BLOOD

william hill

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viernes, 17 de septiembre de 2010

LA INVENCION DE LA SOLEDAD

Paul Auster
La invención de la soledad
Retrato de un hombre invisible
..
Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y
sorprendente cuando la encuentras.
HERÁCLITO
..
Había vivido solo durante quince años, una vida tenaz y opaca, como si fuera inmune al
mundo. No parecía un hombre que ocupaba un espacio, sino más bien un bloque
impenetrable de espacio en forma de hombre. El mundo rebotaba contra él, se estrellaba
en él y a veces se adhería a él; pero nunca logró atravesarlo. Durante quince años vivió
como un fantasma, absolutamente solo, en una casa enorme, la misma casa donde murió.
Allí habíamos vivido una breve temporada como una familia, mi padre, mi madre, mi
hermana y yo; pero después del divorcio de mis padres, todos nos dispersamos: mi madre
comenzó una nueva vida, yo me fui a la universidad, y mi hermana se quedó con mi madre
hasta que también a ella le llegó la hora de marcharse a estudiar. Sólo mi padre permaneció
allí, tal vez porque una cláusula de la sentencia de divorcio estipulaba que a mi madre le
correspondía una parte de la casa y que recibiría la mitad de las ganancias cuando ésta se
vendiera (lo que hacía que él se resistiera a vender), o bien por una secreta repulsa a cambiar
de vida (para demostrar al mundo que el divorcio no había alterado su vida hasta el grado
de hacerle perder su control sobre ella) o simplemente por inercia, un letargo emocional
que lo incapacitaba para cualquier forma de acción. Lo cierto es que siguió allí, solo
en una casa en la que podrían haber vivido siete u ocho personas.
Era un lugar impresionante: viejo, de una arquitectura maciza de estilo Tudor, con
vidrieras emplomadas, techo de pizarra y habitaciones de magníficas proporciones. Su
compra había significado un gran paso para mis padres, un signo de prosperidad. Era
el mejor barrio de la ciudad, y a pesar de que no era muy divertido vivir allí (en
especial para los niños), el prestigio de la zona superaba su mortífero aburrimiento.
Resulta extraño pensar que al principio mi padre se resistía a mudarse, teniendo en
cuenta que acabaría pasando el resto de su vida allí. Se quejaba de su precio (un tema
constante), y cuando por fin cedió, lo hizo con evidente malhumor. Sin embargo pagó
al contado, todo de una vez; nada de hipoteca ni de plazos mensuales. Corría el año
1959 y los negocios le iban bien.
Siempre fue un hombre de rutina. Se iba a la mañana temprano, trabajaba duro
todo el día y luego, cuando volvía a casa (los días que no trabajaba hasta tarde) hacía
una breve siesta antes de la cena. Una vez, durante nuestra primera semana en la casa
nueva, antes de que nos estableciéramos del todo, cometió un curioso error. En lugar
de conducir hacia la casa nueva a la salida del trabajo, se dirigió a la vieja tal como
había hecho durante años; aparcó su coche en el camino, entró en la casa por la puerta
trasera, subió las escaleras, se metió en el dormitorio y se acostó a dormir. Durmió
durante una hora, y como es obvio, cuando la nueva dueña de la casa volvió y se
encontró a un extraño durmiendo en su cama, se sorprendió mucho. Pero a diferencia
de Rizos de Oro, mi padre no dio un salto y salió corriendo. Al final la confusión se
aclaró y todo el mundo rió de buena gana. El recuerdo de aquel incidente todavía me hace
gracia, y sin embargo, no puedo dejar de considerar esta historia como un hecho patético.
Una cosa es que un hombre vuelva por error a su antigua casa, pero otra muy distinta es
que no note que todo ha cambiado en su interior. Hasta a la mente más cansada o
distraída le queda un resabio de instinto animal que confiere al cuerpo una ligera idea de
su situación. Era necesario estar casi inconsciente para no ver, ni siquiera intuir, que la
casa ya no era la misma. Como dice uno de los personajes de Becket, «el hábito es el
mayor insensibilizador». Y si la mente no es capaz de responder a la evidencia material,
¿cómo reaccionará ante la evidencia emocional?
En los últimos quince años no hizo prácticamente ninguna reforma en la casa. No agregó ni
quitó muebles, no cambió el color de las paredes, no renovó la vajilla; ni siquiera se deshizo
de los vestidos de mi madre, sólo se limitó a guardarlos en un armario del desván. La
magnitud de la casa lo absolvía de tomar decisiones sobre su contenido. No era que se
aferrara al pasado e intentara conservar la casa como un museo; por el contrario, parecía
inconsciente de lo que hacía. Era la negligencia lo que lo movía, no el recuerdo, y a pesar
de que siguió viviendo en la casa durante mucho tiempo, lo hizo como si fuera un
extraño. A medida que pasaban los años, pasaba menos y menos tiempo allí. Casi siempre
comía en restaurantes, arreglaba sus encuentros sociales como para tener todas las
noches ocupadas y usaba la casa sólo como un sitio adonde ir a dormir. Una vez, hace
varios años, le comenté cuánto había ganado por mis traducciones y mis publicaciones el
año anterior (en realidad no era mucho, pero sí más de lo que había ganado los años
anteriores) y me respondió divertido que él gastaba una suma mayor sólo en comer afuera.
Lo cierto es que su vida no se centraba en el lugar donde vivía; su casa era sólo uno de
los tantos lugares de parada en su inquieta y desarraigada existencia y esta falta de raíces lo
convertía en un perpetuo forastero, un turista en su propia vida. Daba la impresión de
que siempre estaba ilocalizable. Sin embargo, creo que la casa es importante, quizás
porque su estado de desidia resulta un reflejo sintomático de una personalidad inaccesible
por cualquier otro camino, que sólo alcanzaba a manifestarse a través de imágenes concretas
de conducta inconsciente. La casa se convirtió en una metáfora de la vida de mi padre, la
representación auténtica y fidedigna de su mundo interior, porque a pesar de que conservó
la casa ordenada y más o menos en su estado anterior, ésta sufrió un proceso gradual e
inevitable de desintegración. Era ordenado, siempre colocaba las cosas en su sitio, pero no
cuidaba nada, ni siquiera limpiaba. Los muebles, sobre todo los de las habitaciones en que
no entraba casi nunca, estaban cubiertos de polvo y telas de araña, signos de un desinterés
absoluto; el horno de la cocina estaba tan lleno de restos de comida pegada que era
prácticamente inservible, y en los armarios permanecían —a veces durante años— paquetes
de harina llenos de bichos, galletas rancias, bolsas de azúcar que se habían convertido en
bloques sólidos, frascos de sirope que ya no podían abrirse. Cuando se preparaba una
comida, inmediatamente se preocupaba de lavar los platos... pero sólo con agua, nunca
usaba jabón, de modo que todas las tazas, los platillos y los platos estaban cubiertos
de una opaca partícula de grasa. Las persianas de la casa, que permanecían siempre
bajas, estaban tan desgastadas que el más mínimo tirón podía hacerlas pedazos. La
humedad se filtraba por todas partes y manchaba los muebles, la caldera no daba
suficiente calor, la ducha no funcionaba. La casa se había convertido en una ruina y
resultaba deprimente entrar en ella. Uno tenía la sensación de que se encontraba en la
vivienda de un ciego.
Los amigos y la familia, al tanto de su extravagante forma de vida, insistían en que
vendiera y se mudara a otro lado. Pero él siempre lograba disuadirlos con un
indiferente: «Aquí estoy a gusto» o «la casa está bien para mí». Sin embargo, por
fin decidió vender. Al final, en la última conversación telefónica que tuvimos diez
días antes de su muerte, me dijo que la casa había sido vendida y que el trato se cerraría
el primero de febrero, unas tres semanas más tarde. Quería saber si había algo en la
casa que me sirviera y quedé en ir a visitarlo con mi esposa y Daniel el primer día libre
que tuviera. Murió antes de que tuviéramos oportunidad de hacerlo.
Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de
un hombre muerto. Los objetos son inertes y sólo tienen significado en función de la
vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque
permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a
sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen. ¿Qué puede decirnos, por
ejemplo, un armario lleno de ropa que espera en silencio ser usada otra vez por un
hombre que no volverá a abrir la puerta? ¿Y los paquetes de preservativos en cajones
llenos de ropa interior y calcetines? ¿Y la afeitadora eléctrica que está en el baño,
todavía llena de la pelusa del último afeitado? ¿O una docena de frascos vacíos de tinte
para el pelo escondidos en un maletín de piel? De repente se revelan cosas que uno no
quiere ver, no quiere saber. Producen un efecto conmovedor, pero al mismo tiempo
horrible. Por sí mismas, las cosas no significan nada, como los utensilios de cocina de
una civilización antigua; pero sin embargo nos dicen algo, siguen allí no como simples
objetos, sino como vestigios de pensamientos, de conciencia; emblemas de la soledad
en que un hombre toma las decisiones sobre su propia vida: teñirse el pelo, usar una
camisa u otra, vivir o morir. Y una vez que ha llegado la muerte, todo es absolutamente
inútil.
Cada vez que abría un cajón o metía la cabeza en uno de sus armarios, me sentía
como un intruso, un ladrón saqueando los lugares secretos de la mente de un hombre.
Tenía la sensación de que mi padre entraría en cualquier momento, me miraría con
incredulidad y me preguntaría qué demonios estaba haciendo. No parecía justo que no
pudiera protestar; yo no tenía derecho a invadir su vida privada.
Un número de teléfono garabateado de prisa al dorso de una tarjeta de visita
decía: «H. Limeburg. Todo tipo de cubos de basura». Fotografías de la luna de miel
de mis padres en las cataratas del Niágara, en 1946: mi madre sentada con
nerviosismo sobre un toro, posando para una de esas fotos cómicas que nunca
resultan cómicas. Una súbita sensación de qué irreal que había sido la vida, incluso en su
prehistoria. Un cajón lleno de martillos, clavos y más de veinte destornilladores. Un
archivador lleno de cheques cancelados de 1953 y las tarjetas de felicitación que recibí para
mi sexto cumpleaños. Y luego, enterrado en el fondo de un cajón del baño, un cepillo de
dientes con iniciales grabadas que había pertenecido a mi madre y que nadie había tocado o
mirado en más de quince años.
La lista es interminable.
Pronto me di cuenta de que mi padre no había hecho casi ningún preparativo para marcharse.
Los únicos signos de su inminente mudanza que encontré en toda la casa fueron unas pocas
cajas de libros, todos triviales (un atlas desactualizado, una introducción a la electrónica de
hacía cincuenta años, una gramática de latín del bachillerato, viejos compendios de
leyes). Eso era todo. No había cajas vacías aguardando que las llenaran, ni muebles para
regalar o vender; ningún acuerdo con una compañía de mudanzas. Era como si no hubiera
podido enfrentarse a ello. Había decidido morir, antes que vaciar la casa. La muerte era una
evasión, la única huida legítima. Sin embargo, yo no podía escapar; había que ocuparse de
todo y nadie más que yo podía hacerse cargo. Durante diez días ordené sus cosas,
desocupé la casa y la dejé lista para la llegada de sus nuevos dueños. Fueron unos días
horribles, aunque con momentos curiosamente cómicos; unos días de decisiones
atolondradas y absurdas sobre qué vender, qué tirar y qué regalar. Mi esposa y yo
compramos un gran tobogán de madera para Daniel, nuestro hijo de dieciocho meses,
y lo montamos en la sala. El disfrutaba del caos: lo revolvía todo, se ponía pantallas de
lámparas como sombrero, desparramaba fichas de póquer de plástico por toda la casa y
corría por los amplios espacios de las habitaciones cada vez más vacías. Por la noche, mi
esposa y yo nos echábamos bajo colchas monolíticas a ver malísimas películas por
televisión, hasta que también se llevaron el televisor. La caldera no funcionaba bien, y si
olvidaba llenarla de agua podía estropearse del todo.
Una mañana nos despertamos y descubrimos que la temperatura de la casa había
bajado a menos de cinco grados. El teléfono sonaba veinte veces al día y veinte veces al
día tenía que informar a alguien de la muerte de mi padre. Me había convertido en un
vendedor de muebles, un peón de mudanzas y un mensajero de malas noticias.
La casa parecía el escenario de una vulgar comedia de costumbres. Los parientes venían a
pedir un mueble o un artículo de la vajilla, se probaban los trajes de mi padre y vaciaban las
cajas mientras hablaban sin cesar como cotorras. Los subastadores venían a examinar la
mercancía («Nada tapizado, no valen un céntimo»), fruncían la nariz y se marchaban. Los
basureros entraban con sus pesadas botas y sacaban montañas de basura. El hombre del agua
vino a leer el contador del agua; el del gas, el contador del gas; el del petróleo, el
contador del petróleo. Uno de ellos, no recuerdo cuál, había tenido problemas con mi
padre hacía años y me dijo con un aire de brutal complicidad:
—No me gusta decir esto —en realidad le encantaba—, pero su padre era un asqueroso
cabrón.
La encargada de la inmobiliaria vino a comprar algunos muebles para los nuevos
dueños y acabó llevándose un espejo para ella. La dueña de una tienda de objetos exóticos
compró los sombreros antiguos de mi madre. Un trapero vino con cuatro ayudantes
(cuatro negros llamados Luther, Ulysses, Tommy Pride y Joe Sapp) y cargaron en sus
carros desde un juego de pesas a una tostadora rota. Cuando acabaron, ya no quedaba
nada. Ni siquiera una postal. Ni siquiera un pensamiento.
Sin duda el peor momento de aquellos días fue cuando salí al jardín bajo una lluvia
torrencial a cargar un montón de corbatas de mi padre en la camioneta de una institución
benéfica. Debía de haber más de cien corbatas y yo recordaba varias de mi infancia: los
dibujos, los colores y las formas habían quedado grabadas en mi conciencia temprana con
la misma claridad que la cara de mi padre. Verme a mí mismo deshaciéndome de ellas
como del resto de la basura se me hizo intolerable y fue entonces, en el preciso momento
en que las deposité en la camioneta, cuando estuve más cerca de las lágrimas. El acto de
desprenderme de las corbatas parecía simbolizar para mí el verdadero funeral, más que la
visión del ataúd al ser colocado en el foso. Por fin comprendí que mi padre estaba
muerto.
Ayer, una niña de la vecindad vino a jugar con Daniel. Es una pequeña de unos tres años
y medio que acaba de aprender que los adultos también han sido niños y que incluso su
madre y su padre tienen padres. De repente, la niña levantó el teléfono e inició una
conversación simulada, luego se volvió hacia mí y dijo:
—Paul, es tu padre. Quiere hablar contigo.
Fue horrible. Por un instante pensé que había un fantasma al otro extremo de la
línea y que realmente quería hablar conmigo.
—No —dije por fin de forma abrupta—, no puede ser mi padre. Hoy no puede
llamar porque está en otro sitio.
Esperé a que colgara el teléfono y salí de la habitación.
En el armario de su dormitorio había encontrado cientos de fotografías, algunas dentro
de sobres de papel Manila, otras pegadas a las páginas arrugadas y negras de álbumes y
otras más sueltas, desparramadas por los cajones. Por la forma en que las guardaba,
deduje que nunca las miraba, y que probablemente incluso habría olvidado que
estaban allí. Un álbum muy grande, encuadernado en piel fina y con letras
doradas grabadas en la cubierta decía: «Los Auster. Esta es nuestra vida» y estaba
completamente vacío. Alguien, sin duda mi madre, había encargado el álbum, pero nadie
se había tomado la molestia de llenarlo.
Una vez de vuelta en casa, me puse a examinar las fotografías con una fascinación
casi obsesiva. Las encontraba irresistibles, valiosas, algo así como reliquias sagradas.
Tenía la impresión de que podrían ofrecerme una información que yo no poseía,
revelarme una verdad hasta entonces secreta, y estudié cada una de ellas con atención,
fijándome en los más mínimos detalles, la sombra más insignificante, hasta que todas
las imágenes se convirtieron en una parte de mí mismo. No quería que nada se me
escapara.
La muerte despoja al hombre de su alma. En vida, un hombre y su cuerpo son
sinónimos; en la muerte, una cosa es el hombre y otra su cuerpo. Decimos: «Éste es el
cuerpo de X», como si el cuerpo, que una vez fue el hombre mismo y no algo que lo
representaba o que le pertenecía, sino el mismísimo hombre llamado X, de repente careciera
de importancia. Cuando un hombre entra en una habitación y uno le estrecha la mano,
no siente que es su mano lo que estrecha, o que le estrecha la mano a su cuerpo, sino
que le estrecha la mano a él. La muerte lo cambia todo. Decimos «éste es el cuerpo de
X» y no «éste es X». La sintaxis es completamente diferente. Ahora hablamos de dos cosas
en lugar de una, dando por hecho que el hombre sigue existiendo, pero sólo como idea,
como un grupo de imágenes y recuerdos en las mentes de otras personas; mientras que
el cuerpo no es más que carne y huesos, sólo un montoncillo de materia.
El descubrimiento de esas fotografías fue importante para mí porque parecían
reafirmar la presencia física de mi padre en el mundo, permitirme la idea ilusoria de que
aún estaba allí. El hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas
para mí, sobre todo las de su juventud, me daba la extraña sensación de que lo veía por
primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre;
pero al mismo tiempo lo había encontrado. Mientras mantuviera aquellas fotografías ante
mi vista, mientras las siguiera contemplando con absoluta atención, sería como si estuviera
vivo, incluso en la muerte. Y si no vivo, al menos tampoco muerto; más bien en
suspenso, encerrado en un universo que no tenía nada que ver con la muerte y en el
cual la muerte nunca podría entrar.
La mayoría de estas fotografías no me decían nada, pero me ayudaron a llenar lagunas,
a confirmar impresiones, me ofrecían pruebas a las que nunca había tenido acceso. Una
serie de instantáneas de su época de soltero, por ejemplo, probablemente tomadas en
diferentes años, reflejaban una síntesis exacta de ciertos aspectos de su personalidad que
habían pasado inadvertidos durante sus años de matrimonio, una faceta de él que no
descubrí hasta después de su divorcio: mi padre como bromista, como hombre de
mundo, como juerguista. En esas fotografías está retratado con mujeres, por lo
general dos o tres, todas ellas en poses cómicas, enlazadas por los brazos, o dos de ellas
sentadas sobre su falda, o dándose un beso teatral para complacer al que sacaba la foto.
Como fondo, una montaña, una cancha de tenis, tal vez una piscina o una cabaña de
troncos. Eran recuerdos de excursiones de fin de semana a varios puntos de Catskill en
compañía de sus amigos solteros, donde jugaban al tenis y pasaban un buen rato con
las chicas. Siguió con ese tren de vida hasta los treinta y cuatro años.
Era el estilo de vida que de verdad le seducía y puedo entender por qué volvió a él
después de su ruptura matrimonial. Cuando a un hombre la vida le resulta tolerable
sólo si permanece en la superficie de sí mismo, es natural que se sienta satisfecho
obteniendo esa misma superficie de los demás. Tiene que responder a pocas demandas
y no necesita comprometerse. El matrimonio, por el contrario, le cierra esa puerta. La
existencia queda confinada a un espacio estrecho en el que uno se siente forzado a
mostrarse a uno mismo de forma constante y, por consiguiente, obligado a mirar
hacia el interior de uno mismo, a examinar las profundidades de su propio yo.
Cuando la puerta está abierta, nunca hay ningún problema, siempre es posible huir y
uno puede evitar incómodas confrontaciones con uno mismo o con los demás
simplemente marchándose.
La capacidad de evasión de mi padre era casi ilimitada. Dado que el ámbito del
otro era irreal para él, hacía sus incursiones en él con la parte de sí mismo que él
consideraba igualmente irreal, su otro yo, al que había entrenado como actor para
representarse a sí mismo en la frívola comedia universal. Este yo sustituto era en
esencia una broma, un niño hiperactivo, un fabricante de historias fantásticas,
incapaz de tomar nada en serio.
Como nada tenía demasiada importancia, él se arrogaba la libertad de hacer lo que
quería (colarse en los clubs de tenis, hacerse pasar por crítico gastronómico para
conseguir una comida gratis) y el encanto que desplegaba para lograr estas conquistas
era precisamente lo que las hacía carecer de sentido. Ocultaba su verdadera edad con
una vanidad digna de una mujer, inventaba historias sobre sus negocios y hablaba
de sí mismo sólo de forma indirecta, en tercera persona, como si se refiriera a un
conocido («Un amigo mío tiene este problema, ¿qué crees que debería hacer al
respecto?...»). En cuanto se sentía obligado a revelar una parte de sí mismo, salía del
escollo contando una mentira. Al final, las mentiras le salían de forma automática y
mentía por mentir. Su principio era decir lo menos posible; de ese modo, si la gente
descubría la verdad sobre él, no podrían usarla en su contra más tarde. Sus engaños eran
una forma de comprar protección. Por lo tanto, lo que la gente tenía ante sí no era realmente
él, sino un personaje que había inventado, una criatura artificial que manipulaba para a su
vez poder manipular a otros. Él mismo permanecía invisible, como un titiritero que maneja
los hilos de su alter-ego desde su escondite oscuro y solitario detrás de las cortinas.
Durante los últimos diez o doce años de su vida, sólo tuvo una amiga, la mujer que
aparecía con él en público y cumplía el papel de compañera oficial. De vez en cuando se oía
algún vago comentario sobre boda (a insistencia de ella), y todo el mundo creía que era la
única mujer con quien se relacionaba. Sin embargo, después de su muerte, salieron otras
mujeres. Ésta lo había amado, aquélla lo había adorado, otra iba a casarse con él. La amiga
oficial se sorprendió al descubrir la existencia de estas otras mujeres, mi padre jamás le
había dicho ni media palabra al respecto. Cada una de ellas había mordido un anzuelo
diferente y todas pensaban que lo poseían por entero. Pero tal como se descubrió, ninguna
de ellas sabía absolutamente nada de él. Había conseguido eludirlas a todas.
Solitario, pero no en el sentido de estar solo. No solitario como Thoreau, por ejemplo, que
se exiliaba en sí mismo para descubrir quién era; ni solitario como Jonás, que rogaba por
su salvación en el vientre de la ballena. Soledad como forma de retirada, para no tener que
enfrentarse a sí mismo, para que nadie más lo descubriera. Hablar con él era una
experiencia agotadora. O bien se mostraba ausente, como solía ocurrir, o irrumpía en
una insegura jocosidad, que no constituía más que otra forma de ausencia. Era como
intentar hacerse comprender por un viejo senil. Uno hablaba y no obtenía respuesta, o la
respuesta no era la apropiada y dejaba entrever que no había seguido el curso de la
conversación. Durante los últimos años, cada vez que hablaba con él por teléfono me
encontraba a mí mismo hablando más de lo que tengo por costumbre, me volvía
agresivamente locuaz y no paraba de charlar, en un inútil intento por llamar su atención,
por provocar una respuesta.
No fumaba ni bebía. No demostraba hambre por los placeres sensuales ni sed por los
intelectuales. Los libros lo aburrían, y eran muy raras las películas u obras de teatro que
no le dieran sueño. Incluso cuando asistía a fiestas era evidente que hacía grandes
esfuerzos por mantener los ojos abiertos. Casi siempre acababa sucumbiendo y se
quedaba dormido en un sillón mientras la conversación continuaba a su alrededor. Un
hombre sin apetitos. Daba la impresión de que ningún hecho podía alterar su vida, de que
no necesitaba nada de lo que el mundo pudiera ofrecerle.
A los treinta y cuatro, matrimonio; a los cincuenta y dos, divorcio. En cierto modo duró
años, pero en realidad sólo duró unos pocos días. Nunca fue un hombre casado ni un
hombre divorciado, sino un solterón empedernido con un casual interludio matrimonial.
A pesar de que nunca eludió sus deberes formales de esposo (era fiel, mantenía a su mujer
y a sus hijos, cumplía con todas sus responsabilidades), resultaba evidente que ese papel
no era para él. Simplemente no estaba hecho para el matrimonio.
Mi madre tenía sólo veintiún años cuando se casó con él. Su conducta durante el breve
noviazgo había sido casta. Nada de insinuaciones atrevidas ni de las típicas y desesperadas
proposiciones masculinas. De vez en cuando se cogían de la mano o intercambiaban un
educado beso de buenas noches. No había habido una verdadera manifestación amorosa
por parte de ninguno de los dos, y cuando llegó el momento de la boda, eran casi unos
extraños.
No pasó mucho tiempo antes de que mi madre se percatara de su error. Incluso antes
de que terminara su luna de miel (aquella luna de miel tan documentada en las fotografías
que encontré: por ejemplo, los dos sentados sobre una roca a la orilla de un lago
perfectamente sereno, con un amplio sendero de luz detrás que conducía a la cuesta de
pinos en penumbra; mi padre rodeando a mi madre con el brazo y ambos mirándose a los
ojos, con una sonrisa tímida, como si el fotógrafo los hubiera hecho posar un instante más
de lo necesario), incluso antes de que acabara la luna de miel, mi madre supo que su
matrimonio nunca funcionaría. Volvió a casa de su madre, hecha un mar de lágrimas, y le
dijo que quería abandonar a mi padre; pero de algún modo, mi abuela se las ingenió para
convencerla de que volviera y le diera otra oportunidad. Entonces, antes de que el río
volviera a su cauce, descubrió que estaba embarazada, y ya fue demasiado tarde para hacer
algo.
A veces pienso en ello. Cómo me habrán concebido en aquel hotel para recién casados
en las cataratas del Niágara. No es que importe dónde ocurriera, pero no puedo evitar que la
idea de aquel encuentro desapasionado, ese tanteo a ciegas entre las sábanas frías de un
hotel, me haga tomar conciencia del carácter casual de mi existencia. Las cataratas del
Niágara o el peligro de dos cuerpos que se unen. Y luego yo, un homúnculo fortuito,
precipitándome por las cataratas como un osado diablillo en un barril.
Poco más de ocho meses después, en la mañana de su veintidós cumpleaños, mi madre
se despertó y le dijo a mi padre que el niño estaba en camino.
—Es ridículo —dijo él—, no tiene que nacer hasta dentro de tres semanas —y se fue
a trabajar, dejándola sin coche.
Ella esperó. Pensó que era posible que él tuviera razón; esperó un poco más y luego
llamó a su cuñada y le pidió que la llevara al hospital. Mi tía se quedó todo el día con mi
madre, llamando a mi padre de vez en cuando para pedirle que fuera al hospital.
—Más tarde —decía él—. Ahora estoy ocupado, ya iré en cuanto pueda.
Apenas pasada la medianoche, yo hice mi aparición en el mundo, el trasero
primero y sin duda llorando.
Mi madre esperó que llegara mi padre, pero él no lo hizo hasta la mañana siguiente,
acompañado por su madre que quería conocer a su séptimo nieto. Una visita breve y
ansiosa y vuelta al trabajo.
Ella lloró, por supuesto. Después de todo era joven y no esperaba que aquello tuviera
tan poca importancia para él. Pero mi padre nunca pudo comprender esas reacciones, ni al
comienzo ni al final de su matrimonio. Jamás fue capaz de encontrarse donde estaba en
realidad; durante toda su vida estuvo en otro sitio, entre aquí y allí. Pero nunca
realmente aquí y nunca realmente allí.
Treinta años más tarde ese pequeño drama volvió a repetirse. Esta vez yo estaba allí y lo vi
con mis propios ojos.
Cuando nació mi hijo, pensé: sin duda se alegrará. ¿Acaso no se alegran todos los
hombres al convertirse en abuelos?
Esperaba verlo chochear con el bebé; esperaba que me ofreciera alguna prueba de
que al fin y al cabo era capaz de demostrar sus sentimientos, o de que en realidad los
tenía, igual que el resto de la gente. Y si podía demostrar afecto por su nieto, ¿no sería una
forma indirecta de expresar su afecto por mí? Uno no deja de ansiar el amor de su padre, ni
siquiera cuando es adulto.
Pero la gente no cambia. Como era de esperar, mi padre vio a su nieto sólo tres o
cuatro veces y en ningún momento fue capaz de distinguirlo de la masa impersonal de bebés
que nacen cada día en el mundo. Daniel tenía dos semanas cuando lo vio por primera vez.
Guardo un recuerdo muy vivido de aquel día: un domingo sofocante a finales de junio con
una ola de calor y el aire del campo gris y húmedo. Mi padre aparcó el coche, vio a mi esposa
acostando al bebé en su cochecillo y se acercó a saludar. Se inclinó un instante sobre el
cochecillo, luego se incorporó y dijo:
—Hermoso bebé, que tengáis buena suerte con él.
Como si se refiriera al bebé de un extraño en la cola del supermercado. Aquel día,
durante el resto de su visita, no volvió a mirar a Daniel y ni una sola vez pidió tenerlo
en brazos.
Todo esto es sólo un ejemplo.
Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro. Sólo podemos conocer un
poco a otro ser humano, si es que esto es posible, en la medida en que él se quiera dar a
conocer. Un hombre dirá: «tengo frío», o temblará, y de cualquiera de las dos formas
sabremos que tiene frío. Pero ¿qué pasa con el hombre que ni dice nada ni tiembla?
Cuando alguien es inescrutable, cuando es hermético y evasivo, uno no puede hacer otra
cosa que observar; pero de ahí a sacar algo en limpio de lo que observa hay un gran
trecho.
No quiero dar nada por sentado.
Él nunca hablaba de sí mismo, nunca parecía que hubiera nada de lo cual pudiera
hablar. Era como si su vida interior lo eludiera incluso a él.
No podía hablar de ello y por lo tanto se refugiaba en el silencio.
Y si no hay nada más que silencio, ¿no será presuntuoso que hable yo? Sin embargo, si
hubiera habido algo más que silencio, ¿acaso habría sentido la necesidad de hablar?
Mis opciones son limitadas. Puedo permanecer en silencio, o hablar de cosas que no
pueden probarse. Al menos quiero presentar los hechos, ofrecerlos de la forma más
directa posible y dejarlos decir lo que tengan que decir. Pero ni siquiera los hechos dicen
siempre la verdad.
Era de una neutralidad tan implacable, su conducta era tan absolutamente
predecible, que todo lo que hacía resultaba sorprendente. Uno no podía creer que
existiera un hombre así, sin sentimientos, que esperara tan poco de los demás. Pero
si no existía ese hombre, entonces había otro, un individuo oculto tras aquel que no
estaba allí, y el asunto es encontrarlo. Siempre y cuando esté ahí para que uno lo
encuentre.
Desde el principio reconozco que este proyecto está destinado al fracaso.
Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de mi vida, él se
iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a
casa mucho después de que me acostara. Yo era el niño de mamá y vivía en su
órbita. Era como una pequeña luna que giraba alrededor de su gigantesco orbe, una
mota en la esfera de su gravedad, y controlaba las mareas, el clima y las fuerzas del
sentimiento. Su muletilla era: «No estés siempre pendiente de él, lo malcriarás». Pero yo
no tenía buena salud y mi madre se excusaba en ese hecho para justificar la atención que
me prodigaba. Pasábamos mucho tiempo juntos, ella con su soledad, yo con mis dolores,
aguardando pacientemente en los consultorios médicos a que alguien controlara la
insurrección permanente que bullía en mi estómago. Incluso entonces, yo me aferraba
con desesperación a aquellos médicos, esperando que me cogieran en brazos. Por lo
visto, buscaba a mi padre desde el comienzo, buscaba con ansiedad a alguien que se
pareciera a él.
Recuerdos más próximos: un anhelo. Con la mente siempre dispuesta a negar los
hechos ante la más mínima excusa, seguí buscando con obstinación algo que nadie
me daba, o que me daban tan rara vez y de forma tan arbitraria que parecía suceder fuera
del ámbito de la experiencia cotidiana, en un lugar donde nunca sería capaz de vivir más
que durante unos pocos instantes. No es que sintiera que le disgustaba; sólo parecía
distraído, incapaz de mirar en mi dirección. Y por sobre todas las cosas, yo quería que
notara mi presencia.
Cualquier cosa, hasta la menor nimiedad, era suficiente. Por ejemplo, un domingo que
fuimos a un restaurante, lo encontramos lleno y tuvimos que esperar que se desocupara una
mesa. Mi padre me llevó afuera, sacó una pelota de tenis (¿de dónde?), puso una moneda
en la acera y comenzó a jugar conmigo a golpear la moneda con la pelota de tenis. Yo
no tendría más de ocho o nueve años.
Mirándolo en retrospectiva, parece algo de lo más trivial. Sin embargo, el hecho de
que yo fuera incluido, de que mi padre me invitara por casualidad a compartir su
aburrimiento con él, me llenó de dicha.
Las desilusiones eran más frecuentes. Por un instante parecía que había cambiado,
que se había abierto un poco, y luego, de repente, ya no estaba más allí. La única vez que
logré convencerlo de que me llevara a un partido de fútbol (los Giants contra los
Cardinals de Chicago, en el Estadio de los Yankees o en el Club de Polo, no recuerdo
dónde), se levantó de repente en medio del cuarto tiempo y dijo:
—Es hora de que nos vayamos.
Quería ganarle por la mano a la gente y evitar los atascos de tráfico. Nada de lo que
dije sirvió para convencerlo de que se quedara, así que nos fuimos sin más, en lo mejor
del partido. Mientras lo seguía por las rampas de cemento, sentí una desesperación
sobrehumana que creció cuando estábamos en el aparcamiento y oí los gritos de la multitud
detrás de mí.
No podía confiar en que supiera lo que quería, en que adivinara los sentimientos
de los demás, y el hecho de que uno tuviera que explicarlos, hacía que las cosas perdieran
todo su encanto; arruinaba una melodía largamente soñada antes de que sonara una sola nota.
Además, aunque uno se explicara, no era demasiado probable que él entendiera lo que en
realidad quería decir.
Recuerdo un día muy parecido a hoy. Un domingo lluvioso; letargo y quietud en la casa: el
mundo a media marcha. Mi padre estaba durmiendo la siesta o acababa de despertar y por
alguna razón yo estaba en la cama con él, los dos solos en la habitación.
—Cuéntame un cuento.
Es probable que comenzara así. Y como no tenía nada que hacer y estaba medio
somnoliento en la languidez de la tarde, hizo exactamente lo que le pedía y se enfrascó en
el relato de un cuento sin perder detalle. Lo recuerdo con tal claridad que parece que acabara
de salir de aquella habitación, con su luz grisácea y la maraña de mantas sobre la cama, como
si con sólo cerrar los ojos pudiera volver allí cuando quisiera.
Me habló de sus supuestos días en Sudamérica. Fue un relato de aventuras, lleno de
peligros mortales, huidas arriesgadas e increíbles cambios de fortuna: cómo se abrió camino
entre la selva con un machete, luchó contra bandidos sin más armas que sus propias manos
y disparó contra su burro cuando éste se quebró la pata. Su lenguaje era florido y
complicado, tal vez una reminiscencia de los libros que había leído en su infancia. Pero fue
precisamente ese estilo literario lo que me deslumbró; pues no sólo me contaba hechos
desconocidos de su vida, revelándome cómo había sido su mundo en un pasado distante,
sino que lo hacía con palabras extrañas. El lenguaje era tan importante como la historia;
formaba parte de ella y, en cierto modo, eran inseparables. Su propia extravagancia era una
prueba de su autenticidad.
En ningún momento se me ocurrió pensar que podría tratarse de una historia inventada.
Hasta muchos años después seguí creyendo en su veracidad. Incluso cuando había pasado la
edad de creer en esas cosas, seguía pensando que podía haber algo de verdad en ella. Me
daba algo con lo que aferrarme a mi padre y no estaba dispuesto a dejarlo escapar. Por fin
encontraba una explicación para sus misteriosas evasiones, para su indiferencia hacia mí.
Era un personaje romántico, un hombre con un pasado oscuro y emocionante y su vida
actual era sólo una especie de parada, una forma de resistir hasta su próxima aventura.
Estaba trazando un plan, intentando averiguar cómo recuperar el oro que yacía escondido
en el corazón de los Andes.
En el fondo de mi mente: un deseo de hacer algo extraordinario, de impresionarlo con un
acto heroico. Cuanto más lejos estaba él, más altas ponía yo mis metas. Pero si bien la
voluntad de un niño puede ser tenaz e idealista, también es absurdamente práctica. Sólo tenía
diez años y no había ningún niño al que pudiera salvar de un edificio en llamas ni marineros
que rescatar en alta mar. Por otra parte, era un buen jugador de béisbol, la estrella de mi
pequeño equipo, y a pesar de que mi padre no demostraba ningún interés por el béisbol,
pensé que si me veía jugar, comenzaría a verme desde una nueva perspectiva.
Por fin vino a verme. Los padres de mi madre estaban de visita esos días y mi abuelo,
un gran aficionado al béisbol, se presentó con él. Era un partido especial en conmemoración
del Memorial Day y la platea estaba llena. Decidí que si por una vez en la vida iba a hacer
algo memorable, éste era el momento preciso. Recuerdo que los reconocí en las gradas de
madera. Mi padre llevaba una camisa blanca, sin corbata, y mi abuelo un pañuelo blanco
sobre su cabeza calva, para protegerse del sol. Ahora, aquella deslumbrante luz blanca
parece inundar toda la escena.
Tal vez no necesite decir que todo salió mal. No hice ningún tanto, perdí la calma en el
campo, no podía haber estado más nervioso. De los cientos de partidos que jugué en mi
infancia, aquél fue el peor.
Más tarde, cuando nos dirigíamos al coche, mi padre me dijo que había jugado un
buen partido.
—No es cierto —dije yo—, fue terrible.
—Bueno —respondió él—, hiciste lo que pudiste. No siempre va a irte bien.
No es que intentara darme ánimos ni tampoco que quisiera ser grosero; sólo decía lo
que se dice en tales ocasiones, de una forma casi automática. Eran las palabras adecuadas,
pero las pronunció sin sentimiento, un ejercicio de buenos modales expresado en el mismo
tono descarnado que usaría casi veinte años más tarde al decir: «Es un bebé hermoso. Que
tengáis suerte con él». Yo sabía que su mente estaba en otra parte.
Todo esto no tenía importancia, lo único importante era mi certeza de que incluso si
se hubieran cumplido todos mis deseos, su reacción habría sido exactamente la misma. Que
yo triunfara o fracasara no parecía importarle demasiado. Su valoración de mi persona no
dependía de nada de lo que yo hiciera, sino de lo que era, y eso significaba que su
percepción no cambiaría nunca, que estábamos condenados a una relación inamovible,
separados el uno del otro por un gran muro. Sin embargo, yo era consciente de que esto
no tenía nada que ver conmigo, sólo tenía que ver con él. Como a cualquier otra cosa en su
vida, él sólo me veía a través de la bruma de su soledad, a una gran distancia de sí mismo.
Creo que para él el mundo era un lugar lejano, un lugar al que nunca logró penetrar de
verdad; y allí, a la distancia, entre las sombras que aleteaban a su alrededor, yo nací, me
convertí en su hijo y crecí, como una sombra más que aparecía y desaparecía en el oscuro
ámbito de su conciencia.
Con su hija, nacida cuando yo tenía tres años y medio, las cosas resultaron más fáciles;
aunque al final acabaran siendo infinitamente más difíciles.
Era una criatura hermosa, de una fragilidad inusual y con unos enormes ojos marrones
que se deshacían en lágrimas ante el primer inconveniente. Pasaba mucho tiempo sola;
era un pequeño personaje que vagaba por un mundo imaginario de duendes y hadas, que
bailaba de puntillas con vestidos de bailarina llenos de encajes, que cantaba en una voz
apenas lo suficientemente alta para oírse a sí misma. Era una Ofelia en miniatura y, por
lo visto, condenada desde entonces a una vida de constante lucha interior. Le costaba hacer
amistades, tenía dificultades en el colegio y vivía atormentada por su inseguridad, incluso a
la más tierna edad, de modo que las más simples rutinas se convertían en pesadillas de
angustia y frustración. Tenía pataletas, terribles escenas de llanto, trastornos constantes.
Nada parecía irle bien durante demasiado tiempo.
Más sensible que yo a los síntomas del matrimonio desgraciado de nuestros padres, su
inseguridad se hizo grandiosa, inhabilitante. Al menos una vez al día le preguntaba a mi
madre si amaba a mi padre. La respuesta era siempre la misma:
—Por supuesto que sí.
Era obvio que la respuesta no resultaba convincente; si lo hubiera sido, no habría
tenido necesidad de repetirla al día siguiente.
Aunque, por otra parte, no creo que la verdad hubiera podido arreglar las cosas.
Era casi como si desprendiera un aroma a desamparo. Todo el mundo experimentaba un
impulso instintivo de protegerla, de resguardarla de los asaltos del mundo. Como todos
los demás, mi padre la consentía. Cuantos más mimos pedía, más dispuesto estaba él a
dárselos. Por ejemplo, mucho tiempo después de que aprendiera a caminar, él insistía en
bajarla en brazos por las escaleras. No hay duda de que lo hacía por amor, de que lo
hacía con alegría porque ella era un pequeño ángel; pero tras estos mimos se ocultaba un
mensaje implícito de que nunca podría hacer nada por sí misma. Para mi padre, ella no
era una persona, sino un ángel, y como nunca se la animó a que actuara como un ser
independiente, nunca pudo convertirse en uno.
Pero mi madre advirtió lo que ocurría. Cuando mi hermana tenía cinco años, la llevó a
la consulta de un psiquiatra infantil que le recomendó que iniciara algún tipo de terapia.
Aquella noche, cuando mi madre le comentó a mi padre el resultado de aquella visita, él
explotó en un ataque de cólera. «Ninguna hija mía... etcétera.» Sugerir que su hija
necesitaba ayuda psiquiátrica era lo mismo que insinuar que era leprosa. No podía
aceptarlo, ni siquiera admitía la posibilidad de discutirlo.
Creo que ése es el punto clave: su negativa a aceptarse a sí mismo iba unida a una
idéntica negativa a aceptar al resto del mundo, incluso con las pruebas más irrefutables
delante. Una y otra vez a lo largo de su vida chocaba con algo de frente, meneaba la
cabeza y luego daba media vuelta negando su presencia allí. Esa actitud hacía que el diálogo
con él fuera casi imposible. Cuando creías que habías logrado pisar un terreno común, él
sacaba su pala y comenzaba a cavar debajo de tus propios pies.
Años más tarde, después de que mi hermana sufriera una serie de crisis nerviosas, mi
padre seguía creyendo que no le ocurría nada. Era como si fuera biológicamente incapaz
de comprender su estado. En uno de sus libros, R. D. Laing describe al padre de una
joven catatónica que en cada visita al hospital cogía a su hija por los hombros y la
sacudía con todas sus fuerzas, diciéndole que «saliera de ese estado». Mi padre no sacudía
a mi hermana, pero su actitud era básicamente la misma.
—Lo que necesita —solía decir—, es conseguir un trabajo, ganarse la vida, comenzar a
vivir en el mundo real.
Por supuesto ella lo hizo, aunque eso era exactamente lo que no podía hacer.
—Es muy sensible —decía él—. Necesita superar su timidez.
Al domesticar el problema y convertirlo en una singularidad de su personalidad, podía
seguir creyendo que a mi hermana no le ocurría nada serio. No se trataba de ceguera, sino
de una falta total de imaginación. ¿En qué momento una casa deja de ser una casa?,
¿cuando se cae el techo?, ¿cuando le quitan las ventanas?, ¿cuando las paredes se
desmoronan?, ¿cuando se convierte en un montón de escombros?
—Sólo es diferente —decía él—, no le pasa nada.
Pero un día, de repente, las paredes de la casa se desmoronan. Sin embargo, si la puerta
sigue en pie, todo lo que hay que hacer es abrirla y volver a entrar. Es agradable dormir
bajo la luz de las estrellas, y la lluvia no importa; total, no durará mucho.
Poco a poco, a medida que la situación fue empeorando, tuvo que comenzar a aceptarlo.
Pero incluso entonces, en cada etapa del camino, su aceptación era poco ortodoxa y se
expresaba en actitudes excéntricas, como formas de negación. Por ejemplo, se convenció de
que un tratamiento de choque con vitaminas podría ayudarla. Era una terapia química
para un problema mental. A pesar de que nunca se ha probado que esta cura pueda resultar
efectiva, tiene muchos seguidores y es fácil comprender por qué sedujo a mi padre. En
lugar de enfrentarse con un desgarrador problema emocional, podía observar el problema
como un fallo físico, algo que podía curarse del mismo modo que la gripe. La enfermedad se
convirtió en una fuerza externa, una especie de virus que podía ser erradicado por otra
fuerza opuesta, también externa. Según esta concepción, mi hermana iba a permanecer
curiosamente ajena al problema. Ella era sólo el sitio donde la batalla tendría lugar, pero
todo lo que sucedía a su alrededor no iba a afectarle en absoluto.
Durante varios meses intentó convencerla de que comenzara el tratamiento de
vitaminas —incluso llegó a tomarlas él mismo para demostrarle que no iba a envenenarse—,
pero cuando ella por fin aceptó, sólo lo siguió durante una o dos semanas. Las vitaminas
eran caras, pero a él no le importó gastar dinero, a pesar de que se resistía con furia a
pagar por otro tipo de tratamientos. No podía creer que a un extraño le importara lo que le
ocurría a su hija. Los psiquiatras eran todos charlatanes a los que sólo les interesaba
exprimir a sus pacientes y conducir lujosos automóviles a costa de ellos. Se negaba a
pagar las cuentas, por lo que mi hermana acabó siendo atendida en los centros públicos más
miserables. Vivía como una indigente, sin ningún ingreso propio, ya que él no le enviaba
casi nada.
Sin embargo, estaba más que dispuesto a tomar las cosas en sus propias manos. A
pesar de que no podía ser una experiencia positiva para ninguno de los dos, él pretendía que
ella viviera en su casa, para asumir la responsabilidad de cuidarla. Al menos él podía confiar
en sus propios sentimientos y sabía que ella le importaba. Pero luego, cuando mi hermana
por fin fue a vivir con él (sólo por unos meses, después de una de sus estancias en el
hospital), mi padre no modificó en absoluto su rutina para atenderla, y continuó
pasando casi todo el día afuera, dejándola que vagara por aquella casa enorme como un
fantasma.
Era negligente y obstinado, pero a pesar de todo, sé que en el fondo sufría. A veces,
cuando por teléfono hablábamos de mi hermana, yo notaba que su voz se quebraba de
forma casi imperceptible, como si intentara disimular un sollozo. La enfermedad de mi
hermana logró conmoverlo, como nunca lo hizo ningún otro incidente en su vida, aunque
sólo para dejarlo con una sensación de absoluta impotencia. No hay nada más angustioso
para un padre que esa impotencia. Tiene que aceptarla aunque le resulte imposible, y
cuanto más la acepta, más grande se vuelve su desesperación.
Su desesperación se hizo enorme.
Hoy, dando vueltas sin rumbo por la casa, deprimido y con la sensación de haber perdido
el hilo de lo que quiero decir, me encontré con estas palabras en una carta de Van Gogh:
«Como cualquier otra persona, siento la necesidad de una familia, de amigos, de afecto y de
encuentros amistosos. No estoy hecho de hierro ni de piedra, como una boca de riego o
un poste de la luz».
Tal vez eso sea lo que realmente cuenta: llegar a lo más profundo del sentimiento
humano, a pesar de las evidencias.
Las imágenes más pequeñas: inmutables, ocultas bajo el lodo de la memoria, ni
enterradas ni del todo recuperables. Y sin embargo, cada una de ellas es una efímera
resurrección, un momento que de otro modo se hubiera perdido. Por ejemplo, su forma de
caminar, con un extraño equilibrio, oscilando sobre las plantas de los pies, como si siempre
estuviera a punto de caer hacia adelante, a ciegas, en lo desconocido. O la forma en que se
inclinaba sobre la mesa mientras comía, con los hombros tensos, consumiendo la comida
en lugar de saborearla. O el olor que despedían los coches que usaba para ir a trabajar:
humos, aceite, gases del escape; el ruido de frías herramientas de metal; el traqueteo del
coche al moverse. El recuerdo del día en que fui a Newark con él en el coche cuando
apenas tendría seis años: él frenó de golpe y me golpeé la cabeza contra el tablero. Un
montón de negros rodearon el coche para ver si estaba bien; recuerdo en especial a una
mujer que me ofreció un helado de vainilla por la ventanilla.
—No, gracias —dije yo con amabilidad, sin saber muy bien lo que quería.
O bien otro día en otro coche, unos años más tarde, cuando mi padre escupió por la
ventanilla, y de repente advirtió que no la había bajado; mi gozo sin límite a irracional
placer al ver cómo la saliva se deslizaba por el cristal. Y nuestras visitas, siendo yo aún
pequeño, a restaurantes judíos en barrios que yo no conocía, lugares oscuros llenos de
viejos, con mesas adornadas con botellas de agua mineral teñidas de azul; y como me daban
náuseas, no tocaba la comida y me contentaba simple-mente con mirarlo devorar borsht,
pirogen y carne guisa-da cubierta de rábanos picantes. Yo, que estaba siendo educado
como un niño americano, que sabía menos de mis antepasados que del sombrero de
Hopalong Cassidy. O cómo, cuando tenía doce o trece años y estaba ansioso por salir con un
par de amigos, lo llamé al trabajo para pedirle permiso.
—Sólo sois unos pipiolos —dijo desconcertado, sin saber bien cómo expresarse.
Y durante muchos años, mis amigos y yo (uno de ellos muerto por una sobredosis
de heroína) repetíamos aquellas palabras como una frase folclórica, como un chiste
nostálgico.
El tamaño de sus manos y sus callos.
Su forma de comer la película que se formaba en la superficie del chocolate caliente.
Té con limón.
Las gafas negras, de concha, que aparecían en cualquier rincón de la casa: en la cocina,
encima de la mesa, a un lado de la bañera; siempre abiertas, tiradas por ahí como una
especie de animal extraño y sin clasificar.
Verlo jugar al tenis.
La forma en que a veces se le doblaban las rodillas al caminar.
Su cara.
Su parecido con Abraham Lincoln y cómo la gente siempre reparaba en ello.
Su valentía ante los perros.
Su rostro. Otra vez su rostro.
Peces tropicales.
A menudo daba la impresión de que había perdido la concentración, de que olvidaba
dónde estaba, como si careciera de un sentido de continuidad. Eso lo hacía propenso a
sufrir accidentes: acababa con una uña negra cada vez que usaba el martillo y tenía
multitud de pequeños percances con el coche.
Sus distracciones como conductor llegaban a tal extremo que resultaban temibles.
Siempre pensé que moriría en un accidente de automóvil. Sin embargo, su salud era tan
buena que parecía invulnerable, libre de cualquiera de las molestias físicas que nos atacan
a todos los demás. Como si nada pudiera alcanzarlo.
Su forma de hablar, como si hiciera un enorme esfuerzo para escapar de su soledad o como
si su voz estuviera oxidada porque hubiera perdido el hábito de hablar. Siempre tosía o
titubeaba antes de decir algo, se aclaraba la garganta, parecía balbucear en mitad de una
frase. Uno advertía, sin lugar a dudas, que se sentía incómodo.
Cuando era pequeño me encantaba verlo firmar. No se limitaba a poner el papel
delante y escribir sino que, como si demorara de forma inconsciente el momento de la
verdad, antes de escribir hacía un floreo preliminar, un movimiento circular a unos
centímetros de distancia del papel, como una mosca que zumba en el aire y centra su
puntería sobre un lugar exacto. Era una versión similar a la forma de firmar del Norton de
Art Carney en The Honeymooners.
Incluso pronunciaba las palabras de una forma algo extraña: arrrriba, en lugar de
simplemente arriba, como si el florido movimiento de su mano tuviera un símil en su
voz. Sonaba de una forma musical y graciosa. Cuando atendía el teléfono lo hacía con un
melodioso «holaaa». El efecto no era cómico, sino encantador. Lo hacía parecer un poco
loco, como si estuviera fuera de órbita con respecto al resto del mundo, pero no demasiado.
Sólo un grado o dos.
Tics indelebles.
Siempre que atravesaba alguno de esos períodos de tensión y locura, salía con opiniones
extravagantes. En realidad no lo decía en serio, pero le gustaba interpretar el papel de
abogado del diablo para mantener un ambiente divertido. Bromear con la gente siempre
lo ponía de buen humor y después de hacerle un comentario particularmente incisivo a una
persona, solía estrujarle la pierna en un lugar sensible a las cosquillas. Le gustaba tomarle
el pelo a la gente, en todo el sentido de la expresión 1.
Otra vez la casa.
Aunque vista desde fuera pareciera descuidada, él creía en su sistema. Como si fuera un
inventor loco que protegía el secreto de su máquina de movimiento continuo, no podía
soportar que nadie lo alterara. En una ocasión, cuando mi esposa y yo nos mudamos de
apartamento, nos alojamos en su casa durante dos o tres semanas. La oscuridad de la casa
nos resultaba agobiante, así que subimos las persianas para dejar pasar la luz del día.
Cuando mi padre volvió a casa y vio lo que habíamos hecho, tuvo un incontrolable acceso
de furia, totalmente desproporcionado con relación a nuestra afrenta.
Rara vez tenía enojos de este tipo, sólo cuando se sentía amenazado, atacado,
agobiado por la presencia de otros. Las cuestiones de dinero también podían afectarle de
ese modo, o pequeños detalles como el de las persianas, un plato roto, cualquier
nimiedad.
Sin embargo yo creo que esa ira estaba siempre en su interior. Como el interior de la
casa que a pesar de su orden se estaba viniendo abajo, el hombre parecía sereno, con una
calma casi sobrehumana, y aun así era presa de una turbulenta e incontenible furia. Toda
su vida luchó por evitar una confrontación con aquella fuerza, asumiendo una especie de
conducta automática que le permitía pasar junto a ella sin rozarla. La seguridad de las
rutinas fijas, inamovibles, lo liberaban de la necesidad de enfrentarse a sí mismo a la hora de
tomar decisiones; siempre tenía un cliché a punto («Hermoso bebé. Que tengáis suerte
con él»), en lugar de palabras que él mismo hubiera buscado o creado.
Todo esto le daba una personalidad algo anodina, pero, al mismo tiempo, era lo que
lo salvaba, lo que le permitía vivir. En la medida, evidentemente, en que era capaz de
hacerlo.
1 Aquí el autor se refiere al sentido literal de la expresión *to pull someone's leg», equivalente a
«tomar el pelo». (N. de la t.)
Entre las fotografías de la bolsa, una trucada, tomada en un estudio de Atlantic City hace
unos cuarenta años. Hay varias imágenes de él mismo sentado alrededor de una mesa,
cada una tomada desde un ángulo diferente, de modo que la primera impresión es que se
trata de un grupo de hombres distintos. Por la penumbra que los rodea y la total
inmovilidad de sus poses, pareciera que se han reunido para llevar a cabo una sesión
de espiritismo. Pero luego, cuando uno estudia detenidamente la fotografía, advierte
que se trata siempre del mismo hombre. La sesión de espiritismo se vuelve real y es
como si él hubiera asistido sólo para invocarse a sí mismo, para traerse de vuelta del
reino de los muertos; como si multiplicándose a sí mismo hubiera desaparecido de
forma accidental. Hay cinco imágenes de él, y sin embargo, la naturaleza de la fotografía
no permite el contacto visual entre sus varios yoes. Cada uno de ellos está condenado
a seguir con la vista fija en el espacio, como si lo observaran los demás, pero sin ver
nada, incapaz de ver nunca nada. Es una fotografía de la muerte, el retrato de un
hombre invisible.
Poco a poco comienzo a comprender el absurdo de la tarea que he emprendido.
Tengo la sensación de que intento llegar a algún sitio, como si supiera lo que quiero
decir; pero cuanto más avanzo, más me doy cuenta de que el camino hacia mi
objetivo no existe. Tengo que inventar la ruta a cada paso, y eso hace que nunca esté
seguro de dónde me encuentro. Tengo la impresión de que me muevo en círculos, de
que vuelvo constantemente atrás o de que voy en varias direcciones a la vez. Incluso
cuando consigo avanzar un poco, no estoy muy seguro de hacerlo en el rumbo correcto.
El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesaria-mente haya una
tierra prometida.
Cuando comencé, pensé que todo llegaría de forma espontánea, en un torrente,
como si estuviera en trance. Mi necesidad de escribir era tan grande que creí que la historia
se escribiría sola. Pero hasta ahora las palabras han llegado con mucha lentitud. Incluso en
los mejores días, no he podido escribir más de una o dos páginas. Tengo la sensación de
que estoy sometido o condenado a un estado mental que no me permite concentrarme en
lo que hago. Una y otra vez he visto cómo mis pensamientos se desviaban de la idea que
tenía enfrente. Tan pronto como pienso una cosa, ésta evoca a otra y esta última a otra
más, hasta alcanzar una acumulación tan grande de detalles que tengo la sensación de que
me van a ahogar. Nunca antes había sido tan consciente del abismo entre el pensamiento y
la escritura. En efecto, durante estos últimos días, he comenzado a sentir que la historia
que intento contar es de algún modo incompatible con el lenguaje, y que su resistencia a
las palabras es proporcional al grado de aproximación a lo importante, de modo que
cuando llegue el momento de expresar lo fundamental (suponiendo que eso exista), no
seré capaz de hacerlo.
Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de
escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta.
En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si sufriera un
desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel. En lugar
de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes.
No sólo lo veo como fue, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo
mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso. Bajo tierra, en su
ataúd, su cuerpo sigue intacto y sus uñas y su pelo continúan creciendo. Tengo la sensación
de que para comprender algo debo penetrar en esa imagen de oscuridad, de que debo entrar
en la absoluta oscuridad de la tierra.
Kenosha, Wisconsin, 1911 o 1912. Ni siquiera él estaba seguro de la fecha. En la confusión
de una enorme familia de inmigrantes, los registros de nacimiento no debían de
considerarse demasiado importantes. Lo importante es que era el último de cinco hijos
—una niña y cuatro niños, todos nacidos en un período de ocho años— y que su
madre, una mujer pequeña y fuerte que apenas sabía hablar inglés, había mantenido la
familia unida. Ella era la matriarca, una verdadera dictadora, el motor fundamental que
ocupaba el centro del universo.
Su padre murió en 1919, lo cual significa que sólo tuvo padre durante su primera
infancia. Cuando yo era pequeño, me contó tres historias diferentes sobre la muerte de su
padre. En una versión había muerto en un accidente de caza; en otra, se había caído de una
escalera; y en una tercera, lo habían matado en la primera guerra mundial. Sabía que esas
contradicciones no tenían sentido, pero las atribuí al hecho de que ni siquiera mi padre
conocería lo sucedido. Como era tan pequeño cuando ocurrió —sólo contaba siete años—,
supuse que no le habrían contado la verdad. Pero esto tampoco tenía mucho sentido, pues
sin duda alguno de sus hermanos se lo habría dicho.
Sin embargo, todos mis primos me dijeron que sus padres les habían dado distintas
explicaciones.
Nadie hablaba de mi abuelo, y hasta hace pocos años, ni siquiera había visto una
fotografía de él. Era como si la familia hubiese decidido actuar como si nunca hubiera
existido.
Entre las fotografías que encontré en la casa de mi padre el mes pasado, había un
retrato de familia de aquellos días lejanos en Kenosha. Todos los niños están en ella. Mi
padre, que no tendría más de un año, está sentado en la falda de su madre, y los otros cuatro
están de pie a su alrededor sobre el césped alto y descuidado. Detrás de ellos hay dos
árboles y, detrás de los árboles, una gran casa de madera. Este retrato parece dar vida a un
mundo entero: un momento preciso, un lugar preciso, una indestructible imagen del pasado.
La primera vez que vi la fotografía, me di cuenta de que había sido rasgada por la mitad
y luego pegada con torpeza, de modo que uno de los árboles había quedado
misteriosamente suspendido en el aire. Supuse que la fotografía se habría roto por
accidente y no volví a pensar en ello. Sin embargo, la segunda vez que la vi, examiné el
corte con más atención. Debí de estar ciego para no haberlo descubierto antes: vi los dedos
de un hombre sujetando el torso de uno de mis tíos y advertí con claridad que otro de mis
tíos no tenía apoyado el brazo sobre los hombros de su hermano, como había pensado
al principio, sino contra una silla que ya no estaba allí. Entonces me di cuenta de por qué
aquella fotografía resultaba tan extraña: alguien había recortado la figura de mi abuelo. La
imagen parecía distorsionada porque una parte de ella había sido eliminada. Mi abuelo
había estado sentado en una silla junto a su esposa, con uno de los niños de pie entre sus
rodillas, pero ya no estaba allí. Sólo quedaban sus dedos, como si intentara volver a la
fotografía desde algún remoto agujero en el tiempo, como si hubiera sido desterrado a
otra dimensión.
Aquella idea me hizo temblar.
Conocí la historia de mi abuelo no hace mucho tiempo, y si no hubiera sido por una
extraña coincidencia, nunca nos habríamos enterado.
En 1970, una de mis primas se fue de vacaciones a Europa con su marido. En el avión
se sentó al lado de un viejo y, como suele ocurrir en estos casos, se enfrascó en una
conversación con él. Resultó que ese hombre vivía en Kenosha, Wisconsin. A mi prima le
causó gracia la coincidencia y le comentó que su padre había vivido allí de pequeño. Por
curiosidad, el hombre le preguntó el nombre de la familia y cuando ella le contestó que
era Auster, el viejo palideció.
—¿Auster? ¿Su abuela no sería una pelirroja pequeña y extravagante?
—Sí —respondió mi prima—, así era mi abuela, una pelirroja pequeña y extravagante.
Entonces él le contó la historia. Había ocurrido más de quince años antes, y aun así
todavía recordaba los detalles importantes.
Cuando aquel hombre regresó a su casa después de las vacaciones, buscó los
artículos de los periódicos que habían seguido el caso, los fotocopió y se los envió a mi
prima. La carta que los acompañaba decía lo siguiente:
15 de junio de 1970
Queridos ... y ...:
Me alegró recibir vuestra carta, y a pesar de que la tarea parecía complicada, tuve
un golpe de suerte. Fran y yo salimos a cenar con Fred Plons y su esposa. Justamente fue el
padre de Fred quien compró el bloque de apartamentos de Park Avenue de su familia. ... El
señor Plons tiene unos tres años menos que yo, pero me comentó que en su momento el
caso le fascinó y que recordaba unos cuantos detalles. ... Él recordaba que su abuelo fue la
primera persona enterrada en el cementerio judío de Kenosha. ... (Antes de 1919, la
comunidad judía no tenía cementerio en Kenosha y enterraba a sus difuntos en Chicago o
Milwaukee.) Con esta información, no tuve problemas para localizar la parcela donde
enterraron a su abuelo y pude descubrir la fecha exacta de su muerte. ... El resto está en
la fotocopia que le envío. ...
Sólo le ruego que su padre nunca se entere de que le he suministrado esta información.
No quisiera causarle más dolor del que ya ha tenido que sufrir...
Espero que esto ayude a explicar algunas de las actitudes de su padre durante los
últimos años.
Nuestros más cordiales saludos para ambos...
Ken y Fran
Los artículos de los diarios están sobre mi mesa. Ahora que ha llegado el momento de
escribir sobre ellos, me sorprende encontrarme a mí mismo haciendo cualquier cosa
para posponer. Lo he estado aplazando toda la mañana. He salido a tirar la basura, he
jugado con Daniel en el patio durante casi una hora, he leído el periódico entero, hasta
las clasificaciones de los juegos de los partidos preliminares de béisbol de primavera.
Incluso ahora, mientras escribo sobre mi resistencia a escribir, me siento terriblemente
inquieto: después de unas cuantas líneas me levanto de la silla, doy un paseo,
escucho el zumbido del viento que golpea los canalones sueltos contra la casa. Cualquier
cosa me distrae.
No es que tenga miedo de la verdad, ni tampoco que tenga miedo de contarla. Mi
abuela mató a mi abuelo. El 23 de enero de 1919, exactamente sesenta años antes de que
muriera mi padre, su madre disparó y mató a su marido en la cocina de la casa de Fremont
Avenue en Kenosha, Wisconsin. Los hechos en sí no me atormentan más de lo que cabría
esperarse. Lo difícil es verlos impresos, desenterrarlos del ámbito de lo secreto, por así
decirlo, y convertirlos en un suceso público. Hay más de veinte artículos, todos del
Kenosha Evening News. Incluso en este estado, apenas legibles y casi totalmente
oscurecidos por el tiempo y las fotocopias, todavía resultan impactantes. Supongo que
tienen el estilo típico del periodismo de la época, pero eso no los hace menos
sensacionalistas. Son una mezcla de comercio del escándalo y sentimentalismo, acentuado
por el hecho de que la gente en cuestión eran judíos —y por lo tanto extraños, eso estaba
casi implícito—, lo que hacía que los artículos tuvieran un tono malicioso y
condescendiente. Sin embargo, dejando a un lado los defectos del estilo, los hechos
parecían estar allí. No creo que lo expliquen todo, pero no hay duda de que explican
muchas cosas. Es imposible que un niño sufra una experiencia así, sin que su vida de
adulto resulte afectada.
Alrededor de estos artículos alcanzo a descifrar otras noticias menos relevantes de la
época, hechos a los que se confería una mínima importancia en comparación con el
asesinato. Por ejemplo, la recuperación del cadáver de Rosa Luxemburg en el canal de
Landwehr, o la conferencia de paz de Versalles. Y así, día tras día, la siguiente
secuencia: el caso de Eugene Debs; una nota sobre la primera película de Caruso
(«Según dicen, las escenas ... son muy dramáticas y están llenas de una emoción
desgarradora»), comentarios de batallas de la guerra civil rusa; los funerales de Karl
Liebnecht y treinta y un espartaquistas más («Más de cincuenta mil personas marcharon en
una procesión de ocho kilómetros. El veinte por ciento de ellas llevaban coronas de flores.
No se escucharon gritos ni arengas»); la ratificación de la enmienda a la ley seca («William
Jennings Bryan —el hombre que hizo famoso el zumo de uvas—, estaba presente con una
gran sonrisa»); la huelga textil en Lawrence, Massachusetts, conducida por los Wobblies1; la
muerte de Emiliano Zapata, «líder de bandidos, en el sur de México»; Winston Churchill;
Bela Kun; Primer Ministro Lenine [sic]; Woodrow Wilson; Dempsey versus Willard.
He leído los artículos sobre el asesinato una docena de veces, sin embargo me cuesta
creer que no los haya soñado.
Se ciernen sobre mí con toda la fuerza de un truco del inconsciente y distorsionan
la realidad del mismo modo que los sueños. Los enormes titulares que anuncian la muerte
empequeñecen todos los demás sucesos de aquel día y dan a aquel incidente la misma
importancia egocéntrica que solemos dispensar a las cosas que ocurren en nuestra vida
privada. Es casi como el dibujo que hace un niño atormentado por un miedo
inexpresable: lo más importante es siempre lo más grande. La proporción se pierde en
favor de la perspectiva, que a su vez no es dictada por el ojo sino por las exigencias de
1Nombre popular dado a los miembros del Industrial Workers of the World o Asociación
Internacional de Trabajadores de la Industria. (N. de la t.)
la mente. Leo estos artículos como si fueran historia, pero también los descifro como los
dibujos de una cueva encontrados entre los muros de mi propio cráneo.
Los titulares del primer día, 24 de enero, cubren más de un tercio de la primera
página.
HARRY AUSTER ASESINADO
SU ESPOSA DETENIDA POR LA POLICÍA
Un ex agente de la Propiedad Inmobiliaria fue asesinado por su
esposa en la cocina de su casa el jueves por la noche, después de
una disputa familiar por cuestiones de dinero...y por una mujer.
––––––––––––––––––––––––––––––––
LA ESPOSA DICE QUE FUE UN SUICIDIO
––––––––––––––––––––––––––––––––––
El muerto tenía una herida de bala en el cuello y en la cadera
izquierda y la esposa admite ser la propietaria del revólver.
Un niño de nueve años, hijo del matrimonio y testigo de la
tragedia, podría proporcionar la solución del misterio.
–––––––––––––––––––––––––––––––––
Según el periódico, «Auster y su esposa se habían separado hacía un tiempo y tenían
pendiente una sentencia de divorcio en el Juzgado de Kenosha. En varias ocasiones
habían tenido disputas por dinero y habían discutido que Auster (sigue algo ilegible)
amistosa con una mujer joven, conocida por la esposa con el nombre de Fanny. Se cree
que la tal "Fanny" tuvo algo que ver en la discusión entre Auster y su esposa que precedió
al crimen...».
Hubo un cierto grado de confusión en torno a los hechos, pues mi abuela no confesó
hasta el día veintiocho. Mi abuelo (que entonces tenía treinta y seis años) llegó a su casa a
las seis de la tarde con ropa para sus dos hijos mayores, «mientras, según testigos, la señora
Auster estaba en la habitación acostando a Sam, su hijo más pequeño. Sam (mi padre)
declaró que no había visto a su madre coger el revólver de abajo del colchón mientras
ella lo acostaba».
Por lo visto, mi abuelo había entrado en la cocina para reparar un enchufe, mientras
uno de mis tíos (el penúltimo) le sostenía una vela. «El niño declaró que se asustó mucho al
oír el disparo y ver las chispas del revólver, así que huyó de la habitación.»
Según mi abuela, su esposo se había suicidado. Admitía que habían estado discutiendo
por cuestiones de dinero. «Y luego él dijo —continuó ella—: "uno de los dos va a
morir". Yo no tenía idea de que tuviera el revólver. Yo lo guardaba debajo del colchón de
mi cama y él lo sabía.»
Como mi abuela casi no hablaba inglés, supongo que esta declaración y todas las demás
que se le atribuían, habían sido inventadas por el periodista. Fuera lo que fuese lo que
ella dijo, era evidente que la policía no le había creído. «La señora Auster repitió su
historia ante varios oficiales de policía sin ninguna modificación decisiva y se mostró muy
sorprendida cuando le dijeron que iba a ser detenida. Con infinita ternura, le dio un beso de
buenas noches a su pequeño Sam y se marchó a la prisión del condado.
»Los dos niños Auster fueron huéspedes del departamento de policía anoche, durmieron
en la sala de reuniones, y por lo visto esta mañana se encontraban totalmente repuestos de
la impresión sufrida por la tragedia de su hogar.»
Casi al final del artículo, se da la siguiente información sobre mi abuelo: «Harry
Auster nació en Austria. Vino a este país hace unos años y había residido en Chicago,
Canadá y Kenosha. Él y su esposa más tarde regresaron a Austria, según las declaraciones
de la policía, pero volvieron a este país y se establecieron en Kenosha. Auster compró una
casa en el distrito segundo y durante algún tiempo realizó negocios de importancia.
Construyó el gran edificio de tres plantas en South Park Avenue y otro conocido como los
apartamentos de Auster en South Exchange Street. Hacía unos seis o siete meses que
había comenzado a tener problemas financieros...
»Hace un tiempo, la señora Auster acudió a la policía para pedir que le ayudaran a
vigilar a su marido, pues sostenía que éste tenía relaciones con una mujer joven que
según ella debía ser investigada. Ésta fue la primera vez que la policía oyó hablar de la
mujer llamada "Fanny"...
»Mucha gente vio a Auster y habló con él el jueves por la tarde y todos ellos
declararon que se había comportado con normalidad y que no mostraba signos de querer
quitarse la vida...»
Al día siguiente se llevó a cabo la encuesta del coroner. Mi tío fue llamado a declarar
como único testigo del incidente. «Un niño pequeño de mirada triste escribió el segundo
capítulo del misterioso asesinato el viernes por la tarde mientras jugueteaba, nervioso, con
un gorro de lana... Sus intentos por salvar el nombre de la familia eran verdaderamente
patéticos. Una y otra vez, cuando le preguntaban si sus padres estaban discutiendo, él
contestaba: "Sólo estaban hablando", aunque entonces pareció recordar su juramento y
agregó: "y tal vez discutiendo, bueno, sólo un poco".» El artículo describe a los miembros
del jurado como «extrañamente conmovidos por los esfuerzos del niño por proteger tanto
a su padre como a su madre».
Era evidente que la teoría del suicidio no colaría. En el último párrafo el periodista
escribe que «algunos funcionarios habían dejado entrever la posibilidad de acontecimientos
sorprendentes».
Luego vino el funeral, que le dio al anónimo reportero una oportunidad de emular
algunos de los pasajes más escogidos del melodrama Victoriano. Para entonces el asesinato
ya no era simplemente un escándalo. Se había convertido en un entretenimiento morboso.
LA VIUDA DE AUSTER NO DERRAMA NI UNA LÁGRIMA ANTE LA TUMBA DE
SU MARIDO
––––––––––––––––––––––
El domingo, la señora Anna Auster asistió, bajo custodia, al funeral de
su esposo, Harry Auster.
––––––––––––––––––––––
«Con los ojos secos y sin el menor gesto de emoción o pesar, la señora Auster, que
está detenida en relación con la misteriosa muerte de su marido, Harry Auster, asistió en
la mañana del domingo, bajo custodia, al funeral del hombre por cuya muerte se encuentra
en prisión.
»Ni en la capilla de Crossin, donde contempló a su marido muerto por primera vez
desde la noche del jueves, ni tampoco en el cementerio, demostró el menor signo de
debilidad. El único indicio de que podría estar a punto de sucumbir bajo el terrible peso
de este penoso drama se puso de manifiesto cuando estaba junto a la tumba, una vez
finalizadas las exequias, y pidió reunirse con el reverendo M. Hartman, pastor de la
Congregación B'nai Zadek...
»Una vez acabada la ceremonia, la señora Auster cerró con calma el cuello de piel de
zorro de su abrigo, dando a entender a la policía que estaba lista para partir...
«Después de unas breves formalidades rituales, se formó la procesión fúnebre en la calle
Wisconsin. La señora Auster pidió que se le permitiera acudir al cementerio y su petición
fue aceptada por la policía. Parecía ofendida por el hecho de que no se le hubiera procurado
un coche, quizá recordando aquella breve temporada en que Auster se paseaba por
Kenosha con una limousine...
»... La penosa ceremonia se hizo excepcionalmente larga, pues hubo cierta demora en
la preparación de la tumba, y mientras la señora Auster esperaba, llamó a su hijo Sam y le
abrochó el cuello del abrigo, mientras le hablaba en voz baja. Con la excepción de estas
palabras, permaneció callada hasta el final de la celebración...
»Entre los asistentes al funeral, destacaba Samuel Auster, de Detroit, hermano de
Harry, que tomó bajo su cuidado a los niños más pequeños e intentó consolarlos en su
dolor. Samuel Auster demostró claramente que no creía en la teoría del suicidio e hizo
algunas insinuaciones que podrían inculpar a la viuda...
»E1 reverendo M. Hartman ... dio un elocuente sermón junto a la tumba. Lamentó el
hecho de que la primera persona enterrada en el cementerio nuevo fuera alguien muerto
por un acto de violencia y que hubiera muerto en lo mejor de su vida. Rindió homenaje
a la obra de Harry Auster y lamentó su temprana muerte.
»La viuda no parecía conmovida por los homenajes rendidos a su difunto marido.
Abrió su abrigo con indiferencia, para permitir que el patriarca hiciera un corte en su jersey,
una muestra de pesar prescripta por la fe hebrea.
«Funcionarios de Kenosha aún tienen la sospecha de que Auster fue asesinado por su
esposa...»
El periódico del día siguiente, 26 de enero, traía la noticia de la confesión. Después de su
encuentro con el rabino, mi abuela había pedido hablar con el jefe de policía. «Cuando
entró en la habitación temblaba un poco, y mientras el jefe de policía le acercaba una silla,
era evidente que estaba nerviosa. "Sabe lo que nos ha dicho su pequeño —comenzó el
inspector cuando creyó que había llegado el momento psicológico más oportuno—,
no querrá que pensemos que él miente, ¿verdad?" Y la madre, cuya cara había
permanecido tan inexpresiva durante los últimos días como para no revelar todo el
horror que se escondía en su corazón, se arrancó la máscara, se volvió tierna de
repente y confesó su terrible secreto entre sollozos: "No está mintiendo, todo lo que
ha dicho es verdad. Yo lo maté y quiero hacer una confesión".»
Esta fue la declaración formal: «Mi nombre es Anna Auster. Yo disparé contra
Harry Auster en la ciudad de Kenosha, Wisconsin, el 23 de enero de A.C. 1919. He
oído decir a la gente que se hicieron tres disparos, pero yo no recuerdo cuántas veces
disparé. Disparé contra el susodicho Harry Auster porque él me maltrataba. Cuando
disparé contra él estaba como loca. Nunca había pensado en matarlo hasta el
momento en que le disparé. Creo que ésta es el arma con que disparé al susodicho
Harry Auster. Hago esta confesión por mi propia voluntad y sin que nadie me obligue
a hacerla».
El periodista continúa: «En la mesa, delante de la señora Auster, estaba el
revólver con el cual disparó contra su marido. Cuando se refirió a él lo tocó con un
gesto vacilante y luego retiró la mano con un evidente temblor de espanto. Sin decir
una palabra, el jefe de policía apartó el arma y le preguntó a la señora Auster si quería
agregar algo más. "Esto es todo por ahora —dijo ella con compostura—, firme por mí
y yo haré mi señal".
»E1 jefe de policía obedeció sus órdenes —por un instante, volvió a comportarse
como una reina—, ella avaló su firma y pidió que la llevaran a su celda...»
Al día siguiente, su abogado pidió un alegato de inocencia. «La señora Auster entró en la
sala del tribunal envuelta en un abrigo de felpa y una estola de piel de zorro...
Mientras tomaba asiento ante la mesa, le sonrió a una amiga que estaba entre el
público.»
A juicio del periodista, durante la audiencia no sucedió nada «extraordinario». Sin
embargo, no pudo resistir la tentación de hacer este comentario: «Cuando la señora Auster
regresaba a su celda, ocurrió un incidente que pone de manifiesto su estado mental. Una
mujer, detenida bajo el cargo de asociación con un hombre casado, había sido situada en
una celda cercana. Al verla, la señora Auster hizo preguntas sobre ella y se enteró de los
detalles de su caso.
»—Tendrían que condenarla a diez años —dijo mientras la puerta de hierro se cerraba
implacable—. Fue una como ella la que me trajo aquí.»
Después de algunas complicadas discusiones legales con respecto a la fianza, de las que se
informó ampliamente durante los días siguientes, fue puesta en libertad.
«—¿Tienen alguna razón para creer que esta mujer no asistirá al juicio? —le
preguntó la corte a los jurados.
»—¿Dónde podría ir una mujer con cinco hijos? —contestó el abogado Baker—.
Es obvio que está muy unida a ellos y la corte puede ver que ellos también se sienten muy
apegados a ella.»
Durante una semana la prensa permaneció callada. Luego, el 8 de febrero, se publicó
una nota sobre «la gran trascendencia que tiene el caso en la prensa en lengua judía de
Chicago. Algunos de estos periódicos contienen columnas comentando el caso de la
señora Auster y estos artículos han salido abiertamente en su defensa...
»E1 viernes por la tarde la señora Auster con uno de sus hijos asistió a la oficina
de su abogado donde se leyeron parte de estos artículos. Lloró como una criatura
mientras el intérprete le leía al abogado los comentarios de los periódicos...
»El abogado Baker declaró esta mañana que la defensa de la señora Auster se
basará en su inestabilidad emocional...
»Se espera que el de la señora Auster sea uno de los juicios criminales más
importantes del tribunal de circuito de Kenosha y que la historia de gran interés
humano, empleada hasta ahora en defensa de esta mujer, sea ampliamente desarrollada
en el juicio.»
Luego nada durante un mes. El diez de marzo los titulares decían:
ANNA AUSTER INTENTÓ SUICIDARSE
––––––––––––––––––––––
El intento de suicidio había tenido lugar en Peterboro, Ontario, en 1910. Mi
abuela había tomado ácido fénico y luego había encendido el gas. El abogado
presentó esta información en los tribunales para conseguir un aplazamiento para
asegurarse testimonios. «El abogado Baker sostuvo que la señora Auster había puesto
en peligro la vida de sus hijos y que el intento de suicidio era importante para
demostrar su estado mental.»
27 de marzo. Se fijó la fecha del juicio para el día 7 de abril. Después otra semana
de silencio, pero luego, el 4 de abril, como si el asunto se estuviera volviendo demasiado
aburrido, un nuevo incidente:
AUSTER DISPARA CONTRA LA VIUDA DE SU HERMANO
––––––––––––––––––––––––
«Sam Auster, hermano de Harry ... intentó sin éxito vengar la muerte de su hermano
poco después de las diez de la mañana de hoy, cuando disparó contra la señora Auster ...
El incidente tuvo lugar frente a los Almacenes Miller...
»Auster siguió a su cuñada hasta la puerta y le disparó una vez. A pesar de no haber
sido alcanzada por el disparo, la señora Auster cayó en la acera y Auster volvió al
interior de la tienda, donde según testigos declaró: "Bueno, me alegro de haberlo hecho".
Allí esperó con tranquilidad que vinieran a arrestarlo...
»En la comisaría de policía ... Auster, en medio de una fuerte crisis nerviosa, explicó
sus motivos para dispararle: "Esa mujer ha asesinado a mis cuatro hermanos y a mi
madre. He querido ayudarla, pero ella no me lo permitió". Luego, cuando lo llevaban a la
celda, afirmó entre sollozos: "Sin embargo, sé que Dios estará de mi lado".
»En su celda, Auster declaró que había hecho todo lo posible para ayudar a los hijos
de su difunto hermano. Estos últimos días, Auster vivía obsesionado por la negativa de los
tribunales a nombrarlo tutor legal, basándose en los derechos de la viuda... Aquella
misma mañana comentó: "Ella no es una viuda, sino una asesina, y no debería tener
ningún derecho..."
»El juicio de Auster se aplazará para dar tiempo a realizar una investigación exhaustiva
de este incidente. La policía admite que la muerte de su hermano y los hechos subsiguientes
pueden haberlo afectado mucho, hasta el punto de que no fuera responsable de sus actos.
Auster expresó varias veces su deseo de morir y se han tomado precauciones para evitar un
suicidio...»
El periódico del día siguiente agregaba: «Auster pasó una noche bastante intranquila en
la cárcel de la ciudad. En varias ocasiones, los funcionarios de la prisión lo encontraron
llorando, y en estado de histerismo...
»Por lo visto, la señora Auster sufrió una "fuerte crisis nerviosa" como resultado de
la impresión que le produjo el ataque contra su vida perpetrado el viernes, pero fuentes
allegadas afirmaron que estará en condiciones de asistir al juicio el lunes por la tarde.»
Después de tres días, el estado dio por concluida la presentación de alegatos. El fiscal del
distrito alegó que el crimen había sido premeditado, basándose en el testimonio de una tal
señora Mathews, empleada de los Almacenes Miller, que declaró: «El día del crimen, la
señora Auster vino a la tienda tres veces para hablar por teléfono. En una de esas
ocasiones, llamó a su marido y le pidió que fuera a arreglar una luz. Luego dijo que
Auster había prometido ir a las seis».
Pero el hecho de que ella lo hubiera invitado a la casa no probaba que tuviera
intenciones de matarlo cuando llegara allí.
De todos modos, no tiene importancia. Fueran cuales fuesen los hechos, el abogado
defensor aprovechó con astucia todos los argumentos para sus propios fines. Su i estrategia
consistía en ofrecer pruebas evidentes de dos cuestiones: por un lado, probar la infidelidad
de mi abuelo, y por el otro, demostrar antecedentes de inestabilidad mental en mi abuela.
Basándose en estos dos hechos, solicitó que se considerara el caso como homicidio
justificado o como homicidio «por enajenación mental». Cualquiera de las dos sentencias
serviría.
La exposición inicial del abogado Baker estaba dirigida a despertar la compasión del
jurado: «Explicó cómo la señora Auster había luchado junto a su esposo para construir el
hogar feliz que por fin disfrutaron en Kenosha después de años de privaciones... El
abogado defensor declaró: "Después de luchar juntos para construir ese hogar, vino
una mujer seductora de la ciudad y Anna Auster fue abandonada como un trapo viejo.
En lugar de ocuparse de las necesidades de su familia, su esposo instaló a Fanny Koplan
en un piso en Chicago. El dinero que ella había ayudado a ahorrar, fue malgastado en
una mujer más hermosa, y es comprensible que después de tal abuso su mente se alterara
y ella perdiera el control de sus actos"».
El primer testigo de la defensa fue Elizabeth Grossman, la única hermana de mi
abuela, que vivía en una granja cercana a Brunswick, Nueva Jersey. «Fue un testigo
espléndido. Contó toda la historia de la vida de la señora Auster con sencillez: su
nacimiento en Austria, la muerte de su madre cuando la señora Auster contaba sólo seis
años, el viaje junto a su hermana a este país, ocho años antes, sus muchas horas de
trabajo haciendo sombreros y tocados en sombrererías de Nueva York, y cómo,
gracias a su trabajo, logró ahorrar unos pocos cientos de dólares. Habló de su
matrimonio con Auster poco después de cumplir los veintitrés años y de sus
negocios, del fracaso de una pequeña tienda de dulces y de su largo viaje a
Lawrence, Kansas, donde intentaron comenzar de nuevo y donde... nació su primer
hijo; del regreso a Nueva York después de su segundo fracaso en los negocios, que
acabó en bancarrota y del viaje de Auster a Canadá. Contó que la señora Auster había
seguido a Auster a Canadá y que este último había abandonado a su esposa y a sus
pequeños hijos, diciendo que "iba a abrirse camino" [sic] y que se llevaba cincuenta
dólares para que le dieran un entierro decente si lo encontraban muerto... Dijo también
que durante su residencia en Canadá eran conocidos como Harry Ball y señora... »Las
pequeñas lagunas en la historia de la señora Grossman fueron aclaradas por el ex jefe
de Policía, Archie Moore y Abraham Low, ambos del condado de Peterboro, Canadá.
Estos hombres recordaron la partida del señor Auster de Peterboro y el dolor de su
esposa. Según dijeron, Auster se marchó de Peterboro el 14 de julio de 1909 y la
noche siguiente Moore encontró a la señora Auster en una habitación de su modesta
casa, bajo los efectos del gas. Ella y los niños estaban tendidos sobre un colchón, en
el suelo, mientras el gas salía de los fogones abiertos. Moore declaró que además había
encontrado un frasco de ácido fénico en la habitación y que en los labios de la señora
Auster había restos de este ácido. El testigo afirmó que la señora Auster había sido
llevada al hospital y que había estado allí varios días. Ambos hombres declararon que,
en su opinión, no había dudas de que la señora Auster presentaba síntomas de locura
cuando intentó suicidarse en Canadá.»
Entre los demás testigos se encontraban los hijos mayores, que describieron los
problemas familiares. Se habló mucho de Fanny y también de las frecuentes discusiones
en la casa. «Dijo que Auster tenía la costumbre de arrojar platos y artículos de cristal y
que en una ocasión había producido un corte tan grave en el brazo de su mujer que
había sido necesario llamar a un médico. Declaró que, en dichas ocasiones, su padre se
dirigía a su madre en un lenguaje vulgar e indecente...»
Otro testigo de Chicago afirmó que había visto varias veces a mi abuela golpearse la
cabeza contra la pared, presa de un ataque de nervios Un oficial de policía de Kenosha
describió cómo «en cierta ocasión había visto a la señora Auster corriendo por la calle
fuera de sí. Declaró que su pelo estaba "bastante" desgreñado y agregó que actuaba
como alguien que ha perdido la razón». También fue llamado a declarar un médico, que
confirmó que mi abuela sufría un «síndrome maníaco agudo».
El testimonio de mi abuela duró tres horas. «Entre lágrimas y sollozos ahogados,
contó la historia de su vida con Auster hasta el momento del "accidente"... La señora
Auster soportó muy bien el penoso interrogatorio y repitió la misma historia al menos
tres veces.»
Según esta recapitulación, «el letrado Baker dirigió al jurado una súplica muy emotiva
por la liberación de la señora Auster. En un discurso que duró casi una hora y media,
volvió a contar de forma elocuente la historia de la señora Auster ... En varias ocasiones,
la señora Auster se conmovió hasta las lágrimas por las declaraciones de su abogado, y
las mujeres de la sala sollozaron cuando el abogado pintó el retrato de una
inmigrante luchadora que intentaba mantener su hogar».
El juez dio al jurado la opción de dos veredictos: culpable o inocente de
homicidio y tomar una decisión les llevó menos de dos horas. Tal como lo describe
el boletín del 12 de abril: «Esta tarde, a las cuatro y media, en el juicio de la señora
Anna Auster, el jurado leyó su veredicto, según el cual encontraban a la acusada
inocente».
14 de abril: «"Hoy es el día más feliz de mis últimos diecisiete años", dijo la señora
Auster el sábado por la tarde al estrechar las manos de todos los miembros del jurado
después de la lectura del veredicto. "Cuando Harry estaba vivo —le dijo a uno de
ellos— siempre estaba preocupada, nunca supe lo que era la verdadera felicidad.
Ahora siento haber sido yo quien lo matara, pero nunca creí que podría llegar a
ser tan feliz..."
»La señora Auster abandonó la sala acompañada de su hija... y los dos hijos
pequeños, que habían aguardado pacientemente a que se leyera el veredicto que
absolvería a su madre...
»En la prisión del distrito, Sam Auster declaró que, a pesar de que no la
entiende, está dispuesto a aceptar la decisión de los doce jurados: "Anoche, cuando oí
el veredicto —comentó, nervioso, al ser entrevistado el domingo por la mañana—, se
me cayó el alma a los pies. No podía creer que pudiera salir libre después de matar
al que fuera mi hermano y su esposo. Esto ha sido demasiado para mí. No lo entiendo,
pero lo dejaré pasar. Ya intenté tomar la justicia por mi mano una vez y fallé, así que
ahora no tengo otro remedio que aceptar la decisión del jurado"».
Al día siguiente, él también fue puesto en libertad. «"Volveré a mi trabajo en la fábrica
—le dijo Auster al fiscal del distrito—, y cuando consiga suficiente dinero, haré construir
un monumento sobre la tumba de mi hermano. Luego dedicaré todos mis esfuerzos a
mantener a los hijos de otro de mis hermanos que vivió en Austria y cayó combatiendo en
el ejército austriaco".
»Durante la entrevista de esta mañana, Sam Auster declaró que es el menor de los
cinco hermanos Auster. Tres de los varones lucharon con el ejército austriaco y los tres
murieron en combate.»
En el párrafo final del último artículo sobre el caso, el periódico señala que «la
señora Auster piensa partir hacia el este con sus hijos dentro de pocos días... Se dice que la
señora Auster tomó esta decisión aconsejada por su abogado, quien le habría dicho que
comenzara una nueva vida en algún lugar donde nadie conociera el caso».
Supongo que fue un final feliz. Al menos para los lectores de los periódicos de Kenosha,
para el astuto abogado Baker y, sin duda alguna, para mi abuela. Por supuesto, no hubo
más noticias sobre el destino de la familia Auster. La proyección pública de este caso
acaba con el anuncio de la partida de la familia rumbo al este.
Mi padre rara vez hablaba de su vida, así que yo sabía muy poco de lo que había
ocurrido después. Pero por las pocas cosas que comentó, pude hacerme una idea bastante
precisa del clima en que vivían.
Por ejemplo, sé que se mudaban constantemente. No era extraño que mi padre
asistiera a dos o incluso a tres colegios en un mismo año. Como no tenían dinero, la
vida se convirtió en una continua huida de sus acreedores y los dueños de las casas
donde vivían. Esta vida nómada acabó de aislar a esta familia, ya de por sí cerrada. No
tenían puntos de referencia permanentes: ni casa, ni ciudad, ni amigos en los que
confiar. Sólo la familia. Era casi como vivir en cuarentena.
Mi padre era el benjamín, y durante toda su vida sintió admiración por sus tres
hermanos mayores. Cuando era pequeño lo llamaban Sonny. Sufría de asma y
alergias, le iba bien en el colegio, jugaba de puntero en el equipo de fútbol y corría la
carrera de 440 metros en el Instituto de Newark. Se graduó en el primer año de la
depresión, asistió a clases nocturnas de derecho durante uno o dos semestres, y luego
lo dejó, exactamente como lo hicieran antes sus hermanos. Los cuatro hermanos
estaban muy unidos. La lealtad que existía entre ellos tenía unas características casi
medievales. A pesar de que tenían sus diferencias y en muchos sentidos ni siquiera se
llevaban bien, no puedo pensar en ellos como cuatro individuos separados, sino como
un clan, una imagen cuadruplicada de la solidaridad. Tres de ellos —los tres menores—
acabaron siendo socios en los negocios y viviendo en la misma ciudad, y el cuarto, que
vivía a sólo dos pueblos de distancia, había montado su negocio gracias a los otros
tres. Era raro que pasara un día sin que mi padre viera a sus hermanos, y eso fue así
toda su vida: todos los días durante más de sesenta años.
Se contagiaban los hábitos unos a otros: formas de hablar, pequeños gestos; y se
arraigaban de tal modo, que era imposible adivinar en cuál de ellos estaba el origen
de determinada actitud o idea. Los sentimientos de mi padre eran inquebrantables: jamás
dijo una sola palabra en contra de ninguno de sus hermanos. También en este caso
valoraba al otro no por lo que hacía sino por lo que era. Aunque alguno de sus hermanos lo
desairara o hiciera algo reprobable, mi padre se negaba a emitir un juicio al respecto.
—Es mi hermano —decía como si eso lo explicara todo.
La relación filial era el principio fundamental, el postulado inexpugnable, el sumo y
único artículo de fe. Igual que la creencia en Dios, cuestionar esta relación constituía una
herejía.
Al ser el menor, mi padre era el más leal de los cuatro y el menos respetado por los
demás. Trabajaba más duro que ninguno, era más generoso con sus sobrinos y sobrinas, y
sin embargo esos gestos nunca fueron reconocidos o apreciados del todo. Mi madre
recuerda que el día de su boda, en la fiesta que siguió a la ceremonia, uno de los hermanos
se le insinuó. Es imposible saber a ciencia cierta si hubiese llegado hasta el final, pero el
mero hecho de bromear con ella de ese modo deja entrever sus sentimientos hacia mi padre.
Uno no hace cierto tipo de cosas en la boda de alguien, ni siquiera si se trata de un
hermano.
En el centro del clan estaba mi abuela, una Mammy Yokum judía, la madre entre las
madres. Fuerte, rebelde, la jefa. Era un sentimiento común de lealtad hacia ella lo que
mantenía unidos a los hermanos. Incluso cuando ya eran adultos, iban sin falta a cenar a su
casa todos los viernes por la noche... sin sus familias. Ésta era la relación que contaba y
tenía prioridad sobre cualquier otra cosa. En cierto modo, no dejaba de tener gracia: cuatro
hombres adultos, de metro ochenta de altura, alrededor de una pequeña anciana, treinta
centímetros más baja.
En una de las contadas ocasiones en que fueron con la familia, un vecino se
sorprendió de ver un grupo tan numeroso.
—¿Ésta es su familia, señora Auster? —le preguntó.
—Sí —respondió ella con una gran sonrisa de orgullo—. Éste es..., éste es...,
éste es... y éste es Sam.
El vecino se quedó algo sorprendido.
—¿Y estas hermosas señoras? —preguntó—, ¿quiénes son?
—¡Ah! —respondió ella con un gesto indiferente.— Aquélla es la esposa de..., aquélla
es la esposa de..., aquélla es la esposa de... y aquélla es la esposa de Sam.
La descripción aparecida en el periódico de Kenosha era bastante exacta. Vivía para sus
hijos (Abogado Baker: «¿Dónde podría ir una mujer con cinco hijos? Es obvio que está
muy unida a ellos y la corte puede ver que ellos también se sienten muy apegados a ella»).
Al mismo tiempo era una tirana, muy dada a los gritos y a los ataques de histeria.
Cuando se enfadaba, golpeaba a sus hijos con una escoba en la cabeza. Exigió fidelidad y la
obtuvo.
En una oportunidad, cuando mi padre logró ahorrar la enorme suma de diez o veinte
dólares de los frutos de su trabajo como repartidor de periódicos para comprarse una
bicicleta nueva, su madre entró en la habitación, le rompió la hucha y se llevó el dinero sin
una sola palabra de disculpa. Necesitaba el dinero para pagar unas cuentas y mi padre no
tuvo ningún recurso, ningún medio para expresar su resentimiento. Cuando me contó
esta historia, no lo hizo para quejarse del trato que le había dado su madre, sino para
demostrarme que el bien de la familia estaba por encima del bien de cualquiera de sus
miembros. Es posible que fuera infeliz, pero jamás se quejó.
Ésta era una regla inamovible. Para un niño, significaba que el cielo podía venirse abajo
encima de él en cualquier momento, que nunca podía estar seguro de nada. Por lo tanto,
mi padre aprendió a no confiar en nadie, ni siquiera en sí mismo. Siempre iba a venir alguien
a demostrar que lo que había pensado estaba mal, o que no contaba para nada. Aprendió a no
desear nada con demasiado empeño.
Mi padre vivió con su madre hasta que fue mayor que yo ahora. Fue el último en
independizarse, el que se había quedado atrás para cuidarla. Sin embargo, no sería exacto
decir que era un niño de mamá. Era demasiado independiente para eso y había estado bien
adoctrinado por sus hermanos en todo lo referente a las actitudes masculinas. Era bueno
con ella, respetuoso y amable, pero no sin mantener una distancia considerable e incluso
una cierta dosis de humor. Después de que él se casara, ella lo llamaba por teléfono a
menudo, para darle la lata sobre una cosa u otra. Entonces, mi padre apoyaba el teléfono
sobre la mesa, se iba al otro extremo de la habitación y se ocupaba de otros menesteres
durante unos minutos, luego volvía al teléfono, lo cogía, decía algo inocuo para hacerle
saber que estaba allí («ajá, ah, mmmmmm, es cierto») y seguía yendo y viniendo hasta que
ella se cansaba de hablar.
Esa era la parte cómica de su necedad, que a veces le resultaba muy útil.
Recuerdo una criatura pequeña y arrugada sentada en la sala de una casa para dos familias
en el barrio de Wee-quahic de Newark, leyendo el Jewish Daily Forward. Me daba pánico
besarla, aunque sabía que tendría que hacerlo cada vez que la viera. Su cara estaba muy
arrugada y su piel tenía una suavidad sobrenatural; pero lo peor era su olor, un olor que
mucho más tarde llegué a identificar como de alcanfor. Sin duda pondría bolas de alcanfor
en sus armarios, y a través de los años, la tela de su ropa se había impregnado de ese olor;
un aroma que en mi mente era inseparable de la idea de «abuela».
Si no recuerdo mal, no tenía ningún interés en mí. El único regalo que me hizo fue un
libro infantil de segunda o tercera mano, una biografía de Benjamin Franklin. Recuerdo que
lo leí entero y todavía tengo grabados en la memoria algunas de sus anécdotas. Por
ejemplo, la risa de la futura esposa de Franklin la primera vez que lo vio, cuando él
caminaba por las calles de Filadelfia con una enorme barra de pan bajo el brazo. La tapa del
libro era azul y estaba ilustrada con figuras. Entonces yo debía de tener siete u ocho años.
Después de la muerte de mi padre, descubrí un baúl que había pertenecido a su madre
en el sótano de su casa. Estaba cerrado con llave, así que decidí forzar la cerradura con un
martillo y un destornillador, pensando que podía contener algún secreto enterrado, algún
tesoro olvidado hacía tiempo. La aldaba cayó, yo levanté la tapa y allí estaba otra vez aquel
olor, elevándose hacia mí, perentorio, palpable, como si se tratara de mi propia abuela.
Tuve la sensación de que acababa de abrir su ataúd. Dentro no había nada interesante: un
juego de cuchillos de trinchar y una pila de joyas de fantasía. También un pequeño bolso
de plástico duro, una especie de caja octogonal con un asa. Se lo di a Daniel, y él de
inmediato comenzó a usarlo como garaje portátil para su pequeña flota de camiones y
coches.
Mi padre trabajó duro durante toda su vida. A los nueve años tuvo su primer trabajo, a los
dieciocho tenía un negocio de reparación de radios con uno de sus hermanos. Con la
excepción de una jornada como asistente del laboratorio de Thomas Edison (sólo para ser
echado al día siguiente, cuando Edison se enteró de que era judío), mi padre nunca
trabajó para nadie. Era un jefe muy exigente consigo mismo, mucho más de lo que
podría haber sido cualquier otro.
Con el tiempo el taller de radios se convirtió en un pequeño negocio de
electrodomésticos y más adelante en una gran tienda de muebles. Luego comenzó a hacer
sus primeros pinitos en el negocio inmobiliario (por ejemplo, al comprar una casa para mi
abuela) hasta que poco a poco este interés fue desplazando su atención por la tienda y se
convirtió en su verdadera actividad. Se asoció con dos de sus hermanos y una cosa los
condujo a la otra.
Levantarse temprano cada mañana, volver tarde por la noche y entremedias trabajo,
sólo trabajo. Trabajo era el nombre del país donde vivía y él era uno de sus patriotas más
grandes, lo cual no significa, sin embargo, que para él trabajar fuera un placer.
Trabajaba duro porque quería ganar todo el dinero posible. El trabajo era un medio para
un fin, un medio para obtener dinero; aunque el fin tampoco era algo que le ofreciera
placer. Tal como escribió Marx en su juventud, «si el dinero es el vínculo que me une a la
vida, que me une a la sociedad, que me une a la naturaleza y al hombre, entonces, ¿no es el
dinero el más grande de todos los vínculos? ¿No es, por lo tanto, el agente universal de
separación?».
Toda su vida soñó con ser un millonario, con ser el hombre más rico del mundo. En
realidad no era dinero lo que quería, sino lo que éste representaba: no sólo éxito a los
ojos del mundo, sino una forma de hacerse inalcanzable. Tener dinero significa algo más
que poder comprar cosas, significa que nada en el mundo puede afectarte. En ese caso el
dinero es un medio de protección, no de placer. Había vivido en la pobreza en su
infancia, sintiéndose vulnerable a los caprichos del mundo; por lo tanto la idea de la riqueza
para él era sinónimo de la idea de huida del peligro, del sufrimiento, del papel de víctima.
No intentaba comprar la felicidad, sino simplemente la ausencia de infelicidad. El dinero era
la panacea de todos los males, la representación material de sus más profundos e
inexpresables deseos como ser humano. No quería gastarlo, quería tenerlo, saber que estaba
ahí. El dinero para él no era un elixir, sino un antídoto: el pequeño frasco de medicina que
uno lleva consigo en el bolsillo cuando se mete en la jungla, sólo si lo pica una serpiente
venenosa.
A veces, su resistencia a gastar dinero era tan grande que parecía una enfermedad. Nunca
llegó al punto de privarse de lo que necesitaba (pues sus necesidades eran mínimas), pero era
algo más sutil, cada vez que tenía que comprar algo, optaba por lo más barato. Comprar
barato constituyó para él una forma de vida.
Implícita en esta actitud, había una concepción primitiva de las cosas. Todas las
distinciones quedaban eliminadas, todo se reducía a ese último común denominador. La
carne era la carne, los zapatos, zapatos, una pluma era una pluma. No importaba que uno
pudiera elegir entre cuello y bistec, entre bolígrafos desechables de treinta centavos y
plumas de cincuenta dólares que duraban veinte años. Los objetos verdaderamente finos eran
algo casi repudiable: había que pagar un precio desproporcionado por ellos y eso los
convertía en algo moralmente defectuoso. A un nivel más general, esto se traducía en un
estado permanente de privación sensorial: al cerrar los ojos ante determinadas cosas, se
negaba a sí mismo el contacto íntimo con las formas y las texturas del mundo, se privaba de
la posibilidad de experimentar placer estético. El mundo al que se asomaba era un lugar
práctico. Cada cosa tenía un valor y un precio, y el truco consistía en obtener las cosas que
uno necesitaba a un precio lo más cercano posible a su valor. Cada objeto era concebido
sólo en términos de su función, juzgado sólo por lo que costaba, nunca como algo
intrínseco con sus propias cualidades especiales. Supongo que en cierto modo esa actitud
debe de haberle hecho observar el mundo como un lugar aburrido, uniforme, descolorido,
sin dimensiones. Si uno observa al mundo sólo a través del prisma del dinero, acaba por no
ver nada en absoluto.
Cuando era pequeño hubo momentos en que me hizo sentir muy avergonzado en
público. Regateaba con los comerciantes, se ponía furioso por un precio alto y discutía
como si su propia hombría estuviera en entredicho. Puedo recordar con claridad cómo
me sentía languidecer y me entraban deseos de estar en cualquier otro lugar del mundo
menos allí. Me viene a la memoria un incidente en particular: todos los días durante
dos semanas, a la salida del colegio, había ido a una tienda a admirar el guante de
béisbol que quería. Por fin, cuando mi padre me llevó a la tienda a comprarlo,
reaccionó con tal violencia ante el vendedor que temí que acabara por pegarle. Asustado
y lleno de angustia le dije que en realidad no quería aquel guante. Cuando salíamos de
la tienda me ofreció un helado y comentó que después de todo aquel guante no era
muy bueno.
—Algún día te compraré otro mejor.
Mejor, por supuesto, significaba peor.
Peroratas sobre las luces encendidas en la casa. Siempre se cuidó de comprar
bombillas de poco voltaje.
Su excusa para no llevarnos nunca al cine:
—¿Para qué salir y gastar una fortuna cuando en un año o dos la darán por
televisión?
En las contadas salidas a comer a un restaurante siempre teníamos que elegir los platos
más baratos del menú. Se convirtió en una especie de ritual.
—Sí —comentaba él y asentía con la cabeza—, buena elección.
Años más tarde, cuando mi esposa y yo vivíamos en Nueva York, algunas veces nos
llevaba a cenar. La escena se repetía invariablemente. En cuanto nos habíamos llevado la
última cucharada de comida a la boca, preguntaba impaciente:
—¿Nos vamos?
Imposible siquiera considerar la posibilidad de un postre.
Se sentía tremendamente incómodo en su propia piel; era incapaz de sentarse y quedarse
quieto, de tener una pequeña charla, de «relajarse».
Estar con él te ponía nervioso; daba la impresión de que siempre estaba a punto de
marcharse.
Le encantaban los trucos ingeniosos y se enorgullecía de su habilidad para burlarse del
mundo en su propio juego. Su tacañería en las cuestiones más triviales de la vida resultaba
ridícula y deprimente. Siempre desconectaba el cuentakilómetros de sus coches y falsificaba
el kilometraje para asegurarse de obtener un buen precio de venta en el futuro. En casa,
siempre arreglaba los desperfectos en lugar de llamar a un profesional. Gracias a que
tenía un talento especial para las máquinas y sabía cómo funcionaban las cosas, reparaba las
averías de la forma más rápida e insólita, empleando cualquier material que tuviera a mano
para solucionar con chapuzas los problemas mecánicos o eléctricos. Todo antes de gastar
dinero para hacer las cosas bien.
Las soluciones permanentes nunca le interesaron. Se pasaba el tiempo haciendo
remiendos, una pieza aquí, otra allí; nunca permitía que su barco se hundiera, pero
tampoco le daba oportunidad de flotar.
Vestía según la moda de veinte años atrás. Trajes baratos y de tejidos sintéticos de la
sección de oportunidades y zapatos que venían sin caja y encontraba en los canastos de
oferta. Además de dar testimonio de su avaricia, este desinterés por la moda robustecía su
imagen de un hombre distanciado del mundo. Las prendas que vestía eran como una
expresión de su soledad, una forma concreta de afirmar su ausencia. A pesar de que
tenía un buen nivel económico y de que podía permitirse el lujo de comprar lo que le
apeteciera, tenía todo el aspecto de un hombre pobre, de un palurdo que acababa de
salir de su granja.
En los últimos años de su vida cambió un poco. Tal vez el hecho de volver a
convertirse en un solterón le sirviera de estímulo; pues se habría dado cuenta de que para
hacer vida social necesitaba tener un aspecto presentable. No es que comenzara a comprarse
ropa cara, pero al menos los tonos de su vestuario cambiaron, abandonó los grises y
marrones opacos y comenzó a usar colores más vivos. Su estilo también se volvió más
llamativo y elegante. Pantalones a cuadros, zapatos blancos, jerséis amarillos de cuello cisne,
botas con grandes hebillas. Pero a pesar de sus esfuerzos, nunca pareció cómodo con esa
vestimenta. No iba con su personalidad; parecía un niño disfrazado por sus padres.
Dada su curiosa relación con el dinero (sus deseos de riqueza, su incapacidad para
gastar), parecía lógico que sus negocios se desarrollaran entre pobres. Comparado con
ellos, era un hombre de enorme opulencia, y sin embargo, al pasar la vida entre gente que
no tenía casi nada, mantenía presente la visión de lo que más temía en el mundo: quedarse
sin dinero. Esa situación no le permitía perder la perspectiva de las cosas. Él no se
consideraba tacaño, sino razonable, un hombre que conocía el valor de un dólar. Tenía
que ser prudente, pues su prudencia era lo único que lo separaba de la pesadilla de la
pobreza.
En la época más floreciente de su negocio, sus hermanos y él tenían cerca de cien
propiedades. Su campo de acción era la sórdida zona industrial de Nueva Jersey —
Jersey City, Newark— y casi todos sus inquilinos eran negros. Suele hablarse de
«propietarios negreros», pero en este caso no hubiese sido una descripción exacta ni
justa. Tampoco era uno de esos propietarios siempre ausentes, él estaba allí, y ni el
trabajador más perseverante hubiese tolerado la cantidad de horas que él trabajaba.
Su trabajo consistía en un ejercicio permanente de pequeñas trampas. Se ocupaba de la
compra y venta de edificios, de la compra de repuestos y las reparaciones, del control de
varios grupos de empleados, del alquiler de los apartamentos, de la supervisión de los
capataces, de escuchar las quejas de los inquilinos, de tratar con los inspectores de la
construcción, de los continuos trámites en la compañía de agua y electricidad; todo eso sin
mencionar sus frecuentes visitas al juzgado —como demandante tanto como demandado—
para exigir el pago de atrasos de alquiler o para responder por sus violaciones a la ley.
Todo ocurría siempre a la vez, era una batalla constante en una docena de frentes
distintos, y sólo un hombre capaz de vivir a ese ritmo podía encargarse de todo. No volvía
a casa porque había acabado el trabajo, sino simplemente porque era tarde y se le había
acabado el tiempo. Al día siguiente todos los problemas lo estarían esperando... además
de otros nuevos. Era el cuento de nunca acabar. En quince años sólo se tomó vacaciones dos
veces.
Era compasivo con sus inquilinos —les permitía que se demoraran en pagar el
alquiler, les daba ropa para sus hijos, les ayudaba a encontrar trabajo— y ellos confiaban en
él. Los ancianos, temerosos de que les robaran, le entregaban sus posesiones más valiosas
para que las guardara en la caja fuerte de la oficina. Cuando tenían problemas, la gente
prefería hablar con él antes que con cualquiera de sus hermanos. Nadie lo llamaba señor
Auster, sino señor Sam.
Cuando vaciaba la casa después de su muerte, hallé esta carta en un cajón de la cocina.
De todas las cosas que encontré es la que me hace más feliz, pues de algún modo
equilibra la balanza y me ofrece una prueba palpable a la cual aferrarme cuando mi mente
comienza a alejarse de los hechos. La carta está dirigida al «señor Sam» y la letra es casi
ilegible.
19 de abril de 1976
Querido Sam:
Sé que le sorprenderá saber de mí. Antes que nada será mejor que me presente. Soy
la señora Nash, la cuñada de Albert Groover, del señor y la señora Groover, que vivían
en el 285 de la calle Pine en Jersey City hace mucho tiempo, y la señora Banks, que
también es mi hermana. Es igual. Tal vez se acuerde.
Usted me consiguió el apartamento para mis hijos y para mí en el 327 de la avenida
Johnston, a la vuelta de la casa del señor y la señora Groover, mi hermana.
Bueno, yo me fui y le quedé debiendo 40 dólares. Fue en el año 1964 pero yo no
sabía que tenía una deuda tan grande. Así que aquí está su dinero, muchas gracias por ser
tan bueno conmigo y con los niños en ese momento. No sabe cuánto le agradezco lo que
hizo por nosotros. Espero que se acuerde. Yo nunca lo he olvidado.
Hace tres semanas llamé a la oficina pero usted no estaba. Que el Señor lo bendiga
siempre. Yo casi nunca voy a Jersey City pero si voy iré a verlo.
Ahora estoy contenta porque puedo pagarle la deuda. Esto es todo por ahora.
Sinceramente.
Señora J. B. Nash
Cuando era pequeño, de vez en cuando lo acompañaba a cobrar el alquiler. Entonces era
demasiado joven para comprender lo que estaba viendo, pero recuerdo la impresión que me
producía, como si precisamente por mi incapacidad para comprenderlas, las crudas
percepciones de aquellas experiencias se colaran dentro de mí. Y todavía hoy continúan allí,
tan reales como una espina clavada en el pulgar.
Edificios de madera con sus portales oscuros y poco acogedores, y detrás de cada
puerta, una multitud de niños jugando en los apartamentos vacíos; la madre, siempre
malhumorada, cansada de trabajar, inclinada sobre una tabla de planchar. Lo más vivido
es el olor, como si la pobreza no fuera sólo la ausencia de dinero, sino una sensación
física, un hedor que te llenaba la cabeza y no te permitía pensar. Cada vez que entraba en
un edificio con mi padre, contenía el aliento y no me atrevía a respirar, como si aquel olor
pudiera hacerme daño. Todo el mundo se alegraba de conocer al hijo del señor Sam y me
dedicaban innumerables sonrisas y palmaditas en la cabeza.
Una vez, cuando era un poco mayor, íbamos en coche por Jersey City y vi a un niño
con una de las camisetas que me habían quedado pequeñas. Era una camiseta fácil de
distinguir, pues tenía una curiosa combinación de rayas azules y amarillas, así que no dudé
de que se trataba de la mía. Sin saber bien por qué, me invadió un sentimiento de
vergüenza.
Unos años más tarde, cuando tenía trece, catorce o quince años, mi padre solía
llevarme a trabajar con los carpinteros, pintores o reparadores para que ganara algún dinero.
Un día muy caluroso de verano, me asignaron la tarea de ayudar a un hombre a alquitranar
la azotea. El individuo se llamaba Joe Levine (un negro que se había cambiado el apellido
como muestra de gratitud hacia un viejo tendero judío que lo había ayudado en su
juventud) y era el obrero en quien más confiaba mi padre. Subimos unos cincuenta barriles
de alquitrán y nos pusimos a trabajar, extendiendo el alquitrán sobre la azotea con
escobas. El reflejo de los rayos del sol sobre la superficie negra era brutal, y después de una
media hora empecé a marearme, resbalé sobre el alquitrán húmedo y me caí derramando
uno de los barriles abiertos y cubriéndome de alquitrán.
Cuando volví a la oficina, unos minutos después, mi padre me encontró muy
gracioso. Reconozco que debía de causar gracia, pero yo estaba demasiado avergonzado
como para querer escuchar bromas al respecto. Debo reconocer que la actitud de mi
padre dice mucho a su favor, pues no se enfadó ni me ridiculizó. Se rió, pero de un
modo que me hizo reír a mí también. Luego dejó lo que estaba haciendo, me llevó
a los almacenes Woolworth que había enfrente y me compró ropa nueva. Entonces
sentí que todavía era posible acercarse a él.
Con el paso de los años, sus negocios comenzaron a declinar. No era el negocio en sí
lo que fallaba, sino sus características particulares. En ese momento y en ese lugar, ya
no era posible sobrevivir. Las ciudades se venían abajo, pero eso no parecía importarle
a nadie. Lo que una vez había sido una actividad más o menos gratificante para mi
padre, se convirtió en simple rutina. En los últimos años de su vida odiaba ir a
trabajar.
El vandalismo se convirtió en un problema tan grave que desalentaba cualquier tipo
de reparación. Tan pronto como se instalaban las cañerías de un edificio, venían a
robarlas. Rompían las ventanas constantemente, destrozaban las puertas, arruinaban los
pasillos, prendían fuego a los materiales. Al mismo tiempo resultaba imposible vender.
Nadie quería edificios, así que la única forma de deshacerse de ellos era abandonarlos y
dejar que el municipio se hiciera cargo. De este modo se perdió muchísimo dinero,
vidas enteras de trabajo. Al final, cuando mi padre murió le quedaban sólo seis o siete
edificios. El imperio se había desmoronado.
La última vez que estuve en Jersey City (hace al menos diez años), daba la
impresión de que la ciudad acababa de sobrevivir a una catástrofe, como si hubiera
sido saqueada por los hunos. Calles grises y desoladas, basura apilada en cualquier
sitio, objetos abandonados desparramados por todas partes. La oficina de mi padre
había sido robada tantas veces que en su interior sólo quedaban unos escritorios
metálicos de color gris, unas pocas sillas y tres o cuatro teléfonos. Ni una máquina
de escribir, ni un toque de color. Ya no era un lugar de trabajo, sino una habitación en
el infierno. Me senté y me quedé contemplando el banco de enfrente. No entraba ni
salía nadie; los únicos seres vivos eran un par de perros vagabundos que copulaban en
las escaleras.
No alcanzo a comprender de dónde sacaba fuerzas para levantarse cada mañana
e ir allí. Tal vez fuera el poder de la rutina o pura obcecación. No sólo resultaba
deprimente, sino que también era peligroso. Le robaron varias veces, y en una ocasión
lo golpearon en la cabeza con tal brutalidad que le dañaron el oído de forma
irreversible. En los últimos cuatro o cinco años de su vida sentía un constante zumbido
en la cabeza, un sonido que no lo abandonaba nunca, ni siquiera cuando dormía. Los
médicos no podían hacer nada para curarlo.
En los últimos tiempos, no abandonaba nunca la casa sin una llave inglesa en
el bolsillo. Tenía más de sesenta y cinco años y no quería correr ningún tipo de
riesgo.
Esta mañana, mientras le enseñaba a Daniel cómo se hacen los huevos revueltos, me
vinieron a la mente dos frases:
«Y ahora quiero saber —dice la mujer con una fuerza terrible—, quiero saber si es
posible encontrar otro padre como él en algún lugar del mundo» (Isaac Babel).
«Los niños tienen la tendencia a despreciar o exaltar a sus padres, y para un buen hijo
su padre es siempre el mejor de los padres, al margen de si tiene o no una razón objetiva
para admirarlo» (Proust).
Ahora me doy cuenta de que debo de haber sido un mal hijo. O si no exactamente malo, al
menos decepcionante, una fuente de confusión y tristeza. No parecía lógico que a un
hombre como él le saliera un hijo poeta, ni tampoco podía comprender cómo un joven con
dos diplomas de la Universidad de Columbia podría emplearse como marinero en un
petrolero en el Golfo de México y luego, sin razón aparente, marcharse a París y pasar allí
cuatro años llevando una vida de lo más precaria.
Su descripción más frecuente de mí era que yo tenía «la cabeza en las nubes» o que no
tenía «los pies sobre la tierra». Nunca debe de haber tenido una idea muy concreta sobre
mí, más bien me vería como si fuera algo etéreo o un ser de otro mundo. Para él uno
comenzaba a formar parte del mundo a través del trabajo, y por definición, el trabajo era
un medio para conseguir dinero. Lo que no producía dinero no era trabajo, por lo tanto
escribir no lo era, menos aún si se trataba de poesía. Como mucho podía considerarse un
pasatiempo, una forma agradable de entretenerse entre las cosas que realmente importaban.
Mi padre pensaba que yo estaba derrochando mi talento y que me negaba a crecer.
Sin embargo, entre nosotros había una especie de vínculo. No es que estuviéramos
muy unidos, pero nos manteníamos en contacto. Una llamada telefónica una vez al mes
y tal vez tres o cuatro visitas al año. Cada vez que publicaba un libro de poemas se lo
enviaba religiosamente y él siempre llamaba para agradecérmelo. Siempre que escribía un
artículo en una revista, sacaba una copia para dársela la próxima vez que lo viera. The New
York Review of Books no significaba nada para él, pero los artículos en Commentary le
impresionaban. Creo que el hecho de que los judíos me publicaran le hacía pensar que
tal vez tuviera talento.
Una vez, cuando yo todavía vivía en París, me escribió para decirme que había ido a
la biblioteca pública a leer algunos poemas míos que acababan de aparecer en Poetry. Me lo
imaginé en una gran sala desierta, por la mañana temprano antes de ir a trabajar, sentado
en una de esas mesas largas, con el abrigo aún puesto, inclinado sobre palabras que a él
debían de parecerle extrañas.
Intenté guardar esta imagen en la memoria, junto a tantas otras que no me
abandonan.
Una imperiosa y desconcertante fuerza de contradicción. Ahora comprendo que cada hecho
es invalidado por el siguiente, que cada idea engendra una idea equivalente y opuesta. Es
imposible decir algo sin reservas: era bueno o malo, era esto o aquello. Todas las
contradicciones son ciertas. A veces tengo la sensación de que estoy escribiendo sobre dos o
tres personas diferentes, distintas entre sí, cada una en contradicción con las otras.
Fragmentos. O la anécdota como forma de conocimiento. Sí.
El súbito rapto de generosidad. En aquellos escasos momentos en que el mundo no era una
amenaza para él, la bondad se convertía en la razón de su vida. «Que el Señor lo
bendiga siempre.»
Sus amigos lo llamaban siempre que tenían problemas. Un coche se paraba en cualquier
sitio en mitad de la noche y mi padre se levantaba de la cama para ir al rescate. En cierto
modo, los demás se aprovechaban de él con facilidad, pero él nunca se quejaba de nada.
Tenía una paciencia casi sobrehumana. Era la única persona que conocí que podía
enseñarle a conducir a alguien sin enfadarse o ponerse nervioso. Uno podía conducir
directamente hacia un poste de la luz, que él no se alteraba en lo más mínimo.
Era inescrutable y, quizá por eso, a veces parecía sereno.
Desde joven, siempre demostró un especial interés por su sobrino mayor, el único hijo de su
hermana. Mi tía tuvo una vida desgraciada, marcada por una serie de matrimonios difíciles y
su hijo sufrió las consecuencias. Lo mandaron a internados militares y nunca tuvo un
verdadero hogar. Motivado por simple bondad y por cierto sentido del deber, mi padre
cogió al chico bajo su ala. Lo mimaba con constantes muestras de aliento y le enseñaba a
abrirse camino en el mundo. Más adelante lo ayudó en los negocios y siempre que tenía
un problema, él estaba dispuesto a escucharlo y darle consejos. Incluso después de que mi
primo se casara y tuviera su propia familia, mi padre continuó demostrando un vivo interés
por él. En una ocasión los alojó durante más de un año, les hacía regalos a sus hijos e
hijas religiosamente para sus cumpleaños e iba a cenar con frecuencia a su casa.
Este primo se sintió más afectado por la muerte de mi padre que cualquiera de los
demás parientes. En la reunión familiar que siguió al funeral, se acercó a mí tres o cuatro
veces y me dijo:
—El otro día me lo encontré por casualidad. Íbamos a cenar juntos el viernes por la
noche.
Lo repetía siempre con las mismas palabras, como si no supiera bien lo que decía.
Sentí que en cierta forma habíamos cambiado los papeles, que él era el hijo
apesadumbrado y yo el sobrino que venía a presentar sus condolencias. Sentí deseos de
poner mi brazo sobre sus hombros y decirle que su padre había sido un buen hombre.
Después de todo, él había sido su verdadero hijo, había sido el hijo que yo nunca pude
ser.
Durante las últimas dos semanas, unas palabras de Maurice Blanchot me rondan por la
cabeza: «Debo dejar algo claro: no he dicho nada extraordinario ni tampoco sorprendente.
Lo extraordinario comienza en el instante en que yo dejo de escribir. Pero entonces ya no
soy capaz de hablar con ello».
Comenzar con la muerte, desandar el camino hasta la vida y luego, por fin, regresar a
la muerte.
En otras palabras: la vanidad de intentar decir algo sobre alguien.
En 1972 vino a visitarme a París. Fue su único viaje a Europa.
Aquel año yo vivía en una habitación de servicio minúscula en el sexto piso, donde
apenas cabía una cama, una mesa, una silla y un fregadero. Las ventanas y el pequeño
balcón daban al frente de uno de los ángeles de piedra de St. Germain Auxerrois, el Louvre
a la izquierda, Les Halles a la derecha y Montmartre un poco más allá. Yo sentía un gran
cariño por aquella habitación y muchos de los poemas de mi primer libro los escribí allí.
Mi padre no pensaba quedarse mucho tiempo, aquello ni siquiera podía llamarse
vacaciones: cuatro días en Londres, tres en París y luego de vuelta a casa. Pero yo estaba
contento de verlo y me preparé para hacerle agradable la visita.
Sin embargo, ocurrieron dos cosas que lo hicieron imposible: me dio una gripe muy
fuerte y me tuve que ir a México al día siguiente de su llegada para trabajar en un proyecto
como escritor anónimo.
Lo esperé toda la mañana en el hotel de turistas donde había reservado habitación,
sudando por la fiebre, sintiéndome muy débil y al borde del delirio. No llegó a la hora
señalada y yo lo esperé durante una o dos horas más, pero al final no pude aguantar más,
volví a mi habitación y me tiré en la cama.
Esa misma tarde, llamó a mi puerta y me despertó de un sueño profundo. La escena
era digna de una novela de Dostoievski: el padre burgués que viene a visitar a su hijo a una
ciudad extranjera y se encuentra al sacrificado poeta sólo en su buhardilla, volando de
fiebre. Estaba enfurecido por lo que vio; no entendía cómo alguien podía vivir en una
habitación como ésa, así que tomó las cosas en sus manos. Me hizo poner el abrigo, me
llevó a rastras a una clínica cercana y me compró las píldoras que me prescribieron.
Después se negó a dejarme pasar la noche en mi habitación. Yo no estaba en condiciones
de discutir y acepté alojarme en su hotel.
Al día siguiente no me sentía mucho mejor, pero tenía cosas que hacer, así que
junté fuerzas y me dispuse a hacerlas. Esa mañana llevé a mi padre conmigo al enorme
apartamento del productor de cine que me mandaba a México, en la avenida Henri
Martin. Durante ese último año yo había estado trabajando para aquel hombre, haciendo
trabajos esporádicos —traducciones, resúmenes de guiones—, cosas que sólo tenían una
relación marginal con el cine que, por otra parte, a mí no me interesaba. Cada proyecto
que me proponían era más estúpido que el anterior, pero pagaban bien y yo necesitaba el
dinero. Ahora el productor quería que ayudara a su esposa mexicana a escribir un libro que
le había encargado un editor inglés: Quetzalcóatl y los misterios de la serpiente
emplumada. Pensé que era llevar las cosas demasiado lejos, así que le dije que no varias
veces. Pero cada vez que yo me negaba, su oferta aumentaba, hasta que por fin se hizo
tan cuantiosa que no pude seguir rechazándola. Me iría durante un mes y me pagaría al
contado y por adelantado.
Ésta fue la transacción que mi padre presenció. Creo que por una vez mi padre se
sintió impresionado. No sólo lo llevé a un lugar lujoso y le presenté a un hombre que
hacía negocios millonarios, sino que ese hombre me dio un montón de billetes de cien
dólares y me deseó buen viaje. Por supuesto, fue el dinero lo que obró el milagro, el
hecho de que mi padre lo viera con sus propios ojos. Yo me sentí triunfante, como si
por fin algo me justificara. Por primera vez se había visto obligado a aceptar que podía
valerme por mí mismo.
Tuvo una actitud complaciente y protectora por mi estado de debilidad. Me acompañó
a depositar el dinero en el banco, todo bromas y grandes sonrisas. Luego consiguió un taxi
y me acompañó al aeropuerto.
—Adiós, hijo —dijo con un fuerte apretón de mano—. Buena suerte. ¡Duro
con ellos!
Ni que lo digas.
Varios días de silencio.
A pesar de las excusas que he intentado inventarme, creo comprender lo que me
sucede. Cuanto más cerca llego al final de lo que soy capaz de decir, más me cuesta
decirlo. Quiero posponer el momento del fin, y de ese modo pretendo convencerme de que
sólo acabo de empezar, de que la mejor parte de mi historia todavía está pendiente. Por
vanas que suenen estas palabras, ellas se interpusieron entre mí y el silencio que sigue
aterrorizándome. Cuando ponga un pie en el silencio, significará que mi padre ha
desaparecido para siempre.
La sucia alfombra verde de la funeraria y el director —solemne, profesional, con
eczema y tobillos hinchados— recitaba una lista de gastos como si yo fuera a comprar a
plazos el mobiliario para una habitación. Me entregó un sobre con el anillo que mi padre
llevaba al morir, y jugueteando ociosamente con él mientras la conversación se
prolongaba, reparé en que la parte interior de la piedra aún tenía residuos de una
sustancia jabonosa. Pasaron unos instantes hasta que hice la asociación y luego todo pareció
absurdamente obvio: habían usado una crema para sacarle el anillo. Intenté imaginarme a
la persona que se ocupaba de esas cosas. No sentí horror, sino fascinación y recuerdo que
pensé: «he entrado en el mundo de los hechos, el remo de los seres ordinarios». El anillo
era de oro, con una piedra negra que llevaba la insignia de la Confraternidad Masónica.
Mi padre no había participado activamente en ella durante los últimos veinte años.
El director de la funeraria no dejaba de hablarme sobre «los viejos tiempos» en que
había conocido a mi padre, dando a entender que había habido una amistad e intimidad que
sin duda nunca existió. Mientras le daba la información para los anuncios fúnebres de los
periódicos, se anticipaba a lo que yo decía, con datos incorrectos, dándose prisa en hablar
como para demostrarme lo bien que conocía a mi padre. Cada vez que sucedía esto, yo lo
detenía y lo corregía. Al día siguiente, cuando los avisos fúnebres aparecieron en los
periódicos, muchos de aquellos errores salieron impresos.
Tres días antes de su muerte, mi padre se había comprado un coche nuevo. Lo había
conducido una vez, tal vez dos, y cuando volví a su casa después del funeral lo vi en el
garaje. Ya difunto, como una enorme criatura nacida muerta. Más tarde, ese mismo día, me
fui al garaje para estar un rato solo y me senté al volante de su coche, inhalando su extraño
olor a nuevo. El odómetro marcaba sesenta y siete millas, justo la edad de mi padre al
morir, sesenta y siete años. Aquella brevedad me deprimió, como si se tratara de la distancia
entre la vida y la muerte. Un pequeño viaje, apenas un poco más largo que un viaje en coche
hasta el pueblo siguiente.
Mi mayor pesar: no haber tenido la oportunidad de verlo después de muerto. Yo creía
ingenuamente que durante el velatorio abrirían el ataúd, y luego, cuando no sucedió así,
ya era demasiado tarde para hacer nada.
El no haberlo visto muerto me priva de una angustia que hubiese querido tener. No es
que hiciera su muerte menos real, pero ahora cada vez que quiero verlo, cada vez que
quiero rozar su realidad, tengo que sumirme en un acto de imaginación. No hay nada que
recordar, nada más que una especie de vacío.
Cuando abrieron la tumba para meter el ataúd, reparé en una gruesa raíz de naranjo que
se asomaba por el agujero. Aquella raíz tuvo un extraño efecto calmante en mí. Por un
instante, la cruda realidad de la muerte no pudo esconderse detrás de palabras y gestos
ceremoniales. Allí estaba, sin interposiciones ni adornos, y era imposible ignorarla. Estaban
enterrando a mi padre, y con el tiempo, el cajón se desintegraría poco a poco y su cuerpo
serviría para alimentar a aquella raíz. Esto para mí tuvo más sentido que cualquiera de las
cosas que se hicieron o dijeron aquel día.
El rabino que condujo la ceremonia fúnebre era el mismo hombre que presidiera mi Bar
Mitzvah diecinueve años antes. La última vez que lo había visto, era un hombre más
bien joven y sin barba. Ahora estaba viejo y tenía una gran barba gris. No había
conocido a mi padre, de hecho no sabía nada de él, así que media hora antes de que
comenzara el funeral me senté junto a él y le dije lo que tenía que decir en su panegírico.
El tomó nota en pequeñas hojas de papel. Cuando llegó el momento de su sermón, habló
con gran sentimiento. El muerto era un hombre al que nunca había conocido, y sin
embargo hablaba de él como si lo hiciera con todo el corazón. Detrás de mí se oían los
sollozos de las mujeres. Repetía palabra por palabra lo que yo le había dictado.
Tengo la impresión de que comencé a escribir esta historia hace mucho tiempo,
mucho antes de que mi padre muriera.
Noche tras noche me despierto y mis ojos se abren en la oscuridad. Imposible dormir,
imposible no pensar en su muerte. Me encuentro a mí mismo sudando entre las sábanas,
intentando imaginarme lo que se siente cuando se sufre un ataque al corazón. La
adrenalina se dispara, mi cabeza late y todo mi cuerpo parece concentrarse en una pequeña
zona de mi pecho. La necesidad de experimentar el mismo pánico, el mismo dolor mortal.
Y luego, por la noche, casi todas las noches, tengo pesadillas. En una de ellas, la que
me despertó hace apenas unas horas, la hija adolescente de la amiga de mi padre me
decía que mi padre la había dejado embarazada y que como ella era tan joven habían
resuelto que mi esposa y yo nos encargáramos del niño cuando naciera. El bebé sería un
varón, todo el mundo lo sabía con anticipación.
También es probable que una vez que esta historia haya acabado siga narrándose a sí
misma, incluso después de haber gastado todas las palabras.
El anciano del funeral era mi tío abuelo, Sam Auster, que ahora tiene casi noventa años.
Alto, calvo y con una voz aguda y estridente. No dijo una sola palabra de los hechos
ocurridos en 1919 y yo no tuve valor para preguntarle nada.
—Yo me ocupé de Sam cuando era pequeño —dijo.
Pero eso fue todo. Cuando le pregunté si quería beber algo, me pidió una taza de
agua caliente.
—¿Con limón?
—No, gracias. Sólo agua caliente.
Otra vez Blanchot: «Pero ya no soy capaz de hablar de ello».
De la casa: un documento del distrito de St. Clair, en el estado de Alabama, que sentencia
el divorcio de mis padres. Abajo una firma: Ann W. Love.
De la casa: un reloj, unos pocos jerséis, una chaqueta, un despertador, seis raquetas de tenis y
un viejo Buick que apenas si funciona. Un juego de platos, una mesa de café y tres o cuatro
lámparas. Una estatuilla de bar de Johnnie Walker para Daniel. El álbum de fotografías en
blanco, «Los Auster. Ésta es nuestra vida».
Al principio pensé que sería un alivio aferrarme a estas cosas, que me recordarían a
mi padre y me harían pensar en él durante el resto de mi vida. Pero por lo visto los objetos
no son más que objetos. Ahora me he acostumbrado a verlos y he comenzado a pensar
en ellos como si fueran míos. Miro la hora en su reloj, uso sus jerséis, conduzco su
coche; pero todo ello no me brinda más que una falsa ilusión de intimidad, pues ya me he
apropiado de todas estas cosas. Mi padre ya no está presente en ellas, ha vuelto a
convertirse en un ser invisible. Y tarde o temprano las cosas se romperán o dejarán de
funcionar y tendremos que tirarlas a la basura. Dudo de que eso tenga la más mínima
importancia.
«... aquí se afirma que sólo aquel que trabaja consigue el pan, sólo aquel que está angustiado
encuentra descanso, sólo aquel que desciende a los infiernos rescata a sus seres queridos
y sólo aquel que empuña su cuchillo halla a Isaac... Aquel que no trabaje debe hacer caso
a los escritos sobre las vírgenes de Israel, pues dará a luz al viento, pero aquel que desee
trabajar da vida a su propio padre» (Kierkegaard).
Son más de las dos de la mañana. Un cenicero desbordante, una taza de café vacía y el frío
de la primavera temprana. Ahora una imagen de Daniel dormido en su cuna. Para
terminar. Me pregunto qué sacará en limpio de estas páginas cuando tenga edad para leerlas.
La imagen de su cuerpo pequeño y feroz, dormido en su cuna en la planta de arriba.
Para terminar.
(1979)
..
El libro de la memoria
«—Cuando los muertos lloran, es señal de que empiezan a
recuperarse —dijo el cuervo con solemnidad.
—Lamento contradecir a mi famoso amigo y colega —dijo el
búho—, pero yo creo que cuando los muertos lloran es porque
no quieren morir.»
COLLODI, Las aventuras de Pinocho
..
Coloca una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma: Fue.
Nunca volverá a ser.
Ese mismo día, más tarde, regresa a su habitación. Coge otra hoja de papel, la coloca sobre
la mesa frente a él y escribe hasta llenarla con palabras. Más tarde, cuando relee lo que ha
escrito, le cuesta trabajo descifrar la letra y las pocas palabras que logra comprender no
parecen expresar lo que pretendía decir. Entonces se va a comer.
Esa noche se dice a sí mismo que mañana será otro día. Palabras nuevas comienzan a cobrar
forma en su cabeza, pero no las escribe. Decide referirse a sí mismo como A. Va y viene de
la mesa a la ventana, enciende la radio y enseguida la apaga. Fuma un cigarrillo.
Luego escribe: Fue. Nunca volverá a ser.
Nochebuena de 1979; su vida ya no parecía transcurrir en el presente. Cada vez que
encendía la radio y escuchaba las noticias del mundo, sentía que las palabras describían
hechos ocurridos muchos años antes. Aunque sabía que estaba en el presente, tenía la
sensación de estar contemplándolo desde el futuro, y este presente-pasado le resultaba tan
antiguo que hasta los horrores cotidianos que en otro momento lo hubieran llenado de furia,
le parecían remotos, como si la voz de la radio leyera la crónica de una civilización
perdida. Más tarde, en un momento de mayor lucidez, se referiría a esta sensación como a
una «nostalgia por el presente».
Para continuar, una descripción detallada de los sistemas clásicos de la memoria,
diagramas, dibujos simbólicos. Por ejemplo, Raimon Llull o Robert Fludd, sin mencionar
a Giordano Bruno, el gran nolano quemado en la hoguera en el año 1600. Lugares e
imágenes como catalizadores para recordar otros lugares y otras imágenes: objetos,
hechos, los objetos enterrados de nuestra propia vida. Mnemotecnia. Para seguir con la
idea de Bruno de que la estructura del pensamiento humano se corresponde con la
estructura de la naturaleza. Y concluir, por consiguiente, que en cierto modo todo está
relacionado con todo.
Al mismo tiempo, paralelamente a lo anterior, una breve disquisición sobre la habitación.
Por ejemplo, la imagen de un hombre sentado solo en una habitación. Como en Pascal:
«La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en
su habitación». Como en la frase: «escribió el Libro de la Memoria en su habitación».
El Libro de la Memoria, volumen uno.
Nochebuena de 1979, está en Nueva York, solo en su pequeña habitación del número 6
de la calle Varick. Como muchos edificios de la vecindad, éste sólo se utiliza como
lugar de trabajo. Por todas partes hay rastros de la antigua vida de la casa: redes de
misteriosas cañerías, tiznados techos de metal, siseantes radiadores de vapor. Cada vez que
sus ojos se posan sobre la puerta de vidrio, lee las letras torpemente grabadas al otro lado:
«R. M. Pooley, Concesionario Electricista». No es un lugar pensado para que viva gente,
sino para albergar máquinas, escupideras y sudor.
No podía definirlo como un hogar, pero era todo lo que había tenido en los últimos
seis meses. Unos cuantos libros, un colchón en el suelo, una mesa, tres sillas, un hornillo y
un fregadero corroído con agua fría. El lavabo está al otro lado del pasillo, pero lo usa sólo
para cagar, pues mea en el fregadero. Durante los últimos tres días el ascensor ha estado
fuera de servicio, y como vive en el último piso, no le dan ganas de salir. No es que le asuste
subir los diez pisos por la escalera, sino que encuentra descorazonador cansarse de ese
modo sólo para volver a aquella desolación. Si se queda en la habitación durante largos
espacios de tiempo, por lo general se las ingenia para llenarla con sus pensamientos, y de
ese modo espanta la melancolía, o al menos logra hacerla pasar inadvertida. Cada vez que
sale, se lleva los pensamientos con él y durante su ausencia la habitación se vacía poco a
poco de sus esfuerzos por habitarla. Cuando regresa, vuelve a comenzar todo el proceso y
eso exige trabajo, un verdadero trabajo espiritual. Teniendo en cuenta su estado físico
después de subir las escaleras (el rugido del pecho al respirar y las piernas tensas y pesadas
como troncos), esta batalla interior tarda mucho más en ponerse en marcha. Mientras tanto,
en el intervalo que transcurre entre que abre la puerta y comienza a reconquistar el vacío, su
mente se llena de un pánico mudo. Es como si lo forzaran a contemplar su propia
desaparición, como si al cruzar el umbral de la habitación, se estuviera adentrando en otra
dimensión y se sumergiera en un agujero negro.
Sobre su cabeza, nubes oscuras pasan por el tragaluz manchado de alquitrán, flotando
sobre la tarde de Manhattan. Abajo se oye el tráfico en dirección al túnel Holland: ríos de
coches volviendo a casa, a Nueva Jersey, para celebrar la Nochebuena. La habitación
contigua está en silencio. Los hermanos Pomponio, que vienen todas las mañanas a fumar
sus cigarros y lijar carteles comerciales —un negocio que mantienen en pie gracias a doce
o catorce horas de trabajo—, estarán en casa, preparándose para degustar la cena de
Nochebuena. Parece mentira, pues últimamente uno de ellos ha estado quedándose a
dormir en el taller y sus ronquidos no dejan dormir a A. El hombre duerme exactamente
frente a A, del otro lado de la fina pared que divide las dos oficinas, y A se pasa las noches
con la vista fija en la oscuridad, intentando acompasar sus pensamientos al flujo y reflujo
de los sueños intranquilos y adenoideos de aquel hombre. Los ronquidos se dilatan de
forma gradual, y en la cumbre de cada ciclo se hacen largos, penetrantes, casi histéricos,
como si al caer la noche el roncador tuviera que imitar el ruido de la máquina que lo
mantiene cautivo durante el día. Por una vez, A puede contar con un sueño sereno e
ininterrumpido. Ni siquiera la llegada de Santa Claus lo molestará.
Solsticio de invierno, la época más oscura del año. Apenas se levanta de la cama,
siente que el día se le empieza a escapar de las manos. No hay una luz a la que aferrarse, ni
la sensación del tiempo que se despliega, sino puertas que se cierran y cerrojos que se
corren. El mundo exterior, ese mundo tangible de objetos y cuerpos, parece un mero
producto de su mente. Siente que se desliza por los hechos, revoloteando alrededor de su
propia presencia como un fantasma, como si viviera a un lado de sí mismo; no aquí,
pero tampoco en otro sitio. Una sensación de encierro y al mismo tiempo de ser capaz
de atravesar las paredes. En algún lugar, al margen de un pensamiento, descubre una
oscuridad que le cala los huesos y toma nota de ello.
Durante el día, el calor sale a raudales de los radiadores, e incluso ahora, en la época
más fría del invierno, tiene que tener las ventanas abiertas. Por la noche, sin embargo, no
queda ni pizca de calor, así que duerme completamente vestido, con dos o tres jerséis,
acurrucado en un saco de dormir. Los fines de semana no hay calefacción ni de día ni de
noche y en varias ocasiones se ha sentado a la mesa a trabajar y no ha sentido la pluma en
su mano. Esta falta de comodidades no le molesta por sí misma, pero tiene el efecto de
crear un cierto desequilibrio, de exigirle un permanente estado de alerta. Al contrario
de lo que parece, esta habitación no es un escondite para ocultarse del mundo. En ella no
hay nada que lo haga sentir bien, ninguna promesa de viaje somático para alcanzar el
olvido. Estas cuatro paredes sólo sostienen los signos de su propia inquietud, y para
encontrar algo de paz en este escenario, debe ahondar más y más profundamente en
sí mismo. Pero cuanto más cava, menos terreno hay para cavar. Esto resulta
indiscutible; tarde o temprano, se habrá consumido por completo.
Cuando llega la noche, la electricidad baja a media potencia, luego sube y baja
otra vez sin razón aparente. Es como si las luces fueran controladas por alguna
deidad bromista. Con Edison no lleva registro del lugar, así que nunca nadie ha
pagado la electricidad. Al mismo tiempo, la compañía de teléfono se ha negado a
reconocer la existencia de A. El teléfono ha estado aquí durante nueve meses,
funcionando sin un solo desperfecto, pero aún no ha recibido ninguna factura.
Cuando llamó hace unos días para solucionar el problema, insistieron en que no
tenían constancia de su nombre. De algún modo había logrado escapar de las
garras de la computadora, y ninguna de sus llamadas había quedado registrada.
Su nombre no consta en los libros, de modo que si quisiera, podría pasarse todos sus
ratos de ocio hablando por teléfono a lugares lejanos. El problema es que no hay
nadie con quien quiera hablar ni en California, ni en París, ni en China. Para él el
mundo se ha reducido al tamaño del esta habitación y debe permanecer en ella hasta
que logre comprenderlo. Sólo una cosa resulta clara: no podrá estar en otro sitio hasta
que no haya estado aquí. Y si no logra encontrar este lugar, sería absurdo que se
propusiera buscar otro.
La vida en el interior de la ballena. Una apostilla sobre Jonás y lo que significa negarse a
hablar. Texto paralelo: Gepetto en el vientre del tiburón (una ballena en la versión de
Disney) y la historia de cómo Pinocho lo rescata. ¿Es verdad que uno debe sumergirse en
las profundidades del mar y salvar a su padre para convertirse en un niño real?
Primera enunciación de estos temas; seguirán otras.
Luego un naufragio: Robinson Crusoe en su isla. «Ese chico será feliz si se queda en casa,
pero si se va al extranjero será la criatura más infeliz que haya existido.» Conciencia
solitaria. O en la frase de George Oppen: «el naufragio de lo singular».
La imagen de las olas alrededor, el agua infinita como el aire y el calor de la jungla
detrás. «Estoy aislado de la humanidad, soy un solitario, alguien desterrado de la sociedad
humana.»
¿Y el viernes? No, todavía no. El viernes no existe, al menos aquí. Todo lo que sucede es
anterior a ese momento. O también: las olas han borrado las huellas.
Primer comentario sobre la naturaleza de la casualidad. Comienza aquí: un amigo le cuenta
una historia, y después de unos años, él se sorprende pensando otra vez en aquella historia.
Es como si durante el acto de recordarla, se hubiera dado cuenta de que le está sucediendo
algo, pues la historia no le hubiera venido a la memoria si no le hubiera evocado algo
concreto. Sin saberlo, había estado escarbando para encontrar un lugar perdido en la
memoria, y ahora que algo sale a la superficie, ni siquiera puede recordar cuánto tiempo ha
estado excavando.
Durante la guerra, el padre de M. se había escondido de los nazis durante varios
meses en una chambre de bonne de París. Al final logró escapar, se fue a América y
comenzó una nueva vida. Pasaron los años, más de veinte. M. había nacido, había crecido
y se había ido a estudiar a París. Una vez allí, pasó varias semanas terribles buscando
alojamiento, y cuando ya había perdido la esperanza de encontrarlo y estaba a punto de
desistir, encontró una pequeña chambre de bonne. En cuanto se instaló, se apresuró a
escribir a su padre para comunicarle la buena noticia y una semana más tarde recibió la
respuesta: «Esa dirección —le escribió el padre—, corresponde al mismo lugar donde me
escondí durante la guerra». Luego pasó a describirle la habitación con todo lujo de
detalles y resultó ser la misma que había alquilado su hijo.
Por lo tanto, todo comienza con esta habitación y luego con aquella habitación. Además,
con el hecho de que hay un padre, un hijo y una guerra. Hablar de miedo y recordar que el
hombre que se había escondido en aquella pequeña habitación era un judío. Notar además
que la ciudad era París, un lugar de donde A. acababa de regresar (quince de diciembre), y
donde había vivido un año entero en una chambre de bonne. Allí escribió su primer libro de
poemas y recibió la visita de su propio padre en su único viaje a Europa. Recordar la
muerte de su padre y sobre todo comprender —esto es lo más importante— que la historia
de M. no tiene ningún significado.
Sin embargo, todo empieza aquí. La primera palabra aparece sólo en el momento en
que no puede explicarse nada más, en un instante de la experiencia que no admite ninguna
interpretación. Quedar condenado al silencio, o de lo contrarío decirse a sí mismo: «esto
es lo que me persigue»; y luego darse cuenta, casi en el mismo instante, que eso es lo que
él persigue.
Coloca una hoja en blanco frente a él y escribe estas palabras con su pluma. Posible
epígrafe para el Libro de la Memoria.
Luego abre un libro de Wallace Stevens (Opus Post-httmous) y copia la siguiente frase:
«Ante una realidad extraordinaria, la conciencia toma el lugar de la imaginación.»
Más tarde ese mismo día escribe sin parar durante tres o cuatro horas. Después, cuando
relee lo que ha escrito, encuentra sólo un párrafo interesante, y a pesar de que no está
muy seguro de qué hacer con él, decide guardarlo para una referencia futura y lo copia en una
libreta rayada:
«Cuando el padre muere —escribe—, el hijo se convierte en su propio padre y en su
propio hijo. Mira a su hijo y se ve a sí mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño
ve cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre.»
Inexplicablemente, esta idea lo conmueve, no sólo por la imagen del niño, ni
siquiera por la idea de estar dentro de la piel de su padre, sino porque vislumbra algo en el
niño del pasado que se le ha esfumado. Siente nostalgia por su propia vida, tal vez
un recuerdo de su infancia, cuando aún cumplía el papel de hijo. Sin saber bien por qué,
en ese instante se sorprende a sí mismo temblando de dicha y pesar al mismo tiempo,
si es que esto es posible, como si fuera hacia adelante y hacia atrás a la vez, en
dirección al futuro y al pasado. Y hay momentos en que esos sentimientos se vuelven
tan fuertes que su vida no parece transcurrir en el presente.
La memoria como un lugar, como un edificio, como una serie de columnas, cornisas,
pórticos. El cuerpo dentro de la mente, como si nos moviéramos allí dentro,
caminando de un sitio a otro, y el sonido de nuestras pisadas mientras caminamos de
un sitio a otro.
«Por ende uno debe ocupar un gran número de lugares —escribe Cicerón—, que
deben estar bien iluminados, ordenados con claridad, espaciados a intervalos
moderados; e imágenes activas, perfectamente definidas, insólitas, que tienen el poder
de llegar a la psique y penetrar en ella... Pues los lugares son en gran medida como
tablillas de cera o papiros, las imágenes como las letras, el arreglo y disposición de las
imágenes como la escritura y el habla como la lectura.»
Volvió de París hace diez días. Había ido allí por trabajo y era la primera vez que
salía al extranjero en más de cinco años. El viaje, la conversación continua, las copas
excesivas entre viejos amigos y la distancia de su pequeño hijo lo habían agotado. Tenía
unos pocos días libres antes de terminar el viaje y decidió ir a Amsterdam, una ciudad
que no conocía. Pensó en las pinturas, pero una vez allí, lo que más le impresionó fue algo
que no había planeado. Sin ninguna razón especial (mirando ociosamente una guía que
había encontrado en la habitación del hotel), decidió ir a la casa de Ana Frank, que ahora es
un museo. Era una mañana de domingo, gris y lluviosa, y las calles que flanquean los
canales estaban desiertas. Subió la escalera estrecha y empinada y entró al pabellón secreto.
Ya en la habitación de Ana Frank, el lugar donde escribió su diario —ahora vacía, con la
colección de fotos descoloridas de estrellas de Hollywood todavía pegadas en las paredes—
, de repente descubrió que estaba llorando. No sollozando, como cuando uno siente un
profundo dolor, sino llorando sin ruido, con las lágrimas que le caían por las mejillas,
como si se tratara de una simple réplica al mundo. Más tarde se daría cuenta de que el
Libro de la Memoria había comenzado entonces. Como en la frase: «ella escribió su
diario en esta habitación».
Desde la ventana de aquella habitación, mirando hacia el patio, uno puede ver las
ventanas traseras de la casa donde vivió Descartes. Ahora en el patio hay columpios,
juguetes desparramados sobre el césped, pequeñas y bonitas flores. Ese día, al mirar por la
ventana, se preguntó si los pequeños propietarios de aquellos juguetes tendrían alguna idea
de lo que había sucedido allí treinta y cinco años antes, en el preciso lugar donde estaba él
entonces. Y si la tenían, se preguntó qué se sentiría al crecer bajo la sombra de la
habitación de Ana Frank.
Repitiendo a Pascal: «La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es
incapaz de quedarse quieto en su habitación». Aproximadamente en la misma época en
que estas palabras se incluían en sus Pensées, Descartes le escribió a un amigo en Francia
desde aquella habitación en la casa de Amsterdam. «¿Hay algún país —preguntaba con
exuberancia—, en el cual uno pueda disfrutar de una libertad tan inmensa como la que hay
aquí?» En cierto modo, todo puede leerse como una apostilla sobre alguna otra cosa.
Imaginar a Ana Frank, por ejemplo, si hubiese sobrevivido a la guerra, leyendo las
Meditaciones de Descartes como alumna universitaria en Amsterdam. Imaginar una soledad
tan aplastante, tan inconsolable, que uno deja de respirar durante cientos de años
El nota, con cierta fascinación, que el cumpleaños de Ana Frank es el mismo día que el
de su hijo. Doce de junio, bajo el signo de Géminis. Una imagen de los mellizos, un
mundo donde todo es doble, donde la misma cosa sucede dos veces.
Memoria: el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez.
El Libro de la Memoria, volumen dos.
El último testamento de Israel Lichtenstein, Varsovia, 31 de julio de 1942.
«Me entregué al trabajo de reunir material de archive con celo y placer. Lo dejaron
bajo mi custodia y escondí el material, nadie más que yo sabe dónde está. Confié sólo
en mi amigo, Hersh Wasser, mi supervisor ... Está bien escondido. Ruego a Dios que
nadie lo encuentre. Ése será el mayor y mejor logro que consigamos en los difíciles
tiempos presentes ... Sé que no sobreviviré. Sobrevivir, seguir vivo después de unos
asesinatos y masacres tan horribles es imposible, por eso escribo este testamento. Tal vez
yo no sea digno de que me recuerden por ninguna otra razón que mi granito de arena en
la Sociedad Oneg Shabbat y por correr el riesgo de esconder el material. Arriesgar mi
cabeza no tendría importancia, pero arriesgo la cabeza de mi querida esposa Gele Seckstein y
de mi tesoro, mi pequeña hija Margalit... No espero gratitud, ni un monumento, ni halagos.
Sólo quiero que me recuerden para que mi familia, mi hermano y hermana que se
encuentran en el extranjero, sepan qué ocurrió con mis restos ... Quiero que recuerden a
mi esposa, Gele Seckstein, artista, con docenas de obras, llena de talento, aunque nunca
pudo exhibir ni mostrar sus obras en público. Durante los tres años de la guerra, trabajó
como educadora, haciendo escenografías y trajes para las obras de los niños y recibió
premios. Ahora, ambos nos preparamos para recibir la muerte ... Quiero que recuerden a
mi pequeña hija, Margalit, de veinte meses de edad. Habla perfectamente el yiddish, un
yiddish puro. A los nueve meses comenzó a hablarlo con claridad. En inteligencia está a
la altura de un niño de tres o cuatro años; no quiero presumir, pero los profesores de la
escuela de Nowolipki 68 son testigos de ello ... No lo lamento por mi vida ni por la de mi
mujer, sino por la de esta niña prodigio. Ella también merece ser recordada ... Ojalá
sirvamos para redimir al resto de los judíos de todo el mundo. Yo creo en la supervivencia
de nuestro pueblo. Los judíos no serán aniquilados. Nosotros, los judíos de Polonia,
Checoslovaquia, Lituania y Letonia, somos los chivos expiatorios del pueblo de Israel que
vive en todos los demás países.»
De pie, mirando. Sentado. Echado en la cama. Caminando por las calles. Comiendo en el
restaurante Plaza, solo en una casilla, con el periódico desplegado sobre la mesa frente a él.
Abriendo el correo, escribiendo cartas. De pie, mirando. Caminando por las calles. Se
entera por un amigo inglés, T., de que las familias de ambos proceden de la misma ciudad
(Stanislav) en Europa del Este, que antes de la primera guerra mundial formó parte del
imperio austro-húngaro, en el intervalo entre las dos guerras, perteneció a Polonia y ahora,
después de la segunda guerra mundial, era territorio soviético. En su primera carta, T.
especula con la posibilidad de que después de todo podamos ser primos. Sin embargo, en
la segunda carta aclara las cosas. T. supo por una tía anciana que en Stanislav su familia era
muy rica, mientras que la familia de A. (y esto coincide con todos sus datos) era pobre.
Según parece, uno de los parientes de A. (un tío o primo lejano) vivía en una pequeña casa
propiedad de la familia de T. y se enamoró de la joven de la casa, le propuso matrimonio y
fue rechazado. Entonces dejó Stanislav para siempre.
Lo que a A. le resulta fascinante en esta historia, es que el nombre de ese hombre
coincide con el de su hijo.
Unas semanas más tarde, lee estas palabras en la Enciclopedia Judía:
«AUSTER, DANIEL (1893-1962). Jurista de Israel y alcalde de Jerusalén. Auster, que
nació en Stanislav (oeste de Galitzia), estudió derecho en Viena, donde se graduó en 1914,
y luego se trasladó a Palestina. Durante la primera guerra mundial, sirvió en los cuarteles
del cuerpo expedicionario austriaco en Damasco, donde colaboró con Arthur Ruppin
para enviar ayuda económica desde Constantinopla a los hambrientos yishuv. Después de
la guerra, estableció un bufete legal en Jerusalén participando en conflictos judío-árabes y
ejerció como secretario del Departamento Legal de la Comisión Sionista (1919-1920). En
1934 Auster fue elegido concejal de Jerusalén, en 1935 fue elegido teniente de alcalde de
Jerusalén y en los períodos transcurridos entre 1936-1938 y 1944-1945 actuó como alcalde.
Auster representó los intereses judíos en el proyecto de internacionalización de Jerusalén
presentado ante las Naciones Unidas en 1947 y 1948. En 1948, Auster fue elegido alcalde de
Jerusalén como representante del partido Progresista y fue el primero en ejercer este cargo
tras la independencia de Israel. Ocupó ese puesto hasta 1951. También sirvió como
miembro del Consejo Provisional de Israel en 1948. Dirigió la Asociación Israelí ante las
Naciones Unidas desde la creación de ésta hasta su muerte.»
Durante los tres días que estuvo en Amsterdam se sintió completamente desorientado. El
plano de la ciudad es circular (una serie de círculos concéntricos divididos por canales,
salpicados por cientos de pequeños puentes, y conectados unos con otros de forma
interminable), por lo cual uno no puede simplemente «seguir» una calle como en otras
ciudades. Para ir a un sitio determinado, primero hay que saber exactamente cómo se llega
allí. Al ser extranjero, A. no lo sabía y además sentía cierta reticencia a consultar el mapa.
Llovió durante los tres días de su visita y él se pasó todo ese tiempo dando vueltas en
círculos. A. advirtió que en comparación con Nueva York (o Nueva Amsterdam, como se
complacía en llamarla tras su regreso), Amsterdam era una ciudad pequeña, cuyas calles
sin duda podría memorizar en unos | diez días. Pero incluso en el caso de que se
desorientara, ¿no podría consultar a cualquier transeúnte? En teoría sí, pero lo cierto es que
se sentía incapaz de hacerlo. Los I desconocidos no le asustaban, ni tampoco le faltaban
ganas de hablar. Era algo más sutil: dudaba en hablar inglés a los holandeses. En
Amsterdam casi todo el mundo habla un inglés excelente, pero esa facilidad de
comunicación lo intranquilizaba, como si pudiera despojar a la I ciudad de su carácter de
extranjera. No porque él buscara exotismo, sino porque le parecía que el lugar dejaba de
ser el mismo, como si por el mero hecho de hablar inglés los holandeses negaran su propia
identidad. Si hubiese estado seguro de que nadie le comprendía, no habría dudado en parar
a cualquier extraño y hablarle en inglés, esforzándose por hacerse entender con palabras,
gestos, muecas, etcétera. Pero tal como estaban las cosas, se sentía incapaz de privar a los
holandeses de su identidad, a pesar de que ya hacía mucho tiempo que ellos mismos lo
habían consentido. Por lo tanto no habló con nadie, anduvo sin rumbo, caminó en
círculos y no hizo nada para evitar perderse. Más tarde se daría cuenta de que en más de
una ocasión se había encontrado a pocos pasos de su destino, pero al no saber dónde girar,
había caminado en la dirección opuesta, alejándose cada vez más del sitio adonde quería ir.
Pensó que tal vez estuviera dando vueltas alrededor de los círculos del infierno, que la
ciudad podría haber sido diseñada como modelo de ese otro mundo subterráneo, un
modelo basado en una representación clásica de aquel lugar. Luego recordó que algunos
especialistas del siglo dieciséis (por ejemplo, Cosme Rosselli en su Thesaurus Artificiosae
Memoriae, Venecia, 1579) habían usado diagramas del infierno para representar los
sistemas de la memoria. Y entonces advirtió que si Amsterdam era el infierno y el infierno
era la memoria, tal vez tuviera sentido que se perdiera. Lejos de cualquier cosa que pudiera
resultarle familiar, incapaz de descubrir ni siquiera un solo punto de referencia,
descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían hacia el interior de
sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de
preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo. Trató de imbuirse por
entero de esta idea, como si tras acercarse a un conocimiento previamente secreto, pudiera
llegarle hasta lo más profundo del alma; y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi
triunfante: Estoy perdido.
Su vida ya no parecía transcurrir en el presente. Cada vez que veía a un niño, intentaba
imaginarse qué aspecto tendría cuando creciera. Cada vez que veía a un viejo, intentaba
imaginarse qué aspecto habría tenido en su infancia.
Con las mujeres era aún peor, en especial cuando se trataba de alguna joven y
hermosa. Entonces no podía evitar mirar más allá de la piel de su rostro e imaginar el cráneo
anónimo que se ocultaba detrás. Y cuanto más hermosa era la cara, más vehemente era su
intento por descubrir en ella los indiscretos signos del futuro: las arrugas incipientes, la
barbilla que llegaría a ser fláccida, los vestigios del desencanto en su mirada. Superponía
una cara sobre la otra: la mujer de cuarenta, luego la de sesenta, más adelante la de
ochenta; como si a pesar de hallarse en el presente, se sintiera obligado a perseguir el futuro y
rastrear los signos de la muerte que vive en cada uno de nosotros.
Tiempo después, encontró por casualidad una idea similar en una de las cartas de
Flambert a Louise Colet (agosto de 1846) y se asombró del paralelismo: «... Es que
adivino el porvenir. Es que la antítesis se yergue sin cesar ante mis ojos. Nunca vi a un
niño sin pensar que ese niño terminaría por convertirse en un viejo, ni una cuna sin
recordar una tumba. La contemplación de una mujer desnuda me hace soñar con su
esqueleto».
Caminar por el pasillo del hospital y escuchar los gritos desaforados del hombre al que le
habían amputado una pierna: «¡Me duele!, ¡me duele!». Aquel verano (1979), todos los días
durante un mes, atravesar la ciudad con un calor insoportable para llegar al hospital. Luego
ayudar a su abuelo a colocarse la dentadura postiza, afeitarlo con una maquinilla eléctrica,
leerle los resultados de béisbol en el New York Post.
Primera enunciación de este tema. Seguirán nuevos capítulos.
Segundo comentario sobre la naturaleza de la casualidad. A. recuerda un día gris en que
faltó a clase y se fue al Club de Polo para asistir a uno de los primeros partidos de los
New York Mets. El estadio estaba casi vacío (la concurrencia era de ocho o nueve mil
personas) y los Pittsburg Pirates vencieron por robo a los Mets. Los dos amigos se
sentaron junto a un chico de Harlem y A. recuerda la conversación agradable y fluida
que se estableció entre los tres durante el partido.
Aquella temporada sólo volvió al Club de Polo una vez para un partido doble
(Memorial Day: día de la memoria, día de los muertos) contra los Dodgers. Había más
de cincuenta mil personas en las gradas y brillaba un sol resplandeciente. Esa tarde
ocurrieron cosas extraordinarias en la cancha: triple, borne run dentro del campo, dos
bases ganadas sin error. A. estaba con el mismo amigo, pero no consiguieron asientos
tan buenos como los del partido anterior y tuvieron que sentarse en un rincón apartado
del campo de juego. En un momento dado se levantaron para ir al quiosco de perritos
calientes, y varias gradas más atrás descubrieron al mismo chico que habían encontrado
en abril, esta vez sentado junto a su madre. Los tres se reconocieron y se saludaron con
alegría, asombrados por la coincidencia de volver a verse. Sin duda las posibilidades
en contra de aquel encuentro eran infinitas. Igual que A. y D., los dos amigos, el chico
sentado junto a su madre no había vuelto a ver un partido de béisbol desde aquel
lluvioso día de abril.
La memoria como una habitación, un cuerpo, un cráneo; un cráneo que encierra la
habitación donde se encuentra el cuerpo. Como en la imagen: «un hombre sentado
solo en su habitación».
San Agustín observó: «El poder de la memoria es prodigioso. Es un santuario
enorme, inconmensurable. ¿Quién puede sondear sus profundidades? Y sin embargo
es una facultad de mi alma. A pesar de que forma parte de mi naturaleza, no
puedo comprender todo lo que soy. Por lo tanto, esto significa que la mente es
demasiado pequeña para contenerse a sí misma por completo. Pero ¿cuál es esa parte que
no puede contenerse a sí misma? ¿Está fuera de ella, no adentro? Entonces, ¿cómo puede
formar parte de la mente si no está contenida en su interior?».
El Libro de la Memoria, volumen tres.
Fue en París, en 1965, cuando experimentó por primera vez las infinitas posibilidades
que podía proporcionar un espacio limitado. A través de un encuentro casual con un extraño
en un café, le presentaron a S. Era la primera visita a París de A. que entonces sólo tenía
dieciocho años y estaba pasando sus vacaciones entre el fin del bachillerato y la
universidad. Estos son sus primeros recuerdos de la ciudad donde luego pasaría gran parte
de su vida y están indefectiblemente ligados a la idea de una habitación.
La Plaza Pinel, en el distrito trece, donde vivía S., era un barrio obrero, pero aun así
uno de los últimos vestigios del viejo París, el París del cual se sigue hablando aunque haya
dejado de existir. S. vivía en un lugar tan pequeño que entrar en él se convertía en un
desafío, y daba la impresión de que la habitación se resistía a albergar a alguien más. Una
sola persona llenaba la estancia; dos la volvían sofocante. Era imposible moverse en su
interior sin contraer el cuerpo hasta sus mínimas proporciones y la mente hasta su
dimensión más infinitamente minúscula. Sólo entonces uno podía empezar a respirar, a
sentir que la habitación se expandía, y entonces permitía que la mente explorara los límites
desmedidos e insondables de aquel espacio. Porque en aquella habitación cabía un
universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso,
distante y desconocido. Era como un templo, apenas más grande que un cuerpo, en honor
a todo lo que existe más allá del cuerpo: el mundo interior del hombre representado hasta en
sus más mínimos detalles. Sin lugar a dudas, S. había logrado rodearse de las mismas cosas
que se ocultaban en su interior. La habitación donde vivía era un espacio onírico y sus
paredes eran como la piel de un segundo cuerpo a su alrededor, como si su propio cuerpo
se hubiera transformado en una mente, un instrumento vivo del pensamiento absoluto.
Era el útero, el vientre de la ballena, el verdadero ámbito de la imaginación. Al situarse en
aquella oscuridad, S. inventó una forma de soñar con los ojos abiertos.
Antiguo discípulo de Vincent D'Indy, en un tiempo S. había sido considerado como
un joven compositor con futuro. Sin embargo, hacía veinte años que sus composiciones no
se interpretaban en público. Ingenuo en todos los sentidos, pero sobre todo en cuestiones
políticas, había cometido el error de permitir que dos de sus mayores obras para orquesta
se ejecutaran en París durante la guerra: Symphonie de Feu y Hommage à Jules Verne,
cada una de las cuales requería más de ciento treinta músicos. Cuando la guerra terminó, la
gente llegó a la conclusión de que S. había sido un colaboracionista, y aunque nada estaba
más lejos de la verdad, fue marginado del mundo de la música francesa, aunque de forma
implícita y silenciosa, nunca por confrontación directa. La única prueba de que sus
colegas aún lo recordaban, era la tarjeta de Navidad que le enviaba cada año Nadia
Boulanger.
Tartamudo, inmaduro y con debilidad por el vino tinto, estaba tan desprovisto de
astucia e ignoraba hasta tal punto las malicias del mundo, que era incapaz de defenderse
de sus acusadores anónimos. Él se limitaba a replegarse, a esconderse detrás de una máscara
de excentricidad. Se nombró a sí mismo sacerdote ortodoxo (era ruso), se dejó crecer una
larga barba, comenzó a vestirse con una sotana negra y cambió su nombre por el de
Abbaye de la Tour du Calame, mientras continuaba —aunque de forma irregular,
entre períodos de letargo— con el trabajo de su vida: una obra para tres orquestas y cuatro
coros, cuya interpretación llevaría doce días. En medio de su miseria y de unas condiciones
de vida totalmente deplorables, se volvía hacia A. y comentaba, sin poder evitar el
tartamudeo y con sus ojos grises llenos de brillo:
—Todo es milagroso. Nunca ha habido una época tan maravillosa como ésta.
La luz del sol no penetraba en su habitación de la Plaza Pinel. Había cubierto las
ventanas con una gruesa tela negra, y la escasa luz del lugar procedía de unas débiles
lámparas estratégicamente situadas. La habitación era apenas más grande que un
compartimiento de tren de segunda clase, y tenía más o menos la misma forma: estrecha,
con el techo alto y una sola ventana sobre la pared trasera. S. había atiborrado su
minúsculo habitáculo de objetos, los restos de toda una vida: libros, fotografías,
manuscritos, sus propios amuletos, cualquier cosa que tuviera algún significado para él.
En las paredes había estanterías, rebosantes de toda clase de objetos, que llegaban hasta
el techo y se inclinaban, hundiéndose un poco hacia adentro, como si el menor
movimiento fuera a vencer la estructura y arrojar todas aquellas cosas sobre él. S. vivía,
trabajaba, comía y dormía en la cama. A su izquierda, colocados apretadamente contra la
pared, había un grupo de pequeños estantes cúbicos, que contenían todo lo necesario
para pasar el día: plumas, lápices, tinta, hojas de pentagrama, boquilla de cigarrillos,
radio, cortaplumas, botellas de vino, pan, libros y una lupa. A la derecha tenía un
atril de metal con una bandeja de quita y pon, que podía colocar sobre la cama o a
un lado de ella y que usaba para comer o trabajar. Era el tipo de vida que podía haber
llevado Crusoe: un naufragio en el corazón de la ciudad. Pero había pensado en todo;
con sus pocos recursos, se las ingeniaba para satisfacer sus necesidades mejor que
muchos millonarios. A pesar de las evidencias, era un realista, incluso en su
excentricidad. Se había examinado a sí mismo con minuciosidad hasta descubrir lo que
necesitaba para sobrevivir y aceptaba estas extrañas condiciones como inherentes a su
existencia. Su actitud no tenía nada de tibia o piadosa, nada que sugiriera la austeridad
de un ermitaño, por el contrario había abrazado aquella forma de vida con pasión y
desbordante entusiasmo. Ahora, al mirar hacia atrás, A. reconoce que nunca conoció a
nadie que riera tan a menudo y con tantas ganas.
Aún faltaba mucho para que acabara la monumental composición a la que había
dedicado los últimos quince años. S. se refería a ella como «la obra en curso» —
parafraseando a Joyce, al que tanto admiraba— o como el Dodecálogo, que describía
como el-trabajo-que-hay-que-hacer-y-se-hace-en-el-proceso-de-hacerlo. Lo más
posible es que nunca hubiera pensado en terminar la obra, más bien parecía aceptar su
fracaso como un hecho inevitable, casi como si se tratara de una premisa teológica; de
modo que lo que para cualquier otro hombre hubiera constituido un motivo de
desesperación, para él era una fuente de esperanza infinita y quijotesca. En algún momento
previo, tal vez su momento más oscuro, se habría planteado una equivalencia entre su vida
y su trabajo, y ahora ya no era capaz de distinguir entre ambos. Todos sus pensamientos
se dirigían al trabajo, y la idea del trabajo le confería un propósito a su vida. La concepción
de una obra que estuviera dentro del ámbito de lo posible —un trabajo que pudiera
terminar, y por ende separar de sí mismo— hubiese invalidado su proyecto. El asunto era
no acabar nunca, pero al mismo tiempo no cejar en su empeño por producir la obra más
increíble que fuera capaz de imaginar. El resultado final, aunque resulte paradójico, era la
humildad, una forma de medir su propia insignificancia en relación con Dios; pues sólo en
la mente de Dios podían existir sueños equiparables a las aspiraciones de S. Pero al soñar de
ese modo, S. había encontrado una forma de participar en las cosas que estaban más allá
de su alcance, una forma de acercarse unos pasos más al centro del infinito.
En el verano de 1965, A. visitó a S. dos o tres veces por semana durante más de un
mes. No conocía a nadie más en la ciudad, y S. se había convertido en su punto de
referencia. Podía contar con que siempre estaría en casa, con que lo recibiría con
entusiasmo (al estilo ruso, tres besos en la mejilla: izquierda, derecha, izquierda) y con
que estaría dispuesto a hablar. Muchos años más tarde, en un momento de gran dolor,
A. advirtió que aquellos encuentros le habían permitido experimentar por primera vez
la sensación de tener un padre.
Su propio padre era un personaje remoto, casi ausente, con quien tenía pocas
cosas en común. S., por su parte, tenía dos hijos adultos que se habían apartado de
su ejemplo y habían adoptado una actitud agresiva e intransigente ante el mundo. Más
allá de la afinidad que los unía, A. y S. estaban ligados por una necesidad mutua: el
uno deseaba un hijo que lo aceptara tal cual era, el otro deseaba un padre que lo
aceptara tal cual era. Este hecho se acentuaba gracias a un paralelismo en sus
nacimientos: S. había nacido el mismo año que el padre de A. y A. el mismo año que
el hijo más joven de S. S. satisfacía la necesidad de padre de A. merced a una curiosa
combinación de generosidad y necesidad. Lo escuchaba con seriedad y tomaba su
deseo de escribir como la aspiración más natural que puede tener un joven. Mientras el
padre de A., con su forma extraña y egoísta de tomar la vida, lo había hecho sentir
como un ser superfluo, como si nada de lo que hiciera pudiera afectarle, S., con su
vulnerabilidad y su indigencia, lo hacía sentir necesario. A. le traía comida, vino y
cigarrillos y se aseguraba de que no se quedara sin comer, lo que en su caso constituía
un verdadero peligro. S. era así: él nunca pedía nada a nadie, simplemente esperaba
que el mundo fuera a él y confiaba al azar su posibilidad de rescate. Tarde o temprano
aparecía alguien: su ex esposa, uno de sus hijos o un amigo. Pero ni siquiera entonces
pedía nada, aunque tampoco lo rechazaba.
Cada vez que A. llegaba con un paquete con comida (por lo general compraba
pollo asado en una charcutería de la Plaza de Italia), S. convertía la ocasión en una
especie de festín y aprovechaba la excusa para una celebración.
—¡Ah, pollo! —exclamaba S., mientras mordisqueaba un muslo. Y luego otra vez,
masticando con fruición mientras el jugo le chorreaba por la barba—: ¡Ah, pollo! —
con una risa picara y modesta, como si reconociera la ironía de su hambre y el
innegable placer que le causaba la comida.
Ante esa risa, todo se volvía absurdo y luminoso. Volvía el mundo del revés, lo
arrasaba y luego lo hacía renacer en una especie de broma metafísica. En aquella
habitación no había lugar para un hombre que no tuviera conciencia de su propia
ridiculez.
Encuentros posteriores con S. Cartas entre París y Nueva York, intercambio de
fotografías. Hoy ya no queda nada. En 1967, otra visita de vanos meses. Entonces, S.
había abandonado su hábito de monje y volvía a usar su propio nombre, pero la ropa
que vestía en sus pequeñas excursiones por las calles de su barrio era igualmente
extravagante: boina, camisa de seda, bufanda, pantalones de pana gruesa, botas de
montar de piel, bastón de ébano con empuñadura de plata. Una visión hollywoodense
del París de los años veinte. Tal vez no fuera casual que el hijo menor de S. se
convirtiera en productor de cine. En febrero de 1971, A. regresó a París, donde viviría
durante los tres años y medio siguientes. A pesar de que ya no estaba allí de visita, y
por consiguiente tenía menos tiempo libre, siguió viendo a S. con bastante regularidad,
quizá una vez cada dos meses. El vínculo seguía presente aunque con el paso del
tiempo, A. comenzó a preguntarse si no sería en realidad un recuerdo de aquel otro
vínculo, producido seis años antes, lo que mantenía en pie la relación; pues lo cierto
es que después de su regreso a Nueva York (julio de 1974), nunca había vuelto a
escribirle. No es que no pensara más en él, sino que parecía interesarse más por su
recuerdo que por continuar en contacto. Así fue como A. comenzó a sentir el paso
del tiempo, de la misma forma palpable en que lo registraba su piel. Le bastaba con
recordar, y eso, por sí mismo, ya era un descubrimiento asombroso.
Pero aún le resultó más sorprendente el hecho de que cuando por fin regresó a París
(noviembre de 1979), después de una ausencia de más de cinco años, no fuera a visitar
a S., a pesar de habérselo propuesto. Todos los días, durante las semanas de su visita,
se despertaba y se decía a sí mismo: «hoy debo encontrar tiempo para ver a S.»; pero
luego, cuando el día se acercaba a su fin, inventaba una excusa para no hacerlo. Entonces
comenzó a comprender que aquella reticencia a verlo era producto del miedo.
Aunque, ¿miedo a qué?, ¿a penetrar en su propio pasado?, ¿a descubrir un presente
que contradijera ese pasado y por lo tanto lo modificara, destruyendo a su vez el
recuerdo que él quería guardar? No, no era tan simple. ¿Entonces qué? Pasaron los
días y de repente lo vio claro: temía que S. estuviera muerto. Sabía que era un temor
infundado, pero como el padre de A. había muerto hacía menos de un año y la
importancia de S. en su vida se basaba precisamente en su relación con la idea de
paternidad, sintió que la muerte de uno parecía implicar automáticamente la muerte del
otro. Y aunque intentara convencerse de lo contrario, lo creía de verdad y pensaba: «si
voy a ver a S., descubriré que está muerto, pero si no me acerco a él, seguirá vivo».
De ese modo, A. sentía que con su ausencia ayudaba a S. a seguir en este mundo.
Día tras día caminaba por París con la imagen de S. viva en su mente y cien veces por
día se imaginaba entrando en la pequeña habitación de la Plaza Pinel, pero no se
animaba a llegar hasta allí. Entonces se dio cuenta de que vivía en un estado de
total cautividad.
Nuevo comentario sobre la naturaleza de la casualidad.
A. guardaba una fotografía de su última visita a S., al final de su estancia en París
(1974): A. y S. de pie en el portal de la casa de S., cada uno con un brazo sobre los
hombros del otro y una inconfundible expresión de amistad y camaradería en sus
rostros. Esta fotografía es uno de los pocos objetos personales que A. ha traído a su
habitación de la calle Varick.
Ahora (Nochebuena de 1979), mientras estudia esa fotografía, recuerda otra que
vio en la pared de la habitación de S.: S. de joven, a los diecisiete o dieciocho años,
de pie junto a un niño de doce o trece. La misma expresión de amistad, las mismas
sonrisas, la misma pose con los brazos sobre los hombros. El niño de esa foto era el
hijo de Marina Tsvietáieva, que según S. era una de las glorias de la poesía rusa junto
con Mandelstam. Para él, mirar esta fotografía de 1974 significa imaginar la vida
imposible de ella, que acabó cuando se suicidó ahorcándose en 1941. Durante casi
todos los años transcurridos entre la guerra civil y su muerte, ella había vivido en
Francia. Allí frecuentaba los círculos de exilados rusos, la comunidad en cuyo seno
creció S., que la había conocido y había sido amigo de su hijo Mur. Marina
Tsvietáieva, que había escrito: «Tal vez la mejor manera / de conquistar el tiempo y el
mundo / sea pasar y no dejar huella... / Pasar sin dejar una sombra / en las
paredes...»; y que también había escrito: «Yo no quise esto, no / esto (pero escuchad
con calma, / querer es lo que hacen los cuerpos / y nosotros ahora sólo somos
fantasmas)...»; y además: «En este mundo tan cristiano / todos los poetas son
judíos».
Cuando A. y su esposa regresaron a Nueva York en 1974, se mudaron a un
apartamento en la avenida Riverside. Entre sus vecinos se encontraba un viejo
doctor ruso, Gregory Altschuller, un hombre de ochenta y tantos años que aún hacía
trabajos de investigación en uno de los hospitales de la ciudad y que, al igual que
su esposa, tenía un gran interés por la literatura. El padre del doctor Altschuller
había sido el médico personal de Tolstói y sobre la mesa del apartamento de la avenida
Riverside, había una enorme fotografía del barbudo escritor, dedicada con una letra
igualmente enorme a su médico y amigo. Conversando con el doctor Altschuller hijo,
A. se enteró de algo que le pareció poco menos que extraordinario: en una pequeña
aldea de las afueras de Praga, al final del invierno de 1925, este hombre había traído al
mundo al hijo de Marina Tsvietáieva: el mismo niño que aparecía, ya mayor, en la
fotografía de la pared de S. Y aún hay más: ése había sido el único parto que había
atendido el doctor Altschuller en toda su carrera.
«Era de noche —escribió el doctor Altschuller hace poco tiempo—, el último día
de enero de 1925... Soplaba una terrible tormenta y todo estaba cubierto de nieve.

Un niño checo vino corriendo desde la aldea donde vivía Tsvietáieva con su familia.
Aquel día el marido de Marina había salido con su hija, por lo tanto la poetisa estaba sola.
»El chico entró corriendo en la habitación y dijo:
»—Pani Tsvietáieva quiere que vaya de inmediato porque está a punto de parir. ¡Tiene
que darse prisa, el niño está en camino!
»¿Qué podía decir? Me vestí a toda prisa y atravesé el bosque, con la nieve hasta las
rodillas, en medio de una furiosa tormenta. Abrí la puerta y entré. Bajo la luz pálida de
una sola bombilla vi dos pilas de libros en un rincón de la habitación que llegaban casi
hasta el techo. En otro rincón se acumulaba la basura de días, y allí estaba Marina, fumando
sin cesar en la cama, a punto de dar a luz. Me miró con alegría:
»—¡Casi llega tarde! —Miré a mi alrededor buscando algo limpio, un poco de jabón.
Nada, ni un pañuelo limpio, nada de nada. Ella estaba tendida en la cama, fumando y
sonriendo, y me dijo:— Le dije que traería al mundo a mi hijo. Usted ha venido y ahora
es asunto suyo, no mío...
»Dadas las circunstancias, todo fue bastante bien. Sin embargo, el bebé nació con el
cordón umbilical enrollado alrededor del cuello con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Estaba azul...
»Intenté desesperadamente darle aliento. Al final el bebé comenzó a respirar y su
color cambió de azul a rosado. Durante todo ese tiempo, Marina siguió fumando en
silencio, sin hacer el menor ruido, con la vista fija en el niño y luego en mí...
»Volví al día siguiente y durante unas cuantas semanas visité al niño todos los
domingos. En una carta (10 de mayo de 1925), Marina escribió: "Altschuller se ocupa
con orgullo y afecto de todo lo concerniente a Mur. Antes de comer, Mur toma una
cucharada de zumo de limón sin azúcar. Se alimenta según el sistema del profesor Czerny,
que salvó a miles de niños recién nacidos en Alemania durante la guerra. Altschuller visita
a Mur todos los domingos. Lo revisa, lo ausculta, todo según una especie de cálculo
aritmético. Luego me escribe las instrucciones para alimentar a Mur la semana siguiente; lo
que debo darle, cuánta mantequilla, cuánto limón, cuánta leche y cómo aumentar poco a
poco las raciones. Cada vez que viene recuerda lo que me dio en la última visita, sin
llevar ninguna nota... A veces siento un loco deseo de cogerle la mano y besársela"...
»E1 bebé creció con rapidez y se convirtió en un niño saludable, adorado por su madre y
los amigos de ella. Cuando lo vi por última vez, todavía no había cumplido un año.
Entonces Marina se mudó a Francia, donde vivió los siguientes catorce años. George (el
nombre formal de Mur) fue al colegio y pronto se convirtió en un entusiasta alumno de
literatura, música y arte. En 1936, su hermana Alia, que entonces contaba poco más de veinte
años, abandonó Francia y su familia para volver a la Rusia soviética, tras los pasos de su
padre. Marina se quedó sola con su hijo en Francia... donde sufrió terribles penurias,
económicas y morales. En 1939 pidió un visado soviético y regresó con su hijo a Moscú.
Dos años más tarde, en 1941, su vida tuvo un trágico fin...
»La guerra continuaba y el joven George Efron estaba en el frente. "Adiós literatura,
música y estudios", le escribió a su hermana en una carta que firmó "Mur". Demostró ser
un soldado valiente e intrépido, participó en muchas batallas y murió en julio de 1944;
una más de los centenares de víctimas de una batalla cerca de la villa de Druika, en el frente
occidental. Sólo tenía veinte años.»
El Libro de la Memoria, volumen cuatro.
Varias páginas en blanco, que irán seguidas de copiosas ilustraciones. Viejas fotografías
de familia, para cada persona su propia familia, volviendo atrás todas las gene-raciones que
sea posible. Mirarlas con el mayor cuidado.
Después, varias secuencias de reproducciones, comenzando con los retratos que pintó
Rembrandt de su hijo Tito. Incluirlos todos: desde la imagen del pequeño en el año 1650
(cabello dorado, sombrero rojo con pluma), pasando por el retrato de Tito de 1655
«resolviendo sus deberes» (pensativo, ante el escritorio, con el compás en la mano
izquierda y el pulgar derecho sobre la barbilla), al Tito de 1658 (con diecisiete años y su
extraordinario sombrero rojo. Según señala un crítico: «el artista ha pintado a su hijo
con la misma agudeza que normalmente reserva para sus propios rasgos) hasta el último
lienzo de Tito que ha sobrevivido, de comienzos de la década de 1660, en el cual su
rostro parece el de un viejo débil y atormentado por la enfermedad. Por supuesto lo
miramos a la luz de hechos venideros, pues sabemos que Tito muere antes que su
padre...».
Siguiendo con el retrato de 1602 de sir Walter Raleigh: y su hijo de ocho años Wat (autor
anónimo) expuesto en la National Portrait Gallery de Londres. Un dato a tener en cuenta:
la misteriosa similitud de sus poses. Padre hijo de frente, con la mano izquierda en la
cadera y el pie derecho en un ángulo de cuarenta y cinco grados, el izquierdo
apuntando hacia adelante; además de la siniestra determinación en la cara del niño de imitar
la mirada segura y autoritaria de su padre. Otro dato a recordar: que cuando Raleigh fue
liberado después de trece años de cárcel en la Torre de Londres (1618) y emprendió el fatal
viaje a las Guayanas para limpiar su honor, Wat estaba con él. Y recordar también que
Wat perdió la vida en la jungla cuando encabezó un precipitado ataque a los españoles.
Raleigh a su esposa: «Hasta ahora no sabía lo que significaba el dolor». Luego volvió a
Inglaterra y permitió que el rey le cortara la cabeza.
Luego, más fotografías, tal vez varias docenas: el hijo de Mallarmé, Anatole; Anna Frank
(«Ésta es una fotografía que me muestra como quisiera ser siempre. Entonces tendría
oportunidad de ir a Hollywood, pero ahora, por desgracia, suelo tener un aspecto
diferente»); Mur; los niños de Camboya; los niños de Atlanta. Los niños muertos. Los que
desaparecerán, los niños muertos. Himmler: «He tomado la decisión de hacer desaparecer de
la faz de la tierra a todos los niños judíos». Sólo fotografías, porque cuando se llega a
determinado punto, las palabras nos llevan a la conclusión de que ya no es posible hablar.
Porque estas fotografías expresan lo indecible.
Ha pasado la mayor parte de su vida de adulto paseando por ciudades, muchas de ellas
extranjeras. Ha pasado la mayor parte de su vida de adulto inclinado sobre un pequeño
rectángulo de madera, concentrado en un rectángulo aún más pequeño de papel blanco. Ha
pasado la mayor parte de su vida de adulto sentándose, poniéndose de pie y dando paseos
de un lado a otro. Éstos son los límites del mundo conocido. Escucha; cuando oye algo,
comienza a escuchar otra vez. Luego espera, observa y espera. Y cuando comienza a ver
algo, observa y espera otra vez. Estos son los límites del mundo conocido.
La habitación: breve mención a la habitación y/o a los peligros que acechan en su interior.
Como en la imagen: Hölderlin en su habitación.
Revivir la imagen de aquel misterioso viaje de tres meses a pie, cruzando solo las
montañas del Macizo Central, con los dedos apretados sobre la pistola en el bolsillo; el
viaje de Bordeaux a Stuttgart (cientos de kilómetros) que precedió su primera crisis
nerviosa en 1802.
«Querido amigo... No te he escrito durante mucho tiempo. He estado en Francia,
donde contemplé la tierra triste y solitaria, los pastores y pastoras del sur de Francia y
bellezas singulares, hombres y mujeres, que crecieron en medio del hambre y la inseguridad
política... El poderoso elemento, el fuego del cielo y el silencio de la gente, su forma de vida,
su confianza y su resignación no cesaban de emocionarme; y como suele decirse de los
héroes, yo también puedo afirmar que la flecha de Apolo me ha alcanzado.»
Llegó a Stuttgart «mortalmente pálido, muy delgado, ojeroso y con los ojos llenos de
furia, el pelo y la barba largos y vestido como un mendigo»; así apareció ante su amigo
Matthison y pronunció una sola palabra: «Hölderlin». Seis meses después, moría su
amada Suzette. En 1806, esquizofrenia, y después, durante treinta y seis años, la mitad de
su vida, vivió solo en la torre que construyó para él Zimmer, el carpintero de Tubinga;
zimmer, que en alemán significa habitación.
LAS LÍNEAS DE LA VIDA (A Zimmer)
Diversas son las líneas de la vida cual caminos son y cual confines
de las montañas. Lo que somos aquí, pueda un dios completarlo
allá, armonía y gracia y paz eternas.
En los últimos días de vida de Hölderlin, un visitante mencionó a Suzette y el poeta
respondió: «Ah, mi Diótima. No me habléis de mi Diótima. Me dio trece hijos, uno es
papa, otro sultán, el tercero emperador de Rusia...». Y luego: «¿Y sabes qué le pasó? Se
volvió loca, de verdad, loca, loca, loca».
Según dicen, durante aquellos años Hölderlin casi no salía, y en las raras ocasiones en
que abandonaba su habitación, era sólo para dar paseos sin rumbo por el campo, llenarse los
bolsillos de piedras y recoger flores, que luego haría pedazos. En la ciudad, los estudiantes se
reían de él y los niños corrían asustados cada vez que se acercaba a saludarlos. Al final, su
mente se volvió tan confusa que comenzó a llamarse a sí mismo con distintos nombres —
Scardinelli, Killalusimeno— y una vez, cuando un visitante se demoró demasiado en su
habitación, le señaló la puerta y lo amonestó con un dedo levantado en actitud de
advertencia: «Yo soy Dios, nuestro Señor».
En los últimos años ha habido nuevas especulaciones sobre la vida de Hölderlin en
aquella habitación. Cierto individuo dice que la locura de Hölderlin era fingida y que el
poeta se retiró del mundo en respuesta a la ridícula actitud política que trastornó a
Alemania después de la revolución francesa. Vivió, para decirlo de algún modo, escondido
en su torre. Según esta teoría, todos los escritos de la época de locura de Hölderlin (1806-
1843) en realidad habrían sido escritos en un código secreto y revolucionario. Incluso hay
una obra de teatro basada en esta idea, y en su escena final, el joven Marx visita a Hölderlin
en su torre. Este encuentro sugiere que fue el viejo y moribundo poeta quien inspiró a
Marx a escribir I Los manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Si así fuera, Hölderlin no
sólo habría sido el poeta más importante del siglo diecinueve, sino también una figura
fundamental en la historia del pensamiento político: el vínculo entre Hegel y Marx, pues es
un hecho documentado que Hölderlin y Hegel eran amigos en su juventud, cuando
estudiaban juntos en el seminario de Tubinga.
Sin embargo, las especulaciones de este tipo aburren a A., quien no tiene dificultad
en aceptar la presencia de Hölderlin en aquella habitación e incluso se atrevería a decir
que el poeta no hubiera sobrevivido en ningún otro sitio. De no ser por la generosidad y la
bondad de Zimmer, es probable que Hölderlin hubiera muerto de forma prematura.
Replegarse en una habitación no significa que uno se haya quedado ciego, y estar loco no
es lo mismo que quedarse mudo. Lo más probable es que fuera aquella habitación la que
devolvió a Hölderlin a la vida, la que le restituyó la vida que le quedaba. Tal como
Jerome dijo refiriéndose al Libro de Jonás, haciendo una apostilla sobre el pasaje que
habla de Jonás en el vientre de la ballena: «Veréis que donde creíais que estaba el fin de
Jonás, se hallaba su salvación».
«La imagen de un hombre tiene ojos —escribió Hölderlin durante su primer año en
aquella habitación—, mientras que la luna tiene luz. Tal vez el rey Edipo tuviera un
ojo de más. Los sufrimientos de aquel hombre parecen indescriptibles, indecibles,
inexpresables, y si el drama es capaz de representar algo así, es por esa razón. Pero, ¿qué
me sucede cuando pienso en ti? Algo me arrastra como un río que crece tanto como
Asia. Por supuesto, Edipo también sufrió esa pena. Sin duda, ésa es la razón. ¿También
sufrió Hércules? Seguramente... porque pelear con Dios, como Hércules, es una
calamidad. Y poseer inmortalidad entre la envidia de los hombres, participar en ella,
también es una pena. ¡Aunque también es una calamidad para un hombre estar lleno de
pecas, estar totalmente cubierto de manchas! El sol maravilloso las produce, pues hace
brotar todo. Guía el camino de los hombres jóvenes con la fascinación de sus rayos como
si fueran rosas. La pena que sufrió Edipo se parecía a ésta, como cuando un hombre
pobre se queja por algo que le falta. ¡Hijo de Layo, pobre extranjero en Grecia! La vida
es muerte y la muerte es una clase de vida.»
La habitación: contrapartida del argumento anterior. O: razones para estar en la
habitación.
El Libro de la Memoria, volumen cinco.
Dos meses después de la muerte de su padre (enero de 1979), el matrimonio de A. se
vino abajo. Los problemas habían estado latentes durante algún tiempo hasta que por fin
tomaron la decisión de separarse. Pero una cosa fue aceptar esta ruptura, sentir dolor por
ella a pesar de comprender que era inevitable, y otra muy distinta resignarse a sus
consecuencias: la separación de su hijo. Sólo pensarlo le resultaba intolerable.
A principios de la primavera se mudó a la habitación de la calle Varick y los meses
siguientes fueron un constante ir y venir desde aquella habitación a la casa del Dutchess
County donde él y su esposa habían vivido durante los últimos tres años. Durante la
semana: soledad en la ciudad; los fines de semana: visitas al campo, a ciento cincuenta
kilómetros, donde dormía en la que había sido su habitación de trabajo, jugaba con su hijo
(que aún no tenía dos años) y le leía los clásicos de la literatura infantil: Sobre ruedas,
Sombreros en venta y Mamá Ganso.
Poco después de que se mudara a la calle Varick, Etan Patz, de seis años de edad,
desapareció de su mismo barrio. A. encontraba fotografías del pequeño por todas partes (en
los postes de la luz, en los escaparates, en las paredes de ladrillo) bajo el rótulo: NIÑO
PERDIDO. Tal vez porque la cara de este niño no era muy distinta a la de su hijo (y
aunque lo hubiera sido, no le habría importado), cada vez que veía la fotografía de su cara,
no podía evitar pensar en su propio hijo y precisamente en esos términos: como un niño
perdido. Etan Patz se había despedido de su madre una mañana y había bajado a esperar
el autobús del colegio (era el primer día después de una larga huelga de autobuses y el niño
quería ir solo, hacer ese pequeño gesto de independencia) y nadie había vuelto a verlo. Fuera
lo que fuese lo sucedido, no dejó rastros. Podría haber sido secuestrado, asesinado o tal
vez simplemente se hubiera ido a dar un paseo, encontrando la muerte en un sitio donde
nadie podía verlo. Lo único que se sabía con seguridad era que había desaparecido, como si
hubiera sido borrado de la faz de la tierra. Los periódicos dieron una gran proyección al
tema (entrevistas con los padres, con el detective que se ocupaba del caso, artículos sobre
la personalidad del niño, con sus juegos y comidas favoritos) y A. comenzó a darse cuenta
de que era imposible escapar a aquel desastre, contemporáneo al suyo propio, aunque sin
duda mucho menos importante. Cada cosa que surgía ante sus ojos era un reflejo de lo
que sucedía en su interior. Pasaban los días, y lentamente parte de su dolor emergía a la
luz. Lo invadió un constante sentimiento de pérdida del que no podía deshacerse. Y había
momentos en que ese sentimiento era tan grande y sofocante que parecía que no iba a
abandonarlo nunca.
Semanas más tarde, a principios del verano, un mes de junio radiante y luminoso en
Nueva York: la pureza de la luz bañaba los ladrillos, cielos azules y transparentes
apuntaban a un celeste que hubiera encantado incluso a Mallarmé.
El abuelo de A. (por parte de su madre) comenzaba a morir poco a poco. Sólo un
año antes había hecho trucos de magia en la primera fiesta de cumpleaños de su hijo, pero
ahora, a los ochenta y cinco años, estaba tan débil que no podía mantenerse en pie sin
ayuda, no podía moverse sin una fuerza de voluntad tan intensa que la sola idea de hacerlo
era suficiente para agotarlo. Hubo una reunión de familia en el consultorio del médico y se
tomó la decisión de enviarlo al Doctor's Hospital, en la avenida East End y la calle
Ochenta y ocho (el mismo hospital donde había muerto su esposa de esclerosis lateral
amiotrófica —la enfermedad de Lou Gehrig— once años antes). A. estaba presente en la
reunión junto a su madre y la hermana de su madre, las únicas dos hijas de su abuelo.
Como ninguna de ellas podía quedarse en Nueva York, convinieron que A. se ocuparía
de todo. La madre de A. tenía que volver a California a atender a su marido también
gravemente enfermo y su tía estaba a punto de partir hacia París a conocer a su primera
nieta, la hija recién nacida de su único hijo. Por lo visto, todo era cuestión de vida o
muerte. En ese momento A. recordó una escena de la película de Fields de 1932, Million
Dallar Legs [A todo gas] (tal vez porque su abuelo siempre le había recordado a W. C.
Fields): Jack Oakey corre a toda velocidad para alcanzar una diligencia y le suplica al
conductor que se detenga. «¡Es un asunto de vida o muerte!», grita, y el conductor
responde con cinismo: «¿Y qué no lo es?».
Durante la reunión de familia, A. percibió el temor en la cara del abuelo. En
determinado momento el viejo lo miró, señaló la pared de arriba del escritorio, cubierta
de plaquetas metálicas, certificados enmarcados, premios y diplomas e hizo un gesto de
aprobación como si dijera: «Impresionante, ¿verdad? Este tipo me cuidará bien». El anciano
siempre se había dejado fascinar por esas formalidades.
—Acabo de recibir una carta del presidente del Banco Manhattan —solía decir, cuando
en realidad no era más que una circular.
Sin embargo, aquel día en el consultorio del médico, A. sintió compasión ante la
negativa del viejo a reconocer lo que tenía delante de sus narices.
—Todo esto me parece bien, doctor —dijo su abuelo—, sé que usted va a curarme.
Y luego, casi contra su voluntad, A. se sorprendió a sí mismo admirando aquella
capacidad de negación. Ese mismo día, más tarde, ayudó a su abuelo a preparar un
pequeño bolso para llevar al hospital. El viejo metió tres o cuatro objetos para sus trucos de
magia entre sus cosas.
—¿Para qué llevas eso? —le preguntó A.
—Para entretener a las enfermeras —respondió su abuelo—, sólo por si la estancia se
vuelve aburrida.
A. decidió quedarse en el apartamento de su abuelo mientras el viejo estuviera en el
hospital. El lugar no podía quedar cerrado (alguien tenía que pagar las cuentas, recoger la
correspondencia, regar las plantas) y además resultaría más cómodo que vivir en la calle
Varick. Por encima de todas las cosas, debía mantener la ilusión de que el anciano iba a
volver. Hasta tanto la muerte no estuviera allí, siempre cabía la posibilidad de que no
llegara, y había que confiar en esa posibilidad, por remota que fuera.
A. estuvo en el apartamento de su abuelo durante las seis o siete semanas siguientes.
Era el mismo lugar que había visitado desde su más tierna infancia: un edificio alto, amplio
y de forma extraña en la esquina de Central Park South y Columbus Circle. A. se preguntó
cuántas horas habría pasado en su niñez mirando el tráfico que daba vueltas alrededor de
la estatua de Cristóbal Colón. Desde esas mismas ventanas del sexto piso había contemplado
los desfiles del día de acción de gracias, había sido testigo de la construcción del Coliseo y se
había pasado tardes enteras contando la gente que pasaba por las calles de abajo. Ahora
estaba otra vez en aquel lugar, con la mesa de teléfono china, la colección de animales de
cristal de su abuela y el viejo humidificador. De repente había regresado al mundo de
su infancia.
A. tenía la esperanza de reconciliarse con su esposa y cuando ella accedió a ir a la
ciudad con su hijo y pasar unos días en el apartamento, pensó que podría producir-se un
verdadero cambio. Alejados de los objetos y preocupaciones de sus propias vidas,
parecieron adaptarse con facilidad a aquel ambiente neutral. Pero en aquel momento, ninguno
de los dos estaba dispuesto a admitir que I aquello era sólo una ilusión, un acto de nostalgia
combinado con un ejercicio de esperanza infundada.
Todas las tardes A. tomaba dos autobuses para ir al hospital, pasaba una hora o dos
con su abuelo y regresaba por la misma ruta por donde había venido. Aquella rutina
funcionó bien durante unos diez días, pero entonces el tiempo cambió, una terrible ola
de calor asoló Nueva York y la ciudad se convirtió en una pesadilla de sudor, agobio y
ruido. Nada de esto era bueno para el pequeño (encerrado en el apartamento con un
barboteante acondicionador de aire o paseando con su madre por las calles sofocantes) y
como el tiempo se negaba a cambiar (humedad record durante varias semanas seguidas)
A. y su esposa decidieron que ella y el niño debían volver al campo.
Se quedó solo en la casa de su abuelo, donde cada día era una réplica del anterior.
Conversaciones con el médico, el viaje al hospital, contratar y despedir enfermeras
privadas, escuchar las quejas de su abuelo, acomodarle las almohadas. Cada vez que era
testigo de la desnudez del viejo, sentía un escalofrío de horror: sus miembros
enflaquecidos, los testículos encogidos, el cuerpo reducido a menos de cuarenta y cinco
kilos. En una época había sido un hombre corpulento, cuyo vientre abultado y ufano
había precedido cada uno de sus pasos en el mundo, pero ahora apenas si estaba
allí. Poco tiempo antes, A. había experimentado otra muerte, tan súbita que no había
alcanzado a hacerse a la idea de su certeza; sin embargo, ahora estaba ante otro tipo de
muerte. Y fue ese desvanecerse lento y mortal, ese abandonarse de la vida en el corazón
de la vida, lo que por fin le enseñó lo que él había sabido siempre.
Casi todos los días había una llamada de la antigua secretaría de su abuelo, una mujer que
había trabajado en la oficina durante más de veinte años. Después de la muerte de su abuela,
ella se había convertido en la acompañante femenina más estable de su abuelo, la mujer
respetable que el anciano mostraba en público en las ocasiones formales: reuniones
familiares, bodas, funerales. Cada vez que llamaba, hacía un sinfín de preguntas sobre la
salud de su abuelo y luego le pedía a A. que se ocupara de organizar una visita al hospital.
El problema era su propia salud deficiente, pues a pesar de no ser vieja (no llegaba a los
setenta) sufría el mal de Parkinson y hacía tiempo que vivía en una residencia en el Bronx.
Después de numerosas conversaciones telefónicas (su voz sonaba tan débil al otro lado de
la línea que A. necesitaba de todo su poder de concentración para entender apenas la
mitad de lo que decía), A. quedó en encontrarse con ella frente al Metropolitan Museum,
donde un autobús de la residencia dejaba a los pacientes ambulatorios una vez por
semana para que pasaran una tarde en Manhattan. Precisamente aquel día llovió por primera
vez en casi un mes. A. llegó con anticipación y la esperó durante más de una hora en la
escalinata del museo, protegiéndose de la lluvia con un periódico. Por fin desistió, no sin
antes dar un último paseo por la zona. Fue entonces cuando la encontró: una o dos
manzanas más arriba sobre la Quinta Avenida, debajo de un arbolito patético, como si
quisiera resguardarse de la lluvia. Llevaba un gorro de plástico en la cabeza y se apoyaba
en un bastón. Tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, la vista fija en la acera mojada y
estaba completamente rígida, como si temiera dar un paso. Otra vez habló con aquella
voz débil y A. casi tuvo que apretar la oreja contra su boca para oírla; sólo para escuchar
comentarios estúpidos: que el conductor del autobús se había olvidado de afeitarse y que
aquel día no habían repartido el periódico. Aquella mujer siempre le había resultado pesada,
e incluso en la época en que ella se encontraba bien de salud, A. no había sido capaz de
soportarla más de cinco minutos seguidos. Ahora se sentía casi enfadado con ella y odiaba
la forma en que parecía esperar su compasión, así que la castigó mentalmente por ser una
criatura horrible y egocéntrica.
Pasaron más de veinte minutos antes de que pudiera encontrar un taxi, y luego siguió
la interminable ordalía de acompañarla hasta el bordillo de la acera y meterla dentro del
coche. Sus zapatos raspaban sobre la acera: un par de centímetros y luego una pausa, otro
par de centímetros, y otro par más... Mientras tanto, él hacía todo lo que estaba a su alcance
para animarla. Cuando llegaron al hospital y por fin pudo sacarla del asiento posterior del
taxi, emprendieron el lento viaje hacia la entrada. Al llegar a la puerta, justo cuando A.
comenzaba a pensar que lo lograrían, ella se paralizó; la invadió el pánico de no poder
moverse y no pudo continuar. A. le habló e intentó coaccionarla con delicadeza para que
avanzara, pero ella no dio un solo paso. La gente entraba y salía —médicos,
enfermeras, visitantes— y ellos seguían allí, A. y la mujer indefensa, en medio de aquel
tráfico humano. Entonces A. le dijo que se quedara donde estaba (como si hubiera
podido hacer otra cosa), entró en la recepción del hospital donde encontró una silla de
ruedas vacía y se la llevó ante la mirada recelosa de una enfermera. Luego ayudó a su
indefensa compañera a subir a la silla y la empujó por el vestíbulo en dirección al ascensor,
ignorando los gritos de la enfermera:
—¿Es una paciente? ¿Esa mujer es una paciente? Las sillas de ruedas son sólo para
pacientes.
Cuando la empujó dentro de la habitación de su abuelo, el anciano estaba amodorrado,
ni dormido ni despierto, reclinado en medio de su sopor y al borde de la consciencia. Al
oírlos entrar se despertó un poco y luego, cuando por fin comprendió lo que ocurría, sonrió
por primera vez en semanas. De repente sus ojos se llenaron de lágrimas, cogió la mano
de la mujer y le dijo a A., como si se dirigiera al mundo entero (aunque débilmente, muy
débilmente):
—Shirley es mi amor. Shirley es la mujer que yo amo.
A finales de julio, A. decidió pasar un fin de semana fuera de la ciudad. Quería ver a
su hijo y necesitaba tomarse un descanso lejos de la ciudad y del hospital. Su esposa dejó
al niño con sus padres y se fue a Nueva York. No recuerda lo que hicieron aquella tarde
en la ciudad, pero sí que a última hora de la tarde llegaron a la playa de Connecticut
donde el niño había pasado el día con sus abuelos. A. encontró a su hijo sentado en un
columpio y las primeras palabras que pronunció (tras ser adoctrinado por su abuela durante
toda la tarde), fueron sorprendentes por su lucidez:
—Estoy muy contento de verte, papi —dijo.
Pero sin embargo su voz sonaba extraña. Daba la impresión de que le faltaba el
aliento y pronunciaba cada palabra con sílabas entrecortadas. A. no tenía dudas de que
algo iba mal. Insistió en marcharse de la playa de inmediato y volver a la casa. A
pesar de que el niño estaba de buen humor, aquella voz extraña y mecánica seguía
surgiendo de su boca, como si fuera el muñeco de un ventrílocuo. Estaba extremadamente
agitado y su pecho jadeaba —dentro fuera, dentro fuera— como la respiración de un
pájaro pequeño. Una hora después, A. y su esposa buscaban una lista de pediatras locales
e intentaban encontrar alguno en casa (era viernes por la noche a la hora de cenar).
Después de la quinta o sexta llamada, lograron hablar con una mujer joven que
acababa de montar un consultorio en el pueblo. Por casualidad estaba todavía en la
consulta y les dijo que fueran de inmediato. Quizá porque era nueva en su trabajo o
bien porque tenía un temperamento nervioso, su examen del pequeño llenó a A. y a su
esposa de pánico. Sentó al niño sobre la mesa, le auscultó el pecho, contó sus
respiraciones por minuto, observó sus orificios nasales dilatados y el color azulado de la
piel de su rostro. Luego se precipitó por la consulta, intentando montar un complicado
respirador: una máquina de vapor con una capucha que parecía una reminiscencia de
las cámaras del siglo diecinueve. Pero el niño se negaba a dejar la cabeza bajo la
capucha y el zumbido del vapor frío lo asustaba. Entonces la doctora probó con una
inyección de adrenalina.
—Lo intentaremos con esto —dijo—, y si no funciona le daremos otra. —Esperó unos
minutos, volvió a auscultarlo y a contar sus inspiraciones y le dio una segunda inyección.
Aun así no consiguió ningún efecto.— No puedo hacer nada más —dijo—, tendremos que
llevarlo al hospital.
Hizo la llamada telefónica pertinente, y con una furiosa energía que parecía surgir de
hasta el último poro de su pequeño cuerpo, les indicó a A. y a su esposa cómo seguirla al
hospital y los condujo afuera desde donde partieron en coches separados. Su diagnóstico era
neumonía con complicaciones asmáticas, lo cual se confirmó en el hospital después de rayos
X y pruebas más sofisticadas.
Llevaron al niño a una habitación especial en el pabellón infantil, donde las enfermeras
lo pincharon y lo zarandearon, lo obligaron a tragar una medicina mientras lloraba a voz en
cuello, le conectaron suero y lo cubrieron con una cámara de plástico transparente por la
cual entraba oxígeno a través de una válvula en la pared. El niño permaneció en aquella
cámara durante tres días y tres noches. Sus padres tenían permitido estar con él todo el
tiempo, así que hacían turnos para sentarse junto a su cuna, con la cabeza y los brazos
debajo de la cámara, leyéndole libros, contándole cuentos o haciendo juegos, mientras el
otro se quedaba en la pequeña sala de lectura reservada a los adultos, mirando las caras de
otros padres que también tenían niños en el hospital. Ninguno de aquellos desconocidos se
atrevía a hablar con los demás, pues era evidente que todos pensaban sólo en una cosa, y
hablar de ello no hubiera mejorado las cosas.
Para los padres del niño fue una experiencia agotadora, ya que la medicina que le
aplicaban por vía venosa se componía fundamentalmente de adrenalina y eso le confería
una energía extraordinaria —muy superior a la normal en un niño de dos años—, así que
se pasaban la mayor parte del tiempo intentando calmarlo y tratando de evitar que
saliera de la cámara de oxígeno. Sin embargo, para A. todo esto no tenía importancia. La
enfermedad del niño y la certeza de que si no lo hubieran llevado al médico a tiempo
podría haber muerto hacían que todos aquellos esfuerzos le parecieran una nimiedad
(además del horror que lo asaltaba al pensar qué hubiera ocurrido si él y su esposa se
hubieran quedado a pasar la noche en la ciudad, dejando al niño con los abuelos, que a su
edad ya habían dejado de preocuparse por los pequeños detalles y que incluso se habían
burlado de A. cuando él reparó en los primeros síntomas). La mera posibilidad de que el
niño muriera, la sola idea de la muerte que había irrumpido en su mente en la consulta
del médico, era suficiente para que tratara su convalecencia como una especie de
resurrección, un milagro concedido por las leyes del azar.
Su esposa, sin embargo, comenzó a dar muestras agotamiento.
—Me voy, no puedo controlarlo —dijo en cierta ocasión, tras acercarse a A. en la sala
de espera de padres; y en su voz había tanto resentimiento, tanto enfado y exasperación
que en el interior de A. algo se hizo pedazos.
Con estupidez y crueldad, sintió deseos de castigar a su esposa por su egoísmo y en
aquel preciso instante toda la nueva armonía que había nacido entre ellos en el último
mes, se desvaneció. Por primera vez en todos los años que llevaban juntos, sintió rabia hacia
ella. Salió enfurecido de la sala y se dirigió a la habitación de su hijo.
La nada moderna. Interludio sobre la fuerza de vidas paralelas.
Ese otoño en París asistió a una pequeña fiesta ofrecida por un amigo, J., un conocido
escritor francés. Entre los invitados había otra norteamericana, una erudita especializada en
poesía francesa moderna que le habló de un libro que estaba a punto de publicar: una
selección de escritos de Mallarmé. ¿Acaso A. habría traducido alguna vez a Mallarmé?
El hecho es que así era. Hacía más de cinco años, poco después de mudarse al
apartamento de Riverside Drive, había traducido una serie de fragmentos que Mallarmé
escribió junto al lecho de muerte de su hijo, Anatole, en 1879. Eran escritos muy oscuros,
notas para un poema que nunca escribiría, y no fueron descubiertos hasta finales de la
década de los cincuenta. En 1974, A. había hecho un borrador de treinta o cuarenta de
ellos y luego había abandonado el manuscrito. Cuando regresó de París a su habitación de la
calle Varick (en diciembre de 1979, exactamente cien años después de que Mallarmé escribiera
aquellas notas fúnebres para su hijo), A. buscó la carpeta de los borradores y comenzó a
trabajar en una versión final. Esta traducción se publicaría más tarde en el París Review,
junto con una foto de Anatole con traje de marinero. De las notas de introducción: «El 6
de octubre de 1879, Anatole, el único hijo de Mallarmé, murió a la edad de ocho años
después de una prolongada dolencia. La enfermedad, diagnosticada como reumatismo
infantil, había afectado gradualmente a cada uno de sus miembros hasta atacar el cuerpo
entero del niño. Durante meses, Mallarmé y su esposa se sentaron impotentes junto
al lecho del niño, mientras los médicos le suministraban diversas medicinas y
probaban tratamientos sin éxito. Más adelante lo trasladaron al campo y luego
regresaron con él a la ciudad. El 22 de agosto, Mallarmé le escribió una carta a su
amigo Henry Ronjon, donde le hablaba de "la lucha entre la vida y la muerte que
está librando nuestro querido hijo ... Pero el verdadero dolor es que este pequeño
ser podría desaparecer. Confieso que es demasiado para mí; no puedo enfrentarme a
esa idea"». A. advirtió que fue precisamente aquella idea la que lo indujo a regresar a
aquellos textos. El acto de traducirlos no fue un simple ejercicio literario, sino una
forma de revivir su propio momento de pánico en la consulta del médico aquel verano:
«es demasiado para mí, no puedo enfrentarme a esa idea». Pues había sido entonces,
tal como advertiría más tarde, cuando había comprendido el verdadero significado de
la paternidad: la vida de su hijo le importaba más que la suya, y si su propia muerte
hubiese servido para salvar a su hijo, la habría aceptado sin dudar. Por lo tanto, justo
en aquel momento de terror se había convertido, de una vez para siempre, en el padre
de su hijo. Tal vez la traducción de esos treinta o cuarenta fragmentos de Mallarmé
fuera algo insignificante, pero para él era como ofrecer una plegaria de agradecimiento
por la vida de su hijo. ¿Una plegaria a quién? Quizá a nada, o a su sentido de la
vida. A la nada moderna.
tú puedes, con tus pequeñas
manos arrastrarme
a tu tumba — tú
tienes derecho —
– yo
que te sigo, yo
me dejo llevar —
— pero si tú
quieres, hagamos
los dos...
una alianza
un himeneo, soberbio
— y la vida
que queda en mí
la usaré para —
*
no — nada
que ver con las grandes
muertes — etc.
— mientras sigamos
viviendo, él
vivirá — en nosotros
sólo después de nuestra
muerte él estará muerto
— y las campanas
de los Muertos tocarán por
él
*
zarpa —
navega
río,
tu vida que
pasa, que fluye
*
Puesta de sol
y viento
ahora desvanecido, y
viento de la nada
que respira
(aquí la moderna?
nada)
*
la muerte — susurra
suavemente
—yo no soy nadie —
ni siquiera sé quién soy
(pues los muertos no
saben que están
muertos — , ni siquiera que
mueren
—al menos
por los niños
— o
héroes — muertes
súbitas
pues de lo contrario
mi belleza está
hecha de los últimos
momentos —
lucidez, belleza
rostro — de lo que sería
yo, sin mí mismo
*
¡Oh! tú entiendes
que si acepto
vivir — que parezca
que te olvido —
es para
alimentar mi dolor
— de modo que este
aparente
olvido
puede brotar de un
modo más
horrible en lágrimas, en
algún momento
fortuito, en
medio de esta
vida, cuando tú
te me aparezcas
*
verdadero duelo en
el apartamento
— no en el cementerio
muebles
*
encontrar sólo
ausencia —
— en presencia
de pequeñas ropas
— etc. —
*
no — no
dejaré
la nada
padre — siento
que la nada
me invade
Comentario breve sobre la palabra «aire».
La primera vez que oyó esa palabra en conexión con su hijo, fue cuando le enseñó una
fotografía del niño a su buen amigo R., un poeta americano que había vivido ocho años
en Amsterdam. Aquella noche estaban tomando unas copas en un bar, rodeados por una
multitud de cuerpos y música estridente. A. sacó la fotografía de su cartera y se la pasó a R.
que la estudió durante un largo rato. Luego se volvió hacia A.
—Tiene un aire a Tito —le dijo con gran emoción en la voz.
Un año más tarde, poco después de que se publicara «Una tumba para Anatole» en el
Paris Review, A. visitó a R. y éste (que para entonces le había cogido mucho cariño al
hijo de A.) le dijo:
—Hoy me ha pasado algo increíble. Estaba en una librería, mirando varias revistas,
abrí por casualidad el Paris Review y vi una foto del hijo de Mallarmé. Por un instante creí
que era tu hijo, pues el parecido era asombroso.
—Pero era mi traducción —respondió A.—; yo fui el que les hizo poner esa fotografía.
¿No lo sabías?
—No alcancé a leerlo —dijo R.—, la fotografía me impresionó tanto que cerré la revista,
la puse de nuevo en su estante y salí de la tienda.
Su abuelo vivió otras dos o tres semanas. A. regresó al apartamento frente a Columbus
Circle, su hijo ya fuera de peligro y su matrimonio en un permanente punto muerto. Tal
vez ésos hayan sido sus peores días: no podía trabajar ni pensar. Comenzó a
descuidarse, se alimentaba sólo de comidas nocivas (congelados, pizza, fideos chinos) y
abandonó la limpieza del apartamento: ropa tirada en un rincón de la habitación y el
fregadero de la cocina lleno de platos sucios. Se dedicó a mirar viejas películas en
televisión y a leer novelas baratas de misterio, echado en el sofá y fumando un cigarrillo tras
otro. No intentó comunicarse con ninguno de sus amigos y la única persona a la cual
llamó —una chica que había conocido en París cuando tenía dieciocho años— se había
mudado a Colorado.
Una noche, sin ninguna razón en particular, salió a caminar por la aburrida zona oeste
de la calle Cincuenta y se metió en un bar de alterne. Mientras tomaba una cerveza en la
mesa, una voluptuosa joven desnuda se sentó a su lado. La chica se aproximó cada vez
más y comenzó a describirle todas las cosas lascivas que podría hacerle en «la habitación del
fondo» si estaba dispuesto a pagar. Sus proposiciones eran tan directas y en cierto modo
graciosas que él acabó aceptando. Por fin decidieron que le chuparía el pene, pues
afirmaba tener un talento extraordinario para aquella actividad, y en efecto se dedicó a la
tarea con un entusiasmo sorprendente. Unos minutos más tarde, en el preciso instante en
que se corría dentro de su boca con un largo y palpitante chorro de semen, A. tuvo una
visión que lo ha acompañado desde entonces: cada eyaculación contiene miles de millones de
espermatozoides —o más o menos la cantidad equivalente al número de habitantes del
planeta— y eso significa que cada hombre guarda en sí mismo el potencial de un mundo
entero. Y en lo que ocurriría, si esto pudiera ocurrir, se encuentra toda la gama de
posibilidades: las semillas de idiotas y genios, de bellos y deformados, de santos,
catatónicos, ladrones, corredores de bolsa y equilibristas. Cada hombre, por lo tanto, es un
mundo entero y alberga en sus propios genes un decálogo de toda la humanidad. O, como
dice Leibniz: «cada sustancia viva es un perpetuo espejo viviente del universo». Pues el
hecho es que estamos formados por la misma materia que surgió de la primera
explosión, de la primera chispa en el vacío infinito del espacio. O al menos eso se dijo a
sí mismo, en aquel momento, mientras su pene estallaba en la boca de la mujer desnuda
cuyo nombre ha olvidado. Pensó: la irreductible mónada. Y luego, como si por fin lograra
asimilarlo, pensó en la célula microscópica y furtiva que se había abierto camino en el
cuerpo de su mujer, unos tres años antes, para convertirse en su hijo.
Por otra parte, nada. Languidecía, sudaba en el calor del verano. Como un Oblomov
contemporáneo acurrucado en su sofá, no se movía a no ser que fuera imprescindible. En el
apartamento de su abuelo había una televisión por cable, con más canales de los que A.
supiera que existían. Cada vez que lo encendía, había algún partido de béisbol, de modo
que no sólo pudo seguir a los Yankees y Mets de Nueva York, sino también al Red Sox de
Boston, los Phillies de Filadelfia y los Braves de Atlanta. Eso además de los pequeños
privilegios extra ofrecidos por la tarde: los juegos de las ligas japonesas más importantes,
por ejemplo (y su fascinación por el constante retumbar de tambores durante el partido) o,
más extraño todavía, los campeonatos de la liga juvenil de Long Island. Sumergirse en
aquellos juegos era permitir que su mente entrara en un mundo puramente formal. A
pesar de la agitación de la cancha, el béisbol le parecía una imagen inamovible, y por lo
tanto un lugar donde su mente podía descansar, segura en su refugio, protegida de los
caprichos del mundo.
Se había pasado toda la infancia jugando al béisbol. Desde los primeros días sombríos de
principios de marzo hasta las tardes frías de finales de octubre. Había jugado bien, con
una devoción casi obsesiva. El béisbol no sólo le había dado una idea de sus propias
posibilidades y lo había convencido de que no estaba del todo perdido ante los ojos de los
demás, sino que también lo había ayudado a salir del encierro solitario de su temprana
infancia. Lo había iniciado en el mundo de los demás, pero al mismo tiempo era algo que
podía guardar dentro de sí. El béisbol era un terreno potencialmente rico en sueños y se
pasaba todo el tiempo fantaseando sobre él, imaginándose con el uniforme de los Giants de
Nueva York, corriendo hacia la tercera base en el Club de Polo, mientras la multitud gritaba
vivas al oír su nombre anunciado en los altavoces. Día tras día, cuando llegaba a su casa del
colegio, arrojaba una pelota de tenis contra los escalones y soñaba que cada movimiento
era parte del campeonato de la serie mundial que se desarrollaba en su cabeza. Siempre
acababa con dos fuera de juego al final de la novena, un hombre en la base y los Giants
perdiendo por un punto. El era siempre el bateador y siempre conseguía el borne run de la
victoria.
Mientras pasaba aquel verano sentado en el apartamento de su abuelo, comenzó a darse
cuenta de que para él el béisbol simbolizaba el poder de la memoria. Memoria en ambos
sentidos de la palabra: como un catalizador para recordar su propia vida y como una
estructura artificial para ordenar el pasado histórico. Por ejemplo, 1960 era el año en que
Kennedy fue elegido presidente; también fue el año del Bar Mitzvah de A., o sea el año en
que teóricamente se había convertido en un hombre. Pero la primera imagen que le viene a
la memoria cuando se menciona el año 1960, es el home run de Bill Mazeroski que venció a
los Yankees en la serie mundial. Todavía puede ver la pelota pasando por encima de la
defensa del Campo de Forbes —aquella barrera alta y oscura, completamente cubierta de
números blancos—, y al recordar las sensaciones de aquel momento, de aquel súbito y
asombroso instante de dicha, es capaz de volver a entrar en su propio pasado, de situarse
en un mundo que de otro modo estaría perdido.
Lee en un libro que desde 1893 (un año antes del nacimiento de su abuelo), cuando
trasladaron el montículo del lanzador tres metros más atrás, la forma del campo de juego no
ha cambiado. El diseño romboidal forma parte de nuestra conciencia. Su prístina
geometría de líneas blancas, hierba verde y tierra marrón es un icono tan familiar como
las barras y estrellas. A diferencia de casi todos los acontecimientos de la historia de
América del último siglo, el béisbol ha permanecido estable. Con la excepción de
pequeños cambios (el césped artificial o el diseño de los bates), el juego que se
practica hoy día es muy similar al que jugaba Wee Willie Keeler y los antiguos
Baltimore Orioles: aquellos jóvenes de las fotografías que llevan mucho tiempo
muertos, con sus enormes bigotes y sus poses heroicas.
El juego de hoy es apenas una variación del del pasado. El ayer es un eco del
presente y el mañana será un presagio de lo que ocurrirá el año próximo. El pasado del
béisbol profesional está intacto. Hay un registro de cada partido jugado, una estadística
para cada golpe errado y para cada pelota que entró en la línea de base. Uno puede
estudiar las distintas competiciones, comparar jugadores y equipos y hablar de los
muertos como si todavía estuvieran vivos. Jugar al béisbol en la infancia implica al
mismo tiempo imaginarse jugando como adulto, y el poder de esta fantasía sigue
presente durante la transmisión de cualquier partido. A. se preguntó cuántas horas de su
infancia habría pasado tratando de imitar la forma de batear de Stan Musial (pies
juntos, rodillas flexionadas, espalda inclinada en una rígida curva francesa) o la forma de
atajar de Willie Mays. Por otra parte, aquellos que se convirtieron en jugadores
profesionales están viviendo los sueños de su niñez, como si les pagaran para que
continuaran siendo niños. La profundidad de estos sueños no debe ser subestimada.
A. recuerda cómo, en su propia infancia, confundía las últimas palabras de la oración de
la Pascua, «el año próximo en Jerusalén» con la eterna y esperanzada muletilla de «ya
verán el año próximo» de los seguidores desilusionados, como si una cosa fuera
consecuencia de la otra y ganar el trofeo significara entrar en la tierra prometida. Por alguna
razón, su mente relacionaba el béisbol con la experiencia religiosa.
Fue justo entonces, cuando A. comenzaba a hundirse en las arenas movedizas del béisbol,
que murió Thurman Munson. A. recordó que Munson había sido el primer capitán de los
Yankees después de Lou Gehrig, que su abuela había muerto de la misma enfermedad que
Lou Gehrig y que la muerte de su abuelo llegaría poco después de la de Munson.
Los periódicos estaban llenos de artículos sobre el catcher. A. siempre había admirado
el juego de Munson en el campo, el golpe rápido de su bate, las carreras, el corpulento
cuerpo avanzando hacia las bases, la rabia que parecía consumirlo cuando tenía que
quedarse detrás del bateador. Ahora A. estaba conmovido al enterarse del trabajo de Munson
con niños y los problemas que había tenido con su propio hijo hiperactivo. Daba la
impresión de que todo se repetía. La realidad era como una caja china, una serie infinita
de recipientes dentro de otros recipientes. Porque aquí otra vez, de la forma más inesperada,
se repetía el mismo tema: la maldición del padre ausente. Por lo visto sólo Munson tenía
el poder de calmar a su pequeño hijo, y en cuanto él llegaba a casa, los ataques del niño
cesaban, sus rabietas desaparecían. Munson estaba aprendiendo a pilotar un avión para ir
a su casa más a menudo durante la temporada de juegos y dedicar más tiempo a su hijo, pero
fue precisamente un accidente aéreo lo que acabó con su vida.
Era inevitable que los recuerdos del béisbol se entremezclaran con los de su abuelo.
Había sido él quien le había llevado a su primer partido, quien le había hablado de los viejos
jugadores y le había enseñado que en béisbol se disfruta tanto de la conversación como de la
observación. Cuando A. era pequeño, lo llevaban a la oficina de la calle Cincuenta y
siete y allí jugaba con las máquinas de escribir y las calculadoras hasta que el abuelo estaba
listo para marchar. Entonces salían juntos y daban un lento paso por Broadway. El ritual
siempre incluía unas cuantas rondas en las máquinas de una sala de juegos, una comida
rápida y luego el metro rumbo a uno de los estadios de béisbol de la ciudad. Ahora, a pesar
de que su abuelo se estaba muriendo, seguían hablando de béisbol. Era el único tema en el
que aún podían discutir de igual a igual. Cada vez que A. iba a visitarlo al hospital, le llevaba
un ejemplar del New York Post, se sentaba junto a la cama del anciano y le leía los
resultados de los partidos del día anterior. Era su último contacto con el mundo exterior y
resultaba inocuo, como una serie de mensajes en clave que podía comprender con los
ojos cerrados. Cualquier otra cosa hubiera sido demasiado para él.
Casi al final, con una voz apenas audible, su abuelo le contó que había comenzado a
recordar su vida. Había estado escarbando en los días de su infancia en Toronto, reviviendo
hechos que habían tenido lugar hacía ochenta años: cómo defendía a su hermano de una
banda de gamberros o cómo repartía el pan a las familias judías del barrio los viernes por la
tarde. Todas las cosas triviales, olvidadas durante largo tiempo, volvían a él mientras
yacía inmóvil en la cama y cobraban la importancia de iluminaciones espirituales.
—Estar aquí me da la oportunidad de recordar —le dijo a A., como si acabara de
descubrir en sí mismo un nuevo poder.
A. podía percibir el placer que le causaban aquellos recuerdos y cómo, poco a poco,
comenzaban a vencer al dolor que en aquellas últimas semanas se reflejaba en la cara de su
abuelo. La memoria era lo único que lo mantenía vivo, y daba la impresión de que intentaba
resistirse a la muerte durante el mayor tiempo posible sólo para poder seguir recordando.
Lo sabía, aunque no se atreviera a admitirlo. Hasta la última semana siguió hablando d
regresar a su apartamento y no mencionó la palabra «muerte» ni una sola vez. Incluso el
día señalado, esperó hasta el último momento para decir adiós. A. se marchaba, iba a salir de
la habitación después de su visita, cuando su abuelo le pidió que volviera. Entonces A. se
acercó a la cama y el anciano le cogió la mano y la apretó con todas sus fuerzas durante un
largo, largo rato. Por fin, A. se inclinó y besó la mejilla de su abuelo, sin que ninguno de
los dos dijera una sola palabra.
A. recuerda a un intrigante, a un especulador, un hombre de extraño y grandioso optimismo.
¿A quién si no podría habérsele ocurrido con seriedad llamar a su hija Queenie1? Pero
cuando la niña nació, él comentó que sería una reina y no pudo resistir la tentación. Vivió
del engaño, de los gestos simbólicos, de la ilusión de ser el centro de atención. Muchos
chistes, muchos compinches y un tremendo sentido de la oportunidad. Apostaba a
escondidas, engañaba a su mujer (cuanto más viejo se hacía él más jóvenes eran las chicas) y
nunca perdió el gusto por ninguna de las dos cosas. Sus expresiones eran especialmente
ampulosas; una toalla no era nunca una toalla sino «una toalla rusa»; un drogadicto era un
«morfinómano» y nunca decía «vi...», sino «he tenido oportunidad de observar...». De ese
modo lograba inflar el mundo en que vivía para convertirlo en un lugar más imponente y
exótico. Se comportaba como un personaje importante y disfrutaba de los efectos
secundarios de su interpretación: los jefes de camarero lo llamaban señor B., los chicos de
recados sonreían ante sus propinas excesivas y todo el mundo se quitaba el sombrero ante
él. Había llegado a Nueva York desde Canadá poco después de la primera guerra mundial,
un pobre chico judío resuelto a triunfar, y al final lo había logrado. Nueva York era su
gran pasión, y al final de sus días se negó a mudarse con su hija a la soleada California
con una excusa que acabaría convirtiéndose en un refrán popular: «No puedo dejar Nueva
York. Aquí es donde está la acción».
A. recuerda un día cuando tenía cuatro o cinco años. Sus abuelos habían venido de
visita y el abuelo hizo un truco de magia para él con un objeto que había comprado en una
tienda de baratijas. En la visita siguiente, A. tuvo una rabieta porque el abuelo no había
traído nada para hacer un truco nuevo. A partir de entonces, siempre llevaba consigo un
nuevo objeto mágico: monedas que desaparecían, pañuelos de seda que aparecían de la
nada, una máquina que convertía trozos de papel en dinero, una gran pelota de goma
que se convertía en cuatro pelotas más pequeñas cuando uno la apretaba en la mano, un
cigarrillo que se apagaba en un pañuelo sin dejar señal, un jarro de leche que se
volcaba en un cono de papel sin que éste chorreara. Lo que había comenzado como una
gracia para entretener a su nieto se convirtió en una verdadera vocación y el abuelo pasó a
ser un gran mago amateur, un hábil prestidigitador que se enorgullecía de su carnet de
miembro de la Asociación de Magos. En todas las fiestas infantiles de A., él participaba con
su magia y continuó haciendo trucos hasta el último año de su vida. Actuaba en las
asociaciones para la tercera edad de Nueva York junto a una amiga (una mujer desaliñada
con una gran cabellera roja) que cantaba acompañándose con un acordeón y lo presentaba
como el Gran Zavello. Estaba tan versado en las fórmulas mágicas del embuste, había
hecho tantos negocios logrando que la gente confiara en él (haciéndoles creer que algo que
no estaba allí sí lo estaba y viceversa), que le resultaba muy fácil subir al escenario y
engañarlos de un modo más formal. Tenía la habilidad de captar el interés de la gente y era
evidente que disfrutaba siendo el centro de atención. No hay nadie menos cínico que
un mago. Tanto él como todos los demás saben que lo que hace es una farsa, así que
la función del truco no es exactamente la de engañar al público, sino la de complacerlos en
su deseo de ser engañados. En el transcurso de unos pocos minutos la relación causa y
efecto se vuelve imprecisa y se contradicen las leyes de la naturaleza. Tal como lo
expresaba Pascal en sus Pensées: «Es imposible tener causas fundadas para no creer en los
milagros».
El abuelo de A., sin embargo, no se contentaba sólo con la magia. Disfrutaba en igual
medida contando chistes, que él llamaba «cuentos» y apuntaba en una libreta que llevaba
en el bolsillo de la chaqueta. En todas las reuniones familiares sacaba su libreta, la estudiaba
en un rincón de la habitación, la volvía a poner en el bolsillo, se sentaba en una silla y se
pasaba una hora contando historias absurdas. Otra vez el recuerdo de la risa, pero no
como en el caso de S. una risa que surgía de las entrañas, sino una larga y monótona
espiral de sonido que empezaba como un jadeo y se convertía poco a poco en un silbido
1 * «Queenie» en inglés es el diminutivo de la palabra «Queen», que significa reina. (N. de la t.)
cromático cada vez más débil. Así es como a A. le gustaría recordarlo: sentado en aquella
silla haciendo reír a todo el mundo.
Sin embargo, la mayor habilidad de su abuelo no residía ni en la magia ni en los
chistes, sino en una especie de poder extrasensorial que mantuvo intrigada a toda la
familia durante años. Era un juego llamado el Hechicero: el abuelo de A. sacaba un
mazo de cartas, le pedía a alguien que cogiera una cualquiera y que se la mostrara a todos
los demás; por ejemplo, el cinco de corazones. Luego iba hasta el teléfono, levantaba el
auricular y pedía hablar con el hechicero.
—Eso es —decía—, quiero hablar con el hechicero.
Un momento después le pasaba el teléfono a los demás y todos escuchaban una voz de
hombre que repetía una y otra vez: «cinco de corazones, cinco de corazones, cinco de
corazones, cinco de corazones». Luego daba las gracias al hechicero, colgaba el teléfono y se
quedaba allí sonriendo a todo el mundo.
Años más tarde, cuando le explicó el truco a A., todo pareció muy sencillo. Su abuelo y
un amigo habían acordado actuar de hechiceros el uno para el otro. La pregunta
«¿puedo hablar con el hechicero?» era una clave, tras la cual el hombre al otro lado de
la línea comenzaba a nombrar los palos: espadas, corazones, diamantes, tréboles.
Cuando mencionaba el palo correcto, el que llamaba decía una palabra convenida y el
hechicero empezaba con la letanía de números: as, dos, tres, cuatro, cinco, etcétera.
Cuando llegaba al número indicado, el que llamaba volvía a decir algo y el hechicero
se detenía y comenzaba a repetir los dos elementos juntos: cinco de corazones, cinco
de corazones, cinco de corazones.
El Libro de la Memoria, volumen seis.
Le parece extraordinario, incluso en la ordinaria realidad de la experiencia, tener
los pies sobre la tierra, sentir cómo sus pulmones se contraen y se expanden con el
aire que respira, saber que si pone un pie frente al otro será capaz de caminar desde
donde está hacia donde quiere ir. Le parece extraordinario que algunas mañanas, poco
después de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha
tan intensa, una felicidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le
permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega
hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo. La felicidad que
descubre en sí mismo en esos momentos es extraordinaria; y aunque no lo sea, él la
encuentra extraordinaria.
A veces parece que vagamos por una ciudad sin rumbo. Vamos por una calle,
giramos caprichosamente por otra, nos detenemos a admirar la cornisa de un edificio o
nos agachamos a examinar una mancha de alquitrán en la acera que nos recuerda a cierto
cuadro que admiramos. Observamos las caras de la gente que pasa junto a nosotros
intentando imaginar su vida interior, entramos en un restaurante barato para comer, salimos
otra vez y continuamos nuestro camino en dirección al río (si la ciudad tiene un río) para
mirar cómo navegan los veleros o contemplar los grandes barcos anclados en el puerto; tal
vez cantando para nosotros mismos mientras andamos, tal vez silbando, o tal vez
intentando recordar algo que hemos olvidado. A veces caminamos por la ciudad y nos
parece que no vamos a ninguna parte, que buscamos una forma de matar el tiempo y que
sólo nuestra fatiga nos dirá dónde y cuándo detenernos. Pero así como un paso lleva
inevitablemente a otro, un pensamiento sigue al anterior, y en el caso de que engendre más
de uno (digamos dos o tres, equivalentes en todas sus consecuencias), será necesario no sólo
seguir al primero hasta su conclusión, sino volver atrás, a la posición inicial, para seguir el
hilo del segundo hasta su conclusión, y así sucesivamente. De este modo, si intentamos
formar una imagen de este proceso en nuestras mentes, comienza a dibujarse una red de
caminos, como en la representación del aparato circulatorio del hombre (corazón, arterias,
venas, capilares) o corno en un mapa (por ejemplo, una guía de calles, preferentemente de
una ciudad grande o incluso de carreteras, como los mapas de las gasolineras con rutas
que se extienden, se bifurcan y serpentean a lo largo del territorio). Lo que en realidad
hacemos cuando caminamos por la ciudad es pensar de tal modo que nuestros
pensamientos dibujan un trayecto, compuesto ni más ni menos que por los pasos que
hemos seguido. En conclusión, podemos decir sin temor a equivocarnos que hemos hecho
un viaje, aunque no hayamos salido de la habitación; podemos afirmar con segundad que
hemos estado en algún sitio, incluso si no sabemos dónde.
Saca de su estantería un librito que compró hace diez años en Amherst, Massachusetts,
un souvenir de su visita a la casa de Emily Dickinson y recuerda el extraño cansancio que lo
invadió aquel día en la habitación de la poetisa; su respiración agitada, como si acabara
de subir a la cumbre de una montaña. Caminó por la habitación pequeña y luminosa, miró
el cubrecama blanco y los muebles pulidos, pensó en los mil setecientos poemas que se
habían escrito allí e intentó verlos como parte de esas cuatro paredes. Pero no pudo,
pues se dijo a sí mismo que si las palabras son una forma de estar en el mundo, el mundo
ya se encontraba allí, en aquella habitación, lo cual a su vez significaba que era la
habitación la que estaba presente en los poemas y no a la inversa. Ahora lee en la última
página de aquel librito la torpe prosa de un escritor anónimo:
«En este dormitorio-estudio, Emily anunció que el alma podía contentarse con su
propia compañía. Pero descubrió que la conciencia era un talento además de una libertad, de
modo que incluso aquí era víctima de un autoaislamiento motivado por la desesperación o
el temor... Por lo tanto, el visitante sensible descubre en la habitación de Emily una
atmósfera que abarca los diversos sentimientos de la poetisa: arrogancia, ansiedad, angustia,
resignación o éxtasis. Esta habitación, más que cualquier otro sitio concreto en la
historia de la literatura americana, simboliza la tradición autóctona, resumida en Emily, de
un perseverante estudio de la vida interior».
Canción para acompañar al Libro de la Memoria. Soledad, interpretada por Billie
Holiday, en la grabación del 9 de mayo de 1941. Billie Holiday y su orquesta. Duración:
tres minutos y quince segundos. Como sigue: «En mi soledad me persigues / con sueños
de días pasados. / En mi soledad te burlas de mí / con recuerdos que nunca mueren ...
etcétera. Con reconocimientos a D. Ellington, E. De Lange e I. Mills.
Primera alusión a la voz de una mujer. Seguirán referencias concretas sobre algunas.
Pues él cree que si la verdad tiene una voz —suponiendo que la verdad exista y que
además pueda hablar—, ésta surgirá de la boca de una mujer.
También es cierto que a veces la memoria le llega en forma de voz, una voz que habla
en su interior y que no es necesariamente la suya. Le habla con el tono en que se narran los
cuentos a los niños, aunque a veces se burla de él, o le exige atención, o lo maldice en
términos contundentes. En otras ocasiones, distorsiona adrede la historia que le cuenta,
cambiando los hechos para acomodarse a sus deseos, ajustándose a un interés dramático
más que a la verdad. Entonces él debe hablarle con su propia voz y ordenarle que se
detenga, devolviéndola al silencio de donde vino. En algunas ocasiones, la voz le canta;
en otras, incluso susurra; y en otras más, simplemente tararea, titubea o gime de dolor.
Incluso cuando no dice nada, él sabe que sigue allí, y en el silencio de esa voz callada, él
espera que hable.
Jeremías: «Pero yo dije: ¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé hablar, pues soy un niño.
Yahvé me dijo: No digas soy un niño pues irás a todos a quienes yo te envíe y todo lo
que yo te mande dirás... Luego Yahvé alargó su mano, y tocando mi boca, Yahvé me dijo:
He aquí que pongo mis palabras en tu boca».
El Libro de la Memoria, volumen siete.
Primer comentario sobre el Libro de Jonás.
Uno enseguida se asombra de su singularidad en comparación con los demás libros
profetices. Esta obra breve, la única escrita en tercera persona, es la más dramática historia
de soledad de la Biblia, y sin embargo, está contada desde el exterior de esa soledad, como si
al sumergirse en la oscuridad el «yo» se separara de sí mismo y sólo pudiera hablar desde
la perspectiva de otro. Como en la frase de Rimbaud: «Je est un autre».
No es que Jonás tenga escrúpulos a la hora de hablar (como Jeremías, por ejemplo),
sino que se niega de plano a hacerlo: «La palabra de Yahvé fue dirigida a Jonás... Pero
Jonás se levantó para huir lejos de la presencia de Yahvé».
Jonás huye. Paga el pasaje y se embarca en una nave, pero justo entonces se
desencadena una gran tormenta.
Los marineros temen morir ahogados y oran por la salvación. «Jonás, entre tanto, había
bajado a la bodega de la nave, se había acostado y dormía profundamente.» El sueño como
última evasión del mundo, el sueño como símbolo de soledad. Oblomov acurrucado en su
sofá, soñando que vuelve a las entrañas de su madre. Jonás en el vientre del barco, Jonás
en el vientre de la ballena.
El capitán del barco encuentra a Jonás y le dice que rece a su Dios. Mientras tanto los
marineros echan suertes para ver quién de ellos es el responsable de la tormenta... «y cayó
la suerte sobre Jonás.
»Y entonces él les respondió: "Levantadme y arrojadme al mar, y el mar se os
apaciguará; pues sé que por causa mía os ha sobrevenido esta tempestad".
»Aquellos hombres, a fuerza de remos, trataban de alcanzar tierra firme; pero no
pudieron, porque el mar seguía embraveciéndose en torno a ellos...
»Levantaron pues en alto a Jonás y lo arrojaron al mar; y el mar calmó su cólera».
A pesar de la mitología popular en torno a la ballena, el enorme pez que devora a Jonás
no es en absoluto un agente de destrucción. Es él quien lo salva de morir ahogado en el
mar: «Rodeáronme las aguas hasta el cuello, el abismo me envolvió, las algas se enredaron en
mi cabeza». En el abismo de aquella soledad, que es al mismo tiempo el abismo del
silencio, Jonás se enfrenta a la oscuridad de la muerte, como si la negativa a hablar
representara una idéntica negativa a volcarse a su prójimo («Jonás se levantó y huyó de la
presencia de Yahvé»). Lo que equivale a decir: el que busca la soledad busca el silencio; el
que no habla está solo, incluso en la muerte. Nos dicen que «Jonás estuvo en el vientre
del pez tres días y tres noches» y en otro sitio, en un capítulo del Zohar se afirma «tres
días y tres noches, lo cual significa que un hombre está tres días en su tumba antes de que
se desgarren sus entrañas». Y cuando el pez por fin vomita a Jonás sobre tierra firme, éste
renace, como si su muerte en el vientre del pez hubiera sido la preparación para una nueva
vida, una vida que ha pasado por la muerte y que gracias a ello puede expresarse al fin.
«Desde mi angustia clamé a Yahvé y él me respondió. Desde el seno del infierno pedí
ayuda y tú escuchaste mi voz.» En la oscuridad del aislamiento que constituye la muerte,
por fin Jonás habla, y en cuanto comienza a hacerlo, recibe una respuesta. Pero incluso si
no hay respuesta, el hombre ha comenzado a hablar.
El profeta. Como engaño: imaginarse a sí mismo en el futuro, pero no por conocimiento
sino por intuición. El verdadero profeta sabe; el falso profeta adivina.
Ése era el mayor problema de Jonás. Si comunicaba el mensaje de Dios y le decía al
pueblo de Nínive que sería destruido en cuarenta días a causa de su maldad, estaba
seguro de que se arrepentirían y de que el castigo nunca se cumpliría; pues sabía que Dios
era «misericordioso, lento a la ira y rico en bondad».
«Las gentes de Nínive creyeron en Dios; proclamaron un ayuno y se vistieron de
saco, tanto los mayores como los pequeños.»
Pero si el pueblo de Nínive fue perdonado, ¿no fue falsa la profecía de Jonás? ¿No
fue entonces un falso profeta? De aquí la paradoja en el corazón de la Biblia: la profecía
llegaría a ser cierta sólo si no la comunicaba.
Aunque entonces, por supuesto, no habría profecía y Jonás no sería un profeta. Pero es
mejor no ser profeta que ser un falso profeta. «Ahora, ¡oh Yahvé! quítame la vida;
porque mejor que la vida es para mí la muerte.» Por eso Jonás se negó a hablar y huyó
de la presencia del Señor, enfrentándose a su destino en el naufragio; o sea, el naufragio de
lo singular.
Remisión de la relación causa y efecto.
A. recuerda un momento de su infancia (a los trece o catorce años). Caminaba sin rumbo
una tarde de noviembre con su amigo D. No sucedió nada, pero ambos, en el mismo
momento, intuyeron la infinidad de posibilidades que les aguardaban. O quizá podría
decirse que lo que sucedió fue que tomaron conciencia de esas posibilidades.
Mientras caminaban en medio del aire gris y frío de la tarde, A. se detuvo de
repente.
—Dentro de un año a partir de hoy —le anunció a su amigo— nos sucederá algo
extraordinario, algo que cambiará nuestras vidas para siempre.
Pasó el año y el día señalado no ocurrió nada extraordinario.
—No importa —le explicó A. a D.—, sucederá dentro de otro año.
Pero pasó el segundo año y tampoco ocurrió nada. Sin embargo, A. y D. no se
desanimaron. Durante todos los años del bachillerato siguieron conmemorando aquel día,
no con una ceremonia, sino simplemente mencionándolo. Se encontraban en los pasillos del
colegio, por ejemplo, y se decían:
—El sábado es el día.
No es que esperaran que sucediera un milagro, sino algo más extraño; con el paso del
tiempo, ambos se habían apegado al recuerdo de aquella predicción.
Descubrió que también el futuro temerario, el misterio de lo que aún no ha ocurrido
podía guardarse en la memoria. Y a veces tiene la sensación de que lo verdaderamente
extraordinario era la ciega profecía adolescente de veinte años antes, el mismo presagio de
lo extraordinario; su mente arrojándose feliz hacia lo desconocido. Lo cierto es que han
pasado muchos años y todavía hoy, a finales de noviembre, se sorprende recordando
aquel día.
Profecía: como verdad. Como en Casandra, hablando desde la soledad de su celda.
Como en la voz de una mujer.
El futuro brota de los labios de ella y cae en el presente, todo tal cual sucederá;
pero su destino es que nadie le crea. Loca, hija de Príamo: «los gritos de ese pájaro de
mal agüero» de quien «... surgían horribles / quejidos de pesar, mientras masticaba la hoja
de laurel, / y de cuando en cuando, como la esfinge negra / suelta el torrente de su canto
enigmático». (Casandra de Licofrón, en la traducción de Royston, 1806). Hablar del futuro
es utilizar un lenguaje que siempre está por delante de sí mismo, confiar cosas que aún no
han ocurrido al pasado, a un «ya» que siempre va detrás. Y en ese espacio entre el
discurso y la acción, palabra tras palabra, comienza a abrirse una grieta. Contemplar ese
vacío, aunque sólo sea un instante, produce una sensación de vértigo, como si uno cayera
en el abismo.
A. recuerda la emoción que experimentó en París cuando descubrió el poema de
mil setecientos versos escrito por Licofrón (año 300 a.C.), un monólogo de los
desvaríos de Casandra en prisión antes de la caída de Troya. Lo leyó por primera vez
en la versión francesa, traducida por Q., un escritor de su misma edad (veinticuatro
años). Tres años más tarde, cuando se encontró con Q. en un café de la rue Conde,
le preguntó si conocía alguna traducción de la obra al inglés. Q. no hablaba ni leía
inglés, pero había oído hablar de la traducción de un tal lord Royston, de comienzos
del siglo diecinueve. Cuando A. regresó a Nueva York, en el verano de 1974, fue a la
biblioteca de la Universidad de Columbia a buscar el libro y le sorprendió encontrarlo.
Casandra de Licofrón traducido del griego, comentado e ilustrado, Cambridge, 1806.
Esta traducción fue el único trabajo importante de lord Royston. La había
terminado antes de graduarse en Cambridge y la había publicado él mismo en una lujosa
edición privada. Luego de graduarse había partido en el tradicional viaje por Europa. A
causa de los disturbios en la Francia de Napoleón, no se dirigió hacia el sur —que
habría sido la ruta natural para un joven de su edad e intereses—, sino hacia el norte,
rumbo a los países escandinavos. En 1808, mientras viajaba por las traicioneras aguas
del Báltico, murió en un naufragio cerca de las costas de Rusia. Sólo tenía
veinticuatro años.
Licofrón, el oscuro. En su denso y confuso poema nunca se nombra nada, todo se
convierte en una referencia de alguna otra cosa. Uno se pierde con facilidad en este
laberinto de asociaciones y sin embargo sigue adelante, inducido por la fuerza de la
voz de Casandra. El poema es un torrente verbal; exhala fuego y se consume en el
fuego, lo cual lo conduce al borde del sinsentido. Tal como dijo un amigo de A. (B.,
curiosamente en una clase sobre la poesía de Hölderlin, una poesía que él en cierta forma
compara con el discurso de Casandra): «La palabra de Casandra, es un signo irreductible —
deutungslos—, una expresión inasible. La palabra de Casandra, una palabra que no ofrece
ninguna enseñanza, dicha siempre y en cada momento para no decir nada...».
Después de leer la traducción de Royston, A. advirtió que en aquel naufragio se había
perdido un gran talento. El inglés de Royston se desenvuelve con tal furia, con una
sintaxis tan ágil y acrobática, que al leer el poema tenemos la sensación de hallarnos
atrapados en la boca de Casandra.
v. 240 ¡Un juramento! ¡Han hecho un juramento al cielo! Pronto su vela se
desplegará, y en sus manos el fuerte remo se hundirá tembloroso en la ola
menguante; mientras las canciones, los himnos y las jubilosas
alabanzas deleitarán al dios esperanzado, hacia el cual se
elevará,
desde el templo de Apolo en Delfos, el humo de numerosos sacrificios:
Complacido los oirá
Enorques,
desde sus espantosos festines donde brilla la alta luz de la antorcha. Y
cuando el Salvaje se precipite sobre el campo de espigas, loco por destruir,
hará que los sarmientos se
enreden en su vigorosa fuerza y los arrojará sobre la tierra.
v. 426 ... entonces Grecia,
por culpa de este crimen, sólo por él, llorará a innumerables hijos: no habrá
tumbas, sólo rocas, sepultarán sus huesos; no habrá amigos que
derramen
las oscuras libaciones de los muertos; sólo quedará un nombre, un aliento, un
sonido
vacío,
un mármol inútil caliente por las lágrimas amargas de padres, niños huérfanos y
esposas viudas.
v. 1686 ¿Por qué emitir este vano clamor? Recito y canto
mi
infructuosa canción a vientos y olas, vientos sordos y olas insensibles,
inconmovibles
sombras de bosques. Lepseo, ¡dios celoso!, ha abandonado sobre mis
hombros
tales miserias, privando de fe mis palabras porque lo eché de mi lecho virginal,
enamorado, y no correspondí a su amor. Pero el destino está en mi voz y la
verdad en mis
palabras; Sucederá lo que deba suceder y cuando los gemidos
crecientes estallen contra su rostro, cuando su país se
derrumbe al precipitarse de su trono, sin que ningún hombre ni
Dios pueda salvarlo, algún desdichado exclamará: «Ninguna mentira
brotó de su boca, Los gritos de aquel pájaro de mal agüero decían la
verdad».
A A. le intriga el hecho de que tanto Royston como Q. hubieran traducido la obra
cuando contaban poco más de veinte años. A pesar del siglo y medio que los separaba,
ambos habían otorgado una fuerza especial a sus propias lenguas por medio de este
poema e incluso llegó a pensar que tal vez Q. fuera una reencarnación de Royston.
Aproximadamente cada cien años Royston volvería a nacer para traducir el poema a otra
lengua, y así como Casandra estaba destinada a que nunca le creyeran, nadie leería la obra
de Licofrón, generación tras generación. Una tarea inútil, entonces, escribir un libro que
jamás sería leído. Y sin embargo, la imagen del naufragio cobra fuerza en su mente: la
conciencia que se hunde hasta el fondo del mar, el sonido horrible de la madera al
agrietarse y los mástiles que caen sobre las olas. Imaginar los pensamientos de Royston en el
momento en que su cuerpo golpea el agua; imaginar la desolación de aquella muerte.
El Libro de la Memoria, volumen ocho.
Al cumplir tres años, el gusto literario del hijo de A. había comenzado a extenderse de
los libros para bebés con copiosas ilustraciones a libros infantiles más sofisticados. La
ilustración seguía siendo fuente de gran placer, pero ya no era fundamental. El cuento en sí
ya era suficiente para captar su atención, y cuando A. llegaba a una página sin ninguna
ilustración, se conmovía observando la mirada atenta del niño a la nada, al vacío del aire, a
la pared desnuda, imaginando lo que describían las palabras.
—Es divertido imaginar que no puedes ver —le dijo una vez a su padre mientras
andaban por la calle.
En otra ocasión el niño entró en el cuarto de baño, cerró la puerta y se quedó allí.
—¿Qué haces? —le preguntó A. desde el otro lado de la puerta.
—Estoy pensando —contestó el niño—. Para pensar tengo que estar solo.
Poco a poco, ambos comenzaron a gravitar en dirección a un libro: las aventuras de
Pinocho. Primero en la versión de Disney y luego, poco después, en la versión original,
con texto de Collodi e ilustraciones de Mussino. El pequeño no se cansaba nunca de
escuchar el capítulo sobre la tormenta en el mar, que relata cómo Pinocho encuentra a
Gepetto en el vientre del terrible tiburón.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Qué suerte que te haya encontrado al fin después de tanto tiempo
de desventuras!
—El mar estaba muy encrespado —explicó Gepetto— y una ola muy grande acabó por
volcar mi barca. Fue entonces cuando ese terrible tiburón, que estaba por allí cerca, se
acercó a mí, abrió su bocaza y me tragó como si fuera un fideo.
—¿Y cuánto tiempo hace que estás encerrado aquí dentro, papá?
—No estoy seguro, pero creo que varios años.
—¡Oh! —se asombró el muñeco—. ¿Y cómo te arreglaste para poder vivir? ¿Dónde has
encontrado esta vela? ¿Quién te ha dado las cerillas para encenderla?
—Te lo contaré todo, hijo mío. Has de saber que la misma borrasca que volcó mi
embarcación, hizo naufragar también un barco mercante.
—¡Oh!
—Los marineros se salvaron todos, pero el barco se fue a pique y el tiburón, que ese
día estaba muy hambriento, se tragó también los restos del naufragio... Por fortuna el
buque estaba cargado de cajas de conserva, pan, frutas secas y barriles de agua; no faltaban
entre sus restos una buena provisión de velas de cera y de cajas de cerillas... Con toda esta
abundancia he podido vivir durante todo este tiempo; pero ahora... ya no queda nada, las
provisiones se han terminado y esta vela que nos alumbra es la última que me queda...
—Entonces...
—Entonces, Pinocho, no tardaremos en quedarnos a oscuras.
A. y su hijo, separados con tanta frecuencia durante aquel año, experimentaban una
gran satisfacción con aquella escena de reencuentro. En efecto, Pinocho y Gepetto están
separados durante la mayor parte del libro. En el capítulo segundo, el maestro Ciliegia le
entrega a Gepetto el misterioso trozo parlante de madera, y en el tercero, el anciano talla
la marioneta. Incluso antes de que Gepetto haya acabado de tallar a Pinocho, éste empieza
a hacer travesuras.
«—Me lo merezco —dice Gepetto para sí—, debí haberlo pensado antes. Ahora ya es
demasiado tarde.»
A estas alturas, Pinocho, como cualquier bebé recién nacido, es puro instinto y
necesidades primarias sin conciencia. En las páginas siguientes, los hechos se suceden con
gran rapidez: la marioneta aprende a caminar, siente hambre y se quema accidentalmente
los pies, que su padre reconstruye. Al día siguiente Gepetto vende su abrigo para
comprarle una cartilla para el colegio («Pinocho comprendió, e incapaz de contener las
lágrimas, saltó al cuello de su padre y lo besó una y otra vez»). Luego no vuelven a verse
durante más de doscientas páginas. El resto del libro cuenta cómo Pinocho busca a su
padre y Gepetto a su hijo. En determinado momento, Pinocho descubre que quiere
convertirse en un niño de verdad, pero también se da cuenta de que eso no sucederá hasta
que no vuelva a reunirse con su padre. Aventuras, desventuras, vueltas, nuevas resoluciones,
luchas, circunstancias fortuitas, progresos, retrocesos y, durante todo el camino, una toma
de conciencia gradual. La superioridad del original de Collodi en comparación con la
versión de Disney reside en no hacer explícitas las motivaciones de la historia.
Permanecen intactas, en una forma preconsciente, onírica; mientras que en la obra de
Disney las ideas se expresan de una forma sentimental, y por ende se vuelven triviales.
En la adaptación de Disney, Gepetto reza por tener un hijo; en el original de Collodi,
simplemente lo hace. El acto físico de realizar el muñeco (de un trozo de madera que habla,
que está viva, lo cual recuerda la idea de la escultura de Miguel Ángel: la figura está ya
presente en el material antes de ser esculpida, el artista sólo recorta el exceso de material
hasta revelar su forma verdadera. Esto implica que el alma de Pinocho precede a su
cuerpo y que su tarea a lo largo del libro es encontrarla, o en otras palabras, encontrarse;
lo cual convierte a esta historia en la descripción de una conversión más que de un
nacimiento), este acto de elaboración de un muñeco es suficiente para transmitir la idea de
plegaria y sin duda es más poderosa al no estar explícita. Lo mismo ocurre con los
esfuerzos de Pinocho por convertirse en un niño real. En la obra de Disney, el hada azul le
ordena que sea «valiente, veraz y generoso», como si estas cualidades constituyeran una
fórmula rápida para asumir una identidad. Pinocho simplemente anda a los tumbos,
vive, y poco a poco toma conciencia de lo que puede llegar a ser. La única mejora
que logra hacer Disney sobre el original —aunque también resulte discutible— aparece
al final, en el episodio de la huida del terrible tiburón (la ballena Monstro). En el
original de Collodi, la boca del tiburón está abierta (pues sufre de asma y del
corazón), así que para huir Pinocho sólo necesita valor.
—En tal caso, papá, no hay tiempo que perder.
—¿Qué quieres decir?
—Que hay que pensar en huir.
—¿En huir? ¿Cómo?
—Escapando por la boca del tiburón.
—¡Hum! Eso no estaría nada mal; pero debes saber que yo no sé nadar,
muchacho.
—¡No importa! Te montarás a horcajadas sobre mí, en mis hombros, y yo que
soy un buen nadador te llevaré sano y salvo a la playa.
—Eres muy valiente, hijo mío, pero no debes hacerte ilusiones —dijo con tristeza
el señor Gepetto—. ¿Crees posible que un muñeco que mide escasamente un metro
puede tener la fuerza suficiente para llevarme a nado hasta la costa?...
—¡Nada cuesta probarlo! —exclamó con determinación el animoso muñeco—. De
todos modos, si está escrito en el cielo que debemos morir, por lo menos tendremos el
consuelo de estar juntos en los últimos instantes de nuestra vida. —Y sin decir más,
Pinocho tomó en su mano la vela encendida y, caminando delante para alumbrar el
camino, dijo al señor Gepetto:— Sígueme, padre; ven detrás de mí y no tengas miedo.
En la versión de Disney, sin embargo, Pinocho también necesita ingenio. La boca
de la ballena está cerrada y cuando la abre es sólo para dejar entrar agua, y no para que
ésta salga. Pinocho, con inteligencia, decide hacer una fogata en el vientre de la
ballena, lo cual hace que Monstro estornude y arroje a la marioneta y a su padre al
mar. Pero con este retoque se pierde más de lo que se gana, pues se elimina el episodio
fundamental de la historia: Pinocho nadando bajo el peso de Gepetto, abriéndose
camino en la noche azul oscura (página 296 de la versión americana), con la luna
brillando sobre sus cabezas, con una sonrisa bondadosa en los labios y la enorme boca
del tiburón abierta detrás de ellos. El padre a hombros de su hijo, una imagen que
evoca con tanta claridad a Eneas cargando a Anquises a su espalda entre los ruinas de
Troya, que cada vez que A. lee la historia en voz alta a su hijo, no puede evitar ver
(pues no es un pensamiento, a juzgar por la gran rapidez con que estos hechos se
desarrollan en su mente) otra multitud de imágenes, que ruedan en torbellino desde el
centro de sus preocupaciones. Casandra, por ejemplo, prediciendo la ruina de Troya;
como en los viajes de Eneas previos a la fundación de Roma, y a partir de ellos otros
viajes: la peregrinación de los judíos en el desierto, que a su vez despierta otra
multitud de imágenes: «El año próximo en Jerusalén», o la fotografía de su pariente,
aquel con el mismo nombre que su hijo, en la Enciclopedia Judía.
A. ha observado con atención la cara de su hijo durante aquellas lecturas de
Pinocho y ha llegado a la conclusión de que, para él, la imagen de Pinocho salvando a
Gepetto (nadando con el viejo subido a sus hombros) es lo que le confiere un
significado a la historia. Un niño de tres años sin duda es muy pequeño. Esa diminuta
menudencia, si se la compara con la corpulencia de su padre, sueña con adquirir enormes
poderes para superar su mezquina realidad. Todavía es demasiado pequeño para comprender
que algún día será tan grande como su padre, y aunque se lo expliquen con gran cuidado,
los hechos se prestan a grandes malentendidos.
—Y un día yo seré grande como tú y tú serás tan pequeño como yo.
Desde ese punto de vista, resulta comprensible la fascinación que producen los
superhéroes de los tebeos. Se trata del sueño de hacerse mayor, de convertirse en
adulto.
—¿Qué hace Superman?
—Salva a la gente.
Pues este acto de salvación es lo que en realidad hace el padre: protegiendo a su
pequeño hijo de cualquier peligro. Y para este niño pequeño ver a Pinocho, el mismo
muñeco tonto que ha ido de desventura en desventura, que quería ser «bueno» pero no
podía evitar ser «malo», esta misma marioneta pequeña e incompetente que ni siquiera es
un niño de verdad, convertida en un personaje redentor que salva a su padre de las garras
de la muerte constituye una revelación sublime. El hijo salva al padre. Pero esto hay que
imaginarlo desde la perspectiva de un niño pequeño y también desde la perspectiva de un
padre que alguna vez fue un niño pequeño y un hijo. Puer aeternus. El padre salva al
hijo.
Nuevo comentario sobre la naturaleza de la casualidad. No quiere dejar de
mencionar que dos años después de conocer a S. en París, conoció por casualidad a su hijo
menor, a través de vías y circunstancias que no tenían nada que ver con el propio S. Este
joven, P., que tenía exactamente la misma edad que A., trabajaba para un importante
productor de cine francés y estaba resuelto a ascender a un puesto de importancia. El propio
A. trabajaría más adelante para este mismo productor haciendo una serie de tareas
ocasionales en 1971 y 1972 (traducciones, escritos por encargo), pero nada de importancia.
Lo importante es que entre mediados y finales de la década de los setenta, P. consiguió
convertirse en coproductor y junto con el hijo del productor francés produjo la película
Superman, con un costo de varios millones de dólares. A. leyó que esta película había sido la
más cara en la historia del arte occidental.
A principios del verano de 1980, poco después de que su hijo cumpliera tres años, A. y
el pequeño pasaron una semana juntos en el campo, en casa de unos amigos que se habían
marchado de vacaciones. A. descubrió que en un cine local proyectaban Superman y
decidió llevar al pequeño, confiando en la posibilidad de que éste no se aburriera y pudiera
verla hasta el final. En la primera mitad de la película, el pequeño estuvo tranquilo,
comiendo palomitas y murmurando sus preguntas a A., tal como éste le había indicado, y sin
asombrarse demasiado ante los planetas que explotaban, las naves espaciales y el espacio
exterior. Pero de repente ocurrió algo, Superman comenzó a volar y automáticamente el
niño perdió la compostura. Se quedó boquiabierto, se puso de pie sobre el asiento, y se le
cayeron las palomitas.
—¡Mira! ¡Mira! ¡Está volando! —gritó señalando la pantalla.
Durante el resto de la película, el pequeño estuvo fuera de sí, la cara tensa de miedo y
fascinación, haciendo una pregunta detrás de otra, intentando asimilar lo que veía,
maravillándose, intentando asimilarlo otra vez, maravillándose de nuevo. Casi al final, la
película se volvió demasiado para él.
—Demasiado ruido —dijo.
Su padre le preguntó si quería que se marcharan y contestó que sí. A. lo cogió en
brazos y salieron fuera del cine, para encontrarse con una gran tormenta de granizo.
—Hoy estamos viviendo una gran aventura, ¿verdad? —dijo el pequeño mientras corrían
hacia el coche, moviéndose arriba y abajo en los brazos de A.
Durante el resto del verano, Superman fue su ídolo, el principio unificador de su vida.
Se negaba a usar cualquier camiseta que no fuera la azul con la S adelante. Se negaba a salir
sin una capa que le había confeccionado su madre; corría por la calle con los brazos
extendidos al frente, como si volara, y sólo se detenía para anunciar: «¡Soy Superman!» al
primer transeúnte de menos de diez años que pasara. A A. todo esto le divertía, pues
recordaba ese tipo de conducta en su propia infancia. No era esta obsesión lo que lo
inquietaba, ni tampoco la coincidencia de conocer a los hombres que habían producido la
película; era otra cosa: cada vez que veía a su hijo imitando a Superman no podía evitar
pensar en S., como si incluso la S de la camiseta del niño no hiciera referencia a Superman
sino a su amigo. Le intrigaba aquella pequeña jugarreta de su mente, ese constante
deambular de una idea a otra, como si cada cosa real tuviera un doble, tan vivo en su
mente como la cosa que tenía ante los ojos, de modo que al final no podía distinguir
el objeto de su sombra. Y por eso sentía, cada vez con más frecuencia, que su vida no
sucedía en el presente.
El Libro de la Memoria, volumen nueve.
Durante casi todos sus años de adulto, se ha ganado la vida traduciendo los libros de
otros escritores. Se sienta ante su mesa, lee el libro en francés, luego coge su pluma y
escribe el mismo libro en inglés. Es el mismo libro, pero al mismo tiempo no lo es, y la
singularidad de esta tarea nunca ha dejado de asombrarle. Cada libro es una imagen de
soledad. Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus
palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre,
de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose
a una partícula de esa soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El
libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de
la soledad. A. se sienta ante su mesa para traducir el libro de otro hombre, y es como si
entrara en la soledad de ese hombre y la hiciera propia. Aunque sin duda eso es imposible,
pues una vez que se abre la brecha de una soledad, una vez que la soledad ha sido asumida
por otro, deja de ser soledad para convertirse en una especie de compañía. Aunque sólo
haya un hombre en la habitación, en realidad hay dos. A. se imagina a sí mismo como una
especie de espectro de aquel otro hombre, que está y no está allí, y cuyo libro es y no
es el mismo que él está traduciendo. Entonces se dice a sí mismo que es posible estar
solo y no estarlo en el mismo momento.
Una palabra se convierte en otra, una cosa se transforma en otra distinta. De esta
forma, se dice, funciona del mismo modo que la memoria. Imagina una inmensa torre de
Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una infinidad de lenguas
distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de
una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que
resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba.
Repite. En el ámbito de la memoria, todo es lo que es y al mismo tiempo algo más. Y
entonces descubre que lo que intenta registrar en su Libro de la Memoria, todo lo que ha
escrito hasta entonces, no es más que la traducción de uno o dos momentos de su vida,
aquellos momentos que vivió en la Nochebuena de 1979, en su habitación del número 6
de la calle Varick.
El momento de iluminación que resplandece en el cielo de la soledad.
Pascal en su habitación en la noche del 23 de noviembre de 1654, cosiendo su
memorial en el forro de su ropa, para tener a mano en cualquier momento, durante el
resto de su vida, el registro de aquel éxtasis.
En el año de Gracia de 1654 el lunes 23 de noviembre, Festividad de
San Clemente,
Papa y Mártir
y de otros del martirologio
y víspera de San Chrysogomus y otros Mártires
desde las diez y media de la noche hasta las doce y media.
Fuego
«Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob» no
de los filósofos y científicos. Certeza. Certeza. Sentimiento. Dicha. Paz.
• • •
La grandeza del alma humana.
• • •
Dicha, dicha, dicha, lágrimas de dicha
• • •
No olvidaré vuestra palabra. Amén.
• • •
Con relación al tema de la memoria.
En la primavera de 1966, poco después de conocer a su futura esposa, el padre de la
joven (catedrático de literatura inglesa en la Universidad de Columbia) invitó a A. al piso
de la familia, en Morningside Drive a la hora de los postres y el café. Los invitados a la
cena eran Francis Ponge y su esposa, y el futuro suegro de A. pensó que a éste (que
entonces contaba sólo diecinueve años) le gustaría conocer al famoso escritor. Aque
semestre, Ponge, el máximo exponente de la poesía concreta y el creador de la poética más
firmemente centrada en el mundo exterior, estaba dando un curso en la Universidad de
Columbia. En ese entonces A. ya dominaba bastante bien el francés y como Ponge y su
esposa no hablaban inglés y el francés de los futuros suegros de A. no era muy fluido,
A. habló más de lo que acostumbraba, dada su timidez innata y su propensión a no
decir nada a no ser que fuera imprescindible. Ahora recuerda a Ponge como un
hombre simpático y vivaracho con brillantes ojos azules.
A. vio a Ponge por segunda vez en 1969 (o tal vez 1968 o 1970) en una fiesta en
honor del poeta, organizada por G., un catedrático de la Universidad de Barnard, que
había estado traduciendo su trabajo. Cuando A. estrechó la mano de Ponge, se presentó
diciendo que aunque tal vez no lo recordara, se habían conocido varios años antes en
Nueva York. Ponge le respondió que recordaba muy bien aquella noche y luego pasó a
hablarle del piso donde había tenido lugar la cena, describiéndolo hasta el más mínimo
detalle, desde la vista que se contemplaba por las ventanas, al color del sofá y la
disposición de los muebles en las distintas habitaciones. El hecho de que aquel
hombre recordara con tal precisión objetos que sólo había visto una vez y que no
habían significado nada en su vida más que por un breve instante, a A. le impresionó
como algo sobrenatural. Advirtió que Ponge no hacía diferencias entre el acto de
escribir y el acto de ver. Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente,
pues antes de que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte
del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya
convivido, igual que convive con el corazón, el estómago y el cerebro. La memoria,
entonces, no tanto como el pasado contenido dentro de nosotros, sino como prueba de
nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente
entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que ve. Para poder estar
allí, debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es
una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada.
También es cierto que «el hombre con buena memoria nunca recuerda nada porque
jamás olvida nada», tal como escribió Beckett refiriéndose a Proust. Y es cierto que
uno debe hacer una distinción entre la memoria voluntaria o involuntaria, tal como
hace Proust en el curso de su larga novela sobre el pasado.
Sin embargo, mientras A. escribe las páginas de su propio libro, siente que lo que
hace está más allá de los dos tipos de memoria. A. tiene buena memoria y mala
memoria al mismo tiempo. Ha olvidado muchas cosas, pero también ha retenido
muchas otras. Mientras escribe, siente que se mueve hacia adentro (a través de sí
mismo) y que al mismo tiempo se mueve hacia afuera (hacia el mundo). Lo que sintió
en aquellos breves momentos de la Nochebuena de 1979, sentado solo en su
habitación de la calle Varick, era algo así: la súbita toma de conciencia de que incluso
estando solo, en la más profunda soledad de su habitación, no estaba solo, o para
decirlo con más exactitud, que en el preciso instante en que comenzaba a hablar de
aquella soledad, se convertía en algo más que sí mismo. La memoria, por lo tanto,
no sólo como la resurrección del pasado individual, sino como una inmersión en el
pasado de los demás, lo que equivale a hablar de la historia, donde uno participa y es
testigo, es parte y al mismo tiempo está aparte. Por consiguiente, todo está presente en
su mente de forma simultánea, como si cada elemento reflejara la luz de todos los
demás y al mismo tiempo emitiera su único e inextinguible resplandor. Si hay algún motivo
para su presencia en esa habitación, es sólo porque en su interior hay algo que lo urge a ver
todo a la vez, a saborear el caos de todo en su cruda y apremiante simultaneidad. Y aun así,
como la expresión es necesariamente lenta, el recuerdo de lo que ya ha sido recordado
resulta una tarea delicada. La pluma nunca se moverá con la prisa suficiente como para
reproducir cada palabra descubierta en el ámbito de la memoria. Algunas cosas se pierden
para siempre, otras quizá vuelvan a recordarse, y otras más se encuentran y se pierden
una y otra vez. Es imposible estar seguro de nada.
Posible epígrafe sobre el Libro de la Memoria.
«Los pensamientos vienen y se van de forma caprichosa. No existe ningún sistema para
contenerlos ni para poseerlos. Se ha escapado un pensamiento que yo estaba tratando de
escribir; entonces escribo que se me ha escapado» (Pascal).
«Cuando escribo mis pensamientos a veces se me escapan; pero esto me hace recordar
mi propia debilidad, que olvido continuamente y me enseña tanto como mi pensamiento
olvidado, pues sólo lucho por reconocer mi propia insignificancia» (Pascal).
El Libro de la Memoria, volumen diez.
Cuando habla de la habitación, no quiere olvidar las ventanas que a veces se
encuentran en ella. La habitación no es necesariamente una imagen de la conciencia
hermética; él sabe que cuando un hombre o una mujer están de pie o sentados en una
habitación, allí hay algo más que el silencio del pensamiento: el silencio de un cuerpo que
lucha por transformar sus pensamientos en palabras. No intenta sugerir que todo lo que
ocurre entre las cuatro paredes de la conciencia es sufrimiento, como se desprende de sus
alusiones previas a Hölderlin y a Emily Dickinson. Piensa, por ejemplo, en las mujeres de
Vermeer, solas en sus habitaciones, con la luz brillante del mundo real entrando a raudales
por una ventana abierta o cerrada, y la absoluta inmovilidad de aquellas soledades, una
evocación casi desgarradora de la vida cotidiana y de sus inconstancias domésticas. Piensa
sobre todo en una pintura que vio en el Rijksmuseum de Amsterdam, Mujer en azul, y cuya
contemplación lo dejó absorto. Tal como escribió un crítico: «La carta, el mapa, el
embarazo de la mujer, la silla vacía, la caja abierta y la ventana invisible son todos
recordatorios o emblemas naturales de la ausencia, de lo invisible, de otros espíritus, otros
anhelos, tiempos y lugares, del pasado y del futuro, del nacimiento y tal vez de la muerte;
en resumen, de un mundo que se extiende más allá del marco del cuadro, y de horizontes
más grandes y más amplios que abarcan la escena que aparece ante nuestros ojos e
interfieren en ella. Y sin embargo Vermeer insiste en la plenitud y la independencia del
momento presente, con tal convicción que su capacidad para orientar y contener cobra un
valor metafísico».
Pero más que los objetos mencionados en esta lista, es la cualidad de la luz que
penetra por la ventana invisible, a la izquierda del espectador, la que con tanto ímpetu lo
induce a concentrar su atención en el exterior, en el mundo que está más allá del cuadro.
A. mira con fijeza el rostro de la mujer, y a medida que pasa el tiempo, casi le parece
escuchar su voz leyendo la carta que tiene en la mano. Ella, tan preñada, tan tranquila en la
inmanencia de su maternidad, lee la carta que sacó de la caja sin duda por centésima vez; y
allí, colgando en la pared a su derecha, un mapa del mundo, el símbolo de todo lo que
existe fuera de aquella habitación: aquella luz, una luz tan pálida que raya en el blanco,
bañando con delicadeza su cara y brillando sobre su blusa azul, el vientre henchido de vida
y el azul bañado en luminosidad. Para seguir con lo mismo: Mujer sirviendo leche. Mujer
con balanza. El collar de perlas. Mujer joven ante la ventana con un jarro. Niña leyendo
una carta ante la ventana abierta. «La plenitud e independencia del momento presente.»
Aunque en principio fueron Rembrandt y Tito quienes llevaron a A. a Amsterdam, donde
luego entraría en otras habitaciones y se halló en presencia de mujeres (las mujeres de
Vermeer, Ana Frank), su viaje también fue concebido como un peregrinaje hacia su propio
pasado. Otra vez sus viajes interiores se expresaban en la pintura: un estado emotivo que
encontraba una representación tangible en una obra de arte, como si otra soledad fuera en
realidad el eco de la suya propia.
En este caso fue Van Gogh y el nuevo museo construido para albergar su obra. Como
un trauma temprano oculto en el inconsciente que relacionaba dos objetos sin relación entre
sí (este zapato es mi padre, esta rosa es mi madre), los cuadros de Van Gogh persisten en su
mente como un símbolo de la adolescencia, una traducción de los sentimientos más
profundos de aquella época. Incluso puede concretar y describir hechos y sus reacciones a
esos hechos en un lugar y tiempo determinados (sitio exacto, momento exacto: año, mes,
día, incluso hora y minuto). Sin embargo, el desarrollo de la crónica no importa tanto como
sus consecuencias, su permanencia en el tiempo y el ámbito de la memoria. Recordar, por lo
tanto, un día de abril cuando tenía dieciséis años, en que faltó a clase para salir con la chica
de la que estaba enamorado, con tanta pasión y desconsuelo que el simple recuerdo todavía
le duele. Recordar el tren y luego el barco a Nueva York (ese ferry que ahora ha
desaparecido: planchas de hierro, bruma cálida, óxido) y más tarde la visita a la gran
exposición de Van Gogh. Recordarse allí, temblando de felicidad, como si la contemplación
compartida invistiera a aquellos cuadros de la presencia de la chica y los barnizara
misteriosamente con el amor que él sentía por ella. Unos días más tarde, comenzó a escribir
una serie de poemas (ahora perdidos) basados en los cuadros que había visto, cada uno de
ellos con el título de una obra de Van Gogh. Fueron los primeros poemas auténticos que
escribió. Más que un sistema para penetrar en los cuadros, los poemas eran un intento por
recuperar el recuerdo de aquel día, aunque pasaron muchos años antes de que él lo
advirtiera. Y fue en Amsterdam, mientras examinaba los mismos cuadros que había visto
con la chica (y que no había vuelto a ver desde entonces, hacía casi la mitad de los años de
su vida), cuando recordó aquellos poemas. En ese momento la ecuación se volvió clara: el
acto de escribir como un acto de memoria. Pues el quid de la cuestión es que, aparte de
los poemas, no había olvidado nada de todo aquello.
En el Museo Van Gogh de Amsterdam (diciembre de 1979), ante el cuadro, terminado
en Arles en octubre de 1888.
Van Gogh a su hermano: «Esta vez se trata sólo de mi dormitorio... La visión del
cuadro debe hacer descansar la mente o, más bien, la imaginación...
»Las paredes son violeta claro, el suelo de baldosas rojas.
»La madera de la cama y de las sillas es del color amarillo de la mantequilla fresca, la
sábana y las almohadas de un verde limón muy claro.
»El cubrecama escarlata, la ventana verde.
»La mesa de tocador naranja, la jofaina azul.
»Las puertas lilas.
»Y eso es todo, en esta habitación con las persianas cerradas no hay nada...
»De este modo me vengo del descanso forzoso que me han obligado a tomar...
»Otro día te haré bocetos de las demás habitaciones.»
Sin embargo, al examinar el cuadro con atención, A. no pudo evitar sentir que Van
Gogh había creado algo muy distinto de lo que se proponía. Si bien la primera impresión
de A. ante el cuadro había sido de «descanso» como pretendía su autor, poco a poco,
mientras intentaba penetrar en la habitación del lienzo, comenzó a verla como una prisión,
un espacio imposible, una imagen no ya de un lugar donde vivir, sino del espíritu forzado
a residir en ella. Si se observa con atención se ve que la cama bloquea la puerta, las
persianas están cerradas, no se puede entrar; y una vez adentro, es imposible salir. Cautivo
entre los muebles y los objetos cotidianos de la habitación, uno comienza a oír un gemido
de sufrimiento en el cuadro y una vez que se escucha por primera vez resulta imposible
detenerlo. «Grité a causa de mi aflicción...»; pero no hay respuesta para este grito. El
hombre del cuadro (éste es un autorretrato, sin ninguna diferencia respecto de un
cuadro del rostro de un hombre, con ojos, nariz, labios y barbilla) ha estado
demasiado tiempo solo, y ha luchado demasiado en las profundidades de su soledad. El
mundo acaba ante esta puerta-barricada, pues la habitación no es una representación de
la soledad, sino su misma sustancia. Y resulta tan opresivo, tan irrespirable, que no
puede mostrarse en otros términos. «Y eso es todo, en esta habitación con las persianas
cerradas no hay nada...»
Nuevo comentario sobre la naturaleza de la casualidad. El viaje de A. comenzó y
acabó en Londres, donde pasó unos pocos días con amigos ingleses al llegar y antes de
marchar. La chica del barco y los cuadros de Van Gogh era inglesa (había nacido en
Londres, había vivido en América de los doce a los dieciocho años y luego había
regresado a Londres para estudiar Bellas Artes), así que en la primera etapa de su viaje,
A. pasó unas cuantas horas con ella. Después de su graduación, se habían visto de forma
muy irregular, como mucho cinco o seis veces en todos aquellos años. Hacía tiempo
que A. se había repuesto de su enamoramiento, pero nunca la había borrado del todo de
su mente, aferrándose en cierto modo a aquel sentimiento de pasión, aunque la chica
en sí hubiera perdido importancia. Habían pasado varios años desde su último
encuentro, y ahora su compañía le resultaba deprimente, casi abrumadora. Todavía le
parecía hermosa, pero daba la impresión de que la soledad la rodeaba del mismo
modo que un huevo encierra el embrión de un pájaro. Vivía sola y prácticamente no
tenía amigos. Durante muchos años había estado trabajando en tallas de madera, pero se
negaba a enseñárselas a nadie. Cada vez que terminaba una obra, la destruía y luego
comenzaba otra. A. volvía a encontrarse cara a cara con la soledad de una mujer, pero
en esta ocasión se había encendido sola y se había consumido en su propia fuente.
Uno o dos días después se fue a París, luego a Amsterdam y por fin de nuevo a
Londres. Pensó que no tendría tiempo de verla otra vez, pero uno de esos días, poco
antes de regresar a Nueva York, tenía una cita para cenar con un amigo (T., el mismo
que pensó que podrían ser primos) y decidió pasar la tarde en la Royal Academy of Art,
donde había una gran exposición de postimpresionismo. Pero la gran afluencia de
visitantes al museo le hizo cambiar de idea y se encontró con tres horas libres antes de
su cita. Se fue a comer pescado con patatas a un restaurante barato del Soho mientras
decidía qué hacer con su tiempo extra. Luego pagó la cuenta, salió, giró la esquina y
allí estaba ella, mirando el escaparate de una gran zapatería.
No es fácil encontrarse a alguien conocido en las calles de Londres (en esa
ciudad de millones de habitantes, sólo conocía a unas pocas personas) y sin embargo
ese encuentro le pareció perfectamente natural, como si fuera un hecho cotidiano. Sólo
un instante antes había estado pensando en ella, arrepintiéndose de su decisión de no
llamarla; y ahora que ella estaba allí, ante sus ojos, no pudo evitar sentir que la había
hecho aparecer.
Caminó hacia ella y la llamó por su nombre.
La pintura o el desmoronamiento del tiempo en imágenes.
En la exposición de la Royal Academy que había visto en Londres había varios
cuadros de Maurice Denis. En París, A. había ido a visitar a la viuda del poeta Jean
Follian (que había muerto en un accidente de tráfico en 1971, pocos días antes de que
A. se mudara a aquella ciudad) en relación con una antología de poesía francesa que
estaba preparando y que era la causa de su viaje. Madame Follain, según descubrió
pronto, era hija de Maurice Denis y su piso estaba decorado con muchos de los
cuadros de su padre. Ella tenía setenta y tantos años, quizá ochenta, y A. se quedó
impresionado por su fortaleza parisina, su voz cascada y su devoción por el trabajo de
su difunto marido.
Uno de los cuadros del apartamento tenía título: Madelaine à 18 mois (Madelaine
a los dieciocho meses), escrito por Denis en la parte superior del lienzo. Ésa era la
misma Madelaine que había crecido hasta convertirse en la esposa de Follian y que
acababa de invitar a entrar a A. en su apartamento. Durante un instante, sin darse
cuenta, la mujer se detuvo frente al cuadro pintado casi ochenta años antes y A.
comprobó, como en un increíble salto en el tiempo, que la cara de la criatura del
cuadro y la de la anciana que tenía delante eran exactamente iguales. En ese preciso
momento sintió que había atravesado la ilusión del tiempo humano y lo había
experimentado en su propia dimensión, apenas la duración de un pestañeo. Había
visto una vida entera ante él y la visión se había desmoronado en sólo un instante.
O. a A. en una conversación, describiendo lo que se siente al convertirse en un viejo. O.
tiene más de setenta años, le falla la memoria y su cara está arrugada como una pasa. Mira a
A. y menea la cabeza con una agudeza inexpresiva:
—Qué extraño que esto le suceda a un niño pequeño.
Sí, es posible que no crezcamos, que aunque nos hagamos viejos, sigamos siendo los
niños de siempre. Nos recordamos como éramos y sentimos que somos los mismos. Nos
convertimos en lo que somos, pero seguimos siendo lo que éramos, a pesar de los años.
No cambiamos por voluntad propia. El tiempo nos convierte en viejos, pero nosotros no
cambiamos.
El Libro de la Memoria, volumen once.
Recuerda el regreso a su casa después de su fiesta de bodas en 1974, con su esposa a su
lado vestida de blanco. Sacó del bolsillo la llave de la entrada, la metió en la cerradura, y
cuando giró la muñeca, sintió cómo la llave se partía en el interior de la cerradura.
Recuerda que en la primavera de 1966, no mucho después de conocer a su esposa, se
rompió una de las teclas del piano de ella: el fa de la escala central. Aquel verano los dos
viajaron a un sitio remoto en Mame y un día, cuando caminaban por un pueblo casi
abandonado, llegaron a una sala de reuniones que no había sido usada durante años. Había
vestigios de un club masculino: tocados hindúes, lista de nombres, restos de juergas de
borrachos. La sala estaba sucia y vacía, a excepción de un piano vertical en un rincón. Su
esposa comenzó a tocar (ella tocaba bien) y descubrió que todas las teclas funcionaban
menos una: e fa de la escala central.
Quizás fue entonces cuando se dio cuenta de que el mundo seguiría eludiéndolo
siempre.
Si un novelista hubiera usado pequeños incidentes como éstos (las teclas rotas de un piano
o el accidente de la llave en el día de bodas) el lector se vería obligado a reparar en ello,
a suponer que el novelista intentaba dejar algo claro sobre sus personajes o sobre el mundo.
Uno podría hablar de significados simbólicos, de subtexto o simplemente de artificios
formales (pues siempre que una cosa sucede más de una vez, aunque sea casual, surge un
patrón, comienza a emerger una forma). En un trabajo de ficción, se da por sentado que
hay una mente consciente detrás de las palabras de una página; pero ante los
acontecimientos del así llamado mundo real, nadie supone nada. La historia inventada
está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales
carece de cualquier significación más allá de sí misma. Si un hombre dice «me voy a
Jerusalén», uno piensa para sí: «qué bien, se va a Jerusalén». Pero si el personaje de un libro
pronunciara esas mismas palabras, la reacción que produciría no sería en absoluto la misma.
Para empezar, uno pensaría en el propio Jerusalén, su historia, su papel religioso, su
función como lugar mítico. Reflexionaría sobre el pasado, el presente (la política, lo que es
igual que pensar en el pasado inmediato) y el futuro, como en la frase «el año próximo en
Jerusalén». Además, uno relacionaría estos pensamientos con lo que supiera del personaje
que va a Jerusalén y usaría esa síntesis para sacar nuevas conclusiones, refinar la
percepción y tener una idea más convincente del libro en su conjunto. Y luego, una
vez acabada la lectura, con la última página leída y el libro cerrado, comenzarían las
interpretaciones psicológicas, históricas, sociológicas, estructurales, filológicas, religiosas,
sexuales, filosóficas; por sí solas o en diversas combinaciones, dependiendo de las
inclinaciones de cada uno. A pesar de que es posible interpretar la vida real por medio de
cualquiera de estos sistemas (después de todo la gente acude a sacerdotes y psicólogos e
incluso a veces intenta comprender su vida en términos históricos), no produce el
mismo efecto. Falta algo: el esplendor, la idea global, la ilusión de la verdad metafísica.
Uno dice: «Don Quijote es una conciencia que se trastorna en el reino de lo imaginario»;
pero luego mira a una persona loca en el mundo real (A., por ejemplo, a su hermana
esquizofrénica) y no dice nada, o tal vez se refiere a la tristeza de una vida malgastada,
pero nada más.
De vez en cuando, A. se sorprende a sí mismo mirando una obra de arte con los mismos
ojos con que observa al mundo, aunque sabe que leer las imágenes de ese modo es una forma
de destruirlas. Piensa, por ejemplo, en la descripción que hace Tolstói de la ópera en La
guerra y la paz. En aquella escena, nada se da por sentado y por consiguiente todo se
reduce a un absurdo. Tolstói se burla de lo que ve limitándose sólo a describirlo: «En el
segundo acto había monumentos de cartón sobre el escenario, y un agujero redondo en el
telón de fondo que representaba la luna. Las candilejas estaban cubiertas por pantallas y los
cuernos y los contrabajos hacían sonar sus graves notas, mientras la gente salía de ambos
lados del escenario con capas negras y blandiendo unas armas que parecían dagas. Luego
otros hombres irrumpieron en el escenario y se llevaron a la doncella que antes vestía de
blanco y ahora de azul claro. Pero no se la llevaron enseguida, primero cantaron con
ella durante un buen rato, hasta que por fin la sacaron a rastras. Detrás de las cortinas
retumbó tres veces un sonido metálico y entonces todos se arrodillaron y cantaron una
canción. Aquellos actos fueron interrumpidos repetidas veces por los gritos entusiastas del
público».
También existe la tendencia equivalente pero opuesta de mirar al mundo como si fuera
una extensión de lo imaginario. Esto también le ha ocurrido a A., aunque odie aceptarlo
como una actitud válida. Al igual que todo el mundo, él busca un significado; su vida está tan
fragmentada que cada vez que encuentra una conexión entre dos fragmentos, siente la
tentación de buscarle un significado. La conexión existe, pero otorgarle un significado, mirar
más allá de la cruda realidad de su existencia, sería construir un mundo imaginario dentro
del mundo real, y él sabe que ese mundo no se sustentaría. En los momentos de mayor
valentía, adopta el sinsentido como principio básico; pero luego comprende que su
obligación es ver lo que tiene delante (aunque también esté en su interior) y describir lo
que ve. Está en la habitación de la calle Varick; su vida no tiene sentido; el libro que
escribe no tiene sentido. Allí está el mundo y las cosas que uno encuentra en él, de modo
que hablar de ellas es pertenecer a ese mundo. Una llave se rompe dentro de una
cerradura y ha sucedido algo; lo que equivale a decir que se ha roto una llave dentro de una
cerradura. El mismo piano parece existir en dos lugares diferentes. Un joven acaba viviendo
en la misma habitación donde veinte años antes su padre se enfrentó al horror de la
soledad. Un hombre encuentra su antiguo amor en la calle de una ciudad extranjera; y
eso significa sólo lo que es, nada más m nada menos. Luego escribe: «entrar en este lugar
es como esfumarse en un sitio donde el pasado y el presente se encuentran». Y más adelante:
«como en la frase: "escribió el Libro de la Memoria en esta habitación"».
La invención de la soledad.
El quiere decir o sea dar a entender. Como vouloir dire en francés, que significa
literalmente querer decir, pero que en realidad significa dar a entender. Quiere decir lo
que quiere. Quiere decir lo que da a entender. Dice lo que quiere dar a entender y da a
entender lo que dice.
Viena, 1919.
Todavía ningún significado, aunque sería imposible negar que estamos bajo un
hechizo. Freud describió la experiencia como «sobrenatural», o unheimlicb, lo contrario de
keimlich, que significa «familiar», «natural», «propio del hogar». Esto implica, por lo
tanto, que somos expulsados de nuestra coraza protectora, de nuestras percepciones
habituales, como si de repente estuviéramos fuera de nosotros mismos, a la deriva en un
mundo que no comprendemos. Estamos perdidos en ese mundo de forma inevitable y ni
siquiera podemos aspirar a encontrar nuestro camino dentro de él.
Freud afirma que cada etapa de nuestro desarrollo coexiste con todas las demás.
Incluso cuando somos adultos, guardamos un recuerdo inconsciente de nuestra forma de
percibir el mundo en la infancia que es algo más que un recuerdo, su estructura
permanece intacta. Freud relaciona esta experiencia de lo sobrenatural con un
resurgimiento de la visión egocéntrica y animista de la niñez. «Parecería que todos
nosotros hemos pasado por un fase de desarrollo individual equivalente a la etapa
animista del hombre primitivo y que esta etapa nos ha dejado ciertas huellas que
pueden ser reactivadas, y que todo lo que ahora nos parece "sobrenatural" cumple con
la función de poner en acción esos vestigios de actividad mental animista y ayudarlos a
manifestarse.» Concluye: «Una experiencia sobrenatural tiene lugar o bien cuando los
complejos infantiles reprimidos son revividos por alguna impresión o cuando las
creencias primitivas ya superadas parecen confirmarse una vez más».
Nada de esto, por supuesto, constituye una explicación; como mucho sirve para
describir el proceso y señalar el terreno donde éste tiene lugar. Sin embargo, A. no
tiene dificultades en aceptarlo como cierto. El desarraigo por lo tanto como la
nostalgia de otro hogar, un espacio del espíritu mucho más primitivo. Del mismo
modo que a veces uno no encuentra la interpretación de un sueño hasta que un amigo
sugiere una interpretación simple, casi obvia. A. no puede probar que los
argumentos de Freud sean verdaderos o falsos, pero a él le parecen apropiados, y está
más que dispuesto a aceptarlos como ciertos. Todas las coincidencias que parecen
haberse multiplicado a su alrededor, por lo tanto, están conectadas de alguna forma a
los recuerdos de su infancia, como si al proponerse evocarla, el mundo regresara a una
fase más temprana de su existencia. Cuando él recuerda su infancia, ésta se manifiesta
en esas experiencias; recuerda su infancia y la escribe convirtiéndola en presente. Tal
vez sea eso lo que pretende expresar al escribir: «el sinsentido es el principio
fundamental». Tal vez sea eso lo que pretende expresar con: «Quiere dar a entender
lo que dice». Quizás sea eso lo que quiere dar a entender, o quizá no. Es imposible
estar seguro de nada.
La invención de la soledad. O historias de vida o muerte.
La historia comienza al final. Hablar o morir. Y mientras uno siga hablando, no
morirá. La historia comienza con la muerte. El rey Schahir ha sido engañado por su
esposa: «y no dejaban de besarse, abrazarse, tocarse y emborracharse». El rey se aleja
del mundo y jura no volver a sucumbir a las artimañas femeninas. Más tarde, al
regresar a su trono, satisface sus deseos poseyendo a las mujeres de su reino y, una
vez satisfecho, las manda ejecutar. «E hizo esto durante tres años, hasta que la tierra
se quedó sin jóvenes casaderas y todas las mujeres, las madres y los padres lloraban y
gritaban en contra de su rey, maldiciéndolo y quejándose al creador del cielo y de la
tierra, y suplicando ayuda a Aquel que escucha y responde a las plegarias de
aquellos que lo invocan; y aquellos que tenían hijas huyeron con ellas, hasta que no
quedó una sola chica soltera en la ciudad.»
Entonces, Scherezade, la hija del visir, se ofrece para entregarse al rey («Su
memoria estaba llena de todo tipo de versos, cuentos, leyendas, además de dichos de
reyes y eruditos y era sabia, prudente y bien educada»). Su padre, desesperado,
intenta disuadirla pensando que se encamina a una muerte segura, pero ella permanece
impasible: «Cásame con este rey, pues o bien seré el medio para salvar de la muerte a
las hijas de los musulmanes, o pereceré como han perecido otras». Se va a dormir con 
el rey y pone en práctica su plan: «contar... historias encantadoras para velar su sueño...;
yo seré el instrumento de mi salvación y de la liberación del pueblo de esta calamidad, y
gracias a mí el rey cambiará su costumbre».
El rey acepta escucharla y ella comienza su relato, que es un cuento sobre la
narración de cuentos, una historia con vanas historias dentro, cada una de ellas
acerca de la narración de cuentos, gracias a la cual un hombre se salva de la muerte.
Comienza a despuntar el alba y en la mitad de la primera historia dentro de otra
historia, Scherezade se queda callada. «Esto no es nada en comparación con lo que te
contaré mañana por la noche —le dice—, si me dejas vivir.» Y el rey se dice a sí mismo:
«Por Alá que no la mataré hasta que escuche el resto del cuento». La joven continúa así
durante tres noches, dejando los cuentos inconclusos y haciendo referencias a la historia
del día siguiente, donde ha acabado el primer ciclo de cuentos y donde comienza uno
nuevo. En realidad, es cuestión de vida y muerte. La primera noche, Scherezade
comienza con «El genio y el mercader»: un hombre se detiene a comer en un jardín
(un oasis en el desierto), arroja el hueso de un dátil, y ve que «un gigantesco genio
aparece ante él, con una espada en la mano, se acerca y le dice:
»—Levántate que te mataré, igual que tú has matado a mi hijo.
»—¿Y cómo lo he matado? —pregunta el mercader.
»—Cuando arrojaste el hueso del dátil —respondió el genio—, éste golpeó el pecho
de mi hijo que pasaba por allí y murió de inmediato.»
Aquí aparece la culpa del inocente (al igual que en el destino de las jóvenes casaderas
del reino) y al mismo tiempo el nacimiento de un hechizo: convertir un pensamiento en una
cosa, hacer que lo invisible cobre vida. El mercader pide piedad y el genio acepta posponer
la ejecución, pero exactamente un año más tarde debe volver a ese mismo lugar, donde el
genio cumplirá con la sentencia. Ya se vislumbra un paralelismo con la situación de
Scherezade, ya que ella también pretende retrasar su ejecución. Sembrando aquella idea en la
mente del rey, defiende su caso, aunque de tal forma que el rey no lo sospecha; pues ésta
es la función del cuento: hacer que un hombre vea una cosa ante sus ojos, mientras se le
enseña otra distinta.
Pasa el año y el mercader, fiel a su palabra, vuelve al jardín, donde se sienta y
comienza a llorar. Entonces pasa por allí un anciano tirando de una gacela con una
cadena y le pregunta al mercader qué le ocurre. El anciano se queda fascinado con la
historia del mercader (como si su vida fuera un cuento, con un comienzo, medio y final,
una ficción creada por otra mente; y en efecto así es) y decide quedarse a esperar a ver
qué sucede. Entonces pasa otro anciano con dos perros negros, la conversación se repite y él
también se sienta a esperar. Enseguida aparece un tercer viejo, tirando de una mula
moteada y la historia se repite una vez más. Por fin aparece el genio en «una nube de
polvo y un enorme torbellino que surge del corazón del desierto», y justo cuando está a
punto de decapitar al mercader con su espada, el primer anciano da un paso al frente y le
dice:
«—Si te cuento una historia sobre esta gacela, ¿me darás un tercio de la sangre del
mercader?»
Aunque parezca sorprendente, el genio acepta, del mismo modo que el rey ha
aceptado escuchar el cuento de Scherezade, de buena gana y sin dudarlo.
Hay que destacar que el anciano no intenta defender al mercader tal como sucedería
en un juzgado, con argumentos, ideas y pruebas. Eso haría que el genio observara lo que de
hecho ya ve, y él tiene una idea formada sobre ese asunto. Por el contrario, el anciano
desea alejarlo de los hechos y de la idea de la muerte, deleitándolo (literalmente, engatusar,
del latín delectare) con una nueva idea de la vida, que más adelante lo hará renunciar a la
obsesión de matar al mercader. Una obsesión como ésta lo encierra a uno entre los
muros de su soledad y no le permite ver otra cosa que sus propios pensamientos. Un
cuento, sin embargo, al no ser un argumento lógico, rompe esos muros; da por sentada la
existencia de otros y hace que el que escucha se ponga en contacto con ellos, al menos en
sus pensamientos.
El anciano se enfrasca en un relato descabellado:
«—Esta gacela que ves aquí —le dice—, en realidad es mi esposa. Durante treinta
años vivió conmigo y en todo ese tiempo no pudo tener ningún hijo. —(Otra vez la
alusión al niño ausente, el niño muerto, el que no ha nacido, que devuelve al genio a su
propio dolor pero a su vez, de forma indirecta, a un mundo donde la vida y la muerte son
equivalentes.)— Así que tomé una concubina y tuve con ella un hijo como una luna llena,
con ojos y cejas de perfecta belleza...»
Cuando el hijo tenía quince años, el anciano se fue a otra ciudad (él también es u
mercader), y en su ausencia, la esposa celosa se sirvió de la magia para convertir al niño
y a su madre en un ternero y una vaca. Cuando regresó, la mujer le dijo: «Tu esclava
murió y su hijo huyó».
Después de un año de duelo, la vaca fue sacrificada, según los planes de la esposa
celosa, pero cuando el hombre estaba a punto de matar al ternero, no pudo hacerlo.
«—Y cuando el ternero me miró, rompió su cuerda, se aproximó a mí y gimió y
sollozó, hasta que me compadecí y dije: "Traedme una vaca y dejad ir a este ternero".»
Más adelante, la hija del pastor, también versada en el arte de la magia, descubrió la
verdadera identidad del ternero y lo devolvió a su estado natural después de que el
mercader le concediera dos deseos (casarse con su hijo y hechizar a la esposa celosa,
convirtiéndola en un animal, para «estar a salvo de sus brujerías»). Pero la historia no
acaba allí:
«—La esposa de mi hijo vivió con nosotros días y noches y noches y días —continuó
el anciano—, hasta que Dios se la llevó; y después de su muerte mi hijo salió de viaje
rumbo a la India, la tierra de donde viene este mercader; y más adelante yo cogí a la gacela
y viajé con ella de un sitio a otro buscando a mi hijo, hasta que el azar me llevó a este
jardín donde encontré a este mercader llorando. Ésta es mi historia».
El genio reconoce que es una historia maravillosa y le promete al viejo la tercera parte de
la sangre del mercader.
A su vez, los otros dos viejos le proponen el mismo acuerdo al genio y comienzan sus
relatos de forma similar:
«—Estos dos perros son mis hermanos mayores —dice el segundo anciano.
»—Esta mula era mi esposa —dice el tercero.»
Estos enunciados revelan la esencia de todo el plan, pues ¿qué significado tiene el
hecho de mirar algo, un objeto real perteneciente al mundo real, por ejemplo un
animal, y afirmar que en realidad es otra cosa? Es igual que decir que cada cosa tiene dos
vidas simultáneas, en el mundo y en nuestra mente, y que negar cualquiera de las dos es
como matarla en ambas vidas a la vez. En los relatos de los tres ancianos hay dos espejos
enfrentados y cada uno refleja la luz del otro. Ambos están encantados, son reales e
imaginarios a la vez, y cada uno de ellos existe gracias al otro. No cabe duda de que se
trata de una cuestión de vida o muerte. El primer anciano ha llegado a aquel jardín en
busca de su hijo, mientras que el genio ha ido a vengar al involuntario asesino de su hijo.
Lo que el anciano intenta decirnos es que nuestros hijos siempre son invisibles. Es la verdad
más simple: la vida pertenece sólo a aquel que la vive; la vida misma se encargará de
reclamar a los vivos; vivir es dejar vivir. Y al final, gracias a estos tres relatos, el mercader
salva su vida.
Así es como comienza Las Mil y una noches. Al final de esta crónica, cuento tras
cuento, se obtiene un resultado concreto que da lugar a la inmutable solemnidad de un
milagro. Scherezade le da tres hijos al rey y otra vez la lección se vuelve clara. Una voz
que habla, la voz de una mujer, contando cuentos de vida y muerte y del poder de dar
vida:
«—¿Puedo pedirte un favor, majestad?
»—Pídelo, oh Scherezade —respondió él—, y te será concedido.
»—Traedme a mis hijos —les dijo ella entonces a las criadas y los eunucos.
»Se los trajeron de inmediato, y eran tres niños varones; uno caminaba, otro andaba a
gatas y otro aún mamaba del pecho. Ella los cogió y poniéndolos frente al rey, besó el
suelo y dijo:
»—¡Oh, rey de todos los tiempos, éstos son tus hijos! Te ruego que me perdones la
vida, por el bien de estos niños.
»Cuando el rey oyó esas palabras, comenzó a llorar. Abrazó a los pequeños entre sus
brazos y declaró su amor por Scherezade.
«Entonces decoraron la ciudad de forma grandiosa, como nunca se había visto antes, y
sonaron los tambores y las gaitas, mientras todos los bufones, los saltimbanquis y los
músicos desplegaron sus diversas artes y el rey los llenó de regalos y dádivas. Además dio
limosna a los pobres y necesitados y fue generoso con todos sus súbditos y la gente de su
reino.»
Texto en espejo.
Si la voz de una mujer narrando cuentos tiene el poder de traer niños al mundo,
también es cierto que un niño tiene el poder de dar vida a sus propios cuentos. Dicen que
si el hombre no pudiera soñar por las noches se volvería loco; del mismo modo, si a u
niño no se le permite entrar en el mundo de lo imaginario, nunca llegará a asumir la
realidad. La necesidad de relatos de un niño es tan fundamental como su necesidad de
comida y se manifiesta del mismo modo que el hambre.
—¡Cuéntame un cuento! —dice el niño—. ¡Cuéntame un cuento, cuéntame un
cuento, papi, por favor!
Entonces el padre se sienta y le narra un cuento a su hijo. O se echa en la cama junto a
él, en la cama del niño, y comienza a hablar, como si en el mundo no quedara nada
más que su voz contándole una historia a su hijo en la oscuridad. A menudo es un
cuento de hadas, o de aventuras; pero a veces no es más que un simple salto en el
mundo imaginario.
—Había una vez un niño pequeño llamado Daniel —le dice A. a su hijo
Daniel.
Estas historias en que el mismo niño es el protagonista son quizá las que más le
gustan. A. advierte que, en forma similar, cuando él se sienta en su habitación a
escribir el Libro de la Memoria, cuenta su propia historia hablando de sí mismo como si
fuera otro. Para encontrarse, primero necesita ausentarse, y por eso dice A. cuando en
realidad quisiera decir «Yo», pues la historia del recuerdo es la historia de lo que se ha
visto. La voz, por lo tanto, continúa. E incluso cuando el niño ha cerrado los ojos para
dormir, la voz de su padre sigue hablando en la oscuridad.
El Libro de la Memoria, volumen doce.
No puede seguir más allá. Hay niños que han sufrido por culpa de los adultos sin
ninguna razón: niños abandonados, muertos de hambre, asesinados, sin ninguna
razón en absoluto. A. se da cuenta de que no es posible seguir más allá.
«Pero están los niños —dice Ivan Karamazov—, ¿qué voy a hacer con ellos?»
Y otra vez: «Quiero perdonar, quiero abrazar. No soporto más sufrimientos. Y si
la suma de los sufrimientos de los niños es lo que se necesita para alcanzar la
verdad, entonces yo digo de antemano que la verdad entera no vale un precio
como éste.»
Todos los días, sin el más mínimo esfuerzo, lo encuentra ante su vista. Es la época de la
caída de Camboya y todos los días está allí, mirándolo desde el periódico, con las
inevitables fotografías de la muerte: los niños flacos, los mayores con la vista vacía.
Por ejemplo, Jim Harrison, un ingeniero de Oxfam, apuntó en su diario:
«Visita a una pequeña clínica en el kilómetro siete. No hay ninguna droga ni
medicinas —serios casos de inanición—, síntomas claros de muerte por desnutrición...
La situación de los centenares de niños es desesperante: enfermedades de la piel,
calvicie, cabello descolorido y un gran temor en toda la población.»
O más tarde, al describir su visita del 7 de enero al hospital de Phnom Penh: «... en
terribles condiciones: niños en la cama entre harapos inmundos muñéndose de
hambre, sin medicinas ni comida... La tuberculosis, unida a la desnutrición, hace que la
gente tenga un aspecto similar al de los prisioneros de Belsen. En una de las salas había
un niño de trece años atado a la cama porque se estaba volviendo loco. Muchos niños
han quedado huérfanos, o no pueden encontrar a su familia, y se ven muchos
agarrotamientos y espasmos. La cara de un pequeño de dieciocho meses estaba
totalmente destruida, la piel y la carne destrozadas por un caso agudo de kwashiorkor;
tenía los ojos llenos de pus y su hermana de cinco años lo tenía en sus brazos...
Contemplar este tipo de cosas resulta muy duro y esta situación es similar a la de
cientos de miles de camboyanos».
Dos semanas antes de leer estas palabras, A. salió a comer con una amiga, P.,
escritora y redactora de un semanario de gran tirada. Dio la casualidad de que ella
estaba a cargo del «caso Camboya» y había leído todo lo que se había escrito en la
prensa americana y extranjera sobre la situación allí. P. le habló a A. de un artículo
publicado en un periódico de Carolina del Norte, escrito por un médico voluntario
norteamericano de uno de los campos de refugiados al otro lado de la frontera
tailandesa. El artículo se refería a la visita a dichos campos de la esposa del presidente
norteamericano, Rosalynn Cárter. A. recordaba las fotografías de la visita que habían
aparecido en los periódicos y revistas (la primera dama abrazando a un niño
camboyano, la primera dama hablando con los médicos), y a pesar de que conocía la
responsabilidad de los Estados Unidos en aquella situación que ahora denunciaba la
señora Carter, las fotografías lo habían emocionado. La señora Carter había visitado el
campo de refugiados donde trabajaba el médico americano del artículo. El hospital era
una construcción provisional: techo de paja, unos postes de soporte, pacientes echados
en el suelo sobre mantas. La esposa del presidente llegó acompañada por un enjambre
de funcionarios, reporteros y camarógrafos. Era demasiada gente, y al atravesar el
hospital, sus pesados zapatos occidentales pisaron las manos de varios pacientes y sus
piernas desconectaron el suero o patearon accidentalmente los cuerpos de otros. Quizá
toda aquella confusión hubiera podido evitarse, o quizá no. De todos modos, cuando
acabó la visita, el médico americano les hizo un ruego:
—Por favor —dijo—, ¿podrían algunos de ustedes donar sangre para el hospital?
Ni siquiera la sangre de los camboyanos más saludables es adecuada para transfusiones
y nuestras reservas se han agotado.
Pero el viaje de la primera dama ya estaba atrasado, y tenían que visitar otros
lugares, ver a otros seres desgraciados. Dijeron que no había tiempo —«perdón, lo
sentimos mucho»— y se fueron con la misma prisa con que habían llegado.
Puesto que el mundo es monstruoso, puesto que puede conducir al hombre a la
desesperación, una desesperación tan tremenda, tan absoluta, que nada puede abrir la
puerta de la cautividad de la desesperanza, A. espía a través de los barrotes de su
celda y sólo encuentra un motivo de consuelo: la imagen de su hijo. Y no sólo su hijo,
sino cualquier hijo, cualquier hija, el fruto de cualquier mujer y cualquier hombre.
Puesto que el mundo es monstruoso, puesto que no parece ofrecer ninguna
esperanza de futuro, A. mira a su hijo y se da cuenta de que no debe abandonarse a la
desesperación. Cuando está al lado de su hijo, minuto a minuto, hora a hora,
satisfaciendo sus necesidades, entregándose a esta vida joven, siente que su
desesperación se desvanece. Y a pesar de que continúa desesperándose, no se abandona
a la desesperación.
La idea de un niño sufriendo le resulta monstruosa, incluso más monstruosa que la
monstruosidad del mismo mundo; pues lo despoja de su único consuelo, e imaginar un
mundo sin consuelo es monstruoso.
No puede seguir más allá.
Aquí es donde comienza. Está solo en una habitación y rompe a llorar. «Es
demasiado para mí» (Mallarmé).
«Un aspecto similar al de los prisioneros de Belsen», como señaló el ingeniero
de Camboya. Y sí, ése es el lugar donde murió Ana Frank.
«Lo que me asombra —escribió ella apenas tres semanas antes de que la
arrestaran— es no haber abandonado por completo mis esperanzas, que parecen
absurdas e irrealizables... Veo el mundo transformado cada vez más en un desierto y
oigo cada vez más fuerte el estruendo del trueno que se acerca anunciando
probablemente nuestra muerte. Me sumo al dolor de millones de personas, y no
obstante, al contemplar el cielo, pienso que todo esto cambiará y volverá a reinar la
bondad, que hasta estos crueles días acabarán...»
No, no quiere decir que esto sea lo único; ni siquiera pretende decir que puede
comprenderse, que a fuerza de hablar y hablar de ello se pueda descubrir un
significado. No, no es lo único, y sin embargo la vida continúa para algunos, si no
para la mayoría. Pero, como se trata de algo que siempre escapará al entendimiento,
quiere que represente lo que siempre aparecerá antes del comienzo. Como en las
frases: «Aquí es donde comienza. Está solo en una habitación y rompe a llorar».
Regreso al vientre de la ballena.
«La palabra de Yahvé le fue dirigida a Jonás... en estos términos: Levántate y
vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama ante ella...»
La historia de Jonás se diferencia de la de los demás profetas también por esta orden;
pues el pueblo de Nínive no es judío. Al contrario que los demás portadores de la palabra
divina, a Jonás no se le pide que se dirija a sus conciudadanos sino a extranjeros que, para
colmo, son enemigos de su pueblo. Nínive era la capital de Asiría, en aquella época el
imperio más poderoso del mundo. En palabras de Nahum (cuyas profecías se
conservado en los mismos pergaminos que las de Jonás): «la ciudad sangrienta... llena de
mentiras y pillaje».
«Levántate y vete a Nínive», le dice Dios a Jonás. Nínive está al este y Jonás se
apresura a ir hacia el oeste, a Tarsis (Tartessus, en el extremo sur de España), por lo tanto
no sólo huye, sino que se va hasta el límite del mundo conocido. Pero esta huida no es
difícil de comprender si se piensa en un caso análogo: un judío al que se le pidiera que
entrara en Alemania en la segunda guerra mundial para predicar en contra del Nacional
Socialismo. Es una idea que raya en el absurdo.
Ya en el siglo dos, uno de los glosadores rabínicos afirmó que Jonás se había subido
al barco para arrojarse al mar y morir por el bien de Israel, y no para huir de la presencia de
Dios. Ésta es una lectura política y los estudiosos cristianos pronto la volvieron en contra
de los judíos. Theodore de Mopsuestia, por ejemplo, dice que Jonás fue enviado a Nínive
porque los judíos se negaron a escuchar a los profetas y el Libro de Jonás fue escrito como
una lección para los obcecados. Rupert de Deutz, sin embargo, otro erudito cristiano (del
siglo doce) afirma que el profeta no obedeció la orden de Dios por compasión hacia su
propio pueblo y que por esa razón Dios no se enfadó con Jonás. Esto recuerda la
opinión del mismo rabino Akiba, que aseguró que «Jonás sentía celos de la gloria del hijo
(Israel), pero no de la gloria del padre (Dios)».
Al final Jonás acepta ir a Nínive, pero después de comunicar su mensaje, una vez que
el pueblo de Nínive se arrepiente y modifica su estilo de vida, incluso después de que Dios
los perdone, sabemos que «esto desagradó sobremanera a Jonás y lo encolerizó». Se trata
de una furia patriótica, ¿por qué iban a conseguir el perdón los enemigos de Israel? Aquí
es donde Dios le enseña a Jonás la verdadera lección, en la parábola del ricino que sigue.
«¿Tienes acaso razón de enojarte?», le pregunta. Jonás sale a las afueras de la ciudad
«hasta ver qué sucede con ella», lo cual sugiere que todavía tenía la esperanza de que
fuera destruida o de que el pueblo de Nínive se arrepintiera de su forma de vida y se
castigara a sí mismo. Dios hace crecer un ricino para proteger a Jonás del sol y «Jonás
recibió grandísimo consuelo de aquel ricino», pero a la mañana siguiente Dios hizo que el
árbol se marchitara. Sopla un viento furioso del este, el sol ardiente quema a Jonás y éste
«se deseó la muerte, diciendo: Mejor que la vida es para mí la muerte», las mismas
palabras que había empleado antes y que indican que el mensaje de la parábola es el mismo
que aparece en la primera parte del libro. «Pero Dios respondió a Jonás: ¿Tienes acaso
razón para enojarte por lo del ricino? El contestó: Tengo razón para enojarme hasta
desearme la muerte. Yahvé le respondió: Tú te lamentas por el ricino, por el cual no
trabajaste ni lo hiciste crecer; que nació en una noche y en la otra se secó. ¿Y no habré de
tener yo compasión de Nínive donde hay más de ciento veinte mil hombres que no saben
distinguir entre la derecha y la izquierda y ganados en gran número?»
Estos pecadores, estos paganos —e incluso sus animales— son criaturas de Dios al
igual que los hebreos. Se trata de una idea sorprendente y original, sobre todo teniendo
en cuenta la época en que se desarrolla la historia (siglo ocho a.C., la era de Heráclito),
pero es la esencia de las enseñanzas de los rabinos. Si la justicia existe, tiene que ser para
todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia. La conclusión es
ineludible. El libro más corto, que cuenta la curiosa e incluso cómica historia de Jonás,
ocupa un lugar central en la liturgia: se lee cada año en la sinagoga de Yom Kippur, el
día de la Expiación, la celebración más solemne del calendario judío. Porque, tal como se
señaló antes, todas las cosas están relacionadas entre sí. Y si eso ocurre con las cosas,
también ocurrirá con todos los seres. No puede olvidar las últimas palabras de Jonás:
«Tengo razón de enojarme hasta desearme la muerte». Y si eso ocurre con todas las
cosas, también ocurrirá con todos los seres.
Las palabras riman, y aunque no exista relación entre ellas, no puede evitar asociarlas.
Habitación y tumba, tumba y útero, útero y habitación. Aliento y muerte. O el hecho de
que las letras de la palabra «vida» puedan ser redistribuidas para formar la palabra
«diablo».1 Es consciente de que éstos no son más que juegos de colegiales, pero aunque
resulte sorprendente, mientras escribe la palabra «colegiales», recuerda cuando tenía ocho o
nueve años y la súbita sensación de poder que experimentó cuando descubrió que podía
1 El autor se refiere, por supuesto, a la rima de esas palabras en inglés: •room» (habitación), «tomb» (tumba),
«womb» (útero); o en «breath»(aliento) y «death» (muerte). Por otra parte, repara en el hecho de que en inglés las
palabras «live» (vivir) y «evil»(mal) están formadas por las mismas letras. (N. de la t.)
jugar de aquel modo con las palabras; como si por casualidad hubiese encontrado un
sendero secreto hacia la verdad: la verdad absoluta, universal e inmutable que se esconde
en el centro de la tierra. En su entusiasmo de colegial, por supuesto, había olvidado
considerar otras lenguas que no fueran el inglés, la gran torre de Babel de las lenguas que
silbaban y bregaban en un mundo ajeno a su vida de colegial. ¿Y cómo era posible que la
verdad absoluta e inmutable cambiara de una lengua a otra?
Aun así, el poder de hacer rimar las palabras y de transformarlas no se puede desechar.
La sensación mágica continúa aunque no podamos relacionarla con la búsqueda de la
verdad; y esa misma magia, esas mismas correspondencias entre palabras están presentes en
todas las lenguas, a pesar de que las combinaciones particulares sean diferentes. En el
corazón de cada idioma hay una red de rimas, asonancias y significados múltiples, y cada
uno de estos fenómenos funciona como una especie de puente que une entre sí a aspectos
opuestos y contrastantes del mundo. El lenguaje, por lo tanto, no es una simple lista de
objetos distintos a añadir, cuya suma total equivale al mundo. Por el contrario, tal como
aparece en el diccionario, el lenguaje es un organismo infinitamente complejo, cuyos
elementos —células y tendones, corpúsculos y huesos, dedos y fluidos— están presentes
en el mundo de forma simultánea y ninguno de ellos puede existir por sí solo; pues cada
palabra es definida por otras, lo que implica que penetrar en cualquier parte del lenguaje
es penetrar en su totalidad. El lenguaje, entonces, como una monadología, para utilizar el
término de Leibniz. («Porque como todo está lleno, lo que hace que toda materia esté
ligada, y como en lo lleno todo movimiento produce algún efecto sobre los cuerpos
distantes, a medida de la distancia, de tal manera que cada cuerpo está afectado no
solamente por aquellos que le tocan y no sólo se resiente de algún modo por lo que les
suceda a éstos, sino que también por medio de ellos se resiente de los que tocan a los
primeros, por los cuales es tocado inmediatamente. De donde se sigue que esta
comunicación se transmite a cualquier distancia que sea. Y, por consiguiente, todo cuerpo
se resiente de todo lo que se haga en el universo; de tal modo que aquel que lo ve todo
podría leer en cada uno lo que ocurre en todas las partes, e incluso, lo que ocurre y lo que
ocurrirá; advirtiendo en el presente lo que está alejado, tanto según los tiempos como según
los lugares... Pero un alma no puede leer en sí misma más que lo que se le representa
distintamente, no sabría desplegar de una vez todos sus repliegues porque se extienden al
infinito.»)
Los juegos de palabras que practicaba A. en sus épocas de colegial, no eran tanto una
búsqueda de la verdad sino una búsqueda del mundo que aparece en el lenguaje. El
lenguaje no es equivalente a la verdad; es nuestro modo de existir en el mundo. Jugar
con las palabras es examinar la forma en que funciona la mente, el reflejo de una partícula
del mundo tal como la percibe la mente. Del mismo modo, el mundo no es simplemente
la suma de cosas que existen en él, la red infinitamente compleja en que estas cosas se
conectan entre sí. Como en los significados de las palabras, los objetos cobran
significado sólo en su relación con otros objetos. «Dos caras son parecidas —escribe
Pascal—, y aunque ninguna de las dos sea graciosa por sí misma, su similitud nos
hace reír.» Las caras riman a los ojos, así como las palabras riman al oído. Para llevar
estas conclusiones un poco más lejos, A. cree que es posible que los hechos de la vida
también rimen. Un joven alquila una habitación en París y luego descubre que su padre
había estado escondido en aquella habitación durante la guerra. Si estos dos hechos
tuvieran que considerarse por separado, habría poco que decir con respecto a
cualquiera de ellos; pero la rima que crean al ser relacionados modifica la realidad de
ambos. Al igual que cuando se aproximan dos objetos físicos desprenden fuerzas
electromagnéticas que no sólo afectan la estructura molecular de cada uno de ellos,
sino también el espacio que los separa, alterando de ese modo el mismo ambiente, dos
(o más) hechos que rimen establecen una conexión en el mundo y añaden una sinapsis
más a recorrer en el extenso «plenum» de la experiencia. Estas conexiones son muy
comunes en los trabajos literarios (para volver a aquella idea) pero uno tiende a no
verlas en el mundo, pues el mundo es demasiado grande y la vida de uno demasiado
pequeña. Es sólo en esos raros momentos en que uno cree vislumbrar una rima en la
vida, cuando la mente puede saltar fuera de sí misma y servir como puente para cosas
que están más allá del tiempo y del espacio, más allá de la vista y de la memoria. Pero en
todo esto hay algo más que rima. La gramática de la existencia incluye todas las figuras
del lenguaje mismo: comparación, metáfora, metonimia, sinécdoque; de modo que cada
cosa que encontramos en el mundo es, en realidad, muchas cosas que a su vez dan lugar
a otras muchas más, dependiendo de qué tengan cerca, en qué estén contenidas o de
dónde surjan. A menudo falta el segundo término de comparación, porque ha sido
olvidado, está enterrado en el inconsciente o por alguna razón resulta imposible de
localizar. «El pasado se oculta —escribe Proust en un párrafo importante de su novela—,
fuera de [los] dominios y [del] alcance [de nuestra inteligencia], en un objeto material (en
la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende
que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no lo
encontremos nunca.» Todo el mundo ha experimentado de una forma u otra las extrañas
sensaciones del olvido, la misteriosa fuerza de un término perdido.
—Entré en aquella habitación —dirá un hombre—, y me invadió una curiosísima
sensación, como si hubiese estado allí antes, aunque no podía recordarlo.
Como en los experimentos con perros de Pavlov (que, simplificándolos al máximo,
demuestran la forma en que la mente establece relaciones entre dos objetos distintos: al
final el primer objeto se olvida y por ende se convierte en otro) ha ocurrido algo, aunque
no podríamos decir qué es. Quizá lo que A. se empeña en demostrar es que de un
tiempo a esta parte él no ha olvidado ninguno de los dos términos y que siempre que su
vista o su mente parecen detenerse, descubre otra conexión, otro puente que lo llevará a
un nuevo territorio. E incluso en la soledad de su habitación, el mundo ha estado
precipitándose sobre él a una velocidad desconcertante, como si de repente todo convergiera
en él y le ocurriera al mismo tiempo. Coincidencia: encontrarse con; ocupar el mismo
lugar en el tiempo y el espacio. La mente, por lo tanto, como aquello que contiene algo
más que su propia entidad. Como en la frase de san Agustín: «Pero ¿cuál es la parte de sí
que no contiene en sí misma?»
Segundo regreso al vientre de la ballena.
«Cuando la marioneta recobró el sentido, no podía recordar dónde había estado. A su
alrededor todo era oscuridad, una oscuridad tan densa y tan negra que por un momento
pensó que lo habían sumergido de cabeza en un tintero.»
Ésta es la descripción que hace Collodi de la llegada de Pinocho al vientre del tiburón.
Hubiese podido hacer una comparación mucho más vulgar, como «una oscuridad negra
como la tinta», una trillada figura literaria que sería olvidada al instante de haberla leído.
Pero aquí hay algo más, algo que va más allá de la cuestión de la buena o mala literatura (y
ésta obviamente no es mala). Observemos con atención: Collodi no hace comparaciones en
este párrafo, no emplea las expresiones «como si fuera» o «igual que», no establece ni una
correspondencia ni un contraste entre una cosa y la otra. La imagen de completa oscuridad
sugiere automáticamente la imagen de un tintero. Pinocho acaba de entrar en el vientre del
tiburón y todavía no sabe que Gepetto está allí, así que durante un breve instante todo
parece perdido. Pinocho está rodeado por la oscuridad de la soledad. Y es en esta oscuridad
donde tiene lugar el acto creativo del libro, el lugar donde al final el títere encontrará valor
para salvar a su padre y por lo tanto convertirse en un niño real.
Al situar a su marioneta en la oscuridad del vientre del tiburón, Collodi nos dice
algo, moja su pluma en la oscuridad de su tintero. Después de todo, Pinocho sólo está
hecho de madera y Collodi lo usa como instrumento (literalmente la pluma) para escribir la
historia de sí mismo. Collodi no podría haber logrado lo que logra en Pinocho, si el libro
no fuera un libro de la memoria. Tenía más de cincuenta años cuando lo escribió, acababa
de retirarse de una poco ilustre carrera de funcionario público durante la cual, según su
sobrino, no se había destacado «ni por su celo, ni por su puntualidad ni por su
obediencia». Su cuento es una búsqueda de la infancia perdida, al igual que la búsqueda del
tiempo perdido de Proust. Incluso el nombre que eligió para firmarlo era una evocación
del pasado, pues en realidad se llamaba Cario Lorenzini, y Collodi era el nombre del
pequeño pueblo donde había nacido su madre y donde él solía pasar las vacaciones
cuando era pequeño. Conocemos pocos detalles de su infancia; sólo que le gustaba inventar
cuentos y que sus amigos estaban fascinados por su habilidad para relatarlos. Según su
hermano Ippolito «lo hacía tan bien y con tanta mímica que complacía a medio mundo y los
niños lo escuchaban boquiabiertos». En un relato autobiográfico que escribió al final de
sus días, mucho después de terminar Pinocho, Collodi deja claro que el títere era su
doble. Se describe a sí mismo como un bromista y un payaso: comía cerezas en clase y
ponía los huesos en el bolsillo de un compañero, atrapaba una mosca y se la metía a alguien
en la oreja, pintaba figuras en la ropa del niño que se sentaba delante de él; todo el mundo
era víctima de sus travesuras. El hecho de que todo esto sea o no cierto carece de
importancia. Pinocho era un subtítulo de Collodi, y después de crear al títere, su autor se
vio reflejado en él. Aquella marioneta se había convertido en la imagen de sí mismo en
la infancia y por consiguiente, al meterlo en el tintero, estaba usando su creación para
escribir la historia de sí mismo. Pues la obra de la memoria sólo puede comenzar en la
penumbra de la soledad.
Posible epígrafe al Libro de la Memoria.
«Sin duda es en el niño donde encontramos los primeros indicios de la actividad
creativa. La ocupación preferida y más cautivante del niño es el juego. Tal vez
podríamos decir que todo niño que juega es como un escritor imaginativo porque crea
un mundo propio o, más exactamente, reordena las cosas de este mundo de una forma
novedosa... Sería incorrecto suponer que no toma ese mundo con seriedad; por el
contrario, toma el juego con mucha seriedad y pone mucho sentimiento en él» (Freud).
«No puede olvidarse que la importancia concedida a los recuerdos de la niñez del
escritor, que tal vez parezcan muy extraños, se deriva al fin y al cabo de la hipótesis de que
la imaginación creativa, al igual que las fantasías, es una continuación y un sustituto del
juego de la infancia» (Freud).
A. observa a su hijo, lo mira ir de un lado a otro de su habitación y escucha lo que dice. Lo
ve jugar con sus juguetes y oye cómo habla para sí. Cada vez que el niño coge un objeto, o
empuja un camión en el suelo, o agrega otro cubo a la torre que crece delante de él, habla
de lo que hace, igual que el narrador de una película o crea una historia que justifique sus
acciones. Cada movimiento engendra una serie de palabras, o una sola, y cada palabra da
lugar a otro movimiento: una inversión, una continuación, un nuevo orden de palabras o
movimientos. Nada de esto tiene un centro fijo («un universo donde el centro está en todas
partes y la circunferencia en ninguna»), a excepción, quizá, de la conciencia del niño, que es
por sí misma un campo de percepciones, recuerdos y expresiones que cambian de una forma
constante. Todas las leyes de la naturaleza pueden modificarse: los camiones vuelan, un cubo
se transforma en una persona, los muertos resucitan según su voluntad. La mente del niño
pasa sin titubeos de una cosa a otra.
—Mira —dice—, mi brócoli es un árbol. Mira, mis patatas son una nube. —O si no,
siente la comida sobre la lengua y levanta la vista con un brillo astuto en los ojos:—
¿Sabes cómo hicieron Pinocho y su padre para escapar del tiburón? —Pausa para que A.
asimile la pregunta y luego en un murmullo:— Salieron caminando de puntillas por la
lengua.
En ocasiones, A. tiene la impresión de que los paseos mentales de su hijo al jugar son
una imagen exacta de su propio progreso en el laberinto de su libro. Incluso llegó a pensar
que si pudiera dibujar el diagrama de la forma de jugar de su hijo (una descripción
exhaustiva que abarcara cada cambio, asociación y gesto) y luego hacer un diagrama
similar del libro (elaborando lo que sucede en los espacios entre palabras, los
intersticios de la sintaxis, los blancos entre las secciones; en otras palabras, desentrañando la
maraña de relaciones), los dos diagramas serían idénticos, uno encajaría exactamente en el
otro.
Durante el tiempo de gestación del Libro de la Memoria, le ha producido un placer
especial observar la forma de recordar de su hijo. Su memoria es asombrosa, igual que la
de todos aquellos que aún no saben leer ni escribir. Su capacidad para la observación
detallada, para reconocer la singularidad de un objeto, es casi ilimitada. El lenguaje escrito
nos libera de la necesidad de recordar demasiadas cosas, pues los recuerdos se almacenan
en forma de palabras. El niño, sin embargo, se halla en un sitio donde aún no ha hecho
presencia la palabra escrita y emplea el sistema de memoria que recomendaría Cicerón, el
mismo que propusieron un gran número de escritores clásicos: la imagen ligada al espacio.
Un día, por ejemplo (y éste es sólo un ejemplo, elegido entre innumerables posibilidades),
A. y su hijo caminaban por la calle y se encontraron con un compañero de guardería del
pequeño y el padre de éste en la puerta de una pizzería. El hijo de A. estaba encantado de
ver a su amigo, pero el otro niño intentó eludir el encuentro por timidez.
—Di hola, Kenny —lo forzó su padre, y el pequeño reunió fuerzas para murmurar
un balbuceante saludo.
Luego A. y su hijo siguieron su camino. Tres o cuatro meses más tarde, pasaron por
casualidad por aquel lugar y A. oyó que su hijo murmuraba algo para sí en una voz casi
inaudible:
—Di hola, Kenny, di hola.
A. pensó que al igual que el mundo se graba en nuestras mentes, nuestras
experiencias quedan grabadas en el mundo. Durante aquel breve instante, mientras pasaban
junto a la pizzería, el niño veía, literalmente, su propio pasado. El pasado, para repetir las
palabras de Proust, está escondido en un objeto material. Vagar por el mundo, por lo
tanto es como vagar dentro de nosotros mismos y eso equivale a decir que cuando damos
un paso dentro del ámbito de la memoria, penetramos en el mundo.
Es un mundo perdido y le horroriza pensar que está perdido para siempre. El niño
olvidará todo lo que le ha ocurrido hasta ahora; sólo quedará un ligero resplandor, y tal
vez ni siquiera eso. Los miles de horas que A. ha pasado con él durante los tres primeros
años de su vida, los millones de palabras que le ha dicho, los libros que le ha leído, las
comidas que le ha preparado, las lágrimas que le ha secado, todas esas cosas se
desvanecerán de su memoria para siempre.
El Libro de la Memoria, volumen trece.
Recuerda cuando cambió su nombre por el de John porque todos los vaqueros se
llamaban John, y cada vez que su madre lo llamaba por su nombre real, él se negaba a
responder. Recuerda que una vez salió de la casa, se echó en medio de la calle con
los ojos cerrados y se quedó esperando que pasara un coche y lo atropellara. Recuerda
que su abuela le dio una fotografía grande de Gabby Hayes y que él la colocó en un lugar
de honor encima de su cómoda. Recuerda que el mundo le parecía aburrido, cómo aprendió
a atarse los cordones y que su padre guardaba la ropa en un armario de su habitación y que
por la mañana lo despertaba con el ruido de las perchas. Recuerda la imagen de su padre,
anudándose la corbata y diciendo:
—Levántate y brilla, pequeño.1
Recuerda que quería ser una ardilla, liviano y con una gran cola peluda, para saltar de
árbol en árbol como si volara. Recuerda cómo vio la llegada de su hermana recién nacida
en brazos de su madre, espiando por las rendijas de las persianas. Recuerda una enfermera
vestida de blanco y sentada junto a su hermana, que le daba pequeños trozos de chocolate
suizo. Recuerda que él lo llamaba suizo, pero que no sabía lo que eso significaba. Recuerda
un crepúsculo de verano echado en su cama, mirando un árbol a través de la ventana y
descubriendo distintas formas de caras entre las ramas. Recuerda cuando se sentaba en la
bañera e imaginaba que sus rodillas eran montañas y el jabón blanco un transatlántico.
Recuerda el día en que su padre le dio una ciruela y le dijo que saliera a dar una vuelta en
triciclo. Recuerda que no le gustó el sabor de la ciruela, que la arrojó a una alcantarilla y
que luego lo asaltó un gran sentimiento de culpa. Recuerda el día en que su madre los
llevó a él y a su amigo B. al estudio de televisión de Newark para ver Junior Frolics.
Recuerda cómo le sorprendió que el Tío Fred usara maquillaje, como su madre. Recuerda
que los dibujos animados se mostraban en un televisor igual al que tenían en casa y que
esto le produjo tal desilusión que sintió deseos de ponerse de pie y gritarle al Tío Fred.
Él esperaba ver al granjero Gray y al gato Félix corriendo alrededor del escenario, tan
grandes como si fueran reales, persiguiéndose con horquillas y rastrillos verdaderos.
Recuerda que el color favorito de B. era el verde y que afirmaba que por las venas de
su osito de trapo corría sangre verde. Recuerda que B. vivía con sus dos abuelas y que para
llegar a su habitación había que pasar por una sala en el primer piso donde las dos mujeres
de cabellos blancos se pasaban el día mirando televisión. Recuerda que él y B. buscaban a
menudo animales muertos entre los arbustos y patios traseros del vecindario, luego los
escondían al costado de su casa, bajo la profunda oscuridad de la hiedra. Casi todos
eran pequeños pájaros, como gorriones, petirrojos o reyezuelos. Recuerda que les
construían cruces con ramas, rezaban plegarias ante sus cuerpos y los colocaban en las
pequeñas fosas que habían cavado, con los ojos muertos tocando la tierra húmeda.
Recuerda que una tarde desmontaron la radio con un martillo y un destornillador y le
explicaron a su madre que lo habían hecho como un experimento científico. Ésas fueron sus
palabras exactas, pero su madre le dio una zurra. Recuerda que una vez intentó cortar un
pequeño frutal en el jardín con un hacha desafilada que había encontrado en el garaje y
que no había logrado hacerle más que unas pocas mellas. Recuerda cómo quedó al
descubierto la parte verde debajo de la corteza y que también lo zurraron por eso.
Recuerda que una vez en primer curso separaron su pupitre de los demás por hablar en
1 Rima popular (en inglés, «rue and shine») que juega con la ambigüedad de la palabra
«rise»: «levantarse», pero también «salir» en el caso de un astro como el sol. (N. de la t.)
clase y que él se puso a leer un libro de tapas rojas e ilustraciones rojas sobre fondo
turquesa. Recuerda que su profesora vino por detrás, le apoyó la mano en el hombro con
mucha suavidad y le murmuró algo al oído. Recuerda que ella llevaba una blusa blanca sin
mangas y que sus brazos eran gordos y estaban cubiertos de pecas. Recuerda que en un
partido de softball en el colegio chocó con un niño y cayó al suelo con tanta fuerza
que durante cinco o diez minutos vio todo como en el negativo de una fotografía. Luego se
puso de pie y caminó hacia el edificio del colegio pensando que se había quedado ciego; y
poco a poco durante aquellos minutos el pánico se volvió resignación, incluso fascinación,
de modo que cuando volvió a ver normalmente tuvo la impresión de que algo extraordinario
había tenido lugar en su interior. Recuerda que mojaba la cama mucho después de lo normal
y el frío de las sábanas al despertar. Recuerda que una vez lo invitaron a dormir a la casa
de un amigo y se quedó despierto toda la noche por temor a la vergüenza de mojar la
cama, con la vista fija en las agujas luminiscentes de su reloj que le habían regalado para su
sexto cumpleaños. Recuerda las ilustraciones de una Biblia infantil y su aceptación del hecho
de que Dios tiene una barba larga y blanca. Recuerda que pensaba que la voz que oía en su
cabeza era la voz de Dios. Recuerda que asistió a una función del circo en el Madison
Square Garden con su abuelo y que en un espectáculo secundario sacó por cincuenta
centavos el anillo de un gigante de más de dos metros. Recuerda que guardaba el anillo
sobre su cómoda, junto a la fotografía de Gabby Hayes, y que en él cabían cuatro de sus
dedos. Recuerda que se preguntaba si el mundo entero no estaría metido en un frasco de
cristal, colocado en un estante junto a docenas de otros frascos en la despensa de la casa de
un gigante. Recuerda que se negaba a cantar villancicos de Navidad en el colegio porque era
judío y que se quedaba en la clase mientras los demás iban a ensayar en la sala de actos.
Recuerda que después de su primera clase en la escuela hebrea, volvía a casa con un
traje nuevo y una pandilla de chicos mayores que él con cazadoras de piel lo arrojaron a
un riachuelo y lo llamaron judío de mierda. Recuerda que escribió su primer libro, una
novela policíaca, con tinta verde. Recuerda que pensó que si Adán y Eva eran los
primeros seres de la historia, entonces todos los habitantes del mundo éramos parientes.
Recuerda que deseaba arrojar un penique por la ventana del apartamento de sus abuelos,
en Columbus Gírele, y que su madre le dijo que iba a hacerle un agujero en la cabeza a
alguien. Recuerda cómo le sorprendió descubrir que desde lo alto del Empire State los taxis
seguían siendo amarillos. Recuerda que visitó la Estatua de la Libertad con su madre y
que ella se puso muy nerviosa dentro de la antorcha y le hizo bajar las escaleras sentado,
escalón por escalón. Recuerda al niño que murió por un rayo en una excursión durante
unas colonias de verano. Recuerda que estaba junto a él, bajo la lluvia, y vio cómo sus
labios se ponían azules. Recuerda la historia que le contaba su abuela sobre su viaje a
América desde Rusia cuando ella tenía cinco años. Recuerda que le contó cómo se había
despertado de un sueño profundo y se había encontrado en brazos de un soldado que la
llevaba al barco. Recuerda que le dijo que aquello era lo único que recordaba.
El Libro de la Memoria. Más tarde ese mismo día.
Poco después de escribir las palabras «aquello era lo único que recordaba», A. se puso
de pie y se marchó de la habitación. Salió a la calle, agotado por el esfuerzo de aquel
día y decidió seguir caminando durante un rato. Se hizo de noche, se detuvo a cenar, con el
periódico desplegado frente a él sobre la mesa, y después de pagar la cuenta decidió pasar
el resto de la velada en el cine. Tardó casi media hora en llegar, y justo cuando iba a
comprar la entrada, cambió de idea, guardó el dinero y se fue. Desanduvo sus pasos,
siguiendo el mismo camino que lo había llevado allí. En algún punto del trayecto se detuvo
a beber una cerveza y luego continuó andando. Cuando abrió la puerta de su habitación
eran casi las doce de la noche.
Aquella noche, por primera vez en su vida, soñó que estaba muerto y se despertó dos
veces en el curso del sueño, temblando de pánico. En ambas ocasiones intentó calmarse, se
dijo a sí mismo que si cambiaba de posición en la cama el sueño acabaría; pero las dos
veces, en cuanto volvió a dormirse, el sueño comenzó en el punto exacto donde lo había
dejado.
No estaba muerto, pero su muerte era un hecho seguro, inevitable e inminente. Estaba
en la cama de un hospital y sufría una enfermedad incurable. Se le había caído el pelo a
mechones y estaba casi calvo. Dos enfermeras vestidas de blanco entraron en la
habitación.
—Hoy va a morir. Ya es demasiado tarde para ayudarlo —decían con un tono de
indiferencia casi maquinal.
—¡No quiero morir! —lloraba y suplicaba él—. Soy demasiado joven. ¡Todavía no
quiero morir! —Y dejaba que le afeitaran la cabeza mientras las lágrimas salían a raudales
de sus ojos.
—El ataúd está allí —decían ellas después—. Vaya y acuéstese allí, cierre los ojos y
pronto habrá muerto.
Quería escapar, pero sabía que no le permitirían desobedecer las órdenes, así que iba
hasta el ataúd y se metía adentro. Una vez dentro le cerraban la tapa, pero él mantenía
los ojos abiertos.
Entonces se despertó por primera vez.
Cuando volvió a dormirse, se vio saliendo del ataúd. Estaba vestido con una bata
blanca del hospital y no tenía zapatos. Salía de la habitación, vagaba un buen rato por
innumerables pasillos y luego abandonaba el hospital. Poco después golpeaba a la puerta
de su ex esposa.
—Tengo que morir hoy —le decía—, no puedo evitarlo. —Ella tomaba la noticia con
mucha calma, tal como antes lo habían hecho las enfermeras. Pero él no estaba allí para
buscar su compasión, sino para darle indicaciones de lo que debía hacer con sus
manuscritos. Le daba instrucciones sobre una larga lista de manuscritos y luego le decía—:
El Libro de la Memoria aún no está acabado. No puedo hacer nada al respecto, pues no
tendré tiempo para terminarlo. Acábalo tú y luego dáselo a Daniel. Confío en ti, hazlo
por mí. —Ella asentía, aunque sin demasiado entusiasmo, y él volvía a echarse a llorar.—
Soy demasiado joven para morir. ¡No quiero morir!
Pero ella le explicaba con paciencia que si debía ocurrir, tendría que aceptarlo.
Luego él regresaba al hospital y justo cuando llegaba al aparcamiento se despertó por
segunda vez.
Cuando se volvió a dormir, estaba otra vez dentro del hospital, en un sótano
cercano a la morgue. La habitación larga, blanca y vacía parecía una especie de cocina
anticuada. Un grupo de amigos de la infancia, ahora adultos, estaban sentados alrededor
de una mesa y saboreaban una comida abundante y espléndida. Cuando él entró, todos se
volvieron a mirarlo.
—Mirad —les explicaba—, me han afeitado la cabeza. Debo morir hoy y no quiero
hacerlo. —Sus amigos se conmovían y lo invitaban a comer con ellos.— No —decía él—,
no puedo comer con vosotros, tengo que ir a la habitación de al lado y morir —y señalaba
una puerta giratoria blanca con una ventana circular.
Sus amigos se levantaban, lo acompañaban hasta la puerta y durante un rato
recordaban juntos su infancia. La conversación con ellos lo calmaba, pero al mismo
tiempo le resultaba más difícil reunir el valor para atravesar aquella puerta.
—Ahora tengo que irme —anunciaba por fin—, tengo que morir.
Con los ojos llenos de lágrimas abrazaba a cada uno de sus amigos, estrechándolos con
todas sus fuerzas, y se despedía.
Luego se despertó por última vez.
Frases finales del Libro de la Memoria.
De una carta de Nadezhda Mandelstam a Osip Mandelstam, fechada el 22-10-38, y no
enviada nunca.
«No tengo palabras, amado mío, para describir esta carta... La estoy escribiendo en el
espacio vacío. Tal vez regreses y no me encuentres aquí y entonces esto será todo lo que
tengas para recordarme... La vida puede durar tanto tiempo... ¡Qué dura y larga se nos
hace la muerte en soledad! ¿Es justo un destino así para nosotros que somos inseparables?
Cachorros y criaturas, ¿nos merecemos esto? ¿Acaso merecías esto, ángel mío? Todo sigue
igual que antes. No sé nada, y sin embargo lo sé todo. Cada día y hora de tu vida están claros
para mí como en un delirio. En mi último sueño, yo compraba comida para ti en el
sucio restaurante de un hotel, rodeada de un montón de desconocidos. Después de
comprar la comida, me daba cuenta de que no podía llevártela porque no sabía dónde
estabas... Cuando desperté, le dije a Shura: "Osia está muerto". No sé si aún estás vivo,
pero desde que tuve aquel sueño, he perdido tu rastro. No sé dónde estás. ¿Me
escucharás? ¿Sabes cuánto te quiero? Nunca pude decirte cuánto te amo, ni siquiera puedo
decírtelo ahora. Te hablo a ti, sólo a ti. Tú estás siempre conmigo, y yo que siempre fui tan
valiente y colérica que nunca aprendí a derramar unas simples lágrimas, ahora lloro, lloro
y lloro... Soy yo, Nadia. ¿Dónde estás?»
Coloca una hoja de papel en blanco ante sí sobre la mesa y escribe estas palabras.
El cielo es azul, negro, gris y amarillo. El cielo no está allí y es rojo. Todo esto ocurrió
ayer, todo esto ocurrió hace cien años. El cielo es blanco, huele a tierra y no está allí. El
cielo es blanco como la tierra y huele a ayer. Todo esto ocurrió mañana, todo esto
ocurrió dentro de cien años. El cielo es de color limón, rosa y lavanda. El cielo es la tierra.
El cielo es blanco y no está allí.
Se despierta. Va y viene de la mesa a la ventana, se sienta, se pone de pie. Va y viene de
la cama a la silla. Se acuesta, mira fijamente el techo. Cierra los ojos, abre los ojos. Va y
viene de la mesa a la ventana.
Encuentra otra hoja de papel. La coloca ante sí sobre la mesa y escribe estas palabras
con su pluma:
Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo.
(1980-1981)
F I N

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