en zona de epidemia; vio enrojecerse la nieve con su sangre inocente (pero posiblemente contaminada). La visión le dolió de una manera inesperada, clavándose en una región que no estaba muerta, sino en letargo. Era donde había reverberado con tanta fuerza el llanto de Duddits, generando un tono armónico que daba una sensación de tener la cabeza a punto de explotar.

Henry se incorporó, vio sangre fresca en la palma de su guante izquierdo y clamó al cielo con una mezcla de enfado y risa:

— ¡Mierda!

Tanto taparse la boca y la nariz, tanto coger las mascarillas y tantos planes de ponerse como mínimo dos antes de entrar en Hole in the Wall, y se le había olvidado por completo el corte del muslo, el que se había hecho al volcar el Scout. Si en el cobertizo había algún agente de contagio, algo que soltara el hongo, las posibilidades de que se le hubiera metido en el cuerpo eran inmejorables. Tampoco podía decirse que las precauciones que había tomado fueran gran cosa. Henry se imaginó un letrero donde pusiera en letras grandes y rojas: ¡zona de riesgo biológico!

¡AGUANTE LA RESPIRACIÓN Y TÁPESE CON LA MANO CUALQUIER HERIDA QUE TENGA!

Soltó un gruñido de risa y volvió a encaminarse a la cabaña. Total, tampoco tenía pensado vivir eternamente.

Al este seguían los disparos.




3




Henry volvió a plantarse en la puerta abierta de Hole in the Wall y se metió la mano en el bolsillo para ver si tenía pañuelo, aunque lo dudaba. Con razón: no llevaba. Dos atractivos poco

comentados de ir al bosque eran orinar donde se quisiera y, cuando se tenían mocos, agacharse y soplar por la nariz. Dejar salir libremente el pipí y los mocos procuraba una especie de satisfacción primitiva... al menos a los hombres. Bien pensado, no dejaba de ser un milagro que las mujeres fueran capaces de enamorarse, no ya de los mejores, que también, sino del resto.

Se quitó la chaqueta, la camisa y la camiseta térmica que llevaba debajo. La última capa era otra camiseta, ésta de los Red Sox de Boston, descolorida y con la leyenda garciaparra 5 en la espalda. Henry también se la quitó, la enrolló y se la puso como venda alrededor del corte que tenía en la pernera izquierda del vaquero, con grumos de sangre. Mientras lo hacía, volvió a pensar que cerraba la puerta del establo después del robo del caballo; pero bueno, la cuestión era llenar las casillas, ¿no? Sí, y escribir claramente y en mayúsculas. Tales eran los conceptos en que se basaba la vida. Hasta cuando quedaba poca, como parecía ser el caso.

Volvió a ponerse el resto de la ropa en el torso, donde se le había puesto la piel de gallina, y se colocó dos de las mascarillas de pintor con forma de lágrima. Pensó en ponerse dos más, una en cada oreja, pero al imaginarse las gomas cruzándole el cogote se le escapó la risa. ¿Y qué más? ¿Usar la que quedaba para taparse un ojo? ¡Hay que joderse!

— Si lo cojo, lo cojo —dijo, no sin recordarse que las precauciones nunca estaban de más. Hombre precavido vale por dos, decía el viejo Lámar.

Dentro de Hole in the Wall, el hongo (o moho, o lo que fuera) había hecho progresos muy vistosos, y eso que la ausencia de Henry había sido corta. La alfombra navajo estaba cubierta en toda su superficie, sin que se trasluciera parte alguna del dibujo. También había manchas en el sofá, la barra que separaba la cocina de la zona de comedor y los asientos de dos de los tres taburetes que la complementaban del lado de esta última. En una pata de la mesa del comedor había un hilo torcido de pelusilla rojiza, como si siguiera el reguero de algo derramado, y Henry se acordó de la manera que tienen las hormigas de acudir en grupo a cualquier rastro de azúcar. Lo más inquietante quizá fuera la especie de telaraña de pelusa dorada-rojiza que colgaba muy por encima de la alfombra navajo. Henry la miró fijamente por espacio de varios segundos antes de entender de qué se trataba: del atrapasueños de Lámar Clarendon. Henry no tenía muchas esperanzas de llegar a comprender la naturaleza exacta de lo sucedido, pero de algo estaba seguro: de que esta vez el atrapasueños había cazado una pesadilla de verdad.

¡No pretenderás seguir entrando!, se dijo. ¿Ahora que has visto lo deprisa que crece? Jonesy, al pasar, tenía un aspecto normal, pero era pura apariencia. Ya lo sabes, porque lo has notado. ¿Y sabiéndolo te atreverías a dar un paso más?

—Me parece que sí —dijo Henry. Al hablar se le movía la doble capa de mascarilla—. Si me coge... pues nada, tendré que suicidarme.

Riéndose como Stubb en Moby Dick, Henry se adentró más en la cabana.





4





Con una excepción, el hongo formaba placas delgadas y grumos. La excepción se hallaba delante de la puerta del lavabo, donde había una verdadera montaña de hongos de textura apelmazada y crecimiento vertical, cubriendo de pelusa las dos jambas hasta una altura de más de un metro. La proliferación en forma de montaña parecía nutrirse de una sustancia grisácea y esponjosa. En el lado que daba al salón, lo gris se bifurcaba en dos, formando una uve que a Henry le recordó algo muy desagradable: un par de piernas, como si se hubiera muerto alguien en la puerta y el hongo hubiera tapado el cadáver. Henry se acordó de una separata de la facultad de medicina, un artículo leído por encima cuando buscaba otra cosa. Una de las fotos que contenía, tomada por un forense, era tan truculenta que se le había quedado marcada. Aparecía la víctima de un asesinato que había aparecido desnuda en el bosque al término de unos cuatro días. En la nuca, las corvas y la raja del culo crecían setas.

De acuerdo, cuatro días, pero la cabaña, por la mañana, estaba limpia, y sólo habían pasado...

Henry echó un vistazo a su reloj y vio que se le había parado a las doce menos veinte.

Se volvió para mirar detrás de la puerta, porque de repente estaba convencido de que le acechaba alguien.

Qué va. Lo único que había era la Garand de Jonesy apoyada en la pared.

Empezó a volverse hacia la puerta del lavabo, y otra vez hacia atrás. La Garand parecía limpia de potingues. La cogió. Estaba cargada, con el seguro puesto y una bala en la recámara. Muy bien. Se la colgó en el hombro y volvió a encarar el bulto rojo y repulsivo que crecía fuera del lavabo. En aquella zona era muy fuerte el olor a éter, mezclado con algo todavía más repugnante, como a azufre. Caminó con lentitud hacia el cuarto de baño, y, mientras hacía un esfuerzo de voluntad para dar un paso y luego otro, fue convenciéndose de que el bulto rojo con protuberancias como piernas era lo único que quedaba de su amigo Beaver. Dentro de poco vería los restos enredados de la melena negra de Beav, o sus Doc Martens, a las que se refería Beaver como su «afirmación de solidaridad lesbiana». Le había dado por pensar que las Doc Martens eran una señal secreta que tenían las lesbianas para reconocerse, y no había manera de quitárselo de la cabeza. Otra idea fija que tenía era que el mundo estaba gobernado por gente que se llamaba Rothschild y Goldfarb, quizá desde un bunker enterrado a gran profundidad en Colorado.

Sin embargo, no existía ningún medio para cerciorarse de que el bulto de la puerta hubiera sido Beav u otra persona. El único indicio era la forma. En la masa esponjosa relucía algo. Henry se agachó un poco con la duda de si ya le crecerían trocitos microscópicos de hongo en la superficie húmeda y desprotegida de los ojos. Lo que había visto resultó ser el pomo de la puerta del lavabo. Al lado del bulto había otro más pequeño que se alimentaba de un rollo de cinta aislante. Se acordó de lo desordenada que había encontrado la mesa de trabajo del cobertizo, y de los cajones abiertos. ¿Era lo que buscaba Jonesy? ¿Un rollo miserable de cinta aislante? En su cabeza lo afirmaba algo, algo que podía ser el clic o podía no serlo. Pero ¿por qué? ¿Por qué?

Desde hacía unos cinco meses, a medida que aumentaba la frecuencia y duración de las ideas de suicidio, con su extraña jerigonza, a Henry se le había ido agotando la curiosidad. Ahora estaba desatada, como si se hubiera despertado con hambre, y Henry no tenía nada con que alimentarla. ¿La cinta aislante era para cerrar la puerta? En ese caso, ¿contra qué? Seguro que Jonesy y Beaver ya sabían que contra el hongo no surtiría efecto, puesto que infiltraría sus dedos por debajo de la puerta.

Miró en el lavabo y profirió un sonido gutural. El horror, la locura que había tenido por escenario la cabaña, y cuya naturaleza ignoraba, sólo podía haber empezado allí. Las paredes del lavabo delimita-ban una especie de cueva roja donde las placas de moho casi tapaban todas las baldosas azules del suelo. También había subido por el pedestal de la pila y el del váter. La tapa del váter estaba apoyada en la cisterna, y, aunque la cantidad de pelusa impedía asegurarlo, Henry pensó que el anillo se había roto hacia adentro. La cortina de la ducha ya no era azul, sino rojiza y rígida; estaba arrancada casi por entero de las anillas (que lucían sus propias barbas vegetales) y yacía en la bañera.

Del borde de la bañera, otro criadero de hongos, sobresalía un pie calzado con bota. Henry no tuvo la menor duda de que era una Doc Marten. Por lo visto había acabado por encontrar a Beaver. De repente le asaltaron recuerdos del día en que habían rescatado a Duddits, tan nítidos y luminosos que parecía ayer. Beaver con su chaqueta de cuero ridicula, Beaver cogiendo la fiambrera de Duddits y diciendo: «¿Qué, te gusta la serie? ¡Pero si nunca se cambian de ropa!» Y diciendo...

— Hay que joderse —dijo Henry a la cabaña invadida—. Siempre lo decía.

Con lágrimas resbalando por las mejillas. Si el hongo sólo quería humedad (y a juzgar por la selva que desbordaba la taza del váter, le encantaba), que se subiera a Henry y se daría un festín.

Pensó que le importaba bastante poco. Tenía la escopeta de Jonesy. Podía contagiársele el hongo, pero él tenía los medios para asegurarse de estar muerto antes de que hubiera llegado al postre. Si se daba el caso.

Lo cual era probable.





5





Estaba seguro de haber visto algunos restos de alfombra apilados en un rincón de la cabaña. Pensó en salir a buscarlos. Podía distribuirlos por el suelo del lavabo, caminar sobre ellos y ver mejor el interior de la bañera. Aunque ¿para qué? Ya sabía que era Beaver, y, la verdad, no le apetecía ver a su amigo de infancia, autor de perlas como tócame los perendengues, cubierto de hongos como el cadáver blanquecino de la vieja separata médica, con su colonia de setas. Como manera de despejar sus dudas sobre lo ocurrido, quizá sí, pero Henry no lo consideraba probable.

De lo que más ganas tenía era de salir. El hongo no era lo único que daba repelús. Henry tenía la escalofriante sensación de no estar solo.

Retrocedió de la puerta del lavabo. En la mesa del salón comedor había un libro de bolsillo cuyo dibujo de portada era un baile de demonios con horcas en las manos. Seguro que era de Jonesy. Ya alimentaba su propia colonia de pasta rojiza.

Se percató de un ruido procedente del oeste, ruido que no tardó en adquirir intensidad atronadora. Eran helicópteros, y esta vez había más de uno. Eran muchos, y grandes. A juzgar por el ruido, volaban a ras de tejado, y Henry obedeció al impulso de agacharse. Se le llenó la cabeza de imágenes salidas de una decena de películas sobre Vietnam, junto con la seguridad de que abrirían fuego con sus ametralladoras y dejarían la casa como un queso. Eso si no la rociaban de napalm.

Pasaron de largo sin hacer ni lo uno ni lo otro, pero bastante cerca para hacer temblar la vajilla en las alacenas de la cocina. Oyendo que el ruido se alejaba, convertido primero en tableteo y después en zumbido inofensivo, Henry recuperó su posición erguida. Quizá se dirigieran al extremo oriental de Jefferson Tract, para sumarse a la matanza de animales. Allá ellos. Él pensaba darse el piro y...

¿Y qué? ¿Exactamente qué?

Mientras se lo pensaba, oyó ruido en uno de los dormitorios de la planta baja. Ruido de algo deslizándose. Siguió un momento de silencio, con la duración justa para que Henry echara la culpa del ruido a su imaginación. Después sonó una serie de clics y pitidos, casi como un juguete mecánico (quizá un mono o un loro de hojalata) a punto de quedarse sin cuerda. A Henry se le puso la piel de gallina por todo el cuerpo, se le secó la boca y se le erizó el vello de la nuca. ¡Tío, sal corriendo!

Antes de que la voz pudiera adueñarse de sus actos, dio varias zancadas hacia la puerta del dormitorio y se descolgó del hombro la Garand. La descarga de adrenalina en la sangre aguzó los contornos de cuanto le rodeaba. Se suspendió la percepción selectiva, regalo jamás agradecido a las personas que se sienten seguras y a gusto, y vio todos los detalles: el reguero de sangre que iba del dormitorio al cuarto de baño, una zapatilla tirada por el suelo, una mancha de moho rojo en la pared con forma de mano...

Lo que fuera estaba encima de la cama. A Henry le pareció una comadreja o una marmota con las patas amputadas y una cola larga y ensangrentada, prolongándose como placenta. Sin embargo, con la posible excepción de la morena del acuario de Boston, nunca había visto ningún animal con unos ojos negros tan desproporcionados. No era la única similitud: cuando el bicho abrió de par en par la raya rudimentaria que tenía por boca, apareció un nido de dientes largos y finos como alfileres.

Detrás, sobre la sábana empapada de sangre, latían como mínimo cien huevos naranjas y marrones. Eran del tamaño de canicas grandes, y estaban cubiertos por una especie de mucosidad. Henry vio que dentro de cada uno se movía una sombra que parecía un cabello.

El bicho con aspecto de comadreja se irguió como una serpiente saliendo de la cesta del encantador y dirigió a Henry una especie de chirrido. Culebreaba en la cama (la de Jonesy), pero no daba la sensación de poder moverse mucho. Sus ojos, negros y brillantes, rebosaban ira. Su cola (aunque a Henry, más que cola, le pareció una especie de tentáculo prensil) dio vanos latigazos. Después cubrió todos los huevos que pudo, como protegiéndolos.

Henry se dio cuenta de que repetía sin descanso la misma palabra, «no», con la monotonía de un caso perdido de neurosis con dosis doble de Thorazine. Se apoyó la escopeta en el hombro, apuntó y siguió por la mira la repelente cabeza en forma de cuña, que no se estaba quieta. Sabe qué es, pensó con frialdad. A eso llega. Apretó el gatillo.

El bicho estaba a pocos metros, y en baja forma para emprender la huida. O estaba agotado de poner los huevos, o le sentaba mal el frío (y había que reconocer que Hole in the Wall, con la puerta principal abierta, era una nevera). La detonación, entre las cuatro paredes, fue brutal. La cabeza levantada de la cosa se desintegró en salpicaduras e hilos que mancharon la pared del fondo. Tenía la sangre del mismo color que el hongo, de un dorado rojizo. El cuerpo decapitado cayó de la cama y fue a parar a un montón de ropa que Henry no reconoció: una chaqueta marrón, un chaleco naranja y unos vaqueros con dobladillo. (Henry y sus amigos nunca los habían llevado de aquella clase; en octavo y noveno, ponérselos significaba granjearse el calificativo de paleto.) Con el cuerpo cayeron rodando varios huevos, la mayoría de los cuales aterrizaron en la ropa o en el montón de libros desordenados de Jonesy y permanecieron íntegros, aunque hubo unos cuantos que se rompieron contra el suelo. Se derramó de ellos algo turbio, como clara de huevo en mal estado, cerca de una cucharada grande por huevo. Los cabellos de dentro se retorcían y, con sus ojos negros del tamaño de una cabeza de alfiler, parecía que miraran a Henry con cara de odio. Verlos le daba ganas de gritar.

Dio media vuelta y salió del dormitorio con paso inestable. Tenía las piernas tan insensibles que parecían patas de mesa. Se sentía como una marioneta manipulada por alguien con buena intención, pero que sólo hiciera sus primeros pinitos. Hasta llegar a la cocina, e inclinarse hacia el armario de debajo del fregadero, no supo adonde iba.

I am tbe eggman, I am the eggman, I am the walrus! Goo-goo-jooh!2

No lo cantó: lo declamó en voz muy alta y con un tono como de sermón, que no se había dado cuenta de tener en su repertorio. Era una voz de histrión decimonónico. La idea, a saber por qué, evocó la imagen del célebre actor shakespeareano Edwin Booth vestido de D'Artagnan, con pluma en el sombrero incluida, recitando la letra de John Lennon, y profirió dos fuertes sílabas de risa:

—Ja! ¡Ja!

Me estoy volviendo loco, pensó... pero en fin, mejor D'Artagnan recitando / am the Walrus que la imagen de la sangre de la cosa salpicando la pared, o de la Doc Marten cubierta de moho saliendo de la bañera, o lo peor de todo: los huevos abriéndose y soltando un cargamento de pelos movedizos con ojos de cabeza de alfiler. Todos mirándole a él.

Apartó el lavavajillas y el cubo, y apareció lo que buscaba: la lata amarilla de líquido Sparx para encender la barbacoa. El marionetista inepto que le gobernaba adelantó el brazo de Henry con movimientos torpes y cerró sus dedos en la lata de Sparx. Con ella en la mano, Henry volvió a cruzar el salón, pasando al lado de la chimenea para coger la caja de cerillas de madera de la repisa, mientras seguía declamando / am the Walrus.

Se dio prisa en volver a entrar en el dormitorio de Jonesy antes de que pudiera tomar el control la persona aterrorizada que había dentro de su cabeza, haciéndole dar media vuelta y huir. Lo que quería esa persona era hacerle correr hasta caer inconsciente. O muerto.

Los huevos de encima de la cama también se estaban abriendo. Por la sábana empapada de sangre, y en la almohada de Jonesy, pululaban como mínimo dos docenas de cosas con forma de cabello. Una levantó su mínima cabeza y le lanzó un sonido tan débil y agudo que apenas se oía.

Henry, que seguía sin permitirse ninguna pausa (puesto que detenerse significaba no volver a caminar, como no fuera hacia la puerta), dio dos pasos hacia el pie de la cama. Uno de los cabellos se deslizó hacia él por el suelo, impulsándose con la cola como un espermatozoide en el microscopio.

Henry lo pisó, al tiempo que retiraba la tapa de plástico rojo del pitorro de la lata. Lo orientó hacia la cama y roció generosamente tanto esta como el suelo con movimientos de la muñeca. Cuando el líquido mojaba las cosas con forma de cabello, soltaban grititos agudos como de gato recién nacido.

Eggman... eggman... walrus!

Pisó otro par de cabellos y vio que se le había enganchado uno a la pernera del vaquero, cogiéndose con su cola minúscula e intentando traspasar la tela con los dientes, que aún eran blandos.

Eggman —murmuró Henry, quitándoselo de encima con la otra bota y, al ver que quería escapar, pisándolo.

De repente se notó empapado de sudor de la cabeza a los pies. Salir, con el frío que hacía (y no tenía más remedio, porque dentro no podía quedarse), era una muerte casi segura.

Abrió la caja de cerillas, pero le temblaban tanto las manos que se le cayó al suelo la mitad. Ahora reptaban hacia él más gusanos en forma de cabello. Quizá no se enteraran de mucho, pero algo sabían: que era su enemigo.

Consiguió sujetar una cerilla, la levantó y aplicó el pulgar a la punta. Un truco que le había enseñado Pete hacía muchos años. En el fondo, lo mejor siempre te lo enseñan los amigos. Como hacerle un funeral vikingo al amigo Beaver, y de paso cargarse a aquella porquería de serpientes en miniatura.

Eggman!

Rascó la punta de la cerilla, que prendió. El olor a azufre quemándose se parecía al que había encontrado al entrar en la cabaña, y al de los pedos de la mujer gorda.

Walrus!

Arrojó la cerilla al pie de la cama, donde había un edredón arrugado que ahora estaba empapa-do del líquido. Al principio la llama se puso azul alrededor del palito de madera, y Henry tuvo miedo de que se apagara. Después se oyó una especie de ¡fum!, y el edredón se rodeó de una modesta corona de llamas amarillas.

Goo-goo-joob!

Las llamas treparon por la sábana (ennegreciendo su baño de sangre), llegaron a la acumula-ción de huevos con cobertura gelatinosa, los probaron y les cogieron gusto. Al encenderse, los huevos chisporrotearon. Más maullidos de gusanos quemándose. Una especie de hervor al resquebrajarse la cascara y salir el líquido.

Henry retrocedió hacia la puerta rociando el suelo con la lata, que sólo se le vació hacia la mitad de la alfombra navajo. Entonces la tiró al suelo, encendió otra cerilla y la arrojó. Esta vez el ¡fum! fue inmediato, y las llamas que se levantaron, de color naranja. Le ardía la cara sudada, y experimentó el impulso, fuerte y gozoso, de quitarse las mascarillas de pintor y penetrar en la hoguera. Hola, calor, hola, verano, hola, amiga oscuridad.

Lo que le detuvo era tan simple como poderoso. Tirar la toalla, en ese momento, era haber sufrido inútilmente el despertar molesto de todas sus emociones aletargadas. Nunca averiguaría en detalle lo ocurrido en la cabaÑa, pero quizá los que pilotaban los helicópteros y mataban animales pudieran darle algunas respuestas. Eso si no le pegaban un tiro.

Al llegar a la puerta, Henry tuvo un recuerdo tan claro que le gritó por dentro el corazón: Beaver de rodillas delante de Duddits, que intenta ponerse las zapatillas al revés. «Deja, que te lo arreglo», dice Beaver; y Duddits, mirándole con los ojos muy abiertos y una cara de perplejidad que no puede inspirar otra cosa que no sea ternura, contesta: «¿Adegla tatilla?» Henry volvía a llorar.

— Hasta otra, Beav —dijo — . Te quiero, tío. Te lo digo con toda el alma.

Y se adentró en el frío.




6




Caminó hacia el fondo de Hole in the Wall, donde estaba la leña. Al lado había otra lona, esta vieja, y que de negra se estaba poniendo gris. Se había pegado con la escarcha, y tuvo que usar las dos manos para arrancarla del suelo. Debajo había una mezcolanza de raquetas, patines y esquíes. También había una barrena de nieve antediluviana.

De repente, mientras miraba aquel amasijo poco llamativo de accesorios invernales salidos de un extenso letargo, Henry se dio cuenta de lo cansado que estaba, aunque decir «cansado» era quedarse corto. Acababa de recorrer quince kilómetros a pie, casi todos corriendo. También había sufrido un accidente de coche, y había descubierto el cadáver de uno de sus tres amigos de infancia. En cuanto a los otros dos, también estaba seguro de haberlos perdido.

Llego a no querer suicidarme y ahora estaría como una puta cabra, pensó; y rió. Le sentó bien reírse, pero no en el sentido de atenuar su sensación de cansancio. A pesar de ella, debía marcharse. Tenía que encontrar a algún representante de las autoridades y contarle lo que había pasado. Quizá ya lo supieran (a juzgar por los ruidos, algo debían de saber, aunque a Henry no acabaran de cuadrarle los métodos con que reaccionaban), pero tal vez no estuvieran al corriente de las comadrejas. Ni de los huevos. Se lo diría él, Henry Devlin.

Las cuerdas de las raquetas, que eran de piel sin curtir, estaban tan roídas por los ratones que casi sólo quedaba el bastidor. Henry, sin embargo, siguió buscando hasta que encontró un par de esquíes cortos para esquí de fondo con toda la pinta de ser la última tendencia de 1954. Las fijaciones estaban oxidadas, pero al empujarlas con los dos pulgares logró moverlas bastante para que le suje-taran más o menos las botas.

Ahora, dentro de la cabaña todo eran chasquidos. Henry tocó la madera con una mano y notó el calor. Debajo del alero había varios bastones de esquí apoyados, con los puños metidos en un cúmulo de telarañas sucias. A Henry no le apetecía nada tocarlos (tenía demasiado fresco en la memoria lo de los huevos y la prole pululante de la comadreja sin patas), pero al menos llevaba guantes. Apartó las telarañas y hurgó entre los bastones con movimientos rápidos. Ya veía saltar chispas detrás de la ventana que tenía al lado de la cabeza.

Encontró un par de bastones que sólo le iban un poco cortos, y esquió con poca gracia hacia la esquina del edificio. Con los esquíes viejos y la escopeta de Jonesy colgada en el hombro, se sentía como un soldado nazi en una película de Alistair MacLean. Justo al doblar la esquina, la ventana que había tenido más cerca explotó hacia afuera con una detonación de fuerza inusitada, como si alguien hubiera tirado una fuente grande de vidrio desde un segundo piso. Henry encogió los hombros y sintió en la chaqueta el impacto de varios trozos de cristal. Le cayeron algunos en el pelo. Pensó que, si se hubiera quedado otros veinte o treinta segundos eligiendo esquíes y bastones, la explosión del cristal le habría destrozado la cara.

Levantó la mirada hacia el cielo, enseñó las dos palmas a la altura de la cara, a lo Al Jolson, y dijo:

— ¡Yupi! ¡Me protegen desde arriba!

Ahora salían llamas por la ventana y lamían el alero. Henry oyó que el brusco aumento del gradiente de calor hacía que dentro se rompieran más cosas. El campamento del padre de Lámar Clarendon, que había empezado a construirse justo después de la Primera Guerra Mundial, era un infierno. Seguro que lo soñaba.

Esquió alrededor de la casa, dando un amplio rodeo, mientras la chimenea escupía un torbellino de chispas que se elevaba hacia las nubes. Al este seguía oyéndose el tableteo incesante de las ametralladoras. Estaban cazando el límite de piezas. El límite y más. Lo siguiente, al oeste, fue la explosión. ¡Dios! ¿Qué había sido eso? Imposible saberlo. Si conseguía llegar entero a donde hubiera gente, quizá se lo explicaran.

—Eso si no deciden cazarme a mí —dijo.

Le salió una voz tan estridente que le hizo comprender que se moría de sed. Entonces se agachó con cuidado (porque hacía al menos diez años que no se ponía ninguna clase de esquíes), recogió dos puñados de nieve y se llenó la boca. Dejó fundirse la nieve y bajarle por la garganta. ¡Qué gusto! Henry Devlin, psiquiatra y autor de un viejo artículo sobre la Solución Hemingway, el Henry Devlin que de niño virginal se había convertido en alguien alto y desgarbado a quien siempre le resbalaban las gafas por el puente de la nariz, alguien con bastantes canas y cuyos amigos estaban muertos, se habían escapado o habían cambiado, Henry Devlin, pues, se había detenido al lado de la verja abierta de un lugar adonde jamás regresaría, y, calzado con esquíes, comía nieve como un niño chupando un cornete en el circo, mientras veía quemarse el último escenario positivo de su vida. Las llamas ya atravesaban las tejas de madera de cedro. Se fundía la nieve y, convertida en agua hirviente, corría siseando por los canalones oxidados. Aparecían brazos de fuego por la puerta abierta, como anfitriones entusiastas animando a los recién llegados a darse prisa, caramba, a entrar de una vez antes de que se acabara de quemar todo. A consecuencia del tueste, la alfombra de pelusa rojiza que crecía en la losa de granito había pasado de dorada a gris.

— Así, así —murmuró entre dientes Henry, que sin darse cuenta abría y cerraba los puños alrededor de los bastones de esquí—. Así me gusta.

Siguió mirando otro cuarto de hora, y cuando ya no pudo soportarlo dio la espalda a las llamas y reemprendió en sentido inverso el camino por el que había venido.





7




Ya no le quedaban fuerzas. Tenía ante sí más de treinta kilómetros (para ser exactos, se dijo, treinta y cinco coma siete), y como no cogiera el ritmo jamás llegaría. Se mantuvo en el rastro endu-recido de la motonieve e hizo más paradas de descanso que en el camino de ida.

Es que entonces era más joven, pensó con una pizca, sólo una pizca, de ironía.

Se miró dos veces el reloj, sin acordarse de que en Jefferson Tract se había detenido el tiempo. Con aquella capa de nubes que no había manera de que se moviera, sólo estaba seguro de que era de día; y por la tarde, claro, pero no tenía ni idea de si faltaba poco o mucho para el anochecer. En cual-quier otra tarde le habría servido de indicio el hambre, pero ahora, con aquella cosa en la cama de Jo-nesy, y los huevos, y los cabellos con ojos negros y protuberantes... No, imposible. Y menos con el pie en el borde de la bañera. Tenía la sensación de que no podría volver a comer nada en toda su vida, y de que si comía sería algo que no contuviera nada rojo. ¿Setas? Tampoco, gracias.

Descubrió que esquiar era un poco como montar en bicicleta, al menos en desplazamientos así, a campo traviesa: no se olvidaba. En la primera cuesta se cayó una vez y le resbalaron los esquíes, pero la bajada, aparte de un poco de mareo y algunos vaivenes, fue una seda. Supuso que los esquíes no se enceraban desde la presidencia del plantador de cacahuetes, pero, mientras siguiera el rastro prensado de la motonieve, no tenía por qué sufrir ningún percance. Le asombró la cantidad de huellas de animales que punteaban Deep Cut Road. Nunca había visto siquiera una décima parte. Algunos bichos habían seguido la carretera, pero la mayoría de los rastros se limitaban a cruzarla de oeste a este. El parsimonioso trazado de Deep Cut Road estaba orientado al noroeste, y saltaba a la vista que el oeste era un punto cardinal que prefería evitar la fauna de la zona.

Estoy de viaje, se dijo Henry. Puede que un día escriba alguien un poema épico que se llame El viaje de Henry.

Rió, y en su garganta reseca la risa se hizo tos de perro. Orientó los esquíes hacia el borde del surco del vehículo, cogió otro par de puñados de nieve y se los comió.

— ¡Rica y sana! —proclamó — . ¡Nieve! ¡Algo más que un desayuno!

Miró el cielo, y fue un error. Al principio le rodó de tal modo la cabeza que temió caer de espaldas. Después de un rato se le pasó el vértigo. Las nubes parecían un poco más oscuras. ¿Iba a nevar? ¿O a hacerse de noche? ¿O las dos cosas a la vez? Le dolían las rodillas y los tobillos de tanto arrastrar los esquíes, y más le dolían los brazos de ejercer fuerza en los bastones, pero lo más resentido eran los pectorales. Para entonces ya se había resignado a no llegar a Gosselin antes de que se hubiera hecho de noche. Ahora, mientras comía más nieve, se le ocurrió la posibilidad de que pudiera no llegar.

Se aflojó la camiseta de los Red Sox que se había enroscado en la pierna, y al ver en el vaquero una raya muy roja le entró un miedo cerval. Le latía tan deprisa el corazón que en su campo visual aparecieron manchas blancas y pulsátiles. Acercó a lo rojo unos dedos que temblaban.

¿Qué pretendes hacer?, se preguntó con sorna. ¿Quitarlo como si sólo fuera un hilo o un poco de pelusa?

Fue exactamente lo que hizo, porque de eso se trataba, de un hilo que se había desprendido del logo de la camiseta. Lo soltó y lo vio flotar hacia la nieve. A continuación volvió a atarse la camiseta alrededor del corte del pantalón. Para ser alguien que menos de cuatro horas antes se planteaba todas las opciones finales (la soga, la bañera, la bolsa de plástico, la caída de un puente y, clásico entre clásicos, la Solución Hemingway, que en algunos ambientes también se conocía por Despedida del Policía), había pasado uno o dos segundos cagándose de miedo.

Porque así no quiero acabar, se dijo. No quiero que me coman vivo unas...

—Unas setas del planeta X —dijo.

Volvió a ponerse en camino.





8





El mundo se encogía, como es habitual cuando se pierden las últimas fuerzas sin haber acabado lo que se quería hacer ni estar cerca de la conclusión. La vida de Henry se reducía a cuatro movimi-entos sencillos y repetitivos: la presión de los brazos en los bastones y el arrastre de los esquíes por la nieve. Era como penetrar en otra zona. Se le marcharon los dolores, al menos de momento. Sólo se acordaba de haber tenido una sensación un poco parecida: en el instituto, jugando en el equipo de baloncesto de los Tigers de Derry. En el transcurso de una final importantísima, se había dado la coin-cidencia de que expulsaran por faltas a tres de los mejores cuatro jugadores del equipo cuando no habían pasado ni tres minutos del tercer cuarto. El entrenador había dejado que Henry jugara hasta el final. Lo había conseguido, pero, al pitarse el final del partido (perdiendo los Tigers con holgura), flotaba en una especie de nube feliz. Yendo al vestuario de los chicos, se le habían doblado las piernas a mitad del pasillo y se había derrumbado sin que se le borrara la sonrisa tonta, mientras sus compañeros de equipo, con el uniforme rojo de viaje, se reían, le animaban, aplaudían y silbaban.

Ahora no había nadie que aplaudiera ni silbara. El único ruido era el de ametralladoras al este, que quizá se hubiera vuelto un poco más lento, pero seguía dando guerra.

Lo de peor agüero, sin embargo, eran los disparos sueltos que se oían delante. ¿En la tienda de Gosselin? No se podía saber.

Henry se oyó cantar la canción de los Rolling Stones que menos le gustaba, Sympathy for the Devil (Made damn sure that Pílate washed his hands and sealed His fate, gracias, muchas gracias, sois un público fabuloso, buenas noches), y se obligó a interrumpirla al darse cuenta de que se le mezclaba la canción con recuerdos de Jonesy en el hospital, el Jonesy de marzo de aquel año, que más que demacrado estaba como encogido, como si le hubiera salido toda la esencia para formar un escudo protector en torno a su cuerpo sorprendido y ultrajado. En Jonesy, Henry había visto a una persona con muchas posibilidades de morir, y, si bien había acabado por salvarse, se percató de que la visita al hospital coincidía con el momento en que él había empezado a plantearse el suicidio como algo serio. La galería de imágenes truculentas que atormentaba sus noches (leche azulada en la barbilla de su padre, el bamboleo de las nalgas gigantescas de Barry Newman al huir de la consulta, Richie Grenadeau con una caca en la mano y diciéndole a Duddits Cavell, casi desnudo y llorando, que se la comiera, que tenía que comérsela) tenía una nueva incorporación: la cara chupada y la mirada de desquicio de Jonesy, víctima de un absurdo atropello; un Jonesy con aspecto de estar pidiendo pista para el último vuelo. Decían que estaba estable, pero Henry, en los ojos de su amigo de infancia, había leído otra palabra: crítico. ¿Simpatía por el diablo? Por favor. No había dios, diablo, ni simpatía; y darse cuenta de ello significaba meterse en un berenjenal. Tener contados los días de cliente viable y de pago en el gran parque de atracciones que era América del Norte.

Volvió a oírse cantar (But what's puzzling you is the nature of my game) y se impuso silencio. Pues ¿qué cantaba? Algo de encefalograma plano. Una tontería sin ningún contenido, pero jugosa, que chorreara América por los cuatro costados. ¿Qué tal aquella de las Pointer Sisters? Era muy buena.

Miró los esquíes en movimiento y la huella del perfil de los neumáticos de la motonieve, mientras entonaba la canción. En poco tiempo, repetida hasta la saciedad, se había convertido en un susurro monótono y desprovisto de melodía, que Henry recitaba mientras se le empapaba la ropa de sudor y se le helaba en el labio superior el moco líquido que le salía por la nariz;

/ know we can make it, I know we can, we can work it out, yes we can-can yes we can yes we can...3

Mejor, mucho mejor. Aquella sucesión de yes we can era tan americana como una camioneta Ford en el aparcamiento de una bolera, o una estrella del rock muerta en la bañera.






9





Y así, acabó volviendo al refugio donde había dejado a Pete y la mujer. Pete ya no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro.

El tejado oxidado del cobertizo se había desplomado. Henry lo levantó para cerciorarse de que no estuviera Pete, como si se tratara de una sábana metálica. La que estaba era la mujer, pero no en el mismo sitio que al marcharse Henry. O bien se había arrastrado, o la habían movido, pero a medio camino había caído víctima de un caso agudo de muerte. Tenía cubiertas la ropa y la cara del moho con color de herrumbre que había invadido la cabaña, pero Henry tomó nota de algo interesante: así como la pelusa que se cebaba en ella estaba en buena forma (sobre todo en los agujeros de la nariz y el ojo que quedaba a la vista, centro de una verdadera selva), la que se había apartado un poco del cadáver, rodeándolo de una especie de corona de pinchos desiguales, pasaba un mal trance. Detrás de la mujer, en el lado opuesto a la hoguera, el hongo se había vuelto gris y ya no crecía. El de la parte de delante no lo pasaba tan mal, gracias a haber dispuesto de calor y de una extensión de suelo donde se había derretido la nieve, pero las puntas de los filamentos estaban poniéndose de un gris como de ceniza volcánica.

Henry estaba casi convencido de que agonizaba.

Y, como el hongo, la luz del día. Ahora ya era indiscutible. Henry soltó la lámina oxidada de cinc, dejándola caer sobre el cadáver de Becky Shue y las últimas brasas de la hoguera. Acto seguido volvió a mirar el rastro de la motonieve y se lamentó de lo mismo que en la cabaña: de no tener consigo al amiguito de Jonesy, Hércules Poirot, para descifrar lo que veía.

El rastro se acercaba al tejado caído del cobertizo y volvía a alejarse en dirección noroeste, hacia la tienda de Gosselin. En la nieve había una zona deprimida que casi dibujaba el contorno de un cuerpo humano, y a cada lado, terrones redondos.

¿Tú qué dices, Hércules? —preguntó Henry—. ¿Qué quiere decir, mon amí¿

Hércules, sin embargo, nada dijo.

Henry volvió a cantar en sordina, mientras se acercaba a uno de los terrones redondos sin haberse dado cuenta de que las Pointer Sisters habían vuelto a dar paso a los Rolling Stones.

Quedaba bastante luz para ver que los tres hoyitos situados a la derecha de la forma humana llevaban impresa una trama, y se acordó de la codera que llevaba Pete en el brazo derecho de su trenca. Pete, con cierto (y peculiar) orgullo, le había contado que se la había cosido su novia, diciendo que cómo iba a ir de caza con la chaqueta rota. Henry recordó que el hecho de que Pete erigiera fantasías de un futuro feliz a partir de un solo gesto de amabilidad le había parecido al mismo tiempo gracioso y triste; gesto, además, que al fin y al cabo podía tener más que ver con la educación que había recibido la mujer en cuestión que con los sentimientos que albergara hacia el borracho de su novio.

En fin, poco importaba. Ahora la cuestión era que Henry consideraba que ya tenía fundamento para una deducción sólida. Pete había salido de debajo del tejado caído. Entonces había llegado Jonesy (o lo que gobernara a Jonesy, la nube), había dado un rodeo hacia los restos del cobertizo y había recogido a Pete.

¿Por qué?

Henry no lo sabía.

Las manchas que crecían en la huella del cuerpo de su amigo, que había conseguido salir de debajo de la chapa apoyándose en los dos codos, no eran exclusivamente de moho. Había algunas de sangre seca. Pete estaba herido. ¿Un corte al caérsele el techo? ¿Sólo eso?

Henry vio un reguero errático con forma de gusano que partía del molde del cuerpo de Pete y se detenía en algo que al principio le pareció un palo chamuscado, pero que, mejor observado, resultó ser otra especie de comadreja. Ésta estaba muerta, quemada y, donde no la había achicharrado el fuego, en proceso de volverse gris. Henry la apartó con la punta de la bota. Tenía debajo una masa congelada. Más huevos. Debía de haberlos puesto en plena agonía.

Henry, de una serie de patadas, cubrió de nieve tanto los huevos como el cadáver del pequeño monstruo. Después, tiritando, se deshizo la venda improvisada para echar otro vistazo a la herida de la pierna. Entonces se dio cuenta de cuál era la canción que le salía de la boca, y la cortó en seco. Poco a poco, caían los primeros copos sueltos de otra nevada.

— ¿Se puede saber por qué lo canto? —preguntó — . ¿Por qué me viene todo el rato a la cabeza esta mierda de canción?

No esperaba ninguna respuesta. Más que nada, se lo preguntaba en voz alta para oírse hablar. (Era un lugar muerto, y quizá hasta encantado.) Con todo, recibió una.

«Porque es la nuestra. Es el himno del escuadrón, el que ponemos para entrar a saco.»

Ahora al este se oía bastante menos ruido de ametralladoras. Casi había terminado la matanza de animales, pero había hombres, una fila larga de cazadores que en vez de ir de naranja iban de verde o de negro, y que trabajaban oyendo repetirse la misma canción, mientras acumulaban una cantidad increíble de carne muerta: / rodé a tank, hela a, general's rank, when the blitzkrieg raged and the bodies stank... Pleased to meet yon, hope you guess my ñame.

¿Qué ocurría, exactamente? No en el salvaje, inverosímil, prodigioso Mundo Exterior, sino en el interior de su cabeza. Henry siempre había tenido destellos de comprensión (al menos desde Duddits), pero lo de ahora no se parecía en nada. ¿De qué se trataba? ¿Había llegado el momento de examinar aquella manera nueva y poderosa de ver la línea?

No. No, no y no.

Y seguía la canción en su cabeza, como burlándose de él: general's rank, bodies stank.

¡Duddits! —exclamó en la tarde gris, que tocaba a su fin. Copos perezosos, como plumón saliendo de una almohada rota. Había un pensamiento luchando por nacer, pero era demasiado grande, demasiado.

— ¡Duddits! —volvió a exclamar con su voz exhortatoria. Algo entendía: que le había sido denegado el lujo del suicidio.

Era lo más horrible, porque aquellos pensamientos tan extraños (7 shouted out who killed the Kennedys) le estaban destrozando. Rompió de nuevo a llorar, desconcertado y asustado, solo en el bosque. Se le habían muerto todos sus amigos menos Jonesy, y Jonesy estaba en el hospital. Una estrella de cine en el hospital con el señor Gray.

— ¿Qué quiere decir eso? —gimió. Se dio una palmada en cada sien (tenía la sensación de que se le hinchaba la cabeza), y sus bastones de esquí, oxidados y viejos, colgaron inútiles de las anillas para las manos, como hélices rotas — . ¡Dios! ¿Qué quiere decir eso?

La única respuesta fue la canción: Pleased to meet yon! Hope you guess my ñame!

Nada, sólo nieve: enrojecida con sangre de animales muertos, animales muertos por doquier, todo un Dachau de ciervos, mapaches, conejos, comadrejas, osos, marmotas y...

Henry chilló, se sujetó la cabeza y chilló con tanta fuerza, desgañitándose tanto, que hubo un momento en que estuvo seguro de desmayarse. Después se le pasó la sensación de mareo y le pareció que se le despejaba la cabeza, al menos un rato. Le quedó una imagen luminosa de Duddits tal como era al conocerlo, bajo una luz que no era la del tema de los Stones, luz de blitzkrieg invernal, sino una luz cuerda de tarde de octubre. Duddits mirándoles con sus ojos rasgados, como de chino sabio. Duddits fue nuestro mejor momento, le había dicho Henry a Pete.

— ¿Qué adegla? —dijo Henry—. ¿Adegla tatilla?

Eso, adegla tatilla. Dale la vuelta, póntela bien, adegla tatilla.

Henry, que ahora sonreía un poco (a pesar de que seguía teniendo mojadas las mejillas con lágrimas que empezaban a congelarse), reemprendió su camino por el rastro rugoso de la motonieve.





10





A los diez minutos de esquiar llegó al emplazamiento del accidente, donde estaba volcado el Scout, y de repente se dio cuenta de dos cosas: de que en el fondo sí estaba muerto de hambre, y de que dentro había comida. Había visto huellas tanto de ida como de vuelta, y no le había hecho falta ningún Poirot para deducir que Pete había dejado sola a la mujer para volver al Scout. Tampoco tuvo que consultar al amigo Hércules para saber que la comida que habían comprado en el súper seguiría en el vehículo, o la mayor parte de ella. Ya sabía qué había venido a buscar Pete.

Rodeó el Scout siguiendo las huellas de Pete y, cuando estuvo en el lado del copiloto, se desató los esquíes, casi a riesgo de quedarse congelado. Como era el lado protegido del viento, apenas se habían borrado las palabras escritas en la nieve por Pete mientras se bebía sus dos cervezas: varios duddits. Al ver el nombre en la nieve, Henry tuvo escalofríos. Era como visitar la tumba de un ser querido y oír una voz saliendo de la tierra.





11




Dentro del Scout había trozos de cristal. Y sangre. Dado que la mayoría de las manchas estaban en el asiento de atrás, Henry tuvo la seguridad de que no se había derramado durante el accidente. Pete se había cortado en el viaje de regreso. Lo que le pareció interesante fue que no hubiera ni rastro de moho rojizo. Puesto que crecía con rapidez, la única conclusión lógica era que al venir a por cerveza Pete no estaba infectado. Después quizá sí, pero no entonces.

Cogió el pan, la mantequilla de cacahuete, la leche y el brick de zumo de naranja. A continuación salió de culo del Scout y se sentó con la espalda en la parte trasera volcada, mientras veía descender una gasa de nieve y engullía a dos carrillos pan con mantequilla de cacahuete, usando de cu-chillo el dedo índice y chupándoselo antes de volver a hundirlo en el tarro. La mantequilla de cacahuete estaba buena, y el zumo de naranja le duró dos tragos largos, pero no era suficiente.

—Lo que piensas es grotesco —anunció a la tarde casi oscura—. Y encima es rojo. Comida roja.

Sería todo lo rojo que se quisiera, pero lo había pensado, y tan grotesco tampoco debía de ser. Sobre todo por parte de alguien que había dedicado largas noches de insomnio a meditar sobre esco-petas, sogas y bolsas de plástico. Ahora mismo parecía todo un poco infantil, pero se trataba de la misma persona, de la preciada identidad de Henry Devlin. Por lo tanto...

Por lo tanto, damas y caballeros, me permitirán que concluya citando a Joseph Beaver Clarendon, que en paz descanse: «Dije "a la puta mierda" y metí diez centavos en el cepillo del Ejército de Salvación. Y, si no te gusta, cógeme la polla y me la chupas.» Muchas gracias.

Finalizado su discurso al Colegio de Psiquiatras, Henry volvió a meterse en el Scout, esquivando por segunda vez los trozos de cristal, y se apoderó de un envoltorio de carnicería donde la mano temblorosa del viejo Gosselin había escrito «$ 2,79». Una vez que se lo hubo metido en el bolsillo, volvió a salir a gatas, lo sacó y partió el cordel. Dentro había nueve salchichas bien gordas. De las rojas.

Durante breves instantes, su cerebro intentó visualizar al reptil sin patas, o lo que fuera, retorciéndose en la cama de Jonesy y mirándole con ojos negros y vacíos, pero Henry lo hizo desaparecer con la rapidez y la facilidad de alguien cuyo instinto de supervivencia siempre había estado a salvo de indecisiones.

A pesar de que las salchichas ya estaban cocidas, las calentó pasándoles la llama de su mechero. En cuanto tenía una más o menos caliente, se la tragaba envuelta en pan. Lo hacía sonriendo, porque se daba cuenta de que era un espectáculo ridículo. En fin, ¿no decían que los psiquiatras acababan igual de mochales o más que sus pacientes?

Haber conseguido tener el estómago lleno: he ahí lo importante, aunque no tanto como que se le hubiera borrado de la cabeza cualquier rastro de ideas inconexas o imágenes fragmentarias. Y que se hubiera callado la canción. Confió en que no volvieran, ni las unas ni las otras. ¡Nunca más, por favor!

Se acordó de lo que había dicho Pete sobre la tertulia de Gosselin (cazadores desaparecidos y luces en el cielo), y de lo a gusto que se había quedado el Gran Psiquiatra Americano despachándolo con un rollo macabeo sobre satanismo en Washington, malos tratos en Delaware e histeria colectiva. Con la boca y la mitad del cerebro, dándoselas de listo y gran experto, y con la otra mitad jugando a suici-darse, como un bebé que acaba de descubrirse los dedos del pie en la bañera. Era un discurso la mar de razonable, digno de cualquier debate televisivo con bastantes ánimos para dedicar una hora al tema de las relaciones entre el subconsciente y lo desconocido, pero ahora había cambiado la situación. Ahora se había convertido él en cazador desaparecido, y había visto cosas que no se podían encontrar en Internet, ni siquiera usando el buscador más potente del mercado.

Se quedó con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la barriga llena. La Garand de Jonesy estaba apoyada en un neumático del Scout, La nieve se posaba en sus mejillas y frente como almohadillas de gato, muy ligeramente.

—Pues nada, ya está aquí lo que esperaban todos los pirados — dijo—. Encuentros en la tercera fase. O en la cuarta, o en la quinta... ¡No te jode! Pete, perdona que me riera de ti. Tenías razón tú, no yo. Qué va, mucho peor. El que tenía razón era el carcamal de Gosselin. ¡Para eso no hacía falta ir a Harvard!

Fue decirlo en voz alta y que empezaran a cuadrarle las cuentas. Había aterrizado algo, o se había estrellado, y se había producido una respuesta armada del gobierno de Estados Unidos. ¿Le estaban contando lo ocurrido al mundo exterior? Ni era probable ni era su estilo, pero Henry tenía la sensación de que no podrían retrasarlo mucho.

¿Sabía algo más? Quizá, y acaso fuera un poco más que lo que sabían los tripulantes de los helicópteros y los pelotones armados.

Era obvio que creían hacer frente a un contagio, pero a Henry no le parecía tan peligroso como a ellos. El moho, ciertamente, se asentaba y crecía, pero después se moría. Hasta se había muerto el parásito de dentro de la mujer. Si se trataba de un hongo interestelar, mala época del año y mal lugar había elegido. Otros tantos argumentos a favor de la hipótesis de la nave estrellada, aunque... ¿verdad que los griegos habían tomado el caballo de madera por un regalo? Y ¿qué decir de las luces del cielo? ¿Y de los implantes? Ya hacía muchos años que las mismas personas que se proclamaban víctimas de un rapto extraterrestre aseguraban, además, haber sido desnudadas... examinadas... obligadas a recibir implantes... Ideas, todas ellas, tan freudianas que casi daban risa...

Dándose cuenta de que divagaba, Henry despertó a la realidad de una manera tan brusca que se le cayó de las rodillas el paquete abierto de salchichas, y acabó en la nieve. Más que divagar, cabeceaba. El día había perdido bastante más luz, pintando el mundo de un color mate de pizarra. Henry tenía manchitas de nieve por todos los pantalones. Le había faltado poco para roncar.

Se limpió los copos, y al levantarse le dolieron tanto los músculos que hizo una mueca. Miró las salchichas tiradas por la nieve con algo bastante parecido al asco, pero luego se agachó, volvió a envolverlas y se las guardó en un bolsillo de la chaqueta. Tal vez más tarde recuperaran su atractivo. Esperaba sinceramente que no, pero nunca se sabía.

—Jonesy está en el hospital —dijo bruscamente, sin encontrarle sentido a sus palabras — . Jonesy está en el hospital con el señor Gray. Tiene que quedarse en la UCI.

Palabras de loco. Volvió a ceñirse los esquíes a las botas, rezando por que al agacharse no se le agarrotara la espalda, y regresó al camino bajo una nevada cada vez más espesa y un cielo casi nocturno.

Cuando se percató de que se había acordado de coger las salchichas, pero no la escopeta de Jonesy (por no hablar de la suya), estaba demasiado lejos para volver.





12





Pasados, calculaba, unos tres cuartos de hora, se detuvo y miró el rastro del Arctic Cat con cara de tonto. La luz del día, ahora, era un simple rescoldo, pero bastaba para ver que el rastro (lo que de él quedaba) torcía repentinamente a la derecha y se internaba en el bosque.

¡Coño! ¿Cómo que en el bosque? ¿Para qué se había metido Jonesy en el bosque (y Pete, si estaban juntos)? ¿Qué sentido tenía, si con Deep Cut Road no había pérdida, si era un camino blanco entre unos árboles cada vez más oscuros?

—Deep Cut va hacia el noroeste —dijo, con las puntas de los esquíes tocándose y las salchichas mal envueltas asomando por el bolsillo de la chaqueta—. La carretera que se acaba en lo de Gosselin, la asfaltada, no puede estar a más de cinco kilómetros. Jonesy ya lo sabe. Pete también. En cambio, la motonieve... va hacia... — Sostuvo en alto los brazos como manecillas de reloj, calculando—. La motonieve va casi directa hacia el norte. ¿Por qué?

Quizá supiera la razón. Hacia Gosselin el cielo estaba más claro, como si hubieran instalado baterías de luces. Se oía un ruido de helicópteros de intensidad variable, pero que siempre tendía hacia aquella dirección. Al acercarse, le pareció oír más maquinaria pesada: vehículos de carga, y quizá generadores. Al este persistía alguna ráfaga esporádica de ametralladora, pero se notaba que lo gordo estaba en la dirección que seguía él.

— Han montado un campamento en lo de Gosselin —dijo Henry—. Y Jonesy no quiere tener nada que ver.

Tuvo la sensación de haber dado en el clavo, aunque... ¿no había quedado en que ya no existía ningún Jonesy? Sólo la nube rojinegra.

—No, mentira —dijo—. Jonesy aún existe. Jonesy está en el hospital con el señor Gray. La nube es eso: el señor Gray. —Y luego, sin venir a cuento (al menos que supiera) — : ¿Qué adegla? ¿Adegla tatilla? —Elevó su mirada hacia la cortina de nieve (de momento era mucho menos gruesa que la nevada de antes, pero empezaba a espesarse), como si tuviera fe en que arriba había un Dios que le escrutaba con la curiosidad, pero también con la frialdad, de un científico observando las evolu-ciones de un paramecio —. ¿De qué coño hablo? ¿Me puedes dar alguna pista?

En lugar de respuesta, un recuerdo suelto. En marzo pasado, él, Pete, Beaver y Carla, la mujer de Jonesy, habían compartido un secreto. Carla era de la opinión de que Jonesy no tenía por qué enterarse de que se le hubiera parado dos veces el corazón, una justo después de llegar la ambulancia al lugar del accidente y otra poco después de ingresar en el hospital. Jonesy ya sabía que le había faltado poco para decir adiós al mundo cruel, pero no hasta aquel punto (al menos que supiera Henry). Por otro lado, si Jonesy había vivido alguna experiencia de verse bañado en luz, a lo Kü-bler-Ross, se la había guardado o se la habían borrado de la memoria las diversas dosis de anestesia y los calmantes a discreción.

Llegó del sur un ruido tremendo que aumentó a velocidad aterradora. Henry se agachó y se tapó las orejas, mientras pasaba por encima lo que, a juzgar por el sonido, debía de ser todo un escuadrón de cazas. No vio nada, pero al alejarse el fragor de los aviones, tan deprisa como había llegado, se incorporó con el corazón a cien. ¡Caray! ¡Uf! Se le ocurrió que debía de ser el mismo ruido que se había escuchado en las bases aéreas de alrededor de Irak durante los días previos a la operación Tormenta del Desierto.

¿Quería decir que Estados Unidos acababa de entrar en guerra con seres de otro mundo? ¿Que Henry vivía en una novela de Robert Heinlein? Experimentó una palpitación muy intensa que le presionaba la boca del estómago. En ese caso, quizá el enemigo, a la hora de devolverle el golpe al Tío Sam, contara con algo más que algunos centenares de Scuds soviéticos hechos polvo.

No te comas el coco, que no depende de ti. Aquí lo que interesa es decidir el paso siguiente. ¿Qué piensas hacer?

El rugido de los cazas ya se había diluido en un murmullo, pero supuso que volverían, y quizá con amigos.

Sin embargo, la opción de seguir el rastro de la motonieve se descartaba sola. Oscurecería del todo dentro de media hora, lo que tardaría en perder la pista, aparte de que la borraría la nueva nevada. Acabaría yendo sin rumbo por el bosque, tan desorientado como en ese momento debía de estarlo el propio Jonesy, según todas las probabilidades.

Suspirando, se apartó del rastro de la motonieve y siguió por la carretera.




13




Al acercarse a la confluencia de Deep Cut Road y la carretera asfaltada de dos carriles que recibía el nombre de Swanny Pond Road, Henry estaba tan cansado que casi no podía sino tenerse en

pie. Se notaba los músculos de los muslos como bolsitas de té mojadas. No había ningún bálsamo para su fatiga, ni siquiera las luces al noroeste del horizonte, que ahora brillaban con mucha más fuerza, ni el ruido de motores y helicópteros. Tenía delante la última cuesta, larga y empinada. Al otro lado acababa Deep Cut Road y empezaba Swanny Pond Road. En la segunda podía haber incluso tráfico, máxime si estaban llegando tropas. -Venga —dijo—. Venga, venga, venga.

Sin embargo, se quedó un poco más donde estaba. No quería subir a la colina. Se agachó y cogió más nieve. En la oscuridad, la montañita que tenía en las dos manos parecía una almohada pequeña. Le dio unos mordisquitos, no porque le apeteciera, sino porque no tenía ningunas ganas de seguir adelante. Las luces procedentes de Gosselin eran más comprensibles que las que habían visto él y Pete moviéndose en el cielo («¡han vuelto!», había exclamado Becky, como la niña que está delante de la tele en la peli de Spielberg), pero tenían algo que a Henry le gustaba todavía menos. Los motores y generadores hacían un ruido como de... hambre.

A continuación, como era verdad que no había otro camino, empezó a subir por la última colina que le separaba de una carretera auténtica.






14




Al llegar a la cima tomó aliento y se apoyó en los bastones. Arriba hacía más viento, y se metía por la ropa. Notó que le dolía la pierna izquierda en el corte de la varilla del intermitente, y volvió a preguntarse si debajo de la venda improvisada no estaría incubando una pequeña colonia de moho. Era demasiado de noche para verlo. Mejor, porque lo único bueno que podía pasarle era que siguiera todo igual.

Emprendió la bajada hacia el final de Deep Cut Road.

Aquella ladera era más empinada que la otra, y en poco tiempo, más que caminar, esquiaba. Fue acelerando sin saber si lo que sentía era miedo, euforia o una mezcla malsana de ambas cosas. Lo seguro era que iba demasiado deprisa para la visibilidad, que casi era nula, y para sus dotes de esquia-dor, que estaban tan oxidadas como los fijadores de los esquíes. Corría tanto que ni siquiera veía los árboles, y de repente se dio cuenta de que podían solucionársele de golpe todos sus problemas.

Se le fue volando la gorra y, con el gesto automático de querer cogerla, levantó del suelo uno de los dos bastones. Lo entrevio colgando en la penumbra, y de repente ya no tenía equilibrio. Estaba a punto de caer rodando. Mientras no se rompiera la puta pierna, hasta podía ser bueno. Al menos era una manera de detenerse. Sólo tendría que levantarse y...

Fogonazo de luz al encenderse, de focos grandes montados en camiones. Antes de que el brillo le cegara del todo, Henry distinguió lo que parecía un camión de plataforma, uno de los que llevaban pasta de papel, atravesado al final de Deep Cut Road. No cabía duda de que eran luces con sensor de movimiento. Delante había una hilera de hombres en pie.

¡alto! —le ordenó por amplificación una voz aterradora que parecía la de Dios — . ¡alto o disparamos!

Henry sufrió una caída aparatosa y le salieron despedidos los esquíes. Se le torció un tobillo, gritó de dolor, perdió un bastón y se le partió el otro por la mitad, mientras expulsaba todo el aire que le quedaba en los pulmones, llenando el aire de vaho. Después de mucho resbalar, acumulando nieve entre las piernas abiertas, se detuvo con los brazos y las piernas torcidas, un poco en forma de esvástica.

Mientras recuperaba la visión, oyó ruido de pasos haciendo crujir la nieve. A duras penas consiguió sentarse. Aún no sabía si se había roto algo.

A unos tres metros colina abajo había seis hombres cuyas sombras, proyectadas en el polvillo de diamantes de la nieve fresca, parecían más largas y recortadas de lo normal. Los seis llevaban parka, y mascarillas de plástico transparente en la boca y la nariz. Tenían estas un aspecto de mayor eficacia que las que había encontrado Henry en el cobertizo de la motonieve, pero sospechó que la intención era la misma.

Otra cosa que llevaban eran armas automáticas, todas apuntándole. Ahora Henry consideraba una suerte haberse dejado en el Scout tanto la Garand de Jonesy como su Winchester. Armado, quizá a esas alturas ya tuviera una docena o más de agujeros en el cuerpo.

—Me parece que no lo tengo —dijo con voz ronca—. No sé qué les preocupa, pero me parece que no...

— ¡en pie!

Volvía a ser la voz de Dios, saliendo del camión. Los hombres de delante de Henry obstaculizaban cierta cantidad de luz, permitiéndole ver que al pie de la colina, donde se juntaban las dos carreteras, había más efectivos. Aparte del encargado del megáfono, iban todos armados.

—No sé si voy a poder lev...

¡en pie ahora mismo! —ordenó Dios.

Uno de los hombres que estaban cerca de Henry le hizo un gesto significativo con el cañón de la escopeta.

Henry consiguió levantarse, aunque le temblaban las piernas y le dolía mucho el tobillo que se había torcido. De momento, sin embargo, todo cumplía su función. Aquí acaba el viaje de Henry, pensó, y se echó a reír. Los hombres de delante se miraron con desasosiego y, si bien volvían a apuntarle, para Henry fue un consuelo comprobar que tenían emociones humanas.

Bajo el intenso resplandor de los focos instalados en la plataforma del camión, Henry vio algo tirado en la nieve. Se le había caído del bolsillo durante la caída. Poco a poco, consciente del riesgo de que le pegaran un tiro, se agachó.

¡no toque nada! —exclamó Dios por Su altavoz, que estaba sobre la cabina del camión.

Los hombres de abajo también levantaron las armas, y en cada boca de cañón había un poco de hola, amiga oscuridad.

—Jódete y baila —dijo Henry (de lo más logrado de Beav), recogiendo el paquete. Después se lo enseñó sonriendo a los hombres armados y enmascarados de delante—. Vengo en son de paz para toda la humanidad —dijo — . ¿A alguien le apetece una salchicha?





XII



JONESY EN EL HOSPITAL





1


Era un sueño.

No lo parecía, pero tenía que serlo. Para empezar, ya había vivido un 15 de marzo, y consi-deraba una injusticia monstruosa tener que vivir otro. Segunda prueba: los ocho meses entre mediados de marzo y mediados de noviembre le habían dejado muchos recuerdos. Ayudar a los niños a hacer los deberes, oír a Carla hablando por teléfono con sus amigos (muchos del programa de Drogadictos Anónimos), dar una conferencia en Harvard... y, por supuesto, los meses de rehabilitación física. Las flexiones interminables, la fatiga de gritar cada vez que volvían a estirársele las articulaciones, pero con aquella resistencia que... Él diciéndole a Jeannie Morin, su terapeuta, que no podía, y ella a él que sí. Él llorando y ella sonriendo de oreja a oreja (aquella sonrisa odiosa e inexpugnable), y al final había tenido razón ella: podía, en efecto, pero ¡a qué precio!

Se acordaba de todo eso y de más cosas: de levantarse por primera vez de la cama, de limpiarse por primera vez el culo, de la noche de principios de mayo en que se había acostado pensando «voy a superarlo» por primera vez, de la noche de finales de mayo en que él y Carla habían hecho el amor por primera vez desde el accidente, y del chiste que le había contado al acabar (¿Cómo follan los puercoespines? Con mucho cuidado)... Se acordaba de haber presenciado los fuegos artificiales del 30 de mayo, día de los caídos en la guerra, con un dolor horroroso en la cadera y la parte de arriba del muslo. Se acordaba de haber comido sandía el 4 de Julio, fiesta nacional, escupir las pepitas en la hierba y ver a Carla y sus hermanas jugando a badminton, con un poco menos de dolor de cadera y de muslo. Se acordaba de haber hablado por teléfono con Henry en septiembre, y de haberle dicho «vengo seguro» sin prever lo poco que le gustaría la sensación de tener la Garand en la mano. Habían hablado del trabajo (Jonesy había dado clases las tres últimas semanas antes de las vacaciones de verano, hecho un chaval con la muleta), de sus familias respectivas, de los libros que habían leído y las películas que habían visto... Henry había hecho el mismo comentario que en enero, que Pete bebía demasiado, y Jonesy, que con su mujer ya había librado una guerra contra la adicción, no había querido hablar del tema. En cambio había acogido con verdadero entusiasmo la idea, original de Beaver, de que al final de la semana de caza pasaran por Derry para visitar a Duddits Cavell. Ya hacía demasiado tiempo que no se veían, y nada como un poco de Duddits Cavell para levantarle a alguien los ánimos. Además...

— Oye, Henry —había preguntado—, ¿verdad que ya habíamos hecho planes de ir a ver a Duddits? Pensábamos ir para San Patricio. No me acordaba, pero lo tengo escrito en el calendario del despacho.

—Sí —había contestado Henry—, la verdad es que sí.

—Para que hablen de la suerte de los irlandeses.

El resultado de esos recuerdos era que Jonesy estaba convencido de que el 15 de marzo ya había pasado. Se trataba de una tesis abonada por toda clase de pruebas, empezando por el calendario del despacho; y sin embargo volvían a fastidiarle los idus de marras, y ahora... ¡Ay! Hablando de injusticias, ahora el quince parecía más quince que nunca.

Hasta entonces, sus recuerdos de la fecha nunca habían ido más allá de alrededor de las diez de la mañana. Había estado en su despacho tomando café y amontonando libros para llevarlos al depar-tamento de historia, donde había una mesa de gratis con CARNET de ESTUDIANTE. Por motivos que se le escapaban, esa mañana no estaba contento. Según el mismo calendario que le había recor-dado la visita fallida a Duddits del 17 de marzo, el 15 tenía hora con un alumno que se llamaba David Defuniak. Jonesy no tenía presente el motivo de la cita, pero más tarde encontró un mensaje de uno de sus ayudantes sobre un trabajo del tal Defuniak para recuperar nota (consecuencias a corto plazo de la conquista normanda), o sea, que debían de haber hablado de eso. De acuerdo, pero ¿en qué podía incomodar al profesor adjunto Gary Jones un trabajo para recuperar nota?

Al margen de su estado de ánimo, se acordaba de haber cantado una canción, primero tara-reándola y después con el texto, que casi no tenía sentido: Yes we can, yes we can-can, great gosh a'mighty yes we can-can. A partir de entonces sólo quedaban una serie de retazos (desearle buen día de San Patricio a Colleen, la secretaria pelirroja del departamento, comprar el Boston Phoenix en el quiosco de delante de la facultad, dejar una moneda de veinticinco centavos en la funda del saxo de un tío rapado justo después de cruzar el puente, en el lado de Cambridge, compadecerse de él porque llevaba jersey fino y soplaba mucho viento del río Charles), pero, desde que había preparado los libros para donarlos, tenía casi toda la memoria en blanco. Había recuperado la conciencia en el hospital, con aquella letanía procedente de una de las habitaciones de al lado: «Basta, por favor, que no lo aguanto; que me pongan una inyección. ¿Dónde está Marcy? ¡Que venga Marcy!» A menos que fuera: «¿Dónde está Jonesy? ¡Que venga Jonesy!» La muerte con sus artimañas de siempre. La muerte haciéndose pasar por un paciente. La muerte fingiendo dolor. La muerte le había perdido la pista. ¿Imposible? No en un hospital tan grande, tan repleto de sufrimiento, tan a reventar de sudores agónicos... Ahora la muerte, la vieja y sigilosa muerte, intentaba volver a encontrarle. Intentaba engañarle. Intentaba que se delatase.

Con la diferencia de que ahora ya no había ningún vacío en la memoria para consolarle. Ahora, además de desearle feliz día de San Patricio a Colleen, le cuenta un chiste. Luego sale, llevando en la cabeza a su futuro yo (el de noviembre) como si fuera un polizón. Su futuro yo decide hacer a pie el camino hacia su cita en Cambridge, oyendo pensar a su yo de marzo: al final se ha arreglado el día. Intenta decirle a su yo de marzo que es mala idea, una idea fatal, y que se ahorrará varios meses de sufrimiento sólo con coger un taxi o el metro, pero le resulta imposible comunicarse. Quizá tuvieran razón todos los relatos de ciencia ficción sobre viajes en el tiempo que leyó en la adolescencia: no se puede cambiar el pasado de ninguna manera.

Cruza el puente, y, si bien hace un viento un poco frío, disfruta tener el sol de cara, y verlo quebrarse en el Charles en mil astillas de luz. Canta un fragmento de Here Comes the Sun y vuelve a las Pointer Sisters: Yes we can-can, greatgosb a'mighty. Marcando el ritmo con el maletín. Dentro lleva el bocadillo. Huevo y lechuga. Ñam, ha dicho Henry. MMDD, ha dicho Henry.

He aquí al saxofonista, y sorpresa: no está al final del puente de Massachusetts Avenue, sino un poco más adelante, al lado del campus del MIT, delante de uno de los restaurantitos indios para gente enrollada. Tirita de frío y es calvo, con unos cortes en el cuero cabelludo que indican que no tiene madera de barbero. Su manera de tocar These Foolish Things indica que tampoco tiene madera de saxofonista, y Jonesy siente ganas de decirle que se haga carpintero, actor, terrorista o cualquier cosa menos músico. No sólo no lo hace, sino que le da ánimos, pero no dejándole en la funda (forrada de terciopelo morado con repelones) la moneda de veinticinco centavos que recordaba, sino un buen puñado de calderilla. Lo achaca al primer sol que calienta tras un invierno largo y frío. Lo achaca a lo bien que le ha acabado yendo con Defuniak.

El saxofonista se lo agradece con un movimiento de los ojos, pero no deja de tocar. Jonesy se acuerda de otro chiste: ¿Qué es un saxofonista con tarjeta de crédito? Un optimista.

Sigue caminando y moviendo el maletín sin escuchar al Jonesy de dentro, el que ha venido de noviembre nadando contra la corriente como un salmón. «Para un rato, Jonesy. Sólo hacen falta unos segundos. Átate un zapato, o lo que sea.» (No sirve, porque lleva mocasines. Pronto también llevará un yeso.) «El cruce de ahí delante es donde te pasa todo, el de la parada del metro, Massachusetts Avenue con Prospect. Viene un viejo chocho, un profesor de derecho conduciendo un Lincoln azul marino que va a dejarte como papel de fumar.»

Pero no sirve de nada. Por mucho que grite no sirve de nada. Está cortada la línea telefónica. No se puede volver; nadie puede matar a su propio abuelo, ni pegarle un tiro a Lee Harvey Oswald en el momento en que se pone de rodillas junto a una ventana del tercer piso del Texas Book Depository y apunta a Kennedy con una escopeta comprada por correo, mientras se le enfría el pollo frito que tiene al lado en un plato de cartón; no se pueden detener los propios pasos por el cruce de Massachu-setts Avenue y Prospect Street con el maletín en una mano y el Boston Phoenix (que acabará sin leer) en la otra. «Perdone, pero es que se ha cortado la línea por Jefferson Tract; la cosa está muy jodida y no puedo pasarle la llamada...»

Pero entonces... ¡Esto es nuevo! ¡El mensaje, al fin y al cabo, alcanza su destino! Al llegar a la esquina y quedarse parado en el bordillo, a punto de bajar al paso de cebra, ¡lo recibe!

—¿Qué? —pregunta.

El hombre que se le ha detenido al lado, el primero en socorrerle en un pasado que, felizmente, parece que se va a poder borrar, le mira con recelo y, como si hubiera con ellos alguien más, dice:

—Yo no he dicho nada.

Jonesy apenas le oye, porque en realidad hay alguien: una voz interior que guarda un parecido sospechoso con la suya, y que le grita que se quede en la acera, que no baje a la calzada...

Entonces oye llorar a alguien, mira al otro lado de Prospect Street y... ¡Por todos los santos! ¡Es Duddits, Duddits Cavell en calzoncillos de Scooby-Doo y con la boca manchada de algo marrón! Parece chocolate, pero Jonesy sabe que no, que es caca de perro. Richie, a pesar de todo, le obligó a comérsela, y los peatones circulan sin fijarse en él, como si Duddits no estuviera.

—¡Duddits! —le llama Jonesy — . ¡Espera, tío, que ahora vengo!

Y salta a la calzada sin mirar; y el pasajero, impotente, no tiene más remedio que dejarse llevar. Acaba de entender exactamente el cómo y el porqué del accidente: es cierto que el viejo tiene síntomas de Alzheimer, y que no tendría ni que conducir, pero sólo es un factor. El otro, escondido en la negrura que durante meses ha rodeado al atropello, es el siguiente: había visto a Duddits y se había lanzado a la calle sin acordarse de mirar.

También entrevé otra cosa: una especie de trama vastísima, como un atrapasueños que une todos los años desde que conocieron a Duddits Cavell, en 1978; algo que también ata el futuro.

El sol se refleja en un parabrisas. Lo ve con el rabillo del ojo. Viene un coche, y demasiado deprisa. El hombre que estaba con él en la acera, el de «yo no he dicho nada», da un grito:

— ¡Cuidado!

Jonesy, sin embargo, casi no le oye. Porque en la acera, detrás de Duddits, hay un ciervo, un hermoso ejemplar casi tan grande como un hombre. Después, justo antes de que le atropelle el coche, ve que de hecho el ciervo es un hombre, alguien con gorro naranja, y chaleco naranja. Lleva en el hombro una especie de mascota repugnante, un bicho sin patas que recuerda a una marmota y tiene enormes ojos negros. La cola (que podría ser un tentáculo) se ha enroscado en el cuello del hombre. Pero bueno, piensa Jonesy, ¿cómo puedo haberle confundido con un ciervo? Entonces el Lincoln choca con él y le derriba. Oye el chasquido en sordina con que se le rompe la cadera.






2





No hay oscuridad. Esta vez no. Para bien o para mal han instalado fluorescentes en la calle de la Memoria. A pesar de ello, la película es incoherente, como si el montador hubiera regado la comida con unas copas de más y se le hubiera olvidado el argumento. En parte tiene que ver con la deformación extraña que ha sufrido el tiempo: tiene la sensación de vivir a la vez en el pasado, el presente y el futuro.

«Es la manera que tenemos de viajar —dice una voz, y Jonesy se da cuenta de que es la que pedía que viniera Marcy y que le dieran una inyección—. Cuando llega a cierto punto la aceleración, todos los viajes se convierten en viajes en el tiempo. Todos tienen como base la memoria.»

El hombre de la esquina, el de «yo no he dicho nada», se agacha al lado de Jonesy, le pregunta si está bien, ve que no, alza la vista y dice:

— ¿Quién tiene un móvil? Este hombre necesita una ambulancia.

Cuando levanta la cabeza, Jonesy ve que tiene un cortecito debajo de la barbilla. Debe de habérselo hecho durante el afeitado matinal, sin darse ni cuenta. Qué entrañable, piensa Jonesy. Entonces salta la película, y aparece alguien con abrigo rojizo y sombrero de fieltro. A este vejete descerebrado le pondremos el nombre de «señor Qué he hecho», porque es lo que se dedica a pregun-tar a todo el mundo. Dice que se ha despistado un segundo, y que ha notado un golpe. ¿Qué he hecho? Dice que nunca le han gustado los coches grandes. ¿Qué he hecho? Dice que no se acuerda del nombre de su compañía de seguros. ¿Qué he hecho? Tiene una mancha en la entrepierna. Jonesy, tirado en la calle, no puede evitar que el carcamal le inspire una especie de compasión exasperada. Tiene ganas de poder decirle: «¿Quieres saber qué has hecho? Pues mírate los pantalones. Te has hecho pipí encima.»

Otro salto en la película. Ahora se ha congregado todavía más gente alrededor. Parecen muy altos, y Jonesy piensa que es como ver un entierro desde el ataúd. La idea le recuerda un cuento de Ray Bradbury, titulado, cree, «La multitud», en el que la gente que acude a los accidentes (siempre la misma) decide el destino del accidentado con sus comentarios. Si murmuran que no ha sido tan grave, que qué suerte que el coche se haya desviado en el último segundo, la víctima sobrevivirá. En cambio, si los integrantes del corro empiezan a decir cosas como «tiene mal aspecto», o «yo creo que de esta no sale», la víctima muere. Siempre es la misma gente, con las mismas caras vacuas de fascinación; los cotillas que, si no ven la sangre y no oyen quejarse al herido, no viven.

En el grupo apretado de gente rodeándole, justo detrás del de «yo no he dicho nada», Jonesy ve a Duddits Cavell, que ahora va vestido y tiene aspecto normal; vaya, que ya no lleva bigotes de caca. También está McCarthy, el de «mira que estoy a la puerta y llamo», piensa Jonesy. Y alguien más. Un hombre gris. Aunque en realidad no es un hombre, sino el extraterrestre que había aparecido a sus espaldas estando Beaver en la puerta del lavabo. Dos ojos negros muy grandes dominan una cara que por lo demás apenas tiene rasgos. La piel de elefante ya no presenta la misma flaccidez. ET todavía no ha empezado a sucumbir al entorno. Todo llegará. Al final, este mundo lo disolverá como ácido.

«Te explotó la cabeza», intenta decirle Jonesy al hombre gris, pero no le sale ninguna palabra de la boca, que de hecho ni siquiera se abre. Aun así parece que le ha oído, porque inclina ligeramente la cabeza gris.

—Se está desmayando —dice alguien.

Y, entre lamentos del señor Qué he hecho, vuelve a saltar la película.





3





Está inconsciente en la parte de atrás de una ambulancia, pero viéndose a sí mismo desde arriba. He aquí otra novedad, algo que después preferirán no contarle: mientras le cortan los pantalones, dejando a la vista una cadera que está como si le hubieran cosido debajo dos pomos de puerta grandes y mal hechos, sufre un paro cardíaco. Lo reconoce perfectamente porque con Carla nunca se pierden ni un episodio de Urgencias; hasta ven las reposiciones. Uno de los de la ambulancia lleva en el cuello un crucifijo de oro, y al inclinarse sobre Jonesy le roza la nariz. El cuerpo que examina está más muerto que vivo. ¡Joder, que se murió en la ambulancia! ¿Por qué no le había dicho nadie que se murió en la puta ambulancia? ¿Qué se creían, que no le interesaría? ¿Que reaccionaría como viniendo de vuelta de todo ?

— ¡Dale! —vocifera el colega del crucifijo. Justo antes de la sacudida, el conductor gira la cabeza y Jonesy ve que es la madre de Duddits. Luego le dan con el potingue y le salta todo el cuerpo, todas las carnes, que habría dicho Beaver. Aunque el Jonesy que mira no tenga cuerpo, no deja de acusar la electricidad, un impacto fortísimo que ilumina el árbol de su sistema nervioso como un cohete.

La parte de él que ocupa la camilla salta como un pez fuera del agua. A continuación se queda quieta. El técnico que está de cuclillas detrás de Roberta Cavell mira el monitor y dice: —Nada, tío, que no. Dale otra vez.

Justo cuando el otro le hace caso, salta la película y Jonesy está en un quirófano.

No, no es del todo verdad. Está en el quirófano una parte de él, pero el resto observa desde detrás de un cristal. Hay dos médicos más, pero no parece que les interesen los esfuerzos del equipo quirúrgico por recomponer a Jonesito. Juegan a cartas, y tienen encima el atrapasueños de Hole in the Wall moviéndose con el chorro del aire acondicionado.

Jonesy no tiene muchas ganas de ver qué ocurre al otro lado del cristal. No le gusta el cráter sangriento de donde había tenido la cadera, ni el hueso roto que se adivina debajo. A pesar de que en su estado incorpóreo no tenga estómago con que marearse, se marea. Uno de los médicos que juegan a cartas dice detrás:

  • Duddits fue nuestra manera de definirnos. Fue el mejor momento del grupo. Y contesta el

otro:

—¿Tú crees?

Entonces Jonesy se da cuenta de que los médicos son Henry y Pete.

Se vuelve hacia ellos, y por lo visto no es tan incorpóreo como creía, porque se ve reflejado vagamente en la ventana que da al quirófano. Tiene la piel gris, la cara sin nariz y unos ojos negros y bulbosos. Se ha convertido en uno de ellos, en uno de los...

Uno de los grises, piensa. Es como nos llaman: los grises. Algunos también nos llaman negros del espacio.

Abre la boca para decirlo, o para pedir a sus amigos de infancia que le ayuden (siempre que han podido se han echado una mano), pero justo entonces vuelve a saltar la película (maldito montador, yendo borracho al trabajo) y está en la cama de una habitación de hospital, y dice alguien:

— ¿Dónde está Jonesy? ¡Que venga Jonesy! ¿Ves?, piensa con satisfacción, dentro de la angustia. Ya sabía yo que decía Jonesy y no Marcy. Es la muerte, o la Muerte, llamándome, y para esquivarla tengo que moverme lo mínimo; con tanta gente no ha podido cogerme, en la ambulancia casi me echa la mano encima, y ahora está aquí en el hospital, disfrazado de paciente.

—Basta, por favor, que no lo aguanto; que me pongan una inyección. ¿Dónde está Jonesy? ¡Que venga Jonesy!

La cuestión es quedarse estirado hasta que se calle, piensa Jonesy. De hecho, aunque quisiera no podría levantarme, porque acaban de ponerme un kilo de metal en la cadera y tardaré varios días en poder estar de pie, o toda una semana.

Para horror suyo, sin embargo, se da cuenta de que se está levantando, de que aparta la sábana y baja de la cama; nota que está forzando los puntos que tiene en la cadera y la barriga, nota que se le abren y le empapan la pierna y el pelo púbico con lo que debe de ser sangre de donante, y a pesar de todo camina por la habitación sin asomo de cojera, cruzando una mancha de sol que proyecta en el suelo una sombra corta pero muy humana (ahora ya no es un gris; es de lo poco bueno que le ocurre, porque los grises están pasándolas canutas), y llega a la puerta. Sin nadie que le vea, recorre un pasillo, pasa al lado de una camilla con ruedas y una cuña, de dos enfermeras que miran fotos, hablan y se ríen, y se acerca a la voz. No puede parar. Comprende que está dentro de la nube, aunque no sea una nube rojinegra, como la percibieron tanto Pete como Henry, sino gris, una nube en cuyo interior flota él como partícula diferenciada a la que la nube no modifica, y Jonesy piensa: Soy lo que buscaban. No sé cómo es posible, pero soy justo lo que buscaban. Porque... ¿porque la nube no me cambia?

Sí, más o menos.

Pasa por tres puertas abiertas. La cuarta está cerrada, y lleva un letrero donde pone:

adelante, aquí no hay infección, il n'y a pas d'infection ici.

Mentira, piensa Jonesy. Cruise, o Curtís, o como se llame, estará como una cabra, pero tiene razón en algo: en que infección sí que hay.

Le corre la sangre a chorros por las piernas, con el resultado de que ahora tiene la mitad inferior de la bata roja como un tomate («ahora sí que corre el clarete», decían en las retransmisiones de boxeo de antes), pero no siente ningún dolor. Tampoco miedo a la infección. Es diferente, único, y la nube sólo puede transportarle, pero no cambiarle. Abre la puerta y entra.





4






¿Le sorprende ver al gris de grandes ojos negros en la cama de hospital? En absoluto. En Hole in the Wall, al dar media vuelta y toparse con él, al muy hijo de puta le había explotado la cabeza. Con un dolor de cabeza así, acaba cualquiera ingresado, la verdad, pero ahora la cabeza está donde tiene que estar. La medicina moderna es una maravilla.

La habitación es un verdadero pulular de hongos, una profusión de rojos y dorados. Crecen en el suelo, en el alféizar y en los listones de la persiana. Han conseguido enturbiar la superficie del interruptor y de la botella de glucosa que hay en la repisa de al lado de la cama (al menos Jonesy da por hecho que es glucosa). El pomo de la puerta del cuarto de baño tiene filamentos rojizos colgando, al igual que la manivela de al pie de la cama.

Al acercarse a la cosa gris que tiene la sábana hasta el pecho (estrecho y sin pelo), Jonesy ve que en la mesita de noche hay una tarjeta, sólo una, donde pone ¡que te mejores pronto!, encima de una tortuga de cara triste, salida de algún dibujo animado, en cuyo caparazón figura una tirita. Debajo del dibujo pone: de parte de STEVEN SPIELBERG Y TUS AMIGOS DE HOLLYWOOD.

Estoy soñando, piensa Jonesy; son las típicas metáforas y chistes de los sueños. Pero sabe que no. Su cerebro mezcla cosas y las reduce a puré para poder tragarlas con mayor facilidad. Es como funcionan los sueños. También es propia del fenómeno onírico la ausencia de cualquier distinción entre pasado, presente y futuro. Jonesy, a pesar de todo, sabe que sería un error tomar lo que vive por simples fantasías fragmentadas del subconsciente. Una parte, como mínimo, ocurre.

Los ojos negros bulbosos le están mirando. De repente se forma un bulto en la sábana, al lado de la cosa que hay en la cama, y se retuerce. Luego sale de debajo la especie de comadreja rojiza que se cargó a Beav y mira a Jonesy con los mismos ojos vidriosos y negros, mientras emplea la cola para llegar hasta la almohada y se enrosca al lado de la estrecha cabeza gris. Jonesy no se extraña de que McCarthy se sintiera un poco indispuesto.

Las piernas de Jonesy siguen chorreando una sangre pegajosa como la miel, y caliente como la fiebre, que gota a gota cae al suelo. Lo lógico sería que tardase muy poco en alimentar su propia colonia de moho, hongo o lo que sea, que formara auténticas alfombras, pero Jonesy sabe que no. Es único. La nube puede transportarle, pero no puede cambiarle.

Ni rebotes ni partidos, piensa; e inmediatamente después: Shh, shh, eso guárdatelo.

El ser de color gris levanta la mano con pocas fuerzas, como saludando. Tiene tres dedos largos con uñas rosadas en la punta, dedos que por debajo supuran un pus pastoso y amarillo, la misma sustancia que brilla en los pliegues de la piel y las comisuras de los ojos del... ¿ser? ¿cosa?

—Pues sí que es verdad que te iría bien una inyección —dice Jonesy—. De Drano, de Lysol o de algo así. Al menos no estarías...

Justo entonces se le ocurre algo espantoso, y al principio es una idea de tanta intensidad que consigue resistir la fuerza que le empuja hacia la cama. Después vuelven a movérsele los pies, dejando un rastro rojo muy ancho.

— ¡No pensarás chuparme la sangre como un vampiro! La cosa de la cama sonríe sin sonreír.

«Somos lo que en vuestro lenguaje se llama vegetarianos, aunque no sea la palabra exacta.»

—Sí, ya. ¿Y el chucho? —Jonesy señala la comadreja sin patas, que abre la boca de manera grotesca, enseñando una boca llena de dientes como alfileres — . ¿También es vegetariano?

«Ya sabes que no —dice lo gris, sin que se mueva la raja de su boca. Hay que reconocer que es un ventrílocuo de la hostia—. Pero también sabes que no tienes que tenerle miedo.»

— ¿Por qué? ¿En qué me diferencio?

La cosa gris moribunda (¿cómo no va a estarlo si se le pudre el cuerpo por dentro?) no contesta, y Jonesy vuelve a pensar: ni rebotes ni partidos. Intuye que es una idea que al tío gris le encantaría poder leer, pero que no se haga ilusiones, porque otro aspecto que diferencia a Jonesy, que le vuelve único, es la facultad de proteger sus pensamientos. Sólo puede decir una cosa (aunque no la diga de verdad): vive la différence.

— ¿En qué me diferencio?

«¿Quién es Duddits? —pregunta la cosa gris. Ante la falta de respuesta de Jonesy, vuelve a sonreír sin mover la boca—. ¿Ves? Los dos tenemos dudas que el otro no quiere resolver. ¿Te parece bien si las apartamos? Boca abajo. Son... ¿qué palabra usáis? ¿Cómo se dice en el juego?»

— La reserva —dice Jonesy.

Ahora huele la podredumbre de la cosa. Es el mismo olor que trajo McCarthy al campamento, el de éter. Vuelve a pensar que debería haberle pegado un tiro, al muy repipi y cabrón, y no dejar que entrara donde hacía más calor. Así, a medida que se enfriase el cuerpo, se habría muerto lo de dentro al lado del observatorio del arce viejo.

«Eso, la reserva —dice lo gris. Ahora el atrapasueños está en la habitación, colgado del techo y girando lentamente sobre la cabeza de la cosa gris — . Todo lo que no queramos que sepa el otro, lo apartamos para el recuento final.»

— ¿Qué queréis de mí?

El ser gris mira a Jonesy sin pestañear. Jonesy, de hecho, no ve que pueda, porque no tiene párpados ni pestañas.

«Ni lo uno ni lo otro —dice la cosa; pero la voz que oye Jonesy es la de Pete—. ¿Quién es Duddits?»

Oyendo la voz de Pete, Jonesy se lleva una sorpresa tan grande que está a punto de decírselo. Claro, era la intención: descolocarle. La cosa, por muy moribunda que esté, es astuta. Conviene estar en guardia. Jonesy le envía al tío gris la imagen de una vaca grande marrón con un letrero al cuello que pone: la vaca duddits.

El gris vuelve a sonreír sin sonreír de verdad, porque lo hace en la cabeza de Jonesy.

«La vaca Duddits —dice — . Me parece que no es eso.»

— ¿De dónde venís? —pregunta Jonesy.

«Del planeta X. Venimos de un planeta moribundo, para comer pizzas, comprar cómodamente a plazos y aprender italiano sin esfuerzo con Berlitz.»

Esta vez es la voz de Henry. A continuación, ET recupera su voz propia; al menos lo parece, hasta que Jonesy se da cuenta, con fatiga y sin sorpresa, de que no, de que es la suya. Es la voz de Jonesy. Ya sabe qué diría Henry: que, a consecuencia de la muerte de Beaver, le ha dado un ataque de alucinaciones y está flipando por un tubo.

No, ahora ya no lo diría, piensa Jonesy.

«¿Henry? Da igual, porque no durará mucho», dice con indiferencia el tío gris.

Su mano se desliza por el cubrecama, y el trío de dedos largos y grises envuelve la mano de Jonesy. Tiene la piel caliente y seca.

— ¿Cómo que no durará? —pregunta Jonesy, asustado por Henry.

Pero lo que se muere en la cama no contesta. Una carta más para el recuento. Jonesy saca otra:

—¿Para qué me has llamado?

El ser gris expresa sorpresa, a pesar de que siga sin movérsele la cara.

«Nadie quiere morirse solo —dice—. Me apetecía estar acompañado. Ya sé: vamos a mirar la tele.»

—No quiero ver na...

«Hay una película que me encantaría. A ti también te gustará. Se llama Sympathy for tbe Grayboys4 ¡Chucho, el mando!»

El chucho obsequia a Jonesy con una mirada que se diría más hostil que de costumbre, si cabe, y baja reptando de la almohada. Su cola flexible hace un ruido como de serpiente yendo por una superficie de piedra. En la mesa hay un mando a distancia que también está cubierto de hongos. El chucho lo coge, da media vuelta y repta de nuevo hacia el ser gris con el mando entre los dientes. El gris suelta la mano de Jonesy (lo cual no deja de ser un alivio, aunque el contacto de su piel no sea repugnante), coge el aparatito, lo dirige hacia la tele y pulsa ON. La imagen que aparece (un poco borrosa por culpa de la pelusa que crece en la pantalla) corresponde al cobertizo de detrás de la cabaña. En medio hay una forma oculta por una lona verde; y no hace falta esperar a que se abra la puerta y entre el propio Jonesy para que éste comprenda que lo que se ve ya ha ocurrido. El protagonista de Sympatby for the Grayboys es Gary Jones.

«¡Hombre —dice el ser moribundo de la cama, hablando desde su cómoda posición central en el cerebro de Jonesy—, nos hemos perdido los créditos! Pero bueno, acaba de empezar.»

Es lo que teme Jonesy.




5





Se abre la puerta del cobertizo y entra Jonesy hecho un personaje la mar de pintoresco: la chaqueta que lleva es suya, los guantes de Beaver, y el gorro, que es naranja, de los del viejo Lámar. El Jonesy-espectador de la habitación de hospital (que ha cogido la silla para las visitas y se ha sentado al lado del señor Gray) piensa que el Jonesy del cobertizo de Hole in the Wall está, a pesar de todo, infectado, y que tiene pelusilla roja por todo el cuerpo. Eso hasta que se acuerda de que el señor Gray (o su cabeza, en todo caso) le explotó en las narices, y que lleva encima los restos.

—Aunque de hecho no explotó —dice—. Más bien... ¿Cómo habría que decirlo? ¿Que granó?

«¡Shhh! —dice el señor Gray, y el chucho enseña su temible dentadura como diciéndole a Jonesy que no sea tan maleducado—. ¿A ti no te encanta esta canción?»

La banda sonora es Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones; buena elección, puesto que casi es el título de la película (mi debut en la pantalla, piensa Jonesy; anda, que cuando la vean Carla y los chavales...), pero lo cierto es que a Jonesy no sólo no le gusta sino que, por algún motivo, le entristece.

—¿Cómo le puede gustar tanto? —pregunta sin hacerles caso a los dientes del chucho, porque sabe tan bien como el gris que para él no entraña ningún peligro—. No lo entiendo. Es lo que tocaban cuando les masacraron.

«Siempre nos masacran —dice el señor Gray—. Pero calla y mira la película, que esta parte es lenta, pero después mejora mucho.»

Jonesy junta las manos en su regazo rojo (parece que por fin ha cesado la hemorragia) y mira Sympathy for the Grayboys, con el inimitable Gary Jones.





6




El inimitable Gary Jones retira la lona de la motonieve, ve la batería en la mesa de trabajo, dentro de una caja de cartón, y la conecta procurando no equivocarse de cables. Sus conocimientos de mecánica no van mucho más lejos, puesto que en definitiva es profesor de historia y, por mejoras en el hogar, entiende conseguir que los crios vean un documental, aunque sólo sea muy de vez en cuando. Está puesta la llave, y al girarla se encienden las luces del salpicadero (a pesar de todo, ha puesto bien la batería), pero no arranca el motor. Ni siquiera hace ruido. Sólo se oye una especie de pitido.

—Jolines rediez mecachis en la mar —dice, encadenando las palabras de manera inexpresiva.

De hecho no está seguro de poder expresar muchas emociones, aunque quiera. Como gran aficionado a las pelis de terror, que ha visto veintipico veces La invasión de los ladrones de cuerpos (y hasta el desastre de remake con Donald Sutherland), sabe qué ocurre. Le han robado el cuerpo, literal y completamente, aunque no vaya a haber ningún ejército de zombis, ni vayan a tomar ninguna población. Él es único; intuye que Pete, Henry y Beav también son únicos (en el caso de Beav, era), pero el más único de los cuatro es él. En principio estaría mal dicho, puesto que se supone que único quiere decir que sólo hay uno, pero se trata de uno de los pocos casos en que no se aplica la regla. Pete y Beaver eran únicos, Henry aún más único, y él, Jonesy, el más único de todos. ¡Hasta es protagonista de su propia película!

El tío gris de la cama de hospital deja de mirar la tele donde Jonesy I está montado en el Arctic Cat y se fija en la silla donde está sentado Jonesy II con su bata empapada de sangre. «¿Qué escondes?», pregunta el señor Gray.

—Nada.

«¿Por qué ves una pared de ladrillo? ¿Qué es 19 aparte de un número primo? ¿Quién dijo "los Tigers son una puta mierda"? ¿Qué significa? ¿Y la pared de ladrillo? ¿Qué es? ¿De cuándo? ¿Qué significa, y por qué la ves constantemente?»

Constata la intromisión del señor Gray, pero de momento, como mínimo, hay un núcleo a salvo. Le pueden transportar, pero no pueden modificarle. Por lo visto tampoco pueden abrirle del todo. Al menos de momento.

Jonesy se pone un dedo en los labios y le devuelve al gris sus propias palabras.

—Calle y mire la película.

La cosa le escruta con las bolas negras que tiene por ojos (Jonesy piensa que son ojos de insecto, de mantis religiosa), y Jonesy siente que su intromisión se prolonga un poco más. Después disminuye la sensación. No hay prisa: tarde o temprano, la cosa disolverá el caparazón del último núcleo de Jonesy puro y sin invadir, y entonces sabrá cuanto quiera saber.

Mientras tanto, miran la película. Y cuando el chucho (con sus dientes afilados y su olor a éter y anticongelante), repta reptando, se le pone a Jonesy en el regazo, éste apenas se da cuenta.

Jonesy I, el Jonesy del cobertizo (o mejor dicho el señor Gray), busca. Hay muchos cerebros con los que conectar; están por doquier, como transmisiones radiofónicas de madrugada, y le cuesta muy poco encontrar uno que contenga la información que le interesa. Es como abrir un archivo en el ordenador personal y no encontrar palabras, sino una película en tres dimensiones y con una resolución fabulosa.

La fuente de información del señor Gray es Emil Brodsky, de Menlo Park, Nueva Jersey, sargentillo de la fuerza aérea a cargo de la división motorizada, aunque ahora, como integrante del equipo táctico de Kurtz, no tenga rango. Ni él ni nadie. A sus superiores les llama «jefe», y a los que están por debajo (que en esta merienda de negros son más bien pocos), «tú». Para los casos en que no sepa quién es quién, basta con un simple «colega».

Sobrevuelan la zona unos cuantos cazas, pero no demasiados (si consiguen que se despejen las nubes podrán hacer todas las fotos que necesiten por satélite), ni es cosa de Brodsky. Los cazas salen de la base aérea de Bangor, y él está en Jefferson Tract. Se encarga de los helicópteros y los camiones, que cada vez son más. (Desde mediodía están cerradas todas las carreteras de aquella parte del estado, y el único tráfico es de camiones verdes con el distintivo tapado.) También dirige la operación de instalar como mínimo cuatro generadores, a fin de suministrar electricidad a los barracones que proliferan alrededor del colmado de Gosselin. Se necesitan, entre otras cosas, sensores de movimiento, focos, luces perimetrales y el quirófano improvisado que está siendo montado a toda prisa en una caravana WindStar.

Kurtz ha dejado clara la importancia de las luces: quiere que esté todo iluminado a tope las veinticuatro horas. La mayor concentración de focos se sitúa alrededor del cobertizo, así como detrás, donde había un corral para caballos y un cercado. En el prado donde solían pasarse la vida pastando las cuarenta vacas lecheras del carcamal de Reggie Gosselin, se han instalado dos tiendas, la mayor de las cuales lleva algo escrito en el techo verde: economato. La otra tienda es blanca y sin letras. Dentro, a diferencia de la grande, no hay estufas de queroseno, ni falta que hace. Jonesy comprende que es el depósito provisional de cadáveres. De momento sólo contiene tres muertos (uno de ellos el tonto de un banquero que ha querido escaparse), pero pronto habrá muchos más. A menos que algún accidente vuelva difícil o imposible la recogida de cadáveres. Para Kurtz, el jefe, dicho accidente sería la solución de muchos problemas.

Son detalles al margen. El interés de Jonesy I se centra en Emil Brodsky, de Menlo Park.

Pisando barro y nieve sucia, Brodsky recorre a grandes zancadas la distancia entre la zona de aterrizaje para helicópteros y el cercado donde hay que confinar a los que tienen el Ripley (ahora ya hay bas-tantes, paseándose con la misma cara de perplejidad de todos los prisioneros recién internados del mundo, llamando a los guardias, pidiendo cigarrillos e información y formulando vanas amenazas). Emil Brodsky es fortachón, lleva el pelo a cepillo y tiene una cara de bulldog que ni pintada para el tabaco barato (en realidad, como sabe Jonesy, se trata de un católico devoto que no ha fumado en su vida). Ahora mismo está más ocupado que un empapelador manco. Lleva auriculares y micro de recepcionista a la altura de la boca. Ha entablado contacto radiofónico con el convoy de suministro de combustible que viene por la interestatal 95 (la situación es crítica, porque los helicópteros que han salido de misión volverán muy bajos), pero al mismo tiempo habla con Cambry, la persona que cami-na al lado de él. Hablan del centro de control y vigilancia que quiere hecho Kurtz para las nueve de la noche, máximo las doce. Se rumorea que la misión no durará más de cuarenta y ocho horas, pero a ver quién es el listo que se atreve a asegurarlo. Los rumores también dicen que ya se ha alcanzado el objetivo principal, Blue Boy, aunque Brodsky no se lo creerá hasta que vuelvan los helicópteros grandes de combate. Pero bueno, lo de ellos es fácil: tenerlo todo montado para las once.

Y hete aquí que de repente hay tres Jonesys, tres: el que mira la tele en la habitación de hospital que está hecha un criadero de hongos, el del cobertizo de la motonieve... y Jonesy III, que aparece sin avisar en la cabeza católica y con el pelo a cepillo de Emil Brodsky. Brodsky interrumpe sus pasos y mira el cielo blanco.

Cambry da tres o cuatro pasos por su cuenta hasta que ve que Brodsky se ha quedado parado en medio del barro. A pesar de todo el ajetreo (hombres que corren, helicópteros volando, motores en marcha), está parado como un robot sin pilas.

—Jefe —dice—, ¿le pasa algo?

Brodsky no contesta, al menos a Cambry. Le dice a Jonesy I (el del cobertizo):

«Abre la tapa del motor y enséñame las bujías.»

A Jonesy le cuesta un poco encontrar el cierre de la tapa, pero le dirige Brodsky. Una vez que está el motorcito a la vista, Jonesy se agacha, pero no mira, sino que convierte sus ojos en dos cámaras de alta resolución y envía la imagen a Brodsky.

— ¡Jefe! —dice Cambry, que empieza a estar preocupado—. ¿Qué pasa, jefe?

—Nada, no pasa nada —dice Brodsky con lentitud y claridad, quitándose los auriculares porque le distrae el parloteo—. Déjame que piense un minuto.

Y a Jonesy:

«Han quitado las bujías. Busca un poco... Ah, sí, ya las veo. Al borde de la mesa.»

Al borde de la mesa de trabajo hay un pote de mayonesa con gasolina hasta la mitad, al que se le han hecho dos agujeros con la punta de un destornillador para que no se acumulen los vapores. Dentro hay dos bujías Champion como dos bichos en formol.

Brodsky dice en voz alta:

—Sécalas bien.

Y cuando Cambry le pregunta:

— ¿Que seque qué?

Brodsky, ausente, le dice que no hable.

Jonesy saca las bujías de la gasolina, las seca, se sienta y las conecta, siguiendo instrucciones de Brodsky.

«Ahora a ver si van —dice Brodsky, pero sin mover los labios. La motonieve hace ruido de arrancar—. Comprueba que haya gasolina.»

Jonesy lo hace y le da las gracias. —No, hombre, no hay de qué —dice Brodsky.

Vuelve a dar zancadas, y tan deprisa que Cambry casi tiene que correr para no quedarse rezagado. Al mismo tiempo, se percata de la cara de sorpresa de Brodksy al darse cuenta de que tiene los auriculares en el cuello.

—¿Qué coño te ha pasado? —pregunta Cambry.

—Nada —dice Brodsky.

Algo, sin embargo, le ha pasado. ¡Coño que no! Hablaba con alguien. ¿Una... consulta? Sí, eso. Lo que ocurre es que no se acuerda bien del tema. De lo que se acuerda es de las instrucciones que han recibido por la mañana, antes de amanecer. Una de ellas, directa de Kurtz, consistía en informar de cualquier cosa rara que ocurriese. ¿Lo que acaba de ocurrir era raro? ¿Qué ha sido, exactamente?

—Debo de haber tenido un calambre cerebral —dice Brodsky—. Con tanto que hacer, y en tan poco tiempo... Venga, sigúeme.

Cambry le sigue, y Brodsky reanuda su conversación dividida (por un lado el convoy, por el otro Cambry), pero se acuerda de algo más, de otra conversación (la número tres) que ya ha terminado. ¿Es raro o no? Concluye que probablemente no lo sea. Lo que está claro es que al cabrón incompetente de Perlmutter no podría contárselo, porque para él lo que no esté apuntado en la tablilla no existe. ¿Y a Kurtz? Jamás. Brodsky le tiene aún más miedo que respeto. Como todos. Kurtz es listo, y es valiente, pero también es el mono más chalado de la selva. Por donde ha pasado la sombra de Kurtz, Brodsky prefiere no poner ni el pie. ¿Underhill? ¿Podría contárselo a Owen Underhill? Quizá... y quizá no. Tal como están las cosas, ni te enteras y ya la has cagado. Durante uno o dos minutos ha oído voces (de hecho sólo una), pero ahora se encuentra bien.

En Hole in the Wall, Jonesy sale a todo trapo del cobertizo y se mete por Deep Cut Road. Al pasar cerca de Henry nota su presencia (está escondido detrás de un árbol, y para no gritar hasta muerde la corteza), pero consigue esconder lo que sabe a la nube que circunda su último núcleo de conciencia. Casi seguro que es la última vez que está cerca de su amigo de infancia, que no logrará salir vivo de aquel bosque.

Jonesy piensa que ojalá hubiera podido despedirse.





7





No sé quién ha hecho esta película, piensa Jonesy, pero para mí que no hace falta que se planchen el esmoquin para los óscars. De hecho...

Mira en derredor y sólo ve árboles nevados. Vuelve a mirar hacia adelante y sólo encuentra Deep Cut Road, y la vibración de la motonieve entre sus muslos. El hospital, el señor Gray, no existen. Ha sido un sueño.

Falso. Y habitación la hay, aunque no sea de hospital ni contenga cama, tele y bolsa de suero. Lo cierto es que no contiene casi nada aparte de un tablón con dos cosas enganchadas con chinchetas: un mapa del norte de Nueva Inglaterra con algunas rutas de transporte marcadas (las de los hermanos Tracker) y una foto Polaroid de una adolescente con la falda levantada, enseñando la pelambrera rubia. Jonesy ve Deep Cut Road por la ventana. Está casi seguro de que es la que había en la habitación de hospital. Pero la habitación de hospital no le servía. Ha tenido que salir, porque...

La habitación de hospital no era segura, piensa Jonesy. ¿Segura? ¿Lo es aquella? ¿Lo es algún lugar? Y sin embargo... es posible que esta lo sea más. Es su último refugio, y lo ha adornado con la foto que, a su entender, esperaban ver todos al meterse por el camino de entrada, allá en 1978. Tina Jean Sloppinger, o como se llamase.

Piensa: una parte de lo que he visto era real; recuerdos válidos recuperados, que diría Henry. Es cierto que aquel día me pareció ver a Duddits. Por eso bajé a la calzada sin mirar. En cuanto al señor Gray... ahora soy yo, ¿verdad? Excepto la parte de mí que está en esta habitación polvorienta, vacía y sin ningún interés, con el suelo lleno de condones usados y la foto de la chica en el tablón, todo yo soy el señor Gray. ¿Verdad?

No hay respuesta. De hecho es la única que necesita.

Pero ¿cómo ha pasado? ¿Cómo he venido? Y ¿por qué? ¿Para qué?

Sigue sin recibir respuestas, ni las tiene él de su cosecha para las preguntas que acaba de formular. Sólo se alegra de disponer de un lugar donde poder seguir siendo él mismo, y le consterna la facilidad con que le han secuestrado el resto de su vida. De nuevo, con una sinceridad amarga y sin límites, se arrepiente de no haberle pegado un tiro a McCarthy.





8






Una explosión descomunal desgarró el día, y, si bien el punto de origen tenía que estar forzosamente a varios kilómetros, conservaba la potencia necesaria para sacudir la nieve de muchos árboles. El conductor de la motonieve ni siquiera movió la cabeza. Era la nave. La habían volado los soldados. Ya no quedaban byrum.

A los pocos minutos apareció ante su mirada el cobertizo con el tejado caído. Delante, tirado en la nieve y sin haber sacado la bota de debajo de la chapa de cinc, estaba Pete. Parecía muerto, pero no. En aquel juego, hacerse el muerto no figuraba entre las opciones. El ocupante de la motonieve oía pensar a Pete. Frenó y dejó el motor en punto muerto. Entonces Pete levantó la cabeza y enseñó los dientes que le quedaban sin ninguna jovialidad. Por lo visto sólo conservaba un dedo en buen estado en la mano derecha. Toda su piel visible estaba cubierta de byrus.

—Tú no eres Jonesy —dijo—. ¿Qué le has hecho?

— Sube, Pete —dijo el señor Gray.

— Contigo no quiero ir a ninguna parte. —Pete levantó la mano derecha (con sus dedos destrozados y grumos rojizos de byrus) y la usó para limpiarse la frente—. Venga, arreando. Que te vayas, coño.

El señor Gray bajó la cabeza que había pertenecido a Jonesy (quien lo observaba todo por la ventana de su refugio en el garaje abandonado de Tracker Hermanos, sin poder ayudar ni intervenir) y miró a Pete fijamente. Pete rompió a gritar, mientras el byrus que le crecía por todo el cuerpo se tensaba y le clavaba las raíces en los músculos y los nervios. La bota que estaba presa debajo del tejado de cinc quedó libre, y Pete, gritando, adoptó una postura fetal. Le salía sangre por la boca y la nariz. Cuando volvió a gritar le saltaron dos dientes más de la boca. —Sube, Pete.

Llorando, y con la mano destrozada en el pecho, Pete intentó ponerse en pie. El primer intento se saldó en fracaso, y volvió a quedarse tumbado en la nieve. El señor Gray siguió mirándole sin hacer comentarios desde el sillín del Arctic Cat.

Jonesy sentía el dolor de Pete, su desesperación, su miedo abyecto. El miedo era de lejos lo peor. Se decidió a arriesgarse. «Pete.»

Sólo era un susurro, pero Pete lo oyó y miró hacia arriba con la cara demacrada y manchada de moho (lo que llamaba el señor Gray «el byrus»). Cuando se lamió los labios, Jonesy vio que también le crecía en la lengua. Una vez se había enfrentado con chicos mayores que él para defender a alguien más pequeño y más débil. Se merecía algo mejor. «Ni rebotes ni partidos.»

Pete casi sonrió. Era al mismo tiempo bonito y estremecedor. Esta vez consiguió levantarse y caminó con lentitud hacia la motonieve.

En el despacho abandonado de su exilio, Jonesy vio que se movía el pomo de la puerta.

«¿Qué significa? —preguntó el señor Gray—. ¿Qué es "ni rebotes ni partidos " ? ¿ Qué haces dentro ? ¿ Por qué no vuelves al hospital y miras conmigo la tele? Para empezar, ¿cómo has entrado?» Ahora le tocaba a Jonesy no contestar. Fue un gran placer. «Voy a entrar —dijo el señor Gray—. Cuando sea el momento, entraré. Si crees que puedes cerrarme la puerta, te equivocas.» Jonesy permaneció callado (puesto que no servía de nada provocar a la criatura que gobernaba su cuerpo), pero no consideraba que se equivocase. Por otro lado, tampoco se atrevía a salir, porque le absorberían. Sólo era un grano en una nube, un poco de comida sin digerir en la tripa de un extraterrestre. Más valía no llamar la atención.





9





Pete se colocó detrás del señor Gray y enlazó la cintura de Jonesy. Transcurridos diez minutos pasaron junto al Scout volcado, y Jonesy comprendió el motivo de que Pete y Henry hubieran tardado tanto en volver de la tienda. Habían sobrevivido de milagro, tanto el uno como el otro. Le habría gustado prolongar un poco más el examen, pero el señor Gray mantuvo el Arctic Cat a la misma velocidad, dando botes con los esquíes y yendo por el centro de la carretera entre los dos surcos colmados de nieve.

Cuando se hubieron alejado unos cinco kilómetros del Scout, superaron un cambio de rasante y Jonesy vio una bola de luz blanca amarillenta flotando a menos de treinta centímetros de la carretera. Les esperaba, y parecía que ardiera a la temperatura de un soplete, pero estaba claro que no, porque, teniendo nieve a pocos centímetros, no la derretía. Casi seguro que era una de las luces que habían visto moverse él y Beaver debajo de las nubes, sobre los animales que salían huyendo del barranco.

«Exacto —dijo el señor Gray—. Es de las pocas que quedan. Puede que sea la última.»

Jonesy, callado, se limitó a mirar por la ventana de su despa-cho-celda. Sentía en la cintura los brazos de Pete, que ahora se le cogía más que nada por instinto, como el boxeador casi vencido a su oponente, para no besar la lona. La cabeza que tenía apoyada en la espalda pesaba como una piedra. Ahora Pete era un medio de cultivo para el byrus, y el byrus estaba encantado, porque el mundo era frío y Pete caliente. Por lo visto el señor Gray le quería para algo, aunque Jonesy no tenía ni idea de para qué.

La bola luminosa siguió guiándoles por la carretera entre dos y tres kilómetros, hasta que se metió entre dos pinos muy altos y les esperó dando vueltas, casi a ras de nieve. Jonesy oyó al señor Gray dando instrucciones a Pete de que se sujetase con todas sus fuerzas.

El Arctic Cat dio un brinco y descendió a toda velocidad por una pendiente muy poco pronunciada, clavando los esquíes en la nieve y apartándola. Cuando acabó de cubrirles la bóveda del bosque, no sólo la capa era más fina sino que en algunos puntos desaparecía del todo. En aquellas zonas el perfil de las ruedas de la motonieve chirriaba duramente en el suelo congelado, que en su mayor parte se componía de roca bajo una capa delgada de tierra y pinaza. Ahora se dirigían hacia el norte.

A los diez minutos se interpuso una afloración de granito que les hizo saltar, y a Pete caerse rodando con un grito ronco. El señor Gray volvió a poner la motonieve en punto muerto. La luz tam-bién se quedó parada, girando encima de la nieve. Jonesy tuvo la impresión de que brillaba menos.

— Levántate —dijo el señor Gray, que se había girado en el sillín para mirar a Pete.

—No puedo —dijo este—. Tío, que ya no puedo más. Me... Pete volvió a chillar y a retorcerse en el suelo, dando patadas y sacudiendo las manos (una quemada y la otra destrozada). «¡Para —dijo Jonesy a pleno pulmón—, que le vas a matar!» El señor Gray se quedó donde estaba sin hacerle el menor caso, observando a Pete con una paciencia mortífera e impasible. El byrus, mientras tanto, se volvía tirante y estrujaba la carne de Pete. Después de un rato, Jonesy notó que el señor Gray aflojaba la presión, y Pete, atolondrado, se levantó. Tenía un corte nuevo en la mejilla, y ya se le había infestado de byrus. Sus ojos, de mirada aturdida y exhausta, estaban anegados en lágrimas. Volvió a subirse a la motonieve, y una vez más deslizó ambas manos por la cintura de Jonesy.

«Cógete a mi chaqueta —susurró este. Cuando el señor Gray se giró y volvió a poner el vehículo en marcha, Jonesy notó que Pete se le ceñía—. ¿Vale?»

«Vale», contestó Pete, pero con pocas fuerzas. Esta vez el señor Gray no les prestó atención. La luz flotante, que había perdido brillo pero no velocidad, reemprendió el camino hacia el norte... o en una dirección que Jonesy supuso que era el norte. Después de un rato sorteando árboles, matas espesas y rocas, perdió del todo el sentido de la orientación. Detrás de ellos se oía una sucesión de disparos que no decaía ni un solo momento. Alguien, al parecer, se estaba despachando a gusto con la caza, sin encontrar resistencia.




10




Como una hora después, Jonesy acabó por descubrir la razón de que al señor Gray le interesase tanto Pete. Fue cuando la luz, que se había debilitado tanto que era una sombra de la de antes, se apagó del todo. Desapareció con un ruidito oclusivo, como de alguien reventando una bolsa de papel, y sólo dejó una especie de pequeño detrito que cayó al suelo.

Se hallaban en una cresta con árboles, en pleno centro de las quimbambas, y tenían delante un valle de bosques nevados. Al fondo había colinas erosionadas y zonas de espeso matorral donde no había ni brizna de luz. Para redondear el panorama, anochecía.

Ya ha vuelto a meternos en un follón de padre y señor mío, pensó Jonesy; pero no percibía ninguna contrariedad en el señor Gray. Éste detuvo la motonieve, volvió a dejarla en punto muerto y se limitó a quedarse sentado.

«Al norte», dijo el señor Gray. Y no era a Jonesy.

Pete contestó en voz alta, con cansancio y lentitud.

— ¿Cómo quieres que sepa dónde está? ¡Si no veo ni por dónde se pone el sol, caray! Y encima tengo un ojo hecho una mierda.

El señor Gray giró la cabeza de Jonesy, que vio que a Pete le faltaba el ojo izquierdo. Tenía el párpado tan levantado que se le había quedado cara de sorpresa, y de tonto. La órbita estaba ocupada por una jungla pequeña de byrus cuyos filamentos más largos colgaban hasta rozar la mejilla sin afeitar. También había otros filamentos que se le enredaban en el pelo ralo, veteándolo de un color entre dorado y rojizo.

«Sí que lo sabes.»

—Puede —dijo Pete—, y puede que no quiera orientarte.

«¿Por qué no?»

— Coño, pedazo de mamón, porque dudo que al resto nos convengan tus intenciones —dijo Pete, llenando a Jonesy de un orgullo absurdo.

Jonesy vio temblar la pelusa de la órbita de Pete, que chilló y se llevó las manos en la cara. Por un momento (corto pero demasiado largo) Jonesy se imaginó perfectamente los zarcillos rojizos metiéndose desde el ojo muerto en el cerebro de Pete, donde se separaban como dedos fuertes ciñendo una esponja gris.

«¡Venga, díselo, Pete! —exclamó--. ¡Díselo, por Dios!»

El byrus volvió a inmovilizarse. La mano de Pete se separó de su cara, que ahora, en las zonas que no estaban rojas, presentaba una palidez mortuoria.

—¿Dónde estás, Jonesy? —preguntó — . ¿Hay sitio para dos?

Por supuesto que la respuesta era un conciso no. Jonesy no entendía lo que le había ocurrido, pero sabía que su supervivencia (el último núcleo de autonomía), de una manera u otra, dependía de que se quedara donde estaba. El simple gesto de entreabrir la puerta entrañaría su pérdida.

Pete asintió con la cabeza.

—Ya me parecía a mí —dijo. Después se dirigió al otro — : Mira, tío, sólo te pido que no me hagas más daño.

El señor Gray siguió sentado en el sillón mirando a Pete con los ojos de Jonesy, y sin hacer promesas.

Pete suspiró, levantó la mano derecha, la quemada, y desplegó un dedo. A continuación cerró los ojos y empezó a moverlo hacia adelante y atrás. Al verlo, Jonesy lo comprendió todo. ¿Cómo se llamaba la niña? Rinkenhauer, ¿no? Sí. No se acordaba del nombre de pila, pero Rinkenhauer era de los apellidos que se te grababan en la memoria. También iba al Mary M. Snowe, alias colé de los subnormales, aunque entonces Duddits ya había entrado en el profesional. ¿Y Pete? Pete siempre había tenido más memoria de lo normal, pero después de Duddits...

Arrodillado en su celda pequeña y sucia, mirando el mundo que le habían robado, Jonesy se acordó de las palabras; aunque en realidad no lo eran, sino formaciones silábicas de extraña belleza:

«¿Bela liña, Pi?» «¿Ves la línea, Pete?»

Pete, con cara de sorpresa y placidez, había dicho que sí, que la veía. Entonces ya hacía lo del dedo, el mismo tictac de ahora.

El dedo dejó de moverse y se quedó temblando un poco en la punta, como una vara de zahori al borde de un acuífero. Entonces Pete señaló la cresta en una línea ligeramente a estribor de la dirección que había estado siguiendo la motonieve.

—El norte es allá —dijo, bajando la mano—. Hay que guiarse por la pared de roca que tiene un pino en medio. ¿La ves?

«Sí.»

El señor Gray desplazó la vista hacia adelante y volvió a poner en marcha la motonieve. Jonesy se formuló la vaga pregunta de cuánta gasolina quedaba en el depósito.

— ¿Ya puedo bajar?

Quería decir, naturalmente, si ya podía morirse.

«No.»

Y de nuevo en camino, con Pete cogiéndose a la chaqueta de Jonesy con las pocas fuerzas que tenía.




11





Bordearon la pared de roca y subieron a la cumbre de la colina más alta de detrás, que fue donde el señor Gray hizo otro alto para que pudiera redirigirles su sucedáneo de luz flotante. Así lo hizo Pete, y enfilaron un sendero que se desviaba un poco hacia el oeste respecto al norte estricto. Seguía oscureciendo. En un momento dado oyeron acercarse entre dos y cuatro helicópteros, y el señor Gray emboscó la motonieve en un matorral muy tupido, sin importarle que las ramas azotaran la cara de Jonesy y le ensangrentasen las mejillas y la frente. Pete volvió a caerse y se quedó gimiendo en el suelo, al borde del desmayo. El señor Gray apagó el motor y llevó a Pete a rastras al grupo más prieto de arbustos, donde aguardaron el paso de los helicópteros. Jonesy notó que el señor Gray entablaba contacto con uno de los tripulantes y le sometía a un rápido examen. Quizá cotejara sus conocimientos con lo que le había dicho Pete. Una vez que el ruido de aspas se alejó hacia el sudoeste (señal de que debían de volver a la base), el señor Gray volvió a arrancar y reemprendieron su camino. Volvía a nevar.

Una hora más tarde se detuvieron en otro montículo, y Pete volvió a caerse del Arctic Cat, esta vez de costado. Levantó la cara, pero había desaparecido casi por entero bajo una barba de vegetación. Quiso decir algo y no pudo: tenía la boca amordazada, y la lengua cubierta por una alfombra lozana de byrus.

«Tío, que no puedo. Ya no puedo más. Déjame, por favor.» «Sí —dijo el señor Gray—, creo que ya has cumplido tu función.»

«¡Pete! —exclamó Jonesy; y, dirigiéndose al señor Gray—: ¡No, no lo hagas!»

Como era de prever, el señor Gray no le hizo caso. Por un instante, Jonesy vio muda comprensión en el ojo que le quedaba a Pete. Y alivio. Fue un instante en que mantuvo el contacto con la mente de Pete, su amigo de infancia, el que siempre esperaba a la entrada del colé con una mano delante de la boca, escondiendo un cigarrillo inexistente; Pete, que quería ser astronauta y ver el mundo entero desde la órbita terrestre. Uno de los cuatro que habían contribuido a salvar a Duddits de los grandullones.

Por un instante. Después notó que salía algo de la mente del señor Gray, y lo que crecía en Pete hizo algo más que moverse: apretó. Un sonido lúgubre acompañó la rotura del cráneo de Pete por una docena de sitios. Su cara (lo que de ella quedaba) se hundió como si la estirasen desde dentro, envejeciéndole de golpe. Por último cayó de bruces, y empezó a nevar sobre la espalda de su parka.

«Hijo de puta.»

El señor Gray, indiferente al insulto de Jonesy y a su ira, no contestó. Volvió a mirar hacia adelante. El viento, que arreciaba, amainó unos segundos, y se abrió un agujero en la cortina de nieve. Unos ocho kilómetros al noroeste de la posición que ocupaban, Jonesy vio movimiento de luces, pero no eran luces extraterrestres, sino faros. En gran cantidad. Un convoy de camiones por la autopista. Supuso que no había ningún otro vehículo. Aquella parte de Maine había pasado a manos del ejército.

«Y todos te buscan, cabrón», escupió al volver a ponerse en marcha la motonieve.

La nieve volvió a tupirse, cortando la visión momentánea de los camiones, pero Jonesy ya sabía que el señor Gray no tendría la menor dificultad en encontrar la autopista. Pete le había guiado hasta una parte de la zona en cuarentena que, supuso Jonesy, se tenía por poco conflictiva. Para el resto del camino contaba con Jonesy, porque era diferente. Para empezar, se había librado del byrus. Al byrus, por alguna razón, no le gustaba.

«De aquí no sale», dijo Jonesy.

«Sí —dijo el señor Gray—. Siempre morimos, y siempre vivimos. Siempre perdemos y siempre ganamos. Somos el futuro, Jonesy, aunque no te guste.»

«Pues si es verdad, es la mejor razón que conozco para vivir en el pasado», repuso Jonesy.

Del señor Gray, sin embargo, no llegó ninguna respuesta. El señor Gray como entidad, como concien-cia, ya no existía, porque había vuelto a mezclarse con la nube. Quedaba lo justo para gobernar las fa-cultades de conducción de Jonesy y asegurarse de que la motonieve siguiera orientada hacia la auto-pista. Arrastrado sin remedio en la misión de la cosa, Jonesy obtuvo un parco consuelo de dos factores. Uno era que el señor Gray no supiera cómo llegar hasta el último componente de su persona, la parte minúscula que existía en su recuerdo del despacho de los hermanos Tracker. El otro era que el señor Gray tampoco supiera nada de Duddits.

Jonesy pensaba hacer lo necesario para que el señor Gray no se enterase.

Al menos de momento.









XIII





EN LA TIENDA DE GOSSELIN









1




A Archie Perlmutter, primero de su promoción (tema del discurso en la ceremonia de licenciatura: «Ventajas y responsabilidades de la democracia»), antiguo Eagle Scout (el grado más alto en los Boy Scouts), presbiteriano practicante y graduado de West Point, el súper de Gosselin ya no le parecía real. Ahora que habían instalado bastante voltaje para iluminar una ciudad pequeña, parecía un decorado cinematográfico, y no de cualquier película, sino de una superproducción a lo James Came-ron donde los gastos de catering darían para alimentar dos años a la población de Haití. Ni la nieve, cuya intensidad seguía en aumento, mitigaba gran cosa el resplandor de los focos, como tampoco modificaba la ilusión de que todo, desde el revestimiento cutre del edificio a las dos chimeneas de hojalata que salían torcidas del techo, pasando por la única bomba de gasolina que había a pie de carretera, era simple atrezo.

El primer acto sería así, pensó Pearly, caminando deprisa con la tablilla debajo del brazo. (Archie Perlmutter siempre se había considerado hombre de gran talla artística... y comercial.) Aparece un plano de una tienda en pleno bosque. Los viejos del lugar están sentados alrededor de la estufa de leña (no la pequeña del despacho de Gosselin, sino la grande de la propia tienda), mientras fuera nieva una barbaridad. Hablan de luces en el cielo... de cazadores desaparecidos... de que si se han visto hombrecillos grises escondidos en el bosque... El dueño, que podría llamarse Rossiter, se lo toma a chunga. Dice: «¡Vaya unas nenitas estáis hechos!» ¡Y justo entonces lo baña todo una luz muy fuerte (tipo Encuentros en la tercera fase), porque está aterrizando un ovni! ¡Y salen un montón de extraterrestres sedientos de sangre, disparando rayos asesinos! ¡Es como Independence Day, pero con la gracia de que pasa en el bosque!

Melrose, pinche tercero (que era lo más cerca que se llegaba en aquella aventurita de tener un rango oficial), intentaba no quedarse rezagado. Como no llevaba zapatos ni botas, sino calzado de-portivo (Perlmutter lo había sacado de la tienda de cocinas), resbalaba constantemente. Había mucho tránsito de hombres, y alguna que otra mujer; en su mayoría iban a paso ligero, y muchos hablaban por micros o walkie-talkies. La sensación de que era un escenario artificial se incrementaba a causa de los camiones, los remolques, los helicópteros en marcha pero sin volar (habían vuelto todos por el mal tiempo) y el rugido incesante y mezclado de los motores y los generadores.

— ¿Para qué quiere verme? —volvió a preguntar Melrose, jadeando y con una voz todavía más plañidera que antes.

Pasaron junto al cercado y el corral de al lado del establo de Gosselin. La valla, vieja y estropeada (ya hacía diez años o más que no había caballos en el corral, y que no se ejercitaba ninguno en el cercado), se había reforzado mediante una alternancia de alambre con púas y sin púas. El primero estaba electrificado a un voltaje que probablemente no fuera mortal, pero sí suficiente para dejar a alguien retorciéndose en el suelo; la carga, además, podía aumentarse hasta niveles letales en caso de que se pusieran revoltosos los nativos. Veinte o treinta hombres les observaban desde detrás de la alambrada, entre ellos el viejo Gosselin (a quien, en la versión de James Cameron, interpretaría algún curtido veterano, tipo Harry Dean Stanton). Antes, los hombres de detrás de la alambrada les habrían dirigido la palabra, habrían hecho amenazas y planteado exigencias con tono de enfado, pero desde que habían visto lo que le había pasado al banquero de Massachusetts por querer escaparse, a los pobres se les había encogido bastante la pilila. Ver que a alguien le pegan un tiro en la cabeza suele hacer que se tengan bastantes menos cojones. Tampoco había que olvidar que todos los operativos llevaban mascarilla en la nariz y la boca. Con eso, los cojones debían de estar a cero.

Jefe... —Ahora el tono quejica era total. Por lo visto, ver ciudadanos americanos detrás de una alambrada había agravado la incomodidad de Melrose — . Oiga, jefe, ¿para qué quiere verme el número uno? Me extraña hasta que sepa que existen pinches terceros.

—No lo sé —contestó Pearly, y era verdad.

Más adelante estaban Owen Underhill y alguien de la división motorizada que casi le gritaba al oído, tal era el fragor de los helicópteros. Perlmutter supuso que no tardarían en apagarlos, porque con un tiempo así no volaba ni Cristo. Según Kurtz, aquella nevada anticipada era «un regalo que nos hace Dios». Era la clase de comentarios que, viniendo de él, te dejaban con la duda de si lo decía en serio o irónicamente. El tono siempre era serio, pero a veces le añadía una risa. De las que ponían nervioso a Archie Perlmutter. En la película, Kurtz sería James Woods. O Christopher Walken. No se le parecía ninguno de los dos, pero bueno, George C. Scott tampoco se parecía a Patton... Tema zanjado.

Perlmutter dio un brusco rodeo hacia Underhill. Melrose intentó seguirle y acabó con el culo en el suelo, cagándose en todo. Perlmutter tocó el hombro de Underhill y, al verle la cara, confió en disi-mular su sorpresa gracias a la mascarilla. Owen Underhill parecía diez años mayor que al apearse del autobús escolar de Millinocket.

Pearly se inclinó hacia él y exclamó con el viento de cara:

— ¡Kurtz en quince! ¡No te olvides!

Underhill le hizo un gesto impaciente con la mano, queriendo decir que se acordaría, y volvió a girarse hacia el de la división motorizada. Ahora Perlmutter le tenía identificado: se llamaba Brodsky.

El puesto de mando de Kurtz, una caravana inmensa (siguiendo la comparación con un plato, sería la residencia temporal de la estrella, o del propio James Cameron), estaba justo delante. Pearly apretó el paso, plantando cara a la cortina de copos. Melrose correteó para colocarse a su altura, mientras se limpiaba el mono de nieve.

—Venga, enróllate —suplicó—. ¿No tienes ninguna pista?

—No —dijo Perlmutter.

No tenía ninguna sobre el motivo de que, con mil cosas en marcha, Kurtz quisiera ver a un simple pinche, pero pensó que los dos sabían que no podía ser nada bueno.






2




Owen orientó la cabeza de Emil Brodsky, le aplicó a la oreja el morro de su mascarilla y dijo:

Vuelve a contármelo, pero no todo, sólo la parte que has dicho que era como un telele mental.

Brodsky no puso ninguna objeción, pero se tomó diez segundos para ordenar sus ideas. Owen se los concedió. En primer lugar tenía cita con Kurtz y después le tocaba redactar el parte (muchos hombres y un montón de papeleo), más a saber qué truculentas tareas, pero intuía que lo de Brodsky era importante.

En cuanto a que se lo dijera a Kurtz, quedaba por ver.

Brodsky se decidió a girar la cabeza de Owen, ponerle en la oreja la parte de plástico de su mascarilla y hablar. Esta vez dio más detalles, pero la historia se reducía a lo mismo: caminaba por el prado de al lado de la tienda, hablando a la vez con Cambry, que le acompañaba, y con un convoy de suministro de combustible a punto de llegar, y de repente había tenido la sensación de que le secues-traban el cerebro. Había estado en un cobertizo hecho polvo con alguien a quien no veía bien. Ese alguien quería poner en marcha una motonieve, pero no podía. Necesitaba a Brodsky para saber por qué no arrancaba.

— ¡Le he pedido que abriera la tapa del motor! —exclamó al oído de Owen—. La ha abierto, y ha sido como ver por sus ojos... pero con mi propio cerebro. ¿Entiende lo que le quiero decir?

Owen asintió.

—He visto el fallo enseguida: habían quitado las bujías. Entonces le he dicho al tío que mirara por el cobertizo, y lo ha hecho. Hemos mirado los dos. Las bujías estaban en un bote de gasolina, en-cima de la mesa. Mi padre, cuando venía la época de frío, hacía lo mismo con el cortacésped.

Brodsky se tomó un respiro. Se notaba que pasaba vergüenza por lo que decía, o por cómo consideraba que debía de sonar. Owen, que estaba fascinado, le hizo gestos de que siguiera.

—No hay mucho más que contar. Le he dicho que las sacara, que las secara y que las enchu-fara. Ayudar en algo así lo he hecho un millón de veces, pero la diferencia es que estaba aquí, no allí. En realidad no pasaba.

— ¿Y luego? —dijo Owen.

Los motores le obligaban a forzar la voz, pero en el fondo tenían la intimidad de un cura y su feligrés en un confesionario.

— Ha arrancado a la primera. Ya que estábamos, le he dicho que mirara cómo estaba de gasolina, y tenía el depósito lleno. Luego me ha dado las gracias. — Brodsky, pasmado, sacudió la cabeza — . Y yo voy y le digo: «No, hombre, no hay de qué.» ¿Qué, estoy loco?

—No, pero de momento te pediría que no se lo contaras a nadie.

Una sonrisa ensanchó los labios de Brodsky debajo de la mascarilla.

— ¡Uy, tranquilo! Sólo se lo he dicho porque... Como hay orden de informar de cualquier cosa rara...

Owen replicó con rapidez, sin darle tiempo de pensar a Brodsky.

— ¿Cómo se llamaba?

—Jonesy Tres —contestó Brodsky. A continuación puso cara de sorpresa—. ¡Joder! No sabía que lo supiera.

— ¡Qué nombre más raro!

—Sí, bastante, pero... —Se lo pensó un poco y añadió exaltado—: ¡Ha sido horrible! Cuando pasaba, no, pero después de un rato... al pensarlo... era como si me... —Bajó la voz—. Como si me hubieran violado, señor.

—Bueno, pues ya está —dijo Owen — . Supongo que tienes varias cosas más que hacer.

Brodsky sonrió.

  • Sólo dos o tres mil.

—Pues a por ellas.

—Recibido. —Brodsky dio un paso y se volvió. Owen miraba el corral, donde había habido caballos y ahora había personas. La mayoría de los detenidos estaba en el establo, y los que se habían quedado fuera, que andarían sobre las dos docenas, formaban una piña como para darse ánimos. Sólo había uno que fuera a su aire, un tío escuchimizado, alto y seco, con unas gafólas que le daban cara de buho. Brodsky miró al buho condenado, y después a Underhill.

— ¡Oiga, no pensará meterme en un follón! ¡A ver si se le ocurre mandarme al psiquiatra!

—Descu... —empezó a decir Owen.

No tuvo tiempo de acabar, porque se oyó un disparo en la caravana de Kurtz y alguien se puso a chillar.

— ¡Jefe! —susurró Brodsky. A Owen el ruido de motores le impedía oírle. Le leyó la palabra en los labios, y esta — : Mierda.

—Vete —dijo —, que no es cosa tuya.

Brodsky le miró un poco más, humedeciéndose los labios dentro de la mascarilla. Owen le hizo un gesto con la cabeza, intentando proyectar una impresión de confianza y autoridad, de todo bajo control; quizá funcionase, porque Brodsky le devolvió el gesto y se marchó.

Dentro de la caravana proseguían los gritos. Cuando Owen se encaminó a ella, el hombre que estaba solo en el cercado le dijo:

— ¡Eh, oiga! ¡Acerqúese un minuto, que tengo que hablar con usted!

Ya, pensó Underhill sin aminorar el paso. Me apuesto lo que sea a que tienes que contarme algo gordísimo, y mil razones para que te suelten enseguida.

¿Overhill? No, Underhill. Se llama así, ¿no? Tengo que hablar con usted. ¡Es importante para los dos!

Owen se detuvo a pesar de los gritos de la caravana, que se habían convertido en sollozos de dolor. No era buena señal, pero al menos indicaban que no se había muerto nadie. Se fijó en el hombre de las gafas. Era puro pellejo, y, aunque llevaba parka, tiritaba.

— Es importante para Rita —dijo el hombre flaco, haciéndose oír por encima de los motores — . Y para Katrina.

Daba la impresión de que al gafotas le debilitaba pronunciar los nombres, como si los hubiera extraído como piedras de un pozo muy hondo, pero el susto de oír los nombres de su mujer e hija en boca de un desconocido hizo que Owen apenas reparara en el detalle. El impulso de acercarse al hombre y preguntarle cómo los sabía era fuerte, pero Underhill no disponía de tiempo. Tenía una cita. Y que de momento no hubiera ningún muerto no quería decir que no fuera a haberlo.

Miró por última vez al personaje de detrás de la alambrada, memorizando sus facciones, y se apresuró a llegar a la caravana.




3




Perlmutter, lector de El corazón de las tinieblas y espectador de Apocalypse Now, había pensado a menudo que el apellido Kurtz era demasiada casualidad. Estaba dispuesto a apostar cien dólares (mucho dinero para alguien artístico y no jugador como él) a que su jefe no se llamaba así de verdad, sino Arthur Holsapple, Dagwood Elgart... o Paddy Maloney, a saber. ¿Kurtz? Inverosímil. Casi seguro que era para hacerse el interesante, como la pistola con culatas de nácar de George Patton. Los hombres, algunos de los cuales llevaban con Kurtz desde Tormenta del Desierto (antigüedad a la que Archie Perlmutter ni se acercaba), le tenían por un hijo de perra fuera de sus cabales. Lo mismo opinaba Perlmutter: loco como Patton. Dicho de otra manera, como una cabra. Seguro que por la mañana, al afeitarse, se miraba en el espejo y hacía imitaciones de Marión Brando susurrando: «El horror, el horror.»

Por eso, al acompañar al pinche Melrose a la caravana de mando, que era un horno, Pearly no estaba más intranquilo de lo habitual. En cuanto a Kurtz, no se le apreciaba nada extraño. Estaba sentado en una mecedora de mimbre. Se había quitado el mono (que estaba colgado en la puerta por la que habían entrado Perlmutter y Melrose) y les recibió en calzoncillos largos. Uno de los palos de la mecedora tenía colgada su pistola por el cinturón, y no era una cuarenta y cinco con culatas de nácar, sino automática, y de nueve milímetros.

Los aparatos electrónicos echaban humo. El fax de encima de la mesa de Kurtz amontonaba papel sin respiro. Cada quince segundos, más o menos, el Imac de Kurtz anunciaba «¡Tiene un mensaje!» con su voz alegre de robot. Tres radios, todas a bajo volumen, escupían su correspondiente chisporroteo de transmisiones. Detrás del escritorio, en la pared de imitación de pino, había dos fotos enmarcadas. Kurtz nunca se separaba de ellas. La de la izquierda, cuyo título era «inversión», mostraba a un chico angelical con uniforme de boy scout, levantando la mano derecha y haciendo el saludo de tres dedos característico de la organización. La de la derecha se titulaba «dividendo» y era una fotografía aérea de Berlín hecha en primavera de 1945. Quedaban dos o tres edificios en pie, pero la mayor parte de lo que recogía la cámara eran simples escombros.

Kurtz indicó la mesa con un movimiento de la mano.

No hagáis caso, chavales, que sólo es ruido. Se encarga Freddy Johnson, pero le he mandado al economato a llenarse un poco el estómago. Le he dicho que no se dé prisa y que se coma los cuatro platos, desde la sopa al sorbete, porque aquí la situación... aquí, chicos, la situación está prácticamen-te... ¡estabilizada!

Les enseñó los dientes con ferocidad y empezó a mecerse. Al lado de Kurtz, el arma se balan-ceaba como un péndulo al final del cinturón, dentro de la pistolera.

Melrose y Kurtz aventuraron sendas sonrisas de respuesta, más vacilante la de Melrose. Perl-mutter tenía clichado a Kurtz: el jefe era un quiero y no puedo existencial. Brillante descripción, sí señor. En la carrera militar no daba muchas ventajas estar formado en humanidades, pero alguna ha-bía, como acuñar expresiones.

—La única orden que le he dado al teniente Johnson... uy, no, rangos no... quería decir a mi buen amigo Freddy Johnson... ha sido bendecir la mesa. ¿Vosotros rezáis?

Melrose asintió con la misma vacilación con la que había sonreído, mientras que Perlmutter lo hizo indulgentemente. Tenía la seguridad de que la fe en Dios que insistía en profesar Kurtz, al igual que su apellido, era plumaje.

Kurtz, risueño, se mecía mirando a los dos hombres, cuyo calzado goteaba nieve derretida que formaba charcos.

— La mejor manera de rezar es la que tienen los niños —dijo — . Cuestión de sencillez. ¿A que sí?

Sí,)... —empezó Pearly.

—Tú cierra el pico, perro —dijo jovialmente Kurtz. Y sin dejar de mecerse. Ni la pistola de oscilar en el extremo del cinturón. Miró a Pearly, y después a Melrose—. ¿Tú qué opinas, nene? ¿Es una oración bonita, sí o sí?

—Sí, s...

O Allah akhbar, como dicen nuestros amigos árabes: «el único dios es Dios». ¿Se puede ser más sencillo? Es cortar la pizza justo por la mitad. No sé si me explico.

No contestaron. Kurtz se mecía más deprisa, y la pistola se balanceaba a mayor velocidad. Perlmutter empezó a ponerse tan nervioso como hacía unas horas, antes de que llegara Underhill y sosegara un poco a Kurtz. Lo más probable era que sólo fuera más plumaje, pero...

— ¡O Moisés delante de la zarza ardiendo! —exclamó Kurtz, y se le iluminó la cara, que era más bien de caballo, con una sonrisa desquiciada—. Pregunta Moisés: «¿Con quién hablo?», y Dios le sale con el típico rollo de «soy el que soy, y nada más que el que soy, bla bla bla». Qué Dios más bromista, ¿eh, señor Melrose? ¿En serio que se ha referido a nuestros emisarios del espacio exterior como «negros del espacio»?

Melrose se quedó boquiabierto.

— Contesta, chavalín.

—Señor...

—Vuelve a llamarme señor y celebrarás tus próximos dos cumpleaños en el cercado. ¿Me explico? ¿Captas de qué voy?

—Sí, jefe.

Melrose se había cuadrado y tenía toda la cara blanca, menos dos manchas rojas de frío en las mejillas que quedaban cortadas en dos por las gomas de la mascarilla.

—Bueno, ¿es o no verdad que hayas llamado «negros del espacio» a nuestros visitantes?

—Señor, puede que se me haya escapado alguna...

Con una velocidad a la que Perlmutter apenas dio crédito (casi era como un efecto especial de película), Kurtz sacó la pistola de la funda en movimiento, la empuñó sin dar la sensación de apuntar y disparó. La mitad superior de la zapatilla deportiva del pie izquierdo de Melrose explotó. Saltaron pe-dazos de tela. La pernera de Perlmutter quedó salpicada de sangre y trocitos de carne.

No he visto nada, pensó Pearly. No ha pasado nada.

Melrose, sin embargo, estaba gritando, y se miraba el pie izquierdo destrozado con incredulidad, chillando a grito pelado. Perlmutter vio hueso y le dio un vuelco el estómago.

Kurtz no abandonó la mecedora tan deprisa como había sacado la pistola de la funda (al menos lo primero pudo verlo Perlmutter), pero no dejaba de haberse movido deprisa. Escalofriantemente deprisa.

Agarró del hombro a Melrose y clavó una mirada penetrante en el rostro contraído del pinche.

—No berrees tanto, nene.

Melrose siguió berreando. Le chorreaba sangre el pie, y a Pearly le pareció que la parte donde estaban los dedos estaba cercenada de la del talón. Entonces se le puso todo gris y borroso, pero hizo un esfuerzo de voluntad y consiguió despejar la grisura. Como se desmayara, a saber qué le haría Kurtz. Perlmutter había oído contar muchas historias, pero hasta entonces creía que el noventa por ciento eran exageraciones o propaganda orquestada por el propio Kurtz para agigantar su imagen de loco.

Ahora sé que no, pensó Perlmutter. No hay mitificación: hay mito.

Obrando con una precisión escrupulosa y casi quirúrgica, Kurtz apoyó el cañón de la pistola en el centro de la frente de Melrose, blanca como un queso.

—Chavalín, o paras de chillar como una nena o te hago parar yo.

Melrose se las arregló para tragarse los gritos y convertirlos en sollozos guturales, para aparente satisfacción de Kurtz.

—Sólo lo digo para que me oigas, chavalín; es imprescindible que me oigas, porque te va a tocar correr la voz. Considero, Dios me asista, que tu pie, o lo que te queda de pie, expresará el concepto básico, pero los detalles tiene que darlos esta boca tuya bendita. ¿Me oyes o no, chavalote? ¿Estás atento a los detalles?

Melrose seguía lloriqueando y se le salían los ojos como bolas de cristal azul, pero logró asentir con la cabeza.

Veloz como serpiente en ataque, la cabeza de Kurtz se giró, y Perlmutter le vio perfectamente la cara. La locura estaba impresa en las facciones con la nitidez de un tatuaje guerrero. A Perlmutter, en aquel momento, se le cayeron al suelo todas sus convicciones acerca de su superior.

—¿Y tú qué, chavalote? ¿Tú escuchas? Porque eres un mensajero. Lo somos todos.

Pearly asintió. Entonces se abrió la puerta, y con alivio infinito vio que era Owen Underhill. La mirada de Kurtz saltó hacia este último.

— ¡Owen! ¡Chavalote mío! ¡Otro testigo! ¡Otro mensajero, Dios bendito! ¿Me escuchas? ¿Propagarás la Palabra?

Underhill asintió con cara de jugador de poker en una jugada de mucho dinero.

— ¡Perfecto, perfecto!

Kurtz volvió a fijarse en Melrose.

—Cito el manual, pinche tercero Melrose: parte 16, sección 4, párrafo 3. «El uso de epítetos inapropiados, tanto de índole racial, étnica o sexual, es pernicioso para la moral y contraviene el protocolo del servicio armado. En caso de demostrarse dicho uso, el usuario será castigado de inmediato por un consejo de guerra, o en el campo de batalla por la autoridad competente.» Final de la cita. La autoridad soy yo, y el que usa epítetos inapropiados, tú. ¿Me entiendes, Melrose? ¿Captas de qué voy?

Melrose, gemebundo, quiso hablar, pero le interrumpió Kurtz. Owen Underhill seguía en la puerta sin moverse ni un milímetro, mientras se le derretía la nieve en los hombros y le corría como gotas de sudor por el plástico transparente de la mascarilla. No apartaba la vista de Kurtz.

—Pues bien, pinche tercero Melrose, lo que acabo de citar en presencia de estos testigos, Dios me asista, tiene categoría de orden, y prohibe hablar con desprecio de cualquier raza o nacionalidad; incluida, en este caso, la negra. ¿Me has entendido?

Queriendo asentir, Melrose se tambaleó al borde del desmayo. Perlmutter le sujetó por el hombro y volvió a ponerle derecho, rezando por que Melrose no se quedara frito antes de hora. A saber qué era capaz de hacerle Kurtz al pinche si tenía la temeridad de desconectar antes de que Kurtz hubiera terminado de leerle la cartilla.

Mira, chaval, a estos invasores de mierda les daremos un repaso que se van a enterar, y como vuelvan por la Tierra les arrancaremos esa cabecita gris que tienen y nos cagaremos en sus cuellos. ¿Que ni por esas? Entonces usaremos contra ellos su propia tecnología, que ya nos falta poco para dominar, y viajaremos a su lugar de origen en sus propias naves, o en otras parecidas fabricadas por General Electric, DuPont y Microsoft; entonces, Dios me asista, entonces les quemaremos sus ciudades, panales, hormigueros o donde vivan, les echaremos napalm y bombas atómicas, y por Dios todopoderoso, Allah akhbar, les llenaremos los lagos y los mares con pipí americano del que escuece. Ahora bien, lo haremos de manera «correcta», con «propiedad» y sin establecer diferencias de raza, sexo, etnia o religión. Lo haremos porque los muy cabrones se han equivocado de barrio, y han llama-do a la puerta que no era. No estamos en la Alemania de 1938, ni en el Misisipí de 1963. ¿Qué, señor Melrose? ¿Te ves capaz de difundir el mensaje?

Melrose puso sus ojos llorosos en blanco y le fallaron las rodillas. Perlmutter volvió a cogerle por el hombro, queriendo evitar que se cayera, pero esta vez fue inútil. Melrose se desplomó.

Pearly —susurró Kurtz.

Al recibir el fuego de los ojos azules de su superior, Perlmutter tuvo la impresión de que jamás había pasado tanto miedo como en ese momento. La vejiga se le había convertido en una bolsa ca-liente y pesada que sólo pedía vaciársele en el mono. Penso que si Kurtz veía ensancharse una mancha oscura en la entrepierna de su ayudante de campo, dado su estado de ánimo, era capaz de pegarle un tiro sin contemplaciones, pero pensarlo no mejoró la situación. Al contrario.

—Sí, s... jefe.

  • ¿Correrá la voz? ¿Será buen mensajero? ¿Consideras que ha estado bastante atento, o

pensaba demasiado en el puto pie?

  • Pu... Pue... —Viendo que, desde la puerta, Underhill le hacía un gesto casi imperceptible de

confirmación con la cabeza, Pearly cobró ánimos

— . Sí, jefe, yo creo que lo ha oído todo.

Ante la vehemencia de Perlmutter, la primera reacción visible de Kurtz fue de sorpresa, y la segunda de satisfacción. Se volvió hacia Underhill.

— Sí —dijo este—, a condición de llevarle a la enfermería antes de que se desangre en tu alfombra y se muera.

Las comisuras de los labios de Kurtz se levantaron. —¿Te encargas tú, Pearly?

— Ahora mismo —dijo Perlmutter, yendo hacia la puerta. Una vez hubo dejado atrás a Kurtz, le dirigió a Underhill una mirada de ferviente gratitud que o bien pasó desapercibida o se prefirió ignorar.

— A paso ligero, señor Perlmutter. Owen, quiero hablar contigo. —Pasó por encima del cuerpo de Melrose sin mirarlo y entró deprisa en la pequeña cocina—. ¿Café? Como lo ha hecho Freddy, no puedo garantizarte que sea bebible... pero...

—Pues no estaría mal un cafelito —dijo Owen Underhill—. Sírvelo, mientras intento cortar la hemorragia.

Kurtz, que estaba al lado de la cafetera, le miró con una chispa de duda en los ojos.

— ¿Tú crees que hace falta?

Fue el momento en que salió Perlmutter de la caravana. Era la primera vez que se metía en una tormenta con la sensación de escapar.




4





Henry estaba al lado de la alambrada (sin tocarla, porque ya había visto qué pasaba), esperando que Underhill (sí, seguro que se llamaba así) volviera de lo que debía de ser el puesto de mando. Sin embargo, al abrirse la puerta, quien salió como una exhalación fue otro de los que había visto entrar Henry, y nada más bajar los escalones se puso a correr. Era un hombre alto, con una de esas caras serias que relacionaba Henry con los mandos intermedios. La cara expresaba terror, y su dueño, antes de acelerar el paso, estuvo a punto de caerse. Henry no deseaba otra cosa.

Después del primer resbalón, el mando intermedio logró conservar el equilibrio, pero a medio camino de dos remolques adosados le salieron despedidos los pies y se cayó de culo. La tablilla que llevaba patinó como un tobogán para duendes.

Henry levantó las manos y aplaudió con todas sus fuerzas, pero, como con tanto ruido de motor no debían de oírse las palmadas, las ahuecó alrededor de la boca y exclamó:

— ¡Muy bien, capullo, muy bien! ¡Que pasen la repetición de la jugada!

El mando intermedio se levantó sin mirarle, recuperó su tablilla y siguió corriendo hacia los dos remolques.

Al lado de la alambrada, a unos veinte metros de Henry, había un grupo de ocho o "nueve personas de pie. Se le acercó uno de ellos, un hombre tirando a gordo y con una parka naranja acolchada.

—No te lo aconsejo. —Hizo una pausa y añadió en voz baja—: A mi cuñado le han pegado un tiro.

Sí, Henry se lo veía en la cabeza: el cuñado del gordo, que también era gordo, diciendo que si su abogado, que si sus derechos, y que si trabajaba en una sociedad de inversión de Boston; los soldados asintiendo con la cabeza y diciéndole que tuviera paciencia, que estaba normalizándose la situación y que por la mañana se habría arreglado todo, mientras empujaban a los dos temibles caza-dores con sobrepeso hacia el cobertizo, donde ya había buena pesca. De repente el cuñado había em-pezado a correr hacia los vehículos, y pum pum, hasta luego cocodrilo.

El hombre corpulento, con la cara blanca y seria a la luz de los focos recién instalados, estaba contándoselo a Henry, que le interrumpió.

—¿Usted qué cree que nos harán a los demás?

El hombre corpulento le miró escandalizado, y retrocedió un paso como si temiera contagiarse de algo. Pensándolo bien, era gracioso, porque contagiados, de hecho, lo estaban todos. Al menos era de lo que estaba convencido aquel equipo de limpieza sufragado por el gobierno, y ala. larga el resultado sería el mismo.

— ¡No lo dirá en serio! —dijo el hombre corpulento, y añadió casi con indulgencia —: Oiga, que estamos en América.

— ¿Ah, sí? ¿Y usted ve muchas garantías procesales?

—Es porque... Yo creo que sólo nos... — Henry aguardó con interés, pero no hubo continuidad, al menos en aquel registro—. ¿A que ha habido un disparo? —preguntó el hombre corpulento—. Y me parece que también he oído gritos.

Salieron dos hombres de los dos remolques adosados, llevando una camilla entre los dos. Detrás, con clara reticencia, iba el mando intermedio, que había vuelto a ponerse bien la tablilla debajo del brazo.

—Parece que ha oído bien. —Henry y el hombre corpulento vieron subir a los camilleros por los escalones de la caravana del puesto de mando. Cuando el mando intermedio se aproximó a la alambrada, Henry le dijo—: ¿Qué, capullo? ¿Está la cosa animada?

El hombre corpulento se sobresaltó. El de la tablilla miró a Henry con dureza y siguió caminando hacia la caravana.

— Sólo es... Sólo es una situación de emergencia —dijo el hombre corpulento — . Yo creo que mañana por la mañana se habrá arreglado todo.

—Menos para su cuñado —dijo Henry.

El hombre corpulento le miró apretando los labios, que le temblaban un poco. Después regresó con el grupo, donde debía de imperar un punto de vista más afín al suyo. Henry volvió a concentrarse en la caravana y siguió aguardando a que saliera Underhill. Tenía la sensación de que Underhill era su única esperanza... si bien, al margen de las dudas que pudiera albergar sobre la operación, era una esperanza precaria. Y Henry sólo tenía una carta que jugar. La carta era Jonesy. De Jonesy no sabían nada.

La cuestión era decírselo a Underhill, o no. Henry tenía muchísimo miedo de que no sirviera de nada.




5




Cinco minutos después de que el mando intermedio entrara en la caravana detrás de los camilleros, salieron los tres con alguien más en la camilla. A la luz intensa de los focos, la cara del herido estaba tan blanca que parecía morada. Para Henry fue un alivio ver que no se trataba de Underhill, porque Underhill era diferente de los demás chalados.

Pasaron diez minutos y Underhill seguía sin haber salido del puesto de mando. Nevaba cada vez más, y Henry esperaba. Para vigilar a los presos (lo eran, y no tenía sentido usar eufemismos) había soldados, uno de los cuales se decidió a acercarse. Los hombres apostados en el cruce de Deep Cut Road y Swanny Pond Road habían deslumbrado tanto a Henry con sus focos que no reconoció la cara del soldado. Entonces descubrió algo que le llenó de tanta alegría como profunda inquietud: que los cerebros también poseían rasgos, y que eran tan reconocibles como una boca bonita, una nariz rota o un ojo bizco. Se trataba de uno de los hombres que le habían capturado, el mismo que, considerando que no caminaba bastante deprisa hacia el camión, le había dado un golpe en el culo con la culata del rifle. Las nuevas facultades de Henry eran esquizoides: se le escapaba el nombre del soldado, pero sabía que su hermano se llamaba Frank y que, yendo al instituto, le habían absuelto (a Frank) en un juicio por violación. Había más cosas, inconexas y mezcladas como el contenido de una papelera. Henry se dio cuenta de que estaba examinando un verdadero río de conciencia, con los correspon-dientes desechos flotando en sus aguas. Lo humillante era el prosaísmo general.

— ¡Hombre —dijo el soldado con bastante buen tono—, si es el listo! ¿Te apetece una salchicha, tío listo? —Rió.

—Ya tengo una —dijo Henry, que también sonreía. Entonces, como tantas veces, habló Beaver por su boca—. ¿Quieres chuparla un poquito? Igual entras en calor. El soldado dejó de reír.

—Ya veremos si dentro de doce horas sigues tan ocurrente —dijo. La imagen que pasó flotando en el río de entre las orejas de aquel hombre fue la de un camión lleno de cadáveres, un amasijo de brazos y piernas blancos — . ¿Ya te crece el Ripley, tío listo? Henry pensó: el byrus. Se refiere al byrus, que es como se llama de verdad. Jonesy lo sabe.

No contestó, y el soldado se alejó con la expresión satisfecha de quien ha ganado por puntos. Henry se concentró por curiosidad y visualizó un rifle; no uno cualquiera, sino la Garand de Jonesy. Pensó: estoy armado, cabrón, y en cuanto me des la espalda te mato.

El soldado volvió a girarse. La cara de satisfacción había sufrido el mismo destino que la sonrisa y la risa, sustituida por una expresión de duda y sospecha.

— ¿Qué dices, listillo? ¿Has dicho algo? Henry respondió sonriente:

— Sólo pensaba si te habría tocado algo de la chica. Sabes, ¿no? La que se tiró tu hermano a la fuerza. ¿Te dejó que se la metieras después de él?

El soldado, de tan sorprendido, se quedó un momento con cara de idiota, expresión que dio paso a la mayor de las iras. Entonces levantó el rifle, cuya boca le pareció a Henry una sonrisa. Henry se bajó la cremallera de la chaqueta y se la dejó abierta a pesar de lo mucho que nevaba.

—Venga —dijo, y rió — . Venga, Rambo, demuestra lo que vales.

El hermano de Frankie siguió apuntándole un poco más, hasta que Henry notó que se le pasaba la rabia. Le había ido de pelos (había visto al soldado intentando pensar cómo lo justificaría, qué ex-cusa creíble podía dar), pero había tardado un poco demasiado, y el cerebro había conseguido reducir a la bestia roja. Qué familiar era todo. En el fondo, los Richie Grenadeau eran inmortales. Eran los dien-tes del dragón del mundo.

—Mañana —dijo el soldado — . De mañana no pasas, listillo.

Esta vez Henry dejó que se marchara, renunciando a nuevas provocaciones a la bestia roja, a pesar de que las tenía en bandeja. De paso se había enterado de algo... o confirmado una sospecha. El soldado le había oído pensar, pero confusamente, puesto que de lo contrario se habría vuelto mucho más deprisa. Tampoco le había preguntado a Henry de qué conocía a su hermano Frankie. ¿Por qué? Porque el soldado, de uno u otro modo, sabía qué hacía Henry: se les había contagiado la telepatía a todos. La habían contraído como un virus molesto pero de poca gravedad.

— Lo que ocurre es que mi caso es más agudo —dijo, volviendo a cerrarse la cremallera de la chaqueta.

Y, como el suyo, los de Pete, Beaver y Jonesy. Ahora, sin embargo, estaban muertos tanto Pete como Beav, y Jonesy... Jonesy...

—Jonesy es el más contagiado de todos —dijo.

¿Dónde estaría?

En el sur. Jonesy había dado la vuelta hacia el sur. La cuarentena de aquellos tíos, guardada con tanto celo, había sido quebrantada. Henry supuso que tenían prevista la posibilidad, y que no les quitaba el sueño. Creían que no pasaba nada por una o dos infracciones.

Él consideraba que estaban en un error.




6






Con una taza de café en la mano, Owen aguardaba a que se hubieran marchado los de la enfer-mería con el paquete, mientras la morfina, en clemente inyección, reducía los sollozos de Melrose a murmullos y gemidos. Pearly salió con ellos, dejando a Owen a solas con Kurtz.

Kurtz se quedó un poco en la mecedora, mirando a Owen Underhill con la cabeza ladeada, entre curioso y divertido. Una vez más, nada quedaba del demente de antes, desechado como una careta de Halloween.

—Estoy pensando un número —dijo—. ¿Cuál es?

—El diecisiete —dijo Owen—. Lo ves rojo. Como en el lateral de un coche de bomberos.

Kurtz asintió satisfecho.

— Intenta enviarme uno a mí.

Owen visualizó una señal de límite de velocidad: 100.

—Diez —dijo Kurtz tras un momento—. Negro sobre blanco.

—Caliente, jefe.

Kurtz tomó un poco de café. Owen disfrutaba el suyo a fondo. Era un asco de noche, un asco de faena, y el café de Freddy no era malo.

Kurtz había encontrado tiempo para ponerse el mono. Metió la mano en el bolsillo interior, sacó un pañuelo grande, se arrodilló haciendo una mueca (su artritis no era ningún secreto) y empezó a limpiar las salpicaduras de sangre de Melrose. Owen, que a aquellas alturas se consideraba imposible de impresionar, estaba impresionado.

— Señor... —Mierda—. Jefe...

—Ni pío —dijo Kurtz mirando el suelo. Se movía de mancha a mancha con la hacendosidad de una fregona—. Mi padre siempre decía que la gente tiene que limpiar lo que ensucia. Así, la próxima vez te lo piensas un poco. A ver, chaval, ¿cómo se llamaba mi padre?

Owen lo buscó pero sólo lo entrevio, como el viso debajo de un vestido de mujer.

—¿Paul?

— No, Patrick, pero te ha faltado poco. Anderson opina que es una ola, y que ya está agotando su fuerza. Una ola telepática. ¿Te parece un concepto alucinante, Owen?

— Sí.

Kurtz asintió sin levantar la cabeza, mientras frotaba.

—Aunque más el concepto que la realidad. ¿Eso también te lo parece?

Owen se rió. El viejo no había perdido ni un ápice de su capacidad de sorprender. A veces, refiriéndose a personas inestables, se decía que «no juegan con todas las cartas». Con Kurtz, pensó Owen, el problema era que jugaba varias manos a la vez. Sobraban ases.

—Siéntate, Owen. Bébete el café con el culo apoyado en algún sitio, como la gente normal, y déjame limpiar, que lo necesito.

Owen lo consideró posible. Se sentó y bebió café. Pasaron cinco minutos, hasta que Kurtz hizo el esfuerzo doloroso de volver a levantarse. Después cogió el pañuelo por una esquina, como si le diera asco, lo llevó a la cocina, lo tiró a la basura y regresó a la mecedora. Por último, tomó un sorbo de café, torció el gesto y dejó la taza.

—Frío.

Owen se levantó.

—Ahora te traigo...

—No, siéntate, que tenemos que hablar.

Owen se sentó.

—Antes, cuando volábamos, tú y yo hemos tenido un pique. ¿A que sí?

—Yo no diría...

—No, ya sé que no lo dirías, pero también sé lo que ha ocurrido, igual que tú. En situaciones extremas la gente se exalta. En fin, lo pasado, pasado. Tenemos la obligación de superarlo, porque yo soy el oficial al mando, tú mi segundo y aún no hemos acabado nuestro trabajo. ¿Podremos hacerlo juntos?

— Sí, señor. —Coño, otra vez — . Quería decir jefe. Kurtz le obsequió con una fría sonrisa.

— Hace unos minutos he perdido el control. —Simpático, franco y honesto. Lo que había engañado a Owen muchos años.

Ya no le engañaba—. Estaba haciendo la caricatura de siempre, dos de Patton, una de Rasputín, añadir agua, remover y servir, y de repente... ¡Paf! Se me ha ido la olla. ¿A que crees que estoy loco?

Cuidado, cuidado. En aquella habitación había telepatía, telepatía de verdad, y Owen ignoraba hasta qué punto era capaz de leerle Kurtz los pensamientos.

— Sí, señor. Un poco, señor.

Kurtz asintió como si se lo esperara.

—Sí. Un poco. Buena manera de resumirlo. Lo mío viene de lejos. Los hombres como yo son necesarios, pero cuesta encontrarlos, y para hacer lo que hago sin acabar creyéndotelo del todo hace falta estar un poco loco. Es una línea muy fina, la famosa línea que es el tema favorito de conversación de los psicólogos de café, y en toda la historia del mundo nunca ha habido ninguna misión de limpieza como esta... Suponiendo que lo de Hércules limpiando los establos de Augias sólo sea un mito, claro. Sólo te pido comprensión, no simpatía. Si nos entendemos, conseguiremos llevar a buen puerto este trabajo, que es el más difícil de nuestra carrera. Si no... —Kurtz se encogió de hombros — . Si no, tendré que arreglármelas sin ti. ¿Ves por dónde voy?

Owen no estaba muy seguro de ver por dónde iba Kurtz, pero sí adonde quería llevarle a él, y asintió. Había leído que existía un tipo de pájaro que vivía en la boca de los cocodrilos, que lo tole-raban. Se identificó con él. Kurtz quería hacerle creer que le había perdonado lo de pasar la transmi-sión extraterrestre al canal común, justificándolo por los nervios del momento. ¿Y lo de hacía seis años en Bosnia? Ya no contaba. Quizá fuera verdad. Y quizá el cocodrilo se hubiera cansado de los picoteos fastidiosos del pájaro, y se estuviera preparando para cerrar las mandíbulas. El cerebro de Kurtz no le dio ninguna pista a Owen sobre la verdad. En ambos casos, además, convenía ser sumamente cuidadoso. Cuidadoso y a punto para emprender el vuelo.

Kurtz volvió a hurgar en el mono y sacó un reloj de bolsillo sin lustre.

—Era de mi abuelo, y funciona a la perfección —dijo—. Creo que porque es de cuerda, no eléctrico. En cambio, mi reloj de pulsera sigue igual de escacharrado.

— Y el mío.

Una sonrisa contrajo los labios de Kurtz.

— Cuando puedas, y cuando tengas estómago, ve a ver a Perlmutter. Esta tarde, entre sus muchas tareas y actividades, ha encontrado tiempo para recibir una partida de trescientos relojes de cuerda Timex. Eso justo antes de que nos cancelara la nieve todas las operaciones aéreas. Pearly es la eficacia personificada. Ahora sólo falta que se saque de la cabeza la idea de que está viviendo dentro de una película.

—Pues esta noche, jefe, no me extrañaría que hubiera dado un paso en esa dirección.

—También es posible.

Kurtz meditó. Underhill esperó.

—Chaval, deberíamos bebemos el whisky. Esto de esta noche se podría decir que es un velatorio irlandés.

— ¿Un velatorio?

—Sí. Mi querido phooka está a punto de caerse muerto.

Owen arqueó las cejas.

—Sí. Entonces le quitarán su capa mágica de invisibilidad, y será como el árbol caído, del que todos hacen leña. Sobre todo los políticos, que en eso son los mejores.

—No te sigo.

Kurtz volvió a mirar el reloj de pulsera deslustrado. Debía de haberlo sacado de una casa de empeños; eso si no se lo había robado a un muerto, lo cual a Underhill tampoco le habría extrañado.

—Son las siete. Dentro de unas cuarenta horas, el presidente se dirigirá a la Asamblea General de la ONU. Será el discurso con más público de toda la historia de la humanidad. Formará parte integrante de lo más gordo que ha pasado en toda esa historia... y de la comida de coco más grande desde que Dios Todopoderoso creó el universo y dio un empujoncito a los planetas con la punta del dedo, para ponerlos en órbita.

— ¿Comida de coco en qué sentido?

Pues mira, Owen, es un cuento muy bonito y que incorpora muchos componentes de verdad, como las mejores mentiras. El presidente tendrá como auditorio a un mundo fascinado, a un mundo, Dios me asista, que beberá sus palabras y casi no se atreverá a respirar. ¿Qué le dirá? Pues que el seis o el siete de noviembre de este año, al norte de Maine, se estrelló una nave tripulada por seres de otro planeta. Lo cual es verdad. Dirá que no ha sido del todo una sorpresa, porque tanto nosotros como los jefes de Estado de otros países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU llevamos como mínimo diez años sabiendo que estamos en el punto de mira de ET. También es verdad, aunque hay que puntualizar que aquí en América hay gente que está al tanto de nuestros colegas del espacio exterior desde finales de los años cuarenta, como yo. También sabemos que en 1974 unos cazas rusos destruyeron una nave de los grises que sobrevolaba Siberia, aunque los rusos todavía no se han enterado de que lo sabemos. Es probable que fuera una nave teledirigida, un vuelo de prueba, como ha habido muchos. Los primeros contactos de los grises se han hecho con tanta prudencia que se deduce que debemos de darles mucho miedo.

Owen escuchaba con una fascinación enfermiza, confiando en que no se le notara en la cara ni en el nivel superior de sus pensamientos, al que seguía siendo posible que tuviera acceso Kurtz.

Lo siguiente que sacó Kurtz de su bolsillo interior fue un paquete de Marlboro. Se lo ofreció a Owen, que al principio negó con la cabeza, pero después cogió uno de los cuatro pitillos que queda-ban. Kurtz cogió otro y encendió los dos.

—Estoy mezclando la verdad y el cuento —dijo Kurtz después de la primera, y profunda, calada—. Quizá no sea la mejor manera de explicarlo. ¿Nos ceñimos al cuento?

Owen no dijo nada. Hacía varios días que casi no fumaba, y la primera calada le mareó un poco, aunque el sabor era una gozada.

El presidente dirá que el gobierno de Estados Unidos ha tenido tres razones para aislar el lugar del accidente y sus aledaños. El primero, de pura logística: siendo Jefferson Tract una zona tan apartada, y con tan pocos habitantes, se puede poner en cuarentena, cosa que habría sido imposible si los grises se hubieran estrellado en Brooklyn, o hasta en Long Island. La segunda razón es que no tenemos claras las intenciones de los alienígenas. La tercera, que es la más convincente de las tres, es que los extraterrestres son portadores de una sustancia contagiosa a la que el personal destacado en la zona llama «hongo de Ripley». Aunque los visitantes alienígenas hayan puesto todo su empeño en convencernos de que no son contagiosos, el caso es que han traído una sustancia que lo es, y mucho. El presidente también le dirá al mundo que existe la posibilidad de que el control, en cuanto a inteligencia, lo tenga el hongo, y que los grises sólo sean un medio de cultivo. Pasará el vídeo de un gris que difunde el hongo explotando, literalmente. La cinta está un poco tratada para que se vea mejor, pero a grandes rasgos lo que se ve es verdad.

Mientes, pensó Owen. Es una grabación trucada de principio a fin, tanto como la chorrada de la «autopsia del extraterrestre». Y ¿por qué mientes? Porque puedes. Así de sencillo, ¿verdad? Porque con tu manera de ser te cuesta menos decir mentiras que verdades.

—Vale, vale, es mentira —dijo Kurtz sin alterarse. Tras una breve y picara mirada a Owen, volvió a concentrarse en el cigarrillo—. Pero los hechos son así, y pueden verificarse. Es verdad que algunos pueden explotar y convertirse en una especie de semillas rojas de diente de león, que son el Ripley. Si se inhala en cantidad suficiente, pasado un período de tiempo que aún no podemos predecir (puede ser tanto una hora como dos días), se te convierten los pulmones y el cerebro en ensalada de Ripley. Pareces una mata ambulante. Luego te mueres.

«Nuestra incursioncita de hace una horas no se mencionará. En la versión del presidente, la nave, que según todos los indicios sufrió daños graves en la caída, explotó sola, o porque la hicieron explotar sus tripulantes. Murieron todos los grises. En cuanto al Ripley, después de propagarse un poco, también se está muriendo, porque el frío, por lo visto, le sienta muy mal. Cosa, dicho sea de paso, que corroboran los rusos. Han sido sacrificados bastantes animales, que también son portadores del contagio.

— ¿Y la población humana de Jefferson Tract?

—El presidente dirá que en este momento se están haciendo pruebas a unas trescientas personas (más o menos setenta vecinos y doscientos treinta cazadores) a fin de comprobar si tienen el hongo de Ripley. Dirá que todo apunta a que hay algunos contagiados, pero que parece que responden bien a antibióticos estándar como el Ceftin y el Augmentine.

—Y ahora un mensaje de nuestro patrocinador —dijo Owen.

Kurtz rió a gusto.

—Dejarán pasar el tiempo y anunciarán que el Ripley está demostrando más resistencia al anti-biótico de lo que parecía, y que han muerto algunos pacientes. Los nombres que facilitemos serán los de gente que esté muerta de verdad, o por el Ripley o por esa porquería de implantes que les meten. ¿Sabes cómo han empezado a llamarlos?

—Sí, bichos caca. ¿El presidente dirá algo de eso?

— Qué va. Según los mandamases, afectaría demasiado al ciudadano medio. No hace falta que te diga que es la misma razón de que tampoco faciliten datos sobre la solución que le hemos dado aquí al problema, en el marco rústico e incomparable del colmado de Gosselin.

—Se podría llamar la solución final —dijo Owen. Ya se había fumado el cigarrillo hasta el filtro. Lo aplastó en el borde de su taza de café vacía.

Kurtz miró a Owen a los ojos sin pestañear.

— Sí, se podría llamar así. Vamos a cargarnos aproximadamente a trescientas cincuenta personas; casi todos hombres, algo es algo, aunque no puedo asegurar que en la limpieza no caigan unas cuantas mujeres y niños. La contrapartida es que protegeremos a la humanidad de una pandemia, y casi seguro que de la esclavitud. No es poco.

El pensamiento de Owen (seguro que a Hitler le habría gustado el enfoque) era imparable, pero lo tapó lo mejor que pudo y no observó ningún indicio de que Kurtz lo hubiera oído o percibido. Claro que nunca se podía saber, porque Kurtz era astuto.

— ¿Ahora cuántos prisioneros hay? —preguntó Kurtz.

Unos setenta, y viene el doble de Kineo. Si no empeora el tiempo, llegarán hacia las nueve.

Estaba previsto que empeorase, pero no antes de medianoche.

Kurtz asentía con la cabeza.

—Ya. Hay que sumar cincuenta de la zona más al norte, unos setenta de St. Cap y los pueblecitos del sur... y nuestros hombres. Que no se te olviden. Parece que las mascarillas funcionan, pero los exámenes médicos ya han detectado cuatro casos de Ripley. Sin decírselo, claro.

— ¿Y seguro que no lo saben?

—Digámoslo así —contestó Kurtz—: basándose en su comportamiento, no tengo ninguna razón para pensar que lo sepan. ¿Te vale?

Owen se encogió de hombros.

— La versión oficial —prosiguió Kurtz— será que estamos trasladando a los detenidos en avión a una instalación médica de alto secreto para someterles a más pruebas, y, si se terciaba un tratamiento a largo plazo. Será el último comunicado oficial que se emita sobre ellos, suponiendo que salga todo como está planeado, pero durante dos años habrá un goteo de filtraciones programadas: resistencia de la infección a los esfuerzos médicos... locura... cambios físicos grotescos que mejor no describirlos... y al final la muerte, que estando así es lo mejor. No sólo la gente no se indignará, sino que lo verá como un alivio.

— ¿ Y en realidad... ?

Quería oírselo decir a Kurtz. Vana esperanza, porque a pesar de que no hubiera micros (salvo entre las orejas de Kurtz, quizá), la prudencia, en el jefe, era consustancial. Kurtz levantó una mano, formó una pistola con el pulgar y el índice y bajó tres veces el primero. En ningún momento desvió la mirada de Owen. Ojos de cocodrilo, pensó este.

— ¿Todos? —preguntó — . ¿Tanto los que dan positivo del Ripley como los que no? Entonces ¿nosotros qué? ¿Qué les pasará a los soldados que también dan negativo?

— Los chavales que ahora están sanos seguirán estándolo —dijo Kurtz—. Los que dan positivo es porque han tenido algún descuido. Hay uno que... Resulta que tenemos a una niña de unos cuatro años que es más mona que un demonio. Sólo le falta hacer claque en el suelo del establo y cantar a lo Shirley Temple.

Se notaba que Kurtz creía estar siendo ingenioso, y Owen supuso que en cierto modo lo era, pero sucumbió a una oleada de terror intenso. Hay una niña de cuatro años, pensó. Cuatro añitos de nada.

—Mona y peligrosa —dijo Kurtz — . Tiene el Ripley en una muñeca, en el nacimiento del pelo y en el rabillo de un ojo; los típicos sitios, vaya, y se le ve. Pues va el soldado que digo y le da una barrita de caramelo, como si fuera cualquier cría kosovar, y ella a él un beso. Muy tierno, muy de foto, pero ahora el tío tiene en la mejilla una marca como de pintalabios, pero que no es de pintalabios. —Kurtz hizo una mueca—. Se había cortado al afeitarse, tan poco que casi no se veía, pero nada, que se le ha acabado el cuento. Los otros casos son parecidos. Las reglas, Owen son las mismas de siempre: los descuidos se pagan con la vida. Duras más o menos, según la suerte que tengas, pero al final nunca falla. Los descuidos se pagan con la vida. La mayoría de nuestros chicos sobrevivirán. Me alegro de poder decirlo. Nos espera toda una vida de exámenes médicos programados, y alguna que otra sorpre-sa, pero tómatelo por el lado bueno: el cáncer de culo te lo detectarán enseguida.

—¿Y los civiles que dan negativo? ¿Qué les pasará?

Kurtz, que enseñaba su cara más amable, cuerda y persuasiva, se inclinó un poco. Se suponía que había que considerarse halagado, que ver a Kurtz sin su máscara («dos de Patton, una de Rasputín, añadir agua, remover y servir») era un privilegio reservado a poca gente. Owen había caído alguna vez en la trampa, pero ya estaba vacunado. La máscara era aquello, no el Rasputín. Y sin embargo, qué bemoles tendría la cosa que ni siquiera ahora estaba seguro del todo.

¡Owen, Owen, Owen! ¡Usa ese cerebro que te ha dado Dios! A los nuestros podemos controlarles sin levantar sospechas, ni abrir la puerta a un pánico mundial; y eso que pánico, después de que el presidente mate al caballo phooka, no faltará. Con trescientos civiles sería imposible. Entonces ¿qué? ¿Los llevamos a México de verdad y los metemos cincuenta o sesenta años en un pueblo hecho adrede, pagando los contribuyentes? ¿Y si se escapa uno, o más? ¿Y si resulta, que creo que es de lo que tienen más miedo los cerebrines, que muta el Ripley? Imagínate que en vez de extinguirse por sí solo se convierte en algo mucho más contagioso y mucho menos vulnerable a los factores medioambientales que lo están matando aquí en Maine. Si el Ripley es inteligente, es que es peligroso, y, aunque no lo sea, ¿y si los grises lo utilizan como una especie de faro, o de baliza Inter.-galáctica para identificar a nuestro mundo? Ñam, ñam, venid a comer, que estos tíos están la mar de ricos... y hay a montones.

—Quieres decir que más vale prevenir que curar. Kurtz se reclinó en la mecedora y sonrió efusivamente. —Exacto. Yendo al grano, vendría a ser eso. Será el grano, pensó Owen, pero el resto de la planta lo pasamos por alto. Protegemos a los nuestros. Podemos ser todo lo despiadados que haga falta, pero hasta Kurtz protege a sus chavales. Por otro lado, los civiles sólo son civiles. Si hay que quemarlos, prenden enseguida.

Si dudas que haya un Dios, y que dedique siquiera una fracción de su tiempo a cuidar al bueno del homo sapiens, te aconsejo que te fijes en cómo está saliendo todo —dijo Kurtz—. Las luces aparecieron pronto, y había testigos. Uno de los que avisaron fue el propio dueño de la tienda, Reginald Gosselm. Luego resulta que llegan los grises durante la única época del año en que hay presencia humana en estos bosques de mala muerte, y que la caída de la nave la vieron dos personas.

— ¡Qué suerte!

— No, suerte no: la gracia de Dios. Se les estrella la nave, se divulga su presencia, y el frío les mata tanto a ellos como a la caspa galáctica que traían. —Enumeró con rapidez los puntos sucesivos con sus largos dedos, moviendo las blancas pestañas —. Y no para ahí la cosa. Hacen una serie de implantes, y los muy jodidos no funcionan: ya no es que no establezcan una relación armónica con sus huéspedes, es que se vuelven caníbales y les matan.

»La matanza de animales ha salido bien. Hemos contado como unos cien mil bichejos, y en la frontera del condado de Castle ya están haciendo una barbacoa de la hostia. En primavera o verano habríamos tenido que preocuparnos de que algún animalejo transportara el Ripley fuera de la zona, pero ahora, en noviembre, no.

—Se habrá escapado alguno.

— Se supone que sí, tanto animales como personas, pero el Ripley es lento en propagarse. Nos saldrá bien porque hemos pescado a la gran mayoría de los huéspedes infectados, porque se ha des-truido la nave y porque lo que nos han traído, más que un incendio, es una brasa. Les hemos dado un mensaje sencillo: venid como queráis, o en son de paz o con las pistolitas de rayos, pero no volváis a intentar lo de esta vez, porque no funciona. No creemos que vuelvan, al menos a corto y medio plazo. Antes de atreverse a lo de ahora se han pasado medio siglo que si sí que si no. La única lástima es no haber conservado la nave para los científicos, pero bueno, corríamos el riesgo de que dentro también hubiera Ripley. ¿Sabes de qué temamos más miedo? De que los grises, o el Ripley, encontraran un agente portador capaz de extenderlo sin contagiarse él.

— ¿Estáis seguros de que no existe esa persona?

— Casi seguros. Si existe... pues nada, para eso está el cordón. — Kurtz sonrió — . Chico, nos ha tocado el gordo. Hay pocas posibilidades de que exista el agente inmune, los grises están muertos y la totalidad del Ripley está aislado en Jefferson Tract. Suerte o Dios. Tú eliges.

Kurtz inclinó la cabeza y se pellizcó la parte más alta del puente de la nariz, como cuando se tiene sinusitis. Cuando volvió a levantarla tenía los ojos llorosos. Lágrimas de cocodrilo, pensó Owen, pero a decir verdad no estaba seguro. Tampoco tenía acceso al cerebro de Kurtz. Una de dos: o ya se había alejado demasiado la ola telepática, o Kurtz había encontrado la manera de darle con la puerta en las narices. Sin embargo, cuando su superior retomó la palabra, Owen casi habría jurado que oía al Kurtz de verdad, a un ser humano, no a un cocodrilo.

Me retiro, Owen. Al final de esto me doy de baja. Aquí calculo que hay faena para cuatro días más, máximo una semana, si es tan fuerte la tormenta como dicen; y mala lo será, aunque la pesadilla no es hasta mañana por la mañana. Supongo que haré lo que me toca, pero después... Nada, que ya estoy para retirarme del todo, y les dejaré que escojan: o pagarme o matarme. Yo creo que pagarán, porque sé dónde están enterrados demasiados cadáveres (lo aprendí de J. Edgar Hoover), pero casi he llegado al punto de pasar de todo. Tampoco habrá sido lo peor de mi carrera. En Haití despa-chamos a ochocientos en media hora (aún tengo pesadillas, y eso que fue en 1989), pero como esto... Ni de lejos. Porque los desgraciaditos de allá fuera, los del establo, el cercado y el corral... son americanos. Gente que va en Chevrolet, compra en Kmart y nunca se pierde ¿Quiere ser millonario? La idea de matar americanos, de hacer una masacre de americanos... eso me revuelve el estómago. Sólo lo haré porque es la única manera de dar el carpetazo a esta cuestión, y porque la mayoría se moriría igualmente, y de manera mucho más horrible. Capisci?

Owen Underhill no dijo nada. Creía estar poniendo una cara desprovista de cualquier expre-sión, como correspondía, pero cualquier palabra amenazaría con delatar el espanto que se le estaba metiendo hasta el tuétano. Se esperaba algo así, pero oírselo decir a alguien...

Visualizó a los soldados yendo hacia la alambrada con la nieve en contra, y oyó convocar a los presos del establo a través de los altavoces. No había estado en Haití ni en ninguna otra operación de sus características, pero adivinaba su desarrollo. Su inminente desarrollo.

Kurtz le observaba con atención.

—No voy a salirte con que la tontería de esta tarde esté del todo perdonada, porque es agua pasada, pero me debes una, chaval. No me hace falta ninguna percepción extrasensorial para saber cómo te sienta lo que he dicho, ni derrocharé saliva aconsejándote que crezcas y aceptes las cosas como son. Lo único que puedo decirte es que te necesito. En esto tienes que ayudarme.

Los ojos llorosos. El tic casi invisible de la comisura de los labios. Era fácil olvidarse de que diez minutos antes Kurtz le había destrozado a alguien el pie.

Owen pensó: como le ayude, dará lo mismo que apriete o no el gatillo, porque estaré tan condenado como los que llevaron a los judíos a las duchas de Bergen-Belsen.

— Si empezamos a las once, a y media podremos haber acabado —dijo Kurtz — . Como mucho a las doce. Luego habrá pasado.

—Menos en sueños.

—Eso, menos en sueños. ¿Me ayudarás, Owen?

Owen asintió. Quizá se condenase, pero ya no era momento de soltar la cuerda. En el peor de los casos podría contribuir a que fuera menos cruel, en la medida en que pudiera dejar de serlo un asesinato en masa. Más tarde se daría cuenta de la absurdidad mortal de aquella idea, pero con Kurtz cerca, mirada contra mirada, la perspectiva era un chiste. La locura de Kurtz, a fin de cuentas, probablemente fuera mucho más contagiosa que el Ripley.

—Muy bien. —Kurtz volvió a apoyarse en el respaldo de la mecedora, poniendo cara de alivio y cansancio. Volvió a sacar los cigarrillos, miró el interior del paquete y se lo ofreció a Owen—. Quedan dos. ¿Los compartimos?

Owen sacudió la cabeza.

—Esta vez no, jefe.

—Pues sal, y si te hace falta pásate por la enfermería y que te den un somnífero.

—No creo que lo necesite —dijo Owen.

En realidad, no sólo le haría falta sino que ya se la hacía, pero no pensaba tomarlo. Mejor pasar insomnio.

—Bueno, pues ya te puedes ir. —Kurtz dejó que llegara hasta la puerta—. Oye, Owen...

Owen dio media vuelta abrochándose la parka. Ahora oía el viento de fuera; empezaba a cobrar fuerza, la que no había tenido durante la zona de bajas presiones relativamente inofensiva de por la mañana.

  • Gracias —dijo Kurtz. Le rebosó del ojo izquierdo una lágrima grande y absurda que le rodó

por la mejilla. Parecía que no se hubiera dado cuenta. En ese momento, Owen le tuvo afecto y compasión. A pesar de todo, incluido de saber que era un error—. Gracias, chavalín.





7




Bajo el arreciar de la nieve, y ofreciendo la espalda a las peores ráfagas de viento, Henry miraba el remolque por encima del hombro izquierdo en espera de que saliese Underhill. Se había quedado solo. Debido a la tormenta, los demás se habían metido en el establo, donde había un calefactor. Supuso que con el calor ya estarían disparándose los rumores. Mejor ellos que la verdad que se les venía encima.

Se rascó la pierna, tomó conciencia de ello y miró alrededor, dando una vuelta completa. Nada, ni prisioneros ni vigilantes. Pese a lo mucho que nevaba, seguía habiendo tanta luz como si fuera mediodía, por lo cual tenía buena visión en todas las direcciones. De momento estaba solo.

Se agachó y deshizo el nudo de la camiseta, que cubría la zona donde se había cortado con la varilla del intermitente. A continuación separó el corte del vaquero. Era el mismo examen que le habían hecho sus captores en la parte trasera del camión donde ya tenían metidos a cinco refugiados más. (De camino a las propiedades de Gosselin habían apresado a otros tres.) Entonces estaba limpio.

Ahora ya no. En medio de la herida, sobre la costra, crecía una hebra muy delicada de encaje rojo. De no haber sabido qué buscaba, quizá la hubiera confundido con un poco de hemorragia.

Byrus, pensó. La jodimos.

En lo alto de su campo de visión parpadeó una luz. Henry se incorporó y vio que Underhill acababa de cerrar por fuera la puerta del remolque. Después de volver a taparse el agujero de los pantalones con la camiseta, cosa que hizo con la mayor prontitud, se acercó a la alambrada. Dentro de su cabeza, le preguntó una voz qué haría si Underhill no se daba por aludido. La voz también quería saber si era verdad que Henry pensaba delatar a Jonesy.

Vio acercarse a Underhill bajo el resplandor de las luces de seguridad, cabizbajo contra la nieve y el viento que arreciaba.





8





La puerta se cerró. Kurtz se quedó sentado, mirándola, fumando y meciéndose con lentitud. ¿Qué porcentaje del discurso se había tragado Owen? Era listo, un superviviente a quien no le faltaba cierto idealismo... y Kurtz pensó que se lo había tragado todo de pe a pa. Por regla general, la gente se creía lo que quería creerse. John Dillinger también era un superviviente, el más astuto de los forajidos de los años treinta, pero eso no le había impedido ir al Biograph Theater con Anna Sage. Ponían Manhattan Melodrama, y al final de la obra los federales le habían cosido a balazos como al perro que era. Anna Sage también creía lo que quería creer, pero no le había servido para que no la deportaran a Polonia.

Mañana no saldría nadie de la tienda de Gosselin aparte de su cuadro escogido: los doce hombres y las dos mujeres que integraban Imperial Valley. Owen Underhill no estaría entre ellos, aunque pudiera haberlo estado. Antes de la difusión de los grises por el canal común, Kurtz había estado seguro de incluirle. Pero las cosas cambiaban. Lo había dicho Buda, y en eso, como mínimo, había acertado el chinarro infiel.

—Me has fallado, chaval —dijo Kurtz. Con el movimiento de la garganta, de pelillos grises, se le movía la mascarilla, porque se la había bajado para fumar—. Me has fallado.

Kurtz había dejado impune el primer fallo de Owen Underhill. ¿Y el segundo?

—Jamás —dijo Kurtz — . Jamás de la vida.






XIV



Hacia el sur







1




El señor Gray metió la motonieve por un barranco donde corría un riachuelo helado, y lo siguió hacia el norte durante el kilómetro y medio que faltaba para la interestatal 95. A doscientos o trescien-tos metros de las luces de los vehículos militares (de los que ya quedaban pocos, avanzando lentamen-te por la nevada), se detuvo el tiempo suficiente para consultar la parte del cerebro de Jonesy a la que tenía acceso. La abundancia de archivos hacía imposible meterlos todos en el despachito donde se había hecho fuerte Jonesy, y al señor Gray le costó poco encontrar lo que buscaba. El Arctic Cat no tenía ningún botón para apagar el faro. El señor Gray bajó las piernas de Jonesy de la motonieve, buscó una roca, la levantó con la mano derecha de Jonesy y de una pedrada apagó el faro. A conti-nuación volvió a subir y puso en marcha el vehículo. El hecho de que estuviera acabándose la gasolina no era ningún problema, puesto que ya había cumplido su función.

La tubería que canalizaba el riachuelo por debajo de la autopista permitía el paso de la motonieve, pero sin conductor. El señor Gray volvió a apearse y dio un aceleren al manillar, haciendo que el vehículo saliera disparado por el conducto. Fue un trayecto breve y lleno de choques, que no llegó a diez metros, pero era bastante para que no la vieran desde el aire, en caso de que amainara la nevada hasta permitir un reconocimiento a baja altura.

El señor Gray hizo que Jonesy subiera por la rampa de acceso a la autopista. Se detuvo a pocos pasos de la barrera de seguridad y se tumbó de espaldas. El emplazamiento le ofrecía un resguardo temporal de los rigores del viento. La subida había liberado reservas ocultas de endorfinas; pocas, pero Jonesy notó que su secuestrador las paladeaba como podría haber hecho él con un cóctel o una bebida caliente cualquier tarde fría de octubre, después de ver un partido de béisbol.

Se dio cuenta de que odiaba al señor Gray, y no le sorprendió.

Después volvió a desaparecer el señor Gray como entidad (objeto de odio posible), cediendo el paso a la nube que había visto Jonesy en la cabaña, al explotarle al ser la cabeza. Estaba saliendo, igual que había salido en busca de Emil Brodsky. Brodsky le había hecho falta porque los archivos de Jone-sy no incluían información sobre cómo arrancar la motonieve. Ahora la nube necesitaba algo más, y ese algo, por lógica, debía de estar relacionado con el autostop.

Y ¿qué quedaba? ¿Qué quedó vigilando la oficina donde se había refugiado el último trozo de Jonesy (sacado de su propio cuerpo como la borra de un bolsillo)? Qué sino la nube, lo que había inhalado Jonesy; y que por algún motivo, habiendo debido matarle, no lo había hecho.

La nube no tenía la facultad de pensar, al menos tal corno pensaba el señor Gray. Se había ausentado el amo de la casa (cuyo nombre, por desgracia, ya no era Jones, sino Gray), dejándola al cuidado de los termostatos, la nevera y la calefacción. También, por si acaso, del detector de humos y la alarma antirrobos, que avisaba automáticamente a la policía.

En contrapartida, y puesto que ya no estaba el señor Gray, quizá pudiera salir de la oficina. No para recuperar el control, puesto que cualquier intento en dicho sentido significaría ser delatado por la nube rojinegra, con el regreso inmediato del señor Gray. Casi seguro que Jonesy no podría volver a refugiarse en el despacho de los hermanos Tracker, con su tablón de anuncios, su polvo en el suelo, su única ventana legañosa para observar el mundo... ¿A que en la mugre del cristal había marcas? Sí, cuatro huellas semicirculares, las cuatro marcas de los cuatro chavales que tiempo atrás habían apoyado la frente con la esperanza de ver la foto que seguía clavada al tablón: Tina Jean Schlossinger con la falda levantada.

No; hacerse con el control quedaba muy lejos de sus posibilidades. Verdad amarga pero que convenía asumir.

Lo que quizá fuera posible era acceder a sus archivos.

¿Había alguna razón para arriesgarse? ¿Algo que ganar? Quizá, dependiendo de que supiera qué quería el señor Gray. Aparte de que le llevara alguien. A propósito, ¿adonde?

La respuesta fue inesperada en la medida en que la dijo la voz de Duddits. «Zu. Ezeñó Gué quere iralzú.» «El señor Gray quiere ir al sur.»

Jonesy se apartó de la ventana sucia por donde veía el mundo. De todos modos, en ese momento poco había que ver: nieve, oscuridad y árboles borrosos. La nevada matinal había sido un simple aperitivo. Ahora servían el plato fuerte.

«El señor Gray quiere ir al sur.»

¿A qué distancia? Y ¿por qué? ¿Qué plan tenía?

Sobre esos temas, Duddits no dijo nada.

Al girarse, Jonesy se llevó la sorpresa de que el mapa de rutas y la foto de la chica ya no estuvieran en el tablón. Ahora ocupaban su lugar cuatro fotos en color de cuatro chicos, todas con el mismo fondo (el colegio de enseñanza media de Derry) y el mismo pie: en el colé. 1978. El de la izquierda era él, Jonesy, con una sonrisa confiada de oreja a oreja que ahora le dolía en el alma. Al lado estaba Beav, con su típica mueca que dejaba al descubierto la falta de un incisivo (se le había roto patinando, y al año, más o menos, le habían puesto una funda; en todo caso antes de ir al instituto). Luego Pete, con su cara redonda y morena y aquel corte de pelo tan exagerado, imposición de su padre con el argumento de que no había hecho la guerra de Corea para tener un hijo con pinta de hippy. Y el último, Henry, con esas gafas tan gordas que a Jonesy le recordaban a Danny Dunn, el joven detective de las novelas de misterio que leía de niño.

Beaver, Pete y Henry. ¡Qué cariño les había tenido, y qué injusticia cortar tan de repente una amistad tan larga! No había derecho...

De repente, Jonesy se llevó el susto mayúsculo de ver que cobraba vida la foto de Beaver Clarendon. Beav abrió los ojos y dijo algo en voz baja.

— ¿Te acuerdas de que tenía cortada la cabeza? Estaba tirada en la cuneta, con los ojos llenos de barro. ¡Cágate lorito!

Dios mío, pensó Jonesy al acordarse del único detalle de la primera cacería en Hole in the Wall que se le había borrado de la memoria. A menos que lo hubiera borrado él. ¿Y los otros tres?

Quizá también. Probablemente, puesto que desde entonces, y ya eran muchos años, lo habían comentado todo de su infancia, todos los recuerdos compartidos... menos uno.

Tenía cortada la cabeza... los ojos llenos de barro...

Había pasado algo, y estaba relacionado con lo de ahora.

Ojalá supiera qué, pensó Jonesy. Ojalá.



2





Andy Janas les había perdido la pista a las otras tres camionetas de su pequeño escuadrón. Se les había adelantado porque no estaban acostumbrados a conducir con un tiempo así de jodido, y él sí. ¡Cómo no iba a estar acostumbrado Andy, habiendo crecido al norte de Minnesota! Iba solo en uno de los mejores vehículos militares de la Chevrolet, una camioneta cuatro por cuatro modificada. Al señor Janas no le había salido ningún hijo tonto.

De todos modos, la autopista estaba bastante despejada. Hacía cosa de una hora que había pasado un par de quitanieves del ejército (supuso que no tardaría en alcanzarlos; entonces frenaría y se colocaría detrás como un buen chico), y desde entonces en el asfalto sólo se había formado una capa de seis o siete centímetros de nieve. El problema serio era el viento, que la levantaba y desdibujaba la carretera. Suerte de los reflectores. El truco, lo que no sabían los tontainas de sus compañeros, era no perderlos de vista; claro que también podía ser que con los camiones y los Humvee, aquellos vehículos robustos y todo terreno, estuvieran los faros demasiado altos para iluminar los reflectores. Además, cuando había una ráfaga fuerte de viento desaparecían hasta ellos; se ponía todo blanco, y, mientras no se calmara la cosa, no había más remedio que soltar el pedal y procurar no salirse de la carretera. Andy no corría peligro. Si le pasaba algo, tenía la radio para avisar. Detrás vendrían más quitanieves, para tener abierto todo el tramo sur de la autopista desde Presque Isle hasta Millinocket.

En la parte trasera de su camioneta viajaban dos paquetes con triple envoltorio. Uno contenía dos ciervos muertos por el Ripley. El contenido del otro (cosa que a Janas le parecía entre un poco y muy truculento), era el cadáver de un gris que poco a poco estaba convirtiéndose en una especie de sopa anaranjada. Ambos debían entregarse a los médicos de la base, instalada en el sitio que se llamaba...

Janas miró hacia arriba, hacia el retrovisor, donde había una nota y un bolígrafo colgados de una goma. El papel tenía escrito a mano: «Tienda de Gosselin, coger la sal. 16 y girar a la I.»

Llegaría en una hora, o menos. Seguro que los médicos le decían que ya tenían bastantes muestras animales, y que los ciervos serían incinerados, pero quizá se quedaran con el gris, suponiendo que no se hubiera hecho del todo papilla. Quizá el frío retrasara un poco el proceso, aunque no era problema de Andy Janas. Lo suyo era llegar, entregar las muestras y esperar a dar el parte al encargado de recabar información sobre el perímetro norte de la zona de cuarentena, el más tranquilo. Aprovecharía la espera para conseguir un cafelito bien caliente y un buen plato de huevos revueltos. Dependiendo de quién hubiera, quizá hasta pudiera agenciarse un chorrito de algo en el café. No estaría mal. Ponerse un poco a tono y

«frena»

Janas frunció el entrecejo, sacudió la cabeza y se rascó una oreja como si le hubiera picado una pulga o algo. ¡Joder con el viento! Soplaba tan fuerte que hacía dar bandazos a la camioneta. Desaparecieron tanto la autopista como los reflectores, poniéndolo otra vez todo blanco. Janas estaba conven-cido de que les daba a todos un yuyu de la hostia, menos a él, que por algo era de Minnesota y domi-naba. Sólo era cuestión de soltar el pedalito (pasando del freno, que el freno, cuando se conduce con nevada, es la mejor manera de meterse en follones), ir piano piano y esperar a que

«frena»

¿Eh?

Miró la radio, pero, aparte de ruido de estática y conversaciones de fondo, no emitía nada.

«frena»

— ¡Ay! —exclamó Janas cogiéndose la cabeza, que de repente le dolía que te cagabas.

La camioneta verde derrapó, pero el gesto automático de girar el volante en la dirección del derrape hizo que el vehículo volviera a obedecer. El pie de Janas seguía levantado del pedal, y el indicador de velocidad del Chevrolet bajaba a gran rapidez.

Los quitanieves habían abierto un caminito por el centro de los dos carriles en dirección sur. Janas viró hacia la capa de nieve que tenía a mano derecha, y las ruedas de la camioneta levantaron una neblina de copos que no tardó en llevarse el viento. Los reflectores de la barrera brillaban tanto en la oscuridad que parecían ojos de gato.

«frena aquí»

Janas gritó de dolor. Se oyó exclamar a sí mismo, desde muy lejos:

— ¡Vale, vale, ya freno, pero para! ¡No estires más!

Sus ojos llorosos vieron erguirse un bulto oscuro al otro lado de la barrera, a menos de quince metros. Cuando lo iluminaron los faros, vio que era un hombre con parka.

Andy Janas tenía la sensación de que ya no le pertenecían las manos. Las notaba como guantes conteniendo las de otra persona. Era una sensación muy rara, y muy desagradable. Las manos giraron el volante hacia la izquierda sin que él las ayudara, y la camioneta se quedó parada delante del de la parka.




3





Era su oportunidad. La atención del señor Gray estaba concentrada en otra cosa. Intuyendo que cualquier reflexión desvirtuaría su arrojo, Jonesy no pensó; se limitó a actuar, quitando el cerrojo de la puerta del despacho con el dorso de la mano y abriendo la puerta de un estirón.

De niño nunca había estado dentro del garaje de Tracker Hermanos (desaparecido en la gran tormenta del 85), pero estaba casi seguro de que nunca había tenido el aspecto que se presentó a sus ojos. El despachito cutre daba a una sala tan descomunal que no se veía el fondo. Arriba había una superficie inabarcable de fluorescentes, y debajo, columnas enormes hechas con millones de cajas de cartón.

No, pensó Jonesy, millones no, billones.

Sí, debía de ser más correcto hablar de billones. Estaban separadas por miles de pasillitos. Jonesy tenía delante un almacén infinito, donde era ridículo esperar encontrar algo. Si se alejaba de la puerta de su despacho-refugio, se perdería enseguida. Ni siquiera haría falta que se preocupara el señor Gray, porque Jonesy vagaría hasta la muerte perdido en un desierto inconcebible de cajas y cajas apiladas.

No es verdad, pensó. Es tan difícil que me pierda aquí como en mi dormitorio. Tampoco hace falta buscar para encontrar lo que quiero. Todo esto es mío. Chaval, bienvenido a tu propia cabeza.

Era una idea tan tremenda que le hizo sentirse débil, pero no era el momento de permitirse debilidades ni titubeos. El señor Gray, perfecto invasor de otras galaxias, no estaría ocupado mucho tiempo con el conductor de la camioneta. Si Jonesy tenía intención de poner a salvo alguno de aquellos archivos, le convenía darse prisa. La cuestión era cuáles.

«Duddits —le susurró su cerebro—. Tiene algo que ver con Duddits. Ya lo sabes. Últimamente te has acordado mucho de él; tú y el resto del grupo. Si habéis seguido juntos, tú, Henry, Pete y Bea-ver, es por Duddits. Siempre lo has sabido, pero ahora sabes algo más. ¿A que sí?»

Sí. Sabía que la causa de su accidente de marzo era que le había parecido ver que Richie Gren'adeau y sus amiguetes volvían a molestar a Duddits. Claro que «molestar» era la palabra menos indicada para describir lo de detrás del garaje de Tracker Hermanos. La correcta era «torturar». Jonesy, al ver recreada la tortura, había bajado a la calle sin mirar, y...

«Tenía cortada la cabeza. Estaba tirada en la cuneta, con los ojos llenos de barro. Y tarde o temprano todos los asesinos pagan. ¡Hay que joderse!»

La cabeza de Richie. La cabeza de Richie Grenadeau. Jonesy no tenía tiempo de detenerse en ello. Ahora era un intruso en su propia cabeza, y haría bien en moverse deprisa.

En el primer vistazo al enorme almacén no había visto ninguna diferencia entre las cajas. Ahora vio que las primeras de la fila que tenía más cerca llevaban escrito en negro duddits. ¿Sorpresa? ¿Coincidencia? Para nada. A fin de cuentas, eran sus recuerdos, bien plegaditos y guardados en billones de cajas, y, tratándose de memoria, un cerebro sano era capaz de acceder a ellos casi sin restricciones.

Necesito, pensó Jonesy, algo para transportarlas. Entonces miró en derredor, y no le provocó gran asombro ver una carretilla de color rojo. Había entrado en un lugar mágico, de los que se crean a medida que se visitan. Pensó que lo más fabuloso era que cada persona poseyera uno.

Con movimientos rápidos amontonó en la plataforma una parte de las cajas donde ponía duddits, y las acarreó a paso ligero hacia el despacho de Tracker Hermanos, donde las depositó con una incli-nación de la plataforma, de tal manera que quedaron esparcidas por el suelo. No era el colmo del orden, pero ya habría tiempo para preocuparse de conseguir el certificado de Buen Amo de Casa.

Volvió a salir corriendo, y aprovechó para tantear con la mente al señor Gray, pero seguía con el conductor de la camioneta... un tal Janas... Estaba la nube, eso sí, pero no podía percibirle. Era tonta como... como un hongo, vaya.

Jonesy se apoderó del resto de las cajas donde ponía DUDDITS, y vio que la pila siguiente también estaba rotulada en negro. En todas ponía DERRY, y eran demasiadas para llevárselas al completo. La cuestión era saber si necesitaba coger alguna.

Lo meditó mientras llevaba hacia el despacho el segundo cargamento de cajas de memoria. ¿Dónde iban a estar las cajas de Derry, sino cerca de las de Duddits ? La memoria era el acto, y al mismo tiempo el arte, de la asociación. Permanecía en pie la cuestión de si tenían importancia sus recuerdos de Derry. ¿Cómo saberlo, si no conocía los planes del señor Gray?

El caso, sin embargo, era que los conocía.

«El señor Gray quiere ir al sur.»

Derry estaba al sur.

Jonesy volvió a meterse corriendo en el almacén de la memoria, empujando la carretilla. Pensaba llevarse el máximo de cajas donde pusiera derry con la esperanza de no equivocarse, y la de notar el regreso del señor Gray a tiempo; porque, si le cogían fuera del despacho, le aplastarían como a una mosca.




4






Janas vio, petrificado, que su mano izquierda se movía hacia la puerta del conductor y la abría, dejando entrar el frío, la nieve y el viento incesante.

— Oiga, por favor, no me haga más daño; si quiere que le lleve, le llevo, pero no me haga más daño, que tengo la cabeza...

De repente pasó algo a gran velocidad por el cerebro de Andy Janas. Era como un tornado con ojos. Lo sintió hurgar entre sus órdenes, la hora en que se le esperaba en la base... y lo que sabía de Derry, que era nada. Sus órdenes le habían llevado a cruzar Bangor, pero en Derry no había estado en su vida.

Sintió que el remolino se retiraba y experimentó un gran alivio (no tengo lo que le hace falta, y va a dejar que me marche), hasta entender que lo de dentro de su cabeza no tenía ninguna intención de soltarle. El motivo, que necesitaba dos cosas: la camioneta y que se callara.

Janas plantó cara breve pero empecinadamente, y fue su inesperada resistencia lo que le dio a Jonesy tiempo para llevarse una pila de las cajas donde ponía derry. Después el señor Gray volvió a ocupar su puesto al control del motor de Janas.

Janas vio levantarse una de sus manos, subir hacia el retrovisor, apoderarse del bolígrafo y estirarlo hasta romper la goma elástica.

— ¡No! —exclamó, pero era demasiado tarde. Vio un rápido destello, correspondiente al momento en que su mano, que asía el bolígrafo como si fuera una daga, se la clavaba en un ojo. Entonces se oyó una especie de reventón, y Janas, detrás del volante, se zarandeó como una marioneta estropeada, hundiéndose el bolígrafo en el ojo hasta la mitad, y luego hasta tres cuartos. El globo ocular reventado le colgaba de la órbita como una lágrima rarísima. La punta del bolígrafo topó con algo que parecía cartílago muy fino, rebotó ligeramente y acabó por clavarse en la sustancia del cerebro.

Qué eres, cabrón, pensó; qué...

Dentro de su cabeza se sucedieron el último fogonazo y la oscuridad total. Janas cayó de bruces en el volante. Empezó a sonar la bocina.






5





El señor Gray no había conseguido gran cosa de Janas (más que nada el forcejeo final inesperado por recuperar el control), pero le había quedado algo muy claro: que no iba solo. La columna de transporte de la que había formado parte se había dispersado por culpa de la tormenta, pero iban todos hacia el mismo lugar, que Janas, en su mente, identificaba por igual como Blue Base y como tienda de Gosselin. En dicho lugar había un hombre de quien Janas había tenido miedo, la persona al mando, pero al señor Gray le importaba poquísimo Kurtz el Escalofriante. Tampoco tenía por qué importarle, puesto que no albergaba la menor intención de pasar, no ya por la tienda de Gos-selin, sino por sus inmediaciones. Aquel lugar era distinto, y también aquella especie, pese a que sólo estuviera dotada de percepción a medias. Resistían. El señor Gray ignoraba por qué, pero resistían.

Mejor acabar lo antes posible. A ese fin, el señor Gray había descubierto un excelente sistema de difusión.

Usó las manos de Jonesy para sacar a Janas de detrás del volante y llevarle hasta la barrera de seguridad, por encima de la cual le arrojó sin molestarse en verle deslizarse barranco abajo hasta el lecho helado del arroyo. Después volvió a la camioneta, miró fijamente los dos envoltorios de plástico de la parte de atrás y asintió con la cabeza. Los restos animales no servían de nada, pero el otro... Sí, el otro sí. Tenía vida, la que necesitaba.

De repente alzó la vista, muy abiertos los ojos de Jonesy en la ventisca. El dueño de aquel cuerpo había salido de su escondrijo. Era vulnerable. Buena noticia, porque empezaba a molestarle aquella conciencia, un murmullo constante (que a veces se convertía en chillido de pánico) en el nivel inferior del proceso de su pensamiento.

El señor Gray aguardó un poco más para poner la mente en blanco, porque no quería que Jonesy recibiera ningún aviso. Después atacó.

En ningún caso esperaba aquello.

Aquella luz blanca cegadora.




6





Jonesy estuvo a punto de que le atraparan. De hecho, le salvaron los fluorescentes que había encendido en su almacén mental. Quizá aquella sala no tuviera existencia real, pero, desde el momento en que se lo parecía a él, se lo parecería al señor Gray cuando llegara.

Mientras empujaba la carretilla con los contenedores donde ponía derry, vio aparecer al señor Gray en la embocadura de un pasillo de pilas altas de cajas, como por arte de magia. Era el humanoide rudimentario que había estado a sus espaldas en Hole in the Wall, la cosa que le había visitado en el hospital. Los ojos inertes habían acabado por cobrar vida, y avidez. Sigiloso, le había sorprendido fuera del refugio de su despacho, y estaba decidido a echarle el guante.

Sin embargo, echó hacia atrás el bulto de su cabeza y, antes de que se protegiera los ojos (sin párpados ni rastro de pestañas) con una mano de tres dedos, Jonesy vio una expresión en su esbozo gris de cara que sólo podía ser de desconcierto. Quizá incluso de dolor. El ser venía de fuera, de la noche y la nieve, de deshacerse del cadáver del conductor, y no estaba preparado para aquel resplandor de supermercado barato. También vio otra cosa: que el invasor había robado la expresión de sorpresa de su huésped. Hubo un momento en que el señor Gray fue una caricatura espantosa del propio Jonesy.

Su sorpresa concedió el tiempo justo a Jonesy, que, empujando la carretilla casi sin darse cuenta, y sin-tiéndose como la princesa cautiva de un cuento de hadas retorcido, se metió corriendo en el despacho. Después, notó más que vio que el señor Gray le perseguía con sus manos atroces de tres dedos (la piel gris parecía carne cruda y muy pasada), y cerró de un portazo justo antes de que le dieran alcance. Al girar se dio un golpe con la plataforma en la cadera operada (asumía que estaba dentro de su cabeza, pero no era óbice para que fuera todo muy real), y corrió el pestillo en el preciso instante en que el señor Gray se disponía a accionar el pomo e irrumpir en la oficina. Jonesy, por si acaso, también apretó el seguro que había en medio del pomo. ¿Ya estaba o acababa de añadirlo él? No se acordaba.

Retrocedió sudoroso, y esta vez se le clavó el mango de la plataforma en el culo. Delante, giraba y giraba el pomo. El señor Gray estaba al otro lado, mandando sobre el resto de su cerebro (y de su cuerpo), pero incapaz de entrar. No podía forzar la puerta; le faltaba peso para echarla abajo, y seso para forzar la cerradura.

¿Por qué? ¿Cómo podía ser?

—Duddits —susurró Jonesy—. Tiene que ver con Duddits.

El pomo sufrió una sacudida.

— ¡Déjame entrar! —rugió el señor Gray.

Jonesy pensó que no parecía la voz de un emisario de otra galaxia, sino la de cualquier hijo de vecino enfadado por no conseguir lo que quería. ¿Era porque Jonesy interpretaba el comportamiento del señor Gray en términos que le fueran comprensibles? ¿Estaba humanizando al extraterrestre? ¿Le estaba traduciendo?

— ¡déjame entrar!

Jonesy pensó en el cuento de los tres cerditos: «¡Soplaré... soplaré... y la casa derribaré!»

Sin embargo, lo único que hizo el señor Gray fue sacudir todavía más el pomo. No estaba acos-tumbrado a aquella clase de obstáculos (ni a ninguna otra, supuso Jonesy), y se estaba cabreando mu-cho. La resistencia de Janas le había sorprendido, pero la de Jonesy se situaba por completo a otro nivel.

— ¿Dónde estás? —bramó airado el señor Gray—. ¿Se puede saber qué haces dentro? ¡Sal!

Jonesy permaneció a la escucha entre las cajas desperdigadas, sin contestar. Estaba casi seguro de que el señor Gray no podía entrar, pero más valía no provocarle.

Después de algunas sacudidas al pomo, notó que se marchaba el señor Gray.

Entonces se acercó a la ventana, pasando por encima de las cajas donde ponía duddits y derry, y miró la noche y la nieve.





7





El señor Gray volvió a sentar el cuerpo de Jonesy al volante de la camioneta, cerró la puerta y pisó el acelerador. La camioneta dio un brinco hacia adelante y perdió agarre. Giraron las cuatro ruedas, y la camioneta derrapó contra la barrera de seguridad con un fuerte impacto.

— ¡Mierda! —exclamó el señor Gray, accediendo al repertorio malsonante de Jonesy casi sin darse cuenta—. ¡Hay que jo-derse! ¡Tócame los perendengues! ¡Hostias en vinagre! ¡Cómeme la pirula!

Luego se contuvo y volvió a acceder a los conocimientos automovilísticos de Jonesy, cuya información sobre cómo había que conducir con un tiempo así, sin embargo, no podía compararse con la de Janas. Por desgracia, Janas ya no estaba, y se habían borrado sus archivos. Había que conformarse con lo que sabía Jonesy. Lo más importante era rebasar lo que en los pensamientos de Janas había recibido el nombre de «zona de cuarentena». Fuera de ella estaría a salvo. A ese respecto, Janas había despejado cualquier duda.

El pie de Jonesy volvió a pisar el acelerador, pero esta vez mucho más suave, y la camioneta se puso en marcha. Las manos de Jonesy encarrilaron la Chevrolet por el camino abierto por los quitanieves, y que empezaba a taparse.

Debajo del salpicadero chisporroteó la radio.

—Atención, se ha salido un camión de la carretera y ha volcado. ¿Me recibes?

El señor Gray consultó los archivos. Casi todo lo poco que sabía Jonesy de comunicación militar lo sacaba de libros y de algo llamado «pelis», pero quizá sirviera. Cogió el micro, palpó en busca del botón que Jonesy, por lo visto, preveía encontrar al lado, lo encontró y lo apretó.

—Te recibo —dijo.

¿Notarían que no era Andy Janas? Basándose en los archivos de Jonesy, el señor Gray lo dudaba.

—Unos cuantos vamos a ir a ver si lo levantamos y podemos devolverlo a la carretera. Lleva la comida, el muy jodido. ¿Me recibes?

El señor Gray apretó el botón.

— Lleva la comida, el muy jodido. Recibido.

Esta vez la pausa fue más larga, tanta que tuvo miedo de haber dicho algo mal o haber caído en una trampa. Después dijo la radio:

—Supongo que habrá que esperar a los próximos quitanieves. Tú más vale que sigas. Corto.

La voz parecía enfadada. Los archivos de Jonesy daban a entender que podía deberse a que Janas, conductor experto, se había adelantado demasiado para prestar ayuda. Perfecto. La intención previa del señor Gray era seguir, pero no estaba de más contar con autorización oficial.

Consultó los archivos (que ahora le ofrecían el mismo aspecto de cajas en una sala grande que a Jonesy) y dijo:

—Recibido. Corto y cambio. —Y en el último momento añadió—: Que paséis buena noche.

Era horrible aquella cosa blanca; horrible y traicionera. Aun así, el señor Gray se atrevió a acelerar un poco más. Mientras permaneciera en la zona controlada por las fuerzas armadas de Kurtz el Escalo-friante, podía ser vulnerable; en cambio, fuera de la red, llevar a cabo sus planes sería pan comido.

Lo que necesitaba tenía que ver con un lugar llamado Derry. Al ingresar de nuevo en el inmenso almacén, el señor Gray hizo un descubrimiento inesperado: su huésped forzoso lo sabía o lo había intuido, porque le pilló desplazando los archivos de Derry, justamente.

El señor Gray, que de repente se había puesto nervioso, buscó entre las cajas que quedaban y se relajó.

Aún estaba lo que le hacía falta.

Junto a la caja que contenía la información de mayor importancia había otra muy pequeña y con mucho polvo, con una inscripción lateral a lápiz negro: duddits. Si había más cajas duddits, se las habían llevado. Sólo quedaba una.

El señor Gray la abrió, más que nada por curiosidad (otra emoción tomada del repertorio de Jonesy). Dentro había un recipiente de plástico amarillo chillón con personajes estrafalarios haciendo piruetas. Los archivos de Jonesy los identificaban doblemente como «dibujos animados» y «los Scooby-Doos». También había un adhesivo donde ponía: pertenezco a douglas

CAVELL, 19 MAPLE LANE, DERRY, MAINE. SI SE HA PERDIDO MI DUEÑO, LLAMAR AL...

A continuación, una serie de números demasiado borrosos e ilegibles; debía de tratarse de un código de comunicación que a Jonesy ya se le había olvidado. El señor Gray se desprendió del reci-piente de plástico amarillo, que debía de servir para llevar comida. Quizá no tuviera importancia... claro que, en ese caso, ¿qué sentido tenía que Jonesy se hubiera jugado la vida sólo para poner a buen recaudo el resto de las cajas duddits (más una parte de las que estaban marcadas como derry)?

duddits = amigo DE infancia. El señor Gray lo sabía por su primer encuentro con Jonesy en «el hospital». De haber previsto que Jonesy le daría tanto la lata, habría borrado la conciencia de su huésped sin mayor dilación. Para el señor Gray, las palabras infancia y amigo no tenían ninguna resonancia emocional, pero entendía su significado. Lo que no entendía tanto, mejor dicho, lo que no entendía en absoluto, era que el amigo de infancia de Jonesy pudiera estar relacionado con lo que estaba pasando.

Se le ocurrió una posibilidad: que su huésped se hubiera vuelto loco. Verse expulsado de su cuerpo le había hecho perder la cordura. En su desvarío, se había limitado a llevarse las cajas que estaban más cerca de la puerta de su extraño refugio, confiriéndoles una importancia de la que carecían.

—Jonesy —dijo el señor Gray, pronunciando el apellido con las cuerdas vocales de Jonesy. Aquellos seres eran genios de la mecánica (qué remedio, para sobrevivir en un mundo tan frío), pero sus procesos de pensamiento pecaban de raros y defectuosos: una actividad mental oxidada en tanques corrosivos de emoción. Sus facultades telepáticas eran casi nulas. La telepatía transitoria que experi-mentaban gracias al byrus y el kim (las luces) les causaba desconcierto y miedo. El señor Gray no acababa de entender que todavía no se hubieran masacrado entre sí. Unos seres incapaces de pensar de verdad eran locos. Eso no se podía discutir.

Mientras tanto, el ser atrincherado en su extraña e inexpugnable habitación seguía sin contestar. —Jonesy.

Nada.

Sin embargo, Jonesy le oía. El señor Gray estaba seguro.

—Jonesy, todo este sufrimiento es innecesario. Tienes que vernos como lo que somos: salvadores, no invasores. Amigos.

El señor Gray examinó las cajas. Tratándose de un ser sin grandes capacidades de pensamiento, las de almacenamiento, en Jonesy, eran enormes. Pregunta para otro día: ¿para qué querían tanta capa-cidad de recuperación unos seres de pensamiento tan pobre? ¿Estaba relacionado con el exceso de emociones en su configuración? Emociones molestas, por otro lado. Al señor Gray las de Jonesy se lo parecían, y mucho. Siempre presentes. Siempre a mano. Y eran tantas...

— Guerra... hambrunas... limpieza étnica... gente que mata en nombre de la paz... gente que masacra a los paganos en nombre de Jesús... homosexuales muertos de una paliza... bichos en frascos, y los frascos en las puntas de misiles apuntando a todas las ciudades del mundo... Francamente, Jonesy, entre amigos, ¿qué es un poco de byrus comparado con ántrax del tipo cuatro? ¡Si dentro de cincuenta años os habréis muerto todos! ¡Hay que joderse! ¡Relájate y disfruta!

—Has hecho que se clavara un boli en el ojo. Mejor una respuesta malhumorada que ninguna. Soplaba el viento, la camioneta derrapaba, conducida por el señor Gray usando los conocimientos de Jonesy. La visibilidad casi era nula.

Había bajado a treinta por hora, y, una vez fuera de la red de Kurtz, quizá le conviniera que-darse parado del todo. Podía entretener la espera charlando con su huésped. El señor Gray no confiaba en persuadir a Jonesy de que saliera de su habitación, pero era una manera de pasar el rato.

—No tenía más remedio, tío. Necesitaba la camioneta. Soy el último.

—Y nunca pierdes.

—Tú lo has dicho —asintió el señor Gray.

— Pero ¿verdad que nunca has estado en una situación así? ¿De no poder pillar a alguien?

¿Era una burla? El señor Gray sintió una punzada de ira. Jonesy, a continuación, dijo algo que ya había pensado el señor Gray.

—Quizá tendrías que haberme matado en el hospital. ¿O sólo era un sueño?

Como no tenía muy claro qué eran los sueños, el señor Gray no se molestó en contestar. Cada vez le incordiaba más hospedar a aquel amotinado en un cerebro que a aquellas alturas debería haber sido exclusivamente suyo, del señor Gray. Para empezar, no le gustaba llamarse a sí mismo «señor Gray»; no era el concepto que tenía de sí mismo, ni de la mente genérica de la que formaba parte; ni siquiera le gustaba concebirse como «sí mismo», en masculino, puesto que era a la vez de los dos sexos y de ninguno. Sin embargo, ahora era prisionero de esos conceptos, y, mientras no absorbiera el núcleo de Jonesy, seguiría siéndolo. Se le ocurrió una idea sobrecogedora: ¿y si los que no tenían sen-tido eran sus propios conceptos?

Odiaba aquella situación.

—Jonesy, ¿quién es Duddits?

Silencio.

— ¿Y Richie? ¿Por qué tiene una caca en la mano? ¿Por qué le mataste?

— ¡No le matamos!

Cierto temblor en la voz mental. Aja, el tiro había dado en el blanco. Y un dato interesante: el señor Gray había hecho la pregunta en singular, pero Jonesy había contestado en plural.

—Sí le matasteis. O creísteis haberle matado.

—Mentira.

¡Qué tontería negarlo! Tengo aquí los recuerdos, en una de tus cajas. Dentro hay nieve. Y un mocasín. Un mocasín de ante marrón. Ven a verlo.

Durante un segundo de vértigo, creyó posible que Jonesy le hiciera caso. Entonces el señor Gray se lo llevaría directo al hospital, y Jonesy podría verse morir por la tele. Final feliz para la película que habían estado viendo. A partir de entonces, adiós al señor Gray. Sólo quedaría lo que para Jonesy era «la nube».

El señor Gray miró ansiosamente el pomo de la puerta, poniendo toda su voluntad para que girara, pero no se movió.

— Sal.

Silencio.

— ¡Mataste a Richie, cobarde! Tú y tus amigos. Le mataste... soñando.

El señor Gray no sabía qué eran los sueños, pero sabía que lo dicho era verdad. O que Jonesy lo creía. Silencio.

¡Sal! Sal y... —Hurgó en los recuerdos de Jonesy. Muchos estaban en cajas con el rótulo películas; a Jonesy, por lo visto, lo que más le gustaba eran las películas. De una de ellas, el señor Gray extrajo una expresión que le pareció dotada de especial potencia—: ¡... y pelea como un hombre!

Silencio.

Cabrón, pensó el señor Gray, metiéndose de nuevo en el tanque tentador de las emociones de su huésped. Hijo de puta. Tozudo de mierda. Tócame los perendengues, tozudo de mierda.

Cuando Jonesy todavía era Jonesy había tenido la costumbre de expresar su rabia dándole a algo un puñetazo. Así lo hizo el señor Gray: golpeó el centro del volante de la camioneta con el puño de Jonesy, bastante fuerte para que sonara la bocina.

— ¡Cuéntamelo! No lo de Richie, ni lo de Duddits. ¡Lo tuyo! Hay algo que te diferencia, y quiero saber qué es.

Jonesy no contestó.

—Es algo de las cartas. ¿A que sí?

La misma falta de respuesta, pero el señor Gray oyó moverse los pies de Jonesy al otro lado de la puerta. También le pareció oír respiración. El señor Gray sonrió con la boca de Jonesy.

—Dime una cosa, Jonesy. Así pasamos el rato. ¿Quién era Richie aparte del número diecinueve? ¿Por qué le tenías rabia? ¿Por ser de los Tigers? ¿De los Tigers de Derry? ¿Qué eran? ¿Quién es Duddits?

Nada.

La camioneta atravesaba el vendaval, más lenta que nunca, y sus faros apenas perforaban el muro blanco y móvil. La voz del señor Gray era grave, persuasiva.

— ¿Sabes que te has dejado una de las cajas de Duddits? Y resulta que dentro hay otra caja. Es amarilla y con Scooby-Doos. ¿Qué son? ¿Verdad que no es gente real? ¿Son películas? ¿Televisiones? ¿Quieres la caja? Sal, Jonesy. Sal y te doy la caja.

El señor Gray levantó el pie del acelerador y dejó que la camioneta se deslizara lentamente hacia la izquierda, donde era más gruesa la nieve. Estaba ocurriendo algo, y quería dedicarle toda su atención. La fuerza no había desalojado a Jonesy de su baluarte, pero no era la única manera de ganar una batalla, ni la guerra.

La camioneta se quedó al lado de la barrera de protección, inmersa en una tormenta de nieve que había llegado a su apogeo. El señor Gray cerró los ojos, y se encontró enseguida en el almacén de la memoria de Jonesy, con sus luces deslumbrantes. Tenía detrás varios kilómetros de cajas apiladas, una perspectiva cubierta de fluorescentes; delante, la puerta cerrada, vieja, sucia y, por algún motivo, fortísima. El señor Gray apoyó en ella sus manos tridígitas y habló con una voz grave a la vez íntima y apremiante.

— ¿Quién es Duddits? ¿Por qué le llamaste después de matar a Richie? Déjame entrar, que tenemos que hablar. ¿Por qué te has llevado algunas cajas de Derry? ¿Qué querías evitar que viera? Da igual, porque ya tengo lo que necesito. Déjame entrar, Jonesy. No te hagas de rogar.

Funcionaría. Sentía los ojos en blanco de Jonesy. Le estaba viendo mover una mano hacia el pomo y el pestillo.

— Siempre ganamos —dijo el señor Gray. Estaba sentado al volante, con los ojos de Jonesy cerrados; en otro universo aullaba el viento, haciendo balancearse la camioneta—. Jonesy, abre la puerta. Abre ahora mismo.

Silencio. Después, unas palabras a menos de diez centímetros, igual de sorprendentes que un cazo de agua fría en la piel caliente:

—Al carajo, comemierdas.

El señor Gray retrocedió de manera tan brusca que la nuca de Jonesy chocó con la ventanilla trasera de la camioneta. Fue un dolor repentino y alarmante, segunda sorpresa desagradable.

Volvió a descargar un puñetazo con una mano, y después con la otra; después repitió con la primera, y sin darse cuenta ya estaba aporreando el volante y emitiendo bocinazos en morse furibundo. Ser sin apenas emociones, integrante de una especie sin apenas emociones, había sido secuestrado por los fluidos emocionales de su anfitrión, y esta vez no se trataba de mojarse un poquito, sino de un baño en toda regla. Volvió a sentir que sólo se debía a la permanencia de Jonesy, como un tumor turbando lo que debería haber sido una conciencia serena y centrada.

El señor Gray aporreaba el volante. Aquella expansión emocional (lo que identificaba la mente de Jonesy como «rabieta») le desagradaba, pero al mismo tiempo le gustaba. Le gustaba el ruido de la bocina al recibir el impacto de los puños de Jonesy, el latido de la sangre de Jonesy en las sienes de Jonesy, la manera de acelerarse del corazón de Jonesy, y el sonido de la voz ronca de Jonesy repitiendo:

— ¡ Cabronazo! ¡ Cabronazo!

Sin embargo, y a pesar de la ira, hubo una parte fría del señor Gray que comprendió la natura-leza del verdadero peligro. Siempre llegaban y rehacían a su imagen los mundos que visitaban. Siem-pre había sido así, y seguiría siéndolo.

Ahora, sin embargo...

Me está pasando algo, pensó el señor Gray, y nada más ocurrírsele la idea ya se dio cuenta de que en lo fundamental pertenecía a Jonesy: Empiezo a ser humano.

El hecho de que la idea no careciera de atractivos horrorizó al señor Gray.




8





Jonesy salió de un sueño ligero en que el único sonido era el ritmo relajante, adormecedor de la voz del señor Gray, y vio que tenía las manos en los cierres de la puerta del despacho, listas para girar el pomo y descorrer el cerrojo. El muy hijo de puta intentaba hipnotizarle, y lo estaba consiguiendo.

—Siempre ganamos —dijo la voz del otro lado de la puerta. Era relajante, lo cual, después de un día tan tenso, se agradecía, pero también era asquerosamente fatua. El usurpador no descansaría hasta tenerlo todo; ese todo cuya posesión daba por hecha—. Jonesy, abre la puerta. Abre ahora mismo.

Estuvo a punto de hacerle caso; volvía a estar despierto, pero estuvo a punto. Entonces recordó dos sonidos: el tétrico crujido del cráneo de Pete bajo el apretón de la cosa roja, y aquella especie de ruido a mojado que había hecho el ojo de Janas al ser perforado por la punta del bolígrafo.

Jonesy comprendió que en el fondo no había estado despierto. Ahora, sin embargo, sí.

Ahora sí.

Apartó las dos manos de la puerta, aplicó a ella los labios y, con su mejor pronunciación, dijo:

—Al carajo, comemierdas.

Sintió retroceder al señor Gray, y hasta sintió su dolor al chocar con la ventanilla. Claro que ¿por qué no iba a dolerle, si al fin y al cabo eran sus nervios? Y su cabeza, dicho fuera de paso. Pocas satisfacciones había tenido en su vida como la de percibir la sorpresa e indignación del señor Gray. Comprendió borrosamente lo que ya sabía el señor Gray: que la presencia extraterrestre que había en su cabeza se había vuelto más humana.

Si pudieras volver como entidad física, ¿seguirías siendo el señor Gray?, se preguntó Jonesy. Lo dudaba. Quizá el señor Pink5, pero no el señor Gray.

Ignoraba si su antagonista repetiría el numerito de Herr Mesmer, pero, como prefería no arriesgarse, dio media vuelta y caminó hacia la ventana del despacho, tropezando con una de las cajas y saltando por encima del resto. ¡Joder con la cadera, cómo dolía! ¡Qué cosa más rara dolerle algo así estando prisionero en su propia cabeza! (En una ocasión le había explicado Henry que no había nervios, al menos en la materia gris.) El hecho, sin embargo, era que le dolía. Había leído que alguna gente, después de una amputación, sufría unos dolores y unos picores atroces en el miembro seccionado. Por ahí debía de ir la cosa.

La ventana volvía a ofrecer el panorama tedioso de 1978: el camino de entrada al garaje de Tracker Hermanos, con sus dos carriles y sus malas hierbas. El cielo estaba blanco, nublado; al parecer, cuando la ventana daba al pasado, el tiempo se detenía a primera hora de la tarde. El único aliciente de la vista era que mirarla, para Jonesy, significaba alejarse lo más posible del señor Gray.

Supuso que cambiarla era cuestión de voluntad, que tenía la posibilidad de mirar hacia afuera y ver lo que veía el señor Gray con los ojos de Gary Jones, pero no tenía prisa. Aparte de la tormenta de nieve no había nada que ver, ni que sentir aparte de la rabia robada del señor Gray.

«Piensa en otra cosa», se dijo.

«¿En qué?»

«No sé, lo que sea. ¿Y si...?»

Sonó el teléfono del escritorio, rareza a escala de Alicia en el país de las maravillas, porque unos minutos antes en el despacho no había habido ni teléfono ni mesa que le prestara apoyo. Ahora estaban las dos cosas, mientras que habían desaparecido los condones usados. El suelo seguía sucio, pero en las baldosas ya no había polvo. Debía de tener en la cabeza una especie de conserje, un fanático de la limpieza que, considerando que Jonesy iba a quedarse cierto tiempo, había decidido que se imponía cierto grado de limpieza. Jonesy quedó impresionado por la idea, pero sus implicaciones se le antojaron deprimentes.

Volvió a sonar el teléfono del escritorio. Jonesy levantó el auricular y dijo:

¿Sí?

La voz de Beaver le provocó un escalofrío de repelús por toda la espalda. Era la llamada telefónica de un muerto, como en las películas que le gustaban. O que le habían gustado.

—Tenía cortada la cabeza, Jonesy. Estaba tirada en la cuneta, con los ojos llenos de barro.

Luego un clic, y un silencio de final de llamada. Jonesy dejó el auricular en su soporte y volvió hacia la ventana. Ahora no estaban ni el camino de entrada ni Derry. Tenía delante una imagen de Hole in the Wall a la luz blanquecina del amanecer. El tejado no era verde, sino negro, señal de que era Hole in the Wall tal como estaba antes de 1982, cuando los cuatro, que para entonces ya eran mozarrones de instituto (claro que en el caso de Henry mozarrón era mucho decir), habían ayudado al papá de Beav a poner las tejas rojas de madera que seguían cubriendo la cabaña.

Lo cierto, sin embargo, era que a Jonesy le hacía tan poca falta aquel indicio para saber en qué época estaba como que le dijeran que ahora ya no existían ni las tejas ni Hole in the Wall, incendiado por Henry. En cualquier momento se abriría la puerta y saldría Beaver. Era 1978, el año que marcaba el verdadero inicio de todo; estaba a punto de salir Beaver con el único indumento de sus calzoncillos largos y su chaqueta de motorista llena de cremalleras, con los pañuelos naranjas al aire. Era 1978, eran jóvenes... y habían cambiado. Era el día en que habían empezado a comprender el alcance del cambio.

Jonesy, fascinado, miraba por la ventana.

Se abrió la puerta.

Beaver Clarendon, de catorce años, salió corriendo.




































XV



HENRY Y OWEN







1


Henry vio que Underhill se le acercaba con esfuerzo a la luz cruda de los focos de seguridad. La cabeza de Underhill estaba inclinada, resistiendo a la nieve y el arreciar del viento. Henry abrió la boca para llamarle, pero se lo impidió una percepción repentina de Jonesy, que de tan abrumadora casi le aplastó. Lo siguiente fue un recuerdo que anuló por completo a Underhill y el resto de aquel mundo nevado y luminoso. De pronto volvía a ser 1978, y octubre en lugar de noviembre; ahora había sangre, sangre en las hierbas, cristales rotos en el agua empantanada, y después un portazo.





2



Despertando de una pesadilla confusa (sangre, cristales rotos, olores espesos a gasolina y goma quemada), Henry oye un portazo y percibe una corriente de aire frío. Entonces se incorpora y ve que está al lado de Pete, el cual también se ha incorporado. Se fija en que su amigo tiene la piel de gallina en el pecho sin vello. Henry y Pete están en el suelo con los sacos de dormir, por haber perdido en el sorteo. A Beav y Jonesy les tocó la cama (con el tiempo, Hole in the Wall dispondrá del dormitorio número tres, pero de momento sólo hay dos, uno de los cuales le corresponde a Lámar por el derecho divino de la adultez). Ocurre, sin embargo, que Jonesy está solo en la cama; también se ha incorpo-

rado y pone la misma cara de perplejidad y susto que los demás.

Dónde estás, Scooby-Doo, piensa Henry sin que se aprecie el motivo, al tantear el alféizar en busca de las gafas. Sigue percibiendo olor a gas y neumáticos quemados.

—Un accidente — dice Jonesy con voz ronca.

Y aparta la manta. Lleva el torso al descubierto, pero ha dormido igual que Henry y Pete, con calcetines y calzoncillos largos.

—Sí, se ha caído al agua —contesta Pete con cara de no tener ni idea de qué quiere decir—. Tienes tú el zapato, Henry...

— El mocasín... —dice Henry, a pesar de que tampoco le encuentra ningún sentido. Ni quiere.

—Beav —dice Jonesy, bajando de la cama con un movimiento brusco y torpe.

Uno de sus pies, con calcetín interpuesto, aterriza en la mano de Pete.

— ¡Ay! —se queja éste — . ¡Me has pisado, inútil! ¡A ver si miras por...!

—Calla, calla —dice Henry, dándole a Pete una sacudida en el hombro—. ¡No despiertes al señor Clarendon!

Lo cual sería fácil, porque la puerta del dormitorio de los chicos está abierta. La del fondo de la sala grande, la de salida, también está abierta. Se entiende que tengan frío, porque hace un biruji de la hostia. Ahora que Henry vuelve a tener los ojos puestos (es su manera de verlo), ve bailar el atrapa-sueños con la brisa fría de noviembre que entra por la puerta abierta.

— ¿Y Duddits? —pregunta Jonesy con voz aturdida de no haberse despertado del todo — . ¿Ha salido con Beaver?

—Pero qué dices, tonto, si está en Derry —contesta Henry mientras se levanta y se pone la camiseta térmica.

Lo cierto es que no le parece ninguna tontería, porque él también tiene la sensación de que hasta hace muy poco estaban con Duddits.

Ha sido el sueño, piensa. Duddits aparecía en el sueño. Estaba sentado en la cuesta, llorando. Estaba arrepentido. Él no quería. Si alguien quería, éramos nosotros.

Y sigue oyéndose llorar a alguien. Lo trae la brisa por la puerta del salón, pero no se trata de Duddits, sino de Beav.

Un punto a favor: a juzgar por la ciudad de hojalata que forman las latas de cerveza en la mesa de la cocina (con suburbio añadido del mismo material en la auxiliar), hará falta algo más que un par de puertas abiertas y algunos susurros de chavales para despertar al papá de Beaver.

La losa grande de granito que hay delante de la puerta le hiela a Henry el pie a través del cal-cetín; es un frío profundo e insensible, como debe de serlo el de la muerte, pero Henry casi no se fija.

Ve a Beaver enseguida. Está de rodillas al pie del arce del observatorio, como si rezara. Henry repara en que tiene desnudos las piernas y los pies. Lleva su chaqueta de motorista, y a lo largo de los brazos, como galas de pirata al viento, los pañuelos naranjas que le hace llevar el señor Clarendon ante la insistencia de su hijo de ir por el bosque con ropa chorra sin nada que ver con la caza. Es una vesti-menta bastante cómica, pero la cara de angustia orientada hacia las ramas casi desnudas del arce no tiene nada de cómica. Las mejillas de Beav chorrean lágrimas.

Henry echa a correr. Le siguen Pete y Jonesy despidiendo vaho por la boca, de lo fría que está la mañana. El suelo de pinaza que pisan los pies de Henry casi está igual de duro y frío que la losa de granito.

Se arrodilla junto a Beaver, cuyo llanto le asusta y en cierto modo le sobrecoge. Beav no tiene los ojos empañados, como el protagonista de una película con permiso para verter una o dos lágrimas viriles cuando se le muere el perro o la novia, sino como las cataratas del Niágara. Le cuelgan de la nariz dos hilos de moco brillante. Eso en las películas nunca se ve.

— Qué asco —dice Pete.

Henry le mira con irritación, pero resulta que Pete no observa a Beaver, sino algo que está un poco más lejos: un charco humeante de vómito. Dentro hay trochos del maíz de la cena (tratándose de cocina de campamento, Lámar Clarendon tiene una fe apasionada en las virtudes de la comida enla-tada), y filamentos de pollo frito. El estómago de Henry reacciona con una contracción; después se va apaciguando, pero entonces vomita Jonesy. El ruido es como un eructo líquido. La sustancia es marrón.

— ¡Qué asco! —exclama Pete, esta vez casi gritando. Beaver no pone cara de haberle oído.

— ¡Henry! —dice.

Sus ojos, aumentados por dos lentes de lágrimas, se ven 'tan enormes que dan miedo. Parece que atraviesen la cara de Henry y penetren en las habitaciones de detrás de la frente, aunque en principio sean privadas.

—Tranquilo, Beav, que sólo has tenido una pesadilla.

— Claro, hombre.

Jonesy tiene la voz ronca, y restos de vómito en la garganta. Intenta aclarársela con un ruido carrasposo que casi es peor que el de antes. Luego se agacha y escupe. Tiene las manos apoyadas en las dos perneras de los calzoncillos largos, y la espalda al aire, erizada de poros.

Beav le presta tan poca atención a Jonesy como a Pete, que se le arrodilla al otro lado y le rodea los hombros desmañadamente, sin atreverse del todo. Beav sigue sin mirar a nadie más que a Henry.

—Tenía cortada la cabeza —susurra.

Jonesy también se pone de rodillas. Ahora rodean los tres a Beav: Henry y Pete a cada lado y Jonesy delante. Jonesy tiene vómito en la barbilla. Hace el gesto de querer limpiárselo, pero Beaver le coge la mano a media trayectoria. Están los cuatro de rodillas debajo del arce, y de repente son uno. La sensación de unión es breve, pero tiene la nitidez del sueño de antes. De hecho es el sueño, pero ahora están todos despiertos, la sensación es racional y no pueden no creérsela.

Ahora Beav, con sus ojos llorosos que dan miedo, a quien mira es a Jonesy. Le aprieta la mano.

—Estaba tirada en la cuneta, con los ojos llenos de barro.

—Ya —susurra Jonesy, temblándole la voz sobrecogida—. ¡Jo, es verdad!

— ¿Os acordáis de que dijo que volveríamos a vernos? —pregunta Pete—. Uno a uno o todos juntos. Lo dijo él.

Henry lo oye todo a gran distancia, porque ha vuelto al sueño. Al lugar del accidente. Al final de un terraplén lleno de basura donde hay una zona empantanada por culpa de una alcantarilla que se obstruyó. Sabe dónde es: en la carretera 7, lo que antes era la carretera de Derry a Newport. Entre la porquería hay un coche volcado que se está quemando. Apesta a gas y neumáticos quemados. Duddits llora. Está sentado a medio terraplén, con la fiambrera amarilla de Scooby-Doo en el pecho, y llora a moco tendido.

En una de las ventanillas del coche volcado hay una mano. Es fina y tiene las uñas pintadas de un rojo como de manzana caramelizada. Los otros dos ocupantes del coche han salido disparados, uno casi a diez metros. Es el que está boca abajo, pero Henry le reconoce por la melena rubia, que se le ha empapado de barro. Piensa: es Duncan, el que dijo que yo no podría contarle nada a nadie porque estaría muerto. Al final se ha muerto él.

Algo viene flotando y choca con la espinilla de Henry.

— ¡No lo recojas! —le advierte Pete.

Henry, sin embargo, no le hace caso. Es un mocasín de ante marrón. Casi no tiene tiempo de fijarse, porque de repente Beaver y Jonesy prorrumpen en una armonía horrible de chillidos infantiles. Están juntos, con barro hasta el tobillo, y llevan ropa de caza: Jonesy su parka nueva de color naranja chillón, comprada en Sears especialmente para la excursión (la señora Jones, inconsolable, sigue sin dejarse convencer de que a su hijo no le matará en el bosque una bala de cazador, en la flor de la vida) y Beaver su chaqueta gastada de motorista («¡cuántas cremalleras!», había dicho con admiración la mamá de Duddits, ganándose de por vida la de Beaver, y su cariño), con los pañuelos naranjas atados a lo largo de los brazos. Ninguno de los dos mira el tercer cadáver, el que está tirado justo al lado de la puerta del conductor, pero Henry sí, aunque sólo sea unos segundos (conserva el mocasín en la mano como una canoíta inundada), porque hay algo raro, algo espantoso; tanto, que al principio no identifica la causa. Entonces se da cuenta de que no hay nada encima del cuello de la chaqueta del cadáver. Beaver y Jonesy chillan porque han visto lo que debería estar encima. Han visto la cabeza de Richie Grenadeau mirando el cielo fijamente desde un grupo de hierbas salpicadas de sangre. Henry sabe enseguida que es la de Richie. Aunque ya no esté la tirita en el puente de la nariz, no cabe duda de que se trata del mismo tío que intentaba dar de comer una caca a Duddits cuando el episodio de detrás de Tracker Hermanos.

Duddits está en la cuesta, llorando y llorando con ese llanto que se te mete en la cabeza como un dolor de cabeza. Como siga, Henry acabará loco. Suelta el mocasín y, caminando por el barro, rodea la parte trasera del coche incendiado hacia donde están Beaver y Jonesy cogidos por el brazo.

— ¡Beaver! ¡Beav! —dice Henry con todas sus fuerzas; pero Beaver sigue contemplando la cabeza cortada como si estuviera hipnotizado, y sólo le saca de su ensimismamiento una fuerte sacudida. Entonces mira a Henry.

—Tiene la cabeza cortada —dice, como si no saltara a la vista—. Henry, que tiene la cabeza...

¡No pienses tanto en la cabeza y ocúpate de Duddits! ¡Que pare de llorar, caray!

— Eso —dice Pete. Mira la cabeza de Richie, con su mirada fija de muerto, y aparta la vista con una mueca—. Se me mete en el coco que te cagas.

—Como la tiza en la pizarra —murmura Jonesy. Su piel, encima de la chaqueta nueva naranja, tiene un color como de queso muy curado—. Haz que pare, Beav.

—Eh... eh... eh...

— ¡No seas gilipuertas y cántale la cancioncita, hostia! —le espeta Henry a Beaver, notando que le sube agua sucia entre los dedos de los pies—. ¡La nana, joder!

Beaver mira un rato como si siguiera sin entenderlo, hasta que se le aclaran un poco los ojos y dice: -¡Ahí

Entonces camina por el barro hacia el terraplén donde está sentado Duddits con la fiambrera amarilla y el mismo llanto de cuando le conocieron. Henry, por su parte, ve algo, pero casi no tiene tiempo de fijarse: alrededor de los agujeros de la nariz de Duddits hay sangre seca, y en su hombro izquierdo una venda de la que sobresale algo que parece plástico blanco.

—Duddits —dice Beav escalando la cuesta—, Duddie, majo, no llores; no lo mires más, que es una marranada y no tienes que mirarlo...

Al principio Duddits sigue llorando sin prestarle atención. Henry piensa: le ha sangrado la nariz de tanto llorar. Por eso la tiene así. Pero ¿y lo blanco que le sale del hombro? ¿Qué es?

Jonesy ha llegado al extremo de taparse las orejas con las manos, mientras que Pete se ha puesto una en la cabeza, como para que no le explote. Beaver coge en brazos a Duddits, como semanas antes, y empieza a cantar con aquella voz aguda y cristalina que no esperaría nadie en un tiarrón como él.

El barco de mi niño es un sueño de plata...

Y Duddits, milagro de milagros, empieza a tranquilizarse.

Pete dice algo por un lado de la boca:

— Henry, ¿dónde estamos? ¿Esto qué carajo es? —Un sueño —dice Henry.

Y de repente vuelven a estar los cuatro al pie del arce de Hole in the Wall, arrodillados, en ropa interior y temblando de frío.

— ¿Qué? —dice Jonesy, y se suelta para limpiarse la boca.

Entonces se quiebra el contacto entre los cuatro y vuelve a campar la realidad por sus fueros — ¿Qué has dicho, Henry?

Henry percibe el retroceso de sus mentes, lo percibe como algo real, y piensa: no teníamos por qué ser así ninguno de los cuatro. A veces es mejor estar solo.

Solo, sí. Solo con tus pensamientos.

— He tenido una pesadilla —dice Beaver. Parece que se lo explique a sí mismo, más que a los otros tres. Luego, con la misma lentitud que si siguiera soñando, abre la cremallera de un bolsillo de la chaqueta, hurga dentro y saca un chupachups. En lugar de desenvolverlo se mete en la boca la punta del palo y empieza a pasárselo de un lado a otro con pequeños mordisquees — . He soñado que...

—No te esfuerces —dice Henry, ajustándose las gafas—, que ya sabemos qué has soñado.

En los labios le tiembla «a la fuerza, porque estábamos», pero no lo dice. Ni siquiera ha cumplido quince años, pero ya tiene bastante sensatez para saber que lo dicho no puede desdecirse. Carta echada, carta jugada, como dicen cuando juegan a algún juego de baraja y uno de los cuatro comete una tontería. Si lo dice, tendrán que enfrentarse con ello. Si no, quizá... quizá se vaya. Quizá.

— La verdad, yo no creo que el sueño haya sido tuyo —dice Pete—. Para mí que era de Duddits, y que hemos...

—Piensa lo que quieras. Me importa un pepino —dice Jonesy con una rudeza que les sorprende a todos — . Ha sido un sueño, y pienso olvidarlo. Yo y todos. ¿A que sí, Henry?

Henry asiente de inmediato.

—Venga, a casa —dice Pete con cara de alivio—. Se me están helando los pie...

—Una cosa —dice Henry.

Todos le miran con nerviosismo, porque cuando necesitan un líder siempre es Henry. Y si no os gusta mi manera de hacerlo, piensa él con resentimiento, que lo haga otro; pero os aviso de que tiene su intríngulis.

— ¿Qué? —pregunta Beaver, queriendo decir: «¿Y ahora qué?»

— Cuando entremos en la tienda de Gosselin, que llame alguien a Duds. Por si está agobiado.

Nadie contesta. Les ha dejado mudos la idea de llamar por teléfono a su nuevo amigo retrasado. A Henry se le ocurre que lo más probable es que Duddits nunca haya recibido ninguna llamada. Será la primera.

— Sí, no estaría mal —dice Pete, y se tapa la boca como si acabara de decir algo comprometedor.

Beaver, que aparte de los calzoncillos y la chaqueta, dos prendas de lo más absurdas, no lleva nada puesto, está temblando. En la punta del palo mordisqueado se agita la bola de caramelo.

—Un día se te atragantará algo —le dice Henry.

—Sí, es lo que me dice mi madre. ¿Podemos entrar? Es que me pelo de frío.

Emprenden el camino de vuelta hacia Hole in the Wall, donde a los veintitrés años exactos de esa fecha concluirá su amistad.

— ¿Será verdad que se ha muerto Richie Grenadeau? —pregunta Beaver.

—Ni lo sé ni me importa —dice Jonesy, y mira a Henry—. Vale, pues luego llamamos a Duddits. Yo tengo teléfono. Podemos cargarlo a mi número.

— ¿Un teléfono para ti solo? —dice Pete — . ¡Joder, Gary, qué suerte! Mimado, más que mimado.

A Jonesy suele sacarle de quicio que le llamen Gary, pero esta mañana no. Está demasiado absorto.

—No te pases, que es un regalo de cumpleaños, y las llamadas de larga distancia me las pago yo con la semanada. Y otra cosa: aquí no ha pasado nada. Nada, ¿eh?

Todos asienten. No ha pasado nada. Qué coño va a haber pa...





3





Una ráfaga de viento empujó a Henry con tanta fuerza que estuvo a punto de chocar con la alambrada eléctrica. Volvió en sí y se sacudió el recuerdo como un abrigo de mucho peso. No podía haberle vuelto a la cabeza en un momento más inoportuno. (Claro que para algunos recuerdos no había momento oportuno.) Tanto esperar a Underhill con los cataplines congelados, tanto acechar su única oportunidad de escaparse, y ahora podría haberle pasado Underhill por delante de las narices y él con la cabeza en las nubes, condenado a comerse el marrón con patatas.

Pero no, no había pasado Underhill. Estaba al otro lado de la alambrada, con las manos en los bolsillos y mirando a Henry. Le caían copos de nieve en el bulbo transparente de la mascarilla que llevaba puesta, como de insecto, pero los fundía el calor del aliento y resbalaban por la superficie como...

Como ese día las lágrimas de Duddits, pensó Henry.

— Le aconsejo que se meta en el establo, como los demás —dijo Underhill—. Aquí fuera se convertirá en hombre de nieve.

Henry tenía la lengua pegada al paladar. Su vida dependía literalmente de lo que le dijera a aquel hombre, pero no se le ocurría ninguna manera de empezar. Ni siquiera podía soltar la lengua.

«¿Para qué? —preguntó la voz interior, la de su amiga de siempre, la oscuridad—. Seamos francos: ¿qué sentido tiene? ¿Por qué no dejas que te hagan lo mismo que pensabas hacerte tú, que es lo más fácil?»

Porque ya no era él solo. Sin embargo, seguía sin poder hablar.

Underhill se quedó un rato más donde estaba, mirándole con las manos en los bolsillos y la capucha lo bastante retrasada para que se le viera el pelo corto, entre rubio y castaño. Nieve fundiéndose en las mascarillas que llevaban los soldados; en cambio los detenidos no llevaban, porque no les harían falta. Para los detenidos, como para los grises que estaban más al este, había una solución final.

Henry se esforzó por hablar, pero no había manera. Lástima que no estuviera Jonesy para sustituirle, porque siempre había tenido más labia que él. Underhill estaba a punto de marcharse, dejándole con lo que pudo ser y no fue.

Underhill, sin embargo, se quedó un poco más. —No me sorprende que haya sabido mi nombre, señor... ¿Henreid? ¿Se apellida Henreid?

—Devlin. Lo que ha captado es mi nombre de pila. Me llamo Henry Devlin.

Henry, cauteloso, introdujo una mano por el hueco entre un alambre de púas y otro liso, pero electrificado. En vista de que pasaban cinco segundos sin que Underhill hiciera nada más que mirarla inexpresivamente, Henry volvió a retirarla hacia su parte del mundo recién dividido, con la impresión de haber hecho el gihpollas. Se dijo que menos chorradas, que no era como si le hubieran hecho un feo en un cóctel.

A continuación, Underhill asintió con amabilidad, como si fuera verdad que estaban en un cóctel y no a merced de una tormenta desatada, a la luz de unos focos de seguridad recién montados.

—Sabía mi nombre porque la presencia de extraterrestres en Jefferson Tract ha provocado un efecto telepático de baja intensidad. —Underhill sonrió — . ¿A que dicho así parece una tontería? Pues es verdad. Es un efecto transitorio, inofensivo y demasiado superficial para servir de algo más que para juegos de sociedad, y esta noche estamos un poco demasiado ocupados para jugar a según qué cosas.

Por fin se desató la lengua de Henry. ¡Menos mal!

—No ha venido aquí, con lo que nieva, porque le haya adivinado yo el nombre —dijo—. Ha venido porque también sabía el de su mujer. Y los de sus hijas.

La sonrisa de Underhill no se alteró.

—Puede que sí, puede que no —dijo — . La cuestión es que considero que va siendo hora de que nos pongamos los dos a cubierto y descansemos un poco. Ha sido un día largo.

Underhill dio unos pasos, pero hacia los otros remolques y caravanas, y sin apartarse de la alambrada. A Henry le costó bastante no quedarse rezagado, porque ahora casi había treinta centíme-tros de nieve en el suelo, seguía acumulándose y en el lado de los condenados no la había pisado nadie.

Señor Underhill... Owen... Escúcheme. Tengo que decirle algo importante.

Underhill siguió avanzando por su lado de la alambrada (que también era el lado de los condenados; ¿se daba cuenta?). Tenía inclinada la cabeza, contra el viento, y la misma sonrisa de cortesía de antes. Lo más grave, lo que también sabía Henry, era que Underhill quería detenerse, pero que de momento no le habían dado ninguna razón para no seguir caminando.

—Kurtz está loco —dijo Henry. Seguía a la altura de Underhill, pero ahora se le oía jadear y le dolían las piernas de cansancio.

Underhill continuó caminando con la cabeza inclinada y una sonrisita debajo de aquella ridi-cula mascarilla. Caminaba igual o más deprisa que hasta entonces. Pronto Henry tendría que correr por su lado de la alambrada. Suponiendo que todavía fuera capaz.

Nos apuntarán con las ametralladoras —dijo sin aliento — . Luego se meten los cadáveres en el establo... se rocía el establo de gasolina... puede que hasta del surtidor del propio Gosselin, porque tampoco hace falta gastar suministros del gobierno... y luego puf, una humareda... doscientos... cuatrocientos... Apestará como una barbacoa infernal...

Underhill, que ya no sonreía, caminó todavía más deprisa. Henry sacó fuerzas de flaqueza y consiguió adoptar un paso casi de carrera, respirando con dificultad y esquivando dunas de nieve que llegaban hasta la rodilla. El viento le hería el rostro congestionado como un cuchillo.

—Pero Owen... Te llamas así, ¿no?... Owen... ¿Te acuerdas de una canción infantil... que dice que a las moscas gordas... las muerden otras moscas más pequeñas... y que lo repite mil veces? Pues se ajusta a tu caso... porque Kurtz ya tiene hecho su cuadro... El segundo al mando, que creo que se llama Johnson...

Underhill le dirigió una mirada rápida y severa y aceleró todavía más. Henry consiguió adaptarse a su paso, pero dudó que pudiera mantenerlo mucho tiempo. Sentía pinchazos en un lado, y cada vez le dolían más.

—Se suponía... que te tocaba a ti... la segunda parte de la operación de limpieza... Imperial Valley... es el nombre en clave... ¿Te suena de algo?

Henry vio que no. Kurtz, al parecer, no le había contado nada a Underhill acerca de la operación que destruiría a casi todo el Blue Group. A Owen Underhill, Imperial Valley le sonaba a chino. Ahora, además de los pinchazos, Henry notaba una especie de cinta de hierro alrededor del pecho, cada vez más apretada. —Espera... Pero hombre, Underhill... ¿No podrías...? Underhill no interrumpió sus zancadas. Quería conservar las pocas ilusiones que le quedaban. ¿Cómo criticárselo?

—Johnson... y unos cuantos más... como mínimo una mujer. .. tú podrías haber estado, pero la cagaste... él lo ve como que te pasaste de la raya... y, no siendo la primera vez... ya lo hiciste en un sitio que se llamaba algo así como Bossa Nova...

La reacción fue una mirada incisiva. ¿Buena señal? Quizá. — Creo que al final... la pringa hasta Johnson... el único que sale vivo de aquí es Kurtz... el resto... nada, ceniza y huesos... ¿A que eso no te lo dice... tu mierda de telepatía? Ese truquito que tienes... de leer los pensamientos... no llega a tanto.

El pinchazo del flanco se alargó, hundiéndose en la axila derecha como una garra. Al mismo tiempo le resbalaron los pies, y cayó de bruces en un montón de nieve, aparatosamente. Sus pulmones quisieron llenarse de aire, pero sólo consiguieron aspirar una bocanada de nieve en polvo.

Henry se debatió hasta ponerse de rodillas. Tosiendo, atragantándose, vio desaparecer la espalda de Underhill detrás de una pared de copos. Entonces, sabiendo que era su última oportunidad (pero no qué diría), exclamó:

— ¡Querías mearte en el cepillo de dientes del señor Rapeloew, pero, como no podías, les rompiste la fuente! ¡Y luego saliste corriendo! ¡Que es lo mismo que haces ahora, cobardica de mierda!

A unos pasos, casi invisible por culpa de la nieve, Owen Underhill se detuvo.





4





Al principio se quedó de espaldas a Henry, que estaba de rodillas en la nieve como un perro, con la cara enrojecida y empapada de nieve derretida. Henry tuvo una conciencia a la vez lejana e inmediata de que había empezado a escocerle el corte de la pierna donde crecía el byrus.

Al final Underhill volvió sobre sus pasos.

— ¿Cómo sabes lo de los Rapeloew? La telepatía está disminuyendo. Lo normal sería que no pudieras profundizar tanto.

—Sé muchas cosas —dijo Henry, que se levantó y se quedó de pie tosiendo y recuperando el aliento — . Porque lo llevo muy hondo. Soy diferente. Lo éramos todos, mis amigos y yo. Antes éramos cuatro. Ahora hay dos que están muertos, y yo aquí dentro. El cuarto... Señor Underhill, su problema es el cuarto, no yo, ni la gente que han metido y siguen metiendo en el establo. El es el único problema, no el Blue Group, ni el cuadro Imperial Valley de Kurtz. Él.

Hizo el esfuerzo de no pronunciar el nombre, porque con Jonesy siempre había tenido una relación muy especial. Beaver y Pete eran unos tíos fabulosos, pero el único a su altura en cuestiones mentales, el único capaz de seguirle libro a libro, idea a idea, era Jonesy. Claro que ahora ya no existía. Eso Henry lo tenía bastante claro. Antes sí. En el momento en que Henry había notado el paso de la nube rojinegra, todavía quedaba una parte ínfima de Jonesy, pero a esas alturas a su amigo ya debían de habérselo zampado vivo. Era posible que aún le latiera el corazón, y que sus ojos vieran, pero la esencia de Jonesy estaba tan muerta como Pete y Beav.

Su problema es Jonesy, señor Underhill. Gary Jones, de Brookline, Massachusetts.

— Kurtz también es un problema.

Underhill hablaba demasiado bajo para el viento que hacía, pero Henry le oyó mentalmente.

Underhill miró en derredor. Henry siguió el movimiento de su cabeza y vio un grupito de hombres corriendo por la avenida creada por las dos hileras de caravanas y remolques. No había nadie cerca, pero toda la zona de alrededor de la tienda y el establo estaba bañada por una luz inmisericorde, y ni siquiera el viento ensordecía del todo el ruido de motores en marcha, de generadores zumbando y de gente berreando. Alguien daba órdenes por un megáfono. El efecto de conjunto era espectral, como si, atrapados por la tormenta, Henry y Underhill se hallaran en un lugar poblado por fantasmas. De hecho, el grupo de hombres corriendo se fundió de tal manera con la vorágine de copos que parecían auténticos fantasmas.

—Aquí no podemos hablar —dijo Underhill—. Abre bien las orejas, y no me obligues a repetirte ni una palabra, chavalín.

En la cabeza de Henry, que ahora recibía tantos datos que casi todo se le confundía en una sopa indescifrable, se alzó de repente con llaneza y claridad un pensamiento de Owen Underhill: «Chavalín. La palabra que dice él. No me puedo creer que haya usado una palabra suya.»

—Soy todo oídos —dijo Henry.





5





El cobertizo estaba al otro lado de la zona de confinamiento, lo más lejos posible del establo, y, si bien por fuera estaba tan iluminado como el resto de aquel campo de concentración de mil demo-nios, el interior era oscuro y con olor dulzón a paja vieja. También se percibía otro olor un poco más acre.

Había cuatro hombres y una mujer, sentados y con la espalda apoyada en la pared del fondo. Los cinco llevaban ropa de caza, y estaban pasándose un porro. En el cobertizo sólo había dos ven-tanas. Respecto a la zona de confinamiento, una era interior y daba al corral, y la otra era exterior y tenía vistas a la alambrada y el bosque. La suciedad de los cristales mitigaba un poco el resplandor brutal de las luces de sodio. En la penumbra, las caras de los presos fumadores de maría se veían grises, como si ya estuvieran muertos.

—¿Te apetece? —preguntó con tono forzado el que tenía el porro.

El gesto de ofrecerlo parecía sincero. Henry vio que era de los gordos, como un purito.

—No. Lo que quiero es que salgáis.

Le miraron todos con perplejidad. La mujer estaba casada con el que tenía el porro en la mano, y tenía a la izquierda a su cuñado. Los otros dos sólo se habían apuntado.

—Volved al establo —dijo Henry.

—No, tío —dijo uno de los hombres—, que hay demasiada gente. Preferimos estar menos apretados. Además, teniendo en cuenta que hemos llegado antes que tú, lo lógico sería que...

—Yo lo tengo —dijo Henry, poniéndose una mano en la camiseta que llevaba anudada a la pierna—. El byrus. Lo que llaman ellos Ripley. De vosotros puede que haya alguno que también lo tenga... Creo que tú, Charles...

Señaló al quinto hombre, tirando a calvo y con un barrigón que le llenaba toda la parka.

— ¡No! —exclamó Charles.

Los otros, sin embargo, ya se apartaban de él, incluido el del purito de maría (que se llamaba Darren Chiles y era de Newton, Massachusetts).

— Sí, tío —dijo Henry—. Fijo que sí. Y tú también, Mona. ¿Mona? No, Marsha. Te llamas Marsha.

— ¡Mentira, no lo tengo! —dijo la mujer. Se levantó con la espalda pegada a la pared y miró a Henry con los ojos muy abiertos, ojos atemorizados de cierva. Pronto estarían muertas todas las ciervas de la zona, y estaría muerta Marsha. Henry confió en que no pudiera leerle la idea—. Yo estoy limpia. ¡Estamos todos limpios menos tú!

Miró a su marido, que no era un hombre de especial corpulencia, pero sí más fuerte que Henry. Como todos, a decir verdad. Quizá no fueran más altos, pero sí más fornidos.

— Échale, Daré.

— Hay dos tipos de Ripley —dijo Henry, exponiendo un dato del que no tenía pruebas, aunque, cuanto más lo pensaba, más lógica le encontraba—. Podríamos llamarlos Ripley principal y Ripley secundario. Estoy casi seguro de que el que no haya recibido una dosis fuerte (en algo que haya comido o respirado, o que haya entrado vivo en una herida abierta) puede curarse. No es invencible.

Ahora le miraban todos con ojos de cierva, y Henry vivió un momento de angustia indescriptible. ¿Por qué no se había suicidado tranquilamente?

—Yo tengo el Ripley principal —dijo, y se desató la camiseta.

Lo máximo que dedicaron al desgarrón de los vaqueros, espolvoreados de nieve, fue una mirada fugaz, pero Henry se ocupó de examinarlo por ellos. La herida de la varilla del intermitente se había llenado de byrus. Algunas hebras tenían varios centímetros, con puntas que se movían como algas a merced de la corriente. Notaba cómo se le hundían cada vez más las raíces de la cosa, provocando escozor y efervescencia. Intentando pensar. Era lo peor: que intentaba pensar.

Los cinco ocupantes del cobertizo empezaron a desfilar hacia la puerta. Henry previo que saldrían corriendo al primer contacto con el aire frío, pero se quedaron parados.

— ¿Tú puedes ayudarnos? —preguntó Marsha con voz temblorosa de niña. Su marido Darren la rodeó con el brazo.

—No lo sé —dijo Henry—. Supongo que no... pero es posible que sí. Salid. Lo más probable es que no me quede dentro ni media hora, pero es aconsejable que os quedéis con los demás en el establo.

— ¿Por qué? —preguntó Darren Chiles, de Newton.

Y Henry, que no tenía nada parecido a un plan, sino una idea inconcreta, dijo:

—No lo sé. Me lo parece.

Salieron todos, y Henry quedó dueño del cobertizo.




6




Debajo de la ventana orientada a la alambrada de la zona de confinamiento había una vieja bala de heno. Era donde Henry había encontrado sentado a Darren Chiles (que, como posesor de la maría, se había agenciado el mejor asiento), y pasó a ocuparla él. Se sentó con las manos en las rodillas, y le entró enseguida sueño, a pesar de las voces que se le acumulaban en el cerebro y del profundo escozor de la pierna izquierda. (También empezaba a picarle la boca, donde ya le faltaba un diente.)

Oyó llegar a Underhill antes de que éste le dijera algo desde el otro lado de la ventana. Oyó la proximidad de su mente.

Tengo el viento de cara, y casi me tapa el edificio —dijo Underhill—. Estoy fumando. Si viene alguien, tú no estás.

Vale.

— Como me digas alguna mentira, me marcho y no vuelves a dirigirme la palabra en lo poco que te quedará de vida, ni en voz alta ni... de la otra manera.

Vale.

— ¿Cómo has conseguido que salieran los de dentro?

— ¿Por qué? — Henry tenía la impresión de estar demasiado cansado para enfadarse, pero por lo visto no — . ¿Era una prueba?

—No seas gilipollas.

Les he dicho que tengo el Ripley principal, lo cual es verdad. Han salido pitando. —Henry hizo una pausa—. Tú también lo tienes, ¿no?

— ¿Por qué te lo parece? —Henry no notó tensión en la voz de Underhill, y como psiquiatra conocía los síntomas. Al margen de la clase de persona que fuera Underhill, Henry le adivinaba una sangre fría fuera de lo común. Buena señal. Además, pensó, conviene que entienda que la verdad es que no tiene nada que perder.

— Lo tienes en los bordes de las uñas, ¿no? Y un poco en una oreja.

Tío, vete a Las Vegas, que alucinarán. Henry vio levantarse la mano de Underhill, enguantada y con un cigarrillo entre los dedos. Supuso que acabaría fumándoselo el viento.

El Ripley principal se contagia directamente de la fuente. Estoy casi seguro de que para contraer el secundario hay que tocar algo donde crezca: un árbol, musgo, un ciervo, un perro, otra persona... Funciona como con las ortigas. Ya deben de saberlo vuestros expertos médicos. Sospecho que me he enterado por ellos. Tengo la cabeza como una antena parabólica, con todos los canales en el mismo satélite y sin codificar. Ni puedo distinguir de dónde procede la mitad de los datos, ni me importa un carajo. Ahora voy a decirte algo que no saben vuestros expertos. A lo rojo, los grises lo llaman «byrus», que significa «el material de la vida». En determinadas circunstancias, la versión principal puede formar los implantes.

— Quieres decir los bichos caca.

—Ah, pues no está mal pensado. Me gusta. Se forman a partir del byrus, y después se reproducen poniendo huevos. Se extienden a base de puestas. Al menos es como tendría que funcionar. Aquí se les mueren casi todos los huevos. No sé si es por el frío, por la atmósfera o por alguna otra cosa, pero en nuestro medio ambiente, Underhill, depende todo del byrus. Es el único recurso que les funciona.

—El material de la vida.

— Sí, pero escucha: en este planeta, los grises están teniendo problemas muy gordos. Debe de ser la razón de que les haya costado tanto decidirse, medio siglo. Las comadrejas son un buen ejemplo. En principio son saprofitos... ¿Sabes qué quiere decir?

— Oye, Henry... Te llamas Henry, ¿no? Henry, ¿esto tiene algo que ver con la presente...?

— ¿Con la presente situación? Muchísimo, y, a menos que te apetezca ser uno de los culpables principales de que en la Tierra, aparte de una especie de hiedra intergaláctica, desaparezca cualquier señal de vida, te aconsejo que te estés calladito y escuches.

Una pausa, y luego:

—Ya escucho.

— Los saprofitos son parásitos benéficos. Los tenemos en el intestino, y nos tragamos más de manera voluntaria comiendo algunos productos lácteos. Por ejemplo el yogur. Les damos a los bichos un habitat, y ellos nos lo pagan con otra cosa. En el caso de las bacterias lácteas, digerir mejor. En circunstancias normales (supongo que normales en algún otro mundo con diferencias ecológicas que ni me puedo imaginar), las comadrejas alcanzan un tamaño que no debe de ser más grande que el de la punta de una cuchara de café. Creo que en las hembras pueden afectar a la reproducción, pero no son mortales. Normalmente no. Sólo viven en el intestino. Les damos comida, y ellos a nosotros telepatía. En principio el trato es ese. Lo que pasa es que también nos convierten en televisores. Somos Canal Grises.

Y ¿cómo sabes tanto? ¿Porque tienes uno viviendo dentro de ti? —La voz de Underhill no delataba repulsión, pero Henry se la detectó con claridad en el cerebro, como un tentáculo movién-dose—. ¿Una de las comadrejas normales, entre comillas?

No.

Al menos no me lo parece, pensó Henry.

—Entonces ¿cómo sabes lo que sabes? ¿O te lo estás inventando? ¿Quieres escribirte tú mismo el pase de salida?

— Lo menos importante es cómo me haya enterado, Owen, aunque sabes que no miento. Puedes leerme.

—Lo único que sé es que crees que no mientes. La parida esta de leer el pensamiento, ¿hasta dónde puede llegar?

—No lo sé. Si se propaga el byrus, lo más probable es que aumente, aunque a mí no me afectará.

—Porque tú eres diferente.

Escepticismo, tanto en la voz como en los pensamientos de Underhill.

— Ríete, pero hasta hoy no he sabido hasta qué punto. Ya hablaremos del tema. Por ahora sólo quiero que entiendas que aquí los grises se han encontrado un marrón. Puede que se hayan enzarzado en la primera batalla por el control de toda su historia. Primero, porque, cuando se meten en la gente, las comadrejas no son saprofíticas, sino violentamente parásitas. No paran de comer ni de crecer. Son un cáncer, Underhill.

«Segundo: el byrus. En otros mundos crece bien, pero en el nuestro, de momento, no. Los científicos y los expertos médicos que dirigen este circo consideran que es por el frío, pero yo creo que tiene que haber algo más. No puedo asegurarlo, porque ellos no lo saben, pero...

— ¡Para el carro! —Apareció unos segundos una llama reflejada en una mano, debido a que Underhill encendía otro cigarrillo para que se lo fumara el viento—. Ahora no te refieres al equipo médico, ¿verdad?

No.

— Crees que estás en contacto con los grises. En contacto telepático.

—Sí, creo que con uno. A través de un intermediario.

— ¿El que decías que se llama Jonesy?

No lo sé, Owen. No estoy del todo seguro. La cuestión es que están perdiendo la batalla. Tú y yo, y los que te han acompañado en la misión del Blue Boy, puede que no duremos ni para celebrar las siguientes navidades. En eso no quiero engañarte: tenemos dosis altas y concentradas. Pero...

—Yo lo tengo —dijo Underhill — . Y Edwards. Le salió como por arte de magia.

—Bueno, pero, aunque en ti llegue a arraigar, dudo que consiga propagarse mucho. No es tan contagioso. Dentro del establo hay gente que no llegará a cogerlo nunca, independientemente de la cantidad de personas infectadas con la que se mezcle. En el caso de quienes lo cogen como un resfriado, se trata del byrus secundario... o, si lo prefieres, del Ripley.

—No; está bien byrus.

—De acuerdo. Cabe la posibilidad de que puedan contagiárselo a alguien más, que en tal caso contraería una versión muy débil que podríamos llamar byrus tres. Hasta es posible que se contagie un grado más, pero yo creo que para detectar el byrus cuatro ya haría falta un microscopio o un análisis de sangre. Luego desaparece.

»Atento, que te paso la repetición de la jugada.

»Punto uno. Los grises (que probablemente sólo sean sistemas de reparto del byrus) ya han desaparecido. A los que no les mató el medio ambiente (como al final de La guerra de los mundos, cuando los microbios matan a los marcianos), les habéis matado vosotros con las ametralladoras. Ahora sólo queda uno, supongo que mi fuente de información, y en sentido físico también ha desaparecido.

»Punto dos. Las comadrejas no trabajan. Como todos los cánceres, últimamente se comen a sí mismas hasta morir. Las comadrejas que escapan del intestino grueso o de las entrañas mueren rápidamente en un entorno que ellos encuentran hostil.

»Punto tres. El byrus tampoco funciona muy bien, pero si le dan una oportunidad, tiempo de esconderse y de proliferar, podría pasar por una mutación. Aprender a adaptarse.

—No podrá —dijo Underhill—, porque vamos a dejar chamuscado todo Jefferson Tract.

Henry tuvo ganas de gritar de rabia, y debió de notársele, porque se oyó un golpe: era Underhill, que se había sobresaltado, y cuya espalda había chocado con la endeble pared del cobertizo.

Lo que hagáis aquí al norte no tiene ninguna importancia —dijo Henry—. Vuestros reclusos no pueden propagarlo, las comadrejas tampoco, y el byrus, por sí solo, tampoco. Si los vuestros desmontaran las tiendas ahora mismo y dejaran esto vacío, se las arreglaría el medio ambiente para borrar toda esta tontería como una ecuación mal hecha. Para mí que los grises se han presentado de la manera que se han presentado porque... coño, es que no se lo creen. Sospecho que era una misión suicida, con una versión gris de vuestro Kurtz al mando. Es algo tan fácil como que no les entra el fracaso en la cabeza. Piensan: «Siempre ganamos.»

— ¿Como...?

—Pero en el último minuto, o a saber si en el último segundo, uno de ellos ha encontrado a una persona que casi no se parece en nada a las demás con quienes habían tenido contacto los grises, las comadrejas y el byrus. Es el agente de contagio, y ya ha salido de la zona de cuarentena; o sea, que es indiferente lo que hagáis aquí.

— Gary Jones. —Exacto.

—Y ¿en qué se diferencia tanto?

Henry tenía muy pocas ganas de entrar en ese tema, pero se dio cuenta de que debía explicarle algo a Underhill.

— Hace años, él, yo y los otros dos amigos que teníamos, los que se han muerto, conocimos a alguien que era muy diferente. Mucho. Un telépata de nacimiento, sin necesidad de byrus. Y nos hizo algo. Con unos años más, dudo que hubiera sido posible, pero le conocimos a una edad en que éramos especialmente... supongo que dirías vulnerables... a lo que tenía esa persona. Después de vanos años le pasó algo a Jonesy, algo que no tenía nada que ver con... con ese chico tan especial.

Henry, sin embargo, sospechaba que no era verdad. Aunque el atropello que había estado a punto de matar a Jonesy se hubiera producido en Cambridge, y aunque Duddits, que él supiera, nunca hubiera viajado al sur de Derry, algo tenía que ver Duds con el cambio decisivo de Jonesy. Sí, también. Henry estaba seguro.

—Y ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Creérmelo porque sí? ¿Tragármelo como jarabe para la tos?

En la oscuridad del cobertizo, cargada de un olor dulce, los labios de Henry esbozaron una sonrisa amarga.

Ya te lo crees, Owen —dijo — . ¿No te he dicho que tengo poderes telepáticos? En eso no me gana nadie. Pero la pregunta... la pregunta es...

Henry la formuló con su mente.






7




En un momento así, al otro lado de la alambrada, casi pegado a la pared trasera del cobertizo viejo de las provisiones, con los huevos ateridos y la mascarilla filtradora colgada del cuello para poder fumarse sin ganas vanos cigarrillos (había conseguido un paquete nuevo en el economato), Owen tuvo la impresión de que nunca le había apetecido tan poco reír en toda su vida. A pesar de ello, cuando el hombre de dentro del cobertizo dio una respuesta tan directa e impaciente a su sensata pregunta («Ya te lo crees, Owen. ¿No te he dicho que tengo poderes telepáticos?»), Owen sorprendió en sus propios labios una risa. Kurtz había dicho que la conversión de la telepatía en permanente, y su propagación, destruirían la sociedad a la que estaban acostumbrados. Entonces Owen había captado la idea, pero ahora la entendió a nivel visceral.

—Pero la pregunta... la pregunta es...

«¿Qué podemos hacer para remediarlo?»

Con lo cansado que estaba, Owen sólo vio una respuesta.

—Pues digo yo que habrá que perseguir a Jones. ¿Servirá de algo? ¿Tenemos tiempo?

—Me parece justo, pero no imposible.

Owen quiso usar sus humildes poderes para leer lo que había detrás de la respuesta de Henry, pero no pudo. Sin embargo, estaba convencido de que la mayor parte de lo que le había contado era verdad. O es verdad, pensó, o él cree que es verdad. A mí, en todo caso, me encantaría que lo fuera. Con tal de marcharse antes de que empiece la carnicería, cualquier excusa es buena.

—No —dijo Henry. Owen, por primera vez, tuvo la impresión de que estaba nervioso, y no del todo seguro de sí mismo—. De carnicería ni hablar. No puede ser que Kurtz se cargue a entre doscientas y ochocientas personas, gente que en definitiva no puede influir de ninguna manera en el problema, ni para bien ni para mal. ¡Pero hombre, si son inocentes! ¡Sólo pasaban por aquí!

Para Owen sólo fue una sorpresa relativa notar que disfrutaba con la turbación de su nuevo amigo. Bastante le había turbado Henry a él.

— ¿Qué sugieres? Partiendo de que has dicho tú mismo que el único importante es tu amigo Jonesy...

—Sí, pero...

Vacilación. La voz mental de Henry era más segura que antes, pero sólo un poco. «No quería decir que nos marchásemos tranquilamente dejando que se murieran.»

—Tanto como tranquilamente... —dijo Owen—. Saldremos corriendo como dos ratas de un granero.

Después de la última calada, puramente simbólica, tiró al suelo el tercer cigarrillo y vio que se lo llevaba el viento. Detrás del cobertizo pasaban cortinas de nieve que barrían el corral vacío y acu-mulaban verdaderas montañas al pie del establo. Era una locura pretender ir a algún sitio. Nos hará falta un Sno-Cat,6 al menos para empezar, pensó Owen; a medianoche, un cuatro por cuatro no serviría de nada. Con este tiempo...

—Matar a Kurtz —dijo Henry—. Es la respuesta. Sin nadie que dé órdenes será más fácil escapar, y es una manera de dejar en suspenso la... la limpieza biológica.

Owen profirió una risa seca.

— Lo dices como si fuera facilísimo —dijo — . Underhill cero cero, licencia para matar.

Encendió otro cigarrillo, juntando las manos alrededor del mechero y la punta del pitillo. Más vale que lleguemos deprisa a algunas conclusiones, pensó, o me moriré congelado.

— ¿Por qué es tan complicado? —preguntó Henry, a pesar de que ya lo sabía. Owen notó (y oyó a medias) que intentaba no verlo, para no empeorar aún más las cosas—. Entras y le pegas un tiro.

No funcionaría. —Owen le envió a Henry una imagen rápida: Freddy Johnson (y otros miembros de lo que recibía el nombre de cuadro de Imperial Valley) vigilando la caravana de Kurtz — Tiene micros. A la que le pase algo, vendrán corriendo los tíos duros. No digo que no se le pueda pegar un tiro; lo más probable es que no, porque va igual de protegido que un capo colombiano del narcotráfico, sobre todo estando de servicio, pero no es imposible. Me precio de no ser del todo malo. La pega es que sería una misión suicida. Si ha reclutado a Freddy Johnson, es que debe de tener a Kate Gallagher y Marvell Richardson... Cari Friedman... y Jocelyn McAvoy. Son duros, Henry, tanto ellos como ellas. Yo mato a Kurtz, ellos me matan a mí, y los jefazos que dirigen este circo envían a otro limpiador, algún clon de Kurtz que remate la faena. Eso si no eligen directamente a Kate, que, con lo chalada que está, no me extrañaría. Es posible que los del establo tuvieran doce horas de prórroga para morderse las uñas, pero no se salvarían de la quema. La única diferencia es que tú, en vez de tener la oportunidad de darte un paseíto conmigo por la nieve, te quemas con el resto, mientras tu amigo, el que dices que se llama Jonesy, se va a... ¿adonde?

—Eso de momento me lo guardo por prudencia.

Owen buscó el dato con sus dotes de telepatía, y hubo un momento en que captó una visión borrosa y desconcertante: un edificio alto y blanco en medio de la nieve, cilindrico, como un silo. Después la imagen desapareció en beneficio de otra, la de un caballo blanco pasando al lado de un letrero. En el letrero ponía en letras rojas banbury cross, y encima una flecha.

Soltó un gruñido entre humorístico y exasperado.

—Estás haciendo interferencias.

—Es una manera de verlo. Otra es que te enseño una técnica que te conviene aprender, suponiendo que quieras mantener en secreto nuestra conversación.

Ya

A Owen no le desagradaba del todo lo que acababa de ocurrir. Por un lado, no estaba mal disponer de una técnica de interferencia; por otro, se corroboraba que Henry conocía el destino de su amigo infectado. Owen le había sorprendido en la cabeza una imagen fugaz de ese destino.

—Presta atención, Henry.

Vehículo para ir por la nieve, con orugas y cabina para dos ocupantes.

Di.

—Te cuento lo más seguro que podemos hacer los dos. En primer lugar, si el tiempo no es un factor absolutamente crucial, nos convendría dormir un poco.

—No te lo niego. Yo estoy medio muerto.

Luego, hacia las tres, puedo ponerme yo en marcha. Mientras no se desmonte esta instalación, estará en alerta máxima, pero, si hay alguna posibilidad de que al Gran Hermano se le empañe un poco el ojo, será entre las cuatro y las seis de la mañana. Puedo distraerles un poco y provocar un cortocircuito en la alambrada; de hecho es la parte más fácil. Desde que salten los plomos, puedo tardar cinco minutos en venir con un Sno-Cat...

La telepatía, según estaba descubriendo Owen, presentaba ciertas ventajas taquigráficas respecto a la comunicación verbal. Mientras hablaba, le envió a Henry la imagen de un helicóptero MH-6 Little Bird quemándose y de un grupo de soldados corriendo a apagar el fuego.

— ...y marchando.

—Y dejamos a Kurtz con todo un establo de civiles inocentes a los que tiene intención de convertir en palomitas. Y no hablemos del Blue Group. ¿Cuántos son? ¿Doscientos o trescientos?

Owen, cuya dedicación completa a las fuerzas armadas se remontaba a los diecinueve años, y que llevaba ocho con Kurtz, envió dos palabras duras por el canal mental que habían establecido entre los dos: «Bajas aceptables.»

Detrás del cristal sucio, la forma borrosa de Henry Devlin se movió un poco y envió la respuesta:

«No.»



8




«¿No? ¿Cómo que no?»

«Pues que no.»

«¿Tienes alguna idea mejor?»

Y Owen comprendió algo horrible: que Henry creía tenerla. Por el cerebro de Owen pasaron fragmentos de esa idea (que habría sido demasiado generoso calificar de plan), como la cola brillante y fragmentada de un cometa. Se quedó sin aliento. Ni siquiera se dio cuenta de que el viento se le llevaba el cigarrillo de los dedos.

«Tú estás mal de la cabeza.»

«Para nada. Ya sabes que para escaparnos necesitamos una distracción. Pues ya la tienes.»

«¡Pero si les matarán igual!»

«A algunos. Hasta puede que a la mayoría, pero es una oportunidad, y a ver qué oportunidad tendrían en un establo incendiado.»

Henry dijo en voz alta:

— Luego está Kurtz. Si tiene que ocuparse de cien o doscientos fugitivos (casi todos impacientes por contarle al primer periodista que encuentren que el gobierno de Estados Unidos tiene tanto pánico que ha dado el visto bueno a una masacre como la de Mei Lai, y aquí mismo, en suelo americano), pensará bastante menos en nosotros.

No conoces a Abe Kurtz, pensó Owen, ni sabes qué es la línea de Kurtz. Claro que él tampoco lo sabía. Hasta ese día no había tenido una noción exacta de ella.

A pesar de todo, la propuesta de Henry poseía una especie de lógica desquiciada, además de que contenía un ingrediente de desagravio. A medida que se aproximaba la medianoche de aquel 14 de noviembre interminable, y que aumentaban las probabilidades de sobrevivir hasta el final de la semana, para Owen no fue ninguna sorpresa descubrir varios atractivos en la idea de desagravio.

—Henry...

—Sí, Owen, estoy aquí.

—Siempre me he sentido culpable por lo que hice en casa de los Rapeloew.

—Ya lo sé.

Y, en cambio, he vuelto a hacerlo varias veces. Qué retorcido, ¿no?

Henry, a quien la idea del suicidio no le impedía seguir siendo muy buen psiquiatra, no dijo nada. En la conducta humana lo retorcido era normal. Triste pero cierto.

—Vale, vale —acabó diciendo Owen—. Tú compras la casa, pero los muebles los pongo yo. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —repitió enseguida Henry.

—¿Va en serio lo de que puedes enseñarme la técnica de las interferencias? Porque podría hacerme falta.

— Casi seguro que sí. —Bueno, pues escucha.

Owen habló durante tres minutos, a ratos en voz alta, a ratos de cerebro a cerebro. Habían llegado a un punto en que ya no diferenciaban entre modalidades de comunicación. Pensamientos y palabras eran lo mismo.








XVI



Derry





1



La tienda de Gosselin es un horno. ¡Jo, qué calor hace! A Jonesy le suda la cara casi enseguida, y para cuando han llegado los cuatro al teléfono de pago (que, oh casualidad, está al lado de la estufa), le chorrean las mejillas y los sobacos como la selva después de una lluvia tropical. Aunque a decir verdad, con los catorce años que tiene, poca selva hay.

Vaya, que hace calor, y él aún está un poco dentro del sueño, que, a diferencia de las pesadillas normales, no se ha borrado. (Sigue percibiendo olor a gasolina y goma quemada, sigue viendo a Henry con el mocasín en la mano... y la cabeza, sigue viendo la cabeza cortada de Richie Grenadeau, tan tru-culenta.) Entonces lo empeora la telefonista poniéndose borde. Cuando Jonesy dicta el número de los Cavell, al que tienen costumbre de llamar para preguntar si pueden ir (Roberta y Alfie siempre les dan permiso, pero en casa les han enseñado a los cuatro que es de buena educación pedirlo), ella pregunta:

—¿Tus padres saben que haces una llamada de larga distancia?

No lo pronuncia con gangueo yanqui, sino con el acento ligeramente afrancesado de alguien crecido en aquella parte del país, donde hay más gente que se llame Letourneau y Bissonette que Srnith o Jones. El padre de Pete los llama «rácanos franceses». Y ahora tiene a uno al teléfono. ¡Vaya por Dios!

—Mientras me pague yo las conferencias, me dan permiso —dice Jonesy.

Al final le ha tocado a él hacer la llamada. Era previsible. Se baja la cremallera de la chaqueta. Pero ¡qué calor! ¡Es para morirse! Jonesy no concibe que se pueda estar sentado tan cerca de la estufa como el grupo de vejetes. Él también está en el centro de una piña de amigos, y se entiende que quie-ran enterarse de las novedades, pero preferiría que se apartaran un poco. Tenerles tan cerca le da todavía más calor.

Y si llamara yo a tu mere etpére, monfils, ¿dirían lo mismo?

—Sí —dice Jonesy. Le entra una gota de sudor en un ojo, y se la quita como si fuera una lágrima, porque escuece—. Mi padre está trabajando, pero mi madre debe de estar en casa. Nueve cuatro nueve, seis seis cinco ocho. Sólo le pediría que se diera prisa, porque...

—Deja, deja, que ya hago la llamada que has pedido —contesta ella con voz de decepcionada.

Jonesy se quita la chaqueta mediante el procedimiento de cambiarse el teléfono de oreja, y la deja caer al suelo. Los otros todavía la llevan puesta. De hecho Beav ni siquiera se ha desabrochado su chaqueta de motorista. Jonesy alucina con que puedan soportarlo. Ahora, aparte del calor, empiezan a agobiarle los olores: judías, aceite limpiasuelos, café y salmuera del barril de encurtidos. Los olores de la tienda de Gosselin siempre le habían gustado, pero ahora le dan ganas de vomitar.

Oye los clics de la centralita. ¡Qué lentitud! Sus amigos le acorralan contra la pared del fondo donde está el teléfono. A dos o tres pasillos de distancia, Lámar mira fijamente el estante de los cereales y se toca la frente como si tuviera mucho dolor de cabeza. Jonesy piensa que, con la de cerveza que se tomó antes de acostarse, sería lo más normal. A él también le está empezando una migraña, pero no tiene nada que ver con la cerveza. ¡Puñeta, es que hace tanto cal...!

—Ya suena —les dice a sus amigos.

Pero se arrepiente de haber abierto la boca, porque ahora se apretujan todavía más. Pete tiene un aliento de cagarse. Jonesy piensa: ¿qué, Petesky, te los lavas una vez al año, aunque estén limpios?

Cogen el teléfono a la tercera señal.

—¿Diga?

Es Roberta, pero con voz de agobio en sustitución de su habitual buen humor. El motivo es evidente, porque en segundo plano se oye berrear a Duddits. Jonesy sabe que a Alfie y Roberta el llanto de Duds no les afecta de la misma manera que a él y sus amigos, porque son adultos, pero también son sus padres, y algo notan. Duda que la señora Cavell esté pasando una mañana muy agradable.

Pero bueno, ¿cómo puede hacer tanto calor? ¿Qué coño han metido en la estufa? ¿Plutonio?

—¡Diga! ¡Diga!

Otra anomalía en el tono de la señora Cavell: la impaciencia. Les ha explicado más de una vez que si algo se aprende siendo la madre de una persona especial, como Duddits, es a ser paciente. Pues bien, parece que ha empezado el día con una excepción, porque, aunque parezca inconcebible, pone voz casi de cabreo.

— Si quiere venderme algo, no tengo tiempo. Ahora mismo estoy muy ocupada, y...

Duddits, al fondo, llora a pleno pulmón, y piensa Jonesy: sí que estás ocupada, sí. Está así desde que se ha hecho de día, o sea, que debes de estar de un desquicio que no te cuento.

Henry le clava un codo en las costillas y le hace gestos con la mano (¡venga, date prisa!); el codazo duele pero se agradece. Como le cuelgue la señora Cavell, Jonesy tendrá que volver a hablar con la bruja de la telefonista.

— Señora Cavell... Robería, soy Jonesy.

— ¿Jonesy? —Percibe la profundidad de su alivio. Roberta tenía tantas ganas de que llamaran los amigos de Duddie, que tiene miedo de que sean imaginaciones suyas — . ¿Eres tú? ¿De verdad?

— Sí —dice él—, yo y los demás. Les acerca el auricular.

—Hola, señora Cavell —dice Henry.

—¿Qué tal?

Ha sido la contribución de Pete.

—Hola, guapa —dice Beaver con sonrisa de lelo.

Desde que conocieron a la señora Cavell, está más o menos enamorado de ella.

Al oír la voz de su hijo, Lámar Clarendon echa un vistazo al grupo. Después reanuda su contemplación de los Cheerios y el resto de las marcas. «Pues adelante —le ha dicho a Beav al enterarse de que querían llamar a Duddits — . No sé para qué quieres hablar con ese cabeza de merengue, pero bueno, allá cada cual con su dinero.»

Cuando Jonesy vuelve a ponerse el auricular en la oreja, la señora Cavell está diciendo:

— ¿... vuelto a Derry? Creía que estabais cazando en Kineo, o no sé dónde.

—Estamos, estamos —dice Jonesy. Mira a sus amigos, y le asombra que casi no suden; un poco de brillo en la frente de Henry, algunas gotitas en el labio superior de Pete, pero nada más. Alucinante — . Pero es que... mmm... nos ha parecido que teníamos que llamar.

—O sea, que ya lo sabéis.

El tono, sin ser seco, no es de interrogación.

—Pues... —Jonesy se abomba la camisa de franela para que entre aire —. Sí.

En un momento así, la mayoría de la gente tendría mil preguntas, empezando probablemente por «¿cómo os habéis enterado?» o «¿y se puede saber qué le pasa?», pero Roberta no pertenece a ninguna mayoría, y ya ha dispuesto de casi un mes para observar la relación que tienen con su hijo. Dice lo siguiente:

— Espera, Jonesy, que le aviso.

Jonesy espera, mientras sigue oyendo a Duddits muy al fondo, y a Roberta diciéndole algo en voz más baja, marrullerías para que se acerque al teléfono. Emplea palabras mágicas de introducción reciente en el domicilio de los Cavell: «Jonesy, Beaver, Pete, Henry.» Los berreos se aproximan, y Jonesy nota que hasta por teléfono se le clavan en la cabeza como un cuchillo mal afilado que no corta, sino que hace estropicios. Ay. Comparado con el llanto de Duddits, el codazo de Henry parece una caricia. Entretanto, le baja por el cuello una catarata de sudor selvático. Concentra la mirada en los dos letreros que hay encima del teléfono. En uno pone: por favor, limiten las llamadas a 5 min. En el otro, proibido dezir palabrotas. Debajo alguien ha grabado «porque lo digas tú, cabrón». A continuación se pone Duddits, y a Jonesy se le meten los berridos directamente en la oreja. Hace una mueca de dolor, pero con Duddits es imposible enfadarse. Ellos están juntos y son cuatro. Él se ha quedado en Derry; sólo es uno, y qué uno más peculiar. Dios, al mismo tiempo, le ha hecho daño y le ha impartido un don. Sólo de pensarlo, a Jonesy le da vértigo.

—Duddits —dice—; Duddits, que somos nosotros. Jonesy...

Le pasa el auricular a Henry.

— Hola, Duddits, soy Henry... Henry se lo pasa a Pete.

—Hola, Duds, soy Pete; no llores, que no pasa nada.

Pete le pasa el auricular a Beaver, que mira alrededor y estira el cable lo más lejos que puede. Después cubre el auricular con una mano para que no le oigan los viejos de la estufa (además de su padre, por supuesto) y entona los primeros dos versos de la nana. Después se queda callado, escuchando. Pasado un rato les enseña a los demás un círculo con el pulgar y el índice. Por último, le devuelve a Henry el auricular.

— ¿Duds? Vuelvo a ser Henry. Sólo ha sido un sueño, Duddits. No era verdad. No era verdad y ya ha pasado. Sólo...

Henry escucha, y Jonesy aprovecha para quitarse la camisa. La camiseta de debajo está empapada.

Jonesy ignora miles de millones de cosas (empezando por la naturaleza del vínculo con Dud-dits que tienen él y sus amigos), pero sabe que no puede quedarse mucho más tiempo en la tienda. Tiene la sensación de estar dentro de la estufa, no fuera y mirándola. Los carcamales de alrededor del tablero de ajedrez deben de tener hielo en los huesos.

Henry asiente con la cabeza.

—Exacto, como en una película de miedo. —Escucha con el entrecejo fruncido—. No, ni tú ni nosotros. No le hemos hecho nada. A los demás tampoco les hemos hecho daño.

Y de repente Jonesy sabe que es mentira. No se puede decir que haya sido voluntario, pero el caso es que les han hecho daño. Como tenían miedo de que Richie cumpliera su amenaza... se lo han cargado antes que él a ellos.

Pete tiene la mano levantada, y Henry dice:

—Dud, que Pete quiere hablar contigo.

Le pasa el auricular a Pete, quien le dice a Duddits que tranqui, que no piense más en el tema, que volverán en pocos días y jugarán a lo de siempre; que se divertirán, que se lo pasarán de la hostia, pero que mientras tanto...

Jonesy mira hacia arriba y ve que ha cambiado uno de los letreros. En el de la izquierda sigue poniendo por favor, limiten LAS llamadas A 5 MIN., pero ahora en el de la derecha se lee: ¿Y si sales, que estarás MÁS FRESCO? Buena idea, sí señor. De hecho no hay ninguna razón para quedarse, porque se nota que lo de Duddits está controlado.

No tiene tiempo de dar el primer paso, porque Pete le tiende el teléfono y le dice:

—Quiere hablar contigo, Jonesy.

Jonesy está a punto de pasar de todo y marcharse, pensando que a Duddits que le zurzan, y a los demás también, pero son sus amigos, juntos se han visto atrapados en la misma pesadilla y han hecho algo sin querer

(mentiroso, mentiroso de mierda, qué va a haber sido sin querer)

y le retienen los ojos de los tres a pesar del calor, que ahora se le ha pegado al torso con una venda sofocante. Los seis ojos insisten en que es algo que le atañe, y que no puede marcharse mientras esté al teléfono Duddits. Así no se juega.

«El sueño es de los cinco, y todavía no ha acabado —insisten los ojos de los tres, sobre todo los de Henry—. Empezó el mismo día de encontrarle detrás de Tracker Hermanos de rodillas y medio desnudo. Él ve la línea, y ahora nosotros también. Quizá la percibamos de maneras diferentes, pero una parte de nosotros siempre verá la línea. La veremos hasta que nos muramos.»

En los seis ojos también hay algo más, algo que les obsesionará toda la vida sin darse ellos cuenta, y que proyectará su sombra hasta en sus días de mayor felicidad. El miedo a lo que han hecho. A lo que han hecho en la parte del sueño compartido de la que no se acuerdan.

Es lo que retiene a Jonesy, lo que le hace ponerse al teléfono a pesar de estar asándose, quemándose, derritiéndose, coño.

—Duddits —dice. Se le nota el calor hasta en la voz—. Que no pasa nada, en serio. Oye, vuelvo a ponerte con Henry, porque aquí dentro hace mucho calor y tengo que salir a respirar...

Duddits le interrumpe con un tono lleno de fuerza y urgencia.

— ¡No zaga! ¡Yonci, no zaga! ¡Gue! ¡Gue! ¡E zeñó Gue!

Siempre han entendido su balbuceo, desde el primer momento, y ahora Jonesy también lo entiende: «¡No salgas! ¡Jonesy, no salgas! ¡Gray! ¡Gray! ¡El señor Gray!»

Jonesy se queda boquiabierto. Mira al otro lado de la asfixiante estufa, por el pasillo donde el padre de Beaver, con su resaca a cuestas, se dedica a examinar con languidez las latas de judías. No mira al señor Gosselin, que está delante de su caja registradora del año de Maricastaña, sino más lejos, por la ventana. Tiene el cristal sucio y lleno de pegatinas anunciando de todo, desde cigarrillos Wins-ton y marcas de cerveza a cenas parroquiales y picnics del 4 de Julio de cuando aún era presidente el cultivador de cacahuetes... pero queda bastante cristal para ver la cosa que le espera fuera. Es la que se le puso detrás cuando intentaba mantener cerrada la puerta del lavabo, la que le ha robado el cuerpo. Desnuda, gris, sin dedos en los pies, le mira con ojos negros desde el surtidor de gasolina. Y Jonesy piensa: «En realidad no son así, pero es la única manera de que podamos verlos.»

Parece que el señor Gray quiera subrayar sus palabras, porque levanta una mano y vuelve a bajarla. Flotan hacia arriba unas cositas entre rojas y doradas que le cuelgan de las puntas de los tres dedos.

Byrus, piensa Jonesy.

Surte el mismo efecto que las palabras mágicas de los cuentos de hadas, porque se inmoviliza todo. La tienda de Gosselin se convierte en un cuadro. Después pierde color y pasa a ser una fotografía en tonos sepia. Sus amigos se vuelven transparentes, y Jonesy les ve disolverse. Sólo quedan dos cosas que parezcan reales: el auricular negro y pesado del teléfono de monedas, y el calor. El calor asfixiante.

— ¡Depieta! —le grita Duddits en la oreja. Jonesy oye una respiración larga y entrecortada, y la reconoce enseguida: es Duddits disponiéndose a hablar de la manera más clara que pueda—: ¡Yonci! ¡Yonci, despieta! ¡Despieta! ¡Des...!




2



«... pierta! ¡Despierta! ¡Jonesy, despierta!»

Jonesy levantó la cabeza, pero no vio nada. Le tapaba los ojos el pelo, pesado y empapado de sudor. Lo apartó con la esperanza de encontrar su propio dormitorio (o el de Hole in the Wall o el de su casa de Brookline, preferiblemente el segundo), pero no tuvo tanta suerte. Seguía en el despacho de Tracker Hermanos. Se había dormido en la mesa, y había soñado con la llamada a Duddits. Desde la llamada habían pasado muchos años, pero era real, no como el calor soporífero. En la tienda de Gos-selin, que era un avaro, siempre había hecho más frío que calor. Jonesy había soñado con calor porque en el despacho hacía mucho. ¡Qué temperatura! Debía de rondar los cuarenta grados.

Se ha estropeado la calefacción, pensó, y se levantó. A menos que se haya incendiado el edificio. En los dos casos, o salgo o me achicharro.

Rodeó el escritorio casi sin darse cuenta de que el mueble había cambiado, ni de que yendo deprisa hacia la puerta algo le rozó la coronilla. Justo cuando tenía el pomo en una mano y el pestillo en la otra, se acordó de Duddits diciéndole en el sueño que no saliera, que fuera le estaba esperando el señor Gray.

Y era verdad. Justo detrás de aquella puerta. Esperando en el almacén de recuerdos, donde ahora gozaba de libre acceso.

Jonesy aplicó la mano abierta a la superficie de madera, sin dar importancia a que hubiera vuelto a caérsele el pelo en los ojos.

— Señor Gray —susurró—. ¿Está fuera? Sí, ¿verdad? Silencio, pero seguro que estaba. Ladeando la bola pelona quele servía de cabeza, y con los ojos negros como canicas fijos en el pomo, esperando que girara. Esperando la irrupción de Jonesy. ¿Y después?

Adiós, pensamientos humanos latosos. Adiós, emociones humanas que no dejaban concentrarse.

Adiós, Jonesy.

— ¿Qué intenta, señor Gray? ¿Sacarme con humo?

Esta vez tampoco hubo respuesta, ni la necesitaba Jonesy. El señor Gray, a fin de cuentas, debía de tener acceso a todos los controles, incluidos los de la temperatura. ¿Cuánto los había subido? Jonesy no lo sabía, pero estaba seguro de que seguían subiendo. La opresión del pecho cada vez era más asfixiante, hasta el punto de que le costaba respirar y sentía un martilleo en las sienes.

La ventana, pensó. ¿Y por la ventana?

Se giró hacia ella con renovada esperanza, dando la espalda a la puerta. Ahora la ventana esta-ba oscura (señal de que la tarde de octubre de 1978 no tenía nada de eterna), y la vía de acceso lateral a Tracker Hermanos había quedado sepultada por cortinas de nieve superpuestas. A Jonesy la nieve nun-ca le había parecido tan tentadora, ni siquiera de niño. Se vio a sí mismo rompiendo el cristal como Errol Flynn en una película antigua de piratas; se vio saliendo a la nieve, arrojándose a ella, hun-diendo la cara en su maravilloso frío blanco para aliviarse el ardor...

Sí, claro, y después las manos del señor Gray apretándole el cuello. Sólo tenían tres dedos, pero serían dedos fuertes, capaces de matarle de asfixia en cuestión de segundos. Sólo con que Jonesy abri-era un resquicio en la ventana, sólo con que quisiera ventilar un poco el despacho, tendría encima al señor Gray como un vampiro. El motivo: que aquella parte de Jonesylandia no era segura. Era terri-torio conquistado.

De la sartén al fuego, pensó. No hay manera de no cagarla.

— Sal —se decidió a decir el señor Gray al otro lado de la puerta, y añadió con la propia voz de Jonesy—: Seré rápido. ¡No querrás achicharrarte dentro!

De repente Jonesy vio que el escritorio, mueble que ni siquiera figuraba en la primera versión del despacho, estaba delante de la ventana. Antes de quedarse dormido era una simple mesa de ma-dera, de las de oferta en las tiendas de muebles de oficina. En un momento dado, que no recordaba con exactitud, se había dotado de un teléfono, un modelo negro puramente utilitario y sin veleidades deco-rativas, como la propia mesa.

Vio que ahora el escritorio era de roble y con tapa corrediza, idéntico al de su estudio de Brookline, mientras que el teléfono era un Trimline azul como el de su despacho de Emerson. Al pasarse la mano por la frente, mojándosela con un sudor caliente como pipí, descubrió qué le había rozado la coronilla.

Era el atrapasueños.

El de Hole in the Wall.

— ¡Coño! —susurró — . ¡Pero si me estoy decorando el despacho!

Pues claro. ¿Por qué no, si hasta los presos del corredor de la muerte se decoraban la celda? Si estando dormido era capaz de incorporar un escritorio, un atrapasueños y un teléfono Trimline, quizá...

Cerró los ojos y se concentró, intentando evocar una imagen de su estudio de Brookline. Al principio le costaba, porque le importunó una pregunta: ¿cómo podía seguir teniendo a mano sus recuerdos si estaban fuera? Se dio cuenta de que la respuesta debía de ser muy fácil. Seguía teniendo los recuerdos donde siempre, en la cabeza. Las cajas del almacén eran lo que habría llamado Henry una exter-nalización, su manera de visualizar todo lo que le era accesible al señor Gray.

No importa, pensó. Tú atento a lo que hay que hacer. El estudio de Brookline. Tienes que ver el estudio de Brookline.

— ¿Qué haces? —quiso saber el señor Gray, con una voz que había perdido la seguridad melosa de antes — . ¿Qué leches haces?

Oyendo la expresión, Jonesy no pudo reprimir una sonrisita, pero se aferró a la imagen; no la del estudio en general, sino de una pared... la de la puerta del aseo... sí, ya lo veía. El termostato. ¿Ahora qué tenía que decir? ¿Había alguna palabra mágica?

Pues sí.

Jonesy, con los ojos cerrados y un rastro de sonrisa en la cara chorreante de sudor, susurró:

—Duddits.

Abrió los ojos y miró la pared, una pared como cualquier otra, sucia de polvo.

Estaba el termostato.




3





— ¡Para! —exclamó el señor Gray. Jonesy, que estaba cruzando el despacho, quedó sorpren-dido por la familiaridad de la voz. Era como oír grabado en una cinta uno de sus frecuentes berrinches (muchos de los cuales nacían de ver patas arriba el cuarto de los niños) — . ¡Ni un paso más! ¡Que no se te ocurra seguir!

—Tócame los perendengues —replicó Jonesy con una sonrisa burlona. ¡Qué ganas habrían tenido sus hijos de contestar así a los rollos de papá! ¡Seguro que mil veces! Después tuvo una idea que le dio repelús. En el caso poco probable de que volviera a ver por dentro su dúplex de Brookline, sería a través de unos ojos que ahora pertenecían al señor Gray. La mejilla que besaran sus hijos (con Misha diciendo «¡ay, papá, que rasca!») sería del señor Gray, al igual que los labios que besara Carla. Y en la cama, cuando ella le cogiera y le guiara a su interior...

Jonesy tuvo escalofríos, pero acercó la mano al termostato... y vio que casi estaba graduado en cincuenta. Debía de ser el único modelo del mundo que podía subir hasta tanto. Le imprimió medio giro a la izquierda sin saber qué ocurriría, y se llevó la agradable sorpresa de notar una corriente de aire fresco en las mejillas y la frente. Entonces, aliviado, volvió un poco la cabeza para recibir la brisa más de lleno, y vio que en otra pared había una rejilla de aire acondicionado.

— ¿Cómo lo haces? —se desesperó el señor Gray al otro lado de la puerta—. ¿Cómo puede ser que tu cuerpo no incorpore el byrus? ¿Cómo es posible que resistas?

Jonesy rió a carcajada limpia. Imposible retenerlas.

— Me alegro de que te haga tanta gracia —dijo el señor Gray. Ahora su voz era de gran frialdad, como la de Jonesy en su ultimátum a Carla: o rehabilitación o divorcio. Tú misma, cielo —. Aunque te aviso que sé hacer algo más que subir la calefacción. Puedo quemarte, o hacer que tú mismo te dejes ciego.

Jonesy se acordó del bolígrafo en el ojo de Andy Janas, del ruido repugnante que había hecho el globo al reventar, y se estremeció. Sin embargo, sabía reconocer un farol. Eres el último, pensó, y yo tu sistema de reparto. No eres tan tonto como para estropear demasiado la maquinaria, al menos antes de haber acabado tu misión.

Caminó lentamente hacia la puerta, diciéndose que había que tener cuidado.

  • ¿Señor Gray? —dijo en voz baja.

Silencio.

—Una pregunta, señor Gray. Ahora, cuando es usted mismo, ¿qué aspecto tiene? ¿Un poco menos gris y más rosado? ¿Con un par de dedos más en las manos? ¿Con pelusilla en la cabeza? ¿Empiezan a salirle dedos en los pies, y un par de huevecitos entre las piernas?

Silencio.

— ¿Empieza a parecerse a mí, señor Gray? ¿Y a pensar como yo? ¿A que no le gusta? ¿O sí?

Ante la falta de respuesta, Jonesy comprendió que el señor Gray se había marchado. Entonces dio media vuelta y corrió hacia la ventana, reparando en nuevos cambios: en una pared un grabado de Currier e Ivés, y en otra uno de Van Gogh (regalo de navidad de Henry). Jonesy no se detuvo en ellos. Quería saber a qué se dedicaba el señor Gray, en qué volcaba su atención.




4





Para empezar había cambiado el interior de la camioneta. Ahora, en contraste con el verde soso del vehículo gubernamental de Andy Janas (con documentos y formularios en el sujetapapeles del lado del copiloto, y una radio debajo del salpicadero), estaba en un Dodge dotado de todos los lujos, con asientos de terciopelo gris y casi tantos controles como en un avión. La tapa de la guantera tenía un adhesivo con una declaración de amor a la raza border collie. El perro que la representaba seguía pre-sente, durmiendo al pie del asiento del copiloto con la cola enrollada. Se trataba de un macho de nom-bre Lad. Jonesy notó que el nombre y la suerte del dueño de Lad le eran accesibles, pero ¿para qué los quería? La camioneta militar de Janas se había quedado volcada en un lugar indeterminado al norte de su presente localización, y seguro que el conductor de la de ahora yacía en las proximidades. Jonesy no entendía que se hubiera salvado el perro.

Hasta que Lad levantó la cola y se tiró un pedo.




5



Descubrió que, si miraba por la ventana del despacho de Tracker Hermanos y se concentraba, podía ver con sus propios ojos. Nevaba más que nunca, pero el Dodge tenía tracción en las cuatro ruedas, al igual que su antecesor, y no encontraba grandes obstáculos. Por encima de la carretera, y en sentido contrarío (yendo, pues, en dirección al norte con respecto a Jefferson Tract), circulaba una ca-dena de faros: camiones del ejército. En un momento dado surgió de la nieve un letrero iluminado (letras blancas sobre fondo verde): próximas 5 salidas derry.

Habían estado trabajando los quitanieves municipales, y a pesar de que prácticamente no había tráfico (a aquellas horas era normal que hubiera poco, con o sin nieve), la autopista estaba en condiciones aceptables. El señor Gray incrementó la velocidad hasta sesenta y cinco kilómetros por hora, y después de tres salidas que Jonesy, de niño, había visto mil veces (kansas street,

AEROPUERTO, UPMILE HILL / STRAWFORD PARK), la redujo.

Jonesy, de repente, tuvo la sensación de que lo entendía todo.

Miró las cajas que había metido en el despacho, casi todas con el rótulo de duddits menos las pocas donde ponía DERRY, y que se había llevado en el último momento. El señor Gray creía conservar los recuerdos que le hacían falta, pero, si iban adonde creía Jonesy (y de hecho parecía lo más lógico), le esperaba una sorpresa. Jonesy no sabía si alegrarse o tener miedo. Notó que le pasaban las dos cosas.

Ya estaban a la altura de un letrero verde donde ponía salida 25, witcham street. Su mano activó el intermitente de la camioneta.

A llegar al final del acceso giró a la izquierda por Witcham, y, cuando faltaba poco para haber recorrido un kilómetro, se metió por Cárter Street a mano derecha. Cárter Street, que en aquel tramo era muy empinada, volvía hacia Upmile Hill y Kansas Street por el lado opuesto de lo que había sido sierra, zona de bosques y asentamiento de una próspera aldea de indios micmac. Hacía varías horas que no pasaba ningún quitanieves, pero la tracción integral superó el reto. La camioneta sorteaba montones de nieve tanto a izquierda como a derecha, coches cuyos dueños, contraviniendo las ordenanzas municipales para casos de nevada fuerte, habían aparcado en la calle.

Al llegar a media cuesta, el señor Gray volvió a meterse por otra calle. Era más estrecha y se llamaba Cárter Lookout. La camioneta derrapó y dio unos cuantos bandazos con la parte trasera. Lad levantó la cabeza, gimió y, al poco rato, volvió a apoyar el morro en la alfombrilla, mientras los neu-máticos recuperaban su agarre en la nieve e impulsaban al vehículo por el resto de la subida.

Jonesy, fascinado, seguía mirando por la ventana de su observatorio, en espera del momento en que el señor Gray descubriera... lo que había que descubrir.

Cuando la camioneta llegó a la cumbre y sus luces largas no alumbraron nada aparte de copos de nieve, el señor Gray tardó un poco en dar señas de contrariedad. Tenía tanta confianza que se otor-gó unos segundos de margen. Sí, seguro que en pocos segundos divisaría la torre blanca que presidía el descenso hacia Kansas Street, la de las ventanas formando una espiral ascendente. Unos segundos más y...

Pero ya no quedaban más segundos. Metro a metro, la camioneta había llegado al punto más elevado de la colina. Era donde Cárter Lookout, junto con tres o cuatro calles parecidas, moría en una explanada circular. Habían llegado a la cota más alta de Derry, su principal atalaya. El viento soplaba como alma en pena, sin bajar de los ochenta kilómetros por hora y con rachas de ciento diez y hasta ciento treinta. Las luces largas del vehículo iluminaban copos de trayectoria horizontal, como bandadas de cuchillos.

El señor Gray no se movía. Las manos de Jonesy resbalaron del volante y cayeron en su regazo como dos pájaros recién abatidos. Al fin murmuró:

—¿Dónde está?

Su mano izquierda se elevó, manipuló el tirador de la puerta y consiguió abrirla. Primero sacó una pierna, y a continuación, como el viento le arrancaba la puerta de las manos, cayó de rodillas en la nieve. Volvió a levantarse y caminó encogido hasta el morro de la camioneta, con la chaqueta y los vaqueros chasqueando como velas de barco en un temporal. Con tanto viento, la sensación de frío era de bajo cero (en el despacho de Tracker Hermanos la temperatura pasó en pocos segundos de fresca a fría), pero a la nube rojinegra que ocupaba casi todo el cerebro de Jonesy y conducía su cuerpo le daba igual.

— ¿Dónde está? —chilló el señor Gray con el vendaval de cara—. ¿Dónde coño está la torre?

Jonesy no tuvo necesidad de gritar, puesto que a pesar de la tormenta el señor Gray le habría oído el mínimo susurro.

—Ja, ja, señor Gray —dijo — . Me muero de risa. Se ve que le han tomado el pelo. La torre-depósito no está desde 1985.




6




Jonesy pensó que si el señor Gray se hubiera quedado quieto habría protagonizado una autén-tica rabieta de párvulo, con revolcón y pataleo incluidos. A pesar de sus tentativas de resistencia, el señor Gray se había emborrachado con la química emocional de Jonesy, y ahora le costaba tanto resi-stir a la tentación como a un alcohólico que tuviera la llave del bar.

Al final no sufrió ningún ataque, sino que impulsó el cuerpo de Jonesy por el descampado hacia el pedestal de piedra que estaba donde había esperado encontrar el depósito de agua potable de la población, con capacidad para dos mil setecientos litros. Se cayó en la nieve, volvió a levantarse como pudo, cojeó apoyándose en la cadera mala de Jonesy, volvió a caerse, a levantarse... y ni un solo mo-mento interrumpió la letanía de insultos infantiles que, procedentes de Beaver, dirigía al vendaval: hostias en vinagre, tócame los perendengues, jódete y baila, chúpame el rabo, hazte una paja y me lo cuentas... En boca de Beaver (o de Henry, o de Pete) siempre habían tenido gracia. En aquella colina despoblada, gritados con el viento de cara por aquel monstruo medio cojo con aspecto de ser humano, ni por asomo.

El ser o cosa que era el señor Gray acabó llegando al pedestal, que se veía con bastante claridad gracias a las luces de la camioneta. Su altura venía a ser la de un niño, más o menos un metro cin-cuenta, y estaba construido con la misma piedra sencilla de tantos muros de Nueva Inglaterra. Encima había dos esculturas de bronce, un niño y una niña con las manos enlazadas y la cabeza inclinada como si rezaran o estuvieran tristes.

Casi estaba tapado por la nieve, pero aún se veía la parte superior de la placa atornillada al frente. El señor Gray se apoyó en las rodillas de Jonesy, escarbó nieve y leyó lo siguiente:



A LAS VÍCTIMAS DE LA TORMENTA

31 DE MAYO DE 1985

Y A LOS NIÑOS

A TODOS LOS NIÑOS

CON EL CARIÑO DE BILL, BEN, BEV, EDDIE, RICHIE, STAN Y MIKE

EL CLUB DE LOS PERDEDORES



Encima habían escrito algo con spray rojo y mala letra. El mensaje también se leía perfectamente a la luz de los faros:


PENNYWISE ESTÁ VIVO







7




El señor Gray permaneció casi cinco minutos de rodillas leyendo la placa, sin importarle que se estuvieran durmiendo las extremidades de Jonesy. (¿Por qué iba a importarle? En el fondo Jonesy era como un coche de alquiler, que se conduce sin ningún miramiento, tirando al suelo las colillas.) Inten-taba encontrarle algún sentido. ¿Tormenta? ¿Niños? ¿Perdedores? ¿Quién, o qué, era Pennywise? Y lo más importante: ¿dónde estaba la torre-depósito que localizaban los recuerdos de Jonesy en aquella elevación?

Se decidió a levantarse, regresó a la camioneta, entró y subió la calefacción. Con el chorro de aire caliente, el cuerpo de Jonesy empezó a temblar. Tardó muy poco en volver a estar delante de la puerta cerrada del despacho pidiendo explicaciones.

¿Por qué me lo pregunta con tan mal tono? —preguntó Tonesy con afabilidad, aunque sonreía. ¿Lo notaría el señor Gray? ¿Qué esperaba, que le ayudase? ¡Por favor! No conozco los detalles, pero tengo bastante claro el plan general: veinte años y todo el planeta será como una bola roja. Es eso, ¿no? Ya no habrá agujero en la capa de ozono, pero tampoco habrá gente.

— ¡Conmigo no te hagas el listo! ¡Ni te atrevas!

Jonesy reprimió la tentación de seguir excitando al señor Gray y provocarle otra rabieta. Consideraba que ningún enfado le daría a su huésped involuntario la capacidad de echar abajo la puerta que les separaba, pero ¿qué sentido tenía hacer la prueba? Además, estaba emocionalmente agotado, con los nervios de punta y un sabor a cobre quemado en la boca.

¿Cómo es posible que no esté la torre? —El señor Gray apoyó una mano en el centro del volante, haciendo sonar la bocina. Lad, el perro de raza border collie, levantó la cabeza y miró nervio-samente al conductor con ojos grandes — . ¡A mí no me puedes mentir! ¡Tengo tus recuerdos!

—Es que... No sé si se acuerda, pero me he llevado unos cuantos.

—¿Cuáles? Dímelo.

—¿Por qué voy a decírselo? —preguntó Jonesy—. ¿Qué me da a cambio?

El señor Gray se quedó callado. Jonesy notó que consultaba varios archivos. A continuación y de repente, empezaron a entrar olores por debajo de la puerta y por la rejilla de aire acondicionado. Eran los preferidos de Jonesy: palomitas de maíz, café y la sopa de pescado de su madre. Le hizo ruido enseguida el estómago.

—Desde luego que no puedo prometerte la sopa de pescado — dijo el señor Gray—, pero te daré de comer. Porque tienes hambre, ¿verdad?

—Con usted al mando de mi cuerpo, y poniéndose ciego de emociones mías, sería muy raro que no tuviese —repuso Jonesy.

—Al sur de aquí hay un local que se llama Dysart's. Según tú está abierto las veinticuatro horas del día, que es una manera de decir siempre. A menos que sea otra mentira...

—Yo no he dicho ninguna —replicó Jonesy—. No puedo. Acaba de decirlo usted. Los controles y el fondo de recuerdos están en sus manos. Lo tiene todo menos lo de aquí dentro.

— ¿Dónde es «aquí»? ¿Cómo puede haber un «aquí»? -No lo sé — dijo Jonesy con sinceridad — . ¿Cómo sé que me dará de comer?

Porque no tengo más remedio —dijo el señor Gray al otro lado de la puerta, y Jonesy comprendió que también era sincero. O se le ponía gasolina al motor de vez en cuando, o llegaba un momento en que ya no funcionaba—. Pero si satisfaces mi curiosidad te daré las cosas que te gustan. Si no...

Vale, vale —dijo Jonesy—. Yo le digo lo que puedo y usted me da creps y beicon de Dysart's. Desayuno las veinticuatro horas del día. ¿Acepta?

—Acepto. Abre la puerta y cerramos el trato con un apretón de manos.

Jonesy, tomado por sorpresa, sonrió. Era la primera incursión del señor Gray en el humor, y había que reconocer que no le había salido demasiado mal. Miró por el retrovisor y vio una sonrisa idéntica en la boca que ya no le pertenecía. Eso ya le pareció un poco más inquietante.

—Lo de darse la mano, si le parece, nos lo saltamos —dijo.

— Habla.

—Voy, voy, pero le aviso de algo: como incumpla su promesa, será la última que me haga.

— Lo tendré presente.

La camioneta seguía en la cima de la colina, a merced de un ligero vaivén y proyectando cilindros de luz nevada, uno por cada faro. Jonesy le contó al señor Gray lo que sabía, pensando que era un lugar ideal para historias de miedo.



8




1984 y 1985 fueron años malos para Derry. En verano de 1984, tres adolescentes de la población mataron a un homosexual arrojándole al canal. Durante los siguientes diez meses fueron asesinados seis niños. Por lo visto el culpable era un psicópata que a veces se disfrazaba de payaso.

—El caso —dijo Jonesy— es que lo último malo que ocurrió fue una especie de huracán que cayó el 31 de mayo de 1985. Hubo más de sesenta víctimas, y se derrumbó la torre-depósito. Bajó rodando hasta Kansas Street.

Señaló a la derecha de la camioneta, donde empezaba una falda muy escarpada que se perdía en la oscuridad.

— Por Upmile Hill bajaron casi tres millones de litros, y al llegar al centro lo destruyeron casi todo. Yo entonces iba a la universidad. La tormenta coincidió con la semana de los exámenes finales. Me llamó mi padre para contármelo; claro que yo ya lo sabía, porque era una noticia a escala nacional.

Jonesy hizo una pausa para pensar, mientras miraba el despacho, que ya no estaba vacío ni sucio sino amueblado con muy buen gusto. (Su subconsciente había incorporado un sofá de su casa y un sillón de un catálogo del MOMA, precioso pero fuera de sus posibilidades económicas.) La verdad era que le había quedado muy acogedor; más, en todo caso, que la nevada a la que estaba teniendo que hacer frente el usurpador de su cuerpo.

— Henry también iba a la universidad. A Harvard. Pete rondaba por la costa Oeste, en plan hippy. Beaver intentaba sacarse una diplomatura en el sur del estado. Después dijo que había elegido la especialidad de hachís y videojuegos.

El único en presenciar el paso por Derry de la gran tormenta había sido Duddits... pero Jonesy descubrió que no quería pronunciar su nombre.

El señor Gray no dijo nada, pero Jonesy tuvo una clara percepción de su impaciencia. Sólo le importaba la torre-depósito. Y que Jonesy le hubiera engañado.

Oiga, señor Gray, que si aquí ha habido algún engaño se lo ha hecho usted mismo. Mi único papel ha sido llevarme algunas cajas derry y meterlas aquí mientras mataba usted al pobre soldado.

—Los pobres soldados bajaron del cielo con sus naves y masacraron a todos los de mi especie que pudieron encontrar.

Yo con eso no tengo nada que ver, y tampoco es que los suyos vinieran a inscribirnos en el Círculo de Lectores de las Galaxias.

— ¿Habría cambiado algo?

—No me venga con hipótesis —dijo Jonesy—. Después de lo que le ha hecho a Pete y al del ejército, me apetece poquísimo tener discusiones intelectuales con usted.

—Hacemos lo que tenemos que hacer.

La mirada del perro se había vuelto todavía más nerviosa. No debía de estar acostumbrado a tener dueños que conversaran solos con tanta animación.

— La torre-depósito se cayó en 1985, hace diecisiete años. ¿Y tú has robado el recuerdo?

Sí, más o menos, aunque no creo que sea un buen argumento para los tribunales, porque los recuerdos siempre han sido míos.

— ¿Qué más has robado?

—Eso me lo guardo. Piense, piense.

Se oyó en la puerta un golpe brusco y malhumorado, y Jonesy volvió a acordarse del cuento de los tres cerditos. Sopla, sopla, señor Gray; disfruta los dudosos placeres de la rabia.

Sin embargo, parecía que el señor Gray se hubiera marchado.

— Señor Gray —le llamó Jonesy—. ¡Oiga, que tampoco es para irse de esa manera!

Jonesy supuso que debía de haber emprendido otra búsqueda de información. Ya no estaba la torre-depósito, pero quedaba el conjunto de Derry, de manera que el agua de la población debía de proceder de alguna parte. ¿De dónde? ¿Lo sabía Jonesy?

No, no lo sabía. A lo sumo, tenía el vago recuerdo de haber vuelto de la universidad para las vacaciones de verano y haber bebido mucha agua embotellada. Con el tiempo habían recuperado la de grifo, pero eso, a un chico de veintiún años que sólo pensaba en quitarle las bragas a Mary Shratt, le importaba muy poco. Para beber, se abría el grifo y punto. La única razón para indagar su procedencia habría sido tener retortijones o diarrea.

¿Percibía frustración en el señor Gray? ¿O se lo imaginaba? Jonesy deseó fervientemente que no. Había sido un buen golpe.






9




Roberta Cavell despertó de una pesadilla y miró a la derecha previendo la posibilidad de encontrarlo todo oscuro, pero le alivió comprobar que no se había ido la luz, puesto que en el reloj de al lado de la cama seguían brillando los números azules de siempre. Con tanto viento, era raro.

Los números azules indicaban 1.04. Aprovechando que podía, encendió la lámpara de la mesita de noche y bebió un poco de agua del vaso. ¿Se había despertado por el viento? ¿Por el sueño? Era una pesadilla en toda regla, con extraterrestres, rayos asesinos y gente corriendo, pero no le pareció la razón.


Entonces amainó el vendaval, y oyó lo que la había despertado: la voz de Duddits en el piso de abajo. ¿Qué hacía? ¿Cantar? ¿Era posible que cantara? Teniendo en cuenta la tarde tan horrible que habían pasado los dos, le pareció que no.

«¡Za mueto Biiibe!» (¡Se ha muerto Beaver!). Y así entre las dos y las cinco, casi sin parar. Duddits estaba tan desesperado que al final le había sangrado la nariz. Roberta temía sus hemorragias. A veces sólo podían cortárselas en el hospital. En aquella ocasión había conseguido detenerla me-tiéndole algodones en los dos agujeros de la nariz y presionando muy arriba, entre los ojos. Después había llamado al doctor Briscoe para preguntarle si podía dar a Duddits una de las pastillas amarillas de valium que se tomaba ella, pero el doctor estaba en Nassau de vacaciones. No se molestó en llamar al sustituto, porque debía de ser cualquier medicucho enteradillo que a Duddits nunca le había visto el pelo. Se limitó a darle el valium a su hijo y mojarle los labios secos y el interior de la boca con una de las pastillas de glicerina con sabor a limón que le gustaban. Siempre tenía la boca llena de úlceras y llagas, aunque ya no hiciera quimioterapia. Porque lo de la quimio se había acabado. Como no querían admitirlo los médicos, ni Briscoe ni el resto, le habían dejado el catéter, pero nada, que Roberta no estaba dispuesta a que su hijo volviera a pasar por un infierno asi.

Después de administrarle la pastilla, Roberta se había ido a la cama con él, le había abrazado (procurando no apretarle el lado izquierdo, que era donde tenía escondido el catéter debajo de una venda) y le había cantado una nana, pero no la de Beaver. Hoy no.

A la larga Duddits se había tranquilizado. Después de un rato, considerando que ya debía de dormir, Roberta le había sacado los algodones de la nariz. La resistencia del segundo había hecho que Duddits abriera los ojos. ¡Qué hermoso color verde! A veces Roberta pensaba que el verdadero don eran sus ojos, no lo otro... ver la línea y lo que comportaba.

—Ama...

—Qué, Duddie.

— ¿Bibe tanecielo?

A Roberta le había dado mucha pena la pregunta, y acordarse de la chaqueta de cuero de Beaver, tan ridicula pero que a él le gustaba tanto que se la había puesto hasta dejarla casi transparente. De haberse tratado de alguien más, de cualquiera menos de uno de sus cuatro amigos de infancia, Roberta habría puesto en duda la premonición de Duddie, pero, si decía que se había muerto Beaver, era que debía de estar muerto.

—Sí, cariño, seguro que está en el cielo. Ahora duerme.

Los ojos verdes habían seguido mirando largo rato los de Roberta. Parecía a punto de volver a llorar, pero no, sólo le había rodado un lagrimón perfecto por la mejilla sin afeitar. Ahora casi no podía afeitarse, porque había veces en que hasta el Norelco le hacía cortecitos que sangraban durante horas. Después había vuelto a cerrarlos, y Roberta había salido de puntillas de la habitación.

De noche, haciéndole la papilla (ahora sólo aceptaba sin vomitar los alimentos más sosos, otra señal de que se aproximaba el fin), la pesadilla había vuelto al ataque. Roberta, que ya estaba bastante asustada con aquellas noticias cada vez más extrañas de Jefferson Tract, había vuelto corriendo a la habitación de Duddits con el corazón a cien. Volvía a estar sentado en la cama, sacudiendo la cabeza con un gesto infantil de negación. Como volvía a sangrarle la nariz, sus movimientos bruscos lo salpicaban todo de gotitas rojas: la almohada, la foto dedicada de Austin Powers y los frascos de la mesita: enjuague para la boca, Compazine, Percocet, los complejos vitamínicos sin utilidad visible y el bote grande de pastillas de glicerina.

Esta vez decía que el muerto era Pete, el encantador (y algo corto de luces) Peter Moore. ¡Cielo santo! ¿Podía ser verdad? ¿En parte? ¿Del todo?

El segundo ataque de histeria no había sido tan largo. Aún debía de durarle el cansancio del primero. Roberta había vuelto a cortar la hemorragia nasal (qué suerte la suya) y le había cambiado las sábanas, no sin antes ayudarle a ocupar la silla de al lado de la ventana. Duddits se había quedado sen-tado y mirando la tormenta, con algún que otro sollozo y algún que otro suspiro con ruido de mocos que a su madre le llegaba al alma. Le dolía hasta mirarle: qué flaco estaba, qué blanco, qué... calvo. Pensando que tan cerca del cristal debía de hacer frío, le había dado su gorra de los Red Sox, firmada en la visera por el gran Pedro Martínez (a veces pensaba que a los moribundos les regalaban de todo), pero Duddits, por una vez, no había querido ponérsela. Se había limitado a tenerla en las rodillas y contemplar la oscuridad con los ojos muy abiertos y cara de pena.

Al final Roberta le había acostado, y los ojos verdes de su hijo habían vuelto a mirarla con su brillo sobrecogedor, que se apagaba.

— ¿Pi tambié tanecielo? —Yo creo que sí.

Roberta no quería llorar por nada del mundo (corría el peligro de provocarle a Duddits otro ataque), pero había notado que le subían las lágrimas. Le llenaban toda la cabeza, y cada vez que respiraba le sabía la nariz a mar.

  • ¿Enecielo cobibe?

—Sí, cariño.

—¿Yo beré a Pitibibe necielo?

—Sí, claro, pero falta mucho tiempo.

Se le habían cerrado los ojos. Roberta se había quedado sentada en la cama mirándole las manos, más triste que triste y más sola que sola.

Bajó corriendo por la escalera, y en efecto, cantaba. Como Roberta dominaba el duddités (¿cómo no, si hacía más de treinta años que era su segunda lengua?), tradujo las sílabas sin necesidad de concentrarse: era la canción de Scooby-Doo.

Entró en el dormitorio sin saber qué esperar. Cualquier cosa menos lo que encontró: todas las luces encendidas, y a Duddits vestido de pies a cabeza por primera vez desde su última remisión (la que, según el doctor Briscoe, probablemente fuera la última en todo el sentido de la palabra). Se había puesto sus pantalones de pana favoritos, el chaleco encima de la camiseta del Grinch y la gorra de los Red Sox. Estaba sentado en la silla de al lado de la ventana, mirando la noche. Ahora no fruncía el entrecejo, ni lloraba. Miraba la tormenta con un interés, un brillo en los ojos que a Roberta le recor-daron la época de antes de la enfermedad, antes de los síntomas con que se había anunciado, sigilosos y fáciles de pasar por alto: lo cansado que se quedaba después de un partido corto de frisbee en el patio de atrás, lo grandes que le salían los morados con cualquier golpecito, lo mucho que tardaban en desaparecer... Era el mismo aspecto de cuando...

Pero no podía pensar. Estaba demasiado nerviosa.

— ¡Duddits! Duddie, ¿qué...?

— ¡Ama! ¿Dodetá mi fambera? (¡Mamá! ¿Dónde está mi fiambrera?)

En la cocina; ¡pero Duddie, si es de noche! ¡Nieva! No puedes...

El final de la frase era «salir», por descontado, pero se le resistía la palabra. Duddits tenía los ojos tan brillantes, con tanta vida... Quizá Robería hubiera debido alegrarse de verlos tan llenos de luz y de energía, pero lo cierto era que tenía miedo.

— ¡Nececito mi fambera! ¡Nececito mi fambera!

(Necesito mi fiambrera, necesito mi fiambrera.)

—No, Duddits. —Un esfuerzo de firmeza—. Lo que necesitas es quitarte la ropa y volver a la cama. Aparte de eso, no necesitas nada más. Ven, que te ayudo.

Sin embargo, cuando se le acercó su madre, Duddits levantó los brazos y se los cruzó en el pecho, poniéndose la palma de la mano derecha en la mejilla izquierda y la de la mano izquierda en la mejilla derecha. Desde muy pequeño nunca había sabido plantar cara de ninguna otra manera. Solía ser suficiente, y volvió a serlo. Roberta no quería disgustarle otra vez, exponiéndose a otra hemo-rragia; pero tampoco pensaba prepararle comida para la fiambrera de Scooby-Doo a la una y cuarto de la noche. Ni pensarlo.

Retrocedió hacia la cama y se sentó. La habitación estaba caldeada, pero ella tenía frío, a pesar de que llevaba la bata de franela. Duddits bajó los brazos poco a poco y con mirada recelosa.

—Si quieres siéntate —dijo ella—. Pero ¿por qué? ¿Has soñado algo, Duddie? ¿Has tenido pesadillas?

Sí, quizá se tratara de un sueño, pero no de una pesadilla. Habría sido incompatible con aquella cara de ilusión, cara que Roberta acabó reconociendo: era la que había puesto tantas veces en los años ochenta, los años buenos antes de que Henry, Pete, Beaver y Jonesy fueran cada uno por su lado y, en su carrera hacia la vida adulta, llamaran menos a menudo y espaciaran sus visitas, olvidando a la persona que había tenido que quedarse.

Era la mirada de cuando su sentido especial le decía que vendrían a jugar sus amigos. A veces se marchaban todos juntos a Strawford Park o los Barrens. (En principio tenían prohibido ir, pero se saltaban la prohibición a sabiendas tanto de Roberta como de Alfie. Una de sus incursiones les había hecho aparecer en primera plana del periódico.) En ocasiones, Alfie o algún otro padre o madre les lle-vaban al minigolf del aeropuerto, o al parque de atracciones de Newport; en días así, Roberta siempre le metía a Duddits en la fiambrera varios bocadillos, galletas y un termo de leche.

Cree que van a venir sus amigos, pensó. Debe de pensar en Henry y Jonesy, porque dice que Pete y Beav...

De repente, cuando estaba sentada en la cama de Duddits con las manos en el regazo, vio una imagen horrible. Se vio a sí misma abriendo la puerta a las tres de la madrugada, sin querer abrirla pero sin poder evitarlo. Y en lugar de los vivos eran los muertos. Eran Beaver y Pete, que habían vuelto al mismo momento de transición entre la infancia y la pubertad del día en que la habían cono-cido a ella, el día en que habían salvado a Duddie de a saber qué broma de mal gusto y le habían acompañado a casa sano y salvo. En la imagen, Beaver llevaba la chaqueta de motorista de las mil cremalleras, y Pete el jersey de cuello redondo que tanto le gustaba lucir, el que tenía la sigla NASA en el lado izquierdo del pecho. Roberta les vio fríos, pálidos y con unos ojos mates y muy negros, como de cadáver. Vio que Beaver daba un paso hacia ella, pero sin sonrisas, sin saludos. Al tender las manos blancas, manos de estrella de mar, Joe Beaver Clarendon tenía muy claro su objetivo.

«Venimos a buscar a Duddits, señora Cavell. Estamos muertos, y ahora él también.»

Roberta apretó las manos, mientras la recorría un largo escalofrío. Duddits no lo vio; volvía a mirar por la ventana, como esperando algo. Y, muy suavemente, volvió a cantar.

— Cubidú, dondetá...




10




— ¿Señor Gray?

Silencio.

Jonesy, que estaba de pie al lado de la puerta de lo que ahora, con toda claridad, era su despacho, sin ningún rastro del de Tracker Hermanos aparte de la suciedad de las ventanas (la foto de la chica con la falda levantada había sido sustituida por las caléndulas de Van Gogh), se estaba poni-endo nervioso. ¿Qué buscaba el capullo de su secuestrador?

— ¿Dónde está, señor Gray?

Tampoco esta vez hubo respuesta, pero sí la sensación de que volvía el señor Gray... y de que estaba contento. El muy cabrón estaba contento.

A Jonesy no le gustó.

— Oiga —dijo, manteniendo las manos en la puerta de su refugio, y añadiéndoles la frente — , voy a hacerle una propuesta entre amigos. Puesto que ya es medio humano, ¿por qué no se nacionaliza del todo? Yo creo que podemos coexistir. Le haré de guía. El helado está muy bueno, y la cerveza no digamos. ¿Qué le parece?

Sospechó que el señor Gray tenía la tentación de aceptar, como sólo podía tenerla un ser básicamente amorfo cuando le ofrecían una forma. Era una propuesta de cuento de hadas.

Pero no fue suficiente.

Se oyó girar el estárter, y ponerse en marcha el motor de la camioneta.

— ¿Qué, colega, adonde vamos? Eso suponiendo que podamos bajar de la colina, claro.

La única respuesta siguió siendo la sensación inquietante de que el señor Gray había salido en busca de algo... y lo había encontrado.

Jonesy corrió hacia la ventana y tuvo tiempo de ver que los faros de la camioneta recorrían la columna erigida en memoria de las víctimas. Debía de haber transcurrido cierto tiempo, porque la placa había vuelto a taparse.

Lentamente, con precaución y esquivando montones de nieve que ya le llegaban al parachoques, el Dodge emprendió el descenso de la colina.

A los veinte minutos volvían a estar en la autopista en dirección sur.

1 Dick, además de ser un nombre de pila, quiere decir «polla». (N. del T.)

2 Es el estribillo de I am the Walrits, canción de los Beatles. «Soy el hom­bre de los huevos, soy el hombre de los huevos, soy la morsa.» (N. del T.)

3 Simple declaración voluntarista cuyo contenido se reduce a repetir de diferentes maneras «sé que podemos conseguirlo». (N. del T.)

4 Compasión por los grises», imitando el título de la canción de los Rolling Stones. (N. del T.)

5 El señor Rosa. (N. del T.)

6 Vehículo para ir por la nieve, con orugas y cabina para dos ocupantes.

(N. del T.)

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