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domingo, 5 de junio de 2011

Dan Brown Ángeles y demonios XXX


 Dan Brown  



  Ángeles y demonios      

    
   XXX






42

El cardenal Mortati, enfundado en su hábito negro, estaba sudando. No sólo la Capilla Sixtina estaba empezando a parecer una sauna, sino que el cónclave debía iniciarse dentro de veinte minutos y aún no se sabía nada de los cuatro cardenales desaparecidos. En su ausencia, los susurros de confusión iniciales que habían intercambiado los car­denales se habían transformado en abierta angustia.
Mortati no podía imaginar dónde estaban los cuatro hombres. ¿Con el camarlengo quizá? Sabía que el camarlengo había ofrecido el tradicional té privado a los cuatro preferiti a primera hora de la tarde, pero ya habían pasado horas. ¿Estarían enfermos? ¿Algo que han co­mido? Mortati lo dudaba. Incluso a las puertas de la muerte, los pre­feriti estarían aquí. Sólo ocurría una vez en la vida, y con frecuencia nunca, que un cardenal tuviera la oportunidad de ser elegido Sumo Pontífice, y por la ley vaticana, el cardenal debía estar dentro de la Capilla Sixtina cuando tuviera lugar la votación. De lo contrario, era inelegible.
Aunque había cuatro preferiti, pocos cardenales dudaban de quién sería el siguiente Papa. En los últimos quince días se había pro­ducido una cascada constante de faxes y llamadas telefónicas que co­mentaban las cualidades de los principales candidatos. Como de cos­tumbre, se habían elegido cuatro nombres como preferiti, cada uno de los cuales cumplía los requisitos tácitos para convertirse en Papa:
Dominio del italiano, español e inglés.
Sin secretos vergonzosos.
Entre sesenta y cinco y ochenta años de edad.

Como de costumbre, uno de los preferiti se había impuesto so­bre los demás. Esta noche, ese hombre era el cardenal Aldo Baggia, de Milán. La hoja de servicios de Baggia, impoluta, combinada con un dominio de los idiomas sin parangón y la capacidad de comunicar la esencia de la espiritualidad, le habían convertido a ojos de todos en el claro favorito.
¿Dónde demonios está?, se preguntó Mortati.
Mortati estaba especialmente nervioso por la desaparición de los cardenales, porque la tarea de supervisar el cónclave había recaído sobre sus espaldas. Una semana antes, el Colegio Cardenalicio había elegido por unanimidad a Mortati para el cargo conocido como Gran Elector: el maestro interno de ceremonias del cónclave. Si bien el ca­marlengo era el miembro de mayor relevancia de la Iglesia, sólo era un sacerdote y estaba poco familiarizado con el complejo proceso de elección, de forma que se elegía a un cardenal para supervisar la ce­remonia desde el interior de la Capilla Sixtina.
Los cardenales solían comentar en broma que el cargo de Gran Elector constituía el honor más cruel de la cristiandad. El nombra­miento inhabilitaba para ser elegido Papa, y también exigía dedicar muchos días previos al cónclave a repasarlas páginas del Universi Do­minici Gregis, con el objetivo de recordar las sutilidades de los ritua­les arcanos del cónclave y asegurar de esta forma que el proceso se lle­vara a cabo de la manera correcta.
Sin embargo, Mortati no estaba resentido. Sabía que había sido el candidato lógico. No sólo era el cardenal de mayor edad, sino que también había sido confidente del difunto Papa, un hecho que eleva­ba su estima. Aunque Mortati aún estaba dentro de la edad legal para ser elegido, era un poco viejo para ser un candidato serio. A los se­tenta y nueve años, había cruzado el umbral tácito en que el colegio ya no confiaba en la salud del elegido, con la vista puesta en el rigu­roso calendario del pontificado. Un Papa solía trabajar unas catorce horas al día, siete días a la semana, y, según la media estadística, mo­ría de agotamiento al cabo de seis años y tres meses. En el Vaticano se decía en broma que aceptar el papado era la «ruta más rápida para ir al cielo».

Muchos creían que Mortati habría podido ser Papa cuando era más joven, de no ser tan liberal. Para acceder al papado, había que guiarse por una particular Santísima Trinidad: conservador, conser­vador, conservador.
Mortati siempre había considerado irónico que el difunto Papa, Dios lo tuviera en su seno, se hubiera revelado sorprendentemente li­beral en cuanto ocupó el trono. Tal vez al presentir que el mundo mo­derno se alejaba cada vez más de la Iglesia, el Papa había propiciado ciertas aperturas, suavizando la posición de la Iglesia sobre las cien­cias, e incluso había donado dinero para causas científicas selectas. Por desgracia, había sido un suicidio político. Los católicos conser­vadores acusaron al Papa de «senil», al tiempo que los científicos pu­ristas le acusaban de intentar extender la influencia de la Iglesia don­de no correspondía.
¿Dónde están?
Mortati se volvió.
Uno de los cardenales le estaba dando golpecitos en el hombro, nervioso.
Tú sabes dónde están, ¿verdad?
Mortati procuró disimular su preocupación.
Puede que sigan con el camarlengo.
¿A esta hora? ¡Eso sería de lo más heterodoxo! —El cardenal frunció el ceño, desconfiado—. ¿Es posible que el camarlengo haya perdido el sentido del tiempo?
Mortati lo dudaba, pero no dijo nada. Era muy consciente de que la mayoría de cardenales apreciaban poco al camarlengo, pues creían que era demasiado joven para servir al Papa. Mortati sospe­chaba que esa antipatía se debía a los celos, y admiraba al joven y aplaudía en secreto la elección del fallecido Papa. Mortati sólo veía convicción cuando miraba a los ojos del camarlengo, y al contrario que muchos cardenales, el camarlengo anteponía la Iglesia y la fe a la política. Era en verdad un hombre de Dios.
Durante todo el ejercicio de sus funciones, la devoción del ca­marlengo se había hecho legendaria. Muchos lo atribuían al aconteci­miento milagroso de su niñez, un acontecimiento que habría impreso una huella indeleble en el corazón de cualquier hombre. El milagro y el prodigio, pensó Mortati, quien a menudo deseaba que en su niñez se hubiera presentado un acontecimiento que le hubiera inyectado esa fe invencible.
Mortati sabía que, por desgracia para la Iglesia, el camarlengo nunca llegaría a Papa cuando fuera mayor. Acceder al papado exigía cierta ambición política, algo de lo que el joven camarlengo carecía en apariencia. Había rechazado en muchas ocasiones las ofertas de as­censo del Papa, pues decía que prefería servir a la Iglesia como un simple sacerdote.
¿Qué vamos a hacer?
El cardenal dio unos golpecitos en la espalda de Mortati, a la es­pera.
Mortati alzó la vista.
¿Perdón?
¡Se retrasan! ¿Qué vamos a hacer?
¿Qué podemos hacer? —contestó Mortati—. Esperar. Y te­ner fe.
El cardenal, sin ocultar el disgusto que le producía la respuesta de Mortati, desapareció en la penumbra.
Mortati se masajeó las sienes y trató de aclarar sus ideas. Pues sí, ¿qué vamos a hacer? Desvió la vista hacia el fresco restaurado de Mi­guel Ángel que colgaba sobre el altar, El Juicio Final. La pintura no contribuyó a mitigar su angustia. Era una representación horripilan­te, de quince metros de altura, de Jesucristo separando a la humani­dad en justos y pecadores, y arrojando a los pecadores al infierno. Había carne despellejada, cuerpos ardiendo, e incluso un rival de Mi­guel Ángel sentado en el infierno, con orejas de asno. Guy de Mau-passant había escrito en una ocasión que el cuadro semejaba algo pin­tado por un carbonero ignorante para una barraca de lucha libre de una feria.
El cardenal Mortati no pudo por menos que darle la razón.

43

Langdon permanecía inmóvil ante la ventana a prueba de balas del despacho papal, y contemplaba el despliegue de las cadenas de tele­visión en la plaza de San Pedro. La siniestra conversación telefónica le había dejado conmocionado. No era el de siempre.
Los Iluminati, como una serpiente surgida de las profundidades olvidadas de la historia, habían reanudado una antigua enemistad. Sin negociación. Sin exigencias. Simple desquite. Diabólicamente sencillo. Una venganza aplazada durante cuatrocientos años. Daba la impresión de que, tras siglos de persecución, la ciencia se había des­quitado.
El camarlengo estaba de pie ante el escritorio y contemplaba el teléfono sin verlo. Olivetti fue el primero que rompió el silencio.
Carlo —dijo, llamando por su nombre al camarlengo, más como un amigo preocupado que como un agente de la autoridad—. Durante veintiséis años he jurado por mi vida proteger este despacho. Parece que esta noche he caído en la deshonra.
El camarlengo meneó la cabeza.
Usted y yo servimos a Dios de maneras diferentes, pero el ser­vicio siempre nos procura honor.
Estos acontecimientos... No puedo imaginar cómo... Esta si­tuación...
Olivetti parecía desbordado.
Será consciente de que sólo podemos proceder de una forma. Soy responsable de la seguridad del Colegio Cardenalicio.

Temo que la responsabilidad es mía, signore.
Entonces, sus hombres supervisarán la evacuación inmediata.
Signore?
Más tarde examinaremos otras posibilidades: peinar el Vatica­no hasta localizar el artefacto, un registro exhaustivo en busca de los cardenales desaparecidos y sus secuestradores. Pero antes hay que poner a salvo a los cardenales. Lo más importante es ahorrar vidas humanas. Esos hombres son los cimientos de nuestra Iglesia.
¿Sugiere que interrumpamos el cónclave ahora mismo?
¿Me queda otra alternativa?
¿Y la misión de elegir a un nuevo Papa?
El joven camarlengo suspiró y se volvió hacia la ventana. Sus ojos pasearon sobre la enorme extensión de Roma.
Su Santidad me dijo una vez que un Papa es un hombre divi­dido entre dos mundos, el mundo real y el divino. Me advirtió de que cualquier Iglesia que hiciera caso omiso del real no sobreviviría para disfrutar del divino. El orgullo y los precedentes no pueden impo­nerse a la razón.
Olivetti asintió, impresionado.
Le he subestimado, signore.
Dio la impresión de que el camarlengo no le escuchaba. Su mi­rada vagó hacia la ventana.
Hablaré con franqueza, signore. El mundo real es mi mundo. Me sumerjo en su fealdad cada día, al igual que otros se sienten libres para buscar algo más puro. Déjeme darle un consejo sobre la situa­ción actual. Para eso me entrenaron. Su instinto, aunque respetable, podría ser desastroso.
El camarlengo se volvió.
Olivetti suspiró.
La evacuación del Colegio Cardenalicio de la Capilla Sixtina es lo peor que se podría hacer en este momento.
El camarlengo no pareció indignado, sólo confuso.
¿Qué sugiere?
No diga nada a los cardenales. Aisle el cónclave. Nos conce­derá tiempo para sopesar otras opciones.
El camarlengo se mostró preocupado.

¿Está sugiriendo que encierre a todo el Colegio Cardenalicio sobre una bomba de tiempo?
Sí, signore. De momento. Más tarde, en caso necesario, pro­cederemos a la evacuación.
El camarlengo meneó la cabeza.
Aplazar la ceremonia antes de que dé inicio es suficiente para abrir una investigación, pero después de que se cierren las puertas, nada puede interferir. El procedimiento del cónclave obliga a...
El mundo real, signore. Esta noche, le toca vivir en él. Escuche con atención. —Olivetti hablaba ahora con la eficiencia de un oficial de campo—. Evacuar a ciento sesenta y cinco cardenales a Roma, sin preparación y sin protección, sería una insensatez. Provocaría pánico y confusión en unos hombres muy viejos, y la verdad, con un ataque fatal este mes ya tenemos bastante.
Un ataque fatal. Las palabras del comandante recordaron a Langdon los titulares que había leído mientras comía con unos estu­diantes en Harvard: EL PAPA SUFRE UN ATAQUE. MUERE MIENTRAS DORMÍA.
Además —añadió Olivetti—, la Capilla Sixtina es una fortale­za. Aunque no le damos publicidad al hecho, el edificio está reforza­do y puede repeler cualquier ataque, salvo el de misiles. Como pre­parativo, peinamos cada centímetro de la capilla esta tarde, en busca de micrófonos ocultos y otros aparatos de espionaje. La capilla está limpia, es un refugio seguro, y estoy convencido de que la antimate­ria no está dentro. Esos hombres no podrían encontrarse en un lugar más seguro. Siempre podemos hablar de la evacuación de emergencia más tarde, si es preciso.
Langdon estaba impresionado. La lógica fría e inteligente de Olivetti le recordaba a Kohler.
Comandante —dijo Vittoria con voz tensa—, existen otras preocupaciones. Nadie había creado tanta antimateria. Sólo puedo calcular de manera aproximada el radio de la explosión. La zona de Roma que nos rodea podría estar en peligro. Si el contenedor se en­cuentra en uno de sus edificios centrales o bajo tierra, el efecto sobre el exterior podría ser mínimo, pero si el contenedor está cerca del pe­rímetro, en este edificio, por ejemplo...
Miró por la ventana la multitud que se agolpaba en la plaza de San Pedro.
Soy muy consciente de mis responsabilidades con el mundo exterior —contestó Olivetti—, lo cual no agrava más la situación. La protección de este santuario ha sido mi única responsabilidad duran­te más de dos décadas. No tengo la menor intención de permitir que esa arma estalle.
El camarlengo Ventresca levantó la vista.
¿Cree que puede encontrarla?
Deje que discuta nuestras opciones con algunos de mis espe­cialistas. Existe la posibilidad, si cortamos la energía eléctrica del Va­ticano, de que podamos eliminar las frecuencias de radio de fondo y crear un entorno lo bastante limpio para obtener una lectura del cam­po magnético de ese contenedor.
Vittoria manifestó su sorpresa, y luego pareció realmente im­presionada.
¿Quiere dejar a oscuras la Ciudad del Vaticano?
Es una posibilidad. Aún no sé si es posible, pero quiero estu­diar esa opción.
Los cardenales se preguntarían qué pasa —recordó Vittoria.
Olivetti negó con la cabeza.
Los cónclaves se celebran a la luz de las velas. Los cardenales no se enterarían. Una vez se aisle el cónclave, podría utilizar a casi to­dos los guardias del perímetro para iniciar un registro. Cien hombres podrían cubrir mucho terreno en cinco horas.
Cuatro horas —corrigió Vittoria—. He de devolver el conte­nedor al CERN en avión. La explosión es inevitable si no recargamos las baterías.
¿No hay forma de recagarlas aquí?
Vittoria sacudió la cabeza.
La interfaz es complicada. De haber podido, la habría traído.
Cuatro horas, pues —dijo Olivetti con el ceño fruncido—. Tiempo suficiente. El pánico no sirve de nada. Signore, tiene diez mi­nutos. Vaya a la capilla y aisle el cónclave. Concédales un poco de tiempo a mis hombres para hacer su trabajo. Cuando nos acerquemos a la hora crítica, tomaremos las decisiones críticas.

Langdon se preguntó si Olivetti permitiría que la situación se prolongara en exceso.
El camarlengo parecía preocupado.
Pero el Colegio preguntará por los preferiti, sobre todo por Baggia... Preguntarán dónde están.
Tendrá que inventar algo, signore. Dígales que les sirvió algo en el té que les sentó mal.
El camarlengo se enfureció.
¿Quiere que mienta al Colegio Cardenalicio?
Por su propio bien. Una bugia veniale. Una mentira piadosa. Su trabajo consistirá en mantener la tranquilidad. —Olivetti se enca­minó a la puerta—. Si me perdonan, debo ponerme en marcha.
Comandante —le urgió el camarlengo—, no podemos olvi­darnos de los cardenales desaparecidos.
Olivetti se detuvo al llegar a la puerta.
Baggia y los demás se hallan ahora fuera de nuestra esfera de influencia. Hemos de dejarlos... por el bien de la mayoría. Los mili­tares lo llaman triage.
¿Quiere decir que vamos a abandonarlos?
La voz del comandante se endureció.
Si hubiera otra solución, signore, alguna forma de localizar a esos cuatro cardenales, daría mi vida por ello. No obstante... —Se­ñaló hacia la ventana, donde el sol del atardecer brillaba sobre un mar infinito de tejados romanos—. Registrar una ciudad de cinco millo­nes de habitantes no está en mis manos. No malgastaré un tiempo precioso en apaciguar mi conciencia con un ejercicio inútil. Lo sien­to, signore.
Vittoria habló de repente.
Pero si detenemos al asesino, ¿podría hacerle hablar?
Olivetti frunció el ceño.
Los soldados no pueden permitirse ser santos, señorita Vetra. Créame, simpatizo con su deseo de atrapar a ese hombre.
No se trata de algo solamente personal —dijo la joven—. El asesino sabe dónde está la antimateria... y los cardenales desapareci­dos. Si pudiéramos encontrarle...
¿Seguirle el juego? —dijo Olivetti—. Créame, retirar toda la
protección del Vaticano con el fin de registrar cientos de iglesias es lo que los Illuminati esperan que hagamos. Desperdiciar un tiempo y unos efectivos humanos preciosos cuando deberíamos estar buscan­do... O peor aún, dejar la Banca Vaticana sin protección. Por no ha­blar de los restantes cardenales.
Sus palabras hicieron mella.
¿Y la policía de Roma? —preguntó el camarlengo—. Podría­mos alertarla de la crisis. Pedir su ayuda para encontrar al secuestra­dor de los cardenales.
Otra equivocación —dijo Olivetti—. Ya sabe lo que los Cara-binieri de Roma opinan de nosotros. Obtendríamos unos cuantos hombres poco entusiastas a cambio de que vendieran nuestra crisis a los medios de comunicación. Justo lo que nuestros enemigos desean. Tal como están las cosas, no tardaremos mucho en tener que lidiar con los medios.
Convertiré a sus cardenales en luminarias de los medios de comu­nicación, pensó Langdon, recordando las palabras del asesino. El ca­dáver del primer cardenal aparece a las ocho de la noche. Después, uno cada hora. A la prensa le encantará.
El camarlengo estaba hablando de nuevo, con voz teñida de ira.
¡Comandante, no podemos dejar desamparados a los carde­nales desaparecidos!
Olivetti miró a los ojos del camarlengo.
La oración de San Francisco, señor. ¿La recuerda?
El joven sacerdote dijo el verso con dolor en su voz.
Dios, concédeme la fuerza de aceptar las cosas que no puedo cambiar...
Confíe en mí —dijo Olivetti—. Ésta es una de tales cosas.
Y tras decir esto se marchó.

44

La oficina central de la BBC se halla en Londres, justo al oeste de Pic-cadilly Circus. Sonó el teléfono de la centralita, y una redactora de su­marios novata descolgó el teléfono.
BBC —dijo mientras apagaba su cigarrillo Dunhill.
La voz que sonó era rasposa, con acento de Oriente Próximo.
Tengo una noticia bomba que podría interesar a su cadena.
La redactora sacó un bolígrafo y una hoja de papel.
¿Referente a?
La elección papal.
Frunció el ceño, cansada. La BBC había emitido ayer una histo­ria preliminar, y la respuesta había sido mediocre. Por lo visto, el pú­blico estaba muy poco interesado en el Vaticano.
¿Cuál es el enfoque?
¿Tienen un reportero en Roma que cubra la elección?
Creo que sí.
He de hablar con él sin intermediarios.
Lo siento, pero no puedo darle el número sin tener idea de...
El cónclave ha recibido una amenaza. Es lo único que puedo decirle.
La redactora tomaba notas.
¿Su nombre?
Mi nombre es irrelevante.
La redactora no se sorprendió.
¿Tiene pruebas de lo que afirma?
Sí.
Me encantaría aceptar su información, pero nuestra política no admite dar el número de nuestros reporteros, a menos que...
Comprendo. Llamaré a otra cadena. Gracias por concederme su tiempo. Adiós...
Un momento —dijo la redactora—. ¿Puede esperar?
La redactora estiró el cuello. El arte de filtrar llamadas de posi­bles chiflados no era una ciencia exacta, pero quien llamaba acababa de superar las dos pruebas de autenticidad que exigía la BBC. Se ha­bía negado a dar su nombre, y estaba ansioso por colgar. Los ganapa­nes y buscadores de gloria solían lloriquear y suplicar.
Por suerte para ella, los reporteros vivían en el miedo eterno de perderse un gran reportaje, de modo que pocas veces la reprendían por ponerlos en contacto con algún psicótico. Hacer perder cinco mi­nutos a un reportero podía perdonarse. Perder un titular no.
Bostezó, miró su ordenador y tecleó las palabras «Ciudad del Vaticano». Cuando vio el nombre del reportero que cubría la elec­ción del Papa, rió para sí. Era un tipo que acababa de aterrizar en la BBC, procedente de un tabloide, al que habían encargado algunos de los reportajes más mundanos de la BBC. Era evidente que le habían destinado al escalón más inferior.
Probablemente se estaba aburriendo de lo lindo, toda la noche esperando a grabar su vídeo de diez segundos en vivo. Seguro que es­taría agradecido de que algo rompiera la monotonía.
La redactora de sumarios de la BBC copió el número del repor­tero en la Ciudad del Vaticano. Después, encendió otro cigarrillo y dio el teléfono a su interlocutor anónimo.

45

No saldrá bien —dijo Vittoria, mientras paseaba por el despa­cho del Papa—. Aunque un equipo de la Guardia Suiza pueda filtrar las interferencias electrónicas, tendrán que estar encima del contene­dor para captar alguna señal. Y eso si pueden acceder al contenedor, porque quizá lo han aislado de alguna manera. ¿Y si está enterrado dentro de una caja metálica, o en un conducto de ventilación? No ha­brá forma de localizarlo. Además, si hay infiltrados en la Guardia Sui­za, ¿quién garantiza que la búsqueda será exhaustiva?
El camarlengo parecía exhausto.
¿Qué nos propone, señorita Vetra?
Vittoria se sentía confusa. ¡Algo evidente!
Propongo, señor, que tomen otras precauciones de inmediato. Podemos confiar contra toda esperanza en que la búsqueda del co­mandante se vea coronada por el éxito. Al mismo tiempo, mire por la ventana. ¿Ve toda esa gente? ¿Esos edificios al otro lado de la plaza? ¿Esos camiones de las televisiones? ¿Los turistas? Están dentro del radio de alcance de la explosión. Hay que actuar ahora.
El camarlengo asintió, con la mirada perdida.
Vittoria se sentía frustrada. Olivetti había convencido a todo el mundo de que quedaba mucho tiempo, pero Vittoria sabía que, si la noticia se filtraba, toda la zona se llenaría de fisgones en cuestión de minutos. Lo había visto en una ocasión, ante el edificio del Parla­mento suizo en Zúrich. Durante una toma de rehenes con bomba incluida, miles de personas se habían congregado en las afueras del
edificio para presenciar el desenlace. Pese a la advertencia de la po­licía de que estaban en peligro, la multitud se fue acercando cada vez más. Nada captaba más el interés humano que la tragedia hu­mana.
Signore —urgió Vittoria—, el hombre que mató a mi padre anda suelto por ahí. Todas las células de mi cuerpo me impelen a sa­lir en su captura, pero estoy en su despacho, porque me siento res­ponsable de usted. De usted y de los demás. Hay vidas en peligro, sig­nore. ¿Lo entiende?
El camarlengo no contestó.
Vittoria notó que su corazón se aceleraba. ¿Por qué no pudo la Guardia Suiza localizar al que llamó? ¡El asesino de los llluminati es la clave! Sabe dónde está la antimateria... ¡Sabe dónde están los cardena­les! Si atrapamos al asesino, todo se solucionará.
Vittoria se dio cuenta de que estaba empezando a perder el con­trol, algo que recordaba lejanamente de la infancia, los años de or­fandad, la frustración sin herramientas para manejarla. Tienes herra­mientas, se dijo, siempre tienes herramientas. Pero era inútil. Sus pensamientos se entrometían, la estrangulaban. Era una investigado­ra, una mujer que se dedicaba a resolver problemas. Pero se enfren­taba a un problema sin solución. ¿Qué datos necesitas? ¿Qué quieres? Se ordenó respirar hondo, pero por primera vez en su vida, no pudo. Se estaba asfixiando.
A Langdon le dolía la cabeza, y experimentaba la sensación de que estaba bordeando los límites de la racionalidad. Miraba a Vittoria y al camarlengo, pero imágenes espantosas nublaban su visión: explosio­nes, ejércitos de periodistas, cámaras en acción, cuatro cadáveres marcados.
Shaitan... Lucifer... Portador de luz... Satanás...
Expulsó las imágenes horripilantes de su mente. Terrorismo cal­culado, se recordó, y trató de aferrarse a la realidad. Caos planificado. Pensó en un seminario de Radcliffe al que había asistido en una oca­sión, mientras investigaba el simbolismo pretoriano. Desde entonces, su opinión sobre los terroristas había cambiado.

Vittoria y el camarlengo dieron un respingo.
No lo veía —susurró Langdon como hipnotizado—. Lo tenía delante de mis ojos...
¿No veías qué? —preguntó Vittoria.
Langdon se volvió hacía el sacerdote.
Padre, durante tres años he estado pidiendo permiso para ac­ceder a los Archivos del Vaticano. Me lo han negado siete veces.
Lo siento, señor Langdon, pero no me parece el momento más adecuado para quejarse.
He de acceder ahora mismo. Los cuatro cardenales desapare­cidos. Tal vez consiga descubrir dónde serán asesinados.
Vittoria le miró, convencida de que no le había entendido bien.
El camarlengo parecía preocupado, como si fuera objeto de una burla cruel.
¿Espera que crea que esta información consta en nuestros Ar­chivos?
No puedo prometerle que la localizaré a tiempo, pero si me deja entrar...
Señor Langdon, debo personarme en la Capilla Sixtina dentro de cuatro minutos. Los Archivos están al otro lado de la Ciudad del Vaticano.
Hablas en serio, ¿verdad? —interrumpió Vittoria, con los ojos clavados en los de Langdon.
No es hora de andar bromeando —contestó Langdon.
Padre —dijo Vittoria—, si existe alguna posibilidad de descu­brir dónde se cometerán esos asesinatos, podríamos precintar los lu­gares y...
Pero ¿qué tienen que ver los Archivos? —insistió el camarlen­go—. ¿Cómo es posible que contengan alguna pista?
Tardaré más tiempo en explicarlo del que le queda —dijo Langdon—. Pero si tengo razón, podremos utilizar la información para detener al hassassin.
La expresión del camarlengo delataba que quería creer, pero no podía.
Los códices más sagrados de la cristiandad se hallan en esos Archivos. Tesoros que ni siquiera yo tengo el privilegio de ver.
Lo sé.
Sólo se permite el acceso con un permiso por escrito del con­servador y la Junta de Bibliotecarios del Vaticano.
O por orden del Papa —dijo Langdon—. Lo dice en todas las cartas de rechazo que me ha enviado su conservador.
El camarlengo asintió.
No quiero ser grosero —le urgió Langdon—, pero si no me equivoco, una orden papal sale de este despacho. Por lo que yo sé, esta noche usted le sustituye. Teniendo en cuenta las circunstancias...
El camarlengo extrajo un reloj de bolsillo de su sotana y lo con­sultó.
Señor Langdon, esta noche estoy dispuesto a ofrecer mi vida, en un sentido literal, por salvar a esta Iglesia.
Langdon percibió la más absoluta sinceridad en los ojos del hombre.
¿Cree de veras que este documento se encuentra aquí? —pre­guntó el camarlengo—. ¿Podrá ayudarnos a localizar estas cuatro iglesias?
De no estar convencido, no habría enviado incontables solici­tudes. Italia está un poco lejos para venir de parranda con un sueldo de profesor. El documento que ustedes guardan es un antiguo...
Por favor —interrumpió el camarlengo—, perdóneme. Mi mente es incapaz de asimilar más detalles en este momento. ¿Sabe us­ted dónde están los Archivos Secretos?
Langdon experimentó una oleada de emoción.
Justo detrás de la puerta de Santa Ana.
Impresionante. La mayoría de estudiosos creen que se accede a ellos por la puerta secreta que se halla detrás del trono de San Pe­dro.
No. Eso es el Archivio della Reverenda Fabbrica di San Pie-tro. Una equivocación muy común.
Un bibliotecario adjunto acompaña siempre a la persona que entra. Esta noche, los adjuntos se han ido. Usted pide carte Manche. Ni siquiera los cardenales entran solos.
Trataré sus tesoros con el mayor respeto y cuidado. Sus bi­bliotecarios no encontrarán ni rastro de mi paso.

Las campanas de San Pedro empezaron a doblar. El camarlengo consultó su reloj de bolsillo.
Debo irme. —Hizo una pausa y miró a Langdon—. Ordenaré que un Guardia Suizo le espere en los Archivos. Le entrego mi con-fianza, señor Langdon. Váyase.
Langdon se quedó sin habla.
Daba la impresión de que el joven sacerdote hacía gala ahora de un aplomo sin igual. Apretó el hombro de Langdon con sorprendente fuerza.
Encuentre lo que está buscando. Y hágalo deprisa.

46

Los Archivos Secretos del Vaticano se hallan en un extremo del patio Borgia, y se accede a ellos por la puerta de Santa Anna. Contienen más de veinte mil volúmenes, y se rumorea que albergan tesoros tales como los diarios perdidos de Leonardo da Vinci y libros inéditos de las Sagradas Escrituras.
Langdon caminaba a toda prisa por la desierta Via della Fonda-menta en dirección a los Archivos, y su mente se negaba a aceptar que le hubieran permitido el acceso. Vittoria le acompañaba, sin rezagar­se ni un centímetro. La brisa agitaba su pelo con aroma a almendra, que Langdon aspiraba. Notó que sus pensamientos se extraviaban.
¿Vas a decirme qué estás buscando? —preguntó Vittoria.
Un librito escrito por un tipo llamado Galileo.
No fastidies —dijo la joven, sorprendida—. ¿Qué hay en él?
Se supone que contiene algo llamado il segno,
¿La señal?
Señal, pista, signo... Depende de la traducción.
¿Señal de qué?
Langdon aceleró el paso.
Un lugar secreto. Los Illuminati de Galileo necesitaban prote­gerse del Vaticano, de manera que buscaron un punto de reunión ul-trasecreto en Roma. Lo llamaban la Iglesia de la Iluminación.
Hace falta valor para llamar iglesia a una guarida satanista.
Langdon meneó la cabeza.
Los Illuminati de Galileo no eran satanistas. Eran científicos
que reverenciaban el esclarecimiento. Su lugar de reunión no era más que un escondite donde podían reunirse a salvo y hablar de temas prohibidos por el Vaticano. Aunque sabemos que dicho escon­dite existía, hasta hoy nadie lo ha localizado.
Da la impresión de que los Illuminati saben guardar bien un secreto.
Ya lo creo. De hecho, jamás revelaron el emplazamiento de su escondite a nadie ajeno a su hermandad. Este secretismo los protegía, pero también planteaba un problema en lo tocante a reclutar nuevos miembros.
No podían crecer si no podían darse publicidad —dijo Vitto-ria. Sus piernas y su mente se movían a la misma velocidad.
Exacto. Los rumores sobre la hermandad de Galileo empe­zaron a propagarse en la década de 1630, y científicos de todo el mundo peregrinaron en secreto a Roma con la esperanza de unirse a los Illuminati, anhelando la oportunidad de mirar por el telesco­pio de Galileo y escuchar las ideas del maestro. Por desgracia, debi­do al secretismo de los Illuminati, los científicos que llegaban a Roma no sabían dónde se celebraban las reuniones ni con quién po­dían hablar sin exponerse al peligro. Los Illuminati querían sangre nueva, pero no podían arriesgarse a revelar el emplazamiento de su escondite.
Vittoria frunció el ceño.
Parece una situazione senza soluzione.
Exacto. Un callejón sin salida, por así decirlo.
¿Y qué hicieron?
Eran científicos. Examinaron el problema y encontraron una solución. Brillante, a decir verdad. Los Illuminati crearon una especie de plano ingenioso que dirigía a los científicos a su refugio.
Vittoria aminoró el paso, con expresión escéptica.
¿Un plano? Qué imprudencia. Si una copia caía en malas ma­nos...
Imposible —contestó Langdon—. No existían copias. No era un plano de papel. Era enorme. Una especie de senda luminosa que atravesaba la ciudad.
Ahora Vittoria caminaba más despacio aún.

¿Flechas pintadas en las aceras?
Sí, en cierta manera, pero mucho más sutil. El plano consistía en una serie de indicadores simbólicos, meticulosamente ocultos, co­locados en lugares públicos de toda la ciudad. Un indicador condu­cía al siguiente... y al siguiente... Una senda... que terminaba en la guarida de los Illuminati.
Vittoria le miró de soslayo.
Parece el plano de un tesoro.
Langdon rió.
Y lo era, en cierto sentido. Los Illuminati llamaban a su senda de indicadores El Sendero de la Iluminación, y cualquiera que desea­ra unirse a la hermandad tenía que seguirlo hasta el final. Una especie de prueba.
Pero si el Vaticano quería encontrar a los Illuminati —arguyó Vittoria—, ¿por qué no siguieron los indicadores?
No podía. La senda estaba escondida. Un rompecabezas, construido de tal manera que sólo ciertas personas pudieran seguir los indicadores y descubrir dónde estaba escondida la iglesia de los Illuminati. Para ellos era como una iniciación, y no sólo funcionaba como medida de seguridad, sino también como procedimiento de criba para asegurarse de que sólo los científicos más brillantes llega­ban a su puerta.
No me lo trago. En el siglo diecisiete, el clero contaba con al­gunos de los hombres más cultos del mundo. Si estos indicadores se hallaban en lugares públicos, tenían que existir miembros del Vatica­no capaces de descubrirlos.
Claro —dijo Langdon—, si hubieran conocido la existencia de los indicadores. Pero no la conocían. Nunca se fijaron en ellos, porque los Illuminati los diseñaron de tal forma que los sacerdotes nunca sospecharon dónde estaban. Utilizaron un método conocido en simbología como disimulación.
Camuflaje.
Langdon se quedó impresionado.
Conoces el término.
Dissimulazione. La mejor defensa de la naturaleza. Intenta lo­calizar a un centrisco flotando entre algas.
De acuerdo —dijo Langdon—. Los Illumínati usaban el mis­mo concepto. Crearon indicadores que se confundían con el telón de fondo de la antigua Roma. No podían emplear ambigramas ni simbología científica, porque se notaría demasiado, de manera que encar­garon a un artista de su cuerda, el mismo prodigio anónimo que ha­bía creado su símbolo ambigramático, que tallara cuatro esculturas.
¿Esculturas de los Illuminati?
Sí, esculturas que debían atenerse a dos pautas precisas. Pri­mero, las esculturas tenían que parecerse a las demás que había en Roma, para que el Vaticano nunca sospechara que pertenecían a los Illuminati.
Arte religioso.
Langdon asintió. Dejándose llevar por un entusiasmo repentino, prosiguió.
Y la segunda pauta era que las cuatro esculturas tenían que to­car temas muy concretos. Era preciso que cada obra constituyera un sutil tributo a uno de los cuatro elementos de la ciencia.
¿Cuatro elementos? Hay más de cien.
En el siglo diecisiete no —le recordó Langdon—. Los prime­ros alquimistas creían que todo el universo estaba compuesto tan sólo por cuatro sustancias. Tierra, Aire, Fuego y Agua.
Langdon sabía que la cruz antigua era el símbolo más común de los cuatro elementos: cuatro brazos que representaban la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua. Además, existían docenas de representacio­nes simbólicas de la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua a lo largo de la historia: los ciclos pitagóricos de la vida, el Hong-Fan chino, los rudi­mentos masculino y femenino junguianos, los cuadrantes del Zodía­co, hasta los musulmanes reverenciaban los cuatro elementos, aun­que en el islam eran conocidos como «cuadrados, nubes, rayos y olas». Para Langdon, no obstante, había un uso más moderno que siempre le producía escalofríos, los cuatro grados místicos de la ma­sonería de la Iniciación Absoluta: Tierra, Aire, Fuego y Agua.
Vittoria parecía fascinada.
De modo que este artista de los Illuminati creó cuatro obras de arte que parecían religiosas, pero en realidad eran tributos a la Tie­rra, el Aire, el Fuego y el Agua, ¿verdad?

Exacto —contestó Langdon, al tiempo que se desviaba por Via Sentinel en dirección a los Archivos—. Las piezas pasaban inadverti­das en el mar de obras religiosas de Roma. Mediante la donación anó­nima de dichas obras de arte a iglesias concretas, y utilizando después su influencia política, la hermandad facilitó el emplazamiento de estas cuatro piezas en iglesias de Roma escogidas con sumo cuidado. Cada pieza era un indicador, por supuesto, que señalaba de manera sutil a la siguiente iglesia, donde aguardaba el siguiente indicador. Funcionaba como una senda de pistas disfrazada de arte religioso. Si un candidato era capaz de localizar la primera iglesia y el indicador de la Tierra, po­día seguirlo hasta el Aire, y después hasta el Fuego, y luego hasta el Agua, y por fin... a la Iglesia de la Iluminación.
Vittoria estaba confusa.
¿Y esto nos ayudará a capturar al asesino de los Illuminati?
Langdon sonrió cuando enseñó el as que escondía en la manga.
Ah, sí. Los Illuminati llamaban a estas cuatro iglesias de una forma muy especial. Los Altares de la Ciencia.
Vittoria frunció el ceño.
Lo siento, eso no significa nada... —Se interrumpió—. L'alta-re di scienza? —exclamó—. El asesino Illuminati. ¡Advirtió de que los cardenales serían sacrificados como vírgenes en los altares de la ciencia!
Langdon le dedicó una sonrisa.
Cuatro cardenales. Cuatro iglesias. Los cuatro altares de la ciencia.
Vittoria se quedó petrificada.
¿Estás diciendo que las cuatro iglesias donde los cardenales serán sacrificados son las mismas cuatro iglesias que indican el anti­guo Sendero de la Iluminación?
Creo que sí.
¿Por qué nos dio esa pista el asesino?
¿Y por qué no? —replicó Langdon—. Muy pocos historiado­res conocen la existencia de esas esculturas. Aún menos creen que existen. Su emplazamiento ha sido un secreto durante cuatrocientos años. No me cabe duda de que los Illuminati confiaron en que el se­creto se prolongaría otras cinco horas. Además, los Illuminati ya no
necesitan su Sendero de la Iluminación. Supongo que su guarida se­creta hace mucho tiempo que no existe. Viven en el mundo moderno. Se encuentran en juntas directivas bancadas, clubs gastronómicos, campos de golf privados. Esta noche, quieren hacer públicos sus se­cretos. Ha llegado su momento. Su gran revelación.
Langdon temía que la revelación de los Illuminati presentaría una simetría especial con algo que todavía no había mencionado, Las cuatro marcas. El asesino había jurado que cada cardenal sería marca­do con un símbolo diferente. Prueba de que las leyendas antiguas son ciertas, había dicho el asesino. La leyenda de las cuatro marcas ambigramáticas era tan vieja como los propios Illuminati: Tierra, Aire, Fuego, Agua, cuatro palabras labradas en perfecta simetría. Como la palabra Illuminati. Cada cardenal iba a ser marcado con uno de los antiguos elementos de la ciencia. El rumor de que las cuatro marcas estaban en inglés y no en italiano seguía siendo motivo de debate en­tre los historiadores. El inglés parecía ser una desviación fortuita de su lengua original... y los Illuminati no hacían nada al azar.
Langdon estaba delante de la senda de ladrillo que conducía a los Archivos. Imágenes siniestras se sucedían en su mente. El complot global de los Illuminati empezaba a revelar su paciente grandeza. La hermandad había jurado guardar silencio el tiempo necesario, ama­sando suficiente influencia y poder para poder resurgir sin miedo y luchar por su causa a plena luz del día. Los Illuminati ya no necesita­ban esconderse. Querían exhibir su poder, confirmar que los mitos conspiratorios eran una realidad. Esta noche iban a conseguir publi­cidad en todo el mundo.
Ahí viene nuestra escolta —dijo Vittoria.
Langdon alzó la vista y vio que un Guardia Suizo atravesaba co­rriendo un jardín adyacente en dirección a la puerta principal.
Cuando el guardia los vio, se detuvo en seco. Los miró, como si creyera sufrir alucinaciones. Dio media vuelta sin decir palabra y sacó el walkie-talkie. Habló con su interlocutor, como si no diera crédito a su misión. Langdon no entendió la airada respuesta, pero el mensaje era claro. El guardia tragó saliva, guardó su walkie-talkie y se volvió hacia ellos con expresión de desagrado.
El guardia no les dirigió la palabra cuando los guió hasta el inte
rior del edificio. Atravesaron cuatro puertas de acero, dos entradas de llave maestra, bajaron por una larga escalera y llegaron a un vestí­bulo con dos teclados de combinación. Atravesaron una serie de puertas electrónicas de tecnología punta y llegaron al final de un pa­sillo largo, donde los esperaba un conjunto de puertas dobles de ro­ble. El guardia se detuvo, los miró una vez más, y mascullando por lo bajo se acercó a una caja metálica clavada a la pared. La abrió con lla­ve, introdujo la mano y tecleó un código. Las puertas emitieron un zumbido y el cerrojo se abrió.
El guardia se volvió y les habló por primera vez.
Los Archivos están al otro lado de esa puerta. Me han orde­nado que les acompañe hasta aquí y regrese para recibir instrucciones sobre otro asunto.
¿Se marcha? —preguntó Vittoria.
La Guardia Suiza tiene prohibido el acceso a los Archivos Se­cretos. Ustedes están aquí sólo porque mi comandante recibió una orden directa del camarlengo.
Pero ¿cómo saldremos?
Seguridad monodireccional. No tendrán la menor dificultad.
Una vez concluida la breve conversación, el guardia giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo.
Vittoria hizo un comentario, pero Langdon no lo oyó. Su mente estaba concentrada en las dobles puertas que se alzaban ante él, mientras se preguntaba qué misterios encerraban.

47

Aunque sabía que quedaba poco tiempo, el camarlengo Carlo Ven-tresca caminaba despacio. Necesitaba un poco de tiempo en soledad para serenarse antes de la oración de apertura del cónclave. Estaban sucediendo muchas cosas. Mientras se dirigía al ala norte, el reto de los últimos quince días pesaba con fuerza sobre sus huesos.
Había cumplido sus deberes santos al pie de la letra.
Según la tradición vaticana, después de la muerte del Papa el ca­marlengo había confirmado en persona el fallecimiento apoyando dos dedos sobre la arteria carótida del pontífice y luego pronunció en voz alta el nombre del finado sucesor de Pedro tres veces. Por ley, no se practicaba autopsia. Después, había sellado el dormitorio del Papa, destruido el anillo papal del pescador, despedazado el cuño utilizado para hacer sellos de plomo y efectuado los preparativos del funeral. Una vez finalizadas estas tareas, se dedicó a preparar el cón­clave.
Cónclave, pensó. El obstáculo final. Era una de las tradiciones más antiguas de la cristiandad. En los tiempos actuales, como era nor­mal conocer el resultado del cónclave antes de que empezara, el pro­cedimiento se consideraba obsoleto, más una pantomima que una elección. Sin embargo, el camarlengo sabía que era simple falta de co­nocimiento. El cónclave no era una elección. Era un traspaso de po­deres místico, anclado en el tiempo. La tradición se remontaba a épo­cas inmemoriales: el secretismo, las hojas de papel dobladas, la quema de los votos, la mezcla de productos químicos, las señales de humo.
Cuando el camarlengo atravesó las Loggias de Gregorio XIII, se preguntó si al cardenal Mortati ya le habría entrado el pánico. Sin duda, Mortati habría reparado en la desaparición de los preferiti. Sin ellos, la votación se prolongaría toda la noche. El nombramiento de Mortati como Gran Elector, se tranquilizó el camarlengo, había sido acertada. El hombre era un librepensador, capaz de expresar sus opiniones sin ambages. Esta noche, el cónclave necesitaría un líder más que nunca.
Cuando el camarlengo llegó a lo alto de la Escalera Real, experi­mentó la sensación de que su vida se iba a despeñar por un precipi­cio. Incluso desde aquí arriba podía oír el ruido de la actividad que tenía lugar en la Capilla Sixtina, la charla inquieta de ciento sesenta y cinco cardenales.
Ciento sesenta y un cardenales, se corrigió.
Por un instante, el camarlengo pensó que se precipitaba al in­fierno, rodeado de gente que chillaba, llamas, piedras y sangre que llovían del cielo.
Y luego, el silencio.

Cuando el niño despertó, estaba en el cielo. Todo a su alrededor era blanco. La luz era cegadora y pura. Aunque algunos dirían que a los diez años era imposible comprender el cielo, el pequeño Carlo Ventresca lo comprendía muy bien. Ahora estaba en el cielo. ¿Dónde, si no? Incluso en esta breve década sobre la tierra, Carlo había sentido la majestad de Dios: los órganos atronadores, las cúpulas altísimas, las voces de los coros, los vitrales de colores, el bronce y el oro cente­lleantes. La madre de Carlo, María, le llevaba a misa cada día. La igle­sia era el hogar de Carlo.
¿Por qué vamos a misa cada día? —preguntaba Carlo, aunque no le importaba.
Porque se lo prometí a Dios —contestaba su madre—. Una promesa hecha a Dios es más importante que cualquier otra. Nunca rompas una promesa hecha a Dios.
Carlo se lo prometió. Quería a su madre más que a nada en el mundo. Era su ángel de la guarda. A veces, la llamaba María benedet-
ta, aunque a ella no le gustaba. Se arrodillaba con ella mientras reza­ba, percibía el aroma dulce de su carne y escuchaba el murmullo de su voz mientras pasaba las cuentas del rosario. Santa María, Madre de Dios... ruega por nosotros pecadores... ahora y en la hora de nuestra muerte.
¿Dónde está mi padre? —preguntaba Carlo, a sabiendas de que su padre había muerto antes de que él naciera.
Ahora, Dios es tu padre —contestaba ella siempre—. Tú eres hijo de la Iglesia.
A Carlo le gustaba mucho la frase.
Siempre que te sientas asustado —decía su madre—, recuer­da que Dios es tu padre. Él te vigilará y protegerá siempre. Dios tie­ne grandes planes para ti, Carlo.
El niño sabía que ella tenía razón. Sentía a Dios en la sangre.
Sangre...
¡Sangre que llovía del cielo!
Silencio. Después, el cielo.
Su cielo, averiguó Carlo cuando se apagaron las luces cegadoras, era la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Santa Clara, en las afueras de Palermo. Carlo había sido el único superviviente de un atentado terrorista que había derrumbado la capilla donde su madre y él habían asistido a misa durante sus vacaciones. Treinta y siete per­sonas habían muerto, incluida la madre de Carlo. El hecho de que Carlo hubiera sobrevivido fue bautizado por los periódicos como El milagro de San Francisco. Por algún motivo ignoto, pocos momentos antes de la explosión, Carlo se había alejado de su madre para ir a examinar un tapiz que describía la historia de San Francisco, situado en una pequeña capilla lateral.
Dios me llamó, decidió. Quería salvarme.
Carlo deliraba de dolor. Aún podía ver a su madre, arrodillada en el banco, que le enviaba un beso con la mano, y después el es­truendo ensordecedor, cuando su carne fragante estalló en pedazos. Aún podía saborear la maldad del hombre. Llovió sangre del cielo. ¡La sangre de su madre! ¡La bendita Maria!
Dios mirará por ti y te protegerá siempre, le había dicho su madre.
Pero ¿dónde estaba Dios ahora?

Después, como una manifestación terrenal de que su madre de­cía la verdad, un sacerdote había venido al hospital. No era un simple sacerdote. Era un obispo. Rezó por Carlo. El Milagro de San Francis­co. Cuando Carlo se recuperó, el obispo se encargó de que viviera en un pequeño monasterio, contiguo a la catedral, que estaba a cargo del obispo. Carlo vivió con los monjes, que fueron sus profesores. Inclu­so se convirtió en monaguillo de su nuevo protector. El obispo sugi­rió que Carlo entrara en la escuela pública, pero el niño se negó. No habría podido ser más feliz en su nuevo hogar. Ahora sí que vivía en la casa de Dios.
Cada noche, Carlo rezaba por su madre.
Dios me salvó por algún motivo, pensaba. ¿Cuál es ese motivo?
Cuando Carlo cumplió dieciocho años, le correspondió hacer el servicio militar por imperativo de la ley italiana. El obispo dijo a Car­lo que si entraba en el seminario se vería exento de ese deber. Él con­testó al obispo que albergaba la intención de ingresar en el seminario, pero antes deseaba comprender la maldad humana.
El obispo no lo entendió.
Carlo le dijo que si iba a pasar la vida en la Iglesia luchando con­tra la maldad, primero tenía que comprenderla. No se le ocurría lugar mejor para comprender la maldad que el Ejército. El Ejército utiliza­ba cañones y bombas. ¡Una bomba mató a mi madre bendita!.
El obispo intentó disuadirle, pero Carlo ya había tomado la de­cisión.
Sé prudente, hijo mío —dijo el obispo—. Y recuerda que la Iglesia espera tu regreso.
Los dos años de servicio militar de Carlo fueron espantosos. Ha­bía entregado su adolescencia al silencio y la reflexión, pero en el Ejército no había tranquilidad para reflexionar. Ruido interminable. Enormes máquinas por doquier. Ni un momento de paz. Aunque los soldados fueran a misa una vez a la semana en los barracones, Carlo no sentía la presencia de Dios en sus compañeros. Sus mentes eran demasiado caóticas para ver a Dios.
Carlo detestaba su nueva vida y quería volver a casa, pero estaba decidido a llegar hasta el final. Tenía que comprender la maldad. Se negó a disparar un fusil, así que le enseñaron a pilotar helicópteros de
servicios médicos. Carlo odiaba el ruido y el olor, pero al menos le de­jaban perderse en el cielo, para estar más cerca de su madre. Cuando le informaron de que su entrenamiento de piloto incluía aprender a tirarse en paracaídas, Carlo se quedó aterrorizado, pero no le dejaron otra alternativa.
Dios me protegerá, se dijo.
El primer salto en paracaídas de Carlo fue la experiencia física más jubilosa de su vida. Era como volar con Dios. No tuvo bastan­te... El silencio... El flotar... Ver el rostro de su madre en las nubes blancas, mientras se precipitaba hacia la tierra. Dios tiene planes para ti, Carlo. Cuando regresó del servicio militar, ingresó en el seminario.
Habían transcurrido veintitrés años.
Mientras Carlo Ventresca bajaba por la Escalera Real, intentó asimi­lar la cadena de acontecimientos que le habían conducido a esta en­crucijada extraordinaria.
Abandona todo temor, se dijo, y entrega esta noche al Señor.
Vio la gran puerta de bronce de la Capilla Sixtina, custodiada por cuatro Guardias Suizos. Los guardias abrieron la puerta y empu­jaron las hojas. Todo el mundo se volvió. El camarlengo contempló las sotanas negras y los fajines rojos que había ante él. Comprendió cuáles eran los planes de Dios. El destino de la Iglesia estaba en sus manos.
El camarlengo se persignó y cruzó el umbral.

48

El periodista de la BBC Gunther Glick estaba sudando en la camio­neta de la cadena, aparcada en el costado este de la plaza de San Pe­dro, y maldijo a su director. Si bien el primer informe mensual de Glick había estado trufado de superlativos (inventivo, agudo, serio), le habían enviado a la Ciudad del Vaticano para cubrir la elección del nuevo Papa. Recordó que ser corresponsal de la BBC conllevaba mu­cha más credibilidad que inventar chorradas para el British Tattler, pero de todos modos ésta no era la idea que se había forjado de su tarea.
El trabajo de Glick era sencillo. Insultantemente sencillo. Tenía que quedarse sentado en la camioneta, a la espera de que una caterva de viejos pedorros escogieran al nuevo pedorro supremo, después te­nía que salir y grabar un spot «en directo» de quince segundos con el Vaticano como telón de fondo.
Brillante.
Glick no podía creer que la BBC enviara todavía reporteros a cu­brir esta basura. Esta noche no verás reporteros norteamericanos por aquí. ¡Pues claro que no! Y todo porque esos tipos se lo montaban bien. Veían la CNN, hacían una sinopsis, y después fumaban su re­portaje «en directo» frente a una pantalla azul, y proyectaban en ella imágenes de archivo para que pareciera real. La MSNBC incluso uti­lizaba máquinas que producían viento y lluvia para dotar de mayor autenticidad a las tomas. Los espectadores ya no querían la verdad; querían diversión.

Glick miró por el parabrisas, más deprimido a cada minuto que pasaba. La imperial Ciudad del Vaticano se alzaba ante él como un té­trico recordatorio de lo que los hombres podían lograr cuando se lo proponía.
¿Qué he logrado yo en mi vida? —se preguntó en voz alta—. Nada.
Pues ríndete —dijo una voz femenina detrás de él.
Glick pegó un bote. Casi había olvidado que no estaba solo. Se volvió hacia el asiento trasero, donde su cámara, Chinita Macri, se limpiaba en silencio las gafas. Siempre se estaba limpiando las gafas. Chinita era negra, aunque prefería que la llamaran afroamericana, algo corpulenta y lista como un demonio. Nunca permitía que lo ol­vidaras. Era una persona extravagante, pero a Glick le gustaba, y le apetecía mucho tener compañía.
¿Cuál es el problema, Gunth? —preguntó Chinita.
¿Qué estamos haciendo aquí?
La mujer siguió limpiando sus gafas.
Presenciar un acontecimiento emocionante.
¿Es emocionante un grupo de viejos encerrados a oscuras?
Sabes que irás al infierno, ¿verdad?
Ya estoy en él.
Habla conmigo.
Igualita a su madre.
Tengo ganas de dejar mi impronta.
Escribiste para el British Tattler.
Sí, pero sin ninguna resonancia.
Venga ya, oí que escribiste un artículo sensacional sobre la vida sexual secreta de la reina con los alienígenas.
Gracias.
Las cosas van mejorando. Esta noche harás tus primeros quin­ce segundos de historia televisiva.
Glick gruñó. Ya imaginaba la frase del presentador de las noti­cias. «Gracias, Gunther, excelente trabajo.» Luego el presentador pondría los ojos en blanco y hablaría del tiempo.
Tendría que haber hecho una prueba para presentador.
Macri rió.
¿Sin experiencia? ¿Y con esa barba? Olvídalo.
Glick se pasó las manos por el pelo rojizo de la barbilla.
Creo que me hace parecer más listo.
Sonó el móvil de la camioneta, lo cual interrumpió por suerte otra descripción de los fracasos de Glick.
Puede que sea la redacción —dijo, esperanzado de repente—. ¿Crees que quieren las últimas noticias en directo?
¿Sobre esta historia? —Macri rió—. Sigues soñando.
Glick contestó al teléfono con su mejor voz de presentador.
Gunther Glick, BBC, en directo desde Ciudad del Vaticano.
El hombre que habló tenía acento árabe.
Escuche con atención —dijo—. Estoy a punto de cambiar su vida.

49

Langdon y Vittoria se hallaban solos ante las puertas dobles que con­ducían al sanctasanctórum de los Archivos Secretos. La ornamenta­ción de la columnata consistía en una mezcla incongruente de alfom­bras de pared a pared sobre suelos de mármol y cámaras de seguridad inalámbricas, situadas junto a los querubines tallados en el techo. Langdon lo bautizó Renacimiento Estéril. Al lado de la puerta en for­ma de arco había una pequeña placa de bronce.
ARCHIVIO VATICANO Curatote Padre Jaquí Tomaso
Padre Jaqui Tomaso. Langdon reconoció el nombre del conser­vador por las cartas de rechazo que habían aterrizado sobre su escri­torio. Apreciado señor Langdon, lamento comunicarle que escribo para denegar...
Lamento. Tonterías. Desde que había empezado el reinado de Jaqui Tomaso, Langdon no había conocido ni un solo estudioso nor­teamericano no católico que hubiera obtenido permiso para acceder a los Archivos Secretos del Vaticano. Il guardiano, le llamaban los his­toriadores. Jaqui Tomaso era el bibliotecario más irreductible del mundo.
Cuando Langdon empujó las puertas y entró en el santuario, casi esperaba ver al padre Jaqui con uniforme militar y casco montando guardia con un lanzagranadas. No obstante, la estancia estaba desierta.
Silencio. Iluminación suave.
Archivio Vaticano. Uno de los sueños de su vida.
Mientras Langdon paseaba su mirada por la cámara, su primera reacción fue de vergüenza. Se dio cuenta de lo romántico que era. Las imágenes que durante años había atesorado de esta sala no podían ser más equivocadas. Había fantaseado con estanterías polvorientas lle­nas de volúmenes manoseados, sacerdotes catalogando a la luz de ve­las y vidrieras, monjes inclinados sobre pergaminos...
Ni por asomo.
A primera vista, la sala parecía un hangar en penumbras en el que alguien había construido una docena de pistas de tenis. Langdon sabía lo que eran los recintos acristalados. No le sorprendió verlos. La humedad y el calor deterioraban los volúmenes y pergaminos anti­guos, y era necesario conservarlos en cámaras herméticas como éstas, cubículos que aislaban de la humedad y los ácidos naturales del aire. Langdon había estado en cámaras herméticas muchas veces, pero siempre era una experiencia inquietante, algo parecido a entrar en un contenedor hermético donde un bibliotecario regulaba a su antojo el oxígeno.
Las cámaras eran tenebrosas, incluso tétricas, apenas perfiladas por luces diminutas colocadas al final de cada estantería. En la ne­grura de cada celda, Langdon intuyó la presencia de gigantes fantas­males, hilera tras hilera de estanterías altísimas, cargadas de historia. Era una colección impresionante.
Vittoria también parecía aturdida. Contemplaba en silencio los gigantescos cubos transparentes.
El tiempo apremiaba, y Langdon no lo perdió en explorar la es­tancia apenas iluminada en busca de un catálogo, una enciclopedia que documentara la colección de libros. El resplandor de un puñado de terminales de ordenador distribuidas por la sala llamó su atención.
Parece que tienen un Biblion. El índice está informatizado.
Una expresión esperanzada apareció en el rostro de Vittoria.
Eso debería facilitar nuestra búsqueda.
Langdon deseó poder compartir su entusiasmo, pero intuyó que en realidad se trataba de una mala noticia. Se acercó a una terminal y empezó a teclear. Sus temores se confirmaron al instante.

El método antiguo habría, sido mejor.
¿Por qué?
Langdon se alejó del monitor.
Porque los libros auténticos no están protegidos por contrase­ñas. Supongo que las físicas no son piratas informáticas natas, ¿ver­dad?
Vittoria negó con la cabeza.
Puedo abrir ostras, y gracias.
Langdon respiró hondo y luego se volvió para contemplar la tétri­ca colección de cámaras transparentes. Caminó hasta la más próxima y escudriñó el interior. Entre las paredes de cristal había formas amorfas que Langdon reconoció como estantes normales, cilindros para guar­dar pergaminos, y mesas de examen. Leyó las etiquetas indicadoras que brillaban al final de cada estantería. Como en cualquier biblioteca, las etiquetas indicaban el contenido de esa hilera. Leyó los encabezados mientras se desplazaba a lo largo de la barrera transparente.
PIETRO L'EREMITA... LE CROCIATE... URBANO II... LEVANT...
Están etiquetadas —dijo sin dejar de andar—, pero no por or­den alfabético de autor.
No le sorprendió. Los antiguos archivos casi nunca se cataloga­ban por orden alfabético, porque se desconocía la identidad de mu­chos autores. Los títulos tampoco servían, porque muchos documen­tos históricos eran cartas sin título o fragmentos de pergamino. Gran parte de la catalogación se hacía por orden cronológico. Sin embargo, lo desconcertante de este orden era que no parecía cronológico.
Langdon era consciente de que el tiempo se le escapaba de las manos.
Parece que el Vaticano utiliza un sistema propio.
Menuda sorpresa.
Volvió a examinar las etiquetas. Estos documentos abarcaban si­glos, pero las palabras que describían el contenido de los documen­tos estaban interrelacionadas.
Creo que se trata de una clasificación temática.
¿Temática? —preguntó Vittoria en tono de desaprobación científica—. Suena muy ineficaz.
Pues la verdad, pensó Langdon, ahondando en la cuestión, pue-
de que sea el catálogo más astuto que haya visto en mi vida. Siempre había animado a sus estudiantes a comprender las tendencias y moti­vos globales de un período artístico, antes que perderse en la maraña de datos y obras específicas. Por lo visto, los Archivos del Vaticano se catalogaban con una filosofía similar. Pinceladas esenciales...
Todo lo que hay en esta cámara —dijo Langdon, cada vez más confiado—, siglos de material, está relacionado con las Cruzadas. Es el tema de esta cámara.
Todo estaba aquí, pensó. Informes históricos, cartas, obras de arte, datos sociopolíticos, análisis modernos. Todo en un solo sitio, con el fin de alentar una comprensión más profunda del tema. Brillante.
Vittoria frunció el ceño.
Pero los datos pueden estar relacionados con múltiples temas al mismo tiempo.
De ahí las referencias cruzadas con rótulos. —Langdon seña­ló las etiquetas de plástico de colores insertadas entre los documen­tos—. Indican los documentos secundarios situados en otro sitio con sus temas principales.
Claro —dijo la joven, como aceptando su palabra. Puso los brazos en jarras e inspeccionó el enorme espacio. Después, miró a Langdon—. Bien, profesor, ¿cómo se llama esa cosa de Galileo que andamos buscando?
Langdon no pudo reprimir una sonrisa. Aún no acababa de creer que se hallaba en esta sala. Está aquí, pensó. Está esperando en la oscuridad.
Sígueme —dijo Langdon. Avanzó por el primer pasillo, al tiempo que examinaba las etiquetas de cada cámara—. ¿Recuerdas lo que te conté sobre el Sendero de la Iluminación, que los Illuminati reclutaban nuevos miembros gracias una prueba complicada?
La búsqueda del tesoro —dijo Vittoria, pisándole los talones.
El reto de los Illuminati consistía en que, después de colocar los indicadores, necesitaban comunicar de alguna manera a los cien­tíficos que el camino existía.
Lógico —dijo Vittoria—. De lo contrario, nadie lo buscaría.
Sí, y aunque supieran que el sendero existía, los científicos no tendrían forma de saber dónde empezaba. Roma es enorme.

De acuerdo.
Langdon avanzó por el siguiente pasillo, examinando las etique­tas mientras andaba.
Hará unos quince años, un grupo de historiadores de la Sor-bona y yo descubrimos una serie de cartas de los Illuminati llenas de referencias al segno.
La señal. El anuncio del sendero y dónde empezaba.
Sí, y desde entonces, muchos estudiosos de los Illuminati, in­cluido yo mismo, han descubierto otras referencias al segno. Actual­mente, se acepta la teoría de que la pista existe, y de que Galileo la hizo circular ampliamente entre la comunidad científica sin conoci­miento del Vaticano.
¿Cómo?
No estamos seguros, pero lo más probable es que sean publi­caciones impresas. Publicó muchos libros y boletines informativos a lo largo de los años.
Que el Vaticano vio, sin la menor duda. Parece peligroso.
Es verdad. No obstante, el segno se esparció.
Pero nadie lo ha encontrado aún, ¿verdad?
No. Aunque parezca extraño, siempre que aparecen alusiones al segno (diarios masónicos, revistas científicas antiguas, cartas de los Illuminati), la referencia se concreta en un número.
¿Seiscientos sesenta y seis?
Langdon sonrió.
El quinientos tres, de hecho.
¿Qué significa?
No lo hemos podido descifrar. El quinientos tres me fascinó, y lo probé todo con tal de descubrir el significado del número: nu-merología, referencias a mapas, latitudes. —Langdon llegó al final del pasillo, dobló la esquina y se apresuró a examinar la siguiente hilera de etiquetas—. Durante muchos años, la única pista parecía ser que el quinientos tres empezaba con el número cinco, una de las cifras sa­gradas de los Illuminati.
Hizo una pausa.
Algo me dice que lo has descubierto hace poco, y por eso es­tamos aquí.

Correcto —dijo Langdon, y se permitió uno de sus raros mo­mentos de orgullo por su trabajo—. ¿Te suena el libro que Galileo ti­tuló Dialogo?
Por supuesto. Famoso entre los científicos como la máxima traición científica.
«Traición» no era la palabra que Langdon habría utilizado, pero sabía a qué se refería Vittoria. A principios de la década de 1630, Galileo había querido publicar un libro que apoyara el mode­lo heliocéntrico copernicano del sistema solar, pero el Vaticano prohibió la publicación del libro hasta que Galileo incluyera una prueba igualmente persuasiva del modelo geocéntrico de la Iglesia, un modelo que Galileo sabía equivocado. Galileo no tuvo otra al­ternativa que plegarse a las exigencias de la Iglesia y publicar un li­bro que concedía idéntica extensión al modelo correcto y al equi­vocado.
Como supongo que sabrás —dijo Langdon—, pese al com­promiso de Galileo, Dialogo fue considerado herético, y el Vaticano le puso bajo arresto domiciliario.
Ninguna buena obra deja de ser castigada.
Langdon sonrió.
Muy cierto. No obstante, Galileo era tozudo. Mientras estaba bajo arresto domiciliario, escribió en secreto un manuscrito menos conocido, que los estudiosos suelen confundir con el Dialogo. El li­bro se titula Discorsi.
Vittoria asintió.
He oído hablar de él. Discursos sobre las mareas.
Langdon se quedó asombrado de que Vittoria conociera la os­cura publicación sobre el movimiento de los planetas y su efecto so­bre las mareas.
Estás hablando con una física marina italiana cuyo padre re­verenciaba a Galileo.
Langdon rió. Sin embargo, no estaban buscando los Discorsi. Langdon explicó que Discorsi no había sido la única obra publicada por Galileo bajo arresto domiciliario. Los historiadores creían que también había escrito un misterioso folleto titulado Diagramma.
Diagramma della Verità —dijo Langdon.
No he oído hablar de él.
No me sorprende. Diagramma fue la obra más secreta de Ga-lileo, una especie de tratado sobre hechos científicos que consideraba auténticos, pero que no podía pregonar. Como algunos manuscritos anteriores de Galileo, Diagramma salió bajo mano de Roma gracias a un amigo, y fue publicado con discreción en Holanda. El folleto se hizo muy popular en los medios científicos europeos clandestinos. Después, el Vaticano se enteró y se dedicó a quemar los ejemplares que caían en sus manos.
Vittoria parecía intrigada.
¿Crees que el Diagramma contenía la clave? El segno. La in­formación sobre el Sendero de la Iluminación.
Creo que Galileo corrió la voz mediante el Diagramma. —Langdon entró en la tercera hilera de cámaras y continuó exami­nando las etiquetas—. Hace años que los archivistas andan buscando un ejemplar del Diagramma, pero entre la quema de ejemplares del Vaticano y la tasa de permanencia del folleto, éste ha desaparecido de la faz de la tierra.
¿Tasa de permanencia?
Durabilidad. Los archivistas califican los documentos de uno a diez según su integridad estructural. El Diagramma fue impreso en papiro. Es como papel de seda. No dura más de un siglo.
¿Por qué no en algo más resistente?
Ordenes de Galileo. Para proteger a sus seguidores. Así, cual­quier científico que consiguiera un ejemplar podía disolverlo en agua. Era fantástico para destruir pruebas, pero terrible para los archivis­tas. Se cree que sólo un ejemplar del Diagramma sobrevivió más allá del siglo dieciocho.
¿Uno? —Vittoria paseó la vista por la sala, con expresión de estupor—. ¿Y está aquí?
Confiscado en Holanda por el Vaticano, poco después de la muerte de Galileo. Hace años que solicito que me permitan verlo. Desde que caí en la cuenta de lo que contenía.
Como si leyera la mente de Langdon, Vittoria avanzó por el pa­sillo y empezó a examinar la hilera de cámaras adyacente.
Gracias —dijo Langdon—. Busca etiquetas de referencia que
tengan algo que ver con Galileo, ciencia, científicos. Lo sabrás cuan­do la encuentres.
De acuerdo, pero aún no me has dicho cómo descubriste que el Diagramma contenía la clave. ¿Está relacionado con el número re­currente que veías en las cartas de los Illuminati, el quinientos tres?
Langdon sonrió.
Sí. Tardé bastante, pero al final descubrí que quinientos tres es un código sencillo. Apunta sin duda al Diagramma.
Por un instante, Langdon revivió el momento de la inesperada revelación: 16 de agosto. Dos años atrás. Estaba a la orilla de un lago, durante la boda del hijo de un colega. Del lago llegó música de gaitas cuando la comitiva nupcial efectuó su original entrada: cruzando el lago en una barcaza. La embarcación estaba adornada con flores y guirnaldas. Había unos números romanos pintados con orgullo en el casco: DCII.
Langdon, intrigado por la inscripción, preguntó al padre de la novia.
¿Qué tiene que ver el seiscientos dos?
¿El seiscientos dos?
Langdon señaló la barcaza.
DCII es seiscientos dos en números romanos.
El hombre rió.
No son números romanos. Es el nombre de la barcaza.
¿DCII?
El hombre asintió.
Dick y Connie II.
Langdon se sintió ridículo. Dick y Connie eran la pareja que contraía matrimonio. Era evidente que habían bautizado la barcaza en su honor.
¿Qué fue de la DCI?
El hombre gruñó.
Se hundió ayer durante el ensayo del banquete.
Langdon rió.
Lo siento mucho.
Miró de nuevo la barcaza. DCII, pensó. Como un QEII en mi­niatura. Un segundo después, cayó en la cuenta.

Langdon se volvió hacia Vittoria.
Quinientos tres es un código, tal como ya te he dicho. Es un truco de los Illuminati para esconder lo que era un número romano. El número quinientos tres en cifras romanas es...
DIII.
Langdon alzó la vista.
Muy rápida. No me digas que eres una illuminata, por favor.
Ella rió.
Utilizo números romanos para codificar estratos pelágicos.
Por supuesto, pensó Langdon. Todos lo hacemos.
Vittoria le miró.
¿Qué significa DIII?
DI, DII y DIII son abreviaciones muy antiguas. Las utilizaban los científicos para distinguir entre los tres documentos de Galileo que solían confundirse más.
Vittoria respiró hondo.
Dialogo... Discorsi... Diagramma.
D uno, D dos, D tres. Muy científico. Muy polémico. Qui­nientos tres es DIII. Diagramma. El tercer libro.
Un aire de preocupación cruzó la cara de Vittoria.
Hay algo que no acabo de entender. Sí este segno, esta pista, este anuncio sobre el Sendero de la Iluminación estaba en el Dia­gramma de Galileo, ¿por qué no lo advirtió el Vaticano cuando se in­cautó de los ejemplares?
Puede que lo vieran y no se dieran cuenta. ¿Recuerdas los in­dicadores de los Illuminati? Escondían las cosas a plena vista. La di­simulación. Por lo visto, el segno estaba escondido de alguna manera, a la vista de todos. Invisible para aquellos que no lo buscaban. Y tam­bién invisible para los que no lo comprendían.
¿Qué quieres decir?
Que Galileo lo escondió bien. Según documentos históricos, el segno fue revelado de un modo que los Illuminati llamaban lingua pura.
¿El idioma puro?
Sí.
¿Las matemáticas?

Eso creo yo. Parece evidente. Al fin y al cabo, Galileo era un científico, y escribía para científicos. Las matemáticas serían el idioma lógico para transmitir una pista. El folleto se llama Diagramma, de manera que los diagramas matemáticos pueden formar también par­te del código.
Vittoria habló en un tono algo más esperanzado.
Supongo que Galileo pudo crear una especie de código mate­mático que pasó inadvertido al clero.
No pareces muy convencida —dijo Langdon mientras avan­zaba.
No lo estoy. Sobre todo porque tampoco lo pareces. Si es­tás tan seguro acerca del DIII, ¿por qué no lo publicaste? En ese caso, alguien con acceso a los Archivos del Vaticano habría podido venir y consultar el Diagramma.
No quería publicarlo —dijo Langdon—. Había trabajado mu­cho para encontrar la información y...
Calló, avergonzado.
Querías la gloria.
Langdon se ruborizó.
Por decirlo de alguna manera. Es que...
No te avergüences tanto. Estás hablando con una científica. Publica o perece. En el CERN lo llamamos «Demuestra o ahógate».
No era sólo que quisiera ser el primero. También me preocu­paba que, si la información del Diagramma caía en malas manos, po­dría desaparecer.
¿Las malas manos eran las del Vaticano?
No es que sean malas per se, pero la Iglesia siempre ha subes­timado la amenaza de los Illuminati. A principios del siglo veinte, el Vaticano llegó al extremo de afirmar que los Illuminati eran un pro­ducto de la imaginación. El clero opinaba, y tal vez estaba en lo cier­to, que lo último que necesitaban saber los cristianos era que existía un movimiento anticristiano muy fuerte infiltrado en sus bancos, par­tidos políticos y universidades.
Tiempo presente, Robert, se recordó. EXISTE una poderosa fuer­za anticristiana infiltrada en sus bancos, partidos políticos y universi­dades.

¿Crees que el Vaticano habría enterrado cualquier prueba que confirmara la amenaza de los Illuminati?
Es muy posible. Cualquier amenaza, real o imaginaria, debili­ta la fe en el poder de la Iglesia.
Una pregunta más. —Vittoria le miró como si fuera un aliení­gena—. ¿Hablas en serio?
Langdon se detuvo.
¿Qué quieres decir?
¿Es éste tu plan para salvar la situación?
Langdon no estaba seguro de si veía compasión o puro terror en sus ojos.
¿Te refieres a encontrar el Diagramma?
No, me refiero a encontrar el Diagramma, localizar un segno de hace cuatrocientos años, descifrar un código matemático y seguir un antiguo sendero artístico que sólo los científicos más brillantes de la historia han sido capaces de seguir... y todo antes de cuatro horas.
Langdon se encogió de hombros.
Estoy abierto a todo tipo de sugerencias.

50

Robert Langdon se paró ante la Cámara 9 y leyó las etiquetas de las estanterías.
BRAHE... CLAVIUS... COPERNICUS... KEPLER... NEWTON...
Mientras releía los nombres, experimentó una súbita inquietud. Aquí están los científicos, pero ¿dónde está Galileo?
Se volvió hacia Vittoria, que estaba examinando el contenido de una cámara cercana.
He encontrado el tema correcto, pero Galileo falta.
No —contestó la joven, mientras indicaba la siguiente cáma­ra—. Está aquí, pero espero que hayas traído tus gafas de leer, porque toda la cámara es para él.
Langdon corrió a su lado. Vittoria tenía razón. Todas las etique­tas de la Cámara 10 exhibían la misma palabra clave.
IL PROCESSO GALILEANO
Langdon lanzó un silbido, cuando comprendió por qué Galileo tenía su propia cámara.
El caso Galileo —se maravilló, mientras miraba a través del cristal los contornos oscuros de las estanterías—. El proceso legal más largo y más caro de la historia vaticana. Catorce años y seiscien­tos millones de liras. Todo está aquí.
Hay algunos documentos legales.
Supongo que los abogados no han evolucionado mucho con los siglos.
Ni tampoco los tiburones.
Langdon se acercó a un botón amarillo de buen tamaño que ha­bía en un lado de la cámara. Lo oprimió, y una hilera de luces zumbó en el interior. Las luces eran de un rojo intenso, de forma que convir­tieron el cubículo en una celda púrpura, un laberinto de estantes que se perdían en la oscuridad.
Dios mío —dijo Vittoria, asustada—. ¿Vamos a broncearnos o a trabajar?
El pergamino y la vitela se descoloran, de modo que la cáma­ra siempre se ilumina con luces oscuras.
Podrías volverte loco ahí dentro.
O peor, pensó Langdon, mientras caminaba hacia la única entra­da de la cámara.
Una veloz advertencia. El oxígeno es un oxidante, de manera que las cámaras herméticas contienen muy poco. Dentro se crea un vacío parcial. Te costará respirar.
Bien, si cardenales viejos son capaces de sobrevivir...
Es verdad, pensó Langdon. Quizá gocemos de la misma suerte.
La entrada de la cámara era una sola puerta giratoria electróni­ca. Langdon observó la disposición habitual de cuatro botones de ac­ceso en el eje interior de la puerta, cada uno accesible desde un com­partimento. Cuando se apretaba un botón, la puerta motorizada se ponía en movimiento y realizaba la media rotación convencional has­ta detenerse, un procedimiento normal para preservar la integridad de la atmósfera interior.
Después de que yo entre —dijo Langdon—, aprieta el botón y sígueme. Dentro sólo hay un ocho por ciento de humedad, de modo que prepárate para notar la garganta seca.
Langdon entró en el compartimento rotatorio y oprimió el bo­tón. La puerta zumbó ruidosamente y empezó a girar. Mientras se­guía su movimiento, preparó su cuerpo para el choque físico que siempre acompañaba a los primeros segundos en una cámara hermé­tica. Entrar en un archivo aislado era como elevarse seis mil metros desde el nivel del mar en un instante. Náuseas y mareos no eran raros.

Doble visión, dóblate en dos, se recordó, citando el mantra de los ar­chivistas. Langdon sintió un chasquido en los oídos. Después una es­pecie de silbido del aire, y la puerta se detuvo.
Estaba dentro.
Lo primero que observó fue que el aire del interior era más en­rarecido de lo que esperaba. Por lo visto, el Vaticano se tomaba sus Archivos más en serio que nadie. Langdon reprimió las ganas de vo­mitar y relajó el pecho, mientras sus capilares pulmonares se dilata­ban. La tirantez desapareció enseguida. Entra en escena el Delfín, pensó, agradecido de que sus cincuenta largos al día sirvieran de algo. Ahora que respiraba con más normalidad, paseó la mirada por toda la cámara. Pese a las paredes transparentes exteriores, experi­mentó una angustia muy conocida. Estoy en una caja, pensó. Una maldita caja roja.
La puerta zumbó a sus espaldas. Langdon se volvió y vio que Vittoria entraba. Sus ojos empezaron a llorar de inmediato, y respiró con dificultad.
Será un momento —dijo Langdon—. Si te mareas, dóblate por la cintura.
Me siento... —dijo Vittoria con voz estrangulada— como si estuviera... buceando... con un aparato... equivocado.
Langdon esperó a que se adaptara. Sabía que se repondría. Era evidente que Vittoria Vetra estaba en una forma espléndida, nada que ver con los decrépitos ex alumnos de Radcliffe que Langdon había acompañado una vez a la cámara hermética de la Widener Library. La visita había terminado con Langdon aplicando el boca a boca a una anciana que casi se había tragado su dentadura postiza.
¿Te sientes mejor? —preguntó.
Vittoria asintió.
Subí a tu maldito avión espacial, así que pensé que te debía una.
El comentario provocó una sonrisa de la joven.
Touché.
Langdon introdujo la mano en la caja que había junto a la puer­ta y extrajo unos guantes de algodón blancos.
¿Obligatorio? —preguntó Vittoria.
El ácido de los dedos. No podemos tocar documentos sin ellos. Necesitarás un par.
Vittoria se puso unos guantes.
¿Cuánto tiempo tenemos?
Langdon consultó su reloj de Mickey Mouse.
Pasan de las siete.
Hemos de encontrar esa cosa antes de una hora.
De hecho —dijo Langdon—, no tenemos tanto tiempo. —In­dicó un conducto de filtración en el techo—. En circunstancias nor­males, el conservador activaría un sistema de reoxigenación cuando alguien entrara en la cámara. Hoy no. Dentro de veinte minutos, nos quedaremos sin aire.
Vittoria palideció visiblemente bajo la luz rojiza.
Langdon sonrió y alisó sus guantes.
Demuestre o ahóguese, señorita Vetra. Mickey está contando los segundos.
51

El reportero de la BBC Gunther Glick contempló el móvil que suje­taba durante diez segundos antes de colgar.
Chinita Macri le estudió desde la parte posterior de la camione­ta donde se encontraba.
¿Qué ha pasado? ¿Quién era?
Glick se volvió. Se sentía como un niño que acabara de recibir un regalo de Navidad y temiera que no fuera para él.
Me acaban de dar un soplo. Algo está pasando en el Vaticano.
Se llama cónclave —dijo Chinita—. Menudo soplo.
No, otra cosa. —Algo gordo. Se preguntó si la historia que aca­baba de contarle el desconocido podía ser verdad. Glick se sintió avergonzado al caer en la cuenta de que estaba rezando para que lo fuera—. ¿Y si te dijera que cuatro cardenales han sido secuestrados y van a ser asesinados en diferentes iglesias esta noche?
Te diría que alguien de la redacción, con un sentido del hu­mor enfermizo, te está tomando el pelo.
¿Y si te dijera que nos van a soplar dónde se perpetrará el pri­mer asesinato?
Me gustaría saber con quién has hablado.
No lo dijo.
¿Quizá porque es un mentiroso compulsivo?
Glick había esperado que Macri hiciera una buena exhibición de cinismo, pero estaba olvidando que él mismo se había ocupado de mentirosos y lunáticos durante casi una década en el British Tattler.

El que había llamado no era ninguna de ambas cosas. Ese hombre ha­bía demostrado cordura y frialdad. Una lógica implacable. Le llama­ré un poco antes de las ocho, había dicho, y le diré dónde tendrá lugar el primer asesinato. Las imágenes que usted filmará se harán famosas. Cuando Glick preguntó por qué le daba aquella información, la res­puesta fue tan fría como el acento de Oriente Próximo del hombre. Los medios de comunicación son el brazo derecho de la anarquía.
También me dijo otra cosa —añadió Glick.
¿Qué? ¿Que Elvis Presley acababa de ser elegido Papa?
Llama a la base de datos de la BBC, por favor. —Glick estaba bajo los efectos de una descarga de adrenalina—. Quiero saber si te­nemos más artículos sobre estos tipos.
¿Qué tipos?
Dame el gusto.
Macri suspiró y conectó con la base de datos de la BBC.
Tardaré un minuto.
La mente de Glick funcionaba a tope.
El que llamó insistió en saber si me acompañaba un cámara.
De vídeo.
Y en si podíamos transmitir en directo.
Uno punto cinco tres siete megahertz. ¿De qué va el rollo? —La base de datos emitió un pitido—. Muy bien, estamos conecta­dos. ¿A quién estás buscando?
Glick le dijo la palabra clave.
Macri se volvió y le miró fijamente.
Espero que estés bromeando.

52

La organización interna de la Cámara 10 de los Archivos no era tan intuitiva como Langdon había esperado, y el manuscrito del Día-gramma no parecía estar archivado con otras publicaciones similares de Galileo. Sin acceso al Biblion informatizado y al localizador de re­ferencias, Langdon y Vittoria estaban en un callejón sin salida.
¿Estás seguro de que el Diagramma se encuentra aquí? —pre­guntó Vittoria.
Segurísimo. Está confirmado tanto en las listas del Ufficio de­lla Propaganda della Fede...
De acuerdo. Mientras estés seguro...
Vittoria se fue por la izquierda, mientras Langdon se desviaba a la derecha.
Langdon inició su búsqueda manual. Necesitó de toda su capa­cidad de autocontrol para no detenerse a leer cada tesoro frente al que pasaba. La colección era impresionante. El ensayista... El mensa­jero de las estrellas... Las cartas de la mancha solar... Carta a la Gran Duquesa Christina... Apología pro Galileo... Y así sucesivamente.
Fue Vittoria quien por fin encontró lo que buscaban cerca de la parte posterior de la cámara.
Diagramma della Verità! —gritó su voz ronca. Langdon corrió a su lado. —¿Dónde?
Vittoria señaló, y Langdon comprendió de inmediato por qué no lo habían encontrado antes. El manuscrito estaba en una caja desti-
nada a guardar folios, no en los estantes. Las páginas sin encuadernar solían guardarse en cajas. La etiqueta del contenedor no dejaba duda acerca de su contenido.
DIAGRAMMA DELLA VERITÁ
Galileo Galilei, 1639
Langdon se puso de rodillas, con el corazón acelerado.
Diagramma. —Sonrió—. Buen trabajo. Ayúdame a sacar la caja.
Vittoria se arrodilló a su lado, y ambos tiraron. La bandeja metá­lica sobre la cual descansaba la caja rodó hacia ellos sobre ruedecillas y reveló la parte superior del contenedor.
¿No hay cerradura? —dijo Vittoria, sorprendida al ver el sen­cillo pestillo.
Nunca. A veces, es necesario evacuar documentos a toda pri­sa. Inundaciones e incendios.
Pues ábrelo.
Langdon no necesitaba ánimos. Con el sueño de toda su vida académica delante de él, y el aire cada vez más escaso de la cámara, no estaba de humor para entretenerse. Descorrió el pestillo y levantó la tapa. En el fondo de la caja había una bolsa negra de paño. Era fun­damental que la tela transpirara para que su contenido se conservara en buenas condiciones. Langdon la tomó con ambas manos y la sacó de la caja, manteniéndola siempre horizontal.
Esperaba el cofre del tesoro —dijo Vittoria—. Parece más una funda de almohada.
Sígueme —dijo Langdon.
Con la bolsa extendida delante de él como si fuera una ofrenda sagrada, Langdon caminó hasta el centro de la cámara, donde encon­tró la típica mesa de examen con sobre de cristal. Si bien su emplaza­miento en el centro pretendía reducir al máximo el desplazamiento de documentos, los investigadores agradecían la privacidad que pro­porcionaban las estanterías circundantes. Los descubrimientos que forjaban una carrera tenían lugar en las cámaras más importantes del mundo, y la mayoría de estudiosos no quería que sus rivales los es­piaran a través del cristal mientras trabajaban.

Langdon depositó la bolsa sobre la mesa y desabotonó la aber­tura. Vittoria se puso a su lado. Langdon rebuscó en una bandeja de herramientas de archivero y encontró las pinzas con almohadillas de fieltro que los archiveros llaman címbalos de dedo, pinzas de gran tamaño con discos aplanados en cada brazo. A medida que aumenta­ba su emoción, Langdon temía que en cualquier momento desperta­ría en Cambridge, con una montaña de exámenes por corregir. Aspi­ró una profunda bocanada de aire y abrió la bolsa. Los dedos le temblaron dentro de los guantes de algodón.
Relájate —dijo Vittoria—. Es papel, no plutonio.
Langdon introdujo las tenazas dentro de la bolsa y sujetó la pila de documentos, con cuidado de aplicar la mínima presión. Después, en lugar de extraer los documentos, los mantuvo en su sitio mientras sacaba la bolsa, un procedimiento de los archiveros para manipular lo menos posible el objeto. Langdon no recuperó la respiración hasta que la bolsa hubo salido del todo y encendió la luz de la mesa.
Vittoria parecía un espectro, iluminada por la lámpara situada bajo el cristal.
Hojas pequeñas —dijo con voz reverente.
Langdon asintió. La pila de folios que tenían delante parecían páginas sueltas de una novela de bolsillo. Langdon vio que la hoja de encima era una portada con el título, la fecha y el nombre de Galileo escrito de su puño y letra.
En aquel instante, Langdon olvidó la estrechez de la cámara, ol­vidó su agotamiento, olvidó la horripilante situación que le había lle­vado allí. Se limitó a contemplar maravillado su tesoro. Los encuen­tros con la historia siempre dejaban a Langdon aturdido y reverente... Para él era como distinguir las pinceladas en la Mona Lisa.
Langdon no abrigaba la menor duda acerca de la edad y auten­ticidad del papiro amarillento, pero dejando aparte el descolorido inevitable, el documento estaba en soberbio estado. Ligero blanqueo del pigmento. Leve agrietamiento y cohesión del papiro. Pero en con­junto. .. está estupendo. Estudió el grabado hecho a mano de la por­tada, con la visión borrosa a causa de la falta de humedad. Vittoria guardaba silencio.
Pásame una espátula, por favor.

Langdon indicó una bandeja de acero inoxidable llena de herra­mientas. Vittoria se la tendió. Él tomó la espátula. Era excelente. Pasó el dedo por la superficie para eliminar la carga estática, y después, con el mismo cuidado, deslizó la espátula bajo la portada. Levantó la herramienta y pasó la cubierta.
La primera página estaba escrita a mano con una caligrafía dimi­nuta, casi imposible de leer. Langdon reparó de inmediato en que no había diagramas ni números en la página. Era un ensayo.
Heliocentrismo —dijo Vittoria, traduciendo el encabezado de la primera página. Examinó el texto—. Parece que Galileo renuncia al modelo geocéntrico de una vez por todas. Italiano antiguo, así que no te prometo nada sobre la traducción.
Olvídalo —dijo Langdon—. Estamos buscando matemáticas. El lenguaje puro.
Utilizó la espátula para pasar la siguiente página. Otro ensayo. Ni matemáticas ni diagramas. Las manos de Langdon empezaron a sudar dentro de los guantes.
Movimiento de los planetas —tradujo el título Vittoria.
Langdon frunció el ceño. Cualquier otro día le habría fascinado leerlo. Por increíble que pareciera, el actual modelo de la NASA de órbitas planetarias, observadas mediante telescopios de alta potencia, era casi idéntico al que había predicho Galileo.
Nada de matemáticas —dijo Vittoria—. Está hablando de movimientos retrógrados y órbitas elípticas, o algo por el estilo.
Órbitas elípticas. Langdon recordó que gran parte de los proble­mas legales de Galileo habían empezado cuando describió como elíp­tico el movimiento de los planetas. El Vaticano exaltaba la perfección del círculo e insistía en que el movimiento del cielo debía ser única­mente circular. Los Illuminati de Galileo, sin embargo, también veían la perfección en la elipse, y reverenciaban la dualidad matemática de sus focos gemelos. La elipse de los Illuminati aparecía todavía hoy en la simbología moderna de los masones.
La siguiente —dijo Vittoria.
Langdon pasó la página.
Fases lunares y movimiento de las mareas —dijo la joven—. No hay cifras. No hay diagramas.

Langdon pasó otra página. Nada. Pasó una docena de páginas más. Nada. Nada. Nada.
Pensaba que este sujeto era matemático —dijo Vittoria—. Aquí sólo hay texto.
Langdon sintió que el aire empezaba a escasear en sus pulmones. Sus esperanzas también empezaban a escasear. La pila se estaba aca­bando.
Aquí no hay nada —dijo Vittoria—. Nada de matemáticas. Al­gunas fechas, unos cuantos guarismos convencionales, pero nada que parezca una pista.
Langdon pasó el último folio y suspiró. También era un ensayo. —Un libro breve —dijo Vittoria con el ceño fruncido. Langdon asintió.
Merda, como decimos en Roma.
En efecto, pensó Langdon. Su reflejo en el cristal parecía burlar­se de él, como la imagen que le miraba esta mañana desde la ventana. Un fantasma envejecido.
Tiene que haber algo —dijo, y la desesperación que captó en su voz le sorprendió—. El segno está aquí. ¡Lo sé!
Quizá te equivocaste con lo de DIII. Langdon se volvió y la miró.
De acuerdo —admitió ella—. DIII es muy lógico. Pero puede que la pista no sea matemática.
Lingua pura. ¿Qué podría ser si no? —¿Arte?
Pero no hay diagramas ni dibujos en el libro.
Sólo sé que la lingua pura se refiere a algo que no es el italiano. Las matemáticas se me antoja lo más lógico.
Estoy de acuerdo.
Langdon se negaba a aceptar la derrota con tanta celeridad.
Los números han de estar escritos a mano. Las matemáticas estarían expresadas en palabras, en lugar de ecuaciones.
Tardaremos bastante en leer todas las páginas.
El tiempo es algo que no nos sobra. Tendremos que dividirnos la tarea. —Langdon volvió las páginas hasta el principio—. Sé sufi­ciente italiano para distinguir los números. —Utilizó la espátula para cortar la pila como una baraja de cartas y dejó la primera media do­cena de páginas delante de Vittoria—. Está aquí. Estoy seguro.
Vittoria pasó su primera página con la mano.
¡La espátula! —dijo Langdon, y le tendió otra herramienta de la bandeja—. Utiliza la espátula.
Llevo guantes —gruñó la joven—. ¿Qué daño puedo hacer?
Úsala.
Vittoria tomó la espátula.
¿Sientes lo que yo?
¿Tensión?
No. Me falta el aliento.
Langdon también empezaba a sufrir dicha sensación. El aire se estaba agotando con más rapidez de lo que había sospechado. Sabía que debían darse prisa. Los acertijos que deparaban los Archivos no eran nada nuevo para él, pero por lo general contaba con algo más que unos pocos minutos para solucionarlos. Sin decir una palabra más, Langdon se inclinó y empezó a traducir la primera página de su pila.
¡Aparece, maldita sea! ¡Aparece!

53

En algún lugar de Roma, una figura oscura descendía por una rampa de piedra que conducía a un túnel subterráneo. El antiguo pasadizo estaba iluminado sólo por antorchas, de modo que la atmósfera era opresiva y calurosa. De algún lugar en el interior del túnel llegaban los ecos de las voces aterradas de hombres de edad avanzada que gri­taban en vano.
Los vio cuando dobló la esquina, tal como los había dejado: cua­tro ancianos aterrorizados, encerrados tras barrotes de hierro oxida­dos en un cubículo de piedra.
Qui êtes-vous? —preguntó uno de los hombres en francés—. ¿Qué quiere de nosotros?
Hilfe! —dijo otro en alemán—. ¡Déjenos salir!
¿Sabe quiénes somos? —preguntó uno en inglés, con acento español.
Silencio —ordenó la voz rasposa. El tono era terminante.
El cuarto prisionero, un italiano silencioso y meditabundo, miró el abismo negro de los ojos de su captor y juró que veía el infierno. Que Dios nos asista, pensó.
El asesino consultó su reloj y luego volvió a examinar a sus pri­sioneros.
Bien —dijo—. ¿Quién será el primero?

54

En la Cámara 10 de los Archivos, Robert Langdon recitaba números en italiano, mientras examinaba la caligrafía del manuscrito que tenía ante él. Mille... cento... uno, due, tre... cinquanta. ¡Necesito una refe­rencia numérica! ¡Algo, maldita sea!
Al llegar al final del folio que estaba examinando, levantó la espá­tula para pasar la página. Cuando alineó la herramienta con la página siguiente, lo hizo con movimientos torpes, pues le costaba sujetarla con firmeza. Unos minutos después, bajó la vista y se dio cuenta de que ha­bía abandonado la espátula y estaba pasando las páginas a mano. Uf pensó, y se sintió algo culpable. La falta de oxígeno estaba afectando a sus inhibiciones. Por lo visto, arderé en el fuego de los archiveros.
Ya era hora —dijo Vittoria con voz estrangulada, cuando vio que Langdon pasaba las páginas con la mano. Dejó caer la espátula y le imitó.
¿Ha habido suerte?
Vittoria negó con la cabeza.
Nada que parezca puramente matemático. Lo estoy mirando por encima, pero no he encontrado la menor pista.
Langdon continuó traduciendo sus folios con creciente dificul­tad. Su conocimiento del italiano era precario, en el mejor de los ca­sos, y la letra diminuta y el Lenguaje arcaico dificultaban su labor. Vit­toria llegó al final de su montón antes que Langdon, y pasó las páginas hacia atrás con expresión desesperanzada. Se inclinó sobre la mesa dispuesta a una inspección más minuciosa.

Cuando Langdon terminó su página final, maldijo por lo bajo y miró a Vittoria. La joven tenía el ceño fruncido, con la vista clavada en su folio.
¿Qué pasa? —preguntó él.
Vittoria no levantó la vista.
¿Había notas a pie de página en tus folios?
No me he fijado. ¿Por qué?
Esta página tiene una. Está oculta en una arruga.
Langdon intentó ver lo que estaba mirando, pero sólo pudo dis­tinguir el número de la página en la esquina superior derecha de la hoja. Folio 5. Tardó un momento en asimilar la coincidencia, y cuan­do lo hizo, la relación se le antojó vaga. Folio Cinco. Cinco, Pitágoras, pentagramas, Illuminati. Langdon se preguntó si los Illuminati ha­brían escogido la página cinco para ocultar su pista. Langdon vislum­bró un diminuto rayo de esperanza.
¿La nota es una fórmula matemática?
Vittoria meneó la cabeza.
Texto. Una línea. Letra muy pequeña. Casi ilegible.
Las esperanzas de Langdon se desvanecieron.
Se supone que ha de ser una anotación matemática. Lingua pura.
Sí, lo sé. —La joven vaciló—. No obstante, creo que te gusta­rá oír esto.
Langdon percibió emoción en su voz.
Adelante.
Vittoria leyó la línea.
«La senda de luz, secreta prueba.»
Las palabras no se parecían a lo que Langdon había imaginado.
¿Perdón?
Vittoria releyó la línea.
«La senda de luz, secreta prueba.»
¿Senda de luz?
Langdon se irguió.
Eso es lo que dice. La senda de luz.
Cuando asimiló las palabras, Langdon sintió que un instante de clarividencia se abría paso entre su delirio. La senda de luz, secreta
prueba. No tenía ni idea de cómo iba a ayudarlos, pero la línea era una referencia directa al Sendero de la Iluminación. Senda de luz. Secreta prueba. Experimentó la sensación de que su cabeza, era un motor ali­mentado por combustible de mala calidad.
¿Estás segura de la traducción?
Vittoria vaciló.
La verdad... —Le dirigió una mirada extraña—. En realidad, no es una traducción. La línea está escrita en inglés.
Por un instante, Langdon pensó que la acústica de la cámara ha­bía afectado a su sentido del oído.
¿En inglés?
Vittoria empujó el documento hacia él, y Langdon leyó la dimi­nuta inscripción que había al pie de la página.
«La senda de luz, secreta prueba.» ¿En inglés? ¿Qué hace una frase en inglés en un libro italiano?
Vittoria se encogió de hombros. Ella también estaba un poco mareada.
¿Tal vez por lingua pura se referían al inglés? Se considera la lengua internacional de la ciencia. Es la que todos hablamos en el CERN.
Pero esto fue en el siglo diecisiete —protestó Langdon—. Na­die hablaba inglés en Italia, ni siquiera... —Calló, al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir—. Ni siquiera... el clero. —Habló con más rapidez—. El inglés era un idioma que el Vaticano aún no había aceptado. Hablaban en italiano, latín, alemán, incluso en español y francés, pero el inglés no existía en el seno del Vaticano. Lo conside­raban un idioma contaminado, de librepensadores, propio de hom­bres profanos como Chaucer y Shakespeare.
Langdon pensó de repente en las marcas de los Illuminati que representaban la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua. La leyenda de que las marcas estaban escritas en inglés adquirió un siniestro sentido en aquel momento.
¿Estás diciendo que quizá Galileo consideraba el inglés la lin­gua pura, porque era el único idioma que el Vaticano no controlaba?
Sí, o tal vez al indicar la pista en inglés, Galileo estaba impi­diendo de una manera sutil que el Vaticano lo leyera.
Pero eso ni siquiera es una pista —protestó Vittoria—. La sen­da de luz, secreta prueba. ¿Qué significa eso?
Tiene razón, pensó Langdon. La línea no les servía de ayuda. Pero cuando repitió la frase de nuevo en su mente, un dato extraño llamó su atención. Esto sí que es raro, pensó. ¿Qué probabilidades existen?
Hemos de salir de aquí —dijo Vittoria con voz ronca.
Langdon no estaba escuchando. La senda de luz, secreta prueba.
Es un maldito verso de un pentámetro yámbico —dijo de re­pente, y volvió a contar las sílabas—. Cinco pareados de sílabas alter­nas tónicas y átonas.
Vittoria no le entendió.
¿Perdón?
Por un instante, Langdon se encontró sentado un sábado por la mañana en clase de inglés, en la Phillips Exeter Academy. El infierno en la tierra. La estrella de béisbol del colegio, Peter Greer, no conse­guía recordar el número de pareados necesarios para formar un pen­támetro yámbico de Shakespeare. Su profesor, un dicharachero maestro llamado Bissell, saltó sobre la mesa y aulló:
¡Pentámetro, Greer! ¡Piensa en la base del bateador! ¡Un pentágono! ¡Cinco lados! ¡Penta! ¡Penta! ¡Penta!
Cinco pareados, pensó Langdon. Cada pareado, por definición, tenía dos sílabas, pero lo que realidad contaba era que el verso tuvie­ra diez sílabas. No podía creer que en toda su carrera no hubiera sido capaz de establecer la relación. El pentámetro yámbico era un metro simétrico basado en los números sagrados de los Illuminati, cinco y dos.
¡Estás llegando!, se dijo Langdon, mientras intentaba desechar la idea. ¡Una coincidencia absurda! Pero la idea se resistía a desaparecer. Cinco, por Pitágoras y el pentagrama. Dos, por la dualidad de todas las cosas.
Un momento después, se dio cuenta de otra cosa, que paralizó sus piernas. Al pentámetro yámbico, debido a su sencillez, le solían llamar «verso puro» o «metro puro». ¿La lingua pura? ¿Podía ser el lenguaje puro al que se referían los Illuminati? La senda de luz, secre­ta prueba...
Oh oh —dijo Vittoria.
Langdon giró en redondo y vio cómo la joven invertía el folio. Sintió un nudo en el estómago.
¡No es posible que esa línea sea un ambigrama!
No, no es un ambigrama, pero es...
Seguía imprimiendo giros de noventa grados a la hoja.
¿Qué es?
Vittoria alzó la vista.
No es la única línea.
¿Hay otra?
Hay seis líneas diferentes que forman una especie de espiral. Creo que es un poema.
¿Seis líneas?
Langdon bullía de entusiasmo. ¿Galileo era poeta?
¡Déjame ver!
Vittoria no le entregó la página. Siguió dándole vueltas.
No vi las líneas antes porque están en los bordes. —Torció la cabeza sobre la última línea—. Aja. ¿Sabes una cosa? Galileo ni si­quiera escribió esto.
¿Cómo?
El poema está firmado por John Milton.
¿John Milton?
El influyente poeta inglés, autor de El paraíso perdido, fue con­temporáneo de Galileo y su afición a las conspiraciones le puso en pri­mer lugar de la lista de sospechosos de pertenecer a los Illuminati. La supuesta pertenencia de Milton a los Illuminati de Galileo era una le­yenda que Langdon sospechaba cierta. No sólo había efectuado Mil­ton un peregrinaje bien documentado a Roma en 1638, para «comu­nicarse con los hombres esclarecidos», sino que había asistido a reuniones con Galileo durante el arresto domiciliario del científico, reuniones plasmadas en muchos cuadros del Renacimiento, incluido el famoso Galileo y Milton de Annibale Gatti, que ahora colgaba en el Instituto y Museo de Historia de la Ciencia de Florencia.
Milton conocía a Galileo, ¿verdad? —dijo Vittoria, al tiempo que entregaba por fin el folio a Langdon—. ¿Es posible que escribie­ra el poema como un favor?

Langdon apretó los dientes cuando se apoderó del documento. Lo alisó sobre la mesa y leyó la línea superior. Después, giró noventa grados la página y leyó la línea del margen derecho. Otro giro, y leyó la inferior. Otro giro, a la izquierda. Dos giros finales completaron la espiral. Había seis líneas en total. La primera que Vittoria había des­cubierto era, en realidad, la quinta del poema. Boquiabierto, leyó las seis líneas de nuevo en el sentido de las agujas del reloj: arriba, dere­cha, abajo, izquierda, arriba, derecha. Cuando terminó, estaba jubi­loso. Su mente no albergaba la menor duda.
Lo ha encontrado, señorita Vetra.
Ella le dedicó una sonrisa tensa.
Bien. Ahora, ¿podemos salir sin pérdida de tiempo de aquí?
He de copiar estas líneas. Necesito encontrar lápiz y papel.
Vittoria mostró su desaprobación con un movimiento de cabeza.
Olvídalo, profesor. No hay tiempo para jugar a escribas. Mic-key está contando los segundos.
Le arrebató la página de las manos y se dirigió hacia la puerta.
Langdon se levantó.
¡No puedes sacarla fuera! Es una...
Pero Vittoria ya se había ido.

55

Langdon y Vittoria salieron al patio de los Archivos Secretos. El aire fresco fue como una droga cuando penetró en los pulmones de Lang­don. Los puntos púrpura que dificultaban su visión se borraron en­seguida. No así la culpa. Había sido cómplice del robo de una reli­quia de incalculable valor, perpetrado en los archivos más privados del mundo. El camarlengo había dicho: Le entrego mi confianza.
Deprisa —dijo Vittoria, con el folio en la mano, mientras atra­vesaba Via Borgia en dirección al despacho de Olivetti.
Si el papiro se moja...
Cálmate. Cuando descifremos este documento, devolveremos a su lugar el Folio Cinco.
Langdon aceleró el paso para alcanzarla. Además de sentirse como un delincuente, aún estaba aturdido por las increíbles implicaciones del documento. John Milton era un Illuminatus. Compuso el poema para que Galileo lo publicara en el Folio 5... lejos de los ojos del Vaticano.
Cuando salieron del patio, Vittoria entregó el folio a Langdon.
¿Crees que puedes descifrar esto? ¿O nos hemos cargado to­das esas células cerebrales para nada?
Langdon tomó el documento con cautela. Lo guardó sin vacilar en un bolsillo de la chaqueta, para protegerlo de la luz ambiental y los peligros de la humedad.
Ya lo he descifrado.
Vittoria paró en seco.
¿Que qué?
Langdon siguió caminando.
Vittoria se apresuró a darle alcance.
¡Lo has leído una vez! ¡Pensaba que sería difícil!
Langdon sabía que ella tenía razón, pero había descifrado el seg-no en cuanto lo había leído por primera vez. Una estancia perfecta de pentámetro yámbico, y el primer altar de la ciencia se había revelado con prístina transparencia. Cierto, la facilidad con que había liquida­do la tarea no dejaba de inquietarle. Era un hijo de la ética puritana del trabajo. Aún se acordaba de su padre cuando recitaba el viejo afo­rismo de Nueva Inglaterra: Si no te resultó penosamente difícil, lo hi­ciste mal. Langdon confiaba en que el dicho fuera falso.
Lo descifré —dijo caminando a un paso más vivo—. Sé dón­de ocurrirá el primer asesinato. Hemos de advertir a Olivetti.
Vittoria se acercó a él.
¿Cómo pudiste hacerlo? Déjame ver otra vez esa cosa.
Le introdujo la mano en el bolsillo con la pericia de un carteris­ta y sacó el folio.
¡Cuidado! —dijo Langdon—. No puedes...
Vittoria no le hizo caso. Flotó a su lado con el folio en la mano, sosteniendo en alto el documento a la luz del atardecer, y examinó los márgenes. Cuando empezó a leer en voz alta, Langdon intentó recu­perar el folio, pero se quedó hechizado cuando oyó la voz de Vittoria recitando en voz alta las sílabas, al ritmo de su paso.
Por un momento, Langdon se sintió transportado en el tiempo, como si fuera contemporáneo de Galileo, escuchando el poema por primera vez, a sabiendas de que era una prueba, un plano, una pista que desvelaba los cuatro altares de la ciencia, los cuatro indicadores que trazaban un sendero secreto a través de Roma... El verso surgía de los labios de Vittoria como una canción.
Desde la tumba terrenal de San, en el agujero del demonio. Cruzando Roma esos místicos cuatro elementos se revelan. La La senda de luz, secreta prueba. Que ángeles guíen tu búsqueda.

Vittoria lo leyó dos veces y guardó silencio, como si dejara que las antiguas palabras resonaran por voluntad propia.
Desde la tumba terrenal de San, repitió Langdon en su mente. El poema era claro como el agua a ese respecto. El Sendero de la Ilumi­nación empezaba en la tumba de San. Desde allí, cruzando Roma, los indicadores iluminaban el sendero.
Desde la tumba terrenal de San, en el agujero del demonio. Cruzando Roma esos místicos cuatro elementos se revelan.
Místicos cuatro elementos. Muy claro también. Tierra, Aire, fue­go, Agua. Elementos de la ciencia, los cuatro indicadores de los Illu-minati disfrazados de esculturas religiosas.
El primer indicador parece encontrarse en la tumba de San —dijo Vittoria.
Langdon sonrió.
Ya te dije que no era tan difícil.
¿Y quién es San? —preguntó la joven, como entusiasmada de repente—. ¿Dónde está su tumba?
Langdon rió para sí. Le asombraba que tan poca gente supie­ra que San era el apócope del apellido de uno de los artistas del Re­nacimiento más famosos. El mundo le conocía por su nombre... El niño prodigio que a la edad de veinticinco años ya estaba haciendo encargos para el papa Julio II, y cuando murió a la temprana edad de treinta y ocho años, dejó la mayor colección de frescos que el mundo había visto jamás. Era un gigante del arte mundial, y ser co­nocido por el nombre significaba un nivel de popularidad sólo al­canzado por unos pocos elegidos, gente como Napoleón, Galileo y Jesús, y por supuesto, los semidioses que ahora oía sonar a toda pastilla en los edificios comunitarios de Harvard: Sting, Madonna, Jewel y el artista antes conocido como Prince, que se había cam­biado su nombre por el símbolo *¥", provocando que Langdon le bautizara como «Cruz en Tau en intersección con Ankh hermafrodita».

San es el apócope de Santi, el apellido del gran maestro del Renacimiento, Rafael.
Vittoria se sorprendió.
¿Ese Rafael?
El único.
Langdon se encaminó a la oficina de la Guardia Suiza.
¿El sendero arranca de la tumba de Rafael?
Es muy lógico —dijo Langdon mientras caminaban a buen paso—. Los Illuminati solían considerar a los grandes artistas y escul­tores hermanos honorarios en el esclarecimiento. Tal vez los Illumi­nati escogieron la tumba de Rafael a modo de homenaje.
Langdon también sabía que Rafael, como muchos otros artistas dedicados al arte religioso, era sospechoso de ateísmo.
Vittoria deslizó el folio con cuidado en el bolsillo de Langdon.
¿Dónde está enterrado?
Langdon respiró hondo.
Lo creas o no, Rafael está enterrado en el Panteón.
Vittoria le dirigió una mirada escéptica.
¿En el Panteón?
Ese Rafael en ese Panteón.
Langdon tuvo que admitir que no esperaba ese lugar como em­plazamiento del primer indicador. Imaginaba que el primer altar de la ciencia estaría situado en una tranquila iglesia apartada, algo más su­til. Incluso en el siglo XVII, el Panteón, con su tremenda cúpula hue­ca, era uno de los lugares más conocidos de Roma.
¿El Panteón es una iglesia? —preguntó Vittoria.
La iglesia católica más antigua de Roma.
Vittoria meneó la cabeza.
¿De veras crees que van a matar al primer cardenal en el Panteón? Es uno de los puntos turísticos más concurridos de la ciu-dad.
Langdon se encogió de hombros.
Los Illuminati dijeron que querían que todo el mundo lo vie­ra. Matar a un cardenal en el Panteón abrirá algunos ojos.
Pero ¿cómo espera ese individuo asesinar a alguien en el Pan­teón y escapar sin más? Eso sería imposible.
¿Tan imposible como secuestrar a cuatro cardenales y sacarlos del Vaticano? El poema es preciso.
¿Estás seguro de que Rafael está enterrado en el Panteón?
He visto su tumba muchas veces.
Vittoria asintió, con expresión preocupada.
¿Qué hora es?
Langdon consultó su reloj.
Las siete y media.
¿El Panteón está lejos?
Un kilómetro y medio, tal vez. Tenemos tiempo.
El poema habla de la tumba terrenal de Santi. ¿Te sugiere eso algo?
Langdon cruzó en diagonal el Patio de los Centinelas.
¿Terrenal? No debe de haber un lugar más terrenal en toda Roma que el Panteón. Recibió su nombre de la primera religión que se practicaba allí: el panteísmo. La adoración a todos los dioses, en es­pecial los dioses paganos de la Madre Tierra.
Cuando estudiaba arquitectura, Langdon había descubierto con asombro que las dimensiones de la cámara principal del Panteón constituían un tributo a Gea, la diosa de la Tierra. Las proporciones eran tan exactas que un gigantesco globo esférico podía caber a la perfección dentro del edificio, con menos de un milímetro de espacio libre.
De acuerdo —dijo Vittoria, al parecer más convencida—. ¿Y el agujero del demonio? ¿Desde la tumba terrenal de San en el agujero del demonio?
Langdon no estaba tan seguro al respecto.
El agujero del demonio debe referirse al oculus —dijo apelan­do a la lógica—. La famosa abertura circular en el techo del Panteón.
Pero es una iglesia —insistió Vittoria, manteniendo el paso—. ¿Por qué llamarían a la abertura el agujero del demonio?
Langdon también se lo estaba preguntando. Nunca había oído la expresión «agujero del demonio», pero recordaba una famosa crítica lanzada contra el Panteón en el siglo XVI, cuyas palabras se le antoja­ron extrañamente apropiadas en este momento. Beda el Venerable había escrito en una ocasión que el agujero del techo del Panteón había sido practicado por demonios, que intentaban escapar del edifi­cio cuando fue consagrado por Bonifacio IV.
¿Por qué utilizaron los Illuminati el apellido Santi, cuando todo el mundo le conocía como Rafael? —preguntó Vittoria cuan­do entraron en un patio más pequeño.
Haces muchas preguntas.
Mi padre también lo decía.
Tal vez el propósito de utilizar «Santi» fue conseguir que la pista fuera más oscura, de forma que sólo hombres esclarecidos reco­nocerían la referencia a Rafael.
Vittoria no se quedó muy convencida.
Estoy segura de que el apellido de Rafael era muy conocido cuando vivía.
Pues no, aunque parezca sorprendente. Que a alguien le reco­nociera por el nombre era un símbolo de su rango. Rafael ocultó su apellido como muchas estrellas del pop actuales. Piensa en Madonna, por ejemplo. Nunca utiliza su apellido, Ciccone.
Vittoria le miró, divertida.
¿Sabes el apellido de Madonna?
Langdon se arrepintió del ejemplo. Era asombrosa la cantidad de basura que una mente almacenaba cuando vivía con diez mil estu­diantes.
Cuando Vittoria y él dejaron atrás la última puerta que conducía a la oficina de la Guardia Suiza, alguien los detuvo sin previo aviso.
Fermati! —atronó una voz a su espalda.
Langdon y Vittoria giraron en redondo, y se encontraron ante el cañón de un rifle.
Attento! —exclamó Vittoria, al tiempo que daba un salto ha­cia atrás—. Ten cuidado...
Non sportarti! —replicó el guardia, y amartilló el arma.
Soldato! —ordenó una voz desde el patio. Olivetti estaba sa­liendo del centro de seguridad—. ¡Déjalos pasar!
El guardia le miró perplejo.
Ma, signore, é una donna...
¡Adentro! —chilló al guardia.
Signore, non posso...
¡Inmediatamente! Tienes órdenes nuevas. El capitán Rocher informará al cuerpo dentro de dos minutos. Vamos a organizar un re­gistro.
El guardia, desconcertado, entró corriendo en el centro de segu­ridad. Olivetti avanzó hacia Langdon, tenso y echando chispas.
-¿Nuestros Archivos más secretos? Exijo una explicación.
Traemos buenas noticias —dijo Langdon.
Olivetti entornó los ojos.
Será mejor que esté en lo cierto.

56

Los cuatro Alfa Romeo 155 T-Spark camuflados corrían por la Via dei Coronari como cohetes. Los vehículos transportaban doce Guar­dias Suizos de paisano, armados con Cherchi-Pardini semiautomáti-cos, botes de gas paralizante y fusiles aturdidores de largo alcance. Los tres tiradores de élite portaban rifles con mira telescópica.
Olivetti, sentado en el asiento del pasajero del primer coche, se volvió hacia Langdon y Vittoria. Sus ojos estaban henchidos de rabia.
¿Me aseguró una explicación lógica, y esto es lo que obtengo? Langdon se sentía incómodo en el pequeño coche.
Comprendo sus...
¡No, no los comprende! —Olivetti nunca alzaba la voz, pero su intensidad se triplicaba—. Acabo de sacar a una docena de mis mejores hombres del Vaticano en vísperas del cónclave. Lo he hecho para vigilar el Panteón, basándome en el testimonio de un norteame­ricano al que no conocía hasta ahora, quien acaba de interpretar un poema de hace cuatrocientos años. También he dejado la búsqueda de la antimateria en manos de oficiales de segundo rango.
Langdon reprimió la tentación de sacar el Folio 5 del bolsillo y restregarlo por la cara a Olivetti.
Sólo sé que la información que buscamos se refiere a la tumba de Rafael, y la tumba de Rafael está dentro del Panteón.
El agente que conducía asintió.
Tiene razón, comandante. Mi mujer y yo...
Conduzca —interrumpió Olivetti. Se volvió hacia Langdon—. ¿Cómo podría un asesino matar a alguien en un lugar tan vi­sitado y escapar sin que le vieran?
No lo sé —dijo Langdon—, pero es evidente que los Illuminati tienen muchos recursos. Se han infiltrado en el CERN y en el Vaticano. Sólo debemos a la suerte saber cuál es el escenario del primer asesina­to. El Panteón es nuestra única esperanza de detener a ese individuo.
Más contradicciones —dijo Olivetti—. ¿Única esperanza? ¿No ha dicho que existía una especie de sendero? Una serie de indi­cadores. Si el Panteón es el lugar correcto, podemos seguir el sende­ro hasta los demás indicadores. Tendremos cuatro oportunidades de cazar a ese tipo.
Eso había esperado —dijo Langdon—. Y lo habríamos conse­guido... hace un siglo.
El momento en que Langdon cayó en la cuenta de que el Pan­teón era el primer altar de la ciencia había sido agridulce. La histo­ria era experta en gastar crueles jugarretas a quienes la estudiaban. Ya era dudoso que el Sendero de la Iluminación estuviera intacto des­pués de tantos años, con todas las estatuas en su sitio, pero Langdon había fantaseado, en parte, con seguir el sendero hasta el final y en­contrarse cara a cara con la guarida sagrada de los Illuminati. Pero eso no iba a suceder.
El Vaticano ordenó retirar y destruir todas las estatuas del Panteón a finales del siglo diecinueve.
¿Por qué? —preguntó Vittoria, confusa.
Las estatuas eran dioses olímpicos paganos. Por desgracia, eso significa que el primer indicador ha desaparecido, y con él...
¿Toda esperanza —concluyó Vittoria— de encontrar el Sen­dero de la Iluminación y los demás indicadores?
Langdon meneó la cabeza.
Nos queda una oportunidad. El Panteón. Después, el sendero se desvanece.
Olivetti los miró un largo momento, y luego se volvió hacia ade­lante.
Frena —ladró al chófer.
El conductor se desvió hacia el bordillo y se detuvo. Los otros tres Alfa Romeo pararon detrás.
¿Qué hace? —preguntó Vittoria.
Mi trabajo —contestó Olivetti. Se volvió en su asiento, con expresión impenetrable—. Señor Langdon, cuando dijo que me ex­plicaría la situación por el camino, imaginé que nos dirigíamos al Panteón con una idea clara de por qué estaban mis hombres aquí. No es el caso. Puesto que estoy abandonando responsabilidades impor­tantísimas al hacerle caso, y como su teoría sobre sacrificios de vírge­nes y poesía antigua me parece muy poco lógica, en buena conciencia no puedo continuar. Voy a cancelar la misión ahora mismo.
Sacó el walkie-talkie y lo conectó.
Vittoria agarró su brazo.
¡No puede hacer eso!
Olivetti bajó el walkie-talkie y la miró fijamente.
¿Ha estado en el Panteón, señorita Vetra?
No, pero...
Permítame que le cuente algo sobre él. El Panteón es un re­cinto sin más. Una celda circular hecha de piedra y cemento. Tiene una entrada. No hay ventanas. Una entrada estrecha. Esa entrada está flanqueada siempre por nada menos que cuatro policías armados que protegen ese altar de gamberros, terroristas anticristianos y desvalija­dores de turistas.
¿Adónde quiere ir a parar? —preguntó la joven con frialdad.
¿Adónde quiero ir a parar? —Olivetti agarró el asiento con fuerza—. ¡Lo que me dicen que va suceder es totalmente imposible! ¿Pueden explicarme de una manera plausible cómo se puede asesinar a un cardenal dentro del Panteón? ¿Cómo se entra con un rehén en el Panteón, burlando a los guardias? Además de asesinarle y largarse, cla­ro está. —Olivetti se inclinó sobre el asiento, y Langdon notó que el aliento le olía a café—. ¿Cómo, señor Langdon? Una teoría plausible.
Langdon experimentó la sensación de que el diminuto coche se encogía a su alrededor. ¡No tengo ni ideal ¡Yo no soy un asesino! ¡No sé cómo lo hará! Sólo sé...
¿Una teoría? —intervino Vittoria, impávida—. ¿Qué le pare­ce ésta? El asesino llega en helicóptero y arroja a un cardenal marca­do y aterrorizado por el agujero del techo. El cardenal se estrella con­tra el suelo de mármol y muere.

Todos se volvieron hacia Vittoria. Langdon no sabía qué pensar. Tienes una imaginación delirante, pero eres rápida.
Olivetti frunció el ceño.
Es posible, lo admito, pero poco...
O el asesino droga al cardenal —dijo Vittoria—, le lleva al Panteón en silla de ruedas como un turista anciano. Entra, le degüe­lla y vuelve a salir.
Esto pareció despertar un poco a Olivetti.
¿No está malpensado!, reflexionó Langdon.
O bien —continuó la joven—, el asesino podría...
Basta —dijo Olivetti. Respiró hondo y expulsó el aire. Alguien llamó con los nudillos a la ventanilla, y todos pegaron un bote. Era un soldado de otro coche. Olivetti bajó la ventanilla.
¿Todo bien, comandante? —El soldado iba vestido de paisa­no. Se subió la manga de su camisa de algodón y reveló un reloj mili­tar negro—. Las siete cuarenta, comandante. Necesitamos tiempo para tomar posiciones.
Olivetti asintió vagamente, pero no dijo nada durante unos se­gundos. Pasó un dedo por el tablero de instrumentos, dibujando una raya en el polvo. Estudió a Langdon por el retrovisor, y éste experi­mentó la sensación de que le estaban midiendo y sopesando. Por fin, Olivetti se volvió hacia el guardia. Habló con reticencia.
Quiero diversificar la estrategia. Coches a Piazza della Roton­da, Via degli Orfani, Piazza Sant'Ignazio y Sant'Eustachio. A dos manzanas de distancia, como máximo. Una vez aparcados, esperen mis órdenes. Tres minutos.
Muy bien, señor.
El soldado volvió a su coche.
Langdon asintió con la cabeza, impresionado. Vittoria sonrió, y por un instante Langdon sintió una inesperada conexión, un hilo de magnetismo entre ellos.
El comandante se volvió y clavó los ojos en Langdon.
Señor Langdon, será mejor que la situación no nos estalle en la cara.
Langdon sonrió, inquieto. ¿Cómo podría?

57

El director del CERN, Maximilian Kohler, abrió los ojos cuando sin­tió el chorro de cromolyn y leukotriene en su cuerpo, que dilataba los conductos bronquiales y los capilares pulmonares. Volvía a respirar con normalidad. Se encontró acostado en una habitación del hospital del CERN, con la silla de ruedas al lado de la cama.
Examinó la bata de papel que le habían puesto. Sus ropas esta­ban dobladas sobre la silla. Oyó que una enfermera hacía su ronda en el pasillo. Estuvo un minuto escuchando. Después, con el mayor sigi­lo posible, se acercó al borde de la cama y recuperó sus prendas. Se vistió, pese al impedimento de sus piernas muertas. Después, acomo­dó su cuerpo en la silla de ruedas.
Ahogó una tos y se impulsó hasta la puerta. No conectó el mo­tor. Cuando llegó a la puerta, asomó la cabeza. El pasillo estaba vacío.
En silencio, Maximilan Kohler huyó del hospital.

58

Siete cuarenta y seis y treinta... Listos.
Incluso cuando hablaba por el walkie-talkie, la voz de Olivetti nunca parecía elevarse por encima de un susurro.
Langdon estaba sudando enfundado en su chaqueta de tweed en el asiento trasero del Alfa Romeo, que estaba avanzando por la Piaz-za de la Concorde, a tres manzanas del Panteón. Vittoria iba sentada a su lado, como fascinada por Olivetti, que estaba transmitiendo sus órdenes finales.
El despliegue se llevará a cabo a las ocho en punto —dijo el comandante—. Todo el perímetro, con especial atención a la entrada. El objetivo puede que os conozca de vista, de manera que no os deja­réis ver. Fuerza no mortal únicamente. Necesitaremos que alguien se ocupe del tejado. El blanco es fundamental. Acompañante secun­dario.
Jesús, pensó Langdon, sintiendo escalofríos por la eficacia con la que el comandante había comunicado a sus hombres que el cardenal era prescindible. Acompañante secundario.
Repito. Captura no mortal. Necesitamos vivo al objetivo. Ade­lante.
Olivetti desconectó su walkie-talkie.
Vittoria parecía estupefacta, casi irritada.
¿No va a entrar nadie, comandante?
Olivetti se volvió.
¿Entrar?
¡En el Panteón! ¿Dónde cree que va a suceder?
Attento —dijo Olivetti, con ojos inflexibles—. Si se ha produ­cido algún tipo de infiltración en mis filas, es posible que conozcan a mis hombres de vista. Su colega acaba de advertirme de que ésta será nuestra única oportunidad de atrapar al objetivo. No tengo la inten­ción de asustar a nadie entrando con mis hombres.
¿Y si el asesino ya está dentro?
Olivetti consultó su reloj.
El objetivo fue concreto. A las ocho en punto. Faltan quince minutos.
Dijo que mataría al cardenal a las ocho, pero es posible que ya haya entrado con la víctima. ¿Y si sus hombres ven al objetivo salir, pero no saben quién es? Alguien ha de comprobar que no se halla en el interior.
Demasiado arriesgado en este momento.
Si la persona que entra no puede ser reconocida, el riesgo es inexistente.
Operativos camuflados significarían una pérdida de tiempo irreparable y...
Me refería a mí.
Langdon se volvió y la miró.
Olivetti meneó la cabeza.
De ninguna manera.
Asesinó a mi padre.
Exacto, lo cual quiere decir que podría reconocerla.
Ya le oyó por teléfono. No tenía ni idea de que Leonardo Ve-tra tuviera una hija. Estoy convencida de que no sabe cuál es mi as­pecto. Podría entrar como una turista más. Si veo algo sospechoso, salgo a la plaza y hago una señal a sus hombres para que entren.
Lo siento, pero no puedo permitirlo.
¿Comandante? —El receptor de Olivetti crepitó—. La situa­ción nos es desfavorable desde el punto norte. La fuente nos bloquea la vista. No podemos ver la entrada a menos que nos situemos en la plaza. ¿Qué ordena? ¿ Prefiere que permanezcamos ocultos o vulne­rables?
Por lo visto, Vittoria ya había aguantado bastante.
Estoy harta. Me voy.
Abrió la puerta y bajó.
Olivetti dejó caer el walkie-talkie y saltó del coche. Cortó el paso a Vittoria.
Langdon también bajó. ¿Qué diablos está haciendo esa chica?
Señorita Vetra, su intención es buena, pero no puedo permitir que un civil se entrometa.
¿Se entrometa? Usted vuela a ciegas. Deje que le ayude.
Me gustaría contar con alguien en el interior, pero...
Pero ¿qué? —preguntó Vittoria—. ¿Pero soy una mujer?
Olivetti no dijo nada.
Espero que no fuera a decir eso, comandante, porque sabe muy bien que he tenido una idea buena, y si deja que patochadas ma-chistas arcaicas...
Déjenos hacer nuestro trabajo.
Déjeme ayudar.
Demasiado peligroso. No tendríamos líneas de comunicación con usted. No puedo permitir que cargue con un walkie-talkie, la de­lataría.
Vittoria buscó en el bolsillo de la camisa y sacó el móvil.
Muchos turistas llevan teléfono.
Olivetti frunció el ceño.
Vittoria abrió el teléfono y simuló llamar.
Hola, cariño, estoy en el Panteón. ¡Deberías verlo! —Cerró el teléfono y miró a Olivetti—. ¿Quién rayos se va a enterar? La situa­ción no me pone en peligro. ¡Deje que sea sus ojos! —Señaló el mó­vil que Olivetti llevaba sujeto al cinto—. ¿Cuál es su número?
Olivetti no contestó.
El conductor había estado mirando, como abismado en sus pen­samientos. Bajó del coche y se llevó al comandante a un lado. Habla­ron entre susurros durante diez segundos. Por fin, Olivetti asintió y volvió.
Programe este número.
Empezó a dictar los dígitos.
Vittoria programó el teléfono.
Ahora, llame al número.

Vittoria obedeció. El teléfono de Olivetti empezó a sonar. Lo le­vantó y habló.
Entre en el edificio, señorita Vetra, eche un vistazo, salga del edificio, luego llámeme y dígame qué ha visto.
Vittoria cerró el teléfono.
Gracias, señor.
Langdon experimentó una súbita e inesperada oleada de instin­to protector.
Espere un momento —dijo a Olivetti—. No pensará enviarla sola.
Vittoria le miró con el ceño fruncido.
No me pasará nada.
El Guardia Suizo se puso a hablar otra vez con Olivetti.
Es peligroso —dijo Langdon a Vittoria.
Tiene razón —dijo Olivetti—. Ni siquiera mis mejores hom­bres trabajan solos. Mi lugarteniente acaba de comentar que la mas­carada será más convincente si van los dos juntos.
¿Los dos? Langdon vaciló. En realidad, lo que quería decir...
Si entran juntos —dijo Olivetti—, parecerán una pareja de tu­ristas. Además, podrán apoyarse mutuamente. Me sentiré más tran­quilo así.
Vittoria se encogió de hombros.
Estupendo, pero hemos de proceder con rapidez.
Langdon gruñó. Bien por ti, vaquero.
La primera calle que encontrarán será la Via degli Orfani —señaló Olivetti—. Tuerzan a la izquierda. Los llevará directamente al Panteón. Dos minutos a pie, como máximo. Yo estaré aquí, al man­do de mis hombres y esperando su llamada. Me gustaría que fueran protegidos. —Sacó su pistola—. ¿Alguno de ustedes dos sabe utilizar un arma?
El corazón de Langdon se paró un momento. ¡No necesitamos una pistola!
Vittoria extendió la mano.
Puedo darle a una marsopa desde cuarenta metros de distan­cia, disparando desde la proa de un barco en movimiento.
Bien. —Olivetti le entregó la pistola—. Tendrá que esconderla.

Vittoria echó un vistazo a sus shorts. Después, miró a Langdon.
¡Oh no, eso no!, pensó él, pero Vittoria actuó con rapidez. Le abrió la chaqueta e introdujo el arma en uno de los bolsillos del pe­cho. Fue como si le hubieran metido una piedra en la chaqueta, y su único consuelo era que el Diagramma descansaba en el otro bolsillo.
Nuestro aspecto es de lo más inofensivo —dijo Vittoria—. Nos vamos.
Tomó a Langdon del brazo y empezó a caminar.
Cogidos del brazo queda mejor —gritó el conductor—. Re­cuerden que son turistas. Recién casados, incluso. ¿Y si se cogen de la mano?
Cuando dobló la esquina, Langdon habría podido jurar que vio en el rostro de Vittoria la sombra de una sonrisa.

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