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viernes, 28 de diciembre de 2012

EL CONDE DE MONTECRISTO I

Capítulo diez
Los bandoleros romanos
A1 día siguiente Franz se despertó antes que su compañero, y así que estuvo vestido, tiró del cordón de
la campanilla. Aún vibraba el sonido de ésta, cuando maese Pastrini entró en el aposento.
-¡Y bien! -dijo el fondista con aire de triunfo, sin esperar a que Franz le interrogase-, bien lo
sospechaba ayer cuando no quería prometeros nada. Habéis acudido demasiado tarde ya, y no hay en
Roma un solo carruaje desalquilado, para los tres últimos días, se entiende.
-Justamente -exclamó Franz-, para los días que más falta nos hace.
-¿Qué hay? -preguntó Alberto entrando-. ¿No tenemos carruaje?
-Así es, querido amigo -respondió Franz-, lo habéis adivinado.
-¡Vaya una ciudad! ¡Buena está la tal Roma!
-Es decir -replicó maese Pastrini, que quería mantener dignamente con los extranjeros el pabellón de la
capital del mundo cris tiano-, es decir, que no hay carruaje desde el domingo por la mañana, hasta el
martes por la noche, pero hasta entonces encontraréis cincuenta si queréis.
Alberto dijo:
-¡Ah!, eso ya es algo. Hoy es jueves, ¿quién sabe de aquí al domingo lo que puede suceder?
-Que llegarán diez o doce mil viajeros -respondió Franz-, los cuales harán mayor aún la dificultad.
-Amigo mío -dijo Morcef-, aprovechemos el presente y olvidémonos por ahora del futuro.
-Pero a lo menos -preguntó Franz-, ¿tendremos una ventana?
-¿Dónde?
-En la calle del Corso.
-¡Oh! ¡Una ventana! -exclamó maese Pastrini-, completamente imposible. Una solamente quedaba en el
quinto piso del palacio Doria, y ha sido alquilada a un príncipe ruso por veinte cequíes al día.
Los dos jóvenes se miraron atónitos.
-Pues mira, querido -dijo Franz a Alberto--, lo mejor que podemos hacer es irnos a pasar el carnaval en
Venecia; al menos allí, si no encontramos carruaje, encontraremos góndolas.
-No, no -exclamó Alberto-. Estoy decidido a ver el carnaval en Roma, y lo veré aunque sea en zancos.
-¡Caramba! -exclamó Franz-. Es una gran idea, sobre todo para apagar los moccoletti; nos
disfrazaremos de polichinelas, de vampiros o de habitantes de las Landas, y tendremos un éxito
magnífico.
-¿Desean aún sus excelencias tener un carruaje para el domingo?
-¡Pues qué! ¿Creéis que vamos a recorrer las calles de Roma a pie, como si fuéramos pasantes de
escribano?
-¡Bien!, voy a apresurarme a ejecutar las órdenes de sus excelencias -dijo maese Pastrini-, pero les
prevengo que el carruaje les costará seis piastras al día.
-Y yo, querido maese Pastrini -dijo Franz-, yo que no soy vuestro vecino el millonario, os advierto que
como es la cuarta vez que vengo a Roma, conozco el precio de los carruajes, tanto los domingos y días de
fiesta como los que no lo son, os daremos doce piastras por hoy, mañana y pasado, y aún sacaréis muy
buen producto.
-Con todo, excelencia... -dijo maese Pastrini procurando rebelarse.
-Andad, andad, mi querido huésped --dijo Franz-, o voy yo mismo a ajustar el carruaje con vuestro
affettatore, que es también el mío. Es un antiguo amigo que durante su vida me ha robado bastante dinero,
y que con la esperanza de robarme más, pasará por un precio menor que el que os ofrezco; de este modo
perderéis la diferencia y será vuestra la culpa.
-¡Oh!, no os toméis esa molestia, excelencia -dijo maese Pastrini con la sonrisa del especulador italiano
que se confiesa vencido--, cumpliré vuestro encargo lo mejor que me sea posible y espero que quedaréis
contento.
-Estupendo, eso se llama hablar con juicio.
-¿Cuándo queréis el carruaje?
-Dentro de una hora.
-Pues dentro de una hora estará a la puerta.
En efecto, una hora después el carruaje esperaba a los dos jóvenes. Era un modesto simón que, atendida
la solemnidad de la circunstancia, habían elevado al rango de carruaje. Pero, a pesar de la mediana
apariencia que tuviese, los dos jóvenes se hubieran dado por muy dichosos con tener una covacha
semejante para los tres últimos días.
-Excelencia -gritó el cicerone al ver a Franz asomarse a la ventana-, ¿se acerca la carroza al palacio?
Por muy acostumbrado que estuviese Franz al énfasis italiano, su primer movimiento fue mirar a su
alrededor, pero a él era a quien se dirigían en efecto aquellas palabras. Franz era la excelencia, la carroza
era el fiacre, y el palacio era la fonda de Londres. Todo el genio encomiástico de la nación estaba
encerrado en aquella frase.
Franz y Alberto bajaron. La carroza se acercó al palacio, sus excelencias subieron, y el cicerone saltó a
la trasera.
-¿Adónde quieren sus excelencias que les conduzca?
-Primero a San Pedro y en seguida al Coliseo-dijo Alberto.
Pero éste ignoraba que para ver San Pedro se necesitaba un día, y para estudiarlo, un mes.
Quise decir que se pasó el día en ver San Pedro.
Los dos amigos no echaron de ver que se hacía tarde hasta que el día empezó a declinar. Franz sacó su
reloj, eran las cuatro y media. Emprendieron inmediatamente el camino de la fonda y al apearse dio Franz
al cochero la orden de estar allí a las ocho. Quería hacer contemplar a Alberto el Coliseo a la luz de la
luna, tal como le había hecho ver San Pedro a la luz del sol.
Cuando se hace ver a un amigo una ciudad que uno ya conoce, se usa de la misma coquetería que para
enseñarle la mujer a quien se ama; de consiguiente, Franz trazó al cochero su itinerario: debía salir por la
puerta del Popolo, costear la muralla exterior y entrar por la puerta de San Juan. Y de esta manera el
Coliseo se les aparecería de improviso y sin que el Capitolio, el Foro, el Arco de Septimio Severo, el
templo de Antonino Faustino y la Via Sacra, hubiesen servido de escalones situados en medio del camino
para acortarlo.
Se sentaron a la mesa, y aunque maese Pastrini había prometido a sus huéspedes un festín excelente, sin
embargo, sólo les dio una comida pasable, de la que a lo menos no tuvieron que quejarse.
Al fin de la comida entró el fondista. Franz creyó que era para re cibir las gracias, y se disponía a
dárselas cuando le interrumpió a las primeras palabras.
-Excelencia -dijo-, mucho me lisonjea vuestra aprobación, pero no he subido para eso a vuestro cuarto.
-¿Es acaso para decirnos que habéis encontrado carruaje? -pre guntó Alberto, encendiendo un cigarro.
-Nada de eso. Lo mejor que podéis hacer es no pensar más en ello, y tomar un partido. En Roma las
cosas se pueden o no se pueden, y cuando se os ha dicho que no se podía, punto concluido.
-¡Oh! En París es mucho más cómodo; cuando una cosa no se puede se paga el doble, y al instante se
tiene lo pedido.
-Sí, sí; ya he oído decir eso a todos los franceses -dijo maese Pastrini algún tanto picado-, y entonces no
comprendo cómo viajan.
-Es que los que viajan -dijo Alberto arrojando flemáticamente una bocanada de humo hacia el techo, y
balanceándose sobre las patas traseras de su silla-, son solamente los necios y los locos como yo, pues las
personas sensatas no abandonan su habitación en la calle de Helder, el paseo Gand y el café de París.
Excusado es decir que Alberto vivía en dicha calle, daba todos los días su paseo fashionable y comía
cotidianamente en el único café en que se come cuando se está en relaciones con los jóvenes solteros de
París. Maese Pastrini quedóse un instante silencioso. Era evidente que meditaba la respuesta que le había
dado Alberto, respuesta que sin duda alguna no le parecía del todo clara.
-Pero, en fin -dijo Franz a su vez interrumpiendo las reflexiones geográficas de su huésped-, vos habéis
venido aquí para algo; servíos, pues, indicarnos el objeto de vuestra visita.
-¡Oh! Justamente. ¿Habéis mandado venir el carruaje a las ocho?
-Sí.
-¿Teníais intención de visitar el Colosseo?
-Es decir, el Coliseo.
-Es exactamente lo mismo.
-Sea.
-¿Habéis dicho a vuestro cochero que saliera por la puerta del Popolo, que diese la vuelta por el lado
exterior de las murallas y que entrase por la puerta de San Juan?
-Eso fue lo que dije, en efecto.
-¡Pues bien! Ese itinerario es imposible, o por lo menos muy peligroso.
-¿Y por qué es peligroso?
-A causa del famoso Luigi Vampa.
-Ante todo, mi querido huésped, ¿quién es el famoso Luigi Vampa? -preguntó Alberto-. Puede ser muy
famoso en Roma, pero os advierto que en París es completamente desconocido.
-¡Cómo! ¿No le conocéis?
-No tengo ese honor.
-¡Pues bien! Es un bandido junto al cual son niños de teta los Decesaris y los Gasparone.
-Atención, Franz -exclamó Alberto-. ¡Al fin encontramos un bandido! Os prevengo, querido huésped,
que no voy a creer una palabra de lo que digáis. Sabido esto, hablad cuanto queráis, estoy pronto a
escucharos. Había una vez... Vaya, ¡y qué! ¿No proseguís?
Maese Pastrini se volvió hacia Franz, que le parecía mucho más juicioso que su compañero, y le dijo
gravemente:
-Excelencia, si creéis que miento, es inútil que os diga lo que quería deciros; puedo, sin embargo,
afirmaros que lo hacía por el interés de vuestras excelencias.
-Alberto no dice que mintáis, querido señor Pastrini -replicó Franz-. Dice que no os creerá enteramente,
pero yo sí os creeré; tranquilizaos, pues, y hablad.
-Mas, sin embargo, excelencia, bien comprendéis que si ponéis en duda mi veracidad...
-Amigo mío -interrumpió Franz-, sois más susceptible que Casandra, la cual era una profetisa a quien
nadie escuchaba; siendo así que vos, a lo menos, estáis seguro de la mitad de vuestro auditorio. Vamos,
sentaos, y decidnos quién es ese señor Vampa.
-Ya os lo he dicho, excelencia, es un bandido cual no se ha visto otro después del famoso Mastrilla.
-Pero, ¡vamos a ver! ¿Qué tiene que ver ese bandido con la orden que he dado a mi cochero de salir por
la puerta del Popolo, y de entrar por la puerta de San Juan?
-Tiene -repuso maese Pastrini- que por la una sin duda podréis salir, pero dudo que por la otra podáis
entrar.
-¿Y eso por qué, señor Pastrini? -preguntó Franz.
-Porque llegada la noche, ya no se está seguro a cincuenta pasos de las puertas.
-¿Palabra de honor? -exclamó Alberto.
-Señor conde -dijo maese Pastrini, siempre picado por la duda que tenía Alberto de su veracidad-, no
hablo con vos, sino con vuestro compañero, que conoce a Roma, y que sabe que no se gastan chanzas
sobre tal punto.
-Oye, querido -dijo Alberto dirigiéndose a Franz-, puesto que se nos presenta ocasión de emprender una
aventura, oye lo que podemos hacer: cargamos nuestro coche de pistolas, trabucos y escopetas de dos
cañones. Luigi Vampa viene a prendernos, y en lugar de prendernos él a nosotros, le cogemos nosotros a
él. Le llevamos inmediatamente a Su Santidad, que nos pregunta qué puede hacer en reconocimiento a
nuestro servicio, y entonces reclamamos lisa y lla namente una carroza y dos caballos de sus caballerizas,
sin contar con que probablemente el pueblo romano, reconocido también, nos corone en el Capitolio, y
nos proclame, como a Curcio y a Horacio Coclés, salvadores de la patria.
Entretanto Alberto deducía esta consecuencia, maese Pastrini gesticulaba de una manera difícil de
describir.
-En primer lugar -preguntó Franz a Alberto-, dime dónde encontrarás esas pistolas, esos trabucos, esas
escopetas de dos cañones, con que quieres atestar el coche.
-Lo que es en mi armería no será -dijo Alberto-, pues que en la Terracina me despojaron hasta de mi
puñal, ¿y a ti?
-A mí me sucedió lo mismo en Acuapendente.
-¡Ah!, querido huésped -dijo Alberto encendiendo su segundo cigarro en la punta del primero-, sabéis
que es muy cómoda para los ladrones esa medida, y que me parece que ha sido tomada de acuerdo con
ellos.
Sin duda maese Pastrini encontró aquella pregunta muy embarazo sa, pues no respondió sino a medias,
dirigiendo aún la palabra a Franz como al único ser razonable con el cual pudiera entenderse.
-¿Sabe su excelencia que cuando uno es atacado por bandidos, no es costumbre defenderse?
-¡Cómo! -exclamó Alberto, cuyo valor se rebelaba a la sola idea de dejarse robar sin decir una palabra-.
¡Cómo! ¿Que no es costumbre defenderse?
-No, porque toda defensa sería inútil. ¿Qué queréis hacer contra una docena de bandidos que salen de
un foso, de una choza o de la misma tierra, si así puede decirse, y que os apuntan a boca de jarro todos a
un tiempo?
Alberto exclamó:
-Pues quiero que me maten.
El posadero se volvió hacia Franz, con un aire que quería decir: «Decididamente, vuestro camarada está
loco.»
-Querido Alberto -replicó Franz-, vuestra respuesta es sublime, y vale tanto como el qu'il mourut de
Corneille, sólo que cuando Horacio respondía esto, se trataba de la salvación de Roma, y la cosa valía por
cierto la pena. Pero, en cuanto a nosotros, daos cuenta de que se trata sólo de un capricho que queremos
satisfacer y que sería ridículo que por este capricho arriesgásemos nuestra vida.
-¡Ah! ¡Per Bacco! -exclamó maese Pastrini-, eso se llama saber hablar.
Alberto se llenó un vaso de Lacryma-Christi, el cual bebió a pe. queños sorbos murmurando palabras
ininteligibles.
-Y bien, maese Pastrini -replicó Franz-, ya que mi compañero está tranquilo, y ya que habéis podido
apreciar mis disposiciones pacíficas, decidnos ahora, ¿quién es es e señor Vampa? ¿Es pastor o patricio?
¿Es joven o viejo? ¿Alto o bajo? Describidnos su figura con objeto de que si le encontramos por
casualidad en el mundo, como Juan Sbogard o Lara, podamos a lo menos reconocerle.
-Pues para obtener detalles exactos, a nadie mejor que a mí pudierais dirigiros, porque he conocido
desde la niñez a Luigi Vampa, y un día que había caído en sus manos al ir de Florencia a Alatri, se
acordó, felizmente para mí, de nuestro antiguo conocimiento. Me dejó ir entonces, no tan sólo sin
hacerme pagar nada, sino que quiso dárselas de generoso, me regaló un precioso reloj y me contó su
historia.
-Mostradnos el reloj -dijo Alberto.
Maese Pastrini sacó de su bolsillo un magnífico Breguet en que se veía grabado el nombre de su autor,
el timbre de París y una corona de conde.
-Aquí está.
-¡Diantre! -exclamó Alberto-. Os doy la enhorabuena. Tengo uno semejante -añadió sacando a su vez el
reloj del bolsillo de su chaleco-, que me ha costado tres mil francos.
-Ahora contadnos la historia -dijo Franz a su vez, haciendo señas a maese Pastrini para que se sentara.
-Si permiten sus excelencias...
-¡Qué diablos! -dijo Alberto-, no sois ningún predicador para estar hablando de pie.
E1 posadero se sentó, después de haber hecho a cada uno de sus oyentes una respetuosa y profunda
cortesía, lo cual indicaba que estaba pronto a dar los informes que le pedían acerca del famoso bandido
Luigi Vampa.
-A propósito -exclamó Franz deteniendo a maese Pastrini en el momento en que iba a empezar a
hablar-, decís que habéis conocido a Luigi Vampa desde su niñez; ¿es todavía joven?
-¡Cómo!, pues no ha de ser joven, excelencia, si apenas tiene veintidós años. ¡Oh!, todavía ha de meter
mucho ruido.
-¿Qué os parece, Alberto? Es muy raro el haberse adquirido ya a los veintidós años una reputación -dijo
Franz.
-Sí, ciertamente, y a su edad Alejandro, César y Napoleón, que después han figurado tanto, no habían
adelantado lo que él.
-Así pues -replicó Franz dirigiéndose a su huésped-, ¿el héroe cuya historia vais a relatar, tiene
veintidós años?
-Tal vez aún no los ha cumplido, como he tenido el honor de deciros.
-¿Es alto o bajo?
-De estatura mediana, así como vuestra excelencia -dijo el huésped, señalando a Alberto.
-Gracias por la comparación -dijo éste, inclinándose.
-¡Vaya!, proseguid, maese Pastrini -replicó Franz, sonriéndose de la susceptibilidad de su amigo-. ¿Y a
qué clase de la sociedad pertenecía?
-Era un pobre pastor de la quinta de San Felice, situada entre Palestrina y el lago de Cabri; había nacido
en Pampinara, y entrado a la edad de cinco años al servicio del conde. Su padre, pastor en Anagui, poseía
un pequeño rebaño, y vivía de la lana de sus carneros y de la leche de sus ovejas que venía a vender a
Roma. De niño, el pequeño Vampa tenía un carácter muy raro. Un día, a la edad de siete años, fue a
buscar al cura de Palestrina y le rogó que le enseñase a leer, lo cual era difícil, pues el joven pastor no
podía abandonar un instante su ganado, pero el buen cura iba todos los días a decir misa a una pobre aldea
demasiado reducida para pagar un sacerdote, y que no teniendo nombre, era conocida bajo el de Borgo.
Le dijo a Luigi que le esperase en el camino por donde él precisamente pasaba a su vuelta, y que de este
modo le daría su lección, previniéndole que ésta sería corta y que por consiguiente tendría que
aprovecharse de ella. El pobre muchacho aceptó lleno de júbilo.
»Diariamente, Luigi llevaba a apacentar su ganado hacia el camino de Palestrina a Borgo, y todos los
días, a las nueve de la mañana, el cura y el muchacho se sentaban sobre la hierba y el pastorcillo daba su
lección en el breviario del sacerdote. A1 cabo de tres meses, sabía leer, pero no era esto suficiente,
necesitaba aprender a escribir. Encargó el sacerdote a un profesor de escritura de Roma que le hiciera tres
alfabetos: Uno con letra muy gruesa, otro con letra mediana y el tercero con una letra muy pequeña. A1
recibirlós, el cura dijo a Luigi que copiando aquellas letras en una pizarra, podía, con ayuda de una punta
de hierro, aprender a escribir. Aquella misma noche, así que hubo metido el ganado en la quinta, Vampa
corrió a casa del cerrajero de Palestrina, cogió un grueso clavo, lo forjó, lo machacó, lo redondeó,
consiguiendo hacer de él una especie de estilete antiguo. Al día siguiente, había reunido una porción de
pizarras y trabajaba en ellas. Al cabo de tres meses ya sabía escribir.
»El cura quedó asombrado de aquella maravillosa inteligencia, e interesándose vivamente por tan rara
disposición, le regaló unos cuantos cuadernos de papel, un mazo de plumas y un cortaplumas. Éste fue un
nuevo estudio, estudio que no era nada al lado del primero, así que ocho días después manejaba la pluma
lo mismo que el esthete. Contó el cura esta anécdota al conde de San Felíce, que quiso ver al pastorcito, le
hizo leer y escribir delante de él, mandó a su mayordomo que le hiciese comer con sus criados, y le dio
dos piastras al mes. Con este dinero, Luigi compró libros y lápices.
»Había aplicado a todos los objetos aquella facultad de imitación que tenía, y, como Giotto, dibujaba
sobre las pizarras sus ovejas, los árboles, las casas y con la punta de su cortaplumas empezó a tallar la
madera y a darle todas las formas que quería. Así fue como empezó Pinelli, el escultor popular. Una niña
de seis o siete años, es decir, un poco más joven que Vampa, guardaba por su parte el rebaño de una
quinta próxima a Palestrina; era huérfana, había nacido en Valmontone y se llamaba Teresa. Los dos
niños se encontraban, sentábanse uno al lado del otro, dejaban que sus rebaños se mezclasen y paciesen
juntos, charlaban, reían y jugaban, y después por la noche, apartaban los carneros del conde de San
Felice, de los del barón de Cervetri, y se separaban para volver a sus respectivas quintas, prome tiendo
reunirse al día siguiente. Cada día volvían a darse y cumplir la cita, y de ese modo fueron creciendo
juntos. Vampa llegó a los doce años y Teresa a los once.
»Iban entretanto desarrollándose también sus caracteres diferentes. A su noble afición a las artes, en
que había sobresalido cuanto le era posible en su aislamiento, unía Luigi crueles arrebatos de un carácter
imperioso, colérico, burlón. Ninguno de los jóvenes de Pampinara, de Palestrina o de Valmontone había
podido, no solamente tener influencia alguna sobre él, sino que ni llegar a ser su compañero. Altanero era
su temperamento, siempre dispuesto a exigir, sin querer nunca conceder, apartaba de su lado todo instinto
amistoso, toda demostración simpática. Teresa era la única que mandaba con una palabra, con una
mirada, con un gesto, aquel carácter fiero que se humillaba bajo la mano de una mujer, y que bajo la de
un hombre cualquiera hubiérase rebelado como una serpiente al sentirse pisoteada.
»El carácter de Teresa era entera y totalmente opuesto; viva, alegre, pero coqueta hasta el extremo, las
dos piastras que daba a Luigi el mayordomo del conde de San Felice, y el precio de todos los juguetillos
que vendía en Roma, se gastaban en pendientes de perlas, en collares, en alfileres, así es que gracias a la
prodigalidad de su joven amigo, Teresa era la aldeana más hermosa y elegante de los alrededores de
Roma. Los dos jóvenes seguían creciendo, pasando todo el día juntos, y entregándose sin obstáculos a los
instintos de su carácter; así, pues, en sus conversaciones, en sus deseos, en sus sueños, Vampa
se veía siempre hecho un capitán de navío, general de ejército o gobernador de una provincia, y Teresa
se imaginaba rica, envidiada, vestida con un hermoso traje, adornada con hermosos diamantes y seguida
de lacayos con librea. Además, cuando habían pasado el día juntos, adornando su porvenir con aquellos
locos y brillantes arabescos, se separaban para conducir los rebaños a los establos y descender desde la
elevación de su sueño hasta la real humildad de su posición. Un día, el joven pastor dijo al mayordomo
del conde que había visto que un lobo salido de las montañas de la Sabina acechaba su ganado. El
mayordomo le entregó una escopeta; esto era lo que quería Vampa.
»El arma aquella tenía por casualidad un excelente cañón de Brescia, que calzaba bala como una
carabina inglesa, sólo que un día el conde, persiguiendo a un zorro, rompió la culata, y ya habían arrinconado
el arma como inútil. Pero no era esto una dificultad para un escultor como Vampa. Examinó la
culata primitiva, calculó la figura que había de tener, y al cabo de unos cuantos días hizo otra culata
cargada de adornos tan maravillosos que, si hubiera querido venderla sin el cañón, hubiera seguramente
ganado quince o veinte piastras; pero él no pensaba hacer tal use de ella, porque una escopeta había sido
durante su vida el pensamiento fijo del joven.
»En la totalidad de los países en que la independencia ha sustituido a la libertad, la primera necesidad
que experimenta todo corazón fuerte, toda organización poderosa, es la de un arma que asegure al propio
tiempo el ataque y la defensa, y que haciendo terrible al que la lleva, le haga también temido. Desde este
momento Vampa dedicó todo el tiempo que le quedaba libre al ejercicio del arma. Compró pólvora y
balas a hizo servir de blanco todos los objetos que se le ponían delante. Tan pronto ensayaba su puntería
en el tronco de un olivo, como en el zorro que salía de su cueva al anochecer para dar comienzo a su caza
nocturna. Tan pronto era su blanco la mata más insignificante del borde de un camino, como el águila que
orgullosamente se cernía en el aire. Pronto llegó a ser tan diestro que Teresa dominó el temor que en un
principio experimentara al oír la detonación, y se divertía en ver a su joven compañero poner la bala en el
punto que de antemano advertía, con tanta exactitud y limpieza como si la colocara allí con su propia
mano.
»Salió, en efecto, una noche un lobo de un bosque cerca del cual tenían por costumbre reunirse los dos
jóvenes, pero apenas hubo dado el animal diez pasos por el llano, cayó atravesado por una bala. Envanecido
Luigi de tan buen tiro, cargóse el lobo a cuestas y lo llevó a la quinta.
»Estos y parecidos detalles daban a Vampa cierta reputación en todos aquellos alrededores, porque es
verdad que el hombre superior, doquiera que se halle y por ignorado que sea, se forma un círculo más o
menos mayor de admiradores. Por todos los alrededores se hablaba de aquel joven pastor como del más
fuerte y del más valiente contadino que había en el circuito de diez leguas, y aunque Teresa por su parte
pasase por una de las jóvenes más hermosas de la Sabina, nadie osaba decirle una palabra, porque sabían
que Vampa la amaba.
»Y, sin embargo, no se habían confesado nunca tal amor. Habían ido creciendo el uno y el otro como
dos árboles que mezclan sus raíces bajo la tierra, sus ramas en el aire, su perfume en el cielo, pero su
deseo de vivir juntos era el mismo. Unicamente que este deseo había llegado a ser una necesidad y mejor
hubieran preferido la muerte que la separación de un solo día, por más que esta idea no les hubiese venido
jamás a la imaginación. Teresa tenía dieciséis años y Vampa diecisiete.
»Fue por entonces cuando se empezó a hablar mucho de una cuadrilla de bandidos que se iba
organizando en los montes Lepini.
»Los salteadores no han sido nunca enteramente extinguidos en los alrededores de Roma, y aunque
algunas veces les faltan jefes, cuando se presenta uno jamás le falta una partida. El famoso Cucumetto,
perseguido en los Abruzzos, arrojado del reino de Nápoles, donde había sostenido una verdadera guerra,
atravesó el Garigliano, como Manfredo, y fue a refugiarse entre Sonnino y Juperno, a orillas del
Almasina. Este era quien se ocupaba en reorganizar alguna tropa y quien seguía las huellas de Decesaris y
de Gasparone, a quienes pronto esperaba sobrepujar. Muchos jóvenes de Palestrina, de Frascati y de
Pampinara desaparecieron, y aunque al principio sus amigos y allegados ignoraron su paradero, pronto
supieron que se habían ido a unirse a la banda de Cucumetto. Al cabo de algún tiempo, Cucumetto llegó a
ser el objeto de la atención general, citándose a propósito de este jefe rasgos llenos de una audacia y de
una brutalidad extra ordinarias y casi sin ejemplo.
»Un día raptó a una joven, era la hija del agrimensor de Frosinone. Las leyes de los bandidos son en
cuanto a esto terminantes: una joven pertenece al que la ha raptado, después a cada uno por suerte, y la
desgraciada sirve para los placeres de toda la compañía hasta que la abandonan o muere. Cuando los
parientes son bastante ricos para rescatarla, envían un mensajero que trata del rescate, y la cabeza del
prisionero responde de la seguridad del emisario. Pero si son rehusadas las condiciones del rescate, el
prisionero es condenado irrevocablemente.
»La joven de que hemos hablado tenía a su amante en la partida de Cucumetto; se llamaba Carlini. Ál
reconocer al joven, se creyó salvada y le tendió los brazos, pero el pobre Carlini al verla sintió que se le
partía el corazón, porque aún ignoraba la suerte que estaría destinada a su amada.
»Sin embargo, como era el favorito de Cucumetto, como había compartido con él sus peligros hacía
más de tres años, como le había salvado la vida matando de un pistoletazo a un carabinero que tenía ya el
sable levantado sobre su cabeza, esperó que Cucumetto se apiadaría de él. Llamó aparte, pues, a su
capitán, mientras que la joven se apoyaba contra el tronco de un gran pino que se elevaba en medio de
una plazuela del bosque; había hecho un velo con su adorno, traje pintoresco de las paisanas romanas, y
escondía su rostro a las lujurio sas miradas de los bandidos. Allí se lo contó todo: sus amores con la
prisionera, sus juramentos de fidelidad, y cómo cada noche, desde que estaban en aquellos alrededores, se
daban cita en unas ruinas. Precisamente aquella noche Cucumetto envió a Carlini a un pueblo vecino, y
no pudo acudir a la cita. Pero el capitán se había hallado allí por casualidad, según decía, y entonces raptó
a la joven.
»Carlini suplicó a su jefe que se le hiciese una excepción en su favor y que respetase a Rita, diciéndole
que su padre era rico y que pagaría un buen rescate. Cucumetto pareció rendirse a las súplicas de su
amigo y le encargó que buscase un pastor a quien pudiese enviar a casa del padre de Rita, a Frosinone.
Carlini se acercó entonces muy gozoso a la joven, le dijo que estaba salvada, y la invitó a que escribiese a
su padre una carta en la cual le contase todo lo que había pasado, y le anunciase que su rescate estaba
fijado en trescientas piastras. Concedían al padre por todo término doce horas, es decir, hasta el día
siguiente, a las nueve de la mañana.
»Una vez escrita la carta, Carlini cogióla al punto, corrió a la llanura para buscar un mensajero, y
encontró a un joven pastor que guardaba un rebaño. Los mensajeros naturales de los bandidos son los
pastores que viven entre la ciudad y la montaña, entre la vida salvaje y la vida civilizada. El joven pastor
partió en seguida, prometiendo estar en Frosinone antes de una hora, y Carlini volvió lleno de gozo a
reunirse con su querida para anunciarle aquella buena noticia.
»Toda la banda se encontraba en la plazuela, donde cenaba alegremente las provisiones que los
bandidos exigían de los paisanos como un tributo; tan sólo en medio de aquellos alegres compañeros
buscó en vano a Cucumetto y a Rita. Preguntó por ellos y los bandidos le respondieron con una carcajada.
»Carlini sintió que un sudor frío empezaba a inundar su frente y que una mortal zozobra empezaba a
helar su corazón. Renovó su pregunta; uno de los bandidos llenó un vaso de vino de Orvieto y se lo
mostró, diciendo:
»-¡A la salud del valiente Cucumetto y de la hermosa Rita!
»En aquel instante Carlini creyó oír un grito de mujer; todo lo adivinó. Tomó el vaso y lo rompió contra
el rostro del que se lo presentaba y se lanzó en dirección de donde oyera el grito. A los cien pasos, a la
vuelta de un matorral, vio a Rita desmayada en los brazos de Cucumetto. Al ver a Carlini, Cucumetto se
levantó pistola en mano y ambos bandidos se miraron durante un momento, el uno con la sonrisa de la
injuria en los labios, el otro con la palidez de la muerte en la frente. Hubiérase creído que iba a suceder
alguna escena terrible entre aquellos dos hombres, pero poco a poco las facciones de Carlini se
apaciguaron volviendo a su estado normal. Su mano, que había llegado a una de las pistolas de su
cinturón, permaneció in móvil; Rita estaba tendida entre los dos y la luna iluminaba esta escena.
»-¡Y bien! -le dijo Cucumetto-. ¿Has hecho la comisión que lo había encargado?
»--Sí, capitán -respondió Carlini-, y el padre de Rita estará aquí mañana a las nueve, con el dinero.
»-Perfectamente. Mientras tanto vamos a pasar una noche deliciosa. Esta joven es encantadora. Te
aseguro que tienes buen gusto, Carlini; así, pues, como no soy egoísta, vamos a volver al lado de los
camaradas y sortear a quién tocará ahora.
»-Entonces, ¿estáis decidido a abandonarla a la ley común? -pre guntó Carlini.
» ¿Y por qué había de hacer una excepción en su favor?
»-Creí que mis súplicas. ..
»--¿Y por qué has de ser tú más que los demás?
»-Es justo.
»-Vamos, tranquilízate -prosiguió Cucumetto riendo-, un poco antes, un poco después, ya llegará lo
turno.
»Los dientes de Carlini rechinaban de rabia.
»-Vamos -dijo Cucumetto, dando un paso hacia los bandidos-, ¿vienes?
»-Os sigo al momento.
»Cucumetto se alejó sin perder de vista a Carlini, porque temía que le hiriese por detrás, pero nada
anunciaba en el bandido una intención hostil. En pie, con los brazos cruzados, estaba al lado de Rita, que
continuaba sin haber recobrado el conocimiento. Cucumetto creyó por un instante que el joven iba a
tomarla en sus brazos y huir con ella, pero poco le importaba, había conseguido lo que deseaba,
y en cuanto al dinero, trescientas piastras repartidas entre los compañeros hacían una suma tan pobre
que le era indiferente el que se las diesen o no. Continuó, pues, su camino hacia la plazuela, pero con gran
asombro suyo, Carlini llegó casi al propio tiempo que él.
»-¡El sorteo! ¡El sorteo! -gritaron todos los bandidos al divisar a su jefe.
»Y brillaron de alegría los ojos de aquellos hombres, mientras que la llama de la hoguera esparcía sobre
sus rostros un resplandor rojizo que los hacía asemejarse a los demonios.
»Nada más justo que lo que pedían, y por lo tanto hizo el capitán un signo con la cabeza indicando que
accedía a su demanda. Pusiéronse todos los nombres en un sombrero, así el de Carlini como los de los
demás, y el más joven de la compañía sacó una papeleta de aquella improvisada urna y leyó en alta voz el
nombre que en ella estaba escrito. Era el de Diavolaccio, el mismo que había propuesto a Carlini un
brindis a la salud del jefe y a quien Carlini contestó haciendo pedazos el vaso contra su rostro. Una
extensa herida le cogía de la sien hasta la boca, de la que manaba sangre en abundancia. Diavolaccio, al
verse así favorecido por la fortuna, soltó una carcajada.
»-Capitán -dijo-, hace poco que Carlini no quiso beber a vuestra salud; proponedle que beba a la mía.
Tal vez tenga para con vos más condescendencia que para conmigo.
»Todos esperaban una explosión de parte de Carlini, pero, con gran asombro de los bandidos, tomó con
la mano un vaso, con la otra una botella y llenando el vaso dijo con perfecta mente tranquila:
»¡A lo salud, Diavolaccio! -y bebió el contenido del vaso sin que el más mínimo temblor agitase su
mano.
»Hecho esto, fue a sentarse junto a la hoguera.
»-Dadme la parte de cena que me toca -dijo-, pues el camino que acabo de hacer me ha abierto el
apetito.
»-¡Viva Carlini! -exclamaron los bandidos.
»-Enhorabuena, eso se llama tomar las cosas como buenos compañeros.
»Y todos formaron un círculo en torno a la hoguera, mientras que Diavolaccio se alejaba.
»Carlini comía y bebía como si nada hubiese sucedido.
»Los bandidos le observaban asombrados, sin comprender aquella impasibilidad, cuando oyeron
resonar de pronto, junto a ellos, unos pasos lentos y pausados.
»Se volvieron y divisaron a Diavolaccio que conducía a la joven en sus brazos; tenía la cabeza
inclinada hacia atrás, de modo que sus largos cabellos rozaban la tierra. A medida que iban entrando en el
círculo de la luz proyectada por la hoguera, notaban la palidez de la joven y del bandido. Esta aparición
tenía un aspecto tan extraño y tan solemne, que todos se levantaron, menos Carlini, que se quedó sentado
y continuó comiendo y bebiendo, como si nada pasase a su alrededor. Diavolaccio siguió avanzando en
medio del más profundo silencio y depositó a Rita a los pies del capitán.
»Entonces todos conocieron la causa de la gran palidez de la joven y del bandido, porque Rita tenía un
cuchillo clavado hasta la empuñadura en el corazón.
»Todas las miradas se fijaron en Carlini; la vaina que colgaba de su faja estaba vacía.
»-¡Ya! -dijo el capitán-, ¡ya!, ahora comp rendo por qué se quedó atrás Carlini.
»Por salvaje que sea todo carácter, se inclina ante una acción sublime, y aunque es probable que
ninguno de los bandidos hubiese hecho lo que Carlini, todos apreciaron el valor de aquella acción.
»-¿Y ahora -dijo Carlini levantándose a su vez con la mano apoyada en el gatillo de una de sus
pistolas-, y ahora, se atreverá alguien a disputarme esta mujer?
»-No-dijo el jefe- Es tuya.
»Entonces Carlini la tomó en sus brazos y la condujo fuera del círculo de luz que proyectaba la llama
de la hoguera.
»Distribuyó Cucumetto los centinelas como de costumbre, y los bandidos se tendieron en sus capas
alrededor de la hoguera.
»A medianoche el centinela dio la señal de alarma y en seguida el capitán y sus compañeros estuvieron
en pie. Era el padre de Rita que venía en persona a traer el rescate de su hija.
»-Toma -dijo a Cucumetto, presentándole un saco lleno de dinero-, aquí tienes trescientos doblones;
devuélveme a mi hija.
»El jefe, sin pronunciar siquiera una palabra y sin tomar el dinero, le hizo señas de que le siguiese.
»El anciano obedeció. Los dos se alejaron y perdieron entre los árboles, a través de cuyas ramas
penetraban los débiles rayos de la luna. Cucumetto se detuvo finalmente, tendió la mano, y mostrando al
anciano dos personas agrupadas al pie de un árbol, le dijo:
»-Mira, pide lo hija a Carlini, que él más que nadie puede darte cuenta.
»Y sin decir una sola palabra más, volvió la espalda, encaminándose al sitio donde se hallaban sus
compañeros.
»El anciano permaneció inmóvil y con los ojos fijos. Sentía que pesaba sobre su cabeza alguna
desgracia desconocida, inmensa, pero tomando de pronto una resolución, dio algunos pasos hacia el
grupo.
Con el ruido que hizo, Carlini levantó la cabeza, y las formas de dos personas comenzaron a aparecer
más distintas a los ojos del anciano. Vio a una mujer tendida en tierra, con la cabeza apoyada sobre las
rodillas de un hombre sentado a inclinado hacia ella. Al levantarse este hombre, fue cuando pudo
descubrir el rostro de la mujer que apretaba contra su corazón. El anciano reconoció a su hija y Carlini
reconoció al anciano.
»-Te esperaba -dijo el bandido al padre de Rita.
»-¡Miserable! -contestó éste-. ¿Qué has hecho?
»Y miraba con terror a Rita, inmóvil, pálida, ensangrentada, con un cuchillo hundido en el pecho. Un
rayo de luna la iluminaba con su blanquecina luz.
»-Cucumetto había violado a lo hija -dijo el bandido-, y como yo la amaba más que a mí mismo, la he
matado, porque después de él iba a servir de juguete a toda la compañía.
»Los labios del anciano no se entreabrieron para murmurar la más mínima palabra, pero su rostro
volvióse tan pálido como el de un cadáver.
»-Ahora -prosiguió Carlini-, si he hecho mal, véngala.
»Y arrancó el cuchillo del seno de la joven, que presentó con una mano al anciano, mientras que con la
otra apartaba su camisa y le presentaba su pecho desnudo.
»-Has hecho bien -le dijo el anciano con voz sorda-. ¡Abráza me, hijo mío!
»Carlini se arrojó llorando en los brazos del padre de su amada. Eran aquellas las primeras lágrimas que
vertían los ojos de aquel hombre.
»Y ya que todo acabó -dijo con tristeza el anciano a Carlini-, ayúdame a enterrar a mi hija.
»Carlini fue a buscar dos azadones y el padre y el amante se pusieron a cavar al pie de una encina cuyas
espesas ramas debían cubrir la tumba de la joven. Así-que hubieron abierto una fosa suficiente, el padre
fue el primero en abrazar el cadáver, el amante después, y en seguida levantándolo el uno por los pies y el
otro por los brazos, lo colocaron en el hoyo. Luego se arrodillaron a ambos lados y rezaron las oraciones
de difuntos. Cuando concluyeron, cubrieron el cadáver con la tierra que habían sacado hasta tanto que la
fosa estuvo llena. Entonces, presentándole la mano, dijo el anciano a Carlin i:
»-Ahora déjame solo. Gracias, hijo mío.
»-Pero... -replicó éste.
»-Déjame solo..., lo lo mando.
»Carlini obedeció. Fue a reunirse con sus compañeros, se envolvió en su capa, y pronto pareció tan
profundamente dormido como los demás. Como el día anterior se había decidido que iban a cambiar de
campamento, cosa de una hora antes de amanecer, Cucumetto despertó a sus camaradas y se dio la orden
de partir, pero Carlini no quiso abandonar el bosque sin saber lo que había sido del padre de Rita.
Dirigióse hacia el lugar donde le había dejado y encontró al anciano ahorcado de una de las ramas de la
encina que daba sombra a la tumba de su hija. Hizo entonces sobre el cadáver del uno y la tumba de la
otra, el juramento de vengarlos, mas este juramento no pudo realizarse, porque dos días después, en un
encuentro con los carabineros romanos, Carlini fue muerto. Aunque lo que a todos llenó de asombro fue
que haciendo frente al enemigo hubiese recibido la bala por la espalda. Cesó, sin embargo, este asombro
cuando uno de los bandidos hizo notar a sus compañeros que Cucumetto estaba colocado diez pasos
detrás de Carlini cuando éste cayó.
» En la madrugada del día en que partieron del bosque de Frosinone, había seguido a Carlini en la
oscuridad y escuchado el juramento que hiciera, por lo que a fuer de hombre cauto y previsor había tratado
de evitar el resultado, que para él podía ser muy desagradable.
»Aún se contaban sobre este terrible jefe de bandidos otras mu chas historias no menos curiosas que
ésta, de manera que desde Fondi a Perusa todo el mundo temblaba al solo nombre de Cucumetto.
» Estas historias habían sido con frecuencia el objeto de las conversaciones de Luigi Vampa y de
Teresa. Esta temblaba al oír tales aventuras, pero Vampa la tranquilizaba con una sonrisa dirigiendo una
mirada a su soberbia escopeta que tan certero tiro tenía, y si esto no bastaba a tranquilizarla, le mostraba a
cien pasos un cuervo sobre alguna rama, le apuntaba, la bala salía y el animal herido caía al pie del árbol.
Sin embargo, el tiempo corría, los dos jóvenes habían proyectado casarse cuando Vampa tuviese veinte
años y Teresa diecinueve y como los dos eran huérfanos y no tenían que pedir permiso a nadie más que a
sus amos, a éstos se lo habían pedido ya y les había sido concedido.
» Hablando de sus futuros proyectos, un día oyeron dos o tres tiros y de repente un hombre salió del
bosque, cerca del cual acostumbra ban los dos jóvenes llevar a apacentar sus ganados, y corrió hacia ellos.
» Así que estuvo a distancia de poder ser oído, exclamó:
»-Me persiguen, ¿podéis ocultarme?
» Los jóvenes diéronse cuenta inmediatamente de que aquel fugitivo debía ser algún bandido, pero hay
entre el aldeano y el bandido romano una simpatía desconocida que hace que el primero esté siempre
pronto a hacer un servicio al segundo. Vampa, sin pronunciar una palabra, corrió a la piedra que encubría
la entrada de la gruta, descubrió dicha entrada apartándola, hizo una señal al fugitivo para que se
refugiase en aquel sitio desconocido de todos, luego volvió a colocar en su lugar la piedra y se sentó
tranquilamente junto a su novia.
»Pocos instantes tardaron en salir de la espesura del bosque cuatro carabineros a caballo; tres de ellos
parecían buscar al fugitivo, el cuarto conducía por el cuello a un bandido prisionero. Los tres primeros
exploraron el terreno con una ojeada, percibieron a los dos jóvenes, corrieron a galope hacia ellos y les
hicieron varias preguntas; nada sabían ni nada habían visto.
»-Lo lamento -dijo el cabo-, porque el bandido a quien buscamos es el capitán.
»-¡Cucumetto! -exclamaron a la vez Luigi Vampa y Teresa.
>-Sí -contestó el cabo-, y como su cabeza está valorada en mil escudos romanos, os darían quinientos a
vosotros si nos hubieseis ayudado a descubrirle.
»Los dos jóvenes se miraron y el cabo tuvo alguna esperanza.
»Quinientos escudos romanos son tres mil francos, y tres mil francos son una inmensa fortuna para dos
pobres huérfanos que van a casarse.
»-Sí, también lo siento yo, pero no le hemos visto -dijo Vampa.
»Entonces los carabineros recorrieron el terreno en diferentes direcciones, pero fueron inútiles todas las
pesquisas. Al fin se retiraron.
»Vampa apartó entonces la piedra y Cucumetto salió del escondrijo.
»Había visto, al través de las rendijas de la trampa de granito, a los dos jóvenes hablar con los
carabineros, dudó al pronto del resultado de la conversación, pero leyó en el rostro de Luigi Vampa y de
Teresa la firme resolución de no entregarle. Sacó entonces de su bolsillo una bolsa llena de oro y se la
ofreció, mas Vampa levantó la cabeza con orgullo, y en cuanto a Teresa, sus ojos brillaron al pensar en
las ricas joyas y hermosos vestidos que podría comprar con aquella gran cantidad de oro.
»Cucumetto era un demonio muy astuto, pero había tomado la forma de un bandido en vez de tomar la
de una serpiente. Sorprendió aquella mirada, reconoció en Teresa una digna hija de Eva, y entró en el
bosque volviendo muchas veces la cabeza bajo el pretexto de saludar a sus libertadores. Transcurrieron
muchos días sin que se volviese a ver a Cucumetto, sin que se oyese hablar de él.
Capítulo once
Vampa
»El tiempo del carnaval se acercaba y el conde de San Felice anunció que iba a dar un baile de
máscaras, al cual sería convidada toda la elegancia de Roma, y como abrigaba Teresa vivos deseos de ver
este baile, Luigi Vampa pidió a su protector el mayordomo, permiso para asistir él y Teresa a la función
mezclados entre los sirvientes de la casa, permiso que le fue concedido.
» Si el conde daba este baile, era sólo para complacer a su hija Carmela, a quien adoraba. Carmela tenía
la misma edad y la misma estatura de Teresa, y Teresa era por lo menos tan hermosa como Carmela.
» La noche del baile, Teresa se puso su traje más bello, se adornó con sus más brillantes alhajas.
Llevaba el traje de las mujeres de Frascati. Luigi Vampa vestía el de campesino romano en los días de
fiesta y ambos se mezclaron, como se les había permitido, entre los sirvientes y paisanos.
»La fiesta era magnífica. No solamente la quinta estaba profusamente iluminada, sino que millares de
linternas de varios colores estaban suspendidas de los árboles del jardín.
»En cada salón había una orquesta y refrescos, las máscaras se detenían, formábanse cuadrillas, y se
bailaba donde mejor les parecía. Carmela iba vestida de aldeana de Sonnino, llevaba su gorro bordado de
perlas, las agujas de sus cabellos eran de oro y de diamantes, su cinturón era de seda turca con grandes
flores, su sobretodo y su jubón de cachemir, su delantal de muselina de las Indias, y por fin los botones de
su jubón eran otras tantas piedras preciosas. Otras dos de sus compañeras iban vestidas, la una de mujer
de Nettuno, la otra de mujer de la Riccia.
»Cuatro jóvenes de las más ricas familias y más notables de Roma las acompañaban con esa libertad
italiana que no tiene igual en ningún otro país del mundo. Iban vestidos de aldeanos de Albano, de
Velletri, de Civita-Castellane y de Sora. Además, tanto en los trajes de los aldeanos como en los de las
aldeanas, el oro y las piedras preciosas deslumbraban.
»Deseó formar Carmela una cuadrilla uniforme, pero faltaba una mujer, y aunque la hija del conde no
cesaba de mirar a su alrededor, ninguna de las convidadas llevaba un traje análogo al suyo y a los de sus
compañeros. El conde de San Felice le señaló, en medio de las aldeanas, a Teresa, que se apoyaba en el
brazo de Luigi Vampa.
»-¿Permitís acaso, padre mío?
»-Sin duda -respondió el conde-, ¿no estamos en carnaval?
»Se inclinó Carmela hacia un joven que la acompañaba y le dijo algunas palabras en voz baja,
mostrándole con el dedo a la joven. El caballero siguió con los ojos la dirección de la linda mano que le
servía de conductor, hizo un ademán de obediencia y fue a invitar a Teresa para figurar en la cuadrilla
dirigida por la híja del conde.
»Teresa sintió que su frente ardía. Interrogó con la mirada a Luigi Vampa, que no podía rehusar.
Vampa dejó deslizar lentamente el brazo de Teresa que se apoyaba en el suyo, y Teresa, alejándose conducida
por su elegante caballero, fue a ocupar, temblando, su puesto en la aristocrática cuadrilla.
»A los ojos de un artista seguramente el exacto y severo traje de Teresa hubiera tenido un carácter muy
distinto del de Carmela y sus compañeras, pero Teresa era una joven frívola y coqueta, y los bordados de
muselina, las perlas de los brazaletes y pendientes, el brillo de la cachemira, el reflejo de los zafiros y de
los diamantes la enloquecían.
»Por su parte, Luigi sentía nacer en su corazón un sentimiento desconocido, una especie de dolor sordo
desgarraba su alma y después circulaba por sus venas y se apoderaba de todo su cuerpo. Seguía con la
vista los menores movimientos de Teresa y de su pareja, cuando sus manos se tocaban, sus arterias latían
con violencia, y hubiérase dicho que vibraba en sus oídos el sonido de una campana. Cuando se hablaban,
aunque Teresa escuchase tímida y con los ojos bajos los discursos de su caballero, como Luigi Vampa
leía en los ojos ardientes del bello joven que aquellos discursos eran lisonjas, le parecía que la tierra se
abría bajo sus pies y que todas las voces del infierno murmuraban sordamente a su oído palabras de
muerte y de asesinato. Luego, temiendo dejarse arrastrar por su locura, se cogía con una mano al sillón en
el cual se apoyaba, y con la otra oprimía con un movimiento convulsivo el puñal de mango cincelado que
pendía de su cinturón, y que, sin darse cuenta, sacaba algunas veces casi enteramente de la vaina.
»Estaba celoso. Sentía que llevada de su naturaleza ligera y orgullo sa, Teresa podía olvidarle. Y sin
embargo la bella aldeana, tímida y casi espantada al principio, pronto se había repuesto. Ya hemos dicho
que Teresa era hermosa, pero aún no es esto todo: Teresa era coqueta con esa coquetería salvaje mucho
más poderosa y atractiva que nuestra coquetería afectada. Unido esto a su gracia, a su candor, a su
belleza, porque era bella y muy bella, le atrajo todos los obsequios de los caballeros de la cuadrilla, y si
bien podemos asegurar que Teresa tenía envidia a la hija del conde, sin embargo, no nos atrevemos a
decir que Carmela no estuviese celosa de ella.
»Una vez estuvo terminada la danza, su elegante compañero, no sin cesar los cumplidos y obsequios, la
volvió a conducir al punto del que la había sacado a bailar y donde la esperaba Luigi.
» Dos o tres veces durante la contradanza, la joven le había dirigido una mirada, y cada vez le había
visto pálido y con las facciones alteradas.
» Una vez la hoja de su puñal, medio sacada de su vaina, había brillado a sus ojos con un resplandor
siniestro, y he aquí por qué temblaba como el azogue cuando volvió a apoyar su brazo en el de su amante.
»Había obtenido tan grande éxito la cuadrilla, que se trató de re. petir la danza, y aunque Carmela se
oponía, el conde de San Felice rogó con tanta ternura a su hija, que al fin consintió.
»Al punto uno de los caballeros se dirigió a Teresa, sin la cual era imposible que la contradanza se
verificase, pero la joven había desaparecido.
»En efecto, Luigi no se sintió con ánimos para sufrir una segunda prueba, y sea por persuasión o por
fuerza, arrastró a Teresa hacia otro punto del jardín. Teresa cedió bien a pesar suyo, pero había visto la
alterada fisonomía del joven, y comprendía por su silencio entrecortado, por sus estremecimientos
nerviosos que pasaba en él algo raro.
Ella sentía también una agitación interior, y sin haber hecho, sin embargo, nada malo, comprendía que
Luigi tenía derecho para quejarse. ¿De qué...?, lo ignoraba, pero no por eso dejaba de conocer que sus
quejas serían merecidas. No obstante, con gran asombro de Teresa, Luigi permaneció mudo y ni siquiera
entreabrió sus labios para pronunciar una palabra durante el resto de la noche. Mas cuando el frío hizo
salir de los jardines a los convidados, y cuando las puertas se hubieron cerrado para ellos, pues iba a
comenzar una fiesta íntima, se llevó a Teresa, y al entrar en su casa le dijo:
»-Teresa, ¿en qué pensabas cuando estabas bailando frente a la joven condesa de San Felice?
>r-Pensaba -respondió la joven con toda la franqueza de su alma-, que daría la mitad de mi vida por
tener un traje como el de ella.
»-¿Y qué lo decía lo pareja?
»-Que sólo me bastaba pronunciar una palabra para tenerlo.
»-Y no le faltaba razón -contestó Luigi con voz sorda-. ¿De seas, pues, ese traje tan ardientemente como
dices?
»-Sí.
»-¡Pues bien!, lo tendrás.
»Levantó asombrada la joven la cabeza para preguntarle, pero su rostro estaba tan sombrío y tan
terrible que la voz se le heló en sus labios. Por otra parte, al pronunciar estas palabras Luigi se había
alejado. Teresa le siguió con la mirada en la oscuridad mientras pudo, y así que hubo desaparecido entró
en su cuarto suspirando.
»Aquella misma noche tuvo lugar un desagradable acontecimiento: tal vez por la poca precaución de
algún criado al apagar las luces, el fuego se había apoderado de la quinta de San Felice, justamente en los
alrededores de la habitación de la hermosa Carmela.
»En medio de la noche despertóse ésta por el resplandor de las llamas, había saltado de su cama, se
había envuelto en su bata, y había intentado huir por la puerta, pero el corredor por el cual debía pasar
estaba ya invadido por las llamas. Luego entró en su cuarto pidiendo socorro, cuando de repente se abrió
el balcón, situado a veinte pies de altura, un joven aldeano se arrojó en el aposento, cogió a la casi
exánime joven entre sus brazos, y con una fuerza y agilidad extraordinarias y sobrehumanas, la transportó
fuera de la quinta depositándola sobre la hierba del prado, donde quedó desvanecida. Al recobrar el
sentido, su padre se hallaba delante de ella, todos los criados la rodeaban prodigándole socorros. Había
sido devorada por el incendio un ala entera del palacio, pero ¡qué importaba si Carmela se había salvado!
Buscaron por todas partes a su libertador, pero éste no apareció. Preguntaron a todos, pero nadie le había
visto. Carmela estaba tan turbada que no le había reconocido. Además, como el conde era inmensamente
rico, excepto el peligro que había corrido su hija, y que le pareció por la milagrosa manera con que se
había salvado, más bien un nuevo favor de la Providencia que una desgracia real, la pérdida ocasionada
por las llamas fue insignificante para él.
»Al día siguiente, a la hora de costumbre, encontráronse los dos jóvenes pastores en su sitio, cerca del
bosque. Luigi era quien había llegado primero a la cita, y salió al encuentro de la joven con alborozo.
Parecía haber olvidado por completo la escena de la víspera. Teresa estaba visiblemente pensativa, pero al
ver a Luigi tan alegre, afectó por su parte un gozo que no sentía, a pesar de ser propio de su carácter
cuando alguna otra pasión no venía a turbarla. Luigi tomó del brazo a Teresa y la condujo hasta la entrada
de la gruta. Allí se detuvo. Comprendió la joven que había algo de extraordinario en la conducta del joven
y en su consecuencia le miró fijamente como queriendo interrogarle con los ojos.
»-Teresa -dijo Luigi-, ayer por la noche me dijiste que darías la mitad de lo vida por tener un traje
semejante al de la hija del conde.
»-En efecto -dijo Teresa-, pero estaba loca al desear tal cosa. »-Y yo lo respondí: "Está bien, lo
tendrás."
»-Sí -respondió la joven, cuyo asombro crecía a cada palabra de Luigi-, pero sin duda respondiste
aquello para no disgustarme.
»-Nunca lo he prometido nada que no lo haya dado. Teresa -dijo Luigi con orgullo-, entra en la gruta y
vístete.
»Y diciendo estas palabras retiró la piedra y mostró a Teresa la gruta iluminada por dos bujías que
ardían a cada lado de un soberbio espejo. Sobre la mesa rústica, hecha por Luigi, estaban colocados el
collar de perlas y las agujas de diamantes; sobre una silla estaba depositado el resto del adorno.
» Teresa lanzó un grito de júbilo, y sin informarse siquiera de dónde había salido aquel brillante traje, y
sin dar tampoco las gracias a Luigi colocó la piedra detrás de ella, porque acababa de apercibir sobre la
cumbre de una pequeña colina que impedía ver a Palestrina, un viajero a caballo, que se detuvo un
momento como incierto y vacilante, sin saber qué camino era el que debía seguir.
»Viendo a Luigi, el viajero espoleó su caballo y se acercó a él. Luigi no se había engañado; el viajero
que se dirigía de Palestrina a Tívoli no sabía a ciencia cierta cuál era el camino que debía tomar. El joven
se lo indicó, pero como a un cuarto de milla de allí el camino se dividía en tres senderos, y llegado a ellos
el viajero podía extra viarse de nuevo, rogó a Luigi que le sirviera de guía.
»Luigi se quitó la capa y la colocó en tierra, se echó la escopeta al hombro y marchó delante del viajero
con ese paso rápido del montañés, que a duras penas puede seguir el trote de un caballo.
»En diez minutos Luigi y el viajero llegaron al sitio designado por el joven pastor y éste entonces, con
el soberbio y majestuoso ademán de un emperador, extendió el brazo señalando con el dedo la senda que
debía seguir el viajero.
»-Este es vuestro camino -dijo-, ya no es fácil ahora que su excelencia se equivoque.
»-He ahí lo recompensa -dijo el viajero ofreciendo al joven pastor algunas monedas.
»-Gracias -dijo Luigi retirando la mano-, os doy un servicio, pero no os lo vendo.
»-Sin embargo, -dijo el viajero, que parecía acostumbrado a
aquella notable diferencia entre la servidumbre del hombre de las ciudades y el orgullo del campesino-,
si rehúsas un salario no desdeñarás un regalo.
»-¡Ah!, eso ya es otra cosa.
»-¡Pues bien! Toma estos dos zequíes venecianos y dáselos a lo novia para unos zarcillos.
»-Y vos tomad este puñal -dijo el joven pastor-. No encontraréis otro cuyo mango esté mejor tallado
desde Albano a Civita de Castelane.
»-Lo acepto -dijo el viajero-, pero entonces yo soy el que lo quedo agradecido, porque este puñal vale
mucho más que los ze quíes.
»-En la ciudad tal vez, pero como lo he tallado yo mismo, apenas vale una piastra.
»-¿Cuál es lo nombre? -preguntó el viajero.
»-Luigi Vampa -respondió el pastor con el mismo tono que si hubiera contestado: Alejandro, rey de
Macedonia-. ¿Y vos?
»-Yo... -dijo el viajero-, me llamo Simbad el Marino.
Franz de Epinay lanzó un grito de sorpresa.
-¡Simbad el Marino! -exclamó.
-Sí -respondió el narrador-, ése es el nombre que el viajero dijo a Vampa.
-¡Y bien! ¿Qué es lo que os admira en ese nombre? -interrumpió Alberto-, es un nombre muy bello, y
las aventuras del patrón de este caballero, debo confesarlo, me han divertido mucho en mi ju ventud.
Franz no quiso insistir más. Aquel nombre de Simbad el Marino, como se comprenderá, despertó en él
una multitud de recuerdos.
-Continuad -dijo al posadero.
-Vampa guardó desdeñosamente los dos zequíes en su bolsillo y emprendió de nuevo el camino que
trajera al venir. Así que hubo llegado a unos doscientos pasos de la gruta parecióle oír un grito. Se detuvo,
procurando descubrir el lado de donde saliera aquél, y al cabo de un segundo oyó su nombre pronunciado
distintamente, viniendo el sonido de la voz del lado donde estaba la gruta.
»Saltando como un gamo montó el gatillo de su escopeta a medida que corría, y en menos de un minuto
estuvo en lo alto de la colina opuesta a aquella en que vio al viajero. Allí los gritos de socorro llegaron
más distintos a sus oídos. Dirigió una mirada por el espacio que dominaba. Un hombre robaba a Teresa
como el centauro Neso a Dejanira. Este hombre, que se dirigía hacia el bosque, había ya andado las tres
cuartas partes del camino que mediaba entre aquél y la gruta. Vampa calculó la distancia; aquel hombre le
llevaba más de doscientos pasos de delantera; era, pues, imposible alcanzarle antes de que hubiese llegado
al bosque, y en el bosque lo perdería. El joven pastor se detuvo como si le hubiesen clavado en aquel
lugar. Apoyó en su hombro derecho la culata de su escopeta, apuntó lentamente al raptor, le siguió un
segundo en su carrera y al fin hizo fuego.
»El raptor se detuvo, sus rodillas flaquearon y se desplomó arrastrando a Teresa en su caída. Pero ésta
se levantó al punto. En cuanto al fugitivo permaneció tendido, luchando con las convulsiones de la
agonía. Vampa se lanzó hacia Teresa, porque a diez pasos del moribundo había caído de rodillas y el
joven temía que la bala que acababa de matar a su enemigo hubiese herido a Teresa. Felizmente no sucedió
así; era el terror únicamente que había paralizado sus fuerzas. Cuando Luigi se hubo asegurado de que
estaba sana y salva, se volvió hacia el herido. Este acababa de expirar con los puños crispados, la boca
contraída por el dolor y los cabellos erizados por el sudor de la agonía; sus ojos se habían quedado
abiertos y amenazadores.
»Vampa se acercó al cadáver y reconoció a Cucumetto.
»El día en que el bandido había sido salvado por los dos jóvenes se había enamorado de Teresa y había
jurado que la joven le pertenecería. La había espiado desde entonces, y aprovechándose del único
momento en que su amante la dejara sola para indicar el camino al viajero, la había robado y ya la creía
suya, cuando la bala de Vampa, guiada por la infalible puntería del joven pastor, le había atravesado el
corazón. Vampa le miró un momento sin que la menor emoción se pintase en su semblante, mientras que
Teresa, temblorosa aún, no osaba acercarse al bandido muerto sino con lentos pasos, arrojando sólo
alguna que otra ojeada sobre el cadaver por encima del hombro de su amante. Al cabo de un instante,
Vampa se volvió hacia su amada.
»-Bueno -dijo-, tú lo has vestido ya; ahora me toca a mí.
»Teresa estaba, en efecto, vestida de pies a cabeza con el rico y lujoso traje de la hija del conde de San
Felice. Vampa tomó entre sus brazos el cuerpo de Cucumetto y lo llevó a la gruta, mientras que, a su vez,
Teresa permanecía fuera.
»Si un segundo viajero hubiese pasado entonces, hubiera visto una escena extraña: una pastora
guardando sus ovejas con falda de cachemir, un collar de perlas, collares y alfileres de diamantes y
botones de zafiro, de esmeraldas y rubíes. El viajero que hubiera visto tal cosa, no hay duda que se habría
creído transportado al tiempo de Florián, y hubiera asegurado a su vuelta a París que había encontrado la
pastora de los Alpes sentada al pie de los montes Sabinos.
»Transcurrido un cuarto de hora, volvió a salir Vampa de la gruta. Su traje no era en su género menos
elegante que el de Teresa.
»Vestía una almilla de terciopelo grana, con botones de oro cincelados; un chaleco de seda cuajado de
bordados, una banda romana
atada al cuello, un portapliegos bordado de oro y de seda encarnada y verde, calzones de terciopelo de
color azul celeste atados por encima de sus rodillas con dos hebillas de diamantes, unos botines de piel de
gamo bordados de mil arabescos, y un sombrero en que flotaban cin tas de colores; de su cinturón
colgaban dos relojes y asimismo un magnífico puñal.
»Teresa lanzó un grito de admiración. Vampa con este traje se asemejaba a una pintura de Leopoldo
Robert o de Schenetz. Se había vestido el traje completo de Cucumetto. El joven reparó en el efecto que
producía en su amada y una sonrisa de orgullo satisfecho asomó a sus labios.
»-Ahora ---dijo a Teresa-,dime, ¿estás dispuesta a compartir mi suerte, cualquiera que sea?
»-¡Oh, sí! -exclamó la joven con entusiasmo -. Sí.
»-¿Te hallas pronta a seguirme donde yo vaya?
» -¡Aunque sea al fin del mundo!
>-Entonces, cógete de mi brazo y partamos, porque no tenemos tiempo que perder.
»La joven cogió el brazo de su amado sin preguntarle siquiera dónde la conducía, porque en aquel
momento le parecía hermoso, fiero y potente como un dios. Entonces avanzaron los dos hacia el bosque
atravesando la llanura en menos de un minuto.
»Preciso es decir que ni un sendero había en la montaña que fuese desconocido a Vampa. Avanzó,
pues, en el bosque sin vacilar, aunque no hubiese ningún camino, reconociendo solamente el que debía
seguir por la posición de los árboles y por la maleza. Un torrente seco que conducía a una profunda
garganta apareció ante sus ojos y Vampa siguió este extraño camino, que, enterrado, por decirlo así, y
oscurecido por la espesa sombra de los elevados pinos, se asemejaba a aquel sendero del Averno de que
nos habla Virgilio.
»Temerosa del aspecto de aquel lugar salvaje y desierto, Teresa se estrechaba contra su guía sin
pronunciar una palabra, pero como le veía caminar siempre con un paso igual y como la más profunda
tranquilidad brillaba en su semblante, encontró fuerzas bastantes en sí misma para disimular su emoción.
»De pronto, a diez pasos de donde ellos estaban, un hombre pareció destacarse de un árbol detrás del
cual estaba oculto, y apuntando con un trabuco a Vampa exclamó:
»---¡Si das un paso más, eres hombre muerto!
»-¡Vaya! -dijo Vampa levantando la mano con despreciativo ademán-, ¿acaso se devoran los lobos a sí
mismos?
»-¿Quién eres? -preguntó el centinela.
»-Soy Luigi Vampa, el pastor de la quinta de San Felice.
»-¿Y qué es lo que quieres?
»-Hablar a tus compañeros que están en el bosque de RoccaBianca.
>-Entonces, sígueme -dijo el centinela-, o mejor, puesto que sabes el camino, marcha delante.
» Vampa se sonrió con aire de desprecio de aquella precaución del bandido, pasó delante con Teresa, y
continuó su camino con el mismo paso tranquilo y firme que le había conducido hasta allí.
» Transcurridos cinco minutos, el bandido les hizo señas para que se detuviesen, y ambos jóvenes
obedecieron. El centinela entonces imitó por tres veces el graznido del cuervo y un murmullo de voces
respondió a esta triple llamada.
»-Bueno, ahora puedes continuar lo camino -dijo el bandido.
»Ambos jóvenes adelantáronse entonces, pero a medida que avanzaban, Teresa, cada vez más trémula y
sobrecogida, se iba arrimando a Luigi, porque a través de los árboles veíanse aparecer hombres y relucir
los cañones de sus escopetas.
»El bosque de Rocca-Bianca hallábase situado en la cumbre de un montecillo que antiguamente había
sido un volcán, volcán extinguido antes que Rómulo y Remo hubiesen abandonado Alba para ir a fundar
Roma.
»La pareja llegó a la cima y se encontraron cara a cara con veinte bandidos.
»-Aquí tenéis un joven que os busca -dijo el centinela.
»-¿Y qué quieres de nosotros? -preguntó el que hacía las veces de capitán en ausencia de éste.
»-Quiero deciros que estoy fastidiado de ser pastor -replicó Vampa.
» ¡Ah! ¡Ya! -dijo el teniente-. ¿Y vienes a pedirnos que te alis temos en nuestra partida?
»-Bien venido seas -gritaron muchos bandidos de Ferrusino, de Pampinara y de Anagui que habían
reconocido a Luigi Vampa.
»-Sí, pero vengo a pediros otra cosa más que ser vuestro compañero.
»-¿Y qué es? -dijeron los bandidos con asombro.
»-Vengo a pediros ser... vuestro capitán -dijo el joven con aire resuelto.
»Una estrepitosa carcajada contestó a este rasgo de audacia.
»-¿Y qué has hecho para aspirar a tal honor? -preguntó el teniente.
»-He matado a vuestro jefe Cucumetto, cuyos despojos tenéis a
vuestra vista -dijo Luigi-, y he incendiado la quinta de San Felice para dar un traje de boda a mi novia.
»Una hora después Luigi Vampa era elegido capitán en reemplazo de Cucumetto.
-¡Y bien!, mi querido Alberto -dijo Franz, volviéndose hacia su amigo-. ¿Qué pensáis ahora del
ciudadano Luigi Vampa?
-Digo que eso es mitológico y que jamás ha existido.
-¿Qué significa mitológico? -preguntó maese Pastrini.
-Sería largo de explicároslo, querido huésped -respondió Franz-. ¿Decís, pues, que el tal Vampa ejerce
en este momento su profesión en los alrededores de Roma?
-Y con tanta habilidad, que jamás ha demostrado otro bandido antes que él.
-¿Y la policía no ha intentado apresarlo?
-Ya se ve que sí, pero está de acuerdo a un tiempo con los pastores de la llanura, los pescadores del
Tíber y los contrabandistas de la costa. Quiere decir que lo buscan por la montaña y se está en el río; le
persiguen por el río y le tenéis en alta mar. De pronto, cuando se le cree refugiado en la isla de El-Giglio,
de El-Guanocetti o de Montecristo, se le ve aparecer en Albano, en Tívoli o en la Riccia.
-¿Y cuál es su proceder con respecto a los viajeros?
-¡Oh!, muy sencillo. Según la distancia en que esté de la ciudad, da de término ocho horas, doce, o un
día para pagar su rescate. Transcurrido este tiempo concede todavía una hora; pasada ésta, si no tiene el
dinero, hace saltar de un pistoletazo la tapa de los sesos del prisionero o le hunde un puñal en el corazón,
y asunto terminado.
-¡Y bien, Alberto! -preguntó Franz a su compañero-, ¿estáis aún dispuesto a ir al Coliseo por los paseos
exteriores?
-Sin duda -dijo Alberto-. ¿No habéis dicho que es el camino más pintoresco?
En aquel mismo instante dieron las nueve, la puerta se abrió y el cochero apareció en ella.
-Excelencia -dijo-, el coche os espera.
-Bien -dijo Franz-, en este caso, al Coliseo.
-¿Por la puerta del Popolo, o por las calles, excelencia?
-Por las calles, ¡qué diantre!, por las calles -exclamó Franz.
-¡Ah, amigo mío -dijo Alberto, levantándose a su vez y encendiendo el tercer cigarro-, a decir verdad os
creía más valiente...
Dicho esto, los dos jóvenes bajaron la escalera y subieron al coche.
Capítulo doce
Apariciones
Franz encontró un término medio para que Alberto llegase al Coliseo sin pasar por delante de ninguna
ruina antigua, y por consiguiente sin que las preparaciones graduales quitasen al Coliseo un solo ápice de
sus gigantescas proporciones. Este término medio consistía en seguir la Vía Sixtina, cortar el ángulo
derecho delante de Santa María la Mayor, y llegar por la Vía Urbana y San Pietro-in-Vincoli hasta la Vía
del Coliseo.
Ofrecía otra ventaja este itinerario: la de no distraer en nada a Franz de la impresión producida en él por
la historia que había contado Pastrini, en la cual se hallaba mezclado su misterioso anfitrión de
Montecristo. Así, pues, había vuelto a aquellos mil interrogatorios interminables que se había hecho a sí
mismo, y de los cuales ni uno siquiera le había dado una respuesta satisfactoria.
Por otra parte, había otra cosa aún que le había recordado a su amigo Simbad el Marino: eran aquellas
misteriosas relaciones entre los bandidos y los marineros. Lo que dijera Pastrini del refugio que
encontraba Vampa en las barcas de los pescadores contrabandistas, recordaba a Franz aquellos dos
bandidos corsos que había hallado cenando con la tripulación del pequeño yate que había virado de rumbo
y había abordado en Porto-Vecchio, con el único fin de desembarcarlos. El nombre con que se hacía
llamar su anfitrión de MonteCristo, pronunciado por su huésped de la fonda de Londres, le pro baba que
representaba el mismo papel filantrópico en las costas de Piombino, de Civita-Vecchia, de Ostia y de
Gaeta, que en las de Córcega, Toscana, España y aun en las de Túnez y Palermo, lo cual era una prueba
de que abrazaba un círculo bastante extenso de relacio nes.
Sin embargo, por muy fijas que estuviesen en la imaginación del joven todas aquellas reflexiones, por
más preocupado que le tuviesen, desvaneciéronse repentinamente cuando vio elevarse ante sí el sombrío y
gigantesco espectro del Coliseo, a través de cuyas puntas y aberturas la luna proyectaba aquellos pálidos y
prolongados rayos que arrojan los ojos de los fantasmas.
Detúvose el carruaje a algunos pasos de la Meta Sudans. El cochero fue a abrir la portezuela, los dos
jóvenes bajaron del carruaje y se encontraron enfrente de un cicerone que parecía haber salido de la tierra.
Como también les había seguido el de la fonda, resultó que tenían dos.
Es totalmente imposible evitar en Roma este lujo de guías; además del cicerone general que se apodera
de uno en el mismo instante en que se ponen los pies en el dintel de la puerta de la fonda, y que no os
abandona hasta el día en que se ponen los pies fuera de la ciudad, hay aún un cicerone especial en cada
monumento. júzguese si no se debe ir acompañado de un cicerone en el Coliseo, o sea, en el monumento
por excelencia, que obligó a decir a Marcial: «Cese Menfis de ponderarnos los estrepitosos milagros de
sus pirámides, que no se canten más las maravillas de Babilonia, todo debe ceder ante el inmenso trabajo
del anfiteatro de los Césares, y todas las voces de la fama deben reunirse para ponderar este monumento.»
Franz y Alberto no trataron de sustraerse a la tiranía cicerónica, y a más esto sería tanto más difícil cuanto
que sólo los guías tienen derecho a recorrer el mo numento con antorchas. No hicieron, pues, ninguna
resistencia, y se entregaron a los guías para que los condujesen.
Franz conocía este paseo por haberlo hecho diez veces; pero como su compañero, más novicio, ponía el
pie por primera vez en el monumento de Flavio Vespasiano, debo confesarlo en alabanza suya, a pesar de
la ignara charlatanería de sus guías, estaba fuertemente impre sionado. En efecto, no se puede formar una
idea, cuando no se ha visto, de la majestad de semejante ruina, cuyas proporciones están aumentadas más
y más por la misteriosa claridad de la luna meridional cuyos rayos se asemejan a un crepúsculo de
Occidente.
Así pues, apenas, pensativo y cabizbajo, Franz hubo andado cien pasos bajo los pórticos interiores, que
abandonando a Alberto y a sus guías, que no querían renunciar al imprescriptible derecho de hacerle ver
detalladamente la Fosa de los Leones, la mansión de los Gla diadores, el Podium de los Césares, se dirigió
hacia una escalera me dio en ruinas, y haciéndoles continuar en simétrico camino, fue a sentarse a la
sombra de una columna enfrente de una abertura que le permitía abrazar al gigante de granito en toda su
majestuosa extensión.
Estaba Franz allí hacía un cuarto de hora, perdido, como se ha dicho, en la sombra de una columna,
ocupado en mirar a Alberto que en compañía de sus dos guías, con antorchas, acababa de salir de un
vomitorium colocado al extremo del Coliseo, y los cuales, semejantes a dos sombras que siguen un fuego
vago, descendían de grada en grada hasta los sitios reservados a las vestales, cuando le pareció percibir el
ruido de una piedra en las profundidades del monumento, desgajada de la escalera situada enfrente de la
que él acababa de subir para colocarse en el lugar en que estaba sentado. Nada hay de extraño en una
piedra que se desprende bajo el pie del tiempo y cae rodando a un abismo, pero a Franz le pareció que
aquella piedra había cedido bajo el pie de un hombre, y que un ruido de pasos llegaba hasta él, aunque el
que lo ocasionaba hiciese cuanto pudiese para apagarlo.
Efectivamente, a los pocos momentos apareció un hombre, saliendo gradualmente de la sombra a
medida que subía la escalera, conforme iban bajando se confundían en las tinieblas.
Nada impedía suponer que fuese un viajero como él que se hubiese retirado, prefiriendo una meditación
solitaria a la insignificante charla de sus guías, y por lo tanto su aparición no tenía nada que pudiese
sorprenderle. Pero en la indecisión con que subía los últimos escalones, en la manera con que, llegado que
hubo a la plataforma, se detuvo y pareció escuchar, era probable que había venido con un fin particular y
que esperaba a alguien. Por un movimiento instintivo y ma quinal, escondióse Franz todo lo que pudo
detrás de la columna. A diez pasos del pavimento donde ambos se encontraban, la bóveda estaba algún
tanto derribada, y una abertura redonda, semejante a la de un pozo, permitía percibir el cielo sembrado
enteramente de estrellas. Alrededor de esta abertura que casi más de cien años hacía daba paso a los
débiles y pálidos rayos de la luna, habían nacido una multitud de hierbas silvestres, cuyas ramas se
destacaban erguidas sobre el azul mate del firmamento, mientras que las enredaderas y la hiedra pendían
de aquel terrado superior y se balanceaban bajo la bóveda, parecidas a cuerdas flotantes.
El personaje cuya misteriosa llegada había llamado la atención de Franz se hallaba situado en la
penumbra, que aunque impedía examinar sus facciones, no era sin embargo lo suficiente oscura para
impedir que se distinguiese su traje. Iba envuelto en una gran capa parda, cuyo embozo caído sobre el
hombro izquierdo, le ocultaba la parte inferior del rostro, mientras que su sombrero de anchas alas cubría
la parte superior. Solamente el extremo de su vestimenta, que se hallaba iluminada por la luz oblicua que
atravesaba la abertura, permitía distinguir un pantalón negro, cuyo botín cuadraba coquetamente una hota
charolada. Este hombre pertenecía evidentemente, si no a la aristocracia, a los menos a la alta sociedad.
Hacía algunos minutos que estaba allí y ya comenzaba a impacientarse, cuando un ligero ruido se dejó
oír en la parte superior. Al punto una sombra interceptó la luz. Un hombre apareció en la abertura, arrojó
una ojeada penetrante por las tinieblas, y al fin distinguió al hombre de la capa. Después, cogiéndose a un
puñado de aquellas enredaderas y de aquellas hiedras flotantes, se dejó deslizar, y cuando llegó a tres o
cuatro pies del pavimento, dejóse caer ligeramente. Es de advertir que el nuevo personaje vestía un traje
de transtevere.
-Disculpadme, excelencia -dijo en dialecto romano-, si os he hecho esperar; sin embargo, no me he
retardado más que algunos mi nutos, porque las diez acaban de dar en San Juan de Letrán.
-Más bien soy yo quien se ha adelantado -respondió el extranjero en el más puro toscano-; así, pues,
nada de cumplidos y luego, a,mque hubieseis tardado más, ya me habría figurado que sería por una causa
ajena a vuestra voluntad.
-Y os lo hubierais figurado con razón, excelencia. Vengo del castillo de San Angelo, y me ha costado
gran trabajo el hablar a Beppo.
-¿Quién es Beppo?
-Beppo es un empleado de la cárcel al que le tengo destinada una rentita para saber todo cuanto ocurre
en el interior del Castillo de Su Santidad.
-¡Ah! , ¡ah! , veo que sois un hombre cauto, querido.
-¡Qué queréis, excelencia! Nadie sabe lo que cualquier día puede acontecer. Tal vez a mí mismo me
echarán un día el guante, como ha sucedido con el pobre Pepino, y necesitaré entonces un ratón que me
roa las puertas de la cárcel.
-En fin, ¿qué habéis averiguado?
-El martes habrá dos ejecuciones, a las dos, como es costumbre en Roma; un condenado será
mazzolato; éste es un miserable que ha asesinado a un sacerdote que le educó, y que no merece ningún
interés; el otro será decapitado, y éste es el pobre Pepino.
-¡Ya veis, querido! Inspiráis tanto terror no solamente al gobierno pontifical, sino a los reinos vecinos,
que quieren hacer un ejemplar castigo.
-Pero Pepino no forma parte de nuestra banda, es un pobre pastor que no ha cometido más crimen que
el de proporcionamos víveres.
-Pues eso basta y sobra para que se le considere como vuestro cómplice; así pues, ya veis que le
guardan algunas consideraciones. En vez de martirizarlo como harían con vos, si os llegaran a echar la
mano, se contentan con guillotinarlo. Esto variará los planes del pueblo y habrá espectáculo para toda
clase de gustos.
-Sin el que yo preparo y con el cual no cuentan -prosiguió el transtevere.
-Amigo mío, permitidme deciros -prosiguió el hombre de la capa-, que me parecéis dispuesto a hacer
alguna simpleza.
-Estoy dispuesto a todo para impedir la ejecución del pobre diablo que morirá por causa mía; ¡por la
madonna!, me consideraría muy cobarde si no hiciese algo por ese valiente muchacho.
-¿Y qué es lo que pensáis hacer?, veamos...
-Apostaré unos veinte hombres alrededor del cadalso, y en el momento en que le conduzcan, a una
señal mía, nos lanzaremos, daga en mano, sobre la escolta, y le libertaremos.
-Eso me parece muy peligroso, y decididamente creo que mi pro yecto vale mucho más que el vuestro.
-¿Y cuál es vuestro proyecto, excelencia?
-Daré dos mil piastras a una persona que yo sé y que obtendrá que la ejecución de Pepino se dilate hasta
dentro de un año; luego daré otras mil piastras a otra persona que también conozco y le haré evadir de la
prisión.
-¿Estáis seguro de obtener buen éxito?
-¡Diantre! -dijo en francés el hombre de la capa.
-¿Qué decís? -preguntó el transtevere.
-Digo, querido, que más he de hacer yo con mi oro que vos y toda vuestra gente con sus puñales, sus
pistolas, sus carabinas y sus trabucos. Dejadme y veréis.
-Perfectamente; pero, por si acaso, estaremos prestos.
-Bueno, estad prestos si así lo deseáis, pero estad también seguros de que he de obtener la dilación
indicada.
-No olvidéis que el martes es pasado mañana y que por consiguiente no os queda más día que mañana.
-¡Y bien! ¿Qué? Un día está compuesto de veinticuatro horas, cada hora se compone de sesenta
minutos, cada minuto de sesenta segundos, y en ochenta y seis mil cuatrocientos segundos se pueden hacer
muchas cosas.
-¿Y cómo sabremos si habéis obtenido buen éxito?
-De un modo sencillísimo: He alquilado los tres últimos balcones del café Rospoli; si he obtenido la
prórroga, los dos balcones de los lados estarán colgados de damasco amarillo, y el del centro de damasco
blanco, con una cruz roja.
-Magnífico. ¿Y por quién haréis entregar el perdón?
-Enviadme uno de vuestros hombres disfrazado de penitente, y se lo daré. Gracias a su traje llegará
hasta el pie del cadalso, y entregará la orden al jefe de la hermandad, que la pasará al verdugo. Mientras
tanto, haced saber esta noticia a Pepino, para que no se vaya a morir de miedo o a volverse loco de
desesperación, lo cual sería causa de que hubiésemos hecho un gasto inútil.
-Escuchad, excelencia -dijo el aldeano-, os profeso un gran afecto, bien lo sabéis, ¿no es así?
Así lo creo al menos.
-¡Pues bien! Si salváis a Pepino, no será afecto lo que os profesaré, será obediencia.
-Mide lo que dices, amigo mío, porque acaso algún día lo recuerde, y ese día será el que lo necesite.
-Entonces, excelencia, me encontraréis en la hora de la necesidad, como yo os he encontrado en esta
misma hora y aun cuando os fueseis al fin del mundo, no tendréis más que escribirme: “Haz esto” , y lo
haré, a fe de.. .
-¡Callad! -dijo el desconocido-, oigo ruido.
-Son viajeros que visitan el Coliseo.
-Es peligroso que nos encuentren juntos. Estos demonios de guías podrían reconocernos, y por honrosa
que sea vuestra amistad, amigo mío, si llegaran a enterarse de que estábamos tan unidos como lo estamos,
esta unión me haría perder un poco de mi crédito.
-¿Conque si conseguís la prórroga...?
-El balcón del centro colgado de damasco blanco con una cruz roja.
-¿Y si no?
-Tres colgaduras amarillas.
-¿Y entonces...?
-Entonces, querido amigo, manejad el puñal como gustéis, os lo permito, y yo estaré allí para veros
maniobrar.
-Adiós, excelencia, cuento con vos; contad vos conmigo.
Y dichas estas palabras, el transtiberino desapareció por la escalera, mientras que el desconocido,
embozándose bien en su capa y ocultándose enteramente el rostro, pasó a dos pasos de Franz, y descendió
al circo por las gradas exteriores. Un segundo después, Franz oyó resonar su nombre en aquellas bóvedas.
Era Alberto que le lla maba. Antes de responder, esperó a que los dos hombres se hubiesen alejado,
procurando no revelarles que habían tenido un testigo que, si no había visto su rostro, no había al menos
perdido una sola palabra de su conversación. No habían transcurrido aún diez minutos cuando Franz
estaba ya en camino de la fonda de Londres, escuchando con una distracción impertinente el erudito
discurso que Alberto hacía, según Plinio y Calparini, sobre las rejas guarnecidas de puntas de hierro que
impedían a los animales feroces lanzarse sobre los espectadores. Franz le dejaba hablar sin contradecirle,
pues deseaba hallarse solo para pensar sin distracción alguna en lo que acababa de presenciar.
De los dos hombres, el uno seguramente era extranjero, y aquélla era la primera vez que le veía y oía,
pero no ocurría lo mismo con el otro, y aunque Franz no hubiese distinguido su rostro constantemente
envuelto en la sombra a oculto en su capa, el acento de aquella voz le había llamado demasiado la
atención desde la primera vez que la oyera para que pudiese resonar alguna vez en su presencia sin que~la
reconociese. Sobre todo, en las entonaciones irónicas, había algo de agudo y metálico que le había hecho
estremecer en las ruinas del Coliseo, lo mismo que en la gruta de Montecristo. Así, pues, estaba
perfectamente convencido de que aquel hombre no podía ser otro que Simbad el Marino.
En cualquier otra circunstancia, la curiosidad que le había inspirado aquel hombre le hubiera arrastrado
a darse a conocer, pero en aquel caso la conversación que acababa de oír era sobrado íntima para que no
se detuviese por el temor demasiado fundado de que su aparición les causaría una sorpresa bien poco
agradable. Le dejó, pues, que se alejara, como hemos visto, pero prometiendo si le encontraba otra vez no
dejar escapar la segunda ocasión como lo había hecho con la primera. Impidióle la preocupación
entregarse al sueño, de modo que toda aquella noche la empleó en renovar en su imaginación todas las
circunstancias que parecían hacer de aquellos dos personajes el mis mo individuo; además, mientras más
pensaba Franz, más se afirmaba en esta opinión. Se durmió, cerca del amanecer, lo que hizo que no
despertara sino muy tarde. Alberto, a fuer de verdadero parisiense, había tomado ya sus precauciones para
la noche: había enviado por un palco al teatro Argentino y como Franz tenía que escribir muchas cartas
para Francia, cedió el carruaje a Alberto por todo el día.
Entró Alberto a las cinco. Había entregado las cartas de recomendación, tenía billetes para todas las
tertulias y había visto Roma. Le había bastado un día a Alberto para todo esto. Y todavía había tenido
tiempo para informarse de la pieza que se representaba y de los actores que la ejecutaban. El título de la
pieza era «Parisina» y los actores se llamaban Coselli, Moriani y la Spech.
Nuestros dos jóvenes no eran tan desgraciados como se ve, pues que iban a asistir a la representación
de una de las mejores óperas del autor de Lucia di Lammermoor, ejecutada por tres artistas de los de más
nombradía en Italia. No había podido jamás acostumbrarse Alberto a los teatros ultramontanos, cuya
orquesta no se puede oír, y que no tienen ni balcones ni palcos descubiertos; esto era bastante duro para
un hombre que tenía su luneta en los Bouffes y su parte de palco en la ópera. No impedía, sin embargo,
que Alberto se vistiese de gran etiqueta siempre que iba a la ópera con Franz. Tiempo perdido, pues,
preciso es confesarlo, para vergüenza de uno de los representantes de nuestra elegancia: después de
cuatro meses que paseaba por Italia en todos sentidos, Alberto no había tenido ni lo que se llama una sola
aventura.
Y no era que no hiciese lo posible para que ésta se le presentara, no, porque Alberto de Morcef era uno
de los jóvenes que más fastidiados debían estar por hallarse en tal descubierto. La cosa era tanto más
penosa, cuanto que según la modesta costumbre de nuestros queridos compatriotas, Alberto había salido
de París con la convicción de que iba a tener los mejores lances, y que volvería a entretener a sus amigos
del boulevard de Gand contándoles sus aventuras; pero, desgraciadamente, nada de esto había sucedido.
Las encantadoras condesas genovesas, florentinas y napolitanas, habían temido, no a sus maridos, sino a
sus amantes, y Alberto había adquirido la cruel convicción de que las italianas tienen a lo menos sobre las
francesas la ventaja de ser fieles a su infidelidad. Con todo, ello no quiere decir que en Italia, como en
todas partes, no haya regla sin excepción.
Y con todo, Alberto era no solamente un joven muy elegante, sino un hombre de mucho talento. Era
además vizconde, vizconde de moderna nobleza, es muy cierto, pero en el día que no se hacen pruebas,
¿qué importa que sea uno noble desde 1399 o desde 1815? Sobre todo esto, tenía cincuenta mil libras de
renta, y siendo más de lo necesario para vivir en París a la moda, era pues, algo humillante el no haberse
hecho notable en ninguna de las ciudades por donde había pasado.
Sin embargo, confiaba que no sería lo mismo en Roma, mucho más siendo el carnaval, una de las
épocas de más libertad y en que las más severas se dejan arrastrar a algún acto de locura. Como el
carnaval empezaba al siguiente día, era muy importante que Alberto echara a volar su prospecto antes de
aquella apertura.
Había alquilado, pues, con esa intención, uno de los palcos más visibles del teatro, y se había vestido
con mucha elegancia. Estaba en la primera fila, que reemplaza la galería en nuestros teatros. Por otra
parte, los tres primeros pisos son tan aristocráticos los unos como los otros, y por esta razón son llamados
los palcos nobles. Aquí diremos, como de paso, que aquel palco, donde podrían estar doce personas sin
estrechez, había costado a los dos amigos un poco más barato que un palco de cuatro personas en el
ambigú cómico.
Es preciso decir que Alberto tenía aún otra esperanza y era que si llegaba a encontrar cabida en el
corazón de una bella romana, esto le conduciría naturalmente a conquistar un puesto en un carruaje, y por
consiguiente, a ver el carnaval en algún balcón de príncipe.
Todas estas circunstancias unidas hacían que Alberto fuese más emprendedor de lo que nunca lo había
sido. Volvía la espalda a los actores, inclinándose fuera del palco, y mirando a todas las personas con
unos prismáticos de seis pulgadas de largo, lo cual no hacía que ninguna mujer recompensase, con una
sola mirada, ni aun de curiosidad, todos sus estudiados ademanes y movimientos. Cada cual hablaba, en
efecto, de sus asuntos, de sus amores, de sus placeres, del carnaval que comenzaba al día siguiente, de la
próxima Semana Santa, sin fijar la atención ni un solo instante ni en los actores, ni en la ópera, excepto en
los momentos muy destacados en que todos se volvían, sea para oír un trozo del recitado de Coselli, sea
para aplaudir algún rasgo brillante de Moriani, sea en fin para gritar ¡bravo! a la Spech. Pasados estos
instantes tan fugaces y momentáneos, las conversaciones particulares recobraban su objeto primordial.
Hacia el fin del primer acto, la puerta de un palco que hasta entonces había permanecido vacío se abrió
y Franz vio entrar a una mu jer a la cual había tenido el honor de ser presentado en París, y que creía aún
en Francia. Alberto advirtió el movimiento que hizo su amigo al aparecer aquella dama, y volviéndose
hacia él dijo:
-¿Conocéis acaso a esa dama?
-Sí, ¿qué os parece?
-Es una rubia encantadora, querido. ¡Oh!, qué cabellos tan adorables. ¿Es francesa?
No, veneciana.
-¿Y se llama?
-La condesa G...
-¡Oh!, la conozco de nombre -exclamó Alberto-. Aseguran que además de ser hermosa tiene mucho
talento. ¡Diantre! ¡Cuando pienso que hubiera podido ser presentado a ella en el último baile dado por la
señora de Villefort, en el cual estaba, y que entonces no quise! ¿No es verdad que soy un imbécil?
-¿Queréis que repare esa falta? -preguntó Franz.
-¡Cómo! ¿La conocéis tan íntimamente para conducirme a su palco?
-He tenido el honor de hablar con ella tres o cuatro veces en mi vida, pero, bien lo sabéis, es lo bastante
para no cometer una indis creción.
En aquel instante, la condesa reparó en Franz y le hizo con la mano un ademán gracioso, al cual
respondió él con una respetuosa inclinación de cabeza.
-¡Vaya! ¡Me parece que estáis en buena armonía! -dijo Alberto.
-Pues os engañáis , y he aquí lo que nos hará cometer mil tonterías a nosotros los franceses en el
extranjero, por someterlo todo a nuestro punto de vista parisiense. En España y en Italia, sobre todo, no
juzguéis jamás de la intimidad de las personas por lo expresivo
de los cumplimientos. Hemos simpatizado la condesa y yo, pero eso es todo.
-¿Simpatía de alma? -preguntó con una sonrisa Alberto.
-No, de carácter -respondió gravemente Franz.
-¿Y en dónde empezó, en dónde tuvo lugar la tat simpatía?
-En un paseo que dimos por el Coliseo, parecido al que juntos hemos dado.
-¿A la luz de la tuna?
-Sí.
-¿Solos?
-Casi.
-Y hablasteis...
-De los muertos.
-¡Ah! -exclamó Alberto-, pues entonces la conversación no dejaría de ser agradable, y por lo mismo os
prometo que si tengo la dicha de servir de acompañante a la bella condesa en un paseo semejante al
vuestro, no le hablaré sino de los vivos.
-Y tal vez haréis más.
-Mientras tanto, vais a presentarme a ella como me lo habéis prometido.
-Tan pronto como se baje el telón.
-¡Cuán largo es este diablo de primer acto!
-Escuchad el final, querido, porque a más de ser muy bello, Coselli lo canta admirablemente.
-Sí, ¡pero qué talle... !
-La Spech está sumamente dramática.
-Sí, no lo discuto, pero ya conocéis que cuando se ha oído a la Lontag y la Malibrán...
-¿No os parece excelente el método de Moriani?
-No me gustan los morenos que cantan rubio.
-Amigo mío -dijo Franz volviéndose, mientras que Alberto continuaba mirando con los anteojos-, a
decir verdad estáis hoy muy insulso y distraído.
Al fin bajó el telón, con gran satisfacción del vizconde de Morcef, que tomó su sombrero, se arregló sus
cabellos, compuso su corbata y sus puños, a hizo observar a Franz que le esperaba. Como por su parte la
condesa, a quien Franz interrogaba con la mi rada, le dio a entender que sería bien recibido, no tardó éste
en satisfacer la impaciencia de Alberto y dirigiéndose al palco seguido de su compañero, que se
aprovechaba del paseo para componer los falsos pliegues que los movimientos habían podido imprimir en
el cuello de la camisa y en las solapas de su frac, llamó al palco número 4, que era el que ocupaba
la condesa. Esta se levantó al punto, cediendo su lugar al recién llegado, según es costumbre en Italia y
según se cede siempre cuando llega una vis ita.
Presentó Franz a la condesa a Alberto como uno de los jóvenes franceses más distinguidos por su
posición social, por sus nada escasos conocimientos y por las muchas otras cualidades que le adornaban,
todo lo cual no dejaba de ser cierto, porque tanto en París como en cualquier parte que estuviese, se tenía
a Alberto por un perfecto caballero.
Franz procuró añadir que, pesaroso su amigo de no haber sabido aprovechar la estancia de la condesa
en París para hacer que le presentasen a ella, le había encargado que reparase su falta, misión que cumplía,
rogando a la condesa, a cuyo lado también él hubiera necesitado un introductor, que excusase su
indiscreción. La condesa respondió con un saludo encantador a Alberto, y presentando lá mano a Franz.
Invitado por ella, Alberto se sentó en el lugar desocupado de la delantera, y Franz lo verificó en segunda
fila, detrás de la condesa.
Alberto había hallado un excelente tema de conversación, París, y por consiguiente hablaba a la
condesa de sus conocimientos comunes. Franz comprendió que se hallaba en su terreno. Dejóle, pues, y
pidiéndole sus gigantescos anteojos, se puso a su vez a explorar el salón. Sentada en un sillón delantero
de un palco de tercera fila enfrente de ellos, estaba una mujer de una hermosura admirable, vestida con un
traje griego que llevaba con tanta gracia y soltura que era evidentemente su traje habitual. Detrás de ella,
entre la sombra, se dibujaba la silueta de un hombre cuyo rostro era imposible distinguir. Franz
interrumpió la conversación de Alberto y de la condesa paa preguntar a esta última si conocía a la
hermosa albanesa, digna de atraer no solamente la atención de los hombres, sino también de las mujeres.
-No -dijo-, todo cuanto sé es que está en Roma desde el principio de la estación, porque desde que está
abierto el teatro la he visto cotidianamente en el mismo palco que hoy se encuentra, unas veces
acompañada del hombre que en este momento se encuentra con ella, y otras seguida tan sólo de un criado
negro.
-¿Qué os parece, condesa?
-Muy bonita; Medora debió asemejarse a esa mujer.
Franz y la condesa cambiaron una sonrisa, volviendo de nuevo esta última a entablar su interrumpida
conversación con Alberto y Franz a mirar a su albanesa. Se levantó entonces el telón. Era uno de esos bailes
italianos puestos en escena por el famoso Henry, que se ha formado como coreógrafo una reputación
tan colosal en Italia, y que el desgraciado ha venido por fin a perder en el teatro Náutico; uno de esos
bailes que todo el mundo, desde el primer bailarín al último comparsa, toman una parte tan activa en la
acción, que ciento cincuenta personas hacen a la vez el mismo ademán y levantan a un tiempo el mismo
brazo o la misma pierna. Es llamado este baile Dorliska.
A Franz le tenía demasiado preocupado su hermosa albanesa para ocuparse del baile por muy
interesante que fuese. En cuanto a la desconocida, parecía experimentar un placer visible en aquel espectáculo,
placer que formaba un notable contraste con el profundo desdén del que la acompañaba, y que
mientras duró la escena coreográfica, no hizo un movimiento, pareciendo, a pesar del ruido infernal
producido por las trompetas, los timbales y los chinescos de la orquesta, gustar de las celestiales dulzuras
de un sueño pacífico y embelesador.
Al fin terminó el baile, y el telón volvió a caer en medio de los fre néticos aplausos de un público
embriagado de entusiasmo. Gracias a esa costumbre de interpolar un bailecito en las óperas, los entreactos
son muy cortos en Italia, teniendo tiempo para descansar y cambia de traje mientras que los bailarines
ejecutan sus piruetas y ensayan sus cabriolas. Unos instantes después empezó el acto segundo.
A los primeros sonidos de la orquesta, Franz vio al soñoliento desconocido, levantarse lentamente y
acercarse a la griega, que se volvió para dirigirle algunas palabras, y se apoyó de nuevo sobre el
antepecho del palco. La fisonomía de su interlocutor seguía oculta en la sombra, y Franz no podía
distinguir ninguna de sus facciones.
Empezado ya el acto, la atención de Franz fue atraída por los actores, y sus ojos abandonaron un
instante el palco de la hermosa griega para fijarlos en el escenario.
El acto comienza, como es sabido, por el dúo del sueño. Parisina, acostada, deja escapar delante de
Azzo el secreto de su amor por Hugo. El esposo engañado sufre todos los furores de los celos, hasta que,
convencido de que su esposa le es infiel, la despierta para darle a conocer su próxima venganza. Este dúo
es uno de los más hermosos, de los más expresivos y de los más terribles que han salido de la fecunda
pluma de Donizetti. Franz lo oía por tercera vez, y sin embargo, produjo en él un efecto profundo. Iba,
pues, a unir sus aplausos a los del salón, cuando sus manos, prontas a chocar, permanecieron separadas, y
el ¡bravo! que iba a escapar de su boca expiró en sus labios.
Se había levantado el hombre del palco y acercando su cabeza hasta el punto en que le diera de lleno la
luz, había permitido a Franz reconocer en él al mismo habitante de Montecristo, a aquel cuya voz y talle
había creído descubrir en las ruinas del Coliseo. Ya no le cabía duda, el extraño viajero vivía en Roma.
La expresión del rostro de Franz estaba sin duda en armonía con la turbación que en él produjera
semejante encuentro, porque la condesa le miró, empezó a reír y le preguntó qué era lo que tenía.
-Señora -respondió Franz-, hace poco os he preguntado si conocíais a esa mujer albanesa; ahora os
pregunto si conocéis a su marido.
-Menos todavía -respondió la condesa.
-¿Nunca os ha llamado la atención?
-¡He aquí una pregunta enteramente francesa! ¡Bien sabéis que para nosotras, las italianas, no hay otro
hombre en el mundo más que aquel a quien amamos!
-Es verdad -respondió Franz.
-Sin embargo, os diré -dijo ella acercando los gemelos de Alberto a sus ojos y dirigiéndolos hacia el
palco- que debe ser algún recién desenterrado, algún muerto salido de su tumba, con el corres pondiente
permiso del sepulturero, se entiende, porque me parece horriblemente pálido.
-Pues siempre está lo mismo -respondió Franz.
-¿Entonces le conocéis? -preguntó la condesa-. Así, yo soy la que os preguntará quién es.
-Estoy seguro de haberle visto antes de ahora, pero no atino ni dónde ni cuándo.
-En efecto -dijo ella haciendo un movimiento con sus hermosos hombros como si un estremecimiento
circulase por sus venas -, comprendo que cuando se ha visto una vez a un hombre semejante, jamás se le
puede olvidar.
El efecto que Franz había experimentado no era, pues, una impre sión particular, puesto que otra
persona lo sentía tamb ién.
-Y decidme -preguntó Franz a la condesa después que le hubo observado por segunda vez-, ¿qué
pensáis de ese hombre?
-Que creo ver a Lord Ruthwen en persona.
Este nuevo recuerdo de Lord Byron admiró a Franz, porque, en efecto, si alguien podía hacerle creer en
los vampiros, no era otro que el hombre que tenía ante sus ojos.
-Es preciso que sepa quién es -dijo Franz levantándose.
-¡Oh, no! -exclamó la condesa-, no, no me dejéis sola. Cuento con vos para que me acompañéis, y os
quiero tener a mi lado.
-¡Cómo! -le dijo Franz al oído-, ¿tendríais miedo?
-Escuchad -le dijo ella-. Byron me ha jurado que creía en los
vampiros a incluso que los había visto. Me ha descrito su rostro, que es absolutamente semejante al de
ese hombre; esos cabellos negros, esos ojos tan grandes, en que brilla una llama extraña, esa palidez mortal;
además, observad que no está con una mujer como las demás, está con una extranjera..., una griega...,
una cismática..., sin duda una hechicera como él... Os ruego que no os vayáis. Mañana podréis dedicaros a
buscarlos, si así os parece, pero hoy os suplico que me acompañéis.
Franz insistió.
-Pues bien -dijo la condesa levantándose-, me voy. No puedo quedarme hasta el fin de la función,
porque tengo tertulia esta noche en mi casa..., ¿seréis tan poco galante que me rehuséis vuestra compañía?
Franz no tenía otra alternativa que la de tomar el sombrero, abrir la puerta y ofrecer su brazo a la
condesa, y esto fue lo que hizo.
La condesa estaba efectivamente muy conmovida, y el mismo Franz no dejaba tampoco de
experimentar cierto terror supersticioso, tanto más natural, cuanto que lo que era en la condesa el
producto de una sensación instintiva, era en él el resultado de un recuerdo. Al subir al carruaje sintió que
temblaba. La condujo hasta s u casa; no había nadie, y no era esperada por nadie. Franz la reconvino.
-En verdad ---dijo ella-, no me siento bien, y tengo necesidad de estar sola. La vista de ese hombre me
ha conmovido.
Franz procuró reírse.
-No os riáis -le dijo ella -. Prometedme además una cosa.
-¿Cuál?
-Prometédmela.
-Todo cuanto queráis, excepto renunciar a descubrir a ese hombre. Tengo motivos, que me es imposible
comunicaros, para desear saber quién es, de dónde viene y adónde va.
-Ignoro de dónde viene, pero dónde va puedo decíroslo; va al infierno, no lo dudéis.
-Volvamos a la promesa que queríais exigir de mí, condesa -dijo Franz.
-¡Ah!, es la siguiente: entrar directamente en vuestra casa y no buscar esta noche a ese hombre. Hay
cierta afinidad entre las personas que se separan y las que se reúnen. No sirváis de intermediario entre ese
hombre y yo. Mañana corred tras él cuanto queráis, pero jamás me lo presentéis, si no queréis hacerme
morir de miedo. Así, pues, buenas noches, procurad dormir, yo sé bien que no podré cerrar los ojos en
toda la noche.
Con estas palabras la condesa se separó de Franz, dejándole fluctuando en la indecisión de si se había
divertido a su costa, o si verdaderamente sintió el temor que había manifestado.
A1 entrar en la fonda, Franz encontró a Alberto con batín y pantalón sin trabillas, voluptuosamente
arrellanado en un sillón y fumando un buen tabaco.
-Ah, ¡sois vos! -le dijo-. Verdaderamente no os esperaba hasta mañana.
-Querido Alberto -respondió Franz-, me felicito por tener una ocasión de deciros una vez por todas que
tenéis la idea más equivocada de las mujeres italianas, y no obstante, me parece que vuestras desdichas
amorosas ya debían habérosla hecho perder.
-¿Qué queréis? ¡Esas mujeres, el diablo que las comprenda! Os dan la mano, os la estrechan, os hablan
al oído, hacen que las acompañéis a su casa; con la cuarta parte de ese modo de tratar a un hombre, una
parisiense perdería pronto su reputación.
-Pues precisamente porque nada tienen que ocultar, porque viven con tanta libertad, es por lo que las
mujeres se cuidan tan poco del público en el bello país donde resuena el sí, como decía Dante. Además,
bien habéis visto que la condesa tenía miedo.
-Miedo ¿de qué?, ¿de aquel honrado caballero que estaba enfrente de nosotros con aquella hermosa
griega? Pues yo al salir me los encontré por el pasillo y, ¡a fe que no sé de dónde diablos os han venido
esas ideas del otro mundo! Es un hombre buen mozo y muy ele gante, no parece sino que se viste en
Francia en casa de Blin o de Humanes. Un poco pálido, es cierto, pero bien sabéis que la palidez es un
signo de distinción.
Franz se sonrió; Alberto tenía también pretensiones de estar pálido.
-Sí, sí -le dijo Franz-, estoy convencido de que las ideas de la condesa acerca de ese hombre no tienen
sentido común; pero, decidme, ¿ha hablado a vuestro lado y habéis podido oír algo de lo que decía?
-Ha hablado, pero en griego. He reconocido el idioma en algunas voces griegas desfiguradas. ¡Oh! ¡Me
acuerdo que en el colegio el grie go me hacía pasar muy malos ratos!
-¿Conque hablaba griego?
-Es probable.
-No hay duda -murmuró Franz-, es él.
-¡Cómo! ¿Qué decís...?
-Nada. ¿Qué estabais haciendo?
-Os estaba preparando una sorpresa.
-¿Qué sorpresa?
-Bien sabéis que es imposible encontrar un coche.
-¡Diantre!, por lo menos se ha hecho cuanto humanamente se podía hacer.
-¡Pues bien! Se me ha ocurrido una idea maravillosa.
Franz miró a Alberto como dudando del estado de su imaginación.
-Querido -dijo Alberto-, me honráis con una mirada que mere cería os pidiese reparación.
-Dispuesto estoy a dárosla, querido amigo, si la idea es tan mara villosa como decís.
-Escuchad.
-Escucho.
-¿No hay posibilidad de encontrar carruaje?
-No.
-¿Ni caballos?
-Tampoco.
-¿Pero una carreta bien se podrá encontrar?
-Quizás.
-¿Y un par de bueyes?
-También.
-Pues bien; ésa es la nuestra. Mando adornar la carreta, nos vestimos de segadores napolitanos, y
representamos al natural el magnífico cuadro de Leopoldo Robert. Y si la condesa quiere vestirse de
campesina de Puzzole o de Sorrento, esto completará la mascarada, y seguramente la condesa es
demasiado hermosa para que la tomen por el original de la mujer del niño.
-¡Diantre! -exclamó Franz-, tenéis razón por esta vez, Alberto, y ésa es una idea feliz.
-Y nacional. ¡Ah, señores romanos! ¿creéis que se correrá a pie por vuestras calles como unos
lazzaroni, porque no tenéis calesas ni caballos? ¡Pues bien!, ya se inventarán.
-¿Y habéis comunicado a alguien esa estupenda idea?
-Sólo a nuestro huésped. Al entrar le hice subir y le manifesté mis deseos. Me ha asegurado que nada
era más fácil. Yo quería dorar los cuernos de los bueyes, pero él ha dicho que para eso se necesitarían tres
días, por lo que será preciso pasar sin ese detalle superfluo.
-¿Y dónde está?
-¿Quién?
-Nuestro huésped.
-Ha ido a buscar la carreta, porque mañana sería ya tarde.
-¿De modo que esta misma noche tendremos la contestación?
-Así lo espero.
En este momento la puerta se abrió y maese Pastrini asomó la cabeza.
-¿Se puede entrar? -dijo.
-¡Pues claro! -exclamó Franz.
-¡Y bien! -dijo Alberto-. ¿Habéis encontrado la carreta y los bueyes?
-He encontrado algo mejor que eso -respondió con aire ufano.
-¡Ah!, mi querido huésped, andad con tiento en lo que decís.
-Confíe vuestra excelencia en mí -dijo maese Pastrini.
-Pero, en fin, ¿qué hay? -exclamó Franz a su vez.
-¿Ya sabéis -dijo el posadero- que el conde de Montecristo vive en este mismo piso...?
-Ya lo creo -dijo Alberto-, puesto que gracias a él no hemos podido alojarnos sino como dos estudiantes
en la calle de Saint Nicolas-du-Charnedot.
-Y bien, está enterado del apuro en que os encontráis y os ofrece dos asientos en su carruaje y dos sitios
en sus ventanas del palacio Rospoli.
Alberto y Franz se miraron.
-Pero -preguntó Alberto-, ¿debemos aceptar la oferta de ese ext ranjero? ¿De un hombre a quien no
conocemos?
-¿Y qué clase de hombre es ese conde de Montecristo? -preguntó Franz a su huésped.
-Un gran señor siciliano o maltés, no lo sé a ciencia cierta, pero noble como un borgliese y rico como
una mina de oro.
-Me parece -dijo Franz a Alberto -que si ese hombre fuese de tan buenas prendas como dice nuestro
huésped, hubiera debido hacernos su invitación de otra manera, ya fuese escribiéndonos, ya...
En este momento llamaron a la puerta.
-Adelante -dijo Franz.
Un criado con una elegante librea apareció en el marco de la puerta.
-De parte del conde de Montecristo, para el señor Franz d'Epinay y para el señor vizconde Alberto de
Morcef -dijo.
Y presentó al huésped dos tarjetas que éste entregó a los jóvenes.
-El señor conde de Montecristo -continuó el criado- me manda pedir permiso a estos señores para
presentarse mañana por la mañana en su cuarto como vecino. Tendré el honor de informarme de estos
señores a qué hora estarán visibles.
-A fe mía -dijo Alberto a Franz-, que no podemos quejarnos.
-Decid al conde -respondió Franz- que nosotros tendremos el honor de anticiparnos a su visita.
El criado se retiró.
-Eso es lo que se llama un asalto de elegancia -dijo Alberto-, vamos, decididamente vos teníais razón,
maese Pastrini, y el conde de Montecristo es un hombre perfecto.
-¿Luego aceptáis su oferta? -dijo el huésped.
-Con mucho gusto -respondió Alberto-, sin embargo, os lo confieso, siento que no se realice nuestro
plan de la carreta y los segadores; y si no hubiese lo del balcón del palacio Rospoli, para compensar lo
que perdemos, creo que volvería a mi primera idea, ¿qué os parece, Franz?
._-Creo que también son los balcones los que me deciden -respondió Franz a Alberto.
En efecto, esta oferta de dos sitios en un balcón del palacio Rospoli, recordóle a Franz la conversación
que había oído en las ruinas del Coliseo entre su desconocido y el transtiberino, conversación en la cual el
hombre de la capa había prometido obtener la gracia del condenado. Ahora, pues, si el homb re de la capa
era, según todo se lo probaba a Franz, el mismo cuya aparición en la sala de Argentina le había
preocupado tanto, sin duda alguna le reconocería y-entonces nada le impediría satisfacer su curiosidad
sobre este punto.
Franz pasó una parte de la noche pensando en sus dos apariciones y deseando que llegase el día
siguiente. En efecto, el siguiente día debía aclararlo todo, y esta vez, a menos que su huésped de Monte-
Cristo poseyese el anillo de Gyges y merced a este anillo su facultad de hacerse invisible, era evidente
que no se le escaparía. Así, pues, se despertó a las ocho, hora en que Alberto, como no tenía los mismos
motivos que Franz para madrugar tanto, dormía aún apaciblemente. Franz mandó llamar a su huésped,
que se presentó con sus habituales saludos.
-Maese Pastrini -le dijo-, ¿no debe haber hoy una ejecución?
-Sí, excelencia, pero si preguntáis eso para tener un balcón, os acordáis de ello muy tarde.
-No -prosiguió Franz-; por otra parte, si lo hiciese únicamente para ver ese espectáculo, encontraría
sitio en el monte Pincio.
-¡Oh!, yo creía que vuestra excelencia no querría mezclarse con la canalla, cuyo anfiteatro es ése.
-Probablemente no iré -dijo Franz-, pero desearía obtener algunos detalles.
-¿Cuáles?
-Quisiera saber el número de condenados, sus nombres y el género de sus suplicios.
-¡Oh!, no los podía pedir más oportunamente, excelencia. Ahora justamente me acaban de traer las
tavolette.
-¿Qué es eso de las tavolette?
-Las tavolette son unas tabletas de madera que se cuelgan en lo. das las esquinas de las calles la víspera
de las ejecuciones, y en las cuales están escritos los nombres de los condenados, la causa de su
condenación y la clase de suplicio. Tienen por objeto invitar a los fieles a que rueguen a Dios para que dé
a los culpables un sincero arrepentimiento.
-¿Y os traen esas tabletas para que unáis vuestras súplicas a las de los fieles? -preguntó Franz
irónicamente.
-No, excelencia. Yo me entiendo con el repartidor y me trae esos anuncios, como también me trae los
anuncios de espectáculos de otros géneros, a fin de que si alguno de los viajeros que tengo la honra de
albergar en mi casa desea asistir a la ejecución, lo sepa por anticipado.
-¡Ah!, ya comprendo, maese Pastrini -exclamó Franz-, ¡sois hombre en extremo solícito y delicado, que
se desvive por complacer a sus huéspedes!
-¡Oh! --dijo maese Pastrini sonriendo-, puedo vanagloriarme de hacer cuanto está en mi mano para
satisfacer los deseos de los nobles extranjeros que me honran con su confianza.
-Eso es lo que veo, querido huésped, y lo repetiré a quien quiera oírlo, no lo dudéis. Mientras tanto,
desearía leer una de esas tavolette.
-Nada más fácil -dijo el huésped abriendo la puerta-, he dado órdenes de poner una en el corredor.
Salió, descolgó la tavoletta, y la presentó a Franz. He aquí la tra ducción literal del cartel patibulario:
«Se hace saber a todos los que la presente vieren y entendieren, que el martes, 22 de f ebrero, primer
día de Carnaval, y en virtud de sentencia dada por el tribunal de la Rota, serán ejecutados en la plaza
del Popolo los llamados Andrés Róndolo, culpable de asesinato en la persona muy respetable y venerada
de D. César Torloni, canónigo de la iglesia de San Juan de Letrán, y el llamado Pepino, alias Rocca
Priori, convicto de complicidad con el detestable Luigi Vampa y los demás de su banda. EL primero será
mazzolato, y el segundo decapitado. Se ruega a las almas caritativas que pidan al Ser Supremo un sincero
arrepentimiento para estos dos infelices reos.»
Esto mismo era lo que Franz había oído la antevíspera en las ruinas del Coliseo, y nada habían
cambiado en el programa; los nombres de los condenados, la causa de su suplicio y el género de su
ejecución eran exactamente los mismos. Por consiguiente, según toda probabilidad, el transtiberino no era
otro que el bandido Luigi Vampa, y el hombre de la caps, Simbad el Marino, que en Roma como en
PortoVecchio y en Túnez continuaba con sus filantrópicas expediciones.
Entretanto, el tiempo corría; eran las nueve y Franz iba a despertar a Alberto, cuando con gran asombro
de su padre, le vio salir de su cuarto vestido ya de pies a cabeza. El carnaval le había hecho despertar más
de mañana de lo que su amigo esperaba.
-¡Vamos! -dijo Franz a su huésped-, ahora que ya estamos listos, ¿creéis, señor Pastrini, que podremos
presentarnos en la habitación del señor conde de Montecristo?
-¡Oh!, seguramente -respondió- El conde de Montecristo acostumbra a madrugar, y estoy convencido
de que hace dos horas que se ha levantado.
-¿Y creéis que no será indiscreción el irle a ver ahora mismo?
-En modo alguno.
-En tal caso, Alberto, si estáis dispuesto...
--Sí, amigo mío, sí; estoy dispuesto a todo --dijo Alberto.
-Vamos a dar gracias a nuestro vecino por su atención.
-Vamos enhorabuena.
Franz y Alberto no tenían que atravesar más que el pasillo. El posadero se adelantó y llamó; un criado
salió a abrir.
-I signori francesi ---dijo Pastrini.
El criado se inclinó y les hizo señas de que entrasen.
Atravesaron dos piezas amuebladas con un lujo que no creían encontrar en la fonda de maese Pastrini y
finalmente llegaron a un salón sumamente elegante. Cubría el pavimento una alfombra de Turquía, y
magníficas sillas de blandos almohadones y de anchos espaldares enervados hacia atrás, brindaban con un
descanso tan cómodo como agradable; riquísimos cuadros pintados al óleo, retratos de diferentes
personajes, trofeos de magníficas arenas, colgaban de las paredes y anchas cortinas de hermosa tapicería
flotaban delante de cada puerta.
-Si sus excelencias gustan sentarse -dijo el criado-, pueden hacerlo mientras entro aviso al señor conde.
Y salió por una de las puertas.
Al abrirse esta puerta, el sonido de una guzla llegó a los oídos de los dos amigos, pero al punto se
apagó. La puerta, cerrada casi al mismo tiempo que abierta, no había podido, por decirlo así, dejar
penetrar en el salón más que un soplo de armonía. Franz y Alberto cambia ron una mirada y volvieron los
ojos hacia los muebles, los cuadros y las arenas. Todo esto les pareció ahora más magnífico que al primer
golpe de vista.
-¿Qué os parece? -preguntó Franz a su amigo.
-A fe mía, querido -dijo -, que es preciso que nuestro vecino sea algún agente de cambio que ha jugado
a la baja sobre los fondos españoles, o algún príncipe que viaja de incógnito.
-¡Silencio! -le dijo Franz-, eso es lo que vamos a saber, puesto que ahí viene.
En efecto, el ruido de una puerta que giraba sobre sus goznes acababa de llegar a los oídos de los
amigos, y casi al mismo tiempo, le vantándose el cortinaje, dio paso al dueño de todas aquellas riquezas.
Alberto se levantó y le salió al encuentro, pero Franz, al verle, se quedó clavado en su sitio.
E1 que acababa de entrar no era otro que el hombre de la capa del Coliseo, el desconocido del palco, el
misterioso huésped de la isla de Montecristo.
Capítulo trece
La mazzolata
-Señores -dijo al entrar el conde de Montecristo-, recibid mis excusas por haber dado lugar a que os
adelantaseis, pero al presentarme antes en vuestro gabinete hubiera temido ser indiscreto. Por. otra parte,
me habéis dicho que vendríais y os he estado esperando.
-Venimos a daros un millón de gracias, Franz y yo, señor conde -dijo Alberto-, puesto que
verdaderamente nos sacáis de un gran apuro, tanto, que ya estábamos a punto de inventar la estratagema
más fantástica en el momento en que nos participaron vuestra atenta invitación.
-¡Eh! ¡Dios mío!, señores -dijo el conde haciendo seña a los jóvenes de que se comodasen en un diván-.
Ese imbécil de Pastrini tiene la culpa de que os haya dejado tanto tiempo en esa angustia. No me había
dicho una palabra de vuestro apuro, a mí que, solo y ais lado como estoy aquí, no buscaba más que una
ocasión de conocer a mis vecinos. Así, pues, desde el momento en que supe que podía seros útil en algo,
ya habéis visto con qué prisa he aprovechado la ocasión de ofreceros mis servicios. Pero tomad asiento,
señores, perdonad mi distracción.
Y el conde señaló a los dos jóvenes un precioso confidente que había junto a ellos. Ambos amigos se
inclinaron. Franz no había encontrado una sola palabra que decir, aún no había tomado ninguna
resolución, y como nada indicaba en el conde su voluntad de reconocerle o su deseo de ser conocido por
él, no sabía si hacer, por una palabra cualquiera, alusión a lo pasado, o dejar que el porvenir les diese
nuevas pruebas. Por otra parte, aun cuando estaba seguro de que la víspera era él quien estaba en el palco,
no podía, sin embargo, responder tan positivamente de que fuese él quien estaba la antevíspera en el
Coliseo. Resolvió, pues, dejar que las cosas siguieran su curso sin hacer ninguna pregunta directa.
Además, estaba en condiciones de superioridad sobre él, era dueño de su secreto, mientras que el conde
no podía tener ninguna acción sobre Franz, que nada tenía que ocultar. Esto no obstante, resolvió hacer
girar la conversación sobre un punto que podía aclarar un poco sus dudas.
-Señor conde -le dijo-, ya que nos habéis ofrecido dos asientos en vuestro carruaje y dos sitios en
vuestras ventanas del palacio Rospoli, ¿podríais indicarnos ahora de qué medios nos valdríamos para
procurarnos un posto cualquiera, como se dice en Italia, en la Plaza del Popolo?
-¡Ah!, sí, es verdad -dijo el conde con aire distraído y mirando fijamente a Morcef-. ¿No hay en la
Plaza del Popolo una... una ejecución?
-Sí -respondió Franz, viendo que por sí mismo iba donde él quería conducirle.
-Esperad, esperad; creo haber dicho ayer a mi mayordomo que se ocupase de eso. Quizá pueda
prestaros aún otro pequeño servicio.
Y tendió la mano hacia un cordón de campanilla.
Al punto vio entrar Franz a un individuo de cuarenta y cinco a cincuenta años, que se parecía, como
una gota de agua se parece a otra, al contrabandista que le había introducido en la gruta, pero que no pareció
reconocerle. Sin duda estaba prevenido.
-Señor Bertuccio -dijo el conde-, ¿os habéis ocupado, como os dije ayer, de procurarme una ventana en
la plaza del Popolo?
-Sí, excelencia -dijo el mayordomo -, pero ya era tarde.
-¡Cómo! -dijo el conde frunciendo el entrecejo-, ¿no os dije resueltamente que quería tener una a mi
disposición?
-Y vuestra excelencia tiene una, la que estaba alquilada al príncipe Labanieff, pero me he visto
obligado a pagarle en ciento. ..
-Basta, basta; dejémonos de cuentas, señor Bertuccio; tenemos una ventana, esto es lo principal. Dad
las señas de la casa al cochero, y estad en la escalera para conducirnos. Esto basta, podéis retiraros.
El mayordomo saludó a hizo ademán de retirarse.
-¡Ah! -prosiguió el conde-. Tened la bondad de preguntar a Pastrini si ha recibido la tavoletta y si
quiere enviarme el programa de la ejecución.
-Es inútil -dijo Franz sacando su cartera del bolsillo-. He tenido en la mano ese programa y lo he
copiado. Aquí lo tenéis.
-Muy bien. Entonces, señor Bertuccio, podéis retiraros, ya no os necesito. Decid que nos avisen cuando
esté preparado el almuerzo. Estos señores -continuó, volviéndose hacia los dos amigos- me harán el honor
de almorzar conmigo, ¿no es cierto?
-Señor conde -dijo Alberto-, eso sería abusar.
-Al contrario, me daréis en ello una particular satisfacción, a más de que todo esto, uno a otro de
vosotros, o tal vez los dos me lo pagaréis en igual moneda cuando yo vaya a París. Señor Bertuccio,
haréis poner tres cubiertos.
El conde de Montecristo tomó la cartera de las manos de Franz y el señor Bertuccio salió.
-De modo que decíamos -continuó con el mismo tono que si hubiera leído un anuncio de teatro-, que...
« hoy, 22 de febrero, serán ejecutados en la plaza del Popolo los llamados Andrés Rondolo, culpable de
asesinato en la persona muy respetable y venerada de don César Torlini, canónigo de la iglesia de San
Juan de Letrán, y el llamado Pepino, alias Rocca Priori, convicto de complicidad con el detestable
bandido Luigi Vampa y los demás de su banda.» ¡Hum! «El primero será mazzolatto, el segundo
decapitato.» En efecto -prosiguió el conde-, así era como debía suceder al principio, pero tengo entendido
que de ayer acá han surgido algunos cambios en el orden y marcha de la ceremonia.
-¡Bah! -dijo Franz.
-Sí, ayer en casa del cardenal Rospigliosi, donde estuve de tertulia, se hablaba de una prórroga
concedida a uno de los condenados.
-¿Andrés Rondolo? -preguntó Franz.
-No -replicó sencillamente el conde-, al otro... -y volviendo los ojos hacia la cartera como para
acordarse del nombre añadió-, a Pepino, llamado Rocca Priori. Esto os priva de asistir a ver gillotinar,
pero os queda la mazzolatta, que es un suplicio muy curioso cuando se ve por primera vez, y aun por
segunda, mientras que el otro, que debéis ya conocer, es muy sencillo y no ofrece nada de particular. El
Mandaia no se engaña, no tiembla, no da golpe en vano, no vuelve a herir treinta veces como el soldado
que cortaba la cabeza al conde de Chalais y al cual acaso Richelieu recomendara al paciente. ¡Ah, callad!
-continuó el conde con tono despectivo-. No me habléis de los europeos para los suplicios; no entienden
nada de eso y puede decirse que están en la infancia sobre este punto.
-En verdad, señor conde -respondió Franz-, se creería al oíros que habéis hecho un gran estudio
comparando los diferentes suplicios de todas las partes del mundo.
-Pocos habrá que no haya visto -respondió fríamente el conde.
-¿Y hallasteis algún placer asistiendo a tan horribles espectáculos?
-El primer sentimiento que experimenté fue el de la repugnancia, el segundo la indiferencia y el tercero
la curiosidad.
-¡La curiosidad! ¿Habéis medido esta palabra? ¿Sabéis que es terrible?
-¿Por qué? En la vida sólo hay una preocupación: la de la muerte. Y qué, ¿no os parece curioso estudiar
de cuántas maneras puede el alma salir del cuerpo, y cómo, según los caracteres, los tempera mentos y aun
las costumbres del país, sufren los individuos ese supremo traspaso del ser a la nada? En cuanto a mí, os
respondo una cosa: que mientras más he visto morir, más fácil me parece. La muerte será tal vez un
suplicio, pero no una expiación.
-No os comprendo bien -dijo Franz-; explicaos, pues no sabéis hasta qué punto me interesa lo que
decís.
-Oíd -dijo el conde, y su rostro adquirió una expresión de odio- Si un hombre hubiese hecho perecer
por medio de un tormento atroz, un tormento terrible, un tormento sin fin, a vuestro padre, a vuestra
madre, a vuestra amada, a uno de esos seres, en fin que, cuando se les separa del corazón dejan en él un
vacío eterno y una llaga incurable, ¿creeríais suficiente la reparación que os concede la sociedad porque el
hierro de la guillotina ha pasado entre la base del occipital y los músculos trapecios del cuello, y porque
aquel que os ha hecho sentir años de sufrimientos morales ha experimentado algunos segundos de dolores
físicos...?
-Sí, ya lo sé -replicó Franz-, la justicia humana es tan insuficiente como consoladora. Puede derramar la
sangre a cambio de la sangre. Preciso es preguntarle lo que puede y nada más.
-Y aún os expongo un caso material -replicó el conde-, aquel en que la sociedad, atacada por la muerte
de un individuo en la base sobre la cual se asienta, venga la muerte con la muerte. Decidme, sin embargo,
¿no hay millares de dolores con los que pueden ser desgarradas las entrañas de un hombre, sin que la
sociedad se ocupe de ello, sin que le ofrezca el medio insuficiente de venganza de que hablamos hace
poco? ¿No hay crímenes para los cuales el palo de los turcos, las gamellas de los persas, los nervios
retorcidos de los iroqueses, serían suplicios demasiado dulces, y que, con todo, la sociedad indife rente
deja sin castigo...? Responded, ¿no hay tales crímenes?
-Sí -respondió Franz-, y para castigarlos está tolerado el duelo. -¡El duelo! ¡El duelo! -exclamó el
conde-. ¡Buen modo, a fe mía de conseguir la venganza! Un hombre os ha robado a la mujer que amabais;
un hombre ha deshonrado a vuestra hija; de una existencia entera, que teníais derecho a esperar de Dios la
parte de felicidad que ha prometido a todo ser humano al crearlo, ha hecho una vida de dolor, de miseria o
de infamia, y os creéis vengado, porque a ese hombre, que ha hecho nacer el delirio en vuestra mente y la
desesperación en vuestra alma, os creéis vengado, digo, porque le habéis dado una estocada en el pecho o
porque de un pistoletazo le habéis hecho saltar la tapa de los sesos. ¡Oh!, y eso sin contar que es él quien
con frecuencia sale victorioso de la mancha a los ojos del mundo, y en cierto modo absuelto por Dios. No,
no -continuó el conde-, si alguna vez tuviera que vengarme, no me vengaría así.
-¿Conque desaprobáis el duelo? ¿Conque no os batiríais en duelo? -preguntó a su vez Alberto,
sorprendido ante tan extraña teoría.
-Desde luego -dijo el conde-. Entendámonos. Me batiría por una fruslería, por un insulto, por una
palabra, por una bofetada, y eso con tanto más desprecio cuanto que, gracias a la habilidad que he
adquirido en todos los ejercicios de armas y en la costumbre que tengo del peligro, estaría casi seguro de
matar a mi contrario. ¡Oh!, sí, por todo esto me batiría en duelo; pero por un dolor lento, profundo,
infinito, eterno, devolvería, si era posible, un dolor seme jante al que me habrían hecho: ojo por ojo, diente
por diente, como dicen los orientales, nuestros maestros en todo, esos elegidos de la creación que han
sabido formarse una vida de sueños y un paraíso de realidades.
-Pero -dijo Franz. al conde-, con esa teoría que os constituye juez y verdugo en vuestra propia causa, es
difícil que vos mismo escapéis del poder de la ley. El odio y la cólera ofuscan la mente, y el que toma la
venganza por su mano se expone a beber un amargo bre baje.
-Sí, si se es pobre y torpe; no, si es millonario y hábil. Por otra parte, lo peor sería ese último suplicio
de que hablábamos hace poco, el que la filantrópica revolución francesa ha sustituido al descuartizamiento
y a la rueda. ¡Y bien! ¿Qué es el suplicio si se está vengado? En realidad casi lamento que ese
miserable Pepino no sea decapitado, como ellos dicen; veríais el tiempo que dura y si merece la pena de
hablarse de ello. Pero, en verdad, señores, que tenemos una conversación un poco singular para un día de
carnaval. ¿Cómo hemos venido a parar a este tema? ¡Ah!, ya recuerdo. Me habíais pedido un sitio
en mi balcón. Pues bien, lo tendréis. Pero primero sentémonos a la mesa, pues justamente nos vienen a
anunciar que ya está servido el almuerzo.
En efecto, un criado abrió una de las cuatro puertas del salón y pronunció las palabras sacramentales
de:
-Al suo commodo!
Los dos jóvenes se levantaron y pasaron al comedor. Durante el almuerzo, que era excelente, y servido
con un esmero delicado, Franz buscó con los ojos las miradas de Alberto, a fin de leer en ellas la
impresión que no dudaba habrían producido en él las palabras de su huésped, pero ya sea que en medio de
su desdén habitual no les hubiese prestado grande atención, ya sea que lo que el conde de MonteCristo le
había dicho con relación al duelo le hubiese agradado, sea, en fin, que los antecedentes que hemos
referido, conocidos sólo de Franz, hubiesen aumentado para él el efecto de la teorías del conde, no se dio
cuenta de que su compañero estuviese tan preocupado. Hacía los honores a la comida como hombre
condenado desde cuatro a cinco años a la cocina italiana, es decir, a una de las peores del mundo.
Respecto al conde, poseído de una viva preocupación que parecía inspirarle la persona de Alberto, apenas
probó un bocado de cada plato; hubiérase dicho que al sentarse a la mesa con sus convidados cumplía un
sencillo deber de política, y que esperaba su partida para hacerse servir algún plato extraño o particular.
Esto le recordaba a Franz el terror que el conde había inspirado a la condesa G..., y la convicción en que
le había dejado de que el conde, el hombre que él le mostrara en el palco de enfrente, era un vampiro.
Terminado el almuerzo, Franz sacó su reloj.
-¡Y bien! -le dijo el conde-, ¿qué hacéis?
-Dispensadnos, señor conde -respondió Franz-, pero tenemos mil cosas que hacer.
-¿De qué se trata?
-Nos hallamos sin disfraces, y hoy éstos son de rigor.
-No os preocupéis. Tenemos, según creo, en la plaza del Popolo, un cuarto particular; haré llevar a él
los trajes que me indiquéis, y nos disfrazaremos en seguida.
-¿Después de la ejecución? -exclamó Franz.
-Sin duda; después, durante o antes, como gustéis.
-¿Enfrente del patíbulo?
-¿Y por qué no? El patíbulo forma parte de la fiesta.
-Pues bien, señor conde; he reflexionado -dijo Franz--, mu cho os agradezco vuestros ofrecimientos,
pero me contentaré con aceptar un asiento en vuestro carruaje y un sitio en el palacio Rospoli, dejándoos
en libertad de disponer del lugar del balcón de la piazza del Popolo.
-Pues os advierto que perdéis un espectáculo curioso -respondió el conde.
-Ya me lo contaréis -replicó Franz-, y en vuestra boca me impresionará tanto como si lo viese. Por otra
parte, más de una vez quise asistir a una ejecución, y nunca me he podido decidir. ¿Y vos, Alberto?
-Yo -respondió el vizconde-, he visto ejecutar a Casteins, pero creo que estaba un poquitín alegre aquel
día, pues era el de mi salida del colegio.
-Sin embargo -repuso el conde-, el que no hayáis hecho una cosa en París no es razón para que dejéis
de hacerla en el extranjero; cuando se viaja es por instruirse, cuando se cambia de lugares es para ver.
Pensad qué papel haríais cuando os preguntasen cómo ejecutan en Roma y que respondieseis: No lo sé.
Dicen además que el condenado es un tunante, un pícaro que ha matado a fuerza de golpes con un
caballete de chimenea a un buen canónigo que le había educado como si fuese su hijo. Si viajarais por
España, iríais a ver las corridas de toros, ¿verdad? ¡Pues bien!, suponed que vamos a ver un combate,
acordaos de los antiguos romanos en el circo, de las cazas en que se mataban trescientos leones y un
centenar de hombres. Recordad aquellos ochenta mil espectadores que aplaudían, aquellas matronas que
conducían allí a sus hijas, y aquellas vestales de blancas manos que hacían con el dedo una encantadora
señal que quería decir: «¡Vamos, no haya pereza, acabad con ese hombre que ya está moribundo! »
-¿Iréis, Alberto? -preguntó Franz.
-Desde luego que sí, querido. Vacilaba como vos, pero la elocuencia del conde me decide.
-Vamos, puesto que así lo queréis -dijo Franz-, pero al dirigirme a la plaza del Popolo, deseo pasar por
la calle del Corso. ¿Es posible, señor conde?
-A pie, sí; en carruaje, no.
-Entonces iré a pie.
-¿Es indispensable que paséis por la calle del Corso?
-Sí, tengo que ver cierta cosa.
-¡Pues bien!, pasemos por esa calle; enviaremos el coche a que nos espere en la plaza del Popolo por la
entrada del Babuino; y además, ahora que recuerdo, tampoco me vendrá mal pasar por la calle del Corso
para ver si han cumplido algunas órdenes que he dado.
-Excelencia -dijo el criado abriendo la puerta-, un hombre vestido de penitente pregunta si puede hablar
con vos unos instantes.
-¡Ah!, sí -dijo el conde-, ya sé lo que es. Señores, si queréis pasar al salón, allí encontraréis excelentes
cigarros de la Habana, y os suplico os sirváis disculparme por los breves instantes que tardaré en reunirme
con vosotros.
Los dos jóvenes se levantaron y salieron por una puerta, mientras que el conde, después de haberles
renovado sus excusas, salió por otra.
Alberto, que desde que estaba en Italia, se veía privado de los cigarros del Café de París, gran sacrificio
para él, se aproximó a la mesa y lanzó un grito de alegría al encontrar en ella verdaderos cigarros puros.
-Querido -le preguntó Franz-, ¿qué pensáis del conde de Montecristo?
-¿Qué pienso? -dijo Alberto visiblemente sorprendido de que su compañero le hiciese tal pregunta-.
Pienso que es un hombre encantador, que hace los honores de su casa a las mil maravillas, que ha visto
mucho, que ha estudiado mucho, reflexionado mucho, que es como Bruto de la escuela estoica, y sobre
todo -añadió lanzando una bocanada de humo que subió en forma de espiral hacia el techo-, que posee
excelentes cigarros.
Esta era la opinión que Alberto tenía con respecto al conde, y de consiguiente, como Franz sabía que
Alberto pretendía no formar opinión de los hombres y de las cosas sino después de muchas refle xiones,
no intentó cambiar en nada la suya.
-Pero -dijo-, ¿habéis notado una cosa singular?
-¿Cuál?
-La atención con que ponía en vos los ojos.
-¿En mí?
-Sí, en vos.
Alberto reflexionó un instante.
-¡Ah! -dijo lanzando un suspiro-, nada tiene eso de extraño. Estoy ausente de París hace un año, y el
conde, al reparar en mi traje, que no está cortado según la última moda, me habrá supuesto un
provinciano; sacadle, pues, de tal error, amigo mío, y decidle, os ruego, en la primera ocasión que se os
presente, que no hay nada de esto.
Franz se sonrió. Poco después entró el conde.
-Aquí estoy, señores, a vuestra disposición. Las órdenes están dadas para que el carruaje vaya por su
lado a la plaza del Popolo; mientras, iremos nosotros, si queréis, por la calle del Corso. Tomad algunos
cigarros de éstos, señor Morcef -añadió apoyando su acento de una manera extraña sobre este nombre que
pronunciaba por vez primera.
-Acepto encantado -dijo Alberto-, porque los cigarros italia nos son peores aún que los de la tercena.
Cuando vayáis a París os devolveré todo esto.
-No lo rehúso, pues tengo intención de ir allí algún día, y puesto que lo permitís, iré a llamar a vuestra
puerta. Vamos, señores, vamos, no tenemos tiempo que perder, son las doce y media, partamos.
Los tres bajaron la escalera. E1 cochero recibió entonces las órdenes de su amo y siguió la vía del
Babuino mientras que los que iban a pie subían por la plaza de España y por la vía Frattina, que les conducía
en derechura entre el palacio Tiano y el palacio Rospoli. Todas las miradas de Franz se dirigieron a
los balcones de este último palacio. No había olvidado la señal convenida en el Coliseo entre el hombre
de la capa y el transtiberino.
-¿Cuáles son vuestros balcones? -preguntó al conde, dando a la pregunta el tono más natural que pudo.
-Los últimos -respondió éste sencillamente, pues no podía adivinar en qué sentido se le hacía aquella
pregunta.
La mirada de Franz se dirigió rápidamente hacia los tres balcones. Los dos laterales estaban colgados
de un damasco amarillo, y el de en medio de damasco blanco con una cruz roja. El hombre de la capa
había cumplido su palabra al transtiberino, y ya no le cabía la menor duda de que el embozado del
Coliseo y el conde eran una misma persona. Los tres balcones se hallaban aún vacíos. Además, por todas
partes se hacían preparativos, se colocaban sillas, se levantaban tablados, se cubrían de colgaduras los
balcones y las ventanas. Las máscaras no podían presentarse, y los carruajes no podían circular hasta que
sonara la campana, pero sentíase la presencia de las máscaras detrás de todas las ventanas y la de los carruajes
detrás de todas las puertas.
Franz, Alberto y el conde continuaron bajando por la calle del Corso. A medida que se acercaban a la
plaza del Popolo, la turba era cada vez más espesa, y por encima de las cabezas de aquella multitud
veíanse elevarse dos cosas: el obelisco rematado por una cruz que indica el centro de la plaza, y delante
del obelisco, justamente en el punto de correspondencia visual de las tres calles del Babuino, del Corso y
de Ripetta, los dos terribles potros del patíbulo, entre los cuales brillaba el hierro de la Mandaia. Junto a
la esquina, encontraron al mayordomo del conde que esperaba a su señor. El balcón, alquilado a un precio
exorbitante sin duda, pertenecía al segundo piso del gran palacio situado entre la calle del Babuino y el
monte Pincio. Era una especie de gabinete de tocador que comunicaba con una alcoba,
de manera que los que estuviesen en el gabinete quedaban perfectamente independientes. Sobre
las sillas se habían colocado trajes de payaso, de seda blanca y azul, de los más elegantes.
-Como me dijisteis que eligiera los trajes -dijo el conde a los dos amigos-, os he hecho preparar éstos.
En primer lugar, será lo que más se lleve este año; en segundo, son los más adecuados y cómo dos para
recibir las descargas de confetti...
Franz no oyó bien las palabras del conde, y no apreció tal vez como debía aquel nuevo servicio, pues
toda su atención se concentraba en el espectáculo que presentaba la plaza del Popolo y en el instrumento
terrible que entonces resultaba su principal adorno.
Aquélla era la primera vez que Franz veía una guillotina, porque la Mandaia romana tiene casi la
misma forma que nuestro instrumento de muerte. La cuchilla es un semicírculo que corta por la parte
convexa, pero cae de menos altura.
Mientras tanto, dos hombres sentados sobre la plancha donde tienden al condenado, se hallaban
almorzando y comían, según podía alcanzar la vista de Franz, pan y salchicha; uno de ellos levantó la
plancha, sacó un frasco de vino, bebió un trago y pasó el frasco a su compañero. Estos dos hombres eran
los ayudantes del verdugo. Esta sola escena bastó para que Franz se sintiera horrorizado.
Los condenados, que habían sido transportados el día antes por la noche, desde las cárceles nuevas a la
reducida iglesia de Santa María del Popolo, habían pasado la noche asistidos cada uno de ellos por un
sacerdote, en una capilla cerrada por una reja, delante de la cual se paseaban los centinelas, que de hora
en hora se relevaban. Dos filas de carabineros colocados a cada lado de la puerta, se extendían hasta el
patíbulo, a cuyo alrededor iban formando un círculo, dejando libre un camino de dos pies de ancho, y en
torno a la guillotina, un espacio de cien pasos de circunferencia.
El resto de la plaza estaba abarrotado de hombres y de mujeres. Muchas de éstas sostenían a sus hijos
sobre sus hombros, y estos niños que dominaban la turba, estaban admirablemente colocados.
El monte Pincio parecía un vasto anfiteatro, cuyas gradas estuviesen llenas de espectadores. Los
balcones de las dos iglesias que formaban la esquina de las calles de Babuino y de Ripetta, estaban ya
llenos de curiosos privilegiados. Los escalones de los peristilos semejaban una ola movible y de varios
colores, que empujaba hacia el pórtico una incesante marea. Cada ángulo saliente de la pared capaz de
sostener a un hombre tenía su estatua viviente. Era verdad lo que decía el conde. Lo más curioso que hay
en la vida es el espectáculo de la muerte. Y sin embargo, en lugar del silencio que parecía exigir la
solemnidad del espectáculo, un gran ruido reinaba en aquella turba, informe mezcolanza de risas, silbidos
y gritos de gozo. Era evidente, como había dicho el conde, que aquella ejecución no significaba para todo
el pueblo más que el principio del Carnaval.
De pronto este ruido cesó como por encanto, la puerta de la iglesia acababa de abrirse. Apareció una
cofradía de penitentes, cada miembro de la cual vestía un saco gris con dos agujeros para los ojos únicamente
y con un cirio encendido en la mano. El jefe de la cofradía iba al frente de la misma. Detrás de
los penitentes iba un hombre de elevada estatura. Este hombre estaba desnudo, excepto un calzón de
lienzo que le cubría de medio cuerpo abajo, y unas sandalias atadas a sus piernas por unas toscas cuerdas.
De su cintura colgaba un enorme cuchillo oculto en su correspondiente vaina, y su hombro derecho sostenía
una pesada maza de hierro; era el verdugo.
Detrás de éste, marchaban, en el orden que debían ser ejecutados, primero Pepino, en seguida Andrés,
acompañado cada uno de un sacerdote. Ni uno ni otro iban con los ojos vendados. Pepino caminaba con
paso firme, porque sin duda había sido prevenido de lo que debía acontecer. Andrés iba sostenido por un
sacerdote, y ambos besaban de vez en cuando el crucifijo que les presentaba su confesor.
Al ver esto, Franz sintió que le flaqueaban las piernas; miró a Alberto. Estaba pálido como su camisa y
con un movimiento maquinal arrojó lejos de sí su cigarro, a pesar de no haberlo fumado más que hasta là
mitad. El conde era el único que parecía impasible, antes bien, un ligero tinte sonrosado había cubierto
sus mejillas de intensa palidez.
Su nariz se dilataba como la de un animal feroz que huele la sangre, y sus labios, ligeramente abiertos,
dejaban ver sus dientes blancos, pequeños y agudos como los de un chacal. Y no obstante, a pesar de todo
esto, su fisonomía brillaba con una expresión de dulzu ra que Franz no había aún advertido. Sus ojos
negros tenían sobre todo una expresión de bondad indescriptible.
Los dos condenados, entretanto, continuaban andando hacia el patíbulo, y a medida que avanzaban,
podíanse distinguir sus facciones. Pepino era un buen mozo, de veinticuatro a veintiséis años, de tez
tostada por el sol, de mirada franca y orgullosa al mismo tiempo. Andaba con la cabeza erguida, y la
agitaba en diferentes direcciones, como para ver de qué lado vendría su libertador. Andrés era grueso y
rechoncho, su cara, de una vileza cruel, no indicaba la edad. Sin embargo, podría tener unos treinta años.
En la prisión había dejado crecer su barba. Su cabeza caía sobre uno de sus hombros, y sus piernas
se doblegaban bajo su peso; todo su ser parecía obedecer a un movimiento maquinal en el cual no
entraba ya para nada su voluntad.
-Si no recuerdo mal -dijo Franz al conde-, creo que me anunciasteis que no habría más que una
ejecución.
-Os he dicho la verdad -respondió el conde fríamente.
-Sin emb argo, dos son los condenados.
-Sí, pero esos dos condenados, el uno pronto va a morir, y al otro le quedan todavía largos años de vida
y de perdón.
-Pues me parece que si ha de venir, no tiene tiempo que perder.
-Mirad, pues justamente ahí viene. Mirad -dijo el conde.
En efecto, en el momento en que Pepino llegaba al pie de la Mandaia, un penitente que parecía haberse
retardado, atravesó por entre las dos filas sin que los soldados le opusiesen ningún obstáculo, y
adelantándose hacia el jefe de la cofradía, le entregó un papel plegado en cuatro dobleces. La ardiente
mirada de Pepino no había perdido ninguno de estos detalles. El jefe de la cofradía desdobló el papel, lo
leyó y levantó la mano.
-El Señor sea bendecido y Su Santidad sea loada -dijo en alta e inteligible voz-;hay perdón de la vida
para uno de los reos.
-¡Perdón! -exclamó el pueblo a un solo grito-. ¿Hay perdón?
Al oír la palabra de perdón, Andrés pareció saltar y levantar la cabeza.
-Perdón, ¿para quién? -gritó.
Pepino permaneció inmóvil, mudo y jadeante.
-Hay perdón de pena de muerte para Pepino, llamado Rocca-Priori -dijo el jefe de la cofradía, y pasó el
papel al capitán que mandaba los carabineros, el cual, después de haberlo leído, se lo devolvió.
-¡Perdón para Pepino! -exclamó Andrés, saliendo del sopor en que parecía estar sumido-. ¿Por qué
perdón para él y no para mí? Debíamos morir juntos, me habían prometido que moriría antes que yo, no
tienen derecho a hacerme morir solo, ¡no quiero morir solo, no quiero!
Y diciendo esto se agarró a los brazos de los dos sacerdotes, retorciéndose, dando alaridos, rugiendo y
haciendo esfuerzos insensatos para romper las cuerdas que le ligaban las manos. El verdugo hizo señal a
sus dos ayudantes, que bajaron del cadalso y se apoderaron del reo.
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó Franz, pues como todo esto se decía en lengua italiana, no había
comprendido muy bien.
-¿No lo adivináis? -dijo el conde-. Ha ocurrido que esa criatura humana que va a morir está furiosa
porque su semejante no muere con ella, y que si a dejasen le desgarraría con sus uñas y con sus dientes
más bien que dejarle gozar de la vida de que ella misma se va a ver privada. ¡Oh, los hombres!, raza de
cocodrilos, como dice Karl Moor -exclamó el conde extendiendo los puños hacia toda la turba-, ¡qué bien
se os conoce en eso, y qué dignos sois en todo tiempo de vosotros mismos!
Entretanto Andrés y los dos ayudantes del verdugo se revolcaban por el suelo, mientras que el
condenado seguía gritando: «Debe mo rir, quiero que muera, no tienen derecho para matarme a mí solo. »
-Observad -continuó el conde cogiendo a cada uno de los jóvenes por la mano- Mirad, porque a fe mía
es cosa curiosa. Allí tenéis un hombre que estaba resignado a su suerte, que marchaba al patíbulo, que iba
a morir como un cobarde, es verdad, pero, después de todo, iba a morir sin blasfemar y sin resistirse, ¿y
sabéis lo que le daba alguna fuerza? ¿Sabéis lo que le consolaba? ¿Sabéis lo que le hacía sufrir el suplicio
con resignación...?, el que otro participaba de su angustia, que otro iba a morir como él, que otro iba a
morir antes que él. Llevad dos carneros o dos bueyes al matadero, y haced comprender a uno de ellos que
su compañero no morirá. El carnero balará de gozo y el buey mugirá de placer. Pero el hombre, el hombre
que Dios ha creado a su imagen, el hombre a quien Dios impuso por primera, por única, por suprema ley,
el amor al prójimo, el hombre a quien ha dado una voz para expresar su pensamiento, ¿cuál será su primer
grito al saber que su compañero se ha salvado? Una blasfemia. ¡Oh!, ¡honor al hombre, a esa obra maestra
de la naturaleza, a ese rey de la creación!
Dicho esto, el conde empezó a reír, pero con una risa terrible, fe roz, que indicaba haber sufrido
horriblemente para conseguir reír de aquella manera.
Sin embargo, la lucha continuaba, y era algo espantoso. Los dos ayudantes llevaban a Andrés al
patíbulo; todo el pueblo había tomado partido contra él y veinte mil voces gritaban a un tiempo: « ¡Muera!,
¡muera! » Franz se retiró, pero el conde le cogió por el brazo y le retuvo delante de la ventana.
-¿Qué hacéis? -le dijo - ¿Os compadecéis de él? Si oyeseis la drar a un perro rabioso, tomaríais vuestra
escopeta, saldríais a la calle, mataríais sin misericordia a boca de jarro al pobre animal, que al fin y al
cabo no sería culpable más que de haber sido mordido por otro perro, y devolver lo que le habían hecho, y
ahora tenéis piedad de un hombre a quien ningún otro hombre ha mordido y que, no obstante, después de
haber asesinado vilmente a su bienhechor, no pudiendo ya ahora matar a nadie porque tiene las manos
atadas, quiere a toda fuerza ver morir a su compañero de cautiverio, ¡a su camarada de infortunio! ¡No,
no, mirad, mirad!
Aquella recomendación era ya inútil. Franz estaba como fascinado por el horrible espectáculo. Los dos
ayudantes habían llevado el condenado al patíbulo, y allí, a pesar de sus esfuerzos, de sus mordiscos, de
sus gritos, le habían obligado a ponerse de rodillas. Durante este tiempo, el verdugo se había colocado a
su lado con la maza levantada. Entonces, a una señal, los dos ayudantes se separaron. El condenado quiso
volverse a levantar, pero antes que hubiese tenido tiempo para ello, desplomóse la maza sobre su sien
izquierda, oyóse un ruido sordo y seco, y el paciente cayó como un buey, con el rostro contra el suelo,
después se volvió de espaldas por el choque. Entonces el verdugo dejó caer su maza, sacó el cuchillo de
su cinturón, le abrió la garganta de un solo tajo y subiendo en seguida sobre su vientre, se puso a patearlo
con sus pies.
A cada golpe, un chorro de sangre se escapaba del cuello del condenado. Franz no pudo tenerse en pie, se
retiró vacilando y fue a caer casi desmayado sobre un sillón. Alberto, con los ojos cerrados, permaneció
de pie, pero asido a las cortinas del balcón, sin cuyo apoyo seguramente se habría desplomado. El conde
estaba en pie y triunfante como un ángel malo.
Capítulo catorce
El carnaval en Roma
Al recobrar Franz el conocimiento encontró a Alberto bebiendo un vaso de agua, juzgando por su
palidez lo conveniente de aquella acción, y al conde vistiéndose ya de payaso. Arrojó maquinalmente una
mirada a la plaza. Todo había desaparecido, patíbulo, verdugos, víctimas, no quedaba más que el pueblo
azorado, alegre, bullicioso. La Campana de Montecitorio, que no se tocaba más que para la muerte del
Papa y la apertura de la mascarada, repicaba velozmente.
-Y bien -preguntó al conde-, ¿qué ha pasado?
-Nada, absolutamente nada -dijo-, como veis, pero el Carnaval ha comenzado, vistámonos pronto.
-Es cierto -respondió Franz al conde-; sólo restan de tan horrible escena las huellas de un sueño.
-Pues no es otra cosa que un sueño, lo que habéis tenido.
-Sí, pero, ¿y el condenado?
-También. Pero él ha quedado dormido, al paso que vos habéis despertado, y ¿quién puede decir cuál de
los dos será el privilegiado?
-Pero, ¿qué ha sido de Pepino?
-Pepino es un muchacho juicioso que no tiene ningún amor pro pio, y que, contra la costumbre de los
hombres, que se enfurecen cuando no se ocupan de ellos, se ha alegrado de que la atención general se
fijase en su compañero. Por consiguiente, se ha aprovechado de esta distracción para deslizarse por entre
la turba y desaparecer sin dar siquiera las gracias a los dignos sacerdotes que le habían acompañado.
Verdaderamente el homb re es un animal muy ingrato y egoísta... Pero vestíos, mirad cómo os da el
ejemplo M... de Morcef.
En efecto, Alberto se ponía maquinalmente su pantalón de tafetán encima de su pantalón negro y de sus
botas charoladas.
-Y bien, Alberto -preguntó Franz-, ¿estáis dispuesto a cometer algunas locuras? Veamos, responded
francamente.
-No -dijo-, pero os aseguro que ahora me alegro de haber vis to este espectáculo, y comprendo lo que
decía el señor conde, que cuando uno ha podido acostumbrarse a él, es el único que aún puede causar
algunas emociones.
-Además de que en ese momento se pueden hacer estudios de los caracteres -dijo el conde-; en el
primer escalón del patíbulo, la muerte arranca la máscara que se ha llevado toda la vida y aparece el
verdadero rostro. Preciso es convenir que el de Andrés no estaba muy bonito... ¡Pícaro, infame...!
¡Vistámonos, señores, vistámonos! Tengo necesidad de ver máscaras de cartón para consolarme de las
máscaras de carne.
Ridículo hubiera sido para Franz el aparentar aún conmoción y no seguir el ejemplo que le daban sus
dos compañeros. Púsose, pues, su traje y su careta, que no era seguramente más pálida que su rostro.
Después de disfrazarse, bajaron la escalera. El carruaje esperaba a la puerta, lleno de dulces y de
ramilletes.
Difícil es formarse una idea de un cambio más completo que el que acababa de operarse.
En vez de aquel espectáculo de muerte, sombrío y silencioso, la plaza del Popolo presentaba el aspecto
de una orgía loca y bulliciosa. Un sinnúmero de máscaras salía por todas partes, escapándose de las
puertas y descendiendo por los balcones. Los carruajes desembocaban por todas las calles cargados de
pierrots, de figuras grotescas, de dominós, de marqueses, de transtiberinos, de arlequines, de caballeros,
de aldeanos; todos gritando, gesticulando, lanzando huevos lle nos de harina, confites, ramilletes, atacando
con palabras y proyectiles a los amigos y a los extraños, a los conocidos y desconocidos, sin que nadie
tuviese derecho para enfadarse, sin que nadie hiciese otra cosa más que reír.
Franz y Alberto parecían esos hombres que, para distraerse de un violento pesar, van a una orgía, y que
a medida que beben y se embriagan, sienten interponerse un denso velo entre el presente y lo pasado.
Siempre veían o más bien conservaban el reflejo de lo que habían visto. Pero poco a poco los iba
dominando la embriaguez general, parecióles que su razón vacilante iba a abandonarlos, sentían una
extra ña necesidad de tomar parte en aquel ruido, en aquel movimiento, en aquel vért igo.
Un puñado de confites dirigido a Morcef desde un carruaje próximo y que cubrióle de polvo, así como
a sus compañeros, el cuello y la parte de rostro que no estaba cubierto por la máscara, como si le hubiesen
lanzado cien alfileres, acabó por impelerle a la lucha general, en la que entraban todas las máscaras que
encontraban. Púsose de pie a su vez en el carruaje, agarró puñados de proyectiles de los sacos y con todo
el vigor y la habilidad de que era capaz, envió a su vez huevos y yemas de dulce a sus vecinos. Desde
entonces se trabó el combate.
Lo que habían visto media hora antes se borró enteramente de la imaginación de los dos jóvenes; tanto
había influido en ellos aquel espectáculo movible, alegre y bullicioso que tenían a la vista. Por lo que al
conde de Montecristo se refiere, nunca había parecido impresionado un solo instante. En efecto; figúrese
el lector aquella grande y hermosa calle, limitada a un lado y a otro de palacios de cuatro o cinco pisos,
con todos sus balcones guarnecidos de colgaduras. En estos balcones, trescientos mil espectadores
romanos, italianos, extranjeros venidos de las cuatro partes del mundo; reunidas todas las aristocracias de
nacimiento, de dinero, de talento; mujeres encantadoras, que sufriendo la influencia de aquel espectáculo
se inclinan sobre los balcones y fuera de las ventanas, hacen llover sobre los carruajes que pasan una
granizada de confites, que se les devuelve con ramilletes; el aire se vuelve enrarecido por los dulces que
descienden y las flores que suben; y sobre el pavimento de las calles una turba gozosa, incesante, loca,
con trajes variados, gigantescas coliflores que se pasean, cabezas de búfalo que mugen sobre cuerpos de
hombres, perros que parecen andar con las patas delanteras, en medio de todo esto una máscara que se
levanta; y en esa tentación de San Antonio soñada por Cattot, algún Asfarteo que ve un rostro encantador
a quien quiere seguir, y del cual se ve separado por especies de demo nios semejantes a los que se ven en
sueños, y tendrá una débil idea de lo que es el Carnaval en Roma.
A la segunda vuelta el conde hizo detener el carruaje, y pidió a sus compañeros permiso para separarse
de ellos, dejándolo a su disposición. Franz levantó los ojos; hallábase frente al palacio Rospoli, y en el
balcón de en medio, el que estaba colgado de damasco blanco con una cruz roja, había un dominó azul,
bajo el cual la imaginación de Franz se representó sin trabajo la bella griega del teatro Argentino.
-Señores -dijo apeándose el conde-, cuando os canséis de ser actores y queráis ser espectadores, ya
sabéis que tenéis un sitio en mi balcón. Entretanto, disponed de mi carruaje y de mis criados.
Olvidamos decir que el cochero del conde iba vestido gravemente con una piel de oso, negra del todo, y
semejante a la del Odry, en El oso y el pachá, y que los dos lacayos iban en pie detrás del carruaje con
dos vestidos de mono verde, perfectamente ceñidos a sus cuerpos, y con caretas de resorte con las que
hacían gestos a los paseantes.
Franz dio gracias al conde por su delicada oferta. Alberto, por su parte, estaba coqueteando con un
carruaje lleno de aldeanas romanas detenido, como el del conde, por uno de esos descansos tan comunes
en las filas y tirando ramilletes por todas partes. Desgraciadamente para él, la fila prosiguió su
movimiento, y mientras él descendía hacia la plaza del Popolo, el carruaje que había llama do su atención
subía hacia el palacio de Venecia.
-¡Ah! -dijo Franz-, ¿no habéis visto ese carruaje que va cargado de aldeanas romanas?
-No.
-Pues estoy seguro de que son mujeres encantadoras.
-¡Qué desgracia que vayáis disfrazado, querido Alberto! -dijo Franz-. Este era el momento de
desquitaros de vuestras desdichas amorosas.
-¡Oh! -respondió Alberto, medio risueño y medio convencido-. Espero que no pasará el Carnaval sin
que me acontezca alguna aventura.
Sin embargo, todo el día pasó sin otra aventura que el encuentro renovado dos o tres veces del carruaje
de las aldeanas romanas. En uno de estos encuentros, sea por casualidad, sea por cálculo de Alberto, se le
cayó la careta.
Entonces tomó el resto de ramilletes y lo arrojó al carruaje de las mujeres que él juzgara encantadoras.
Conmovidas por esta galantería, cuando volvió a pasar el carruaje de los dos amigos, arrojaron un ramillete
de violetas. Alberto se precipitó sobre el ramillete. Como Franz no tenía ningún motivo para creer
que iba dirigido a su persona, dejó que Alberto recogiese el ramillete. Este lo puso victoriosamente en sus
ojales, y el carruaje continuó su marcha triunfante.
-¡Y bien! -le dijo Franz-, éste es un principio de aventura.
-Reíos cuanto queráis -respondió-, pero creo que sí; así pues, no me separo de este ramillete.
-¡Diantre!, bien lo creo -respondió Franz riendo--, es una señal de reconocimiento.
La broma, por otra parte, tomó un carácter de realidad, porque cuando, siempre conducidos por la fila,
Franz y Alberto se cruzaron de nuevo con el carruaje de las aldeanas, la que había lanzado el ramillete
comenzó a aplaudir al verlo en su ojal.
-¡Bravo!, querido, ¡bravo! -le dijo Franz-. El asunto marcha. ¿Queréis que os deje, si preferís estar
solo?
-No -dijo-, no nos arriesguemos demasiado. No quiero dejarme engañar como un tonto a la primera
demostración; a una cita bajo el reloj, como decimos en el baile de la Opera. Si la bella aldeana quiere ir
más allá, ya la encontraremos mañana, o ella nos encontrará; entonces me dará señales de existencia, y yo
veré lo que tengo que hacer.
-Es verdad, mi querido Alberto -dijo Franz-, sois sabio como Néstor y prudente como Ulises, y si
vuestra Circe llega a cambiarse en una bestia cualquiera, preciso será que sea muy diestra o muy poderosa.
Alberto tenía razón; la bella desconocida había resuelto sin duda no llevar la intriga más lejos aquel día,
pues aunque los jóvenes dieron aún muchas vueltas, no volvieron a ver el carruaje que buscaban con los
ojos; había desaparecido por una de las calles adyacentes.
Subieron entonces al palacio Rospoli, pero el conde también había desaparecido con el dominó azul.
Los dos balcones colgados de damasco amarillo seguían, por otra parte, ocupados por personas a las que
él sin duda había convidado.
En este momento, la campana que había sonado para la apertura de la mascarada, sonó para la retirada,
la fila del Corso se rompió al punto, y, en el instante, todos los carruajes desaparecieron por las calles
transversales.
Franz y Alberto se hallaban en aquel momento enfrente de la vía delle Maratte. El cochero arreó los
caballos, y llegando a la plaza de España, se detuvo delante de la fonda.
Maese Pastrini salió a recibir a sus huéspedes al umbral de la puerta.
El primer cuidado de Franz fue informarse acerca del conde y expresar su pesar por no haberle ido a
buscar a tiempo; pero Pastrini le tranquilizó, diciéndole que el conde de Montecristo había mandado un
segundo carruaje para él y que este carruaje había ido a buscarle a las cuatro al palacio Rospoli.
Por otra parte, tenía encargo de ofrecer a los dos amigos la nave de su palco en el teatro Argentino.
Franz interrogó a Alberto acerca de sus intenciones, pero éste tenía que poner en ejecución grandes
proyectos antes de pensar en ir al teatro.
Por lo tanto, en lugar de responder, se informó de si maese Pastrini podía procurarle un sastre.
-¿Un sastre? -preguntó el huésped-, ¿y para qué?
-Para hacerme de hoy a mañana dos vestidos de aldeano romano, lo más elegante que sea posible -dijo
Alberto.
Maese Pastrini movió la cabeza.
-¡Haceros de aquí a mañana dos trajes! -exclamó -. ¡Dos trajes, cuando de aquí a ocho días no
encontraréis seguramente ni un sastre que consintiese coser seis botones a un chaleco, aunque le pagaseis
a escudo el botón!
-¿Queréis decir que es preciso renunciar a procurarnos los trajes que deseo?
-No, porque tendremos esos dos trajes hechos. Dejad que me ocupe de eso, y mañana encontraréis al
despertaros una colección de sombreros, de chaquetas y de calzones, de los cuales quedaréis satisfechos.
-¡Ah!, querido -dijo Franz a Alberto--, confiemos en nuestro huésped; ya nos ha probado que era
hombre de recursos. Comamos, pues, tranquilamente, y después de la comida vamos a ver La italiana en
Argel.
-Sea por La italiana en Argel -dijo Alberto-, pero pensad, maese Pastrini, que este caballero y yo
-continuó señalando a Franz-, tenemos mucho interés en tener esos trajes mañana mismo.
El posadero repitió a sus huéspedes que no se inquietasen por nada, y que serían servidos, con lo cual
Franz y Alberto subieron para quitarse sus trajes de payaso.
Alberto, al despojarse del suyo, guardó con el mayor cuidado su ramillete de violetas. Era su señal de
reconocimiento para el día siguiente.
Los dos amigos se sentaron a la mesa, pero al comer, Alberto no pudo menos de advertir la diferencia
notable que existía entre el cocinero de maese Pastrini y el del conde de Montecristo.
Franz tuvo que confesar, a pesar de las prevenciones que debía tener contra el conde, que la ventaja no
estaba de parte de maese Pastrini.
A los postres, el criado del conde, preguntó la hora a que deseaban los jóvenes el carruaje. Alberto y
Franz se miraron, temiendo ser indiscretos. El criado les comprendió.
-Su excelencia, el conde de Montecristo -les dijo-, ha dado órdenes terminantes para que el carruaje
permaneciese todo el día a la disposición de sus señorías. Sus señorías pueden, pues, disponer de él con
toda libertad.
Los dos jóvenes resolvieron aprovecharse de la amabilidad del conde, y mandaron enganchar, mientras
que ellos sustituían por trajes de etiqueta sus trajes de calle, un tanto descompuestos por los numerosos
combates, a los cuales se habían entregado.
Luego se dirigieron al teatro Argentino y se instalaron en el palco del conde.
Durante el primer acto entró en el suyo la condesa G...; su primera mirada se dirigió hacia el lado en
donde la víspera había visto al singular desconocido, de suerte que vio a Franz y Alberto en el palco de
aquél, acerca del cual había formado una opinión tan extraña.
Sus anteojos estaban dirigidos a él con tanta insistencia que Franz creyó que sería una crueldad tardar
más tiempo en satisfacer su curiosidad.
Así, pues, usando del privilegio concedido a los espectadores de los teatros italianos, que consiste en
hacer de las salas de espectáculos un salón de recibo, los dos amigos salieron de su palco para ir a presentar
sus respetos a la condesa. Así que hubieron entrado en su palco, hizo una seña a Franz para que se
sentase en el sitio de preferencia. Alberto se colocó detrás de ella.
-¡Y bien! -dijo a Franz, sin darle siquiera tiempo para sentarse-. No parece sino que no habéis tenido
nada que os urgiera tanto como hacer conocimiento con el nuevo lord Rutwen, y, según veo, ya sois los
mejores amigos del mundo.
-Sin que hayamos progresado tanto como decís, en una intimidad recíproca, no puedo negar, señora
condesa -respondió Franz-, que hayamos abusado todo el día de su amabilidad.
-¿Cómo, todo el día?
-A fe mía, sí, señora. Esta mañana hemos aceptado su almuerzo, durante toda la mascarada hemos
recorrido el Corso en su carruaje, en fin, esta noche venimos al teatro a su palco.
-¿Le conocíais?
-Sí... y no.
-¿Cómo?
-Es una larga historia.
-Razón de más.
-Esperad, al menos, a que esa historia tenga un desenlace.
-Bien. Me gustan las historias completas. Mientras tanto, decidme: ¿cómo os habéis puesto en contacto
con él? ¿Quién os ha presentado?
-Nadie; él es quien se ha hecho presentar a nosotros ayer noche, después de haberme separado de vos.
-¿Por qué intermediario?
-¡Oh! ¡Dios mío! Por el muy prosaico intermediario de nuestro huésped.
-¿Vive, pues, ese señor en la fonda de Londres, como vos?
-No solamente vive en la misma fonda, sino en el mismo piso.
-¿Cuál es su nombre? Porque sin duda lo conocéis.
-Perfectamente; el conde de Montecristo.
-¿Qué nombre es ése? No será un nombre de familia.
-No; es el nombre de una isla que ha comprado.
-¿Y el conde?
-Conde toscano.
-Sufriremos al fin a ése como a los demás -respondió la condesa, que era de una de las más antiguas
familias de los alrededores de Venecia-. ¿Qué clase de hombre es?
-Preguntad al vizconde de Morcef.
-Ya le oís, caballero, me remiten a vos -dijo la condesa.
-Haríamos muy mal si no le juzgásemos encantador, señora -respondió Alberto-. Un amigo de diez
años no hubiera hecho por nosotros lo que él, y esto con una gracia, con una delicadeza, una amabilidad,
que revela verdaderamente a un hombre de mundo.
-Vamos -dijo la condesa riendo-, veréis cómo mi vampiro será sencillamente un millonario que quiere
gastar sus millones. Y a ella, ¿la habéis visto?
-¿A quién? -preguntó Franz sonriendo.
-A la graciosa griega de ayer.
-No. Nos pareció, sí, haber oído el sonido de su guzla, mas ella permaneció invisible.
-Así, pues, cuando decís invisible, mi querido Franz -dijo Alberto-, es con el fin de hacerla más
misteriosa. ¿Quién creéis que era aquel dominó azul que estaba en el balcón colgado de damasco blanco,
en el palacio de Rospoli?
-¡Pues qué! ¿El conde tenía tres balcones en el palacio Rospoli?
-¡Sí! ¿Habéis pasado por la calle del Corso?
-Desde luego. ¿Quién es el que hoy no ha pasado por la calle del Corso?
-¿No visteis entonces tres balcones, y uno de ellos colgado de damasco blanco, con una cruz roja? Pues
ésos eran los tres balcones del conde.
-¿Es que ese hombre es algún nabab? ¿Sabéis lo que cuestan tres balcones como ésos durante ocho días
de Carnaval, y en el palacio Rospoli, es decir, en el mejor sitio del Corso?
-Doscientos o trescientos escudos romanos.
-Decid más bien dos o tres mil.
-¡Diantre!
-¿Es acaso su isla la que produce tanto?
-Su isla no produce ni un solo bejuco.
-¿Por qué la ha comprado entonces?
-Por capricho.
-Es un hombre original.
-Lo cierto es -dijo Alberto-, que me ha parecido bastante excéntrico. Si habitase en París, si frecuentase
nuestros teatros, os diría que es un pobre diablo a quien la literatura moderna ha trastornado la cabeza. En
verdad, me ha dado syer dos o tres golpes dignos de Didier o de Antoni.
En este momento entró una visita, y, según la costumbre, Alberto cedió su lugar al recién llegado. Esta
circunstancia, además de mudar de lugar, hizo también que la conversación tomase otro giro. Una hora
después, los dos amigos volvieron a entrar en la fonda.
Maese Pastrini estaba ya ocupado en sus disfraces para el día siguiente, y les prometió que quedarían
satisfechos de su inteligente actividad.
En efecto, al día siguiente, a las nueve, entró en el cuarto de Franz, acompañado de un sastre cargado
con ocho o diez clases de vestidos de aldeanos romanos.
Los dos amigos escogieron dos trajes parecidos que casi se ajustaban a su cuerpo, encargaron a su
huésped que les pusiese unas veinte cintas en cada uno de sus sombreros y que les procuras e dos de esas
fajas de seda, de listas transversales y colores vivos, con la cuales los hombres del pueblo, en los días de
fiesta, tienen la costumbre de ceñir su cintura.
Alberto se hallaba impaciente por ver cómo le estaría su improvisado vestido, el cual se componía de
una chaqueta y unos calzones de terciopelo azul, medias con cuchillas bordadas, zapatos con hebillas y un
chaleco de seda.
El joven, pues, no podía menos de ganar con ese traje tan pintoresco, y cuando su cinturón hubo
oprimido su elegante talle, cuando su sombrero, ligeramente ladeado, dejó caer sobre su hombro una infinidad
de cintas, Franz se vio obligado a confesar que el traje influye mucho para la superioridad física
en ciertas poblaciones. Los turcos, tan pintorescos antes con sus largos trajes de vivos colores, ¿no están
ahora horribles con sus levitas azules abotonadas y los gorros griegos, que parecen botellas de vino con
tapón encarnado? Franz felicitó a Alberto, que, en pie delante del espejo, se sonreía con aire de
satisfacción, que nada tenía de equívoco. En este momento entró el conde de Montecristo.
-Señores -les dijo-, como por agradable que sea la compañía en las diversiones, la libertad lo es más
aún, vengo a comunicaros que por hoy y los días siguientes dejo a vuestra disposición el carruaje de que
os habéis servido ayer. Nuestro huésped ha debido deciros que tenía tres o cuatro en sus cuadras. No os
privéis, pues, de ir en carruaje; usad de él libremente para ir a divertiros o a vuestros asuntos. Nuestra cita,
si algo tenemos que decirnos, será en el palacio Rospoli.
Los dos jóvenes quisieron hacer algunas observaciones, pero verdaderamente no tenían motivos para
rehusar una oferta que, por otra parte, les era agradable. Concluyeron por aceptar.
El conde de Montecris to permaneció un cuarto de hora con ellos, hablando de todo con una facilidad
extremada. Estaba, como ya se habrá podido notar, muy al corriente de la literatura de todos los países.
Una ojeada que arrojó sobre las paredes de su cuarto había probado a Franz y a Alberto que era
aficionado a los cuadros. Algunas palabras que pronunció al pasar, les probó que no le eran extrañas las
ciencias; sobre todo, parecía haberse ocupado particularmente de la química.
Los dos amigos no tenían la pretensión de devolver al conde el almuerzo que él les había ofrecido.
Hubiera sido una necedad ofrecerle, en cambio de su excelente mesa, la comida muy mediana de maese
Pastrini. Se lo dijeron francamente y él recibió sus excusas como hombre que apreciaba su delicadeza.
Alberto estaba encantado de los modales del conde, al que, sin su ciencia, hubiera tenido por un
caballero. La libertad de disponer enteramente del carruaje le llenaba, sobre todo, de alegría. Tenía ya sus
miras acerca de aquellas graciosas aldeanas y como se habían presentado la víspera en un carruaje muy
elegante, no le desagradaba aparecer en este punto con igualdad.
A la una y media los dos jóvenes bajaron, el cochero y los lacayos habían imaginado poner sus libreas
sobre pieles de animales, lo cual les formaba un cuerpo aún más, grotesco que el día anterior, y esto
también les valió el que Alberto y Franz les alabasen por aquella in vención.
Alberto había colocado sentimentalmente su ramillete de violetas ajadas en su ojal.
Al primer toque de la campana partieron y se precipitaron a la calle del Corso por la vía Vittoria. A la
segunda vuelta, un ramillete de violetas que salió de un grupo de colombinas y que vino a caer sobre el
carruaje del conde, indicó a Alberto, que como él y su amigo, las aldeanas de la víspera habían cambiado
de traje y que, sea por casualidad, sea por un sentimiento semejante al que le había hecho obrar, mientras
que él había vestido elegantemente su traje, ellas, por su parte, habían vestido el suyo.
Alberto se puso el ramillete fresco en el lugar del otro, pero guardó el ajado en su mano, y cuando
cruzó de nuevo el carruaje lo llevó amo rosamente a sus labios, acción que pareció divertir mucho, no
solamente a la que se lo había arrojado, sino a sus locas compañeras. El día fue no menos animado que el
anterior; es probable que un profundo observador hubiese reconocido cierto aumento de bullicio y alegría.
Un instante vieron al conde en su balcón, pero cuando el carruaje volvió a pasar, había ya desaparecido.
Inútil es decir que el flirteo entre Alberto y la colombina de los ra milletes de violetas, duró todo el día.
Por la noche, al entrar Franz, encontró una carta de la embajada; le anunciaba que tendría el honor de
ser recibido al día siguiente por Su Santidad.
En todos los viajes que antes había hecho a Roma había solicitado y obtenido el mismo favor, y tanto
por religión como por reconocimiento, no había querido salir de la capital del mundo cristiano sin rendir
su respetuoso homenaje a los pies de uno de los sucesores de San Pedro, que ha dado el raro ejemplo de
todas las virtudes. Por consiguiente, este día no había que pensar en el Carnaval, pues a pesar de la
bondad con que rodea su grandeza, siempre es con un respeto lleno de profunda emoción como se
dispone uno a inclinarse ante ese noble y santo anciano a quien llaman Gregorio XVI.
Al salir del Vaticano, Franz volvió directamente a la fonda, evitando el pasar por la calle del Corso.
Llevaba un tesoro de piadosos sentimientos, para los cuales el contacto de los locos goces de la mascarada
hubiese sido una profanación.
A las cinco y diez minutos Alberto entró. Estaba radiante de alegría; la colombina había vuelto a
ponerse su traje de aldeana, y al cruzar con el carruaje de Alberto había levantado su máscara; era encantadora.
Franz dio a Alberto la más sincera enhorabuena, y éste la recibió como hombre que la merecía.
Había conocido -decía-, por ciertos detalles inimitables de elegancia, que su bella desconocida debía
pertenecer a la más alta aris tocracia.
Estaba decidido a escribirle al día siguiente. Al recibir estas muestras de confianza, Franz notó que
Alberto parecía tener que pedirle alguna cosa, y que, sin embargo, vacilaba en dirigirle esta demanda.
Insistió, declarando de antemano que estaba pronto a hacer por su dicha todos los sacrificios que
estuviesen en su poder. Alberto se hizo rogar todo el tiempo que exigía una política amis tosa, pero, al fin,
confesó a Franz que le haría un gran servicio si le dejase para el día siguiente el carruaje a él solo.
Alberto atribuía a la ausencia de su amigo la extremada bondad que había tenido la bella aldeana de
levantar su máscara. Fácil es de comprender que Franz no era tan egoísta que detuviese a Alberto en
medio de una aventura que prometía a la vez ser tan agradable para su curiosidad y tan lisonjera para su
amor propio. Conocía bastante la perfecta indiscreción de su amigo, para estar seguro de que le tendría al
corriente de los menores detalles de su aventura, y como después de dos largos años que corría Italia en
todos sentidos, jamás había tenido ocasión de meterse en una intriga semejante, por su cuenta, Franz no
estaba disgustado de saber cómo pasarían las cosas en semejante caso.
Prometió, pues, a Alberto que se contentaría al día siguiente con mirar el espectáculo desde los
balcones del palacio Rospoli. Efectivamente, al día siguiente vio pasar y volver a pasar a Alberto. Llevaba
un enorme ramillete al que sin duda había encargado fuese portador de su epístola amorosa. Esta
probabilidad se cambió en certidumbre, cuando Franz vio el mismo ramillete, notable por un círculo de
camelias blancas, entre las manos de una encantadora colombina, vestida de satén color de rosa. Así,
pues, aquella noche no era alegría, era delirio.
Alberto no dudaba de que su bella desconocida le correspondiese del mismo modo. Franz le ayudó en
sus deseos, diciéndole que todo aquel ruido le fatigaba, y que estaba decidido a emplear el día siguiente
en revisar su álbum y en tomar algunas notas. Por otra parte, Alberto no se había engañado en sus
previsiones; al día siguiente, por la noche, Franz le vio entrar dando saltos en su cuarto y ostentando
triunfalmente en una mano un pedazo de papel que sostenía por una de sus esquinas.
-¡Y bien! -dijo- ¿Me había engañado?
-¡Ha respondido! -exclamó Franz.
-Leed.
Esta palabra fue pronunciada con una entonación imposible de describir.
Franz tomó el billete y leyó:
El martes por la noche, a las siete, bajad de vuestro carruaje, enfrente de la vía Pontefici, y seguid a la
aldeana romana que os arranque vuestro moccoletto.
Cuando lleguéis al primer escalón de la iglesia de San Giacomo, procurad, para que pueda
reconoceros, atar una cinta de color de rosa en el hombro de vuestro traje de payaso. Hasta entonces no
me volveréis a ver.
Constancia y discreción.
-¡Y bien! -dijo a Franz cuando éste hubo terminado la lectura-, ¿qué pensáis de esto, mi querido amigo?
-Pienso -respondió Franz- que la cosa toma el aspecto de una aventura muy agradable.
-Esa es también mi opinión -dijo Alberto-, y tengo miedo de que vayáis solo al baile del duque de
Bracciano.
Franz y Alberto habían recibido por la mañana, cada uno, una invitación del célebre banquero romano.
-Cuidado, mi querido Alberto -dijo Franz-, toda la aristocracia irá a casa del duque, y si vuestra bella
desconocida es verdaderamente aristocrática, no podrá dejar de ir.
-Que vaya o no, sostengo mi opinión acerca de ella -continuó Alberto-. Habéis leído el billete, ya sabéis
la poca educación que reciben en Italia las mujeres del Mexxo sito (así llaman a la clase me dia), pues
bien, volved a leer este billete, examinad la letra y buscadme una falta de idioma o de ortografía.
En efecto, la letra era preciosa y la ortografía purísima.
-Estáis predestinado -dijo Franz a Alberto, devolviéndole por segunda vez el billete.
-Reíd cuanto queráis, burlaos -respondió Alberto-, estoy enamorado.
-¡Oh! ¡Dios mío! Me espantáis -exclamó Franz-, y veo que no solamente iré solo al baile del duque de
Bracciano, sino que podré volver solo a Florencia.
-El caso es que si mi desconocida es tan amable como bella, os declaro que me quedo en Roma por seis
semanas como mínimo. Adoro a Roma, y por otra parte, siempre he tenido afición a la arqueología.
-Vamos, un encuentro o dos como ése, y no desespero de veros miembro de la Academia dè las
Inscripciones y de las Bellas Le tras.
Sin duda Alberto iba a discutir seriamente sus derechos al sillón académico, pero vinieron a anunciar a
los dos amigos que estaban servidos.
Ahora bien, el amor en Alberto no era contrario al apetito.
Se apresuró, pues, así como su amigo, a sentarse a la mesa, prometiendo proseguir la discusión después
de comer.
Pero luego anunciaron al conde de Montecristo.
Hacía dos días que los jóvenes no le habían visto. Un asunto, había dicho Pastrini, le llamó a
Civitavecchia.
Había partido la víspera por la noche y había regresado sólo hacía una hora.
El conde estuvo amabilísimo, sea que se abstuviese, sea que la ocasi6n no despertase en él las fibras
acrimoniosas que ciertas circunstancias habían hecho resonar dos o tres veces en sus amargas palabras,
estuvo casi como todo el mundo. Este hombre era para Franz un verdadero enigma.
El conde no podía ya dudar de que el joven viajero le hubiese reconocido y, sin embargo, ni una sola
palabra desde su nuevo encuentro parecía indicar que se acordase de haberle visto en otro punto. Por su
parte, por mucho que Franz deseara hacer alusión a su primera entrevista, el temor de ser desagradable a
un hombre que le había colmado, tanto a él como a su amigo, de bondades, le detenía.
El conde sabía que los dos amigos habían querido tomar un palco en el teatro Argentino, y que les
habían respondido que todo estaba ocupado; de consiguiente, les llevaba la llave del suyo; a lo menos éste
era el motivo aparente de su visita. Franz y Alberto opusieron algunas dificultades, alegando el temor de
que él se privase de asistir. Pero el conde les respondió que como iba aquella noche al teatro Vallé, su
palco del teatro Argentino quedaría desocupado si ellos no lo aprovechaban. Esta razón determinó a los
dos amigos a aceptar. Franz se había acostumbrado poco a poco a aquella palidez del conde, que tanto le
admirara la primera vez que le vio. No podía menos de hacer justicia a la belleza de aquella cabeza severa,
de la cual aquella palidez era el único defecto o tal vez la prin cipal cualidad.
Verdadero héroe de Byron, Franz no podía, no diremos verle, ni aun pensar en él, sin que se'presentase
aquel rostro sobre los hombros de Manfredo, o bajo la toga de Lara. Tenía esa arruga en la frente que
indica la incesante presencia de algún amargo pensamiento; tenía esos ojos ardientes que leen en lo más
profundo de las almas; tenía ese labio altanero y burlón que da a las palabras que salen por él un carácter
singular que hacen se graben profundamente en la memoria de los que las escuchan.
El conde no era joven. Tendría por lo menos cuarenta años y parecía haber sido formado para ejercer
siempre cierto dominio sobre los jóvenes con quienes se reuniese.
La verdad es que, por semejanza con los héroes fantásticos del poeta inglés, el conde parecía tener el
don de la fascinación. Alberto no cesaba de hablar de lo afortunados que habían sido él y Franz en
encontrar a semejante hombre. Franz era menos entusiasta; no obstante, sufría la influencia que ejerce
todo hombre superior sobre el espíritu de los que le rodean. Pensaba en aquel proyecto, que había
manifestado varias veces el conde, de ir a París, y no dudaba que con su carácter excéntrico, su rostro
caracterizado y su fortuna colosal, el conde produjese gran efecto. Sin embargo, no tenía deseos de
hallarse en París cuando él fuese.
La noche pasó como pasan las noches, por lo regular, en el teatro de Italia, no en escuchar a los
cantantes, sino en hacer visitas o hablar. La condesa G... quería hacer girar la conversación acerca del
conde, pero Franz le anunció que tenía que revelarle un acontecimiento muy notable, y a pesar de las
demostraciones de falsa mo destia a que se entregó Alberto, contó a la condesa el gran acontecimiento que
hacía tres días formaba el objeto de la preocupación de los dos amigos.
Dado que estas intrigas no son raras en Italia, a lo menos, si se ha de creer a los viajeros, la condesa lo
creyó y felicitó a Alberto por el principio de una aventura que prometía terminar de modo tan satis -
factorio.
Se separaron prometiéndose encontrarse en el baile del duque de Bracciano, al cual Roma entera estaba
invitada. Pero llegó el martes, el último y el más ruidoso de los días de Carnaval.
El martes los teatros se abren a las diez de la mañana, porque pasadas las ocho de la noche entra la
Cuaresma. El martes todos los que por falta de tiempo, de dinero o de entusiasmo no han tomado aún
parte en las fiestas precedentes, se mezclan en la bacanal, se dejan arrastrar por la orgía y unen su parte de
ruido y de movimiento al movimiento y al ruido general.
Desde las dos hasta las cinco, Franz y Alberto siguieron la fila, cambiando puñados de dulces con los
carruajes de la fila opuesta y los que iban a pie, que circulaban entre los caballos y las carrozas, sin que
sucediese en medio de esta espantosa mezcla un solo accidente, una sola disputa, un solo reto. Los
italianos son el pueblo por excelencia, y en este aspecto las fiestas son para ellos verdaderas fiestas. El
autor de esta historia, que ha vivido en Italia, por espacio de cinco o seis años, no recuerda haber visto
nunca una solemnidad turbada por uno solo de esos acontecimientos que sirven siempre de corolario a los
nuestros.
Alberto triunfaba con su traje de payaso. Tenía sobre el hombro un lazo, de cinta de color de rosa,
cuyas puntas le colgaban bastante, para que no le confundieran con Franz. Este había conservado su traje
de aldeano romano.
Mientras más avanzaba el día, mayor se hacía el tumulto. No había en todas las calles, en todos los
carruajes, en todos los balcones, una sola boca que estuviese muda, un brazo que estuviera quieto, era verdaderamente
una tempestad humana compuesta de un trueno de gritos, y de una granizada de grageas, de
ramilletes, de huevos, de naranjas y de flores.
A las tres, el ruido de las cajas sonando a la vez en la plaza del Popolo, y en el palacio de Venecia,
atravesando aquel horrible tumulto, anunció que iban a comenzar las carreras. Las carreras, cómo los
moccoli, son unos episodios particulares de los últimos días de Carnaval. Al ruido de aquellas cajas, los
carruajes rompieron al instante las filas y se refugiaron en la calle transversal más cercana. Todas estas
evoluciones se hacen, por otra parte, con una habilidad inconcebible y una rapidez maravillosa, y esto sin
que la policía se ocupe de señalar a cada uno su puesto, o de trazar a cada uno su camino.
Las gentes que iban a pie se refugiaron en los portales o se arrimaron a las paredes, y al punto se oyó un
gran ruido de caballos y de sables.
Un escuadrón de carabineros a quince de frente, recorría al galope y en todo su ancho la calle del
Corso, la cual barría para dejar sitio a los barberi. Cuando el escuadrón llegó al palacio de Venecia, el
estrépito de nuevos disparos de cohetes anunció que la calle había quedado expedita.
Casi al mismo tiempo, en medio de un clamor inmenso, universal, inexplicable, pasaron como sombras
siete a ocho caballos excitados por los gritos de trescientas mil personas y por las bolas de hierro que les
saltan sobre la espalda. Unos instantes más tarde, el cañón del castillo de San Angelo disparó tres
cañonazos, para anunciar que el número tres había sido el vencedor.
Inmediatamente, sin otra señal que ésta, los carruajes se volvieron a poner en movimiento, llenando de
nuevo el Corso, desembocando por todas las bocacalles como torrentes contenidos do instante, y que se
lanzan juntos hacia el río que alimentan, y la ola inmensa de cabezas volvió a proseguir más rápida que
antes su carrera entre los dos ríos de granito. Pero un nuevo elemento de ruido y de animación se había
mezclado aún a esta multitud, porque acababan de entrar en la escena los vendedores de moccoli.
Los moccoli o moccoletti son bujías que varían de grueso, desde el cirio pascual hasta el cabo de la
vela, y que recuerdan a los actores de esta gran escena que pone fin al Carnaval romano, suscitando dos
preocupaciones opuestas, cuales son, primero la de conservar encendido su moccoletto, y después la de
apagar el moccoletto de los demás.
Con el moccoletto sucede lo que con la vida. Es verdad que el hombre no ha encontrado hasta ahora
más que un medio de transmitirla y este medio se lo ha dado Dios, pero, en cambio ha descubierto mil
medios para quitarla, aunque también es verdad que para tal operación el diablo le ha ayudado un poco.
El moccoletto se enciende acercándolo a una luz cualquiera. Pero
¿quién será capaz de describir los mil medios que para apagarlo se han inventado? ¿Quién podría
describir los fuelles monstruos, los estornudos de prueba, los apagadores gigantescos, los abanicos
sobrehumanos que se ponen en práctica? Cada cual se apresuró a comprar y encender moccoletto y lo
propio hicieron Franz y Alberto.
La noche se acercaba rápidamente, y ya al grito de ¡Moccoli! repetido por las estridentes voces de un
millar de industriales, dos o tres estrellas empezaron a brillar encima de la turba. Esto fue lo suficiente
para que antes de que transcurrieran diez minutos, cincuenta mil lu ces brillasen descendiendo del palacio
de Venecia a la plaza del Popolo y volviendo a subir de la plaza del Popolo al palacio de Venecia.
Hubiérase dicho que aquella era una fiesta de fuegos fatuos, y tan sólo viéndolo es como uno se puede
formar una idea de aquel maravilloso espectáculo.
Imaginemos que todas las estrellas se destacan del cielo y vienen a mezclarse en la tierra a un baile
insensato. Todo acompañado de gritos, cual nunca oídos humanos han percibido sobre el resto de la superficie
del globo.
En este momento sobre todo, es cuando desaparecen las diferencias sociales. El facchino se une al
príncipe, el príncipe al transteverino, el transteverino al hombre de la clase media, cada cual soplando,
apagando, encendiendo. Si el viejo Eolo apareciese en este momento sería proclamado rey de los moccoli,
y Aquilón, heredero presunto de la corona.
Esta escena loca y bulliciosa suele durar unas dos horas; la calle del Corso estaba iluminada como si
fuese de día; distinguíanse las facciones de los espectadores hasta el tercero o cuarto piso. De cinco en
cinco minutos Alberto sacaba su reloj; al fin éste señaló las siete. Los dos amigos se hallaban justamente a
la altura de la Vía Pontifici; Alberto saltó del carruaje con su moccoletto en la mano.
Dos o tres máscaras quisieron acercarse a él para arrancárselo o apagárselo, pero, a fuer de hábil
luchador, Alberto las envió a rodar una tras otra a diez pasos de distancia y prosiguió su camino hacia la
iglesia de San Giacomo. Las gradas estaban atestadas de curiosos y de máscaras que luchaban sobre quién
se arrancaría de las manos la luz. Franz seguía con los ojos a Alberto, y le vio poner el pie sobre el primer
escalón. Casi al mismo tiempo, una máscara con el traje bien conocido de la aldeana del ramillete,
extendiendo el brazo, y sin que esta vez hiciese él ninguna resistencia, le arrancó el moccoletto.
Franz se encontraba muy lejos para escuchar las palabras que cambiaron, pero sin duda nada tuvieron
de hostil, porque vio alejarse a Alberto y a la aldeana cogidos amigablemente del brazo. Por espacio de
algún tiempo los siguió con la vista en medio de la multitud, pero en la Vía Macello los perdió de vista.
De pronto, el sonido de la campana que da la señal de la conclusión del Carnaval sonó, y al mismo
instante todos los moccoli se apagaron como por encanto.
Habríase dicho que un solo a inmenso soplo de viento los había aníquilado. Franz se encontró en la
oscuridad más profunda.
Con el mismo toque de campana cesaron los gritos, como si el poderoso soplo que había apagado las
luces hubiese apagado también el bullicio, y ya nada más se oyó que el ruido de las carrozas que
conducían a las máscaras a su casa, ya nada más se vio que las escasas luces que brillaban detrás de los
balcones. El Carnaval había terminado.
Capítulo quince
Las catacumbas de San Sebastián
Ningún otro momento de su vida había sido para Franz tan impresionable, tan vivo, como el paso
rápido que de la alegría a la tris teza sintió en aquel instante. Hubiérase dicho que Roma, bajo el soplo
mágico de algún demonio nocturno, acababa de cambiarse en una vasta tumba. Por una casualidad que
aumentaba aún las tinieblas, la luna se encontraba en su cuarto menguante, no debía salir hasta las doce
de la noche. Las calles que el joven atravesaba estaban sumergidas en la mayor oscuridad, pero como el
trayecto era corto, al cabo de diez minutos su carruaje, o más bien el del conde, se detuvo delante de la
fonda de Londres.
La comida estaba preparada, pero como Alberto había avisado que no le esperasen, Franz se sentó solo
a la mesa. Maese Pastrini, que acostumbraba verlos comer juntos, se informó de la causa de su ausencia,
pero Franz limitóse a responder que Alberto había recibido una invitación, a la cual había acudido.
La súbita extinción de los moccoletti, aquella oscuridad que había reemplazado a la luz, aquel silencio
que había sucedido al ruido, habían dejado en el espíritu de Franz cierta tristeza que participaba también
de alguna inquietud. Comió, pues, sin decir una palabra, a pesar de la oficiosa solicitud- de su posadero,
que entró dos o tres veces para informarse de si tenía necesidad de algo.
Franz estaba resuelto a esperar a Alberto hasta bastante tarde. Pidió, pues, el carruaje para las once,
rogando a maese Pastrini que le avisase al instante mismo en que volviese Alberto, pero transcurrie ron las
horas una tras otra, y al dar las once Alberto no había llegado aún. Franz se vistió y partió, avisando a su
posadero de que pasaría la noche en casa del duque de Bracciano.
La casa del duque de Bracciano es una de las mejores de Roma; su esposa, una de las últimas herederas
de los Colonna, hace los honores de ella de una manera perfecta, y de esto resulta que las fiestas que da
tienen una celebridad europea.
Franz y Alberto habían llegado a Roma con cartas de recomendación para él; así, pues, su primera
pregunta fue interrogar a Franz qué había sido de su compañero de viaje. Franz le respondió que se había
separado de él en el momento de apagar los moccoletti, y le había perdido de vista en la Vía Macello.
-¿Entonces no habrá vuelto? -preguntó el duque.
-Hasta ahora le he estado aguardando -respondió Franz.
-¿Y sabéis dónde iba?
-No, exactamente. Sin embargo, creo que se trataba de una cita.
-¡Diablo! -dijo el duque-. Mal día es éste o mala noche para tardar de ese modo, ¿verdad, señora
condesa?
Estas últimas palabras se dirigían a la condesa de G..., que acababa de llegar y que se paseaba apoyada
en el brazo del señor de Torlonia, hermano del duque.
-Creo, por el contrario, que es una noche encantadora -respondió la condesa-, y los que están aquí no se
quejarán más que de una cosa; de que pasará demasiado pronto.
-Pero -replicó el duque, sonriendo-, yo no hablo de las personas que están aquí, porque de ellas no
corren más peligro los hombres que el de enamorarse de vos, y las mujeres que el de caer enfermas de
celos al contemplar vuestra hermosura. Hablo de los que recorren las calles de Roma.
-¡Oh! -preguntó la condesa-. ¿Y quién recorre las calles de Roma a esta hora, como no sea para venir a
este baile?
-Nuestro amigo, el vizconde de Morcef, señora condesa, de quien me separé dejándole con su
desconocida hacia las siete de la noche -dijo Franz--, y a quien no he visto después.
-¡Qué! ¿Y no sabéis dónde está?
-Ni lo sospecho.
-¿Y tiene armas?
-¿Cómo iba a tenerlas, si estaba disfrazado?
-No deberíais haberle dejado ir --dijo el duque a Franz-, vos que conocéis mejor a Roma.
-Sí, sí, lo mismo hubiera adelantado que si hubiese intentado detener al número tres de los barberi que
ha ganado hoy el premio de la carrera -respondió Franz-; además, ¿qué queréis que le ocurra?
-¡Quién sabe! La noche está sombría, y el Tíber está cerca de la Via Marcello.
Franz estremecióse al ver que el duque y la condesa estaban tan acordes en sus inquietudes personales.
-También he dejado dicho en la fonda que tenía el honor de pasar
la noche en vuestra casa, señor duque -dijo Franz-, y deben venir a anunciarme su vuelta.
-Mirad -dijo el duque-, creo que alli viene buscándoos uno de mis criados.
El duque no se engañaba. Al ver a Franz, el criado se acercó a él.
-Excelencia -dijo-, el dueño de la fonda de Londres os manda avisar que un hombre os espera en su
casa con una carta del vizconde de Morcef.
-¡Con una carta del vizconde! -exclamó Franz.
-Sí.
-¿Y quién es ese hombre?
-No lo sé.
-¿Por qué no ha venido a traerla aquí?
-El mensajero no ha dado ninguna explicación.
-¿Y dónde está el mensajero?
-En cuanto me vio entrar en el salón del baile para avisaros, se marchó.
-¡Oh, Dios mío! -dijo la condesa a Franz--. Id pronto, ¡pobre joven! Tal vez le habrá sucedido alguna
desgracia.
-Voy volando -dijo Franz.
-¿Os volveremos a ver para saber de él? -preguntó la condesa.
-Sí, si la cosa no es grave; si no, no respondo de lo que será de mí mismo.
-En todo caso, prudencia -dijo la condesa.
-Descuidad.
Franz tomó el sombrero y partió inmediatamente. Había mandado venir su carruaje a las dos, pero por
fortuna el palacio Bracciano, que da por un lado a la calle del Corso, y por otro a la plaza de los Santos
Apóstoles, está a diez minutos de la fonda de Londres. Al acercarse a ésta, Franz vio un hombre en pie en
medio de la calle, y no dudó un solo instante de que era el mensajero de Alberto. Se dirigió a él, pero con
gran asombro de Franz, el desconocido fue quien primero le dirigió la palabra.
-¿Qué me queréis, excelencia? -dijo, dando un pas o atrás como un hombre que desea estar siempre en
guardia.
-¿No sois vos -preguntó Franz-- quien me trae una carta del vizconde de Morcef?
-¿Es vuestra excelencia quien vive en la fonda de Pastrini?
-Sí.
-¿Es vuestra excelencia el compañero de viaje del vizconde?
-Sí.
-¿Cómo se llama vuestra excelencia?
-El barón Franz d'Epinay.
-Muy bien; entonces es a vuestra excelencia a quien va dirigida esta carta.
-¿Exige respuesta? -preguntó Franz, tomándole la carta de las manos.
-Sí; al menos, vuestro amigo la espera.
-Subid a mi habitación; a11í os la daré.
-Prefiero esperar aquí -dijo riéndose el mensajero.
-¿Por qué?
-Vuestra excelencia lo comprenderá cuando haya leído la carta.
-¿Entonces os encontraré aquí mismo?
-Sin duda alguna.
Franz entró; en la escalera encontró a maese Pastrini.
-¡Y bien! -le preguntó.
-Y bien, ¿qué? -le respondió Franz.
-¿Visteis al hombre que desea hablaros de parte de vuestro ami go? -le preguntó a Franz.
-Sí; le vi -respondió éste-, y me entregó esta carta. Haced que traigan una luz a mi cuarto.
El posadero transmitió esta orden a un criado.
El joven había encontrado a maese Pastrini muy asustado, y esto había aumentado naturalmente su
deseo de leer la carta. Acercóse a la bujía, así que estuvo encendida, y desdobló el papel. La misiva estaba
escrita de mano de Alberto, firmada por él mismo, y Franz la leyó dos o tres veces una tras otra, tan lejos
estaba de esperar su contenido.
He aquí lo que decía:
Querido amigo: En el mismo instante que recibáis la presente, tened la bondad de tomar mi cartera,
que hallaréis en el cajón cuadrado del escritorio; la letra de crédito, unidla a la vuestra. Si ello no basta,
corred a casa de Torlonia, tomad inmediatamente cuatro mil piastras y entregadlas al portador. Es
urgente que esta suma me sea dirigida sin tardanxa. No quiero encareceros más la puntualidad, porque
cuento con vuestra eficacia, como en caso igual podríais contar con la mía.
. P. D. I believe now lo be Italian banditti.
Vuestro amigo,
Alberto de Morcef
Debajo de estos renglones había escritas, con una letra extraña, estas palabras italianas:
Se alle sei della mattina, le quattro mille piastre non sono nelle mie mani, alle sette il conte Alberto
avrà cessato di vivere.
Luigi Vampa
Esta segunda firma fue para Franz sumamente elocuente, y entonces comprendió la repugnancia del
mensajero en subir a su cuarto. La calle le parecía más segura. Alberto había caído en manos del famoso
jefe de bandidos cuya existencia tan fabulosa le había parecido.
No había tiempo que perder. Corrió al escritorio, lo abrió, halló en el cajón indicado la consabida
cartera, y en ella la carta de crédito que era de valor de seis mil piastras, pero a cuenta de la cual Alberto
había ya tornado y gastado la mitad, es decir, tres mil. Por lo que a Franz se refiere, no tenía ninguna letra
de crédito. Como vivía en Flo rencia y había venido a Roma para pasar en ella siete a ocho días solamente,
había tornado unos cien luises, y de esos cien luises le quedaban cincuenta a lo sumo. Necesitaba, de
consiguiente, siete a ochocientas piastras para que entre los dos pudiesen reunir la soma pedida. Es verdad
que Franz podía montar en un caso semejante con la bondad del señor Torlonia. Así, pues, se disponía a
volver al palacio Bracciano sin perder un instante, cuando de súbito una idea cruzó por su imaginación.
Pensó en el conde de Montecristo.
Franz iba a dar la orden de que avisasen a maese Pastrini, cuando éste en persona se presentó a la
puerta.
-Querido señor Pastrini -le dijo ansiosamente-, ¿creéis que el conde esté en su cuarto?
-Sí, excelencia, acaba de entrar.
-¿Habrá tenido tiempo de acostarse?
-Lo dudo.
-Llamad entonces a su puerta, y pedidle en mi nombre permiso para presentarme en su habitación.
Maese Pastrini se apresuró a seguir las instrucciones que le daban. Cinco minutos después estaba de
vuelta.
-El conde está esperando a vuestra excelencia -dijo.
Franz atravesó el corredor, y un criado le introdujo en la habitación del conde. Hallábase en un pequeño
gabinete que Franz no había visto aún, y que estaba rodeado de divanes. El mismo conde le salió al
encuentro.
-¡Oh! ¿A qué debo el honor de esta visita? -le preguntó-. ¿Vendríais a cenar conmigo? Si así fuera, me
complacería en extre mo vuestra franqueza.
-No; vengo a hablaros de un grave asunto.
-¡De un asunto! -dijo el conde mirando a Franz con la fijeza y atención que le eran habituales-. ¿Y de
qué asunto?
-¿Estamos solos?
El conde se dirigió a la puerta y volvió.
-Completamente -dijo.
Franz le mostró la carta de Alberto.
-Leed -le dijo.
El conde leyó la carta.
-¡Ya, ya! -exclamó cuando hubo terminado la lectura.
-¿Habéis leído la posdata?
-Sí, la he leído también.
Se alle sei della mattina le quattro mille piastre non sono nelle mie mani, alle sette il conte Alberto
avrà cessato di vivere.
Luigi Vampa
-¿Qué decís a esto? -preguntó Franz.
-¿Tenéis la suma que os pide?
-Sí; menos ochocientas piastras.
El conde se dirigió a su gaveta, la abrió, y tiró de un cajón lleno de oro que se abrió por medio de un
resorte.
-Espero -dijo a Franz-, que no me haréis la injuria de dirigiros a otro que a mí.
-Bien veis -dijo éste- que a vos me he dirigido primero que a otro.
-Lo que os agradezco mucho. Tomad.
E hizo señas a Franz de que tomase del cajón cuanto necesitase.
-¿Es necesario enviar esta suma a Luigi Vampa? -preguntó el joven, mirando a su vez fijamente al
conde.
-¿Que si es preciso? Juzgadlo vos mismo por la postdata, que ni puede ser más concisa ni más
terminante.
-Creo que vos podríais hallar algún medio que simplificase mu cho el negocio -dijo Franz.
-¿Y cuál? -preguntó el conde, asombrado.
-Por ejemplo, si fuésemos a ver a Luigi Vampa juntos, estoy persuadido de que no os rehusaría la
libertad de Alberto.
-¿A mí? ¿Y qué influencia queréis que tenga yo sobre ese bandido?
-¿No acabáis de hacerle uno de esos servicios que jamás pueden olvidarse?
-¿Cuál?
-¿No acabáis de salvar la vida a Pepino?
-¡Ah, ah! -dijo el conde-. ¿Quién os ha dicho eso?
-¿Qué importa, si lo sé?
El conde permaneció un instante silencioso y con las cejas fruncidas.
-Y si yo fuese a ver a Vampa, ¿me acompañaríais?
-Si no os fuese desagradable mi compañía, ¿por qué no?
-Pues bien; vámonos al instante. El tiempo es hermoso, y un paseo por el campo de Roma no puede
menos de aprovecharnos.
-¿Llevaremos armas?
-¿Para qué?
-¿Dinero?
-Es en vano. ¿Dónde está el hombre que os ha traído este billete?
-En la calle.
-¿En la calle?
-Sí.
-Voy a llamarle, porque preciso será que averigüemos hacia dónde hemos de dirigirnos.
-Podéis ahorraros este trabajo, pues por más que se lo dije, no ha querido subir.
-Si yo le llamo, veréis como no opone dificultad.
El conde se asomó a la ventana del gabinete que caía a la calle, y emitió cierto silbido peculiar. El
hombre de la capa se separó de la pared y se plantó en medio de la calle.
-¡Salite! -dijo el conde con el mismo tono que si hubiera dado una orden a su criado.
El mensajero obedeció sin vacilar, más bien con prisa, y subiendo la escalera, entró en la fonda; cinco
minutos después estaba a la puerta del gabinete.
-¡Ah! ¿Eres tú, Pepino? -dijo el conde.
Pero Pepino, en lugar de responder, se postró de hinojos, cogió una mano del conde y la aplicó a sus
labios repetidas veces.
-¡Ah, ah! -dijo el conde-, ¡aún no has olvidado que lo he salvado la vida! Eso es extraño, porque hace
ya ocho días.
-No, excelencia, y no lo olvidaré en toda mi vida -respondió Pepino, con el acento de un profundo
reconocimiento.
-¡Nunca! Eso es mucho decir, pero en fin, bueno es que así lo creas. Levántate y responde.
Pepino dirigió a Franz una mirada inquieta.
-¡Oh! , puedes hablar delante de su excelencia -dijo-, es uno de mis amigos. ¿Permitís que os dé este
título? -dijo en francés el conde, volviéndose hacia Franz-, es necesario, para excitar la confianza de este
hombre.
-Podéis hablar delante de mí -exclamó Franz, dirigiéndose al mensajero-,soy un amigo del conde.
-Enhorabuena -dijo Pepino volviéndose a su vez hacia el conde-; interrógueme su excelencia, que yo
responderé.
-¿Cómo fue a parar el conde Alberto a manos de Luigi?
-Excelencia, el carruaje del francés se ha encontrado muchas veces con aquel en que iba Teresa.
-¿La querida del jefe?
-Sí, excelencia. El francés la empezó a mirar y a hacer señas; Teresa se divertía en dar a entender que
no le disgustaban, el francés le arrojó unos ramilletes y ella hizo otro tanto, pero todo con el consentimiento
del jefe, que iba en el coche.
-¡Cómo! -exclamó Franz-. ¿Luigi Vampa iba en el mismo carruaje de las aldeanas romanas?
-Era el que le conducía disfrazado de cochero -respondió Pepino.
-¿Y después? -preguntó el conde.
-Luego el francés se quitó la máscara. Teresa, siempre con consentimiento del jefe, hizo otro tanto, el
francés pidió una cita, Teresa concedió la cita pedida, pero en lugar de Teresa, fue Beppo quien estuvo en
las gradas de San Giacomo.
-¡Cómo! -interrumpió Franz-, ¿aquella aldeana que le arrancó el moccoletto...?
-Era un muchacho de quince años -respondió Pepino-, pero no debe de ningún modo avergonzarse el
amigo de su excelencia de haber caído en el lazo, porque no es el primero a quien Beppo ha echado el
guante de esté modo.
-¿Y qué hizo Beppo? ¿Le condujo fuera de la ciudad? -preguntó el conde.
-Exactamente. Un carruaje esperaba al extremo de la Vía Macello. Beppo subió invitando al francés a
que subiera también, el cual no aguardó a que se lo repitiera. Beppo le anunció que iba a conducirle a una
población que estaba a una legua de Roma, y el francés dijo que estaba a punto de seguirle al fin del
mundo. El cochero dirigióse en seguida a la calle de Ripetta, llegó a la puerta de San Pablo, y a unos
doscientos pas os de la misma, estando ya en el campo, como el francés redoblase sus instancias amorosas,
siempre persuadido de que iba junto a una mujer, Beppo se levantó y le puso en el pecho los cañones de
dos pistolas. Al punto el cochero detuvo los caballos, se volvió sobre su asiento a hizo otro tanto. Al
propio tiempo, cuatro de los nuestros que estaban ocultos en las orillas del Almo se lanzaron a las
portezuelas. El francés tenía, por lo que se vio, bastantes deseos de defenderse, y aun estranguló un
poquillo a Beppo, según he oído decir, pero nada podía contra cinco hombres comple tamente armados, y
no tuvo por consiguiente más remedio que rendirse. Le hicieron bajar del carruaje, siguieron la orilla del
río y le condujeron ante Teresa y Luigi, que le esperaban en las catacumbas de San Sebastián.
-¿Qué tal -dijo el conde dirigiéndose a Franz-. ¿Qué os parece de esta historia?
-Que la encontraría muy chistosa -contestó-, si no fuese el pobre Alberto su protagonista.
-El caso es -dijo el conde- que si no llegáis a encontrarme en casa, hubiera sido una aventura que
hubiese costado bastante cara a vuestro amigo, pero tranquilizaos, tan sólo le costará el susto.
-¿Conque vamos en su busca en seguida? -preguntó Franz.
-Sí por cierto, y tanto más cuanto que se halla en un lugar no muy pintoresco. ¿Habéis visitado alguna
vez las catacumbas de San Sebastián?
-No; jamás he descendido a ellas, pero me había propuesto hacerlo algún día.
-Pues he aquí que se os presenta una buena ocasión, ocasión la más oportuna que desearse pueda.
-¿Tenéis a punto vuestro coche?
-No; pero poco importa, porque es mi costumbre el tener siempre uno prevenido y enganchado noche y
día.
-¿Enganchado?
-Sí; soy muy caprichoso, preciso es confesarlo; muchas veces al levantarme, al acabar de comer, a
medianoche, me ocurre marchar a un punto cualquiera, y parto en seguida.
El conde tiró de la campanilla y se presentó su ayuda de cámara.
-Que saquen el coche y sacad las pistolas de las bolsas. En cuanto al cochero, es inútil que se le
despierte, porque Alí lo conducirá.
Al cabo de un instante oyóse el ruido del carruaje, que se detuvo delante de la puerta. El conde sacó su
reloj.
-Las doce y media -dijo-; hubiéramos tenido tiempo hasta las cinco de la mañana para marchar, aún
habríamos llegado a tie mpo, pero tal vez esta demora hubiese hecho pasar una mala noche a vuestro
compañero. Vale más que vayamos en seguida a arrancarle del poder de los infieles. ¿Estáis aún decidido
a acompañarme?
-Más que nunca.
-Venid, pues.
Franz y el conde salieron, seguidos de Pepino. A la puerta encontraron el carruaje. A1í estaba ya en el
pescante y Franz reconoció en él al esclavo mudo de la gruta de Montecristo. Franz y el conde montaron
en el carruaje, Pepino fue a sentarse al lado de Alí, y los caballos arrancaron a escape. Seguramente había
recibido instrucciones de antemano, puesto que se dirigió a la calle del Corso, atravesó el campo
Vacciano, subió por la Vía de San Gregorio y llegó a la Puerta de San Sebastián. Al llegar a ella el
conserje quiso oponer dificultades, mas el conde de Montecristo le presentó un permiso del gobernador de
Roma para entrar y salir de la ciudad a cualquier hora, así de día como de noche. Abrióse, pues, el
rastrillo, recibió el conserje un luis por este trabajo, y pasaron.
El camino que siguió el coche fue la antigua Vía Appia, que ostenta una pared de tumbas a uno y otro
lado. De trecho en trecho, a la luz de la luna que comenzaba a salir, parecíale a Franz ver un centinela
destacarse de las ruinas, mas al punto, a una señal de Pepino, volvía a ocultarse en la sombra y
desaparecía. Un poco antes de llegar al circo de Caracalla, el carruaje se paró. Pepino fue a abrir la
portezuela, y el conde y Franz se apearon.
-Dentro de diez minutos -dijo el conde a su compañero- habremos llegado al término de nuestro viaje.
Llamó a Pepino aparte, le dio una orden en voz baja, y Pepino se marchó después de haberse provisto
de una antorcha que sacó del cajón del coche. Transcurrieron cinco minutos, durante los cuales Franz vio
al pastor entrar por un estrecho y tortuoso sendero practicado en el movedizo terreno que forma el piso de
la llanura de Roma, desapareciendo tras los gigantescos arbustos rojizos, que parecen las erizadas
melenas de algún enorme león.
-Ahora -dijo el conde-, sigámosle.
Franz y el conde avanzaron a su vez por el mismo sendero, el que, a unos cien pasos, declinando
notablemente el terreno, les condujo al fondo de un pequeño valle, en el que divisaron dos hombres platicando
a la sombra de los arbustos.
-¿Hemos de seguir avanzando -preguntó Franz al conde- o será preciso esperar?
-Avancemos, porque Pepino debe haber comunicado al centinela nuestra llegada.
En efecto, uno de aquellos dos hombres era Pepino, el otro un bandido que estaba de centinela. Franz y
el conde se le acercaron, y el bandido les saludó.
-Excelencia -dijo Pepino dirigiéndose al conde-, si queréis seguirme, la entrada que conduce a las
catacumbas está a dos pasos de aquí.
-No tengo inconveniente -contestó el conde-, marcha delante.
En efecto, detrás de un espeso matorral y en medio de unas rocas veíase una abertura por la que apenas
podía pasar un hombre.
Pepino se deslizó el primero por aquella hendidura, mas apenas se internó algunos pasos, el subterráneo
fue ensanchándose. Entonces se detuvo, encendió su antorcha y volvió el rostro para ver si le seguían.
El conde fue el primero que se introdujo por aquella especie de lumbrera y Franz siguió tras él. El
terreno se inclinaba en una pendiente suave, y a medida que se iba uno internando, mayores dimensiones
presentaba aquel conducto subterráneo, mas Franz y el conde se veían aún precisados a caminar
agachados y en manera alguna podían avanzar dos personas a la vez. Anduvieron así trabajosamente
como unos cincuenta pasos, cuando se vieron detenidos por un ¡quién vive!, viendo al mismo instante
brillar en medio de la oscuridad sobre el cañón de una carabina el reflejo de su propia antorcha.
-¡Amigos! -dijo Pepino.
Y adelantándose solo, dijo en voz baja algunas palabras a este segundo centinela, quien, como el
primero, saludó a los nocturnos visitantes, dando a entender con un gesto que podían continuar su camino.
El centinela guardaba la entrada de una escalera, que contendría unas veinte gradas, por las que bajaron el
conde y Franz, hallándose en una especie de encrucijada de edificios mortuorios. Cinco caminos
diferentes salían divergentes de aquel punto como los rayos de una estrella, y las paredes que los
limitaban, llenas de nichos sobrepuestos y que guardaban la forma del ataúd, indicaban que habían por fin
entrado en las catacumbas. En una de aquellas cavidades cuya extensión era imposible apreciar,
divísábase una luz, o por lo menos sus reflejos. El conde golpeó amigablemente con una mano el hombro
de Franz.
-¿Queréis ver un campamento de bandidos? -le dijo.
-Con muchísimo gusto -contestó Franz.
-Pues bien, venid conmigo... ¡Pepino, apaga la antorcha!
Pepino obedeció y Franz y el conde se hallaron sumidos en la más profunda oscuridad; tan sólo a unos
cincuenta pasos de distancia continuaban reflejándose en las paredes algunos destellos rojizos, que se
habían hecho más visibles cuando Pepino hubo apagado la antorcha. Avanzaron, pues, silenciosamente,
guiando el conde a Franz como si hubiese tenido la singular facultad de distinguir los objetos a través de
las tinieblas. Al fin, Franz empezaba a distinguir con mayor claridad los lugares por los que pasaba, a
medida que se aproxima ban a los reflejos que les servían de orientación.
Tres arcos, de los cuales el del centro servía de puerta de entrada, les daban paso. Estos arcos daban por
un lado al corredor en que estaba Franz y el conde, y por el otro a un grande espacio cuadrado,
enteramente cuajadas sus paredes de nichos semejantes a los de que ya hemos hablado. En medio de este
aposento se elevaban cuatro piedras que probablemente en otro tiempo sirvieron de altar, como lo
indicaba la cruz en que terminaban. Una sola lámpara colocada sobre el pedestal de una columna
iluminaba con su pálida y vacilante luz la extraña escena que se ofreció a la vista de los dos visitantes
ocultos en la sombra.
Un hombre estaba sentado, apoyando el codo en dicha columna, le yendo, vuelto de espaldas a los
arcos, por cuya abertura le observaban los recién llegados. Este era el jefe de la banda, Luigi Vampa. A su
alrededor, agrupados a su capricho, envueltos en sus capas o tendidos sobre una especie de banco de
piedra que circuía todo aquel Columbarium, se distinguían una veintena de bandidos, todos con las armas
junto a sí. En el fondo, silencioso, apenas visible, y semejante a una sombra, paseábase un centinela por
delante de una especie de agujero que apenas se distinguía, porque parecían ser en aquel punto las
tinieblas mucho más densas.
Cuando el conde creyó que Franz había contemplado bastante este pintoresco cuadro, aplicó el dedo
sobre sus labios para recomendarle silencio, y subiendo los tres escalones que mediaban entre el corredor
y el Columbarium, entró en la sala por el arco del centro, dirigiéndose a Vampa, el cual estaba tan
embebido en su lectura que ni tan siquiera oyó el ruido de sus pasos.
-¿Quién vive? -gritó el centinela, menos preocupado, y que distinguió a la luz de la lámpara una especie
de sombra que aumentaba de tamaño a medida que se acercaba por detrás a su jefe.
A este grito, Vampa se levantó con prontitud, sacando al propio tiempo una pistola que llevaba en su
cinturón. En un abrir y cerrar de ojos todos los bandidos estuvieron en pie, y veinte bocas de carabinas
apuntaron al conde.
-¿Qué es eso? -dijo tranquilamente éste, con voz enteramente segura y sin que se contrajese un solo
músculo de su rostro-. ¿Qué es eso, mi querido Vampa? ¡Creo que movéis mucho estrépito para recibir a
un amigo!
-¡Abajo las armas! -gritó el jefe, haciendo con la mano un ademán imperativo, mientras que con la otra
se quitaba respetuosamente el sombrero, y luego, dirigiéndose al singular personaje que dominaba
en esta escena-: Perdonad, señor conde -le dijo-, pero estaba tan lejos de esperar el honor de vuestra
visita que no os había reconocido.
-Creo, Vampa, que sois falto de memoria en muchas cosas -dijo el conde-, y que no tan sólo olvidáis las
facciones de ciertos sujetos, sino también los pactos que median entre vos y ellos.
-¿Y qué pactos he olvidado, señor conde? -preguntó el bandido con un tono que demostraba es tar
dispuesto a reparar el error, caso de haberlo cometido.
-¿No habíamos convenido -dijo el conde-, en que no tan sólo mi persona, sino también las de mis
amigos, os serían sagradas?
-¿Y en qué he faltado a tales pactos, excelencia?
-Habéis hecho prisionero esta noche y transportado aquí al vizconde Alberto de Morcef -añadió el
conde con un timbre tal de voz que hizo estremecer a Franz-, que es uno de mis amigos, vive en la misma
fonda que yo, ha paseado el Corso los ocho días de Carnaval en mi propio coche y, sin embargo, os lo
repito, le habéis hecho prisionero, le habéis transportado aquí y -añadió el conde sacando una carta de su
bolsillo- le habéis puesto el precio como si fuese una persona cualquiera.
-¿Por qué no me informasteis de todas estas circunstancias, vosotros? -dijo el jefe dirigiéndose hacia
aquellos hombres, que retrocedían ante su mirada-. ¿Por qué me habéis expuesto de este modo a faltar a
mi palabra con un sujeto como el señor conde, que tiene nuestra vida en sus manos? ¡Por la sangre de
Cristo! Si llegase a sospechar que alguno de vosotros sabía que el joven era amigo de su excelencia, yo
mismo le levantaría la tapa de los sesos.
-¿Lo veis? -dijo el conde dirigiéndose a Franz-. ¿No os había dicho yo que en esto había alguna
equivocación?
-¿Qué, no venís solo? -preguntó Vampa con inquietud.
-He venido con la persona a quien iba dirigida esta carta, y a quien he querido probar que Luigi Vampa
es un hombre que sabe guardar su palabra. Aproximaos, excelencia -dijo a Franz-, aquí tenéis a Luigi
Vampa, que va a deciros lo contrariado que le tiene el error que ha cometido.
Franz se acercó, el jefe se adelantó unos pasos.
-Sed bien venido entre nosotros, excelencia -le dijo-; ya habéis oído lo que acaba de decir el señor
conde y lo que yo he respondido. Ahora os añadiré que desearía, aunque me costara las cuatro mil piastras
en que había fijado el rescate de vuestro amigo, que no hubiese acontecido semejante suceso.
-Pero -dijo Franz, mirando con inquietud a su alrededor-, no veo al prisionero... ¿Dónde está?
-Supongo que no le habrá sobrevenido alguna desgracia -pre guntó el conde frunciendo las cejas casi
imperceptiblemente.
-El prisionero está allí -dijo Vampa señalando con la mano el agujero ante cuya entrada se paseaba el
bandido de centinela-, y voy yo mismo a anunciarle que está en libertad.
El jefe se adelantó seguido del conde y de Franz hacia el sitio que había destinado como cárcel de
Alberto.
-¿Qué hace el prisionero? -preguntó Vampa al centinela.
-Os juro, capitán, que no lo sé -contestó éste-. Hace más de una hora que ni siquiera le he oído moverse.
-Venid, excelencias -dijo Vampa.
El conde y Franz subieron siete a ocho escalones, precedidos por el jefe, que descorrió un cerrojo y
empujó una puerta. Entonces, a la luz de una lámpara, semejante a la que iluminaba el Columbarium,
vieron a Alberto que, envuelto en una capa que le prestara uno de los bandidos, estaba tendido en un
rincón gozando las dulzuras del sueño más profundo y pacífico.
-Vaya -dijo el conde sonriendo del modo que le era peculiar-, no me parece mal para un hombre que
había de ser fusilado a las siete de la mañana.
Vampa miraba al dormido joven con cierta admiración, pudiéndose deducir muy bien de su mirada que
no era en verdad insensible a una prueba, si no de valor, cuando menos de serenidad.
-Tenéis razón, señor conde -dijo-, este hombre debe ser uno de vuestros amigos.
Luego acercóse a Alberto y le tocó en un hombro.
-Excelencia -dijo-, haced el favor de despertaros, si os place.
Alberto extendió los brazos, se frotó los párpados y abrió los ojos.
-¡Ah! --dijo- ¿Sois vos, capitán? Pardiez, que hubierais hecho muy bien en dejarme dormir. Tenía un
sueño muy agradable y creía que bailaba un galop en casa de Torlonia con la condesa G...
Dicho esto, sacó el reloj y lo miró para saber el tiempo que había transcurrido.
-La una y media de la madrugada, ¿por qué diablos me despertáis a esta hora?
-Para deciros que estáis en libertad, excelencia.
-Amigo mío -dijo Alberto con perfecta serenidad-, en lo sucesivo guardad bien en la memoria esta
máxima del gran Napoleón: «No me despertéis sino para las malas nuevas.» Si me hubieseis dejado
dormir, hubiera acabado mi galop y os hubiera estado reconocido toda mi vida... Pero, puesto que decís
que estoy libre, quiere decir que habrán pagado mi rescate, ¿no es esto?
-No, excelencia.
-¿Pues cómo me ponéis en libertad?
-Un individuo al que nada puede negarse ha venido a reclamaros.
-¿Hasta aquí?
-Hasta aquí.
-¡Oh! ¡Por Cristo, que es una tremenda galantería!
Alberto miró a su alrededor y descubrió a Franz.
-¡Cómo! -le dijo-, ¿sois vos, mi querido Franz? ¿Es posible que vuestra amistad para conmigo haya
llegado a tal extremo?
-No -contestó éste-; a quien se lo debéis es a nuestro vecino, el conde de Montecristo.
-Pardiez, señor conde -dijo con jovialidad Alberto, ajustándose el corbatín y arreglándose el traje-, que
sois un hombre magnífico en todos conceptos. Espero que me consideraréis ligado a vos con los vínculos
de una eterna gratitud, primero por la cesión de vuestro carruaje, luego, por este suceso -y tendió al conde
su mano, que éste vaciló un momento en estrechar, pero se la estrechó al fin del modo más cordial.
El bandido contemplaba esta escena con aire estupefacto. Hallábase acostumbrado a ver temblar en su
presencia a los prisioneros, pero ahora había encontrado a uno cuyo humor festivo no sufriera la menor
alteración. Por lo que hace a Franz, estaba altamente satisfecho y halagado al considerar que Alberto
había sabido sostener el honor nacional ante toda una reunión de bandidos.
-Mi querido Alberto -le dijo-, si queréis daros prisa, todavía llegaremos a tiempo de poder acabar la
noche en casa de Torlonia. Continuaréis vuestro galop en el punto mismo en que lo suspendisteis, y de
este modo no guardaréis rencor alguno al señor Luigi, que realmente se ha portado en este asunto con una
extremada galantería.
-Tenéis razón, en efecto, puesto que si nos apresuramos podemos llegar casi antes de las dos. Señor
Luigi -continuó Alberto-, ¿hay que cumplir alguna otra formalidad antes de marcharse?
-Ninguna, caballero -contestó el bandido-, sois tan libre como el aire.
-En este caso, que lo paséis bien. Vamos, señores, vamos.
Y Alberto, seguido de Franz y del conde, bajó la escalera y atravesó la gran sala cuadrada. Todos los
bandidos estaban de pie, sombrero en mano.
-Pepino -dijo el jefe -, dadme la antorcha.
-¿Qué vais a hacer? -inquirió Montecristo.
-Conduciros hasta fuera -dijo el capitán-, es la más pequeña prueba que puedo dar de mi adhesión a
vuestra excelencia.
Dichas estas palabras, tomando la antorcha encendida de las ma nos del pastor, marchó delante de sus
huéspedes, no como un criado que ejecuta un acto de servidumbre, sino como un rey que precede a los
embajadores. Al llegar a la puerta se inclinó.
-Ahora, señor conde -dijo-, os renuevo mis protestas y espero que no me guardéis ningún resentimiento
por lo que acaba de suceder.
-No, mi querido Vampa. Por otra parte, enmendáis vuestros errores con tanta galantería, que casi uno se
ve tentado a agradecer el que los hayáis cometido.
-Señores -repuso el jefe, dirigiéndose a los dos jóvenes -, tal vez la oferta os presentará poco atractivo,
mas si algún día llegaseis a tener deseos de hacerme una nueva visita, estad seguros de que seréis bien
recibidos dondequiera que me encuentre.
Franz y Alberto saludaron. El conde salió el primero, Alberto en seguida, Franz quedó el último.
-¿Vuestra excelencia tiene algo que mandarme? -dijo Vampa sonriendo.
-Sí -contestó Franz-, deseo, quiero decir, tengo curiosidad por saber qué obra era la que leíais con tanta
atención cuando hemos lle gado.
-Los Comentarios de César -dijo el bandido-, es mi libro predilecto.
-¡Qué hacéis! -preguntó Alberto-. ¿Nos seguís a os quedáis?
-Al momento, heme aquí -contestó Franz.
Y salió a su vez del pasadizo. Habrían andado ya algunos pasos, cuando Alberto les detuvo para volver
atrás.
-¿Me permitís, capitán?
Y encendió tranquilamente un cigarro en la antorcha de Luigi Vampa.
-Ahora, señor conde -dijo, así que hubo concluido-, apresurémonos cuanto sea posible, porque deseo
con viva impaciencia terminar la noche en casa del duque Bracciano.
Hallaron el coche en el punto en que lo dejaron. El conde dijo una sola palabra en árabe a Alí y los
caballos partieron a escape. Marcaba las dos en punto el reloj de Alberto cuando los dos amigos entraban
en el salón de baile. Su regreso llamó altamente la atención, mas como entraron juntos, todas las
inquietudes que la ausencia de Alberto motivara, cesaron en seguida.
-Señora -dijo Morcef dirigiéndose a la condesa-, ayer tuvisteis la bondad de prometerme un galop;
cierto es que vengo algo tarde a reclamaros tan satisfactoria promesa, pero aquí está mi amigo,
cuya veracidad conocéis, que os dirá que la tardanza no ha sido por culpa mía.
Y como en este instante la música preludiaba un galop, Alberto ciñó con su brazo el talle de la condesa y
desapareció con ella entre el torbellino de danzantes.
En todo el resto de la noche, Franz no pudo apartar de su imaginación el singular estremecimiento que
recorrió todo el cuerpo del conde de Montecristo en el instante en que se vio precisado a estrechar la
mano que Alberto le tendiera.
Capítulo dieciséis
La cita
Al día siguiente, las primeras palabras que pronunció Alberto fueron para proponer a Franz el ir a visitar
al conde. Ya le había dado las gracias la víspera, pero creía que por un servicio como aquél valía la pena
repetírselas. Franz, a quien una atracción mezclada de terror le atraía hacia el conde de Montecristo, no
quiso dejarle ir solo a casa de aquel hombre y decidió acomp añarle. Ambos fueron introducidos y cinco
minutos después se presentó el conde.
-Señor conde -le dijo Alberto-, permitidme que os repita hoy lo que ayer os expresé mal, y es que no
olvidaré jamás en qué circunstancia me habéis socorrido, y que siempre recordaré que os debo casi mi
vida.
-Querido vecino -respondió el conde riendo-, exageráis vuestro agradecimiento. Me debéis una pequeña
economía de unos veinte mil francos en vuestra cartera de viaje, y nada más. Bien veis que no merece la
pena volver a hablar de ello, y por mi parte os felicito cordialmente, pues habéis estado admirable en
valor y en sangre fría.
-¡Qué queréis, conde! -dijo Alberto-, me he figurado que había tenido una disputa, que a ella había
seguido un duelo, y he querido hacer comprender una cosa a esos bandidos, que aunque en todos los
países del mundo se baten, sólo los franceses se baten riendo. Sin embargo, como mi agradecimiento para
con vos no es menos grande, vengo a preguntaros si yo, mis amigos o mis conocidos os podrían ser útiles
en algo. Mi padre, el conde de Morcef, que es de origen español, ocupa una elevada posición en Francia y
en España; vengo, pues, a ponerme yo y las personas que me aprecian, a vuestra disposición.
-Para que os deis cuenta de hasta qué punto llega mi franqueza -dijo el conde-, os confieso, señor de
Morcef, que esperaba vuestra oferta y la acepto de todo corazón. Ya había yo contado con vos para
pediros un servicio.
-¿Cuál?
-Jamás he estado en París.
-¡Cómo! -exclamó Alberto-, ¿habéis podido vivir sin ver París? Pareceincreíble.
-Y, sin embargo, ya veis que no lo es. Pero reconozco como vos que continuar por más tiempo en la
ignorancia de la capital del mundo inteligente es cosa imposible. Aún hay más; tal vez hubiera hecho ese
indispensable viaje hace tiempo, si hubiese conocido a alguno que pudiera introducirme en ese mundo, en
el que no tengo relación nin guna.
-¡Oh! ¡Un hombre como vos! -exclamó Alberto.
-Me halagáis demasiado, pero como yo no conozco en mí mismo otro mérito que el de poder competir,
en cuanto a millones, con vuestros más ricos banqueros, y puesto que mi viaje a París no es para jugar a la
bolsa, quiere decir que esto es lo único que me ha detenido. Ahora me decide vuestra oferta. Veamos: ¿os
comprometéis, mi querido señor de Morcef -y el conde acompañó estas palabras con una sonrisa
singular-, os comprometéis cuando vaya a Francia, a abrirme las puertas de ese mundo, al que seré tan
extraño como un hurón o conchinchino?
-¡Oh!, por lo que a eso se refiere, señor conde, con sumo gusto me tendréis a vuestras órdenes
-respondió Alberto-, y tanto más, cuanto que por una carta que esta misma mañana he recibido, se me
llama a París, donde se trata de una alianza con una de las familias de más prestigio y de mejores
relaciones en el mundo parisiense.
-¿Alianza por casamiento? -dijo Franz, riendo.
-¿Y por qué no? Así, pues, cuando vayáis a París, me hallaréis convertido en un hombre de juicio, un
padre de familia. ¿No se hallará esta nueva posición social en armonía con mi natural gravedad? En todo
caso, conde, os lo repito, yo y los míos estamos a vuestra disposición.
-Acepto -dijo Montecristo-, porque os juro que sólo me faltaba esta ocasión para realizar ciertos planes
que proyecto hace mucho tiempo.
Franz no dudó que estos proyectos serían los mismos acerca de los cuales el conde había dejado
escapar una palabra en la gruta de Monte-
Cristo, y miró al conde mientras decía estas palabras, tratando de leer en sus facciones alguna
revelación de aquellos planes que le conducían a París, pero era muy difícil penetrar en el alma de aquel
hombre, sobre todo cuando encubría con una sonrisa sus sensaciones.
-Pero seamos francos, conde -dijo Alberto, cuyo amor propio no dejaba de sentirse halagado con la
misión de introducir a MonteCristo en los salones de París -, seamos francos. ¿Es acaso lo que decís sólo
uno de esos proyectos que, edificados sobre arena, son destruidos por el primer soplo de viento?
-No, os lo aseguro -dijo el conde-; deseo ir a París, y no sólo lo deseo, sino que hasta es indispensable
que vaya.
-¿Y cuándo?
-¿Cuándo estaréis allí vos?
-¡Yo! Dentro de quince días o tres semanas a más tardar, sólo el tiempo para llegar allá.
-¡Pues bien! -dijo el conde-. Os doy de término tres meses. Bien veis que no ando indeciso en señalaros
el plazo que debe mediar hasta nuestra próxima entrevista.
-Y dentro de tres meses -exclamó Alberto lleno de gozo-, ¿iréis a llamar a mi puerta?
-¿Queréis mejor una cita de día y hora? -dijo el conde-. Os prevengo que soy muy exacto.
-Perfectamente -respondió Alberto.
-¡Pues bien, sea!
Y tendió la mano hacia un calendario colgado junto a un espejo.
-Hoy estamos a 21 de febrero; son las diez y media de la mañana -dijo sacando el reloj-. ¿Queréis
esperarme el 21 de mayo próximo a las diez y media de la mañana?
-Sí, sí -exclamó Alberto-; el almuerzo estará preparado.
-¿Dónde vivís?
-Calle de Helder, número 27.
-¿Vivís en vuestra casa... solo? ¿Tendré que incomodar a alguien?
-Vivo en el palacio de mi padre, pero en un pabellón en el fondo del patio, enteramente separado del
resto de la casa.
-Bien.
Montecristo sacó su cartera y escribió: «Calle Helder, número 27 - 21 de mayo, a las diez y media de la
mañana.»
-Y ahora -dijo el conde, guardando su cartera en el bolsillo-, perded cuidado, porque os advierto que la
aguja de vuestro reloj no será más exacta que la del mío.
-¿Os volveré a ver antes de mi partida? -preguntó Alberto.
-Depende, ¿cuándo partís?
-Mañana, a las cinco de la tarde.
-En ese caso me despido de vos. Porque tengo que irme a Nápoles y no estaré aquí de vuelta hasta el
sábado por la noche o el domingo por la mañana. Y vos -preguntó el conde a Franz-, ¿partís también,
señor barón?
-Sí.
-¿Para Francia?
-No, por Venecia. Me quedo todavía un año o dos en Italia.
-¿Entonces, no nos veremos en París?
-Temo que no podré tener ese honor.
-Vamos, señores, buen viaje -dijo el conde a los dos amigos, presentándoles una mano a cada uno.
Era la primera vez que Franz tocaba la mano de aquel hombre, y al hacerlo se estremeció, porque
aquella mano estaba helada como la de un muerto.
-Por última vez -dijo Alberto-, queda dicho bajo palabra de honor, ¿no es verdad? Calle de Helder,
número 27, el día 21 de mayo, a las diez y media de la mañana.
-El 21 de mayo, a las diez y media de la mañana, calle de Helder, número 27 -respondió Montecristo.
Después de esto, los dos jóvenes saludaron al conde y salieron.
-¿Qué os ocurre? -dijo Alberto a Franz al entrar en su cuarto-, parecéis disgustado.
-Sí -dijo Franz-, os lo confieso, el conde es un hombre singular y me causa inquietud esa cita que os ha
dado en París.
-Esa cita... ¡con inquietud!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, estáis loco, mi querido Franz -exclamó Alberto.
-¡Qué queréis! -dijo Franz-,loco o no, tal es mi idea.
-Escuchad -dijo Alberto-, y me alegro que se presente ocasión de decíroslo, siempre os he encontrado
muy frío, con relación al conde, quien por su parte no puede haber estado más fino y expresivo para con
nosotros. ¿Tenéis algún motivo particular de resentimiento contra él?
-Quizás.
-¿Le habéis visto ya en alguna parte antes de encontrarle aquí?
-Sí.
-¿Dónde?
-¿Me prometéis no decir una palabra a nadie de lo que voy a contaros?
-Prometido.
-Está bien. Escuchad, pues.
Y entonces Franz contó a Alberto su excursión a la isla de Montecristo, cómo había encontrado allí una
tripulación de contrabandistas, y entre ellos dos bandidos corsos. Contó la hospitalidad mágica que el
conde le dio en su gruta de las mil y una noches; habló de la cena, no pasó por alto el hachís, las estatuas,
la realidad y el sueño. Le dijo que al despertar, por única prueba de tan extraños acontecimientos, ya no
quedaba más que aquel pequeño yate, en alta mar, muy lejos, envuelto entre la niebla que se desprende
del horizonte y encami nándose a toda vela a Porto-Vecchio. Habló luego de Roma, de la nothe del
Coliseo, de la conversación que había oído entre él y Vampa, conversación relativa a Pepino, y en la cual
el conde había prometido obtener el perdón del bandido, promesa que tan bien había cumplido, como
habrán podido juzgar nuestros lectores.
Al fin llegó a la aventura de la noche precedente, al apuro en que se había encontrado al ver que le
faltaban para completar la suma seis a ochocientas piastras, en fin, a la idea que le ocurriera de dirigirse al
conde, idea que había tenido a la vez un resultado tan novelesco y tan satisfactorio.
Alberto escuchó a Franz con la más profunda atención.
-¡Y bien! -le dijo cuando hubo concluido-. ¿Qué encontráis en todo eso de particular? El conde es
viajero, el conde tiene un buque suyo, porque es rico. Id a Portsmouth y a Southampton, veréis los puertos
atestados de yates pertenecientes a ricos ingleses que tienen el mismo capricho. Para saber dónde
hospedarse en sus excursiones, para no probar nada de esa espantosa cocina, a que estoy sujeto yo hace
cuatro meses y vos cuatro años, para no dormir en esas detestables camas donde no puede uno cerrar los
ojos, hace amueblar una habitación en Montecristo; cuando su habitación está amueblada teme que el
gobierno toscano le despida y sus gastos sean perdidos; entonces compra la isla y toma el nombre de ella.
Amigo mío, buscad en vuestra memoria, y decidme, ¿cuántas personas conocidas de nosotros toman el
nombre de una propiedad que jamás fue suya?
-¿Pero -dijo Franz a Alberto-, esos bandidos corsos que se hallan entre su tripulación...?
-Vuelvo a preguntaros, ¿qué veis en todo eso de particular? Sabéis mejor que nadie que los bandidos
corsos no son ladrones, sino pura y sencillamente fugitivos a quienes alguna vendetta ha proscrito de su
ciudad o de su aldea; bien puede uno verlos sin comprometerse. En cuanto a mí, os aseguro que si alguna
vez voy a Córcega, antes de hacerme presentar al gobernador y al prefecto, me hago presentar a los
bandidos de Colomba, por lo que pueda suceder; simpatizo mucho con ellos.
-Pero Vamp a y su banda -dijo Franz- son bandidos que detienen para robar, no lo negaréis, ya que
tenemos muchas pruebas de ello; ¿qué diréis, pues, de la influencia que ejerce el conde sobre semejantes
hombres?
-Diré, querido, que, como según toda probabilidad, debe la vida a esa influencia no debo juzgarla con
rigidez. Así, pues, en lugar de acusarle como vos, de un crimen capital, deberé excusarle, si no por
haberme salvado la vida, lo cual es exagerar mucho las cosas, por haberme al menos ahorrado cuatro mil
piastras, que son veinticuatro mil de nuestra moneda, suma en la que seguramente no me hubieran
estimado en Francia, lo cual demuestra -añadió Alberto- que nadie es profeta en su tierra.
-A propósito, decidme, ¿de qué país es el conde? ¿Cuáles son sus medios de existencia? ¿De dónde le
ha venido esa inmensa fortuna? ¿Cuál ha sido esa primera parte de su vida misteriosa y desconocida?
¿Quién ha esparcido en la segunda esa tinta sombría y misantrópica? Eso es lo que quisiera saber.
-Querido Franz -dijo Alberto-, al recibir mi carta y ver que teníamos necesidad de la influencia del
conde, habéis ido a decirle: «Alberto de Morcef, mi amigo, corre un gran peligro, ayudadme a sacarle de
él», ¿no es verdad?
-Sí.
-Entonces os preguntó: ¿Quién es ese Alberto de Morcef? ¿De dónde le viene ese nombre, su fortuna?
¿Cuáles son sus medios de existencia? ¿Cuál es su país? ¿Dónde ha nacido? ¿Os ha preguntado todo eso?
Decid.
-No; es cierto.
-Fue y me libró de las manos de Vampa, donde a pesar de mi apariencia desenvuelta, como decís, hacía
una triste figura, lo confieso. Pues bien, querido, cuando a cambio de semejante servicio, me pide que
hags por él lo que se hace todos los días por el príncipe ruso o italiano que pass por París, es decir,
presentarlo en sociedad, ¿queréis que se lo rehúse? ¡Vamos, Franz, estáis loco!
Preciso es decir que, contra su costumbre, la razón estaba entonces de parte de Alberto.
-En fin -repuso Franz dando un suspiro-, haced lo que os plazca, querido vizconde; todo cuanto me
estáis diciendo es muy convincente, pero no por eso dejo de creer que el conde de Montecristo es un
hombre extraño.
-El conde de Montecristo es un filántropo, ¿no os ha dicho qué objeto le guiaba a París?, pues estoy
convencido de que va para concurrir al premio Montyon, y si sólo necesita mi voto para obtenerlo, se lo
daré. De modo que, mi querido Franz, no hablemos de esto,
sentémonos a la mesa, y vamos en seguida a hacer la última visita a San Pedro.
Así lo hicieron, y al día siguiente, a las cinco de la tarde, los dos jóvenes se separaban. Alberto de
Morcef para volver a París, y Franz d'Epinay para ir a pasar unos quince días en Venecia.
Sin embargo, pocos momentos antes de subir al carruaje, Alberto entregó al mozo de la fonda -tanto
temía que su convidado faltase a la cita- una tarjeta para el conde de Montecristo, en la cual, bajo estas
palabras: «Vizconde Alberto de Morcef », había escrito con lápiz: «21 de mayo, a las diez y media de la
mañana, número 27, calle de Helder. »
Capítulo diecisiete
Los invitados
En la casa de la calle de Helder, donde Alberto de Morcef había citado en Roma al conde de
Montecristo, todo se preparaba para hacer honor a la palabra del joven.
Alberto de Morcef ocupaba un pabellón situado en el ángulo de un gran patio y frente a otro edificio,
dos ventanas daban a la calle, las otras tres al patio y otras dos al jardín.
Entre el patio y el jardín se elevaba, construida con el mal gusto de la arquitectura imperial, la
habitación vasta y cómoda del conde y la condesa de Morcef.
Toda la propiedad estaba rodeada por una gran pared con pilastras, y en ellas jarrones de flores,
interrumpida en su centro por una gran reja dorada que servía para las entradas que requerían aparato; una
puerta pequeña, casi pegada al cuarto del portero, daba paso a los que entraban y salían a pie.
En esta elección del pabellón destinado a la habitación de Alberto adivinábase la delicada prevención
de una madre que, sin querer separarse de su hijo, había comprendido al mismo tiempo que un joven de la
edad del vizconde necesitaba de toda su libertad. Conocíase también por otro lado, preciso es decirlo, el
inteligente egoísmo del joven, amante de la vida libre y ociosa, de los hijos de familia.
Por las ventanas que daban a la calle podía hacer sus reconocimientos. Las vistas al exterior son tan
necesarias a los jóvenes, que quieren siempre ver al mundo atravesar por su horizonte, aunque este
horizonte no sea más que la calle. Hecho un reconocimiento, si me recía examen más profundo para
entregarse 'a sus pesquisas, podía salir por una puertecita situada frente a la que hemos mencionado, junto
al cuarto del portero, y que merece una descripción particular.
Era una puertecita, al parecer olvidada de todo el mundo desde que se hizo la casa y que cualquiera
supondría condenada para siempre, ¡tan sucia y cubierta de polvo estaba!, pero cuya cerradura y goznes,
cuidadosamente untados en aceite, anunciaban una práctica misteriosa y continua. Esta puertecita, como
hemos dicho, hacía juego con otras dos y se burlaba del portero, abriéndose como la famosa puerta de la
caverna de las Mil y una noches, como el Sésamo encantado de Alí-Babá, por medio de algunas palabras
cabalísticas o de algunos golpecitos convenidos, pronunciadas por una dulce voz o dados por los dedos
más lindos del mundo.
A1 extremo de un corredor largo y pacífico, con el cual comunicaba esta puerta, y que hacía las veces
de antesala, estaban a la derecha el comedor, que daba al patio, y a la izquierda el saloncito que daba al
jardín. Plantas de enredaderas que crecían delante de la ventana, ocultaban al patio y al jardín el interior
de estas dos piezas, únicas en el piso bajo donde pudiesen penetrar las miradas indiscretas.
En el principal, en vez de dos, las piezas eran tres: un salón, una alcoba y un gabinete.
El gabinete del principal estaba al lado de la alcoba, y por una puerta invisible comunicaba con la
escalera. Como vemos, estaban bien tomadas todas las medidas de precaución.
Encima de este piso principal había un vasto taller que ampliaron echando abajo los tabiques,
pandemonio en que el artista disputaba al dandy. Allí se refugiaban y confundían todos los caprichos
sucesivos de Alberto; los cuernos de caza, las flautas, los violines, una orquesta completa, pues Alberto
había tenido por un instante, no la afición, sino el capricho de la música; los caballetes, los pasteles, ya
que al capricho de la música había seguido el de la pintura; en fin, los floretes, los guantes del pugilato,
las espadas y los bastones de todas clases, porque siguiendo las tradiciones de los jóvenes a la moda de la
época a que hemos llegado, Alberto de Morcef cultivaba con una perseverancia infinitamente superior a
la que había tenido con la pintura y la música, las tres artes que completan la educación leonina: la
esgrima, el pugilato y el palo, y recibía sucesivamente en esta pieza destinada a todos los ejercicios
corporales, a Grisier, Coolas y Carlos Lecour.
Los otros muebles de esta pieza privilegiada eran antiguos cofres y mesas del tiempo de Francisco I,
chineros llenos de porcelana, de
vasos del Japón, jarrones de Lucca de la Robbia y platos de Bernard y de Palissy, antiguos sillones
donde quizá se habrían sentado Enrique IV, Luis XIII o Richelieu, porque dos de ellos con un escudo
esculpido, donde brillaban sobre el azul las tres flores de lis de Francia, encima de las cuales había una
corona real, forzosamente habían salido de los guardamuebles del Louvre, o de algún palacio real. Sobre
estos sillones, de fondos sombríos y severos, estaban esparcidas en profusión ricas telas de vivos colores,
teñidas al sol de Persia, o hechas por las mujeres de Calcuta y de Chandernagor. Se ignora lo que hacían
allí estas telas; esperaban sin duda, recreando la vista, un destino desconocido a su propietario, y mientras
la estancia con sus sedosos y dorados reflejos.
En lugar preferente se elevaba un piano, construido por Roller y Blanchet, de madera de rosa, que
contenía una orquesta en su estrecha y sonora cavidad, y que gemía bajo las obras de Beethoven, de
Weber, de Mozart, Haydn, Gretry y Porpora.
Además, en la pared, en el techo, en las puertas, había suspendidos puñales, espadas, lanzas, corazas,
hachas, armaduras completas damasquinadas, pájaros disecados abriendo para un vuelo inmóvil sus alas
color de fuego y su pico que jamás se cerraba.
Faltaba decir que esta pieza era la predilecta de Alberto de Morcef.
Sin embargo, el día de la cita, el joven, vestido de media toilette, había establecido su cuartel en el
saloncito del piso bajo. Allí, sobre una mesa, había todos los excelentes tabacos conocidos, desde el de
Petersburgo hasta el negro de Sinaí. Al lado de éstos, en cajas de maderas odoríferas, estaban dispuestos
por orden de tamaños y de calidad los puros, los de regalía, los habanos, y los manileños. En fin, en un
armario abierto, una colección de pipas alemanas, con boquillas de ámbar, adornadas de coral, a
incrustadas de oro, con largos tubos de tafilete arrollados como serpientes, aguardaban el capricho o la
simpatía de los fumadores. Alberto había presidido el arreglo o más bien el desorden simétrico que gustan
tanto de contemplar después del café los convidados de un almuerzo moderno, al través del vapor que se
escapa de su boca, y que sube hasta el techo en largas y caprichosas volutas.
A las diez menos cuarto entró un criado.
Venía con un pequeño groom de quince años, que no hablaba más que inglés, y que respondía al
nombre de Juan.
El criado, que se llamaba Germán, y que gozaba de la entera confianza de su joven amo, llevaba en la
mano unos periódicos, que depositó sobre la mesa, y un paquete de cartas que entregó a Alberto.
Alberto echó una mirada distraída sobre estos diferentes objetos, tomó dos cartas de papel satinado y
perfumado, las abrió y leyó con cierta atención.
-¿Como han venido estas cartas? -inquirió.
-La una por el correo, la otra la ha traído el criado de madame Danglars.
-Decid a madame Danglars que acepto el lugar que me ofrece en su palco... Esperad..., a eso de
mediodía pasaréis a casa de Rosa, le diréis que iré, como me ha invitado, a cenar con ella al salir de la
ópera, y le llevaréis seis botellas de vinos de Chipre, de Jerez, de Málaga, y un barril de ostras de
Ostende... compradlas en casa de Borrel, y sobre todo, decid que son para mí.
-¿A qué hora queréis ser servido?
-¿Qué hora es?
-Las diez menos cuarto.
-Entonces, servidnos para las diez y media en punto. Debray tendrá que ir a su ministerio... Y por otra
parte... -Alberto miró a su cartera-. Sí, ésa es la hora que indiqué al conde; el 21 de mayo, a las diez y
media de la mañana, y aunque no cuente con su promesa, quiero ser puntual. A propósito, ¿sabéis si se ha
levantado la señora condesa?
-Si quiere el señor vizconde, puedo informarme.
-Sí, sí; le pediréis una de sus cajas de licores, la mía está incompleta, y le diréis que tendré el honor de
pasar a su cuarto a eso de las tres, y que le pido permiso para presentarle una persona.
El criado salió. Alberto se echó en un diván, rasgó la faja de dos o tres periódicos, miró los teatros, hizo
un gesto al ver que representaban una ópera y no un ballet, buscó en vano en los anuncios de perfumería
cierta agua para los dientes de que le habían hablado, y tiró uno tras otro, los periódicos, murmurando en
medio de un prolongado bostezo:
-Realmente estos periódicos están cada vez más insípidos.
En este momento un carruaje ligero se detuvo delante de la puerta, y un instante después el criado entró
para anunciar al señor Luciano Debray.
Un joven alto, rubio, de ojos grises y mirada penetrante, de labios delgados y pálidos, con un frac azul
con botones de oro, corbata blanca, lente de concha, suspendido al cuello por una cinta de seda negra, y
que por un esfuerzo del músculo superciliar lanzaba miradas profundas y fijas, entró sin sonreír, sin
hablar, y con un aire medio oficial.
-Buenos días, Luciano -dijo Alberto-. ¡Ah!, me asombra vuestra puntualidad! ¿Qué digo? ¡Puntualidad!
¡Yo que os esperaba el
último, y llegáis a las diez menos cinco minutos, cuando la cita era a las diez y media! ¡Esto es
milagroso! ¿Ha caído el ministerio?
-No, querido -repuso el joven incrustándose en el diván-, tranquilizaos. Vacilamos siempre, pero nunca
caemos, y empiezo a creer que pasamos buenamente a la inamovilidad, sin contar con que los asuntos de
la Península nos van a consolidar completamente.
-¡Ah!, sí, es verdad; arrojáis de España a don Carlos.
-No, querido, no nos confundamos, le traemos del otro lado de la frontera de Francia, y le ofrecemos
una hospitalidad real en Bourges.
-¿En Bourges?
-Sí; no tendrá motivos de queja, ¡qué demonio! Bourges es la capital de Carlos VII. ¿Cómo es que no
sabíais esto? Todo el mundo lo sabe desde ayer en París, y anteayer la cosa marchaba bien en la bolsa,
porque el señor Danglars, no sé cómo se entera ese hombre de las noticias al mismo tiempo que nosotros,
jugó a la alza y ha ganado un millón.
-Y vos una nueva cinta, según parece.
-¡Psch!, me han enviado la placa de Carlos III -respondió sencillamente Debray.
-Vamos, no os hagáis el indiferente y confesad que la noticia os habrá complacido.
-Sí; a fe mía, una placa siempre cae bien sobre un frac negro abotonado, es elegante.
-Y -dijo Morcef, sonriendo -se tiene el aire de un príncipe de Gales o de un duque de Reichstadt.
-Por eso me veis tan de mañana, querido.
-¿Porque tenéis la placa de Carlos III y queríais anunciarme esta buena noticia?
-No; porque he pasado la noche redactando veinticinco despachos diplomáticos. De vuelta a mi casa
quise dormir, pero me dio un fuerte dolor de cabeza y me levanté para montar una hora a caballo. En
Boulogne me avisaron de tal modo el hambre y el aburrimiento, que me acordé que hoy dabais un
almuerzo, y aquí me tenéis; tengo hambre, dadme de comer; me fastidio, distraedme.
-Ese es mi deber de anfitrión, querido amigo -dijo Alberto llamando al criado, mientras Luciano hacía
saltar los periódicos con el extremo de su bastón de puño de oro incrustado de turquesas -. Germán, jerez y
bizcochos. Entretanto, querido Luciano, aquí tenéis cigarros de contrabando, os invito a que los probéis, y
también podréis decir a vuestro ministro que nos venda como éstos en lugar de esa especie de hojas de
nogal que condena a fumar a los buenos ciudadanos.
-¡Diablo! Yo me guardaría muy bien de hacerlo. Desde el momento en que os viniesen del gobierno os
parecerían detestables. Por lo demás, eso no corresponde al Interior, sino a Hacienda; dirigíos a míster
Human, corredor A., número 26.
-En verdad -dijo Alberto-, me asombráis con la profusión de vuestros conocimientos. ¡Pero tomad un
cigarro!
-¡Ah, querido vizconde! -dijo Luciano encendiendo un habano en una bujía de color de rosa que ardía
en un candelero sobredorado y recostándose en el diván-. ¡Ah!, querido vizconde! ¡Qué feliz sois en no
tener nada que hacer! En verdad, no conocéis vuestra felicidad.
-¿Y qué es lo que haríais, mi querido pacificador de reinos -repuso Morcef con ligera ironía-, si no
hicieseis nada? ¡Cómo! Secre tario particular de un ministro, lanzado a la vez en el mundo europeo y en
las intrigas de París, teniendo reyes, y mucho mejor aún, reinas que proteger, partidos que reunir,
elecciones que dirigir, haciendo con vuestra pluma y vuestro telégrafo, desde vuestro gabinete, más que
Napoleón en sus campos de batalla con su espada y sus victorias, poseyendo veinticinco mil libras de
renta, un caballo por el que ChateauRenaud os ha ofrecido cuatrocientos luises, un sastre que no os falta
en un pantalón, teniendo asiento en la Opera, Jockey Club y el teatro de Variedades, ¿no halláis con todo
eso con qué distraeros? Pues bien, yo os distraeré.
-¿Cómo?
-Haciendo que conozcáis a una persona.
-¿Hombre o mujer?
-Hombre.
-¡Ya conozco demasiados!
-¡Pero no conocéis al hombre de que os hablo!
-¿De dónde viene? ¿Del otro extremo del mundo?
-De más lejos tal vez.
-¡Diablo! Espero que no se lleve nuestro almuerzo.
-No, nuestro almuerzo está seguro. ¿Pero tenéis hambre?
-Sí; lo confieso, por humillante que sea el decirlo. Pero ayer he comido en casa del señor de Villefort, y
¿lo habéis notado?, se come bastante mal en casa de todos esos magistrados; cualquiera diría que tienen
remordimientos.
-¡Ah, diantre!, despreciad las comidas de los demás; en cambio se come bien en casa de vuestros
ministros.
-Sí; pero no convidamos a ciertas personas al menos, y si no nos viésemos precisados a hacer los
honores de nuestra mesa a algunos infelices que piensan, y sobre todo que votan bien, nos guardaríamos
como de la peste de comer en nuestra casa, debéis creerlo.
-Entonces, querido, tomad otro vaso de Jerez y otro bizcocho.
-Con muchísimo gusto, pues vuestro vino de España es excelente, bien veis que hemos hecho bien eñ
pacificar ese país.
-Sí, pero ¿y don Carlos?
-Don Carlos beberá vino de Burdeos, y dentro de diez años casaremos a su hijo con la reinecita.
-Lo cual os valdrá el Toisón de Oro, si aún estáis en el ministerio.
-Creo, Alberto, que esta mañana habéis adoptado por sistema alimentarme con humo.
-Y eso es lo que divierte el estómago, convenid en ello; pero justamente oigo la voz de Beauchamp en
la antesala; discutiréis con él y esto calmará vuestra impaciencia.
-¿Sobre qué?
-Sobre los periódicos.
-¡Qué! ¿Acaso leo yo los periódicos? -dijo Luciano con un desprecio soberano.
-Razón de más. Discutiréis mejor.
-¡Señor Beauchamp! -anunció el criado.
-¡Entrad!, entrad, ¡pluma terrible! -dijo Alberto saliendo al encuentro del joven-, mirad, aquí tenéis a
Debray, que os detesta sin leeros; al menos, según él dice.
-Es cierto -dijo Beauchamp -, lo mismo que yo le critico sin saber lo que hace. Buenos días,
comendador.
-¡Ah!, lo sabéis ya -dijo el secretario particular cambiando con el periodista un apretón de mano y una
sonrisa.
-¡Diantre! -replicó Beauchamp.
-¿Y qué se dice en el mundo?
-¿A qué mundo os referís? Tenemos muchos mundos en el año de gracia de 1838.
-En el mundo crítico-político de que formáis parte.
-¡Oh!, se dice que es una cosa muy justa, y que sembráis bastante rojo para que nazca un pozo de azul.
-Vamos, vamos, no va mal -dijo Luciano-. ¿Por qué no sois de los nuestros, querido Beauchamp? Con
el talento que tenéis, en tres o cuatro años haríais fortuna.
-Sólo espero una cosa para seguir vuestros consejos. Un minis terio que esté asegurado por seis meses.
Ahora, una sola palabra, mi querido Alberto, porque es preciso que deje respirar a ese pobre Luciano.
¿Almorzamos o comemos? Tengo mucho trabajo. No es todo rosas, como decís, en nuestro oficio.
-Se almorzará, ya no esperamos más que a dos personas, y nos sentaremos a la mesa en cuanto hayan
llegado -dijo Alberto.
TERCERA PARTE
EXTRAÑAS COINCIDENCIAS
Capítulo primero
El almuerzo
-¿Qué clase de personas esperáis? -repuso Beauchamp.
-Un hidalgo y un diplomático -repuso Alberto.
-Pues entonces esperaremos dos horas cortas al hidalgo y dos horas largas al diplomático. Volveré a los
postres. Guardadme fresas, café y cigarros, comeré una tortilla en la Cámara.
-No hagáis eso, Beauchamp, pues aunque el hidalgo fuese un Montmorency y el diplomático un
Metternich, almorzaremos a las once en punto. Mientras tanto, haced lo que Debray: probad mi Jerez y
mis bizcochos.
-Está bien, me quedo. En algo hemos de pasar la mañana.
-Bien, lo mismo que Debray. Sin embargo, yo creo que cuando el ministerio está triste, la oposición
debe estar alegre.
-¡Ah! No sabéis lo que me espera. Esta mañana oiré un discurso del señor Danglars en la Cámara de los
Diputados y esta noche, en casa de su mujer, una tragedia de un par de Francia. Llévese el diablo al
gobierno constitucional y puesto que podíamos elegir, no sé cómo hemos elegido éste.
-Me hago cargo, tenéis necesidad de hacer acopio de alegría.
-No habléis mal de los discursos del señor Danglars -dijo De bray-, vota por vos y hace la oposición.
-Ahí está el mal. Así, pues, espero que le enviéis a discurrir al Luxemburgo para reírme de mejor gana.
-Amigo mío -dijo Alberto a Beauchamp -, bien se conoce que los asuntos de España se han arreglado.
Estáis hoy con un humor in sufrible. Acordaos de que la Crónica parisiense habla de un casamiento entre
la señorita Eugenia Danglars y yo. No puedo, pues, en conciencia, dejaros hablar mal de la elocuencia de
un hombre que deberá decirme un día: < Señor vizconde, ¿sabéis que doy dos millones a mi h ija? »
-Creo ---dijo Beauchamp - que ese casamiento no se efectuará. El rey ha podido hacerle barón, podrá
hacerle par, pero no lo hará caballero, el conde de Morcef es un valiente demasiado aristocrático para
consentir, mediante dos pobres millones, en una baja alianza. El vizconde de Morcef no debe casarse sino
con una marquesa.
-Dos millones... no dejan de ser una bonita suma -repuso Morcef.
-Es el capital social de un teatro de boulevard o del ferrocarril del Jardín Botánico en la Rapée.
-Dejadle hablar, Morcef -repuso Debray- y casaos. Es lo me jor que podéis hacer.
-Sí, sí, creo que tenéis razón, Luciano -respondió tristemente Alberto.
-Y además, todo millonario es noble como un bastardo, es decir, puede llegar a serlo.
-¡Callad! No digáis eso, Debray -replicó Beauchamp riendo-, porque ahí tenéis a Chateau Renaud, que,
para curaros de vuestra manía, os introducirá por el cuerpo la espada de Renaud de Montauban,su
antepasado.
-Haría mal -respondió Luciano-, porque yo soy villano, y muy villano.
-¡Bueno! -exclamó Beauchamp -, aquí tenemos al ministerio cantando el Beranger; ¿dónde vamos a
parar, Dios mío?
-¡El señor de Chateau Renaud! ¡El señor Maximiliano Morrel! -dijo el criado, anunciando a dos nuevos
invitados.
-Ya estamos todos, mas si no me equivoco, ¿no esperaban más que dos personas?
-¡Morrel! -exclamó Alberto sorprendido-, ¡Morrel! ¿Quién será ese señor?
Pero antes de que hubiese terminado de hablar, el señor de Chateau Renaud estrechaba la mano a
Alberto.
-Permitidme, amigo mío -le dijo-, presentaros al señor capitán de spahis, Maximiliano Morrel, mi
amigo, y además mi salvador. Por otra parte, él se presenta bien por sí mismo; saludad a mi héroe, vizconde.
Y se retiró a un lado para descubrir a aquel joven alto y de noble continente, de frente ancha, mirada
penetrante, negros bigotes, a quien nuestros lectores recordarán haber visto en Marsella, en una
circunstancia demasiado dramática para haberla olvidado. En su rico uniforme medio francés, medio
oriental, hacía resaltar la cruz de la Legión de Honor.
El joven oficial se inclinó con elegancia; Morrel era elegante en todos sus movimientos, porque era
fuerte.
-Caballero -dijo Alberto con una política afectuosa-, el señor barón de Chateau Renaud sabía de
antemano el placer que me causaría al presentaros..Sois uno de sus amigos, caballero, sedlo, pues,
también nuestro.
-Muy bien -dijo el barón de Chateau Renaud-, y desead, mi querido vizconde, que si llega el caso, haga
por vos lo que ha hecho por mí.
-¿Y qué ha hecho? -inquirió Alberto.
__¡Oh! --dijo Morrel-, no vale la pena hablar de ello, y el señor exagera las cosas.
-¡Cómo! ¡Que no vale la pena! ¡Conque la vida no vale nada... ! Bueno, que digáis eso por vos, que
exponéis vuestra vida todos los días, pero por mí, que la expongo por casualidad...
-Lo más claro que veo en esto es que el señor capitán Morrel os ha salvado la vida...
-Sí, señor; eso es -dijo Chateau Renaud.
-¿Y en qué ocasión? -preguntó Beauchamp.
-¡Beauchamp, amigo mío, habéis de saber que me muero de hambre! --dijo Debray-, no empecéis con
vuestras historias.
-¡Pues bien!, yo no impido que vayamos a almorzar, yo... Chateau Renaud nos lo contará en la mesa.
-Señores -dijo Morcef-, todavía no son más que las diez y cuarto, aún tenemos que esperar a otro
convidado.
-¡Ah! , es verdad, un diplomático -replicó Debray.
-Un diplomático, o yo no sé lo que es. Lo que sé es que por mi cuenta le encargué de una embajada que
ha terminado tan bien y tan a mi satisfacción, que si fuese rey, le hubiese hecho al instante caballero de
todas mis órdenes, incluyendo las del Toisón de Oro y de la Jarretera.
-Entonces, puesto que no nos sentamos a la mesa -dijo De bray-, servios una botella de Jerez como
hemos hecho nosotros, y contadnos eso, barón.
-Ya sabéis todos que tuve el capricho de ir a Africa.
-Ese es un camino que os han trazado vuestros antecesores, mi querido Chateau Renaud -respondió con
galantería Morcef.
-Sí; pero dudo que fuese, como ellos, para libertar el sepulcro de Jesucristo.
-Tenéis razón, Beauchamp -repuso el joven aristócrata-; era sólo para dar un golpe, como aficionado. El
duelo me repugna, como sabéis, desde que dos testigos, a quienes yo había elegido para arreglar cierto
asunto, me obligaron a romper un brazo a uno de mis mejores amigos... ¡Diantre...!, a ese pobre Franz
d'Epinay, a quien todos conocéis.
-¡Ah!, sí, es verdad -dijo Debray-, os habéis batido en tiempo de... ¿de qué?
-¡Que el diablo me lleve si me acuerdo! -dijo Chateau Renaud-. De lo que me acuerdo bien es de que
no queriendo dejar dormir mi talento, quise probar en los árabes unas pistolas nuevas que me acababan de
regalar. De consiguiente, me embarqué para Orán, desde Orán fui a Constantina y llegué justamente para
ver levantar el sitio.
Me puse en retirada como los demás. Por espacio de cuarenta y ocho horas sufrí con bastante valor la
lluvia del día y la nieve de la noche, en fin, a la tercera mañana mi caballo se murió de frío. ¡Pobre
animal! ¡Acostumbrado a las mantas y a las estufas de la cuadra!, un caballo árabe que murió sólo al
encontrar diez grados de frío en Arabia.
-Por eso me queríais comprar mi caballo inglés --dijo Debray-, suponéis que sufrirá mejor el frío que
vuestro árabe.
-Estáis en un error, porque he hecho voto de no volver más al Africa.
-¿Conque tanto miedo pasasteis? -preguntó Beauchamp.
-¡Oh!, sí, lo confieso -respondió Chateau Renaud-, y había de qué tenerlo. Mi caballo había muerto, yo
me retiraba a pie, seis árabes vinieron a galope a cortarme la cabeza, maté a dos con los tiros de mi
escopeta, y otros dos con mis dos pitolas, pero aún quedaban dos y estaba desarmado. El uno me agarró
por los cabellos; por eso ahora los llevo cortos; nadie sabe lo que puede suceder; el otro me rodeó el
cuello con su yatagán. Y ya sentía el frío agudo del hierro, cuando el señor que veis aquí cargó sobre
ellos, mató al que me cogía de los cabellos de un pistoletazo y partió la cabeza al que se disponía a cortar
la mía, de un sablazo. Este caballero se había propuesto salvar a un hombre aquel día, y la casualidad
quiso que fuese yo. Cuando sea rico, mandaré hacer a Klayman o a Morocheti una estatua a la Casualidad.
-Sí -dijo sonriendo Morrel-,era el 5 de septiembre, es decir, el aniversario de un día en que mi padre fue
milagrosamente salvado; así, pues, siempre que esté en mi mano, celebro todos los años ese día con una
acción...
-Heroica, ¿no es verdad? -interrumpió Chateau Renaud-. En fin, yo fui el elegido, pero aún no es eso
todo. Después de salvarme del hierro me salvó del frío, dándome, no la mitad de su capa, como hizo San
Martín, sino dándomela entera, y después aplacó mi hambre partiendo conmigo, ¿no adivináis el qué...?
-¿Un pastel de casa de Félix? -preguntó Beauchamp.
-No; su caballo, del que cada cual comimos un pedazo con gran apetito, aunque era un poco duro...
-¿El caballo? -inquirió Morcef.
-No; el sacrificio -respondió Chateau Renaud-. Preguntad a Debray si sacrificaría el suyo inglés por un
extranjero.
-Por un extranjero, seguro que no -dijo Debray-; por un amigo, tal vez.
-Supuse que juzgaríais como yo -dijo Morrel-, por otra parte, ya he tenido el honor de decíroslo,
heroísmo o no, sacrificio o no, yo
debía una ofrenda a la mala fortuna, en premio a los favores que nos había dispensado otras veces la
buena.
-Esa historia a que se refiere el señor Morrel -continuó Chateau Renaud- es una curiosa historia que
algún día os relatará cuando hayáis trabado más íntimo conocimiento. Por hoy pensemos en alimentar el
estómago y. no la memoria. ¿A qué hora almorzáis, Alberto?
-Alas diez y media.
-¿En punto? -preguntó Debray sacando su reloj.
-¡Oh!, me concederéis los cinco minutos de gracia -dijo Morcef-, puesto que también yo estoy
esperando a un salvador.
-¿De quién?
-De mí, ¡qué diantre! -respondió Morcef-. ¿Creéis que a mí no me puedan salvar como a cualquier otro
y que sólo los árabes cortan la cabeza? Nuestro almuerzo es un almuerzo filantrópico, y tendremos en
nuestra mesa a dos bienhechores de la humanidad.
-¿Cómo lo haremos? -dijo Debray-; solamente tenemos un premio Montyon.
-¡Pues bien!, se le dará al que nada haya hecho -dijo Beauchamp-. De este modo, en la Academia
podrán salir del apuro.
-¿Y de dónde viene? -preguntó Debray-. Dispensad que insista, ya habéis respondido a esta pregunta,
pero muy vagamente.
-En realidad -dijo Alberto-, no lo sé. Cuando le invité hace tres meses, estaba en Roma; pero después,
¿quién puede saber dónde ha ido a parar?
-¿Y le creéis capaz de ser puntual? -preguntó Debray.
-Le creo capaz de todo -respondió Morcef.
-Cuidado, que ya no faltan más que diez minutos, contando los cinco de gracia.
-Pues bien, los aprovecharé para deciros unas palabras acerca de mi invitado.
-Perdonad --dijo Beauchamp -, ¿hay materia para un folletín en lo que vais a contar?
-Sí, seguramente -dijo Morcef-, y de los más curiosos.
-Entonces, ya podéis hablar.
-Estaba yo en Roma en el último Carnaval...
-Esto ya lo sabemos -dijo Beauchamp.
-Sí, pero lo que no sabéis es que fui raptado por unos bandidos.
-¡Pero si no hay bandidos! -dijo Debray.
-Sí que los hay, y capaces de asustar a cualquiera.
-Veamos, mi querido Alberto -dijo Debray-, confesad que vuestro cocinero se tarda mucho, que las
ostras aún no han llegado de Marennes o de Ostende, y que siguiendo el ejemplo de Maintenon, queréis
sustituir el plato por un cuento. Decidlo, querido, franqueza tenemos para perdonaros y paciencia para
escuchar vuestra historia, por fabulosa que parezca a primera vista.
-Y yo os digo que, por fabulosa que sea, os la cuento por verdadera desde el principio hasta el fin.
Habiéndome raptado los bandidos, me condujeron a un lugar muy triste, que se lla ma las Catacumbas de
San Sebastián.
-Ya conozco el sitio -dijo Chateau Renaud-; me faltó poco para coger allí la fiebre.
-Y yo -dijo Morcef- la tuve realmente. Me anunciaron que estaba prisionero y me pedían por mi rescate
una miseria, cuatro mil escudos romanos, veintiséis mil libras francesas. desgraciadamente no tenía más
que mil quinientas; me hallaba al fin de mi viaje y mi cré dito se había concluido. Escribí a Franz. ¡Y por
Dios!, aguardad, al mismo Franz podéis preguntarle si miento. Escribí a Franz que si no llegaba a las seis
de la mañana con los cuatro mil escudos, a las seis y diez minutos me habría ido a reunir con los
bienaventurados santos y los gloriosos mártires, en compañía de los cuales tendría el honor de
encontrarme, y Luigi Vampa, éste era el nombre del jefe de los bandidos, hubiera cumplido
escrupulosamente su palabra.
-¿Pero llegó Franz con los cuatro mil escudos? -dijo Chateau Renaud-. ¡Qué diantre!, ni Franz
d'Espinay ni Alberto de Morcef pueden verse apurados por cuatro mil escudos.
-No; llegó simplemente acompañado del convidado que os anuncio y que espero presentaros.
-¡Ah!, ya. ¿Pero era ese hombre un Hércules matando a Caco, o un Perseo salvando a Andrómeda?
-No; es un poco más o menos de mi estatura.
-¿Armado hasta los dientes?
-No llevaba arma alguna.
-¿Pero trató de vuestro rescate?
-Dijo dos palabras al oído del jefe y fui puesto en libertad.
-Le daría excusas por haberos preso -dijo Beauchamp.
-Exacto -respondió Morcef.
-¡Pero era Ariosto ese hombre!
-No; era el conde de Montecristo.
-¿Se llama el conde de Montecristo? -inquirió Debray.
-No creo -añadió Chateau Renaud, con la sangre fría de un hombre que tiene en la punta de los dedos la
nobleza europea-, que haya en parte alguna un conde de Montecristo.
-Puede ser que venga de la Tierra Santa -dijo Beauchamp -,
alguno de sus ascendientes habrá poseído el Calvario, como los Montemar el Mar Muerto.
-Perdonad -dijo Maximiliano-, pero creo que voy a arrojar luz sobre el asunto. Señores, Montecristo es
una pequeña isla, de que he oído hablar muchas veces a los marinos que empleaba mi padre, un grano de
arena en medio del Mediterráneo, en fin, un átomo en el infinito.
-Exactamente -dijo Alberto-. ¡Pues bien! De ese grano de arena, de ese átomo, es señor y rey ése de
quien os hablo; habrá comprado su título de conde en alguna parte de Toscana.
-¿Será muy rico vuestro conde?
-¡Muchísimo!
-Se notará en el aspecto, supongo.
-Os engañáis, Debray.
-No os comprendo.
-¿Habéis leído las Mil y una noches?
-¡Vaya pregunta!
-Pues bien, ¿sabéis si las personas que allí se ven son ricas o pobres? ¿Si sus granos de trigo no son de
rubíes o de diamantes? Tienen el aire de miserables pescadores, ¿no es esto? Los tratáis como a tales, y de
pronto, os abren alguna caverna misteriosa, en donde os encontráis un tesoro que basta para comprar la
India.
-¿Y qué?
-¿Y habéis visto esa caverna, Morcef? -preguntó Beauchamp.
-Yo no, Franz... Pero silencio, es preciso no decir una palabra de esto delante de él. Franz ha bajado allí
con los ojos vendados, y ha sido servido por mudos y por mujeres, al lado de las cuales, a lo que parece,
no hubiese sido nada Cleopatra. Por lo que se refiere a las mujeres, no está muy seguro, puesto que no
entraron hasta después que hubo tomado el hachís, de suerte que podrá suceder que lo que ha creído
mujeres fuesen estatuas.
Los jóvenes miraron a Morcef, como queriendo decir:
-Querido, ¿os habéis vuelto loco, o queréis burlaros de nosotros?
-En efecto -dijo Morrel pensativo-, yo he oído contar a un viejo llamado Fenelón, alguna cosa parecida
a lo que ha dicho el señor de Morcef.
-¡Áh! -dijo Alberto-, me alegro de que el señor de Morrel venga en mi ayuda. Esto os contraría,
¿verdad?, tanto mejor...
-Dispensadme, mi querido amigo -dijo Debray-, pero nos contáis unas cosas tan inverosímiles...
-¡Ah, es porque vuestros embajadores, vuestros cónsules no os hablan! No tienen tiempo, es preciso
que incomoden a sus compatriotas que viajan.
-¡Ah! He aquí por lo que nos incomodáis culpando a nuestras pobres gentes. ¿Y con qué queréis que os
protejan? La Cámara les rebaja todos los días sus sueldos hasta que los deje sin nada. ¿Queréis ser
embajador, Alberto? Yo os haré nombrar en Constantinopla.
-No, porque el Sultán, a la primera demostración que hiciera en favor de Mohamed-Alí, me envía el
cordón, y mis secretarios me ahorcarían.
-¿Lo veis? -dijo Debray.
-Sí; pero todo ello no es obstáculo para que exista mi conde de Montecristo.
-¡Por Dios! Todo el mundo existe: ¿Qué tiene eso de particular?
-Todo el mundo existe, sin duda, pero no en condiciones semejantes. ¡No todo el mundo tiene esclavos
negros, armas a la Casauba, caballos de seis mil francos, damas griegas!
-¿Habéis tenido ocasión de ver a la dama griega?
-Sí, la he visto y oído. La he visto en el teatro del Valle y la he oído un día que almorzaba en casa del
conde.
-¿Come acaso ese hombre extraordinario?
-Si come, es tan poco, que no vale la pena de hablar de ello.
-Ya veréis como es un vampiro.
-Podéis burlaros si queréis. Esta era la opinión de la condesa de G..., que como sabéis ha conocido a
lord Ruthwen.
-¡Ah, muy bien! --dijo Beauchamp -. Aquí tenemos para un hombre que no es periodista, la cuestión de
la famosa serpiente de mar del Constitutionnel; ¡un vampiro, eso es estupendo!
-Ojo de color leonado, cuya pupila disminuye y se dilata según su voluntad ---dijo Debray-, aire
sombrío, frente magnífica, tez lí vida, barba negra, dientes largos y agudos y modales desenvueltos.
-Y bien, eso es justamente -dijo Alberto-, y las señas están trazadas perfectamente. Sí, política aguda a
incisiva. Este hombre me ha dado miedo muchas veces, y un día entre otros que presenciábamos juntos
una ejecución, creí que iba a ponerme malo, más bien de verle y oírle hablar fríamente sobre todos los
suplicios de la tierra, que de ver al verdugo cumplir su oficio y oír los gritos del condenado.
-¿No os condujo a las ruinas del Coliseo para ver correr la sangre, Morcef? -preguntó Beauchamp.
-Y después de haber deliberado, ¿no os ha hecho firmar algún pergamino de color de fuego, por el cual
le cedáis vuestra alma como Esaú su derecho de primogenitura? -dijo Debray.
-¡Burlaos, burlaos lo que queráis, señores!
-dijo Morcef un poco amoscado-. Cuando os miro a vosotros, bellos parisienses, habitantes del
Boulevard de Gante, paseantes del bosque de Boulogne, y me acuerdo de ese hombre, me parece que no
somos de la misma especie.
-¡Yo me lisonjeo de ello! -dijo Beauchamp.
-Siempre será -añadió Chateau Renaud- vuestro conde de Montecristo un hombre galante en sus ratos
de ocio, prescindiendo de esos pequeños arreglos con los bandidos italianos.
-¡Ya no hay bandidos italianos! -dijo Debray.
-¡Ni vampiros! -añadió Beauchamp.
-Ni conde de Montecristo -respondió Debray-. Aguardad, querido Alberto, que son las diez y media.
-Confesad que habéis tenido una pesadilla, y vamos a almorzar -dijo Beauchamp.
Pero aún no se había extinguido la vibración del reloj, cuando se abrió la puerta y Germán anunció:
-¡Su excelencia, el conde de Montecristo!
Todos los presentes, a pesar suyo, hicieron un gesto que denotaba la preocupación que la relación de
Morcef había dejado en sus almas. Alberto mismo no pudo contener una emoción súbita. No se había
oído ni carruaje en la calle, ni pasos en la antesala. La puerta misma se había abierto sin hacer ruido.
El conde apareció en el dintel, vestido con la mayor sencillez, pero el elegante más exquisito no
hubiese encontrado nada que reprender en su traje. Todo era de un gusto delicado, todo salía de las manos
de los más elegantes proveedores; vestidos, sombrero y ropa blanca.
Apenas aparentaba treinta y cinco años de edad, y lo que admiró a todos fue su extrema semejanza con
el retrato que de él había trazado Debray.
El conde se adelantó sonriendo y se dirigió en derechura a Alberto, quien saliéndole al encuentro, le
ofreció la mano con prontitud.
-La puntualidad -dijo el conde de Montecristo- es la política de los reyes, según ha dicho, creo, uno de
vuestros soberanos. Pero cualquiera que sea su buena voluntad, no es siempre la de los viajeros. Sin
embargo, espero, mi querido vizconde, que me disculparéis en favor de mis buenos deseos, los dos o tres
segundos que he tardado a la cita. Quinientas leguas no se recorren sin algún contratiempo, particularmente
en Francia, donde está prohibido, según parece, dar prisa a los postillones.
-Señor conde -respondió Alberto-, estaba anunciando vuestra visita a algunos amigos míos, que he
reunido hoy contando con la promesa que tuvisteis a bien hacerme, y que tengo el honor de presentaros.
Son los señores, Conde de Chateau Renaud, cuya nobleza proviene de los Doce Pares, y cuyos
antepasados ocuparon un puesto en la Mesa Redonda; el señor Luciano Debray, secretario particular del
Ministro del Interior; Beauchamp, enérgico periodista, terror del gobierno francés. No habréis jamás oído
hablar de él en Italia, donde no permiten la entrada de su periódico; en fin, el señor Maximiliano Morrel,
capitán de spahis.
Al oír este nombre, el conde, que hasta entonces había saludado cortésmente, pero con una frialdad y
una impasibilidad inglesa, dio, a pesar suyo, un paso hacia adelante, y un leve tabor tiñó por breves
instantes sus pálidas mejillas.
-¿El señor lleva el uniforme de los nuevos vencedores franceses? -dijo él-; es un bonito uniforme.
No habría podido decirse cuál era el sentimiento que daba a la voz del conde una vibración tan
profunda, y que hacía brillar, a pesar suyo, su mirada tan expresiva cuando no había motivo para ello.
-¿No habéis visto jamás a nuestros africanos, caballero? -dijo Alberto.
-Nunca -replicó el conde, repuesto ya por completo de su sorpresa.
-Pues bien, bajo ese uniforme late un corazón de los más valientes y nobles del ejército.
-¡Oh! , señor conde -interrumpió Morrel.
-Dejadme hablar, capitán... Además -continuó Alberto-, acabamos de enterarnos de una acción tan
heroica que, aunque lo haya visto hoy por la primera vez, reclamo de él el favor de presentárosle como
amigo mío.
Aún se hubiera podido notar en estas palabras en el conde de Montecristo, esa mirada fija, ese tabor
fugitivo, y el ligero temblor del párpado que denotaba la emoción que sentía.
-¡Ah!, el señor tiene un corazón noble -dijo el conde-, ¡tanto mejor!
Esta especie de exclamación, que respondía al pensamiento del conde, más bien que a lo que acababa
de decir Alberto, sorprendió a todo el mundo, y sobre todo a Morrel, que miró a Montecristo con
admiración. Pero al mismo tiempo, el acento era tan suave, que por extraña que fuese esta exclamación,
no había medio de incomodarse por ella.
-¿Por qué había de dudar? -dijo Beauchamp a Chateau Renaud.
-En verdad -respondió éste, quien con su trato de mundo y su mirada aristocrática había penetrado en
Montecristo todo lo que se podía penetrar en él-, en verdad, que Alberto no nos ha engañado, y que es un
personaje singular el conde, ¿qué decís vos, Morrel?
-Por mi vida -dijo éste-, tiene la mirada franca y la voz simpática, de manera que me agrada a pesar de
la extraña reflexión que acaba de hacerme.
-Señores -dijo Alberto-, Germán me anuncia que estamos servidos. Mi querido conde, permitidme
indicaros el camino.
Pasaron silenciosamente al comedor. Cada uno ocupó su sitio.
-Señores -dijo el conde sentándose-, permitidme que os haga una confesión, que será mi disculpa por
todas las faltas que pueda cometer: soy extranjero, pero hasta tal extremo, que es la vez prímera que
vengo a París. Las costumbres francesas me son particularmente desconocidas, y no he practicado
bastante hasta ahora, sino las costumbres orientales, las más contrarias a las buenas tradiciones parisienses.
Os suplico, pues, que me excuséis si encontráis en mí algo de turco, de napolitano o de árabe.
Dicho esto, señores, almorcemos.
-Por lo que ha dicho -murmuró Beauchamp -; es, desde luego, un gran señor.
-Un gran señor extranjero -añadió Debray.
-Un gran señor de todos los países, señor Debray -dijo Chateau Renaud.
Como hemos dicho, el conde era un convidado bastante sobrio. Alberto se lo hizo observar,
atestiguando el temor que desde el principio tuvo de que la vida parisiense no agradase al viajero en su
parte más material, pero al mismo tiempo más necesaria.
-Querido conde -dijo-, temo que la cocina de la calle de Helder no os agrade tanto como la de la plaza
de España. Hubiera debido preguntaros vuestro gusto, y haceros preparar algunos platos que os
agradasen.
-Si me conocieseis mejor -respondió sonriéndose el conde-, no os preocuparíais por un cuidado casi
humillante para un viajero como yo, que ha pasado sucesivamente con los macarrones en Nápoles, la
polenta en Milán, la olla podrida en Valencia, el arroz cocido en Constantinopla, el karri en la India y los
nidos de golondrinas en China. No hay cocina para un cosmopolita como yo. Como de todo y en todas
partes, únicamente que como poco, y hoy que os quejáis de mi sobriedad, estoy en uno de mis días de
apetito, porque desde ayer por la mañana no había comido.
-¡Cómo! ¿Desde ayer por la mañana? -exclamaron los convidados-, ¿no habéis comido desde hace
veinticuatro horas?
-No -respondió Montecristo-, tuve que desviarme de mi ruta y tomar algunos informes en las cercanías
de Nimes, de manera que me retrasé un poco y no he querido detenerme.
-¿Y habéis comido en vuestro carruaje? -preguntó Morcef.
-No, he dormido, como me ocurre cuando me aburro, sin valor para distraerme, o cuando siento hambre
sin tener ganas de comer.
-¿Pero mandáis en vuestro sueño, señor? -preguntó Morrel.
-Casi.
-¿Tenéis receta para ello?
-Una receta infalible.
-He aquí lo que sería bueno para nosotros, los africanos, que no siempre tenemos qué comer y rara vez
qué beber -dijo Morrel.
-Sí -dijo Montecristo-, desgraciadamente mi receta, excelente para un hombre como yo, que lleva una
vida excepcional, sería muy peligrosa aplicada a un ejército que no se despertaría cuando se tuviese
necesidad de él.
-¿Y se puede saber cuál es la receta? -preguntó Debray.
-¡Oh! Dios mío, sí ---dijo Montecristo-, no hago secreto de ello, es una mezcla de un excelente opio que
he ido a buscar yo mismo a Cantón, para estar seguro de obtenerlo puro, y del mejor hachís que se
cosecha en Oriente, es decir, entre el Tigris y el Eufrates. Se reúnen estos dos ingredientes en
proporciones iguales y se hace una especie de píldoras, que se tragan cuando hay necesidad. Diez minutos
más tarde producen el efecto. Preguntad al barón Franz d'Epinay, pues creo que él lo ha probado un día.
-Sí -respondió Morcef-, me ha dicho algunas palabras sobre ello, y ha guardado al mismo tiempo un
recuerdo muy agradable.
-Pero -dijo Beauchamp, quien en su calidad de periodista era muy incrédulo-, ¿lleváis esas drogas con
vos?
-Constantemente -respondió Montecristo.
-¿Sería indiscreción el pediros ver esas preciosas píldoras? -exclamó Beauchamp, creyendo poner al
conde en un aprieto.
-No, señor -respondió el conde, y sacó de su bolsillo una mara villosa cajita incrustada en una sola
esmeralda, y cerrada por una rosca de oro, que desatornillándose, daba paso a una bolita de color verdoso
y del tamaño de un guisante. Esta bola tenía un color ocre y olor penetrante. Había cuatro o cinco iguales
en la esmeralda, y podía contener hasta una docena.
La cajita fue pasando de mano en mano por todos los invitados, más para examinar esta admirable
esmeralda que para ver o analizar las píldoras.
-¿Es vuestro cocinero quien os prepara este manjar? -inquirió Beauchamp.
-No, no, señor -dijo Montecristo-, yo no entrego mis goces reales como éste a merced de manos
indignas. Soy bastante buen químico, y preparo las píldoras yo mismo.
-Es una esmeralda admirable, y la más gruesa que he visto jamás, aunque mi madre tiene algunas joyas
de familia bastante notables -dijo Chateau Renaud.
-Tenía tres iguales -respondió Montecristo-, he dado una al Gran Señor, que la ha hecho engarzar en su
espada; otra a nuestro Santo Padre el Papa, que la hizo incrustar en su mitra, frente a otra esmeralda casi
parecida, pero menos hermosa, sin embargo, que había sido regalada a su predecesor por el emperador
Napoleón. He guardado la tercera para mí, y la he hecho ahuecar, lo que le ha quitado la mitad de su
valor, pero es más cómoda para el use a que he querido destinarla.
Todos contemplaban a Montecristo con admiración. Hablaba con tanta sencillez, que era evidente que
decía la verdad o que estaba loco; sin embargo, la esmeralda que había quedado entre sus manos hacía
que se inclinasen hacia la primera suposición.
-¿Y qué os dieron esos dos hombres a cambio de tan magnífico regalo? -preguntó Debray.
-El Gran Señor, la libertad de una mujer -respondió el conde-; nuestro Santo Padre el Papa, la vida de
un hombre. De suerte que, una vez en mi vida, he sido tan poderoso como si Dios me hubiese hecho nacer
en las gradas de un trono.
-Y es a Pepino a quien habéis libertado, ¿no es verdad? -excla mó Morcef-. ¿Es en él en quien habéis
hecho aplicación de vuestro derecho de gracia?
-Tal vez -dijo Montecristo sonriendo.
-Señor conde, no podéis formaros una idea del placer que experimento al oíros hablar así -dijo Morcef-.
Os había anunciado a mis amigos como un hombre fabuloso, como un mago de las Mil y una noches,
como un nigromántico de la Edad Media; pero los parisienses son tan sutiles y materiales, que toman por
capricho de la imaginación las verdades más indiscutibles, cuando estas verdades no entran en todas las
condiciones de su existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí tenéis a Debray y Beauchamp, que leen, todos
los días, que han sorprendido y han robado en el boulevard a un miembro del Jockey Club que se retiraba
tarde, que han asesinado a cuatro personas en la calle de Saint-Denis, o en el arrabal de Saint-Germain;
que han apresado diez, quince o veinte ladrones, sea en un café del boulevard del Temple, o en San
Julián; que disputan la existencia de los bandidos de Marennes del campo de Roma, o de las lagunas
Pontinas. Decidles, pues, vos mismo, os lo suplico, señor conde, que he sido raptado por esos bandidos, y
que sin vuestra generosa intercesión esperaría hoy probablemente la resurrección eterna en las
catacumbas de San Sebastián, en lugar de darles una comida en mi casita de la calle de Helder.
-¡Bah! -dijo Montecristo-, me habíais prometido no hablarme nunca de ese asunto.
-No soy yo, señor conde -exclamó Morcef-, es algún otro a quien habéis hecho el mismo servicio que a
mí y al que confundiréis conmigo.
-Os ruego que hablemos de otra cosa -dijo el conde de MonteCristo-, porque si continuáis hablando de
esta circunstancia, puede ser que me digáis, no solamente un poco de lo que sé, sino algo de lo que
ignoro. Pero me parece -añadió sonriendo-, que habéis representado en todo este asunto un papel bastante
importante para saber tan bien como yo lo que ha pasado.
-¿Queréis prometerme, si digo todo lo que sé -dijo Morcef-, decirme luego lo que vos sepáis?
El conde respondió:
-De acuerdo.
-Pues bien -replicó Morcef-, aunque padezca mi amor propio, he de decir que me creí durante tres días
objeto de las atenciones de una máscara, a quien yo juzgué alguna descendiente de las Julias o de las
Popeas, entretanto que era pura y sencillamente objeto de las coqueterías de una contadina, y observad
que digo contadina por no decir aldeana. Lo que sé es que, como un inocente, más inocente aún que de
quien yo hablaba ahora, tomé por esta aldeana a un joven bandido de quince a dieciséis años, imberbe, de
talle delicado, quien en el momento en que quería propasarme hasta depositar un beso en sus castos
hombros, me puso una pistola en el pecho, y con la ayuda de siete a ocho de sus compañeros, me
condujeron, o mejor dicho, me arrastraron, al fondo de las catacumbas de San Sebastián, donde encontré
al jefe de los bandidos, por cierto, tan instruido que leía los Comentarios del César, y que se dignó
interrumpir su lectura para decirme, que si al día siguiente a las seis de la mañana no entregaba cuatro mil
escudos, al día siguiente a las seis y cuarto habría dejado de existir. La carta obra en poder de Franz,
firmada por mí, con una postdata de Luigi Vampa. Si dudáis de ello, escribo a Franz, el cual hará legalizar
las firmas. Hasta aquí, todo lo que sé. Lo que yo no sé ahora es cómo fuisteis, señor conde, a infundir
tanto respeto a los
bandidos de Roma, que respetan tan pocas cosas. Os confieso que Franz y yo nos quedamos
sorprendidos.
-Es muy sencillo -respondió el conde-, yo conocía al famoso Vampa hacía más de diez años. Muy
joven, cuando era pastor, un día que le di una moneda de oro por haberme enseñado ml camino, me dio,
para no deberme nada, un puñal tallado por él y que habréis vis to en mi colección de armas. Más tarde,
sea que hubiese olvidado este cambio de regalos o que no me hubiese reconocido, intentó robarme, pero
fui yo, al contrario, quien le apresé a él y a una docena de los suyos. Podía entregarle a la justicia romana,
que es ejecutiva, y que lo hubiera sido aún más con ellos, pero no hice nada. Lo solté con sus
compañeros.
-Pero con la condición de que no robarían ya más -dijo el periodista riendo-. Veo con placer que han
cumplido escrupulosamente su palabra.
-No, señor -respondió Montecristo-, con la simple condición de que me respetaría a mí y a los míos. Lo
que voy a deciros se os antojará extraño a vosotros, señores socialistas, progresistas, humanitaristas, y es
que yo no me ocupo nunca de mi prójimo, no procuro nunca proteger a la sociedad que no me protege, y
diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí, sino para perjudicarme, y retirándoles mi estimación y
guardando la neutralidad frente a ellos, es aún la sociedad y mi prójimo quienes me deben
agradecimiento.
-¡Sea en buena hora! -exclamó Chateau Renaud-. He aquí el primer hombre intrépido a quien he oído
predicar leal y francamente el egoísmo, es hermoso esto: ¡Bravo, señor conde!
-Por lo menos es franco -dijo Morrel-, pero estoy seguro que el señor conde no se habrá arrepentido de
haber faltado alguna vez a los principios que, sin embargo, acaba de exponernos de una manera tan
absoluta.
-¿Cómo que he faltado a esos principios? -inquirió Montecristo, que de vez en cuando no podía dejar de
mirar a Maximiliano con tanta atención que ya dos o tres veces el atrevido joven había bajado los ojos
delante de la mirada fija y penetrante del conde.
-Me parece -respondió Morrel-, que libertando al señor de Morcef, a quien no conocíais, servíais a
vuestro prójimo y a la sociedad.
-De la cual constituye su ornato más preciado -dijo gravemente Beauchamp, vaciando de un solo sorbo
un vaso de champán.
-Señor conde -exclamó Morcef-, estáis cogido, a pesar de ser uno de los más sólidos argumentadores
que conozco, y se os va a demostrar que, lejos de ser un egoísta, sois, al contrario, un filántropo.
¡Ah, señor conde! Vos os llamáis oriental, levantino, malayo, indio, chino, salvaje, os llamáis
Montecristo por vuestro nombre de familia, Simbad el Marino por vuestro nombre de pila y al poner el
pie en París, poseéis por instinto el mayor mérito o el mayor defecto de nuestros excéntricos parisienses,
es decir, que usurpáis los vicios que no tenéis, y que ocultáis las virtudes que os adornan.
-Mi querido vizconde -repuso Montecristo-, no veo en todo lo que he dicho o hecho, una sola palabra
que me valga por vuestra parte y la de estos señores el pretendido elogio que acabo de recibir. Vos no sois
un extraño para mí, porque os conocía, os había cedido dos habitaciones, dado de almorzar, prestado uno
de mis carruajes, porque habíamos visto pasar las máscaras juntos en la calle del Corso, y porque
habíamos presenciado desde una ventana de la plaza del Popolo aquella ejecución que os causó tan fuerte
impresión. Ahora bien, pregunto a estos señores, ¿podía yo dejar a mi huésped en ma nos de esos infames
bandidos, como vos los llamáis? Además, vos lo sabéis, el salvador tenía una segunda intención, que era
servirme de vos para introducirme en los salones de París cuando viniese a visitar Francia. Algún tiempo
habéis podido considerar esta resolución como un proyecto vago y fugitivo, pero hoy, bien lo veis, es una
realidad, a la cual es menester someteros, so pena de faltar a vuestra palabra.
-Y he de cumplirla -dijo Morcef-, pero temo que quedéis descontento, mi querido conde. Vos que estáis
acostumbrado a los grandes parajes, a los acontecimientos pintorescos, a los horizontes fantásticos.
Nosotros no conocemos el menor episodio del género de aquellos a que os ha acostumbrado vuestra vida
aventurera. Nuestro Chimborazo es Montmartre, nuestro Himalaya es el Mont-Valerien, nuestro gran
desierto es la llanura de Grenelle, en que hay algún que otro pozo para que las caravanas encuentren agua.
Entre nosotros hay ladrones, pero de esos ladrones que temen más a un muchacho del pueblo que a un
gran señor; en fin, Francia es un país tan prosaico, y París una ciudad tan civilizada, que no encontraréis
en nuestros ochenta y cinco departamentos, digo ochenta y cinco, porque exceptúo Córcega, no hallaréis
en nuestros ochenta y cinco departamentos la menor montaña en que no haya un telégrafo y la menor
gruta, por lóbrega que sea, en que un comisario de policía no haya hecho poner el gas. Sólo un servicio
puedo prestaros, mi querido conde, y es presentaros por todas partes, o haceros presentar por mis amigos,
pero vos no tenéis necesidad de nadie para eso, con vuestro nombre, vuestra fortuna y vuestro talento
(Montecristo se inclinó con una sonrisa ligeramente irónica), os podéis presentar sin necesidad de nadie, y
seréis bien recibido de todo el mundo. En realidad, únicamente puedo serviros en una cosa: si alguna de
las costumbres de la vida Parisiense, alguna experiencia, algún conocimiento de nuestros bazares pueden
recomendarme a vos, me pongo a vuestra disposición para buscaros una casa de las mejores. No me
atrevo a proponeros que compartáis conmigo mi habitación, tal como hice yo en Roma con la vuestra, yo
que no profeso el egoísmo, pero que soy egoísta por excelencia, no podría tolerar en mí cuarto ni una
sombra, a no ser la de una mujer.
-¡Ah!, ésa es una reserva conyugal. En efecto, en Roma me dijis teis algo acerca de un casamiento...,
debo felicitaros por vuestra próxima felicidad.
-La cosa sigue en proyecto, señor conde.
-Y quien dice proyecto -dijo Debray-, quiere decir inseguridad.
-¡No! ¡No! -dijo Morcef-, mi padre está empeñado, y yo espero antes de poco presentaros, si no a mi
mujer, por lo menos a mi futura esposa, la señorita Eugenia Danglars.
-¡Eugenia Danglars! -respondió el conde de Montecristo--, aguardad, ¿no es su padre el barón
Danglars?
-Sí -respondió Alberto-, pero barón de nuevo cuño.
-¡Oh, qué importa! -respondió Montecristo-, si ha prestado al Estado servicios que le hayan merecido
esa distinción.
-¡Oh! , enormes -dijo Beauchamps-. Aunque liberal en el alma, completó en 1829 un empréstito de seis
millones para el rey Carlos X, que le ha hecho barón y caballero de la Legión de Honor, de modo que
lleva su cinta, no en el bolsillo del chaleco, como pudiera creerse, sino en el ojal del frac.
-¡Ah! -dijo Alberto riendo-, Beauchamp, Beauchamp, guardad eso para el Corsario y el Charivari, pero
delante de mí, no habléis así de mifuturo suegro.
Luego dijo, volviéndose hacia Montecristo.
-¡Pero hace poco habéis pronunciado su nombre como si conocierais al barón!
No le conocía -respondió el conde de Montecristo-, pero no tardaré en conocerle, puesto que tengo un
crédito abierto sobre él por la casa de Richard y Blount de Londres, Arstein y Estelus, de Viena,
y Thompson y French, de Roma.
Y al pronunciar estas palabras, Montecristo miró de reojo a Maximiliano.
Si el extranjero había esperado que sus palabras produjeran algún efecto en Maximiliano Morrel, no se
había engañado. Maximiliano se estremeció como si hubiese recibido una conmoción eléctrica.
-Thompson y French -dijo-, ¿conocéis esa casa, caballero?
-Son mis banqueros en la capital del mundo cristiano -respondió el conde-, ¿puedo serviros de algo
respecto a esos señores?
-¡Oh!, señor conde, podríais ayudarnos en unas pesquisas que hasta ahora han sido infructuosas. Esa
casa prestó hace tiempo un gran servicio a la nuestra, y no sé por qué siempre negó que lo hubie ra hecho.
-Estoy a vuestras órdenes, caballero -respondió Montecristo inclinándose.
-Pero -dijo Alberto-, nos hemos apartado de la conversación que teníamos respecto a Danglars. Se
trataba de buscar una buena habitación al conde de Montecristo. Veamos, señores, pensemos, ¿dónde
alojaremos a este nuevo habitante de París?
-En el barrio de Saint-Germain -dijo Chateau Renaud-, este caballero encontrará allí una casa
encantadora entre patio y jardín.
-¡Bah! -dijo Debray-, no conocéis más que vuestro triste barrio de Saint-Germain; no le escuchéis,
señor conde; buscad casa en la Chaussée d'Antin, éste es el verdadero centro de París.
-En el Boulevard de la Opera -dijo Beauchamp -, en el piso principal, una casa con dos balcones. El
señor conde hará llevar a ella almohadones de terciopelo bordados de plata, y fumando en pipa o tragando
sus píldoras, verá desfilar ante sus ojos a toda la capital.
-Y vos, Morrel, ¿no tenéis idea? ¿No proponéis nada? -dijo Chateau Renaud.
-Claro que sí -dijo sonriendo el joven-, al contrario, tengo una, pero esperaba que el señor conde
siguiese algunas de las brillantes proposiciones que acaban de hacerle. Ahora, como no ha respondido,
creo poder ofrecerle una habitación en una casa encantadora, a la Pompadour, que mi hermana alquiló
hace un año en la calle de Meslay. -¿Tenéis una hermana? -preguntó Montecristo.
-Sí, señor; una excelente hermana, por cierto. -¿Casada? -Pronto hará nueve años. -¿Dichosa? -preguntó
de nuevo el conde.
-Tan dichosa como puede serlo una criatura humana -respondió Maximiliano-. Se ha casado con el
hombre que amaba, el cual nos ha sido fiel en nuestra mala fortuna: Manuel Merbant.
Montecristo se sonrió de un modo imperceptible.
-Vivo allí mientras estoy aquí -continuó Maximiliano-, y estoy con mi cuñado Manuel a la disposición
del señor conde, para todo lo que precise.
-Un momento -exclamó Alberto antes que Montecristo hubiese podido responder-, cuidado con lo que
hacéis, señor Morrel, vais a hacer entrar a un viajero, a Simbad el Marino, en la vida de familia. Vais a
convertir en patriarca a un hombre que ha venido para ver París.
-¡Oh!, no -respondió Morrel sonriendo-, mi hermana tiene veinticinco años, mi cuñado treinta, son
jóvenes, alegres y dichosos; por otra parte, el señor conde estará en su casa y no encontrará a sus
huéspedes síno cuando quiera bajar a verlos.
-Gracias, señor, muchas gracias -dijo Montecristo-. Me encantaría que me presentaseis a vuestra
hermana y cuñado, si gustáis hacerme este honor; pero no he aceptado la oferta de ninguno de estos
señores porque tengo ya mi habitación preparada.
-¡Cómo! -exclamó Morcef-, vais a ir a una fonda, eso no sería propio de vuestra categoría.
-¿Tan mal estaba en Roma? -preguntó Montecristo.
-Qué diantre, en Roma -dijo Morcef- gastasteis cincuenta mil piastras para haceros amueblar una
habitación, pero presumo que no estáis dispuesto a repetir todos los días un gasto semejante.
-No es eso lo que me ha detenido -respondió Montecristo-, pero estaba resuelto a tener una casa en
París, una casa mía, se entiende. Envié de antemano a mi criado, y ya ha debido habérmela mmprado y
amueblado.
-Pero ese criado no conoce París -exclamó Beauchamp.
-Es la primera vez, como yo, que viene a Francia, caballero; es negro y no habla ---dijo Montecristo.
-¿Entonces es A1í? -preguntó Alberto en medio de la sorpresa general.
-Sí, señor, es A1í, mi nubio, mi mudo, el que habéis visto en Roma, según creo.
-Sí, me acuerdo perfectamente -,dijo Morcef.
-¿Pero cómo habéis encargado a un nubio que os comprara una casa en París, y a un mudo hacerla
amueblar? Harán las cosas al revés.
-Desengañaos, estoy seguro de que todas las cosas las ha hecho a gusto mío, porque bien sabéis que mi
gusto no es el de todos los demás. Ha llegado hace ocho días, habrá recorrido toda la ciudad con ese
instinto que podría tener un buen perro cazador. Conoce mis caprichos, mis necesidades, todo lo habrá
organizado a mi placer. Sabía que yo había de llegar hoy a las diez, me esperaba desde las nueve en la
barrera de Fontainebleau, me entregó este papel. En él están escritas las señas de mi casa, mirad, Teed -y
Montecristo entregó un papel a Alberto.
-Campos Elíseos, número 30 -leyó Morcef.
-¡Ah! ¡Eso sí que es original! -no pudo menos de exclamar Beauchamp.
-¡Cómo! ¿Aún no sabéis dónde está vuestra casa? -preguntó Debray.
-No -dijo Montecristo-, ya os he dicho que quería llegar puntual a la cita. Me he vestido en mi carruaje
y me he apeado a la puerta del vizconde.
Los jóvenes se miraron. No sabían si era una comedia representada por el conde de Montecristo, pero
todo cuanto salía de su boca tenía un carácter tan original, tan sencillo, que no se podía suponer que
estuviera mintiendo. ¿Y por qué había de mentir?
-Preciso será contentarnos -dijo Beauchamp - con prestar a1 señor conde todos los servicios que estén
en nuestra mano; yo, como periodista, le ofrezco la entrada en todos los teatros de París.
-Muy agradecido, caballero -dijo sonriéndose Montecristo-, pero es el caso que mi mayordomo ha
recibido ya la orden de abonarme a todos ellos.
-¿Y vuestro mayordomo es también algún mudo? -preguntó Debray.
-No, señor, es un compatriota vuestro, si es que un corso puede ser compatriota de alguien, pero vos le
conocéis, señor de Morcef.
-¿Sería tal vez aquel valeroso Bertuccio, tan hábil para alquilar balcones?
-El mismo. Y le visteis el día en que tuve el honor de almorzar en vuestra compañía. Es todo un
hombre, tiene un poco de soldado, de contrabandista, en fin, de todo cuanto se puede ser. Y no juraría que
no haya tenido algún altercado con la policía..., una fruslería, por no sé qué cuchilladas de nada.
-¿Y habéis escogido a ese honrado ciudadano para ser vuestro mayordomo? ¿Cuánto os roba cada año?
-Menos que cualquier otro, estoy seguro -contestó el conde-; pero hace mi negocio, para él no hay nada
imposible, y por eso le tengo a mi servicio.
-Entonces -dijo Chateau Renaud-, ya tenéis la casa puesta, poseéis un palacio en los Campos Elíseos,
criados, mayordomo, no os falta sino una esposa.
Alberto se sonrió, pensaba en la hermosa griega que había visto en el palco del conde en el teatro Valle
y en el teatro Argentino.
-Tengo algo mejor ---dijo Montecristo-, tengo una esclava. Vosotros alabáis a vuestras señoras del
teatro de la Opera, del Vaudeville, del de Varietés, mas yo he comprado la mía en Constantinopla, me ha
costado bastante cara, pero ya no tengo necesidad de preocuparme de nada.
-Sin embargo, ¿olvidáis -dijo riendo Debray-, que somos, como dijo el rey Carlos, francos de nombre,
francos de naturaleza, y que en poniendo el pie en tierra de Francia, el esclavo es ya libre?
-¿Y quién se lo ha de decir? -preguntó el conde.
-El primero que llegue.
-Sólo habla romaico.
-¡Ah!, eso es otra cosa.
-¿Pero la veremos al menos? -preguntó Beauchamp -; teniendo un mudo, tendréis también eunucos.
-¡No, a fe mía! -dijo Montecristo-, no llevo el orientalismo hasta tal punto. Todos los que me rodean
pueden dejarme, y no tie nen necesidad de mí ni de nadie. He ahí la razón, quizá, de por qué no me
abandonan.
Al cabo de mucho rato, pasado en los postres y en fumar, Debray dijo levantándose:
-Son las dos y media, vuestro convite ha sido delicioso, mas no hay compañía, por buena que sea, que
no sea preciso dejar, y aún algunas veces, por otra peor; es necesario que vuelva a mi ministerio. Hablaré
del conde al ministro, será menester que sepamos quién es.
-Andad con cuidado -dijo Morcef-, los más atrevidos han renunciado a hacerlo.
-¡Bah!, tenemos tres millones para nuestra policía. Es verdad que casi siempre se gastan antes, pero no
importa. Siempre quedan unos cincuenta mil francos.
-¿Y cuando sepáis quién es, me lo comunicaréis?
-Os lo prometo. Adiós, Alberto. Señores, servidor vuestro.
Y al salir Debray exclamó muy alto en la antesala:
-Daos prisa.
-¡Bien! -dijo Beauchamp a Alberto-, no iré a la Cámara, pero tengo que ofrecer a mis lectores algo
mejor que un discurso de Danglars.
-Hacedme un favor, Beauchamp; ni una palabra, os lo suplico, no me quitéis el mérito de presentarle y
de explicarle. ¿No es cierto que es curioso?
-Es mucho mejor que eso -respondió Chateau Renaud-, es realmente uno de los hombres más
extraordinarios que he visto en mi vida. ¿Venís, Morrel?
-Aguardad, voy a dar una tarjeta al conde, que me ha prometido hacerme una visita, calle Meslay,
número 14.
-Estad seguro de que no faltaré -dijo el conde inclinándose.
Y Maximiliano Morrel salió con el barón de Chateau Renaud, dejando solos a Montecristo y Morcef.
Capítulo segundo
La presentación
Cuando Alberto se encontró a solas y frente a frente con MonteCristo, le dijo:
-Señor conde, permitidme que empiece mi nuevo oficio de cicerone haciéndoos una descripción de una
habitación del joven acostumbrado a los palacios de Italia; esto os servirá para saber en cuántos pies
cuadrados puede vivir un joven que no pasa de ser de los más mal alojados. A medida que vayamos
pasando de una pieza a otra, iremos abriendo las ventanas para que podáis respirar.
Montecristo conocía ya el comedor y el salón del piso bajo. Alberto le condujo a su estudio, éste era su
cuarto predilecto.
Montecristo era digno apreciador de todas las cosas que Alberto había acumulado en esta estancia;
antiguos cofres, porcelanas del Japón, alfombras de Oriente, juguetes de Venecia, armas de todos los
países del mundo, todo le era familiar, y a la primera ojeada conocía el siglo, el país y el origen. Morcef
había creído ser el que explicase, y él era el que estudiaba bajo la dirección del conde un curso completo
de arqueología, de mineralogía y de historia natural. Alberto hizo entrar a su huésped en el salón. Las
paredes estaban cubiertas de cuadros de pintores modernos, paisajes de Drupé con sus bellos arroyos, sus
árboles desgajados, sus vacas paciendo y sus encantadores cielos. Tenía también jinetes árabes de
Delacroix con largos albornoces blancos, cinturones brillantes y con armas damasquinas, y cuyos caballos
muerden el bocado con rabia, mientras que los hombres se desgarran con mazas de hierro; las aguadas de
Boulanger representando toda Nuestra Señora de París, con aquel vigor que hace del pintor el émulo del
poeta. Telas de Díaz que hace a las flores más hermosas de lo que son en la realidad, el sol más brillante
de lo que es. Dibujos de Decamo con un colorido como el de Salvatore Rosa, pero más poético; pasteles
de Giraud y de Muller representando niños con cabezas de ángeles, mujeres de facciones virginales,
bocetos arrancados del álbum del viaje a Oriente de Dacorats, que fueron trazados
en algunos segundos sobre la silla de algún camello o sobre la cúpula de una mezquita, en fin, todo lo que
el arte moderno puede dar en cambio y en indemnización del arte perdido con los siglos precedentes.
Alberto esperó mostrar por lo menos esta vez alguna cosa nueva al extraño viajero, pero con gran
admiración, éste, sin tener necesidad de buscar las firmas, en que algunas, por otra parte, no estaban
representadas sino por iniciales, aplicó en seguida el nombre de cada autor a su obra, de manera que era
fácil ver que no solamente cada uno de estos nombres le era conocido, sino que cada uno de estos talentos
habían sido apreciados y estudiados por él.
Del salón pasaron al dormitorio, que era a la vez un modelo de elegancia y de gusto severo; un solo
retrato, pero firmado por Leopoldo Rober, resplandecía en su marco de oro mate.
Este retrato atrajo al principio las miradas del conde de Montecristo, porque dio tres pasos rápidos en la
habitación, y se paró de repente delante de él.
Era el de una joven de veinticinco o veintiséis años, de tez morena, de mirada de fuego, velada bajo
unos hermosos párpados. Llevaba el traje pintoresco de las pescadoras catalanas con su corpiño
encarnado y negro, y sus agujas de oro enlazadas en los cabellos. Miraba al mar, y su elegante contorno
se destacaba sobre el doble azul de las olas y del cielo.
La habitación estaba sumida en la penumbra, sin lo cual Alberto hubiese podido ver la lívida palidez,
que se extendía sobre las mejillas del conde y sorprender el temblor nervioso que sacudió sus hombros y
su pecho. Hubo un instante de silencio, durante el cual Montecristo permaneció con la mirada
obstinadamente clavada en esta pintura.
-Tenéis ahí una hermosa querida, vizconde -dijo Montecristo con una voz perfectamente segura-. Y ese
traje de baile sin duda le sienta a las mil maravillas.
-¡Ah!, señor -dijo Alberto-, he aquí un error que no me perdonaría si al lado de este retrato hubieseis
visto algún otro. Vos no conocéis a mi madre, caballero. Es a ella a quien veis en ese lienzo; se hizo
retratar así hace seis a ocho años. Ese traje es de capricho, a lo que parece. La condesa mandó hacer este
retrato durante una ausencia del conde. Sin duda quería prepararle para su vuelta una agradable sorpresa.
Pero, cosa rara, ese retrato desagradó a mi padre, y el valor de la pintura, que es como ya veis una de las
mejores de Leopoldo Rober, no pudo vencer su antipatía por el cuadro. La verdad, aquí para nosotros, mi
querido conde, es que el señor Morcef es uno de los pares más asiduos del Luxemburgo, pero un amante
del arte de los más medianos; en cambio, mi madre pinta de un modo bastante notable, y estimando
demasiado una obra semejante para separarse de ella, me la ha dado, para que en mi cuarto esté menos
expuesta a desagradar al señor de Morcef que en el suyo, donde veréis el retrato pintado por Gros.
Perdonadme si os hablo de una manera tan familiar, pero como voy a tener el honor de conduciros a la
habitación del conde, os digo esto para que no se os escape elogiar este retrato delante de él. Fuera de
esto, posee una funesta influencia, porque es muy raro que mi madre venga a mi cuarto sin mirarle, y más
raro aún que le mire sin llorar. La nube que levantó la aparición de esta pintura en el palacio, es la única
que ha habido entre el conde y la condesa, quienes aunque casados hace más de veinte años, están aún
unidos como el primer día.
El conde lanzó una rápida mirada sobre Alberto, como para buscar una intención oculta en estas
palabras, pero era evidente que el joven lo había dicho con toda la sencillez de su alma.
-Ahora -dijo Alberto-, que habéis visto todas mis riquezas, señor conde, permitidme ofrecéroslas, por
indignas que sean; consideraos aquí como en vuestra casa, y para mayor franqueza aún, dignaos
acompañarme al cuarto del señor Morcef, a quien escribí desde Roma el servicio que me prestasteis y a
quien anuncié la visita que me habíais prometido, y puedo decirlo, el conde y la condesa esperaban con
impaciencia que les fuese permitido daros las gracias. Estáis un poco cansado de es tas cosas, lo sé, señor
conde, y las escenas de familia no tienen mucho atractivo para Simbad el Marino, ¡habréis visto muchas
escenas! Sin embargo, aceptad la que os propongo, como iniciativa de la vida parisiense, vida de política,
de visitas y de presentaciones.
Montecristo se inclinó sin responder, aceptaba la proposición sin entusiasmo y sin pesar, como una de
esas conveniencias de sociedad de que todo hombre de educación se hace un deber. Alberto llamó a su
criado y le mandó que avisara a los señores de Morcef de la próxima llegada del conde de Montecristo.
Alberto le siguió con el conde.
A1 llegar a la antesala, veíase encima de la puerta que daba acceso al salón un escudo que por sus ricos
adornos y su armonía indicaba la importancia que el propietario daba a aquel aposento.
Montecristo se detuvo delante del blasón, que examinó detenidamente.
-Campo azul y siete merletas de oro puestas en fila. ¿Sin duda será éste el escudo de vuestra familia,
caballero? -inquirió-. Excepto el conocimiento de las piezas que me permite descifrarlo, soy un ignorante
en cuanto a heráldica. Yo, conde de casualidad, fabricado por la Toscana, ayudado por una encomienda
de San Esteban, y que hubiera pasado siendo gran señor, si no me hubiesen repetido que cuando se viaja
mucho es totalmente imprescindible. Porque, al fin, siempre es preciso, aunque no sea más que para
cuando los aduaneros os registran, tener algo en la portezuela de vuestro carruaje. Excusadme, pues, si os
hago tal pregunta.
-De ningún modo es indiscreta -dijo Morcef con la sencillez de la convicción-, y lo habéis adivinado,
son nuestras armas, es decir, las de la familia de mi padre, pero como veis, están unidas a otro escudo con
una torre de oro, que es de la familia de mi madre. Por parte de las mujeres soy español, pero la casa de
Morcef es francesa, y según he oído decir, una de las más antiguas del Mediodía de Francia.
-Sí -repuso el conde de Montecristo-, lo indican las aves. Casi todos los peregrinos armados que
intentaron o que hicieron la conquis ta de Tierra Santa tomaron por armas cruces, señal de la misión que
iban a cumplir; o aves de paso, símbolo del largo viaje que iban a emprender, y que esperaban acabar con
las alas de la fe. Uno de vuestros abuelos paternos debió de tomar parte en una de las cruzadas, y
suponiendo que no sea más que la de San Luis, ya esto os remonta al siglo XI, lo cual no deja de ser
interesante.
-Es muy posible --dijo Morcef-, mi padre tiene en el gabinete un árbol genealógico que nos explicará
todo esto. Pero ahora no pensemos en ello y sin embargo os diré, señor conde, y esto entra en mis
obligaciones de cicerone, que empiezan a ocuparse mucho de estas cosas en estos tiempos de gobierno
popular.
-¡Pues bien!, vuestro gobierno debió elegir algo mejor que esos dos carteles que he visto en vuestros
monumentos, y que no tienen ningún sentido heráldico. En cuanto a vos, vizconde, sois más feliz que
vuestro gobierno, porque vuestras armas son verdaderamente hermosas y hablan a la fantasía. Sí, eso es,
sois a un tiempo de Provenza y de España, lo cual está explicado, si el retrato que me habéis mostrado es
semejante por su hermoso color moreno que tanto admi raba yo en el rostro de la noble catalana.
Preciso hubiera sido ser otro Edipo o la misma Esfinge para adivinar la ironía que dio el conde a estas
palabras, llenas en apariencia de la mayor cortesía. Morcef le dio las gracias con una sonrisa y pasando
delante del conde para mostrarle el camino, abrió la puerta que estaba debajo de sus armas, y que, como
hemos dicho, comunicaba con el salón. En el lugar principal de este salón veíase asimismo un retrato, era
el de un hombre de treinta y ocho años, vestido con uniforme de oficial general, con sus dos charreteras,
señal de los grados superiores, la cinta de la Legión de Honor alrededor del cuello, lo cual indicaba que
era comendador, y en el pecho, al lado derecho, la placa de gran oficial de la Orden del Salvador, y a la
izquierda la de la gran cruz de Carlos III, lo cual indicaba que la persona representada por este retrato
hizo la guerra a Grecia y a España, o lo que viene a ser lo mismo, había cumplido alguna misión
diplomática en ambos países.
Montecristo se hallaba ocupado en examinar este retrato con no menos atención que había examinado
el otro, cuando se abrió una puerta lateral y vio al conde de Morcef en persona.
Era un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, pero que aparentaba cincuenta por lo menos, cuyo
bigote y cejas negras contrastaban con unos cabellos casi blancos, enteramente cortados según la moda
militar. Iba vestido de paisano, y llevaba en su ojal una cinta, cuyos diferentes colores recordaban las
diversas órdenes de que estaba condecorado. Este hombre entró con paso digno y presuroso. Montecristo
le vio venir sin dar un paso, hubiérase dicho que sus pies estaban clavados en el suelo, como sus ojos lo
estaban en el rostro del conde de Morcef.
-Padre -dijo el joven-, tengo el honor de presentaros al señor conde de Montecristo, el generoso amigo
que he tenido el honor de encontrar en las difíciles circunstancias que ya conocéis.
-Tengo un gran placer en ver a este caballero -dijo el conde de Morcef sonriéndose-. Salvando usted la
vida al único heredero, ha prestado a nuestra casa un servicio que avivará eternamente nuestro
reconocimiento.
Y al pronunciar estas palabras el conde de Morcef señalaba un sillón al de Montecristo, mientras él se
sentaba frente a la ventana. En cuanto a Montecristo, mientras tomaba el sillón señalado por el conde de
Morcef, se colocó de modo que permaneciese oculto en las sombras de las grandes colgaduras de
terciopelo y pudiera leer en las facciones del conde una historia de secretos dolorosos, escritos en cada
una de sus arrugas, esculpidas antes de tiempo.
-La señora condesa -dijo Morcef- se hallaba en el tocador cuando el vizconde la mandó avisar la visita
que iba a tener el honor de recibir, va a bajar y dentro de diez minutos estará en el salón.
-Mucho honor es para mí -dijo Montecristo- el entrar, recién llegado a París, en relaciones con un
hombre, cuyo nombre iguala a la reputación, y con quien la fortuna nunca se ha mostrado adversa, pero
¿no tienen todavía en las llanuras del Misisipí o en las montañas del Atlas, algún bastón de mariscal que
ofreceros?
-¡Oh! -repuso sonrojándose Morcef-, abandoné el servicio, caballero. Nombrado par en tiempo de la
Restauración, estaba en la primera campaña y servía a las órdenes del mariscal Bourmont; podía, pues,
aspirar a un mando superior, y quién sabe lo que habría ocurrido si la rama mayor hubiese permanecido
en el trono. Pero la revolución de julio era, al parecer, demasiado gloriosa para ser ingrata, y lo fue, sin
embargo, para todo servicio que no databa del periodo imperial, porque cuando como yo, se han ganado
las charreteras en los campos de batalla, no se sabe maniobrar sobre el resbaladizo terreno de los salones.
He abandonado la espada para entrar en la política, me dedico a la industria, estudio las artes útiles.
Durante los veinte años que yo había permanecido en el servicio, lo había deseado mucho, pero me faltó
tiempo.
-Tales ideas son las que conservan la superioridad de vuestra nación sobre los otros países, caballero
-respondió Montecristo-; un noble perteneciente a una gran casa, con una brillante fortuna, habéis
consentido en ganar los primeros grados como oscuro soldado, esto es algo rarísimo. Después general, par
de Francia, comendador de la Le gión de Honor, consentís en volver a empezar una segunda carrera, sin
otra esperanza que la de ser algún día útil a vuestros semejantes... ¡Ah caballero, es hermoso, diré más,
sublime!
Alberto miraba y escuchaba a Montecristo con asombro. No estaba acostumbrado a verle elevarse a
tales grados de entusiasmo.
-¡Ay! -continuó el extranjero, sin duda para desvanecer la imperceptible nube que estas palabras
acababan de producir en la frente de Morcef-, nosotros no hacemos lo mismo en Italia, obramos según
nuestra cuna y clase, y siempre que podamos obraremos así durante toda nuestra vida.
-Pero, caballero -repuso el conde Morcef-, para un hombre de vuestro mérito, Italia no es una patria, y
Francia os abre sus brazos, venid a ella. Francia no será 'quizás ingrata para todo el mundo, trata mal a sus
hijos, pero generalmente recibe bien a los extranje ros.
-¡Ah!, padre mío -dijo Alberto sonriéndose-, bien se ve que no conocéis al señor conde de Montecristo.
No aspira a los hombres, y sólo se preocupa de lo que le puede facilitar un pasaporte.
-Esa es, en mi opinión, la expresión más exacta que jamás he oído -respondió el extranjero.
-Vos habéis sido dueño de vuestro porvenir -respondió el conde de Morcef con un suspiro-, y habéis
elegido el camino de las flores.
-Así es, caballero -respondió Montecristo con una de esas sonrisas que jamás podrá copiar un pintor, y
en vano tratará de analizar un fisiólogo.
-Si no hubiese temido fatigar al señor conde -repuso el general, encantado de los modales de
Montecristo-, le habría conducido a la Cámara; hoy hay una sesión curiosa para el que no conozca a nuestros
senadores modernos.
-Os quedaré muy agradecido, caballero, si queréis renovarme esa oferta en otra ocasión, pero hoy me
han lisonjeado con la esperanza de ser presentado a la señora condesa, y esperaré.
-¡Ah!, ahí está mi madre --exclamó el vizconde.
En efecto, Montecristo, volviéndose vivamente vio a la señora de Morcef en la puerta del salón opuesta
a la otra por donde había entrado su marido. Pálida a inmóvil, dejó caer, cuando Montecristo se volvió
hacia ella, su brazo, que, no se sabe por qué, se había apoyado sobre el dorado quicio de la puerta; estaba
allí hacía algunos segundos, y había oído las últimas palabras pronunciadas por el extranjero.
Este se levantó y saludó cortésmente a la condesa, que se inclinó a su vez, muda y ceremoniosa.
-¡Ah! ¡Dios mío!, señora -preguntó el conde-. ¿Qué os sucede? ¿Os hace mal el calor de este salón?
-¿Sufrís, madre mía? -exclamó el vizconde, lanzándose al encuentro de Mercedes.
Ambos fueron recompensados con una sonrisa.
-No -dijo-, pero he experimentado alguna emoción al ver por vez primera a la persona sin cuya
intervención en este momento estaríamos sumergidos en lágrimas y desesperación. Caballero -prosiguió
la condesa adelantándose con la majestad de una reina-, os debo la vida de mi hijo, y por este beneficio os
bendigo. Ahora os agradezco el placer que me causáis procurándome una ocasión de daros las gracias
como os he bendecido, es decir, con todo mi cora zón.
El conde se inclinó de nuevo, pero más profundamente que la primera vez; estaba aún más pálido que
Mercedes.
-Señora -dijo el conde-, y vos me recompensáis con demasiada generosidad por una acción muy
sencilla, salvar a un hombre, ahorrar tormentos a un padre y a una madre, esto no es siquiera una buena
obra, es sólo un acto de humanidad.
A tales palabras pronunciadas con una cortesía y una dulzura delicadas, la señora de Morcef respondió
con un acento profundo:
-Mucha felicidad es para mi hijo, caballero, el teneros por amigo, y doy gracias a Dios que lo ha
dispuesto todo así.
Y Mercedes levantó al cielo sus bellos ojos con una gratitud tan infinita que el conde creyó ver temblar
en ellos algunas lágrimas.
El señor Morcef se acercó a su esposa.
-Señora -dijo -, ya he dado mis excusas al señor conde por verme obligado a dejarle, y os suplico que
vos se las renovéis. La sesión se abre a las dos, son las tres, y debo hablar en ella.
-Descuidad, yo procuraré hacer olvidar vuestra ausencia a nuestro huésped -repuso la condesa-; señor
conde --continuó ella, volviéndose hacia Montecristo-, ¿nos haréis el honor de pasar el día con nosotros?
-Gracias, señora, y agradezco infinito vuestro ofrecimiento, pero me he apeado esta mañana a vuestra
puerta desde el camino. Ignoro cómo estoy instalado en París. Esta es una inquietud ligera, lo sé, pero sin
embargo, natural.
-¿Al menos, tendremos otra vez este placer, nos lo prometéis? -preguntó la condesa.
Montecristo se inclinó sin responder, aunque esta inclinación podía pasar por un asentimiento.
-Entonces no os detengo, caballero -dijo la condesa-, porque no quiero que mi reconocimiento sea
indiscreción.
-Querido conde -dijo Alberto-, si queréis, voy a pagaros en París vuestro amable favor de Roma, y
poner mi coupé a vuestra disposición hasta que tengáis tiempo de arreglar vuestros carruajes.
-Un millón de gracias por vuestra bondad, vizconde -dijo Montecristo-, pero presumo que el señor
Bertuccio habrá empleado las cuatro horas y media que acabo de dejarle y que hallaré en la puerta un
carruaje preparado.
Alberto estaba acostumbrado a los modales del conde; sabía que iba como Nerón en busca de lo
imposible y no se asombraba de nada, pero quería juzgar por sí mismo de qué modo habían sido
ejecutadas las órdenes, y le acompañó hasta la puerta de su casa.
Montecristo no se había equivocado. Apenas se presentó en la antesala, un lacayo, el mismo que en
Roma fue a llevar la carta de los dos jóvenes, y a anunciarles su visita, se había lanzado fuera del peristilo,
de suerte que al llegar al pie de la escalera, el ilustre viajero halló efectivamente su carruaje
esperándole.
Era un coupé, acabado de salir de los talleres de Keller, y un tiro por el que Drake había rehusado la
víspera dieciocho mil reales.
-Caballero -dijo el conde a Alberto-, no os propongo que me acompañéis a mi casa, pues no podría
mostraros más que una casa improvisada. Concededme un solo día, y entonces os invitaré a ella. Estaré
más seguro de no faltar a las leyes de la hospitalidad.
-Si pedís un día, estoy tranquilo, no será entonces una casa la que me mostréis, será un palacio. Desde
luego, tenéis algún genio a vuestra disposición.
-Creedlo así -dijo Montecristo poniendo el pie en el estribo, forrado de terciopelo, de su espléndido
carruaje-, esto me pondrá bien con las damas.
Y entró en su carruaje, que partió rápidamente, pero no tanto que no viera el movimiento imperceptible
que hizo temblar la colgadura del salón donde había dejado a Mercedes. Cuando Alberto entró en el
aposento de su madre, vio a la condesa hundida en un gran sillón de terciopelo, sumido en la penumbra
todo el cuarto, apenas pudo distinguir Alberto las facciones de su madre, pero parecióle que su voz estaba
alterada. También distinguió entre los perfumes de las rosas y de los heliotropos del florero, el olor acre
de las sales de vinagre sobre una de las copas cinceladas de la chimenea. Efectivamente, el pomo de la
condesa atrajo la inquieta atención del joven.
-¿Sufrís, madre mía? –exclamó entrando-. ¿Os habéis puesto mala durante mi ausencia?
-¿Yo?, no, Alberto. Pero ya comprenderéis que estas rosas y estas flores exhalan durante estos primeros
calores, a los cuales no estoy acostumbrada, tan intenso perfume...
-Entonces, madre mía -dijo Morcef, tirando del cordón de la campanilla-, es preciso llevarlas a vuestra
antesala. Estáis indispuesta; cuando entrasteis estabais ya muy pálida.
-¿Que estaba pálida decís, Alberto?
-Con una palidez que os sienta a las mil maravillas, madre mfa, pero que no por eso nos ha asustado
menos a tni padre y a mí.
-¿Os ha hablado de ello vuestro padre? -preguntó vivamente Mercedes.
-No, señora; pero a vos, recordadlo, os hizo esta observación.
-No lo recuerdo -dijo la condesa.
Un criado entró; acudía al ruido de la campanilla.
-Llevad esas ílores a la antesala o al gabinete de tocador -dijo el vizconde-, hacen mal a la señora
condesa.
El criado obedeció.
Hubo un momento de silencio, que duró todo el tiempo necesario para dar cumplimiento a esta orden.
-¿Qué nombre es ese de Montecristo? -preguntó la condesa, así que el criado hubo llevado el último
vaso de flores-. ¿Es algún nombre de familia, de tierra, un simple título?
-Me parece, madre mía, que es un título y nada más. El conde ha
comprado una isla en el archipiélago toscano, y ha fundado un pequeño reino, según él decía esta
mañana. Ya sabéis que eso se suele hacer por San Esteban de Florencia, por San Jorge Constantino de
parma y aun por la Orden de Malta. Aparte de ello, no tiene ninguna pretensión de nobleza, y se llama
conde de casualidad, aunque la opinión general en Roma es que el conde es un gran señor.
-Sus maneras son excelentes -repuso la condesa-, por lo menos según lo que he podido juzgar en los
breves instantes que ha perma necido aquí.
-¡Oh!, perfectas, madre mía. Tan perfectas, que sobrepujan en mucho a todo lo más aristocrático que yo
he conocido en las tres noblezas principales, es decir, en la nobleza inglesa, la española y la alemana.
La condesa reflexionó un momento, después replicó:
-¿Habéis visto, mi querido Alberto..., es una pregunta de madre lo que os dirijo..., habéis visto al señor
de Montecristo en su interior? Tenéis perspicacia, tenéis mundo, más de lo que ordinariamente se tiene a
vuestra edad, ¿creéis que el conde sea lo que aparenta en realidad?
-¿Y qué os parece?
-Vos lo habéis dicho hace un instante, un gran señor.
-Os he dicho, madre mía, que le tenía por tal.
-Pero vos, ¿qué opináis, Alberto?
-Yo no tengo opinión fija acerca de él, lo creo maltés.
-No os pregunto sobre su origen, os pregunto sobre su persona.
-¡Ah!, sobre su persona, eso es otra cosa. He visto tantas cosas extrañas en él, que si queréis que os diga
lo que pienso, os responderé que le miraría como a uno de los personajes de Byron, a quie nes la desgracia
ha marcado con un sello fatal. Algún Manfredo, algún Lara, algún Werner, como uno de esos restos, en
fin, de alguna familia antigua que, desheredados de su fortuna paterna, han encontrado una por la fuerza
de su genio aventurero, que les ha hecho superiores a las leyes de la sociedad.
-¿Qué estáis diciendo. .. ?
-Digo que Montecristo es una isla en medio del Mediterráneo, sin habitantes, sin guarnición, guarida de
contrabandistas de todas las naciones, de piratas de todos los países. ¿Quién sabe si estos dignos
industriales pagarán a su señor un derecho de asilo?
-Es posible -dijo la condesa pensativa.
-Pero no importa -replicó el joven-, contrabandista o no, convendréis, madre mía, puesto que le habéis
visto, en que el señor conde de Montecristo es un hombre notable, en que causará sensación en los
salones de París y, escuchad, esta mañana en mi cuarto inició su entrada en el mundo dejando
estupefactos a todos los que allí estaban, incluso a Chateau Renaud.
-¿Y qué edad podrá tener el conde? -inquirió Mercedes, dando visiblemente gran importancia a esta
pregunta.
-Tiene de treinta y cinco a treinta y seis años, madre mía.
-Tan joven es imposible -dijo Mercedes, respondiendo al mis mo tiempo a lo que le decía Alberto, y a lo
que le decía su pensamiento.
-No obstante, es verdad, tres o cuatro veces me ha dicho, y seguramente sin premeditación, en tal época
yo tenía cinco años, en otra tenía diez, en aquella doce. Yo, que por mi curiosidad estaba alerta siempre
que hablaba de estos detalles, reunía las fechas, y jamás le cogí en falta. La edad de este hombre singular,
que no tiene edad, es treinta y cinco años todo lo más. Recordad, madre mía, cuán viva es su mirada, cuán
negros sus cabellos, y su frente, aunque pálida, no tiene una arruga. Es una naturaleza no solamente
vigorosa, sino joven.
La condesa bajó la cabeza, como agobiada por amargos pensamientos.
-¿Y ese hombre es un amigo verdadero? mecimiento nervioso.
-Yo así lo creo.
-¿Y vos... le apreciáis también?
-Me resulta simpático, diga lo que quiera Franz d'Epinay, que quería hacerle pasar a mis ojos por un
hombre venido del otro mundo.
La condesa hizo un movimiento de terror.
-Alberto -dijo con voz alterada-, siempre os he encargado que tengáis mucho cuidado con las personas
recién conocidas. Ahora sois hombre y me podríais dar consejos; sin embargo, sed prudente, Alberto.
-Pero sería necesario, querida madre, para poder aprovechar el consejo, saber de qué tengo que
desconfiar. El conde no juega nunca, no bebe más que agua, dorada con una gota de vino de España; el
conde se ha anunciado rico y en efecto lo es, ¿qué queréis, pues, que tema del conde?
-Tenéis razón -dijo la condesa-, y mis temores son infundados tratándose de un hombre que os ha
salvado la vida. A propósito, ¿le ha recibido bien vuestro padre? Es importante que estemos más que
amables con el conde. El señor de Morcef está ocupado a veces, sus negocios le disgustan y podría ser
que sin querer...
-Mi padre ha estado perfecto, señora -interrumpió Alberto- diré más: ha parecido infinitamente
lisonjeado por dos o tres cumplidos que le ha dirigido tan a propósito el conde, como si le hubiera
conocido hace treinta años. Cada una de estas flechas lisonjeras han debido agradar a mi padre -añadió
Morcef riendo-, de suerte que se han separado siendo los mejores amigos del mundo y el señor de Morcef
quería llevarle a la Cámara para hacer que oyese su discurso.
La condesa no respondió. Se hallaba absorta en una meditación tan profunda que sus ojos se habían
cerrado poco a poco. El joven, en pie delante de ella, la miraba con ese amor filial más tierno y afectuoso
en los hijos cuyas madres son aún hermosas, y después de haber visto cerrarse sus ojos, la escuchó
respirar un instante en su dulce inmovilidad, y creyéndola dormida se alejó de puntillas, abriendo sigilosamente
la puerta del aposento.
-Este diablo de hombre -murmuró moviendo la cabeza-, yo ya había predicho que haría sensación en el
mundo; mido su efecto por un termómetro infalible. Mi madre ha puesto mucho la atención en él, de
consiguiente debe ser notable.
Y descendió a las caballerizas, no sin cierto despecho secreto, de que sin malicia alguna, el conde de
Montecristo había logrado tener un tiro de caballos mejor que el suyo, el cual desmerecería mucho en la
opinión de los entendidos.
-Decididamente -dijo-, los hombres no son iguales, es preciso suplicar a mi padre que aclare este teorema
en la Cámara Alta.







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