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domingo, 24 de noviembre de 2013

LA VOZ DEL DIABLO - ANNE RICE - LAS BRUJAS DE MAYFAIR

                      LA VOZ DEL DIABLO  -  ANNE RICE  -  LAS BRUJAS DE MAYFAIR                                                           
                                                                           La Voz Del Diablo

 
Este libro está dedicado con cariño a :
Stan Rice,
Christopher Rice
y
John Preston;
Vicky Wilson,
agradeciéndole
su coraje,
su visión y su alma;
mi madre y tía,
Patricia O'Brien Harberson,
una señora entrañable
que me llevó en brazos a la iglesia;
y en recuerdo de
Alice Allen Daviau,
hermana de mi madre,
que tanto me dio.
 
La puerca entró con la silla,
el cerdito chocó con la cuna,
la bandeja cayó de la mesa.
y el puchero se tragó el cazo.
El asador que estaba detrás de la puerta
derribó la cuchara al suelo.
«¡Pardiez! -exclamó la parrilla-.
¿Es que no podéis poneros de acuerdo?
Yo soy el jefe de policía.
¡Conducidlos ante mí!»
Los cuentos de mamá oca.
 
 
 
 
1
 
Al principio oía la voz de su padre.
«Emaleth», le susurraba junto al vientre de su madre mientras ésta
dormía. Luego le cantaba largas canciones del pasado, unas canciones
sobre el valle de Donnelaith, el castillo y el lugar donde un día se en-
contrarían ambos. Le aseguró que nacería sabiendo todo cuanto él
sabía. «Así somos nosotros», le dijo su padre en el rápido lenguaje que
los otros no comprendían.
A los otros les sonaba como un murmullo o un silbido. Era su
lengua secreta, pues eran capaces de oír unas sílabas pronunciadas rá-
pidamente que los otros no captaban. Ambos se comunicaban por
medio de ese lenguaje. Emaleth casi sabía hablar...
«Emaleth, tesoro mío, Emaleth, hija mía, Emaleth, mi compañera.»
Su padre aguardaba a que creciera, fuerte y sana. Tenía que crecer
deprisa para reunirse con él. Cuando llegara el momento, su madre la
ayudaría. Tenía que beber la leche de su madre.
Su madre dormía. Su madre lloraba. Su madre soñaba. Su madre
caía enferma. Cuando su padre y su madre se peleaban, el mundo
temblaba y Emaleth sentía miedo.
Pero su padre le cantaba canciones para tranquilizarla, recordán-
dole que las palabras de la canción eran muy rápidas y su madre no
podía comprenderlas. La melodía hacía que a Emaleth le pareciera
como si el pequeño mundo en el que vivía se hubiera hecho más
grande y ella flotara en un lugar sin fronteras, ampliado por la canción
de su padre.
Su padre le recitaba unas poesías muy hermosas, unas palabras
que rimaban. Al oírlas, Emaleth agitaba los brazos y las piernas y
volvía la cabeza.hacia uno y otro lado, estremeciéndose de placer.
 
 
 
 
Su madre no le hablaba. Su madre no sabía que Emaleth estaba
ahí. Emaleth era muy diminuta, según le dijo su padre, pero esta-
ba perfectamente formada y tenía una larga y sedosa cabellera.
Pero cuando su madre hablaba, Emaleth comprendía lo que decía;
cuando su madre escribía, Emaleth veía las palabras. Emaleth oía con
frecuencia murmurar a su madre. Sabía que tenía miedo. A veces veía
los sueños de su madre. Veía el rostro de Michael. Veía unas disputas.
Veía el rostro de su padre tal como lo veía su madre, lo cual entristecía
a ésta.
Su padre amaba a su madre, pero su madre le ponía furioso. Cuan-
do su padre pegaba a su madre, ésta sufría; a veces incluso caía al suelo,
y Emaleth gritaba, o trataba de gritar. Cuando su madre se había que-
dado dormida, su padre la tranquilizaba, diciéndole que no debía tener
miedo, que algún día se encontrarían en el círculo de piedras de Don-
nelaith. Le relataba viejas leyendas sobre los tiempos en que todos los
seres hermosos vivían en una isla, que era el paraíso, antes de que llega -
ran los otros y los pequeños seres.
Las flaquezas de los humanos y la tragedia de los pequeños seres
eran tristes y lamentables. ¿Acaso no era preferible que todos fueran
expulsados de la tierra?
«Te contaré las cosas que he descubierto y las que me han conta-
do», decía su padre.
Emaleth vio el círculo de piedras y la alta figura de su padre tal
como era ahora, pulsando las cuerdas de un arpa. Todo el mundo bai-
laba. Emaleth vio a unos pequeños seres, mezquinos y rencorosos,
ocultos en las sombras. No le gustaban esos seres, no quería que en-
traran en la ciudad. «Nos odian -le explicó su padre, refiriéndose a
los pequeños seres-. Es lógico. Pero ya no pueden hacernos daño.
No son más que el recuerdo de unos sueños que no llegaron a cum-
plirse.»
Ha llegado la hora. La hora triunfal para Emaleth y su padre.
Emaleth vio a su padre en los viejos tiempos, con los brazos ex-
tendidos. Era Navidad y el valle estaba cubierto de nieve. Vio unos
hermosos pinos albares. La gente entonaba unos himnos. A Emaleth
le complacía oír sus voces. Tenía aún mucho que ver y aprender.
«Si algún día llegamos a separarnos, tesoro, reúnete conmigo en el
valle de Donnelaith. No te será difícil encontrarlo. Sé que puedes
conseguirlo. Las personas que pretenden separarnos buscan a tu ma-
dre. Recuerda que nacerás sabiendo todo cuanto debes saber. ¿Puedes
responderme?»
Emaleth lo intentó, pero no pudo.
«Taltos -dijo su padre, besando el vientre de su madre-. Te
oigo, tesoro mío, te quiero.»
 
 
 
 
Emaleth se sentía feliz cuando su madre dormía, porque cuando
se despertaba rompía a llorar .
«¿Crees que no soy capaz de matarlo? -le preguntó su padre a su
madre. Se estaban peleando a causa de Michael-. Por supuesto que
soy capaz de matarlo. Si me abandonas, lo mataré.»
Emaleth vio a esa persona, a ese Michael, a quien su madre amaba
y su padre odiaba. Michael vivía en Nueva Orleans, en una casa muy
grande. Su padre quería regresar a esa casa. Deseaba tomar posesión
de ella, pues era suya, y le enfurecía que estuviera ocupada por Mi-
chael. Pero sabía que debía esperar. Emaleth había ido a su encuentro,
alta y fuerte. Tenía que existir un Principio. Su padre deseaba que se
reunieran en el valle de Donnelaith. El Principio era todo. Nada exis-
tía si no existía un Principio.
Prospera, hija mía.
Taltos.
Nadie vivía ya en Donnelaith. Pero ellos vivirían allí: Emaleth, su
padre y los hijos de ambos. Tendrían muchos hijos. Se convertiría en
el santuario del Principio. «Será nuestro Belén», le susurró su padre.
Sería el comienzo de todos los tiempos.
Había oscurecido. Su madre estaba acostada, llorando y repitien-
do sin cesar: «Michael, Michael, Michael. »
Emaleth lo supo al amanecer.
Todo adquirió un colorido más brillante y Emaleth vio la mano
de su madre sobre ella, oscura, delgada e inmensa, cubriendo el mun-
do entero.
 
 
 
 
2
 
La casa estaba a oscuras. Los coches habían partido y sólo se veía
encendida una luz en la ventana de la habitación de Michael Curry, la
vieja habitación donde muriera la prima Deirdre. Mona sabía perfec-
tamente lo que había sucedido esta noche y se alegraba. Casi lo había
planeado...
Mona le había asegurado a su padre que iría a Metairie con el tío
Ryan y las primas Jenn y Clancy, pero no le había dicho nada al respec-
to al tío Ryan y éste se había marchado hacía tiempo, suponiendo, al
igual que los demás, que Mona había regresado a la casa de la calle
Amelia con su padre, lo cual no era cierto.
Mona había estado en el cementerio y había perdido la apuesta de
que David no se atrevería a hacerlo con ella allí, la noche del martes
de carnaval, ante la tumba de los Mayfair. David lo había hecho. En
realidad, no había sido gran cosa, aunque para un chico de quince
años no estaba mal. A Mona le había excitado huir con David, sentir
su temor, trepar juntos por el muro encalado del cementerio y desli-
zarse entre las lápidas de mármol. Resultaba bastante desagradable
tumbarse en la fría y húmeda tierra, pero lo había hecho, alisándose la
falda por detrás de forma que sólo tuviera que bajarse las braguitas sin
apenas ensuciarse. «¡Hazlo!», le ordenó a David, el cual estaba más
que dispuesto. Mientras lo hacían, Mona había contemplado una es-
trella que brillaba en el nublado cielo; luego sus ojos se habían posa-
do en una pequeña lápida en la que figuraba el nombre de Deirdre
Mayfair.
De pronto, cuando hubo terminado David, le dijo:
-No tienes miedo de nada.
-¿Acaso debo tener miedo de ti? -replicó Mona incorporándo-
se, sin molestarse en disimular su decepción. Todavía estaba excitada
y su primo David ni siquiera le gustaba mucho, pero se alegraba de
haberlo hecho.
«Misión cumplida», escribiría más tarde en su ordenador, en el
directorio secreto llamado \ WS\MONA \AGENDA, donde depositaba
todas sus confesiones sobre los triunfos que no podía compartir con
nadie en el mundo. Nadie era capaz de descubrir la clave de sus archi-
vos secretos, ni siquiera el tío Ryan o el primo Pierce, a quienes había
sorprendido en diversas ocasiones husmeando en sus archivos. «Lo
tienes muy bien montado», le decían. Poseía el IBM 386 clónico más rápido del mercado,
dotado de máxima capacidad de memoria y alma-
cenamiento en disco duro. Era asombrosa la cantidad de cosas que la
gente ignoraba sobre los ordenadores. Ella misma aprendía todos los
días algo nuevo sobre estos aparatos.
Sí, éste era un momento del que sólo podía ser testigo su ordena-
dor. Es posible que, ahora que su padre y su madre se habían conver-
tido en unos alcohólicos, Mona empezara a escribir con frecuencia
sobre ellos. Había muchos Mayfair a quienes conquistar. De hecho,
su agenda no incluía a nadie que no fuera un Mayfair; excepto, claro
está, Michael Curry. Aunque, en realidad, Michael había terminado
por convertirse en un Mayfair. Estaba dominado por la familia.
Michael Curry se hallaba asolas en la casa. Eran las diez de la
noche del martes de carnaval, tres horas después de haber pasado
Comus, y Mona Mayfair contemplaba la casa desde la esquina de las
calles Primera y Chestnut, sintiéndose liviana como un espectro.
Tenía ante sí toda la suave y oscura noche para hacer lo que le ape-
teciera.
Probablemente su padre había perdido el conocimiento y alguien
lo había acompañado a casa. Habría sido un milagro que estuviera en
condiciones de recorrer a pie las trece manzanas hasta Amelia y Saint
Charles. Ya antes de que pasara Comus, estaba tan borracho que se
había sentado en el territorio neutral de Saint Charles, con una botella
de Southern Comfort entre las manos, y se había dedicado a beber
ante las narices del tío Ryan, la tía Bea y quienquiera que se hallara
presente en aquellos momentos, advirtiéndole a Mona que lo dejara
en paz.
A Mona le tenía sin cuidado lo que hiciera su padre. Michael Curry
la había alzado como si fuera una pluma y la había llevado sentada so-
bre sus hombros durante todo el desfile. A Mona le gustaba ir montada
sobre los vigorosos hombros de ese hombre, con una mano apoyada en
su cabello negro y rizado. Le gustaba sentir su rostro entre los muslos,
que apretaba ligeramente mientras le rozaba la mejilla con la mano
izquierda.
 
Era todo un hombre, ese Michael Curry. y el padre de Mona es-
taba demasiado borracho para observar lo que ella hacía.
En cuanto a su madre, había perdido el conocimiento por la tarde.
Habría sido también un milagro que se despertara a tiempo de ver
pasar a Comus por Saint Charles y Amelia. La anciana Evelyn estaba
allí, por supuesto, silenciosa como de costumbre, pero despierta. Se
daba cuenta de todo cuanto sucedía a su alrededor. Si Alicia prendiera
fuego a la casa, la anciana Evelyn sería perfectamente capaz de pedir
auxilio. Uno ya no podía dejar asolas a la pobre Alicia.
Mona lo tenía todo previsto. Sabía que Vivian, la tía de Michael,
no estaría en la casa de la calle Primera, pues había ido a pasar la noche
a casa de la tía Cecilia. Mona las había visto partir juntas después del
desfile. y Aaron Lightner, un erudito y misterioso personaje, se había
marchado con la tía Bea. Mona les había oído planearlo. ¿ En el coche
de él o en el de ella? A Mona le alegraba pensar que Beatrice Mayfair y
Aaron Lightner estaban juntos. Aaron parecía quitarse diez años de
encima cuando estaba con Beatrice, la cual, pese a su edad y su cabello
canoso, atraía las miradas de todos los hombres. Cuando entraba en
Walgreen's, los empleados salían apresuradamente del almacén para
atenderla; a veces, un caballero le pedía consejo sobre un buen cham-
pú que eliminara la caspa. La tía Bea poseía un increíble poder de se-
ducción, pero a ella sólo le interesaba Aaron Lightner, lo cual repre-
sentaba una novedad.
A Mona no le importaba que Eugenia, la vieja doncella, se en-
contrara en la casa, porque probablemente estaría acostada en el
dormitorio del fondo y, según decían, después de tomarse su acos-
tumbrada copa de oporto nada era capaz de despertarla. En la casa
no había prácticamente nadie salvo su hombre. Desde que conocía la
historia de las brujas Mayfair -tras haber leído el largo documento
de Aaron Lightner-, Mona estaba obsesionada con la casa de la ca-
lle Primera. Deseaba formularle a Michael algunas preguntas sobre
lo que había leído acerca de trece brujas procedentes de una aldea
escocesa llamada Donnelaith, una de las cuales -una desdichada
aunque astuta mujer- había sido quemada en la hoguera en 1659.
Todo el mundo soñaba con tener una historia tan pintoresca. Al me-
nos, Mona.
Había ciertos pormenores de la larga historia familiar que tenían
un significado especial para ella. Lo que más le intrigaba era la leyenda
sobre la vida del tío Julien.
Incluso Gifford, la tía de Mona, se encontraba esa noche lejos de
Nueva Orleans, en su casa de Destin, en Florida, ocultándose de to-
dos y preocupada por el clan. Gifford le había rogado a la familia que
no se reuniera en la casa el martes de carnaval. Pobre tía Gifford. Ha-
bía prohibido que se mencionara en su presencia el informe sobre las
brujas Mayfair. «No creo en esas cosas», decía.
La tía Gifford vivía en un permanente estado de terror. No quería
ni oír hablar de las leyendas del pasado. La pobre tía Gifford sólo so-
portaba la presencia de su abuela, la anciana Evelyn, porque ésta casi
nunca pronunciaba una palabra. La tía Gifford ni siquiera quería re-
conocer que era nieta de Julien.
En ocasiones, Mona se sentía tan triste por la tía Gifford que casi le
entraban deseos de romper a llorar. La tía Gifford sufría por toda la fa-
milia, y nadie se sentía más apenada por la desaparición de Rowan May-
fair que ella. Ni siquiera Ryan. En el fondo, la tía Gifford era una mujer
entrañable; no existía nadie mejor que ella para pedirle consejo sobre los aspectos
prácticos de la vida, como cuál era el vestido idóneo para el baile de la escuela, si una
debía afeitarse o no las piernas, o qué perfume era el  
más indicado para una chica de trece años (Laura Ashley n.º 1). En resu-
men, el tipo de cosas frívolas que Mona ignoraba.
¿Qué se proponía Mona esa noche del martes de carnaval, ahora
que había conseguido quedarse sola y nadie sabía lo que había ma-
quinado? Ella sí lo sabía, por supuesto. ¡La casa de la calle Primera era
suya! Parecía como si la enorme y tenebrosa mansión, con sus blancas
columnas, le susurrara: «Mona, Mona, entra sin temor. Aquí vivió y
murió el tío Julien. Ésta es la casa de las brujas y tú también eres una
bruja. Éste es el lugar al que perteneces.»
Quizás era el propio tío Julien quien le hablaba. No, sólo era una
fantasía. Con una imaginación como la de Mona, uno podía ver y oír
lo que deseara.
Pero, quién sabe, puede que una vez que hubiera logrado entrar
viese al fantasma del tío Julien. Sería estupendo. Sobre todo si se to-
paba con el simpático y elegante tío Julien con el que solía soñar .
Mona atravesó la calle bajo el oscuro techado que formaban las
ramas de las encinas, se encaramó apresuradamente a la vieja verja de
hierro y aterrizó al otro lado, entre unas matas y unos filodendros,
sintiendo el frío y húmedo follaje sobre su rostro. Acto seguido, tras
alisarse la falda del vestido rosa, comenzó a andar sigilosamente por el
camino empedrado.
A ambos lados de la amplia puerta de entrada habían unas farolas
encendidas. En el oscuro porche Mona distinguió la silueta de unas
mecedoras pintadas de negro, al igual que los postigos. Echó un vis-
tazo alrededor del inmenso jardín, el cual parecía envolverla y aislarla
del resto del mundo.
La casa ofrecía el mismo aspecto de siempre -hermosa, miste-
riosa y atrayente-, aunque a Mona le gustaba más antes de que Mi-
chael decidiera restaurarla, cuando estaba en ruinas y abandonada. Le
gustaba contemplar a Deirdre sentada en una de las mecedoras del
porche, mientras las gigantescas parras trepadoras amenazaban con
engullir la casa y el jardín que la rodeaba.
Michael había salvado la casa, pero Mona hubiera preferido entrar
en ella cuando estaba todavía en ruinas. Sabía que habían hallado un
cadáver en el desván. Había oído a su madre ya la tía Gifford hablar
de ello con frecuencia. La madre de Mona tenía tan sólo trece años
cuando nació ésta, y la tía Gifford siempre había estado junto a ellas.
De hecho, durante un tiempo Mona no estuvo segura de si su ma-
dre era Alicia o Gifford. Posteriormente había aparecido la anciana
Evelyn, a quien le encantaba sostener a Mona en su regazo. Aunque
apenas hablaba, la anciana Evelyn solía cantar unas canciones muy
melancólicas. Por aquella época Alicia se había convertido en una alco-
hólica y era Mona quien se ocupaba de la casa de la calle Amelia.
En aquellos tiempos hablaban con frecuencia del cadáver que ha-
bían encontrado en el piso de arriba. Hablaban de la tía Deirdre, la
heredera, la cual se hallaba sumida en un estado catatónico. Hablaban
de todos los misterios de la calle Primera.
La primera vez que Mona entró en la casa de la calle Primera, poco
antes de que Rowan se casara con Michael, tuvo la sensación de per-
cibir el hedor del cadáver que habían hallado en el desván. Sintió de-
seos de subir y apoyar las manos en el lugar donde había yacido éste.
En aquella época Michael Curry estaba restaurando la casa, que se
encontraba llena de pintores. Cada vez que Mona trataba de subir al
desván, la tía Gifford la miraba severamente y le prohibía que se mo-
viera.
Michael Curry había realizado un trabajo prodigioso. Mona so-
ñaba con poder remozar algún día la casa situada en Saint Charles y
Amelia.
Nada le impediría ahora a Mona subir al tercer piso. Gracias ala
historia que había leído conocía la identidad del hombre que había
muerto allí, un joven investigador perteneciente a la organización
Talamasca y llamado Stuart Townsend. Aún no habían descubierto
quién lo había envenenado, pero Mona suponía que había sido el tío
Cortland; en realidad no era su tío, sino su tatarabuelo, lo cual cons-
tituía uno de los enigmas más divertidos de la historia familiar.
Luego estaba el misterio de los olores. Mona quería investigar la
procedencia del olor que invadía el vestíbulo y el salón de la casa de
la calle Primera. No tenía nada que ver con el cadáver, sino con el
desdichado suceso acaecido en Navidad. Era un olor que nadie perci-
bía excepto ella, a menos que la tía Gifford hubiera mentido cuando
Mona le preguntó si lo notaba.
La tía Gifford le había mentido. Se negaba a reconocer que «veía
cosas» y percibía extraños olores. «No huelo nada raro», decía enoja-
da. Quizá fuera cierto. Los Mayfair eran capaces de adivinar el pensa-
miento de otras personas, pero erigían unos impenetrables muros en-
tre ellos.
Mona deseaba tocarlo todo. Quería encontrar el Victrola. Las per-
las no le importaban, sólo el Victrola. y quería averiguar EL GRAN SE-
CRETOFAMILIAR, es decir, lo que le había sucedido a Rowan Mayfair
el día de Navidad. ¿Por qué había abandonado a Michael, su recién
estrenado marido? ¿Y por qué habían hallado a éste flotando en la he-
lada piscina? Estaba medio muerto. Todo el mundo creyó que iba a
morir, excepto Mona.
Por supuesto, Mona había hecho algunas conjeturas respecto a lo
ocurrido, pero quería conocer la versión de Michael Curry. y hasta la
fecha no existía tal versión. Si Michael le había contado a alguien lo
sucedido el día de Navidad, esa persona probablemente era su amigo
Aaron Lightner, miembro de la organización denominada Talamasca,
el cual no se lo revelaría a nadie. Todos se compadecían de Michael y
no querían forzarlo a hablar sobre el asunto. Habían temido que mu-
riera a consecuencia del accidente.
El día del accidente, por la noche, Mona había conseguido entrar en
la unidad de cuidados intensivos del hospital donde estaba ingresado
Michael y le había acariciado la mano. Estaba convencida de que no
moriría. Se había lesionado el corazón al permanecer sumergido unos
minutos en el agua helada de la piscina, sin respirar, y debía descansar
para reponerse, pero no moriría. Mona lo comprendió en cuanto le
tomó el pulso. Tocar a Michael era como tocar aun Mayfair. Poseía
algo especial, como todos los Mayfair. Mona sabía que veía fantasmas,
aunque en la historia de las brujas Mayfair no constaban ni él ni Rowan.
Mona se preguntaba si Michael estaría dispuesto a revelarle la verdad,
como, al parecer, se la había revelado aciertas personas.
Mona tenía mucho que aprender y descubrir. El hecho de tener
trece años era una broma pesada. En realidad no tenía trece años,
como tampoco habían tenido nunca trece años Juana de Arco o Ca-
talina de Siena. Eran santas, sí, pero eran casi unas brujas-
¿Y lo de la Cruzada de los Niños? De haber estado Mona allí, ha -
bría conseguido que les devolvieran Tierra Santa. ¿Y si promoviera
una revuelta nacional de genios de trece años, para exigir el derecho al
voto en base a la inteligencia y que les concedieran el permiso de
conducir en cuanto estuviesen capacitados para ello y los pies les lle-
garan a los pedales del coche? En fin, esas cuestiones tendrían que
aguardar .
Esta noche, mientras regresaban tras asistir al desfile de carnaval,
Mona comprendió que Michael estaba lo suficientemente fuerte como
para acostarse con ella, suponiendo que lograra convencerlo de que lo
hiciese, lo cual no era tarea fácil.
Los hombres de la edad de Michael poseían una interesante com-
binación de conciencia y autocontrol. Los viejos, como su tío abuelo
Randall, se dejaban conquistar con facilidad, y los muchachos jóve-
nes, como su primo David, eran insignificantes.
Para una niña de trece años, el hecho de perseguir a Michael Curry
era como escalar el Everest, pensó Mona sonriendo. «Lo conseguiré
aunque me cueste la vida», se dijo. Puede que cuando lograra conquis-
tarlo supiese lo que él sabía sobre Rowan, por qué Rowan y él se habían
peleado el día de Navidad y por qué ella había desaparecido. A fin de
cuentas, no se trataba de que Michael traicionara a Rowan. Seguramen-
te Rowan se había largado con un hombre; y toda la familia, aunque se
negara a hablar de ello, temía por su suerte.
Rowan no estaba muerta; simplemente, era como si se hubiera mar-
chado dejando la puerta del corral abierta. Mona estaba loca por Mi-
chael Curry, un hombre fuerte, recio y al mismo tiempo tierno como
un osito de peluche.
Mona contempló durante unos instantes el inmenso vestíbulo en
forma de U, pensando en todos los retratos de los miembros de la fa-
milia que había visto allí a lo largo de los años. El retrato del tío
abuelo Julien seguía colgado en la casa de la calle Amelia, aunque la
madre de Mona tenía que retirarlo cada vez que aparecía la tía Gi-
fford, a pesar de que eso constituía una ofensa para la anciana Evelyn.
La anciana Evelyn rara vez despegaba los labios; lo único capaz de
arrancarla de su mutismo era su preocupación por Mona y la madre
de ésta, pues temía que Alicia acabara muriendo a causa de su afición a
la bebida. Patrick, el padre de Mona, estaba siempre tan borracho que
ni siquiera sabía quién era.
Mientras contemplaba el vestíbulo, Mona tuvo la sensación de
que veía al tío Julien con su pelo canoso y sus ojos azules. Era curioso
pensar que años atrás solía bailar allí con la anciana Evelyn. El infor-
me Talamasca omitía ese detalle. La historia había pasado por altQ ala
anciana Evelyn ya sus nietas Gifford y Alicia, así como a la única hija
de Alicia, Mona.
Pero esto no era más que un juego. El tío Julien no estaba real-
mente allí. Esas visiones no eran reales, aunque Mona estaba segura
de que no tardarían en materializarse.
Mona se dirigió por el camino empedrado hacia la parte lateral de
la casa, hasta alcanzar el porche donde la tía Deirdre solía sentarse en
una mecedora. Mona la había observado en muchas ocasiones desde
la verja, aunque nunca había entrado. Ahora sabía que drogaban ala
pobre Deirdre.
 
 
 
 
El porche ofrecía un aspecto limpio y aseado. Habían retirado la
mampara, pero el tío Michael había instalado de nuevo la mecedora de
Deirdre y solía pasar horas sentado allí, aterido de frío, como si estu-
viera tan loco como ella. Las ventanas del cuarto de estar estaban cu-
biertas por unos visillos de encaje y unas cortinas de seda. Todo tenía
un aire muy suntuoso.
Hacía muchos años, la tía Antha, una bruja como su hija Deirdre,
se había caído en el mismo lugar en que se encontraba ahora Mona
-donde el camino empedrado se hacía más ancho y formaba un re-
codo-, falleciendo al instante. Se había partido la cabeza y la sangre
manaba copiosamente de ésta y de su corazón.
Nadie podía impedir ahora que Mona se arrodillara y tocara las
piedras sobre las que había caído Antha. Durante unos instantes cre-
yó ver a Antha, una joven de dieciocho años, con la mirada perdida en
el infinito y luciendo un collar de esmeraldas manchado de sangre que
se le había enredado en el pelo.
Pero no podía estar segura de que no fuera producto de su imagi-
nación, dado que había oído contar repetidas veces esas historias y
había tenido unos sueños muy raros. Un día, sentada ante la mesa de
la cocina, Gifford dijo sollozando:
-Esa casa está embrujada. No dejes que Mona vaya allí.
-Tonterías -replicó Alicia-. Mona quiere ser una de las damas
de honor en la boda de Rowan Mayfair.
Había sido, ciertamente, un honor. Fue una boda por todo lo alto.
Mona se había divertido mucho. De no ser porque la tía Gifford no le
quitaba los ojos de encima, Mona hubiera registrado esa misma tarde
la casa de la calle Primera mientras los demás bebían champán, habla-
ban sobre cosas intrascendentes y hacían conjeturas sobre el señor
Lightner, quien todavía no les había revelado su historia.
Mona no habría asistido a la boda si la anciana Evelyn no se hu-
biera levantado de la silla para encararse con la tía Gifford.
-Deja que la niña sea dama de honor -dijo con voz seca.
La anciana Evelyn había cumplido noventa y un años. Puesto que
rara vez abría la boca; cuando por fin se decidía a hablar todo el mun-
do le prestaba atención, aunque en ocasiones resultaba difícil com-
prender lo que decía.
A veces Mona detestaba a la tía Gifford por sus temores y sus
constantes angustias, aunque nadie podía realmente odiarla. Era de-
masiado buena, sobre todo con su hermana Alicia, la madre de Mona,
a quien todo el mundo consideraba un caso perdido porque la habían
internado tres veces en un hospital debido a su afición al alcohol y no
había servido de nada. Todos los domingos Gifford iba a la calle
Amelia para limpiar la casa, barrer la acera y hacerle compañía ala an-
ciana Evelyn. De paso le llevaba unos vestidos a Mona, que detestaba
ir de compras.
-Deberías vestirte como las jovencitas de tu edad -le había di-
cho la tía Gifford hacía unos días.
-Prefiero vestirme como una niña pequeña -respondió Mo-
na-. Es una especie de disfraz. Además, la mayoría de las chicas de
mi edad tienen un aspecto bastante desaliñado. Me gustaría ofrecer un
aire corporativo, pero me temo que soy demasiado bajita.
-Tienes el pecho muy desarrollado. Es difícil encontrar vestidos
infantiles de tu talla.
-¿En qué quedamos? Unas veces quieres que crezca rápidamente
y otras que me comporte como es debido. ¿Qué soy para ti, una niña
o un problema sociológico? Detesto la uniformidad. Es destructiva.
Fíjate en los políticos. Todos se visten igual en Washington, con cor-
bata, camisa y traje gris. Es horrible.
-Quiero que seas más responsable. Que te vistas como corres-
ponde a una joven de tu edad y te comportes como tal, en lugar de
parecer una puta de Babilonia con una cinta en el pelo.
Gifford se detuvo, asombrada de haberse atrevido a pronunciar la
palabra «puta».
-¡Perdóname, cariño! -exclamó, sonrojándose y haciendo as-
pavientos-. Sabes que te quiero mucho, Mona. No era mi intención
ofenderte.
-Lo sé, tía Gif, pero no vuelvas a decir nada semejante.
Mona permaneció un buen rato arrodillada sobre las frías piedras
del camino, hasta que empezó a notar que le dolían las rodillas.
-Pobre Antha -murmuró.
Acto seguido se levantó, se alisó la falda, se apartó el pelo de la
cara y se aseguró el lazo que llevaba en la cabeza. El tío Michael le
había dicho que le encantaba su lazo de seda.
-Todo irá bien -había afirmado esa misma tarde, cuando se di-
rigían a ver el desfile de carnaval-, siempre y cuando Mona luzca un
bonito lazo.
-En noviembre cumplí trece años -murmuró ella, acercándose
a él y agarrándole la mano-. Dicen que soy demasiado mayor para
llevar lazos en el pelo.
-¿Que has cumplido trece años? -replicó Michael, mirándola
estupefacto. Sus ojos se posaron brevemente en sus pechos, pero en-
seguida se sonrojó y apartó la mirada-. No lo sabía. Pero no estoy de
acuerdo en que dejes de llevar un lazo en el pelo. Sueño con frecuencia
con tu cabello rojo y ese lazo.
Lo había dicho en tono poético, medio en broma. Era un hombre
bondadoso y encantador, pero lo cierto es que se había sonrojado li-
geramente. Algunos hombres de su edad consideraban a una chica
de trece años una especie de bebé nada interesante, pero Michael no
era así.
Mona decidió reflexionar sobre la estrategia que debía seguir cuan -
do entrara en la casa y estuviera junto a él. De momento, le apetecía
pasear por el jardín. Subió los escalones que conducían a la terraza. Las
luces de la piscina estaban encendidas, dándole un hermoso resplandor.
La superficie exhalaba un poco de vapor, aunque Mona no comprendía
por qué se molestaban en calentar el agua de la piscina. Michael había
jurado no volver a bañarse en ella. De todos modos, el día de San Patri-
cio, hiciera la temperatura que hiciera, probablemente habrían cien
niños Mayfair chapoteando en la piscina, de modo que era preferible
que el agua estuviera templada.
Mona atravesó la terraza hasta llegar ala caseta de la piscina, junto
a la que habían hallado unas gotas de sangre en la nieve, lo cual signi-
ficaba que se había producido una pelea. En estos momentos el suelo
estaba limpio, cubierto únicamente por unas hojas. El jardín acusaba
todavía los efectos de las fuertes nevadas que habían caído ese año,
poco frecuentes en Nueva Orleans, aunque gracias al calor de la se-
mana pasada las maravillas habían florecido de nuevo. Mona aspiró su
fragancia y contempló las pequeñas flores en la penumbra. Resultaba
difícil imaginar ese paisaje cubierto de sangre y nieve, ya Michael
Curry flotando en la piscina, con el rostro ensangrentado, lleno de
contusiones y medio muerto.
De pronto Mona percibió otro aroma, un extraño olor que antes
había detectado en el vestíbulo y en el cuarto de estar, donde había
una alfombra china. Era un olor casi imperceptible, pero ella lo ha-
bía notado. Lo percibió al acercarse a la balaustrada que rodeaba la
piscina, mezclado con el aroma de las maravillas. Olía a caramelo o
algo parecido, aunque no se trataba de nada comestible.
De pronto sintió rabia contra la persona o las personas que habían
herido a Michael Curry .Éste le había caído bien desde el momento en
que lo conoció. Rowan Mayfair también le era simpática. Le hubiera
gustado pasar un rato charlando a solas con ellos para hacerles algunas
preguntas y pedirles que le cedieran el Victrola, suponiendo que fue-
ran capaces de encontrarlo, pero no había tenido oportunidad de ha-
cerlo.
Mona se arrodilló de nuevo en el suelo y tocó las frías losas, que
lastimaban sus rodillas. Seguía percibiendo el olor, pero no Vio nada
de particular. Luego dirigió la vista hacia el ala de los sirvientes. Todas
las luces estaban apagadas.
Al mirar hacia la cochera, situada detrás de la encina de Deirdre,
comprobó que había una luz encendida, lo que significaba que Henri  
todavía estaba despierto. «Bueno, ¿y qué?», se dijo Mona. No le  sería
difícil librarse de Henri. Esta misma noche, mientras cenaban después
del desfile, Mona se había puesto a pensar en Henri y había llegado a
la conclusión de que debía de estar muerto de miedo y no quería per-
manecer en aquella casa. El viejo mayordomo no sabía qué hacer para
complacer a Michael, el cual insistía:
-Soy lo que suele decirse un alto proletario, de modo que me
conformo con un plato de habichuelas y arroz. Un alto proletario.
Después de cenar, cuando Michael intentó em-
prender la retirada y tomarse su copita de reconstituyente, según decía
él, Mona se le acercó para preguntarle:
-¿Qué es un alto proletario, tío Michael?
-¡Qué lenguaje! -respondió él, fingiendo sorpresa. Luego, im-
pulsivamente, le había acariciado el lazo que llevaba en el pelo.
-Lo siento -dijo ella-, pero es muy importante que una seño-
rita bien educada posea un extenso vocabulario.
Michael se echó a reír y la miró intrigado.
-Un alto proletario es una persona que no tiene que preocuparse
de complacer a la clase media -contestó-. No sé si una señorita
como tú es capaz de comprenderlo.
-Desde luego. Me parece muy lógico lo que dices y quiero que
sepas que detesto la uniformidad.
Michael soltó otra carcajada.
-¿Cómo conseguiste convertirte en un alto proletario? -pre-
guntó Mona-. ¿ Adónde debo ir para inscribirme?
-No se trata de una organización, Mona -respondió Michael-.
Un alto proletario nace proletario. Es un hijo de bombero que ha ga-
nado mucho dinero. Un alto proletario puede cortar el césped de su
jardín cuando le apetezca, lavar él mismo su coche o conducir una
furgoneta aunque todo el mundo le diga que se compre un Mercedes.
Un alto proletario es un hombre libre.
El tío Michael la miró sonriendo y Mona sintió que se derretía.
Por supuesto, se estaba burlando un poco de sí mismo. Pero le gunta-
ba mirarla, eso era evidente. Sí, le gustaba mirarla. Tan sólo le frena-
ban la prudencia y el sentido del decoro.
-Suena estupendo -dijo Mona-. ¿Te quitas la camisa cuando
Cortas el césped?
-¿Cuántos años tienes? -le preguntó el tío Michael en broma,
ladeando la cabeza y con una expresión ingenua en los ojos.
-Ya te lo he dicho, trece -respondió ella.
Luego se puso de puntillas y le besó en la mejilla. Michael se son-
rojó de nuevo. Sí, se había fijado en sus pechos, en su cintura y en sus
caderas, que se insinuaban bajo el vestido de algodón rosa. Parecía  
conmovido por esa muestra de afecto, una emoción independiente de
lo que sentía hacia ella. Durante unos instantes la observó con los ojos
levemente humedecidos y luego se apresuró a decir que debía salir a
tomar un poco el aire. Michael le había dicho algo sobre la noche del
martes de carnaval, algo referente a haber pasado frente a esa casa en
cierta ocasión, de niño, cuando se dirigía a ver el desfile.
Ahora tenía el corazón perfectamente bien, aunque los médicos le
habían aconsejado que no abusara de sus fuerzas y le habían recetado
un montón de medicinas. De vez en cuando sentía un pequeño dolor
en el pecho, según le había confiado a Ryan, lo cual servía para recor-
darle lo que podía y lo que no podía hacer. Mona decidió averiguar
qué era lo que podía y lo que no podía hacer.
Mona permaneció unos minutos junto a la piscina, pensando en
los pormenores de esa rocambolesca historia. Al parecer, Rowan se
había fugado tras sufrir un aborto en el salón; todo estaba cubierto de
sangre y habían hallado a Michael, inconsciente y magullado, flotando
en la piscina. ¿Tendría el extraño olor algo que ver con el aborto su-
frido por Rowan ? Mona le había preguntado a Pierce si había detec-
tado ese olor y éste contestó negativamente. Luego se lo había pre-
guntado a Bea. No. Y a Ryan. Por supuesto que no. Todos le habían
dicho que dejara de husmear en busca de misteriosas pistas. Mona re-
cordó la tensa expresión de la tía Gifford en el pasillo del hospital el
día de Navidad, cuando temían que Michael fuera a morirse, y la for-
ma en que había mirado al tío Ryan.
-¿Te has enterado de lo sucedido? -le preguntó.
-No son más que supersticiones -contestó Ryan bruscamen-
te-. Me niego a escucharlas. No se te ocurra decir esas cosas delante
de los niños.
-No voy a hablar de ello delante de los niños -dijo la tía Gif-
ford, apunto de llorar-. No quiero que los niños lo sepan. Te ruego
que les prohíbas ir a esa casa. ¡Hace tiempo que te lo suplico!
-¡Como si la culpa fuera mía! -replicó el tío Ryan.
Pobre tío Ryan, el abogado de la familia, el protector de la familia.
Constituía un perfecto ejemplo de los perniciosos efectos de la uni-
formidad. Era un espléndido ejemplar masculino, un tipo heroico de
pronunciada mandíbula, ojos azules, espalda ancha, vientre liso y ma-
nos de músico; pero uno no reparaba en esas cosas. Lo único que
veías, al mirar al tío Ryan, era su traje gris, su camisa estilo Oxford y
sus relucientes zapatos adquiridos en Church's. Todos los varones
que trabajaban en la firma Mayfair & Mayfair vestían de idéntica for-
ma. Lo extraño era que las mujeres no vistieran también así, que hu-
bieran optado por un estilo femenino a base de perlas, colores pastel y
zapatos de tacón más o menos alto. Muy elegantes y refinadas. Mona
decidió que cuando se convirtiera en multimillonaria adoptaría un es-
tilo totalmente personal.
Durante la discusión en el pasillo del hospital, el tío Ryan demos-
tró lo preocupado y angustiado que estaba por Michael Curry. No
había pretendido herir los sentimientos de la tía Gifford; jamás habría
hecho nada semejante.
En ese momento apareció la tía Bea y trató de aplacarlos a ambos.
Mona sintió deseos de tranquilizar a la tía Gifford asegurándole que
Michael no iba a morir, pero no quería alarmarla más. No se podía
hablar de nada con la tía Gifford.
Tampoco se podía hablar con la madre de Mona desde que per-
manecía casi todo el día borracha. En cuanto a la anciana Evelyn, ni
siquiera respondía cuando le dirigías la palabra. Sin embargo, cuando
se decidía a hablar quedaba claro que aún conservaba la lucidez. «Dis-
curre perfectamente», afirmó el médico.
Mona recordaba el día en que pidió permiso para visitar la casa
cuando todavía estaba medio en ruinas y Deirdre se pasaba las horas
sentada en la mecedora.
-Anoche tuve un sueño -les dijo a su madre ya la tía Gifford-.
El tío Julien se me apareció y me ordenó que saltara la verja, prescin-
diendo de que la tía Carlotta estuviera o no allí, y me sentara en las
rodillas de la tía Deirdre.
Era cierto. La tía Gifford se puso histérica.
-No te acerques a la prima Deirdre -dijo.
Alicia se echó a reír y la anciana Evelyn se limitó a presenciar la
escena en silencio.
-¿Has visto alguna vez a alguien con tu tía Deirdre cuando pasas
frente a la casa? -le preguntó Alicia.
-¡Cici! ¿Cómo se te ocurre hacerle a la niña esa pregunta? -le
espetó la tía Gifford.
-Sólo he visto al joven que siempre está con ella -replicó Mona.
Al oír aquello, la tía Gifford se puso aún más histérica. Tras ese
episodio le prohibieron que volviera a acercarse por las inmediaciones
de la casa. Por supuesto, Mona no hizo el menor caso y siguió yendo
cada vez que le apetecía. Tenía dos amigas del Sagrado Corazón que  
vivían cerca de la casa situada en la esquina de las calles Primera y
Chestnut. A veces, Mona las acompañaba al salir de la escuela para
pasar frente a la casa. Sus amigas estaban encantadas de que les ayu-
dara a hacer los deberes y le contaban muchas cosas sobre la miste-
riosa casa.
-Ese hombre es un fantasma -murmuró su madre delante de la  
tía Gifford-. No le digas nunca a nadie que lo has visto. Pero a mí
puedes decírmelo. ¿Qué aspecto tenía?
 
 
 
 
Acto seguido Alicia soltó una sonora carcajada y la tía Gifford
rompió a llorar. La anciana Evelyn no dijo nada, pero se notaba que
no se había perdido ripio por la viva expresión que reflejaban sus oji-
llos azules. ¿Qué pensaría sobre sus dos nietas?
Más tarde, mientras se dirigían hacia el coche de la tía Gifford (un
Jaguar sedán, muy Gifford, muy Metairie), ésta le dijo a Mona:
-Te ruego que me hagas caso y no vuelvas a acercarte por esa
casa. Es un lugar perverso.
Mona deseaba complacerla, pero se moría de ganas de averiguar
cuanto pudiera sobre la casa. y más ahora, después de la pelea que ha-
bían tenido Rowan y Michael. Tenía que descubrir los secretos que ocultaba.
El hecho de hallar el documento Talamasca sobre el escritorio de
Ryan había exacerbado su curiosidad. El informe sobre las brujas
Mayfair. Mona lo cogió apresuradamente y lo leyó de cabo a rabo
mientras almorzaba en una cafetería, antes de que alguien lo echara en
falta. Donnelaith, en Escocia. ¿No tenía la familia unas propiedades
allí? ¡Qué historia! Los detalles sobre Antha y Deirdre eran de lo más
escandaloso. Mona dedujo que la versión original del documento de-
bía de incluir a Michael ya Rowan Mayfair, si bien ese pasaje había
sido suprimido.
Aaron Lightner había interrumpido «la narración» -según decía
en las páginas del informe- antes del nacimiento de la «actual here-
dera del legado de los Mayfair», a fin de no violar la intimidad de los
vivos, aunque la Orden consideraba que la familia tenía derecho a
conocer la historia en tanto en cuanto era conocida por otras personas
y existían documentos al respecto.
Hummm. Todos los miembros de la organización Talamasca eran
muy extraños. «y la tía Bea está apunto de casarse con uno de ellos»,
pensó Mona. Era como comprobar que una mosca acababa de caer en
la pegajosa tela de araña que ella había tejido minuciosamente.
El hecho de que Rowan Mayfair hubiera conseguido escapar de
las garras de Mona, quien jamás había conseguido permanecer cinco
minutos a solas con ella, constituía una tragedia digna de ser archivada
en \WS\MONA\DERROTA.
Mona tenía la impresión de que Rowan, al igual que los demás,
temía sus poderes sobrenaturales.
A ella, sin embargo, no le daban miedo. Se sentía perfectamente en
forma, como una bailarina. Sólo medía un metro cincuenta y cinco
centímetros, y no era probable que creciera mucho más, pero tenía un
cuerpo muy desarrollado para su edad.
Le gustaba ser fuerte y tener extraños poderes. Le gustaba adivi-
nar los pensamientos de los demás y ver cosas que los otros no podían
 
 
 
 
ver. El hecho de saber que el hombre que había visto era un fantasma
la excitaba. En realidad, eso no le sorprendía. Ojalá hubiera podido
entrar en la casa en aquellos tiempos.
Pero esa época había pasado, y el presente era el presente. Un
presente muy alentador. La desaparición de Rowan Mayfair había
trastornado a la familia; la gente se mostraba dispuesta a revelar cier-
tos secretos. y ahora tenía ante sus ojos la casa, en ese momento ocu-
pada tan sólo por Michael Curry y ella misma.
El olor que notara junto a la piscina se había disipado un poco; o
puede que Mona se hubiera acostumbrado a él. El caso es que persistía
allí.
Había llegado el momento.
Mona se dirigió al porche trasero y comprobó una por una las di-
versas puertas de acceso a la cocina. Si hubieran olvidado cerrar una
de ellas... Pero no, el meticuloso Henri las había cerrado todas. Daba
lo mismo, estaba resuelta a entrar en la casa.
Mona rodeó la casa hasta llegar a la antigua cocina, actualmente
transformada en un baño, y alzó la vista hacia la ventana del mismo.
¿Quién iba acerrar a cal y canto una ventana tan elevada ? Pero ¿ cómo
conseguiría trepar hasta ella? Pues utilizando uno de los grandes cu-
bos de basura de plástico, que apenas pesaban. Mona se dirigió hacia
el callejón donde se hallaban, agarró uno por el mango y lo transportó
haciéndolo rodar. ¡Qué idea tan brillante! Luego se encaramó a él,
primero de rodillas y luego de pie, abrió los postigos verdes de la
ventana del baño y subió el cristal.
Tras abrir la ventana, cosa que consiguió sin mayores dificultades,
se coló por ella sin que le preocupara ensuciarse el vestido y aterrizó
sobre la moqueta.
¡Al fin había conseguido penetrar en la misteriosa casa de la calle
Primera! Durante unos momentos Mona permaneció de pie en el pe-
queño cuarto de baño, contemplando el reluciente retrete y el lavabo de
mármol blanco y tratando de recordar su último sueño, en el que el tío
Julien la había conducido a la casa y ambos habían subido la escalera.
No lo recordaba con precisión, pues habían pasado varios días
desde que lo tuvo, pero Mona lo había escrito en su ordenador y ar-
chivado en el directorio \WS\MONA\JULIEN, como todos los sueños
en los que se le aparecía éste. Recordaba perfectamente el informe,
pues lo había releído multitud de veces, pero no el sueño.
El tío Julien había colocado un disco en el Victrola, el que Mona
quería que le regalaran, y había comenzado a bailar por la habitación
vestido con una bata de seda guateada. Mona recordaba que le había
dicho que Michael era demasiado bueno. Pero hasta los propios án-
geles tienen unos límites.
 
 
 
 
-La bondad pura rara vez me ha derrotado, ¿sabes, Mona?
-dijo Julien con su delicioso acento francés, expresándose en inglés
como solía hacer en los sueños de Mona, a pesar de que ella hablaba
francés perfectamente-. Pero resulta un engorro para todo el mundo
excepto para esas personas que son más buenas que el pan.
Sí, Michael era un buenazo. Mona había escrito en su ordena-
dor: «Es un encanto, una maravilla, ¡Está como un tren!» Luego ha-
bía escrito las siguientes reflexiones en el archivo llamando «Mi-
chael»:
«Unas reflexiones sobre Michael Curry: Es más atractivo aho-
ra que antes de sufrir el ataque cardíaco. Me recuerda aun animal sal-
vaje que se ha lastimado una pata, aun caballero antiguo con una
pierna rota, a lord Byron con el pie deforme.»
Michael le parecía «guapo a rabiar». No necesitaba que se lo con-
firmaran sus sueños, aunque éstos le infundían valor. El hecho de que
el tío Julien la animara a seguir adelante con sus planes indicaba
que Michael era una espléndida conquista. El tío Julien, según le con-
tó él mismo, se había acostado con la anciana Evelyn cuando ésta tenía
tan sólo trece años, la edad de Mona, en el desván de la casa de la calle
Primera. De esta unión ilícita había nacido la desdichada Laura Lee, la
madre de Gifford y de Alicia. El tío Julien le había regalado a la an-
ciana Evelyn su Victrola, diciendo: «Llévatelo de aquí antes de que
llegue alguien. Te lo regalo.»
-Era un plan absurdo -le confió el tío Julien a Mona-. Jamás he
creído en la brujería. Pero tenía que hacer algo. Mary Beth ha-
bía quemado mis cuadernos sin ni siquiera esperar a que me muriera.
Los quemó en una hoguera que encendió en el césped, como si yo fuera
un niño sin derechos ni dignidad. El Victrola constituía una especie de
elemento mágico, de vudú, un foco de mi propia voluntad.
Mona lo había entendido todo perfectamente cuando tuvo el sue-
ño, pero al día siguiente no comprendía a qué se refería el tío Julien
con lo de un «plan absurdo». Sólo recordaba que éste quería que ella
se quedara con el Victrola. Le había dicho algo sobre la brujería, el
tema favorito de Mona.
Pero ¿qué había sido del dichoso Victrola?
En 1914 el tío Julien se había esforzado en sacar aquel trasto de la
casa, suponiendo que el hecho de acostarse con la anciana Evelyn, que
a la sazón tenía trece años, hubiera representado un esfuerzo. Cuando
ésta intentó regalarle el Victrola a Mona, Gifford y Alicia se habían
enzarzado en una violenta disputa.
Mona jamás había presenciado una pelea como la que sostuvieron
su madre y la tía Gifford.
-Te prohíbo que le regales el Victrola -gritó Gifford, precipi-  
tándose sobre Alicia, abofeteándola repetidas veces y sacándola a em-
pellones de la habitación donde había escondido el Victrola.
-¡No puedes impedírmelo! ¡Es mi hija, y la anciana Evelyn quiere
que ella lo herede! -contestó Alicia.
-No te preocupes, de niñas siempre andaban peleándose -le
explicó la anciana Evelyn a Mona-. Gifford no conseguirá destruir el
Victrola. Algún día lo heredarás tú. Ningún Mayfair sería capaz de
destruir el viejo Victrola del tío Julien. En cuanto a las perlas, dejaré
que Gifford las conserve de momento.
A Mona le importaban un comino las perlas.
Tras esa larga parrafada, la anciana Evelyn guardó silencio duran-
te las tres semanas siguientes.
Agotada por las constantes disputas que sostenía con su hermana,
Gifford acabó cayendo enferma. Era lógico. El tío Ryan tuvo que lle-
varla a Destin, en Florida, para que reposara una temporada en la ca-
sita de la playa. Después del funeral de Deirdre había sucedido lo
mismo; la tía Gifford se había puesto tan mala que Ryan la acompañó
a Destin. La tía Gifford siempre huía a Destin, a la playa de arena
blanca bañada por las transparentes aguas del golfo, para refugiarse en
el sosiego y la paz que le ofrecía su pequeña y moderna casa despro-
vista de telas de araña y leyendas.
El problema era que la tía Gifford no llegó a darle a Mona el Vic-
trola. Cuando Mona le preguntó dónde estaba, su tía contestó:
-Lo he trasladado a la casa de la calle Primera, lo mismo que las
perlas. Lo he depositado todo en un lugar seguro. Allí es donde deben
permanecer los objetos del tío Julien, en esa casa, junto con sus re-
cuerdos.
Alicia había protestado airadamente, y ésta y su hermana se ha-
bían enzarzado de nuevo en una pelea.
En uno de los sueños que tuvo Mona el tío Julien le había dicho,
mientras bailaba al son de un vals:
-Es el vals de La Traviata, una excelente música para una corte-
sana.
Y continuó bailando mientras Mona se deleitaba escuchando la
bella voz de la soprano.
Mona había oído la melodía con toda claridad e incluso era capaz de tararearla. El
Victrola tenía un hermoso sonido seco. Más tarde, la anciana Evelyn reconoció la canción que
tarareaba Mona. Era el vals
de Violetta, compuesto por Verdi.
-Es el disco de Julien -dijo.
-Sí, pero ¿ cómo voy a conseguir el Victrola? -preguntó Mona
en su sueño.
-¿Es que no hay nadie en esta familia capaz de ocurrírsele una  
idea? -replicó enojado el tío Julien-. Estoy muy cansado, ¿no lo
comprendes? Cada vez me siento más débil. Ponte un lazo morado en
el pelo, chérie. Detesto ese lazo rosa, aunque reconozco que queda
muy espectacular con tu pelo rojo. Pero ponte un lazo morado en
memoria de tu tío Julien. Estoy muy cansado...
-¿Por qué? -preguntó Mona. Pero el tío Julien ya había des-
aparecido.
A raíz de ese sueño, que había tenido en primavera, Mona se apre-
suró a comprar una cinta morada, pero Alicia dijo que traía mala suerte
y se la quitó. Esta noche Mona llevaba un lazo rosa, igual que su vesti-
do de algodón y encaje.
Al parecer, la prima Deirdre había fallecido en mayo, poco des-
pués de que Mona tuviera ese sueño, y la casa de la calle Primera había
ido aparar a manos de Rowan y Michael, que comenzaron a restau-
rarla. Cada vez que Mona pasaba frente a la casa veía a Michael en el
tejado, o en lo alto de una escalera, o encaramado en la verja de hierro,
o en el parapeto, sosteniendo un martillo en la mano.
-¡Eh, Tor! -gritó un día Mona. Michael no la oyó, pero había
sonreído y la había saludado con la mano. Sí, era guapo a rabiar .
Mona no recordaba con exactitud las fechas en que había tenido
los sueños. Al principio, no imaginó que tendría tantos. Sus sueños
flotaban en el espacio. N o había tomado la precaución de fecharlos y
anotar los hechos referentes a los Mayfair por orden cronológico.
Hacía poco, sin embargo, había abierto un subdirectorio llamado
\WS\MAYFAIR\CRONO. Todos los meses descubría un nuevo truco
relacionado con el ordenador y nuevas formas de archivar en él todos
sus pensamientos, emociones y proyectos.
Mona abrió la puerta del baño y entró en la cocina. Al otro lado de
la puerta de cristal vio la reluciente piscina; parecía como si la brisa
hubiera agitado levemente la superficie del agua. Al aproximarse, Mona
observó que se encendía una pequeña luz en el panel de alarma instalado
en la cocina; pero el dispositivo no estaba conectado y por eso no se
había disparado al abrir Mona la ventana. ¡Menos mal! Mona no había
pensado en ello. El sistema de alarma había salvado la vida de Michael.
De no ser por la prontitud de los bomberos -unos colegas de su padre,
aunque éste había muerto hacía muchos años-, que lo hallaron flo-
tando en la piscina, Michael habría muerto irremediablemente.
Michael. Sí, fue una atracción fatal desde el momento en que
Mona lo conoció. Su corpulencia había tenido mucho que ver en el
asunto; ciertos detalles como el perímetro de su cuello. Mona conce-
día gran importancia al cuello de los hombres. Era capaz de tragarse
una película que no le interesaba sólo para contemplar el cuello de
Tom Berenger .
 
 
 
 
Otra de las virtudes de Michael era su buen humor. El tío Michael
siempre sonreía, y con frecuencia le guiñaba el ojo. A Mona le en-
tusiasmaban sus inmensos ojos azules de mirada pasmosamente in-
genua.
-Es un hombre impresionante -comentó en cierta ocasión Bea
en tono de profunda admiración-. Realmente impresionante.
Incluso Gifford estaba de acuerdo.
Por lo general, los hombres tan bien constituidos como Michael
eran unos idiotas. Los hombres inteligentes de la familia Mayfair eran
todos perfectamente proporcionados. Si a alguno no le sentaba bien
un traje de Brooks Brothers o Burberry's, es que debía de ser ilegíti-
mo. Le harían el vacío. Cuando regresaban de cursar sus estudios en
Harvard parecían autómatas, siempre repeinados y bronceados de
forma impecable, saludando educadamente ala gente y estrechando la
mano de todo el mundo.
Incluso el primo Pierce, del que Ryan se sentía muy orgulloso, se
había convertido en una brillante imitación de su padre hasta en el
corte de pelo estilo Princeton. La dulce prima Clancy era perfecta
para Pierce, una pequeña copia clónica de la tía Gifford, con la salve-
dad de que no sufría continuamente como ella. Pierce, Ryan y Clancy
parecían estar hechos de vinilo. Eran unos perfectos abogados corpo-
rativos, su meta en la vida consistía en procurar no modificar ni alterar
nada.
La firma de abogados Mayfair & Mayfair estaba llena de gente de
vinilo.
-No seas tan criticona -le espetó un día su madre-. Adminis-
tran el dinero de forma que tú y yo no tengamos que preocuparnos de
nada.
-No estoy segura de que eso sea una buena idea -replicó Mona,
observando a su madre mientras ésta trataba torpemente de encender
un cigarrillo y alzar la copa de vino que había en la mesa. Mona se
acercó a ella, asqueada de verla en ese estado.
Michael Curry era distinto de los otros Mayfair; tenía un aspecto
varonil y relajado, deliciosamente hirsuto y desprovisto del lustre
aristocrático de hombres como Ryan, pero adorablemente salvaje
cuando se ponía las gafas de montura oscura y leía a Dickens, como
hacía esta tarde cuando Mona subió a su habitación. Michael le dijo
que no le importaba que fuera martes de carnaval, que no le apetecía
bajar. Estaba todavía muy afectado por la desaparición de Rowan. El
tiempo no significaba nada para él, porque si se ponía a pensar en ello
habría recordado el tiempo que hacía que Rowan había desaparecido.
-¿Qué estás leyendo? -le preguntó Mona.
-Grandes esperanzas -respondió Michael-. Lo he leído varias
veces. En estos momentos estaba leyendo el pasaje sobre la esposa de
Joe y la forma en que escribía una «T» en la pizarra. ¿No lo has leído?
Me gusta leer obras que ya he leído, es como escuchar una y otra vez
tu canción favorita.
En aquel encantador cuerpo anidaba un brillante hombre de Nean-
derthal, dispuesto a agarrarte del pelo y arrastrarte hasta su cueva. Sí,
un hombre de Neanderthal con el cerebro de un hombre de Cro-Ma-
gnon, un caballero tan culto, sonriente y educado como los demás
miembros de la familia Mayfair. Mona admiraba su excelente vocabu-
lario, aunque Michael no siempre hacía gala del mismo. Mona poseía
un vocabulario de estudiante universitaria. De hecho, alguien de su
escuela había comentado en cierta ocasión que, pese a ser tan joven, se
expresaba como una persona adulta.
Michael se expresaba unas veces como un policía de Nueva Or-
leans y otras como un catedrático.
«Es una combinación de elementos insuperable», escribió Mona
en el diario de su ordenador. De pronto recordó lo que había dicho el
tío Julien: «Es demasiado bueno.»
«¿Y yo? ¿Acaso soy perversa?», murmuró Mona en la oscuridad.
Esa palabra no constaba en el diccionario de su ordenador .
Mona estaba convencida de que no era perversa. Tales pensa-
mientos resultaban anticuados, muy propios del tío Julien, al igual
que la forma en que se le aparecía en sus sueños. De pequeña no co-
nocía las palabras idóneas para describirlo, pero ahora sí: «Propenso a
reírse y burlarse de sí mismo.» Eso es lo que había escrito en su orde-
nador, en el subdirectorio llamado \WS\JULIEN\CARACTER, en el ar-
chivo SUEÑO13.
Mona atravesó la cocina y la estrecha dependencia contigua,
mientras un hermoso haz de luz blanca procedente del porche ilumi-
naba las baldosas del suelo. El comedor era espléndido. Michael creía
que la tarima que cubría el suelo había sido instalada en los años
treinta, pero Julien le aseguró a Mona que databa de 1890. ¿Qué se
suponía que debía hacer Mona con todos los detalles que Julien le
había revelado en sus sueños ?
Pese a la penumbra, Mona distinguía perfectamente los viejos mu-
rales, oscurecidos por el paso del tiempo. Éstos reproducían la planta-
ción de Riverbend, donde había nacido Julien, con su curioso univer-
so de fábricas de azúcar, cabañas de esclavos, establos y carruajes que
circulaban por el tortuoso camino que discurría junto al río. Claro
está que Mona podía ver en la oscuridad, al igual que los gatos. La os-
curidad le encantaba, se sentía segura en ella, le entraban ganas de po-
nerse a cantar. Era imposible explicarles a los demás lo a gusto que se
sentía asolas en la oscuridad.
 
 
 
 
Contempló la larga mesa, pulida y reluciente, aunque hacía pocas
horas se habían sentado ante ella para disfrutar del banquete del mar-
tes de carnaval, con tartas heladas y un bol de ponche lleno de cham-
pán. Los Mayfair comían hasta hartarse cuando iban a la casa de la
calle Primera, pensó Mona. Todos estaban encantados de que Michael
siguiera manteniendo la casa abierta a pesar de que Rowan se hubiera
largado en circunstancias más que sospechosas. ¿ Sabía acaso Michael
dónde se encontraba Rowan?
-Rowan le ha destrozado el corazón -dijo la tía Bea, con lágri-
mas en los ojos.
Bien, pues la pequeña Mona, la niña prodigio, trataría de repa-
rarlo.
Mona entró en el vestíbulo, se detuvo y apoyó las manos en el
arco de la entrada, adoptando la misma pose que el tío Julien en mu-
chos viejos retratos, sintiendo el silencio y la grandeza de la casa que la
rodeaba, aspirando el aroma de la madera.
De pronto percibió de nuevo el curioso olor, que le hizo sentirse...
casi hambrienta. Era delicioso. No olía a caramelo, ni tampoco a cho-
colate, pero sí a algo similar, evocaba un sabor que parecía cien sabo-
res unidos en uno. Como la primera vez que uno prueba un bombón
relleno de licor de cerezas, o un huevo de Pascua de Cadbury.
No, no era una buena comparación.. No olía a nada comestible,
sino más bien a alquitrán caliente. A Mona le gustaba mucho ese olor,
lo mismo que el de la gasolina. Sí, era un olor de ese tipo.
Mona avanzó por el pasillo, observando las parpadeantes luces de
los sistemas de alarma, ninguno de los cuales estaba conectado. Al
llegar al pie de la escalera, notó que el olor se había hecho más intenso.
Mona sabía que el tío Ryan había investigado en esa zona de la
casa. Después de que hubieran limpiado la sangre y retirado la alfom-
bra china del salón, él había aparecido con un producto químico que
hacía que las manchas de sangre relucieran en la oscuridad. Pero ahora
todo estaba limpio. El tío Ryan se había ocupado de ello antes de que
Michael regresara del hospital, y éste juró que no detectaba ningún
olor extraño.
Mona aspiró profundamente. Sí, el olor la hacía sentirse ham-
brienta. Recordó el día en que iba en autobús, tras escaparse de casa,
sola y cargada de dinero, y percibió un delicioso aroma a carne asa-
da. Se apeó apresuradamente del autobús y comprobó que el aroma
procedía de un pequeño restaurante del barrio francés, un destartala-
do edificio situado en la avenida Esplanade. Perola comida no sabía
tan bien como olía.
Sin embargo, el olor que percibía ahora no era a comida.
Al penetrar en el amplio salón, Mona se quedó pasmada ante las
reformas que había realizado Michael después de que se marchara
Rowan. Era lógico que hubiera mandado retirar la alfombra china,
puesto que estaba cubierta de sangre, pero no había necesidad de unir
los dos salones y transformarlos en uno solo. Era como una blasfemia.
Ambos constituían ahora un grandioso salón que contenía un
amplio sofá situado debajo del arco de entrada, junto a la pared, unos
elegantes sillones franceses pertenecientes al tío Julien -según decía
éste-, tapizados de damasco dorado y un tejido a rayas, de aspecto
muy opulento, y una mesa de cristal a través de la cual se distinguían
los oscuros tonos cobrizos de la inmensa alfombra. Ésta debía de
medir unos siete metros y medio y se extendía desde la chimenea del
primer salón hasta la del segundo. Tenía un aire muy antiguo, como si
hubiera permanecido muchos años almacenada en un trastero. Puede
que Michael la hubiera sacado del desván junto con las sillas doradas.
Según decían, las únicas instrucciones que había dado Michael, a
su regreso del hospital, fueron que unieran los dos salones y colocaran
allí los sillones de Julien, a fin de darle a la estancia un aspecto distinto.
Era lógico que Michael deseara borrar toda huella de Rowan; que
quisiera reformar un lugar en el que ambos habían pasado momentos
muy dichosos. Algunos sillones tenían la tapicería gastada y presen-
taban desconchones, y la alfombra, algo raída y deshilachada, des-
cansaba sobre un suelo de madera de pino.
Es posible que todos los muebles estuvieran manchados de san-
gre. Nadie le había explicado a Mona lo que había sucedido exacta-
mente. Nadie quería hablar de ello, excepto el tío Julien. A Mona no
se le ocurría hacerle ninguna pregunta en sus sueños, sino que dejaba
que el tío Julien hablara y bailara sin parar .
El Victrola no estaba en el salón. Ojalá lo hubieran sacado del
desván y lo hubieran instalado allí junto con los otros objetos del tío
Julien. Pero no lo habían hecho. Mona no le había oído decir a nadie
que hubieran hallado el viejo Victrola.
Cada vez que iba a la casa Mona registraba la planta baja. Michael
solía escuchar música en un pequeño casete, en la biblioteca. En la
habitación reinaba el silencio, y el espléndido piano Bosendorfer, si-
tuado frente a la chimenea del segundo salón, parecía más un mueble
decorativo que un instrumento.
Era una estancia muy bella. A Mona le gustaba sentarse en el
enorme sofá, desde el cual contemplaba los espejos, las dos chimeneas
de mármol blanco, situadas a la izquierda ya la derecha, y las dos
puertas que daban acceso al porche, donde solía sentarse Deirdre. Sí,
era una habitación encantadora y ofrecía una excelente vista del jar-
dín. En ocasiones, Mona se ponía a bailar en el suelo desnudo del
salón de la casa de la calle Amelia, soñando con suntuosos muebles y  
espejos y con acumular una fortuna en fondos de inversión, obtenidos
con el dinero que le prestara la firma Mayfair & Mayfair.
«Podría hacerme rica en un año -pensó-, si consiguiera que uno
de los estirados Mayfair se arriesgase a prestarme dinero.» Era inútil
pedirles que remozaran la casa de la calle Amelia. La anciana Evelyn
no hubiera vacilado en despachar a los operarios. No quería sacrificar
su «tranquilidad». Además, ¿para qué iban a arreglar la casa, si Patrick
y Alicia estaban siempre borrachos y peleándose y la anciana Evelyn
no era más que una figurita silenciosa?
Mona disponía de su propio espacio, el gran dormitorio del piso
superior, que daba a la avenida y donde guardaba su ordenador, sus
disquetes, sus archivos y sus libros. Ya llegaría su momento. Hasta
entonces, aprovecharía el tiempo a la salida de la escuela para estudiar
los movimientos de la Bolsa.
Su sueño dorado era fundar una sociedad inversora llamada Mona
Uno. Invitaría a los Mayfair a participar en el negocio, y ella misma
elegiría las compañías en las que invertiría su sociedad, basándose en
las campañas de éstas en favor del medio ambiente.
Mona sabía por el Wall StreetJournal y el New York Times lo que
sucedía en el mercado. Las compañías sensibles a los problemas eco-
lógicos ganaban mucho dinero. Alguien había inventado un microbio
que devoraba las manchas de aceite producidas por derrames petrolí-
feros y era incluso capaz de limpiar los hornos domésticos. Era la
tendencia del futuro. Mona Uno se convertiría en una leyenda entre
las sociedades inversoras, como Fidelity Magellan o Nicholas II. Mo-
na podría fundar su compañía ahora mismo, si alguien se arriesgara a
financiarla, si el universo de los adultos le abriera un poco sus puertas
para permitirle penetrar en él.
Al escuchar sus planes, el tío Ryan se había mostrado interesado, divertido,
perplejo y asombrado, pero no dispuesto a arriesgar su
dinero.
-Debes seguir con tus estudios -le dijo-, aunque reconozco
que me impresionan tus conocimiento del mercado. ¿Cómo has ave-
riguado tantas cosas ?
-¿Estás de broma? Pues igual que tú -respondió Mona-, le-
yendo el Journal y Barron's y enterándome a través del ordenador de
las últimas estadísticas. -Mona disponía de un módem que le daba
acceso a esas informaciones-. Si quieres enterarte de algún dato so-
bre la Bolsa en plena noche no llames a la oficina, llámame a mí.
-No tienes más que llamar a Mona -terció Pierce, soltando una
carcajada.
Pese al ajetreo del martes de carnaval el tío Ryan estaba muy in-
trigado, pero liquidó el tema con el siguiente comentario:  
-Bien, me alegro de que te interese el mundo financiero.
-¿Que si me interesa? -respondió Mona-. Estoy resuelta a
convertirme en un magnate de las finanzas. ¿ Por qué no te lanzas
a adquirir fondos con perspectivas de mejora? ¿ y qué me dices de Ja-
pón? ¿Acaso no conoces el principio de que si compensas en el ex-
tranjero tus inversiones en acciones estadounidenses puedes obte-
ner...?
-Un momento. ¿Quién va a invertir en una sociedad llamada
Mona Uno? -preguntó el tío Ryan.
-Todo el mundo -contestó Mona.
El tío Ryan se echó a reír y prometió comprarle un Porsche Ca-
rrera negro por su decimoquinto cumpleaños. Mona estaba obsesio-
nada con ese coche y le recordaba continuamente al tío Ryan su pro-
mesa. No alcanzaba a comprender por qué los Mayfair, con el dinero
que tenían, no le conseguían de inmediato un permiso de conducir
para que pudiera disfrutar de un flamante Porsche. Mona sabía mucho
de automóviles. El que más le gustaba era el Porsche, y cada vez que
veía aparcado un Carrera esperaba a que apareciera su dueño para ro-
garle que la llevara a dar una vuelta. Por ese método había conseguido
pasearse en un Carrera en tres ocasiones, con unos perfectos extraños.
Pero no se lo había revelado a nadie de la familia, pues se hubieran
muerto del susto.
En vano, pues una bruja sabe protegerse.
-No, no me he olvidado del Porsche negro -le dijo el tío Ryan
esa noche-, y espero que tú recuerdes tu promesa de no sobrepasar
los noventa kilómetros por hora.
-¿Bromeas? -replicó Mona-. ¿Por qué iba a conducir un Pors-
che a más de noventa kilómetros por hora?
A Pierce le entró tal ataque de risa que casi se atragantó al beber
un sorbo de ginebra con tónica.
-Supongo que no pretenderás regalarle a esa niña una tumba con
ruedas -protestó la tía Bea, que siempre se estaba inmiscuyendo en
lo que no le incumbía. Luego llamaría a Gifford para contárselo.
-¿A qué niña te refieres? Yo no veo aquí a ninguna niña, ¿y tú?
-inquirió Pierce.
Mona tenía ganas de seguir hablando de la sociedad que quería
fundar, pero era el martes de carnaval, todos estaban cansados y el
tío Ryan charlaba de cosas intrascendentes con el tío Randall. El tío
Randall se había vuelto de espaldas a Mona, como si quisiera excluirla
de la conversación. Era la forma en que solía comportarse desde que
Mona había conseguido acostarse con él. Pero a ella le tenía sin cui-
dado. Se había tratado tan sólo de un experimento, para comparar a
un viejo de ochenta años con los muchachos que conocía.
 
 
 
 
Su objetivo era Michael. A la mierda con el tío Randall. El tío
Randall resultaba interesante debido a su avanzada edad, los viejos
tenían una forma de mirar a las jovencitas que Mona encontraba muy
excitante. Pero Randall, a diferencia de Michael, no era un hombre
bondadoso. A Mona le gustaban las personas bondadosas. Hacía
tiempo que había aislado ese rasgo en ella misma. En ocasiones dividía
el mundo entre personas esencialmente buenas y malas.
Bien, mañana estudiaría los movimientos de la Bolsa.
Mañana, o pasado mañana, organizaría la cartera de Mona Uno,
basada en las inversiones más rentables de los últimos cinco años. Le
resultaba muy fácil dejarse llevar por la fantasía, imaginando que
Mona Uno se convertía en una sociedad tan gigantesca que se veía
obligada a fundar una segunda sociedad de inversiones llamada Mona
Dos y una tercera llamada Mona Tres, ya viajar por todo el mundo
con su propio jet para reunirse con los dirigentes de las compañías en
las que había invertido.
Había visitado varias fábricas en China, algunas oficinas en Hong
Kong y distintos centros de investigación científica en París. Durante
sus periplos, se veía luciendo un sombrero vaquero. En estos mo-
mentos no llevaba un sombrero vaquero, sino su acostumbrado lazo.
Pero, curiosamente, cada vez que bajaba del imaginario avión llevaba
un sombrero vaquero. Estaba convencida de que todo se haría rea-
lidad.
Quizás había llegado el momento de mostrarle al tío Ryan el infor-
me que había elaborado sobre diversas compañías. Si hubiera invertido
en ellas, ya habría ganado una fortuna. Sí, imprimiría ese informe y se
lo mostraría.
Pero el tiempo apremiaba.
Esta noche debía alcanzar su objetivo más importante: conquistar
al guaperas de Michael. y dar con el misterioso Victrola.
Los elegantes sillones dorados relucían en la oscuridad. Unos co-
jines de pasamanería yacían sobre el amplio sofá tapizado de damasco.
Todo se hallaba sumido en el silencio, como si el mundo exterior se
hubiera esfumado. El piano estaba cubierto por una delgada capa de
polvo. La pobre Eugenia no era muy eficiente; y Henri probable-
mente se creía demasiado importante para ponerse abarrer y quitar el
polvo. y en medio de ellos estaba Michael, demasiado enfermo y
apático para preocuparse de lo que hicieran los sirvientes.
Mona salió del salón y se encaminó hacia la escalera. El piso su-
perior estaba a oscuras, como si la escalera condujera aun paraíso de
tinieblas. Mona empezó a subir, apoyándose en la balaustrada. Por fin
se hallaba en la casa en la que había soñado entrar, sola, a oscuras.
-Estoy aquí, tío Julien -murmuró.
 
 
 
 
Al llegar arriba, comprobó que la habitación de la tía Viv estaba
vacía, tal como había supuesto.
-Pobre Michael, eres mío -dijo en voz baja.
Al volverse vio que la puerta del dormitorio principal estaba
abierta. Una pequeña luz procedente de la lamparita de la mesilla de
noche iluminaba tenuemente el descansillo.
«De modo que estás solo ahí dentro -pensó Mona-. No tienes
miedo de permanecer en la misma habitación en la que murió Deir-
dre. Por no hablar de la tía abuela Mary Beth y todas las personas
que vieron fantasmas a su alrededor mientras ella yacía en el lecho.»
Gifford opinaba que era una decisión deplorable el hecho de que
Michael se hubiera instalado de nuevo en aquella siniestra habitación.
Pero Mona lo comprendía perfectamente. ¿Por qué iba Michael a se-
guir ocupando el dormitorio matrimonial después de que Rowan le
hubiera abandonado? Además, el dormitorio del ala norte era la ha-
bitación más bonita y elegante de la casa. El propio Michael había
restaurado el techo, el medallón y la cabecera del gigantesco lecho.
Mona comprendía pedectamente a Michael. A él también debía
de gustarle la oscuridad, de lo contrario no se hubiera casado con un
miembro de la familia Mayfair. Las tinieblas le seducían. Se encon-
traba a gusto en la penumbra y en la oscuridad, al igual que ella. Mona
se había dado cuenta de ello al verlo pasear por el jardín al anochecer.
Si le gustaba el amanecer, cosa que ella dudaba, sería debido tan sólo a  
su débil luz, bajo la cual todo aparecía distorsionado.
De pronto Mona recordó las palabras del tío Julien: «Es demasia-
do bueno.» «Ya lo veremos», pensó ella.
Se acercó a la puerta y vio que en la mesilla de noche había una
pequeña lámpara, enchufada en la toma de corriente situada en la pa-
red, junto al lecho. A través de los visillos de encaje se filtraba la luz de
las farolas. Michael yacía de espaldas a ella, con un inmaculado pijama
de algodón blanco, planchado por Henri y con la raya de la chaqueta
impecablemente marcada. Tenía una mano extendida sobre la colcha,
con la palma hacia arriba y abierta, como si se dispusiera a aceptar un
regalo. Mona notó que respiraba con dificultad.
Michael no oyó sus pasos. Sin duda estaba soñando. Se volvió de
cara a ella, profundamente dormido.
Mona entró en la habitación.
El diario de Michael reposaba en la mesilla de noche.
Lo reconoció por la cubierta, pues esa misma noche le había visto
escribir en él. Hubiera sido imperdonable leerlo, pero se moría de ga-
nas de examinar su contenido.
Bueno, le echaría una breve ojeada.
«Rowan, regresa junto a mí. Te aguardo con impaciencia.»
 
 
 
 
Mona suspiró en silencio y volvió a cerrarlo.
La mesilla de noche estaba repleta de frascos de medicinas. Lo es-
taban bombardeando con medicinas. Mona reconoció la mayoría de
los nombres porque se trataba de medicamentos corrientes y porque
se los había visto tomar a algunos de los miembros más ancianos de la
familia Mayfair. Había uno para la tensión, otro llamado Lasix, -un
diurético que le haría eliminar todo el potasio, como le había sucedido
a Alicia cuando intentó perder peso-, y otros tres productos nefas-
tos, probablemente tranquilizantes que lo mantenían atontado.
Mona pensó que le haría un favor si arrojara todas esas porquerías
a la basura. Lo que necesitaba Michael era tomarse la pócima mágica
de las brujas Mayfair. Cuando regresara a casa consultaría el nombre
de esos medicamentos en unos libros farmacéuticos que tenía en su
biblioteca. Había también un frasco de Xanax, un potente sedante
capaz de transformar a cualquiera en un zombi. El médico le había
indicado que se tomara cuatro grageas diarias. A su madre le habían
prohibido que las tomara, porque Alicia se las tragaba a puñados con
vino y cerveza.
Hummm, en esta habitación reinaba un ambiente funesto. A Mo-
na le gustaban el decorado del techo y la araña de cristal, pero no deja-
ba de ser una habitación siniestra. De improviso, notó el extraño y de-
licioso olor .

Era muy leve, pero inconfundible. Era un olor que no encajaba
con el resto de la casa, que tenía algo que ver con lo sucedido en Na-
vidad.
Mona se acercó a la cama, que era muy alta, como la mayoría de
los lechos antiguos, y miró al tío Michael. Éste yacía de costado,
mostrando su hermoso perfil y sus oscuras pestañas y cejas, perfecta-
mente delineadas, que resaltaban sobre la almohada blanca. Era todo
un hombre; de haber estado dotado de un poco más de testosterona,
sería una especie de simio de aspecto salvaje y feroz. Pero afortuna-
damente tenía la dosis justa. Era perfecto.
-«Un mundo nuevo y valiente que alberga a personas como él»
-murmuró Mona.
Estaba drogado, no cabía duda. Totalmente fuera de combate. Se-
guramente ése era el motivo de que hubiera dejado que la felicidad se
le escapara de las manos. En invierno solía llevar siempre guantes,
pues decía que tenía las manos muy sensibles. Mona había intentado
hablar con él sobre ese tema. Esa noche, Michael había comenta-
do que ya no necesitaba ponerse guantes. Era lógico, si estaba to-
mando dos miligramos de Xanax cada seis horas, además de las otras
porquerías. Así es como habían conseguido debilitar los poderes de
Deirdre, drogándola. La pobre Deirdre había desperdiciado muchas  
oportunidades, pero Mona no estaba dispuesta a desperdiciar ni una
sola, y menos ésta.
¿Y qué era ese otro frasco? ¿Elavil? Un sedante también. ¡Menuda
dosis! y pensar que la había llevado sentada sobre sus hombros du-
rante todo el desfile, cuando probablemente apenas se sostenía en pie.
Pobrecito.
Mona le tocó una mejilla con suavidad. Iba perfectamente afeita-
do. Michael no se despertó. Respiró profundamente, casi como si
bostezara. Era un sonido muy varonil.
Podía haberlo despertado; al fin y al cabo no se hallaba en coma.
Pero de pronto Mona recordó que esa noche había estado con David.
¡Mierda! Había sido tan sólo un encuentro fugaz, insignificante, pero
no podía despertar a Michael hasta que se hubiera dado un baño ca-
liente.
Hummm, no había pensado en ello hasta ese momento. Todavía
llevaba la ropa manchada. Eso era lo peor de tener trece años. A esa
edad no podías fiarte de tu inteligencia, pues eras distraída, cometías
errores... La propia Alicia lo había comentado más de una vez:
-Tan pronto eres un prodigio con los ordenadores como te po-
nes a gritar porque no encuentras tus muñecas. Te he dicho mil veces
que las muñecas están en el armario. Nadie las ha tocado. Me alegro
de no tener trece años. Tenía trece años cuando,naciste tú.
-Me conozco esa historia de memoria. Tenías dieciséis años cuan-
do yo tenía tres, y un día me llevaste a la ciudad, a la Maison Blanche, y
me perdí durante dos horas.
-Lo olvidé. De acuerdo, reconozco que no te llevaba a la ciudad
con frecuencia.
Sólo una madre de dieciséis años podía aducir una excusa como
ésa. De todos modos, no había sucedido nada grave. Mona se había
pasado dos horas subiendo y bajando por la escalera mecánica.
-Abrázame -susurró Mona, mirando a Michael-. He tenido
una infancia horrible.
Pero Michael seguía sumido en un profundo sueño, como si un
hada le hubiera tocado con su varita mágica.
Quizás ésta no fuese la noche más adecuada para acostarse con él,
pensó Mona. Deseaba que todo fuera perfecto antes de lanzarse al
ataque. No sólo había estado con David, sino que se había ensuciado
al tenderse en el suelo del cementerio. Incluso llevaba unas hojas pe-
gadas en el pelo, como Ofelia, aunque probablemente no resultaba
muy sexy.
Quizá fuese preferible que se dedicara a registrar el desván en
busca del Victrola. Quizás encontrara viejos discos, concretamente el
viejo disco que solía tocar la anciana Evelyn. Quizá fuese el momento  
de reunirse con el tío Julien en las sombras, en lugar de acostarse con
Michael...
Pero era tan guapo, tan maravillosamente imperfecto, su alto
proletario Endimión, con su nariz ligeramente ganchuda y unas pe-
queñas arrugas en la frente, como Spencer Tracy .Sí, era el hombre de
sus sueños. Y, como dice el refrán, más vale hombre en mano que cien
fantasmas volando.
A propósito de manos, las de Michael eran grandes y suaves. Las
manos de un auténtico hombre. A nadie se le ocurriría decirle: «Tie-
nes manos de violinista.» Antes, ese tipo de hombres a Mona le pare-
cían sexy: hombres delicados, como el primo David, sin apenas pelos
en la barbilla y la mirada tierna. Pero ahora prefería a los hombres de
aspecto más recio y varonil.
Mona tocó suavemente la mandíbula de Michael, el lóbulo de la
oreja y el cuello. Acarició su cabello negro y rizado. No existía nada
más suave que ese cabello negro y rizado. Su madre y Gifford tenían
también el pelo negro y rizado. El cabello rojo de Mona nunca había
sido suave. Luego aspiró la fragancia de su piel, sutil, cálida y agrada-
ble, y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
Michael abrió los ojos, pero tenía la mirada como perdida. Mona
se arrodilló junto a él -no pudo evitarlo, aunque sabía que esta-
ba invadiendo su privacidad-, y él se volvió. Pero ¿qué se proponía
Mona? Súbitamente, lo deseó con todas sus fuerzas. No se trataba de
un deseo erótico, sino más bien romántico. Deseaba que la estrecha-
ra entre sus brazos, que la besara y esas cosas. Deseaba sentir el
abrazo de un hombre, no de un muchacho. Deseaba bailar con él.
Era maravilloso saber que ese hombre no tenía nada de muchacho,
que en el fondo era como un animal salvaje, agresivo, dispuesto a
abalanzarse sobre su presa, con labios del color de la piel y cejas
pobladas.
Mona se dio cuenta de que Michael la estaba mirando. A la débil
luz que penetraba por la ventana vio que estaba pálido, aunque tenía
buen aspecto.
-Mona... -murmuró él.
-Sí, soy yo, tío Michael. Se han olvidado de mí. Ha sido un mal-
entendido. ¿Puedo pasar la noche aquí?
-Debemos avisar a tus padres.
Michael se incorporó. Tenía cara de sueño y un mechón de pelo le
caía sobre los ojos. Era evidente que estaba drogado.
-¡No, tío Michael! -protestó Mona, apoyando la mano suave-
mente en su pecho y obligándolo a acostarse de nuevo-. Mis padres
están dormidos. Creen que estoy con el tío Ryan en Metairie. Y el tío
Ryan cree que estoy en casa con mis padres. No llames a nadie. Sólo  
conseguirías que se preocuparan y tendría que volver a casa sola en un
taxi. Quiero pasar la noche contigo.
-Pero pensarán...
-¿Mis padres? Te aseguro que no pensarán nada. ¿Te has fijado
en el estado en que se encontraba mi padre esta noche ?
-Sí, bonita -respondió Michael, tratando de reprimir un boste-
zo. No le parecía correcto bostezar mientras hablaban de un asunto
tan delicado.
-No vivirá muchos años -afirmó Mona fríamente. Ella tampoco
quería hablar de eso-. No soporto la casa de la calle Amelia cuando los
dos están borrachos. Aparte de ellos, sólo está la anciana Evelyn, que
no puede conciliar el sueño y se pasa toda la noche observándolos.
-La anciana Evelyn -dijo Michael-. Qué nombre tan bonito.
¿La conozco?
-No. Nunca sale a la calle. Un día sugirió que te invitaran a casa,
pero no lo hicieron. Es mi bisabuela.
-Ah, sí, los Mayfair de la calle Amelia. Una casa grande, de color
rosa -dijo Michael, incorporándose y bostezando de nuevo-. Bea
me la mostró un día. Es muy bonita; de estilo italiano. Dijo que Gif-
ford se había criado allí.
De estilo italiano. Un término que solía emplearse en arquitectura
a fines del siglo diecinueve.
-Nosotros lo llamamos un estilo cartelado de Nueva Orleans
-contestó Mona-. Fue construida en 1882 y más tarde remozada
por un arquitecto llamado Sully. Está llena de muebles y trastos pro-
cedentes de una plantación llamada Fontevrault.
Michael la escuchaba con interés, pero Mona no quería hablar de
historia y edificios. Quería acostarse con él.
-¿Me permites que me quede aquí? -preguntó-. Debo pasar la
noche aquí, tío Michael. Quiero decir que no tengo más remedio.
Debo quedarme aquí.
Michael se reclinó sobre las almohadas, esforzándose en mantener
los ojos abiertos.
De pronto, Mona lo agarró por la muñeca y le tomó el pulsoo
como si fuera un médico. Michael tenía la mano fría, como muerta,
pero el pulso latía de forma regular. Estaba perfectamente. El padre
de Mona estaba mucho peor que él; no viviría ni seis meses. Pero no
debido a una dolencia de corazón, sino a una cirrosis hepática.
Al cerrar los ojos, Mona podía ver los ventrículos del corazón de
Michael. Veía unas cavidades relucientes, extrañas y complejas, como
cuadros modernos llenos de colores, manchas, líneas y formas. Sí,
Michael estaba perfectamente. Aunque ella se acostara con él, no lo
mataría.
 
 
 
 
-¿Sabes cuál es tu problema en estos momentos? -le preguntó
Mona-. Esos frascos de medicinas. Tíralos al cubo de la basura. No
te conviene tomar tantos medicamentos.
-¿Tú crees?
-Estás hablando con Mona Mayfair, que desciende de veinte lí-
neas de la familia Mayfair, que sabe cosas que los demás desconocen.
El tío Julien era mi tatarabuelo por partida triple. ¿ Sabes lo que eso
significa?
-¿Tres líneas de descendencia? ¿Del tío Julien?
-Y muchas otras. Sin un ordenador, nadie es capaz de descifrar
ese lío. Pero yo tengo uno y he conseguido aclararlo. Por mis venas
corre más sangre de los Mayfair que por las de cualquier otro miem-
bro de la familia. Mi padre y mi madre son primos hermanos y no
podían casarse, pero mi padre dejó encinta a mi madre y se vieron
obligados a hacerlo. Por otra parte, ha habido muchos matrimonios
entre primos en la familia.
Mona comprendió que estaba hablando demasiado y se detuvo
para no cansar a Michael. Debía ser más prudente.
-Estás perfectamente. Tira esas porquerías ala basura -dijo.
Michael sonrió.
-¿Significa eso que voy a vivir? ¿Que podré subirme a una esca-
lera y ponerme a dar martillazos de nuevo?
-Podrás blandir un martillo como Tor, te lo garantizo -con-
testó Mona-. Pero tienes que dejar de tomar esos sedantes. No sé por
qué te están drogando, probablemente quieren evitar que te preocu-
pes por la tía Rowan.
Michael sonrió y le acarició la mano afectuosamente. Pero su ex-
presión era sombría, y sus ojos y su voz estaban teñidos de tristeza.
-Pareces tener mucha fe en mí.
-Por supuesto. Estoy enamorada de ti.
-No te creo -respondió Michael en tono burlón.
Mona le retuvo la mano, aunque él intentó liberarse. No, no esta-
ba delicado del corazón, eran las drogas lo que le hacían sentirse de-
caído.
-Estoy enamorada de ti, pero no te pido nada, tío Michael. Sólo
te pido que seas digno de mi amor .
-De acuerdo, procuraré ser digno de tu amor. Es lo que me fal-
taba. Que se enamorara de mí una alumna del Sagrado Corazón.
-Por favor, tío Michael -protestó Mona-. Comencé mis
aventuras eróticas cuando tenía ocho años. No es que haya perdido la
virginidad, sino que he eliminado todo rastro de ella. Soy una mujer
adulta que finge ser una niña que está sentada en tu lecho. Cuando
tienes trece años y no puedes disimularlo, porque todos tus familiares
lo saben, el hecho de ser una niña se convierte simplemente en una de-
cisión política, lógica. Pero, créeme, no soy lo que aparento.
Michael soltó una carcajada.
-¿Y si regresa mi mujer, Rowan, y te encuentra aquí hablando
sobre sexo y política?
-Tu mujer no regresará jamás -soltó Mona, arrepintiéndose in-
mediatamente de haberlo dicho. No pretendía herirle, aunque, por su
expresión, Michael parecía estar de acuerdo con ella-. Quiero decir...
-¿Qué, Mona? Anda, dilo -le pidió Michael suavemente, con
expresión seria-. ¿Qué es lo que sabes? Cuéntame lo que oculta tu
pequeño corazón. ¿Dónde está mi mujer? Dame una pócima mágica
para conseguir que regrese.
Mona suspiró y dijo, tratando de que su voz sonara tan suave y
reposada como la de Michael:
-Nadie lo sabe. Todos están muy preocupados, pero nadie sabe
nada. Tengo la impresión de que... no está muerta, pero... las cosas no
volverán a ser como antes. -Mona lo miró unos instantes fijamente y
luego agregó-: ¿ Me has comprendido ?
-¿Quieres decir que tienes la sensación de que Rowan no regre-
sará?
-Exactamente. No sé lo que sucedió el día de Navidad ni pre-
tendo que me lo cuentes. Lo único que sé es que en estos momentos te
estoy sujetando por la muñeca y que estamos hablando sobre tu mu-
jer, que estás muy preocupado por ella, pero que tu pulso es perfecto.
No estás enfermo; te han drogado. Temen que te vuelvas loco. Pero se
han pasado. Lo que necesitas es desintoxicarte.
Michael suspiró resignado.
Mona se inclinó y lo besó en la boca. Fue una conexión inmediata.
Ambos se quedaron un tanto sorprendidos. Pero la cosa no pasó de
ahí, debido a los malditos sedantes que había tomado Michael. Era
como envolver un beso en una manta.
La edad tenía sin duda su importancia. Besar aun hombre que se
había acostado con centenares de mujeres no era igual que besar aun
muchacho que lo había hecho un par de veces a lo sumo. La maqui-
naria estaba ahí, sólo era preciso un estímulo más potente para po-
nerla en marcha.
-Un momento, bonita -protestó Michael suavemente, sujetán-
dola por los hombros.
De pronto a Mona le pareció casi doloroso estar junto a él y no
poder obligarlo a hacer lo que ella deseaba. Quizá no lo conseguiría
nunca.
-Lo sé, tío Michael, pero debes comprender que existen ciertas
tradiciones en la familia.
 
 
 
 
-¿De veras?
-El tío Julien se acostó con mi bisabuela en esta casa cuando ella
tenía trece años. Debe de ser por eso por lo que soy tan lista.
-Y muy bonita -respondió Michael-. Yo también he heredado
ciertos rasgos de mis antepasados, como el sentido de la moral.
Michael la miró sonriendo y le dio unas palmaditas en la mano
como si fuera una criatura o un gatito.
Mona comprendió que era preferible dar marcha atrás. Michael
estaba muy atontado. No era justo tratar de excitarlo, por más que ella
lo deseara, por más que ansiara compartir unos momentos de intimi-
dad con él y con el universo de adultos que él encarnaba. De repente
Mona se sintió atrapada en su infancia, desorientada y confundida, y
le entraron ganas de romper a llorar.
-¿Quieres dormir en la alcoba situada en la parte delantera de la
casa? -preguntó Michael, acariciándole la mano. Su voz sonaba pas-
tosa y tenía los ojos entornados-. Está limpia. Nadie ha dormido en
ella desde que se marchó Rowan. Es una habitación muy bonita.
-De acuerdo -contestó Mona.
-Allí encontrarás unos camisones de franela. Eran de Rowan. Se
los regalé yo. Me temo que te quedarán un poco largos. Pero quizá la
tía Viv esté despierta todavía. Le diré que estás aquí.
-La tía Viv está en casa de la tía Cecilia -respondió Mona apre-
tándole la mano, que ahora tenía un tacto más cálido-. Se han hecho
muy amigas. Creo que la tía Viv se ha convertido en miembro hono-
rífico de los Mayfair .
-Aaron -dijo Michael, como si hablara consigo mismo-. Aa-
ron está en la otra alcoba.
-Aaron está con la tía Bea. ¿Acaso no sabes que mantienen una
relación? Ambos regresaron ala suite de Aaron en Pontchartrain,
porque la tía Bea es demasiado púdica para venir aquí con él.
-¿De veras? ¡Bea y Aaron! No tenía ni idea.
-Apuesto a que Aaron no tardará en convertirse también en
miembro honorífico de los Mayfair .
-Beatrice es perfecta para él. Aaron necesita una mujer que sepa
apreciar aun caballero -dijo Michael, cerrando los ojos como si los
párpados le pesaran y no consiguiera mantenerlos abiertos.
-Todas las mujeres apreciamos aun caballero, tío Michael-res-
pondió Mona.
-¿Acaso lo sabes todo? -preguntó Michael, abriendo los ojos.
-No. Ojalá lo supiera todo, aunque supongo que debe de resul-
tar muy aburrido ser Dios. ¿Tú qué opinas?
-No tengo ni idea -respondió Michael, sonriendo-. Eres una
jovencita muy especial, Mona.
 
 
 
 
-No sé si pensarás lo mismo cuando me veas con un camisón de
franela.
-No temas, no te veré. Te ordeno que cierres con llave la puerta
de tu habitación y te acuestes enseguida. Es posible que Aaron regre-
se, o que Eugenia se levante y se ponga a deambular por la casa...
-¿A deambular?
-Es lo que suelen hacer los ancianos. Tengo mucho sueño, Mo-
na. ¿No estás cansada?
-¿Y si me despierto asustada o me siento sola en esa habitación?,
-Imposible.
-¿Estás seguro?
-No tienes miedo de nada. Tú lo sabes, y yo sé que lo sabes.
-¿No quieres acostarte conmigo?
-No.
-Mientes.
-Da lo mismo. No quiero hacer algo que no debo. Creo que será
mejor que llame a alguien.
-Confía en mí -respondió Mona-. Me voy a acostar. Mañana
desayunaremos juntos. Henri me ha asegurado que prepara unos hue-
vos Benedict perfectos.
Michael sonrió débilmente. Estaba tan cansado que no tenía fuer-
zas para discutir, ni siquiera para recordar los números telefónicos de
las personas a las que quería llamar. Los sedantes eran nefastos. Le
atontaban, le impedían incluso hablar con claridad. Mona detestaba
todo tipo de drogas. Jamás había probado ninguna, ni tampoco las
bebidas alcohólicas.
Quería tener la mente afilada como una guadaña.
Michael soltó una carcajada y murmuró:
-Como una guadaña... :
De modo que lo había captado, si bien no se había dado cuenta de
que había pronunciado la frase en voz alta. Mona sonrió. Deseaba
besarlo de nuevo, pero supuso que era inútil. Más bien empeoraría las
cosas. Dentro de unos minutos Michael volvería a quedarse dormido.
Más tarde, después de un prolongado y cálido baño, ella se dedicaría a
buscar el Victrola.
De pronto, Michael se levantó de la cama y se dirigió torpemente
hacia la puerta.
-Ven -dijo, bostezando pero con un gesto caballeroso-. Te
acompañaré a tu habitación.
El dormitorio situado en la parte delantera de la casa tenía el mis-
mo aspecto que el día de la boda. Incluso había un ramo de rosas
blancas y amarillas sobre la repisa de mármol de la chimenea, seme-
jante al que habían colocado ahí el día de la boda. Sobre la pálida col-
cha de damasco que cubría el lecho de dosel estaba dispuesta la bata de
seda blanca de Rowan, como si ésta fuera a regresar a casa.
Michael se detuvo y miró a su alrededor, como si estuviera des-
orientado. No recordaba nada, tal como suponía Mona. Era como si
se esforzara en conectar con la realidad. Ése era el efecto que le pro-
ducían a uno los sedantes: le arrebataban la sensación de contacto con
la realidad y las cosas cotidianas.
-Los camisones... -dijo Michael, indicando con un gesto vago
la puerta del baño.
-No te preocupes, tío Michael, ya los encontraré -respondió
Mona-. Ve a acostarte.
-No tendrás miedo de dormir aquí, ¿verdad? -preguntó él. Qué
ingenuo era.
-No, tío Michael. Anda, ve a acostarte.
Michael la miró unos instantes como si no consiguiera concen-
trarse en lo que decía, pero estaba resuelto a demostrarle que era un
perfecto anfitrión.
-Si tienes miedo... -insistió.
-No tengo miedo, tío Michael, sólo te estaba tomando el pelo
-contestó Mona sonriendo-. Soy mucho más temible que los peli-
gros que puedan acecharme.
Michael sonrió, meneó la cabeza y le dirigió una adorable mirada
en la que el fuego de sus límpidos ojos azules aniquiló durante unos
segundos el efecto de los sedantes. Luego salió y cerró la puerta tras
de sí.
Mona encendió inmediatamente la graciosa estufa de gas que ha-
bía en el baño. En un estante de mimbre había un montón de mullidas
toallas blancas, y en el armario halló varios camisones de franela, un
tanto anticuados, con unos alegres dibujos de flores. Tras elegir el más
curioso, un camisón rosa fuerte con unas rosas estampadas, abrió el
grifo de la bañera.
A continuación se quitó el lazo del pelo y lo depositó en el toca-
dor, junto al cepillo y el peine.
Era una casa de sueño, pensó Mona. No tenía nada que ver con la
de la calle Amelia, con sus anticuadas bañeras, sus húmedas y podri-
das tablas del suelo y sus raídas toallas, que tendrían que seguir utili-
zando hasta que la tía Bea les regalara otras de segunda mano. Mona
era la única que las lavaba; en realidad era la única que lavaba la ropa y
mantenía la casa aseada, aunque la anciana Evelyn barría todos los
días el trozo de acera que quedaba delante.
Esta casa demostraba lo que podía hacerse con amor. Había unas
viejas baldosas blancas, sí, pero también una gruesa alfombra morada.
Los artefactos de latón funcionaban, y los apliques colocados a ambos  
lados del espejo estaban cubiertos por unas pantallas de pergamino.
La habitación contenía también un sillón con un cojín rosa y una ara-
ña que colgaba del pequeño medallón del techo, con cuatro velas de
cristal rosa.
-Y dinero, no lo olvides, mucho dinero -le había dicho Alicia
hacía pocos días, cuando Mona comentó que le gustaría que la casa de
la calle Amelia recuperara su antiguo esplendor.
-¿Por qué no le pedimos al tío Ryan que nos preste el dinero?
Pertenecemos a la familia Mayfair. Esta casa es un legado. Soy lo bas-
tante mayor para contratar a unos operarios que la restauren. ¿O es
que tenemos que esperar a que todo el edificio se derrumbe?
Alicia se apresuró a despachar la cuestión diciendo que le parecía
indecente pedirles dinero, que era como invitarlos a que interfirieran
en sus asuntos. Ninguno de los ocupantes de la casa de la calle Amelia
deseaba que los Mayfair metieran las narices en sus asuntos. La an-
ciana Evelyn aborrecía el ruido y los extraños, el padre de Mona no
quería que nadie le hiciera preguntas, etcétera. Las excusas de cos-
tumbre.
De modo que la casa seguía en ruinas, sin que nadie moviera un
dedo para restaurarla. Dos de los baños no funcionaban desde hacía
varios años. Las ventanas estaban rotas o atascadas, y no podían
abrirse. La lista era interminable.
A Mona se le había ocurrido una pequeña y perversa idea. Se le
ocurrió cuando Michael dijo que la casa de la calle Amelia era de estilo
italiano. ¿Qué pensaría si viera el estado en que se hallaba actualmen-
te? Quizá pudiera aconsejarles un par de cosas, como el medio de
evitar que el yeso del techo del dormitorio de Mona se desprendiera.
Sin duda sabría cómo solucionarlo. Era un experto en restaurar casas.
Mona decidió invitarlo a que les hiciera una visita.
Pero entonces ocurriría lo inevitable. Michael comprobaría que
Patrick y Alicia se pasaban el día emborrachándose e informaría de
ello al tío Ryan, como hacían todos. Ello provocaría otra disputa y la
tía Bea propondría por enésima vez que los internaran en el hospital.
Nadie parecía comprender que la solución de internarlos en un
hospital resultaba más negativa que positiva. Alicia salía más enlo-
quecida que cuando había entrado, más ansiosa de ahogar sus penas
en alcohol. La última vez se había puesto hecha una furia y había in-
tentado destrozar todo cuanto había en la habitación de Mona, la cual
se había colocado ante su ordenador para protegerlo.
-¿Pretendes recluir a tu madre en un hospital? ¡Sé de sobra que
tú y Gifford sois capaces de encerrarme de nuevo! ¿Crees que yo ha-
bría sido capaz de hacerle eso a mi propia madre? ¡Bruja! La anciana
Evelyn tiene razón, eres una bruja. ¡Quítate ese lazo del pelo!
 
 
 
 
Ambas se enzarzaron en una violenta pelea. Mona sujetó a Alicia
por las muñecas, tratando de repeler el ataque, mientras exclamaba:
-¡Domínate, mamá! ¡Basta!
De pronto, Alicia se derrumbó en el suelo como un saco de pata-
tas, llorando y blandiendo el puño. Mona se quedó de piedra al ver a
la anciana Evelyn observándolas desde la puerta, lo que significaba
que había subido la escalera sin ayuda de nadie.
-¡No te atrevas a lastimar a la niña! -le gritó Evelyn a Alicia-.
No eres más que una borracha, lo mismo que tu marido.
-¡Mona pretende lastimarme! -sollozó Alicia.
No, Mona no estaba dispuesta a internarla de nuevo en el hospital.
Pero los otros quizá sí. Era mejor no mezclar a Michael en el asunto,
aunque quisiera ayudarla a restaurar la casa. Ya se le ocurriría otro
plan.
Un cálido y agradable vapor había invadido el baño. Mona se
desnudó y apagó las luces, de forma que la única iluminación procedía
de las llamas naranja de la estufa de gas. Luego se sumergió en la ba-
ñera, dejando que sus largos cabellos rojos flotaran en la superficie del
agua, como los de Ofelia, la cual se había ahogado en un arroyo.
Mona hundió la cabeza en el agua y la movió enérgicamente para
desprenderse de las hojas y los restos de tierra que tenía en el pelo.
Menos mal que no había cucarachas en el cementerio, pensó Mona,
agitando su espesa cabellera en el agua para lavarla y dejarla brillante.
La ducha le dejaba el pelo apelmazado, y Mona quería que quedara
suelto y esponjoso.
El jabón tenía un delicioso perfume, y en el borde de la bañera
había un elegante frasquito de perlado champú. Esa gente sí que sabía
vivir. Era como alojarse en un hotel de lujo.
Mona se lavó el cuerpo y la cabeza lentamente, saboreando cada
instante del agradable ritual, y luego se sumergió de nuevo en el agua
para quitarse el jabón y el champú. Quizá pudiera restaurar la casa de
la calle Amelia sin dejar que los otros miembros de la familia se en-
trometieran. Podía decirle al tío Michael que deseaba hacerlo discre-
tamente y pedirle que no hablara con nadie sobre Patrick y Alicia,
aunque todos estaban informados del problema de sus padres. Pero
¿qué harían cuando la anciana Evelyn despachara a los operarios o les
prohibiera utilizar sus herramientas para que no hiciesen ruido?
Era maravilloso sentirse limpia. Mona pensó de nuevo en Mi-
chael, el gigante dormido que yacía en el lecho de la bruja.
Mona se levantó, cogió una toalla y se secó el pelo enérgicamente,
inclinando la cabeza hacia delante y hacia atrás, gozando de la sensa-
ción de estar desnuda y sentirse libre. Luego salió de la bañera y se
puso el camisón de franela. Tenía un tacto cálido y agradable, pero le
quedaba demasiado largo, de modo que se recogió la falda como una
niña en un cuadro antiguo. Así se sentía Mona, como una niña del si-
glo pasado. Por eso solía ponerse un lazo en el pelo. Le gustaba hasta
tal punto disfrazarse de niña antigua, que ello había dejado de consti-
tuir un disfraz.
Tras frotarse el pelo con la toalla, cogió el cepillo que había en el
tocador, se miró unos instantes en el espejo y empezó a cepillarse
el cabello vigorosamente.
El calor que emanaba la estufa de gas parecía envolverla y darle
golpecitos en la frente. Mona cogió el lazo y se lo colocó en la cabeza
de forma que sólo asomaban los dos extremos por detrás, como los
cuernos del diablo.
-Ha llegado el momento, tío Julien -susurró, cerrando los ojos-.
Dame una pista. ¿Dónde está el Victrola?
Mona empezó a balancearse de uno a otro lado, como Ray Char-
les, tratando de atrapar un vívido momento de entre todos los sueños
que se desvanecían.
De pronto oyó un sonido distante, sofocado por el suave crepitar
de las llamas de la estufa, una canción cuyas palabras no conseguía
captar. El acompañamiento parecía de violines, aunque el sonido re-
sultaba demasiado vago para descifrar qué clase de instrumentos eran.
Lo único que percibía con claridad era que se trataba de una gran
orquesta. Mona abrió la puerta del baño. Aunque sonaba muy lejos,
reconoció el inconfundible vals de La Traviata, cantado por la so-
prano. Mona empezó a tararear la melodía. De pronto se le ocurrió
que quizás el Victrola se hallaba abajo, en el salón.
Se dirigió descalza hacia el pasillo, con la toalla colgada del hom-
bro, y se asomó por encima de la balaustrada de la escalera. Desde
allí, el vals se oía con toda claridad, aun volumen mayor que en sus
sueños. La soprano cantaba alegremente, en italiano, y tras ella sona-
ban, en el viejo y rayado disco, las voces del coro, que parecía un coro
de pájaros.
Mona notó que el corazón le latía aceleradamente. Tras asegurarse
de que llevaba el lazo bien sujeto, dejó caer la toalla y se dirigió apre-
suradamente hacia el arranque de la escalera. En aquel instante Mona
vio que a través de la puerta del salón se filtraba una suave luz, la cual
adquiría mayor intensidad a medida que ella avanzaba. Sintió el áspe-
ro tacto de la alfombra de lana bajo sus pies desnudos y, al mirar hacia
abajo comprobó que los dedos de sus pies parecían los de un bebé
bajo el largo camisón de franela, que se arremangó para no tropezar
con él.
Mona se detuvo y miró hacia abajo. Entonces vio que la alfombra
de lana roja se había convertido en una alfombra oriental, bastante
raída, de distinta textura. Bajó precipitadamente, siguiendo la casca-
da de rosas persas, de color azul y rosa, que se deslizaba a lo largo de
la escalera. Las paredes también habían cambiado de aspecto. Mona
comprobó que el papel que las revestía era dorado. Más abajo, entre
unas hojas de yeso que decoraban el techo del vestíbulo, pendía una
pequeña araña veneciana que no recordaba haber visto antes, con ve-
las auténticas encendidas.
Mona percibió el olor a cera. La soprano seguía cantando la pega-
diza canción, que iba adquiriendo un ritmo cada vez más trepidante.
-¡Tío Julien! -murmuró Mona, casi apunto de llorar de felicidad.
Era la visión más prodigiosa que había contemplado en su vida.
Mona dirigió la mirada hacia el vestíbulo. Jamás había contempla-
do nada tan bello. A través de la alta puerta del salón, la misma puerta
a través de la cual alguien había disparado y herido de muerte auno de
sus primos desde esta escalera, Mona vio que el salón ofrecía un aspec-
to distinto que en la actualidad, mientras las diminutas llamas de las
velas bailaban alegremente en los airosos candelabros de gas.
La alfombra, sin embargo, era la misma; y también estaban los si-
llones tapizados de damasco del tío Julien.
Mona bajó apresuradamente mirando a diestro y siniestro, obser-
vando una serie de detalles que no había visto antes, como los apliques
antiguos con sus graciosas tulipas y las vidrieras emplomadas que ro-
deaban la inmensa puerta de entrada.
La música procedente del Victrola sonaba muy fuerte. Mona se
fijó en unos estantes con unas figuritas de porcelana, en un reloj de
metal colocado sobre la repisa de una de las chimeneas, en las estatuas
griegas que decoraban la otra chimenea, en la tapicería de los sillones,
de brillante terciopelo con flecos, y en las alfombras que cubrían el
suelo recién pulido.
El marco de la puerta y el zócalo estaban pintados imitando el
mármol, con sus características vetas, un estilo muy popular afines
del siglo pasado. Las luces de la araña proyectaban sombras sobre el
oscuro papel del techo, como si danzaran al ritmo del vals.
No se apreciaba un solo fallo. La alfombra era la misma que había
visto en otras ocasiones, lo cual era lógico, puesto que pertenecía a
Julien, lo mismo que los elegantes sillones que se hallaban agrupados
en el centro de la habitación.
Mona alzó los brazos y se puso a danzar de puntillas describiendo
un círculo, cada vez más rápidamente, mientras el camisón parecía
flotar a su alrededor. Su voz se unió ala de la soprano. Pronunciaba
las palabras de la canción en perfecto italiano, aunque hacía poco que
había aprendido ese idioma, se dejaba llevar por el sencillo ritmo de la
melodía, se balanceaba de un lado al otro, inclinándose hacia delante  
de forma que el cabello le ocultaba el rostro y enderezándose brusca-
mente mientras éste le caía por la espalda como una cascada. Mona
contempló el amarillento papel del techo y distinguió vagamente el
inmenso sofá, el nuevo sofá de Michael, pero no tapizado de damasco
color crema, sino de terciopelo dorado, un tanto gastado, como los
hermosos cortinajes que cubrían las ventanas. Todo relucía bajo la
oscilante luz de las velas.
Michael la observaba desde el sofá, inmóvil. Mona se detuvo en
seco con los brazos arqueados sobre la cabeza, como una bailarina de
ballet y el cabello desparramado sobre los hombros. Michael estaba
sentado en el centro del sofá, vestido con un pijama de algodón, y
la miraba fijamente, como si se tratara de una aterradora o grotesca
aparición. La música seguía sonando. Mona respiró profunda y lenta-
mente, tratando de dominar los latidos de su corazón. Luego se acer-
có a él, impresionada al verlo sentado en aquella grandiosa habitación,
sin mover un músculo, y mirándola con los ojos desorbitados, como
si estuviera apunto de enloquecer.
Pero no temblaba. Era como ella. No tenía miedo de nada. Sólo
estaba inquieto, preocupado y horrorizado mientras contemplaba esa
aparición y escuchaba la música. Cuando Mona se sentó junto a él en
el sofá, Michael se volvió y la miró asombrado. Ella lo besó en la boca
y sintió de nuevo una reacción en cadena. Lo tenía atrapado. Era
suyo.
Michael se apartó unos instantes para mirarla a los ojos, como si
intentara cerciorarse de que se trataba efectivamente de ella. Tenía la
mirada turbia a causa de los sedantes. Quizás era preferible así, quizá
las drogas contribuían a adormecer su puritana conciencia católica.
Ella lo volvió a besar ávidamente, con cierta torpeza, y al tocarle entre
las piernas comprobó que estaba preparado para hacerle el amor .
Michael la abrazó con fuerza y emitió un leve gemido, muy típico
en él, como lamentándose de que fuera demasiado tarde para retroce-
der o pidiéndole a Dios que le perdonara por el pecado que iba a co-
meter. Mona no oyó lo que dijo.
Lo atrajo hacia sí y ambos se tendieron en el sofá, que olía a polvo,
mientras el vals seguía sonando y la soprano cantaba la maravillosa
aria. Michael se tumbó encima de Mona y ella notó que sus manos
temblaban ligeramente mientras apartaban el camisón y le tocaban el
vientre y los muslos.
-Ya sabes lo que tengo entre los muslos -murmuró ella, abra-
zándolo con fuerza.
Pero él se apartó suavemente, despertándola de su ensueño, como
si se hubiera disparado el sistema de alarma. Mona sintió el flujo que
se deslizaba entre sus piernas.
 
 
 
 
-No aguanto más -dijo, muy excitada-. Dámelo. :
Puede que sonara brutal, pero no quería seguir interpretando el
papel de niña. Michael la penetró, produciéndole un delicioso dolor, y
empezó a moverse con furia.
-¡Así, así, así! -gritó ella.
-¡De acuerdo, Molly Bloom! -exclamó él con voz ronca.
Mona sintió de pronto que iba a alcanzar el orgasmo y comenzó a
gemir ya gritar, mordiéndose los labios, como si no soportara esa
sensación de éxtasis, mientras él gemía y gritaba también.
Luego se tumbó de costado, con los dedos enredados en el cabello
de Michael, jadeando y completamente empapada, como si fuera Ofe-
lia y la hubieran encontrado flotando en el arroyo cubierto de flores.
Súbitamente oyó un ruido y abrió los ojos.
Alguien había roto la aguja del Victrola. Mona se volvió, al igual
que Michael, y vio la encorvada figura de Eugenia, la doncella negra,
de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados y mirándolos escan-
dalizada.
De pronto el Victrola desapareció. El sofá aparecía tapizado de
nuevo con un damasco color crema y la débil luz que iluminaba la
habitación provenía de unas bombillas eléctricas.
Eugenia se hallaba de pie frente a ellos, que seguían abrazados en
el sofá.
-¡Señorito Mike! ¿Qué está haciendo con esa niña?
Michael la miró perplejo, disgustado, avergonzado, confuso y pro-
bablemente dispuesto a suicidarse. Se levantó bruscamente, abrochán-
dose el pantalón del pijama, miró a Eugenia y luego a Mona.
Había llegado el momento de comportarse como una Mayfair,
como la tataranieta de Julien. Mona se incorporó y se dirigió hacia la
anciana.
-¿Quieres conservar el puesto en esta casa, Eugenia? -preguntó-.
Pues regresa inmediatamente a tu habitación y cierra la puerta.
La anciana la miró indignada durante unos instantes, pero Mona
Insistió:
-Haz lo que te ordeno. No tienes por qué preocuparte. Hago lo
que me apetece hacer. Nadie me ha forzado a ello. y el tío Michael se
siente a gusto conmigo, tú lo sabes. Ahora, vete.
La doncella la miró, fascinada o quizá simplemente abrumada. No
tenía importancia. Los poderes mágicos eran los poderes mágicos. El
caso es que al fin cedió. Siempre acababan cediendo. Era casi una co-
bardía avasallarlos de ese modo y obligarles a obedecer. Pero debía
hacerlo.
Eugenia bajó la vista, salió apresuradamente de la habitación y
corrió hacia la escalera como alma que lleva el diablo.
 
 
 
 
Mona se volvió y vio a Michael sentado de nuevo en el sofá, ob-
servándola detenidamente, confuso pero con expresión serena, como
si tratara de recordar lo sucedido.
-¡Dios mío! -murmuró.
-Ya está hecho, tío Michael -respondió ella. De pronto notó
que la abandonaban las fuerzas y añadió, balbuceando, casi a punto de
romper a llorar-: Deja que me acueste en tu cama. Estoy asustada.  
Ambos permanecieron tendidos en el amplio lecho, en la oscuri-
dad. Mona contempló el dosel de raso amarillo, preguntándose si
Mary Beth habría contemplado ese mismo dibujo y ese mismo color.
Michael reposaba junto a ella, drogado y exhausto. Ella deseaba pre-
guntarle lo que había visto, pero no se atrevía a hacerlo. Veía en su
mente el doble salón, como una hermosa fotografía en sepia. ¿No ha-
bía visto alguna vez una fotografía semejante, con esos candelabros y
esos sillones?
-No podemos permitir que vuelva a suceder, bonita -balbuceó
Michael, abrazándola-. Jamás.
Su respiración era un tanto trabajosa, pero estaba perfectamente.
-Si tú lo dices, tío Michael-respondió Mona-. Pero me gus-
taría expresar mi opinión al respecto.
¡Se habían acostado en el lecho de Mary Beth, en el lecho de Deir-
dre! Mona se acurrucó junto a él y notó el calor de su mano, que estaba
apoyada en su seno.
-¿Esa música que sonaba no era el vals de Verdi? -preguntó
Michael-. El de La Traviata. Me pareció reconocerlo...
Al cabo de unos segundos se quedó dormido. Mona sonrió en la
oscuridad. De modo que había reconocido el vals, lo cual significa-
ba que había estado allí con ella. Mona se volvió, lo besó en la meji-
lla suavemente para no despertarlo y se durmió con una mano apo-
yada en su pecho, sintiendo el cálido tacto de su piel.
 
 
 
 
 
3
 
Una persistente lluvia invernal caía sobre San Francisco, e inunda-
ba lentamente las empinadas calles de Nob Hill, mientras las niebla
envolvía la curiosa mezcolanza de edificios: la fachada gris y espectral
de la catedral de la Gracia, los imponentes y austeros edificios de apar-
tamentos, y las altas y modernas torres que se erguían sobre el viejo
hotel Fairmont. El cielo estaba encapotado y era prácticamente impo-
sible circular entre el denso tráfico de las cinco de la tarde.
El doctor Samuel Larkin pasó frente al Mark Hopkins, aunque
ignoraba el nuevo nombre del hotel, y bajó por la calle California,
avanzando pacientemente a paso de tortuga tras un ruidoso tranvía y
asombrado ante la perseverancia de los turistas, que se aferraban a éste
en la helada oscuridad, calados hasta los huesos. Larkin siguió circu-
lando lentamente, procurando no patinar sobre los raíles del tranvía
-el terror de los conductores de fuera de la ciudad-, y en cuanto el
semáforo en puso en verde pisó el acelerador y adelantó al tranvía.
Descendió por la calle Market a lo largo de varias manzanas y
pasó ante la bonita y exótica entrada de Chinatown, un trayecto muy
bello aunque un tanto peligroso que le recordaba sus primeros años
en esta ciudad, cuando uno podía trasladarse tranquilamente a la ofi-
cina en tranvía y el Top of the Mark constituía el punto más elevado
de la ciudad, antes de que aparecieran los rascacielos al estilo de
Manhattan.
¿Cómo era posible que Rowan Mayfair hubiera abandonado este
lugar?, se preguntó Lark. Claro que él sólo había visitado Nueva Or-
leans en un par de ocasiones. Pero, aun así, era como abandonar París
para trasladarse a provincias. En todo caso, no era la única parte de la
historia de Rowan que Lark no alcanzaba a comprender.
 
 
 
 
De pronto, al darse cuenta de que casi había pasado de largo la en-
trada del Instituto Keplinger, giró bruscamente y se metió en un
aparcamiento subterráneo. Eran las cinco y diez, y el avión para Nue-
va Orleans partía a las ocho y media. El tiempo apremiaba.
Lark mostró su tarjeta de identidad al guardia apostado junto ala
puerta, el cual, tras llamar para verificar la información, le dejó pasar.
Al llegar frente al ascensor tuvo que identificarse de nuevo ante un
pequeño altavoz situado debajo de una cámara de vídeo, a través del
cual sonaba una aguda voz femenina. Lark detestaba que alguien le
observara sin que él pudiese ver a la persona que lo vigilaba.
El ascensor lo condujo silenciosa y rápidamente hasta el decimo-
quinto piso, donde se encontraba el laboratorio de Mitchell Flanagan.
Al cabo de unos segundos, vio una puerta de cristal ahumado y llamó
enérgicamente a ella.
-Soy Lark -dijo, en respuesta a unas palabras ininteligibles que
sonaron al otro lado de la puerta.
Mitchell Flanagan ofrecía el mismo aspecto de siempre, medio ce-
gato y totalmente incompetente. Miraba a Lark a través de unas gruesas
gafas, su encrespada pelambrera amarilla habría constituido un exce-
lente tejado para que las aves se posaran y su bata de laboratorio estaba
cubierta de polvo, aunque, al menos aquel día, sin manchas.
«El genio favorito de Rowan -pensó Lark-. Bueno, yo era su
cirujano favorito. ¿Por qué estoy tan celoso?» Aún no había conse-
guido olvidar a Rowan Mayfair. ¿Por qué le afectaba tanto que se
hubiera trasladado al Sur, se hubiera casado y estuviera ahora envuelta
en un tremendo follón? Lark deseaba acostarse con ella, cosa que ja-
más había conseguido.
-Pasa -dijo Mitch, como resistiéndose a la tentación de arras-
trar a Lark al pasillo enmoquetado, donde unas hileras de diminutas
lucecitas blancas iluminaban suavemente el techo y el suelo.
«Este lugar me volvería loco», pensó Lark, temiendo que se abrie-
ra una puerta y ante sus ojos aparecieran seres humanos metidos en
asépticas jaulas.
Siguió a Mitch por el pasillo, lleno de puertas de acero con unas
diminutas ventanas iluminadas, detrás de las cuales se oían diversos
ruidos electrónicos.
A Lark no se le habría ocurrido pedir que le dejaran entrar en esos
sanctasanctórums. La investigación gen ética era una labor que se lleva-
ba en el Instituto Keplinger de forma totalmente secreta, incluso para
la mayoría de la comunidad médica. Esta entrevista privada con Mit-
chell Flanagan había sido comprada y pagada por Rowan Mayfair -o
en cualquier caso por la familia Mayfair- aun precio exorbitante.
Mitchell condujo a Lark hasta un espacioso despacho, donde unos  
inmensos ventanales daban a los concurridos edificios de la calle Lo-
wer California, ofreciendo una espectacular vista del puente de la
Bahía. De unas largas varas de acero cromado situadas sobre los ven-
tanales colgaban unos visillos transparentes semejantes a mosquiteras,
matizando la suave luz del atardecer, lo que intensificaba la sensación
de claustrofobia que experimentaba Lark. Sus recuerdos de San Fran-
cisco antes de la aparición de los rascacielos eran muy vívidos. El puen-
te parecía totalmente desproporcionado y fuera de lugar .
En la pared, junto a la amplia mesa de caoba, había varias pantallas
de ordenadores. Mitchell se sentó en una silla de respaldo alto y le in-
dicó a Lark que ocupara un cómodo sillón frente a él. El sillón estaba
tapizado con un tejido color vino, probablemente de seda, y el estilo
de los muebles era vagamente oriental. En todo caso, era un estilo di-
fícil de precisar.
Debajo de los ventanales, que ofrecían un amplio e inquietante
panorama nocturno, había unos archivos dotados de una clave digital.
La alfombra era de color vino, igual que el sillón que ocupaba Lark. El
despacho contenía varias sillas, tapizadas con el mismo tejido, cuya
discreta tonalidad combinaba con el de la alfombra y el oscuro reves-
timiento de las paredes.
La superficie de la mesa estaba despejada. Detrás de la pelambrera
de espantapájaros de Mitchell colgaba un enorme cuadro abstracto
que parecía el retrato de un espermatozoide deslizándose apresura-
damente hacia un óvulo fertilizado. Sin embargo, poseía un maravi-
lloso colorido -azul cobalto, naranja y verde neón-, como si estu-
viera pintado por un artista tahitiano que, tras contemplar el dibujo de
un espermatozoide y un óvulo en una publicación científica, lo hu-
biese elegido como tema para su próximo cuadro sin adivinar ni im-
portarle de qué se trataba.
El despacho olía a dinero. El Instituto Keplinger olía a dinero.
Resultaba tranquilizador que Mitch presentara ese aire desaliñado,
torpe y un tanto sucio, como un científico loco que no estaba dis-
puesto a hacer concesiones ala tiranía corporativa y científica. Hacía
por lo menos dos días que no se afeitaba.
-Me alegro de que al fin estés aquí -dijo Mitch-. Creí que iba a
volverme loco. Hace dos semanas que me encargaste este trabajito, sin
más explicaciones, diciéndome que Rowan Mayfair te había enviado
unas muestras y querías que las examinara.
-¿Has conseguido averiguar algo? -preguntó Lark, desabro-
chándose la gabardina. Luego decidió no quitársela y depositó la car-
tera en el suelo. Ésta contenía un magnetófono, pero prefirió no uti-
lizarlo para no intimidar a Mitchell o ponerlo a la defensiva.
-¿Qué esperas que averigüe en dos semanas? Nos llevará quin-
ce años descubrir la estructura del genoma humano, ¿o es que no lo
sabías?
-¿Qué puedes decirme ? Esto no es una entrevista con el editor
de la sección científica del New York Times. Hazme un resumen. ¿ De
qué se trata?
-Se trata de simples conjeturas. ¿Quieres que te lo muestre en el
ordenador? -inquirió Mitch-. ¿Quieres ver unas imágenes tridi-
mensionales y en color ?
-Prefiero que me lo expliques verbalmente. No me fío de las
imágenes de los ordenadores.
-Antes de pronunciarme, necesito más muestras de sangre, teji-
do y todo lo que puedas conseguir. He hecho que mi secretaria te
llamara todos los días para pedirte ese material. ¿Por qué no has res-
pondido a mis llamadas?
-No puedo conseguir más muestras. Esto es todo lo que hay.
-¿Qué quieres decir?
-Te he entregado todas las muestras que obraban en mi poder.
Sabes tanto como yo. Existe cierto material en Nueva York..., pero
hablaremos de ello más tarde. No puedo darte más muestras de san-
gre, tejidos o líquido amniótico. Te he entregado todo lo que me en-
vió Rowan Mayfair .
-En ese caso debo hablar con Rowan Mayfair .
-Imposible.
-¿Por qué?
-¿No podrías apagar esa maldita luz fluorescente? Me está vol-
viendo loco. ¿No hay ninguna lámpara incandescente en este des-
pacho?
Mitchell lo miró desconcertado y se reclinó hacia atrás, como si le
hubieran propinado un empujón.
-Por supuesto -respondió al cabo de unos instantes, pulsando
un botón de un panel situado debajo del borde de la mesa. La luz del
techo se apagó y en su lugar se encendieron dos pequeñas lámparas
sobre la mesa, cuya agradable y suave luz amarilla ponía de relieve el
tono verde oscuro del secante que yacía en la mesa.
Lark no había reparado en el secante, perfecto e inmaculado, ni en
sus cantoneras de piel. Ni tampoco en el silencioso teléfono negro,
con sus misteriosos números y botones, que parecía un simbólico
sapo chino.
-Esto está mejor. Detesto las luces fluorescentes -dijo Lark-.
Cuéntame todo lo que has averiguado.
-Primero quiero saber por qué no puedo hablar con Rowan May-
fair para obtener más datos. ¿ Por qué no te envió unas fotografías de
esa criatura? Es preciso que hable con ella...
 
 
 
 
-Nadie sabe su paradero. Hace varias semanas que intento dar
con ella. Su familia la está buscando desde el día de Navidad, que fue
cuando desapareció. Esta tarde, a las ocho y media, tomaré un avión
para ir a ver a su familia en Nueva Orleans. Soy la última persona que
ha tenido noticias de Rowan. La llamada que me hizo, hace dos se-
manas, constituye la única prueba de que está viva. Después de tele-
fonearme me envió las muestras. Cuando me puse en contacto con su
familia para pedirles el dinero, tal como Rowan me ordenó que hicie-
ra, me revelaron que había desaparecido. Según parece, alguien la ha
visto, al menos en una ocasión, en una ciudad escocesa llamada Don-
nelaith.
-¿Y el servicio de mensajeros que te entregó las muestras? ¿Sabes
adónde fueron a recogerlas ?
-Sí. El mensajero las recogió de manos del conserje de un hotel
en Ginebra, al cual se las había entregado una cliente del hotel poco
antes de abandonarlo. Por la descripción de esa mujer, parece que se
trata de Rowan, pero la familia no tiene pruebas de que ésta se alojara
en dicho hotel, al menos con su nombre.
»Todo el asunto fue llevado muy discretamente. U nos días antes
de marcharse del hotel la mujer comunicó al conserje el destino del
paquete. La familia ha investigado a fondo esa pista. Están más ansio-
sos de encontrar a Rowan que tú y que yo. Cuando les llamé para co-
municarles que iba a entrevistarme contigo, se mostraron muy ner-
viosos. Por eso decidí ir a visitarlos.
»Desean conocerme personalmente y, puesto que pagan, yo no
tengo ningún inconveniente en acceder a sus deseos. La familia ha
contratado a unos detectives en Ginebra, pero no han hallado ni ras-
tro de Rowan. Créeme, si la familia no consigue dar con ella, es que
Rowan ha desaparecido del mapa.
-¿Qué quieres decir?
-Los Mayfair están forrados. Supongo que habrás oído hablar de
que Rowan pensaba inaugurar en otoño un importante centro médico.
Habla, Mitch, ¿de qué son esas muestras ? Tengo que coger un avión.
T e prometo ser discreto. Venga, hombre, suéltalo de una vez.
Mitchell Flanagan reflexionó durante unos instantes. Luego cruzó
los brazos, frunció los labios, se quitó las gafas y volvió a ponérselas,
como si no fuera capaz de pensar sin ellas. Al fin miró detenidamente
a Lark y dijo:
-De acuerdo. Se trata de lo que tú dijiste, 0 de lo que dijiste que
te dijo Rowan.
Lark no respondió, pero se dio cuenta de que Mitch estaba pen-
diente de su reacción aun antes de abrir la boca. Se mordió la lengua.
Quería que Mitchell siguiera hablando.
 
 
 
 
-Esa criatura no es un homo sapiens -prosiguió Mitch-. Se
trata de un primate, un mamífero, un varón potente, dotado de un
sistema inmunitario que es pura dinamita. Según las últimas pruebas
realizadas parece haber alcanzado la madurez, aunque no lo sé con
certeza, y tiene una forma desconcertante de asimilar los minerales y
las proteínas; debe de tener algo que ver con sus huesos. Posee un ce-
rebro enorme. Es posible que presente unos defectos importantes,
pero no puedo saberlo hasta que realice más pruebas.
-Hazme un resumen verbal.
-Basándome en las radiografías, yo diría que pesa sesenta y siete
kilos, o algo menos, y que cuando se hicieron los últimos análisis, a
finales de enero, medía un metro ochenta y tres. Su altura cambió no-
tablemente entre las primeras radiografías, tomadas el veintiocho de
diciembre en París, y las realizadas en Berlín el cinco de enero. Entre
el cinco y el veintisiete de enero no se verificó ningún cambio en sus
medidas. Por eso digo que es posible que haya alcanzado la madurez,
aunque no lo sé con certeza. Su cráneo no está plenamente desarro-
llado, pero quizá no crezca más.
-¿Cuánto creció entre diciembre y enero?
-Siete centímetros y medio. El aumento de tamaño se verificó
principalmente en los muslos, los antebrazos y los dedos. A propósito,
tiene unas manos muy largas. La cabeza también aumentó ligeramente
de tamaño, aunque no lo suficiente como para llamar la atención. De
todos modos, es mayor que una cabeza normal. Si quieres, puedo
mostrártelo en el ordenador. Te enseñaré qué aspecto tiene y cómo se
mueve...  
-No, me basta con que me lo cuentes. ¿Qué más?
-¿Qué más? -preguntó Mitch.
-Sí, qué más.
-¿No tienes suficiente? Eres tú quien tiene que explicarme más
datos referentes a este asunto. ¿Dónde fueron tomadas esas muestras ?
Ese material proviene de clínicas de toda Europa. ¿Quién realizó los
análisis?
-Según lo que ha podido descubrir la familia, suponemos que fue
la propia Rowan. Las clínicas no saben nada. Al parecer, Rowan se
presentó con esa criatura, hizo unas radiografías y se marchó antes de
que el personal se diera cuenta de que se había colado una médica no
autorizada en el departamento de radiología y de que el sujeto no era
un paciente. En Berlín, nadie recuerda haberla visto. Sólo sabemos
que estuvo allí por la fecha que consta en el ordenador y la hora re-
gistrada en la película de rayos x. Con las exploraciones del cerebro,
el electrocardiograma y la prueba de resistencia de talio ocurrió otro
tanto. Rowan entró en la clínica de Ginebra y pidió los análisis en el
laboratorio. Nadie le hizo ninguna pregunta por razones obvias: lle-
vaba una bata blanca, hablaba perfectamente alemán y se expresaba
con aplastante autoridad. Después recogió los resultados y se marchó.
-Suena increíblemente sencillo.
-En efecto. Se trata de unas instalaciones públicas, y ya conoces a
Rowan. ¿Quién se atrevería a interrogarla?
-Cierto.
-Los que la vieron en París, sin embargo, la recuerdan perfecta-
mente. Pero no pueden ayudarnos a encontrarla. No saben ni de
dónde venía ni adónde fue. En cuanto a su acompañante, dicen que
era alto y delgado, llevaba el pelo largo y sombrero.
-¿El pelo largo? ¿Estás seguro?
-Tan seguro como la mujer de París que se lo dijo a los detectives
contratados por la familia -respondió Lark, encogiéndose de hom-
bros-. Cuando vieron a Rowan en Donnelaith, iba acompañada de
ese individuo de pelo largo.
-¿Y no has vuelto a tener noticias de ella desde la noche en que te
envió ese material?
-Así es. Dijo que volvería a ponerse en contacto conmigo en
cuanto pudiera.
-¿Y la llamada? ¿Sabes si fue a cobro revertido?
-Solo me dijo que estaba en Ginebra y lo que ya te expliqué. Es-
taba ansiosa de enviarme el material. Me dijo que trataría de enviarme-
lo el mismo día y me pidió que te lo entregara a ti. Me contó que había
dado a luz a esa criatura, que había recogido un poco del líquido am-
niótico en una toalla y que incluía muestras de su propia sangre, es-
putos y cabellos. Supongo que los habrás analizado.
-Naturalmente.
-¿Cómo es posible que diera a luz aun ser no humano? Quiero
saber todo cuanto hayas averiguado, por descabellado o extraño que
parezca. Debo explicárselo mañana a la familia. Yo mismo quiero sa-
berlo.
Mitch se tapó discretamente la boca, tosió un poco y contestó:
-Como ya te he dicho, no se trata de un horno sapiens. Sin em-
bargo, es posible que tenga el aspecto de un horno sapiens. Tiene una piel
mucho más plástica; sólo se ve una piel así en los fetos humanos, y todo
parece indicar que conservará siempre esa plasticidad, aunque no pue-
do afirmarlo con certeza. Posee un cráneo muy dúctil, como el de un
niño de corta edad, lo cual también puede ser permanente, aunque no
estoy seguro. La última vez que le hicieron una radiografía conservaba
aún la fontanela, el espacio membranoso sin osificar; por los resultados
de las pruebas, yo diría que se trata de una fontanela permanente.
-¡Dios mío! -exclamó Lark, palpándose la cabeza.
 
 
 
 
Las fontanelas de los niños le ponían nervioso, aunque no tenía
hijos. Le asombraba que las madres se acostumbraran a que sus hijos
pequeños tuvieran esos espacios abiertos en el cráneo, cubiertos por
una simple membrana.
-Esa criatura no es un feto normal-afirmó Mitch-. Las células
del líquido amniótico indican que al nacer ya era un diminuto varón
adulto totalmente desarrollado; probablemente era capaz de moverse
con pasmosa elasticidad y echó a caminar al poco de nacer, como un
caballo o una jirafa recién nacidos.
-Una mutación -observó Lark.
-No, olvida esa palabra -contestó Mitch-. No se trata de una
mutación. Más bien parece el producto de un proceso evolutivo muy
complejo, el resultado de una serie de extrañas mutaciones que se han
producido a lo largo de varios millones de años. Si Rowan Mayfair no
hubiera parido eso, cosa de la que, tras haber realizado las pruebas,
estoy completamente seguro, diría que se trata de una criatura que se
ha desarrollado aisladamente en un continente desconocido, bastan-
te posterior al homo erectus o el homo sapiens, dotada de una serie de
rasgos gen éticos heredados de otras especies y que los seres humanos
no poseemos.
-¿Otras especies?
-Exacto. Esa criatura ha ascendido una escala evolutiva propia.
No es totalmente ajeno a nosotros. Ha evolucionado a partir del mis-
mo caldo primitivo, pero posee un ADN infinitamente más complejo.
Si examináramos su doble hélice, comprobaríamos que es dos veces
mayor que la de un ser humano. Esa criatura, al menos superficialmen-
te, parece guardar muchas semejanzas con unas formas de vida inferio-
res que nosotros, los humanos, no poseemos. El problema es que se
trata de un tema que hace poco que he empezado a analizar.
-¿No puedes trabajar más deprisa? Quizá consiguieras averiguar
más datos.
-No se trata de un problema de velocidad, Lark. Hace poco que
hemos empezado a comprender el genoma humano, qué es un gen
falso y un gen real. ¿ Cómo quieres que descifre el genotipo de esa
criatura? A propósito, posee noventa y dos cromosomas, el doble que
un ser humano normal. La estructura de las membranas de sus células
es distinta de la nuestra, pero no puedo asegurar hasta qué punto; no
puedo decirte gran cosa sobre las membranas de nuestras células, ya
que nadie sabe de qué se componen. Esto es lo más importante de este
asunto. Los límites de lo que sé sobre esa criatura vienen impuestos
por los límites de lo que sé sobre nosotros mismos. Lo único que
puedo afirmar con certeza es que no pertenece a nuestra especie.
-Todavía no comprendo por qué aseguras que no es un mutante.
 
 
 
 
-Porque se halla muy alejado de la órbita de la mutación. Está
perfectamente organizado y es completo en sí mismo; no se trata de
un accidente de la naturaleza. y está totalmente desarrollado. Plan-
teémoslo en términos de porcentajes de similitud cromosómica. El
hombre y el chimpancé son similares en un noventa y siete por ciento.
Esa criatura sólo se parece al hombre, a lo sumo, en un cuarenta por
ciento. He llevado a cabo unos análisis inmunológicos que demues-
tran lo que digo. Ello significa que se separó del árbol de la familia
humana hace varios millones de años, suponiendo que alguna vez
formara parte de ese árbol. Personalmente, no lo creo. Más bien creo
que pertenecía a otro árbol totalmente distinto.
-Pero ¿Cómo pudo Rowan parirlo ? Es imposible que...
-La respuesta es tan sorprendente como sencilla. Rowan posee
también noventa y dos cromosomas. El número exacto de exones e
intrones. Las muestras de sangre, de líquido amniótico y de tejido lo
confirman. Estoy seguro de que ella lo sabe.
-Pero ¿y los anteriores historiales médicos de Rowan? ¿Acaso
no se había fijado nadie en que posee el doble de cromosomas que un
ser humano normal ?
-Lo he verificado todo a través de los análisis de sangre que cons-
tan en los archivos del University a raíz de su último chequeo. Posee
noventa y dos cromosomas, aunque es más que posible que los cromo-
somas adicionales permanecieran latentes en el momento en que se
hizo el último chequeo. Nadie reparó en ello porque a nadie se le ocu-
rrió hacerle un análisis gen ético. ¿ Por qué iban a hacerlo ? Rowan jamás
ha estado enferma.
-Pero alguien...
-Los estudios sobre el ADN están en sus albores. Algunos cientí-
ficos son contrarios a ellos. Existen millones de médicos en todo el
mundo que no saben nada sobre sus genes. Algunos, como yo mismo,
no queremos saberlo. Mi abuelo murió debido a la corea de Hunting-
ton. Mis hermanos no quieren saber si son portadores de ese gen. y yo
tampoco. Por supuesto, más pronto o más tarde tendré que hacerme
unas pruebas. Pero lo cierto es que la investigación gen ética no acaba
sino de comenzar. Si esa criatura hubiera aparecido hace veinte años,
habría pasado por un ser humano, si bien un ser humano anormal.
-¿Me estás diciendo que Rowan no es un ser humano?
-No, es humana. No existe ninguna duda. Como te he dicho,
todos las pruebas que se le han practicado han resultado normales; el
informe pediátrico es normal, su crecimiento fue normal. Lo que sig-
nifica que esos cromosomas adicionales nunca fueron activos durante
su desarrollo, hasta que ese ser empezó a formarse dentro de su útero.
-¿Y entonces qué sucedió ?
 
 
 
 
-Sospecho que su concepción desencadenó en Rowan unas reac-
ciones químicas muy complejas, y que por eso el líquido amniótico
contiene todo tipo de nutrientes. Estaba saturado de proteínas y ami-
noácidos. Existen ciertos indicios de que esa criatura conservó gran
parte de la yema con posterioridad a la fase embrionaria. ¿ Sabías que
hay también unas muestras de leche materna? No presenta una den-
sidad ni una composición normales. Contiene muchas más proteínas
que la leche materna humana. Pero nos llevará meses, quizás años,
descifrar todo esto. Lo que tenemos es un tipo muy distinto de pri-
mate placentario. y apenas dispongo de lo que necesito para comen-
zar a analizarlo.
-Rowan era normal-dijo Lark-. Según parece, posee una serie
de genes inútiles y cuando se produjo la concepción éstos iniciaron
ciertos procesos.
-Así es. El genoma humano normal funciona perfectamente en
ella, pero posee unos gen es adicionales dentro de su doble hélice, los
cuales aguardaban a que el ADN les diera las oportunas instrucciones
para ponerse en funcionamiento.
-¿Has conseguido una copia clónica de ese ADN?
-Por supuesto. Pero es un proceso que lleva tiempo, dada la ve-
locidad a la que se multiplican esas células. A propósito, dichas células
presentan otro aspecto muy curioso. Son resistentes a todos los virus
y bacterias. Por otra parte, son extremadamente elásticas. Todo se
debe a la membrana, como te he dicho. No se trata de una membrana
humana. y cuando esas células mueren, al ser sometidas aun frío o
calor intensos, apenas suelen dejar residuos.
-¿Se encogen? ¿Desaparecen?
-Digamos que se contraen, lo cual ofrece uno de los aspectos
más interesantes de este asunto. Si existen otros seres como éste en la
tierra, no queda constancia de ellos en los registros fósiles debido a
que sus restos tienden a contraerse y desintegrarse mucho más rápi-
damente que los restos humanos.
-¿Los registros fósiles? Pero ¿no habíamos quedado en que se
trata de un monstruo ?
-No he dicho que se trate de un monstruo, sino de un primate
placentario distinto que cuenta con enormes ventajas. Por lo que he
observado, sus encimas se disuelven en el momento de nacer. Sus
huesos no parecen haberse endurecido, aunque no puedo afirmarlo
con seguridad. Ojalá dispusiera de un equipo de gente para trabajar en
ello. Ojalá dispusiera de todo el Instituto...
-¿Ese material es compatible con nuestro ADN? Me refiero a si
puedes separar las cadenas de cromosomas y combinarlas con nues-
tros...
 
 
 
 
-No. ¡Cielos, los cirujanos sois unos genios! No basta con que
presente un cuarenta por ciento de similitud. No es posible cultivar
ratas a partir de monos. Además, se ha producido una reacción vio-
lenta, quizá debido a la cantidad de instrucciones gen éticas conflicti-
vas dadas por el ADN. No lo sé. Pero lo cierto es que no pueden
combinarse. No he podido cultivarlo con células humanas. Lo cual no
significa que no pueda conseguirse. Es posible que esa criatura se haya
formado a consecuencia de unas mutaciones repetitivas muy rápidas
dentro de los nucleótidos de un determinado gen.
-Explícate, no te comprendo.
-Siempre he sospechado que, en realidad, los cirujanos no tenéis
ni idea de lo que hacéis.
-Si lo supiéramos, Mitch, no podríamos hacerlo. Cuando nos ne-
cesites, y confío en que ello no suceda nunca, da gracias a Dios por
nuestra ignorancia, nuestro sentido del humor y nuestro valor. Pero,
volviendo al tema que nos ocupa, según dices esa criatura no puede
reproducirse con seres humanos.
-Efectivamente, a menos que sean como Rowan. Deben poseer
los cuarenta y seis cromosomas latentes. Por eso debemos encontrar a
Rowan y someterla a diversas pruebas.
-Pero ¿podría reproducirse con ella?
-¿Con su madre? Probablemente. Pero no creo que ella esté tan
loca como para intentarlo.
-Me dijo que la había dejado preñada y que había sufrido un
aborto, pero sospechaba que estaba embarazada de nuevo.
-¿Ella te dijo eso?
-Sí. Aún no he decidido si debo contárselo mañana a la familia, a
los Mayfair. Se proponen construir el centro de neurocirugía e inves-
tigación más importante de Estados Unidos.
-Sí..., el sueño dorado de Rowan. Pero, volviendo a la familia,
¿cuántos son? ¿No tiene Rowan hermanos o hermanas a los que pu-
diéramos someter aciertas pruebas? ¿Qué me dices de su madre?
¿Vive todavía? ¿Y su padre?
-No tiene ni hermanos ni hermanas. y tanto su padre como su
madre han fallecido. Pero existen muchos primos en la familia, varios
de los cuales se han casado entre sí. No es algo de lo que la familia se
sienta orgullosa, y desde luego no estarán dispuestos a someterse a
pruebas gen éticas. Algunos científicos ya se lo han propuesto sin éxito.
-Pero podría haber otros miembros portadores de esa serie adi-
cional de cromosomas. ¿ y el padre de la criatura? Me refiero al hom-
bre que dejó preñada a Rowan. Debe de poseer también noventa y
dos cromosomas.
-Era su marido. ¿Estás seguro de ello?
 
 
 
 
-Por supuesto.
-Puedo facilitarte algunos datos sobre él, pero antes quiero que
me hables sobre el cerebro de esa criatura. ¿Qué has podido averiguar
a través de las exploraciones que le han practicado?
-Que su cerebro tiene más del doble del tamaño de un cerebro
humano. Entre las fechas de las exploraciones realizadas en París y en
Berlín se verificó un importante aumento de los lóbulos frontales.
Deduzco que debe de tener unas enormes dotes lingüísticas y verba-
les. Por otra parte, he comprobado algo muy curioso respecto al oído.
Superficialmente, todo parece indicar que es capaz de percibir sonidos
que nosotros, los humanos, no percibimos. Más o menos como los
murciélagos o los animales marinos. Éste es un dato muy importante.
Supongo también que tiene un olfato muy desarrollado. ¿Sabes lo que
más me choca? Que su fenotipo es muy similar a otros. Se ha desa-
rrollado de un modo totalmente distinto a nosotros, necesita tres ve-
ces más proteínas que un ser humano normal, ha creado su propio
tipo de lactasa, más ácida, y sin embargo presenta un aspecto muy si-
milar al nuestro.
-¿Has llegado a alguna conclusión?
-No. Hablemos del hombre que dejó preñada a Rowan. ¿Qué
sabes de él?
-Vivió en San Francisco. Era famoso antes de casarse con Ro-
wan. Fue sometido a diversas pruebas en el Hospital General de San
Francisco. Sólo ha padecido un ataque cardíaco, que le sobrevino en
Nueva Orleans. Podemos revisar sus últimos análisis clínicos. Podría-
mos hacerlo sin su permiso, pero no sería correcto. Si posee noventa y
dos cromosomas...
-Estoy convencido de ello.
-Rowan dijo algo sobre un factor externo. Me aseguró que el
padre de la criatura era normal, que ella lo amaba. Era su marido.
Mientras hablaba por teléfono conmigo se disgustó mucho y se apre-
suró a poner fin a la conversación. Me pidió que me pusiera en con-
tacto con la familia para pedirle el dinero y luego colgó. No sé si colgó
voluntariamente o si alguien interrumpió nuestra conversación.
-¡Ya sé quién es ese hombre! Ahora lo recuerdo. Todo el mundo
hablaba de él cuando rescató a Rowan del mar.
-Exactamente. Se llama Michael Curry .
-Sí, Michael Curry , el tipo que regresó de la muerte gracias a los
poderes psíquicos que posee. Yo quería hacerle unas pruebas e inten-
té ponerme en contacto con Rowan. Vi los artículos sobre él en los
periódicos.
-Ése es el hombre.
-Regresó a Nueva Orleans con Rowan.
 
 
 
 
-Más o menos.
-y se casaron.
-Efectivamente.
-Poderes psíquicos. ¿Sabes lo que eso significa?
-Sólo sé que al parecer Rowan los posee. Siempre pensé que
Rowan era una gran cirujana, pero otras personas insistían en que era
capaz de diagnosticar y curar una enfermedad por medio de sus po-
deres psíquicos. No, no sé lo que eso significa.
-Olvídate del vudú y de todas esas zarandajas. Me refiero a
marcadores gen éticos. Esas dotes psíquicas podrían constituir un
marcador. Podría darse el caso en las personas que Poseen noventa y
dos cromosomas. Es como el problema del huevo y la gallina. Es una
lástima que no dispongamos de los historiales médicos de los padres
de esas personas. Tienes que convencer a la familia para que se some-
tan a unos análisis.
-Va a ser difícil. Los Mayfair están al corriente de las pruebas
gen éticas que les han sido practicadas a la comunidad amish. Han
oído hablar de los estudios de los mormones en Salt Lake. Saben qué
es el Efecto de los Fundadores y, como te he dicho, no se enorgullecen
de que existan tantos casos de matrimonios entre primos en su familia.
Por el contrario, más bien se avergüenzan de ello. Aunque todavía se
siguen casando muchos primos entre sí, como en la familia Wilkes de
Lo que el viento se llevó.
-Es preciso que colaboren con nosotros. Es muy importante. Me
pregunto si esa criatura podría saltarse una generación. Me refiero a
que... las posibilidades son abrumadoras. En cuanto al marido de
Rowan, me gustaría conseguir sus últimos análisis clínicos inmediata-
mente.
-Le pediré autorización. Siempre es preferible hacer las cosas co-
rrectamente. De todos modos, su historial clínico se halla en el Hospi-
tal General de San Francisco y nada te impide coger el teléfono en
cuanto yo haya salido de tu despacho. Curry permitió que lo estudia-
ran. Deseaba saber en qué consistían sus poderes psíquicos. Segura-
mente habría dejado que lo estudiaras si te hubieras puesto en contacto
con él en el momento oportuno. Está harto de aparecer en los perió-
dicos. Al parecer, veía imágenes y sabía cosas que nadie más conocía
acerca de otras personas. Creo que terminó poniéndose guantes para
impedir que acudieran esas imágenes a su mente.
-Sí, conservo la historia en mis archivos -respondió Mitch.
Tras hacer una breve pausa, como si no recordara lo que quería hacer,
abrió un cajón de la mesa, sacó un papel amarillo lleno de anotaciones
y se puso a escribir un mensaje casi indescifrable, mientras carraspea-
ba y murmuraba frases ininteligibles.
 
 
 
 
Lark aguardó unos minutos, al cabo de los cuales trató de atraer
de nuevo la atención de Mitchell.
-Rowan dijo que se había producido una interferencia en el mo-
mento de nacer la criatura. Una interferencia química o térmica, no
me lo aclaró.
-Bien -contestó Mitch, sin dejar de escribir y pasándose la
mano izquierda por la encrespada pelambrera-, existía cierta activi-
dad térmica, por supuesto, y la actividad química era enorme.
Las toallas contienen otro tipo de líquido parecido al calostro, la le-
che secretada por las glándulas mamarias después del parto, aunque
es diferente. & más denso, más ácido; está repleto de nutrientes,
como la leche materna, pero tiene otra composición. Contiene mu-
cha más lactasa. Pero, volviendo al tema que has planteado, se pro-
dujo una interferencia, en efecto, pero resulta difícil asegurar de qué
tipo.
-¿Pudo haber sido psíquica?
-¿Es una pregunta? ¿Me garantizas que esta entrevista es priva-
da? ¿No llamarás al National Enquirer en cuanto salgas de aquí? Por
supuesto que pudo haber sido psíquica. Sabes tan bien como yo que
podemos medir el calor que exhalan las manos de las personas que po-
seen dotes curativas. Pudo haber sido psíquica, desde luego. Es preci-
so que demos con Rowan y con esa criatura. No puedo permanecer
aquí sentado y...
-Eso es exactamente lo que debes hacer. Permanecer aquí senta-
do, vigilando esas muestras para que no se pierdan. Sigue analizando
el ADN clónico desde todos los puntos de vista posibles. Te llamaré
mañana desde Nueva Orleans tras haber obtenido permiso de Mi-
chael Curry para analizar su sangre.
Lark recogió su cartera y se levantó.
-Un momento, dijiste algo sobre Nueva York. Que había otro
material en Nueva York.
-En efecto. Cuando Rowan dio a luz esa criatura, perdió mucha
sangre. Luego desapareció. Sucedió el día de Navidad. El forense de
Nueva Orleans recogió toda clase de muestras, las cuales han termi-
nado en el Instituto Internacional del Genoma, en Nueva York.
-¡Caray! Deben de haberse vuelto locos.
-No sé si él u otra persona las ha analizado. Hasta la fecha, la
familia ha recibido varios informes que corroboran lo que tú has
descubierto: una anormalidad gen ética en la madre y el hijo; grandes
cantidades de la hormona humana del crecimiento y distintas enzi-
mas. Pero tú les aventajas, puesto que dispones de las radiografías y
las exploraciones de huesos.
-¿La familia te ha puesto al corriente de la situación?
 
 
 
 
-Desde luego, en cuanto supieron que había hablado directa-
mente con Rowan. Ella me dio una palabra en clave para que me con-
cedieran los fondos para financiar tu labor. Se mostraron deseosos de
colaborar conmigo. No creo que sepan de qué va el asunto y es posi-
ble que dejen de cooperar cuando se lo explique. Pero de momento
están dispuestos a hacer lo que sea con tal de hallar a Rowan. Están
muy preocupados por ella. Me han comunicado que irán a recogerme
al aeropuerto. Me marcho, no quiero perder el avión.
Mitch se levantó apresuradamente y acompañó a Lark hasta el
pasillo, que seguía en penumbra, con su larga y decorativa hilera de
luces horizontales.
-Pero ¿qué es lo que tienen en Nueva York? ¿Acaso disponen
del mismo material que yo?
-Ni mucho menos -respondió Lark-. Aunque sí disponen de
un fragmento de la placenta.
-Es preciso que lo consiga.
-De acuerdo. Haré que la familia te autorice a examinarla. Que
yo sepa, en Nueva York nadie ha empezado a analizar todo eso. Pero
existe otro grupo implicado en el asunto.
-¿A qué grupo te refieres?
Lark se detuvo frente ala puerta que daba acceso al pasillo exte-
rior, con la mano apoyada en el pomo.
-Rowan tiene unos amigos en una organización llamada Tala-
masca. Se trata de un grupo que se dedica a la investigación histórica.
También tomaron unas muestras del lugar donde nació la criatura y
ella desapareció.
-¿Ah, sí?
-Sí. No sé qué ha sido de esas muestras. Sólo sé que, por algún
motivo que desconozco, la organización está muy interesada en la
historia de la familia Mayfair. Me han llamado a todas horas para que
les facilite información desde que supieron que me había puesto en
contacto con la familia. Mañana por la mañana estoy citado con uno
de sus miembros, un tal Aaron Lightner. Trataré de averiguar si tie-
nen más datos.
Lark abrió la puerta y se dirigió hacia el ascensor seguido de Mit-
chell, el cual caminaba apresurada y torpemente, como de costumbre.
-Adiós -dijo Lark cuando se abrieron las puertas del ascen-
sor-, ¿Quieres acompañarme?
-No. Tengo aún mucho trabajo en el laboratorio. Si no me lla-
mas mañana...
-Te llamaré. Confío en que nada de esto...
-... salga de aquí. Te lo garantizo. Todo lo que hacemos en el
Instituto Keplinger es confidencial. Un secreto oculto en un bosque
de secretos. No te preocupes, nadie tiene acceso al ordenador de mi
despacho excepto yo. y aunque alguien pudiera acceder a él, no con-
seguiría hallar los archivos. Un día te contaré algunas de nuestras his-
torias..., modificando los nombres y las fechas, por supuesto.
-De acuerdo. Te llamaré mañana.
Lark estrechó la mano de Mitchell.
-No me dejes tirado, Lark. Esa criatura podría dejar preñada a
Rowan, en cuyo caso...
-Descuida, te llamaré.
Lark se volvió y miró a Mitch antes de que las puertas del ascensor
se cerraran, recordando las palabras de Rowan: «Hay un tipo en el
Instituto Keplinger del que puedes fiarte por completo. Ponte en
contacto con él. Se llama Mitch Flanagan. Dile de mi parte que se tra-
ta de un trabajo sumamente interesante.»
Rowan tenía razón. Mitch era la persona idónea para encargarse
de este asunto. Lark no tenía la menor duda al respecto.  
Mientras se dirigía en coche hacia el aeropuerto, no dejó de pensar
en Rowan. Estaba preocupado por ella. Creyó que se había vuelto
loca cuando lo llamó por teléfono y le advirtió que alguien podía
cortar la comunicación.
El problema era que todo este asunto le intrigaba: la llamada de
Rowan, las muestras que le había enviado, lo que había descubierto
Mitch... Incluso la extraña familia Mayfair de Nueva Orleans. Jamás
se había visto envuelto en nada parecido; debería sentirse más pre-
ocupado y menos eufórico. Había emprendido una aventura, se había
tomado unas vacaciones de sus obligaciones cotidianas en el Univer-
sity Hospital y estaba impaciente por conocer a esa gente de Nueva
Orleans, ver la casa que había heredado Rowan, al hombre con el que
había contraído matrimonio ya la familia por la que había renunciado
a su carrera médica.
Cuando llegó al aeropuerto la lluvia había arreciado, pero Lark
estaba acostumbrado a viajar bajo todo tipo de circunstancias clima-
tológicas, incluyendo fuertes nevadas en Chicago y monzones en
Japón.
Después de recoger la tarjeta de embarque en el mostrador de
primera clase, se dirigió apresuradamente ala puerta de salida en el
momento en que anunciaban por los altavoces que el vuelo de Nueva
Orleans se disponía a partir .
Por supuesto, existía el problema de la extraña criatura. Lark no
había empezado a separar ese misterio del misterio de Rowan y su fa-
milia. Por primera vez, comprendió que no estaba seguro de creer en
la existencia de esa cosa. Sabía que Rowan existía, pero en cuanto a esa
criatura que había parido... De pronto se le ocurrió otra cosa. Mitch  
Flanagan estaba totalmente convencido de que la criatura existía, al
igual que los de la organización Talamasca, que no paraban de llamar-
le, y sin duda la propia Rowan.
Por supuesto que la criatura existía. Había tantas pruebas que lo
confirmaban como las que demostraban la existencia de la peste bu-
bónica.
Lark fue el último en alcanzar la puerta de salida. «Menos mal que
he llegado en el momento justo -pensó-. Así no he tenido que es-
perar y perder el tiempo.»
Cuando le entrego la tarjeta de embarque a la azafata, alguien le
dio un golpecito en el brazo y preguntó:
-¿Doctor Larkin?
Lark se volvió y vio a un hombre alto y robusto, muy joven, rubio
y con los ojos muy claros.
-Sí, soy el doctor Larkin -respondió, irritado.
-Me llamo Erich Stólov. Hablé con usted por teléfono -dijo el
hombre, mostrándole una tarjeta que Lark no pudo coger porque te-
nía ambas manos ocupadas. La azafata cogió su tarjeta de embarque y
la tarjeta de visita de Stólov.
-Sí, me dijo que pertenecía a la organización Talamasca.
-¿Dónde están las muestras?
-¿Qué muestras?
-Las que le envió Rowan.
-Mire, no puedo...
-Le ruego que me diga dónde están.
-Lo lamento, pero me niego a facilitarle esa información. Si de-
sea llamarme a Nueva Orleans, mañana por la tarde he quedado con
su amigo Aaron Lightner .
-¿Dónde están las muestras? -insistió el joven, colocándose de-
lante de Lark para bloquearle el paso.
-Apártese de mi camino -murmuró Lark, furioso. Deseaba
empujar a ese tipo contra la pared.
-Por favor, señor -dijo la azafata suavemente, dirigiéndose a
Stólov-. Amenos que tenga un billete para este vuelo, debo pedirle
que salga de aquí.
-Eso, lárguese de aquí -dijo Lark, cada vez más irritado-. ¿Có-
mo se atreve a abordarme de esta forma?
Acto seguido apartó al joven de un empellón y bajó precipitada-
mente la rampa, sudando y sintiendo que el corazón le latía acelera-
damente.
-¡Maldito hijo de puta! ¿Cómo se atreve a importunarme de este
modo? -masculló Lark.
Cinco minutos después de que el avión hubiera despegado, Lark
sacó el teléfono portátil. Había muchísimas interferencias y no oía
nada, pero al fin consiguió hablar con Mitch.
-No reveles nada a nadie sobre este asunto -le insistió.
-Descuida -respondió Mitch-. Nadie sabe nada, te lo aseguro.
Tengo a unos técnicos trabajando sobre cincuenta piezas de este rom-
pecabezas. Yo soy el único que ve el cuadro completo. Nadie consegui-
rá entrar en este edificio y menos aún en este despacho. Es imposible
acceder a mis archivos.
-Te llamaré mañana, Mitch -dijo Lark. Después de haber col-
gado, murmuró-: Qué tipo más arrogante.
Lightner, con el que sólo había hablado por teléfono, le había pa-
recido muy agradable, muy británico, muy Viejo Mundo, muy for-
mal. ¿Quién era esa gente de la organización Talamasca?
¿Eran realmente amigos de Rowan Mayfair, tal como aseguraban
ellos? Lark tenía sus dudas.
Se reclinó en el asiento y se puso a pensar en la larga charla man-
tenida con Mitch, tratando de recordar con precisión su conversación
telefónica con Rowan. La evolución molecular; el ADN; las mem-
branas de las células. Todo ello le atemorizaba y al mismo tiempo le
intrigaba.
La azafata le ofreció otra copa, un martini doble que ni siquiera
había pedido. Lark tomó un trago del helado líquido.
De pronto recordó que Mitch le había dicho que podía mostrarle
en el ordenador una imagen tridimensional de la criatura. ¿Por qué
demonios se había negado? Claro que lo único que hubiera visto ha-
bría sido un absurdo dibujo luminoso, un boceto. ¿Qué sabía Mitch
sobre el aspecto que presentaba ese ser ? ¿Era feo o hermoso?
Lark trató de imaginarlo, delgado como un palo, con un cerebro
muy desarrollado y unas manos increíblemente largas.
 
 
 
 
4
 
Sólo faltaba una hora para que fuera miércoles de ceniza. Todo
estaba en silencio en la casita situada junto al golfo, con sus numerosas
puertas abiertas sobre la blanca playa. Las estrellas resplandecían en
el remoto y oscuro horizonte, como un haz de luz entre el cielo y la
tierra. La suave brisa soplaba a través de las pequeñas estancias de
la casa, bajo los techos de escasa altura, aportando una frescura tropi-
cal a cada rincón de la vivienda, aunque en ésta reinaba un ambiente
bastante fresco.
A Gifford no le importaba. Abrigada con un holgado jersey y unas
gruesas medias de lana, gozaba de la frescura de la brisa tanto como del
intenso calor que desprendía el fuego que ardía en la chimenea. El frío,
el olor del agua, el olor del fuego, todo ello formaba parte para Gifford
del invierno en Florida, su refugio, su santuario.
Tendida en el sofá situado frente ala chimenea, con la mirada fija
en el techo pintado de blanco, observaba las luces y las sombras que se
proyectaban en éste mientras se preguntaba, de forma fría y pasiva,
qué le ofrecía Destin para hacerla tan feliz, por qué había represen-
tado siempre para ella un escape de su monótona vida en Nueva
Orleans. Había heredado la casita de la playa de su bisabuela por parte
paterna, Dorothy, ya lo largo de los años había pasado momentos
muy dichosos en ella.
Sin embargo, Gifford no era feliz. Por supuesto, se sentía menos
deprimida de lo que se hubiera sentido de haber permanecido en
Nueva Orleans durante el carnaval. Sabía la tristeza y tensión que
habría experimentado, como también sabía que habría sido incapaz de  
ir ala casa de la calle Primera el martes de carnaval, por más que lo
hubiera deseado o le remordiera la conciencia por el hecho de huir .
 
 
 
 
Martes de carnaval en Destin, Florida. Era como cualquier otro
día del año. Limpio y sosegado, lejos del horror de los desfiles, la
muchedumbre, la basura que invadía la avenida Saint Charles, los pa-
rientes que se emborrachaban y discutían, y su querido esposo, Ryan,
comportándose como si Rowan Mayfair no hubiera abandonado a su
marido, Michael Curry, como si no se hubiera producido una violen-
ta pelea el día de Navidad en la casa de la calle Primera, como si todo
pudiera arreglarse mediante una serie de disposiciones y medidas le-
gales, cuando lo cierto era que todo se estaba desmoronando.
Michael Curry había sufrido un accidente en Navidad que casi le
había provocado la muerte. Nadie sabía lo que había sido de Rowan.
Era horrible, todo el mundo lo sabía, pero todos insistían en reunirse
en la casa de la calle Primera para celebrar el martes de carnaval. Bien,
ya le contarían qué tal habían ido las cosas.
Por supuesto, el inmenso patrimonio Mayfair no corría ningún
peligro. Los cuantiosos fondos fiduciarios de Gifford estaban más
que asegurados. Era el estado de ánimo de los Mayfair lo que se ha-
llaba amenazado, el espíritu colectivo de unos seiscientos Mayfair lo-
cales, algunos de ellos primos triples o cuádruples, los cuales se habían
sentido eufóricos por el matrimonio de Rowan Mayfair, la nueva he-
redera del legado, y súbitamente sumidos en la tristeza y la angustia
por su inesperada desaparición, así como por el dolor que ello le había
causado a Michael Curry, quien aún no se había recuperado del ata-
que cardíaco sufrido el 25 de diciembre. Pobre Michael. Parecía diez
años más viejo.
El hecho de reunirse en esa casa el martes de carnaval había cons-
tituido un acto, no de fe, sino de desesperación, a fin de tratar de man-
tener un optimismo y una alegría ficticios. Qué mal se habían portado
con Michael. ¿Es que a nadie le importaba lo que pudiera sentir éste?
«Pobre -pensó Gifford-, tener que soportar la presencia de los pa-
rientes de Rowan como si nada hubiera sucedido, como si ella no se
hubiera marchado.» Era típico de los Mayfair: su torpeza, su mala
educación, su escaso sentido de la moral, todo ello oculto bajo la fa-
chada de una noble actividad o celebración familiar.
«No nací un ser humano, nací una Mayfair -pensó Gifford-.
Contraje matrimonio con un Mayfair, he dado a luz a unos Mayfair,
moriré como una Mayfair y todos acudirán a verme cuando esté de
cuerpo presente llorando al estilo de los Mayfair. ¿En qué ha consisti-
do mi vida?» La desaparición de Rowan casi la había vuelto loca. ¿Por
qué no les había advertido a Michael ya Rowan que no debían casarse,
ni irse a vivir a esa casa, ni permanecer en Nueva Orleans?
Luego estaba el problema del Mayfair Medical, el gigantesco cen-
tro de neurocirugía e investigación que Rowan había proyectado an-  
tes de su desaparición y que había entusiasmado a muchos miembros
de la familia, sobre todo a Pierce, el hijo primogénito y favorito de
Gifford, el cual estaba muy disgustado porque dicho proyecto, co-
mo todo lo que se refería a Rowan, había tenido que suspenderse.
Shelby también lo lamentaba, aunque como estudiaba derecho en la
universidad no había tenido ocasión de ocuparse del proyecto; inclu-
so Lilia, la hija menor de Gifford, que estaba estudiando en Oxford,
les había escrito para decirles que debían proseguir las obras del cen-
tro médico.
Gifford sintió de pronto que se ponía tensa mientras reflexionaba
sobre los recientes acontecimientos, atemorizada y convencida de que
quedaba aún mucho por descubrir, revelar y hacer.
La suerte de Michael también le preocupaba mucho. ¿Qué sería
de él? Según decían, se estaba recuperando del accidente. Pero ¿cómo
podían explicarle exactamente la situación sin causarle otro serio dis-
gusto ? Existía el peligro de que sufriera otro ataque cardíaco.
«El legado de los Mayfair ha destruido a otra víctima masculina
-pensó Gifford con amargura-. No es de extrañar que todos nos
casemos con primos nuestros, para no perjudicar a personas inocen-
tes. Cuando uno se casa con un Mayfair, debería ser un Mayfair. To-
dos tenemos las manos manchadas de sangre.»
Era espantoso pensar que Rowan estuviera en peligro, que alguien
la hubiera obligado a marcharse el día de Navidad, que le hubiera su-
cedido algo. Gifford estaba segura de que algo malo le había ocurrido
a Rowan. Todos lo pensaban. Mona lo presentía, y cuando Mona, la
sobrina de Gifford, presentía algo, seguramente era cierto. Mona, a
diferencia de otos Mayfair, no era propensa a montar melodramas ni
a afirmar haber visto fantasmas en el tranvía que recorría la avenida de
Saint Charles. Hacía una semana, Mona les había advertido que no
confiaran en que Rowan regresara, que si querían construir el centro
médico debían hacerlo sin esperar a que ésta volviera.
«Y pensar que la prestigiosa firma de Mayfair & Mayfair, que re-
presenta a los Mayfair ad infinitum, hace caso de lo que dice una niña
de trece años», pensó Gifford sonriendo. Pero así era.
Lo que más lamentaba Gifford era no haber puesto a Mona en
contacto con Rowan antes de que ésta desapareciera. Es posible que
Mona hubiera presentido algo y se lo hubiera advertido. Claro está
que Gifford se lamentaba de muchas cosas. A veces tenía la sensación
de que toda su vida constituía un inmenso error. Detrás de la bonita
fachada de su espléndida mansión de Metairie, de sus hermosos hijos,
de su apuesto marido, de su elegante estilo de vida sureño, no había
sino lamentos, como si hubiera construido su vida sobre una profun-
da y siniestra mazmorra.
 
 
 
 
Gifford temía que el día menos pensado le anunciaran que Rowan
había muerto. Por primera vez en cientos de años, no habría heredero
para el legado. El dichoso legado. Desde que había leído el largo in-
forme de Aaron Lightner, Gifford se hacía numerosas preguntas refe-
rentes allegado, como por ejemplo dónde estaba la valiosa esmeralda.
Era de esperar que su eficiente marido, Ryan, la hubiera depositado en
una caja fuerte. Ahí es donde debió ocultar la terrible «historia». Gif-
ford no le perdonaría nunca el haber permitido que el informe Tala-
masca, donde se exponían los pormenores de varias generaciones de
hechiceras y brujería, hubiera caído en manos de Mona.
Tal vez Rowan se había fugado con la esmeralda. De repente Gif-
ford recordó otra cosa de la que también se arrepentía amargamente.
Había olvidado enviarle la medalla a Michael.
Gifford había encontrado la medalla junto ala piscina dos días des-
pués de Navidad, mientras los detectives y los empleados de la oficina
del forense realizaban todas las pruebas en el interior de la casa, y
mientras Aaron Lightner y su extraño colega, Erich no sé cuántos, re-
cogían muestras de sangre de las paredes y las alfombras.
«Supongo que te das cuenta de que incluirán todo esto en el infor-
me», protestó Gifford, pero Ryan no había movido un dedo para im-
pedir que siguieran recogiendo muestras. Todo el mundo se fiaba de
Lightner. Beatrice estaba enamorada de él. A Gifford no le extrañaría
que acabaran casándose.
Era una medalla del arcángel san Miguel, una espléndida medalla
de plata vieja, cuya cadena estaba rota. Gifford la guardó en el bolso
para enviársela a Michael cuando regresara a casa tras ser dado de alta
en el hospital, a fin de no disgustarlo. Debió habérsela entregado a
Ryan antes de partir para Destin. ¿ Quién sabe? , quizá Michael la lle-
vaba puesta el día de Navidad, cuando lo hallaron flotando en la pis-
cina, medio muerto. Pobre Michael.
Uno de los troncos que ardían en la chimenea cayó estrepitosa-
mente, mientras las llamas iluminaban el techo. El mar había estado en
calma aquel día. En ocasiones, en el golfo de México las olas morían
sin producir el menor sonido. Gifford se preguntó si eso podía suce-
der en el océano. Le encantaba oír el sonido' de las olas. Le hubiera
gustado oírlas romper violentamente en la oscuridad, como si el golfo
amenazara con invadir el país. Como si la naturaleza azotara las ca-
sitas de la playa, las mansiones y los cámpings, recordándoles que
bastaba que se produjera un huracán o un tifón para borrarlos de la
suave y arenosa superficie de la tierra. Ciertamente, esas cosas podían
suceder.
A Gifford le gustaba la idea. Siempre dormía estupendamente cuan-
do oía las olas rompiendo furiosamente en la playa. Sus temores y an-
gustias no eran producto de un peligro natural, sino de leyendas, secre-
tos e historias sobre el pasado de la familia. Una de las cosas que más le
gustaba de la casita de la playa era su fragilidad, el hecho de que una
tormenta era capaz de derribarla.
Por la tarde, Gifford había dado un largo paseo de varios ki-
lómetros en dirección al sur, para inspeccionar la casa que habían
comprado hacía poco Michael y Rowan, un edificio alto y moderno
construido como es debido, sobre pilotes, frente a una playa desier-
ta. No vivía ni un alma en aquel lugar, pero, en el fondo, a Gifford no
le extrañaba que Michael y Rowan lo hubieran elegido precisamente
por eso.
A su regreso se había sentido muy deprimida ante aquel panorama
tan desolador, aunque a Michael ya Rowan les entusiasmaba. Habían
pasado su luna de miel allí. Gifford se alegraba de que su casita fuera
vieja y estuviera oculta detrás de una pequeña e insignificante duna,
aunque no era el lugar más indicado para construir una casa. Le gus-
taba su privacidad, su intimidad, gozar del mar y la playa. No tenía
más que abrir la puerta de la casita, subir tres escalones, recorrer el
camino de tablas y bajar a la playa.
El golfo era el mar. Ruidoso o en calma, era el mar. El inmenso
mar abierto. El golfo abarcaba todo el horizonte meridional. Era
como hallarse en el fin del mundo.
Dentro de una hora sería miércoles de ceniza. Gifford esperó que
dieran las doce, tensa y cansada del martes de carnaval, una festividad
que nunca le había gustado debido al ajetreo que suponía.
Quería estar despierta cuando acabara esta jornada para recibir la
cuaresma, como si la temperatura fuese a variar debido a ello. Había
encendido el fuego hacía un rato y se había tumbado en el sofá, re-
flexionando para distraerse, contando los minutos, lamentando no
haber acudido a la casa de la calle Primera, no haber hecho algo para
evitar ese desastre, enojada contra quienes siempre intentaban impe-
dirle poner en práctica sus buenas intenciones, contra quienes eran
incapaces de distinguir entre un peligro real y uno imaginario y nunca
hacían caso de sus advertencias.
«Debí haber prevenido a Michael Curry -pensó Gifford-. Ya
Rowan Mayfair.» Pero ellos mismos habían leído el informe, sabían
a lo que se exponían. Nadie podía ser feliz en la casa de la calle Primera.
Era absurdo restaurarla. En aquella casa habitaban las fuerzas del mal:
trece brujas. y pensar que todas las pertenencias de Julien estaban
almacenadas en el desván. El mal anidaba en ellas; habitaba en cada
rincón de la casa, en los techos de yeso, bajo los porches y el alero, como
panales de abejas ocultos en los capiteles de las columnas corintias. Era
una casa sin esperanza, sin futuro. Gifford siempre lo había sabido.
 
 
 
 
No necesitaba que esos eruditos de la organización Talamasca de
Amsterdam se lo dijeran. Lo sabía de sobra.
Lo supo la primera vez que puso los pies en la casa de la calle pri-
mera, siendo niña, un día en que acompañó allí a su querida abuela,
la anciana Evelyn, a quien ya por aquel entonces todo el mundo llama-
ba anciana, pues era muy mayor. Había otras Evelyn más jóvenes, una
de ellas casada con Charles Mayfair y otra con Bryce, aunque Gifford
no recordaba qué había sido de ellas.
La anciana Evelyn y ella habían ido a la casa de la calle Primera a
visitar a la tía Carl ya la pobre Deirdre Mayfair, la heredera, que se
pasaba el día sentada en una mecedora. Gifford había visto con toda
claridad al célebre fantasma de la casa de la calle Primera, una figura
masculina que permanecía de pie detrás de la mecedora de Deirdre.
Sin duda la anciana Evelyn también lo había visto. La tía Carlotta, una
mujer fría y perversa, había charlado con ellas en el gélido salón, como
si le tuviera sin cuidado el fantasma.
En cuanto a Deirdre, se hallaba sumida prácticamente en un esta-
do catatónico.
-Pobre muchacha -dijo la anciana Evelyn-. Julien lo predijo
todo.
Era el tipo de afirmaciones que la anciana Evelyn hacía con fre- ,
cuencia, aunque se negaba a aclararlas. Más tarde le dijo a su nieta
Gifford:
-Deirdre ha conocido el dolor, pero nunca ha gozado de la sa-
tisfacción de ser una Mayfair.
¿Satisfacción? , se preguntó Gifford. ¿ Qué había querido decir la
anciana Evelyn? Gifford sospechaba que lo sabía. Estaba plasmado en
las viejas fotografías en que aparecían ella y el tío Julien. Julien y
Evelyn en el Stutz Bearcat un día de verano, luciendo unos guarda-
polvos blancos y unas grandes gafas. Julien y Evelyn sentados bajo
una encina en Audobon Park; Julien y Evelyn en la habitación de Ju-
lien, situada en la tercera planta. Luego, una década después de la
muerte de Julien, Evelyn había viajado a Europa con Stella, con la que
mantuvo una «relación» de la que hablaba siempre con gran solem-
nidad.
Durante la juventud de Gifford, antes de que la anciana Evelyn i  
decidiera guardar silencio, a ésta le gustaba relatar historias familiares.
Les contaba en voz baja, pero sin titubear, que se había acostado con
el tío Julien cuando tenía trece años, y que un día éste se había pre-
sentado en la casa de la calle Amelia y había gritado desde la acera:
«¡Baja enseguida, Evelyn!», obligando a Walker, el abuelo de Evelyn,
a dejarla salir del desván donde la había encerrado.
Julien y el abuelo de Evelyn siempre se habían odiado, debido a  
un incidente ocurrido en Riverbend cuando Julien era un niño, al dis-
pararse un rifle accidentalmente, y causar la muerte de su primo Au-
gustin. El nieto de Augustin juró odiar al hombre que había matado a
su antepasado, aunque todos los antepasados de los Mayfair estaban
emparentados entre sí. Era un verdadero lío. Los árboles genealógicos
del clan Mayfair eran como las espinosas parras que bloqueaban las
ventanas y las puertas del castillo de la Bella Durmiente.
Mona estaba intentando descifrar ese galimatías familiar en su or-
denador, y recientemente había anunciado con orgullo que descendía
de más líneas de antepasados que Julien, Angélique y todos los demás
miembros de la familia Mayfair. Por no hablar de las líneas de des-
cendencia de los antiguos Mayfair de Santo Domingo. Todo eso hacía
que Gifford se sintiera triste y abrumada. Deseaba que Mona se inte-
resara por los chicos de su edad y por la ropa, como todas las joven-
citas, y dejara de obsesionarse con la familia, los ordenadores, los co-
ches de carreras y las armas de fuego.
-¿Es que no te ha servido de lección? ¿Acaso no te ha demostra-
do la disputa entre los Mayfair de la calle Primera y nosotros lo peli-
grosas que son las armas de fuego? -le preguntó un día la tía Gif-
ford-. Todo se debe aun rifle.
Pero Mona seguía con sus obsesiones. Había arrastrado a Gifford
cinco veces a una galería de tiro, situada al otro lado del río, para que
ambas aprendieran a disparar un ruidoso rifle del calibre 38. Gifford
se había puesto histérica. Pero prefería acompañar a Mona, a fin de
vigilarla, que dejar que fuera sola.
Y pensar que Ryan lo aprobaba. Es más, obligaba a Gifford a guar-
dar una pistola en la guantera y llevársela ala casita de la playa.
Había muchas cosas que Mona debía aprender aún. ¿Le habría
relatado la anciana Evelyn esas viejas historias ? De vez en cuando ésta
rompía su silencio. Seguía conservando la voz y todavía era capaz de
cantar, como hacen los ancianos de una tribu cuando narran verbal-
mente la historia de ésta.
-De no ser por Julien hubiera muerto en el desván, loca, muda y
blanca como una planta que jamás ha visto el sol. Julien me dejó encin-
ta de tu madre. ¡Quién iba a imaginar que acabaría así, la pobre!
-Pero ¿cómo se le ocurrió al tío Julien acostarse con una chica
tan joven? -inquirió en cierta ocasión la tía Gifford.
-Deberías sentirte orgullosa de tu sangre Mayfair -replicó la
anciana Evelyn-. Julien lo predijo todo. El linaje de los herederos se
estaba debilitando. Yo amaba a Julien, y él a mí. No trates de entender
a esa gente: a Julien, a Mary Beth y a Cortland. Eran unos gigantes
que ya no existen.
Unos gigantes. Cortland, el hijo de Julien, era el padre de la anciana  
Evelyn, aunque ésta jamás quiso reconocerlo. y Laura Lee, la hija de
Julien. Dios bendito, era imposible recordar tantas líneas de descen-
dencia a menos que una las apuntara en un papel, cosa que a Gifford no
le apetecía hacer. ¡Unos gigantes! Más bien eran unos demonios.
-Qué delicioso -dijo Alicia escuchando atentamente, siempre
dispuesta a burlarse de Gifford y de sus temores-. Continúa, anciana
Evelyn, ¿qué pasó luego? Cuéntanos lo de Stella.
Alicia se había convertido en una borracha a los trece años. Pare-
cía mucho mayor, aunque era delgada y menuda como Gifford. Fre-
cuentaba ciertos bares del centro de la ciudad, donde solía tomarse
copas con extraños, hasta que el abuelo Fielding «organizó» su com-
premiso con Patrick para controlarla. Patrick era primo de Alicia ya
ésta, en principio, no le caía muy bien.
«Estas personas son mi sangre -pensó Gifford-. Ésta es mi
hermana, casada con Patrick, un primo por partida doble o triple.
Gracias a Dios que Mona no es idiota. Es fruto de un matrimonio
formado por primos, sí, y encima alcohólicos, pero, salvo por el he-
cho de ser algo "menudita", como se suele decir en el Sur de las jóve-
nes de baja estatura, es, en todos los aspectos, una ganadora.»
Probablemente era la más guapa de esa generación de muchachas
Mayfair, y sin duda la más inteligente, audaz y agresiva. Gifford que-
ría mucho a Mona, hiciera ésta lo que hiciera. No podía por menos
que sonreír al recordar el día en que Mona la llevó a la galería de tiro y,
tras efectuar varios disparos con un rifle, le gritó, pues llevaban pues-
tos unos tapones protectores en las orejas:
-Vamos, tía Gifford, nunca se sabe cuándo tendrás que utilizar
un arma. Sujétala con ambas manos.
Incluso la madurez sexual de Mona -su absurda idea de que era
preciso que conociera a muchos hombres, lo cual ponía histérica a
Gifford- formaba parte de su precocidad. Aunque trataba de prote-
gerla, Gifford temía la atracción que Mona sentía hacia los hombres
maduros. Era una joven fría y calculadora. Gifford estaba segura de
que había sucedido algo horrible con el viejo Randall, aunque no
consiguió sacar nada en limpio de ninguno de los dos. Cuando trató
de hablar de ello con Randall, éste se puso a balbucear torpemente,
negando que fuera capaz de hacer semejantes barbaridades con una
niña. ¡Ni que fueran a meterlo en la cárcel!
Y pensar que los miembros de Talamasca, pese a sus conocimien-
tos y cultura, no sabían nada sobre Mona, ni sobre la anciana Evelyn y
el tío Julien. No sabían nada sobre una jovencita que, por más que
costara creerlo, seguramente era una auténtica bruja.
Pensar en ello le proporcionaba a Gifford una profunda, aunque
embarazosa, satisfacción. Era sorprendente que los de la organización
Talamasca no hubieran conseguido averiguar por qué Julien había
disparado contra Augustin, ni cómo era en realidad Julien, ni por qué
había procreado tantos hijos ilegítimos.
La mayor parte del informe Talamasca resultaba inaceptable. Una
cosa era un fantasma, pero un espíritu que... No, Gifford no podía
aceptarlo. Se había negado a permitir que Ryan lo mostrara al resto de
la familia, aunque no había podido impedir que Lauren y Randall lo
vieran, y que Mona lo cogiera de la mesa de Ryan y lo leyera de cabo a
rabo.
Afortunadamente, Mona, a diferencia de Alicia, era capaz de dis-
tinguir claramente entre la realidad y la fantasía. Ése era el motivo por
el que Alicia se dedicaba a beber. La mayor parte de los Mayfair eran
incapaces de distinguir entre lo que era realidad y lo que era fantasía.
Como por ejemplo Ryan, quien se negaba a creer en nada sobrenatu-
ralo intrínsecamente perverso, mostrándose tan poco realista como
una vieja reina del vudú que ve espectros por todas partes.
Mona era muy inteligente. El año pasado, cuando llamó a Gifford
para comunicarle que ella, Mona Mayfair, ya no era virgen, se apre-
suró a subrayar que, aunque el hecho de haber perdido la virginidad
carecía de importancia, ello había supuesto un significativo cambio en
su actitud.
-He empezado a tomar la píldora, tía Gifford -le dijo-, y me
propongo vivir y descubrir toda clase de nuevas experiencias, como di-
ría la anciana Evelyn. Pero, descuida, no voy a arriesgar mi salud.
-A veces me pregunto si conoces la diferencia entre el bien y el
mal -contestó Gifford sollozando, aunque en el fondo se sentía un
poco envidiosa.
-Por supuesto que conozco la diferencia, tía Gifford. Para tran-
quilizarte, te diré que acabo de limpiar la casa de arriba abajo y he
conseguido obligar a mamá ya papá a que coman algo antes de que
empiecen a tomar copas. Todo está tranquilo y en orden. ¡Asómbrate!
La anciana Evelyn abrió la boca para decir que quería sentarse en el
porche y ver pasar los tranvías. De modo que no te preocupes por
nada, tía Gifford, lo tengo todo controlado.
¡Que lo tenía todo controlado! Un día, Mona le había confesado a
Pierce, aunque sin duda se trataba de una mentira calculada: «No me
importa que se pasen el día borrachos. Entiéndeme, me gustaría que
se comportaran normalmente y no se destruyeran ante mis propias
narices, pero debo reconocer que su afición al alcohol me proporcio-
na una gran libertad. N o soporto cuando vienen a vernos esos primos
tan cotillas y me preguntan a qué hora suelo acostarme y si he hecho
los deberes. Me gusta pasear por la ciudad a mis anchas, sin que nadie
se meta con lo que hago o dejo de hacer .»
 
 
 
 
Pierce se había echado a reír. Pierce adoraba a Mona, lo cual no
dejaba de ser curioso, porque por regla general a Pierce le gustaban
las muchachas alegres e inocentes, como su prima y novia Clancy
Mayfair.
Mona no era inocente, excepto en el sentido más estricto de la pa-
labra. Es decir, no creía que fuera mala ni que pretendiera hacer nin-
gún mal a nadie. Sólo era un tanto... pagana.
Desde luego, gozaba de amplia libertad y no había tenido empa-
cho en confesar sus precoces actividades sexuales. Pocas semanas des-
pués de que decidiera perder la virginidad, varios miembros de la
familia habían llamado a Gifford para contarle unas escandalosas his-
to,ias sobre las relaciones que Mona mantenía con diversos hombres.
-¿Sabías que le gusta hacerlo en el cementerio ? -exclamó Ce-
cilia.
Pero ¿ qué podía hacer Gifford al respecto ? Alicia le había cogido
una manía horrorosa. N o quería que pusiera los pies en casa, aunque,
como es lógico, Gifford no le hacía caso y seguía yendo a visitarlos. y
la anciana Evelyn no le decía a nadie lo que veía 0 dejaba de ver .
-Ya te he contado todo lo referente a mis novios -le dijo Mo-
na-. No tienes por qué preocuparte de ese tema.
Al menos, la anciana Evelyn ya no se dedicaba a relatarle a todo el
mundo las historias acerca de cómo Julien y ella solían bailar al son
del Victrola. Es posible que no hubiera llegado a oídos de Mona la
relación de su bisabuela con la prima Stella. Ni siquiera el perspicaz
señor Lightner se había enterado de ello. En su informe no constaba la
inclinación sexual de Stella ni sus historias con otras señoras.
-Fue una época estupenda -les contó Evelyn a Gifford y Ali-
cia-. Fuimos a Europa, y Stella y yo nos hallábamos en Roma cuan-
do sucedió. N o recuerdo dónde se había metido Lionel, y la horrible
nodriza había salido de paseo con la pequeña Antha. Jamás experi-
menté un amor tan fuerte como con Stella. Stella había estado con
muchas mujeres, según me confesó aquella noche. No podía contarlas
siquiera. Dijo que el amor entre mujeres era algo así como la crème de
la crème. Estoy de acuerdo con ella. Habría vuelto a hacerlo, de haber
conocido a otra mujer que me atrajera tanto como Stella. Recuerdo
que un día, cuando regresamos de Europa, fuimos juntas al barrio
francés, donde Stella tenía un pequeño apartamento. N os acostamos
en su enorme lecho y luego comimos ostras y langostinos y nos bebi-
mos una botella de vino. Las semanas que estuvimos en Roma pasa-
ron como un suspiro. Ojalá...
La anciana Evelyn siguió contándoles sus andanzas, hasta que
sacó de nuevo a relucir el tema del Victrola. Julien se lo había regala-
do. Stella lo comprendía perfectamente. Stella jamás le había pedido  
que se lo devolviera. Fue Mary Beth quien se presentó un día en la
casa de la calle Amelia y le exigió que le entregara el Victrola de Julien.
Hacía seis meses que éste había muerto, y Mary Beth registró todas
las habitaciones.
-Por supuesto, me negué a dárselo -dijo la anciana Evelyn.
A veces, llevaba a Gifford ya Alicia a su habitación y ponía unos
viejos discos en el Victrola.
-Vi esta ópera con Stella en Nueva York -decía, cuando sonaba
algún aria de La Traviata-. Amaba mucho a Stella.
En otra ocasión, estando todas reunidas -Alicia, Gifford y la pe-
queña Mona, aunque ésta era demasiado joven para comprenderlo-,
la anciana Evelyn les dijo:
-Deberíais experimentar el dulce y tierno amor de una mujer.
No seáis idiotas. No se trata de nada antinatural. Es como echarle
azúcar al café o nata a las fresas. Es como el chocolate.
No era de extrañar que Alicia acabara convirtiéndose, según de-
cían todos, en una perfecta zorra. No se daba cuenta de lo que ha-
cía. Se acostaba con todo tipo de hombres -marineros, soldados,
etcétera-, hasta que Patrick consiguió enamorarla. «Alicia, me he
propuesto salvarte» le dijo un día.
La primera noche que pasaron juntos estuvieron bebiendo hasta
el amanecer. Luego, Patrick le anunció a Alicia que iba a meterla en
cintura. Estaba perdida, desorientada, y él la cuidaría y se ocuparía
de ella. La dejó encinta de Mona. Pero eran unos años felices, llenos de
alegría y champán. Ahora se habían convertido simplemente en unos
borrachos; de su romántica historia ya no quedaba nada, sólo Mona.
Gifford consultó el reloj, un pequeño reloj de pulsera, de oro, que
le había regalado la anciana Evelyn. Sí, sólo faltaba una hora para
que terminara el martes de carnaval y diera comienzo el miércoles de
ceniza. Luego, Gifford regresaría a Nueva Orleans.
A la mañana siguiente, hacia el mediodía, partiría para Nueva Or-
leans -haciendo caso omiso del espantoso tráfico con que se toparía
cuando llegara a la ciudad-, ya las cuatro estaría de regreso en casa.
Se detendría en la iglesia de Santa Cecilia, en Mobile, para que el sa-
cerdote le aplicara ceniza en la frente. El mero hecho de pensar en la
pequeña iglesia, en sus santos y sus ángeles, la consolaba, y se permi-
tió cerrar los ojos. En ceniza te convertirás. Sólo faltaba una hora para
que acabara el martes de carnaval; luego regresaría a casa.
Ryan le había preguntado qué era lo que le aterraba tanto del
martes de carnaval.
-El hecho de que os reunáis todos en la casa de la calle Primera,
como si Rowan os estuviera esperando con los brazos abiertos. Eso es
lo que me aterra.
 
 
 
 
De pronto, Gifford recordó la medalla. Debía asegurarse de que la
había guardado en el bolso. Lo haría más tarde:
-Debes comprender lo que esa casa significa para nuestra familia
-respondió Ryan, como si ella no lo supiera tras haber vivido a diez
manzanas de distancia y escuchar continuamente las historias de la
anciana Evelyn-. No me refiero al cuento de las brujas Mayfair, sino
a nosotros, a esta familia.
Gifford volvió la cabeza y se instaló más cómodamente en el sofá.
Ojalá pudiera permanecer en Destin para siempre. Pero era imposible.
Destin era su refugio, no un lugar donde vivir permanentemente. Des-
tin era una playa y una casita con una chimenea.
El pequeño teléfono blanco que yacía sobre los cojines, junto a
ella, empezó a sonar súbitamente. Durante unos instantes Gifford no
recordó dónde lo había metido. Al fin lo halló y lo descolgó apresu-
radamente, tirándolo al suelo.
-¿Dígame? -preguntó con tono receloso. Gracias a Dios que se
trataba de Ryan.
-¿Te he despertado?
-No -contestó Gifford, suspirando-. Sabes que hace tiempo
que no logro conciliar el sueño. Esperaba tu llamada. Cuéntame có-
mo va todo. ¿Qué tal se encuentra Michael? Espero que no haya su-
cedido nada malo, que todos estén bien...
-¡Basta, Gifford! ¿A qué viene soltarme esa letanía? ¿Acaso crees
que con ello conseguirás alterar la situación? Es inútil. ¿Quieres oír
lo que tengo que decirte o no? ¿Qué pretendes que haga? ¿Que te dé
la noticia suavemente, si alguien ha muerto bajo las patas de uno de los
caballos de la policía montada o atropellado por un coche?
De modo que todo estaba bien. No había sucedido nada. Tras ex-
halar un suspiro de alivio, Gifford sintió deseos de colgar, dando por
finalizada la conversación, pero hubiera sido una grosería. Ryan le
hizo un breve resumen y luego añadió:
-Todo salió estupendamente, tonta. Es una lástima que no te que-
daras en Nueva Orleans.
-Al cabo de veintiséis años de matrimonio, no sabes lo que pienso
-respondió Gifford. Estaba tan cansada que no le apetecía hablar, y
menos aún discutir con su marido.
-Por supuesto que no sé lo que piensas. Ni siquiera sé por qué te
fuiste a Florida en lugar de quedarte aquí para celebrar con nosotros el
martes de carnaval.
-Pasemos al siguiente tema -se apresuró a contestar Gifford.
-Michael está bien. Todos están perfectamente. lean atrapó más
bolitas que los demás, la pequeña Cici ganó el concurso de disfraces y
Pierce está decidido a casarse con Clancy. Si quieres que tu hijo haga  
las cosas como es debido, será mejor que regreses cuanto antes y ha-
bles con la madre de Clancy. N o quiere hablar conmigo.
-¿Le has dicho que estamos dispuestos a sufragar los gastos de la
boda?
-No, no me dio tiempo.
-Pues díselo. Es lo único que le interesa. Volviendo a Michael,
¿Qué le habéis dicho sobre Rowan ?
-Poca cosa.
-Menos mal.
-No está lo bastante fuerte para conocer la verdad.
-¿Quién sabe la verdad ? -preguntó Gifford con amargura.
-Pero tendremos que decírselo, Gifford. No podemos seguir
engañándole. Debe saberlo. Se está recuperando, al menos físicamen-
te. Lo de su estado de ánimo es otro cantar. Tiene un aspecto... dis-
tinto.
-¿Te refieres a que parece mayor?
-No, simplemente distinto. No se trata de sus canas, sino de la
expresión de sus ojos, de la forma en que se comporta. Se muestra tan
sereno, tan paciente con todo el mundo como un perfecto caballero.
-Procura no disgustarlo -dijo Gifford.
-Descuida, yo me ocuparé de todo -respondió Ryan utilizando
una de sus frases favoritas, que pronunciaba siempre con gran ternu-
ra-. Cuídate mucho. N o te bañes en el mar asolas.
-¡Pero si el agua está helada! He encendido la chimenea. Sin em-
bargo, ha hecho un día precioso, claro y despejado. A veces pien-
so que me gustaría quedarme aquí para siempre. Lo siento, Ryan. No
podía reunirme con vosotros en la casa de la calle Primera, no sopor-
to esa casa.
-Lo sé, Gifford, lo sé. Los niños se divirtieron mucho. Todo el
mundo se alegraba de celebrar de nuevo el martes de carnaval en la
calle Primera. Acudieron todos. Quiero decir que a lo largo del día
aparecieron al menos seiscientos o setecientos miembros de la familia.
No recuerdo el número exacto. ¿Recuerdas a los Mayfair de Denton,
en Tejas? También se presentaron. y los Grady de Nueva York. Fue
estupendo que Michael nos dejara celebrarlo en su casa. No pretendo
criticarte, Gifford, pero si hubieras visto lo bien que lo pasamos, lo
comprenderías.
-¿Y Alicia? -preguntó Gifford. Quería saber si Alicia había
permanecido sobria-. ¿Qué tal se comportaron ella y Patrick?
-Alicia no pudo venir. A las tres de la tarde ya estaba com-
plemente borracha. Patrick está enfermo. Es preciso que lo vea un
médico.
Gifford suspiró. Lo cierto es que confiaba en que Patrick muriera
pronto. Jamás había sentido ningún afecto hacia él. Últimamente se
había convertido en una carga para todas las personas que le rodea-
ban, en un borracho que disfrutaba metiéndose con su esposa y su
hija, aunque a Mona le importaba un comino. «No siento el menor
respeto hacia mi padre», solía decir fríamente. Pero Alicia estaba a
merced de Patrick, quien no cesaba de atosigarla. «¿Por qué me miras
de ese modo? -solía preguntarle continuamente-. ¿Qué es lo que he
hecho ahora? ¿Fuiste tú quien se bebió la última cerveza? ¡Lo has he-
cho aposta!»
-¿Qué tal se portó Patrick? -inquirió Gifford, confiando en
que Ryan le dijera que se había caído y partido la cabeza.
-Él y Beatrice se pelearon, por algo relacionado con Mona, aun-
que dudo que él lo recuerde. Se marchó a casa después del desfile. Ya
sabes lo pesada que se pone Bea cuando sale a relucir el tema de Mona.
Está empeñada en enviarla aun internado. ¿ Te has enterado de lo que
ha sucedido entre Aaron y Bea? Vivian, la tía de Michael, dijo que...
-Lo sé -le interrumpió Gifford-. Me asombra que no sepa a lo
que se expone, después de indagar en la historia de los Mayfair .
Ryan soltó una carcajada y dijo:
-Olvida ese dichoso informe. Si consiguieras olvidarte de él, te
quedarías aquí con nosotros y procurarías disfrutar del presente, sin
mayores problemas. Es posible que la situación se complique cuando
por fin demos con Rowan.
-¿Por qué lo dices?
-Porque seguramente tendremos que afrontar unos problemas
muy serios. En estos momentos estoy demasiado cansado para hablar
de ello. Hace sesenta y siete días que Rowan desapareció de su casa.
Estoy cansado de hablar con los detectives de Zurich, Escocia y Fran-
cia. Bea tiene razón. Mona debería ir aun internado, ¿ no crees ? Es una
especie de genio precoz.
Gifford se sintió tentada de decir que no podían enviar a Mona a
un internado, que si la obligaban a ir, la niña cogería el primer avión,
tren o autocar de regreso a casa. Era imposible enviarla a un internado
por la fuerza. Si enviaban a Mona a Suiza, regresaría a las cuarenta y
ocho horas. Si la enviaban a China, también regresaría, quizás incluso
antes de lo que imaginaban. De todos modos, Gifford decidió no res-
ponder. Sentía, como de costumbre, un inmenso cariño hacia Mona y
confiaba en que no le sucediera nada malo.
-¿Cuál es la diferencia entre los hombres y las mujeres? -le
preguntó un día Gifford.
-Los hombres ignoran todo lo que puede suceder -respondió
Mona-. Son felices. Pero las mujeres sí lo sabemos y nos preocu-
pamos.
 
 
 
 
Gifford se había echado a reír. También recordaba un día, cuando
Mona tenía seis años, en que Alicia se había desvanecido en el porche
de la casa de la calle Amelia, desplomándose sobre su bolso, y Mona,
incapaz de sacar la llave del mismo, había trepado hasta la ventana del
segundo piso, había roto el cristal de una patada y la había abierto.
Aunque Mona había procurado no causar grandes destrozos, caye-
ron unos fragmentos de vidrio en el césped y en la alfombra de la ha-
bitación del segundo piso, y fue preciso reemplazar el cristal de la
ventana.
-¿Por qué no pegas un papel de encerado en la ventana? -le
preguntó Mona, cuando Gifford avisó al cristalero para que acudiera
a repararla-. Al fin y al cabo, es como solemos arreglar todos los
agujeros en esta casa.
¿Por qué había permitido Gifford que la niña viviera esas amargas
experiencias? La desaparición de Rowan había empeorado la situa-
ción. No pasaba un mes sin que Gifford recordara ese incidente y
acudiese a su mente la imagen de la pobre niña arrastrando a su madre,
inconsciente, por el suelo del porche. El doctor Blades, que trabajaba
en la clínica situada al otro lado de la calle, había acudido de inmedia-
to. «Su hermana está muy enferma, Gifford -le había dicho-, y su
sobrina y la anciana Evelyn no pueden con ella.»
-No te inquietes por Mona -le dijo Ryan por teléfono tras una
incómoda pausa, como si adivinara sus pensamientos-. En estos
momentos es lo que menos nos preocupa. Hemos convocado una re-
unión el martes para hablar sobre la desaparición de Rowan y tomar
las medidas oportunas.
-¿Cómo podéis tomar las medidas oportunas cuando ni siquiera
sabemos si se marchó voluntariamente o fue secuestrada ? -inquirió
Gifford.
-Todo parece indicar que la están reteniendo por la fuerza. T e-
nemos pruebas que lo confirman. Sabemos que los dos últimos che-
ques cargados en la cuenta de Rowan no fueron firmados por ella.
Debemos informar a Michael al respecto.
Silencio. Éste era el primer dato definitivo del que disponían. La
noticia le sentó a Gifford como si le hubieran propinado un puñetazo
en el pecho, dejándola sin aliento.
-Nos consta que falsificaron su firma -dijo Ryan-. Son los
últimos cheques cargados en su cuenta y fueron cobrados en un banco
de Nueva York hace dos semanas.
-¡NuevaYork!
-Sí. Ahí se extingue la pista, cariño. No sabemos con certeza si
Rowan estuvo en Nueva York. He hablado hoy tres veces por teléfo-
no sobre este asunto. Parece como si nadie en el país celebrara el car-
naval. El contestador automático estaba repleto de mensajes. El médi-
co que habló con Rowan por teléfono vendrá a vernos desde San
Francisco. Por lo visto tiene algo importante que comunicarnos. Pero
no sabe dónde está Rowan. Esos cheques son el único indicio...
-Comprendo -dijo Gifford, desalentada.
-Pierce irá mañana al aeropuerto a recoger al doctor. Yo iré a
buscarte en el coche. Lo tengo decidido.
-Eso es absurdo. He venido en mi coche, no puedo dejarlo aban-
donado aquí. Vete a la cama, Ryan. Mañana regresaré a casa para hablar
con ese médico de San Francisco.
-Quiero ir a recogerte, Gif. Alquilaré un coche y regresaremos
en el tuyo.
-Es una estupidez, Ryan. Partiré al mediodía. Ya lo tengo pla-
neado. Vea recoger al doctor al aeropuerto; vete a la oficina; haz
lo que tengas que hacer. Me alegro de que se reuniera toda la familia y
de que os divirtierais. Michael se ha portado estupendamente. ¿Qué
significan esos dos cheques de los que me has hablado?
Silencio. Ambos sabían perfectamente lo que podían significar .
-¿Qué tal se portó Mona anoche? Espero que no escandalizara a
ninguno de sus primos.
-Sólo a David. En general, se portó bien. Pierce ha ido con Clancy
a darse un baño en la piscina. El agua está muy caliente. Barbara duerme
todavía. Shelby llamó para disculparse por no haber podido venir. Lilia
también llamó, lo mismo que Mandrake. Jenn y Elizabeth se han
acostado en el desván. Yo estoy a punto de caer rendido.
Gifford suspiró de nuevo.
-¿Así que Mona regresó a casa con esos dos? ¿Sola? ¿El martes
de carnaval ?
-Mona está perfectamente. La anciana Evelyn me habría llamado
si hubiera sucedido algo malo. Esta tarde, cuando me marché, la dejé
sentada junto al lecho de Alicia.
-Es inútil que sigamos mintiendo sobre este asunto, como he-
mos hecho siempre.
-Gifford...
-¿Sí, Ryan?
-Deseo hacerte una pregunta. Jamás te he hecho una pregunta
semejante, y no lo haría ahora si no fuera porque...
-Estamos hablando por teléfono.
-Exactamente.
Ambos habían comentado muchas veces ese curioso aspecto de su
largo matrimonio, el hecho de que se sintieran más a gusto conver-
sando por teléfono, de que se mostraran más tolerantes, lo cual les
impedía que acabaran peleándose.
 
 
 
 
-La pregunta es la siguiente -continuó Ryan-. ¿Qué crees que
sucedió el día de Navidad entre Michael y Rowan? ¿Qué fue lo que
le sucedió a Rowan? ¿Tienes alguna sospecha?
Gifford se quedó muda. Era cierto que Ryan jamás le había hecho
una pregunta semejante. Ryan empleaba buena parte de sus energías
en tratar de impedir que Gifford buscara respuesta a unas preguntas
demasiado difíciles de responder. Esto no sólo no tenía precedentes,
sino que resultaba francamente alarmante. Gifford no era una bruja y
por lo tanto no tenía una respuesta que ofrecer a esa pregunta. Re-
flexionó durante unos minutos, mientras escuchaba el crepitar de las
llamas y el suave murmullo de las olas.
A Gifford se le ocurrieron varias soluciones, entre ellas la de de-
cirle a Ryan que se lo preguntara a Mona. Pero enseguida se avergon-
zó de ello y soltó, sin más preámbulos:
-Ese hombre apareció el día de Navidad. Esa criatura, ese espí-
ritu..., no voy a pronunciar su nombre, lo sabes de sobra..., apareció y
le hizo algo a Rowan. Eso fue lo que sucedió. Ese hombre ya no está
en la casa de la calle Primera. Todos lo sabemos. Todos los que le vi-
mos sabemos que ya no está allí. La casa está vacía. Esa criatura apa-
reció y...
Gifford hablaba precipitadamente, como presa de un ataque de
histerismo. De pronto se detuvo bruscamente y pensó: «¡Lasher!»
Pero no pudo pronunciar ese nombre. Hacía años, la tía Carlotta la
había agarrado por los hombros y la había sacudido violentamente,
prohibiéndole que volviera a pronunciar ese nombre.
Incluso ahora, a salvo en su casita, era incapaz de pronunciarlo.
Era como si alguien la aferrara por la garganta, impidiéndoselo. Quizá
tuviera algo que ver con la curiosa mezcla de crueldad y afán de pro-
tección que Carlotta siempre había mostrado hacia ella. En el informe
Talamasca constaba que alguien había arrojado a Antha por la ventana
del desván, tras vaciarle un ojo. ¡Dios mío! Era imposible que lo hu-
biera hecho Carlotta. A Gifford no le extrañó que su marido dudara
unos instantes antes de responder. Ella misma estaba asombrada de lo
que había dicho. En aquellos momentos comprendió lo sola que se
sentía, el vacío de su matrimonio.
-¿Lo crees realmente, Gifford? ¿Eso es lo que crees en el fondo
de tu corazón, cariño?
Gifford no contestó. No podía. Se sentía derrotada. Tenía la sen-
sación de que Ryan y ella se habían pasado la vida discutiendo sobre
todo tipo de cosas, importantes y menos importantes. Que si llovería
o haría sol. Que si una noche un extraño violaría a Mona en la avenida
de Saint Charles. Que si subirían los impuestos. Que si no consegui-
rían derrocar a Castro. Que si no existían los fantasmas. Que si tam-
poco existían las brujas Mayfair. Que si era imposible comunicarse
con los muertos. Que si los muertos se comportaban de una forma
muy extraña. Que qué demonios pretendían. Que si la mantequilla no
perjudicaba .la salud, ni tampoco la carne. Que si bébete la leche. Que
si un adulto no puede metabolizar la leche. Etcétera.
-Sí, eso es lo que creo, Ryan -respondió Gifford al fin-. Yo lo
vi. Tú, en cambio, no pudiste verlo.
Había cometido una torpeza. No debió decir «tú no pudiste ver-
lo» .Fue un error. Gifford le oyó suspirar, como solía hacer cuando se
distanciaba de ella, rechazando la posibilidad de un mejor entendi-
miento entre ambos, replegándose en su pequeño universo en el que
no existían los fantasmas y las brujas Mayfair eran una broma de la
familia, al igual que los extraños fondos fiduciarios y las viejas man-
siones que contenían unas cajas fuertes llenas de valiosas alhajas y
monedas de oro. En realidad, también era absurdo que Clancy May-
fair se casara con Pierce Mayfair, puesto que ambos -al igual que
Alicia y Patrick- descendían de Julien, pero era inútil decírselo a
Ryan. ¿De qué hubiera servido? No había ningún motivo, no existía
un intercambio de ideas ni confianza entre ambos.
«Pero todavía nos queremos -pensó Gifford-. Entre nosotros
existe cariño y respeto.» Gifford apoyaba totalmente a Ryan. Así
pues, dijo lo que solía decir en esas ocasiones:
-Te quiero mucho, cariño. -Era maravilloso poder pronunciar
esa frase, como solía hacerlo Ingrid Bergman en sus películas, since-
ramente y de corazón-. De veras.
-Gifford...
Ryan se detuvo, como un juicioso abogado meditando la res-
puesta, un caballero de pelo plateado y ojos azules, el patriarca de la
familia. ¿Por qué iba a creer en fantasmas? Los fantasmas no tratan de
incumplir un testamento, de querellarse contra ti, de amenazarte con
hacer que los inspectores de Hacienda investiguen tus cuentas, no te
envian una factura por un almuerzo acompañado de dos martinis.
-¿Qué, cariño? -preguntó Gifford suavemente.
-Si eso es lo que crees -respondió Ryan-, si realmente crees lo
que acabas de decir..., si ese fantasma desapareció... y la casa está va-
cía..., ¿por qué te negaste avenir a casa de Rowan y Michael?
-Creo que esa criatura se llevó a Rowan. Este asunto no ha ter-
minado, Ryan -contestó Gifford, incorporándose bruscamente. Su
paciencia se había evaporado, se sentía enojada con su marido. Era un
hombre tozudo e irritante que le había destrozado la vida. Era cierto
que ella le quería, pero no era menos cierto que había visto al fantas-
ma-. ¿No percibes nada extraño en esa casa, Ryan? ¿No presientes
que está embrujada? Te repito que este asunto no ha terminado; por el
contrario, no ha hecho más que empezar. Es preciso que hallemos a
Rowan.
-Iré a recogerte por la mañana -dijo Ryan, enojado. Gifford le
había contagiado su ira, aunque procuraba disimularla-. Quiero ir a
recogerte y traerte a casa.
-De acuerdo, Ryan, esperaré a que vengas a recogerme -con-
testó ella, como si se hubiera rendido.
Se alegraba de haber tenido el valor de mencionar a «ese hombre»,
de decir lo que deseaba decir. Más tarde, quizá mañana, Ryan podría
discutir con ella, criticarla, burlarse por lo que había dicho.
-Gifford, Gifford, Gifford... -dijo Ryan suavemente-. Lle-
garé a Destin antes de que te despiertes.
Gifford sintió de pronto como si le hubieran abandonado las fuer-
zas, como si no fuera capaz de moverse hasta que él llegara, hasta que
lo viera atravesar la puerta.
-Cierra la puerta con llave y vete a dormir -dijo Ryan-. Ima-
gino que estarás tumbada en el sofá, con todas las puertas abiertas...
-Esto es Destin, Ryan.
-Cierra todo con llave, comprueba si la pistola está en el cajón de
la mesita de noche y conecta la alarma.
y dale con la pistola.
-¿Cómo voy a utilizarla si tú no estás aquí?
-Es precisamente cuando debes utilizarla, cariño.
Gifford sonrió de nuevo al recordar a Mona. Bang, bang, bang.
Besos.
Siempre se despedían con un beso antes de colgar.
La primera vez que Gifford lo besó tenía quince años y estaban
«enamorados». Más tarde, cuando nació Mona, Alicia le dijo a Gif-
ford: «Tienes suerte. Te casaste con tu Mayfair. Yo me casé con el mío
debido a esto.»
Gifford se arrepentía de no haberse hecho cargo de Mona al nacer
ésta. Es probable que Alicia no hubiera puesto ningún reparo. Alicia
ya se había convertido por aquella época en una borracha. Afortuna-
damente, Mona era un bebé sano y robusto. Pero a Gifford no se le
ocurrió quitarle a Alicia su hijita. Recordaba que Ellie Mayfair, a
quien Gifford no había llegado a conocer, se había llevado a Rowan, la
hija de Deirdre, a California, para salvarla de la maldición de la fami-
lia, y que todos la habían criticado por ello. Sucedió el mismo año en
que el tío Cortland murió a consecuencia de una caída en la escalera
de la casa de la calle Primera. Su muerte había afectado profundamen-
te a Ryan.
Gifford tenía quince años y ambos estaban muy enamorados. No,
uno no podía arrebatarle un niño a su madre, aunque creyera que era  
lo más conveniente. Entre todos habían conseguido volver loca a
Deirdre, y el tío Cortland había intentado impedirlo.
Gifford habría cuidado mejor de Mona. Cualquiera hubiera po-
dido atenderla mejor que Alicia y Patrick. Aunque a su modo, Gif-
ford siempre se había ocupado de ella, al igual que se ocupaba de sus
propios hijos.
El fuego se estaba apagando. Gifford decidió echar un poco más
de leña, pues empezaba a sentir frío. Estos días apenas pegaba ojo. Si
conseguía dormir unas horas antes de que llegara Ryan, estaría per-
fectamente. Era la ventaja de haber cumplido cuarenta y seis años.
Uno necesitaba dormir menos horas.
Se arrodilló ante la amplia chimenea de piedra y arrojó un peque-
ño tronco al fuego, junto con unas hojas de periódicos. Las llamas se
avivaron y Gifford notó el intenso calor de éstas en las manos y el
rostro, lo que la obligó a apartarse. De pronto recordó algo desagra-
dable, algo que tenía que ver con el fuego y la historia de la familia,
pero se apresuró a borrarlo de su pensamiento.
Gifford permaneció de pie en medio del cuarto de estar, contem-
plando la blanca playa.. Ya no percibía el sonido de las olas; la brisa lo
envolvía todo en un tupido velo de silencio. Las estrellas refulgían
intensamente, como si hubiera llegado el día del juicio final. La fres-
cura y transparencia de la brisa la conmovían hasta el punto de sentir
deseos de llorar.
Deseaba permanecer allí hasta que la añoranza de su casa la obli-I
gara a regresar. Pero eso no sucedía nunca, siempre abandonaba Des-
tin antes de que sintiera deseos de partir. El deber, la familia, sus
obligaciones..., siempre había algo que la obligaba a regresar antes de
que estuviera dispuesta a hacerlo.
No es que no amara las telarañas, las vetustas encinas y los viejos
muros de su casa, así como las señoriales mansiones, las destartaladas
aceras y el calor que le proporcionaban sus primos y primas en Nueva
Orleans. Sí, amaba todo eso, pero a veces deseaba alejarse, refugiarse
en Destin.
Esta casita era su refugio.
Gifford se estremeció.
-Ojalá muriera -murmuró con voz temblorosa.
Se dirigió a la cocina, que formaba parte del amplio cuarto de es-
tar, y bebió un vaso de agua. Luego salió a la pequeña terraza, subió
los escalones y echó a andar por el camino de tablas construido sobre
la pequeña duna que conducía a la playa.
Ahora sí podía oír el oleaje del golfo, un sonido que le resultaba
delicioso. No existía otro igual en el mundo. La brisa le hacía sentirse
aislada de todo y de todas las sensaciones. Al volverse, Gifford com-  
probó que su casita ofrecía un aspecto diminuto e insignificante, pa-
recía más un bunker que una elegante casa de la playa, asomando tras
la duna.
La ley no podía obligarte a modificar una vivienda que había sido
construida en 1955. Ése era el año en que su bisabuela Dorothy había
construido la casita para sus hijos y nietos. En aquel entonces, Destin
no era más que una pequeña aldea de pescadores, según contaban. No
había mansiones, ni elevadas torres, ni existía el club de golf; sólo esta
casita.
Los Mayfair todavía poseían varios chalés ubicados a lo largo de
Pensacola hasta Seaside, de diversos tamaños y épocas, edificados an-
tes de que aparecieran las oleadas de turistas y se promulgaran las or-
denanzas de construcción.
La brisa parecía haber arreciado de pronto y Gifford sintió frío. Se
acercó a la orilla del agua, contemplando las suaves olas que apenas
lamían la blanca y limpia arena. Deseaba tumbarse allí mismo y dor-
mir sobre la arena, como solía hacer de niña. N o existía un lugar más
seguro que esta playa de Destin, en la que no había ningún tipo de
vehículo que pudiera arrollarte ni perturbar tu tranquilidad con su
tubo de escape.
¿Qué poeta era el que había sido asesinado hacía unos años en la
playa de la Isla de Fuego? Lo había atropellado un vehículo mientras
dormía, según decía la gente, aunque nadie lo sabía con seguridad. Una
tragedia horrible. Gifford no recordaba su nombre. Sólo sus poesías.
Eran los tiempos del instituto, cuando Ryan la besó un día en la cubier-
ta de un barco de recreo, prometiéndole que se instalarían lejos de
Nueva Orleans. ¡Qué mentira! ¡Iban a vivir en China! ¿O era en Brasil?
Ryan se había puesto a trabajar de inmediato en Mayfair & Mayfair. La
firma le había engullido antes de que cumpliera veintiún años. Gifford
se preguntaba si Ryan recordaría a sus poetas favoritos; les gustaba
mucho un poema de D. H. Lawrence sobre unas gencianas azules, y una
poesía titulada Domingo por la mañana, de Wallace Stevens.
Pero Ryan no tenía la culpa de lo ocurrido. Gifford no había po-
dido negarse a los deseos de la anciana Evelyn, del abuelo Fielding
y de todos los ancianos que tanto la querían. Sus padres habían falle-
cido, y era como si Gifford y Alicia hubieran pertenecido siempre a
los miembros más viejos de la familia. la madre de Ryan jamás les
habría perdonado que no se casaran por la iglesia, con un traje blanco
y todo lo demás. Por otra parte, Gifford no podía abandonar en
aquellos momentos a Alicia, quien todavía era muy joven y estaba
medio loca y siempre andaba metida en algún lío. Gifford ni siquiera
había estudiado en un internado. Cuando le pidió ala anciana Evelyn
que la enviaran aun internado, ésta contestó:
 
 
 
 
-¿Qué tiene de malo Tulane? Puedes viajar en tranvía.
Así pues, Gifford había cursado sus estudios en el Sophie New-
comb College. Más tarde consiguió que la dejaran asistir a la Sorbona,
lo cual había sido un pequeño milagro.
-Desciendes de diez líneas de la familia Mayfair -le reprochó la
anciana Evelyn cuando hablaron sobre los detalles de su boda con
Ryan-. Incluso tu pobre madre se hubiera opuesto, que Dios la ten-
ga en su gloria. Sufrió mucho.
No, era imposible que Gifford se instalara en el Norte, en Europa
o en ningún otro lugar del planeta. La disputa se produjo a causa de la
elección de la iglesia. ¿ Iban Gifford y R yan a contraer matrimonio en
la iglesia del Sagrado Nombre de Jesús o en la de San Alfonso ?
Gifford y Ryan habían asistido a la escuela del Sagrado Nombre
de Jesús; los domingos oían misa en la iglesia del Sagrado Nombre de
Jesús, situada frente a Audobon Park, a varios kilómetros de distancia
de la vieja iglesia de San Alfonso. En aquella época la iglesia era toda-
vía blanca; aún no habían pintado la nave y estaba adornada con unas
exquisitas imágenes de mármol puro.
En esa iglesia, Gifford había tomado la Primera Comunión y re-
cibido la Confirmación, y el año del último curso la había recorrido,
junto a sus compañeras, con un ramo de flores entre las manos y lu-
ciendo un vestido blanco hasta los tobillos y unos zapatos de tacón
alto, un ritual digno de una señorita recién puesta de largo.
Era natural que se casaran en la iglesia del Santo Nombre. La vieja
iglesia de San Alfonso, ala que solían asistir los Mayfair, no significa-
ba nada para ella. Deirdre Mayfair jamás se enteraría, puesto que por
aquel entonces ya estaba irremediablemente loca. Fue el abuelo Fiel-
ding quién se opuso tajantemente.
-¡Desciendes de diez líneas de Mayfair! ¡Siempre hemos asistido
a la iglesia de San Alfonso!
-Eso no significa nada -protestó Gifford.
-Significa que deberías enorgullecerte de pertenecer a diez líneas
de descendencia de la familia.
Por las tardes, la anciana Evelyn se sentaba en el porche de la casa
de la calle Amelia y hacía punto hasta que anochecía. Le encantaba
contemplar el suave crepúsculo en la avenida de Saint Charles, pobla-
da de parejas que paseaban del brazo y de tranvías con sus luces ama-
rillas encendidas. En aquella época, antes de que inventaran el aire
acondicionado y las moquetas, todo estaba siempre lleno de polvo y
ruido. Eran los tiempos en que la gente tendía la colada en los patios
traseros; Gifford y Alicia se entretenían haciendo muñequitos con las
pinzas de tender la ropa.
«Sí, pertenecíamos a los miembros más ancianos de la familia»,
pensó Gifford. Recordaba a su madre recluida en su habitación, pa-
seándose arriba y abajo como una posesa, hasta que murió siendo
Gifford y Alicia aún muy pequeñas.
Sin embargo, Gifford sentía nostalgia de aquellos tiempos, cuan-
do paseaba por la avenida de Saint Charles con la anciana Evelyn,que
se apoyaba en un elegante bastón irlandés. O cuando le leía en voz alta
al abuelo Fielding.
«No, nunca deseé marcharme», pensó Gifford. Nunca había per-
manecido largo tiempo en una ciudad moderna americana. Dalias,
Houston o Los Angeles eran unas ciudades que no le gustaban, aunque
en principio su limpieza y eficacia pudieran resultar atractivas. Recor-
daba la primera vez que fue a Los Ángeles de pequeña. Le había pare-
cido una ciudad maravillosa. Pero se cansaba pronto de esos lugares.
Puede que el encanto de Destin residiera en el hecho de que estaba muy
cerca de Nueva Orleans. N o debía renunciar a nada para venir aquí. Si
pisaba a fondo el acelerador, al anochecer ya divisaba las encinas de su
casa. Nueva Orleans, ciudad de cucarachas, de podredumbre, la ciudad
de nuestra familia, y de gentes alegres y felices.
Gifford recordaba la cita de Hilaire Belloc que había hallado entre  
los documentos de su padre a la muerte de éste:
 
Donde luce el sol católico
hay magia, risas y buen vino tinto;
Al menos, es lo que he comprobado yo.
Benedicamus Domino.
 
-Déjame que te revele un pequeño secreto -le dijo un día su
madre, Laura Lee-. Si desciendes de diez líneas de los Mayfair, jamás
serás feliz fuera de Nueva Orleans. Te lo aseguro.
Quizá tuviera razón. Pero ¿había sido feliz Laura Lee? Gifford
recordaba la risa de su madre, su voz ronca y profunda.
-Estoy demasiado enferma para pensar en la felicidad, hija mía.
Tráeme el Times-Picayune y una taza de té bien caliente.
Y pensar que Mona poseía más sangre Mayfair en sus venas que
ningún otro miembro del clan. ¿De cuántas líneas descendía? ¿Vein-
te? Gifford deseaba ver con sus propios ojos el árbol genealógico que
Mona había realizado en su ordenador, un interminable gráfico en el
que figuraban todas las líneas de primos dobles y triples que se habían
casado entre sí. Lo que Gifford deseaba saber era si se había introdu-
cido sangre nueva en las últimas cuatro o cinco generaciones.
Era absurdo que prácticamente todos los Mayfair se casaran entre
sí. No se molestaban en explicárselo a los demás. y ahora Michael
Curry se había quedado solo en esa casa, y Rowan había desapareci-  
do, la niña a la que habían apartado de allí por su bien había regresado
a ese lugar maldito...
En cierta ocasión, Ryan le había dicho, sin medir el alcance de sus
palabras:
-¿Sabes, Gifford?, sólo hay dos cosas que importan en la vida: la
familia y el dinero. Ser muy ricos, como lo somos nosotros, y tener a
la familia alrededor.
Gifford había soltado una carcajada. Eso sucedió hacia el 15 de
abril, poco después de que Ryan hiciera la declaración de la renta.
Pero Gifford comprendía lo que le había dado a entender. No era ni
pintora, ni cantante, ni bailarina, ni tocaba un instrumento. Tampoco
Ryan. La familia y el dinero constituían todo su mundo. Al igual que
para el resto de los Mayfair, la familia no sólo era la familia, sino un
clan, la nación, su religión, su obsesión.
«Jamás habría podido vivir sin ellos», pensó Gifford, pronun-
ciando las palabras en silencio, tal como le gustaba hacer aquí, a orillas
del mar, donde el viento y el agua lo devoraban todo, donde el rugido
de las olas hacía que se sintiera tan feliz que le entraban ganas de po-
nerse a cantar.
Mona viviría estupendamente. Asistiría al instituto o universidad
que deseara. Podría permanecer aquí o marcharse al extranjero. Podría
elegir. En estos momento no había ningún primo Mayfair digno de
casarse con Mona. Bien pensado, había veinte, pero Gifford no tenía
ganas de pensar en ellos. Lo importante es que Mona gozaría de una
libertad que a Gifford le había sido vedada. Mona era muy fuerte.
Gifford tenía unos sueños en los que aparecía Mona haciendo cosas
que nadie más era capaz de hacer, como caminar por el borde de un
elevado muro, gritando: «¡Apresúrate, tía Gifford!» En cierta ocasión,
en un sueño, Gifford vio a Mona sentada en el ala de un avión, fumando
un cigarrillo mientras volaban a través de las nubes, y Gifford, aterra-
da, se agarraba a una escala de cuerda que colgaba del aparato.
Gifford permaneció inmóvil, contemplando el paisaje con la ca-
beza ladeada y dejando que el viento le agitara el cabello, que le tapaba
los ojos. Le parecía estar flotando, sostenida por el viento. «¡Qué
hermoso es esto!», pensó. Ryan aparecería mañana para llevarla a casa.
Ryan estaría aquí, con ella. Quizá Rowan estaba viva y conseguiría
regresar a casa. Todo quedaría explicado y el milagro del regreso de
Rowan haría que todo volviera de nuevo a la normalidad.
Sí, deseaba tenderse y dormir en la arena. Soñar. Pensar en el ves-
tido de Clancy. Debía ayudarla a elegir el vestido de novia. Su madre
no entendía nada de ropa.
¿Era ya miércoles de ceniza?
Había oscurecido y no alcanzaba a ver la hora en su reloj, pese al  
intenso resplandor de la luna, que se reflejaba en el agua. Gifford pre-
sentía que había comenzado la cuaresma. Allí, en Nueva Orleans, Rex
y Comus habían abierto sus salones de baile y sus respectivas cortes se
habían despedido del carnaval. El martes de carnaval había concluido.
Debía regresar a la casa. Ryan le había pedido que se retirara tem-
prano, que cerrara bien todas las puertas y ventanas y que conectara la
alarma. Ella, naturalmente, le obedecería. Una noche, cuando estu-
viera enfadada con él, dormiría en la arena, a salvo y libre bajo las es-
trellas, como una vagabunda. En esta playa estaba a solas con lo más
antiguo del mundo conocido: la arena, el mar. Podría haber estado en
cualquier siglo, en cualquier libro, en un país bíblico, en la legendaria
Atlántida. De momento, haría lo que le había ordenado Ryan. No
quería estar dormida cuando llegara. Se pondría furioso.
Gifford deseaba que estuviera con ella en aquellos momentos.
La noche en que murió Deirdre Mayfair, el año pasado, Gifford se
despertó dando un grito. Ryan se apresuró a tranquilizarla.
-Alguien ha muerto -dijo Gifford, llorando, mientras Ryan la
estrechaba entre sus brazos.
De pronto sonó el teléfono y Ryan contestó.
-Se trata de Deirdre -dijo-. Ha muerto.
Gifford se preguntó si tendría también un presentimiento en caso
de que algo malo le sucediera a Rowan. ¿O se hallaba ésta demasiado
lejos del redil? ¿Habría sufrido acaso una muerte sórdida y terrible,
quizá pocas horas después de su desaparición? No, habían recibido
cartas y mensajes de ella. Todas las claves eran correctas, según dijo
Ryan. Además, Rowan había hablado por teléfono con un médico de
California.
«Mañana ese médico nos informará de lo que sepa», pensó Gi-
fford. A continuación dio media vuelta y echó a andar hacia la oscura
duna y las lucecitas que brillaban sobre ésta.
A ambos lados se alzaban unos chalés formando interminables
hileras, y al fondo un elevado rascacielos constelado de lucecitas para
prevenir a los aviones que volaban bajo; a lo lejos, en una curva que
describía el terreno, brillaban las luces de la ciudad, y sobre el mar se
cernían las nubes, iluminadas por la luna.
Había llegado el momento de acostarse. Dormiría junto al fuego.
A Gifford le encantaba acostarse frente a la chimenea y dormir al ca-
lar de las brasas. Tenía un sueño muy ligero. Oiría el borboteo del
agua cuando comenzara a hervir en la tetera a las cinco y media, y el
primer barco que se acercara a la costa.
Miércoles de ceniza. Gifford sentía una reconfortante sensación
de consuelo, una mezcla de piedad y de fe. En ceniza te convertirás.
De camino a Nueva Orleans, se detendrían en la iglesia para que el sa-  
cerdote les aplicara la ceniza en la frente. Más adelante comprarían
palmas para llevarlas a bendecir el Domingo de Ramos. El Viernes
Santo llevarían a Mona, Pierce, Clancy y Jenn a oír misa, a «besar la
cruz», como solían hacer. Quizá recorrerían nueve iglesias como ha-
cían en los viejos tiempos. La anciana Evelyn, Alicia y ella solían visi-
tar las nueve iglesias del centro de la ciudad cuando ésta estaba llena
de católicos, de auténticos y fervorosos católicos: la iglesia del Sagra-
do Nombre, del Espíritu Santo, de San Esteban, de San Enrique, de
Nuestra Señora de la Esperanza, la capilla del Perpetuo Socorro,
de Santa María, de San Alfonso y de Santa Teresa. En total, nueve.
No siempre llegaban hasta la de San Patricio, ni se detenían para
visitar la iglesia a la que asistían las gentes de color, ubicada en la ave-
nida Luisiana, aunque no tenían ningún reparo en hacerlo, ya que en
las iglesias católicas no existía la segregación. La del Espíritu Santo era
una magnífica iglesia. La anciana Evelyn recordaba con tristeza la de
San Miguel, que había sido derribada. La prima Marianne era una
hermana del convento de San Miguel. Era muy triste cuando derruían
un convento y una iglesia, cuando todos esos recuerdos eran vendidos
a la sociedad de recuperación de obras de arte. Según decían, Marian-
ne también era hija de Julien.
¿Cuántas de esas iglesias quedarían en pie?, se preguntó Gifford.
Este año, el Viernes Santo, se presentaría en la casa de la calle Amelia y
le pediría a Mona que la ayudara a buscar las nueve iglesias de la
abuela. Seguramente todavía existían. Quizá consiguieran que la an-
ciana Evelyn las acompañara. Hercules la conduciría en el coche,
mientras que Gifford y Mona irían a pie. Sería absurdo pretender que
Evelyn las acompañara andando; era demasiado vieja.
Gifford estaba segura de que Mona accedería, aunque temía que
volviera a sacar el tema del Victrola. Estaba obsesionada con ese apa-
rato. Ella creía que se hallaba en el desván de la casa de la calle Prime-
ra, pero en realidad no estaba allí, sino oculto con las perlas en un lu-
gar donde nadie...
El pensamiento se le borró de la mente. Había alcanzado el cami-
no de tablas y contemplaba el cálido rectángulo del cuarto de estar de
su casita, el fuego que aún crepitaba en el hogar y los amplios sofás
de cuero color crema, que contrastaban con las baldosas de color ca-
ramelo del suelo.
Alguien había entrado en su casa. Había un hombre de pie junto al
sofá donde Gifford había permanecido tumbada toda la tarde, junto
al fuego. Tenía el pie apoyado en la chimenea, un gesto que Gifford
solía hacer a menudo, sobre todo cuando iba descalza, para sentir el
inevitable frío de las piedras del hogar.
El desconocido no iba descalzo ni vestido de modo informal. A la
luz de las llamas, Gifford comprobó que era muy alto e «imperial-
mente delgado», como Richard Cory en el viejo poema de Edwin
Arlington Robinson.
Gifford aminoró el paso, bajó del camino de tablas y entró en el
patio trasero, resguardado del viento que soplaba junto a la duna. A
través de las cristaleras, su casa parecía una casita de cuento de hadas.
Lo único que no encajaba era la presencia del intruso, vestido con una
chaqueta oscura de mezclilla y un jersey de lana. Pero lo que más le
chocaba a Gifford era su cabello largo, negro y reluciente.
El pelo le llegaba hasta los hombros, dándole un aspecto parecido
al de Jesucristo, pensó Gifford. Cuando el desconocido se volvió y la
miró, Gifford recordó esas horrorosas estampitas de Jesucristo que
venden en los grandes almacenes, cuyos ojos se abren y cierran cuan-
do mueves la estampita, y que lo representan lleno de rizos y ataviado
con una túnica color pastel, sonriendo tiernamente, sin expresar el
menor dolor o sufrimiento. El desconocido lucía incluso un bigote y
una barbita al estilo de Jesucristo, los cuales le daban un aire solemne
y bondadoso.
Sí, parecía un..., ¿qué? ¿Quién demonios era ese hombre? ¿Un
vecino que había entrado a pedirle un fusible o una linterna ? ¿ Vestido
con una chaqueta de mezclilla ?
El desconocido se hallaba de pie contemplando el fuego, mos-
trando un perfil parecido al de Jesucristo, y de pronto se volvió como
si hubiera oído sus pasos en el patio y la miró en silencio, de forma
inquisitiva.
Al verlo de frente Gifford se sintió impresionada por la belleza de
su rostro, que contrastaba con su extravagante atuendo y cabello.
También le chocó la fragancia, casi como un perfume, que emanaba su
persona.
No era un perfume dulzón; no olía a flores, ni a especias. No. Pero
era muy atrayente. Gifford sintió deseos de aspirar profundamente el
aroma. Estaba segura de haberlo percibido hacía unos días, pero no
recordaba dónde. Es más, incluso le parecía recordar que había hecho
un comentario al respecto... Algo que tenía que ver con la medalla de
san Miguel. ¡La medalla! Había olvidado comprobar si la llevaba en el
bolso. Pero no podía hacerlo ahora, ante ese extraño.
Gifford sabía que debía ponerse en guardia, averiguar quién era el
intruso y qué deseaba antes de entrar en el cuarto de estar. Pero, cada
vez que se había dejado arrastrar por el temor ante una situación se-
mejante, más tarde había lamentado haberse comportado como una
chiquilla. Nunca le había sucedido nada malo.
Probablemente se trataba de un vecino que se había quedado sin
gasolina o cuyo coche había sufrido una avería, y que, al ver el res-
plandor del fuego que ardía en la chimenea, en aquella playa desierta,
había entrado a pedirle ayuda.
Más que preocupada, Gifford se sentía intrigada por la presencia
de ese extraño en su casa. Ni su expresión ni su talante resultaban
amenazadores; por el contrario, parecía tan intrigado como ella.
Gifford entró en el cuarto de estar, mientras el desconocido la
observaba fijamente. Se volvió para cerrar la puerta, pero decidió no
hacerlo.
-¿Puedo hacer algo por usted? -le preguntó Gifford muy ama-
blemente.
Apenas se oía el murmullo de las olas del golfo. Gifford estaba de
espaldas al borde del mundo, y el borde del mundo permanecía en si-
lencio.
La intensa fragancia que emanaba el desconocido invadía la habi-
tación, mezclándose con el olor de los troncos que ardían en la chi-
menea, de los ladrillos del hogar y de la fresca brisa.
Acércate, Gifford -respondió el intruso suavemente-. Ven a
mis brazos.
-Me temo que no le he entendido bien -se apresuró a decir Gif-
ford, esbozando una forzada sonrisa mientras se aproximaba a él, sin-
tiendo el calor del fuego. El perfume que exhalaba era tan delicioso
que sentía deseos de aspirarlo profundamente-. ¿Quién es usted?
-preguntó, tratando de que su voz sonara tranquila y normal-.
¿Acaso nos conocemos?
-Sí, Gifford. Me conoces bien, sabes quién soy -contestó él.
Tenía una voz melódica, como si recitara un verso, aunque no rimaba,
como si acariciara cada sílaba que pronunciaba-. Me viste de pequeña
-dijo afectuosamente-. Lo sé, aunque no recuerdo el momento.
Pero estoy seguro de que tú sí lo recuerdas, el polvoriento porche, el
jardín...
Parecía triste, pensativo.
-No le conozco -resplicó Gifford, aunque sin demasiada con-
vicción.
El extraño se acercó a ella. Los huesos de su rostro eran delicados,
y tenía una piel fina y tersa. Era mucho más guapo que el Jesucristo de
las estampitas, más parecido al célebre autorretrato de Durero.
-Salvator Mundi -murmuró ella. ¿No era ése el nombre del
cuadro?
-He perdido estos últimos siglos -respondió él-, si es que algu-
na vez llegué a poseerlos, mientras me esforzaba en contemplar los
objetos sólidos. Pero ahora reivindico unas verdades y unos recuerdos
más antiguos, anteriores a la época de mis bellas jóvenes Mayfair, de
aspecto dulce y frágil. Debo apoyarme, como hacen todos los hom-  
bres, en mis crónicas, en las palabras que escribí a vuelapluma, a medi-
da que el velo se espesaba y la carne me oprimía, privándome de la pers-
pectiva de un fantasma, lo cual me hubiera permitido triunfar más rápi-
da y fácilmente.
»Gifford. Recuerdo haber anotado ese nombre. Gifford Mayfair,
nieta de Julien. Gifford estuvo en la casa de la calle Primera. Gifford es
quien vio a Lasher, ¿no es cierto?
Al oírle pronunciar su nombre Gifford lo miró asustada, sin ape-
nas prestar atención al resto de sus palabras.
-Sí, he pagado el precio de cada criatura que gemía sólo para
recuperar un destino más valioso, y un amor más valioso y trágico
para ti.
A medida que hablaba, el desconocido iba adoptando un aspecto
cada vez más semejante al Cristo del cuadro de Durero, tal vez deli-
beradamente, asintiendo para subrayar ciertas palabras, ora juntan-
do las manos, como si rezara, ora separándolas como si se dispusiera a
bendecirla. Un Cristo que no sabía cómo modificar las cosas y debía
pedir consejo a uno de los doce apóstoles, pero que sabía que iba a
morir en la cruz.
Gifford estaba aturdida, era incapaz de pensar con claridad o de
hallar una respuesta. ¡Lasher! La reacción de su cuerpo le confirmó lo
aterrorizada que se sentía ante el intruso. Alzó las manos como para
protegerse, un gesto muy característico en ella, y vio vagamente sus
dedos como si fueran las alas de un extraño pájaro.
Presa de terror, sintiendo el intenso calor que despedían las llamas
y los acelerados latidos de su corazón, Gifford miró al extraño; pero
no logró distinguir sus rasgos, tan sólo su belleza, como un reflejo que
impidiera ver con nitidez el paisaje desde una ventana. Ofuscada, Gif-
ford se llevó una mano a la frente. Súbitamente, el desconocido la su-
jetó violentamente por la muñeca.
Gifford cerró los ojos. Estaba tan asustada que durante unos mo-
mentos le pareció como si no se encontrara allí, como si hubiera muer-
to, como si estuviera desconectada de la realidad. Su temor se disipó
durante unos breves segundos, pero de nuevo fue presa de él al notar
los dedos del extraño apretándole la muñeca con fuerza, mientras ella
aspiraba su intenso y embriagador perfume.
-Suéltame -dijo Gifford, furiosa y aterrada.
-¿Qué ibas a hacer, Gifford? -preguntó el extraño con suavi-
dad, casi tímidamente.
Estaba muy cerca de ella. Era monstruosamente alto; debía de
medir más de dos metros, aunque resultaba difícil precisarlo. Estaba
tan delgado que parecía esquelético, y los huesos de su frente desta-
caban bajo su fina piel.
 
 
 
 
-¿Qué ibas a hacer? -insistió. Parecía un niño, no petulante,
sino simplemente joven e inocente.
-Iba a santiguarme -contestó Gifford con voz ronca.
Con un gesto de rabia, consiguió soltarse y se santiguó una y otra
vez, mientras repetía en silencio: «En el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.» Luego trató de dominarse y dijo, mirándolo fija-
mente:
-Tú no eres Lasher. Eres un hombre, un hombre real de carne y
hueso.
-Soy Lasher -replicó el extraño suavemente, como si tratara de
protegerla de sus incisivas palabras-. Soy Lasher en persona y he re-
gresado, mi hermosa bruja Mayfair -añadió, pronunciando las pa-
labras deprisa, pero con claridad-. Soy de carne y hueso, sí, y te
necesito, Gifford Mayfair. Si me haces un corte, sangraré. Si me besas,
despertarás mi pasión. Puedes comprobarlo por ti misma.
Gifford se sintió de nuevo como desconectada de la realidad. Era
imposible que el terror se hiciera viejo, tedioso o dúctil, pensó. Una
persona tan aterrada como ella debía perder el conocimiento, y du-
rante un segundo creyó estar a punto de desvanecerse. Pero sabía
que si se desvanecía estaba perdida. El desconocido se hallaba de pie
ante ella, exhalando un aroma que la embriagaba. Se encontraba tan
sólo a medio metro de ella, mirándola fijamente, radiante, como si
le implorara, su rostro terso y sus labios rosados como los de un
bebé.
Parecía no ser consciente de su propia belleza, mejor dicho, no
utilizarla deliberadamente para deslumbrarla, ofuscarla, tranquilizarla
o consolarla. No se contemplaba en los ojos de ella; sólo la veía a ella.
-Gifford -murmuró-, nieta de Julien.
Gifford sintió de pronto un pavor tan profundo e intenso como el
terror que experimentaba de niña cuando, desconsolada, se sentaba en
el suelo, hecha un ovillo, y lloraba sin cesar, temiendo abrir los ojos,
temiendo percibir algún extraño crujido, temiendo oír los gemidos de
su madre, temiendo la oscuridad y el insondable horror que habitaba
en ella.
Gifford bajó la vista, sintiendo ese momento, sintiendo las baldo-
sas bajo sus pies, el persistente crepitar de las llamas, y luego contem-
pló las manos del extraño, blancas y surcadas de venas como las de un
anciano, y su frente serena, como la de un santo, como la de Jesucris-
to, enmarcada por unos largos cabellos negros. Gifford observó sus ,
cejas negras y bien dibujadas, sus pómulos salientes, que realzaban la
intensidad de su mirada, y su pronunciada mandíbula, cubierta por
una lustrosa barba, perfectamente recortada.
-Deseo que te marches -dijo.
 
 
 
 
Sonaba ridículo, absurdo. Gifford pensó en la pistola que tenía
guardada en el armario. En el fondo, siempre había deseado tener
oportunidad de utilizarla. Recordó el olor de la cordita y el polvo en
la galería de tiro de Gretna. Oyó a Mona animándola a disparar. Le
parecía sentir el arma entre las manos mientras apretaba el gatillo.
¡Ojalá la tuviera ahora entre las manos!
-Quiero que regreses por la mañana -dijo, asintiendo como
para dar mayor fuerza a sus palabras-. Ahora debes marcharte. -De
pronto recordó la medalla. ¿Por qué no se le había ocurrido colgárse-
la del cuello? El arcángel san Miguel la hubiera defendido contra todo
mal-. Márchate.
-No puedo, querida Gifford -contestó el extraño con su suave
y melódica voz, como si cantara.
-No digas esas cosas tan absurdas. No te conozco. Te ruego que
te marches -insistió Gifford.
Aunque deseaba retroceder, no se atrevía a hacerlo. El descono-
cido la observaba con expresión de recelo, casi con amargura. Tenía el
rostro de un niño, expresivo y seductor, con unas facciones perfecta-
mente proporcionadas. ¿Era Durero tan perfecto como él?
-Sé que me recuerdas, Gifford. Ojalá te recordara yo a ti. Me
hallaba de pie, debajo de un árbol, cuando me viste. Dime lo que viste.
Ayúdame a recordar, Gifford. Ayúdame a unir los detalles hasta ob-
tener un cuadro completo. Este calor me abruma, y siento odio y
rencor. Estoy lleno de ignorancia y dolor. Cuando era invisible, era
inteligente. Me parecía más a los ángeles del aire que a los demonios
de la tierra. Pero la carne es muy tentadora. No volveré a perder, no
dejaré que me destruyan. Mi carne sobrevivirá. Me conoces. Dilo.
-¡No te conozco! -exclamó Gifford, retrocediendo un paso. Lo
tenía casi encima. Si se hubiera vuelto para huir, él la habría agarrado
por el cuello. Gifford se sintió de nuevo presa del terror. Temía que él
la agarrara del cuello, que no hubiera nadie para impedírselo, para de-
fenderla, temía estar a solas con él-. Te ordeno que salgas de aquí,
¿me oyes?
-Es imposible, hermosa mía -contestó él, arqueando una ce-
ja-. Háblame, dime lo que viste cuando fuiste a esa casa.
-¿Por qué has venido aquí? -inquirió Gifford, retrocediendo
otro paso.
Tenía la playa a su espalda. Se le ocurrió que podía echar acorrer
por el camino de tablas hacia la playa, la cual parecía de pronto un
paisaje desierto lleno de horrendas pesadillas. ¿No había tenido hacía
tiempo una pesadilla parecida a ésta? «i¡No vuelvas a pronunciar jamás
ese nombre!»
-Me siento torpe -dijo él, en tono sincero-. Creo que cuando
un espectro poseía más gracia, ¿no es cierto? Aparecía y desapare-
cía en el momento oportuno. Pero ahora cometo muchas torpezas,
como todos. Necesito a mis Mayfair. Os necesito a todas. ¡Ojalá me
encontrara en un hermoso valle, cantando a la luz de la luna! Podría
haceros regresar, reuniros en un círculo. Pero no tendremos esa suer-
te, Gifford. Te suplico que me ames, Gifford.
Lasher se volvió, como si sintiera un dolor insoportable. N o de-
seaba que ella se apiadara de él. No era eso. Durante unos instantes
permaneció en silencio, angustiado, mirando hacia la cocina. En aque-
llos momentos ofrecía un aspecto conmovedor .
-¿Qué ves en mí, Gifford? -preguntó de improviso, volvién-
dose de nuevo hacia ella-. ¿Crees que soy hermoso? Mírame.
Luego se inclinó y la besó, como un ave posándose en el borde de
un estanque, apresuradamente, agitando las alas, inundándola con su
fragancia como si se tratara de un aroma animal, cálido, un olor a pe-
rro, o a pájaro cuando lo sacas de su jaula; sus labios se posaron en los
de ella y sus largos dedos la sujetaron por la garganta, rozándole con
los pulgares la mandíbula y las mejillas, mientras Gifford intentaba
inútilmente huir de él, de sí misma, de sus emociones. De pronto sin-
tió una breve y deliciosa sensación erótica. Deseaba decir: «Eso no
sucederá», pero el gesto de Lasher la pilló por sorpresa y comprendió
que éste la tenía en su poder, sujetándola suavemente por el cuello
mientras le acariciaba la garganta con los pulgares. Gifford notó que
un escalofrío le recorría la espalda y los brazos. «Dios mío -pen-
só-, voy a desmayarme.»
-No temas, cariño, no voy a hacerte daño. ¿Qué sería mi victoria
sin esto?
Era como una canción. A Gifford casi le pareció oír una melodía
de fondo, mientras las palabras de Lasher fluían de sus labios en la
oscuridad. La besó otra vez, y otra, pero sus manos no oprimieron su
garganta. Gifford sintió un cosquilleo en los brazos. No sabía dónde
había colocado las manos. Luego se dio cuenta de que las había apo-
yado contra su pecho. Era inútil tratar de apartarlo; era mucho más
fuerte que ella. Gifford se abandonó a la excitante sensación erótica
que la envolvía. De pronto sintió un espasmo, casi como una consu-
mación, de no ser porque prometía una serie de consumaciones sin
solución de continuidad.
-Ríndete, Gifford -le dijo él, con una sencillez casi infantil-.
Eres mía. No dejaré que te escapes.
De pronto la asió por los brazos y la levantó. Al cabo de unos
momentos Gifford notó que yacía en el suelo, sobre las frías losas,
con los ojos abiertos. Notó que él le desgarraba las medias y se pre-
guntó si su grueso jersey de lana le picaría al rozarle la piel. Los lar-  
gos y sedosos cabellos de Lasher cayeron sobre su rostro; Gifford
trató de decir algo, pero se sentía embriagada, aturdida por su pene-
trante fragancia.
-No quiero hacerlo -dijo Gifford. Pero su voz sonaba remota,
carente de autoridad y poder-. Apártate de mí, Lasher. Te lo ordeno.
Stella le dijo a mamá...
Pero el pensamiento se borró rápidamente de su mente. Entonces
vio la imagen de Deirdre, su prima mayor, cuando era apenas una
adolescente, subida a una encina, apoyada en el tronco, con los ojos
entornados y las piernas separadas bajo su floreado vestido, mientras
en su rostro se dibujaba una expresión de éxtasis. Ella, Gifford, se
hallaba de pie bajo el árbol, y había visto la vaga silueta de un hombre,
del hombre que estaba con Deirdre.
-No nos dejes caer en la tentación -murmuró Gifford.
En sus cuarenta y seis años de vida sólo un hombre la había toca-
do de ese modo, le había arrancado la ropa, en broma o torpemente, la
había besado en el cuello y la había penetrado. Pero se trataba de un
hombre de carne y hueso, no de un fantasma. Ven. No puedo. Dios
mío, ayúdame.
-Angel de Dios, mi ángel de la guarda...
Sus palabras se disiparon en el silencio. No había consentido, pero
tampoco había luchado contra él. Todos dirían que no había opuesto
resistencia. Se sentía impotente, confusa. Apoyó la mano en el hom-
bro de Lasher, sintiendo el tacto de la suave lana de mezclilla, y trató
de apartarlo mientras él se movía rápida y violentamente dentro de
ella. De pronto notó que alcanzaba el orgasmo y se sintió transporta-
da a las tinieblas, al silencio ya la paz.
Pero no perdió el conocimiento.
-¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? -preguntó en voz alta.
Estaba semiinconsciente, mareada y empapada en sudor, abru-
mada por las intensas sensaciones que la embargaban, unas sensacio-
nes naturales y deliciosas, como el aroma y el potente miembro viril
que se agitaba en su vientre. Cuando creyó que había terminado trató
de ponerse de costado, pero él volvió a penetrarla con fuerza.
-Mi hermosa Gifford -dijo con su melodiosa voz-. Te tomaré
por esposa en el valle, en el círculo.
-Creo que... me estás lastimando -protestó ella-. ¡Dios mío!
¡Madre! ¡Ayúdame! ¡Dios! ¡Auxilio!
Lasher le tapó la boca mientras la inundaba de nuevo con su se-
men, el cual se deslizaba entre sus piernas, y ella experimentó de nue-
vo aquellas dulces y maravillosas sensaciones.
-¡Auxilio! -exclamó Gifford.
-Estamos solos, cariño. Éste es el secreto del universo -dijo
Lasher-. Éste es mi lema, mi mensaje. ¿Te gusta? Siempre has queri-
do convencerte de que no tenía importancia...
-Sí...
-Que existían otras cosas más nobles y elevadas. Pero ahora lo
sabes, sabes por qué la gente se arriesga a ir al infierno con tal de ex-
perimentar esta sensación, este éxtasis.
-Sí.
-Ahora sabes que estás viva, que estás conmigo, que estoy den-
tro de ti y que tú eres este cuerpo. Mi amada Gifford.
-Sí.
-Recibe mi semilla, Gifford. Mira mi hijo, contempla sus dimi-
nutas extremidades; mira cómo flota, convirtiéndose poco a poco en
un ser de carne y hueso. Serás la bruja de mis sueños, la madre de mi ,
hijo.
 
 
 
Estaba medio dormida. El grueso jersey le daba calor y se sentía
incómoda. De pronto notó un dolor punzante que la obligó a abrir los
ojos y contemplar los potentes rayos del sol.
Era un dolor insoportable, como unas contracciones. Gifford se
tocó entre las piernas y notó que estaba sangrando. Aterrada, se miró
la mano mientras unas gotitas de sangre caían sobre su rostro.
Súbitamente oyó el rugido de las olas, unas olas inmensas y hela-
das que lamían su cuerpo y su rostro, y luego se retiraban mansa-
mente, como arrastradas por el viento. Estaba tendida en la arena, a
orillas del mar. El sol despuntaba por encima de las nubes, en el este, y
sus rayos se extendían poco a poco por todo el cielo.
-¿Lo has visto? -murmuró.
-Lo lamento, cariño -respondió él.
Estaba de pie, a unos metros de distancia. Gifford sólo alcanzaba a
ver su oscura silueta, recortándose sobre el resplandor del sol, y sus
largos cabellos. De pronto recordó que tenía los cabellos muy sedo-
sos, negros y fragantes. En estos momentos no lo veía con nitidez,
pero seguía percibiendo su perfume y su melodiosa voz.
-Lo lamento, amor mío. Deseaba que viviera. Sé que intentaste
salvarlo. Lo lamento, cariño. No pretendía lastimarte. Ambos inten-
tamos salvarlo. ¡Que Dios me perdone! ¿Qué puedo hacer?
Silencio. Gifford oyó de nuevo el sonido de las olas.
¿Habría desaparecido su alto y esbelto Jesucristo de suaves cabe-
llos? Había estado hablando con ella durante mucho rato. Gifford
sintió la frescura del agua sobre su rostro. ¿Qué era lo que le había di-
cho? Que había visitado una pequeña población y había visto un be-
lén con un Niño Jesús de yeso, yaciendo sobre un montón de paja, y
todos los hermanos llevaban unas túnicas marrones. No pretendía ser
sacerdote, tan sólo deseaba ser uno de los hermanos. «Pero te aguarda
un destino mejor.»
Sus palabras hicieron que olvidara durante unos instantes el dolor,
la sensación de haber perdido unas horas, unas imágenes, unas frases...
Ella le dijo que también había estado en Asís. San Francisco era su
santo favorito. Quería pedirle que sacara la medalla de su bolso y se la
entregara, aunque era de san Miguel. San Francisco lo comprendería.
Si uno comprendía cómo era san Francisco, comprendería también
cómo era san Miguel. Comprendería cómo eran todos los santos.
Pero él no paraba de hablar sobre las canciones que solía cantar en
italiano y el himno en latín, por supuesto, y sobre las soleadas colinas
de Italia y la espesa niebla que cubría Donnelaith.
Ella sintió náuseas y notó un sabor a sal en los labios. Tenía las
manos heladas, como el agua del mar. Una ola la golpeó de nuevo en el
costado izquierdo. Volvió la cabeza y oprimió la mejilla contra la
arena, sintiendo de nuevo un insoportable dolor. ¡Dios mío, ayúda-
me!
Gifford se volvió hacia la derecha y contempló el reluciente mar del
golfo y el resplandor del sol. ¡Había sucedido realmente! Ella no había
intentado evitarlo y se había convertido en una maraña de murmullos
y secretos y amenazas que había acabado por asfixiarla.
Pero ¿qué hará Ryan sin mí? ¿Qué será de Pierce? Clancy me ne-
cesita. No podrán casarse si yo muero. Mi muerte lo estropeará todo.
¿Dónde diantres se ha metido Rowan ? ¿ En qué iglesia se celebrará la
boda? No deben casarse en la iglesia de San Alfonso. ¡Rowan!
Estaba muy ocupada redactando mentalmente unas listas y unos
gráficos. De vez en cuando sentía que perdía el conocimiento. Debía
llamar a Shelby ya Lilia. Una ola la golpeó de nuevo y sintió frío.
Alicia no sabía dónde se hallaba el Victrola. Nadie lo sabía excepto
ella, Gifford. Debía ocuparse también de las servilletas para el ban-
quete de boda. Había centenares de servilletas de hilo en el desván de
la casa de la calle Primera, que podían utilizar para la boda. Ojalá re-
gresara Rowan y le dijera... La única por la que no debía preocupar-
se era Mona. Mona estaba perfectamente. Mona no la necesitaba.
Mona...
Qué agradable era sentir el frescor del agua. No le importaba en
absoluto que le lamiera el rostro. ¿Dónde estaba la esmeralda? ¿Se la
había llevado Rowan? Él le había dado la medalla. En estos momentos
la llevaba alrededor del cuello, pero no podía alzar las manos para ce-
rrar el broche de la cadena. Debía hacer inventario de todo, incluidos
el Victrola, las perlas, la esmeralda y los viejos discos de Julien. En el
desván había también una caja que contenía un vestido de la anciana
Evelyn. Gifford se volvió para dejar que el agua le lavara la sangre que
le cubría el rostro y las manos.
No, no le importaba que el agua estuviera fría. Nunca le había im-
portado. Sólo le preocupaba el dolor, ese dolor punzante e intenso.
¿Crees que merece la pena vivir? No lo sé. ¿Tú qué opinas? No tiene
nada de particular sentir dolor, sufrir... No sé si merece la pena.
Francamente, no lo sé.

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