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sábado, 6 de noviembre de 2010

RESIDENT EVIL TRES -- LA CIUDAD DE LOS MUERTOS -- parte 2ª


R.E. 3
LA CIUDAD DE LOS MUERTOS
2ªparte

Capítulo 12

Ada se quedó sentada sobre el borde de la atestada mesa del despacho del jefe de detectives mientras dejaba descansar sus doloridos pies y miraba sin ver la vacía caja fuerte que se encontraba en una esquina. Se le estaba agotando la paciencia. No sólo no lograba encontrar la muestra del virus-G por ningún lado, sino que además empezaba a pensar que Bertolucci había salido volando de allí. Había registrado la sala de descanso, la oficina de los STARS, la biblioteca... De hecho, estaba más que segura de que había registrado todos los lugares a los que el periodista habría tenido acceso con facilidad, y ya había vaciado dos cargadores completos para ello. No es que le fuera a faltar munición. Lo que la molestaba era la pérdida de tiempo que representaban las balas disparadas: veintiséis proyectiles y ningún resultado positivo, excepto que ahora había una docena más de cadáveres cargados de virus tumbados en el suelo. Y dos de los extraños híbridos de Umbrella...
Ada se estremeció al recordar la deforme y retorcida carne roja y los resonantes aullidos de las estrambóticas criaturas contra las que se había enfrentado en la sala de prensa. Nunca se había preocupado por la avaricia de las corporaciones para las que trabajaba, pero lo cierto es que Umbrella había llegado a realizar experimentos ciertamente inmorales. Trent le había advertido sobre los especímenes del proyecto Tirano, seres que, por suerte, todavía no habían aparecido, pero las criaturas humanoides de extensa lengua y largas garras eran toda una afrenta para su sensibilidad. Por no mencionar el hecho de que eran mucho más difíciles de matar que los humanos infectados. Si aquellos seres eran producto de la experimentación con el virus-T, tendría que mantener los dedos cruzados para que Birkin no hubiera puesto a prueba todavía su última creación. Según le había dicho Trent, la serie G todavía no había sido inyectada a ningún ser vivo, pero se suponía que era el doble de potente que la T...
Ada dejó que su mirada vagara por los alrededores y estudió con la vista la oficina práctica y funcional. No era el lugar más propicio o acogedor para tomarse un descanso, pero al menos estaba bastante libre de manchas de sangre y similares. Además, con la puerta cerrada apenas podía oler a los agentes muertos en la sala principal. Ya estaban bastante muertos cuando ella los había matado del todo, y se encontraban en aquella especie de estado húmedo y sin huesos que, al parecer, precedía al colapso total.
Tampoco es que importe mucho si yo puedo olerlos a ellos. A estas alturas, mi pelo y mis ropas han absorbido el maldito hedor. Y cuando las cosas empiezan a ir mal todo parece ocurrir de repente...
Deseó haberse preocupado por aprender algo más sobre el virus-T en el plano científico. Sabía para qué utilizaban el virus-T, pero no había creído necesario investigar sobre los efectos fisiológico-químicos. ¿Para qué preocuparse, cuando no tenía razón alguna para pensar que Umbrella soltaría toda una carga de aquella mierda en su propia ciudad? Estaba obteniendo un montón de información de primera mano sobre lo bien que funcionaba, pero le hubiera venido bien saber exactamente qué ocurría en la parte del cuerpo y de la mente que resultaban infectadas, qué era lo que convertía a una persona en un devorador de carne sin mente ni razón. En lugar de eso, sólo podía almacenar en su mente la información que iba obteniendo por el camino e intentar adivinar la verdad.
Por lo que había visto, antes de que pasara una hora la persona infectada por el virus se convertía en un zombi. A veces, antes de eso la víctima caía en una especie de coma febril, lo que presumiblemente quemaba ciertas partes de su cerebro y reforzaba la impresión de que se estaban levantando de entre los muertos cuando se alzaban en busca de carne fresca. Los síntomas del ataque del virus eran los mismos para todos, pero no la rapidez con que causaba estragos. Había visto al menos tres casos en los que la víctima se había convertido en una criatura sedienta de sangre a los pocos minutos de ser infectada, en la etapa que ella había empezado a llamar «tener cataratas». Una de las características comunes era que los ojos de todas las víctimas quedaban tapados por una capa de mucosa blanca parecida a la clara de huevo cuando se convertían definitivamente en zombis, y aunque el proceso de putrefacción comenzaba inmediatamente, algunos tardaban más que otros en descomponerse...
¿Y por qué demonios estás pensando en todo eso? Tu misión no incluye buscar una vacuna para esto, ¿verdad?
Suspiró y se agachó para frotarse los dedos de los pies. Aquello último era completamente cierto. De todas maneras, era algo en lo que merecía la pena pensar. Concentrarse en todo momento en permanecer viva era una tarea agotadora y absorbente. No tenía ocasión de considerar todas las circunstancias mientras se dedicaba a limpiar de zombis los pasillos. Estaba con los nervios de punta y necesitaba que su cerebro se despejara un poquito pensando en los aspectos más inquietantes y extraños de la misión.
Y existen algo así como un millar con los que distraerse... Trent, lo que Bertolucci puede o no puede saber... los STARS. ¿Qué demonios le ha ocurrido a todo ese equipo?
Por los artículos que Trent había incluido en el memorándum de información sobre su trabajo sabía que los STARS habían sido suspendidos de empleo y sueldo. Si tenía en cuenta lo que habían estado investigando, no hacía falta ser un genio para imaginarse que Umbrella se había encargado de quitarlos de en medio por descubrir parte, si no toda, su operación con armas biológicas. Probablemente, Umbrella ya se habría ocupado de eliminarlos por completo, eso si ellos no se habían escondido. Se preguntó si Trent había tenido algo que ver con la pequeña desgracia de los STARS, o si había intentado ponerse en contacto con ellos antes de lo ocurrido o después.
De lo que estaba segura era de que él no se lo diría. Trent era un auténtico enigma, sin duda alguna. Sólo había tenido un encuentro cara a cara con él, aunque se había puesto en contacto con ella varias veces antes de que Ada partiera hacia Raccoon City, sobre todo por teléfono. Lo curioso era que, aunque ella se jactaba de su capacidad para saber lo que pensaba y sentía la gente, no había tenido ni la más remota idea de qué era lo que realmente le interesaba a aquel tipo, para qué quería el virus-G o cuáles eran sus conexiones con Umbrella. Era obvio que tenía alguna clase de contacto con ellos, ya que sabía demasiado sobre el funcionamiento interno de la compañía, pero si ése era el caso, ¿por qué no tomaba su puñetera muestra propia y luego se marchaba? Reclutar a un agente exterior era la acción que llevaría a cabo alguien que no quisiese involucrarse, pero ¿involucrarse en qué? No era su deber preguntar por qué...1
Un buen principio para seguir en la vida: a ella no le pagaban por adivinar qué pensaba Trent. La verdad es que dudaba mucho que fuera capaz de adivinarlo aunque le pagaran por hacerlo: jamás había encontrado a nadie que tuviera una capacidad de autocontrol semejante a la de Trent. Cada vez que habían hablado o se habían encontrado, ella había tenido la sensación de que se reía por dentro, como si supiera algún secreto muy divertido sólo conocido por él. Y, sin embargo, no le había parecido arrogante ni prepotente. Era un tipo tranquilo, y su genialidad era tan natural que ella se había sentido un poco intimidada. Puede que ella no supiera sus motivos con precisión, pero había visto aquel tipo de humor calmado: era el rostro del auténtico poder, de una persona con un plan y con los medios para llevarlo a cabo.
Así que, ¿ha estropeado sus planes, cualesquiera que sean, el escape del virus? ¿O estaba preparado para esta contingencia? Puede que no lo haya planeado, pero no creo que la expresión «pillar desprevenido» esté en el vocabulario de Trent...
Ada se reclinó hacia atrás y giró suavemente su cabeza y su cansado cuello antes de bajarse de la mesa y ponerse de nuevo sus incómodos zapatos. Ya había descansado lo suficiente. No podía dedicarle más que unos pocos minutos a sus dolores e incomodidades, y tampoco creía que fuera a averiguar mucho más hasta que se marchase de Raccoon City. Todavía tenía un par de zonas que registrar en busca de Bertolucci antes de dirigirse a las alcantarillas, y había visto que las barricadas de la primera planta no eran tan sólidas como a ella le hubiera gustado. No le apetecía nada ver su camino interrumpido por un nuevo grupo de seres infectados procedentes del exterior.
También existían los pasillos «secretos» del ala este y las celdas de detención más allá del garaje de aparcamiento. Si no lograba encontrarlo en ninguno de esos dos lugares, tendría que admitir que había abandonado la comisaría y centrar sus esfuerzos en recuperar la muestra.
Decidió probar suerte en el sótano en primer lugar. Le parecía poco probable que él hubiera descubierto los pasillos secretos. Por lo que había leído en los informes, ni siquiera era un periodista lo bastante bueno como para encontrar su propio culo. Y si estaba escondido en las celdas de detención o cerca de ellas, no tendría que seguir dando vueltas por la comisaría, a la espera de la inevitable invasión de zombis. La entrada al subsótano se encontraba justo abajo, así que si no surgían complicaciones, podría dirigirse directamente hacia el laboratorio.
Ada salió de la oficina y frunció la nariz por la vaharada a podrido que la asaltó, empujada por el lento rotar de las aspas de los ventiladores del techo. En aquella estancia repleta de mesas tenía que haber unos siete u ocho cuerpos, todos ellos policías, y al menos los tres contra los que ella había disparado estaban ya bastante podridos...
¿No había cinco infectados todavía caminando cuando pasé antes por aquí?
Ada se detuvo un instante en el exterior de la gran estancia y miró de nuevo el estrecho pasillo que comunicaba con la escalera trasera. ¿Habían sido cinco? Sabía que había acabado con un par en su primera visita. Los demás habían sido demasiado lentos como para incomodarla, y ella creía que había visto cinco. Y sin embargo, sólo había tenido que acabar con tres cuando había regresado para tomarse un descanso.
Había chico. Puede que no esté en el mejor momento de mis facultades físicas y mentales, pero todavía sé contar.
No solía dudar de su capacidad para registrar mentalmente aquellos detalles, y el hecho de que se hubiera dado cuenta hacía sólo un minuto era una demostración de lo cansada que estaba. Dos días antes, se hubiera dado cuenta inmediatamente. No tenía forma alguna de saber si los otros cuerpos habían sido acribillados a balazos o simplemente se habían desintegrado por sí solos sin que ella se expusiera al contacto físico: estaban demasiado descompuestos, pero lo mejor era considerar que todavía quedaban unos cuantos supervivientes por el edificio.
Pero no por mucho tiempo, ya sea de un modo u otro...
No importaba si los zombis lograban entrar o no: Umbrella no tardaría mucho en actuar, si no lo había hecho ya. Lo que había ocurrido en Raccoon City era la peor pesadilla de cualquier accionista, y lo que Ada tenía muy claro era que Umbrella no iba a dejar de lado el problema. Probablemente ya habrían planificado un enorme desastre que lo borrara todo y luego le proporcionarían su propia historia a la prensa. También estaba segura de que intentarían recuperar una muestra del virus-G, el último descubrimiento de Birkin, antes de provocar el desastre que tenían preparado, lo que significaba que ella debía tener mucho cuidado. Al parecer, Birkin había mantenido bastante en secreto todo su trabajo, y Trent le había informado de que Umbrella finalmente no tardaría en enviar un equipo para recuperar la muestra, y con Raccoon City convertida en zona de guerra, aquella posibilidad había aumentado sus probabilidades de cumplirse.
Con suerte un equipo formado por miembros humanos. Puedo enfrentarme a eso. Pero con un Tirano... No necesito esas dificultades.
Ada se alejó de la estancia, caminando hacia la puerta cerrada que la llevaría a la escalera hacia el sótano. «Tirano» era el nombre en clave de una serie de investigaciones de Umbrella para obtener un arma biológica orgánicamente compleja, unos experimentos que comprendían las aplicaciones más destructivas del virus-T. Según Trent, los científicos de White Umbrella, los que trabajaban en los laboratorios secretos, habían comenzado las pruebas para crear una especie de sabueso humanoide, diseñado para perseguir un determinado olor o sustancia para el que se lo hubiera programado, todo ello con unas capacidades inhumanas y con un tesón implacable. Un perdiguero Tirano, un ser casi indestructible compuesto por carne podrida y mecanismos implantados de forma quirúrgica, exactamente lo que enviarían para encontrar algo así, por poner un ejemplo, como una muestra del virus-G...
En cuanto encontrara la muestra que quería Trent, saldría pitando de allí y se marcharía con su dinero a alguna playa lejana para beber margaritas2. Y no importaba lo que sintiera o dejara de sentir sobre ese asunto, ni cuántos inocentes habían muerto ni para qué quería Trent la muestra del virus-G. Ése era otro punto en la lista en el que no necesitaba pensar para realizar el trabajo.
Con sus defensas emocionales bien altas, Ada comenzó a bajar hacia el sótano para intentar encontrar al incómodo y problemático periodista.
León se ajustó las cinchas, de pie y delante del saqueado armario del sótano donde se guardaban las armas, mientras intentaba pensar dónde podía estar Claire en esos momentos.
Por lo poco que había podido ver hasta llegar al sótano, la comisaría no era tan peligrosa como había pensado. Hacía frío, apestaba, estaba fatalmente iluminada y había montones de cadáveres por los pasillos, pero no existía tanto peligro como en las calles. No era para dar saltos de alegría, pero se conformaba con lo poco que pudiera sacar de bueno de la situación.
Había matado a dos de sus colegas de uniforme y a una mujer con un uniforme de la patrulla de tráfico completamente hecho jirones en su camino hasta el sótano. A los dos policías les había disparado en la planta superior, y a la mujer fuera del depósito de cadáveres, a unos pocos metros de la pequeña habitación donde se guardaba el armamento de la policía de Raccoon City. Sólo tres zombis desde que había entrado en la comisaría, sin incluir los pocos que había logrado esquivar en las dependencias de los detectives, pero había pasado por encima de al menos una docena de cadáveres y había visto agujeros de balas en la mitad de ellos, justo a través de los ojos o directamente en mitad de la frente. Gracias al número de criaturas «liquidadas» con tanta limpieza y al número de armas que faltaban del armario, León tuvo la esperanza de que Branagh estuviese en lo cierto y de que hubiese supervivientes...
Marvin Branagh... que a estas alturas probablemente estará muerto. ¿Significa, eso que se convertirá en un zombi? Si Umbrella está realmente detrás de todo esto, entonces tiene que ser una especie de plaga o enfermedad. Son una compañía farmacéutica... Pero ¿cómo se contagia? ¿Es algo que se contagia por contacto directo, o sólo con respirar ya puedes...?
León dejó de pensar en eso. El sótano era un lugar fresco y húmedo, pero la sola idea de que podría infectarse con la enfermedad de los zombis lo hizo sudar. ¿Qué pasaba si toda Raccoon City todavía era zona de contagio y él había enfermado sólo con entrar en ella en el coche? Las atestadas estanterías del almacén parecieron echarse ligeramente sobre él, en un repentino ataque de ansiedad de proporciones épicas.
Sin embargo, antes de que el pánico tuviera siquiera tiempo de asentarse, una voz en su mente le recordó la realidad, y con ella llegó su aceptación, lo que le permitió dejar pasar de largo el miedo y el temor.
Si estás enfermo, estás enfermo. Puedes pegarte un tiro en la boca antes de llegar a ponerte realmente malo. Si no estás enfermo, tal vez sobrevives para contarles a tus nietos lo que está sucediendo. De todas maneras, probablemente ya no puedes hacer nada... excepto intentar comportarte como un buen policía.
León asintió suspirando. Ese plan era mejor que quedarse allí preocupándose de forma inútil, y ahora tenía el equipo necesario para llevarlo a cabo con mayores probabilidades. Alguien había abierto a balazos el cerrojo electrónico del depósito de armas, lo que le había ahorrado la necesidad de buscar la tarjeta de acceso o tener que abrirla a balazos él mismo. Era bastante obvio que la puerta exterior había sido forzada: los cerrojos y el tirador de la puerta estaban prácticamente destrozados. Había quedado desilusionado después del primer registro que había efectuado en el lugar, aunque lo más correcto sería decir descorazonado. No quedaba absolutamente ninguna pistola, y muy poca munición en los mellados cajones, pero al menos había encontrado una caja entera de cartuchos de escopeta y, después de una segunda y mucho más desesperada búsqueda, había descubierto una escopeta del calibre 12 oculta detrás de un montón de cajas. También vio un par de arneses de hombro para la Remington que acababa de encontrar, que todavía estaban colgados en la pared de enfrente, además de un cinturón de trabajo con una capacidad aún mayor que el que llevaba puesto. Incluso encontró una pequeña bolsa de cadera con capacidad suficiente para meter todos los cargadores de su Magnum.
Dio un apretón final al arnés y decidió que lo mejor era buscar en primer lugar en los lugares más obvios: cada uno de los pasillos que comunicaban con cada entrada. Regresaría en primer lugar a la sala de entrada, buscaría algo donde dejar un mensaje y...
¡Bam!¡Bam!¡Bam!
Unos disparos, y cercanos. El eco le indicó que se habían producido en el garaje que se encontraba justo al otro lado de donde él estaba. León desenfundó la pistola de un tirón y corrió hacia la puerta, donde perdió unos segundos preciosos forcejeando con el destrozado tirador.
El lugar estaba despejado, con excepción de la policía de tráfico muerta que se hallaba a la derecha, justo delante tenía la entrada al garaje, y León se apresuró a acercarse, recordándose a sí mismo que debía tener cuidado y avanzar con precaución para evitar que alguien armado con una pistola y completamente enloquecido por el temor le abriera un agujero de bala.
Poco a poco, echa un buen vistazo antes de seguir adelante, identifícate con claridad...
La puerta, en la pared de la derecha, estaba abierta de par en par, y cuando León asomó la cabeza por un momento, con el cuerpo protegido por la pared de hormigón, vio algo que lo sorprendió tanto que se olvidó por completo de que allí había alguien armado con una pistola. El perro. Es el mismo maldito perro.
Era imposible y, sin embargo, el animal tendido sin vida en el suelo en mitad del lugar repleto de coches tenía exactamente el mismo aspecto. Incluso con la breve visión que había tenido de él, el demonio con forma canina de aspecto pegajoso y con una piel húmeda, que había estado a punto de provocarle un accidente a diez kilómetros de la ciudad, podría ser de la misma camada que el que tenía delante. Bajo las chasqueantes luces de las bombillas fluorescentes que iluminaban el frío garaje lleno de manchas de aceite, León advirtió lo anormal que era ese perro.
No parecía haber nada en movimiento, y no se oía nada excepto el zumbido de las bombillas, así que León entró en el garaje, sin dejar de empuñar su Magnum, decidido a echarle un vistazo más detenido a la criatura... cuando vio un segundo perro al lado de un coche patrulla aparcado, tan muerto al parecer como el primero. Ambos estaban tendidos sobre pegajosos charcos de su propia sangre, con los miembros despellejados despatarrados.
Umbrella. Los ataques de los animales salvajes, la enfermedad... ¿Cuánto tiempo lleva toda esta mierda ocurriendo? ¿Y cómo lograron mantenerlo oculto después de todos aquellos asesinatos?
Lo que más lo confundía era el hecho de que Raccoon City no estuviese ya llena hasta los topes con el equipo de los servicios de apoyo. Puede que Umbrella hubiese sido capaz de mantener oculta su relación con los asesinatos «caníbales», pero ¿cómo habían podido impedir que los ciudadanos de Raccoon City llamasen para pedir ayuda al exterior de la ciudad?
Y ahora estos perros, como fotocopias el uno del otro... ¿quizás otra cosa que los de Umbrella han creado en sus laboratorios?
Frunciendo el entrecejo, dio otro paso hacia las criaturas parecidas a perros, sin gustarle ni un pelo las teorías de la conspiración que se estaban formando en su cabeza, pero sin ser capaz de desecharlas. Lo que le gustó aún menos fue el aspecto de las manchas de aceite que había en el suelo de cemento: tenían un color rojo oxidado, y había demasiadas como para poder contarlas. Se agachó para echar un vistazo desde más cerca, y estaba tan concentrado en no confirmar la terrible y creciente sospecha, que no oyó el disparo hasta que la bala pasó silbando a escasos centímetros de su cabeza.
¡Bam!
León se giró hacia la izquierda mientras levantaba la Magnum y gritaba, todo al mismo tiempo...
¡No dispare!
Entonces vio que quien disparaba bajaba su arma. Era una mujer con un vestido rojo corto y unas medias negras que estaba de pie al lado de una furgoneta aparcada al lado de la pared más alejada. Comenzó a andar hacia él, contoneando sus bien formadas caderas, con la cabeza bien alta y los hombros echados hacia atrás, como si se encontrara en una fiesta de copas.
León sintió una momentánea oleada de ira al ver que mostraba tanta calma aun después de estar a punto de matarlo... pero, en cuanto ella estuvo un poco más cerca, descubrió que estaba más que dispuesto a perdonarla. Era preciosa, y mostraba una expresión de alegría genuina al verlo. Era una visión maravillosa después de ver tanta muerte.
Lo siento mucho —se disculpó—. Cuando vi el uniforme, pensé que era otro de esos zombis.
De rasgos asiáticos, era bastante alta aunque de huesos delicados, y su pelo corto y espeso lanzaba unos atractivos destellos negros. Su voz profunda y melodiosa era casi un ronroneo, lo que provocaba un extraño contraste con el modo en que lo miraba. La ligera sonrisa en sus labios no parecía estar reflejada en sus ojos almendrados, que parecían estudiarlo a fondo.
¿Quién es usted? —preguntó León.
Ada Wong.
Aquel ronroneo de nuevo. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado, sin dejar de sonreír en ningún momento.
Me llamo León Kennedy —dijo por puro reflejo, sin saber qué decir o por dónde empezar—. Yo... ¿Qué está haciendo aquí abajo?
Ada señaló con un gesto de la barbilla la furgoneta que estaba a su espalda, un vehículo para el transporte de prisioneros de la policía de Raccoon City que estaba obstruyendo el paso a la zona de las celdas para detenidos.
Vine a Raccoon City en busca de un hombre, un periodista llamado Bertolucci. Tengo razones para pensar que está en una de esas celdas de ahí atrás, y creo que puede ayudarme a encontrar a mi novio... —su sonrisa se desdibujó un poco mientras fijaba su mirada electrizante en los ojos de León—. También creo que sabe todo lo que ha pasado aquí. ¿Me ayudará a mover la furgoneta?
León estaba más que dispuesto a ayudarla si así podía conocer a ese periodista encerrado al otro lado de la pared, sobre todo porque podría contarles qué había ocurrido. No estaba seguro de cómo tomarse la historia de Ada, pero tampoco podía imaginarse ningún motivo por el que ella tuviera que mentir. La comisaría no era un lugar seguro, y estaba buscando supervivientes, exactamente lo mismo que él estaba haciendo.
Sí, claro —le contestó, sintiéndose un poco desconcertado por su forma tan directa de hablarle, aunque fuera de un modo tan suave y tan dulce. Tenía la sensación de que ella había tomado el control de su encuentro, mediante alguna manipulación sutil pero deliberada que la había puesto al mando... y, por el modo tan desenfadado y despreocupado con el que se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la furgoneta, como si estuviese segura por completo de que él la seguiría, León se dio cuenta de que ella lo sabía de sobra.
No seas paranoico. También existen mujeres de carácter fuerte. Y cuanta más gente podamos encontrar, de más ayuda dispondré para encontrar a Claire.
Quizás había llegado el momento de dejar de hacer planes y de mantenerse a la expectativa. León enfundó su pistola y la siguió, con la esperanza de que el periodista estuviera donde Ada creía y de que todo comenzara a tener sentido de una vez.

Capítulo 13

Sherry Birkin se había marchado, desapareciendo a través del túnel de ventilación, y Claire no cabía de ninguna manera en aquel estrecho conducto, por lo que no pudo ir detrás de ella. Fuese lo que fuese lo que había lanzado aquel grito espeluznante que había aterrorizado tanto a Sherry, no había aparecido, pero la chiquilla ya no estaba, y quizá todavía se encontraba gateando frenéticamente en algún oscuro y polvoriento túnel. Al parecer, llevaba escondida cierto tiempo al lado del conducto del aire. Claire encontró envoltorios de chocolatinas y una manta vieja debajo de la abertura, en el patético escondite situado detrás de las tres armaduras que estaban de pie.
Claire se apresuró a regresar a la oficina de Irons en cuanto se dio cuenta de que Sherry no iba a regresar. Tenía la esperanza de que quizás él le pudiera indicar dónde terminaba en túnel de ventilación... pero Irons había desaparecido, junto con el cuerpo de la hija del alcalde.
Claire se quedó allí, de pie en mitad del despacho del jefe de policía, vigilada por los ojos de cristal de expresión vacía de las morbosas piezas de decoración, y por primera vez desde que llegó a la ciudad se sintió realmente insegura con respecto a lo que debía hacer a continuación. Había comenzado todo aquello para encontrar a Chris, una preocupación que se había transformado en esquivar zombis, seguir pegada a León y evitar todo posible contacto innecesario con el macabro jefe de policía Irons, por ese preciso orden. Pero en algún punto entre el momento en que encontró a aquella chiquilla y el instante en que había oído aquel estremecedor aullido, sus prioridades habían cambiado de forma repentina y completa. Una niña se había visto atrapada en aquella pesadilla, una criatura dulce y pequeña que creía que un monstruo la estaba persiguiendo.
Y que quizás existe de verdad. Si tu mente puede aceptar que existen zombis en Raccoon City, ¿por qué no un monstruo? Demonios, ¿por qué no ya vampiros o robots asesinos?
Quería encontrar a Sherry, pero no sabía por dónde empezar. También quería encontrar a su hermano mayor, pero tampoco tenía ni idea de dónde podía encontrarlo... y empezaba a preguntarse si él realmente tendría alguna idea de lo que había ocurrido en Raccoon City.
Él había evitado responder a sus preguntas sobre el motivo de la suspensión de los STARS la última vez que había hablado con él. Chris le había insistido en que no había nada por lo que preocuparse, que su equipo y él se habían enfrentado con ciertos problemas de índole política en la oficina y que habían salido malparados, pero que todo se iba a arreglar. Ella ya se había acostumbrado a sus manías protectoras, pero cuando lo recordó de nuevo, ¿no era más bien que había sido muy evasivo? Y los STARS habían estado investigando los asesinatos caníbales, así que tampoco era necesario ser un genio para relacionar aquello con toda la actividad devoradora de carne que se estaba desarrollando por aquellos alrededores...
Y eso significa... ¿qué? ¿Qué significa? ¿Que Chris y sus compañeros habían descubierto algún plan malvado y me lo estaba ocultando?
No tenía ni idea. Lo único que sabía era que no creía que él estuviera muerto, y que su plan de encontrar a Chris o a León había quedado en segundo plano frente a su necesidad de encontrar a Sherry. Por mala que fuera la situación, Claire disponía de unas cuantas defensas: tenía un arma, tenía cierta madurez emocional y, después de casi dos años de carreras de diez kilómetros diarias, estaba en una excelente forma física. Sin embargo, Sherry Birkin no podía tener más de once o doce años, a lo sumo, y parecía frágil, en todos los sentidos de la palabra, desde su pelo rubio lleno de polvo y suciedad hasta la desesperada ansiedad de sus grandes ojos azules. La chiquilla había despertado todos los instintos protectores de Claire y...
¡Thump!
Una vibración pesada y hueca recorrió todo el techo de la estancia e hizo temblar la gran lámpara del despacho de Irons. Claire miró instintivamente hacia arriba mientras empuñaba su pistola con más fuerza por puro reflejo. No se veía nada más que madera y escayola, y el sonido no se repitió.
Algo en el tejado... ¿pero qué demonios puede haber causado un ruido como ése? ¿Un elefante aterrizando en paracaídas?
Quizá se trataba del monstruo de Sherry. El feroz rugido que había oído en la sala de exposiciones de armaduras había llegado a través del conducto de ventilación o de la chimenea, así que había sido imposible determinar su punto de origen, pero perfectamente podía haber sido el tejado. Claire no estaba muy dispuesta ni muy deseosa de encontrarse cara a cara con el ser que había lanzado aquel aullido, pero Sherry estaba segura de que la criatura la estaba siguiendo...
¿Así que si encuentras al que aúlla, encuentras a Sherry? No es mi ideal de un plan perfecto, pero no tengo mucho donde escoger en este momento. Puede que sea el único modo de encontrarla...
O quizás era Irons el que estaba allí arriba. A pesar del mal sabor de boca que le había dejado su encuentro con él, lamentaba no haber intentado sacarle algo más de información. Loco o no, no le había parecido estúpido. Puede que no fuera tan mala idea encontrarse de nuevo con él, al menos para hacerle unas cuantas preguntas sobre el sistema de ventilación.
No sabría nada hasta que se pusiese en movimiento. Claire se dio la vuelta y salió por la puerta del despacho que daba al pasillo exterior, donde había apagado el incendio provocado por la colisión del helicóptero. El humo se había disipado en el pasillo de al lado, y aunque el aire todavía estaba caliente, ya no era el calor de un incendio en toda regla. Al menos, con aquello había tenido éxito...
Claire regresó al pasillo principal, esquivando con la mirada lo que quedaba del cadáver del piloto, cuando...
¡Crraaaacc!
Se detuvo en seco al oír un tremendo crujido provocado por una gran superficie de madera al astillarse, seguido por los pasos pesados de alguien que debía ser enorme y que estaba atravesando el pasillo que había más allá de la siguiente esquina. Todos los ruidos tenían un matiz deliberado y atronador.
El tío debe de pesar una tonelada, y... Oh, Dios, dime que no era el ruido de una puerta al ser arrancada de cuajo...
Claire miró rápidamente hacia atrás, hacia el pequeño pasillo que llevaba de vuelta al despacho de Irons, con todos sus instintos gritándole que echara a correr al mismo tiempo que su parte racional le recordaba que aquella ruta de escape no tenía salida, por lo que su cuerpo se quedó paralizado entre ambas reacciones contrapuestas...
Y justo en ese instante, apareció el hombre más grande que jamás hubiera visto, ante su atónita mirada, medio oculto por las escasas volutas de humo que quedaban en el pasillo. Estaba vestido con un largo abrigo de color verde oliva, como los del ejército, que resaltaba su enorme tamaño. Era tan alto como una de las estrellas de la liga de baloncesto... No, era más alto, pero su cuerpo era proporcionado, por lo que su tamaño era enorme. Pudo ver un gran cinturón de trabajo alrededor de su cintura, y aunque no distinguió arma alguna, sintió la violencia que emanaba de él en oleadas invisibles. Vio su cara de tez blancuzca y enfermiza, su cráneo sin cabello... y de repente, Claire estuvo segura de que aquello era realmente un monstruo, un asesino con puños cubiertos de guantes negros, puños tan grandes como una cabeza humana normal.
¡Dispara! ¡Dispárale!
Claire le apuntó, pero dudó por un segundo, temiendo cometer un terrible error... hasta que aquello dio un largo paso hacia ella con sus piernas como troncos y oyó el crujir de la madera astillándose bajo sus grandes botas como las del monstruo de Frankenstein, y vio sus ojos negros rodeados de rojo. Eran como pozos repletos de lava rodeados por un peñasco blanco desigual, sin expresión pero con capacidad de ver. Su mirada se encontró con la de ella... y alzó un tremendo puño: la amenaza era inconfundible.
Dispara-dispara-dispara...
Apretó el gatillo una, dos veces, y vio los impactos: un trozo de la solapa de su abrigo saltó en pedazos cuando la bala se hundió debajo de su garganta y un poco hacia un lado, y el segundo proyectil atravesó por completo un lado de la garganta...
El monstruo dio otro paso sin que apareciera el menor rastro de emoción en sus rasgos tallados en piedra, con el puño todavía en alto, en busca de un objetivo, con la intención de aplastarlo...
El agujero negro y humeante en su garganta no estaba sangrando. ¡Oh, mierda!
Claire sintió un acelerón en su cuerpo debido a la descarga de adrenalina provocada por el terror y apuntó la pistola hacia el corazón de la criatura. Apretó el gatillo una y otra vez mientras el gigante daba otro paso avanzando hacia la lluvia de proyectiles sin ni siquiera pestañear...
Claire perdió la cuenta de los disparos, incapaz de creer que siguiera avanzando hacia ella, que estuviera a menos de tres metros mientras los proyectiles se estrellaban contra su mastodóntico pecho...
La pistola se quedó sin balas, justo en el momento en que el monstruo dejó de dar sus enormes pasos y comenzó a bambolearse como un enorme tronco mecido por el viento. Claire sacó otro cargador de su chaleco sin apartar la vista del oscilante monstruo y manoteó intentando meterlo en la pistola mientras su cerebro procuraba darle un nombre a aquel aborto andante.
Terminator, el monstruo del doctor Frankenstein, el Doctor Malvado, el Señor X...
Fuese lo que fuese, las más de siete balas semiperforantes que habían atravesado su pecho habían cumplido su misión.
La tremenda criatura cayó poco a poco y en silencio hacia la derecha, desplomándose contra una pared ennegrecida por el humo. Se quedó allí, medio reclinada, sin caer tumbada, pero sin moverse más tampoco.
Ha caído en un ángulo raro, eso es todo, pero está muerto, sólo se ha quedado así por su propio peso...
Claire no se acercó y mantuvo su arma apuntada hacia el gigante inmóvil. ¿Había sido él quien había gritado de esa manera? No lo creía, a pesar de su aspecto inhumano y poderoso. No era el demonio furibundo y primitivo que debía haber lanzado aquel grito en su búsqueda de sangre. Este ser era más bien una máquina sin alma, una carne sin sangre que podía hacer caso omiso al dolor... o aceptarlo sin problemas.
Ya está muerto, así que ya no importa—susurró Claire, tanto para tranquilizarse a sí misma como para cortar la interminable sucesión de pensamientos sin sentido.
Tenía que pensar, que averiguar qué era aquello... Eso no era alguna especie de zombi mutante, así que ¿qué demonios era? ¿Por qué no había caído antes? Casi había vaciado un cargador completo... ¿Habría alguien oído los disparos? ¿Quizá Sherry, o Irons, o incluso León? Quizás alguno de ellos o cualquiera que estuviese rondando todavía por la comisaría los habría oído y se acercaría para saber quién era. ¿Debería quedarse allí?
La criatura a la que ella ya había comenzado a llamar como el Señor X ya no respiraba, y su musculoso cuerpo estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el rostro inerte como la máscara de la muerte. Claire se mordió el labio inferior mientras contemplaba a la increíble criatura medio apoyada en la pared e intentaba pensar en algo con claridad en mitad de sus aterradas sensaciones... cuando vio que sus ojos se abrían, sus brillantes ojos negros y rojos. Sin mostrar gesto alguno de esfuerzo o dolor, el Señor X se inclinó hacia atrás para recuperar el equilibrio y ponerse en pie, bloqueando todo el pasillo y levantando de nuevo sus gigantescas manos...
Con un tremendo movimiento, balanceó los brazos y sus puños atravesaron velozmente el aire, pasando a escasos centímetros de ella justo cuando trastabillaba dando un paso atrás. El impulso fue suficiente para que sus dos manos atravesasen la pared en la que había estado apoyada momentos antes. El impacto hizo que los dos puños se enterrasen y sus brazos quedasen atascados en la madera y la escayola hasta los codos.
Mi cuerpo, podría haber sido MI cuerpo...
Si huía hacia la oficina de Irons, quedaría atrapada. Sin pensarlo dos veces, Claire echó a correr hacia el Señor X, pasando como una exhalación a su lado, y su brazo llegó a rozar su abrigo, con su corazón perdiendo un latido cuando el tejido rozó su piel.
Siguió corriendo, dobló a la izquierda y atravesó lo que quedaba de pasillo cargado de humo, intentando recordar qué había detrás de la sala de espera, intentando no oír los inconfundibles ruidos de movimiento a su espalda cuando el Señor X sacó de un tirón sus brazos de la pared. Dios, ¿qué es ESO?
Claire llegó a la sala de espera y cerró la puerta tras de sí de golpe mientras seguía corriendo y decidió que ya lo pensaría más tarde. Corrió, sin dejar de pensar en otra cosa que no fuera cómo lograr correr con mayor rapidez aún.
Ben Bertolucci estaba oculto en la última celda de la habitación más alejada del garaje, metido en un pequeño camastro de metal y roncando con fuerza. Ada mantuvo la expresión de su cara cuidadosamente neutral y dejó que León lo despertara. No quería parecer ansiosa por hablar con él, y si algo había aprendido en sus relaciones con los hombres era que siempre resultaba más fácil manejarlos si creían que estaban al mando. Ada miró a León con una paciencia que en realidad no sentía y esperó.
Habían registrado una perrera vacía y un sinuoso pasillo de cemento antes de encontrarlo, y aunque el aire estancado apestaba a sangre y a podredumbre, no habían tropezado con ningún cuerpo, lo que era extraño, si se tenía en cuenta la matanza que, ella sabía, se había producido en el garaje. Pensó en preguntarle a León si él sabía lo que había pasado, pero luego decidió que cuanto menos hablara, mejor. No tenía sentido que él se acostumbrara a que ella estuviera cerca. Había visto un portillo de acceso a las zonas inferiores en una de las perreras, con una reja oxidada y en un rincón oscuro, y se había sentido más tranquila después de ver una palanqueta en un armario abierto cercano. Cuando por fin había visto a Bertolucci roncando delante de ellos, pensó que por fin la situación empezaba a estar bajo control.
Déjame adivinar —dijo León en voz bien alta, mientras extendía la mano para golpear los barrotes de metal con la culata de su pistola—. Tú debes de ser Bertolucci, ¿verdad? Levántate, ahora.
Bertolucci gruñó y se levantó lentamente para quedarse sentado por último mientras se frotaba la barba sin afeitar de varios días. Ada resistió la tentación de sonreír al verlo con aquel aspecto tan horrible, con las ropas completamente arrugadas y su lacia coleta despeinada, mirándolos a ella y a León con el entrecejo fruncido y el aspecto de estar algo confuso.
Pero todavía lleva puesta su corbata. El pobre idiota probablemente piensa que le da más apariencia de periodista.
¿Qué queréis? Estoy intentando dormir.
Parecía malhumorado, y Ada tuvo que contener de nuevo una sonrisa. Se lo merecía por ser tan difícil de encontrar.
León la miró, también con aspecto de estar un poco confundido.
¿Es éste el tipo que buscas?
Ella asintió, y de repente se dio cuenta de que León probablemente creía que Bertolucci era un preso. La conversación disiparía rápidamente aquella idea, pero ella no quería que León supiera más de lo necesario, de modo que tendría que escoger con cuidado sus palabras.
Ben —dijo mientras imprimía sus palabras con un ligero tono de desesperación—. Les dijiste a los agentes que sabías lo que estaba ocurriendo en la ciudad, ¿verdad? ¿Qué les dijiste?
Bertolucci se puso en pie y se quedó mirándola, frunciendo los labios.
¿Y quién demonios eres tú?
Ada hizo caso omiso del comentario y subió un grado su tono de desesperación, pero sólo un poco. No quería pasarse en su actuación como hembra indefensa: aquello no pegaba nada con el hecho de que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo.
Estoy intentando encontrar a... a un amigo mío, John Howe. Trabajaba en una oficina de Umbrella con sede en Chicago, pero desapareció hace unos cuantos meses, y me han dicho que estaba aquí, en esta ciudad...
Dejó la frase en el aire, observando con detenimiento la expresión de Bertolucci. Estaba claro que sabía algo, pero ella no creía que lo fuera a soltar con tanta facilidad.
No sé nada de nada —repuso con un tono de voz gruñón y áspero—. Y aunque lo supiera, ¿por qué iba a decírtelo?
Muy original. Si el poli no estuviese aquí estorbando, probablemente le dispararía aquí mismo y ahora.
La verdad es que ella sabía que en realidad no lo haría. No le gustaba matar por matar o por pura diversión, y pensaba que probablemente obtendría toda la información que necesitaba con alguno de sus métodos más persuasivos: si sus considerables encantos femeninos no funcionaban, siempre le quedaba el recurso del tiro en la rodilla. Por desgracia, no podía hacer nada con el agente León por allí cerca. No había planeado su encuentro, pero, por el momento, no le quedaba más remedio que permanecer a su lado.
Era bastante obvio que al agente de policía no le había gustado ni un pelo la respuesta de Bertolucci.
Bueno, yo voto por que lo dejemos aquí dentro —dijo con voz molesta, dirigiéndose a Ada pero sin dejar de mirar a Bertolucci con un gesto de irritación más que evidente.
Bertolucci sonrió a medias mientras metía una mano en uno de sus bolsillos y sacaba un manojo de llaves plateadas: las llaves de las celdas en su correspondiente llavero circular. Ada no se sorprendió, pero León pareció aún más cabreado.
Por mi bien —dijo Bertolucci con aire satisfecho—. De todas maneras, no pienso abandonar esta celda. Es el lugar más seguro de todo el edificio. Por ahí rondan otros seres que no son zombis, podéis creerme.
Por el modo en que lo dijo, Ada pensó que probablemente tendría que matarlo de todas maneras. Las instrucciones de Trent habían sido muy claras: si Bertolucci sabía algo sobre el trabajo de Birkin con el virus-G, debía eliminarlo. No conocía el motivo exacto, ni siquiera estaba segura de sospecharlo, pero ésa era su misión. Si lograra quedarse unos cuantos momentos a solas con él, podría asegurarse de cuánto sabía realmente.
La cuestión era, ¿cómo lograrlo? No quería tener que dispararle a León. Por regla general, no mataba a gente inocente y, además, le gustaban los policías. No es que fueran necesariamente el tipo de personas más inteligentes con las que se había encontrado, pero cualquiera que aceptara un trabajo en el que era necesario poner la propia vida en juego merecía su respeto. Y, para colmo, tenía buen gusto por lo que se refería al armamento: la Desert Eagle era una elección excelente, una de las mejores de su lista...
Así que, ¿por qué lo racionalizas todo? Si lo despisto y luego regreso no significa que me esté volviendo blanda...
¡Raaaarghaaahggg!
Un aullido inhumano y repleto de violenta ferocidad resonó en el tenso silencio. Ada se giró inmediatamente con la Beretta en alto, apuntando hacia la puerta que llevaba a la salida a través de la zona de celdas vacías. Fuese lo que fuese, era algo que estaba en el sótano...
¿Qué ha sido eso? —preguntó León a su espalda con un susurro.
Ada deseó conocer la respuesta. El eco todavía resonante del aquel feroz aullido no se parecía a nada que hubiese oído antes en toda su vida... y nada para lo que ella estuviera preparada para oír, aun sabiendo como sabía en qué consistían los experimentos de Umbrella.
Como ya he dicho antes, no pienso abandonar esta celda —repitió Bertolucci, con voz ligeramente temblorosa—. ¡Ahora, largaos antes de que atraigáis a lo que sea eso hasta mí!
Cobarde rastrero...
Mira, es posible que yo sea el único policía que queda con vida en este edificio —le dijo León.
Algo en la mezcla de miedo y fuerza en el tono de su voz hizo que Ada mirara hacia atrás, hacia él. La mirada del agente estaba fija en Bertolucci, y sus ojos azules mostraban una expresión dura y aguda.
Así que si quieres seguir con vida, tendrás que venir con nosotros.
Olvídalo —respondió Bertolucci con brusquedad—. Me quedaré aquí hasta que lleguen los refuerzos... y, si sois listos, haréis exactamente lo mismo.
León meneó lentamente la cabeza.
Pueden pasar días antes que llegue nadie, así que nuestra mejor oportunidad de sobrevivir es encontrar un modo de salir de Raccoon City. Y ya has oído ese aullido. ¿De verdad quieres recibir una visita de esa criatura?
Estaba impresionada: alguna de las criaturas más monstruosas creadas por Umbrella estaba cerca de ellos en ese instante, y León estaba intentando salvar el despreciable pellejo del periodista.
Me arriesgaré —dijo Bertolucci—. Buena suerte en lo de salir. Vais a necesitarla...
El desastrado periodista se acercó hasta los barrotes y paseó su mirada del uno al otro mientras se pasaba la palma de la mano por el grasiento cabello.
Escuchad —dijo con voz más amable—. Existe una perrera en la parte trasera del edificio que tiene un portillo de acceso. Podéis llegar hasta las alcantarillas desde allí. Probablemente es el modo más rápido de salir de la ciudad.
Ada suspiró en su interior. Estupendo: se acabó su ruta secreta de acceso a los laboratorios de Umbrella. Si dejaba atrás a León y lo despistaba, sólo tardaría cinco minutos en encontrarla de nuevo.
Siempre puedes matarlo, si no queda más remedio. También puedes despistarlo en el interior de las alcantarillas y regresar luego por Bertolucci mientras él te despeja el camino.
A diferencia de Bertolucci, no quería ver ni de lejos a la criatura que había lanzado aquel aullido espantoso, y ahora que sabía que el periodista no se iba a mover de allí, el siguiente paso lógico era despistar al policía.
Hay que ver las cosas que llego a hacer para evitar inútiles derramamientos de sangre...
Muy bien, voy a comprobarlo —dijo, y, sin esperar la respuesta de León, se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta.
¡Ada! ¡Ada! ¡Espera!
Ella hizo caso omiso de sus gritos y pasó corriendo al lado de los calabozos hasta llegar al frío garaje, aliviada al ver que el pasillo todavía estaba despejado, y también sintiéndose un poco nerviosa por su repentina resistencia a simplificar la situación. El asunto sería mucho más fácil si se limitaba a eliminarlos a ambos. Era una decisión que habría tomado sin dudarlo ni un segundo si las circunstancias hubieran sido diferentes, pero estaba harta de ver tanta muerte, harta y cansada y asqueada con Umbrella por lo que habían llegado a realizar. No iba a matar al policía a menos que no le quedara más remedio.
¿Y qué ocurriría si llegaba a tener que hacerlo? ¿Y si se daba el caso de que tuviera que elegir entre la vida de un inocente y el éxito de su trabajo?
El solo hecho de estar haciéndose aquella pregunta le indicaba más sobre su estado mental de lo que estaba dispuesta a admitir. Llegó a la puerta de la perrera e inspiró profundamente, expulsando todo rastro de duda de su mente. Entró en las alcantarillas para esperar a León Kennedy.

Capítulo 14

Era tan bella... Incluso muerta, Beverly Harris estaba radiante, pero Irons no podía arriesgarse a que se despertara mientras él no estaba mirando. Dobló con mucho cuidado su cuerpo y lo metió en el armario de piedra que había debajo del lavadero. Lo cerró con el pestillo mientras se prometía a sí mismo que volvería más tarde a por ella en cuanto tuviera tiempo. Ella sería el animal más exquisito que jamás hubiera transformado, eternamente perfecta en cuanto la hubiera preparado de la manera adecuada. Era un sueño hecho realidad. Si tengo tiempo. Si me queda tiempo.
Sabía que estaba compadeciéndose de sí mismo de nuevo, pero no había nadie más con quien desahogarse, nadie que se diera cuenta de la enorme magnitud de todo lo que había sufrido. Se sentía fatal, triste y furioso y solo, pero también sentía que por fin la situación se había aclarado de forma definitiva. Él se había dado cuenta, por fin se había dado cuenta de por qué lo perseguían, y aquel conocimiento le había permitido concentrarse. Por deprimente que fuera la verdad, al menos ya no estaba perdido.
Umbrella. Una conspiración de Umbrella para destruirme, en eso ha consistido todo esto...
Irons se sentó en la desgastada y manchada mesa del Santuario, su lugar privado y especial, y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la joven viniera a por él. Aquella que tenía aquel cuerpo tan atlético, aquella que se había negado a darle su nombre. En cierto modo, ella era la responsable de la claridad mental que acababa de encontrar. Se trataba de una ironía que no podía evitar apreciar: había sido su repentina aparición la que le había proporcionado una visión de la verdad.
Ella lo encontraría, por supuesto. Era una espía de Umbrella, y era bastante obvio que Umbrella llevaba mucho tiempo vigilándolo. Probablemente tenían listas de todo lo que poseía, tomos enteros de informes de resultados psicológicos, incluso copias de sus cuentas bancarias. Todo tenía sentido ahora que había dispuesto de un poco de tiempo para pensar. Él era el hombre más poderoso de todo Raccoon City, y Umbrella había planeado su caída hasta el más mínimo detalle, había programado cada golpe bajo para causarle la mayor agonía posible.
Irons se quedó mirando sus tesoros, sus herramientas y sus trofeos dispuestos en las estanterías que tenía frente a él, pero no sintió el orgullo habitual que le inspiraban. Todos aquellos huesos pulidos eran simplemente algo que mirar mientras su mente funcionaba, absorbido como estaba por la traición de Umbrella.
Unos cuantos años antes, cuando había comenzado a aceptar dinero para cerrar los ojos ante los delitos de la compañía, todo había sido diferente. En aquel entonces, todo lo había basado en la política, en encontrar su hueco en la estructura del poder que realmente controlaba Raccoon City. Y todo había funcionado a la perfección durante mucho tiempo: su carrera había progresado, había logrado el respeto de los demás funcionarios y de los ciudadanos por igual, y sus inversiones habían dado fruto en la mayoría de los casos. La vida había sido completamente maravillosa.
Y entonces apareció Birkin. William Birkin, la neurótica de su mujer y la bastarda de su hija.
Después del escape del virus en la mansión Spencer, casi se había convencido de que los STARS y el maldito capitán Wesker habían sido los causantes de todos los problemas, pero ahora veía con mayor claridad que había sido la llegada de Birkin y de su familia, hacía ya casi un año, lo que había dado comienzo a su racha de mala suerte, la destrucción de la mansión Spencer sólo había precipitado la situación. Era muy probable que Umbrella lo hubiera estado vigilando desde el día que conoció a Birkin. Al principio, sólo lo habían vigilado: observándolo, instalando micrófonos y cámaras. Los espías habrían llegado más tarde...
Los Birkin habían llegado a Raccoon City para que William hallara una síntesis superior del virus-T, basándose en las investigaciones que se habían llevado a cabo en los laboratorios de la mansión Spencer. William era a veces muy peculiar y muy desagradable, pero desde el principio le cayó bien a Irons. William había sido el chico prodigio de Umbrella, pero, al igual que Irons, no era del tipo de persona que se vanagloriaba de su posición. William era un hombre humilde, interesado sólo en llevar a su máxima capacidad todo su potencial intelectual. Ambos habían estado demasiado ocupados para desarrollar una amistad profunda, pero habían sentido un respeto mutuo. A menudo, Irons se había percatado de que William lo admiraba...
Y mi mayor error fue permitirlo. Permitir que mi bondad hacia él enturbiara mis instintos, y aquello impidió que me diera cuenta de que me estaban vigilando a todas horas y desde el principio.
La pérdida de los laboratorios de la mansión Spencer había sacudido con bastante fuerza la jerarquía de Umbrella, y sólo unos cuantos días después de la explosión, Annette Birkin se había puesto en contacto con él para entregarle un mensaje de su marido... y para pedirle un favor. Birkin estaba preocupado por la posibilidad de que Umbrella le exigiera que entregara la nueva síntesis, el virus-G, antes de que estuviera realmente lista. Al parecer, estaba bastante insatisfecho con las aplicaciones sufridas por su trabajo anterior. Tenía algo que ver con la prohibición de Umbrella de que perfeccionara el proceso de replicación, pero no lo recordaba con exactitud. Umbrella deseaba recuperarse del desastre económico que había supuesto la pérdida de la mansión Spencer, y los Birkin temían que sus ejecutivos pusieran en peligro la integridad del virus, que todavía no había sido puesto a prueba. Birkin le había pedido ayuda a través de Annette y le había ofrecido un pequeño incentivo económico para que todo fuera justo. Por cien mil de los grandes, lo único que tenía que hacer era ayudarlo a mantener oculto el virus-G. En resumen, vigilar la posible presencia de espías de Umbrella y no perder de vista a los miembros supervivientes de los STARS para impedir que efectuaran más «descubrimientos» sobre sus investigaciones.
Eso era todo. Cien mil dólares por hacer algo que ya estaba realizando: vigilar mi ciudad y no perder de vista a ese pequeño grupo de problemáticos rebeldes. Fácil, dinero fácil, y tendría más si todo salía como estaba planeado. Pero se trataba de una trampa, una trampa de Umbrella...
Irons se había metido de cabeza en ella, y fue en ese preciso momento cuando Umbrella comenzó a conspirar contra él, utilizando toda la información que ya había reunido para sellar su destino. De otro modo, ¿cómo era posible que todo empezase a ir tan mal con tanta rapidez? Los STARS habían desaparecido, después lo había hecho Birkin, y antes de que tuviera tiempo siquiera de estudiar y evaluar la situación, los ataques caníbales comenzaron de nuevo. Apenas le había dado tiempo de aislar Raccoon City antes de que todo se fuera al carajo.
Y todo porque quise ayudar a un amigo, y nada menos que para mayor beneficio de la compañía. Trágico.
Irons se puso en pie y comenzó a andar lentamente en círculos alrededor de la mesa de corte, recorriendo con el dedo los tajos y las cuchilladas marcadas en la madera. Detrás de cada una de aquellas señales había una historia, el recuerdo de un logro. Sin embargo, tampoco esta vez pudo encontrar consuelo en ello. El tranquilo y fresco ambiente del Santuario siempre lo relajaba. Era donde practicaba sus aficiones, donde realmente era capaz de ser él mismo... pero aquello se había acabado. Todo se había acabado. Umbrella había logrado arrebatárselo, lo mismo que le había arrebatado la ciudad. ¿Tan descabellado era pensar que habían soltado su propio virus para derribarlo, para lograr quitarle el poder, y que luego habían enviado a la chica de pelo castaño y de escasas ropas para burlarse de él? Si no, ¿por qué era tan atractiva? Ellos conocían sus debilidades, y estaban dispuestos a sacar partido de ellas, en un intento por impedir que le quedara el mínimo retazo de dignidad...
Y dentro de poco vendrá por mí. Quizá seguirá jugando a ser inocente e ingenua, tal vez todavía intente seducirme con su aspecto de indefensión. Una asesina de Umbrella, una espía y una profesional, eso es lo que es. Probablemente se estaba riendo de mí tras esa linda cara...
Quizás el escape había sido de verdad un accidente. William Birkin había mostrado un aspecto un poco paranoico y exhausto la última vez que se habían visto, y además los accidentes ocurren incluso en la mejor de las condiciones, y no digamos en aquéllas. Pero los demás eran hechos demostrados, y no cabía otra posibilidad para explicar la completa ruina en que se había convertido su vida. Aquella chica iba por él, la había enviado Umbrella y la había enviado para asesinarlo. Y no se conformaría con eso. Oh, no, encontraría a Beverly y... y la profanaría de algún modo, sólo para asegurarse de que no quedaba nada de lo que para él representaba algo en la vida.
Irons miró alrededor, la pequeña estancia que había sido completamente suya, deteniendo la mirada en sus instrumentos, que estaban pulidos por el uso, así como mobiliario, impregnados por los familiares aromas del desinfectante y del formol que también emanaban de las rugosas paredes de piedra.
Mi Santuario. Mío.
Recogió la pistola que estaba sobre su mesa de cortes especiales, la VP70 que todavía era suya, y sintió que una sonrisa amarga curvaba sus labios. Su vida se había acabado, se había dado cuenta de ello. Todo aquel asunto había comenzado con Birkin, y acabaría allí, por su propia mano, pero todavía no. Todavía no.
La chica vendría a buscarlo; él la mataría antes de despedirse definitivamente de Beverly, antes de admitir su derrota pegándose un tiro. Pero antes, él se encargaría personalmente de que la asesina entendiera todo lo que él había llegado a sufrir. Ella pagaría en sus propias carnes cada una de las torturas por las que él había tenido que pasar, y la factura infligiría en sus músculos y en sus huesos todo el dolor que él fuera capaz de causar.
Iba a morir, pero no moriría solo, y no sin oír a la chica gritar de agonía, creando así una voz para la muerte de sus sueños: una voz tan clara y auténtica que su eco llegaría incluso a los negros corazones de los ejecutivos que lo habían traicionado.
La oficina de los STARS estaba vacía y desordenada, además de fría y de cubierta de polvo, pero Claire se resistía a marcharse. Después de su atropellada y aterrorizada huida a través de los pasillos repletos de cadáveres de la segunda planta, encontrar el lugar donde su hermano había pasado sus horas de trabajo durante tantos días la había dejado débil por la sensación de alivio. El Señor X no la había seguido, y aunque estaba ansiosa por encontrar a León y por ayudar a Sherry, descubrió que estaba retrasándose a propósito, que tenía miedo a salir de nuevo a los fríos pasillos sin vida... y que dudaba en abandonar el único lugar donde sentía la presencia de Chris.
¿Dónde estás, hermano mayor? ¿Qué voy a hacer? Zombis y fuego, muerte, tu estrambótico jefe Irons y esa pequeña niña perdida. .. y justo cuando pensaba que esta enloquecida situación no podía empeorar, tengo que enfrentarme a El Ser Que No Quería Morir, la locura de todas las locuras. ¿Cómo voy a superar todo esto?
Se sentó en la mesa de Chris y se quedó mirando la pequeña tira de fotografías en blanco y negro que había encontrado en uno de los cajones de la mesa. Las cuatro instantáneas eran de ellos dos gesticulando y poniendo caras en un fotomatón, un recuerdo de la semana que habían pasado juntos en Nueva York las últimas Navidades. El hallazgo de esas fotografías casi la había hecho llorar, y todo el miedo y la confusión que había contenido surgieron por fin al ver su sonrisa encantadora. Sin embargo, cuanto más miraba su cara o bien la imagen de ellos dos riendo y pasándolo bien, mejor se sentía. No contenta, ni siquiera bien, y no menos temerosa de lo que se avecinaba, simplemente mejor. Más tranquila. Más fuerte. Ella lo quería a rabiar, y sabía que dondequiera que él se encontrase, también estaría pensando en ella. Y si los dos habían sido capaces de sobrevivir a la terrible pérdida de sus padres, de reconstruir sus vidas y de compartir unas locas Navidades a pesar de no tener un hogar propiamente dicho al que ir, podrían enfrentarse a cualquier situación. Ella podría.
Podría y lo haría. Encontraré a Sherry y a León y, si Dios quiere, encontraré a mi hermano, y todos juntos vamos a salir de Raccoon City.
La verdad es que tampoco le quedaba otra opción, pero necesitaba pasar por todo el proceso de la aceptación de su escasez de opciones para poder actuar. Había oído decir que el valor no era la ausencia de miedo, sino la aceptación de ese miedo y de hacer lo que fuese necesario en ese momento. En cuanto estuvo sentada y se quedó pensando en Chris, creyó estar preparada para hacerlo.
Claire inspiró profundamente, se metió las fotografías en el chaleco y se alejó de un pequeño salto de la mesa. No sabía hacia dónde se dirigía el gran Señor X, pero no parecía del tipo de personas que se quedan a la espera. Volvería a la oficina del jefe Irons y comprobaría si Sherry había regresado, o Irons, ya puestos. Si el Señor X todavía estaba por allí, siempre podría echar otra vez a correr.
Además, debería haber registrado su despacho en busca de alguna información sobre los STARS, porque aquí no hay nada que me indique qué ha pasado con ellos...
Echó un último vistazo alrededor allí en medio, de pie, deseando que la oficina de los STARS le hubiera proporcionado algo más de información. Lo único que había encontrado era un libro detrás de la mesa de Chris. Según indicaba la tarjeta de biblioteca que estaba en una de sus solapas, pertenecía a Jill Valentine. Claire no la había conocido personalmente, pero Chris le había hablado de ella en un par de ocasiones y había mencionado que era muy buena tiradora con la pistola...
También es mala suerte que no haya dejado ninguna en el cajón de su mesa.
Estaba claro que los miembros del equipo habían retirado todo el material de importancia después de que los suspendieran, aunque todavía quedaba un número sorprendentemente elevado de objetos personales, desde fotografías enmarcadas hasta tazas de café con el nombre de cada uno. Había descubierto cuál era la mesa de Barry casi en el mismo momento en que entró gracias a la maqueta de pistola de modelismo semiacabada que había en ella. Barry Burton era uno de los mejores amigos de Chris, un tipo enorme como un oso y con una enorme afición a las armas. Claire tuvo la esperanza de que dondequiera que se encontrara Chris, Barry se hallaría cerca de él protegiéndole la espalda... a ser posible, con un lanzacohetes.
Y hablando de eso...
Sobre todo, lo que necesitaba encontrar era otra arma o incluso más munición para la que tenía en ese momento. Solamente le quedaba un cargador con trece balas, un cargador completo, y cuando se le acabaran, estaría lista de papeles. Quizá debería detenerse a registrar algunos de los cadáveres en su camino de regreso al ala este. Incluso a lo largo de su alocada huida se había fijado en que algunos de los cuerpos pertenecían a policías, y también que su pistola era la de ordenanza en algunos de ellos. A Claire no le gustaba ni un pelo la idea de tocar alguno de aquellos cuerpos muertos, pero quedarse sin munición era mucho peor, sin duda, sobre todo si tenía en cuenta que el Señor X todavía estaría dando vueltas por la zona.
Claire se dirigió a la puerta y la abrió, intentando organizar sus pensamientos al mismo tiempo que se asomaba al sombrío pasillo. Dejar atrás la oficina de su hermano puso a prueba su resolución y su fuerza de voluntad. Tuvo que reprimir un estremecimiento cuando recordó la imagen del Señor X mientras cerraba la puerta a su espalda, sintiéndose de repente vulnerable de nuevo. Giró a la derecha y comenzó a regresar hacia la biblioteca. Decidió que no pensaría en el gigante a menos que fuese estrictamente necesario, y que no volvería a hacer pasar por su mente el recuerdo de aquellos ojos inhumanos y sin expresión o el modo en que había alzado su terrible puño, como si estuviese dispuesto a destruir todo lo que encontrase en su camino...
Así que, deja de pensar en ello. En su lugar, piensa en Sherry, piensa en cómo conseguir de una puñetera vez algo más de munición o en cómo manejar a Irons la próxima vez que lo veas. Bueno, eso si lo encuentras. Piensa en cómo mantenerte viva.
El oscuro pasillo de madera giraba de nuevo a la derecha delante de ella, y Claire intentó prepararse para la tarea que la esperaba. Si la memoria no le fallaba, había un policía muerto justo al doblar la esquina...
Como si no pudiera adivinarlo por el olor... Tendría que registrarlo. No presentaba un aspecto demasiado asqueroso. Bueno, al menos a ella no se lo había parecido...
Dobló la esquina y se quedó inmóvil, mirando incrédula. El estómago se le encogió y le indicó que estaba en peligro antes incluso de que sus sentidos se lo advirtieran: el cuerpo sobre el que había saltado en su huida hacia las oficinas de los STARS ya sólo era un montón de carne destrozada, con unos cuantos huesos que sobresalían aquí y allá entre los ensangrentados restos y los jirones de su uniforme. Le había desaparecido la cabeza, aunque no estaba segura de si se la habían arrancado o la habían machacado hasta convertirla en una pulpa irreconocible. Parecía que alguien había pasado con un hacha o con un martillo pilón por allí y se había dedicado a mutilar el cuerpo hasta dejarlo irreconocible durante los breves minutos que habían transcurrido desde que ella había pasado por allí y lo había convertido en poco más que una mancha con relieve sobre el suelo.
Pero cómo, cuándo. No he oído nada de nada...
Algo se movió. Una sombra leve y veloz pasó por encima de los restos aplastados, a unos diez metros de donde se encontraba ella, y al mismo tiempo, Claire oyó un extraño sonido rasposo, como una respiración...
Miró hacia arriba sin estar segura todavía de lo que veía u oía: aquella respiración jadeante y el clac de las garras chocando contra la madera, las propias garras, gruesas y curvadas, las garras de una criatura que no podía existir. Era grande, del tamaño de una persona adulta, pero aquél era el único parecido, y era un ser tan imposible, que su mente sólo fue capaz de admitirlo por partes mientras se esforzaba por unirlas para verlo por entero: la carne sonrosada e hinchada de la criatura desnuda y de largos miembros que colgaba del techo; el tejido blanco y grisáceo de su cerebro parcialmente al aire; los agujeros rodeados de cicatrices donde deberían haber estado los ojos...
No estoy viendo esto...
La criatura echó hacia atrás su redondeada cabeza, y su amplia mandíbula se abrió. Un grueso hilo de baba oscura salió de ella y cayó salpicando sobre lo que quedaba del policía. Aquello comenzó a extender su lengua, una lengua rosada del mismo grosor de una anguila, con la superficie rugosa y brillante por la humedad. Siguió saliendo y saliendo, y dejó de ser una lengua, para transformarse en una serpiente que se desenroscaba y que danzaba de un lado a otro. Era tan larga que incluso atravesó la carne podrida del cadáver.
Todavía incapaz de moverse, Claire se quedó mirando con una horrorizada expresión de incredulidad cómo aquella lengua increíble se enroscaba de nuevo con rapidez, esparciendo gotas de sangre por el aire. Todo aquel movimiento solamente había durado un segundo, pero el tiempo parecía haberse detenido. El corazón desbocado de Claire latía a tanta velocidad que todo lo demás ocurría a cámara lenta... incluso la caída de la criatura al suelo de madera, girando en mitad del aire para aterrizar en una postura agachada sobre el cuerpo mutilado del policía.
La criatura abrió de nuevo la boca y aulló...
Y Claire pudo moverse por fin cuando el extraño y agudo grito surgió de la garganta de aquel otro monstruo. Por fin pudo apuntar y disparar. El rugido del arma de nueve milímetros apagó el aullido que resonaba por el estrecho pasillo...
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
Y la criatura salió disparada hacia atrás, todavía chillando con aquel grito agudo, y sus garras se agitaron en el aire. Los movimientos espasmódicos de sus patas arrancaron grandes trozos ensangrentados del cuerpo destripado, y Claire vio un pedazo de cuero cabelludo desgarrado con la oreja todavía intacta estrellarse con un sonido húmedo contra la pared y quedarse allí pegado un momento antes de deslizarse lentamente hacia el suelo...
La criatura logró poner sus patas bajo su cuerpo de algún modo y se lanzó hacia adelante con un salto. Avanzó corriendo hacia ella como una araña sobre sus patas a toda velocidad, agarrándose al suelo de madera con sus terribles garras mientras continuaba chillando.
Claire disparó de nuevo sin darse cuenta de que ella también estaba chillando. Otros tres proyectiles se estrellaron contra el ser que se lanzaba contra ella medio agazapado sobre sus patas, y atravesaron la materia gris que sobresalía de su cráneo abierto.
Iba a morir. Se le echaría encima en menos de un segundo y la destrozaría. Sus garras ya estaban a escasos centímetros de sus piernas...
Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, el ataque cesó. Todos los miembros de su fibroso cuerpo se estremecieron y se desplomaron mientras un líquido grisáceo brotaba de los agujeros en su cabeza, al mismo tiempo que sus garras rascaban la madera del suelo formando un tatuaje frenético. La criatura lanzó un gemido susurrante final y murió. Esta vez no había posibilidad de error: le había agujereado el cerebro y no se levantaría de nuevo.
Se quedó mirando al monstruo mientras su pasmada mente intentaba relacionarlo con algún animal que conociera, o incluso con algún ser mitológico, pero dejó de intentarlo al cabo de unos momentos al darse cuenta de que era imposible. Aquello no era una criatura natural, y ahora que estaba tan cerca, también pudo olerla: era un olor menos penetrante que el de los zombis. Era un hedor más agrio, con un ligero tono aceitoso, más químico que animal...
Ya podría oler a galletas de chocolate, me importa una mierda. Raccoon City está repleta de monstruos, así que ya va siendo hora de que dejes de quedarte pasmada cada vez que veas uno de ellos.
El tono autoritario de su conciencia no era demasiado convincente. Por mucho que quisiera sentirse decidida y valiente, que quisiese hacer pasar sus piernas una por una por encima de aquella criatura monstruosa y seguir con su plan, se quedó allí de pie unos instantes, considerando muy seriamente la idea de regresar a las oficinas de los STARS, meterse dentro, cerrar la puerta con llave y esconderse. Esconderse hasta que llegase la ayuda. Allí podría estar a salvo...
Vamos, decídete. Haz algo. Una cosa u otra, pero deja de dudar y de lloriquear, porque ya no se trata sólo de ti. ¿También estará Sherry a salvo todo el rato? ¿Quieres sobrevivir a costa de su vida?
El momento de duda pasó. Claire pasó con cuidado por encima de la criatura procurando no rozar ni siquiera su roja carne al descubierto y se agachó al lado de los restos del policía. Con el cañón de su arma echó a un lado un desgarrado y ensangrentado trozo de uniforme. Tragó saliva varias veces, con el estómago en la garganta, mientras registraba la carne podrida y los huesos rotos esforzándose en no pensar quién había sido el policía o cómo había muerto.
Nada. Sólo le quedaban siete balas... pero se negó a dejarse llevar por el pánico y, en lugar de eso, dejó que su desilusión alimentara su determinación de continuar. Si podía registrar un cuerpo destrozado como aquél, podía registrar cualquier otro.
Claire se puso en pie mientras echaba un último vistazo al deforme ser que había matado y luego se dirigió con rapidez hacia el extremo del pasillo. Había tomado una decisión: se acabó el esconderse y el huir llena de miedo. Como mínimo, podría llevarse unos cuantos monstruos por delante, lo que elevaría las posibilidades de Sherry de sobrevivir.
Era mejor morir intentándolo que no intentarlo en absoluto. No dudaría más.

Capítulo 15

León encontró a Ada en la perrera, intentando levantar el oxidado portillo de acceso del que les había hablado el periodista. Había sacado una palanqueta de algún lado y tenía metida su punta bajo el borde de la pesada tapa de metal. Sus bíceps perfectamente definidos brillaban ligeramente debido a la capa de sudor mientras se esforzaba por empujar la barra hacia abajo. Había logrado levantar la tapa un par de centímetros, pero la dejó caer de nuevo cuando él entró, y el poderoso chasquido metálico resonó en la fría y vacía estancia.
Antes de que León pudiera decir nada, ella dejó a un lado la palanqueta en el suelo de cemento y lo miró medio sonriente, frotándose las manos cubiertas de óxido y polvo.
Me alegro de que estés aquí. No creo que tenga la fuerza suficiente para levantarlo yo sola...
No había estado seguro antes, pero la actitud de fragilidad e indefensión que ella adoptaba no le pegaba. Estaba procurando engañarlo o, al menos, lo intentaba con sutileza. Sólo conocía a Ada desde hacía veinte minutos, pero dudaba mucho que jamás se hubiese sentido indefensa en una situación semejante.
A mí me parece que te las apañas bastante bien —repuso León mientras enfundaba su arma, pero no se acercó al portillo para ayudarla. Se limitó a cruzarse de brazos con el entrecejo ligeramente fruncido. No estaba furioso: sólo sentía un poco de curiosidad—. Además, ¿qué prisa tienes? Pensé que querías hablar con el periodista. Sobre John, tu amigo de Umbrella...
Su actitud de dama en apuros desapareció en un instante y sus rasgos adquirieron una expresión dura y fría, pero no desagradable. Le dio la impresión de que le estaba permitiendo ver su verdadera personalidad, la mujer de personalidad fuerte y de carácter seguro que había conocido en primer lugar. León se dio cuenta de que la había sorprendido al no apresurarse a ayudarla, y aquello le agradó. Ya tenía bastantes cosas de las que preocuparse para encima tener que procurar evitar ser manipulado por una misteriosa desconocida. Ella había tenido mucho cuidado en no responder a sus preguntas, pero había llegado el momento de que la señorita Wong le explicase unas cuantas cosas.
Ada se puso en pie y lo miró directamente a los ojos.
Ya lo has oído: no va a decirnos nada. Y con este lugar poniéndose cada vez más peligroso, la verdad es que no quiero quedarme por aquí mientras espero a desarrollar una buena conciencia... —Bajó la vista, y el tono de su voz se suavizó—. Y, además, ni siquiera sé si John está en Raccoon City. Lo que sí sé es que no está aquí, y quiero salir de la comisaría antes de que los zombis la invadan por completo.
Tenía sentido, pero por alguna razón que no podía precisar, sentía que ella le estaba ocultando algo. Se esforzó durante unos cuantos segundos en pensar un modo educado de decirle que se lo contara todo... y después pensó que más le valía enviar al infierno sus dudas: en aquellas circunstancias, tendría que dejar a un lado las convenciones sociales.
¿Qué es lo que está pasando, Ada? ¿Sabes algo que no me estás contando?
Ella levantó la vista y lo miró fijamente a los ojos, y León tuvo de nuevo la impresión de que había vuelto a sorprenderla... pero su mirada fría y tranquila seguía tan indescifrable como siempre.
Sólo quiero salir de aquí —dijo, y la sinceridad de su respuesta estaba fuera de toda duda. Aunque no se creyese nada de lo demás que había dicho, al menos eso último era verdad por completo.
Ojalá fuese tan fácil como decirlo, pero está Claire, e incluso Ben, nuestro conocido desagradable, y Dios sabe cuántos más...
León meneó la cabeza en un gesto negativo.
No puedo irme. Ya lo he dicho antes: es posible que sea el único policía que queda en todo el edificio, y si todavía hay gente con vida por aquí, mi deber es intentar al menos ayudarla. Y creo que lo mejor sería que te quedases conmigo.
Ada lo miró con otra de sus sonrisas a medias.
Aprecio de veras tu preocupación por mi seguridad, León, pero puedo cuidar de mí misma.
Él no lo ponía en duda, pero tampoco quería ver puesta a prueba su habilidad para sobrevivir. Bueno, puede que quizás él tampoco fuera un veterano encallecido, pero había sido entrenado para enfrentarse a situaciones de crisis. Al fin y al cabo, era parte de su trabajo.
Además, admítelo: has perdido a Claire, no pudiste ayudar a Branagh, y a Ben Bertolucci le importa un bledo tu supuesta capacidad para protegerlo. Lo que no quieres es fallarle a Ada para colmo. Y, además, no quieres estar solo.
Ada pareció darse cuenta de lo que estaba pensando, y antes de que León pudiera contestarle con un argumento convincente, se acercó hasta él y le puso una mano en el brazo. El brillo de humor desapareció de sus ojos.
Sé que quieres cumplir con tu trabajo aquí, pero tú mismo lo has dicho: tenemos que encontrar un modo de salir de Raccoon City para intentar buscar ayuda exterior, y las alcantarillas probablemente son el mejor modo de lograrlo.
El suave contacto lo sorprendió... y le provocó una descarga eléctrica en el estómago, una inesperada oleada de calor que lo dejó confundido y desorientado. Logró ocultar su reacción, pero a duras penas.
Ada frunció el entrecejo y continuó hablando.
Qué te parece esta idea: ayúdame a levantar la tapa del portillo de acceso y echemos un vistazo por ahí abajo. Si el lugar tiene un aspecto peligroso, me vuelvo contigo, pero si no tiene mala pinta... bueno, podemos hablar de nuestro siguiente movimiento.
Quiso protestar, pero la verdad era que no podía obligarla a hacer nada en contra de su voluntad, y también quería demostrarle que no era un tipo machista y sobreprotector, sino que era comprensivo y estaba dispuesta a llegar a un acuerdo con ella...
León, ¿te suena el nombre de «John»? Esto no es una cita, por amor de Dios, así que deja de pensar con las hormonas.
Se sintió incómodo por pensar aquello con la mano de Ada todavía posada sobre su brazo, así que dio un paso atrás y asintió brevemente. Se agacharon juntos al lado del portillo de acceso, y León agarró la palanqueta. La incrustó en la hendidura, bajo la tapa. Apoyó su peso al mismo tiempo que tiraba hacia atrás, y Ada tiró con él. La pesada tapa se levantó con un chirriante sonido de metal contra metal, y León la echó a un lado, dejando el hueco al descubierto... y ambos retrocedieron ante el asqueroso olor que salió a borbotones del negro agujero, un hedor asqueroso, mezcla de sangre, orina y vómitos.
Aaargghh, ¿a qué demonios huele? —dijo León entre toses.
Ada se sentó en cuclillas con una mano puesta sobre la boca.
Son los cuerpos de los que murieron en el garaje. Deben de haberlos tirado a todos aquí abajo...
Antes de que León pudiera preguntarle de qué estaba hablando, un grito de puro terror resonó por todo el sótano, atravesando incluso la puerta cerrada. El grito continuó sin cesar, repitiéndose una y otra vez. Era la voz de un hombre, sin duda, pero el grito de terror se convirtió de repente en un lastimero aullido de dolor.
El periodista.
León cruzó su mirada con la de Ada, y vio que ella también había llegado a la misma conclusión a través de su sorpresa. Un instante después, ambos estaban de pie y corriendo mientras desenfundaban sus armas y cruzaron la puerta justo antes de que los gritos cesaran de sonar.
Lo he dejado solo. No debería haberlo dejado solo...
Atravesaron a la carrera el pasillo de los calabozos, y el sentimiento de culpabilidad hizo que León corriera a mayor velocidad de la que se creía posible. Algo o alguien había logrado llegar hasta Bertolucci... y había pasado justo a sus espaldas para hacerlo.
Sherry estaba de pie en mitad del despacho de Irons, frotando con los dedos de una mano su colgante de la suerte mientras deseaba que Claire regresara. Había recorrido a gatas una docena de polvorientos túneles para huir del monstruo y para alejarlo de Claire. Estaba bastante segura de que lo había logrado: no había vuelto a oírlo y, finalmente, había regresado, para descubrir que se había marchado. Mejor: si el monstruo la hubiera encontrado, estaría allí muerta y hecha pedazos.
Pero no está aquí. Aquí no hay nadie...
Sherry se sentó sobre una mesita baja que había en mitad de la estancia, preguntándose qué debía hacer. Se había acostumbrado a estar sola, pero su encuentro con Claire había cambiado aquello. Sherry quería verla de nuevo, quería estar con más gente, quería estar otra vez con sus padres con tanta intensidad que casi le dolía. Incluso quedarse con el señor Irons estaría bien, aunque a Sherry no le gustaba nada de nada. Sólo lo había visto en un par de ocasiones, pero era raro. Era presuntuoso y falso y, además, su oficina le daba miedo. Aun así, estaría dispuesta a aguantar a su lado si eso significaba que ya no estaría sola más tiempo...
Pasos. En el pasillo que daba a la oficina donde ella estaba.
Sherry se puso en pie y echó a correr hacia la puerta abierta que llevaba de vuelta a la sala de las armaduras, con la esperanza de que fuera Claire, pero preparada para echar a correr de nuevo si no lo era. Se puso a cubierto detrás de la jamba de la puerta y contuvo la respiración, mirando el tigre disecado del pasillo y rezando en silencio.
La otra puerta se abrió y se cerró. Oyó unos pasos apagados sobre la gruesa alfombra y tensó su cuerpo, preparada para echar a correr otra vez, al mismo tiempo que intentaba reunir el valor suficiente para asomar la cabeza y echar un breve vistazo...
¿Sherry?
¡Era Claire!
¡Estoy aquí!
Regresó corriendo al despacho de Irons y allí vio a Claire, con el rostro iluminado por una radiante sonrisa. Sherry se lanzó en sus brazos abiertos de par en par, tan feliz de verla que casi se echó a llorar.
Te he estado buscando —le dijo Claire mientras la abrazaba con fuerza—. No vuelvas a irte corriendo de esa manera, ¿de acuerdo?
Claire se arrodilló delante de ella, sin dejar de sonreír, pero Sherry pudo ver en sus ojos grises una sombra de preocupación detrás de aquella sonrisa.
Lo siento —respondió Sherry—. Tuve que hacerlo o el monstruo habría venido por nosotras.
¿Qué aspecto tiene? —inquirió Claire un instante después de que su sonrisa desapareciera—. ¿Es algo así como rojo y con unas garras enormes?
Sherry tragó saliva con dificultad.
¡Los hombres del revés! Has visto uno, ¿verdad?
Aunque le pareció increíble en aquella situación, Claire sonrió mientras meneaba la cabeza.
Sí, eso fue exactamente lo que vi, un hombre vuelto del revés... Buena descripción.
Se calló y miró a Sherry completamente seria de nuevo y frunciendo el entrecejo.
¿Hombres? ¿Hay más de uno?
Sí —asintió Sherry—, pero no se parecen en nada al monstruo. Sólo lo he visto una vez, por detrás, pero es un hombre, un hombre muy alto...
¿Calvo? ¿Con un abrigo largo? —Claire pareció estar muy interesada.
No, tenía pelo, pelo castaño. Y uno de sus brazos era muy raro, mucho más largo que el otro.
Claire lanzó un suspiro.
Estupendo. Parece ser que Raccoon City tiene un monstruo distinto para cada persona. Bueno... —Extendió una mano, tomó una de las manos de Sherry y la apretó—. Ésa es razón más que suficiente para que te quedes a mi lado. Te has portado realmente bien, has cuidado muy bien de ti misma y has sido muy valiente, pero hasta que encontremos a tus padres, creo que ahora soy yo quien debe cuidar de ti. Y si viene el monstruo, yo... yo le patearé el culo, ¿de acuerdo?
Sherry se rió, sorprendida por lo que Claire había dicho. Le gustaba que no le hablara como a una niña pequeñita. Asintió con la cabeza, y Claire le apretó la mano de nuevo.
Bien. Bueno, así que tenemos zombis, hombres vueltos del revés y un monstruo. Ah, y un tipo grande y calvo... Sherry, ¿sabes qué es lo que ha pasado en Raccoon City? ¿Cómo empezó todo esto? Dime lo que sepas, cualquier cosa que sepas... Seguro que será importante.
Sherry frunció el entrecejo y se puso a pensar.
Bueno, hubo una serie de asesinatos en mayo, o en junio... murieron como diez personas, y luego ya no murió nadie más, pero atacaron otra vez a alguien la semana pasada.
Claire asintió para darle ánimos.
Muy bien. ¿Hubo alguien más que sufriera ataques o...? ¿Qué hizo la policía?
Sherry negó con la cabeza, deseando poder ayudarla más de lo que lo estaba haciendo.
No lo sé. Justo antes de que atacaran a esa chica, mi madre llamó muy enfadada desde el trabajo y me dijo que no podía salir de casa. La señora Willis, nuestra vecina de al lado, vino a mi casa y me hizo la cena, y ella fue la que me dijo lo de la chica. Mamá volvió a llamar al día siguiente, y esta vez me dijo que se habían quedado encerrados en la fábrica y que no podrían ir a casa durante un tiempo. Luego, justo hace tres días, me llamó de nuevo y me dijo que viniera aquí, a la comisaría. Me fui a ver a la señora Willis para saber si iba a venir conmigo, pero su casa estaba a oscuras y vacía. Supongo que para entonces todo estaba ya bastante mal.
Claire la estaba mirando muy fijamente.
¿Estuviste sola todo este tiempo? ¿Incluso antes de venir a la comisaría?
Bueno, sí —Sherry asintió—, pero me quedo sola muchas veces. Mi padre y mi madre son científicos. Su trabajo es muy importante, y a veces no pueden dejar lo que están haciendo. Y mi madre dice que yo soy muy autosuficiente cuando quiero.
¿Sabes qué clase de trabajo hacen exactamente tus padres? ¿En Umbrella?
Claire todavía la miraba muy fijamente.
Inventan remedios para las enfermedades —contestó Sherry con orgullo—. Y fabrican medicamentos, como los sueros que utilizan los hospitales...
Dejó de hablar poco a poco cuando se dio cuenta de que Claire parecía distraída de repente, con la mirada perdida en el infinito. Ya había visto aquella clase de mirada muchas veces antes, en el rostro de su padre y de su madre: significaba que ya no la estaban escuchando. Sin embargo, Claire volvió a concentrarse en ella en cuanto dejó de hablar y levantó la mano para darle un par de palmaditas en la mejilla y, por alguna estúpida razón, aquello hizo que Sherry quisiera llorar de nuevo.
Porque me está escuchando. Porque quiere protegerme.
Tu madre tiene razón —le dijo Claire con dulzura—. Eres muy autosuficiente, y que hayas sobrevivido sana y salva hasta ahora significa que también eres muy fuerte. Y eso es bueno, porque las dos vamos a tener que ser fuertes para poder salir de aquí.
¿Qué quieres decir? ¿Salir de la comisaría? —preguntó Sherry con los ojos abiertos de par en par—. ¡Pero hay zombis por todos lados, y no sé dónde están mis padres! ¿Qué pasa si necesitan ayuda o me están buscando?
Cariño, estoy segura de que tus padres están a salvo —respondió Claire con rapidez—. Probablemente todavía están en la fabrica, ocultos y a salvo, lo mismo que tú, esperando que llegue alguien de fuera de la ciudad, para, para arreglarlo todo...
Quieres decir para matarlo todo —la interrumpió Sherry—. Ya no soy una niña, ¿sabes? Tengo doce años.
Claire volvió a sonreír.
Lo siento. Sí, a matarlo todo. Pero hasta que lleguen los chicos buenos, estamos solas. Y lo mejor que podemos hacer, lo más inteligente, es quitarnos de en medio... alejarnos lo más posible. Tienes razón, las calles no son seguras, pero quizá consigamos un coche...
Esta vez fue Claire la que dejó de hablar poco a poco. Se puso en pie y se dirigió hacia la gran mesa que había en el extremo de la estancia, mirando alrededor mientras caminaba.
Quizás el jefe Irons dejó las llaves de su coche por aquí, o quizás otra arma, cualquier otra cosa que pueda sernos útil...
Claire vio algo en el suelo, detrás de la mesa. Se agachó y Sherry se apresuró a acercarse a ella, tanto por permanecer cerca como para ver qué era lo que había encontrado. Ya estaba completamente segura de que no quería estar lejos de ella, pasase lo que pasase.
Aquí hay sangre —dijo Claire en voz baja, tan baja que Sherry pensó que no había querido decirlo pero que le había salido solo.
¿Y?
Claire levantó la vista y miró la pared sin decoración, ceñuda, y luego bajó los ojos de nuevo para mirar al gran goterón de sangre que se estaba secando en el suelo.
Para empezar, todavía está húmeda. ¿Y ves el modo en que parece que la han interrumpido? Debería de haber más en esta pared...
Golpeó ligeramente la madera oscura que rodeaba la pared, y luego la propia pared. Percibió una diferencia evidente: mientras en el borde había sonado un golpe seco, en la pared notó un sonido hueco.
¿Hay una habitación ahí detrás? —quiso saber Sherry.
No lo sé con seguridad, pero por el sonido parece ser que sí. Y eso explica dónde se fue con... con viento fresco a otro lado. El jefe Irons.
Miró a Sherry mientras comenzaba recorrer con los dedos los paneles de madera que rodeaban la pared, empujándolos uno por uno.
Sherry, mira alrededor de la mesa a ver si encuentras un botón o una palanquita. Sospecho que el mecanismo de apertura tiene que estar escondido en algún lado por aquí cerca, quizás en uno de los cajones...
Sherry también comenzó a buscar el mecanismo, empezando por la parte de atrás de la mesa... y se cayó al suelo al resbalar sobre un puñado de lápices que no había visto. Se agarró al borde de la mesa para intentar recuperar el equilibrio, pero lo único que logró fue caer sólo de rodillas, aunque con bastante fuerza.
¡Ay!
Claire llegó a su lado en un momento y le puso un brazo alrededor de los hombros.
¿Estás bien?
Sí, sólo me he... ¡Eh, mira!
Sherry se olvidó de sus doloridas rodillas y señaló con la mano un interruptor que había debajo del primer cajón de la mesa, colocado sobre una pequeña placa de metal. Parecía un interruptor de la luz, pero ella sabía que tenía que ser el botón del mecanismo de apertura de la puerta.
¡Lo encontré!
Claire extendió la mano y pulsó el interruptor... y una sección de la pared de un par de metros de ancho a sus espaldas se deslizó suavemente hacia arriba, desapareciendo en el techo y dejando al descubierto una habitación escasamente iluminada con las paredes de ladrillos de gran tamaño. Una brisa fresca y limpia entró en el despacho: era un pasadizo secreto, como los de las películas.
Se pusieron en pie juntas y se acercaron a la abertura. Claire mantuvo a Sherry a su espalda con un brazo mientras ella echaba un vistazo en primer lugar. La pequeña habitación estaba completamente vacía. Sólo había tres paredes de ladrillo y un suelo de madera manchado, y medía aproximadamente la mitad del despacho. La cuarta pared albergaba una puerta de ascensor de estilo antiguo.
¿Vamos a subir? —preguntó Sherry.
Estaba intrigada, pero también bastante nerviosa.
Claire había desenfundado su arma. Se agachó junto a Sherry y le sonrió, pero la niña vio que no era una sonrisa de alegría, y supo lo que Claire iba a decir antes de que abriera la boca.
Cariño, creo que lo más seguro para las dos sería que yo bajara y echara un vistazo antes mientras tú me esperas aquí...
¡Pero me dijiste que deberíamos estar juntas! ¡Dijiste que encontraríamos un coche y que nos iríamos! ¿Qué pasa si el monstruo regresa y tú no estás aquí? ¿O si te matan?
Claire la abrazó con fuerza, pero Sherry se sintió frustrada por su inútil ira. Ahora ella le diría que no se preocupase, que el monstruo no vendría, que no ocurriría nada malo... y se iría de todas maneras.
Estúpidas mentiras de los mayores...
Claire se separó de ella y le apartó suavemente el cabello que le había caído en la cara.
No te culpo por tener miedo. Yo también tengo miedo. Es una situación realmente mala, y la verdad es que no sé qué va a pasar, pero quiero hacer lo correcto, y eso significa que no voy a meterte en una situación en la que puedes resultar herida si puedo evitarlo.
Sherry se tragó las lágrimas que tenía en los bordes de los ojos y lo intentó de nuevo.
Pero yo quiero ir contigo... ¿Qué pasa si no regresas?
Voy a regresar —contestó Claire con firmeza—. Te lo prometo. Y si... y si no regreso, quiero que te escondas otra vez, como hiciste antes. Verás cómo alguien llega, y pronto, con ayuda, y te encuentra.
Al menos, estaba siendo sincera. A Sherry no le gustaba, no le gustaba ni un pelo, pero al menos no intentaba mentirle... y por la expresión de su cara, se dio cuenta de que nada de lo que dijera la haría cambiar de opinión. Podía comportarse como una niña pequeña, o podía aceptarlo.
Ten cuidado —le dijo con un susurro, y Claire la abrazó de nuevo, se puso en pie y se dirigió hacia el ascensor.
Pulsó un botón que había al lado de la puerta y se oyó un zumbido bajo y lejano. Al cabo de unos segundos, el ascensor apareció a la vista y se detuvo con una suave sacudida. Claire tiró de la puerta hacia un lado para abrirla y entró en su interior, dándose la vuelta para mirar una última vez a Sherry.
Quédate ahí, cariño —le indicó—. Regresaré en unos minutos.
Sherry se obligó a sí misma a asentir con la cabeza, y Claire dejó que la puerta se cerrara. Pulsó algo en el interior del ascensor y éste comenzó a bajar. Su rostro sonriente se perdió de vista y dejó a Sherry completamente a solas en aquel lugar frío y oscuro.
Se sentó en el polvoriento suelo, abrazó sus rodillas para acercárselas al cuerpo, y luego comenzó a balancearse con lentitud hacia adelante y hacia atrás. Claire era valiente y muy lista, y regresaría pronto. Tenía que regresar pronto...
Quiero que venga mi mamá—susurró Sherry, pero no había nadie allí para oírla. Estaba sola otra vez, lo que menos quería en el mundo en aquel preciso momento.
Pero soy fuerte. Soy fuerte y puedo esperar.
Apoyó la barbilla en una rodilla, rodeó con una mano la gargantilla que le había regalado su madre para traerle buena suerte y comenzó a esperar que Claire regresara en cualquier momento.

Capítulo 16

Annette Birkin estaba sentada en la sala de monitores del laboratorio. También estaba completamente exhausta, pero aun así no dejaba de mirar la pared de pantallas colocadas sobre la consola de vigilancia. Llevaba allí lo que a ella ya le parecían años, a la espera de que apareciera William, pero empezaba a pensar que nunca lo haría. Esperaría un poco más, pero si no lo veía pronto, tendría que efectuar otra búsqueda.
Maldita tecnología...
Era un sistema completamente nuevo, y llevaba en funcionamiento menos de un mes: veinticinco pantallas con un canal de control que le permitía observar todos y cada uno de los rincones de la instalación. Un magnífico avance en el campo de la seguridad... si no fuera porque sólo once de las pantallas funcionaban y estaban encendidas, y más de la mitad de ellas sólo mostraban estática, con una interminable danza de partículas blancas y negras. Y todo lo que veía en las cinco que mostraban una imagen nítida y definida, lo único que había que ver, eran cuerpos muertos en distintas fases de putrefacción y algún que otro Re3, dándose un banquete o durmiendo...
Lamedores. Los llamaste lamedores por sus enormes lenguas...
Ella había creído que ya había pasado lo peor de su dolor, pero el solitario sonido de su voz en la fría y cavernosa cámara, y el hecho de darse cuenta de que no habría respuesta, que nunca recibiría de nuevo una respuesta de aquella voz familiar, hicieron que sintiera una nueva oleada de pena. William se había marchado, se había ido definitivamente, y ella estaba completamente sola.
Annette bajó la cabeza hasta la consola de mando y cerró sus cansados ojos. Al menos, no le quedaban más lágrimas. Había derramado un océano de ellas desde el día en que Umbrella había ido a reclamar el virus-G, pero ya estaba demasiado cansada como para seguir llorando. Ahora sólo le quedaba el dolor, mezclado con ataques de furia violenta y desesperada por lo que Umbrella les había hecho a los dos.
Sólo otro mes, como mucho dos, y se lo habríamos entregado. Se lo habríamos entregado sin oponer resistencia, y a William lo habrían nombrado miembro del consejo ejecutivo, y todos habríamos estado contentos. Todo el mundo habría estado satisfecho...
Oyó un suave pitido procedente de una de las pantallas. Annette levantó la vista, con miedo y esperanza a la vez... pero sólo se trataba de un lamedor, una planta más arriba, en la sala de cirugía, Se había dejado caer desde su guarida en el techo para darse otro pequeño festín con lo que quedaba del cuerpo de uno de los técnicos, aullando estúpidamente para sí mismo mientras arrancaba trozos de las tripas del cadáver. El muerto se parecía a Don Weller, uno de los encargados de la planta química, pero no podía estar segura: su cuerpo mutilado tenía un aspecto tan desfigurado como el mismo Re3 que lo estaba devorando.
Se quedó mirando en la pequeña pantalla cómo el lamedor se alimentaba, pero sin verlo realmente. Su mente divagaba repasando lo que le quedaba por hacer. Ya había borrado toda la información que había en las computadoras y había cerrado los códigos de las cuentas atrás. El laboratorio estaba preparado, y su ruta de escape estaba asegurada. Sin embargo, no podía acabar con todo hasta que lo viera de nuevo, hasta que hubiera visto que había regresado a las instalaciones de Umbrella. Destruir el laboratorio no serviría de nada si él no se encontraba dentro del radio de acción de los explosivos. Ellos lo encontrarían y extraerían el virus de su sangre...
Umbrella no lo tendrá. Moriré antes que permitir que lo obtengan, por Dios que lo haré.
Su único consuelo a lo largo de todo ese penoso y horrible asunto era que Umbrella no había podido poner sus codiciosas manos en la última síntesis de William. No lo habían hecho y no lo harían jamás. Todo lo que había participado en la creación del virus-G quedaría enterrado bajo cientos de toneladas ardientes de piedra y madera, junto con William y todos los monstruos que habían creado para la compañía. Se escondería durante una temporada, pasaría un tiempo recuperándose y pensando en sus distintas opciones... y luego vendería el virus-G a la competencia. Umbrella era la mayor compañía, pero no era el único grupo comercial que trabajaba en la investigación de armas biológicas... y, cuando acabara con ellos, ya no serían la mayor compañía. No era una gran venganza, pero era lo único que le quedaba.
Con excepción de Sherry —susurró Annette, y el recuerdo de su pequeña hija le provocó un espasmo de dolor en el corazón, un dolor diferente, pero un dolor de todas maneras.
Annette había deseado pasar más tiempo con ella desde el mismo día que nació, había planeado concentrarse en Sherry más que en el magnífico trabajo de William. Y, sin embargo, los años habían pasado con rapidez, los ascensos de William habían sido imparables y el trabajo había crecido hasta convertirse en algo irresistiblemente interesante y valioso. Aunque tanto ella como William se habían prometido a sí mismos y mutuamente que desarrollarían una vida más familiar, siempre lo habían ido dejando para otro momento.
Y ahora ya es demasiado tarde. Ya nunca seremos una familia, ya nunca seremos padres juntos. Todo ese tiempo desperdiciado, esclavizados para una compañía que al final nos ha traicionado...
Ya era demasiado tarde. No tenía sentido lamentarse por lo que podía haber sido su vida. Lo único que podía hacer era asegurarse de que Umbrella no sacara nada más de la familia Birkin. William se había ido, pero todavía le quedaba Sherry.
Aquella parte de William seguiría viviendo, y Annette estaba decidida a convertirse en la madre que debería haber sido a lo largo de todos aquellos años. Estaba claro que tendría que esperar y mantenerse alejada mientras la situación se tranquilizaba antes de volver para llevarse a Sherry. Deberían pasar al menos unos cuantos meses, pero la chiquilla estaría a salvo: los policías la enviarían a vivir con la hermana de William. Ambos lo habían establecido así en su testamento...
A menos que Irons continúe con vida. Ese cabrón gordo y codicioso podría encontrar el modo de joderlo todo si tiene la mínima oportunidad.
Tenía la esperanza de que hubiera muerto ya. Aunque no fuese directamente responsable del conocimiento por parte de Umbrella de la existencia del virus-G, Brian Irons era un hombre arrogante y repulsivo con la misma capacidad moral que una babosa. Después de permanecer leal a la compañía a lo largo de años, ellos lo habían comprado por sólo cien mil dólares. Incluso William se había quedado sorprendido, y eso que él tenía una opinión aún peor que ella del jefe de policía...
Vio por la pantalla que el Re3 había acabado su comida. Lo único que quedaba del muerto era un cascarón vacío, con unas costillas arqueadas y ensangrentadas y un cráneo sin rostro. Los indudables colores vívidos de la escena se perdían debido las diversas tonalidades de gris de la pantalla. El lamedor se salió del ángulo de visión de la cámara, dejando a su paso un viscoso rastro de fluidos. Gracias al virus-T, todas las criaturas pertenecientes a la serie de reptiles eran unos asesinos muy eficientes, aunque era evidente que los Re3 tenían fallos de diseño. El más obvio era el cerebro protuberante, pero también poseían un metabolismo terrible y ridículamente elevado. Mantenerlos alimentados había sido una molestia continua.
Eso ya no es un problema. Tienen un montón de carroña de la que disfrutar, y van a tener aún más suerte: dentro de poco tendrán una comida caliente de verdad.
Annette se sentía completamente agotada, y no quería regresar a las instalaciones, pero no podía permanecer allí con la esperanza de que William pasara por delante de una de las cámaras que todavía funcionaban. Lo había oído caminar por el nivel tres, hacía ya unos dos días, pero no lo había visto en al menos el doble de ese tiempo. No podía seguir esperando. La gente de Umbrella probablemente ya estaban intentando entrar. Aunque había borrado por completo el sistema principal, existían otros modos de atravesar las puertas...
Y es posible que William haya encontrado una manera de salir. No puedo seguir negándolo, por mucho que quiera lo contrario.
Había una fábrica abandonada al oeste del laboratorio, una antigua compañía de transporte que había sido adquirida por Umbrella para asegurarse de que los niveles inferiores se mantenían en secreto. Así había sido como Umbrella había logrado construir todo aquel complejo sin levantar sospechas. Habían escondido todo el equipo y el material en los almacenes de la fábrica y luego habían utilizado la carretilla mecánica de transporte de material pesado para llevarlos de un lado a otro. La última vez que ella había comprobado las entradas a la fábrica, estaban completamente selladas, pero aun así, existía la posibilidad de que William hubiera logrado entrar en el lugar y, si había podido acceder a la fábrica, también habría podido entrar en el sistema de alcantarillado.
Annette se a obligó a sí misma a levantarse e hizo caso omiso del dolor y de las agujetas en sus piernas y espalda mientras empuñaba la pistola. No sabía mucho sobre armas, aunque se había figurado con rapidez cómo funcionaba después de...
Después de que vinieran por el virus-G. Los hombres con las máscaras antigás, disparando y corriendo, y William muriendo en mitad de un charco de sangre. No vi la jeringuilla hasta que fue demasiado tarde...
Inspiró profundamente una gran bocanada de aire y se estremeció, intentando dejar a un lado el terrible recuerdo, intentando olvidar el incidente que le había arrebatado a William y que había convertido a Raccoon City en la ciudad de los muertos. Ya no importaba. La tarea que tenía por delante no era agradable y tenía que concentrarse. Estaban los Re3, los humanos infectados en la primera y la segunda etapas, los experimentos botánicos, la serie de arácnidos... Podía toparse con cualquiera de los seres infectados con el virus-T, por no mencionar cualquier cosa que Umbrella hubiese decidido enviar.
Y con William. Mi esposo, mi amado... el primer humano infectado con el virus-G, y que ya no es humano en absoluto.
Había estado equivocada al pensar que ya no le quedaban más lágrimas en su interior. Annette se quedó de pie en mitad de la enorme sala esterilizada, cinco pisos por debajo de la superficie de la ciudad, y se echó a llorar con desesperación, con unos sollozos desgarradores que ni siquiera sirvieron para mitigar un poco el dolor provocado por su soledad.
Haría que Umbrella lamentara todo aquello. En cuanto estuviera segura de que William estaba fuera del alcance de sus científicos, destruiría sus preciosas instalaciones, se llevaría consigo el virus-G y echaría a correr. Iba a asegurarse de que se enteraran y de que entendieran que la habían jodido a base de bien... y que Dios ayudase a cualquiera que se entrometiera en su camino.

Capítulo 17

Ada entró en el bloque de los calabozos sólo un paso por detrás de León, justo a tiempo para ver al periodista salir a trompicones de su celda y caer al suelo.
¡Ayúdalo! —le gritó León, y pasó corriendo al lado de Bertolucci para echarle un vistazo a la celda.
Ada se detuvo delante del jadeante reportero y, sin hacer caso a la orden, se quedó a la espera para ver si lo que lo había atacado salía de un salto por la puerta de la celda...
Estaba protegido por los barrotes. ¡Cómo demonios ha ocurrido esto?
Esperó apuntando a un lado de León mientras éste se colocaba delante de la celda, con el corazón palpitando a toda velocidad... y vio la sorpresa reflejada en su rostro, el asombro en su cara. El modo en que miró a uno y otro lado del calabozo le indicó que estaba vacía y que no había nada en su interior, a menos que el atacante fuese invisible...
De ninguna manera. Ni siquiera empieces a pensar en algo así, no dejes que esa idea se apodere de tu mente.
Ada se arrodilló al lado del periodista y se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba en muy mal estado. De hecho, se estaba muriendo. Se había desplomado en una posición medio sentada, con la cabeza apoyada en los barrotes de la celda adyacente a la suya. Todavía respiraba, pero no tardaría mucho en dejar de hacerlo. Ada había visto aquella clase de mirada anteriormente, con los ojos fijos en un punto más allá de donde se encontraban, además del temblor y de la palidez... pero lo que no había visto era lo que lo había provocado, y eso era lo que más miedo le daba. No se veía ninguna herida, así que supuso que debía tratarse de un ataque al corazón, quizás un infarto... Pero, ¿y el grito?
¿Ben? Ben, ¿qué ha ocurrido?
Ben clavó su mirada perdida en el rostro de Ada, y ésta advirtió que las comisuras de la boca estaban un poco rasgadas y sangraban. Abrió la boca para hablar, pero lo único que logró articular fue un gruñido ahogado e ininteligible.
León se agachó al lado de ambos, tan confundido como ella. Hizo un gesto negativo con la cabeza hacia Ada, como una respuesta no hablada a una pregunta que no había hecho: no existía pista alguna de lo que había ocurrido.
Ada bajó la vista hacia Bertolucci y lo intentó de nuevo.
¿Qué ha pasado, Ben? ¿Puedes decirnos qué ha pasado exactamente?
Las temblorosas manos del reportero subieron hasta colocarse encima de su pecho. Logró susurrar una única palabra con un esfuerzo visible.
Ventana...
Ada no se sintió más tranquila al oír eso. La «ventana» del calabozo medía poco más de treinta centímetros y, desde luego, menos de medio metro, y estaba a una altura de unos dos metros y medio del suelo del calabozo. En realidad, no era más que un pequeño agujero de ventilación que se abría al garaje. Nada podía haber pasado por allí... al menos, nada de lo que ella hubiera leído u oído hablar, y eso significaba que existían peligros para los que no estaba preparada.
Bertolucci todavía estaba intentando hablar. Tanto Ada como León se inclinaron para poder oírlo mejor, esforzándose por entender sus doloridos susurros.
Pecho. Me arde... duele...
Ada se relajó un poco. Estaba claro: había visto u oído algo fuera de la celda, algo que le había provocado un infarto masivo. Podía comprender eso. Una putada para el periodista, pero aquello le ahorraría el trabajo de tener que matarlo...
Bertolucci extendió una mano de repente y la agarró por el antebrazo, mirándola con tal intensidad que la sorprendió. Su apretón tenía poca fuerza, pero pudo ver la desesperación en sus ojos húmedos, una desesperación y una pena frustrada que le inspiraron un poco de culpabilidad por lo que acababa de pensar.
Nunca he contado... lo que sé sobre Irons —dijo con un fuerte suspiro. Era obvio que estaba agarrándose a la vida con las dos manos para poder explicarlo todo—. Ha estado trabajando... para Umbrella... durante todo este tiempo. Los zombis... son fruto de... las investigaciones de Umbrella... y él encubrió los asesinatos... pero yo no pude... demostrarlo... iba a ser... mi exclusiva.
Bertolucci cerró sus párpados hinchados, y su respiración se hizo aún más débil mientras sus dedos se separaban sin fuerza ya de su brazo, y ella sintió una oleada de compasión sin poder evitarlo. El pobre idiota: su gran secreto era que Umbrella estaba realizando investigaciones sobre armas biológicas y que Irons lo estaba encubriendo. Habría sido todo un bombazo periodístico, pero, al parecer, ni siquiera había podido conseguir pruebas sobre ello.
No sabe ni una mierda sobre el virus-G, nunca lo ha sabido... y va a morir de todas maneras. Eso sí que es una putada.
Jesús —dijo León en voz baja—. El jefe Irons...
Ada se había olvidado de lo fuera de onda que estaba el joven policía. Era obvio que se trataba de un novato, tanto en el trabajo como en Raccoon City, pero un par de veces le había parecido tan perceptivo que la había sorprendido. Lo que también estaba claro era que el chaval no era un simple caso de testosterona, sino que tenía en buen funcionamiento la parte de la azotea.
Ya vale. No es mucho más joven que tú. El periodista está a punto de estirar la pata y tienes que ponerte en camino, no preocuparte por el agente Don Simpático...
Bertolucci se estremeció espasmódicamente de improviso, y sus manos agarraron su pecho mientras gemía, con un sonido agudo y lastimero de agonía. Arqueó la espalda y sus dedos se curvaron como garras... y el gemido adquirió un tono líquido cuando la sangre comenzó a salir de su boca como un grotesco surtidor. Los miembros de Bertolucci comenzaron a agitarse mientras se ahogaba y se estremecía al mismo tiempo, con todo el cuerpo convulsionándose a la vez que sus toses esparcían gotas rojas por el aire...
Entonces Ada vio que florecía una gran mancha roja en su pecho, que se extendió por toda su arrugada camisa bajo sus frenéticas manos, y en ese mismo instante también oyó el húmedo chasquido de los huesos al partirse. Se levantó de un salto hacia atrás mientras León sostenía las manos del reportero, sin saber qué era lo que ocurría con exactitud, pero absolutamente convencida de que aquello no era un simple ataque al corazón.
¡Dios Santo! ¿Qué es eso?
Bertolucci se quedó inmóvil de repente; sus ojos se le dieron vuelta y se quedaron en blanco, sin ver ya nada más. La sangre siguió saliendo por sus labios agrietados y Ada siguió oyendo aquel ruido, el horrible ruido de la carne al ser desgarrada, y un instante después vio que algo se movía bajo la húmeda tela de la camisa.
¡Retrocede! —le gritó Ada a León mientras apuntaba con su Beretta al pecho del periodista muerto.
En la fracción de segundo que tardó en apuntar, una cosa surgió del ensangrentado pecho de Bertolucci. Una cosa del tamaño del puño de un hombre, algo completamente cubierto de pedazos de carne que abrió una boca que no era más que pequeño agujero, pero repleto de agudos dientes cubiertos de rojo, algo que lanzó un agudo aullido. La criatura se contoneó para salir del agujero que ella misma se había abierto, salpicando todo el frío cemento de alrededor con trozos de carne y restos húmedos de tejido.
Salió del cuerpo del periodista con un chorro de sangre y, con un último empujón, cayó al suelo... y salió disparada hacia la puerta abierta que daba a la salida, impulsándose con su cola serpenteante y unas patas que Ada no llegó a ver, dejando un rastro ensangrentado a su paso.
Salió por la puerta antes de que Ada se acordara de que estaba empuñando una pistola. Por primera vez desde que había llegado a Raccoon City, por primera vez en toda su vida, se había sentido tan sorprendida que no había pensado en reaccionar.
Una criatura parasitaria que se alojaba en el pecho y luego lo desgarraba para salir, como sacada de una película de ciencia-ficción...
Eso era... ¿Has visto...? —logró articular León.
Lo he visto —dijo Ada en voz baja, interrumpiéndolo.
Se giró, bajó la vista y miró la cara de Bertolucci, inmovilizada para siempre en una angustiosa contorsión de dolor, y luego al agujero del pecho del que todavía rezumaba sangre, justo debajo del esternón.
Su boca, agrietada por las comisuras...
Algo le había implantado la criatura. No sabía qué era y no quería saberlo. Lo que quería era terminar cuanto antes su trabajo y luego alejarse todo lo posible de Raccoon City. De hecho, pensó que jamás había querido algo tanto como aquello último. Cuando se había dado cuenta por primera vez de que se había producido un escape del virus-T, había esperado tener que enfrentarse a unos cuantos organismos bastante desagradables, pero la idea de que uno de aquellos seres fuera introducido o se metiera a la fuerza por su garganta, anidara en su cuerpo como un feto aberrante antes de abrirse paso a mordiscos por tu pecho... si no era lo más horrible que podía imaginarse, desde luego no estaba muy lejos.
Miró a León y dejó a un lado todo intento de parecer razonable. Iba a salir de allí para dirigirse al laboratorio, y era una cuestión que, por supuesto, no estaba dispuesta a discutir.
Me marcho de aquí —anunció, y se dio la vuelta sin ni siquiera esperar una respuesta por su parte.
Comenzó a caminar en dirección a la puerta, evitando con mucho cuidado pisar el reluciente y sangriento rastro que había dejado el pequeño monstruo.
¡Espera! Mira, creo que... ¿Ada? Eh...
Ella entró en el pasillo con el arma preparada, pero la criatura no estaba a la vista. El rastro de sangre se desdibujaba y desaparecía por fin en la mitad del pasillo, pero ella dio cuenta de que habían dejado la puerta de la perrera abierta...
Y también han dejado la tapa del portillo de acceso levantada. Estupendo.
León llegó a su altura antes de que hubiera avanzado unos cuantos pasos. Se puso delante de ella, impidiéndole seguir, y Ada pensó por un momento que iba a intentar detenerla por la fuerza.
No lo hagas. No quiero hacerte daño, pero te lo haré si no me queda más remedio.
Ada, por favor, no te vayas —dijo León, con tono de súplica, no de mando—. Yo... Cuando llegué a Raccoon City, me encontré con una chica, y creo que está en algún lugar de la comisaría. Si me ayudas a encontrarla, podremos salir los tres de aquí. Tendremos muchas más posibilidades...
Lo siento, León, pero éste es un maldito país libre. Haz lo que debas hacer, y buena suerte, pero yo no pienso quedarme. Ya he tenido más que suficiente. Si... cuando salga de aquí, te enviaré ayuda.
Ada lo empujó ligeramente para pasar por su lado, con la esperanza de no tener que utilizar de verdad la violencia, deseando poder decirle que no intentara detenerla, decirle lo peligroso que sería para él siquiera intentarlo... cuando León volvió a sorprenderla.
Entonces, te acompañaré —concluyó. La miró directamente a los ojos, con una mirada decidida y firme—. No voy a permitir que te vayas sola. No quiero que nadie más... No quiero que sufras daño.
Ada se quedó mirándolo, sin saber qué decirle. Ahora que Bertolucci estaba muerto, no quería tener que dejar colgado y a solas a León en las alcantarillas. No sería demasiado difícil: sabía que el sistema de alcantarillado era muy extenso. Sin embargo, era tan puñeteramente amable, estaba tan decidido a ser servicial, que ella estaba empezando a... no querer que le pasara nada malo. Todo habría sido mucho más fácil si simplemente se hubiera tratado de un capullo con una actitud machista...
Vale, pues haz pedazos tu tapadera. Dile que eres una agente privada que estás intentando robar el virus-G y que no quieres ni necesitas compañía. Cuéntale el alivio que sentiste cuando el periodista estaba a punto de palmarla, o que no tienes ninguna clase de problema con eso de matar, siempre que sea por una buena causa: que te paguen. A ver si es tan amable y servicial después de eso.
No era una opción. Tampoco lo era intentar convencerlo de que no la acompañara, porque no tendría sentido. Y la verdad es que había una parte de ella, una parte que ella no quería admitir, que quería evitar a toda costa quedarse de nuevo a solas. Ver aquella criatura que se había abierto paso a mordiscos a través del pecho de Bertolucci la había dejado con la sensación de que no era tan invulnerable como a ella le gustaba pensar que era.
Bueno, pues entonces deja que venga contigo al laboratorio y, en cuanto encuentres un lugar seguro, lo dejas allí. Si no hay daño, no hay mal.
León seguía mirándola fijamente, como si estuviese estudiándola, a la espera de su aprobación.
Vamonos —aceptó Ada por fin, y la sonrisa que él le dedicó, aunque fuera encantadora, la hizo sentir todavía más incómoda.
Comenzaron a caminar hacia la perrera sin cruzar ninguna otra palabra. Ada seguía preguntándose en su interior qué demonios estaba haciendo... y si sería capaz de hacer lo que fuera necesario para cumplir con su trabajo.
Claire estaba de pie delante de una puerta de estilo medieval, situada al final de un pasillo muy parecido a los de los calabozos de aquella época, donde se había detenido el ascensor. El aire en el interior de toda la comisaría era bastante fresco, pero la humedad helada que desprendían las paredes de piedra de aquel pasillo hacía que el ambiente del resto del edificio pareciera de verano. Era como si hubiera descendido a las profundidades de un castillo antiguo, sacado directamente con una maldición de la Edad Media.
Aspiró profundamente mientras decidía cómo iba a entrar. Estaba segura de que al jefe Irons no le gustaría ni un pelo tener una visita sorpresa, pero la idea de llamar a la puerta le parecía ridícula, por no decir peligrosa. Descubrió unas antorchas ardiendo en unos candelabros de la pared a ambos lados de la maciza puerta de madera. La puerta estaba reforzada con tiras de metal oxidado. Si había albergado alguna duda de que Irons estaba como una chota de loco, la visión de aquel pasillo de ambiente frío y ominoso, unido a las antorchas chisporroteantes, le habían despejado cualquier indecisión al respecto.
Un túnel secreto, una estancia oculta con su correspondiente iluminación misteriosa... ¿Qué persona todavía en sus cabales se metería en un lugar como éste? No fue el desastre lo que provocó su locura: Irons estaba chiflado mucho antes de que ocurriera el accidente de Umbrella.
También ahora estaba segura de otra cosa, aunque no tenía pruebas para demostrarlo; cuando Sherry le había dicho en qué trabajaban sus padres para ganarse la vida y lo que había sucedido justo antes de que ella se fuera a la comisaría, algo encajó en el interior de su cerebro. Umbrella realizaba investigaciones sobre enfermedades, y lo que estaba claro era que los habitantes de Raccoon City sufrían un grave caso de algo. Sin duda, se había producido alguna clase de accidente, una especie de escape que había dejado suelta una extraña plaga de zombis...
Deja de divagar.
Claire se mordió el labio inferior, sin saber qué hacer. No tenía la menor duda de que Irons estaba en algún lugar de las cercanías, y de que no deseaba encontrarse de nuevo con él. Quizá debería regresar, reunirse con Sherry e intentar encontrar otro modo o camino de salir de allí. Que aquella zona fuese un lugar secreto no quería decir que necesariamente incluyera una ruta de escape.
Sigues divagando, y Sherry sigue allí arriba y sola. Además, todavía empuñas una pistola, ¿te acuerdas?
Una pistola con muy poca munición. Si esa era la guarida secreta de Irons, seguramente guardaba armas en su interior... o quizá sólo era otro pasillo, uno que se hundía aún más en las profundidades de la comisaría. De todas maneras, seguir pensando de aquel modo no le estaba proporcionando una mierda de información con la que decidir.
Claire apoyó la mano en el pomo de la puerta, inspiró profundamente de nuevo, y empujó para abrirla. La pesada puerta giró lentamente sobre sus goznes bien engrasados. Dio un paso atrás y levantó su arma...
Jesús.
Una estancia vacía, tan húmeda y poco acogedora como el pasillo... pero con una decoración y un mobiliario que le puso la piel de gallina y los pelos de punta. Una única bombilla desnuda colgaba del techo e iluminaba el lugar más tétrico que ella jamás había visto. En mitad del recinto había una mesa, manchada y desgastada, con una pequeña sierra y otras cuantas herramientas y utensilios esparcidos por su superficie. También vio un mellado cubo de metal y una fregona, apoyados en una pared manchada de agua, al lado de un fregadero portátil con manchas secas de algo rojo en su interior. Las estanterías de las paredes estaban repletas de botellas polvorientas y de lo que parecían ser huesos humanos, pulidos y de color pálido, dispuestos como si fueran macabros trofeos. Y el olor. Un olor químico, un hedor ácido y penetrante, que apenas lograba tapar otro olor más siniestro. Un olor a locura.
Incluso el mero hecho de mirar la hacía sentir enferma. «Chiflado» era un término que desde luego se quedaba corto para definir el estado mental del jefe de policía, pero no había nadie más por allí, y eso significaba que podría haber otro pasadizo secreto en el lugar. Además, como mínimo debía entrar para encontrar alguna otra arma.
Claire entró en la estancia después de tragar saliva, aliviada de no haber llevado a Sherry con ella. Ver aquella cámara de torturas le habría producido pesadillas, no era cuestión de exponer a la chiquilla a…
Quieta, o te disparo ahí mismo.
Claire se quedó de piedra. Cada músculo de su cuerpo se congeló mientras Irons empezaba a reírse detrás suyo, desde detrás de la puerta donde no se le había ocurrido mirar.
Oh Dios mío, oh, Dios, oh, Sherry lo siento mucho.
La risita ahogada de Irons creció hasta convertirse en la carcajada jovial y eufórica de un hombre loco, y Claire comprendió que iba a morir.

Capítulo 18

Tratando de no respirar muy profundamente, León llegó al fondo de la escalera de metal y se giro rápidamente, apuntando su Magnum en la gruesa penumbra. El agua turbia chapoteaba bajo sus botas, y cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, vio la fuente del terrible olor.
Partes de ella, en cualquier caso...
El túnel del subsuelo que se alargaba enfrente de él estaba cubierto de trozos de cadáveres, cuerpos humanos que habían sido despedazados. Extremidades, cabezas y torsos estaban esparcidos aleatoriamente por todo el pasaje de piedra, bañados por los pocos centímetros de oscura agua que cubría el suelo.
¿León? ¿Hay algo? —La voz de Ada resonó desde el círculo de luz encima de la escalera, provocando ecos a su alrededor. León no respondió, tenía su conmocionada mirada fija en la terrible escena, mientras su mente trataba de reunir las partes trituradas para calcular un número.
¿Cuántos? ¿Cuántas personas?
Demasiados para contarlos. Vio una cabeza sin cara, con el largo pelo envolviéndola en una nube.
El tronco decapitado de una mujer gruesa, con un pecho sobresaliendo del agua y meciéndose a su compás. Un brazo todavía dentro de los restos hechos jirones de la manga de una camisa de policía. Una pierna desnuda, que aún llevaba un calcinador de gimnasia puesto. Una mano agarrotada, con los dedos blancos y relucientes.
¿Una docena? ¿Veinte?
¿León?
El tono de la voz de Ada se había agudizado un poco.
Está... Está bien —contestó mientras se esforzaba para que su voz no sonara entrecortada—. No se mueve nada.
Voy a bajar —dijo ella.
Se alejó un poco de la escalerilla para dejarle sitio y recordó algo que ella había dicho antes sobre unos cuerpos arrojados allí...
Ada saltó desde el último peldaño de metal y lanzó unas cuantas salpicaduras por el túnel. Los ojos de León ya se habían adaptado lo suficiente a la escasa luz para advertir el gesto de asco en sus delicados rasgos. Asco, y algo parecido a la tristeza.
Se produjo un ataque en el garaje —dijo Ada en voz baja—. Catorce o quince personas murieron...
Su voz se desvaneció poco a poco y dio un paso para pasar a su lado y echar un vistazo desde más cerca a los restos mutilados. Cuando habló de nuevo, su voz reflejó un tono de preocupación.
No llegué a presenciar el ataque, pero no creo que los despedazaran de ese modo...
Levantó la vista y registró el techo del túnel con la mirada, empuñando con mayor fuerza su pistola. León siguió la dirección de su mirada, pero sólo vio piedras cubiertas de moho. Ada meneó la cabeza y bajó de nuevo la vista hacia la escena cargada de restos humanos.
Los... zombis no hicieron esto. Algo destrozó los cadáveres de esta gente cuando ya estaban muertos.
León sintió un escalofrío por la espina dorsal. Eso era precisamente lo último que quería oír en medio de esa oscuridad húmeda y apestosa, rodeado por cadáveres descuartizados.
Así que no estamos seguros aquí abajo. Deberíamos subir de nuevo y...
Ada comenzó a avanzar, esquivando los restos humanos. El ruido de sus pasos cuidadosos y del pequeño oleaje que provocaban parecía resonar por todo el túnel, que se encontraría en absoluto silencio si no fuese por ellos.
Maldita sea. ¿No hace caso a nadie, o sólo le pasa conmigo?
León la siguió, vigilando dónde ponía los pies, y extendió su mano libre para tocarle el hombro.
Al menos, deja que yo vaya delante, ¿de acuerdo?
Bueno —admitió ella con un tono casi exasperado, aunque no del todo— Tú diriges.
Se colocó delante de ella y avanzaron de nuevo. León intentó dividir su atención entre la oscuridad que tenía por delante y los empapados trozos de carne y hueso que tenía a sus pies. Un poco más delante, el túnel giraba hacia la derecha, y en la aceitosa superficie del agua se veía un ligero reflejo luminoso. Los restos humanos disminuyeron poco a poco.
León se detuvo sólo un momento para descolgarse la escopeta Remington del hombro y comprobar que hubiera un cartucho en la recámara. Fuese lo que fuese lo que hubiera descuartizado a los cadáveres, no parecía estar cerca, pero quería estar preparado por si decidía regresar.
Ada esperó sin decir palabra, aunque él podía sentir su impaciencia. Se preguntó, y no por primera vez, si le ocultaba algo más. León tenía miedo, y también tenía frío y estaba cansado. Temía que algo le hubiera ocurrido a Claire, que quizá todavía estaba dando vueltas por la comisaría... pero ni siquiera sabía si Claire todavía estaba viva. No se había sentido nada tranquilo con la idea de que Ada se metiera en una mala situación estando sola.
Ada, en cambio... Parecía tranquila y con los nervios bajo control, como un soldado veterano, y lo único que expresaba era un irritado deseo de continuar adelante con todo el asunto... y, si apreciaba de algún modo su presencia a su lado, se estaba esforzando mucho por no demostrarlo. No es que él necesitara o quisiera su gratitud...
Pero ¿no es cierto que la mayoría de la gente se sentiría contenta y aliviada de tener a su lado a un policía? ¿Aunque fuera uno novato?
Puede que no, y no era el lugar ni el momento adecuado para empezar a realizar preguntas. León dejó de pensar en aquello y comenzó a andar de nuevo, pasando con cuidado por encima de un trozo de carne masticado que no pudo identificar con exactitud.
Para —le susurró Ada de repente—. Escucha.
León tensó su cuerpo, con la Remington en una mano y la Magnum en la otra. Inclinó la cabeza hacia un lado para intentar escuchar mejor, pero sólo oyó el lejano y constante gotear del agua... y un suave pataleo. Un sonido rápido pero aleatorio, como martillos envueltos en tela que golpearan una superficie cubierta de tela. Fuese lo que fuese, se estaba acercando a ellos, procedente de la esquina del túnel que se veía un poco más adelante.
¿Por qué no oímos el chapoteo? ¿Por qué no se oyen las pisadas en el agua si...?
León retrocedió un paso y levantó sus dos armas ligeramente al recordar el modo en que Ada había mirado antes al techo... y fue cuando la vio, la vio y sintió que su corazón se detenía en mitad de un latido. Era una araña del tamaño de un perro grande, que se deslizaba por encima de las húmedas piedras de la parte superior de la pared interior, con las puntas de sus peludas y huesudas patas resonando...
No es posible...
En ese preciso instante oyó unas tremendas detonaciones casi al lado de su oreja derecha. Bam, bam, bam. El resplandor procedente de la boca del cañón de la pistola iluminó brevemente el túnel cuando él disparó a su vez, y el eco de los estallidos resonaron a lo largo de todo el túnel mientras la gigantesca araña caía de la pared y se estrellaba contra el agua con un chapoteo.
Se irguió de nuevo y continuó avanzando hacia ellos, herida, arrastrando dos de sus múltiples patas a través del agua sucia mientras de su grotesco cuerpo redondeado escapaban unos oscuros fluidos. Saltó por encima de una cabeza humana, y el cráneo rodó hacia un lado cuando lo rozó con su abdomen hinchado. León distinguió sus brillantes ojos negros, cada uno del tamaño de una pelota de ping-pong... y apretó el gatillo de la escopeta, sin siquiera sentir el tremendo retroceso del disparo, con su atención totalmente centrada en aquella araña inconcebible. La descarga le acertó de pleno, y destrozó su cara imposible en mil pedazos. La araña se dio la vuelta de espaldas y se deslizó hacia atrás, con sus gruesas patas estremeciéndose mientras se curvaban sobre su peludo cuerpo.
León cargó de nuevo su escopeta con los oídos zumbando y con el corazón en la boca. Su mente le decía que era imposible que hubiera salido disparada hacia atrás una araña de aquel tamaño, que tenía que haberse desplomado bajo su propio peso, que había algo erróneo en todo aquello...
Ada pasó a su lado dándole un empujón mientras le gritaba.
¡Vamonos! ¡Puede que vengan más!
León echó a correr detrás de ella, obligado por el atrevido comportamiento de Ada a dejar a un lado su asombro. Atravesó a la carrera la oscuridad, pasando por encima de los restos humanos y de la araña muerta, una araña que no debería haber existido jamás en la ciudad de Raccoon City que él había conocido.
Suelta tu arma —le ordenó Irons, y ella lo hizo, dudando sólo un momento.
La Browning cayó al suelo con un chasquido metálico, y Irons tuvo que reprimir el deseo de echarse a reír otra vez. Apenas era capaz de creer la forma tan estúpida en la que ella se había comportado. Estaba claro que la asesina de Umbrella se había confiado en exceso, entrando en su Santuario como si el lugar le perteneciera, y su actitud engreída le iba a costar la vida.
Date la vuelta, muy lentamente, y mantén las manos donde yo pueda verlas —le dijo, sin dejar de sonreír.
¡Ah, que victoria tan fácilmente gloriosa! Era la última vez que Umbrella lo subestimaba de aquel modo.
La chica obedeció de nuevo, girando lentamente con las manos levantadas y abiertas, para mostrar que estaban vacías. La expresión de su cara era impagable: sus bellos rasgos estaban congelados en una máscara de miedo y asombro. No se había esperado algo como aquello. Sin duda, había creído que sería una tarea fácil eliminar a Brian Irons. Después de todo, no era más que un hombre desmoralizado, una sombra de su antigua personalidad, con su ciudad y su forma de vida arrebatadas por completo...
Te has equivocado, ¿verdad? —dijo mientras sentía que se le acababa el buen humor y surgía de nuevo la rabia.
Mantuvo su VP70 apuntada hacia su rostro ridículamente joven. Era insultante: habían enviado a una chiquilla para realizar el trabajo sucio. Aunque fuera una tan bonita como aquélla...
Tranquilícese, jefe Irons—dijo la muchacha.
Incluso furioso como estaba, él se sintió complacido al oír la tensión en su seductora voz, las huellas del miedo bajo su inútil súplica. Iba a disfrutar de aquello, mucho más incluso de lo que se había imaginado...
Pero antes, quiero unas cuantas respuestas.
¿Quién te envía? ¿Es Coleman, de la sede central? ¿O las órdenes las recibes de mucho más arriba...? ¿De la junta directiva, quizá? No tiene sentido que intentes mentirme, ya no importa.
La chica se quedó mirándolo, con los ojos abiertos de par en par simulando que estaba confusa.
Yo... Yo no sé de qué me está hablando. Por favor, debe tratarse de una equivocación...
Oh, claro que ha habido una equivocación —respondió Irons con desprecio—. Tú la has cometido. ¿Cuánto tiempo lleva Umbrella vigilándome? ¿Cuáles eran tus órdenes exactas? ¿Se suponía que tenías que matarme directamente o Umbrella quería que yo sufriera un poco antes de eso?
La muchacha no respondió inmediatamente. Era obvio que estaba intentando decidir qué podía contarle. Era muy buena, y la expresión de su rostro sólo dejaba ver un miedo atroz, pero él se dio cuenta de lo que realmente pensaba.
La he pillado. Se ha dado cuenta de que no pienso dejarla con vida, así que va a intentar ocultarme la verdad incluso en un momento como éste. Joven, pero bien entrenada.
Vine a Raccoon City en busca de mi hermano —repuso con lentitud con sus ojos grises fijos en la boca del arma de Irons—. Era miembro de los STARS, y yo sólo quería...
¿Los STARS? ¿Eso es lo mejor que puedes inventarte?
Irons se rió con amargura mientras meneaba la cabeza. Los STARS de Raccoon City se habían marchado mucho antes de que todo se fuera a la mierda, y de lo último que se había enterado era de que Umbrella ya había «reconvertido» a la organización para sus propios propósitos y que estaba trabajando para eliminar a todos aquellos que no se vendieran al mejor postor. Como tapadera para su misión, no servía de mucho.
Pero hay algo que...
Entrecerró los ojos y estudió con mayor detenimiento su cara pálida y nerviosa.
¿Y quién dices que es tu hermano?
Chris Redfield. Usted lo conoce... Yo soy Claire, su hermana, y no tengo ni idea de lo que ha hecho Umbrella ni nadie me ha enviado para matarlo.
Habló con rapidez, tartamudeando en su intento por decírselo todo.
La verdad es que se parecía a Redfield, pensó, por lo menos en los ojos... aunque el motivo por el que ella pensaba que aquello la iba a ayudar era un misterio para Irons. Chris Redfield siempre había sido un jovenzuelo pomposo e irrespetuoso que lo había desafiado abiertamente en muchas ocasiones. De hecho, cuando lo pensó de nuevo...
Redfield estaba trabajando para Umbrella, ¿verdad?
Mientras se lo preguntaba en voz alta, Irons se dio cuenta de que estaba en lo cierto, y su furia se incrementó como una marea roja, como un calor infernal que recorrió sus venas y le hizo sentirse enfermo.
Incluso mis empleados, desde el principio, todos unas traicioneras marionetas de Umbrella.
La mansión Spencer, las acusaciones contra Umbrella.., todo fue un montaje. Le ordenaron que causara problemas para distraerme, y así ellos podrían robar el nuevo virus de Birkin...
Irons dio un paso hacia Claire, casi incapaz de evitar apretar el gatillo a pesar de lo que había planeado para ella. La muchacha dio un paso atrás mientras ponía las manos por delante con las palmas vueltas hacia él, como si quisiera protegerse de su furia justiciera.
Así es como se enteraron los miembros de los STARS de cuándo debían marcharse de la ciudad —dijo con un gruñido—. ¡Les avisaron de que se fueran de la ciudad antes de que se produjera el escape del virus-T!
Él dio otro paso hacia ella, pero Claire se había detenido, con los ojos aún más abiertos de par en par.
¿Quiere decir que Chris no está en Raccoon City?
Su leve susurro de esperanza sólo logró aumentar la ira que le recorría el cuerpo, y el sentimiento fue tan poderoso que superó la rabia, y centró sus intenciones en algo mucho más brutal y preciso. No era suficiente que hubiese sido traicionado por Umbrella y por los STARS, no era suficiente que hubiese sido manipulado, atormentado, perseguido...
No. No, además esta chiquita tiene que mentirme, una espía y una asesina procedente de una familia de traidores. Toda una vida dedicada al servicio, toda una vida de experiencia y sacrifico personal, y ésta es mi recompensa.
Una bofetada en la cara —dijo en voz baja, con un tono de voz tan frío como el salvajismo que lo invadía, convirtiéndolo en el cazador—. Me tratas como si fuera idiota. Ni siquiera me muestras el respeto de mentirme en condiciones.
Extendió el brazo que sostenía su pistola y caminó hacia ella. Cada paso era deliberado y premeditado, y esta vez, él se dio cuenta de que su miedo era real por el modo en que retrocedía, por la manera en que sus labios temblaban y su pecho respiraba entrecortadamente de una forma casi deliciosa. Estaba aterrorizada e intentaba buscar con la vista un arma o un modo de salir de allí mientras lo observaba, todo al mismo tiempo. No logró ninguna de las tres cosas mientras él seguía avanzando.
Yo tengo el poder —le dijo—. Éste es mi Santuario, éste es mi dominio. Tú eres la intrusa. Tú eres la mentirosa, tú eres la malvada... y voy a despellejarte viva. Voy a lograr que grites, zorra, voy a hacer que desees no haber nacido nunca. Te pagasen lo que te pagasen, no habrá sido lo suficiente.
Ella retrocedió hasta una de las estanterías, tropezando con la pata de la mesa de trabajo, y casi se cayó sobre la puerta de una salida que estaba en la esquina. Irons la siguió mientras sentía aquella emocionante y bella sensación de poder recorrerle el cuerpo, mientras se notaba cada vez más excitado por su indefensión.
¡Por favor! ¡Yo no soy quien usted se cree que soy! ¡Usted no quiere hacer esto en realidad!
Sus patéticos razonamientos lo hicieron detenerse y soltar una carcajada. Deseaba aumentar su terror, deseaba que sintiera que su control de la situación era absoluto. Estaba situada entre una estantería llena de trofeos y la trampilla del hueco oculto. Irons permaneció a una distancia prudencial, disfrutando de la mirada que se veía en los relucientes ojos de la muchacha: el pánico que sentía un animal atrapado, un animal indefenso, un animal de carne tibia y blanda, de fácil manejo...
Irons se lamió los labios, y su mirada hambrienta recorrió la esbelta silueta de su presa. Otro trofeo, otro cuerpo que transformar... y ya iba siendo hora de que pusiera manos a la obra, de que...
¡Raaaargggh!
¿Qué demonios...?
La trampilla que cubría la entrada al subsótano salió disparada por los aires, partiéndose con un crujido terrible, y una de las grandes astillas se clavó en la cadera de Irons. Trastabilló, incapaz de comprender lo que había ocurrido... Él tenía el control, y sin embargo, algo había salido mal, terriblemente mal...
Algo le agarró el tobillo. Algo que lo apretó con tanta fuerza que oyó cómo crujían los huesos. Sintió un dolor agudísimo que le subía por la pierna... y cruzó su mirada con la de la chica, cuyos ojos mostraban ahora un nuevo terror, y en aquel breve instante de contacto, quiso decirle tanto... Quiso decirle que no era una mala persona, que era un buen hombre, que era un hombre que nunca mereció que le pasasen todas las cosas que le habían pasado...
Pero aquello que lo tenía agarrado pegó un tremendo tirón. Irons cayó al suelo, soltó su arma, y fue arrastrado hacia los gritos, hacia el dolor y hacia la bestia que lo esperaba allí debajo.

Capítulo 19

Un momento antes, Irons estaba de pie delante de ella, mirándola a los ojos con una increíble expresión de odio... y un momento después, había desaparecido. Fue arrastrado por el suelo hasta el agujero por un brazo al que apenas logró ver, del que sólo distinguió unos músculos goteantes y unas garras de unos treinta centímetros. Desapareció de su vista en un instante, llevándose consigo a Irons hacia la oscuridad inferior.
Oyó otro tremendo rugido de la criatura, un aullido poderoso y salvaje que fue inmediatamente superado por el grito aterrorizado y lastimero de Irons. Claire se quedó petrificada por los penetrantes sonidos, incapaz de moverse, mientras los sentimientos de asombro, alivio y miedo recorrían simultáneamente su cuerpo, oyendo los horribles gritos que surgían del agujero abierto y azotaban sus oídos en el frío y tenebroso subterráneo que Irons había creado...
Hasta que los gritos fueron interrumpidos por un gorgoteo, un segundo o dos después... cuando comenzaron los húmedos y rasposos sonidos de carne al ser arrancada y devorada.
Claire se movió. Recogió del suelo la pistola que Irons había dejado caer y corrió alrededor de la mesa situada en mitad de la estancia, deseosa de no ser agarrada y arrastrada del mismo modo que lo había sido él.
Lo ha matado. Lo ha matado, y él iba a matarme...
La fuerza de lo que acababa de ocurrir, de lo que habría ocurrido, golpeó su conciencia de repente, provocando que sus piernas se convirtieran en gelatina. Claire se obligó a sí misma a alejarse un poco más de la trampilla y a desplomarse contra una pared que rezumaba humedad, aspirando grandes bocanadas del aire estancado y cargado de aromas químicos.
Había planeado matarla, pero no matarla de golpe. Ella había visto que su mirada cargada de locura había recorrido su cuerpo de arriba abajo, había sentido el ansia en su enloquecida risa...
Percibió un gruñido bajo procedente de la esquina, un sonido bestial, el gruñido de un león que se ha hartado de carne. Claire levantó su arma, sorprendida de ser todavía capaz de sentir horror... cuando algo surgió del agujero, algo que agitaba los brazos. Claire disparó, pero el tiro salió completamente desviado. Una botella de cristal de una de las estanterías explotó al mismo tiempo que aquello aterrizaba en el suelo...
Y entonces vio que era Irons, aunque sólo la mitad de él. Algo lo había cortado por la mitad, el ser que había tirado de él lo había partido en dos. Todo lo que hasta hacía escasos segundos estaba por debajo de su gruesa cintura había desaparecido, y unos jirones de piel y de músculo colgaban sobre el charco de sangre que se estaba formando y que sustituía a sus piernas.
Claire retrocedió hacia la puerta, con su arma todavía apuntada hacia la abertura, y oyó a la criatura, al monstruo, aullar de nuevo. El eco del rugido se fue desvaneciendo hacia una lejanía que ella no podía imaginar. Un segundo más tarde, dejó de oírlo: se había marchado.
El monstruo de Sherry. Ese era el monstruo de Sherry.
Se acercó lentamente hacia el destrozado cuerpo del jefe Irons, hacia la vacía oscuridad del agujero... sólo que no todo era oscuridad. Pudo ver que hasta allí llegaba un poco de luz procedente de algún lugar inferior, la suficiente para darse cuenta de que había otro piso por debajo, lo que parecía la rejilla metálica de una pasarela industrial... y una escalera que llevaba hasta ella.
Un subsótano... ¿Una salida?
Se alejó de la abertura, con sus pensamientos desorganizados y persiguiéndose, intentando absorber toda la información que le había proporcionado Irons. Chris ya no estaba en Raccoon City, los demás miembros de los STARS también se habían marchado. Aquello representaba un alivio maravilloso, pero también terrible, porque significaba que él no estaría por los alrededores para ayudarla. Se había producido un escape de los laboratorios de Umbrella, lo que al menos explicaba los zombis, pero ¿qué era lo que había dicho sobre Birkin...? No, sobre el virus de Birkin, que además... era el padre de Sherry.
Y quizá los zombis son el resultado de algún tipo de accidente de laboratorio, pero ¿cómo se explicaban las demás criaturas, como el Señor X y los hombres vueltos del revés?
El modo en que Birkin había maldecido a Umbrella sugería que, aunque el accidente había sido algo inesperado, la compañía farmacéutica no era una víctima inocente. ¿Cómo lo había llamado?
El virus-T —dijo en voz baja, y se estremeció—. Habló del nuevo virus de Birkin, y del virus-T...
La enfermedad de los zombis tenía un nombre, y no se pone un nombre a algo a menos que se conozca bien, lo que significaba que...
Lo que significaba que no tenía ni idea de lo que quería decir todo aquello. Lo único que sabía era que ella y Sherry tenían que huir de Raccoon City, y que aquel subsótano podía ser una vía de escape. No era un callejón sin salida, eso seguro, porque el monstruo que había matado se había marchado a algún lugar...
¿Y de verdad quieres seguirlo?¿Con Sherry, además? Podría regresar... y si es cierto que la está buscando...
No era una idea muy agradable. Sin embargo, tampoco lo era salir a la calle, y la comisaría ya estaba repleta de Dios sabía qué otras criaturas. Claire comprobó cuánta munición le quedaba al arma que Irons había utilizado para amenazarla. Contó diecisiete balas. No eran suficientes para repeler a todas las criaturas de la comisaría... pero sí, quizá, para mantener a raya a un monstruo...
Era una posibilidad, pero ella estaba dispuesta a correr el riesgo. Claire inspiró profundamente y luego dejó escapar el aire con lentitud, intentando calmarse. Tenía que mantener sus nervios bajo control, si no por ella, al menos por Sherry.
Se dio la vuelta y bajó la vista para contemplar los restos destrozados del jefe de policía. Había sido un modo terrible de morir, pero no logró sentirse triste. Irons había estado dispuesto a violarla y a torturarla, se había reído cuando ella le había suplicado por su vida, y ahora era él quien estaba muerto. No se alegraba por ello, pero tampoco iba a derramar una lágrima por lo ocurrido. Su único sentimiento al respecto era que debía tapar lo que quedaba de él antes de ir en busca de Sherry y bajar de nuevo. La chica ya había visto suficiente violencia para toda una vida.
Tú y yo, las dos, chiquilla —pensó Claire con cansancio, y comenzó a mirar a su alrededor en busca de alguna tela suficientemente grande para cubrir el cadáver del jefe Irons.
León la alcanzó en el frío pasillo de estilo industrial que llevaba a la entrada de las alcantarillas, a unos cuantos pasos del subsótano inundado. Ada había echado a correr para adelantarse a él y poder colocar las llaves que les permitirían acceder a las alcantarillas. No quería tener que explicarle cómo las había conseguido. Apenas le había dado tiempo a arrojarlas a un cuarto de calderas antes de que las botas del policía resonaran en los peldaños metálicos a su espalda.
Al menos, no tengo que fingir que tengo que recuperar el aliento
Ada se dio cuenta por su expresión que tenía que suavizar la situación, así que comenzó a hablar en el mismo instante que él entró en el sombrío pasillo.
Siento haber echado a correr —se disculpó mientras le sonreía con nerviosismo—. Es que odio las arañas.
León frunció el entrecejo y la miró fijamente. Al ver la mirada de sus ojos azules, Ada se dio cuenta de que tendría que hacerlo mucho mejor, que tendría que esforzarse mucho más. Dio un paso hacia él para acercarse un poco, no lo bastante como para invadir su espacio personal, pero sí lo suficiente para que él sintiera el calor de su cuerpo. Mantuvo el contacto visual e inclinó un poco la cabeza hacia atrás para resaltar la diferencia de altura entre ellos dos. Era un pequeño detalle, pero en su experiencia profesional, los hombres por lo general respondían de forma adecuada a los pequeños detalles.
Supongo que tengo mucha prisa por salir de aquí —dijo en voz baja, y dejó de sonreír—. Espero no haberte preocupado.
Él bajó la mirada, pero no antes de que ella advirtiera un destello de interés. Estaba confundido y algo aturdido, pero, desde luego, estaba interesado en ella, por lo que se sorprendió mucho más cuándo León dio un paso atrás para alejarse.
Bueno, pues sí, has hecho que me preocupe. No vuelvas a hacerlo, ¿entendido? Puede que no sea un gran policía, pero al menos lo estoy intentando... y sólo Dios sabe con qué nos podemos topar aquí abajo. —La miró de nuevo a los ojos, y siguió hablando en voz baja—: Vine contigo sólo porque quiero ayudarte, quiero hacer mi trabajo, y no puedo hacerlo si sigues lanzándote a la carga de ese modo. Además —dijo con una leve sonrisa—, si sales corriendo, ¿quién va a ayudarme a mí?
Esta vez le tocó a Ada mirar hacia otro lado. León estaba siendo completamente sincero con ella y admitía sin reparos el miedo que estaba sintiendo. Además, la respuesta que había dado a su insinuación no demasiado sutil había sido dar un paso atrás y decirle que quería ser un buen policía.
Está interesado en mí, pero no se va a dejar arrastrar por sus hormonas. Y, para colmo, es lo bastante hombre para admitir delante de mí que su habilidad como policía no es la mejor del mundo.
Ella se vio obligada a responder a su sonrisa, pero le costó trabajo.
Haré todo lo que pueda—respondió.
León asintió y se dio la vuelta para registrar con la vista el pasillo, dejando a un lado la conversación, para alivio de Ada. No estaba segura de lo que pensaba de él, pero se estaba dando cuenta, y se sentía incómoda por ello, de que su respeto por él aumentaba a cada momento. Aquello no era nada bueno, si se tenían en cuenta las circunstancias que rodeaban todo el asunto.
No había mucho que ver en el húmedo y escasamente iluminado pasillo: dos puertas y un callejón sin salida. El cuarto de calderas, donde ella había tirado las llaves (aunque más bien eran clavijas como las de los aparatos de música), estaba delante de ellos, y la entrada a las alcantarillas, en una esquina posterior. Según el cartel que había en la pared, la otra puerta daba paso a un pequeño cuarto de almacenamiento.
Ada siguió a León cuando éste se dirigió hacia la puerta más cercana, la del cuarto de almacenamiento, pero se mantuvo a su espalda mientras él la abría con el cañón de su Magnum y entraba con cuidado. Unas cajas, una mesa, un camastro... Nada importante, pero al menos no se habían encontrado con más bichos amenazadores. Después de un rápido registro, él salió de nuevo al pasillo y se dirigieron hacia el cuarto de calderas.
Bueno, ¿y cómo has aprendido a disparar de ese modo? —preguntó León cuando se detuvieron delante de la puerta. Su tono de voz era indiferente, pero ella creyó detectar algo más que una simple curiosidad—. Lo digo porque eres muy buena. ¿Estuviste en el ejército o algo así?
Buen intento, señor agente.
Ada sonrió, y se dispuso a interpretar de nuevo su ya practicada personalidad de tapadera.
Pistolas de pintura, aunque no lo creas. Ya sabes, esas que disparan bolas rellenas de pintura. Asistí a una partida con mi tío cuando era una jovencita, y no me atrajo demasiado, pero hace unos años, un amigo de la galería de arte donde trabajo como compradora, en Nueva York, me llevó, bueno, casi me arrastró a uno de esos fines de semana de supervivencia para descansar, y fue toda una experiencia. Me lo pasé genial. Ya sabes: escalamos montañas, hicimos senderismo, de todo eso, y además, otra vez pistolas de pintura. Es divertidísimo, así que vamos una vez cada dos meses, más o menos, aunque nunca pensé que tendría que utilizarlo en la vida real.
Ella se dio cuenta de que él la creía, de que quería creerla. Probablemente era la respuesta a muchas de las preguntas que se había estado haciendo sobre ella, unas preguntas que no se había atrevido a plantear.
Bueno, pues eres mucho mejor tiradora que algunos de mis compañeros de academia. De verdad. Entonces, ¿estás dispuesta a seguir adelante?
Ada se limitó a asentir. León abrió la puerta que daba al cuarto de calderas. Paseó la mirada por la antigua y oxidada maquinaria que había en aquel amplio espacio antes de indicarle a ella que podía entrar. Ada se esforzó por no bajar la mirada, para que fuese León quien encontrase el pequeño envoltorio que ella había tirado allí minutos antes.
Ella no había mirado a fondo el lugar cuando tiró las llaves. El cuarto, que tenía forma de H mayúscula puesta de lado, disponía de unas barandillas oxidadas y estaba dominada por dos enormes calderas viejas, una a cada lado. Unos cuantos tubos fluorescentes lanzaban pequeños chasquidos por encima de ellos, y la luz de los pocos que todavía funcionaban provocaba una serie de extrañas sombras al tropezar con las tuberías por las paredes repletas de manchas de humedad. La puerta que llevaba al sistema de alcantarillado estaba en la esquina izquierda más alejada. Divisó un portón de hierro de aspecto pesado y, a su lado, un pequeño panel.
Eh... —León se agachó y recogió del suelo el puñado de clavijas que ella había tirado allí y que, sabía, abrirían el portón—. Parece que a alguien se le ha caído algo...
Antes de que Ada pudiera comenzar a fingir y a preguntarle qué había encontrado, oyó un ruido. Era un sonido suave, como el de algo que se arrastrara, procedente de la zona de la esquina derecha trasera, que estaba tapada por una de las calderas.
León también lo oyó. Se puso en pie con rapidez, dejando caer el puñado de clavijas al mismo tiempo que alzaba la escopeta. Ada también apuntó con su Beretta hacia el punto de donde provenía el ruido, y de repente recordó que la puerta estaba entornada cuando ella llegó procedente del subsótano.
Oh, mierda. El implante.
Sabía lo que era incluso antes de que apareciera ante su vista arrastrándose... y, aun así, se quedó pasmada. La pequeña criatura había crecido, y había crecido muy deprisa, hasta alcanzar un tamaño veinte veces superior al inicial, logrado en otros tantos minutos... y todavía seguía creciendo, al parecer, a un ritmo exponencial. En los pocos segundos que tardó la criatura en llegar hasta el centro de la estancia, pasó de tener el tamaño de un pequeño perro hasta la altura y el grosor de un niño de diez años.
La forma también había cambiado, estaba cambiando, todavía. Ya no era aquella pequeña bestezuela alienígena que se había abierto camino a mordiscos para salir del pecho de Bertolucci. Le había desaparecido la cola, y la criatura que avanzaba centímetro a centímetro sobre el oxidado suelo de metal había desarrollado unas extremidades, unos brazos que se extendían desde su gomosa carne. Vio unas garras que empezaban a sobresalir de su oscura y cambiante piel, acompañadas de un sonido chasqueante como el del cartílago al partirse. De repente, comenzaron a crecerle piernas, al principio blandas como el agua, pero a medida que tomaban forma, los músculos y los tendones adquirieron fuerza, y la criatura comenzó a caminar de un modo más ágil, casi felino.
La escopeta de León y la pistola de Ada dispararon al mismo tiempo, y una serie de fuertes estampidos se intercalaron con el sonido más agudo de los proyectiles de nueve milímetros. La criatura continuó cambiando, alargando su figura e intentando ponerse en pie mientras adoptaba una figura humanoide. Su respuesta a los estruendosos disparos que atravesaban con sonido húmedo su pellejo fue abrir la boca y vomitar un chorro de proyectiles de bilis verde y podrida...
Unos proyectiles que cayeron al suelo y comenzaron a moverse. El chorro que había surgido de sus fauces estaba vivo, y la docena de criaturas similares a cangrejos que habían estado semiocultas en el chorro parecían saber con exactitud dónde se encontraba la amenaza a su fétido y mutante progenitor. Las escurridizas y reptantes criaturas se lanzaron como un silencioso enjambre en dirección a León y Ada mientras el monstruoso implante daba un enorme paso hacia adelante, con unos tendones saltones de su cuello increíblemente largo y grueso.
León tenía una mayor potencia de fuego...
¡Yo me ocupo de ellos! —gritó Ada mientras apuntaba y disparaba contra el más cercano de los verdes y diminutos cangrejos. Eran veloces, pero ella fue más rápida: apuntó y disparó, apuntó y disparó, apuntó y disparó, y los pequeños monstruos fueron estallando uno tras otro en fuentes de fluidos oscuros y espesos, y muriendo tan silenciosamente como se acercaban.
León disparó una y otra vez con la escopeta, pero Ada no podía mirar en su dirección para comprobar cómo le iba con la bestia madre. Quedaban cinco de las pequeñas criaturas, y sólo le quedaban tres balas...
Y en ese momento oyó que la escopeta golpeaba el suelo, y el estampido de un tono más grave pero menos potente de los proyectiles de la Magnum de León resonó a través de toda la estancia metálica mientras ella eliminaba a otras dos criaturas antes de que el percutor golpeara con un chasquido seco sin que le respondiera el sonido de un disparo.
Ada soltó la Beretta sin pararse a pensar y se tiró al suelo. Agarró la escopeta por el cañón, rodó hacia León y se quedó agachada a su lado, fuera de su línea de tiro. Blandió el arma con fuerza y dos de los seres mutantes quedaron reducidos a pulpa por la pesada culata... pero el tercero, el último, saltó hacia adelante de forma completamente inesperada... y aterrizó en su muslo, agarrándose con sus patas con puntas como garras. Ada soltó la escopeta gritando mientras el animal se deslizaba velozmente por su pierna, y su peso húmedo y tibio casi la hizo enfermar de asco.
¡Fuera, fuera, FUERA!
Cayó hacia atrás, manoteando frenéticamente contra la criatura que ya le había logrado llegar al hombro y se dirigía hacia su cara, hacia su boca...
Y en ese preciso instante, León la agarró del otro hombro y la levantó con rudeza con una mano mientras con la otra agarraba a la criatura. Ada se tambaleó sobre él y lo cogió de la cintura para no caerse. El bicho se enganchó con fuerza al tejido de su traje de noche, pero León lo tenía agarrado con mayor fuerza. Lo arrancó de allí y, mientras lo arrojaba al otro lado de la habitación, gritó:
¡Mi Magnum!
El arma estaba metida en el cinturón de León. Ada la sacó de un tirón y vio que la criatura aterrizaba cerca del monstruoso ser que la había lanzado contra ellos, y que yacía destrozada por los disparos de León...
Y disparó contra ella, logrando acertarle de lleno a pesar de no estar en una postura adecuada para disparar y a pesar del pánico que sentía por haber estado a punto de ser implantada con uno de aquellos seres. El pesado proyectil rebotó con un sonido metálico, levantando una lluvia de chispas y restos oxidados, y reventó a la criatura, convirtiéndola en una fea mancha en la pared. Destrozada.
Nada se movió a continuación, y los dos se limitaron a quedarse allí de pie durante unos instantes, apoyados el uno contra el otro como si fueran los supervivientes de un accidente repentino y catastrófico, lo que en cierto modo era verdad. Todo aquel tiroteo había durado menos de un minuto, y habían salido de él sanos y salvos... pero Ada no se engañaba sobre lo cerca que había estado de morir, ni sobre lo que acababan de lograr matar.
El virus-G.
Estaba completamente segura de ello. El virus-T no hubiera podido lograr crear una criatura tan complicada, no sin al menos un equipo de cirujanos. Además, ella la había visto crecer. ¿Cuan grande, cuan poderosa habría llegado a ser aquella criatura si no la hubieran encontrado cuando lo hicieron? Tal vez la bestia era alguna clase de experimento preliminar con el virus-G, pero ¿y si se trataba de un escape? ¿Qué pasaría si existían más criaturas como aquélla?
Las alcantarillas, la fábrica, los niveles subterráneos... Lugares oscuros y resguardados, lugares secretos, donde puede estar creciendo cualquier cosa...
Fuese cual fuese la situación, el camino hacia el laboratorio ya no le parecía un paseo y, de repente, Ada se alegró de que León hubiese decidido acompañarla. Ya que insistía tanto en ir el primero, si algo los atacaba, ella tendría muchas más probabilidades de sobrevivir...
¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
León, que todavía la tenía agarrada de un brazo, la miraba con unos ojos llenos de preocupación sincera. Ada se dio cuenta de que podía olerlo muy bien. Desprendía olor a jabón, a limpio, y lo empujó para alejarlo. Extendió la mano con la que empuñaba la Magnum para devolverle su arma y luego se estiró el vestido. Se dedicó a observarlo con cuidado como si buscara alguna rotura, para no tener que mirarlo.
Gracias, pero no tienes por qué preocuparte. Estoy bien.
Le salió en un tono más desagradable del que ella pretendía, pero se sentía confundida y nerviosa, y no sólo por el feroz ataque seguido del intento de implante. Lo miró, y no estuvo segura de cómo sentirse al ver que su respuesta había pillado a León con la guardia bajada. Parpadeó con lentitud, y en su mirada se posó algo parecido a cierta frialdad, lo que indicaba una fuerza de carácter de la que Ada no lo había creído capaz.
Dijiste pistolas de pintura, ¿verdad? —contestó él con tono neutro. Sin decir una sola palabra más, se dio la vuelta para recoger del suelo el envoltorio que ella había tirado allí minutos antes.
Ada se quedó mirándolo, diciéndose a sí misma que era ridículo preocuparse por lo que pensase de ella. Estaban a punto de embarcarse en un viaje durante el cual quizá tendría que abandonarlo o ver cómo sacrificaba su vida para que ella pudiera salvar la suya propia...
O quizá tenga que matarlo yo misma. No olvidemos eso, amigos y amigas, así que, ¿a quién coño le importa si él piensa que soy una perra desagradecida?
Enderezó el cuerpo. Debería estarle agradecida por recordárselo.
Ada se agachó para recoger la escopeta, sintiendo que debía tener más claras cuáles eran sus prioridades... y un vacío en el interior de su alma al que no había prestado atención desde hacía mucho, mucho tiempo.

Capítulo 20

El señor Irons había sido un hombre muy malo. Un hombre enfermo. Sherry supuso que lo había sabido en cierto modo todo el tiempo, pero el hecho de ver su cámara secreta de tortura, como el taller de algún científico loco, lo confirmó. El lugar era asqueroso, repleto de huesos, de botellas y con un olor incluso peor que el de los zombis. Quizá por todos esos motivos, ver aquel bulto en el suelo, la silueta de un cuerpo incompleto bajo una tela empapada de sangre, no la inquietó ni la mitad de lo que Claire se esperaba. Sherry se quedó mirando el bulto, preguntándose qué había sucedido exactamente.
Vamos, cariño. Tenemos que continuar —instó Claire.
El tono de alegría forzada en su voz le indicó a Sherry que el cuerpo del señor Irons había sufrido grandes destrozos. Lo único que Claire le había contado era que el señor Irons la había atacado y que luego algo había atacado al señor Irons, y que existía la posibilidad de llegar a un lugar seguro si bajaban por aquel sitio. Sherry se había sentido tan aliviada al ver a Claire sana y salva que ni se había molestado en hacerle preguntas.
No es un bulto lo bastante grande para que quepa una persona entera ahí debajo... ¿Se lo habrán comido en parte? ¿O lo habrán descuartizado?
¿Sherry? Vamonos, ¿de acuerdo?
Claire apoyó una mano en su hombro y tiró con suavidad de ella para alejarla de lo que quedaba del jefe de policía. Sherry dejó que la llevara hacia un agujero negro que se abría en una de las esquinas y decidió que dejaría las preguntas que tenía en la cabeza para más adelante. Pensó en decirle a Claire que no le importaba que Irons estuviera muerto, pero no quería parecer maleducada o irrespetuosa. Además, Claire sólo quería protegerla, y a Sherry no le importaba en absoluto que lo hiciera.
Claire bajó por la escalera en primer lugar, y después de un instante, la llamó para decirle que el lugar era seguro y que podía bajar. Sherry apoyó los pies con cuidado en los oxidados peldaños de metal, sintiéndose realmente feliz por primera vez desde hacía muchos días. Al menos, estaban haciendo algo. Estaban saliendo de la comisaría y dirigiéndose hacia una ruta de escape. Pasara lo que pasase, se sentía muy bien.
Claire la ayudó a bajar los dos últimos peldaños levantándola y dejándola luego en el suelo. Sherry se dio la vuelta, miró alrededor y abrió los ojos de par en par.
Vaya —fue lo único que dijo, y la palabra se alejó en un susurro a través de las sombras, de donde regresó como un eco después de rebotar en la superficie de las extrañas paredes.
Sí —dijo Claire—. Vamos.
Claire comenzó a caminar, y sus botas provocaron ecos metálicos mientras Sherry la seguía de cerca, sin dejar de mirar alrededor con asombro. Era idéntico al escondite de uno de los tipos malos que aparecían en alguna de las películas de espías que había visto, una especie de pasillo industrial en el interior de una montaña o algo así. Estaban en una pasarela metálica rodeada de barandillas, y una sucia luz verde se filtraba a través de la rejilla del suelo procedente de algún lugar que no podían ver. Aunque la pared de la derecha era de ladrillo, la de la izquierda era de roca natural, como la de una cueva. Divisó unas enormes columnas de piedra que se alejaban hacia la oscuridad hasta desaparecer, manchadas también por la misma luz verdosa y fantasmal.
Sherry frunció la nariz por el mal olor. Por muy interesante que fuera el sitio, apestaba a podrido. Tampoco le gustaba el modo en que los ruidos recorrían aquel espacio frío, haciendo que todo pareciera hueco.
¿Tú qué crees que es este lugar? —preguntó en voz baja.
Claire meneó la cabeza.
No estoy segura. Por el olor y su localización, yo diría que estamos en la planta de tratamiento de aguas residuales.
Sherry asintió, contenta de saberlo. Y se sintió aún más contenta cuando vio la salida un poco más adelante, justo delante de ellas. El pasillo no era muy largo: giraba a la izquierda hasta llegar a otra escalera al final, una que subía. Cuando llegaron a ella, Claire se detuvo, con aspecto dubitativo. Miró hacia arriba, hacia la abertura, y luego hacia la cueva oscura y vacía.
Yo debería subir en primer lugar... ¿Qué te parece si subes detrás de mí, pero te quedas en la escalera mientras yo compruebo que no hay peligro?
Sherry asintió, aliviada. Había temido por un segundo que Claire le dijera que se quedara allí abajo y que la esperara, como había hecho antes.
Ni hablar. Este sitio es oscuro, apesta y me da miedo. Si hubiera un monstruo, seguro que estaría por aquí...
Claire subió con facilidad por los peldaños, y Sherry la siguió hasta que salió por el agujero. Luego se quedó agarrada con fuerza a los fríos barrotes de metal. Sólo tuvo que esperar unos cuantos segundos antes de que los brazos de Claire aparecieran para ayudarla a salir.
Estaban de nuevo en terreno firme, en un corto sendero de cemento que parecía luminoso y limpio comparado con la pasarela de la cueva. Sherry supuso que todavía estaban en la planta de residuos, aunque el olor no era tan desagradable, pero a la izquierda del sendero vieron un río inmóvil de aguas residuales, de unos treinta centímetros de profundidad y de un metro y medio o poco más de ancho. El agua fangosa podía correr en cualquiera de los dos sentidos, hacia un túnel bajo y redondo o hacia una gran puerta de metal, cerrada en ese momento. Por encima de ellos vieron una gran galería, pero Sherry no vio ninguna escalera.
Lo que significa que... Puaj, qué asco.
¿Tenemos que hacerlo? —preguntó a Claire. Claire lanzó un profundo suspiro.
Me temo que sí. Pero míralo por el lado bueno: ningún monstruo en sus cabales nos seguiría a través de esta porquería.
Sherry sonrió. No había sido un comentario demasiado divertido, pero apreciaba lo que Claire estaba intentando hacer. Era lo mismo que le había impulsado a tapar el cuerpo de Irons o a decirle que sus padres probablemente estarían a salvo en algún lugar.
Está intentando protegerme de lo realmente mal que está la situación.
A Sherry le gustaba aquello, tanto que ya estaba temiendo el momento en que Claire tuviera que marcharse de forma definitiva. Al final, terminaría haciéndolo: tenía una vida en alguna otra ciudad, con sus propios amigos y familiares, y en cuanto salieran de Raccoon City, volvería a su lugar de origen y Sherry se quedaría sola de nuevo. Incluso si sus padres estaban sanos y salvos, estaría sola otra vez... y aunque ella deseaba muchísimo que estuvieran bien, no deseaba tener que separarse de Claire.
Sólo tenía doce años, pero ya sabía desde hacía un par de ellos que su familia era diferente a la mayoría de las demás. Los demás compañeros de la escuela tenían padres que pasaban tiempo con ellos, daban fiestas de cumpleaños y salían de viaje, además de que tenían hermanos y hermanas, e incluso mascotas. Ella nunca había tenido nada que se pareciera a todo aquello. Sabía que su padre y su madre la querían, que la amaban, pero a veces sentía que, sin importar lo buena, lo tranquila o lo autosuficiente que fuese, ella les estorbaba.
¿Estás preparada?
La voz suave y tranquila de Claire la hizo regresar de nuevo a la situación y le recordó que tenía que estar más alerta. Sherry se limitó a asentir y Claire se metió en el agua oscura y sucia, para luego darse la vuelta y ayudarla a bajar.
El agua estaba fría y grasienta, y le llegaba hasta las rodillas. Era algo asqueroso, pero no completamente repugnante. Claire le indicó con una seña de su pistola la puerta de metal situada a la izquierda, con aspecto de estar tan asqueada como ella.
Parece que vamos a tener que...
Un fuerte ruido en la galería la interrumpió, y ambas levantaron la vista. Sherry se acercó instintivamente a Claire cuando el ruido se produjo de nuevo. Parecían pasos, pero eran demasiado lentos, hacían demasiado ruido para que fuera algo normal... y Sherry vio a un hombre con un largo abrigo. Sintió que se le secaba la boca por el miedo. Era una persona gigantesca, de más de dos metros de altura, y su cráneo desnudo brillaba con el mismo color blanquecino y enfermizo que la tripa de un pescado muerto. No podía verlo con claridad debido al ángulo en que se encontraba, pero lo que vio fue más que suficiente. Pudo sentir que era algo malo, que había algo muy malo y extraño en él. Aquella sensación irradiaba de él como si fuese una enfermedad.
¿Claire? —dijo con voz aguda y temblorosa que se convirtió en un gemido cuando aquel ser comenzó a andar de nuevo y a girarse hacia ellas, de forma lenta, muy lenta. Sherry no quería ver su cara, no quería verle la cara a un hombre que era capaz de atemorizarla tanto con el simple hecho de caminar...
¡Corre!
Claire la agarró por una mano y las dos comenzaron a correr, chapoteando a través del agua espesa en dirección a la puerta. Sherry se concentró en no caerse y al mismo tiempo en rezar para que la puerta se abriera...
Que no esté cerrada, por favor, ¡que no esté cerrada!
También se concentró en no mirar hacia atrás. No quería ver lo que el gigante, el hombre malvado, estaba haciendo. La puerta estaba cerca, pero le pareció que tardaban una eternidad, y que cada segundo se alargaba mientras luchaban contra la resistencia que ofrecía el agua fría y aceitosa.
Trastabillaron hasta llegar a la compuerta y Claire encontró el botón en mitad de un ataque de pánico que hizo que Sherry tuviera aún más miedo. La puerta se abrió por la mitad, y una parte se deslizó hacia arriba mientras la otra se hundía bajo las olas que ellas habían creado.
Sherry no miró atrás, pero Claire sí lo hizo. Fuera lo que fuera lo que vio, la hizo saltar al otro lado de la puerta tirando de Sherry tras de sí hacia el largo y oscuro túnel que se abría más allá de la puerta. Claire comenzó a buscar el botón y lo apretó manoteando en cuanto pasaron el umbral. La puerta se cerró, dejándolas en la oscuridad goteante.
No te muevas y quédate en silencio —susurró Claire.
Gracias a una difusa claridad procedente de algún lugar por encima de ellas, Sherry pudo ver que Claire mantenía la pistola que empuñaba por delante de ella, apuntando hacia la densa oscuridad del resto del túnel por si aparecía alguna nueva amenaza. Sherry le obedeció, con el corazón palpitante mientras se preguntaba quién, qué era aquel hombre. Era obvio que se trataba del hombre sobre el que Claire le había preguntado antes, pero aun así, ¿qué era? La gente no crecía tanto, y Claire también se había sentido aterrada...
Clinc.
Un ruido metálico y apagado en la pared que estaba a su espalda... y Sherry sintió de repente que al agua comenzaba a correr alrededor de sus pies, una súbita corriente que empezó a tirar de sus tobillos, que le hizo perder el equilibrio... y la hizo tropezar y caer de cara en la fría y asquerosa agua cuando la corriente se hizo aún más fuerte, y tiró de ella hacia atrás. Sherry extendió la mano en un intento por agarrarse a algo, a cualquier cosa, mientras sentía cómo el resbaladizo suelo de piedra corría bajo sus dedos y las rugientes aguas la alejaban y la separaban de Claire.
No puedo respirar...
Sherry pataleó con frenesí, retorciendo su cuerpo, con los ojos picándole por la sucia agua... y logró inspirar una bocanada de aire cuando su cabeza salió por fin a la superficie. En ese momento, se dio cuenta de que estaba en un túnel, un conducto negro como la noche que apenas medía un poco más que los conductos de ventilación de la comisaría. El veloz flujo de agua la arrastraba y Sherry logró seguir respirando el asqueroso aire a bocanadas cada vez que podía a pesar de la velocidad. Se obligó a sí misma a no luchar contra el tremendo poder del líquido turbulento y siseante. El túnel tenía que acabar en algún lugar y, fuese donde fuese, ella tenía que estar preparada para comenzar a correr si era necesario.
Por favor, Claire, por favor. No me abandones...
Estaba perdida, ciega y sorda y se deslizaba a través de la oscuridad cada vez más y más lejos de la única persona que podía protegerla de las criaturas de pesadilla que se habían apoderado de Raccoon City.
Annette ya no tenía dudas sobre si su marido había salido o no de los niveles del laboratorio. Lo había hecho. No sólo la mitad de las entradas al lugar estaban abiertas, sino que, además, las vallas que rodeaban la fábrica habían sido destrozadas. Para colmo, los túneles de alcantarillado, esos túneles que deberían haber estado prácticamente vacíos, en realidad estaban repletos de humanos infectados que sin duda debían proceder del exterior. A pesar de lo avanzado de su deterioro celular, había tenido que abatir a disparos a cinco de ellos para abrirse paso desde el tranvía eléctrico hasta el centro de operaciones del sistema de alcantarillado.
Después de lo que le pareció una eternidad de vadear a través de las aguas oscuras a medio depurar del laberíntico sistema, llegó hasta la plataforma que buscaba. Subió hasta el túnel de cemento mirando con temor la puerta cerrada que estaba a unos cuantos metros de ella. Cerrada y sin daños aparentes: era una buena señal, pero ¿y si había pasado por allí antes de perder todo rastro de inteligencia humana, antes de que se hubiera convertido en un animal violento y sin capacidad de razonar? Es posible que incluso en aquel momento retuviera algo parecido a la memoria. La verdad es que no tenía ni idea de si aquello era posible. Ninguno de los dos había probado el virus-G en los humanos todavía...
¿Y si ha pasado por aquí? ¿Y si ha logrado llegar a la comisaría?
No podía, no consideraría siquiera esa posibilidad. Si tenía en cuenta todo lo que sabía sobre los progresivos cambios quimiofisiológicos, lo que él sería capaz de hacer si el virus actuaba como se suponía que debía actuar, la idea de que llegara a ponerse en contacto con la población no infectada... bueno, era impensable.
La comisaría está a salvo —pensó con firmeza—. Irons será un estúpido incompetente, pero los policías bajo su mando no lo son. Dondequiera que esté William, no puede haber pasado sus barreras.
No podía permitirse el lujo de pensar otra cosa: Sherry estaba allí, si había hecho lo que se suponía que debía hacer y le había obedecido. Además de ser carne de su carne y sangre de su sangre (lo que ya era razón más que suficiente para preocuparse por ella, se recordó a sí misma), Sherry tenía un papel muy importante en sus planes de futuro.
Annette se apoyó contra una fría y húmeda pared. Sabía que se le acababa el tiempo, pero fue incapaz de seguir dando ni un paso más sin descansar por un momento. Había confiado tanto en su instinto territorial inscrito en los genes para mantenerlo cerca del laboratorio, había estado tan segura de que lo encontraría, de que su aroma a persona viva lo atraería... pero estaba casi al final de la zona de contención, y todo lo que había encontrado era una docena de sitios por donde podía haber escapado.
Y los de Umbrella llegarán de nuevo dentro de poco tiempo. Tengo que regresar y activar el sistema de auto destrucción antes de que puedan detenerme.
William merecía descansar en paz... pero, además, el hecho de destruir a la criatura que antaño había sido su marido erradicaría cualquiera de sus dudas sobre el éxito de su objetivo. ¿Qué ocurriría si hacía volar por los aires el laboratorio y después descubría que Umbrella lo había capturado? Todos sus esfuerzos, todo su trabajo, todo para nada...
Annette cerró los ojos, deseando que existiera un modo más fácil de tomar la decisión que debía tomar. La verdad era que la muerte de William no era un hecho tan crucial como librarse por completo del laboratorio, y además existían muchas posibilidades de que no lo encontraran, de que ni siquiera fueran capaces de darse cuenta de su transformación...
Y tampoco es que tenga muchas más opciones. No está aquí y no tengo ni idea de dónde está.
Se alejó de la pared con un ligero empujón de las caderas y comenzó a caminar lentamente hacia la puerta. Comprobaría los últimos túneles que quedaban, echaría una ojeada a la sala de conferencias para saber si había sufrido muchos daños y después regresaría. Regresaría y acabaría con lo que Umbrella había comenzado.
Annette empujó la puerta para abrirla...
Oyó el sonido de pasos que resonaban en el pasillo, procedentes de algún punto situado un poco más adelante. El pasillo tenía forma de «T», y los sonidos eran confusos, mezclándose entre sí, por lo que era imposible saber exactamente de dónde procedían. Sin embargo, de lo que estaba segura era de que se trataba de los pasos seguros y decididos de un humano que no había sido infectado. Quizás eran más de uno, lo que sólo podía significar una cosa.
Umbrella. Por fin han vuelto.
Una rabia feroz recorrió todo su cuerpo e hizo que sus manos comenzaran a temblar mientras sus labios se tensaban, dejando al descubierto sus dientes apretados. Tenían que ser ellos, tenía que tratarse de uno de sus espías asesinos. Aparte de Irons y de unos cuantos funcionarios del ayuntamiento, sólo la gente de Umbrella sabía que aquellos túneles todavía estaban en uso... y que llevaban a los laboratorios subterráneos. La posibilidad de que se tratara de algún inocente superviviente de la catástrofe ni siquiera se le pasó por la cabeza, como tampoco se le ocurrió la idea de huir. Levantó su pistola y esperó a que el cabrón asesino e inmisericorde apareciera.
Una silueta apareció ante la vista, una mujer vestida de rojo, y Annette disparó...
Bam.
Pero estaba temblando, aullando en su interior, y el disparo salió desviado por arriba. Rebotó en la pared de cemento con un zumbido agudo. La mujer también llevaba un arma, una pistola que alzó y con la que empezó a apuntar...
Y Annette disparó de nuevo, pero de repente apareció otra figura, una silueta borrosa que cruzó el aire y se puso delante de la mujer, derribándola con la fuerza del impulso de su salto, todo a la vez...
Annette oyó un grito de dolor, un grito de hombre, y sintió una oleada de rugiente triunfo.
Le di. Le he dado a él.
Pero tal vez había más, y no le había acertado a la mujer... y ellos eran asesinos entrenados.
Annette se dio la vuelta y echó a correr. Su sucia bata de laboratorio ondeó y sus zapatos húmedos repiquetearon contra el suelo. Tenía que regresar a toda prisa al laboratorio.
Se le había acabado el tiempo.

Capítulo 21

León se detuvo un momento para ajustarse el correaje del hombro, así que Ada siguió caminando hasta adelantarlo, reflexionando sobre lo sorprendentemente despejados que habían estado los primeros túneles. Si no le fallaba la memoria, el pasillo por el que caminaban llevaba directamente a la sala de operaciones del tratamiento de aguas residuales. Pasada la sala se encontraba el tranvía eléctrico que llevaba a la fábrica y después el ascensor que subía a la superficie. Sin duda, la situación se tornaría más peligrosa a medida que se acercaran a los laboratorios, pero el avance había estado libre de problemas hasta aquel momento, así que se sentía optimista.
León se había quedado incómodamente tranquilo después de que se habían abierto paso hasta las alcantarillas, y sólo había hablado cuando había sido estrictamente necesario: ten cuidado donde pisas, espera un momento, hacia dónde crees que deberíamos ir... Ada no creía que ni siquiera se hubiera dado cuenta de las barreras defensivas que había levantado, pero ella ya era capaz de darse cuenta de lo que pensaba. El agente Kennedy era un tipo valiente, poseía más cerebro que la media, era un tirador excelente... pero no sabía una mierda acerca de las mujeres. Cuando ella le había reventado el intento de tranquilizarla, se había quedado confundido y dolido, y ahora él no sabía cómo comportarse con normalidad con ella, así que había preferido retirarse antes que arriesgarse a que le rechazara otra vez.
Es lo mejor, de verdad. No tiene sentido que lo maneje cuando no es necesario, y me ahorra el esfuerzo de alabar su ego...
Llegó a una intersección del vacío pasillo pensando cuál sería el mejor lugar para separarse de su escolta... cuando vio a la mujer, justo en el momento que ésta le disparaba.
¡Bam!
Ada sintió unos cuantos trozos de cemento caer sobre sus hombros desnudos mientras alzaba su Beretta, y toda una serie fugaz de emociones pasaron por su mente en el instante que tardó en reaccionar. Comprendió que no le daría tiempo a responder al fuego de la mujer y que el siguiente disparo la mataría, y sintió una emoción mezcla de rabia y frustración contra sí misma por ser tan estúpida... y, por último, reconoció a la mujer.
Birkin...
Oyó el estampido del segundo disparo, y algo la golpeó... apartándola a un lado y haciéndola caer al frío suelo mientras León gritaba por el dolor y la sorpresa. Su gran cuerpo tibio cayó sobre ella.
Ada inspiró profundamente mientras comprendía lo que había ocurrido, al mismo tiempo que León rodaba para echarse a un lado y quitarse de encima de ella. Se incorporó hasta sentarse y vio que se agarraba el brazo. Oyó unos pasos apresurados a la vez que la respiración dolorida y entrecortada de León.
Oh, Dios mío. Me cago en la leche...
León había recibido un balazo para salvarla.
Ada se incorporó a trompicones y se inclinó sobre él.
¡León!
Él levantó la vista hacia ella, con la mandíbula apretada por el dolor. La sangre manaba a través de los dedos de la mano que tenía apretada sobre la herida, en el hombro izquierdo.
Estoy... bien —logró decir con un jadeo.
Aunque su cara estaba pálida por completo y tenía los ojos enturbiados por el dolor, pensó que él tenía razón. Sin duda, le dolía muchísimo, pero no lo mataría, no debería morir por una herida así.
Me habría matado a mí. León me ha salvado la vida.
Y justo después de aquella idea...
Annette Birkin. Todavía sigue viva.
Esa mujer... —dijo Ada con un barboteo, con el cuerpo azotado por un sentimiento de culpabilidad mientras se daba la vuelta—. Tengo que hablar con ella.
Ada salió corriendo, dobló la esquina y recorrió a toda velocidad el pasillo, viendo que la puerta seguía abierta. León sobreviviría, estaría bien, y si lograba atrapar a Annette Birkin, toda aquella maldita pesadilla se acabaría. Había memorizado todas las fotografías de los informes: era la esposa de William Birkin y, si no llevaba encima una muestra del virus-G, Ada estaba tan segura como que algún día habría de morir que sabía dónde podría encontrar una.
Atravesó a la carrera la puerta y se detuvo justo antes de caer en otro túnel lleno de agua. Se detuvo el tiempo suficiente como para oír con detenimiento y observar la superficie del agua. No se oían sonidos de chapoteo y todavía quedaban unas cuantas olas lamiendo el borde izquierdo... donde había una escalera atornillada a la pared, que llevaba hasta un hueco de ventilador...
Que lleva a la sala de control.
Ada se lanzó al agua y llegó hasta la escalerilla. Vio un pasillo a mitad del túnel, pero llevaba a un callejón sin salida. Sin duda, Annette había preferido escapar.
Trepó con rapidez por los escalones de metal, negándose a pensar en León (¡porque está bien!), mientras asomaba la cabeza al llegar al hueco del ventilador y comprobaba que el lugar estaba despejado. Doña Doctora todavía estaría corriendo, pero Ada no estaba dispuesta a encontrase de bruces con otra bala.
Entró en el conducto, lo atravesó, echó un rápido vistazo más allá de las inmóviles y enormes palas del ventilador que había en el otro extremo y lo atravesó para bajar por otra escalerilla. La gigantesca estancia de dos pisos que albergaba la maquinaria para el tratamiento de las aguas residuales estaba completamente vacía, con un aspecto tan frío y tan industrial como ella se había esperado. En mitad del lugar se alzaba un puente hidráulico que abarcaba a los dos extremos del lugar y que estaba elevado hasta el nivel donde ella se encontraba, lo que significaba que Annette debía de haber salido por medio de la escalera occidental, la única otra vía de salida. Ada comenzó a pasar las páginas de los mapas que tenía en la mente mientras comenzaba a cruzar el puente. Recordó que bajaba hasta uno de los vertederos del centro de reciclaje...
¡Suéltala, zorra!
Un grito a su espalda. Ada se detuvo, mientras sentía un pinchazo de dolor en su interior: el pinchazo de una bofetada a su ego. Era la segunda vez que la cagaba, y además en otros tantos minutos, pero no estaba dispuesta a obedecer a la histérica orden de Annette. La puntería de su oponente era una mierda, y Ada tensó el cuerpo, preparada para dejarse caer, darse la vuelta y disparar...
¡Bam! ¡Piiinnnng!
El disparo impactó en el suelo al lado del pie derecho de Ada y rebotó contra el metal oxidado del puente. Annette la tenía bien pillada.
Ada dejó caer la Beretta y levantó ambas manos con lentitud mientras se giraba para mirar cara a cara a la científica.
Jesús, merezco morir por esto...
Annette Birkin comenzó a caminar hacia ella, con una Browning de nueve milímetros empuñada por su mano vacilante. Ada frunció la cara con un mohín de susto al ver la temblorosa pistola, pero también vio que tenía una posible oportunidad al darse cuenta de que Annette se acercaba aún más a ella y que por fin se detenía a menos de tres metros de ella.
Demasiado cerca. Está demasiado cerca y además al borde de un colapso nervioso, ¿verdad?
¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
Ada tragó saliva con dificultad y fingió un ligero tartamudeo al hablar.
Ada, Ada Wong. Por favor, no me dispare, por favor. No he hecho nada malo...
Annette frunció el entrecejo y dio un paso atrás.
Ada... Wong. Yo conozco ese nombre. Ada... es el nombre de la novia de John...
Ada abrió la boca de par en par.
¡Si, John Howe! Un momento... ¿De qué lo conoce? ¿Sabe dónde está?
La despeinada científica la miró fijamente.
Sé quién eres y quién era él porque trabajaba para mi marido, William. A él le conocerás, por supuesto. Es William Birkin, el creador del virus-T.
Annette pareció pavonearse con una mezcla de orgullo y desesperación mientras hablaba, lo que dio una esperanza a Ada: era una debilidad que podría utilizar. Ada había leído los informes sobre William Birkin: su continua y veloz escalada a lo largo de la jerarquía de Umbrella, sus descubrimientos sobre virología y en las secuencias genéticas... y su ambición científica, que lo había convertido en un auténtico psicópata. Parecía que su mujer estaba en la misma onda, lo que significaba que Annette Birkin no tendría problema alguno en apretar el gatillo para matarla.
Hazte la tonta y no le des ningún motivo para que dude de ti.
¿Virus-T? ¿Qué es...? —Ada parpadeó, y luego abrió mucho los ojos—. ¿William Birkin? ¿Se refiere al famoso doctor Birkin, el bioquímico?
Ella vio un fugaz sentimiento de orgullo recorrer el rostro de Annette, pero desapareció inmediatamente, y sólo quedó un sentimiento de desesperación. Desesperación y un atisbo de locura amargada en el fondo de sus ojos enrojecidos.
John Howe está muerto —dijo con frialdad—. Murió hace tres meses en la mansión Spencer. Mi más sentido pésame, pero, de todas maneras, estás a punto de reunirte con él, ¿verdad? ¡No vas a llevarte el virus-G, no vas a quitármelo, no vas a quedártelo!
Ada comenzó a hacer temblar todo su cuerpo.
¿Virus-G? ¡Por favor, no sé de qué me está hablando!
Lo sabes —respondió Annette con un gruñido—. Umbrella te ha enviado para que lo robes. ¡No lograrás engañarme! William ha muerto para mí, Umbrella me lo arrebató. ¡Ellos lo obligaron a utilizarlo! Ellos lo obligaron...
Su voz se convirtió en un susurro y su mirada quedó perdida de repente. Ada tensó su cuerpo... pero Annette regresó inmediatamente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero la pistola seguía apuntando directamente a la cara de Ada.
Vinieron hace una semana —susurró—. Vinieron para llevárselo, y le pegaron un tiro a William cuando se negó a entregarles las muestras. Se apoderaron de su maleta, se llevaron todas las pruebas finales de las dos series... excepto la que él había logrado guardar: el virus-G...
De repente, la voz susurrante de Annette se convirtió en un grito, pero en un grito patético y a la vez suplicante en cierto modo.
¡Se estaba muriendo! ¿No lo entiende? ¡No tenía otra elección!
Ada lo entendió. Lo entendió todo por completo.
Se lo inyectó a sí mismo, ¿verdad?
La científica asintió, y su pelo rubio y lacio cayó sobre sus ojos.
Revitaliza las funciones celulares. —Su voz se convirtió en un susurro—. Lo... lo transformó. No vi... lo que le hizo, pero sí vi los cuerpos de los hombres que enviaron para matarlo... y oí sus gritos.
Ada dio un paso adelante para acercarse, levantando la mano como si fuera a consolarla, con todo su rostro transformado en una máscara de comprensión... pero Annette la amenazó con su arma. A pesar incluso de todo el dolor que sentía, no iba a permitir que Ada se le acercase más. Pero casi estoy lo bastante cerca...
Lo siento tanto —dijo Ada bajando sus brazos—. Así que ese tal virus-G se escapó y ha infectado y transformado a todo Raccoon City...
Annette sacudió la cabeza con un gesto negativo.
No. Cuando los asesinos de Umbrella... fueron detenidos, el maletín con las muestras se abrió y se rompieron. El virus-T se escapó. Los trabajadores del laboratorio que fueron afectados por el virus transportado por el aire fueron retenidos, pero nadie pensó en las ratas. Las ratas del alcantarillado... —Dejó de hablar un momento, con los labios temblorosos—. A menos que William, mi querido William, haya comenzado a reproducirse implantando embriones, replicándose... No debería haber llegado todavía el momento, pero yo...
Se calló de nuevo y entrecerró los ojos. La locura la invadió otra vez, de un modo tan visible como si una ola la hubiera empapado de arriba abajo. En sus pálidas mejillas aparecieron unas fuertes manchas de rubor y sus ojos comenzaron a brillar por la paranoia. Prepárate...
No lo tendrás —gritó Annette lanzando un pequeño chorro de saliva que salió de entre sus agrietados labios—. Dio su vida para impedir que lo consiguieseis. Eres una espía de ellos y no lo tendrás...
Ada se agachó y, acto seguido, lanzó todo su cuerpo hacia ella, con los brazos por delante para ponerlos por debajo de los de Annette y así alejar el cañón de la pistola. El arma se disparó y envió un proyectil hacia arriba, donde rebotó contra el techo metálico mientras las dos luchaban para apoderarse por completo de la Browning. Annette era más débil físicamente, pero tenía la desesperación que le proporcionaban el odio y la pérdida que sentía, además de la locura, que le proporcionaba una fuerza bruta tremenda. Pero no piensa...
Ada soltó de repente el arma y Annette trastabilló, desequilibrada y sorprendida por la ausencia de fuerza en aquel lado. Cayó con fuerza sobre la barandilla del puente, y Ada se lanzó contra ella, dándole un codazo en el estómago, justo por debajo de su centro de gravedad...
Y Annette se dio media vuelta en una extraña contorsión, con la boca abierta por la sorpresa y agitando los brazos para recuperar el equilibrio... y finalmente cayó por encima de la barandilla, en silencio y sin soltar ni un solo grito o sonido hasta que su cuerpo impactó contra el suelo, a unos quince metros de distancia, con un golpe sordo.
Mierda —dijo Ada con un susurro.
Dio un paso y se asomó por la barandilla. Allí estaba, boca abajo e inmóvil, con la pistola todavía empuñada en una pequeña mano blanca.
Esto es estupendo. Me meto de lleno en una emboscada, no una sino dos veces, por todos los demonios, y luego voy y mato a la loca que es la única que sabe dónde pueden estar las muestras...
Un ligero gemido surgió del cuerpo de Annette Birkin... y un instante después, empezó a moverse, arqueando la espalda en un intento por darse la vuelta.
Mierda. Mierda. Mierda.
Ada se dio la vuelta y comenzó a correr por el puente, recogiendo del suelo su Beretta sin detenerse, mientras se apresuraba a acercarse a lo que parecía ser un panel de control situado al lado de la escalera que llevaba al conducto del ventilador. Tenía que bajar el puente, tenía que llegar hasta la doctora Birkin antes de que se alejara arrastrando...
Pero el panel era para poner en marcha el ventilador. Oyó otro gemido, un gemido que sonó un poco más fuerte que el anterior y que resonó por toda la estancia. Ada sabía que no le quedaba mucho tiempo.
El vertedero. Puedo pasar a través del vertedero y regresar por uno de los túneles secundarios...
Comenzó a correr de nuevo, incluso mientras todavía lo estaba pensando, en dirección a la escalerilla occidental, con la esperanza de que la penosa científica estuviese suficientemente herida para no poder moverse en un minuto o dos. Vio una pequeña balaustrada al final del puente y que daba al vertedero, y la escalerilla de metal que colgaba de una abertura en el extremo derecha. Ada bajó todo lo deprisa que pudo, dejándose caer los últimos metros y aterrizando sobre la superficie de metal.
El área del vertedero era una gran zona cuadrada con sus paredes repletas de desechos industriales amontonados contra ellas: cajas rotas, tuberías oxidadas, paneles repletos de cables y cartones que se pudrían poco a poco. Se bajó de la plataforma de cemento y se metió en el casi un metro de profundidad de limo negro y espeso que le llegaba hasta los muslos. No le importó: lo único que quería era llegar hasta la doctora Birkin y acabar de una vez con su estancia en Raccoon City...
Pero algo se movió. Bajo el líquido opaco y apestoso algo realmente grande se movió. Parecía una espina dorsal de reptil repleta de espinas deslizarse a través de la asquerosa sustancia, y Ada vio y oyó caer al agua un montón de cajas al mismo tiempo, a pesar de que estaban a más de tres metros del lugar.
No puede ser.
Fuese lo que fuese, era lo bastante grande como para que cambiase de idea y se replantease la prisa que tenía por llegar hasta donde se encontraba Annette Birkin. Ada retrocedió hasta la plataforma y se subió de un salto, sin dejar de mirar por un instante la silueta sin forma que avanzaba sumergida por el fétido y espeso estanque... y que emergió en un tremendo y repentino geiser oscuro, directo hacia ella. Ada levantó la Beretta y comenzó a disparar.
Vio una pequeña plataforma elevadora, como un montacargas, en una esquina de la vacía sala de conferencias, un simple cuadrado de metal que en este caso parecía bajar. Claire se apresuró a acercarse a ella, y el líquido fétido que empapaba sus ropas salpicó el suelo. Se sentía perdida, pero ansiosa de seguir en movimiento para encontrar a Sherry.
Por favor, sigue viva, cariño, sigue viva...
Había encontrado el agujero de drenaje, pero no a Sherry. Gritó durante un rato e intentó meterse en el pequeño hueco, pero tuvo que abandonar sus esfuerzos. Sherry había desaparecido; quizás estaba ahogada, quizá no... pero a menos que la corriente de agua cambiara de repente de dirección, no volvería.
Claire encontró el panel de mando del ascensor unipersonal y apretó un botón. Un motor oculto empezó a zumbar y la plataforma comenzó a bajar a través del suelo. Probablemente la llevaría a otro lugar vacío, a alguna otra estancia desconocida y desolada o, aun peor, directamente al camino de otra de aquellas criaturas antinaturales.
Cerró sus manos empapadas por la frustración que sentía mientras el ascensor bajaba con lentitud. Deseó que bajara con mayor rapidez, que hubiera alguna manera de acelerar su búsqueda. Tenía la sensación de que estaba corriendo a ciegas y que tomaba el primer camino que se le ponía por delante. Había salido del túnel donde había perdido a Sherry y había encontrado un pasillo apenas iluminado que llevaba directamente a la espartana sala de conferencias, con un aspecto casi esterilizado. El lugar parecía una enorme casa de la risa —sans3 risa— y Claire se sentía muy mal por haber llevado a Sherry hasta allí. Si la niña estaba muerta, sería por su culpa...
Dejó de pensar en aquellas ideas estériles que no servían para nada y se concentró. El sentimiento de culpa era un asesino en aquel tipo de situaciones, y ella no podía permitírselo. El ascensor estaba llegando a un pasillo, y Claire se agachó, apuntando con la pesada pistola por delante de ella mientras el nuevo corredor aparecía ante su vista.
Al final del pasillo de cemento vio otro ascensor, y otro pasillo lo cortaba por la mitad, a unos doce metros de donde ella estaba. También vio un cuerpo apoyado contra la pared al lado del cruce de pasillos. Parecía un policía...
Sintió una mezcla de angustia y disgusto, y en ese momento, sus ojos se abrieron como platos cuando vio los relajados rasgos de su cara, el color de su pelo, la complexión... No puede ser... ¿León?
Claire saltó antes de que la plataforma llegara al suelo y comenzó a correr hacia el cuerpo semi tumbado. Era León, y no se movía en absoluto: estaba inconsciente... o quizá muerto... pero no, respiraba, y cuando ella se agachó a su lado, abrió los ojos. Tenía la mano derecha apretada contra su hombro izquierdo y sus dedos estaban empapados de sangre.
¿Claire?
Sus ojos azules mostraban una mirada despejada, cansada pero consciente.
¡León! ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Me han disparado. Debo de haberme desmayado durante un minuto...
Separó con cuidado su mano derecha y dejó al descubierto un pequeño agujero justo por encima de su sobaco izquierdo. Un poco de sangre salía rezumando, así que debía dolerle un montón, pero al menos no salía a borbotones.
León entrecerró los ojos por el dolor y puso parte de la tela de la camisa sobre la herida antes de volver a apretar con la mano.
Duele de narices, pero creo que sobreviviré. Ada, ¿dónde está Ada?
La última frase la dijo en un tono casi frenético mientras se esforzaba por ponerse en pie apoyándose en la pared. Volvió a caer exhalando un ligero gruñido. Era obvio que no estaba en condiciones de moverse.
Quédate quieto y descansa durante unos minutos —dijo Claire—. ¿Quién es Ada?
La conocí en la comisaría —le contestó—. No pude encontrarte, y nos enteramos de que se puede salir de Raccoon City por las alcantarillas. La ciudad no es un lugar seguro. Al parecer, se ha producido un escape en los laboratorios de Umbrella, y Ada quería que nos marchásemos inmediatamente. Alguien nos disparó, y me dio a mí. Ada fue detrás de ella por ese pasillo. Dijo que era una mujer...
Sacudió la cabeza como si quisiera despejarla, y luego levantó la vista hacia Claire, con el entrecejo fruncido.
Tengo que encontrarla. No sé cuánto tiempo llevo desmayado, pero no deben de ser más de un par de minutos. No puede haber ido muy lejos...
Empezó a incorporarse de nuevo, pero Claire lo detuvo y lo empujó con suavidad hacia atrás.
Yo iré. Yo... yo estaba con una niña que encontré en la comisaría, y la he perdido en algún lugar de las alcantarillas. Quizá pueda encontrarlas a las dos.
León dudó por un momento, y luego asintió, resignándose a sufrir los efectos de su herida.
¿Qué tal andas de munición?
Eh, siete en ésta —dijo mientras palmeaba el arma que había sacado de la guantera del coche patrulla y que tenía metida en su cinturón. Le pareció que habían pasado un millón de años desde que habían conducido en el automóvil en aquella carrera salvaje—. Y tengo otras diecisiete en esta otra.
Levantó el arma que había pertenecido a Irons, y León asintió de nuevo.
Muy bien, eso está muy bien. Podré seguirte en unos cuantos minutos. Ten cuidado, ¿de acuerdo? Y buena suerte.
Claire se puso en pie, deseando disponer de más tiempo. Quería contarle todo sobre Chris, sobre Irons, sobre el enorme Señor X y sobre el virus-T. Quería saber todo lo que él sabía sobre Umbrella y sobre la ruta de escape por las alcantarillas...
Pero puede que esa tal Ada se esté enfrentando ahora mismo a un francotirador, y Sherry puede estar en cualquier sitio. En cualquier sitio.
León ya había cerrado los ojos. Claire se dio la vuelta y comenzó a bajar por el pasillo, preguntándose si alguno de ellos tendría una remota posibilidad de salir con vida de aquella locura.
1 Verso de un poema de Lord Alfred Tennyson, «La carga de la Brigada Ligera» (N. del t.)
2 Típica bebida servida en los centros turísticos, que es un combinado tropical compuesto principalmente por tequila y zumo de limón. (N. del t.)
3 En francés en el original (N. del T.)

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