BLOOD

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domingo, 5 de junio de 2011

Dan Brown Ángeles y demonios



Dan Brown
Ángeles y demonios
Para Blythe…
Los hechos
Científicos del mayor laboratorio de investigación del mundo —el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire (CERN), cuya sede está en Ginebra— lograron en fecha reciente generar las primeras partículas de antimateria. La antimateria es idéntica a la materia, sal­vo por el hecho de que está compuesta de partículas cuya carga eléc­trica es opuesta a las que se encuentran en la materia normal.
La antimateria es la fuente de energía más poderosa conocida por el hombre. Libera una energía de una eficacia del cien por cien (la fisión nuclear posee una eficacia del uno y medio por cien). La an­timateria no genera contaminación ni radiación, y una gota podría proporcionar energía eléctrica a toda Nueva York durante un día.
Sin embargo, hay un problema...
La antimateria es muy inestable. Estalla cuando entra en contac­to con lo que sea, incluido el aire. Un solo gramo de antimateria con­tiene la energía de una bomba nuclear de veinte kilotones, la poten­cia de la bomba arrojada sobre Hiroshima.
Hasta hace poco, sólo se habían creado cantidades ínfimas de antimateria (unos cuantos átomos cada vez), pero el CERN acaba de abrir nuevos horizontes con su Decelerador de Antiprotones, una avanzada instalación de producción de antimateria en la que se espe­ra crear antimateria en cantidades mucho mayores.
Se suscita una pregunta: ¿salvará al mundo esta sustancia tan vo­látil, o se utilizará para crear el arma más mortífera de la historia?


Nota del autor
Las referencias a obras de arte, tumbas, túneles y monumentos arqui­tectónicos de Roma son reales (al igual que su emplazamiento exac­to). Aún hoy pueden verse.
La hermandad de los Illuminati también es real.





Prólogo
El físico Leonardo Vetra olió a carne quemada, y comprendió que era la suya. Miró horrorizado a la figura oscura que le amenazaba.
¿Qué quieres?
La chiave —contestó la voz rasposa—. El santo y seña.
Pero yo no...
El intruso hundió un poco más el objeto al rojo vivo en el pecho de Vetra. Se oyó el siseo de la carne al arder.
Vetra lanzó un grito de dolor.
¡No hay santo y seña!
Sintió que se sumía en la inconsciencia.
La figura le fulminó con la mirada.
Ne avevo paura. Me lo temía.
Vetra se esforzó por no perder el conocimiento, pero la oscuri­dad se estaba cerrando sobre él. Su único consuelo consistía en saber que su agresor nunca obtendría lo que había venido a buscar. Sin em­bargo, un momento después, la figura extrajo un cuchillo y lo acercó a la cara de Vetra. La hoja osciló. Con cautela. Como un escalpelo.
¡Por el amor de Dios! —chilló Vetra.
Pero ya era demasiado tarde.

1

Desde los escalones superiores de una galería ascendente de la Gran Pirámide de Gizeh, una joven rió y le llamó.
¡Date prisa, Robert! ¡Sabía que hubiera tenido que haberme casado con un hombre más joven!
Su sonrisa era mágica.
El hombre se esforzó por acelerar el paso, pero sentía las piernas como si fueran de piedra.
Espera —suplicó—. Por favor...
A medida que subía, su visión se iba haciendo más borrosa. Sus oídos martilleaban. ¡He de alcanzarla! Pero cuando volvió a levantar la vista, la mujer había desaparecido. En su lugar había una anciana desdentada. El hombre bajó la mirada, y en sus labios se dibujó una mueca de soledad. Después lanzó un grito de angustia que resonó en el desierto.
Robert Langdon despertó de su pesadilla sobresaltado. El telé­fono de la mesita de noche estaba sonando. Aturdido, lo descolgó.
¿Diga?
Estoy buscando a Robert Langdon —dijo una voz masculina.
Langdon se incorporó en la cama y trató de pensar con claridad.
-—Soy... Robert Langdon.
Consultó el reloj digital. Eran las cinco y dieciocho minutos de la mañana.
Debo verle cuanto antes.
¿Quién es usted?
Me llamo Maximilian Kohler. Soy físico de partículas discon­tinuas.
¿Cómo? —Langdon era incapaz de concentrarse—. ¿Está se­guro de que soy el Langdon que busca?
Es usted profesor de iconología religiosa en la Universidad de Harvard. Ha escrito tres libros sobre simbología y...
¿Sabe qué hora es?
Le ruego me disculpe. Tengo algo que ha de ver. No puedo hablar de ello por teléfono.
Un gemido escapó de los labios de Langdon. No era la primera vez que le ocurría. Uno de los peligros de escribir libros sobre sim­bología religiosa eran las llamadas de fanáticos religiosos, deseosos de que les confirmara la última señal de Dios. El mes pasado, una baila­rina de striptease de Oklahoma había prometido a Langdon el mejor sexo de su vida si iba a verificar la autenticidad de una cruz que había aparecido como por arte de magia en las sábanas de su cama. El su­dario de Tulsa, lo había llamado Langdon.
¿Cómo ha conseguido mi número?
Langdon intentaba ser educado, pese a la hora.
En Internet. La página web de su libro.
Langdon frunció el ceño. Sabía perfectamente que la página web no incluía el número telefónico de su casa. Era evidente que el hom­bre estaba mintiendo.
He de verle —insistió el desconocido—. Le pagaré bien.
Langdon se estaba enfadando.
Lo siento, pero le aseguro...
Si parte ahora mismo, podría estar aquí a las...
¡No voy a ir a ninguna parte! ¡Son las cinco de la mañana!
Langdon colgó y se derrumbó sobre la cama. Cerró los ojos e in­tentó dormir de nuevo. Fue inútil. El sueño estaba grabado a fuego en su mente. Se puso la bata desganadamente y descendió las escaleras.
Robert Langdon paseó descalzo por su casa victoriana de Massachu-setts y tomó su remedio habitual contra el insomnio, un chocolate ca­liente. La luna de abril se filtraba por las ventanas y bañaba las al-
fombras orientales. Los colegas de Langdon a menudo comentaban en broma que la casa parecía más un museo de antropología que un hogar. Las estanterías estaban atestadas de objetos religiosos de todo el mundo: un ekuaba de Ghana, un crucifijo de oro de España, un ídolo de las islas del Egeo, incluso un peculiar boccus tejido de Bor­neo, el símbolo de la eterna juventud de un joven guerrero.
Cuando Langdon se sentó sobre la tapa de un baúl maharishi de latón y saboreó el chocolate caliente, se vio reflejado en el cristal de una de las ventanas. La imagen estaba distorsionada y pálida... como un fantasma. Un fantasma envejecido, pensó, y se recordó con crueldad que su espíritu juvenil estaba viviendo en un cuerpo mortal.
Aunque no era apuesto en un sentido clásico, a sus cuarenta y cinco años Langdon poseía lo que sus colegas femeninas denomina­ban un atractivo «erudito»: espeso cabello castaño veteado de gris, ojos azules penetrantes, voz profunda y cautivadora, y la sonrisa ale­gre y espontánea de un deportista universitario. Buceador del equipo universitario, Langdon todavía conservaba el cuerpo de un nadador, un físico envidiable de metro ochenta que mantenía en forma con cincuenta largos al día en la piscina de la universidad.
Los amigos de Langdon siempre le habían considerado un enig­ma, un hombre atrapado entre siglos. Los fines de semana podía vér­sele en el patio de la facultad vestido con tejanos, hablando de gráfi­cos por ordenador o de historia de las religiones con los estudiantes; en otras ocasiones, aparecía con su chaleco de cuadros Harris en to­nos vistosos, fotografiado en las páginas de revistas de arte en inau­guraciones de museos, donde le habían pedido que dictara una con­ferencia.
Pese a ser un profesor riguroso y un amante de la disciplina, Langdon era el primero en abrazar lo que él denominaba el «arte per­dido de pasarlo bien». Se entregaba a la diversión con un fanatismo contagioso que le había granjeado la aceptación fraternal de sus estu­diantes. Su mote en el campus («El Delfín») era una referencia tanto a su naturaleza afable, como a su legendaria habilidad para zambu­llirse en una piscina y burlar a todo el equipo contrario en un partido de waterpolo.
Mientras contemplaba la oscuridad con aire ausente, el silencio
de su casa se vio perturbado de nuevo, esta vez por el timbre de su fax. Demasiado agotado para enojarse, Langdon forzó una carcajada cansada.
El pueblo de Dios, pensó. Dos mil años esperando a su Mesías, y siguen tan tozudos como una mula.
Llevó el tazón vacío a la cocina y se encaminó pausadamente a su estudio chapado en roble. El fax recién llegado esperaba en la ban­deja. Suspiró, recogió el papel y lo miró.
Al instante, una oleada de náuseas le invadió.
La imagen que mostraba la página era la de un cadáver humano. El cuerpo estaba desnudo, y tenía la cabeza vuelta hacia atrás en un ángulo de ciento ochenta grados. Había una terrible quemadura en el pecho de la víctima. Le habían grabado a fuego una sola palabra. Una palabra que Langdon conocía bien. Muy bien. Contempló las letras con incredulidad.
Illuminati —tartamudeó, con el corazón acelerado. No puede ser...
Lentamente, temeroso de lo que iba a presenciar, Langdon dio la vuelta al fax. Miró la palabra al revés.
Al instante, se quedó sin respiración. Era como si le hubiera al­canzado un rayo. Incapaz de dar crédito a sus ojos, volvió a girar el fax y leyó la palabra en ambos sentidos.
Illuminati —susurró.
Langdon, estupefacto, se dejó caer en una silla. Poco a poco, sus ojos se desviaron hacia la luz roja parpadeante del fax. Quien había enviado el fax estaba todavía conectado, a la espera de hablar. Lang­don contempló la luz roja parpadeante durante largo rato.
Después, tembloroso, descolgó el auricular.

2

¿He captado ahora su atención? —dijo la voz masculina
cuando Langon contestó por fin.
Sí, ya lo creo. ¿Quiere hacer el favor de explicarse?
Intenté decírselo antes. —La voz era precisa, mecánica—. Soy físico. Dirijo un laboratorio de investigaciones. Se ha cometido un asesinato. Usted ha visto el cadáver.
¿Cómo me ha localizado?
Langdon apenas podía concentrarse. Su mente huía de la ima­gen del fax.
Ya se lo he dicho. Internet. La página web de su libro El arte de los llluminati.
Langdon intentó serenarse. Su libro era prácticamente descono­cido en los círculos literarios dominantes, pero tenía un buen núme­ro de seguidores internautas. No obstante, la afirmación del desco­nocido era absurda.
Esa página carece de información de contacto —explicó Langdon—. Estoy seguro.
Tengo gente en el laboratorio muy experta en extraer infor­mación de la Red.
El escepticismo de Langdon no disminuía.
Da la impresión de que su laboratorio sabe mucho sobre la Red.
Por fuerza —replicó el hombre—. Nosotros la inventamos.

Algo en la voz del hombre reveló a Langdon que no estaba bro­meando.
He de verle —insistió el desconocido—. No podemos hablar de este asunto por teléfono. Mi laboratorio está a sólo una hora en avión de Boston.
Langdon analizó el fax que sostenía en la mano a la tenue luz del estudio. La imagen era impresionante, pues tal vez representaba el hallazgo epigráfico del siglo, una década de sus investigaciones con­firmada en un solo símbolo.
Es urgente —apremió la voz.
Los ojos de Langdon estaban clavados en el sello. Illuminati, leyó una y otra vez. Su trabajo siempre se había basado en el equiva­lente simbólico de los fósiles (documentos antiguos y rumores histó­ricos), pero esta imagen era actual. Tiempo presente. Se sintió como un paleontólogo que se encontraba cara a cara con un dinosaurio vivo.
Me he tomado la libertad de enviarle un avión —dijo la voz—. Llegará a Boston dentro de veinte minutos.
Langdon sintió la garganta seca. A una hora de vuelo...
Le ruego que perdone mi atrevimiento —dijo la voz—. Le ne­cesito aquí.
Langdon contempló otra vez el fax, un antiguo mito confirmado en blanco y negro. Las implicaciones eran aterradoras. Miró por la ventana. La aurora empezaba a insinuarse entre los abedules del pa­tio trasero, pero la vista parecía algo diferente esta mañana. Cuando una extraña combinación de miedo y júbilo se apoderó de él, Lang­don comprendió que no tenía elección.
Usted gana —dijo—. Dígame dónde tomaré el avión.

3

A miles de kilómetros de distancia, dos hombres estaban reunidos. La estancia era sombría. Medieval. De piedra.
Benvenuto —dijo el que estaba al mando. Se había sentado al abrigo de las sombras, para no ser visto—. ¿Tuvo éxito?
—contestó la figura oscura—. Todo salió a la perfección.
Sus palabras eran tan rotundas como las paredes de piedra.
¿Y no habrá dudas de quién es el responsable?
Ninguna.
Espléndido. ¿Tiene lo que le había pedido?
Los ojos del asesino destellaron, negros como aceite. Mostró un pesado aparato electrónico y lo dejó sobre la mesa.
El hombre refugiado en las sombras pareció complacido.
Buen trabajo.
Servir a la hermandad es un honor —dijo el asesino.
La fase dos está a punto de empezar. Vaya a descansar. Esta noche cambiaremos el mundo.

4

El Saab 900S de Robert Langdon salió del Callahan Tunnel por el lado este de Boston Harbor, cerca de la entrada al aeropuerto Logan. Langdon echó un vistazo al plano, localizó Aviation Road y giró a la izquierda una vez dejo atrás el antiguo edificio de Eastern Airlines. A trescientos metros de distancia, un hangar estaba sumido en la oscu­ridad. Tenía pintado un gran número «4» en la fachada. Aparcó en el estacionamiento y bajó del coche.
Un hombre de cara redonda con traje de vuelo azul salió de detrás del edificio.
¿Robert Langdon? —inquirió. La voz del hombre era cordial. Tenía un acento que Langdon no pudo identificar.
Soy yo —dijo Langdon, al tiempo que cerraba el coche con llave.
Justo a tiempo —dijo el hombre—. Acabo de aterrizar. Síga­me, por favor.
Mientras daban la vuelta al edificio, Langdon se sintió tenso. No estaba acostumbrado a llamadas telefónicas crípticas y citas secretas con desconocidos. Como no sabía qué esperar, se había puesto su tí­pico atuendo de ir a clase: pantalones informales, jersey de cuello alto y chaqueta de tweed de cuadros Harris. Mientras caminaban, pensó en el fax que guardaba en el bolsillo de la chaqueta, incapaz de asi­milar todavía la imagen que mostraba.
El piloto pareció intuir la angustia de Langdon.
Volar no representa ningún problema para usted, ¿verdad, se­ñor?

En absoluto —contestó Langdon.
Los cadáveres marcados a fuego sí representan un problema para mí. Volar no tiene color, es lo de menos.
El hombre guió a Langdon hasta el final del hangar. Doblaron la esquina y desembocaron en la pista.
Langdon se detuvo y contempló boquiabierto el aparato aparca­do en la pista.
¿Vamos a volar en eso?
El hombre sonrió.
¿Le gusta?
Langdon miró el avión durante un largo momento.
¿Si me gusta? ¿Qué diablos es?
El aparato que tenía delante de sus narices era enorme. Recordaba vagamente a un trasbordador espacial, salvo que le habían afeitado la parte superior, de manera que era liso por completo. Semejaba una cuña colosal. La primera impresión de Langdon fue que debía de es­tar soñando. El vehículo parecía tan apropiado para volar como un Buick. Las alas prácticamente no existían. Eran dos aletas rechonchas en la parte posterior del fuselaje. Un par de timones dorsales se alza­ban de la sección de popa. El resto del avión era casco (unos sesenta metros de longitud), sin ventanas, sólo casco.
Doscientos cincuenta mil kilos con los depósitos llenos de combustible —explicó el piloto, como un padre que presumiera de su primogénito recién nacido—. Funciona con hidrógeno líquido. El fu­selaje está hecho de una matriz de titanio con fibras de carburo de si­licio. El director debe de tener mucha prisa por verle. No suele enviar al monstruo.
¿Esa cosa vuela? —preguntó Langdon.
El piloto sonrió.
Oh, sí. —Guió a Langdon hasta el avión—. Tiene un aspecto algo imponente, lo sé, pero será mejor que se acostumbre a él. Den­tro de cinco años, sólo verá estas ricuras, TCAV: Transportes Civiles de Alta Velocidad. Nuestro laboratorio ha sido de los primeros en ad­quirir uno.

Menudo laboratorio será, pensó Langdon.
Éste es un prototipo del Boeing X-33 —continuó el piloto— pero hay docenas de otros: el National Aero Space Plane, los rusos tienen el Scramjet, los ingleses el HOTOL. El futuro está aquí, pero tardará un poco en llegar a la aviación comercial. Ya puede ir despi­diéndose de los aviones convencionales.
Langdon miró el aparato con cautela.
Creo que preferiría un avión convencional.
El piloto indicó la pasarela con un ademán.
Sígame, por favor, señor Langdon. Mire dónde pisa.
Minutos después estaba sentado en la cabina vacía. El piloto le ciñó el cinturón de seguridad en la primera fila y se dirigió a la parte de­lantera del aparato.
La cabina se parecía sorprendentemente a la de un avión comer­cial. La única diferencia era que carecía de ventanas, lo cual inquietó a Langdon. Toda su vida había padecido una cierta claustrofobia, vestigios de un incidente de la infancia que nunca había llegado a su­perar.
La aversión de Langdon a los espacios cerrados no influía en su vida cotidiana, pero siempre le frustraba. Se manifestaba de maneras sutiles. Evitaba deportes que se practicaban en recintos cerrados como el racquetball o el squash, y había pagado de buen grado una pequeña fortuna por su amplia casa victoriana de techos altos, aun­que habría podido alojarse en la facultad por un precio módico. Langdon había sospechado con frecuencia que su atracción por el mundo del arte desde la infancia se debía a su amor por los espacios abiertos de los museos.
Los motores cobraron vida y el fuselaje vibró. Langdon tragó sa­liva y esperó. Sintió que el avión comenzaba a correr sobre la pista. Sonó música country en los altavoces.
Un teléfono de pared que tenía a su lado emitió dos pitidos. Langdon levantó el auricular.
¿Diga?
¿Está cómodo, señor Langdon?
Ni hablar.
Relájese. Llegaremos dentro de una hora.
¿Adónde, exactamente? —preguntó Langdon, al darse cuen­ta de que no tenía ni idea de cuál era su lugar de destino.
A Ginebra —contestó el piloto, acelerando los motores—. El laboratorio está en Ginebra.
En Ginebra —repitió Langdon, y se sintió un poco mejor—. Estado de Nueva York. De hecho, tengo parientes cerca del lago Sé­neca. No sabía que había un laboratorio de física en Ginebra.
El piloto rió.
En Ginebra, Nueva York, no, señor Langdon. En Ginebra, Suiza.
El cerebro de Robert Langdon tardó un momento en registrar la palabra.
¿Suiza? —sintió que el pulso se le aceleraba—. ¿No ha dicho que el laboratorio estaba a una hora de distancia?
En efecto, señor Langdon. —El piloto lanzó una risita—. Este avión vuela a Mach quince.

5

En una concurrida calle europea, el asesino se abría paso entre la multitud. Era un hombre poderoso. Malvado y fuerte. Engañosa­mente ágil. Aún sentía los músculos tensos por la emoción que le ha­bía causado la reunión.
Ha ido bien, se dijo. Aunque su patrón no había descubierto su rostro, el asesino se sentía honrado por haber estado en su presencia. ¿De veras habían transcurrido tan sólo quince días desde que su patrón se había puesto en contacto con él por primera vez? El asesino todavía recordaba cada palabra de aquella llamada...
Mi nombre es Jano —había dicho el desconocido—. En cier­to modo, estamos emparentados. Compartimos un enemigo. Me han dicho que sus habilidades pueden alquilarse.
Depende de a quién represente usted —contestó el asesino.
El desconocido se lo dijo.
¿Es esto su idea de una broma?
Veo que le suena nuestro nombre —contestó el cliente.
Por supuesto. La hermandad es legendaria.
Y no obstante, duda de mi autenticidad.
Todo el mundo sabe que de la hermandad no queda nada.
Una treta muy hábil. El enemigo más peligroso es el que nadie teme.
El asesino se mostró escéptico.
¿La hermandad perdura?
Más clandestina que nunca. Nuestras raíces invaden todo lo
visible, incluso la fortaleza sagrada de nuestro enemigo más encarni­zado.
Imposible. Son invulnerables.
Nuestra mano llega muy lejos.
Nadie llega tan lejos.
Muy pronto, me creerá. Una demostración irrefutable del po­der de la hermandad ha trascendido ya. Un solo acto de traición y prueba.
¿Qué han hecho?
El cliente se lo dijo.
El asesino no acababa de creérselo.
Una tarea imposible.
Al día siguiente, los periódicos de todo el mundo publicaron el mismo titular. El asesino se convirtió en un creyente.
Quince días después, la fe del asesino se había fortalecido más allá de toda duda. La hermandad perdura, pensó. Esta noche, saldrán a la superficie y revelarán su poder.
Mientras caminaba por las calles, un presagio aleteaba en sus ojos negros. Una de las hermandades más secretas y temidas de la his­toria le había llamado para solicitar sus servicios. Han escogido con sa­biduría, pensó. La fama de su discreción sólo era superada por la de su eficacia a la hora de matar.
Hasta el momento, les había servido con nobleza. Había cometi­do el asesinato y entregado el objeto a Jano, tal como le habían pe­dido. Ahora, le tocaba a Jano utilizar su poder para depositar el obje­to en el lugar elegido.
El lugar elegido...
El asesino se preguntó cómo podría llevar a cabo Jano una tarea tan asombrosa. Era evidente que el hombre tenía contactos en el in­terior. El dominio de la hermandad parecía ilimitado.
Jano, pensó el asesino. Un nombre en clave, sin duda. ¿Era una referencia al dios romano de las dos caras... o a la luna de Saturno?, se preguntó. Daba igual. El poder de Jano era ilimitado. Lo había de­mostrado sin la menor duda.
Mientras el asesino andaba, imaginó que sus antepasados le son­reían. Hoy estaba continuando su lucha, estaba combatiendo contra
el mismo enemigo al que habían plantado cara durante siglos, hasta remontarse al siglo XI, cuando los ejércitos enemigos habían saquea­do por primera vez su tierra, violado y asesinado a su gente, decla­rándolos impuros, profanando sus templos y dioses.
Sus antepasados habían formado un ejército, pequeño pero mortífero, para defenderse. Sus miembros se hicieron famosos en todo el país como protectores, hábiles ejecutores que recorrían la campiña exterminando a todos los enemigos que podían encontrar. Se hicieron famosos no sólo por sus brutales matanzas, sino también por cometer sus asesinatos sumiéndose previamente en estados alte­rados de conciencia inducidos por drogas. La droga que habían ele­gido era un potente estupefaciente llamado hachís.
A medida que se extendía su celebridad, estos hombres mortíferos fueron conocidos con una sola palabra, «Hassassin», literalmente «seguidores del hachís». El nombre hassassin se convirtió en sinóni­mo de muerte en casi todos los idiomas de la Tierra. La palabra toda­vía se utilizaba hoy, incluso en el inglés moderno, pero al igual que el arte de matar, la palabra también había evolucionado.
Ahora se pronunciaba asesino.

6

Habían transcurrido sesenta y cuatro minutos cuando un incrédulo y algo mareado Robert Langdon bajó por la pasarela a la pista bañada por el sol. Una brisa fresca agitó las solapas de su chaqueta de tweed. Salir al aire libre se le antojó maravilloso. Contempló el valle de un ver­de frondoso que se alzaba hasta los picos nevados que los rodeaban.
Estoy soñando, se dijo. Me despertaré de un momento a otro.
Bienvenido a Suiza —dijo el piloto, que tuvo que gritar para imponerse al rugido de los motores.
Langdon consultó su reloj. Señalaba las siete y siete minutos de la mañana.
Acaba de cruzar seis husos horarios —le advirtió el piloto—. Aquí pasan unos minutos de la una de la tarde.
Langdon puso en hora el reloj.
¿Cómo se encuentra?
Langdon se masajeó el estómago.
Como si hubiera comido poliuretano.
El piloto asintió.
Efecto de la altitud. Nos elevamos a dieciocho mil metros. El peso disminuye un treinta por ciento. Es una suerte que sólo cruzára­mos el charco. De haber ido a Tokio, habría alcanzado la altura má­xima: ciento cincuenta kilómetros. Se le revuelven a uno las tripas.
Langdon asintió y se consideró afortunado. Teniendo en cuenta todo, el vuelo había sido muy normal. Aparte de que la aceleración de despegue le había triturado los huesos, el movimiento del avión había
sido bastante típico: alguna turbulencia ocasional, unos pocos cam­bios de presión al ascender, pero nada que indicara que hubieran sur­cado el espacio a una velocidad de veinte mil kilómetros por hora.
Un grupo de técnicos se acercó a toda prisa para ocuparse del X-33. El piloto acompañó a Langdon hasta un Peugeot sedán negro aparcado junto a la torre de control. Momentos después, tomaron una carretera pavimentada que atravesaba el fondo del valle. Un te­nue grupo de edificios se alzaba a lo lejos. Las praderas pasaban a su lado como una exhalación.
Langdon vio con incredulidad que el piloto aumentaba la velo­cidad hasta alcanzar los ciento setenta kilómetros por hora. ¿Qué le pasa a este tipo y a qué vienen tantas prisas?
El laboratorio dista cinco kilómetros —dijo el piloto—. Esta­remos allí dentro de dos minutos.
Langdon buscó en vano el cinturón de seguridad. ¿Por qué no lo dejamos en tres y llegamos sanos y salvos?
El coche aceleró.
¿Le gusta Reba? —preguntó el piloto, al tiempo que introdu­cía una cinta en el radiocasete.
Se oyó la voz de una cantante. «Es el miedo a estar sola...»
Pues yo no tengo miedo, pensó Langdon con aire ausente. Sus co­legas femeninas solían decirle en broma que su colección de objetos, digna de un museo, no era nada más que un intento obvio de llenar una casa vacía, una casa que, insistían, se beneficiaría en grado sumo de la presencia de una mujer. Langdon siempre reía, y les recordaba que ya tenía tres amores en su vida (la simbología, el waterpolo y la soltería), siendo esta última una libertad que le permitía viajar a lo lar­go y ancho del mundo, acostarse tan tarde como le apeteciera y dis­frutar de noches tranquilas en casa con un coñac y un buen libro.
Somos como una ciudad en miniatura —dijo el piloto, arran­cando a Langdon de sus pensamientos—. No sólo hay laboratorios. Tenemos supermercados, un hospital, hasta un cine.
Langdon asintió sin pensar y contempló el complejo de edificios que se alzaban ante ellos.
De hecho —añadió el piloto—, poseemos la máquina más grande de la tierra.
¿De veras?
Langdon inspeccionó el paisaje.
No la verá ahí, señor. —El piloto sonrió—. Está enterrada a seis pisos bajo tierra.
Langdon no tuvo tiempo de preguntar. Sin previo aviso, el pilo­to pisó el freno. El coche se detuvo ante una caseta de vigilancia re­forzada.
Langdon leyó el letrero. SÉCURITÉ. ARRETEZ. De pronto, experi­mentó una oleada de pánico, al tomar conciencia por fin de dónde es­taba.
¡Dios mío! ¡No he traído el pasaporte!
Los pasaportes no son necesarios —le tranquilizó el chófer—. Tenemos un acuerdo con el gobierno suizo.
Langdon vio, perplejo, que el chófer entregaba al guardia una identificación. El guardia la pasó por un aparato de detección elec­trónica. Un destello verde apareció en el aparato.
¿Nombre del pasajero?
Robert Langdon —contestó el chófer.
¿Quién le ha invitado?
El director.
El guardia enarcó las cejas. Se volvió y echó un vistazo a una hoja impresa por ordenador, que cotejó con los datos de la pantalla de su ordenador. Después, se volvió hacia la ventana.
Que disfrute de su estancia, señor Langdon.
El coche se puso en marcha de nuevo hacia la entrada del edifi­cio principal situado a doscientos metros. Ante ellos se desplegaba una estructura rectangular ultramoderna de vidrio y acero. Langdon se quedó asombrado por el diseño transparente del edificio. Siempre había sido muy aficionado a la arquitectura.
La Catedral de Cristal —explicó su acompañante.
¿Una iglesia?
No, por favor. Una iglesia es lo único que no tenemos. La físi­ca es la religión de este lugar. Puede tomar el nombre del Señor en vano cuantas veces quiera —rió—, pero no se meta con los quarks o los mesones.
Langdon se quedó perplejo, mientras el chófer frenaba ante el
edificio de cristal. ¿Quarks y mesones? ¿Sin control de fronteras? ¿Aviones que alcanzan una velocidad de Mach quince? ¿Quién demo­nios SON estos tipos? La losa de granito grabada que había delante del edificio le facilitó la respuesta:
CERN
Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire
¿Investigaciones nucleares? —preguntó Langdon, casi seguro de que su traducción era correcta.
El chófer no contestó. Estaba inclinado hacia adelante, mientras manipulaba el radiocasete del coche.
Aquí se baja usted. El director le recibirá en la entrada.
Langdon reparó en un hombre que salía del edificio sentado en una silla de ruedas. Aparentaba unos sesenta años. Enjuto y calvo, de mandíbula firme, llevaba una bata blanca de laboratorio y zapatos de calle plantados con determinación en el apoyapiés de la silla. In­cluso desde lejos, sus ojos parecían carentes de vida, como dos pie­dras grises.
¿Es él? —preguntó Langdon.
El chófer alzó la vista.
Bien, me voy. —Se volvió y dirigió a Langdon una sonrisa ominosa—. Para que luego hablen del demonio.
Sin saber qué debía esperar, Langdon bajó del vehículo.
El hombre de la silla de ruedas aceleró hacia él y le extendió una mano fría y húmeda.
¿Señor Langdon? Hablamos por teléfono. Me llamo Maximilian Kohler.

7


Maximilian Kohler, director general del CERN, era conocido a sus espaldas como Der König, el Rey. Era un título más de temor que de respeto por la figura que gobernaba sus dominios desde una silla de ruedas. Aunque pocos le conocían en persona, la horripilante his­toria de las circunstancias en que había quedado tullido circulaba por el CERN, y pocos le culpaban por su amargura... y por su dedicación a la ciencia pura.
A los pocos momentos de hallarse en presencia de Kohler, Lang-don ya presintió que el director era un hombre que mantenía las dis­tancias. Descubrió que casi debía correr para no rezagarse de la silla de ruedas eléctrica de Kohler, que rodaba en silencio hacia la entrada principal. Langdon nunca había visto una silla eléctrica semejante, equipada con una hilera de aparatos electrónicos que incluían un te­léfono multilínea, un sistema de buscapersonas, pantalla de ordena­dor e incluso una cámara de vídeo desmontable. El centro de mando móvil del rey Kohler.
Langdon atravesó una puerta mecánica y entró en el enorme ves­tíbulo principal del CERN.
La Catedral de Cristal, pensó Robert Langdon, y alzó la vista ha­cia el cielo.
El techo azulino de vidrio brillaba al sol de la tarde, proyectaba rayos de dibujos geométricos en el aire y dotaba a la estancia de una sensación de grandeza. Sombras angulares caían como venas sobre las paredes de baldosas blancas y los suelos de mármol. El aire olía a limpio, como esterilizado. Un puñado de científicos se movía de un lado a otro, y el eco de sus pasos resonaba en el espacio.
Por aquí, señor Langdon. —Era una voz casi electrónica. Su acento era rígido y preciso, al igual que sus facciones severas. Kohler tosió y se secó la boca con un pañuelo blanco, mientras clavaba sus mortecinos ojos grises en Langdon—. Apresúrese, por favor.
Daba la impresión de que su silla de ruedas saltaba sobre el sue­lo de baldosas.
Langdon dejó atrás lo que se le antojaron incontables pasillos que nacían del atrio principal. Todos los corredores bullían de activi­dad. Los científicos que veían a Kohler parecían sorprenderse, y mi­raban a Langdon como si se preguntaran quién debía ser para mere­cer tan alto honor.
Me avergüenza admitir —dijo Langdon, con el fin de entablar conversación—, que nunca había oído hablar del CERN.
No me sorprende —contestó Kohler con fría eficiencia—. La mayoría de norteamericanos no consideran a Europa el líder mundial de la investigación científica. Nos ven como un distrito comercial pe­culiar. Una percepción extraña, teniendo en cuenta la nacionalidad de hombres como Einstein, Galileo y Newton.
Langdon no supo muy bien qué contestar. Sacó el fax de su bol­sillo.
¿Este hombre de la fotografía... ?
Kohler le interrumpió con un ademán.
Aquí no, por favor. Ahora le acompaño a verle. —Extendió la mano—. Quizá debería quedarme con eso.
Langdon le tendió el fax y guardó silencio.
Kohler torció a la izquierda y entró en un amplio pasillo adorna­do con premios y menciones. Una placa de gran tamaño dominaba la entrada. Langdon se detuvo a leer la frase grabada en el bronce.
PREMIO ARS ELECTRONICA
A la Innovación Cultural en la Era Digital
Concedido a Tim Berners Lee y el CERN
por la invención de
INTERNET

Que me aspen, pensó Langdon, mientras leía el texto. Este tipo no estaba bromeando. Langdon siempre había creído que Internet era un invento norteamericano. Una vez más, sus conocimientos estaban limitados a la página web de su propio libro y a las ocasionales ex­ploraciones on-line del Prado o del Louvre en su Macintosh.
La Red —dijo Kohler. Tosió y volvió a secarse la boca— em­pezó aquí como una red de ordenadores internos. Permitía a los cien­tíficos de departamentos diferentes compartir los hallazgos diarios mutuamente. Claro, todo el mundo cree que la Red es tecnología nor­teamericana.
Langdon le siguió por el pasillo.
¿Por qué no enmiendan el error?
Kohler se encogió de hombros, como si el tema no le interesara.
Un malentendido sin importancia sobre una tecnología sin importancia. El CERN es mucho más grande que una conexión glo­bal de ordenadores. Nuestros científicos producen milagros casi a diario.
Langdon dirigió a Kohler una mirada inquisitiva.
¿Milagros?
La palabra «milagro» no formaba parte del vocabulario emplea­do en el Fairchild Science Building de Harvard. Los milagros se de­jaban a la Facultad de Teología.
Parece escéptico —dijo Kohler—. Pensaba que era usted un simbolista religioso. ¿No cree en milagros?
No lo tengo muy claro —dijo Langdon. Sobre todo en relación con los que tienen lugar en laboratorios científicos.
Tal vez milagro no sea la palabra adecuada. Sólo intentaba adaptarme a su lenguaje.
¿Mi lenguaje? —De repente, Langdon se sintió incómodo—. No es que quiera decepcionarle, señor, pero yo estudio simbología re­ligiosa. Soy un académico, no un sacerdote.
De repente, Kohler aminoró la velocidad y se volvió. Su mirada se suavizó un tanto.
Por supuesto. Ha sido una torpeza por mi parte. No es preci­so padecer cáncer para analizar sus síntomas.
Langdon nunca lo había oído expresado de esa manera.

Mientras avanzaban por el corredor, Kohler asintió en señal de aceptación.
Sospecho que usted y yo nos entenderemos a la perfección, se­ñor Langdon.
Langdon se permitió dudarlo.
Mientras ambos continuaban a buen paso, Langdon empezó a perci­bir un ruido profundo a lo lejos. Se hizo más pronunciado a cada paso que daban, y resonaba en las paredes. Producía la impresión de proceder del final del pasillo.
¿Qué es eso? —preguntó. Para hacerse oír, tuvo que gritar. Experimentó la sensación de que se estaban acercando a un volcán en actividad.
El Tubo de Caída Libre —contestó Kohler, y su voz hueca cortó el aire sin esfuerzo. No le dio más explicaciones.
Langdon no preguntó. Estaba agotado, y a Maximilian Kohler no parecía interesarle ganar ningún premio a la hospitalidad. Lang­don se recordó por qué estaba aquí, llluminati. Supuso que en esta colosal instalación había un cadáver, un cuerpo marcado a fuego con un símbolo por el que había volado cuatro mil ochocientos kilóme­tros para verlo.
Cuando se acercaron al final del pasillo, el estrépito se hizo en­sordecedor, y vibraba en las suelas de los zapatos de Langdon. Do­blaron la curva y apareció a la derecha una galería de observación. Cuatro portales de gruesos cristales estaban empotrados en una pa­red curva, como ventanas en un submarino. Langdon se detuvo y miró por uno de los agujeros.
El profesor Robert Langdon había visto algunas cosas extrañas en el curso de su vida, pero ésta las superaba a todas. Parpadeó varias veces, y se preguntó si padecía alucinaciones. Estaba contemplando una enorme cámara circular. En el interior de la cámara, flotando como si careciera de peso, había gente. Tres personas. Una saludó con la mano y dio un salto mortal en el aire.
Dios mío, pensó. Estoy en el país de Oz.
El suelo de la estancia era una reja, como una gigantesca plancha
de alambre. Bajo la reja se veía la mancha metálica de un enorme pro­pulsor.
Tubo de Caída Libre —dijo Kohler, y se detuvo para esperar­le—. Paracaidismo de interior. Para aliviar el estrés. Es un túnel de viento vertical.
Langdon miró asombrado. Uno de los tres paracaidistas, una mujer obesa, se acercó a la ventana. Las corrientes de aire la abofe­teaban, pero sonrió y enseñó a Langdon los dos pulgares alzados. Langdon forzó una sonrisa y le devolvió el gesto, mientras se pregun­taba si la mujer sabía que era el antiguo símbolo fálico de la virilidad masculina.
Langdon observó que la mujer era la única que llevaba lo que se­mejaba un paracaídas en miniatura. El casquete de tela flotaba sobre ella como un juguete.
¿Para qué sirve el paracaídas pequeño? —preguntó Langdon a Kohler—. No debe de medir más de un metro de diámetro.
Es por la fricción —dijo Kohler—. Disminuye su resistencia al aire para que el ventilador pueda alzarla. —Desvió la vista hacia el co­rredor—. Un metro cuadrado de tela disminuye la velocidad de caí­da de un cuerpo en un veinte por ciento.
Langdon asintió, perplejo.
No sospechó ni por un momento que más tarde, aquella noche, en un país situado a cientos de kilómetros, esa información le salvaría la vida..

8

Cuando Kohler y Langdon salieron del complejo principal del CERN al sol de Suiza, Langdon se sintió transportado a casa. El panorama que se extendía ante él parecía un campus universitario de cualquie­ra de las más prestigiosas instituciones educativas de la costa Este de Estados Unidos.
Una pendiente cubierta de hierba descendía hasta una plani­cie donde crecían bosquecillos de arces en cuadriláteros bordea­dos de edificios residenciales de ladrillo y senderos peatonales. In­dividuos con pinta de estudiosos entraban y salían de los edificios, cargados con libros. Como para acentuar la atmósfera universita­ria, dos hippies melenudos se lanzaban un frisbee, mientras disfru­taban de la Cuarta sinfonía de Mahler, que surgía a todo volumen por la ventana de un dormitorio.
Son las viviendas de los residentes —explicó Kohler, mientras aceleraba la silla de ruedas en dirección a los edificios—. Tenemos más de tres mil físicos aquí. Sólo el CERN emplea más de la mitad de los físicos de partículas del mundo. Las mentes más brillantes del pla­neta: alemanes, japoneses, italianos, holandeses, lo que quiera. Nues­tros físicos representan a más de quinientas universidades y sesenta nacionalidades.
Langdon se quedó asombrado.
¿Cómo se comunican?
En inglés, por supuesto. El idioma universal de la ciencia.
Langdon siempre había oído que las matemáticas constituían el
idioma universal de la ciencia, pero estaba demasiado cansado para discutir. Siguió obediente a Kohler.
A mitad de camino, un joven pasó corriendo. Su camiseta pro­clamaba: ¡SIN TGU NO HAY GLORIA!
Langdon le siguió con la mirada, intrigado.
¿TGU?
Teoría General Unificada —explicó Kohler—. La teoría de todo.
Entiendo —dijo Langdon, que no entendía nada.
¿Sabe algo de la física de partículas, señor Langdon?
Langdon se encogió de hombros.
Sé algo de la física general: la caída de los cuerpos, esas cosas. —Sus años de buceador le habían inducido un profundo respeto por el asombroso poder de la aceleración gravitacional—. La física de partículas se ocupa del estudio de los átomos, ¿verdad?
Kohler negó con la cabeza.
Los átomos son como planetas comparados con lo que noso­tros estudiamos. Nuestro interés se centra en el nucleus del átomo, una mera diezmilésima parte del tamaño total. —Tosió de nuevo, como si estuviera enfermo—. Los hombres y mujeres del CERN es­tán aquí para encontrar respuestas a las mismas preguntas que el hombre se ha planteado desde el principio de los tiempos. ¿De dón­de venimos? ¿De qué estamos hechos?
¿Y esas respuestas se encuentran en un laboratorio de fí­sica?
Parece sorprendido.
Lo estoy. La pregunta parece de tipo espiritual.
Señor Langdon, todas las preguntas fueron de tipo espiritual en su momento. Desde el principio de los tiempos, la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta de sol se atribuyeron en otro tiem­po a Helios y un carro de fuego. Los terremotos y los maremotos eran la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos. Pronto, demostraremos que todos los dioses son falsos ídolos. La ciencia ha proporcionado respuestas a casi todas las preguntas que el hombre puede formular. Sólo quedan unas cuantas,
y son las esotéricas. ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es el sentido de la vida y del universo?
Langdon estaba asombrado.
¿Son éstas las preguntas que intenta contestar el CERN?
Le corrijo: éstas son las preguntas que estamos contestando.
Langdon guardó silencio, mientras los dos hombres deambula­ban a través de los cuadriláteros residenciales. Un frisbee voló sobre sus cabezas y aterrizó delante de ellos. Kohler no hizo caso y siguió adelante.
Una voz llamó desde el otro ángulo del cuadrilátero.
S'il vous plaît!
Langdon miró. Un hombre canoso de edad avanzada, con una sudadera del College Paris, le estaba haciendo señas. Langdon reco­gió el frisbee y se lo devolvió con pericia. El anciano lo atrapó sobre un dedo y lo hizo rebotar varias veces antes de lanzarlo por encima del hombro hacia su compañero.
Merci! —gritó a Langdon.
Le felicito —dijo Kohler cuando Langdon le alcanzó—. Aca­ba de lanzarle el frisbee al ganador del premio Nobel Georges Char-pak, inventor de la cámara proporcional multihilo.
Langdon asintió. Hoy es mi día de suerte.
Langdon y Kohler tardaron tres minutos más en llegar a su destino, un edificio amplio y bien cuidado, situado en un bosquecillo de ála­mos. Comparado con los demás, el edificio parecía lujoso. El letrero de piedra tallada anunciaba EDIFICIO C.
Muy imaginativo, pensó Langdon.
Pero pese a su nombre vulgar, el Edificio C coincidía con el gus­to arquitectónico de Langdon: conservador y sólido. Tenía una fa­chada de ladrillo rojo, una balaustrada trabajada, y estaba cercado por setos esculpidos simétricos. Cuando los dos hombres subie­ron por el sendero de piedra hacia la entrada, pasaron bajo un pórti­co formado por un par de columnas de mármol. Alguien había pega­do una nota adhesiva en una de ellas.

ESTA COLUMNA ES IÓNICA
¿Graffitis de físicos?, se preguntó Langdon, mientras estudiaba la columna y reía para sí.
Me tranquiliza ver que hasta los físicos brillantes cometen errores.
Kohler le miró.
¿A qué se refiere?
Quien escribió esa nota cometió un error, aparte de escribirlo mal. La columna no es iónica, sino jónica. Las columnas jónicas son de anchura uniforme. Ésta es ahusada. Es dórica, la contrapartida griega. Un error muy común.
Kohler no sonrió.
El autor quería hacer una broma, señor Langdon. «Iónica» significa que contiene iones, partículas cargadas eléctricamente. La mayoría de objetos las contienen.
Langdon miró la columna y gruñó.
Langdon aún se sentía como un estúpido cuando salió del ascensor en el último piso del Edificio C. Siguió a Kohler por un corredor bien amueblado. La decoración no era la que se esperaba, de estilo francés colonial tradicional: un diván cereza, un jarrón de porcelana y mue­bles con volutas de madera.
Nos gusta que nuestros científicos se sientan cómodos —ex­plicó Kohler.
Es evidente, pensó Langdon.
¿El hombre del fax vivía aquí? ¿Era uno de sus empleados de alto nivel?
En efecto —dijo Kohler—. No acudió a una reunión que te­níamos concertada esta mañana y su buscapersonas no contestó. Vine a buscarle y le encontré muerto en su sala de estar.
Langdon sintió un escalofrío cuando comprendió que estaba a punto de ver un cadáver. Se le revolvía el estómago con facilidad. Era una debilidad que había descubierto en sus tiempos de estudiante de historia del arte, cuando el profesor informó a la clase de que Leo-nardo da Vinci había profundizado sus conocimientos del cuerpo hu­mano exhumando cadáveres y diseccionando su musculatura.
Kohler le guió hasta el final del pasillo. Había una sola puerta.
El apartamento del ático, como dirían ustedes —anunció Kohler, al tiempo que se secaba una gota de sudor de la frente.
Langdon echó un vistazo a la solitaria puerta de roble. Una pla­ca rezaba:
LEONARDO VETRA
Leonardo Vetra —dijo Kohler— habría cumplido cincuenta y ocho años la semana que viene. Era uno de los científicos más bri­llantes de nuestro tiempo. Su muerte significa una profunda pérdida para la ciencia.
Por un instante, Langdon creyó percibir emoción en el rostro endurecido de Kohler, pero se esfumó al instante. Kohler introdujo la mano en el bolsillo y empezó a buscar en un llavero.
De pronto, a Langdon se le ocurrió una idea extraña. El edificio parecía desierto.
¿Dónde está todo el mundo? —preguntó. La falta de activi­dad no era lo que esperaba encontrar, considerando que estaban a punto de entrar en el escenario de un crimen.
Los residentes están en sus laboratorios —contestó Kohler, que al fin había encontrado la llave.
Me refiero a la policía —aclaró Langdon—. ¿Ya se han ido?
Kohler se detuvo, con la llave a medio camino de la cerradura.
¿La policía?
Los ojos de Langdon se encontraron con los del director.
La policía. Usted me envió un fax acerca de un homicidio. Tiene que haber llamado a la policía.
Por supuesto que no.
¿Cómo?
Los ojos grises de Kohler se hicieron más penetrantes.
La situación es complicada, señor Langdon.
Langdon sintió una oleada de aprensión. —Pero... ¡alguien más se habrá enterado!
Sí. La hija adoptiva de Leonardo. También trabaja como físi­ca aquí. Ella y su padre comparten el laboratorio. Son compañeros. La señorita Vetra se ausentó esta semana para llevar a cabo investiga­ciones de campo. Le he comunicado la muerte de su padre, y se halla de camino en este momento.
Pero un hombre ha sido ase...
Tendrá lugar una investigación oficial —afirmó Kohler—. Sin embargo, eso significará un registro a fondo del laboratorio de Vetra, un espacio que su hija y él consideraban absolutamente privado. Por consiguiente, esperaremos a que la señorita Vetra llegue. Creo que le debo esa pequeña muestra de discreción.
Kohler giró la llave.
Cuando la puerta se abrió, una ráfaga de aire helado siseó y al­canzó a Langdon en plena cara. Retrocedió, confuso. Estaba contem­plando el interior de un mundo extraño. El piso estaba inmerso en una espesa niebla blanca. La niebla remolineaba formando vórtices humeantes alrededor de los muebles, como una mortaja que envol­viera la habitación en una neblina opaca.
¿Qué es...? —tartamudeó Langdon.
Sistema de aire acondicionado por freón —contestó Koh­ler—. Refrigeré el piso para conservar el cuerpo.
Langdon se abotonó la chaqueta para protegerse del frío. Estoy en Oz, pensó. Y he olvidado mis zapatillas mágicas.

9

El aspecto del cadáver era espantoso. El difunto Leonardo Vetra ya­cía de espaldas, desnudo, y la piel había adquirido un color gris azu­lado. Los huesos del cuello sobresalían en el punto donde los habían roto, y tenía la cabeza girada por completo hacia atrás. La cara no se veía, aplastada contra el suelo. El hombre estaba tendido sobre un charco congelado de su propia orina, y el vello que rodeaba sus geni­tales encogidos estaba salpicado de escarcha.
Sobreponiéndose a la náusea que la vista del cadáver le produ­cía, Langdon se obligó a que sus ojos se posaran sobre el pecho de la víctima. Aunque había examinado la herida simétrica una docena de veces en el fax, ésta era infinitamente más impresionante en vivo. La carne, levantada y quemada, estaba perfectamente delineada y el sím­bolo formado sin mácula.
Langdon se preguntó si el intenso escalofrío que recorría su columna vertebral se debía al aire acondicionado o al asombro que le embargó cuando captó el significado de lo que estaba mi­rando.


Su corazón se aceleró cuando caminó alrededor del cadáver y leyó la palabra al revés, lo cual reafirmaba el genio de la simetría. El símbolo se le antojó aún menos concebible ahora que lo miraba.
¿Señor Langdon?
Langdon no le oyó. Estaba en otro mundo, su mundo, su ele­mento, un mundo en el que la historia, el mito y la realidad colisiona-ban e inundaban sus sentidos. Los engranajes giraban.
¿Señor Langdon?
Los ojos de Kohler le sondeaban, expectantes.
Langdon no levantó la vista. Su atención estaba concentrada por completo.
¿Ha averiguado algo ya?
Sólo lo que tuve tiempo de leer en su página web —respondió Kohler—. La palabra llluminati significa «los iluminados». Es el nombre de una hermandad antigua.
Langdon asintió.
¿Había oído el nombre antes?
No, hasta que lo vi grabado en el cuerpo del señor Vetra.
¿Lo buscó en Internet?
Sí.
Y encontró cientos de referencias, sin duda.
Miles —dijo Kohler—. Su página web, no obstante, contenía referencias a Harvard, Oxford, un reputado editor y una lista de pu­blicaciones relacionadas. Como científico, he llegado a aprender que la información sólo es tan válida como su origen. Sus credenciales pa­recían auténticas.
Los ojos de Langdon seguían clavados en el cadáver.
Kohler no dijo nada más. Esperó a que Langdon arrojara alguna luz sobre lo sucedido.
Langdon alzó la vista y paseó la mirada por el piso.
¿Y si hablamos en un lugar más cálido?
Esta habitación es perfecta. —Kohler parecía indiferente al frío—. Hablaremos aquí.
Langdon frunció el ceño. La historia de los llluminati no era nada sencilla. Moriré congelado intentando explicarla. Contempló de nuevo la marca, asombrado.
Aunque las referencias sobre el emblema de los Illuminati eran legendarias en la simbología moderna, ningún erudito lo había visto. Antiguos documentos describían el símbolo como un ambigrama, lo cual quería decir que se podía leer en ambos sentidos. Y si bien los ambigramas eran habituales en la simbología (esvásticas, ying y yang, las estrellas judías, cruces sencillas), la idea de que una palabra pu­diera convertirse en un ambigrama parecía imposible. Los expertos en simbología modernos habían intentado durante años imprimir a la palabra «Illuminati» un estilo perfectamente simétrico, pero habían fracasado miserablemente. Casi todos los estudiosos habían llegado a la conclusión de que la existencia del símbolo era un mito.
¿Quiénes son los Illuminati? —preguntó Kohler.
Sí, pensó Langdon, ¿quiénes son, en realidad? Empezó su relato.
Desde el inicio de la historia —explicó Langdon—, ha existi­do una profunda brecha entre ciencia y religión. Científicos sin pelos en la lengua como Copérnico...
Fueron asesinados —interrumpió Kohler—. Asesinados por la Iglesia por revelar verdades científicas. La religión siempre ha per­seguido a la ciencia.
Sí, pero en el siglo dieciséis, un grupo de hombres luchó en Roma contra la Iglesia. Algunos de los italianos más esclarecidos (fí­sicos, matemáticos, astrónomos) empezaron a reunirse en secreto para compartir sus preocupaciones sobre las enseñanzas equivocadas de la Iglesia. Temían que el monopolio de la «verdad» que ejercía la Iglesia amenazara al esclarecimiento cultural del mundo entero. Fun­daron el primer gabinete estratégico científico del mundo, y se auto-proclamaron «los iluminados».
Los Illuminati.
Sí —dijo Langdon—. Las mentes más preclaras de Europa... dedicadas a la búsqueda de la verdad científica.
Kohler guardó silencio.
Como es natural, los Illuminati fueron perseguidos ferozmen­te por la Iglesia católica. Los científicos sólo consiguieron salvarse gracias a ritos de extremado secretismo. Corrió la voz entre los estu-diosos clandestinos, y la hermandad de los Illuminati creció hasta in­cluir a eruditos de toda Europa. Los científicos se reunían con regu­laridad en Roma, en una guarida ultrasecreta que llamaban la Iglesia de la Iluminación.
Kohler tosió y se removió en su silla.
Muchos Illuminati —continuó Langdon— quisieron comba­tir la tiranía de la Iglesia con actos de violencia, pero su miembro más reverenciado los disuadió. Era pacifista, así como uno de los científi­cos más famosos de la historia.
Langdon estaba seguro de que Kohler reconocería el nombre. Hasta los no científicos conocían la historia del desventurado astró­nomo que había sido detenido y casi ejecutado por la Iglesia cuando proclamó que el Sol, y no la Tierra, era el centro del sistema solar. Aunque sus datos eran incontrovertibles, el astrónomo fue castigado con severidad por insinuar que Dios había colocado a la humanidad en un lugar que no era el centro de Su universo.
Se llamaba Galileo Galilei —dijo.
Kohler alzó la vista.
¿Galileo?
Sí, Galileo era un Illuminatus, y también un católico devoto. Intentó suavizar la posición de la Iglesia sobre la ciencia cuando pro­clamó que la ciencia no socavaba la existencia de Dios, sino que, an­tes al contrario, la reafirmaba. En una ocasión, escribió que, cuando miraba por su telescopio los planetas, oía la voz de Dios en la música de las esferas. Sostenía que la ciencia y la religión no eran enemigas, sino aliadas: dos idiomas diferentes que contaban la misma historia, una historia de simetría y equilibrio... Cielo e infierno, noche y día, calor y frío, Dios y Satán. Tanto la ciencia como la religión se regoci­jaban en la simetría de Dios..., la pugna constante entre luz y oscuri­dad.
Langdon hizo una pausa, y pateó el suelo para calentar los pies.
Kohler se limitó a mirarle.
Por desgracia —añadió Langdon—, la unificación de la cien­cia y la religión era algo que la Iglesia no deseaba.
Claro que no —interrumpió Kohler—. La unificación habría acabado con la pretensión de la Iglesia de que era el único vehículo mediante el cual el hombre podía comprender a Dios. En consecuen­cia, la Iglesia juzgó por herejía a Galileo, le declaró culpable y le puso bajo arresto domiciliario permanente. Conozco muy bien la historia de la ciencia, señor Langdon. Pero esto sucedió hace siglos. ¿Cuál es la relación de este episodio con Leonardo Vetra?
La pregunta del millón. Langdon fue al grano.
La detención de Galileo trastornó a los Illuminati. Se come­tieron equivocaciones, y la Iglesia descubrió la identidad de cuatro miembros, a los que capturaron e interrogaron. Pero los cuatro cien­tíficos no revelaron nada... ni siquiera bajo tortura.
¿Tortura?
Langdon asintió.
Los marcaron a fuego. En el pecho. Con el símbolo de la cruz.
Kohler abrió los ojos desmesuradamente, y dirigió una mirada inquieta al cadáver de Vetra.
Luego, los científicos fueron brutalmente asesinados, y sus ca­dáveres abandonados en las calles de Roma, como advertencia a los que pensaban unirse a los Illuminati. Debido al acoso de la Iglesia, los restantes Illuminati huyeron de Italia.
Langdon hizo una pausa. Miró los ojos muertos de Kohler.
Los Illuminati pasaron a la clandestinidad, donde empezaron a mezclarse con otros grupos de refugiados que huían de las purgas católicas: místicos, alquimistas, ocultistas, musulmanes, judíos. Sur­gieron unos nuevos Illuminati. Unos Illuminati más oscuros. Unos Illuminati profundamente anticatólicos. Adquirieron un gran poder, mediante el empleo de misteriosos ritos y un secretismo mortal, y ju­raron que un día se alzarían de nuevo y se vengarían de la Iglesia ca­tólica. Su poder creció hasta el punto de que la Iglesia los consideró la fuerza anticristiana más poderosa de la tierra. El Vaticano tildó a la hermandad de Shaitan.
¿Shaitan?
Es árabe. Significa «adversario»... El adversario de Dios. La Iglesia escogió una palabra árabe porque lo consideraba un idioma sucio. —Langdon vaciló—. Shaitan es la raíz de la palabra... Satanás.
La inquietud se reflejó en el rostro de Kohler.

Langdon habló con voz sepulcral.
Señor Kohler, no sé cómo apareció esta marca en el pecho de este hombre, ni por qué, pero está contemplando el símbolo, desapa­recido hace mucho tiempo, de la secta satánica más antigua y pode­rosa de la tierra.

10

La callejuela era oscura y desierta. El hassassin caminaba a buen paso, y en sus ojos negros se transparentaba la impaciencia. Cuando se acercó a su destino, las palabras de despedida de Jano resonaron en su mente. La fase dos está a punto de empezar. Vaya a descansar.
El hassassin sonrió con presunción. Había estado despierto toda la noche, pero dormir era lo último que tenía en mente. Dormir era para los débiles. Era un guerrero, al igual que sus antepasados, y su pueblo nunca dormía una vez que empezaba la batalla. No cabía duda de que esta batalla acababa de empezar, y le habían concedido el honor de derramar la primera sangre. Le quedaban dos horas para celebrar su gloria antes de empezar a trabajar.
¿Dormir? Hay mejores maneras de relajarse...
Sus antepasados le habían transmitido el apetito por los placeres hedonistas. Sus antepasados se habían deleitado con el hachís, pero él prefería un tipo de gratificación diferente. Se enorgullecía de su cuer­po, una máquina letal bien engrasada que, pese a su herencia, se ne­gaba a contaminarse con narcóticos. Había desarrollado una adicción más nutricia que las drogas, que le brindaba una recompensa mu­cho más sana y satisfactoria.
El hassassin aceleró el paso, cada vez más impaciente. Llegó a una puerta como tantas otras y tocó el timbre. Se abrió una mirilla en la puerta, y dos ojos castaños le estudiaron. Después, la puerta se abrió.
Bienvenido —dijo la elegante mujer. Le guió hasta una sala de
estar, amueblada con gusto y apenas iluminada. El aire estaba im­pregnado de perfume caro e intenso. Le entregó un álbum de foto­grafías—. Cuando se haya decidido, llame al timbre.
La mujer desapareció.
El hassassin sonrió.
Cuando se sentó en el mullido diván y colocó el álbum de fotos sobre su regazo, sintió que su apetito carnal se despertaba. Aunque su pueblo no celebraba la Navidad, imaginó que así debía de sentirse un niño cristiano, sentado ante un montón de regalos, a punto de des­cubrir los prodigios que contenían. Abrió el álbum y examinó las fo­tos. Toda una vida de fantasías sexuales le devolvió la mirada.
Marisa. Una diosa italiana. Fogosa. Una Sofía Loren en joven.
Sachiko. Una geisha japonesa. Flexible como un junco. Experta, sin duda.
Kanara. Una impresionante visión negra. Musculosa. Exótica.
Examinó todo el álbum dos veces y eligió. Apretó un botón de la mesa contigua. Un minuto después, la mujer que le había recibido reapareció. El hombre indicó su selección. Ella sonrió.
Sígame.
Después de pactar las condiciones económicas, la mujer hizo una llamada telefónica en voz baja. Esperó unos minutos, y luego le guió por una escalera de mármol sinuosa hasta un lujoso vestíbulo.
Es la puerta dorada del final —dijo—. Tiene gustos caros.
Pues claro, pensó él. Soy un connaisseur.
El hassassin recorrió el pasillo como una pantera que anticipara una larga comida aplazada. Cuando llegó a la puerta, sonrió para sí. Ya estaba entreabierta... Como para darle la bienvenida. Empujó la hoja, y la puerta se abrió sin ruido.
Cuando vio su elección, supo que había elegido bien. Era justo lo que había solicitado... Desnuda, tumbada sobre la espalda, los brazos atados a los postes de la cama con gruesos cordones de tercio­pelo.
Cruzó la habitación y recorrió con un dedo oscuro el abdomen marfileño. Anoche cometí un asesinato, pensó. Tú eres mi recompensa.

11

¿Satánico? —Kohler se secó la boca y se removió, inquieto—. ¿Esto es el símbolo de una secta satánica?
Langdon paseó por la habitación para entrar en calor.
Los Illuminati eran satanistas, pero no en el sentido moderno.
Langdon se apresuró a explicar que casi todo el mundo imagi­naba a los satanistas como monstruos adoradores del diablo, pero la historia demostraba que eran hombres cultos que se alzaban como adversarios de la Iglesia. Shaitan. Los rumores acerca de prácticas de magia negra y sacrificios de animales y el ritual del pentagrama no eran más que mentiras propagadas por la Iglesia para denostar a sus adversarios. Con el tiempo, los enemigos de la Iglesia, deseosos de emular a los Illuminati, habían empezado a creer en las mentiras y a ponerlas en práctica. Así nació el satanismo moderno.
Kohler le interrumpió con acritud.
Todo eso es historia antigua. Quiero saber cómo ha llegado aquí este símbolo.
Langdon respiró hondo.
Este símbolo fue creado por un artista anónimo del siglo die­ciséis como tributo al amor de Galileo por la simetría, una especie de logotipo sagrado de los Illuminati. La hermandad guardó en secreto el dibujo, se supone que con el propósito de revelarlo sólo cuando hubiera reunido el poder suficiente para resurgir y alcanzar su objeti­vo final.
Kohler parecía inquieto.
¿Este símbolo significa que la hermandad de los Illuminati está resurgiendo?
Langdon frunció el ceño.
Eso sería imposible. Hay un capítulo de la historia de los Illu­minati que todavía no he explicado.
Kohler alzó la voz.
Ilumíneme.
Langdon se frotó las palmas de las manos, y pasó revista mental a los cientos de documentos que había leído o escrito sobre los Illu­minati.
Los Illuminati eran supervivientes —explicó—. Cuando hu­yeron de Roma, atravesaron toda Europa en busca de un lugar segu­ro donde reagruparse. Fueron acogidos por otra sociedad secreta, una hermandad de ricos canteros bávaros llamados francmasones.
Kohler se quedó de una pieza.
¿Los masones?
Langdon asintió, sin sorprenderse de que Kohler hubiera oído hablar del grupo. La hermandad de los masones contaba con más de cinco millones de miembros en todo el mundo, la mitad de ellos resi­dentes en Estados Unidos, y más de un millón en Europa.
Los masones no son satanistas, desde luego —afirmó Kohler en tono escéptico.
Por supuesto que no. Los masones fueron víctimas de su pro­pia bondad. Después de acoger a los científicos huidos en el siglo die­ciocho, los masones se convirtieron sin querer en una tapadera de los Illuminati. Los Illuminati fueron ascendiendo en sus rangos, y poco a poco fueron copando puestos de poder en las logias. Restablecieron con discreción su hermandad científica en el seno de los masones, una especie de sociedad secreta dentro de una sociedad secreta. Des­pués, los Illuminati utilizaron los contactos a escala mundial de las logias masónicas para extender su influencia.
Langdon respiró hondo antes de continuar.
El exterminio del catolicismo era el objetivo principal de los Illuminati. La hermandad sostenía que el dogma supersticioso vomi­tado por la Iglesia era el mayor enemigo de la humanidad. Temían que si la religión seguía propugnando el mito piadoso como un hecho incontrovertible, el progreso científico se paralizaría, y la humanidad sería condenada a un futuro ignorante de guerras santas absurdas.
Como vemos hoy tan a menudo.
Langdon frunció el ceño. Kohler tenía razón. Las guerras santas seguían ocupando los titulares de los periódicos. Mi Dios es mejor que el tuyo. Daba la impresión de que siempre existía una estrecha corre­lación entre los verdaderos creyentes y las cifras elevadas de cadá­veres.
Continúe —dijo Kohler.
Langdon ordenó sus ideas y siguió.
Los Illuminati adquirieron más poder en Europa y se impu­sieron como objetivo Estados Unidos, un gobierno bisoño muchos de cuyos líderes eran masones, George Washington, Ben Franklin, hom­bres honrados y temerosos de Dios que desconocían la existencia de los Illuminati en el seno de los masones. Los Illuminati se aprovecha­ron de la infiltración y contribuyeron a fundar bancos, universidades e industrias para financiar su objetivo final. —Langdon hizo una pau­sa—. La creación de un solo Estado mundial unificado, una especie de Nuevo Orden Mundial seglar.
Kohler no se movió.
Un Nuevo Orden Mundial —repitió Langdon—, basado en el esclarecimiento científico. Lo llamaron Doctrina Luciferina. La Igle­sia insistió en que Lucifer era una referencia al demonio, pero la her­mandad afirmó que había que entender Lucifer en su significado la­tino literal: el que trae la luz. O Iluminador.
Kohler suspiró, y su voz adoptó un tono solemne.
Haga el favor de sentarse, señor Langdon.
Langdon se acomodó vacilante en una silla cubierta de escarcha.
Kohler acercó su silla de ruedas.
No estoy seguro de entender todo lo que acaba de decir, pero sí entiendo esto. Leonardo Vetra era uno de los elementos más valio­sos del CERN. También era un amigo. Necesito que me ayude a loca­lizar a los Illuminati.
Langdon no supo cómo contestar.
¿Localizar a los Illuminati? —Está bromeando, ¿verdad?—. Me temo, señor, que eso va a ser imposible.
Kohler arrugó el entrecejo.
¿Qué quiere decir? No pretenderá...
Señor Kohler. —Langdon se inclinó hacia su anfitrión, sin sa­ber cómo hacerle entender lo que iba a decir—. No he terminado mi historia. Pese a las apariencias, es muy improbable que esta marca fuera hecha por los Illuminati. No existen pruebas de su existencia desde hace más de medio siglo, y la mayoría de eruditos coincide en que los Illuminati se extinguieron hace muchos años.
Las palabras de Langdon se estrellaron contra un silencio mo­mentáneo. Kohler le miró entre la niebla con una expresión a medio camino entre estupefacción y furia.
¿Cómo diantres puede decirme que este grupo está extinto, cuando su emblema está grabado en el pecho de este hombre?
Langdon llevaba formulándose la misma pregunta durante toda la mañana. La aparición del ambigrama de los Illuminati era sorpren­dente. Los expertos en simbología del mundo entero se quedarían perplejos. No obstante, el erudito que era Langdon comprendía que la reaparición de la marca no demostraba nada acerca de los Illumi­nati.
Los símbolos no confirman la presencia de sus creadores ori­ginales —contestó.
¿Qué quiere decir?
Quiero decir que cuando doctrinas organizadas como la de los Illuminati dejan de existir, sus símbolos permanecen, de forma que otros grupos los pueden adoptar. Se llama transferencia. Es muy común en simbología. Los nazis tomaron la esvástica de los hindúes, los cristianos adoptaron la cruz de los egipcios, los...
Esta mañana —le desafió Kohler—, cuando tecleé la palabra «Illuminati» en el ordenador, encontré miles de referencias actuales. Por lo visto, un montón de gente cree todavía que este grupo sigue activo.
Devotos de las conspiraciones —contestó Langdon.
Siempre le habían irritado la multitud de teorías conspirativas que circulaban en la moderna cultura pop. Los medios de comunica­ción anhelaban titulares apocalípticos, y autoproclamados «especia­listas en cultos» conseguían suculentos ingresos gracias a la histeria del milenio, inventando historias acerca de que los Illuminati estaban vivos y organizando su Nuevo Orden Mundial. Hacía poco, el New York Times había publicado un reportaje sobre los misteriosos lazos masónicos de incontables personajes famosos: sir Arthur Conan Doyle, el duque de Kent, Peter Sellers, Irving Berlin, el príncipe Felipe de Edimburgo, Louis Armstrong, así como una galería de industriales y magnates de la banca actuales bien conocidos.
Kohler señaló airado el cadáver de Vetra.
Considerando las pruebas, yo diría que tal vez los devotos de las conspiraciones tienen razón.
Soy consciente de adónde apuntan las apariencias —dijo Langdon con la mayor diplomacia posible—. No obstante, una ex­plicación mucho más plausible es que otra organización se haya apro­piado del emblema de los Iluminati y lo está utilizando para alcanzar sus designios.
¿Qué designios? ¿Qué demuestra este asesinato?
Buena pregunta, pensó Langdon. A él también le costaba imagi­nar de dónde habrían podido sacar el emblema de los Illuminati des­pués de cuatrocientos años.
Sólo puedo decirle que, aunque los Iluminati siguieran en ac­tivo hoy, cosa que me parece imposible, no estarían implicados en la muerte de Leonardo Vetra.
¿No?
No. Puede que los Iluminati creyeran en la abolición de la cristiandad, pero adquirieron su poder mediante herramientas políti­cas y económicas, no con actos terroristas. Además, los Iluminati po­seían un estricto código de moralidad en lo tocante a sus enemigos. Tenían en suma consideración a los hombres de ciencia. No habrían asesinado a un hermano científico como Leonardo Vetra.
Kohler le lanzó una mirada gélida.
Tal vez he olvidado mencionar que Leonardo Vetra era un científico fuera de lo común.
Langdon exhaló un suspiro.
Señor Kohler, estoy seguro de que Leonardo Vetra era bri­llante en muchos sentidos, pero es un hecho irrefutable que...
Kohler dio media vuelta a su silla de ruedas sin previo aviso y sa-
lió como una flecha de la sala de estar, dejando una estela de niebla remolineante cuando se alejó por el pasillo.
Por el amor de Dios, gruñó Langdon. Le siguió. Kohler le estaba esperando en un pequeño hueco situado al final del pasillo.
Esto es el estudio de Leonardo —dijo Kohler, y señaló la puer­ta deslizante—. Quizá cuando lo vea enfocará la situación desde una perspectiva muy diferente.
Kohler abrió la puerta con un gruñido.
Langdon echó un vistazo al estudio y notó al instante que se le erizaba el vello. Santa Madre de Dios, se dijo.

12

En otro país, un joven guardia estaba sentado pacientemente ante una extensa hilera de monitores de vídeo. Miraba las imágenes que destellaban ante él, tomas en directo de cientos de cámaras de vídeo inalámbricas que rodeaban el complejo. Las imágenes no cesaban de desfilar.
Un pasillo ornamentado.
Un despacho privado.
Una cocina de tamaño industrial.
Mientras desfilaban las imágenes, el guardia se abstuvo de fanta­sear. Estaba llegando al final de su turno, pero aún seguía vigilante. El servicio era un honor. Algún día, le concederían la recompensa defi­nitiva.
Una imagen captó toda su atención. Con un movimiento reflejo que consiguió sobresaltarle incluso a él, extendió la mano y oprimió un botón del panel de control. La imagen se congeló.
Hecho un manojo de nervios, se inclinó hacía la pantalla para ver mejor. La lectura del monitor le dijo que la imagen estaba siendo transmitida desde la cámara 86, una cámara que debía estar vigilando un pasillo.
Pero la imagen que tenía ante él no era la de un pasillo.

13

Langdon contempló con perplejidad el estudio.
¿Qué es este lugar?
Pese a la agradable ráfaga de aire caliente en la cara, atravesó el umbral con nerviosismo.
Kohler no dijo nada y siguió a Langdon.
Langdon examinó la habitación, sin saber qué deducir de lo que veía. Contenía la mezcla de objetos más peculiar que había visto en su vida. En la pared del fondo, dominando el decorado, había un enor­me crucifijo de madera, que Langdon atribuyó a la España del si­glo XIV. Sobre el crucifijo, suspendido del techo, vio un móvil metáli­co de planetas en órbita. A la derecha había un óleo de la Virgen María, y al lado una lámina con la tabla periódica de los elementos. En la pared lateral, otros dos crucifijos de latón flanqueaban un car­tel de Albert Einstein, con su famosa cita DIOS NO JUEGA A LOS DADOS CON EL UNIVERSO.
Langdon siguió avanzando, y miró a su alrededor con estupor. Una Biblia encuadernada en piel descansaba sobre el escritorio de Vetra, junto a un modelo de Bohr en plástico de un átomo y una ré­plica en miniatura del Moisés de Miguel Ángel.
Toma eclecticismo, pensó Langdon. El calor le sentaba bien, pero algo en el decorado le provocó nuevos escalofríos. Experimentó la sensación de estar presenciando la colisión de dos titanes de la filoso­fía, la coexistencia inquietante de fuerzas opuestas. Examinó los títu­los de la librería:
La partícula de Dios
El tao de la física
Dios: la prueba
Había una cita grabada en un sujetalibros:
LA VERDADERA CIENCIA DESCUBRE A DIOS
ESPERANDO DETRÁS DE CADA PUERTA.
PAPA PÍO XII
Leonardo era un sacerdote católico —dijo Kohler.
Langdon se volvió.
¿Un sacerdote? ¿No dijo que era físico?
Ambas cosas. La combinación de científico y religioso abunda en la historia. Leonardo era un ejemplo. Consideraba a la física «la ley natural de Dios». Afirmaba que la caligrafía de Dios era visible en el
orden natural que nos rodea. Mediante la ciencia, aspiraba a demos­trar la existencia de Dios a las masas dubitativas. Se consideraba un teofísico.
¿Teofísico? Langdon pensó que era un oxímoron imposible.
En los últimos tiempos, el campo de la física de partículas ha hecho descubrimientos sorprendentes, descubrimientos de implica­ciones muy espirituales. Leonardo fue responsable de muchos de ellos.
Langdon estudió al director del CERN, mientras intentaba asi­milar todavía el peculiar entorno.
¿Espiritualidad y física?
Langdon había pasado su carrera estudiando historia de las reli­giones, y si existía un tema recurrente, era que la ciencia y la religión habían sido como agua y aceite desde el primer día... Archienemigas, no miscibles.
Vetra caminaba en el filo de la física de partículas —dijo Koh­ler—. Estaba empezando a fundir ciencia y religión, demostrando que se complementaban de formas insospechadas. Llamaba a este campo Nueva Física.
Kohler sacó un libro de una estantería y se lo dio a Langdon.

Langdon estudió la portada. Dios, milagros y la Nueva Física, por Leonardo Vetra.
El campo es pequeño —dijo Kohler—, pero está aportando respuestas nuevas a preguntas viejas, preguntas sobre el origen del universo y las fuerzas que nos sojuzgan. Leonardo creía que su inves­tigación poseía el potencial de convertir a millones de personas a una vida más espiritual. El año pasado, demostró de manera categórica la existencia de una energía que nos une a todos. Demostró que todos estamos conectados físicamente, que las moléculas de su cuerpo están entrelazadas con las moléculas del mío, que una sola fuerza actúa en el interior de todos nosotros...
Langdon se sintió desconcertado. Y el poder de Dios nos unirá. —¿El señor Vetra descubrió una forma de demostrar que las partículas están conectadas?
Pruebas concluyentes. Un reciente artículo del Scientific Ame­rican saludaba a la Nueva Física como un camino más seguro que la religión para llegar a Dios.
El comentario surtió efecto. Langdon se encontró de repente pensando en los antirreligiosos Illuminati. A regañadientes, se permi­tió una momentánea incursión intelectual en el terreno de lo imposi­ble. Si los Illuminati seguían en activo, ¿habrían asesinado a Leonar­do para impedir que predicara su mensaje religioso a las masas? Langdon desechó la idea. ¡Absurdo! ¡Los Illuminati son historia anti­gua!. ¡Todos los estudiosos lo saben!
Vetra se había granjeado muchas enemistades en el mundo científico —continuó Kohler—. Muchos científicos puristas le des­preciaban. Incluso aquí, en el CERN. Creían que utilizar física analí­tica para apoyar principios religiosos era una traición a la ciencia.
Pero ¿no están los científicos de hoy algo menos a la defensi­va con la Iglesia?
Kohler emitió un gruñido de desagrado.
¿Usted cree? Puede que la Iglesia ya no queme científicos en la pira, pero si cree que han aflojado su presa sobre la ciencia, pre­gúntese por qué la mitad de los colegios de su país no pueden ense­ñar la evolución. Pregúntese por qué la Coalición Cristiana nortea­mericana es la organización más influyente contra el progreso científico en el mundo. La batalla entre la ciencia y la religión todavía prosigue, señor Langdon. Se ha trasladado de los campos de batalla a las salas de juntas, pero aún se halla en pleno apogeo.
Langdon comprendió que Kohler tenía razón. Hacía apenas una semana que los estudiantes y profesores de la Facultad de Teología de Harvard se habían manifestado ante el edificio de la Facultad de Bio­logía, en protesta por los experimentos de ingeniería genética que te­nían lugar en el programa de licenciatura. El presidente del Departa­mento de Biología, el famoso ornitólogo Richard Aaronian, defendió su plan de estudios colgando una gigantesca pancarta de la ventana de su despacho. La pancarta plasmaba al «pez» cristiano modificado con cuatro piececitos, un tributo, afirmó Aaronian, a la evolución de los dipnoos africanos. Bajo el pez, en lugar de la palabra «Jesús» se leía «¡DARWIN!»
Se oyó un pitido penetrante, y Langdon alzó la vista. Kohler re­buscó en la colección de aparatos electrónicos de la silla de ruedas. Sacó un beeper de su funda y leyó el mensaje enviado.
Bien. Es la hija de Leonardo. La señorita Vetra está a punto de llegar al helipuerto. La iremos a recibir. Considero más conveniente que no vea a su padre de esta manera.
Langdon se mostró de acuerdo. Se llevaría una impresión que ningún hijo merecía.
Pediré a la señorita Vetra que explique el proyecto en el que ella y su padre estaban trabajando... Tal vez arrojará luz sobre el mó­vil del asesinato.
¿Cree que el trabajo de Vetra fue la causa de que le mataran?
Es muy posible. Leonardo me dijo que estaba trabajando en algo trascendental. Es lo único que adelantó. Se mostraba muy reser­vado sobre el proyecto. Tenía un laboratorio privado y exigió que res­petaran su aislamiento, cosa que le concedí de buen grado debido a su brillantez. En los últimos tiempos, su trabajo estaba consumiendo ingentes cantidades de energía eléctrica, pero me abstuve de interro­garle. —Kohler giró hacia la puerta del estudio—. No obstante, tiene que saber algo más antes de salir de este apartamento.
Langdon no estaba seguro de querer oírlo.
El asesino robó un objeto de Vetra.
¿Un objeto?
Sígame.
El director propulsó la silla de ruedas hacia la sala de estar. Langdon le siguió, sin saber qué esperar. Kohler se detuvo a escasos centímetros del cadáver de Vetra. Indicó con un gesto a Langdon que se acercara. Langdon obedeció de mala gana, y sintió que la bilis se le subía a la garganta cuando percibió el olor de la orina congelada de la víctima.
Mire su cara —dijo Kohler.
¿Que mire su cara? Langdon frunció el ceño. ¿No me has dicho que habían robado algo?
Langdon se arrodilló, vacilante. Intentó ver la cara de Vetra, pero la cabeza estaba girada en un ángulo de ciento ochenta grados hacia atrás, con el rostro apretado contra la alfombra.
Kohler, pese a las dificultades de movilidad, logró inclinarse y giró con cuidado la cabeza congelada de Vetra. Con un crujido audi­ble, la cara del cadáver, deformada en una mueca de dolor, quedó vi­sible. Kohler la inmovilizó así un momento.
¡Santo Dios! —exclamó Langdon, que retrocedió dando tumbos. El rostro de Vetra estaba cubierto de sangre. Un solo ojo co­lor avellana le miraba. La otra cavidad estaba acuchillada y vacía.
»¿Le arrancaron el ojo?

14

Langdon salió del Edificio C y respiró aire puro dando gracias por haber abandonado el piso de Vetra. El sol ayudó a disipar la imagen de la cuenca ocular vacía, grabada a fuego en su mente.
Sígame, por favor —dijo Kohler, subiendo por un sendero empinado. Daba la impresión de que la silla de ruedas se desplazaba sin el menor esfuerzo—. La señorita Vetra llegará de un momento a otro.
Langdon corrió para alcanzarle.
Bien —dijo Kohler—, ¿todavía duda de que los Illuminati es­tán implicados?
Langdon ya no sabía qué pensar. Las teorías religiosas de Vetra eran muy inquietantes, pero se resistía a desprenderse de todas las pruebas científicas que había investigado en su vida. Además, estaba el ojo...
Todavía sostengo —dijo Langdon, con más energía de la que pretendía— que los Illuminati no son responsables de este asesinato. El ojo desaparecido es la prueba.
¿Cómo?
Los Illuminati no practican la mutilación aleatoria —explicó Langdon—. Los especialistas en cultos achacan la mutilación aleato­ria a sectas marginales carentes de experiencia, fanáticos que come­ten actos fortuitos de terrorismo, pero los Illuminati han sido siempre más metódicos.
¿Metódicos? ¿Extraer el ojo de alguien no es metódico?
No envía un mensaje claro. No sirve a un propósito más elevado.
La silla de ruedas de Kohler se detuvo de repente en lo alto de la colina. Se volvió.
Créame, señor Langdon, ese ojo desaparecido sirve a un pro­pósito más elevado..., mucho más elevado.
Mientras los dos hombres cruzaban la colina, el zumbido del heli­cóptero se oyó hacia el oeste, y vieron que viraba en su dirección. Se inclinó con brusquedad, aminoró la velocidad y se posó sobre una he-lipista pintada en la hierba.
Langdon miraba como sin ver, y su cabeza daba vueltas como las hélices del aparato, mientras se preguntaba si una noche de sueño re­parador contribuiría a paliar su desorientación. De todos modos, lo dudaba.
Cuando los patines tocaron el suelo, un piloto saltó a tierra y em­pezó a descargar. Había de todo, bolsos marineros, bolsas impermea­bles de vinilo, botellas de submarinismo y cajas de lo que parecía ser un equipo de buceo de alta tecnología.
Langdon estaba confuso.
¿Es ése el instrumental de la señorita Vetra? —gritó a Kohler por encima del ruido de los motores.
Kohler asintió.
Estaba llevando a cabo investigaciones biológicas en las islas Baleares —gritó a su vez Kohler.
¿No había dicho que era física?
Y lo es. Estudia la interacción de los sistemas vivos. Su traba­jo se halla íntimamente ligado al de su padre en física de partículas. Hace poco refutó una de las teorías fundamentales de Einstein, utili­zando cámaras sincronizadas atómicamente para observar un banco de atunes.
Langdon escrutó la cara de su anfitrión en busca de algún rastro de humor. ¿Einstein y atunes? Empezaba a preguntarse si el avión es­pacial X-33 le había depositado por error en otro planeta.
Un momento después, Vittoria Vetra descendió del helicóptero. Robert Langdon comprendió que el día iba a depararle incontables
sorpresas. Vittoria Vetra, en pantalones cortos caqui y top blanco sin mangas, no se parecía en nada a la científica estudiosa que había ima­ginado. Flexible y graciosa, era alta, de piel color castaño y pelo ne­gro largo, que revolvía la ventolera causada por las palas de las héli­ces. Tenía un rostro típicamente italiano, no de una belleza avasalladora, pero sí de facciones terrenales que, incluso desde doce metros de distancia, parecían proyectar una sensualidad a flor de piel. Cuando las corrientes de aire azotaron su cuerpo, las ropas se pega­ron a sus formas, revelando el esbelto torso y unos pechos pequeños.
La señorita Vetra es una mujer de una energía personal tre­menda —dijo Kohler, como si intuyera la fascinación de Langdon—. Pasa meses seguidos trabajando en sistemas ecológicos peligrosos. Es una estricta vegetariana y la gurú residente en el CERN de hatha yoga.
¿Hatha yoga?, pensó Langdon. El antiguo arte budista de la me­ditación parecía una disciplina poco apropiada para la hija científica de un sacerdote católico.
Langdon contempló a Vittoria mientras se acercaba. Era eviden­te que había estado llorando, y sus ojos de un negro profundo esta­ban invadidos de unos sentimientos que Langdon fue incapaz de identificar. De todos modos, avanzaba hacia él con decisión y energía. Sus extremidades eran fuertes y tonificadas, e irradiaban la saludable luminiscencia de la carne mediterránea que había disfrutado de lar­gas horas al sol.
Vittoria —dijo Kohler cuando estuvo cerca—. Mi más sentido pésame. Es una terrible pérdida para la ciencia... y para todos los que trabajamos en el CERN.
Vittoria asintió, agradecida. Cuando habló, lo hizo en voz baja y ronca, con fuerte acento.
¿Ya saben quién ha sido el responsable?
Estamos trabajando en ello.
Se volvió hacia Langdon y extendió una mano esbelta.
Me llamo Vittoria Vetra. Supongo que es usted de la Interpol, ¿no?
Langdon estrechó su mano, fascinado por la profundidad de su mirada lacrimosa.

Robert Langdon.
No sabía muy bien qué más decir.
El señor Langdon no es policía —explicó Kohler—. Es un es­pecialista de Estados Unidos. Ha venido para ayudarnos a descubrir al responsable de esta situación.
Vittoria compuso una expresión de perplejidad.
¿Y la policía?
Kohler exhaló un suspiro, pero no dijo nada.
¿Dónde está el cuerpo? —preguntó la joven.
Se están ocupando de él.
La descarada mentira sorprendió a Langdon.
Quiero verle —dijo Vittoria.
Vittoria —la apremió Kohler—, tu padre fue brutalmente ase­sinado. Sería mejor que le recordaras tal como era.
Vittoria empezó a hablar, pero la interrumpieron.
¡Eh, Vittoria! —llamaron varias voces desde lejos—. ¡Bienve­nida a casa!
Se volvió. Un grupo de científicos que pasaba cerca del heli­puerto la saludó con alegría.
¿Has refutado alguna teoría más de Einstein? —gritó uno.
¡Tu padre estará orgulloso de ti! —añadió otro.
Vittoria miró a los hombres, confusa. Después, se volvió hacia Kohler.
¿Nadie lo sabe aún?
Decidí que la discreción era fundamental.
¿No ha dicho al personal que mi padre había sido asesinado?
Su tono de sorpresa se tiñó de ira.
Tal vez olvidas, Vittoria —replicó Kohler con dureza—, que en cuanto informe del asesinato de tu padre se abrirá una investiga­ción en el CERN. Incluyendo un registro minucioso de su laborato­rio. Siempre he intentado respetar la privacidad de tu padre. Sólo me contó dos cosas sobre vuestro proyecto actual. Una, que existe la po­sibilidad de que aporte al CERN millones de francos en contratos du­rante la siguiente década. Y dos, que aún no es el momento para dar­lo a conocer al público debido a su tecnología, todavía peligrosa. Considerando estos dos hechos, prefiero que ningún extraño fisgo-nee en su laboratorio, para o bien robar su trabajo, o morir en el ín­terin y poner en peligro al CERN. ¿Me he expresado con claridad?
Vittoria le miró sin decir nada. Langdon intuyó que respetaba y aceptaba a regañadientes la lógica de Kohler.
Antes de informar a las autoridades —dijo Kohler—, he de saber en qué estabais trabajando vosotros dos. Has de llevarnos a vuestro laboratorio.
El laboratorio carece de importancia —dijo Vittoria—. Nadie sabía lo que estábamos haciendo mi padre y yo. El experimento no puede estar relacionado con el asesinato de mi padre.
Kohler exhaló un suspiro.
Las pruebas sugieren lo contrario.
¿Las pruebas? ¿Qué pruebas?
Langdon se estaba preguntando lo mismo.
Kohler se secó la boca de nuevo.
Tendrás que confiar en mí.
Estaba claro, a juzgar por la mirada encendida de Vittoria, que no iba a hacerlo.

15

Langdon caminó en silencio detrás de Vittoria y Kohler en dirección al atrio principal, donde había empezado su peculiar visita. Las pier­nas de Vittoria avanzaban con ágil eficacia, como un buceador de alto nivel, con una potencia, supuso Langdon, nacida de la flexibilidad y el control del yoga. Oyó que respiraba lenta y deliberadamente, como si intentara filtrar su dolor.
Langdon deseaba decirle algo, ofrecerle su compasión. Él tam­bién había experimentado en una ocasión el brusco vacío de perder a un padre de manera inesperada. Recordaba el funeral, lluvioso y gris. Dos días después de cumplir doce años, la casa se llenó de hombres con trajes grises de la oficina, hombres que estrecharon su mano con excesiva fuerza. Todos murmuraron palabras como cardíaco y estrés. Su madre bromeó entre lágrimas que siempre había podido seguir la marcha de la Bolsa sujetando la mano de su padre. El pulso era su cinta de teleimpresor particular.
Una vez, cuando su progenitor vivía, Langdon había oído a su madre suplicar a su padre que «se parara a oler las rosas». Aquel año, Langdon regaló a su padre por Navidad una diminuta rosa de cristal soplado. Era el objeto más bello que Langdon había visto nunca. Cuando el sol daba en ella, arrojaba un arco iris de colores sobre la pared. «Es muy bonita», había dicho su padre cuando abrió el pa­quete, y le dio un beso en la frente. «Vamos a buscarle un sitio donde no pueda romperse.» Entonces, su padre la depositó con sumo cui­dado en una estantería elevada del rincón más oscuro de la sala de estar. Unos días después, Langdon se hizo con un taburete, recuperó la rosa y la devolvió a la tienda. Su padre nunca reparó en su desapari­ción.
El timbre de un ascensor devolvió a Langdon a la realidad. Vit-toria y Kohler, que le precedían, estaban a punto de entrar en él. Langdon vaciló ante las puertas abiertas.
¿Pasa algo? —preguntó Kohler, más impaciente que preocu­pado.
En absoluto —dijo Langdon, y se obligó a entrar en la estre­cha cabina. Sólo utilizaba ascensores cuando era absolutamente ne­cesario. Prefería los espacios abiertos de las escaleras.
El laboratorio de la doctora Vetra es subterráneo —explicó Kohler.
Maravilloso, pensó Langdon cuando entró, y sintió una corrien­te de aire frío procedente del hueco del ascensor. Las puertas se ce­rraron, y la cabina empezó a descender.
Seis pisos —anunció Kohler como en un alarde de precisión.
Langdon imaginó la oscuridad del hueco desierto. Intentó alejar la imagen contemplando los números que iban cambiando a medida que bajaban pisos. El ascensor sólo mostraba dos paradas. PLANTA BAJA y LHC.
¿Qué quiere decir LHC? —preguntó, procurando disimular su nerviosismo.
Large Hadron Collider —dijo Kohler—. Un acelerador de partículas.
¿Un acelerador de partículas? El término le resultaba vagamente familiar. Lo había oído por primera vez en una cena con unos colegas en Dunster House, en Cambridge. Un amigo físico, Bob Brownell, había llegado a cenar un noche hecho una furia.
¡Esos bastardos lo han cancelado! —maldijo.
¿Cancelado qué? —preguntaron todos.
¡El SSC!
¿Cómo?
¡El Superconducting Super Collider!
Alguien se encogió de hombros.
No sabía que Harvard estaba construyendo uno.
¡No es Harvard! —exclamó—. ¡Estados Unidos! ¡Iba a ser el acelerador de partículas más potente del mundo! ¡Uno de los pro­yectos científicos más importantes del siglo! ¡Dos mil millones de dó­lares invertidos, y el Senado rechaza el proyecto! ¡Malditos sean los lobbies de los grupos fundamentalistas cristianos!
Cuando Brownell se calmó por fin, explicó que un acelerador de partículas era un tubo ancho y circular en el que se aceleraban partí­culas subatómicas. Imanes situados en el tubo se conectaban y desco­nectaban en rápida sucesión para «empujar» partículas de un lado a otro, hasta que alcanzaban velocidades tremendas. Las partículas aceleradas al máximo daban vueltas al tubo a una velocidad superior a los doscientos ochenta mil kilómetros por segundo.
Pero eso es casi la velocidad de la luz —exclamó uno de los profesores.
Muy cierto —dijo Brownell. Explicó que al acelerar dos partí­culas en direcciones opuestas en el tubo, para luego hacerlas colisio-nar, los científicos podían romper las partículas en sus partes consti­tuyentes y echar un vistazo a los componentes fundamentales de la naturaleza—. Los aceleradores de partículas —declaró Brownell— son cruciales para el futuro de la ciencia. Conseguir que las partículas colisionen es la clave para comprender los patrones de construcción del universo.
El Poeta Residente de Harvard, un hombre silencioso llamado Charles Pratt, no pareció impresionado.
A mí me parece un abordaje de la ciencia propio de los nean-dertales —dijo—, algo así como destrozar relojes para saber cómo es su mecanismo interno.
Brownell dejó caer su tenedor y salió de la sala como una exha­lación.
¿Así que el CERN tiene un acelerador de partículas?, pensó Langdon, mientras el ascensor bajaba. Un tubo circular para romper partículas. Se preguntó por qué lo habían sepultado bajo tierra.
Cuando el ascensor paró, se sintió aliviado de tener tierra firme bajo los pies, pero cuando las puertas se abrieron, su alivio se evapo-ró. Robert Langdon se encontró de nuevo ante un mundo totalmen­te desconocido.
El pasadizo se alejaba hasta perderse de vista en ambas direccio­nes, a izquierda y derecha. Era un túnel de cemento liso, lo bastante ancho para permitir el paso de un camión de dieciocho ruedas. El pa­sillo, muy bien iluminado en el punto donde se encontraban, estaba muy oscuro más adelante. Un viento húmedo surgía de la oscuridad, un recordatorio inquietante de que se hallaban en las entrañas de la tierra. Langdon casi podía sentir el peso de la tierra y la piedra sobre su cabeza. Por un momento, volvió a tener nueve años... y la oscuri­dad le obligaba a retroceder... a las cinco horas de aplastante negru­ra que todavía le atormentaban. Cerró los puños y luchó por sobre­ponerse.
Vittoria continuó en silencio cuando salieron del ascensor y se adentró en la oscuridad sin la menor vacilación. Los fluorescentes del techo se iban encendiendo a su paso. El efecto era inquietante, pensó Langdon, como si el túnel estuviera vivo... y se anticipara a sus mo­vimientos. Langdon y Kohler la siguieron a una prudente distancia. Las luces se iban apagando de forma automática a sus espaldas.
Este acelerador de partículas —dijo Langdon en voz baja—, ¿está en este túnel?
Está allí.
Kohler indicó a la izquierda, donde un tubo de cromo pulido co­rría a lo largo de la pared interna del túnel.
Langdon miró el tubo, confuso.
¿Eso es el acelerador? —El aparato no se parecía a nada que hubiera imaginado. Era perfectamente recto, de unos noventa centí­metros de diámetro, y se extendía a todo lo largo del túnel hasta de­saparecer en la oscuridad. Recuerda más a una alcantarilla de alta tec­nología, pensó Langdon—. Creía que los aceleradores de partículas eran circulares.
Este acelerador es un círculo —dijo Kohler—. Parece recto, pero se trata de una ilusión óptica. La circunferencia de este túnel es tan grande que la curva es imperceptible... como la de la Tierra.
Langdon se quedó estupefacto. ¿Esto es un círculo?
Pero... ¡debe de ser enorme!
El LHC es la máquina más grande de la tierra.
Langdon recordó que el chófer del CERN había hablado de una máquina enorme sepultada bajo tierra. Pero...
Tiene más de ocho kilómetros de diámetro... y veintisiete ki­lómetros de largo.
Langdon volvió la cabeza al instante.
¿Veintisiete kilómetros? —Miró al director, y luego escudriñó de nuevo el túnel oscuro que se extendía ante él—. ¿Este túnel mide veintisiete kilómetros de largo? Eso es más de... ¡dieciséis millas!
Kohler asintió.
Forma un círculo perfecto. Se adentra en Francia y luego vuel­ve hacia aquí. Las partículas aceleradas al máximo dan la vuelta al tubo más de diez mil veces en un solo segundo antes de colisionar.
Langdon sintió que las piernas le fallaban.
¿Me está diciendo que el CERN excavó millones de toneladas de tierra sólo para fraccionar partículas diminutas?
Kohler se encogió de hombros.
A veces, para encontrar la verdad, hay que mover montañas.

16

A cientos de kilómetros del CERN, una voz surgió de un walkie-talkie.
Ya estoy en el pasillo.
El técnico que vigilaba las pantallas de vídeo oprimió el botón de su transmisor.
Estás buscando la cámara ochenta y seis. Se supone que está al fondo de todo.
Se hizo un largo silencio en la radio. El técnico empezó a sudar. Por fin, la radio cobró vida de nuevo.
La cámara no está aquí —dijo la voz—. Pero veo dónde esta­ba montada. Alguien se la ha llevado.
El técnico exhaló aire ruidosamente.
Gracias. Espera un segundo, por favor.
Suspiró y dedicó de nuevo su atención a la hilera de pantallas de vídeo que tenía delante. Enormes partes del complejo estaban abier­tas al público, y ya habían desaparecido cámaras inalámbricas en oca­siones anteriores, robadas por visitantes bromistas que querían lle­varse un recuerdo. Pero en cuanto la cámara abandonaba la instalación y estaba fuera de alcance, la señal se perdía, y la pantalla se quedaba en blanco. Perplejo, el técnico miró el monitor. Una ima­gen clara seguía llegando de la cámara 86.
Si han robado la cámara, se preguntó, ¿por qué seguimos recibien­do señal? Sabía que sólo existía una explicación, por supuesto. La cá­mara seguía dentro del complejo, y alguien la había movido de sitio. Pero ¿quién? ¿Y por qué?
Estudió el monitor durante un largo momento. Por fin, levantó su walkie-talkie.
¿Hay armarios en esa escalera? ¿Aparadores o gabinetes?
La voz que contestó parecía confusa.
No. ¿Por qué?
El técnico frunció el ceño.
Da igual. Gracias por tu ayuda.
Cerró el walkie-talkie y se humedeció los labios.
Teniendo en cuenta el pequeño tamaño de la cámara de vídeo y el hecho de que era inalámbrica, el técnico sabía que la cámara 86 podía transmitir desde cualquier lugar dentro del recinto, fuertemente vigila­do, un conjunto de treinta y dos edificios diferentes que abarcaban un radio de un kilómetro. La única pista consistía en que, al parecer, ha­bían emplazado la cámara en un lugar a oscuras. Eso tampoco servía de mucho, por supuesto. El complejo albergaba incontables lugares oscuros: cuartos de mantenimiento, conductos de calefacción, cober­tizos de jardinería, guardarropas, incluso un laberinto de túneles sub­terráneos. Podían tardar semanas en localizar la cámara 86.
Pero ése es el menor de mis problemas, pensó.
Pese al dilema planteado por la desaparición de la cámara, había otro problema aún más inquietante. El técnico miró la imagen que es­taba transmitiendo la cámara perdida. Era un objeto inmóvil. Un apa­rato de aspecto moderno, que no se parecía a nada que el técnico hu­biera visto nunca. Estudió la pantalla electrónica parpadeante que tenía en la base. Si bien el guardia había sido sometido a un riguroso entrenamiento que le preparaba para situaciones similares, notó que su pulso se aceleraba. Se dijo que debía dominar su pánico. Tenía que existir una explicación. El objeto parecía demasiado pequeño para representar un peligro importante. No obstante, su presencia en el in­terior del complejo era preocupante. Muy preocupante, en realidad. Precisamente hoy, pensó.
La seguridad siempre era prioritaria para su patrón, pero hoy, más que cualquier otro día de los últimos doce años, la seguridad era de suprema importancia. El técnico contempló el objeto durante lar­go rato, y percibió el rugido de una tormenta lejana.
Después, sudoroso, marcó el número de su superior.


17

Muy pocos niños podían decir que recordaban el día que conocieron a su padre, pero Vittoria Vetra era uno de ellos. Tenía ocho años de edad, vivía donde siempre, el Orfanotrofio di Siena, un orfanato cató­lico cerca de Florencia, abandonada por padres que no llegó a cono­cer. Aquel día estaba lloviendo. Las monjas la habían llamado dos ve­ces para que fuera a cenar, pero como siempre, fingió no oírlas. Estaba tumbada en el patio, mirando las gotas de lluvia. Las sentía es­trellarse sobre su cuerpo... Intentaba adivinar dónde caería la si­guiente. Las monjas la llamaron de nuevo, con la amenaza de que la neumonía conseguiría que una niña de una tozudez insufrible sintie­ra mucha menos curiosidad por la naturaleza.
No puedo oíros, pensó Vittoria.
Estaba empapada hasta los huesos cuando el joven sacerdote sa­lió a buscarla. No le conocía. Era nuevo. Vittoria suponía que la aga­rraría y la metería dentro. Pero no fue así. En cambio, ante su asom­bro, se tumbó a su lado, y empapó su hábito en un charco.
Dicen que haces muchas preguntas —dijo el joven.
Vittoria frunció el ceño.
¿Es malo preguntar?
El joven rió.
Supongo que no.
¿Qué haces aquí?
Lo mismo que tú, preguntándome por qué cae la lluvia.
¡No me estoy preguntando por qué cae! ¡Ya lo sé!
El sacerdote la miró estupefacto.
¿Sí?
La hermana Francisca dice que las gotas de lluvia son como lá­grimas de ángel que bajan a limpiar nuestros pecados.
¡Caramba! —exclamó el joven, como asombrado—. Eso lo explica todo.
¡Pues no! —replicó la niña—. ¡Las gotas de lluvia caen por­que todo cae! ¡Todo cae! ¡No sólo la lluvia!
El sacerdote se rascó la cabeza, con expresión perpleja.
Tienes razón, jovencita. Todo cae. Debe de ser la gravedad.
¿La qué?
El joven la miró, estupefacto.
¿No has oído hablar de la gravedad?
No.
El sacerdote se encogió de hombros con tristeza.
Lástima. La gravedad contesta a un montón de preguntas.
Vittoria se incorporó.
¿Qué es la gravedad? —preguntó—. ¡Dímelo!
El sacerdote le guiñó un ojo.
Te lo contaré durante la cena.
El joven sacerdote era Leonardo Vetra. Aunque había sido un estudiante de física laureado en la universidad, había oído otra lla­mada e ingresado en el seminario. Leonardo y Vittoria se hicieron excelentes amigos en el mundo solitario de las monjas y sus normas. Vittoria hacía reír a Leonardo, y él la tomó bajo su protección, le en­señó que cosas tan hermosas como los arco iris y los ríos tenían mu­chas explicaciones. Le habló de la luz, los planetas, las estrellas y la naturaleza, a través de los ojos de Dios y de la ciencia al mismo tiempo. La inteligencia y curiosidad innatas de Vittoria la convirtie­ron en una estudiante cautivadora. Leonardo la protegió como a una hija.
Vittoria también era feliz. Nunca había conocido la dicha de te­ner un padre. Si todos los demás adultos contestaban a sus preguntas con una palmada en la muñeca, Leonardo dedicaba horas a enseñar­le libros. Hasta le preguntaba cuáles eran sus ideas. Vittoria rezaba para que Leonardo estuviera siempre con ella. Después, un día, su peor pesadilla se convirtió en realidad. El padre Leonardo le dijo que se iba del orfanato.
Me traslado a Suiza —dijo Leonardo—. He conseguido una beca para estudiar física en la Universidad de Ginebra.
¿Física? —exclamó Vittoria—. ¡Pensaba que amabas a Dios!
Le amo, y mucho. Por eso quiero estudiar Sus divinas reglas. Las leyes de la física son el lienzo que Dios dispuso para pintar en él su obra maestra.
Vittoria se quedó desolada, pero el padre Leonardo era portador de otras noticias. Dijo a Vittoria que había hablado con sus superio­res, y le habían dado permiso para adoptarla.
¿Te gustaría que te adoptara? —preguntó Leonardo.
¿Qué significa adoptar? —preguntó Vittoria.
El padre Leonardo se lo dijo.
Vittoria le abrazó durante varios minutos, llorando de alegría.
¡Oh, sí! ¡Sí!
Leonardo le dijo que debía estar ausente una temporada para instalarse en su nueva casa en Suiza, pero prometió que iría a buscar­la al cabo de seis meses. Fue la espera más larga de la vida de Vittoria, pero Leonardo cumplió su palabra. Cinco días antes de su noveno cumpleaños, Vittoria se mudó a la ciudad del lago Leman. Durante el día asistía a la Escuela Internacional de Ginebra, y por la noche le daba clase su padre.
Tres años después, Leonardo Vetra fue contratado por el CERN. El y Vittoria se trasladaron a un lugar de ensueño, como la joven no había imaginado jamás.

Vittoria Vetra sentía el cuerpo entumecido mientras avanzaba por el túnel del LHC. Vio su reflejo apagado en el tubo, y notó la ausencia de su padre. Por lo general, vivía en un estado de profunda calma, en armonía con el mundo que la rodeaba. Pero ahora, de repente, todo parecía absurdo. Las últimas tres horas se le antojaban una mancha borrosa.
Eran las diez de la mañana en las Baleares cuando recibió la lla­mada de Kohler. Tu padre ha sido asesinado. Vuelve de inmediato
Pese al calor que hacía en la cubierta del barco, las palabras la habían estremecido hasta lo más hondo. El tono desprovisto de sentimientos de Kohler la había herido tanto como la noticia.
Había vuelto a casa. Pero ¿qué clase de casa? El CERN, su hogar desde los doce años, le pareció extraño de repente. Su padre, el hom­bre que lo había transformado en algo mágico, había muerto.
Respira hondo, se dijo, pero no podía calmar su mente. Las pre­guntas no cesaban de multiplicarse. ¿Quién había matado a su pa­dre? ¿Por qué? ¿Quién era ese «especialista» norteamericano? ¿Por qué insistía Kohler en ver el laboratorio?
Kohler había dicho que existían pruebas de que el asesinato de su padre estaba relacionado con el proyecto actual. ¿Qué pruebas? ¡Nadie sabía en qué estábamos trabajando! Y aunque alguien lo hubie­ra averiguado, ¿por qué tenían que matarle?
Mientras avanzaba por el túnel del LHC en dirección al labora­torio de su padre, Vittoria cayó en la cuenta de que iba a desvelar el gran logro de su padre sin que él estuviera presente. Había imagina­do este momento de una manera muy diferente. Había imaginado que su padre convocaría en su laboratorio a los científicos más im­portantes del CERN para enseñarles su descubrimiento, y verían sus caras estupefactas. Después, sonreiría con orgullo paternal cuando les explicara que había sido una de las ideas de Vittoria la que le ha­bía ayudado a transformar el proyecto en realidad, que su hija había sido la pieza clave de su éxito. Vittoria sintió un nudo en la garganta. Mi padre y yo debíamos compartir este momento. Pero estaba sola. Sin colegas. Sin caras felices. Tan sólo un norteamericano desconocido y Maximilian Kohler.
Maximilian Kohler. Der König.
A Vittoria no le había gustado ese hombre ni cuando era niña. Si bien llegó a respetar su poderoso intelecto, su comportamiento frío siempre le pareció inhumano, la antítesis exacta del calor humano de su padre. Kohler era un adepto de la ciencia por su lógica inmacula­da, y su padre por su prodigiosa espiritualidad. No obstante, tenía la impresión de que siempre había existido un respeto no verbalizado entre los dos hombres. Los genios, le había explicado alguien una vez, aceptan el genio sin condiciones.
Los genios, pensó. Mi padre... Papá. Muerto.
Se accedía al laboratorio de Leonardo Vetra por un largo pasi­llo esterilizado, pavimentado por completo con baldosas blancas. Langdon experimentó la sensación de estar entrando en una especie de manicomio subterráneo. Docenas de imágenes en blanco y negro enmarcadas flanqueaban el corredor. Aunque se había ganado su prestigio a base de estudiar imágenes, éstas eran totalmente desco­nocidas para él. Parecían los negativos caóticos de rayas y espirales fortuitas. ¿Arte moderno?, meditó. ¿Jackson Pollock atiborrado de anfetaminas?
Diagramas de dispersiones —dijo Vittoria, como si hubiera intuido el interés de Langdon—. Representaciones informáticas de colisiones de partículas. Ésa es la partícula Z —dijo, señalando una tenue estela, casi invisible en la confusión—. Mi padre la descubrió hace cinco años. Energía pura, carente de masa. Puede que sea la construcción más pequeña de la naturaleza. La materia no es más que energía atrapada.
¿La materia es energía? Langdon ladeó la cabeza. Suena muy zen. Miró la diminuta estela de la fotografía y se preguntó qué dirían sus colegas del Departamento de Física de Harvard cuando les contara que había pasado un fin de semana en el túnel de un Large Hadron Collider, admirando partículas Z.
Vittoria —dijo Kohler, cuando se acercaron a la imponente puerta de acero del laboratorio—, debería decirte que esta mañana bajé aquí en busca de tu padre.
Vittoria se ruborizó un poco.
¿Sí?
Sí. Imagina mi sorpresa cuando descubrí que había sustituido el teclado de seguridad habitual del CERN por otra cosa.
Kohler indicó un complicado aparato electrónico montado jun­to a la puerta.
Lo siento —dijo la joven—. Ya sabe cuánto apreciaba su pri­vacidad. No quería que nadie, salvo nosotros dos, tuviera acceso. —Bien —dijo Kohler—. Abre la puerta.
Vittoria esperó un largo momento. Después, respiró hondo y se acercó al mecanismo de la pared.
Langdon no estaba preparado para lo que sucedió a continua­ción.
Vittoria se plantó ante el aparato y miró con su ojo derecho por una lente que sobresalía como un telescopio. Después, apretó un bo­tón. Algo chasqueó en el interior del mecanismo. Un rayo de luz os­ciló de un lado a otro, y exploró el ojo como una fotocopiadora.
Es un lector retiniano —explicó la joven—. Seguridad infali­ble. Sólo puede validar dos patrones retinianos. El mío y el de mi pa­dre.
Robert Langdon se quedó horrorizado. Revivió la imagen de Leonardo Vetra en todos sus siniestros detalles: el rostro ensangren­tado, el solitario ojo de color avellana que le había mirado sin ver, la cuenca vacía. Intentó rechazar la verdad evidente, pero entonces lo vio... debajo del lector, en el suelo de baldosas blancas, tenues gotas de color púrpura. Sangre seca.
Vittoria, por suerte, no se fijó.
La puerta de acero se abrió y ella entró.
Kohler dirigió a Langdon una mirada inflexible. Su mensaje es­taba claro: Ya se lo dije... El ojo desaparecido sirve a un propósito más elevado.

18

Las manos de la mujer estaban atadas, con las muñecas hinchadas y teñidas de púrpura debido al roce. El hassassin de piel color caoba estaba acostado a su lado, agotado, admirando a su presa desnuda. Se preguntó si el sueño en que parecía sumida era un engaño, un patéti­co intento de evitar prestarle más servicios.
Daba igual. Ya había obtenido suficiente recompensa. Saciado, se incorporó en la cama.
En su país, las mujeres eran posesiones. Débiles. Herramientas de placer. Esclavas que se vendían como ganado. Y sabían cuál era su lugar. Pero aquí, en Europa, las mujeres fingían una energía y una in­dependencia que le divertía y excitaba a la vez. Forzarlas a la sumi­sión física era una gratificación que siempre disfrutaba.
Aunque satisfecho, el hassassin notó que otro apetito crecía en su interior. Había matado anoche, matado y mutilado, y para él matar era como la heroína. Cada encuentro le satisfacía tan sólo de manera temporal, y luego su deseo de más aumentaba. El júbilo se había disi­pado. El ansia había regresado.
Estudió a la mujer dormida a su lado. Recorrió su cuello con la palma de la mano, y tuvo una erección producida por la certeza de que podía acabar con su vida en un solo instante. ¿Qué importaría? Era una subhumana, un vehículo de placer y servidumbre. Sus fuer­tes dedos rodearon su garganta, saborearon su delicado pulso. Des­pués, reprimió el deseo y apartó la mano. Tenía trabajo que hacer. Servir a una causa más elevada que su deseo.
Cuando se apartó de la cama, se regocijó con el honor del traba­jo que le aguardaba. Aún no podía vislumbrar la influencia del hom­bre llamado Jano, ni de la antigua hermandad a cuyo frente estaba. La hermandad le había elegido a él, aunque pareciera un milagro. De al­guna manera, se habían enterado de su odio... y de su talento. Cómo, nunca lo sabría. Sus raíces son profundas.
Ahora, le habían concedido el honor definitivo. Sería sus manos y su voz. Su asesino y su mensajero. Aquel a quien su pueblo conocía como Malaq al-haq: el Ángel de la Verdad.

19

El laboratorio de Vetra tenía un aspecto increíblemente futurista.
De un blanco reluciente, repleto de ordenadores y equipo elec­trónico sofisticado, parecía una especie de sala de operaciones. Lang-don se preguntó qué secretos podía ocultar este lugar, capaces de jus­tificar la mutñación de un ojo para poder acceder a él.
Kohler parecía inquieto cuando entraron, y dio la impresión de que sus ojos buscaban señales de un intruso, pero el laboratorio esta­ba desierto. Vittoria también se movía con lentitud, como si no reco­nociera el laboratorio sin la presencia de su padre.
La mirada de Langdon se posó de inmediato en el centro de la sala, donde una serie de columnas cortas se alzaban del suelo. Como un Stonehenge en miniatura, una docena de columnas de acero puli­do se erguían en círculo en mitad de la sala. Las columnas medían unos noventa centímetros de altura, y recordaron a Langdon vitrinas de museo donde se exhibían piedras preciosas. No obstante, estaba claro que las columnas cumplían otra función. Cada una sostenía un contenedor transparente grueso, del tamaño de un bote de pelotas de tenis. Parecían vacíos.
Kohler contempló los contenedores con expresión perpleja. Por lo visto, decidió hacer caso omiso de ellos por el momento. Se volvió hacia Vittoria.
¿Han robado algo?
¿Robado? ¿Cómo? El lector retiniano sólo nos permite la en­trada a nosotros.
Echa un vistazo.
Vittoria suspiró e inspeccionó la sala unos momentos. Se enco­gió de hombros.
Todo parece seguir como mi padre lo deja siempre. Caos or­denado.
Langdon intuyó que Kohler estaba sopesando sus opciones, como si se preguntara hasta qué punto podía presionar a Vittoria... o cuánto podía revelarle. Al parecer, decidió esperar. Dirigió la silla de ruedas hacia el centro de la sala y estudió el misterioso grupo de con­tenedores, en apariencia vacíos.
Los secretos son un lujo que ya no nos podemos permitir —dijo por fin.
Vittoria asintió, con expresión conmovida de repente, como si el hecho de estar en este lugar la abrumara con un torrente de recuer­dos.
Concédele un minuto, pensó Langdon.
Como si se preparara para lo que estaba a punto de revelar, Vit­toria cerró los ojos e inhaló aire. Después, volvió a respirar. Y una vez más. Y otra...
Langdon la miró, preocupado de repente. ¿Se encuentra bien? Miró a Kohler, que parecía impertérrito, como si hubiera contempla­do el ritual en otras ocasiones. Transcurrieron diez segundos antes de que Vittoria abriera los ojos.
Langdon no dio crédito a la metamorfosis. Vittoria Vetra se ha­bía transformado. Sus labios sensuales estaban relajados, los hom­bros caídos, los ojos mansos y obedientes. Era como si hubiera realineado todos los músculos de su cuerpo para aceptar la situación. El resentimiento y la angustia habían sido aplacados bajo una frialdad más profunda.
¿Por dónde empiezo? —preguntó.
Por el principio —dijo Kohler—. Hablanos del experimento de tu padre.
El sueño de la vida de mi padre fue rectificar los postulados de la ciencia mediante la religión —dijo Vittoria—. Aspiraba a demos­trar que la ciencia y la religión son dos campos totalmente compati­bles, dos formas diferentes de encontrar la misma verdad. —Hizo una pausa, como incapaz de creer lo que estaba a punto de decir—. Y hace poco... concibió una forma de hacerlo.
Kohler permaneció mudo.
Ideó un experimento, el cual creía capaz de solucionar uno de los conflictos más amargos en la historia de la ciencia y la religión.
Langdon se preguntó a qué conflicto se refería, entre tantos que había.
El creacionismo —anunció Vittoria—. La eterna batalla sobre la creación del universo.
Oh, pensó Langdon. El debate con mayúsculas.
La Biblia, por supuesto, afirma que Dios creó el universo —explicó la joven—. Dios dijo: «Hágase la luz», y todo lo que vemos surgió de la nada. Por desgracia, una de las leyes fundamentales de la física dice que la materia no puede crearse de la nada.
Langdon había leído acerca de la polémica. La idea de que Dios había creado «algo de la nada» era totalmente contraria a las leyes aceptadas de la física moderna y, por tanto, los científicos afirmaban que el Génesis era absurdo desde un punto de vista científico.
Señor Langdon —dijo Vittoria, volviéndose hacia él—, su­pongo que estará familiarizado con la teoría del Big Bang, ¿verdad?
Langdon se encogió de hombros.
Más o menos.
Sabía que el Big Bang era el modelo aceptado por la ciencia de la creación del universo. En realidad, no lo entendía pero, según la teo­ría, un solo punto de energía muy concentrada estalló en una explo­sión cataclísmica, expandiéndose hacia fuera para formar el universo. O algo por el estilo.
Vittoria continuó.
Cuando la Iglesia católica propuso la teoría del Big Bang en 1927, el...
¿Perdón? —interrumpió Langdon, sin poder reprimirse—. ¿Dice que el Big Bang fue una idea católica?
La pregunta pareció sorprender a Vittoria.
Por supuesto. Propuesta por un monje católico, Georges Le-maitre, en 1927.
Pero yo pensaba... —Langdon se interrumpió—. ¿El Big
Bang no fue propuesto por el astrónomo de Harvard Edwin Hubble? Kohler se encrespó.
Una vez más, la arrogancia científica norteamericana. Hubble publicó su teoría en 1929, dos años después de Lemaître.
Langdon frunció el ceño. Se llama el Telescopio de Hubble, señor. ¡Nunca he oído hablar del Telescopio de Lemaître!
El señor Kohler tiene razón —dijo Vittoria—. La idea perte­necía a Lemaître. Hubble se limitó a confirmarla, reuniendo las prue­bas que demostraban que el Big Bang era científicamente probable.
Oh —dijo Langdon, mientras se preguntaba si los fanáticos de Hubble del Departamento de Astronomía de Harvard habían mencionado alguna vez a Lemaître en sus conferencias.
Cuando Lemaitre propuso por primera vez la teoría del Big Bang —continuó Vittoria—, los científicos afirmaron que era ridicu­la. La materia, dijeron, no se creaba de la nada. Por lo tanto, cuando Hubble asombró al mundo demostrando por medios científicos que el Big Bang era correcto, la Iglesia cantó victoria, y anunció que cons­tituía la prueba de que la Biblia era correcta desde un punto de vista científico. La verdad divina.
Langdon asintió, concentrado en las explicaciones. —Por supuesto, a los científicos no les gustó que la Iglesia utili­zara sus descubrimientos para promocionar la religión, de modo que tradujeron en matemáticas de inmediato la teoría del Big Bang, elimi­naron todos los matices religiosos y se la apropiaron. Por desgracia para la ciencia, sin embargo, sus ecuaciones, incluso hoy, adolecen de una grave deficiencia que a la Iglesia le gusta subrayar. Kohler gruñó. La singularidad.
Pronunció la palabra como si fuera la maldición de su existencia. —Sí, la singularidad —dijo Vittoria—. El momento exacto de la creación, Tiempo Cero. Incluso hoy, la ciencia es incapaz de fijar el momento inicial de la creación. Nuestras ecuaciones explican el uni­verso primitivo con gran eficacia, pero a medida que retrocedemos en el tiempo y nos aproximamos al momento cero, nuestras matemáticas se desintegran de repente, y todo pierde significado.
Correcto —dijo Kohler en tono nervioso—, y la Iglesia se aferra a esta laguna como prueba de la intervención milagrosa de Dios. Vayamos al meollo de la cuestión.
Vittoria adoptó una expresión distante.
La cuestión es que mi padre siempre creyó en la intervención divina en el Big Bang. Aunque la ciencia era incapaz de comprender el divino momento de la creación, él creía que algún día lo haría.
Señaló con tristeza una hoja impresa clavada con chinchetas cerca de la zona de trabajo de su padre—. Mi padre me restregaba eso por la cara cada vez que tenía dudas.
Langdon leyó el mensaje:
CIENCIA Y RELIGIÓN NO SON ADVERSARIAS. LA CIENCIA ES DEMASIADO JOVEN PARA COMPRENDERLO.
Mi padre quería elevar la ciencia a un nivel superior —dijo Vittoria—, en que la ciencia sustentara el concepto de Dios. —Se pasó la mano por su largo pelo con expresión melancólica—. Estaba dispuesto a acometer algo que a ningún científico se le había ocurri­do jamás. Algo para lo que nadie había dispuesto de la tecnología ade­cuada. —Hizo una pausa, como insegura de lo que iba a decir a con­tinuación—. Ideó un experimento capaz de demostrar que el Génesis fue posible.
¿Demostrar el Génesis?, se preguntó Langdon. ¿Hágase la luz? ¿Materia creada de la nada?
Kohler paseó su mirada mortecina por la sala.
¿Perdón?
Mi padre creó un universo... de la nada.
Kobler meneó la cabeza.
¿Cómo?
Mejor dicho, recreó el Big Bang.
Dio la impresión de que Kohler estaba a punto de ponerse en pie.
Langdon no entendía nada. ¿Crear un universo? ¿Recrear el Big Bang?
Lo hizo a una escala mucho menor, por supuesto —dijo Vit­toria—. El proceso fue de una simplicidad sorprendente. Aceleró dos haces de partículas ultrafinas en direcciones opuestas dentro del tubo del acelerador. Los dos haces colisionaron a velocidades enormes, y toda la energía de ambos se concentró en un solo punto. Consiguió densidades de energía extremas.
Enumeró a toda prisa una ristra de unidades, y los ojos del di­rector se abrieron desmesuradamente.
Langdon intentaba no perder el hilo. O sea, Leonardo Vetra esta­ba recreando el punto de energía comprimida del cual surgió el universo. —El resultado —dijo Vittoria— fue espectacular. Cuando se pu­blique, sacudirá los cimientos de la física moderna. —Ahora hablaba despacio, como si saboreara la trascendencia de la noticia—. Sin previo aviso, dentro del tubo del acelerador, en ese momento de energía muy concentrada, empezaron a aparecer de la nada partículas de materia. Kohler no reaccionó. Se limitó a seguir mirándola. —Materia —repitió Vittoria—. Surgida de la nada. Un increíble espectáculo de fuegos artificiales subatómicos. Un universo en minia­tura que nacía a la vida. Demostraba no sólo que la materia puede crearse de la nada, sino que el Big Bang y el Génesis pueden expli­carse aceptando la presencia de una enorme fuente de energía.
¿Te refieres a Dios? —preguntó Kohler.
Dios, Buda, la Fuerza, Yavé, la singularidad, el punto de uni­cidad, llámelo como quiera, el resultado es el mismo. Ciencia y reli­gión defienden la misma verdad: la energía pura es el padre de la crea­ción.
Cuando Kohler habló por fin, lo hizo con voz sombría.
Vittoria, me tienes desconcertado. Da la impresión de que me estás diciendo que tu padre creó materia... ¿de la nada?
Sí. —Vittoria indicó los contenedores—. Y ahí está la prueba. En esos contenedores hay especímenes de la materia que creó.
Kohler tosió y avanzó hacia los contenedores, como un animal cauteloso que diera vueltas alrededor de algo que intuyera peligroso.
Me he perdido algo, sin duda —dijo—. ¿Cómo esperas que alguien crea que estos cilindros contienen partículas de la materia que tu padre creó? Podrían ser partículas procedentes de cualquier otro lugar.
De hecho, eso no es posible —dijo Vittoria, muy segura de sí
misma—. Estas partículas son únicas. Se trata de una clase de materia que no existe en la tierra. Por consiguiente tuvieron que ser creadas.
La expresión de Kohler se ensombreció.
Vittoria, ¿qué quieres decir en realidad? Sólo existe un tipo de materia, y es...
Kohler se interrumpió.
Vittoria le miró con expresión triunfal.
Usted mismo ha pronunciado conferencias sobre ella, direc­tor. El universo contiene dos clases de materia. Hecho científico. —Vittoria se volvió hacia Langdon—. Señor Langdon, ¿qué dice la Biblia acerca de la Creación? ¿Qué creó Dios?
Langdon se sintió perdido, sin saber qué hacer ni qué decir.
Er, Dios creó... la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno...
Exacto —dijo Vittoria—. Todo cuanto creó tenía su contrario. Simetría. Equilibrio perfecto. —Se volvió hacia Kohler—. Director, la ciencia afirma lo mismo que la religión, que el Big Bang creó todo junto con su contrario.
Incluyendo la propia materia —susurró Kohler, como si ha­blara consigo mismo.
Vittoria asintió.
Y cuando mi padre llevó a cabo su experimento, aparecieron dos clases de materia, claro está.
Langdon se preguntó qué significaba esto. ¿Leonardo Vetra creó lo contrario de la materia?
Kohler se enfureció.
La sustancia a la que te refieres sólo existe en otra parte del universo. En la Tierra no, desde luego. ¡Tal vez ni siquiera en nuestra galaxia!
Exacto —contestó Vittoria—, lo cual demuestra que las partí­culas de esos contenedores tuvieron que ser creadas.
La tensión era patente en el rostro de Kohler.
Vittoria, no me estarás diciendo que esos cilindros contienen especímenes reales, ¿verdad?
Pues sí. —La joven contempló con orgullo los contenedo­res—. Director, está viendo los primeros especímenes de antimateria del mundo.

20

Fase dos, pensó el hassassin, mientras se internaba en el lóbrego túnel.
La antorcha que blandía en la mano era superflua. Lo sabía. Pero era para impresionar. Atemorizar al enemigo era fundamental. Había aprendido que el miedo era su aliado. El miedo mutila con más rapidez que cualquier arma de guerra.
No había espejos en el pasadizo donde admirar su disfraz, pero intuía, a juzgar por la sombra de su holgado hábito, que era perfecto. Fundirse con el entorno formaba parte del plan, de la maldad de la conspiración. Ni en sus sueños más desaforados había imaginado in­terpretar este papel.
Dos semanas atrás, habría considerado una misión imposible la tarea que le aguardaba al final del túnel. Una misión suicida. Aden­trarse desnudo en la guarida de un león. Pero Jano había cambiado la definición de imposible.
Los secretos que Jano había compartido con el hassassin duran­te las últimas dos semanas eran numerosos. Este túnel era uno de ellos. Antiguo, pero perfectamente transitable.
Mientras se acercaba a su enemigo, el hassassin se preguntó si lo que le esperaba dentro sería tan fácil como Jano había prometido. Jano le había asegurado que alguien, desde el interior, tomaría las me­didas pertinentes. Alguien de dentro. Increíble. Cuanto más lo pensa­ba, más se daba cuenta de que era un juego de niños.
Wahad... tintain.. thalatha... arbaa, se dijo en árabe cuando es­tuvo cerca del final. Uno... dos... tres... cuatro...

21

Imagino que habrá oído hablar de la antimateria, ¿verdad, se­ñor Langdon?
Vittoria le estaba estudiando, y su piel morena contrastaba con la blancura del laboratorio.
Langdon alzó la vista. De pronto, se sintió aturdido.
Sí. Bien... Más o menos.
Una tenue sonrisa se insinuó en los labios de la joven.
¿Sigue Star Trek?
Langdon se ruborizó.
Bien, a mis estudiantes les gusta... —Frunció el ceño—. ¿El combustible del U.S.S. Enterprise es la antimateria?
Ella asintió.
La buena ficción científica hunde sus raíces en la buena ciencia.
¿La antimateria existe?
Es un hecho de la naturaleza. Todo tiene su contrario. Los protones tienen electrones. Los quarks up tienen quarks down. Exis­te una simetría cósmica en el nivel subatómico. La antimateria es al ying lo que el yang a la materia. Equilibra la ecuación física.
Langdon recordó que Galileo creía en la dualidad.
Los científicos saben desde 1918 —continuó Vittoria— que en el Big Bang se crearon dos tipos de materia. Una materia es la que vemos en la tierra, la que compone rocas, árboles, personas. La otra es su contraria, idéntica a la materia en todos los aspectos, ex­cepto en que las cargas de sus partículas son inversas.

Kohler habló como si emergiera de la niebla, inseguro. —Pero existen enormes obstáculos tecnológicos que impiden al­macenar la antimateria. ¿Qué me dices de la neutralización?
Mi padre construyó un vacío de polaridad invertida para ab­sorber los positrones de antimateria del acelerador antes de que se destruyeran.
Kohler frunció el ceño.
Pero un vacío también absorbería la materia. No habría ma­nera de separar las partículas.
Aplicó un campo magnético. La materia formando un campo voltaico a la derecha, y la antimateria a la izquierda. Tienen polos opuestos.
En aquel instante, la muralla de dudas de Kohler pareció res­quebrajarse. Miró a Vittoria con manifiesto estupor, y después, sin previo aviso, sufrió un acceso de tos.
Incre... íble —dijo, mientras se secaba la boca—. Y no obs­tante. .. —Dio la impresión de que su lógica aún oponía resistencia—. Y no obstante, aunque el vacío funcionara, esos contenedores están hechos de materia. No es posible almacenar antimateria en contene­dores hechos de materia. La antimateria reaccionaría al instante con... —Los especímenes no están en contacto con el contenedor —dijo Vittoria, como si esperara la pregunta—. La antimateria está flotando. Los contenedores se llaman «trampas de antimateria», por­que atrapan literalmente a la antimateria en el centro del contenedor, y la mantienen flotando a una distancia prudencial de los lados y el fondo.
¿Flotando? Pero... ¿cómo?
Entre campos magnéticos que se cruzan. Venga a echar un vis­tazo.
Vittoria atravesó la sala y recogió un aparato electrónico de buen tamaño. El artefacto recordó a Langdon los fusiles de rayos desinte­gradores de los dibujos animados: un cañón ancho con una mira te­lescópica encima y una maraña de elementos electrónicos colgando por debajo. Vittoria apuntó el aparato a uno de los contenedores, miró por el ocular y manipuló algunos botones. Después, se apartó e invitó a Kohler a mirar.

Kohler puso cara de perplejidad.
¿Habéis extraído cantidades visibles?
Cinco mil nanogramos —dijo Vittoria—. Un plasma líquido que contiene millones de positrones.
¿Millones? Pero si sólo se han detectado algunas partículas, a lo sumo, hasta el momento.
Xenón —dijo Vittoria—. Mi padre aceleró el haz de partícu­las mediante un chorro de xenón, extrayendo los electrones. Insistió en mantener en secreto el procedimiento exacto, pero implicaba in­yectar electrones puros en el acelerador al mismo tiempo.
Langdon se sentía perdido, y se preguntó si todavía continuaban hablando en una lengua incomprensible para él.
Kohler hizo una pausa y frunció el entrecejo. De pronto, respiró hondo. Se derrumbó como si le hubiera alcanzado una bala.
Técnicamente, eso liberaría...
Vittoria asintió.
Sí. Montones.
Kohler volvió a posar la mirada en el contenedor. Con expresión perpleja, se izó en la silla y aplicó el ojo al visor. Miró durante largo rato sin decir nada. Cuando se sentó por fin, su frente estaba perlada de sudor. Las arrugas de su rostro habían desaparecido. Habló en un susurro.
Dios mío... Es verdad que lo conseguisteis.
Vittoria asintió.
Mi padre lo consiguió.
No... no sé qué decir.
Vittoria se volvió hacia Langdon.
¿Quiere mirar?
Indicó el aparato.
Sin saber muy bien qué esperar, Langdon avanzó. Desde medio metro de distancia, el contenedor parecía vacío. El tamaño de lo que hubiera dentro era infinitesimal. Langdon aplicó el ojo al visor. La imagen tardó un momento en definirse.
Y entonces, lo vio.
El objeto no se encontraba en el fondo del contenedor, tal como él esperaba, sino que flotaba en el centro, un globo brillante de líqui-do similar al mercurio. Flotando como por arte de magia, el líquido giraba en el aire. Diminutas olas metálicas recorrían la superficie de la gota. El líquido flotante recordó a Langdon un vídeo que había visto en una ocasión de una gota de agua en gravedad cero. Aunque sabía que el glóbulo era microscópico, podía ver cada surco y ondulación, mientras la bola de plasma giraba poco a poco en suspensión. —Está... flotando —dijo.
Menos mal —contestó Vittoria—. La antimateria es muy ines­table. Hablando en términos de energía, la antimateria es la imagen especular de la materia, de manera que se anulan al instante si entran en contacto. Mantener aislada la antimateria de la materia constituye todo un reto, porque todo en la tierra está hecho de materia. Las muestras han de ser almacenadas sin que toquen nada... ni siquiera el aire.
Langdon se quedó asombrado. Para que luego hablen de trabajar en el vacío.
Estas trampas de antimateria —interrumpió Kohler con ex­presión de estupor, mientras recorría con un dedo pálido la base de una—, ¿las diseñó tu padre?
De hecho —contestó la joven—, las diseñé yo. Kohler levantó la vista. Vittoria habló con modestia.
Mi padre produjo las primeras partículas de antimateria, pero no sabía cómo almacenarlas. Yo sugerí esto. Cápsulas de nanocom-puestos herméticas con electroimanes opuestos en cada extremo.
Das a entender que el ingenio de tu padre se había agotado.
La verdad es que no. Tomé prestada la idea de la naturaleza. Las medusas atrapan peces entre sus tentáculos utilizando descargas nematocísticas. El mismo principio rige aquí. Cada contenedor tiene dos electroimanes, uno en cada extremo. Sus campos magnéticos opuestos se cruzan en el centro del contenedor y retienen la antima­teria en ese punto, suspendida en el vacío.
Langdon miró otra vez el contenedor. La antimateria flotaba en el vacío, sin tocar nada. Kohler tenía razón. Era una idea genial.
¿Dónde está la fuente de energía de los imanes? —preguntó Kohler.

Vittoria señaló.
En la columna, debajo de la trampa. Los contenedores están atornillados a una plataforma que los recarga continuamente, para que los imanes no fallen nunca.
¿Y si el campo falla?
Ocurre lo evidente. La antimateria deja de flotar, toca el fon­do de la trampa y presenciamos la aniquilación.
Langdon era todo oídos.
¿Aniquilación?
No le gustó la palabra.
Vittoria no parecía muy preocupada.
Sí. Si la antimateria y la materia entran en contacto, ambas se destruyen al instante. Los físicos llaman al proceso «aniquilación».
Langdon asintió.
Ah.
Es la reacción más simple de la naturaleza. Una partícula de materia y una partícula de antimateria se combinan para liberar dos partículas nuevas, llamadas fotones. Un fotón es una diminuta mota de luz.
Langdon había leído acerca de los fotones, partículas de luz, la forma más pura de energía. Decidió reprimirse y no preguntar sobre la tecnología que permitía al capitán Kirk utilizar torpedos de fotones contra los klingons.
De manera que, si la antimateria cae, ¿veremos una diminuta mota de luz?
Vittoria se encogió de hombros.
Depende de lo que considere usted diminuto. Se lo voy a de­mostrar.
Empezó a desenroscar el contenedor de su plataforma.
Kohler lanzó un grito de terror y se lanzó hacia adelante, apar­tando las manos de la joven.
¡Estás loca, Vittoria!

22

Kohler, por imposible que pareciera, se había puesto en pie, apoyado sobre dos piernas maltrechas. Su rostro estaba blanco de miedo.
¡Vittoria! ¡No puedes sacar esa trampa!
Langdon contemplaba la escena, perplejo por el repentino páni­co del director.
¡Quinientos nanogramos! —dijo Kohler—. Si rompes el cam­po magnético...
Director —le tranquilizó Vittoria—, no hay peligro. Cada trampa cuenta con un mecanismo de seguridad, una batería de apo­yo por si la sacan de su recargador. Los especímenes permanecen sus­pendidos aunque libere el contenedor.
Kohler no parecía muy convencido. Después, vacilante, se aco­modó en su silla.
Las baterías se activan automáticamente —dijo Vittoria—, cuando la trampa se separa del recargador. Tienen veinticuatro horas de vida. Como un depósito de reserva de gasolina. —Se volvió hacia Langdon, como si intuyera su inquietud—. La antimateria posee al­gunas características sorprendentes, señor Langdon, lo cual la con­vierte en algo muy peligroso. Sostenemos la hipótesis de que una muestra de diez miligramos, el volumen de un grano de arena, alber­ga tanta energía como doscientas toneladas métricas de combustible convencional de cohete.
La cabeza de Langdon se puso a dar vueltas de nuevo.
Es la fuente energética del mañana. Mil veces más poderosa
que la energía nuclear. Cien por cien eficaz. Sin secuelas. Sin radia­ción. Sin contaminación. Unos pocos gramos podrían proporcionar energía eléctrica a una ciudad grande durante una semana.
¿Gramos? Langdon se alejó de la plataforma.
No se preocupe —dijo Vittoria—. Estas muestras son fraccio­nes minúsculas de gramo, millonésimas partes. Relativamente inofen­sivas.
Extendió la mano hacia el contenedor y lo desenroscó de la pla­taforma.
Kohler se agitó, pero no intervino. Al liberarse la trampa, se oyó un pitido agudo, y una pequeña pantalla se activó cerca de la base de la trampa. Las cifras rojas parpadearon, empezando a desgranar la cuenta atrás de veinticuatro horas.
24.00.00...
23.59.59...
23.59.58...
Langdon examinó la cuenta regresiva y decidió que el contenedor se parecía de una manera muy inquietante a una bomba de tiempo.
La batería funcionará durante veinticuatro horas seguidas an­tes de gastarse —explicó Vittoria—. Se recarga colocando de nuevo la trampa en su plataforma. Está pensada como medida de seguridad, pero también es útil para el transporte.
¿El transporte? —preguntó Kohler, desconcertado—. ¿Vas a sacar esto del laboratorio?
Claro que no —dijo Vittoria—, pero la movilidad nos permi­te estudiarlo.
Vittoria guió a Kohler y Langdon hasta el fondo de la sala. Apar­tó una cortina que dejó al descubierto una ventana, tras la cual se veía una amplia habitación. Las paredes, los suelos y el techo estaban cha­pados de acero. La habitación recordó a Langdon la bodega de carga de un viejo petrolero en el que había viajado a Nueva Guinea para es­tudiar tatuajes llanta.
Es un tanque de aniquilación —anunció Vittoria.
Kohler levantó la vista.
¿Has observado aniquilaciones?
Mi padre estaba fascinado por la física del Big Bang: grandes
cantidades de energía generadas por minúsculos núcleos de materia. Vittoria abrió un cajón de acero que había bajo la ventana. Co­locó la trampa dentro del cajón y lo cerró. Después, tiró de una pa­lanca que había al lado del cajón. Un momento después, la trampa apareció al otro lado del cristal, describió un amplio arco sobre el suelo de metal y se detuvo cerca del centro de la habitación. Vittoria sonrió.
Están a punto de presenciar su primera aniquilación materia-antimateria. Unas pocas millonésimas de gramo. Un especimen rela­tivamente minúsculo.
Langdon contempló la trampa de antimateria que descansaba en el suelo del enorme tanque. Kohler también se volvió hacia la venta­na, con expresión dubitativa.
En circunstancias normales —explicó Vittoria—, tendríamos que esperar veinticuatro horas, hasta que las baterías se agotaran, pero esta cámara contiene imanes bajo el suelo capaces de neutralizar la trampa y anular la suspensión de la antimateria. Cuando la materia y la antimateria entran en contacto... —Aniquilación —susurró Kohler.
Una cosa más —continuó Vittoria—. La antímateria libera energía pura. Una transformación de masa a fotones del cien por cien. Eso quiere decir que no deben mirar directamente la muestra. Protéjanse los ojos.
Langdon estaba preocupado, pero se dio cuenta de que Vittoria había adoptado un tono melodramático. ¿No miren directamente al contenedor? El aparato se hallaba a casi treinta metros de distancia, tras un muro ultragrueso de plexiglás tintado. Además, la partícula del contenedor era invisible, microscópica. ¿Proteger mis ojos?, pen­só Langdon. ¿Cuánta energía podría esa partícula... ? Vittoria oprimió el botón.
Langdon quedó cegado al instante. Un punto de luz brilló en el contenedor, y luego estalló hacia fuera en una oleada de luz que irra­dió en todas direcciones, lanzándose contra la ventana con fuerza co­losal. Retrocedió dando tumbos cuando la detonación sacudió la cá­mara. La luz cegadora brilló un momento, y luego, al cabo de un instante, se replegó en sí misma, hasta transformarse en un diminuto punto que se desvaneció sin más. Langdon parpadeó, dolorido, mientras iba recobrando poco a poco la visión. Miró la cámara. El contenedor del suelo había desaparecido por completo. Desintegra­do. Ni rastro.
Dios.
Vittoria asintió con tristeza.
Eso es justo lo que mi padre decía.


23

Kohler estaba mirando la cámara de aniquilación con una expresión de estupor total, debido al espectáculo que acababa de presenciar. Robert Langdon estaba a su lado, aún más estupefacto.
Quiero ver a mi padre —exigió Vittoria—. Les he enseñado el laboratorio. Ahora, quiero ver a mi padre.
Kohler se volvió poco a poco, como si no la hubiera oído.
¿Por qué esperasteis tanto, Vittoria? Tu padre y tú tendríais que haberme hablado de este descubrimiento enseguida.
Vittoria le miró. ¿Cuántos motivos quieres?
Ya discutiremos de esto más tarde, director. Ahora quiero ver a mi padre.
¿Sabes lo que implica esta tecnología?
Claro —replicó Vittoria—. Ingresos para el CERN. Monto­nes. Ahora quiero...
¿Por eso lo guardasteis en secreto? —preguntó Kohler en tono de reproche—. ¿Porque temíais que la junta y yo votáramos a fa­vor de otorgar la patente?
Debería otorgarse la patente —replicó Vittoria, arrastrada a la discusión—. La antimateria es tecnología importante, pero también peligrosa. Mi padre y yo queríamos tiempo para mejorar los procedi­mientos y aumentar la seguridad.
En otras palabras, no confiabais en que la junta directiva an­tepusiera la prudencia de la ciencia a la codicia económica.
El tono indiferente de Kohler sorprendió a Vittoria.
Había otras cuestiones también —dijo—. Mi padre quería tiempo para presentar la antimateria a la luz apropiada.
¿Qué quieres decir?
¿A ti qué te parece?
¿Materia a partir de la energía? ¿Crear algo de la nada? Es la prueba definitiva de que el Génesis es una posibilidad científica.
O sea, no quería que las implicaciones religiosas de su descu­brimiento se perdieran en aras del mercantilismo.
Por decirlo de alguna manera.
¿Y tú?
Por una ironía, las preocupaciones de Vittoria eran más bien las contrarias. El mercantilismo era fundamental para el éxito de la nue­va fuente de energía. Si bien la tecnología de la antimateria poseía un sorprendente potencial como fuente de energía no contaminante y eficaz, si se descubría su existencia prematuramente, la antimateria corría el riesgo de ser vilipendiada por los fracasos políticos y de re­laciones públicas que habían matado las energías solar y nuclear. La nuclear había proliferado antes de ser segura, y se habían producido algunos accidentes. La solar había proliferado antes de ser eficaz, y hubo gente que perdió dinero. Ambas tecnologías tenían mala fama y languidecían sin remisión.
Mis intereses eran algo menos elevados que la unificación de ciencia y religión —dijo Vittoria.
El medio ambiente —aventuró Kohler.
Energía sin límites. Sin minas. Sin contaminación. Sin radia­ción. La tecnología de la antimateria podría salvar el planeta.
O destruirlo —repuso Kohler—. En función de quién la utili­ce y para qué. —Vittoria notó que el director del CERN fue presa de un escalofrío—. ¿Quién más está enterado de esto?
Nadie —dijo la joven—. Ya se lo he dicho.
Entonces, ¿por qué crees que asesinaron a tu padre?
Los músculos de Vittoria se tensaron.
No tengo ni idea. Tenía enemigos en el CERN, y usted ya lo sabe, pero el crimen no puede estar relacionado con la antimateria. Juramos que mantendríamos en secreto el hallazgo durante unos me­ses más, hasta que estuviéramos preparados.

¿Y estás segura de que tu padre fue fiel al juramento? Vittoria se estaba enfureciendo.
¡Mi padre ha sido fiel a juramentos más difíciles que ése! —¿Se lo contaste a alguien?
¡Claro que no!
Kohler exhaló un suspiro. Hizo una pausa, como si quisiera ele­gir sus siguientes palabras con cautela.
Supón que alguien lo averiguó. Supón que alguien consiguió acceder al laboratorio. ¿Qué crees que buscaría? ¿Tu padre guardaba notas aquí? ¿Alguna documentación de su trabajo?
He sido paciente, director. Necesito algunas respuestas ya. Habla de un hipotético intruso, pero ya ha visto el lector retiniano. Mi padre no ha descuidado en ningún momento el secretismo y la se­guridad.
No te vayas por las ramas —dijo con brusquedad Kohler, lo cual sobresaltó a la joven—. ¿Qué podría faltar?
No tengo ni idea. —Vittoria examinó el laboratorio, irritada. Todos los especímenes de antimateria estaban controlados. La zona de trabajo de su padre parecía en orden—. Nadie ha entrado en el la­boratorio —afirmó—. Todo aquí arriba parece estar en su sitio.
¿Aquí arriba? —preguntó Kohler sorprendido.
Vittoria lo había dicho sin pensar.
Sí, aquí, en el laboratorio de arriba. —¿También estáis utilizando el laboratorio de abajo?
Como almacén.
Kohler rodó hacia ella y volvió a toser.
¿Estáis utilizando la cámara de materiales peligrosos como al­macén? ¿Almacén de qué?
¡De materiales peligrosos, claro está! Vittoria estaba perdiendo la paciencia.
De antimateria.
Kohler se izó sobre los brazos de la silla.
¿Hay más especímenes? ¿Por qué demonios no me lo has di­cho?
Acabo de hacerlo —replicó Vittoria—. ¡Y usted apenas me ha concedido la oportunidad!
Hemos de ir a ver esos especímenes —dijo Kohler—. Ahora.
Especimen —corrigió Vittoria—. En singular. Y está seguro. Nadie podría...
¿Sólo uno? —interrumpió Kohler—. ¿Por qué no está aquí arriba?
Mi padre quería conservarlo bajo el lecho de roca como pre­caución. Es más grande que los demás.
La mirada de alarma que intercambiaron Kohler y Langdon no pasó inadvertida a Vittoria. El director rodó hacia ella de nuevo.
¿Habéis creado un especimen mayor de quinientos nanogra-mos?
Por fuerza —se defendió Vittoria—. Teníamos que demostrar que el umbral de la ecuación inversión/rendimiento podía cruzarse sin peligro.
Ella sabía que el problema de las nuevas fuentes energéticas siempre residía en la delicada relación entre inversión y rendimiento: cuánto dinero había que gastar para recolectar el combustible. Cons­truir una plataforma petrolífera para obtener un solo barril era tirar el dinero. Sin embargo, si esa misma plataforma, con un mínimo de gastos añadidos, podía producir millones de barriles, había negocio. Con la antimateria sucedía lo mismo. Poner a funcionar veintisiete ki­lómetros de electroimanes para crear un diminuto especimen de an­timateria gastaba más energía que la contenida en la antimateria re­sultante. Con el fin de demostrar que la antimateria era eficaz y viable, había que crear especímenes de mayor magnitud.
Aunque el padre de Vittoria se había mostrado reticente a crear un especimen grande, ella había insistido sin descanso. Decía que, si querían que la antimateria fuera tomada en serio, ella y su padre te­nían que demostrar dos cosas. Primero, que se podían producir can­tidades que compensaran los gastos. Y segundo, que los especímenes podían almacenarse sin riesgo. Al final, había ganado ella, y su padre había accedido contra su voluntad. Pero no sin firmes instrucciones acerca del secretismo y la accesibilidad. La antimateria, había insisti­do su padre, se almacenaría en la sección de materiales peligrosos, una pequeña cavidad de granito, ubicada a veinticinco metros más abajo. El especimen sería su secreto. Y sólo los dos tendrían acceso.
Vittoria —insistió Kohler—, ¿es muy grande el espécimen que tu padre y tú creasteis?
Vittoria sentía un irónico placer en su fuero interno. Sabía que la cantidad asombraría hasta al gran Maximilian Kohler. Recreó en su mente la antimateria almacenada. Una visión increíble. Suspendida dentro de la trampa, perfectamente visible a simple vista, bailaba una diminuta esfera de antimateria. No era una partícula microscópica. Era una gota del tamaño de un balín para escopeta de aire compri­mido.
Vittoria respiró hondo.
Un cuarto de gramo.
Kohler palideció.
¡Cómo! —Se puso a toser—. ¿Un cuarto de gramo? ¡Eso equivale a... casi cinco kilotones!
Kilotones. Vittoria detestaba la palabra. Su padre y ella nunca la empleaban. Un kilotón equivalía a mil toneladas métricas de TNT. Los kilotones se utilizaban en armamento. Carga explosiva. Poder destructivo. Su padre y ella hablaban de voltios y julios electrónicos: potencia de energía constructiva.
¡Esa cantidad de antimateria podría destruir todo lo conteni­do en un radio de un kilómetro! —exclamó Kohler.
Sí, si se aniquilara toda a la vez —replicó Vittoria—, ¡cosa que nadie haría jamás!
Excepto alguien con pocos conocimientos. ¡O si tu fuente de energía fallara!
Kohler ya se estaba encaminando hacia el montacargas.
Por eso mi padre la guardó en Materiales Peligrosos con todo tipo de precauciones.
Kohler se volvió con expresión esperanzada.
¿Hay sistemas de seguridad complementarios en Materiales Peligrosos?
Sí. Un segundo lector de retina.
Kohler sólo dijo dos palabras.
Abajo. Ya.
♦ ♦ ♦

El montacargas descendió como una piedra.
Veinticinco metros más abajo.
Vittoria estaba segura de que presentía miedo en ambos hom­bres mientras el montacargas bajaba. El rostro de Kohler, por lo ge­neral carente de emociones, estaba tirante. Sé que la muestra es enor­me, pensó Vittoria, pero las precauciones que hemos tomado son...
El montacargas se detuvo y luego se abrió, y Vittoria los prece­dió por el corredor apenas iluminado. Más adelante, el pasillo termi­naba en una enorme puerta de acero. MAT-PEL. El lector retiniano que había junto a la puerta era idéntico al de arriba. La joven se acer­có. Aplicó su ojo a la lente.
Retrocedió. Algo pasaba. La lente, siempre impoluta, estaba manchada, manchada de algo parecido a... ¿sangre? Confusa, se vol­vió hacia los dos hombres, pero sólo vio dos rostros empalidecidos, con los ojos clavados en el suelo, muy cerca de sus pies.
Vittoria siguió su mirada.
¡No! —gritó Langdon, y extendió la mano en su dirección. Pero ya era demasiado tarde.
La vista de Vittoria se clavó en el objeto del suelo. Le resultó des­conocido y muy familiar al mismo tiempo.
Sólo necesitó un instante.
Después, horrorizada, cayó en la cuenta. Mirándola desde el suelo, como restos de basura desechados, había un ojo. Habría reco­nocido aquel tono avellana en cualquier parte.

24

El técnico de seguridad contuvo el aliento cuando su comandante se inclinó por detrás de él, estudiando la hilera de monitores. Transcu­rrió un minuto.
El silencio del comandante era de esperar, se dijo el técnico. El comandante era un hombre adicto al protocolo más inflexible. No había obtenido el mando de una de las fuerzas de seguridad de élite mundiales hablando primero y pensando después.
Pero ¿qué está pensando?
El objeto que estaban observando en el monitor era una especie de contenedor, de paredes transparentes. Eso era sencillo. Lo difícil era el resto. Dentro del contenedor, como por obra de algún efecto especial, una pequeña gota de metal líquido parecía flotar en el aire. La gota aparecía y desaparecía en el rítmico parpadeo rojo de una pantalla de cristal líquido, la cual desgranaba una cuenta atrás ince­sante que provocaba escalofríos al técnico.
¿Puede aclarar el contraste? —preguntó el comandante, lo cual sobresaltó al técnico.
El técnico obedeció, y la imagen ganó más brillo. El comandante se inclinó hacia adelante y escudriñó algo que se había hecho visible en la base del contenedor. El técnico siguió la mirada de su comandante. Junto a la pantalla había un acrónimo, apenas visible. Cuatro letras mayúsculas brillaban en los destellos de luz intermitentes.
Quédese aquí —dijo el comandante—. No diga nada. Yo me ocuparé de esto.

25

Materiales Peligrosos. A cincuenta metros bajo tierra.
Vittoria Vetra avanzó tambaleante, y casi cayó contra el lector re-tiniano. Notó que el norteamericano corría a ayudarla, la sostenía, aguantaba su peso. Desde el suelo, el ojo de su padre la miraba. Sin­tió que se asfixiaba. ¡Le han arrancado el ojo! Su mundo se desmoro­nó. Kohler estaba detrás de ella, hablando. Langdon la guiaba. Como en un sueño, se encontró con un ojo pegado al lector retiniano. El mecanismo emitió un pitido.
La puerta se abrió.
Incluso con el terror del ojo de su padre grabado en el alma, Vit­toria presintió que otro horror la esperaba dentro. Cuando clavó su vista borrosa en la habitación, confirmó el siguiente capítulo de la pe­sadilla. Ante ella, la solitaria plataforma de recarga estaba vacía.
El contenedor había desaparecido. Habían arrancado el ojo a su padre para robarlo. Las implicaciones se sucedieron con demasiada rapidez para asimilarlas en su totalidad. Todo había salido mal. Ha­bían robado el especimen que debía demostrar que la antimateria era una fuente de energía segura y viable. ¡Pero nadie conocía siquiera lo, existencia del especimen! Sin embargo, la verdad era innegable. Al­guien lo había descubierto. Vittoria no podía imaginar quién. Ni tan sólo Kohler, de quien se decía que sabía todo lo que se cocía en el CERN, tenía idea del proyecto.
Su padre estaba muerto. Asesinado a causa de su genio.
Mientras el dolor estrujaba su corazón, un nuevo sentimiento se abrió paso en la conciencia de Vittoria. Era mucho peor. Abrumador. Mortificante. Era la culpa. Culpa incontrolable, implacable. Vittoria sabía que era ella quien había convencido a su padre de que creara la muestra. Contra su voluntad. Y le habían asesinado por ello.
Un cuarto de gramo...
Como cualquier tecnología (el fuego, la pólvora, el motor de combustión), la antimateria podía ser mortífera si llegaba a caer en malas manos. Muy mortífera. La antimateria era un arma letal. Po­tente e imparable. Una vez extraído de su plataforma de recarga del CERN, la cuenta atrás del contenedor proseguiría inexorable. Un tren sin frenos.
Y cuando se terminara el tiempo...
Una luz cegadora. El rugido de un trueno. Incineración espontá­nea. Sólo el destello... y un cráter vacío. Un cráter vacío muy grande.
La idea del genio pacífico de su padre utilizado como una herra­mienta de destrucción era como veneno en su sangre. La antimateria era el arma terrorista suprema. Carecía de partes metálicas suscepti­bles de disparar un detector de metales, de rastros químicos que pu­dieran olfatear los perros, de espoleta que pudiera desactivarse si las fuerzas del orden localizaban el contenedor. La cuenta atrás había empezado...
Langdon no sabía qué hacer. Sacó su pañuelo y cubrió con él el ojo de Leonardo Vetra. Vittoria esperaba en la puerta de la cámara vacía, con el rostro deformado en una expresión de dolor y pánico. Lang­don se acercó a ella de nuevo, pero Kohler intervino.
Señor Langdon. —El rostro de Kohler era inexpresivo. Indi­có a Langdon con un ademán que se alejara, para que ella no pudie­ra oírle. Langdon obedeció de mala gana.
Usted es el especialista —dijo Kohler en un susurro—. Quie­ro saber qué pretenden hacer esos bastardos Illuminati con la anti­materia.
Langdon intentó concentrarse. Pese a la locura que le rodeaba, su primera reacción fue la lógica: de rechazo. Kohler seguía barajan­do presunciones. Presunciones imposibles.

Los Illuminati ya no existen, señor Kohler. No me cabe la me­nor duda. El culpable de este crimen podría ser cualquiera, tal vez otro empleado del CERN que descubrió el proyecto del señor Vetra y pensó que era demasiado peligroso para permitir que continuara adelante.
Kohler le miró estupefacto.
¿Cree que se trata de un crimen de conciencia, señor Lang-don? Absurdo. El asesino de Leonardo sólo quería una cosa: la mues­tra de antimateria. No me cabe la menor duda de que ha planeado ha­cer algo con ella.
Está hablando de terrorismo.
Desde luego.
Pero los Illuminati no eran terroristas.
Dígaselo a Leonardo Vetra.
Langdon pensó que no dejaba de ser cierto. Habían marcado a Leonardo Vetra con el signo de los Illuminati. ¿De dónde había sali­do? La marca sagrada se le antojaba una treta demasiado complicada para que alguien la utilizara con el fin de desviar las sospechas hacia otros. Tenía que haber otra explicación.
Una vez más, Langdon se obligó a considerar lo improbable. Si los Illuminati siguieran en activo, y si robaron la antimateria, ¿cuáles serían sus intenciones? ¿Cuál sería su objetivo? La respuesta que le proporcionó su cerebro fue instantánea. Langdon la desechó con igual rapidez. Cierto, los Illuminati tenían un enemigo evidente, pero un ataque terrorista a gran escala contra el enemigo era inconcebible. Impropio de la secta. Sí, los Illuminati habían matado a gente, pero se trataba de individuos muy concretos, elegidos con mucho cuidado. La destrucción en masa era algo burdo. Langdon hizo una pausa. Una vez más, pensó, habría una elocuencia majestuosa en todo ello: la antimateria, el descubrimiento científico supremo, se utilizaría para desintegrar...
Rechazó aquella idea ridícula.
Existe otra explicación lógica que no es el terrorismo —dijo de repente.
Kohler le miró, expectante.
Langdon intentó ordenar sus pensamientos. Los Illuminati
siempre habían detentado un tremendo poder gracias a la econo­mía. Controlaban bancos. Poseían lingotes de oro. Hasta se rumo­reaba que eran los dueños de la joya más valiosa de la tierra: el Dia­mante de los Illuminati, un diamante sin mácula de enormes proporciones.
Dinero —dijo Langdon—. Tal vez hayan robado la antimate­ria con fines económicos.
Kohler puso cara de incredulidad.
¿Fines económicos? ¿Dónde se puede vender una gota de an­timateria?
La muestra no —replicó Langdon—. La tecnología. La tecno­logía de la antimateria debe de valer una barbaridad. Quizás alguien robó la muestra para analizarla.
¿Espionaje industrial? Pero a ese contenedor le quedan vein­ticuatro horas, hasta que las baterías se agoten. Los investigadores saltarán por los aires antes de averiguar algo.
Podrían recargarlas antes de la explosión. Podrían construir una plataforma recargable compatible como las del CERN.
¿En veinticuatro horas? —rezongó Kohler—. Aunque roba­ran los planos, tardarían meses en construir un recargador como ése, no horas.
Tiene razón —dijo Vittoria con un hilo de voz.
Los dos hombres se volvieron. Vittoria avanzó hacia ellos, con paso tan tembloroso como sus palabras.
Tiene razón. Nadie podría construir un recargador a tiempo. Tan sólo la interfaz exigiría semanas. Filtros de flujo, servobobinas de inducción, aleaciones de condicionamiento de energía, todo calibra­do con el grado específico de energía del lugar.
Langdon frunció el ceño. Había captado la idea. Una trampa de antimateria no era algo que pudiera conectarse sencillamente a un en­chufe de pared. En cuanto salió del CERN, al contenedor le queda­ban veinticuatro horas de vida.
Lo cual conducía a una única conclusión, y muy inquietante.
♦ ♦ ♦

Hemos de llamar a la Interpol —dijo Vittoria. Su voz sonó dis-tante, incluso a sus propios oídos—. Es preciso llamar a las autoridades más indicadas. De inmediato.
Kohler negó con la cabeza.
De ninguna manera.
Las palabras asombraron a la joven.
¿No? ¿Qué quiere decir?
Tú y tu padre me habéis puesto en una situación muy deli­cada.
Necesitamos ayuda, director. Necesitamos encontrar esa tram­pa y recuperarla antes de que alguien salga perjudicado. ¡Tenemos una responsabilidad!
Tenemos la responsabilidad de pensar —dijo Kohler en tono más enérgico—. Esta situación podría tener repercusiones muy gra­ves para el CERN.
¿Está preocupado por la reputación del CERN? ¿Sabe el efec­to que podría causar ese contenedor en una zona urbana? ¡Posee un radio de alcance de un kilómetro! ¡Nueve manzanas!
Tal vez tu padre y tú tendríais que haber pensado en eso antes de crear la muestra.
Fue como una bofetada para Vittoria.
Pero... tomamos toda clase de precauciones.
Por lo visto, no fueron suficientes.
Pero nadie sabía nada de la antimateria.
Se dio cuenta de que era una argumentación absurda. Era evi­dente que alguien lo sabía. Alguien lo había descubierto.
Vittoria no se lo había dicho a nadie. Eso sólo dejaba dos expli­caciones. O bien su padre se había confiado a alguien sin decirle nada a ella, lo cual era ilógico porque era su padre quien la había obliga­do a jurar que guardaría el secreto, o alguien los había espiado. ¿Pin­chando el teléfono móvil, tal vez? Sabía que habían hablado varias ve­ces mientras ella estaba de viaje. ¿Se habían ido de la lengua? Cabía en lo posible. También estaban los correos electrónicos. Pero habían sido discretos, ¿verdad? ¿El sistema de seguridad del CERN? ¿Los habían espiado sin que se dieran cuenta? Sabía que nada de eso im­portaba ya. Mi padre ha muerto.

El pensamiento la espoleó a entrar en acción. Sacó el móvil del bolsillo de los shorts.
Kohler aceleró hacia ella, tosiendo con violencia, mientras sus ojos despedían chispas.
¿A quién... llamas?
A la centralita del CERN. Podrán conectarnos con la Interpol.
¡Piensa! —tosió Kohler, al tiempo que frenaba ante ella—. ¿Cómo puedes ser tan ingenua? En estos momentos, ese contenedor podría estar en cualquier lugar del mundo. Ninguna agencia de inte­ligencia de la tierra podría movilizarse para encontrarlo a tiempo.
¿Es que no vamos a hacer nada?
A Vittoria le provocaba remordimiento plantar cara a un hom­bre de salud tan frágil, pero el director se comportaba de una forma tan rara que ya ni le reconocía.
Vamos a emplear la inteligencia —dijo Kohler—. No pondre­mos en peligro la reputación del CERN implicando a autoridades que no pueden sernos de ayuda. Aún no. Hemos de pensar.
Vittoria sabía que los razonamientos de Kohler no carecían de lógica, pero también sabía que la lógica, por definición, estaba priva­da de responsabilidad moral. Su padre había vivido de acuerdo con la responsabilidad moral: ciencia cauta, compromiso, fe en la bondad innata del hombre. Vittoria también creía en esas cosas, pero las con­sideraba en términos de karma. Se volvió y abrió el teléfono.
No puedes hacer eso —dijo Kohler.
Intente detenerme.
Kohler no se movió.
Un instante después, Vittoria comprendió por qué. A la distan­cia que se hallaban de la superficie, el teléfono no tenía cobertura.
Furiosa, se dirigió hacia el montacargas.


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