BLOOD

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domingo, 31 de octubre de 2010

EL RETRATO DE ROSE MADDER -- STEPHEN KING -- 2ªparte


STEPHEN KING
"EL RETRATO DE ROSE MADDER"
2ªparte





5
El llanto del bebé flotaba hacia ellas como algo procedente de otro continente, y Rosie bajó la mirada hacia el templo en ruinas, cuya perspectiva seguía pareciendo extraña y desagradablemente torcida. Estaba asustada, y los pechos le palpitaban como le habían palpitado durante los meses siguientes al aborto.
Abrió la boca sin saber qué palabras brotarían de ella, segura tan sólo de que sería alguna suerte de protesta, pero una mano le asió el hombro antes de que pudiera hablar. Giró en redondo. Era la mujer de rojo. Meneó la cabeza a modo de advertencia, se llevó de nuevo el dedo a la sien y señaló las ruinas.
Otra mano agarró la muñeca derecha de Rosie, una mano fría como una lápida. Se volvió y en el último momento se dio cuenta de que la mujer de la túnica se había girado y ahora se encaraba con ella. A toda prisa, con la mente repleta de confusos pensamientos acerca de Medusa, Rosie bajó la mirada para no encontrarse con la de la mujer. En su lugar vio el dorso de la mano que le asía la muñeca. Estaba cubierto de una mancha de color gris oscuro que le recordó a algún predador del mar (un pez manta, por supuesto). Las uñas eran oscuras y parecían muertas. Mientras las observaba, Rosie vio un gusanillo blanco surgir de una de ellas.
-Vete -ordenó Rose Madder-. Haz por mí lo que yo no puedo hacer. Y recuerda que resarzo.
-De acuerdo.
Se había apoderado de ella un deseo terrible y perverso de mirar a la otra mujer a la cara. Ver lo que había allí. Tal vez ver su propio rostro flotando bajo las sombras grises muertas de alguna enfermedad que te vuelve loca mientras te consume.
-De acuerdo, iré. Lo intentaré, pero no me obligues a mirarte. La mano le soltó la muñeca..., pero muy despacio, como si estuviera dispuesta a agarrársela de nuevo si su dueña percibía aun el menor indicio de debilidad por parte de Rosie. Luego, la mujer giró la mano y señaló hacia el templo con un dedo gris y muerto, al igual que el Fantasma de las Navidades Futuras había señalado una lápida en concreto a Ebenezer Scrooge.(Referencia al Cuento de Navidad, de Charles Dickens. (N. del E.))
-Vete -repitió Rose Madder.
Rosie empezó a descender lentamente por la colina con la mirada baja, observando cómo sus pies desnudos se deslizaban por entre la hierba alta y áspera. No fue hasta que un trueno especialmente intenso retumbó en el cielo cuando alzó la vista y descubrió que la mujer de la túnica roja la había acompañado.
-¿Vas a ayudarme? -le preguntó.
-No puedo llegar demasiado lejos -replicó la mujer de robo al tiempo que señalaba el pilar caído-. Tengo lo mismo que ella, pero hasta ahora casi no me ha afectado.
Alargó un brazo, y Rosie vio una amorfa mancha rosada sobre la carne, dentro de la carne que separaba la muñeca del antebrazo. Tenía otra parecida en la palma de la mano. Ésta resultaba casi bonita. A Rosie le recordó el clavel que había encontrado entre las tablas del suelo de su estudio. Su habitación, el lugar con el que había contado como refugio, se le antojaba muy lejano ahora. Tal vez todo aquello, aquella vida, era el sueño, mientras que esto era la única realidad.
-Son las dos únicas que tengo, al menos de momento -prosiguió la mujer-, pero bastan para mantenerme alejada de allí. Ese toro me olería y vendría corriendo. Vendría a por mí, pero las dos moriríamos.
-¿Qué toro? -inquirió Rosie con extrañeza y temor.
Casi habían alcanzado el pilar caído.
-Erinyes. El guardián del templo.
-¿Qué templo?
-No pierdas el tiempo con preguntas humanas, mujer.
-¿De qué estás hablando? ¿Qué son preguntas humanas?
-Aquellas cuyas respuestas ya conoces. Ven aquí.
«Wendy Yarrow» esperaba junto al extremo cubierto de musgo del pilar caído y miraba impaciente a Rosie. El templo se cernía sobre ellas. Mirarlo hería los ojos de Rosie del modo en que hiere mirar una película desenfocada. Distinguió bultos leves donde antes estaba segura de no haberlos visto; advirtió pliegues de sombras que desaparecieron en cuanto parpadeó.
-Erinyes sólo tiene un ojo, y ese ojo es ciego, pero a su olfato no le pasa nada. ¿Estás con el mes, niña?
-¿El... mes?
-Que si tienes la regla.
Rosie meneó negativamente la cabeza.
-Bien, porque estaríamos listas antes de empezar si la tuvieras. Yo tampoco la tengo, nada de reglas desde que empezó la enfermedad. Es una pena, porque esa sangre sería la mejor. Pero de todas maneras...
El trueno más monstruoso abrió los cielos justo encima de sus cabezas, y de repente empezaron a caer gotas heladas de lluvia.
-¡Tenemos que darnos prisa! -exclamó la mujer de rojo-. Arranca dos pedazos de tu camisón, uno para hacer un vendaje y el otro lo bastante grande para envolver una piedra y que sobre lo suficiente para atarla. No discutas y deja de hacer preguntas. Haz lo que te digo.
Rosie se inclinó, asió el dobladillo de su camisón de algodón y rasgó una tira larga y ancha del lateral, de forma que su pierna quedó al descubierto casi hasta la cadera. Al caminar pareceré una camarera de restaurante chino, pensó. Arrancó otra tira más delgada y al levantar la mirada se alarmó al ver que «Wendy» sostenía en la mano una daga larga y de aspecto siniestro. Rose no sabía de dónde había salido, a menos que la mujer la hubiera llevado atada al muslo, como la heroína de una de esas novelas dulzonas y salvajes de Paul Sheldon, historias donde siempre existía una razón, por descabellada que fuera, para todo lo que ocurría.
Probablemente la llevaba atada al muslo, pensó Rosie. Sabía que a ella le gustaría tener un cuchillo si viajara en compañía de la mujer de la túnica roja violácea. Recordó el modo en que la mujer que la acompañaba se había llevado el dedo a la sien y advertido a Rosie que no la tocara. No quiere hacerte daño, había asegurado «Wendy Yarrow»,pero ya no puede controlarse.
Rosie abrió la boca para preguntar a la mujer que esperaba junto al pilar caído qué pretendía hacer con aquel cuchillo..., pero volvió a cerrarla en seguida. Si las preguntas humanas eran aquellas cuyas respuestas ya conocía, entonces aquella era una pregunta humana, sin lugar a dudas. .
«Wendy» pareció percibir que la miraba y levantó la vista hacia ella.
-Primero necesitarás la tira más ancha. Tenla preparada.
Antes de que Rosie pudiera responder, «Wendy» se había clavado la daga en la piel. Siseó algunas palabras que Rosie no comprendió, tal vez una oración, y a continuación se trazó una línea fina a lo largo del antebrazo, una línea que hacía juego con su vestido. La línea engordó y empezó a desdibujarse cuando la piel y los tejidos se retiraron para abrir la herida.
-¡Ooooh, cómo duele! -gimió la mujer al tiempo que extendía la mano en la que llevaba la daga-. ¡Dámela! ¡La tira larga, la tira larga!
Rosie se la dio, confusa y asustada, pero no asqueada; ver sangre no le producía náuseas. «Wendy Yarrow» dobló la tira de algodón hasta convertirla en una compresa que se colocó sobre la herida antes de darle la vuelta y empaparla por el otro lado. No parecía querer contener la hemorragia, sino tan sólo empapar la tela en sangre. Cuando se la devolvió a Rosie, el algodón que había sido de color azul celeste cuando se tendiera en su cama de Trenton Street había cobrado un matiz mucho más oscuro... que le resultaba familiar. El azul y el rojo se habían combinado hasta formar un rojo violáceo.
-Ahora busca una piedra y envuélvela en la tira de tela -ordenó la mujer a Rosie-. Cuando lo hayas hecho, quítate eso que llevas y úsalo para envolver las dos cosas.
Rosie se la quedó mirando con los ojos muy abiertos, mucho más trastornada por aquella orden que al ver la sangre que brotaba del brazo de la mujer.
-No puedo hacer eso -replicó-. ¡No llevo nada debajo!
«Wendy» esbozó una sonrisa amarga.
-No se lo diré a nadie -aseguró-. Y ahora dame la otra tira antes de que me desangre.
Rosie le entregó la tira más estrecha, que aún era de color azul, y la mujer de piel oscura se envolvió con ella el brazo herido. A su izquierda estalló un relámpago que parecía un cohete monstruoso.
Rosie oyó el estruendo de un árbol al caer fulminado. Aquel ruido fue seguido por el cañonazo de un trueno. Percibió el olor cobrizo que impregnaba el aire, aquel olor tan parecido a las monedas de un centavo. Y entonces, como si el relámpago hubiera abierto el vientre del cielo, llegó la lluvia. Caía en torrentes fríos que el viento tornaba casi horizontales. Rosie vio que el agua golpeaba la tira de tela que sostenía en la mano y le arrancaba nubecillas de vapor, y vio los primeros regueros de agua rosada y sangrienta brotar del paño y gotearle por entre los dedos. Parecía refresco de fresa.
Sin detenerse a pensar en lo que hacía ni por qué, Rosie alargó el brazo por encima del hombro, asió la espalda del camisón, se inclinó hacia delante y se lo quitó. De repente se encontró en la ducha más fría del mundo, intentando recobrar el aliento mientras la lluvia le pinchaba las mejillas, los hombros y la espalda desnuda. La piel se le encogió y se le puso de gallina en todo el cuerpo.
-¡Ay! -gritó desesperada-. ¡Ay, ay! ¡Hace tanto frío!
Dejó caer el camisón, que aún no estaba empapado, sobre la mano en la que sostenía el trapo ensangrentado y encontró una piedra del tamaño de un panecillo entre dos de los segmentos del pilar caído. La cogió, cayó de rodillas y a continuación se cubrió la cabeza y los hombros con el camisón, al igual que un hombre atrapado en una tormenta inesperada se protegería con el periódico a modo de paraguas. Bajo aquella protección temporal envolvió la piedra con el trapo ensangrentado. Le sobraron dos extremos largos y pegajosos que ató en la parte superior con una mueca de asco. La sangre de «Wendy» licuada por la lluvia brotaba del paño y caía al suelo. Con el camisón ya empapado envolvió la piedra y el trapo, tal como le había ordenado la mujer de rojo. Sabía que la mayor parte de la sangre desaparecería con la lluvia. Aquello no era una tormenta normal, sino un auténtico diluvio.
-¡Vamos! -gritó la mujer de piel oscura y vestido rojo-. ¡Entra en el templo! ¡Atraviésalo y no te pares en ningún momento! ¡No recojas nada y no creas nada de lo que veas u oigas! Es un sitio embrujado, eso está claro, pero ni siquiera en el Templo del Toro hay fantasma que pueda hacer daño a una mujer viva.
Rosie estaba tiritando, el agua le entraba en los ojos y le hacía ver doble, le goteaba de la nariz y le pendía de las orejas como joyas exóticas. «Wendy» seguía mirándola con el cabello aplastado contra la frente y las mejillas, los ojos oscuros relampagueantes. Se veía obligada a gritar para hacerse oír por encima del fuerte viento.
-¡Cruza la puerta que hay al otro lado del altar y llegarás a un jardín donde todas las plantas y flores están muertas! ¡Al otro lado del jardín verás una arboleda, y todos los árboles están muertos también, todos menos uno! ¡Entre el jardín y la arboleda hay un río! ¡No bebas de él, por mucha sed que tengas! ¡No bebas ni toques el agua! ¡Hay unas rocas por las que podrás cruzar! ¡Si metes un solo dedo en ese agua, olvidarás todo lo que sabes, incluso tu nombre!
La electricidad surcó las nubes en otro relámpago, convirtiendo los nubarrones en rostros retorcidos de duendes. Rosie nunca había tenido tanto frío ni sido tan consciente del extraño vigor de que hacía gala su corazón para enviar una ráfaga de calor a su piel helada. Y de repente se le ocurrió de nuevo la misma idea: no era un sueño, al igual que el agua que llovía del cielo no era un sistema contra incendios.
-¡Entra en la arboleda! ¡Entre los árboles muertos! ¡El que está vivo es un granado! ¡Coge las semillas que encuentres de la fruta alrededor de la base del árbol, pero no la pruebes ni te metas en la boca la mano con la que cojas las semillas! ¡Baja la escalera que hay al lado del árbol y entra en las cámaras que hay debajo! ¡Encuentra al bebé y sácalo de allí, pero cuidado con el toro! ¡Cuidado con el toro Erinyes! ¡Y ahora vete! ¡Deprisa!
Le daba miedo el Templo del Toro y su perspectiva extrañamente torcida, por lo que Rosie experimentó cierto alivio al descubrir que su deseo desesperado de guarecerse de la tormenta había borrado todo lo demás. Quería protegerse del viento, la lluvia y los relámpagos, pero también quería ponerse a cubierto por si la lluvia decidía transformarse en granizo. La idea de hallarse desnuda en plena tormenta de granizo, aunque se tratara de un sueño, se le antojaba extremadamente desagradable.
Avanzó algunos pasos y luego se volvió para mirar a la otra mujer. «Wendy» parecía estar tan desnuda como la propia Rosie, pues tenía el vestido rojo de gasa completamente adherido a la piel.
-¿Quién es Erinyes? -preguntó Rosie a gritos-. ¿Qué es?
Se arriesgó a mirar el templo por encima del hombro, casi como si esperara que el dios saliera al oír su voz. Pero no apareció ningún dios; sólo el templo reluciendo en medio de la tempestad.
La mujer de piel oscura puso los ojos en blanco.
-¿Por qué eres tan estúpida, niña? -replicó también a gritos-. ¡Vete! ¡Vete mientras aún estés a tiempo!
Y acto seguido señaló el templo sin añadir una palabra más, tal como había hecho su ama.
6
Rosie, desnuda y blanca, oprimiéndose el bulto empapado del camisón contra el vientre para protegerlo en la medida de lo posible, echó a andar en dirección al templo. En cinco zancadas llegó a la cabeza de piedra que yacía entre la maleza. Bajó la vista hacia ella en espera de ver a Norman. Por supuesto que sería Norman, de modo que le convenía estar preparada. Así funcionaban las cosas en los sueños.
Pero no era Norman. Las entradas en el pelo, las mejillas carnosas y el exuberante bigote a lo David Crosby pertenecían al hombre apoyado en la puerta de la taberna El Sorbo el día en que Rosie había estado buscando Hijas y Hermanas.
Me he vuelto a perder, pensó. Desde luego que me he vuelto a perder.
Pasó junto a la cabeza de piedra de ojos vacíos que parecían llorar, con una larga brizna de hierba mojada que le cruzaba la mejilla y parecía una cicatriz verde, esa cabeza que parecía susurrar a sus espaldas mientras Rosie se acercaba al extraño templo. Eh muñeca quieres marcha vaya tetas qué te parece echamos un polvo quieres hacer el perro qué te parece...
Subió la escalinata resbaladiza y traicionera a causa de las parras y las enredaderas que la cubrían, y tuvo la sensación de que la cabeza rodaba sobre su cuello de piedra, aplastando el agua enfangada para observar la flexión de su trasero desnudo mientras Rosie subía para adentrarse en las tinieblas.
No pienses en ello, no pienses en ello, no pienses.
Resistió la tentación de correr, de escapar tanto de la lluvia como de aquella mirada imaginaria, y siguió abriéndose paso entre la maleza, evitando los lugares en que los elementos habían agrietado la piedra, dejando al descubierto abismos dentados capaces de fracturar el tobillo a cualquiera. Y no era aquella la peor de las posibilidades; quién sabía qué cosas venenosas se ocultarían en aquellos lugares oscuros, acechándola para picarla o morderla.
El agua le goteaba de los omóplatos y le recorría la columna; tenía más frío que nunca, pero pese a ello se detuvo en el último escalón para contemplar las tallas que adornaban la parte superior de la entrada amplia y oscura. No las había visto en el cuadro, pues se perdían en las sombras que proyectaba el tejado.
Mostraban a un muchacho de expresión dura apoyado contra lo que podría ser un poste telefónico. El cabello le caía sobre la frente, y llevaba el cuello de la cazadora subido. Del labio inferior pendía un cigarrillo, y su postura algo agazapada e indolente lo identificaba como el señor Más Enrollado del Mundo, versión finales de los setenta. ¿Y qué más revelaba su postura? Eh, muñeca, decía. Eh, muñeca, muñeca, ¿te apetece echar un polvo? ¿Nos lo hacemos o qué?
¿Quieres hacer el perro conmigo?
Era Norman.
-No -susurró casi en un gemido-. Oh, no.
Oh, sí. Era Norman, sin lugar a dudas. Norman en la época en que aún era el Fantasma de las Palizas Futuras, Norman apoyado contra un poste telefónico en la esquina de State Street con la carretera 49, en el centro de Aubreyville (el centro de Aubreyville, vaya chiste), Norman observando los coches que pasaban mientras los Bee Gees cantaban You Shoud be Dancing en el Pub Finnegan's, que tenía la puerta abierta y el equipo de música a tope.
El viento remitió por un instante, y Rosie oyó de nuevo el llanto del bebé. No daba la impresión de estar herido, sino más bien hambriento. Los gemidos lejanos lograron apartarla de las perversas tallas y hacerla avanzar, pero justo antes de entrar en el templo, no pudo
evitar volver a alzar la vista. Norman había desaparecido, si es que había estado allí alguna vez, para dar paso a unas palabras esculpidas justo encima de su cabeza. CHUPA MI POLLA INFECTADA DE SIDA.
Nada permanece en los sueños, pensó. Los sueños son como el agua. .
Miró de nuevo por encima del hombro y vio a «Wendy» aún de pie junto al pilar caído, empapada en las telarañas desmoronadas de su vestido. Rosie alzó la mano en la que no sostenía el camisón enrollado a modo de saludo. «Wendy» levantó la suya y luego se quedó ahí de pie, haciendo caso omiso de la intensa lluvia.
Rosie cruzó la entrada ancha y fresca y se adentró en el templo. Se
detuvo un instante, tensa, preparada para salir corriendo si veía..., bueno..., si veía no sabía qué. «Wendy» le había advertido que no
debía hacer caso de los fantasmas, pero Rosie creía que la mujer de la túnica roja podía permitirse el lujo de ser valiente, porque, al fin y al cabo, no era ella quien tenía que entrar en el templo.
Suponía que hacía más calor dentro que fuera, pero no tenía esa sensación, sino más bien le parecía que las piedras de aquel lugar despedían un frío húmedo, el frío de las criptas y los mausoleos, y por un instante no estuvo segura de poder seguir avanzando por el pasillo penumbroso y salpicado de hojas muertas que hacía mucho tiempo que se extendía ante ella. Hacía demasiado frío..., frío en demasiados sentidos. Se quedó quieta, tiritando e intentando recobrar el aliento, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho y nubecillas de vapor brotándole de la piel. Se tocó el pezón izquierdo con la yema del dedo y no le extrañó hallarlo duro como una piedra.
Fue la idea de regresar junto a la mujer de la colina lo que la impulsó a avanzar, la idea de enfrentarse a Rose Madder con las manos vacías. Echó a andar por el pasillo lenta y cuidadosamente, escuchando los gemidos lejanos del bebé. Le parecía que procedían de muy lejos y que alguna clase de comunicación mágica y sutil transportaba el sonido hasta ella.
Baja y tráeme a mi bebé.
Caroline. El nombre que había proyectado poner a su hija, a esa hija que Norman le había arrebatado de una paliza, acudió a su mente sin esfuerzo. Los pechos empezaron a palpitarle de nuevo. Rosie se los tocó e hizo una mueca. Estaban hipersensibles.
Sus ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra, y se le ocurrió que el Templo del Toro ofrecía un aspecto sorprendentemente cristiano, que de hecho se parecía bastante a la Primera Iglesia Metodista de Aubreyville, a la que Rosie había acudido dos veces por semana antes de casarse con Norman. La boda se había celebrado en la Primera Iglesia Metodista, y fue en ella donde tuvo lugar el funeral por el padre, la madre y el hermano menor de Rosie tras el accidente que había segado sus vidas. Había varias hileras de bancos de madera, y los del fondo aparecían cubiertos y medio sepultados en montículos de hojas que olían a canela. Más adelante, los bancos seguían en pie y se alineaban en pulcras hileras. Sobre ellos yacían a intervalos regulares unos libros negros y gruesos cuyo título podría haber sido Libro Metodista de Himnos y Loas, el libro con que Rosie había crecido.
Lo siguiente que percibió mientras caminaba por el pasillo central como una extraña novia desnuda fue el olor del lugar. Bajo la fragancia agradable de las hojas que el viento había llevado hasta el interior del templo a lo largo de los años acechaba un olor menos agradable. Recordaba un poco al moho, un poco al añublo, un poco a descomposición avanzada, pero en realidad no era ninguno de esos olores.
¿Sudor viejo, quizá? Sí, tal vez. Y a lo mejor otros fluidos. Se le ocurrió la posibilidad del semen. Y de la sangre.
Tras percibir aquel olor la acometió la sensación innegable de que unos ojos malévolos la observaban. Percibió que examinaban su desnudez con atención, refocilándose en ella, tal vez, resiguiendo cada curva y cada línea descubierta, memorizando el movimiento de sus músculos bajo la piel mojada y resbaladiza.
Quiero hablar contigo de cerca, parecía susurrarle el templo bajo el tamborileo hueco de la lluvia y el crujido de las hojas viejas bajo sus pies desnudos. Quiero hablar contigo de cerca..., pero no tenemos que hablar mucho para decir las cosas que tenemos que decir, ¿verdad, Rosie?
Se detuvo cerca de la parte delantera del templo y cogió uno de los libros negros del segundo banco. Cuando lo abrió, la azotó una ráfaga de putrefacción tan intensa que estuvo a punto de ahogarla. La imagen de la parte superior de la página era un escueto dibujo que jamás había visto en los libros de himnos metodistas de su juventud; mostraba a una mujer arrodillada que se la estaba chupando a un hombre cuyos pies no eran pies, sino cascos. Su rostro aparecía confuso, pero Rosie distinguió en él una similitud ominosa... o al menos eso creyó. Se parecía al antiguo compañero de Norman, Harley Bissington, que siempre había comprobado dónde terminaba el dobladillo de su vestido cuando la veía sentarse.
Debajo del dibujo, la página amarillenta estaba cubierta de letras cirílicas, ilegibles pero conocidas. Tardó sólo un instante en comprender por qué le resultaban familiares: eran las mismas letras que llenaban el periódico de Peter Slowik cuando Rosie se había acercado a la cabina de Asistencia al viajero para pedirle ayuda.
Y entonces, de repente, el dibujo empezó a moverse, y sus líneas parecieron arrastrarse hacia sus dedos blancos y arrugados por la lluvia, dejando pequeños rastros de babas tras de sí. Estaba vivo. Cerró el libro de golpe, y la garganta se le secó cuando oyó el chapoteo procedente de su interior. Lo dejó caer, y el estruendo que provocó al chocar contra el banco o su propio grito de asco espantó a una bandada de murciélagos en la zona penumbrosa que Rosie suponía era el coro. Algunos de ellos se convirtieron en figuras errantes en el techo, con sus alas negras arrastrando aquellos cuerpos repugnantemente rollizos por el aire cargado, y al cabo de un instante regresaron a su escondrijo. Ante ella se erigía el altar, y experimentó un gran alivio al ver una puerta estrecha abierta a su izquierda, una puerta por la que se filtraba un rayo oblongo de luz blanca y limpia.
Errrres reeaaaalmente Rooooosie, susurró la voz muda del templo, amenazadoramente divertida. Y errrres Rooooosie Reeaaal.. Ven aquí y te pondreeeé... como una motooooo...
Rosie resistió la tentación de mirar atrás y siguió con la mirada fija en la puerta y la luz natural que se filtraba por ella. La lluvia había remitido, y el tamborileo hueco del techo se había reducido a un murmullo constante.
Sólo para hombres, Rooooosie, susurró el templo, y entonces añadió lo que Norman siempre decía cuando no quería contestar a alguna de sus preguntas pero no estaba realmente enfadado con ella. Es cosa de hombres.
Contempló la zona del altar al pasar junto a ella, pero en seguida desvió la mirada. Estaba vacío...; no había púlpito, símbolos ni libros arcanos, pero sí vio otra sombra de pez manta sobre la piedra desnuda. Su color oxidado indicaba que se trataba de sangre, y el tamaño de la mancha sugería que se había derramado mucha allí a lo largo de los años. Muchísima.
Es como el Motel Roach, Rooooosie, susurró la sala, y las hojas del suelo se removieron, emitiendo un sonido que parecía una carcajada en una boca desdentada. La gente entra, pero nunca vuelve a saliiiir.
Avanzó con firmeza hacia la puerta, intentando hacer caso omiso de aquella voz, con los ojos aún clavados en la luz. Casi esperaba que se le cerrara en las narices en cuanto se acercara, pero no fue así. Y ningún coco travieso con cara de Norman apareció en ella. Cruzó el umbral y se halló en una escalinata pequeña de piedra que daba a un jardín envuelto en la fragancia fresca de la lluvia y en un aire que empezaba a tornarse más cálido pese a que la lluvia no había cesado del todo. En todas partes se oía el goteo y el susurro del agua. Los truenos seguían retumbando en el cielo, pero estaba segura de que se alejaban. Y el bebé, al que no había oído desde hacía varios minutos, volvió a llorar.
El jardín estaba dividido en dos partes, con flores a la izquierda y hortalizas a la derecha, pero todas las plantas estaban muertas. Muertas de un modo cataclísmico, y el verdor exuberante que rodeaba el Templo del Toro como en un abrazo empeoraba aún más el aspecto de aquella muerte, como si se tratara de un cadáver con los ojos abiertos y la lengua fuera. Enormes girasoles de tallo amarillento, centro amarronado y pétalos arrugados y desvaídos dominaban el lugar como carceleros enfermos que hubieran sobrevivido en una prisión cuyos presos hubieran muerto en su totalidad. Los parterres estaban llenos de pétalos abiertos que la hicieron pensar, en un recuerdo de pesadilla, en lo que había visto al regresar al cementerio donde yacía su familia un mes después del entierro. Había caminado hasta la parte posterior del pequeño cementerio tras dejar flores frescas en sus tumbas para recuperar el dominio de sí misma, y había quedado horrorizada al ver montículos de flores podridas en el declive situado entre el muro de piedra y el bosque que se extendía detrás del cementerio. El hedor de su perfume moribundo le había recordado lo que les estaba sucediendo a su madre, su padre y su hermano bajo tierra. El cambio que estaban experimentando.
Rosie desvió a toda prisa la mirada de las flores, pero lo primero que vio en el huerto agonizante no fue mucho mejor: una de las hileras parecía estar empapada en sangre. Se enjugó el agua de los ojos, volvió a mirar y exhaló un suspiro de alivio. No era sangre, sino tomates. Una hilera de ocho metros de tomates caídos, medio podridos.
Rosie.
Esta vez no era el templo quien la llamaba. Era la voz de Norman y estaba justo detrás de ella, y de repente se dio cuenta de que olía la colonia de Norman. Todos mis hombres llevan Colonia Inglesa o nada en absoluto, pensó, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
Estaba detrás de ella.
Justo detrás de ella.
Alargando el brazo hacia ella.
No, no me lo creo. No me lo creo aunque me lo crea.
Era una idea completamente absurda, por supuesto, con toda probabilidad lo bastante absurda como para merecer un hueco en el Libro Guinness de los Récords, pero de algún modo consiguió calmarla. Caminando despacio, a sabiendas de que si intentaba andar si quiera un poco más deprisa podía perder el control, Rosie bajó los tres escalones de piedra (mucho más humildes incluso que los de la parte delantera del edificio) y se adentró en los restos de lo que mentalmente había bautizado como los jardines del Toro. Seguía lloviendo, pero poco, y el viento se había convertido en un mero suspiro. Rosie recorrió un pasillo formado por dos hileras de maizales marrones e inclinados (no tenía ni la menor intención de caminar descalza entre los tomates podridos ni sentirlos explotar bajo sus pies), escuchando el rugido pétreo del río cercano. El sonido se hacía cada vez más fuerte a medida que avanzaba, y cuando salió del maizal vio que el río fluía a menos de cinco metros de ella. Mediría unos tres metros de ancho y aparentaba ser poco profundo de ordinario a juzgar por las orillas suaves, pero en aquel momento estaba crecidísimo a causa de la tormenta. Sólo se apreciaban las puntas de las cuatro rocas grandes y blancas que lo cruzaban y parecían caparazones blanqueados de tortuga.
El agua del río era de color alquitranado, negro y opaco. Rosie avanzó lentamente hacia él, casi sin darse cuenta de que se estaba retorciendo el cabello para librarse del agua que lo empapaba. Al acercarse percibió un curioso olor a mineral procedente del agua, un olor pesadamente metálico pero extrañamente atractivo. De repente sintió sed, tanta sed que su garganta se convirtió en una piedra ardiente.
No bebas de él, por mucha sed que tengas. No bebas.
Sí, eso era lo que había dicho la mujer; le había dicho que si mojaba siquiera un dedo en el agua olvidaría todo lo que sabía, incluso su propio nombre. Pero ¿era tan terrible eso? Pensando en ello, ¿era realmente tan terrible, sobre todo teniendo en cuenta que una de las cosas que podía olvidar era Norman y la posibilidad de que todavía no hubiera acabado con ella, de que hubiera matado a un hombre por su causa?
Tragó saliva y oyó el chasquido de su garganta seca. Una vez más, casi inconsciente de lo que hacía, Rosie se pasó una mano por el costado, por la curva del pecho y por el cuello para recoger la humedad que encontraba y lamerla de la palma. Aquello no calmó su sed, sino que la despertó por completo. El agua relucía negra mientras fluía en torno a las rocas blancas, y el extraño y atractivo olor mineral parecía llenarle la cabeza entera. Sabía el sabor que tendría el agua, un sabor insípido y desprovisto de aire, como jarabe frío, y sabía cómo le llenaría la garganta y el vientre de sales extrañas y bromuros exóticos. El sabor de la tierra sin memoria. Y entonces se acabarían los recuerdos del día en que la señora Pratt (blanca como la nieve a excepción de los labios, que tenían el color de los arándanos) había acudido a su casa para decirle que su familia, toda su familia, había muerto en un accidente de coche, los recuerdos de Norman con el lápiz o Norman con la raqueta de tenis. Las imágenes del hombre en la puerta de El Sorbo o la mujer gorda que había llamado a las mujeres de Hijas y Hermanas lesbianas de la caridad. Los sueños de estar sentada en el rincón con los riñones tan doloridos que la hacían vomitar, recordándose una y otra vez que debía vomitar en el delantal. Algunas cosas merecían caer en el olvido, mientras que otras, cosas como lo que Norman le había hecho con la raqueta de tenis, tenían que caer en el olvido..., aunque la mayoría de la gente jamás tenía ocasión de olvidarlas, ni siquiera en sueños.
Rosie temblaba de pies a cabeza; tenía los ojos clavados en el agua que fluía junto a ella como seda transparente impregnada de tinta negra; la garganta le ardía como brasas, los ojos le palpitaban en las cuencas y se vio a sí misma tendiéndose de bruces, sumergiendo la cabeza en aquella negrura para beber como un caballo.
También olvidarías a Bill, susurró la señora Práctica-Sensata en tono casi de disculpa. Olvidarías las motas verdes de sus ojos y la pequeña cicatriz que tiene en la oreja. Últimamente han pasado cosas que merece la pena recordar, Rosie. Lo sabes, ¿verdad?
Sin vacilar más (no creía que ni siquiera pensar en Bill la salvara si esperaba más), Rosie pisó la primera roca con los brazos extendidos para conservar el equilibrio. El agua teñida de rojo goteaba sin cesar de la bola mojada de su camisón, y sintió la piedra envuelta en el centro como si del hueso de un melocotón se tratara. Se quedó con el pie izquierdo sobre la roca y el derecho en la orilla, hizo acopio de valor y avanzó con el derecho hasta pisar la segunda roca. Hasta ahora iba bien. Levantó el pie izquierdo y lo adelantó hasta la siguiente. Esta vez perdió un poco el equilibrio y se inclinó hacia la derecha mientras agitaba el brazo izquierdo para no caer y el rugido del extraño río le llenaba los oídos. Probablemente no estuvo tan cerca de caer como pensaba, y al cabo de un instante se hallaba sobre las rocas centrales del río con el corazón desbocada.
Temerosa de que pudiera congelarse si dudaba demasiado, Rosie avanzó hasta la última roca y saltó a la hierba muerta que cubría la otra orilla. Sólo había caminado tres pasos en dirección a la arboleda cuando se dio cuenta de que la sed había pasado como una pesadilla.
Era como si en el pasado hubieran enterrado allí a muchos gigantes que habían muerto intentando salir de allí; los árboles eran sus manos descarnadas, que se alargaban sin frutos hacia el cielo y hablaban de asesinato sin articular palabra. Las ramas muertas se entrelazaban creando extraños dibujos geométricos que se recortaban contra el cielo. Un sendero conducía hasta ellos guardado por la estatua de un muchacho con un enorme falo erecto. Tenía las manos levantadas sobre la cabeza, como si indicara que acababan de marcar un gol en un partido de fútbol. Cuando Rosie pasó junto a él, sus ojos la siguieron, estaba segura.
¡Eh, muñeca!, espetó el muchacho de piedra en su cabeza. ¿Te apetece echar un polvo? ¿Quieres hacer el perro conmigo?
Rosie se apartó de él y levantó las manos para protegerse, pero el muchacho de piedra volvía a ser sólo una estatua..., si es que en algún momento había sido otra cosa. De su pene desproporcionado caían gotas de agua. No tiene problemas para mantener la erección, pensó Rosie con la mirada fija en las pupilas sin vida y la sonrisa de algún modo demasiado sabia (¿Había estado sonriendo antes? Rosie no lo recordaba) del muchacho. Norman te envidiaría.
Pasó junto a la estatua y siguió por el camino que conducía a la arboleda muerta, reprimiendo el impulso de mirar por encima del hombro para asegurarse de que la estatua no la seguía para hacer algo con su erección de piedra. No se atrevía a mirar. Temía que su mente sobrecargada le hiciera ver algo que no existía.
La lluvia se había convertido en una leve llovizna, y de repente, Rosie se dio cuenta de que ya no oía al bebé. Tal vez se había dormido. A lo mejor el toro Erinyes se había cansado de escuchar su llanto y se lo había zampado como si fuera un canapé. En cualquier caso, ¿cómo iba a encontrarlo si no lloraba?
Cada cosa a su tiempo, Rosie, susurró la señora Práctica-Sensata.
-Para ti es fácil decirlo -replicó Rosie al mismo volumen.
Siguió avanzando mientras escuchaba las gotas de lluvia que caían de los árboles muertos y empezaba a darse cuenta, aunque a regañadientes, de que veía caras en la corteza. No era como cuando te tumbabas de espaldas y contemplabas las nubes, pues entonces era tu imaginación la que hacía el noventa por ciento del trabajo. Aquellos rostros eran reales. Gritaban. A Rosie le parecían rostros de mujer en su mayoría. Mujeres con las que alguien había hablado de cerca.
Tras recorrer otro trecho dobló un recordo y descubrió que el sendero estaba bloqueado por un árbol caído que en apariencia se había desplomado en el punto álgido de la tormenta. Uno de los lados aparecía astillado y ennegrecido. Varias de las ramas de ese costado aún humeaban perezosas, como las cenizas de una hoguera mal apagada. A Rosie le daba miedo encaramarse a él para pasar, pues el tronco estaría repleto de astillas, puntas y gubias.
Empezó a rodear el árbol por la derecha, donde las raíces aparecían arrancadas de la tierra, y casi había regresado al sendero cuando una de las raíces del árbol dio un respingo, tembló y se deslizó por su muslo como una polvorienta serpiente marrón.
¡Eh, muñeca! ¿Quieres hacer el perro? ¿Quieres hacer el perro, zorra?
La voz procedía de la caverna seca y arenosa que había dejado el árbol arrancado. La raíz se deslizó muslo arriba.
¿Quieres ponerte a cuatro patas, Rosie? ¿Qué te parece? Te daré por el culo, Rosie, te devoraré como si fueras un bocadillo de queso fundido. ¿O prefieres chuparme la polla infectada de sida... ?
-Suéltame -ordenó Rosie con calma al tiempo que apretaba el camisón arrugado contra la raíz que le atenazaba la pierna.
La raíz aflojó la presión y cayó al suelo. Rosie terminó de rodear el árbol y siguió caminando por el sendero. La raíz la había apretado de tal forma que tenía una marca roja en el muslo, pero no tardó en desaparecer. Suponía que tendría que estar aterrorizada por lo que acababa de suceder, que tal vez había algo que quería aterrorizarla. En tal caso, no había funcionado. Decidió que aquella cámara de los horrores era bastante cutre para alguien que había vivido con Norman Daniels durante catorce años.
7
Al cabo de cinco minutos llegó al final del sendero, que se abría a
un claro perfectamente redondo en cuyo centro se hallaba el único ser vivo de toda aquella desolación. Se trataba del árbol más hermoso que Rosie había visto en su vida, y por unos instantes olvidó respirar. Había asistido diligentemente a las clases de la Escuela Dominical Metodista de Aubreyville; recordaba la historia de Adán y Eva en el jardín del Edén, y creía que si realmente había existido el Árbol del Bien y el Mal, sin duda había tenido el mismo aspecto que éste.
Estaba cubierto de una espesa manta de hojas largas y estrechas de color verde brillante, y sus ramas pendían hacia el suelo por el peso
de los abundantes frutos granates. Las frutas caídas rodeaban el árbol en un montículo rojo violáceo que casaba a la perfección con el matiz
del vestido corto que llevaba la mujer a la que Rosie no se había atrevido a mirar. Muchas de aquellas frutas seguían frescas y gordezuelas; lo más probable era que hubieran caído durante la tormenta que acababa de alejarse. Incluso las piezas podridas tenían un aspecto irresistiblemente dulce; la boca de Rosie se contrajo de placer con la idea de recoger una de las frutas y morderla. Imaginó el sabor áspero y dulce a un tiempo, como el riubarbo cogido a primera hora de la mañana o las frambuesas seleccionadas un día antes de alcanzar la madurez perfecta. Mientras contemplaba el árbol, una de aquellas frutas (a los ojos de Rosie no se parecían en nada a las granadas) cayó de una rama sobrecargada, chocó contra el suelo y se abrió en varios pliegues de color rojo violáceo. Rosie vio las semillas esparcidas en los jugos.
Rosie avanzó un paso hacia el árbol y se detuvo. Seguía debatiéndose entre. dos polos. Por una parte, su mente creía que todo aquello tenía que ser un sueño, pero su cuerpo aseguraba con la misma firmeza que no podía ser, que nadie había tenido jamás un sueño tan vívido. Y ahora, como una brújula perturbada y atrapada en un paisaje demasiado atestado de minerales, Rosie oscilaba entre las teorías del sueño y la realidad. A la izquierda del árbol se abría lo que parecía una boca de metro. Escalones anchos y blancos conducían a las tinieblas. Sobre ellos se alzaba un plinto de alabastro sobre el que se veía una sola palabra esculpida: LABERINTO.
De verdad, esto es demasiado, pensó Rosie, pero pese a todo se acercó al árbol. Si aquello era un sueño no pasaría nada por seguir las instrucciones; a lo mejor incluso lograba adelantar el momento en que por fin se despertaría en su propia cama, alargando el brazo hacia el despertador, esperando silenciar su chillido moralista antes de que le abriese la cabeza. ¡Cómo le habría gustado escuchar ahora ese chillido! Tenía frío, los pies sucios, una rama se le había enredado en la pierna y había pasado junto a un muchacho de piedra que, de haber estado en el mundo como Dios manda, habría sido demasiado joven como para saber qué era lo que estaba mirando. Sobre todo tenía la sensación de que si no regresaba pronto a su habitación, lo más probable era que pillara un catarro como la copa de un pino, tal vez incluso una buena bronquitis. Eso acabaría con su cita del sábado y la mantendría alejada del estudio de grabación durante toda la semana siguiente.
Sin darse cuenta del absurdo que encerraba el hecho de creer que podía enfermar como consecuencia de una excursión realizada en un sueño, Rosie se arrodilló junto a la fruta caída. La examinó con atención, preguntándose qué sabor tendría (nada que ver con lo que se encontraba en el pasillo de productos frescos de A&P, de eso estaba segura), y a continuación desdobló una esquina del camisón. Arrancó otra tira para hacer un paño y tuvo más éxito del que esperaba. Dejó el trapo en el suelo y empezó a recoger semillas, colocándolas sobre la tela en la que pensaba llevarlas.
Buena idea, se dijo. Si supiera por qué narices quiero llevármelas...
Las yemas de los dedos se le durmieron de inmediato, como si le hubieran administrado una inyección de novocaína. Al mismo tiempo, la fragancia más exquisita del mundo le inundó las fosas nasales. Un olor dulce pero no floral que le recordó las tartas, pasteles y galletas que salían del horno de su abuela. También le recordó otra cosa, algo que estaba a años luz de la cocina de su abuela Weeks, con su linóleo desvaído y sus reproducciones de Currier & Ives: el modo en que se había sentido cuando la cadera de Bill rozó la suya al volver al Edificio Corn.
Colocó dos docenas de semillas sobre el trapo, titubeó un instante, se encogió de hombros y añadió otras dos docenas. ¿Bastarían? ¿Cómo iba a saberlo si ni siquiera sabía para qué servían? En cualquier caso, lo mejor era seguir adelante. De nuevo oía los lloros del bebé, pero ahora se le antojaban más bien gemidos resonantes, los sonidos que emiten los bebés cuando están a punto de renunciar y dormirse de una vez.
Dobló el trapo mojado y encajó las esquinas, formando un pequeño sobre que le recordó los paquetes de semillas que su padre compraba en la Burper Company al final de cada invierno, en la época en que Rosie aún asistía regularmente a las clases de la Escuela Dominical. Ya se sentía lo bastante a gusto en su desnudez como para sentirse exasperada en lugar de avergonzada: quería un bolsillo. Bueno, si los deseos fueran cerdos, el bacon siempre estaría de ofer...
La parte de su mente que era práctica y sensata se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer con sus dedos manchados de color rojo violáceo décimas de segundo antes de que se los metiera en la boca. Los apartó a toda prisa con el corazón latiéndole violentamente y ese olor entre áspero y dulce llenándole la cabeza. ¡No pruebes la fruta ni te metas en la boca la mano con la que cojas las semillas!
Aquel lugar estaba lleno de trampas.
Rosie se levantó sin dejar de mirarse los dedos manchados y dormidos como si los viera por primera vez. Se apartó del árbol rodeado de fruta caída y semillas derramadas.
No es el Árbol del Bien y el Mal, pensó Rosie. Tampoco es el Árbol de la Vida. Creo que es el Árbol de la Muerte.
Una pequeña ráfaga de viento pasó silbando junto a ella, agitando las hojas largas y bruñidas del granado, y Rosie tuvo la sensación de que pronunciaba su nombre en cien susurros leves y sarcásticos. Rosie, Rosie, Rosie...
Volvió a arrodillarse con la esperanza de encontrar algo de hierba viva, pero no había. Dejó en el suelo su camisón con la piedra envuelta en él, colocó encima el paquetito de semillas y por fin arrancó varios puñados de hierba muerta y mojada. Se restregó con ella la mano con la que había tocado las semillas. La mancha violácea se debilitó pero no desapareció del todo, y bajo sus uñas conservaba el mismo matiz brillante. Era como mirar una marca de nacimiento que nada puede acabar de borrar. Los llantos del bebé se tornaban cada vez más leves.
-Muy bien -masculló Rosie para sus adentros-. Note vuelvas a meter los dedos en la boca, maldita sea. ¡No te pasará nada si recuerdas eso!
Se acercó a la escalera que se adentraba en la tierra y se detuvo en la cima, asustada de la oscuridad e intentando hacer acopio de valor suficiente para bajar. La piedra de alabastro con la palabra LABERINTO esculpida sobre ella ya no le parecía un plinto, sino una lápida situada sobre una tumba estrecha y abierta.
Sin embargo, el bebé estaba allí abajo, llorando como lloran los bebés cuando nadie acude a consolarlos y por fin deciden arreglárselas como pueden. Fue ese sonido solitario lo que la puso en movimiento. Ningún bebé debería llorar hasta dormirse en un lugar tan solitario como aquél.
Rosie contó los escalones mientras descendía. En el séptimo pasó por debajo del alero que formaba la tierra abierta y la piedra blanca. En el decimocuarto miró por encima del hombro y vio el rectángulo de luz blanca que estaba dejando atrás, y cuando se volvió para seguir avanzando, el rectángulo seguía ante sus ojos, recortado contra la oscuridad como un fantasma reluciente. Siguió bajando y bajando; sus pies desnudos golpeaban la piedra. No conseguiría zafarse del terror que se había apoderado de su corazón. Tendría que aprender a aceptarlo.
Cincuenta escalones. Setena y cinco. Cien. Se detuvo al llegar al ciento veinticinco, pues se dio cuenta de que volvía a ver.
Eso es una locura, se dijo. Imaginaciones tuyas, Rosie, nada más.
Pero no eran imaginaciones suyas. Lentamente se llevó una mano al rostro. Tanto sus dedos como el paquetito que sostenían brillaban con un matiz verdoso opaco y embrujado. Levantó la otra mano, en laque llevaba la piedra envuelta en los restos del camisón. Veía, desde luego. Giró la cabeza a un lado y a otro. Las paredes de la escalera despedían un leve resplandor verdoso. En él retozaban perezosamente formas negras, como si las paredes fueran los vidrios de acuarios en los que flotaban y se retorcían cosas muertas.
¡Basta, Rosie! ¡Deja de pensar así!
Pero no podía. Sueño o no sueño, el pánico y el impulso de re
troceder se hallaban muy cerca de ella.
¡Pues entonces no mires!
Buena idea. Una idea genial. Rosie bajó la mirada hacia los mortecinos fantasmas en rayos X que eran sus pies y siguió descendiendo sin
dejar de contar los escalones en un susurro. La luz verde se tornaba más brillante a medida que bajaba, y cuando llegó al peldaño doscientos veinte, el último, era como si se hallara en un escenario iluminado con suaves focos de color verde. Alzó la vista, intentando prepararse mentalmente para lo que pudiera ver. El aire húmedo pero fresco se movía..., pero le hizo llegar un olor que no le gustó demasiado. Era un olor a zoo, como si algo salvaje acechara allí abajo. Y así era, por su puesto: el toro Erinyes.
Ante ella se alzaban tres paredes sueltas de piedra, cuyos cantos veía y que se perdían en las tinieblas. Cada una de ellas medía unos cuatro metros de altura, demasiado altas como para que pudiera ver por encima. Brillaban en aquel tono verde opaco, y Rosie examinó con nerviosismo los cuatro pasadizos estrechos que formaban. ¿Cuál de ellos debía tomar? En algún lugar, el bebé seguía llorando..., pero el sonido se debilitaba cada vez más. Era como escuchar una radio a la que estuvieran bajando el volumen de forma inexorable.
-¡Llora! -gritó Rosie, y de inmediato se encogió al oír los ecos de su voz-. ¡Ora... ora... ora!
Nada. Los cuatro pasadizos, las cuatro entradas del laberinto, se abrían en silencio ante ella, como estrechas bocas verticales abiertas en idénticas expresiones de asombro. A cierta distancia, en el segundo empezando por la derecha, vio un bulto oscuro.
Sabes muy bien lo que es, pensó. Después de pasarte catorce años escuchando a Norman y a sus amigos, tendrías que ser bastante idiota para no reconocer la mierda en cuanto la ves.
Aquella idea y los recuerdos que la acompañaban, recuerdos de aquellos hombres sentados en la sala de recreo, hablando del trabajo y tomando cervezas y hablando del trabajo y fumando cigarrillos y hablando del trabajo y contando chistes de negros, portorriqueños y mexicanos y hablando del trabajo, la hicieron enfadar. En lugar de cerrar el paso a aquella emoción, Rosie se rebeló contra el entrenamiento de una vida entera y la acogió con los brazos abiertos. Le sentaba bien estar enfadada, estar cualquier cosa menos aterrorizada. De niña había sido capaz de proferir unos chillidos realmente estridentes, la clase de chillido agudo y taladrante que rompía vidrios y destrozaba tímpanos. A los diez años la habían regañado y avergonzado tanto, diciéndole que no era propio de una señorita, aparte de que destrozaba el cerebro, que dejó de usarlo. En aquel momento, Rosie decidió comprobar si todavía figuraba en su repertorio. Aspiró una gran bocanada de aire húmedo y subterráneo, cerró los ojos y recordó cómo jugaba a Atrapar la Bandera detrás de la escuela de Elm Street o a Policías y Ladrones en el jardín trasero descuidado y cubierto de maleza de Billy Calhoun. Por un instante creyó incluso oler el reconfortante aroma de su camisa de franela favorita, la que había llevado hasta que casi se le rasgó en la espalda, y de repente abrió la boca y profirió uno de aquellos alaridos estridentes de antaño.
La inundó una oleada de alegría extasiada al oír que sonaba igual que en los viejos tiempos, pero había algo aún mejor; la hizo sentir como si en realidad hubiera regresado a los viejos tiempos, como una combinación de Superwoman, la Mujer Biónica y la increíble tiradora Anme Oakley. Y al parecer seguía afectando a los demás, porque el bebé reanudó sus lloros aun antes de que Rosie terminara de enviar su alarido de guerra a la pétrea oscuridad. De hecho, el bebé empezó a gritar a pleno pulmón.
Deprisa, Rosie, tienes que darte prisa. Si la pequeña está muy cansada no mantendrá este volumen durante mucho rato.
Rosie avanzó unos pasos sin dejar de observar los cuatro pasadizos del laberinto y a continuación pasó por delante de cada una de las entradas, escuchando. Era posible que el llanto de la niña sonara con mayor claridad delante de la tercera entrada, pero tal vez no eran más que imaginaciones suyas. Sin embargo, por algún sitio había que empezar. Echó a andar por aquel pasadizo con los pies desnudos golpeteando el suelo de piedra, pero de repente se detuvo con la cabeza ladeada, mordiéndose el labio inferior. Al parecer, su viejo grito de guerra no sólo había alterado al bebé. En algún lugar, aunque Rosie no podía asegurar a qué distancia por culpa del eco, oyó el sonido de cascos sobre piedra. Se movían perezosos, ora más cerca, ora más lejos (eso asustaba a Rosie más que el sonido en sí), y a veces desaparecían por completo. Oyó un resoplido grave y mojado, seguido de un gruñido aún más grave. Y acto seguido de nuevo la pequeña, cuyos lloros empezaban a remitir una vez más.
Rosie imaginó vívidamente al toro, un animal enorme de pelaje hirsuto y lomo negro sobresaliendo por encima de la cabeza baja. Llevaría un anillo de oro en el hocico, por supuesto, como el Minotauro del libro de mitología que tenía cuando era pequeña, y la luz verde que despedían las paredes arrancaría destellos líquidos a aquel anillo. Erinyes acechaba tranquilamente en uno de los pasadizos que se extendían ante ella, con los cuernos echados hacia delante para el ataque. Aguzando el oído. Esperándola.
Avanzó por el pasadizo de iluminación mortecina, deslizando una mano por la pared, aguzando el oído para oír a la niña y al toro. Asimismo, estaba atenta por si había desvíos, pero no vio ninguno. Al menos de momento. Al cabo de unos tres minutos, el pasadizo que había escogido terminaba en una encrucijada en forma de T. El sonido del bebé parecía algo más fuerte a la izquierda que a la derecha (o es que tengo un oído dominante además de una mano dominante, se preguntó), de modo que tomó aquel camino. Tras avanzar tan sólo dos pasos se detuvo en seco. De repente supo para qué necesitaba las semillas; era una Gretel subterránea y no tenía hermano con quien compartir sus temores. Retrocedió hasta la encrucijada, se arrodilló y desdobló un lado del paquete. Dejó una semilla en el suelo, con la punta afilada apuntando en la dirección por la que había llegado hasta allí. A1 menos, pensó, no había pájaros que pudieran picotear su pista.
Rosie se levantó y echó a andar de nuevo. En cinco pasos llegó a otro pasadizo. Lo escudriñó y descubrió que a pocos metros de distancia se dividía en tres pasillos. Escogió el del centro y lo marcó con una semilla de granada. Al cabo de treinta pasos y dos recodos, el pasadizo moría en una pared de piedra en la que se veían esculpidas cinco palabras: ¿QUIERES HACER EL PERRO CONMIGO?
Rosie regresó a la última encrucijada, se agachó para recoger la semilla y la colocó en la entrada de otro de los pasillos.
8
No sabía cuánto tiempo había tardado en abrirse paso hasta el centro del laberinto, porque perdió la noción del tiempo por completo. Sabía que no podía haber pasado tanto tiempo porque el llanto de la niña continuaba..., aunque de forma intermitente cuando Rosie ya estaba muy cerca. En dos ocasiones había vuelto a oír los cascos del toro martilleando el suelo de piedra, una vez a lo lejos y la segunda tan cerca que Rosie se llevó las manos al pecho mientras esperaba a que el animal apareciera al final del pasillo en que se encontraba.
Si se veía obligada a retroceder, siempre recogía la última semilla para no equivocarse al salir. Había empezado con casi cincuenta; al doblar una esquina y ver un brillo mucho más intenso frente a ella, no le quedaban más que tres.
Caminó hasta el final del pasadizo y se detuvo en la boca del mismo, contemplando la sala cuadrada de piedra que se abría ante ella. Alzó la mirada esperando ver un techo, pero tan sólo vio una oscuridad cavernosa que le dio vértigo. Bajó los ojos, distinguió unos cuantos montículos más de estiércol repartidos por el suelo y por fin centró su atención en el centro de la sala. Tendida sobre una pila de mantas se veía una niña pequeña y rubia. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y las mejillas surcadas de lágrimas, pero en aquel momento guardaba silencio. Había levantado las piernecitas y al parecer intentaba mirarse los dedos de los pies. De vez en cuando emitía una especie de jadeo sollozante que conmovió a Rosie mucho más que los alaridos de antes; era como si la pequeña supiera que la habían abandonado.
Tráeme a mi bebé.
¿El bebé de quién? ¿Quién es ella en realidad? z Y quién la ha traído hasta aquí?
Decidió que no le importaban las respuestas a aquellas preguntas, al menos de momento. Lo único que importaba era que aquella niña estaba allí acostada, tan dulce y sola, intentando consolarse con los dedos de los pies a aquella fría luz verdosa que brillaba en el corazón del laberinto.
Y esta luz no puede ser buena para ella, pensó Rosie distraída al tiempo que corría hacia el centro de la sala. Seguro que emite alguna clase de radiación.
La niña volvió la cabeza, vio a Rosie y le tendió los brazos. Con aquel gesto se granjeó el corazón de Rosie. Envolvió con la primera manta el pecho y el vientre de la niña antes de levantarla en volandas. El bebé aparentaba tener unos tres meses. Rodeó el cuello de Rosie con los bracitos y dejó caer la cabeza sobre su hombro con un golpecito seco. De nuevo empezó a sollozar, pero muy débilmente.
-Tranquila -murmuró Rosie al tiempo que acariciaba aquella espalda diminuta y envuelta en la manta.
Percibió el olor de la piel del bebé, cálido y más dulce que cualquier perfume. Olió la fragancia del cabello fino que flotaba en torno al cráneo perfecto.
-Tranquila, Caroline, no pasa nada, vamos a salir de este sitio tan asquero...
De repente oyó el martilleo de cascos que se acercaban a sus espaldas y cerró la boca, rogando a Dios que el toro no hubiera oído su voz desconocida, rezando por que los cascos dieran media vuelta y se alejaran cuando Erinyes escogiera un camino que no la condujera hasta ella. Pero no sucedió así. Los cascos se aproximaron más y se tornaron más secos a medida que el toro avanzaba hacia el corazón del laberinto. De repente se detuvieron, pero Rosie oyó algo grande respirando con fuerza, como un hombre corpulento que acabara de subir la escalera.
Muy despacio, sintiéndose vieja y rígida, Rosie se volvió hacia el sonido con el bebé en brazos. Se volvió hacia Erinyes, y Erinyes estaba allí.
Ese toro me olería y vendría corriendo. Eso era lo que había dicho la mujer del vestido rojo... y otra cosa. Vendría a por mí, pero las dos moriríamos. ¿La había olido Erinyes? ¿La había olido a pesar de que no era luna llena para ella? Rosie no lo creía. Creía que el toro era el encargado de vigilar a la niña, tal vez de vigilar cualquier cosa que se hallara en el corazón del laberinto, y que era el llanto del bebé lo que lo había atraído, al igual que había sucedido con Rosie. Tal vez eso era importante, pero tal vez no. En cualquier caso, el toro estaba allí y era la bestia más fea que Rosie había visto en su vida.
Estaba en la boca del pasadizo por el que acababa de llegar, y tenía una forma tan extraña como el templo que Rosie había atravesado; era como si estuviera mirándolo a través de corrientes de agua clara y en rápido movimiento. Sin embargo, el toro no se movía en absoluto, al menos de momento. Mantenía la cabeza baja. Con uno de los enormes cascos delanteros, tan hendido que parecía la garra de un pájaro gigantesco, golpeaba el suelo sin cesar. Sus hombros eran bastante más altos que Rosie, y calculó que pesaría unas dos toneladas como mínimo. La parte superior de su cabeza era plana como un martillo y brillante como la seda. Tenía cuernos cortos, de poco menos de treinta centímetros, pero gruesos y afilados. A Rosie no le costó imaginar cómo se los clavaba en el vientre desnudo... o en la espalda si intentaba escapar. Sin embargo, no podía imaginar qué sensación produciría aquella muerte, ni siquiera después de todos los años que había pasado con Norman.
El toro levantó un poco la cabeza, y Rosie comprobó que en efecto sólo tenía un ojo, una cosa azul y turbia, enorme y grotesca, situada sobre el hocico. Cuando el animal volvió a bajar la cabeza y a golpear el suelo con el casco, Rosie comprendió otra cosa: el toro se estaba preparando para atacar.
La niña profirió un alarido estridente que sobresaltó a Rosie.
-Chist -susurró meciéndola en sus brazos-. Chist, pequeña, no tengas miedo, no tengas miedo.
Pero había miedo, y mucho. El toro parado delante de la estrecha boca del pasadizo estaba a punto de abrirle la cremallera de las entrañas y decorar con ellas las curiosas paredes relucientes. Suponía que se recortarían negras sobre la superficie verde, como las sombras que de vez en cuando parecían retorcerse en la piedra. En aquella cámara no había donde esconderse, ni un triste pilar, y si corría hacia el pasadizo por el que había llegado, el toro ciego oiría el sonido de sus pies sobre la piedra y le cortaría el paso antes de que pudiera escapar; le daría una cornada, la arrojaría contra la pared, la volvería a cornear y por fin la pisotearía hasta matarla. Y a la niña también, si Rosie conseguía seguir sosteniéndola en brazos.
Tiene sólo un ojo y es ciego, pero a su olfato no le pasa nada.
Rosie se quedó mirando a la bestia con los ojos abiertos de par en par, fascinada por el casco que golpeaba el suelo. Cuando aquellos golpes cesaran...
Bajó los ojos hacia el camisón mojado y arrugado que sostenía en la mano. El camisón arrugado que envolvía la piedra enrollada en el trapo.
A su olfato no le pasa nada.
Hincó una rodilla en tierra sin perder de vista al toro y apretando a la niña contra su hombro con la mano derecha. Con la izquierda desdobló el camisón. Antes, el trapo con que había envuelto la piedra había sido de color rojo oscuro gracias a la sangre de «Wendy Yarrow», pero la tormenta se había llevado la mayor parte de la sangre, y la tela había adquirido un matiz rosado. Sólo las esquinas del trapo, las que había atado, eran de un color más brillante, de color rosa violáceo, de hecho.
Rosie cogió la piedra con la mano derecha y la sopesó. En el momento en que el toro flexionaba las patas, hizo rodar la piedra por el suelo a la izquierda del toro. Éste giró la cabeza pesadamente hacia ese lado, sus fosas nasales aletearon, y por fin se abalanzó hacia lo que oía y olía.
Rosie se levantó a la velocidad del rayo. Dejó los restos arrugados del camisón junto a la pila de mantas del bebé. Aún llevaba en la mano el paquetito con las tres semillas, pero no se dio cuenta. Tan sólo era consciente de que corría por la sala en dirección al pasadizo que quería tomar, mientras a sus espaldas el toro Erinyes atacaba la piedra, la coceaba, la perseguía, la golpeaba con la cabeza chata y la volvía a perseguir, enviándola a uno de los otros pasadizos para volver a perseguirla, gruñendo con voz ronca. Rosie corría, sí, pero a cámara lenta, y todo aquello se le antojaba de nuevo un sueño, porque así se corría siempre en los sueños, sobre todo en las pesadillas, cuando el enemigo te pisaba los talones. En las pesadillas, las huidas siempre se convertían en danzas subacuáticas.
Rosie entró en el estrecho pasadizo en el momento en que oía que el toro daba la vuelta y se acercaba de nuevo a ella. Se aproximaba deprisa, cerniéndose sobre ella, y Rosie gritó apretando contra sí a la pequeña, que gritaba asustada, sin dejar de correr como alma que lleva el diablo. De nada le sirvió. El toro era más rápido. La alcanzó... y luego desapareció al otro lado de la pared que se alzaba a su derecha. Erinyes había descubierto el truco de la piedra a tiempo para dar media vuelta y alcanzarla, pero se había equivocado de pasadizo.
Rosie siguió corriendo entre jadeos, con la boca seca y el pulso latiéndole en las sienes, la garganta y los ojos. No tenía ni idea de dónde estaba o en qué dirección corría; ahora todo dependía de las semillas. Si había olvidado siquiera una podía pasarse horas deambulando por el laberinto, hasta que el toro la encontrara y acabara con ella.
Llegó a una encrucijada de cinco pasadizos y se agachó, pero no vio ninguna semilla. Sin embargo, sí vio un charquito reluciente y aromático de pis de toro, y de repente se le ocurrió una idea terriblemente plausible. ¿Y si había dejado una semilla en aquel lugar? No recordaba haber dejado ninguna, pero tampoco recordaba no haberla dejado. ¿Y si había dejado una y el toro la había recogido con el casco mientras atravesaba la encrucijada con la cabeza gacha, los cuernos cortos y afilados surcando el aire, rociando pis mientras galopaba?
No puedes pensar en eso, Rosie... Sea plausible o no, no puedes pensar en ello. Te quedarás paralizada, y el toro acabará por mataros a las dos.
Atravesó la encrucijada sujetando el cuello de la niña con una mano para que la cabeza no le oscilara. El pasadizo continuaba en línea recta unos veinte metros, describía un ángulo recto y luego proseguía otros veinte metros hasta una intersección en forma de T. Se dirigió hacia allí, repitiéndose que no debía perder los nervios si no encontraba ninguna semilla. En tal caso se limitaría a retroceder hasta la encrucijada de cinco pasadizos y tomaría otro, coser y cantar, más fácil imposible, estaba chupado... si lograba no perder los nervios, claro está. En el momento en que se estaba preparando para asimilar aquel pensamiento, una voz desconocida y asustada gimió desde lo más profundo de su mente: Te has perdido, eso es lo que has conseguido por abandonar a tu marido, eso es lo que pasa, te pierdes en un laberinto y juegas al gato y al ratón en la oscuridad con un toro, haces recados para mujeres chifladas... Eso es lo que les pasa a las esposas malas, a las mujeres que no saben quedarse en su lugar. Se pierden en la oscuridad...
Vio la semilla, con la punta afilada señalando claramente hacia el brazo derecho de la encrucijada, y sollozó aliviada. Besó a la niña en la mejilla y comprobó que se había dormido otra vez.
9
Rosie torció a la derecha y empezó a caminar con Caroline -un nombre como cualquier otro, al fin y al cabo- bien segura entre sus brazos. En ningún momento llegó a perder del todo esa sensación infernal de estar flotando ni el miedo de que llegaría a una encrucijada en la que habría olvidado dejar una semilla, pero encontró la semilla en cada cruce. Pero Erinyes también seguía allí, y el retumbar de sus cascos sobre la piedra, a veces lejanos y amortiguados, otras cercanos y terriblemente intensos, le recordaban el viaje que había hecho con sus padres a Nueva York cuando tenía unos cinco o seis años. Las dos cosas que mejor recordaba de aquel viaje eran las coristas marchando por el escenario del Radio City Music Hall, las piernas moviéndose al unísono, y el barullo y la confusión de la Estación Central que tanto la había intimidado, con todos aquellos ecos y los enormes rótulos iluminados y la gente yendo y viniendo en oleadas. La gente de la estación la había fascinado tanto como las coristas (y por muchas de las mismas razones, aunque esa idea no se le ocurriría hasta más tarde), pero el estruendo de los trenes la había aterrado, porque no sabía de dónde venían o adónde iban. Los chirridos y traqueteos incorpóreos se acercaban y alejaban, a veces distantes, otras tan cercanos que el suelo vibraba. A1 escuchar al toro Erinyes correr ciegamente por el laberinto, Rosie volvió a ver aquella imagen del pasado con asombrosa claridad. Comprendió que ella, que nunca había invertido un solo dólar en la lotería ni jugado un solo cartón del bingo de la iglesia para ganar un pavo o un juego de vasos, estaba participando ahora en un juego de azar en el que el premio era su vida y la pérdida su muerte... y la del bebé. Pensó en el hombre de la terminal de Portside, el hombre del rostro apuesto y poco digno de confianza que jugaba a los triles sobre la maleta. Ahora ella se había convertido en el as de picas. La cruda realidad era que el toro no precisaba el oído ni el olfato para encontrarla; podía tropezarse con ella por pura casualidad.
Pero aquello no sucedió. Rosie dobló el último recodo y vio la escalera ante ella. Jadeando, llorando y riendo a un tiempo salió del pasadizo y corrió hacia ella. Subió media docena de peldaños y miró atrás. Desde allí veía el laberinto adentrarse en la oscuridad, una confusión de esquinas, encrucijadas y callejones sin salida. En alguna parte oyó el galope de Erinyes. El galope que se alejaba. Se habían salvado, y Rosie dejó caer los hombros en un suspiro de alivio.
La voz de «Wendy Yarrow» le llenó los oídos. Deja eso ahora... tienes que volver con la niña. Lo has hecho muy bien, pero todavía no has acabado.
No, era cierto. Le quedaban doscientos peldaños que subir, esta vez con una niña en brazos, y la verdad es que estaba exhausta.
Paso a paso, querida, advirtió la señora Práctica-Sensata. Así es como tienes que hacerlo. Paso a paso.
Sí, sí, señora Práctica y Sensata, Reina de la Filosofía de los doce pasos.
Rosie empezó a subir (paso a paso), mirando por encima del hombro y pensando pensamientos
(¿saben los toros subir escaleras?) .
medio articulados mientras el laberinto quedaba atrás. La niña se le antojaba cada vez más pesada, como si en aquel lugar rigiera una extraña ley matemática. Cuanto más cerca de la superficie, más pesada se tornaba la niña. Sobre ella vio un rayo de claridad diurna y se concentró en él. Durante un rato pareció burlarse de ella y no acercarse en absoluto mientras su respiración se hacía cada vez más dificultosa y la sangre le palpitaba en las sienes. Por primera vez en casi dos semanas empezaron a dolerle los riñones, a latirle en un contrapunto amortiguado que armonizaba con su corazón cansado. Hizo caso omiso de todos aquellos síntomas, al menos en la medida de lo posible, y mantuvo la vista clavada en el rayo de luz. Por fin empezó a engrandecerse y a adquirir la forma de la abertura de la superficie.
A cinco peldaños del final, un calambre paralizador le atenazó los grandes músculos del muslo derecho, endureciéndole la carne desde la rodilla hasta la nalga derecha. Cuando alargó el brazo para masajearse la pierna tuvo la sensación de estar moldeando piedra dura. Con un leve gruñido y la boca contraída en una mueca de dolor, trabajó los músculos (otra cosa que había aprendido a hacer sola muchas veces a lo largo de su matrimonio) hasta que por fin empezaron a relajarse. Flexionó la pierna a la altura de la rodilla para comprobar si el calambre volvía a apoderarse de ella. No fue así, por lo que Rosie subió los últimos escalones intentando usar la pierna derecha lo menos posible. Una vez arriba se detuvo mirándolo todo deslumbrada, como un minero que, en contra de sus expectativas, hubiera sobrevivido a un terrible hundimiento.
Las nubes se habían disuelto mientras estaba en el laberinto, y el día aparecía iluminado por la turbia luz del sol. El aire era pesado y húmedo, pero Rosie creía que jamás había aspirado algo tan dulce. Volvió el rostro surcado de sudor y lágrimas hacia el azul celeste que se apreciaba entre las escasas nubes. En alguna parte seguían retumbando los truenos, pero ya no parecían más que chulos abatidos que profirieran amenazas vanas. Aquello le recordó a Erinyes, que seguiría corriendo en la oscuridad, buscando aún a la mujer que había invadido su territorio y robado su tesoro. Cherchez la femme, pensó Rosie con el atisbo de una sonrisa. Puedes cherchez todo lo que te venga en gana, grandullón; esta femme, por no mencionar a su petite fille, se ha largado.
10
Rosie se alejó despacio de la escalera. Al llegar al sendero que conducía a la arboleda muerta se sentó con la niña sobre el regazo. Sólo pretendía recobrar el aliento, pero el sol le calentaba la espalda, y cuando volvió a levantar la cabeza, un leve cambio en la proyección de su sombra le hizo pensar que tal vez se había quedado dormida.
Cuando se levantó con una mueca por el dolor que se apoderó de los músculos del muslo derecho, oyó el grito ronco y enojado de muchos pájaros que parecían una gran familia enzarzada en una enconada disputa durante la cena del domingo. La niña emitió un leve ronquido cuando Rosie la cambió de posición para que estuviera más cómoda, hizo una burbujita de saliva en los labios fruncidos y calló. Rosie adoraba y envidiaba a un tiempo su tranquilidad plácida y dormida.
Siguió andando por el sendero y se volvió para contemplar el único árbol vivo de hojas verdes y brillantes, la abundancia de frutos rojos violáceos y la boca de metro estilo Fábulas Clásicas. Se quedó mirando aquellas cosas durante largo rato, llenándose los ojos y la mente de ellas.
Son reales, se dijo. ¿Qué más pueden ser estas cosas que veo con tanta claridad? Y me he quedado dormida, lo sé. ¿Cómo es posible dormir en un sueño? ¿Cómo puede una dormirse si ya está dormida?
Olvídalo, aconsejó la señora Práctica-Sensata. Será lo mejor, al menos por ahora.
Sí, probablemente tenía razón.
Rosie reemprendió el regreso y al llegar al árbol caído que bloqueaba el sendero se dio cuenta, entre divertida y exasperada, de que podía haber evitado el difícil rodeo en torno a las raíces nudosas, pues había un camino muy sencillo por encima del tronco.
Bueno, al menos ahora, pensó Rosie mientras lo tomaba. ¿Estás segura de que antes ya estaba, Rosie?
El chapoteo del río negro llegó hasta ella, y cuando alcanzó la orilla comprobó que el nivel había empezado a descender y que las rocas de paso ya no parecían tan peligrosamente pequeñas; ahora aparentaban ser del tamaño de baldosas, y el agua había perdido aquella fragancia tan ominosamente atractiva. Ahora simplemente olía a agua dura, la clase de agua que deja marcas anaranjadas alrededor de los desagües de la bañera y el lavabo.
El chillido enojado de los pájaros (Has sido tú. No, tú. No, tú. Tú. Tú.) empezó de nuevo, y Rosie vio veinte o treinta de los pájaros más grandes que había visto en su vida alineados a lo largo del punto más elevado del tejado del templo. Eran demasiado grandes como para ser cuervos, y al cabo de un instante, Rosie decidió que eran la versión de este mundo de las águilas ratoneras o los buitres. Pero ¿de dónde habían salido? ¿Y por qué estaban allí?
Sin darse cuenta de lo que hacía hasta que la niña se retorció y protestó en sueños, Rosie la apretó contra su pecho con más fuerza sin perder de vista a los pájaros. Todos ellos levantaron el vuelo al mismo tiempo, y sus alas emitieron el mismo sonido que sábanas en un tendedero. Era como si hubieran advertido que Rosie los observara y eso no les hiciera gracia. La mayoría de ellos fue a posarse en los árboles muertos que se alzaban a sus espaldas, pero algunos siguieron volando por el cielo brumoso, planeando en círculos como malos augurios en una película del oeste.
¿De dónde han salido? ¿Qué quieren?
Más preguntas para las que Rosie no tenía respuestas. Las desterró de su mente y cruzó las rocas del río. Mientras se acercaba al templo vio un sendero descuidado pero visible que transcurría a lo largo del flanco pétreo del edificio. Rosie lo tomó sin vacilar un instante, a pesar de que iba desnuda y el sendero estaba rodeado a ambos lados de zarzales. Caminaba con cuidado, ladeando el cuerpo para evitar que la cadera le rozase las plantas hirientes, sosteniendo a
(Caroline)
la niña de forma que no le hicieran daño. Rosie no pudo evitar unos cuantos arañazos pese a las precauciones que tomó, pero sólo uno de ellos, precisamente en el muslo derecho que tanto había sufrido ya, lo bastante profundo como para hacerle sangre.
Cuando dobló la esquina del templo y examinó la fachada le pareció que el edificio había cambiado de algún modo y que la transformación era tan fundamental que no alcanzaba a comprenderla. Por un instante olvidó la idea al ver que «Wendy» seguía junto al pilar caído, pero tras avanzar otra docena de pasos en dirección a la mujer del vestido rojo, Rosie se detuvo y miró atrás, abriendo los ojos, abriendo la mente para ver de verdad el templo.
Esta vez reconoció el cambio de inmediato y emitió un gruñido de sorpresa. El Templo del Toro parecía rígido e irreal..., bidimensional. A Rosie le recordó un verso que había leído en el instituto, un verso acerca de un navío pintado en un océano pintado. La sensación extraña e inquietante de que el templo carecía de perspectiva (o de hallarse en un extraño mundo no euclidiano en el que todas las leyes geométricas eran distintas) la había abandonado, y el templo había perdido su aura amenazadora. Ahora sus líneas se le antojaban rectas en todos los lugares donde debían ser rectas; no había en la arquitectura curvas ni ángulos repentinos que perturbaran el ojo. De.hecho, el templo parecía un cuadro pintado por un artista cuyo talento mediocre y romanticismo barato se hubieran combinado para crear una obra de arte mala, la clase de pintura que siempre acababa cubierta de polvo en un rincón del sótano o un estante del desván, junto con números atrasados del National Geographic y montones de rompecabezas a los que les faltaban un par de piezas.
O tal vez en el tercer pasillo de una casa de empeños, aquél por el que apenas pasa gente.
-¡Mujer! ¡Eh, mujer!
Giró sobre sus talones para encararse con «Wendy» y vio que la llamaba por señas con aire impaciente.
-¡Date prisa! ¡Trae a la niña! ¡Esto no es una atracción turística!
Rosie no le hizo caso. Había arriesgado su vida por aquella niña y no iba a permitir que le metieran prisas. Apartó la manta y contempló ese cuerpo tan desnudo y femenino como el suyo. Sin embargo, allí terminaba todo el parecido. La niña no tenía cicatrices ni marcas que recordaran dientes de ratonera. Por lo que Rosie sabía, no había una sola mácula en aquel cuerpo pequeño y maravilloso. Con un dedo resiguió la silueta entera de la niña, desde el tobillo hasta la cadera y de allí al hombro. Perfecto.
Sí, perfecto. Y ahora que has arriesgado la vida por ella, Rosie, ahora que la has salvado de las tinieblas, el toro y Dios sabe cuántas cosas más, ¿tienes intención de entregarla a esas dos mujeres? Las dos tienen una enfermedad, y la de la colina sufre además trastornos mentales. Trastornos mentales graves. ¿Tienes intención de entregarles a la niña?
-No le pasará nada -aseguró la mujer de piel oscura.
Rosie se volvió en dirección a la voz. «Wendy Yarrow» estaba justo detrás de ella y observaba a Rosie con una comprensión absoluta.
-Sí -asintió como si Rosie hubiera expresado sus dudas en voz alta-. Sé lo que estás pensando y te digo que no pasa nada. Está loca, eso está más claro que el agua, pero su locura no se extiende a la niña. Sabe que aunque la llevó en su vientre no podrá quedársela, igual que no puedes quedártela tú.
Rosie miró hacia la colina, donde la mujer de la túnica esperaba junto al poni.
-¿Cómo se llama? -inquirió-. La madre de la niña. ¿Es...
-Eso no importa -la atajó la mujer de piel oscura y vestido rojo como si temiera que Rosie pronunciara una palabra que mejor sería callar-. Su nombre no importa. Lo que importa es su cabeza. Últimamente se ha vuelto muy impaciente, además de muchas otras cosas. Será mejor que nos dejemos de cháchara y subamos.
-Tenía pensado llamar Caroline a mi hija -explicó Rosie-. Norman dijo que le parecía bien, aunque en realidad le importaba un bledo.
Rosie empezó a llorar.
-Me parece un nombre muy bonito. Un nombre bueno. No llores, vamos. Deja de llorar. -Rodeó con el brazo los hombros de Rosie y la condujo colina arriba; la hierba susurraba al rozar las piernas desnudas de Rosie y le hacía cosquillas en las rodillas-. ¿Quieres un consejo, mujer?
Rosie la miró con curiosidad.
-Sé que es difícil aceptar consejos en asuntos de penas, pero piensa que soy bastante indicada para darte uno. Nací esclava, me crié encadenada y me liberó una mujer que no es del todo diosa. Ella.
Señaló a la mujer que las esperaba en silencio.
-Ha bebido las aguas de la juventud y me ha hecho beberlas a mí también. Ahora estamos juntas, y no sé ella, pero a veces cuando me miro al espejo me gustaría ver arrugas. He enterrado a mis hijos, a los hijos de mis hijos y así sucesivamente hasta cinco generaciones. He visto las guerras llegar e irse como olas en la playa que borran las huellas y se llevan los castillos de arena. He visto cuerpos en llamas y cientos de cabezas ensartadas en postes a lo largo de las calles de la Ciudad de Lud. He visto a líderes sabios asesinados y a locos ocupar sus puestos, y aún estoy viva.
Exhaló un profundo suspiro.
-Aún estoy viva, y eso es lo que me convierte en una persona indicada para darte un consejo. ¿Quieres oírlo? Contesta. No es un consejo que ella deba oír, y ya estamos muy cerca.
-Sí, quiero oírlo -asintió Rosie.
-Es mejor ser despiadado con el pasado. Lo importante no son los golpes que hemos recibido, sino los que hemos sobrevivido. Y recuerda, por tu cordura si no por tu vida, ¡no la mires a la cara!
La mujer de rojo pronunció aquellas últimas palabras en un susurro enfático. Al cabo de menos de un minuto, Rosie volvía a hallarse ante la mujer rubia. Clavó la mirada en el dobladillo de la túnica de Rose Madder y no se dio cuenta de que abrazaba a la niña con demasiada fuerza hasta que Caroline se removió en sus brazos y agitó un brazo con aire indignado. La niña se había despertado y observaba a Rosie con gran interés. Sus ojos tenían el mismo matiz azul brumoso que el cielo estival.
-Lo has hecho muy bien -alabó aquella voz grave, dulce y embriagadora-. Te doy las gracias. Y ahora dámela.
Rose Madder extendió las manos salpicadas de sombras. Y en aquel momento, Rosie vio otra cosa que aún le hizo menos gracia; entre los dedos de la mujer se extendía un fango gris verdoso que parecía musgo. O escamas. Sin pensar en lo que hacía, Rosie apretó ala niña contra sí. Esta vez, Caroline se retorció con más fuerza y profirió un gritito.
Una mano oscura oprimió el hombro de Rosie.
-No pasa nada, ya te lo he dicho. Nunca le haría daño, y me ocuparé personalmente de ello hasta que termine nuestro viaje. No falta mucho para que entregue a la niña a..., bueno, eso no importa. La niña le pertenecerá aún por un tiempo. Dásela.
Con la sensación de que era lo más difícil que había hecho en una vida llena de cosas difíciles, Rosie le alargó a la niña. Oyó un leve gruñido de satisfacción cuando las manos envueltas en sombras tomaron a la pequeña. Ésta alzó la mirada hacia el rostro que Rosie tenía prohibido mirar... y se echó a reír.
-Sí, sí -ronroneó la voz dulce y embriagadora, y en ella Rosie percibió algo de la sonrisa de Norman, aquella sonrisa que le daba ganas de gritar-. Sí, bonita, estaba oscuro, ¿verdad? Oscuro, feo y malo, oh, sí, mamá lo sabe.
Las manos manchadas alzaron al bebé para apretarlo contra el vestido rojo violáceo. La niña levantó la cabeza, sonrió, sepultó la carita en el pecho de su madre y cerró los ojos.
-Rosie -dijo la mujer de la túnica con voz distraída, pensativa y demente, la voz de un déspota que pronto se hará con el control personal de varios ejércitos imaginarios.
-Sí -casi susurró Rosie.
-Realmente Rosie. Rosie Real.
-S-sí, eso creo.
-¿Recuerdas lo que te he dicho antes de que bajaras?
-Sí -asintió Rosie-, lo recuerdo muy bien.
Ojalá no lo recordara. .
-¿Qué te he dicho? -insistió Rose Madder con aire codicioso-. ¿Qué te he dicho, Rosie Real?
-«Yo resarzo».
-Sí, yo recompenso. ¿Lo has pasado mal en la oscuridad? ¿Lo has pasado mal, Rosie Real?
Rosie reflexionó sobre el asunto.
-Sí, pero la oscuridad no ha sido lo peor. Creo que lo peor ha sido el río. Quería beber.
-¿Hay muchas cosas en tu vida que querrías olvidar?
-Sí, creo que sí.
-¿A tu marido?
Rosie asintió.
La mujer que sostenía al bebé dormido contra su pecho pronunció las siguientes palabras con una firmeza monótona y extraña que heló la sangre de Rosie.
-Te divorciarás de tu marido.
Rosie abrió la boca, pero de inmediato se dio cuenta de que no podía hablar, por lo que volvió a cerrarla.
-Los hombres son bestias -sentenció Rose Madder-. A algunos se los puede domar y después adiestrar. Pero a otros no. Cuando nos topamos con uno al que no podemos domar ni adiestrar, un canalla, ¿debemos sentirnos malditas o engañadas? ¿Debemos sentarnos junto a la carretera o en una mecedora junto a la cama, para el caso es lo mismo, lamentándonos por nuestro destino? ¿Debemos despotricar contra el ka? No, porque el ka es la rueda que mueve el mundo, y el hombre o la mujer que despotriquen contra él morirán aplastados bajo su peso. Pero hay que encargarse de las bestias canallas. Y debemos afrontar esa misión con esperanza en nuestros corazones, pues tal vez la próxima bestia será distinta.
Bill no es una bestia, pensó Rosie, y en aquel momento supo que jamás osaría decírselo a esa mujer. No le costaba imaginar a la mujer de la túnica agarrándola para arrancarle el corazón con los dientes.
-En cualquier caso, las bestias lucharán -prosiguió Rose Madder-. Su naturaleza consiste en bajar la cabeza y abalanzarse unas sobre otras para probar los cuernos. ¿Lo entiendes?
De repente, Rosie creyó comprender lo que decía la mujer y se aterrorizó. Se llevó los dedos a los labios. Los tenía calientes, febriles.
-No habrá ninguna batalla -aseguró-. No habrá ninguna batalla porque no saben nada el uno del otro. Son...
-Las bestias lucharán -repitió Rose Madder.
Le alargó algo. Rosie tardó un momento en darse cuenta de lo que era: el brazalete de oro que Rose Madder había llevado sobre el codo derecho.
-No..., no puedo...
-Cógelo -espetó la mujer de la túnica con súbita impaciencia-. ¡Cógelo, cógelo! ¡Y deja de lloriquear! ¡Por el amor de todos los dioses, deja de lloriquear como un estúpido cordero degollado!
Rosie alargó la mano temblorosa y cogió el brazalete. Pese a que había estado en contacto con la piel de la mujer rubia, se le antojó frío. Si me pide que me lo ponga no sé qué voy a hacer, se dijo Rosie, pero Rose Madder no le pidió que se lo pusiera, sino que extendió una de sus manos manchadas y señaló el olivo. El caballete había desaparecido, y el cuadro, al igual que había sucedido con el suyo, se había tornado gigantesco. Y además había cambiado. Todavía mostraba la habitación de Trenton Street, pero ya no había ninguna mujer de cara a la puerta. La estancia estaba sumida en la oscuridad. Sólo un mechón de cabello rubio y un hombro desnudo asomaban por encima de la manta en la cama.
Soy yo, pensó Rosie maravillada. Soy yo, dormida en la cama, soñando este sueño.
-Vete -ordenó Rose Madder.
Le tocó la nuca, y Rosie avanzó un paso en dirección al cuadro, sobre todo para evitar cualquier contacto con aquella mano fría y terrible. En aquel momento se dio cuenta de que percibía el rumor lejano del tráfico. Los grillos saltaban en la hierba alta alrededor de sus pies y tobillos.
-Vete, pequeña Rosie Real. Gracias por salvar a mi bebé.
-Nuestro bebé -corrigió Rosie, y de inmediato se horrorizó, pensando que cualquier persona que contradijera a esa mujer debía de estar tan loca como ella.
-Sí, sí. Nuestro bebé -concedió sin embargo la mujer de la túnica, más divertida que enfadada-. Y ahora vete. Recuerda lo que tengas que recordar y olvida lo que tengas que olvidar. Protégete mientras estés fuera de mi círculo de influencia.
De eso puedes estar segura, pensó Rosie. Y no volveré por aquí para pedirte ningún favor, de eso también puedes estar segura. Eso sería como contratar a Idi Amin para que se ocupara de la comida en una fiesta o a Adolf Hitler para...
La idea quedó interrumpida cuando Rosie vio que la mujer del cuadro se removía en la cama y se cubría el hombro desnudo con la manta.
Sólo que ya no era un cuadro.
Era una ventana.
-Vete -repitió la mujer del vestido rojo en voz baja-. Lo has hecho muy bien. Vete antes de que cambie de opinión.
Rosie avanzó hacia el cuadro, y a sus espaldas, Rose Madder volvió a hablar, aunque su voz había perdido toda cualidad dulce y embriagadora para convertirse en una especie de rugido ronco y asesino.
-¡Y recuerda que yo resarzo!
Rosie hizo una mueca al oír aquel grito inesperado y se abalanzó hacia delante, convencida de que la mujer de la túnica había olvidado el servicio que le había prestado y había decidido matarla a pesar de todo. Tropezó con algo (tal vez la parte inferior del marco) y tuvo la sensación de que caía. Tuvo tiempo para percibir que el estómago le daba un vuelco como si de un acróbata se tratara, y entonces no quedó más que la oscuridad que silbaba a su alrededor. En él creyó oír un sonido ominoso, distante pero acercándose. Quizás era el sonido de los trenes en los profundos túneles que se abrían bajo la Estación Central, quizás el rugido de un trueno, quizás el toro Erinyes, recorriendo las tinieblas ciegas de su laberinto con la cabeza baja y los cuernos cortos y afilados surcando el aire.
Y durante un rato, Rosie no supo nada en absoluto.
11
Flotó en silencio, inconsciente como un embrión que duerme sin soñar en la placenta, hasta las siete de la mañana. A aquella hora, el Big Ben que tenía junto a la cama la arrancó del sueño con su aullido despiadado. Rosie se incorporó de golpe en la cama, agitando los brazos y gritando algo que no comprendía, palabras de un sueño ya olvidado.
-¡No me obligues a mirarte! ¡No me obligues a mirarte! ¡No me obligues! ¡No me obligues!
Y entonces vio las paredes color crema, el sofá que era poco más que un sillón con delirios de grandeza, la luz que entraba a raudales por la ventana, y utilizó todas aquellas cosas para aferrarse a la realidad que necesitaba. No importaba quién hubiera sido ni adónde hubiera ido en sueños, pues ahora era Rosie McClendon, una mujer soltera que se ganaba la vida grabando libros. Había vivido muchos años con un mal hombre, pero lo había abandonado y acababa de conocer a uno bueno. Vivía en una habitación en el 897 de Trenton Street, primer piso, al final del pasillo, con buenas vistas al parque Bryant. Ah, y otra cosa. Era una mujer soltera que tenía la intención de no volver a comer en su vida un perrito caliente, sobre todo con chucrut. Por lo visto no le sentaban bien. No recordaba qué había soñado
(recuerda lo que tengas que recordar y olvida lo que tengas que olvidar)
pero sabía cómo había comenzado. Recordaba haber entrado en aquel maldito cuadro como Alicia había atravesado el espejo.
Rosie permaneció sentada un instante, envolviéndose en su mundo de Rosie Real con toda la firmeza de que era capaz, y por fin extendió la mano hacia el despertador infernal. En lugar de cogerlo lo tiró al suelo. Allí se quedó, emitiendo su chillido emocionado y carente de sentido.
-Ayúdale a caminar... -gruñó.
Se inclinó para recoger el reloj, fascinada otra vez por el cabello rubio que veía por el rabillo del ojo, aquella cascada tan increíblemente distinta a la de esa ratoncita obediente, Rose Daniels. Agarró el despertador, buscó con el pulgar el botón que desactivaba la alarma y de repente se detuvo al darse cuenta de otra cosa. El pecho apretado contra el brazo derecho estaba desnudo.
Desactivó la alarma del despertador y volvió a incorporarse con el reloj en la mano izquierda. Apartó la sábana y la manta ligera que la cubrían. La parte inferior de su cuerpo estaba tan desnuda como la superior.
-¿Dónde está mi camisón? -preguntó a la estancia vacía.
Le parecía que su voz jamás había sonado tan estúpida..., pero, por supuesto, no estaba acostumbrada a irse a la cama con el camisón puesto y despertarse desnuda. Ni siquiera catorce años de matrimonio con Norman la habían preparado para algo tan curioso. Dejó el reloj sobre la mesilla, bajó los pies de la cama y...
-¡Ay! -gritó, asustada por el dolor y la rigidez que le atenazaban las caderas y los muslos; incluso el trasero le dolía-. ¡Ay, ay, AY!
Se sentó en el borde de la cama y flexionó con cuidado la pierna derecha y luego la izquierda. Podía moverlas, pero le dolían mucho, sobre todo la derecha. Era como si se hubiera pasado el día anterior haciendo todos los ejercicios habidos y por haber, la máquina de remo, la cinta de jogging, los steps y toda la pesca, pero el único ejercicio que había hecho era el paseo que había dado con Bill, y desde luego se lo habían tomado con calma.
El sonido se parecía al de los trenes de la Estación Central, pensó.
¿Qué sonido?
Por un instante estuvo a punto de recordarlo, de recordar algo, en todo caso, pero se le escapó en seguida. Se levantó despacio y con cuidado, permaneció un instante junto a la cama y se dirigió al baño. Cojeó hacia el baño. Tenía la sensación de que se había torcido la pierna derecha y le dolían los riñones. ¿Qué narices...?
Recordó haber leído que, en ocasiones, la gente «corría» en sueños. Tal vez era eso lo que había hecho, quizá la maraña de sueños que no lograba recordar había sido tan espantosa que había intentado huir de ella. Se detuvo en la puerta del baño y se volvió para mirar su cama. La bajera aparecía arrugada, pero no retorcida, enredada ni suelta como cabría esperar después de un sueño verdaderamente activo.
Sin embargo, Rosie vio otra cosa que no le hizo mucha gracia, algo que la devolvió a los viejos tiempos de un modo repentino y desagradable: sangre. No eran gotas, sino rastros de líneas, y estaban demasiado abajo como para deberse a una nariz rota o a un labio partido..., a menos que, por supuesto, se hubiera movido tanto en sueños que se hubiera dado la vuelta. Lo siguiente que pensó fue que había recibido una visita del cardenal (así era como su madre insistía en que Rosie llamara la menstruación si por desgracia tenía que mencionarla), pero no le tocaba.
¿Estás con el mes, niña? ¿Es luna llena para ti?
-¿Qué? -preguntó a la habitación vacía-. ¿Qué pasa con la luna?
Una vez más estuvo a punto de asir un recuerdo, pero volvió a escapársele antes de que pudiera registrarlo. Se miró el cuerpo y resolvió al menos uno de los misterios. Tenía un arañazo en el muslo derecho, y bastante profundo a juzgar por su aspecto. Sin duda alguna, de allí procedía la sangre.
¿Me he arañado mientras dormía? ¿Es por eso que... ?
Esta vez, la idea que acudió a su mente permaneció en ella un instante, tal vez porque no era una idea propiamente dicha, sino una imagen. Vio a una mujer desnuda, ella misma, abriéndose paso con cuidado por un sendero cubierto de zarzales. Mientras abría el grifo de la ducha y probaba la temperatura del agua se preguntó si sería posible sangrar de forma espontánea en sueños, si el sueño era lo bastante vívido. Como aquellas personas a las que les sangraban las manos y los pies el Viernes Santo.
¿Estigmas? ¿Estás diciendo que aparte de todo lo demás tienes estigmas?
Ni digo nada porque no sé nada, se respondió a sí misma, y cuánta razón tenía. Suponía que podía creer, aunque a duras penas, que en la piel de una persona dormida podía aparecer un arañazo espontáneo que hacía juego con el que dicha persona se estaba haciendo en el sueño. Era un poco descabellado, pero no completamente imposible. Pero sí era imposible la idea de que una persona dormida pudiera hacer desaparecer el camisón soñando que iba desnuda.
(Quítate eso que llevas.
(¡No puedo hacer eso! ¡No llevo nada debajo!)
(No se lo diré a nadie...)
Voces fantasmales. Reconoció una de ellas, pues era la suya, pero ¿y la otra? .
No importaba, seguro que no importaba. Se había quitado el camisón mientras dormía, eso era todo, o tal vez en un breve intervalo de vigilia que recordaba tan poco como los extraños sueños en que había corrido por la oscuridad y cruzado ríos negros con ayuda de rocas blancas de paso. Se lo había quitado y cuando se pusiera a buscarlo sin duda lo encontraría hecho una bola bajo la cama.
-Eso. A menos que me lo haya comido o algo...
Retiró la mano con la que estaba probando la temperatura y se la examinó con curiosidad. En las yemas vio unas manchas violáceas desteñidas, así como residuos más brillantes de la misma sustancia bajo las uñas. Se llevó la mano ante el rostro, y una voz procedente de las profundidades de su cabeza, no la voz de la señora Práctica-Sensata, al menos no lo creía, respondió alarmada. ¡No te metas en la boca la mano con la que toques las semillas! ¡No lo hagas, no lo hagas!
-¿Qué semillas? -preguntó Rosie asustada. Se olió los dedos y captó el vestigio de un aroma, un olor que le recordaba a pasteles y azúcar en almibar.
-¿Qué semillas? ¿Qué ha pasado esta noche? ¿Acaso...?
Se obligó a callar. Sabía lo que había estado a punto de decir, pero no quería escuchar la pregunta articulada, suspendida en el aire como un asunto sin zanjar. ¿Acaso todavía está pasando?
Se metió en la ducha, ajustó la temperatura al máximo que podía soportar y cogió la pastilla de jabón. Se lavó las manos con especial cuidado, las restregó hasta que no vio ni rastro de aquella mancha roja violácea, ni siquiera bajo las uñas. Entonces se lavó el pelo y empezó sus ejercicios de vocalización. Curt le había recomendado utilizar nanas en diferentes tonalidades y registros, y eso era lo que hacía en voz baja para no molestar a los vecinos de arriba ni a los de abajo. Cuando salió de la ducha al cabo de cinco minutos, su cuerpo ya se le antojaba hecho de carne en lugar de alambre de espino y cristales rotos. Y su voz también había vuelto a la normalidad.
Comenzó a ponerse unos tejanos y una camiseta, pero entonces recordó que Rob Lefferts la había invitado a comer, por lo que se puso una falda nueva. Se sentó ante el espejo para trenzarse el cabello. Le llevó bastante rato porque tenía la espalda, los hombros y los brazos rígidos. El agua la había aliviado bastante, pero no le había quitado el dolor por completo.
Era una niña bastante grande para su edad, pensó tan absorta en la trenza que ni siquiera registró el pensamiento. Pero cuando estaba a punto de terminar se miró al espejo que reflejaba la habitación a sus espaldas y vio algo que la hizo abrir los ojos de par en par. Las demás disonancias, todas ellas menores, de aquella mañana se borraron de su mente al instante.
-Oh, Dios mío -susurró Rosie con voz débil.
Se levantó rápidamente y atravesó la estancia. Las piernas se le antojaban zancos.
En casi todos los sentidos, el cuadro seguía igual. La mujer rubia seguía de pie en la cima de la colina, con la trenza que le pendía entre los omóplatos y el brazo izquierdo levantado, pero ahora la mano con que se protegía los ojos tenía sentido, porque los nubarrones de tormenta habían desaparecido. El cielo que se extendía sobre la mujer del vestido corto tenía el matiz azul claro de un día húmedo de julio. Unos cuantos pájaros oscuros que antes no estaban volaban en círculos por aquel cielo, pero Rosie apenas los advirtió.
El cielo es azul porque la tormenta ya ha pasado, pensó. Acabó mientras yo estaba..., bueno..., mientras estaba en otra parte.
Lo único que recordaba con certeza acerca de esa otra parte era que se trataba de un lugar oscuro y aterrador. Eso bastaba; no quería recordar nada más y creía que tal vez no haría enmarcar el cuadro a fin de cuentas. Sabía que había cambiado de opinión respecto a la idea de enseñárselo a Bill al día siguiente o siquiera mencionárselo. Sería terrible que descubriera la desaparición de los nubarrones y viera la luz del sol, pero aún sería peor que no viera el cambio, pues eso significaría que Rosie se estaba volviendo loca.
Ni siquiera estoy segura de querer conservar este maldito cuadro, pensó. Da miedo. ¿Sabes lo mas gracioso de todo? Creo que está embrujado.
Levantó el lienzo sin marco, sosteniendo los bordes con las palmas de las manos y negando a su consciente el acceso al pensamiento
(cuidado, Rosie, no te caigas dentro)
que la impulsaba a tocarlo con tanto cuidado. A la derecha de la puerta de entrada había un armario diminuto que no contenía nada a excepción de las zapatillas planas que llevaba el día en que abandonó a Norman y un jersey nuevo de algún tejido sintético barato. Tuvo que dejar el lienzo en el suelo para abrir la puerta (podría habérselo puesto debajo del brazo el tiempo suficiente para abrir, por supuesto, pero no quería hacer eso), y cuando lo levantó se detuvo en seco, mirando la pintura con fijeza. Había salido el sol, eso era algo nuevo, sin lugar a dudas, y unos cuantos pájaros grandes y negros sobrevolaban el templo en círculos, lo cual probablemente era algo nuevo, pero ¿no había otra cosa? ¿Otro cambio? Creía que sí y tenía la sensación de que no lo veía porque no se trataba de algo añadido, sino de algo que había desaparecido. Algo faltaba en el cuadro. Algo...
No quiero saberlo, se dijo con brusquedad. Ni siquiera quiero pensar en ello.
Eso. Pero lamentaba pensar de ese modo, porque había empezado pensando que aquel cuadro era su amuleto de la suerte, su pata de conejo, por así decirlo. Y una cosa era absolutamente cierta. Había sido el hecho de pensar en Rose Madder, de pie en la colina sin temer nada, lo que le había permitido superar el ataque de pánico que había menos no lo creía, respondió alarmada. ¡No te metas en la boca la mano con la que toques las semillas! ¡No lo hagas, no lo hagas!
-¿Qué semillas? -preguntó Rosie asustada. Se olió los dedos y captó el vestigio de un aroma, un olor que le recordaba a pasteles y azúcar en almibar.
-¿Qué semillas? ¿Qué ha pasado esta noche? ¿Acaso...?
Se obligó a callar. Sabía lo que había estado a punto de decir, pero no quería escuchar la pregunta articulada, suspendida en el aire como un asunto sin zanjar. ¿Acaso todavía está pasando?
Se metió en la ducha, ajustó la temperatura al máximo que podía soportar y cogió la pastilla de jabón. Se lavó las manos con especial cuidado, las restregó hasta que no vio ni rastro de aquella mancha roja violácea, ni siquiera bajo las uñas. Entonces se lavó el pelo y empezó sus ejercicios de vocalización. Curt le había recomendado utilizar nanas en diferentes tonalidades y registros, y eso era lo que hacía en voz baja para no molestar a los vecinos de arriba ni a los de abajo. Cuando salió de la ducha al cabo de cinco minutos, su cuerpo ya se le antojaba hecho de carne en lugar de alambre de espino y cristales rotos. Y su voz también había vuelto a la normalidad.
Comenzó a ponerse unos tejanos y una camiseta, pero entonces recordó que Rob Lefferts la había invitado a comer, por lo que se puso una falda nueva. Se sentó ante el espejo para trenzarse el cabello. Le llevó bastante rato porque tenía la espalda, los hombros y los brazos rígidos. El agua la había aliviado bastante, pero no le había quitado el dolor por completo.
Era una niña bastante grande para su edad, pensó tan absorta en la trenza que ni siquiera registró el pensamiento. Pero cuando estaba a punto de terminar se miró al espejo que reflejaba la habitación a sus espaldas y vio algo que la hizo abrir los ojos de par en par. Las demás disonancias, todas ellas menores, de aquella mañana se borraron de su mente al instante.
-Oh, Dios mío -susurró Rosie con voz débil.
Se levantó rápidamente y atravesó la estancia. Las piernas se le antojaban zancos.
En casi todos los sentidos, el cuadro seguía igual. La mujer rubia seguía de pie en la cima de la colina, con la trenza que le pendía entre los omóplatos y el brazo izquierdo levantado, pero ahora la mano con que se protegía los ojos tenía sentido, porque los nubarrones de tormenta habían desaparecido. El cielo que se extendía sobre la mujer del vestido corto tenía el matiz azul claro de un día húmedo de julio. Unos cuantos pájaros oscuros que antes no estaban volaban en círculos por aquel cielo, pero Rosie apenas los advirtió.
El cielo es azul porque la tormenta ya ha pasado, pensó. Acabó mientras yo estaba..., bueno..., mientras estaba en otra parte.
Lo único que recordaba con certeza acerca de esa otra parte era que se trataba de un lugar oscuro y aterrador. Eso bastaba; no quería recordar nada más y creía que tal vez no haría enmarcar el cuadro a fin de cuentas. Sabía que había cambiado de opinión respecto a la idea de enseñárselo a Bill al día siguiente o siquiera mencionárselo. Sería terrible que descubriera la desaparición de los nubarrones y viera la luz del sol, pero aún sería peor que no viera el cambio, pues eso significaría que Rosie se estaba volviendo loca.
Ni siquiera estoy segura de querer conservar este maldito cuadro, pensó. Da miedo. ¿Sabes lo mas gracioso de todo? Creo que está embrujado.
Levantó el lienzo sin marco, sosteniendo los bordes con las palmas de las manos y negando a su consciente el acceso al pensamiento
(cuidado, Rosie, no te caigas dentro)
que la impulsaba a tocarlo con tanto cuidado. A la derecha de la puerta de entrada había un armario diminuto que no contenía nada a excepción de las zapatillas planas que llevaba el día en que abandonó a Norman y un jersey nuevo de algún tejido sintético barato. Tuvo que dejar el lienzo en el suelo para abrir la puerta (podría habérselo puesto debajo del brazo el tiempo suficiente para abrir, por supuesto, pero no quería hacer eso), y cuando lo levantó se detuvo en seco, mirando la pintura con fijeza. Había salido el sol, eso era algo nuevo, sin lugar a dudas, y unos cuantos pájaros grandes y negros sobrevolaban el templo en círculos, lo cual probablemente era algo nuevo, pero ¿no había otra cosa? ¿Otro cambio? Creía que sí y tenía la sensación de que no lo veía porque no se trataba de algo añadido, sino de algo que había desaparecido. Algo faltaba en el cuadro. Algo...
No quiero saberlo, se dijo con brusquedad. Ni siquiera quiero pensar en ello.
Eso. Pero lamentaba pensar de ese modo, porque había empezado pensando que aquel cuadro era su amuleto de la suerte, su pata de conejo, por así decirlo. Y una cosa era absolutamente cierta. Había sido el hecho de pensar en Rose Madder, de pie en la colina sin temer nada, lo que le había permitido superar el ataque de pánico que había estado a punto de apoderarse de ella en su primer día de trabajo en el estudio de grabación. Por esa razón no quería tener sensaciones desagradables respecto al cuadro..., pero las tenía. A fin de cuentas, el tiempo no cambiaba de la noche a la mañana en los óleos, y la cantidad de cosas que podían verse en un cuadro no aumentaba y disminuía a placer, como si el encargado de un proyector se dedicara a cambiar de lentes. No sabía qué haría con el cuadro a largo plazo, pero sí sabía dónde pasaría el día y el siguiente fin de semana: en compañía de sus viejas zapatillas.
Lo guardó en el armario, apoyado contra la pared (resistiendo la tentación de colocarlo de cara a ella), y cerró la puerta. A continuación se puso su única blusa buena, cogió el bolso y salió de la habitación. Mientras recorría el pasillo largo y sombrío que conducía a la escalera, dos palabras acudieron a su mente: Yo resarzo. Se detuvo en la cima de la escalera con un estremecimiento tan intenso que estuvo a punto de dejar caer el bolso, y por un instante el dolor de la pierna derecha le llegó casi hasta la nalga, como si estuviera sufriendo un calambre salvaje. Pero el dolor pasó, y Rosie descendió a toda prisa hasta la planta baja. No voy a pensar en ello, se dijo mientras se dirigía hacia la parada del autobús. No tengo que pensar en ello si no quiero. Pensaré en Bill, en Bill y su moto.
12
Pensar en Bill le dio fuerzas para trabajar y sumergirse en el mundo tenebroso de Mata todos mis mañanas sin problema alguno, y a la hora de comer aún tuvo menos tiempo para pensar en la mujer del cuadro. El señor Lefferts la llevó a un pequeño restaurante italiano llamado Della Femmina, el restaurante más agradable en el que Rosie había estado nunca, y mientras ella se tomaba el melón, le ofreció lo que denominó «un acuerdo comercial más sólido». Le propuso firmar un contrato según el cual ganaría ochocientos dólares a la semana durante veinte semanas o doce libros, según lo que terminara primero. No eran los mil dólares que Rhoda le había instado a exigir, pero Robbie también le prometió ponerla en contacto con un agente que le proporcionaría todos los trabajos radiofónicos que Rosie quisiera.
-Puedes ganar veintidós mil dólares hasta finales de año. Rose. Más, si quieres..., pero ¿por qué matarte a trabajar?
Rosie le preguntó si podía pensárselo durante el fin de semana, y el señor Lefferts respondió que por supuesto. Antes de dejarla en el vestíbulo del Edificio Corn (Rhoda y Curt estaban sentados en un banco junto al ascensor y cuchicheaban como marujas), Robbie extendió la mano. Rosie correspondió el gesto, esperando que él le estrechara la mano, pero en lugar de eso, tomó la mano de Rosie entre las suyas y se la besó. El gesto (nadie le había besado nunca la mano, aunque lo había visto hacer en muchas películas) le produjo un estremecimiento.
No fue hasta que estuvo sentada en la cabina de grabación, mirando cómo Curt ponía una cinta nueva en el magnetófono de bobinas, cuando Rosie volvió a pensar en el cuadro que ahora estaba a buen recaudo
(eso esperas Rosie eso esperas)
en el armario. De repente se le ocurrió qué otro cambio se había producido en la pintura, qué faltaba en ella: el brazalete. La mujer de la túnica roja violácea lo había llevado sobre el codo derecho, pero aquella mañana, su brazo había aparecido desnudo hasta el hombro.
13
Aquella noche, al volver a casa, Rosie se arrodilló junto a la cama y miró debajo. El brazalete de oro yacía al fondo, reluciendo suavemente en la oscuridad. A Rosie le hizo pensar en el anillo de boda de una giganta. Junto a él vio otra cosa, un paquetito de tela azul. Bueno, al parecer había encontrado un trozo de su camisón. Sobre él se veían manchas violáceas. Parecían de sangre, pero Rosie sabía que no lo eran; eran manchas de una fruta que más valía no probar. Se había limpiado manchas muy parecidas de las manos aquella mañana en la ducha.
El brazalete pesaba mucho, al menos medio kilo, si no uno. Si estaba hecho del material del que aparentaba estar hecho, ¿cuánto valdría? ¿Doce mil dólares? ¿Quince mil? No estaba mal teniendo en cuenta que había salido de un cuadro que había cambiado por un anillo de pedida de escaso valor. Aun así no le hacía gracia tocarlo, por lo que lo dejó sobre la mesilla de noche, junto a la lámpara.
Sostuvo el paquetito de algodón azul en la mano durante un instante, sentada como una adolescente con la espalda apoyada en la cama y los pies cruzados, y por fin desdobló una esquina. Dentro vio tres semillas, tres semillas pequeñas, y cuando Rosie se las quedó mirando con horror desesperado e irracional, aquellas palabras despiadadas volvieron acudir a su mente y se aferraron a ella como hierros candentes:
Yo resarzo.
VII
EL PICNIC
1
Norman había ido de pesca en busca de Rose.
Permaneció despierto en la cama de la habitación del hotel toda la noche del jueves y la madrugada del viernes. Apagó todas las luces a excepción del fluorescente del baño, que despedía un resplandor difuso que le gustaba. Le recordaba el aspecto de las farolas al mirarlas a través de la niebla. Yacía en la cama casi en la misma postura que Rosie aquel jueves por la noche, sólo que con una sola mano debajo de la almohada en lugar de ambas. Necesitaba una mano para fumar y para llevarse a los labios la botella de whiskey barato que tenía en el suelo.
¿Dónde estás, Rosie?, preguntó a la esposa que ya no estaba allí. ¿Dónde estás y cómo reuniste el valor suficiente para largarte, tan ratoncito asustado como eres?
Era esta segunda pregunta la que más le preocupaba. ¿Cómo se había atrevido? La primera no revestía tanta importancia, al menos no desde un punto de vista práctico, porque sabía dónde estaría el sábado. El león no tiene que preocuparse por el lugar en que pasta la cebra; lo único que tiene que hacer es esperar junto al lugar en el que bebe. Hasta ahí bien, pero aun así..., ¿cómo había podido atreverse a abandonarle? Aunque la vida de Norman terminara con la última conversación que sostuviera con Rose, quería descubrirlo. ¿Lo habría planeado? ¿Habría sido por casualidad? ¿Una aberración nacida de un impulso solitario? ¿La había ayudado alguien (aparte de Peter Slowik y la Cabalgata de chochos de Durham Street, claro está)? ¿Qué había hecho desde que se marchara de aquella encantadora ciudad junto al lago?¿ Trabajar de camarera?¿ Sacudirlos pedos de las sábanas de algún nido de pulgas como éste? No lo creía. Era demasiado perezosa para trabajar de empleada doméstica, no había más que ver cómo llevaba la casa, y no sabía hacer nada más. Si una tenía tetas, sólo quedaba una opción. Rose estaba allí fuera, en alguna parte, haciendo esquinas. Claro que sí. ¿Dónde iba a estar si no? Dios sabía que era un polvo de mierda, que tirársela daba más o menos el mismo morbo que tirarse un trozo de barro, pero los hombres estaban dispuestos a pagar por un chocho aunque no hiciera más que estar ahí y gotear un poco después del rodeo. Así que estaba claro que Rosie estaba haciendo esquinas.
Se lo preguntaría. Se lo preguntaría todo. Y cuando tuviera todas las respuestas que necesitaba, le rodearía el cuello con el cinturón para que no pudiera gritar y mordería..., mordería..., mordería... y mordería. Aún le dolían las mandíbulas y la boca por lo que le había hecho a Tambor el Increíble judío Urbano, pero no permitiría que eso lo detuviera o siquiera se interpusiera en su camino. En el fondo de la bolsa de viaje llevaba tres analgésicos explosivos y se los tomaría antes de poner manos a la obra con su corderito perdido, su pequeña y dulce Rose errante. En cuanto a lo que sucedería después, cuando todo hubiera pasado, cuando los analgésicos dejaran de hacer efecto...
Pero no se lo imaginaba y no quería imaginárselo. Tenía la sensación de que no habría un después, sólo oscuridad. Pero no importaba. De hecho, una buena dosis de oscuridad podía ser precisamente lo que le habría recetado el médico.
Siguió tumbado en la cama, tomándose el mejor whiskey del mundo y consumiendo un cigarrillo tras otro, mirando el humo flotar hacia el techo en espirales sedosas que se teñían de azul al surcar el suave resplandor blanco procedente del baño, y salió de pesca en busca de Rose. Salió de pesca, pero no pescó nada más que agua. No había nada, y eso lo volvía loco. Era como si la hubieran raptado los extraterrestres o algo así. En un momento dado, ya bastante borracho, dejó caer un cigarrillo encendido en la palma de su mano y cerró el puño, imaginando que era la mano de ella en lugar de la suya, que sostenía la mano de Rose entre la suya, sobre el calor del cigarrillo. Y cuando el dolor se apoderó de él y por entre sus nudillos empezaron a brotar hilos de humo, susurró:
-¿Dónde estás, Rose? ¿Dónde te escondes, ladrona?
Poco más tarde se durmió. El viernes por la mañana despertó alrededor de las diez, cansado, resacoso y un poco asustado. Había tenido sueños muy extraños durante toda la noche. En ellos seguía despierto en su cama del noveno piso del Whitestone, y la luz del baño seguía proyectando aquel resplandor blanco hacia su habitación, y el humo del cigarrillo seguía subiendo en espirales de color cambiante. Sólo que en los sueños veía imágenes en el humo, como si estuviera en el cine. Vio a Rose en el humo.
Ahí estás, pensó mientras la observaba caminar por un jardín muerto en plena tormenta. Por alguna razón, Rose iba desnuda, y Norman experimentó una inesperada oleada de lujuria. Durante ocho años no había sentido más que cierta repulsión cansina al verla desnuda, pero ahora había cambiado. A mejor, de hecho.
No es porque haya perdido peso, pensó en el sueño, aunque por lo visto ha adelgazado..., al menos un poco. Sobre todo es por su forma de moverse. ¿Qué es?
Y entonces se le ocurrió. Tenía el aspecto de una mujer que se está tirando a un hombre y todavía no se ha cansado, ni mucho menos. Aunque se le hubiera pasado por la cabeza poner en duda aquella afirmación, preguntar ¿Quién? ¿Rosie? Estás de broma, tío, un solo vistazo a su cabello habría disipado todas sus dudas. Se lo había teñido de rubio puta, como sise creyera Sharon Stone o Madonna.
Observó a la Rose de humo salir del extraño jardín muerto y acercarse a un río tan oscuro que parecía llevar tinta en lugar de agua. Lo cruzó por unas rocas de paso, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio, y Norman vio que llevaba en la mano una especie de trapo arrugado. Le pareció que se trataba de un camisón y pensó: ¿Por qué no te lo pones, zorra de mierda? ¿O es que esperas que venga tu novio para echarte un polvo? Me encantaría verlo, de verdad. Te advierto una cosa. Si te pesco aunque sólo sea haciendo manitas con un tío cuando por fin te encuentre, la poli lo encontrará con la polla metida en el culo como si fuera una vela de cumpleaños.
Pero no llegó nadie, al menos no en el sueño. La Rose suspendida sobre su cama, la Rose de humo, recorrió un sendero que atravesaba una arboleda que parecía tan muerta como..., bueno, tan muerta como Peter Slowik. Por fin llegó a un claro en el que había un árbol que parecía vivo. Se arrodilló, recogió muchas semillas del suelo y las envolvió con lo que se le antojó otro trozo de camisón. A continuación se levantó, caminó hasta una escalera que se abría cerca del árbol (en los sueños uno nunca sabía qué mierda iba a pasar) y desapareció por ella. Estaba esperando a que saliera cuando empezó a sentir una presencia a sus espaldas, algo tan frío como la corriente procedente de una cámara frigorífica abierta. Se había topado con gente que daba bastante miedo durante su carrera como policía, y los adictos al crack a los que él y Harley Bissington se enfrentaban de vez en cuando eran probablemente los que más miedo daban, y uno acababa por desarrollar una percepción que detectaba su presencia. Norman detectaba algo así en aquel momento. Algo había surgido detrás de él, y en ningún momento puso en duda que se trataba de algo peligroso.
-Yo resarzo -susurró una voz de mujer. Era una voz dulce y suave, pero también espeluznante. En ella no había ni rastro de cordura.
-Pues me alegro, zorra -espetó Norman en sueños-. Tú intenta resarcirte conmigo y ya verás lo que te pasa.
La mujer profirió un grito, un sonido que pareció ir directamente a la cabeza de Norman sin pasar por sus oídos, y de repente percibió cómo se abalanzaba sobre él con las manos extendidas. Aspiró profundamente y disipó la nube de humo. La mujer desapareció. Norman sintió cómo desaparecía. Durante un rato no vio más que oscuridad, una oscuridad en la que él flotaba pacíficamente, libre de los miedos y los deseos que lo atormentaban cuando estaba despierto.
El viernes despertó a las diez y diez; desvió los ojos del reloj que había junto a la cama hacia el techo de la habitación, casi esperando ver figuras fantasmales flotando en nubes de humo viejo. Sin embargo, no vio figura alguna, ni fantasmal ni de ninguna otra clase. Tampoco había humo, sólo el olor a Pall Mall, in hoc signo vinces. Sólo estaba el detective Norman Daniels, tendido en una cama sudada que olía a tabaco pasado y alcohol. El sabor que le llenaba la boca le producía la sensación de haberse pasado la noche entera chupando la puntera de un zapato recién embetunado, y la mano izquierda le dolía a rabiar. Abrió el puño y vio una ampolla roja y brillante en el centro de la palma. Se la quedó mirando durante largo rato mientras las palomas agitaban las alas y se picoteaban unas a otras sobre la cornisa. Por fin recordó que se había quemado con el cigarrillo y asintió. Lo había hecho porque no podía ver a Rose por mucho que lo intentara..., y entonces, como recompensa, había soñado con ella durante toda la noche.
Colocó dos dedos a los lados de la ampolla y apretó, incrementando lentamente la presión hasta que reventó. Se limpió la mano en la sábana, deleitándose en las oleadas de dolor que lo acometían. Permaneció tendido, mirándose la mano, casi observando cómo palpitaba, durante un minuto más o menos. Luego introdujo la mano bajo la cama para sacarla bolsa de viaje. En el fondo había una lata de caramelos que contenía un surtido de pastillas. Algunas de ellas eran excitantes, pero la mayor parte eran tranquilizantes. Por regla general, a Norman no le costaba excitarse, sino que era volver a tranquilizarse lo que le resultaba difícil.
Se tomó un tranquilizante con un trago de whiskey y se recostó en la almohada con la mirada fija en el techo y empezó a fumar un cigarrillo tras otro, extinguiéndolos en el cenicero repleto cuando estaban consumidos.
Ahora no estaba pensando en Rose, al menos no deforma directa; estaba pensando en el picnic, el que organizaban sus nuevas amigas. Había estado en Ettinger's Pier y lo que había visto lo desalentaba. Era un lugar enorme, una combinación de playa, merendero y parque de atracciones, y no veía el modo de vigilarlo con la seguridad de verla llegar o marcharse. Si dispusiera de seis hombres (o incluso cuatro, si sabían lo que se hacían), sería harina de otro costal, pero estaba solo. Había tres entradas, suponiendo que Rose no llegara en barco, y no podía vigilarlas todas al mismo tiempo. Eso significaba mezclarse entre la gente, y mezclarse entre la gente sería una putada. Le habría gustado que Rose fuera la única que le reconociera, pero si los deseos fueran cerdos, el bacon siempre estaría de oferta. Tenía que suponer que lo estarían buscando y que habrían recibido fotografías suyas de alguna asociación de mujeres de su ciudad. No sabía la x, pero empezaba a creer que las dos primeras letras de la palabra fax significaban Fastídiate, Amigo.
Eso era una parte del problema. La otra residía en su convencimiento, respaldado por más de una experiencia amarga, de que los disfraces eran la mejor receta para el desastre en situaciones como aquella. El único modo más rápido y seguro de cagarla en una misión era, con toda probabilidad, llevar el conocido micrófono, con el que podían perderse seis meses de vigilancia y preparación si en la zona en la que planeabas echarle el guante a algún capullo había un niño manejando una barca o un coche de carreras por control remoto.
Vale, se dijo. Deja de quejarte. Recuerda lo que decía el viejo Whitey Slater: lo que hay es lo que hay. La cuestión es cómo vas a abordar la situación. Y ni se te ocurra tirar la toalla. Sólo faltan veinticuatro horas para la puta fiesta, y si no la coges allí puedes buscarla hasta Navidad sin encontrarla. Por si no lo habías notado, esto es una ciudad grande. Se levantó, entró en el baño y se duchó con la mano de la ampolla fuera de la cabina. Se puso unos vaqueros desteñidos y una camisa verde anodina, se caló la gorra de los CHISOX y se guardó las gafas de sol baratas en el bolsillo de la camisa, al menos por el momento. Bajó a la planta baja en ascensor y se acercó al quiosco para comprar el periódico y una caja de tiritas. Mientras esperaba a que el gilipollas del mostrador le devolviera el cambio, miró por encima del hombro del tipo a través de un panel de vidrio que se alzaba detrás del quiosco. Distinguió los ascensores de servicio y mientras miraba, uno de ellos se abrió. De él salieron tres camareras que charlaban y reían. Todas llevaban bolso, por lo que Norman supuso que salían a comer. Había visto a la del centro, una chica delgada y bonita de espesa cabellera rubia, en alguna otra parte. Al cabo de un instante lo recordó. La había visto mientras se dirigía hacia Hijas y Hermanas. La rubia había caminado a su lado un rato. Pantalones rojos. Culito bien puesto.
-Aquí tiene, señor-dijo el vendedor.
Norman se guardó el cambio en el bolsillo sin verificarlo. Tampoco volvió a mirar al trío de camareras al pasar junto a ellas, ni siquiera a la del culito bien puesto. La había situado de forma automática, un reflejo de policía, como una rodilla que se levanta sola. Su mente consciente estaba concentrada en una sola cosa: el mejor modo de ver a Rose en la fiesta sin que ella lo viera a él.
Avanzaba por el pasillo en dirección a las puertas de entrada cuando oyó una palabra que en el primer momento consideró procedente de su propia cabeza: Ettinger's Pier.
Vaciló un instante, el corazón empezó a latirle con violencia y la ampolla de la mano se puso a palpitar. Sólo fue un segundo de vacilación, nada más, un ligero titubeo antes de seguir avanzando hacia las puertas giratorias con la cabeza baja. Cualquier observador habría supuesto que le había dado un calambre en la rodilla o la pantorrilla, y eso estaba bien. No se atrevía a vacilar, ésa era la cuestión. Si la mujer que había hablado era una de las zorras del club de Durham Avenue, podía llegar a reconocerlo si llamaba la atención..., tal vez ya. lo había reconocido si era la monada con que se había cruzado unos días antes la que había pronunciado las dos palabras mágicas. Sabía que era improbable, pues como policía sabía por experiencia lo increíblemente poco observadora que era la mayoría de la gente, pero de vez en cuando la excepción confirmaba la regla. Muchos asesinos, secuestradores y atracadores que habían logrado zafarse de la justicia el tiempo suficiente para figurar en la lista de las diez personas más buscadas por el FBI se encontraban de nuevo metidos en el fregado porque un dependiente del 7-Eleven que leía manuales de detectives o una guardia urbana que miraba todos los reality shows de la tele acababan identificándolos. No se atrevía a detenerse, pero ...
... Pero tenía que hacerlo.
Norman se arrodilló con brusquedad a la izquierda de la puerta giratoria, de espaldas a las mujeres. Bajó la cabeza y fingió atarse los cordones de los zapatos.
me da pena perderme el concierto, pero si quiero ese coche no puedo desperdiciar la...
Las mujeres salieron del hotel, pero lo que Norman había oído lo convenció; se referían al picnic, el picnic y el concierto que pondría el broche de oro al día, ofrecido por un grupo llamado las Indigo Girls, probablemente un atajo de tortilleras. Por tanto, cabía la posibilidad de que aquellas mujeres conociesen a Rosie. Una posibilidad remota, pues muchas personas que no guardaban relación alguna con Hijas y Hermanas irían a Ettinger's Pier al día siguiente, pero posibilidad al fin y al cabo. Y Norman creía a pies juntillas en la mano del destino. Lo jodido era que aún no sabía cuál de las tres había hablado.
Que sea la rubia, rogó al tiempo que se incorporaba a toda prisa y cruzaba la puerta giratoria. Que sea la rubia de ojos grandes y culito bien puesto. Que sea ella, por favor.
Por supuesto, era peligroso seguirlas, ya que nunca se sabía cuándo una de ellas podía darse la vuelta distraídamente y ganar el gordo de la lotería, pero en aquel momento no le quedaba otro remedio. Las siguió despacio, con la cabeza ladeada, como si los trastos de los escaparates por los que pasaba fueran de vital interés para él.
-¿Qué tal las fundas de almohada hoy? preguntó la foca que caminaba en la parte interior a las otras dos mujeres.
-Por una vez están todas -repuso la mujer de mayor edad que caminaba en la cara exterior-. ¿Y tú qué tal, Pam?
-Todavía no las he contado; es demasiado deprimente-contestó la rubia.
Las tres mujeres se echaron a reír, ese sonido agudo y gorjeante que siempre provocaba dentera a Norman. Se detuvo al instante, examinando artículos deportivos en un escaparate para dejar que las mujeres se adelantaran un poco. Era ella, sí, señor, de eso no cabía la menor duda. La rubia era la que había pronunciado las palabras mágicas Ettinger's Pier. A lo mejor aquello cambiaba la situación entera, a lo mejor no. En ese momento estaba demasiado emocionado como para planteárselo. Sin embargo, era un golpe de suerte extraordinario, la clase de pista milagrosa y casual que uno siempre esperaba encontrar cuando trabajaba en un caso complicado, la clase de pista que aparecía con mucha más frecuencia de lo que la gente imaginaba.
De momento archivaría todo aquello en el fondo de su mente y pondría manos a la obra con Pam. Ni siquiera preguntaría por ella en el hotel, al menos por ahora. Sabía que se llamaba Pam, y eso ya era mucho para empezar.
Norman llegó a la parada del autobús, esperó quince minutos el bus del aeropuerto y subió. Era un trayecto muy largo, pues la terminal se hallaba en las afueras de la ciudad. Cuando por fin se apeó delante de la Terminal A, se puso las gafas de sol, cruzó la calle y se dirigió al aparcamiento de larga duración. El primer coche en el que intentó hacer el puente llevaba tanto tiempo estacionado que no le quedaba batería. El segundo, un anodino Ford Tempo, se puso en marcha a la primera. Explicó al tipo de la caja que había pasado tres semanas en Dallas y había perdido el ticket. Siempre los perdía, dijo. Perdía los de la lavandería y en las tiendas de fotos siempre tenía que mostrar el carné de conducir porque nunca encontraba el ticket cuando iba a recoger sus carretes. El hombre de la caja asentía y asentía como quien ha escuchado una historia aburrida diez millones de veces. Cuando Norman le ofreció humildemente diez dólares adicionales en lugar del ticket, el hombre de la caja se irguió un poco. El dinero desapareció.
Norman Daniels salió del aparcamiento de larga duración casi en el mismo instante en que Robbie Lefferts ofrecía a su mujer «un acuerdo comercial más sólido.
A unos tres kilómetros del aeropuerto, Norman aparcó detrás de un Le Sabre hecho polvo y cambió las matrículas. Al cabo de otros tres kilómetros se detuvo en un túnel de lavado. Habría apostado algo a que el Tempo resultaría ser azul marino, pero perdió. Era verde. No creía que importara, pues el hombre de la cala sólo había apartado los ojos de su pequeño televisor en blanco y negro cuando el billete de diez pavos había aparecido debajo de su nariz, pero más valía prevenir. De ese modo iría más tranquilo.

Norman encendió la radio y encontró una emisora de temas carrozas. En aquel momento, Shirley Ellis cantaba una canción, y Norman tarareó con ella según sus instrucciones: «Si las primeras dos letras siempre son las mismas/Déjalas correr y pronuncia el nombre/Como Barry-Barry, deja la B, oh-ArrylEs la única regla contraria». Norman se dio cuenta de que se sabía toda la letra de aquella estúpida canción. ¿Qué clase de mundo era éste, en que uno no recordaba la puta ecuación cuadrática ni las diversas formas del verbo francés avoir dos años después de acabar el instituto, pero en cambio cuando se acercaba a los cuarenta seguía recordando canciones estúpidas a más no poder. ¿Qué clase de mundo era éste?
Un mundo que estoy dejando atrás, pensó Norman con serenidad, y sí, aquello parecía ser cierto. Era como las películas de ciencia ficción en las que los astronautas veían la Tierra empequeñecerse por las pantallas, primero reducida al tamaño de una pelota, luego de una moneda y por fin de un puntito brillante antes de desaparecer del todo. Así era el interior de su cabeza ahora, una nave espacial en misión de cinco años para explorar nuevos mundos y pisar lugares en los que el hombre no había estado jamás. Nave Interespacial Norman a punto de alcanzar la velocidad de la luz.
Shirley Ellis acabó la canción, y a continuación sonó algo de los Beatles. Norman bajó el volumen de la radio con tal violencia que arrancó el botón. No le apetecía escuchar ninguna mierda hippy como Hey Jude.
Se hallaba aún a unos tres kilómetros del límite de la ciudad en sí misma cuando divisó un lugar llamado Campamento Base. ;LOS MEJORES ACCESORIOS MILITARES DEL MUNDO!, anunciaba el rótulo del escaparate, y por alguna razón, aquello lo hizo estallar en carcajadas. Tenía la impresión de que, en algunos sentidos, era el eslogan más curioso que había visto en su vida; parecía significar algo, pero resultaba imposible descubrir qué. En cualquier caso, el rótulo carecía de importancia. Con toda probabilidad, la tienda tenía una de las cosas que estaba buscando, y así era.
Sobre el pasillo central del establecimiento pendía una gran pancarta que aconsejaba: MÁS VALE PREVENIR QUE CURAR. Norman examinó tres tipos diferentes de gases lacrimógenos, cartuchos de gas pimienta, un estante de estrellas ninfa (el arma perfecta para la defensa doméstica si te atacaba un tetrapléjico ciego), pistolas de gas que disparaban balas de goma, hondas, nudillos de latón tanto lisos como con tachuelas, cachiporras, bolas, látigos y silbatos.
A medio pasillo había una vitrina en la que Norman vio lo que consideraba el único artículo útil de Campamento Base. Por sesenta y tres dólares y cincuenta centavos compró un taser que producía una gran descarga (aunque probablemente no los noventa mil voltios que prometía la etiqueta), gracias a sus dos polos de acero, cuando se apretaban los gatillos. Norman consideraba que aquel arma era tan peligrosa como un revólver de calibre pequeño, y lo mejor era que no había que firmar en ninguna parte para comprarla.
-¿Guiere uda bila de dueve voldios? preguntó el dependiente.
Era un joven calvo de labio leporino. Llevaba una camiseta que proclamaba MÁS VALE TENER UN ARMA Y NO NECESITARLA QUE NECESITAR UNA Y NO TENERLA. A Norman le pareció la clase de tipo cuyos padres bien podrían haber sido parientes.
-Va gon bilas de dueve voldios.
Norman comprendió por fin lo que estaba diciendo el chico y asintió.
-Déme dos pidió-. A saco.
El chico se echó a reír como si fuera lo más divertido que había oído en su vida, más divertido aún que LOS MEJORES ACCESORIOS MILITARES DEL MUNDO, se agachó, sacó dos pilas de nueve voltios de debajo del mostrador y las dejó junto al taser Omega de Norman.
-¡Gué bazadaaa! -exclamó el chico con otra carcajada.
Norman lo captó al cabo de un momento y se unió a las risas del dependiente; más tarde pensó que fue en aquel preciso instante cuando alcanzó la velocidad de la luz y todas las estrellas se convirtieron en líneas. Adelante, señor Sulu, esta vez vamos a pasar de largo el imperio Klingon.
Entró en la ciudad con el Tempo robado y en un barrio en el que las modelos sonrientes de los anuncios de cigarrillos empezaban a ser negras en lugar de blancas encontró una barbería que respondía al encantador nombre de No te cortes. Entró y vio a un joven negro con un bigote estupendo sentado en un sillón anticuado de barbero. Llevaba auriculares y sobre su regazo descansaba un ejemplar de jet.
-¿Qué quiere? preguntó el barbero.
Le habló tal vez con mayor brusquedad de la que habría empleado con un negro, pero no sin cortesía. Uno no era descortés con un hombre como ése sin una razón pero que muy buena, sobre todo si estaba solo en su barbería. Medía al menos un metro ochenta y cinco, era de hombros anchos, constitución corpulenta y piernas gruesas. Además olía a policía.
Sobre el espejo se veían fotografías de Michael Jordan, Charles Barkley yJalen Rose. Jordan llevaba el uniforme de los Barons de Birmingham. Sobre su fotografía había una tira de papel que decía EL PASADO Y EL FUTURO DE LOS BULLS. Norman señaló a Jordan.
-Quiero un corte como ése.
El negro se quedó mirando a Norman con cautela, primero para asegurarse de que no iba borracho ni ciego, luego para asegurarse de que no le estaba tomando el pelo. Lo segundo le costó más que lo primero.
-¿Qué dice, hermano? ¿Quiere que lo rape al cero?
-Exacto.
Norman se pasó una mano por el cabello espeso y negro, aunque surcado ya por las primeras canas. No lo llevaba ni muy largo ni muy corto. Era el peinado que había lucido durante los últimos veinte años. Se miró en el espejo, intentando imaginar qué aspecto tendría tan calvo como Michael Jordan, pero en blanco. No lo consiguió. Con un poco de suerte, Rose y sus nuevas amigas tampoco lo conseguirían.
-¿Seguro ?
De repente, Norman se sintió casi enfermo por el deseo de arrojar a aquel hombre al suelo, ponerle las rodillas sobre el pecho y morderle el labio superior hasta arrancárselo, bigote estupendo y todo. Suponía que sabía la razón. Se parecía a aquel maricón de mierda, Ramon Sanders. El que había intentado sacar dinero con la tarjeta que la zorra mentirosa de su mujer le había robado.
Oh, barbero, pensó. Oh, barbero, no sabes lo cerca que estás de pasar a la historia. Si me haces una sola pregunta más, si me sueltas una sola palabra equivocada más, te hago papilla. Y no puedo decirte nada; no podría advertirte aunque quisiera, porque me he quedado sin voz. Así que, eso es lo que hay.
El barbero se lo quedó mirando con recelo durante otro instante que se le antojó eterno. Norman se quedó donde estaba y le permitió hacerlo. Había recobrado la compostura. Que pasara lo que tuviera que pasar. Todo estaba en manos de ese negrata de mierda.

-Bueno, supongo que sí -dijo el barbero por fin con una voz suave que desarmaba a cualquiera.
Norman relajó la mano derecha, que se había metido en el bolsillo para asir el mango del taser. El barbero dejó la revista sobre el mostrador, junto a los frascos de tónico y colonia (había un pequeño rótulo de latón que decía SAMUEL LOWE), luego se levantó y sacudió un delantal de plástico.
-Pues si quiere que lo deje como Mike, adelante.
Al cabo de veinte minutos, Norman se miró pensativamente en el espejo. Samuel Lowe estaba junto a su silla y lo observaba. Lowe tenía un aire aprensivo, pero también parecía interesado. Daba la impresión de estar viendo algo conocido pero desde una perspectiva totalmente nueva. Habían entrado otros dos clientes. Ellos también observaban a Norman con idénticas expresiones de aprobación.
-Qué bien le queda -murmuró uno de los recién llegados con aire de sorpresa.
Norman no acababa de asimilar que el hombre del espejo era él mismo. Guiñó el ojo y el hombre del espejo le devolvió el gesto, sonrió y el hombre del espejo sonrió, se giró y el hombre del espejo se giró, pero de nada servía. Antes tenía frente de policía; ahora tenía frente de profesor de matemáticas, una frente que se perdía en la inmensidad. No acababa de dar crédito a las curvas suaves y en cierto modo sensuales de su cráneo pelado. Y la blancura. No había creído estar especialmente moreno, pero en comparación con el cráneo pálido, el resto de su piel parecía más morena que la de un vigilante de la playa. Su cabeza se le antojaba extremadamente frágil y demasiado perfecta una persona como él. Como para pertenecer a cualquier ser humano, sobre todo un hombre. Parecía una pieza de porcelana de Delft.
-Tiene una buena cabeza, oiga -comentó Lowe.
Hablaba con voz cauta, pero Norman no tuvo la sensación de que intentara halagarle, lo que era una suerte, porque Norman no estaba de humor para que le lamieran el culo.
-Le queda muy bien. Parece más joven, ¿verdad, Dale?
-No está mal -asintió el otro recién llegado-. Nada mal.
-¿Cuánto dice que le debo? preguntó Norman a Samuel Lowe.
Intentó apartarse del espejo pero le inquietó y asustó un poco comprobar que sus ojos intentaban seguir la línea de la coronilla para ver qué aspecto tenía por detrás. Aquella sensación de disociación le acometió con más fuerza que nunca. Él no era el hombre del espejo, el hombre con cráneo de sabio que enarcaba las cejas negras y espesas. ¿Cómo iba a ser él? Se trataba de un desconocido, nada más, un Lex Luthor fantástico dispuesto a hacer de las suyas en Metrópolis, y las cosas que hiciera a partir de ahora carecían de importancia. A partir de ahora, nada importaba. Sólo atrapar a Rosie, por supuesto. Y hablar con ella. De cerca.
Lowe volvía a observarlo con aquella expresión recelosa, desviando de vez en cuando los ojos para mirar a los otros clientes, y de repente Norman se dio cuenta de que estaba comprobando si los otros dos lo ayudarían en caso de que el hombre blanco, el hombre blanco y calvo, perdiera la chaveta. .
-Lo siento -se disculpó intentando adoptar un tono amable y conciliatorio-. Estaba diciendo algo, ¿verdad? ¿Qué decía?
-Decía que treinta me parece bien. ¿Y a usted?
Norman se sacó un fajo de billetes doblados del bolsillo delantero, separó dos billetes de veinte de debajo de la vieja pinza y se los alargó.
-Me parece poco -replicó-. Tome cuarenta y acepte mis disculpas. Lo ha hecho muy bien. Es que he tenido una semana espantosa.
Y tan espantosa, colega, pensó.
Samuel Lowe se relajó visiblemente y cogió el dinero.
-Vale, hermano -dijo-. Y lo decía en serio. Tiene una cabeza cojonuda. No es usted Michael, pero es que nadie es Michael.
-Excepto Michael puntualizó el recién llegado que se llamaba Dale.
Los tres negros rieron con ganas y se dedicaron mutuos gestos de aprobación. Aunque podría habérselos cargado a los tres sin ningún esfuerzo, Norman se unió al coro de risas. Los recién llegados habían cambiado la situación. Era hora de volver a tener cuidado. Norman salió de la barbería sin dejar de reír.
Tres adolescentes negros estaban apoyados contra una valla cerca del Tempo, pero no se habían molestado en hacerle nada al coche, quizás porque estaba demasiado hecho polvo. Examinaron la calva blanca de Norman con interés y luego se miraron poniendo los ojos en blanco. Aparentaban unos catorce años y parecían inofensivos. El del centro empezó a decir «¿Me estás mirando a mí?» como Roben De Niro en Taxi Driver. Norman pareció advertirlo y se lo quedó mirando, sólo a él, por lo visto, haciendo caso omiso de los otros dos, y el chico decidió que tal vez su imitación de Roben De Niro necesitaba unos cuantos ensayos más, por lo que lo dejó correr.
Norman se subió al coche robado recién lavado y se marchó. Al cabo de seis manzanas en dirección al centro entró en una tienda de ropa de segunda mano que se llamaba Tócala otra vez, Sam. Había algunas personas echando un vistazo, y todas se lo quedaron mirando. A Norman no le importó que lo observaran, sobre todo si era su cráneo recién afeitado lo que miraban. Si le estaban mirando fijamente la cabeza no tendrían ni puta idea del aspecto de su rostro al cabo de cinco minutos.
Encontró una cazadora de motorista llena de tachuelas, cremalleras y cadenitas plateadas relucientes; cada uno de sus pliegues crujió cuando la retiró de la percha. El dependiente abrió la boca para pedirle doscientos cuarenta dólares por ella, pero entonces vio los ojos atormentados que lo miraban bajo el impresionante desierto blanco de la cabeza recién afeitada y le dijo a Norman que la cazadora costaba ciento ochenta más IVA. Habría rebajado el precio si Norman hubiera regateado, pero no fue así. Norman estaba cansado, la cabeza le martilleaba, y lo único que quería era volver al hotel y dormir. Quería dormir de un tirón hasta el día siguiente. Necesitaba descansar lo más posible, pues al día siguiente estaría muy ocupado.
Hizo dos paradas más en el trayecto de vuelta. La primera fue una tienda en la que vendían artículos médicos y ortopédicos. Norman compró una silla de ruedas manual que plegada cabría en el maletero del Tempo. A continuación fue al Centro Cultural y Museo de la Mujer. Pagó seis dólares para entrar pero no visitó la exposición, sino que se limitó a asomar la cabeza al auditorio, donde se estaba celebrando una conferencia sobre el parto natural. Pasó un momento por la tienda de regalos y se fue. .
Una vez en el Whitestone subió a su habitación sin preguntar por la rubia del culito bien puesto. No se atrevía a pedir ni un vaso de agua dado el estado en que se encontraba. La cabeza recién afeitada le palpitaba como una forja de acero, los ojos le latían en las cuencas, los dientes y las mandíbulas le dolían. Lo peor de todo era que su mente parecía estar suspendida sobre él como un globo de helio; tenía la impresión de que seguía unida a él sólo por un hilillo finísimo que podía romperse en cualquier momento. Tenía que descansar. Dormir. Tal vez entonces su mente volvería a meterse en su cabeza, donde tenía que estar. En cuanto a la rubia, lo mejor sería considerarla un as en la manga, algo que utilizar sólo en caso de extrema necesidad. Romper el vidrio en caso de incendio.
Norman se metió en la cama a las cuatro de la tarde del viernes. El martilleo que le azotaba las sienes no guardaba ya relación alguna con la resaca, sino que se había convertido en lo que denominaba una de sus «jaquecas especiales». Las sufría con frecuencia cuando trabajaba demasiado, y desde que Rose se marchara y el caso de la red de crack se acercara a su punto álgido, sufría a menudo dos por semana. Tendido en la cama con la vista clavada en el techo, los ojos le lloraban, la nariz le goteaba, y veía extraños dibujos brillantes en torno a los objetos. El dolor había alcanzado niveles tales que tenía la impresión de llevar en la cabeza un feto espantoso que pugnara por nacer; el nivel en que no había nada que hacer salvo echarse y esperara que pasara, y el modo de hacer eso consistía en atravesar los momentos uno a uno, pasando de uno a otro como quien cruza un río por las rocas de paso. Aquella idea despertó un recuerdo vago en lo más profundo de su mente, pero la imagen no logró abrirse paso por entre el dolor incesante, deforma que Norman lo dejó correr. Se masajeó el cráneo rapado con la mano. Aquella suavidad no podía formar parte de él; era como tocar el capó de un coche recién encerado.
-Quién soy? preguntó a la habitación vacía-. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué estoy haciendo? ¿Quién soy?
Se quedó dormido antes de encontrar respuesta a cualquiera de aquellas preguntas. El dolor lo persiguió durante buena parte del trayecto hacia las profundidades carentes de sueños, como una mala idea que no ceja, pero por fin logró dejarlo atrás. La cabeza se le cayó a un lado, y un fluido que no era exactamente una lágrima le brotó del ojo izquierdo para rodarle por la fosa nasal y la mejilla. Empezó a roncar con fuerza.
Cuando despertó doce horas más tarde, a las cuatro de la madrugada del sábado, el dolor de cabeza se había esfumado. Se sentía fresco y lleno de energía, como solía sucederle después de sus «jaquecas especiales». Se incorporó en la cama, bajó los pies al suelo y contempló la oscuridad por la ventana. Había palomas posadas en la cornisa, arrullándose incluso en sueños. Sabía a ciencia cierta, sin ningún atisbo de duda, que aquel día sería el fin. Con toda probabilidad, también sería su fin, pero eso carecía de importancia. El mero hecho de saber que ya no habría más dolores de cabeza le bastaba para contentarse.
En el otro extremo de la habitación, su nueva cazadora de motorista estaba colgada sobre una silla como un fantasma negro y decapitado.
Levántate pronto, Rose, pensó casi con ternura. Levántate pronto, corazoncito, y echa un buen vistazo a la salida del sol, ¿vale? Tienes que echarle el mejor vistazo que puedas, porque será la última que veas.
2
El sábado, Rosie despertó a las cuatro y pocos minutos de la madrugada y alargó la mano en un intento desesperado de encender la luz; estaba aterrada, convencida de que Norman se hallaba en la habitación con ella, segura de que olía su colonia, todos mis hombres llevan Colonia Inglesa o nada en absoluto.
Estuvo a punto de volcar la lámpara al intentar encenderla presa del pánico, pero cuando por fin se hizo la luz (con el pie de la lámpara suspendido a medias en el vacío), el miedo remitió de inmediato. No era más que su habitación pequeña, pulcra y sensata, y lo único que olía era la fragancia cálida y sutil de su propia piel. Allí no había nadie más que ella... y Rose Madder, por supuesto. Pero Rose Madder estaba bien guardada en el armario, donde sin duda alguna seguía de pie con la mano ante los ojos, contemplando las ruinas del templo.
He soñado con él, se dijo al incorporarse. He tenido otra pesadilla con Norman, por eso me he despertado tan asustada.
Volvió a colocar la lámpara en su lugar. El metal tintineó contra el brazalete. Rosie lo cogió y lo examinó con atención. Era extraño lo mucho que le costaba recordar
(lo que tengas que recordar)
de dónde había sacado aquella pieza. ¿La había comprado en la tienda de Bill porque se parecía a la que llevaba la mujer del cuadro? No lo sabía, y su ignorancia la inquietaba. ¿Cómo podía una olvidar
(lo que tengas que olvidar)
una cosa así?
Rosie levantó el brazalete, que se le antojaba pesado como el oro pero que a buen seguro no era más que chatarra dorada, y recorrió la habitación con la mirada a través de él, como si la mirara por un telescopio.
En aquel momento le volvió a la memoria un fragmento del sueño, y se dio cuenta de que no había soñado con Norman a fin de cuentas. Había soñado con Bill. Estaban en la moto, pero en lugar de llevarla a un lugar junto al lago, la llevaba por un sendero que se adentraba más y más en un bosque siniestro de árboles muertos. Al cabo de un rato llegaban a un claro en el que se alzaba un solo árbol vivo y cargado de frutos del color de la túnica de Rose Madder.
¡Oh, qué primer plato más estupendo!, gritaba Bill alegremente antes de saltar de la moto y correr hacia el árbol. He oído hablar de ellas. Te comes una y te salen ojos en la nuca. ¡Te comes dos y vives para siempre!
En aquel momento, el sueño cruzaba la frontera entre la historia inquietante y la pesadilla. Rosie sabía que la fruta de aquel árbol no era mágica, sino terriblemente venenosa, y corría hacia Bill con la intención de detenerlo antes de que mordiera una de aquellas frutas tentadoras. Pero Bill no se dejaba convencer. Se limitaba a rodearle los hombros con el brazo, abrazarla un momento y decirle: No seas tonta, Rosie... Sé lo que son las granadas, y estas frutas no lo son.
Fue entonces cuando Rosie despertó, temblando como una hoja en la oscuridad y pensando no en Bill, sino en Norman..., como si Norman estuviera tendido en una cama no lejos de allí y pensara en ella. Aquel pensamiento hizo que Rosie cruzara los brazos sobre el pecho y se abrazara. Era muy posible que aquello fuera cierto. Dejó el brazalete en la mesilla, entró en el baño y abrió el grifo de la ducha.
El inquietante sueño de Bill y la fruta envenenada, las preguntas acerca de dónde o cómo había conseguido el brazalete y los sentimientos encontrados acerca del cuadro que había comprado, sacado de su marco y luego escondido en el armario, dejaron paso a una preocupación mucho mayor y más inmediata: la cita. Era hoy, y cada vez que pensaba en ello tenía la impresión de llevar un alambre candente en el pecho. Estaba asustada y contenta a un tiempo, pero sobre todo sentía curiosidad. Su cita. La cita de los dos.
Si es que se presenta, susurró una voz interior con aire lúgubre. A lo mejor sólo era una broma, ¿sabes? O a lo mejor lo has ahuyentado.
Rosie estaba a punto de meterse debajo de la ducha cuando se dio cuenta de que todavía llevaba las bragas.
-Vendrá -murmuró mientras se agachaba para quitárselas-. Desde luego que vendrá. Sé que vendrá.
Cuando se inclinó para coger el champú, una voz muy, muy diferente de la primera habló desde las profundidades de su mente: Las bestias lucharán.
-¿Qué? -Rosie se quedó paralizada con el frasco de plástico en la mano. Estaba asustada y no sabía bien por qué-. ¿Qué has dicho?
Nada. Ni siquiera recordaba con seguridad qué había pensado, sólo que se trataba de otra cosa relacionada con el maldito cuadro, que se le había grabado en la mente como el estribillo de una canción que no puedes olvidar. Mientras se enjabonaba el cabello decidió deshacerse de él. La idea la hizo sentirse mejor, como si hubiera tomado la decisión de dejar un vicio, como fumar o beber durante el almuerzo, y salió de la ducha tarareando.
3
Bill no la torturó llegando tarde. Rosie había llevado una de las sillas de la cocina junto a la ventana para poder sentarse y esperarlo (lo había hecho a las siete y cuarto, tres horas después de salir de la ducha), y a las ocho y veinticinco, una moto con una nevera portátil atada al portapaquetes aparcó en un hueco delante del edificio. La cabeza del conductor estaba cubierta por un gran casco azul, y desde su punto de observación, Rosie no logró distinguir su rostro, pero sabía que era él. La línea de sus hombros ya le resultaba inconfundible. Bill dio gas en punto muerto y luego paró el motor antes de bajar el caballete con la bota. Bajó una pierna, y por un instante se hizo visible la forma de su muslo bajo los vaqueros desvaídos. Rosie experimentó una oleada tímida pero inequívoca de lujuria. Esto es en lo que pensaré esta noche antes de dormirme, esto es lo que veré. Y si tengo mucha, mucha suerte soñaré con ello.
Estuvo tentada de esperarlo arriba, de dejar que viniera a buscarla al igual que una muchacha que se siente a gusto en casa de sus padres espera al chico que la invita al baile, lo espera aun cuando ya ha llegado, espiando tras la cortina de su cuarto con su vestido de baile sin tirantes, esbozando una sonrisa misteriosa cuando lo ve bajarse del coche de su padre, recién lavado y encerado, ajustándose tímidamente la pajarita o tirándose de la faja.
Se lo pensó unos instantes, pero luego abrió el armario, introdujo la mano y sacó el jersey. Recorrió el pasillo a toda prisa y se puso la prenda mientras andaba. A1 llegar a la escalera y ver que Bill ya subía por ella con la cabeza levantada para mirarla, se le ocurrió que había alcanzado la edad perfecta; era demasiado mayor para ser coqueta por el simple placer de serlo, pero demasiado joven para no creer que algunas esperanzas, las que de verdad importan, pueden resultar fundadas aunque todo indique lo contrario.
-Hola -lo saludó desde la cima de la escalera-. Qué puntual.
-Claro -repuso él mirándola desde abajo con aire ligeramente sorprendido-. Siempre soy puntual. Me educaron así. Creo que además lo llevo en la sangre. -Alargó una mano enguantada como un caballero de película-. ¿Estás preparada? -preguntó con una sonrisa.
Era una pregunta que Rosie aún no sabía cómo responder, de modo que se limitó a reunirse con él, aceptó la mano que le tendía y dejó que la condujera al exterior, a la luz del sol que bañaba el primer sábado de junio. Bill la dejó en la acera junto a la motocicleta inclinada, la miró de arriba abajo con ojo crítico y por fin meneó la cabeza.
-No, no, con ese jersey no bastará -aseguró-. Menos mal que no he olvidado lo que aprendí en los Boy Scouts.
A cada lado del portapaquetes de la Harley había una maleta. Bill abrió una y sacó una cazadora de cuero parecida a la suya, con bolsillos de cremallera arriba y abajo en ambos lados, pero por lo demás negra y lisa. Nada de tachuelas, charreteras, relámpagos ni adornos varios. Era más pequeña que la de Bill. Rosie se la quedó mirando, allí colgada de sus manos como un pellejo, y con la pregunta evidente atragantada entre los labios.
Bill vio su expresión, la descifró al instante y volvió a menear la cabeza.
-Es la cazadora de mi padre. Me enseñó a conducir con una vieja Indian que compró a cambio de una mesa de comedor y un dormitorio. El año que cumplió los veintiuno se recorrió el país entero con esa moto, según dice. Era de las que hay que poner en marcha con el pie, y si te olvidas de ponerla en punto muerto se te puede escapar por entre las piernas.
-¿Y qué pasó? ¿La destrozó? -Esbozó una sonrisa-. ¿La destrozaste tú?
-Ni una cosa ni otra. Murió de vieja. Desde entonces sólo han entrado Harleys en la familia Steiner. Ésta es una Heritage de mil trescientos cuarenta y cinco centímetros cúbicos. -Acarició el manillar con delicadeza-. Hace cinco años que papá no la conduce.
-¿Se ha cansado de llevarla?
-No, es que tiene glaucoma.
Rosie se puso la cazadora. Calculaba que el padre de Bill mediría al menos ocho centímetros menos que su hijo y pesaría unos veinte kilos menos, pero pese a todo, la cazadora le llegaba casi a las rodillas. Sin embargo, abrigaba mucho, y Rosie se la abrochó hasta el cuello con cierto placer sensual.
-Te queda bien -comentó Bill-. Tienes un aspecto un poco gracioso, como una niña que jugara a ponerse la ropa de mamá, pero te queda bien, de verdad.
Rosie creyó que podía decirle algo que no había podido decirle cuando estaban sentados en el parque comiendo perritos calientes, y de repente le pareció muy importante decirlo.
-Bill.
Bill se volvió hacia ella con una sonrisa, aunque sus ojos mostraban una expresión solemne.
-¿Sí?
-No me hagas daño.
Bill reflexionó unos instantes sin abandonar la sonrisa ni la expresión solemne de los ojos, y por fin meneó la cabeza.
-No, no te haré daño.
-¿Me lo prometes?
-Sí, te lo prometo. Vamos, sube. ¿Has subido alguna vez a un caballo de hierro?
Rosie denegó con la cabeza.
-Bueno, estos estribos son para tus pies.
Bill se inclinó sobre la parte posterior de la moto, rebuscó en la maleta y sacó un casco. Rosie contempló el color rojo violáceo sin la menor sorpresa.
-Toma.
Rosie se lo caló y luego se agachó para mirarse solemnemente en uno de los retrovisores de la Harley. Lo que vio la hizo estallar en carcajadas.
-¡Parezco una futbolista!
-La más guapa del equipo -Bill le asió los hombros para darle la vuelta-. Se ata debajo de la barbilla. Deja que lo haga yo.
Por un instante tuvo el rostro de Bill a la distancia de un beso y experimentó una especie de vértigo al pensar que, si quería besarla allí mismo, en la acera soleada llena de gente que paseaba camino de los recados ociosos del sábado, ella se lo permitiría.
Bill retrocedió un paso.
-¿Está demasiado apretado?
Rosie meneó la cabeza.
-¿Seguro?
Rosie asintió.
-Pues entonces di algo.
-O ehtá ebahiao abetao -farfulló ella, y se echó a reír al ver la expresión de Bill, que no tardó en unirse a sus carcajadas.
-¿Preparada? -volvió a preguntarle Bill.
Seguía sonriendo, pero sus ojos conservaban aquella expresión solemne y reflexiva, como si supiera que se habían embarcado en una aventura de gran envergadura, en la que cada palabra, cada movimiento podían tener consecuencias inconmensurables.
Rosie cerró el puño, golpeó la parte superior del casco y esbozó una sonrisa nerviosa.
-Supongo que sí. ¿Quién sube primero, tú o yo?
-Yo -repuso Bill al tiempo que pasaba una pierna sobre la Harley-. Ahora tú.
Rosie pasó una pierna con cuidado y apoyó las manos en los hombros de Bill. El corazón le latía con violencia.
-No -dijo él-. Alrededor de la cintura, ¿vale? Necesito los brazos y las manos para conducir.
Rosie deslizó las manos entre los brazos y los costados de Bill antes de entrelazarlas sobre su estómago plano. De repente tuvo la sensación de soñar. ¿Todo aquello se debía a una sola gota de sangre sobre la sábana? ¿Una decisión impulsiva de salir por la puerta principal y marcharse? ¿Era posible?
Dios mío, por favor, que no sea un sueño, pensó.
-Pon los pies sobre los estribos.
Rosie obedeció y experimentó una punzada de temor y delicia cuando Bill enderezó la moto y retiró el caballete con la bota. Ahora que tan sólo sus pies la mantenían en equilibrio, a Rosie le recordó el momento en que una barca pequeña queda liberada de su última amarra y flota junto al embarcadero con mayor libertad que antes. Se apoyó con más decisión contra la espalda de Bill, cerró los ojos y aspiró una profunda bocanada de aire. La fragancia del cuero caldeado por el sol se parecía mucho a lo que había imaginado, y eso le gustó. Todo le gustaba. Le daba miedo y le gustaba.
-Espero que lo pases bien -comentó Bill-. De verdad que sí.
Pulsó un botón que había sobre la parte derecha del manillar, y la Harley se puso en marcha con un estallido. Rosie dio un respingo y se acercó más a Bill, aferrándose a él con más fuerza y perdiendo una parte de su timidez.
-¿Vas bien? -inquirió él.
Rosie asintió, pero entonces se dio cuenta de que él no vería el gesto y repuso que sí, que iba bien.
Al cabo de un instante, la acera que se extendía a su izquierda empezó a quedar atrás. Bill echó un vistazo atrás para comprobar si se acercaban coches y a continuación dirigió la moto al carril derecho de Trenton Street. No era como girar en un coche; la motocicleta se inclinó como una avioneta alineándose con la pista. Bill dio gas, y la Harley se lanzó hacia delante, soplando una ráfaga de viento al interior del casco de Rosie, que se echó a reír.
-¡Ya me parecía que te gustaría! -gritó Bill por encima del hombro cuando se detuvieron en el semáforo de la esquina.
Cuando apoyó el pie en el suelo, fue como si estuvieran de nuevo unidos a la tierra firme, pero por el más fino de los hilos. Cuando el semáforo cambió a verde, el motor volvió a rugir bajo las piernas de Rosie, esta vez con mayor autoridad, y la moto tomó Deering Avenue a lo largo del parque Bryant, pasando junto a las sombras de robles viejos que se dibujaban en el pavimento como manchas de tinta. Rosie miró por encima del hombro de Bill y vio el sol que los guiaba por entre los árboles, despidiendo destellos como un heliógrafo, y cuando Bill ladeó la moto para torcer en Calumet Avenue, Rosie se ladeó con él.
Ya me parecía que te gustaría, había dicho Bill al salir, pero sólo le gustó mientras atravesaron la parte norte de la ciudad, pasando por barrios cada vez más residenciales, cuyas casas casi adosadas le recordaron las escenas de Todos en familia y donde parecía haber un El Sorbo en cada esquina. Cuando llegaron a la ronda del lago en dirección a las afueras, a Rosie no sólo le gustaba el paseo, sino que estaba encantada, y cuando Bill salió de la ronda del lago para tomar la carretera 27, una vía de dos carriles que reseguía la orilla del lago hasta el siguiente estado, Rosie tenía la sensación de que podría pasarse el resto de su vida subida a aquella moto. Si Bill le hubiera preguntado qué le parecería llegar hasta Canadá para ir a un partido de béisbol de los Blue Jays en Toronto, por ejemplo, Rosie se habría limitado a apoyar la cabeza en el cuero que separaba sus omóplatos para que Bill advirtiera que estaba asintiendo.
La carretera 27 era estupenda. A mediados de veranos estaría plagada de tráfico incluso a aquella hora de la mañana, pero en aquel momento iba casi vacía, un lazo negro pespunteado de amarillo en la parte central. A su derecha, el lago centelleaba de un brillante color azul por entre los árboles; a su izquierda vieron granjas de productos lácteos, cabañas para turistas y tiendas de recuerdos que iniciaban la temporada.
Rosie no tenía necesidad alguna de hablar; de hecho, no estaba segura de que pudiera hablar aunque quisiera. Bill fue dando gas a la Harley hasta que la aguja del cuentakilómetros se colocó en un ángulo de ciento ochenta grados respecto al cero, como un reloj que indicara las doce, y el viento silbó con más fuerza en el casco de Rosie. Tenía la sensación de volar, esa sensación que recordaba de los sueños de su infancia, sueños en que volaba sin miedo sobre campos, montañas, tejados y chimeneas con el cabello flotando como una bandera detrás de ella. Siempre había despertado de aquellos sueños temblando, bañada en sudor, aterrada y encantada, y así era como se sentía en aquel momento. Al mirar a la izquierda vio su sombra flotando junto a ella como en aquellos sueños, pero ahora la acompañaba otra sombra, lo que le gustaba mucho más. No recordaba haberse sentido tan feliz en ningún otro instante de su vida. El mundo entero se le antojaba perfecto, y tenía la impresión de encajar en él a la perfección.
La temperatura fluctuaba ligeramente a medida que avanzaban, descendiendo mientras atravesaban lugares sombreados o valles, subiendo cuando se sumergían de nuevo en la luz del sol. A cien kilómetros por hora, los olores llegaban en cápsulas, tan concentrados que era como si salieran despedidos de surtidores. Vacas, estiércol, heno, tierra, hierba cortada, alquitrán fresco cuando pasaban junto a una zona en construcción, gas de escape cuando adelantaron a un camión de granja que traqueteaba por la carretera. En la caja abierta del camión yacía un perro mestizo con el hocico entre las patas, mirándolos con total indiferencia. Cuando Bill se desvió para adelantar en un tramo recto, el granjero alzó la mano para saludar a Rosie. Ella distinguió las patas de gallo que se arremolinaban alrededor de sus ojos, la piel enrojecida y agrietada a los lados de su nariz, el destello de su alianza a la luz del sol. Con mucho cuidado, como un equilibrista en la cuerda floja haciendo una pirueta sin red, Rosie retiró una mano de la cintura de Bill y devolvió el saludo al hombre. El granjero le dedicó una sonrisa y luego quedó atrás.
A unos quince o veinte kilómetros de la ciudad, Bill señaló una reluciente silueta de metal que se dibujaba en el cielo ante ellos. Al cabo de un instante, Rosie oyó el ritmo constante de los rotores del helicóptero, y luego distinguió a dos hombres sentados en la cabina redondeada. Cuando el aparato los sobrevoló con gran estruendo, Rosie vio que el acompañante se inclinaba para gritar algo al oído del piloto.
Lo veo todo, pensó antes de preguntarse por qué le impresionaba tanto la idea. En realidad no estaba viendo nada que no pudiera apreciarse desde un coche. No es verdad, se corrigió. Estoy viendo algo diferente porque no lo miro a través de una ventana, y eso hace que deje de ser paisaje. Es el mundo, no un paisaje, y yo estoy en ese mundo. Estoy volando por el mundo, como en los sueños que tenía de pequeña, pero ahora no voy sola.
El motor palpitaba a un ritmo constante entre sus piernas. No le producía exactamente una sensación sexual, pero sí le hizo tomar conciencia de lo que tenía allí abajo y para qué servía. Cuando no contemplaba el paisaje se dedicaba a observar fascinada los pelillos de la nuca de Bill y a preguntarse qué sensación produciría tocarlos, alisarlos como si de plumas se tratara.
Una hora después de dejar la ronda del lago se hallaban en pleno campo. Bill redujo hasta poner la Harley en segunda, y cuando llegaron a un cartel que rezaba ÁREA DE PICNIC SHORELAND. CAMPING SÓLO CON AUTORIZACIÓN, redujo a primera y torció por un sendero de grava.
-Sujétate bien -advirtió; Rosie lo oyó bien porque el viento ya no le silbaba en los oídos-. Baches.
Había baches, pero la Harley los salvó con facilidad, convirtiéndolos en meros bultitos. Al cabo de cinco minutos se detuvieron en un pequeño estacionamiento de tierra. Más allá se veían mesas de picnic y barbacoas de piedra; salpicaban una gran extensión de hierba que descendía de forma paulatina hasta una calita rocosa que apenas podía llamarse playa. A la calita llegaban olas pequeñas en ordenada procesión. Tras ellas, el lago se extendía hasta el horizonte, donde la línea que separaba el cielo del agua se diluía en la neblina azulada. En el lugar no había nadie aparte de ellos, y cuando Bill apagó el motor de la Harley, el silencio dejó a Rosie sin aliento. Sobre el agua, las gaviotas volaban en círculos, chillando en dirección a la orilla con su voz estridente y frenética. Desde el oeste les llegaba el sonido de un motor, tan lejano que era imposible determinar si pertenecía a un camión o a un tractor. Y el silencio.
Bill empujó con la bota una piedra plana hacia la moto y bajó el caballete de forma que descansara sobre ella. A continuación se apeó y se volvió hacia Rosie con una sonrisa. Al ver su expresión, la sonrisa se trocó en una mirada de preocupación.
-Rosie, ¿te encuentras bien?
-Sí, ¿por qué? -replicó ella sorprendida.
-No sé, tienes una expresión de lo más extraña...
Ya me lo imagino, pensó ella. Desde luego que me lo imagino.
-Estoy bien -aseguró-. Me da la sensación de estar soñando, eso es lo que pasa. No paro de preguntarme cómo he llegado hasta aquí.
Lanzó una carcajada nerviosa.
-Pero ¿no te vas a desmayar ni nada por el estilo?
Esta vez, Rosie rió con más naturalidad.
-No, de verdad que estoy bien.
-¿Y te ha gustado?
-Me ha encantado.
Estaba luchando con la hebilla que unía las correas del casco, pero sin demasiado éxito.
-Cuesta un poco la primera vez. Deja que te ayude.
Bill se inclinó hacia ella para abrir la hebilla, de nuevo a la distancia de un beso, aunque esta vez no se apartó. Le sacó el casco con las palmas de las manos y luego la besó en la boca, mientras el casco pendía de la correa entre los dos primeros dedos de su mano izquierda y él apoyaba la derecha en la parte baja de la espalda de Rosie. Aquel beso disipó todos los temores de Rosie; el contacto de su boca y la presión de su mano eran como volver a casa. Advirtió que estaba empezando a llorar, pero no le importaba. Aquellas lágrimas no dolían.
Bill se apartó un poco de ella sin soltarla; el casco seguía bamboleándose contra la rodilla de Rosie como un péndulo.
-¿Estás bien? -preguntó Bill mirándola a los ojos.
Sí, intentó responder ella, aunque de sus labios no brotó sonido alguno. Se limitó a asentir con un gesto.
-Perfecto.
Y con aire muy solemne, como quien lleva a cabo una misión importante, le besó las mejillas frías y húmedas hacia arriba y hacia dentro, en dirección a la nariz, primero bajo el ojo derecho y luego bajo el izquierdo. Sus besos eran suaves como el aleteo de las pestañas. Rosie nunca había sentido nada igual y de repente le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó con fuerza, el rostro sepultado en el hombro de su cazadora y los húmedos ojos cerrados. Bill la sostuvo, acariciándole la trenza con la mano que había descansado sobre su espalda.
Al cabo de un rato, Rosie retrocedió y se secó las lágrimas con la manga.
-No siempre lloro -aseguró-. Debe de costarte creerlo, pero es verdad.
-Me lo creo -repuso él al tiempo que se quitaba el casco-. Vamos, ayúdame con la nevera.
Rosie lo ayudó a desabrochar las correas elásticas que la sujetaban, y juntos la llevaron hasta una de las mesas de picnic. Rosie se quedó mirando el agua.
-Éste debe de ser el lugar más hermoso del mundo -comentó-. No puedo creer que no haya nadie más.
-Bueno, la carretera 27 queda un poco apartada de la ruta turística habitual. Venía con mi familia cuando era pequeño. Mi padre me contó que lo encontró por casualidad mientras paseaba en bici. Ni siquiera en agosto viene mucha gente, mientras que el resto de las zonas de picnic del lago están atestadas.
-¿Has traído a otras mujeres aquí? -preguntó Rosie lanzándole una mirada rápida.
-No -denegó él-. ¿Te apetece dar un paseo? Podríamos ir abriendo boca, y además quiero enseñarte una cosa.
-¿Qué?
-Será mejor que te lo enseñe.
-De acuerdo.
Bill la condujo hasta la orilla, donde se sentaron juntos sobre una roca grande para quitarse los zapatos. A Rosie le divirtió ver los gruesos calcetines blancos de deporte que Bill llevaba debajo de las botas. Era la clase de calcetines que asociaba con el instituto.
-¿Las dejamos aquí o nos las llevamos? -inquirió Rosie levantando las zapatillas.
Bill reflexionó unos instantes.
-Llévatelas. Yo dejaré las mías aquí. Apenas me puedo poner estas malditas botas con los pies secos, y mojados no te digo nada.
Se quitó los calcetines blancos y los colocó pulcramente sobre las punteras gruesas de las botas. Algo en su modo de hacerlo y el aspecto modoso que ofrecían los calcetines la hizo sonreír. -¿Qué pasa?
-Nada -repuso Rosie meneando la cabeza-. Venga, enséñame la sorpresa.
Se dirigieron hacia el norte por la orilla, Rosie con las zapatillas en la mano izquierda, Bill a la cabeza. Al sumergir los pies en el agua, Rosie la notó tan fría que jadeó. Veía sus pies bajo el agua como peces pálidos y relucientes, algo separados del resto de su cuerpo a la altura de los tobillos por obra de la refracción. El fondo estaba cubierto de grava, pero no dolía. Aunque estuvieras haciéndotelos pedazos no te enterarías, pensó. Estás entumecida, cariño. Pero no se los estaba haciendo pedazos. Tenía la sensación de que Bill no permitiría eso. Era una idea ridícula pero poderosa.
A unos cuarenta metros alcanzaron un sendero cubierto de maleza que se alejaba tortuoso de la orilla, arena blanca y gruesa entre juníperos bajos y robustos, y en aquel momento se apoderó de Rosie una intensa sensación de déjá vu, como si hubiera visto aquel sendero en un sueño apenas recordado.
Bill señaló la cima de la cuesta.
-Vamos allí arriba -susurró-. No hagas ruido.
Esperó a que Rosie se pusiera las zapatillas deportivas y luego siguió andando. Al llegar a la cima se detuvo a esperarla, y cuando Rosie lo alcanzó y empezó a hablar, se llevó un dedo a los labios y luego señaló algo con él.
Se hallaban al borde de un claro pequeño y salpicado de arbustos, una especie de mirador a unos veinte metros sobre el lago. En el centro se veía un árbol caído. Bajo la maraña de raíces cubiertas de tierra yacía una esbelta zorra roja que amamantaba a tres cachorros. Cerca del grupo, un cuarto cachorro perseguía con entusiasmo su propia cola en un parche soleado. Rosie se los quedó mirando, fascinada.
Bill se acercó a ella, y su susurro le hizo cosquillas en la oreja además de producirle un escalofrío.
-Vine anteayer para comprobar que el merendero seguía aquí y aún merecía la pena. Hacía cinco años que no venía, así que no estaba seguro. Di un paseo y me encontré con esta familia. Vulpes fulva, el zorro rojo. Los pequeños deben de tener unas seis semanas.
-¿Cómo es que sabes tanto?
-Me gustan los animales -repuso Bill con un encogimiento de hombros-. Leo cosas sobre ellos e intento verlos en su hábitat siempre que tengo ocasión.
-¿Cazas?
-Dios mío, no. Ni siquiera hago fotos. Sólo miro.
La zorra los había visto. Sin moverse adoptó una actitud aún más quieta y una expresión aguda y vigilante.
No la mires a la cara, pensó Rosie de repente. No tenía ni idea de lo que significaba aquel pensamiento; sólo sabía que no era su propia voz la que oía en su mente. No la mires a la cara. Las personas como tú no deben mirarla a la cara.
-Son preciosos -murmuró al tiempo que alargaba la mano para coger la de Bill.
-Sí que lo son -asintió él.
La zorra se había vuelto hacia el cuarto cachorro, que había renunciado a perseguirse la cola y empezado a atacar su sombra. La madre emitió un solo ladrido agudo. El pequeño se volvió, observó con descaro a los recién llegados que estaban de pie en el sendero, trotó hacia su madre y se tendió junto a ella. La zorra le lamió la cabeza con rapidez y eficacia, pero sin perder de vista a Rosie y Bill.
-¿Tiene compañero? -inquirió Rosie.
-Sí, lo vi el otro día. Un perro de buen tamaño.
-¿Así es como se llaman? ¿Perros?
-Sí, perros.
-¿Dónde está?
-No muy lejos. Cazando. Probablemente los pequeños ven muchas gaviotas con las alas rotas en la cena.
Rosie se volvió hacia las raíces del árbol bajo el cual habían instalado su guarida los zorros, y una vez más la embargó aquella sensación de déjá vu. La imagen fugaz de una raíz moviéndose hacia ella para asirla le cruzó la mente como un rayo antes de disiparse.
-¿La estamos asustando? -preguntó Rosie.
-Un poquito, quizá. Si nos acercáramos más se defendería.
-Sí -asintió Rosie-. Y si intentáramos hacer algo a los pequeños, ella se resarciría.
Bill la miró con expresión extraña.
-Bueno, sí, supongo que sí.
-Me alegro de que me hayas traído a verlos.
-Bien -exclamó Bill con una sonrisa que le iluminó el rostro entero.
-Volvamos. No quiero asustarla y además tengo hambre.
-Vale, yo también.
Bill alzó una mano y saludó a la zorra con aire solemne. La madre los observó con sus ojos brillantes y serenos... y luego arrugó el hocico en un gruñido silencioso, dejando al descubierto una hilera de dientes blancos y pulcros.
-Sí -dijo Bill-. Eres una buena madre. Cuídalos mucho.
Se volvió para alejarse. Rosie empezó a seguirlo, pero miró por encima del hombro aquellos ojos brillantes y serenos. La zorra seguía con el hocico arrugado, mostrando los dientes mientras amamantaba a sus pequeños a la luz silenciosa del sol. Tenía el.pelaje más anaranjado que rojo, pero algo en el matiz, el contraste violento con el verde perezoso que lo rodeaba, hizo que Rosie volviera a estremecerse. Una gaviota sobrevoló el lugar, proyectando su sombra en el claro, pero la zorra no perdió de vista a Rosie en ningún momento. Rosie sintió aquellos ojos sobre ella, vigilantes y completamente concentrados en su quietud incluso cuando Rosie se volvió para seguir a Bill.
4
-¿Se las arreglarán bien? -preguntó cuando llegaron de nuevo a la orilla.
Se apoyó en el hombro de Bill para mantener el equilibrio mientras se quitaba primero la zapatilla izquierda y luego la derecha.
-¿Quieres decir si cazarán a los pequeños?
Rosie asintió.
-No si se mantienen alejados de los huertos y los gallineros, y si mamá y papá son lo bastante inteligentes como para impedirles que se acerquen a las granjas..., es decir, si siguen sanos. La zorra tiene al menos cuatro años, y su compañero unos siete. Ojalá lo hubieras visto. Tiene la cola del mismo color que las hojas en octubre.
Estaban a medio camino del merendero, con los pies sumergidos en el agua. Rosie vio las botas de Bill sobre la roca en que las había dejado, con los calcetines blancos y modosos atravesados sobre las punteras cuadradas.
-¿A qué te refieres con eso de «si siguen sanos»?
-La rabia -explicó él-. Casi siempre es la rabia la que los empuja a los huertos y gallineros. Lo que hace que la gente se fije en ellos. Lo que los acaba matando. Las zorras la contraen con más frecuencia que los machos y enseñan a sus crías comportamientos peligrosos. Acaba muy deprisa con los machos, pero la hembra puede tener la rabia durante mucho tiempo, y con el tiempo va empeorando.
-¿De verdad? -exclamó Rosie-. Qué pena.
Bill se detuvo, contempló el rostro pálido y pensativo de Rosie y la abrazó.
-No siempre pasa -dijo-. De momento están bien.
-Pero podría pasar. Podría pasar.
Bill consideró sus palabras y por fin asintió.
-Sí, claro -dijo-. Podría pasar cualquier cosa. Venga, vamos a comer, ¿qué te parece?
-Me parece una buena idea.
Pero no creía que pudiera comer mucho, pues la mirada brillante de la zorra le había quitado el apetito. Sin embargo, en cuanto Bill empezó a desempaquetar la comida, se dio cuenta de que estaba muerta de hambre. Sólo había desayunado un zumo de naranja y una tostada de pan seco; había estado más nerviosa y emocionada que una novia el día de su boda. Pero al ver el pan y la carne se olvidó de los zorros que vivían orilla arriba.
Bill no paraba de sacar comida de la nevera: bocadillos de ternera fría, bocadillos de atún, ensalada de pollo, ensalada de patatas, ensalada de col, dos latas de Coca Cola, un termo de té helado, dos pedazos de tarta, una gran porción de pastel... A Rosie le recordó a los payasos que vaciaban los carritos al salir al escenario del circo y se echó a reír. Con toda probabilidad no era lo más educado, pero tenía la suficiente confianza en él como para saber que no tenía que mostrarse educada. Eso estaba bien, porque de todos modos no sabía si podría haberlo evitado.
Bill alzó la cabeza, con un salero en la mano izquierda y un pimentero en la derecha. Rosie comprobó que había cubierto los orificios con cinta adhesiva por si se volcaban, y eso la hizo reír aún más. Se sentó en el banco colocado delante de la mesa de picnic, se cubrió el rostro con las manos e intentó recobrar la compostura. Cuando estaba a punto de conseguirlo, miró por entre los dedos y vio aquel increíble montón de bocadillos, media docena para dos personas, cada uno de ellos cortado en diagonal y empaquetado en su bolsita correspondiente. De nuevo estalló en carcajadas.
-¿Qué? -exclamó Bill con una sonrisa-. ¿Qué pasa, Rosie?
-¿Tienes invitados? -preguntó Rosie sin dejar de reír-. ¿Un equipo de la Liga Infantil, quizás? ¿O un grupo de Boy Scouts?
La sonrisa de Bill se ensanchó, aunque sus ojos conservaron aquella expresión solemne. Era una expresión complicada, que indicaba que comprendía tanto lo gracioso como lo serio, y al verla Rosie se convenció por fin de que Bill tenía su edad o al menos se acercaba lo suficiente para que no importara.
-Quería asegurarme de que traía algo que te gustara, nada más.
Rosie empezaba a dominarse, pero no dejó de sonreír. Lo que más la conmovió no fue su ternura, que le hacía parecer más joven, sino su franqueza, que de algún modo le confería madurez.
-Bill, yo como prácticamente de todo -aseguró.
-Ya me lo imagino -repuso él mientras se sentaba junto a ella-, pero ésa no es la cuestión. No me importa lo que aguantas, lo que soportas. Lo que realmente me importa es lo que te gusta y lo que quieres. Ésa es la clase de cosas que quiero darte, porque estoy loco por ti.
Rosie se lo quedó mirando muy seria, y cuando Bill le cogió la mano, ella se la cubrió con la otra. Estaba intentando asimilar lo que Bill acababa de decirle, pero le costaba mucho, pues era como intentar pasar un mueble muy voluminoso y pesado por una puerta estrecha, girándolo a un lado y a otro, tratando de encontrar un ángulo que permitiera pasarlo.
-¿Por qué? -preguntó por fin-. ¿Por qué yo?
Bill meneó la cabeza.
-No lo sé. La cuestión es, Rosie, que no sé gran cosa de mujeres. Tuve una novia cuando iba al instituto, y probablemente habríamos acabado en la cama, pero se fue a vivir a otra parte antes de que ocurriera. Luego tuve otra durante el primer año de universidad, y con ella sí me acosté. Y hace cinco años me comprometí con una chica maravillosa a la que conocí en el zoo, mira por dónde. Se llamaba Bronwyn O'Hara. Parece sacado de una novela de Margaret Mitchell, ¿verdad?
-Es un nombre precioso.
-Y ella era una chica preciosa. Murió de un aneurisma cerebral.
-Oh, Bill, lo siento mucho.
-Desde entonces he salido con un par de chicas, y no exagero. He salido con un par de chicas, punto, fin de la historia. Mis padres se pelean por mi causa. Mi padre dice que me voy a pudrir, mi madre dice: «Deja al chico en paz, deja de reñirlo». Aunque dice reñirloooo.
Rosie esbozó una sonrisa.
-Y entonces entras tú en la tienda y encuentras ese cuadro. Nada de lo que está pasando aquí pasa por amabilidad, caridad ni obligación. Nada de lo que está pasando aquí pasa porque la pobre Rosie las ha pasado moradas. -Se detuvo un instante antes de proseguir-: Pasa porque estoy enamorado de ti.
-No puedes saber eso. Todavía no.
-Sé lo que sé -replicó él, y Rosie consideró algo amenazadora la suave insistencia de su voz-. Y ahora basta de sensiblerías. Comamos.
Comieron. Cuando acabaron y Rosie se sentía a punto de reventar guardaron las sobras en la nevera, y Bill volvió a atarla al portapaquetes de la Harley. No había venido nadie; seguían teniendo Shoreland para ellos solos. Regresaron a la orilla y se sentaron en la roca grande. A Rosie empezaba a encantarle aquella roca; era la clase de roca, pensó, a la que una podía acudir una o dos veces al año para darle las gracias..., si las cosas salían bien, claro. Y creía que estaban saliendo bien, al menos de momento. De hecho, no recordaba ningún día mejor que aquél.
Bill la rodeó con sus brazos, apoyó los dedos de la mano izquierda en su mejilla y le giró el rostro hacia él. Empezó a besarla. Al cabo de cinco minutos, Rosie estaba a punto de desmayarse; tenía la sensación de que se hallaba entre un sueño y la realidad, excitada de un modo que jamás habría imaginado, excitada de un modo que confería sentido a todos los libros, historias y películas que antes no había comprendido pero siempre había aceptado a pies juntillas, al igual que un ciego cree a pies juntillas a un vidente cuando le dice que la puesta de sol es hermosa. Le ardían las mejillas, los pechos le quemaban, hipersensibilizados por el contacto de Bill a través de la blusa, y deseó no haberse puesto sujetador. Aquella idea la hizo ruborizarse aún más. El corazón le latía con fuerza, pero no importaba. Nada importaba. Todo era estupendo, maravilloso, en realidad. Tocó a Bill allí abajo, notó lo duro que estaba. Era como tocar una piedra, pero la piedra no habría palpitado bajo sus dedos como si de un corazón se tratara.
Bill dejó la mano de Rosie allí por un instante, pero por fin la levantó y le besó la palma.
-Basta por ahora -susurró.
-¿Por qué?
Rosie se lo quedó mirando con expresión inocente, exenta de todo artificio. Norman era el único hombre al que había conocido sexualmente, y no era la clase de hombre que se excitara sólo porque una lo tocara allí abajo a través de los pantalones. A veces, con mayor frecuencia a medida que pasaba el tiempo, de hecho, no se excitaba en absoluto.
-Porque no podré parar sin que me dé un patatús.
Rosie lo observó con tal expresión de extrañeza que Bill se echó a reír.
-No importa, Rosie. Es sólo que quiero que todo sea perfecto la primera vez que hagamos el amor, sin mosquitos que nos muerdan el culo, ortigas que nos dejen como un semáforo ni mocosos de la universidad apareciendo en el momento crucial. Además, prometí tenerte de vuelta a las cuatro para que pudieras vender camisetas, y no quiero que luego vayas con prisas.
Rosie miró el reloj y se sorprendió al comprobar que eran las dos y diez. Si sólo habían pasado cinco o diez minutos besuqueándose sobre la roca, ¿cómo era posible? A regañadientes llegó a la maravillosa conclusión de que llevaban mucho más tiempo ahí, al menos media hora, tal vez incluso tres cuartos.
-Vamos -instó Bill mientras se bajaba de la roca.
Hizo una mueca al sumergir los pies en el agua fría, y Rosie atisbó el bulto de sus pantalones por última vez. Eso lo he hecho yo, pensó, y la asombraron los sentimientos que aquella idea desencadenó: placer, diversión e incluso cierta presunción.
Bajó de la roca y le cogió la mano antes de darse cuenta de lo que hacía.
-Vale, ¿y ahora qué?
-¿Qué tal un pequeño paseo antes de volver? Para refrescarnos un poco, por así decirlo.
-De acuerdo, pero no nos acerquemos a los zorros. No quiero volver a molestarlos.
Molestarla a ella, pensó. No quiero volver a molestarla a ella.
-Muy bien. Iremos hacia el sur.
Se volvió para emprender el camino. Rosie le oprimió la mano para que se girara de nuevo hacia ella, y cuando lo hizo le rodeó el cuello con los brazos. La dureza bajo el cinturón no había desaparecido del todo, y Rosie se alegraba. Hasta entonces no había tenido ni idea de que en esa dureza pudiera existir algo que le resultara atractivo a una mujer, pues había estado convencida de que no se trataba más que de una ficción inventada por las revistas dedicadas a vender ropa, maquillaje y productos de belleza para el cabello. Tal vez ahora sabía algo más. Se apretó contra el bulto y miró a Bill a los ojos.
-¿Te importa que diga algo que mi madre me enseñó a decir antes de ir a mi primera fiesta de cumpleaños? Tenía unos cuatro o cinco años, creo.
-Adelante -accedió él con una sonrisa.
-Gracias por un día encantador, Bill. Gracias por el día más maravilloso desde que era pequeña. Gracias por pedirme que lo compartiera contigo.
Bill la besó.
-Yo también lo he pasado muy bien, Rosie. Hace años que no era tan feliz. Vamos a dar ese paseo.
Cogidos de la mano, se dirigieron hacia el sur por la orilla. Bill la condujo por otro sendero hasta un campo de heno largo y estrecho que parecía no haber sido tocado en años. La luz de la tarde lo bañaba con rayos polvorientos, y las mariposas revoloteaban por entre la hierba trazando dibujos aleatorios. Las abejas zumbaban, y a su izquierda, un pájaro carpintero martilleaba un árbol sin cesar. Bill le mostró flores, indicándole los nombres de casi todas. Rosie creía que se había equivocado en un par de ellas, pero no se lo dijo. Le mostró unas setas agrupadas al pie de un roble que se alzaba al borde del campo. Le dijo que eran venenosas, pero no demasiado peligrosas porque eran amargas. Eran las que no sabían amargas las que te hacían daño e incluso podían matarte.
Cuando regresaron al merendero, los mocosos de la universidad a los que se había referido Bill ya habían llegado en una furgoneta y un cuatro por cuatro. Eran simpáticos pero armaron un barullo impresionante mientras llevaban neveras llenas de cerveza a la sombra e instalaban una red de voleybol. Un chico de unos diecinueve años llevaba a hombros a su novia, ataviada con bermudas de color caqui y sujetador de bikini. Cuando empezó a correr, la chica se puso a gritar y a palmearle la cabeza de cabello cortado al cepillo. Mientras los observaba, Rosie se preguntó si los gritos de la muchacha llegarían a oídos de la zorra tumbada en el claro y supuso que sí. Casi la veía con la cola enroscada en torno a los cachorros repletos de leche y dormidos, escuchando los gritos humanos procedentes de la playa, las orejas erguidas, los ojos brillantes, inteligentes y tan propensos a la locura.
Acaba muy deprisa con los machos, pero la hembra puede tener la rabia durante mucho tiempo, pensó Rosie, y de repente recordó las setas venenosas que había visto al borde de aquel prado cubierto de maleza, creciendo en la sombra, al amparo de la humedad. Setas araña, las había llamado la abuela de Rosie cuando se las enseñaba en verano, y aunque aquel nombre debía de ser invención de la abuela Weeks, Rosie jamás había olvidado el aspecto desagradable que ofrecían, la carne pálida y cérea, salpicada de motas oscuras que en verdad parecían arañas diminutas con un poco de imaginación..., y la abuela había tenido mucha.
La hembra puede tener la rabia durante mucho tiempo, se dijo. Acaba muy deprisa con los machos, pero...
-Rosie, ¿tienes frío?
Rosie se lo quedó mirando sin comprender.
-Estabas temblando.
-No, no tengo frío.
Se volvió de nuevo hacia los chicos, que no los veían ni a ella ni a Bill porque tenían más de veinticinco años, y una vez más miró a Bill.
-Pero creo que es hora de volver.
-Creo que tienes razón -asintió Bill.
5
El tráfico fue mucho más denso en el trayecto de regreso, y empeoró en cuanto dejaron la ronda del lago. Los obligaba a conducir más despacio, pero en ningún momento los detuvo. Bill aprovechaba los huecos en cuanto aparecían, y Rosie se sentía como si fuera montada sobre una libélula domesticada; sin embargo, Bill nunca corría riesgos innecesarios, y Rosie no dudó de su capacidad en ningún momento, ni siquiera cuando desviaba la moto hacia la línea de separación entre carriles para adelantar a los grandes camiones que se alineaban a ambos lados como mastodontes pacientes mientras esperaban su turno para pasar por las taquillas del peaje. Cuando empezaron a pasar señales que anunciaban PARQUE WATERFRONT, ACUARIO, ETTINGER'S PIER y PARQUE DE ATRACCIONES, Rosie se alegró de que hubieran emprendido el viaje de regreso a aquella hora. Llegaría a tiempo para su turno en la venta de camisetas, y eso estaba bien. Presentaría a Bill a sus amigas, y eso estaba aún mejor. Estaba segura de que les caería bien. Al pasar bajo un puente en el que una pancarta de color rosa brillante anunciaba el SALUDA AL VERANO CON HIJAS Y HERMANAS, Rosie experimentó una oleada de felicidad que a una hora más tardía de aquel día eterno recordaría con horror y náuseas.
Ya veía la montaña rusa con todas sus curvas y estructuras complicadas recortándose contra el cielo, oía los gritos procedentes de ella como nubes de vapor. Por un instante abrazó a Bill con más fuerza y se echó a reír. Todo saldría bien, pensó, y cuando recordó por un breve instante los ojos oscuros y vigilantes de la zorra, se apresuró a desterrar el pensamiento como quien destierra la idea de la muerte durante una boda.
6
Mientras Bill Steiner se abría paso en la carretera que conducía a Shoreland, Norman Daniels se abría paso con su coche robado por entre los vehículos aparcados en un estacionamiento enorme de Press Street. El estacionamiento se hallaba a cinco manzanas de Ettinger's Pier y estaba al servicio de cinco puntos de interés situados a la orilla del lago: el parque de atracciones, el acuario, el Tranvía Turístico, las tiendas y los restaurantes. Había otro aparcamiento más cerca de todos aquellos lugares de ocio y esparcimiento, pero Norman no quería acercarse más. Tal vez tendría que salir de aquella zona con cierta rapidez, y no quería encontrarse en un atasco si se daba el caso.
A las diez menos cuarto del sábado, la mitad delantera del aparcamiento de Press Street aparecía casi desierta, nada conveniente para un hombre que necesitaba discreción, pero había muchos vehículos estacionados en la sección de días y semanas enteros, en su mayoría propiedad de los clientes del ferry que se dirigía hacia el norte en excursiones de un día y expediciones de pesca de fin de semana. Norman aparcó el Tempo en un hueco situado entre un Winnebago con matrícula de Utah y una gigantesca autocaravana RoadKing de Massachusetts. El Tempo quedaba casi oculto entre ambos vehículos, lo que a Norman le parecía perfecto.
Se apeó, cogió la cazadora nueva de cuero y se la puso. De uno de los bolsillos sacó unas gafas de sol, no las mismas que había llevado el otro día, y también se las puso. Acto seguido se dirigió al maletero, paseó la mirada en derredor suyo para asegurarse de que nadie lo observaba y lo abrió. De él sacó la silla de ruedas y la desplegó.
Había pegado en ella los adhesivos que comprara en la tienda de regalos del Centro Cultural de la Mujer. Tal vez había un montón de gente sesuda dando conferencias y asistiendo a simposios en las salas de reuniones y el auditorio de la planta superior, pero en la tienda de regalos vendían exactamente la clase de mierda chillona y estúpida que Norman había esperado. De nada le servían los llaveros con el símbolo femenino ni el póster de una mujer crucificada (JESUSINA MURIÓ POR VUESTROS PECADOS, pero los adhesivos eran perfectos. UNA MUJER NECESITA UN HOMBRE COMO UN PEZ NECESITA UNA BICICLETA, decía uno. Otro, que a todas luces nunca había visto a una pava con las cejas y el pelo medio quemados por culpa de una pipa de crack medio rota, proclamaba: ¡LAS MUJERES NO HACEN GRACIA! Había adhesivos que aseguraban ESTOYA FAVOR DEL ABORTO Y VOTO, EL SEXO ES POLÍTICO y R-E-S-P-E-T-O, DESCUBRE LO QUE SIGNIFICA PARA MÍ. Norman se preguntó si alguna de esas zorras sabría que la canción de Aretha Franklin la había compuesto un hombre. Sin embargo, los compró todos. Su favorito era el que había pegado con todo cuidado en el centro del respaldo de cuero sintético, junto al pequeño gancho pensado para el Walkman: YO RESPETO A LAS MUJERES, decía.
Y es verdad, se dijo Norman echando otro vistazo para asegurarse de que nadie observaba al inválido que se sentaba ágilmente en su silla de ruedas. Las respeto siempre y cuando se porten bien.
No vio a nadie, y desde luego nadie lo estaba observando especialmente a él. Hizo girar la silla y se miró en el costado del Tempo recién lavado. ¿Y bien?, se preguntó. ¿Qué te parece? ¿Colará?
Creía que sí. Puesto que disfrazarse no servía de nada, había intentado ir más allá del disfraz, crear un personaje real, al igual que un buen actor puede crear un personaje real sobre el escenario. Incluso se había inventado un nombre para este hombre: Hump Peterson. Hump era un veterano de guerra que había vuelto a casa y se había pasado diez años recorriendo el país con una banda de moteros proscritos, una de esas bandas en las que las mujeres no servían más que para dos o tres cosas muy concretas. Y entonces había ocurrido el accidente. Demasiadas cervezas, pavimento mojado, el contrafuerte de un puente. Estaba paralizado de cintura para abajo, pero le había devuelto la salud una joven angelical que se llamaba...
-Marilyn -dijo Norman pensando en Marilyn Chambers, que desde hacía años era su actriz porno favorita. Su segunda actriz porno favorita era Amber Lynn, pero Marilynn Lynn no colaba ni a tiros. El siguiente nombre que se le ocurrió fue McCoo, pero tampoco servía.
Marilynn McCoo era la zorra que había cantado en el grupo Fifth Dimension en los setenta, cuando la vida no era tan rara como ahora.
En un solar del otro lado de la calle vio un cartel que anunciaba:
OTRO PROYECTO DELANEYDE ALTA CALIDAD SE PONDRÁ EN MARCHA EN ESTE SOLAR EL AÑO QUE VIENE. Marilyn Delaney era un nombre como otro cualquiera. Con toda probabilidad, ninguna de las mujeres de Hijas y Hermanas le pediría que contara su vida, pero parafraseando la idea que expresaba la camiseta del dependiente de Campamento Base, más valía tener una historia y no necesitarla que necesitar una y no tenerla.
Y aquellas mujeres creerían a Hump Peterson. Sin duda habrían visto a bastantes tipos como él, tipos que habían vivido alguna experiencia demoledora e intentaban contrarrestar su comportamiento anterior. Y los Hump del mundo, por supuesto, contrarrestaban su comportamiento anterior del mismo modo en que hacían todo lo demás, es decir, cambiando de la forma más radical posible. Hump Peterson estaba intentando convertirse en una mujer honorífica, eso era todo. Norman había visto capullos así transformarse en detractores acérrimos de las drogas, fanáticos religiosos y seguidores de Perot. En el fondo eran los mismos desgraciados de siempre, cantaban la misma canción, pero en una tonalidad distinta. Pero eso no era lo importante. Lo importante es que estaban por todas partes, siempre colgados de los flecos de la movida en la que querían integrarse. Eran como arbustos muertos en el desierto o estalactitas en Alaska. Por eso..., sí, creía que a Hump lo aceptarían como Hump aun cuando buscaran al inspector Daniels. Incluso las más cínicas de entre ellas pasarían seguramente de él por considerarlo otro de esos inválidos calientes que recurría a la vieja cantinela del «hombre sensible y comprometido» para echar un buen polvo el sábado por la noche. Con un pelín de suerte, Hump Peterson sería tan visible y pasaría tan inadvertido como el tipo con zancos que hace de Tío Sam en el desfile del Cuatro de julio.
Por lo demás, el plan era la sencillez personificada. Localizaría la concentración principal de mujeres del centro de acogida, las observaría discretamente en su papel de Hump, observaría sus juegos, las conversaciones, el picnic. Cuando alguien le llevara una hamburguesa, un perrito caliente o un trozo de pastel, como sin duda haría alguna zorra solícita (la propaganda feminista no podía acabar con su profunda necesidad de llevar comida a los hombres; lo llevaban en la sangre), aceptaría dando las gracias, y si ganaba un animal de peluche lanzando anillas o en la tómbola, se lo regalaría a algún crío..., procurando no darle siquiera una palmadita en la cabeza, pues eso bastaba para que te detuvieran por abusos en los tiempos que corrían.
Pero sobre todo se dedicaría a observar. A buscar a su Rose errante. Podría hacerlo sin esfuerzo en cuanto lo aceptaran como parte del paisaje; era el mejor en cuestión de vigilancia. Una vez la localizara podría encargarse del asunto que lo había llevado a Ettinger's Pier; esperaría hasta que tuviera que ir al lavabo, la seguiría y le rompería el cuello como si fuera un hueso de pollo. Habría acabado en pocos segundos, y eso era el problema, por supuesto. No quería acabar en unos segundos, quería poder tomarse su tiempo. Sostener una agradable charla con ella. Ponerse al día en lo tocante a sus actividades desde que lo abandonara con su tarjeta del cajero en el bolsillo. Un informe detallado, por así decirlo, con pelos y señales. Le preguntaría qué sensación le había producido pulsar el número secreto, por ejemplo, y si se había corrido al inclinarse para coger el dinero de la ranura, el dinero por el que él había trabajado, que él había ganado trabajando hasta las tantas de la noche, deteniendo a mamones que harían cualquier cosa a cualquier persona si no existieran tipos como él para impedírselo. Quería preguntarle cómo podía haber creído que se saldría con la suya, que podría escapar de él.
Y después de que Rose le contara todo eso, él hablaría con ella.
Aunque quizás hablar no expresaba precisamente lo que tenía pensado.
El primer paso consistía en localizarla. El segundo, en vigilarla desde una distancia prudente. El tercero, seguirla cuando por fin se hartara y se marchara de la fiesta..., probablemente después del concierto, pero tal vez antes, con un poco de suerte. Dejaría tirada la silla de ruedas en cuanto se hubiera encargado del asunto. Tendría huellas digitales (un par de guantes de motero con tachuelas habrían resuelto el problema y añadido presencia a la imagen de Hump Peterson, pero no le había dado tiempo y además tenía una de sus terribles jaquecas, de las especiales), pero no importaba. Tenía la sensación de que las huellas digitales serían el más insignificante de sus problemas en cuanto saliera del parque de atracciones.
Quería seguirla hasta su casa y creía que con toda probabilidad lo conseguiría. En cuanto Rose subiera al autobús (y cogería el autobús, porque no tenía coche ni estaría dispuesta a gastarse el dinero que costaba un taxi), subiría tras ella. Si en algún momento del trayecto entre Ettinger's Pier y la guarida en la que vivía lo reconocía, la mataría en el acto, y a la mierda con las consecuencias. Sin embargo, si todo iba bien lograría entrar en su casa justo detrás de ella, y al otro lado de la puerta, Rose sufriría como ninguna mujer había sufrido jamás en la faz de la tierra.
Norman se acercó con la silla a la taquilla que indicaba PASES DIARIOS, comprobó que la entrada costaba doce dólares para adultos, entregó el dinero al tipo de la taquilla y entró en el parque. No había moros en la costa; era temprano y Ettinger's Pier no bullía de actividad precisamente. Por supuesto, eso también tenía sus inconvenientes. Tendría que procurar no llamar la atención de un modo equivocado. Pero se las arreglaría. Él...
-¡Amigo! ¡Eh, amigo!¡ Vuelva aquí!
Norman se detuvo en seco con las manos paralizadas sobre las ruedas de la silla, la mirada vacua clavada en el Barco Encantado y el robot gigantesco ataviado con uniforme antiguo de capitán que estaba de pie en la proa.
-¡A por el terror, amiguito! -gritaba el capitán robótico una y otra vez con su retumbante voz mecánica. No, no quería atraer la atención equivocada..., y eso era precisamente lo que estaba haciendo.
-¡Eh, amigo! ¡El de la silla de ruedas!
Algunas personas empezaron a volverse para mirarlo. Una de ellas era una zorra negra y gorda que llevaba un chándal rojo y parecía bastante más burra que el dependiente de Campamento Base con su labio leporino. Le resultaba familiar, pero no tardó en desecharla idea por considerarla simple paranoia... No conocía a nadie en aquella ciudad. La mujer se volvió y siguió andando aferrada a un bolso del tamaño de un maletín, pero muchas personas seguían mirándolo. De repente, Norman advirtió que tenía la entrepierna bañada en sudor.
-¡Eh, oiga, vuelva aquí! ¡Me ha dado demasiado dinero!
Por un instante, Norman no logró asimilar el sentido de aquellas palabras, como si le hubieran hablado en alguna lengua extranjera. Pero de pronto comprendió, y una inmensa sensación de alivio, mezclada con asco por su propia estupidez, le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Por supuesto que le había dado demasiado dinero. Había olvidado que no era un Varón Adulto, sino una Persona Discapacitada.
Dio la vuelta a la silla y regresó a la taquilla. El hombre asomado a ella era gordo y parecía tan asqueado con Norman como Norman consigo mismo. En la mano sostenía un billete de cinco dólares.
-Siete pavos para discapacitados, ¿es que no sabe leer? preguntó a Norman señalando el rótulo con el billete antes de ponérselo delante de las narices.
Norman consideró la posibilidad de meterle el billete en el ojo izquierdo a aquel cabrón, pero por fin lo cogió y se lo guardó en uno de los numerosos bolsillos de la cazadora.
-Lo siento -se disculpó con humildad.
-Ya, ya -masculló el cobrador antes de desaparecer en el interior de la taquilla.
Norman se adentró de nuevo en el parque con el corazón desbocado. Había construido un personaje con toda meticulosidad..., había trazado un plan sencillo pero apropiado para alcanzar sus objetivos... y entonces, nada más empezar, había cometido un error no sólo estúpido, sino increíblemente estúpido. ¿Qué narices le pasaba?
No lo sabía, pero a partir de entonces tendría que andarse con mucho ojo.
-Puedo hacerlo -masculló para sus adentros-. Puedo hacerlo, maldita sea.
-¡A por el terror, amiguito! -le gritó el robot marinero cuando Norman pasaba junto al barco; en una mano sostenía una pipa de maíz del tamaño de un inodoro-. ¡A por el terror, amiguito! ¡A por el terror, amiguito!
-Lo que tú digas, capitán -masculló Norman para sus adentros mientras seguía adelante.
Llegó a un cruce de tres caminos con señales que indicaban Ettinger's Pier, el camino central y el área de picnic. Junto al que apuntaba hacia la zona de picnic se veía un rótulo pequeño que rezaba: INVITADOS Y AMIGOS DE HIJAS Y HERMANAS: COMEMOS A MEDIODÍA, COMEMOS A LAS SEIS Y VAMOS AL CONCIERTO ALAS OCHO. ¡QUE DISFRUTÉIS! ¡REGOCIJAOS!
Eso, pensó Norman mientras empujaba la silla repleta de adhesivos por uno de los senderos asfaltados que conducían al merendero. Se trataba de un parque, en realidad, y estaba muy bien. Había un parque infantil muy bien equipado para los niños que se hubieran cansado de las atracciones o las consideraran demasiado agotadoras. Había animales de plástico como los de Disney World, pistas de lanzamiento de herraduras, un diamante de softball y muchas mesas de picnic. A un lado se alzaba una carpa abierta, y en su interior Norman vio a varios hombres ataviados con uniformes de cocinero que preparaban la barbacoa. Al otro lado de la carpa se veía una hilera de tiendas dispuestas a todas luces para las actividades del día. En una de ellas vendían boletos para ganar una colcha hecha a mano, en otra vendían camisetas (muchas de las cuales expresaban los mismos sentimientos que los adhesivos de la silla de ruedas de «Hump»), en una podía obtenerse cualquier clase de panfleto imaginable... siempre y cuando una quisiera averiguar cómo abandonar a su marido y hallar el goce supremo con las hermanas lesbianas.
Si tuviera una pistola, pensó, algo pesado y rápido como una Mac-10, podría convertir el mundo en un lugar mucho mejor en cuestión de veinte segundos. Mucho mejor.
La mayoría de la gente eran mujeres, pero había bastantes hombres como para que Norman no destacara en exceso. Pasó junto a los tenderetes mostrándose agradable, saludando cuando lo saludaban, sonriendo cuando le sonreían. Compró un boleto en el tenderete de la colcha, firmando con el nombre de Richard Peterson. Cogió un panfleto titulado «Las mujeres también tienen derecho a la propiedad inmobiliaria» y le dijo a la tortillera del tenderete que se lo enviaría a su hermana jeannie, que vivía en Topeka. La tortillera le dedicó una sonrisa y le deseó buenos días. Norman sonrió y le dijo que igualmente. Lo observaba todo buscando a una persona en concreto: Rose. Aún no la veía, pero no importaba, pues quedaba mucho día por delante. Estaba casi convencido de que vendría al almuerzo, y en cuanto la localizara todo iría bien. Vale, la había cagado un poco en la taquilla, 2 y qué? Eso había pasado a la historia y no volvería a cagarla, de ninguna manera.
-Qué silla más guapa, amigo -alabó una joven de pantalones de leopardo en tono alegre.
Llevaba a un niño pequeño cogido de la mano. El niño sostenía un cucurucho de helado de cereza en la mano libre y por lo visto intentaba cubrirse toda la cara con él. A Norman le pareció un tontainas de primera.
-Y qué eslóganes más guapos.
Extendió la mano para que Norman se la chocara, Y Norman se preguntó por un instante cuánto tardaría aquella zorra estúpida que se las daba de buena samaritana en desaparecer si le arrancaba un par de dedos de un mordisco en lugar de chocarle esos cinco. Era la mano izquierda la que había extendido, y a Norman no le sorprendió no ver ninguna alianza, a pesar de que el mocoso de la cara cubierta de mierda de cereza era clavado a ella.
Puta de mierda, pensó. Cuanto te miro veo todo lo que va mal en este puto mundo. ¿Qué has hecho? ¿Dejar que una de tus amigas bolleras te deje preñada con una pera vaginal?
Esbozó una sonrisa y le chocó la mano.
-Eres la mejor, guapa -exclamó.
-¿Tienes algún amigo aquí? -inquirió la mujer.
-Bueno, tú -repuso él sin vacilar.
La mujer lanzó una carcajada complacida.
-Gracias, pero ya me entiendes.
-No, es que me gusta la movida -explicó Norman-. Si molesto o si esto es privado me puedo marchar.
-¡No, no! -replicó la mujer con expresión horrorizada..., tal como Norman había esperado-. Quédate y pásalo bien. ¿Quieres que te traiga algo de comer? Lo haré con mucho gusto. ¿Algodón de azúcar o un perrito caliente?
-No, gracias -declinó Norman-. Hace un tiempo tuve un accidente de moto, así es como acabé en esta maravillosa silla de ruedas, -la zorra estaba asintiendo con aire comprensivo-, y últimamente no tengo mucho apetito. -Dedicó una sonrisa trémula a la mujer-. ¡Pero te aseguro que disfruto de la vida!
-¡Me alegro! Que lo pases bien -se despidió la mujer con una carcajada.
-Igualmente. Y tú también, hijo.
-Claro -repuso el niño con cautela mientras observaba a Norman con ojos hostiles por encima de las mejillas manchadas de cereza.
De repente, el pánico embargó a Norman, y tuvo la sensación de que el niño veía al Norman que se ocultaba tras la calva de Hump Peterson y la cazadora de cuero llena de cremalleras. Se dijo que no era más que paranoia vulgaris, ni más ni menos, pues al fin y al cabo, era un impostor en tierra enemiga y lo más normal del mundo era que se pusiera paranoico en tales circunstancias, pero pese a todo reanudó el paseo a toda pastilla.
Creía que se sentiría más tranquilo en cuanto se alejara del niño de los ojos hostiles, pero no fue así. El breve acceso de optimismo dio paso a la inquietud. Se acercaba la hora de la comida, la gente se sentaría al cabo de un cuarto de hora, y no había rastro de Rose. Algunas de las mujeres estaban en las atracciones, y era posible que Rose estuviera con ellas, pero no lo creía probable. Rose no era la clase de tía que se montaba en el Látigo.
No, tienes razón, nunca lo ha sido..., pero quizás ha cambiado,
susurró una voz en su interior. Empezó a decir otra cosa, pero Norman la silenció con violencia antes de que pudiera articular una sola palabra más. No quería oír aquellas chorradas, aun cuando sabía que algo en Rose tenía que haber cambiado, ya que de otro modo seguiría en casa, planchándole las camisas cada miércoles, y nada de todo aquello estaría sucediendo. La idea de que Rosie había cambiado lo suficiente para largarse de casa con su tarjeta del cajero se apoderó de nuevo de su mente con una insistencia roedora que apenas podía soportar. Pensar en ello le daba pánico, como si llevara un gran peso en el pecho.
Contrólate, se conminó. Eso es lo que tienes que hacer. Piensa como si estuvieras en una misión secreta, en un trabajo que has hecho miles de veces en tu vida. Si puedes pensar así, todo irá bien. Haz una cosa, Normie: olvida que es a Rose a quien buscas. Olvida que se trata de Rose hasta que la veas.
Lo intentó. Le ayudó el hecho de que la situación se pareciera mucho a lo que había imaginado. A Hump Peterson lo habían aceptado como parte del paisaje. Dos bolleras ataviadas con camisetas sin mangas para poner de manifiesto sus brazos musculosos lo incluyeron unos instantes en su juego con el frisbee, y una mujer mayor de pelo blanco y varices espantosas le llevó un yogur porque, como explicó, Norman parecía tener mucho calor y estar incómodo en aquella silla. «Hump» le agradeció el gesto y repuso que sí, que estaba un poco acalorado. Pero no por tu causa, encanto, pensó mientras la mujer canosa se alejaba. No me extraña que estés con todas estas tortilleras de mierda... No podrías encontrar a un hombre aunque te fuera la vida en ello. El yogur estaba bueno, sin embargo, muy fresco, de modo que Norman se lo comió con avidez.
El truco consistía en no quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio. De la zona de picnic pasó a la pista de lanzamiento de herraduras, donde dos ineptos jugaban contra dos mujeres igual de ineptas. A Norman le parecía que la partida podía durar hasta que anocheciera. Pasó junto a la tienda-cocina, donde las primeras hamburguesas salían de la parrilla y estaban sirviendo ensalada de patatas en cuencos. Por fin se dirigió a las atracciones, empujando la silla con la cabeza gacha, echando discretos vistazos a las mujeres que iban a las mesas del merendero, algunas con cochecitos de niño, otras con los premios de las tómbolas bajo el brazo. Rose no se hallaba entre ellas.
Por lo visto, no estaba en ninguna parte.
7
Norman estaba tan ocupado buscando a Rosie que no se dio cuenta de que la mujer negra que había reparado en su presencia antes lo estaba observando en aquel momento. Se trataba de una mujer extremadamente corpulenta que se parecía un poco a William Nevera Perry.
Gert estaba en el parque infantil y empujaba a un niño pequeño en el columpio. En aquel momento se detuvo y sacudió la cabeza como si pretendiera aclararse las ideas. Seguía observando al inválido de la silla de ruedas y la cazadora de cuero, aunque ahora sólo lo veía de espaldas. En el respaldo de la silla advirtió una pegatina que proclamaba YO RESPETO A LAS MUJERES.
Y también me suenas, pensó Gert. ¿O será que te pareces a algún actor de cine?
-¡Venga, Gert! -ordenó el hijo de Melanie Huggins-. ¡Empuja! ¡Quiero subir muy alto! ¡Quiero dar la vuelta entera!
Gert empujó con más fuerza, aunque al pequeño Stanley le faltaba mucho para dar la vuelta entera y no la daría, no, señor, al menos a esta edad tan conflictiva. Sin embargo, era una maravilla oírlo reír; sus carcajadas la hacían sonreír. Lo empujó un poco más alto, desterrando de su mente al hombre de la silla de ruedas. De su mente consciente.
-¡Quiero dar la vuelta entera, Gert! ¡Por favor! ¡Venga, por favooooor!
Bueno, pensó Gert, a lo mejor una vez no le hace daño.
-Pues agárrate fuerte, héroe -advirtió-. Allá vamos.
8
Norman siguió empujando la silla aun cuando sabía que ya había pasado junto a los últimos participantes en el picnic. Le parecía sensato desaparecer un rato mientras las mujeres de Hijas y Hermanas comían con sus amigos. Asimismo, el pánico empezaba a dominarlo de nuevo, y temía que alguien se diera cuenta de que le pasaba algo si permanecía allí. Rosie debería estar allí, debería haberla visto ya, pero no era así. No creía que estuviera en la zona, y aquello no tenía sentido. Era un ratón asustado, por el amor de Dios, un ratoncillo de mierda, y si no estaba allí con las zorras de sus amigas bolleras, ¿dónde estaba? ¿Dónde podía estar si no allí?
Traspuso un arco en el que se leía BIENVENIDOS AL CAMINO CENTRAL y rodó por el sendero ancho y asfaltado sin fijarse adónde se dirigía. Lo mejor de ir en silla de ruedas, estaba descubriendo, era que los demás se apartaban para dejarte paso.
El parque se estaba llenando, y suponía que eso estaba bien, pero por lo demás, nada iba bien. La cabeza volvía a dolerle, y la muchedumbre le hacía sentirse extraño, como si fuera un extraterrestre dentro de su propia piel. ¿Por qué había tanta gente riendo, por ejemplo? Por el amor de Dios, ¿de qué reían? ¿Es que no entendían que todo, absolutamente todo, estaba apunto de irse a tomar por el culo? Consternado, Norman se dio cuenta de que todos le parecían tortilleras y maricones, todos ellos, como si el mundo hubiera degenerado en una ciénaga de homosexuales, ladronas, mentirosos, todos ellos sin el menor respeto por la sustancia que mantenía unido el mundo.
La jaqueca estaba empeorando, y una vez más veía aquellos extraños dibujos en zigzag alrededor de los objetos. Los sonidos del parque se habían tornado enloquecedores, como si un duende cruel se hubiera hecho con los controles de su cabeza para poner todos los volúmenes al máximo. El traqueteo de los coches que subían por la primera cuesta de la montaña rusa se le antojaba una avalancha, y los chillidos de los pasajeros cuando caían en la primera pendiente le desgarraban los oídos como metralla. El tiovivo escupiendo sus melodías vaporosas, el parloteo electrónico de los videojuegos, el zumbido animal de los karts dando vueltas a la pista... Todos aquellos sonidos convergían en su mente confusa y asustada como monstruos hambrientos. Y lo peor de todo, lo que predominaba sobre todo lo demás y roía la carne de su cerebro como la hoja de un cuchillo romo, era el cántico del marinero mecánico del Barco Encantado. Tenía la sensación de que si se veía obligado a escuchar una sola vez más aquel K¡A por el terror, amiguito!», su mente se quebraría como leña pequeña. Eso o se levantaría de la puta silla y cruzaría gritando el...
Basta, Normie.
Rodó hasta un pequeño hueco situado entre el tenderete que vendía buñuelos y el que servía porciones de pizza, y allí sí se detuvo de espaldas a la multitud. Cuando aparecía aquella voz en concreto, Norman siempre le hacía caso. Era la voz que nueve años antes le había explicado que el único modo de silenciar a Wendy Yarrow consistía en matarla, y que le había convencido para que llevara a Rose al hospital cuando se rompió la costilla.
Normie, te has vuelto loco, sentenció aquella voz serena y lúcida. Según los baremos de los tribunales ante los que has testificado cientos de veces, estás como una puta cabra. Lo sabes, ¿verdad?
A lo lejos, impulsada por la brisa que soplaba desde el lago, aquella voz: «¡A por el terror, amiguito!».
¿Normie?
-Sí -susurró mientras se masajeaba las sienes doloridas con las yemas de los dedos-. Sí, me parece que lo sé.
Muy bien; una persona puede arreglárselas con sus limitaciones... si está dispuesta a reconocer que las tiene. Tienes que averiguar dónde está, y eso significa correr un riesgo. Pero ya has corrido un riesgo al venir aquí, ¿verdad?
-Sí -asintió-. Sí, papá, tienes razón.
Bueno, se acabaron las paridas. Escúchame bien, Normie.
Y Norman escuchó.
9
Gert empujó a Stan Huggins un rato más en el columpio, pero sus gritos para que «le hiciera dar otra vez la vuelta entera» empezaban a cansarla. No tenía intención de volverlo a hacer, porque la primera vez había estado a punto de caerse del maldito trasto, y Gert estaba segura de que si volvía a hacerlo, a ella le daría un ataque al corazón.
Además, estaba pensando de nuevo en aquel tipo. El tipo calvo.
¿Lo conocía de algo? ¿Lo conocía?
¿Podía ser el marido de Rosie?
Bah, eso es una locura. Paranoia al ciento por ciento.
Probablemente. Casi seguro. Pero la idea no la abandonaba. La estatura parecía coincidir..., aunque cuando mirabas a un tío sentado en una silla de ruedas era difícil afirmarlo, ¿verdad? Un hombre como el marido de Rosie sabría eso, por supuesto.
Basta. No te salgas del tiesto.
Stan se cansó del columpio y preguntó a Gert si lo acompañaba a trepar por la selva de metal. Gert sonrió y meneó la cabeza.
-¿Por qué no? -exclamó el niño con un mohín.
-Porque tu vieja amiga Gert no cabe en la selva de metal desde que dejó de usar pañales -replicó ella.
En aquel momento vio a Randi Franklin junto al tobogán y tomó una decisión. Si no se ocupaba de aquel asunto acabaría loca. Le pidió a Randi que vigilara a Stan un rato. La joven accedió y Gert le dijo que era un sol, lo que Randi estaba muy lejos de ser..., pero un poco de coba no hacía daño a nadie.
-¿Dónde vas, Gert? -preguntó Stan, a todas luces desilusionado.
-A hacer un recado, grandullón. Corre, ve al tobogán con Andrea y Paul.
-El tobogán es para bebés -se quejó Stan, pero pese a todo obedeció.
10
Gert recorrió el sendero que conducía de la zona de picnic a la explanada principal, y al llegar allí se dirigió a las taquillas. Había largas colas en las de pases diarios y de medio día, y estaba casi segura de que el hombre con quien quería hablar no se mostraría muy servicial..., pues ya lo había visto en acción.
La puerta trasera de la taquilla de pases diarios estaba abierta. Gert se quedó donde estaba unos instantes más mientras hacía acopio de valor, y por fin se acercó a ella. No ostentaba ningún cargo oficial en Hijas y Hermanas, pero quería a Anna, quien la había ayudado a salir de una relación con un hombre que la había enviado a urgencias nueve veces cuando Gert contaba entre dieciséis y diecinueve años. Ahora tenía treinta y siete y llevaba casi quince como mano derecha oficiosa de Anna. Enseñar a las destrozadas recién llegadas todo lo que Anna le había enseñado a ella, que no tenían que volver junto a maridos, novios, padres y padrastros abusivos, no era más que una de sus funciones. Enseñaba defensa personal (no porque salvara vidas, sino porque preservaba la dignidad de las mujeres), ayudaba a Anna a organizar actos para recaudar fondos como éste, trabajaba con el anciano y frágil contable de Anna para que el centro no fuera una ruina absoluta. Y cuando había que efectuar labores de seguridad, Gert hacía lo que podía. Con esta finalidad avanzó hacia la taquilla mientras abría el bolso. Era su oficina ambulante.
-Perdone, señor -empezó asomándose a la puerta trasera-. ¿Podría hablar con usted un momento?
-La oficina de asistencia al cliente está a la izquierda del Barco Encantado -replicó el hombre sin volverse-. Si tiene algún problema vaya allí.
-No me ha entendido -insistió Gert al tiempo que respiraba profundamente e intentaba hablar con calma-. Se trata de un problema que sólo usted puede ayudarme a resolver.
-Son veinticuatro dólares -dijo el cobrador a la pareja joven que se hallaba el otro lado-. Y seis hacen treinta. Que lo pasen bien. -Y a Gert, todavía sin volverse-: Estoy ocupado, señora, por si no lo ha notado. Así que si quiere quejarse de que las atracciones están estropeadas o algo parecido, diríjase a la oficina de asistencia al cliente y...
Aquello fue la gota que colmó el vaso; Gert no estaba dispuesta a permitir que ese tipo le ordenara que se moviera a ninguna parte, sobre todo no en ese tono insufrible que parecía indicar que el mundo estaba lleno de estúpidos. A lo mejor sí estaba lleno de estúpidos, pero Gert no era una de ellos, y sabía algo que aquel fantasma no sabía. A Peter Slowik lo habían mordido más de ochenta veces, y no era imposible que el hombre que le había hecho eso estuviera en el parque en aquel instante, buscando a su mujer. Entró en la taquilla (le costó, pero lo consiguió) y agarró al tipo por los hombros de la camisa azul de su uniforme. Le obligó a darse la vuelta. La placa que llevaba sobre el bolsillo de la pechera indicaba que se llamaba CHRIS. Chris se quedó mirando la luna oscura del rostro de Gert Kinshaw, asombrado de que un cliente lo tocara. Abrió la boca, pero Gert empezó a hablar antes de que pudiera decir nada.
-Cállate y escucha. Creo que existe la posibilidad de que vendieras una entrada a un hombre muy peligroso esta mañana. Un asesino. Así que no te molestes en decirme lo mal que te ha ido el día, Chris, porque me... importa... un ... bledo.
Chris la observó con los ojos abiertos de par en par. Antes de que pudiera recobrar la voz o la compostura, Gert sacó una fotografía algo borrosa de su bolso y se la puso delante de las narices. El detective Norman Daniels, que dirigió la misión secreta que acabó con la red de track, explicaba el pie.
-Tiene que ir a Seguridad -dijo Chris en tono dolido y aprensivo a un tiempo.
Tras él, el hombre que encabezaba la cola, ataviado con un estúpido sombrero de Mr. Magoo y una camiseta que proclamaba EL ABUELO MÁS GENIAL DEL MUNDO levantó con gesto brusco la cámara de vídeo y empezó a filmar, tal vez anticipando un enfrentamiento que le permitiría enviar su cinta a algún reality show.
Si hubiera sabido lo divertido que es esto no habría vacilado en ningún momento, pensó Gert.
-No, no tengo que ir a Seguridad, al menos por ahora. Tengo que hablar con usted. Por favor, eche un solo vistazo a la foto y dígame...
-Señora, si supiera a cuánta gente veo en un solo d...
-Piense en un tipo que iba en silla de ruedas. Temprano. Antes de que empezara a llegar todo el mundo, ¿vale? Corpulento. Calvo. Usted se asomó a la ventanilla y le gritó para que volviera. El tío volvió. Seguramente se había dejado el cambio o algo así.
Los ojos de Chris se iluminaron.
-No, no era eso -replicó-. Creía que me había dado el dinero justo. Lo recuerdo porque era uno de diez y dos de uno. O se olvidó de lo que vale un pase para discapacitados o no lo sabía.
Sí, pensó Gert. Precisamente la clase de cosas que un hombre que sólo fingiera ser inválido olvidaría si estuviera pensando en otras cosas.
Mr. Magoo pareció decidir que no iba a producirse un enfrentamiento a fin de cuentas y bajó la cámara.
-¿Me da dos entradas para mí y para mi nieto, por favor? -preguntó a través del orificio.
-Tranquilo -espetó Chris.
Era la criatura más encantadora que Gert había visto en su vida, pero no era el momento adecuado para darle consejos acerca de cómo mejorar su servicio al cliente. Era el momento de hacer gala de toda la diplomacia posible. Cuando Chris se volvió de nuevo hacia ella con aspecto cansino y hastiado, Gert le mostró de nuevo la fotografía y le habló con voz suave y amable.
-¿Era éste el hombre de la silla de ruedas? Imagíneselo sin pelo.
-¡Bah, señora! Además llevaba gafas de sol.
-Inténtelo. Es peligroso. Si existe la posibilidad de que esté aquí tendré que hablar con los de Seguridad.
Pum, error. Gert lo supo en seguida, pero aun así demasiado tarde. El brillo de los ojos de Chris fue breve pero inconfundible. Si quería acudir a los de Seguridad por un problema que no le incumbía, por él perfecto. Si le incumbía, aunque sólo fuera de refilón, entonces nada de perfecto. Quizás ya había tenido problemas con los de Seguridad o había recibido broncas por ser un capullo antipático. En cualquier caso, había decidido que todo aquel asunto era una molestia con la que no quería cargar.
-No es él -aseguró.
Había cogido la fotografía para mirarla mejor. Intentó devolvérsela a Gert, pero ella levantó las manos con las palmas hacia el pecho de dimensiones descomunales y se negó a aceptarla, al menos por el momento.
-Por favor -insistió-. Si está aquí significa que busca a una amiga mía, y no precisamente para invitarla a un paseo en ferry.
-¡Eh! -gritó uno de los que hacían cola en aquella taquilla-.
¡Venga, venga!.-
Se oyeron gritos de asentimiento, y monsieur el Abuelo Más Genial del Mundo volvió a levantar la cámara. Esta vez parecía interesado en filmar tan sólo al nuevo amigo de Gert, el Señor Simpatía. Gert advirtió que Chris lo miraba, vio que sus mejillas se teñían de rubor, captó el movimiento que hizo para cubrirse un lado del rostro, como un criminal que saliera del juzgado después del interrogatorio. Gert había perdido toda oportunidad de averiguar algo.
-¡No es él! -repitió Chris-. ¡Es completamente distinto! ¡Y ahora saque ese culo gordo de aquí antes de que la mande echar del parque!
-Mira quién habla -masculló Gert-. Podría montar un banquete en eso que arrastras detrás tuyo y ni un solo tenedor se escaparía por la grieta.
-¡Fuera! ¡Ahora mismo!
Gert emprendió el regreso hacia la zona de picnic con las mejillas encendidas. Se sentía como una imbécil. ¿Cómo podía haberla fastidiado de aquella forma? Intentó convencerse de que era por el sitio, por el ruido, la confusión, la gente yendo de aquí para allá como chalados en un intento de pasarlo bien..., pero no era cierto. Estaba asustada, por eso la había fastidiado. La idea de que el marido de Rosie pudiera haber matado a Peter Slowik ya era lo bastante horrible, pero la idea de que pudiera estar allí, oculto tras el disfraz de motero paralítico, era mil veces peor. Se había topado con muchos locos a lo largo de su vida, pero la locura combinada con semejante habilidad y determinación obsesiva...
A todo eso, ¿dónde estaba Rosie? No había llegado, de eso estaba segura. Todavía no ha llegado, se corrigió.
-La he cagado -masculló en voz alta, y entonces recordó algo que aconsejaba a casi todas las mujeres que llegaban a H y H. Si lo sabes, actúa en consecuencia.
De acuerdo, sería consecuente. Eso significaba pasar de Seguridad, al menos de momento; tal vez sería imposible convencerlos, y aunque lo consiguiera, a lo mejor tardaba demasiado. Había visto al tipo calvo de la silla de ruedas cerca de la zona del picnic, hablando con varias personas, la mayor parte de ellas mujeres. Lana Kline incluso le había llevado algo de comer. Un helado, creía.
Gert volvió al merendero a toda prisa, con ganas de ir al lavabo pero haciendo caso omiso de la necesidad. Buscaba a Lana o cualquiera de las otras mujeres que habían hablado con el hombre calvo, pero era como buscar a un policía... Nunca había ninguno cuando realmente lo necesitabas.
Y ahora de verdad tenía que ir al lavabo; estaba a punto de reventar. ¿Por qué había bebido tanto té helado, maldita sea?
11
Norman regresó lentamente por el camino central en dirección al merendero. Las mujeres seguían comiendo, pero no tardarían en acabar... Norman advirtió que estaban sirviendo las primeras bandejas de postre. Tendría que darse prisa si quería actuar mientras las seguía teniendo a todas en el mismo sitio. Sin embargo, no estaba preocupado; las preocupaciones habían desaparecido. Sabía dónde ir para encontrar a una mujer sola, una mujer con la que pudiera hablar de cerca. Las mujeres se pasan el día yendo al lavabo, Normie, le había explicado su padre en cierta ocasión. Son como perros que no pueden pasar por un puto arbusto sin pararse a levantar la pata.
Norman pasó a toda prisa junto al cartel que rezaba SERVICIOS.
Sólo una, rogó en silencio. Una mujer caminando sola, una que pueda decirme dónde está Rose ya que no está aquí. Si está en San Francisco la seguiré allí. Si está en Tokio la seguiré allí. Y si está en el infierno la seguiré allí. ¿Por qué no? Allí es donde acabaremos de todas formas, y probablemente juntos.
Atravesó un bosquecillo de abetos ornamentales y descendió sin darse impulso por una leve pendiente que conducía a un edificio de ladrillo sin ventanas y dotado de una puerta a cada lado: hombres a la ,derecha, mujeres a la izquierda. Norman pasó junto a la puerta del lavabo de mujeres y aparcó en el otro extremo del edificio. Era un lugar estupendo en opinión de Norman, una tira estrecha de tierra desnuda, una hilera de contenedores de basura y una valla alta que le Proporcionaba intimidad. Se levantó de la silla de ruedas y se asomó a la esquina del edificio. Se sentía bien otra vez, calmado y sereno. Aún je dolía la cabeza, pero el dolor había remitido hasta convertirse en una palpitación sorda.
Dos mujeres salieron de la arboleda... Nada. Lo peor del asunto era que las mujeres solían ir al lavabo en parejas. ¿Qué coño hacían allí dentro, por el amor de Dios? ¿Masturbarse mutuamente?
Las dos mujeres entraron en el lavabo. Norman las oía a través de la ranura de ventilación más próxima; estaban riendo y hablando de un tal Freddy. Freddy hacía esto, Freddy hacía lo otro. Por lo visto, Freddy era la hostia. Cada vez que la que llevaba el peso de la conversación se detenía para tomar aliento, la otra soltaba una risita, un sonido tan estridente que Norman tenía la sensación de que le estaban restregando el cerebro en un mar de vidrios rotos como los panaderos restregan la masa en harina. Sin embargo, permaneció donde estaba para poder observar el sendero, inmóvil como una estatua a excepción efe las manos, que se abrían y cerraban, se abrían y cerraban.
Por fin salieron del lavabo, todavía hablando de Freddy y riendo, caminando tan juntas que las caderas y los hombros se rozaban, y a Norman le costó no abalanzarse sobre ellas, agarrarles las cabezas de zorras y destrozárselas como calabazas repletas de explosivos.
-No -se advirtió mientras el sudor le bañaba el rostro en goterones transparentes que también le cubrían el cráneo afeitado-. No, ahora no, por el amor de Dios, no pierdas el control ahora.
Estaba temblando, y el dolor de cabeza había regresado con todas sus fuerzas, golpeándole como si de un puño se tratara. Los zigzags luminosos danzaban y saltaban en su campo de visión, y los mocos empezaban a salirle por la fosa nasal derecha.
La siguiente mujer que llegó iba sola, y Norman la reconoció. Pelo blanco y varices espantosas. La mujer que le había dado el yogur helado.
Ya te daré yo helado, pensó, tensando el cuerpo al verla bajar por el sendero. Ya te daré yo helado, y si no me das las respuestas que busco, verás lo que te comes.
Y entonces surgió otra persona de la arboleda. Norman también la había visto con anterioridad... Era la zorra gorda de los pantalones rojos de chándal, la que lo había mirado cuando el tipo de la taquilla lo había hecho volver. Una vez más tuvo la sensación enloquecedora de que la conocía, como un nombre que tienes en la punta de la lengua pero se te escapa una y otra vez. ¿La conocía? Si no le doliera la cabeza...
Todavía llevaba el mismo bolso enorme, el que parecía un maletín, y en aquel momento revolvía su contenido. ¿Qué buscas, foca?, pensó Norman. ¿Unas chocolatinas? ¿Unas galletas? ¿Quizás un...?
Y de repente, como quien no quiere la cosa, se le ocurrió. Había leído algo sobre ella en la biblioteca, en un artículo de periódico dedicado a Hijas y Hermanas. Había visto una foto de ella agazapada en alguna estúpida postura de karate, más parecida a un camión que a Bruce Lee. Era la zorra que había dicho al periodista que los hombres no eran enemigos..., «pero si pegan, nos defendemos». No recordaba su apellido, pero sí que su nombre de pila era Gert.
Lárgate, Gert, pensó Norman mientras observaba a la negra de los pantalones rojos. Tenía las manos cerradas en puños, y las uñas clavadas en las palmas.
Pero Gert no se marchó.
-¡Lana! -gritó-. ¡Eh, Lana!
La mujer del pelo blanco se volvió y caminó hacia la gorda, que se parecía a La Nevera pero en mujer. Vio que la mujer del pelo blanco llevaba a Gert de vuelta a la arboleda. La gorda le estaba alargando algo que a Norman le pareció un papel.
Norman se enjugó el sudor de los ojos y esperó a que Lana terminara su pequeña conferencia con Gert y regresara al lavabo. Al otro lado de la arboleda, en el merendero, las mujeres se estaban acabando el postre, y cuando terminaran, el goteo de mujeres que iban al lavabo se convertiría en un torrente. Si no cambiaba su suerte inmediatamente, todo el asunto podía irse al garete.
-Venga, venga -masculló Norman entre dientes.
Y como en respuesta a sus plegarias, otra persona salió de la arboleda y descendió por el sendero que conducía al lavabo. No era Gert ni Lana la del Yogur Helado, sino otra mujer a la que Norman reconoció, una de las putas a las que había visto en el huerto el día que había ido a Hijas y Hermanas. Era la del pelo teñido de dos colores y peinado en plan estrella de rock. Era la zorra que incluso se había atrevido a saludarlo.
Y me pegó un susto de muerte, recordó, pero la revancha es la revancha, ¿no? Vamos. Ven con papá.
Norman percibió que tenía una erección, y la jaqueca se había esfumado. Permaneció inmóvil como una estatua, con un ojo asomado a la esquina del edificio, rezando por que Gert no escogiera ese momento para regresar y la chica del pelo medio naranja y medio verde no cambiara de idea. Nadie salió de la arboleda, y la chica del pelo jodido siguió aproximándose. Señorita Escoria Punky-Grungy, pasa al salón, dijo la araña a la mosca, más y más cerca, y puso la mano en el picaporte, pero la puerta no llegó a abrirse porque Norman asió la muñeca de Cynthia antes de que pudiera alcanzar el tirador.
La chica se lo quedó mirando atónita, con los ojos abiertos como platos.
-Ven aquí -susurró Norman mientras la arrastraba-. Ven para que pueda hablar contigo. Para que pueda hablar contigo de cerca.
12
Gert Kinshaw se dirigía hacia el lavabo (casi corriendo, de hecho) cuando, milagro de los milagros, vio a la mujer a la que había estado buscando. De inmediato abrió su gran bolso y empezó a buscar la fotografía.
-¡Lana! -gritó-. ¡Eh, Lana!
Lana subió el sendero.
-Estoy buscando a Cathy Sparks -repuso-. ¿La has visto?
-Sí, está en la pista de lanzamiento de herraduras -repuso Gert señalando la zona de picnic-. La he visto hace dos minutos.
-¡Genial! -exclamó Lana mientras echaba a andar en aquella dirección.
Gert lanzó una mirada anhelante al lavabo, pero a continuación alcanzó a Lana. Suponía que su vejiga aguantaría un poquito más.
-Creía que había tenido uno de sus ataques de angustia y había salido del parque por piernas -decía Lana en aquel momento-. Ya sabes cómo se pone.
-Ajá.
Gert alargó a Lana el fax de la fotografía justo antes de que entraran en la arboleda. Lana la examinó con curiosidad. Era la primera vez que veía a Norman, porque no vivía en Hijas y Hermanas. Era una asistente social especializada en psiquiatría que vivía en Crescent Heights con un marido agradable, no abusivo y tres hijos igualmente agradables y no disfuncionales.
-¿Quién es? -inquirió.
Antes de que Gert pudiera responder, Cynthia Smith pasó junto a ellas. Como siempre, incluso en aquellas circunstancias, su extraño pelo la hizo sonreír. .
-¡Eh, Gert, me encanta tu camiseta! -exclamó Cynthia con aire travieso.
No se trataba de un cumplido, sino de un simple Cynthiaísmo.
-Gracias. A mí me encantan tus bermudas. Pero ¿no podrías haber encontrado unas que enseñaran más?
-Sí, desde luego -replicó Cynthia mientras seguía caminando, el trasero pequeño pero innegablemente bien puesto oscilándole como un péndulo a cada paso.
Lana se la quedó mirando con aire divertido antes de volver a concentrarse en la foto. Mientras la observaba se acarició sin darse cuenta el cabello blanco, que ahora llevaba atado en una cola.
-¿Lo conoces? -inquirió Gert.
Lana meneó la cabeza, pero a Gert le produjo la sensación de que estaba expresando una duda más que una negativa.
-Imagínatelo sin pelo.
Lana hizo algo mejor: cubrió toda la parte superior de la cabeza de Norman. Luego volvió a examinar la foto, moviendo los labios como si la leyera en lugar de mirarla. Cuando levantó la vista, su rostro aparecía confuso y preocupado.
-Le he dado un yogur helado esta mañana -empezó vacilante-. Llevaba gafas de sol, pero...
-Iba en silla de ruedas -la atajó Gert, y aunque sabía que en aquel momento empezaba el verdadero trabajo, se había quitado un gran peso de encima, porque era mejor saber que no saber; era mejor estar segura.
-Sí. ¿Es peligroso? Lo es, ¿verdad? He venido con un par de mujeres que han sufrido muchos traumas en los últimos años. Están bastante delicadas. ¿Va a haber problemas, Gert? Te lo pregunto por ellas, no por mí.
Gert reflexionó unos instantes.
-Creo que todo irá bien -aseguró por fin, escogiendo cuidadosamente las palabras-. Creo que lo peor ya ha pasado.
13
Norman le arrancó a Cynthia la blusa sin mangas, dejando al descubierto sus pechos diminutos. Le cubrió la boca con una mano y al mismo tiempo la acorraló contra la pared. Frotó su entrepierna contra la de la muchacha. Percibió que ella intentaba retroceder, pero, por supuesto, no tenía dónde esconderse, y el hecho de haberla atrapado lo excitó aún más. Pero sólo su cuerpo estaba excitado, pues su mente estaba flotando a varios centímetros sobre su cabeza, observando con serenidad mientras Norman se inclinaba hacia delante y clavaba los dientes en el hombro de la señorita Punky-Grungy. Se abalanzó sobre ella como un vampiro y empezó a chuparle la sangre cuando la piel se rompió. Estaba caliente y salada, y cuando eyaculó apenas sise dio cuenta, como tampoco reparó en los gritos de la chica contra su mano dura.
14
-Vuelve con tus pacientes hasta que haya aclarado este asunto -ordenó Gert a Lana-. Y hazme un favor... No hables de esto con nadie, al menos de momento. Tus amigas no son las únicas mujeres psicológicamente frágiles del parque hoy.
-Ya lo sé.
-No pasará nada, te lo prometo -insistió Gert oprimiéndole el brazo.
-Vale, tú sabrás.
-Eso, tú ve soñando. Pero lo que sí sé es que no costará encontrarlo si sigue paseándose por ahí en silla de ruedas. Si lo ves no te acerques a él. ¿Lo entiendes? ¡Note acerques a él!
Lana la miró con profunda consternación.
-¿Qué vas a hacer?
-Un pis antes de que me muera de intoxicación urémica. Luego iré a la oficina de Seguridad y les diré que un hombre en silla de ruedas ha intentado robarme el bolso. Luego ya veremos, pero lo primero es sacarle de aquí.
Rosie no estaba; tal vez tenía una cita o algo parecido, y Gert jamás había experimentado un alivio igual en toda su vida. Rosie era el gatillo; si ella no estaba cabía la posibilidad de que pudieran neutralizar a Norman antes de que hiciera daño a alguien.
-¿Quieres que te espere mientras vas al lavabo? -inquirió Lana con nerviosismo.
-No te preocupes.
Lana miró el sendero que se adentraba en la arboleda con el ceño fruncido.
-Creo que te esperaré de todas formas.
-Vale, no tardaré mucho, te lo prometo -dijo Gert con una sonrisa.
Estaba a punto de llegar al lavabo cuando un sonido se abrió paso en sus pensamientos. Alguien jadeaba con fuerza. No..., dos álguienes. Los gruesos labios de Gert se curvaron en una sonrisa. Alguien dándose un revolcón detrás de los lavabos, a juzgar por el sonido. Un agradable...
-¡Háblame, zorra!
La voz, tan grave que casi parecía el gruñido de un perro, le heló la sonrisa en los labios.
-¡Dime dónde está! ¡Dímelo ahora mismo!
15
Gert dobló la esquina del edificio de ladrillo con tal rapidez que apenas pudo esquivar la silla de ruedas abandonada, por lo que estuvo a punto de caer al suelo cuan larga era. El hombre calvo de la cazadora de cuero, Norman Daniels, estaba de espaldas a ella, agarrando a Cynthia por los hombros con tal fuerza que sus pulgares casi habían desaparecido en la escasa carne de la muchacha. El rostro de Norman se hallaba a escasos centímetros del de ella, pero Gert distinguió la curiosa desviación de la nariz de la joven. Lo había visto con anterioridad, una vez en su propio espejo. Cynthia se había roto la nariz en una ocasión.
-Dime dónde está, maldita seas, o nunca tendrás que volver a preocuparte por el lápiz de labios, porque te los arrancaré de un mordisco y...
En aquel instante, Gert dejó de pensar, dejó de oír y puso el piloto automático. En dos pasos se plantó junto a Daniels. Mientras avanzaba entrelazó los dedos de ambas manos para formar un gran puño. Levantó los brazos sobre el hombro derecho, intentando alcanzar la altura máxima, pues tenía que bajarlos a toda velocidad. Justo antes de asestar el golpe, los ojos aterrados de Cynthia se desplazaron hacia ella, y el marido de Rosie lo advirtió. Era rápido, Gert tenía que reconocerlo. Era tremendamente rápido. Sus manos entrelazadas lo golpearon con fuerza, pero no en la nuca, como había pretendido, pues Daniels ya había empezado a girarse, por lo que lo alcanzó en el rostro, junto a la mandíbula. Sus probabilidades de noquearlo de forma limpia y sin aspavientos se habían esfumado. Cuando Daniels se volvió hacia ella, lo primero que pensó Gert fue que había comido fresas. Daniels le sonrió, y de sus labios aún chorreaba sangre. Aquella sonrisa horrorizó a Gert y le reveló que sólo había logrado asegurarse de que murieran dos mujeres en lugar de una. Eso no era un hombre. Era Grendel con chupa de cuero.
-¡Vaya, si es Gertie la Sucia! -exclamó Norman-. ¿Quieres luchar, Gertie? ¿Es eso lo que quieres? ¿Luchar? ¿Quieres someterme con esas tetas de artillería, eh, Gertie?
Se echó a reír y se golpeó la pechera de la camisa para transmitirle cuánta gracia le hacía aquella idea. Las cremalleras de la chupa tintinearon.
Gert lanzó una mirada a Cynthia, que se estaba mirando como si se preguntara adónde había ido a parar su blusa.
-¡Cynthia, corre!
Cynthia la miró con expresión perpleja, retrocedió dos pasos y por fin se apoyó en la pared del lavabo como si la idea de huir se le antojara demasiado agotadora. Gert ya distinguía los morados que le estaban saliendo en las mejillas y la frente.
-Gert- Gert-bo-Bert -canturreó Norman mientras avanzaba hacia ella-. Banana-fulana-culona... ¡Gert! -Se echó a reír como un niño antes de enjugarse de la boca parte de la sangre de Cynthia; tenía hilillos de sudor adheridos al cráneo pelado. A Gert se le antojaron lentejuelas-. Ooooh, Gertie -siguió canturreando Norman mientras balanceaba el torso como si se tratara del cuerpo de una cobra surgiendo de la cesta del encantador-, Ooooh, Gertie. Te voy a hacer papilla. Te voy a machacar. Te voy a girar del revés como si fueras un guante. Te voy a...
-Entonces, ¿por qué no vienes y lo haces? -gritó Gert-. ¡Esto no es el baile de fin de curso, gallina de mierda! ¡Si quieres cogerme, ven a por mí!
Daniels dejó de bambolearse y se la quedó mirando con la boca abierta, por lo visto incapaz de creer que esa bola de grasa le hubiera gritado. Lo había insultado. A su espalda, Cynthia retrocedió otros dos o tres pasos, y la tela de sus bermudas siseó contra el ladrillo del lavabo. Por fin volvió a apoyarse contra la pared.
Gert extendió los brazos con las palmas de las manos hacia dentro, a unos sesenta centímetros de distancia, y los dedos separados. Hundió la cabeza entre los hombros y se agazapó como una osa madre. Norman observó aquella postura defensiva, y su expresión de sorpresa se trocó en otra divertida.
-¿Qué vas a hacer, Gert? -preguntó-. ¿Crees que me vas a hacer unas cuantas llaves de Bruce Lee? Pues tengo una noticia para ti. Está muerto. Igual que tú dentro de unos quince segundos... Una foca negra de mierda muerta.
Se echó a reír.
De repente, Gert pensó en Lana Kline, que había mirado en derredor con nerviosismo y anunciado que quizás esperaría a que Gert saliera del lavabo.
-¡Lana! -gritó a pleno pulmón-. ¡Está aquí! ¡Si sigues ahí, ve a buscar ayuda!
El marido de Rosie volvió a adoptar una expresión sorprendida, pero pronto se tranquilizó. Esbozó otra sonrisa. Miró por encima del hombro para asegurarse de que Cynthia seguía allí y luego se volvió de nuevo hacia Gert, balanceando el torso una vez más.
-¿Dónde está mi mujer? -preguntó-. Dime dónde está y a lo mejor sólo te rompo un brazo. Qué coño, igual incluso te dejo marchar. Me robó la tarjeta del cajero, y lo único que quiero es recuperarla.
No puedo atacarlo, pensó Gert. Tiene que atacarme él, es la única oportunidad que tengo. Pero ¿cómo voy a conseguirlo?
Pensó en Peter Slowik, en las partes de su cuerpo que habían desaparecido y en las zonas en que se habían concentrado los mordiscos, y eso le dio -una idea.
-Le das un sentido completamente nuevo al concepto de comer, ¿verdad, maricón de mierda? Note bastaba mamársela, ¿eh? Así que, ¿qué te parece? ¿Vienes a por mí o es que te dan miedo las mujeres?
La sonrisa no se limitó a desaparecer de su rostro esta vez; cuando Gert lo llamó maricón de mierda, se esfumó con tal brusquedad que Gert casi la oyó quebrarse como una estalactita sobre las punteras de acero de sus botas. Norman dejó de balancearse.
-¡TE MATARÉ, ZORRA! -chilló Norman al tiempo que se abalanzaba sobre ella.
Gert giró un poco el cuerpo, como había hecho el día en que Cynthia la atacara, el día en que Rosie llevó el cuadro a la sala de recreo del sótano de H y H. Mantuvo las manos bajas más tiempo del que empleaba cuando enseñaba llaves a las chicas, sabiendo que ni siquiera la rabia ciega de Norman bastaba para garantizar el éxito; a fin de cuentas, Norman era fuerte, y si Gert no conseguía reducirlo por completo, acabaría hecha papilla. Norman alargó los brazos hacia ella con los labios separados en una mueca predadora, listo para morder. Gert se agazapó aún más, hasta que el trasero le chocó contra la pared de ladrillo, y pensó Ayúdame, Dios mío. Y entonces asió las muñecas gruesas y velludas de Norman.
No lo estropees pensando en ello, se dijo al tiempo que se encaraba con él, adelantaba la cadera para chocar contra su costado y se daba impulso hacia la izquierda. Separó las piernas, se agachó, y sus pantalones de pana reventaron casi hasta la cinturilla con un sonido que le recordó una piña explotando en el fuego.
La llave funcionó a las mil maravillas. Su cadera se había convertido en un cojinete, y Norman salió despedido por encima de él con una expresión que pasó de la furia al más completo asombro. Cayó de cabeza sobre la silla de ruedas, que volcó y aterrizó sobre él.
-Uuauu -susurró Cynthia con voz ronca desde su lugar contra la pared.
Lana Kline asomó los ojos marrones por la esquina del edificio.
-¿Qué pasa? ¿Por qué gritas...?
En aquel momento vio al hombre ensangrentado que intentaba zafarse de la silla volcada, advirtió la maldad que destilaban sus ojos y se interrumpió en seco.
-Corre a buscar ayuda -espetó Gert-. Seguridad. Ahora mismo. Ponte a gritar como una loca.
Norman empujó la silla a un lado. De su frente tan sólo caían algunas gotas de sangre, pero la nariz le sangraba como una fuente.
-Te mataré por esto -susurró.
Gert no tenía intención de darle la oportunidad de intentarlo. Cuando Lana se volvió y echó a correr gritando como una energúmena, Gert se dejó caer sobre Norman Damels con una fuerza que Hulk Hogan habría envidiado. Cayó sobre él con todo su peso, que no era poco, ciento cuarenta kilos la última vez que se había pesado, y los esfuerzos de Norman por levantarse cesaron al instante. Sus brazos se desplomaron como palillos, y su nariz ya herida se estrelló contra la tierra apisonada que mediaba entre el edificio de ladrillo y la valla, mientras que sus huevos chocaron contra uno de los apoyapiés de la silla de ruedas con fuerza paralizadora. Intentó gritar (al menos su rostro así lo indicaba), pero no logró proferir más que una especie de silbido.
Ahora Gert estaba sentada sobre él, con los faldones desgarrados del pantalón subidos casi hasta las caderas, y mientras estaba ahí sentada, preguntándose qué hacer a continuación, recordó las dos o tres primeras veces en que Rosie había reunido por fin el valor suficiente en el Círculo de Terapia para hablar. Lo primero que les dijo fue que sufría dolores de espalda terribles, dolores que a veces ni siquiera un baño caliente aliviaba, y cuando les explicó la razón, muchas de las mujeres asintieron porque reconocían y comprendían la situación. Gert había sido una de ellas. En aquel momento alargó el brazo y se levantó aún más los pantalones rotos hasta dejar al descubierto unas enormes bragas de algodón azul.
-Rosie dice que te van los riñones, Norman. Dice que es porque eres muy tímido y no te gusta dejar marcas. Además te gusta el aspecto que tiene cuando la pegas allí, ¿verdad? Esa expresión enferma. Se pone muy pálida, ¿verdad? Incluso los labios se le ponen pálidos. Cuando ves esa expresión enferma en su cara, algo se arregla dentro de ti, ¿verdad? Al menos por un tiempo.
-... zorra... -susurró él.
-Sí, te van los riñones, claro que te van. Descubro muchas cosas mirando a la gente; es uno de mis talentos. -Empleó las rodillas para trepar por el cuerpo de Norman, hasta llegar casi hasta los hombros-. A algunos les van las piernas, a otros los traseros, a otros los culos y luego hay otros que son bien raros los muy hijos de puta, como tú, Norman, el de los riñones. Bueno, ya debes de conocer el viejo proverbio: «A cada uno lo suyo, dijo la vieja criada mientras besaba a la vaca».
-... quítate... -susurró él.
-Rosie no está aquí, Norm -prosiguió Gert sin hacerle caso y trepando un poco más-, pero ha dejado un pequeño mensaje de parte de sus riñones, y lo ha hecho a través de mis riñones. Espero que estés preparado, porque ahí va.
Avanzó un último paso, se colocó sobre el rostro vuelto de Norman y se relajó. Ah, qué alivio.
En el primer momento, Norman no pareció darse cuenta de lo que sucedía. Pero entonces comprendió. Empezó a gritar e intentó apartar a Gert, que utilizó las nalgas para sentarse de nuevo con firmeza sobre él. Le sorprendía que Norman hubiera sido capaz de realizar semejante esfuerzo después de la paliza que había recibido.
-No, no, no, pequeñuelo -lo regañó mientras seguía vaciando la vejiga.
Norman no corría peligro de ahogarse, pero Gert jamás había visto semejante repulsión y furia en un rostro humano. ¿Y por qué? Por un poco de agua caliente. Y si alguien en la historia del mundo había necesitado que le mearan encima, era ese cabrón chal...
Norman profirió un grito agudo e inarticulado, alargó ambas manos, le asió los antebrazos y le clavó las uñas. Gert gritó (sobre todo de sorpresa, aunque aquello dolía un huevo) y desplazó el peso de su cuerpo hacia atrás. Norman sincronizó su movimiento a la perfección y se incorporó en el mismo instante, esta vez con más fuerza que antes, consiguiendo que Gert cayera al suelo. Norman se levantó dando tumbos, con el rostro y la calva chorreantes, la cazadora de cuero empapada, la camiseta blanca adherida al cuerpo.
-Te has meado encima mío, puta -espetó antes de abalanzarse sobre ella.
Cynthia le hizo la zancadilla. Norman tropezó y volvió a caer de bruces sobre la silla de ruedas. Se apartó de ella a gatas y se dio la vuelta. Intentó levantarse, estuvo a punto de conseguirlo, pero luego volvió a desplomarse entre jadeos, mirando a Gert con aquellos ojos grises y brillantes. Ojos dementes. Gert se acercó a él con la intención de derribarlo e inmovilizarlo. Le rompería la espalda si hacía falta, y era el momento de hacerlo, antes de que reuniera fuerzas suficientes para volver a incorporarse.
Norman se llevó la mano a uno de los múltiples bolsillos de la cazadora, y por un terrible instante, Gert estuvo segura de que tenía una pistola, de que le pegaría dos o tres tiros en la barriga. Al menos moriré con la vejiga vacía, pensó al tiempo que se detenía.
No era una pistola, pero tampoco era mucho mejor: Norman tenía un taser. Gert conocía a una loca sin hogar del centro que tenía uno y lo utilizaba para matar ratas tan enormes que parecían cockers sin certificado de pedigrí.
-¿Quieres un poco de esto? -preguntó Norman, aún de rodillas, agitando el taser ante sí-. ¿Quieres un poco, Gertie? Será mejor que vengas a buscarlo, porque te voy a dar quieras o...
Se interrumpió para lanzar una mirada insegura a la esquina del edificio. Se oían gritos de mujeres trastornadas. Aún se hallaban lejos, pero se iban acercando.
Gert aprovechó aquel momento de distracción para retroceder un paso, agarrar los mangos de la silla de ruedas volcada y enderezarla. Se colocó tras ella sin soltar los mangos, que desaparecieron por completo en sus enormes puños marrones. Se abalanzó sobre Norman empujando la silla.
-Eso, eso -exclamó-. Ven a por mí, hombre de los riñones. Ven a por mí, gallina de mierda. ¿Quieres dispararme con eso? Quieres inmovilizarme, ¿verdad? Pues venga. Creo que nos queda tiempo para otro tango antes de que los hombres de blanco se te lleven al loquero o dondequiera que encierren a los chiflados como...
Norman se puso en pie y se volvió una vez más en la dirección de la que procedían las voces. Qué coño, sólo tengo una vida. Más me vale vivirla a tope, pensó Gert antes de empujar la silla contra Norman con todas sus fuerzas. Lo alcanzó de lleno, y Norman se desplomó gritando. Gert se lanzó sobre él, pero oyó el grito tembloroso y estridente de Cynthia un segundo demasiado tarde.
-¡Cuidado, Gert! ¡Todavía lo tiene!
Se oyó un crujido leve pero malvado, una especie de siseo seguido de un dolor agónico y metálico que surgió del tobillo de Gert, donde Norman le había disparado, y le llegó hasta la cadera. El hecho de que tuviera la piel húmeda de orina no hizo más que acentuar el efecto del arma de Norman. Todos los músculos se le agarrotaron antes de fallarle por completo. Gert cayó al suelo. En ese momento asió la muñeca de la mano en que Norman sostenía el arma y se la retorció con todas sus fuerzas. Norman aulló de dolor y le propinó patadas con ambas botas. Una de ellas falló, pero el tacón de la otra la alcanzó en el diafragma, justo debajo de los pechos. El dolor fue tan repentino e intenso que Gert se olvidó de su pierna, al menos de momento, pero aun así no soltó el taser y siguió retorciéndole la muñeca a Norman hasta que sus dedos se abrieron y el asqueroso artilugio cayó al suelo.
Norman se apartó de ella con la boca y la nariz ensangrentadas. Tenía los ojos abiertos como platos por el asombro. No asimilaba la idea de que una mujer le hubiera propinado semejante paliza, y tal vez no la asimilaría jamás. Se levantó dando tumbos, se volvió hacia las voces que seguían acercándose (de hecho, ya estaban muy cerca), y a continuación echó a correr a lo largo de la valla en dirección al parque de atracciones. Gert no creía que pudiera llegar lejos sin llamar la atención de Seguridad; parecía un extra de Viernes 13.
-Gert...
Cynthia estaba llorando mientras intentaba arrastrarse hasta el lugar en que Gert yacía de costado, siguiendo a Norman con la mirada. Gert se volvió hacia la muchacha y advirtió que había recibido una paliza mucho más grave de lo que había supuesto en un principio. Sobre su ojo izquierdo empezaba a formarse un enorme cardenal, y lo más probable era que su nariz jamás volviera a ser la misma.
Gert pugnó por ponerse de rodillas y se arrastró hacia Cynthia. Se abrazaron y así se sostuvieron, con las manos entrelazadas en la nuca de la otra para evitar caerse.
-Lo habría derribado yo misma..., como nos enseñaste tú -farfulló con enorme esfuerzo por entre los labios hinchados-, pero es que me pilló por sorpresa...
-No importa -la tranquilizó Gert mientras la besaba suavemente en la sien-. ¿Estás muy mal?
-No sé..., no he tosido sangre... Ya es algo -susurró intentando sonreír pese al dolor que debía de producirle-. Te has meado encima de él.
-Sí.
-Genial -susurró Cynthia antes de echarse a llorar de nuevo.
Gert la tomó entre sus brazos, y así fue como el primer grupo de mujeres, seguido de cerca por un par de guardias de seguridad, las encontró: de rodillas entre la pared del lavabo y la silla de ruedas volcada, la cabeza de una apoyada en el hombro de la otra, aferradas como náufragos.
16
La primera impresión borrosa que Rosie tuvo de la sala de urgencias del East Side Receiving Hospital fue que todas las residentes de Hijas y Hermanas estaban allí. Al cruzar la estancia en dirección a Gert sin apenas advertir la presencia de los hombres arremolinados en torno a ella, vio que faltaban al menos tres. Anna, que tal vez seguía en el servicio de conmemoración por su ex marido, Pam, que estaba trabajando, y Cynthia. Era la ausencia de esta última la que más la asustaba.
-¡Gert! -gritó mientras se abría paso entre los hombres sin apenas echarles un vistazo-. Gert, ¿dónde está Cynthia? ¿Está...?
-Arriba -repuso Gert intentando dedicarle una sonrisa tranquilizadora, aunque sin conseguirlo, pues tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar-. La han ingresado y es probable que pase bastante tiempo aquí, pero se pondrá bien, Rosie. Le ha dado una buena paliza, pero se pondrá bien. ¿Sabes que llevas un casco de moto? Estás bastante... mona.
Las manos de Bill se peleaban con la hebilla del casco de Rosie, pero esta vez ella apenas se dio cuenta de que le quitaba el casco. Estaba mirando a Gert..., Consuelo.... Robin. Buscando ojos que le revelaran que estaba infectada, que había traído una epidemia a su casa antes tan limpia. Buscando el odio.
-Lo siento -dijo con voz ronca-. Lo siento todo.
-¿Por qué? -preguntó Robin con verdadera sorpresa-. Tú no le has dado una paliza a Cynthia.
Rosie la miró con expresión insegura antes de volverse de nuevo hacia Gert. Su amiga había desviado los ojos, y cuando Rosie siguió la dirección de su mirada, el corazón le dio un vuelco. Por primera vez fue consciente de que había policías además de mujeres de H y H. Dos vestidos de paisano y tres uniformados. Policías.
Extendió una mano entumecida para tomar la de Bill.
-Tienen que hablar con esta mujer -estaba diciendo Gert a uno de los policías-. Es su marido quien ha hecho esto. Rosie, éste es el teniente Hale.
Todos se volvieron hacia ella, se giraron para mirar a la mujer que había cometido el error mortal de robar la tarjeta de su marido policía e intentado escapar de él.
Los hermanos de Norman la estaban mirando.
-¿Señora? -saludó el policía de paisano que se llamaba Hale, y por un instante su voz le recordó tanto a la de Harley Bissington que sintió deseos de gritar.
-Tranquila, Rosie -murmuró Bill-. Estoy aquí y aquí me quedo.
-Señora, ¿qué puede decirnos de esto?
Al menos ya no sonaba igual que Harley. Su imaginación le había jugado una mala pasada, nada más. Rosie miró por la ventana en dirección al carril de aceleración de la autopista. Miró hacia el este, hacia el lugar del que la noche surgiría del lago al cabo de pocas horas. Se mordió el labio y luego se volvió de nuevo hacia el policía. Apoyó una mano sobre la de Bill y habló con una voz ronca que apenas reconoció como suya.
-Se llama Norman Daniels -explicó al teniente Hale.
Tienes la misma voz que la mujer del cuadro, pensó. La misma voz que Rose Madder.
-Es mi marido, es detective de la policía y está loco.
VIII

VVA 'L DORO
1
Había tenido la sensación de estar flotando sobre su cabeza, pero cuando Gertie la Sucia se le había meado encima, todo eso cambió. Ahora, en lugar de sentirse como un globo lleno de helio, se le antojaba que su cabeza era una piedra plana que una mano poderosa hubiera arrojado una y otra vez al lago para hacerla rebotar. Ya no estabaflotando, sino que le daba la impresión de dar saltos.
Aún no podía creer lo que aquella zorra negra y gorda le había hecho. Lo sabía, sí, pero saber y creer eran dos cosas bien distintas a veces, y ahora era una de esas veces. Era como si hubiera sufrido una transmutación oscura que lo había convertido en una criatura distinta y le concedía tan sólo breves períodos de pensamiento entre lagos extraños e inconexos de experiencia.
Recordaba haberse levantado por última vez detrás del cagadero, con el rostro sangrándole en media docena de puntos, la nariz inflamada, el cuerpo dolorido por los múltiples choques contra la silla de ruedas y los ciento cincuenta kilos de Gertie la Sucia..., pero podría haber soportado todos aquellos contratiempos... y más. Era la orina de Gert, el olor de Gertie, no simple orina sino la orina de una mujer, lo que le producía la sensación de que su mente se combaba cada vez que pensaba en ello. Pensar en lo que aquella mujer le había hecho le daba ganas de gritar y convertía el mundo, con el que necesitaba permanecer en contacto a toda costa si no quería acabar entre rejas, embutido en una camisa de fuerza y atiborrado de tranquilizantes, en una mancha borrosa.
Mientras corría a lo largo de la valla pensó: Ve a por ella, da media vuelta y ve a por ella, ve a por ella y mátala por lo que te ha hecho, es la única forma de que puedas volver a dormir, es la única forma de que puedas volver a pensar.
Pero una parte de él sabía que no debía hacerlo, de modo que en lugar de ir a por ella siguió corriendo.
Con toda probabilidad, Gertie la Sucia creía que era el sonido de la gente que se acercaba lo que lo había ahuyentado, pero no era cierto. Había echado a correr porque las costillas le dolían tanto que apenas podía respirar, al menos de momento, el estómago le palpitaba y los testículos le vibraban de aquel modo profundo y desesperante que sólo los hombres conocían.
Y no sólo había echado a correr por el dolor..., sino por lo que significaba el dolor. Temía que si volvía a por ella, Gertie la Sucia no se limitara a reducirlo, de modo que huyó, corriendo a lo largo de la valla de madera a toda prisa, y la voz de Gertie la Sucia lo persiguió como un espíritu burlón: Te ha dejado un pequeño mensaje... sus riñones a través de mis riñones... un pequeño mensaje, Normie... ahí va...
Y entonces había rebotado por la superficie del lago por primera vez, sólo un poquito, la piedra de su mente rebotando contra la superficie plana de la realidad antes de salir despedida de nuevo, y cuando volvió en sí, habían transcurrido unos segundos, tal vez sólo quince, pero a lo mejor hasta cuarenta y cinco. Estaba corriendo por el camino central en dirección al parque de atracciones, corriendo sin pensar, como una vaca en una estampida, alejándose de las salidas del parque en lugar de dirigirse hacia ellas, corriendo hacia el malecón, hacia el lago, donde sería un juego de niños acorralarlo y luego abatirlo.
Entretanto, su mente gritaba con la voz de su padre, ese sobón de campeonato (y al menos en una memorable excursión de caza, también un chupapollas de campeonato). ¡Una mujer!, gritaba Ray Daniels. ¿Cómo has podido permitir que una zorra te diera semejante paliza, Normie?
Desterró aquella voz de su mente. El viejo le había gritado lo suficiente durante su vida, y Norman no estaba dispuesto a escuchar las mismas paridas ahora que había muerto. Podía encargarse de Gertie, podía encargarse de Rosie, podía encargarse de todas ellas, pero para ello tenía que salir de allí... y antes de que todos los guardias de seguridad del parque se pusieran a buscar al tipo calvo de la cara ensangrentada. Ya había demasiada gente mirándolo, ¿y por qué no iban a mirar? Apestaba a meados y tenía aspecto de haber sufrido el ataque de un gato montés.
Entró en un callejón que mediaba entre la zona de videojuegos y la atracción de los Mares del Sur sin ningún plan en mente, deseoso tan sólo de alejarse de los mirones del camino central, y fue entonces cuando le tocó la lotería.
La puerta lateral de la sala de videojuegos se abrió, y por ella salió lo que Norman supuso que era un niño. Era imposible asegurarse. Era bajo como un niño e iba vestido como un niño, con vaqueros, deportivos Reebok, camiseta de Michael McDermott (AMO A UNA CHICA LLAMADA LLUVIA, proclamaba, aunque quién coño sabía lo que significaba eso), pero llevaba toda la cara cubierta por una máscara de goma. Era Ferdinand el Toro. Ferdinand lucía una sonrisa ancha y estúpida y tenía los cuernos adornados con guirnaldas de flores. Norman no vaciló en ningún momento, sino que se limitó a alargar el brazo y arrancar la máscara al chico. Se llevó un buen mechón de pelo de propina, pero qué coño.
-¡Eh! -gritó el niño.
Sin máscara aparentaba unos once años, pero parecía más enfurecido que asustado.
-¡Devuélvamela! ¡Es mía! ¡La he ganado! ¿Qué se cree que... ?
Norman volvió a alargar el brazo, tomó el rostro del niño con la mano y lo empujó hacia atrás con fuerza. La pared lateral de los Mares del Sur era de lona, y el niño se desplomó sobre ella con los deportivos carísimos agitándose en el aire.
-Si se lo dices a alguien vuelvo y te mato -lo amenazó Norman.
Acto seguido se dirigió de nuevo hacia el camino central al tiempo que se colocaba la máscara sobre el rostro. Apestaba a goma y al pelo sudoroso de su anterior propietario, pero nada de eso molestó a Norman. Lo que le molestaba era la idea de que la máscara no tardaría en apestar también a los meados de Gertie.
En aquel momento, su mente rebotó de nuevo, y Norman se perdió por un rato en la capa de ozono. Al regresar estaba entrando en el aparcamiento de Press Street, con una mano apretada contra el lado derecho del tórax, donde cada respiración lo sumía en la agonía. El interior de la máscara olía exactamente como había temido, de modo que se la quitó, aspirando con gratitud el aire fresco que no olía a meados ni a coño. Contempló la máscara con un estremecimiento.
Algo en aquella cara sonriente e insípida lo asustaba. Un toro con un anillo en la nariz y guirnaldas de flores en los cuernos. Un toro con la sonrisa de una criatura a la que han arrebatado algo y es demasiado estúpida como para saber de qué se trata. Su primer impulso fue tirar aquel maldito trasto, pero se contuvo en el último instante. Tenía que pensar en el cobrador del aparcamiento, y aunque sin duda recordaría a un hombre que había salido con la cara cubierta por una máscara de Ferdinand el Toro, tal vez no la asociaría de inmediato con el hombre sobre el que la policía no tardaría en preguntarle. Si la máscara le concedía un poco más de tiempo, entonces merecía la pena conservarla.
Se sentó al volante del Tempo, arrojó la máscara sobre el asiento, se inclinó hacia delante e hizo el puente con los cables de arranque. En aquel momento, el olor a meados lo azotó con tal fuerza que empezaron a llorarle los ojos. Rosie dice que te van los riñones, oyó decir a Gertie la Sucia, la negrata de mierda, dentro de su cabeza. Le daba un miedo espantoso la idea de que Gertie pudiera permanecer en su mente para siempre..., como si lo hubieran violado y le hubieran dejado la semilla fertilizada de un hijo deformado y estrafalario.
Dice que no te gusta dejar marcas.
No, pensó. No, basta, no pienses en ello.
Te ha dejado un pequeño mensaje de parte de sus riñones, y lo ha hecho a través de mis riñones... y entonces le había inundado la cara con ese líquido apestoso y caliente como una fiebre infantil.
-¡No! -gritó a pleno pulmón al tiempo que asestaba un puñetazo al salpicadero acolchado-. ¡No, no puede hacer eso! ¡No puede! ¡NO PUEDE HACERME ESO! Adelantó otra vez el puño y esta vez arrancó de cuajo el espejo retrovisor, que chocó contra el parabrisas y rebotó para caer al suelo. Luego atacó el parabrisas y se hizo daño en la mano; el anillo de la Academia de Policía dejó un nido de grietas que parecían un asterisco descomunal. Estaba apunto de ensañarse con el volante cuando por fin logró dominarse. Alzó la mirada y vio el ticket del aparcamiento encajado bajo el visor. Se concentró en él mientras pugnaba por recuperar el control.
Cuando se sintió algo mejor se llevó la mano al bolsillo, sacó el dinero y separó un billete de cinco del fajo. Entonces, haciendo acopio de fuerzas para soportar el olor (aunque en realidad no había forma de evitarlo), volvió a ponerse la máscara de Ferdinand y condujo despacio hacia la caja. Se asomó a la ventanilla y se quedó mirando al cobrador por los orificios de la máscara. Vio que el hombre se aferraba a la puerta de la cabina con mano temblorosa mientras se inclinaba hacia delante para coger el billete, y en aquel instante se dio cuenta de algo maravilloso: el tipo estaba borracho.
-Vva `l doro farfulló el cobrador con una risita.
-Eso -asintió el toro asomado a la ventanilla del Ford Tempo-. El toro grande.
-Son dos cincuenta...
-Quédese con el cambio -lo atajó Norman antes de alejarse.
Condujo media manzana y se detuvo, convencido de que si no se quitaba la maldita máscara inmediatamente empeoraría la situación vomitando en ella. Tiró de ella con pánico, como un hombre que acaba de darse cuenta de que tiene una sanguijuela pegada a la cara, y entonces todo desapareció durante otro rato, rebotó de nuevo, y su mente se separó de la superficie de la realidad como un misil teledirigido.
Cuando volvió en sí se hallaba al volante del coche, parado en un semáforo y sin camiseta. En la esquina más alejada del cruce, el reloj de un banco marcaba las dos y siete minutos. Paseó la mirada en derredor y vio su camiseta tirada en el suelo junto al retrovisor y la máscara robada. Ferdie el Sucio, desinflado y con una perspectiva extraña, lo miraba con ojos vacíos a través de los cuales Norman veía la alfombrilla del asiento del acompañante. La sonrisa alegre e insípida del toro se había arrugado hasta convertirse en una mueca malvada y sabia. Pero no importaba. Al menos había conseguido quitarse esa cosa asquerosa. Encendió la radio, lo que no le resultó fácil con el botón del dial arrancado, pero tampoco imposible, desde luego que no. Seguía sintonizada en la emisora de canciones de antes, y en aquel momento, Tommy James y los Shondells cantaban Hanky Panky. Norman empezó a tararearla.
En el carril contiguo, un hombre con aspecto de contable estaba sentado al volante de un Camry y observaba a Norman con curiosidad cautelosa. En el primer momento, Norman no comprendió qué podía interesarle tanto al hombre, pero entonces recordó que tenía la cara ensangrentada, y la sangre debía de estar ya reseca, a juzgar por la sensación que le producía. Y además iba descamisado, por supuesto. Tendría que hacer algo al respecto, y en seguida. Entretanto...
Se inclinó hacia delante, recogió la máscara, deslizó una mano en ella y asió los labios con los dedos para hacer que Ferdinand cantara la canción de Tommy James y los Shondells. Movía la muñeca para hacer que Ferdinand pareciera bailar al ritmo de la música. El hombre con aspecto de contable se volvió en seco para mirar la carretera. Por un instante permaneció inmóvil, luego se inclinó para bajar el seguro del asiento del acompañante.
Norman esbozó una sonrisa.
Volvió a tirar la máscara al suelo y se restregó la mano con que la había tocado contra el pecho desnudo. Sabía que debía de tener un aspecto muy extraño, demencial, pero no estaba dispuesto a ponerse otra vez esa camiseta meada. La cazadora de cuero yacía sobre el asiento del acompañante, y al menos estaba seca por dentro. Norman se la puso y se la abrochó hasta la barbilla. El semáforo cambió a verde mientras lo hacía, y el Camry arrancó como si llevara un petardo en el culo. Norman también arrancó, pero con mucha más tranquilidad mientras seguía cantando: «La vi caminando... Sabes que la veía por primera vez... Una chica bonita y sola... Eh, muñeca, ¿quieres que te lleve a casa?». Le recordaba el instituto. La vida había sido agradable entonces. Nada de dulces Roses que le jodieran la existencia ni causaran todos aquellos problemas. Al menos no hasta el último año.
¿Dónde estás, Rose?, pensó. ¿Por qué no estabas en el picnic de las zorras? ¿Dónde coño estás?
-Está en su propio picnic -susurró 'l doro, y en aquella voz había algo extraño y sabio a un tiempo, como si hablara con el conocimiento indiscutible de un oráculo.
Norman se detuvo junto al bordillo sin hacer caso de la señal
PROHIBIDO APARCAR - ZONA DE CARGA Y DESCARGA y volvió a coger la máscara. Volvió a deslizar la mano en ella. Pero esta vez la giró para encararse con ella. Veía sus dedos en las cuencas vacías de los ojos, pero pese a ello, aquellas cuencas parecían mirarlo.
-¿Qué quieres decir con eso de su propio picnic? preguntó con voz ronca.
Sus dedos se movieron y movieron los labios del toro. No los sentía moverse, pero sí los veía. Suponía que la voz que oía era su propia voz, pero no parecía su voz y no parecía proceder de su garganta, sino de entre aquellos labios sonrientes de goma.
-Le gusta cómo la besa él -explicó Ferdinand-. Lo que yo te diga. También le gusta cómo usa las manos. Quiere echar un polvete con él antes de volver. -El toro pareció suspirar, y su cabeza de goma osciló de un lado a otro de la muñeca de Norman con un ademán de resignación extrañamente cosmopolita-. Pero eso es lo que les gusta a todas las mujeres, ¿no? El malacatón. El polvete. Toda la noche.
-¿Quién? -gritó Norman a la máscara con la sangre latiéndole en las sienes-. ¿Quién la está besando? ¿Quién la está sobando? ¿Y dónde están? ¡Dímelo!
Pero la máscara guardó silencio. Si es que había hablado en algún momento.
¿Qué vas a hacer, Normie? La voz que conocía. La voz de papá. Un coñazo, pero no daba miedo. La otra voz sí que le había dado miedo. Por mucho que hubiera salido de su propia garganta, le había dado miedo.
-Encontrarla -susurró-. Voy a encontrarla y entonces le enseñaré a echar polvetes. Mi versión.
Sí, pero ¿cómo? ¿Cómo vas a encontrarla?
Lo primero que se le ocurrió fue el club de Durham Avenue. Allí habría un archivo que revelaría dónde vivía Rose, de eso estaba seguro. Pero aun así, no era una buena idea. Aquel lugar era una especie de fortaleza. Haría falta una tarjeta de apertura (que se parecería mucho a su tarjeta del cajero, por cierto) para entrar, y tal vez un código numérico para que el sistema de alarma no se activara.
¿Y qué había de la gente que vivía allí? Bueno, podía liarse a tiros sise daba el caso; matar a algunas de ellas y ahuyentar al resto. Su revólver de servicio estaba en la caja fuerte del hotel (una de las ventajas de viajar en autobús), pero los revólveres solían ser una solución de mierda. ¿Y si la dirección estaba en un ordenador? Probablemente así era, porque todo el mundo utilizaba esos trastos. Lo más probable era que siguiera peleándose con el bicho, intentando convencer a alguna de las mujeres para que le diera la contraseña y el nombre del archivo cuando entrara la policía y lo hiciera picadillo.
Y entonces oyó algo... Otra voz que surgió de su memoria como una sombra vislumbrada en el humo de un cigarrillo... me da pena perderme el concierto, pero si quiero ese coche no puedo desperdiciar la oportunidad...
¿De quién era esa voz y cuál era la oportunidad que su dueña no podía desperdiciar?
Al cabo de un momento se le ocurrió la respuesta a la primera pregunta. Era la voz de la rubia. La rubia de ojos grandes y culito bien puesto. La rubia cuyo verdadero nombre era Pam Nosequé. Pam trabajaba en el Whitestone, Pam bien podía conocer a su Rose errante, y Pam no podía desperdiciar la oportunidad. ¿De qué podía tratarse? Cuando uno se paraba a pensarlo, la pregunta no parecía tan difícil, ¿Verdad? Cuando uno quería un coche, lo único que no podía desperdiciar era la oportunidad de hacer unas cuantas horas extras. Y puesto que el concierto que se perdería era aquella noche, lo más probable era que estuviera en el hotel en ese momento. Y aunque no estuviera llegaría pronto. Y si sabía algo se lo diría. La zorra de los pelos de punkie no se lo había dicho porque no había tenido suficiente tiempo para hablar con ella. Pero esta vez tendría todo el tiempo del mundo.
Ya se ocuparía él de que fuera así.
2
El compañero del teniente Hale, John Gustafson, llevó a Rosie y a Gert Kinshaw a la comisaría del Distrito 3, situada en Lakeshore. Bill los seguía en la Harley. Rosie no cesaba de girarse para comprobar que seguía allí. Gert se dio cuenta, pero no comentó nada.
Hale presentó a Gustafson como «mi media naranja», pero Hale era lo que Norman denominaba el «perro alfa»;( Alusión a la jerarquía humana superior de Un mundo feliz, de Aldous Huxley. (N. del E.)) Rosie lo supo desde el momento en que vio juntos a los dos hombres. Era el modo en que Gustafson miraba a su compañero, incluso la forma en que observaba a Hale sentarse en el asiento del acompañante del Caprice. Rosie había visto aquella clase de cosas miles de veces en su propia casa.
Pasaron junto al reloj de un banco, el mismo por el que Norman había pasado no mucho rato antes, y Rosie inclinó la cabeza para mirar la hora. Eran las cuatro y nueve minutos de la tarde. El día se había alargado como alquitrán caliente.
Miró por encima del hombre, aterrorizada por la idea de que Bill pudiera haber desaparecido, segura en algún rincón oscuro de su mente y de su corazón de que habría desaparecido. Pero no era así. Bill le dedicó una sonrisa, levantó una mano y la saludó. Rosie le devolvió el saludo.
-Parece un hombre muy agradable -comentó Gert.
-Sí -asintió Rosie, pero no quería hablar de Bill, no con los dos policías sentados en la parte delantera, sin duda escuchando cada palabra que decían-. Deberías haberte quedado en el hospital. Dejar que te examinaran para asegurarse de que no te ha herido con el taser.
Joder, si me lo he pasado bomba -replicó Gert con una sonrisa; sobre los pantalones desgarrados llevaba una enorme bata de hospital a rayas azules y blancas-. La primera vez que me siento absolutamente despierta desde que perdí la virginidad en las Colonias Baptistas, y eso fue en 1974.
Rosie intentó corresponder a aquella sonrisa, pero no logró esbozar más que una mueca.
-Bueno, supongo que se acabó el Picnic Estival, ¿eh? -preguntó.
-¿A qué te refieres? -replicó Gert con aire extrañado.
Rosie se miró las manos y no se sorprendió demasiado al comprobar que cerraba los puños.
-Me refiero a Norman. La mofeta de la fiesta. Una mofeta de mierda.
Oyó aquella palabra, aquel «mierda», brotar de sus labios y apenas pudo creer que la hubiera pronunciado, sobre todo en el asiento trasero de un coche de policía, en presencia de dos detectives. Se sorprendió aún más al ver que su puño izquierdo salía despedido y golpeaba el panel de la portezuela, justo encima de la manivela de la ventana.
Gustafson dio un respingo. Hale miró por encima del hombro sin expresión alguna en el rostro y a continuación volvió a concentrarse en la carretera. Tal vez murmuró algo a su compañero. Rosie no lo sabía con seguridad ni le importaba.
Gert le cogió la mano, que le palpitaba con fuerza, e intentó abrirle el puño, amasándola como si fuera una masajista ocupada con un músculo agarrotado.
-No pasa nada, Rosie -susurró con aquella voz profunda que retumbaba como un camión en punto muerto.
-¡Sí que pasa! -gritó Rosie-. ¡Sí que pasa, no digas que no! -Las lágrimas le quemaban los ojos, pero eso tampoco le importaba. Por primera vez en su vida adulta lloraba de rabia y no de vergüenza ni de temor-. ¿Por qué no se marcha? ¿Por qué no me deja en paz? Pega a Cynthia, estropea el picnic... ¡El puto Norman de los cojones! -Intentó golpear de nuevo la puerta, pero Gert no le soltó la mano-. ¡Puto Norman de los cojones!
Gert asintió.
-Sí. Puto Norman de los cojones.
-¡Es como una... una marca de nacimiento! Cuanto más la frotas e intentas librarte de ella, más oscura se vuelve! ¡Norman de los cojones! ¡Puto Norman apestoso de los putos cojones! ¡Le odio! ¡Le odio!
Se interrumpió e intentó recobrar el aliento. El rostro le palpitaba, tenía las mejillas surcadas de lágrimas..., pero no se sentía exactamente mal.
¡Bill!¿ Dónde está Bill?
Se volvió, segura de que esta vez sí habría desaparecido, pero ahí estaba. Volvió a saludarla. Ella le devolvió el saludo, algo más calmada.
-Eso es, Rosie, enfádate. Tienes todo el derecho del mundo a enfadarte. Pero...
-Oh, claro que estoy enfadada.
-... pero no ha estropeado el día, ¿sabes?
Rosie parpadeó.
-¿Qué? Pero ¿cómo han podido seguir? Después de...
-¿Cómo pudiste seguir tú después de todas las palizas que te dio? -interrogó Gert.
Rosie se limitó a menear la cabeza sin comprender.
-En parte es perseverancia-explicó Gert-. En parte, supongo, es pura y simple testarudez. Pero sobre todo, Rosie, se trata de dar la cara. De demostrar al mundo que no pueden intimidarnos. ¿Crees que es la primera vez que pasa algo así? No, señora. Norman es el peor, pero no el primero. Y lo que haces cuando se te presenta una mofeta en el picnic y esparce su olor es esperar a que la brisa se lleve lo peor y luego seguir. Eso es lo que están haciendo ahora mismo en Ettinger's Pier, y no sólo porque hayamos firmado un contrato con las Indigo Girls. Seguimos porque tenemos que convencernos de que no nos pueden jorobar la vida..., el derecho a la vida. Oh, algunas se habrán marchado, como Lana Kline y sus pacientes, supongo, pero el resto estará allí. Consuelo y Robin volvían a Ettinger's cuando hemos salido del hospital.
-Bien hecho, chicas -comentó el teniente Hale desde el asiento delantero.
-¿Cómo ha podido dejarle escapar? -preguntó Rosie en tono acusador-. Por el amor de Dios, ¿sabe al menos cómo lo ha conseguido?
-Bueno, la verdad es que nosotros no le hemos dejado escapar -puntualizó Hale en tono suave-. Han sido los de Seguridad del parque; cuando han llegado los primeros policías, hacía ya rato que su marido había desaparecido.
-Creemos que ha robado una máscara de niño -intervino Gustafson-. Una de ésas que cubren toda la cabeza. Se la ha puesto y se ha esfumado. La verdad es que ha tenido mucha suerte.
-Siempre tiene suerte -masculló Rosie con amargura mientras entraban en el aparcamiento de la comisaría, con Bill a la zaga-. Ya puedes soltarme la mano -dijo a Gert.
Gert obedeció, y Rosie asestó otro puñetazo a la puerta. Esta vez le dolió más, pero una parte recién descubierta de su ser se refociló en el dolor.
-¿Por qué no me deja en paz? -repitió sin dirigirse a nadie en particular.
Sin embargo, una voz dulce y embriagadora le respondió desde lo más profundo de su mente.
Te divorciarás de él, aseguró aquella voz. Te divorciarás de él, Rosie Real.
Rosie se miró los brazos y comprobó que se le había puesto la piel de gallina.
3
Su mente salió volando una vez más, arriba y arriba hasta desaparecer, como había cantado en cierta ocasión aquella zorra de Marilyn McCoo, y cuando volvió en sí estaba aparcando el Tempo en otro hueco. No sabía con certeza dónde se encontraba, pero creía que probablemente se trataba del aparcamiento subterráneo situado a media manzana del Whitestone, donde ya antes había estacionado el Tempo. Su mirada tropezó con el indicador de la gasolina cuando se inclinó para desconectar los cables de arranque, y descubrió algo interesante: el depósito estaba casi lleno. Había parado a poner gasolina en algún momento de aquel último vacío. ¿Por qué?
Porque no era gasolina lo que querías en realidad, se contestó.
Volvió a inclinarse hacia delante con la intención de mirarse en el espejo retrovisor, pero entonces recordó que estaba en el suelo. Lo recogió y se examinó con atención. Tenía el rostro cubierto de morados e hinchado en varios puntos. Estaba bastante claro que se había peleado con alguien, pero la sangre había desaparecido. Se la había limpiado en el lavabo de alguna gasolinera mientras el surtidor llenaba lentamente el depósito del Tempo. Por tanto, ya podía dejarse ver en la calle siempre y cuando no abusara de su suerte, y eso estaba muy bien.
Al desconectar los cables de arranque se preguntó qué hora sería. No había forma de saberlo; no llevaba reloj, la mierda del Tempo no tenía reloj y estaba bajo tierra. ¿lmportaba eso? ¿Impor... ?
-No -susurró una voz conocida-. No importa. El tiempo está distorsionado.
Bajó la mirada y vio que la máscara del toro lo miraba desde su lugar sobre la alfombrilla del asiento del acompañante; aquellos ojos vacíos, la sonrisa inquietantemente arrugada, los absurdos cuernos adornados con guirnaldas de flores. De repente se dio cuenta de que quería conservarla. Era una tontería; odiaba las guirnaldas de los cuernos y la sonrisa imbécil..., pero quizás traía buena suerte. Claro que no hablaba, aquello no era más que fruto de su imaginación, pero sin la máscara nunca habría logrado salir de Ettinger's Pier. Eso estaba clarísimo.
Vale, vale, pensó. Vva 'L doro, y se inclinó para recoger la máscara. Y entonces, al parecer sin transición alguna, se inclinó hacia delante para agarrar a la rubia por la cintura, apretándola con todas sus fuerzas a fin de que no le quedara aliento para gritar. Acababa de salir por una puerta que decía SERVICIO, empujando el carrito ante ella, y Norman pensó que debía de llevar bastante rato esperándola allí, pero no importaba porque ahora iban a entrar derechitos en la zona de servicio, solos Pam y su nuevo amigo Norman, vva `l doro.
Pam lo estaba pateando, y algunos de sus golpes lo alcanzaron en las espinillas, pero la chica llevaba deportivos, deforma que apenas si sintió dolor. Apartó una mano de su cintura, cerró la puerta tras ellos y corrió el cerrojo. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que el lugar estaba desierto. Sábado por la tarde a última hora, en pleno fin de semana, debería estar vacío... y lo estaba. La estancia era larga y estrecha con una hilera corta de taquillas en el extremo más alejado. El olor era magnífico, una fragancia de ropa blanca limpia y planchada que a Norman le recordó el día de colada en su casa cuando era niño.
Había grandes montones de sábanas y fundas de almohadas pulcramente dobladas sobre estantes. Pilas de colchas se alineaban a lo largo de una pared. Norman empujó a Pam contra ellas, observando sin interés cómo la falda de su uniforme se le deslizaba muslos arriba. Su deseo sexual se había ido de vacaciones, tal vez incluso se había jubilado o muerto, y a lo mejor no importaba. Lo que tenía entre las piernas le había ocasionado muchos problemas a lo largo de los años. Era una putada, la clase de cosa que podía inducirte a pensar que Dios guardaba más relación con el cínico de Andrew Dice Clay de lo que te apetecía creer. Durante doce años ni siquiera reparabas en su presencia, y durante los siguientes cincuenta o incluso sesenta te arrastraba tras de sí como un demonio de Tasmania calvo y enloquecido.
-No grites -advirtió-. No grites, Pammy. Si gritas te mato.
Era una amenaza vacua, al menos de momento, pero ella no lo sabía.
Pam había aspirado una profunda bocanada de aire; ahora lo espiró silenciosamente. Norman se relajó un poco.
-Por favor, no me haga daño -suplicó.
Madre mía, qué original, ésa no la había oído en su vida, no señor.
-No quiero hacerte daño -le dijo en tono cálido-. De verdad que no.
Algo se agitaba en su bolsillo trasero. Alargó la mano y tocó goma. La máscara. Lo cierto era que no le sorprendió.
-Lo único que tienes que hacer es decirme lo que quiero saber, Pam. Y entonces podrás seguir tu camino, y yo el mío.
¿Cómo sabe mi nombre?
Norman se encogió de hombros, el gesto que empleaba en la sala de interrogatorios para indicar que sabía un montón de cosas porque en eso consistía su trabajo.
Pam estaba sentada sobre una pila de colchas de color marrón oscuro, idénticas a las de su habitación de la novena planta, alisándose la falda sobre las rodillas. Tenía los ojos de un matiz azul realmente extraordinadio. Sobre el párpado inferior izquierdo tenía suspendida una lágrima que tembló y luego le rodó por la mejilla dejando tras de sí un rastro de rímel.
-¿Va a violarme? preguntó.
Lo estaba observando con aquellos ojos extraordinariamente azules (¿Quién necesita encoñar a un hombre con esos ojazos, eh, Pammy?), pero Norman no vio en ellos la expresión que quería ver. En la sala de interrogatorios veías una expresión determinada en los ojos de los tipos a los que llevabas día y medio acosando a preguntas y es-taban apunto de desmoronarse, una expresión humilde que parecía pedir un respiro. No vio aquella expresión en los ojos de Pammy.
Todavía.
-Pam...
-Por favor, no me viole, por favor, no, pero si lo hace, si realmente tiene que hacerlo, use condón, porque me da mucho miedo el sida...
Norman se la quedó mirando asombrado antes de echarse a reír. Al hacerlo le dolió el estómago, el diafragma y sobre todo la cara, pero no podía parar. Se dijo que tenía que controlarse, que algún empleado del hotel, tal vez incluso el detective del hotel, podía pasar por allí, oír risas procedentes de aquella habitación y preguntarse qué significaban, pero ni siquiera eso le sirvió de nada; tenía que esperar a que se le pasara.
La rubia lo observó anonadada y por fin esbozó una sonrisa cautelosa. Esperanzada.
Por fin, Norman consiguió dominarse, aunque ya se le estaban saltando las lágrimas.
-No voy a violarte, Pam -aseguró cuando por fin fue capaz de decir algo sin desacreditarlo con otra carcajada.
¿Cómo sabe mi nombre? -repitió ella con más firmeza.
Norman sacó la máscara, deslizó la mano en su interior y la manejó como había hecho ante el capullo del contable del Camry.
-Pam-Pam-Pam-oh-Bam-banana fauna fo-Fam, fee-fi-mo-Mam -la hizo cantar.
La bamboleaba adelante y atrás como Shari Lewis a su puta Costilla de Cordero, sólo que no era un cordero, sino un toro, un estúpido toro maricón con flores en los cuernos. No tenía ni una sola puta razón en el mundo para que le gustara el toro de los cojones, pero la verdad era que le gustaba bastante.
-Y tú también me gustas a mí -dijo Ferd el toro maricón con los ojos clavados en Norman antes de volverse hacia Pam-. ¿Te molesta, Pam?
-N-n-no farfulló la chica aún sin aquella expresión en los ojos, aunque lo cierto era que iba progresando, porque estaba aterrada, de eso estaba seguro.
Norman se puso en cuclillas con las manos colgando entre los muslos y los cuernos de Ferdinand apuntando al suelo.
-Te gustaría que desapareciera de esta habitación y de tu vida, ¿verdad, Pammy?-le preguntó con sinceridad.
Pam asintió con tal vigor que el cabello le rebotó contra los hombros.
-Ya me lo imaginaba, y me parece bien. Tú dime una cosa y me marcharé en un periquete. Y no es una pregunta difícil. -Se inclinó hacia ella, y los cuernos de Ferd se arrastraron por el suelo-. Lo único que quiero saber es dónde está Rose. Rose Daniels. ¿Dónde vive?
-Oh, Dios mío.
El color que quedaba en el rostro de Pammy, dos manchas rojas sobre los pómulos, se desvaneció por completo, y sus ojos se abrieron hasta casi salírsele de las órbitas.
-Oh, Dios mío. Eres tú. Eres Norman.
Aquello lo asombró y enfureció. Se suponía que él sabía el nombre de ella, así era como funcionaban las cosas, pero ella no debía saber el suyo. Pam se levantó de la pila de colchas mientras intentaba asimilar el hecho de haberla oído pronunciar su nombre y estuvo a punto de escapar. Norman se lanzó tras ella alargando la mano derecha, en la que aún sostenía la máscara. A lo lejos se oyó decirle que no iba a ninguna parte, que quería hablar con ella y tenía intención de hacerlo de cerca.
La agarró por el cuello. Pam profirió un sonido ahogado que pretendía ser un grito y se lanzó hacia delante con fuerza sorprendente y nerviosa. Norman podría haberla retenido de no ser por la máscara, que resbaló sobre su mano sudorosa. Pam se zafó de él, se estrelló contra la puerta con los brazos extendidos a ambos lados, y en el primer momento Norman no comprendió lo que pasó a continuación.
Oyó un sonido, un sonido carnoso que le recordó el que emitía un corcho al salir de una botella de champán, y entonces Pam empezó a debatirse, golpeando la puerta con las manos, la cabeza echada hacia atrás en un ángulo extraño y rígido, como si contemplara la bandera durante una ceremonia patriótica.
-¿Eh? farfulló Norman.
Ferdinand se alzó ante sus ojos, algo ladeado sobre su mano, Ferdinand parecía borracho.
-Uy -dijo el toro.
Norman se arrancó la máscara de la mano y se la guardó en el bolsillo, consciente ahora de un sonido parecido a la lluvia. Bajó la mirada y se dio cuenta de que el deportivo de Pam ya no era blanco, sino rojo. La sangre estaba formando un charco a su alrededor; corría a lo largo de la puerta en regueros largos. La chica seguía agitando las manos. A Norman le recordaron pajarillos.
Parecía clavada a la puerta, y cuando Norman avanzó unos pasos, se dio cuenta de que, en cierto modo, así era. Había un gancho para abrigos clavado en la maldita puerta. Pam se había zafado de su mano y al abalanzarse sobre la puerta se había empalado. Tenía el gancho clavado en el ojo izquierdo.
-Oh, Pam, mierda, estúpida -masculló Norman.
Estaba furioso y trastornado. No dejaba de ver la sonrisa estúpida del toro, de oír su voz diciendo «uy» como si fuera un personaje listillo de algún dibujo animado de la Warner.
Separó a Pam del gancho y en aquel momento oyó el crujido indescriptible de los tendones. El ojo bueno, más azul que nunca, según le parecía a Norman, lo miró con horror silencioso.
Y entonces abrió la boca y gritó.
Norman no titubeó ni un instante; sus manos actuaron por sí solas, asiéndole el rostro por las mejillas antes de colocar las palmas bajo los ángulos delicados de la mandíbula y girarla. Se oyó un solo crujido seco, el sonido de alguien al pisar una rama de cedro, y entonces Pam se desplomó entre sus brazos. Se había ido y se había llevado consigo lo que sabía sobre Rose.
-Maldita puta jadeó Norman-. ¡Mira que clavarte el puto gancho en el ojo, imbécil!
La zarandeó. Su cabeza se bamboleó de un lado a otro. Ahora llevaba un babero rojo sobre el uniforme blanco. Norman la llevó de nuevo a la pila de colchas y la dejó caer sobre ellas. Pam cayó con las piernas abiertas.
-Puta de mierda -masculló Norman-. No puedes dejar de hacer eso aunque estés muerta, ¿eh?
Le cruzó las piernas. Uno de sus brazos cayó del regazo y chocó contra las colchas. Norman vio que llevaba un llamativo brazalete lila que parecía un trozo de cable de teléfono. En él había una llave.
Norman se la quedó mirando y luego se volvió hacia las taquillas que se alineaban en el otro extremo de la estancia.
No puedes ir allí, Normie, le advirtió su padre. Sé lo que estás pensando, pero estás loco si te acercas siquiera a su casa de Durham Avenue.
Norman esbozó una sonrisa. Estás loco si vas allí. Eso era bastante divertido si uno se paraba a pensarlo. Además, ¿adónde iba a ir si no? ¿Qué otra opción le quedaba? No tenía mucho tiempo. Tras él ardían sus navíos, todos ellos.
-El tiempo está distorsionado -murmuró Norman Daniels antes de quitarle el brazalete a Pam.
Se acercó a las taquillas con el brazalete entre los dientes mientras se colocaba la máscara del toro sobre la mano. Sostuvo a Ferd en alto para que revisara las etiquetas pegadas a las taquillas.
-Esta -anunció Ferd golpeteando la taquilla con la etiqueta PAM HAVERFORD con el rostro de goma.
La llave entraba en la cerradura. En el interior de la taquilla había unos vaqueros, una camiseta, un sujetador deportivo, un neceser y el bolso de Pam. Norman llevó el bolso hasta una de las cestas de la colada y vació su contenido sobre las toallas. Deslizó a Ferdinand sobre las cosas como si se tratara de un extraño satélite espía.
Ahí lo tienes, grandullón -murmuró Ferdinand.
Norman separó un trozo delgado de plástico gris de la basura de cosméticos, pañuelos de papel y papeles. Abriría la puerta principal del club, de eso no cabía duda. Lo cogió y luego se volvió para marcharse...
-Espera -exclamó 'l doro antes de acercarse al oído de Norman y susurrarle algo mientras sus cuernos oscilaban adelante y atrás.
Norman escuchó y por fin asintió. Volvió a quitarse la máscara de la mano sudorosa, se la guardó en el bolsillo y se inclinó sobre el contenido del bolso de Pam. Esta vez rebuscó con cuidado, como si estuviera examinando «el lugar de los hechos», como se decía en la jerga policial..., aunque en tal caso habría utilizado la punta de un lápiz o de un bolígrafo en lugar de las yemas de los dedos.
Es evidente que las huellas no representan ningún problema aquí, pensó con una carcajada. Ya no.
Empujó a un lado su monedero y recogió un librito rojo con las palabras TELÉFONOS Y DIRECCIONES impresas sobre la tapa. Buscó en la D y encontró una entrada para Hijas y Hermanas, pero no era eso lo que buscaba. Pasó a la primera página del libro, donde había muchos números escritos sobre y alrededor de los garabatos de Pam, en su mayoría ojos y pajaritas de dibujos animados. Sin embargo, todos aquellos números parecían números de teléfono.
Pasó a la última página, otro sitio probable. Más números de teléfono, más ojos, más pajaritas... y en el centro, bien enmarcado y rodeado de asteriscos, lo siguiente:

-Vaya, vaya -susurró-. Conserven sus cartones, amigos, pero creo que hemos cantado Bingo, ¿verdad, Pammy?
Norman arrancó la última página de la agenda de Pam, se la guardó en el bolsillo delantero y se dirigió de puntillas hacia la puerta. Allí se detuvo a escuchar. No había moros en la costa. Exhaló un suspiro y rozó una esquina del papel que se acababa de guardar en el bolsillo. En aquel momento, su mente rebotó de nuevo, y durante un rato no hubo nada en absoluto.
4
Hale y Gustafson llevaron a Rosie y Gert a un rincón de la sala policial que casi parecía un salón. El mobiliario era viejo pero bastante cómodo, y no había mesas para que los detectives se sentaran tras ellas. En lugar de ello, los dos hombres se dejaron caer en un sofá de color verde desvaído situado entre la máquina expendedora de bebidas y la cafetera. En vez de una fotografía tenebrosa de drogadictos o víctimas del sida, sobre la cafetera se veía un póster de agencia de viajes que mostraba los Alpes suizos. Los detectives se mostraban tranquilos y comprensivos, la entrevista transcurría con serenidad y en actitud respetuosa, pero ni su comportamiento ni el entorno ayudaron a Rosie. Seguía enfadada, más furiosa de lo que había estado en toda su vida, pero también estaba aterrada por el hecho de hallarse en ese lugar.
En varias ocasiones durante la entrevista estuvo a punto de perder el control de sus emociones, y cada vez que le ocurría miraba hacia el otro extremo de la estancia, donde Bill estaba sentado pacientemente, más allá de la barandilla con el rótulo SÓLO ASUNTOS POLICIALES, POR FAVOR.
Sabía que debería levantarse, acercarse a él y decirle que no esperara más, que se fuera a casa y la llamara al día siguiente, pero no podía hacerlo. Necesitaba que se quedara allí al igual que había necesitado que la siguiera en la Harley mientras los policías la llevaban a la comisaría, lo necesitaba como una niña de imaginación desbocada necesita tener la luz encendida cuando se despierta en plena noche.
La cuestión era que no dejaban de ocurrírsele ideas locas. Sabía que era una locura, pero el hecho de saberlo no le servía de nada. Desaparecían durante un rato, y entonces respondía a sus preguntas sin que se le ocurrieran ideas locas, pero de repente se sorprendía pensando que tenían a Norman en el sótano, que lo estaban escondiendo allí, claro que sí, porque el cuerpo era una familia y los policías eran hermanos, y a las mujeres de los policías no se les permitía escapar y llevar una vida propia pasara lo que pasara. Norman estaba a salvo en un cubículo del sótano, donde nadie podía oírte aunque gritaras a pleno pulmón, una habitación con paredes de hormigón y una sola bombilla desnuda, y cuando aquella farsa terminase, la llevarían junto a él. La obligarían a hablar con Norman.
Una locura. Pero no sabía a ciencia cierta que era una locura hasta que alzaba la vista y veía a Bill al otro lado de la barandilla, observándola y esperando a que acabase para poderla llevar a casa en su poni de hierro.
Repasaron la historia una y otra vez, a veces era Gustafson el que preguntaba y a veces Hale, y aunque Rosie no tenía la sensación de que estuvieran jugando al poli bueno y al poli malo, deseaba que acabaran con sus preguntas interminables y la dejaran marchar. Tal vez cuando saliera de allí remitirían un poco aquellas oscilaciones paralizadoras entre la furia y el terror.
-Vuélvame a explicar por qué llevaba la fotografía del señor Daniels en el bolso, señora Kinshaw-dijo Gustafson.
Ante él tenía un informe a medio redactar y en la mano sostenía un Bic. Fruncía el ceño de un modo terrible; a Rosie le recordaba a un niño haciendo un examen para el que no ha estudiado.
-Ya se lo he contado dos veces -replicó Gert.
-Será la última vez -prometió Hale.
-¿Palabra de Boy Scout? -preguntó Gert.
Hale esbozó una sonrisa encantadora y asintió.
-Palabra de Boy Scout.
Gert volvió a contarle que ella y Anna habían relacionado a Norman Daniels con el asesinato de Peter Slowik y que habían recibido la fotografía de Norman por fax. De ahí pasó a explicar que se había fijado en el hombre de la silla de ruedas cuando el cobrador del parque le había gritado para que volviera. Rosie ya conocía la historia, pero la valentía de Gert seguía impresionándola. Cuando Gert llegó al enfrentamiento con Norman detrás de los lavabos, expresándose en el tono prosaico de una mujer que recitara la lista de la compra, Rosie le tomó la enorme mano parda y se la oprimió.
Al terminar, Gert miró a Hale y enarcó las cejas.
-¿Satisfecho?
-Satisfecho -asintió Hale-. Muy satisfecho. Cynthia Smith le debe la vida. Si fuera usted policía, la propondría para una medalla.
-No habría superado las pruebas físicas -aseguró Gert con un resoplido-. Estoy demasiado gorda.
-Es igual -repuso Hale con toda seriedad mientras la miraba a los ojos. .
-Bueno, le agradezco el cumplido, pero lo que de verdad quiero que me diga es que van a cogerle. .
-Le cogeremos -aseguró Gustafson con aire confiado, y Rosie pensó: No conoce usted a mi Norman, detective.
-¿Hemos terminado? -inquirió Gert.
-Usted sí -dijo Hale-. Quiero hacer unas cuantas preguntas más a la señora McClendon... si no le molesta. De lo contrario pueden esperar. -Se detuvo un instante antes de proseguir-. Pero la verdad es que no deberían esperar. Creo que los dos lo sabemos, ¿verdad?
Rosie cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos. Se volvió hacia Bill, que seguía sentado al otro lado de la barandilla, y luego miró a Hale.
-Pregúnteme todo lo que quiera -accedió-. Pero le ruego que acabe lo antes posible. Quiero irme a casa.
5
Esta vez, cuando volvió en sí, estaba apeándose del Tempo en una calle tranquila que de inmediato identificó como Durbam Avenue. Había aparcado a una manzana y media del Palacio del Chocho. Aún no era de noche, pero faltaba poco; las sombras bajo los árboles aparecían espesas y aterciopeladas, deliciosas en cierto modo.
Se miró y comprobó que debía de haber regresado a su habitación antes de salir del hotel. Su piel olía a jabón y se había cambiado de ropa. La que llevaba ahora resultaba muy apropiada para aquella misión: pantalones informales, camiseta blanca de cuello redondo y camisa azul de trabajo con los faldones fuera del pantalón. Parecía la clase de tipo que podía aparecer en pleno fin de semana para arreglar una tubería estropeada o...
-O verificar la alarma antirrobo -masculló Norman para sus adentros con una sonrisa-. Qué atrevido, señor Daniels. Pero qué atrevi...
En aquel momento lo dominó el pánico, y se llevó la mano al bolsillo trasero izquierdo de los pantalones. No tocó nada aparte del bulto de la cartera. Se golpeó el derecho y exhaló un profundo suspiro de alivio al rozar la goma fláccida de la máscara. Por lo visto había olvidado el revólver de servicio (debía de haberlo dejado en la caja fuerte del hotel), pero no la máscara, y en aquel momento, la máscara se le antojaba más importante que el arma. Probablemente era una locura, pero así estaban las cosas.
Echó a caminar por la acera en dirección al 251. Si sólo había unas cuantas zorras en el club, intentaría tomarlas a todas como rehenes. Si había muchas, tomaría a todas las que pudiera, tal vez media docena, y ahuyentaría a las demás. Luego empezaría a dispararles una a una hasta que alguna de ellas soltara la dirección de Rose. Si ninguna de ellas la sabía, las mataría a todas y después empezaría a registrar los archivos..., pero no creía que las cosas llegaran a semejante extremo.
¿Qué harás si la policía está allí, Normie?, preguntó su padre con nerviosismo. ¿Si hay policías delante y dentro, policías protegiendo el lugar de ti?
No lo sabía y tampoco le importaba demasiado.
Pasó delante del 245, el 247 y el 249. Entre este último y la acera se alzaba un seto, y cuando Norman llegó al final se detuvo en seco para observar el 251 de Durbam Avenue con los ojos entornados y suspicaces. Había estado preparado para ver un montón de actividad o un poco de actividad, pero no estaba preparado para lo que vio, es decir, ninguna actividad en absoluto.
Hijas y Hermanas, el club erigido al fondo de su jardín estrecho y profundo, tenía bajadas las persianas del primero y el segundo piso para protegerlos del calor del día. Reinaba el más completo silencio. Las ventanas situadas a la izquierda del porche tenían las persianas subidas, pero por ellas no se filtraba luz alguna. No vio ninguna silueta en ellas. Ni un alma en el porche. Ningún coche en el camino de entrada.
No puedo quedarme aquí parado, pensó, y echó a andar de nuevo. Pasó de largo mientras echaba un vistazo al huerto en el que había visto a las dos putas aquel día, una de ellas la zorra a la que había propinado una buena paliza detrás de los lavabos. El huerto también estaba desierto. Y por lo que veía del jardín trasero, tampoco parecía haber nadie allí.
Es una trampa, Normie, le dijo su padre. Lo sabes, ¿verdad?
Norman siguió andando hasta el 257, una casa estilo Cape Cod, y luego dio media vuelta para regresar paseando al club. Sabía que aquello tenía aspecto de trampa, la voz de su padre tenía razón, pero de algún modo no creía que lo fuera.
Ferdinand el Toro surgió ante su rostro como un fantasma hortera de goma... Norman se había colocado la máscara sobre la mano sin ni siquiera darse cuenta. Sabía que era una mala idea; sin lugar a dudas, cualquiera que se asomara a una ventana se preguntaría por qué ese hombre corpulento de la cara hinchada estaba hablando con una máscara de goma... y moviéndole los labios para que respondiera. Sin embargo, tampoco aquellos detalles parecían importar. La vida se había tornado..., bueno, muy primitiva, y a Norman no le desagradaba.
-No, no es una trampa -aseguró Ferdinand.
-¿Estás seguro? preguntó Norman cuando estaba a punto de alcanzar el 251.
-Sí-asintió Ferdinand mientras agitaba los cuernos adornados con guirnaldas-. Están todas en el picnic, eso es lo que pasa. Lo más probable es que ahora mismo estén todas haciendo buñuelos mientras una bollera con un vestido de abuelo canta Blowin' in the Wind. No has sido más que una pequeña molestia, Norman.
Norman se detuvo delante del sendero que conducía a Hijas y Hermanas y se quedó mirando la máscara con expresión anonadada.
-Eh, lo siento, tío -se disculpó 'l doro-,pero yo no hago las noticias, sólo las transmito.
Norman quedó asombrado al descubrir que había algo casi tan horrible como llegar a casa y encontrarte con que tu mujer se ha largado con tu tarjeta del cajero en el bolso, y era que no te hicieran ni puto caso.
Que un montón de mujeres no te hicieran ni puto caso.
-Bueno, pues entonces enséñales a portarse mejor -dijo Ferdinand-. Dales una buena lección. Venga, Norman. Demuéstrales quién eres. Demuéstraselo para que no lo olviden nunca.
-Para que no lo olviden nunca -repitió Norman mientras la máscara asentía con entusiasmo.
Se la guardó en el bolsillo trasero y sacó la tarjeta de apertura de Pam y el trozo de papel que había encontrado en su agenda del delantero mientras cruzaba el camino de entrada. Subió la escalinata del porche y alzó la mirada (esperaba que con indolencia) hacia la cámara instalada sobre la puerta. Escondió la tarjeta de apertura, pues suponía que cabía la posibilidad de que alguien estuviera observando. Más le valía recordar, por mucha suerte que tuviera, que Ferdinand no era más que una máscara de goma cuyo cerebro era la mano de Norman Daniels.
La ranura se hallaba en el lugar que había imaginado. Junto a ella se veía un interfono con un rótulo que ordenaba a los visitantes pulsar el botón y hablar.
Norman pulsó el botón y se inclinó hacia delante.
-Mi dland Gas, verificando una fuga en el barrio, cambio.
Soltó el botón. Esperó. Observó la cámara. En blanco y negro, lo que seguramente no reflejaría cuán hinchada tenía la cara..., al menos eso esperaba. Sonrió para demostrar que era inofensivo mientras el corazón le latía como un caballo desbocado.
No obtuvo respuesta. Nada.
Volvió a pulsar el botón.
-¿Hay alguien en casa, tías?
Les dio un poco más de tiempo y contó despacio hasta veinte. Su padre susurró que era una trampa, precisamente la clase de trampa que él mismo habría diseñado en semejante situación, atraer al capullo, hacerle creer que el lugar estaba vacío y luego hacerlo papilla. Y sí, era la clase de trampa que él habría diseñado..., pero aquí no había nadie. De eso estaba casi seguro. El lugar se le antojaba más vacío que una lata de cerveza en la basura.
Norman introdujo la tarjeta en la ranura. Se oyó un único chasquido. Retiró la tarjeta, hizo girar el pomo y entró en el vestíbulo de Hijas y Hermanas. A su izquierda oyó un sonido grave y constante: bip-bip-bip-bip. Era una alarma antirrobo con código numérico. Las palabras PUERTA PRINCIPAL parpadeaban en la pantalla.
Norman miró el trozo de papel que había llevado consigo, se tomó un segundo para rogar que el número que figuraba en él fuera el que pensaba y por fin pulsó 0471. Por un terrible instante, la alarma siguió sonando, pero de repente se detuvo. Norman exhaló un suspiro y cerró la puerta. Reinicializó la alarma sin pensar en ello, como simple reflejo de policía.
Paseó la mirada en derredor, reparó en la escalera que subía al primer piso y cruzó el vestíbulo. Asomó la cabeza a la primera habitación de la derecha. Parecía una clase, pues tenía sillas dispuestas en círculo y una pizarra en un extremo. Sobre la pizarra se veían las siguientes palabras: DIGNIDAD, RESPONSABILIDAD y FE.
-Palabras sabias, Norm -comentó Ferdinand, que volvía a estar sobre la mano de Norman como por arte de magia-. Palabras sabias.
-Si tú lo dices. A mí me parece la mierda de siempre.
Miró en derredor y alzó la voz. Parecía casi un sacrilegio gritar en aquel silencio en cierto modo polvoriento, pero un hombre tenía que hacer lo que tenía que hacer.
-¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Midland Gas!
-¿Hola? -gritó Ferd desde su mano con el acento alemán de broma que el padre de Norman empleaba a veces cuando estaba borracho, mientras paseaba los ojos brillantes y vacíos por la estancia-. ¿Hola? ¿Jay alguien en casaa?
-Cierra el pico, imbécil -espetó Norman.
-Sí, mi capitán -replicó 'l doro, y guardó silencio de inmediato.
Norman giró sobre sus talones lentamente y siguió cruzando el vestíbulo. Había otras habitaciones por el camino: un salón, un comedor y lo que parecía una pequeña biblioteca, pero todas estaban desiertas. La cocina situada al final del vestíbulo también estaba vacía, y ahora se le presentaba otro problema. ¿Dónde encontraría lo que buscaba?
Aspiró una profunda bocanada de aire y cerró los ojos en un intento de pensar (y de alejar de sí la jaqueca que volvía a intentar abrirse paso en su cabeza). Le apetecía un cigarrillo pero no lo encendió; a lo mejor tenían detectores de humo tan sensibilizados que se disparaban a la primera nubecilla de tabaco.
Volvió a aspirar profundamente hasta llevar el aire hasta el fondo de los pulmones, y entonces identificó el olor de aquel lugar... No era olor a polvo, sino olor a mujeres, mujeres que llevaban mucho tiempo atrincheradas con otras mujeres, mujeres que se habían encerrado en una túnica común de moralidad en un intento de aislarse del mundo real. Olor a sangre, ducha vaginal, bolsitas de hierbas perfumadas, laca de pelo, desodorante y perfumes de nombres provocadores como Mi Pecado, Hombros Blancos u Obsesión. Era el olor vegetal de lo que les gustaba comer y el olor afrutado de los tés que les gustaba beber; ese olor no era el olor del polvo, sino de algo parecido a la levadura, una fermentación que producía una fragancia que ninguna limpieza podía eliminar; el olor de mujeres sin hombres. De repente, aquel olor le llenó la nariz, la garganta, el corazón, le produjo arcadas, le hizo sentir débil, casi sofocado.
-Domínate, colega -espetó Ferdinand con firmeza-. ¡Lo único que hueles es la salsa de los espagueti de anoche! ¡Por el amor de Dios!
Norman espiró el aire y aspiró otra bocanada antes de abrir los ojos. Salsa de espagueti, sí. Un olor rojo, sangriento. Pero nada más que salsa de espagueti.
-Lo siento, me he puesto un poco nervioso -se disculpó.
-¿Y quién no? -repuso Ferdinand con una expresión comprensiva en los ojos vacíos-. Aquí es donde Circe convierte a los hombres en cerdos, al fin y al cabo. -La máscara osciló sobre la mano de Norman mientras lo examinaba todo con aquellos ojos vacuos-. Sí, aquí es.
¿De qué hablas?
-Nada, no importa.
-No sé dónde ir -comentó Norman mirando a su alrededor-. Tengo que darme prisa, pero Dios mío, ¡este sitio es enorme! Debe de haber al menos veinte habitaciones.
El toro señaló con los cuernos una puerta que se abría frente a la cocina.
-Prueba ésa.
Joder, será la despensa.
-No lo creo, Norm. No creo que pongan un rótulo de PRIVADO en la despensa.
Tenía razón. Norman atravesó la estancia mientras se guardaba la máscara del toro en el bolsillo (y reparaba en la olla de los espagueti que habían puesto a secar en la escurridera junto a la pica), y llamó a la puerta. Nada. Hizo girar el pomo sin dificultad. Abrió la puerta, deslizó la mano por la pared y pulsó el interruptor.
El aplique del techo iluminó un escritorio mastodóntico atestado de trastos. Sobre un montón de papeles se veía una placa que rezaba ANNA STEVENSON y DIOS BENDIGA ESTE DESORDEN. De la pared colgaba una fotografía enmarcada de dos mujeres a las que Norman reconoció. Una de ellas era la difunta Susan Day. La otra era la zorra de pelo blanco que había visto en la foto del periódico, la que se parecía a Maude. Ambas tenían el brazo echado sobre los hombros de la otra y se sonreían como auténticas bolleras.
La pared lateral de la habitación estaba cubierta de archivadores. Norman se acercó a ellos, apoyó una rodilla en el suelo y alargó el brazo hacia el archivador de la D y la E antes de detenerse. Rose ya no usaba el nombre de Daniels. No recordaba si se lo había dicho Ferdinand, si lo había descubierto él mismo o si lo había intuido, pero sabía que era cierto. Rose había vuelto a adoptar su nombre de soltera.
-Serás Rose Daniels hasta el día en que te mueras -masculló mientras alargaba el brazo hacia el archivador de la M. Tiró del picaporte. Nada. Estaba cerrado con llave.
Un problema, pero no demasiado grave. Cogería algo para abrir en la cocina. Se volvió con la intención de salir de la estancia, pero en aquel instante algo le llamó la atención: una cesta de mimbre colocada en la esquina de la mesa. Del asa pendía una tarjeta. SAL AL MUNDO, PEQUEÑA CARTA, decía en tipo de letra inglés antiguo. En la cesta había un montón de lo que parecía correspondencia para enviar, y debajo de un sobre de pago dirigido a Televisión por Cable Lakeland vio lo siguiente:

endon
renton Street
¿-endon?
¿McClendon?
Cogió la carta y al hacerlo volcó la cesta; todas las cartas cayeron al suelo. Norman abrió los ojos con expresión codiciosa.
Sí, McClendon, sí, señor. Rosie McClendon. Y justo debajo, escrita con letra firme y clara, la dirección que le había costado un infierno encontrar: 897 Trenton Street.
Debajo de una pila de folletos del Picnic Estival había un largo abrecartas cromado, Norman lo cogió, abrió el sobre y se guardó el abrecartas en el bolsillo trasero sin ni siquiera darse cuenta de ello. Al mismo tiempo volvió a sacar la máscara y se la deslizó sobre la mano. La única hoja de papel que contenía el sobre llevaba un membrete que rezaba ANNA STEVENSON en letras grandes, e Hijas y Hermanas en letras un poco más pequeñas.
Norman echó un vistazo rápido a aquel síntoma de arrogancia y luego empezó a deslizar la máscara sobre el papel para que Ferdinand le leyera la carta. La letra de Anna Stevenson era grande y elegante..., arrogante, podrían haberla definido algunos. Los dedos sudorosos de Norman se agitaron e intentaron cerrarse dentro de la máscara, lo que provocó a Ferdinand una serie de muecas mientras se movía.
Querida Rosie:
Sólo quería enviarte una nota a tu nueva casa (¡Sé lo importante que puede ser la primera carta!) para decirte cuánto me alegro de que vinieras a Hijas y Hermanas y de que pudiéramos ayudarte. Asimismo quiero que sepas que me encanta que tengas un nuevo trabajo... ¡Tengo la sensación de que no seguirás mucho tiempo en Trenton Street!
Toda mujer que acude a Hijas y Hermanas renueva la vida de las demás, de las que están junto a ella durante el primer período de curación y de las que la suceden cuando se marcha, pues cada una deja tras ella una parte de su experiencia, fuerza y esperanza. Espero verte por aquí con frecuencia, Rosie, no sólo porque te queda un largo camino que recorrer hasta alcanzar la recuperación absoluta y porque hay muchos sentimientos (sobre todo la furia, deduzco yo) con los que aún no te has enfrentado, sino también porque tienes la obligación de transmitir lo que has aprendido aquí. Con toda probabilidad no hace falta que te diga estas cosas, pero...
Un chasquido leve, aunque sonoro a causa del silencio, seguido de otro sonido: bip-bip-bip-bip.
La alarma antirrobo.
Norman tenía compañía.
6
Anna no reparó en ningún momento en el Tempo verde aparcado junto al bordillo a una manzana y media de Hijas y Hermanas. Se hallaba inmersa en una fantasía privada, una fantasía que jamás había confesado a nadie, ni siquiera a su psicoanalista, la fantasía imprescindible que reservaba para días espantosos como aquél. En ella salía en la portada de la revista Time. No se trataba de una foto, sino de una vibrante pintura al óleo que la mostraba en una camisa de color azul oscuro (el azul era el color que más la favorecía, y la camisa disimularía la grasa deprimente que se había acumulado en torno a su cintura en los últimos dos o tres años). Miraba por encima del hombro izquierdo para ofrecer al artista su mejor perfil, y el cabello le caía sobre el derecho como una cascada de nieve. Una cascada de nieve
muy sexy.
El pie de la portada decía tan sólo MUJER AMERICANA.
Entró en el camino de coches mientras desterraba a regañadientes la fantasía (acababa de llegar al punto en el que el periodista escribía: «Aunque ha salvado la vida de más de mil quinientas mujeres maltratadas, Anna Stevenson sigue siendo una mujer sorprendente, conmovedoramente modesta...»). Apagó el motor de su Infiniti y permaneció sentada unos instantes, frotándose la piel bajo los ojos.
Peter Slowik, a quien en la época de su divorcio se había referido bajo el nombre de Pedro el Grande o Rasputín el Marxista Loco, había sido un charlatán promiscuo durante su vida, y al parecer sus amigos habían decidido recordarle del mismo modo. La conversación se había alargado más y más; cada «ramo de conmemoración» (tenía la sensación de que podría coser a balazos a esos mamones políticamente correctos que se inventaban expresiones tan horteras como aquélla) había sido más extenso, y a las cuatro de la tarde, cuando por fin se habían levantado para comer y beber vino (nacional y espantoso, precisamente el que Peter habría escogido si hubiera sido el encargado de comprarlo), Anna estaba segura de que llevaba la forma de la silla plegable en la que había estado sentada tatuada en el culo. La idea de marcharse temprano, tal vez después de tomar un canapé y un sorbo de vino, no se le había ocurrido en ningún momento. La gente la estaría observando y calibrando su comportamiento. Al fin y al cabo, era Anna Stevenson, una mujer importante en la estructura política de aquella ciudad, y había determinadas personas con las que tenía que hablar después del funeral. Personas con las que Anna quería ser vista por otras personas, pues así era como funcionaban las cosas.
Y para colmo de los males, su busca había sonado tres veces en tres cuartos de hora. A veces el maldito trasto se pasaba semanas calladito en su bolso, pero aquella tarde, durante una reunión en la que los largos períodos de silencios se veían interrumpidos de vez en cuando por personas que no parecían poder articular más que susurros sollozantes, el busca se había vuelto loco. Después de la tercera vez, Anna se había hartado de que la gente se volviera para mirarla y lo había apagado. Esperaba que nadie se hubiera puesto de parto en el. picnic, que ningún niño hubiera resultado herido en la cabeza por una herradura a la deriva, y sobre todo esperaba que el marido de Rosie no hubiera aparecido. Sin embargo, lo dudaba; sabía que no le convenía aparecer. En cualquier caso, cualquiera que la llamara al busca habría llamado primero a Hijas y Hermanas, y lo primero que haría al salir de allí sería verificar los mensajes del contestador de su oficina. Podría escuchar los mensajes mientras hacía pis. En la mayoría de los casos, sería lo más apropiado.
Salió del coche, lo cerró con llave (todas las precauciones eran pocas, incluso en un barrio bueno como aquél), y subió la escalinata del porche. Utilizó la tarjeta de apertura y silenció el bip-bip-bip del sistema de seguridad sin ni siquiera darse cuenta de ello; las postrimerías de su ensoñación
(única mujer de su época a la que todas las facciones del movimiento femenino cada vez más divergente aman y respetan)
aún le bullían en la cabeza.
-¡Hola, casa! -saludó mientras cruzaba el vestíbulo.
El silencio fue la única respuesta que obtuvo... y la única que esperaba, para ser sincera. Con un poco de suerte disfrutaría de dos o tres horas de silencio bendito antes de que empezaran las risitas, el siseo de las duchas, los portazos y los culebrones televisivos de la noche.
Entró en la cocina preguntándose si un baño largo y ocioso, con sales incluidas, le ayudaría a librarse de lo más gordo del día. Pero entonces se detuvo con el ceño fruncido al ver la puerta de su estudio. Estaba entreabierta.
-Maldita sea -masculló-. ¡Maldita sea!
Si había algo que odiara más que nada en el mundo (salvo tal vez la gente sobona y sentimental) era la violación de su intimidad. No había cerradura en la puerta del estudio porque no creía que tuviera que rebajarse a tanto. Al fin y al cabo, aquella era su casa; las chicas y mujeres que acudían allí lo hacían gracias a su generosidad y tolerancia. No tenía por qué cerrar aquella puerta con llave. Tendría que haber bastado con su deseo de que nadie entrara a menos que ella así lo indicara.
Por lo general funcionaba, pero de vez en cuando, alguna mujer decidía que realmente necesitaba algún documento, de que realmente tenía que usar la fotocopiadora de Anna (que se calentaba más deprisa que la de la sala de recreo del sótano), de que realmente necesitaba un sello, y por ello esa persona irrespetuosa entraba, fisgoneaba en un lugar que no era suyo, tal vez miraba cosas que no le incumbían en absoluto y contaminaba el aire con el olor de algún perfume barato de droguería...
Anna se detuvo con una mano en el picaporte, examinando la estancia oscura que había sido la despensa cuando ella era pequeña. Sus fosas nasales se agitaron levemente, y el ceño de su frente se tornó más profundo. Había un olor, sí señor, pero no era exactamente perfume. Era algo que le recordaba al Marxista Loco. Era...
Todos mis hombres llevan Colonia Inglesa o nada en absoluto.
¡Dios! ¡Dios Todopoderoso!
Se le puso la piel de gallina. Anna se enorgullecía de ser una mujer práctica, pero de repente no le costó nada imaginar al fantasma de Peter Slowik esperándola en el estudio, una sombra tan insustancial como el hedor de esa colonia ridícula que había usado...
Se fijó en una luz que brillaba en la oscuridad: el contestador. La lucecilla roja parpadeaba enloquecida, como si toda la ciudad la hubiera llamado aquella tarde.
Había sucedido algo. De repente lo sabía. Eso también explicaba los mensajes del busca..., y como una tonta lo había apagado para que la gente dejara de mirarla. Había sucedido algo, probablemente en Ettinger's Pier. Alguien había resultado herido. O, Dios no lo quisiera...
Entró en el estudio buscando a tientas el interruptor de la luz que había junto a la puerta, y se detuvo en seco al comprobar lo que habían encontrado sus dedos. El interruptor ya estaba pulsado, lo que significaba que la luz debería estar encendida, aunque no era así.
Anna accionó el interruptor dos veces, y a la tercera, una mano cayó sobre su hombro derecho.
Profirió un grito estridente y frenético, digno de la mejor heroína de película de terror, y cuando otra mano le asió el brazo izquierdo y la obligó a girarse, cuando vio la silueta recortada contra la luz que inundaba la estancia desde la cocina, gritó de nuevo.
La cosa que la había esperado detrás de la puerta no era humana. De la parte superior de su cabeza surgían dos cuernos que parecían cubiertos de tumores extraños e inflamados. Era...
-Vva 'l doro -dijo una voz hueca.
Y entonces Anna se dio cuenta de que era un hombre, un hombre que llevaba una máscara, pero eso no la hizo sentir mejor porque creía saber quién era el hombre.
Se zafó de sus manos y retrocedió hacia la mesa. Aún olía la fragancia de Cuero Inglés, pero también otras cosas. Goma caliente. Sudor. Y orina. ¿Era suya? ¿Se había hecho pis encima? No lo sabía. Tenía el cuerpo entumecido de cintura para abajo.
-No me toque -susurró con una voz temblorosa que en nada se parecía a su tono sereno y autoritario. Alargó el brazo en busca del botón que alertaba a la policía. Estaba en alguna parte, pero sepultado bajo pilas de papeles.
-No se atreva a tocarme, se lo advierto.
-Anna-Anna-bo-Banna, banana-fanna-foFanna -canturreó la criatura de la máscara con cuernos como si se hallara sumida en la más profunda meditación antes de cerrar la puerta tras de sí.
Estaban a oscuras.
-No se acerque a mí -murmuró Anna caminando a lo largo de la mesa, deslizándose a lo largo de la mesa.
Si pudiera entrar en el baño, correr el pestillo...
-Fee-fi-mo-Manna...
A su izquierda. Muy cerca. Se lanzó hacia la derecha, pero no con la suficiente rapidez. Unos brazos poderosos la rodearon. Anna intentó gritar de nuevo, pero los brazos incrementaron la presión, y lo único que brotó de su garganta fue un jadeo silencioso.
Si fuera Misery Chastain..., se dijo, y entonces sintió los dientes de Norman sobre la garganta, succionando su piel como si fuera un adolescente excitado y tuvieran el coche aparcado en la Calle del Amor, y a continuación sintió los dientes de Norman dentro de su garganta, y algo caliente y mojado salió disparado de ella, y Anna dejó de pensar.
7
Cuando acabaron las preguntas y Rosie firmó la declaración definitiva, hacía ya rato que era de noche. A Rosie le daba vueltas la cabeza y tenía una sensación irreal, como si saliera de uno de esos exámenes de todo un día con que te torturaban en el instituto.
Gustafson se marchó para archivar el papeleo, sosteniéndolo ante sí como si del Santo Grial se tratara, y Rosie se levantó. Echó a andar hacia Bill, que también se había levantado. Gert había ido al lavabo.
-Señora McClendon -la llamó Hale a su espalda.
El agotamiento de Rosie se trocó en una premonición repentina y espantosa. Estaban a solas. Bill estaba demasiado lejos para oír lo que Hale pudiera decirle, y cuando el policía empezara a hablar, lo haría en voz baja y confidencial. Le diría que se dejara de todas esas tonterías acerca de su marido si sabía lo que le convenía. Que no hablara con ningún policía cuando saliera a menos que a) le hiciera una pregunta o b) se bajara la bragueta. Le recordaría que aquello era un asunto de familia, que...
-Le cogeré -dijo Hale con suavidad-. No sé si puedo convencerla del todo diga lo que diga, pero necesito que me oiga decírselo. Le cogeré. Se lo prometo.
Rosie se lo quedó mirando con la boca abierta.
-Le cogeré porque es un asesino, está loco y es peligroso. También le cogeré porque no me gusta cómo mira usted la sala policial y pega un respingo cada vez que oye un portazo. Ni el modo en que se encoge cada vez que muevo una mano.
-No...
-Sí que lo hace. No puede evitarlo. Pero no importa, porque la comprendo. Si yo fuera mujer y hubiera pasado lo que usted... -Dejó la frase sin terminar mientras la miraba con expresión interrogante-. ¿Se le ha ocurrido pensar en la suerte que tiene de seguir con vida?
-Sí -asintió Rosie.
Le temblaban las piernas. Bill estaba de pie junto a la barandilla, observándola con expresión de franca preocupación. Rosie le dedicó una sonrisa forzada y levantó un dedo para indicarle que sólo tardaría un momento.
-Mucha suerte -insistió Hale.
Paseó la mirada por la sala policial, y Rosie la siguió. En una mesa, un policía estaba fichando a un adolescente sollozante que vestía una chaqueta con el emblema de su instituto. En otra, junto a los ventanales protegidos con rejilla, un policía uniformado y un detective sin americana para dejar al descubierto el revólver policial especial calibre 38 examinaban una pila de fotos con las cabezas muy juntas. Delante de una hilera de monitores situada en el otro extremo de la estancia, Gustafson comentaba sus informes con un joven policía uniformado que no aparentaba más de dieciséis años a los ojos de Rosie.
-Sabe usted mucho de la policía -prosiguió Hale-. Pero en la mayoría de las cosas se equivoca.
Rosie no supo qué contestar, pero no importaba. Hale no parecía
necesitar una respuesta.
-¿Quiere saber cuál es mi mayor motivación para cogerle, señora McClendon? ¿El número uno de los cuarenta principales?
Rosie asintió.
-Voy a cogerle precisamente porque es policía. Y además un héroe, por el amor de Dios. Pero la próxima vez que aparezca en primera plana del periódico local, será, bien como el difunto Norman Daniels, o bien equipado con grilletes y un mono a rayas.
-Gracias por decirme esto -dijo Rosie-. Significa mucho para mí.
Hale la condujo junto a Bill, quien abrió la portezuela de paso y la abrazó. Rosie se aferró a él con los ojos cerrados.
-Señora McClendon -la llamó de nuevo Hale.
Rosie abrió los ojos, vio que Gert volvía del lavabo y la saludó con la mano. Luego se volvió hacia Hale con timidez, pero sin miedo.
-Puede llamarme Rosie si quiere.
Hale esbozó una sonrisa.
-¿Quiere oír otra cosa que tal vez la hará sentir un poco mejor acerca de su primera y tan poco entusiasta reacción a este lugar?
-Supongo que sí.
-Débeme adivinarlo -intervino Bill-. Tienen problemas con la policía de la ciudad de Rosie.
-Exacto -asintió Hale con una sonrisa amarga-. Se están mostrando reacios a enviarnos lo que saben acerca de los análisis de sangre de Daniels, incluso sus huellas dactilares. Ya nos hemos puesto en contacto con abogados policiales. ¡Polis de mierda!
-Le están protegiendo -dijo Rosie-. Sabía que lo harían.
-De momento sí. Es un instinto, como el que te obliga a dejarlo todo y perseguir a un asesino cuando mata a un policía. Pero dejarán de tocar las narices cuando por fin se den cuenta de que la cosa va en serio.
-¿De verdad lo cree? -inquirió Gert.
Hale reflexionó unos instantes y por fin asintió.
-¿Qué hay de la protección policial para Rosie hasta que todo esto acabe? -preguntó Bill.
Hale asintió de nuevo.
-Ya hay un coche patrulla delante de su casa en Trenton Street, Rosie.
Rosie miró alternativamente a Gert, Bill y Hale con el corazón encogido de nuevo. La situación la abrumaba. Cuando empezaba a pensar que podía afrontarla, otra cosa se interponía y la dejaba hecha puré otra vez.
-¿Por qué? ¿Por qué? No sabe dónde vivo, no puede saber dónde vivo. Cynthia no se lo dijo, ¿verdad?
-Ella dice que no.
Hale hizo hincapié en la segunda palabra, pero con tal sutileza que Rosie no se percató de ello. Sin embargo, Gert y Bill sí se dieron cuenta e intercambiaron una mirada.
-¡Bueno, pues entonces! Y Gert tampoco se lo ha dicho, ¿verdad, Gert?
-No, señora -repuso Gert.
-Es que me gusta ir sobre seguro... Dejémoslo así. Tengo a dos policías delante de su casa y coches de refuerzo, al menos dos, en el barrio. No quiero volver a asustarla, pero un chalado que conoce los procedimientos policiales es un chalado especial. Más vale no correr riesgos.
-Si usted lo dice -murmuró Rosie.
-Señora Kinshaw, le enviaré a alguien para que la lleve donde quiera...
-A Ettinger's -lo atajó Gert mientras se alisaba la bata-. Voy a hacer un pase de modelos en el concierto.
Hale sonrió antes de extender la mano a Bill.
-Encantado de conocerle, señor Steiner.
Bill se la estrechó.
-Igualmente, y gracias por todo.
-Es mi trabajo. -Miró a Gert y a Rosie-. Buenas noches, chicas.
Se quedó mirando a Gert, y de repente su rostro se distendió en una sonrisa que le quitó quince años de encima.
-Debería pensárselo -espetó con una carcajada.
Tras reflexionar un instante, Gert coreó sus risas.
8
Afuera, en la escalinata, Bill, Gert y Rosie se apretujaron un poquito. El aire era húmedo, y desde el lago se alzaba la niebla. Todavía no era muy espesa, tan sólo una suerte de halo en torno a las farolas y vapor sobre el pavimento mojado, pero Rosie tenía la sensación de que al cabo de una hora se podría cortar.
-¿Quieres venir a Hijas y Hermanas, Rosie? -sugirió Gert-. Las chicas volverán del concierto dentro de un par de horas; podríamos preparar las palomitas para cuando lleguen.
Rosie, que no tenía ningunas ganas de ir a Hijas y Hermanas, se volvió hacia Bill.
-Si me voy a casa, ¿te quedarás conmigo?
-Claro -repuso Bill sin vacilar mientras le cogía la mano-. Será un placer. Y no te preocupes por el sitio. En mi vida he visto un sofá en el que no pueda dormir.
-No has visto el mío -advirtió Rosie, aunque sabía que el sofá no representaría ningún problema, porque Bill no dormiría en él.
Tenía sólo una cama individual, lo que significaba que estarían un poco apretados, pero tenía la sensación de que se las arreglarían bien. Tal vez la falta de espacio incluso añadiría un poco de salsa a la noche.
-Gracias otra vez, Gert -dijo.
-De nada.
Gert la abrazó con fuerza y luego se inclinó hacia delante para plantar un saludable beso en la mejilla de Bill. Un coche patrulla dobló la esquina y se detuvo.
-Cuídala bien, amigo.
-Note preocupes.
Gert se acercó al coche y se detuvo para señalar la Harley de Bill, inclinada sobre el caballete en uno de los huecos del aparcamiento reservado para la policía.
-Y no te caigas con ese trasto en la niebla.
-Tendré cuidado, mamá, te lo prometo.
Gert cerró el puño y lo miró con el ceño fruncido del modo más cómico. Bill replicó con una mirada de hastío que hizo reír a Rosie a carcajadas. Nunca habría imaginado que acabaría riendo delante de una comisaría, pero aquel año habían pasado muchas cosas inesperadas.
Muchas.
9
Pese a todo lo que había ocurrido, Rosie disfrutó en el trayecto de vuelta a Trenton Street casi tanto como había disfrutado de la excursión por el campo aquella mañana. Se aferró a Bill mientras cruzaban la ciudad y la enorme Harley-Davidson se deslizaba con suavidad por la niebla cada vez más espesa. Las últimas tres manzanas fueron como flotar por un sueño envuelto en algodón. Cuando Bill por fin entró en Trenton Street, los edificios eran poco más que fantasmas, y el parque Bryant se había convertido en una inmensa extensión blanca.
El coche patrulla que Hale le había prometido estaba aparcado delante del 897. Llevaba las palabras Para servir y proteger escritas en los costados. Delante del coche había un hueco. Bill aparcó la moto, la puso en punto muerto con el pie y apagó el motor.
-Estás temblando -dijo mientras la ayudaba a apearse.
Rosie asintió y se dio cuenta de que tenía que realizar un esfuerzo consciente para que no le castañearan los dientes al hablar.
-Es más por la humedad que por el frío.
Y sin embargo, ya entonces, suponía que no se debía a ninguna de las dos cosas, que en el fondo sabía que las cosas no marchaban demasiado bien.
-Bueno, pues subamos para que te puedas poner algo seco y de abrigo.
Guardó los cascos, aseguró el arranque de la Harley y se guardó la llave en el bolsillo.
-Me parece una idea genial.
Bill le cogió la mano y la condujo por la acera hasta la escalera del edificio. Al pasar junto al coche patrulla, Bill saludó con la mano al policía sentado al volante. El policía sacó la mano por la ventanilla y le devolvió el saludo con gesto perezoso. El anillo que llevaba centelleó a la luz de la farola. Por lo visto, su compañero estaba dormido.
Rosie abrió el bolso, sacó la llave que necesitaría para abrir el portal a una hora tan tardía y la hizo girar en la cerradura. Apenas si se daba cuenta de lo que hacía. Se le había pasado el buen humor, y el terror anterior había vuelto a caer sobre ella como un enorme objeto de hierro cayendo piso tras piso en un edificio viejo, un objeto destinado a estrellarse contra el sótano. De repente tenía el estómago revuelto, le palpitaba la cabeza, y no sabía por qué.
Había visto algo, algo, y estaba tan concentrada en el esfuerzo de pensar en lo que podía ser que no oyó abrirse y cerrarse la portezuela del coche de policía. Tampoco oyó los pasos suaves sobre la acera.
-¿Rosie?
La voz de Bill surgiendo de la oscuridad. Se hallaban en el vestíbulo, pero Rosie apenas veía el cuadro del viejales (creía que tal vez se trataba del presidente Calvin Coolidge) colgado en la pared a su derecha, ni la silueta escuálida del perchero de patas de ganchos de latón que se alzaba junto a la escalera.
¿Por qué estaba tan oscuro, maldita sea?
Porque la luz del techo estaba apagada, por supuesto; era bien sencillo. Pero Rosie tenía una pregunta más difícil. ¿Por qué el policía del asiento del acompañante del coche patrulla dormía en aquella postura tan incómoda, con la barbilla caída sobre el pecho y la gorra tan calada sobre los ojos que parecía un matón de película de gánsteres de los años treinta? ¿Por qué dormía, ante todo, si el sujeto al que vigilaban podía aparecer en cualquier momento? Hale se enfadaría si lo supiera, pensó distraída. Querría hablar con ese policía uniformado. Querría hablar con él de cerca.
-¿Qué pasa, Rosie?
Los pasos que se acercaban a sus espaldas avanzaban más deprisa.
Rosie repasó mentalmente los últimos minutos. Vio a Bill levantando la mano para saludar al policía uniformado sentado al volante del coche patrulla, diciéndole hola, me alegro de verte sin ni siquiera abrir la boca. Vio al policía levantar la mano para corresponder al saludo, vio el destello que la farola había arrancado al anillo que llevaba. No había estado lo bastante cerca como para leer las palabras grabadas en él, pero de repente supo cuáles eran. Las había visto impresas en su propia carne miles de veces, como un sello de las autoridades alimentarias en un pedazo de carne.
Servicio, Lealtad, Comunidad.
Los pasos subieron la escalera corriendo tras ellos. La puerta se cerró de golpe. Alguien jadeaba sin aliento en la oscuridad, y Rosie percibió el olor de Cuero Inglés.
10
La mente de Norman rebotó de nuevo mientras estaba sin camisa ante el fregadero de la cocina de Hijas y Hermanas, limpiándose la sangre fresca de la cara y el pecho. El sol casi tocaba el horizonte como una bola de fuego anaranjada cuando había levantado la cabeza y alargado el brazo para coger una toalla. La tocó y entonces, sin transición alguna, en menos que canta un gallo, estaba al aire libre y era de noche. Volvía a llevar la gorra de los White Sox, así como un abrigo de London Fog. Dios sabía de dónde lo habría sacado, pero resultaba muy apropiado, porque una niebla espesa se estaba extendiendo sobre la ciudad. Deslizó una mano sobre el tejido caro e impermeable del abrigo, y el tacto le gustó. Era una prenda elegante. De nuevo intentó recordar de dónde lo había sacado, pero no lo consiguió. ¿Había matado a alguien más? Era posible, amigos y vecinos, era posible; cualquier cosa era posible cuando uno iba de vacaciones.
Observó Trenton Street y vio un coche patrulla, lo que en su comisaría llamaban un coche Charlie-David, hundido hasta los tapacubas en la niebla a medio camino del siguiente cruce. Introdujo la mano en el bolsillo izquierdo del abrigo, un abrigo realmente bonito, alguien tenía pero que muy buen gusto, y rozó un objeto arrugado de goma. Esbozó una sonrisa feliz, como si acabara de estrechar la mano a un viejo amigo.
-'l doro -susurró-. El toro grande.
Se llevó la mano al otro bolsillo sin saber qué encontraría, sólo que sería algo que necesitaba.
Se pinchó la yema del dedo corazón con algo e hizo una mueca antes de sacar el objeto. Era el abrecartas cromado que había cogido de la mesa de Maude.
¡Cómo ha gritado!, pensó mientras hacía girar el abrecartas en su mano para que la luz de la farola se deslizara por su hoja de metal como líquido blanco. Sí, había gritado..., pero al final había parado. Al final, las tías siempre dejaban de gritar, qué alivio.
Entretanto tenía que resolver un problema gravísimo. Habría dos, ni más ni menos que dos policías en el coche aparcado ahí delante. Irían armados con pistolas, mientras que él sólo contaba con un abrecartas cromado. Tenía que sacarlos de allí con el mayor sigilo posible. Un problema bastante gordo que no sabía cómo resolver.
-Norm -susurró una voz procedente del bolsillo izquierdo.
Norman metió la mano en el bolsillo y sacó la máscara. Las cuencas de sus ojos vacíos lo miraron con la máxima atención, y una vez más, la sonrisa se le antojó una mueca sabia y maliciosa. A la luz de las farolas, las guirnaldas de flores que decoraban los cuernos parecían coágulos de sangre.
¿Qué? -repuso en un murmullo conspiratorio-. ¿Qué pasa?
-Tienes que sufrir un infarto -susurró 'l doro.
De modo que eso es lo que hizo. Avanzó lentamente por la acera hacia el coche patrulla, aflojando el paso a medida que se acercaba. Procuró mantener la mirada fija en el suelo y observar el coche por el rabillo del ojo. Los policías ya lo habrían visto por muy ineptos que fueran (tenían que haberlo visto, porque era la única cosa que se movía en aquella calle), y lo que Norman quería que vieran era un hombre mirándose los pies, un hombre al que le costaba caminar. Un hombre que estaba borracho o tenía algún problema.
Tenía la mano derecha metida en el abrigo y se masajeaba el lado izquierdo del pecho. Percibía la hoja del abrecartas que sostenía en aquella mano, así como los pequeños agujeros que le estaba abriendo en la camisa. Cuando se hallaba más cerca de su objetivo dio un traspié entre moderado y espectacular, y a continuación se detuvo. Permaneció totalmente inmóvil con la cabeza gacha mientras contaba hasta cinco sin permitir que su cuerpo oscilara en lo más mínimo. La primera suposición de los policías, es decir, que el borrachín de turno se dirigía lentamente hacia casa después de pasar unas cuantas horas en el bareto, debía de estar dando paso a otras posibilidades. Pero Norman quería que vinieran a él. Se acercaría a ellos si no le quedaba otro remedio, pero en tal caso, lo más probable era que lo redujeran.
Avanzó otros tres pasos, pero no en dirección al coche patrulla, sino al portal más próximo. Se aferró a la barandilla de hierro frío y cubierto de niebla que flanqueaba la escalinata de entrada y se detuvo jadeante, con la mirada baja, esperando tener el aspecto de un hombre que estaba sufriendo un infarto y no de un tipo con un instrumento letal escondido en el abrigo.
Cuando ya empezaba a pensar que había cometido un grave error, oyó más que vio que las puertas del coche patrulla se abrían, y acto seguido escuchó un sonido aún más agradable: unos pasos que se acercaban a él a toda prisa. Vaya, vaya, la policía, pensó al tiempo que se arriesgaba a echar un vistazo. Tenía que correr el riesgo, saber a qué distancia se hallaban el uno del otro. Si no estaban muy juntos, tendría que fingir una caída..., y eso encerraba un peligro irónico, porque lo más probable era que uno de ellos regresara corriendo al coche patrulla para llamara una ambulancia.
Eran el típico equipo Charlie-David, un veterano y un muchacho recién salido del cascarón. A Norman, el novato le resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera visto en la tele. Pero no importaba. Estaban muy juntos, casi hombro con hombro, y eso era lo que importaba. Qué agradable. Qué mono.
-Señor -dijo el de la izquierda, el mayor-. ¿Tiene algún problema, señor?
-Duele mucho -gimió Norman.
-¿Qué es lo que le duele? preguntó el veterano.
Era un momento crucial, no el más decisivo de todos, pero casi. En cualquier momento, el policía mayor ordenaría a su compañero que pidiera refuerzos por radio, y entonces Norman estaría jodido, pero aún no podía arriesgarse a atacar; los policías estaban todavía un poco demasiado lejos.
En aquel momento, se sintió más cerca de sí mismo que en cualquier otro instante de la expedición, más despejado y presente, más consciente de las cosas, desde las gotitas de niebla que pendían de la barandilla de hierro hasta la pluma sucia de paloma que yacía en la cuneta junto a una bolsa arrugada de patatas fritas. Oía el susurro leve y constante de la respiración del policía.
Aquí dentro jadeó Norman al tiempo que se masajeaba el pecho bajo el abrigo. La hoja del abrecartas perforó la camisa y le pinchó la piel, pero apenas si se dio cuenta-. Es como tener un ataque de vesícula, pero en el pecho.
-Será mejor que llame a una ambulancia -intervino el policía joven.
De repente, Norman cayó en la cuenta de que aquel tipo le recordaba a Jerry Mathers, el chico que interpretaba el papel de Beaver en Leave It to Beaver. Norman había visto la reposición de todos los capítulos en el Canal 11, algunos de ellos hasta cinco o seis veces.
Sin embargo, el policía veterano no se parecía en nada al hermano de Beav, Wally.
-Espera un momento -ordenó, y de repente, le arregló la vida a Norman-. Deja que le eche un vistazo primero. Estuve en la unidad médica del ejército.
Abrigo... Botones... farfulló Norman sin dejar de observar a Beav por el rabillo del ojo.
El veterano avanzó otro paso. Estaba justo delante de Norman. Beav también avanzó otro paso. El veterano desabrochó el botón superior del abrigo nuevo de Norman. Luego el segundo. Cuando desabrochó el tercero, Norman sacó el abrecartas y se lo clavó en la garganta. La sangre salió a borbotones y le empapó el uniforme. En aquella penumbra brumosa parecía salsa barbacoa.
El Beav no fue un problema. Se quedó inmóvil, paralizado de horror, mientras su compañero levantaba la mano y golpeaba sin fuerzas el mango del abrecartas. Daba la impresión de estar intentando librarse de una sanguijuela exótica.
-¡Saan! -aulló-. ¡Aaarg! ¡Saaan!
Beav se volvió hacia Norman. Parecía no darse cuenta de que Norman guardaba relación con lo que acababa de sucederle a su compañero, y a Norman no le extrañaba en absoluto. Había visto aquella reacción con anterioridad. El policía, paralizado y atónito, aparentaba unos diez años y ya no sólo se parecía a Beav, sino que era clavado a él.
-¡A Al le ha pasado algo! -constató.
En aquel instante, Norman supo algo más acerca de aquel muchacho que estaba a punto de entrar a formar parte de la Lista de Honor de aquella ciudad: el chico creía estar gritando, de verdad lo creía, pero en realidad no estaba emitiendo más que un susurro ronco.
-¡A Al le ha pasado algo! -repitió.
-Ya lo sé -repuso Norman.
Asestó al chico un puñetazo en la barbilla, un golpe peligroso si el adversario es peligroso, pero lo cierto era que cualquier mocoso podría haberse encargado de Beav en aquel estado. El golpe lo alcanzó de lleno y lo lanzó contra la barandilla de hierro a la que Norman se había aferrado hacía menos de treinta segundos. No quedó tan fuera de combate como Norman habría deseado, pero sus ojos aparecían vidriosos y carentes de expresión; no ocasionaría problemas. Se le había caído la gorra. Llevaba el pelo corto, pero no lo suficiente para que Norman no pudiera agarrárselo. Cogió un mechón y tiró de la cabeza del chico hacia abajo al tiempo que levantaba la rodilla. Se produjo un sonido amortiguado pero terrible; el sonido de alguien golpeando con una maza una bolsa acolchada llena de piezas de porcelana.
Beav se desplomó como una piedra. Norman se volvió hacia su compañero y vio algo increíble: el compañero había desaparecido.
Norman giró sobre sus talones con expresión furiosa y entonces lo vio. Estaba caminando por la acera muy despacio, con las manos extendidas como un zombie en una película de terror. Norman se volvió para comprobar si había testigos de aquella comedia. No vio a ninguno. Desde el parque le llegaban numerosos gritos y chillidos de adolescentes que hacían el loco por allí, jugando a pillar en la niebla, pero no importaba. Hasta ahora había tenido una suerte increíble. Si seguía teniéndola otros cuarenta y cinco segundos, un minuto a lo sumo, estaría salvado.
Siguió al veterano, que se había detenido para extraerse de la garganta otro trocito del abrecartas de Anna Stevenson. Había logrado avanzar unos veinticinco metros.
-¡Agente!-lo llamó Norman en un susurro perentorio mientras le asía el codo.
El policía se volvió con brusquedad. Tenía los ojos vidriosos y a punto de salírsele de las órbitas, los ojos de una criatura que debería estar colgada en la pared de un refugio de cazadores, pensó Norman. Su uniforme estaba empapado de sangre desde el cuello hasta las rodillas. Norman no comprendía cómo podía seguir vivo, por no decir consciente. Supongo que los policías son más duros en el Medio Oeste, pensó.
-¡Amaaa! -farfulló con insistencia-. ¡Llama! ¡Ibeeci! ¡Efueeeezo!
Hablaba con voz burbujeante y estrangulada, pero asombrosamente firme. Norman incluso comprendió lo que decía. Había cometido un terrible error, un error de novato, pero Norman creía que de todas formas se habría sentido orgulloso de trabajar con un policía como aquél. El abrecartas que tenía clavado en la garganta oscilaba cuando intentaba hablar, y a Norman le recordó el movimiento de la máscara del toro cuando le movía los labios.
-Sí, pediré refuerzos -aseguró con toda sinceridad mientras cerraba la mano en torno a la muñeca del policía-. Pero de momento vamos a volver al coche patrulla. Vamos, por aquí, agente.
Lo habría llamado por su nombre, pero no sabía cuál era, porque la chapa de identificación estaba cubierta de sangre; no podía llamarlo agente Al. Tiró de nuevo del brazo del policía y esta vez consiguió ponerlo en marcha.
Norman llevó al tambaleante y ensangrentado policía Charlie David al coche patrulla, esperando a que en cualquier momento alguien surgiera de la niebla cada vez más espesa, tal vez un hombre que había salido a comprar unas cervezas, una mujer que volvía del cine o una parejita de adolescentes que regresaban de una cita (a lo mejor, Dios salve al Rey, de Ettinger's Pier), y si eso sucedía tendría que matarlos también. Cuando uno empezaba a matar ya no podía detenerse, al parecer; la primera muerte se extendía como una ola en una laguna.
Pero no apareció nadie. Tan sólo se oían las voces incorpóreas procedentes del parque. Un milagro, la verdad, como el hecho de que el agente Al pudiera seguir de pie pese a estar sangrando como un cerdo degollado y dejando tras de sí un rastro de sangre tan impresionante que en algunos puntos incluso formaba charcos relucientes como aceite de motora la luz brumosa de las farolas.
Norman se detuvo para recoger la gorra caída de Beav, y al pasar junto a la ventanilla abierta del lado del conductor la dejó caer sobre el asiento antes de sacar las llaves del contacto. Era un llavero enorme, con tantas llaves que no yacían planas las unas contra las otras, sino que sobresalían como los rayos de sol en el dibujo de un niño, pero a Norman no le costó encontrar la que abría el maletero.
-Vamos -murmuró en tono tranquilizador---. Vamos, un poquito más y luego podremos pedir refuerzos.
Seguía esperando que el policía se desplomara en cualquier momento, pero no fue así. Sin embargo, había dejado de intentar arrancarse el abrecartas.
-Cuidado con el bordillo, agente. ¡Uy!
El policía bajó a la calzada. Cuando el zapato negro de su uniforme tocó la cuneta, la herida de la garganta se abrió en torno al abrecartas como la agalla de un pez, y un chorro de sangre fresca le empapó aún más la camisa.
Ahora soy un asesino de policías, pensó Norman. Esperaba que la idea resultara abrumadora, pero no lo era. Tal vez porque una parte más profunda y sabia de él sabía que en realidad no había matado a aquel excelente y duro agente de policía. Había sido otra persona. Otra cosa. Con toda probabilidad, el toro. Cuanto más pensaba en ello, más plausible se le antojaba.
Aguante, agente, ya hemos llegado.
El policía se detuvo detrás del coche. Norman abrió el maletero con la llave que había escogido del llavero. Dentro había una rueda de recambio (pelada como el culo de un bebé, según comprobó), un gato, dos chalecos antibalas de marca desconocida, un par de botas, un ejemplar de Penthouse manchado de grasa, una caja de herramientas y una radio policial desentrañada. Estaba bastante lleno, pero como en todos los maleteros de coches de policía que Norman había visto a lo largo de su vida, siempre había espacio para una cosa más. Echó la caja de herramientas a un lado y la radio al otro mientras el compañero de Beav se tambaleaba junto a él en completo silencio, con los ojos al parecer fijos en un punto lejano, como si viera el lugar donde empezaba su nuevo viaje. Norman encajó el gato detrás de la rueda de recambio y luego contempló el hueco antes de volverse hacia la persona para quien lo había creado.
-Vale -dijo-. Muy bien. Pero necesito su gorra, ¿de acuerdo?
El policía no dijo nada, sino que siguió balanceándose, pero a la foca maliciosa de la madre de Norman siempre le había gustado decir: «El que calla otorga », y a Norman le parecía un buen lema, sin duda mejor que el favorito de su padre: «Si tienen edad suficiente para mear, tienen edad suficiente para mí». Norman le quitó la gorra al policía y se la caló en la cabeza rapada antes de guardar la gorra de béisbol en el maletero.
-Saaan farfulló el policía extendiendo una mano ensangrentada hacia Norman y con la mirada fija en un punto lejano.
-Sí, ya lo sé, sangre. Maldito toro -se lamentó Norman mientras lo obligaba a meterse en el maletero.
El hombre quedó ahí tumbado, inerte, con una pierna fuera. Norman se la dobló a la altura de la rodilla, la introdujo en el maletero y cerró con fuerza. Luego se acercó al novato, que intentaba incorporarse, aunque sus ojos revelaban que seguía casi inconsciente. Le sangraban los oídos. Norman hincó una rodilla en el suelo, rodeó con las manos el cuello del joven y empezó a apretar. El chico cayó hacia atrás. Norman se sentó a horcajadas sobre él y siguió apretando. Cuando Beav dejó de moverse, Norman pegó la oreja a su pecho. Oyó los latidos del corazón, débiles y desordenados, como un pez retorciéndose en la orilla. Norman suspiró y volvió a rodear el cuello de Beav, hundiendo los pulgares en el conducto respiratorio. Ahora vendrá alguien, pensó. Seguro que viene alguien. Pero no vino nadie. Nadie gritó: «¡Eh, cabrón!» desde el desierto blanco del parque Bryant; sólo se oían las carcajadas estridentes, la clase de carcajadas que sólo consiguen emitir los borrachos y los retrasados mentales. Norman volvió a pegar la oreja al pecho del policía. Aquel tipo formaba parte del atrezzo, y no quería que el atrezzo resucitara en el momento crucial.
Pero esta vez no latía nada aparte del reloj de Beav.
Norman lo levantó y lo sentó en el asiento del acompañante del Caprice. Le caló la gorra sobre el rostro negro e hinchado, que recordaba la cara de un duende, y cerró la portezuela de golpe. Le dolía todo el cuerpo, pero sobre todo los dientes y las mandíbulas.
Maude, pensó. Todo eso es por Maude.
De repente se alegraba mucho de no saber qué había hecho con Maude..., qué le había hecho, mejor dicho. Y por supuesto, no había sido él, sino 'l doro, el toro grande. Pero por el amor de Dios, cómo le dolía todo. Era como si lo estuvieran desmantelando desde el interior, destrozándolo pedazo a pedazo.
Beav se estaba deslizando hacia un lado, y sus ojos muertos sobresalían como canicas.
-No, no, no, niño malo -canturreó Norman mientras lo incorporaba.
Alargó el brazo y le abrochó el cinturón de seguridad. Problema resuelto. Norman retrocedió unos pasos y observó la escena con ojo crítico. No estaba mal; Beav parecía sobado, como si estuviera echando un sueñecito.
Alargó de nuevo el brazo y abrió la guantera procurando no mover a Beav. Esperaba encontrar un botiquín y no se equivocaba. Lo abrió, sacó un frasco viejo y polvoriento de aspirinas y se tomó cinco o seis. Estaba apoyado contra el costado del coche, masticando y haciendo muecas al percibir el sabor amargo de las píldoras, cuando su mente rebotó de nuevo.
Cuando volvió en sí se dio cuenta de que había pasado algún tiempo, pero no mucho, porque todavía tenía la boca y la garganta llenas de aquel sabor amargo. Se hallaba en el vestíbulo del edificio de Rose, accionando el interruptor de la luz. No sucedía nada, de modo que debía de haber hecho algo con la luz, lo cual estaba muy bien. En la otra mano sostenía la pistola de uno de los policías Charlie-David. La sostenía por el cañón y tenía la sensación de que la había utilizado para romper algo. ¿Los fusibles, tal vez? ¿Había bajado al sótano? Quizás, pero no importaba. Las luces no funcionaban, y eso bastaba.
Se trataba de un edificio de pisos baratos, bastante cuidado pero barato al fin y al cabo. Resultaba imposible hacer caso omiso del olor a comida barata, la clase de comida que siempre se calienta en el fogoncillo eléctrico. Era un olor que penetraba en las paredes al cabo de un tiempo, y no había forma de librarse de él. Al cabo de dos o tres semanas se unirían a aquellos olores los sonidos característicos de los bloques de pisos baratos: el gemido grave y confuso de ventiladores pequeños instalados en numerosas ventanas para intentar refrescar habitaciones que en agosto se habrían convertido en hornos gigantescos. Rose había cambiado su agradable casita por aquella desesperación hacinada, pero no había tiempo para preocuparse por aquel misterio. La cuestión residía en cuántos inquilinos vivían en aquel bloque y cuántos llegarían pronto a casa un sábado por la noche. Cuántos, en otras palabras, podían representar un problema.
Ninguno, aseguró la voz procedente del bolsillo del abrigo nuevo de Norman. Era una voz tranquilizadora. Ninguno, porque lo que suceda después no importa, y eso simplifica las cosas. Si alguien se interpone en tu camino, lo matas y punto.
Norman se volvió, salió a la escalinata de entrada y cerró la puerta tras de sí. Intentó abrirla y comprobó que estaba cerrada con llave. Suponía que la había forzado (desde luego, la cerradura no parecía precisamente blindada), pero le resultaba un poco inquietante no saberlo a ciencia cierta. Y las luces. ¿Por qué se había molestado en estropearlas si lo más probable era que Rose llegara sola? Y por cierto, ¿cómo sabía que no había llegado ya?
La segunda pregunta tenía fácil respuesta... Sabía que Rose no estaba porque el toro así se lo había dicho, y Norman le creía. En cuanto a la primera pregunta, a lo mejor no llegaba sola. A lo mejor llegaba con Gertie o..., bueno, 'l doro había hablado de un novio. A Norman le costaba creerlo, pero... «Le gusta cómo la besa, había dicho Ferd.
Qué tontería, Rose jamás se atrevería a..., pero más valía prevenir.
Bajó la escalinata con la intención de regresar al coche patrulla, sentarse al volante y esperar a que llegara Rose, pero entonces su mente rebotó por última vez, aunque en realidad fue más un salto mortal que un rebote, una pirueta como la que da una moneda cuando el árbitro la lanza al aire en el ritual previo al partido para decidir quién empieza, y al volver en sí estaba cerrando la puerta del vestíbulo tras de sí, lanzándose a la oscuridad para rodear con las manos el cuello del novio de Rose. No sabía cómo sabía que aquel hombre era su novio y no un policía de paisano encargado de acompañarla a casa, pero ¿qué importaba? Lo importante era que lo sabía, y se acabó. La cabeza le vibraba de indignación y furia. ¿Había visto a aquel tipo
(le gusta cómo la besa)
intercambiando saliva con ella antes de entrar, tal vez deslizando las manos desde su cintura para agarrarle el culo? No lo recordaba, no quería recordarlo, no necesitaba recordarlo.
-¡Ya te lo decía yo! -exclamó el toro con voz totalmente lúcida pese a la furia que denotaba-. ¡Ya te lo decía yo! ¡Esto es lo que le han enseñado sus amigas! ¡Qué bien! ¡Qué de puta madre!
-¡Te voy a matar, hijo de perra! -susurró al rostro invisible del hombre que era el novio de Rose mientras lo empujaba contra la pared del vestíbulo-. Y, te lo aseguro, si Dios me lo permite, te mataré dos veces.
Cerró las manos en torno a la garganta de Bill Steiner y empezó a apretar.
11
-¡Norman! -gritó Rosie en la oscuridad-. ¡Norman, suéltale! La mano de Bill, que le había rozado el brazo desde que Rosie sacara la llave de la cerradura, desapareció de repente. Rosie oyó pasos tambaleantes, patadas tambaleantes, en la oscuridad. Al cabo de un instante le llegó el golpe de alguien al chocar contra la pared del vestíbulo.
-Te voy a matar, hijo de perra! -oyó susurrar en las tinieblas-. Y, te lo aseguro, si Dios me lo permite...
te mataré dos veces, completó Rosie mentalmente antes de que Norman pudiera terminar la frase. Era una de las amenazas favoritas de Norman, que profería con frecuencia contra la pantalla del televisor cuando un árbitro pitaba una falta que iba en contra de los adorados Yankees de Norman o cuando alguien le cortaba paso en la calle. Si Dios me lo permite, te mataré dos veces. Y entonces oyó un sonido ahogado, gorgoteante, y por supuesto se trataba de Bill. Era Bill, al que las manos grandes y fuertes de Norman estaban arrancando la vida del cuerpo.
En lugar del terror que Norman siempre le había infundido, Rosie sintió que volvía a embargarla la furia que había experimentado en el coche de Hale y luego en la comisaría. Esta vez, la furia casi pareció devorarla.
-¡Déjale en paz, Norman! -gritó-. ¡Quítale las putas manos de encima!
-¡Cierra el pico, zorra! -surgió de la oscuridad.
Pero Rosie detectó sorpresa además de rabia en la voz de Norman. Hasta aquel momento no le había dado una sola orden (jamás a lo largo de su matrimonio) ni le había hablado en aquel tono.
Y otra cosa... Rosie percibió un aro de calor opaco sobre el lugar que Bill le había estado rozando. Era el brazalete. El brazalete de oro que le había dado la mujer de la túnica, y en su mente, Rosie la oyó espetar: ¡Deja de lloriquear como un estúpido cordero degollado!
-¡Suéltale, Norman, te lo advierto! -gritó de nuevo.
Echó a andar hacia el lugar de donde procedían los jadeos y los gruñidos. Avanzaba con los brazos extendidos como si fuera ciega, la boca abierta en una mueca terrible.
No vas a estrangularle, pensó. No vas a estrangularle; no te lo permitiré. Deberías haberte marchado, Norman. Deberías haberte marchado, deberías habernos dejado en paz mientras aún estabas a tiempo.
Pies golpeando impotentes la pared justo delante de ella, y Rosie imaginó a Norman apretando a Bill contra ella, con los labios separados en aquella sonrisa mordedora, y de repente se convirtió en una mujer de cristal llena de un líquido de color rojo pálido, y ese líquido era pura furia.
-¡Cabrón de mierda! ¿Es que no me has oído? ¡He dicho que le sueltes!
Alargó la mano izquierda, que ahora se le antojaba fuerte como la garra de un águila. El brazalete le quemaba como una brasa, y tuvo la sensación de que casi podía verlo, incluso a través del jersey y la cazadora que le había. dejado Bill, de que podía verlo relucir como un ascua encendida. Pero no sentía dolor alguno, tan sólo una suerte de euforia peligrosa. Asió el brazo del hombre que la había pegado durante catorce años y tiró de él. Le resultó asombrosamente fácil. Le oprimió el brazo a través del tejido resbaladizo e impermeable del abrigo y lo arrojó a la oscuridad. Oyó el tamborileo de sus zapatos cuando tropezó, luego un golpe y el estallido de vidrios rotos. Cal Coolidge o quienquiera que fuese el hombre del cuadro había pasado a mejor vida.
Percibió la tos y las arcadas de Bill. Alargó las manos hacia él con los dedos separados, encontró sus hombros y posó las palmas sobre ellos. Estaba doblado hacia delante, intentando respirar pero sin conseguir más que toser. A Rosie no le sorprendió. Sabía lo fuerte que era Norman.
Deslizó la mano derecha por el brazo izquierdo de Bill y lo asió por el codo. Le daba miedo emplear la mano izquierda y hacerle daño. Percibía el poder que emanaba de ella, que palpitaba en ella. Tal vez lo más aterrador de aquella sensación era que le encantaba.
-Bill -susurró-. Vamos. Ven conmigo.
Tenía que llevarlo arriba. No sabía exactamente por qué, todavía no, pero no le cabía la menor duda de que cuando necesitara saberlo, lo sabría. Pero Bill no se movió, sino que se limitó a seguir con las manos apoyadas en las rodillas, tosiendo y sufriendo arcadas.
-¡Vamos, maldita sea! -susurró Rosie en tono perentorio.
Había estado a punto de decir maldito seas, y sabía a quién se parecía, oh, desde luego que lo sabía, incluso en aquella situación desesperada.
Sin embargo, aquel susurro puso a Bill en movimiento, y eso era lo único que importaba. Rosie lo condujo a través del vestíbulo con la seguridad de un perro guía. Bill seguía tosiendo y a punto de vomitar, pero al menos podía caminar.
-¡Alto! -gritó Norman desde su porción de oscuridad con voz oficial y desesperada a un tiempo-. ¡Alto o disparo!
No, no vas a disparar, porque eso estropearía la diversión, pensó Rosie, pero, en efecto, Norman disparó con la 45 del policía muerto inclinada hacia el techo, y el estallido resonó de un modo ensordecedor en el espacio cerrado del vestíbulo antes de dar paso al hedor de la pólvora quemada, tan penetrante que hacía aflorar las lágrimas. También se produjo una breve explosión de luz rojiza, tan intensa que dejó en los ojos de Rosie dibujos semejantes a tatuajes, y supuso que era por eso por lo que Norman había disparado; para echar un vistazo al panorama, saber qué lugar del panorama ocupaban ella y Bill. Y ese lugar era el pie de la escalera.
Bill emitió otro sonido estrangulado y se desplomó contra ella, lanzándola contra la pared de la escalera. Mientras pugnaba por no caer de rodillas, Rosie oyó el sonido de los pasos de Norman acercándose a toda velocidad.
12
Subió los dos primeros peldaños tirando de Bill, que intentaba pedalear para ayudar; tal vez incluso ayudaba, al menos un poco. Al alcanzar el segundo escalón, Rosie extendió la mano izquierda y derribó el perchero sobre la escalera para bloquearla. Cuando Norman chocó contra él y empezó a mascullar juramentos, Rosie soltó a Bill, que se dobló, pero sin caer al suelo. Seguía teniendo arcadas, y Rosie notó que aún intentaba recobrar el aliento, lograr que su conducto respiratorio volviera a funcionar.
-Aguanta -murmuró-. Aguanta un poco, Bill.
Subió dos peldaños más y bajó por el otro lado de él para poder usar el brazo izquierdo. Si tenía que subirlo por la escalera necesitaría todo el poder del brazalete de oro. Deslizó el brazo en torno a la cintura de Bill y de repente le resultó muy fácil tirar de él. Empezó a subir con él, respirando con dificultad e inclinada hacia la derecha, como si intentara contrarrestar un gran peso, pero sin jadear ni doblar las rodillas. Tenía la sensación de que podría subir con él por una escalera de mano enorme si hacía falta. De vez en cuando, Bill apoyaba un pie en el suelo y empujaba en un intento de ayudar, pero por lo general, sus piernas se deslizaban inertes sobre los peldaños enmoquetados de la escalera. Cuando llegaron al décimo escalón, a la mitad, según los cálculos de Rosie, empezó a ayudar un poco más. Eso estaba bien, porque desde abajo les llegó un crujido de astillas cuando los ciento diez kilos de Norman aplastaron el perchero. Rosie lo oyó dirigirse hacia ellos, pero no corriendo, al menos eso era lo que creía, sino a gatas.
-No te conviene jugar conmigo, Rose -jadeó.
¿A qué distancia? Rosie no lo sabía, y aunque el perchero le había cortado el paso durante unos instantes, Norman no estaba arrastrando a un hombre herido y medio insconsciente.
-Quédate quieta. Deja de intentar escapar. Sólo quiero hablar conti...
-¡No te acerques!
Dieciséis... diecisiete... dieciocho. La luz tampoco funcionaba en el primer piso, y puesto que el rellano carecía de ventanas, estaba más oscuro que la boca del lobo. Rosie dio un traspié cuando el pie que buscaba el decimonoveno escalón no tocó más que aire. Al parecer, sólo había dieciocho peldaños en el rellano. Qué maravilla. Habían conseguido llegar a lo alto de la escalera antes que Norman. Al menos habían conseguido eso.
-¡No te acerques, Nor...!
En aquel instante se le ocurrió una idea tan terrible que la dejó paralizada. Se tragó la última sílaba del nombre de su marido como si le hubieran asestado un puñetazo en el estómago.
¿Dónde estaban sus llaves? ¿Las había dejado en la cerradura del portal?
Soltó a Bill para poder rebuscar en el bolsillo izquierdo de la cazadora que le había dejado, y en aquel momento, la mano de Norman se cerró suave y persuasivamente sobre su pantorrilla, como la cola de una serpiente que aplasta a su presa en lugar de inyectarle su veneno. Sin pensar en lo que hacía, Rosie le propinó una patada con el otro pie. La suela de su zapatilla se estrelló de lleno contra la nariz ya maltrecha de Norman, quien profirió un aullido repugnante de dolor. El aullido dio paso a un chillido de sorpresa cuando buscó la barandilla, no la encontró y cayó de espaldas por la escalera oscura. Rosie oyó dos golpes cuando Norman dio dos saltos mortales antes de desplomarse.
¡Espero que te rompas el cuello!, pensó Rosie en el momento en que su mano se cerraba en torno a la silueta redonda y tranquilizadora del llavero. Se las había guardado en el bolsillo a fin de cuentas, gracias a Dios, gracias a todos los ángeles del Reino de los Cielos. Espero que te rompas el cuello, que todo termine aquí mismo, en la oscuridad, que te rompas el puto cuello, te mueras y me dejes en paz.
Pero no. Ya lo oía moverse allá abajo, maldiciéndola mientras empezaba a arrastrarse de nuevo escalera arriba, insultándola con todos sus calificativos característicos, guarra, bollera, puta, zorra, cada vez más cerca.
-Puedo caminar -dijo Bill de repente con voz débil y estrangulada, aunque Rosie dio gracias al cielo por escucharla-. Puedo caminar, Rosie. Vamos a tu habitación. Ese cabrón chalado se acerca otra vez.
Bill empezó a toser. Debajo de ellos, pero no mucho, Norman se echó a reír.
-Correcto, amiguito. Ese cabrón chalado se acerca otra vez. El cabrón chalado te va a arrancar los ojos y te los hará comer. Me pregunto a qué sabrán.
-¡NO TE ACERQUES, NORMAN! -chilló Rosie mientras empujaba a Bill por el pasillo oscuro.
Todavía tenía el brazo izquierdo alrededor de la cintura y deslizaba el derecho por la pared en busca de su puerta. Su mano izquierda estaba cerrada en un puño contra el costado de Bill, y en él sostenía las únicas tres llaves que había acumulado en su nueva vida, la del portal, la de su estudio y la del buzón.
-¡NO TE ACERQUES TE LO ADVIERTO!
Y desde la oscuridad que se alzaba a sus espaldas, aún desde la escalera pero muy cerca del rellano, le llegó el colmo de la absurdidad:
-¡NO TE ATREVAS A ADVERTIRME NADA, ZORRA!
La pared se convirtió en una puerta que debía de ser la suya. Soltó a Bill, cogió la llave que la abría (a diferencia de la llave del portal, la de su habitación era de cabeza cuadrada) y buscó en la cerradura. Ya no oía a Norman. ¿Estaba en la escalera? ¿En el vestíbulo? ¿Justo detrás de ellos, alargando los brazos en dirección a los sonidos ahogados que emitía Bill? Encontró la cerradura, oprimió el dedo índice contra la ranura vertical e introdujo la llave. Percibió que la punta entraba, pero se negaba a introducirse del todo. Sintió que el pánico empezaba a roerla como una rata.
-¡No entra! -exclamó-. ¡Es la llave correcta, pero no entra! .
-Gírala. Seguramente la tienes al revés.
-¿Qué pasa allí abajo? -preguntó una voz nueva que procedía de algún piso superior, probablemente del tercero, y fue seguida del chasquido del interruptor de la luz-. ¿Y por qué no funciona la luz?
-¡No se...! -gritó Bill antes de sufrir otro acceso de tos; carraspeó de un modo terrible en un intento de seguir hablando-. ¡No se mueva! ¡No baje! ¡Llame a la po...!
-¡Yo soy la policía, gilipollas! -murmuró una voz extrañamente amortiguada justo a su espalda.
Se oyó un gruñido grave y espeso, un sonido ansioso y satisfecho a un tiempo. Bill se separó de Rosie en el momento en que ella conseguía por fin introducir la llave en la cerradura.
-¡No! -gritó extendiendo la mano izquierda; el brazalete le quemaba más que nunca-. ¡No, déjale en paz! ¡DÉJALE EN PAZ!
Asió el cuero liso de la cazadora de Bill, pero se le escurrió entre los dedos. Aquellos terribles sonidos ahogados, los sonidos de alguien al que le están llenando la garganta de arena, empezaron de nuevo. Norman se echó a reír. Otro sonido amortiguado. Rosie avanzó hacia él con los brazos extendidos. Rozó el hombro de la cazadora de Bill, levantó un poco la mano y tocó algo espantoso que parecía carne muerta pero al mismo tiempo estaba vivo. Estaba lleno de bultos..., parecía goma...
Goma.
Lleva una máscara, pensó Rosie. Algún tipo de máscara.
En aquel instante, algo tiró de su mano y la arrastró hasta una humedad que Rosie identificó como la boca de Norman justo antes de que sus dientes se le clavaran en los dedos hasta el hueso.
El dolor fue horrendo, pero por una vez, Rosie no reaccionó ante él con temor e impotencia, con el impulso de ceder, de permitir que Norman se saliera con la suya como siempre hacía, sino con una rabia tan inmensa que se le antojó locura. En lugar de intentar librarse de sus dientes despiadados, Rosie dobló los dedos por el segundo nudillo y apretó las yemas contra la cara interior de las encías de Norman. A continuación tiró hacia la barbilla con su mano sobrenaturalmente fuerte.
Bajo la mano percibió un extraño crujido, como una tabla a punto de quebrarse bajo el peso de una rodilla. Rosie notó que Norman daba un respingo y emitía un aullido consistente tan sólo en vocales, una suerte de Aaaaooouuuu, y entonces la parte inferior de su rostro se adelantó como un cajón al abrirse, dislocándose al desprenderse de las bisagras de la mandíbula. Norman profirió un chillido agónico, y Rosie retiró los dedos ensangrentados mientras pensaba: Eso es lo que te pasa por morder, hijo de puta. Venga, inténtalo ahora.
Lo oyó tambalearse hacia atrás, siguiendo su evolución por los gritos y el susurro de su camisa deslizándose a lo largo de la pared. Ahora usará la pistola, pensó mientras se volvía hacia Bill. Estaba apoyado contra la pared, una silueta aún más oscura en la oscuridad, tosiendo de nuevo como un condenado.
-Eh, chicos, ya basta de bromas.
Era el hombre de arriba, que hablaba con voz petulante, aunque ahora parecía estar en el primer piso, en el otro extremo del pasillo, y el corazón de Rosie se llenó de una terrible premonición mientras hacía girar la llave en la cerradura y abría la puerta de golpe. No parecía ella misma cuando gritó; parecía la otra.
-¡Fuera de aquí, estúpido! ¡Le matará! ¡No...!
Un disparo. Rosie estaba mirando hacia la izquierda y tuvo una visión de pesadilla de Norman, que estaba sentado en el suelo con las piernas dobladas debajo del cuerpo. No tuvo tiempo de reconocer lo que llevaba en la cabeza, pero de todos modos sabía lo que era: la máscara de un toro sonriendo con aire insípido. Un círculo de sangre, su sangre, rodeaba la boca. Rosie vio los ojos atormentados de Norman observándola, los ojos de un cavernícola a punto de enzarzarse en una batalla definitiva, cataclísmica.
El inquilino del piso de arriba gritó mientras Rosie tiraba de Bill para meterlo en la habitación y cerrar la puerta tras ella. El estudio estaba envuelto en sombras, y la niebla había amortiguado el brillo de las farolas, que por lo general proyectaban una barra de luz en el suelo, pero el lugar se le antojó diáfano en comparación con el vestíbulo, la escalera y el rellano.
Lo primero que vio fue el brazalete, que relucía con suavidad en la penumbra. Yacía sobre la mesita de noche, junto al pie de la lámpara.
Lo he hecho sola, pensó tan asombrada que casi se sentía como una estúpida. Lo he hecho sola; creer que lo llevaba ha bastado para...
Por supuesto, repuso otra voz, la de la señora Práctica-Sensata. Por supuesto que ha bastado, porque ese brazalete nunca ha tenido poder alguno; el poder siempre lo ha tenido ella, el poder siempre lo ha tenido...
No, no. No seguiría por ese camino, de ningún modo. Y en aquel momento se distrajo, porque Norman golpeó la puerta con la fuerza de un tren de mercancías. La madera barata se astilló bajo su peso; las bisagras crujieron. A lo lejos, el vecino de arriba, un hombre al que Rosie no conocía, empezó a chillar.
¡Deprisa, Rosie, deprisa! Ya sabes lo que tienes que hacer, adónde tienes que...
-Rosie..., llama..., tenemos que llamar...
Bill empezó a toser de nuevo, con tal intensidad que no pudo continuar. De todas formas, Rosie no tenía tiempo para escuchar tonterías. Tal vez más tarde sus ideas resultarían acertadas, pero de momento, lo más probable era que si las seguían acabaran muertos. En aquel momento, su trabajo consistía en cuidar de Bill, protegerlo..., y eso significaba llevarlo a un lugar seguro. Donde ambos pudieran estar a salvo.
Rosie abrió la puerta del armario con la esperanza de ver que lo llenaba aquel otro mundo tan extraño, al igual que había llenado su habitación cuando había despertado por el sonido del trueno. Del armario surgiría la luz del sol, deslumbrando sus ojos acostumbrados a la penumbra...
Pero no era más que un armario pequeño, polvoriento y vacío, pues Rosie llevaba las dos únicas prendas que había guardado en él, el jersey y los deportivos. Oh, sí, el cuadro estaba allí, apoyado contra la pared donde lo había dejado, pero no había crecido ni cambiado, no se había abierto o lo que fuera que había hecho la otra vez. No era más que un cuadro con el marco roto, la clase de pintura mediocre que podía encontrarse en el fondo de una tienda de curiosidades, en un mercadillo o en una casa de empeños. Nada más.
Afuera, en el pasillo, Norman se abalanzó de nuevo sobre la puerta. El crujido fue más fuerte esta vez, y una astilla larga se desprendió de la hoja antes de caer al suelo. Unos cuantos golpes más bastarían; quizás incluso dos o tres. Las puertas de los bloques de pisos baratos no estaban construidas para resistir la demencia.
-¡Era más que un maldito cuadro! -gritó Rosie-. ¡Estaba destinado a mí y era más que un maldito cuadro! ¡Era la puerta a otra mundo! ¡Lo sé porque tengo el brazalete!
Volvió la cabeza, se quedó mirando el brazalete y a continuación cruzó la estancia para cogerlo. Se le antojó más pesado que nunca. Y caliente.
-Rosie -farfulló Bill.
Apenas lo distinguía en la penumbra, una silueta con las manos sobre el cuello. Rosie creyó ver sangre en su boca.
-Rosie, tenemos que llamar a...
Se interrumpió para proferir un grito cuando un luz brillante bañó la habitación..., sólo que no era el sol brumoso de verano que Rosie había esperado. Era la luz de la luna, que manaba de la puerta abierta del armario y se extendía por el suelo. Rosie se acercó a Bill con el brazalete en la mano y miró el interior del armario. En lugar de la pared posterior vio la cima de la colina, la hierba alta que ondeaba a la brisa suave e intermitente de la noche, las líneas lívidas y las columnas del tiempo reluciendo en la oscuridad. Y sobre la escena se alzaba la luna, una brillante moneda de plata que cabalgaba por el cielo entre violeta y negro.
Rosie pensó en la zorra madre que había visto por la mañana, hacía mil años, contemplando aquella luna. La zorra alzando la cabeza mientras sus cachorros dormían en el hueco del tronco caído, contemplando la luz con pasión en sus ojos negros.
Bill parecía confuso. La luz se reflejaba en su piel como plata dorada.
-Rosie -susurró con voz débil y preocupada.
Siguió moviendo los labios, pero de su boca no brotó sonido alguno.
-Vamos, Bill, tenemos que irnos -instó Rosie mientras le asía el brazo.
-¿Qué está pasando?
Resultaba conmovedor contemplar el dolor y la confusión que lo embargaban. La expresión de su rostro le provocó sentimientos extraños y contradictorios: por un lado, impaciencia por la lentitud y pesadez de sus reacciones, y por otro un amor fiero, no exactamente maternal, que se le antojó como una llama en su mente. Lo protegería. Sí. Sí. Lo protegería hasta la muerte si hacía falta.
-No importa -replicó-. Confía en mí, igual que yo he confiado en ti cuando íbamos en moto. Confía en mí y ven. ¡Tenemos que irnos ahora mismo!
Lo empujó con la mano derecha. El brazalete pendía de la Izquierda como una rosquilla dorada. Bill se resistió un instante, y en aquel momento, Norman profirió un grito y cargó de nuevo contra la puerta. Con un chillido de terror y furia, Rosie asió a Bill con más fuerza. Lo empujó al interior del armario y al mundo iluminado por la luz de la luna que se abría más allá de la pared del fondo.
13
Las cosas empezaron a ponerse realmente feas cuando la zorra derribó el perchero para bloquear la escalera. Norman tropezó con él, o al menos el abrigo de London Fog que tanto le gustaba tropezó con él. Uno de los ganchos de latón se enredó en un ojal, el truco más espectacular de la semana, y otro se le metió en el bolsillo como un carterista inepto que intentara birlarle la cartera. Un tercero se le clavó directamente en las maltrechas pelotas. Rugiendo y maldiciendo a Rose, Norman intentó lanzarse hacia delante y hacia arriba. El pegajoso y amenazador perchero se negó a soltarlo y ni siquiera pudo arrastrarlo tras de sí, porque una de las patas de latón se había enganchado en la barandilla como una auténtica ancla.
Tenía que subir, tenía que conseguirlo. No quería que Rose y el soplapollas de su amigo se encerraran en su cuchitril antes de que él los atrapara. No le cabía duda de que podía derribar la puerta si llegaba el caso, pues había derribado montones a lo largo de su carrera como policía, algunas muy duras, por cierto, pero el tiempo jugaba en su contra. No quería disparar a Rose, ya que eso sería demasiado rápido y, sobre todo, fácil para una tía como su Rose errante, pero si la situación no mejoraba un poco y en seguida, tal vez sería la única opción que le quedara. ¡Qué pena!
-¡Déjeme jugar, entrenador! -gritó el toro desde el bolsillo del abrigo-. ¡Estoy moreno, estoy en forma, estoy descansado, estoy preparado!
Sí, eso sí que era una buena idea, joder. Norman sacó la máscara del bolsillo y se la colocó sobre la cabeza, inhalando el olor a meados y goma. La verdad es que la combinación de fragancias no estaba nada mal; de hecho, era bastante agradable. Reconfortante, en cierto modo.
-¡Vva 'l doro! -exclamó al tiempo que se quitaba el abrigo.
Se lanzó hacia delante pistola en mano. El maldito perchero se quebró bajo su peso, pero no antes de intentar clavarle uno de los putos ganchos en la rodilla izquierda. Norman apenas si reparó en el dolor. Estaba sonriendo y entrechocando los dientes como un loco dentro de la máscara, encantado con el chasquido que producían, un sonido que le recordaba el choque de las bolas de billar.
-No te conviene jugar conmigo, Rose -advirtió mientras intentaba levantarse, aunque la rótula en que se le había clavado el gancho cedió por el esfuerzo-. Quédate quieta. Deja de intentar escapar. Sólo quiero hablar contigo.
Rose le gritó algo, palabras, palabras, palabras, palabras que no importaban. Norman siguió arrastrándose, avanzando con toda la rapidez y el sigilo posibles. Por fin percibió movimientos encima de él. Alargó el brazo, asió la pantorrilla izquierda de Rose y le clavó las uñas. ¡Qué sensación más agradable! ¡Te pillé!, pensó, triunfal. Te pille, sí, señora. Te...
El pie de Rose surgió de la oscuridad del modo más inesperado, acertándole en la nariz y rompiéndosela en un sitio nuevo. El dolor fue terrible, como si un enjambre de abejas africanas andara suelto en su cabeza. Rose se zafó de él, pero Norman apenas si se dio cuenta; estaba cayendo hacia atrás, intentando aferrarse a la barandilla, pero sin conseguir rozarla más que con los dedos. Cayó dando tumbos hasta el perchero, sosteniendo el arma con el dedo lejos del gatillo para no meterse una bala en el cuerpo..., y al paso que iban las cosas, tenía muchas posibilidades de que ocurriera precisamente eso. Permaneció tendido un instante, luego sacudió la cabeza para aclarársela y empezó a subir de nuevo.
Esta vez su mente no acabó de rebotar, no perdió por completo el conocimiento, pero no tenía ni la menor idea de lo que Rose y su amigo le habían gritado desde lo alto de la escalera o de lo que él les había contestado. Su nariz fracturada en múltiples puntos ocupaba el primer plano de una pantalla roja de dolor.
Se dio cuenta de que alguien más intentaba unirse a la fiesta, el típico espectador inocente, y el soplapollas del novio de Rosie le estaba advirtiendo que se mantuviera alejado. Lo bonito del asunto fue que aquellos gritos le indicaron la posición exacta del capullazo. Norman alargó el brazo y, en efecto, se topó con el capullazo. Rodeó el cuello del capullazo con las manos y empezó a estrangularlo otra vez. Esta vez tenía intención de terminar el trabajo, pero de repente sintió la mano de Rosie a un lado de la cara... sobre la piel de la máscara. Era como si lo acariciaran después de darle una inyección de novocaína.
Rosie. Rosie lo había tocado. Estaba allí. Por primera vez desde que se había marchado con la maldita tarjeta del cajero, Rosie estaba allí, y Norman perdió todo interés en su noviete. Le asió la mano, se la metió en la boca a través del orificio de la máscara y mordió con toda la fuerza de que fue capaz. El éxtasis fue inmenso. Pero...
Pero de repente sucedió algo. Algo malo. Algo espantoso. Tenía la sensación de que acababan de dislocarle la mandíbula. El dolor le subió por los costados de la cabeza en dardos de acero bruñido, concentrándose en la coronilla con un estallido. Profirió un grito y se apartó de ella, la zorra, oh, la muy zorra... ¿Qué la había convertido de una ratoncita previsible en aquel monstruo?
En aquel instante, el espectador inocente dijo algo, y Norman estaba casi seguro de que le había disparado. Había disparado a alguien; la gente que gritaba de aquel modo acababa de recibir un balazo o bien se había quemado. Y entonces, al volver el arma hacia Rose y el capullazo de su amigo, oyó un portazo. La muy zorra había conseguido encerrarse en su habitación a pesar de todo.
Por el momento, incluso aquello quedaba relegado a segundo término. La mandíbula había sustituido a la nariz como centro del dolor, al igual que la nariz había sustituido a la rodilla y los cojones. ¿Qué le había hecho Rose? La parte inferior del rostro se le antojaba no sólo abierta, sino extendida; los dientes parecían satélites flotando en el espacio a cierta distancia de su nariz.
No seas idiota, Normie, susurró su padre. Te ha dislocado la mandíbula, nada más. Ya sabes lo que tienes que hacer al respecto, ¡así que hazlo!
-¡Cierra el pico, maricón de mierda! -intentó gritar Norman, pero al tener el rostro dislocado, lo único que consiguió emitir fue una especie de «¡Hieg'l ico, aguicón e legda!».
Dejó caer el arma, cogió los lados de la máscara con los pulgares (no se la había calado del todo, lo que le facilitó un poco el trabajo), y luego presionó las palmas de las manos contra las puntas de la mandíbula. Era como tocar unos rodamientos que se hubieran salido de madre.
Se preparó para el dolor y deslizó las manos hacia abajo antes de volver a subirlas y empujar con fuerza. Sintió dolor, sí, señor, pero sobre todo porque en el primer momento sólo se le encajó un lado de la mandíbula, de modo que la cara le quedó torcida, como un cajón a medio cerrar.
Si tuerces el gesto de esa manera te quedarás así, Norman, gritó la voz de su madre dentro de su cabeza, aquella voz venenosa que recordaba con tanta claridad.
Norman volvió a empujar el lado derecho de su rostro. Esta vez oyó un chasquido en lo más profundo de su cabeza, al tiempo que la mitad derecha de la mandíbula se colocaba en su lugar. Toda la estructura se le antojaba extrañamente suelta, como si los tendones estuvieran tan distendidos que no pudieran regresar de momento a su longitud normal. Tenía la sensación de que, si bostezaba, la mandíbula se le caería hasta la cintura.
La máscara, Normie, susurró su padre. La máscara te ayudará si te la pones bien.
-Eso -corroboró el toro.
Hablaba con voz amortiguada porque estaba arrugada a los lados del rostro de Norman, pero no le costó entender lo que decía.
Se la caló con cuidado hasta la parte inferior de la mandíbula, y en efecto, resultó; la máscara parecía sostenerle el rostro como un sujetador deportivo.
-Sí, señor -dijo 'l doro-. Soy como un bozal.
Norman respiró profundamente mientras intentaba ponerse en pie y se guardaba la 45 en la cinturilla de los pantalones. No pasa nada, pensó. Aquí no hay más que chicos. Las tías no pueden entrar. Tenía la impresión de que incluso veía mejor a través de los orificios de los ojos de la máscara, como si mirar por ellos le aguzara la vista. Sin lugar a dudas, no era más que fruto de su imaginación, pero realmente tenía esa sensación y le resultaba muy agradable. Tranquilizadora.
Se apretó contra la pared antes de abalanzarse sobre la puerta tras la que se ocultaban Rose y el capullazo de su novio. Su mandíbula se agitó pese a la ceñida sujeción de la máscara, pero aun así volvió a cargar con la misma fuerza y sin vacilación alguna. La puerta tembló en su estructura, y una astilla larga de metal se desprendió del panel superior.
De repente deseó que Harley Bissington estuviera con él. Entre los dos podrían haber derribado la puerta de un solo golpe, y podría haber dejado que Harley se ocupara de su mujer mientras él, Norman, se encargaba de su novio. Tirarse a Rose había sido uno de los grandes deseos ocultos de Harley, un deseo que Norman no comprendía, pero que había leído en los ojos del hombre cada vez que iba a su casa.
Volvió a cargar contra la puerta.
Al sexto golpe (o tal vez al séptimo; había perdido la cuenta), la cerradura se desprendió, y Norman entró catapultado en la habitación. Rose estaba ahí, ambos estaban ahí, tenían que estar, pero de momento no vio a ninguno de los dos. El sudor le escocía los ojos y le nublaba la visión. La habitación parecía desierta, pero no podía ser. No habían saltado por la ventana, porque estaba cerrada con pestillo.
Atravesó la habitación corriendo a la luz opaca procedente de las farolas envueltas en niebla, volviendo la cabeza a un lado y a otro mientras los cuernos de Ferdinand oscilaban en el aire. ¿Dónde estaba? ¡La muy zorra! ¿Dónde podía haber ido, por el amor de Dios?
En el otro extremo de la habitación vio una puerta abierta y la tapa cerrada de un inodoro. Se dirigió hacia allí a toda prisa y encontró el cuarto de baño. Vacío. A menos...
Sacó la pistola y efectuó dos disparos a través de la cortina de la ducha, realizando dos orificios sorprendidos en el vinilo estampado de flores. La retiró. La bañera estaba vacía. Las balas habían destrozado un par de azulejos; ése era el balance de daños. Pero quizá daba igual. Al fin y al cabo, no quería acabar con ella a tiros.
No, pero ¿dónde estaba?
Norman regresó a la habitación, cayó de rodillas (haciendo una mueca de dolor, aunque en realidad no sintió dolor alguno) y barrió el espacio debajo de la cama con el cañón del revólver. Nada. Asestó un puñetazo de frustración al suelo.
Se acercó de nuevo a la ventana a pesar de lo que había visto en ella; se acercó porque la ventana era lo único que quedaba..., o al menos eso creía hasta que vio la luz, una luz brillante, luz de luna, al parecer, procedente de otra puerta-abierta por la que había pasado al caer en el interior de la habitación.
¿Luz de luna? ¿Es eso lo que crees estar viendo? ¿Estás chalado, Normie? No sé si te acuerdas, pero afuera hay una niebla de mil pares, hijo mío. Niebla. Y aunque hubiera la luna llena más llena del siglo, eso es un armario. El armario de una habitación del primer piso, para ser exactos.
Era posible, pero había llegado a creer que su padre, ese tipo sudoroso, de cabello grasiento, sobón y chupapollas no lo sabía automáticamente todo acerca de todo. Norman sabía que esa luz de luna saliendo de un armario del primer piso no tenía demasiado sentido..., pero la estaba viendo con sus propios ojos.
Se acercó despacio a la puerta, con la pistola colgando de la mano, y se detuvo en medio de la luz. A través de los orificios de la máscara (aunque ahora tenía la sensación de que sus dos ojos miraban por un solo orificio), se quedó mirando el armario.
El mueble tenía ganchos clavados en las paredes laterales de madera, así como perchas vacías colgadas de la barra metálica instalada a lo largo, pero la pared del fondo había desaparecido. En su lugar se veía una colina iluminada por la luna y cubierta de hierba alta. Norman distinguió numerosas luciérnagas formando líneas irregulares de luz en un paisaje de árboles borroso y oscuro. Las nubes que se deslizaban por el cielo parecían lámparas cuando se colocaban delante de la luna, que no era llena pero se acercaba. Al pie de la colina se veía una especie de ruina. A Norman le parecía una mansión sureña derruida o tal vez los vestigios de una iglesia abandonada.
Me he vuelto completamente loco, pensó. O esto o Rose me ha dejado fuera de combate y esto es una especie de sueño chalado.
No, eso no lo aceptaba. No quería aceptarlo.
-¡VUELVE AQUÍ, ROSE! -gritó al interior del armario..., que hablando en términos estrictos, ya no era un armario-. ¡VUELVE, ZORRA!
Nada. Sólo aquella vista tan increíble... y una brisa suave que le llevaba la fragancia de la hierba y las flores para demostrarle que no se trataba de una ilusión óptica perfecta.
Y algo más: el sonido de los grillos.
-Me robaste la tarjeta del cajero, zorra -murmuró Norman.
Alzó la mano y se aferró a uno de los ganchos colgados de la pared; parecía un pasajero del metro. Ante él se extendía un mundo extraño e iluminado por la luna, pero cualquier temor que hubiera podido sentir se había trocado en furia.
-Me robaste la tarjeta, y quiero hablar contigo de eso. Hablar... contigo... de cerca.
Entró en el armario y se agachó para pasar por debajo de la barra, derribando de paso unas cuantas perchas. Permaneció inmóvil unos instantes, contemplando aquel otro mundo que se abría ante él.
Luego echó a andar.
Tuvo la sensación de bajar un poquito, como cuando uno va a esas casas viejas donde el parquet de las distintas habitaciones ya no encaja, pero por lo demás no notó nada extraño. Avanzó un solo paso y dejó de pisar madera; ya no estaba en una habitación del primer piso, sino envuelto en la hierba y la brisa fragante que le acariciaba el rostro, se le colaba por el orificio de la máscara (sí, ya sólo había uno; no sabía cómo podía ser, pero después del paso que acababa de dar, lo cierto era que no le extrañaba demasiado) y le refrescaba la piel amoratada y sudorosa. Asió los lados de la máscara con la intención de quitársela y permitir que todo su rostro disfrutara de aquella brisa, pero la máscara no se movió. No se movió ni un ápice.
IX
YO RESARZO
1
Bill contempló la colina bañada por la luz de la luna con la expresión cautelosa de quien no da crédito a sus ojos. Se llevó una mano al cuello inflamado y empezó a masajeárselo. Rosie ya distinguía los morados que habían comenzado a formarse en su piel.
La brisa de la noche le acarició la frente como una mano preocupada. Era suave, cálida, fragante, estival. Ni rastro de la humedad brumosa del lago situado al este de la ciudad.
-Rosie, ¿está sucediendo todo esto en realidad?
Antes de que Rosie pudiera pensar en la clase de respuesta que aquella pregunta merecía, una voz apremiante que conocía intervino.
-¡Mujer! ¡Eh, tú, mujer!
Era la señora de rojo, aunque ahora llevaba un vestido sencillo de color azul, creía Rosie; sin embargo, resultaba imposible asegurarlo a causa de la luz de la luna. «Wendy Yarrow» se hallaba a medio camino de la colina.
-¡Bájalo aquí! ¡No hay tiempo que perder! ¡Llegará en cualquier momento, y tienes cosas que hacer! ¡Cosas importantes!
Rosie seguía asiendo el brazo de Bill. Intentó tirar de él para que avanzase, pero Bill se resistió y miró a «Wendy» con expresión alarmada. Detras de ellos, con voz amortiguada pero espantosamente próxima, Norman rugió el nombre de Rosie. Bill dio un respingo, pero al menos dejó de resistirse.
-¿Quién es, Rosie? ¿Quién es esa mujer?
-No importa. Vamos.
Esta vez no se limitó a tirarle de la manga, sino que lo arrastró con movimientos frenéticos. Bill avanzó con ella, pero no habían dado más que una docena de pasos cuando se dobló sobre sí mismo y empezó a toser con tal intensidad que los ojos casi se le salieron de las órbitas. Rosie aprovechó la oportunidad para bajarse la cremallera de la cazadora que Bill le había prestado. Se despojó de la prenda y la arrojó a la hierba. Luego se quitó el jersey. Debajo llevaba una blusa sin mangas, de modo que se puso el brazalete. De inmediato la embargó una oleada de fuerza, y por lo que a ella respectaba, daba igual si se trataba de una sensación real o imaginaria. Miró por encima del hombro casi esperando ver a Norman persiguiéndola, pero no fue así, al menos de momento. Sólo vio el carro del poni, al propio poni, que pastaba impertérrito en la hierba alta y bañada por la luna, y el caballete que había visto en la primera ocasión. El cuadro había cambiado de nuevo. En primer lugar, la figura de espaldas ya no era una mujer, sino que parecía un demonio provisto de cuernos. Era un demonio, suponía Rosie, pero también era un hombre. Era Norman, y Rosie recordaba haber visto los cuernos sobresalir de su cabeza en el relámpago breve e intenso que había producido el disparo.
-Muchacha, ¿por qué eres tan lenta? ¡Muévete!
Rosie rodeó con el brazo izquierdo a Bill, cuyo ataque de tos había empezado a remitir, y lo ayudó a bajar hasta el lugar en que «Wendy» esperaba con impaciencia. Cuando llegó casi llevaba a Bill en brazos.
-¿Quién... eres? -preguntó Bill a la mujer negra cuando llegaron junto a ella, pero se interrumpió al sufrir un nuevo acceso.
«Wendy» hizo caso omiso de la pregunta y lo rodeó con el brazo para sostener el costado que siempre se zafaba de Rosie.
-He puesto el otro zat al otro lado del templo, así que no pasa nada..., ¡pero tenemos que darnos prisa! ¡No podemos perder ni un segundo!
-¡No sé de qué me hablas! -replicó Rosie, pero en algún rincón de su mente, creía saberlo-. ¿Qué es un zat?
-Déjate de preguntas -espetó la mujer negra-.Será mejor que nos demos prisa.
Sosteniendo a Bill entre ambas descendieron la colina en dirección al Templo del Toro (era impresionante el modo en que todo le volvía a la memoria, pensó Rosie). Sus sombras caminaban a su lado. El edificio se alzaba ante ellos..., de hecho, parecía observarlos, como si estuviera vivo y hambriento. Rosie se sintió profundamente agradecida cuando «Wendy» giró a la derecha para flanquear el templo.
Tras el templo, suspendido de una de las zarzas como si de un gancho de ropa se tratara, se hallaba, el zat de recambio. Rosie se lo quedó mirando trastornada, pero sin extrañeza. Era una túnica de color rojo violáceo, idéntica a la de la mujer de voz dulce y demente.
-Póntela-ordenó la mujer negra.
-No -replicó Rosie con voz débil-. No, me da miedo.
-¡VUELVE AQUÍ, ROSE!
Bill dio un respingo y miró atrás con los ojos abiertos de par en par, la piel más pálida que la luz de la luna, los labios temblorosos. Rosie también tenía miedo, pero percibió que la furia rodeaba el temor como un tiburón nada en círculos en torno a un bote naufragado. Se había aferrado a la esperanza de que Norman no pudiera seguirlos, de que el cuadro se hubiera cerrado tras ellos. Pero ahora sabía que no era así. Norman lo había encontrado y llegaría a aquel mundo en cualquier momento, si no había llegado ya.
-¡VUELVE, ZORRA!
-Póntelo-repitió la mujer.
-¿Por qué? -preguntó Rosie, aunque ya se estaba pasando la blusa por la cabeza-. ¿Por qué tengo que ponérmelo?
-Porque así lo quiere ella, y siempre consigue lo que quiere. -La mujer negra se volvió hacia Bill, que miraba a Rosie con fijeza-. Date la vuelta -le ordenó-. Puedes verla desnuda en tu mundo hasta que se te caigan los ojos por lo que a mí respecta, pero en el mío no. Así que te aconsejo que te des la vuelta.
-Rosie -dijo Bill en tono inseguro-. Es un sueño, ¿verdad?
-Sí -asintió ella, y en su voz se apreciaba una frialdad, una especie de cálculo espontáneo, que jamás había detectado-. Sí, es un sueño. Haz lo que te dice.
Bill se volvió con la brusquedad de un soldado hacia el sendero estrecho que conducía a la fachada del templo.
-Y quítate también ese arnés de tetas -indicó la mujer negra mientras señalaba con impaciencia el sujetador de Rosie-. No puedes llevar eso debajo del zat.
Rosie se desabrochó el sujetador y se lo quitó. A continuación se descalzó y se bajó los vaqueros. Permaneció un instante inmóvil, ataviada tan sólo con las bragas blancas y mirando a «Wendy» con expresión interrogante.
-Sí, eso también.
Rosie se bajó las bragas y cogió con cuidado el zat colgado del zarzal. La mujer negra se adelantó para ayudarla.
-Ya sé cómo ponérmelo, así que déjame en paz -espetó Rosie mientras se pasaba la prenda por la cabeza como si fuera una camisa.
«Wendy» se la quedó mirando con expresión calculadora, pero no avanzó cuando Rosie tuvo un pequeño problema con el tirante del zat. Una vez colocado, su hombro derecho quedó desnudo y el brazalete brillaba sobre el codo izquierdo. Se había convertido en el reflejo de la mujer del cuadro.
-Ya puedes mirar -indicó Rosie a Bill.
Bill se volvió hacia Rosie y la examinó de pies a cabeza, deteniéndose unos segundos en los pezones, que se dibujaban con claridad a través de la fina tela. A Rosie no le importó.
-Pareces otra persona -murmuró Bill por fin-. Tienes un aspecto peligroso.
-Así son las cosas en los sueños -replicó Rosie con aquella voz fría y calculadora.
Odiaba aquel tono..., pero al mismo tiempo le gustaba.
-¿Hace falta que te explique lo que tienes que hacer? -preguntó la mujer negra.
-No, por supuesto que no.
A continuación, Rosie alzó la voz, y el grito que brotó de sus entrañas fue musical y salvaje; no era su voz, era la voz de la otra..., pero también era su propia voz; lo era.
-¡Norman! -llamó-. ¡Norman, estoy aquí abajo!
-¡Por el amor de Dios, Rosie, no! -jadeó Bill-. ¿Te has vuelto loca?
Intentó asirle el hombro, pero Rosie se zafó de su mano con impaciencia al tiempo que le lanzaba una mirada de advertencia. Bill retrocedió un paso, al igual que había hecho «Wendy Yarrow».
-Es la única forma y es la forma correcta. Además... -Miró a «Wendy» con incertidumbre-. No tengo que hacer nada, ¿verdad?
-No-repuso la mujer del vestido azul-. La señora lo hará todo. Si intentas interponerte en su camino, aunque sólo sea para ayudarla, lo más probable es que te arrepientas. Lo único que tienes que hacer es lo que ese cabrón de allí arriba cree que hacen las mujeres.
-Atraerlo -murmuró Rosie, y en sus ojos se reflejaba la luz plateada de la luna.
-Exacto -asintió la otra-. Atraerlo hasta el camino. Hasta el jardín.
Rosie aspiró una bocanada de aire y volvió a llamarle; el brazalete le quemaba la piel con un fuego extraño e increíblemente dulce. Le gustaba el sonido de la voz que brotaba de su garganta, tan fuerte, tan parecido a su grito de guerra cuando jugaba a policías y ladrones, el grito de guerra que había empleado para que la niña rompiera a llorar de nuevo.
-¡Aquiiiiiiiiií, Normaaaaan!
Bill la miraba fijamente. Estaba asustado. A Rosie no le gustaba ver aquella expresión en su rostro, pero quería verla. Lo quería. Al fin y al cabo, era un hombre, ¿no? Y a veces los hombres tenían que aprender lo que significaba tener miedo a una mujer, ¿verdad? A veces eso constituía la única protección de una mujer.
-Y ahora vete. Yo me quedaré aquí con tu hombre. Aquí estaremos a salvo, porque el otro atravesará el templo.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque siempre hacen lo mismo -replicó la mujer negra-. Recuerda lo que es.
-Un toro.
-Exacto, un toro. Y tú eres la muchacha que agita el sombrero de seda que lo atraerá. Pero recuerda que si te coge, no habrá nada que lo distraiga. Si te coge te matará. Eso está más claro que el agua. No hay nada que mi ama o yo podamos hacer para evitarlo. Quiere llenarse la boca con tu sangre.
Eso lo sé mejor que tú, pensó Rosie. Hace años que lo sé.
-No vayas, Rosie -suplicó Bill-. Quédate con nosotros.
-No.
Rosie lo empujó a un lado; una de las espinas de un zarzal le arañó el muslo, y el dolor le resultó tan dulce como el grito que había proferido. Incluso la sensación de la sangre al resbalarle por la piel le pareció dulce.
-Pequeña Rosie.
Rosie se volvió.
-Tienes que anticiparte a él al final. ¿Sabes por qué?
-Sí, claro que lo sé.
-¿A qué te referías con eso de que es un toro? -inquirió Bill.
Parecía preocupado y huraño..., pero Rosie no lo había amado nunca tanto como en aquel momento y creía que nunca lo amaría más. Su rostro aparecía tan pálido e indefenso...
Bill tosió de nuevo. Rosie le apoyó una mano en el brazo, temerosa de que Bill se apartara de ella, pero no lo hizo. Al menos de momento.
-Quédate aquí -le ordenó-. Quédate aquí y no te muevas.
Acto seguido se alejó a toda prisa. Bill captó un destello de luna en la túnica en el extremo más alejado del templo, donde el sendero parecía ensancharse, y luego la perdió de vista.
Al cabo de un instante, su grito volvió a elevarse en la noche, ligero y terrible a un tiempo.
-¡Norman, tienes un aspecto ridículo con esa máscara! -Una pausa y a continuación-: ¡Ya no me das miedo, Norman...!
-Dios mío, la va a matar -musitó Bill.
-Es posible -replicó la mujer del vestido azul-. Alguien va a morir esta noche, eso está más...
Se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y brillantes, la cabeza ladeada.
-¿Qué es lo que o...?
La mujer alargó una mano y le tapó la boca. No se la apretó, pero Bill tenía la sensación de que podía hacerlo; aquella mano parecía estar repleta de muelles de acero. Una creencia espeluznante, casi una certeza, le cruzó la mente mientras aquella mano le oprimía los labios y los dedos le rozaban la mejilla: aquello no era un sueño. Por mucho que quisiera creer que lo era, no podía.
La mujer negra se puso de puntillas y se apretó con él como una amante, sin dejar de taparle la boca.
-Chist -le susurró al oído-. Ya viene.
Bill oyó el siseo de la hierba y el follaje, y a continuación jadeos pesados y sibilantes. Era un sonido que por lo general habría asociado a hombres mucho más corpulentos que Norman Daniels..., hombres que pesarían entre ciento cincuenta y ciento setenta y cinco kilos.
O con un animal enorme.
La mujer negra retiró lentamente la mano de la boca de Bill, y ambos permanecieron inmóviles mientras escuchaban la aproximación de aquella criatura. Bill rodeó a la mujer con un brazo, y ella hizo lo mismo con él. Norman... o la criatura en la que Norman se había convertido, no atravesaría el edificio a fin de cuentas. Norman... o aquella cosa tomaría el sendero y los vería. Patearía el suelo unos instantes, con la cabeza gacha, y luego se lanzaría hacia ellos por aquel sendero estrecho y sin esperanza, los arrollaría, los pisotearía, los devoraría.
-Chist... -susurró la mujer.
-¡Norman, imbécil...!
Flotando hacia ellos como humo, como la luz de la luna.
-¡Eres tan idiota!... ¿Realmente creías que me cogerías? ¡Toro estúpido!
Se oyó una carcajada estridente y burlona. El sonido hizo pensar a Bill en fibra de vidrio, pozos abiertos y habitaciones vacías a medianoche. Se estremeció y se le puso la piel de gallina.
En la fachada del templo se produjo un intervalo de silencio (roto tan sólo por una ráfaga de brisa que agitó un instante los zarzales como una mano que peinara una mata de cabello enredado), acompañado por el silencio en el lugar desde el que Rosie había llamado a Norman. En el cielo, el disco cremoso de la luna navegaba tras una nube, bordeando de plata su contorno. El firmamento estaba salpicado de estrellas, pero Bill no reconoció ninguna de las constelaciones que veía. Y entonces:
-¡Norrrrmannnnn!... ¿No quieres hablaaaar conmiiiigo?
-Oh, sí que quiero hablar contigo -repuso Norman Daniels.
Bill percibió que la mujer daba un respingo de sorpresa y el corazón le dio un vuelco terrible en el pecho. Aquella voz se hallaba a menos de veinte metros de distancia. Era como si Norman hubiera efectuado todos esos movimientos torpes adrede, permitiendo que adivinaran su avance y entonces, cuando lo que le convenía era el sigilo, había caminado con todo el sigilo del mundo.
-Quiero hablar contigo de cerca, puta de mierda.
La mujer negra se llevó un dedo a los labios para advertirle que guardara silencio, pero Bill no necesitaba advertencia alguna. Sus miradas se encontraron, y Bill comprobó que la mujer negra ya no estaba segura de que Norman cruzara el edificio.
El silencio empezaba a antojársele eterno. Incluso Rosie parecía estar esperando.
Y entonces, desde un poco más lejos, Norman volvió a hablar.
-Buh, hijo de puta -espetó-. ¿Qué haces tú aquí?
Bill miró a la mujer negra, pero ella meneó la cabeza para indicar que tampoco comprendía. De repente, Bill se dio cuenta de algo terrible: estaba a punto de sufrir otro acceso de tos. El cosquilleo palpitante en el paladar blando resultaba abrumador. Sepultó la boca en la cara interior del codo en un intento de contener la tos, consciente de la mirada preocupada que la mujer había clavado en él.
No podré aguantar mucho rato, se dijo. Por el amor de Dios, Norman, ¿por qué no te mueves? Antes bien que te has dado prisa.
-¡Norrrrmannn!
¡Qué lento eres, joder, Norrrrmannn! -gritó Rosie como en respuesta a sus pensamientos.
-Zorra -replicó la voz espesa al otro lado del templo-. Zorra de mierda.
Zapatos crujiendo sobre fragmentos de piedra. Al cabo de un instante, Bill oyó el eco de pasos y se dio cuenta de que Norman estaba dentro del edificio que la mujer negra había llamado templo. Y también se dio cuenta de otra cosa: se le había pasado la necesidad de toser, al menos de momento.
Se acercó más a la mujer del vestido azul.
-¿Qué hacemos ahora? -le susurró al oído.
-Esperar -replicó ella, también en un susurro.
2
El descubrimiento de que la máscara parecía haberse convertido en una parte de él lo atemorizó durante unos instantes, y mucho, pero antes de que el miedo pudiera degenerar en pánico, Norman vio algo a poca distancia que lo distrajo por completo del asunto de la máscara. Descendió por la colina y en un momento dado se arrodilló. Recogió el jersey, se lo quedó mirando y lo arrojó a un lado. Luego cogió la chaqueta. El tipo tenía una moto, y Rosie había montado con él, seguramente con la entrepierna bien pegada al culo de su noviete. La cazadora le va grande, pensó. Se la ha prestado él. Aquella idea lo enfureció, de modo que escupió sobre la cazadora antes de tirarla, incorporarse y pasear la mirada en derredor.
-Zorra -murmuró-. Puta mentirosa.
-¡Norman! -le llegó flotando desde la oscuridad, y el sonido lo dejó sin aliento durante unos segundos.
Cerca, pensó. Joder, está muy cerca. Creo que está en ese edificio.
Permaneció inmóvil un momento, esperando otro grito.
-¡Norman, estoy aquí abajo! -oyó por fin.
De nuevo se llevó las manos a la máscara, pero esta vez no tiró de ella, sino que la acarició.
-Vva 'l doro -murmuró al tiempo que echaba a andar en dirección a las ruinas del edificio.
Creyó ver huellas que se encaminaban hacia allí, briznas rotas de hierba, tal vez lugares por los que había pasado alguien, pero la luz de la luna no bastaba para asegurarlo.
Y entonces, como para confirmar que avanzaba en la dirección correcta, volvió a oír su grito burlón y enloquecedor.
-¡Aquiiiiiiií abaaajo, Norman!
Como si no le tuviera ningún miedo. Como si esperara impaciente a que se reuniera con ella. ¡Zorra!
-Quédate donde estás, Rose -musitó-. No te muevas, eso es lo que importa.
Todavía llevaba el revólver guardado en la cinturilla del pantalón, pero no planeaba usarlo. No sabía si podría o no disparar en una alucinación, pero no tenía ningún deseo de averiguarlo. Quería hablar con su pequeña Rose errante de un modo mucho más personal de lo que permitía una pistola.
-Norman, tienes un aspecto ridículo con esa máscara... ¡Ya no me das miedo, Norman...!
Te vas a enterar de lo que vale un peine, zorra, pensó.
-¡Norman, imbécil!
Vale, a lo mejor no estaba en el edificio; tal vez ya lo había atravesado y estaba al otro lado. No importaba. Si creía que podía escapar de él en el campo, se iba a llevar la sorpresa de su vida. La última sorpresa de su vida.
-¡Eres tan idiota... ¿Realmente creías que me cogerías? ¡Toro estúpido!
Se desvió un poco hacia la izquierda, intentando caminar con sigilo, recordándose que de nada le serviría comportarse como (ja, ja) un toro en una tienda de porcelana. Se detuvo cerca de la escalinata agrietada de piedra que conducía al templo (eso era, ahora lo veía, un templo como los que salían en esos cuentos griegos que los tíos se inventaban cuando no estaban demasiado ocupados haciéndose papilla unos a otros) y lo recorrió con la mirada. A todas luces, el edificio estaba abandonado y se estaba cayendo a pedazos, pero no le parecía espeluznante, sino que, por extraño que le resultara, le daba la impresión de estar en casa.
-¡Norrrrmannnnn!... ¿No quieres hablaaaar conmiiiigo?
-Oh, sí que quiero hablar contigo -dijo-. Quiero hablar contigo de cerca, puta de mierda.
Algo le llamó la atención en la hierba alta y enredada que crecía a la derecha de la escalinata; era una cara de piedra que miraba al cielo desde la tierra. En cinco pasos se plantó junto a ella y se la quedó mirando durante diez segundos o más, deseoso de asegurarse de que veía lo que veía. Pues sí. La enorme cabeza caída tenía el rostro de su padre, y en sus ojos vacíos se reflejaba la luz de la luna.
-Buh, hijo de puta -murmuró-. ¿Qué haces tú aquí?
El padre de piedra no respondió, pero su mujer sí.
-¡Norrrrmannn! ¡Qué lento eres, joder, Norrrrmannn!
Bonito lenguaje le han enseñado, comentó el toro, aunque ahora hacía sus comentarios desde el interior de la cabeza de Norman. Se ha juntado con gente estupenda, desde luego; le han cambiado la vida.
-Zorra-musitó con voz espesa y temblorosa-. Zorra de mierda.
Se apartó del rostro de piedra, resistiendo la tentación de retroceder y escupir sobre él al igual que había hecho con la cazadora... o de bajarse la bragueta y mearse encima. Pero no había tiempo para Jueguecitos. Subió a toda prisa la escalinata en dirección a la entrada negra del templo. Cada vez que pisaba el suelo, un dolor agónico le ascendía por la pierna hasta alcanzarle la mandíbula destrozada. Tenía la sensación de que sólo la máscara mantenía la mandíbula en su lugar, y le dolía horrores. Ojalá llevara encima las aspirinas de los policías Charlie-David.
¿Cómo ha podido hacerlo, Normie?, susurró la vocecilla desde lo más profundo de su ser. Aún sonaba como la voz de su padre, pero Norman no recordaba haber oído hablar jamás a su padre en aquel tono tan inseguro, tan preocupado. ¿Cómo se ha atrevido? ¿Qué le ha pasado?
Se detuvo con un pie en el último peldaño; tenía la mandíbula más suelta que una rueda con las tuercas arrancadas. No lo sé ni me importa, replicó a la voz fantasmal. Pero te digo una cosa, papá, si es que eres papá... Cuando la encuentre haré que olvide todo lo que le ha pasado en un santiamén. Eso te lo aseguro.
¿Estás seguro de que quieres intentarlo?, preguntó la voz, y Norman, que había echado a andar de nuevo, volvió a detenerse para escuchar con la cabeza ladeada.
¿Sabes qué te conviene más?, preguntó la voz. Creo que te conviene más batirte en retirada. Ya sé cómo suena eso, pero de todas formas, eso es lo que pienso, Normie. Si yo llevara las riendas, daría media vuelta y volvería por donde he venido. Porque todo va mal aquí. Todo esto es pero que muy raro, de hecho. No sé lo que es, pero sí la sensación que produce... Parece una trampa. Y si caes en ella tendrás muchas más cosas de qué preocuparte que una simple mandíbula suelta o una máscara que no te puedes quitar. ¿Por qué no das media vuelta y te largas? ¿Por qué no intentas encontrar su habitación y esperarla allí?
Porque vendrán, papá, repuso Norman. Le asombraba aquella insistencia y aquella certeza fantasmales, pero no quería reconocerlo. La policía vendrá y me matará. Me matarán antes de que pueda siquiera oler su perfume. Y porque me ha mandado a tomar por el culo. Porque se ha convertido en una puta. Lo sé por su forma de hablar.
¡Da igual cómo hable, idiota! ¡Si se ha podrido, deja que se descomponga con sus amigos! A lo mejor no es demasiado tarde para dejar esto antes de que te estalle en la cara.
Norman consideró la propuesta unos instantes..., pero luego alzó los ojos hacia el templo y leyó las palabras esculpidas sobre la puerta: AQUELLA QUE ROBA LA TARJETA DEL CAJERO DE SU MARIDO NO MERECE VIVIR, proclamaba el edificio.
Todas sus dudas se disiparon. No escucharía más a su padre cobarde y sobón. Cruzó la enorme entrada y se adentró en las tinieblas húmedas del templo. Tinieblas..., pero no lo bastante oscuras para no dejarle ver. Varios rayos polvorientos de luna se filtraban por las ventanas estrechas, iluminando una ruina que se parecía espantosamente a la iglesia a la que Rose y su familia habían ido en Aubreyville. Pisó montones de hojas muertas, y cuando una bandada de murciélagos revoltosos levantó el vuelo chillando para abalanzarse sobre su rostro, Norman se limitó a agitar los brazos para ahuyentarlos.
-Fuera, hijos de puta -masculló.
Cuando salió a una pequeña escalinata de piedra tras la puerta situada a la derecha del altar, Norman vio un jirón colgando de un arbusto. Se agachó, lo cogió y lo sostuvo en alto para examinarlo. Costaba distinguirlo a aquella luz, pero creía que era rojo o rosa. ¿Llevaba Rose ropa de aquel color? Creía que la había visto en vaqueros, pero todo era muy confuso. Aun cuando hubiera llevado vaqueros, se había quitado la cazadora que el soplapollas le había dejado, y tal vez debajo...
Tras él oyó un sonido leve, como una banderola ondeando en la brisa. Norman se volvió, y un murciélago marrón se estrelló contra su rostro, abriendo la boca bigotuda mientras le golpeaba las mejillas con las alas.
Norman se había llevado la mano al arma. En aquel momento la apartó y cogió al murciélago, aplastándole las alas contra el cuerpo como si tocara el acordeón. Lo retorció y lo partió en dos con tal fuerza que sus rudimentarias entrañas le salpicaron los zapatos.
-No deberías haberme atacado, cabronazo -espetó Norman mientras arrojaba los restos a la oscuridad del templo.
-Se te da muy bien eso de matar murciélagos, Norman.
Dios mío, muy cerca... ¡justo detrás de él! Giró sobre sus talones con tal rapidez que estuvo apunto de perder el equilibrio y caer escalinata abajo.
El terreno que se extendía tras el templo descendía hacia un río, y a medio camino, en lo que parecía el jardín más muerto del mundo, se hallaba su pequeña y dulce Rose errante..., ahí de pie a la luz de la luna, con la mirada alzada hacia él. Tres pensamientos le cruzaron por la mente en rápida sucesión. Lo primero que vio fue que Rosie ya no llevaba vaqueros, si es que antes los había llevado; llevaba un vestido corto que parecía sacado de una fiesta romana de la universidad. Lo segundo que vio fue que se había cambiado de peinado; llevaba el pelo teñido de rubio y apartado de la cara.
Lo tercero que vio fue que estaba hermosa.
-Murciélagos y mujeres -comentó Rosie con frialdad-. Eso es todo, ¿verdad, Norman? Casi me das pena. Eres un mequetrefe de mierda. No eres un hombre. Y esa estúpida máscara que llevas nunca te convertirá en un hombre.
-¡TE MATARÉ, ZORRA!
Norman se apartó de la escalinata y corrió pendiente abajo en pos de Rosie; la sombra cornuda corría junto a él sobre la hierba muerta a la luz plateada de la luna.
3
Por un instante, Rosie se quedó donde estaba, paralizada, con todos los músculos del cuerpo bloqueados mientras Norman se acercaba a ella, gritando desde el interior de la espeluznante máscara que llevaba. Lo que la impulsó a moverse fue una imagen repentina y horripilante, una imagen enviada por la señora Práctica-Sensata, creía Rosie... La imagen de la raqueta de tenis con que Norman la había violado, el mango mojado de sangre.
En aquel momento se volvió, haciendo que la falda del zat revoloteara a su alrededor, y corrió hacia el río.
Las rocas, Rosie... Si te caes al agua...
Pero no se caería. Era realmente Rosie, era Rosie Real y no se caería al río. No al menos que se permitiera pensar en que se caería. El olor del agua la azotó con tal fuerza que le lloraron los ojos..., y la boca se le contrajo de sed. Rosie alzó la mano izquierda, se cerró las fosas nasales con los nudillos del segundo y el tercer dedo y saltó a la segunda roca. De ahí saltó a la cuarta y de ahí a la otra orilla. Fácil. Coser y cantar. A1 menos hasta que resbaló y empezó a deslizarse por la hierba húmeda hacia el agua negra.
4
Norman la vio resbalar y se echó a reír. Al parecer, Rose se iba a mojar.
No te preocupes, Rose, pensó. Te sacaré y te daré palmaditas hasta que te seques. Sí, señor.
Pero en aquel momento, Rose se levantó, se aferró a la orilla y lanzó una mirada aterrorizada por encima del hombro..., aunque no parecía que fuera él quien la aterrorizaba; estaba mirando el agua. Cuando se levantó, Norman distinguió su trasero, desnudo como el día en que vino al mundo, y entonces sucedió la cosa más increíble del mundo: notó que empezaba a ponérsele dura.
-Voy corriendo, Rose jadeó.
Sí, y a lo mejor correría también de otra manera. Se correría, para ser exactos.
Bajó hasta el río, pisoteando las delicadas huellas de Rose con las botas de puntera cuadrada, alcanzando la orilla en el momento en que Rose se encaramaba a la otra. Su mujer permaneció un instante allí, mirando atrás, y esta vez era evidente que lo estaba mirando a él. Y entonces hizo algo que lo dejó petrificado.
Cerró el puño y levantó el dedo corazón en el típico gesto obsceno.
Y lo hizo con todas las de la ley, besándose la punta del dedo antes de salir corriendo hacia la arboleda muerta que se alzaba más allá de la orilla.
¿Has visto eso, Norm?, preguntó 'l doro desde su lugar en el interior de la cabeza de Norman. Mira lo que te acaba de hacer esa zorra. ¿Lo has visto?
-Sí-jadeó Norman-. Lo he visto. Y ya me ocuparé de ello. Me ocuparé de todo.
Pero no tenía intención de atravesar el río a tontas y a locas y arriesgarse a caer dentro. Había algo en el agua que a Rosie no le hacía gracia, y le convenía tener cuidado, vigilar por dónde pisaba en el sentido más literal de la expresión. A lo mejor el maldito riachuelo estaba plagado de aquellos pececillos sudamericanos de dientes enormes, los que podían zamparse una vaca entera hasta dejarla en los huesos. No sabía si uno podía morir en las alucinaciones, pero la situación le parecía cada vez menos imaginaria.
Me ha enseñado el culo, pensó. El culo desnudo. Yo también tengo algo que enseñarle... La revancha es la revancha, ¿no?
Norman separó los labios en una mueca cruel que no era una sonrisa y posó una de sus botas sobre la primera roca blanca. La luna se ocultó tras una nube en quel instante. Al volver a salir sorprendió a Norman a medio camino de la orilla opuesta. Norman miró el agua, primero con simple curiosidad, luego fascinado y horrorizado. La luz de la luna no lograba penetrar en el agua, al igual que no habría logrado penetrar en un torrente de barro, pero no fue eso lo que le dejó sin aliento y le hizo detenerse en seco. La luna que se reflejaba en aquella agua negra no era la luna, sino una calavera humana blanqueada y sonriente.
Bebe un poco de esta mierda, Normie, espetó la calavera de la superficie. Qué coño, tómate un buen baño si te apetece. Olvida esta locura. Si bebes lo olvidarás todo. Si bebes, jamás volverás a preocuparte; nada volverá a preocuparte.
Parecía tan plausible, tan acertado. Alzó la mirada, tal vez para comprobar si la luna se parecía a la calavera del agua, pero no vio la luna, sino a Rose. Se hallaba en el punto en que el sendero se adentraba en una arboleda muerta, junto a la estatua de un muchacho con los brazos levantados y la polla colgando ante él.
-No te escaparás tan fácilmente -masculló-. No te...
En aquel momento, el muchacho de piedra se movió. Bajó los brazos y asió la muñeca de Rosie, que profirió un grito e intentó zafarse en vano de las manos que la agarraban. El muchacho de piedra sonreía, y mientras Norman lo observaba, sacó la lengua de piedra y la agitó con aire sugestivo delante de Rosie.
-Buen chico -susurró Norman-. Sujétala; tú sujétala.
Saltó a la otra orilla y corrió hacia su mujer errante con las grandes manos extendidas.
5
-¿Quieres hacer el perro conmigo?
-inquirió el muchacho de piedra con voz ronca y carente de inflexiones.
Las manos que le asían la muñeca eran angulosas, fuertes y pesadas. Rosie miró por encima del hombro y vio que Norman saltaba a la orilla mientras los cuernos que sobresalían de su cabeza oscilaban en la brisa nocturna. Dio un traspié en la hierba mojada, pero no se cayó. Por primera vez desde que se había dado cuenta de que era Norman quien estaba sentado en el coche patrulla, Rosie sintió que empezaba a dominarla el pánico. Norman la cogería, ¿y entonces qué? La mordería hasta hacerla pedazos, y ella moriría gritando, con el olor a Cuero Inglés inundándole las fosas nasales. Norman le...
-¿Quieres hacer el perro? -insistió el muchacho de piedra-. Nos ponemos a cuatro patas echamos un polvo follamos follamos follamos fo ....
-¡No! -chilló Rosie, y la furia volvió a brotar de ella como un torrente, extendiéndose a su alrededor como una cortina roja-. ¡No, déjame en paz, déjate de paridas de instituto y déjame en paz!
Tomó impulso con la mano izquierda sin pensar en lo mucho que le dolería asestar un puñetazo a aquel rostro de mármol..., pero lo cierto era que no le dolió en absoluto. Fue como golpear algo esponjoso y podrido con una barra de hierro. Vislumbró una expresión nueva en la cara del muchacho, el asombro que había sustituido a la lujuria, y entonces el mármol se hizo añicos. La presión pesada y dolorosa de sus manos desapareció, pero Norman le pisaba los talones, Norman casi la había alcanzado, la perseguía con la cabeza baja, jadeando a través de la máscara, con las manos extendidas hacia ella.
Rosie se volvió en el momento en que uno de los dedos extendidos de Norman le rozaba el tirante del zat y echó a correr.
Aquello se había convertido en una auténtica carrera.
6
Corrió como había corrido cuando era pequeña, antes de que su madre práctica y sensata iniciara la importante tarea de enseñar a Rose Diana McClendon lo que era propio de una dama y lo que no lo era (correr, sobre todo cuando llegabas a la edad en que tenías pechos que se agitaban cuando lo hacías, no era propio de una dama, sin lugar a dudas). Corrió como alma que lleva el diablo, en otras palabras, con la cabeza gacha y los puños golpeándole los costados. A1 principio era consciente de que Norman le pisaba los talones, pero apenas si se dio cuenta de que empezaba a quedar rezagado, primero unos centímetros, luego metros y más metros. Lo oía gruñir y resoplar incluso a cierta distancia, y emitía exactamente los mismos sonidos que Erinyes en el laberinto. Advirtió que ella misma empezaba a respirar con más facilidad, que la trenza le rebotaba en la espalda. Pero sobre todo era consciente de una euforia demencial, la sangre le fue llenando la cabeza hasta que la acometió la sensación de que estallaría, aunque sabía que el estallido sería el éxtasis definitivo. En una ocasión alzó la mirada y vio la luna corriendo con ella, surcando el firmamento estrellado tras las ramas de los árboles muertos que se erigían a su alrededor como manos de gigantes enterrados en vida y muertos al intentar escapar de allí. Norman le ordenó que dejara de correr y de ser tan puta, y Rosie se echó a reír. Cree que me estoy haciendo la estrecha, pensó.
Llegó a un recodo del camino y vio el árbol fulminado que lo bloqueaba. No había tiempo para desviarse, y si intentaba frenar, lo único que conseguiría sería empalarse en una de las ramas muertas y sobresalientes del árbol. Aun cuando lograra evitarlo, Norman la seguía de cerca. Le llevaba cierta ventaja, pero si se detenía, aunque sólo fuera por un instante, se abalanzaría sobre ella como un perro sobre un conejo.
Todos aquellos pensamientos le cruzaron la mente a la velocidad del rayo. Acto seguido, con un grito quizás aterrado, quizá desafiante o quizás ambas cosas, saltó hacia delante con los brazos extendidos como Superwoman, salvando el árbol y cayendo al otro lado sobre el hombro izquierdo. Hizo una voltereta y se incorporó dando tumbos. Norman la observaba desde el otro lado, aferrado con ambas manos a los muñones ennegrecidos por el fuego de dos ramas, jadeando con fuerza. La brisa transportó hasta Rosie un olor distinto al del sudor y el Cuero Inglés.
-Vuelves a fumar, ¿verdad, Norman? -preguntó.
Los ojos bajo los cuernos adornados de flores la contemplaron con expresión totalmente demencial. La mitad inferior de la máscara se agitaba espasmódicamente, como si el hombre sepultado bajo ella intentara sonreír.
-Rose -dijo el toro-. Basta ya.
-No soy Rose -replicó ella con una risita exasperada, como si Norman fuera la criatura más estúpida del universo, el toro tonto-. Soy Rosie. Rosie Real. Pero tú ya no eres real, Norman..., ¿verdad? Ni siquiera para ti mismo. Pero ya no importa, a mí ya no me importa, porque me he divorciado de ti.
A continuación dio media vuelta y huyó.
7
Ya no eres real, pensó mientras se encaramaba al árbol, donde había espacio de sobra para pasar. Rose se había alejado del árbol fulminado a toda prisa, pero al llegar al otro lado, Norman se limitó a trotar. No hacía falta correr. La voz interior, la que nunca lo había defraudado, le dijo que el sendero terminaba a pocos metros. Eso debería haberle encantado, pero seguía oyendo lo que Rose le había dicho antes de enseñarle el culito por última vez.
Soy Rosie Real, pero tú ya no eres real, ni siquiera para ti mismo... Me he divorciado de ti.
Norman siguió trotando unos metros y luego se detuvo para enjugarse la frente, sin sorprenderse al comprobar que estaba empapada de sudor, sin pensar en ello siquiera, aunque seguía llevando la máscara.
-¡Será mejor que vuelvas, Rose! -gritó-. ¡Es tu última oportunidad!
-Ven a buscarme -replicó ella, y en su voz detectó un matiz algo distinto, aunque no podría haber asegurado en qué consistía el cambio-. Vena buscarme, Norman. Ya queda poco.
Sí, ya quedaba poco. La había perseguido por medio país, joder, la había seguido hasta otro mundo o hasta un sueño o hasta lo que fuera eso, maldita sea, pero ya no tenía escapatoria.
-No tienes adónde ir, corazoncito -murmuró mientras echaba a andar en dirección a su voz y cerraba los puños.
8
Rosie entró en el claro circular y se vio a sí misma arrodillada junto al árbol vivo, de espaldas, con la cabeza baja como si rezara o meditara profundamente.
No soy yo, pensó Rosie con nerviosismo. No soy yo en realidad. Pero podría haberlo sido. De espaldas, la mujer arrodillada al pie del «granado» podría ser su gemela. Era de la misma estatura, la misma constitución, con las mismas piernas largas y caderas anchas. Llevaba la misma túnica de color rojo violáceo, lo que la mujer negra había llamado zat, y el cabello le pendía hasta la cintura en una trenza idéntica a la de Rosie. La única diferencia residía en que los dos brazos de la mujer aparecían desnudos, porque era Rosie quien llevaba el brazalete. Sin embargo, lo más probable era que Norman no advirtiera la diferencia. Jamás la había visto llevar semejante joya, y no creía que se diera cuenta en aquel momento, al menos en el estado en que se hallaba. Pero entonces vio algo que tal vez Norman sí advertiría..., las manchas oscuras que marcaban la nuca y los brazos de Rose Madder, aquellas manchas que bullían como sombras hambrientas.
Rosie se detuvo y contempló a la mujer arrodillada de cara al árbol a la luz de la luna.
-He venido -dijo con voz insegura.
-Sí, Rosie -repuso la otra en tono dulce y codicioso-. Has venido, pero todavía no has llegado. Quiero que vayas allí -ordenó señalando la escalera ancha y blanca que se abría bajo la palabra LABERINTO-. No mucho, tal vez una docena de escalones bastarán si te tumbas. Lo suficiente para no ver... No creo que te apetezca ver, aunque puedes mirar si así lo deseas.
Se echó a reír con auténtico deleite, y aquello convertía su carcajada en un sonido verdaderamente terrible, creía Rosie.
-En cualquier caso -prosiguió la otra-, te conviene escuchar lo que suceda entre nosotros. Sí, creo que te conviene mucho.
-A lo mejor no se cree que tú seas yo, ni siquiera a la luz de la luna.
Rose Madder volvió a reír, y a Rosie se le erizaron los pelillos de la nuca.
-¿Por qué no, pequeña Rosie?
-Bueno..., es que tienes... manchas. Las distingo incluso con esta luz.
-Sí, tú sí -replicó Rose Madder sin dejar de reír-. Pero él no. ¿Has olvidado que Erinyes es ciego?
Rosie estuvo a punto de decir: Se equivoca, señora, estamos hablando de mi marido, no del toro del laberinto, pero entonces recordó la máscara que llevaba Norman y guardó silencio.
-Deprisa -urgió Rose Madder-. Ya viene. Baja la escalera, pequeña Rosie... y no te acerques demasiado a mí. -Hizo una pausa antes de agregar con aquella voz pensativa y terrible-: No es seguro.
9
Norman siguió corriendo por el camino mientras escuchaba. En un momento dado creyó oír la voz de Rosie, pero podía equivocarse, y en cualquier caso daba igual. Si había alguien con Rosie, Norman acabaría con quien hiciera falta. Podía tratarse de Gertie la Sucia si tenía suerte... Tal vez esa tortillera enorme formaba parte de aquel sueño, y a Norman le encantaría poderle meter una bala en la teta izquierda a esa foca de mierda.
La idea de matara Gertie lo impulsó a darse más prisa. Estaba tan cerca que casi podía olerla... Aromas entremezclados fantasmalmente, jabón Dove y champú Silk. Dobló el último recodo del sendero.
Voy a por ti, Rose, pensó. No tienes escapatoria, no tienes dónde esconderte. He venido para llevarte a casa, querida.
10
Hacía frío en la escalera que conducía al laberinto, y Rosie percibió un olor que se le había escapado en la primera ocasión, un olor húmedo y putrefacto mezclado con el hedor de las heces, la carne podrida y el animal salvaje. Aquella idea inquietante
(¿saben los toros subir escaleras?)
volvió a ocurrírsele, pero esta vez no tenía miedo. Erinyes ya no estaba en el laberinto, a menos que el mundo, el mundo del cuadro, también fuera un laberinto.
Oh, sí, afirmó con serenidad aquella voz que no era exactamente la voz de la señora Práctica-Sensata. Este mundo, todos los mundos. Y muchos toros en todos ellos. Estos mitos bullen de verdad, Rosie. La verdades su poder. Por eso sobreviven.
Rosie se tumbó en la escalera, jadeante y con el corazón desbocado. Estaba aterrada, pero al mismo tiempo percibía en su interior una suerte de ansia amarga, y al instante supo de qué se trataba: no era más que otra de las máscaras de su furia.
Hazlo, pensó. Mata a ese hijo de puta, libérame. Quiero oírle morir. ¡Rosie, no lo dirás en serio! Esa sí que era la señora Práctica-Sensata, horrorizada y asqueada. ¡Dime que no lo dices en serio!
Pero no podía, porque una parte de ella sí lo decía en serio.
La mayor parte de ella.
11
El sendero moría en un claro circular, y ahí estaba Rosie. Por fin. Su Rose errante. Arrodillada de espaldas a él, con aquel vestido corto rojo (estaba casi seguro de que era rojo), con el pelo teñido como una puta y peinado en una especie de cola. Norman se detuvo al borde del claro, mirándola. Era Rose, sí señor, de eso no cabía duda, pero había cambiado. Su actitud había cambiado. ¿Y eso qué significaba? Pues que había llegado el momento de hacer unos cuantos ajustes de actitud, por supuesto.
-¿Por qué te has teñido el pelo, maldita sea? preguntó-. ¡Pareces una puta!
-No, tú no lo entiendes -repuso Rose con calma y sin volverse-.
Antes lo llevaba teñido. Siempre ha sido rubio, pero me lo teñí para en-
gañarte.
Norman avanzó dos pasos, y la furia lo envolvió como siempre que Rose se mostraba en desacuerdo con él o lo contradecía, como siempre que cualquier persona se mostraba en desacuerdo con él o lo contradecía. Y las cosas que Rose había dicho esa noche..., las cosas que le había dicho a él...
¡Y una mierda! -espetó.
-¡Nada de «y una mierda»! -replicó Rose antes de rematar ese comentario tan increíblemente irrespetuoso con una risita.
Pero no se volvió.
Norman avanzó otros dos pasos hacia ella y se detuvo con los puños apretados contra los muslos. Recorrió el claro con la mirada, recordando que había oído la voz de Rose mientras se acercaba. Estaba buscando a Gert o quizás al soplapollas de su novio, listo para dispararle o tal vez sólo tirarle una piedra. No vio a nadie, lo que con toda probabilidad significaba que Rosie había estado hablando sola, algo que hacía en casa a todas horas. A menos que hubiera alguien agazapado detrás del árbol que se alzaba en el centro del claro. Al parecer, era la única cosa viva en aquella naturaleza muerta, y sus hojas largas, estrechas y verdes relucían como las hojas de una planta de aguacate recién engrasada. Sus ramas se combaban bajo el peso de unas frutas extrañas que Norman no se comería ni siquiera en un bocadillo de manteca de cacahuete con mermelada. Más allá de las piernas dobladas de Rose vio montones de frutas caídas, y el olor que despedían recordó a Norman el agua del río. Fruta cuyo olor indicaba que te matarían o te provocarían tal diarrea que desearías estar muerto.
A la izquierda del árbol vio algo que le confirmó que se hallaba inmerso en un sueño. Parecía una boca de metro de Nueva York, pero de mármol. Sin embargo, no importaba; tampoco importaba el árbol ni su fruta apestosa. Lo que importaba era Rose y esa risita. Suponía que eran sus amigas comechochos las que le habían enseñado a reír de aquella forma, pero eso tampoco importaba. Había venido para enseñarle algo que sí importaba, que reír de aquel modo era el mejor camino para hacerse daño. Se lo enseñaría en aquel sueño aunque no pudiera hacerlo en la realidad; se lo enseñaría aunque en verdad estuviera tendido en la habitación de Rose, acribillado a balazos y experimentando un delirio previo a la muerte.
-Levántate -ordenó al tiempo que avanzaba otro paso y sacaba el arma de la cinturilla del pantalón-. Tenemos muchas cosas de qué hablar.
-Tienes mucha razón -asintió ella.
Sin embargo, no se levantó, sino que permaneció arrodillada mientras la luna y las sombras trazaban rayas de cebra en su espalda.
-Obedece, maldita sea -espetó Norman avanzando otro paso.
Las uñas de la mano en la que no sostenía el revólver se le clavaban en la palma como cuchillas al rojo vivo. Pero Rose no se volvió. No se levantó.
-¡Erinyes del laberinto! -recitó Rose con voz suave y melodiosa-. ¡Ecce taurus! ¡Contemplad al toro!
Pero no se levantó, no se volvió para contemplarlo.
¡No soy un toro, zorra! -gritó Norman.
Tiró de la máscara con las yemas de los dedos. No se movió ni un ápice. Ya no parecía pegada a su rostro ni derretida sobre él. Ahora parecía haberse convertido en su rostro.
¿Cómo puede ser?, se preguntó extrañado. ¿Cómo narices puede ser? ¡Si no es más que una máscara que un niño ha ganado en el parque de atracciones!
No conocía la respuesta a aquella pregunta, pero la máscara no se movía por mucho que tirara de ella, y en aquel momento supo con terrible certeza que si le clavaba las uñas sentiría dolor. Sangraría. Y sí, tan sólo había un orificio para los ojos, y parecía hallarse en el centro de su cara. Veía borroso. La luz de la luna, antes tan brillante, se había tornado difusa.
-¡Quítamela! -chilló-. ¡Quítamela, zorra de mierda! Tú puedes quitármela, ¿verdad? ¡Sé que puedes! ¡Deja de joderme! ¡No te atrevas a joderme!
Avanzó dando tumbos hasta llegar junto a ella y le asió el hombro. El único tirante de la túnica se desplazó, y lo que vio debajo le hizo emitir un jadeo horrorizado. La piel estaba negra y podrida como las pieles de la fruta que se descomponía alrededor del árbol..., las que estaban tan podridas ya, que parecían a punto de tornarse líquidas.
-El toro ha salido del laberinto -dijo Rose al tiempo que se levantaba con una agilidad que Norman jamás había visto ni sospechado en ella-. Y por tanto, Erinyes puede morir. Está escrito; así será.
Aquí la única que va a morir... -empezó Norman, pero no consiguió pronunciar ni una palabra más.
Rose se volvió, y cuando la luz cremosa de la luna iluminó su rostro, Norman profirió un grito. El 45 se le disparó dos veces al suelo, pero ni siquiera se dio cuenta. Dejó caer el arma. Se llevó las manos a la cabeza y gritó mientras retrocedía dando tumbos, sin apenas poder controlarlas piernas. Rose respondió a su grito con otro.
La podredumbre se extendía sobre su pecho, y tenía el cuello violáceo, ennegrecido, como si la hubieran estrangulado. La piel se agrietaba en varios puntos y segregaba pus amarillento. Sin embargo, no fueron aquellos síntomas de alguna enfermedad en fase avanzada y sin duda terminal los que provocaron los aullidos de Norman; no fueron ellos los que perforaron la cáscara de huevo de su locura para dar paso a una realidad más terrible, como si de la luz despiadada de un sol desconocido se tratara.
Era su rostro.
Era el rostro de un murciélago dotado de los brillantes ojos amarronados de un zorro rabioso; era el rostro de una diosa sobrenaturalmente bella visto en la ilustración de un libro viejo y polvoriento, como si fuera una flor exótica en un descampado cubierto de maleza; era el rostro de Rose, cuyo aspecto siempre había sido un poco más que mediocre gracias a la esperanza tímida que reflejaban sus ojos y la curva leve y melancólica de su boca. Como lilas en una laguna peligrosa, aquellos aspectos distintos flotaron sobre el rostro vuelto hacia él durante un instante antes de desaparecer y dejar al descubierto lo que se ocultaba debajo. Era el rostro de una araña, retorcido de hambre e inteligencia demente. La boca abierta mostraba una negrura repelente salpicada de hilos sedosos a los que se veían adheridos cientos de escarabajos y bichos diversos, algunos muertos y otros agonizantes. Sus ojos eran grandes huevos sangrantes de color rojo violáceo que palpitaban en sus cuencas como barro vivo.
-Acércate más, Norman -le susurró la araña a la luz de la luna.
Y antes de que su mente se quebrara por completo, Norman vio que su boca repleta de bichos y seda intentaba sonreír.
Más brazos intentaban abrirse paso por entre los orificios de la toga y bajo el dobladillo corto, aunque no eran brazos, desde luego que no, y Norman gritó, gritó, gritó; gritaba para alcanzar el olvido, el olvido y el fin del conocimiento y la vista, pero el olvidó no llegó.
Acércate más -arrulló la cosa alargando aquellos tentáculos que no eran brazos y abriendo la boca de par en par-. Quiero hablar contigo.
En los extremos de aquellos no brazos negros había garras sucias e hirsutas. Las garras le asieron las muñecas, las piernas, el apéndice hinchado que seguía palpitándole en la entrepierna. Una se le metió amorosa en la boca, y los pelillos le hicieron cosquillas en los dientes y la cara interior de las mejillas. Le agarró la lengua, se la arrancó y la agitó triunfante ante su único ojo.
-Quiero hablar contigo, quiero hablar contigo... de... ¡CERCA!
Norman hizo un último esfuerzo enloquecido por zafarse del monstruo, pero lo único que consiguió fue sumergirse en el abrazo hambriento de Rose Madder.
Donde Norman aprendió por fin lo que significaba ser mordido en lugar de morder. .
12
Rosie yacía en la escalera con los ojos cerrados y los puños apretados contra la cabeza mientras escuchaba los gritos de Norman. Intentó no imaginar siquiera lo que estaba sucediendo allí arriba e intentó recordar que era Norman quien gritaba. Norman el del lápiz terrible, Norman el de la raqueta de tenis, Norman el de los dientes.
Sin embargo, todos aquellos pensamientos quedaron sepultados bajo el horror de sus gritos, sus chillidos agónicos mientras Rose Madder ...
... le hacía lo que fuera que le estaba haciendo.
A1 cabo de un rato, un rato muy, muy largo, los gritos cesaron.
Rosie permaneció tendida; abrió los puños, pero no los ojos, y siguió inmóvil, jadeando entrecortadamente. Podría haber permanecido tumbada durante horas si la voz dulce y demente de la mujer no la hubiera llamado.
-¡Sube, pequeña Rosie! ¡Sube y regocíjate! ¡El toro se ha ido!
Muy despacio, pues las piernas se le antojaban muertas, Rosie se arrodilló y por fin se levantó. Subió la escalera y en lo alto se detuvo. No quería mirar, pero sus ojos parecían haber cobrado vida propia y recorrieron el claro mientras Rosie contenía el aliento.
Por fin exhaló el aire en un suspiro prolongado de alivio. Rose Madder seguía arrodillada de espaldas a ella. Ante ella yacía un bulto oscuro que en un principio le pareció de trapos. Pero en aquel momento, una forma parecida a una estrella de mar surgió de las sombras y quedó bañada por la luna. Era una mano, y entonces Rosie vio el resto de Norman, como una mujer que de repente reconoce algo coherente en la mancha de tinta que le ha dado el psiquiatra. Era Norman, sin lugar a dudas. Estaba mutilado y los ojos se le salían de las órbitas en una expresión de terror definitivo, pero era Norman.
Rose Madder levantó el brazo mientras Rosie observaba a Norman y cogió una fruta colgada de una rama baja. La oprimió entre los dedos, unos dedos muy humanos. y hermosos a excepción de las manchas negras y espiritosas que flotaban justo debajo de la piel, y el jugo fluyó sobre su puño en un torrente rojo violáceo antes de que la fruta estallara dejando un surco mojado de color rojo oscuro. Rose Madder extrajo una docena de semillas de la pulpa espesa y las sembró en la carne desgarrada de Norman Damels. La última se la clavó en el ojo abierto. Se oyó una suerte de chasquido cuando se la clavó, como si alguien acabara de pisar una uva rechoncha.
-¿Qué haces? -preguntó Rosie a pesar suyo, y tuvo que contenerse para no añadir: ¡Note gires, puedes decirme lo que sea sin girarte!
-Sembrar.
Y entonces hizo algo que produjo a Rosie la sensación de que se había sumergido en un novela de Richard Racine; se inclinó y besó el cadáver en la boca. Por fin se apartó, lo tomó entre sus brazos, se levantó y se volvió hacia la escalera de mármol blanco que conducía al laberinto.
Rosie desvió la mirada; el corazón le latía con violencia.
-Dulces sueños, cabrón de mierda -dijo Rose Madder antes de arrojar el cadáver de Norman a las tinieblas que se abrían bajo la palabra LABERINTO.
Donde, tal vez, las semillas que acababa de plantar echarían raíces y crecerían.
13
-Vete por donde has venido -ordenó Rose Madder.
Estaba junto a la escalera. Rosie se hallaba en el extremo más alejado del claro, de espaldas. No quería arriesgarse a mirar a Rose Madder ni siquiera entonces, y había descubierto que no podía confiar de pleno en sus ojos.
-Vuelve, encuentra a Dorcas y a tu hombre. Dorcas tiene algo para ti, y yo iré a hablar contigo..., pero sólo un momento. Y entonces todo habrá acabado entre nosotras. Creo que será un alivio para ti.
-Se ha ido, ¿verdad? -preguntó Rosie sin apartar la vista del sendero iluminado por la luna-. Se ha ido de verdad.
-Supongo que lo verás en sueños -repuso Rose Madder con desdén-, pero ¿qué importa? La verdad es que los malos sueños son mucho mejores que los malos despertares.
-Sí. Es tan sencillo que la mayoría de la gente no se da cuenta, me parece.
-Ahora vete; luego iré a hablar contigo. Y otra cosa, Rosie.
-¿Qué?
-Recuerda el árbol.
-¿El árbol? No en...
-Ya sé que no lo entiendes, pero ya lo entenderás. Recuerda el árbol. Y ahora vete.
Y Rosie se fue. Sin mirar atrás.

X
ROSIE REAL
1
Bill y la mujer negra (Dorcas, se llamaba Dorcas, no Wendy) ya no estaban en el sendero estrecho que flanqueaba el templo, y la ropa de Rosie también había desaparecido. Pero aquello no la preocupaba. Se limitó a rodear el edificio, y al alzar la mirada hacia la colina los vio junto a la carreta del poni; echó a andar hacia ellos.
Bill salió a su encuentro con una expresión preocupada y trastornada en el rostro pálido.
-¿Estás bien, Rosie?
-Sí -repuso ella mientras apoyaba el rostro en su pecho.
Cuando Bill la rodeó con sus brazos, Rosie se preguntó qué porcentaje de la raza humana comprendía la importancia del abrazo, lo agradable que era y el hecho de que una persona pudiera querer abrazar a otra durante horas y horas. Suponía que algunos sí lo comprendían, pero imaginaba que la mayoría no. Para entenderlo plenamente debía de ser necesario haber echado de menos los abrazos durante muchos años.
Se acercaron a Dorcas, que acariciaba el morro blanco del poni. El animal levantó la cabeza y miró a Rosie con aire soñoliento.
-¿Dónde está...? -empezó Rosie, pero de repente se interrumpió.
Caroline, había estado a punto de decir. ¿Dónde está Caroline?
-¿Dónde está la niña? -se corrigió antes de agregar con osadía-: ¿Nuestra niña?
-A salvo -repuso Dorcas con una sonrisa-. En un lugar seguro, no te preocupes, señorita Rosie. Tu ropa está detrás de la carreta. Ve a cambiarte, si quieres. Apuesto algo a que tienes ganas de quitarte lo que llevas.
-Pues sí -replicó Rosie.
Rodeó la carreta y experimentó un profundo alivio al despojarse del zat. Mientras se subía la cremallera de los vaqueros recordó algo que le había dicho Rose Madder.
-Tu señora dice que tienes algo para mí.
-¡Oh! -exclamó Dorcas con un sobresalto-. ¡Dios mío! ¡Si llego a olvidarme, me arranca la piel a tiras!
Rosie cogió la blusa, y cuando se la hubo pasado por encima de la cabeza vio que Dorcas le alargaba algo. Rosie lo cogió y lo examinó con curiosidad, inclinándolo en todas direcciones. Era un frasquito de cerámica muy sofisticado, poco más grande que un botecito de pastillas. El cuello aparecía rematado por un tapón de corcho.
Dorcas miró en derredor, vio que Bill se hallaba a cierta distancia, contemplando las ruinas del templo con aire soñador, y asintió con aire satisfecho. Cuando se volvió de nuevo hacia Rosie, habló en un susurro enfático.
-Una gota. Para él. Después.
Rosie asintió como si comprendiera perfectamente a Dorcas. Era más fácil. Había infinidad de preguntas que podría formular, que tal vez debería formular, pero estaba demasiado cansada para estructurarlas siquiera.
-Podría haberte dado menos, pero es posible que algún día necesite otra gota. Pero ten cuidado, niña. ¡Esto es peligroso!
Como si en este mundo hubiera algo que no lo fuera, pensó Rosie.
-Guárdatelo-ordenó Dorcas, observando a Rosie mientras ésta se guardaba el frasquito en el bolsillo pequeño de los vaqueros-. Y no se te ocurra contárselo a él -agregó señalando con la cabeza a Bill antes de concentrarse de nuevo en Rosie con expresión seria y ceñuda; en aquella oscuridad, sus ojos parecían carecer de pupilas, como los ojos de una estatua griega-. Sabes por qué, ¿verdad?
-Sí -asintió Rosie-. Porque es cosa de mujeres.
Dorcas asintió.
-Exacto.
-Cosa de mujeres -repitió Rosie, y en su mente oyó decir a Rose Madder: Recuerda el árbol.
Cerró los ojos.
2
Los tres permanecieron sentados en la cima de la colina durante un período desconocido de tiempo, Bill y Rosie juntos y abrazados, Dorcas algo apartada, cerca del poni, que seguía pastando con aire soñoliento. El poni miraba a la mujer negra de vez en cuando, como si le extrañara que todavía hubiera tanta gente despierta a esas horas; pero Dorcas no parecía darse cuenta de nada, sino que estaba sentada con los brazos en torno a las rodillas, contemplando melancólica la luna casi llena. Rosie tenía la impresión de que estaba contando las decisiones tomadas a lo largo de toda una vida y descubriendo que las malas superaban en número a las buenas..., y por mucho. Bill abrió la boca para hablar en varias ocasiones, y Rosie lo miró con expresión alentadora, pero siempre la volvía a cerrar sin pronunciar palabra.
Cuando la luna se ocultó tras los árboles que se alzaban a la izquierda del templo, el poni levantó la cabeza y relinchó complacido. Rosie miró colina abajo y vio que Rose Madder se acercaba. Sus muslos fuertes y bien formados relucían a la pálida luz de la luna. La trenza oscilaba de un lado a otro como el péndulo en el reloj del abuelo.
Dorcas gruñó satisfecha y se levantó. Rosie experimentó una mezcla de aprensión y anticipación. Apoyó una mano en el antebrazo de Bill y lo miró con seriedad.
-No la mires -ordenó.
-No -corroboró Dorcas-, y no hagas preguntas, Billy, aunque ella te lo pida.
Bill paseó la mirada entre Dorcas y Rosie.
-¿Por qué no? ¿Quién es? ¿La Reina del Mambo?
-Es la reina de lo que le venga en gana-replicó Dorcas-, y será mejor que lo recuerdes. No la mires y no hagas nada que pueda hacerla enfadar. No puedo decir nada más; no queda tiempo. Ponte las manos en el regazo y míratelas. No apartes los ojos de ellas.
-Pero...
-Si la miras te volverás loco -intervino Rosie.
Se volvió hacia Dorcas, quien asintió.
-Es un sueño, ¿verdad? -preguntó Bill-. Quiero decir que... no estoy muerto, ¿verdad? Porque si esto es la vida después de la muerte, la verdad es que paso. -Miró más allá de la mujer que se acercaba y se estremeció-. Hay demasiado ruido. Demasiados gritos.
-Es un sueño -aseguró Rosie.
Rose Madder estaba muy cerca ya, una figura esbelta y erguida que avanzaba entre luces y sombras, sombras que convertían su rostro en la máscara de una gata o de una zorra, tal vez.
-Un sueño en el que tienes que hacer lo que te digamos.
-Rosie y Dorcas Dicen en lugar de Simon Dice.
-Eso. Y Dorcas Dice que te pongas las manos en el regazo y te las mires hasta que una de nosotras diga que ya basta.
-¿Empiezo ya? -inquirió Bill lanzándole una extraña mirada de abajo arriba que a Rosie le pareció de completa perplejidad.
-Sí -repuso Rosie con desesperación-.Empieza ya, pero por el amor de Dios, ¡no la mires!
Bill entrelazó los dedos y bajó la mirada.
Rosie ya oía el susurro de los pasos que se acercaban y el silbido de la hierba alta contra la piel desnuda. Bajó la mirada. Al cabo de un instante vio un par de piernas desnudas y bañadas por la luna detenerse ante ella. Siguió un largo silencio, quebrado tan sólo por el chillido de algún pájaro insomne en la distancia. Rosie desvió la mirada hacia la derecha y vio a Bill sentado en completo silencio junto a ella, mirándose las manos entrelazadas con la pasión de un discípulo de Zen al que han situado junto al maestro para la meditación matinal.
-Dorcas me ha dado lo que querías que tuviera -dijo por fin con timidez y sin levantar la vista-. Lo llevo en el bolsillo.
-Bien -repuso aquella voz dulce y embriagadora-. Eso está muy bien, Rosie Real.
Una mano manchada flotó en su campo de visión, y algo le cayó en el regazo. La luz de la madrugada le arrancó un único destello.
-Es para ti -prosiguió Rose Madder-. Un recuerdo, por así decirlo. Haz con él lo que quieras.
Rosie cogió el objeto y se lo quedó mirando con extrañeza. Las palabras grabadas en él, Servicio, Lealtad, Comunidad, formaban un triángulo en torno a la piedra, que era un círculo de obsidiana, manchado ahora por una salpicadura escarlata que convertía la piedra en un ojo lastimoso.
El silencio se prolongaba cada vez más con un aire de expectación. ¿Quiere que le dé las gracias?, se preguntó Rosie. No iba a hacerlo..., pero sí expresaría sus sentimientos.
-Me alegro de que haya muerto -dijo en voz baja y carente de emoción-. Es un alivio.
-Pues claro que te alegras y claro que es un alivio. Ahora debes irte, volver a tu mundo de Rosie Real con esta bestia. Me parece que es una bestia buena. -Rosie detectó en su voz un matiz que, aunque no podía creerlo, se le antojó de lujuria-. Buenos corvejones. Buenos flancos. -Una pausa-. Buenos lomos. -Otra pausa, y de repente bajó una mano manchada y acarició el cabello enredado y sudoroso de Bill, que contuvo el aliento, pero no alzó la cabeza-. Una buena bestia. Protégelo, y él te protegerá a ti.
En aquel instante, Rosie levantó la vista. Le aterraba lo que podía ver, pero no pudo evitarlo.
-No vuelvas a llamarlo bestia -espetó con voz temblorosa de furia-. Y quítale la asquerosa mano de encima.
Vio que Dorcas hacía una mueca de horror, pero sólo por el rabillo del ojo. Toda su atención se centraba en Rose Madder. ¿Qué había esperado ver en su rostro? Ahora que lo veía a la pálida luz de la luna, no podía asegurarlo. Tal vez a Medusa. Una Gorgona. Pero la mujer que tenía delante no era nada de eso. En una época (y Rosie creía que no hacía demasiado tiempo), su rostro había sido de extraordinaria belleza, tal vez una belleza que podría haber rivalizado con la de Helena de Troya. Ahora, su rostro aparecía trasnochado y difuso. Una de aquellas manchas oscuras se extendía por la mejilla izquierda y le surcaba la frente como el ala de un estornino. El ojo ardiente que centelleaba bajo aquella sombra parecía furioso y melancólico a un tiempo. No era el rostro que había visto Norman, de eso estaba segura, pero distinguió lo que su marido había visto bajo aquella piel... Era como si Rose Madder se hubiera maquillado para ella. Rosie sintió frío y asco. Bajo aquella belleza asomaba la locura..., pero no sólo la locura.
Es una especie de rabia... La rabia la está devorando; todas sus formas, su magia, su encanto flotan ahora en los flecos de su control; pronto se hará añicos, y si aparto la mirada, lo más probable es que se abalance sobre mí y me haga lo mismo que a Norman. Quizá se arrepienta más tarde, pero eso no me serviría de nada, ¿verdad?
Rose Madder volvió a bajar la mano, y esta vez acarició la cabeza de Rosie, primero la frente, luego el pelo, que había tenido un día muy duro y se le estaba escapando de la trenza.
-Eres valiente, Rosie. Has luchado con valor por tu... tu amigo. Tienes coraje y buen corazón. Pero ¿me permites que te dé un consejo antes de que te vayas?
Esbozó una sonrisa, quizás en un intento de mostrarse afable, pero el corazón de Rosie se detuvo un instante antes de proseguir su marcha a toda velocidad. Cuando Rose Madder separó los labios, dejando al descubierto un orificio en un rostro que en nada se parecía a una boca, dejó de tener aspecto humano. Su boca parecía el buche de una araña, algo diseñado para comer insectos que ni siquiera estaban muertos, sino tan sólo insensibilizados.
-Por supuesto -repuso sin sentir los labios.
La mano manchada le acarició la sien con delicadeza. La boca de la araña sonrió. Los ojos centellearon.
-Quítate el tinte del pelo -susurró Rose Madder-. No has nacido para ser rubia.
Sus ojos se encontraron. Rosie sostuvo la mirada, descubriendo que no podía apartarla del rostro de la otra mujer. Por el rabillo del ojo comprobó que Bill seguía mirándose las manos con aire obstinado. Tenía las mejillas y la frente bañadas en sudor.
Fue Rose Madder quien desvió la mirada.
-Dorcas.
-¿Señora?
-¿La niña...?
-Estará preparada cuando tú lo estés.
-Bien -dijo Rose Madder-. Estoy impaciente por verla, y ya es hora de que nos marchemos. También es hora de que te marches tú, Rosie Real. Tú y tu hombre. Puedo llamarlo así, ¿sabes? Tu hombre, hombre, hombre. Pero antes de que te vayas...
Rose Madder le alargó los brazos.
Muy despacio, casi como si estuviera hipnotizada, Rosie se levantó y avanzó hacia el círculo de aquellos brazos. Las manchas oscuras que se extendían por la piel de Rose Madder estaban calientes y febriles... Rosie tenía la sensación de que se retorcían contra su piel. Por lo demás, la mujer de la túnica, del zat, estaba fría como un cadáver.
Pero Rosie ya no tenía miedo.
Rose Madder la besó en la mejilla, cerca de la mandíbula.
-Te quiero, pequeña Rosie -susurró-. Ojalá nos hubiéramos conocido en tiempos mejores, cuando hubieras podido verme en mejor estado, pero hemos hecho lo que hemos podido. Nuestro encuentro ha sido afortunado. Pero recuerda el árbol.
-¿Qué árbol? -preguntó Rosie con desesperación-. ¿Qué árbol?
Pero Rose Madder meneó la cabeza en un ademán que no admitía discusión y se separó de ella. Rosie miró por última vez aquel rostro inquietante y demente, y de nuevo recordó a la zorra con sus cachorros.
-¿Soy tú? -susurró-. Dime la verdad... ¿Soy tú?
Rose Madder sonrió. No fue más que una pequeña sonrisa, pero por un instante, Rosie distinguió el monstruo agazapado tras la piel y se estremeció.
-Da igual, pequeña Rosie. Soy demasiado vieja y estoy demasiado cansada para entretenerme con esta clase de preguntas. La filosofía es para los sanos. De todos modos, si recuerdas el árbol, nunca tendrá importancia.
-No entiendo...
-¡Chist! -la atajó Rose Madder al tiempo que le posaba un dedo en los labios-. Date la vuelta, Rosie. Date la vuelta para no verme más. El juego ha terminado.
Rosie dio media vuelta, se inclinó para cubrir las manos de Bill (que todavía tenía entrelazadas sobre el regazo, con los dedos tensos y agarrotados) con las suyas, y lo ayudó a levantarse. Una vez más, el caballete había desaparecido, y el cuadro que había visto en el lienzo, su habitación de noche, pintada con indiferencia en tonos fangosos, había adquirido dimensiones descomunales. Una vez más no era un cuadro, sino una ventana. Rosie echó a andar hacia ella con la intención de atravesarla y dejar atrás para siempre los misterios de aquel mundo. Bill le tiró de la muñeca para que se detuviera. Se dio la vuelta y habló sin permitir que sus ojos subieran más allá de los pechos de la mujer.
-Gracias por ayudarnos -dijo.
-De nada -repuso Rose Madder con toda dignidad-. Resárcete tratándola bien.
Yo resarzo, pensó Rosie con otro estremecimiento.
-Vamos -instó mientras tiraba de la mano de Bill-. Vámonos, por favor.
Sin embargo, Bill permaneció quieto un instante más.
-Sí -dijo-. La trataré bien. Ya sé lo que le pasa a la gente que no lo hace. Lo sé muy bien.
-Qué hombre tan guapo -comentó Rose Madder con aire pensativo, y entonces cambió de tono y prosiguió con voz turbada, casi demente-: ¡Llévatelo mientras aún estés a tiempo, Rosie Real! ¡Mientras aún estés a tiempo!
-¡Vamos! -gritó Dorcas-. ¡Marchaos ahora mismo!
-¡Pero antes dame lo que es mío, zorra! -chilló Rose Madder con voz estridente y sobrenatural-. ¡Dámelo, zorra!
Algo, no un brazo, porque era demasiado delgado y velludo para ser un brazo, se agitó a la luz de la luna y se deslizó sobre la piel enloquecedoramente erizada de Rosie McClendon.
Con un grito, Rosie se quitó el brazalete de oro y lo dejó caer a los pies de la figura que se cernía sobre ella. Percibió a Dorcas rodeando con sus brazos a aquella figura en un intento de detenerla, pero no esperó a ver más. Asió a Bill del brazo y lo arrastró tras de sí a través de la ventana.
3
No tuvo la sensación de tropezar, pero no se limitó a salir del cuadro, sino que cayó de él. Lo mismo le sucedió a Bill. Aterrizaron en el suelo del armario, sobre un parche trapezoidal de luz de luna. Bill se golpeó la cabeza contra la puerta con tal fuerza que debió de dolerle, pero al parecer no se dio cuenta.
-No ha sido un sueño -comentó-. ¡Dios mío, estábamos en el cuadro! ¡El que compraste el día en que nos conocimos!
-No -repuso Rosie-. No es verdad.
A su alrededor, la luz de la luna se tornó más brillante y empezó a contraerse. Al mismo tiempo perdió su forma lineal y se convirtió en un círculo. Era como si una puerta estuviera cerrándose a sus espaldas. Rosie sintió el impulso de mirar atrás para ver qué estaba sucediendo, pero se contuvo. Y cuando Bill empezó a volver la cabeza, Rosie le apoyó las manos en las mejillas para impedírselo.
-No lo hagas -ordenó-. ¿De qué te serviría? Sea lo que sea ya ha pasado.
-Pero...
La luz se había contraído hasta convertirse en un foco cegador, y a Rosie se le ocurrió la idea absurda de que si Bill la tomaba en sus brazos y empezaba a bailar con ella por la habitación, aquel rayo de luz los seguiría.
-Déjalo -Insistió-. Déjalo correr.
-Pero ¿dónde está Norman, Rosie?
-Se ha ido -repuso antes de añadir con cierta comicidad-: El jersey y la cazadora que me has prestado también, por cierto. El jersey no era gran cosa, pero siento lo de la cazadora.
-Eh -exclamó Bill con aire despreocupado y distraído-. No importa.
El foco quedó reducido a una cabeza de cerilla fría y deslumbrante, luego a una cabeza de alfiler, y por fin desapareció, dejando tan sólo un punto brillante en su campo de visión. Rosie miró el armario por encima del hombro. El cuadro se hallaba exactamente donde lo había dejado tras la primera excursión, pero había vuelto a cambiar. Ahora tan sólo mostraba la cima de la colina y el templo bañado por los últimos rayos de la luna. La quietud de la escena, así como la ausencia de figuras humanas, le conferían un aspecto más clásico que nunca.
-Dios mío -farfulló Bill mientras se masajeaba el cuello dolorido-. ¿Qué ha pasado, Rosie? No entiendo lo que ha pasado.
No podía haber transcurrido mucho tiempo, porque el inquilino al que Norman había disparado seguía gritando a pleno pulmón.
-Voy a ver si puedo ayudar a ese hombre -anunció Bill mientras pugnaba por levantarse-. ¿Puedes llamar a una ambulancia? ¿Y a la policía? .
-Sí. Supongo que ya deben de estar en camino, pero los llamaré de todos modos.
Bill se dirigió hacia la puerta antes de volverse con expresión dubitativa y sin dejar de masajearse el cuello.
-¿Qué le vas a contar a la policía, Rosie?
Rosie titubeó un instante y por fin sonrió.
-No sé..., pero ya se me ocurrirá algo. Últimamente se me da muy bien eso de inventar a toda mecha. Vamos, Bill, vete ya.
-Te quiero, Rosie. Eso es lo único de lo que estoy seguro.
Salió de la habitación antes de que ella pudiera responder. Lo siguió un instante antes de detenerse. Al final del rellano vio una luz vacilante que debía de ser una vela.
-¡Dios mío! ¿Le han disparado? -preguntó alguien.
El murmullo de respuesta de Bill quedó sepultado bajo otro aullido del herido. Herido, sí, pero probablemente no de gravedad. No si podía armar semejante escándalo.
Qué poco caritativa, se regañó al tiempo que descolgaba el teléfono nuevo y marcaba el número de urgencias. Tal vez, pero a lo mejor no era más que puro y simple realismo. En cualquier caso, no creía que importara. Había empezado a ver el mundo desde una nueva perspectiva, suponía, y el pensamiento acerca del hombre que gritaba en el pasillo era tan sólo otro indicio de dicha perspectiva.
-No importa siempre y cuando recuerde el árbol -dijo sin ni siquiera darse cuenta de que había hablado en voz alta.
Contestaron a su llamada tras el primer timbrazo.
-Urgencias, le recuerdo que estamos grabando esta llamada.
-Ya me lo imagino. Me llamo Rosie McClendon y vivo en el 897 de Trenton Street, primer piso. Uno de mis vecinos necesita una ambulancia.
-Señora, ¿podría explicarme la naturaleza de este...?
Sí que podía, desde luego que podía, pero en aquel momento se le ocurrió otra cosa, algo que no había comprendido antes, algo que debía hacer de inmediato. Colgó el teléfono e introdujo los dos primeros dedos de la mano derecha en el bolsillo pequeño de sus vaqueros. En ocasiones, aquel bolsillito resultaba útil, pero también irritante, uno de los indicios más visibles de los prejuicios medio conscientes del mundo contra los zurdos como ella. Era un mundo hecho para los diestros, por regla general, lleno de pequeños inconvenientes. Pero daba igual, porque si una era zurda aprendía a arreglárselas. Y podía hacerse, pensó Rosie. Como decía aquella vieja canción de Bob Dylan acerca de la carretera 61, podía hacerse sin ningún problema.
Extrajó el diminuto frasco de cerámica que le había dado Dorcas, se lo quedó mirando con fijeza durante algunos segundos y luego ladeó la cabeza para comprobar si oía sonidos procedentes de la puerta. Alguien más se había unido al grupo del rellano, y el hombre al que Norman había disparado (al menos eso suponía Rosie) hablaba entre jadeos y gemidos. Y a lo lejos se oía ya el aullido de las sirenas.
Entró en la cocina y abrió la pequeña nevera. Dentro había un paquete de mortadela en el que quedaban tres o cuatro lonchas, una botella de leche, dos yogures naturales, medio litro de zumo y tres botellas de Pepsi.Cogió una de ellas, abrió el tapón y la dejó sobre el mostrador. Echó otro vistazo rápido por encima del hombro, casi esperando ver a Bill en el umbral (¿Qué estás haciendo?, le preguntaría. ¿Qué estás mezclando?). Sin embargo, no había nadie en el umbral, y Rosie oyó a Bill al final del rellano, hablando en aquel tono sereno y considerado que tanto había llegado a amar.
Retiró con las uñas el tapón de corcho del frasquito y lo sostuvo en alto, agitándolo como si oliera un perfume. Pero lo que olió no era perfume..., aunque conocía aquella fragancia amarga, metálica, pero extrañamente atractiva. El frasquito contenía agua del río que fluía detrás del Templo del Toro.
Dorcas: Una gota. Para él. Después.
Sí, sólo una; darle más resultaría peligroso, pero una bastaría. Todas las preguntas y los recuerdos, la luz de la luna, los terribles chillidos de Norman, chillidos de dolor y terror, la mujer a la que tenía prohibido mirar... Todo aquello se desvanecería como por arte de magia, así como el temor de Rosie de que dichos recuerdos pudieran destruir la cordura de Bill y la relación entre ambos como ácido corrosivo. Tal vez se preocupaba en exceso, ya que la mente humana era más fuerte y adaptable de lo que la mayoría de la gente creía (eso sí se lo habían enseñado catorce años de convivencia con Norman, aunque quizá fuera lo único que había aprendido), pero ¿le convenía correr el riesgo? ¿Le convenía, teniendo en cuenta que podía suceder exactamente lo contrario? ¿Qué entrañaba mayor peligro, sus recuerdos o aquella amnesia líquida?
Pero ten cuidado, niña. ¡Esto es peligroso!
Rosie apartó la vista del frasquito de cerámica y miró el desagüe del fregadero antes de volverse de nuevo hacia el frasquito.
Rose Madder: Una buena bestia. Protégelo, y él te protegerá.
Rosie decidió que la terminología de aquella frase podía ser desdeñosa y equivocada, pero la idea era acertada. Despacio y con mucho cuidado, ladeó el frasquito sobre el cuello de la botella de PepsiCola y vertió una sola gota en ella.
Plinc.
Y ahora tira el resto por el desagüe, deprisa.
Empezó a hacerlo, pero entonces recordó el resto de lo que le había dicho Dorcas. Podría haberte dado menos, pero es posible que algún día necesite otra gota.
Sí, ¿y yo qué?, se preguntó mientras encajaba de nuevo el minúsculo tapón de corcho en la botella y se lo guardaba en el incómodo bolsillito del pantalón. ¿Y yo qué? ¿Necesitaré un par de gotas más adelante para no volverme loca?
No lo creía. Y además...
-Los que no aprenden del pasado están condenados a repetir sus errores -masculló.
No sabía quién había dicho aquella frase, pero sí que era demasiado plausible para hacer caso omiso de ella. Regresó a toda prisa hacia el teléfono, con la Pepsi adulterada en una mano. Volvió a marcar el número de urgencias, y contestó la misma operadora con la misma obertura: «Urgencias, le recuerdo que estamos grabando esta llamada».
-Soy otra vez Rosie McClendon -se presentó-. Se ha cortado -hizo una pausa calculada y luego se echó a reír con nerviosismo-. Vaya, no es verdad. Lo cierto es que me he puesto nerviosa y he arrancado la clavija de la pared. Esto es una locura.
-Sí, señora. Hemos enviado una ambulancia al 897 de Trenton Street a petición de Rose McClendon. También hemos recibido una llamada desde la misma dirección referente a unos disparos. ¿Quiere informar de unos disparos, señora?
-Sí, creo que sí.
-¿Quiere que le pase con un agente de policía?
-Quiero hablar con el teniente Hale. Es detective, de modo que supongo que tiene que pasarme con DIV-DET o como lo llamen ustedes aquí.
Se produjo un silencio antes de que la operadora prosiguiera en un tono menos mecánico.
-Sí, señora, la División de Detectives, DIV-DET. Le paso.
-Gracias. ¿Quiere mi número de teléfono o localizan ustedes las llamadas?
-Tengo su número, señora -repuso la operadora en tono de sorpresa.
-Ya me lo imaginaba.
-Espere un momento, le paso con la División.
Mientras esperaba, Rosie cogió la botella de Pepsi y se la colocó debajo de la nariz como había hecho con el frasquito de cerámica. Creyó percibir un levísimo olor amargo..., pero tal vez no eran más que imaginaciones suyas. En cualquier caso, daba igual. O se la bebía o no se la bebía. Ka, pensó antes de preguntarse: ¿Qué?
Antes de que pudiera seguir pensando en ello, alguien descolgó el teléfono en el otro extremo de la línea.
-División de Detectives, sargento Williams.
Rosie pidió por Hale y la hicieron esperar unos instantes. Afuera, en el rellano, los murmullos y gemidos continuaban. Las sirenas se habían acercado mucho más.
4
-Hale. ¿Diga? -ladró de repente una voz que en nada recordaba al hombre relajado y pensativo al que Rosie había conocido-. ¿Es usted, señora McClendon?
-Sí...
-¿Está bien?
Seguía ladrando, y ahora le recordaba a todos los policías que a lo largo de la historia se habían sentado en la sala de recreo tras quitarse los zapatos, apestando la estancia. No podía esperar a que Rosie le diera la información que le habría proporcionado de todas formas; estaba alterado y tenía que bailarle alrededor de los pies, ladrando como un fox terrier.
Hombres, pensó poniendo los ojos en blanco.
-Sí -asintió lentamente, como una puericultora que intentara calmar a un niño histérico que acabara de caerse del columpio-. Sí, estoy bien, y Bill, el señor Stein, también está bien. Los dos estamos bien.
-¿Ha sido su marido? -inquirió Hale en tono indignado, aunque a tan sólo un paso del pánico, un toro en campo abierto, pateando el suelo mientras busca el trapo rojo que lo ha provocado-. ¿Ha sido Damels?
-Sí, pero se ha ido -Titubeó un instante antes de proseguir-: No sé adónde.
Pero espero que haga calor y el aire acondicionado no funcione.
-Lo encontraremos -aseguró Hale-. Se lo prometo, señora McCIendon... Lo encontraremos.
-Buena suerte, teniente -murmuró Rosie mientras se volvía hacia el armario abierto.
Se tocó el brazo izquierdo, donde todavía sentía los vestigios del calor del brazalete.
-Tengo que colgar. Norman ha disparado a uno de los vecinos de arriba, y es posible que pueda ayudarle en algo. ¿Va a venir?
-Claro que sí.
-Pues entonces hasta ahora, teniente. Adiós.
Colgó antes de que Hale pudiera replicar. En aquel momento entró Bill, y mientras cruzaba el umbral se encendieron las luces del rellano.
Bill se volvió con aire sorprendido.
-Debían de ser los fusibles. Lo que significa que Norman ha bajado al sótano. Pero si quería desactivar uno de ellos, no entiendo por qué no...
Lo acometió otro acceso de tos, esta vez muy intenso. Se inclinó con una mueca y se llevó las manos al cuello amoratado e hinchado.
-Toma -dijo Rosie mientras se acercaba a él-. Bébete esto. Acabo de sacarla de la nevera, así que está fría.
Bill cogió la Pepsi, bebió varios tragos y luego se quedó mirando la botella con curiosidad.
-Sabe un poco rara.
-Porque tienes la garganta inflamada. Probablemente te ha sangrado un poco, y por eso notas ese sabor. Venga, acábatela. No me gusta nada verte toser así.
Bill apuró el refresco, dejó la botella sobre la mesita de café y cuando volvió a mirarla, Rosie vio en sus ojos una expresión vacía y entumecida que le dio un susto de muerte.
-¡Bill! Bill, ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que te pasa?
Aquella expresión vacía permaneció unos instantes más en sus ojos, pero de repente Bill se echó a reír y meneó la cabeza.
-Note lo vas a creer. Supongo que es por el estrés del día, pero...
-¿Qué? ¿Qué es lo que no me voy a creer?
-Durante unos segundos no me acordaba de quién eres -explicó Bill-. No me acordaba de tu nombre, Rosie. Pero lo más extraño es que durante unos segundos tampoco me acordaba del mío.
Rosie se echó a reír y se acercó más a él. Desde la escalera le llegó el ruido de pasos, con toda probabilidad de los enfermeros, pero no le importaba. Rodeó a Bill y lo abrazó con todas sus fuerzas.
-Me llamo Rosie -dijo-. Soy Rosie. Realmente Rosie.
-Eso -repuso él mientras la besaba en la sien-. Rosie, Rosie, Rosie, Rosie, Rosie.
Rosie cerró los ojos, sepultó el rostro en el hombro de él, y en la oscuridad de sus párpados vio la boca antinatural de la araña y los ojos negros de la zorra, ojos demasiado quietos para revelar cordura ni demencia. Vio aquellas cosas y supo que las seguiría viendo durante mucho tiempo. Y en su cabeza resonaron dos palabras como una campana de hierro:
Yo resarzo.
5
El teniente Hale encendió un cigarrillo sin molestarse en pedir permiso, cruzó las piernas y observó a Rosie McClendon y Bill Steiner, dos personas aquejadas de un caso clásico de enamoramiento.
Cada vez que se miraban a los ojos, a Hale le parecía ver surgir de ellos burbujas en forma de corazón. Aquello bastó para que se preguntara si no se habrían deshecho personalmente del pesado de Norman..., pero no eran de esa clase. Ellos no.
Hale había arrastrado una silla de la cocina hasta la zona de estar y estaba sentado en ella al revés. Rosie y Bill estaban apretujados en el sillón con delirios de grandeza. Había transcurrido poco más de una hora desde que Rosie llamara a urgencias. El herido, John Briscoe, había sido trasladado al hospital de East Side con lo que uno de los enfermeros había denominado «una herida superficial con pretensiones».
Las cosas se habían calmado un poco, y a Hale le gustaba eso. Sólo había una cosa que le habría gustado más, y era saber adónde narices había ido Norman Damels.
-Uno de los instrumentos está desafinado -comentó-, y está jodiendo a todo el grupo.
Rosie y Bill se miraron. A Hale le convenció la extrañeza que vio en los ojos de Bill, pero en el caso de Rosie no estaba tan seguro. Allí había algo raro, estaba casi seguro de ello. Algo que Rosie no le había contado.
Hojeó despacio el cuaderno de notas, tomándose su tiempo con la intención de inquietarlos un poco. Pero ninguno de los dos parecía intranquilo. Le sorprendía que Rosie pudiera estar tan calmada (si en realidad le estaba ocultando algo), pero, o bien había olvidado algo importante acerca de ella, o bien no había reparado en ello al conocerla. Rosie jamás había pasado por un interrogatorio policial, pero había escuchado miles de informes y conversaciones relativas a interrogatorios mientras servía bebidas a Norman y sus amigos o les vaciaba los ceniceros. Estaba al día en lo tocante a la técnica.
-Muy bien -dijo cuando se convenció de que ninguno de los dos iba a soltar prenda-. Las cosas están de la siguiente manera. Norman viene aquí. Norman consigue matar a los agentes Alwin Demers y Lee Babcock. Sienta a Babcock en el asiento del acompañante y encierra a Demers en el maletero. Norman rompe la bombilla del vestíbulo, baja al sótano, funde unos cuantos plomos sin ton ni son, aunque están bien señalizados en los diagramas de las cajas. ¿Por qué? No lo sabemos. Está loco. Luego sube otra vez al coche patrulla y finge ser el agente Demers. Cuando usted y el señor Steiner aparecen, le pega un porrazo a usted, intenta estrangular al señor Steiner, los persigue hasta el primer piso, dispara al señor Briscoe cuando éste intenta unirse a la fiesta y luego derriba la puerta de su estudio. Hasta aquí todo correcto, ¿verdad?
-Sí, creo que sí -asintió Rosie-. Todo ha sido muy confuso, pero creo que es más o menos lo que debe de haber pasado.
-Pero hay una cosa que no entiendo. Se escondieron en el armario...
-Sí...
y entonces entra Norman como si fuera Freddy Jason o como se llame el tipo ese de las películas de terror...
-Bueno, no exactamente como...
y se pasea como un toro por la consabida tienda de porcelana, entra en el baño el tiempo suficiente para abrir un par de agujeros en la cortina de la ducha... y luego se va. ¿No es eso lo que me han contado?
-Eso es lo que ha pasado -asintió Rosie-. Claro que no le hemos visto pasearse por la habitación, porque estábamos escondidos en el armario, pero sí lo hemos oído.
-Esta especie de policía chalado pasa por un infierno para encontrarla, alguien se le mea encima, le destrozan la nariz, asesina a dos policías y entonces..., ¿qué? ¿Se carga una cortina de ducha y luego se larga? ¿Es eso lo que me está diciendo?
-Sí.
No tenía sentido añadir nada más. Hale no sospechaba que hubiera hecho nada ilegal, porque en tal caso la habría interrogado con mucha más dureza, al menos al principio, pero si intentaba ampliar su declaración, lo más probable era que Hale siguiera ladrando como un terrier toda la noche, y la verdad era que a Rosie ya empezaba a dolerle la cabeza.
Hale se volvió hacia Bill.
-¿Usted recuerda lo mismo?
Bill meneó la cabeza.
-No -repuso-. Lo último que recuerdo es que he aparcado la Harley delante del coche patrulla. Mucha niebla. Y después de eso, todo es niebla.
Hale levantó las manos con aire exasperado. Rose tomó la mano de Bill, se la puso sobre el muslo, la cubrió con las suyas y le dedicó la más dulce de las sonrisas.
-No importa -aseguró-. Ya verás cómo te acuerdas más adelante.
6
Bill le había prometido que se quedaría con ella. Cumplió su promesa... y se quedó dormido en cuanto su cabeza tocó el cojín que Rosie había tomado prestado del sofá. A Rosie no le extrañaba. Se tumbó junto a él y contempló la niebla pasar junto a las farolas en espera de que empezaran a pesarle los párpados. Sin embargo, no conseguía conciliar el sueño, por lo que se levantó, fue al armario, encendió la luz y se sentó ante el cuadro con las piernas cruzadas.
La luna lo iluminaba en silencio. El templo era un sepulcro pálido. Los pájaros carroñeros sobrevolaban la escena en círculos. ¿Se zamparán a Norman mañana, cuando salga el sol?, se preguntó. No lo creía. Rose Madder había dejado a Norman en un lugar al que los pájaros nunca iban.
Se quedó mirando el cuadro unos instantes más, alargó la mano hacia él y rozó las pinceladas congeladas con los dedos. El contacto la tranquilizó. Apagó la luz y volvió a la cama. A1 cabo de pocos minutos dormía profundamente.
7
Despertó (y despertó a Bill) muy temprano el primer día de su vida sin Norman. Estaba chillando.
-¡Yo resarzo! ¡Yo resarzo! ¡Oh, Dios mío, sus ojos! ¡Sus ojos negros!
-Rosie -exclamó Bill mientras la zarandeaba-. ¡Rosie!
Rosie lo miró, primero sin expresión, con el rostro bañado en sudor y el camisón empapado hasta el extremo de que el algodón se le adhería a las cavidades y las curvas del cuerpo.
_¿Bill?
-Claro que soy Bill. Estás bien. Los dos estamos bien.
Rosie se estremeció y se aferró a él. El consuelo se convirtió de inmediato en otra cosa. Rosie yacía bajo él, con la mano derecha cogida a la muñeca izquierda alrededor de su cuello, y cuando Bill la penetró (Rosie jamás había experimentado semejante delicadeza y seguridad con Norman), desvió la mirada hacia los vaqueros, que yacían en el suelo, junto a la cama. El frasquito de cerámica seguía en el bolsillo pequeño, y calculaba que quedarían al menos tres gotas de aquella agua amarga y atractiva, o tal vez más.
Me las tomaré, pensó justo antes de perder la capacidad de pensar con coherencia. Me las tomaré, claro que sí. Olvidaré, eso es lo que debo hacer... ¿Quién necesita sueños como éste?
Pero una parte profunda de su ser, mucho más profunda que su vieja amiga la señora Práctica-Sensata, conocía la respuesta: era ella quien necesitaba sueños como aquél, así de fácil. Y aunque conservaría el frasco y su contenido, no los conservaría para ella. Porque aquella que olvida su pasado está condenada a repetirlo.
Miró a Bill. La estaba contemplando con los ojos abiertos de par en par, vidriosos de placer. El placer de Bill, descubrió Rosie, era su propio placer, y se dejó llevar a donde él la conducía, y allí permanecieron bastante rato, valientes marineros surcando los mares en el pequeño navío que era la cama.
8
A media mañana, Bill salió a comprar panecillos y el periódico del domingo. Rosie se duchó, se vistió y luego se sentó en el borde de la cama con los pies descalzos. Percibía el olor de cada uno de ellos, así como la fragancia que habían creado juntos. Le parecía que nunca había olido algo tan agradable.
¿Y lo mejor de todo? Muy fácil. No había manchas de sangre en la sábana. No había manchas de sangre en ninguna parte.
Sus vaqueros habían terminado debajo de la cama. Los pescó con los dedos de los pies y a continuación sacó el frasquito del bolsillo. Llevó los vaqueros al baño, tras cuya puerta tenía el cesto de la ropa sucia. Guardaría el frasquito en el fondo del botiquín, al. menos de momento, donde quedaría oculto detrás del frasco de aspirinas. Rebuscó en los demás bolsillos de los vaqueros antes de tirarlos al cesto de la ropa sucia, un hábito de ama de casa del que ni siquiera fue consciente... hasta que sus dedos se cerraron en torno a un objeto guardado en el bolsillo delantero izquierdo, que utilizaba más a menudo. Lo sacó, lo sostuvo en alto y se estremeció mientras Rose Madder alzaba la voz en su interior. Un recuerdo... Haz con él lo que quieras.
Era al anillo de la academia de policía de Norman.
Lo giró a un lado y a otro, permitiendo que la luz procedente del vidrio lechoso de la ventana del baño se reflejara en las palabras Servicio, Lealtad, Comunidad. Volvió a estremecerse y por un instante creyó que Norman se materializaría en torno a aquel funesto talismán.
Medio minuto más tarde, con el frasquito de Dorcas a salvo en el botiquín, Rosie regresó corriendo a la cama deshecha, aunque esta vez sin percibir el olor a hombre y mujer que aún conservaban las sábanas. Estaba pensando y mirando la mesilla de noche. Tenía un cajón. Ahí guardaría el anillo de momento. Más adelante ya pensaría qué hacer con él: de momento, lo único que quería era perderlo de vista. No sería seguro dejarlo fuera, eso estaba claro. Lo más probable era que el teniente Hale pasara por allí más tarde, armado con unas cuantas preguntas nuevas y muchas viejas, y no convenía que viera el anillo de Norman. No convenía en absoluto.
Abrió el cajón, alargó el brazo para guardar el anillo... y entonces se detuvo en seco.
Había otra cosa en el cajón. Un jirón de tela azul, doblado con cuidado en forma de paquete y salpicado de manchas de color rojo violáceo que a Rosie se le antojaron sangre seca.
-Dios mío -murmuró-. ¡Las semillas!
Sacó el paquete que en otra época había formado parte de un camisón barato de algodón, se sentó en la cama (de repente las rodillas no parecían dispuestas a sostenerla) y se colocó el paquete sobre el regazo. En su mente oyó a Dorcas advertirle que no probara la fruta ni se metiera en la boca la mano con la que la tocara. Había dicho que era un granado, pero Rosie no creía que lo fuera.
Desdobló las esquinas del paquete y se quedó mirando las semillas. El corazón le latía como un caballo desbocado.
No te las quedes, pensó. No te las quedes, no te las quedes.
Tras dejar el anillo de su difunto marido junto a la lámpara, al menos de momento, Rosie se levantó y entró de nuevo en el baño con el paquete abierto en la mano. No sabía cuánto tiempo llevaba ausente Bill, pues había perdido la noción del tiempo, pero hacía bastante.
Por favor, que la cola de la panadería sea larga.
Levantó el asiento del retrete, se arrodilló y sacó la primera semilla del trapo. Se le había ocurrido que su mundo podía haber despojado a las semillas de su poder mágico, pero las yemas de los dedos se le entumecieron de inmediato, y entonces supo que no era así. No era como si los dedos se le hubieran entumecido por el frío, sino más bien como si las semillas hubieran comunicado a su piel una extraña amnesia. Pese a todo, sostuvo la semilla un instante mientras la miraba con fijeza.
-Una para la zorra -susurró antes de tirarla al inodoro.
El agua se tiñó de inmediato de un siniestro color rojo violáceo. Parecían los residuos de una muñeca abierta o un cuello rebanado. Sin embargo, el olor que le llegó no era sangre, sino la fragancia amarga y ligeramente metálica del río que fluía tras el Templo del Toro. Era tan intenso que se le saltaron las lágrimas.
Sacó la segunda semilla del paquete y la sostuvo ante sus ojos.
-Una para Dorcas -dijo antes de tirarla al inodoro.
El agua se tornó más oscura, más parecida a coágulos que a sangre líquida, y el olor se hizo tan intenso que las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas. Tenía los ojos tan rojos como si estuviera picando cebollas.
Sacó la última semilla del trapo y la sostuvo ante sus ojos.
-Y una para mí -dijo-. Una para Rosie.
Pero cuando intentó tirarla al inodoro, sus dedos se negaron a soltarla. Lo intentó de nuevo, pero fue en vano. La voz de la mujer loca le llenó la mente y habló con convincente cordura: Recuerda el árbol. Recuerda el árbol, pequeña Rosie. Recuerda...
-El árbol -murmuró Rosie-. Recuerda el árbol, sí, ya lo he entendido, pero ¿qué árbol? ¿Y por qué debo recordarlo? ¿Por qué, por el amor de Dios?
No lo sé, repuso la señora Práctica-Sensata, pero hagas lo que hagas, será mejor que lo hagas deprisa. Bill puede llegar en cualquier momento. En cuestión de segundos.
Tiró de la cadena y observó cómo el líquido violáceo se convertía de nuevo en agua clara. Regresó junto a la cama, se sentó en ella y contempló con fijeza la última semilla que yacía en el trapo de algodón. Luego desvió la mirada hacia el anillo de Norman antes de volverse de nuevo hacia la semilla.
¿Por qué no puedo desprenderme de esta maldita semilla?, se preguntó. Me importa un pepino el puñetero árbol; sólo dime por qué no puedo tirar la última semilla y acabar con esto de una vez por todas.
No obtuvo respuesta. Lo que oyó fueron los alegres chasquidos y burbujeos de una motocicleta que se acercaba a través de la ventana abierta. Ya reconocía el sonido de la Harley de Bill. A toda prisa, sin hacerse más preguntas, Rosie guardó el anillo en el trapo azul, junto a la semilla. Luego lo dobló, se dirigió al escritorio y cogió el bolso. Estaba desgastado y era poco elegante, pero significaba mucho para ella... Era el bolso que había traído consigo de Egipto aquella primavera. Lo abrió y guardó el paquete en el fondo, donde estaría mejor escondido que el frasquito de cerámica en el botiquín. Una vez hecho aquello, se acercó a la ventana abierta y aspiró profundas bocanadas de aire fresco.
Cuando Bill entró con el grueso periódico dominical y una cantidad ingente de panecillos, Rosie se volvió hacia él con una sonrisa radiante.
-¡Has tardado una eternidad! -exclamó mientras se decía: Qué zorra eres, pequeña Rosie. Qué zo...
La sonrisa que Bill había esbozado en respuesta a la suya se apagó de repente.
-Rosie, ¿estás bien?
La sonrisa de Rosie se ensanchó.
-Perfectamente. Es que me acaba de dar un escalofrío.
Pero no había sido un escalofrío cualquiera.
9
¿Me permites que te dé un consejo antes de que te vayas?, había preguntado Rose Madder, y a última hora de aquella tarde, después de que el teniente Hale les diera la terrible noticia de la muerte de Anna Stevenson (a la que no habían encontrado hasta aquella mañana a causa del desagrado que le inspiraban las visitas no autorizadas a su despacho), Rosie siguió aquel consejo. Era domingo, pero la peluquería Hair 2000, en el centro comercial de Skyview, estaba abierta. La peluquera que le asignaron comprendió lo que Rosie quería, pero aun así protestó por un instante.
-¡Si lo lleva precioso! -aseguró.
-Ya, supongo que tiene razón, pero a mí me parece horrible.
Así pues, la peluquera siguó sus instrucciones, y las protestas sorprendidas que había esperado de Bill no llegaron.
-Llevas el pelo más corto, pero por lo demás tienes el mismo aspecto que el día que fuiste a la tienda -constató-. Creo que me gusta eso.
-Perfecto -dijo Rosie al tiempo que lo abrazaba. -¿Te apetece comida china para cenar? -Sólo si me prometes que te quedarás a pasar la noche. -Si todas las promesas fueran tan fáciles de cumplir-suspiró él con una sonrisa.
10
Titular del lunes: POLICÌA DELINCUENTE VISTO EN WISCONSIN.
Titular del martes: LA POLICÍA BUSCA AL POLICÍA ASESINO DANIELS.
Titular del miércoles: ANNA STEVENSON INCINERADA: DOS MIL PERSONAS PARTICIPAN EN LA MARCHA CONMEMORATIVA.
Titular del jueves: DANIELS PUEDE HABERSE SUICIDADO, ESPECULAN LOS EXPERTOS.
El viernes, Norman pasó a segunda página.
El viernes siguiente había desaparecido del mapa.
11
Poco después del Cuatro de julio, Robbie Lefferts asignó a Rosie la lectura de una novela completamente distinta de las obras de Richard Racine. Se titulaba Heredarás la tierra y su autora era Jane Smiley. Era la historia de una familia de granjeros de Iowa, aunque en realidad no trataba de eso; Rosie había sido diseñadora de vestuario en el grupo de teatro del instituto durante tres años, y aunque jamás se había puesto ante los focos, reconocía al rey loco de Shakespeare cuando se lo ponían delante. Smiley había vestido a Lear con un mono de trabajo, pero el hábito no hace al monje.
Asimismo lo había convertido en una criatura que a Rosie le recordaba terriblemente a Norman. El día en que terminó la lectura («Tu mejor trabajo hasta ahora-afirmó Rhoda-, y una de las mejores lecturas que he oído en mi vida»), Rosie volvió a su habitación y sacó el viejo óleo sin marco del armario en que lo había tenido guardado desde la noche de la..., bueno, de la desaparición de Norman. Era la primera vez que lo miraba desde aquella noche.
Lo que vio no la sorprendió demasiado. En el cuadro volvía a ser de día. La colina seguía igual, cubierta de maleza y bastante agreste, y el templo también seguía igual (o casi igual; Rosie tenía la sensación de que la perspectiva extrañamente torcida del templo había cambiado de forma sutil y se había tornado normal); las mujeres seguían ausentes. Rosie creía que Dorcas había llevado a la mujer loca a ver a su hijita por última vez..., y a continuación Rose Madder iría sola a dondequiera que las criaturas como ella fueran cuando les llegaba por fin la hora.
Atravesó el rellano con el cuadro en dirección a la trampilla del incinerador, sosteniéndolo por los bordes con mucho cuidado, como había hecho anteriormente, sosteniéndolo como si temiera que su mano pudiera adentrarse en ese otro mundo si no se andaba con ojo. Lo cierto era que temía que algo así sucediera.
Una vez junto a la trampilla del incinerador se detuvo a contemplar por última vez el cuadro que la había llamado desde el estante polvoriento de la casa de empeños, que la había llamado con una voz muda e imperiosa que bien podía haber pertenecido a la mismísima Rose Madder. Y probablemente así era, pensó Rosie. Levantó una mano hacia la trampilla del incinerador, pero se detuvo cuando le llamó la atención algo que no había visto antes: dos siluetas en la hierba alta a medio camino del templo. Deslizó un dedo sobre la .superficie pintada de aquellas formas, intentando averiguar qué serían. Al cabo de unos instantes se le ocurrió. El bulto de color rosa clavel era su jersey. El bulto negro junto a él era la cazadora que Bill le había prestado para pasear en moto por la carretera 27. El jersey no le importaba, pues no era más que una prenda barata, pero sentía mucho lo de la cazadora. No era nueva, pero aún le quedaban muchos años de vida. Además, le gustaba devolver las cosas que la gente le prestaba.
Sólo había utilizado la tarjeta de Norman en una ocasión.
Se quedó mirando el cuadro con un suspiro. No tenía sentido conservarlo; pronto se marcharía de la habitación que Anna le había encontrado y no tenía intención de llevarse más pasado con ella del estrictamente necesario. Suponía que no le quedaba más remedio que apechugar con la parte que tenía incrustada en el cerebro como fragmentos de metralla, pero...
Recuerda el árbol, Rosie, dijo una voz, y esta vez le pareció la voz de Anna .... Anna, que la había ayudado cuando no tenía a nadie a quien recurrir, por quien
no había sido capaz de llorar como habría querido..., aunque había derramado ríos de lágrimas por la dulce Pam, con los bonitos ojos azules siempre buscando a «alguien interesante». Sin embargo, en aquel momento sintió una punzada de dolor que le hizo cosquillas en la nariz y le provocó temblores en los labios.
-Lo siento, Anna -murmuró.
No importa, dijo aquella voz y ligeramente arrogante. Tú no me creaste a mí, no creaste a Norman y no tienes por qué cargar con la responsabilidad. Eres Rosie McClendon, no un personaje desgraciado de Dickens, y será mejor que lo recuerdes cuando el melodrama amenace con devorarte. Pero debes recordar...
-No -atajó Rosie.
Dobló el cuadro como quien cierra un libro con firmeza. La madera vieja que sostenía el lienzo se quebró. El lienzo no se rasgó, sino que más bien estalló y se hizo jirones. La pintura que cubría aquellos jirones era mortecina y carecía de significado.
-No, no. Nada de nada, si no quiero, ¡y no quiero!
Aquella que olvida el pasado...
-¡A tomar por el culo el pasado! -gritó Rosie.
Yo resarzo, susurró una voz entre halagadora y amenazadora.
-Note oigo -dijo Rosie mientras abría la trampilla del incinerador, sentía el calor y olía el hollín-. No te oigo, no te escucho, se acabó.
Tiró el cuadro rasgado y doblado por la trampilla, enviándolo como una carta dirigida al infierno, y luego se puso de puntillas para verlo estrellarse contra las llamas.

EPILOGO
LA MUJER ZORRA
1
En octubre, Bill la lleva de nuevo al merendero de Shoreland. Esta vez van en coche; es un precioso día de otoño, pero hace demasiado frío para ir en moto. Una vez allí, con la comida extendida ante ellos y el bosque anaranjado ardiendo a su alrededor, Bill le pregunta lo que Rosie sabe hace algún tiempo que desea preguntarle.
-Sí -asiente-, en cuanto dicten sentencia.
Bill la abraza y la besa, y en cuanto Rosie le rodea el cuello con los brazos y cierra los ojos, oye la voz de Rose Madder en lo más profundo de su mente: Todas las cuentas cuadran ahora..., y si recuerdas el árbol, nunca importará.
Pero ¿qué árbol?
¿El Árbol de la Vida?
¿El Árbol de la Muerte?
¿El Árbol de la Sabiduría?
¿El Árbol del Bien y el Mal?
Rosie se estremece y abraza a su futuro marido con más fuerza, y cuando Bill cierra la mano sobre su pecho izquierdo, se extraña al percibir qué su corazón late con tal violencia.
¿Qué árbol?
2
Se casan en una ceremonia civil que tiene lugar entre el Día de Acción de Gracias y Navidad, diez días después de hacerse definitiva la sentencia de su divorcio en rebeldía de Norman Daniels. La primera noche que pasa como Rosie Steiner despierta por los gritos de su marido.
-¡No puedo mirarla! -grita en sueños-. ¡No le importa a quién mata! ¡No le importa a quién mata! Oh, por favor, ¿no puedes hacer que deje de GRITAR? -Y entonces, en voz más baja-: ¿Qué tienes en la boca? ¿Qué son esos hilos?
Se hallan en un hotel de Nueva York, pasando la noche antes de seguir rumbo a St. Thomas, donde pasarán la luna de miel, pero aunque Rosie ha dejado el paquetito azul en casa, en el fondo del bolso que trajo consigo de Egipto, se ha llevado el frasquito de cerámica. Un instinto, intuición femenina, si se quiere, así se lo ha indicado. Lo ha usado en otras dos ocasiones después de pesadillas como ésta, y a la mañana siguiente, mientras Bill se afeita, le echa la última gota en el café.
Tendrá que bastar, piensa más tarde mientras arroja el frasquito al inodoro y tira de la cadena. Y si no basta, tendrá que bastar de todas formas.
La luna de miel es perfecta, con mucho sol, mucho sexo agradable y ninguna pesadilla.
3
En enero, un día en que la nieve se extiende a ráfagas por la ciudad, el test doméstico de embarazo revela a Rosie Steiner lo que ya sabe, que va a tener un hijo. Sabe algo más, algo que el test no puede decirle: será una niña.
Caroline está en camino por fin.
Todas las cuentas cuadran, piensa con una voz que no es la suya mientras contempla la nieve por la ventana de su piso nuevo. Le recuerda la niebla de aquella noche en el parque Bryant, cuando llegaron a casa y se encontraron con Norman.
Sí, sí, piensa ya casi aburrida de aquella idea, que le vuelve a la memoria con la frecuencia de una melodía pegadiza que no se puede olvidar. Cuadran siempre y cuando recuerde el árbol, 2 no?
No, replica la mujer loca con voz tan mortalmente clara que Rosie gira en redondo mientras el corazón le da un vuelco, convencida por un instante de que Rose Madder está en la habitación con ella. Pero aunque la voz sigue ahí, la habitación está vacía. No..., siempre y cuando domines tu mal genio. Siempre y cuando consigas eso. Pero sale a lo mismo, ¿verdad?
-Vete -ordenó a la habitación vacía con voz temblorosa-. Vete, zorra. Note acerques a mí. Desaparece de mi vida.
4
El bebé pesa más de cuatro kilos al nacer. Y aunque Caroline es y será siempre su nombre secreto, el nombre que consta en su partida de nacimiento es Pamela Gertrude. Al principio, Rosie se opone, argumentando que tras añadir el apellido al segundo nombre de pila, el nombre de la niña se convertiría en un juego de palabras literario. Accede, aunque sin gran entusiasmo, a llamarla Pamela Anna.
-Vamos, por favor -dice Bill-; suena a postre hortera en un restaurante finolis de California.
-Pero...
-Y no te preocupes por lo de Pamela Gertrude. En primer lugar, nunca confesará ni a su mejor amiga cuál es su segundo nombre de pila. Y en segundo lugar, la escritora a la que te refieres es la que escribió lo de una rosa es una rosa es una rosa, así que no se me ocurre un nombre mejor.
Y el asunto queda zanjado.
5
Poco antes de que Pammy cumpla los dos años, sus padres deciden comprarse una casa en las afueras. Ya pueden permitírselo sin problemas, pues ambos han prosperado en sus trabajos. Empiezan con montones de folletos y van descartando casas hasta quedarse con doce, luego seis, luego cuatro y por fin dos. Y es entonces cuando empiezan los problemas. Rosie quiere una, mientras que Bill quiere la otra. La discusión se convierte en una disputa a medida que sus posturas se alejan cada vez más, y la disputa degenera en una pelea..., una lástima, pero desde luego, no es la primera vez que sucede en un matrimonio. Ni la pareja más enamorada y armoniosa es inmune a las discusiones... ni a los gritos ocasionales.
Al final de ésta, Rosie se va a la cocina y empieza a preparar la cena, metiendo el pollo en el horno y poniendo agua a hervir para las mazorcas de maíz que ha comprado frescas en un puesto de carretera. Al cabo de un rato, mientras pela un par de patatas en el mostrador, junto al fogón, Bill entra desde el salón, donde ha estado contemplando fotografías de las dos casas que han provocado la desacostumbrada disputa entre ellos..., aunque en realidad se ha dedicado a pensar en la pelea.
Al contrario de lo que suele hacer, Rosie no se vuelve al oír sus pasos ni cuando Bill se inclina para besarla en la nuca.
-Siento haberte gritado por lo de la casa -se disculpa-. Sigo pensando que la de Windsor es mejor para nosotros, pero siento mucho haberte levantado la voz.
Espera una respuesta, pero al ver que Rosie guarda silencio, vuelve al salón arrastrando los pies, probablemente pensando que sigue enfadada. Pero Rosie no está enfadada; el enfado no es el término adecuado para expresar el estado en que se encuentra. Se halla inmersa en una furia negra, casi asesina, y su silencio no se debe a algo tan infantil como el típico «pues ahora no te hablo», sino a algo tan desesperado como
(recuerda el árbol)
evitar coger la olla de agua hirviendo, darse la vuelta y arrojársela a la cara. La imagen vívida que aflora a su mente es espeluznante y atractiva a un tiempo: Bill retrocede dando tumbos, gritando mientras su piel se torna de un color que Rosie aún ve en sueños a veces. Bill se lleva las manos a las mejillas cuando las primeras ampollas se forman en su piel humeante.
De hecho, la mano izquierda ya se ha acercado a la olla, y aquella noche, mientras yace insomne en la cama, dos palabras surcan su mente una y otra vez: Yo resarzo.
6
En los días siguientes a la pelea, Rosie empieza a mirarse obsesivamente las manos, los brazos y el rostro..., pero sobre todo las manos, pues es allí donde empezará.
¿Donde empezará qué? No lo sabe a ciencia cierta..., pero sabe
que lo reconocerá
(el árbol)
en cuanto lo vea.
Descubre un lugar llamado Jaulas de Bateo Elmo en la parte oeste de la ciudad y comienza a acudir con regularidad. La mayor parte de la clientela consiste en hombres de mediana edad que intentan conservar el físico que lucían en la universidad y adolescentes dispuestos a gastar cinco dólares por el privilegio de fingir por un rato que son Ken Griffey Jr. o Big Hurt. De vez en cuando, alguna novia se aventura a batear, pero por lo general sólo sirven de adorno y permanecen junto a las jaulas de bateo o el Túnel de Primera División, algo más caro, contemplando el espectáculo. Algunas mujeres de treinta y tantos años lanzan bolas rasas y paralelas. ¿Algunas? Ninguna, en realidad, a excepción de esa señora de cabello castaño corto y rostro pálido y solemne. Así pues, los chicos bromean, cuchichean, se dan codazos y se calan las gorras del revés para demostrar lo enrollados que son, pero Rosie no hace caso ni de sus risas ni de las miradas exhaustivas que lanzan a su cuerpo, que se ha recuperado muy bien después del parto. ¿Muy bien? Para una pava que ya no es precisamente una cría, la verdad es que está como un tren, sí, señor.
Y al cabo de un tiempo dejan de reír. Dejan de reír porque la señora de la camiseta sin mangas y los pantalones de chándal grises, después de la torpeza inicial y los errores (varias veces incluso la golpean las pelotas de goma dura que salen disparadas de la máquina), empieza a lanzar bien y luego de maravilla.
-Cómo controla -exclama uno un día, después de que Rosie, jadeante y con el rostro enrojecido, el cabello aplastado sobre la cabeza por el casco empapado, haya lanzado tres paralelas seguidas al otro extremo del túnel de bateo delimitado por una valla. Cada vez que batea profiere un grito estridente y sobrenatural, como Monica Seles tras servir un ace. Es como si la pelota la hubiera ofendido.
-Y la máquina está a tope -dice otro cuando la máquina de lanzamiento escupe una pelota a ciento veinte kilómetros por hora. Rosie profiere otro grito, con la cabeza baja, y adelanta las caderas. La pelota sale disparada a toda velocidad. Se estrella contra la valla a setenta metros de distancia, chocando contra ella en curva aún ascendente, con gran estruendo, antes de caer y unirse a las que ya ha lanzado.
-Bah, no le da tan fuerte -masculla un tercero, saca un cigarrillo, se lo mete en la boca, saca un sobre de cerillas y enciende una-. Sólo está...
Esta vez, Rosie grita de verdad, un alarido que recuerda el chillido de un pájaro hambriento, y la pelota sale disparada por el túnel en una línea blanca y plana. Se estrella contra la valla... y la atraviesa. El agujero que abre en el metal parece obra de un disparo de escopeta a bocajarro.
El muchacho del cigarrillo se queda paralizado mientras la cerilla encendida se consume entre sus dedos.
-¿Decías? -interviene el primero en voz baja.
7
Al cabo de un mes, cuando las jaulas de bateo terminan la temporada, Rhoda Simons interrumpe de repente a Rosie mientras ésta lee la nueva novela de Gloria Naylor y le dice que lo deje. Rosie protesta arguyendo que es temprano. Rhoda asiente, pero le dice que está perdiendo expresión, que es mejor dejarlo para mañana.
-Sí, ya, pero es que quiero terminar hoy -insiste Rosie-. Sólo quedan veinte páginas. Quiero terminar el puñetero libro, Rhoda.
-Todo lo que leas a partir de ahora tendremos que repetirlo -asegura Rhoda en un tono que no admite discusión-. No sé hasta qué hora te habrá tenido despierta Pamelita esta noche, pero no vas bien.
8
Rosie se levanta y abre la puerta con tal violencia que está apunto de arrancarla de las bisagras gruesas y silenciosas. Una vez en la sala de control, agarra a la aterrorizada Rhoda Simons por el cuello de la maldita blusa de Norma Kamali y la arroja de cara sobre el panel de control. Un interruptor se clava en su nariz patricia como si de un tenedor se tratara. La sangre se extiende por todas partes, salpicando el vidrio de la ventana del estudio y fluyendo en espantosos regueros de color rojo violáceo.
-¡Rosie, no!-grita Curt Hamilton-. Dios mío, ¿qué haces?
Rosie clava las uñas en la garganta palpitante de Rhoda y se la abre antes de sepultar el rostro en el torrente de sangre que surge, deseosa de bañarse en él, de bautizar esta nueva vida contra la que ha estado luchando en vano. Y no hay necesidad de contestar a Curt; sabe perfectamente lo que está haciendo. Está resarciendo, eso es lo que hace, resarciendo, y que Dios ayude a cualquiera que figure en la columna equivocada de sus libros de contabilidad. Que Dios ayude...
9
-¿Rosie? -llama Rhoda por el intercomunicador, despertándola de su ensoñación horripilante, pero tan atractiva a un tiempo-. ¿Estás bien?
Domina tu mal genio, pequeña Rosie.
Domina tu mal genio y recuerda el árbol.
Rosie baja la vista y comprueba que el lápiz que sostenía en la mano está partido en dos. Se queda mirando a sus compañeros durante unos instantes, respirando profundamente en un intento de controlar su corazón desbocado.
-Sí -asiente cuando tiene la sensación de que puede hablar en un tono más o menos sereno-. Estoy bien. Pero tienes razón; la niña no me ha dejado dormir mucho, y estoy cansada. Dejémoslo por hoy.
-Buena chica -dice Rhoda.
Y la mujer al otro lado del vidrio, la mujer que se está quitando los auriculares con manos ligeramente temblorosas, piensa: No, buena no. Enfadada. Chica enfadada.
Yo resarzo, susurra una voz en las profundidades de su mente. Tarde o temprano, Rosie, yo resarzo. Quieras o no, resarzo.
10
Espera no poder pegar ojo en toda la noche, pero se duerme poco después de medianoche y sueña. Sueña con un árbol, el árbol, y cuando despierta piensa: No me extraña que me costara tanto entenderlo. No me extraña. Durante todo este tiempo he estado pensando en el árbol equivocado.
Yace junto a Bill, mirando al techo y pensando en el sueño. En él oye el chillido de las gaviotas sobre el lago, gaviotas chillando y chillando, y la voz de Bill: No les pasará nada si siguen sanos, decía. Si siguen sanos y recuerdan el árbol.
Sabe lo que tiene que hacer.
11
Al día siguiente llama a Rhoda y le dice que no irá a trabajar. La gripe, aduce. Luego vuelve al merendero por la carretera 27, aunque esta vez sola. Sobre el asiento del acompañante yace su bolso viejo, el que trajo consigo de Egipto. El merendero está desierto a esta hora del día y en esta época del año. Se quita los zapatos, los deja bajo una mesa de picnic y camina hacia el norte por el agua poco profunda de la orilla, como hizo con Bill la primera vez que la trajo aquí. Cree que tal vez le costará encontrar el sendero cubierto de maleza que sube desde la orilla, pero no es así. Mientras asciende por él, clavando los dedos de los pies en la arena grumosa, se pregunta cuántos sueños olvidados la han traído hasta aquí desde que empezaron los ataques de furia. Por supuesto, no hay forma de averiguarlo, y además no importa demasiado.
Al final del sendero se halla el claro irregular, y en el claro yace el árbol caído, el que por fin ha recordado. Jamás ha olvidado las cosas que le sucedieron en el mundo del cuadro, y ahora comprende sin un ápice de sorpresa que este árbol y el que bloqueaba el sendero que conducía al «granado» de Dorcas son idénticos.
Distingue la tierra de los zorros bajo las raíces polvorientas en el extremo izquierdo del árbol, pero no hay nadie, y el lugar parece abandonado desde hace algún tiempo. Sin embargo, Rosie se acerca y se arrodilla, pues no está segura de que sus piernas temblorosas estén dispuestas a sostenerla. Abre el bolso y vierte los restos de su antigua vida sobre la tierra cubierta de hojas y hierbajos. Entre listas de la compra arrugadas y recibos ancestrales, bajo una lista con las palabras
¡CHULETAS DE CERDO!
escritas en mayúscula en la parte superior y marcadas con signos de exclamación (las chuletas siempre fueron la comida favorita de Norman), encuentra el paquetito azul salpicado de manchas rojas violáceas.
Temblando y sollozando, en parte porque los vestigios de su anterior y terrible vida la entristecen, en parte porque teme que la nueva esté en peligro, Rosie cava un hoyo en la tierra, junto a la base del árbol caído. Cuando tiene unos veinte centímetros de profundidad, Rosie coloca el paquetito junto a él y lo abre. La semilla sigue allí, rodeada por el anillo de oro de su primer marido.
Introduce la semilla en el hoyo (y la semilla ha conservado su poder mágico, pues los dedos se le entumecen en cuanto la toca) y la rodea con el anillo.
-Por favor -susurra sin saber si reza o por quién reza si es que reza.
En cualquier caso, obtiene respuesta. Oye un ladrido corto y severo. En él no detecta compasión, pena ni delicadeza. No me jodas, dice el ladrido.
Rosie levanta la vista y ve a la zorra en el otro extremo del claro, observándola inmóvil. La cola erguida se recorta como una antorcha contra el cielo gris.
-Por favor -repite en voz baja y atormentada-. Por favor, no me dejes ser lo que tengo tanto miedo de ser. Por favor..., por favor, ayúdame a dominar mi mal genio y a recordar el árbol.
No escucha nada que pueda interpretar como una respuesta, ni siquiera otro de esos ladridos impacientes. La zorra se limita a observarla. Ha sacado la lengua y jadea. Rosie tiene la sensación de que está sonriendo.
Vuelve a bajar la vista para mirar la semilla y el anillo antes de cubrirlos de tierra fragante y llena de hierbajos.
Una para mi señora, piensa, otra para mi dama y otra para la niña que no quiere irse a la cama. Una para Rosie.
Retrocede hasta el borde del claro, hasta el sendero que la conducirá de vuelta a la orilla. Cuando llega allí, la zorra trota hasta el árbol caído, olisquea el lugar en que Rosie ha enterrado el anillo y la semilla y se tumba. Aún jadea, aún sonríe (Rosie está convencida ahora de que sonríe), aún mira a Rosie con sus ojos negros. Los cachorros se han ido, dicen aquellos ojos, y el zorro que me los hizo también se ha ido. Pero yo, Rosie..., yo aguanto. Y si es necesario, resarzo.
Rosie busca locura o cordura en aquellos ojos... y encuentra ambas cosas.
Y entonces la zorra se lleva el bonito hocico a la bonita cola y parece dormirse.
-Por favor -susurra Rosie una vez más antes de marcharse.
Y cuando regresa por la ronda del lago, de vuelta a lo que espera sea su vida, arroja el último vestigio de su antigua vida, el bolso que trajo consigo de Egipto, por la ventanilla a la Bahía de Coori.
12
Los ataques de furia han desaparecido. .
A la niña, Pamela, le falta aún mucho para ser adulta, pero ya tiene edad para tener sus propios amigos, para haber desarrollado pechos como manzanas verdes y para tener la regla. Edad suficiente para que ella y su madre discutan sobre ropa, salidas nocturnas y las personas a las que Pamela puede ver y durante cuánto rato. El huracán de la adolescencia de Pam todavía no ha estallado en toda su magnitud, pero Rosie sabe que se avecina. Sin embargo, espera el momento con ecuanimidad, porque los ataques de furia han desaparecido.
Bill tiene el cabello casi completamente gris y una calva cada vez más pronunciada.
Rosie sigue teniendo el cabello castaño. Lo lleva en un estilo sencillo, suelto sobre los hombros. A veces se lo recoge, pero nunca se lo trenza.
Hace años que no van de picnic a Shoreland, el merendero de la carretera 27. Bill parece haber olvidado el lugar desde que vendió la Harley-Davidson porque, según dijo: «Mis reflejos ya no son lo que eran, Rosie. Cuando los placeres se convierten en peligros, es hora de dejarlos». Rosie no le contradice, pero tiene la sensación de que Bill ha vendido un montón de recuerdos con esa moto y llora por ellos. Es como si buena parte de su juventud estuviera guardada en las maletas de la moto, y Bill hubiera olvidado comprobar que la había sacado antes de que el agradable joven de Evanston se la llevara.
Ya no van de picnic a aquel lugar, pero una vez al año, siempre en primavera, Rosie va allí sola. Ha visto el nuevo árbol crecer a la sombra del otro, lo ha visto convertirse de un brote en un árbol joven y robusto, de tronco liso y ramas fuertes. Lo ha visto desarrollarse año a año en el claro donde ya no juguetean los cachorros de zorro. Se sienta ante el árbol en silencio, a veces durante una hora, con las manos entrelazadas sobre el regazo. No viene para adorarlo ni para rezar, pero tiene la sensación de que se trata de un ritual necesario, de que está cumpliendo con un deber, renovando una alianza. Y si estar allí la ayuda a no hacer daño a nadie, a Bill, Pammy, Rhoda, Curt (Rob Lefferts ya no la preocupa, pues el año en que Pammy cumplió cinco años, murió pacíficamente de un infarto), entonces es un tiempo bien empleado.
¡Con qué perfección crece el árbol! Sus ramas jóvenes ya están cubiertas de hojas estrechas de color verde oscuro, y en los últimos dos años ha distinguido destellos de color en las profundidades de esas hojas, brotes que, en el futuro, se convertirán en frutos. Si alguien pasa por este claro y come la fruta del árbol, Rosie está segura de que la consecuencia será la muerte..., una muerte terrible. De vez en cuando la preocupa esta posibilidad, pero mientras no descubra indicios de que otras personas han estado aquí no se preocupará en exceso. Hasta ahora no ha visto rastro de nadie, ni una sola lata de cerveza, ni un paquete de cigarrillos, ni un envoltorio de chicle. Por ahora le basta con venir, entrelazar las manos blancas e inmaculadas en el regazo y contemplar el árbol de su furia y los destellos de color rojo violáceo que, con el tiempo, se convertirán en la dulce fruta de la muerte.
En ocasiones, mientras permanece sentada ante este pequeño árbol, canta.
-Soy realmente Rosie -canta-, y soy Rosie Real... será mejor que me creas... soy fantástica...
No es fantástica, por supuesto, salvo para la gente importante en su vida, pero puesto que estas personas son las únicas que le preocupan, no pasa nada. Todas las cuentas cuadran, como habría dicho la mujer del zat. Ha llegado a puerto, y en estas mañanas de primavera que pasa junto al lago, sentada en el claro silencioso y cubierto de maleza que no ha cambiado en absoluto a lo largo de los años (es como un cuadro..., el tipo de cuadro mediocre que suele encontrarse en las tiendas de curiosidades o las casas de empeño), con las piernas dobladas bajo el cuerpo, a veces experimenta una gratitud tan plena que tiene la sensación de que el corazón le va a estallar. Es esta gratitud la que la impulsa a cantar. Tiene que cantar. No le queda otra opción.
Y en ocasiones, la zorra, que ya es vieja y ha dejado atrás sus años fértiles, se acerca al borde del claro, yergue la brillante cola ahora salpicada de mechas grises y permanece inmóvil, como si escuchara los cantos de Rosie. Sus ojos negros no le comunican ningún pensamiento claro, pero resulta imposible pasar por alto la cordura esencial del cerebro anciano e inteligente que se oculta tras ellos.
10 de junio de 1993 - 17 de noviembre de 1994

FIN

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