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domingo, 26 de diciembre de 2010

Los hijos de Babel -- CLIVE BARKER



Los hijos de Babel

CLIVE BARKER


¿Por qué razón le resultaban irresistibles a Vanessa los caminos sin señalizar, las sendas que conducían a Dios sabía dónde? En el pasado, su entusiasmo por dejarse guiar por el olfato la había metido en más de un aprieto. Una noche casi fatal, perdida en los Alpes; aquel episodio en Marrakech que casi acabó en violación; la aventura con el aprendiz de tragasables en las selvas del bajo Manhattan. Y a pesar de las enseñanzas de la amarga experiencia, siempre que tenía que escoger entre un camino señalizado y otros sin señalizar, se inclinaba indefectiblemente por este último.
Como aquí, por ejemplo. Este camino que serpenteaba hacia la costa de Kithnos: ¿Qué otra cosa le ofrecía sino un recorrido sin tropiezos a través de un paisaje de vegetación achaparrada, algún que otro encuentro casual con alguna cabra, y una vista desde los acantilados del azul Egeo? Podía disfrutar de esa vista desde su hotel, en la bahía Merikha, prácticamente sin tener que salir de la cama. Las otras carreteras que arrancaban de ese cruce estaban tan claramente señalizadas... Una iba a Loutra y a su fuerte veneciano en ruinas, la otra llevaba a Driopis. No había visitado ninguno de esos poblados y había oído decir que ambos eran encantadores, pero el hecho de que estuvieran tan claramente indicados los despojaba de todo atractivo. Sin embargo, este otro camino, aunque no condujera a ninguna parte, cosa muy probable, al menos iba a un sitio sin nombre. No era una recomendación despreciable. Colmada de pura perversidad, siguió ese camino.
El paisaje a ambos lados de la carretera (o mejor dicho, el sendero, porque no tardó en convertirse en eso) no tenía nada de especial. Hasta las cabras con las que esperaba encontrarse brillaban por su ausencia, pero lo cierto era que la escasa vegetación no tenía aspecto apetecible. La isla no era un paraíso. A diferencia de Santorini, con su pintoresco volcán, o de Mykonos —la Sodoma de las Cicladas—, con sus lujosas playas y sus hoteles más lujosos aún, Kithnos no podía jactarse de nada que atrajera al turista. En suma, ése era el motivo por el que estaba allí, tan lejos de las multitudes como podía conspirar para estarlo. Sin duda, ese sendero la alejaría de ellas aún más.
El grito proveniente de los montes ubicados a su izquierda no podía ser pasado por alto. Era un grito de pura alarma, y resultó perfectamente audible por encima del gruñido de su coche de alquiler. Detuvo el anticuado vehículo y apagó el motor. El grito se repitió, pero esa vez seguido de un disparo, un intervalo y un segundo disparo. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del coche y saltó al sendero. El aire le trajo la fragancia de los lirios del arenal y del tomillo silvestre, aromas que el pestazo a gasolina del interior del coche había encubierto con efectividad. Mientras aspiraba el perfume oyó un tercer disparo y vio una silueta —demasiado alejada de donde ella estaba como para distinguirla, aunque se hubiera tratado de su marido— que trepó a la cima de una de las colinas para desaparecer en una hondonada. Segundos después, aparecieron los perseguidores. Efectuaron otro disparo, y sintió alivio al comprobar que había sido lanzado al aire y no al hombre. Le advertían que se detuviera, en vez de tirar a matar. Los detalles de los perseguidores le resultaron tan poco claros como los del perseguido, salvo por un ominoso aspecto: iban vestidos, de la cabeza a los pies, con ondulantes túnicas negras.
Vaciló al costado del coche; no estaba segura de si debía volver a subirse al vehículo y marcharse, o averiguar a qué se debía aquel juego del escondite. El sonido de las armas no era particularmente agradable, pero ¿cómo darle la espalda a semejante misterio? Los hombres de negro habían desaparecido tras su presa, y ella volvió la vista hacia el lugar del que habían salido y hacia allí se dirigió, manteniendo la cabeza gacha lo mejor que pudo.
En aquel terreno poco común las distancias resultaban engañosas; las colinas arenosas se parecían mucho entre sí. Durante diez minutos avanzó cuidadosamente entre los cohombrillos amargos, y entonces le embargó la certeza de haber perdido el lugar por donde perseguidor y perseguidores habían desaparecido; para entonces se encontraba en un mar de lomas cubiertas de pasto seco. Hacía rato que los gritos habían cesado, al igual que los disparos. Estaba sola con el sonido de las gaviotas y el chirriante debate de las cigarras alrededor de sus pies.
¡Maldita sea! —dijo—. ¿Porqué haré estas cosas?
Escogió la colina más grande de las cercanías y subió la ladera con paso incierto por el terreno arenoso, para comprobar si desde la cima lograba tener una mejor visión del sendero que acababa de abandonar, o tal vez del mar. Si lograba localizar los acantilados, podría orientarse en relación con el lugar donde había dejado el coche y dirigirse aproximadamente en aquella dirección, con la certeza de que tarde o temprano alcanzaría el sendero. Pero el montecillo era una miniatura; desde su cima sólo le fue revelado el alcance de su aislamiento. Por todas partes, los lomos de las mismas colinas indiferenciadas se alzaban hacia el sol de la tarde. Desesperada, se chupó el dedo y lo levantó en el aire para comprobar de dónde soplaba el viento, razonando que la brisa vendría con toda probabilidad del mar, y que podría utilizar esa magra información para basar en ella su cartografía mental. La brisa era insignificante, pero constituía la única guía disponible, por lo que partió en la dirección en la que esperaba encontrar el sendero.
Al cabo de cinco minutos, durante los cuales su agitación fue en aumento, subió y bajó colinas, escaló una de las laderas, y no se encontró con su coche, sino con un racimo de edificaciones blancas —dominadas por una gruesa torre y rodeadas de un alto muro, como si fuera una guarnición— que no había observado en sus anteriores exploraciones desde lo alto. Se le ocurrió que el perseguido y sus tres excesivamente atentos admiradores habían salido de allí, y ese hecho le aconsejó que no le convenía acercarse. Pero sin instrucciones de nadie, ¿acaso no corría el riesgo de vagar indefinidamente por aquel erial sin poder encontrar el camino de regreso al coche? Además, los edificios tenían un aspecto nada pretencioso que le infundió seguridad. Por encima del brillante muro asomaba el follaje, lo cual sugería que allí detrás había un jardín solitario, en el que al menos encontraría un poco de sombra. Cambió de rumbo y se dirigió hacia la entrada.
Cuando llegó a los portones de hierro forjados estaba exhausta. Sólo cuando encontrara un poco de alivio reconocería el peso de su cansancio: la marcha penosa a través de las colinas le había reducido muslos y pantorrillas a una incompetencia temblorosa.
Al ver uno de los portones entornado, se coló por la abertura. El patio que había detrás estaba pavimentado, y salpicado de excrementos de paloma; varias de las culpables se habían posado sobre un mirto y al verla aparecer se pusieron a arrullar. Desde el patio, y en dirección a una maraña de edificios, partían una serie de senderos cubiertos. Su perversidad, viciada por la aventura, la impulsó a seguir el de aspecto menos prometedor, que la condujo a la sombra de un balsámico pasaje cubierto de sencillos bancos, y más allá encontró un recinto más pequeño. Allí, el sol caía sobre uno de los muros, en uno de cuyos nichos había una estatua de la Virgen María, con su famoso niño, con dos dedos levantados en señal de bendición, sentado sobre su brazo. Al ver la estatua, las piezas del misterio encajaron: el lugar apartado, el silencio, la sencillez de los patios y senderos... Seguramente se trataría de un establecimiento religioso.
Había carecido de Dios desde la temprana adolescencia, y en los veinticinco años que siguieron, rara vez había traspuesto el umbral de una iglesia. Ahora, a los cuarenta y uno, difícilmente volvería al redil, por lo que se sintió doblemente intrusa. Pero al fin y al cabo no buscaba asilo, sino simplemente instrucciones. Podía pedirlas y marcharse.
A medida que avanzaba por el suelo de piedra, bañado de sol, experimentó la curiosa incomodidad que acompaña a la sensación de que te están espiando. Se trataba de una cualidad que, durante su vida en común con Ronald, había adquirido el sofisticado grado de sexto sentido. Los ridículos celos que tres meses antes habían puesto fin al matrimonio habían empujado a Ronald a adoptar unas estrategias de espionaje que no habrían avergonzado a las agencias de Whitehall o Washington. En este momento sintió que la observaban no uno, sino varios pares de ojos. Aunque miró las estrechas ventanas que daban al patio y notó movimiento en una de ellas, nadie hizo ningún esfuerzo por comunicarse con ella. Tal vez se tratara de una orden muda cuyos votos de silencio eran observados con tanto rigor que tendría que hacerse entender por señas. Pues bien, que así fuera.
A sus espaldas oyó el sonido de unos pies que corrían, seguido de varios pares de pies que se acercaban a toda prisa hacia ella. Y desde el fondo del sendero le llegó el fragor de los portones de hierro al cerrarse con estrépito. Por un motivo u otro, el corazón le dio un vuelco, provocándole un revuelo en la sangre, que se le agolpó en la cara. Las piernas, debilitadas, le volvieron a temblar.
Se volvió para enfrentarse a los propietarios de aquellos pasos urgentes, y al hacerlo vio moverse un poco la pétrea cabeza de la Virgen. Sus ojos azules habían seguido su recorrido por el patio, y no cabía duda de que también la estaban vigilando ahora. Se quedó inmóvil. Lo mejor sería no correr, pensó, porque tenía a Nuestra Señora cubriéndole las espaldas. De todas maneras, de nada le habría servido el salir corriendo, porque en ese momento de las sombras de los claustros surgieron tres monjas cuyos hábitos ondulaban en el aire. Las barbas y el brillo de los rifles automáticos que llevaban destrozaron la ilusión de que eran esposas de Cristo. Se habría echado a reír ante aquella incongruencia, pero las monjas le apuntaron directamente al corazón.
No le ofrecieron ni una palabra de explicación; no obstante en un lugar que albergaba hombres armados disfrazados de monjas, un atisbo de razón sería, indudablemente, tan raro como las ranas con plumas.
Las tres hermanitas la ataron y la sacaron del patio, tratándola como si acabara de arrasar con el Vaticano. La registraron a fondo y expeditivamente. Aceptó aquella invasión con alguna que otra queja sumaria. Las miras de sus rifles no se apartaron de ella ni por un momento, y en semejantes circunstancias lo mejor era obedecer. Acabado el registro, uno de ellos la invitó a vestirse, y fue escoltada a un cuartito donde la encerraron. Poco después, una de las monjas le llevó una botella de sabroso retsina y, para completar el catálogo de incongruencias, la mejor pizza estilo Chicago que había comido al este de esa ciudad. A Alicia, perdida en el País de las Maravillas, no podría haberle parecido más curioso.


Tal vez haya habido un error —reconoció el hombre del bigote aceitado, al cabo de varias horas de interrogatorio.
Vanessa sintió alivio al descubrir que el hombre no pretendía hacerse pasar por abadesa, a pesar del aspecto de la guarnición. Su despacho —si es que era su despacho— estaba parcamente amueblado, y el único artefacto digno de mención era una calavera humana sin mandíbula inferior, que reposaba sobre el escritorio y la miraba fijamente desde sus cuencas vacías. El hombre vestía bien, tenía la pajarita inmaculadamente atada, y los pantalones llevaban una raya letal. Por debajo de su inglés calculado, Vanessa creyó olfatear un rastro de acento. ¿Francés? ¿Alemán? Sólo cuando sacó un poco de chocolate del escritorio, Vanessa concluyó que era suizo. Según le dijo, se llamaba señor Klein.
¿Un error? ¡Desde luego que ha habido un error! —exclamó Vanessa.
Hemos encontrado su coche. También hemos llamado al hotel y, de momento su historia queda verificada.
No soy una impostora —dijo Vanessa.
A pesar de que intentara sobornarla con dulces, el señor Klein había desbordado su capacidad de cortesía. Calculó que ya sería bien entrada la noche; no obstante, no llevaba reloj y aquella pequeña habitación desnuda, ubicada en el vientre de uno de los edificios, carecía de ventanas, por lo que resultaba difícil estar segura. El señor Klein y su desnutrido número dos se habían encargado de distraer la atención de Vanessa, por lo que no tenía mucha idea del tiempo transcurrido.
En fin —añadió—, me alegro de que esté usted satisfecho. ¿Me dejará ahora volver al hotel? Estoy cansada.
No —repuso Klein, negando con la cabeza—. Me temo que no será posible.
Vanessa se puso en pie de un salto, y la violencia de su movimiento hizo caer la silla. Al cabo de un segundo, la puerta se abrió y una de las hermanas barbudas asomó por ella con la pistola en alto.
Está bien, Stanislaus —ronroneó el señor Klein—. La señora Jape no me ha degollado.
«La hermana» Stanislaus se retiró, cerrando la puerta tras de sí.
¿Por qué? —inquirió Vanessa.
La aparición del guardia había aplacado sus iras.
¿Por qué qué? —preguntó el señor Klein. —Las monjas.
Klein suspiró pesadamente y tocó la cafetera que le habían llevado una hora antes, para comprobar si seguía caliente. Se sirvió media taza antes de contestar.
En mi opinión, todo esto es innecesario, señora Jape, y le doy mi palabra de que haré que la suelten lo antes posible. Por el momento, le ruego que sea indulgente. Piense en esto como si se tratara de un juego... —El semblante se le agrió un poco—. A ellos les gustan los juegos.
¿A quiénes?
Olvídelo —dijo Klein, frunciendo el ceño—. Cuanto menos sepa, menos tendremos que hacerle olvidar.
Vanessa entrecerró los ojos y le echó una mirada a la calavera.
Todo esto no tiene ningún sentido —dijo.
Ni falta que hace que lo tenga —repuso el señor Klein. Hizo una pausa y bebió un sorbo de café tibio—. Señora Jape, ha cometido un lamentable error al venir aquí. También es verdad que hemos cometido un error al dejarla entrar. Normalmente, nuestras defensas son mucho más severas. Pero nos pescó usted con la guardia baja, y sin darnos cuenta...
Oiga —le interrumpió Vanessa—, no sé qué es lo que pasa aquí. Ni quiero saberlo. Lo único que deseo es que me permitan regresar a mi hotel y terminar mis vacaciones en paz.
A juzgar por la expresión de la cara de su interrogador, sus súplicas no parecían resultar persuasivas.
¿Es mucho pedir? —inquirió—. No he hecho nada. No he visto nada. ¿Cuál es el problema?
El señor Klein se puso de pie.
El problema —repitió en voz baja, como para sí—. Es una buena pregunta. —No se molestó en contestarla, sin embargo. Se limitó a llamar—: Stanislaus.
La puerta se abrió y apareció «la monja».
Lleva a la señora Jape a su habitación, ¿quieres?
¡Presentaré una queja ante mi embajada! —aulló Vanessa, llena de resentimiento—. ¡Tengo mis derechos!
Por favor —dijo el señor Klein, dolorido—, que grite no nos será de ninguna utilidad.
«La monja» aferró a Vanessa por el brazo. La mujer notó la proximidad del revólver.
¿Vamos? —inquirió amablemente el guarda. —¿Tengo otra elección? —preguntó a su vez Vanessa. — No.


El truco de la buena farsa, le había comentado una vez su cuñado, ex actor, estaba en representarla con mortal seriedad. Nada de guiños solapados a la galería que indiquen la intención cómica del comediante; nada de detalles extravagantes que pongan en peligro la realidad de la pieza. De acuerdo con estas rigurosas normas, se encontraba rodeado de un elenco de expertos: todos deseosos de actuar —a pesar de los hábitos, los velos y las vírgenes espías— como si aquella ridícula situación no fuera en modo alguno algo fuera de lo corriente. Por más que se esforzaba, no podía desenmascararlos, ni romperles las caras serias, ni obtener de ellos una sola señal de timidez. Estaba claro que carecía de las habilidades necesarias para esa clase de comedia. Cuanto antes advirtieran su error y la despidieran de la compañía, más feliz se sentiría.
Durmió bien, ayudada por media botella de whisky que alguien previsor había dejado en su cuartito mientras ella estaba ausente. Rara vez había bebido tanto en tan corto tiempo, y cuando, a eso del amanecer, la despertaron unos ligeros golpecitos en la puerta, sintió la cabeza pesada y la lengua como si fuera un guante de ante. Tardó unos instantes en orientarse; entre tanto, los golpecitos se repitieron y la ventana de la puerta se abrió desde fuera. Una cara ansiosa se asomó a ella: la de un anciano con barba en forma de hongo y ojos enloquecidos.
Señora Jape —siseó—. Señora Jape. ¿Podemos hablar?
Se dirigió a la puerta y miró a través de la ventana. El aliento del anciano se componía de dos partes de oúzo añejo y una de aire fresco. Eso le impidió acercarse demasiado a la ventana, aunque el anciano le hacía señas para que lo hiciera.
¿Quién es usted? —inquirió Vanessa, no sólo por pura curiosidad sino porque las facciones, bruñidas por el sol y duras como el cuero, le recordaban a alguien.
El hombre le lanzó una ligerísima mirada y repuso:
Un admirador.
¿Le conozco?
Es demasiado joven —respondió, negando con la cabeza—. Pero yo la conozco a usted. La vi entrar. Quise advertírselo, pero no me dio tiempo.
¿Usted también está aquí preso?
Sí, digámoslo así. ¿Ha visto a Floyd?
¿A quién?
Escapó. Anteayer.
Ah, Floyd era el hombre al que perseguían, ¿no? —dijo Vanessa, comenzando a enhebrar aquellas perlas sueltas.
Exactamente. Logró escabullirse. Y al perseguirlo, los muy zoquetes se dejaron el portón abierto. En estos días la seguridad es espantosa... —Parecía genuinamente indignado por la situación—. Aunque no vaya a creer que no me alegro de que esté aquí. —Sus ojos reflejaban cierta desesperación, una pena que luchaba por mantener sumergida—. Oímos disparos. No lo alcanzaron, ¿verdad?
Al menos no llegué a verlo —repuso Vanessa—. Fui a mirar, pero no encontré rastros...
¡Aja! —exclamó el anciano, regocijándose—. Entonces, quizá haya logrado escapar.
A Vanessa ya se le había ocurrido que aquella conversación podía ser una trampa; que el anciano fuera víctima del engaño de su captor, y que aquél fuera otro modo de sonsacarle información. Pero su instinto le dijo lo contrario. El anciano la miraba con afecto, y su cara, que era la de un payaso maestro, parecía incapaz de fingir. Para bien o para mal, Vanessa confiaba en él. Le quedaban muy pocas alternativas.
Ayúdeme a salir —le pidió—. Tengo que salir de aquí.
¿Tan pronto? —dijo el anciano, con aire abatido—. Si acaba de llegar.
No soy una ladrona. No me gusta que me encierren.
Claro que no —repuso él, asintiendo con la cabeza, y recriminándose en silencio por su egoísmo—. Lo siento. Es que una mujer hermosa... —Se interrumpió, y volvió a hilar la frase—: Esto de hablar nunca ha sido mi fuerte...
¿Está seguro de que no lo conozco de alguna parte? —preguntó Vanessa—. Su cara me resulta familiar.
¿De veras? Eso es muy agradable. Aquí todos creemos que nos han olvidado.
¿Todos?
Hace tanto tiempo que nos raptaron... Muchos de nosotros acabábamos de comenzar nuestras investigaciones. Fue por eso por lo que Floyd huyó. Quería completar unos cuantos meses de trabajo decente antes del final. A veces yo siento lo mismo. —Puso fin a su melancólica sucesión de ideas y volvió a la pregunta de Vanessa—. Soy el profesor Harvey Gomm. Aunque últimamente no recuerdo de qué era profesor.
Gomm. Era un nombre singular, y le sonaba, pero de momento Vanessa no lograba identificar la melodía.
¿No se acuerda? —inquirió él, mirándola directamente a los ojos.
Vanessa deseó mentirle, pero eso podría poner en su contra al anciano —la única voz cuerda que había encontrado allí— mucho más que la verdad.
No.... no me acuerdo. ¿Y si me diera una pista? Antes de que lograra desvelarle otra parte del misterio, el anciano oyó voces.
Ahora no puedo hablarle, señora Jape. —Llámeme Vanessa.
¿Puedo? —se le iluminó el rostro ante la calidez de su magnanimidad—. Vanessa.
¿Me ayudará?
Lo mejor que pueda. Pero si me viera en compañía de otros...
... Nunca nos hemos visto.
Exactamente. Au revoir.
Cerró el panel de la puerta y Vanessa oyó sus pisadas alejarse por el corredor. Minutos más tarde, cuando llegó su guardián, un afable malhechor llamado Guillemot. portando una bandeja con té. Vanessa fue toda sonrisas.


Su explosión del día anterior había dado, al parecer, ciertos frutos. Esa mañana, después del desayuno, el señor Klein le hizo una breve visita y le informó que le permitirían salir a los jardines del lugar (acompañada de Guillemot). para que pudiera disfrutar del sol. Le suministraron una nueva muda de ropa, un poco grande para ella, pero de todos modos un alivio que le permitió desprenderse de las prendas sudadas que hacía más de veinticuatro horas que llevaba encima. Esta última concesión a su comodidad era, sin embargo, un consuelo de tontos. Aunque estaba encantada de llevar ropa interior limpia, el hecho de que le suministraran ropa sugería que el señor Klein no preveía soltarla pronto.
Intentó calcular cuánto tiempo pasaría antes de que el obtuso gerente de su hotel se diera cuenta de que no iba a volver. Y en ese caso, ¿qué haría? Tal vez ya hubiera puesto sobre aviso a las autoridades; tal vez encontrarían el coche abandonado y seguirían su rastro hasta esa curiosa fortaleza. Con respecto a este último punto, sus esperanzas se esfumaron esa misma mañana, durante el paseo. El coche se encontraba estacionado en el recinto circundado de laureles, junto al portón, y a juzgar por las copiosas bendiciones derramadas sobre él por las palomas, había estado allí toda la noche. Sus captores no eran tontos. Tal vez tendría que esperar hasta que en Inglaterra alguien se preocupara e intentara averiguar su paradero; entre tanto podía muy bien morirse de aburrimiento.
Las demás personas que había en aquel sitio habían encontrado ciertas diversiones que les impidieron trasponer el umbral de la locura. Esa mañana, mientras recorría junto a Guillemot los jardines, oyó claramente unas voces en un patio vecino. Una de esas voces era la de Gomm. Gritaban excitadas.
¿Qué ocurre?
Están jugando —repuso Guillemot.
¿Podemos ir a ver? —preguntó Vanessa. como quien no quiere la cosa.
No...
Me gustan los juegos.
¿De veras? Entonces jugaremos usted y yo, ¿eh?
No era la respuesta que esperaba, pero si insistía podía levantar sospechas.
¿Por qué no? —contestó.
Ganarse la confianza de aquel hombre sólo podía resultarle beneficioso.
¿Al póquer? —Nunca he jugado.
Le enseñaré —repuso Guillemot.
Resultaba evidente que le seducía la idea. Del patio contiguo se elevó la algarabía de los jugadores. Parecía una especie de carrera, a juzgar por los gritos de aliento y la subsiguiente calma desinflada que se producía al alcanzar la meta. Guillemot la pescó escuchando.
Ranas — le dijo —. Son carreras de ranas.
Me preguntaba si...
Guillemot la miró casi con cariño y le dijo:
Será mejor que no.
A pesar del consejo de Guillemot, una vez que centró su atención en el sonido de los juegos, no logró apartar de su cabeza la algarabía. Continuó durante toda la tarde, con aumentos y disminuciones. A veces se oían carcajadas repentinas, y con frecuencia, discusiones. Gomm y sus amigos se comportaban como niños por la forma en que reñían por un objetivo tan intrascendente como una carrera de ranas. Pero a falta de diversiones más edificantes, ¿acaso podía culparlos? Esa noche, cuando el rostro de Gomm se asomó a la ventana de la puerta, lo primero que le dijo fue:
Esta mañana los oí en uno de los patios. Y también esta tarde. Al parecer, se lo estaban pasando en grande.
Ah, los juegos —repuso Gomm—. Hemos tenido un día ocupado. Había muchas cosas que decidir.
¿Cree que podría convencerlos para que me permitieran unirme a ustedes? Aquí dentro empiezo a aburrirme.
Pobre Vanessa. Me gustaría poder ayudarla. Pero es prácticamente imposible. En esos momentos tenemos una avalancha de trabajo, especialmente a raíz de la huida de Floyd.
«¿Avalancha de trabajo? —pensó Vanessa—. ¿Por jugar a las carreras de ranas?» Temerosa de ofenderlo, no expresó su duda en voz alta.
¿Qué ocurre aquí? No son ustedes criminales, ¿verdad?
¿Criminales? —inquirió Gomm con aire ultrajado.
Lo lamento...
No, no. Comprendo por qué lo ha preguntado. Supongo que ha de parecerle extraño... eso de que estemos encerrados. Pero no somos criminales.
¿Y qué son entonces? ¿Cuál es el secreto? Gomm inspiró profundamente antes de contestar. —Si se lo digo, ¿nos ayudará a salir de aquí? —¿Cómo?
En su coche. Está en la parte de delante.
Sí, ya lo vi...
Si lográsemos llegar hasta él, ¿nos llevaría?
¿Cuántos son?
Cuatro. Ireniya, Mottershead, Goldberg y yo. Claro que Floyd andará por ahí fuera, en alguna parte, pero tendrá que cuidarse solo, ¿no?
El coche es pequeño —le advirtió.
Somos gente pequeña —replicó Gomm—. Con la edad uno se encoge, ya lo sabe usted, como la fruta seca. Y somos viejos. Entre todos, incluido Floyd, sumamos trescientos noventa y ocho años. Tanta amarga experiencia, y no por eso somos más sabios.
En el patio al que daba el cuarto de Vanessa se oyeron unos gritos repentinos. Gomm desapareció de la puerta, y volvió a reaparecer brevemente para murmurar:
Lo han encontrado. Dios mío, lo han encontrado.
Dicho lo cual salió disparado.
Vanessa se dirigió a la ventana y espió por ella. No logró ver demasiado, pero lo poco que logró captar denotaba una agitada actividad: «las hermanas» iban de acá para allá.
En el centro de la conmoción logró ver una pequeña figura, el fugado Floyd, no cabía duda, que forcejeaba entre dos guardas. Los días y las noches pasados a la intemperie parecían haberlo dejado maltrecho; tenía las facciones lánguidas y sucias, y la coronilla pelada despellejada por el exceso de sol. Vanessa oyó la voz del señor Klein elevarse por encima del ajetreo y lo vio entrar en escena. Se acercó a Floyd y procedió a reprenderlo sin piedad. Vanessa apenas lograba captar una de cada diez palabras, pero el asalto verbal no tardó en provocar el llanto del anciano. Se alejó de la ventana, rogando en silencio porque Klein se ahogara la próxima vez que comiese chocolate.
Hasta ese momento, el tiempo transcurrido allí le había permitido coleccionar un curioso número de experiencias: un momento agradable (la sonrisa de Gomm, la pizza, el sonido de los juegos desarrollados en un patio parecido), y el siguiente (el interrogatorio, la provocación que acababa de presenciar) desagradable. Y aun así, distaba mucho de comprender qué función cumplía aquella cárcel, por qué sólo contaba con cinco reclusos (seis, si se incluía a sí misma) y por qué eran todos tan viejos, encogidos por los años, según le había dicho Gomm. Pero después de presenciar la humillación que Klein le infligiera a Floyd, Vanessa tuvo la certeza de que ningún secreto, por más apremiante que fuera, le impediría ayudar a Gomm en su lucha por conseguir la libertad.


El profesor no regresó esa noche, lo cual la defraudó. Quizá la captura de Floyd se habría traducido en unas reglas más severas, reflexionó, aunque ese principio apenas la afectara a ella. Al parecer, la tenían prácticamente olvidada. Aunque Guillemot le llevaba comida y bebida, no se quedaba a enseñarle a jugar al póquer, tal como habían acordado, ni tampoco la sacaba a tomar el aire. Abandonada en la sofocante habitación, sin compañía, y con la mente sin otro entretenimiento que contarse los dedos, no tardó en sentirse invadida por la apatía y el sueño.
Dormitaba en mitad de la tarde, cuando algo golpeó contra la pared externa, junto a la ventana. Se levantó, y se disponía a ver qué era aquel sonido, cuando por la ventana entró un objeto lanzado desde fuera. Aterrizó con un ruido metálico y sordo. Quiso echarle un vistazo al remitente, pero ya se había ido.
El pequeño paquete era una llave envuelta en una nota que decía: Vanessa, prepárese. Suyo, per saecula saeculorum, H. G.
El latín no era su fuerte; abrigó la esperanza de que las últimas palabras fueran un saludo cariñoso y no una instrucción. Probó la llave en la puerta de su celda. Funcionaba. Estaba claro que Gomm no pretendía que la utilizara ahora mismo, sino que esperaba una señal. Prepárese, le había escrito. Evidentemente, era más fácil decirlo que hacerlo. Resultaba tan tentador, con la puerta abierta y el corredor que iba hacia el sol completamente desierto, olvidarse de Gomm y de los otros y salir por piernas... Pero sin duda H. G. se había arriesgado al conseguir la llave. Y le debía fidelidad.
A partir de ese momento, no volvió a dormitar. Cada vez que oía una pisada en los claustros, o un grito en el patio, se levantaba y estaba lista. Pero la señal de Gomm no llegó. La tarde transcurrió lentamente, y al llegar el anochecer, Guillemot apareció con otra pizza y una botella de Coca-Cola para la cena, y antes de que Vanessa se diera cuenta, la noche había caído y otro día había concluido.
Tal vez fueran al abrigo de la oscuridad, pensó, pero no lo hicieron. Salió la luna, con sus mares de sonrisas presuntuosas, y no recibió señales de H. G. ni de su prometido éxodo. Comenzó a sospechar lo peor: que habían descubierto el plan y que los habían castigado a todos por ello. Si así era, ¿acaso el señor Klein no tardaría en descubrir, tarde o temprano, su participación? Aunque su papel había sido mínimo, ¿qué sanciones le impondría el hombre de los chocolates? Poco después de medianoche, decidió que esperar allí a que el hacha cayera no era su estilo, y que lo más sensato que podía hacer era imitar a Floyd y salir por piernas.
Salió de la celda, la cerró con llave y atravesó los claustros a toda prisa, manteniéndose en las sombras lo mejor que pudo. No había señales de presencia humana, pero recordó a la Virgen vigilante que la había espiado por primera vez. Allí no se podía una fiar de nada. Agazapada, y gracias a la pura buena suerte, logró salir al patio en el que Floyd se había enfrentado al señor Klein. Hizo una pausa para decidir de qué lado estaría la salida. Pero las nubes le cubrieron la cara de la luna, y en la oscuridad, su incierto sentido de la orientación la abandonó por completo. Confiando en la suerte que la había llevado hasta allí sin ser detenida, escogió una de las salidas del patio, la atravesó y se dejó guiar por el olfato a lo largo de un sendero cubierto que serpeaba y giraba antes de conducir a otro patio mayor que el primero. Una ligera brisa agitó las hojas de los laureles entrelazados que había en el centro del patio; los insectos nocturnos zumbaban en las paredes. Por pacífica que pareciera, no lograba ver en la plaza una ruta prometedora, y se disponía a regresar por donde había llegado, cuando la luna se deshizo de sus velos e iluminó el patio de pared a pared.
Estaba vacío, a excepción de los laureles y la sombra de los laureles, pero esa sombra caía sobre un complicado dibujo pintado en el suelo. Se quedó mirándolo, demasiado embargada por la curiosidad como para retirarse, aunque al principio no logró encontrarle sentido a la cosa; el diseño parecía ser sólo eso: un diseño. Cautelosamente, recorrió uno de sus bordes intentando descifrar su significado. Entonces advirtió que lo estaba mirando del revés. Se dirigió al otro extremo del patio y el dibujo le resultó claro. Era un mapa del mundo, reproducido hasta la última e insignificante isla. Aparecían indicadas las ciudades más importantes, y los océanos y los continentes estaban recorridos por cientos de finas líneas que marcaban latitudes, longitudes y muchas cosas más. Aunque muchos de los símbolos eran idiosincrásicos, estaba claro que el mapa se encontraba plagado de detalles políticos. Fronteras en litigio, aguas territoriales, zonas de exclusión. Muchos de estos detalles habían sido redibujados en tiza, como respondiendo a las informaciones diarias. En ciertas regiones, particularmente cargadas de acontecimientos, la masa de tierra aparecía oscurecida por anotaciones.
La fascinación se interpuso entre ella y su seguridad. No oyó las pisadas provenientes del Polo Norte hasta que su propietario salió de su escondite y quedó iluminado por la luz de la luna. Se disponía a salir corriendo, cuando reconoció a Gomm.
No se mueva —murmuró éste desde el otro lado del mundo.
Hizo lo que le indicaba. H. G. echó un vistazo a su alrededor, como un conejo acorralado, hasta que estuvo seguro de que el patio se hallaba desierto. Entonces, cruzó hasta donde se encontraba Vanessa.
¿Qué está haciendo aquí? —le preguntó.
Usted no se presentó —le acusó ella—. Creí que se había olvidado de mí.
Las cosas se han complicado. Nos vigilan todo el tiempo.
No podía seguir esperando, Harvey. Éste no es lugar para pasar las vacaciones.
Tiene razón —admitió con aire decepcionado—. Esto no tiene remedio. No tiene remedio. Debería huir usted sola. Olvídese de nosotros. Jamás nos dejarán salir. La verdad es demasiado terrible.
¿Qué verdad?
Olvídelo —le dijo, meneando la cabeza—. Olvide que nos conocimos.
Vanessa lo sujetó por el larguirucho brazo y le dijo:
De eso nada. Tengo que saber qué está pasando aquí.
Sí, quizá sería mejor que se enterara —dijo Gomm, encogiéndose de hombros—. Tal vez todo el mundo debería enterarse.
La tomó de la mano y se retiraron a la relativa seguridad de los claustros.
¿Para qué es el mapa? —fue la primera pregunta que formuló Vanessa.
Aquí es donde jugamos... —repuso, mirando fijamente la maraña de garabatos que había sobre el suelo del patio. Suspiró—. Claro que no siempre fueron juegos. Pero los sistemas se deterioran, como ya sabrá usted. Es una condición irrefutable, que vale tanto para la materia como para las ideas. Se empieza con buenas intenciones y en dos décadas..., dos décadas... —repitió como si ese hecho le causara un asombro nuevo—, pasamos a jugar con ranas.
Mire, Harvey, eso que me dice no tiene demasiado sentido —le comentó Vanessa—. ¿Se muestra usted deliberadamente obtuso o acaso es un síntoma de senilidad?
Sintió la punzada de aquella acusación, pero dio resultado. Con la vista fija en el mapa del mundo, H. G. pronunció una vigorosa parrafada, como si hubiera ensayado esta confesión.
En mil novecientos sesenta y dos hubo un día de cordura en el que a los potentados se les ocurrió pensar que se encontraban a punto de destruir el mundo. Ni siquiera a los potentados les resultaba seductora la idea de una Tierra sólo apta para cucarachas. Si había que impedir la aniquilación, decidieron que habrían de prevalecer nuestros mejores instintos. Los poderosos se reunieron a puerta cerrada en un simposio celebrado en Ginebra. Jamás se había producido la reunión de semejantes eminencias. Los líderes de los Politburós, los Parlamentos, Congresos y Senados, los Amos de la Tierra, todos juntos en un colosal debate. Se decidió entonces que en lo sucesivo, los asuntos mundiales serían dirimidos por un comité especial formado por eminencias y personalidades influyentes, como yo. Hombres y mujeres que no estuvieran sujetos a los caprichos de los favores políticos, que pudieran ofrecer unos principios rectores que impidieran que la especie cometiera un suicidio colectivo. El comité debía formarse con personas provenientes de las diferentes áreas del quehacer humano, lo mejor de lo mejor, una élite moral e intelectual cuya sabiduría conjunta permitiera el resurgir de una nueva edad de oro. Ésa fue la teoría.
Vanessa escuchaba sin formular los cientos de preguntas que el corto discurso de Gomm le habían sugerido. Él prosiguió:
...Y durante cierto tiempo funcionó. Funcionó de veras. Éramos trece... para mantener el consenso. Un ruso, unos cuantos de Europa occidental, como yo, el querido Yoniyoko, claro, un neocelandés, un par de norteamericanos... Formábamos un grupo de gran potencia. Dos de nosotros habíamos ganado el Nobel...
En ese momento se acordó de Gomm, o al menos de dónde había visto su cara. Por entonces ambos eran mucho más jóvenes. De estudiante, ella había hecho propias sus teorías y las había propagado.
...Teníamos instrucciones de fomentar el entendimiento mutuo entre los poderes constituidos, de ayudar a modelar unas estructuras económicas compasivas y a desarrollar la identidad cultural de los países nacientes. Todos lugares comunes, claro está, pero entonces sonaban muy bien. Tal como estaban las cosas, casi desde el comienzo nuestras preocupaciones fueron de tipo territorial.
¿De tipo territorial?
Gomm realizó un gesto expansivo indicando el mapa que yacía ante ellos.
Sí, ayudar a dividir el mundo —repuso—. Controlar las pequeñas guerras para que no se convirtieran en grandes guerras, evitar que las dictaduras se volvieran demasiado pagadas de sí mismas. Nos convertimos en los criados del mundo; limpiábamos allí donde la mugre se acumulaba demasiado. Era una gran responsabilidad, pero cargamos con ella con gran alegría. Al principio nos complacía pensar que los trece dábamos forma al mundo, y que sólo en las altas esferas de los gobiernos se conocía nuestra existencia.
Aquello era el síndrome de Napoleón en todo su esplendor, pensó Vanessa.
Gomm estaba indiscutiblemente loco, pero ¡qué heroica locura! En esencia, era inocua. ¿Por qué lo habrían encerrado entonces? Estaba claro que era incapaz de causar ningún daño.
Me parece una injusticia que lo hayan encerrado aquí —le comentó.
Es por nuestra propia seguridad, claro está —repuso Gomm—. Imagínese el caos que se desataría si un grupo anarquista se enterara del lugar de nuestras operaciones y nos eliminara. Gobernamos el mundo. No era así como se había planificado, pero como ya le dije, los sistemas se deterioran. Con el paso del tiempo, los potentados, sabedores de que contaban con nosotros para las decisiones críticas, comenzaron a dedicarse cada vez más a los placeres de los altos cargos, y cada vez menos a pensar. Al cabo de cinco años ya no éramos asesores, sino jefes supremos sustitutos, y hacíamos malabarismos con las naciones.
Qué divertido —comentó Vanessa.
Durante un tiempo, quizá —reconoció Gomm — . Pero el encanto se esfumó muy pronto. Al cabo de una década más o menos, la presión comenzó a sentirse. La mitad de los miembros del comité han muerto ya. Golovatenko se arrojó por una ventana. Buchanan, el neocelandés, tenía sífilis y no lo sabía. Los años se encargaron de Yoniyoko, de Bernheimre y de Sourbutts. Y tarde o temprano, se encargarán de todos nosotros. Klein sigue prometiéndonos que nos traerá gente que se haga cargo cuando hayamos desaparecido nosotros, pero en realidad les da igual. ¡Les importa un pimiento! Somos funcionarios, eso es todo. —Estaba cada vez más agitado—. Con tal de que les demos nuestras opiniones, están contentos. Bueno... —Su voz se redujo a un susurro—. El caso es que vamos a abandonar.
¿Acaso sería aquél un momento de lucidez? ¿Acaso el hombre cuerdo que había en la mente de Gomm intentaba deshacerse de la ficción sobre la dominación del mundo? Si era así, quizá ella pudiera contribuir al proceso.
¿Quieren huir? —inquirió.
Gomm asintió y le dijo:
Me gustaría volver a ver mi casa antes de morir. He renunciado a tantas cosas por el comité, Vanessa, que casi me he vuelto loco... (Ah, pensó Vanessa, lo sabe). ¿Le parecerá egoísta si le digo que considero demasiado sacrificio ofrecer la vida por la paz mundial? —Vanessa sonrió ante la forma en que se jactaba del poder, pero no hizo comentario alguno—. Si es egoísta, pues mala suerte. No me arrepiento. ¡Quiero irme! Quiero...
No grite, por favor.
Gomm recordó dónde estaba y asintió.
Quiero un poco de libertad antes de morir. Todos la queremos. Y pensamos que tal vez podría ayudarnos. —La miró—. ¿Ocurre algo malo?
¿Malo?
¿Por qué me mira de ese modo?
No está usted bien, Harvey. No lo considero peligroso, pero...
Un momento —protestó Gomm—. ¿Qué se cree que he estado contándole? Me tomo la molestia de...
Harvey. Es una historia estupenda...
¿Historia? ¿Cómo que una historia? —inquirió, petulante — . Ah... ya comprendo. No me cree, ¿verdad? ¡Eso es! ¡Acabo de contarle el más grande secreto del mundo y no me cree!
No digo que esté mintiendo...
Conque es eso. ¡Cree que estoy loco! —estalló Gomm.
El eco de su voz se propagó por el mundo rectangular. Casi de inmediato se oyeron gritos desde varios de los edificios y por encima de ellos, el tronido de pies.
Mire lo que acaba de hacer —dijo Gomm.
¿Que yo lo he hecho?
Estamos en un buen lío.
Mire, H. G., esto no significa...
Es tarde para retractarse. Quédese donde está..., procuraré salir corriendo, y distraerlos.
Se disponía a partir cuando se volvió, la sujetó por la mano y se la besó.
Si estoy loco —le dijo—, ustedes me han hecho así.
Y se marchó; sus piernas cortas lo condujeron a buena velocidad hasta el otro extremo del patio. Ni siquiera había llegado a los árboles de laurel cuando aparecieron los guardas. Le gritaron que se detuviera. Como no lo hizo, uno de ellos disparó. Las balas surcaron el océano, alrededor de los pies de Gomm.
Está bien —gritó Gomm, deteniéndose y levantando las manos—. ¡Mea culpa!
Cesaron los disparos. Los guardas abrieron paso a su comandante.
Ah, eres tú, Sidney —dijo H. G. al capitán.
El hombre se mostró visiblemente incómodo de que se dirigiese a él en ese modo delante de sus subordinados.
¿Qué hace afuera a estas horas de la noche? —inquirió Sidney.
Miraba las estrellas —repuso Gomm.
No estaba solo —dijo el capitán.
A Vanessa se le fue el alma al suelo. No podía regresar a su cuarto sin atravesar el patio abierto, y seguramente, después de dada la alarma, Guillemot habría ido a verla a su habitación.
Es verdad —admitió Gomm — . No estaba solo. —¿Acaso habría ofendido tanto al anciano que ahora iba a traicionarla?—. Vi a la mujer que habéis traído...
¿Dónde?
En lo alto del muro.
¡Jesús! —exclamó el capitán, y se dio la vuelta para ordenar a sus hombres que salieran en su persecución.
Se lo advertí —continuó parloteando Gomm—. Le dije que se rompería el cuello. Le dije que lo mejor era que esperase a que abrieran el portón...
A que abrieran el portón. Entonces no era un loco, después de todo.
Phülipenko —ordenó el capitán —, escolte a Harvey a su dormitorio...
No necesito que nadie me arrulle, gracias —protesto Gomm.
Acompáñelo.
El guarda se acercó a H. G. y lo escoltó a su habitación. El capitán se demoró lo suficiente como para murmurar por lo bajo:
¿Quién es un tipo listo, Sidney?
Luego lo siguió. El patio volvió a quedar vacío, a excepción de la luz de la luna y el mapa del mundo.
Vanessa esperó a que se hubiera acallado hasta el último sonido, luego salió de su escondite y siguió el mismo camino que habían tomado los guardas. Al cabo de un rato llegó a una zona que reconoció vagamente de su paseo en compañía de Guillemot. Animada, recorrió de prisa un pasillo que daba al patio de Nuestra Señora de los Ojos Eléctricos. Avanzó agazapada a lo largo del muro, se agachó al pasar ante la estatua para no ser vista y, finalmente, estuvo ante los portones. Estaban abiertos. Tal como había criticado el anciano la primera vez que se vieron, la seguridad era lamentablemente inadecuada, y dio gracias a Dios por ello.
Cuando corría hacia los portones oyó el sonido de unas botas pisando la grava; echó una mirada por encima del hombro y vio al capitán empuñando el rifle y avanzando desde el refugio de un árbol.
¿Le apetece un poco de chocolate, señora Jape? —inquirió el señor Klein.


Esto es un manicomio —le dijo Vanessa al señor Klein cuando la escoltaron otra vez a la sala de interrogatorios—. Ni más ni menos. No tienen derecho a retenerme.
El señor Klein hizo caso omiso de sus quejas.
Habló con Gomm, y él habló con usted.
¿Y qué si lo hizo?
¿Qué le ha contado? —He dicho: ¿y qué si lo hizo?
Y yo he dicho: ¿qué le ha contado? —rugió Klein. Jamás le habría creído capaz de semejante apoplejía—. Quiero que me lo cuente, señora Jape.
En contra de su voluntad, Vanessa tembló ante las iras de Klein.
No hizo más que decir tonterías —repuso—. Está loco. Creo que todos están locos.
¿Qué tonterías le dijo? —Basuras.
Me gustaría saber, señora Jape —insistió Klein; su furia se había aplacado—. Déme el gusto.
Dijo que aquí trabaja una especie de comité, que toma decisiones sobre la política mundial, y que él forma parte del comité. Eso es todo; total, para lo que sirve.
¿Y qué más?
¿Qué más? Que le dije amablemente que estaba tocado del ala.
El señor Klein fingió una sonrisa.
Por supuesto que es pura ficción.
Por supuesto —dijo Vanessa—. Por el amor del cielo, no me trate como a una imbécil, señor Klein. Soy una mujer adulta...
El señor Gomm...
Me dijo que era profesor.
Otro delirio. El señor Gomm es un esquizofrénico paranoide. Si le dan ocasión, puede ser sumamente peligroso. Tuvo usted suerte.
¿Y los demás?
¿Los demás?
No está solo. Los he oído. ¿Son todos esquizofrénicos?
Están todos perturbados —dijo Klein suspirando—, aunque sus estados varían. En su época, por difícil que pueda parecer, fueron todos asesinos. —Hizo una pausa para que la información surtiera su efecto—. Algunos hasta varias veces asesinos. Por ese motivo están aquí encerrados, solos y ocultos al mundo. Por eso los oficiales van armados...
Vanessa abrió la boca para preguntar por qué era preciso que se disfrazaran de monjas, pero Klein no le dio ocasión.
Créame, el que esté usted aquí es para mí tan inconveniente como para usted irritante.
Entonces, déjeme ir.
Cuando haya acabado mis investigaciones —le dijo—. Mientras tanto, agradeceré su cooperación. Si el señor Gomm o cualquiera de los otros pacientes intentaran implicarla en cualquier tipo de plan, le ruego que me informe de inmediato. ¿Lo hará?
Supongo...
Y por favor, absténgase de intentar otra fuga. La próxima podría resultar fatal.
Quería preguntarle...
Tal vez mañana —dijo el señor Klein, echando un vistazo al reloj mientras se ponía de pie—. Ahora a dormir.


Mientras luchaba consigo misma cuando el sueño se negó a venir, se devanó los sesos pensando cuál de todos los caminos conducentes a la verdad que se abrían ante ella era el menos probable. Contaba con diversas alternativas: la de Gomm, la de Klein, la de su sentido común. Todas eran tentadoramente improbables. Todas, al igual que el sendero que la había llevado hasta allí, no indicaban cuál era el destino final. Había sufrido las consecuencias de su perversidad por haber seguido aquel sendero, no cabía duda, porque allí estaba, cansada y vapuleada, encerrada y con pocas esperanzas de poder huir. Pero esa perversidad formaba parte de su naturaleza; y tal vez, como Ronald le dijera una vez, era el único hecho indiscutible de su persona. Si no seguía ahora ese instinto, a pesar de todo lo que la había hecho padecer, estaba perdida. No se durmió, siguió dando vueltas en la cabeza a las distintas alternativas posibles. Al amanecer, ya había tomado una determinación.
Aguardó todo el día, con la esperanza de que Gomm fuera a verla, pero no se sorprendió cuando no lo vio aparecer. Probablemente, los hechos de la noche anterior le habían metido en problemas más complicados, de los que ni su labia podría sacarlo. Sin embargo, Vanessa no estuvo del todo sola. Guillemot iba y venía, con comida, con bebidas y, en mitad de la tarde, con cartas. No tardó en aprenderle el truco al póquer de cinco cartas, y se pasaron una o dos horas jugando alegremente, mientras el aire les llevaba los gritos del patio, donde los lunáticos hacían correr a las ranas.
¿Cree que podría conseguir que me dejaran bañar, o al menos duchar? —le preguntó a Guillemot cuando regresó trayéndole la bandeja con la cena—. Ni yo misma aguanto mi propia compañía.
Iré a averiguarlo —repuso, casi con una sonrisa.
¿Lo hará? Es usted muy amable —dijo entusiasmada.
Regresó una hora más tarde para decirle que se había solicitado y otorgado la dispensa, y que lo acompañara a las duchas.
¿Va a frotarme la espalda? —inquirió Vanessa con tono casual.
Los ojos de Guillemot vacilaron llenos de pánico ante la observación, y las orejas se le pusieron coloradas como la remolacha.
Sígame, por favor —le dijo.
Obediente, Vanessa lo siguió, e intentó retener mentalmente la ruta para el caso de que necesitara volver a encontrarla más tarde sin la ayuda de su guardián.
Las instalaciones hasta las cuales la condujo distaban mucho de ser primitivas, y, al entrar en el baño lleno de espejos, lamentó que el lavarse no figurara en primer lugar en su lista de prioridades. Daba igual, lo de asearse quedaría para otro día.
La esperaré en la puerta —le informó Guillemot.
Es muy tranquilizador —repuso Vanessa.
Ofreciéndole una mirada que confiaba en que él encontrara prometedora, cerró la puerta. Abrió el grifo de la ducha para que el agua saliera lo más caliente posible, hasta que el vapor comenzó a nublar el cuarto, y se puso a enjabonar el suelo. Cuando el cuarto de baño estuvo lo suficientemente velado y el suelo lo bastante resbaladizo, llamó a Guillemot. Podría haberse sentido halagada por la velocidad con la que acudió, pero Vanessa estaba demasiado ocupada colocándose detrás de él, que tanteaba en medio del vapor, y le dio un vigoroso empujón. El hombre resbaló por el suelo y chocó contra la ducha, lanzando un grito cuando el agua hirviente le mojó el cráneo. Su rifle automático cayó el suelo con estrépito metálico; cuando el hombre se incorporaba, Vanessa ya empuñaba el arma y le apuntaba al torso, un blanco sustancial. Aunque no era muy buena tiradora y le temblaba el pulso, a esa distancia ni siquiera una ciega hubiera fallado; Vanessa lo sabía, y Guillemot también. Por eso levantó las manos.
No dispare.
Si mueve un solo músculo...
Por favor.... no dispare.
Ahora me llevará usted hasta el señor Gomm y los otros. De prisa y sin hacer ruido.
¿Porqué?
Lléveme con él —le ordenó, indicándole con la punta del rifle que saliera del cuarto de baño y fuera delante —. Sé que esto no es muy caballeroso, pero ocurre que no soy un caballero. Sólo soy una mujer imprevisible. De modo que tráteme con cuidado.
...Sí.
La obedeció mansamente; la condujo fuera del edificio y a través de una serie de corredores que los llevó —al menos eso dedujo ella— hacia el campanario y el complejo que se amontonaba a su alrededor. Siempre había supuesto que aquél era el corazón de la fortaleza y que allí había una capilla. No podía haber estado más equivocada. La capa externa podía ser un techo de tejas y paredes blancas, pero aquello no era más que la fachada; al trasponer el umbral se encontraron ante una maraña que más se parecía a un bunker que a un lugar de adoración. Se le ocurrió que aquella estructura había sido construida para soportar un ataque nuclear, impresión que se vio reforzada por el hecho de que todos los corredores conducían hacia abajo. Si aquello era un manicomio, estaba construido para albergar a unos dementes muy extraños.
¿Qué es este lugar? —le preguntó a Guillemot.
Lo llamamos el Tocador —repuso él—. Es donde pasa todo.
En ese momento pasaba muy poco; la mayoría de las oficinas que daban al pasillo estaban a oscuras. En una habitación, una computadora calculaba sus probabilidades de pensamiento independiente sin ser atendida; en otra, una máquina de télex se escribía cartas de amor a sí misma. Bajaron a las entrañas de aquel lugar sin ser molestados, hasta que, al doblar una esquina, se toparon de frente con una mujer arrodillada que fregaba el linóleo. El encuentro asustó a ambas partes, y Guillemot se apresuró a tomar la iniciativa. Empujó a Vanessa hacia la pared y salió por piernas. Antes de que pudiera apuntarle, el hombre había desaparecido.
Vanessa se maldijo. En cuestión de instantes, las alarmas comenzarían a sonar y los guardas llegarían corriendo. Si permanecía donde se encontraba, estaría perdida. Las tres salidas de aquel pasillo parecían igualmente poco prometedoras, por lo que escogió la más cercana; la limpiadora se quedó mirando cómo se iba. La ruta que siguió resultó ser otra aventura. La condujo a través de una serie de habitaciones; una de ellas estaba tapizada de decenas de relojes que indicaban diferentes horas; en la siguiente había algo más de cincuenta teléfonos negros; en la tercera, que era la más amplia, las paredes estaban cubiertas de pantallas de televisión. Estaban apiladas, unas sobre las otras, desde el suelo hasta el techo. Sólo en una había imagen; las demás estaban a oscuras. La excepción a la regla mostraba lo que en un primer momento interpretó como una lucha en el barro, pero que después resultó ser una copia mala de una película pornográfica. Repantigada en una silla, mirando la película con una lata de cerveza haciendo equilibrios sobre el estómago, había una monja bigotuda. Se levantó al entrar Vanessa: lo habían pescado con las manos en la masa. Le apuntó con el rifle.
Lo mataré de un disparo —le dijo Vanessa.
Mierda.
¿Dónde están Gomm y los demás?
¿Cómo?
¿Dónde están? —repitió—. ¡De prisa!
Al fondo del vestíbulo. Gire a la izquierda y luego vuelva a girar a la izquierda —le informó. Luego agregó—: No quiero morir.
Entonces siéntese y quédese callado.
Gracias a Dios.
Eso mismo, agradézcaselo —le ordenó Vanessa.
Cuando salió de la habitación, el tipo cayó de rodillas; a sus espaldas los que luchaban en el barro continuaron con sus cabriolas.
A la izquierda y otra vez a la izquierda. Las instrucciones resultaron fructíferas: la condujeron a una serie de habitaciones. Se disponía a llamar a una de las puertas cuando sonó la alarma. Lanzando toda precaución al viento, abrió de un empellón todas las puertas. Desde el interior de los cuartos, unas voces se quejaron de que los despertaran y preguntaron por qué sonaba la alarma. En la tercera habitación encontró a Gomm. El nombre le sonrió.
Vanessa —le dijo, y salió disparado hacia el corredor. Vestía una larga túnica; no llevaba nada más—. Ha venido, ¿eh? ¡Ha venido!
Adormilados, los demás comenzaron a salir de sus habitaciones. Ireniya, Floyd, Mottershead, Goldberg. Al ver sus caras arreboladas comprendió que era verdad que entre los cuatro sumaban cuatrocientos años.
Despertad, vejetes —les dijo Gomm.
Había encontrado un par de pantalones y se los estaba poniendo.
Está sonando la alarma... —comentó uno cuyo pelo blanco brillante casi le tocaba los hombros.
No tardarán en llegar... —dijo Ireniya.
Da igual —repuso Gomm.
Estoy listo —anunció Floyd ya vestido.
Pero son más que nosotros —protestó Vanessa—. Nunca saldremos con vida.
Tiene razón —dijo uno, mirándola de soslayo—. Es inútil.
Cállate, Goldberg —le espetó Gomm—. Lleva un rifle, ¿no?
Uno —observó el hombre del pelo blanco. Debía de ser Mottershead—. Un rifle contra todos ellos.
Yo me vuelvo a la cama —dijo Goldberg.
Es una oportunidad para huir —dijo Gomm—. Probablemente la única que tendremos jamás.
Tiene razón —dijo la mujer.
¿Y los juegos qué? —les recordó Goldberg.
Olvídate de los juegos —le sugirió Floyd—, que se preocupen ellos.
Es demasiado tarde —dijo Vanessa—. Ya vienen. —De ambos extremos del corredor les llegaron unos gritos—. Estamos atrapados.
Bien —dijo Gomm.
Está usted loco —le dijo Vanessa llanamente.
Todavía puede dispararnos —le repuso con una sonrisa.
Quiero salir de aquí, pero no es para tanto —gritó Floyd.
¡Amenácelos! ¡Amenácelos! —gritó Gomm—. Dígales que si intentan algo nos matará a todos.
Ireniya sonrió. Se había dejado la dentadura postiza en la habitación.
No es usted sólo una cara bonita —le dijo ella a Gomm.
Tiene razón —dijo Floyd con una sonrisa de oreja a oreja—. No se atreverían a ponernos en peligro. Tendrán que dejarnos ir.
Estáis locos —murmuró Goldberg—. Allá afuera no hay nada para nosotros...
Regresó a su habitación y cerró de un portazo. Al hacerlo, una masa de guardas bloqueó ambos extremos del corredor. Gomm sujetó el rifle de Vanessa y lo levantó hasta dejarlo apuntando a su propio corazón.
Sea amable —siseó, y le tiró un beso.
Baje el arma, señora Jape —le dijo una voz familiar. El señor Klein apareció entre la multitud de guardas—. Está completamente rodeada, créame.
Los mataré a todos —anunció Vanessa un tanto vacilante. Y con más sentimiento, añadió—: Os lo advierto, estoy desesperada. Los mataré a todos antes de que me disparéis.
Ya veo... —dijo Klein en voz baja—. ¿Por qué supone que me importa un bledo si los mata o no? Están locos, ya se lo he dicho; son todos dementes, asesinos...
Usted y yo sabemos que no es verdad —repuso Vanessa, cobrando confianza al ver la ansiedad reflejada en el rostro de Klein — . Quiero que abran el portón de entrada y me entreguen las llaves de mi coche. Le advierto, señor Klein, que si intenta hacer alguna estupidez mataré sistemáticamente a estos rehenes. Despida a sus matones y obedezca.
El señor Klein titubeó y luego hizo una indicación de retirada general.
Bien hecho —susurró Gomm con la mirada brillante.
¿Por qué no me indica el camino? —sugirió Vanessa.
Gomm hizo lo que le ordenaban; el pequeño grupo salió serpeando por delante de la masa de relojes, teléfonos y pantallas de vídeo. A cada paso, Vanessa esperaba que una bala fuera a su encuentro, pero estaba claro que al señor Klein le preocupaba demasiado la salud de los ancianos como para arriesgarse a no tomarla en serio. Salieron al aire libre sin incidentes.
En el exterior, los guardas se pusieron en evidencia, aunque intentaban permanecer ocultos. Vanessa siguió apuntando con el rifle a los cuatro cautivos mientras avanzaban por los patios hasta donde estaba estacionado su coche. Habían abierto el portón.
Gomm —susurró—. Abra las puertas del coche.
Gomm obedeció. Le había dicho que la edad los había encogido a todos, y tal vez fuera cierto, pero eran cinco personas las que debían entrar en el pequeño vehículo, e iba hasta los topes. Vanessa fue la última en subir. Cuando se agachó para ocupar el asiento del conductor, sonó un disparo, y sintió un golpe en el hombro. Soltó el rifle.
¡Hijos de perra! —exclamó Gomm.
Déjala —dijo alguien claramente desde el asiento posterior, pero Gomm ya había salido del coche y la estaba metiendo detrás, junto a Floyd. Luego ocupó el asiento del conductor y puso el motor en marcha.
¿Sabes conducir? —inquirió Ireniya.
¡Por supuesto que sé conducir, maldita sea! —le replicó.
El coche dio un bandazo hacia adelante y traspuso la entrada con las marchas chirriando.
A Vanessa nunca le habían disparado, y esperaba —si sobrevivía a aquel episodio— evitar que volviera a ocurrirle. La herida del hombro le sangraba copiosamente. Floyd hizo lo que pudo para taponarle la herida, pero la forma en que conducía Gomm dificultaba sobremanera toda ayuda realmente constructiva.
Hay un sendero... —logró decirle Vanessa—, desviándonos por allí.
¿Por allí, dónde? —gritó Gomm.
¡A la derecha! ¡A la derecha! —gritó ella a su vez. Gomm separó ambas manos del volante y las miró. —¿Cuál es la derecha?
Por el amor de Dios...
Ireniya, que ocupaba el asiento de al lado, le volvió a colocar las manos en el volante. El coche ejecutó una tarantela. Vanessa gemía a cada bote.
¡Ya lo veo! —gritó Gomm—. ¡Veo el sendero!
Pisó a fondo el acelerador. Una de las puertas traseras, que no había cerrado bien, se abrió de golpe, y Vanessa estuvo a punto de salir despedida. Mottershead pasó por delante de Floyd y la aferró, devolviéndola a la seguridad, pero antes de que lograsen cerrarla, la puerta se golpeó contra el peñasco que marcaba la convergencia de los dos senderos. El coche pegó una violenta sacudida cuando la puerta fue arrancada de sus goznes.
Necesitábamos más aire —comentó Gomm, y siguió conduciendo.
El de ellos no era el único motor que perturbaba la noche del Egeo. Detrás se veían unas luces, y se oía el sonido de una frenética persecución. El rifle de Guillemot se había quedado en el convento, y ya no podían valerse de la muerte repentina para negociar; Klein lo sabía.
¡Acelera a fondo! —rugió Floyd, sonriendo de oreja a oreja — . Nos siguen.
Voy tan de prisa como puedo —dijo Gomm.
Apaga las luces —sugirió Ireniya—. Así ya no ofreceremos tan buen blanco.
Entonces no veré el sendero —se quejó Gomm por encima del rugido del motor.
¿Y qué? De todos modos tampoco estás yendo por él. Mottershead se echó a reír y —en contra de sus mejores instintos —
Vanessa lo imitó. Quizá la pérdida de sangre la hubiera vuelto irresponsable, pero no pudo contenerse. Cuatro matusalenes y ella misma en un coche con tres puertas dando vueltas en la oscuridad: sólo un loco se habría tomado aquello en serio. Y allí estaba la prueba irrefutable de que aquella gente no estaba loca, tal como Klein los había clasificado, porque también veían el lado humorístico de aquel episodio. Gomm incluso se había puesto a cantar mientras conducía: fragmentos de Verdi y una versión en falsete de Over the rainbow.
Y si —tal como su mente obnubilada había deducido— aquellas criaturas estaban tan cuerdas como ella, entonces, ¿qué pasaba con la historia que Gomm le había contado? ¿Sería también cierta? ¿Era posible que ese puñado de risueños pacientes de geriatría hubieran mantenido a raya el apocalipsis?
¡Se nos acercan! —anunció Floyd.
Estaba de rodillas sobre el asiento trasero, mirando por la ventanilla.
No lo lograremos —observó Mottershead. sin dejar de reírse — . Moriremos todos.
¡Allí! —aulló Ireniya — . ¡Allí hay otro sendero! ¡Ve por ahí! ¡Ve por ahí!
Gomm giró el volante y el coche estuvo a punto de volcar al dejar el sendero principal y seguir la nueva ruta. Con las luces apagadas resultaba imposible ver más que un relumbre del camino que se abría delante, pero Gomm no se iba a amilanar ante consideraciones de menor cuantía como aquéllas. Aceleró a fondo hasta que el motor chilló. Se levantó una polvareda que entró por el agujero que la puerta había tapado; una cabra huyó del sendero, librándose por segundos de perder la vida.
¿Adonde vamos? —gritó Vanessa.
No tengo ni idea —repuso Gomm—. ¿Y usted?
Cualquiera que fuese el lugar al que se dirigían, iba a una buena velocidad. Aquel sendero era más llano que el que acababan de abandonar, y Gomm sacaba pleno partido de ese hecho. Nuevamente se puso a cantar.
Mottershead estaba asomado a la ventanilla de atrás; el pelo le volaba al viento mientras vigilaba a sus perseguidores.
¡Los hemos perdido! —aulló con aire triunfante — . ¡Los hemos perdido!
Un regocijo generalizado hizo presa de los viajeros y todos se pusieron a cantar con H. G. Cantaban tan alto que Gomm no logró oír a Mottershead cuando le informó de que el camino daba la impresión de desaparecer delante de ellos. H. G. no advirtió que había conducido el coche más allá del acantilado hasta que el vehículo cayó en picado y el mar salió a su encuentro.


¿Señora Jape? ¿Señora Jape?
Vanessa despertó en contra de su voluntad. Le dolían la cabeza y e! brazo. Últimamente había pasado por momentos tremendos, aunque tardó un rato en recordar su esencia. Entonces volvieron los recuerdos. El coche que saltaba por encima del acantilado; el mar frío que entraba a borbotones por la puerta abierta; los gritos desesperados que la rodearon cuando el vehículo se hundió. Semiinconsciente, había luchado por salir; vagamente notó que Floyd flotaba a su lado. Lo había llamado por su nombre, pero no le había contestado. Lo repitió ahora.
Está muerto — le dijo el señor Klein —. Están todos muertos. —Dios mío —murmuró Vanessa.
No le miraba a la cara, sino a la mancha de chocolate que tenía en el chaleco.
No se preocupe por ellos ahora —sugirió Klein.
¿Que no me preocupe?
Hay otros asuntos más importantes, señora Jape. Tiene que levantársele prisa.
La urgencia que reflejaba la voz de Klein hizo incorporar a Vanessa.
¿Es de día? —preguntó.
En la habitación no había ventanas. A juzgar por las paredes de hormigón, se encontraban en el Tocador.
Sí, es de día —repuso Klein, impaciente — . ¿Quiere acompañarme? He de enseñarle una cosa.
Abrió la puerta y salieron al lóbrego corredor. Un poco más adelante, daba la impresión de que había una discusión; docenas de voces acalarodas, imprecaciones y súplicas.
¿Qué ocurre?
Se están preparando para el Apocalipsis —repuso él. La condujo hasta la habitación en la que Vanessa había visto anteriormente a los luchadores en el barro. Todas las pantallas de vídeo zumbaban; en cada una aparecía una imagen diferente. Eran salas de guerra y despachos presidenciales, las Oficinas del Gabinete y las Salas de Congresos. En cada una de ellas había alguien que gritaba.
Ha estado inconsciente durante dos días enteros —le informó Klein, como si aquello lograra explicar el caos.
A Vanessa ya le dolía la cabeza. Miró de pantalla en pantalla: de Washington a Hamburgo, de Sydney a Río de Janeiro. En todos los rincones del planeta, los poderosos estaban a la espera de noticias. Pero los oráculos habían muerto.
No son más que actores —dijo Klein, señalando las pantallas vociferantes— . No están capacitados para echar una carrera a la pata coja, y mucho menos para gobernar el mundo. Se están poniendo histéricos y se mueren de ganas de apretar el botón.
¿Y qué se supone que debo hacer? —le espetó Vanessa. Aquella torre de Babel la deprimía—. No soy estratega.
Tampoco lo eran Gomm y los otros. Hace tiempo pudieron serlo, pero las cosas se vinieron abajo muy pronto.
Los sistemas se deterioran —dijo Vanessa.
Una verdad como la copa de un pino. Cuando yo llegué, la mitad del comité había muerto ya. Y el resto había perdido todo interés en sus deberes...
Pero continuaron emitiendo sus juicios, al menos eso me dijo H. G.
Claro que sí.
¿Gobernaban el mundo?
En cierto modo —repuso Klein.
¿Qué quiere decir con eso de en cierto modo?
Klein miró las pantallas. Sus ojos parecían a punto de inundarse de lágrimas.
¿No se lo explicó? Jugaban a los juegos, señora Jape. Cuando se aburrieron de utilizar la razón y de oír el sonido de sus propias voces, abandonaron el debate y empezaron a lanzar la moneda.
No.
Ya organizar carreras de ranas, claro. Era el método preferido.
Pero los gobiernos... —protestó Vanessa— seguramente no se limitarían a aceptar...
¿Usted cree que les importa? —inquirió Klein—. Con tal de estar en boca del público, ¿qué importancia tienen para ellos las palabrerías que escupen o cómo llegaron a elaborarlas?
¿Todo fue pura casualidad? —inquirió Vanessa. La cabeza le daba vueltas.
¿Por qué no? Se trata de una tradición respetable. Las naciones han sucumbido por decisiones adivinadas al leer las entrañas de las ovejas.
Es absurdo.
Coincido con usted. Pero le pregunto con toda honestidad, ¿es acaso eso más terrible que dejar el poder en manos de ésos?
Señaló las filas de rostros iracundos. Los demócratas sudaban desesperados ante la posibilidad de que el mañana los encontrara sin causas que desposar ni aplausos que ganar; los déspotas estaban aterrados de que, al carecer de instrucciones, sus crueldades perdieran apoyo y fueran derrocados. Un primer ministro había sufrido, al parecer, un ataque bronquial, y dos de sus asesores lo sostenían; otro aferraba un revólver y lo apuntaba a la pantalla, exigiendo una satisfacción; un tercero mascaba su peluquín. ¿Serían aquéllos los mejores frutos del árbol político? ¿Unos idiotas parloteantes, provocadores y lisonjeros, empujados a la apoplejía porque nadie les indicaba hacia dónde saltar? Entre ellos no había un solo hombre ni una sola mujer en los que Vanessa hubiera confiado ni siquiera para dejarse guiar hasta el otro lado del camino.
Mejor lo de las ranas —murmuró Vanessa; amargo pensamiento aquél.


Después de la mortecina iluminación del refugio, la luz del patio resultó enceguecedoramente brillante, pero Vanessa se alegró de no oír las estridencias del interior. Mientras salían al aire libre, Klein le comentó que no tardarían en reunir un nuevo comité: en cuestión de semanas se restablecería el equilibrio. Mientras tanto, las desesperadas criaturas que acababa de contemplar podían reducir a polvo el planeta. Necesitaban opiniones y muy pronto.
Goldberg está vivo —dijo Klein — . Y continuará con los juegos, pero para jugar hacen falta dos personas.
¿Por qué no usted?
Porque me odia. Nos odia a todos. Dice que sólo jugará con usted.
Goldberg estaba sentado debajo de un laurel, jugando al solitario. Era un proceso lento. Su miopía lo obligaba a llevarse cada naipe a pocos centímetros de la nariz para verla, y cuando llegaba al final de la hilera de cartas se había olvidado de las que había al principio.
La señora Jape está de acuerdo —dijo Klein. Goldberg no levantó la mirada del juego—. Le he dicho que está de acuerdo.
Soy ciego, no sordo —repuso Goldberg, sin dejar de examinar las cartas. Finalmente, cuando levantó la vista, fue para mirar torcidamente a Vanessa—. Ya les dije que acabarían mal... —comentó en voz baja; Vanessa supo que tras esa demostración de fatalismo el anciano lamentaba la pérdida de sus compañeros—. Les dije desde el principio que habíamos venido aquí para quedarnos. No tenía sentido huir. —Se encogió de hombros y siguió jugando—. ¿Huir adonde? El mundo ha cambiado. Lo sé. Nosotros lo hemos cambiado.
No ha ido tan mal —le dijo Vanessa.
¿El mundo?
La forma en que murieron.
Ah.
Nos divertimos hasta el último momento.
Gomm era un sentimental —dijo Goldberg—. Nunca nos caímos demasiado bien.
Una enorme rana saltó delante de Vanessa. El movimiento llamó la atención de Goldberg.
¿Quiénes? —inquirió.
El bicho contempló funestamente el pie de Vanessa.
Es una rana —repuso ella.
¿Qué aspecto tiene?
Es gorda —repuso—. Tiene tres puntos rojos en el lomo.
Es Israel —le dijo—. No la pise.
¿Podremos contar con alguna decisión al mediodía? —interrumpió Klein—. Especialmente sobre la situación del Golfo y el contencioso mexicano y...
Sí, sí. Y ahora váyase —le ordenó Goldberg.
... Podríamos desembocar en otra Bahía de Cochinos...
No me dice nada que ya no sepa. ¡Váyase! Está molestando a las naciones. —Miró de reojo a Vanessa—. Y bien, ¿va a sentarse o no?
Vanessa se sentó.
Los dejo trabajar —dijo Klein y se retiró.
Goldberg había comenzado a producir un sonido gutural —«croac-croac-croac»—, imitando el canto de las ranas. Desde todos los extremos del patio les llegó el croar de las ranas. Al oír su canto, Vanessa reprimió una sonrisa. La farsa, se había dicho a sí misma en una ocasión anterior, debía interpretarse con cara seria, como si uno se creyera hasta la última y ridícula palabra. Sólo la tragedia necesitaba de las risas, pero, con ayuda de las ranas, aún estaban a tiempo de impedirla.


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