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sábado, 3 de septiembre de 2011

Douglas Adams Dirk Gently Agencia de investigaciones holísticas II

Douglas Adams 
  Dirk Gently Agencia de investigaciones holísticas 
  II


Para evitar enfrentarse con lo absurdo de la ocurrencia, se agarró furiosamente
al volante, pero sus manos pasaron a través de él. Trató de accionar el mando de
transmisión automática y acabó golpeándolo con rabia, aunque sin lograr asirlo o
pulsarlo.
El estéreo seguía tocando música ambiental en el teléfono, que durante todo
ese tiempo había estado escuchando pacientemente en el asiento del pasajero. Lo
miró y, lleno de una creciente excitación, comprendió que seguía en línea con el
contestador automático de Susan. Era de los que no se detienen hasta que uno
no cuelga. Aún seguía en comunicación con el mundo.
Trató desesperadamente de coger el aparato, se le escapó, lo dejó y al final se
vio obligado a agacharse y ponerse junto al auricular.
-¡Susan! -gritó, y su voz era un lamento áspero y remoto, perdido en el
viento-. ¡Socorro, Susan! ¡Ayúdame, por amor de Dios! Estoy muerto, Susan...
Estoy muerto..., y no sé qué hacer.
Volvió a derrumbarse, sollozando de desesperación. Trató de aferrarse al
teléfono como un niño a la manta, en busca de consuelo.
-¡Ayúdame, Susan! -gritó de nuevo.
-"Bip” -dijo el teléfono.
Miró de nuevo el aparato. Esta vez había logrado accionar algo. Había
conseguido apretar el botón que desconectaba la llamada. Febrilmente, intentó
agarrarlo otra vez, pero continuamente la mano lo atravesaba y al final se quedó
inmóvil sobre el asiento. No podía tocarlo. Era incapaz de apretar los botones.
Furioso, lo arrojó contra la ventanilla. Y también tuvo respuesta para eso. Rebotó
en el cristal, atravesó su cuerpo, brincó en el asiento y fue a parar a la
transmisión, indiferente a sus nuevas tentativas de atraparlo. Se quedó quieto
durante varios minutos, moviendo despacio la cabeza a medida que el terror daba
paso a la más completa desolación.
Pasaron un par de coches, pero no observaron nada extraño, sólo un vehículo
parado en la cuneta. En su rápida travesía nocturna sus faros tal vez no
enfocaron el cadáver tendido en la hierba, detrás del coche. Y desde luego, no
habían observado el fantasma que lloraba quedamente en el interior del
Mercedes.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí. Apenas era consciente del paso del
tiempo, sólo sabía que transcurría lento. Había pocos estímulos externos que lo
marcaran. No sentía frío. En realidad, casi no recordaba la sensación de frío, sólo
sabía que en aquel momento debería tenerla.
Al fin abandonó su patética inmovilidad. Tendría que hacer algo, aunque no
sabía qué. Tal vez, si intentase llegar a su casa de campo... Pero si lo lograba,
¿qué haría allí? Simplemente necesitaba hacer algo. Tenía que pasar la noche en
algún sitio.
Dominándose, salió del coche, pasando fácilmente el pie y la rodilla a través
del marco de la puerta. Se dirigió hacia el cadáver, para darle otro vistazo. Pero
no estaba.
Como si la noche no le hubiera dado ya bastantes sobresaltos. Pasmado, se
fijó en la húmeda huella formada en la hierba.
Su cuerpo había desaparecido.
Richard se marchó con tanta precipitación como la buena educación permitía.
Dijo que muchas gracias, que había pasado una espléndida velada y que
cuando Reg pasara por Londres no dejase de comunicárselo y, ¿podía ayudar en
algo con lo del caballo? ¿No? Bueno, pues entonces muy bien, y muchísimas
gracias otra vez.
Cuando la puerta se cerró tras él, se quedó quieto unos momentos,
considerando la situación.
Durante los escasos minutos en que la luz del dormitorio de Reg iluminó el
rellano de la escalera, no había observado marcas en el entarimado. Parecía raro
que el caballo sólo hubiese arañado el suelo en la alcoba.
Bueno, todo era muy raro, por supuesto, pero había otra cosa extraña que
añadir a la serie. Se suponía que había sido una velada tranquila, lejos del
trabajo.
En un impulso, llamó a casa del vecino de Reg. Tardaron tanto tiempo en abrir,
que Richard ya había desistido y dado media vuelta cuando al fin oyó el chirrido
de la puerta.
Sufrió una leve conmoción al ver que, mirándole con severidad como si fuese
un pájaro insignificante y sospechoso, estaba el catedrático de la nariz
puntiaguda como la quilla de un yate.
-Hum, disculpe -dijo bruscamente Richard-, pero ¿ha visto u oído a un caballo
subir las escaleras esta noche?
El profesor dejó de tirarse obsesivamente de los dedos. Ladeó un poco la
cabeza y luego pareció emprender un largo viaje hacia su interior para encontrar
la voz, que resultó ser suave y tenue.
-Esto es lo primero que alguien me ha dicho en diecisiete años, tres meses,
dos días, cinco horas, diecinueve minutos y veinte segundos. Lo he contado.
Cerró la puerta con suavidad.
Richard cruzó casi corriendo el segundo patio.
Cuando llegó al primer patio, se tranquilizó y frenó hasta avanzar como si
paseara.
El frío aire de la noche le dolía en los pulmones, y no había razón alguna para
ir corriendo. No había logrado hablar con Susan porque Reg tenía el teléfono
estropeado, y éste era otro punto sobre el que se mostraba misteriosamente
reservado. Pero, al fin y al cabo, podía tener su explicación lógica. Seguramente
no había pagado la factura.
Estaba a punto de salir a la calle, pero en cambio decidió hacer una visita a la
casita del portero, oculta bajo el gran arco de la entrada a la facultad. Era un
cobertizo estrecho, lleno de llaves, recados y un calentador eléctrico. Al fondo,
una radio parloteaba para sí misma.
-Disculpe -dijo al hombre alto vestido de negro que estaba detrás del
mostrador con los brazos cruzados-, me...
-Sí, míster MacDuff, ¿en qué puedo servirle?
En su actual estado de ánimo, Richard se habría visto en apuros para recordar
su propio nombre, y se sorprendió un poco. Sin embargo, los porteros
universitarios son famosos por su capacidad para realizar tales proezas
memorísticas y por su tendencia a demostrarla a la menor provocación.
-¿Sabe si hay un caballo en alguna parte de la facultad? -preguntó Richard-.
Quiero decir que si en el recinto universitario había algún caballo.
El portero no pestañeó.
-No, señor, y sí, señor. ¿Puedo servirle en algo más, míster MacDuff?
-Pues, no -contestó Richard, tamborileando los dedos en el mostrador-. No,
gracias. Muchísimas gracias por su ayuda. Me alegro de volve a verle, hmm...,
Bob -aventuró-. Bueno, entonces, buenas noches.
Se marchó.
El portero siguió inmóvil con los brazos cruzados, aunque meneando la cabeza
muy, muy poquito.
-Aquí tienes otro poco de café, Bill -dijo otro portero, fuerte y de corta
estatura, saliendo de un cuarto interior-. ¿No hace un poco más de frío esta
noche?
-Creo que sí, Fred, gracias -repuso Bill, cogiendo la taza.
Bebió un sorbo.
-Digan lo que digan, a las personas no se les quitan las rarezas. Aquel tipo
acaba de preguntarme si había un caballo en la facultad.
-¿Ah, sí? -Fred dio un sorbo a su café, dejando que el humo le escociera en los
ojos-. Antes me vino un individuo, una especie de monje extranjero. Al principio
no entendí nada de lo que me decía. Pero pareció contentarse con quedarse junto
al fuego y escuchar las noticias por la radio.
-Extranjero, ¿eh?
-Al final le dije que se largara. Quedarse junto al fuego de ese modo...
Entonces me preguntó que si ése era su cometido, largarse, y yo le dije en mi
mejor tono de Bogart: "Más vale que lo creas, amigo."
-¿De veras? A mí me suena más a Jimmy Cagney.
-No, ésa es mi voz de Bogart. Mi voz de Jimmy Cagney es ésta: "Más vale que
lo creas, amigo."
Bill lo miró, ceñudo.
-¿Esa es tu voz de Jimmy Cagney? Siempre creí que era tu voz de Kenneth
McKellar.
-No escuchas bien, Billy, no tienes oído. Este es Kenneth McKellar: "Bueno, tu
coges la carretera principal y yo la secundaria..."
-Ah, ya entiendo. Yo pensaba en el Kenneth McKellar escocés. ¿Y qué te dijo
entonces el monje, Fred?
-Pues me miró a los ojos, Bill, y me dijo en su rara especie de...
-Olvídate del acento, Fred, sólo cuéntame lo que te dijo, si es que vale la pena.
-Sólo me dijo que me creía.
-Ya. Entonces no es una historia muy interesante, Fred.
-Bueno, a lo mejor no. Sólo te lo cuento porque añadió que había dejado el
caballo en un lavabo y que me ocupase de que siguiera bien.
Cordón Way flotaba miserablemente por la oscura carretera o, mejor dicho,
intentaba flotar. Creía que, como fantasma -que, según tuvo que reconocer, en
eso se había convertido-, podría flotar. Sabía bastante poco acerca de fantasmas,
pero pensó que el serlo debería implicar ciertas ventajas para compensar la
carencia de cuerpo físico y que, entre ellas, seguramente se contaría la capacidad
de flotar. Pero no, parecía que tendría que andar paso a paso todo el camino. Su
objetivo era llegar a su casa de campo. No sabía qué haría una vez allí, pero
hasta los fantasmas deben pasar la noche en alguna parte, y pensó que el
encontrarse en un ambiente familiar le serviría de ayuda. ¿De ayuda para qué? Lo
ignoraba. El viaje le proporcionaba al menos un objetivo y, cuando llegara, ya se
le ocurriría algo.
Avanzaba trabajosamente, desanimado, deteniéndose junto a cada farola para
contemplar pedacitos de sí mismo.
Sin duda alguna, iba adquiriendo aspecto de fantasma.
A veces se difuminaba hasta casi desaparecer, y parecía poco más que una
sombra jugando en la niebla, un sueño de sí mismo que podía evaporarse hacia la
nada. Y otras veces casi recuperaba un aspecto sólido y real. En un par de
ocasiones trató de apoyarse en una farola y, de no haber ido con cuidado, habría
caído a través de ella.
Al fin, con enorme desgana, empezó a pensar en lo sucedido. Qué extraña
aquella desgana. En realidad no quería pensar en ello. Los psicólogos afirman que
la mente suele suprimir de la memoria los acontecimientos traumáticos y,
probablemente, ésa era la respuesta. Al fin y al cabo, si el hecho de que un
desconocido salga del maletero de tu coche y te mate de un tiro no es una
experiencia traumática, que venga Dios y lo vea.
Siguió su camino, penosamente.
Trató de recordar a aquel individuo, pero fue como hurgarse una muela picada
y se puso a pensar en otra cosa. Como, por ejemplo, en si tenía el testamento al
día. No se acordaba, y mentalmente se anotó que debía llamar a su abogado por
la mañana; y luego se anotó también que tenía que dejar de tomar notas
mentalmente.
¿Cómo sobreviviría la empresa sin él? Las posibles respuestas no le dejaron
muy satisfecho.
¿Y cómo sería su esquela? La idea le caló hasta los huesos, dondequiera que
estuviesen. ¿Podría conseguir una? ¿Qué diría? Más les valdría poner algún
comentario elogioso. Ahí estaban sus logros. Por sí solo había salvado la industria
británica de la microinformática; gran volumen de importaciones, contribuciones
para obras de caridad, becas de investigación, travesía del Atlántico en un
submarino de energía solar (fallida, pero valió la pena), toda clase de cosas. Sería
mejor que el Pentágono no desenterrara aquel material; si no, les enviaría a su
abogado. Anotó mentalmente que debía llamarle por la ma... No. De todos
modos, ¿puede un muerto entablar una demanda por difamación? Su abogado
debía de saberlo, pero no iba a poder llamarlo por la mañana. Con una sensación
de espanto cada vez mayor, comprendió que de todas las cosas que había dejado
en el mundo de los vivos, el teléfono era lo que más iba a echar de menos, y
luego resolvió ponerse a pensar en lo que no quería pensar.
Aquel individuo.
Le pareció como la misma representación de la muerte ¿o es que su
imaginación le estaba gastando una mala pasada? ¿Había soñado que llevaba una
capucha? ¿Qué hacía un encapuchado metido en el maletero de su coche?
En aquel momento, un coche pasó como una bala y desapareció en la
oscuridad, arrastrando consigo su oasis de luz. Pensó con añoranza en las
comodidades de su Mercedes, con asientos de cuero y ambiente climatizado,
abandonado en la carretera, y de pronto se le ocurrió una idea extraordinaria.
Haría autoestop. Pero ¿podía verle alguien? Y en caso afirmativo, ¿qué reacción
suscitaría? Bueno, pues sólo había un medio de averiguarlo.
Oyó que a sus espaldas se acercaba otro coche y se volvió en aquella
dirección. Los faros se aproximaban entre la niebla, Gordon apretó los
fantasmales dientes y le hizo una señal con el pulgar.
El coche pasó por su lado como si nada. Con rabia alzó dos dedos en una señal
poco clara de victoria y, al ver que su mirada le traspasaba el brazo alzado,
comprendió que en aquel momento no se encontraba en su aspecto más visible.
¿Podría hacerse más visible de forma voluntaria? Cerró fuertemente los ojos para
concentrarse y luego comprendió que necesitaba tenerlos abiertos para
considerar los resultados. Volvió a intentarlo, esforzándose lo más posible, pero
no consiguió un resultado satisfactorio. Aunque pareció cobrar una consistencia
más perceptible, no pudo mantenerla y, pese a la presión mental que acumuló, se
esfumó casi inmediatamente. Tenía que calcularlo con mucho cuidado si quería
hacer notar su presencia o, al menos, que le vieran.
Otro coche se aproximaba velozmente a sus espaldas. Se dio otra vez la
vuelta, alargó el pulgar y esperó el momento adecuado para hacerse visible de
forma voluntaria.
El coche se desvió un poco y luego siguió su camino, aunque más despacio.
Bueno, ya era algo. ¿Qué más podía hacer? Para empezar, se pondría al pie de
una farola y empezaría a practicar. Sin duda alguna, cazaría el próximo coche.
-"... así que si desea dejar algún recado, me pondré en contacto con usted lo
antes posible. Tal vez." Bip. -¡Cono! ¡Maldita sea! Espera un momento. ¡Mierda!
Escucha...,
humm...
Cllc.
Richard colgó el teléfono y dio marcha atrás, retrocediendo veinte metros para
echar otra mirada a la señal del cruce que acababa de pasar entre la niebla.
Había dejado la vía de sentido único de Cambridge mediante el método habitual,
que consistía en dar vueltas cada vez más rápidas hasta lograr una especie de
velocidad de escape y cortar por una tangente al azar, y ahora trataba de
comprobar si se había metido en la dirección adecuada.
Al llegar de nuevo al cruce trató de relacionar la información de la señal con la
del mapa. Pero le resultó imposible. Enteramente a propósito, el cruce se
encontraba en un pliegue del mapa, y la señal del tráfico se movía
maliciosamente en el viento. El instinto le indicó que iba en dirección equivocada,
pero no quería desandar el camino por miedo a quedar atrapado de nuevo en el
remolino gravita-torio del tráfico de Cambridge. Por lo tanto, giró a la izquierda
con la esperanza de tener más suerte en aquella dirección, pero al cabo de poco
se sintió inseguro y torció a la derecha a ver qué pasaba, para luego correr el
albur de la izquierda y, tras otras cuantas maniobras por el estilo, se perdió por
completo.
Blasfemó para sus adentros y conectó la calefacción del coche. Pensó que si se
hubiese concentrado en el camino que debía seguir en vez de conducir y
telefonear al mismo tiempo, al menos sabría dónde se encontraba ahora. En
realidad, no le gustaba tener teléfono en el coche, le parecía una molesta
intrusión. Pero Cordón había insistido y, además, lo había pagado.
Lanzó un suspiro de irritación, dio marcha atrás al Saab negro y volvió a girar.
Al torcer casi chocó con alguien que arrastraba un cuerpo hacia un descampado.
Al menos eso le pareció en su sobreexcitada imaginación, pero probablemente
sólo se trataba de un campesino de los alrededores con un saco de materia
nutritiva, aunque cualquiera adivinaba lo que hacía con ello en una noche así.
Cuando los faros volvieron a describir otro semicírculo, iluminaron un momento la
silueta que daba traspiés por el campo con el saco a la espalda. "Mejor él que
yo", pensó Richard sombríamente, siguiendo su camino.
Al cabo de unos minutos llegó a un cruce que tenía más aspecto de carretera
principal; estuvo a punto de girar a la derecha, pero en cambio torció a la
izquierda. No había señalizaciones. Volvió a pulsar los botones del teléfono.
-"... me pondré en contacto con usted lo antes posible. Tal vez." Bip.
-Susan, soy Richard. ¿Por dónde empiezo? Vaya lío. Mira, lo lamento, lo siento
muchísimo. Me he enredado tremendamente y la culpa es sólo mía. Oye, prometo
solemnemente hacer lo que sea para arreglarlo...
Tuvo la ligera impresión de que el tono que empleaba no era el más adecuado
para un contestador automático, pero siguió adelante. -De verdad, podemos
tomarnos unos días de vacaciones o, si lo prefieres, sólo un fin de semana. Sí, el
próximo fin de semana. Podemos ir a algún sitio donde haga sol. Por mucho que
Gordon trate de presionarme, y ya sabes de lo que es capaz en ese sentido,
después de todo es tu hermano, yo no..., hum, en realidad tendría que ser el
siguiente fin de semana. ¡Maldita, maldita sea! Es que había prometido tenerlo...,
no, mira, no importa. Nos iremos igual. Me da igual no terminar el Anthem para
Comdex. No es el fin del mundo. Nos iremos de todos modos. Gordon sólo tendrá
que adelantarse a... ¡Aaaahhhhhhh!
Richard dio un golpe de volante para evitar el espectro de Gordon Way, que
súbitamente había aparecido delante de los faros tomando carrerilla hacia él. Pisó
el freno, derrapó, intentó recordar lo que debía hacerse cuando se derrapa, lo
había visto en un programa de televisión hacía mucho tiempo, ¿qué programa
era? ¡Santo cielo!, ni siquiera se acordaba del título del programa, y mucho
menos... ¡Ah, sí!, no se debía pisar el freno de golpe. Ya estaba hecho. El mundo
giró desagradablemente a su alrededor con una fuerza lenta y pasmosa, y el
coche se deslizó por la carretera, se revolvió, chocó contra la cuneta, giró de
nuevo y se detuvo en seco en dirección contraria. Richard se derrumbó sobre el
volante, jadeando.
Cogió el teléfono, que había dejado caer.
-Te volveré a llamar, Susan -anunció, casi sin respiración.
Colgó y alzó la vista.
De pie, en pleno resplandor de los faros, estaba el fantasma de Gordon Way,
que le miraba frente al parabrisas con un terror espectral en los ojos, levantando
despacio la mano y haciendo señas con el dedo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. La aparición se había esfumado en unos
segundos, pero Richard se quedó temblando, quizá no más de un minuto, hasta
que un súbito chirrido de frenos y un resplandor de luces le despabiló.
Sacudió la cabeza. Vio que había parado en dirección contraria. El vehículo que
había frenado casi rozando con su parachoques era un coche de policía. Respiró
fuerte un par de veces y luego, envarado y tembloroso, salió a encararse con el
agente, que avanzaba despacio a su encuentro, recortado a la luz de los faros del
coche patrulla.
El agente lo miró de arriba abajo.
-Humm, lo siento, agente -dijo Richard con toda la calma que le fue posible
transmitir a la voz-. He derrapado. Las carreteras están resbaladizas y..., humm,
derrapé. El coche giró. Como ve, estoy en dirección contraria.
Señaló el coche para indicar la dirección en que se encontraba.
-Entonces, ¿quiere usted decirme por qué ha derrapado exactamente? -inquirió
el policía, mirándole con fijeza a los ojos y sacando un cuaderno de notas.
-Pues, como le he dicho, las carreteras están resbaladizas a causa de la niebla
y, francamente -explicó Richard, que de golpe era consciente de lo que decía, a
pesar de sus esfuerzos por evitarlo-, iba conduciendo con toda tranquilidad y de
pronto creí, bueno, vi que mi jefe se arrojaba contra mi coche.
El policía lo observaba con mirada penetrante.
-Complejo de culpabilidad, agente -añadió Richard con una sonrisa crispada-,
ya sabe lo que pasa. Estaba pensando en tomarme el fin de semana libre.
El policía pareció dudar, al filo de la sospecha y de la simpatía. Entornó un
poco los ojos, pero no titubeó.
-¿Ha bebido?
-Sí -confeso Richard con un breve suspiro-, pero muy poco. Dos copas de vino,
todo lo más. Humm..., y una copita de oporto. En total. No ha sido más que un
pequeño despiste. Ya estoy bien.
-¿Nombre?
Richard le dio su nombre y dirección. El policía lo anotó con pulcritud en su
cuaderno y, tras mirar el número de matrícula del coche, también lo anotó.
-Y entonces, ¿quién es su jefe, señor?
-Se llama Way. Cordón Way.
-Ya -dijo el policía, levantando las cejas-, el caballero de los ordenadores.
-Pues sí, eso es. Yo hago programas para la empresa. Tecnología WayForward
II.
-En la comisaría tenemos uno de sus ordenadores -anunció el policía-. Que me
aspen si sé cómo funciona.
-¡Ah! -dijo débilmente Richard-. ¿Qué modelo es?
-Creo que se llama Quark II.
-Pues, bueno, es muy sencillo -explicó Richard, aliviado-. No funciona. Jamás
ha funcionado. Es un montón de chatarra.
-Qué curioso, señor, eso es lo que yo he dicho siempre. Otros compañeros no
están de acuerdo.
-Pues tiene usted toda la razón, agente. No tiene remedio. Es el motivo
principal por el que quebró la primera compañía. Le sugiero que lo utilicen como
un pisapapeles grande.
-Bueno, no me gustaría seguir su consejo, señor -dijo el policía-. El aire
seguiría abriendo la puerta.
-¿Qué quiere decir, agente? -preguntó Richard. -Lo usaba para mantener la
puerta cerrada. En esta época del año hay unas desagradables corrientes en la
comisaría. Claro que, en el verano, lo empleamos para atizarles en la cabeza a los
sospechosos.
Cerró el cuaderno de notas y se lo guardó en el bolsillo. -Le recomiendo,
señor, que circule despacio y tranquilo. Deje el coche y coja una buena trompa
este fin de semana. Creo que es la única manera. Y ahora tenga cuidado.
Volvió al coche patrulla, bajó la ventanilla y observó la maniobra que hacía
Richard para dar la vuelta antes de arrancar y perderse
en la noche.
Richard respiró fuerte, volvió despacio a Londres, subió tranquilamente a su
casa, se tumbó con toda calma en el sofá, se incorporó, se sirvió una buena copa
de coñac y empezó a temblar en serio.
Tres cosas le provocaban los temblores.
La simple conmoción física del accidente que estuvo a punto de sufrir, que es
una de esas cosas que le deja a uno más nervioso de lo que se piensa. El cuerpo
se llena de adrenalina, que luego se pone agria de tanto dar vueltas por el
organismo.
Luego, lo que le hizo derrapar, la extraordinaria aparición de Cordón
arrojándose delante del coche. ¡Válgame Dios! Tomó un sorbo de coñac y se puso
a hacer gárgaras. Dejó la copa. Era un hecho consabido que Cordón representaba
una de las reservas naturales más ricas del mundo en complejos de culpabilidad
para el prójimo, y era capaz de descargar una tonelada ante la puerta de uno
todas las mañanas, pero Richard no se había dado cuenta de que le hubiera
afectado hasta aquellos lamentables extremos.
Volvió a coger la copa, subió al primer piso y entró en su despacho, para lo
cual tuvo que empujar la puerta y apartar un montón de revistas B YTE que se
había caído por dentro. Luego las retiró con el pie y se dirigió al extremo de la
amplia habitación. Los grandes ventanales ofrecían una buena vista del norte de
Londres, por donde estaba disipando la niebla. La catedral de Saint Paul
resplandecía a lo lejos; la contempló durante unos momentos, pero no le causó
ninguna impresión especial. Tras los acontecimientos de la noche, lo consideró
como una sorpresa agradable.
Al otro extremo de la habitación había dos mesas grandes cubiertas, según el
último balance, con seis ordenadores Apple Macintosh. En medio había la nueva
máquina , en cuya pantalla se veía el sofá de líneas rojas dando perezosas
vueltas en el interior de una imagen azul de las estrechas escaleras, a las que no
faltaba el detalle de la barandilla, de la caja de la calefacción y de los fusibles ni,
desde luego, la embarazosa vuelta a mitad de camino. El sofá empezaba a girar
en una dirección, topaba con un obstáculo, se revolvía en otro sentido, chocaba
con otra barrera e iniciaba otro radio hasta detenerse de nuevo para describir el
mismo ciclo en diferente orden. No había que mirar mucho la secuencia para
verla repetida. Sin duda alguna, el sofá estaba atascado.
Había otros tres Mac conectados mediante un amasijo de cables a una
desordenada aglomeración de sintetizadores: un Simulador II + Programador HD,
un rimero de módulos TX, un Prophet VS, un Roland JX, un Korg DW, un
Octapad, un controlador de guitarra Synth-Axe MIDI para zurdos y hasta una
vieja máquina de percusión musical, todo ello amontonado en un rincón y
almacenando polvo. También había un pequeño cassette poco usado, ya que toda
la música estaba grabada en archivos de secuencias en los ordenadores.
Se dejó caer en una silla frente a uno de los Mac para ver si había alguna
novedad. Mostraba un balance Untitled Excel y se preguntó por qué. Lo grabó y
miró a ver si había dejado alguna nota, descubriendo que el balance contenía
algunos datos que previamente había introducido para buscar información sobre
las golondrinas en las bases de datos en línea World Repórter y Know-ledge.
Ahora tenía cifras que detallaban sus hábitos migratorios, la forma de las alas,
el perfil aerodinámico y las características de turbulencia, así como datos
generales sobre las formaciones que una bandada adopta en vuelo, pero hasta el
momento sólo tenía una mínima idea de cómo iba a sintetizarlo todo. Aunque
esta noche se encontraba demasiado cansado para pensar de manera
constructiva, hizo una selección al azar y copió toda una hilera de cifras del
balance, las pasó al programa de conversión, que las clasificó, filtró y manipuló
con arreglo a sus propios guarismos experimentales, cargó el fichero así
convertido en el Performer, un potente programa registrador de secuencias, y a
través de los canales MIDI transfirió los resultados a los sintetizadores que
estuviesen conectados en aquel momento.
El resultado fue un súbito estallido de la más horrenda cacofonía. Lo paró.
Volvió a lanzar el programa de conversión, dando instrucciones para que esta
vez pasara los valores de tono a sol menor. Era una función que al final estaba
dispuesto a anular, porque la consideraba poco fiable. Si su firme creencia de que
los ritmos y armonías musicales que nos parecen más satisfactorias podían
encontrarse o, al menos, derivarse de los ritmos y armonías de los fenómenos
que se producen en la naturaleza, las formas satisfactorias de modalidad y tono
también tendrían que surgir de manera natural en vez de producirlas a la fuerza.
De momento, forzó el proceso.
El resultado fue un súbito estallido de la más horrenda cacofonía en sol menor.
Eso bastaba en cuanto a la búsqueda de atajos al azar.
La primera tarea era relativamente sencilla. Consistía en describir la onda
formada por el extremo de las alas de una golondrina en vuelo para luego
sintetizar dicha onda. De ese modo conseguiría una sola nota, lo que no estaría
mal para empezar, y la operación sólo le llevaría el fin de semana. Pero claro, no
tenía disponible el fin de semana porque tenía que terminar la Versión del
Anthem para el año próximo, o "el mes", como lo denominaba Gordon.
Lo que de manera inexorable condujo a Richard a la tercera causa de sus
temblores.
No había manera alguna de tomarse libre este fin de semana o el siguiente
para cumplir la promesa que había hecho al contestador automático de Susan. Y
eso terminaría definitivamente con todo, si el desastre de aquella noche no lo
había conseguido.
Pero no había remedio. Ya estaba hecho. No se puede rectificar un recado
grabado en el contestador automático de otra persona; sólo dejar que los
acontecimientos sigan su curso. No había nada que hacer. Era algo irrevocable.
De pronto se le ocurrió una idea extraña. Le pilló verdaderamente de sorpresa,
pero no veía qué tenía de malo.
Curiosos, sin objetivo fijo, los prismáticos escudriñaban el cielo nocturno de
Londres. Una miradita por aquí, otra por allá, sólo para ver lo que pasaba,
cualquier cosa útil o interesante.
Se detuvieron en la parte trasera de una casa, atraídos por un leve
movimiento. Era una de esas amplias casonas victorianas, en la actualidad
probablemente convertidas en apartamentos. Montones de cañerías de hierro
negro. Cubos de basura de plástico verde. Pero oscura. Nada.
Los prismáticos van ascendiendo cuando otro movimiento recibe la luz de la
luna. Se ajustan un poco, tratando de encontrar un detalle, una arista, un débil
contraste en la oscuridad. La niebla se ha levantado, y entre las sombras brillan
destellos. Los gemelos se ajustan un poquito más.
Ya está. Por fin hay algo. Sólo que esta vez está un poco más arriba, treinta
centímetros o así, quizá un metro. Los gemelos se centran y permanecen
inmóviles, buscando la arista, el detalle. Ahí... Ya han encontrado su objetivo,
situado entre el antepecho de una ventana y un canalón.
Es una silueta oscura, aplastada contra el muro, que mira hacia abajo en busca
de apoyo para el pie, y hacia arriba, tratando de encontrar un saliente. Los
prismáticos atisban con atención.
Es un hombre alto y delgado. Lleva ropa adecuada para la tarea: pantalones y
jersey negros. Pero sus movimientos son torpes, desmañados. Qué interesante.
Los prismáticos esperan y observan, juzgan. No es más que un vulgar aficionado.
Mira cómo titubea. Qué inepto. Sus pies resbalan en el canalón, sus manos no
llegan al saliente. Casi se cae. Espera a recobrar el aliento. Empieza a descender,
pero eso parece más difícil todavía.
Salta otra vez hacia el saliente, aferrándose a él. Cambia de posición el pie
para sujetarse bien y casi no alcanza el canalón. Podía haber sido muy
desagradable. Pero el camino ya es más fácil y pueden hacerse más progresos.
Avanza hacia otro canalón, llega a una ventana del tercer piso, coquetea
brevemente con la muerte mientras se iza con esfuerzo y comete el error
fundamental de dirigir la mirada hacia abajo. Se tambalea un poco. Se pone la
mano en la frente y mira para ver si la habitación está a oscuras. Trata de abrir la
ventana.
Una de las cosas que distingue al aficionado del profesional consiste en que,
llegado a este punto, el aficionado cree que sería buena idea tener algo con que
forzar la ventana. Afortunadamente para este aficionado, el inquilino también es
un aficionado, y la ventana se sube a regañadientes. El escalador, con cierto
alivio, entra arrastrándose.
Debería estar encerrado por su propia seguridad, piensan los prismáticos. Una
mano se mueve hacia el teléfono. En la ventana, se vuelve un rostro y la luna lo
ilumina un momento; luego vuelve de nuevo a sus asuntos. La mano queda
suspendida sobre el teléfono durante unos instantes, mientras los prismáticos
esperan y observan, consideran y juzgan. La mano, en cambio, coge una guía de
Londres.
Hay una larga pausa, los gemelos centran más su atención, la mano coge el
teléfono y marca un número.
No era aquella observación lo que le puso en tensión, claro, ya lo había
pensado muchas veces. Siempre que había estado en su casa, en realidad.
Siempre le había chocado, normalmente porque venía de su piso, que era cuatro
veces mayor y estaba atestado. Esta vez venía de su piso, sólo que por un
camino un tanto excéntrico, y por eso la observación le puso nervioso de manera
poco corriente.
Volvió a mirar por la ventana, se volvió y cruzó de puntillas la habitación hacia
la mesita donde estaban el teléfono y el contestador automático.
Pensó que ir de puntillas no tenía sentido. Susan no estaba. En realidad, le
hubiese interesado mucho saber dónde estaba, del mismo modo que a ella
también le habría interesado mucho saber dónde habla estado él a primeras
horas de la noche.
Se dio cuenta de que seguía de puntillas. Se dio un golpe en la pierna para
dejar de hacerlo, pero siguió andando así de todos modos.
Escalar el muro había sido terrible. Se limpió la frente con la manga de su
jersey más viejo y grasiento. Había tenido un momento desagradable cuando su
vida pasó como un relámpago ante sus ojos, pero había estado demasiado
preocupado por si se caía y se había perdido lo mejor. Lo mejor, según había
comprendido, se refería a Susan. O a los ordenadores. Nunca a Susan y a los
ordenadores; en general, eso había sido lo peor. Y por eso estaba allí, pensó.
Parecía falto de convencimiento, y se lo volvió a repetir para sí.
Miró el reloj. Las doce menos cuarto. Se le ocurrió que, antes de tocar nada,
sería mejor que fuese a lavarse las manos, que tenía húmedas y sucias. No era la
policía lo que le preocupaba, sino la aterradora asistenta de Susan, que se darla
cuenta.
Fue al baño, dio la luz, limpió el interruptor, y luego contempló su sorprendido
rostro en el espejo brillantemente iluminado por un tubo fluorescente. Abrió el
grifo y puso las manos bajo el agua. Por un momento recordó la cálida y
cambiante luz de las velas de la Cena Coleridge, y las imágenes se perdieron en
el oscuro y remoto pasado de las primeras horas de la noche, cuando la vida
parecía fácil y sin preocupaciones; el vino y la conversación, simples juegos
malabares. Imaginó el rostro pálido y ovalado de Sarah, maravillada y con los
ojos fuera de las órbitas. Se lavó la cara.
Pensó:
"...¡Cuidado! ¡Cuidado!
¡Sus ojos destellantes! ¡Los cabellos al viento!"
Se peinó. También recordó los cuadros colgados entre las sombras, sobre sus
cabezas. Se lavó los dientes. El débil zumbido del tubo fluorescente le devolvió al
presente y de pronto, pasmado, recordó que estaba allí en calidad de ladrón.
Algo le llevó a mirarse a los ojos en el espejo. Sacudió la cabeza, tratando de
poner sus ideas en claro.


¿Cuándo volvería Susan? Eso dependería, naturalmente, de lo que estuviera
haciendo. Se secó las manos con rapidez y volvió al contestador automático.
Accionó los botones y le remordió la conciencia. Le pareció que la cinta tardaba
una eternidad en rebobinarse y, con un estremecimiento, comprendió que tal vez
fuese porque Gordon había llamado cuando aún estaba entre los mortales.
No había pensado en que habría otros recados grabados aparte del suyo, y
escuchar los mensajes de otras personas equivalía a abrirles el correo. Volvió a
explicarse para sus adentros que sólo trataba de corregir un error que había
cometido para no causar un daño irrevocable. Sólo escucharía lo mínimo posible
hasta que encontrara su propia voz. Eso no estarla mal, ni siquiera atendería a lo
que dijeran. Gruñó para sus adentros, apretó los dientes y pulsó el botón de Play
con tanta fuerza que no acertó, dando, en cambio, a la tecla del
Eject y sacando la cassette por error. Volvió a introducirla y, con más cuidado,
dio al Play.
Bip.
-"Hola, Susan, soy Cordón -dijo el contestador automático. Richard hizo correr
la cinta durante unos segundos-. Voy de camino a la casa de campo..., necesito
saber si Richard se ocupa del asunto. Quiero decir que si está en ello de verdad...
Richard adoptó una mueca sombría y volvió a rebobinar la cinta hacia
adelante. Le sentó muy mal que Gordon tratase de presionarle a través de Susan,
cosa que su jefe siempre negaba. Richard no podía culpar a Susan si se enfadaba
al verse mezclada de esta forma en su trabajo.
Clic.
-"... Respuesta Armada. Por favor, haz una nota para que Susan mande hacer
un letrero con un pincho afilado en la parte de abajo, a la altura adecuada para
que lo vean los conejos."
¿Cómo?, murmuró Richard para sus adentros, dudando un momento en seguir
rebobinando la cinta hacia adelante. Le daba la impresión de que Gordon quería
parecerse desesperadamente a Howard Hughes y, aunque jamás podría aspirar a
ser tan rico como él, al menos intentaba ser el doble de excéntrico. Un hecho.
Una realidad tangible.
-"Me refiero a Susan, la secretaria de la oficina, no a ti, claro está" -prosiguió
la voz de Gordon en el contestador automático-. "¿Dónde estaba? Ah, sí. Richard
y Anthem .. Susan, eso tiene que estar en prueba beta dentro de dos..."
Con los labios apretados, Richard continuó pasando la cinta hacia adelante.
-"... el caso es que sólo hay una persona que esté verdaderamente en posición
de saber si está sacando adelante el trabajo o si no hace más que soñar, y esa
persona..."
Volvió a dar con rabia al botón del rebobinado. Se había prometido que no
escucharía, y ahora se enfadaba por lo que oía. Tenía que ponerle remedio.
Bueno, otro intento más.
Entonces sólo escuchó una música. Qué raro. Dio otra vez hacia adelante, y lo
mismo: música. ¿Por qué llamaba para grabar música en el contestador
automático?
Sonó el teléfono. Paró el contestador y cogió el teléfono pero, al darse cuenta
de lo que hacía, casi lo soltó, como si fuese una anguila eléctrica.
-Regla número uno del robo con escalo -dijo una voz-. No contestar el teléfono
cuando se está en pleno trabajo. Por amor de Dios, ¿quién es usted?
Richard se quedó paralizado. Tardó unos instantes en recobrar la voz antes de
preguntar:
-¿Quién llama?
-Regla número dos -prosiguió la voz-. Preparación. Llevar las herramientas
adecuadas. Guantes. Tener una mínima idea de lo que uno se trae entre manos
antes de colgarse de las ventanas en plena noche.
"Regla número tres. No olvidar nunca la Regla número dos.
-¿Quién es? -exclamó Richard.
-Vigilancia vecinal -prosiguió la voz, imperturbable-. Si mira por la ventana de
la parte de atrás, verá...
Arrastrando el teléfono, Richard se apresuró a la ventana y miró al exterior. Un
destello lejano le sobresaltó.
-Regla número cuatro. No ponerse donde puedan sacarle una fotografía.
"Regla número cinco..., ¿me estás escuchando, MacDuff?
-¿Cómo? Sí... -contestó Richard, pasmado-. ¿Es que me conoce?
-Regla número cinco. No admitir nunca la propia identidad.
Richard permaneció en silencio, respirando fuerte.
-Si te interesa -continuó la voz-, te daré un cursillo...
Richard no respondió.
-Aprendes despacio -comentó la voz-, pero aprendes. Claro que si aprendieras
de prisa, ya habrías colgado. Pero eres curioso e incompetente, y por eso no lo
haces. Da la casualidad de que, por tentadora que sea la idea, no doy cursillos a
aprendices de ladrón. Estoy seguro de que concederían becas. Si no queda más
remedio que admitirlos, al menos que tengan cierta formación.
"No obstante, si diese un cursillo así, dejaría que te matricularas gratis, porque
yo también soy muy curioso. Tengo curiosidad por saber por qué míster MacDuff
que, según tengo entendido, es ahora un joven próspero en el campo de la
industria de ordenadores, tiene de pronto la necesidad de recurrir a un robo con
escalo. -¿Quién...?
-Así que hago ciertas indagaciones, llamo a la Telefónica y descubro que el
piso que están robando es el de una tal señorita S. Way. Sé que el jefe de
Richard MacDuff es el famoso míster Way, y me pregunto si por casualidad son
parientes. -¿Quién...?
-Estás hablando con Svlad, corrientemente conocido como "Dirk" Cjelli, que en
la actualidad utiliza el nombre de Gently por motivos que sería ocioso explicar en
estos momentos. Te doy las buenas noches. Si quieres saber más, estaré en el
Pizza Express de Upper Street dentro de diez minutos. Lleva algo de dinero.
-¿Dirk? -exclamó Richard-. ¿Estás tratando de chantajearme? -No, idiota, para
las pizzas.
Se oyó un ruidito metálico y Dirk Gently colgó. Richard quedó inmóvil unos
momentos, volvió a enjugarse la frente y colgó el teléfono con suavidad, como si
fuese un hámster herido. Tenía en la cabeza un ligero zumbido, y empezó a
chuparse el dedo pulgar. En las profundidades de su corteza cerebral, montones
de sinapsis se cogieron de la mano y se pusieron a bailar en corro cantando
antiguas canciones de cuna. Sacudió la cabeza con intención de detenerlas y
volvió a sentarse rápidamente junto al contestador automático.
Luchó con la idea de volver a pulsar el botón de Play, pero lo activó de todos
modos antes de decidirse. Apenas había pasado unos cuatro segundos de
relajante música ligera cuando se oyó el ruido de una llave en la cerradura de la
puerta. Lleno de pánico, Richard pulsó con el pulgar el botón de Eject, sacó la
cinta, se la guardó precipitadamente en el bolsillo de los vaqueros y la sustituyó
por la primera de una hilera que se amontonaba junto al vídeo. Al lado del suyo,
en su casa, tenía una pila parecida. Se las daba Susan, la de la oficina, la pobre y
sufrida Susan de la oficina. Debía acordarse de sentir simpatía por ella al día
siguiente, cuando tuviese tiempo y pudiera concentrarse.
De pronto, sin siquiera darse cuenta de lo que hacía, cambió de idea. En un
abrir y cerrar de ojos volvió a sacar del aparato la cinta que acababa de meter, la
sustituyó por la que se había guardado, accionó el mando del rebobinado y, de un
salto, se colocó en el sofá, donde trató de adoptar una postura indolente con aires
de triunfador. En un impulso, se puso la mano izquierda a la espalda, donde podía
serle útil.
Estaba intentando ordenar sus facciones en una expresión compuesta a partes
iguales de arrepentimiento, jovialidad y atracción sexual, cuando se abrió la
puerta y apareció Michael Wenton-Weakes. Todo se paró.
Fuera, el viento cesó. Las lechuzas se detuvieron en pleno vuelo. Bueno, quizá
sí, quizá no, pero lo cierto es que la calefacción central se cortó en aquel preciso
momento, tal vez incapaz de arreglárselas con el sobrenatural escalofrío que
barrió súbitamente la habitación. -¿Qué haces aquí, Wednesday? -inquirió
Richard, levantándose del sofá como levitado por la ira.
Michael Wenton-Weakes era un hombre robusto de cara triste, habitualmente
conocido como Michael Wednesday-Week porque solía prometer que terminaría
las cosas para el miércoles de la semana siguiente. Llevaba un traje que había
tenido un corte soberbio cuarenta años antes, cuando lo compró su padre.
Michael Wenton-Weakes ocupaba un lugar muy destacado en la pequeña pero
selecta lista de personas a las que Richard aborrecía por completo. Le
desagradaba porque le parecía odiosa la idea de que un privilegiado se
compadeciera de sí mismo porque pensaba que el mundo no entendía
verdaderamente los problemas de la gente privilegiada. Por otra parte, él
tampoco caía simpático a Michael por la sencilla razón de que Richard le
detestaba y no trataba de ocultarlo.
Michael se volvió y lanzó una mirada lúgubre al pasillo mientras entraba
Susan, que se detuvo al ver a Richard. Dejó el bolso, se quitó la bufanda, se
desabrochó el abrigo, se lo quitó, se lo tendió a Michael, se dirigió hacia Richard y
le dio una bofetada.
-Eso es lo que he estado esperando toda la noche -anunció, furiosa-. Y no
finjas que lo que ocultas a la espalda es un ramo de flores que has olvidado
traerme. Ya intentaste ese truco la última vez.
Se volvió y echó a andar con aire majestuoso. -Esta vez he olvidado una caja
de bombones -dijo tristemente Richard, extendiendo la mano vacía hacia Susan,
que ya le daba la espalda-. He escalado sin ella. Cuando entré, me sentí como un
idiota.
-Eso no tiene gracia -aseguró Susan.
Se metió en la cocina y pareció que se ponía a moler café sólo con las manos.
Para alguien que siempre tenía un aspecto tan pulcro, dulce y delicado, tenía un
genio de cuidado.
-Es verdad -dijo Richard, ignorando por completo a Michael-. Casi me mato.
-No me siento con fuerzas para eso -repuso Susan desde la cocina-, pero si
quieres que te lance un objeto grande y afilado, ¿por qué no vienes aquí y me
cuentas algo divertido?
-Supongo que, a estas alturas, no tendrá sentido decirte que lo siento -dijo
Richard, gritando.
-¡Y que lo digas! -convino Susan, saliendo precipitadamente de la cocina.
Lo miró con ojos que echaban chispas y llegó a dar unas patadas en el suelo.
-Vamos, Richard, supongo que vas a decirme que se te ha vuelto a olvidar.
¿Cómo puedes tener la cara dura de estar ahí, con brazos, piernas y cabeza,
como si fueses un ser humano? Tu conducta avergonzaría a un bacilo de la
diarrea. Apuesto a que incluso el más ínfimo microbio de la disentería hace acto
de presencia para llevar de vez en cuando a su novia a dar una vueltecita por las
paredes del intestino. Bueno, espero que hayas pasado una horrible velada.
-Pues sí -confirmó Richard-. No te habría gustado. Había un caballo en el
cuarto de baño, y ya sé cómo te disgustan esas cosas. -Bueno, Michael -dijo
bruscamente Susan-, no te quedes ahí parado como un pasmarote. Muchas
gracias por la cena y el concierto, has estado encantador y he disfrutado
escuchando tus problemas toda la noche porque suponía un agradable cambio
con respecto a los míos. Pero creo que sería mejor que encontrase tu libro y te
echara a la calle. Tengo que despotricar y pelearme en serio, y me doy cuenta de
cuánto molestan esas cosas a tu delicada sensibilidad.
Ella volvió a cogerle su abrigo y lo colgó. Antes, cuando lo sostenía, parecía
enteramente absorto en la labor, al margen de todo lo demás. Sin él pareció
desnudo y un poco perdido. Se vio obligado a volver a la vida. Dirigió a Richard la
opresiva mirada de sus grandes ojos.
-Richard -dijo-, humm, he leído tu artículo en Fathom. Sobre música y, hum...
-Paisajes fractales -terminó secamente Richard. No quería hablar con Michael
y, desde luego, no quería verse envuelto en una conversación sobre su
lamentable revista. O mejor dicho, sobre la revista que fue de Michael. Ese era un
aspecto concreto de la conversación en que Richard no quería verse envuelto.
-Pues sí. Muy interesante, desde luego -afirmó Michael con su voz suave y
engolada-. Formas de montañas y árboles, toda clase de cosas. Algas recicladas.
-Algoritmos recurrentes.
-Sí, claro. Muy interesante. Pero qué equivocación, qué tremendo error. Para la
revista, quiero decir. Al fin y al cabo, es una revista de arte. Desde luego, yo no
habría permitido una cosa así. Ross la ha destrozado totalmente. Por completo.
Tendrá que marcharse. Tiene que irse. Carece de sensibilidad y es un ladrón.
-No es un ladrón, Wednesday, eso es completamente absurdo -soltó Richard
que, pese a su firme intención de no hacerlo, se vio envuelto en la discusión-. El
no tiene nada que ver con el hecho de que te despidieran. La culpa fue sólo tuya,
y tú...
Tomó aliento bruscamente.
-Richard -advirtió Michael en su tono más suave y tranquilo, discutir con él era
como enredarse en la seda de un paracaídas-, creo que no entiendes lo
importante que...
-Michael -le interrumpió Susan en tono suave pero firme, abriendo la puerta.
Michael Wenton-Weakes asintió débilmente y pareció desinflarse.
-Tu libro -añadió Susan, tendiéndole un volumen pequeño y antiguo sobre la
arquitectura eclesiástica de Kent.
Lo cogió, murmuró unas breves palabras de agradecimiento, miró un momento
alrededor como si de pronto notara algo raro, luego se dominó, se despidió con
un movimiento de cabeza y se marchó.
Richard no se dio cuenta de lo tenso que estaba hasta que Michael se marchó;
entonces, de pronto, logró relajarse. Siempre le había molestado la indulgente
condescendencia que Susan mostraba hacia Michael, aun cuando intentase
disimularla con un trato tremendamente descortés. Precisamente por eso, quizá.
-¿Qué puedo decirte, Susan...? -inquirió sin convicción. -Para empezar, podrías
decir "uf". Ni siquiera me has dado esa satisfacción cuando te he abofeteado, y
pensé que te había dado un buen sopapo. ¡Santo Dios!, qué frío hace aquí. ¿Qué
hace esa ventana abierta de par en par? Fue a cerrarla.
-Ya te lo he dicho. He entrado por ahí -dijo Richard con el tono indicado para
que ella lo mirase sorprendida-. De verdad, como en los anuncios de bombones,
sólo me he olvidado la caja. Se encogió tímidamente de hombros. Susan lo miró,
pasmada.
-¿Qué bicho te ha picado para hacer una cosa así? -preguntó. Asomó la cabeza
por la ventana y miró hacia abajo-. Podrías haberte matado -dijo, volviéndose
hacía él.
-Pues sí, bueno... Pero me pareció la única manera de... -Se dominó-. Hiciste
que te devolviera la llave, ¿recuerdas?
-Sí. Me cansé de que vinieras a saquearme la despensa cuando no querías
molestarte en hacer la compra. ¿De verdad has escalado la fachada, Richard?
-Pues, es que quería estar aquí cuando entraras. Susan sacudió la cabeza,
perpleja.
-Habría sido muchísimo mejor que hubieses estado aquí a la hora que
convinimos. ¿Por eso llevas esa ropa tan sucia y tan vieja? -Sí. ¿No pensarás que
he ido a cenar así a Saint Cedd's? -Bueno, ya no sé qué entiendes por un
comportamiento racional. -Suspiró, buscó algo en un cajón, tendió a Richard un
llavero con dos llaves y añadió-: Si van a salvarte la vida, tómalas. Estoy
demasiado cansada para seguir enfadada. El salir con Michael me ha quitado las
ganas.
-Nunca he entendido por qué lo aguantas -dijo Richard, yendo a por el café.
-Sé que no te cae simpático, pero es muy amable y resulta encantador dentro
de su melancólica manera de ser. Normalmente, resulta muy tranquilizador estar
con alguien tan retraído, porque no te exige nada. Pero le obsesiona la idea de
que yo pueda hacer algo por su revista. Y no puedo, claro. La vida no es así. Pero
lo siento por él.
-Yo no. Todo le ha resultado demasiado fácil en la vida. Y sigue teniéndolo
facilísimo. Sólo que le han quitado el juguete, eso es todo. No parece injusto,
¿verdad?
-No se trata de si es justo o no. Me da pena porque no es feliz.
-Pues claro que no es feliz. Al Ross ha convertido Fathom en una revista muy
aguda e inteligente que, de pronto, todo el mundo quiere leer. Antes no era más
que un montón de tonterías. Su única función real consistía en que Michael
comiese y adulara a quien le apetecía con el pretexto de que a lo mejor escribía
un articulito. Apenas llegó a sacar un verdadero número. Todo fue una farsa. Le
servía para adular su ego. Y yo no encuentro eso ni bonito ni interesante. Me he
enrollado con eso y no tenía intención dé hacerlo.
Susan se encogió de hombros, molesta.
-Creo que exageras -dijo-, aunque me parece que si continúa insistiendo en
que haga algo que desde luego no puedo hacer, tendré que dejarlo correr. Es
demasiado pesado. De todos modos, escucha, me alegro de que te hayas
aburrido esta noche. Quiero que hablemos de lo que vamos a hacer este fin de
semana.
-Bueno -dijo Richard-, pues...
-Pero antes será mejor que eche un vistazo a los recados.
Pasó por delante de él y se dirigió al contestador automático. Escuchó los
primeros segundos del mensaje de Gordon y luego sacó bruscamente la cassette.
-No puedo entretenerme con esto -declaró, entregándosela-.
¿Podrías dársela directamente a Susan mañana, en la oficina? Evítale un viaje.
Si hay algo importante, me llamará.
-Bueno, sí -contestó Richard, que parpadeó y se guardó la cinta en el bolsillo
estremeciéndose de sorpresa por el alivio momentáneo.
-De todos modos, el fin de semana... -prosiguió Susan, sentándose en el sofá.
-Susan, yo... -le interrumpió Richard, pasándose la mano por la frente.
-Me parece que tendré que trabajar. Nicola está enferma y tengo que
sustituirla el viernes de la semana que viene en el Wigmore. Es Vivaldi y Mozart,
no sé qué más, lo que significa que tendré que ensayar mucho este fin de
semana. Lo siento.
-Bueno -dijo Richard-, en realidad yo también tengo que trabajar.
Se sentó a su lado.
-Lo sé. Gordon insiste en que te sermonee. Ojalá no lo hiciera. No es de mi
incumbencia y me pone en una situación denigrante. Estoy harta de que la gente
me presione, Richard. Al menos, tú no lo haces. -Tomó un sorbo de café y
añadió-: Pero estoy segura de que existe una especie de zona intermedia entre la
presión y el olvido absoluto que me gustaría mucho explorar. Dame un abrazo. La
abrazó, sintiendo que era monstruosa e inmerecidamente afortunado. Una hora
después se marchó y descubrió que el Pizza Express estaba cerrado.
Entretanto, Michael Wenton-Weakes volvía a su casa en Chelsea. Sentado en
el asiento trasero del taxi contemplaba las calles con mirada inexpresiva y
repiqueteaba suavemente con los dedos en la ventanilla en un ritmo
meditabundo. Rap tap tapa rapatap tap tap.
Era una de esas personas blandas, entre vaca y calamar, que no son
peligrosas siempre que consigan lo que quieren. Y como siempre había tenido lo
que quería y parecía gratamente satisfecho por ello, a nadie se le había ocurrido
nunca que fuera otra cosa que una persona blanda, entre vaca y calamar. Habría
que palpar mucho calamar para encontrar un trozo que no se hundiera al
apretarlo. Esa era la parte que protegían los demás trozos blandos de calamar.
Michael Wenton-Weakes era el hijo menor del difunto Lord Magna, editor,
propietario de periódicos y padre indulgente donde los haya, bajo cuyo protector
paraguas había disfrutado Michael dirigiendo su propia revistilla con pérdidas
magníficas. Lord Magna había presidido la gradual pero digna decadencia del
imperio editorial originalmente fundado por su padre, el primer Lord Magna.
Michael siguió golpeando suavemente los nudillos contra la ventanilla.
Rapatap tap tap. Recordó el pasmoso, terrible día en que su padre se electrocutó
cuando cambiaba un enchufe y en el cual su madre se hizo cargo del negocio. No
sólo tomó las riendas, sino que empezó a dirigirlo con un entusiasmo y una
determinación enteramente inesperados. Examinó la empresa y su
funcionamiento, o su andadura, según decía ella, con aguda perspicacia y hasta
llegó a investigar las cuentas de la revista de Michael. Rap tap tap.
Michael sabía lo suficiente de negocios como para reconocer lo que significaban
los números, y había asegurado a su padre que los números significaban
realmente lo que decían.
-No puedo permitir que este trabajo sea simplemente una sinecura, eso debes
entenderlo, muchacho, tendrás que pagar tu parte, de otro modo, ¿qué parecería
esto, qué sería? -le decía su padre. Y Michael asentía gravemente, empezando a
calcular los números del mes siguiente o a buscar una salida a la situación.
Michael solía referirse a su madre como una vieja hacha de guerra, pero para
que la comparación fuese fidedigna, habría que decir que' se trataba de un hacha
de guerra de exquisita factura, espléndidamente equilibrada, con un mínimo de
elegantes grabados que se interrumpían justo al borde de su cortante y
refulgente filo. Un mandoble de tal instrumento y uno no sabría qué le había
pasado hasta que tratara de mirar la hora un poco después y descubriese que le
había desaparecido el brazo.
Entre bastidores, había pasado los días esperando pacientemente, o cuando
menos aparentando paciencia, en su papel de devota esposa, de cariñosa pero
estricta madre. Ahora alguien la había sacado -para cambiar por un momento de
metáfora- de su vaina, y todo el mundo corría para ponerse a cubierto.
Incluido Michael.
Ella creía a pies juntillas que Michael, a quien adoraba en silencio, estaba muy
mimado en el pleno y peor sentido de la palabra y, aunque ya tarde, decidió
poner remedio a tal situación.
No tardó más de cinco minutos en descubrir que falsificaba las cuentas todos
los meses, y que la revista era para Michael un juego que representaba una
sangría monetaria con sus continuas y exageradas cuentas de restaurante,
recibos de taxi y gastos de personal que alegremente consignaba como impuestos
inexistentes. Y todo el asunto se perdía entre la gigantesca contabilidad de Magna
House.
Entonces llamó a Michael a su presencia. Rap tap tap rapatap.
-¿Cómo quieres que te trate -le preguntó-, como hijo mío o como director de
una de mis revistas? A mí me da lo mismo.
-¿Tus revistas? Pues, soy tu hijo, pero no entiendo...
-Muy bien, Michael. Quiero que mires estas cifras -le interrumpió bruscamente,
tendiéndole una hoja impresa en ordenador-. Las de la izquierda expresan los
ingresos y gastos verdaderos de Fathom, las de la derecha son las tuyas. ¿Notas
algo raro en ellas?-Madre, puedo explicártelo, yo...
-Bien -dijo con dulzura Lady Magna-. Me alegro mucho de eso.
Volvió a coger la hoja de papel.
-Vale. ¿Se te ocurre alguna idea de cómo dirigir la revista de manera óptima
en el futuro?
-Sí, desde luego. Algunas muy sólidas. Yo...
-Bien -aprobó Lady Magna con una animada sonrisa-. Bueno, eso me resulta
enteramente satisfactorio, entonces.
-No quieres escuchar...
-No, eso es todo, cariño. Me alegro de saber que tienes que decir algo al
respecto, para aclararlo. Estoy segura de que el nuevo director de Fathom se
alegrará de oírlo, sea lo que sea.
-¡Cómo! -exclamó Michael, perplejo-. ¿Quieres decir que vas a vender Fathom?
-No. Quiero decir que ya la he vendido. Me temo que no han dado mucho por
ella. Una libra, con la promesa de que seguirás siendo director durante los tres
próximos números, y después el asunto quedará a la decisión del nuevo
propietario.
Michael la miró con ojos desorbitados.
-Venga, vamos -le dijo su madre en tono razonable-, no podíamos seguir en
las mismas circunstancias que hasta ahora, ¿verdad? Siempre has estado de
acuerdo con tu padre en que este trabajo no debería ser una sinecura para ti. Y
como a mí me resultaría muy difícil creerme tus historias o resistirme a ellas,
pensé pasar el problema a alguien con quien tuvieras unas relaciones más
objetivas. Y ahora, Michael, tengo otra entrevista.
-Bueno, pero... ¿a quién se la has vendido? -balbuceó Michael.
-A Gordon Way.
-¡A Gordon Way! Pero, madre, por amor de Dios, si ése...
-Tiene mucho interés en que le consideren protector de las artes. Y creo que
digo bien. Estoy segura de que te irá espléndidamente, cariño. Y ahora, si no te
importa.
Michel se mantuvo firme.
-Jamás he oído nada tan ultrajante! Yo...
-¿Sabes que eso es exactamente lo mismo que dijo mister Way cuando le
mostré esas cifras? Y luego me pidió que siguieras de director durante tres
números.
Michael bufó y resopló, se puso encarnado y agitó el dedo en señal de
reprobación, pero no se le ocurrió nada más que decir, s
-¿Qué diferencia habría habido si te hubiese pedido que me trataras como
director de una de tus revistas?
-Pues que, naturalmente, cariño, te habría llamado mister WentonWeakes,
hijito -respondió con su sonrisa más dulce Lady Magna quien, haciendo un
pequeño gesto por debajo de su barbilla, añadió-: Y ahora no te diría que te
ajustaras el nudo de la corbata.
Rap tap tap rapatap.
-¿Era el número diecisiete, jefe?
-¿Qué? ¿Cómo? -dijo Michael, sacudiendo la cabeza.
-Dijo el diecisiete, ¿no? -repitió el taxista-. Porque ya estamos.
-¡Ah! Ah, sí; gracias.
Bajó y hurgó en el bolsillo buscando dinero.
-Con que rap tap tap, ¿eh?
-¿Cómo? -inquirió Michael, pagándole la carrera.
-Rap tap tap -repitió el taxista-, todo el puñetero viaje. Algo le
preocupa, ¿eh, amigo?
-Métase en sus propios asquerosos asuntos -soltó bruscamente
Michael.
-Lo que usted diga, amigo. Sólo que pensé que se iba a volver
majareta o algo así -repuso el taxista, alejándose.
Michael entró en su casa y pasó por el frío vestíbulo al comedor, encendió la
luz del techo y se sirvió un coñac. Se quitó el abrigo, lo echó por encima de la
gran mesa de caoba y acercó una silla a la ventana, donde se sentó con la copa a
rumiar sus penas. Rap tap tap, prosiguió en la ventana.
De mal humor, había seguido de director de los siguientes números, tal como
se había estipulado, y a continuación se le despidió con pocos miramientos. Se
nombró a un nuevo director, un tal A. J. Ross, joven ambicioso que pronto
convirtió la revista en un éxito rotundo. Entretanto, Michael se sintió perdido y
desnudo. No le quedaba nada.
Volvió a repiquetear en la ventana y, como hacía con frecuencia, contempló la
lamparita colocada en el alféizar. Era una lámpara corriente, bastante fea, y lo
único que siempre le llamaba la atención era que se trataba de la que había
electrocutado a su padre; en aquel mismo sitio.
El viejo era un idiota que no tenía conocimientos técnicos de ninguna clase.
Michael le recordaba, concentrado, con los ojos entornados tras las gafas de
media luna y chupándose el bigote mientras trataba de desentrañar las arcanas
complejidades de un enchufe de trece amperios. Parecía que lo había vuelto a
conectar a la pared sin colocar de nuevo la cubierta de protección y que después
se puso a cambiar el fusible in Mu. Así recibió la descarga que detuvo su ya
debilitado corazón.
Un error tan simple, pensó Richard, tan evidente, que cualquiera podía
cometer, pero de consecuencias catastróficas. Completamente catastróficas. La
muerte de su padre, sus propias pérdidas, la ascensión del desagradable Ross y
el desastroso éxito de su revista, y...
Rap tap tap.
Miró su reflejo en la ventana y las sombras de los arbustos al otro lado. Volvió
a mirar la lámpara. Ese era el objeto, aquél el lugar adecuado, y el error muy
simple. Sencillo de cometer, fácil de evitar. Lo único que le separaba de aquel
simple momento era la invisible barrera de los meses que habían transcurrido.
Una extraña y súbita calma se apoderó de él como si algo se hubiese resuelto en
su interior.
Rap tap tap.
Fathom era suya. Iba a ser un éxito, era su vida. Le habían quitado la vida y
eso requería una respuesta.
Rap tap tap, ¡crac!
Se sorprendió al ver que de pronto había dado un puñetazo a la ventana,
rompiendo el cristal y haciéndose una gran herida.
Algunos de los aspectos menos agradables de estar muerto empezaron a
asaltar a Gordon delante de su casa de campo.
En realidad, bajo cualquier criterio se trataba de una casa bastante grande,
pero siempre había querido tener una casa en el campo y por eso, cuando al fin le
llegó el momento de comprarse una y descubrió que tenía mucho más dinero del
que nunca pudo seriamente soñar que tendría, adquirió una antigua y amplia
rectoría a la que llamó casa de campo a pesar de sus siete habitaciones y casi dos
hectáreas de húmedo terreno de Chambridgeshire. Lo que no contribuyó a que
cayese simpático a las personas que sólo tenían casas de campo, pero si Gordon
Way hubiese permitido que sus actos se rigieran por la simpatía que pudiera
causar a la gente, no habría sido Gordon Way.
Claro que no lo era. Ya no era Gordon Way. Sino su fantasma.
En el bolsillo tenía los fantasmas de las llaves de Gordon Way.
Al darse cuenta de ello se detuvo allí mismo, invisible. Francamente, la idea de
atravesar los muros le repugnaba. Era algo que durante toda la noche había
tratado penosamente de evitar. En cambio, se había dedicado a la caza de todos
los objetos que tocaba con ánimo de someterlos y, de paso, sentir cierta solidez
existencial. Entrar en casa, en su casa, de un modo que no fuese por la puerta y
con aires de propietario, le llenaba de una dolorosa sensación de pérdida.
Al mirarla deseó que no fuese un ejemplo tan típico de gótico Victoriano, y que
la luz de la luna no se reflejase, tan fría, en los gabletes de sus angostas
ventanas y en sus ominosas torres. Cuando la compró, hizo el estúpido chiste de
que parecía encantada, sin pensar que algún día lo estaría. ¿Y de quién sería el
fantasma?
Un escalofrío le recorrió el espíritu al subir silencioso por el camino de entrada,
cercado por las vagas sombras de tejos mucho más antiguos que la propia
rectoría. Le inquietaba la idea de que alguien pudiese sentir miedo al subir por el
camino aquella noche por temor a encontrarse con algo como él.
A su izquierda, tras una pantalla de tejos, se erguía el sombrío contorno de la
vieja iglesia, ya ruinosa, únicamente utilizada en alternancia con otros pueblos
vecinos y dirigida por un vicario siempre sin aliento de pedalear hasta allá y
desanimado por los pocos fieles que lo esperaban al llegar. Tras el campanario de
la iglesia se cernía el frío ojo de la luna.
De pronto pareció vislumbrar un movimiento, como si algo se hubiese
deslizado entre los arbustos próximos a la casa, pero pensó que sólo era su
imaginación, agotada por la tensión de estar muerto. ¿Precisamente allí iba a
tener miedo?
Doblando la esquina de la rectoría siguió hacia la puerta de entrada, al fondo
del oscuro porche recubierto de hiedra. Tuvo un súbito sobresalto al ver luz
dentro de la casa. Luz eléctrica, y también el débil resplandor de lumbre del
hogar. Momentos después comprendió que lo esperaban aquella noche, aunque
no en su forma actual. La señora Bennett, la vieja ama de llaves, habría ido a
hacerle la cama, encender la chimenea y dejarle una cena ligera. La televisión
también estaría encendida, sobre todo para que pudiera apagarla con impaciencia
nada más entrar.
Al acercarse, sus pasos no resonaron sobre la grava. Aunque consciente de
que fracasaría en la puerta, no pudo evitar ir allí primero, para tratar de abrirla, y
sólo después, oculto entre las sombras del porche, cerraría los ojos y consentiría
en deslizarse vergonzosamente a través de ella. Se aproximó a la puerta y se
detuvo.
Estaba abierta.
Sólo un centímetro, pero estaba abierta. Su espíritu revoloteó de miedo y
sorpresa. ¿Cómo podía estar abierta? La señora Bennett siempre era muy
escrupulosa con esas cosas. Quedó perplejo durante un momento y luego, con
dificultad, se apoyó en la puerta. Con el pequeño empujón que pudo darle, se
abrió despacio y a regañadientes, con un gruñido de protesta de los goznes. Entró
y avanzó flotando por el vestíbulo de baldosas de piedra. Una ancha escalera
ascendía hacia la oscuridad, pero todas las puertas que daban al vestíbulo
estaban cerradas.
La que tenía más cerca comunicaba con la sala de estar, donde había fuego en
la chimenea y desde donde se podían oír las apagadas persecuciones de coches
de la película de la noche. Durante un par de minutos forcejeó inútilmente con el
pomo de cobre, pero terminó reconociendo la humillante derrota y en un impulso
de rabia se arrojó contra la puerta y pasó a través de ella.
La habitación daba una agradable sensación de bienestar doméstico. Entró
bruscamente, dando tumbos, flotando a través de una mesita donde había
gruesos bocadillos y un termo de café caliente, atravesando una espaciosa butaca
demasiado voluminosa, la chimenea, la espesa y cálida pared de ladrillo, hasta ir
a parar al oscuro y frío comedor del otro cuarto.
La puerta que daba a la sala de estar también estaba cerrada. Gordon la
manipuló con dedos entumecidos y luego, rindiéndose a la evidencia, se armó de
valor y la atravesó con calma y suavidad, observando por primera vez la exquisita
textura interna de la
madera.
La comodidad de la habitación fue casi demasiado para Gordon, que la recorrió
con aire distraído, incapaz de aposentarse en ella pero dejándose penetrar por la
viva sensación de calor que se desprendía de la chimenea. A él no podía
calentarlo.
¿Qué harían los fantasmas durante toda la noche?, se preguntó. Inquieto, se
sentó a ver la televisión. Pero pronto fueron acabándose las persecuciones de
coches y sólo quedó nieve gris y ruido blanco, que no pudo desconectar.
Descubrió que se había hundido demasiado en el asiento y, al levantarse de
golpe, se vio confundido con partes de la butaca. Intentó divertirse poniéndose de
pie encima de la mesa, pero no llegó a aliviar un estado de ánimo que
inexorablemente se deslizaba del abatimiento a algo peor.A lo mejor podía
dormir. Tal vez. No sentía cansancio ni tenía sueño, sólo un ansia mortal de
olvidar. Volvió a atravesar la puerta cerrada y salió al sombrío vestíbulo, de
donde arrancaban las sólidas escaleras que conducían a las oscuras habitaciones
del piso de arriba. Subió por ellas, incorpóreo. Sabía que no tenía sentido. Si uno
no puede abrir la puerta de la habitación, tampoco podrá dormir en la cama.
Atravesó la puerta y, flotando, se echó sobre la colcha, que adivinaba fría aunque
no podía sentirla. Parecía que la luna no iba a dejarle en paz mientras estaba ahí
tumbado, con los ojos bien abiertos y vacíos, ya incapaz de recordar lo que era el
sueño o cómo se dormía. El terror del vacío se apoderó de él, el horror de estar
tumbado sin pausa y para siempre despierto a las cuatro de la mañana. No había
ningún sitio adonde ir, nada que hacer y nadie a quien ir a despertar que no se
aterrorizase ante su vista.
El peor momento fue cuando vio a Richard en la carretera, su rostro pálido y
paralizado en el parabrisas. Volvió a observar su rostro y el de la pálida criatura
que estaba a su lado.
Eso había sido lo que había estremecido el último resto de calor que le
quedaba en lo más recóndito de la mente y que le había indicado que aquello sólo
era un problema pasajero. Por la noche parecía horroroso, pero estaría bien por la
mañana, cuando viese gente y solventara el asunto. Guardó en la mente el
recuerdo de aquel instante y no quiso dejarlo escapar.
Había visto a Richard. Y Richard, de eso estaba seguro, le había visto a él.
Las cosas no iban a marchar bien.
Cuando se sentía tan mal por la noche, solía bajar a ver lo que había en la
nevera; así que ahora bajó. Sería más agradable que la habitación iluminada por
la luna. Andaría a oscuras por la cocina, tropezando con todo.
Se deslizó por la barandilla, atravesándola parcialmente, flotó a través de la
puerta de la cocina con decisión, y durante cinco minutos dedicó toda su energía
y concentración a encender la luz. Aquello le proporcionó una sensación de triunfo
y decidió celebrarlo con una cerveza. Se dio por vencido al cabo de un par de
minutos, tras hacer juegos malabares y dejar caer la lata de Fosters. No tenía la
menor idea de cómo tirar de la anilla de apertura y, además, había agitado
mucho la cerveza: ¿qué iba a hacer con ella si llegaba a abrirla? No tenía cuerpo
para retenerla. Arrojó la lata, que rodó bajo un armario.
Empezó a notar algo. Parecía que, al igual que su visibilidad, su capacidad de
sujetar los objetos crecía y disminuía a ritmo lento. Pero era un ritmo irregular, o
quizá sus efectos eran unas veces más pronunciados que otras. Eso también
parecía fluctuar con arreglo a un ritmo más lento. Sólo que en aquel momento le
pareció que aumentaba.
En una súbita fiebre de actividad, trató de averiguar cuántas cosas de la cocina
podía mover, utilizar o poner en funcionamiento. Abrió armarios y sacó cajones,
espaciando cubiertos por el suelo. Logró arrancar un ronroneo a la batidora, dejó
caer el molinillo de café sin haberlo puesto en marcha, abrió el gas de la cocina
pero fue incapaz de encenderlo, hizo estragos en una hogaza de pan con un
cuchillo de trinchar. Trató de meterse trozos de pan en la boca, los cuales
cayeron de allí al suelo. Apareció un ratón que, con la piel electrificada de terror,
se escabulló en seguida.
Al fin se detuvo y se sentó a la mesa de la cocina, emocional-mente agotado y
físicamente exhausto. ¿Cómo reaccionaría la gente ante su muerte?, se preguntó.
¿Quién sentiría más su desaparición? Al principio se sorprenderían, luego
sentirían tristeza, después se acostumbrarían y, a medida que siguieran su vida,
él se convertiría en un borroso recuerdo que reflejaría el destino común de todos
los mortales. Eso fue lo que más terror le infundió: no había desaparecido.
Continuaba allí.
Estaba frente a un armario que aún no había podido abrir porque el picaporte
estaba muy duro, y se irritó. Torpemente, cogió un bote de tomate, volvió a
acercarse al amplio armario y golpeó el picaporte con el bote. La puerta se abrió
de par en par y su cuerpo invisible y manchado de sangre se precipitó hacia
atrás.
Hasta entonces Gordon no sabía que un fantasma podía perder el sentido. De
pronto lo supo y se desmayó. Un par de horas después le despertó la explosión
de la cocina de gas.
A la mañana siguiente, Richard se despertó dos veces.
Bajó a prepararse el desayuno que, caprichoso e indeciso, no salió nada bien.
Dejó que se quemara la tostada, derramó el café y comprobó que, pese a que el
día anterior había tenido la intención de comprar mermelada, no lo había hecho.
Al ver su poco decidido intento de alimentarse, pensó que a lo mejor podía sacar
tiempo por la noche para invitar a Susan a una buena cena y compensarla por la
noche pasada. Había un restaurante que había entusiasmado a Gor-don y que no
dejaba de recomendarles. Gordon no se equivocaba con los restaurantes; desde
luego parecía pasar bastante tiempo en ellos. Se dio golpecitos en los dientes con
un lápiz y al cabo de un par de minutos se levantó, fue a su habitación y sacó una
guía de teléfono de debajo de un montón de revistas de informática.
L'Esprit de l'escalier.
Telefoneó y trató de reservar mesa, pero al indicar para cuándo la quería fue
como si les contara un chiste.
-Ah, no, m'sieur -dijo el maítre-. Lo lamento, pero es imposible. En estos
momentos es preciso hacer la reserva al menos con tres semanas de anticipación.
Perdón, m'sieur.
A Richard le maravilló la idea de que alguien supiera realmente qué quería
hacer con tres semanas de adelanto. Dio las gracias al maitre y colgó. Bueno,
pues otra vez pizza. Eso le recordó la cita de anoche, a la que no acudió y, al
cabo de un momento, le picó la curiosidad y volvió a coger la guía. Gentleman.
Gentles... Gentry.
No había Gently. Ni uno. Consultó otra guía a la que faltaba el tomo de la S a
la Z, que su asistenta tiraba una y otra vez a la basura por motivos que él jamás
lograba imaginar. Desde luego no figuraba Cjelli ni nada parecido. No Jently, ni
Dgently, ni Dzently ni nada remotamente semejante. Pensó si vendría por Tjently,
Tsentli o Tzentli y llamó a Información, pero no le contestaron. Se dio golpecitos
en los dientes con el lápiz y contempló las vueltas que daba el sillón en la pantalla
del ordenador.
Qué curioso que Reg le hubiese preguntado por Dirk sólo unas horas antes con
tanta urgencia. ¿Qué se hacía cuando uno quería localizar a alguien, qué pasos se
seguían?
Llamó a la policía, pero tampoco le contestaron. No podía hacer más. De
momento había hecho todo lo posible, salvo contratar a un detective privado, y
había mejores formas de perder el tiempo y el dinero. Volvería a encontrarse con
Dirk, como solía pasar cada pocos años.
De todos modos, le resultaba difícil creer que existiesen detectives privados.
¿Qué tipo de personas eran? ¿Qué aspecto tenían, dónde trabajaban? ¿Qué
corbata llevarían? Probablemente tendrían que ser corbatas distintas de lo que la
gente esperaba en los detectives privados. Figúrate, pensar en ese problema
nada más levantarse. Aunque sólo fuese por curiosidad, y porque era lo único que
podía hacer en vez de ponerse a trabajar en el Anthem, se dedicó a hojear las
páginas amarillas.
Detectives privados - véase Agencias de investigación.
Esas palabras casi parecían raras en un contexto tan sólido y práctico.
Prosiguió la consulta de la guía. Academias de enseñanza, Acuarios,
Administradores de fincas, Agencias de investigación...
En aquel momento sonó el teléfono y contestó con cierta sequedad. No le
gustaba que le interrumpieran.
-¿Pasa algo, Richard?
-¡Ah, hola, Kate! No, lo siento. Es que estaba pensando en otra
cosa.
Kate Anselm era otra de las principales programadoras de Tecnologías de
WayForward. Trabajaba en un proyecto a largo plazo de inteligencia artificial, la
clase de cosas que parecían una idea absurda hasta que la oías hablar sobre ello.
Gordon necesitaba que le explicase el tema con bastante frecuencia, en parte
porque el dinero que costaba le ponía nervioso, y en parte porque, bueno, no
cabía duda de que le gustaba oírla hablar de lo que fuese.
-No quería molestarte -anunció ella-, pero es que no puedo localizar a Gordon.
No contesta ni en Londres ni en la casa de campo, ni tampoco en el coche. Y
resulta raro para alguien que tiene tal obsesión por el teléfono. ¿Sabes que se ha
instalado uno en la sauna? Como lo oyes.
-No he hablado con él desde ayer -repuso Richard.
De pronto recordó la cinta que se había llevado del contestador automático de
Susan, y esperó con toda su alma que no se tratase de algo más importante que
las quejas de Gordon sobre los conejos.
-Sé que iba a la casa de campo. No sé dónde debe de estar. ¿Has probado...? -
sugirió, pero fue incapaz de pensar en otro sitio-. ¡Santo cielo!
-¿Richard?
-Qué raro.
-¿Qué ocurre, Richard?
-Nada, Kate. Que acabo de leer algo de lo más asombroso.
-¿Sí? ¿Qué estás leyendo?
-Bueno, la guía de teléfonos...
-¿De verdad? Tengo que ir corriendo a comprar una. ¿Han caducado los
derechos cinematográficos?
-Mira, Kate, lo siento. ¿Puedo llamarte más tarde? No sé dónde estará Gordon
en este momento y...
-No te preocupes. Ya sé cómo te pones cuando estás ansioso por pasar la
página. Siempre está uno con el alma en vilo hasta el final, ¿verdad? El culpable
debe ser Zbigniew. Que pases un buen fin de semana.
Colgó.
Richard también colgó y se quedó mirando el recuadro publicitario de las
páginas amarillas que tenía delante.
DIRK GENTLY AGENCIA DE INVESTIGACIONES HOLISTICAS
Resolvernos los crímenes por completo
Encontramos por completo a las personas
Llame hoy para la solución completa de su problema
(Especialidad en gatos perdidos y divorcios engorrosos.)
a Peckender St., Londres NI -
Peckender Street sólo estaba a unos minutos andando. Escribió la dirección, se
puso el abrigo y trotó escaleras abajo, deteniéndose a efectuar otra rápida
inspección del sofá. Pensó que seguramente había algo que se le escapaba. El
sillón estaba encajado en un pequeño recodo de la larga y estrecha escalera. En
aquel punto, que correspondía al primer piso, justo debajo del de Richard, las
escaleras se interrumpían para dar lugar a un descansillo de unos dos metros. Sin
embargo, la inspección no reveló nada nuevo y, tras saltar por encima del sillón,
salió por el
portal.
En Islington apenas se puede arrojar un ladrillo sin dar a una tienda de
antigüedades, una agencia inmobiliaria o una librería. Y en caso de no hacer
blanco en ellas, sin duda se les desconectaría la alarma antirrobo, que no se
pondría de nuevo en marcha hasta pasado el fin de semana. Un coche patrulla
realizaba su habitual juego de regates hasta adelantarle y frenar con un chirrido.
Richard cruzó la calle por detrás de él.
El día era frío y luminoso, le resultaba agradable. Atravesó la parte alta de
Islington Green, donde sacudían a los borrachos, pasó por el solar del antiguo
Collins Music Hall, que había ardido hasta los cimientos, y recorrió el Camden
Passage, donde timaban a los turistas norteamericanos. Curioseó entre las
antigüedades y se fijó en unos pendientes que, según le pareció, le gustarían a
Susan, pero no se decidió. No estaba seguro de que fuesen de su estilo, así que
lo dejó. Miró en una librería y, en un impulso, compró una antología de poemas
de Coleridge sólo porque estaba allí. Luego pasó por callejas tortuosas, cruzó el
canal, por las propiedades municipales que lo bordeaban, por una serie de
plazuelas cada vez más pequeñas hasta dar al fin con Peckender Street, que
resultó estar mucho más lejos de lo que había pensado.
Era una calle por la que los agentes inmobiliarios suelen pasear salivando en
sus Jaguar. Había innumerables tiendas a punto de cerrar, de una arquitectura
industrial victoriana, junto a deterioradas casas en promontorios de tardío estilo
georgiano que ardían en deseos de que las demoliesen para que en su lugar
surgieran robustos y jóvenes cubos de cemento. Los agentes inmobiliarios
correteaban por la calle en hambrientos rebaños, observándose con mutuo recelo
y a punto de escribir algo en los cuadernos.
El número , que al fin encontró entre el y el , se encontraba en un
estado penoso, pero no peor que el de las demás casas. La planta baja era una
agencia de viajes con el escaparate roto y con unos carteles de la BOAC que
actualmente debían de ser bastante valiosos. El portal contiguo estaba pintado de
rojo vivo, no muy bien, pero al menos recientemente. Junto a la puerta había un
timbre con un letrero bien escrito que rezaba: "Dominique, Clases de Francés,
Tercer piso". Pero lo que más llamaba la atención era la audaz y reluciente placa
de cobre justo en medio de la puerta con una leyenda que decía: "Dirk Gently,
Agencia de investigaciones holísticas". Nada más. Parecía completamente nueva,
incluso los tornillos que la sujetaban todavía estaban relucientes.
Richard abrió la puerta de un empujón y miró al interior. Vio un pasillo angosto
y húmedo en el que no había nada aparte del arranque de unas escaleras. Al
fondo había una puerta con muestras de no haber sido abierta durante los últimos
años y unas estanterías de metal; apoyada contra ella había una pecera y los
restos de una bicicleta. Todo lo demás, paredes, suelo, escaleras y lo que se
distinguía de la puerta del fondo estaba pintado de gris con idea de adecentarlo
sin mucho gasto, aunque ahora presentaba muchos arañazos y había una mancha
de humedad cerca del techo de la que sobresalía un grupo de hongos en forma de
taza.
Oyó ruido como de voces airadas y al empezar a subir las escaleras distinguió
el rumor de dos discusiones distintas, pero acaloradas, que se desarrollaban en el
piso de arriba.
Una, o al menos su mitad, acabó bruscamente, con la aparición de un hombre
de excesiva corpulencia que bajaba con gran estruendo ajustándose el cuello de
la gabardina. La otra mitad de aquella discusión prosiguió en un francés torrencial
y ofendido.
-Ahórrese el dinero, amigo, es un completo desastre -le advirtió el hombre,
dándole un empujón al pasar y perdiéndose en la fría mañana.
La otra discusión era más apagada. Cuando llegó al primer pasillo, oyó que una
puerta se cerraba de golpe y aquellas voces también cesaron. Miró por la puerta
más cercana, que estaba abierta. Daba a la salita de espera de una oficina cuya
puerta interior estaba bien cerrada. Una mujer feúcha y de aspecto juvenil sacaba
del cajón barras de maquillaje y paquetes de kleenex y los guardaba con
brusquedad en el bolso.
-¿Es aquí la Agencia de investigaciones? -inquirió Richard en tono de
incertidumbre.
La mujer asintió, mordiéndose el labio y sin levantar la cabeza.
-¿Y está míster Gently?
-Quizá sí -anunció, echándose hacia atrás el pelo, que era demasiado rizado
para que le quedara bien en esa posición-, y quizá no. No estoy en condiciones de
asegurarlo. No es de mi incumbencia saber dónde está. Su paradero siempre es
cosa suya.
Recogió el último frasco de laca de uñas e intentó cerrar de golpe el cajón. Un
grueso libro en posición vertical impidió la operación. Volvió a intentarlo, sin
éxito. Cogió el libro, arrancó unas cuantas hojas y volvió a colocarlo. Esta vez
pudo cerrar fácilmente el cajón.
-¿Es usted su secretaria? -preguntó Richard.
-Soy su ex secretaria, y pretendo seguir siéndolo -contestó ella, cerrando
firmemente el bolso-. Si quiere gastarse el dinero en ridiculas y costosas placas
de cobre en vez de pagarme a mí, que lo haga. Pero eso yo no lo aguanto,
muchas gracias. No es bueno para la empresa. Contestar adecuadamente al
teléfono sí lo es, y me gustaría ver cómo lo hace esa elegante placa. Si me
disculpa, me gustaría salir pitando, por favor.
Richard se apartó y ella salió pitando.
-¡Ya era hora! -gritó una voz desde el despacho interior. Sonó un teléfono y
alguien lo cogió inmediatamente.
-¿Sí? -contestó irritada la voz de dentro.

Y SIGUE 1ª:

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