BLOOD

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viernes, 28 de diciembre de 2012

EL CONDE DE MONTECRISTO II



Capítulo tercero
El viaje
El conde de Montecristo lanzó un grito de alegría al ver llegar juntos a los jóvenes.
-¡Ah!, ¡ah! -dijo-, muy bien, espero que todo ha podido al fin arreglarse.
-Sí -dijo Beauchamp --, noticias absurdas que han caído en descrédito por sí mismas, y que si se
renovasen me tendrían hoy por su primer antagonista: así, pues, no hablemos más del asunto.
-Alberto os dirá el consejo que le había dado. Me encontráis, ami gos, acabando de pasar la mañana
peor de mi vida.
-¿Qué hacéis? -dijo Alberto-, me parece que arregláis vuestros papeles.
-Mis papeles, a Dios gracias, no; hay siempre en ellos un orden maravilloso, ya que jamás conservo
ninguno; pero pongo en orden los del señor Cavalcanti.
-¿Del señor Cavalcanti? -preguntó Beauchamp.
-¡Oh, sí! ¿No sabéis que es un joven a quien el conde ha lanzado al gran mundo? -dijo Morcef.
-No, no -respondió Montecristo-; entendámonos, yo no lanzo a nadie, y menos al señor Cavalcanti que
a otro cualquiera.
-Y que contrae matrimonio con la señorita de Danglars -continuó Alberto procurando sonreírse-, y lo
podéis conocer, mi querido Beauchamp, pues que esto me afecta cruelmente.
-¡Cómo! ¿Cavalcanti se casa con la señorita de Danglars? -pre guntó Beauchamp.
-¿Pero es que llegáis del fin del mundo? -dijo Montecristo-; vos, periodista, el favorito de la Fama: todo
París habla de eso.
-¿Y sois vos, conde, el que ha arreglado ese matrimonio?
-¡Yo! Silencio, señor noticiero, no digáis semejante cosa: ¡yo! ¡Dios me libre de arreglar matrimonios!
No; vos no me conocéis; por el contrario, me he opuesto cuanto he podido, y he rehusado pedir a su padre
la mano de la joven.
-¡Ah! lo comprendo -dijo Beauchamp -; ¿por causa de nuestro amigo Alberto?
-¿Por mi causa? -dijo el joven-, ¡oh!, no: el conde me hará justicia en atestiguar que le he rogado que
desbaratase mi proyectado matrimonio y que afortunadamente lo ha conseguido: el conde dice que no ha
sido él, y que no debo darle las gracias; sea, edificaré como los antiguos un altar Deo ignoto.
-Escuchad -dijo Montecristo-, no soy yo, puesto que mi amis tad con el futuro suegro se ha enfriado
mucho, lo mismo que con el joven; solamente Eugenia me ha conservado su afecto, porque no teniendo
ella gran vocación al matrimonio, ha visto cuán poco dispuesto estaba yo a contribuir a que ella perdiera
su libertad.
-¿Y decís que ese matrimonio está casi hecho?
-¡Oh! ¡Dios mío! Sí, a pesar de cuanto yo he dicho; conozco muy poco al joven, pretenden que es rico y
de buena familia; pero para mí esto no pasa de dicen que dicen: bastantes veces se lo he dicho a Danglars,
pero está encaprichado con su Luques. He llegado incluso a hacerle sabedor de una circunstancia
sumamente grave: el joven lo cambiaron mientras estaba criándole el ama, robado por unos gitanos, o
perdido por su preceptor, en lo que no estoy muy cierto; pero sí sé que su padre le ha perdido de vista por
más de diez años, y sólo Dios sabe lo que habrá estado haciendo durante estos diez años de vida errante;
pues bien, nada de esto ha sido bastante, me han encargado que escribiese al mayor pidiendo sus papeles;
helos aquí, voy a enviárselos, pero, como Pilatos, me lavo las manos.
-Y la señorita de Armilly, ¿qué cara os pone al ver que le quitáis su educanda?
-¡Diantre!, no sé, pero parece que se marcha a Italia; la señora de Danglars me ha hablado de ella, y me
ha pedido cartas de recomendación para los empresarios y le he dado una para el director de teatros Valle,
que me debe algunos favores. Pero ¿qué os pasa, Alberto? Estáis triste. ¿A que sin saberlo estáis
enamorado de la señorita de Danglars?
-No -dijo Alberto sonriendo tristemente. Beauchamp se puso a mirar los cuadros.
-Pero, en fin -continuó Montecristo-, no estáis en vuestro estado normal. ¿Qué os ocurre? Decídmelo.
-Tengo jaqueca -dijo Alberto.
-Pues bien, mi querido vizconde -dijo Montecristo-, tengo entonces un remedio infalible que
proponeros, y que me ha salido bien siempre que he sufrido algún contratiempo.
-¿Cuál? -preguntó el joven.
-Un viaje.
-¿De veras? -dijo Alberto.
-Sí, y en este momento, que estoy sumamente contrariado, me marcho. ¿Queréis venir conmigo?
-¿Vos contrariado, conde? -dijo Beauchamp -, ¿y por qué?
-Vive Dios, quisiera veros con la instrucción de un proceso criminal en casa.
-¡Una instrucción...! ¿Qué instrucción?
-¡Eh!, la que el señor Villefort dirige contra mi amable asesino, una especie de bandolero escapado del
presidio de Tolón, según parece.
-¡Ah!, es verdad -dijo Beauchamp -, he leído el hecho en los periódicos. ¿Y quién era ese Caderousse?
-Parece que es un provenzal: el señor de Villefort ha oído hablar de él cuando estaba en Marsella, y el
señor Danglars se acuerda de haberlo visto; el resultado es que el señor procurador del rey se ha
encargado con mucho interés del asunto, según parece, y ha interesado hasta el más alto grado al prefecto
de policía; gracias a este interés, al que les estoy sumamente reconocido, hace quince días que me envían
a cuantos ladrones pueden coger en París y sus cercanías, bajo el pretexto de que son los asesinos del
señor Caderousse, y el resultado será, si esto continúa, que dentro de tres meses no habrá en el bello reino
de Francia un ladrón o asesino que no tenga en la uña el plano de mi casa; tomo, pues, el partido de
abandonársela toda, y me voy tan lejos como me alcance la tierra. Venid conmigo, vizconde, os llevo de
buena gana.
-Con mucho gusto.
-¿Entonces es cosa hecha?
-Sí; pero ¿adónde vamos?
-Ya os lo he dicho, donde el aire es puro, donde el ruido adormece, donde por orgulloso que el hombre
sea, se siente humillado y pequeño; amo estas impresiones, yo, a quien llaman el dueño del mundo como
a Augusto.
-Pero ¿adónde vais?
-Al mar, vizconde, al mar. Soy un marino; siendo niño me he mecido en los brazos del viejo Océano, y
me he reposado en el seno de la bella Anfitrite; he jugado con la verde capa del uno y con el azula do
vestido de la otra. Amo al mar como se ama a una mujer, y no puedo estar separado mucho tiempo de él.
-Vamos, conde, vamos.
-¿Al mar?
-Sí.
-¿Aceptáis?
-Desde luego, acepto.
-Pues bien, vizconde, esta tarde estará en mi patio un buen briska de viaje, en el que puede uno
recostarse como en su cama. Este briska será conducido por cuatro caballos de posta. Señor Beauchamp,
caben cuatro cómodamente. ¿Queréis venir con nosotros?, os llevo también.
--Gracias, vengo del mar.
-¡Cómo! ¿Que venís del mar?
-Sí, he hecho una pequeña excursión a las islas Borromeas.
-¡Qué importa!, venid -dijo Alberto.
-No, mi querido Morcef, debéis conocer que cuando rehúso es porque me es imposible. Además
-añadió bajando la voz-, conviene que permanezca en París, aunque no sea más que para cuidar de las
comunicaciones que puedan hacerse al periódico.
-¡Ah!, sois un excelente amigo -dijo Alberto-; vigilad, mi querido Beauchamp, y procurad descubrir al
enemigo a quien debemos esta fatal revelación.
Alberto y Beauchamp se separaron y estrechándose la mano, se dije ron cuanto delante de un extraño no
podían pronunciar sus labios.
-Excelente joven es este Beauchamp -dijo Montecristo después que se marchó el periodista-. ¿Verdad,
Alberto?
-¡Ah!, sí; un hombre singular, os lo aseguro, le quiero con toda mi alina; pero ya que estamos solos,
aunque me es indiferente, os pre guntaré ¿adónde vamos?
-A Normandía, si os parece.
-¿Estaremos completamente en el cameo, sin sociedad, sin vecinos?
-Sí; no tendremos más que caballos para correr, perros para cazar y una barca para pescar; he aquí todo.
-Es cuanto necesito; voy a prevenir a mi madre, y estoy a vuestras órdenes.
-Pero -dijo Montecristo-, ¿os permitirán venir?
-¿Cómo?
-Venir a Normandía.
-¡A mí! Soy completamente fibre.
-Para ir donde os parezca, solo, sí, lo sé, pues os he encontrado en Italia.
-¡Y bien!
-¡Pero viajar con el hombre misterioso, a quien llaman el conde de Montecristo... !
-Poca memoria tenéis, conde.
-¿Por qué?
-Porque habéis olvidado el gran afecto y simpatía que os he dicho que mi madre os profesa.
-Muchas veces la mujer varía, ha dicho Francisco I: la mujer es como la onda, dijo Shakespeare; el uno
era un gran rey, el otro un gran poeta, y ambos debían conocer bien a la mujer.
-Sí, la mujer; pero mi madre no es la mujer, es una mujer...
-Permitid a un extranjero ignorar la fuerza de las expresiones de vuestro idioma.
-Quiero decir que mi madre es poco pródiga en sus afectos, pero una vez que los concede, son para
siempre.
-¡Ah! -dijo suspirando Montecristo-, ¿y creéis que me haga el honor de dispensarme algún afecto
particular y no la más pura indiferencia?
-Oídme bien -respondió Morcef-, os lo he dicho y os lo repito: es preciso que seáis un hombre muy
superior.
-¡Oh!
-Sí; porque mi madre ha sido subyugada por vos, le inspiráis un gran interés, y cuando estamos solos no
hace sino hablarme de vos.
-¿Os dice que desconfiéis de Manfredo?
-Al contrario, me dice: Morcef, creo al conde noble y generoso, procura que lo quiera.
Montecristo volvió la vista y lanzó un suspiro.
-¡Ah! , verdaderamente -dijo.
-De suerte que -continuó Alberto-, conoceréis que lejos de oponerse a mi viaje, lo aprobará, puesto que
entra en las recomendaciones que me hace diariamente.
-Id, pues -dijo Montecristo-, y hasta la tarde: estad aquí a las cinco, llegaremos allá a las doce o a la
una, a más tardar.
-¡Cómo! ¿A Treport?
-A Treport o a sus cercanías.
-¿No necesitáis más que ocho horas para andar cuarenta y ocho leguas?
-Y aún es mucho -dijo Montecristo.
-Desde luego. Sois el hombre de los prodigios, y conseguiréis no sólo ir más veloz que los vagones de
los trenes, lo que en Francía no es muy difícil, sino que sobrepujaréis en velocidad al telégrafo.
-Con todo, vizconde, como necesitamos siete a ocho horas para llegar allá, sed puntual.
-Descuidad, no tengo hasta esa hora ninguna otra cosa más que hacer que preparar mi viaje.
-Hasta las cinco, pues.
-Hasta las cinco.
Alberto salió. Montecristo, después de saludarle sonriendo, permaneció un instante pensativo y como
absorto en una profunda meditación; finalmente, pasando la mano por su frente, como para apartar una
molesta idea, se levantó, se acercó a un timbre y llamó dos veces.
Entró Bertuccio.
-Señor Bertuccio -le dijo-, no es ya mañana o pasado mañana, como había pensado antes, sino esta
tarde mismo, cuando quiero salir para Normandía; desde ahora hasta las cinco tenéis tiempo sobrado;
haced que estén prevenidos los palafreneros del primer relevo; el señor de Morcef me acompaña, id pues.
Bertuccio obedeció; un postillón salió a escape a Poutoise para decir que a las seis en punto pasaría la
silla de posta; desde Poutoise transmitió el aviso al relevo siguiente, y así continuó de relevo en re levo, de
suerte que seis horas después todos estaban advertidos y prontos.
Antes de salir, el conde subió a ver a Haydée, le anunció su viaje y puso toda la casa a su disposición.
Alberto fue puntual; el viaje, triste al principio, se modificó poco a poco: Morcef no tenía idea de un
modo de viajar tan acelerado y al mismo tiempo cómodo; manifestólo así al conde, y éste le dijo:
-Es cierto, no podéis tener idea de este modo de viajar con vuestras postas, que corren solamente dos
leguas por hora, y mucho me nos con la estúpida ley que prohíbe que ningún viajero pase antes que otro,
de modo que un enfermo o majadero detiene y encadena, por decirlo así, tras él a los demás, aunque éstos,
sanos y alegres, quieran correr doble; para evitar estos inconvenientes viajo siempre con postillones y
caballos míos. ¿No es así, Alí?
Y el conde, asomando la cabeza por la portezuela, dio una especie de chillido para excitar a los
caballos; parecía como si les hubieran nacido alas.
El coche corría veloz como el rayo, y todos volvían la cabeza al verlo pasar. Alí se sonreía mostrando
sus blancos dientes; repetía este chillido, y llevando apretadas las riendas, excitaba a los caballos, cuyas
bellas crines flotaban con el viento: Alí, el hijo del desierto, se encontraba en su elemento, y con su cara
negra, sus ardientes ojos y su turbante blanco parecía, en medio del torbellino de polvo que levantaban los
caballos, el genio del simún o el dios del huracán.
-He aquí un placer que no conocía -dijo Morcef, y desaparecieron de su frente las últimas señales de
tristeza-. ¿Pero dónde habéis encontrado semejantes caballos? -preguntó al conde-, ¿los habéis criado ex
profeso?
-Adivinasteis. Hace seis años que hallé en Hungría un caballo semental, famoso por la ligereza: lo
compré, no me acuerdo en cuánto. Bertuccio lo pagó. En aquel año tuvo treinta y dos hijos; vamos a pasar
revista a toda esa prole. Son todos iguales, negros, sin una mancha, excepto una estrella blanca en la
frente, porque tuve cuidado de que se le escogiesen yeguas excelentes, como el sultán escoge favoritas.
-¡Es admirable... ! Pero decidme, conde, ¿qué habéis hecho con todos esos caballos?
-Ya lo veis, viajo con ellos. Cuando no los necesite, Bertuccio los venderá. Dice que ganará treinta o
cuarenta mil francos en ellos.
-Pero no habrá rey en Europa bastante rico para comprarlos todos.
-Los venderá a algún visir del Oriente, que dejará vacío su tesoro para pagarlos y que lo volverá a llenar
administrando a sus súbditos la bastonada en la planta de los pies.
-¿Queréis, conde, que os participe una idea que acaba de ocurrírseme?
-Decid.
-Que, después de vos, Bertuccio debe ser el simple particular más rico de Europa.
-Pues bien, os engañáis, vizconde, estoy seguro de que no tiene dos reales.
-¿Es posible? -preguntó el joven-. Ese Bertuccio es un fenómeno; mi querido conde, me contáis cosas
maravillosas, casi increíbles.
-Nada hay de maravilloso, Alberto: los números y la razón os lo probarán; escuchad pues: cuando un
mayordomo roba, ¿por qué lo hace?
-Porque tal es la condición de todos ellos, según creo -dijo Alberto.
-Os equivocáis. Roba porque tiene mujer, hijos y deseos ambicio sos para él y su familia; roba
principalmente porque no tiene la certeza de permanecer siempre con su amo, y quiere asegurar su porvenir.
Ahora bien, Bertuccio es solo, no tiene pariente alguno, toma de mi dinero lo que necesita sin tener
que darme cuenta, y está seguro de que no se separará nunca de mí.
-¿Por qué?
-Porque no encontraré otro tan bueno.
-No salís de un círculo vicioso, cual es el de las probabilidades.
-¡Oh!, no; estoy en lo cierto: el buen criado para mí es aquel sobre quien tengo derecho de vida y
muerte.
-¿Y lo tenéis sobre Bertuccio?
-Sí -respondió con frialdad el conde.
Hay palabras que ponen fin para siempre a una conversación; el sí del conde era una de ellas. El viaje
continuó con la misma velocidad; los treinta y dos caballos, divididos en ocho relevos corrieron las cuarenta
y ocho leguas en ocho horas.
Llegaron a medianoche a la puerta de un hermoso parque; el conserje tenía la reja abierta, y de pie junto
a ella parecía esperar a su amo; le había advertido de su llegada el postillón del último relevo.
A las dos y media de la mañana llevaron a Morcef a su cuarto, halló un baño y la cena preparada; el
criado que venía durante el camino sentado detrás estaba a sus órdenes. Bautista, que había venido en la
delantera, servía al conde.
Alberto tomó un baño, cenó y se acostó; adormecióle el ruido de las alas, melancólico y triste; al
levantarse se fue derecho a la ventana, la abrió y se encontró en una azotea, desde la que veía
perfectamente el mar, es decir, la inmensidad, y por la espalda, el hermoso parque y un bosque.
En una rada inmediata mecíase una ligera corbeta, estrecha en la carena, elegante en su armadura, y que
llevaba en el árbol mayor un pabellón con las armas de Montecristo, que era un monte de oro, con una
cruz sobre un mar azul, lo que podía muy bien ser una alusión a su título, recordando el Calvario, que la
pasión de Nuestro Señor convirtió en una montaña más preciosa que el oro, y la cruz, infa me antes, que
su pasión divina hizo santa, o también alguna alusión personal al sufrimiento y regeneración que se
ocultaba en los antecedentes, ignorados de todos, de aquel hombre misterioso.
En torno a la goleta había un grupo de barcas de pescadores de los lugarcillos inmediatos, que parecían
súbditos esperando la orden de su reina. Allí, como en cualquier otra parte en que Montecristo se detenía,
se encontraban todas las comodidades de la vida tan perfectamente metodizadas, que con facilidad se
acostumbraba cualquiera a ellas.
Alberto encontró en su antecámara dos escopetas y todos los utensilios necesarios a un cazador; una
pieza situada en el piso bajo estaba destinada a guardar todas las ingeniosas máquinas que los ingleses,
grandes pescadores, porque son muy cachazudos y ociosos, no han podido aún hacer adoptar a los
rutinarios franceses.
Pasóse el día en estos ejercicios, en los que Montecristo era sobresaliente; mataron una docena de
faisanes en el parque, pescaron infinidad de truchas, y tomaron el té en la biblioteca.
Al tercer día por la tarde Alberto, fatigado de una vida tan activa, y que parecía un juego para
Montecristo, dormía en un sillón inme diato a la ventana, y el conde trazaba con su arquitecto el plan de
un invernadero que quería construir en su jardín, cuando el galope de un caballo despertó al joven; miró
por la ventana, y con desagradable sorpresa vio a su camarero, a quien no había querido traer consigo, por
no causar tantas molestias a Montecristo.
-¡Florentín, aquí! -gritó levantándose apresurado-. ¿Está mala mi madre?
Y salió con precipitación. Montecristo le siguió con la vista, le vio, acercóse al criado, y éste, sin poder
respirar aún, sacó del bolsillo un paquete cerrado y sellado, y se lo entregó: contenía una carta y un
periódico.
-¿De quién es esa carta? -inquirió Alberto.
-Del señor Beauchamp -respondió Florentín.
-¿Es Beauchamp el que os ha enviado?
-Sí, señor; me llamó a su casa, me dio el dinero necesario para el viaje, hizo que me entregasen un
caballo de posta, y que le prometiera no pararme hasta llegar a veros; he corrido quince horas seguidas.
Alberto abrió la carta conmovido; apenas leyó los primeros renglones, lanzó un grito y cogió el
periódico con manos trémulas. De repente oscurecióse su vista, flaquearon sus piernas, y viendo que iba a
caerse se apoyó en el brazo que Florentín le presentaba.
-Pobre joven -dijo Montecristo, pero tan bajo que nadie pudo oír aquellas palabras de compasión-. Está
escrito que las faltas de los padres recaerán sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.
Alberto había ido entretanto recobrando sus fuerzas; continuó leyendo, separando con la mano los
cabellos que cayeron sobre su frente bañada de sudor, y arrugó entre sus manos la carta y el perió dico.
-Florentín -dijo-, ¿vuestro caballo está en disposición de tomar el camino de París?
-Es un mal jaco de posta y está desherrado.
-¡Oh! ¡Dios mío! ¿Y cómo estaban en casa cuando salisteis?
-Bastante tranquilos; pero cuando volví de casa del señor Beauchamp encontré a la señora llorando, me
llamó para que la informase de cuándo volveríais; le dije que iba a buscaros de parte del señor
Beauchamp, hizo un movimiento como para detenerme, mas luego re flexionó un instante y me dijo:
-Id, Florentín, y que vuelva pronto.
-Sí, madre mía, sí -dijo Alberto-, volveré; ¡ah!, tranquilizaos, ¡y ay del infame... ! Pero lo primero es
pensar en volver -y dirigióse al cuarto en que había dejado a Montecristo.
No era ya el mismo hombre; cinco minutos habían sido suficientes para producir una triste
metamorfosis en Alberto; había salido del cuarto en estado normal; volvió a entrar con la voz alterada, la
cara enrojecida, los ojos centelleantes y el modo de andar incierto de un hombre ebrio.
-Conde -dijo-, os doy las gracias por vuestra generosa hospitalidad, hubiera deseado disfrutar de ella
más tiempo, pero me es pre ciso volver a París.
-¿Pues qué ha ocurrido?
-Una gran desgracia; mas permitidme que me vaya: se trata de una cosa que es mil veces más preciosa
que la vida; no me preguntéis, conde, os lo suplico; mandad, eso sí, que me den un caballo.
-Todos los míos están a vuestra disposición, vizconde, pero vais a destrozaros corriendo la posta a
caballo; tomad mi silla, o si no un cabriolé.
-No; tardaría más, y además, ese mismo cansancio me hará bien, no temáis.
Dio una vuelta en derredor, como un hombre herido por una bala, y fue a caer en un sillón junto a la
puerta. Montecristo no vio este segundo momento de debilidad porque estaba asomado a la ventana,
gritando:
-Alí, un caballo para el señor de Morcef; pronto, que lleva prisa.
Estas palabras volvieron la vida a Alberto, lanzóse fuera del cuarto y el conde le siguió.
-Gracias --dijo el joven montando a caballo-, venid tras de mí, lo más pronto que podáis, Florentín.
¿Qué debo decir para que continúen dándome caballos?
-Nada, basta que vean el que montáis para que os ensillen inme diatamente otro.
Alberto iba a partir, pero se detuvo.
-Pensaréis que mi viaje es extraño -dijo el joven-, no comprenderéis cómo algunas líneas escritas en un
periódico han podido reducir a un hombre a la desesperación. Pues bien -añadió dándole el periódico-,
leed eso, pero solamente cuando yo me haya marchado, a fin de que no veáis mi confusión.
Y mientras el conde recibía el periódico, hincó las espuelas al caballo, que admirado de que hubiese
jinete que pudiese creer que las necesitaba, partió a escape, veloz como una flecha.
Siguióle el conde con la vista, y su mirada expresaba un sentimiento de compasión indefinible, y
cuando desapareció leyó lo siguiente en el periódico:
El oficial francés al servicio de Alí-Bajá, de Janina, de que hablaba hace tres semanas El Imparcial, y
que no solamente vendió el castillo de Janina, sino que entregó a los turcos a su bienhechor, se llamaba,
efectivamente, Fernando en aquella época, como dijo nuestro honorable colega, pero después agregó a
su nombre un título de nobleza y el de una de sus tierras.
Actualmente se llama el conde de Morcef, y es miembro de la Cámara de los Pares.
Por consiguiente, aquel terrible secreto que Beauchamp había ocultado tan generosamente aparecía
como un fantasma armado; y otro periódico cruelmente informado había publicado al día siguiente de la
salida de Alberto para Normandía, aquellos pocos renglones que casi volvieron loco al joven.
Capítulo cuarto
El juicio
Serían las ocho de la mañana cuando cayó Alberto como un rayo en casa de Bqauchamp. El ayuda de
cámara estaba avisado, a introdujo a Morcef en el cuarto de su amo, que acababa de entrar en el baño.
-¡Y bien! -le dijo Alberto. ,
-Os estaba esperando, amigo mío -contestó Beauchamp.
-Aquí me tenéis. No os diré, Beauchamp, que os creo demasiado honrado y demasiado noble para
sospechar que habéis hablado a nadie de nuestro asunto; no, amigo mío. Además, el mensaje que me
habéis enviado es una garantía del aprecio que os merezco. Por consiguiente, no perdamos tiempo en
preámbulos, ¿tenéis alguna idea de quién puede venir el golpe?
-Os diré lo que sé.
-Sí; pero antes, amigo mío, debéis referirme la historia de esta abominable traición con todos sus
pormenores.
Y Beauchamp refirió al joven, abrumado de vergüenza y dolor, los hechos que vamos a referir con toda
su sencillez.
La mañana de la antevíspera, el artículo había aparecido en EL Imparcial y en otro periódico, y lo que
es más todavía, en un periódico muy conocido por pertenecer al gobierno. Beauchamp se hallaba almorzando
cuando leyó el artículo: envió inmediatamente a buscar un cabriolé, y sin acabar de almorzar
marchó a la redacción del diario ministerial.
Aunque de ideas políticas enteramente opuestas a las del director del periódico acusador, Beauchamp,
como sucede algunas veces, y aun diremos siempre, era íntimo amigo suyo.
Halló al director, que tenía en la mano su propio periódico, y parecía que estaba leyendo con la mayor
complacencia su articulito sobre el azúcar de remolacha, que probablemente sería de su cosecha.
-¡Ah! -dijo Beauchamp -, puesto que tenéis en la mano vuestro periódico, querido ***, excuso deciros a
qué vengo.
-¿Sois acaso partidario de la caña de azúcar? -preguntó el director del periódico ministerial.
-No -contestó Beauchamp -, y hasta hoy soy extraño a la cuestión; vengo por otro asunto.
-¿Cuál?
-Por el artículo acerca de Morcef.
-¡Ah! , ya: ¿no es verdad que es bastante curioso?
-Tan curioso que creo que os exponéis a veros complicado en una causa de dudoso resultado.
-No, por cierto: hemos recibido con la nota todos los documentos justificativos, y estamos
perfectamente convencidos de que el señor de Morcef no dará ningún paso; por otra parte, es hacer un
bien al país al denunciarle a los miserables, indignos del honor que se les hace.
Beauchamp quedó desconcertado.
-¿Pero quién os ha dado tan comp letos pormenores? -preguntó-, porque mi periódico, que fue el
primero que habló del particular, tuvo que abstenerse por falta de pruebas, y sin embargo, estamos más
interesados que vos en arrancar la máscara al señor Morcef, puesto que es par de Francia, y nosotros
representamos la oposición.
-¡Oh!, nada más sencillo; no hemos corrido detrás del escándalo, ha venido él a buscarnos. Un hombre
que acaba de llegar de Janina nos trajo ayer todos esos documentos, y como manifestásemos algún reparo
en insertar la acusación, nos dijo que si nos negábamos se publicaría el artículo en otro periódico. Nadie
sabe mejor que vos cuánto vale una noticia interesante; no quisimos desperdiciarla. El golpe está bien
dado; es terrible y resonará en toda Europa.
Beauchamp conoció que no había más remedio que bajar la cabeza, y salió a la desesperada para enviar
un correo a Morcef.
Pero lo que no había podido escribir a Alberto, porque lo que vamos a referir fue posterior a la salida
del correo, es que el mismo día, en la Cámara de los Pares, se había notado una extraordinaria agitación.
Los pares iban llegando antes de la hora y hablaban del siniestro acontecimiento que iba a ocupar la
atención pública y a fijarla en uno de los miembros más conocidos del ilustre Cuerpo.
Leíase el artículo en voz baja, hacíanse comentarios, y los recuerdos que se suscitaban iban precisando
cada vez más los hechos. El conde de Morcef no era querido de sus colegas. Como todos los que han
salido de la nada, para conservarse a la altura de la clase, tenia que observar un exceso de altivez. Los
grandes aristócratas se reían de él; los talentos le repudiaban y las glorias puras le despreciaban
instintivamente. A este fatal extremo de la víctima expiatoria había llegado el conde. Una vez designada
por el dedo del Señor para el fatal sacrificio, todos se preparaban para gritar: ¡Justicia!
El conde de Morcef era el único que lo ignoraba todo. No recibía el periódico que publicaba la noticia,
y había pasado la mañana en escribir camas y probar su caballo.
Llegó, pues a la hora de costumbre, con la cabeza erguida, mirada orgullosa y andar insolente; se apeó
del coche, atravesó los pasillos y entró en la sala, sin notar las vacilaciones de los ujieres, ni la frialdad de
sus colegas al saludarle.
Cuando Morcef entró hacía ya media hora que había empezado la sesión.
A pesar de que el conde, ignorante, como hemos dicho, de cuanto había ocurrido, no había alterado en
lo más mínimo su aire, ni sus ademanes, su presencia en esta ocasión pareció de tal suerte agresiva a esta
asamblea celosa de su honor, que todos vieron en ello una inconveniencia, muchos una bravata y algunos
un insulto. Era evidente que la Cámara entera deseaba entablar el debate.
Se veía el periódico acusador en manos de todos los pares; pero, como siempre, nadie quería cargar con
la responsabilidad del ataque. Finalmente, uno de los honorables pares, enemigo declarado del conde de
Morcef, subió a la tribuna con una solemnidad que anunció que había llegado el momento esperado.
Guardóse un silencio sepulcral. Sólo Morcef ignoraba la causa de la atención profunda que se prestaba
a un orador a quien no se acostumbra a oír con tanta complacencia.
El conde dejó pasar tranquilamente el preámbulo, en que el orador establecía que iba a hablar de una
cosa tan grave, tan sagrada y tan vital para la Cámara, que reclamaba toda la atención de sus colegas.
A las primeras palabras de Janina y del coronel Fernando, el conde de Morcef se puso intensamente
pálido, lo que causó un estremecimiento general en la asamblea, y codas las miradas se fijaron en él.
Las heridas mortales tienen de particular que se ocultan, pero no se cierran: siempre dolorosas,
permanecen vivas y abiertas en el corazón.
Terminó la lectura del artículo en medio del mismo silencio, turbado entonces por un rumor que cesó
tan pronto como el orador volvió a tomar la palabra. El orador expuso sus escrúpulos, y manifestó cuán
difícil era su posición: era el honor del señor de Morcef, el honor de toda la Cámara lo que pretendía
defender, provocando un debate en que se iba a entrar en esas cuestiones personales que siempre resultan
odiosas. Concluyó pidiendo que se procediese a una investigación bastante rápida para confundir, antes
de que tomase cuerpo, la calumnia, y para restablecer al señor de Morcef en la posición en que la opinión
pública le había colocado.
Morcef se hallaba tan abatido, que apenas pudo pronunciar algunas palabras ante sus colegas para
justificarse: aquella conmoción, que podía atribuirse lo mismo al asombro del inocente que a la vergüenza
del culpable, le atrajo algunas simpatías. Los hombres generosos son siempre compasivos, cuando la
desgracia de su adversario es mayor que su odio.
El presidente puso a votación la sumaria, y ésta dio por resultado que había méritos para formarla.
Preguntaron al conde cuánto tiempo necesitaba para preparar su justificación. Morcef se había
reanimado, sintiendo aún algún vigor después de aquel terrible-suceso, y respondió:
-Señores, no es con tomarse tiempo con lo que se rechaza un ataque, como el que contra mí dirigen
enemigos solapados, y que sin duda permanecerán escondidos en las sombras del incógnito; en el
momento, y como un rayo, es preciso que yo responda a las inculpaciones que contra mí se han hecho.
¡Ah!, ¡ojalá, en lugar de semejante justificación, me fuese permitido derramar toda mi sangre, para probar
a mis nobles compañeros que soy digno de sentarme a su lado!
Tales palabras produjeron en el auditorio una impresión favorable para el acusado.
-Pido -dijo- que la sumaria información se forme lo más pronto posible, y yo exhibiré ante la Cámara
los documentos necesarios.
-¿Qué día señaláis para eso? -preguntó el presidente.
-Desde este momento estoy a la disposición de la Cámara.
El presidente tocó la campanilla.
-¿La Cámara -prosiguió- quiere que esta sumaria informa ción se efectúe hoy mismo?
-Sí -fue la unánime respuesta de la asamblea.
Nombróse una comisión integrada por doce miembros para exa minar los documentos que debía
presentar Morcef; se señaló la hora en que debía celebrarse la primera sesión, y se fijó la de las ocho de la
noche, en la sala de comisiones de la Cámara, y se determinó que si fuesen necesarias más sesiones, se
celebrasen a la misma hora.
Tomada esta resolución, Morcef pidió permiso para retirarse; debía coordinar los documentos que, para
hacer frente a esta tempestad, había guardado durante tanto tiempo; pues su genio cauteloso y previsor la
esperaba siempre.
Beauchamp contó al joven cuanto acabamos de referir; sólo que su relato tuvo de ventaja sobre el
nuestro la animación producida en él por la amistad.
Alberto le escuchó temblando, tan pronto de esperanza como de cólera, y algunas veces de vergüenza;
pero Beauchamp sabía que su padre era culpable, y se preguntaba cómo siéndolo podría llegar a pro bar su
inocencia.
-¿Y después? -preguntó Alberto.
-¿Después? -dijo Beauchamp.
-Sí.
-Amigo mío, eso sí me pone en un terrible compromiso. ¿Queréis saber lo que sucedió?
-Es preciso; prefiero que seáis vos el que me lo cuente, a saberlo por cualquier otro conducto.
-Bien -dijo Beauchamp -, preparaos, Alberto; jamás habéis tenido tanta necesidad como ahora de
demostrar vuestro valor.
Alberto pasó la mano por su frente, para asegurarse de su propia fuerza, como el hombre que se prepara
a defender su vida, prueba su corazón y la hoja de su espada. Sintióse fuerte, porque tomaba por energía
lo que no era más que un estado febril.
-Continuad -dijo.
-Llegó la noche -siguió diciendo Beauchamp -, todo París esperaba el resultado.
» Muchos había que decían que vuestro padre no necesitaba más que presentarse para echar por tierra
la acusación; otros decían que el conde no se presentaría, y otros aseguraban por último haberle visto
partir para Bruselas; algunos hubo que fueron a la policía a preguntar si era verdad que el conde había
sacado su pasaporte.
» Debo confesaros que hice cuanto pude para obtener de uno de los miembros de la Cámara, joven par,
amigo mío, que me permitie sen entrar en una tribuna reservada; a las siete vino a buscarme, y antes que
nadie llegase, me recomendó a un ujier, el cual me encerró en una especie de palco: ocultábame una
columna, y estaba como perdido en la oscuridad; esperaba así ver y oír hasta el fin la terrible escena que
iba a presentarse a mis ojos.
» A las ocho en punto todo el mundo había llegado.
» El señor de Morcef entró al sonar la última campanada, traía en la mano algunos papeles y su aspecto
era tranquilo; contra su costumbre, su aire era sencillo y su traje austero: llevaba un frac abotonado como
suelen usar los militares antiguos. Su presencia produjo el mejor efecto, la comisión le era favorable en
general, y muchos de sus miembros se acercaron al conde y le dieron la mano.
El corazón de Alberto se desgarraba al oír estos detalles; pero en medio de su dolor, dejó entrever un
sentimiento de gratitud; hubiera querido poder abrazar a los que dieron a su padre aquella señal de
amistad en medio del horrible compromiso en que se hallaba su honor.
» En aquel instante se presentó un ujier y entregó una carta al pre sidente.
» -Señor de Morcef, tenéis la palabra -dijo éste, abriendo la carta.
» El conde empezó su apología, y os aseguro, Alberto, que estuvo hábil y elocuente: presentó los
documentos que probaban que el visir de Janina le había honrado hasta el último momento con toda su
confianza, puesto que le había encargado una negociación de vida o muerte para con el emperador
mismo. Mostró el anillo, signo de amistad, y con el cual Alí-Bajá sellaba ordinariamente sus cartas, y que
le había entregado, para que pudiese, a su vuelta, penetrar hasta su habitación, a cualquier hora del día o
de la noche, y aunque estuviese en su harén. Desgraciadamente -dijo-, la negociación salió mal, y cuando
volvió para defender a su bienhechor, éste había falle cido ya; pero -añadió el conde- al morir Alí-Bajá,
era tal su confianza, que me mandó entregar su favorita y su hija.
Alberto tembló, porque a medida que Beauchamp hablaba, acudían a su imaginación las palabras de
Haydée, y recordaba que la hermosa griega le había contado algo de aquella negociación, de aquel anillo,
y del modo en que fue vendida como esclava.
-¿Y qué efecto produjo el discurso del conde? -preguntó con ansiedad Alberto.
-Confieso que me conmovió, y lo mismo a toda la comisión -dijo Beauchamp.
» Mientras tanto, el presidente pasó ligeramente los ojos por una carta que acababan de traerle; mas a
las primeras líneas despertóse su atención, y después de leerla y releerla, fijó los ojos en Morcef, y dijo:
» -Señor conde, ¿habéis dicho que el visir de Janina os había confiado su mujer y su hija?
» -Sí, señor -respondió Morcef-, pero la desgracia me ha perseguido en esto como en todo. A mi vuelta,
Basiliki y su hija Haydée habían desaparecido.
» -¿Las conocíais vos?
» -Pude verlas más de veinte veces, debido a mi intimidad con el bajá, y la gran confianza que en mi
lealtad tenía.
» -¿Y tenéis alguna idea de la suerte que les ha cabido después?
» -Sí. He oído decir que habían sucumbido a su dolor, y tal vez a su miseria. Yo no era rico; mi vida
corría grandes peligros y, con gran pesar mío, no pude consagrarme a buscarlas.
» El presidente frunció imperceptiblemente el ceño.
» -Señores -dijo entonces-. Habéis oído las explicaciones del conde de Morcef. Señor conde, para
apoyar vuestra declaración, ¿podéis presentar algún testigo?
» -¡Ay!, no -respondió el conde-, todos cuantos rodeaban al visir, y que me conocieron en su come, han
muerto, o desaparecido; únicamente yo, según creo, únicamente yo, al menos entre mis compatriotas, he
sobrevivido a guerra tan cruel; no conservo más que las cartas de Alí-Tebelín, y las he presentado; no me
queda más que el anillo que me dio en prenda de su voluntad; helo aquí; pero tengo la prueba más
convincente que se puede suministrar contra un ataque anónimo, es decir, la ausencia de toda clase de
testimonio contra mi palabra de hombre honrado, y la pureza de toda mi vida militar.
» Un murmullo de aprobación circuló por la asamblea; en este mo mento, Alberto, si no hubiera
sobrevenido ningún accidente, la causa de vuestro padre habría vencido.
» Ya no faltaba más que proceder a la votación, cuando el presidente tomó la palabra.
» -Señores -dijo-, y vos, señor conde, presumo no llevaréis a mal oír un testigo muy importante, según
asegura, y que viene a ofrecerse de motu propio; este testigo, según lo que acaba de decirnos el señor
conde, no dudo que es llamado a probar la total inocencia de nuestro colega. Esta es la carta que acabo de
recibir acerca del particular: ¿deseáis que se lea, o decidís que se haga caso omiso de este incidente?
» El señor de Morcef se puso pálido, y estrujó los papeles que tenía en las manos.
» La comisión acordó que se leyera: en cuanto al conde, estaba pensativo, y nada dijo.
» El presidente leyó la siguiente misiva:
« Señor presidente:
» Puedo dar datos positivos a la comisión encargada de examinar la conducta que el teniente general,
conde de Morcef, observó en Epiro y Macedonia.»
» El presidente hizo una breve pausa.
» El conde de Morcef palideció; el presidente interrogó con la vista al auditorio.
-Continuad -dijeron todos a una voz.
«Asistí a los últimos momentos de Alí-Bajá; sé cuál fue la suerte de Basiliki y Haydée; estoy a las
órdenes de la comisión, y reclamo el honor de que se me oiga. Estaré en el vestíbulo de la Cámara en el
momento en que os entreguen esta carta.»
» -¿Y quién es ese testigo, o por mejor decir, ese enemigo? -in quirió el conde con voz profundamente
alterada.
» -Vamos a saberlo -contestó el presidente-. ¿Quiere oír la comisión a ese testigo?
» -¡Sí, sí! -contestaron todos a una.
» El presidente llamó al ujier y le preguntó si había alguna persona esperando en el vestíbulo.
» -Sí, señor presidente.
» -¿Quién es esa persona?
» -Una señora con un criado.
» Y todos le miraron.
» Cinco minutos después volvió a entrar el ujier; todas las miradas se dirigían a la puerta, y yo mismo
-dijo Beauchamp - participaba de la ansiedad general.
» Detrás del ujier entró una mujer cubierta con un gran velo negro. Fácilmente se adivinaba, por las
formas y por los perfumes que exhalaba, que era una mujer joven y elegante.
» -¡Ah! -dijo Morcef-, era ella.
» -¿Cómo, ella?
» -Sí: Haydée.
» -¿Quién os lo ha dicho?
» -¡Ah!, lo adivino. Pero continuad, Beauchamp, continuad. Ya veis que estoy tranquilo y resignado, y
sin embargo, nos vamos acercando al desenlace.
» -El señor de Mórcef -continuó Beauchamp - contemplaba a aquella mujer con sorpresa y espanto. Para
él era la vida o la muerte lo que de aquella encantadora boca iba a salir; para los demás era una aventura
tan extraña y tan llena de curiosidad, que la salvación o la pérdida del señor de Morcef no entraba ya en
tan extraordinario suceso más que como un elemento secundario.
» El presidente indicó a la joven con la mano que tomase asiento, y ella contestó con la cabeza que
permanecería de pie.
» El conde estaba sentado en el sillón, y es bien seguro que no hubieran podido sostenerle las piernas.
» -Señora -dijo el presidente-, habéis escrito a la comisión para darle datos acerca del asunto de Janina,
diciendo que habíais sido testigo ocular de los acontecimientos.
» -Y lo fui efectivamente -contestó la desconocida con una voz llena de encantadora tristeza, y con
aquel eco sonoro, peculiar de las voces orientales.
» -Con todo -replicó el presidente-, permitidme os diga que entonces erais muy joven.
» -Tenía cuatro años; pero como aquellos hechos eran para mí de la mayor importancia, están grabados
en mi corazón todos sus pormenores.
» -¿Pero qué importancia tenían para vos esos acontecimientos, y quién sois vos para que esa gran
desgracia os haya causado tan profunda impresión?
» -Se trataba de la vida o de la muerte de mi padre -contestó la joven-, y me llamo Haydée, hija de
Alí-Tebelín, bajá de Janina, y de Basiliki, su muy amada esposa.
» »El carmín de modestia, y al mismo tiempo de orgullo, que coloreó las mejillas de la joven, el fuego
de su mirada y la majestad de su presencia, produjeron en la asamblea un efecto imposible de describir.
» En cuanto al conde, no hubiera quedado más aterrado si un rayo hubiera abierto un abismo a sus pies.
» -Señora -dijo el presidente, después de saludarla respetuosamente-, permitidme una simple pregunta,
que no es una duda, y esta pregunta será la última: ¿podéis justificar la autenticidad de lo que decís?
» -Puedo justificarla -contestó Haydée, sacando de debajo del velo una bolsa de raso-, porque aquí está
la partida de mi nacimiento, redactada por mi padre y firmada por sus oficiales superiores; aquí está la de
mi bautismo, pues mi padre consintió que fuese educada en la religión de mi madre, acta que el primado
de Macedonia y Epiro autorizó con su sello; y finalmente aquí está, y éste es sin duda el documento más
importante, el acta de venta que se verificó de mi persona y de la de mi madre al mercader armenio El
Kobbir por el oficial franco que en el infame convenio con la Puerta, se había reservado por su parte de
botín a la hija y a la mujer de su bienhechor, a quienes vendió por la cantidad de mil bolsas, es decir, por
unos cuatrocientos mil francos.
» Una intensa palidez cubrió las mejillas del conde, y sus ojos se inyectaron de sangre al oír esas
terribles imputaciones que fueron acogidas por la asamblea con lúgubre silencio.
» Haydée, sin perder su aparente calma, alargó el acta de venta, redactada en lengua árabe.
» Como se había creído que algunos de los documentos aducidos estarían redactados en árabe o turco,
se había avisado al intérprete, de la Cámara; se le llamó.
» Uno de los nobles pares, a quien era familiar la lengua árabe, que había tenido oportunidad de
aprender durante la campaña de Egipto, iba siguiendo con la vista en el acta la lectura que el traductor dio
en alta voz.
«Yo, El-Kobbir, mercader de esclavas y abastecedor del harén de su alteza, reconozco haber recibido
para entregarla al sublime emperador, del señor Conde de Montecristo, una esmeralda, valuada en dos
mil bolsas, a cambio de una esclava cristiana, de once años de edad, llamada Haydée, a hija del difunto
señor Alí-Tebelín, bajá de Janina, y de Basiliki, su favorita; la cual me había sido vendida hace siete
años junto con su madre, que murió al llegar a Constantinopla, por un coronel, al servicio del visir
Alí-Tebelín, llamado Fernando Mondego.
»La susodicha venta se me hizo por cuenta de su altexa, mediante la cantidad de dos mil bolsas.
» Firmado en Constantinopla, con autorización de su alteza, el año de mil doscientos cuarenta y siete
de la Hégira.
Firmado: El Kobbir.»
«Para que esta acta tenga la necesaria fe, crédito y autenticidad será revestida con el sello imperial, de
lo cual se encarga el vendedor.»
» Al lado de la firma del vendedor se veía efectivamente el sello de la Sublime Puerta.
» Un profundo silencio siguió a esta lectura. El conde no hacía más que mirar a Haydée, y sus miradas
parecían de fuego.
» -Señora -dijo el presidente-, ¿no se puede interrogar al conde de Montecristo, que, según tengo
entendido, se halla en París a vuestro lado?
» -El conde de Montecristo, mi segundo padre -contestó Haydée-, hace tres días se marchó a
Normandía.
» -Pues entonces -dijo el presidente-, ¿quién os ha aconsejado el paso que acabáis de dar, paso que la
comisión agradece, y que además es muy natural si se tiene en cuenta vuestro nacimiento y vuestras
desgracias?
» -Este paso -contestó Haydée- me lo han aconsejado mi respeto y mi dolor. A pesar de ser cristiana,
¡Dios me perdone!, siempre he pensado en vengar a mi ilustre padre. Cuando puse el pie en Francia, y
supe que el traidor vivía en París, mis ojos y mis oídos estuvieron constantemente abiertos. Vivo retirada
en la casa de mi noble protector; pero vivo así porque me gusta la soledad y el silencio que me permiten
entregarme enteramente a mis pensamientos. Pero el señor conde de Montecristo me rodea de atenciones
paternales, y no desconozco nada de cuanto constituye la vida de la sociedad. Leo, pues, todos los
periódicos, de la misma manera que me envían todos los álbumes, del mismo modo que recibo todas las
melodías; y siguiendo la vida de los demás, sin acostumbrarme a ella, es como he sabido lo que había
sucedido esta mañana en la Cá mara de los pares, y lo que debía ocurrir esta noche... Entonces he escrito la
carta que os han entregado.
» Según eso -dijo el presidente-, ¿el conde de Montecristo no tiene la menor parte en el paso que
acabáis de dar?
» -Lo ignora totalmente, y temo que lo desapruebe cuando lo sepa; sin embargo, es para mí un hermoso
día éste en que encuentro ocasión de vengar a mi padre -dijo la joven levantando al cielo una ardiente
mirada.
» Durante este tiempo el conde no había pronunciado una sola palabra; sus colegas le miraban, y sin
duda se compadecían de esa fortuna destruida bajo el perfumado aliento de una mujer; su desgracia se
escribía con caracteres siniestros en su rostro.
» -Conde de Morcef --dijo el presidente-, ¿reconocéis a la señora por la hija de Alí-Tebelín, bajá de
Janina?
» -No -dijo Morcef, haciendo un esfuerzo para levantarse-, es una trama urdida por mis enemigos.
» Haydée, que estaba mirando a la puerta, como si esperase a alguna persona, se volvió bruscamente, y
viendo al conde en pie profirió un terrible grito.
» -No me reconoces --dijo-; ¡pues yo sí lo reconozco afortunadamente! Tú eres Fernando Mondego, el
oficial que instruía las tropas de mi noble padre. ¡Tú eres quien entregó los castillos de Janina! Tú eres
quien, enviado por él a Constantinopla para tratar directamente con el emperador de la vida o muerte de tu
bienhechor, trajiste un firmán falso que concedía perdón! ¡Tú eres quien con este truhán llegaste a obtener
el anillo del bajá que debía hacerte obedecer por Selim, el guarda del fuego! ¡Tú asesinaste a Selim! ¡Tú,
quien nos vendiste a mi madre y a mí al mercader El Kobbir! ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!, todavía
tienes en la frente sangre de lo amo, miradlo.
» Tal fuerza había en aquellas palabras, y fueron pronunciadas con un acento de verdad tal, que los ojos
de todos se fijaron en la frente del conde, y él mismo llevó la mano a ella, como si hubiese sentido
caliente aún la sangre de Alí.
» -¿Identificáis, pues, positivamente al señor de Morcef como el mismo oficial Fernando Mondego?
» -¡Sí; es el mismo! -dijo Haydée-. ¡Oh, madre mía! Tú me dijiste: eras libre, tenías un padre a quien
amabas, estabas destinada a ser casi una reina; mira bien ese hombre: él es quien lo ha hecho esclava,
quien clavó en una pica la cabeza de lo padre; quien nos vendió y nos entregó traidoramente; mira bien su
mano derecha, en ella tiene una gran cicatriz; si olvidas sus facciones, le reconocerás por esa señal; por
esa mano, en la que cayeron una a una las monedas de oro del mercader El-Kobbir! ¡Sí, le conozco! ¡Oh!
¡Que diga él mismo si me conoce!
» Cada palabra hacía perder al señor Morcef parte de su energía; a las últimas palabras ocultó
vivamente y sin reflexionar la mano mutilada por una herida, metiéndola en el pecho por entre los botones
del frac que tenía abiertos; cayó en su sillón, abrumado bajo el peso de la desesperación.
» Esta escena había conmovido a la asamblea, oíase un murmullo igual al de las hojas de los árboles,
movidas por el viento.
» -Señor conde de Morcef -dijo el presidente-, no os dejéis abatir; responded: la justicia de la corte es
suprema a igual para todos, como la de Dios; ella no permitirá que os confundan vuestros enemigos, sin
daros todos los medios para combatirlos. ¿Queréis una nueva información? ¿Queréis que mande que
vayan a Janina dos miembros de la Cámara? Hablad.
» Morcef no respondió.
» Los miembros de la comisión se miraron unos a otros, aterrados. Conocían el carácter enérgico y
violento del conde, y era necesario fuese mucha su postración para aniquilar las fuerzas de aquel hombre;
era necesario que aquel silencio, que parecía un sueño, fuese al despertar una cosa que semejase al rayo.
» -Y bien, ¿qué decís? -preguntóle el presidente.
» -Nada --dijo el conde con voz ronca.
» -¿La hija de Alí-Tebelín -dijo el presidente- ha declarado realnente la verdad? ¿Es el testigo terrible al
cual jamás se atreve a responder el culpable? ¿No? ¿Habéis hecho las cosas de que os acusa?
» El conde echó en torno una mirada cuya expresión desesperada hubiera conmovido a los tigres; pero
no podía desarmar a los jueces, levantó en seguida los ojos a la bóveda, pero los bajó temiendo que
aquélla se abriese y dejase ver aquel otro tribunal que se llama el cielo, y a aquel otro juez que se llama
Dios.
» Desabrochóse bruscamente el frac que le ahogaba y salió de la sala como un demente; durante un
momento se oyeron sus pasos bajo la bóveda sonora, y en seguida el ruido del coche que se alejaba a
galope del palacio Florentino.
»-Señores -dijo el presidente cuando se restableció el silencio-, ¿el conde de Morcef está acusado de
felonía, traición a indignidad?
» -Sí -respondieron a una todos los miembros de la comisión.
» Haydée había asistido hasta el fin de la sesión; oyó pronunciar la sentencia del conde sin que sus
facciones expresasen alegría ni piedad; echándose entonces su velo, saludó majestuosamente a la
asamblea, y salió con aquel paso con que Virgilio veía marchar a las diosas.
-Entonces -continuó diciendo Beauchamp -, me aproveché del silencio y de la oscuridad de la sala para
salir sin ser visto; el ujier que me había introducido me esperaba a la puerta; me llevó a través de los
corredores hasta una salida secreta que da a la calle de Vaugirard; salí con el alma entristecida y gozosa a
la vez; entristecida por vos, mi querido Alberto, gozosa al ver la nobleza de aquella joven persiguiendo,
hasta lograr vengarse, al enemigo de su padre. Os juro, Alberto, que venga de donde se quiera esta
revelación, no puede ser sino de un enemigo; pero éste no es más que un agente de la Providencia.
Alberto tenía la cara oculta entre sus manos; levantó la cabeza mostrando su rostro sonrojado y bañado
de lágrimas, y cogiendo del brazo a Beauchamp le dijo:
-Amigo, mi vida ha concluido, únicamente me falta no decir como vos que la Providencia me ha
herido, sino buscar al hombre que me persigue con su enemistad; cuando le encuentre le mataré o me
matará; confío en vuestra amistad, Beauchamp, si ya no es que el desprecio la haya sustituido en vuestro
corazón.
-El desprecio no, amigo mío, ¿qué parte tenéis vos en esta desgracia? Afortunadamente vivimos en un
tiempo en que se tienen conocimientos superiores a los antiguos, y en que no se hace a los hijos
responsables de las faltas de los padres. Examinad toda vuestra vida, Alberto; data de ayer, es cierto, pero
jamás aurora de más hermoso día fue más pura. No, Alberto: creedme, sois joven y rico, salid de Francia;
todo se olvida pronto en esta gran Babilonia, donde la vida es tan agitada y los gustos cambian con tanta
facilidad; dentro de tres o cuatro años regresaréis casado con alguna princesa rusa, y nadie pensará en lo
que pasó ayer, y con mucha menos razón en lo que sucedió hace dieciséis años.
-Gracias, mi querido Beauchamp, gracias por la excelente in tención que dictan vuestras palabras; pero
eso no puede ser; os he hecho conocer mi deseo, mi voluntad. Bien conocéis que siendo interesado en este
asunto no puedo verlo como vos; lo que os parece que trae su origen del cielo, lo creo yo de un origen
menos puro; no pienso que la Providencia tenga nada que ver en todo esto, afortunadamente para mí,
porque en lugar del mensajero invisible a incorpóreo, encontré un ente palpable y visible, del que me
vengaré; ¡oh!, sí; me vengaré de cuanto sufro de un mes a esta parte, ahora os lo repito: si sois mi amigo,
como vos decís, ayudadme a buscar la mano de donde ha partido este golpe.
-Sea -dijo Beauchamp -, si queréis que baje a la tierra de nuevo, bajaré; si queréis buscar a un enemigo,
lo buscaré con vos, y lo hallaré, porque tengo tanto interés en ello como vos, porque mi honor exige
también que lo hallemos.
-Pues bien, Beauchamp, ya veis que no debemos perder tiempo: empecemos nuestras indagaciones; el
delator no ha sido aún castigado, y esperará probablemente quedar impune, y por mi honor, si así lo cree,
se engaña.
-Entonces, escuchadme, Morcef.
-¡Ah!, Beauchamp, veo que sabéis algo, y ello me da la vida.
-No os diré que sea la realidad, pero al menos es una luz en medio de tantas tinieblas, y siguiéndola
llegaremos hasta el fin.
-Hablad, ya veis mi impaciencia.
-Voy a contaros lo que os oculté a mi vuelta de Janina.
-Hablad, entonces.
-He aquí lo que pasó, Alberto; fui naturalmente a casa del primer banquero de la ciudad para tomar
informes; apenas pronuncié las primeras palabras, y aun antes de nombrar a vuestro padre:
-¡Ah!, me dijo, adivino lo que os ha traído aquí.
-¿Cómo y por qué?
-Porque hace apenas quince días que he sido interrogado sobre el mismo punto.
-¿Por quién?
-Por un banquero de París, mi corresponsal.
-¿Y se llama?
-Señor Danglars.
-¡El! -exclamó Alberto-, en efecto, él es quien hace mucho tiempo persigue con su odio a mi pobre
padre; él, el hombre que pretende ser popular y que no perdona al conde de Morcef el haber llegado a ser
par de Francia; y... sí, el haber dado al traste con la boda sin decir por qué, sí, sí, él es.
-Informaos, Alberto, pero no os dejéis arrebatar por la cólera antes de tiempo; informaos, digo, y si es
cierto...
-¡Oh!, sí, es cierto; me pagará cuanto he sufrido.
-Tened presente, Morcef, que es un anciano.
-Respetaré su edad como él ha respetado el honor de mi fa milia; si a quien quería perder era a mi padre,
¿por qué no le buscó? ¡Oh!, no, él ha tenido miedo de verse cara a cara con un hombre.
-No os diré que no, Alberto; lo que exijo es que os contengáis y obréis con prudencia.
-Descuidad, además me acompañaréis, Beauchamp; las cosas interesantes y solemnes deben tratarse
ante testigos; antes que pase el día si el señor Danglars es culpable, habrá dejado de existir o yo habré
muerto. Por vida de Dios, Beauchamp, quiero hacer magníficos funerales a mi honor.
-Alberto, cuando se toman semejantes resoluciones es preciso ponerlas en práctica en seguida; ¿queréis
ir a casa del señor Danglars...? Pues salgamos.
Enviaron a buscar un coche de alquiler, y al entrar en casa del banquero vieron allí el faetón y el criado
del señor Cavalcanti a la puerta.
-¡Ah, ah! -dijo con voz sombría Alberto-, esto va bien; si el señor Danglars no quiere batirse, mataré a
su yerno: ¡éste sí se batirá. .. ! un Cavalcanti.
Anunciaron el joven al banquero, que al nombre de Alberto, y sabiendo lo que había ocurrido el día
antes, prohibió que le dejasen entrar; pero era ya tarde. Alberto había seguido al lacayo, oyó la orden,
forzó la puerta, y penetró, seguido de Beauchamp, en el despacho del banquero.
-Pero, caballero -le dijo éste-, ¿no es uno dueño ya de recibir o no en su casa a las personas que quiere?
Me parece que os conducís de un modo muy extraño.
-No, señor -dijo fríamente Alberto-, hay circunstancias, y os halláis en una de ellas, en que, salvo ser un
cobarde, os ofrezco ese refugio, es precis o estar visible, al menos para ciertas personas.
-¿Qué queréis de mí?
-Quiero -dijo Morcef, acercándose sin hacer caso, al parecer, de Cavalcanti, que estaba junto a la
chimenea- proponeros una cita en un lugar retirado y donde nadie nos interrumpa durante diez minutos;
de los dos solamente volverá uno.
Danglars palideció; Cavalcanti hizo un movimiento y Alberto se volvió súbitamente.
-¡Oh, Dios mío! -dijo -, acercaos; venid si gustáis, señor conde; tenéis derecho para ser de la partida, yo
doy esta clase de citas a cuantos quieren aceptarlas.
Cavalcanti miró estupefacto a Danglars, el cual, haciendo un esfuerzo se levantó y vino a colocarse
entre los dos jóvenes; el ataque de Alberto a Andrés le hizo creer que su visita tenía otra causa distinta de
la que creyó en un principio.
-¡Ah!, si venís a buscar querellas con el señor, porque le he preferido a vos, os prevengo que haré un
asunto grave de este insulto, y daré parte al procurador del rey.
--0s engañáis -dijo Morcef con sombría sonrisa-, no hablo con relación al matrimonio, y si me he
dirigido al señor Cavalcanti, ha sido porque he creído ver en él la intención de intervenir en nuestra
discusión, y tenéis razón, hoy estoy con ganas de buscar disputa, pero tranquilizaos, señor Danglars, la
preferencia es vuestra.
-Caballero -respondió Danglars, pálido de cólera y de miedo-, os advierto que cuando tengo la
desgracia de encontrarme con un dogo rabioso, le mato, y lejos de creerme culpable, pienso que he hecho
un servicio a la sociedad; así, os prevengo que si estáis rabioso, os mataré sin piedad. ¿Tengo yo la culpa
de que vuestro padre esté deshonrado?
-Sí, miserable, la culpa es tuya -gritó Morcef.
Danglars dio un paso atrás.
-¡La culpa mía! -dijo-, ¿estáis loco? ¿Sé yo la historia griega? ¿He viajado por aquel país? ¿He
aconsejado a vuestro padre que vendiese el castillo de Janina y que hiciese traición...?
-¡Silencio! -dijo Alberto-, no sois vos el que directamente ha causado este escándalo; pero lo habéis
provocado hipócritamente.
-Sí. ¿Y de dónde procede la revelación?
-Me parece que el periódico ha dicho de Janina.
-¿Quién ha escrito a Janina?
-¿A Janina?
-Sí, ¿quién ha escrito pidiendo informes sobre mi padre?
-Me parece que todo el mundo puede escribir a Janina.
-Una sola persona ha sido quien lo ha hecho.
-¿Una sola?
-Sí, y ésa sois vos.
-He escrito sin duda; me parece que cuando un padre va a casar a una hija, tiené derecho a tomar
informes sobre la familia del joven a quien va a unirla, y esto no sólo es un derecho, sino un deber.
-Habéis escrito -dijo Alberto- sabiendo muy bien la respuesta que os darían.
-¡Yo!, ¡ah!, os juro -dijo Danglars con una confianza y una seguridad hijas, menos quizá de su miedo,
que de la compasión que sentía por el desgraciado joven-, os juro que jamás habría pensado en escribir a
Janína. ¿Conocía por ventura la catástrofe de Alí. Bajá?
-Entonces alguien os incitó para ello.
-Desde luego.
-¿Os han incitado?
-Sí.
-¿Y quién...? acabad...
-Es muy sencillo: hablaba de los antecedentes de vuestro padre; decía que el origen de su fortuna había
permanecido siempre ignorado, la persona me preguntó dónde había adquirido vuestro padre su fortuna y
respondí que en Grecia; ¡pues bien! -me dijo-, escribid a Janina.
-¿Y quién os dio ese consejo?
-El conde de Montecristo, vuestro amigo.
-¿El conde de Montecristo os dijo que escribieseis a Janina?
-Sí, y así lo hice. Si queréis ver mi correspondencia, os la enseñaré.
Alberto y Beauchamp cambiaron una mirada.
-Caballero -dijo Beauchamp, que hasta entonces no había tomado la palabra -, parece que acusáis al
conde, que se halla ausente de París, y que en este momento no puede justificarse.
-No acuso a nadie; digo la verdad, y repetiré delante del conde de Montecristo cuanto acabo de deciros
ahora.
-¿Y el conde conoce la respuesta que recibis teis?
-Se la enseñé.
-¿Sabía que el nombre de pila de mi padre era Fernando y su apellido Mondego?
-Sí, se lo había dicho yo hace tiempo; por lo demás, no he hecho más que lo que haría cualquier otro en
mi lugar, y aun quizá menos. Cuando al día siguiente de recibida esta respuesta, vuestro padre, incitado
por Montecristo, vino a pedirme mi hija como se acostumbra, se la negué, es verdad, y se la negué sin
darle motivos, sin explicaciones, sin ruido; ¿y qué necesidad tenía yo de un escándalo? ¿Qué me
importaba a mí el honor o el deshonor del señor de Morcef? Esto no haría alzar ni bajar la renta.
Alberto sintió que el rubor encendía sus mejillas; no había duda, Danglars se defendía con bajeza, pero
con la seguridad de un hombre que dice si no toda la verdad, gran parte de ella, no por conciencia, sino
por miedo; y además, ¿qué era lo que buscaba Morcef? No la mayor o menor culpabilidad de Danglars o
Montecristo, sino un hombre que le respondiese de la ofensa, que se batiese, y claro era ya que Danglars
no se batiría.
Ahora se acordaba de cosas que había olvidado o que habían pasado inadvertidas. Montecristo lo sabía
todo, puesto que había comprado la hija de Alí-Bajá, y había, no obstante, aconsejado a Danglars que
escribiese a Janina; conociendo la respuesta, había accedido al deseo manifestado por Alberto de ser
presentado a Haydée; una vez ante ella, hizo recaer la conversación sobre la muerte de Alí; pero habiendo
dicho algunas palabras en griego a la joven, que no permitieron que éste conociese por la relación de la
muerte de Alí, a su padre. ¿No había rogado a Morcef que no pronunciase el nombre de su padre delante
de Haydée? En fin, se llevó a Alberto a Normandía en el momento en que el gran escándalo iba a
producirse. Ya no podía dudar, todo había sido calculado, y sin duda Montecristo estaba de acuerdo con
los enemigos de su padre.
Alberto llamó aparte a Beauchamp y le comunicó todas estas reflexiones.
-Es verdad -le dijo-, el señor Danglars no tiene en esto más que una parte material, a Montecristo es a
quien debéis pedir una explicación.
Alberto se volvió.
-Caballero -dijo a Danglars-, comprendéis que no me despido aún definitivamente de vos; me queda
todavía por averiguar si vuestras inculpaciones son justas: voy a asegurarme de ello en casa del conde de
Montecristo.
Y saludando al banquero salió sin hacer caso de Cavalcanti. Danglars le acompañó hasta la puerta y
allí aseguró de nuevo a Alberto que ningún motivo de enemistad personal tenía con el conde de
Morcef.
Capítulo quinto
El insulto
Beauchamp detuvo a Morcef a la puerta de la casa del banquero.
-Escuchad -le dijo-, hace poco que habéis oído en casa de Danglars que al conde de Montecristo debéis
pedirle una explicación.
-Sí; ahora mismo vamos a su casa.
-Un momento, Morcef; antes de presentarnos en ella, reflexionad.
-¿Qué queréis que reflexione?
-La gravedad del paso que vas a dar.
-¿Es más que haber venido a ver a Danglars?
-Sí. Danglars es un hombre de dinero, y éstos saben demasiado bien el capital que arriesgan batiéndose;
el otro, por el contrario, es un noble, al menos en la apariencia, ¿y no teméis encontrar bajo el noble al
hombre intrépido y valeroso?
-Lo único que temo encontrar es un hombre que no quiera batirse.
-¡Oh!, podéis estar tranquilo, éste se batirá; lo único que temo es que lo haga demasiado bien, tened
cuidado.
-Amigo -dijo Morcef sonriéndose-, es cuanto puedo apetecer, nada puede sucederme que sea para mí
más dichoso que morir por mi padre: esto nos salvará a todos.
-Vuestra madre se moriría.
-¡Pobre madre! -dijo Alberto, pasando la mano por sus ojos-, bien lo sé; pero es preferible que muera de
esto que de vergüenza.
-¿Estáis bien decidido, Alberto?
-Vamos.
-Creo, sin embargo, que no le encontraremos.
-Debía salir para París pocas horas ya habrá llegado.
Subieron al carruaje, que les condujo a la entrada de los Campos Elíseos, número 30. Beauchamp
quería bajar solo; pero Alberto le hizo observar que, saliendo este asunto de las reglas ordinarias, le era
permitido separarse de las reglas de etiqueta del duelo.
Era tan sagrada la causa que hacía obrar al joven, que Beauchamp no sabía oponerse a sus deseos;
cedió, y se contentó con seguirle.
De un salto plantóse Alberto del cuarto del portero a la escalera; abrióle Bautista. El conde acababa de
llegar, estaba en el baño, y había dicho que no recibiese a nadie. -¿Y después del baño? -preguntó Morcef.
-El señor conde comerá. -¿Y después de comer? -Dormirá por espacio de una hora. -¿Y a continuación?
-Irá a la ópera.
-¿Estáis seguro?
-Sí, señor; ha mandado que el carruaje esté listo a las ocho en punto.
-Muy bien -dijo Alberto-, es cuanto deseaba saber.
Y volviéndose en seguida a Beauchamp:
-Si tenéis algo que hacer, querido mío, despachad vuestras diligencias en seguida; si tenéis alguna cita
para esta noche, aplazadla hasta mañana. Cuento con que me acompañaréis esta noche a la ópera, y que si
podéis haréis que venga con vos Chateau-Renaud.
Beauchamp aprovechó el permiso, y se despidió de Alberto, ofreciéndole que iría a buscarle a las ocho
menos cuarto.
Alberto volvió a su casa, y avisó a Franz y a Debray que deseaba verles por la noche en la ópera.
Fue en seguida a ver a su madre, que desde el acontecimiento del día anterior no salía de su cuarto ni
permitía entrar a nadie:, hallóla en cama, abismada por el dolor de aquella pública humillación.
La vista de Alberto produjo en Mercedes el efecto que debía esperarse; apretó la mano de su hijo, y
prorrumpió en copioso llanto. Las lágrimas la aliviaron.
Alberto permaneció un momento en pie y sin proferir una palabra junto a la cama de su madre. Veíase
en su pálida cara y sus fruncidas cejas que el deseo de venganza se arraigaba cada vez más en su corazón.
-Madre mía-dijo Alberto-, ¿conocéis algún enemigo del señor Morcef?
Mercedes se estremeció al notar que el joven no había dicho «mi padre».
-Hijo mío -le dijo-, las personas de la posición del conde tie nen muchos enemigos a quienes no
conocen, y éstos, como sabéis, son los más temibles.
-Lo sé, y por eso recurro a vuestra perspicacia; sois, madre mía,
una mujer tan superior, que nada se os oculta.
-¿Por qué me decís eso?
-Supongo que observasteis que la noche del baile, el señor de Montecristo no se permitió tomar nada en
casa.
Mercedes, incorporándose sobre el brazo, y con ardiente fiebre, le dijo:
-¡El señor de Montecristo! ¿Y qué tiene que ver eso con la pregunta que me hacéis?
-Sabéis, madre mía, que Montecristo es casi un oriental, y los orientales, para conservar toda su libertad
en su venganza, no comen ni beben jamás en casa de sus enemigos.
-¿El señor de Montecristo nuestro enemigo, decís, Alberto? -respondió Mercedes poniéndose pálida
como una muerta-. ¿Quién os lo ha dicho? ¿Y por qué? ¿Estáis loco, Alberto? Montecristo nos ha
manifestado siempre la mayor amistad, os ha salvado la vida, y vos mismo nos lo presentasteis; ¡oh, hijo
mío!, si tenéis semejante idea, desechadla; y si puedo recomendaros, o mejor diré rogaros, una cosa, es
que estéis bien con él.
-Madre mía, ¿tenéis sin duda algún motivo personal para recomendarme tanto a ese hombre?
-¡Yo! -replicó Mercedes poniéndose colorada con la misma ra pidez con que antes había palidecido, y
volviendo de nuevo a su palidez.
-Sí, sin duda, y esa razón no es -dijo Alberto- la de que ese hombre no puede hacernos mal.
-Me habláis de un modo extraño, Alberto, y me hacéis singulares prevenciones. ¿Qué os ha hecho el
conde? Hace tres días que estabais con él en Normandía, y le mirabais como a vuestro mejor amigo.
Una sonrisa irónica se asomó a los labios de Alberto; Mercedes la vio, y con el instinto de mujer y de
madre lo adivinó todo; pero prudente y valerosa, ocultó su turbación y su miedo.
Alberto permaneció silencioso, y la condesa al poco rato reanudó la conversación.
-¿Veníais a preguntarme cómo estaba? Os responderé francamente, hijo mío, que no me siento bien;
debéis quedaros aquí, Alberto; me acompañaréis, necesito no estar sola.
-Con mucho gusto, madre mía. Sabéis que es mi mayor dicha, pero un asunto urgente a importante me
impide haceros compañía esta noche.
-¡Ah!, muy bien, Alberto; no quiero que seáis esclavo de vues tra piedad filial.
Alberto hizo como que no oía, saludó a su madre y salió.
Apenas hubo cerrado la puerta, cuando Mercedes mandó llamar a un criado de confianza, le ordenó que
siguiese a Alberto a todas partes y viniese a darle cuenta de todo.
En seguida, entró su doncella, y aunque muy débil, se vistió para estar pronta a lo que pudiera
presentarse.
La comisión dada al lacayo no era difícil de ejecutar. Alberto entró en su cuarto y se vistió con suma
elegancia; a las ocho menos diez minutos llegó Beauchamp ; había visto a Chateau-Renaud, el que le
había ofrecido encontrarse en la orquesta al levantarse el telón.
Ambos subieron en el coche de Alberto, que no teniendo motivo para ocultar adónde iba, dijo:
-A la Opera.
Tal era su impaciencia que llegó mucho antes de que se alzara el telón.
Chateau-Renaud se hallaba sentado en su butaca, prevenido de todo por Beauchamp, y así Alberto no
tuvo necesidad de decirle nada; la conducta de este hijo, que procuraba vengar a su padre, era tan natural,
que Chateau-Renaud no pensó en disuadirle, y se contentó con renovarle la promesa de que estaba a su
disposición.
Debray no había llegado aún; pero Alberto sabía que rara vez faltaba a la Opera; se paseó de un lado a
otro hasta que se levantó el telón. Esperaba encontrar a Montecristo en los corredores o en la escalera.
Empezó la ópera, y fue a ocupar su asiento entre Chateau-Renaud y Beauchamp.
Pero su vista no se apartaba de aquel palco entre columnas, que durante todo el primer acto permaneció
cerrado.
Finalmente, al mirar Alberto su reloj por centésima vez, al principio del segundo acto, la puerta se
abrió, y Montecristo, vestido de negro, entró y se apoyó sobre la baranda para mirar a la sala; Morrel le
seguía, buscando con la vista a su hermana y a su cuñado; divisóles en un palco segundo, y les saludó.
Al mirar el conde a la sala, vio sin duda un rostro pálido y dos ojos centelleantes que ávidamente le
buscaban: reconoció a Alberto; pero la expresión que notó en aquella fisonomía tan trastornada, le
aconsejó sin duda que fingiese no fijarse, cual si no le hubiese dis tinguido; sin dar, pues, lugar a que
pudiese conocerse su pensamiento, se acomodó en su asiento, sacó su lente, y se puso a mirar con la
mayor indiferencia a uno y otro lado.
Pero aunque aparentaba no hacer caso de Alberto, no le perdía de vista, y al caer el telón, concluido el
segundo acto, su mirada infa lible siguió al joven, que salía acompañado de sus dos amigos; al poco
tiempo vio aparecer aquella misma cabeza por entre los cristales de un palco frente al suyo; comprendió
que la tempestad se avecinaba, y aun cuando hablaba a Morrel con un semblante el más risueño, se había
preparado a todo antes que oyese a la llave dar vuelta en la cerradura de su palm; abrióse éste, y
Montecristo se volvió y se encontró con Alberto, lívido y temblando; tras él entraron Beauchamp y
Chateau-Renaud.
-¡Hola! -exclamó con aquella exquisita finura que le distinguía-, he aquí un caballero que ha llegado al
fin. Buenas noches, señor de Morcef.
Y el rostro de aquel hombre tan admirablemente dueño de sí mis mo manifestaba la más perfecta
cordialidad.
Morrel se acordó entonces de la carta que había recibido del vizconde, y en la que sin más explicación
le rogaba asistiese a la ópera, y conoció que iba a suceder una terrible escena.
-No venimos aquí para cambiar frases hipócritas o falsas muestras de amistad -dijo el joven-, venimos a
pediros una explicación, señor conde.
Su voz era lúgubre, y apenas se dejaba oír por entre sus dientes, fuertemente apretados.
-¿Una explicación en la Opera? -dijo el conde, con aquel tono tranquilo y aquella mirada penetrante en
que se distinguía al hombre enteramente dueño de sí mismo -. Por poco versado que esté en las
costumbres de París, no me parece, caballero, que sea éste el lugar adecuado para pedir explicaciones.
-Cuando las personas se ocultan, cuando es imposible llegar hasta ellas, porque se excusan con que
están en el baño, en la mesa o en la cama, es preciso dirigirse a ellas donde se las encuentra.
-No es difícil hallarme -dijo Montecristo-, porque, si mal no recuerdo, ayer mismo estabais en mi casa.
-Ayer -dijo el joven, que se iba acalorando- estaba en vuestra casa porque ignoraba quién erais.
Y al decir estas palabras, Alberto levantó la voz de modo que pudiesen oírlas las personas de los palcos
inmediatos y las que pasaban por los corredores. Las unas volvieron la vista hacia el conde y las otras se
detuvieron a la puerta detrás de Beauchamp y Chateau-Renaud, al ruido de aquel altercado.
-¿De dónde venís? -preguntó Montecristo-, me parece que habéis perdido la cabeza. -Y su semblante no
dejó traslucir la menor emoción.
-Con tal que comprenda vuestras perfidias y llegue a vengarme de ellas, tendré toda mi razón -dijo
Alberto, furioso.
-No os comprendo -replicó Montecristo-, y aun cuando os comprendiera, no hablaríais más alto: estoy
aquí en mi casa, y solamente yo tengo el derecho de levantar la voz sobre los demás. Salid, caballero.
Y mostró la puerta a Alberto con un admirable ademán impera tivo.
-¡Ah!, yo soy el que haré que salgáis vos de aquí -respondió Alberto, apretando entre sus manos
convulsivas su guante, que el conde no perdía de vista.
-¡Bien! ¡Bien! -dijo flemáticamente Montecristo-, buscáis
una querella, caballero, lo veo; pero un consejo, vizconde, y conservadlo bien en la memoria: es muy
mala costumbre meter ruido al provocar. No a todos conviene el ruido, señor de Morcef.
Al oír aquel nombre, un murmullo sordo se dejó oír entre los asistentes extraños a esta escena. Todos
hablaban de Morcef desde la víspera.
Alberto, mejor que todos, y el primero, comprendió la alusión e hizo la demostración como de ir a tirar
el guante al rostro del conde, pero Morrel le sujetó por la muñeca, mientras Beauchamp y Chateau-
Renaud le detenían por detrás, temiendo que la escena rebasara los límites de una provocación.
Montecristo, sin levantarse, inclinando su silla solamente, alargó la mano, y cogiendo el guante húmedo
y arrugado que el joven tenía en las suyas, le dijo con terrible acento:
-Caballero, tengo por arrojado vuestro guante, y os lo enviaré envuelto con una bala; ahora ya, salid de
aquí o llamo a mis criados y os hago poner en la puerta.
Ebrio, trastornado a inyectándosele los ojos en sangre, Alberto dio dos pasos atrás. Morrel aprovechó el
momento para cerrar la puerta.
Montecristo volvió a tomar su lente, y se puso a mirar de un lado a otro, como si nada de particular
hubiese sucedido.
-¿Qué le habéis hecho? -dijo Morrel.
-Yo, nada, personalmente al menos.
-Sin embargo, esta extraña escena debe tener una causa.
-La aventura del conde de Morcef exaspera al desgraciado joven.
-¿Tenéis alguna parte en ella?
-Haydée es la que ha instruido a la Cámara de los Pares de la traición de su padre.
-Me habían dicho, efectivamente, aunque no quise creerlo, que la esclava griega que he vis to con vos
en este mismo palco es la hija de Alí-Bajá; pero repito que no quise creerlo.
-Pues es verdad.
-¡Ay, Dios mío!, ahora lo comprendo todo, y esta escena ha sido premeditada.
-¿Cómo es eso?
-Alberto me escribió que no dejase de venir esta noche a la Opera, y fue sin duda para que presenciase
el insulto de que quería haceros objeto.
-Probablemente -dijo Montecristo con su imperturbable tranquilidad.
-¿Y qué haréis con él?
-¿Con quién?
-Con Alberto.
-¿Con Alberto? ¿Qué es lo que yo haré, Maximiliano? -respondió el conde en el mismo tono-, tan cierto
como estáis aquí y aprieto vuestra mano, le mataré mañana antes de las diez; he aquí lo que haré.
Morrel estrechó la mano de Montecristo entre las suyas, y tembló al sentir aquella mano frfa y aquella
pulsación tranquila: admirado, soltó la mano de Montecristo.
-¡Conde! ¡Conde! -dijo.
-Querido Maximiliano -interrumpióle Montecristo-, escuchad qué bien canta Duprez esta frase:
«¡Oh! Matilde, ídolo de mi alma.»
»Podéis creerme. Yo he sido el primero que adivinó el gran mérito de Duprez, en Nápoles, y el primero
que le aplaudió.
Morrel conoció que era inútil hablar más y aguardó.
Concluyó el acto, cayó el telón, y al poco rato llamaron a la puerta.
-Entrad -respondió Montecristo, sin que su voz mostrase alteraci6n.
Presentóse Beauchamp.
-Buenas noches, señor Beauchamp -dijo Montecristo como si viese al periodista por primers vez en
aquella noche-, sentaos.
Beauchamp saludó y se sentó.
-Caballero -dijo a Montecristo-, acompañaba un momento ha, como pudisteis ver, al señor de Morcef.
-Lo cual significa que vendríais de comer juntos -respondió Montecristo riéndose-, me alegro de ver
que habéis sido más sobrio que él.
-Convengo en que Alberto no ha tenido razón para arrebatarse de aquel modo, y yo por mi parte vengo
a presentaros mis excusas: ahora que están hechas las mías, oíd, señor conde, os diré que os supongo
demasiado galante para rehusar el dar alguna explicación de vuestras relaciones con la gente de Janina; y
después añadiré dos palabras sobre esa joven griega.
Montecristo le hizo seña de que bastaba.
-Vamos -dijo riéndose-, he aquí todas mis esperanzas destruidas.
-¿Por qué? -preguntó Beauchamp.
--Claro, me habéis creado una reputación de excentricidad; soy,
según vos, un Lara, un Manfredo, un lord Ruthwen; y después de pasar por excéntrico, echáis a perder
vuestro tipo, y queréis hacerme un hombre cualquiera, común, vulgar: me pedís explicaciones, en fin.
Vamos, señor Beauchamp, queréis reíros.
-Sin embargo, hay ocasiones -respondió Beauchamp con altanería-, en que el honor manda...
-Señor de Beauchamp -le interrumpió aquel hombre extraño-, quien manda al conde de Montecristo es
el conde de Montecristo; así, pues, no hablemos más de eso, si gustáis; hago lo que quiero, y creedme,
siempre está bien hecho.
-Caballero, no se paga a hombres de honor con esa moneda, y éste exige garantías.
-Yo soy una garantía viva -respondió Montecristo, impasible; pero sus ojos centelleaban
amenazadores--. Los dos tenemos en nuestras venas sangre que deseamos derramar; he aquí nuestra
mutua garantía; llevad esta respuesta al vizconde, y decidle que mañana antes de las diez habré visto
correr la suya.
-Sólo me resta, pues -dijo Beauchamp -, fijar las condiciones del combate.
-Me son del todo indiferentes -dijo el conde-, y era inútil venir a distraerme durante el espectáculo por
tan poca cosa. En Francia se baten con espada o pistola, en las colonias con carabina y en Arabia con
puñal. Decid a vuestro ahijado que aunque insultado, para ser excéntrico hasta el fin, le dejo el derecho de
escoger las armas, y que aceptaré cualquiera sin distinción, cualquiera, entendéis bien, todo, todo; hasta el
combate por suerte, que es lo más estúpido; pero yo estoy seguro de una cosa, y es que ganaré.
-Está seguro de ganar -dijo Beauchamp, mirando espantado al conde.
-¡Eh!, ciertamente -dijo Montecristo, alzando ligeramente los hombros-,sin eso no me batiría con el
señor de Morcef. Le mataré, es preciso, y sucederá. Os suplico tan sólo que me enviéis esta noche dos
líneas, indicándome las armas y la hora, pues no me gusta que me esperen.
-La pistola; a las ocho de la mañana en el bosque de Bolonia -dijo Beauchamp sin saber si tenía que
habérselas con un fanfarrón charlatán o con un ser sobrenatural.
-Bien -dijo Montecristo-, ahora que todo está arreglado, dejadme oír la ópera, y decid a vuestro amigo
Alberto que no vuelva por aquí esta noche con sus brutalidades de mal género, que se retire a su casa y se
acueste.
Beauchamp se retiró admirado.
-Ahora cuento con vos, ¿no es cierto? -dijo Montecristo volviéndose hacia Morrel.
-Ciertamente, y podéis disponer de mí, conde; sin embargo,..
-¿Qué?
-Sería importante conocer la verdadera causa...
-¿Luego, rehusáis?
-No.
-¿La verdadera causa, Morrel? -dijo el conde-, ese joven marcha a ciegas y no la conoce él mismo: la
verdadera causa la sabemos Dios y yo; pero os doy mi palabra de honor que Dios que la conoce estará por
nosotros.
-Eso me basta, conde -respondió Morrel.
-¿Quién es vuestro segundo testigo?
-No conozco a nadie en París, a quien yo quiera hacer este honor más que a vos y a vuestro cuñado
Manuel. ¿Creéis que rehusará este servicio?
-Os respondo de él como de mí.
-Bien; es cuanto necesito; por la mañana, a las siete y media, en mi casa. ¿No es eso?
-Estaremos allí.
-¡Chist!, he aquí que se levanta el telón: escuchemos; tengo por costumbre no perder una nota en esta
ópera; ¡es tan hermosa la música del Guillermo Tell!
Montecristo esperó, según su costumbre, a que Duprez hubiese cantado su famosa Sígueme, y entonces
se levantó y salió.
A la puerta se separó de él Morrel, renovándole la promesa de ir a su casa con Manuel al día siguiente a
las siete de la mañana en punto. Subió en seguida a su coche tranquilo y risueño; a los cinco minutos
estaba en su casa; solamente el que no conociese al conde podría dejarse engañar al ver el modo con que
al entrar dijo a Alí:
-Alí, mis pistolas con culata de marfil.
Trájole la caja, la abrió, y el conde se puso a examinarlas con aquella atención propia del hombre que
va a confiar su vida a un porn de hierro y plomo.
Eran pistolas no comunes, que Montecristo había mandado hacer para tirar al blanco dentro de su
habitación; una cápsula sola bastaba para hacer salir la bala; el ruido era casi imperceptible, tanto que en
la habitación inmediata ninguno hubiera podido dudar de que el conde, como se dice en términos de tiro,
se ocupaba en ejercitar su pulso.
Apenas había cogido la pistola, y se preparaba a buscar el blanco
en una plancha de plomo que le servía para tal efecto, cuando se abrió la puerta del despacho y entró
Bautista.
Pero antes de que éste hablase, el conde vio en la pieza inmediata a una mujer rubierta con un velo, que
había seguido al criado; ella, que vio también al conde con la pistola en la mano y dos floretes de combate
sobre la mesa, entró inmediatamente en la habitación.
-¿Quién sois, señora? -preguntó el conde a la mujer cubierta aún con el velo.
La desconocida miró en derredor para asegurarse de que estaban solos, a inclinándose después como si
hubiese querido arrodillarse, juntando las manos y con el acento de la desesperación:
-¡Edmundo -dijo-, no matéis a mi hijo!
El conde retrocedió; un grito se escapó de sus labios, y dejó caer el arma que tenía en la mano.
-¿Qué nombre acabáis de pronunciar, señora de Morcef? -dijo.
-El vuestro -respondió levantando su velo-, el vuestro, que solamente yo no he olvidado. Edmundo, no
es la señora de Morcef la que viene a veros; es Mercedes.
-Mercedes murió, señora, y no conozco ya a ninguna de ese nombre.
-Mercedes vive, y Mercedes se acuerda de vos; no sólo os conoció al veros, sino aun antes, al sonido de
vuestra voz; desde entonces os sigue Paso a paso, vela sobre vos y os teme; ella no ha tenido necesidad de
adivinar de dónde salió el golpe que ha herido al señor de Morcef.
-Fernando, queréis decir, señora -prosiguió Montecristo con amarga ironía-, puesto que recordamos
nuestros nombres propios, recordémoslos todos.
Y Montecristo pronunció aquel Fernando con tal expresión de odio, que Mercedes sintió un frío
temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.
-Bien veis, Edmundo, que no me había engañado y que con razón os decía: ¡no matéis a mi hijo!
-¿Y quién os ha dicho, señora, que yo quiero hacer algún daño a vuestro hijo?
-¡Nadie, Dios mío!, pero una madre está dotada de doble vista: todo lo he adivinado, le he seguido esta
noche a la Opera, y oculta en un palmera, lo he visto todo.
-Así, pues, ya que lo habéis visto todo, ¿habréis visto también que el hijo de Fernando me ha insultado
públicamente? -dijo Montecristo con una calma terrible.
-¡Oh! ¡Por piedad!'
-Ya habéis visto que me habría arrojado el guante a la cara si uno de mis amigos, el señor Morrel, no le
hubiese detenido el brazo.
-Escuchadme: mi hijo todo lo ha adivinado, y os atribuye las desgracias de su padre.
-Señora -dijo Montecristo--, os engañáis, no son desgracias, es un castigo; no he sido yo, ha sido la
Providencia la que ha castigado al señor de Morcef.
-¿Y por qué sustituís vos a la Providencia? -exclamó Mercedes-. ¿Por qué os acordáis, cuando ella
olvida? ¿Qué os importan a vos, Edmundo, Janina y su visir? ¿Qué mal os hizo Fernando Mondego al
hacer traición a Alí-Tebelín?
-Pero eso, señora, es un asunto que concierne al capitán franco y a la hija de Basiliki. Nada tengo que
ver con eso; decís muy bien, y por eso si he jurado vengarme, no es ni del capitán franco, ni del conde de
Morcef, sino del pescador Fernando, marido de la catalana Mercedes.
-¡Ah! -dijo la condesa-, ¡qué terrible venganza, por una falta que la fatalidad me hizo cometer!, porque
la culpable soy yo, Edmundo, y si queríais vengaros debió ser de mí, que no tuve fuerza para resistir
vuestra ausencia y mi soledad.
-Pero ¿por qué estaba yo ausente y vos sola?
-Porque estabais detenido, Edmundo, porque estabais preso.
-¿Y por qué estaba yo preso?
-No lo sé -dijo Mercedes.
-No lo sabéis, señora, así lo creo; pero voy a decíroslo; me prendieron, porque la víspera misma del día
en que iba a casarme con vos, en una glorieta de la Reserva, un hombre llamado Danglars escribió esta
carta que el pescador Fernando se encargó de poner en el correo.
Y dirigiéndose hacia un escritorio, abrió Montecristo un cajón y sacó un papel, cuya tinta se había ya
enrojecido, poniendo a la vista de Mercedes la carta de Danglars al procurador del rey, que el día en que
había pagado los doscientos mil francos al señor Boville, el conde, nombrándose agente de la casa de
Thompson y French, había sustraído del proceso de Edmundo Dantés.
Mercedes leyó temblando lo siguiente:
«Se advierte al señor procurador del rey, por un amigo del trono y de la religión, que el llamado
Edmundo Dantés, segundo del navío El Faraón, llegado esta mañana de Esmirna, después de haber tocado
en Nápoles y Porto-Ferrajo, ha sido encargado por Murat de una carta para el usurpador, y por éste de otra
para el comité bonapartista de París.
»La prueba de este crimen se adquirirá prendiéndole, pues se le encontrará la carta encima, o en casa de
su padre, o en su camarote a bordo.»
-Ay, ¡Dios mío! -dijo Mercedes pasando la mano por su frente,. inundada en sudor-, y esta carta...
-Doscientos mil francos me ha costado el poseerla, señora, pero es barata aún, puesto que me permite
hoy disculparme a vuestros ojos.
-¿Y el resultado de esta carta?
-Ya lo sabéis, señora, fue mi prisión; pero ignoráis el tiempo que duró, ignoráis que permanecí catorce
años a un cuarto de legua de vos en un calabozo en el castillo de If: lo que no sabéis es que cada día
durante estos catorce años he renovado el juramento de venganza que había hecho el primero de ellos, y
sin embargo ignoraba que os hubieseis casado con Fernando, mi delator, y que mi padre había muerto...
¡de hambre!
-¡Santo cielo! -exclamó Mercedes.
-Pero lo supe al salir de mi prisión; y por Mercedes viva y por mi padre muerto, juré vengarme de
Fernando, y me vengo.
-¿Y estáis seguro de que el desgraciado Fernando hizo eso?
-Por mi alma, señora, lo ha hecho como os lo digo; y además ¿no es mucho más odioso el haberse
pasado a los ingleses siendo francés por adopción; siendo español de nacimiento haber hecho la guerra a
los españoles; estipendiario de Alí, venderle traidoramente y asesinarle? Ante tales hechos, ¿qué es la
carta? Una mixtificación galante que debe perdonar, lo reconozco y lo confieso, la mujer que se ha casado
con ese hombre, pero que no perdona el amante que debió casarse con ella. Ahora bien, los franceses no
se han vengado nunca del traidor: los españoles no le han fusilado. Alí desde su tumba ve sin castigo al
asesino; pero yo, engañado, asesinado, enterrado vivo en una tumba, he salido de ella, gracias a Dios, y a
Dios debo la venganza; me envía para eso y aquí estoy.
La pobre mujer inclinó la cabeza, dobláronse sus piernas y cayó de rodillas.
-Perdonad, Edmundo, perdonad por Mercedes que os ama aún.
La dignidad de la esposa detuvo el ímpetu de la amante y de la madre.
Su frente se inclinó casi hasta tocar la alfombra.
El conde se acercó a ella y la levantó.
Sentada en un sillón, pudo en medio de sus lágrimas ver el rostro varonil de Montecristo en el que el
dolor y el odio se pintaban de un modo amenazador.
-¡Que no haya yo de extirpar esa raza maldita... ! ¡Que desobedezca a Dios que me ha sostenido para su
castigo... ! Imposible, señora, imposible...
-Edmundo -dijo la pobre madre tocando todos los resortes-, Edmundo cuando os llamo por vuestro
nombre, ¿por qué no me respondéis Mercedes?
-¡Mercedes! -repitió el conde-, ¡Mercedes! Sí, tenéis razón, aún es grato para mí ese nombre, y he aquí
la primera vez hace mucho tiempo que resuena tan claro en mis oídos al salir de mis labios. ¡Oh,
Mercedes!, he pronunciado vuestro nombre con los suspiros de la me lancolía, con los quejidos del dolor,
con el furor de la desesperación; lo he pronunciado helado por el frío, hundido entre la paja de mi calabozo,
devorado por el calor, revolcándome en las losas de mi mazmorra. Mercedes, es precis o que me
vengue, porque durante catorce años he padecido, he llorado, maldecido; ahora, os lo repito, Mercedes, es
preciso que me vengue.
Y temiendo ceder a los ruegos de la que tanto había amado, Edmundo llamaba en su socorro a todos los
recuerdos de su odio.
-Vengaos, Edmundo -gritó la pobre madre-, vengaos sobre los culpables, sobre él, sobre mí, pero no
sobre mi hijo.
-Está escrito en libro santo -respondió Montecristo-. «Las faltas de los padres caerán sobre sus hijos,
hasta la tercera y cuarta generación.» Puesto que Dios ha dictado estas palabras a su profeta, ¿por qué seré
yo mejor que Dios?
-Porque Dios es dueño del tiempo y de la eternidad, y estas dos cosas escapan a los hombres.
Montecristo dio un suspiro que parecía un rugido, y se mesó los cabellos con desesperación.
-Edmundo -continuó Mercedes -. Edmundo, desde que os conozco he adorado vuestro nombre, he
respetado vuestra memoria. Ami go mío, no endurezcáis la imagen noble y pura que guardo en mi corazón.
¡Si supieseis los fervientes ruegos que he dirigido a Dios mientras os creí vivo y después muerto! Sí,
muerto; me parecía ver vuestro cadáver sepultado en lo más hondo de una sombría torre, creía ver vuestro
cuerpo precipitado en uno de aquellos abismos en que los carceleros arrojan a los prisioneros muertos, ¡y
lloraba...! ¿Qué otra cosa podía yo hacer, Edmundo, sino llorar y orar? Escuchadme: durante diez años he
tenido todas las noches el mismo sueño: dijeron que habíais querido evadiros, que tomasteis el puesto de
uno de los presos que murió, y que arrojaron al vivo desde lo alto de la fortaleza de If; y que el grito que
disteis al haceros pedazos contra las rocas lo descubrió todo. Pues bien, os juro, Edmundo, por la vida del
hijo por quien os imploro, que durante diez años esa escena se ha presentado
a mi imaginación todas las noches, y he oído ese grito terrible que me hacía despertar temblando,
despavorida; ¡y yo también, Edmundo, creedme, yo también, por criminal que sea, yo también he sufrido
mucho... !
-¿Habéis perdido vuestro padre estando ausente? -preguntó Montecristo-, ¿habéis visto a la mujer que
amabais dar su mano a vuestro rival mientras os hallabais en un lóbrego calabozo?
-No -interrumpió Mercedes-, no; pero he visto al hombre que amaba, dispuesto a ser el matador de mi
hijo.
Mercedes pronunció estas palabras con un dolor tan intenso y un acento tan desesperado, que un
suspiro desgarrador brotó de la garganta del conde.
El león estaba amansado; el vengador, vencido.
-¿Qué me pedís, que vuestro hijo viva? Pues bien, vivirá.
Mercedes profirió un grito que hizo saltar dos lágrimas de los párpados del conde, pero aquellas dos
lágrimas desaparecieron muy pronto, porque sin duda Dios había enviado un ángel para recogerlas, siendo
mucho más preciosas a los ojos del Señor que las más hermosas perlas de Guzarate y de Ofir.
-¡Ah! -dijo Mercedes tomando la mano de Montecristo y llevándola a sus labios-, ¡ah!, gracias, gracias,
Edmundo, lo veo cual siempre lo he visto, cual siempre lo he amado: sí, ahora puedo decírtelo.
-Sobre todo, porque el pobre Edmundo no tendrá ya mucho tiempo que hacerse amar de vos.
-¿Qué decís, Edmundo?
-Digo que, puesto que lo ordenáis, es preciso morir.
-¡Morir! ¿Y quién dice eso? ¿Quién habla de morir? ¿De dónde vienen esas ideas de muerte?
No supondréis que ultrajado públicamente, en presencia de una sala entera, en presencia de vuestros
amigos y de los de vuestro hijo, provocado por un niño, que se enorgullecerá de un perdón como de
una victoria; no supondréis, digo, que me queda un solo instante el deseo de vivir. Después de vos,
Mercedes, lo que más he amado es a mí mismo, quiero decir, mi dignidad; esta fuerza que me hace superior
a los demás hombres, esta fuerza es mi vida. En una palabra, vos la destruís; yo muero.
-Pero este duelo no se efectuará, Edmundo, puesto que me perdonáis.
-Se efectuará, señora -dijo solemnemente Montecristo-; sólo que en lugar de la sangre de vuestro hijo
que debía beber la tierra, será la mía la que correrá.
Mercedes dio un gran grito, acercóse a Montecristo, pero de repente se detuvo.
-Edmundo -dijo-, hay un Dios sobre nosotros; puesto que vivís y que os he vuelto a ver, a él me confío
de todo corazón; esperando su apoyo, descanso en vuestra palabra; habéis dicho que mi hijo vivirá. Y
vivirá, ¿es verdad?
-Vivirá, sí, señora -dijo Montecristo, sorprendido de que sin otra exclamación, sin otra sorpresa,
Mercedes hubiese aceptado el sacrificio que le hacía.
Mercedes dio su mano al conde.
-Edmundo -le dijo con los ojos arrasados de lágrimas-, ¡cuán hermosa, cuán grande es la acción que
acabáis de hacer! Es sublime haber tenido piedad de una pobre mujer que se presentaba a vos con todas
las probabilidades contrarias a sus esperanzas. ¡Desdichada!, he envejecido más a causa de los disgustos
que por la edad, y ni siquiera puedo recordar a mi Edmundo con una sonrisa, con una mirada; aquella
Mercedes que otras veces ha pasado tantas horas contemplándole. Creedme, os he declarado que yo
también había sufrido mucho, y os lo repito, es muy triste pasar la vida sin un solo goce, sin conservar
una sola esperanza; pero eso prueba que todo no ha concluido aún sobre la tierra. No, todo no ha
terminado, y me lo demuestra lo que me queda aún en el corazón; os lo repito, Edmundo, es hermoso,
grande, sublime, perdonar como lo habéis hecho ahora.
-Decís eso, Mercedes, ¿y qué diríais si conocieseis la extensión del sacrificio que os hago? Imaginad
que el Hacedor Supremo, después de haber creado el mundo y fertilizado el caos, se hubiese detenido en
la tercera parte de la creación, para ahorrar a un ángel las lágrimas que nuestros crímenes debían hacer
correr un día de sus ojos inmortales; suponed que después de prepararlo y fecundizarlo todo, en el
instante de admirar su obra, Dios hubiese apagado el sol, y rechazado con el pie el mundo en la noche
eterna; entonces podréis tener una idea o mejor, no, no, ni aun así podéis tenerla, de lo que yo pierdo,
perdiendo la vida en este momento.
Mercedes miró al conde con un aire que revelaba su admiración y su gratitud. El conde apoyó su frente
sobre sus manos, como si no pudiese soportar el peso de sus ideas.
-Edmundo -dijo Mercedes-, sólo me resta una palabra que deciros.
Montecristo se sonrió con tristeza.
-Edmundo -continuó ella-, veréis que si mi frente ha palidecido, si el brillo de mis ojos se ha apagado,
si mi hermosura se ha marchitado, que si Mercedes, en fin, no se parece a ella, más que en los
rasgos de su fisonomía, veréis que su corazón es siempre el mismo... Adiós, pues, Edmundo; nada
tengo ya que pedir al cielo... Os he vuelto a ver, y os hallo tan noble y grande como otras veces. ¡Adiós,
Edmundo, adiós y gracias!
Montecristo no respondió.
Mercedes abrió la puerta del despacho y había desaparecido antes que él volviese del profundo letargo
en que su malograda venganza le había sumido.
Daba la una en el reloj de los Inválidos, cuando el ruido del coche que se llevaba a la señora de Morcef
hizo levantar la cabeza al conde de Montecristo.
-Fui un insensato -dijo- en no haberme arrancado el corazón el día que juré vengarme.
Capítulo sexto
El desafío
Cuando Mercedes hubo salido, todo quedó en silencio en casa de Montecristo; su espíritu enérgico se
adormeció, como el cuerpo después de una gran fatiga.
-¡Qué! -dijo entre sí, mientras la lámpara y las bujías se consumían, y sus criados esperaban
impacientes en la antecámara-, ¡qué!, ¡el edificio preparado con tanto trabajo, edificado con tanto
cuidado, ha venido a tierra de un solo golpe, con una sola mirada, con una palabra! ¡Y qué! Era yo quien
me creía algo, quien estaba tan confiado en mí mismo, quien viéndome tan poca cosa en la prisión de If, y
quien habiendo sabido llegar a ser tan grande, ¡habré trabajado para ser mañana un poco de polvo! No
siendo la muerte del cuerpo, esta destrucción del principio vital ¿no es el reposo al cual todos los des -
graciados aspiran? Esa tranquilidad de la materia tras la que he suspirado tanto tiempo y a la que me
encaminaba por medio del hambre, cuando Faria se presentó en mi calabozo. ¿Qué es la muerte para mí?
Uno o dos grados más en el silencio. No, no es la existencia la que lamento perder, es la ruina de mis
proyectos combinados con tanto trabajo, llevados a cabo con tanta constancia. La Providencia que yo
creía que les favorecía, les es contraria; Dios no quiere que se cumplan.
»El peso inmenso que sobre mí echara, inmenso como el mundo y que creí poder llevar hasta el fin era
según mi voluntad y no según mis fuerzas, y me será preciso abandonarlo a la mitad de mi carrera. ¡Ahl,
¡me convertiré en fatalista cuando catorce años de desesperación y diez de confianza me habían hecho
providencial!
»Y todo esto, Dios mío, porque mi corazón, que yo creía muerto, estaba solamente amortiguado,
porque se ha despertado y ha latido, porque ha cedido al dolor y la impresión que ha causado en mi pecho
la voz de una mujer.
»No obstante -continuó el conde, abismándose cada vez más en la idea del terrible día siguiente que
había aceptado Mercedes -, es imposible que esa mujer cuyo corazón es tan noble, haya obrado así por
egoísmo, y consentido en que me deje matar yo, lleno de vida y fuerza; es imposible que lleve hasta este
punto el amor o delirio ma ternal; hay virtudes cuya exageración sería un crimen. No, habrá ideado alguna
escena patética, vendrá a ponerse entre las dos espadas, y eso será ridículo sobre el terreno, como ha sido
sublime aquí.»
El tinte de orgullo se dejó ver en la frente del conde.
-¡Ridículo!, y recaería sobre mí... ¡Yo...!, ridículo. Vamos, pre fiero morir.
Y a fuerza de exagerarse así la acción del día siguiente, llegó a decidir:
-¡Qué tontería! ¡Dárselas de generoso colocándose como un poste a la boca de la pistola que tendrá en
la mano aquel joven! Jamás creerá que mi muerte ha sido un suicidio, y con todo, importa por el honor de
mi memoria... no es vanidad, Dios mío, sino un justo orgullo; importa que el mundo sepa que he
consentido yo, por mi voluntad, por mi libre albedrío en detener mi brazo. Es preciso, y lo haré.
Y tomando una pluma, sacó un papel de uno de los cajones del secreter, y trazó al final de este papel,
que era su testamento, hecho desde su llegada a París una especie de codicilo, en el que hacía comprender
su muerte aun a los menos avisados.
-Hago esto, Dios mío -dijo con los ojos levantados al cielo-, tanto por honor vuestro como por el mío:
me he considerado durante diez años como el enviado por vuestra venganza, y es preciso que ese
miserable Morcef, y un Danglars y un Villefort no se figuren que la casualidad les ha libertado de su
enemigo. Sepan que la Providencia, que había ya decretado su castigo, ha variado, pero que les espera en
el otro mundo, y solamente han cambiado el tiempo por la eternidad.
Mientras se hallaba vacilante entre estas terribles incertidumbres, verdaderos sueños del hombre
despierto por el dolor, el día que entraba por los cristales vino a ilu minar sus manos pálidas, ahogadas
aún en el azulado papel en que acababa de trazar aquella sublime justificación de la Providencia.
Eran las cinco de la mañana.
De pronto llegó a su oído un pequeño ruido, creyó haber oído un suspiro; volvió la cabeza, miró
alrededor y no vio a nadie; el ruido sí, se repitió bastante claro para que la certidumbre sucediese a la
duds.
Levantóse de su asiento, abrió con cuidado la puerta del salón, y vio sentada en un sillón, con los
brazos caídos y su hermosa cabeza indinada atrás, a la bella Haydée, que se había sentado frente a la
puerta, a fin de que no pudiese salir sin verla; pero que el desvelo y el cansancio la habían rendido; el
ruido que hizo el conde al abrir la puerta no la despertó.
El conde fijó en ella una mirada llena de dulzura.
-Ella se ha acordado -dijo- de que tenía un hijo, y yo he olvidado que tenía una hija -y moviendo la
cabeza añadió:- Ha querido verme, ¡pobre Haydée!, ha querido hablarme; teme o adivina lo que ha
sucedido... No, yo no puedo irme sin decide adiós, no puedo morir sin confiarla a alguien.
Volvió a entrar en la estancia, y sentándose de nuevo agregó estas líneas:
Lego a Maximiliano Morrel, capitán de spahis, a hijo de mi antiguo patrón Pedro Morrel, armador de
Marsella, veinte millones, de los gue dará una parte a su hermana y a su cuñado Manuel, en el caso que
no crea que un aumento de fortuna puede perturbar su felicidad; estos veinte millones están enterrados
en mi gruta de Montecristo. Bertuccio conoce el secreto.
Si su coraxón está libre, y quiere casarse con Haydée, hija de Alí, bajá de Janina, a la que he educado
con el amor de un padre, y que me ha profesado la ternura de una hija, llenará, no diré mi última
voluntad, pero sí mi última esperanza.
El presente testamento ha hecho ya a Haydée heredera del resto de mí fortuna, consistente en tierras,
rentas en Inglaterra, Austria y Holanda, muebles de mis diferentes palacios y casas, y que fuera de los
legados hechos, asciende aún a más de sesenta millones.
Apenas había terminado de escribir esta última línea, cuando un grito que resonó a su espalda hizo que
se le cayese la pluma de la mano.
-Haydée -dijo-, ¿habéis leído?
En efecto, la joven, a quien hizo despertar la luz del día que hería sus párpados, se había levantado, y
acercándose al conde sin que se percibiesen sus ligeros pasos sobre la alfombra:
-¡Oh, mi señor! -dijo juntando las manos-, ¿por qué escribís a estas horas? ¿Por qué me legáis toda
vuestra fortuna? ¿Os vais a separar de mí?
-Tengo que hacer un viaje -dijo Montecristo con una expresión de inefable ternura-, y si me sucediese
una desgracia...
El conde se detuvo.
-¿Y bien? -preguntó la joven con un tono de autoridad que el conde no le conocía aún.
-¡Y bien!, si me sucede una desgracia, quiero que mi hija sea dichosa.
Haydée sonrió con tristeza.
-Pues bien, si morís -dijo-, legad vuestra fortuna a otros, porque si morís no tengo necesidad de nada.
Y tomando el papel lo hizo pedazos y lo arrojó en medio del salón; pero aquel esfuerzo la debilitó
totalmente y cayó desmayada.
Montecristo la levantó en los brazos, y viendo sus bellos ojos cerrados y su hermoso semblante
inanimado, le ocurrió por primera vez la idea de que quizá le amaba de otro modo distinto del de una hija.
-¡Ay! -murmuró-, aún hubiera podido ser dichoso.
Llevó a Haydée hasta su cuarto, y desmayada aún la entregó a sus criadas; volvió a su gabinete, y
cerrando la puerta volvió a escribir el testamento.
Al terminar, oyó el ruido de un coche que entraba; acercóse a la ventana y vio bajar a Maximiliano y
Manuel.
-¡Bueno! -dijo-, ya era tiempo -y cerró su testamento, poniéndole tres sellos. Un momento después se
oyó ruido en el salón, y fue él mismo a abrir la puerta; presentóse Morrel, que se había adelantado veinte
minutos a la hora de la cita.
-Quizá vengo muy temprano, señor conde -dijo--, pero os confesaré francamente que no he podido
dormir un minuto, y lo mismo ha sucedido a todos los de casa. Tenía necesidad de veros tranquilo y
animado tan valiente como siempre, para volver conmigo.
Montecristo no pudo resistir a esta prueba de afecto, y no fue la mano la que alargó al joven, sino los
brazos los que abrió.
-Morrel -le dijo emocionado-, es un hermoso día para mí, pues que me veo amado de este modo por un
hombre como vos. Buenos días, Manuel. ¿Conque venís conmigo, Maximiliano?
-¡Vive Dios! -dijo el capitán-. ¿Lo habíais dudado?
-Pero si yo no tuviese razón...
-Escuchad: ayer os estuve observando durante toda la escena de la provocación; he pensado toda la
noche en vuestra serenidad, y he
concluido o que la justicia está de vuestra parte, o que mentirá siempre el exterior de los hombres.
-Sin embargo, Morrel, Alberto es vuestro amigo.
-Un simple conocido, conde.
-Le visteis por primera vez el mismo día que a mí.
-Sí, es verdad, pero ¿qué queréis? Es precis o que me lo recordéis para que lo tenga presente.
-Gracias, Morrel.
Dio en seguida un golpe en el timbre.
-Toma -dijo a Alí, que se presentó inmediatamente-, lleva eso a casa de mi notario. Es mi testamento.
Morrel, si muero, iréis a enteraros de él.
-¡Cómo! -exclamó Morrel-, ¿morir vos?
-¿Y qué, no es necesario preverlo todo? ¿Pero qué hicisteis ayer después que nos separamos, amigo
querido?
-Fui a casa de Tortoni, adonde encontré a Beauchamp y Chateau-Renaud, y os confieso que les
buscaba.
-¿Para qué, puesto que estábamos de acuerdo en todo?
-Escuchad, conde; el asunto es grave, inevitable.
-¿Lo dudabais?
-No. La ofensa fue pública, y todo el mundo habla de ella.
-Y bien, ¿qué?
-Esperaba hacer cambiar las armas, empleando la espada en vez de la pistola; la pistola es ciega.
-¿Lo habéis conseguido? -preguntó vivamente Montecristo, que entreveía alguna esperanza.
-No, porque saben lo bien que tiráis el florete.
-¡Bah! ¿Y quién lo ha descubierto?
-Los maestros de armas con quienes os habéis batido.
-¿Y no habéis logrado al fin nada?
-Han rehusado decididamente.
-Morrel -dijo el conde-, ¿me habéis visto tirar a la pistola?
-No.
-Pues bien, tenemos tiempo; mirad.
El conde tomó las pistolas que tenía cuando Mercedes entró, y pegando una estrella de papel, más
pequeña que un franco contra la pla ca, de cuatro tiros le quitó seguidos cuatro picos.
A cada tiro, Morrel palidecía. Examinó las balas con que Montecristo ejecutaba aquel admirable juego,
y vio que eran balines.
-Es espantoso; ved, Manuel -y volviéndose en seguida a Montecristo :
-No matéis a Alberto, conde -le dijo-, tiene una madre.
-Es justo -dijo Montecristo-, y yo no tengo...
Pronunció estas palabras con un tono que hizo estremecer a Morrel.
-Vos sois el ofendido, conde.
-Sin duda, ¿y qué queréis decir con eso?
-Quiero decir que vos tiráis el primero.
-¿Yo tiro el primero?
-¡Oh!, eso es lo que yo le he exigido, pues demasiadas concesiones les hemos hecho ya para poder
exigir esto.
-¿Y a cuántos pasos?
-A veinte.
Una espantosa sonrisa se asomó a los labios del conde.
-Morrel -le dijo-, no olvidéis lo que acabáis de ver.
-Por eso sólo cuento con vuestros sentimientos para salvar a Alberto.
-¿Mis sentimientos?-dijo Monte-Crísto.
-O vuestra generosidad, amigo mío; seguro, como estáis, de vuestro golpe, os diría una cosa que sería
ridícula si la dijese a otro.
-¿Cuál?
-Rompedle un brazo, heridle, pero no le matéis.
-Morrel, escuchad aún -dijo el conde-: no tengo necesidad de que intercedan por el señor de Morcef; el
señor de Morcef, os lo pre vengo, volverá tranquilo con sus dos amigos, mientras que yo...
-¿Y bien, vos?
-A mí me traerán.
-¡Vamos, pues! -gritó Maximiliano exasperado.
-Como os lo digo, mi querido Morrel, el señor de Morcef me matará.
Morrel miró al conde como un hombre a quien no se comprende.
-¿Qué os ha sucedido de ayer tarde acá, conde?
-Lo que a Bruto la víspera de la batalla de Filipos: he visto un fantasma.
-¿Y ese fantasma?
-Ese fantasma, Morrel, me ha dicho que ya he vivido bastante. Maximiliano y Manuel se miraron;
Montecristo sacó el reloj.
-Vámonos -dijo -, son las siete y cinco minutos, y la cita es a las ocho en punto.
Le esperaba un coche. Montecristo subió a él con sus dos testigos. Al atravesar el corredor, el conde se
detuvo a escuchar junto a una puerta, y Maximiliano y Manuel, que, por discreción, siguieron andando,
creyeron oírle suspirar.
A las ocho en punto llegaron al lugar de la cita.
-Henos aquí -dijo Morrel, asomándose por la ventanilla del coche-, y somos los primeros.
-El señor me perdonará -dijo Bautista, que había seguido a su amo con un terror indecible-, pero me
parece que hay alli un coche entre los árboles.
Montecristo saltó al suelo con ligereza y dio la mano a Manuel y Maximiliano para ayudarlos a bajar.
Maximiliano retuvo entre las suyas la mano del conde.
-He aquí -dijo-, una mano como me gusta ver en un hombre que confía en la bondad de su causa.
-En efecto -dijo Manuel-, creo que allí hay dos jóvenes que esperan.
Montecristo, sin llamar aparte a Morrel, se separó dos o tres pasos de su cuñado.
-Maximiliano -le preguntó-, ¿tenéis el corazón libre?
Morrel miró a Montecristo con admiración.
-No exijo de vos una confesión, mi querido amigo, os hago solamente una sencilla pregunta.
-Amo a una joven, conde.
-¿Mucho?
-Más que a mi propia vida.
-Vamos -dijo Montecristo-, he aquí una esperanza perdida -y añadió suspirando:- ¡Pobre Haydée...!
-En verdad, conde, que si no supiese lo valiente que sois, dudaría.
-¡Porque pienso en alguien que voy a dejar y porque suspiro! Morrel, un soldado debe tener más
conocimientos en cuanto a valor. ¿Creéis que siento perder la vida? ¿Qué me importa morir o vivir
cuando he pasado veinte años entre la vida y la muerte? Además, estad tranquilo, Morrel; esta debilidad,
si lo es, es sólo para vos. Sé que el mundo es un gran salón del que es necesario salir con cortesía,
saludando y pagando sus deudas de juego.
-Sea enhorabuena, eso se llama hablar razonablemente -le dijo Morrel-; a propósito, ¿habéis traído
vuestras armas?
-¡Yo! ¿Para qué? Espero que esos señores traerán las suyas.
-Voy a informarme -dijo Morrel.
-Sí; pero nada de negociaciones, ¿entendéis?
-Sí; descuidad.
Morrel se dirigió hacia Beauchamp y Chateau-Renaud; éstos, al ver el movimiento de Maximiliano, se
adelantaron a su encuentro; saludáronse los tres jóvenes, si no con afabilidad, al menos con cortesía.
-Perdón, señores -dijo Morrel-, pero no veo al señor Morcef.
-Esta mañana nos ha avisado que vendría a reunirse con nosotros sobre el terreno.
-¡Ah! -dijo Morrel.
-Son las ocho y cinco minutos; todavía no hay tiempo perdido, señor de Morrel -dijo Beauchamp.
-¡Oh! -dijo Maximiliano-, no lo he dicho con esa intención.
-Además -añadió Chateau-Renaud-, he allí un carruaje.
Efectivamente, venía un carruaje al gran trote hacia el sitio en que ellos estaban.
-Señores -dijo Morrel-,sin duda habréis traído vuestras pistolas. El señor de Montecristo dice que
renuncia al derecho que tiene de servirse de las suyas.
-Habíamos previsto que el conde tendría esta delicadeza, señor de Morrel -dijo Beauchamp -; he traído
armas que comp ré hace ocho días, creyendo las necesitaría para un asunto como éste. Son nuevas, y no
han servido aún. ¿Queréis examinarlas?
-¡Oh!, señor Beauchamp -dijo Morrel-, me aseguráis que el señor de Morcef no conoce esas armas y
podéis creer que vuestra palabra me basta.
-Señores -dijo Chateau-Renaud-, no era Morcef el que llegaba en aquel coche: son Franz y Debray.
En efecto, se acercaban los dos hombres acabados de nombrar.
-Vosotros aquí, caballeros -les dijo Chateau-Renaud-, ¿y por qué casualidad?
-Porque Alberto nos ha rogado que esta mañana nos encontrásemos aquí.
Beauchamp y Chateau-Renaud se miraron asombrados.
-Señores -dijo Morrel-, me parece que lo comprendo.
-Veamos.
-Ayer a mediodía recibí una carta del señor de Morcef, en la que me rogaba no faltase al teatro.
-Y yo también -dijo Debray.
-Y yo -exclamó Franz.
-Y también nosotros -dijeron Beauchamp y Chateau-Reanud.
-Sí, eso es -dijeron los jóvenes-; Maximiliano, según todas las probabilidades, habéis acertado.
-Sin embargo, Alberto no llega, y ya se retrasa de diez minutos -dijo Chateau-Renaud.
-Allí viene -dijo Beauchamp -, y a caballo; miradlo, corre a escape, y le sigue su criado.
-¡Qué imprudencia, venir a caballo para batirse a pistola, y yo que le he enseñado lo que debía hacer!
-Y además -añadió Beauchamp -,con el cuello por encima de la corbata, frac abierto y chaleco blanco;
¿por qué no se ha hecho pintar un blanco en el estómago, y hubiera sido mucho más rápido concluir con
él?
Mientras hacían estos comentarios, Alberto había llegado a diez pasos del grupo que formaban los
cinco jóvenes, paró el caballo, se apeó, y alargó la brida a su criado.
Acercóse, estaba pálido, sus ojos enrojecidos a hinchados; se conocía que no había dormido un minuto
en toda la noche.
-Gracias, señores -les dijo-, porque habéis tenido la bondad de hallaros aquí como os había rogado: os
estoy infinitamente reconocido por esta prueba de amistad.
Al acercarse Morcef, Morrel se había retirado diez o doce pasos, y permanecía aparte.
-Y a vos también os debo gracias, Morrel -dijo Alberto-, acercaos, pues no estáis de más.
-¿Ignoráis quizá -dijo Maximiliano-, que soy testigo de Montecristo ?
-No estaba seguro, pero lo sospechaba; tanto mejor: mientras más hombres de honor haya aquí, más
satisfecho estaré.
-Señor Morrel -dijo Chateau-Renaud-, podéis anunciar al conde de Montecristo que el señor de Morcef
ha llegado, y estamos a su disposición.
Morrel hizo un movimiento como para ir a cumplir su encargo. Al mismo tiempo Beauchamp fue a
sacar del coche la caja de las pistolas.
-Esperad, señores -dijo Alberto-, tengo que decir dos palabras al conde de Montecristo.
-¿En particular? -preguntó Morrel.
-No; delante de todos.
Los testigos de Alberto se miraron sorprendidos, Franz y Debray se dijeron algunas palabras en voz
baja; Morrel, contento con este incidente inesperado, fue a buscar al conde, que se paseaba por una cercana
alameda, hablando con Manuel.
-¿Qué quiere de mí? -preguntó Montecristo.
-Lo ignoro, pero quiere hablaros.
-¡Oh! -dijo Montecristo-, que no tiente a Dios con un nuevo ultraje.
-No creo que sea esa su intención -dijo Morrel.
El conde avanzó acompañado de Maximiliano y de Manuel: su rostro tranquilo y sereno formaba un
extraño contraste con la cara descompuesta de Alberto, quien por su parte se acercaba tamb ién, seguido
de sus cuatro jóvenes amigos; a tres pasos el uno del otro, ambos se detuvieron.
-Señores -dijo Alberto-, aproximaos: deseo no perdáis una palabra de las que tendré el honor de decir al
señor conde de Montecristo , porque deberéis repetirlas a todo el mundo, por extrañas que os parezcan.
-Espero, caballero... -dijo el conde.
-Caballero -dijo Alberto, cuya voz conmovida al principio se serenó poco a poco-. Os provoqué porque
divulgasteis la conducta del señor de Morcef en Epiro; porque por culpable que fuese el conde de Morcef,
no creía que fueseis vos quien tuviese el derecho de castigarle; pero hoy sé que ese derecho os pertenece.
No es la traición de Fernando Mondego con Alí-Bajá lo que me hace excusaros; es, sí, la traición del
pescador Fernando con vos y las desgracias nunca oídas que produjo; por esto lo digo y lo proclamo.
Tenéis razón para vengaros de mi padre, y yo su hijo os doy gracias porque no habéis hecho más.
El rayo que hubiese caído en medio de los que presenciaban aquella inesperada escena los hubiera
admirado menos que la declaración de Alberto.
El conde de Montecristo había levantado lentamente los ojos al cielo con una expresión indecible de
reconocimiento; no sabía admirar bastante esta acción conociendo el carácter fogoso y el valor de Alberto
a quien había visto inerme en medio de los bandidos italianos. No se cansaba de pensar cómo se había
humillado hasta aquel extremo. Reconoció la influencia de Mercedes y comprendió por qué aquel noble
corazón no se había opuesto a un sacrificio que sabía era inútil.
-Si creéis ahora, caballero -dijo Alberto-, que las excusas que acabo de haceros son suficientes, dadme
vuestra mano, os lo ruego. Después del mérito de la infalibilidad, que parece ser el vuestro, el mayor es
saber reconocer una sinrazón, pero esta confesión me corresponde a mí únicamente. Yo obraba bien
según los hombres, pero vos obrabais bien según Dios. Un ángel sólo podía salvar a uno de los dos de la
muerte, y el ángel ha bajado del cielo, si no para hacer de nosotros dos amigos, porque la fatalidad lo hace
imposible, al menos dos hombres que se estiman.
El conde de Montecristo, con los ojos humedecidos, el pecho palpitante y la boca entreabierta, alargó a
Alberto una mano, que éste tomó y apretó con un sentimiento de religioso respeto.
-Caballeros -dijo -, el conde de Montecristo acepta mis excusas; obré con precipitación con respecto a
él; ya está reparada mi falta, espero que el mundo no me tendrá por un cobarde por haber hecho lo
que me mandaba la conciencia, pero en todo caso, si se engañasen -añadió el joven levantando su
cabeza con fiereza, y como si dirigie se un mentís a amigos y enemigos-, procuraré rectificar su opinión.
-¿Qué sucedió anoche? -preguntó Beauchamp a Chateau-Renaud-, me parece, en todo cas o, que
hacemos aquí un papel bien triste.
-En efecto, lo que Alberto acaba de hacer es muy bajo o muy sublime -dijo el barón.
-¡Ah!, veamos -preguntó Debray a Franz-. ¿Qué significa eso? ¡CÓmo! ¡El conde de Montecristo
deshonra al señor de Morcef, y tie ne razón a los ojos de su hijo! Aunque tuviese yo diez Janinas en mi
familia, no me creería obligado más que a una cosa, a batirme diez veces.
Con la cabeza inclinada, los brazos caídos, aterrado con el peso de veinticuatro años de recuerdos,
Montecristo no pensaba ni en Alberto, ni en Beauchamp, ni en Chateau-Renaud, ni en ninguna de las
personas que le rodeaban: pensaba sólo en aquella mujer que había ido a pedirle la vida de su hijo, a la
que había ofrecido la suya, y que acababa de libertarla por la confesión de un secreto de familia, capaz de
extinguir para siempre en el corazón de aquel joven el sentimiento de piedad filial.
-Siempre la Providencia -murmuró-, ¡ah!, ¡desde hoy sí que estoy persuadido de que soy el enviado de
Dios!

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