BLOOD

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domingo, 26 de diciembre de 2010

En persona -- Clive Barker






En persona

Clive Barker


Cuando Cleveland Smith regresó a su celda, después de la entrevista con el funcionario de galería, su nuevo compañero de litera ya se había instalado y miraba fijamente la luz del sol, llena de motas de polvo, que se filtraba por la ventana de cristal reforzado. Era un espectáculo breve; durante menos de media hora, cada tarde (si las nubes lo permitían), el sol se abría paso entre el muro y el edificio de administración y recorría el costado de la galería B, para no volver a aparecer hasta el día siguiente.
¿EresTait? —preguntó Cíe ve.
El prisionero apartó la vista del sol. Mayflower le había dicho que el nuevo tenía veintidós, pero Tait parecía cinco años más joven. Tenía cara de perro extraviado. Y de perro feo, para ser exactos; un perro abandonado por sus amos al tráfico urbano. Los ojos demasiado torturados, la boca demasiado blanda, los brazos demasiado flacos: una víctima nata. A Cleve le fastidiaba que le hubieran colocado al muchacho. Tait era un lastre, y a Cleve no le sobraban energías para dedicarlas a la protección del muchacho, a pesar de la conversación de apoyo de Mayflower sobre aquello de tenderle una mano de bienvenida.
Sí —repuso el perro—. William.
¿La gente te llama William?
No, me llaman Billy —contestó el muchacho.
Billy.
Cleve asintió y entró en la celda. En Pentonville el régimen era relativamente suave; por las mañanas dejaban las celdas abiertas durante dos horas, y a menudo lo hacían durante dos horas más por las tardes, lo que permitía a los convictos una cierta libertad de movimientos. El arreglo tenía sus desventajas y precisamente por eso Mayflower le había hablado.
Me han pedido que te diera unos consejos.
¿Ah, sí? —contestó el muchacho.
¿Has cumplido condena anteriormente?
No.
¿Ni siquiera en el correccional de menores?
Los ojos de Tait vacilaron.
Poco tiempo.
Entonces ya sabes de qué va el asunto. Sabes que eres carnada fácil.
Ya.
Al parecer me han nombrado voluntario para que impida que te sacudan —dijo Cleve sin entusiasmo.
Tait se quedó mirando a Cleve con unos ojos azul lechoso, como si el sol siguiera reflejado en ellos.
No te molestes. No me debes nada.
Maldita sea, claro que no te debo nada. Pero parece que tengo una responsabilidad social —dijo Cleve amargamente — . Y esa responsabilidad eres tú.


Cleve ya había cumplido dos meses de su condena por tráfico de marihuana y era la tercera vez que visitaba Pentonville. A los treinta años distaba mucho de estar acabado. Tenía el cuerpo sólido, el rostro delgado y distinguido; con el traje que llevó al juicio podría muy bien haber pasado por abogado. Si alguien lo mirase con detenimiento notaría la cicatriz que tenía en el cuello, resultado del ataque de un adicto sin blanca, así como una cierta inquietud en el andar, como si a cada paso mantuviera la opción de una veloz retirada.
«Es usted joven todavía —le había dicho el último juez—, aún está a tiempo de modificar sus defectos.» No había manifestado su desacuerdo en voz alta, pero Cleve sabía en el fondo de su corazón que era un leopardo de pura cepa. Delinquir era fácil; trabajar, no. Mientras nadie se lo impidiera se dedicaría a lo que le salía mejor, y si lo cazaban soportaría las consecuencias. Al fin y al cabo, cumplir condena no era tan desagradable si se tomaba con la actitud correcta. La comida no estaba mal. la compañía era selecta, y mientras tuviera en qué ocupar la mente, estaba contento. En aquellos momentos estaba leyendo sobre el pecado. Ése sí que era un tema. En sus tiempos había oído infinidad de explicaciones sobre cómo había aparecido el pecado en el mundo: de los agentes judiciales de vigilancia, de los abogados, de los curas. Teorías sociológicas, teológicas, ideológicas. Algunas merecían unos minutos de consideración. La mayoría eran tan absurdas (pecado congénito, pecado del estado) que se había reído en la cara de sus apólogos. Ninguna aguantaba mucho sin hacer agua.
Era un hueso duro de roer. Y a él le hacía falta contar con un problema en qué ocupar el día. Y las noches: en la cárcel se dormía mal. No eran sus culpas las que lo mantenían despierto, sino las de los demás. Al fin y al cabo, él no era más que un traficante de marihuana, que suministraba material allí donde hubiera demanda: una pieza menor en la maquinaria del consumo; no tenía nada de qué arrepentirse. Pero allí había otros, muchos otros, al parecer, cuyos sueños no eran tan benévolos, y cuyas noches no eran tan pacíficas. Gritaban, se quejaban; maldecían a los jueces terrenales y celestiales. Armaban tal alboroto que habrían despertado hasta a los muertos.
¿Siempre es así? —le preguntó Billy a Cleve al cabo de una semana.
Al final del pasillo, un nuevo inquilino estaba montando una buena batahola, por momentos lloraba y por momentos escupía obscenidades.
Sí, la mayor parte del tiempo —repuso Cleve—. Algunos necesitan gritar un poco. Así impiden que se les espese el cerebro.
Tú no —observó la voz nada musical desde la litera de abajo—, tú sólo lees tus libros y te mantienes alejado de los problemas. Te he estado observando. No te importa, ¿verdad?
Puedo seguir viviendo —repuso Cleve —. No tengo una mujer que me venga a visitar cada semana para recordarme lo que me estoy perdiendo.
¿Has estado en chirona otras veces?
Dos.
El muchacho vaciló un instante antes de decir:
Me imagino que sabrás cómo manejarte por aquí, ¿no?
No tanto como para escribir una guía, pero ya me he enterado del recorrido general. —Al muchacho le pareció un comentario extraño—. ¿Porqué?
Mira, por saberlo —repuso Billy.
¿Tienes alguna otra pregunta?
Tait permaneció callado varios segundos; luego dijo:
Me enteré de que solían... colgar gente aquí.
Fuera lo que fuese lo que Cleve esperaba del muchacho, no era aquello. Pero ya hacía días que había llegado a la conclusión de que Billy Tait era un tipo raro. Las miradas furtivas de aquellos ojos azul lechoso; la forma que tenía de mirar la pared o la ventana, igual que un detective en la escena del crimen, desesperado por encontrar una pista.
Había un cobertizo con una horca, me parece —comentó Cleve.
Otro silencio; y luego otra pregunta que el muchacho dejó caer tan a la ligera como le fue posible.
¿Continúa en pie?
¿El cobertizo? No lo sé. Ya no ahorcan a la gente, Billy, ¿no te habías enterado? —No hubo respuesta—. Además, ¿a qué viene todo esto?
Sólo era curiosidad.


Billy tenía razón; era curioso. Y tan raro, con sus miradas vacías y sus modos solitarios, que la mayoría de los presos no se le acercaban. Lowell fue el único que se interesó en él, y sus motivos eran inequívocos.
~¿Me prestas a tu dama para pasar la tarde? —le preguntó a Cleve mientras esperaban en la cola del desayuno.
Tait, que estaba lo bastante cerca para oírlo, no dijo nada; Cleve tampoco.
¿Me oyes? Te he hecho una pregunta.
Ya te he oído. Déjalo en paz.
Hay que ir a partes iguales —dijo Lowell—. Puedo hacerte algunos favores. Podemos negociarlo.
No está disponible.
Será mejor que se lo pregunte yo —dijo Lowell, sonriendo a través de la barba—. ¿Qué me dices, preciosidad?
Tait se volvió para mirar a Lowell.
No, gracias.
No, gracias —repitió Lowell, y le lanzó a Cleve una sonrisa completamente exenta de humor—. Lo tienes bien educado. ¿También se sienta y da la patita?
Esfúmate, Lowell —repuso Cleve — . No está disponible y no se hable más.
No podrás vigilarlo a todas horas —le hizo notar Lowell—. Tarde o temprano tendrá que mantenerse sólo sobre los dos pies. A menos que se le dé mejor de rodillas.
La indirecta provocó las carcajadas de Nayler, el compañero de celda de Lowell. Aquellos dos no eran hombres a los que Cleve se hubiera enfrentado voluntariamente en un altercado, pero su habilidad para la fanfarronería estaba afilada como una hoja de afeitar, y la utilizó en ese momento.
No te busques problemas, porque las cicatrices sólo te las podrás tapar dejándote la barba —le dijo a Lowell.
Lowell miró a Cleve; el buen humor le había abandonado. No lograba distinguir claramente la verdad del alarde, y resultaba igual de claro que no estaba dispuesto a arriesgar el pellejo.
No descuides la guardia —se limitó a advertirle.


No mencionaron el encuentro del desayuno hasta aquella noche, cuando ya se habían apagado las luces. Fue Billy quien sacó el tema.
No debiste hacerlo. Lowell es un hijo de perra. He oído lo que dicen.
¿Entonces quieres que te violen?
No —repuso rápidamente—, por Dios, no. Tengo que mantenerme en forma.
No estarás en forma para nada si Lowell te pone las manos encima.
Billy salió de su litera y se puso de pie, en mitad de la celda; apenas se le veía en la oscuridad.
Supongo que querrás algo a cambio —dijo.
Cleve volvió la cabeza sobre la almohada y observó la silueta desdibujada que se encontraba a un metro escaso de él.
¿Y qué tienes tú que pudiera interesarme, Billy?
Lo que Lowell buscaba.
¿Crees que me marqué el farol para eso? ¿Para hacer valer mis derechos?
Sí.
Tal como tú dijiste: no, gracias —concluyó Cleve, y volvió a colocarse otra vez de cara a la pared.
No era mi intención...
Me importa un pimiento cuál era tu intención. No me la cuentes, ¿de acuerdo? Mantente alejado de Lowell, y no me vengas con chorradas.
Oye —murmuró Billy—, por favor, no te pongas así. Por favor. Eres el único amigo que tengo.
No soy amigo de nadie —dijo Cleve a la pared—. No quiero problemas. ¿Entendido?
No quieres problemas —repitió el muchacho torpemente.
Eso mismo. Y ahora... necesito mi cura de sueño.
Tait no hizo más comentarios y volvió a meterse en la litera de abajo; al hacerlo, los muelles chirriaron. Acostado en su cama, Cleve comenzó a darle vueltas mentalmente a la conversación. No tenía ganas de ponerle las manos encima al muchacho, pero quizá se lo hubiera explicado de un modo demasiado brusco. En fin, lo hecho, hecho estaba.
De la litera de abajo le llegaron los murmullos casi inaudibles de Billy. Cleve aguzó el oído para enterarse de lo que decía el muchacho. Tuvo que permanecer alerta durante varios segundos antes de darse cuenta de que el pequeño Billy rezaba sus plegarias.
Esa noche, Cleve tuvo un sueño. Por la mañana no logró recordar qué había soñado, aunque mientras se duchaba y se afeitaba desfilaron por su mente incitadores retazos. Esa mañana, apenas transcurrieron diez minutos sin que algo —la sal volcada sobre la mesa del desayuno, o los gritos provenientes del patio de ejercicios— prometiera interrumpir su sueño: pero la revelación no llegó. Aquello lo dejó, aunque era raro en él, muy nervioso y de malas pulgas. Cuando Wesley, un falsificador de segunda al que había conocido en las anteriores vacaciones que pasara allí, se le acercó en la biblioteca y comenzó a hablarle como si fueran amigos de toda la vida, Cleve lo mandó callar. Pero Wesley insistió.
Tienes problemas.
¿Y eso a qué viene?
Ese chico tuyo, Billy.
¿Qué pasa con él?
Está haciendo preguntas. Se está poniendo pesado, y a la gente no le gusta. Dicen que deberías encargarte de él.
No soy su guardián.
Wesley hizo una mueca y le comentó:
Te lo digo como amigo.
Ahórrame el trago.
No seas estúpido, Cleveland. Te estás ganando enemigos.
¿Ah, sí? Nómbrame uno.
Lowell —repuso Wesley, rápido como un rayo—. Y Nayler. Toda clase de gente. No les gusta cómo es Tait.
¿Y cómo es? —le espetó Cíe ve.
Wesley lanzó un gruñido a manera de protesta.
Sólo trato de advertírtelo. Es taimado. Como una puta rata. Habrá problemas.
Ahórrate las profecías.


La ley del término medio exige que el peor profeta dé en lo cierto alguna vez: al parecer, en esa ocasión le tocó el turno a Wesley. Al día siguiente, de regreso del taller donde había ejercitado su intelecto colocando las ruedas a unos coches de plástico, Cíe ve se encontró con Mayflower esperándolo en la galería.
Te pedí que cuidaras de William Tait, Smith —le dijo el funcionario—. ¿Es que no te importa un pepino?
¿Qué ha pasado?
No, supongo que no te importa un pepino.
He preguntado qué ha pasado. Señor.
No mucho, esta vez. Le han dado una paliza, eso es todo. Parece ser que Lowell le ha echado el ojo. ¿Me equivoco? — Mayflower miró a Cíe ve de reojo, y al ver que no obtenía respuesta, prosiguió—: Me equivoqué contigo, Smith. Creí que debajo del hombre duro había algo a lo que merecía la pena apelar. El error fue mío.
Billy estaba acostado en la litera; tenía la cara amoratada y los ojos cerrados. No los abrió cuando entró Cleve.
¿Te encuentras bien?
Claro —repuso el muchacho en voz baja.
¿Te han roto algún hueso?
Sobreviviré.
Tienes que entender...
Escúchame. —Billy abrió los ojos. Las pupilas se le habían oscurecido, o al menos eso era lo que la luz reflejaba—. Estoy vivo, ¿de acuerdo? Y no soy idiota. Sabía a lo que me exponía al venir aquí. —Hablaba como si hubiera tenido alguna elección en el asunto—. Sabré arreglármelas con Lowell —prosiguió—, de modo que no te preocupes. —Hizo una pausa y luego añadió—: Tenías razón.
¿En qué?
En eso de no tener amigos. Yo me las arreglo por mi cuenta y tú por la tuya, ¿no? Soy lento en aprender, pero ya le estoy cogiendo el truquillo —dijo, sonriendo para sí.
Has estado haciendo preguntas —le comentó Cleve.
¿Ah, sí? —repuso Billy en tono casual — . ¿Quién te lo ha dicho? —Si tienes preguntas que hacer, me las haces a mí. Los fisgones caen gordos aquí dentro. La gente empieza a sospechar. Y te volverán la espalda si Lowell y los de su calaña se ponen pesados.
Al nombrarlo, Billy frunció el ceño dolorosamente. Se tocó la mejilla amoratada.
Es hombre muerto —murmuró el muchacho, casi para sí.
No tienes ninguna oportunidad —comentó Cleve.
En ese momento, Tait habría sido capaz de rebanar un trozo de acero con la mirada.
Lo digo en serio —comentó sin asomo de duda en la voz—. Lowell no saldrá de aquí vivo.
Cleve no dijo nada más; al muchacho le hacía falta esa demostración de bravura, por cómica que fuera.
¿Qué quieres saber, sobre qué andas fisgoneando tanto por ahí?
Poca cosa —repuso Billy. Ya no miraba a Cleve, sino que fijó la vista en la litera de arriba. En voz baja, añadió—: Sólo quería saber dónde están las tumbas, eso es todo.
¿Las tumbas?
Sí, donde enterraron a los hombres a los que ahorcaron. Me han comentado que hay un rosal donde enterraron a Crippen. ¿Has oído algo sobre eso?
Cleve negó con la cabeza. Fue entonces cuando recordó que el muchacho había preguntado sobre el cobertizo de la horca y que ahora volvía sobre el tema, con lo de las tumbas. Billy alzó la cara para mirarlo. El moretón maduraba a ojos vista.
¿Sabes dónde están, Cleve? —inquirió.
Otra vez aquel fingido desapego.
Podría averiguarlo si me haces el favor de decirme por qué quieres saberlo.
Billy sacó la cabeza del refugio de la litera. El sol de la tarde describía su breve arco sobre el ladrillo pintado de la pared de la celda. Ese día era débil. El muchacho sacó las piernas de la litera y se sentó en el borde de la cama, se quedó mirando fijamente la luz, igual que había hecho el primer día.
Mi abuelo, el padre de mi madre... fue colgado aquí —dijo con voz ronca—. En 1937. Edgar Tait. Edgard Saint Clair Tait.
¿Dijiste el padre de tu madre?
Sí, me puse su apellido. No quería el de mi padre. Nunca le pertenecí.
Nadie pertenece a nadie —observó Cleve—. Tú eres tu propio dueño.
Pero eso no es cierto —dijo Billy encogiéndose levemente de hombros, sin dejar de mirar la luz reflejada en la pared. Su certidumbre era inamovible; la suavidad con la que habló no le quitó firmeza al comentario—. Yo pertenezco a mi abuelo. Siempre ha sido así.
Pero si ni siquiera habías nacido cuando lo...
Da igual. Llegar, partir, eso no es nada.
Llegar y partir, pensó Cleve, asombrado; ¿acaso Tait se refería a la vida y la muerte? No tuvo ocasión de preguntárselo. Billy volvía a hablar con el mismo tono apagado, pero insistente.
Era culpable, por supuesto. No en el sentido que ellos creían, sino culpable. Sabía lo que era y de lo que era capaz, y eso es ser culpable, ¿no? Mató a cuatro personas. Al menos, por eso lo ahorcaron.
¿Quieres decir que había matado a más?
Billy volvió a encogerse ligeramente de hombros: al parecer, las cantidades carecían de importancia.
Pero nadie vino a ver dónde lo habían enterrado. Y eso no está bien, ¿verdad? Supongo que a nadie le importaba. Probablemente, toda la familia se alegró de que hubiera muerto. Pensarían que estaba mal de la cabeza. Pero no es así. Sé que no estaba mal de la cabeza. Heredé sus manos y sus ojos. Eso decía mi madre. Me lo contó todo sobre su padre justo antes de morir. Me dijo cosas que no le había contado a nadie, y me las dijo porque mis ojos... —balbució y se llevó la mano a la boca; la luz fluctuante reflejada en los ladrillos ya lo había hechizado para que no hablara demasiado.
¿Qué fue lo que te dijo tu madre? —inquirió Cleve.
Billy sopesó varias respuestas alternativas antes de dar una.
Sólo que él y yo tenemos cosas parecidas.
¿Que estás loco como él, quieres decir? —aventuró Cleve medio en serio, medio en broma.
Algo por el estilo —repuso Billy sin apartar los ojos de la pared. Suspiró y luego se permitió hacer otra confesión — . Por eso vine aquí. Para que mi abuelo supiera que no lo han olvidado.
¿Qué quieres decir con eso de que viniste aquí? Te cogieron y te sentenciaron. No tuviste elección.
La luz reflejada en la pared se oscureció cuando una nube cubrió el sol. Billy levantó la cabeza y miró a Cleve. Tenía la luz en los ojos.
Cometí un delito para llegar aquí —repuso el muchacho—. Fue un acto deliberado.
Cleve meneó la cabeza. Era una ridiculez.
Anteriormente lo intenté dos veces. Me llevó tiempo. Pero al final lo logré, ¿no?
No me tomes por tonto, Billy —le advirtió Cleve.
No te estoy tomando por tonto —repuso el muchacho. Se puso de pie. Parecía aliviado después de haberle referido a su compañero aquella historia; hasta llegó a sonreír, vacilante, mientras decía—: Has sido bueno conmigo. No creas que no lo sé. Te estoy agradecido. Y ahora… —se puso frente a Cleve antes de agregar—: quiero saber dónde están las tumbas. Averígualo y te juro que no volverás a oírme hablar del tema.


Cleve sabía muy poco de la cárcel y de su historia, pero conocía a alguien que tenía toda la información. Había un tipo llamado Bishop que solía ir al taller a la misma hora que Cleve. Bishop se había pasado gran parte de sus cuarenta y tantos años cumpliendo sentencias en prisión, en su mayor parte por delitos de menor cuantía, y, con todo el fatalismo de un hombre cojo que dedica su vida al estudio de los seres de un solo pie, se había vuelto un experto en prisiones y sistema penal. Muy pocos de sus conocimientos provenían de los libros. Había reunido el grueso de su sabiduría gracias a los viejos carceleros y presidiarios que deseaban matar las horas hablando y, gradualmente, se había convertido en una enciclopedia andante del crimen y el castigo. Había hecho de ello su oficio, y vendía sus conocimientos cuidadosamente acumulados frase por frase, a veces como información geográfica para los candidatos a una fuga, a veces como mitología presidiaría para el convicto sin dios en busca de una divinidad local. Cleve lo buscó y le entregó el pago en tabaco y pagarés.
¿En qué puedo ayudarte? —inquirió Bishop.
Era corpulento, aunque no en exceso. Los cigarrillos finos como agujas que liaba perpetuamente se veían empequeñecidos al lado de sus dedos de carnicero, teñidos de un tono sepia por la nicotina.
Quiero que me hables de los ahorcamientos que hubo aquí.
Bishop sonrió.
Unas historias muy jugosas —comentó, y empezó a darle detalles.
En líneas generales, Billy había estado en lo cierto. En Pentonville habían ahorcado a una serie de condenados hasta mediados de siglo, pero ya hacía tiempo que habían demolido el cobertizo. En su lugar se erigía ahora la Oficina de Libertad Condicional, en la galería B. En cuanto a la historia de las rosas de Crippen, también había algo de cierto. Frente a un cobertizo que, según informó Bishop a Cleve, servía para guardar el equipo de jardinería, había una pequeña extensión de césped en cuyo centro florecía un rosal, plantado (y a estas alturas Bishop confesó que no lograba distinguir entre la realidad y la ficción) en memoria del doctor Crippen, ahorcado en 1910.
¿Y es allí donde están las tumbas? —preguntó Cleve.
No, no —negó Bishop, reduciendo a cenizas la mitad de uno de sus diminutos cigarrillos de una sola inspiración — . Las tumbas están junto al muro, a la izquierda, detrás del cobertizo. Hay mucho césped, tienes que haberlo visto.
¿No hay lápidas?
En absoluto. Nunca las han señalado. Sólo el alcaide sabe dónde está enterrado cada cual, y lo más probable es que se le hayan perdido los planos.—Bishop hurgó en el bolsillo superior de su camisa reglamentaria en busca de la lata de tabaco y se puso a liar otro cigarrillo de un modo tan mecánico que apenas le hizo falta mirar lo que hacía—. No se permite a nadie venir a visitar las tumbas, ¿me entiendes? Ojos Rué no ven, corazón que no siente: por eso lo hacen. Aunque la cosa no funciona así, ¿verdad? La gente se olvidará de los primeros ministros, pero se acuerda siempre de los asesinos. Puedes andar sobre ese césped, y a un metro ochenta bajo tierra están algunos de los hombres de peor reputación que hayan distinguido jamás a este verde y pacífico país. Y ni siquiera hay una cruz para indicarlo. Un crimen, ¿no te parece?
¿Sabes quiénes están enterrados allí?
Unos caballeros muy malos —repuso Bishop, como reprendiéndolos amablemente por sus fechorías.
¿Has oído hablar de un hombre llamado Edgar Tait?
Bishop enarcó las cejas; los pliegues regordetes de la frente se le arrugaron.
¿San Tait? Sí, claro. Es un nombre que no se olvida fácilmente.
¿Qué sabes de él?
Mató a su esposa y luego a sus hijos. Los pasó a todos a cuchillo, así como te lo cuento.
¿A todos?
Bishop se llevó el cigarrillo recién liado a sus gruesos labios.
Tal vez no a todos —repuso, entrecerrando los ojos e intentando recordar los detalles—. Tal vez alguno sobreviviera. Me parece que una hija... —se encogió de hombros, indiferente —. No se me da bien recordar a las víctimas. ¿A quién sí? —Fijó su blanda mirada en Cleve—. ¿Por qué te interesa tanto Tait? Lo colgaron antes de la guerra.
Mil novecientos treinta y siete. Estará bien muerto, ¿no?
Bishop levantó un dedo en señal de cautela y dijo:
No tanto. Verás, el terreno sobre el que han construido esta cárcel tiene unas propiedades especiales. Los cuerpos aquí enterrados no se pudren igual que en todas partes. —Cleve le lanzó a Bishop una mirada incrédula—. Es cierto —protestó el gordo moderadamente—. Lo he sabido por alguien de fiar. Créeme, cuando han tenido que exhumar un cadáver siempre lo han encontrado en condiciones casi perfectas. —Hizo una pausa para encender el cigarrillo, le dio una calada y exhaló el humo por la boca junto con estas palabras—: Cuando nos llegue el fin del mundo, los hombres buenos de Marylebone y Camden Town se levantarán de sus sepulturas en los huesos. ¿Y los malvados? El día del Juicio bailarán tan frescos como el día que cayeron. Imagínatelo. —Aquella idea perversa le deleitaba abiertamente. La cara regordeta se le llenó de hoyuelos de satisfacción y después se preguntó—: Me gustaría saber quién llamará a quién corrupto, ese gran día.


Cleve nunca pudo descifrar exactamente cómo había logrado Billy convencer a quien correspondiera para que lo incluyeran en el equipo de jardinería, pero lo logró. Tal vez hubiera apelado directamente a Mayflower, quien habría persuadido a sus superiores de que podían fiarse de dejar al muchacho al aire libre. Fuera cual hubiese sido su maniobra, mediada la semana siguiente a aquella que Cleve descubriera la ubicación de las tumbas, Billy se encontraba en el exterior, una fría mañana de abril, cortando el césped.
Lo ocurrido ese día circuló por vías secretas hacia la hora del recreo.
La historia le llegó a Cleve a través de tres fuentes independientes, ninguna de las cuales había estado en el lugar. Aunque los detalles de los distintos relatos diferían, estaba claro que tenían un mismo origen. Sus aspectos más importantes eran los siguientes:
El equipo de jardinería, formado por cuatro hombres vigilados por un solo funcionario de prisiones, se movía por el jardín, cortando el césped y quitando las hierbas de los parterres para prepararlos para la plantación de primavera. Al parecer, la custodia no había sido demasiado estricta. Pasaron dos o tres minutos antes de que el funcionario se percatara de que uno de los que estaban a su cargo se había desplazado hasta la periferia del grupo y había escapado. Se dio la alarma. Sin embargo, los funcionarios no tuvieron que buscar muy lejos. Tait no había realizado ningún intento de huir; si lo había hecho, al parecer se había visto obstaculizado en su intento por algún tipo de ataque, que lo había dejado baldado. Lo encontraron tendido en el suelo (y aquí las versiones diferían considerablemente) en una amplia zona de césped, junto al muro. Algunas versiones indicaban que tenía la cara negra, el cuerpo hecho un nudo y la lengua casi perforada por los dientes; otras, que lo encontraron boca abajo, hablándole a la tierra, llorando y persuadiéndola con lisonjas. El consenso general apuntaba a que el muchacho había perdido la razón.
Los rumores convirtieron a Cleve en el centro de atención, situación que no le hacía ninguna gracia. Durante los días que siguieron, apenas le dejaron en paz; los presos querían saber qué se sentía al compartir la celda con un loco. Cleve insistía en que nada tenía que decir. Tait había sido el compañero de celda perfecto, tranquilo, nada exigente e incuestionablemente cuerdo. Al día siguiente, cuando Mayflower lo acribilló a preguntas, le refirió la misma historia; más tarde, le repitió lo mismo al médico de la cárcel. No soltó prenda sobre el interés de Tait en las tumbas, y se encargó de ver a Bishop y pedirle un silencio similar. El hombre asintió de buena gana, con la condición de que le concediera la versión completa en su debido momento. Cleve se lo prometió. Bishop cumplió con su palabra.


Billy permaneció fuera del redil durante dos días. En ese lapso, Mayflower fue apartado de sus funciones como funcionario de galería. No se dio explicación alguna. Lo reemplazó un hombre llamado Devlin, al que transfirieron de la galería D. Su reputación le había precedido. Al parecer, no era un hombre compasivo. La impresión quedó confirmada cuando, el día que regresó Billy Tait, Cleve fue obligado a presentarse en el despacho de Devlin.
Me han dicho que Tait y tú sois íntimos —dijo Devlin.
Su cara era flexible como el granito.
En realidad, no, señor.
No cometeré el mismo error que Mayflower, Smith. Por lo que a mí respecta, Tait es un problema. Voy a vigilarlo como un halcón, y cuando yo no esté, tú lo harás por mí, ¿entendido? Bastará con que se ponga bizco para que lo meta en el tren fantasma. Lo sacaré de aquí y lo haré trasladar a una unidad especial antes de que pueda tirarse un pedo ¿Hablo claro?


Le presentabas tus respetos, ¿no?
En el hospital, Billy había perdido peso, un lujo que su delgada constitución no podía permitirse. La camisa le quedaba holgada y llevaba el cinturón abrochado en el último agujero. La delgadez hizo más evidente que nunca su vulnerabilidad física; Cleve pensó que podrían derribarlo de un plumazo. Pero su cara tenía una intensidad nueva, casi desesperada. Era sólo ojos; y éstos habían perdido todo vestigio de la luz del sol capturada. También había desaparecido de ellos la simulada vacuidad, reemplazada por una determinación pavorosa.
Te he hecho una pregunta.
Ya te he oído —dijo Billy. Ese día no había sol, pero de todos modos miraba hacia la pared—. Si quieres saberlo, pues sí, le presentaba mis respetos.
Devlin me ha pedido que te vigile. Quiere sacarte de esta galena. Tal vez trasladarte.
¿Trasladarme? —La mirada aterrada que Billy le lanzó a Cleve era demasiado desnuda como para sostenerla más de unos pocos segundos—. ¿Sacarme de aquí, quieres decir?
Supongo que sí.
¡No pueden!
Claro que pueden. En lo que llaman el tren fantasma. Ahora estás aquí, y al minuto siguiente...
No —insistió el muchacho apretando los puños.
Se había puesto a temblar, y por un momento Cleve temió que le diera un segundo ataque. Al parecer, su voluntad se impuso, logró controlar los temblores y volvió la mirada hacia su compañero de celda. Las moraduras que le dejara Lowell habían virado a un tono amarillogrisáceo, pero les faltaba mucho para desaparecer; las mejillas sin afeitar estaban pobladas de una barba delicada. Al mirarlo, Cleve sintió una punzada de preocupación.
Cuéntamelo —le dijo Cleve.
¿Qué te cuente qué? —inquirió Billy. —Lo que pasó en las tumbas.
Tuve un mareo. Me caí. Y cuando me desperté estaba en el hospital.
Es lo que les contaste a ellos, ¿verdad?
Es la verdad.
Por lo que oí decir, no. ¿Por qué no me explicas lo que pasó? Quiero que confíes en mí.
Confío en ti —dijo el muchacho—. Pero esto tengo que guardármelo. Es algo entre él y yo.
¿Entre Edgar y tú? —preguntó Cleve. Billy asintió con un movimiento de cabeza—. ¿Un tipo que mató a toda su familia excepto a tu madre?
Billy se sorprendió abiertamente de que Cleve conociera ese detalle.
Sí —repuso después de pensarlo—. Sí, los mató a todos. Y también habría matado a mamá si no se hubiera escapado. Quería barrer con toda la familia. Para que no quedaran herederos que llevaran mala sangre.
¿Entonces tu sangre es mala?
Billy se permitió la más leve de las sonrisas y respondió:
No. No creo. El abuelo se equivocó. Los tiempos han cambiado, ¿no es cierto?
Está loco, pensó Cleve. Raudo como el rayo, Billy captó su pensamiento.
No estoy loco —dijo—. Díselo. Díselo a Devlin y a quien te lo pregunte. Diles que soy un corderito. —La fiereza volvió a sus ojos. En ellos no había nada de cordero, aunque Cleve se cuidó mucho de mencionarlo—. No deben sacarme de aquí, Cleve. Y menos después de estar tan cerca. Tengo asuntos que atender. Asuntos importantes.
¿Con un muerto?
Con un muerto.


Fueran cuales fuesen las nuevas intenciones de que le habló a Cleve, Billy cerró la barraca cuando volvió a mezclarse con el resto de los convictos. No respondió ni a las preguntas ni a los insultos que circulaban en boca de todos: su fachada de indiferencia y su mirada ausente eran perfectas. Cleve quedó impresionado. El muchacho tenía futuro como actor, si decidía abandonar la locura profesional.
Pero pronto empezó a notársele el esfuerzo por ocultar una nueva urgencia. En la vacuidad de sus ojos, en el nerviosismo de sus movimientos, en sus silencios pensativos e inabordables. El médico que seguía viendo a Billy notó el deterioro físico; diagnosticó que el muchacho padecía de depresión e insomnios agudos, por lo que le recetó unos sedantes que le ayudasen a conciliar el sueño. Billy le dio las pastillas a Cleve, e insistió en que no las necesitaba. Cleve le estuvo agradecido. Por primera vez en muchos meses comenzó a dormir bien, sin que perturbaran su sueño las lágrimas y los gritos de los otros presidiarios.
Durante el día, la relación entre el muchacho y él, que siempre había sido rudimentaria, pasó a limitarse a la mera cortesía. Cleve presintió que Billy se estaba encerrando por completo en sí mismo, despreocupándose de las cuestiones puramente físicas.
No era la primera vez que presenciaba un retraimiento de este tipo, hosanna, su cuñada, había muerto de cáncer de estómago hacía tres años: una decadencia larga y uniforme hasta las últimas semanas. Cíe ve no había estado a su lado, pero quizá esa misma distancia le había dado una perspectiva respecto al comportamiento de la mujer de la que el resto de la familia carecía. Le había sorprendido la forma sistemática en que se había preparado para la muerte, dosificando los afectos hasta que sólo tocaron a las figuras más vitales de su vida: sus hijos y su sacerdote; prescindió de todos los demás, incluido su marido, con el que había estado casada durante catorce años.
Veía ahora en Billy la misma falta de pasión, la misma frugalidad. Como un hombre que se adiestra para atravesar un erial desierto y sin agua, demasiado avaro con sus energías como para derrocharlas en un solo gesto estéril, el muchacho se hundía en sí mismo. Era algo pavoroso; a Cleve le resultaba cada vez más incómodo compartir con Billy la celda de tres cincuenta por dos cuarenta. Era como vivir con un hombre en el Callejón de la Muerte.
El único consuelo eran los tranquilizantes; Billy convenció prestamente al médico para que continuara prescribiéndoselos. Le garantizaban a Cleve un descanso reparador y, al menos durante varios días, sin sueños.
Entonces soñó con la ciudad.
No, con la ciudad no; al principio fue con el desierto. Una extensión vacía de arena azul negruzca que al caminar se le clavaba en la planta de los pies; un viento frío levantaba la arena, que se le quedaba impregnada en la nariz, los ojos, el pelo. Sabía que ya había estado allí. Su yo dormido reconocía el paisaje de dunas yermas, sin árboles ni casas que rompieran la monotonía. Pero en las visitas anteriores, había ido con guías (o al menos ésa era su convicción, apenas esbozada); ahora estaba solo. y las nubes que se elevaban por encima de su cabeza, densas y grises como la pizarra, presagiaban la falta de sol. Durante lo que le parecieron horas, caminó por las dunas; los pies se le ensangrentaron de hollar la punzante arena, el cuerpo se le empolvó, tiñéndose de azul. Cuando el cansancio estuvo a punto de derrotarlo, vio unas ruinas y fue hacia ellas.
No era un oasis. En aquellas calles vacías no había nada saludable ni que sirviera de sustento, no había árboles frutales ni fuentes cantarinas. La ciudad era un conglomerado de casas, o de partes de casas —a veces pisos enteros, a veces habitaciones aisladas—, apiñadas unas al lado de otras en una triste parodia de ordenación urbana. Los estilos eran una abigarrada mezcla —finos establecimientos georgianos junto a edificios de viviendas pobres con habitaciones quemadas; una casa arrancada de un terraplén, perfecta hasta en el detalle de un perro barnizado que descansaba en el alféizar de la ventana. Todas conservaban las cicatrices de la brusca remoción de su entorno: las paredes estaban rajadas, con lo que se podía atisbar en el interior; las escaleras se proyectaban hacia las nubes, sin un destino aparente; las puertas se abrían y cerraban con el viento, dejando ver que daban a ninguna parte.
Cleve sabía que allí había vida. No sólo las lagartijas, las ratas y las mariposas —todas albinas— que aleteaban y se escurrían ante él cuando caminaba por las calles abandonadas, sino vida humana. Presintió que cada paso que daba era espiado, aunque no vio señales de presencia humana, al menos durante su primera visita.
Durante la segunda visita, su yo dormido abandonó la marcha penosa a través del erial y fue enviado directamente a la necrópolis; sus pies, fácilmente aleccionados, siguieron la misma ruta de la primera visita. El viento constante soplaba con más fuerza aquella noche. Enredaba las cortinas de encaje de esta ventana y hacía tintinear los abolorios chinos que colgaban de aquella otra. Era también portador de voces; sonidos horrendos y estrafalarios provenientes de un lugar lejano, más allá de la ciudad. Al oír aquellos chirridos, aquellos quejidos como de niños enloquecidos, agradeció la presencia de las calles y los cuartos, agradeció la presencia de su familiaridad, aunque no la comodidad que le ofrecían. No tenía deseo alguno de penetrar en esos interiores, hubiera o no voces; no deseaba descubrir qué era lo que marcaba esos retazos de arquitectura ni qué había hecho que los arrancaran de cuajo y los lanzaran a esa llorosa desolación.
Una vez visitado aquel lugar, su mente dormida regresaba a él noche tras noche; caminaba siempre con los pies ensangrentados, viendo sólo ratas y mariposas y la arena negra en cada portal, aventada al interior de las habitaciones y los pasillos, que jamás cambiaban de una visita a la siguiente; por lo que había podido atisbar detrás de unas cortinas o por una grieta en las paredes, aquellos escenarios parecían haber quedado fijados en un momento preciso: una comida sin tocar, servida en una mesa puesta para tres (el pollo sin cortar, las salsas humeantes), o una ducha abierta en un lavabo en el que la lámpara oscilaba perpetuamente; y, en un cuarto que podía haber sido el estudio de un abogado, un perro faldero, o quizá una peluca arrancada y lanzada al suelo, abandonada en una fina alfombra cuya intrincada trama había sido medio devorada por la arena.
Sólo en una ocasión vio a otro ser humano en la ciudad: a Billy. Ocurrió de un modo extraño. Una noche —mientras soñaba con las calles— se despertó a medias. Billy estaba despierto y se encontraba de pie en mitad de la celda, mirando hacia la luz que penetraba por la ventana. No era la luz de la luna, pero el muchacho se bañaba en ella como si lo fuera. Tenía el rostro vuelto hacia la ventana: la boca abierta y los ojos cerrados. Cleve apenas tuvo tiempo de notar el trance en el que parecía hallarse el muchacho antes de que los tranquilizantes lo recondujeran al sueño. Se llevó consigo un fragmento de la realidad, incluyendo al muchacho en su sueño. Cuando regresó a la ciudad, allí estaba Billy Tait: de pie, en la calle, con el rostro vuelto hacia las nubes bajas, la boca abierta, los ojos cerrados.
La imagen duró sólo un momento. Porque acto seguido el muchacho se alejó; sus pies levantaban pequeños abanicos de arena. Cleve lo llamó. Pero Billy siguió corriendo sin prestarle atención; con esa presciencia que dan los sueños, Cleve supo adonde se dirigía. Hacia el borde de la ciudad, donde las casas raleaban y empezaba el desierto. A encontrarse con algún amigo traído por el terrible viento, quizá. Nada iba a inducirlo a ir tras él; sin embargo, no quería perder el contacto con el único ser humano que había visto en aquellas calles desoladas. Volvió a gritar el nombre de Billy, con más fuerza.
En esta ocasión, sintió una mano en el brazo y despertó sobresaltado para encontrarse en la celda.
Ya está bien, tranquilo —le dijo Billy—. Estabas soñando.
Cleve procuró sacarse la ciudad de la cabeza, pero durante unos peligrosos segundos, el sueño se coló en el mundo real; al mirar al muchacho vio que un viento que no pertenecía, no podía pertenecer a los confines de la celda, le alborotaba el pelo.
Estás soñando —insistió Billy—. Despierta.
Tembloroso, Cleve se sentó en la litera. La ciudad se difuminó —había desaparecido casi—, pero antes de que lograse perderla de vista por completo, tuvo la convicción de que Billy sabía de qué sueño acababa de despertar a Cleve, que habían estado allí juntos por unos pocos y frágiles momentos.
Lo sabes, ¿verdad? —acusó a la cara pálida que tenía a su lado.
El muchacho se mostró asombrado y le preguntó:
¿De qué estás hablando?
Cleve meneó la cabeza. La sospecha se volvía más increíble a medida que iba tomando distancia respecto al sueño. Aun así, al mirar la mano huesuda de Billy, que seguía aferrada a su brazo, en cierto modo esperaba notar restos de suciedad obsidiana en sus uñas. Sólo vio mugre.
Sin embargo, las dudas persistieron mucho después de que la razón hubiera logrado amedrentarlas y subyugarlas. A partir de esa noche, Cleve vigiló al muchacho más de cerca, con la esperanza de que algún desliz le revelara la naturaleza de su juego. Semejante escrutinio era una causa perdida. A partir de aquella noche, desaparecieron los últimos vestigios de accesibilidad: el muchacho, como le ocurriera a Rosanna, se convirtió en un libro indescifrable, que no dejaba entrever ni una pista de la naturaleza de su mundo secreto. En cuanto al sueño, no se volvió a hablar de él. La única alusión tortuosa a aquella noche fue la redoblada insistencia de Billy en que Cleve continuara tomando los sedantes.
Necesitas dormir —le dijo al regresar de la enfermería con un nuevo suministro—. Tómalas.
Tú también necesitas dormir —le contestó Cleve, interesado en saber hasta qué punto insistiría el muchacho—. Ya no me hacen falta las píldoras.
Claro que sí —insistió Billy, exhibiendo el frasco de cápsulas—. Ya sabes cuánto ruido hacen por aquí.
Dicen que producen hábito —comentó Cleve, sin aceptar las píldoras—. Pasaré sin ellas.
No —dijo Billy; Cleve presintió un nivel de insistencia que confirmó sus más profundas sospechas. El muchacho quería que estuviera drogado, había sido así desde el principio—. Yo duermo como un bebé —adujo Billy—. Tómalas, por favor. De lo contrario, habrá que tirarlas.
Si estás seguro de lo que dices —comentó Cleve encogiéndose de hombros.
Sus temores quedaban confirmados, por lo que se limitó a fingir que cedía.
Estoy seguro.
Gracias, entonces —dijo mientras cogía el frasco.
Billy sonrió, feliz. En cierto sentido, con aquella sonrisa comenzaron los malos tiempos.
Esa noche, Cleve contestó a la actuación del muchacho con otra de cosecha propia; fingió tomar los tranquilizantes, como de costumbre, pero no se los tragó. Cuando estuvo acostado en la litera, de cara a la pared, se los sacó de la boca y los metió debajo de la almohada. Y después fingió que se dormía.
En la prisión, el día comienza y termina temprano; a las nueve menos cuarto, como mucho a las nueve, las celdas de las cuatro galerías quedaban a oscuras, y los presidiarios eran encerrados hasta el amanecer, entregados a sus propios recursos. Esa noche era más tranquila y silenciosa que de costumbre. El llorón que estaba encerrado dos celdas más abajo había sido transferido a la galena D; había muy pocos ruidos. Incluso sin píldoras, Cleve sintió que el sueño lo tentaba. De la litera de abajo no provenía prácticamente ningún ruido, excepto algún que otro suspiro. Resultaba imposible adivinar si Billy dormía o no. Cleve se mantuvo en silencio; de vez en cuando echaba una larga mirada a la esfera luminosa de su reloj. Los minutos se estiraban interminables, y a medida que iban pasando las primeras horas temió que su sueño fingido se convirtiera en algo real. Estaba dándole vueltas a esa posibilidad cuando le sobrevino la inconsciencia.
Despertó mucho más tarde. Al parecer, no había cambiado de posición. Frente a él tenía la pared; la pintura desconchada era como el mapa borroso de un territorio sin nombre. Tardó un par de minutos en orientarse. De la litera de abajo no le llegaba ningún ruido. Simulando moverse mientras dormía, levantó el brazo hasta colocarlo a la altura de los ojos y miró la esfera verde claro de su reloj. Eran las dos menos nueve minutos. Faltaban varias horas para el amanecer. Permaneció en la Posición en la que se había despertado durante un buen cuarto de hora, escuchando todos los sonidos de la celda e intentando ubicar a Billy. No deseaba darse la vuelta y comprobarlo por sí mismo, por temor a encontrar al muchacho en medio de la celda, como la noche en que visitara la ciudad.
Aunque sumido en la oscuridad, el mundo distaba mucho de estar en silencio. Oyó los pasos amortiguados de alguien que recorría la celda de la galería de arriba; oyó al agua fluir en las tuberías y el sonido de una sirena en Caledonian Road. Pero no lograba oír a Billy. Ni siquiera un suspiro del muchacho.
Transcurrió otro cuarto de hora, y Cleve sintió el adormecimiento familiar que intentaba reclamarlo; si continuaba inmóvil, no tardaría en volver a dormirse, y antes de que se diera cuenta habría amanecido. Si quería enterarse de algo, tendría que darse la vuelta y mirar. Decidió que lo mejor sería no moverse subrepticiamente, sino darse la vuelta lo más naturalmente posible. Y así lo hizo, murmurando para sí, como si estuviera dormido, para otorgarle más peso a la ilusión. En cuanto se hubo dado la vuelta completa y hubo colocado la mano sobre la cara para que no se notara que estaba espiando, abrió cautelosamente los ojos.
La celda parecía más oscura que la noche en que había visto a Billy con el rostro vuelto hacia la ventana. En cuanto al muchacho, no se lo veía por ninguna parte. Cleve abrió un poco más los ojos y escrutó la celda lo mejor que pudo, mirando a través de los dedos. Faltaba algo, pero no logró precisar qué era. Permaneció tendido durante varios minutos, esperando que sus ojos se acostumbraran a la negrura. Pero no lo hicieron. La escena que tenía delante continuaba siendo borrosa, como una pintura tan llena de suciedad y barniz que sus profundidades repelieran al ojo escrutador. Pero sabía que las sombras de los rincones de la celda, y de la pared opuesta, no estaban vacías. Quería poner fin a la expectación que le hacía latir alocadamente el corazón, quería levantar la cabeza de la almohada llena de guijarros y pedirle a Billy que saliera de su escondite. Pero el buen tino le aconsejó lo contrario. Permaneció quieto, sudoroso y vigilante.
Entonces comenzó a notar qué era lo que fallaba en la escena que tenía ante sí. Las sombras ocultas se cernían sobre sitios indebidos; se ensanchaban por el corredor, donde debía caer la débil luz que se filtraba por la ventana. En cierto modo, entre la ventana y la pared la luz había sido ahogada y devorada. Cleve cerró los ojos para permitir que su mente confusa pudiera racionalizar esa conclusión y rechazarla. Cuando volvió a abrirlos, el corazón le dio un vuelco. La sombra, muy lejos de perder potencia, había crecido un poco.
Jamás había sentido tanto miedo; jamás había experimentado en las entrañas un frío como el que ahora le invadía. A duras penas logró mantener acompasada la respiración y las manos quietas. Su instinto le impelía a enroscarse y ocultar la cara como un niño. Dos pensamientos se lo impidieron. Uno le indicaba que el más ligero movimiento podría atraer una atención no deseada. El otro, que Billy estaba en algún lugar de la celda y quizá tan amenazado por aquella oscuridad viviente como él.
Entonces, en la litera inferior, el muchacho habló con voz suave, probablemente para no despertar a su compañero dormido. Su tonalidad era pavorosamente íntima. A Cleve ni se le ocurrió pensar que Billy hablara en sueños; ya no era posible seguirse engañando al respecto. El muchacho hablaba con la oscuridad, de ese hecho no cabía duda.
... me duele... —dijo, con un leve deje acusador—. No me habías dicho que iba a dolerme tanto...
¿Serían imaginaciones de Cleve, o las sombras espectrales oscilaron un poco a manera de respuesta, como la tinta del calamar en el agua? Sintió un miedo atroz.
El muchacho volvió a hablar. Su voz era tan queda que Cleve apenas logró captar las palabras.
... tiene que ser pronto... —decía con tranquila urgencia—. No tengo miedo. No tengo miedo.
La sombra volvió a oscilar. Esa vez, cuando Cleve miró hacia su centro, logró notar la forma quimérica que la envolvía. Le tembló la garganta; un grito quedó atrapado detrás de su lengua, impaciente por salir de su boca.
...Todo lo que puedas enseñarme... —decía Billy—. De prisa...
Las palabras iban y venían, pero Cleve apenas lograba oírlas. Su atención estaba concentrada en la cortina de sombras y en la silueta, hilvanada de negrura, que se movía en sus pliegues. No era una ilusión. Allí había un hombre, de sustancia tenue, cuyos rebordes se deterioraban permanentemente, y que con gran esfuerzo lograba arrastrarse y mantener unos rasgos ligeramente humanos. Cleve apenas distinguía las facciones del visitante, aunque lo que podía ver era suficiente para presentir unas deformidades exhibidas como virtudes: una cara que parecía un plato de fruta podrida, pulposa y pelada, plagada de hinchazones de las que brotaban las moscas y con zonas pestilentes que se caían a pedazos. ¿Cómo era posible que el muchacho conversara con tanta facilidad con semejante cosa? Pero, a pesar de la podredumbre, había una amarga dignidad en el porte de aquella criatura, en la angustia de aquellos ojos, en el óvalo desdentado de aquellas fauces.
Billy se puso de pie repentinamente. El abrupto movimiento, después de tantas palabras susurradas, estuvo a punto de hacer que Cleve Profiriera un grito. Se lo tragó con dificultad y entrecerró los ojos lo suficiente como para poder ver lo que ocurrió después a través de las barras de sus pestañas.
Billy hablaba otra vez, pero su voz era apenas un hilo que no permitía oír la conversación. Avanzó hacia la sombra y con su cuerpo ocultó gran parte de la silueta reflejada en la pared opuesta. La celda no tenía roas de dos o tres zancadas de ancho, pero por algún truco de la física dio la impresión de que el muchacho se alejaba de la litera cinco, seis o incluso siete pasos. Cleve abrió mucho los ojos: sabía que no lo vigilaban. La sombra y su acólito estaban ocupados en otros asuntos que los tenían completamente absortos.
Dentro de los confines de la celda, la silueta de Billy se veía más pequeña de lo que parecía posible, como si hubiese atravesado el muro y se encontrara en alguna otra provincia. Sólo entonces, con los ojos desmesuradamente abiertos, logró Cleve reconocer aquel lugar. La oscuridad que forjaba al visitante de Billy se componía de nubes, sombras y polvo; detrás de él, apenas visible en la negrura hechizada, pero reconocible para cualquiera que hubiese estado allí, estaba la ciudad aparecida en los sueños de Cleve.
Billy había alcanzado a su maestro. La criatura se elevaba por encima de él, larguirucha y harapienta pero henchida de poder. Cleve ignoraba cómo y por qué el muchacho se le había aproximado, y temió por su seguridad al verlo tan cerca, pero el miedo por su propia seguridad lo mantuvo clavado a la litera. En ese momento se dio cuenta de que jamás había amado a nadie, hombre o mujer, lo suficiente como para ir tras ellos e internarse en la sombra de su sombra. Esta certeza le produjo una terrible sensación de soledad, porque en ese mismo instante supo que nadie, al verlo caminar hacia su castigo eterno, daría un solo paso para rescatarlo del abismo. Almas perdidas los dos: él y el muchacho.
En ese momento, el amo de Billy levantó la hinchada cabeza, y el viento incesante de aquellas calles azules elevó su melena y la hinchó de enfurecida vida. En el viento, Cleve oyó las mismas voces de antes, los gritos de niños enloquecidos, mezcla de llanto y aullidos. Como animado por estas voces, el ente tendió los brazos hacia Billy y lo abrazó, envolviendo al muchacho con sus vapores. Billy no se resistió al abrazo, sino que lo correspondió. Incapaz de contemplar aquella horrenda intimidad, Cleve cerró los ojos y más tarde — ¿segundos, quizá minutos? —. cuando volvió a abrirlos, el encuentro parecía haber tocado a su fin. Aquella cosa sombra se desvanecía, renunciando a su débil coherencia. Se fragmentó, y los restos de su andrajosa anatomía volaron por las calles como basura al viento. Su partida pareció marcar la dispersión de toda la escena; el polvo y la distancia comenzaron a devorar las calles y las casas. Antes de que los últimos vestigios de la sombra se hubieran elevado por los aires y perdido de vista, la ciudad se volvió invisible. Cleve sintió alivio al verse excluido de ella. La realidad, por sórdida que fuese, era preferible a aquella desolación. Ladrillo a ladrillo, volvió a surgir el muro, y Billy, liberado del abrazo de su maestro, fue devuelto a la sólida geometría de la celda, donde permaneció mirando hacia la luz que se filtraba por la ventana.
Esa noche Cleve no volvió a dormirse. Acostado sobre su duro colchón y mirando hacia las estalactitas de pintura que pendían del techo, se preguntó si volvería a encontrar refugio en los sueños.


La luz del sol era un maestro de ceremonias. Lanzaba su brillo hacia abajo con gran extravagancia, ávida como cualquier mercader de oropeles por encandilar y distraer. Pero bajo la superficie brillante que iluminaba había otro estado, uno que la luz del sol, esa aduladora de multitudes trataba de ocultar. Esa condición era vil y desesperada. La mayoría enceguecidos por su visión, ni siquiera lograban atisbarla. Pero Cleve ya conocía la falta de sol, había caminado en ella, en sus sueños, y aunque lloraba por la pérdida de su inocencia, sabía que jamás podría desandar aquel camino y regresar a la sala de espejos de la luz.


Procuró ocultar aquel cambio con todas sus fuerzas para que Billy no lo notara; lo último que quería era que el muchacho sospechase que lo había estado escuchando a escondidas. Pero ocultarlo era prácticamente imposible. Aunque al día siguiente Cleve intentó fingir normalidad con todas sus fuerzas, no logró ocultar del todo su incomodidad. Se le escapaba sin que él lograra controlarla, como el sudor de los poros. Y el muchacho lo sabía, no había duda, lo sabía. Y no tardó demasiado en manifestarle sus sospechas. Al volver a la celda después de haber estado en el taller, por la tarde, Billy no tardó en ir al grano.
¿Qué te pasa hoy?
Cleve se puso a rehacer la cama, pues temía incluso mirar de reojo a Billy.
No me pasa nada. No me siento demasiado bien, es todo.
¿Has pasado mala noche? —preguntó el muchacho. Cleve notó que Billy le perforaba la espalda con los ojos.
No —repuso al cabo de una pausa, para que su negación no pareciera precipitada—. Tomé tus píldoras, como de costumbre.
Bien.
La conversación se interrumpió y Cleve pudo terminar de hacerse la cama en silencio. Pero la tregua no podía durar mucho. Cuando se apartó de la litera una vez concluida la tarea, encontró a Billy sentado ante la mesita, con uno de los libros de Cleve abierto sobre las rodillas. Lo hojeó sin mucho interés; habían desaparecido las señales de su anterior sospecha. Pero Cleve no fue tan tonto como para fiarse de las apariencias.
¿Por qué lees estas cosas? —le preguntó el muchacho.
Para pasar el rato —repuso Cleve, desbaratando su labor al trepar a la litera de arriba y estirarse sobre la cama.
No me refiero a por qué lees libros. Quiero decir que por qué lees estos libros. Todo este rollo sobre el pecado.
Cleve oyó la pregunta a medias. El estar tumbado en su litera le recordaba con demasiada claridad cómo había sido la noche. Le recordaba también que la oscuridad volvía a apoderarse de una parte del mundo. Al pensarlo, se le cerró la boca del estómago.
¿Me has oído? —insistió el muchacho. Cleve murmuró que lo había oído.
¿Por qué lees estos libros? ¿Sobre la maldición eterna y esas cosas?
Nadie los saca de la biblioteca —repuso Cleve.
Le costaba un enorme trabajo modelar los pensamientos para poder manifestarlos en voz alta cuando los otros, los tácitos, eran mucho más exigentes.
¿No te lo crees entonces?
No — contestó—. No me creo una sola palabra.
El muchacho se mantuvo callado durante un rato. Aunque Cleve no lo miraba, logró oír cómo Billy volvía las páginas. Entonces le hizo otra pregunta, pero en voz más baja, como una confesión.
¿Alguna vez tienes miedo?
La pregunta sacó a Cleve de su trance. La conversación había virado de la lectura a algo muchísimo más pertinente. ¿Por qué le preguntaría Billy sobre el miedo, a menos que él también lo tuviera?
¿Y de qué tendría que tener miedo? —inquirió Cleve.
Por el rabillo del ojo vio cómo el muchacho se encogía de hombros antes de contestar.
De las cosas que pasan —dijo con un tono nada entusiasmado—. De las cosas que no puedes controlar.
Sí —contestó Cleve sin saber adonde le conduciría aquella conversación—. Sí, claro. A veces tengo miedo.
¿Y entonces qué haces?
Pues no hay nada que hacer, ¿no? —dijo Cleve. Su voz. como la de Billy, era apenas un hilo —. Dejé de rezar la mañana en que murió mi padre.
Oyó el suave golpecito cuando Billy cerró el libro, e inclinó la cabeza lo suficiente como para ver al muchacho. Billy no lograba ocultar del todo su agitación. Tiene miedo, pensó Cleve; no quiere que vuelva la noche, igual que yo. Al pensar en sus temores compartidos se sintió reconfortado. Tal vez el muchacho no perteneciera por completo a la sombra, tal vez lograra convencer a Billy para que le señalara el camino por el que ambos podrían salir de aquella espiral de pesadillas.
Se sentó bien derecho; su cabeza se encontraba a unos centímetros del techo de la celda. Billy abandonó sus meditaciones y levantó la vista: su rostro era un pálido óvalo de músculos crispados. Cleve supo que era el momento de hablar, antes de que se apagaran las luces y las celdas quedaran confinadas a las sombras. Entonces no habría tiempo para explicaciones. El muchacho estaría medio perdido en la ciudad y sería imposible persuadirlo.
Últimamente tengo unos sueños... —dijo Cleve. Billy no comentó nada, se limitó a mirarlo con ojos vacíos—. Sueño con una ciudad.
El muchacho ni se inmutó. Estaba claro que no iba a ofrecerle ninguna aclaración, tendría que obligarlo a ello.
¿Sabes de qué estoy hablando?
No — repuso Billy, sacudiendo la cabeza—. Yo nunca sueño. —Todo el mundo sueña.
Entonces no me acuerdo de lo que sueño.
Yo si —dijo Cleve. Estaba decidido, ya que había abordado el tema, a no dejar en paz a Billy—. Y tú estás en el sueño. En la ciudad.
El muchacho dio un respingo; fue un movimiento engañoso, pero le bastó para convencer a Cleve de que no malgastaba su tiempo.
¿Qué lugar es, Billy? —le preguntó.
¿Cómo iba yo a saberlo? —le espetó el muchacho, a punto de soltar la risa, pero luego se refrenó—. No lo sé. ¿verdad? Son tus sueños.
Antes de que Cleve pudiera constestarle, oyó la voz de uno de los funcionarios al pasar delante de la fila de celdas indicando a los hombres que se fueran a la cama. No tardarían en apagar las luces; a partir de entonces, quedaría encerrado en aquella celda estrecha durante diez horas. Con Billy y los fantasmas...
Anoche... —dijo, temeroso de mencionar lo que había visto y oído sin la debida preparación, pero más temeroso de enfrentarse a otra noche en las fronteras de la ciudad, solo, en la oscuridad — . Anoche vi... —se interrumpió. ¿Por qué no le salían las palabras? —. Vi...
¿Qué viste? —inquirió el muchacho con rostro insondable.
Había desaparecido cualquier asomo de aprensión. Tal vez también habría oído al funcionario, y sabía ya que no había nada que hacer, que no había manera de detener el avance de la noche.
¿Qué fue lo que viste? —insistió Billy.
A mi madre —repuso Cleve con un suspiro.
El muchacho dejó entrever su alivio en la tenue sonrisa que se le dibujó en los labios.
Sí... vi a mi madre. En carne y hueso.
¿Y eso te ha afectado, no es cierto?
A veces los sueños le afectan a uno.
El funcionario había llegado a la B 3. 20.
Apagaremos las luces dentro de dos minutos —anunció al pasar.
Tendrías que tomar más de esas píldoras —le aconsejó Billy dejando el libro y dirigiéndose a su litera—. Entonces te pasaría como a mí, nada de sueños.
Cleve había perdido. Él, el matón, el chulo, había sido derrotado por el muchacho y ahora debía afrontar las consecuencias. Permaneció tumbado, de cara al techo, contando los segundos hasta que las luces se apagaron, mientras en la litera de abajo el muchacho se desvestía y se metía en la cama.
Todavía le quedaba tiempo para levantarse y llamar al funcionario; tiempo para darse con la cabeza contra la puerta hasta que acudiera alguien. Pero ¿qué iba a decir para justificar su representación? ¿Que había tenido pesadillas? ¿Y quién no las tenía? ¿Que tenía miedo de la oscuridad? ¿Y quién no temía la oscuridad? Se le reirían en la cara y le diñan que volviese a la cama, con lo que perdería el camuflaje, y el muchacho y su maestro lo estarían esperando en el muro. Semejante táctica no ofrecía seguridad alguna.
Tampoco la ofrecían las plegarias. Fue sincero con Billy al decirle que había dejado de creer en Dios cuando sus plegarias por la vida de su padre no habían sido escuchadas. De semejante abandono divino surgía el ateísmo; no podía reavivar la fe, por más profundo que fuese su terror.
Al pensar en su padre, volvió inevitablemente a la niñez; muy pocos temas, si los había, podían ocupar lo bastante su mente como para hacerle olvidar sus temores. Cuando se apagaron por fin las luces, su mente atemorizada se refugió en los recuerdos. Bajó el ritmo de sus pulsaciones; los dedos dejaron de temblarle y. con el paso de las horas, sin apenas darse cuenta, el sueño lo venció.
Las distracciones de las que disponía su conciencia no estaban al alcance de su inconsciente. Una vez dormido, las amables remembranzas quedaron excluidas; los recuerdos de infancia se convirtieron en cosa del pasado, y él regresó, con los pies ensangrentados, a aquella terrible ciudad.
O mejor dicho, a sus fronteras. Porque esa noche no siguió el camine familiar que lo conducía más allá de la casa georgiana y sus dependencias adyacentes, sino que caminó hasta las afueras de la ciudad, donde el viento era más fuerte que nunca, y las voces que en él viajaban, mucho más claras. Aunque a cada paso esperaba encontrar a Billy y a su oscuro compañero, no vio a nadie. Sólo las mariposas, luminosas como la esfera de su reloj, lo acompañaban por el sendero. Se le posaban sobre e: hombro y el pelo como confetis, para echarse a volar después.
Llegó al borde de la ciudad sin incidentes y allí se quedó escrutando el desierto. Las nubes, sólidas como nunca, se movían en lo alto con majestuosidad de gigantes. Esa noche las voces parecían más cercanas a las pasiones que expresaban menos angustiantes que la vez anterior. No logró precisar si la suavidad estaba en ellas o en la reacción que le provocaban.
Mientras observaba las dunas y el cielo, hechizado por su negrura oyó un ruido; al mirar por encima del hombro vio a un hombre sonriente, vestido en lo que parecía su traje de domingo; salió de la ciudad y sí dirigió hacia él. Llevaba un cuchillo; la sangre que lo cubría estaba húmeda, y le manchaba las manos y la pechera de la camisa. Aunque estando dormido era inmune, Cleve sintió miedo y dio un paso atrás, tratando de hablar para defenderse. El hombre sonriente no dio señales de verlo, pasó junto a él y se internó en el desierto, dejando caer el cuchilla al trasponer un límite invisible. Sólo entonces advirtió Cleve que otro? habían hecho lo mismo, y que el suelo, en los límites de la ciudad, estaba plagado de recuerdos letales —cuchillos, cuerdas (incluso una mano humana, cercenada por la muñeca) — , la mayoría de los cuales se encontraban semisepultados.
El viento traía otra vez voces: retazos de canciones sin sentido y de risas inacabadas. Apartó la vista de la arena. El exiliado se había alejada unos cientos de metros de la ciudad y se encontraba en lo alto de una de las dunas; al parecer, esperaba. Las voces se hacían cada vez más audibles. A Cleve le entró un cierto nerviosismo. Todas las veces que había estado en la ciudad y había oído semejante cacofonía, el cuadro que se había formado de aquellos que eran su origen le había helado la sangre en las venas. ¿Sería capaz de quedarse allí a esperar hasta que aparecieran los fantasmas? La curiosidad pudo más que la prudencia. Fijó la vista en la loma por la que iban a aparecer; el corazón le latía ferozmente y era incapaz de dejar de mirar. El hombre del traje dominguero había empezado a quitarse la chaqueta. La lanzó al suelo y comenzó a aflojarse la corbata.
Entonces. Cleve creyó ver algo en las dunas y el ruido se tornó un aullido de bienvenida. Desafiando a sus nervios a que lo traicionaran, siguió mirando, decidido a ver todas las caras de aquel horror.
De repente, por encima del rumor de su música, alguien gritó; era la voz de un hombre, muy aguda, perlada de terror. No provenía de la ciudad de sus sueños, sino de la otra ficción que él ocupaba y cuyo nombre no lograba recordar. Centró su atención en las dunas, decidido a no perderse la reunión que iba a producirse delante de él. El grito proveniente de aquel otro lugar sin nombre aumentó hasta la ronquera y luego cesó. En su lugar se oyó una alarma, más insistente que nunca. Cleve notó que el sueño se le escapaba de las manos.
No... —murmuró—. Déjame ver...
Las dunas comenzaron a moverse. Lo mismo hizo su conciencia; se alejó de la ciudad y emprendió el regreso a la celda. Sus protestas de nada sirvieron. El desierto se desvaneció, al igual que la ciudad. Abrió los ojos. La celda seguía a oscuras; sonaba la alarma. En las demás celdas se oían gritos y las voces de los funcionarios en una confusión de preguntas y órdenes.
Permaneció acostado en la litera con la esperanza de poder regresar al enclave de su sueño. Pero fue imposible, la alarma era demasiado estrepitosa, y la histeria creciente de las celdas vecinas demasiado acuciante. Reconoció su derrota, y se sentó en la cama completamente despierto.
¿Qué ocurre? —le preguntó a Billy.
El muchacho no estaba de pie junto al muro. Acaso dormido, por una vez, a pesar del ruido.
¿Billy?
Cleve se asomó por el borde de la litera y miró hacia abajo. La cama estaba vacía. Las sábanas y las mantas estaban echadas hacia atrás.
Cleve saltó de su litera. De un sola mirada se podía abarcar todo el espacio de la celda, no había dónde ocultarse. El muchacho no estaba. ¿Acaso se lo habrían llevado en secreto mientras él dormía? No habría sido la primera vez; era el tren fantasma del que Devlin le había hadado: el inexplicable traslado de los prisioneros difíciles. Cleve no tenía noticia de que hubiera ocurrido de noche, pero siempre había una primera vez para todo.
Se dirigió a la puerta para ver si lograba entender a qué se debía el griterío, pero no logró interpretarlo. Lo más probable era que se hubiese producido por una pelea entre dos convictos que no soportaban la idea de pasarse otra hora en el mismo recinto. Intentó descifrar de dónde había provenido el grito inicial, si de la derecha o de la izquierda, de arriba o de abajo, pero el sueño le había trastocado el sentido de la orientación.
Mientras se hallaba frente a la puerta, esperando que pasara algún funcionario, sintió un cambio en el aire. Fue tan sutil que al principio apenas lo notó. Sólo cuando levantó la mano para frotarse los ojos se dio cuenta de que tenía la carne de gallina.
A su espalda oyó el sonido de una respiración, o una disonante parodia de la misma.
Sus labios pronunciaron sin sonido la palabra «Billy». El frío le llegó a la espalda; se echó a temblar. La celda no estaba vacía después de todo, había alguien más en aquel diminuto espacio.
Reunió todo su coraje y se obligó a darse la vuelta. La celda estaba más oscura que cuando se había despertado; al aire era un velo provocador. Pero Billy no estaba en la celda; no había nadie más.
Y volvió a repetirse el ruido; Cleve miró hacia la litera de abajo. La cama era negra como la pez, una sombra —como la de la pared— demasiado profunda y volátil como para tener orígenes naturales. De ella salían unos gruñidos que imitaban la respiración, como los estertores de un asmático. Notó que la oscuridad de la celda se originaba allí mismo, en el estrecho espacio de la cama de Billy; la sombra se deslizó hasta el suelo y se enroscó como la niebla en la cabecera de la litera.
Las reservas de temor de Cleve no eran inagotables. En los últimos días las había consumido en los sueños nocturnos y diurnos; había sudado, se había helado, había vivido al borde de la cordura y había sobrevivido. Y aunque el vello insistía en erizársele, su mente no lograba atemorizarse. Se sintió más tranquilo que nunca: los hechos recientes lo habían imbuido de una nueva imparcialidad. No se asustaría. No se taparía los ojos ni rogaría porque amaneciera; si lo hacía, una buena mañana despertaría para encontrarse muerto, y jamás sabría el origen de aquel misterio.
Inspiró profundamente y se acercó a la litera. Ésta había empezado a sacudirse. El ocupante amortajado de la cama inferior se movía violentamente.
Billy —dijo Cleve.
La sombra se movió. Le encharcó los pies, le subió rodando hasta la cara: olía a piedras mojadas por la lluvia; era fría e incómoda.
Estaba a menos de un metro de la litera y aun así no lograba distinguir nada; la sombra se le resistía. No se dejó amedrentar, y tendió la mano hacia la cama. Al tocarlo, el velo se partió como el humo y la forma que se retorcía sobre el colchón se hizo aparente.
Era Billy, evidentemente; sin embargo, no lo era del todo. Tal vez un Billy perdido, o un Billy que todavía no había llegado. En ese caso; Cleve no quiso participar de un futuro que pudiera engendrar semejante trauma. En la litera de abajo yacía una silueta oscura, desdichada, que se solidificaba bajo la mirada de Cleve, formándose a partir de las sombras. Sus ojos incandescentes y el arsenal de dientes afilados como agujas recordaban a un zorro rabioso; la forma de replegarse sobre sí misma recordaba a un insecto patas arriba, con el lomo más carnoso que coriáceo; más pesadilla que otra cosa. Ninguna de sus partes estaba fija. Fuera cual fuese su forma (quizá tuviera varias), Cleve observaba cómo se disolvía. Los dientes crecían, y al hacerlo se tornaban más insustanciales, su materia se estiraba al borde de la fragilidad para dispersarse como la neblina; sus miembros ganchudos pedaleaban en el aire al tiempo que se hacían impalpables. Debajo del caos vio al fantasma de Billy Tait con la boca abierta y profiriendo agónicas frases, luchando por darse a conocer. Quiso penetrar en aquel torbellino y arrancar de allí al muchacho, pero presintió que el proceso desarrollado ante sus ojos poseía un impulso propio y que su intervención podría tener fatales consecuencias. Sólo podía seguir mirando cómo los blancos miembros delgados de Billy y su abdomen agitado se retorcían para desprenderse de aquella espantosa anatomía. Los ojos luminosos fueron los últimos en irse; saltaron de sus órbitas y formaron una miríada de hilos, hasta deshacerse en negros vapores.
Finalmente logró distinguir la cara de Billy, aunque surcada de restos de su anterior condición. Entonces se dispersaron esos restos, las sombras desaparecieron y vio a Billy tendido en la litera, desnudo y jadeante por el esfuerzo de la angustia.
Miró a Cleve con una cara inexpresiva.
Cleve recordó cómo se había quejado el muchacho a la criatura de la ciudad: «... me duele —había dicho—. No me dijiste que doliera tanto...». Era una verdad evidente. El cuerpo del muchacho era un desierto de sudor y huesos; resultaba difícil imaginar una visión menos agradable. Pero humana; al menos humana.
Billy abrió la boca. Tenía los labios rojos y brillantes, como si los llevara pintados.
Y ahora... —dijo respirando dolorosamente —, ¿y ahora... qué hacemos?
Hablar parecía costarle un enorme esfuerzo. Del fondo de la garganta le salió un sonido gutural y se llevó la mano a la boca. Cleve se apartó cuando Billy se puso de pie y corrió hacia el cubo que había en un rincón de la celda, que les servía de retrete. La náusea lo venció antes de llegar a él; el vómito le manchó los dedos y cayó al suelo. Cleve apartó la vista Centras Billy devolvía, preparándose para el hedor que tendría que soportar hasta la hora de la limpieza, a la mañana siguiente. Pero la celda no se llenó del hedor a vómito, sino de algo más dulce y empalagoso.
Perplejo, Cleve volvió a mirar la silueta acuclillada en el rincón. En el suelo, alrededor de sus pies, había salpicaduras de un líquido negro; unos hilillos del mismo líquido le bajaban por las piernas desnudas.
A pesar de la oscuridad de la celda, no había lugar para confusiones: era sangre.
Hasta en las cárceles más modélicas, la violencia estalla inevitablemente y sin previo aviso. La relación entre dos convictos confinados dentro de la misma celda dieciséis horas de cada veinticuatro era algo imprevisible. Pero, por lo que habían podido observar los presidiarios y los funcionarios, entre Lowell y Nayler no había habido ningún roce; ni tampoco, hasta que se produjo aquel grito, de la celda que ocupaban había surgido sonido alguno: ni discusiones, ni voces coléricas. El motivo que había inducido a Nayler a atacar espontáneamente a su compañero y matarlo, y después inflingirse unas heridas espeluznantes, fue tema de debate tanto en el comedor como en el patio de ejercicio. El porqué del asunto pasó a ocupar un lugar secundario; el privilegio del primer puesto quedó reservado al cómo. Los rumores que describían el estado en que se hallaba el cuerpo de Lowell cuando lo encontraron desafiaban a la imaginación; hasta los hombres más acostumbrados a la brutalidad reaccionaron con asombro ante las descripciones. Lowell no había gozado de muchas simpatías; era un matón y un embustero. Pero nada de lo que hubiese hecho merecía semejante mutilación. Lo habían despedazado: le habían arrancado los ojos y los genitales. Nayler, el único contrincante posible, se había abierto el estómago. Lo habían llevado a la Unidad de Cuidados Intensivos y el diagnóstico no ofrecía esperanzas.


Con el furor de la indignación flotando por la galería, a Cleve no le resultó difícil pasar el resto del día sin que nadie se fijara en él. También él tenía una historia que contar, pero ¿quién iba a creerle? Hasta a él le costaba trabajo creérsela. A lo largo de aquel día, cuando las imágenes volvían con toda su frescura, se preguntó si estaría cuerdo. Pero la cordura era una fiesta móvil, ¿no? La locura de un hombre podía ser la política de otro. Lo único de lo que estaba seguro era de que había presenciado la transformación de Billy Tait. Y se aferró a aquella certeza con una tenacidad nacida de la desesperación. Si dejaba de creer en lo que le mostraban sus propios ojos, ya no le quedarían defensas para mantener a raya la oscuridad.
Después de las abluciones y del desayuno, toda la galería fue confinada a las celdas; los talleres, el recreo —toda actividad que requiriera movimiento por las galerías—, quedaron cancelados para poder fotografiar, examinar y limpiar la celda de Lowell. Después del desayuno, Billy durmió toda la mañana, aunque, por su profundidad, aquello se parecía más al estado de coma que al sueño. Cuando despertó para el almuerzo, estaba más brillante y comunicativo de lo que Cleve lo había visto en muchas semanas. Sus hueros comentarios no dejaron entrever señal alguna de que sabía lo ocurrido la noche anterior. Por la tarde. Cleve lo enfrentó con la verdad.
Tú mataste a Lowell —le dijo.
No tenía sentido que fingiera ignorarlo; si el muchacho no recordaba lo que había hecho, seguramente lo haría con el tiempo. Y al hacerlo, no tardaría en recordar también que Cleve había presenciado su transformación. Lo mejor era confesarlo todo ahora.
Te vi —añadió — . Vi cómo te transformabas...
Billy no pareció molestarse ante estas revelaciones.
Sí —admitió—, yo maté a Lowell. ¿Me culpas?
Aquella pregunta, que daba pie a muchísimas otras, fue formulada a la ligera, poco más que como una mera curiosidad.
¿Qué fue lo que te pasó? —inquirió Cleve—. Te vi... allí... —asombrado por el recuerdo, señaló hacia la litera de abajo—; no eras humano.
No tenía intención de que me vieras —repuso el muchacho—. Te di las píldoras, ¿no? No debiste espiarme.
Y la noche anterior... —dijo Cleve —, también estuve despierto.
El muchacho parpadeó como un pájaro pasmado, con la cabeza ligeramente inclinada.
Has sido muy estúpido. Muy estúpido.
Me guste o no, estoy metido en esto. Sueño unas cosas...
Ya. —Se le arrugó el ceño de porcelana—. Sueñas con la ciudad, ¿no?
¿Qué es ese lugar, Billy?
En alguna parte leí que los muertos tienen sus senderos. ¿Lo habías oído alguna vez? Pues bueno..., también tienen ciudades.
¿Los muertos? ¿Quieres decir que es una especie de ciudad fantasma?
No quería meterte en esto. Has sido bueno conmigo, mucho más que otros. Pero te lo dije, vine a Pentonville para arreglar ciertos asuntos.
Con Tait.
Sí, con Tait.
Cleve quiso echarse a reír; lo que acababa de oír —¿una ciudad para los muertos?— no hacía más que aumentar la sarta de dislates. Sin embargo su exasperado raciocinio no había logrado olfatear una explicación más factible.
Mi abuelo mató a sus hijos —dijo Billy— porque no quería transmitir su condición a otra generación. Se enteró tarde, ¿sabes? Hasta que tuvo esposa e hijos no se dio cuenta de que era distinto a la mayoría de nombres. Era especial. Pero no quería las habilidades que le habían sido dadas, y tampoco quería que sus hijos sobrevivieran llevando en la sangre ese mismo poder. Se habría matado y así habría acabado todo, pero tu madre escapó. Y antes de que lograra encontrarla y matarla, lo arrestaron.
Y lo ahorcaron y lo enterraron.
Lo ahorcaron y lo enterraron, pero no por eso está perdido. Nadie se pierde, Cleve. Nunca.
Y has venido aquí para encontrarlo.
Más que para encontrarlo: para que me ayude. A los diez años descubrí de qué era capaz. No de un modo consciente, pero tuve una vaga sospecha. Y me dio miedo. Claro, era lógico que lo tuviera, porque se trataba de un terrible misterio.
¿Siempre has podido hacer esa mutación?
No. Sólo sabía que podía hacerla. Vine aquí para que mi abuelo me guiara, para que me enseñara el modo. Incluso ahora... —y se miró los brazos consumidos— que él me enseña..., el dolor es casi insoportable.
¿Por qué lo haces entonces?
El muchacho miró a Cleve con incredulidad y le contestó:
Para no ser yo mismo, para ser humo y sombras. Para ser algo terrible. —La reticencia de Cleve pareció asombrarlo genuinamente—. ¿No harías tú lo mismo?
Cleve negó con la cabeza.
Anoche te convertiste en algo repelente.
Eso es lo que mi abuelo pensaba. Durante el juicio se llamó a sí mismo abominación. Aunque ellos no sabían de qué hablaba, claro, pero eso fue lo que dijo. Se puso en pie y dijo: «Soy el excremento de Satán...» —Billy sonrió al recordar la frase—. «... Por el amor de Dios, colgadme y quemad mis restos.» Pero desde entonces ha cambiado de opinión. Está a punto de promediar el siglo y se necesitan tribus nuevas. —Miró a Cleve fijamente—. No tengas miedo. No te haré daño, a menos que vayas por ahí explicando historias. Pero no lo harás, ¿verdad?
¿Qué podría contar yo que sonara a cordura? —repuso Cleve humildemente—. No, no abriré la boca.
Bien. Dentro de poco me habré ido y tú también. Entonces podrás olvidar.
Lo dudo.
Cuando ya no esté aquí, se acabarán los sueños. Los compartes conmigo sólo porque posees ciertas dotes de médium. Confía en mí. No hay nada que temer.
La ciudad...
¿Qué pasa con la ciudad?
¿Dónde están sus habitantes? Nunca veo a nadie. No, no es del todo cierto. Vi a alguien una vez. Un hombre con un cuchillo... que salía al desierto...
No puedo ayudarte. Yo también voy allí como visitante. Sólo sé lo que mi abuelo me cuenta: que es una ciudad ocupada por almas muertas. Olvida lo que hayas visto allí. Tú no perteneces a ese lugar. Todavía no has muerto.


¿Resultaba prudente creer siempre lo que los muertos decían? ¿Acaso el hecho de morir los purgaba de todo artificio para lanzarlos a su nuevo estado como santos? Cleve no lograba aceptar semejante ingenuidad. Lo más probable era que llevaran consigo sus capacidades, las buenas y las malas, y que las utilizaran lo mejor que podían. En el paro habría zapateros, ¿no? Sería una tontería pensar que por el mero hecho de estar allí olvidaran cómo se cose el cuero.
Por lo tanto, era probable que Edgar Tait hubiera mentido sobre la dudad. Aquel sitio ocultaba más cosas de las que Billy sabía. ¿Y las voces transportadas por el viento? ¿Y el hombre que había dejado caer el cuchillo entre una montaña de armas, antes de partir rumbo a Dios sabía dónde? ¿Qué ritual sería aquél?
Agotados todos sus temores, y sin una realidad inmaculada a la que aferrarse, Cleve no encontró motivos para no volver voluntariamente a la ciudad. ¿Qué podía haber allí, en aquellas polvorientas calles, que fuese peor de lo que había presenciado en la litera de abajo, o lo que les había ocurrido a Lowell y a Nayler? Comparada con semejantes atrocidades, la ciudad era un refugio. Sus calles y sus plazas estaban embargadas de una cierta serenidad; en aquel lugar Cleve tenía la sensación de que toda acción había tocado a su fin, que toda ira y todo sufrimiento habían acabado, que aquellos interiores (con el grifo abierto en el baño y la taza rebosante) habían visto cosas peores, y que se contentaban con esperar tranquilamente a que se acabara el milenio. Esa noche, cuando se durmió y la ciudad se abrió ante él, se internó en ella no como un hombre temeroso perdido en un territorio hostil, sino como un visitante satisfecho de relajarse en un lugar que conocía lo bastante para no perderse en él, y no lo suficiente como para estar hastiado.
Como respondiendo a esa nueva calma, la ciudad se le ofreció toda. Al vagar por las calles, con los pies más ensangrentados que nunca, encontró las puertas abiertas de par en par, y las ventanas con las persianas sin echar. No desdeñó la invitación que le ofrecían, sino que se acercó para ver mejor el interior de las casas. Al observarlas más de cerca no pudo seguirlas considerando el paradigma de la calma doméstica que había intuido al principio. En cada una descubría algún signo de violenta reciente. Una silla volcada, quizá, o una marca en el suelo, donde un tacón había resbalado al pisar una mancha de sangre, o a veces manifestaciones más evidentes. Un martillo ensangrentado abandonado sobre una mesa cargada de periódicos. Había un cuarto en el que los listones del suelo habían sido arrancados; junto al agujero se veían unos paquees de plástico negro sospechosamente lustrosos. En una habitación, un espejo había sido destrozado; en otra, unos dientes postizos habían quedado junto a un hogar en el que crepitaba el fuego.
Todas aquéllas eran escenas de crímenes. Las víctimas se habían marchado —a otras ciudades, quizá, llenas de niños asesinados y amigos puertos— dejando estos retablos perpetuamente fijados en los instantes sin aliento que siguen al crimen. Cleve se paseó por las calles como el perfecto mirón y espió una escena tras otra, reconstruyendo con el ojo de la mente las horas que habían precedido a la estudiada quietud de la habitación. Aquí había muerto un niño: había una cuna volcada; aquí alguien había sido asesinado en la cama, pues las almohadas estaban empapadas de sangre y el hacha yacía sobre la alfombra. ¿Sería aquélla la condena eterna? ¿El que los asesinos se vieran obligados a esperar una parte de la eternidad (o tal vez toda la eternidad) en el cuarto en el que habían cometido sus asesinatos?
No logró encontrar rastro alguno de los delincuentes, aunque por lógica deducía que tenían que hallarse cerca. ¿Acaso tendrían el poder de volverse invisibles para ocultarse a los ojos de soñadores curiosos como él? ¿O acaso, transcurrido un tiempo en aquella nada, se transformaban para dejar de ser de carne y hueso y convertirse en parte de sus celdas: en una silla o una muñeca de porcelana?
Entonces recordó al hombre que había visto en la frontera, que había aparecido con su traje dominguero y las manos manchadas de sangre y que se había internado en el desierto. Él no había sido invisible.
¿Dónde estás? —preguntó, de pie en el umbral de una mísera habitación donde había un horno abierto y unos utensilios que estaban remojándose en el fregadero. Sal, quiero verte.
Un movimiento le llamó la atención y miró hacia la puerta. Había un hombre. Había estado allí todo el tiempo, pero tan quieto, fundido tan perfectamente con la habitación, que Cleve no lo había visto hasta que el movimiento de sus ojos atrajo su mirada. Cleve se sintió embargado por la incomodidad al pensar que en cada habitación en la que había espiado contenía uno o más asesinos, camuflados igualmente con la escena. Al comprobar que había sido visto, el hombre salió de su escondite. Rondaría los cincuenta años, y esa mañana, al afeitarse, se había cortado.
¿Quién es usted? — le preguntó—. Lo he visto pasar por aquí otras veces.
Hablaba en voz baja, con tristeza; Cleve pensó que no era probable que fuese un asesino.
Un visitante —repuso.
Aquí no hay visitantes —le dijo el hombre—, sólo posibles ciudadanos.
Cleve frunció el ceño e intentó descifrar lo que el hombre acababa de decir. Pero su mente dormida se había vuelto lenta, y antes de que lograra resolver el enigma de sus palabras, el hombre volvió a hablar.
¿Lo conozco? —le preguntó—. Cada vez me cuesta más recordar. Y no tiene sentido, ¿verdad? Si me olvido, jamás me iré de aquí, ¿no es así?
¿Irse? —repitió Cleve.
Pues sí, hacer un intercambio —repuso el hombre, arreglándose el tupé.
¿Y adonde iría?
Volvería. Lo haría todo otra vez.
Cruzó la habitación y se acercó a Cleve. Tendió las manos con las palmas hacia arriba; las tenía llenas de ampollas.
Usted puede ayudarme. Puedo hacer un trato con el mejor.
No le entiendo.
El hombre creyó que Cleve mentía. Torció el labio superior adornado por un bigote teñido de negro.
_Sí que me entiende. Me entiende perfectamente. Sólo quiere venderse, como todo el mundo. Al mejor postor, ¿no es así? ¿Qué es usted, un asesino?
Sólo estoy soñando —contestó Cleve sacudiendo la cabeza.
Seamos amigos —dijo el hombre, perdido ya todo asomo de despecho— . No tengo influencias, no soy como otros. Algunos llegan aquí y en cuestión de horas ya están fuera. Son profesionales. Llegan a un arreglo. ¿Pero yo? Lo mío fue un crimen pasional. No vine preparado. Me quedaré aquí hasta que pueda llegar a un arreglo. Por favor, seamos amigos.
No puedo ayudarle —le dijo Cleve, sin estar seguro de qué era lo que le pedía el hombre.
Claro que no — admitió el asesino—. No esperaba que...
Se apartó de Cleve y fue hacia el horno. De él salió el calor, y la bandeja interior se convirtió en un espejismo. De manera casual, posó las palmas ampolladas sobre la puerta y la cerró; en cuanto la hubo cerrado, volvió a abrirse con un crujido.
¿Sabe usted lo apetecible que es el olorcillo de la carne rustida? —le preguntó, volviéndose otra vez hacia la puerta del horno para cerrarla por segunda vez—. ¿Acaso puede alguien culparme?
Cleve lo dejó en compañía de sus divagaciones; si todo aquello tenía algún sentido no merecía la pena que él se molestara en encontrarlo. Cleve no lograba comprender lo de los intercambios y la salida de la ciudad.
Siguió vagando, cansado ya de espiar en las casas. Había visto todo lo que quería ver. Seguramente no tardaría en llegar, y sonaría el timbre de la galería. Tal vez convenía que se despertara y acabase con el viaje Por esta noche.
Y cuando así pensaba, apareció la niña. No tendría más de seis o siete años; estaba de pie, en la siguiente intersección. Sin duda no era una asesina. Cleve caminó hacia ella. La niña, ya fuera por pura timidez o Por motivos menos benignos, se dirigió a la derecha y echó a correr. Cleve la siguió. Cuando llegó a la intersección, la niña había recorrido ya más de la mitad de la calle siguiente; Cleve fue tras ella. Como suele ocurrir en estas persecuciones soñadas, las leyes de la física no son iguales para el perseguido que para el perseguidor. La niña avanzaba fácilmente, mientras que Cleve tenía que luchar contra un aire denso como la melaza. No obstante, no se dio por vencido, sino que avanzó de prisa hacia donde iba la niña. No tardó en encontrarse a buena distancia de los lugares familiares, en una conejera de patios y callejones que, según supuso, serían escenas de crímenes. A diferencia de las arterias principales, aquel gueto contenía pocos espacios enteros, sólo pinceladas de geografía: una zona con césped, más rojo que verde; un trozo de encofrado, con una soga colgando; un montículo de tierra. Y entonces, simplemente un muro.
La niña lo había conducido a un callejón sin salida y había desaparecido, dejándolo frente a un sencillo muro de ladrillo gastado donde se abría un ventanuco. Se acercó: estaba claro que lo habían conducido hasta allí para que viera aquello. Espió por el cristal reforzado, que del lado de afuera estaba cubierto por una acumulación de excrementos de pájaros, y se encontró mirando una de las celdas de Pentonville. Se le revolvió el estómago. ¿Qué clase de juego era aquel, que lo sacaba de una celda para conducirlo a esa ciudad de sueños, para ser luego devuelto otra vez a la prisión? Al cabo de un breve examen, supo que no era su celda. Era la de Lowell y Nayler. Eran suyas las fotos pegadas con cinta adhesiva a los ladrillos grises, y suya era la sangre derramada sobre el suelo, la pared, la litera y la puerta. Era la escena de otro crimen.
Santo Dios —murmuró—. Billy...
Se apartó del muro. A sus pies, sobre la arena, se acoplaban un par de lagartijas; en el viento, que había logrado llegar a aquel apartado rincón, había mariposas. Mientras observaba cómo danzaban, sonó el timbre de la galería B; ya había amanecido.


Era una trampa cuyo mecanismo no le resultaba claro a Cleve, pero no tenía duda de su finalidad. Billy iría a la ciudad muy pronto. La celda en la que había cometido el asesinato le esperaba ya, y todos los lugares desolados que Cleve había visto en aquel muestrario de retazos de casas, sin duda la pequeña celda cubierta de sangre era el peor.
El muchacho ignoraba lo que había sido planeado para él; su abuelo le había mentido al no mencionarle ciertos aspectos de la ciudad, había olvidado contarle a Billy los especiales requisitos que era necesario cumplir para existir allí dentro. Pero ¿por qué? Cleve recordó la conversación que había tenido con el hombre de la cocina. Había hablado de intercambios, de pactos, de regresar. Edgar Tait había lamentado sus pecados, ¿no? Pero con el paso del tiempo había decidido que no era excremento del demonio, y que volver al mundo no era tan mala idea. Billy sería el instrumento de su regreso.
No le caes bien a mi abuelo —le dijo el muchacho cuando volvió ron a estar encerrados después del almuerzo.
Por segundo día consecutivo se habían cancelado los recreos y las actividades del taller, para permitir a los funcionarios efectuar un interrogatorio celda por celda, en relación con la muerte de Lowell y, desde la primera hora de aquel día, con la de Nayler.
¿Ah, no? ¿Y por qué?
Dice que preguntas demasiadas cosas en la ciudad.
Cleve estaba sentado en la litera superior; Billy, en la silla, contra la pared opuesta. El muchacho tenía los ojos enrojecidos; un temblor delicado, pero constante, se había apoderado de su cuerpo.
Vas a morir —le dijo Cleve. ¿Qué otra manera había de expresar ese hecho, sino aquélla, tan brutal?—. En la ciudad... vi...
A veces hablas como un demente —le dijo Billy sacudiendo la cabeza— . Mi abuelo dice que no debería confiar en ti.
Porque me tiene miedo.
Billy se echó a reír burlonamente. El sonido de su risa era desagradable; Cleve supuso que lo habría aprendido del abuelo Tait.
No le teme a nadie —le espetó Billy.
.. .Tiene miedo de lo que pueda ver. O de lo que pueda decirte.
No —dijo el muchacho con absoluta convicción.
Te ordenó que mataras a Lowell, ¿no?
Billy levantó la cabeza repentinamente.
¿Por qué lo dices?
Nunca quisiste matarlos. Tal vez asustarlos a los dos, pero no matarlos. Fue idea de tu adorado abuelito.
Nadie me dice lo que tengo que hacer —repuso Billy lanzándole una gélida mirada—. Nadie.
Está bien —admitió Cleve—, tal vez te haya convencido. Te dijo que era una cuestión de orgullo familiar, o algo así.
El comentario hizo diana; los temblores aumentaron.
¿Y qué, si lo hizo?
He visto adonde te mandarán, Billy. Hay un lugar que te espera... —El muchacho miró fijamente a Cleve, pero no intentó interrumpirlo—. Billy, esa ciudad está ocupada sólo por asesinos. Por eso tu abuelo está allí. Y si logra encontrar a alguien que lo sustituya..., si puede salir de allí y provocar otro asesinato..., entonces quedará libre.
Billy se puso de pie hecho una furia. La burla se había borrado de su rostro.
¿Qué quieres decir con eso de libre?
Volverá al mundo. Volverá aquí.
Mientes...
Pregúntaselo.
El no me engañaría. Llevo su misma sangre.
¿Crees que le importa? Después de pasarse cincuenta años en ese lugar, esperando una oportunidad para salir, para irse, ¿crees que le importa un pimiento cómo lo hará?
Le contaré cómo mientes... —La rabia de Billy no iba dirigida del todo a Cleve; se apreciaba en él un asomo de duda que intentó sofocar—. Morirás cuando se entere cómo intentas volverme en contra de él. Entonces verás quién es. Claro que sí. Y rogarás a Dios no haberlo hecho.
No parecía haber salida. Incluso si Cleve lograba convencer a los funcionarios de que lo trasladaran antes de la noche —magra posibilidad, porque tendría que retractarse de todo lo que había dicho sobre el muchacho, tendría que decirles que Billy era un loco peligroso o algo por el estilo, pero sin duda no podría decirles la verdad—, aunque lograra que lo trasladaran a otra celda, nada le garantizaría seguridad. El muchacho le había dicho que era humo y sombras. Ni las puertas ni las rejas podrían mantener a raya semejantes insinuaciones; el final de Lowell y Nayler era una prueba patente de ello. Además, Billy no estaba solo. Lo acompañaba Edgar Saint Clair Tait, y había que hacerse cargo de él; ¿qué poderes poseería? Pero pasar una noche más en aquella celda, con el muchacho, era como una incitación al suicidio. Aquello era como entregarse a las garras de las bestias.
Cuando abandonaron las celdas para la cena, Cleve buscó a Devlin, lo encontró y le pidió una entrevista, que le fue concedida. Después de la cena, Cleve se presentó ante el funcionario.
Me pidió que vigilara a Billy Tait.
¿Qué pasa con él?
Cleve se había devanado los sesos tratando de encontrar una excusa que obligara a Devlin a trasladarlo de inmediato, pero no se le había ocurrido nada. Vaciló, esperando una inspiración, pero no logró decir palabra.
Yo... quisiera solicitar un cambio de celda.
¿Porqué?
Ese muchacho es un desequilibrado —repuso Cleve—. Temo que me haga daño. Que le dé otro de esos ataques...
Podrías dejarlo tieso con una sola mano; está en los huesos.
Llegados a ese punto, de haber estado hablando con Mayflower, Cleve habría apelado directamente al ser humano. Pero con Devlin, semejante táctica estaba destinada a fallar.
No sé por qué te quejas. Si ha sido bueno como un corderito —comentó Devlin, saboreando la parodia del padre bondadoso—. Callado. siempre amable. No representa peligro ni para ti, ni para nadie.
No lo conoce...
¿Qué estás tratando de hacer?
Métame en una celda del artículo 43, señor. Donde sea, no me importa. Pero aléjeme de él. Por favor.
Devlin no contestó, se quedó simplemente mirando a Cleve, Finalmente, dijo:
Le tienes miedo.
Sí.
¿Qué es lo que te pasa? Has compartido la celda con tipos más duros y no se te movió ni un pelo.
Él es distinto —repuso Cleve; poco más podía decir, salvo agregar— : Está loco. Le digo que está loco.
Todo el mundo está loco, salvo tú y yo, Smith. ¿No te habías enterado? —Devlin se echó a reír—. Vuelve a tu celda y deja de quejarte. No querrás que te meta en el tren fantasma, ¿eh? ¿O sí?
Cuando Cleve regresó a la celda, Billy estaba escribiendo una carta. Sentado en su litera, inclinado sobre el papel, parecía completamente vulnerable. Lo que Devlin le había dicho era cierto: el muchacho estaba en los huesos. Resultaba difícil de creer, al observar la escalera de sus vértebras, visibles a través de la camiseta, que aquel frágil cuerpecito pudiera soportar las agonías de la transformación. Aunque tal vez no lo hiciera. Tal vez, con el tiempo, los rigores del cambio lograran destrozarlo. Pero no ocurriría lo bastante pronto.
Billy...
El muchacho no apartó los ojos de la carta.
... lo que te dije de la ciudad...
Dejó de escribir...
... tal vez lo imaginé. Tal vez fue todo un sueño...
Y continuó escribiendo.
... Sólo te lo dije porque temía por ti. Es todo. Quiero que seamos amigos...
Billy levantó la vista.
No está en mis manos —le dijo, simplemente—. Al menos no ahora. Es cosa del abuelo. Tal vez sea piadoso, tal vez no.
¿Por qué tienes que contárselo?
Es que él sabe todo lo que hay dentro de mí. Él y yo... es como si fuéramos uno solo. Por eso sé que no me engañaría.
Pronto caería la noche; las luces de la galería se apagarían y llegarían las sombras.
¿Entonces no me queda más que esperar? —inquirió Cleve.
Billy asintió.
Lo llamaré y después veremos.
«¿Llamarlo? —pensó Cleve—. ¿Acaso al viejo le hacía falta que lo llamaran para que abandonara su lugar de descanso? ¿Acaso era eso lo que había visto hacer a Billy, cuando se ponía de pie en mitad de la celda, con los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia la ventana? Si era así, tal vez hubiera un modo de impedirle que llamara a los muertos.»
Mientras anochecía, Cleve permaneció acostado en su litera, repasando las opciones que estaban a su disposición. ¿Sería mejor esperar a oir la opinión de Tait, o intentar controlar la situación e impedir la llegada del viejo? Si procedía de ese modo, no habría vuelta atrás; no habría lugar para disculpas ni súplicas: su agresión engendraría, indudablemente, más agresión. Si no podía impedir que el muchacho llamara a Tait, sería el fin.
Se apagaron las luces. En las celdas de los cinco pisos de la galería B, los hombres posarían los rostros sobre las almohadas. Algunos, quizá, permanecerían acostados, sin dormir, planificando sus carreras cuando concluyera aquella interrupción sin mayor importancia en sus vidas profesionales; otros se abandonarían a los brazos de amantes invisibles Cleve escuchó los sonidos de la celda: el avance sonoro del agua por las tuberías, la respiración tranquila que provenía de la litera de abajo. A veces tenía la impresión de que había vivido una segunda vida sobre aquella almohada manchada, abandonada en la oscuridad.
La respiración proveniente de la litera de abajo no tardó en hacerse casi inaudible; tampoco oyó ningún movimiento. Tal vez Billy esperara a que Cleve se durmiera para actuar. Si así era, esperaría en vano. No cerraría los ojos para permitirles que lo mataran mientras dormía. No era un cerdo al que se lleva al matadero sin que medie protesta alguna.
Moviéndose con la mayor de las precauciones para no levantar sospechas, Cleve se desabrochó el cinturón y lo sacó de las trabillas del pantalón. Tal vez pudiera conseguir mejor material para atar utilizando la sábana y la funda de la almohada, pero ello implicaba llamar la atención de Billy. Y así, con el cinturón en la mano, se puso a esperar, fingiendo que dormía.
Esa noche agradeció que los ruidos de la galería le impidieran dormirse, porque pasaron más de dos horas antes de que Billy se levantara de su litera, dos horas en las que —a pesar del miedo por lo que iba a ocurrirle si se dormía— los ojos de Cleve lo traicionaron en tres o cuatro ocasiones. Pero otros presidiarios de la misma galería estaban llorosos aquella noche; las muertes de Lowell y Nayler habían hecho temblar hasta al más duro de los convictos. Los gritos —y las respuestas a esos gritos de los presidiarios insomnes— marcaron las horas. A pesar de la fatiga que sentía en los miembros, el sueño no lo dominó.
Finalmente, cuando Billy se levantó de la litera de abajo eran más de las doce, y la galería estaba en silencio. Cleve logró oír la respiración del muchacho; ya no era tranquila, sino sobresaltada. Con los ojos entrecerrados, observó cómo Billy cruzaba la celda hasta llegar a su lugar de costumbre, frente a la ventana. No había duda de que se disponía a llamar al anciano.
Cuando Billy cerró los ojos, Cleve se incorporó, apartó las mantas y bajó de la litera. El muchacho reaccionó con lentitud. Antes de que lograra comprender lo que ocurría, Cleve había atravesado la celda, lo había puesto de espaldas contra la pared y le había tapado la boca con la mano.
No lo harás —siseó Cleve—, a mí no me vas a matar como a LowellBilly luchó, pero Cleve lo superaba en fuerza física.


Esta noche no vendrá —le dijo Cleve, mirando al muchacho a los ojos—, porque no vas a llamarlo.
Billy luchó violentamente por liberarse, y mordió con fuerza la mano de su captor. Instintivamente, Cleve apartó la mano, y en dos zancadas, el muchacho se plantó ante la ventana y miró hacia ella. De su garganta surgió una especie de canción; tenía la cara bañada por unas lagrimas inexplicables. Cleve lo apartó con fuerza.
¡Cierra la boca! —le ordenó. Pero el muchacho continuó canturreando. Cleve lo abofeteó con la mano abierta.
¡Que te calles! —gritó.
Pero el muchacho rehusaba dejar de cantar; la música había adquirido otro ritmo. Cleve volvió a golpearlo una y otra vez. Pero no logró hacerlo callar. En la atmósfera de la celda se produjo un murmullo cambiante, una especie de movimiento en sus sombras.
El pánico se apoderó de Cleve. Sin pensarlo dos veces, cerró el puño y le asestó al muchacho un buen golpe en el estómago. Cuando Billy se dobló en dos. un gancho de abajo arriba le dio en plena mandíbula. El golpe le hizo dar con la cabeza contra el muro. Las piernas de Billy cedieron, y cayó al suelo. Ligero como una pluma, había pensado en cierta ocasión Cleve, y era la verdad. Dos buenos puñetazos y el muchacho había quedado fuera de combate.
Cleve echó un vistazo a su alrededor. El movimiento producido en las sombras había cesado; aunque temblaban ligeramente, como galgos a la espera de que los suelten. Con el corazón galopante, llevó a Billy hasta su litera y lo acostó. No daba señales de recuperar la conciencia; el muchacho yacía lánguidamente sobre el colchón mientras Cleve rompía su sábana a tiras y lo amordazaba, metiéndole una pelota de tela en la boca para impedirle que volviera a emitir aquel sonido. Procedió entonces a atar a Billy a la litera, utilizando su propio cinturón y el del muchacho, además de otras tiras de la sábana. Tardó varios minutos en concluir su trabajo. Cuando Cleve le estaba atando las piernas, el muchacho comenzó a moverse. Sus ojos se abrieron, llenos de asombro. Al darse cuenta de su situación, comenzó a sacudir la cabeza; poco más podía hacer para indicar su protesta.
No, Billy —murmuró Cleve, cubriéndolo con una manta para impedir que los funcionarios lo vieran atado si llegaban a asomarse por el ventanuco de la celda—. Esta noche no lo vas a traer. Todo lo que te dije era verdad, muchacho. Quiere salir de allí y te está utilizando para huir. —Cleve sujetó a Billy por la cabeza, presionándole las mejillas con los dedos—. No es tu amigo. Yo sí soy tu amigo. Siempre lo he sido. —Billy intentó liberarse pero no pudo—. No gastes energías —le aconsejó Cleve —. Será una noche muy larga.
Dejó al muchacho en la litera, atravesó la celda hasta llegar al muro y se dejó caer en el suelo, para quedarse allí, en cuclillas y vigilante. Permanecería despierto hasta el amanecer; entonces, cuando hubiera un poco de luz que le permitiera pensar, meditaría su siguiente movimiento. De momento, se conformaba con que su ruda táctica hubiera dado resultado.
El muchacho había dejado de luchar; estaba claro que se había dado cuenta de que lo habían atado demasiado bien como para que pudiera soltarse. Una especie de calma descendió sobre la celda: Cleve estaba sentado en el retazo de luz que se filtraba por la ventana, el muchacho yacía en la penumbra de la litera de abajo, respirando uniformemente por las ventanas de la nariz. Cleve le echó una mirada al reloj. Era la una menos seis minutos. ¿Cuándo amanecería? Lo ignoraba. Faltaban por lo menos cinco horas. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando la luz.
Lo hechizaba. Los minutos pasaron lenta pero inexorablemente, y ¡a luz no cambió. A veces, por el pasillo avanzaba algún funcionario, y al oír los pasos Billy reanudaba su lucha. Pero nadie miró en el interior de la celda. Los dos prisioneros estaban a solas con sus pensamientos; Cleve se preguntaba si llegaría alguna vez el momento en que se liberaría de la sombra que había detrás de él, y Billy pensaba cómo soltar a los monstruos. Mientras tanto, fueron transcurriendo las horas de la madrugada; sus minutos saltaban ante la mente cual escolares obedientes que se colocasen uno detrás del otro, y al pasar sesenta, formaban una hora, transcurrida la cual el amanecer estaba más cerca. Pero también la muerte; y presumiblemente ocurriría lo mismo con el fin del mundo: el glorioso Último Triunfo del que le hablara Bishop con tanto cariño; cuando los muertos que descansaban debajo del césped, allá afuera, se levantarían frescos como el pan de ayer y saldrían a encontrarse con su Hacedor. Sentado junto al muro, escuchando las inhalaciones y exhalaciones de Billy, y observando la luz que se filtraba por el vidrio, Cleve supo sin duda alguna que, aunque escapara de esa trampa, aquello no sería más que un respiro pasajero; que esa larga noche, sus minutos, sus horas, le permitían saborear de antemano una vigilia más prolongada. Se desesperó; sintió que el alma se le hundía en un agujero en el que no había esperanza ni escapatoria. Llorando, reconoció que el mundo verdadero estaba allí. Que no había alegría, ni luz, ni esperanza, sólo aquella espera sin saber qué ocurriría, sin esperanza ni miedo, porque el temor sólo estaba reservado a los que tenían algún sueño que perder. El agujero era profundo y oscuro. Levantó la vista para ver la luz que se filtraba por la ventana, y sus pensamientos se convirtieron en una especie de noria funesta. Se olvidó de la litera y del muchacho que en ella yacía. Se olvidó de la insensibilidad que se había apoderado de sus piernas. Con el tiempo, hasta podría haberse olvidado del simple acto de respirar, a no ser por el olor a orina que lo despertó de su fuga.
Miró hacia la litera. El muchacho había vaciado la vejiga, pero aquel acto no era más que el síntoma de algo completamente diferente. Debajo de la manta, el cuerpo de Billy se movía en una decena de formas que las ataduras debían haberle impedido. Cleve tardó unos instantes en sacudirse el letargo, y unos segundos en advertir lo que ocurría. Billy se estaba transformando.
Cleve intentó incorporarse, pero las piernas se le habían dormido por haber permanecido tanto tiempo inmóvil. A punto estuvo de caer hacia adelante, pero tendió un brazo y se aferró a la silla. Sus ojos estaban fijos en la oscuridad reinante en la litera de abajo. Los movimientos aumentaron en escala y complejidad. La manta saltó a un lado. El cuerpo de Billy era irreconocible; el mismo y terrible procedimiento que observara antes, pero a la inversa. La materia zumbaba en nubes alrededor del cuerpo y adoptaba formas atroces. Miembros y órganos de orígenes inefables, dientes que se formaban como agujas y se hundían en las correspondientes concavidades de una cabeza enorme y desproporcionada. Le rogó a Billy que parara, pero con cada palabra pronunciada, quedaba menos humanidad a la que apelar. La fuerza de la que el muchacho había carecido le fue concedida a la bestia; ya casi había roto todas sus ataduras, y mientras Cleve le observaba se liberó de la última, salió de la litera y rodó por el suelo de la celda.
Cleve retrocedió hacia la puerta, sin dejar de escrutar la mutada silueta de Billy. Recordó el horror de su madre hacia las tijeretas y vio algo de aquel insecto en esa anatomía; la forma en que curvaba sobre sí misma el brillante lomo, dejando al descubierto el pataleante enredo que le cubría el abdomen. Por lo demás, era la única analogía existente con el insecto. Su cabeza estaba plagada de lenguas que lamían los ojos a manera de párpados, y que recorrían los dientes, mojándolos y remojándolos constantemente; de unos agujeros humeantes que había en sus flancos brotaba un olor a cloaca. Sin embargo, aquel horror retenía un cierto residuo humano, y los ruidos que emitía no servían más que para destacar la asquerosidad del conjunto. Al ver aquellos ganchos y aquellas espinas, Cleve recordó el grito atroz de Lowell; la garganta le ardía por emitir un sonido igual en caso de que la bestia se volviera hacia él.
Pero Billy tenía otras intenciones. Con los miembros espantosamente dispuestos, se movió hacia la ventana y trepó por ella, apretando la cabeza contra el cristal, cual una sanguijuela. La música que producía no se parecía a la anterior canción, pero a Cleve no le cupo duda de que se trataba de la misma llamada. Se volvió hacia la puerta y comenzó a aporrearla, con la esperanza de que Billy estuviera demasiado distraído con su canto como para abalanzarse sobre él antes de que apareciera un guardia.
¡Por el amor de Dios! ¡Venid! ¡De prisa!
Gritó tan alto como se lo permitieron sus fuerzas, y miró por encima del hombro en una ocasión para ver si Billy se dirigía hacia él. Seguía Pegado a la ventana, aunque su llamada había cesado. Había logrado su Propósito. En la celda, la oscuridad regía como un tirano.
Aterrado, Cleve se volvió otra vez hacia la puerta y reanudó sus aullidos. Alguien corrió por el pasillo; oyó los gritos y las imprecaciones Provenientes de las otras celdas.
¡Ayudadme, por el amor del cielo! —gritó.
Sintió un frío helado a sus espaldas. No fue necesario que se diera la Suelta para saber lo que ocurría. La sombra creció; la pared se esfumó y la ciudad y sus ocupantes entraron en la celda. Tait estaba allí. Sintió la Presencia del hombre, vasta y negra. Tait, el parricida; Tait, la cosa sombría; Tait, el transformista. Cleve aporreó la puerta hasta que le Sangraron las manos. Las pisadas parecían provenir de otro continente. ¿Acudirían a su llamada? ¿Acudirían?
El frío que había detrás de él se convirtió en un estallido. Vio su propia sombra proyectada contra la puerta por una luz azul, vacilante; olió a sangre y arena.
Entonces, oyó la voz. No era la del muchacho, sino la del abuelo, la de Edgar Saint Clair Tait. Ése era el hombre que se había llamado a sí mismo excremento del diablo; al oír aquella voz aborrecible, Cleve creyó en el Infierno y en su Señor, se creyó ya en la entrañas de Satán, testigo de sus maravillas.
Eres demasiado curioso —le dijo Edgar—. Es hora de que te vayas a la cama.
Cleve no quiso darse la vuelta. Lo último que pensó fue que debía darse la vuelta y mirar a su interlocutor. Pero ya no era dueño de su propia voluntad; Tait se había llevado los dedos a la cabeza y había comenzado a hurgar en ella. Se dio la vuelta y lo miró.
El ahorcado estaba en la celda. No era la bestia que Cleve había entrevisto, ni la cara toda pulpa y huevas. Estaba ahí en persona; llevaba ropas de otra época con una cierta elegancia. Su rostro era bien parecido; la frente ancha, los ojos impávidos. Todavía llevaba el anillo de bodas en la mano con la que acariciaba la cabeza gacha de Billy, como si fuera la de un perro faldero.
Es hora de morir, señor Smith —dijo.
Afuera, en el pasillo, Cleve oyó gritar a Devlin. No le quedaba aliento para contestar. Pero oyó el ruido de las llaves al introducirse en la cerradura, ¿o sería una ilusión que su mente pergeñaba para aplacar el pánico?
La diminuta celda se llenó de viento. Le mesa y la silla cayeron al suelo; las sábanas revolotearon por el aire, como fantasmas infantiles. Y el remolino se llevó con él a Tait y al muchacho, los devolvió a las perspectivas brumosas de la ciudad.
Vamos ya... —ordenó Tait cuando comenzó a pudrírsele la cara—, te necesitamos en cuerpo y alma. Venga con nosotros, señor Smith. No podrá negarse.
¡No! —aulló Cleve a su atormentador. La succión tiraba de sus dedos, de sus globos oculares —. ¡ No iré...!
A sus espaldas, la puerta comenzó a crujir.
No iré, ¿me oye?
De repente, la puerta se abrió de par en par, lanzándolo hacia el remolino de niebla y polvo que succionaba a Tait y a su nieto. Y habría ido con ellos a no ser por esa mano que lo agarró por la camisa y lo apartó del borde, justo en el momento en que la conciencia lo abandonaba.
En alguna parte, muy lejos, Devlin comenzó a reír como una hiena. Se ha vuelto loco —reflexionó Cleve—. Su mente evocó una imagen en la que vio los sesos de Devlin saliéndosele por la boca como una manada de perros voladores.
Despertó en medio de sus sueños; estaba en la ciudad. Y recordó sus últimos momentos conscientes: la histeria de Devlin, la mano que impidió su caída cuando las dos siluetas eran absorbidas justo delante de él. Al parecer, las había seguido, incapaz de impedir que su mente comatosa volviese a recorrer el camino familiar que conducía a la metrópolis de los asesinos. Pero Tait aún no había vencido. Cleve seguía soñando su presencia en la ciudad. Su yo corpóreo continuaba en Pentonville; a cada paso que daba, notaba la separación.
Se puso a escuchar el viento. Era más elocuente que nunca: las voces iban y venían con cada ráfaga arenosa, pero nunca desaparecían del todo, por más que el viento se callara hasta no ser más que un susurro. Mientras escuchaba, oyó un grito. En aquella ciudad muda, el sonido le produjo un sobresalto; las ratas huyeron asustadas de sus nidos y los pájaros se lanzaron al vuelo en la plaza solitaria.
Intrigado, fue tras el sonido, cuyos ecos quedaron marcados en el aire. Mientras avanzaba a toda prisa por las calles vacías oyó otras voces coléricas, y entonces, en las puertas y ventanas de sus celdas, fueron apareciendo hombres y mujeres. Tantas caras, y entre ellas no había nada en común que confirmara las esperanzas de un fisonomista. El crimen tenía tantas caras como formas de producirse. El único aspecto común era la desdicha, el desespero de aquellas mentes después de pasar siglos en el lugar de sus crímenes. Los miró al pasar; estaba tan distraído por sus aspectos que no notó hacia dónde lo conducía el grito, hasta que se encontró una vez más en el gueto al que lo había conducido la niña.
Dobló una esquina y al final del callejón que viera en su primera visita (la pared, la ventana, la sangrienta cámara) vio a Billy, retorciéndose en la arena, a los pies de Tait. El muchacho era una mezcla de sí mismo y de aquella bestia en la que se había convertido ante los ojos de Cleve. Las dos partes luchaban por desembarazarse de la otra, pero sin éxito. Por momentos, afloraba el cuerpo del muchacho, pálido y débil, para ser devorado por el flujo de la transformación. ¿Acaso aquello que se formaba era un brazo, para ser arrebatado nuevamente antes de que lograra adquirir unos dedos? ¿Acaso aquélla era una cara que se debatía Por salir de la casa de lenguas que formaba la cabeza de la bestia? El espectáculo desafiaba todo análisis. En cuanto Cleve lograba fijar la vista en una facción reconocible, ésta era ahogada de inmediato.
Edgar Tait levantó la vista de la lucha que se desarrollaba delante de él y sonrió a Cleve mostrándole los dientes: un gesto que hubiera sido la envidia de un tiburón.
Dudó de mí, señor Smith —dijo el monstruo—, y vino a buscar su celda.
Del amasijo que había en la arena surgió una boca que dejó escapar un grito agudo, pleno de pánico y dolor.
Y ahora quiere alejarse de mí —le dijo Tait—. Usted sembró la duda. Billy sufrirá las consecuencias. —Señaló a Cleve con un dedo tembloroso, y al hacerlo, el dedo se transformó; la carne se convirtió en cuero magullado—. Se metió usted donde no le llamaron, y fíjese en las agonías que ha provocado.
Tait pateó la cosa que tenía a sus pies. Y la cosa se replegó sobre la espalda y vomitó.
Me necesita —dijo Tait — . ¿Es que no tiene el tino suficiente como para comprenderlo? Sin mí está perdido.
Cleve no contestó al ahorcado, sino que se dirigió a la bestia que yacía en la arena.
¿Billy? —dijo, procurando sacar al muchacho de aquella vorágine.
Perdido —repitió Tait.
Billy... —insistió Cleve — . Escúchame...
No volverá —le dijo Tait — . Para usted esto no es más que un sueño. Pero él está aquí, en persona.
Billy, ¿me oyes? Soy yo, Cleve.
El muchacho hizo una pausa momentánea en sus movimientos. como si hubiera oído la súplica. Cleve continuó repitiendo el nombre de Billy.
Se trataba de una de las primeras cosas que aprenden los niños: su propio nombre. Si algo podía hacer mella en el muchacho era su nombre.
Billy... Billy...
Al oír aquella palabra repetidamente, el cuerpo rodó sobre sí mismo.
Tait comenzaba a mostrarse intranquilo. La confianza que había manifestado quedó silenciada. Su cuerpo comenzaba a oscurecerse y su cabeza adquiría formas bulbosas. Cleve procuró no mirar las sutiles distorsiones de la anatomía de Edgar y concentrarse en recuperar a Billy. La repetición del nombre comenzó a dar resultados; la bestia iba a ser sojuzgada. Poco a poco, el muchacho fue emergiendo. Tenía un aspecto lamentable: sólo piel y huesos sobre la arena negra. La cara había quedado prácticamente reconstruida y sus ojos miraban a Cleve.
¿Billy...?
Asintió. El pelo empapado de sudor se le pegaba a la frente: sus miembros se movían espasmódicamente.
¿Sabes dónde estás y quién eres?
Al principio parecía como si no lograra entenderle. Luego, poco a poco, sus ojos reflejaban la luz de la razón, y con ella le llegó el miedo al hombre que se cernía sobre él.
Cleve miró a Tait. En los escasos segundos en que había dejado de observarlo, las pocas características humanas que le quedaban habían sido borradas de la cabeza y el torso, revelando una putrefacción más profunda que la que cubría a su nieto. Billy miró por encima el hombro como un perro apaleado.
Me perteneces, eres mío —pronunció Tait a través de unas facciones incapaces de hablar.
Billy vio descender los miembros hacia él y se levantó del suelo para huir, pero su reacción fue muy tardía. Cleve vio cómo el gancho afilado del miembro de Tait se enroscó alrededor del cuello de Billy atrayéndolo hacia él. La sangre manó del gaznate partido y con ella salió el quejido del aire.
Cleve lanzó un grito.
Conmigo —dijo Tait; y las palabras se deformaron hasta convertirse en un farfulleo.
De repente, el estrecho callejón se llenó de luz. y el muchacho, Tait y la ciudad comenzaron a esfumarse. Cleve intentó asirse a ellos pero se le escaparon y fueron sustituidos por otra realidad concreta: una luz, una cara (caras) y una voz que lo sacaba de un absurdo para sepultarlo en otro.
La mano del doctor estaba posada sobre su cara. Su tacto era pegajoso.
¿Qué diablos estaba soñando? —le preguntó el muy idiota.


Billy se había ido.
De todos los misterios con los que tuvieron que enfrentarse el alcaide, Devlin y los demás funcionarios que entraron en la B 3. 20 aquella noche, la total desaparición de William Tait de la celda, que quedó intacta, fue el más irresoluble. Nada se dijo de la visión que había hecho reír tontamente a Devlin. cual si se tratase de un demente; resultaba más fácil creer en un delirio colectivo que aceptar que habían presenciado una realidad objetiva. Cuando Cleve intentó explicar los hechos de esa noche, y de las noches anteriores a aquélla, su monólogo, plagado de silencios e interrumpido a menudo por los sollozos, fue recibido con fingida comprensión y miradas de soslayo. Refirió la historia varias veces, a pesar de la condescendencia de sus interlocutores, que escucharon cada una de sus palabras simplemente porque intentaban encontrar en sus fábulas demenciales alguna pista que explicara la realidad del número de Houdini realizado por Billy Tait. Cuando vieron que en su narración no encontraban nada que les permitiera avanzar en sus investigaciones, comenzaron a perder la paciencia. Y las amenazas ocuparon el lugar del consuelo. Exigían saber, elevando la voz a cada pregunta, adonde había ido Billy. Cleve les contestaba de la única forma que sabía.
A la ciudad, porque es un asesino.
¿Y su cuerpo? —inquirió el alcaide —. ¿Dónde supones que ha ido a parar su cuerpo?
Cleve no lo sabía, y así lo manifestó. Fue mucho más tarde, de hecho al cabo de cuatro días completos, cuando se encontraba junto a la ventaba mirando el recuadro del jardín que separaba dos alas de la cárcel, y donde las nuevas plantitas esperaban la primavera, cuando se acordó de las tumbas.
Buscó a Mayflower. que había sido asignado otra vez a la galería B en sustitución de Devlin, y le comentó lo que acababa de ocurrírsele.
Está en la tumba. Está con su abuelo. Humo y sombras.
Al abrigo de la noche desenterraron el ataúd; un complicado escudo de postes y lonas fue levantado para ocultar los acontecimientos a los ojos de los curiosos, y unas lámparas, brillantes como el día pero no tan cálidas, iluminaban la tarea de quienes se habían ofrecido para formar parte del equipo de exhumación. La solución ofrecida por Cíe ve al misterio de la desaparición de Tait fue recibida con universal desconcierto, pero no se podía pasar por alto ninguna explicación de un misterio tan ingobernable, por absurda que fuese. Y así se reunieron ante la sepultura sin marcar, para remover una tierra que no daba señales de haber sido tocada durante cinco décadas: el alcaide, un grupo selecto de funcionarios del Ministerio del Interior, un patólogo y Devlin. Uno de los médicos, convencido de que el morboso delirio de Cleve desaparecería si veía con sus propios ojos el contenido del ataúd y admitía su error. convenció al alcaide de que Cleve tenía que sumarse a los espectadores.
En el interior del ataúd de Edgar Saint Clair Tait había pocas cosas que Cleve no hubiera visto ya. El cadáver del asesino, que había vuelto a su morada (¿como humo quizá?), no era del todo bestia ni del todo humano, y se conservaba, tal como había vaticinado Bishop. en las mismas condiciones que el día de su ejecución; compartía el cajón con Billy Tait, que yacía allí, desnudo como vino al mundo, en los brazos de su abuelo. El brazo corrupto de Edgar seguía enroscado al cuello de Billy. y unas manchas negras de sangre coagulada cubrían las paredes del ataúd. El rostro de Billy no había sido mancillado.
Parece un muñeco —comentó uno de los médicos.
Cleve estuvo a punto de decirle que ningún muñeco tiene en las mejillas los surcos secos de las lágrimas, ni semejante desesperación en la mirada, pero el pensamiento se resistió a tomar cuerpo en las palabras.


Cleve salió de Pentonville tres semanas más tarde, después de presentar una solicitud especial a la Junta de Libertad Bajo Palabra, habiendo cumplido solamente dos tercios de su condena. Al cabo de medio año volvió a la única profesión que conocía. Si alguna vez abrigó la esperanza de liberarse de sus sueños, ésta fue muy efímera. El lugar lo acompañaba: ya no lograba verlo tan claramente, ni atravesarlo con tanta facilidad, ahora que Billy. cuya mente le abriera aquella puerta, se había marchado, pero seguía siendo un terror potente, cuya presencia constante abrumaba a Cleve.
A veces, los sueños desaparecían por completo, para volver más tarde con fuerza renovada. Cleve tardó varios meses en comprender el motivo de esas vacilaciones. La gente misma era quien le hacía soñar. Si se encontraba en compañía de alguien con intenciones asesinas, la ciudad volvía. Y ese tipo de gente no era tan infrecuente. A medida que se fue sensibilizando respecto a la faceta letal de quienes le rodeaban, notó que le resultaba imposible andar por las calles. Aquellos asesinos embrionarios estaban por todas partes; eran personas que vestían buenas ropas y mostraban expresiones radiantes mientras caminaban por las calles e imaginaban, al andar, las muertes de sus jefes, de sus cónyuges, de las estrellas de las telenovelas, de los sastres incompetentes. El mundo entero pensaba en el asesinato, y Cleve ya no lograba soportar aquellos pensamientos.
Sólo la heroína le ofreció un modo de desprenderse de la carga de la experiencia. Nunca se había inyectado demasiado, pero la adicción no tardó en convertirse en cielo y tierra para él. Se trataba de un hábito caro, y el círculo cada vez más truncado de sus contactos profesionales apenas podía ofrecerle esperanzas de financiarlo. Fue un hombre llamado Grimm, un adicto tan desesperado por eludir la realidad que podía colocarse hasta con leche fermentada, quien sugirió a Cleve un trabajito con el que podría procurarse unos ingresos a la altura de sus apetitos. A Cleve le pareció buena idea. Se concertó una cita y se le hizo una proposición. La paga por hacer el trabajo era tan alta que ningún hombre desesperado por conseguir dinero podía rechazarla. Obviamente, el trabajo consistía en asesinar a alguien.
«Aquí no hay visitantes, sólo posibles ciudadanos». Eso le habían dicho en cierta ocasión, aunque ya no recordaba bien quién había sido; además, creía en las profecías. Podía no cometer un asesinato entonces, pero hacerlo sólo sería cuestión de tiempo.
Y aunque los detalles del asesinato para el que lo habían contratado le resultaron tremendamente familiares, no había esperado el encontronazo de circunstancias que acabaron por hacerlo huir de la escena del crimen descalzo, corriendo con tanta fuerza por las aceras y las calles que, cuando la policía logró arrinconarlo y matarlo de un disparo, tenía los pies ensangrentados, listos por fin para hollar las calles de la ciudad, 'al como lo había hecho en sueños.
El cuarto en el que había matado lo estaba esperando; vivió allí durante meses, ocultándose de todo aquel que apareciera afuera, en la calle. Imaginó que allí el tiempo transcurría, porque le había crecido la barba; aunque rara vez conciliaba el sueño, y el día jamás llegaba. Al cabo de un tiempo, sin embargo, se impuso al viento frío y a las mariposas y se desplazó hasta los confines de la ciudad, donde raleaban las casas e imperaba el desierto. Y fue hasta allí no para ver las dunas, sino Para escuchar las voces que siempre llegaban, ondulantes, como los aullidos de los chacales o de los niños.
Y allí se quedó durante un largo rato, y el viento, acompañado por el desierto, conspiró para sepultarlo. Pero el fruto de su desvelo no lo defraudó. Porque al cabo de un día, o tal vez de un año, vio acercarse a aquel lugar a un hombre que dejó caer un revólver en la arena para enfriarse luego en el desierto, donde, al cabo de un instante, los dueños de las voces salieron a su encuentro, corriendo enloquecidos, bailando sobre sus muletas. Risueños, se agolparon a su alrededor. Y el hombre se fue con ellos, también risueño. Y aunque el viento y la distancia difuminaron la escena, Cleve tuvo la certeza de que uno de los celebrante recogía al hombre y que éste, ya niño, posado sobre sus hombros, era arrebatado por otros brazos y transformado en recién nacido hasta que en el límite de sus sentidos, oía aullar al hombre en el momento de ser devuelto a la vida. Se alejó contento, porque por fin había logrado descubrir cómo el pecado (y él mismo) habían llegado al mundo.

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