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sábado, 23 de noviembre de 2013

VITTORIO, EL VAMPIRO - Anne Rice

VITTORIO, EL VAMPIRO
Anne Rice

Esta novela está dedicada a
Stan, Christopher, Michele y Howard;
a Rosario y Patrice;
a Pamela y Elaine;
y a Niccolo.
Esta novela está dedicada
por
Vittorio
a las gentes de
Florencia, Italia.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
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Quién soy, por qué escribo, qué acontecerá
Cuando era niño tuve una espantosa pesadilla. Soñé que sostenía en mis
brazos las cabezas cortadas de mi hermano y hermana menores. Estaban
inmóviles, mudos; los ojos abiertos no dejaban de pestañear, las mejillas
teñidas de rojo. Yo estaba tan horrorizado que me quedé mudo como ellos,
incapaz de articular palabra.
El sueño se hizo realidad.
Pero nadie llorará por mí ni por ellos. Mis hermanos han sido enterrados,
en una fosa anónima, bajo el peso de cinco siglos.
Soy un vampiro.
Me llamo Vittorio y escribo este relato en la torre más alta del castillo en
ruinas donde nací; se alza en la cima de una colina, en la parte septentrional de
la Toscana, esa región tan hermosa del centro de Italia.
Nadie puede negar que soy un vampiro extraordinario, muy poderoso,
pues he vivido quinientos años, desde los gloriosos tiempos de Cosme de
Médicis, e incluso los ángeles confirmarán mis poderes si consigue el lector que
le hablen. Le aconsejo prudencia en ese extremo.
Debo precisar que no tengo nada que ver con la Asamblea de los Eruditos,
esa pandilla de estrafalarios y románticos vampiros oriundos de la ciudad
sureña del Nuevo Mundo llamada Nueva Orleans, donde habitan y desde la cual
han ofrecido al lector numerosos relatos y crónicas.
No sé nada sobre esos héroes macabros que fingen ser personajes de
ficción. No sé nada de su sugestivo paraíso en las tierras pantanosas de
Luisiana. En estas páginas el lector no hallará ningún dato, ni en lo sucesivo
mención alguna, sobre ellos.
No obstante, me han desafiado a escribir la historia de mis comienzos —la
fábula de mi creación—, y plasmar este fragmento de mi vida en un libro que
se distribuirá en el mundo entero, por así decirlo, ahí posiblemente entrará en
contacto, de forma casual o predestinada, con los exitosos volúmenes que han
publicado ellos.
He dedicado los siglos de mi existencia vampírica a recorrer el mundo,
observando y analizando con atención cuanto veía, sin exponerme jamás a
sufrir daño alguno a manos de los de mi especie, sin suscitar sus recelos ni
dejar que adivinaran mi presencia.
Pero ése no es el tema de mis aventuras.
Esta historia versa, como ya he dicho, sobre mis comienzos. Creo que
puedo ofrecer unas revelaciones que resultarán interesantes. Es posible que
cuando termine mi libro y éste desaparezca de mis manos, tome las medidas
necesarias para convertirme en uno de esos imponentes personajes propios de
una novela río creados por otros vampiros en San Francisco y Nueva Orleans.
Pero de momento, ni lo sé ni me importa.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Mientras paso mis apacibles noches aquí, entre las piedras ahora cubiertas
de malezas en este lugar donde pasé una infancia feliz, entre nuestros
derruidos muros tapizados de espinosas matas de zarzamoras y los fragantes y
tupidos bosques de robles y castaños, me siento obligado a dejar constancia de
lo que me ocurrió, pues tengo la impresión de haber sufrido una suerte muy
distinta de la de otros vampiros.
No siempre vivo aquí.
Paso mucho tiempo en esa ciudad que para mí constituye la reina de
todas las ciudades: Florencia, de la que me enamoré desde el momento en que
la vi con los ojos de un niño, durante los años en que Cosme el Viejo dirigía en
persona el poderoso banco de los Médicis, aunque era el hombre más rico de
Europa.
En casa de Cosme de Médicis se alojaba el gran escultor Donatello, autor
de esculturas en mármol y bronce, así como un gran número de pintores y
poetas, escritores prodigiosos y músicos. Por aquella época el gran Brunelleschi,
que hizo la cúpula de la iglesia más imponente de Florencia, comenzaba las
obras de otra catedral para Cosme, y Michelozzo no sólo reconstruía el
monasterio de San Marcos sino que iniciaba las obras de un palacio para Cosme
que sería conocido como el palacio Vecchio. A instancias de aquél, unos
hombres recorrían Europa buscando en vetustas bibliotecas los clásicos
olvidados de Grecia y Roma, que los eruditos contratados para ello traducían a
nuestra lengua nativa, el italiano, la lengua que Dante eligiera muchos años
atrás para su Divina Comedia.
Siendo yo un niño mortal con un destino prometedor, vi bajo el techo de
Cosme —con mis propios ojos, sí— a los ilustres miembros del concilio de
Trento, que llegados de la lejana Bizancio se disponían a subsanar la brecha
abierta entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente: el papa Eugenio IV, el
patriarca de Constantinopla y el emperador de Oriente, Juan VIII Paleólogo. Vi
a estos grandes hombres entrar en la ciudad bajo un feroz aguacero, pero con
indescriptible dignidad, y los vi sentados a la mesa de Cosme.
«Es suficiente», pensará el lector. Estoy de acuerdo. Ésta no es la historia
de los Médicis. Sin embargo, permítaseme añadir que cualquiera que diga que
esos grandes hombres eran unos canallas, es un perfecto idiota. Fueron los
descendientes de Cosme quienes apoyaron a Leonardo da Vinci, a Miguel Ángel
y a un sinfín de artistas. Y todo porque a un banquero, un prestamista si se
quiere, se le ocurrió la magnífica idea de conferir belleza y esplendor a la
ciudad de Florencia.
Volveré a ocuparme de Cosme dentro de unos momentos, y sólo para
agregar unas breves palabras, aunque debo confesar que me resulta difícil ser
breve en esta historia. Por el momento me limitaré a añadir que Cosme
pertenece al mundo de los vivos.
Yo llevo durmiendo con los muertos desde 1450.
Comencemos por el principio, pero permítaseme un preámbulo más.
No espere encontrar el lector un lenguaje rebuscado en este libro. No
hallará un estilo rígido y falso destinado a evocar muros de castillos mediante
un vocabulario ampuloso y encorsetado.
Relataré mi historia de forma natural y efectiva, deleitándome con las
palabras, pues confieso que siento una fuerte atracción por éstas. Y puesto que
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soy inmortal, he devorado más de cuatro siglos de inglés, desde las obras
teatrales de Christopher Marlowe y Ben Jonson al vocabulario sucinto y
ásperamente evocador de una película de Sylvester Stallone.
El lector comprobará que utilizo un lenguaje flexible, audaz, en ocasiones
chocante. Pero es natural que saque el máximo provecho de mis dotes
narrativas, sobre todo teniendo en cuenta que hoy en día el inglés ya no es la
lengua de un país, ni de tres o cuatro, sino que se ha convertido en la lengua
de todo el mundo moderno, desde el más remoto pueblecito de Tennessee
hasta las lejanas islas celtas pasando por las populosas ciudades de Australia y
Nueva Zelanda.
Yo nací en el Renacimiento. Por consiguiente, me interesa todo tipo de
temas, me codeo sin prejuicios con toda clase de gente y estoy convencido de
que hay algo noble en lo que hago.
En cuanto a mi italiano nativo, repárese en su suavidad al pronunciar mi
nombre, Vittorio, y aspírese el perfume de los otros nombres que aparecen en
este texto. Se trata de una lengua tan dulce que convierte el vocablo inglés
stone (piedra) en una palabra de dos sílabas: pie-tra. Jamás ha existido en la
tierra una lengua más dulce. Hablo otros idiomas con el acento italiano que se
oye actualmente en las calles de Florencia.
El hecho de que a mis víctimas de habla inglesa les seduzcan mis halagos,
pronunciados con mi peculiar acento italiano, y se rindan ante mi suave dicción,
me colma de placer.
Pero no me siento feliz.
Lo aseguro.
No escribiría un libro para convencer al lector de que un vampiro se siente
feliz.
Poseo un cerebro a la par que un corazón, y una apariencia etérea, creada
sin lugar a dudas por un poder sublime; e imbricada en el tejido intangible de
esa apariencia etérea existe lo que los hombres denominan alma.
Poseo un alma. Ni un torrente de sangre lograría ahogar su existencia y
reducirme a la condición de un fantasma de buen ver.
«De acuerdo. No hay problema. Sí, sí, ¡gracias! —como todo el mundo
sabe decir en inglés—. Estamos listos para comenzar.»
No obstante, citaré las palabras de un oscuro pero magnífico escritor,
Sheridan Le Fanu, un párrafo pronunciado con tremenda ira por el atormentado
personaje de una de sus numerosas y exquisitas historias de fantasmas. Este
autor dublinés murió en 1873, pero obsérvese la frescura de su lenguaje, y lo
terrorífico de la expresión del personaje del capitán Barton en el relato titulado
Lo familiar:
Sea cual fuere mi incertidumbre con respecto a la
autenticidad de lo que hemos dado en llamar revelación, si de
algo estoy profunda y angustiosamente convencido es de que
«más allá» existe un mundo espiritual, un sistema cuyos
pormenores por fortuna se nos ocultan, pero que en ocasiones
se nos revela de forma parcial y terrible. Me consta, sé que
existe un Dios —un Dios pavoroso—, y que la culpa es
castigada, de forma misteriosa e inexorable, por medio de lo
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inexplicable y terrorífico; que existe un sistema espiritual —
¡juro por Dios que estoy convencido de ello!—, un sistema
maligno, implacable, omnipotente, que me persigue y bajo el
cual padezco, y he padecido, el tormento de los condenados.
¿Qué os parece?
Personalmente, este párrafo me impresiona muchísimo. No creo estar
preparado para hablar de nuestro Dios como un ser «pavoroso» ni de nuestro
sistema como «maligno», pero estas palabras, que aunque pertenecen a un
relato están escritas con intensa emoción, revelan una carga de sinceridad tan
sobrecogedora como innegable.
A mí me preocupan porque sufro una espantosa maldición, específica de
los vampiros. Es decir, los otros no comparten esta preocupación. Pero creo
que todos nosotros —humanos, vampiros, cualquier ser que sienta y llore—
sufrimos una maldición: la de saber más de lo que somos capaces de soportar,
y no hay nada que podamos hacer para resistirnos a la fuerza y atracción de
este hecho.
Al final retomaremos este tema. Pero veamos qué conclusiones saca el
lector de mi historia.
Aquí ha anochecido. Los magníficos vestigios de la torre más alta del
castillo de mi padre se elevan lo suficiente, recortándose contra el cielo
tachonado de dulces estrellas, para que yo contemple desde la ventana las
colinas y los valles toscanos iluminados por la luna, sí, hasta el resplandeciente
mar que se extiende más abajo de las minas de Carrara.
Percibo el olor de la tupida hierba del escabroso e inexplorado territorio
donde las azucenas de la Toscana estallan en un rojo o blanco violentos en los
soleados macizos de flores, para que yo los descubra durante la aterciopelada
noche.
Y así, arropado y protegido, escribo, preparado para el momento en que la
luna llena pero oscura me abandone y se refugie detrás de las nubes. Entonces
encenderé las velas, seis en total, dispuestas en los candelabros de plata
exquisitamente labrada que adornaron el escritorio de mi padre en la época en
que éste era el señor feudal de la montaña y sus aldeas, y firme aliado en la
paz y en la guerra de la gran ciudad de Florencia y de su gobernante no oficial,
cuando éramos ricos, emprendedores, curiosos y nos sentíamos
maravillosamente satisfechos.
Permítaseme hablar ahora sobre lo que ha desaparecido.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
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Mi pequeña vida mortal, la belleza de Florencia, el esplendor de nuestra
pequeña corte... Todo cuanto ha desaparecido
Yo contaba dieciséis años en el momento de mi muerte. Tengo una buena
estatura, el pelo castaño y espeso, largo hasta los hombros, unos ojos de color
marrón claro demasiado vulnerables para mirarlos fijamente, que me confieren
cierto aspecto andrógino, una bonita nariz estrecha con las fosas normales, y
una boca de tamaño mediano, ni voluptuosa ni mezquina. Un chico bellísimo
para la época. De no haberlo sido, no estaría vivo en estos momentos. Es el
caso de la mayoría de los vampiros, aunque digan lo contrario. La belleza nos
conduce a la perdición. O, para ser más precisos, quienes nos convierten en
inmortales son aquellos incapaces de sustraerse a nuestros encantos.
No poseo un rostro aniñado, pero sí casi angelical. Tengo las cejas bien
delineadas, oscuras, lo bastante separadas de los ojos para que éstos resulten
peligrosamente luminosos. Mi frente resultaría demasiado ancha si no fuera tan
lisa, y si no poseyera la abundante cabellera castaña que constituye un marco
rizado y ondulado para mi rostro. Tengo la barbilla demasiado pronunciada y
cuadrada en comparación con el resto de mis facciones, y en el medio de ella,
un hoyuelo.
Mi cuerpo es excesivamente musculoso, fuerte, de torso amplio y brazos
poderosos, lo que da una impresión de fuerza viril. Esto disimula el aire
obstinado de la mandíbula y me permite pasar por un hombre de carne y
hueso, al menos visto desde una cierta distancia.
Debo mi desarrollada musculatura a muchas horas de fatigoso
entrenamiento con una pesada espada durante los últimos años de mi vida, y a
la feroz práctica de la cetrería en las montañas. A menudo subía y bajaba por
las laderas a pie, aunque a esa edad ya poseía cuatro caballos, entre ellos uno
de una raza majestuosa y especial destinado a soportar mi peso cuando llevaba
puesta la armadura, que sigue enterrada bajo esta torre. Jamás la utilicé en
una batalla. En mis tiempos Italia estaba en guerra, pero todas las batallas de
los florentinos fueron libradas por mercenarios.
Lo único que tenía que hacer mi padre era proclamar su absoluta lealtad a
Cosme y no permitir que ningún representante del Sacro Imperio Romano, el
duque de Milán o el papa de Roma desplazara sus tropas a través de los pasos
de nuestra montaña o se detuviera en nuestras aldeas.
Nosotros vivíamos alejados del fragor de la batalla. No existía ningún
problema. Mis intrépidos antepasados habían construido este castillo hacía
trescientos años. Nuestro linaje se remontaba a la época de los lombardos, o
esos bárbaros que llegaron a Italia procedentes del norte, y creo que su sangre
corre por nuestras venas. Pero ¿quién sabe? Desde la caída de la antigua
Roma, numerosas tribus han invadido Italia.
Poseíamos interesantes reliquias paganas; en ocasiones hallábamos
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extrañas lápidas en los campos, y pequeñas diosas de piedra que los
campesinos atesoraban si no las confiscábamos. Debajo de nuestros torreones
se ocultaban unas criptas que según algunos se remontaban a los tiempos
anteriores al nacimiento de Jesucristo, lo cual he podido constatar. Esos lugares
pertenecían a las gentes conocidas históricamente como etruscos.
Nuestra familia, fiel al viejo orden feudal, despreciaba el comercio, exigía
de los varones arrojo y valor, y era dueña de infinidad de tesoros adquiridos a
través de las guerras que ni siquiera estaban inventariados: antiguos
candelabros de plata y oro, recios arcones de madera incrustados de diseños
bizantinos, innumerables tapices flamencos, toneladas de encaje y cortinas
ribeteadas a mano con oro y gemas , así como multitud de prendas de
suntuosos tejidos.
Mi padre, gran admirador de los Médicis, solía traer toda clase de objetos
exquisitos de sus viajes a Florencia. Las salas importantes apenas mostraban
unos palmos de piedra desnuda, pues los tapices y alfombras de lana
estampada con flores cubrían los muros y los suelos, y todas las habitaciones y
alcobas poseían unos gigantescos armarios que contenían las pesadas y
chirriantes armaduras de guerra de unos héroes cuyos nombres nadie
recordaba ya.
Éramos increíblemente ricos, un dato que averigüé de niño, y con el paso
del tiempo deduje que nuestra riqueza se debía tanto al valor demostrado en la
guerra como a ciertos tesoros paganos secretos.
Por supuesto, durante algunos siglos nuestra familia peleó contra otras
poblaciones y fortalezas, en una época en que un castillo asediaba a otro y los
muros eran derribados tan pronto como se erigían. En la ciudad de Florencia se
había iniciado la eterna disputa entre los contumaces y asesinos güelfos y
gibelinos.
La antigua Comuna de Florencia enviaba ejércitos para derribar castillos
como el nuestro y reducir a cualquier señor feudal a un estado de total
impotencia.
Pero esa época hacía mucho que había pasado.
Nosotros sobrevivimos gracias a la inteligencia y a unas decisiones
acertadas; además, vivíamos aislados en nuestro escarpado y desolado
territorio, coronando una auténtica montaña, pues es aquí donde los Alpes
descienden a la Toscana, y los castillos de las inmediaciones no eran sino unas
ruinas abandonadas.
Nuestro vecino más próximo gobernaba su enclave de aldeas montañosas
con lealtad al duque de Milán.
Pero no nos importunaba y nosotros no le importunábamos a él. Era un
asunto político que nos tocaba de lejos.
Nuestros muros medían diez metros de altura y eran enormemente
gruesos, más antiguos que el castillo y sus dependencias, más incluso que las
fábulas románticas que contaba la gente. Era preciso reforzarlos y repararlos
continuamente, y dentro del recinto existían tres pequeñas aldeas con unos
viñedos que daban un excelente vino tinto, prósperas colmenas, arándanos,
trigo y, demás, un sinfín de gallinas y vacas, y unos establos enormes para
nuestros caballos.
Yo nunca supe cuántas personas trabajaban en nuestro pequeño mundo.
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La casa estaba llena de secretarios que se ocupaban de esas cosas; mi padre
rara vez juzgaba un caso, ni había motivos para acudir a los tribunales de
Florencia.
Nuestra iglesia era la que correspondía a toda la zona circundante. Así,
quienes vivían en las numerosas aldeas menos protegidas que se hallaban en
las laderas acudían a nosotros a la hora de celebrar bautizos, matrimonios y
demás, y durante largos períodos un sacerdote dominico decía misa para
nosotros todas las mañanas dentro de los muros de nuestro castillo.
Antiguamente, habían talado buena parte del bosque que cubría nuestra
montaña para impedir que el enemigo invasor subiera por las laderas, pero en
mi época no se necesitaba esa protección.
Los árboles crecían de nuevo frondosos y fragantes en algunos barrancos
y junto a vetustos senderos, formando una espesura tan salvaje como hoy en
día, que casi alcanza los muros del castillo. Desde nuestras torres divisábamos
con nitidez una docena de pequeñas aldeas que se extendían hasta el valle, con
sus pequeños campos arados semejantes a colchas, sus olivares y viñedos.
Todos estaban bajo nuestro gobierno y nos eran leales. En caso de estallar una
guerra, lógicamente habrían corrido a refugiarse tras los muros del castillo,
como ya hicieran sus antepasados.
Había días de mercado, fiestas típicas aldeanas, festividades de santos
patronos, un poco de alquimia e incluso algún que otro milagro local. La
nuestra era una buena tierra.
Los clérigos que acudían a visitarnos siempre se quedaban una buena
temporada. No era infrecuente que dos o tres sacerdotes se alojaran en las
diferentes torres del castillo o en los edificios de piedra situados más abajo,
más nuevos y modernos.
De niño me enviaron a estudiar a Florencia, donde vivía con todo lujo en
el palacio del tío de mi madre, quien murió antes de que yo cumpliera trece
años. Luego, cuando cerraron la casa, regresé al hogar paterno con dos
ancianas tías, y a partir de entonces visité Florencia en contadas ocasiones.
Mi padre seguía siendo un hombre anticuado, instintiva e indómitamente
un señor feudal, aunque procuraba mantenerse al margen de las luchas por el
poder que se desarrollaban en la capital, disponer de unas gigantescas cuentas
corrientes en los bancos de los Médicis y llevar la vida de un aristócrata de los
viejos tiempos en sus dominios, visitando a Cosme de Médicis cuando viajaba a
Florencia para atender sus asuntos.
Pero en lo tocante a su hijo, él deseaba que yo fuera educado como un
príncipe, un padrone, un caballero, aprendiendo las artes y los valores de un
caballero. A los trece años yo montaba ataviado con una armadura, con la
cabeza cubierta con un yelmo y agachada, a galope tendido y apuntando con
mi lanza una diana rellena de paja. No me resultaba difícil. Era tan divertido
como cazar, nadar en los arroyos de la montaña o competir en carreras de
caballos con los jóvenes aldeanos. Me apliqué en ello sin rebelarme.
No obstante, yo era un joven de personalidad ambivalente. Mi parte
mental había sido alimentada en Florencia por excelentes maestros de latín,
griego, filosofía y teología. Participaba en obras religiosas y profanas ofrecidas
por los jóvenes en la ciudad, asumiendo a menudo el papel protagonista en los
dramas que presentaba mi hermandad en casa de mi tío: era tan capaz de
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
encarnar con aire solemne al Isaac bíblico dispuesto a ser sacrificado por el
obediente Abraham, como al seductor ángel Gabriel que descubría un receloso
san José junto a su Virgen María.
De vez en cuando echaba de menos eso, los libros, las conferencias en la
catedral, que escuchaba con interés precoz, y las hermosas noches en la casa
florentina de mi tío. Allí me dormía arrullado por los sonidos de las
espectaculares funciones operísticas, con mi mente rebosante de las
prodigiosas figuras que descendían sobre el escenario suspendidas de unos
alambres, la música de los laúdes y el furioso batir de los tambores, los
bailarines, que giraban y brincaban casi como acróbatas, y las voces que
cantaban maravillosamente al unísono.
Tuve una infancia regalada. En la hermandad juvenil a la que pertenecía,
conocí a los jóvenes pobres de Florencia, hijos de comerciantes, huérfanos y
pupilos de los monasterios y las escuelas, porque así vivía un señor feudal en
mis tiempos. Uno tenía que tratar con la plebe.
De niño me escapaba con frecuencia de la casa, al igual que más tarde
salía a hurtadillas del castillo. Recuerdo las celebraciones y las festividades de
los santos patronos y las procesiones de Florencia con demasiado detalle para
un niño florentino disciplinado. Me gustaba mezclarme con la multitud,
contemplar las carrozas vistosamente engalanadas en honor de los santos, y
maravillarme de la solemnidad que mostraban los silenciosos participantes en la
procesión mientras portaban las velas y avanzaban con lentitud, como sumidos
en un trance de devoción.
Sí, debí de ser un bribón. Me consta. Me escabullía por la puerta de la
cocina. Sobornaba a los sirvientes. Tenía muchos amigos que eran unos brutos
o unos bestias. Me metía en todo tipo de líos y regresaba a casa corriendo.
Jugábamos a la pelota y nos peleábamos en las plazas, y los sacerdotes nos
ponían en fuga con látigos y amenazas. Yo era bueno y malo, pero nunca
perverso.
Después de morir para el mundo terrenal a los dieciséis años, no volví a
contemplar una calle a la luz del sol, ni en Florencia ni en parte alguna. Pero
puedo afirmar que vi lo mejor de aquélla. Imagino sin la menor dificultad el
espectáculo de la fiesta de san Juan, cuando todos los comercios de la ciudad
exhibían en la calle sus artículos más costosos, y los monjes y frailes cantaban
los himnos más dulces mientras se dirigían a la catedral para dar gracias a Dios
por la bendita prosperidad de la que gozaba la ciudad.
Podría seguir enumerando las virtudes de Florencia en esos tiempos, pues
era una ciudad de hombres que trabajaban en el comercio y los negocios pero
a la vez creaban unas maravillosas obras de arte, de hábiles políticos y
auténticos santos poseídos por la gracia divina, de poetas profundamente
espirituales y de los canallas más desvergonzados. Creo que en aquella época
Florencia conocía muchas de las cosas que más tarde descubrirían Francia e
Inglaterra, y que algunos países desconocen todavía. Hay dos cosas ciertas:
Cosme era el hombre más poderoso del mundo. Y el pueblo, y sólo el pueblo,
gobernaba entonces y siempre.
Pero regresemos al castillo. Una vez en casa continué con mis lecturas y
mis estudios, pasando, de la noche a la mañana, de ser un caballero a un
erudito. Si existía alguna sombra en mi vida, fue que al cumplir dieciséis años
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tenía edad suficiente para asistir a la universidad, y yo lo sabía, y en cierto
modo deseaba hacerlo, pero en aquel entonces estaba ocupado criando nuevos
halcones, a los que adiestraba yo mismo y con los que cazaba, y la vida en el
campo era irresistible.
A los dieciséis años yo era considerado un intelectual por el clan de
parientes ancianos que se reunían cada noche en torno a la mesa del castillo,
en su mayoría tíos de mis padres, todos pertenecientes a una época en que
«los banqueros no gobernaban el mundo». Ellos relataban unas historias
fascinantes sobre las cruzadas, en las que habían participado de jóvenes, y
sobre lo que presenciaron en la feroz batalla de Acre, o las luchas en la isla de
Chipre o Rodas, y sobre la vida en el mar y en los numerosos y exóticos puertos
en los que eran el terror de las tabernas y las mujeres.
Mi madre era una mujer hermosa y vivaz, con el pelo castaño y unos ojos
muy verdes; adoraba la vida campestre, pero no conocía Florencia salvo desde
el interior de un convento. Pensaba que yo debía de estar loco porque me
gustaba leer los versos de Dante y escribir poesías.
Mi madre vivía sólo para recibir a nuestros convidados con exquisita
elegancia, asegurándose de que los suelos estuvieran cubiertos de espliego y
hierbas aromáticas, que el vino fuera especiado. Ella misma abría el baile con
un tío abuelo mío que era un excelente bailarín, porque mi padre detestaba
bailar.
Todo esto, después de vivir en Florencia, me parecía un tanto ridículo y
aburrido. Prefería las historias de guerra.
Mi madre debía de ser muy joven cuando se casó con mi padre, porque
estaba encinta la noche en que murió. La criatura murió también. Pasaré
rápidamente a ese episodio. Es decir, tan rápido como pueda. No se me dan
bien las prisas.
Mi hermano, Matteo, tenía cuatro años menos que yo y era un excelente
estudiante, aunque aún no le habían enviado a estudiar a ningún sitio (ojalá lo
hubieran hecho), y mi hermana, Bartola, nació al cabo de menos de un año
después de que yo hubiese llegado al mundo, una circunstancia de la que mi
padre se avergonzaba un poco.
Matteo y Bartola me parecían las personas más hermosas e interesantes
del mundo. Nos divertíamos en el campo y gozábamos de libertad para
corretear por el bosque, coger arándanos, sentarnos a los pies de gitanos que
nos relataban historias antes de que las autoridades los detuvieran y
expulsaran. Nos queríamos mucho. Matteo sentía por mí auténtica adoración,
porque yo era muy lenguaraz y podía convencer a mi padre de lo que fuera. Mi
hermano no se percataba de la fuerza sosegada y los exquisitos modales de
nuestro padre. Yo era el maestro de Matteo en muchas materias. En cuanto a
Bartola, era muy rebelde y mi madre no podía controlarla. A ella le horrorizaba
que Bartola llevara siempre su larga melena cubierta de ramitas, pétalos, hojas
y tierra debido a nuestros juegos en el bosque.
Con todo, Bartola se veía obligada a dedicar muchos ratos a bordar,
aprender canciones, poesías y plegarias. Era demasiado exquisita y rica para
dejar que alguien la apremiara a hacer algo que ella no deseaba. Mi padre la
adoraba, y más de una vez me pidió con pocas palabras que la vigilara durante
nuestras correrías por el bosque. Cosa que yo hacía. ¡Habría sido capaz de
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matar a cualquiera que la tocase!
¡ Ah, esto es demasiado para mí! ¡No me percataba de lo duro que iba a
ser esto! Bartola. ¡Matar a cualquiera que la tocase! Las pesadillas se abaten
sobre mí como si se trataran de unos espíritus alados, y amenazan con ocultar
las minúsculas, silenciosas y huidizas luces del cielo.
Me temo que he perdido el hilo de mis pensamientos.
Nunca comprendí a mi madre, y ella probablemente no me entendía a mí,
porque para ella todo se reducía a un problema de estilo y buenos modales; mi
padre me parecía cómicamente autosatírico y muy divertido.
Mi padre, a pesar de sus bromas y comentarios sarcásticos, era bastante
cínico, pero al mismo tiempo bondadoso; no se dejaba impresionar por los
modales pomposos de los demás, ni siquiera por sus propias pretensiones.
Consideraba que la situación de la humanidad era una causa perdida. La guerra
le parecía cómica, desprovista de héroes y llena de bufones, y rompía a reír en
medio de las arengas de sus tíos, o en medio de uno de mis prolijos poemas;
jamás le oí dirigir una palabra amable a mi madre.
Era un hombre corpulento, sin barba ni bigote pero con una cabellera
abundante; tenía los dedos largos y finos, lo cual era raro en un hombre de su
corpulencia, pues todos sus tíos tenían las manos regordetas. Yo he heredado
sus manos. Todas las hermosas sortijas que lucía habían pertenecido a su
madre.
Mi padre vestía de forma más suntuosa de como lo habría hecho en
Florencia: ropas de terciopelo recamadas con perlas, y unas holgadas capas
forradas de armiño. Sus guantes eran unas manoplas ribeteadas con piel de
zorro, y tenía los ojos grandes, de mirada profunda, más hundidos que los
míos, los cuales expresaban desdén, incredulidad y sarcasmo.
Con todo, jamás se comportó de manera cruel con nadie.
Su única concesión a la modernidad era que le gustaba beber en copas de
fino cristal, en lugar de las antiguas copas de madera dura, oro o plata. Nuestra
larga mesa siempre estaba repleta de relucientes copas de cristal.
Mi madre nunca dejaba de sonreír cuando decía a mi padre cosas como:
«Señor mío, haz el favor de retirar los pies de la mesa» o «¿Es que piensas
entrar así en casa?». Pero debajo de su encantadora fachada, creo que ella le
odiaba.
La única vez que la oí alzar la voz a mi padre fue para afirmar sin rodeos
que la mitad de los niños de nuestras aldeas habían sido engendrados por él, y
que ella misma había enterrado a unas ocho criaturas que nacieron muertas,
acusándolo de ser tan fogoso como un semental e incapaz de contener sus
impulsos sexuales.
Mi padre se quedó tan estupefacto ante ese arrebato, ocurrido a puerta
cerrada, que salió del dormitorio pálido y demudado y me dijo:
—¿Sabes, Vittorio? Tu madre no es tan estúpida como yo creía. Ni mucho
menos. No es más que una mujer aburrida.
En circunstancias normales nunca habría hecho un comentario tan
despiadado sobre ella. No cesaba de temblar.
En cuanto a mi madre, cuando traté de tranquilizarla, me lanzó una
jofaina de plata.
—¡Pero si soy yo, madre, Vittorio!
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Entonces ella se arrojó en mis brazos y lloró con amargura por espacio de
quince minutos.
Durante ese rato no dijimos nada. Ambos permanecimos sentados en la
pequeña alcoba de piedra de mi madre, que se hallaba en el piso superior de la
torre más antigua de nuestra casa y estaba decorada con numerosos muebles
dorados, antiguos y modernos. Al cabo de unos minutos se enjugó los ojos y
dijo:
—Él los mantiene a todos, ¿sabes? Se ocupa de mis tías y mis tíos. ¿Qué
sería de ellos si no lo hiciera? Jamás me ha negado nada. —Continuó
parloteando con su voz dulce y bien modulada, típica de una mujer educada
por las monjas—: Esta casa está llena de ancianos cuya sabiduría os ha
beneficiado a tus hermanos y a ti, y todo gracias a tu padre, que siendo lo
bastante rico para marcharse a cualquier lugar, es demasiado bueno para hacer
algo así. Pero por Dios te lo ruego, Vittorio, no..., me refiero a... con las chicas
de la aldea.
Casi respondí, en un arrebato de deseo de tranquilizarla, que sólo había
engendrado un bastardo, al menos que yo supiera, y que era un chico fuerte y
sano, pero comprendí que eso sería desastroso. De modo que callé.
Ésa podría haber sido la única conversación que mantuve con mi madre.
Pero en realidad no fue una conversación, puesto que yo no dije nada.
No obstante, ella tenía razón. Tres tías y dos tíos suyos vivían con
nosotros en nuestro castillo amurallado. Vivían más que bien, vestían ropas
suntuosas confeccionadas en la ciudad con materiales modernos y gozaban de
la vida más regalada que cabe imaginar. Yo me beneficiaba de escucharles a
todas horas, cosa que hacía encantado, pues sabían muchas cosas.
Los tíos de mi padre también vivían con todo lujo, pero a fin de cuentas la
tierra era suya, de la familia, de modo que se creían con más derecho, pues
habían peleado heroicamente en Tierra Santa, o eso pensaba yo. Discutían con
mi padre sobre todo tipo de cosas, desde el sabor de los pastelitos de carne
que comíamos para cenar hasta el absurdo estilo moderno de los pintores que
mi padre había contratado en Florencia para que decoraran nuestra pequeña
capilla.
Ésa era otra de las aficiones de mi padre: le encantaban los pintores de la
época, quizá su único aspecto moderno aparte de su pasión por los objetos de
cristal.
Nuestra pequeña capilla había permanecido desnuda durante siglos. Al
igual que las cuatro torres del castillo y los muros que lo circundaban, se
construyó con una piedra de color claro muy común en el norte de la Toscana.
No se trata de la piedra oscura que abunda en Florencia, de color gris y que
parece siempre sucia. Esta piedra es casi del color rosa pálido de algunas rosas.
Siendo yo muy joven mi padre mandó venir a unos discípulos de Florencia,
unos excelentes pintores que habían estudiado con Piero della Francesca y
otros maestros, para que decoraran los muros de la capilla con motivos basados
en las hermosas historias de santos y gigantes bíblicos que aparecen en los
libros conocidos como La leyenda dorada.
Mi padre, que no era un hombre muy imaginativo, se inspiró en lo que
había visto en las iglesias de Florencia y ordenó a esos pintores que narraran
las historias de Juan el Bautista, santo patrón de la ciudad y primo de Nuestro
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Señor, de forma que durante los últimos años de mi vida en la Tierra, nuestra
capilla aparecía decorada con las figuras de santa Isabel, san Juan, santa Ana,
la Virgen María, Zacarías y todos los ángeles, ataviados, como era costumbre
de la época, con ricos ropajes florentinos.
Mis ancianos tíos y tías se oponían a este estilo pictórico «moderno», tan
distinto de las obras austeras de Giotto o Cimabue. En cuanto a los aldeanos,
dudo que las comprendieran, pero se mostraban tan impresionados por las
pinturas de la capilla cuando acudían para celebrar una boda o un bautismo
que no importaba.
Yo me sentí tremendamente feliz de asistir a la ejecución de esas obras y
conversar con los pintores, los cuales ya habían desaparecido cuando fui
salvajemente asesinado y mi vida terrenal llegó a su fin.
Yo había visto grandes obras pictóricas en Florencia y una de mis
debilidades era pasear por la ciudad y contemplar las espléndidas imágenes de
ángeles y santos en las lujosas capillas de las catedrales. Incluso vi, durante
uno de mis viajes a Florencia con mi padre, al temperamental pintor Filippo
Lippi, quien en aquellos días se encontraba secuestrado en casa de Cosme para
que terminara una pintura que éste le había encargado.
Confieso que me impresionó aquel hombre sencillo y a la vez imponente,
la forma en que discutía y protestaba y recurría a todo tipo de estratagemas
con el fin de conseguir permiso para abandonar el palacio mientras Cosme,
alto, delgado, de aire solemne y voz queda, sonreía e intentaba aplacar los
exaltados ánimos del pintor, ordenándole que regresara de nuevo al trabajo y
asegurándole que se sentiría satisfecho cuando hubiera terminado su obra.
Filippo Lippi era un monje, pero como todo el mundo sabía, las mujeres lo
volvían loco. Era el clásico bribón simpático. Su afán de abandonar el palacio no
obedecía a otro motivo que ir a visitar a ciertas féminas, y más tarde oí decir a
algunos comensales en la casa de nuestros anfitriones en Florencia que Cosme
debía de encerrar a Filippo en una habitación con varias mujeres para tenerlo
contento. Pero no creo que Cosme siguiera esos consejos. De lo contrario, sus
enemigos lo habrían convertido en la comidilla de Florencia.
Permítaseme una puntualización importante. Jamás olvidé mi primera
impresión del genial Filippo, pues así lo consideraba y sigo considerando.
—¿Qué te ha atraído de él? —me preguntó mi padre.
—Es al mismo tiempo bueno y malo —respondí—. Intuyo que en su
interior se libra una feroz lucha. He visto algunas de las obras que realizó con
Fra Giovanni (el hombre que daría en llamarse Fra Angélico), y te aseguro que
es brillante. ¿De otro modo por qué iba Cosme a soportar sus escenitas? ¿No
oíste las sandeces que dijo?
—¿Y ese Fra Giovanni es un santo? —inquinó mi padre.
—Pues sí. Lo cual me parece perfecto, ¿pero te fijaste en la expresión
atormentada de Fra Filippo? Confieso que me gustó.
Mi padre arqueó las cejas.
Durante nuestro próximo y último viaje a Florencia, mi padre me llevó a
contemplar todas las pinturas de Filippo. Me asombró el que recordara mi
interés por ese pintor. Fuimos de casa en casa para admirar sus magníficas
obras, y luego visitamos el taller de Filippo.
Allí contemplamos una pintura {La coronación de la Virgen), encargada
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
por Francesco Maringhi para el altar de una iglesia florentina, que estaba ya
muy avanzada; al ver esa obra, por poco me desmayo de la impresión y la
emoción.
No lograba apartar la vista de ella. Suspiré y lloré.
Jamás había visto nada tan bello como esa pintura, con aquel inmenso
grupo de rostros inmóviles y atentos, la espléndida colección de ángeles y
santos, las esbeltas y airosas mujeres de aire felino y unos hombres espigados
y celestiales. Me enloqueció.
Mi padre me llevó a ver otras dos obras de Filippo, ambas inspiradas en la
Anunciación.
Como ya he apuntado, de niño yo había hecho el papel del ángel Gabriel
que se aparecía a la Virgen para anunciarle que llevaba en su vientre a Jesús.
Según la versión que nosotros representábamos, Gabriel era un ángel muy
seductor y viril, y al regresar a casa José se encontraba a este ser
increíblemente atractivo con su pura e inocente esposa, la Virgen María.
Éramos una pandilla de jóvenes muy atrevidos, y decidimos dar a la obra
cierto tono picante. Me refiero a que la aderezamos un poco. No creo que las
Sagradas Escrituras mencionen que san José sorprendió a su esposa retozando
con un ángel.
Ése era mi papel favorito, y me fascinaban los cuadros de la Anunciación.
Pues bien, ésta que contemplé poco antes de abandonar Florencia,
pintada por Filippo en la década de 1440, era superior a todo cuando yo había
visto nunca.
El ángel era sublime pero físicamente perfecto. Sus alas se componían de
plumas de pavo real.
Esa pintura no sólo me enloquecía, sino que despertaba en mí una
enfermiza devoción. Habría dado cualquier cosa para adquirirlo y colgarlo en
nuestro castillo. Pero era imposible. En aquella época no había obras de Filippo
en el mercado. Por fin, tras no pocos esfuerzos mi padre logró arrancarme de
allí y al cabo de unos días regresamos a casa.
Más tarde recordé el gran respeto con que mi padre me había escuchado
mientras le hablaba entusiasmado de Fra Filippo:
—Es delicado, original y sin embargo encaja en los cánones actuales. Es
un pintor genial, distinto de todos, pero no excesivo; inimitable, pero accesible
para cualquiera. Te aseguro que es extraordinario, padre. —No había forma de
detener mi perorata—. Eso es lo que opino sobre ese hombre. Me impresiona la
faceta carnal de su personalidad, su pasión por las mujeres; su feroz rechazo a
mantener sus votos está en continua pugna con el sacerdote que lleva dentro,
pues luce el hábito de clérigo y se hace llamar Fra Filippo. Y de esa pugna
brotan los rostros de total rendición que él pinta.
Mi padre me escuchaba con atención.
—Esos personajes reflejan su constante compromiso con las fuerzas que
no logra reconciliar —dije—; unos personajes tristes, sabios, nunca inocentes,
siempre dulces, pensativos, silenciosos y atormentados.
De regreso a casa, mientras cabalgábamos a través del bosque por un
camino empinado, me preguntó como de pasada si los pintores que habían
decorado nuestra capilla eran buenos.
—Debes de estar bromeando, padre —repuse—. Son excelentes.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—No lo sabía, te lo aseguro —afirmó él sonriendo, y añadió al tiempo que
se encogía de hombros—: Contraté a los mejores.
Yo sonreí.
Entonces lanzó una carcajada de gozo. No le pregunté cuándo podía
marcharme de nuevo para estudiar. Supongo que me creía capacitado para
complacerle a él y al mismo tiempo ser yo feliz.
Hicimos unas veinticinco paradas durante ese último viaje. Nos invitaron a
comer y a cenar en un castillo tras otro, visitamos numerosas villas modernas,
suntuosas y llenas de luz, y recorrimos multitud de frondosos jardines. Nada de
ello me impresionó, pues formaba parte de mi vida: los cenadores cubiertos de
glicina color púrpura, los viñedos que se extendían sobre las verdes laderas, las
muchachas de dulces mejillas que, ocultas en los pórticos, me indicaban que
me acercara.
Florencia se hallaba en guerra el año en que mi padre y yo emprendimos
ese viaje. Se había aliado con el poderoso y célebre Francesco Sforza, para
apoderarse de Milán. Las ciudades de Nápoles y Venecia respaldaban a Milán.
Fue una guerra terrible. Pero a nosotros no nos afectó.
La contienda se libró en otros lugares y por mercenarios, y el odio que
provocó resonaba en las calles de la ciudad, no en nuestra montaña.
Lo que recuerdo de ella son dos insólitos personajes que estaban
implicados en la batalla. El primero era el duque de Milán, Filippo Maria
Visconti, un hombre que era enemigo nuestro quisiéramos o no, pues era
enemigo de Florencia.
Pero permita el lector que le explique cómo era ese hombre:
grotescamente obeso, según decían, y sucio por naturaleza; a veces se quitaba
la ropa y se revolcaba desnudo sobre la tierra de su jardín. El mero hecho de
ver una espada le infundía terror, y si estaba desenfundada se ponía a gritar
como un poseso. También le horrorizaba que pintaran su retrato, debido a lo
feo que era. Pero esto no es todo. Tenía unas piernas tan enclenques que
apenas le sostenían, de modo que sus pajes lo transportaban de un lado a otro.
Con todo, poseía cierto sentido del humor. Para asustar a la gente se sacaba de
pronto una serpiente de la manga. Una delicia, ¿no es cierto?
No obstante ese hombre gobernó el ducado de Milán durante treinta y
cinco años, y su propio mercenario, Francesco Sforza, se volvió contra Milán en
esa guerra.
Deseo describir brevemente a este último porque se trataba de un
personaje pintoresco, aunque muy distinto del otro. Era el apuesto y valiente
hijo de un campesino que, tras sufrir un secuestro de niño, logró convertirse en
el cabecilla de la banda de canallas que lo había secuestrado. Francesco pasó a
ser el comandante de la tropa cuando el héroe campesino se ahogó en un
arroyo mientras intentaba salvar a un paje. ¡Qué valor! ¡Qué pureza! ¡Qué
dechado de virtudes!
No vi a Francesco Sforza hasta después de morir para el mundo terrenal y
convertirme en un vampiro, pero debo decir que se ajustaba a las descripciones
que había oído de él. Era un hombre de heroicas proporciones y estilo, y por
increíble que parezca, fue a este bastardo de un campesino y soldado nato que
el duque de Milán, ese loco de patas enclenques, cedió su hija en matrimonio.
La hija, por cierto, no la había tenido con su esposa, una desdichada a quien
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
mantenía encerrada bajo llave, sino con su amante.
Ese matrimonio fue lo que precipitó la guerra. En primer lugar Francesco
luchó valerosamente para el duque Filippo Maria, pero cuando el estrafalario e
imprevisible duque la palmó, su yerno, el apuesto Francesco, que tenía
subyugado a todo el mundo en Italia, desde el Papa hasta Cosme, quiso
convertirse en duque de Milán.
Le aseguro al lector que es cierto. ¿No resulta interesante? Pueden
consultarse esos datos en un libro de Historia. He omitido que al duque Filippo
Maria también le aterrorizaban los truenos y había mandado construir una
estancia insonorizada en su palacio.
Pero hay más. Sforza se vio obligado a salvar Milán de otros que deseaban
apoderarse de la ciudad, y Cosme tuvo que respaldarlo para evitar que Francia
cayera sobre nosotros, o algo peor.
Era una situación bastante divertida y, como he dicho, de joven yo estaba
preparado para ir a la guerra o comparecer ante un tribunal en caso necesario,
pero esas guerras y esos dos personajes existían para mí sólo en las charlas a
la hora de la cena, y cada vez que alguien despotricaba contra el estrafalario
duque Filippo Maria y criticaba su estúpida manía de sacarse una serpiente de
la manga, mi padre me guiñaba el ojo y susurraba en mi oído:
—No hay nada como la sangre pura de la aristocracia, hijo mío. —Tras lo
cual se echaba a reír.
En cuanto al romántico y bravo Francesco Sforza, mi padre se guardó
prudentemente su opinión mientras ese hombre peleaba en el bando de
nuestro enemigo, el duque, pero cuando todos nos volvimos contra Milán se
apresuró a ensalzar al valeroso Francesco, un hombre que se había forjado a sí
mismo, y a su arrojado y rústico progenitor.
Antiguamente existió otro gran lunático que andaba por Italia, un pirata y
rufián llamado sir John Hawkwood, dispuesto a conducir a sus mercenarios
contra quien fuera, incluidos los florentinos.
Pero acabó leal a Florencia, incluso se hizo ciudadano de la misma, y
cuando desapareció de este mundo los florentinos le erigieron un espléndido
monumento en la catedral. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
Creo que era una excelente época para ser soldado, pues podías elegir el
campo de batalla donde preferías pelear y entusiasmarte con esas historias de
guerra.
También era una buena época para leer poesía, admirar pinturas y llevar
una vida confortable y segura detrás de los muros ancestrales, o pasear por las
bulliciosas calles de las prósperas ciudades. Si habías recibido una buena
educación, podías hacer lo que desearas.
Pero también era una época en que convenía ser cauto. Esas guerras
podían conducir a los señores feudales como mi padre al desastre. Las regiones
montañosas que hasta entonces se mantuvieron libres, eran invadidas y
destruidas. De vez en cuando un pobre desgraciado que había logrado
mantenerse al margen de esas trifulcas se encontraba enfrentado a Florencia, y
de pronto aparecían las feroces huestes mercenarias para poner las cosas en su
sitio.
A propósito, Sforza ganó la guerra contra Milán debido en parte a que
Cosme le prestó el dinero necesario. A continuación se desencadenó un
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
auténtico caos.
Podría seguir describiendo eternamente esta maravillosa Toscana.
Me resulta angustioso y deprimente tratar de imaginar qué habría sido de
mi familia de no haberse abatido sobre nosotros la tragedia. No imagino a mi
padre anciano, ni a mí mismo envejecido y pugnando por sobrevivir, ni a mi
hermana casada con un aristócrata florentino en lugar de un rico terrateniente,
tal como deseaba yo.
Para mí constituye un horror y una alegría que existan pueblecitos y
aldeas en estas montañas que jamás han desaparecido, que han sobrevivido a
los peores avatares, incluidas las guerras modernas, y han logrado medrar con
sus callejuelas adoquinadas, sus mercados y sus macetas de geranios en las
ventanas. Han sobrevivido castillos por doquier gracias a la vida que les han
infundido numerosas generaciones.
Ha oscurecido.
He aquí a Vittorio escribiendo a luz de las estrellas.
La capilla del castillo está invadida por zarzas y otras malezas; las pinturas
ya no son visibles para nadie y las reliquias sagradas del altar consagrado se
hallan sepultadas bajo un montón de polvo.
Pero esas espinas protegen los restos de mi hogar. He dejado que
crecieran. He dejado que los caminos desaparecieran en el bosque, o los he
destruido yo mismo. ¡Debo conservar una parte de lo que existió! ¡Es preciso!
Me acuso de irme de nuevo por la tangente.
Este capítulo ya debería haber concluido.
Me recuerda las obras que solíamos representar en casa de mi tío, o las
que contemplé ante el Duomo en la Florencia de Cosme. Necesito un telón de
fondo, unos decorados pintados con todo detalle, unos alambres que sostengan
a los personajes que vuelan y unos trajes cortados y listos antes de que
coloque a mis actores sobre el escenario para que narren esta fábula.
No puedo remediarlo. Permita el lector que concluya mi ensayo sobre la
esplendorosa década de 1400 afirmando lo que el gran alquimista Ficino diría al
cabo de unos años: fue «una época dorada».
Pasemos ahora al momento trágico.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
3
Donde el horror se abate sobre nosotros
El principio del fin ocurrió la primavera siguiente. Hacía pocos días había
sido mi decimosexto cumpleaños, que ese año cayó en el martes anterior a
Cuaresma, cuando mi familia y todas las aldeas celebrábamos Carnaval. Ese
año se había adelantado, por lo que hacía bastante frío, pero era una época
festiva.
La noche previa al Miércoles de Ceniza tuve el terrorífico sueño en el que
me vi sosteniendo las cabezas cortadas de mi hermano y mi hermana. Me
desperté empapado en sudor, horrorizado por esa visión. Lo escribí en mi libro
de sueños. Y luego lo olvidé. Sufría pesadillas con frecuencia, aunque ninguna
tan espantosa como la que acabo de describir. Pero cuando relataba mis
ocasionales pesadillas a mi madre, mi padre u otra persona, siempre decían:
—Tú tienes la culpa, Vittorio, por leer los libros que lees. Esos sueños los
provocas tú mismo.
Repito, olvidé el sueño.
En Pascua los campos se hallaban en flor y el primer indicio de la tragedia
que se avecinaba, aunque no yo no lo reconocí, fue que las aldeas situadas al
pie de nuestra montaña quedaron súbitamente desiertas.
Mi padre y yo, acompañados por dos cazadores, un guardabosque y un
soldado, nos dirigimos a caballo para comprobar en persona que los
campesinos habían abandonado la zona hacía unos días, llevándose consigo a
los animales.
Producía una curiosa sensación ver esas pequeñas e insignificantes aldeas
desiertas.
Ascendimos de nuevo la montaña, rodeados por una cálida y acogedora
oscuridad, pero comprobamos que las otras aldeas por las que pasamos
aparecían cerradas a cal y canto, sin que se filtrara un rayo de luz por los
postigos ni brotara por una chimenea una nubecilla de humo teñido de rojo.
Por supuesto, el anciano administrador de mi padre comenzó a despotricar
contra los vasallos que habían abandonado las aldeas, insistiendo en que era
preciso dar con ellos, propinarles una buena tunda y obligarlos a arar los
campos.
Mi padre, benevolente y sin perder la calma, como era habitual en él,
permaneció sentado ante su escritorio a la luz de las velas, apoyado sobre un
codo, y replicó que esos hombres eran libres; no estaban obligados a vivir en
nuestra montaña si no lo deseaban. Ésas eran las costumbres del mundo
moderno, aunque mi padre sabía lo que iba a ocurrir en nuestra región.
De pronto se percató de que yo le observaba desde un rincón de la
estancia, como si no hubiera reparado antes en mi presencia, y se apresuró a
interrumpir la conversación con su administrador y a despachar el asunto como
un problema insignificante.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Yo tampoco le di importancia.
Pero durante los días sucesivos, algunos aldeanos que habitaban en la
parte inferior de las laderas vinieron a instalarse dentro del recinto del castillo.
Se produjeron numerosas conferencias en los aposentos de mi padre. Oí
discusiones a puerta cerrada, y una noche, a la hora de cenar, todos aparecían
insólitamente taciturnos por tratarse de nuestra familia, hasta que mi padre se
levantó de su enorme silla, el amo y señor siempre en el centro de la mesa, y
declaró como si alguien le hubiera acusado en silencio:
—No perseguiré a unas ancianas porque hayan clavado unos alfileres en
unas muñecas de cera, quemen incienso o lean unos ridículos conjuros que no
significan nada. Esas viejas brujas han vivido siempre en nuestra montaña.
Mi madre, que parecía muy preocupada, nos ordenó a los tres, a Bartola,
a Matteo y a mí —haciendo caso omiso de mis protestas—, que nos
levantáramos de la mesa y fuéramos a acostarnos.
—No te quedes leyendo hasta las tantas, Vittorio —dijo mi madre.
—¿A qué se refería padre? —preguntó Bartola.
—A las viejas brujas de la aldea —contesté, empleando la palabra italiana
strega—. De vez en cuando una de ellas se extralimita y se organiza un lío,
pero por lo general no hacen sino utilizar sus sortilegios para curar una fiebre u
otra dolencia.
Supuse que mi madre me ordenaría que me callara, pero permaneció al
pie de la angosta escalera de piedra de la torre mientras me observaba con
expresión de alivio, y dijo:
—Así es, Vittorio, tienes razón. En Florencia la gente se burla de esas
viejas. Vosotros mismos conocéis a Gattena, que lo único que hace es vender
unos bebedizos de amor a las jóvenes aldeanas.
—¡No vamos a llevarla ante los tribunales para que la juzguen! —protesté,
satisfecho de haber captado la atención de mi madre.
Bartola y Matteo me contemplaron fascinados.
—No, no, no vamos a hacer eso con Gattena. Gattena se ha esfumado. Ha
huido.
—¿Que Gattena ha huido? —pregunté.
Cuando mi madre se volvió, negándose a añadir otra palabra e
indicándome con un gesto que acompañara a mis hermanos a la cama, advertí
la gravedad del asunto.
Gattena era la más temida y más cómica de las viejas brujas que
habitaban en la aldea, y si había huido, si estaba asustada por algo, no dejaba
de ser una noticia insólita, pues sabía que todos la temían a ella.
Los días siguientes amanecieron frescos, hermosos y serenos para Bartola,
Matteo y para mí, pero al volver la vista atrás recuerdo que en aquella época
ocurrieron varias cosas insólitas.
Una tarde subí hasta la ventana superior de la vieja torre, donde Tori, un
vigía, se hallaba adormilado, y contemplé nuestras tierras hasta donde
abarcaba la vista.
—No lo verás —comentó Tori.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—El humo de una chimenea. No queda nadie. —Tori bostezó y se apoyó
en la pared; iba enfundado en un grueso jubón de cuero hervido y portaba una
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
pesada espada—. No ocurre nada de particular —dijo bostezando de nuevo—.
Si les atrae la vida en la ciudad, o luchar para Francesco Sforza por el ducado
de Milán, que se vayan. Ya se darán cuenta de su error.
Yo me volví y contemplé de nuevo el bosque y los valles que se extendían
hasta el infinito; luego alcé la vista al cielo cubierto por una leve bruma. Era
cierto, la vida en las pequeñas aldeas parecía haberse detenido en el tiempo.
¿Pero quién podía tener la certeza de ello? El día estaba un poco nublado. Por
otra parte, entre los muros del castillo reinaba una calma absoluta.
Mi padre obtenía aceite de oliva, verduras, leche, manteca y numerosos
artículos de esas aldeas, pero no las necesitaba. Si había llegado el momento
de que éstas desaparecieran, ese hecho no tenía por qué afectarnos.
Al cabo de dos noches, sin embargo, cuando nos sentamos a cenar
observé con innegable claridad que todos se mostraban tensos, a la par que
silenciosos. Mi madre estaba muy nerviosa, encerrada en un persistente
mutismo en lugar de charlar por los codos comentando las últimas novedades
de la corte, como solía hacer. La conversación no era imposible, pero había
tomado otro cariz.
Aparte de los ancianos, que parecían profunda y extrañamente
desconcertados, otras personas se mostraban ajenas a la situación: los pajes,
que nos servían sin dejar de sonreír, y un reducido grupo de músicos, que
habían llegado la víspera, y nos ofrecieron unas hermosas canciones
acompañándose con la viola y el laúd.
No obstante, no logramos convencer a mi madre para que ejecutara sus
ponderosas danzas.
Era ya muy tarde cuando un sirviente anunció una visita inesperada. Nadie
había abandonado el salón principal, excepto Bartola y Matteo, a quienes yo
había acompañado a acostarse hacía un rato, dejándolos al cuidado de nuestra
vieja nodriza, Simonetta.
El capitán de la guardia de mi padre entró en el salón, saludó con un
golpe de talones, se inclinó ante mi padre y dijo:
—Señor, en el portal aguarda un caballero de alto rango que se niega a
ser recibido bajo la luz del interior de la casa. Exige que salgáis a hablar con él.
Todos los que estábamos sentados a la mesa nos miramos extrañados; mi
madre palideció de ira e indignación.
Nadie se atrevía jamás a pronunciar el término «exigir» ante mi padre.
Reparé también en que el capitán de la guardia, un viejo soldado algo
prepotente que había participado en numerosas batallas con los mercenarios,
parecía nervioso y preocupado.
Mi padre se levantó, pero no pronunció palabra ni se movió.
—¿Saldréis a hablar con él, señor, o le digo a ese signore que se vaya? —
preguntó el capitán.
—Dile que estaré encantado de recibirle en mi casa como un huésped —
respondió mi padre—, que le ofrecemos en nombre de Jesucristo Nuestro Señor
nuestra hospitalidad sin reservas.
La voz de mi padre tranquilizó a todos los que estábamos sentados a la
mesa, salvo mi madre, que parecía no saber qué hacer.
El capitán miró a mi padre casi a hurtadillas, para transmitirle en secreto
el mensaje de que no lograría su propósito, pero fue a comunicar la invitación
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
al extraño.
Mi padre no se sentó. Permaneció de pie, con la cabeza ladeada, como
tratando de oír lo que decían el capitán y el inesperado visitante. Luego se
volvió y chascó los dedos para atraer la atención de los dos guardias medio
dormidos que se mantenían apostados en ambos extremos del salón.
—Registrad la casa para comprobar que todo está en orden —dijo con
suavidad—. Me parece haber oído entrar a unos pájaros atraídos por el aire
tibio. Hay muchas ventanas abiertas.
Los dos guardias obedecieron, y de inmediato los sustituyeron otros dos
soldados. Ese hecho no tenía nada de particular, pues significaba que había
varios guardias de servicio.
El capitán regresó solo, y se inclinó de nuevo ante mi padre.
—Señor, el forastero se niega a entrar en la casa y que veáis su rostro a la
luz, según dice, e insiste en que salgáis a hablar con él. Os ruega que no le
hagáis perder el tiempo.
Fue la primera vez que vi a mi padre furioso. Incluso cuando me azotaba a
mí o a un paje, lo hacía con cierta indolencia. Pero en esta ocasión los rasgos
de su rostro, los cuales transmitían una sensación tranquilizadora debido a sus
proporciones, aparecían contraídos en un rictus de ira.
—¿Cómo se atreve? —murmuró.
No obstante, rodeó la mesa y salió del salón, seguido por el capitán de la
guardia.
Me levanté a toda prisa para seguir a mi padre, pero mi madre me
contuvo.
—No te muevas, Vittorio.
Pero bajé la escalera detrás de mi padre y salí al patio. En éstas mi padre
se volvió y me detuvo apoyando con firmeza una mano en mi pecho.
—Quédate aquí, hijo mío —dijo con su habitual tono afable—. Yo me
ocuparé del asunto.
Desde la puerta de la torre contemplé la escena. Al otro lado del patio,
junto al portal iluminado por las antorchas, vi al extraño signore que se negaba
a mostrarse a la luz de las velas del salón, pero a quien no parecía incomodarle
el resplandor exterior.
El gigantesco portal en arco de la entrada permanecía cerrado a cal y
canto durante la noche. Sólo estaba abierta una pequeña puerta del tamaño de
un hombre, y allí era donde aguardaba el extraño, iluminado por las antorchas
que ardían a ambos costados de él, sin tratar de ocultar su rostro, sino
mostrándose ufano envuelto en una capa de terciopelo color burdeos.
Iba vestido de pies a cabeza en ese color rojo oscuro, que no estaba de
moda, pero cada detalle de su vestimenta, desde el justillo recamado con
gemas hasta las amplias mangas de raso con franjas de terciopelo, eran del
mismo color, como si todas sus prendas las hubieran teñido los mejores
bataneros de Florencia.
Hasta las piedras preciosas cosidas en el cuello de la chaquetilla y las que
adornaban la recia cadena de oro que pendía de su cuello eran de color vino;
supuse que se trataba de rubíes o quizá zafiros.
Tenía el pelo negro y espeso, largo hasta los hombros, pero no pude ver
su rostro, pues se hallaba oculto por el sombrero de terciopelo que lucía. Sin
23
Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
embargo logré vislumbrar su pálida piel, la silueta del maxilar y un fragmento
del cuello, que era lo único visible. El extraño portaba una espada de inmensas
dimensiones, enfundada en una vaina antigua, y una capa drapeada sobre un
hombro, también de terciopelo color burdeos, orlada con unos símbolos
dorados que no vi con claridad debido a la distancia que nos separaba.
Entorné los ojos, tratando de ver con mayor nitidez, y creí distinguir los
adornos de una estrella y una media luna, pero estaba demasiado lejos.
El forastero tenía una estatura imponente.
Mi padre se detuvo a pocos pasos de él, y cuando habló lo hizo con voz
tan suave que apenas le oí. El misterioso individuo, que seguía sin mostrar sus
facciones salvo los labios, curvados hacia arriba en una sonrisa, y su blanca
dentadura, emitió una respuesta que sonaba a un tiempo áspera y
encantadora.
—¡Alejaos de mi casa en nombre de Dios Nuestro Bendito Redentor! —
exclamó mi padre de pronto.
Acto seguido, con un gesto rápido, avanzó unos pasos y propinó un
empujón al extraño, arrojándole del recinto.
Yo me quedé pasmado.
A través de la boca sin fondo de la oscuridad que se extendía más allá del
portal brotó una risa grave y aterciopelada, una carcajada burlona, a la que
hicieron eco otras, y en esto percibí el fragor de unos cascos, como si varios
jinetes emprendieran juntos la retirada.
Mi padre cerró la puerta de un golpe. Luego se volvió, se santiguó y juntó
las manos como en una oración.
—¡Por todos los santos, qué atrevimiento! —exclamó, alzando la vista.
En aquel momento, cuando mi padre echó a andar, furioso, hacia la torre,
donde me encontraba yo, me percaté de que el capitán de la guardia estaba
paralizado de terror.
Cuando mi padre se aproximó y vi su rostro a la luz que emanaba de la de
la escalera de la torre, hice una señal al capitán.
—Cierra mi casa a cal y canto —le ordenó mi padre—. Regístrala de cabo
a rabo y cierra todas las puertas y ventanas. Reúne a los soldados y enciende
todas las antorchas. ¿Me has entendido? Quiero a unos hombres apostados en
cada torre y sobre las murallas. Obedece en el acto. Eso tranquilizará a mi
familia.
No habíamos alcanzado el comedor cuando de pronto apareció un anciano
sacerdote que en aquellos días se alojaba en casa, un instruido dominico
llamado Fra Diamonte. Tenía el pelo alborotado y la sotana medio
desabrochada. En la mano sostenía un devocionario.
—¿Qué ocurre, señor? —inquirió el fraile—. ¿Ha sucedido algo malo?
—Padre, confiad en Dios y venid a rezar conmigo en la capilla —respondió
mi padre. Luego señaló a otro guardia que se dirigía hacia ellos y le ordenó—:
Enciende todas las velas de la capilla, pues deseo rezar. Hazlo enseguida, y di a
los chicos que bajen y toquen para mí música sagrada. —A continuación nos
tomó de la mano al sacerdote y a mí y añadió—: No es nada grave, os lo
aseguro. Se trata de unas supersticiones absurdas, pero cualquier excusa que
haga que un hombre de mundo como yo acuda a su Dios para serenarse es
válida. Vittorio, y vos también, Fra Diamonte, acompañadme a rezar en la
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
capilla. Sonríe, hijo mío, hazlo por tu madre.
Yo me sentía más tranquilo, pero la perspectiva de permanecer despierto
toda la noche en la capilla iluminada por las velas resultaba a un tiempo
atrayente y alarmante.
Fui en busca de mi libro de oraciones, mi misal y otros devocionarios,
unos tomos confeccionados con el más fino pergamino de Florencia, con las
letras doradas y unas ilustraciones exquisitas.
Al salir de mi habitación vi que mi padre hablaba con mi madre:
—No dejes a los niños solos ni un instante —le dijo—; y no quiero verte en
ese estado, no soporto verte disgustada.
Mi madre se tocó el vientre.
Comprendí que se hallaba encinta de nuevo. También comprendí que mi
padre estaba muy preocupado.
«No dejes a los niños solos ni un instante.» ¿Qué significaba esa frase?
La capilla era bastante confortable. Hacía tiempo mi padre había mandado
instalar unos cómodos reclinatorios de madera con cojines de terciopelo,
aunque en los días festivos todos permanecíamos de pie. En aquella época no
existían los bancos que se utilizan hoy en las iglesias.
Aquella noche mi padre me mostró también la cripta que estaba situada
debajo de la iglesia. Se abría mediante una anilla sujeta a una trampa revestida
de piedra; una vez cerrada la trampa, la anilla quedaba plana debajo de lo que
parecía ser uno de los múltiples adornos de mármol incrustados en las baldosas
del suelo.
Yo conocía esa cripta, pero había recibido unos azotes de niño por bajar a
escondidas allí. Mi padre me dijo entonces que se sentía muy decepcionado al
comprobar que yo era incapaz de guardar un secreto de la familia.
Esa regañina me dolió más que los azotes. Yo no le había vuelto a pedir
que me dejara ir con él a la cripta, aunque sabía que él bajaba de vez en
cuando a aquel misterioso lugar, donde supuse que guardaba un tesoro y los
secretos de los paganos.
Pues bien, ahora comprobé que se trataba de una habitación inmensa,
excavada en la tierra, con el techo abovedado y repleta de diversos tesoros.
Contenía numerosas arcas y pilas de libros antiguos. Y dos puertas cerradas
con candado.
—Esas puertas conducen a unas cámaras mortuorias que no es preciso
que te muestre —dijo—, pero deseo que te familiarices con el interior de la
cripta. Y que recuerdes todos los detalles.
Cuando nos encontramos de nuevo en la capilla, mi padre cerró la trampa,
colocó la anilla en su lugar, la cubrió con la baldosa de mármol y la entrada
secreta a la cripta quedó invisible.
Fra Diamonte fingió no haberse percatado de nada. Mi madre se había ido
a dormir, al igual que mis hermanos.
Antes del alba todos nos quedamos dormidos en la capilla.
Al amanecer, cuando los gallos se pusieron a cacarear en todas las aldeas
situadas dentro de las murallas, mi padre salió al patio, se desperezó, alzó la
vista hacia el cielo y se encogió de hombros.
Dos de mis tíos corrieron hacia él, inquiriendo quién era ese misterioso
signore, de dónde provenía, cómo se había atrevido a proponer que
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
organizaran un asedio contra nosotros y cuándo iba a estallar la batalla.
—No, no, no, estáis confundidos —replicó mi padre—. No vamos a pelear.
Regresad a la cama.
Pero no bien hubo dicho esto cuando oímos un grito desgarrador que nos
alarmó a todos. A través de la puerta del patio apareció una muchacha, una
joven de una aldea cercana por la sentíamos gran afecto, y pronunció estas
terribles palabras a voz en cuello:
—¡Ha desaparecido! ¡Se han llevado a mi pequeño!
El resto del día lo pasamos buscando al hijo de la aldeana. Pero fue en
vano. Al poco averiguamos que otro niño había desaparecido de la aldea sin
dejar rastro. Era un retrasado mental, un niño entrañable e inofensivo, pero
que apenas sabía caminar. Todos se avergonzaban de confesar que no sabían
cuánto tiempo hacía que el niño faltaba de la aldea.
Al anochecer temí volverme loco si no conseguía hablar con mi padre a
solas, si no lograba entrar en la cámara donde se había encerrado con mis tíos
y los sacerdotes para vociferar y discutir. Al fin comencé a aporrear la puerta
con los puños y a propinarle patadas con tal rabia que mi padre no tuvo más
remedio que dejarme entrar.
La reunión estaba a punto de concluir. Mi padre me llevó aparte y me
preguntó indignado:
—¿Has visto lo que han hecho? Se han cobrado el tributo que me exigían.
¡Me negué a pagarlo y ellos se lo han cobrado por la fuerza!
—¿Qué tributo? ¿Te refieres a los niños?
Mi padre estaba furioso. Se pasó la mano por la hirsuta barbilla, descargó
un puñetazo sobre la mesa y de un manotazo arrojó al suelo todos los papeles
que había sobre ella.
—¿Cómo se atreven a presentarse aquí de noche y exigirme que les
entregue a los niños que nadie quiere?
—¿A qué te refieres, padre? ¡Dímelo!
—Vittorio, mañana, al alba, partirás hacia Florencia con unas cartas que
escribiré esta noche. Necesito más que a unos sacerdotes campesinos para
luchar contra esto. Prepárate para partir.
Luego alzó la vista bruscamente y ladeó la cabeza, como si hubiera
percibido un ruido sospechoso. Observé que la luz había desaparecido de las
ventanas. Nosotros mismos no éramos sino unas siluetas borrosas. Me agaché
para recoger del suelo el candelabro que mi padre había derribado.
Le observé de reojo mientras encendía una de las velas con la antorcha
que ardía junto a la puerta. Acto seguido encendí con ella el resto de las velas.
El permaneció inmóvil, atento. Luego se levantó sin nacer ruido y apoyó
los puños sobre la mesa, sin molestarle el resplandor de las velas; la fatiga e
indignación que dejaba traslucir su rostro se vieron así realzadas.
—¿Habéis oído algo, señor? —Le llamé de vos sin ni siquiera percatarme
de ello.
—El mal —contestó mi padre en voz baja—. Unos seres malignos que Dios
permite que vivan debido a nuestros pecados. Ve en busca de unas armas.
Trae a tu madre y a tus hermanos a la capilla. Apresúrate. Los soldados ya han
recibido mis instrucciones.
—¿Quieres que ordene que nos sirvan aquí algo de comer, un poco de pan
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
y cerveza? —pregunté.
Él asintió con aire distraído.
En menos de una hora estábamos reunidos en la capilla, toda la familia,
que en aquel entonces incluía a cinco tíos y cuatro tías, aparte de las dos
nodrizas y Fra Diamonte.
El pequeño altar se había dispuesto como si el sacerdote fuera a decir
misa, con un fino mantel bordado y unos candelabros de oro macizo en los que
ardían unas velas. La efigie de Jesucristo resplandecía a la luz de las velas, una
antigua y delgada talla de madera cuyo colorido se había apagado con el
tiempo, que colgaba en la pared desde los tiempos de san Francisco, cuando
según la leyenda el gran santo se había detenido en nuestro castillo hacía dos
siglos.
Era un Jesucristo desnudo, frecuente en aquellos tiempos, una figura
atormentada dispuesta al sacrificio, no robusta y sensual como en los crucifijos
actuales. Destacaba poderosamente entre la colección de santos pintados que
adornaban los muros de la capilla, ataviados con espléndidos ropajes de color
escarlata y adornados con joyas de oro.
Sin decir palabra nos sentamos en unos toscos bancos de madera castaña
que nos trajeron, sin decir palabra, pues aquella mañana Fra Diamonte había
dicho misa, guardando en el tabernáculo el cuerpo y la sangre de Nuestro
Señor en forma de la sagrada hostia, y la capilla se había convertido a todos los
efectos, por así decirlo, en la casa de Dios.
Comimos un poco de pan y bebimos unos sorbos de cerveza junto a la
puerta de entrada, pero en silencio.
Sólo mi padre salió repetidas veces, dirigiéndose con paso decidido al
patio iluminado por las antorchas para cambiar unas palabras con los soldados
que se apostaban en las torres y los muros, y subiendo incluso él mismo para
comprobar personalmente que el castillo estuviera bien protegido.
Mis tíos estaban bien armados. Mis tías rezaban con devoción el rosario.
Fra Diamonte parecía confundido y mi madre, pálida cual un espectro, como si
se sintiera indispuesta debido a la criatura que portaba en el vientre, se abrazó
a mis hermanos, que estaban muy asustados.
Todo hacía suponer que pasaríamos la noche sin novedad.
Dos horas antes de que despuntara el día me desperté de un sueño ligero
al oír un angustioso grito.
Mi padre se levantó en el acto, al igual que mis tíos, quienes
desenvainaron sus espadas tan rápidamente como se lo permitieron sus dedos
viejos y artríticos.
De pronto sonaron unos gritos, las voces de alarma de los soldados y el
estrepitoso tañido de las campanas en todas las torres del castillo.
—Vamos, Vittorio —dijo mi padre al tiempo que me agarraba del brazo. A
continuación tiró de la anilla de la trampa, la abrió y me entregó una vela que
tomó del altar—. Llévate a tu madre, a tus tías, a tu hermana y a tu hermano a
la cripta, ahora mismo, y no os mováis de allí ocurra lo que ocurra. No salgáis
de allí. Cierra la trampa y quedaos en la cripta. ¡Haz lo que te ordeno!
Obedecí en el acto. Tomé de la mano a Matteo y a Bartola y les obligué a
bajar la escalera detrás de mí.
Mis tíos salieron a toda prisa al patio, lanzando sus viejos gritos de guerra.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Mis tías tropezaron, se desmayaron y se agarraron al altar, negándose a salir de
allí, y mi madre se abrazó a mi padre.
Mi padre estaba muy alterado. Intenté llevarme de allí a mi tía más
anciana, pero yacía desmayada ante el altar. Mi padre se acercó a mí, me
obligó a meterme en la cripta y cerró la trampa.
No tuve más remedio que pasar el cerrojo, tal como me había enseñado
mi padre; luego, sosteniendo la vela encendida en una mano, me volví hacia
Bartola y Matteo, que estaba aterrorizados.
—Vamos, bajad —les ordené.
Los pobres por poco se caen al tratar de descender de espaldas por la
estrecha y peligrosa escalera sin apartar la vista de mí.
—¿Qué ocurre, Vittorio? ¿Por qué quieren lastimarnos? —preguntó
Bartola.
—Yo lucharé contra ellos —terció Matteo—. Dame tu puñal, Vittorio. Tú
tienes una espada. No es justo.
—Callad y obedeced a padre. ¿Creéis que me gusta no poder salir y pelear
con los hombres? ¡No hagáis ruido!
Hice un esfuerzo por tragarme las lágrimas. Mi madre y mis tías se habían
quedado arriba, en la capilla.
En la cripta reinaba un ambiente frío y húmedo, pero no era desagradable.
Estaba empapado en sudor y el brazo me dolía de sostener el pesado
candelabro de oro.
Por fin mis hermanos y yo nos sentamos en el suelo, en un extremo de la
cámara. El tacto frío de la piedra me tranquilizó.
En el intervalo de nuestro silencio colectivo percibí a través del recio suelo
unos alaridos, unos gritos atroces de terror pánico, unas pisadas apresuradas e
incluso los angustiosos relinchos de los caballos. Daba la sensación de que los
caballos hubieran irrumpido en la misma capilla, lo cual no era imposible.
Me levanté y corrí hacia las otras dos puertas de la cripta, las cuales
conducían a las cámaras mortuorias o lo que fuera. ¡Qué me importaba a mí
cómo diantres se llamaran! Descorrí el cerrojo de una de las puertas, pero sólo
vi un pequeño pasadizo; no era lo bastante alto para que pasara yo ni lo
bastante ancho para que cupieran mis brazos.
Retrocedí sobre mis pasos, sin soltar la única vela de que disponíamos.
Mis hermanos permanecían con los  ojos clavados en el techo, aterrorizados,
escuchando los lastimeros gritos, que no cesaban.
—Huele a humo —murmuró Bartola, que tenía el rostro bañado en
lágrimas—. ¿No lo hueles, Vittorio? Oigo un ruido extraño.
Yo también lo oí y percibí el olor.
—Santiguaos y rezad —dije—. Confiad en mí. No tardaremos en salir de
aquí.
Pero el fragor de la batalla era incesante, al igual que los gritos. De
improviso, de forma tan impresionante y aterradora como sonara el estrépito de
la pelea, se hizo el silencio.
Un silencio absoluto, demasiado total para interpretarlo como una señal
de victoria.
Bartola y Matteo se aferraron a mí, uno a cada lado.
En esto se oyó un ruido que provenía del piso superior, como si alguien
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
hubiera abierto de golpe la puerta de la capilla. De pronto se alzó la trampa de
la cripta y vi una oscura silueta, alta y esbelta, con una larga mata de pelo,
iluminada por el resplandor del fuego que ardía arriba.
Al abrirse la trampa se produjo una ráfaga de aire que apagó la vela que
yo sostenía.
Salvo por el infernal destello de las llamas, estábamos sumidos en la más
completa y despiadada oscuridad.
De nuevo distinguí la figura de una mujer, alta, de porte majestuoso, con
una espléndida y larga cabellera y una cintura tan diminuta que habría podido
rodearla con mis manos. La figura descendió por la escalera como si volara,
sigilosamente, y se precipitó hacia mí.
¿Quién diantres era esa mujer y qué hacía allí?
Antes de darme tiempo a desenvainar la espada para defenderme de la
agresora, o pensar siquiera con claridad, sentí sus suaves senos rozar mi pecho
y el tacto fresco de su piel cuando hizo ademán de rodearme el cuello con los
brazos.
Se produjeron unos instantes de inexplicable y sensual confusión al
percibir el perfume de su cabello y su vestido y tuve la impresión de ver el
blanco reluciente de sus ojos cuando la mujer me miró.
En éstas oí gritar a Bartola, y luego a Matteo.
Caí al suelo.
Contemplé el resplandor del fuego que ardía arriba.
La mujer agarró con un brazo en apariencia frágil a Bartola y Matteo,
quienes se debatían en un intento de soltarse, y tras detenerse para mirarme se
precipitó escaleras arriba y desapareció bajo el resplandor de las llamas.
Yo desenvainé la espada con ambas manos y corrí tras la mujer. Al
penetrar en la capilla vi que ella, haciendo uso de unos poderes demoníacos,
había logrado alcanzar la puerta, una hazaña prácticamente imposible, mientras
mis hermanos no paraban de gritar:
—¡Vittorio, Vittorio!
De todas las ventanas superiores de la capilla surgían llamas, al igual que
del rosetón que había sobre el crucifijo.
—¡En el nombre de Dios, detente! —grité—. ¡Cobarde, ladrona!
Corrí tras ella y, ante mi estupor, la mujer se detuvo y se volvió para
mirarme de nuevo. Esta vez contemplé cada detalle de su refinada belleza. El
rostro era un óvalo perfecto; los ojos, de color gris, reflejaban una mirada
benévola y la blanca tez semejaba la más fina laca china. Tenía los labios rojos,
demasiado perfectos para que un pintor los dibujara a capricho, y el cabello,
largo y rubio ceniza, al cual el resplandor del fuego confería un tono gris
semejante al de sus ojos, le caía, espléndido, por la espalda. Su ropa, aunque
tenía unas manchas que parecían de sangre, era del mismo color burdeos que
la vestimenta del malvado forastero que se había presentado la víspera en
nuestra casa.
La mujer se limitó a observarme con una extraña expresión de tristeza. En
la mano derecha sostenía la espada en alto, pero no se movió. De improviso
relajó su poderoso brazo izquierdo y soltó a mis hermanos.
Ambos cayeron al suelo entre sollozos.
—¡Demonio! ¡Strega!—grité.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Entonces salté por encima de Bartola y Matteo y me lancé sobre la mujer
blandiendo mi espada.
Pero ella se zafó con tal habilidad y rapidez que ni siquiera me di cuenta.
Me parecía increíble que se hubiera alejado tanto en una fracción de segundos.
La mujer bajó la espada, me miró, y luego contempló a mis hermanos, que no
cesaban de llorar.
De pronto volvió la cabeza. Percibí un grito sibilante, seguido de otro y
otro más. A través de la puerta de la capilla apareció, como surgido del mismo
fuego del infierno, un individuo que también vestía de rojo y se cubría con una
capa de terciopelo provista de una capucha; calzaba unas botas ribeteadas de
oro. Alcé la espada dispuesto a atacarlo, pero el extraño me apartó de un
empellón y al instante decapitó a Bartola y luego a Matteo, que gritó
aterrorizado.
Enloquecí. Bramé de dolor. El extraño hizo ademán de arrojarse sobre mí,
pero la mujer lo contuvo con firmeza.
—Déjalo en paz —ordenó con una voz dulce y clara.
Él se alejó. Ese asesino, ese demonio encapuchado y con botas ribeteadas
de oro, se volvió hacia ella y exclamó:
—¿Acaso has perdido el juicio? Mira el cielo. ¡Vámonos, Úrsula!
Pero ella no se movió. Siguió mirándome de hito en hito.
Entre sollozos e imprecaciones, empuñé mi espada y me arrojé de nuevo
sobre la mujer. Esta vez la hoja se abatió sobre su brazo derecho,
amputándoselo por debajo del codo. El miembro, blanco, menudo y en
apariencia frágil, como el resto del cuerpo, cayó al suelo enlosado junto a la
pesada espada de la mujer. De la herida brotó un chorro de sangre.
Ella observó brevemente la herida, y luego me miró con esa conmovedora
expresión de tristeza, desconsolada, casi desesperada.
Alcé de nuevo la espada.
—¡Strega! —grité entre dientes, intentando ver a través de mis lágrimas—.
¡Strega!
Pero en un nuevo alarde de sus poderes demoníacos, la mujer se alejó de
mí como impulsada por una fuerza invisible. En su mano izquierda sostenía la
derecha, que todavía sujetaba la espada, como si aún estuviera adherida al
brazo. A continuación adhirió el miembro que yo le había amputado. La
observé. Vi cómo colocaba de nuevo el brazo en su lugar, ajustándolo hasta
que quedó encajado a la perfección, y comprobé estupefacto que la herida
producida por mi espada había cicatrizado sobre la nívea piel.
Después la manga acampanada del suntuoso vestido de terciopelo cayó
de nuevo sobre su brazo, cubriéndolo hasta la muñeca.
La mujer abandonó la capilla en un abrir y cerrar de ojos. Vi su silueta
recortada sobre los lejanos fuegos que ardían en las ventanas de las torres. La
oí murmurar:
—Vittorio.
Luego se desvaneció.
Comprendí que era inútil perseguirla. Pero salí a la carrera de la capilla,
blandiendo mi espada, gritando de rabia y .amargura y profiriendo amenazas
contra el mundo entero, cegado por las lágrimas y sintiendo una opresión en la
garganta que casi me impedía respirar.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Todo se hallaba en silencio. Todos estaban muertos. Muertos. Estaba
convencido de ello. El patio aparecía sembrado de cadáveres.
Entré de nuevo en la capilla. Recogí la cabeza de Bartola y la de Matteo,
me senté con ellas sobre mis rodillas, y rompí a llorar.
Las cabezas cortadas de mis hermanos parecían vivas: los ojos relucían y
los labios se movían en un vano intento de hablar. ¡Dios mío! Era un tormento
superior a lo que un ser humano es capaz de soportar. Sollocé.
Maldije.
Coloqué las cabezas de mis hermanos una junto a la otra, sobre mis
rodillas, y les acaricié el pelo y las mejillas al tiempo que susurraba unas
palabras de consuelo, asegurándoles que Dios se hallaba junto a nosotros, que
no nos abandonaba, que Dios cuidaría siempre de nosotros, que nos
encontrábamos en el cielo. «¡Te lo imploro, Señor! —oré con toda mi alma—.
No permitas que sientan, que permanezcan conscientes. ¡Eso no! No lo resisto.
No. ¡Te lo suplico!»
Por fin, al alba, cuando el sol penetró a raudales por la puerta de la
capilla, cuando los fuegos se apagaron; cuando los pájaros comenzaron a
cantar como si nada hubiera ocurrido, las pequeñas e inocentes cabezas de
Bartola y Matteo quedaron inertes, inmóviles, sin duda muertas, y sus almas
inmortales abandonaron los cuerpos, como si no lo hubieran hecho en el
momento en que la espada separó las cabezas de los troncos.
Hallé a mi madre asesinada en el patio. Mi padre, cubierto de heridas en
las manos y los brazos, como si hubiera aferrado las espadas que lo habían
abatido, yacía muerto en la escalera de la torre.
La operación se había desarrollado con rapidez. Gargantas sajadas, y
algunas pruebas, como en el caso de mi padre, de la feroz resistencia que
opusieron las víctimas.
No habían robado nada. Mis tías, dos de las cuales yacían muertas en un
rincón de la capilla, y las otras dos en el patio, lucían todas sus sortijas y
collares y diademas en el pelo.
No habían arrancado ni uno solo de los botones hechos con piedras
preciosas.
Todo el recinto ofrecía el mismo panorama.
Los caballos habían desaparecido, el ganado se había refugiado en el
bosque, los pollos habían volado. Abrí el pequeño cobertizo donde guardaba
mis halcones de caza, les quité la capucha y dejé que volaran hacia el bosque.
No había nadie que me ayudara a enterrar a los muertos.
Antes del mediodía, arrastré a todos los miembros de mi familia, uno por
uno, hasta la cripta, los arrojé sin miramientos por la escalera y coloqué sus
cadáveres uno junto a otro.
Fue una tarea agotadora. Me sentía tan débil que por poco pierdo el
conocimiento mientras disponía los cuerpos de cada persona, mi padre el
último.
Era imposible que yo enterrara a todas las personas que habían muerto en
el recinto del castillo. Por otra parte, lo que había sucedido en las últimas horas
podía volver a ocurrir, pues yo seguía vivo y había un demonio que lo sabía, un
salvaje asesino encapuchado que había matado a dos niños sin piedad alguna.
Yo ignoraba la naturaleza de aquel ángel exterminador, esa exquisita
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Úrsula, con sus mejillas levemente sonrosadas, su largo cuello y los hombros
bien torneados. Cabía la posibilidad de que regresara para vengarse de la
ofensa que yo le había inferido.
Debía abandonar la montaña.
Intuí que esos seres no se hallaban presentes. Lo presentí en mi corazón y
debido a la pureza del sol cálido y amable, pero también porque había
presenciado su huida; les había oído comunicarse entre ellos por medio de
silbidos y había oído al demonio varón exhortar a la mujer, Úrsula, a alejarse
con premura.
No, eran criaturas de la noche.
De modo que tenía tiempo de subir a la torre más alta y escrutar el
terreno que rodeaba el castillo.
Y eso hice. Comprobé que nadie pudo ver el humo que surgía de nuestros
suelos de madera en llamas y nuestros muebles abrasados. El castillo más
próximo estaba en ruinas, como ya he dicho. Las aldeas que se hallaban más
abajo estaban desiertas desde hacía mucho.
La población importante más cercana distaba una jornada de camino a
pie, y yo debía partir de inmediato si quería llegar a un lugar donde ocultarme
al anochecer.
Mil pensamientos me atormentaban. Yo sabía demasiadas cosas. Era un
muchacho; no podía hacerme pasar por un hombre hecho y derecho. Tenía
depositada una fortuna en los bancos florentinos pero éstos se hallaban a una
semana de viaje a caballo. Esos seres eran demonios. Pero habían penetrado
en una iglesia. Habían asesinado a Fra Diamonte.
Sólo pensaba en una cosa.
En vengarme. Conseguiría atraparlos. Daría con ellos y los atraparía. Y si
ellos no podían mostrarse a la luz del día, ésa sería la forma en que los
capturaría. Juré hacerlo. Por Bartola, por Matteo, por mi padre y mi madre, por
el niño más humilde que esos seres habían raptado de mi montaña.
Se habían llevado a los niños. Sí, habían sido ellos. Lo comprobé antes de
partir, pues debido a los muchos problemas que me preocupaban tardé unos
minutos en comprenderlo, pero no cabía duda de que habían sido ellos. No vi
un solo cadáver de niño, sólo habían asesinado a chicos de mi edad; a los más
jóvenes se los habían llevado.
¿Para qué? ¿Con qué horrendo propósito? Yo estaba fuera de mí.
Permanecí un buen rato ensimismado frente a la ventana de la torre, con
los puños crispados y jurando vengarme de ellos, cuando de pronto vi algo que
me arrancó de mis sombrías reflexiones. En el valle cercano al castillo vi a tres
de mis caballos vagando sin rumbo, como deseando que alguien los condujera
de regreso a casa.
Al menos podía montar uno de mis mejores corceles, pero no había
tiempo que perder. Con un caballo quizás alcanzara la población al anochecer.
Yo no conocía el terreno al norte. Era una región montañosa, pero había oído
decir que no lejos de aquí había una población bastante grande. Tenía que
alcanzarla, para refugiarme en ella, para pensar y consultar con un sacerdote
sensato que conociera todo lo relativo a los demonios.
Mi última tarea me resultó tan ignominiosa como repulsiva, pero no dejé
de llevarla a cabo. Reuní todos los tesoros que podía transportar.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
En primer lugar me dirigí a mi habitación, como si se tratara de un día
cualquiera, me vestí con mi mejor traje de cazador de seda y terciopelo verde,
calcé unas botas de caña alta y tomé mis guantes. Después de coger las
alforjas de cuero que podía asegurar a la silla de montar, bajé a la cripta y
despojé a mis padres, mis tías y mis tíos de las sortijas, collares y broches que
habían atesorado, así como de las hebillas de oro y plata procedentes de Tierra
Santa. Rogué a Dios que me perdonara por el sacrilegio.
A continuación llené mi talego con todos los ducados y florines de oro que
hallé en los cofres de mi padre, como si fuera un ladrón, un saqueador de
cadáveres. Tras echarme las pesadas alforjas al hombro, fui en busca de mi
montura, le coloqué la silla y las bridas y me dispuse a partir, debidamente
armado y ataviado como un hombre de rango, con una capa ribeteada de visón
y un gorro florentino de terciopelo verde, en dirección al bosque.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
4
Donde tropiezo con otros misterios, soy víctima de una seducción
y condeno mi alma a un amargo valor
Yo estaba demasiado lleno de rencor para pensar con sensatez, como ya
he explicado y sin duda comprenderá el lector. Pero fue una imprudencia por mi
parte cabalgar a través de los bosques de Toscana ataviado como un noble
acaudalado, y solo, pues los bosques en Italia estaban infestados de bandidos.
Por otra parte, el hacerme pasar por un hombre de letras pobre tampoco
habría sido atinado.
Lo cierto es que no tomé una decisión meditada. Mi única obsesión era
vengarme de los demonios que nos habían destruido.
Así pues, a media tarde partí a caballo, procurando ceñirme a los caminos
del valle mientras me alejaba de nuestras torres, intentando no gimotear como
un niño, pero viéndome obligado una y otra vez a adentrarme en el terreno
montañoso.
Me sentía confuso. Y el paisaje no me daba opción a ordenar mis
pensamientos.
Jamás había contemplado un paraje tan desolado.
Al cabo de poco llegué a dos gigantescos castillos en ruinas, cuyas
albardillas y bastiones habían sido engullidos por el codicioso bosque, lo cual
me hizo pensar que esas fortalezas debían de haber pertenecido a unos señores
feudales que habían cometido la torpeza de resistirse al poder de Milán o
Florencia. Eso me llevó a dudar de mi cordura, me hizo pensar que no
habíamos sido aniquilados por unos demonios sino que el ataque lo habían
perpetrado unos enemigos vulgares y corrientes.
Era deprimente contemplar las derruidas almenas recortándose sobre un
cielo límpido y despejado, y tropezarme con restos de aldeas cubiertos de
hierbajos, con sus destartaladas chozas y altares situados en los cruces de
caminos, donde unas vírgenes o santos de piedra quedaban ocultos por las
telarañas y las sombras.
Cuando distinguí a lo lejos, sobre una colina, una población fortificada,
comprendí que era milanesa, y yo no tenía la menor intención de subir allí. ¡Me
había extraviado!
En cuanto a los bandidos, sólo me topé con una pequeña y ridícula
cuadrilla de salteadores, a quienes abrumé con mi incesante parloteo.
Más que atemorizarme, aquella banda de idiotas me procuraron una
amena distracción. La sangre corría por mis venas a tal velocidad como mi
lengua:
—Me he adelantado al grupo de cien hombres que encabezo —declaré—.
Perseguimos a una banda de forajidos que afirman luchar para Sforza, pero en
realidad son unos violadores y unos ladrones. ¿Los habéis visto? Os daré un
florín a cada uno de vosotros, si me facilitáis alguna información. Acabaremos
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
con ellos en cuanto les echemos el ojo. Estoy cansado. Estoy harto de andar
tras ellos.
Tras estas palabras, les arrojé unas monedas.
Los bandidos pusieron pies en polvorosa. Pero no antes de informarme,
refiriéndose a la comarca que nos circundaba, de que la población florentina
más cercana era Santa Maddalana. Se hallaba a dos horas de camino y cerraba
sus puertas por la noche; nadie podía traspasarlas, por más que intentara
convencer a los centinelas.
Yo fingí estar enterado de ello y comenté que me dirigía a un famoso
monasterio que estaba situado al norte, pero que me habría sido imposible
alcanzar. Luego les arrojé otro puñado de monedas y partí al galope,
indicándoles que fueran al encuentro de los hombres que me seguían, los
cuales también les pagarían por el servicio.
Durante todo el rato presentí que los bandidos sopesaban la posibilidad de
matarme y apoderarse de lo que llevara encima. Mi única defensa era mirarlos
sin pestañear, recurrir a las baladronadas y no ceder un ápice de terreno, con
lo cual conseguí librarme de una muerte segura a manos de aquellos rufianes.
Me alejé a toda velocidad, para desviarme de la carretera principal y
dirigirme hacia las laderas desde las que distinguí a lo lejos la borrosa silueta de
Santa Maddalana. Era una población grande. Vi cuatro imponentes torres que
se erguían junto a las puertas de la población, y los campanarios de unas
iglesias.
Yo había confiado en alcanzar una población más pequeña y menos
fortificada. Pero no recordaba el nombre de ninguna y estaba demasiado
cansado y perdido para ponerme a buscar otro lugar donde refugiarme.
El sol de la tarde resplandecía pero comenzaba a declinar. Tenía que
llegar cuanto antes a Santa Maddalana.
Cuando alcancé la montaña sobre la que se elevaba la población, ascendí
por los estrechos y empinados caminos que utilizaban los pastores.
La luz diurna se extinguía con rapidez. El bosque era demasiado espeso
para ofrecer reposo junto a una población fortificada. Maldije a los habitantes
por no desbrozar el monte, aunque así podía ocultarme entre los árboles.
En ciertos momentos, mientras cabalgaba entre las densas sombras, temí
no alcanzar la cima; las estrellas iluminaban un cielo resplandeciente y zafirino,
lo cual hacía que la venerable y majestuosa población me pareciera aún más
inaccesible.
Al poco rato la implacable noche cayó sobre los gruesos troncos de los
árboles; yo seguí avanzando, confiando en el instinto de mi caballo más que en
mi capacidad de ver en la oscuridad. La pálida luna menguante parecía estar
enamorada de las nubes. El firmamento se reducía a unos fragmentos que yo
divisaba a duras penas a través del espeso follaje.
De pronto recé a mi padre, como si éste se hallara a salvo entre los
ángeles guardianes que me rodeaban. Creía en él y en su presencia con más
convencimiento de lo que jamás había creído en los ángeles.
—Te lo suplico, padre —dije—. Sácame de aquí. Ayúdame a alcanzar un
lugar seguro, no permitas que esos demonios me impidan vengar vuestra
muerte.
Aferré con firmeza la empuñadura de mi espada. Recordé que llevaba
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
unos puñales ocultos en las botas, en la manga, en la chaqueta y en el
cinturón. Achiqué los ojos, intentando distinguir los objetos que me rodeaban a
la luz del firmamento, y confié en que mi montura se abriera camino entre los
gruesos troncos de los árboles.
De vez en cuando me detenía. Pero no percibí ningún sonido sospechoso.
¿Qué otra persona sería tan imprudente como para cabalgar por el bosque a
aquellas horas de la noche? De pronto, hacia el fin de mi odisea, di con la
carretera principal. El bosque se aclaró, y dio paso a unos campos y prados; yo
espoleé a mi montura y avancé a galope por la serpenteante carretera.
Por fin vislumbré la población. Se irguió ante mis ojos al doblar el último
recodo, y tuve la sensación de caer a los pies de una mágica fortaleza. Emití un
profundo suspiro de alivio y gratitud, pese a que las gigantescas puertas
estaban cerradas a cal y canto, como para impedir la entrada a un ejército
hostil que hubiera acampado frente a las mismas. Éste debía de ser mi paraíso.
Como es lógico el centinela, un adormilado soldado que me increpó desde
su puesto de guardia, deseaba conocer mi identidad.
De nuevo el esfuerzo de inventarme una respuesta convincente logró que
olvidara por unos instantes las atropelladas e incontrolables imágenes de la
demoníaca Úrsula y su brazo cortado, y de los cuerpos decapitados de mi
hermano y mi hermana, postrados en el suelo de la capilla, mostrando un gesto
de estupor. En tono humilde pero con vocabulario pretencioso, respondí que
era un hombre de letras empleado por Cosme de Médicis y había venido en
busca de unos libros en Santa Maddalana, concretamente unos libros antiguos
de oraciones a propósito de los santos y las apariciones de la Virgen María en
esa región. Qué disparate.
Estaba ahí, afirmé, para visitar las iglesias, las escuelas y a los viejos
maestros que habitaran en esa población, y llevarme conmigo lo que pudiera
adquirir con los florines de oro que mi patrón me había entregado en Florencia.
—¡Su nombre, su nombre! —insistió el soldado al tiempo que abría unos
centímetros una pequeña puerta inferior y sostenía en alto su linterna para
examinarme.
Yo sabía que ofrecía una buena estampa montado sobre mi caballo.
—De' Bardi —repuse—. Antonio De' Bardi, pariente de Cosme —declaré
sin pestañear, nombrando la familia de la esposa de Cosme porque era el único
apellido que recordé en esos momentos—. Toma, buen hombre, acepta este
dinero que te ofrezco para que disfrutes de una buena cena con tu esposa. Es
muy tarde y estoy agotado.
La puerta se abrió. Yo desmonté para conducir a mi caballo con la cabeza
agachada a través de la misma hasta llegar a una plaza en cuyos adoquines
resonaban nuestras pisadas.
—¿Qué diablos hacías en el bosque, solo, a estas horas de la noche? —
preguntó el centinela—. ¿No sabes que es muy peligroso? Eres muy joven para
andar por estos parajes. ¿Cómo se les ocurre a los De' Bardi dejar que sus
secretarios viajen sin escolta por esta región? —El centinela se embolsó el
dinero que le entregué—. ¡Si eres una criatura! Alguien podía haberte asesinado
para robarte esos botones tan valiosos. ¿Acaso has perdido el juicio?
Era una plaza enorme, rodeada por varias calles que desembocaban en
ella. «¡Buena suerte!», me deseé a mí mismo. ¿Pero y si los demonios se
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hallaban allí? Yo no tenía ni remota idea de dónde vivían o se ocultaban esos
seres. No obstante, dije:
—Yo tengo la culpa. Me extravié. Si me denuncias tendré problemas —
dije—. Indícame dónde está la posada. Estoy muy cansado. Toma este dinero,
no, no tómalo. —Le di otro puñado de monedas—. Extravié el camino. No hice
caso a quienes me aconsejaron que no partiera solo. Estoy a punto de
desmayarme. Necesito unos tragos de vino, comer y acostarme. Toma, buen
hombre, no, no, no, insisto en que aceptes estas monedas. Considéralo una
recompensa de los De' Bardi por  tu amabilidad.
 El hombre tenía los bolsillos repletos de las monedas que yo le había
entregado, y se guardó las últimas en el interior de su camisa. Luego me
condujo a la luz de su antorcha hasta la posada. Aporreó la puerta con
insistencia y al cabo de unos momentos nos abrió una anciana de rostro
amable, quien aceptó encantada las monedas que deposité en su mano para
que me alquilara una habitación.
—Le agradecería que estuviera situada en el piso superior, desde donde
se contemple el valle —dije—. Y  que me sirva algo de cena, aunque esté fría.
 —No encontrarás libros en esta población —dijo el  centinela mientras yo
subía apresuradamente la escalera tras la anciana—. Todos los jóvenes se
marchan; es un lugar tranquilo, poblado de afables comerciantes. Hoy en día
los jóvenes se van para estudiar en las universidades. Pero es una población
encantadora para vivir, muy hermosa.
—¿Cuántas iglesias hay? —pregunté a la anciana cuando llegamos a la
habitación. Le pedí que me dejara la vela para alumbrarme durante la noche.
—Dos dominicas y una carmelita —contestó el centinela apoyándose en el
marco de la pequeña puerta—, y una iglesia franciscana muy bonita, que es la
que yo frecuento. Aquí nunca ocurre nada malo.
La anciana meneó la cabeza y le dijo que se callara. Luego depositó la
vela en un rincón y me indicó que podía quedármela.
Mientras el centinela seguía hablando, me senté en la cama, con la vista
fija en el infinito, hasta que la anciana me trajo un plato de cordero frío, un
poco de pan y una jarra de vino.
—Nuestras escuelas son muy estrictas —continuó el hombre.
La anciana le ordenó de nuevo que se callara.
—Nadie se atreve a causar problemas en este lugar —afirmó el centinela,
tras lo cual él y la anciana se marcharon.
Me lancé sobre la comida cono un animal. Lo único que pretendía era
recuperar las fuerzas. Estaba tan afligido que no podía pensar en degustarla.
Contemplé durante un rato un fragmento de cielo estrellado a través de la
ventana mientras imploraba con desespero a todos los santos y ángeles cuyos
nombres conocía que me ayudaran. Luego cerré la ventana.
Y eché el cerrojo a la puerta.
Tras asegurarme de que la vela estaba al abrigo de corrientes de aire, y
que era lo bastante grande para arder hasta que amaneciera, me dejé caer
sobre la estrecha y dura cama, demasiado agotado para quitarme las botas, la
espada, los puñales o lo demás. Pensé que no tardaría en sumirme en un sueño
profundo, pero permanecí despierto, lleno de odio y dolor, con el alma partida,
contemplando la oscuridad y sintiendo un regusto de muerte en la boca.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Oí unos sonidos abajo que indicaban que estaban dando de beber a mi
caballo, y unos solitarios pasos por la calle desierta. Cuando menos estaba a
salvo. Por fin caí plácidamente dormido. El entramado de nervios que me había
aprisionado y exasperado se disolvió, y me sumí en una oscuridad desprovista
de sueños. Fui consciente de ese dulce instante en que nada importa salvo
dormir para recobrar las fuerzas, sin temer sufrir una pesadilla, y luego nada.
Un ruido me devolvió a la realidad. Me desperté de inmediato. La vela se
había apagado. Eché mano de mi espada antes de abrir los ojos. Permanecí
inmóvil sobre el estrecho camastro, de espaldas a la pared, mientras
contemplaba la habitación, que estaba iluminada por un resplandor que de
momento no logré identificar. Miré la puerta cerrada con cerrojo, pero me era
imposible ver la ventana a menos que volviera la cabeza y alzara la vista; sin
embargo, estaba seguro de que alguien había penetrado a través de la ventana
pese a estar protegida por unos barrotes. El débil resplandor que incidía sobre
la pared provenía del firmamento. Era un resplandor débil, frágil, que se
proyectaba sobre el muro de la población y confería a mi pequeña habitación el
aire de un encarcelamiento.
Sentí una ráfaga de aire fresco en el cuello y en mis mejillas. Agarré la
espada con fuerza, atento, a la espera. Percibí unos pequeños crujidos. La
cama se había movido ligeramente, como si alguien ejerciera una presión.
Me esforcé en ver con claridad. De pronto la oscuridad lo engulló todo y
entonces surgió una silueta, una figura que se inclinó sobre mí, una mujer cuya
cabellera le caía sobre el rostro, y me miró a los ojos. Era Úrsula. Su rostro se
hallaba a un par de centímetros del mío.
Su mano fresca y suave aferró con una fuerza increíble la mano con la que
yo sujetaba la espada, al tiempo que sus pestañas me acariciaban la mejilla, y
me besó en la frente.
Me envolvió una extraña dulzura, pese al intenso odio que me reconcomía.
Un sórdido torrente de sensaciones penetró hasta mis entrañas.
—¡Strega! —le espeté.
—Yo no los maté, Vittorio. —La voz era implorante pero poseía una
dignidad y una fuerza melodiosa, aunque no era potente; era una voz de timbre
juvenil y femenino.
—Tú ibas a llevártelos —repliqué.
Hice un movimiento brusco con el fin de liberarme, pero ella me sujetó
con fuerza, y cuando intenté alzar el brazo izquierdo, que estaba atrapado bajo
mi peso, Úrsula me asió por la muñeca, impidiendo que me moviera. Luego me
besó.
Aspiré el magnífico perfume que emanaba de su persona y que ya había
percibido con anterioridad; el roce de su cabello sobre mi rostro me provocó
unos lascivos escalofríos.
Traté de volver la cabeza, y ella me rozó la mejilla con los labios,
levemente, casi con respeto.
Sentí su cuerpo oprimido contra el mío: la turgencia de sus pechos debajo
del costoso tejido, la suavidad del esbelto muslo junto a mí sobre el lecho, la
lengua lamiendo mis labios.
Los escalofríos que recorrían mi cuerpo me tenían inmovilizado,
humillándome y atizando la pasión que ardía en mi interior.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Apártate de mí, strega —murmuré.
Pese a la furia que me embargaba, no logré contener el deseo que
lentamente había hecho presa en mí; fui incapaz de detener las exquisitas
sensaciones que se deslizaban sobre mis hombros, mi espalda y a través de mis
piernas.
Sus pupilas resplandecían; el parpadeo de sus ojos constituía más una
sensación que un espectáculo que yo pudiera contemplar con mis propios ojos.
Oprimió de nuevo sus labios sobre los míos y succionó mi boca, lamiéndola;
luego se apartó y apoyó la mejilla en mi rostro.
Su piel, semejante a la porcelana, era más suave que una pluma. ¡Ah!
Toda ella semejaba una muñeca confeccionada con los más sensuales y
mágicos materiales, más dúctil que un ser de carne y hueso y, sin embargo,
ardiente; de su cuerpo emanaban unas rítmicas pulsiones de pasión que me
transmitía a través de sus fríos dedos al acariciarme la muñeca y de su lengua
ardiente que exploraba mi boca, pese a mi resistencia, con una húmeda,
deliciosa y vehemente fuerza contra la que yo nada podía hacer.
En mi mente confusa cobró forma la noción de que Úrsula utilizaba mi
ardiente deseo para dejarme inerme; la locura carnal me había reducido a un
cuerpo articulado por unos hilos metálicos que conducían el fuego que ella
vertía en mi boca.
Úrsula retiró la lengua de mi boca y me succionó de nuevo los labios.
Sentí un cosquilleo en todo el rostro. Mi cuerpo entero luchaba contra ella y al
mismo tiempo pugnaba por tocarla, sí, por abrazarla y a la vez por rechazarla.
Ella aprovechó la evidencia de mi deseo, que yo no podía ocultar. La
odiaba.
—¿Por qué? ¿Para qué? —protesté, apartando la boca.
Cuando alzó la cabeza, la cabellera se le desparramó sobre las mejillas. Yo
experimenté un placer sobrehumano que apenas me dejaba respirar.
—Apártate —dije—, regresa al infierno. ¿Por qué te compadeces de mí?
¿Por qué me haces esto?
—No lo sé —respondió ella con una voz bien modulada pero trémula—.
Quizá no deseo que mueras —dijo, respirando junto a mi pecho. Sus palabras
brotaban tan rápidas como su acelerado pulso—. Quizá sea más que eso —
añadió—. Tal vez deseo que vayas al sur, a Florencia, que te alejes de aquí y
olvides todo cuanto ha sucedido, como si se tratara de una pesadilla o los
conjuros de unas brujas, como si esto jamás hubiera ocurrido. Debes marcharte
de aquí, ahora.
—¡No quiero oír tus asquerosas mentiras! —espeté—. ¿Crees que seguiré
tus consejos? ¡Asesinaste a mi familia, tú y tus malditos secuaces,
quienesquiera que seáis!
Ella inclinó la cabeza, dejando que su cabello cayera sobre mí como una
trampa. Intenté liberarme, pero fue en vano. Me hallaba en su poder.
Todo era oscuridad, y una suavidad indescriptible. Sentí de pronto una
pequeña punzada en el cuello, como un alfilerazo, y una apacible dicha invadió
mi mente.
Tuve la sensación de haber caído en un prado lleno de flores barrido por
el viento, lejos de aquel lugar y de todas mis desgracias, y ella estaba junto a
mí, echada en silencio sobre unas maltrechas ramitas y unas resignadas
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azucenas. Úrsula, con su cabello suelto de color rubio ceniza, sonriendo y
mirándome con unos ojos seductores, apremiantes, fervorosos, quizás incluso
brillantes, como si lo nuestro hubiera sido un enamoramiento súbito y total del
espíritu y el cuerpo. Luego se montó sobre mí, observándome con una exquisita
sonrisa, y separó las piernas para que la penetrara.
Me sentí embargado por una delirante mezcla de elementos: el pliegue
húmedo y secreto que se contraía entre sus piernas y la abundante y silenciosa
elocuencia que emitía su mirada al tiempo que ella me contemplaba con
embeleso.
De pronto aquello cesó. La cabeza me daba vueltas. Noté sus labios sobre
mi cuello.
Intenté apartarla con todas mis fuerzas.
—Te destruiré —dije—. Lo juro. Aunque tenga que perseguirte hasta la
boca del infierno —murmuré.
La empujé con tal ímpetu que sentí mi carne ardiente contra la suya. Pero
ella no cedió. Traté de despejar mi mente. «¡No, alejaos de mí, dulces sueños,
no!»
—Aléjate de mí, bruja.
—Chist, calla —respondió ella con tristeza—. Eres joven, obstinado y muy
valiente. Yo también fui joven como tú. Sí, era un dechado de virtudes,
decidida, arrojada.
—No quiero oír tus malditas mentiras —repliqué.
—Calla —ordenó de nuevo—. Despertarás a toda la casa. ¿Y de qué te
habrá servido? —¡Cuan dolorida, sincera y seductora sonaba su voz en mis
oídos! Me habría seducido incluso hablándome a través de una cortina—. No
puedo protegerte siempre, ni siquiera durante mucho tiempo. Debes irte,
Vittorio.
Úrsula se apartó, permitiéndome así contemplar sus ojos grandes, dulces
y sinceros. Era una obra de arte. Esa belleza, el simulacro perfecto de la bruja
que yo había visto a la luz de las velas en la capilla, no necesitaba pociones ni
conjuros para apoyar su causa. Era un ser perfecto e íntimamente magnífico.
—Sí—confesó ella al tiempo que escrutaba mi rostro con sus ojos
semivisibles—. Posees una belleza que me conmueve —dijo—. Es injusto, muy
injusto. ¿Por qué debo padecer este tormento aparte de todo lo demás?
Yo pugné por deshacerme de su abrazo. No contesté. No quería alimentar
ese fuego enigmático e infernal.
—Vete de aquí, Vittorio —dijo ella bajando la voz, en un tono tan dulce
como insistente—. Dispones de unas noches, quizá ni siquiera eso. Si vuelvo a
por ti, te conduciré a ellos. Vittorio... No se lo cuentes a nadie en Florencia. Se
reirían de ti.
Tras estas palabras desapareció.
La cama crujió y se movió un poco. Yo permanecí tendido boca arriba; las
muñecas me dolían debido a la presión de sus manos. A través de la ventana se
filtraba una luz gris, mortecina; el muro junto a la posada se erguía hacia el
cielo, que yo no lograba ver desde la posición en que me hallaba.
Estaba solo en la habitación. Ella se había desvanecido.
De pronto obligué a mis miembros a moverse, pero antes de que me
levantara ella apareció de nuevo sobre la ventana, visible desde la cintura a la
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
parte superior de la cabeza, observándome. En éstas se llevó las manos al
pecho y desgarró el borde de su corpiño bordado, mostrando sus pechos
desnudos y blancos: diminutos, redondeados, muy juntos, los pezones erectos
sólo perceptibles por su oscuridad. Con la mano derecha se rascó el pecho
izquierdo, justo encima del pezón, haciendo que sangrara.
—¡Bruja!
Me levanté de un salto para abalanzarme sobre ella, con la intención de
matarla, pero ella me asió la cabeza y oprimió su seno izquierdo, irresistible,
frágil y a la vez firme, contra mi boca. Una vez más, todo lo real se esfumó
como el humo que brota de un fuego, y ambos nos hallamos de nuevo en aquel
prado que sólo nos pertenecía a nosotros, sólo a nuestros diligentes e
indisolubles abrazos. Succioné la leche de sus pechos como si ella fuera a la vez
doncella y madre, virgen y reina, al tiempo que yo rompía con mi ávido
miembro la flor que ella guardaba en su interior, dispuesta a ser desgarrada.
De pronto ella me soltó y caí. Inerme, incapaz de alzar siquiera una mano
para impedir que se alejara volando, caí, débil y estúpido, sobre mi cama, con
el rostro húmedo y las piernas temblando.
No podía incorporarme. Era incapaz de hacer nada. Vi en unos fugaces
destellos nuestro prado de delicadas azucenas blancas y rojas, las flores más
bellas de la Toscana, las azucenas silvestres de nuestra tierra, meciéndose
entre la hierba intensamente verde, y vi a Úrsula alejarse de mí corriendo. La
imagen era transparente, desdibujada, y no ocultaba la pequeña celda que
constituía mi habitación como sucediera antes, sino que permanecía suspendida
cual velo sobre mi rostro, para atormentarme con su cosquilleo y su ligera
suavidad.
—¡Conjuros! —musité—. ¡Dios mío, si me has asignado unos ángeles
guardianes, ordénales que me cubran con sus alas! —suspiré—. Los necesito.
Por fin, tembloroso y con la vista turbia, me incorporé. Me froté el cuello.
Sentí unos escalofríos que me recorrían la espalda y la parte posterior de los
brazos. Mi cuerpo estaba sacudido por el deseo.
Cerré los ojos, negándome a pensar en ella pero ansiando algún alivio,
alguna fuente de estimulación que calmara mis ardientes deseos.
Me recosté de nuevo y permanecí quieto hasta que la locura carnal se
disipó.
Volví a ser un hombre, precisamente por no haberme comportado con la
frivolidad de un hombre.
Me levanté a punto de llorar, tomé la vela y me dirigí a la sala principal de
la posada, procurando bajar la escalera de piedra sin hacer ruido. Encendí la
vela con el candil que colgaba de un gancho en la pared, a la entrada del
pasillo, y regresé a mi habitación, aferrándome a la seguridad que me
procuraba esa lucecita; protegí la oscilante llama con mi mano y recé para que
no se apagara. Luego deposité la vela en el suelo.
Me encaramé sobre la repisa de la ventana y miré a través de ella.
Nada, nada salvo la enorme distancia que me separaba del suelo, un
escarpado muro por el que una doncella de carne y hueso sería incapaz de
trepar, y en lo alto, el firmamento mudo y pasivo donde unas pocas estrellas
aparecían cubiertas por unas vaporosas nubes, como negándose a escuchar mis
oraciones y reconocer la penosa situación en la que me hallaba.
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Yo tenía la certeza de que iba a morir.
Caería víctima de esos demonios. Ella estaba en lo cierto. ¿Cómo iba a
vengarme de ellos? ¿Cómo lo conseguiría? Sin embargo yo confiaba a ciegas en
mi empeño. Creía en mi venganza con tanta firmeza como creía en ella, la bruja
a quien había tocado con mis propios dedos; esa que se había atrevido a
provocar un tremendo conflicto en mi alma, que había aparecido con sus
camaradas de la noche para asesinar a mi familia.
No lograba borrar las imágenes de la noche anterior: Úrsula de pie en la
puerta de la capilla, observándome perpleja. No conseguía eliminar su sabor de
mis labios.
Con sólo pensar en aquellos pechos sentía que mi cuerpo se debilitaba,
como si ella alimentara mi deseo con la leche de sus pezones.
«Haz que este tormento desaparezca —recé—. No puedes escapar, no
puedes ir a Florencia, no puedes vivir siempre con el recuerdo de la matanza
que presenciaste con tus propios ojos, eso es imposible, impensable. No
puedes.»
Rompí a llorar y entonces comprendí que de no haber sido por ella yo no
estaría vivo en esos momentos.
Fue ella, la bruja de cabello rubio ceniza a la que yo maldecía sin cesar,
quien había impedido que su camarada encapuchado me matase. ¡Habría sido
una victoria total!
De pronto me invadió una profunda sensación de calma. Si iba a morir, no
podía hacer nada para impedirlo. Sin embargo, antes los atraparía.
Tan pronto como amaneció, me levanté y di un paseo por la aldea,
portando las alforjas al hombro como si no contuvieran nada valioso. Recorrí
buena parte de Santa Maddalana; contemplé las callejuelas adoquinadas y
desprovistas de árboles, construidas hacía siglos, y los pintorescos edificios de
piedras enlucidas dispuestas de forma aleatoria, que quizá se remontaran a la
época romana.
Era una población maravillosamente pacífica y próspera.
Las fraguas ya habían abierto, al igual que los ebanistas y los fabricantes
de sillas de montar; había unos zapateros que confeccionaban elegantes
escarpines y recias botas, numerosos joyeros y orfebres, espaderos, fabricantes
de llaves, curtidores y peleteros.
Pasé frente a innumerables comercios de artesanía. Se podía adquirir todo
tipo de tejidos provenientes de Florencia, supongo, encaje del norte y el sur, y
especias de Oriente. Los carniceros ofrecían un gran surtido de carne, debido a
la abundancia de ganado que había en la zona. Pasé frente a numerosas
vinaterías, las dependencias de un par de atareados notarios, escritores de
cartas y demás, y médicos o, mejor dicho, boticarios.
Unos carros atravesaron las puertas de la población, y en las calles se
formó un pequeño gentío antes de que el sol cayera a plomo sobre los tejados
y los adoquines que pisé mientras ascendía la cuesta.
Las campanas de las iglesias tocaban a misa y vi un gran número de
escolares pasar junto a mí de forma apresurada, pulcros y bien vestidos; dos
pequeños grupos entraron escoltados por unos monjes en las iglesias, que eran
muy antiguas y no presentaban ornamento alguno en la fachada, salvo las
estatuas que alojaban unos nichos —santos con los rasgos borrados por el paso
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
del tiempo—, cuyas piedras reparadas sin duda habían padecido los frecuentes
terremotos que asolan esta región.
Pasé frente a dos modestas librerías en las que no hallé ningún volumen
que me interesara, salvo los acostumbrados devocionarios, pero eran muy
caros. Dos mercaderes vendían unos artículos exquisitos procedentes de
Oriente. Había también numerosos vendedores de alfombras, los cuales
ofrecían una enorme variedad de objetos artesanales y suntuosas alfombras de
Bizancio.
Una gran cantidad de dinero cambiaba rápidamente de manos. Me crucé
con numerosas personas bien vestidas que exhibían sus elegantes atuendos.
Daba la impresión de ser una población autosuficiente, aunque vi algunos
viajeros que ascendían la colina y percibí el eco de los cascos de sus monturas
entre los desvencijados muros. Incluso me pareció divisar en la lejanía un
convento abandonado y fortificado.
Pasé frente a otras dos posadas, y mientras recorría algunas callejuelas
apenas transitables comprobé que la población tenía tres calles importantes, las
cuales discurrían en sentido paralelo colina arriba y abajo.
En el extremo opuesto se hallaban las puertas de la población, a través de
las cuales había entrado yo, y en la plaza acababa de abrir el inmenso mercado
de frutas y hortalizas.
Sobre la colina se erguía la fortaleza o castillo en ruinas donde antaño
habitaba el señor feudal, una gigantesca mole de vetustas piedras de la que
sólo era visible una parte desde la calle, y en las plantas inferiores de ese
edificio se hallaban instaladas las oficinas municipales.
Había varias placitas y unas fuentes antiguas y casi en ruinas, pero de las
que aún manaba agua. Reparé en unas ancianas ajetreadas que caminaban con
sus cestas de la compra y sus toquillas pese al calor; y vi a unas hermosas
muchachas que me observaron sin recato, todas ellas muy jóvenes. Pero yo no
quise saber nada de ellas.
Tan pronto como terminó la misa y comenzaron las clases en la escuela,
me dirigí a la iglesia dominica —la última y más imponente de las tres que vi—
y pregunté en el refectorio si podía hablar con un sacerdote. Deseaba
confesarme.
Apareció un sacerdote joven y apuesto, con un cuerpo bien formado, una
piel de aspecto saludable y un aire muy devoto, cuyas ropas blancas y negras
estaban impecablemente limpias. El sacerdote observó mi vestimenta, y mi
espada, me examinó de forma detenida pero respetuosa y, tomándome por un
personaje importante, me invitó a pasar a una pequeña estancia para la
confesión.
Era más amable que servil. En torno a su pelada coronilla mostraba un
estrecho círculo de pelo corto y dorado; tenía unos ojos grandes, casi tímidos.
Se sentó, y yo me arrodillé junto a él sobre las baldosas del suelo y le
relaté la espantosa historia.
Con la cabeza gacha, se lo conté todo, pasando rápidamente de un tema
a otro, desde los primeros y extraños acontecimientos que habían despertado
mi curiosidad y preocupación, hasta las últimas palabras fragmentadas y
misteriosas de mi padre, y por último el ataque que habíamos sufrido y el
salvaje asesinato de todas las personas que se hallaban en el recinto del
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
castillo.
Cuando le relaté la muerte de mi hermano y mi hermana, comencé a
gesticular muy alterado, describiendo con las manos la forma de la cabeza de
mi hermano, respirando entrecortadamente e incapaz de serenarme.
Tras pronunciar la última palabra de mi relato, alcé la cabeza y comprobé
que el joven sacerdote me observaba con aflicción y horror.
No supe cómo interpretar su expresión. Lo mismo podía describir el
espanto de un hombre al ver un insecto que un batallón de desalmados
asesinos.
¿Qué era lo que esperaba yo, por el amor de Dios?
—Mire, padre, sólo le pido que envíe a alguien a la montaña y lo
compruebe por usted mismo —dije al tiempo que encogía los hombros y
extendía las manos en un gesto implorante—. ¡Eso es todo! Envíe a alguien
para que confirme mis palabras. No han robado nada, padre, no falta nada,
salvo lo que me he llevado yo. ¡Vaya a comprobarlo! Me consta que todo está
intacto, a excepción de lo que puedan haber robado los cuervos o los buitres
que merodeen por aquellos parajes.
El sacerdote no respondió. La sangre palpitaba en su joven rostro; tenía la
boca abierta y sus ojos traslucían una expresión de desconcierto y pesar.
¡Ah, esto era maravilloso! Un joven y melifluo sacerdote, a buen seguro
recién salido del seminario, acostumbrado a escuchar los perversos
pensamientos de las monjas y a los hombres que acudían a él una vez al año
para farfullar arrepentidos sobre los vicios de la carne porque sus esposas les
obligaban a cumplir el débito conyugal.
Me indigné.
—Está usted bajo el secreto del confesionario —dije, intentando no perder
la paciencia y mostrarme prepotente, como suelo hacer con los sacerdotes
estúpidos que logran enfurecerme—. Pero le autorizo, bajo el secreto de
confesión, a enviar a un mensajero a esa montaña para que compruebe con
sus propios ojos...
—Pero hijo mío —replicó el sacerdote con voz grave, expresándose con
inusitada decisión y firmeza—, ¿no comprendes que quizá fueran los mismos
Médicis quienes enviaron a esa cuadrilla de asesinos?
—No, no, padre —insistí meneando la cabeza—. Vi cómo se desprendía la
mano de esa diabólica criatura. Yo se la corté. Y vi cómo la colocaba de nuevo
en su lugar. Eran unos demonios. Escuche, esos seres son unos brujos salidos
del infierno, y son demasiados para que yo pueda vencerlos solo. No hay
tiempo para la incredulidad. No hay tiempo para dudas razonables. ¡Necesito la
ayuda de los dominicos!
El sacerdote meneó la cabeza y contestó sin titubear:
—Has perdido el juicio, hijo mío. Te ha ocurrido algo terrible, de eso no
cabe duda, y estás convencido de lo que dices. Pero no sucedió. Es fruto de tu
imaginación. Hay muchas viejas que afirman hacer conjuros...
—Ya lo sé —dije—. Reconozco a un alquimista o a una bruja vulgar y
corriente a la legua. No se trataba de unos conjuros caseros, padre, de las
maldiciones de unas viejas campesinas. Le aseguro que esos demonios
asesinaron a todas las personas que se encontraban en el castillo, en las
aldeas. ¿No lo entiende?
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Repetí al sacerdote mi historia, sin omitir detalle alguno, por atroz que
fuese. Le expliqué que Úrsula había entrado en mi habitación por la ventana,
pero de pronto comprendí que empeoraba las cosas insistiendo en mi
encuentro con Úrsula.
El hombre debió de pensar que yo había despertado de un sueño erótico y
había imaginado un maldito súcubo. Comprendí que el mío era un empeño
inútil.
Sentía una opresión en el pecho. Sudaba a raudales. Estaba perdiendo el
tiempo.
—Déme la absolución —dije.
—Deseo pedirle algo —repuso el sacerdote al tiempo que me tomaba la
mano.
El hombre estaba temblando. Se mostraba más asombrado y perplejo que
antes, y preocupado, según deduje, por mi estado mental.
—¿Qué? —pregunté con frialdad. Estaba impaciente por irme. Tenía que
encontrar un monasterio o a un maldito alquimista. En esa población había
alquimistas. Tenía que dar con alguien que hubiera leído las obras antiguas, las
obras de Hermes Trimegisto, Lactancio o san Agustín, alguien que estuviera
informado sobre las fuerzas demoníacas—: ¿Ha leído a santo Tomás de Aquino?
—pregunté, eligiendo al experto en demonología más conocido que se me
ocurrió en aquellos momentos—. Habla continuamente sobre demonios, padre.
¿Cree usted que hace un año yo mismo habría creído esto? Creía que la magia
era cosa de embaucadores de poca monta. ¡Le aseguro que esos seres eran
demonios! —insistí. No estaba dispuesto a ceder. Continué en tono áspero—:
En la Suma teológica, libro primero, santo Tomás se refiere a los ángeles
caídos, y afirma que algunos moran en la Tierra, de lo que se desprende que
todos esos ángeles caídos no están excluidos del plan natural divino. El Señor
permite que estén aquí, para que sean útiles, para que tienten a los hombres;
portan consigo el fuego del infierno. Lo dice santo Tomás. Están aquí. Tienen...
tienen... unos cuerpos que nosotros no comprendemos. Lo dice la Suma. Dice
que los ángeles poseen unos cuerpos que no alcanzamos a comprender. Eso es
lo que posee esa mujer. —Intenté recordar mi argumento inicial. Me esforcé en
expresarme en latín—. Eso es lo que ella hace, esa criatura diabólica. Es una
forma, una forma limitada, que yo no comprendo, pero estuvo allí; lo sé debido
a sus actos.
El sacerdote alzó la mano para pedirme paciencia.
—Hijo, te lo ruego —dijo—. Permite que confíe lo que me has confesado al
párroco. Compréndelo, él también estará obligado a observar el secreto de la
confesión, al igual que yo. Permite que le pida que entre y le cuente lo que me
has relatado, y que hable contigo. Pero no puedo hacerlo sin tu expresa
autorización.
—Ya lo sé —respondí—. Pero ¿de qué me servirá hablar con ese párroco?
Adopté una actitud arrogante, impertinente. Estaba agotado. Recurrí al
viejo truco del señor feudal de tratar a un sacerdote rural como si fuera un
sirviente. Éste era un hombre de Dios, me dije, tenía que dominarme. Si el
párroco era un hombre más instruido, quizá lo comprendiera. ¿Pero quién podía
comprender lo que no había visto?
Tuve una fugaz pero nítida y dolorosa imagen del rostro preocupado de mi
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padre la noche anterior al ataque de los demonios. El dolor era inenarrable.
—Lo lamento, padre —dije al fin. Pestañeé, intentando reprimir ese
recuerdo, el insoportable torrente de dolor y desesperación. ¡Qué sentido tenía
que los seres humanos viniéramos a este mundo!
Entonces recordé las palabras de mi exquisita torturadora, su atormentada
voz al decirme la noche anterior que ella también había sido joven, y un
dechado de virtudes. ¿Por qué se había expresado con tanta amargura al hablar
de sí misma?
Recordé también mis estudios de la obra de Aquino. ¿Acaso no dice el
santo que los demonios permanecen inmutables en el odio que experimentan
hacia nosotros? ¿En el orgullo que les llevó a pecar?
No era el caso de la sinuosa y sensual criatura que había aparecido ante
mí. Pero esto era una locura. Me estaba compadeciendo de ella, que era justo
lo que ella deseaba que hiciera. Yo disponía de pocas horas de luz diurna para
planificar su destrucción, y no había tiempo que perder.
—Está bien, padre, haré lo que desea —dije—. Pero antes bendígame.
Mis palabras sacaron al sacerdote de su ensimismamiento. Me miró como
si yo le hubiera sobresaltado.
De inmediato me impartió su bendición y su absolución.
—Proceda como quiera respecto al párroco —dije—. Pregúntele si puedo
hablar con él. Tome, para la iglesia —añadí entregándole unos ducados.
El joven sacerdote contempló el dinero. No lo tocó, sino que se quedó
mirando las monedas de oro como si fueran carbones encendidos.
—Tómelo, padre. Es una pequeña fortuna. Acéptelo.
—No, espera aquí..., o mejor, sal al jardín.
Se trataba de un jardín precioso, semejante a una pequeña y antigua
gruta, desde el que contemplé la población que se prolongaba por la derecha
hasta el castillo, y más allá de sus murallas vi las montañas. En el jardín había
una estatua de santo Domingo, una fuente, un banco de madera y unas
palabras esculpidas en la piedra referentes a un milagro.
Me senté en el banco. Contemplé el límpido firmamento y las virginales
nubes blancas, y traté de serenarme. ¿Era posible que estuviera loco? Eso era
ridículo.
El párroco me sobresaltó. Apareció a través de la pequeña puerta en arco
del refectorio. Era un hombre de edad avanzada, prácticamente calvo, con una
nariz menuda y bulbosa y unos ojos grandes y feroces. El joven sacerdote le
seguía a paso rápido.
—Vete de aquí —me dijo el párroco en voz baja—. Abandona esta
población. Márchate y no cuentes tus historias a nadie, ¿me has entendido?
—¿Cómo? —pregunté—. ¿Este es el consuelo que me ofrece?
Me miró enfurecido.
—Te lo advierto.
—¿Qué es lo que me advierte? —pregunté sin ni siquiera levantarme del
banco. El párroco siguió observándome con cara de pocos amigos—. Está
obligado a guardar el secreto de confesión. ¿Qué hará si no me marcho?
—No tengo que hacer nada —replicó—. Vete y llévate contigo tus
desgracias. —El anciano se detuvo, desconcertado, quizás avergonzado de
haber dicho algo de lo que se arrepentía. Rechinó los dientes y apartó la vista,
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pero al cabo de unos instantes se volvió de nuevo hacia mí—: Te ruego que te
vayas, por tu propio bien —murmuró. Miró al otro sacerdote y añadió—:
Retírate y deja que hable con él a solas.
El joven sacerdote, que parecía aterrorizado, se apresuró a obedecer.
Yo miré al párroco.
—Vete de aquí —me ordenó con voz grave y cruel, contrayendo la boca en
un rictus que dejaba al descubierto sus dientes inferiores—. Vete de Santa
Maddalana.
Yo le miré con desdén.
—Ha leído sobre esos seres, ¿no es cierto? —pregunté en voz baja.
—No seas loco —espetó—. Si te oyen hablar sobre demonios te quemarán
en la hoguera por brujo. ¿Crees que es imposible?
El párroco me miró con odio, un odio que no se molestó en ocultar.
—Pobre y miserable sacerdote —repliqué—, está aliado con el diablo.
—¡Fuera de aquí! —gritó el anciano.
Me levanté y le miré a los ojos, que parecían a punto de saltársele de las
órbitas, mientras su boca no cesaba de moverse en un gesto de protesta.
—No se atreva a violar el secreto de confesión, padre —le advertí—. Si lo
hace, lo mataré.
El anciano se quedó inmóvil, mirándome de hito en hito.
Yo sonreí con frialdad, salí por la puerta de la rectoría y me alejé.
Él corrió detrás de mí, hablando a borbotones:
—Lo has entendido todo al revés. Estás loco, son imaginaciones tuyas.
Trato de impedir que te persigan y vilipendien.
Al llegar a la puerta de la iglesia me volví y le observé hasta que guardó
silencio.
—Se ha delatado, padre —dije—. Es un ser despiadado. Recuerde lo que
he dicho. Si rompe el secreto de confesión, le mataré.
El anciano estaba tan aterrorizado como el joven sacerdote.
Contemplé largamente el altar, olvidando la presencia del párroco,
fingiendo que en mi mente no bullían mil pensamientos, que estaba urdiendo
un plan, cuando lo único que era capaz de hacer era soportar el dolor que me
embargaba. Luego me santigüé y salí de la iglesia.
Estaba desesperado.
Caminé durante un rato. De nuevo aquélla me pareció la población más
deliciosa que jamás había visto, con sus afables y diligentes comerciantes, las
calles adoquinadas y barridas, las lindas macetas en las ventanas y las gentes
bien vestidas que se apresuraban a atender sus asuntos.
Era el lugar más pulcro que había visto en mi vida, y el más apacible y
alegre. Las gentes trataban de venderme sus mercancías, pero sin insistir
demasiado. Sin embargo, en cierto aspecto era una población muy aburrida. No
había personas de mi edad, al menos yo no las vi. Y muy pocos niños.
¿Qué iba a hacer? ¿Adonde iría? ¿Qué andaba buscando?
No sabía cómo responder a mis preguntas, pero me mantuve alerta,
buscando alrededor algún indicio que confirmara que los demonios se ocultaban
allí, que Úrsula no me había encontrado en ese lugar, pero yo sí a ella.
El mero hecho de pensar en ella me produjo una fría y tentadora sacudida
de deseo. Imaginé sus pechos, sentí su sabor, vi en una imagen borrosa y
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fugaz el prado sembrado de flores. ¡No!
«Piensa. Trázate un plan.» En cuanto a los habitantes de esa población, al
margen de lo que supiera el sacerdote, eran demasiado íntegros para dar cobijo
a unos demonios.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
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El precio de la paz y el precio de la venganza
Cuando el calor se intensificó, entré en el tranquilo jardín de la posada
para degustar el copioso almuerzo que servían al mediodía y me senté solo bajo
una glicina, cuyas magníficas flores asomaban a través de la pérgola. Este lugar
estaba situado en el mismo sector que la iglesia dominica, y ofrecía una
espléndida vista de la parte izquierda de la población de las montañas.
Cerré los ojos y, apoyando los codos en la mesa, junté las manos y recé:
—Dios mío, dime qué debo hacer. Indícame el camino a seguir. —Luego
mi ánimo se serenó y aguardé mientras reflexionaba.
¿Qué opciones tenía?
¿Relatar esta historia en Florencia? ¿Quién iba a creerla? ¿Ir a ver a
Cosme y contársela? Aunque admiraba y confiaba en los Médicis, debía tener
presente un hecho. Yo era el único miembro de mi familia que estaba vivo. Sólo
yo tenía derecho a las fortunas que habíamos depositado en el banco de los
Médicis. No creía que Cosme negara mi firma ni mi identidad. Me entregaría lo
que me pertenecía, al margen de que yo tuviera parientes o no, pero no creería
la historia de los demonios. Acabaría preso en una cárcel de Florencia.
En cuanto a morir quemado en la hoguera acusado de brujería, era
posible. No probable. Pero sí posible. Podía ocurrir de forma repentina y
espontánea en una población como ésta: la gente comenzaba a murmurar, el
párroco local presentaba una denuncia y la multitud se echaba a la calle
vociferando para presenciar el espectáculo. Más de uno había corrido esa
suerte.
En aquel momento me sirvieron la comida, un opíparo almuerzo que
consistía en fruta fresca y cordero asado con salsa. Cuando me disponía a
mojar pan en la salsa y empezar a comer, aparecieron dos individuos que
preguntaron si podían sentarse a mi mesa e invitarme a una copa de vino.
Observé que uno de ellos era un franciscano, un sacerdote de aspecto
bondadoso, más pobre que los dominicos, lo cual supuse que era lógico, y el
otro un anciano que poseía unos ojillos vivarachos y unas cejas largas, blancas
y erizadas como si las hubiera untado con cola, al modo de un alegre duende
que quisiera divertir a los niños
—Te vimos entrar en la iglesia de los dominicos —dijo el franciscano con
tono quedo y una educada sonrisa—. Al salir parecías disgustado. ¿Por qué
intentas hablar con nosotros? —añadió al tiempo que me guiñaba el ojo. Luego
lanzó una carcajada. Era una broma inofensiva sobre la rivalidad que existía
entre ambas órdenes—. Eres un joven bien plantado. ¿Vienes de Florencia? —
preguntó.
—Así es, padre —contesté—. Estoy de viaje, aunque no conozco con
exactitud mi destino. He decidido quedarme aquí unos días. —Hablaba con la
boca llena, pero estaba tan hambriento que no cesaba de engullir—. Siéntense,
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hagan el favor.— Hice ademán de levantarme, pero ellos se sentaron antes de
que me pusiera de pie.
Pedí que nos trajeran otra jarra de vino tinto.
—No pudiste elegir un lugar más encantador —dijo el anciano, que parecía
muy sagaz—. Por eso me alegro de que Dios haya enviado a mi hijo de regreso
aquí, para que oficie en nuestra iglesia y viva junto a su familia.
—Ah, ¿de modo que son padre e hijo? —pregunté.
—Sí—respondió el padre—, y nunca pensé que viviría para ver tanta
prosperidad en esta población. Es prodigioso.
—En efecto, es una bendición de Dios —admitió el sacerdote con tono
ingenuo y sincero—. Es un auténtico milagro.
—Qué interesante. ¿Y cómo se ha producido ese milagro? —pregunté.
Les acerqué la bandeja de fruta, pero los dos dijeron que ya habían
comido.
—En mis tiempos padecimos numerosas desgracias —dijo el padre—, al
menos eso me parecía a mí. Pero ahora este lugar se ha convertido en un
paraíso. Jamás ocurre nada malo.
—Es cierto —apostilló el sacerdote—. Recuerdo que antiguamente había
unos leprosos que vivían en las afueras de la población. Pues bien, ahora ya no
existen. También había unos cuantos jóvenes muy conflictivos, unos
delincuentes, que no cesaban de causar problema, como los hay en todas las
poblaciones. Pero ahora no encontrarás un solo delincuente en toda Santa
Maddalana ni en ninguna aldea de los alrededores. Se diría que la gente ha
regresado a Dios con gran fervor.
—Sí —admitió el anciano con aspecto de duendecillo—. Y Dios se ha
mostrado misericordioso en multitud de aspectos.
Sentí que un escalofrío me recorría la espalda, al igual que me sucediera
con Úrsula, pero esta vez no de placer.
—¿En qué aspectos en concreto? —pregunté.
—No tienes más que mirar alrededor —respondió el anciano—. ¿Has visto
a algún tullido en nuestras calles? ¿A algún retrasado mental? Cuando yo era
niño, incluso siendo tú una criatura —puntualizó dirigiéndose al sacerdote—,
siempre había unos desdichados que nacían deformes, o idiotas, y los demás
teníamos que ocuparnos de ellos. Recuerdo la época en que siempre había
pedigüeños a las puertas de la población. Hace años que aquí no hay un solo
pordiosero.
—Es asombroso —contesté.
—Así es —admitió el sacerdote con aire pensativo—. Todos los habitantes
de esta población gozan de buena salud. Por eso las monjas se marcharon hace
tiempo. ¿Has visto el viejo hospital que ahora está cerrado? ¿Y el convento en
las afueras de la población, abandonado desde hace años? Hoy en día alberga a
unas ovejas. Los campesinos utilizan sus viejas dependencias.
—¿Nadie se pone nunca enfermo? —inquirí.
—Sí, por supuesto —respondió el sacerdote mientras bebía un pequeño
sorbo de vino, lo cual indicaba que era un hombre moderado en ese aspecto—.
Pero no sufren como antaño. Cuando una persona muere, la muerte le
sobreviene en el acto.
—Gracias a Dios —apostilló el anciano.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Y las mujeres —dijo el sacerdote— tienen pocos partos. No se cargan de
hijos. Muchos suben al cielo a las pocas semanas de nacer (ya sabes, la
maldición de la madre), pero por lo general nuestras familias son reducidas. —
El sacerdote miró a su padre—. Mi pobre madre —añadió— tuvo en total veinte
hijos. Eso ahora sería impensable.
El anciano hinchó el pecho y sonrió ufano.
—Sí, veinte hijos que yo mismo crié; muchos se han emancipado y ni
siquiera sé qué fue de..., pero da lo mismo. Sí, las familias aquí son reducidas.
—Confío en que algún día Dios me permita averiguar qué fue de mis
hermanos —comentó el sacerdote con aire entre perplejo y preocupado.
—Olvídate de ellos —replicó el anciano.
—¿Eran acaso unos jóvenes rebeldes? —inquirí tímidamente al padre y al
hijo, procurando dar un tono natural a mi pregunta.
—Mala gente —masculló el sacerdote meneando la cabeza—. Pero no deja
de ser una bendición que la mala gente se vaya de aquí.
—Ya —comenté.
El anciano se rascó el sonrosado cráneo. Tenía el pelo canoso, largo y
escaso, encrespado como las cejas.
—Intentaba recordar qué fue de esos tullidos —dijo—; me refiero a esos
desdichados que nacieron con las piernas deformes, que eran hermanos...
—Ah, Tomasso y Félix —respondió el sacerdote.
—Sí.
—Los llevaron a Bolonia para que se curaran. Igual que al chico de
Bettina, que nació sin manos. ¿Lo recuerdas? Pobre niño.
—Sí, sí, por supuesto. Aquí tenemos varios médicos.
—¿De veras? —dije—. Me gustaría saber qué hacen —farfullé entre
dientes—. ¿Y la alcaldía, el gonfalonier? —pregunté. El título de gonfalonier
correspondía al gobernador de Florencia, el hombre que, al menos oficialmente,
dirigía los asuntos de la población.
—Tenemos un borsellino —contestó el sacerdote—; periódicamente
elegimos seis u ocho nuevos nombres, pero aquí nunca ocurre nada de
particular. No se producen altercados. Los comerciantes se ocupan de los
impuestos. Todo funciona como la seda.
—¡Aquí no pagamos impuestos! —declaró el anciano duendecillo con una
carcajada.
Su hijo, el cura, miró extrañado al anciano, como si éste no hubiera
debido decir aquello.
—No es así, papá, son unos impuestos... reducidos. —El joven parecía
profundamente perplejo.
—Eso sí es una bendición —comenté sonriente, tratando de disimular el
estupor que me causaba aquel cuadro tan idílico como inverosímil.
—¿Recuerdas al feroz Oviso? —preguntó de sopetón el sacerdote
dirigiéndose a su padre, para volverse luego hacia mí—. Estaba loco. Por poco
mata a su hijo. Estaba ido, rugía como una bestia. Un día apareció un médico
que viajaba por esta región y dijo que en Padua podían curarlo. ¿O era en Asís?
—Me alegro de que no volviera a aparecer por aquí —respondió el
anciano—. Soliviantaba a todo el mundo.
Observé a ambos hombres. ¿Hablaban en serio? ¿O se burlaban de mí? No
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
advertí nada sospechoso en ellos, salvo cierto aire melancólico en el sacerdote.
—Los caminos del Señor son muy extraños —dijo—. Aunque el proverbio
no diga eso exactamente.
—¡No tientes al Señor! —replicó el padre mientras apuraba la copa de
vino.
Yo me apresuré a llenar de nuevo las copas de ambos.
—Y aquel joven mudo —dijo una voz.
Levanté los ojos y vi al posadero junto a nosotros; tenía una mano
apoyada en la cadera y sostenía una bandeja con la otra. Lucía un mandil que
apenas cubría su prominente barriga.
—Se lo llevaron las monjas, ¿no es así?
—Sí, creo que regresaron en busca de él —contestó el sacerdote, cuya
perplejidad había dado paso a una expresión de evidente inquietud.
El posadero retiró mi plato vacío.
—Lo peor fue la peste —me susurró al oído—. No tema, ya no existe; de
lo contrario no habría pronunciado esa palabra. No existe palabra más capaz de
hacer que todo el mundo abandone rápidamente una población.
—Todas esas familias desaparecieron de la noche a la mañana —dijo el
anciano—, gracias a nuestros médicos y a los monjes que visitaban la región.
Las trasladaron al hospital de Florencia.
—¿Víctimas de la peste y se las llevaron a Florencia? —pregunté con
evidente incredulidad—. Pero ¿quién custodiaba las puertas de la población, y
quién les franqueó la entrada en Florencia?
El franciscano me miró unos instantes, como si algo le preocupara
intensamente.
El posadero estrujó con afabilidad el hombro del cura y dijo:
—Éstos son unos tiempos felices. Echo de menos la procesión al
monasterio, el cual también ha desaparecido, pero nunca hemos vivido mejor.
Yo miré al posadero y luego al sacerdote, que me observaba sin disimulo.
Las comisuras de sus labios temblaban ligeramente. Mostraba una barba de dos
días, la mandíbula fláccida y el rostro surcado de arrugas exhibía una expresión
triste.
El anciano intervino para asegurar que hacía poco había muerto una
familia entera a causa de la peste en la región, pero se los habían llevado a
Lucca.
—Fue gracias a la generosidad de... ¿quién fue, hijo mío...? Ahora mismo
no...
—¿Qué más da? —terció el posadero—. Le traeré otra jarra de vino,
signore —añadió dirigiéndose a mí.
—Para mis convidados —indiqué señalando al cura y a su padre—. Me
voy. Estoy impaciente por ver si encuentro unos libros que busco.
—Has elegido un buen lugar para quedarte unos días —afirmó el cura con
inopinada convicción, expresándose con suavidad al tiempo que seguía
observándome con el ceño fruncido—. Un lugar magnífico, sí señor, y nos
vendrá bien contar con otro erudito. Sin embargo...
—Soy muy joven —respondí mientras alzaba una pierna sobre el banco en
ademán de levantarme—. A propósito, ¿no hay jóvenes de mi edad en este
lugar?
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—Todos se marchan —contestó el anciano con aire de duendecillo—. Hay
algunos, claro está, pero trabajan todo el día en los comercios de sus padres.
No encontrarás a jóvenes haraganes por las calles, te lo aseguro.
El sacerdote me observó como si no oyera la voz de su padre.
—Sí, y tú eres un joven instruido —afirmó, aunque seguía visiblemente
preocupado—. Es evidente, se nota en tu voz; das la impresión de ser estudioso
e inteligente... —Se detuvo—. Supongo que no tardarás en partir de nuevo,
¿verdad?
—¿Me aconseja que lo haga, padre? —pregunté—. ¿O que me quede? —
añadí con tono amable.
El sacerdote esbozó una sonrisa.
—No lo sé —contestó. Luego adoptó una expresión amarga, casi trágica, y
murmuró—: Que Dios te acompañe.
Me incliné hacia él. El posadero, al observar ese gesto confidencial, dio
media vuelta y fue a atender sus asuntos. El anciano duendecillo le hablaba a
su copa de vino.
—¿Qué ocurre, padre? —pregunté en voz baja—. ¿Le preocupa la
prosperidad de que goza esta población?
—Sigue tu camino, hijo mío —respondió el sacerdote con tristeza—. Ojalá
yo pudiera marcharme. Pero estoy obligado a quedarme por mi voto de
obediencia y por el hecho de que éste es mi hogar, mi padre vive aquí y todos
los demás han desaparecido en el ancho mundo. —A continuación agregó con
tono áspero—: Al menos, eso parece. Si yo estuviera en tu lugar no me
quedaría aquí.
Yo asentí con un movimiento de la cabeza.
—Tienes un aspecto extraño, hijo —dijo el cura sin alzar la voz. Nuestras
cabezas estaban tan juntas que casi se rozaban—. Destacas demasiado. Eres
apuesto, vistes ropajes de terciopelo y eres joven, aunque no un niño.
—Comprendo. No quedan muchos jóvenes en la población, y menos de los
que hacen preguntas. Sólo quedan los viejos, los acomodaticios, los resignados
y los que no ven el conjunto del tapiz porque sólo se fijan en el monito que hay
bordado en una esquina.
El cura no respondió a mi exagerada perorata, y lamenté haber dicho
aquello. En esos instantes había dejado traslucir mi rabia y mi dolor. ¡Qué
torpeza! Estaba furioso conmigo mismo.
El sacerdote se mordió el labio inferior como si estuviera preocupado por
mí, o por él, o por ambos.
—¿Por qué has venido? —preguntó en tono sincero, casi como si quisiera
protegerme—. ¿Qué camino tomaste? Dicen que llegaste por la noche. No
emprendas viaje de noche. —Su voz apenas era audible.
—No se preocupe por mí, padre —contesté—. Rece por mí. Eso es todo.
Observé en él un temor tan real como el que había observado en el joven
sacerdote, pero era aún más inocente, a pesar de la edad, las arrugas y los
labios húmedos de vino. Parecía fatigado por algo que no alcanzaba a
comprender.
Me levanté del banco, pero cuando me disponía a marcharme el sacerdote
me sujetó de la mano. Yo me incliné y acerqué el oído a sus labios.
—Hijo mío —musitó—, hay algo que...
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Lo sé, padre —lo interrumpí, dándole una palmada en la mano.
—No, no lo sabes. Escucha. Cuando partas, toma la carretera principal
que se dirige al sur, aunque tengas que dar un rodeo. No te dirijas al norte, no
tomes la carretera estrecha que conduce al norte.
—¿Por qué? —inquirí.
Indeciso, asustado, mudo, me soltó la mano.
—¿Por qué? —le pregunté de nuevo al oído.
Él apartó la cara.
—Por los bandidos —contestó—. Unos bandidos que controlan la carretera
y te obligarán a pagar un portazgo. Ve al sur.
Después se volvió y comenzó a hablar con su padre, reprendiéndole con
suavidad, como si yo ya me hubiera alejado.
Me marché.
«¿Unos bandidos que cobran portazgo?», me pregunté, intrigado, al llegar
a la calle desierta.
Muchos comercios estaban cerrados, como era costumbre debido al
copioso almuerzo que tomaban los habitantes de esta población, pero otros no.
La espada me pesaba muchísimo y me sentía mareado debido al vino y a
todo cuanto me habían revelado esos hombres.
«De modo que en esta población no hay jóvenes, tullidos, idiotas,
enfermos ni niños no deseados. Y en la carretera del norte pululan unos
bandidos peligrosos», pensé con las mejillas encendidas.
Bajé la cuesta a paso rápido, traspuse las puertas de la población y salí a
campo abierto. Soplaba una brisa magnífica que me refrescó el rostro.
Alrededor contemplé unos campos cultivados, unos viñedos, unos huertos
y numerosas casas de labranza: unas vistas frondosas y fértiles que no había
visto a mi llegada porque ya era de noche. En cuanto a la carretera del norte,
no logré vislumbrarla debido al inmenso tamaño de la población, cuyas
elevadas fortificaciones se hallaban situadas al norte.
Más abajo, en un saliente, estaban las ruinas del convento, y a los pies de
la montaña, hacia el oeste, divisé lo que deduje que era el antiguo monasterio.
Al cabo de una hora me había detenido en dos casas de labranza, en las
cuales los granjeros me ofrecieron un vaso de agua fresca.
Todos insistían en lo mismo: esto era un paraíso donde no existían herejes
ni se llevaban a cabo ejecuciones; en suma, el lugar más idílico de la tierra,
poblado sólo por niños sanos y normales.
Hacía muchos años que los bandidos no se aventuraban por esos bosques.
Por supuesto, siempre era posible cruzarse con algún indeseable que estaba de
paso, pero la población era fuerte y capaz de mantener la paz.
—¿Ni siquiera en la carretera del norte? —pregunté.
Ninguno de los granjeros sabía nada de una carretera que condujera al
norte.
Cuando les pregunté qué había sido de los enfermos, cojos y retrasados
mentales, tampoco obtuve una repuesta satisfactoria. Un médico o un
sacerdote, o alguna orden de frailes o monjas, se los habían llevado a una
universidad o a una población. Los granjeros en verdad no lo recordaban.
Regresé a la población antes del crepúsculo. Paseé todavía durante un
rato, entrando en todos los comercios de forma sistemática mientras observaba
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
a todo el mundo de forma tan detenida como pude para no llamar la atención.
Por supuesto, me fue imposible recorrer una calle entera, pero estaba
empeñado en averiguar todo cuanto pudiera sobre aquel lugar.
En las librerías examiné unos tomos antiguos, Ars Grammatica y Ars
Minor, y unas grandes y hermosas biblias que estaban en venta; las examiné
después de pedir que las sacaran de la vitrina.
—¿Por dónde he de tirar para dirigirme hacia el norte? —pregunté al
librero, que estaba apoyado sobre un codo y me observaba con aire aburrido y
somnoliento.
—¿Al norte? Nadie se dirige al norte —replicó, bostezando en mis narices.
Lucía unas prendas elegantes, sin un zurcido, y unos zapatos de excelente
cuero—. Puedo ofrecerle unos libros más raros —añadió.
Tras ojearlos con fingido interés, dije educadamente que se parecían a
unos libros que ya tenía y no necesitaba adquirirlos, pero le di las gracias por
las molestias.
Entré en una taberna donde unos hombres jugaban a los dados; gritaban
muy excitados cada vez que ganaban o perdían, como si no tuvieran nada
mejor que hacer. Luego di una vuelta por el barrio de los panaderos, donde
flotaba un delicioso aroma a pan recién horneado.
Mientras paseaba entre esas gentes, escuchando su amable cháchara y
las interminables historias sobre la seguridad y las maravillas de la población,
me percaté de que jamás me había sentido tan solo. El mero hecho de pensar
que estaba a punto de anochecer hizo que se me helara la sangre en las venas.
¿Y qué era ese misterio sobre la carretera del norte? Nadie, salvo el sacerdote,
arqueó siquiera una ceja al mencionar yo ese punto cardinal.
Una hora antes del anochecer entré en un comercio cuya propietaria, que
trataba en sedas y encajes de Venecia y Florencia, no se mostró tan paciente
ante mis insistentes preguntas como los demás, pese a que era obvio que yo
era un joven adinerado.
—¿Por qué me hace tantas preguntas? —inquirió. Parecía agotada—.
¿Cree que es fácil cuidar de una criatura enferma? Asómese allí.
Yo la miré como si la mujer hubiera perdido el juicio. Pero de pronto
comprendí con toda claridad a qué se refería. Asomé la cabeza a través de una
cortina y vi a una niña, enferma y febril, adormilada sobre un estrecho y sucio
camastro.
—¿Cree que es fácil? Llevo año tras año cuidando de ella, pero no mejora
—dijo la mujer.
—Lo lamento —respondí—. Pero ¿qué va a hacer?
La mujer arrancó los puntos de la aguja y dejó la labor. Su paciencia se
había agotado.
—¿Qué voy a hacer? ¿Es que no lo sabe? —murmuró—. ¿Un hombre tan
listo como usted? —La mujer se mordió el labio inferior—. Mi marido insiste en
que aguantemos un poco más, de modo que vamos tirando como podemos.
La mujer reanudó su labor, farfullando entre dientes, y yo, horrorizado y
esforzándome en dominar mis sentimientos, salí a la calle. Entré en otros dos
comercios. No ocurrió nada de particular. Luego, al entrar en una tercera
tienda, me encontré con un anciano loco de remate y sus dos hijas, las cuales
se afanaban en impedir que se arrancara la ropa.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Permítanme que les ayude —dije.
Por fin logramos sentar al anciano en una silla, le colocamos de nuevo la
camisa y al cabo de un rato el hombre dejó de emitir unos sonidos
incoherentes. Era un anciano decrépito y no cesaba de babear.
—Gracias a Dios que esto no puede durar —comentó una de las hijas al
tiempo que se enjugaba la frente—. Es un consuelo.
—¿Por qué dice que no puede durar? —pregunté.
La mujer me miró, giró la cara y luego volvió a mirarme.
—Se nota que es usted forastero, signore. Disculpe, es muy joven. Al
mirarle sólo he visto en usted a un muchacho. Pero Dios es misericordioso. Mi
padre está muy viejo.
—Hummm, entiendo —respondí.
La mujer me observó con ojos astutos y fríos como el acero.
Me despedí de ella con una breve reverencia y me fui. El anciano había
empezado a quitarse de nuevo la camisa, y la otra hermana, que había
permanecido en silencio durante todo el rato, le arreó un bofetón.
Ese gesto me chocó, y reanudé mi camino. Deseaba ver cuanto pudiera
antes de que cayera la noche.
Después de pasar por el apacible barrio de las sastrerías llegué al de los
comercios de porcelana, donde dos hombres discutían sobre una bonita
bandeja de parto.
Las bandejas de parto que se utilizaban antiguamente para recibir al bebé
en el momento de abandonar el útero materno, se habían convertido en mi
época en objetos que se solían regalar después de nacer el niño. Consistían en
unos recipientes grandes pintados con hermosos diseños domésticos, y en esta
tienda había una gran colección de ellos.
Oí la discusión antes de que los hombres me vieran.
Uno de ellos insistía en que debían comprar la bandeja de marras,
mientras que el otro replicaba que el niño no viviría y el regalo era prematuro;
un tercer individuo dijo que la mujer estaría encantada de aceptar una bandeja
de parto tan exquisitamente pintada.
Los hombres dejaron de discutir cuando yo entré en la tienda para
examinar los artículos de importación, pero cuando me volví de espaldas uno de
ellos murmuró entre dientes:
—Si sabe lo que le conviene, accederá.
Impresionado por esas palabras, tomé un bonito plato de un estante y
fingí examinarlo con atención.
—Es precioso —comenté como si no los hubiera oído.
El comerciante se levantó y comenzó a enumerar los objetos que allí se
exhibían. Los otros salieron y se desvanecieron en la oscuridad. Yo observé al
comerciante.
—¿Está enfermo ese niño? —pregunté con la voz más tenue e infantil que
logré emitir.
—No, bueno, no lo creo, pero ya sabe... —respondió el hombre—. Es un
niño enclenque.
—Débil —apostillé.
—Eso, débil —balbució el comerciante.
Tenía una sonrisa artificial, pero era evidente que se consideraba un
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hombre de éxito.
Luego seguimos comentando la lista de artículos que vendía en su tienda.
Yo adquirí una tacita de porcelana, exquisitamente pintada, que el comerciante
aseguró haber comprado a un veneciano.
Sé muy bien que debería haber salido de allí sin decir una palabra, pero
no pude por menos de preguntarle:
—¿Cree que ese pobre niño débil y enclenque vivirá?
El comerciante soltó una tosca risotada al tiempo que guardaba el dinero
que yo le había entregado.
—No —respondió, y me miró como si él también hubiera pensado en el
niño—. No se preocupe, signore —añadió con una breve sonrisa—. ¿Piensa
quedarse a vivir aquí?
—No, señor, sólo estoy de paso. Me dirijo al norte —contesté.
—¿Al norte? —preguntó el comerciante, un tanto sorprendido pero con
tono sarcástico. Cerró la caja de caudales con llave. Luego, sacudiendo la
cabeza mientras colocaba la caja en una alacena y la cerraba, agregó—: De
modo que se dirige al norte, ¿eh? Le deseo suerte, muchacho. —Entonces
emitió una áspera carcajada—. Es una carretera muy antigua. Le aconsejo que
parta al amanecer y cabalgue tan veloz como pueda.
—Gracias, señor —respondí.
Estaba a punto de caer la noche.
Entré a toda prisa en un callejón y me detuve, apoyado contra el muro
para recuperar el resuello, como si me persiguiera alguien. La tacita se me cayó
de las manos y se estrelló en el suelo; el estrépito resonó entre los elevados
edificios.
Estaba trastornado.
Pero al instante, consciente de mi situación y convencido de los horrores
que había descubierto, tomé una decisión inflexible.
En la posada no estaba seguro, de modo que decidí resolver el asunto a
mi modo. Esto fue lo que hice: absteniéndome de regresar a la posada, sin ni
siquiera abandonar oficialmente mi habitación en aquel lugar, me dirigí colina
arriba cuando las sombras eran lo bastante densas para ocultarme, y enfilé la
estrecha calleja que conducía al derruido castillo.
 Durante todo el día había contemplado esta imponente colección de
piedras y cascotes, y constaté que en efecto el castillo se hallaba en ruinas y
desierto, a excepción de las aves que revoloteaban sobre él y salvo, como he
dicho, las plantas inferiores, que supuestamente albergaban las oficinas
municipales.
Pero el castillo tenía dos torres que seguían en pie; una se alzaba sobre la
población, y otra, muy deteriorada, estaba situada sobre el borde de un risco,
tal como yo había observado desde los campos.
Pues bien, me dirigí hacia la torre que se erguía sobre la población.
Las oficinas municipales estaban lógicamente cerradas, y los soldados
encargados de imponer el toque de queda no tardarían en salir. Oí ruido
procedente de un par de tabernas que por lo visto permanecían abiertas,
ajenas a las ordenanzas.
La plaza ubicada frente al castillo estaba desierta, y debido a que las calles
de la población describían numerosos recodos en su trazado descendente,
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apenas vi nada más que unas tenues antorchas.
No obstante el cielo aparecía extraordinariamente brillante y despejado a
excepción de unas nubes de forma discreta y redondeada que destacaban
contra el azul intenso de la noche, y las numerosas estrellas emitían un
exquisito resplandor.
Me tropecé con una vieja escalera de caracol, tan estrecha que apenas
pasaba por ella un ser humano, la cual se curvaba alrededor de la parte útil de
la vieja población y llevaba a la primera plataforma de piedra, frente a una
entrada de acceso a la torre.
Por supuesto esta arquitectura no me resultaba desconocida. Las piedras
tenían una textura más áspera que las de mi viejo hogar, y eran más oscuras,
pero la torre era ancha y cuadrada y poseía una solidez intemporal.
Yo sabía que la torre era tan antigua que una escalera de piedra me
conduciría a la parte superior de la misma, y no me equivoqué, pues al poco
rato llegué al fin de mi escalada, al penetrar en una habitación desde la que
contemplé toda la población a mis pies.
Había otras habitaciones más elevadas, a las que antiguamente se llegaba
mediante unas escalas de madera de las que podían tirar hacia arriba con el fin
de defenderse de un enemigo y aislarlo abajo, pero yo no podía acceder a ellas.
Oí a unos pájaros revolotear en lo alto de la torre, sobresaltados por mi
presencia. Y percibí el rumor de la brisa.
En cualquier caso, aquélla era una buena altura.
La habitación en la que me hallaba tenía cuatro ventanas angostas, a
través de las cuales contemplé unas vistas de todo el área circundante.
Y, lo que era más importante para mí, desde aquella altura divisaba toda
la población, que se extendía a mis pies en forma de un inmenso ojo (un óvalo
que se afinaba en los extremos), donde ardían unas antorchas aquí y allá; vi luz
en alguna que otra ventana, y divisé una linterna sostenida por una persona
que avanzaba lentamente en una calle.
No bien distinguí la linterna, ésta se apagó. Las calles parecían estar
desiertas.
A continuación se apagaron las luces de todas las ventanas, y al cabo de
unos momentos tan sólo quedaban unas cuatro antorchas encendidas.
La oscuridad ejerció un efecto sedante sobre mi ánimo. Los campos
aparecían teñidos de un color azul intenso bajo el cielo perlado; el bosque se
extendía hasta los límites de las tierras de cultivo, elevándose en algunos
puntos donde las colinas se alzaban unas sobre otras o descendían
abruptamente hacia unos valles presididos por la más pura negrura.
Percibí el silencio de la torre desierta.
No se movía nada, ni siquiera las aves. Yo estaba completamente solo.
Habría percibido la más leve pisada en la escalera de la torre. Nadie sabía que
me encontraba allí.
Todos dormían. Ahí estaba a salvo. Y podía vigilar la población.
Me sentía demasiado afligido para mostrarme asustado, y estaba más que
dispuesto a enfrentarme a Úrsula en ese lugar, preferible al espacio limitado de
la posada. Así pues, recé mis oraciones sin experimentar temor alguno, con la
mano apoyada como de costumbre en la empuñadura de la espada.
¿Qué esperaba ver en esa apacible población? Todo lo que ocurriera en
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ella.
Pero ¿qué creía que ocurría? Ni yo mismo lo sabía. Mientras paseaba por
la habitación, observando una y otra vez las pocas luces que ardían en la
población y los enormes baluartes cortados a pico bajo el resplandeciente
firmamento, aquel lugar me pareció detestable, lleno de falsedad, de brujería,
de pleitesía al diablo.
—¿Crees que no sé adonde van a parar los niños que no quieren en la
población? —murmuré enfurecido—. ¿Crees que las autoridades de las
poblaciones franquean sin más trámite la entrada a unas víctimas de la peste?
Me sobresalté al oír resonar el eco de mis palabras entre los fríos muros
de la torre.
—¿Qué haces con ellos, Úrsula? ¿Qué habrías hecho con mi hermano y mi
hermana?
Quizá mis cavilaciones a algunos les hubieran parecido un despropósito,
pero yo sabía por experiencia que la venganza hace que olvides el dolor. La
venganza es una golosina dulce y poderosa, aunque inútil.
Con un solo golpe de mi espada habría podido cortarle la cabeza a Úrsula,
y luego la habría arrojado por esta ventana, reduciéndola a un ser demoníaco
desprovisto de todo poder terrenal.
De vez en cuando desenvainaba a medias mi espada, pero enseguida
volvía a introducirla en su funda. Saqué mi puñal más largo y golpeé con la
hoja la palma de mi mano izquierda. Todo ello sin dejar de caminar arriba y
abajo por la habitación.
De pronto, mientras realizaba uno de mis aburridos circunloquios divisé a
lo lejos, sobre una remota montaña que ignoro en qué dirección se alzaba (sólo
sé que al venir aquí no había pasado frente a ella), una luz intensa que
parpadeaba tras el velo de selvática oscuridad.
Al principio creí que se trataba de un fuego, pero al entornar los ojos y
observarlo más detenidamente, comprendí que estaba equivocado.
En las pocas nubes que se deslizaban por el cielo no se reflejaba un
intenso resplandor, y la iluminación, pese a sus proporciones, estaba contenida,
como si emanara de una numerosa congregación de personas que portaban
una fantástica cantidad de velas. ¡Cuan firme aunque parpadeante era aquella
feroz orgía de luz!
Al contemplarla sentí un escalofrío. ¡Era un edificio! Me incliné sobre el
alféizar de la ventana y observé la compleja y gigantesca silueta de un castillo
inundado de luz que destacaba en medio del terreno, aislado, obviamente
visible desde un sector de la población. La imagen de aquella descomunal
construcción rodeada por un bosque, en la que la celebración que se llevaba a
cabo entre sus muros requería que todas las velas y antorchas estuvieran
encendidas, que cada ventana, baluarte y albardilla apareciera iluminada con
linternas, constituía un espectáculo impresionante.
El edificio estaba situado al norte, sí al norte, pues la población se
extendía justamente a mis espaldas, y ese castillo se hallaba al norte, en la
dirección que me habían advertido que no debía tomar. Era inconcebible que
los habitantes de la población desconocieran la existencia de ese lugar, pero
nadie, salvo el aterrorizado y balbuciente franciscano que se había sentado a mi
mesa en la posada, había hecho la menor alusión al mismo.
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Pero ¿qué era lo que observaba yo? ¿Qué veía exactamente? Un frondoso
bosque, sí; el edificio era muy elevado pero estaba rodeado por un tupido
bosque que lo ocultaba, a través del cual su luz palpitaba como una gigantesca
amenaza. Pero ¿qué era lo que emanaba de él, ese extraño movimiento apenas
visible en la oscuridad, sobre las laderas del misterioso promontorio?
¿Se trataba de algo que se movía en la noche, desde ese lejano castillo
hacia la población? Eran unas cosas negras, amorfas, semejantes a unas
inmensas, informes y flexibles aves que seguían el trazado del terreno pero sin
estar sometidas a su gravedad. ¿Era posible que avanzaran hacia mí? ¿Había
sido yo víctima de un conjuro?
No, yo las vi. ¿O no?
Formaban un grupo muy numeroso.
Cada vez estaban más cerca.
Eran unas formas menudas, minúsculas; su gran tamaño había sido un
espejismo causado por el hecho de que se movían en grupos, y ahora, al
aproximarse a la población, los grupos se disolvieron y los vi trepar como unas
polillas gigantescas por los muros que se alzaban frente a mí, a ambos lados de
la torre.
Me volví y corrí hacia la ventana.
¡Cayeron sobre la población como un enjambre de abejas! Vi que
desaparecían engullidos por la oscuridad. Más abajo, en la plaza, aparecieron
dos figuras negras, unos individuos cubiertos con unas ondeantes capas, que
penetraron a la carrera o, mejor dicho, de un salto en las calles al tiempo que
emitían unas carcajadas tan audibles como desvergonzadas.
Oí unos lloriqueos, unos sollozos.
Oí un débil gemido y un grito sofocado.
En la población no se encendió una sola luz.
De pronto, esos seres malévolos surgieron de nuevo de la oscuridad,
sobre las murallas, corriendo por el borde de las mismas y saltando a la calle.
—¡Por todos los santos! —murmuré—. ¡Os he visto, malditos!
En aquel instante oí un ruido, noté que un tejido suave me rozaba la cara
y de golpe apareció ante mí la figura de un hombre.
—¿De modo que nos has visto, muchacho? —Era la voz de un hombre
joven, enérgica, jovial—. ¡Qué chico tan curioso!
Se encontraba demasiado cerca para que yo pudiera desenvainar mi
espada. Tan sólo vi alzarse ante mí unas prendas varoniles.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas, le golpeé en la entrepierna con el
codo y el hombro.
La risotada que soltó el desconocido invadió la torre.
—Eso no me ha dolido, jovencito, y si eres tan curioso, te llevaremos con
nosotros para mostrarte lo que ansías ver.
El misterioso ser me envolvió en su capa, casi asfixiándome. Sentí que me
alzaba en volandas y me metía en un saco, y abandonamos la torre.
Yo estaba boca abajo e intentaba contener mis náuseas. Parecía como si
el misterioso personaje volara, emitiendo unas carcajadas sofocadas por el
viento. Traté de mover los brazos, pero me fue imposible. Palpé mi espada, sin
lograr asir la empuñadura.
Desesperado, quise coger mi puñal, no el que debió de caer cuando el
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
extraño me raptó, sino el que llevaba dentro de mi bota, y tras conseguirlo me
volví hacia la espalda sobre la que viajaba dando botes y protestando, y se lo
hundí a través de la ropa una y otra vez.
El extraño lanzó un sonoro grito. Yo volví a clavarle el puñal.
El otro comenzó a agitar el saco en el aire, provocándome unas violentas
sacudidas.
—¡Cerdo asqueroso! —bramó—. ¡Me las pagarás!
Ambos caímos bruscamente. Aterricé en el suelo, sobre la hierba, y
desgarré el saco con mi puñal.
—¡Maldito bribón! —gritó el otro.
—¿Estás sangrando, repugnante demonio? —pregunté sin dejar de asestar
puñaladas al saco para salir de él, mientras rodaba por el suelo y palpaba la
hierba húmeda.
Contemplé las estrellas.
Por fin, tras no pocos esfuerzos, logré deshacerme del saco que me
aprisionaba.
Permanecí tendido a los pies de aquel ser, pero sólo por unos instantes.
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La Corte del Grial de Rubí
Nada ni nadie habría sido capaz de arrebatarme el puñal de las manos. Se
lo clavé en la pierna hasta el hueso, provocando otra descarga de gritos. El
demonio me tomó en brazos y me arrojó al aire, tras lo cual caí, pasmado,
sobre la húmeda hierba.
Esto me permitió observarlo detenidamente por primera vez, aunque tenía
la vista algo nublada. El extraño ser, iluminado por un intenso resplandor rojo,
lucía una capa con capucha e iba ataviado como un caballero a la antigua
usanza, con una larga túnica y una cota de malla. El cabello dorado le caía
sobre el rostro, y no cesaba de retorcerse de dolor debido a las puñaladas que
yo le había asestado en la espalda, al tiempo que propinaba patadas en el suelo
con su pierna herida.
Rodé por el suelo un par de veces, sin soltar el puñal, mientras
desenvainaba mi espada. Antes de que el otro reaccionase, me levanté de un
salto, alcé la espada torpemente pero con todas mis fuerzas, y se la clavé en el
costado; en el instante en que el acero se hundió en sus entrañas se produjo
un nauseabundo sonido. Bajo la intensa vi brotar un chorro de sangre horrendo
y descomunal.
El monstruo lanzó un grito más angustioso que los anteriores y cayó de
rodillas.
—¡Ayudadme, imbéciles! ¡Libradme de este diablo! —gritó. La capucha se
deslizó hacia atrás y cayó sobre los hombros.
Contemplé la inmensa fortificación que se alzaba a mi derecha, las
elevadas torres almenadas con sus banderas ondeando al viento bajo el
oscilante resplandor de un sinfín de luces, tal como había visto a lo lejos desde
la población.
Se trataba de un castillo fantástico; poseía unos tejados de dos aguas,
unas ventanas de arco ojival alargado y unas elevadas almenas repletas de
figuras oscuras que se movían mientras presenciaban la pelea que sosteníamos
el monstruoso ser y yo.
De pronto apareció Úrsula y echó a correr a través de la hierba hacia mí.
No llevaba capa; iba ataviada con un vestido rojo y lucía dos largas trenzas.
—¡No le lastiméis, os lo advierto! —gritó—. ¡No le pongáis la mano
encima!
La seguían unos individuos ataviados con unas anticuadas cotas de malla
que les llegaban a las rodillas y tocados con solemnes yelmos puntiagudos.
Todos lucían barba, y tenía una piel de una blancura cadavérica.
Mi adversario cayó de bruces sobre la hierba, echando sangre por la boca
como si se tratara de una grotesca fuente.
—¡Mirad lo que me ha hecho! —gritó.
Yo guardé el puñal en mi cinturón, aferré la espada con ambas manos y le
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asesté un golpe en el cuello al tiempo que lanzaba un desgarrador bramido. La
cabeza de mi adversario rodó por la colina.
—¡Estás muerto, maldito! —grité—. ¡Monstruo, asesino, estás muerto! ¡Ve
en busca de tu cabeza y colócala de nuevo en su lugar!
Úrsula me rodeó el cuello con los brazos, oprimiendo sus pechos contra mi
espalda. Su mano aprisionó la mía, obligándome a inclinar la punta de mi
espada hacia el suelo.
—No le toquéis —exclamó de nuevo en tono amenazador—. Os prohíbo
que os acerquéis a él.
Uno de los demonios se apresuró a recuperar la cabeza de mi enemigo,
cubierta por una rubia pelambrera, y la sostuvo en alto mientras los otros
observaban cómo el cuerpo de su compinche se estremecía y retorcía.
—Es demasiado tarde —dictaminó uno de los individuos.
—No, colócasela de nuevo sobre el cuello —exclamó otro.
—Suéltame, Úrsula —dije—. ¡Permite que muera con honor, te lo ruego!
—añadí mientras trataba de liberarme—. ¡Suéltame para que pueda morir como
yo deseo, te lo suplico!
—No —me susurró ella al oído, arrojándome su cálido aliento—. No lo
haré.
Yo no podía luchar con su imponente fuerza, que contrastaba con los
pechos suaves y mullidos y el tacto fresco de sus delicados dedos. Me tenía en
su poder.
—Id a hablar con Godric —propuso uno de los hombres.
Los otros dos recogieron el cuerpo del decapitado, que no cesaba de
retorcerse, sacudido por violentas convulsiones.
—Conducidlo ante Godric —dijo el individuo que portaba la cabeza—. Sólo
él puede pronunciarse sobre este asunto.
De repente, Úrsula emitió un sonoro alarido.
—¡Godric! —Fue un grito tan agudo que parecía el aullido del viento o de
una bestia, y el inmenso eco reverberó entre las elevadas murallas.
En lo alto de la colina, frente al amplio portal de la ciudadela y de
espaldas a la luz, apareció la silueta de un individuo alto y delgado; su espalda
estaba doblada a causa de la avanzada edad.
—Traedlos a los dos —ordenó—. Silencio, Úrsula, vas a alarmar a todo el
mundo con tus gritos.
Yo traté de soltarme, pero Úrsula me sujetó con más fuerza. De pronto
sentí un alfilerazo cuando sus dientes se clavaron en mi cuello.
—¡No lo hagas, Úrsula, deja que contemple lo que va a ocurrir! —
murmuré.
Entonces sentí que me rodeaban unas turbias nubes, como si el aire se
hubiera espesado y me envolviera con su intensa fragancia y sonido y una
fuerza sensual.
«Te amo, te deseo, sí, no puedo negarlo.» Sentí que abrazaba a Úrsula
sobre la húmeda hierba del prado y ella yacía debajo de mí. Pero eran meras
ensoñaciones y no vi unas flores silvestres rojas, sino que noté que me
transportaban a un lugar desconocido, y yo estaba inerme, pues ella me había
arrebatado las fuerzas y el corazón con la fuerza del suyo.
Intenté maldecirla. Yacíamos sobre la hierba, rodeados de flores y hierba,
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
y ella dijo: «Huye», pero eso era imposible, porque no se basaba en la realidad
sino en una fantasía en la que sus labios succionaban los míos y sus piernas
aprisionaban mi cuerpo como una serpiente.
Un castillo francés. Tuve la impresión de que me hallaba en el norte. Tenía
los ojos abiertos.
Presentaba todos los aderezos de una corte francesa.
Incluso la tenue y suave música que percibí me recordó las antiguas
canciones francesas que oyera cantar en mi infancia a la hora de la cena.
Al despertarme comprobé que me hallaba sentado con las piernas
cruzadas al estilo oriental sobre una alfombra, con el torso inclinado hacia
delante, frotándome el cuello y buscando desesperado las armas que me
habían arrebatado. En éstas perdí el equilibrio y caí de espaldas.
La música, que procedía del piso inferior, era repetitiva, monótona,
machacona, interpretada por unos tambores destemplados y la voz aguda y
nasal de unas trompas. Carecía de melodía.
Alcé la vista. Era un ambiente francés, no cabía duda, con el elevado y
estrecho arco que daba acceso a una amplia balconada exterior, debajo de la
cual se celebraba un ruidoso festejo. Todo exhibía un exquisito aire francés,
hasta los tapices que representaban a unas damas luciendo unos sombreros de
elevada copa y sus unicornios blancos como la nieve.
Todo resultaba curiosamente anticuado, como las ilustraciones en los
devocionarios de las cortes que mostraban a unos poetas sentados que leían en
voz alta el aburrido y tedioso Román de la Rose.
La ventana estaba cubierta por una cortina de raso azul estampada con
flores de lis. La elevada puerta y el fragmento del marco de la ventana que
alcanzaba a ver estaban decorados por una filigrana antigua. Las cómodas, con
adornos dorados y pintadas al estilo francés, mostraban un aire anticuado y
decadente.
Al volverme vi a los dos individuos con las túnicas manchadas de sangre;
las mangas de las cotas de malla eran toscas y gruesas. Se habían quitado los
puntiagudos yelmos y me observaban con unos ojos pálidos y fríos; ambos
lucían barba. La luz ponía de realce su piel blanca y curtida.
Y vi a Úrsula, una joya enmarcada en plata entre las sombras, que me
contemplaba ataviada con un vestido de estilo imperio, vaporoso y anticuado
como la vestimenta de los hombres; también ella parecía provenir de un
antiguo reino francés, mostrando sus níveos pechos casi hasta los pezones
debajo de un corpiño de terciopelo rojo y dorado bordado con flores.
El anciano estaba sentado en una silla con las patas en tijera, ante un
escritorio. Su edad concordaba con la postura en que yo le había visto
iluminado por el resplandor del castillo, pálido como los otros, con la piel de una
blancura cadavérica, a la vez hermoso, monstruoso y siniestro.
Unas lámparas turcas colgaban de unas cadenas en la habitación; las
llamas emitían un intenso resplandor que hirió mis fatigados ojos, y una
fragancia a rosas y campos estivales ajena al calor y a objetos abrasados.
El anciano tenía la cabeza pelada, grotesca como el bulbo de una azucena
arrancado de la tierra y desprovisto de su raíz, y mostraba unos brillantes ojos
de color gris y una boca larga, estrecha y solemne que no tenía por costumbre
quejarse ni juzgar.
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—Ah, vaya —dijo dirigiéndose a mí con voz suave al tiempo que enarcaba
una ceja apenas visible salvo por la pronunciada arruga de su carne blanca y
perfecta. Tenía las mejillas fláccidas—. Supongo que eres consciente de que
has matado a uno de los nuestros.
—Eso espero —repliqué.
Al levantarme me tambaleé y estuve a punto de caer. Úrsula me sostuvo,
tras lo cual retrocedió, como si hubiera cometido un acto indecoroso.
Tras recuperar el equilibrio miré con rabia a Úrsula y al viejo pelón, que
me observaba con calma.
—¿Deseas contemplar lo que has hecho ? —preguntó.
—¿Para qué? —inquirí a mi vez, aunque me picaba la curiosidad.
A mi izquierda, sobre una mesa de caballete, yacía el ladrón de pelo
dorado que había secuestrado mi alma y mi cuerpo, encerrándolos en un saco.
La deuda estaba saldada.
El extraño ser yacía inmóvil, horriblemente encogido, como si sus
miembros hubieran disminuido de tamaño; la cabeza blanca y exangüe, con los
párpados abiertos y los ojos inyectados en sangre, yacía junto a un cuello
separado toscamente del tronco por mi espada. Qué delicia. Observé una de las
esqueléticas manos, que pendía sobre el borde de la mesa, blanca, semejante a
un curioso animal marino que descansara en la arena de la playa bajo el
implacable sol.
—¡Excelente! —exclamé—. Me alegro de haber matado a ese hombre que
se atrevió a raptarme y traerme aquí por la fuerza. Gracias por mostrármelo —
dije mirando al anciano—. Es lo menos que exige el honor. Por no hablar del
sentido común. ¿A cuántos más os habéis llevado de la población? ¿Al viejo loco
empeñado en arrancarse la camisa? ¿Al niño que nació enclenque? ¿A los
débiles, deformes y enfermos que os entregan? ¿Qué les dais vosotros a
cambio?
—Silencio, joven —ordenó de forma solemne el anciano—. Tu valor
trasciende el honor y el más elemental sentido común, eso es evidente.
—No es cierto. Las atrocidades que habéis cometido contra mí exigen que
luche contra todos y cada uno de vosotros hasta que exhale mi último suspiro.
—Tras estas palabras me volví hacia la puerta. La machacona música me
producía náuseas y amenazaba con derribarme al suelo tras los numerosos
golpes y caídas que había sufrido—. No soporto ese ruido. ¿Qué es esto, una
maldita corte?
Los tres hombres prorrumpieron en carcajadas.
—Casi has acertado —contestó uno de los soldados barbudos con la voz
grave de un barítono—. Somos la Corte del Grial de Rubí, ése es nuestro
nombre, pero preferimos que lo pronuncies como es debido, en latín o en
francés, tal como hacemos nosotros.
—¡La Corte del Grial de Rubí! —exclamé—. Unas sabandijas, unos
parásitos, unos vampiros, eso es lo que sois. ¿Qué significa «grial de rubí»?
¿Sangre?
Me esforcé en recordar el alfilerazo que sentí cuando Úrsula me clavó los
dientes en el cuello sin el intenso placer que me había procurado; pero el
huidizo recuerdo del fragante prado y de los suaves pechos amenazaba con
engullirme. Sacudí la cabeza para ahuyentar tales pensamientos.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Sois unos vampiros. ¡El grial de rubí! ¿Eso es lo que hacéis con ellos,
con los desdichados que os lleváis de la población? ¿Beber su sangre?
El anciano dirigió a Úrsula una mirada cargada de significado.
—¿Qué pretendes de mí, Úrsula? —preguntó—. ¿Cómo pretendes que
acceda a tus deseos?
—Pero, Godric, es un joven apuesto, valeroso y fuerte —replicó Úrsula—.
Si accedes, nadie se opondrá a tu decisión. Nadie la pondrá en tela de juicio. Te
lo suplico, Godric. ¿Cuándo te he implorado...?
—¿Qué le has implorado? —pregunté contemplando el rostro solícito y
compungido de Úrsula y el del anciano—. ¿Que me perdone la vida? ¿Eso es lo
que le pides? Prefiero que me mates.
El anciano lo sabía. No era necesario que yo lo dijera. A esas alturas no
estaba dispuesto a aceptar su misericordia. Me habría arrojado sobre ellos con
el fin de aniquilar a un par más de demonios.
De pronto, movido por la ira y la impaciencia, el anciano se levantó con
inusitada agilidad, me agarró del cuello y me arrastró tras él, entre el murmullo
de sus elegantes ropajes de raso rojo, como si yo no pesara nada, a través de
los arcos y hasta el borde de la balaustrada de piedra.
—Contempla nuestra corte —dijo.
Era un espacio inmenso. El balcón sobre el que nos hallábamos se
prolongaba a lo largo de todo el muro; abajo apenas se divisaba un palmo de
piedra desnuda, pues los muros estaban cubiertos por unos tapices de color
dorado y borgoña. En torno a la larga mesa se hallaba sentado un nutrido
número de caballeros y damas de alcurnia, todos vestidos de color borgoña, el
color de la sangre, no del vino como yo había supuesto. Ante ellos resplandecía
la madera desnuda, sobre la que no aparecía ni un plato de comida ni una copa
de vino, pero todos parecían contentos y satisfechos mientras charlaban
animadamente entre sí. Unos bailarines se deslizaban con gran habilidad sobre
las gruesas alfombras, como si les gustara sentir su espeso tacto bajo los pies
embutidos en unos elegantes escarpines.
Los numerosos círculos entrelazados de figuras que danzaban al compás
de la música componían unos vistosos arabescos. Los trajes abarcaban una
amplia variedad de estilos, desde el típicamente francés hasta el florentino. Por
doquier abundaban alegres círculos de raso teñido de rojo o un prado rojo
sembrado de flores u otros diseños semejante a unas estrellas o una media
luna, aunque la distancia me impedía distinguirlos con nitidez.
Aquel grupo de gentes vestidas de un color vivo entre la pútrida
intensidad de la sangre y el soberbio esplendor del escarlata, constituía una
imagen siniestra y a la vez seductora.
Observé la infinidad de candeleros, candelabros y antorchas. Qué fácil
habría sido prender fuego a sus ricos tapices. Me pregunté si ellos, esos
demonios, arderían también al igual que otros brujos y herejes.
Úrsula lanzó una breve exclamación de alarma.
—Sé prudente, Vittorio —murmuró.
Un individuo que estaba situado en el centro de la mesa alzó la cabeza y
me miró; ocupaba el lugar de honor, sentado en una silla de respaldo alto, igual
que mi padre en casa. Era rubio, como el de la pelambrera dorada y crespa que
yo había matado, pero exhibía una sedosa cabellera, perfectamente peinada,
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
que rozaba sus poderosos hombros. Tenía un rostro juvenil, mucho más que el
de mi padre pero más avejentado que el mío, de una palidez tan sobrenatural
como los demás. Tras observarme con sus ojos azules y penetrantes, volvió a
contemplar a los bailarines.
La escena parecía estremecerse bajo las ardientes y oscilantes llamas, y
pese a que los ojos me lagrimeaban debido a la densa atmósfera, observé
espantado que las figuras bordadas en los tapices no eran las apacibles damas
y unicornios que viera en el pequeño estudio donde habíamos estado antes,
sino unos diablos que danzaban en el infierno. Debajo del balcón en el que nos
hallábamos aparecían esculpidas unas grotescas gárgolas representadas en el
más violento y feroz de los estilos, y en los capiteles de las columnas que se
ramificaban y sostenían el techo observé otras criaturas demoníacas y aladas
esculpidas en la piedra.
Por doquier, delante y detrás de mí, contemplé unos rostros contraídos en
una mueca de maldad. Un tapiz mostraba los círculos del infierno de Dante
superpuestos uno sobre otro, los cuales alcanzaban una gran altura.
Observé la mesa pulida y desnuda. Estaba mareado. Temí ponerme a
arrojar, desvanecerme.
—Lo que Úrsula me pide es que te haga miembro de nuestra corte —dijo
el anciano al tiempo que me empujaba contra la balaustrada, impidiéndome
moverme y menos aún huir. Se expresaba con voz grave y pausada, sin ofrecer
ninguna opinión al respecto—. Desea que formes parte de nuestra comunidad
como recompensa por haber matado a uno de los nuestros. Ésa es su lógica.
El anciano me observó con ojos fríos y pensativos mientras seguía
sujetándome por el cuello, aunque sin crueldad ni violencia, sólo para
inmovilizarme.
En mi cabeza bullía un sinfín de palabras y maldiciones pronunciadas a
medias, cuando de pronto sentí que caía al vacío.
Sin que el anciano me soltara, caí sobre la balaustrada y al cabo de unos
segundos aterricé sobre la mullida alfombra. El anciano me ayudó a levantarme
y los bailarines se apartaron a ambos lados para cedernos paso.
Nos detuvimos ante el señor del castillo, que ocupaba la silla de respaldo
alto, y observé que las figuras de madera que ostentaba su imponente trono
eran, por supuesto, bestiales, felinas y diabólicas.
Todo era de madera negra, pulida hasta el extremo de percibirse el olor
del aceite, el cual combinaba bien con el perfume de las lámparas. Las
antorchas emitían un suave chisporroteo.
Los músicos cesaron de tocar. Yo no los veía. Y cuando alcancé a ver la
pequeña orquesta situada en lo alto, en un pequeño balcón o galería, comprobé
que estaba formada por unos hombres de tez blanca como la porcelana,
esbeltos y vestidos con ropas modestas. Todos clavaron en mí sus ojos de gato.
Contemplé al señor del castillo. No se había movido ni pronunciado una
palabra. Era un hombre apuesto, de porte imperial, con una cabellera rubia
espesa y peinada con pulcritud, tal como observé antes, que le rozaba los
hombros.
Su vestimenta también resultaba anticuada; consistía en una holgada
túnica de terciopelo, no como las de los soldados, sino más bien una toga
adornada con un ribete de piel teñido de escarlata como el del tejido, y debajo
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
lucía unas vistosas mangas abullonadas hasta el codo y ceñidas en torno a los
antebrazos y las muñecas. Alrededor del cuello llevaba una enorme cadena de
la cual pendían unos medallones, cada uno de los cuales consistía en un aro de
oro exquisitamente labrado engarzado con un cabujón, un rubí, rojo como los
ropajes.
Una de sus manos, delgada, desprovista de alhajas, reposaba sobre la
mesa sin afectación. La otra no alcancé a verla. Él clavó sus ojos azules en mí.
La mano desnuda, refinada y limpia, indicaba que era un hombre puritano y
erudito.
Úrsula avanzó hacia nosotros con paso ágil a través de las gruesas
alfombras sobrepuestas, alzando la falda con ambas manos para no tropezar.
—Florian —dijo, e hizo una profunda reverencia ante su señor, que
ocupaba el lugar preferente en la mesa—. Florian, te ruego que accedas a
nombrar a este joven, de gran carácter y fortaleza, miembro de nuestra corte.
Hazlo por mí, para satisfacer los deseos de mi corazón. Es cuanto te pido. —La
voz era trémula pero convincente.
—¿Que me convierta en miembro de esta corte? —pregunté encendido de
ira. Miré a diestro y siniestro. Observé las pálidas mejillas de aquellos seres, las
bocas oscuras, semejantes al color de una herida sangrante. Reparé en la
expresión vacua e impasible con que me observaban. ¿Tenían los ojos
rebosantes de un fuego demoníaco, o habían perdido todo rasgo de humanidad
en sus semblantes?
Miré mis manos, mis puños crispados, rojos y humanos, y de pronto me
percaté de mi propio olor, percibí el olor de mi sudor y del polvo de la carretera
que tenía adherido y se mezclaba con los otros olores humanos.
—Sí, constituyes un bocado muy apetecible para nosotros —dijo el jefe de
la estrafalaria corte—. Todo el salón está impregnado de tu aroma. Pero aún es
temprano para que iniciemos el festín. Lo hacemos cuando la campana suena
doce veces, según nuestra costumbre infalible.
Tenía una voz muy hermosa, clara y encantadora, con un deje francés,
que resulta muy seductor. Se expresaba con una reserva y un empaque
típicamente francés.
Florian me dirigió una sonrisa tan dulce como la de Úrsula, pero no era
compasiva, ni cruel ni sarcástica.
Yo le miraba sólo a él, no me interesaban los rostros que había a su
izquierda y derecha. Sólo sabía que eran muy numerosos, pertenecientes a
hombres y mujeres por igual, que las mujeres lucían los majestuosos tocados
de antaño, y por el rabillo del ojo me pareció ver a un individuo vestido como
un bufón.
—Una cuestión de esta magnitud, Úrsula —dijo Florian—, requiere una
larga deliberación.
—¡Cómo! —exclamé—. ¿Pretendes nombrarme miembro de vuestra corte?
¡Ni pensarlo!
—Vamos, muchacho —replicó Florian con voz suave y tranquilizadora—.
Aquí no estamos sometidos a la muerte, el deterioro o la enfermedad. Te agitas
como un pez prendido en el anzuelo; estás condenado y ni siquiera te has
percatado de que ya no te encuentras en el agua, en tu elemento natural.
—Señor, no deseo formar parte de tu corte —repliqué—. Ahórrate tu
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amabilidad y tus consejos. —Eché una mirada alrededor—. No me hables de
vuestros festines.
Esos seres habían adoptado un silencio abominable, una mirada gélida
que resultaba antinatural y amenazadora. Sentí náuseas. O quizá fuera pavor,
un pavor que no permitiría que hiciera presa en mí aunque estuviera rodeado
de esas diabólicas criaturas y tuviera que defenderme solo.
Las figuras que se hallaban sentadas a la mesa permanecían inmóviles,
como si fueran de porcelana. Se diría que el mismo hecho de posar con esa
exquisita compostura formara parte de su capacidad de prestar atención.
—Ojalá tuviera un crucifijo —musité, sin pensar siquiera en lo que decía.
—Eso no significa nada para nosotros —afirmó Florian.
—Lo sé de sobra; tu dama entró en nuestra capilla para apoderarse de mi
hermano y de mi hermana. Sí, ya sé que las cruces no representan nada para
vosotros. Pero en estos momentos un crucifijo significaría mucho para mí.
Dime, ¿tengo unos ángeles que me protegen? ¿Sois siempre visibles? ¿O de vez
en cuando os confundís con la noche y desaparecéis? Y en tal caso, ¿puedes
ver los ángeles que me defienden?
Florian sonrió.
El anciano, que por fin me había soltado, lo cual agradecí, emitió una
discreta risita. Pero los otros permanecieron impávidos.
Observé a Úrsula. Qué enamorada y desesperada parecía, con qué firmeza
y decisión me miraba a mí y a su señor, al que había llamado Florian. Sin
embargo era tan inhumana como los otros; la siniestra imagen de una mujer
joven, dueña de una gracia y una belleza indescriptibles, pero hacía mucho que
había abandonado el mundo terrenal, como todos ellos. ¡Qué grial de rubí ni
qué historias!
—Escucha sus palabras, señor, pese a lo que diga —suplicó Úrsula a
Florian—. Hace mucho que no se oye una nueva voz entre estos muros, una
voz susceptible de permanecer junto a nosotros, de convertirse en uno de
nosotros.
—En efecto, y este muchacho parece creer en los ángeles, y tú lo
consideras extraordinariamente inteligente —repuso Florian con tono afable—.
En verdad te aseguro, joven Vittorio, que no veo ningunos ángeles
protegiéndote. Siempre somos visibles, como bien sabes, pues tú mismo has
contemplado nuestra mejor y nuestra peor faceta. Pero lo cierto es que no nos
has visto en el mejor momento.
—Lo cual ansío con impaciencia, mi señor —contesté—, pues estoy
enamorado de vosotros, de vuestro estilo de asesinar a la gente, por no hablar
de los estragos que vuestra corrupción ha causado en la población vecina. ¡Os
habéis apoderado incluso del alma de los sacerdotes!
—Silencio, no te alteres —me reprendió Florian—. Tu olor inunda mis
fosas nasales como si el puchero estuviera hirviendo. Quizá te devore, hijo mío,
tal vez te descuartice y reparta los trozos pulsantes de vida entre mis
compañeros para que los saboreen mientras la sangre aún está caliente y tus
ojos pestañean...
Al oír esas palabras creí enloquecer. Pensé en mis hermanos muertos.
Pensé en las grotescas y tiernas expresiones que mostraban sus cabezas
cortadas. Era insoportable. Cerré los ojos. Traté de evocar una imagen que
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
borrara esos horrores. Recordé el espectáculo del ángel de Fra Filippo Lippi
arrodillado ante la Virgen. Sí, ángeles, ángeles, rodeadme con vuestras alas.
¡Dios mío, envíame a tus ángeles!
—¡Maldita sea tu corte, demonio de melosas palabras! —exclamé—.
¿Cómo lograste establecerte en esta región? ¿Cómo ocurrió? —Abrí los ojos,
pero sólo vi a los ángeles de Fra Filippo en una confusa miscelánea de obras
que recordaba; unos seres radiantes pletóricos del cálido aliento carnal de la
tierra mezclado con el cielo—. Confío en que el monstruo a quien corté la
cabeza se abrase en el infierno —grité a voz en cuello.
Si el silencio puede hincharse y deshincharse, eso fue lo que hizo en
aquella inmensa estancia; yo sólo oí el rumor de mi agitada respiración.
Pero Florian no se inmutó.
—Podemos considerar tu propuesta, Úrsula —dijo.
—¡No! —protesté—. ¿Unirme a vosotros? ¿Convertirme en uno de los
vuestros? ¡Jamás!
El anciano me sujetó con fuerza del cuello. Si intentaba liberarme sólo
conseguiría hacer el ridículo. Bastaba con que apretara un poco más para
asfixiarme. Quizá fuera preferible. Pero deseaba añadir algo más.
—Nunca accederé. ¿Cómo os atrevéis a pensar que mi alma posee tan
poco valor que estaría dispuesto a entregárosla?
—¿Tu alma? —preguntó Florian—. ¿Qué valor tiene tu alma cuando se
niega a viajar durante siglos bajo las inescrutables estrellas, en lugar de unos
pocos años? ¿Qué valor tiene cuando se niega a perseguir la verdad durante
toda la eternidad, a cambio de una breve y vulgar existencia?
Lentamente, entre el sofocado murmullo de sus ropajes, Florian se levantó
y mostró por primera vez su largo manto rojo que caía hasta el suelo, formando
tras él una enorme sombra del color de la sangre. Inclinó la cabeza
ligeramente, haciendo que las lámparas confirieran a su pelo un intenso tono
dorado, y sus ojos azules adoptaron una expresión más suave.
—Nosotros estábamos aquí antes que los de tu especie —respondió en un
tono de voz siempre contenido; seguía mostrándose cortés y elegante—.
Estábamos aquí siglos antes de que vosotros llegarais a vuestra montaña.
Estábamos aquí cuando todas estas montañas circundantes eran nuestras. Sois
vosotros los invasores. —Tras detenerse unos instantes, Florian se irguió,
adoptando una actitud imperial, y continuó—: Es tu especie la que ha irrumpido
en nuestro territorio con sus granjas, aldeas, fortalezas y castillos, limitando
nuestro espacio, invadiendo nuestros bosques, hasta el extremo de que
debemos actuar con astucia más que con rapidez, y ser visibles en lugar de
comportarnos «como un ladrón en la noche», según afirma la Biblia.
—¿Por qué asesinasteis a mi padre y a mi familia? —pregunté.
Era incapaz de seguir callado por más tiempo, no me dejaría engañar por
su hábil elocuencia, sus suaves palabras, su rostro seductor.
—Tu padre y el padre de éste —contestó Florian—, así como el señor
feudal que les precedió talaron los árboles que rodeaban vuestro castillo. Pues
bien, yo debo talar el bosque de seres humanos que amenazan con invadir mi
castillo. De vez en cuando debo utilizar mi hacha, y eso es lo que hago y
seguiré haciendo. Tu padre podría haber pagado el tributo y seguir viviendo
tranquilamente. Podría haber prestado un juramento secreto que le exigía muy
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
poco.
—¡No creerás que él iba a entregaros a nuestros niños para que bebierais
su sangre o los sacrificarais a Satanás sobre un altar!
—Tú mismo lo comprobarás —contestó Florian—, pues creo que debemos
sacrificarte.
—¡No, Florian! —exclamó Úrsula—. Te lo suplico.
—Deja que te haga una pregunta, amable señor —intervine yo—, dado
que concedes tanta importancia a la justicia y a la historia. Si ésta es una corte,
una auténtica corte, ¿por qué no dispongo de una defensa humana? ¿O de
unos representantes humanos? ¿De unos abogados humanos que me
defiendan?
Mi pregunta desconcertó a Florian. Al cabo de unos momentos respondió:
—Nosotros constituimos una corte, hijo mío. Tú no eres nada, y lo sabes.
Habríamos permitido que tu padre viviera, al igual que permitimos al ciervo que
habite en el bosque para que se aparee con la hembra y tengan descendencia.
Es así de sencillo.
—¿Hay seres humanos en este lugar?
—Ninguno que pueda ayudarte —respondió Florian secamente.
—¿No hay unos centinelas humanos que montan guardia de día? —insistí.
—No —contestó Florian, y por primera vez esbozó una sonrisa de
orgullo—. ¿Acaso piensas que los necesitamos? ¿Crees que nuestros pichones
sienten la tentación de huir del corral durante el día? ¿Crees que necesitamos
unos centinelas humanos en este lugar?
—Desde luego. ¡Estás loco si crees que voy a incorporarme a tu corte!
¿Que no necesitáis unos centinelas humanos, cuando debajo de este castillo
hay una población cuyos habitantes saben lo que sois y que acudís de noche
porque no podéis aparecer de día?
Florian sonrió con paciencia.
—Son unas sabandijas —replicó sin alterarse—. No me hagas perder el
tiempo hablando de unos seres despreciables.
—Te equivocas al juzgarlos de modo tan severo. En cierta forma creo que
les amas más de lo que estás dispuesto a reconocer.
—En todo caso ama su sangre —dijo el anciano por lo bajo entre risas.
En ese momento se oyeron unas tímidas carcajadas, que se desvanecieron
en el acto, como los fragmentos de un objeto hecho añicos.
Florian tomó de nuevo la palabra:
—Consideraré tu propuesta, Úrsula, pero no...
—¡No, me niego! —protesté—. No me uniría a vosotros aunque estuviera
condenado a morir.
—No seas insolente —me advirtió Florian sin perder la calma.
—¡Sois unos idiotas si creéis que los habitantes de la población no se
rebelarán y tomarán esta ciudadela a la luz del día y descubrirán vuestros
escondites! —Percibí un murmullo a través del salón, pero ninguna palabra,
como si esos monstruos de rostro pálido se comunicaran entre sí por medio del
pensamiento o la simple mirada, haciendo que sus pesados y hermosos ropajes
se movieran—. ¡Sois unos estúpidos! ¿Os dais a conocer a todo el mundo de día
y creéis que esta Corte del Grial de Rubí puede perdurar eternamente?
—Me ofendes —replicó Florian, y sus mejillas se tiñeron de un tono
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
sonrosado que le sentaba divinamente—. Te pido cortésmente que guardes
silencio.
—¿Te he ofendido? Señor, permíteme un consejo. De día estáis
indefensos, lo sé perfectamente. Atacáis de noche y sólo entonces. Todos los
signos y las palabras así lo indican. Recuerdo a vuestras hordas huyendo de
casa de mi padre. Recuerdo la advertencia: «Mira el cielo.» Señor, lleváis
demasiado tiempo viviendo en vuestro bosque. Deberíais seguir el ejemplo de
mi padre y enviar a algunos discípulos a estudiar con los filósofos y los
sacerdotes de la ciudad de Florencia.
—No te burles de mí —imploró Florian con su habitual cortesía—.
Conseguirás que me enoje, Vittorio, y no deseo hacerlo.
—Te queda poco tiempo, viejo demonio —repliqué—. De modo que
disfruta en tu anticuado y aislado castillo mientras puedas.
Úrsula soltó una exclamación de protesta, pero yo no estaba dispuesto a
dejar que me interrumpiera.
—Quizá lograras sobornar a la vieja generación de idiotas que gobierna
hoy en día la población —dije—, pero si crees que los mundos de Florencia,
Venecia y Milán no os atacarán antes de lo que imaginas, es que estas
soñando. No son los hombres como mi padre quienes representan una
amenaza para vosotros, señor. Es el erudito con sus libros; son los alquimistas
y los astrólogos de las universidades quienes acabarán con vosotros, la era
moderna de la que no sabes nada... Ellos os perseguirán y darán caza como a
una vieja bestia legendaria, os sacarán de vuestra guarida al calor del sol y os
cortarán la cabeza...
—¡Mátalo! —gritó una voz femenina entre los presentes.
—Destrúyelo de inmediato —dijo un hombre.
—¡No merece que lo encerremos en el corral! —afirmó otro.
—No merece permanecer ni un solo instante en el corral, ni siquiera que lo
sacrifiquemos.
Acto seguido se alzó un coro de voces exigiendo mi muerte.
—¡No! —gritó Úrsula extendiendo los brazos hacia Florian—. ¡Te lo
suplico, Florian!
—Tormento, tormento, tormento —comenzaron a repetir dos, tres y hasta
cuatro voces.
—Señor —terció el anciano, aunque apenas lograba oír su voz—, no es
más que un muchacho. Encerrémoslo en el corral, con el resto de los pichones.
Dentro de un par de noches no recordará siquiera su nombre. Estará tan manso
y rollizo como los otros.
—¡Mátalo de una vez! —gritó alguien por encima del resto de la
concurrencia.
—¡Acabemos con él! —exclamaron otros.
Las peticiones sonaban cada vez más airadas.
De pronto se oyó una estentórea voz a la que de inmediato secundaron
otras:
—¡Despedázalo! ¡Sin tardanza!
—¡Sí, sí, sí!
Aquello parecía el batir de unos tambores de guerra.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
7
El corral
El anciano Godric gritó para imponer silencio en el preciso instante en que
numerosas manos gélidas me asían por los brazos.
En Florencia yo había visto a un hombre despedazado por la multitud.
Había estado peligrosamente cerca de aquel atroz espectáculo, y por poco
muero pisoteado por quienes, al igual que yo, trataban de huir.
De modo que sabía muy bien que aquello podía ocurrir. Estaba resignado
a sufrir esa o cualquier otra suerte, y creía tan firmemente en mi ira y mi
rectitud como en la muerte.
Pero Godric ordenó a los sedientos de sangre que se retiraran, y aquel
hatajo de rostros pálidos se apartó con una elegancia cortesana rayana en lo
ridículo y servil, con la cabeza gacha o vuelta hacia un lado, como si momentos
antes no hubieran estado dispuestos a matarme.
Yo no quité ojo a Florian, cuyo semblante mostraba tal acaloramiento que
casi parecía humano; la sangre latía en sus delgadas mejillas y en su boca,
oscura como una cicatriz cubierta de sangre reseca, pese a su atractiva forma.
El pelo dorado oscuro parecía casi castaño, y los ojos azules mostraban una
expresión pensativa y preocupada.
—Yo propongo que lo encerremos con los otros —apuntó Godric, el
anciano pelón.
En esos momentos Úrsula rompió a llorar, incapaz de contenerse por más
tiempo. Me volví hacia ella y observé la cabeza inclinada, las manos que le
cubrían el rostro casi por completo, y vi deslizarse a través de las arrugas de
sus largos dedos unas gotas rojas como si derramara lágrimas de sangre.
—No llores —dije, sin pensar en si habría sido más prudente mantener la
boca cerrada—. Has hecho cuanto estaba en tu mano, Úrsula. Soy un caso
perdido.
Godric se volvió frunciendo el arrugado entrecejo. Esta vez yo estaba lo
bastante cerca para percatarme de que en su cabeza blanca y pelada crecían
algunos pelos, unas escasas cejas canosas gruesas y ásperas como astillas.
Úrsula extrajo una gasa de color rosa de un pliegue de su vestido largo de
estilo imperio francés, un pañuelo con unas hojas verdes y unas flores rosas
bordadas en las esquinas; con él se enjugó sus hermosas lágrimas rojas y me
contempló como si se derritiera de amor.
—Mi situación es insalvable —le dije—. Has hecho cuanto has podido por
salvarme. Si pudiera, te abrazaría para protegerte de este dolor. Pero esta
bestia me tiene cautivo.
Se produjeron unos murmullos y unas exclamaciones de protesta entre la
congregación de monstruos vestidos de escarlata. Durante unos breves
instantes me permití observar los rostros demacrados y blancos como la cera
que flanqueaban a Florian, y a algunas de las damas tan afrancesadas con sus
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
anticuados tocados y cofias de color rosa que no mostraban un solo pelo de la
cabeza. Tenían un aspecto absurdo y exquisito, y por supuesto todos eran
demonios.
Godric, el anciano pelón, emitió una risita.
—Menuda colección de demonios —comenté con desprecio.
—Enciérralo en el corral, señor—sugirió el calvo Godric—. Junto con los
otros. Luego deseo hablar contigo en privado. Y con Úrsula. Está excesivamente
afectada.
—¡Sufro por él, sí! —replicó ella—. Te lo ruego, Florian, jamás te he
implorado nada semejante, tú lo sabes.
—Sí, Úrsula —admitió Florian suavizando aún más el tono—. Lo sé, mi
bella flor. Pero este joven es rebelde, y su familia ha destruido sin miramientos,
desde los tiempos en que nos dominaban, a los desdichados miembros de
nuestra tribu que abandonaban el castillo para cazar. Ha ocurrido más de una
vez.
—¡Maravilloso! —exclamé—. ¡Qué valiente, qué prodigioso, qué regalo
acabas de hacerme!
Florian me miró perplejo y enojado.
Úrsula avanzó precipitadamente entre el remolino de su falda de
terciopelo rojo oscuro y se inclinó sobre la mesa pulida para hablar en tono
confidencial con Florian. Sólo alcancé a ver su cabello recogido en dos largas y
gruesas trenzas, entrelazadas con unas magníficas cintas de terciopelo rojo.
Pese a todo, no pude por menos de sentirme cautivado por la forma perfecta
de sus brazos, a un tiempo esbeltos y rollizos.
—Te lo suplico, señor —imploró Úrsula—, enciérralo en el corral y deja
que yo disfrute de él tantas noches como precise para resignarme a esta
situación. Permite que Vittorio asista esta noche a la misa de medianoche, y
que reflexione.
Yo no respondí. Me limité a almacenar aquello en mi memoria.
Dos de los presentes, unos individuos bien rasurados que vestían un
atuendo ceremonial, aparecieron de pronto junto a mí para ayudar a Godric a
conducirme a mi prisión.
Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, me cubrieron los ojos con un
delicado lienzo. Estaba ciego.
—¡No veo nada! —protesté.
—De acuerdo, encerradlo en el corral —ordenó Florian.
Me sacaron de la habitación apresuradamente, como si los pies de quienes
me escoltaban apenas rozaran el suelo.
La música sonó de nuevo, tan machacona como fantasmal, pero por
suerte dejé de oírla al cabo de unos instantes. Sólo me acompañó la voz de
Úrsula mientras me conducían escaleras arriba, propinándome más de un
pisotón y sujetándome con tal fuerza que me magullaron los brazos.
—Calla, Vittorio, te lo ruego, no te resistas. Sé valiente y guarda silencio.
—¿Por qué, amor mío? —repliqué—. ¿Por qué este empeño en salvarme?
¿Eres capaz de besarme sin clavarme los dientes?
—Sí, sí, sí —me susurró Úrsula en el oído.
Advertí que me arrastraban por un pasillo. Percibí un sonoro coro de
voces, que se expresaban en un lenguaje corriente, el viento que aullaba fuera
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
y una música muy distinta a la que oyera antes.
—¿Qué es esto? ¿Adonde me lleváis? —pregunté.
Oí que se cerraba una puerta a mis espaldas, y luego me arrancaron la
venda de los ojos.
—Esto es el corral, Vittorio —dijo Úrsula, y oprimió el brazo contra el mío
para susurrarme al oído—: Aquí es donde encierran a las víctimas hasta que las
necesitan.
Nos detuvimos en un rellano de piedra que estaba desierto. La escalera de
caracol conducía a un gigantesco patio inferior, en el cual había tal movimiento
que al principio me costó asimilarlo del todo.
Nos hallábamos en un piso alto del castillo, entre sus muros, de eso sí me
di cuenta. Observé que el patio estaba cerrado por los cuatro costados, que los
muros estaban revestidos de mármol blanco y salpicados de multitud de
ventanas estrechas y puntiagudas de doble arco, en un estilo típicamente
francés. En lo alto, el cielo mostraba un vivido y pulsante resplandor,
alimentado sin duda por las innumerables antorchas que había en los tejados y
los estribos del castillo.
Todo esto no me indicó gran cosa, salvo que la huida era imposible, pues
las ventanas más próximas eran demasiado elevadas y el mármol demasiado
liso para escalar sin más por él.
Había un gran número de pequeños balcones, demasiado elevados
también para acceder a ellos, en los que vi a algunos de esos demonios de tez
pálida ataviados de rojo. Me observaban como si mi entrada en el «corral»
constituyera todo un acontecimiento. También vi unos amplios porches,
ocupados por otros grupos de monstruos que al parecer no tenían nada mejor
que hacer que regodearse con el espectáculo.
«Malditos sean todos ellos», pensé.
Lo que me chocó y fascinó fue la gran cantidad de seres humanos y
cobertizos que observé en el patio.
En primer lugar, el patio estaba más iluminado que la siniestra corte,
donde yo acababa de ser sometido a juicio, por así decirlo. Constituía un
singular universo, en el que crecían docenas de olivos y demás árboles frutales,
naranjos y limoneros, todos ellos decorados con faroles.
Era un pequeño universo repleto de personas que daban la impresión de
estar ebrias y aturdidas. Esos desdichados seres, algunos semidesnudos, otros
por completo vestidos, incluso con ropas elegantes, deambulaban de aquí para
allá o estaban sentados o tumbados en el suelo. Todos presentaban un aspecto
sucio, desaliñado, degradado.
Había un gran número de chozas, como las antiguas cabañas de paja de
los campesinos, cobertizos de madera sin puertas ni ventanas, pequeños
enclaves de piedra, jardines con pérgolas y un sinfín de serpenteantes caminos.
Era el endiablado laberinto de un jardín desatendido que poco a poco
había asumido un aspecto selvático bajo la noche desnuda.
Había un gran número de árboles frutales y unos lugares cubiertos de
hierba, donde yacían unas personas que contemplaban las estrellas como si
dormitaran, aunque tenían los ojos abiertos.
Una multitud de floridas parras cubría los recintos rodeados por unas
alambradas cuyo único propósito parecía ser el de crear un espacio privado. Vi
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unas gigantescas jaulas repletas de orondas aves, sí, aves, varias hogueras
para cocinar los alimentos y unos enormes pucheros que humeaban sobre unos
lechos de carbones que despedían un intenso aroma a especias.
Unos pucheros, sí, repletos de sopa.
Vi a cuatro demonios pululando por allí, aunque tal vez hubiera más: unos
seres esqueléticos, pálidos como sus superiores, que vestían el atuendo rojo
sangre de rigor pero llevaban las ropas toscas y harapientas, como las de los
campesinos.
Dos personas vigilaban el caldo o la sopa, o lo que fuera aquello, mientras
una tercera barría el suelo con una enorme y vieja escoba y otra transportaba
sobre la cadera con gesto indiferente un niño de corta edad, cuya cabeza
oscilaba de un lado a otro sobre un frágil cuello.
Era un cuadro más grotesco e inquietante que el de la corte, repleta de
unos cadavéricos aristócratas de pacotilla.
—El humo de los pucheros hace que me escuezan los ojos —dije.
Aspiré una deliciosa mezcla de penetrantes aromas. Identifiqué muchas de
las especias que se empleaban de condimento, así como el olor de cordero y
buey, aunque éstos se confundían con otros sabores más exóticos.
Los seres humanos que había allí parecían aturdidos: niños, ancianas, los
famosos tullidos que jamás aparecían en la población, jorobados, gente con el
cuerpo deforme, enanos que no habían alcanzado una estatura normal, y unos
individuos gigantescos, fornidos y barbudos, así como muchachos de mi edad o
mayores; todos ellos deambulaban por el recinto o estaban tumbados en el
suelo ofuscados, enloquecidos, observándonos sin dejar de pestañear,
perplejos, como si nuestra presencia significara algo que no alcanzaban a
comprender.
Mientras contemplaba el espectáculo desde el rellano de la escalera, me
sentí desfallecer, pero Úrsula me sujeto del brazo. El aroma de la comida había
despertado mi apetito. Me sentía hambriento, famélico. No, tan sólo ansiaba
beber aquella sopa, como si allí no existiera ningún alimento que no fuera
líquido.
De pronto los dos caballeros enjutos e indiferentes que no se habían
apartado de nosotros, aquellos que me habían vendado los ojos para
conducirme hasta allí dieron media vuelta y bajaron la escalera a paso de
marcha, haciendo resonar sus tacones sobre las piedras.
Del variopinto y disperso grupo de humanos que ocupaba el recinto
brotaron algunas exclamaciones de sorpresa. Algunos se volvieron para
mirarnos. Otros, tumbados en el suelo, sacudieron la cabeza para despabilarse
del sopor etílico en el que se hallaban sumidos.
Los dos caballeros, con sus largas mangas que arrastraban por el suelo, se
encaminaron con la espalda tiesa y muy juntos, como si fueran hermanos del
alma, hacia el primer puchero que vieron.
Observé cómo dos mortales borrachos se levantaban y avanzaban a
trompicones hacia los caballeros ataviados de rojo. En cuanto a éstos, parecían
divertirse desconcertando a todos.
—¿Qué hacen? ¿Qué se proponen? —Me sentía mareado. Iba a
desvanecerme. Pero qué aroma tan delicioso y tentador exhalaba esa sopa—.
Úrsula. —No supe qué más decir tras musitar su nombre como en una plegaria.
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—No temas. Yo te sostengo, amor mío. Esto es el corral. ¿Lo ves?
A través de una bruma vi a los dos caballeros pasar bajo las ramas
ásperas y espinosas de los naranjos en flor, de los que pendían jugosos frutos,
aunque ninguno de aquellos seres hinchados y aletargados necesitaba una fruta
fresca y suculenta como una naranja.
Los caballeros se situaron a ambos lados del primer puchero y,
extendiendo la mano derecha, se cortaron la muñeca derecha con el cuchillo
que sostenían en la izquierda y dejaron que la sangre manara copiosamente
dentro del caldo.
Los humanos que se congregaban en torno a ellos emitieron un débil grito
de gozo.
—Maldita sea, es la sangre, debí imaginarlo —murmuré. De no haberme
sujetado Úrsula, habría caído al suelo—. El caldo está reforzado con sangre.
Uno de los caballeros se volvió, como si el humo y los olores le
disgustaran, pero dejó que su sangre siguiera cayendo dentro del puchero.
Luego se volvió rápidamente, casi con fastidio, y agarró del brazo a uno de los
pálidos, débiles y demacrados demonios que vestían ropas de campesino.
El caballero arrastró al desdichado hasta el puchero. El enclenque y
depauperado demonio gimió y rogó que lo soltara, pero el caballero le practicó
unos cortes en ambas muñecas; aunque el campesino volvió la cara, el otro le
sujetó con fuerza mientras la sangre caía a borbotones en el caldo.
—La obra de Dante palidece frente a vuestros círculos del infierno —
comenté. Sin embargo, me dolía emplear ese tono con Úrsula.
Ella siguió sujetándome.
—Son campesinos, sí, y sueñan con convertirse en caballeros, y si
obedecen tal vez lo consigan.
Recordé que los soldados demonios que me habían conducido hasta el
castillo eran unos rudos cazadores. Todo estaba pensado hasta el último
detalle, pero esta criatura, mi amor de hombros estrechos, de brazos suaves y
flexibles, con su rostro bañado en lágrimas, era una auténtica dama, ¿o no?
—Vittorio, deseo con todo mi corazón que no mueras.
—¿De veras, amor mío? —respondí al tiempo que la rodeaba con mis
brazos. Si no la hubiese abrazado no me habría sostenido en pie.
La vista se me nublaba por momentos.
Con la cabeza apoyada en el hombro de Úrsula, la mirada dirigida hacia la
multitud que se hallaba en el corral, vi a los seres humanos arremolinarse en
torno a los pucheros e introducir sus tazas en el caldo caliente donde había
caído la sangre, y soplar sobre éste antes de beberlo.
Entre los muros del recinto se oyó el eco de unas breves y espeluznantes
risotadas, deduzco que emitidas por los espectadores situados en los balcones.
De pronto se produjo un remolino de color rojo, como si hubiera caído una
gigantesca bandera desplegada.
Era una dama que había caído de las remotas alturas del castillo, para
aterrizar entre las respetuosas hordas que invadían el corral.
Se inclinaron ante ella y la saludaron. Luego retrocedieron entre
exclamaciones de asombro cuando ella se acercó también al puchero y,
lanzando una estentórea carcajada de rebeldía, se cortó la muñeca y derramó
su sangre en el caldo.
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—Sí, queridos pollitos míos —dijo la dama; después alzó la vista y nos
miró—. Ven, Úrsula, apiádate de nuestra pequeña y hambrienta comunidad;
muéstrate generosa esta noche. ¿No te apetece dar sangre? Deberías darla en
honor de nuestra nueva adquisición.
Úrsula, que parecía turbada por esta salida fuera de tono, me sujetó
suavemente con sus largos dedos. Yo la miré a los ojos.
—Estoy ebrio, ese aroma me embriaga.
—A partir de ahora sólo tú recibirás mi sangre —musitó Úrsula.
—Dámela, estoy sediento de ella, me siento tan débil que voy a morir —
respondí—. ¡Por el amor de Dios, tú me trajiste aquí! No, no, vine por mi propia
voluntad.
—Calla, amor mío —repuso ella.
Úrsula me pasó el brazo alrededor de la cintura y comenzó a succionarme
la piel debajo de mi oreja, como si deseara formar un pequeño montículo en mi
cuello, caldearlo con su lengua y luego clavarme los dientes.
Sentí como si me hubiera violado, y sumiéndome de nuevo en una
ensoñación extendí las manos hacia ella; entonces ambos echamos a correr a
través del prado que nos pertenecía sólo a nosotros y al que aquellos otros
seres jamás podrían acceder.
—Ah, inocente amor —dijo Úrsula mientras bebía mi sangre—, inocente,
inocente.
De pronto sentí un fuego gélido y abrasador en la herida del cuello, como
si un delicado parásito de largos tentáculos hubiera penetrado en mi cuerpo,
alcanzando las zonas más remotas del mismo.
El prado se extendía a nuestro alrededor, vasto y fresco, sembrado de
azucenas mecidas por la brisa. ¿Estaba ella conmigo? ¿Junto a mí? En un
esplendoroso instante tuve la sensación de estar solo y la oí gritar como si se
hallara a mis espaldas.
Inmerso en ese sueño exquisito, refrescante y sutil como el aleteo de un
pájaro, en el que contemplé el cielo de un azul purísimo y unas frágiles ramitas
que se partían al menor contacto, quise volverme y correr hacia ella. Pero por
el rabillo del ojo contemplé algo tan espléndido y magnífico que el corazón me
dio un vuelco.
—¡Mira, contempla esta belleza!
Eché la cabeza hacia atrás. El sueño se había desvanecido. Los elevados
muros de mármol blanco del castillo-prisión se erguían ante mis doloridos ojos.
Úrsula me sostuvo al tiempo que me observaba fijamente, perpleja, con los
labios ensangrentados.
Luego me tomó en brazos. Me sentí indefenso como un niño. Úrsula me
transportó escaleras abajo sin que yo pudiera mover un solo músculo.
Tuve la impresión de que el universo que me rodeaba se componía de
unas figurillas dispuestas en los balcones y en las almenas, que reían y me
señalaban con sus diminutas manos, unas figuras siniestras iluminadas por la
luz de las antorchas.
Rojo sangre, aspira su olor.
—¿Qué era lo que había en el prado? ¿Lo viste? —pregunté a Úrsula.
—¡No! —contestó ella. Parecía asustada.
Yo yacía sobre un montón de heno, un lecho improvisado. Los pobres y
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desnutridos campesinos demonios me contemplaron con expresión bobalicona y
los ojos inyectados en sangre, y ella, Úrsula, se cubrió el rostro con las manos y
rompió a llorar.
—No puedo dejarlo aquí—dijo.
Me pareció que Úrsula estaba lejos, muy lejos. Oí que unas personas
lloraban. ¿Acaso había estallado una revuelta entre aquellos seres drogados y
condenados? Oí unos sollozos.
—Pero lo harás. Primero te acercarás al puchero y darás tu sangre.
¿Quién había pronunciado esas palabras?
Yo no lo sabía.
—... Es hora de asistir a misa.
—Esta noche no os lo llevaréis.
—¿Por qué lloran? —pregunté—. ¿No los oyes, Úrsula? Están llorando.
Uno de los depauperados jóvenes me miró a los ojos. Sujetándome por el
pescuezo con una mano, acercó una taza de caldo a mis labios. No quise que
me resbalara por la barbilla. Bebí con avidez. Tenía la boca llena.
—Esta noche no —dijo Úrsula. Sentí que me besaba en la frente, en el
cuello. Alguien la obligó a apartarse. Úrsula me aferró la mano con fuerza, pero
al cabo de unos instantes se la llevaron de allí.
—Vamos, Úrsula, déjalo.
—Duerme, amor mío —me susurró ella al oído. Noté el roce de su falda—.
Duerme, Vittorio.
El que me había dado de beber arrojó la taza al suelo. Atontado, borracho
como una cuba, observé cómo el contenido se derramaba y empapaba el heno
sobre el que me hallaba tendido. Ella se arrodilló junto a mí, con la boca
entreabierta, roja y apetecible.
Me tomó el rostro con sus manos frescas y vertió la sangre con su boca en
la mía.
—Ah, amor mío —dije. Deseaba contemplar el prado. Pero no apareció—.
¡Déjame contemplar el prado! ¡Deseo verlo!
No vi ningún prado, sólo la extraña imagen de su rostro; luego noté que la
luz se atenuaba y que me envolvía un manto de oscuridad y sonido. No podía
oponer más resistencia. Era incapaz de hablar, de recordar... Pero alguien había
dicho esas mismas palabras.
Los sollozos no cesaban. Eran angustiosos. Un llanto de dolor y
desesperación.
Cuando abrí los ojos de nuevo, había amanecido. El sol hería mis ojos y la
cabeza me estallaba.
Un hombre se había encaramado sobre mí e intentaba arrancarme la ropa.
¡Estúpido borracho! Me volví, mareado y a punto de vomitar, y me lo quité de
encima; le propiné un sonoro puñetazo que lo dejó inconsciente.
Traté de levantarme, pero no pude. Las náuseas eran insoportables. Los
otros estaban acostados a mi alrededor, dormidos. El sol hería mis ojos.
Laceraba mi piel. Me amadrigué en el heno. El calor batía sobre mi cabeza, y
cuando me pasé las manos por el pelo advertí que estaba ardiendo. La jaqueca
me causaba unos intensos latidos en los oídos.
—Entra en el cobertizo —dijo una voz. Era una vieja decrépita, que me
indicó que me acercara desde el cobertizo con techado de paja—. Aquí se está
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fresco.
—Malditos seáis todos —repliqué.
Al cabo de unos instantes volví a dormirme. Perdí el mundo de vista.
A últimas horas de la tarde recobré el conocimiento.
Estaba arrodillado junto a uno de los pucheros. Bebía un cuenco de caldo
con tal avidez que me lo echaba por encima. Me lo había dado la vieja.
—Los demonios duermen —dije—. Podemos... Podemos... —Comprendí
que era inútil. Deseaba arrojar el cuenco al suelo, pero seguí bebiendo el caldo
caliente.
—No contiene sólo sangre, sino también vino, un vino excelente —dijo la
vieja—. Bébelo, muchacho, y no sentirás el menor dolor. No tardarán en
matarte. No es tan terrible.
Al cabo de un rato me percaté de que había oscurecido.
Me volví.
Abrí los ojos por completo, pues ya no me dolían como cuando brillaba el
sol.
Comprendí que había perdido todo el día en esa ebria, estúpida y
desastrosa postración. Había caído en la trampa que me habían tendido. Estaba
inerme en lugar de tratar de inducir a esos inútiles que me rodeaban a
sublevarse. ¡Dios, cómo pude dejar que eso ocurriera! Ah, qué tristeza, una
tristeza vaga y distante... Y la dulzura del sueño.
—Despierta, muchacho —me apremió la voz de un demonio—. Esta noche
quieren que asistas.
—¿Quiénes? ¿Para qué? —inquirí, alzando la vista.
Las antorchas estaban encendidas. Todo resplandecía y brillaba. Percibí el
murmullo de las hojas verdes en los árboles, el intenso olor dulzón de los
naranjos. El mundo se componía de las llamas que danzaban en lo alto y las
atractivas formas de las hojas negras. El mundo era hambre y sed.
El caldo humeaba en el puchero, y su aroma borraba todo lo demás. Abrí
la boca para ingerirlo, aunque no había ningún cuenco junto a mis labios.
—Yo te lo daré —dijo la voz del demonio—. Pero incorpórate. Tengo que
lavarte. Esta noche debes ofrecer un buen aspecto.
—¿Para qué? —pregunté—. Todos han muerto.
—¿Quiénes?
—Mi familia.
—Aquí no está tu familia. Ésta es la Corte del Grial de Rubí. Tú perteneces
al señor de esta corte. Vamos, tengo que prepararte.
—¿Para qué tienes que prepararme?
—Para la misa, anda, levántate —contestó el demonio, de pie junto a mí,
apoyado sobre su escoba, el rostro enmarcado por unas lustrosas guedejas que
le daban aspecto de duende—. Levántate, muchacho. Quieren que acudas. Es
casi medianoche.
—¡No, es imposible que sea medianoche! —grité—. ¡No!
—No temas —dijo él con frialdad, irritado—. Es inútil.
—¡No lo entiendes, es la pérdida de tiempo, la pérdida de la razón, la
pérdida de las horas durante las cuales mi corazón latió y mi cerebro durmió!
¡No tengo miedo, estúpido demonio!
El demonio me sostuvo con una mano para impedir que me alzara de mi
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lecho de heno y me lavó la cara con la otra.
—Esto ya es otra cosa. Eres un joven muy atractivo. Siempre sacrifican los
primeros a los ejemplares como tú. Eres fuerte y posees un cuerpo y un rostro
muy bellos. ¡Y doña Úrsula soñando contigo y llorando por ti! Se la han llevado.
—Yo también soñaba... —repliqué.
¿Era posible que estuviera conversando con ese sirviente monstruoso
como si fuéramos amigos? ¿Qué había sido de los magníficos sueños que yo
tejía, aquella inmensa y luminosa majestad?
—Por supuesto que puedes conversar conmigo —dijo el demonio—.
Morirás extasiado, mi joven y bello señor. Y verás las campanas de la iglesia
iluminadas, y la misa; tú serás la ofrenda de sacrificio.
—No, soñé con unos prados —respondí—. Vi algo en los prados. No, no
era Úrsula. —Hablaba conmigo mismo, con mi trastornada y confundida mente,
invocando a mi sentido común para que me prestara atención—. Vi a alguien en
el prado. Alguien tan... No puedo...
—No empeores las cosas —dijo el demonio en tono conciliador—. Bien, ya
sólo falta lustrar los botones y las hebillas. Se nota que eras un caballero de
alcurnia.
Un caballero de alcurnia...
—¿Oyes eso? —preguntó el demonio.
—No oigo nada.
—Es el reloj, que da el tercer cuarto de la hora. La misa está a punto a
empezar. No hagas caso del ruido. Son los otros que también van a morir
sacrificados. No dejes que eso te ponga nervioso. Son unos lloricas.
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Réquiem, o el sagrado sacrificio de la misa
como yo jamás lo había contemplado
¿Había existido alguna vez una capilla tan bella, en la que el mármol
blanco se hubiera empleado con incomparable maestría? ¿De qué fuente de oro
eterno procedían esos espléndidos adornos de volutas y espirales, las altas
ventanas de arco ojival, iluminadas desde el exterior por unos ardientes fuegos
que ponían de relieve, con la perfección de las joyas, sus diminutas y gruesas
facetas de vidrio de colores para formar unas angostas y solemnes escenas en
apariencia sagradas?
Sin embargo, no eran unas escenas sagradas.
Me hallaba arriba, en el coro, sobre el vestíbulo, contemplando la inmensa
nave y el altar que estaba situado en el extremo opuesto. De nuevo me
flanqueaban los siniestros y majestuosos caballeros, quienes cumplían su tarea
con gran fervor mientras me sostenían por los hombros para que permaneciera
de pie.
Tenía la mente despejada, aunque no del todo. Me aplicaron de nuevo un
paño húmedo sobre los ojos y la frente. El agua con que lo habían empapado
procedía de un manantial de nieve derretida.
Pese al mareo que sentía, y a la fiebre, no perdí detalle.
Vi a los demonios dibujados en las relucientes vidrieras, tan hábilmente
creados con pedacitos de vidrio rojo, oro y azul como unos ángeles o santos. Vi
los rostros burlones de esos monstruos con alas dotadas de membranas y
garras en lugar de manos, observando a los asistentes.
Abajo, a ambos lados de la amplia nave central se hallaban los miembros
de la imponente corte, con sus magníficos ropajes de color rubí, frente al largo
y amplio comulgatorio, exquisitamente tallado, y al elevado altar que había
detrás de éste.
El nicho situado detrás del altar estaba cubierto con unas pinturas. Unos
demonios bailaban en el infierno, danzaban airosamente entre las llamas como
bañados por una cálida luz, y sobre ellos aparecían inscritas en letras doradas
en unos estandartes sueltos y desplegados las palabras de san Agustín. Yo las
conocía por haberlas estudiado, e indicaban que esas llamas no eran las llamas
de un fuego real sino que simbolizaban la ausencia de Dios, aunque la palabra
«ausencia» se había sustituido por el término en latín que significa «libertad».
«Libertad» era la palabra que aparecía esculpida, en latín, en los elevados
muros de mármol blanco, en un friso que se extendía bajo balcones a ambos
lados de la iglesia, situados al mismo nivel que el lugar en el que me hallaba
yo; desde allí el resto de la corte presenciaba el espectáculo
La luz inundaba la elevada bóveda de crucería.
¿Y en qué consistía ese espectáculo?
El elevado altar estaba adornado con un lienzo escarlata orlado con un
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fleco dorado, debajo de cuyos pliegues asomaba un cuadro tallado en mármol
blanco que mostraba unas figuras bailando en el infierno, aunque debido a la
distancia a la que me encontraba no podía apreciar su agilidad.
Lo que vi con perfecta nitidez fueron los gruesos candelabros dispuestos
no ante un crucifijo, sino ante una gigantesca imagen en piedra de Lucifer, el
ángel caído, con sus largas guedejas en llamas y envuelto en un torrente de
fuego, plasmado en mármol; en sus manos sostenía los símbolos de la muerte:
en la derecha la guadaña y en la izquierda la espada del verdugo.
Al contemplar esa imagen quedé estupefacto. Era monstruosa, y ocupaba
justo el lugar donde yo confiaba ver la efigie de Jesucristo; sin embargo, en un
momento de delirio y agitación mis labios esbozaron una sonrisa y mi taimada
mente me dijo que aquélla no era menos grotesca que una imagen de Jesús
crucificado.
Los guardianes me sujetaron con fuerza. ¿Había perdido el equilibrio?
De pronto, unos demonios que estaban a mi alrededor, y en los que ni
siquiera había reparado, ejecutaron un tenue redoble de tambores, lento y
siniestro, melancólico y hermoso en su destemplada sencillez.
Acto seguido se oyó un coro de graves trompas que interpretaron una
dulce canción cuyos diversos registros se combinaban a la perfección; no era la
reiterativa música de acordes que oyera la víspera, sino una lánguida e
implorante polifonía de melodías tan tristes que inundaron mi corazón de pesar,
pulsaron las fibras de mi corazón e hicieron que las lágrimas afloraran a mis
ojos.
Pero ¿qué era eso? ¿Qué era esa música compuesta por unas ricas y
variadas voces que me rodeaba e invadía la nave, y cuyo eco resonaba sobre el
satinado mármol mientras ascendía suave y perfecta hasta el lugar donde yo
contemplaba embelesado la distante figura de Lucifer?
Todas las flores que contenían los jarrones de plata y oro depositados a
sus pies eran rojas; de color rojo eran las rosas y los claveles, los lirios y unas
flores salvajes cuyo nombre yo desconocía. El altar rebosaba de vida y estaba
cubierto con objetos de ese color intenso, ese espléndido matiz, el único color
que le quedaba a Lucifer y podía brotar de su inevitable e irremisible oscuridad.
Oí las polvorientas y sonoras notas de la chirimía, el pequeño oboe y la
dulzaina, y otros pequeños instrumentos de lengüetas que se tocan con la
boca, y luego el tono más resonante del sacabuche de metal, y el sutil y
melodioso sonido de los martillos al percutir en las tensas cuerdas del salterio.
Esa música bastaba para subyugarme, para llenar mi alma; sus
melodiosos hilos se entretejían, solapaban y armonizaban para luego separarse.
Su belleza me dejó sin aliento y deslumbrado. Sin embargo, observé las
estatuas de los demonios dispuestas de derecha a izquierda (tan semejantes a
los caballeros y damas sentados a la mesa en la corte que contemplara la
noche anterior), a partir de la imponente efigie de su diablo.
¿Eran unos vampiros esos enjutos santos del infierno, tallados en madera
dura porque ésta posee un brillo de nogal rojizo, ataviados con las elegantes y
austeras vestiduras ceñidas a sus esbeltos cuerpos, los ojos entornados, la boca
abierta mostrando dos colmillos blancos que reposaban sobre el labio inferior,
como dos diminutos fragmentos de marfil destinados a remarcar el propósito de
cada monstruo?
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¡Ah, qué horrenda catedral! Intenté volver la cabeza, cerrar los ojos, pero
su misma monstruosidad me fascinaba. Un cúmulo de patéticos pensamientos
inconexos no llegaron a alcanzar mis labios.
Las trompas callaron, así como los rústicos instrumentos de madera. «No
te desvanezcas, dulce música. No me dejes aquí.»
Entonces se oyó un coro de melodiosas voces de tenor, que entonaron
unas palabras en latín que yo no comprendí, un himno en honor de los
muertos, un himno en honor de la mutabilidad de todas las cosas, y acto
seguido percibí el sonoro y lustroso coro de sopranos masculinos y femeninas,
bajos y barítonos, que cantaban con vigor formando una espléndida polifonía
en respuesta a los solitarios tenores:
«Voy a reunirme con el Señor, pues Él ha permitido que estas criaturas de
las tinieblas respondan a mis súplicas...»
¿Qué palabras de pesadilla eran ésas?
De nuevo se oyó el sonoro y nutrido coro de numerosas voces en
respuesta a las de los tenores:
«Los instrumentos de la muerte me aguardan en su cálido y devoto beso,
y por voluntad divina transmitirán a sus cuerpos mi sangre, mi éxtasis, el
ascenso de mi alma a través de la suya, a fin de conocer el cielo y el infierno
durante su oscuro servicio.»
El armonio ejecutó su solemne canción.
En el santuario de la iglesia, acompañados por la más sonora, rica y
lustrosa polifonía que yo jamás había escuchado, penetraron unas figuras
ataviadas con ropajes sacerdotales.
Vi al señor, Florian, vestido con una espléndida casucha roja como si fuera
el mismísimo obispo de Florencia; salvo que ésta ostentaba con insolencia la
cruz de Cristo boca abajo, en honor del maldito, y en su rubia cabeza no
tonsurada lucía una corona engarzada con joyas como si se tratara a la vez de
un monarca franco y el sirviente del señor oscuro.
Las notas sonoras y agudas de las trompas presidían la melodía. Había
comenzado una marcha, punteada por el redoble seco y sostenido de los
tambores.
Florian ocupó su lugar ante el altar, de cara a los asistentes que se
congregaron en la iglesia. A su lado estaba Úrsula, con el cabello suelto y largo
hasta los hombros, aunque cubierta como María Magdalena con un velo
escarlata que le rozaba el dobladillo de su ceñido vestido.
Úrsula tenía el rostro vuelto hacia mí, y pese a la gran distancia que nos
separaba observé que sus manos, unidas en actitud de oración, con los dedos
juntos, temblaban.
Al otro lado del sumo sacerdote Florian se hallaba su ayudante, el anciano
pelón, quien también lucía una casulla y unas mangas de encaje ricamente
bordadas.
A ambos lados del altar aparecieron unos acólitos, unos demonios jóvenes
y altos con los típicos rostros de marfil cincelado, que vestían las simples
casullas propias de los que ayudan al sacerdote que dice misa. Estos
procedieron a ocupar su lugar frente al largo comulgatorio.
De nuevo se elevó un magnífico coro de voces en falsete que se
mezclaban con auténticas sopranos y los resonantes bajos de los varones, del
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que emanaba un aire tan campestre como el de los instrumentos de viento de
madera, todo ello punteado por la resonante declaración del metal.
¿Qué se proponían? ¿Qué himno era este que cantaban ahora los tenores,
y qué significaba la respuesta que emitían unas voces junto a mí, unas palabras
cantadas en latín de forma desordenada e incoherente?:
«Señor, he llegado al valle de la muerte; señor, he llegado al fin de mis
cuitas; señor, en tu nombre doy vida a quienes languidecerían en el infierno de
no ser por tu divino plan.»
Mi alma se rebeló. Odiaba ese espectáculo, y sin embargo no podía
apartar los ojos de él. Recorrí la iglesia con la mirada. Observé por primera vez
los enjutos y demoníacos seres que exhibían sus colmillos sobre unos
pedestales instalados entre las estrechas vidrieras, y el resplandor de las velitas
dispuestas en un sinfín de candeleros.
La música sonó una vez más para dar paso a la solemne declaración de
los tenores:
«Traed la pila, para que aquellos que constituyen nuestra ofrenda sean
purificados.»
Y la orden se cumplió.
Unos jóvenes demonios vestidos de monaguillos aparecieron portando en
sus manos dotadas de una fuerza sobrenatural una magnífica pila bautismal de
mármol rosa de Carrara, que depositaron a los pies del comulgatorio.
—Qué aberración convertir este espectáculo en algo tan hermoso —
murmuré.
—Silencio, muchacho —replicó el majestuoso guardia que estaba junto a
mí—. Observa, pues lo que verás aquí no lo volverás a contemplar jamás en la
Tierra, y puesto que irás a reunirte con Dios sin haberte confesado, arderás
para siempre en el infierno.
Lo dijo como si estuviera convencido de ello.
—No tienes poder alguno para condenar mi alma —murmuré, tratando en
vano de ver con mayor nitidez, de librarme de esa sensación de debilidad que
me obligaba a depender de las manos que me sostenían.
—Adiós, Úrsula —musité al tiempo que dibujaba un beso con los labios.
Pero en ese momento íntimo y milagroso, que pasó inadvertido para el
resto de los asistentes, la vi mover la cabeza en un pequeño y secreto gesto de
negación.
Nadie lo advirtió porque todos estaban absortos en aquel espectáculo
infinitamente más trágico que cualquier otro rito que habíamos presenciado con
anterioridad.
Escoltado por unos demonios acólitos que vestían túnicas rojas y mangas
de encaje ribeteadas de escarlata y oro, avanzaba por la nave un triste
muestrario de los cautivos en el corral: viejas que caminaban arrastrando los
pies, hombres borrachos y unos niños aferrándose a los demonios que los
conducían a la muerte, como las desdichadas víctimas de un horrendo y
anticuado juicio donde los hijos de los condenados eran conducidos al cadalso
junto a sus padres. ¡Horror!
—¡Malditos! ¡Yo os maldigo! ¡Dios, haz que tu justicia caiga sobre ellos! —
murmuré—. ¡Derrama tus lágrimas sobre nosotros! ¡Llora por nosotros,
Jesucristo, por esta atrocidad!
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Entorné los ojos. Me pareció soñar de nuevo, y volví a contemplar el verde
e ilimitado prado; una vez más, mientras Úrsula corría hacía mí, cuando su
cuerpo ágil y juvenil atravesó apresuradamente el elevado prado tapizado de
hierba y azucenas apareció otra figura, una que me resultó familiar...
—¡Sí, ya te veo! —exclamé dirigiéndome a esta visión en mi sueño, que
había logrado rescatar a medias.
Pero tan pronto como la hube reconocido e identificado, la figura
desapareció, y con ella todo recuerdo de la misma: el exquisito rostro, su
cuerpo y su significado, su puro y poderoso significado. Las palabras huyeron
de mí.
Vi a Florian alzar la vista, enojado, silencioso. Las manos de los guardias
que estaban junto a mí se clavaron en mi carne.
—Silencio —dijeron al unísono, sus órdenes solapándose entre sí.
La hermosa música se elevó más y más, como si las agudas voces de
soprano y las resonantes y sinuosas trompas quisieran obligarme a callar y
prestar atención tan sólo al sacrílego bautismo.
La ceremonia comenzó. A la primera víctima, una anciana con la espalda
encorvada, le quitaron sus míseras ropas y la lavaron derramando unos
puñados de agua sobre ella en la pila bautismal, tras lo cual la condujeron
hasta el comulgatorio. ¡Pobre mujer, tan frágil, tan desprotegida por sus
parientes y sus ángeles guardianes!
Luego me tocó ver cómo desnudaban a los niños, contemplar sus
piernecitas y sus nalgas desnudas, los huesudos hombros, las paletillas
semejantes a alitas de ángel, y ver cómo se situaban temblando ante el largo
comulgatorio de mármol.
Ocurrió de forma rápida.
—¡Malditos animales, pues eso es lo que sois, no unos airosos demonios,
no! —murmuré, debatiéndome para obligar a los dos infames sirvientes que me
tenían sujeto a que me soltaran—. ¡Sí, sois cobardes y serviles, cómplices de
esta abominación! —La música sofocó mis oraciones—. Dios misericordioso,
envíame tus ángeles —dije a mi corazón secreto—, envía a tus ángeles
vengadores armados con su espada de fuego. ¡Dios, no soporto esto!
Ante el comulgatorio se hallaban dispuestas todas las víctimas, desnudas y
temblorosas, mostrando el vivido color carnal que contrastaba con el luminoso
mármol y los pálidos sacerdotes.
Las llamas de las velas danzaban sobre el gigantesco Lucifer, con sus
enormes alas membranosas, el cual presidía el espectáculo.
El señor, Florian, tomó al primer comulgante en sus manos, y aproximó
sus labios para beber.
Los tambores batían con fuerza y dulzura al tiempo que las voces se
mezclaban y ascendían hacia el cielo. Pero no había cielo alguno debajo de
aquellas inmensas columnas de mármol blanco, de los arcos de encuentro. No
había nada sino muerte.
Los miembros de la corte formaron dos hileras a ambos lados de la capilla
y avanzaron en silencio hacia el comulgatorio, donde cada uno tomó a una
víctima, indefensa y dispuesta para el sacrificio. El señor y su dama eligieron a
sus víctimas, algunas de las cuales compartieron; una víctima pasó de mano en
mano; y así prosiguió esta macabra ceremonia, una farsa, una bestial
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
comunión.
Sólo Úrsula permaneció inmóvil.
Los comulgantes morían. Algunos ya estaban muertos. Ninguno cayó al
suelo. Los exánimes cuerpos eran atrapados de forma hábil y silenciosa por los
demonios acólitos, quienes se apresuraban a retirarlos.
Los acólitos bañaron a otras víctimas y las condujeron al comulgatorio. El
espectáculo no terminaba nunca.
Florian bebió una y otra vez la sangre de los niños que colocaban ante él,
sujetándolos por la nuca con sus finos dedos mientras acercaba los labios a los
cuellos.
Me pregunté qué palabras en latín se atrevía a pronunciar en esos
instantes.
Lentamente, los miembros de la corte abandonaron el santuario,
avanzando por las naves laterales para ocupar de nuevo sus puestos. Estaban
saciados.
El color de la sangre teñía los rostros otrora pálidos que invadían cada
rincón de la capilla, y yo, que tenía la vista nublada y la cabeza rebosante de la
bella música, tuve la impresión de que todos se habían convertido en humanos,
al menos durante ese breve espacio de tiempo.
La voz de Florian llegó a mis oídos suave y firme a través de la amplia
nave:
—Sí, somos humanos durante este instante, debido a la sangre de los
vivos. Hemos vuelto a encarnarnos, joven príncipe. Veo que lo has
comprendido.
—Pero no lo perdono, señor —repliqué en un murmullo exasperado.
Se produjo un breve silencio, tras lo cual los tenores declararon:
«Ha llegado el momento; la medianoche no ha concluido.»
Las férreas manos de los guardias que me sujetaban me obligaron a
volverme hacia un lado, me sacaron del coro y descendimos por la escalera de
caracol de mármol blanco.
Cuando salí de mi estupor, sostenido aún por mis celadores, y contemplé
la nave central, sólo quedaba la pila bautismal. Todas las víctimas habían
desaparecido.
Entonces trajeron una enorme cruz, que colocaron, invertida, a un lado
del altar, apoyada contra el comulgatorio.
Florian alzó la mano para mostrarme cinco gigantescos clavos de hierro
que sostenía, y me indicó que me aproximara.
Aseguraron la cruz en su lugar correspondiente, como si la instalaran con
frecuencia en él. Era de excelente madera dura, gruesa, pesada y pulida,
aunque mostraba las marcas de otros clavos, y sin duda las manchas de sangre
de otras víctimas.
La base encajaba a los pies del comulgatorio, contra la barandilla de
mármol, de forma que quien fuera clavado en ella estaría a un metro del suelo
y visible para todos los fieles.
—¡Los fieles, esa pandilla de salvajes! —exclamé con una despectiva
risotada.
Di gracias a Dios y a sus ángeles de que los ojos de mi padre y mi madre
estuvieran deslumbrados por la luz celestial y no pudieran contemplar esta cruel
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
degradación.
El anciano Godric me mostró las dos copas de oro que sostenía en sus
manos.
Enseguida comprendí el significado. Con esas copas recogerían mi sangre
a medida que manara de las heridas causadas por los clavos.
El anciano inclinó la cabeza.
Los guardias me obligaron a avanzar por la nave. La estatua de Lucifer
aparecía cada vez más inmensa detrás de la resplandeciente figura pontificia de
Florian. Mis pies apenas rozaron el mármol. Todos los miembros de la corte se
volvieron para presenciar mi sacrificio, pero sin apartar la vista de su señor.
Hicieron que me detuviera ante la pila bautismal para lavarme el rostro.
Sacudí la cabeza, mojando a quienes trataban de lavarme. Los acólitos se
mostraban cohibidos ante mí. Se acercaron y extendieron tímidamente las
manos para desabrochar mis hebillas.
—Desnudadlo —ordenó Florian, mientras me enseñaba de nuevo los
clavos que sostenía en la mano.
—Ya entiendo, cobarde señor —dije—. Es muy fácil crucificar a un joven
como yo. ¡Que Dios se apiade de tu alma! ¡Hazlo, deleita a tu corte con el
espectáculo!
Del balcón superior brotaron unas notas musicales. El coro se elevó de
nuevo en respuesta y como contrapunto al himno que entonaban los tenores.
Yo no encontraba palabras para describir lo que sentía; sólo veía la luz de
las velas y tenía la seguridad de que iban a despojarme de mi ropa para
someterme a ese tormento, a esa sacrílega crucifixión, jamás santificada por
san Pedro, pues la cruz invertida ya no es sino un símbolo del Maligno.
De pronto los acólitos apartaron sus temblorosas manos de mí.
En lo alto, las trompas ejecutaron su más bella y conmovedora canción.
Los tenores formularon una pregunta, con sus voces perfectas, desde el
balcón superior:
«¿No podemos salvar a este joven? ¿No podemos salvar su vida?»
El coro entonó al unísono:
«¿No podemos librarlo del poder de Satanás?»
Úrsula avanzó unos pasos, se quitó de la cabeza el inmenso y largo velo
rojo que rozaba el suelo y lo arrojó de forma que descendió como una nube en
torno a ella. A su lado apareció un acólito que sostenía en la mano mi espada y
mis puñales.
De nuevos las voces de los tenores imploraron:
«Un alma liberada para que recorra el mundo, enloquecida, y relate sólo a
los oídos más pacientes el poder de Satán.»
El coro cantó, ejecutando una polifónica melodía, y de pronto se apoderó
de su cántico una inequívoca afirmación.
—¿Cómo, no voy a morir? —exclamé. Me volví para observar el rostro de
Florian, en cuyas manos recaía esta decisión. Pero no alcancé a verlo.
El anciano Godric se había interpuesto entre ambos. Tras abrir con su
rodilla la puerta que daba acceso al comulgatorio de mármol, avanzó hacia mí y
me acercó a los labios una de las copas doradas.
—Bebe y olvida, Vittorio. Para que no perdamos el corazón y el alma de
Úrsula, debes perderla tú.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—¡No! —gritó Úrsula—. ¡No!
Sobre el hombro de Godric vi a Úrsula arrebatar de manos de Florian tres
clavos y arrojarlos sobre el mármol. El volumen del coro se intensificó,
elevándose hacia los arcos de la bóveda. No percibí el impacto de los clavos
sobre la piedra.
El sonido del coro era jubiloso, festivo. El tono lastimero del réquiem se
había esfumado.
—¡No, Dios, si deseas salvar el alma de Úrsula, llévame a la cruz, tómame
a mí!
Godric me acercó la copa a los labios. Úrsula me obligó a abrir la
mandíbula y el líquido se deslizó por mi garganta. Poco antes de cerrar los ojos
vi mi espada alzada ante mí, su larga hoja, la empuñadura, como si fuera una
cruz.
Se oyeron unas risas tenues y burlonas que se mezclaban con la mágica e
indescriptible belleza del coro.
El velo rojo de Úrsula cayó sobre mí. Vi el tejido rojo alzarse ante mis ojos
y lo sentí descender sobre mí como una lluvia prodigiosa, impregnado de su
perfume y su ternura.
—Acompáñame, Úrsula... —musité.
Ésas fueron mis últimas palabras.
«Expulsado», exclamaron las voces desde el balcón superior.
«Expulsado...», exclamó el inmenso coro, al que parecían haberse unido las
voces de los miembros de la corte. «Expulsado.» Cerré los ojos en el instante
en que el velo rojo me cubrió el rostro, adhiriéndose como la tela de una bruja
a mis dedos que intentaban apartarlo y sobre mis labios abiertos.
Las trompas proclamaron la verdad.
«¡Ha sido perdonado! ¡Expulsado!», cantaron las voces.
—Expulsado y condenado a la locura —me susurró Godric al oído—.
Condenado a vagar enloquecido toda la eternidad, cuando te pudiste convertir
en uno de nosotros.
—Sí, en uno de nosotros —apostilló Florian con suave e imperturbable
voz.
—Estúpido —me espetó Godric—. Pudiste ser inmortal.
—Te habrías convertido en uno de nosotros, inmortal, imperecedero, y
habrías reinado aquí en todo tu esplendor —declaró Florian.
—La inmortalidad o la muerte —dijo Godric—; ésas eran las opciones que
se te ofrecían, pero estás condenado a vagar por el mundo enloquecido y
vilipendiado por todos.
—Sí, enloquecido y vilipendiado —murmuró una voz infantil a mi oído. Y
luego otra—: Enloquecido y vilipendiado.
—Enloquecido y vilipendiado —repitió Florian.
El coro siguió entonando el glorioso himno, ya sin ninguna aspereza en
sus palabras, y resonó con fuerza en mis oídos pese a que estaba adormecido.
—Un loco obligado a vagar por el mundo, despreciado por todos —afirmó
Godric.
Cegado, refugiado en la suavidad del velo, embriagado por la pócima que
había bebido, fui incapaz de responderles. Creo que sonreí. Sus palabras
resultaban vanas en comparación con las voces tranquilizadoras del coro. Eran
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
tan estúpidos que ni siquiera se habían percatado de que lo que decían no tenía
ninguna importancia.
—Pudiste ser nuestro joven príncipe. —¿Era la voz de Florian, que estaba
junto a mí? ¡El frío e impávido Florian!—. Te habríamos amado como te ama
ella.
—Un joven príncipe —dijo Godric—, que habría gobernado aquí, con
nosotros, eternamente.
—Pero se ha convertido en el bufón de alquimistas y viejas comadres —
comentó Florian en tono solemne.
—Sí —apostilló una voz juvenil—, ha sido un estúpido al abandonarnos.
Cuan milagrosos eran los himnos, que convertían sus palabras en unas
meras sílabas dulces y polifónicas.
Sentí el beso de Úrsula a través del velo. Creo que lo noté. En un tenue y
femenino murmullo, dijo con sencillez, sin amargura:
—Amor mío.
Esa frase resumía su triunfo y su adiós.
Sentí que me sumía en el sueño más profundo y benévolo que Dios podía
ofrecerme. La música dio forma a mi cuerpo, insufló aire en mis pulmones,
cuando todos los sentidos me habían abandonado.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
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Ángeles que oímos cantar en las alturas
Llovía a cántaros. No, había cesado de llover. Pero no entendían lo que yo
decía.
Me rodeaban unos hombres. Estábamos cerca del taller de Fra Filippo. Yo
conocía la calle. Hacía apenas un año que había estado allí con mi padre.
—Habla más despacio. Corrr... plop... No tiene sentido.
—Queremos ayudarte —dijo el otro—. Dinos el nombre de tu padre.
Pronuncialo poco a poco.
Ambos hombres menearon la cabeza, perplejos. Yo creía expresarme con
claridad. Oía perfectamente lo que decía: Lorenzo di Raniari, el nombre de mi
padre. ¿Por qué no lo oían ellos? Yo era su hijo, Vittorio di Raniari. Noté que
tenía los labios hinchados. La lluvia me había puesto perdido.
—Llévenme al taller de Fra Filippo. Conozco a los que trabajan allí —dije.
Mi gran pintor, mi apasionado y atormentado pintor. Sus aprendices me
reconocerían. Él no, pero sus aprendices me habían visto llorar aquel día al
contemplar su obra. Luego quería que esos hombres me condujeran a casa de
Cosme, en la Vía del Largo.
—¿Fi, fi? —repitieron los hombres, imitando mis torpes intentos de
pronunciar el nombre del gran pintor.
Había fracasado de nuevo.
Me dirigí hacia el taller. Tropecé y por poco caigo de bruces. Eran unos
hombres honrados. Yo transportaba mis pesadas alforjas sobre el hombro
derecho, y mi espada me golpeaba la pierna haciendo que perdiera el equilibrio.
Tuve la sensación de que los elevados muros de Florencia se me venían
encima. Por poco aterrizo en el suelo.
—¡Cosme! —grité.
—¡No podemos llevarte a casa de Cosme sin más! Se negará a recibirte.
—Por fin me han comprendido, me han oído.
Pero el hombre ladeó la cabeza, afanándose en entender lo que yo decía.
Era un honrado comerciante que vestía un severo traje verde y estaba calado
hasta los huesos, sin duda por mi culpa. Me negaba a ponerme a resguardo de
la lluvia, porque ya no tenía sentido. Me habían encontrado tendido en medio
de la Piazza della Signoria, bajo la lluvia.
—Ya lo recuerdo, lo recuerdo con claridad.
Vi la entrada del taller de Fra Filippo a unos metros de distancia. Estaban
bajando las persianas. Habían vuelto a abrir el taller tras la tormenta, y el agua
se secaba sobre las calles adoquinadas. Unas personas salieron del taller.
—¡Esos hombres que están ahí dentro! —grité.
—¿Qué dices?
Los comerciantes se encogieron de hombros, pero me ayudaron. El más
anciano me sostuvo por el codo.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Llevémoslo a San Marcos, allí le atenderán los monjes.
—¡No, no, debo hablar con Cosme! —protesté.
Los hombres volvieron a encogerse de hombros y menearon la cabeza,
perplejos.
De pronto me detuve. Al notar que me tambaleaba un poco, me agarré
con rudeza del hombro del comerciante más joven.
Observé el taller en la distancia.
Estaba en una pequeña callejuela, apenas lo bastante ancha para que
pasaran los caballos y no lastimaran a los transeúntes; las fachadas de piedra
prácticamente ocultaban el cielo encapotado. Algunas ventanas se encontraban
abiertas, y parecía que bastaba con extender el brazo por la ventana para tocar
la casa de enfrente.
¡Pero qué veían mis ojos allí, frente al taller!
¡Los vi a los dos con toda nitidez!
—Miren —dije de nuevo—. ¿No los ven?
Los comerciantes no podían verlos. ¡Por todos los santos! Las dos figuras
que se hallaban ante el taller emitían un fulgor como si estuvieran iluminadas
desde el interior de su radiante piel y sus holgados ropajes.
Me eché las alforjas al hombro y apoyé la mano en la empuñadura de la
espada. Podía sostenerme en pie, pero imagino que contemplaba a aquellas
dos figuras con ojos como platos.
Los dos ángeles, cuyas alas oscilaban ligeramente al ritmo de sus palabras
y sus gestos, estaban discutiendo ante la entrada del taller.
Discutían sin reparar en los humanos que pasaban junto a ellos y no
podían verlos. Los dos ángeles eran rubios, yo los conocía a los dos por
haberlos visto en las pinturas de Fra Filippo, y oía sus voces.
Reconocí los bucles de uno de ellos, cuya cabeza estaba coronada con una
guirnalda de florecillas idénticas, el largo manto escarlata y la túnica de color
azul celeste ribeteada de oro.
Al otro también lo conocía, reconocí su cabeza descubierta y su pelo
esponjoso y más corto que el de su compañero, y el collar dorado y la insignia
sobre su manto, así como las gruesas pulseras que lucía en las muñecas.
Pero ante todo reconocí sus rostros, las inocentes caras sonrosadas, los
ojos serenos, grandes pero estrechos.
La luz era tenue, todavía sombría y tormentosa, aunque el sol lucía detrás
de las plomizas nubes. Noté que mis ojos se humedecían.
—Observen sus alas —murmuré.
Los comerciantes no podían verlas.
—Reconozco esas alas. Los conozco a los dos; al ángel rubio, con esa
cascada de bucles que se derrama sobre su cabeza, el que aparece en la
Anunciación y tiene las alas como las de un pavo real, de un azul brillante, y el
otro, que tiene las plumas cubiertas del más puro oro en polvo.
El ángel que lucía la coronita de flores gesticulaba muy excitado. Los
gestos y la actitud agresiva habrían enfurecido a un hombre mortal, pero en
realidad no discutían de forma acalorada. El ángel sólo intentaba explicarse.
Me moví despacio, apartándome de mis amables acompañantes, quienes
no podían ver lo que veía yo.
¿Qué creían que miraba yo? La puerta del taller, los aprendices en las
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sombras del interior del taller, unos breves fragmentos de paneles y lienzos a
medio pintar, el amplio vestíbulo más allá del cual se realizaba el trabajo.
El otro ángel meneó la cabeza con expresión sombría.
—No estoy de acuerdo —dijo con voz serena y melodiosa—. No podemos
extralimitarnos. ¿Crees acaso que no me duele, que no me hace llorar?
—¿Qué es lo que te hace llorar? —pregunté.
Ambos ángeles se volvieron y me miraron. Entonces plegaron los dos sus
oscuras, multicolores y vistosas alas, como si quisieran encogerse hasta hacerse
invisibles, aunque yo les veía con claridad: resplandecientes, rubios,
perfectamente reconocibles. Ambos me miraron estupefactos. ¿Por qué me
mirarían así?
—¡Gabriel! —exclamé, señalando con el dedo—. Te conozco, te he visto
en la Anunciación. Los dos sois Gabriel, conozco las pinturas, os he visto:
Gabriel y Gabriel, ¿cómo es posible?
—Puede vernos —dijo el ángel que gesticulaba con vehemencia. Tenía
una voz suave pero la oí con total nitidez—. Puede oírnos —añadió al tiempo
que su expresión de asombro se acentuaba; poseía un aire inocente y paciente,
algo preocupado.
—Pero ¿qué dices, muchacho? —preguntó el comerciante que estaba
junto a mí—. Serénate. Llevas una fortuna en esas alforjas. Tienes los dedos
cargados de anillos. Procura hablar con sensatez. Te llevaré junto a tus
familiares, pero debes decirme quiénes son.
Yo asentí sonriendo, pero sin quitar ojo a los sobresaltados y atónitos
ángeles. Sus ropas parecían ligeras, casi translúcidas, como si no estuvieran
hechas de un tejido natural, del mismo modo que su piel incandescente
tampoco parecía natural. Todo su aspecto era más exquisito de lo normal,
como entretejido de luz.
Unos seres compuestos de aire, de propósito, de presencia y de actos.
¿Eran ésas las palabras de santo Tomás de Aquino, la Suma teológica con la
cual yo había aprendido latín?
Qué prodigiosamente bellos eran, tan distantes y a salvo de cuanto les
rodeaba; inmóviles en mitad de la calle, envueltos en su serena e ingenua
sencillez, observándome con aire pensativo, compasivo, curioso.
Uno de ellos, el que lucía la guirnalda de flores, el de las mangas de color
azul celeste, el que había logrado conmoverme cuando contemplé la
Anunciación junto a mi padre, el ángel del que me había enamorado, avanzó
hacia mí.
Al aproximarse su tamaño aumentó, haciéndose más alto y voluminoso.
Mientras avanzaba en silencio, ataviado con sus holgadas y airosas ropas,
rebosaba tanto amor que parecía más inmaterial y monumentalmente sólido,
más reflejo de la creación divina que cualquier ser de carne y hueso.
El ángel sacudió la cabeza y sonrió.
—No, tú eres la mejor expresión de la creación divina —dijo con una voz
suave que sin embargo traspasó el parloteo que me rodeaba.
Caminaba como un ser mortal, pisando con sus pies desnudos los sucios
adoquines de la calle florentina, sin reparar en los hombres que no podían verlo
pese a que el ángel estaba junto a mí. Entonces abrió las alas y volvió a
plegarlas, de forma que sólo alcancé a ver los huesos cubiertos de plumas que
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
asomaban sobre sus hombros estrechos como los de un muchacho.
Tenía el rostro límpido, teñido por el radiante color que le confiriera Fra
Filippo en la pintura. Cuando sonrió, advertí que mi cuerpo temblaba
violentamente de puro gozo.
—¿Es ésta mi locura, arcángel? —pregunté—. ¿Acaso se ha cumplido la
maldición de los demonios, que afirmaron que vería visiones y suscitaría el
desprecio de hombres instruidos?
Mi perorata sobresaltó a los caballeros que trataban de ayudarme.
Estaban desconcertados.
—¿Qué? Pero ¿qué dices?
En un esplendoroso instante recordé un detalle que me iluminó el corazón,
el alma y la mente, como si el sol inundara una celda lóbrega y siniestra.
—Fue a ti a quien vi en el prado, cuando ella bebió mi sangre.
El ángel, ese ángel frío y sereno que lucía multitud de rubios e
inmaculados bucles y unas mejillas lozanas y plácidas, me miró a los ojos.
—Eres el arcángel Gabriel —dije con tono reverente.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y sentí deseos de cantar y llorar a un
tiempo.
—Pobre muchacho —comentó el comerciante de más edad—. No hay
ningún ángel frente a ti. Presta atención, te lo ruego.
—Ellos no nos ven —afirmó el ángel esbozando de nuevo una sonrisa
amable y radiante.
En sus ojos se reflejaba la luz del cielo, que había comenzado a
despejarse. Me miró como si a medida que me observaba fuera penetrando en
lo más hondo de mi alma.
—Lo sé —respondí—. ¡Ellos no lo saben!
—Pero yo no soy Gabriel, no debes llamarme así —replicó el ángel en tono
cortés y sosegado—. No soy el arcángel Gabriel, mi joven amigo, sino Setheus,
un simple ángel guardián.
Qué paciente se mostraba conmigo, con mi llanto y la colección de
mortales ciegos y preocupados que nos rodeaban.
Estaba tan cerca de mí que habría podido tocarlo, pero no me atreví.
—¿Mi ángel de la guarda? —pregunté—. ¿Es eso cierto?
—No —contestó el ángel—. No soy tu ángel de la guarda. A ésos debes
buscarlos por tu cuenta. Ya has visto a los ángeles guardianes de otros, aunque
no me explico cómo ni por qué.
—No te pongas a rezar ahora —protestó el anciano, malhumorado—.
Dinos quién eres, muchacho. Antes pronunciaste un nombre, el de tu padre.
Repítelo.
El otro ángel, que permanecía inmóvil como si estuviera demasiado
estupefacto para moverse, de pronto dejó a un lado toda reserva y avanzó
hacia nosotros descalzo y en silencio, con el mismo porte airoso que su
compañero, como si las ásperas piedras, los charcos y la tierra no pudieran
ensuciarlo o lastimarlo.
—¿Crees que esto es prudente, Setheus? —inquirió, aunque sus ojos
pálidos e iridiscentes me observaron con la misma afectuosa curiosidad, el
mismo intenso y tolerante interés que mostrara el otro.
—Tú apareces en la otra pintura. También te conozco; te amo con todo mi
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corazón —dije.
—¿Con quién hablas, hijo? —preguntó el comerciante más joven—. ¿A
quién amas con todo tu corazón?
—¿Entonces puede oírme? —repuse volviéndome hacia el comerciante—.
¿Me entiende?
—Sí, sí, pero dinos tu nombre.
—Vittorio di Raniari —contesté—, amigo y aliado de los Médicis, hijo de
Lorenzo di Raniari, del castillo Raniari, en el norte de Toscana. Mi padre ha
muerto, y toda mi familia. Pero...
Los dos ángeles se hallaban ante mí, juntos, uno con la cabeza inclinada
hacia el otro mientras ambos me contemplaban. Tuve la certeza de que los
mortales, a pesar de su ceguera, no podían entorpecer la visión de los ángeles
ni interponerse entre ellos y yo. ¡Cuánto ansiaba tocarlos! Pero me faltaba
valor.
El primero que había hablado alzó sus alas y, a medida que éstas se
agitaban y estremecían, me pareció que derramaban una suave lluvia de polvo
de oro, pero nada era comparable al rostro pensativo y perplejo del ángel.
—Deja que te lleven a San Marcos —dijo el ángel llamado Setheus—.
Permite que te acompañen hasta allí. Son buena gente y te dejarán al cuidado
de los monjes, que te instalarán en una celda. No podrías estar en un lugar
mejor, pues esa casa se encuentra bajo el mecenazgo de Cosme, y como sabes
Fra Giovanni ha decorado la celda que tú ocuparás.
—Setheus, él ya sabe esas cosas —comentó el otro ángel.
—Sí, pero deseo tranquilizarlo —repuso Setheus encogiéndose levemente
de hombros mientras observaba algo desconcertado a su compañero.
Nada caracterizaba sus rostros de forma tan marcada como aquella
expresión de ligero desconcierto
—Pero tú —dije—, Setheus, ¿puedo llamarte por tu nombre?, no dejarás
que me separen de ti, ¿verdad? No lo hagas. Te ruego que no me abandones.
Te lo suplico. No me dejes.
—Debemos dejarte —contestó el otro ángel—. No somos tus guardianes.
¿Cómo es que no puedes ver a tus ángeles guardianes?
—Espera, conozco tu nombre. Puedo oírlo.
—No —replicó este ángel, que era más quisquilloso, al tiempo que agitaba
un dedo como si regañara a un niño.
Pero yo continué:
—Conozco tu nombre. Lo oí cuando estabais discutiendo, y lo oigo ahora
al contemplar tu rostro. Ramiel, así te llamas. Los dos sois los ángeles
guardianes de Fra Filippo.
—Esto es un desastre —murmuró Ramiel con expresión de disgusto—.
¿Cómo ha podido ocurrir?
Setheus meneó la cabeza y esbozó de nuevo una sonrisa.
—Está claro que nuestra obligación es ir con él.
—¿Ahora? ¿Quieres que partamos ahora mismo? —preguntó Ramiel, que a
pesar su impaciencia no estaba enojado.
Era como si sus pensamientos estuvieran depurados de todo sentimiento
ruin, como por otra parte era normal tratándose de ángeles.
Setheus se inclinó hacia el anciano, quien, por supuesto, no podía verlo ni
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
oírlo, y le susurró al oído:
—Lleva al chico a San Marcos; haz que lo instalen en una buena celda,
pues tiene dinero de sobra para pagarla, y pide a los monjes que cuiden de él
hasta que se restablezca. —Luego me miró y añadió—: Nosotros te
acompañaremos.
—No podemos hacer eso —protestó Ramiel—. No podemos dejar a la
persona que está a nuestro cargo; ¿cómo vamos a hacer semejante cosa sin
permiso?
—Debemos hacerlo. Tenemos permiso. Estoy seguro de ello —insistió
Setheus—. ¿No comprendes qué ha ocurrido? Él nos ha visto, nos ha oído y ha
captado tu nombre, y habría captado el mío de no habérselo revelado yo. Pobre
Vittorio, iremos contigo.
Yo asentí, a punto de llorar al oír que los ángeles se dirigían a mí. La calle
había adquirido un aire gris, silencioso y vago en torno a sus imponentes y
radiantes figuras; la sutil luminosidad de sus prendas oscilaba en torno a ellos
como si el tejido celestial fuera agitado por unas corrientes de aire que los
mortales no percibían.
—¡Éstos no son nuestros nombres auténticos! —me reprendió Ramiel,
aunque con la suavidad que se emplea al regañar a un niño.
Setheus sonrió.
—Puedes llamarnos por esos nombres, Vittorio —dijo.
—Sí, llevémoslo a San Marcos —dijo el hombre que estaba a mi lado—.
Vamos. Los monjes se ocuparán de él.
Los comerciantes me condujeron hacia la embocadura de la calle.
—En San Marcos estarás muy bien atendido —comentó Ramiel, como si se
despidiera de mí.
Sin embargo los dos ángeles echaron a andar con nosotros, un poco
rezagados.
—¡No me abandonéis! ¡No podéis hacerlo! —rogué a los ángeles.
Estos parecían perplejos. Sus hermosas túnicas plisadas de gasa no
estaban manchadas por la lluvia, los dobladillos aparecían relucientes e
inmaculados como si no hubieran rozado el suelo, y sus pies desnudos ofrecían
un aspecto exquisitamente tierno mientras seguían nuestros pasos.
—De acuerdo —consintió Setheus—. No te inquietes, Vittorio. Iremos
contigo.
—No podemos dejar a la persona que se encuentra a nuestro cargo para
irnos con otra, no es correcto —siguió protestando Ramiel.
—Es deseo de Dios. ¿Cómo vamos a contrariarle?
—¿Y Mastema? ¿No deberíamos preguntárselo a Mastema? —sugirió
Ramiel.
—¿Por qué? Él ya debe de saberlo.
Los ángeles se pusieron de nuevo a discutir, detrás de nosotros, mientras
yo me apresuraba por la calle.
El cielo plomizo resplandecía; luego palideció y en el preciso instante en
que llegamos a la plaza dio paso al color azul. El sol me deslumbró, hizo que
me sintiera mareado; sin embargo lo deseaba con fervor, lo ansiaba, aunque él
me rechazase y me azotara.
Faltaba poco para llegar a San Marcos. Las piernas apenas me sostenían.
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Mientras avanzaba no dejaba de volverme.
Las dos lustrosas y doradas figuras nos seguían en silencio; Setheus me
indicó que no me detuviera.
—Descuida, estamos aquí, contigo —dijo el ángel.
—¡No sé yo si obramos bien! —terció Ramiel—. Filippo jamás se había
metido en un lío tan gordo, jamás había caído en semejante tentación, en
semejante ignominia...
—Por eso nos han apartado de él, para que no nos inmiscuyamos en lo
que tiene que ocurrir. Sabemos que estábamos a punto de tener problemas
debido a Filippo y a lo que éste ha hecho. ¡Ay, Filippo, veo el panorama con
toda claridad!
—¿De qué están hablando? —pregunté a los comerciantes—. No sé qué
dicen sobre Fra Filippo.
—¿Quién está hablando, si puede saberse? —replicó el anciano meneando
la cabeza mientras escoltaba por la calle a este joven desquiciado que cargaba
una molesta y ruidosa espada.
—Calla, muchacho —me indicó el otro hombre, que sostenía
prácticamente todo mi peso—. Comprendemos lo que dices, pero estás
desvariando; hablas con gente a la que no vemos ni oímos.
—Fra Filippo, el pintor..., ¿qué le ha ocurrido? —quise saber—. Tiene
problemas.
—Es intolerable —declaró el ángel Ramiel a mis espaldas—. Es impensable
que eso ocurra. Según mi opinión, que nadie me la ha preguntado ni me la
preguntará, si Florencia no estuviera en guerra con Venecia, Cosme de Médicis
protegería a su pintor de esto.
—¿Pero de qué lo protegería? —pregunté mirando al anciano a los ojos.
—Obedéceme, hijo —repuso el anciano—. Camina derecho y deja de
golpearme con esa espada. Eres un gran señor, eso se ve a la legua; el apellido
Raniari me suena, creo haber oído decir que proviene de las distantes
montañas de la Toscana, y el oro que luces en la mano derecha pesa más que
la dote de mis dos hijas juntas, pero no me grites en la cara.
—Lo lamento, no pretendí hacerlo. Es que los ángeles no se expresan con
claridad.
El otro hombre que me sostenía amablemente, que me ayudaba a portar
las alforjas que contenían toda mi fortuna, sin siquiera tratar de robarme nada,
dijo:
—Si te interesas por Fra Filippo, debes saber que vuelve a estar en graves
apuros. Lo han torturado. Lo han sometido al potro de tormento.
—¡No, es imposible que le ocurra eso a Fra Filippo Lippi! —Me detuve en
seco y grité—: ¿Quién sería capaz de hacerle algo así al gran pintor?
Me volví, y los dos ángeles de pronto se cubrieron el rostro con las manos,
con la misma delicadeza con que Úrsula se cubriera el suyo, y rompieron a
llorar. Pero sus lágrimas eran maravillosamente cristalinas y transparentes. Se
limitaron a mirarme. De pronto sentí un intenso dolor al pensar en Úrsula.
«¡Qué hermosas son estas criaturas! ¿En qué panteón oculto debajo de la Corte
del Grial de Rubí duermes que no eres capaz de verlas, de contemplar su
silencioso caminar a través de las calles de la ciudad?»
—Es cierto —dijo Ramiel—. Por desgracia lo es. ¿Qué clase de ángeles
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
guardianes somos que hemos permitido que Filippo, un pendenciero y un
embaucador, se metiera en estos problemas? ¿Cómo es que no hemos sabido
impedirlo?
—Sólo somos ángeles —respondió Setheus—. Ramiel, no debemos juzgar
a Filippo. No somos jueces, sino guardianes, y por el bien del muchacho, que
tanto le quiere, no digas esas cosas.
—No pueden torturar a Fra Filippo Lippi —protesté—. ¿A quién ha
embaucado?
—A él mismo —contestó el anciano—. Esta vez se ha engañado a sí
mismo. Vendió un cuadro que le encargaron, y todo el mundo sabe que buena
parte de la obra la pintó uno de sus aprendices. Lo han sometido al potro de
tormento, pero no ha salido muy maltrecho.
—¡Menos mal! ¡Qué hombre tan magnífico! —exclamé—. Pero dicen que le
han torturado. ¿Por qué, cómo puede alguien justificar esa estupidez, esa
ofensa? Es un agravio contra los Médicis.
—Silencio, jovencito; Filippo ha confesado —respondió el más joven de los
mortales—. El asunto prácticamente está zanjado. ¡Menudo monje el tal Fra
Filippo Lippi! Cuando no se dedica a perseguir a las mujeres, se mete en una
bronca.
Habíamos llegado a San Marcos. Nos detuvimos delante de la puerta del
monasterio, que estaba situada al nivel de la calle, al igual que todos esos
edificios en Florencia, como si las aguas del Arno no se desbordaran nunca, lo
cual sucedía de vez en cuando. ¡Cuánto me alegré de contemplar ese paraíso!
Pero en mi mente bullían mil pensamientos. El recuerdo de los demonios y
el horrendo crimen quedó borrado por el espantoso hecho de que el artista a
quien yo más amaba en el mundo había sufrido el potro de tormento como si
se tratara de un vulgar criminal.
—A veces, Filippo se comporta como... un vulgar criminal —dijo Ramiel.
—Pagará una multa y problema resuelto —dijo el anciano comerciante.
Tiró de la campanita del monasterio para que los monjes nos abrieran la
puerta. Luego me dio una palmadita con una mano larga, cansada y seca—.
Deja de lloriquear, criatura, basta ya. Filippo es un pelmazo, lo sabe todo el
mundo. ¡Ojalá tuviera una mínima parte de la santidad de Fra Giovanni!
Al hablar de Fra Giovanni se referían, por supuesto, al gran Fra Angélico,
el pintor que unos siglos más tarde haría que la gente se arrodillara estupefacta
ante sus pinturas, y fue en ese monasterio que Fra Giovanni trabajaba y vivía;
fue ahí donde pintó para Cosme las celdas de los monjes.
¿Qué podía decir yo?
—Sí, sí, Fra Giovanni, pero yo no... yo... no le amo.
Desde luego le quería, le respetaba a él y su maravillosa obra, pero no
sentía por él el amor que me inspiraba Filippo, el pintor al que sólo había visto
una vez. ¿ Cómo podía explicar esas cosas tan extrañas?
De pronto me acometieron unas ganas de vomitar irreprimibles. Me aparté
de los amables comerciantes que intentaban ayudarme y arrojé en plena calle
todo cuanto tenía en el buche, la sanguinolenta porquería que me habían dado
a beber los demonios. Observé cómo caía de mis labios y se escurría por la
calle. Olí el pútrido hedor y vi cómo aquel mejunje medio digerido, compuesto
de vino y sangre, se filtraba por las grietas entre los adoquines.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
En aquellos momentos se manifestó todo el horror de la Corte del Grial de
Rubí. Se apoderó de mí una profunda sensación de impotencia, y oí a los
demonios susurrarme al oído «loco y vilipendiado»; entonces dudé de todo
cuanto había visto, de lo que yo era, de lo que me habían revelado hacía unos
momentos. Mi padre y yo cabalgábamos juntos a través de un bosque de
ensueño, hablando sobre las pinturas de Filippo. Yo era un joven aristócrata y
tenía el mundo ante mí; el intenso y grato aroma de los caballos se mezclaba
con la fragancia del bosque.
«Loco y vilipendiado. Loco, cuando pudiste haber sido inmortal.»
Cuando me enderecé de nuevo, me apoyé contra el muro del monasterio.
La luz que emanaba del firmamento azul era tan intensa que cerré los ojos,
pero me deleité en su calor. Poco a poco las náuseas se disiparon y traté de
serenarme, de reprimir el dolor que me producía la luz para amarla y confiar en
ella.
Ante mí vi el rostro del ángel Setheus, a medio metro de distancia,
mirándome con aire preocupado.
—Gracias a Dios que estás aquí—musité.
—Sí, te lo prometí —contestó él.
—No me abandonarás, ¿verdad? —pregunté.
—No —respondió el ángel.
Ramiel me observaba por encima del hombro de su compañero, como si
por primera vez me examinara detenidamente y con interés. Su pelo corto y
suelto le daba un aspecto más joven que el otro, aunque esas diferencias no
tenían la menor importancia.
—Ni la más mínima —murmuró Ramiel al tiempo que sonreía también por
primera vez.
—Haz lo que te indican esas amables personas —dijo Ramiel—. Deja que
te conduzcan al interior del monasterio, para que concilies un sueño profundo y
natural, y cuando te despiertes me hallarás junto a ti.
—Pero es un horror, una historia de horrores —murmuré—. Filippo jamás
pintó esos horrores.
—No somos unos seres pintados —terció Setheus—. Lo que Dios nos tiene
reservado lo averiguaremos juntos, tú, Ramiel y yo. Ahora debes entrar. Los
monjes ya están aquí. Te dejamos a su cuidado, y cuando despiertes nos verás
junto a ti.
—Como la oración —murmuré.
—Así es —contestó Ramiel.
El ángel alzó la mano. Vi la sombra de sus cinco dedos y sentí su tacto
sedoso cuando me cerró los párpados.
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Donde converso con los inocentes y poderosos hijos de Dios
Me sumí en un sueño profundo, sí, pero no hasta mucho más tarde. Vi, en
unas imágenes confusas y protectoras, un maravilloso país de cuento de hadas.
Un fornido monje y sus asistentes me transportaron al interior del monasterio
de San Marcos.
No existía mejor lugar para mí en toda Florencia, salvo quizá la casa de
Cosme, que el monasterio de los dominicos de San Marcos.
Ahora bien, en toda Florencia existen muchos edificios exquisitos, de tal
magnificencia que de niño era incapaz de catalogar en mi mente todas las
riquezas que veía ante mí.
Pero creo que no existe un claustro más sereno que el de San Marcos, el
cual había sido renovado recientemente por el humilde y honrado Michelozzo a
petición de Cosme el Viejo. Tenía una larga y venerable historia en Florencia, y
había sido cedido hacía relativamente poco a los dominicos. Estaba dotado de
unos aspectos sublimes que no poseían otros monasterios.
Como sabía toda Florencia, Cosme había invertido una fortuna en San
Marcos, acaso para compensar todo el dinero que había ganado con la usura,
pues como banquero cobraba intereses a sus clientes y por tanto era un
usurero, aunque también lo eran quienes depositaban dinero en su banco.
Sea como fuere, Cosme, nuestro cabecilla, nuestro auténtico líder, amaba
ese lugar y lo había dotado de numerosos tesoros, aunque el mejor sin duda
eran los edificios nuevos, de unas proporciones soberbias.
Los detractores, esos que protestan contra todo, esos que nunca hacen
nada extraordinario y sospechan de todo lo que no se encuentra en un estado
de perpetua degradación, decían sobre él: «Manda grabar su escudo de armas
hasta en los excusados de los monjes.»
Por cierto, el escudo de armas exhibe cinco protuberantes bolas sobre el
mismo, cuyo significado ha merecido diversas explicaciones; pero lo que sus
enemigos venían a decir era que Cosme colgaba sus pelotas sobre los
excusados de los monjes. ¡Qué más quisieran sus enemigos que tener esos
excusados o esas pelotas!
Habría sido más inteligente por parte de esos hombres señalar que Cosme
pasaba muchos días en el monasterio entregado a la meditación y la oración, y
que el antiguo prior, Fra Antonino, gran amigo y consejero de Cosme, era ahora
arzobispo de Florencia.
Pero el mundo está lleno de ignorantes y todavía hoy, al cabo de
quinientos años, hay quienes se dedican a chismorrear sobre Cosme.
Cuando traspuse la puerta pensé: «¿Qué diantres voy a decir a estas
gentes en la casa de Dios?»
En cuanto ese pensamiento hubo surgido en mi adormecida mente y, me
temo que de mi drogada y adormecida boca, oí a Ramiel soltar una risotada a
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
mi oído.
Traté de comprobar si estaba a mi lado, pero volví a sentir náuseas y a
desvariar, y estaba tan mareado que sólo reparé en que habíamos penetrado
en el claustro más apacible y grato que yo jamás viera.
El sol hería mis ojos, por lo que en aquellos momentos no pude agradecer
a Dios la belleza de aquel jardín cuadrado y frondoso que ocupaba el centro,
pero distinguí con nitidez y agrado los arcos bajos y redondeados que creó
Michelozzo, unos arcos que formaban el suave y pálido techo abovedado del
claustro.
El equilibrio que mostraban las columnas de unos contornos purísimos,
con sus pequeños capiteles jónicos, contribuía a mi sensación de seguridad y
paz. Las proporciones constituían la especialidad de Michelozzo. Cuando
construía un lugar, lo abría. Y estas espaciosas logias eran su sello personal.
Nada podía borrar de mi memoria el recuerdo de los gigantescos y
afilados arcos góticos del castillo francés ubicado en el norte, ni de las torres de
piedra adornadas con filigranas que parecían señalar con aversión al
Todopoderoso. Y aunque yo sabía que juzgaba de modo erróneo ese estilo
arquitectónico y su propósito (antes de que se apoderaran de él Florian y su
Corte del Grial de Rubí, éste se había originado gracias a los devotos esfuerzos
de los franceses y los germanos), no lograba eliminar aquella odiosa visión de
mi mente.
Al tiempo que trataba desesperadamente de contener los vómitos, me
relajé y admiré este edificio florentino.
Un monje corpulento como un oso, que sonreía con su habitual e
inveterada afabilidad, me transportó en sus fornidos brazos a través del
claustro, a través del jardín abrasado por el sol, seguido por otros monjes que
vestían holgados hábitos negros y blancos; sus rostros enjutos y radiantes
formaban un círculo en torno a nosotros mientras avanzábamos
apresuradamente. Por más que miré, no vi a mis ángeles.
Sin embargo esos hombres eran lo más parecido a unos ángeles que
existe en el mundo.
No tardé en percatarme, debido a mis anteriores visitas a este imponente
lugar, de que no me conducían al hospicio, donde administraban fármacos a los
enfermos de Florencia, ni tampoco al refugio de los peregrinos, siempre
atestado de gente que acudía a hacer ofrendas y rezar, sino que subíamos la
escalera del edificio donde se encontraban las celdas de los monjes.
Mareado ante aquella belleza y sintiendo un nudo en la garganta,
contemplé en la cima de la escalera, extendido sobre el muro, el fresco de la
Anunciación de Fra Giovanni.
¡La Anunciación! Mi pintura favorita, la que significaba más para mí que
cualquier otro motivo religioso.
No es que fuera la obra cumbre de mi turbulento Filippo Lippi, no, pero
era mi pintura, y esto sin duda representaba un augurio de que ningún
demonio puede condenar a un alma a través del veneno que contenga la
sangre que le obliga a beber.
«¿Te obligaron también a beber la sangre de Úrsula? (Qué pensamiento
tan horrendo.) Trata de no recordar sus suaves dedos, cuando la separaron de
ti por la fuerza, estúpido borracho, trata de no recordar sus labios y el largo y
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
húmedo beso de sangre que derramó en tu boca.»
—¡Miradla! —exclamé, señalando con un brazo fláccido la pintura.
—Sí, sí, aquí hay muchas —respondió sonriendo el corpulento monje que
me recordaba a un oso.
El autor era, por supuesto, Fra Giovanni. Cualquiera se habría dado cuenta
a simple vista. Además, yo conocía ese cuadro y Fra Giovanni (permita el lector
que le recuerde de nuevo que se trataba de Fra Angélico) había pintado un
ángel y una Virgen de aspecto severo, apacible, tierno pero sencillo, humilde y
desprovisto de adornos. La visitación tenía lugar entre los arcos bajos y
redondos como los que formaban el claustro que acabábamos de abandonar.
Cuando el monje dio media vuelta para conducirme a través de aquel
corredor tan ancho como pulido, austero y hermoso, intenté formar las palabras
mientras portaba la imagen del ángel en mi mente.
Deseaba decir a Ramiel y a Setheus, suponiendo que estuvieran aún junto
a mí: «¡Fijaos en Gabriel, sus alas sólo presentan unas sencillas listas de color,
y fijaos cómo su túnica cae en pliegues simétricos y disciplinados!» Todo esto
yo lo comprendía, al igual que comprendía la impresionante grandiosidad de
Ramiel y Setheus, pero desvariaba de nuevo.
—Los halos —dije—. ¡Eh, vosotros dos! ¿Dónde os habéis metido?
Vuestros halos aparecen suspendidos sobre vuestras cabezas. Yo los he visto.
Los he visto en la calle y en las pinturas. Sin embargo en la pintura de Fra
Giovanni el halo es plano y rodea el rostro pintado, un disco duro y dorado en
el centro de la obra...
Los monjes se echaron a reír.
—¿Con quién hablas, joven señor Vittorio di Raniari? —preguntó uno de
ellos.
—Silencio, muchacho —dijo el monje corpulento; advertí las vibraciones
de la resonante voz de bajo a través de su poderoso pecho—. Te cuidaremos
con mimo. Pero ahora debes guardar silencio. Mira, esto es la biblioteca, ¿ves a
esos monjes que trabajan ahí?
Era evidente que se sentían orgullosos. Aunque mientras me transportaba
en brazos podría haber vomitado sobre el inmaculado suelo, el monje se volvió
para que yo viera a través de la puerta entreabierta la larga habitación atestada
de libros y monjes trabajando, y de paso contemplé de nuevo el techo
abovedado de Michelozzo; allí no se elevaba hasta el infinito, sino que se
curvaba con suavidad sobre las cabezas de los monjes y dejaba que sobre ellos
se alzara un volumen importante de luz y aire.
Me pareció ver visiones. Vi unas figuras múltiples y triples en lugar de una
sola unidad, y durante unos segundos de brumosa confusión unas alas
angelicales y unos rostros ovalados que me observaban a través del misterioso
velo de lo sobrenatural.
—¿No los veis? —fue cuanto atiné a decir.
Tenía que entrar en la biblioteca y encontrar los textos que definían a los
demonios. ¡Sí, no había renunciado a mi empeño! ¡No era un idiota babeante!
Contaba con la ayuda de unos ángeles de Dios. Llevaría a Ramiel y a Setheus a
la biblioteca y les mostraría los textos.
Lo sabemos, Vittorio, borra esas imágenes de tu mente, podemos verlas.
—¿Dónde estáis? —pregunté.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Silencio —respondieron los monjes.
—¿Me ayudaréis a regresar allí para matarlos?
—Estás desvariando —dijeron los monjes.
Cosme era el custodio de esa biblioteca. A la muerte del viejo Niccolo de'
Niccoli, un maravilloso coleccionista de libros con el que yo había conversado
muchas veces en la biblioteca de Vespasiano, Cosme donó todos sus libros
religiosos, y quizás otros, a este monasterio.
Yo estaba convencido de que en esa biblioteca hallaría la prueba, en las
obras de san Agustín o santo Tomás de Aquino, sobre los diablos contra los que
yo había luchado.
No. No estaba loco. No había capitulado. No era un idiota. ¡Ojalá que el
sol no penetrara por las pequeñas y elevadas ventanas de ese espacioso lugar
para abrasarme los globos oculares y las manos!
—Silencio, silencio —dijo el corpulento monje, sin dejar de sonreír—.
Balbuceas como un bebé: aaah, gú, gú gú. ¿No te oyes? Atiende, en la
biblioteca están muy ocupados. Hoy se encuentra abierta al público. Todos
andamos hoy muy ajetreados.
El monje echó de nuevo a andar, dejando atrás la biblioteca, y me
condujo a una celda.
—Por aquí... —continuó, como si tratara de aplacar a un niño rebelde—. A
pocos pasos de aquí está la celda del prior, ¿y a que no imaginas quién está allí
en estos momentos? El mismísimo arzobispo.
—Antonino —murmuré.
—En efecto, has acertado. Hace un tiempo, nuestro Antonino. ¿Y a que no
adivinas qué ha venido a hacer aquí?
Me sentía tan mareado que no respondí. Los monjes que me rodeaban me
enjugaron el rostro con unos trapos fríos y me alisaron el pelo.
Era una celda espaciosa y pulcra. ¡Ojalá dejara de lucir el sol! ¿Qué me
habían hecho aquellos demonios? ¿Acaso me habían convertido en un ser
medio demoníaco? No me atrevía a pedir que me acercaran un espejo.
En cuanto me depositaron sobre el grueso y mullido lecho, en este lugar
cálido y limpio, perdí todo control sobre mi cuerpo y volví a vomitar.
Los monjes me lavaron con el agua de una jofaina de plata. Los rayos del
sol incidían sobre un fresco, pero yo no soportaba contemplar las
resplandecientes figuras bajo esa luz que me cegaba. Tenía la sensación de que
en la celda había otras figuras. ¿Serían ángeles? Vi unos seres translúcidos
moverse, deslizarse por la habitación, pero no lograba distinguir con claridad su
silueta. Sólo el fresco cuyos colores ardían sobre el muro parecía sólido, válido,
real.
—¿Me han dejado ciego para siempre? —pregunté. Creí vislumbrar una
forma angelical en la puerta de la celda, pero no era la figura de Setheus ni la
de Ramiel. ¿Tenía unas alas dotadas de membranas? ¿Unas alas de demonio?
La contemplé aterrorizado.
La figura desapareció al instante. Un murmullo, un rumor vago: «Lo
sabemos.»
—¿Dónde están mis ángeles? —pregunté. Sollocé. Pronuncié los nombres
de mi padre, del padre de éste y de todos los Di Raniari que recordaba.
—Chitón —me reprendió el joven monje—. Cosme ha sido informado de
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que estás aquí. Éste es un día aciago. Nos acordamos de tus padres. Pero
ahora deja que te quitemos esas ropas inmundas.
La cabeza me daba vueltas. La habitación había desaparecido.
Me quedé dormido de repente. Vislumbré durante unos segundos a mi
salvadora Úrsula. Corría a través del frondoso prado. ¿Quién la perseguía, quién
le obligaba a huir entre las flores que se mecían bajo la brisa? Estaba rodeada
por unas azucenas color púrpura, las cuales pisoteaba en su frenética carrera.
De pronto se volvió. «¡No te vuelvas, Úrsula! ¿No ves esa espada llameante?»
Me desperté en un cálido baño. ¿Era la diabólica pila bautismal? No.
Distinguí vagamente el fresco, las figuras sagradas, y de forma más precisa a
los monjes reales que me rodeaban, arrodillados sobre el suelo de piedra,
arremangados, lavándome con un agua cálida y perfumada.
—Ese Francesco Sforza... —Hablaban entre sí en latín—. ¡Ha invadido
Milán y se ha apropiado del ducado! Como si Cosme no tuviera suficientes
problemas sin ese canalla de Sforza.
—¿Es cierto? —pregunté—. ¿Ha tomado Milán?
—¿Qué has dicho? Sí, hijo, es cierto. Ha roto la tregua de paz. Y tu
familia, todos los miembros de tu familia perecieron a manos de los
saqueadores. Pero no creas que el crimen quedará impune. ¡Malditos
venecianos, no pueden pasar como hordas salvajes por esa región...!
—No debéis decírselo a Cosme. Lo que le ocurrió a mi familia no fue una
acción de guerra, no lo hicieron unos seres humanos...
—Calla, hijo.
Las manos castas de los monjes me pasaron la esponja por los hombros.
Yo estaba sentado en la cálida bañera de metal, con la espalda apoyada en ella.
—... Di Raniari, siempre leal —dijo uno de ellos—. Tu hermano iba a venir
a estudiar con nosotros, tu dulce hermano Matteo...
Lancé un grito desgarrador. Una mano delicada me tapó la boca.
—Sforza se encargará de darles su justo castigo. Limpiará esa región.
Rompí a llorar de forma desconsolada. Nadie podía comprenderme. No me
escuchaban.
Los monjes me levantaron los pies. Me vistieron con una cómoda y larga
túnica de lino. Se me ocurrió que me preparaban para la ejecución, pero la hora
de ese peligro había pasado.
—¡No estoy loco! —exclamé muy claro.
—Por supuesto, sólo afectado por el dolor.
—¡Entonces me comprendéis!
—Estás cansado.
—El lecho es mullido, traído especialmente para ti, pero ahora guarda
silencio, no sigas desvariando.
—Fueron los demonios —musité—. No eran soldados.
—Lo sé, hijo, lo sé. La guerra es terrible. La guerra es obra del diablo.
«No, no fue la guerra. ¿Por qué os negáis a escucharme?»
Calla, es Ramiel quien te habla al oído; ¿no te dije que te durmieras?
¡Debes escucharnos! Hemos oído tus pensamientos además de tus palabras.
Me tumbé en la cama, boca abajo. Los monjes me cepillaron y secaron el
cabello. Tenía el cabello largo y alborotado, propio de un caballero rural. Pero
era un gran alivio que me bañaran, y sentirme limpio como correspondía a
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
alguien de mi condición.
—¿Esa luz proviene de las velas? —pregunté—. ¿El sol se ha ido?
—Sí —contestó el monje que estaba junto a mí—. Te has dormido.
—¿Puedes traerme más velas?
—Sí, enseguida.
Permanecí tendido en la oscuridad, pestañeando, al tiempo que intentaba
formular las palabras del Avemaría.
En la puerta aparecieron varias luces, un grupo de seis o siete, cada una
de las cuales constituía una llamita perfectamente formada. Cuando el monje
avanzó hacia mí comenzaron a oscilar. Vi al monje claramente cuando se
arrodilló para depositar los candelabros junto a mi lecho.
Era alto y delgado, como un árbol cubierto con un largo y holgado hábito.
Observé que tenía las manos muy limpias.
—Te hemos instalado en una celda especial. Cosme ha enviado a unos
hombres para que entierren a tu familia.
—Gracias a Dios —repuse.
—Sí.
¡Por fortuna yo había recuperado el habla!
—Todavía están conversando abajo, y es tarde —dijo el monje—. Cosme
está preocupado. Pasará la noche aquí. Toda la ciudad está repleta de
agitadores venecianos que arengan al populacho contra Cosme.
—Silencio —ordenó otro monje que apareció de improviso. Se inclinó y me
levantó la cabeza para colocar debajo de ella otra gruesa almohada.
Aquello era la gloria. Pensé en los desdichados mortales que seguían
encerrados en el corral.
—¡Qué horror! Es de noche, pronto dará comienzo la comunión.
—¿Qué dices, hijo? ¿De qué comunión hablas?
De nuevo vislumbré unas figuras en movimiento, que se deslizaban entre
las sombras. No tardaron en desaparecer.
Sentí deseos de vomitar. Pedí que me acercaran la jofaina. Los monjes me
apartaron el pelo. ¿Vieron a la luz de las velas la sangre que arrojé? ¿Aquella
pócima sanguinolenta? Olía que apestaba.
—¿Cómo es posible que uno sobreviva a ese veneno? —murmuró un
monje a otro en latín—. ¿Crees que deberíamos purgarlo?
—Sólo conseguirás atemorizarlo. Baja la voz. El chico no tiene fiebre.
—Estáis muy equivocados si creéis que me habéis hecho perder la razón
—declaré a voz en grito a Florian, Godric y los demás de su calaña.
Los monjes me miraron entre preocupados y atónitos.
Me eché a reír.
—Hablaba con unos que tratan de hacerme daño —dije, articulando con
precisión cada palabra.
El monje delgado de manos insólitamente limpias se arrodilló junto a mí y
me acarició la frente.
—¿Y tu hermosa hermana, la que iba a casarse, también ha...?
—¡Bartola! ¿Iba a casarse? No lo sabía. Su prometido puede quedarse con
su cabeza en lugar de su virginidad. —Lloré con amargura—. Los gusanos han
iniciado la tarea en la oscuridad. Y los demonios bailan sobre la colina, mientras
los aldeanos permanecen cruzados de brazos.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—¿Qué aldeanos?
—Estás desvariando de nuevo —dijo un monje, más allá del resplandor de
las velas. Lo vi con plena nitidez, aunque estaba alejado de la luz: era un
individuo de hombros encorvados, con la nariz ganchuda y los párpados
gruesos y caídos, que le daban una expresión sombría—. Pobre muchacho, deja
de desvariar.
Cuando me disponía a protestar vi de pronto un ala gigantesca, cuyas
delicadas plumas estaban teñidas de oro, descender sobre mí y envolverme.
Las suaves plumas me hicieron cosquillas. Ramiel dijo:
¿Qué tenemos que hacer para que te calles? Filippo nos necesita ahora.
¿Quieres darnos un poco de sosiego en bien de Filippo, a quien nos envió Dios
para que custodiemos? No me respondas. Obedéceme.
El ala eliminó todo cuanto yo veía, cualquier tristeza.
Una oscuridad pálida y umbría. Uniforme y completa. A mis espaldas
ardían las velas, que se encontraban sobre la mesilla.
Al despertar me incorporé sobre los codos. Tenía la cabeza despejada. La
celda estaba inundada por una iluminación grata y uniforme, que oscilaba
levemente. A través de la elevada ventana penetraba la luz de la luna. Su
resplandor incidía sobre el fresco del muro, el fresco que sin duda pintara Fra
Giovanni.
De nuevo veía con asombrosa claridad. ¿Se debía acaso a mi sangre
demoníaca?
Se me ocurrió un extraño pensamiento. Penetró en mi conciencia con la
claridad de una campana dorada. ¡Yo no tenía unos ángeles guardianes! Mis
ángeles me habían abandonado; se habían ido, porque mi alma estaba
condenada.
No tenía unos ángeles custodios. Veía a los de Filippo gracias al poder que
me habían conferido los demonios, y a otro motivo. Los ángeles de Filippo
discutían constantemente entre ellos. Por eso los había visto. Entonces recordé
unas palabras.
Procedían de santo Tomás de Aquino, ¿o acaso de san Agustín? Yo
aprendí latín con la lectura de sus obras, y sus digresiones me encantaban. Los
demonios están llenos de pasión. Pero los ángeles, no.
En cambio esos dos ángeles poseían un temperamento muy vivo. Por eso
habían logrado atravesar el velo.
Retiré las mantas y apoyé los pies desnudos sobre el suelo de piedra.
Tenía aún el tacto fresco, pero resultaba agradable porque la habitación había
recibido el sol durante todo el día y aún estaba caldeada.
Ninguna corriente de aire barría el suelo pulido e inmaculado.
Me acerqué a la pintura del muro. Ya no estaba mareado ni tenía náuseas.
Me sentía perfectamente.
Qué alma tan inocente y sencilla debió de ser Fra Giovanni. Todas sus
figuras carecían de malicia. Contemplé la figura de Cristo sentado ante una
montaña, un halo redondo en oro que estaba decorado con unos brazos rojos y
la parte superior de la cruz. Junto a él había unos ángeles que le atendían
solícitamente. Uno sostenía pan, y el otro, cuya figura aparecía cortada por la
puerta practicada en el muro, ese otro ángel cuyas puntas de las alas apenas
eran visibles, portaba vino y carne.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
En lo alto, sobre la montaña, también se veía a Jesucristo. La pintura
mostraba diversos incidentes, representados de forma consecutiva, y arriba vi a
Jesucristo de pie ataviado con su túnica rosa habitual, suave y llena de arrugas;
sin embargo aquí presentaba un aspecto tempestuoso, tan agitado como Fra
Giovanni fue capaz de plasmarlo, con la mano alzada como si estuviera
furibundo.
¡La figura que huía de él era el diablo! Se trataba de una criatura horrenda
con unas alas dotadas de membranas, la cual me pareció haber visto antes, y
unas grotescas patas palmeadas provistas de espolones. Con el gesto agrio,
cubierto con una inmunda túnica gris, huía de Jesucristo, quien permanecía
firme en el desierto, sin dejarse tentar; después de esa confrontación habían
aparecido los solícitos ángeles, y Cristo había ocupado su lugar, sentado con las
manos juntas.
Contemplé horrorizado la imagen del demonio. Pero al mismo tiempo
experimenté una profunda sensación de alivio que me provocó un cosquilleo en
la raíz del pelo y en las plantas de los pies, que tenía apoyados en el suelo
pulido. Había burlado a los demonios. Había rechazado su don de inmortalidad.
Lo había hecho. Incluso me mostré dispuesto a ser crucificado.
Sentí unas violentas arcadas, un dolor como si me hubieran propinado una
patada en el estómago. Me volví. La jofaina estaba en el suelo, limpia y
reluciente. Me arrodillé junto a ella y vomité otra porción de aquel asqueroso
mejunje. ¿Dónde estaba el agua?
Miré alrededor. Vi la jarra y la copa. Ésta estaba llena, y al llevármela a los
labios derramé un poco de líquido, pero éste tenía un sabor rancio y espantoso.
La arrojé al suelo.
—¡Monstruos, me habéis envenenado para las cosas naturales! ¡Pero no
venceréis!
Mis manos temblaban. Cogí la copa, la llené de nuevo e intenté beber un
sorbo. Pero el líquido tenía un sabor raro. ¿Con qué podría compararlo? No
sabía a orina, sino a un agua llena de minerales y de metal que te deja un
sabor a yeso y hace que te atragantes. ¡Era horrible!
Dejé la copa a un lado. De acuerdo. Había llegado el momento de
estudiar, de tomar las velas, y procedí a hacerlo.
Abandoné la celda. El pasillo estaba desierto y relucía bajo la pálida luz
que provenía de las diminutas ventanas situadas sobre las celdas de techo bajo.
Doblé hacia la derecha y me dirigí a la puerta de la biblioteca. No estaba
cerrada con llave.
Entré con el candelabro en la mano. De nuevo, la serenidad que emanaba
del diseño de Michelozzo me infundió una sensación reconfortante, me devolvió
la fe en las cosas, la confianza. Por el centro de la habitación se extendían dos
hileras de arcos y columnas jónicas que formaban un amplio pasillo hasta la
puerta situada en el extremo opuesto, a ambos lados del mismo estaban
dispuestas las mesas de estudio, y adosadas a los muros había multitud de
estanterías que contenían códices y pergaminos.
Caminé descalzo a través del suelo de piedras colocadas en forma de
espina de pescado mientras alzaba las velas para que la luz inundara el techo
abovedado, feliz de hallarme a solas en ese lugar.
Las ventanas situadas a ambos lados permitían que se filtraran unos rayos
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
de pálida luz a través del sinfín de libros que ocupaban las estanterías. ¡Qué
divino, qué sensación de placidez infundía el elevado techo! Con qué maestría
había transformado Michelozzo una basílica en biblioteca.
¿Cómo iba a adivinar yo de niño que su estilo sería imitado en toda mi
amada Italia? Por fortuna, existían multitud de maravillas que perdurarían
eternamente para deleite de los vivos.
«¿Y yo? ¿Qué soy yo? ¿Estoy vivo? ¿O camino de la mano de la muerte,
enamorado del tiempo?»
Me detuve con mis velas y dejé que mis ojos se regodearan con el
fantástico resplandor de la luna. Ansiaba permanecer en aquel lugar para
siempre, soñando, junto a las cosas de la mente y las cosas del alma, relegando
a los confines de la memoria la imagen de la desdichada población encadenada
sobre la montaña maldita, y el cercano castillo, que sin duda en esos momentos
emitía su siniestra y horrenda luz.
¿Era capaz de discernir el orden de esta abundancia de libros?
El catalogador de la biblioteca, el monje que había trabajado ahí, un
erudito, era ahora Nicolás V, el papa de toda la cristiandad.
Avancé junto a las estanterías situadas a mi derecha, sosteniendo las
velas en alto. ¿Estarían dispuestos en orden alfabético? Pensé en santo Tomás
de Aquino, pues lo conocía más, pero hallé las obras de san Agustín. Siempre
me había fascinado san Agustín; su estilo colorista y sus excentricidades me
gustaban tanto como el dramatismo que confería a sus escritos.
—¡Te leeré a ti, pues dedicaste muchas páginas a los demonios! —
exclamé.
¡La ciudad de Dios! Vi numerosos ejemplares de esta obra maestra. Allí se
conservaban varios códices de ella, por no hablar de otra de las creaciones de
este gran santo, sus Confesiones, que me habían impresionado tanto como un
drama romano, y muchas otras más. Algunos de esos libros eran muy antiguos,
confeccionados con un tosco pergamino; otros estaban exquisitamente
encuadernados y ofrecían un aspecto sencillo y muy moderno.
En rigor, debía elegir el más grueso de aquellos volúmenes, aunque
contuviera errores, y Dios sabe que los monjes se afanaban en evitarlos. Yo
sabía qué volumen deseaba consultar. Elegí el libro que versaba sobre
demonios, pues me había parecido fascinante y divertido, aunque estuviera
lleno de paparruchas. ¡Cuan estúpido había sido!
Tomé el pesado y grueso tomo de la estantería, el número nueve de la
obra, me lo puse bajo el brazo, me acerqué a la primera mesa, deposité el
candelabro ante mí de forma que me iluminara sin proyectar sombras debajo
de mis dedos y abrí el libro.
—¡Todo está aquí! —murmuré—. Explícame, san Agustín, qué son los
demonios para que yo pueda convencer a Ramiel y a Setheus de que deben
ayudarme, o al menos proporcionarme el medio de convencer a estos
modernos florentinos, a quienes en estos momentos sólo les preocupa pelear
con sus mercenarios contra la Serena República de Venecia en el norte.
Ayúdame, santo. Te lo ruego.
Ah, el capítulo diez del noveno volumen, el cual yo conocía...
Agustín citaba a Plotino, o más bien explicaba su filosofía:
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
...que el hecho de que la mortalidad corporal del hombre se
debe a la misericordia de Dios, quien no desea que padezcamos
eternamente las desgracias de esta vida. La maldad de los
demonios no fue juzgada digna de esta misericordia, y sumidos en
la miseria de su condición, con un alma sometida a las pasiones,
no les ha sido concedido un cuerpo mortal, que el hombre ha
recibido, sino un cuerpo eterno.
—¡Exacto! —exclamé—. Eso fue lo que Florian me ofreció, jactándose de
que ellos no envejecían ni se deterioraban ni padecían enfermedades: yo podía
vivir allí con ellos para siempre. ¡Dios me libre del maligno! Bien, aquí está la
prueba, ante mis propios ojos, y la enseñaré a los monjes.
Seguí leyendo, saltándome unos párrafos en busca de los datos
importantes que reforzarían mi argumento. Al llegar al capítulo undécimo leí:
Apuleyo afirma asimismo que las almas de los hombres son
demonios. Al abandonar los cuerpos humanos se convierten en
lares si han demostrado ser buenos; si son malvados, se
convierten en lémures o larvas.
—Sí, lémures. Conozco esa palabra. Lémures o larvas. Úrsula me dijo que
había sido joven, joven como yo; todos habían sido humanos y ahora son
lémures.
Según Apuleyo, las larvas son unos demonios malignos creados a partir de
los hombres.
Me sentí eufórico. Necesitaba pergamino y plumas. Debía tomar nota de
esos párrafos. Tenía que marcar lo que había descubierto y seguir adelante. El
siguiente paso, obviamente, consistía en convencer a Ramiel y a Setheus de
que se habían metido en el mayor...
De pronto mis pensamientos se interrumpieron.
Alguien había entrado en la biblioteca. Oí unas pisadas recias a mis
espaldas, aunque un tanto sofocadas, y detrás de mí se formó una gigantesca
sombra, como si todos los delgados y sutiles rayos de la luna que penetraban
por la ventana hubieran sido interceptados.
Me volví lentamente y miré por encima del hombro.
—¿Por qué has elegido el izquierdo?
Ante mí se erguía una figura inmensa y alada, que me miraba de hito en
hito. Su rostro aparecía luminoso bajo el oscilante resplandor de las velas; tenía
las cejas un poco arqueadas pero rectas, desprovistas de una suave curva que
aligerara su aire severo. Poseía el alborotado cabello dorado con que lo dotara
el pincel de Fra Filippo, rizado y cubierto por un imponente casco rojo de
guerra, y unas alas cubiertas de oro por completo.
Llevaba una armadura, con el peto decorado y los hombros cubiertos con
unas grandes hebillas, y en torno a la cintura lucía una faja de seda azul. Su
espada estaba envainada, y con un brazo sostenía relajadamente el escudo,
pintado con una cruz roja.
Jamás le había visto de esa guisa.
—¡Te necesito! —declaré.
Me levanté rápidamente, derribando la banqueta hacia atrás. Extendí el
brazo para impedir que ésta cayera al suelo. Luego me volví hacia él.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—De modo que me necesitas, ¿eh? —exclamó con sofocada furia—.
¡Vaya, hombre! Has pretendido impedir que Ramiel y Setheus cumplieran con
su deber de custodiar a Fra Filippo Lippi. ¿Así que me necesitas? ¿Sabes quién
soy?
Era una voz hermosísima, melodiosa, sedosa, violenta y penetrante
aunque grave.
—Llevas una espada —señalé.
—¿Y para qué crees que la llevo?
—¡Para matarlos a todos ellos! —repuse—. Acompáñame a su castillo
cuando amanezca. ¿Sabes a lo que me refiero?
La figura asintió.
—Conozco tus sueños, tus desvaríos, y sé lo que Ramiel y Setheus han
conseguido deducir de tu febril mente. Por supuesto que lo sé. Dices que me
necesitas, y entretanto Fra Filippo Lippi yace en cama con una puta que le lame
sus doloridas partes, ¡en especial una!
—¡Qué vocabulario en boca de un ángel!
—No te burles de mí o te doy un bofetón —espetó.
Sus alas se movían en sentido ascendente y descendente al ritmo de los
suspiros de resignación o los bufidos de furia que soltaba ante mi
comportamiento.
—¡Adelante! —repliqué. No me cansaba de contemplar su resplandeciente
belleza, el manto de seda rojo que llevaba abrochado debajo del pedacito de
túnica que asomaba sobre la armadura, la solemne suavidad de sus mejillas—.
Acompáñame a las montañas y mátalos —imploré.
—¿Por qué no lo haces tú sólito?
—¿Crees que lo lograría? —pregunté.
Su rostro se serenó. El labio inferior sobresalía ligeramente, confiriéndole
un aire meditabundo. Tenía la mandíbula y el cuello poderosos, más
desarrollados que Ramiel o Setheus, quienes parecían meros niños al lado de
aquel espléndido hermano mayor.
—No serás el ángel caído —dije.
—¡Insolente! —murmuró, despertando de su letargo. Frunció el ceño en
un gesto feroz.
—Eres Mastema, estoy seguro. Ellos pronunciaron tu nombre. Mastema.
El ángel asintió.
—No me sorprende que a esos dos se les escapara mi nombre —comentó
en tono despectivo.
—¿Qué significa eso, poderoso ángel? ¿Que puedo invocarte? —Me volví y
tomé el libro de san Agustín.
—¡Deja ese libro! —me ordenó en tono perentorio pero sólido—. Tienes a
un ángel ante ti, muchacho. ¡Mírame cuanto te hablo!
—Te expresas como Florian, el demonio que habita en el lejano castillo.
Haces gala del mismo aplomo, la misma compostura. ¿Qué quieres de mí,
ángel? ¿Por qué has venido?
El ángel guardó silencio, como si fuera incapaz de articular una respuesta.
Luego me preguntó con dulzura:
—¿Tú qué crees?
—Porque he rezado.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—Exacto —respondió con frialdad—. ¡Has acertado! Y porque ellos
vinieron debido a ti.
Le miré pasmado. Sentí que mis ojos se inundaban de luz, pero ésta no
los hería. Percibí un tenue y delicado murmullo.
De pronto aparecieron Ramiel y Setheus, uno a cada lado de Mastema,
observándome con una expresión más dulce y afable.
Mastema enarcó las cejas de nuevo mientras me contemplaba fijamente.
—Fra Filippo Lippi está borracho —dijo—. Cuando despierte, volverá a
emborracharse hasta que el dolor desaparezca.
—¡Sólo a unos locos se les ocurriría someter a un gran pintor al potro de
tormento! —exclamé—. Pero ya sabes lo que opino de este asunto.
—Y lo que opinan todas las mujeres de Florencia —replicó Mastema—. Y
los ínclitos personajes que compran sus cuadros, si no estuvieran tan
obsesionados con la guerra.
—Sí —terció Ramiel, mirando a Mastema con expresión de súplica. Tenían
la misma estatura, pero Mastema no se volvió, y Ramiel se adelantó un poco
para captar su atención—. Si no estuvieran todos tan preocupados por la
guerra.
—La guerra preside el mundo —respondió Mastema—. Te lo he
preguntado antes, Vittorio di Raniari, ¿sabes quién soy?
Me quedé estupefacto, no debido a la pregunta, sino ante el hecho de que
estuviese contemplándolos a los tres juntos; yo era el único mortal capaz de
verlos mientras el resto del mundo mortal que nos rodeaba parecía estar
dormido.
¿A qué se debía el que no apareciese ningún monje por el pasillo para
averiguar quién andaba cuchicheando en la biblioteca? ¿Por qué no se
presentaba ningún centinela nocturno para averiguar por qué flotaban unas
velas por el pasillo? ¿Por qué el muchacho murmuraba y desvariaba?.
¿Acaso estaba yo loco?
De golpe comprendí con meridiana claridad que si respondía a Mastema
correctamente, ello confirmaría que no estaba loco.
Esa idea le hizo soltar una breve carcajada, ni áspera ni dulce.
Setheus me miró con evidente simpatía; Ramiel guardó silencio, y miró de
nuevo a Mastema.
—Tú eres el ángel —dije— a quien el Señor dio permiso para esgrimir esa
espada. —Mastema no respondió y yo continué—: Eres el ángel que mató a los
recién nacidos en Egipto —añadí sin oír una réplica—. Tú eres el ángel
vengador.
Mastema abrió y cerró los ojos en señal de asentimiento.
Setheus se acercó a él y le susurró al oído:
—Ayúdale, Mastema, ayudémosle entre todos. En estos momentos Filippo
no está en condiciones de atender nuestros consejos.
—¿Por qué? —inquirió Mastema al ángel que estaba a su lado. Luego me
miró—: Dios no me ha autorizado a castigar a esos demonios tuyos. En ningún
momento me ha dicho Dios: «Mastema, extermina a los vampiros, los lémures,
las larvas, los bebedores de sangre.» Jamás me ha ordenado: «Empuña tu
poderosa espada para limpiar el mundo de esos seres.»
—Te lo imploro —dije—. Yo, un joven mortal, te lo imploro. Mátalos,
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
elimina ese nido de víboras con tu espada.
—No puedo.
—¡Sí que puedes, Mastema! —declaró Setheus.
—Si él dice que no puede —terció Ramiel—, ¡será que no puede! ¿Por qué
no le haces caso?
—Porque sé que podemos convencerle —contestó Setheus sin vacilar—. Al
igual que también podemos convencer a Dios. —Se colocó delante de Mastema
y añadió—: Coge el libro, Vittorio. —Avanzó un paso y en el acto las grandes
hojas de pergamino, no obstante lo que pesaban, comenzaron a agitarse.
Setheus lo depositó en mi mano y señaló el lugar con un pálido dedo, sin
apenas rozar la gruesa escritura en tinta negra.
Leí en voz alta:
Así pues Dios, que creó las maravillas visibles del Cielo y la
Tierra, no desdeña obrar unos milagros visibles en el Cielo y la
Tierra, mediante los cuales induce al alma, que hasta entonces
sólo se ocupaba de los objetos visibles, a venerarle.
Setheus movió el dedo, y yo seguí su movimiento con los ojos. Leí acerca
de Dios:
Para Él no existe diferencia entre vernos dispuestos a rezar y
atender oraciones, pues incluso cuando sus ángeles escuchan
nuestras plegarias, es Él quien nos escucha a través de ellos.
Me detuve, con los ojos arrasados en lágrimas. Setheus me quitó el libro
de las manos para protegerlo de aquéllas.
Un ruido penetró en nuestro pequeño círculo. Habían acudido unos
monjes. Les oí murmurar en el pasillo, tras lo cual se abrió la puerta de la
biblioteca y entraron.
Solté una exclamación de sorpresa, y cuando alcé la vista vi a dos monjes
que no conocía ni recordaba haber visto nunca mirándome fijamente.
—¿Qué te ocurre, muchacho? ¿Qué haces aquí solo, llorando? —preguntó
el primero.
—Vamos, te llevaremos de nuevo a la cama y te traeremos algo de comer.
—No me apetece comer nada —contesté.
—No le apetece comer nada —informó el primer monje al otro—. Le
produce náuseas. Pero debe descansar. —El monje me miró.
Yo me volví. Los tres radiantes ángeles observaban en silencio a los
monjes, que no podían verlos ni tenían remota idea de que allí hubiera unos
ángeles.
—Dios bendito que estás en el cielo —dije—, ¿acaso me he vuelto loco?
¿Han vencido los demonios, me han contaminado con su sangre y sus pociones
hasta el extremo de hacerme delirar, o puedo acudir como María a la tumba
para ver allí a un ángel?
—Ve a acostarte —dijeron los monjes.
—No —respondió Mastema, dirigiéndose con voz queda al monje que ni le
veía ni le oía—. Deja que se quede. Permite que lea para sosegar su mente. Es
un joven instruido.
—No, no —terció el otro monje meneando la cabeza. Miró al otro—.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Dejemos que se quede aquí. Es un joven instruido. Puede quedarse a leer aquí
tranquilamente. Cosme dijo que le complaciéramos en todo.
—Dejad que se quede aquí—dijo Setheus en voz baja.
—Calla —le reprendió Ramiel—. Eso debe decidirlo Mastema.
Me sentí tan lleno de dolor y dicha que fui incapaz de responder. Me cubrí
el rostro con las manos y pensé en mi pobre Úrsula, obligada a permanecer
para siempre en su corte de demonios, y en lo mucho que había llorado por mí.
—¿Cómo es posible? —murmuré.
—Porque antiguamente fue humana y posee un corazón humano —
respondió Mastema en el silencio que reinaba en la habitación.
Los dos monjes se apresuraron a abandonar la sala. Durante unos
instantes el grupo de ángeles adquirió un aspecto diáfano como la luz. Vi a
través de ellos las figuras de los dos monjes retirarse y cerrar la puerta de la
biblioteca tras ellos.
Mastema fijó en mí su poderosa mirada.
—Uno podría adivinar lo que piensas con sólo mirarte la cara —comenté.
—Eso ocurre siempre con todos los ángeles —respondió.
—Te lo suplico —dije—. Ven conmigo. Ayúdame. Guíame. Haz lo que
hiciste con esos monjes. Eso sí podrás hacerlo, ¿no?
Mastema asintió con un gesto de cabeza.
—Pero entiende que es todo cuanto podemos hacer —dijo Setheus.
—Deja que lo diga Mastema —intervino Ramiel.
—¡Regresa al cielo! —le increpó Setheus.
—Callaos, por favor —pidió Mastema—. Vittorio, no puedo matarlos. No
estoy autorizado a hacerlo. Eso debes hacerlo tú, con tu propia espada.
—Pero ¿vendrás conmigo?
—Te llevaré hasta allí —contestó—. Al amanecer, cuando estén dormidos
bajo sus piedras. Sin embargo, debes matarlos tú, exponerlos a la luz y liberar
a los desdichados que mantienen presos en el castillo. Y debes enfrentarte a las
gentes de la población, o dejar que los tullidos huyan.
—Comprendo.
—Podemos remover las piedras de los lugares donde duermen, ¿no? —
preguntó Setheus al tiempo que alzaba una mano para silenciar a Ramiel antes
de que éste protestara—. Tendremos que hacerlo.
—Sí —convino Mastema—. De igual forma que nos es posible impedir que
caiga una viga sobre la cabeza de Vittorio. Eso podemos hacerlo. Pero en
cambio no podemos matarlos. En cuanto a ti, Vittorio, no podemos obligarte a
hacerlo, en caso de que te falte valor o desfallezcas.
—¿No crees que el milagro que supone el que os haya visto me
sostendrá?
—¿Lo crees tú? —replicó Mastema.
—Te refieres a ella, ¿no es así?
—¿Eso crees? —preguntó.
—Haré lo que tenga que hacer, pero quiero que me digas...
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó Mastema.
—¿El alma de Úrsula irá al infierno?
—Eso no puedo decírtelo —contestó Mastema.
—Debes hacerlo.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—No, sólo debo hacer aquello para lo cual me creó el Señor, y cumplo con
mi deber, pero resolver unos misterios sobre los que Agustín caviló durante
toda su vida, no, no tengo por qué hacerlo y no lo haré.
A continuación Mastema tomó el libro.
De nuevo movió las páginas con su sola voluntad. Sentí la brisa que las
agitaba.
Mastema leyó:
Conviene leer las inspiradas disertaciones de las Sagradas
Escrituras.
—No te molestes en leerme esas palabras, no me sirven de ayuda —
repliqué—. ¿Puedes salvarla? ¿Puedes salvar su alma? ¿Posee Úrsula todavía un
alma? ¿Es tan poderosa como tú? ¿Corres tú peligro de caer en la tentación?
¿Puede el diablo regresar junto a Dios?
Mastema dejó el libro con un gesto rápido y airoso que apenas logré
captar.
—¿Estás dispuesto a librar esa batalla? —preguntó.
—Yacerán indefensos a la luz del día —me dijo Setheus—. También ella.
Debes retirar las piedras que les cubren y hacer lo que debas hacer.
Mastema movió la cabeza en sentido negativo. Luego dio media vuelta e
indicó a los otros que se apartaran.
—¡No, por favor, te lo ruego! —exclamó Ramiel—. Hazlo por él. Te lo
suplico. A Filippo ya no podemos ayudarle.
—Eso no lo sabes —replicó Mastema.
—¿No podrían ayudarle mis ángeles? —pregunté—. ¿No tengo ningún
ángel guardián que pudierais enviarle?
Apenas hube pronunciado esas palabras, advertí que otras dos entidades
habían cobrado forma junto a mí, una a cada lado de mi persona.
Cuando miré de izquierda a derecha las vi, aunque eran muy pálidas y
estaban bastante alejadas: no poseían la llama de los ángeles custodios de
Filippo, sólo una presencia y una voluntad sosegada, cuasi invisible e innegable.
Observé durante largo rato a una de ellas y luego a la otra, pero por más
que me devanara los sesos no hallé ningún término que se ajustara a su
descripción. Tenían unos rostros inexpresivos, pacientes y serenos. Eran unos
seres alados, altos, eso sí, pero apenas es posible añadir nada más, pues no
logré dotarlos de color, esplendor ni individualidad, y ellos no lucían unas
prendas ni hicieron ningún gesto que me cautivara.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué no dicen nada? ¿Por qué me miran de esa
manera? —pregunté.
—Te conocen —contestó Ramiel.
—Estás dominado por el afán de venganza y deseo —intervino Setheus—.
Ellos lo saben; siempre han permanecido a tu lado. Han calibrado tu dolor y tu
ira.
—¡Por todos los cielos! ¡Esos demonios asesinaron a mi familia! —
protesté—. ¿Conocéis alguno de vosotros el futuro de mi alma?
—Por supuesto que no —respondió Mastema—. De lo contrario no
estaríamos aquí. ¿Qué pintaríamos aquí si el futuro de tu alma estuviera
decretado?
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—¿No saben esos ángeles que preferí enfrentarme a la muerte que beber
la sangre de esos demonios? De haber buscado venganza, la habría bebido
para que me procurara tanto poder como el de mis enemigos y así destruirlos.
Mis ángeles se acercaron a mí.
—¿Dónde os encontrabais cuando estuve a punto a morir? —pregunté.
—No los atosigues. Nunca has creído realmente en ellos. —Fue Ramiel
quien habló—. Nos amaste cuando viste nuestras imágenes, y cuando ingeriste
la sangre de los demonios contemplaste lo que podías amar. Ése es el peligro.
¿Eres capaz de matar aquello a lo que amas?
—Los destruiré a todos —contesté—, de una forma u otra. Lo juro por mi
alma.
Miré a mis pálidos e impávidos guardianes, quienes se abstenían de
opinar, y luego observé a los otros, que refulgían en las sombras de la vasta
biblioteca, en contraste con los colores oscuros de las estanterías y la multitud
de volúmenes que éstas alojaban.
—Al amanecer —dijo Mastema—, los monjes dispondrán para ti unas
ropas limpias, un traje de terciopelo rojo, tus armas recién pulidas, y tus botas,
limpias y lustrosas. Todo estará preparado. No intentes comer nada. Es
prematuro, pues la sangre de los demonios aún hace que se te revuelvan las
tripas. Cuando estés dispuesto, te conduciremos al norte para que hagas lo que
debas hacer a la luz del día.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
11
... Y esta luz resplandece en las tinieblas,
pero las tinieblas no la recibieron
EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1,5
Los monasterios se despiertan temprano, suponiendo que duerman alguna
vez.
Abrí los ojos de golpe, y vi que la luz matutina cubría el fresco como si un
velo de oscuridad se alzara sobre él; entonces comprendí que había dormido
profundamente.
Unos monjes trajinaban en mi celda. Dispusieron sobre el lecho una túnica
de terciopelo rojo, la ropa que había descrito Mastema. Mi atuendo consistía en
unas finas medias de lana roja, una camisa de seda dorada, otra de seda
blanca para ponerme encima de la primera, y un grueso y flamante cinturón
con que ceñirme la túnica. Habían pulido mis armas, tal como me habían
prometido: mi recia espada con la empuñadura engarzada con gemas
resplandecía como si mi padre se hubiera entretenido en lustrarla durante una
tranquila velada junto a la lumbre. Mis puñales estaban preparados.
Me levanté de la cama y me arrodillé para rezar.
—Dios mío, dame fuerzas para enviar en tu nombre a la muerte a quienes
se alimentan de la vida —murmuré en latín.
Uno de los monjes me tocó en el hombro y sonrió. ¿No había concluido
aún el Gran Silencio? Yo no tenía ni la más remota idea. El monje señaló una
mesa sobre la que habían dispuesto para mí un pequeño refrigerio: pan y leche.
La superficie de la leche estaba cubierta por una capa de espuma.
Asentí con la cabeza y sonreí. El monje y sus compañeros se inclinaron
brevemente y salieron.
Me volví una y otra vez.
—Sé que estáis aquí, lo presiento —dije, pero no le di más importancia.
Si no se presentaban, significaría que yo había recobrado el juicio, aunque
eso era tan improbable como que mi padre estuviera vivo.
Sobre la mesa, no lejos de la comida, sujetos por los candelabros que
servían de pisapapeles, había varios documentos recién redactados y firmados
con una florida rúbrica.
Los leí apresuradamente.
Eran unos recibos por mi dinero y mis joyas, los objetos que llevara
conmigo en las alforjas. Todos los documentos ostentaban el sello de los
Médicis.
También había un talego con dinero, que debía sujetarme al cinto. Y todos
mis anillos, limpios y pulidos, de forma que los cabujones de rubíes exhibían un
brillo extraordinario y las esmeraldas una profundidad sin mácula. El oro
refulgía como no lo hiciera desde meses atrás, debido a mi dejadez.
Me cepillé el cabello, lo cual era un engorro debido a su espesor y
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
longitud, pero no tenía tiempo de pedir a un barbero que me lo cortara por
encima de los hombros.
Al menos era lo bastante largo, pues me lo había dejado crecer durante
los últimos meses, para peinármelo hacia atrás y evitar que cayera sobre la
frente. Era un lujo tenerlo tan limpio.
Me vestí con rapidez. Las botas me apretaban un poco porque se habían
secado junto al fuego después de que la lluvia las empapara. Pero me las calcé
cómodamente sobre las finas medias. Me abroché las hebillas y me coloqué la
espada.
La túnica de terciopelo rojo tenía el dobladillo bordado con hilos de oro y
plata, y en la parte delantera lucía unas flores de lis plateadas, el símbolo más
antiguo de Florencia. Después de ceñirme el cinturón, la túnica me llegaba a
medio muslo, mostrando mis bien torneadas piernas.
El atuendo era demasiado fastuoso para la batalla, pero más que una
batalla sería una matanza. Me puse la capa corta y airosa que los monjes
habían dispuesto y abroché sus hebillas doradas, aunque iba a hacer calor en la
ciudad. La capa estaba forrada con una fina piel de ardilla de color marrón
oscuro.
Prescindí del sombrero. Me abroché el talego al cinto. Me coloqué los
anillos uno tras otro hasta convertir mis manos en unas armas contundentes
debido a su peso. Me enfundé los guantes forrados de suave piel. Vi un rosario
de cuentas ambarinas oscuras en el que no había reparado antes. Tenía un
crucifijo de oro, que besé, tras lo cual guardé el rosario en un bolsillo debajo de
mi túnica.
Me percaté de que mantenía la vista fija en el suelo, y que estaba rodeado
por unos pies descalzos. Poco a poco alcé la vista.
Contemplé a mis ángeles guardianes, ataviados con unas largas y
vaporosas túnicas de color azul oscuro, que parecían estar confeccionadas con
un material más ligero pero más opaco que la seda. Sus rostros eran blancos
como el marfil y relucían ligeramente; sus ojos eran grandes y negros como los
ópalos. Tenían el cabello oscuro, o mejor dicho de una tonalidad cambiante,
como si estuviera formado por sombras.
Se hallaban frente a mí, con las cabezas tan juntas que se rozaban.
Parecía que se comunicaran en silencio entre sí.
Su presencia me abrumó. Me produjo una sensación de tremenda
intimidad el hecho de contemplarlos con tal nitidez y tan cerca de mí, y saber
que eran los dos ángeles que habían permanecido siempre a mi lado, al menos
eso me habían dado a entender. Eran algo más voluminosos que los seres
humanos, al igual que los otros ángeles que yo había visto, y su imponente
aspecto no estaba mitigado por una expresión dulce como mostraban los otros,
sino que poseían unos semblantes más lisos y orondos aunque las bocas
estuvieran exquisitamente dibujadas.
—¿Crees ahora en nosotros? —preguntó uno de ellos en voz baja.
—¿Podéis decirme vuestros nombres? —inquirí.
Los dos ángeles menearon la cabeza.
—¿Me amáis? —pregunté.
—¿Dónde está escrito que debemos amarte? —replicó el que aún no había
dicho palabra; tenía una voz neutra y suave como un murmullo, pero clara, que
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podía haber sido la voz del otro ángel.
—¿Nos amas tú a nosotros? —inquirió el otro.
—¿Por qué me custodiáis? —pregunté.
—Porque nos han enviado a custodiarte, y permaneceremos junto a ti
hasta que mueras.
—¿Sin amarme?
Ambos negaron de nuevo con la cabeza.
Poco a poco la luz iluminó la estancia. Me volví y alcé la vista hacia la
ventana, creyendo que se trataba del sol. «El sol no puede herir mis ojos»,
pensé.
Sin embargo, no se trataba del sol, sino de Mastema, que se había
erguido a mis espaldas como una nube de oro. Estaba flanqueado por mis
defensores, los abogados de mi causa, mis aliados, Ramiel y Setheus.
La habitación estaba inundada de una luz trémula y vibraba sin emitir
sonido alguno. Mis ángeles resplandecían, mostrando su fulgurante blancura y
el azul intenso de sus túnicas.
Todos fijamos la vista en Mastema, que iba tocado con un yelmo.
En el aire flotaba un intenso murmullo musical, un sonido cantarín, como
si una gran bandada de diminutos pájaros con voces doradas se hubiera
despertado para remontar el vuelo desde las ramas de sus árboles rebosantes
de luz.
Creo que cerré los ojos. Perdí el equilibrio, y noté que el aire se tornaba
más frío y que un remolino de polvo me nublaba la vista.
Sacudí la cabeza para despejarme y miré a mi alrededor.
Nos encontrábamos dentro del castillo.
Estaba oscuro y húmedo. La luz se filtraba a través de las grietas del
inmenso puente levadizo, que como es lógico estaba alzado y bien asegurado.
A ambos lados del mismo se elevaban unas toscas murallas de piedra,
tachonadas con unos voluminosos y oxidados ganchos y cadenas que no se
habían utilizado en muchos años.
Me volví y penetré en un patio sombrío. Me quedé anonadado al
percatarme de la altura de los muros que me rodeaban, los cuales se elevaban
hasta alcanzar el vivido cubo formado por el cielo azul y despejado.
El patio, situado en la entrada, no era sino uno de los muchos que había
en el castillo, pues ante nosotros se alzaba un gigantesco portal, lo
suficientemente amplio para permitir el paso del carro de heno más gigantesco
que cabe imaginar o de una máquina de guerra de nuevo cuño.
El suelo estaba sucio. Había ventanas por doquier, hilera tras hilera de
ventanas de doble arco, todas cubiertas con barrotes.
—Te necesito, Mastema —dije. Me santigüé de nuevo. Luego saqué el
rosario del bolsillo, besé el crucifijo y contemplé por unos instantes el diminuto
y retorcido cuerpo de Jesucristo atormentado.
La gigantesca puerta que se alzaba ante mí se abrió de golpe. Oí el
rechinar de los cerrojos de hierro al descorrerse y la puerta giró
estrepitosamente sobre sus goznes, mostrando un distante patio interior
rebosante de sol, mucho mayor que el anterior.
Los muros que traspusimos tenían unos diez metros de grosor. A ambos
lados de nosotros se alzaban unas puertas de piedra con un pronunciado arco,
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
que mostraban los primeros signos de cuidados que yo había observado desde
que entráramos en el castillo.
—Esos seres no entran y salen como hacen otros —comenté.
Me apremié para alcanzar los rayos de sol que inundaban el patio. El aire
de montaña era fresco y húmedo y el ambiente del pasadizo resultaba
irrespirable.
Cuando llegué al patio y me enderecé, vi unas ventanas como las que
recordaba haber visto, decoradas con vistosos estandartes y linternas que se
encenderían de noche. Reparé en unos tapices que colgaban sobre los
alféizares de las ventanas, como si la lluvia no pudiera dañarlos. Y al levantar la
vista contemplé las toscas almenas y las hermosas albardillas de mármol
blanco.
Pero éste tampoco era el inmenso patio que yo recordaba haber visto.
Estos muros eran demasiado rústicos. Las piedras estaban sucias y no se
habían pisado desde hacía años. Aquí y allá había unos charcos de agua. A
través de las grietas brotaban unos malolientes hierbajos, pero también algunas
flores silvestres, que contemplé con ternura y acaricié, maravillado de que
creciesen en un lugar como ése.
Llegamos a otro portal, éste gigantesco, de madera, con unas bandas de
hierro bajo una arcada de mármol de pronunciado arco, el cual se abrió y nos
permitió salvar otro muro.
Penetramos en un jardín de incomparable belleza.
Mientras atravesábamos otros diez metros de oscuridad, vi ante mí los
extensos cultivos de naranjos y oí el canto de las aves. Me pregunté si estarían
atrapadas ahí abajo, prisioneras, o si podían alzar el vuelo y escapar.
Sí podían, pues el espacio era gigantesco. Por fin contemplé los hermosos
bloques de mármol blanco que recordaba, los cuales cubrían la fachada hasta la
cima, hasta lo alto del castillo.
Cuando entré en el jardín, al echar a andar por el primer y amplio sendero
de mármol que discurría entre los macizos de violetas y rosas observé unos
pájaros que iban y venían, revoloteando y describiendo unos amplios círculos
sobre este inmenso espacio, y remontaban el vuelo hasta las torres que se
recortaban con nitidez y majestuosidad contra el firmamento.
Me sentí abrumado por el intenso perfume de las flores. Las azucenas y
los linos se mezclaban por doquier, y las naranjas que pendían de los árboles
estaban en sazón y presentaban un color rojizo. Los limones se hallaban
todavía duros y algo verdes.
Los muros estaban cubiertos de enredaderas.
Los ángeles se agruparon a mi alrededor. Me percaté de que era yo quien
les había conducido hasta allí, quien había tomado en todo momento la
iniciativa, y seguía controlando la situación en aquel jardín, mientras
reflexionaba con la cabeza gacha y ellos aguardaban en silencio.
—Trato de oír las voces de los prisioneros —dije—. Pero no oigo nada.
Alcé la vista y contemplé las ventanas y los balcones suntuosamente
decorados, los dobles arcos, alguna que otra galería; todo ello presentaba un
estilo de filigrana que le era propio, diferente al nuestro.
Observé que ondeaban las banderas, todas de color rojo sangre,
manchadas con la muerte. Luego contemplé por primera vez mis propias ropas
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de un escarlata brillante.
—¿Como sangre recién derramada? —murmuré.
—Haz en primer lugar lo que debes hacer —me aconsejó Mastema—.
Puedes aguardar a que la luz crepuscular te cubra al ir a liberar a los presos,
pero debes ir en busca de tus presas ahora.
—¿Dónde se encuentran? ¡Dímelo!
—En deliberado sacrilegio y anticuado rigor, yacen debajo de las piedras
de la iglesia.
De pronto se oyó un ruido estridente y agudo. El ángel había
desenvainado la espada. La dirigió hacia mí tras volver la cabeza. El sol que se
reflejaba en los muros revestidos de mármol arrancaba unos reflejos dorados a
su yelmo rojo, que parecía estar en llamas.
—Por esa puerta, y la escalera a la que da acceso. La iglesia está situada
en el tercer piso a nuestra izquierda.
Me dirigí sin más dilación hacia la puerta. Subí a toda prisa la escalera,
doblando un recodo tras otro mientras percibía el sonido de mis botas sobre la
piedra, sin pararme a comprobar si los ángeles me seguían; sólo sabía que
estaban junto a mí, y sentía su presencia como si me echaran el aliento sobre
el cuello, aunque no era así.
Al cabo de unos momentos enfilamos un corredor, amplio y abierto, que
se hallaba a nuestra derecha y daba al patio inferior. Ante nosotros se extendía
una interminable y mullida alfombra cubierta de flores persas que se hundían
en un frondoso prado color azul noche. Los colores eran vividos, intactos.
Seguimos avanzando por ella hasta que desapareció tras un recodo. Al llegar al
final del corredor vi el cielo perfectamente enmarcado y la abrupta cima de la
verde montaña.
—¿Por qué te has detenido? —preguntó Mastema.
Los ángeles se materializaron en torno a mí, luciendo las vaporosas ropas
que se amoldaron de nuevo a sus siluetas, y las alas que no paraban de
agitarse.
—Ésta es la puerta que conduce a la iglesia, como ya sabes.
—Me he detenido para contemplar el cielo azul, Mastema —respondí—.
Sólo eso.
—¿En qué piensas? —preguntó uno de mis ángeles guardianes en voz
baja y clara. De pronto me agarró con fuerza y observé sus dedos del color del
pergamino, ingrávidos, apoyados en mi hombro—. ¿Piensas en un prado que
jamás existió y una joven que ha muerto?
—¿Por qué eres tan cruel? —le espeté.
Me aproximé a él hasta que mi frente rozó la suya. Me maravilló sentir su
tacto y ver sus ojos opalescentes con tanta nitidez.
—No soy cruel. Sólo soy el que te obliga a recordar una y otra vez.
Me volví hacia la puerta de doble hoja de la capilla. Tiré de las gigantescas
aldabas hasta que la cerradura cedió y abrí la puerta de par en par, aunque no
sé si lo hice para disponer de una vía de escape o para franquear la entrada a
mi séquito de poderosos ayudantes.
Contemplé ante mí la vasta nave desierta, que sin duda la noche anterior
debió de estar repleta de miembros de la estrafalaria y sanguinaria corte. En lo
alto vi el coro del que había brotado aquella música etérea.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
El sol traspasaba con violencia las demoníacas vidrieras.
Lancé una exclamación de estupor al contemplar los enormes espíritus
alados que aparecían grabados en los estrechos y relucientes fragmentos de
vidrio. Qué grueso era ese vidrio, de múltiples facetas, y qué siniestras las
expresiones de esos monstruos con alas provistas de membranas que nos
observaban burlonamente como si se dispusieran a cobrar vida bajo la
refulgente luz diurna e interceptarnos el paso.
No tuve más remedio que apartar la mirada de esos seres, volver el rostro
y escrutar el inmenso suelo de mármol. Divisé el gancho, semejante al que
había en el suelo de la capilla de mi padre, el cual formaba un círculo plano
sobre la piedra; un gancho de oro, bruñido y colocado de forma que no
sobresaliera del suelo para impedir que nadie tropezara con él. No estaba
cubierto.
Indicaba de forma precisa la posición de la única y alargada entrada a la
cripta. Un estrecho rectángulo de mármol cortado en el centro del suelo de la
capilla.
Avancé, percibiendo el eco de mis pisadas a través de la capilla desierta, y
me dispuse a tirar del gancho.
¿Qué me detuvo? Vi el altar. En aquel preciso instante el sol incidió sobre
la figura de Lucifer, el gigantesco ángel rojo que se hallaba suspendido sobre
un montón de flores rojas, tan frescas como las de la noche en que me habían
llevado a ese lugar.
Vi sus ojos febriles y amarillos, unas gemas engarzadas en el mármol rojo,
y observé los colmillos de marfil que asomaban bajo su labio superior, contraído
en un rictus de odio. Contemplé a los demonios provistos de colmillos que se
encontraban adosados a los muros a derecha e izquierda de Lucifer; los ojos de
éste, creados con piedras preciosas, traslucían una expresión de codicia y
arrogancia bajo la intensa luz.
—La cripta —dijo Mastema.
Por más que tiré del gancho, no conseguí mover la losa de mármol.
Ningún ser humano lo habría logrado. Se requería una yunta de caballos. Aferré
el gancho con ambas manos y tiré de él con más fuerza, pero tampoco esta vez
conseguí moverlo. Aquello era tan inútil como intentar mover los muros.
—¡Ayúdale! —imploró Ramiel—. Ayudémosle entre todos.
—No tiene mayor complicación, Mastema, es como abrir una puerta.
Mastema extendió una mano y me hizo suavemente a un lado, haciendo
que me tambaleara por unos instantes antes de recobrar el equilibrio. La larga
trampa de mármol se alzó muy despacio.
Su peso me asombró. Medía más de medio metro de grosor. Sólo el
revestimiento era de mármol; el resto consistía en una piedra más oscura,
pesada y densa. Ningún ser humano habría sido capaz de levantarla.
A través de la boca de la trampa surgió una lanza, como accionada por un
resorte.
Me aparté de un salto, aunque no estaba lo bastante cerca para que me
hiriera.
Mastema dejó caer la trampa, bajo cuyo peso los goznes se partieron. La
luz inundaba el espacio que se abría a nuestros pies. Aparecieron más lanzas,
dispuestas para ensartarme, resplandeciendo bajo el sol, ligeramente
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
inclinadas, como situadas en sentido paralelo a la parte más alta de la escalera.
Mastema se acercó.
—Procura apartar las lanzas, Vittorio —dijo.
—No puede —contestó Ramiel—. Si tropieza, caerá en ese pozo erizado de
lanzas. Apártalas tú, Mastema.
—Lo haré yo —intervino Setheus.
Tras desenfundar mi espada, asesté un golpe sobre la primera lanza y
logré desprender la punta de metal, pero el mango de madera seguía intacto.
Bajé a la cripta, y en el acto experimenté una sensación de frío y
humedad en torno a mis piernas. Golpeé con mi espada el mango de la lanza,
partiéndolo en dos. Me detuve y al extender la mano izquierda palpé otras dos
lanzas que me aguardaban en la penumbra. Alcé de nuevo la espada. Me dolía
el brazo debido al peso de ésta.
Partí las dos lanzas con unos golpes rápidos y contundentes, con lo que
las puntas de metal cayeron también de los mangos de madera.
Descendí por la escalera sujetándome con la mano derecha para no
resbalar, pero de pronto lancé un grito y caí al vacío, pues la escalera se
interrumpía allí de repente.
Tomé con la mano derecha el mango de la lanza que había partido, la cual
sostenía en la izquierda. Mi espada cayó con gran estruendo al suelo.
—Es suficiente, Mastema —protestó Setheus—. Ningún ser humano lo
conseguiría.
Quedé suspendido en el aire, sujetándome con ambas manos al astillado
mango de la lanza mientras observaba a los ángeles que rodeaban la boca de la
cripta. Si caía, moriría sin duda, pues había una distancia tremenda hasta el
suelo. Y suponiendo que no me matara, jamás saldría vivo de allí.
Yo aguardé, sin decir palabra, aunque sentía un dolor insoportable en los
brazos.
Entonces los ángeles descendieron en un remolino de seda y alas con el
silencio que les caracterizaba en todo lo que hacían, y penetraron en la cripta,
apresurándose a rodearme y transportarme en volandas hasta el suelo de la
cámara.
De pronto me soltaron y me arrastré en la penumbra hasta hallar mi
espada. Por fin la había recuperado.
Me levanté, jadeando, mientras la sostenía con firmeza, y contemplé el
rectángulo de luz que había en lo alto. Cerré los ojos e incliné la cabeza, tras lo
cual los abrí despacio para dejar que se habituaran a la densa y húmeda
penumbra.
El castillo había dejado aquí que la montaña lo invadiera, pues la cámara,
aunque espaciosa, parecía consistir sólo en tierra. Al menos eso fue lo que vi
ante mí, en el tosco muro, y al volverme vi a mis presas, según las había
nombrado Mastema.
Los vampiros, las larvas, yacían dormidos, pero no en unas tumbas, sino
al descubierto, dispuestos en unas largas hileras, cada cuerpo exquisitamente
vestido y cubierto con una sutil gasa tejida de oro. Yacían en torno a tres muros
de la cripta. En el extremo opuesto vi la escalera rota suspendida en el vacío.
Pestañeé y entorné los ojos, dejando que se filtrara en ellos la suficiente
cantidad de luz. Me acerqué a la primera figura que atiné a distinguir en la
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
oscuridad; vi los elegantes chapines color burdeos y las medias escarlata, todo
ello cubierto por el sutil velo, como si cada noche unos gusanos de seda
tejieran ese manto para aquel ser, espeso y perfecto. Pero no era cosa de
magia, sino el mejor tejido que eran capaces de confeccionar las criaturas de
Dios, tejido en los telares de hombres y orlado de un dobladillo cosido por
manos exquisitas.
Retiré el velo bruscamente.
Me aproximé a la criatura, que yacía con los brazos cruzados, y de pronto
observé horrorizado que su rostro dormido se animaba. El monstruo abrió los
ojos y extendió un brazo de forma violenta hacia mí.
Unas manos me libraron de las garras en el momento oportuno. Al
volverme vi que Ramiel me sostenía; luego cerró los ojos e inclinó la frente
sobre mi hombro.
—Ahora ya conoces sus trucos. Ándate con cautela. Fíjate, ahora ha
doblado de nuevo el brazo. Cree que está a salvo. Ha cerrado los ojos.
—¿Qué debo hacer? ¡Lo mataré! —exclamé.
Sujetando el velo con la mano izquierda, alcé la espada con la derecha.
Avancé hacia el monstruo que dormía, y cuando éste alzó la mano, la atrapé
con el velo, aprisionándola en el tejido, y mi espada cayó sobre él como la del
verdugo en el cadalso.
La cabeza rodó por el suelo. El monstruo emitió un sonido atroz, que
provenía más bien del cuello que de la garganta. Su brazo se relajó. No podía
luchar a la luz del día como lo habría hecho en la oscuridad; en la primera
batalla contra esos seres, había decapitado a mi primer agresor. ¡Yo había
vencido!
Recogí la cabeza y observé cómo la sangre se derramaba por la boca. Los
ojos, si es que había llegado a abrirlos, estaban cerrados. Arrojé la cabeza al
centro del suelo, donde incidía en ella la luz. De inmediato la luz comenzó a
abrasar la carne.
—¡Mira, la cabeza se está quemando! —exclamé.
Pero no me detuve. Me acerqué a la siguiente criatura dormida. Arranqué
el lienzo sedoso y transparente de una mujer que lucía unas largas trenzas y
había sufrido una muerte cruel en la plenitud de su vida. Tras atrapar su brazo
cuando comenzó a alzarlo, le corté la cabeza con furia, la agarré por una trenza
y la arrojé para que aterrizara junto a la de su compañero.
La otra cabeza se había encogido y ennegrecido bajo la luz que penetraba
a raudales a través de la abertura que presidía la cámara desde lo alto.
—¿Lo has visto, Lucifer? —grité. El eco de mi voz pareció burlarse de mí—
¿Has visto eso? ¿Lo has visto? ¿Lo has visto?
Me apresuré hacia el siguiente monstruo.
—¡Florian! —exclamé al retirar el velo.
Sin embargo, había cometido un trágico error.
Al oír su nombre, Florian abrió los ojos antes de que yo me abalanzara
sobre él, y como títere suspendido de unos hilos intentó levantarse, lo que
habría conseguido si no le hubiera clavado de inmediato mi espada en el pecho.
Impasible, sin cambiar de expresión, el monstruo cayó hacia atrás. A
continuación le asesté un golpe con la espada sobre el suave y aristocrático
cuello. La sangre empapó su rubio cabello. El monstruo entornó los ojos
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
vidriosos y murió en el acto.
Agarré por la larga cabellera a ese ser desprovisto de cuerpo, el cabecilla
de la banda, ese demonio de lengua plateada, y arrojé su cabeza a la
humeante y hedionda pila de cabezas.
Proseguí con mi labor, eliminando a los monstruos que tenía a mi
izquierda; no sé por qué a mi izquierda, salvo que tomé esa dirección. Después
de arrancarles el velo me arrojaba sobre ellos con increíble rapidez, atrapando
su brazo con el velo cuando comenzaban a alzarlo; a veces procedía con tal
ímpetu que no dejaba siquiera que lo movieran, y les cortaba la cabeza a tal
velocidad que al final lo hacía de forma chapucera, destrozándoles la mandíbula
e incluso los huesos del hombro. Pero acabé con ellos.
Sí, acabé con ellos.
Les arrancaba la cabeza y la arrojaba a la pila, de la que brotaba una
humareda tan densa como la que despide una hoguera de hojas otoñales.
También escupía algunas cenizas, finas y diminutas, pero muy escasas en
comparación con el voluminoso montón de cabezas grasientas y ennegrecidas
que alimentaban las llamas.
¿Sufrían? ¿Eran conscientes de lo que les había ocurrido? ¿Adonde
volaban sus almas transportadas por unos pies invisibles en ese momento atroz
en que la diabólica corte se disolvía, cuando yo saltaba y bramaba de gozo, reía
y lloraba hasta que las lágrimas me nublaron la vista?
Maté a unos veinte monstruos, y la espada acabó tan manchada de
sangre y porquería que tuve que limpiarla. Lo hice restregándola sobre sus
cuerpos, mientras me dirigía hacia el otro extremo de la cripta, sobre sus
jubones y corpiños, maravillado de la rapidez con que sus manos blancas se
encogían y secaban sobre sus pechos, y de cómo manaba a borbotones de sus
cuellos sajados a la luz del día una sangre negruzca.
—Estáis muertos, os he matado a todos, pero ¿adonde habéis ido, adonde
ha volado vuestra alma viviente?
La luz comenzó a disminuir. Permanecí de pie, respirando con dificultad
debido al esfuerzo. Al alzar la cabeza vi a Mastema.
—El sol está en lo alto —dijo con voz queda.
El ángel ofrecía un aspecto inmaculado, aunque estaba muy cerca de
aquellos pútridos restos, de las cabezas calcinadas y hediondas.
El humo parecía brotar más bien de los ojos de éstas que de otro lugar,
como si la gelatina se hubiera fundido por completo en el fuego.
—En la iglesia hay poca luz, aunque es mediodía. Apresúrate. Te quedan
otros veinte en ese lado. Manos a la obra.
Los otros ángeles permanecían inmóviles, agrupados. Los magníficos
Ramiel y Setheus vestían sus espléndidas túnicas y los otros dos lucían más
simples y modestos, pero todos ellos me observaban con ansiedad. Setheus
contempló la pila de cabezas abrasadas y luego me miró a mí.
—Vamos, mi pobre Vittorio —murmuró—. Apresúrate.
—¿Podrías hacerlo tú? —pregunté.
—No.
—No, ya sé que no estás autorizado —admití. El pecho me dolía debido al
esfuerzo que me suponía hablar—. Me refiero a si serías capaz de hacerlo, si
tendrías el valor necesario.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—No soy una criatura de carne y hueso, Vittorio —respondió Setheus con
un gesto de impotencia—. Pero haría lo que Dios me ordenara hacer.
Avancé unos pasos y me volví para contemplar al grupo de ángeles en su
radiante esplendor, y a su jefe, Mastema, con la armadura reluciente bajo la luz
que declinaba y la brillante espada colgada del cinto.
Mastema no dijo nada.
Me volví y arranqué el velo que tenía más a mano. Era Úrsula.
—No —musité al tiempo que retrocedía.
Dejé caer el velo al suelo. Estaba lo bastante alejado de ella para no
despertarla; ni siquiera se movió. Los hermosos brazos estaban cruzados sobre
el pecho en la airosa postura de muerte que habían ostentado los otros, pero
de ella emanaba una extraordinaria dulzura, como si un suave veneno la
hubiera matado en su inocente juventud sin alterar un solo pelo de su larga
cabellera, la cual formaba un nido dorado en el que reposaba su cabeza, los
hombros y el cuello de cisne.
Percibí mis jadeos. Bajé la espada, dejando que la punta rozara las piedras
del suelo. Me pasé la lengua por los labios resecos. No me atreví a mirarlos,
aunque sabía que se hallaban a pocos pasos, observándome. En el denso
silencio, oí el crepitar y el chisporroteo de las cabezas abrasadas de aquellos
seres malditos.
Metí la mano en el bolsillo y extraje el rosario de cuentas ambarinas. La
mano me tembló vergonzosamente mientras lo sostenía. Luego alcé el rosario,
dejando que el crucifijo oscilara en el aire, y lo arrojé sobre Úrsula. Cayó justo
encima de sus delicadas manos, sobre el blanco montículo de sus pechos
semidesnudos. El crucifijo se hundió en el nido formado por su pálida piel, pero
ella no movió un solo músculo.
La luz se adhería a sus pestañas como si fuera polvo.
Sin excusa ni explicación, me volví hacia el siguiente monstruo, le
arranqué el velo y acabé con él o con ella, no me detuve a averiguarlo, con un
estentóreo grito de triunfo. Agarré la cabeza cortada por la espesa melena
castaña y la arrojé al montón de desechos que yacía a los pies de los ángeles.
El siguiente era Godric. ¡Dios, qué dulce sería vengarme de él!
Vi su calva antes de tocar el velo, y tras desgarrarlo de forma torpe esperé
a que abriera los ojos, a que se incorporara a medias en la losa sobre la que
yacía y me mirara.
—¿Me reconoces, monstruo? ¿Sabes quién soy? —bramé. Alcé la espada y
le corté el cuello. La cabeza canosa rodó por el suelo, y me apresuré a
ensartarla con mi espada por el ensangrentado muñón—. ¿Me conoces,
monstruo?
Me dirigí hacia la pila de cabezas y deposité la de Godric sobre las otras,
como si fuera un trofeo.
—¿Me conoces? —gemí de nuevo.
Luego reanudé mi tarea con renovada furia.
Otros dos, tres, luego cinco, luego siete y nueve, y otros seis más, hasta
liquidar aquella demoníaca corte. Todos los bailarines, señores y damas estaban
muertos.
Entonces me precipité al otro lado y acabé con los pobres sirvientes
campesinos, cuyos modestos cuerpos no estaban cubiertos con velo y apenas
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
tenían fuerzas para levantar sus blancos y esqueléticos brazos.
—¿Dónde yacen los cazadores?
—En el otro extremo de la cripta. Allí está muy oscuro. Ándate con
cuidado.
—Ya los veo —anuncié.
Al enderezarme comprobé alarmado que los seis cazadores se hallaban
dispuestos en una hilera, con las cabezas pegadas al muro como los otros, pero
peligrosamente juntos, cosa que dificultaba mi labor.
De pronto solté una carcajada al reparar en lo sencillo que me resultaría.
Arranqué el velo del primer cazador y le corté los pies. Este se alzó y en aquel
instante le asesté un golpe certero en el cuello con mi espada mientras la
sangre manaba a borbotones de sus piernas.
Al segundo le corté los pies y luego le sajé el torso, descargando un golpe
sobre su cabeza antes de que él lograse aferrar mi espada con la mano. Alcé el
arma y le corté la mano.
—¡Muere, cerdo! ¡Tú me atacaste con tu compinche, te recuerdo bien!
Por fin le tocó el turno al último de los cazadores, y a los pocos segundos
sostuve su cabeza por las barbas.
Regresé lentamente con la cabeza del último cazador, haciendo rodar las
otras a puntapiés como si fueran una basura, pues no tenía fuerzas para
arrojarlas con la mano, hasta colocarlas en un lugar donde la luz incidiera sobre
ellas.
La cripta estaba iluminada. El sol del atardecer penetraba por el lado oeste
de la capilla. Y de la abertura que había en lo alto emanaba un calor terrorífico
y fatal.
Me enjugué despacio el rostro con el dorso de la mano izquierda. Dejé mi
espada y saqué los pañuelos que los monjes habían guardado en mis bolsillos
para limpiarme la cara y las manos.
Luego tomé la espada y me dirigí de nuevo a los pies del catafalco sobre
el que yacía ella. No se había movido. La luz se había desplazado y no incidía
sobre su cuerpo, ni sobre los cadáveres de sus compañeros.
Úrsula yacía a salvo sobre su lecho de piedra, con las manos inmóviles,
bellamente cruzadas sobre el pecho, la derecha sobre la izquierda. El crucifijo
de oro estaba sobre el blanco montículo de sus senos. Una ligera corriente de
aire que penetraba por la abertura agitaba su cabellera, que formaba un halo
de filamentos dorados en torno al rostro inerte.
La melena suelta y ondulada, desprovista de cintas y perlas, se
desparramaba sobre los bordes del estrecho catafalco, al igual que los pliegues
del vestido largo y recamado. No era el mismo que lucía la última vez que la
había visto. Presentaba el mismo color rojo intenso, pero éste se hallaba
ricamente bordado y era nuevo y suntuoso, como si se tratara de una princesa
real, siempre presta a recibir el beso de su príncipe.
—¿Podía el infierno recibir esto? —musité.
Me acerqué tanto como juzgué prudente. No soportaba la idea de que
alzara su brazo de forma mecánica, de que moviera los dedos en el aire en un
intento de atraparme o que abriera los ojos. No lo resistiría.
Debajo del dobladillo del vestido asomaban las puntas menudas de sus
chapines. Con qué esmero debió de acostarse al amanecer. ¿Quién habría
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
cerrado la trampa, cuyas cadenas habían caído? ¿Quién había colocado la
trampa formada por las lanzas, las cuales yo no había examinado ni siquiera
imaginado en mi pensamiento?
Por primera vez observé en la penumbra que Úrsula lucía una pequeña
diadema de oro, sujeta en la coronilla con unas diminutas horquillas clavadas
en sus bucles, de forma que la perla que la adornaba pendía sobre su frente.
Era un objeto minúsculo.
¿Acaso sería su alma tan minúscula como ese objeto? ¿La recibiría el
infierno del mismo modo que el fuego aceptaría cualquier parte de su anatomía,
al igual que el sol abrasaría su inmaculado rostro hasta convertirlo en una masa
horrenda?
Tiempo atrás ella había dormido, y soñado, en el útero de su madre, y
unas manos la habían depositado en brazos de su padre.
¿Qué tragedia debió de ocurrir para que acabara en esa pútrida y
hedionda sepultura, donde las cabezas de sus compañeros asesinados ardían
lentamente bajo los pacientes e indiferentes rayos del sol?
Me volví hacia ellos, con la espada apuntando al suelo.
—Uno, dejad que viva uno. ¡Sólo uno! —imploré.
Ramiel se cubrió la cara con las manos y se volvió de espaldas a mí.
Setheus no apartó la vista pero meneó la cabeza en sentido negativo. Mis
guardianes se limitaron a observarme con su habitual frialdad, como hicieran
hasta el momento. Mastema me miró de hito en hito, en silencio, ocultando
cualquier pensamiento que atravesara su mente bajo la serena máscara de su
semblante.
—No, Vittorio —respondió—. ¿Acaso crees que un nutrido grupo de
ángeles del Señor te han ayudado a superar estos obstáculos para dejar que
uno de esos monstruos viva?
—Ella me amaba, Mastema. Y yo la amo. Ella me dio la vida. Te lo pido en
nombre del amor, Mastema. Te lo suplico en nombre del amor. Todo cuanto ha
ocurrido hoy aquí fue un acto de justicia. ¿Pero qué puedo decir a Dios si mato
a este ser que me ha amado y a quien yo amo?
El ángel, sin cambiar de expresión, me observó con su eterna calma. Oí un
ruido tremendo. Eran los sollozos de Ramiel y Setheus. Mis guardianes se
volvieron para contemplarlos, sorprendidos sólo levemente, tras lo cual fijaron
de nuevo en mí sus ojos dulces, soñadores e inmutables.
—Sois unos ángeles crueles —declaré—. ¡No, no es justo, lo sé! Miento.
Miento. Perdonadme.
—Te perdonamos —dijo Mastema—. Pero debes cumplir lo que me
prometiste.
—¿No podría salvarse, Mastema? Si ella misma renunciara... ¿Podría
quizá...? ¿Su alma sigue siendo humana?
El ángel no contestó. Permaneció mudo.
—Te lo ruego, Mastema, respóndeme. ¿Es que no lo comprendes? Si ella
se salvara, yo me quedaría aquí con ella y podría obligarla a renunciar a su
condición, lo sé porque tiene un corazón bondadoso. Es joven y bondadoso.
Dime, Mastema, ¿podría salvarse una criatura como ella?
No hubo respuesta. Ramiel apoyó la cabeza en el hombro de Setheus.
—Te lo suplico, Setheus —dije—. Contesta, ¿podría salvarse?¿Debe morir
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
a mis manos? ¿No podría quedarme aquí con ella y obligarla a confesar, a
renegar de todo el mal que ha cometido? ¿No existe ningún sacerdote que
pueda darle la absolución? ¡Dios bendito!
—Vittorio —murmuró Ramiel—, ¿es que tienes los oídos taponados con
cerumen? ¿No oyes gritar de hambre a los prisioneros? Aún no los has liberado.
¿Lo harás esta noche?
—Puedo hacerlo, sí. ¿Pero no puedo permanecer aquí con ella? Cuando se
percate de que está sola, de que los otros han perecido, de que las promesas
que hizo a Godric y a Florian eran una aberración, ¿no es posible que ofrezca su
alma a Dios?
Mastema, sin que variara un ápice la expresión de sus ojos suaves y fríos,
volvió despacio la cabeza.
—¡No! ¡No me des la espalda! —grité al tiempo que sujetaba su poderoso
brazo envuelto en seda. Sentí la insuperable fuerza debajo del tejido, ese tejido
extraño y sobrenatural. Él me miró—. ¿Por qué te niegas a responder?
—¡Por el amor de Dios, Vittorio! —bramó de repente, y su voz llegó a
todos los rincones de la cripta—. ¿No lo comprendes? ¡Nosotros no lo sabemos!
—Tras obligarme a soltarlo me miró ceñudo, con la mano apoyada en el pomo
de la espada y gritó—: ¡No provenimos de una especie que haya conocido
jamás el perdón! No somos de carne y hueso; en nuestros dominios las cosas
se dividen en luz y tinieblas. ¡Eso es todo lo que sabemos!
Furioso, dio media vuelta y se dirigió hacia Úrsula. Yo corrí tras él en un
intento de detenerlo, incapaz de torcer su voluntad.
Mastema extendió la mano, impidiendo que ella le sujetara, y la tomó por
el delicado cuello. Úrsula lo miró con aquella espantosa ceguera.
—Posee un alma humana —dijo el ángel en voz baja.
Luego retrocedió como si no quisiera tocarla, como si no soportara tocarla,
y al retirarse me apartó de un empellón.
Rompí a llorar. El sol había variado de posición, y las sombras empezaban
a invadir la cripta. Por fin, me volví. A través de la abertura penetraba una luz
pálida. Dorada y radiante, pero pálida.
Mis ángeles seguían allí, agrupados; observaban y aguardaban.
—Me quedo aquí —dije—. Ella no tardará en despertar. Entonces le pediré
que ruegue a Dios que le conceda su gracia.
Lo decidí en el instante de decirlo. Lo comprendí sólo al pronunciar esas
frases.
—Me quedaré junto a ella. Si renuncia a todos sus pecados en aras del
amor de Dios, podrá permanecer a mi lado, y cuando nos sobrevenga la
muerte, no alzaremos una mano para acelerarla y Dios nos recibirá a los dos.
—¿Crees que tendrás las fuerzas suficientes para hacerlo? —me preguntó
Mastema—. ¿Y ella? ¿Será capaz?
—Se lo debo —respondí—. Estoy en deuda con ella. Jamás te he mentido,
ni a ti ni a ninguno de vosotros. Nunca me he mentido a mí mismo. Ella mató a
mi hermano y a mi hermana. Yo mismo lo vi. Sin duda mató a otros miembros
de mi familia. Sin embargo ella me salvó. Lo hizo en dos ocasiones. Matar es
sencillo, pero salvar la vida de otro, no.
—¡Ah! —exclamó Mastema como si yo le hubiera golpeado—. Eso es
cierto.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—De modo que me quedo. No espero nada de vosotros. Sé que no puedo
salir de aquí. Quizás ella tampoco pueda abandonar esta cripta.
—Por supuesto que puede —replicó Mastema.
—No le abandones aquí —intervino Setheus—. Llévatelo aunque sea en
contra de su voluntad.
—Ninguno de nosotros puede hacerlo, y tú lo sabes —repuso Mastema.
—Al menos sácalo de esta cripta —suplicó Ramiel—, como si le rescataras
de un precipicio en el que hubiera caído.
—Pero no es así, y no puedo hacerlo.
—Entonces quedémonos aquí junto a él —propuso Ramiel.
—Si, quedémonos aquí —convinieron mis dos guardianes, más o menos
de forma simultánea y con el mismo tono suave.
—Deja que ella nos vea.
—¿Cómo sabemos que puede vernos? —dijo Mastema—. ¿Cómo sabemos
que nos verá? ¿Cuántas veces ocurre que un ser humano consigue vernos?
Por primera vez noté que estaba furioso. De pronto se volvió hacia mí y
exclamó:
—¡Dios ha estado jugando contigo, Vittorio, al darte estos enemigos y
estos aliados!
—Sí, lo sé, y rogaré al Señor con todas mis fuerzas y el peso de mi
sufrimiento que salve el alma de Úrsula.
No pretendí cerrar los ojos.
Sé que no lo hice.
Pero toda la escena cambió de modo súbito y radical. El montón de
cabezas seguía intacto, y algunas yacían algo apartadas, encogidas, secas,
exhalando un humo acre. La luz procedente de la abertura que había en lo alto
se oscureció, aunque seguía siendo dorada e iluminaba la maltrecha escalera y
las lanzas que yo había partido, sobre las que se reflejaba el fulgor dorado de
los últimos rayos crepusculares.
Y mis ángeles habían desaparecido.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
12
No me dejes caer en la tentación
No obstante mi juventud, mi cuerpo había llegado al límite de sus fuerzas.
Pero ¿cómo podía quedarme en esa cripta, aguardando a que ella despertara,
sin tratar de hallar el medio de salir?
No pensé en el rechazo de mis ángeles. Aunque sin duda lo merecía,
estaba convencido de la rectitud de mi deseo de conceder a Úrsula la
oportunidad de implorar a Dios que la perdonara, que ambos abandonáramos
esa cripta y, en caso necesario, acudiéramos a un sacerdote que pudiera
absolver su alma humana de todos los pecados. En caso de que ella no pudiera
realizar una confesión perfecta en aras del amor de Dios, la absolución la
salvaría.
Examiné la cripta, sorteando los cadáveres que se habían secado bajo el
sol. La escasa luz que penetraba puso de relieve los charcos de sangre que se
deslizaban entre los catafalcos de piedra.
Por fin hallé lo que andaba buscando, una amplia escalera de cuerda que
pudiera alzar y arrojar hacia el techo. Pero ¿sería capaz de manipularla sin
ayuda?
La arrastré hasta el centro de la cripta, apartando de una patada las
cabezas que mostraban un aspecto atroz, deposité la escalera en el suelo y,
situándome entre dos peldaños, intenté alzarla.
Imposible. Me faltaban fuerzas. La escalera pesaba mucho debido a su
longitud. Se requerían tres o cuatro hombres forzudos para alzarla lo suficiente,
de modo que los peldaños superiores se engancharan en las lanzas rotas, pero
yo no podía hacerlo solo.
Con todo, existía otra posibilidad. Una cadena o una soga para arrojarla
hacia las lanzas que había en lo alto. Busqué en la penumbra un objeto
semejante, pero no hallé ninguno.
¿Era posible que no hubiera una soga ni una cadena?
¿Acaso las larvas habían sido capaces de salvar de un salto la distancia
entre el suelo y la escalera rota?
Busqué a lo largo de los muros un saliente, un gancho o una
protuberancia que indicara la existencia de un almacén o, ¡Dios nos libre!, otra
cripta utilizada por estos demonios.
No encontré nada.
Por fin, fatigado, me acerqué de nuevo al centro de la habitación. Recogí
todas las cabezas, incluso el odioso cráneo pelado de Godric, que aparecía
ahora renegrido como el cuero y mostraba dos cavidades amarillas en lugar de
ojos, y las amontoné en un lugar donde la luz siguiera incidiendo en ellas.
Luego, tropezando con la escalera, caí de rodillas junto al catafalco de
Úrsula.
Me tumbé en el suelo para dormir un rato, o al menos descansar.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Sin pretenderlo, incluso con timidez y temor, deje que mi cuerpo se
relajara, cerré los ojos y, tendido en el suelo de piedra, me sumí en un bendito
sueño reparador.
Fue muy curioso.
Supuse que el grito de Úrsula me despertaría, que, al igual que una niña,
al despertarse en la oscuridad sobre su catafalco y comprobar que estaba sola y
rodeada de cabezas gritaría angustiada.
Supuse que el hecho de ver las cabezas apiladas en un montón la
horrorizaría.
Pero no fue así.
La luz crepuscular invadía el espacio superior, de color violeta como las
flores del prado, y ella estaba de pie junto a mí.
Se había colgado el rosario en torno al cuello, lo cual no es infrecuente, y
lo lucía a modo de bello adorno. El crucifijo de oro se balanceaba bajo la luz,
como una resplandeciente mota dorada semejante a las manchas de luz que
reflejaban sus ojos.
Úrsula sonrió.
—Mi valiente héroe, ven, huyamos de este lugar mortuorio. Lo has
conseguido, les has vengado.
—¿Has movido los labios?
—¿Es preciso que lo haga cuando hablo contigo?
Sentí un escalofrío de deseo cuando Úrsula me obligó a que me levantara.
Me miró a los ojos, con las manos apoyadas en mis hombros.
—Bendito seas, Vittorio —dijo. Acto seguido, rodeándome la cintura con
un brazo, ascendió llevándome consigo. Nos elevamos sobre las lanzas rotas sin
ni siquiera rozar sus afilados mangos, y penetramos en la umbrosa capilla. Las
vidrieras se habían oscurecido y las sombras jugueteaban gráciles pero
respetuosas en torno al distante altar.
—Amor mío, amor mío —dije—. ¿Sabes lo que hicieron los ángeles? ¿Lo
que dijeron?
—Liberemos a los presos, tal como deseas —contestó Úrsula.
Me sentí más animado, lleno de renovado vigor. Nadie habría adivinado
que había tenido que superar una dura prueba, que la titánica lucha me había
robado las fuerzas y el ánimo, que durante días la batalla y el esfuerzo
constituyeron parte integrante de mi ser.
Juntos atravesamos apresuradamente el castillo, abriendo una tras otra
las puertas de par en par para liberar a los desdichados que estaban en el
corral. Fue Úrsula quien corrió con pies ligeros y felinos por los senderos que
discurrían entre los naranjos y las jaulas de las aves, volcando los pucheros de
caldo, informando a los cojos y a los desesperados de que eran libres, que
nadie les retenía en el castillo.
En un santiamén nos situamos en un elevado balcón. En la penumbra
contemplé a mis pies la triste procesión, una larga hilera de tullidos que
descendía por la ladera de la montaña bajo el cielo violáceo y la estrella de la
noche. Los débiles ayudaban a los fuertes; los viejos transportaban a los
jóvenes.
—¿Adonde irán? ¿Regresarán a esa malvada población? ¿Junto a los
monstruos que los entregaron al sacrificio? —De pronto se apoderó de mí una
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
violenta furia—. Esas gentes deben recibir castigo.
—El tiempo todo lo resuelve, Vittorio. Tus pobres y tristes víctimas ya son
libres. Ven, nuestro momento ha llegado.
La falda de Úrsula se infló formando un enorme círculo oscuro mientras
descendíamos por el aire, frente a las ventanas, junto a los muros, hasta que
mis pies aterrizaron en el mullido suelo.
—¡Bendito sea Dios, estamos en el prado! —exclamé—. Lo veo con tal
nitidez bajo el resplandor de la luna como lo viera en mis sueños.
Me sentí embargado por una súbita ternura. Abracé a Úrsula, hundiendo
los dedos en su espesa y ondulada cabellera. Todo parecía bambolearse a mi
alrededor, y sin embargo sentí el tacto de la tierra bajo mis pies al tiempo que
bailaba eufórico con ella, y el suave y airoso movimiento de los árboles nos
arrullaba mientras nos abrazábamos con fuerza.
—Nada puede separarnos, Vittorio —dijo. De pronto se soltó y echó a
correr.
—¡Espera, Úrsula! —grité al tiempo que echaba a correr tras ella. Pero la
hierba y las azucenas crecían altas y frondosas. De pronto tuve la impresión de
que aquel paraje no era idéntico al del sueño, pero enseguida comprendí que
era una impresión errónea, pues todo estaba impregnado del aroma silvestre
del campo y la perfumada brisa agitaba levemente las ramas de los árboles.
Caí agotado, dejando que las flores me acogieran en un suave abrazo.
Dejé que las azucenas rojas se inclinaran sobre mi rostro, como si me
observaran con curiosidad.
Ella se arrodilló a mi lado.
—Él me perdonará, Vittorio —dijo—. En su infinita misericordia, me
perdonará.
—Sí, mi amor, mi bendito y hermoso amor, mi salvadora. Él te perdonará.
El pequeño crucifijo que pendía de su cuello rozó el mío.
—Pero debes hacer esto por mí, tú que me perdonaste la vida en la cripta,
que dormiste confiado a los pies de mi tumba, deseo que hagas...
—¿Qué, amor mío? —pregunté—. No tienes más que decírmelo y lo haré.
—Primero reza para que el Señor te dé fuerzas, y luego deseo que tu
cuerpo humano, tu cuerpo indemne y bautizado absorba toda la sangre
demoníaca que contiene el mío, que la extraigas para liberar mi alma de su
conjuro. No temas, no te perjudicará, pues la vomitarás al igual que las
pociones que te dimos. ¿Harás eso por mí? ¿Extraerás el veneno que hay en mi
interior?
Pensé en las náuseas, el vómito que había brotado de mi garganta en el
monasterio. Pensé en los despropósitos que había soltado, en la terrible locura
que se había apoderado de mí.
—Hazlo por mí—dijo Úrsula.
Se tumbó junto a mí y sentí su corazón atrapado en su pecho, y sentí los
latidos del mío, y pensé que jamás había conocido una languidez tan sensual.
Noté que mis dedos se contraían. Durante unos instantes dejé que reposaran
sobre las piedras del prado, como si los dorsos de mis manos yacieran sobre
unos ásperos guijarros, pero enseguida sentí de nuevo la textura de los tallos
rotos, el lecho de azucenas purpúreas, rojas y blancas.
Úrsula alzó la cabeza.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—En nombre de Dios —dije—, por tu salvación, ingeriré el veneno que
contiene tu cuerpo; te chuparé la sangre como si la succionara de una herida
gangrenosa, de la llaga de un leproso. Dámela, dame tu sangre.
Su rostro permaneció impasible, tan menudo, tan exquisito, tan blanco.
—Debes ser valiente, amor mío, pues antes debo succionar una porción de
tu sangre para que tú absorbas toda la mía. —Úrsula apoyó la cabeza en mi
cuello y me clavó los dientes—. Valor, sólo un poco más.
—¿Un poco más? —musité—. ¡Ah, un poco más! Levanta la vista, Úrsula,
contempla el cielo y el infierno en el firmamento, pues las estrellas son unas
bolas de fuego que los ángeles sostienen suspendidas.
Pero era un lenguaje exageradamente poético y carente de significado, y
al poco de convirtió en un mero eco. Sentí que me envolvía una densa
oscuridad, y al alzar la mano tuve la impresión de que la cubría una red dorada
y vi a lo lejos mis dedos atrapados en esa red.
De repente el sol inundó el prado. Sentí deseos de huir, de incorporarme,
de decirle «Fíjate, ha salido el sol, y tu estás indemne, amor mío». Pero
experimenté unas oleadas de un placer divino y sensual que me atravesaban
todo el cuerpo, tirando de mí, estimulando mis partes íntimas, un placer
magnífico y enloquecedor.
Cuando sus dientes se clavaron en mi carne, tuve la sensación de que
afianzaba su alma en mis órganos, en todas las partes de mi ser que
correspondían al hombre y antes al niño, y que eran humanas.
—¡Ah, no te detengas, amor mío! —exclamé.
El sol ejecutó una extraña danza sobre las ramas de un castaño.
Úrsula abrió la boca, de la que brotó un chorro de sangre, el beso rojo
oscuro de sangre.
—Tómala, Vittorio.
—Transmíteme todos tus pecados, criatura divina —respondí—. ¡Dios mío,
ayúdame! ¡Apiádate de mí! Mastema...
Pero no terminé la frase. Mi boca se llenó de la sangre de Úrsula. No era
una poción rancia mezclada con otros repugnantes ingredientes, sino el líquido
dulce y cautivador que me diera a través de sus besos más secretos y
desconcertantes. Esta vez lo ingerí en un chorro que no cesaba de manar.
Úrsula me sujetó por las axilas y me alzó. La sangre parecía no conocer
vena alguna pero se extendió a través de mis extremidades, mis hombros y mi
pecho, anegando y confiriendo renovada energía a mi corazón. Levanté la vista
y contemplé el sol radiante y juguetón. Sentí su melena suave y cegadora sobre
mis ojos, pero miré a través de los dorados cabellos. Mi respiración era
entrecortada.
La sangre me inundó las piernas, hasta las puntas de los dedos de los
pies. Mi cuerpo se sentía revitalizado. Mi corazón latía contra su pecho, y de
nuevo sentí su peso sutil y felino, las sinuosas piernas enroscadas en torno a
las mías, sujetándome, inmovilizándome, los brazos cruzados bajo mis axilas,
los labios pegados a los míos.
Mis ojos no cesaban de pestañear y contraerse, para luego abrirse de
golpe, en un ciclo interminable. Mis suspiros eran inmensos, y los latidos de mi
corazón retumbaban con potencia, como si no nos halláramos en un prado; los
sonidos que emitía mi robustecido cuerpo, el cuerpo transformado, el cuerpo
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
pletórico de su sangre, resonaban sobre las piedras.
El prado desapareció, o quizá no había existido nunca. La luz crepuscular
formaba un rectángulo en lo alto. Yo yacía en la cripta.
Me incorporé y aparté con violencia a Úrsula, que lanzó un grito de dolor.
Me levanté de un salto y contemplé mis manos, extendidas ante mí.
Sentí un hambre terrorífica, una fuerza descomunal, el deseo de emitir un
rugido feroz.
Observé la luz violácea que penetraba por la abertura en lo alto y grité.
—¡Lo has conseguido! ¡Me has convertido en uno de los tuyos!
Úrsula rompió a llorar. Me precipité hacia ella. Úrsula retrocedió con el
torso doblado hacia delante, tapándose la boca con la mano mientras sollozaba
e intentaba huir de mí. Yo la perseguí. Úrsula corría como una rata, dando
vueltas en torno a la cripta, gritando como una posesa.
—¡No, Vittorio! ¡No me hagas daño, lo hice por nosotros! ¡Somos libres,
Vittorio! ¡Dios mío, ayúdame!
Entonces comenzó a elevarse, zafándose de mis manos. Huyó hacia la
capilla que se encontraba en el piso superior.
—¡Bruja, monstruo, larva, me engañaste con tus espejismos, tus visiones,
me convertiste en uno de los tuyos!
El eco de mis rugidos no cesaba de resonar mientras yo avanzaba a
tientas hasta dar con mi espada. Luego comencé a corretear alrededor de la
cripta para adquirir impulso y por fin salté, elevándome por encima de las
lanzas para aterrizar en el piso donde se encontraba la capilla; ahí estaba
Úrsula, temblando ante el altar con los ojos llenos de lágrimas.
Ella retrocedió hasta chocar con unos jarrones de flores rojas apenas
visibles bajo el resplandor de las estrellas que penetraba por las oscuras
vidrieras.
—¡No me mates, Vittorio, te lo suplico! —imploró entre sollozos y
gemidos—. ¡Soy muy joven, como tú, no me mates!
Me lancé sobre ella, y entonces echó a correr hacia el otro extremo del
santuario. Furioso, golpeé con mi espada la estatua de Lucifer. Tembló unos
segundos y luego cayó, haciéndose añicos en el suelo de mármol del maldito
santuario.
Úrsula, que se había refugiado en un rincón de la capilla, se puso de
rodillas y extendió los brazos en un gesto implorante. Sacudió la cabeza, y su
cabellera osciló de un lado a otro.
—¡No me mates, no me mates, no me mates! ¡Si lo haces me enviarás al
infierno! ¡No lo hagas!
—¡Desgraciada! —gemí—. ¡Bruja! —Por mis mejillas rodaban unas
lágrimas tan abundantes como las suyas—. Tengo sed, bruja. Tengo sed y
percibo su olor, el de los esclavos que aún están encerrados en el corral. ¡Huelo
su sangre, maldita seas!
Yo también me hinqué de rodillas. Me tumbé sobre el mármol y propiné
una patada a los fragmentos de la grotesca estatua. Clavé la punta de mi
espada en el encaje del lienzo que cubría el altar y lo derribé al suelo, junto con
la masa de flores que lo adornaba. Me revolqué en ellas, sepultando mi rostro
en los fragantes pétalos.
Se produjo un terrible silencio, un silencio impregnado de mis gemidos.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Sentí mi fuerza incluso en el timbre de mi voz, y en el brazo que sostenía la
espada sin fatiga ni contemplaciones, y en la calma indolora en la que yacía
sobre un mármol que debía de ser frío pero no lo era, o tal vez es que su
frialdad me reconfortaba.
Ella me había hecho poderoso.
Percibí su perfume y alcé la vista. Úrsula, un ser tierno, amoroso, con los
ojos inundados del resplandor de las estrellas, luminosos, serenos, amables, se
hallaba de pie junto a mí. Sostenía en los brazos a un joven humano, un
retrasado mental que ignoraba el peligro que corría.
Tenía un aspecto sonrosado y suculento, parecido a un lechón dispuesto
para que yo lo saboreara, repleto de burbujeante sangre mortal y listo para ser
devorado. Úrsula lo depositó ante mí.
Estaba desnudo. El chico se acuclilló, con las nalgas apoyadas en los
talones. Su sonrosado pecho temblaba, tenía el pelo largo y negro y una carita
redonda e inocente. Parecía estar soñando o acaso buscando unos ángeles en
la oscuridad.
—Bebe, amor mío, bebe su sangre —dijo Úrsula—. Te dará fuerzas para
conducirme ante un padre bondadoso que acepte confesarme.
Yo sonreí. Sentí un deseo casi incontenible de arrojarme sobre aquel joven
retrasado. Pero el hecho de que a partir de ahora lograra o no contener mis
deseos constituía una incógnita, de modo que me tomé mi tiempo. Me
incorporé sobre un codo y la miré.
—¿Un padre bondadoso? ¿Crees que iremos allí? ¿Ahora mismo, los dos,
sin más preámbulos?
Úrsula se echó a llorar de nuevo.
—No, no, ahora mismo no —meneó la cabeza a modo de negación. Estaba
derrotada.
Tomé al muchacho. Mientras bebía su sangre le partí el cuello. El joven no
emitió el menor sonido. No hubo tiempo para el temor, el dolor ni las lágrimas.
¿Olvidamos alguna vez a nuestra primera víctima? ¿Es eso posible?
Aquella noche invadí el corral; devoré a los que quedaban en él, gozando
con el pantagruélico festín, les clavé los colmillos en el cuello, tomando de cada
uno lo que deseaba, enviándolos a Dios o al infierno, ¿cómo voy a saberlo,
vinculado como estoy a esta tierra con ella? Ella participó en el festín pero a su
estilo, con delicadeza y pulcritud, pendiente de mis alaridos y gemidos,
abrazándome para besarme y aplacarme con sus sollozos cuando yo temblaba
de rabia.
—Sal de ahí—dije.
Estaba a punto de amanecer. Le dije que no estaba dispuesto a pasar el
día bajo las afiladas torres, en esa casa terrorífica, en esa cuna de maldad y
perversión.
—Conozco una cueva —dijo Úrsula—. Se encuentra al pie de las
montañas, más allá de las tierras de cultivo.
—Sí, ¿junto a un auténtico prado?
—En esta hermosa región hay prados sin número, amor mío —respondió
Úrsula—. Bajo las estrellas, las bonitas flores relucen ante nuestros ojos
mágicos como lo hacen para los humanos a la luz del sol de Dios. Ten presente
que su luna es nuestra. Y mañana por la noche... antes de que pienses en el
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
sacerdote..., debes pensar en el sacerdote...
—No me hagas reír. Enséñame a volar. Rodea mi cintura con el brazo y
enséñame a arrojarme desde estas elevadas murallas y aterrizar sin partirme
las piernas. No vuelvas a hablarme de sacerdotes. ¡No te burles de mí!
—... Antes de que pienses en el sacerdote, para que me confiese —
prosiguió Úrsula sin dejarse amedrentar, con su dulce y suave vocecilla y los
ojos anegados en lágrimas de amor—, regresaremos a la población de Santa
Maddalana, cuando sus habitantes duerman todavía, y le prenderemos fuego.
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La niña esposa
No prendimos fuego a Santa Maddalana. Resultaba más divertido
perseguir y cazar a sus habitantes.
A la tercera noche, dejé de llorar poco antes del alba, cuando Úrsula y yo
nos retiramos, abrazados, a nuestra cueva secreta e inaccesible.
Y a la tercera noche, los habitantes de la población comprobaron lo que
había ocurrido: su astuto pacto con el diablo se había vuelto contra ellos.
Estaban aterrorizados, y Úrsula y yo gozamos pillándolos desprevenidos,
ocultándonos en la multitud de sombras que componían las serpenteantes
callejuelas para reventar las recias y sofisticadas cerraduras.
A primeras horas, cuando nadie se atrevía a moverse de su casa y el buen
padre franciscano se hallaba despierto y arrodillado en su celda, rezando el
rosario y rogando a Dios que le permitiera comprender lo que estaba
ocurriendo (el sacerdote, según recordará el lector, con el que yo había
conversado en la posada, el que se había sentado a mi mesa y me había
prevenido, pero no de forma agresiva como su hermano dominico, sino con
amabilidad), yo entré sigilosamente en la iglesia franciscana y recé también.
Pero cada noche me dije lo que un hombre se dice para sus adentros
cuando se acuesta con su adúltera ramera: «Otra noche más, Señor, y luego
me confesaré. Una noche más de delirio, Señor, y regresaré a casa junto a mi
esposa.»
Los habitantes de la población estaban impotentes frente a nosotros.
Las habilidades que no me eran propias ni las había adquirido a través de
la experiencia, me las enseñó mi amada Úrsula con paciencia y gracia. Yo era
capaz de bucear en una mente, hallar un pecado y devorarlo con un breve
movimiento de la lengua mientras le chupaba la sangre a un comerciante
holgazán y moribundo que había entregado sus pequeños hijos al misterioso
señor Florian, a cambio de que éste le dejara en paz.
Una noche comprobamos que las gentes de la población habían acudido
de día al castillo abandonado. Hallamos pruebas de su sigilosa entrada, aunque
no tocaran ni se llevaran apenas nada. ¡Menudo susto debieron de llevarse al
ver los espeluznantes santos flanqueando el pedestal de Lucifer, el ángel caído,
en la capilla! No robaron los candelabros de oro ni el viejo tabernáculo en el
que yo había hallado, al meter la mano, un corazón humano encogido y reseco.
Durante nuestra última visita a la Corte del Grial de Rubí, cogí las cabezas
abrasadas y coriáceas de los vampiros en el sótano donde se hallaban y las
arrojé como si fueran piedras a través de las vidrieras de la capilla. La última
muestra del espléndido arte del castillo había desaparecido.
Juntos, Úrsula y yo recorrimos todas las alcobas, que yo no conocía ni
había imaginado siquiera que existieran. Ella me mostró las habitaciones en las
que los miembros de la corte se reunían para jugar a los dados o al ajedrez, o
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escuchar a pequeñas orquestas de música de cámara. Aquí y allá observamos
ciertos indicios de que los habitantes de la población habían robado algunos
objetos: un cobertor arrancado de la cama, una almohada tirada en el suelo.
Pero era evidente que las gentes de Santa Maddalana sentían más temor
que codicia.
Y mientras los perseguíamos sin tregua, derrotándolos gracias a nuestras
artes, los habitantes comenzaron a abandonar Santa Maddalana. Cuando
recorríamos las calles desiertas, a medianoche, veíamos los comercios
abandonados, las ventanas abiertas, las cunas vacías. La iglesia dominica fue
profanada y abandonada, su altar de piedra saqueado. Los cobardes
sacerdotes, a los que no concedí la merced de una muerte rápida, abandonaron
a su rebaño.
El juego se hizo cada vez más estimulante para mí. Los pocos habitantes
que quedaban se mostraban contumaces y avariciosos, y se negaban a
capitular sin plantar batalla. Era fácil reconocer a los inocentes, que creían en la
fe de la luz guiadora o los santos que les protegían, y a quienes habían jugado
con el diablo y ahora se mantenían alertas y preocupados sin soltar la espada.
Me gustaba conversar, mantener un diálogo con ellos en el momento de
matarlos.
—¿Creíais que vuestro juego duraría eternamente? ¿Creíais que ese ser al
que alimentabais jamás os devoraría?
En cuanto a mi Úrsula, ese deporte le disgustaba. No soportaba
contemplar el sufrimiento de nuestras víctimas. Había tolerado el antiguo rito
de la comunión de la sangre que celebraban en el castillo debido a la música, el
incienso y la autoridad suprema de Florian y de Godric, quienes la conducían
paso a paso.
Noche tras noche, mientras la población se vaciaba lentamente, las
granjas quedaban desiertas y Santa Maddalana, el lugar donde yo había
asistido a la escuela, se deterioraba de forma lenta e inexorable, Úrsula se
dedicaba a jugar con los niños huérfanos. A veces se sentaba en los escalones
de la iglesia y acunaba a un niño en sus brazos, haciendo gorgoritos para
distraerlo mientras le contaba historias en francés.
Cantaba viejas canciones en latín procedentes de las cortes de su época,
esto es de hacía doscientos años, según me dijo, y hablaba sobre batallas en
Francia y en Germania cuyos nombres no significaban nada para mí.
—No juegues con los niños —le advertía yo—. Más tarde lo recordarán. Se
acordarán de nosotros.
Al cabo de quince días la comunidad se hallaba irreparablemente
destruida. Tan sólo quedaban los huérfanos y algunos ancianos, así como el
padre franciscano y el padre de éste, el hombrecillo semejante a un duende
que permanecía sentado por las noches en su habitación, jugando a los naipes
en solitario, sin adivinar siquiera lo que ocurría a su alrededor.
Hacia la decimoquinta noche, cuando llegamos a la población
comprendimos de inmediato que sólo quedaban dos personas.
Oímos al diminuto anciano cantando para sí en la desierta posada, cuyas
puertas se encontraban abiertas. Estaba muy borracho, y su calva húmeda y
sonrosada relucía a la luz de la vela. Dispuso los naipes sobre la mesa en un
círculo para jugar a una especie de solitario llamado «el reloj».
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El padre franciscano se hallaba sentado junto a él.
Cuando entramos en la posada alzó la vista y nos miró de frente, con
calma.
Yo estaba famélico, ansiaba devorar con avidez la sangre de esos dos
hombres.
—Nunca te dije mi nombre, ¿verdad? —preguntó el sacerdote.
—No, padre —contesté.
—Joshua —dijo el cura—. Ése es mi nombre, fray Joshua. El resto de la
comunidad ha regresado a Asís, y se han llevado a los últimos niños. Es un
largo viaje al sur.
—Lo sé, padre —contesté—. He estado en Asís, he rezado en la iglesia de
San Francisco. Dígame, padre, cuando me mira, ¿ve ángeles a mi alrededor?
—¿Por qué iba a ver unos ángeles? —preguntó en tono quedo. Luego miró
a Úrsula—. Veo belleza, veo juventud encajada en marfil bruñido. Pero no veo
ángeles. Jamás he visto unos ángeles.
—Yo sí los he visto —dije—. ¿Me permite que me siente?
—Como gustes —respondió el sacerdote, observándonos a los dos.
El franciscano cambió de postura en su dura y tosca silla de madera al
tiempo que yo me sentaba frente a él, al igual que aquel día en la aldea,
aunque en estos momentos no nos hallábamos sentados bajo la fragante
arboleda bajo el sol, sino en el interior de la posada, donde la luz de las velas
agrandaba los volúmenes y proporcionaba el calor.
Úrsula me miró confundida, tratando de adivinar mis intenciones. Yo
nunca la había visto conversar con un ser humano que no fuera yo o los niños
con los que había jugado en la aldea, es decir, unos seres que le inspiraban
ternura y a quienes no deseaba destruir.
Yo no podía adivinar qué pensaba sobre aquel anciano y su hijo, el
sacerdote franciscano.
El anciano ganó la partida de naipes.
—¿Lo ves? ¡Ya te lo dije! ¡Es nuestro día de suerte! —exclamó. Luego
recogió las grasientas cartas para barajarlas y jugar de nuevo.
El sacerdote lo miró con expresión ausente, como si estuviera demasiado
distraído para responder a su padre y tranquilizarlo. Luego me miró.
—Vi a esos ángeles en Florencia —dije—. Les he fallado, he roto la
promesa que les hice, he perdido mi alma.
El sacerdote se volvió hacia mí bruscamente.
—¿Por qué prolongas esto? —preguntó.
—No les lastimaré. Ni tampoco lo hará mi compañera —respondí con un
suspiro. En aquel momento de la conversación me habría venido bien una copa
de vino o una jarra de cerveza. Mi ansia de sangre me producía una intensa
angustia. Me pregunté si a Úrsula le ocurría lo mismo. Observé la copa de vino
del sacerdote, el cual no representaba nada en absoluto para mí, y observé su
rostro sudoroso a la luz de la vela. Luego proseguí—: Quiero que sepa que los
vi, que hablé con ellos. Intentaron ayudarme a destruir a esos monstruos que
tenían dominada a la población, y a las almas de los que están aquí. Deseo que
lo sepa, padre.
—¿Por qué me explicas esto, hijo?
—Porque eran hermosos, y tan reales como nosotros. Usted nos ha visto,
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ha visto a unos seres demoníacos; ha contemplado la ignominia y la traición, la
cobardía y la mentira. Estos seres que contempla ante usted son unos diablos,
unos vampiros. Pues bien, deseo que sepa que yo vi a esos ángeles con mis
propios ojos, unos auténticos y magníficos ángeles, más gloriosos de lo que soy
capaz de describir con palabras.
El sacerdote me miró largamente con expresión pensativa. Luego miró a
Úrsula, que parecía preocupada y no apartaba la vista de mí, temerosa de que
estuviera sufriendo,
—¿Por qué les fallaste? ¿Por qué se te aparecieron esos ángeles? Y si
contabas con su ayuda, ¿por qué fracasaste en tu empresa?
Yo me encogí de hombros y sonreí.
—Por amor.
El sacerdote no respondió.
Úrsula apoyó la cabeza en mi brazo. Al reclinarse sobre mí noté que su
cabellera me rozaba la espalda.
—¿Por amor? —repitió el sacerdote.
—Sí, y por honor.
—¡Honor!
—Nadie puede comprenderlo. Dios no lo aceptará, pero es cierto. ¿Qué es
lo que nos separa, padre, a usted y a mí, y a la mujer que está sentada junto a
mí? ¿Qué es lo que se interpone entre nosotros, entre el honesto sacerdote y
los dos demonios?
El anciano emitió una risita. Había realizado una jugada magistral.
—¡Qué te parece! —exclamó al tiempo que me miraba con sus astutos
ojillos—. Disculpa, había olvidado tu pregunta. Yo conozco la respuesta.
—¿Cómo? —preguntó el sacerdote volviéndose hacia el anciano—.
¿Conoces la respuesta?
—Por supuesto —respondió el padre dándose otra carta—. Lo que separa
a esos dos de una buena confesión es flaqueza y el temor de arder en el
infierno si se ven obligados a renunciar a sus vidas.
El sacerdote miró estupefacto a su padre.
Yo también lo hice.
Úrsula no dijo palabra. De pronto me besó en la mejilla y murmuró:
—Anda, vámonos. Santa Maddalana ya no existe. Marchémonos de aquí.
Eché un vistazo alrededor de la habitación de la posada, que estaba en
penumbra. Vi los viejos barriles. Contemplé con profunda perplejidad e insólita
congoja todas las cosas que los humanos utilizaban y tocaban. Observé las
toscas manos del sacerdote, apoyada una sobre otra en la mesa. Reparé en el
vello que cubría el dorso de sus manos, en sus gruesos labios y sus ojos
grandes, húmedos y llenos de tristeza.
—Le ruego que acepte este regalo que le hago —murmuré—. El secreto
de los ángeles. ¡Le aseguro que los vi! Usted ha podido comprobar lo que soy,
por tanto sabe que no le engaño. Vi sus alas, sus halos, vi sus pálidos rostros, y
la espada de Mastema el poderoso. Ellos fueron quienes me ayudaron a
saquear el castillo y a destruir a todos los demonios salvo uno, esta niña
esposa, la mía.
—Una niña esposa —musitó Úrsula, entusiasmada. Me miró pensativa y se
puso a canturrear con voz suave una antigua tonada, una de esas viejas
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cancioncillas. Luego me apretó el brazo y murmuró en tono tan convincente
como apremiante—: Vámonos, Vittorio, deja a estos hombres en paz. Ven
conmigo y te contaré mi historia, cómo me convertí realmente en una niña
esposa. —Miró al sacerdote con renovada animación—. Sí, yo fui una niña
esposa. Se presentaron unos hombres en el castillo de mi padre y me
compraron, dijeron que yo debía ser virgen, y las comadronas aparecieron con
una palangana de agua caliente y tras examinarme declararon que lo era.
Florian me tomó entonces como esposa. Yo fui su esposa.
El sacerdote clavó la vista en ella, incapaz de moverse aunque lo deseara.
El anciano alzó los ojos, con expresión risueña, asintiendo con la cabeza
mientras escuchaba el relato de Úrsula, y siguió jugando a los naipes.
—¿Se imaginan mi horror? —preguntó a los dos hombres. Luego se volvió
hacia mí y apartó con un movimiento de cabeza el pelo que le caía sobre la
cara; lo tenía rizado debido a las trenzas que se lo apresaran antes—. ¿Se
imaginan lo que sentí al sentarme en el diván y ver a mi esposo, un individuo
de una palidez cadavérica, como si estuviera muerto, tal como debemos
parecerles nosotros a ustedes?
El sacerdote no respondió. Poco a poco los ojos se le inundaron de
lágrimas. ¡Lágrimas!
Qué maravilloso espectáculo, incruento, cristalino, un espléndido adorno
para su viejo y afable rostro de pronunciada papada y labios gruesos.
—Me condujeron a una capilla en ruinas —prosiguió Úrsula—, un lugar
lleno de arañas y bichos donde me desnudaron y tendieron sobre un altar
sacrílego para que Florian me hiciera su esposa. —Úrsula apartó la mano de mi
brazo y abrió los brazos en un gesto ambiguo e infantil—. Yo lucía un velo muy
largo, precioso, y un elegante vestido de seda bordado, y él me los arrancó y
me poseyó con su miembro duro como una piedra, carente de vida, de semilla,
y luego con sus colmillos, como estos que yo poseo ahora. ¡Fue una boda atroz!
¡Y pensar que mi padre me había vendido a ese ser!
Por las mejillas del sacerdote rodaron unas lágrimas.
Miré a Úrsula estupefacto, presa de dolor y de rabia; rabia contra un
demonio que yo había matado, una rabia que confié en que traspasara las
brasas del infierno y lo agarrara del cuello como unas tenazas ardientes.
No dije nada.
Úrsula enarcó las cejas y ladeó la cabeza.
—Al cabo de un tiempo él se cansó de mí —dijo—. Pero nunca dejó de
amarme. Hacía poco que formaba parte de la Corte del Grial de Rubí; era un
joven señor que buscaba constantemente incrementar su poder y realzar su
vida sexual. Más tarde, cuando le pedí que perdonara la vida a Vittorio, no pudo
negarse debido a los votos que habíamos cambiado hacía años sobre aquel
altar de piedra. Después de dejar que Vittorio se marchara, cuando dio con él
en Florencia y se convenció de que estaba loco y hundido, Florian me cantaba
canciones, unas canciones para su esposa. Me cantaba viejos poemas como si
deseara reavivar nuestro amor.
Me cubrí la frente con la mano derecha. No soportaba derramar esas
lágrimas de sangre que vertimos cuando lloramos. No soportaba contemplar
ante mí, como en una pintura de Fra Filippo, esa sexualidad que ella había
descrito.
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Fue el sacerdote quien rompió el silencio.
—Ambos sois muy jóvenes —dijo con labios temblorosos—. Unos niños.
—Así es —respondió Úrsula con su exquisita voz, con convicción y una
pequeña sonrisa de aquiescencia. Me tomó la mano izquierda y la acarició de
forma tierna y sincera—. Por siempre niños. Florian también era muy joven.
—Lo vi en una ocasión —dijo el sacerdote con voz entrecortada pero
suave—. Sólo una vez.
—¿Y sabía quién era? —pregunté.
—Sabía que yo era impotente ante él, pese a mi desesperada fe, y que
tenía las manos atadas con unas ligaduras que me era imposible romper.
—Vámonos, Vittorio, no le hagas llorar otra vez —dijo Úrsula—.
Marchémonos de aquí. Esta noche no necesitamos sangre y me horroriza
pensar en hacer daño a estos hombres, no podría siquiera...
—No, amor mío, jamás —la tranquilicé—. Pero acepte mi regalo, padre, la
única cosa limpia que puedo ofrecerle, mi testimonio de que vi unos ángeles, y
que ellos me sostuvieron cuando me flaquearon las fuerzas.
—¿No quieres que te dé la absolución, Vittorio? —preguntó el sacerdote.
Ahora su voz parecía haber adquirido un tono más potente y su pecho mayor
volumen—. Aceptad mi absolución, Vittorio y Úrsula.
—No, padre —contesté—, no podemos aceptarla. No la queremos.
—¿Por qué?
—Porque —repuso Úrsula en tono afable—, nos proponemos volver a
pecar en cuanto se presente otra ocasión.
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A través de un espejo oscuro
Ella no había mentido.
Esa noche partimos hacia casa de mi padre. Aunque nuestro viaje fue
breve, eran muchos kilómetros para un mortal y en aquella remota región
agrícola no conocían la noticia de que la amenaza de los demonios nocturnos,
los vampiros de Florian, había desaparecido. Lo más probable era que mis
granjas estuviesen abandonadas debido a las espeluznantes historias que
hicieran correr de boca en boca quienes habían huido de Santa Maddalana,
viajando a través de colinas y valles.
Sin embargo no tardé mucho en darme cuenta de que el castillo de mi
familia estaba ocupado. Una legión de soldados y ordenanzas se había puesto
afanosamente manos a la obra.
Cuando trepamos sobre la gigantesca muralla, pasada la medianoche,
comprobamos que todos los muertos de mi familia habían sido enterrados, o
cuando menos colocados en sus féretros de piedra debajo de la capilla, y que
todos los bienes del castillo, los abundantes tesoros, habían sido robados. Sólo
quedaban unos pocos carros, que pertenecían a los que ya habían emprendido
viaje al sur.
Los pocos que dormían en las dependencias del administrador de mi padre
eran contables del banco de los Médicis, y a la tenue luz de un firmamento
tachonado de estrellas examiné en silencio los escasos papeles que habían
dejado para que se secaran.
Toda la herencia de Vittorio di Raniari se había reunido, catalogado y
transportado a Florencia para depositarla a buen recaudo en las arcas de
Cosme, hasta el momento en que Vittorio di Raniari cumpliera veinticuatro años
y estuviera en condiciones de asumir la responsabilidad de sus asuntos
personales y financieros.
Sólo unos pocos soldados dormían en los cuarteles. Sólo unos pocos
caballos se hallaban en los establos. Sólo unos pocos mozos y ayudantes
dormían en unas dependencias próximas a las de sus patronos.
Puesto que el inmenso castillo no tenía ninguna utilidad estratégica para
las autoridades milanesas, germanas, francesas o papales, ni tampoco para la
ciudad de Florencia, no se habían molestado en restaurarlo ni repararlo,
limitándose a cerrarlo.
Sin esperar a que amaneciera, abandonamos mi hogar, pero antes de
partir fui a despedirme de la tumba de mi padre.
Yo sabía que regresaría. Sabía que muy pronto los árboles treparían por
las laderas hasta alcanzar los muros del castillo. Sabía que la alta hierba
asomaría a través de los resquicios y grietas de los adoquines. Sabía que los
humanos dejarían de amar ese lugar, como habían dejado de amar tantas
ruinas diseminadas por aquella región.
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Entonces yo regresaría. Estaba convencido de ello.
Aquella noche, Úrsula y yo recorrimos la vecindad en busca de algunos
bandidos que hallamos en el bosque, riendo alegremente cuando los atrapamos
y obligamos a apearse de sus monturas. ¡Fue un festín increíble!
—¿Adonde iremos, señor? —me preguntó mi esposa por la mañana.
Habíamos hallado una cueva donde refugiarnos, profunda y bien oculta,
repleta de espinosas zarzas que apenas arañaron nuestra curtida piel, y
descansamos tras un velo de arándanos silvestres que nos protegía de los ojos
de cualquier curioso, incluso del sol que comenzaba a alzarse.
—A Florencia, amor mío. Debo ir allí. En sus calles no pasaremos nunca
hambre, ni corremos el riesgo de ser descubiertos. Hay ciertas cosas que debo
ver con mis propios ojos.
—¿Qué cosas son ésas, Vittorio? —preguntó Úrsula.
—Pinturas, mi amor, pinturas. Deseo contemplar los ángeles que aparecen
en esas pinturas. Debo... debo enfrentarme a ellos, por así decirlo.
Mi respuesta satisfizo a Úrsula, que jamás había visitado la imponente
ciudad de Florencia. Durante su desdichada y eterna existencia compuesta de
ritos y disciplina cortesana, había permanecido encerrada en las montañas, y se
tumbó junto a mí para soñar con la libertad, con espléndidos colores como el
azul, el verde y el oro, tan opuestos al rojo oscuro que todavía lucía. Se acostó
a mi lado, confiando plenamente en mí. Por mi parte, yo no confiaba en nadie.
Lamí la sangre humana que tenía en los labios mientras me preguntaba
cuánto tiempo permanecería aún en la Tierra antes de que alguien me cortara
la cabeza con un contundente y certero golpe de espada.
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La Inmaculada Concepción
En la ciudad de Florencia se había organizado un gran revuelo.
—¿A qué se debe? —inquirí.
Hacía mucho que había sonado el toque de queda, del que nadie hacía
demasiado caso, y en Santa María Maggiori —el Duomo— se había congregado
una enorme multitud de estudiantes para asistir a la conferencia de un
humanista que sostenía que Fra Filippo Lippi no era un cerdo como se afirmaba.
Nadie reparó en nosotros. Nos habíamos alimentado de unas víctimas que
habíamos cazado en el campo, y lucíamos unas pesadas capas que sólo
dejaban entrever una pequeña porción de nuestra pálida piel.
Entré en la iglesia. La multitud llegaba hasta las mismas puertas.
—¿Qué sucede? ¿Qué le ha ocurrido al gran pintor?
—Esta vez se ha metido en un lío gordo —contestó un hombre sin
molestarse en mirarnos ni a mí ni la esbelta figura de Úrsula, que estaba
apoyada en mí.
El hombre estaba pendiente por completo del orador, el cual se hallaba de
pie ante la multitud.
Al hablar, su voz retumbaba a través de la gigantesca nave.
—¿Qué es lo que ha hecho?
Al no obtener respuesta, me abrí camino como pude entre la nutrida y
apestosa muchedumbre humana, arrastrando a Úrsula tras de mí. Ésta se
sentía un tanto cohibida por aquella ciudad tan imponente, y durante los más
de doscientos años de su vida no había contemplado una catedral de
semejantes proporciones.
Formulé mi pregunta a dos jóvenes estudiantes, quienes se volvieron de
inmediato para responderme. Ambos vestían a la moda y tendrían unos
dieciocho años, eran lo que en aquella época llamaban en Florencia giovanetti,
esa edad tan complicada en que eres demasiado mayor para considerarte un
crío, como era yo, y demasiado joven para ser un hombre.
—Filippo pidió a una joven y hermosa monja que posara para el cuadro
del altar que estaba pintando, en el que aparece la Virgen María —me explicó el
primer estudiante, un joven de pelo negro y ojos de mirada profunda, que me
observaba con sonrisa burlona—. Pidió al convento que eligieran a la monja que
debía posar para él, con objeto de pintar a una Virgen perfecta, y entonces...
El otro estudiante concluyó el relato.
—¡Se fugó con ella! —exclamó—. Raptó a la monja del convento, se fugó
con ella y con la hermana de ésta, su hermana de sangre. Se han instalado en
una vivienda sobre el taller, él, la monja y la hermana de ésta, los tres, el
monje y las dos monjas. Vive en pecado con ella, Lucrezia Buti, a la que ha
utilizado de modelo para pintar la Virgen del cuadro del altar, sin importarle un
comino lo que piense la gente.
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La multitud nos empujaba y zarandeaba. Unos hombres nos mandaron
callar. Los estudiantes apenas lograban contener la risa.
—Si no contara con el apoyo de Cosme —dijo el primer estudiante en un
murmullo obediente pero socarrón—, ya lo habrían ahorcado, me refiero a la
familia de la monja, los Buti, cuando no los sacerdotes de la orden de los
carmelitas o la población entera.
El otro estudiante meneó la cabeza y se tapó la boca para contener una
carcajada.
El orador, desde el fondo, aconsejó a todos que conservaran la calma y
dejaran que las autoridades se ocuparan de ese escándalo y ultraje, pues todo
el mundo sabía que no existía en Florencia un pintor más genial que Fra Filippo;
Cosme resolvería esa cuestión en el momento oportuno.
—Siempre ha sido un hombre atormentado —comentó el estudiante que
estaba junto a mí.
—Atormentado —murmuré—. Atormentado. —Recordé su rostro, el rostro
del monje que viera hacía años en casa de Cosme en Vía Larga, discutiendo con
vehemencia para ser libre, para pasar un rato con una mujer. Sentí agitarse en
mi interior un extraño conflicto, un extraño y oscuro temor—. Confío en que no
vuelvan a lastimarle.
«Uno se pregunta...» murmuró una suave voz en mi oído. Me volví, pero
no vi a nadie que pudiera haber pronunciado esa frase. Úrsula miró en torno a
ella.
—¿Qué ocurre, Vittorio? —preguntó.
Pero yo reconocí ese murmullo, que volvió a producirse, íntimo e
incorpóreo: «Uno se pregunta dónde estaban sus ángeles custodios el día en
que a Fra Filippo se le ocurrió cometer semejante locura.»
Me volví una y otra vez, frenético, impaciente, intentando localizar esa
voz. Unos hombres se apartaron de mí e hicieron unos pequeños gestos de
irritación. Tomé a Úrsula de la mano y la conduje con prisas hacia la puerta.
Una vez fuera de la iglesia, en la plaza situada frente al Duomo, mi
corazón dejó de latir con violencia. Yo no sabía que esa nueva sangre haría que
experimentara semejante angustia, tristeza y temor.
—¡Se ha fugado con una monja para pintar a la Virgen! —exclamé en voz
baja.
—No llores, Vittorio —dijo Úrsula.
—¡No me hables como si fuera tu hermano pequeño! —espeté, pero
enseguida me avergoncé de haberla tratado de esa forma. Úrsula me miró
entre sorprendida y dolida, como si le hubiera propinado un bofetón. Le tomé la
mano y se la besé—. Lo lamento, Úrsula, perdóname.
Echamos a andar tomados de la mano.
—¿Adonde vamos? —preguntó ella.
—A casa de Fra Filippo, a su taller. No me hagas más preguntas.
Al cabo de unos momentos atravesamos la estrecha callejuela, entre
cuyos muros resonaba el eco de nuestros pasos, y nos detuvimos ante la puerta
del taller, que estaba cerrada. No vi luz alguna, salvo en las ventanas del tercer
piso, como si el pintor se hubiera visto obligado a refugiarse con su amada en
el piso más alto del edificio.
No había ninguna multitud congregada ante la casa.
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Pero de pronto una mano arrojó desde las sombras un puñado de tierra
contra la puerta cerrada a cal y canto, seguido de otro puñado de tierra y de
una andanada de piedras. Yo retrocedí, protegiendo a Úrsula con el brazo, y
observé cómo un transeúnte tras otro se acercaban a la puerta y proferían unos
insultos contra el taller.
Al cabo de un rato me apoyé en el muro frente al taller y contemplé
distraídamente la oscuridad. Oí la voz grave de la campana de la iglesia dar las
once, indicando que todo el mundo debía desalojar las calles.
Úrsula aguardó a que yo tomara la iniciativa, en silencio, y me observó
preocupada cuando yo alcé la cabeza y vi apagarse las últimas luces en casa de
Fra Filippo.
—Yo tengo la culpa —dije—. Hice que sus ángeles se apartaran de su lado
y él cometió esa locura. ¿Y total para qué? ¿Para yo poseerte como en estos
momentos él posee a su monja?
—No sé a qué te refieres, Vittorio —respondió Úrsula—. ¿Qué me
importan a mí unas monjas y unos sacerdotes? Jamás he dicho una palabra con
la intención de herirte, pero ahora te hablaré sin rodeos. No te quedes ahí
parado lloriqueando por esos mortales que tanto amabas. Estamos casados, y
ni los votos de un convento ni ninguna orden sacerdotal pueden separarnos.
Alejémonos de aquí, y cuando desees mostrarme a la luz de las lámparas las
maravillas de este pintor, tráeme aquí para que contemple esos ángeles de los
que me has hablado plasmados en pigmento y óleo.
La firmeza de su tono hizo que me arrepintiera de mi brusquedad. Le besé
de nuevo la mano. Le dije que lo lamentaba. La estreché contra mi corazón.
No sé cuánto rato permanecimos abrazados en la calle, frente al taller del
pintor. Transcurrieron unos momentos. Percibí el chorro de agua de un grifo y
unos pasos distantes, pero nada de particular, nada que importara en la densa
noche de la concurrida Florencia, con sus palacios de cuatro y cinco pisos, las
derruidas torres, las iglesias y las decenas de millares de almas que dormían.
De pronto me sobresalté al ver una luz que caía sobre mí formando un
puñado de haces amarillos. El primero era poco más que una delgada línea de
luz, que se proyectó en sentido horizontal sobre Úrsula, seguido de otro que
iluminó el callejón donde nos encontrábamos. Deduje que habían encendido
unas lámparas en el taller de Fra Filippo.
Me volví en el preciso instante en que alguien descorría el cerrojo de la
puerta en el interior, produciendo un ruido grave y chirriante. El sonido
reverberó entre los oscuros muros. Arriba, detrás de las ventanas cubiertas con
barrotes, no se veía ninguna luz encendida.
De pronto se abrió la puerta de par en par, sus dos hojas giraron hacia
atrás y golpearon el muro levemente. Vi el amplio rectángulo del interior, una
habitación espaciosa y profunda repleta de brillantes lienzos que resplandecían
a la luz de tal cantidad de velas que parecía una capilla dispuesta para celebrar
la misa del obispo.
Me quedé estupefacto. Aferré a Úrsula por el dorso de la cabeza y señalé.
—¡Ahí están, las dos pinturas, las Anunciaciones! —murmuré—. ¡Fíjate en
los ángeles, esos ángeles arrodillados, allí, y allí, unos ángeles planos,
postrados de rodillas ante las Vírgenes!
—Ya los veo —respondió ella con tono reverente—. Son más hermosos de
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
lo que supuse. No llores, Vittorio —añadió apretándome el brazo—, a menos
que te sientas conmovido por su belleza, es el único motivo válido.
—¿Es una orden, Úrsula? —pregunté. Tenía los ojos tan nublados de
lágrimas que apenas atinaba a ver las figuras postradas de rodillas de Ramiel y
Setheus.
Pero cuando me enjugué las lágrimas, cuando traté de recobrar la
compostura y tragarme el dolor que me atenazaba la garganta, comenzó el
milagro que yo temía más que a nada en el mundo, aunque a la vez lo deseaba
con todas mis fuerzas.
Mis ángeles rubios vestidos de seda, rodeados por unos halos,
abandonaron simultáneamente la tela de los cuadros, como si se desprendieran
del tupido tejido. Se volvieron unos instantes para mirarme y luego se movieron
de forma que ya no eran unos perfiles planos, sino unas robustas figuras que se
posaron sobre las piedras del suelo del taller.
Por la exclamación de asombro de Úrsula comprendí que había
presenciado también esa secuencia de gestos prodigiosos. Atónita, se cubrió la
boca con la mano.
—Castigadme —musité—. Castigadme arrebatándome los ojos de forma
que jamás vuelva a contemplar vuestra belleza.
Lentamente, Ramiel meneó la cabeza en sentido negativo. Setheus hizo
otro tanto. Me contemplaron en silencio, uno junto al otro, descalzos como de
costumbre, ataviados con unas holgadas ropas demasiado ligeras para moverse
en la pesada atmósfera.
—Entonces, ¿qué vais a hacer conmigo? —pregunté—. ¿Qué merezco de
vosotros? ¿Cómo es que puedo contemplaros a vosotros e incluso vuestro
esplendor? —De mis ojos brotó un nuevo torrente de infantiles lágrimas, por
más que Úrsula me mirara con ceño, por más que intentase con su silencioso
gesto de desaprobación que yo me comportara como un hombre.
Pero no pude contenerme.
—¿Qué vais a hacer conmigo? ¿Cómo es posible que todavía pueda veros?
—Siempre nos verás —contestó Ramiel con voz suave y neutra.
—Cada vez que contemples una de sus pinturas, nos verás —apostilló
Setheus—, o verás a un ángel semejante a nosotros.
Su voz no contenía el menor tono de censura, sino la maravillosa
serenidad y bondad que siempre me habían prodigado.
Pero la cosa no acabó ahí. Detrás de ellos vi cómo cobraban forma unas
siluetas oscuras, mis guardianes, aquel par de ángeles de aire solemne y piel
marfileña, vestidos con unas túnicas de un color azul intenso.
Qué expresión tan dura reflejaban sus sagaces ojos, despectivos aunque
sin la crueldad que los hombres confieren a esas pasiones. Qué glacial y
distante.
Abrí la boca, a punto de emitir un grito. Pero no me atreví a despertar a la
noche que me rodeaba, deslizándose sobre los miles de empinados techados de
tejas rojas, sobre las colinas y los campos, bajo la multitud de estrellas.
De pronto todo el edificio comenzó a temblar y los lienzos, brillantes y
resplandecientes en su baño de luz violenta, refulgían como sacudidos por un
terremoto.
Mastema apareció de repente ante mí, y la habitación retrocedió, se hizo
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más amplia, más profunda; los otros ángeles, sus subordinados, retrocedieron
también como impulsados por un viento silencioso que no admite desafío.
El torrente de luz parecía prender fuego a sus inmensas alas doradas, las
cuales abarcaban todos los rincones de la inmensa habitación, y su casco rojo
relucía como si fuera lava. Mastema desenvainó su espada.
Retrocedí, arrastrando a Úrsula conmigo. La empujé hacia el frío y
húmedo muro y la obligué permanecer allí, aprisionada, detrás de mí,
defendiéndola en la medida de lo posible de los peligros que la acechaban en la
Tierra, extendiendo los brazos hacia ella para impedir que se moviera y que me
la arrebataran.
—Ah —dijo Mastema, empuñando la espada al tiempo que sonreía y
asentía con la cabeza—. ¡De modo que prefieres ir al infierno que dejar que ella
muera!
—¡Sí! —repliqué—. No tengo elección.
—¡Por supuesto que la tienes!
—No la mates. Mátame a mí y envíame al infierno, pero concédele a ella
otra oportunidad...
Úrsula emitió un grito y me agarró del pelo como quien se aferra a una
tabla salvavidas.
—Acaba de una vez —dije—. ¡Córtame la cabeza y envíame ante el Señor
para que me juzgue y yo pueda interceder por ella! Hazlo, Mastema, te lo
suplico, pero no la mates. Aún no ha aprendido a pedir perdón.
Sosteniendo la espada en alto, Mastema me agarró por el cuello y me
atrajo hacia él. Úrsula voló detrás de mí. El ángel me sostuvo a pocos
centímetros de su rostro, contemplándome con sus luminosos ojos.
—¿Y cuándo aprenderá a hacerlo? ¿Y cuándo aprenderás tú?
¿Qué podía yo responder? ¿Qué podía hacer?
—Yo te enseñaré, Vittorio —murmuró Mastema en tono de irritación—. Yo
te enseñaré a pedir perdón cada noche de tu vida.
De pronto sentí que me elevaba, sentí que el viento agitaba mi ropa, sentí
las diminutas manos de Úrsula aferrarse a mí y el peso de su cabeza sobre mi
espalda.
El ángel nos arrastró a través de las calles hasta que de repente apareció
ante nosotros una nutrida multitud de mortales holgazanes que salían de una
taberna, borrachos y riendo a carcajadas; una masa de rostros naturales,
hinchados, y prendas oscuras agitadas por la brisa.
—¿Los ves, Vittorio? ¿Ves a esos seres de los que te alimentas? —
preguntó Mastema.
—¡Sí, Mastema! —contesté tratando de asir la mano de Úrsula, de
sujetarla, de protegerla—. ¡Los veo, sí!
—Todos ellos, Vittorio, poseen lo que yo veo en ti, y en ella: un alma
humana. ¿Sabes lo que es eso, Vittorio? ¿Lo intuyes?
No me atreví a responder.
La multitud se dispersó a través de la iluminada plaza, aproximándose a
nosotros.
—En cada uno de ellos anida una chispa del poder que nos creó a todos —
continuó Mastema—, una chispa de lo invisible, lo sutil, lo sagrado, lo
misterioso, la chispa que creó todo cuanto existe.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
—¡Dios! —exclamé—. ¡Fíjate, Úrsula!
Cada uno de aquellos mortales, hombres, mujeres, viejos o jóvenes, había
adquirido un resplandor dorado. De ellos emanaba una luz que rodeaba y
envolvía a cada figura, un sutil cuerpo de luz idéntico a la forma del ser
humano que caminaba rodeado por éste, sin percatarse de ello. Toda la plaza
estaba inundada de esta luz dorada.
Observé mis manos y comprobé que también estaban rodeadas por ese
cuerpo sutil y etéreo, esa hermosa, resplandeciente y sobrenatural presencia,
ese maravilloso fuego incombustible.
Me volví con tal brusquedad que mis ropas se enredaron entre mis
piernas, y vi a Úrsula envuelta en esa llama. La vi viva y respirando dentro de
ella, vuelta hacia la multitud, y comprobé de nuevo que cada uno de aquellos
seres vivía y respiraba dentro de esa llama, y en ese instante comprendí con
meridiana claridad que la vería siempre, que jamás vería a unos seres
humanos, ya fueran monstruos o gentes de bien, desprovistos de ese infinito y
cegador fuego del alma.
—Sí —me susurró Mastema al oído—. Sí. Eternamente, y cada vez que
mates a uno de esos seres, cada vez que claves tus malditos colmillos en sus
tiernos cuellos, cada vez que bebas la siniestra sangre que precisas para
subsistir, como la más feroz de las bestias creadas por Dios, verás esa luz
estremecerse y pugnar por seguir viva, y cuando hayas saciado tu apetito y el
corazón de tu víctima se detenga, verás apagarse esa luz.
Me aparté de Mastema, y él no me lo impidió.
Tomé a Úrsula de la mano y eché a correr en dirección al Arno, hacia el
puente, hacia las tabernas que aún permanecían abiertas, pero antes de ver las
refulgentes llamas de las almas que había allí, vislumbré el resplandor de las
almas a través de centenares de ventanas, el resplandor de las almas
filtrándose por debajo de las puertas cerradas.
Al ver aquello comprendí que Mastema había dicho la verdad. Siempre lo
vería. Vería la chispa del Creador en cada ser humano con quien me
encontrara, en cada ser humano que matara.
Al llegar al río, me incliné sobre la balaustrada de piedra. Grité una y otra
vez, dejando que el eco de mis gritos resonara sobre el agua y los muros de los
edificios. Estaba enloquecido de dolor. De golpe apareció a través de la
oscuridad un niño que avanzaba hacia mí, un mendigo, bien versado en las
palabras que debía decir para obtener un mendrugo de pan, unas monedas o la
caridad que alguien quisiera darle, y vi que resplandecía envuelto en aquella
deslumbrante y prodigiosa luz.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
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Y las tinieblas no la recibieron
A lo largo de los años, cada vez que contemplaba una de las magníficas
creaciones de Fra Filippo, los ángeles cobraban vida ante mí. Tan sólo por unos
instantes, el tiempo suficiente para que sintiera un aguijonazo en lo más
profundo de mi corazón.
Mastema no apareció en las obras de Fra Filippo hasta al cabo de unos
años, cuando éste, peleando y discutiendo como de costumbre, comenzó a
trabajar para Piero, hijo de Cosme, que había muerto.
Fra Filippo no renunció a su amada monja, Lucrezia Buti, y decían que
cada Virgen que pintaba (y fueron muchas) ostentaba el bello rostro de
Lucrezia. Lucrezia dio a Filippo un hijo, y éste asumió como pintor el nombre de
Filippino. Su obra era también espléndida, pródiga en ángeles, los cuales
también cobran forma ante mis ojos cuando, triste, desgraciado, lleno de amor
y temeroso, acudo a admirar esas telas.
En 1469, Filippo murió en la ciudad de Spoleto, y con él murió uno de los
más grandes pintores que jamás han existido. Fue el hombre a quien castigaron
con el potro del tormento por fraude, que raptó a una monja del convento; el
hombre que pintó a María como una Virgen asustada, como la Madonna de la
Noche Navideña, como la Reina del Cielo, como la Reina de todos los Santos.
En cuanto a mí, quinientos años más tarde apenas me alejo de la ciudad
que vio nacer a Filippo y la época que se dio en llamar la Edad de Oro.
Oro. Eso es lo que veo cuando te miro a ti, lector.
Eso es lo que veo cuando miro a cualquier hombre, mujer, niño.
Veo el flamígero oro celestial que Mastema me mostró. Lo veo
rodeándole, abrazándole, envolviéndole y bailando contigo, lector, aunque tú
no puedas verlo, ni te interese.
Esta noche, desde la torre en la Toscana, contemplo el paisaje, y a lo
lejos, en los valles, veo el oro de los seres humanos, la resplandeciente
vitalidad de las almas que palpitan.
Ésta es mi historia.
¿Qué te ha parecido?
¿No adviertes un extraño conflicto en ella? ¿Un dilema?
Vayamos por partes.
Retrocedamos al comienzo de la historia, cuando explico que mi padre y
yo cabalgábamos juntos por el bosque, hablando sobre Fra Filippo, y mi padre
me pregunta qué me atrae de ese monje. Yo respondo que es la lucha que se
libra en su interior y su personalidad ambivalente, y que de esa personalidad
ambivalente, de ese conflicto, nace el tormento que Filippo plasma en los
rostros que pinta.
Filippo era un hombre atormentado. Al igual que yo.
Mi padre, un hombre de temperamento tranquilo y personalidad menos
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
compleja, sonrió.
Pero ¿qué significa en relación con esta historia?
Sí, soy un vampiro, como ya he dicho; soy un ser que se alimenta de vida
mortal. Vivo en silencio, satisfecho, en mi tierra, en las oscuras sombras de mi
castillo, y Úrsula está siempre junto a mí; y quinientos años no es tanto tiempo
para que un amor como el nuestro se haya fortalecido.
Somos demonios. Estamos condenados. Pero ¿acaso no hemos
presenciado y comprendido multitud de cosas, no he relatado en este libro
algunas cosas que puedan resultarle útiles al lector? ¿No he descrito un
conflicto tan tormentoso que hace que aquí brille algo lleno de luz y color, como
las obras de Filippo? ¿Acaso no he bordado, tejido, dorado, sangrado?
Analícese mi historia y dígaseme que no le ha aportado nada. No lo
creeré.
Cuando pienso en Filippo, en su rapto de Lucrezia y en sus tempestuosos
pecados, ¿cómo hacer para separarlos de la magnificencia de sus obras? ¿Cómo
separar la violación de sus votos, sus engaños y peleas, del esplendor que
Filippo concedió al mundo?
No digo que yo sea un gran pintor. No soy tan estúpido. Pero sí afirmo
que de mi dolor, de mi locura, de mi pasión ha nacido una visión, una visión
que llevo eternamente conmigo y que te ofrezco.
Es una visión de cada ser humano, rebosante de fuego y misterio, una
visión que no puedo negar ni eliminar, ni darle la espalda, ni despreciar, ni
escapar de ella.
Otros escriben sobre dudas y tinieblas.
Otros escriben sobre lo absurdo y el silencio.
Yo escribo sobre un oro indefinible y celestial que arderá eternamente.
Escribo sobre una sed de sangre que jamás lograré saciar. Escribo sobre el
conocimiento y su precio.
Contémplese la luz que arde en su interior. Yo la veo. La veo en cada uno
de nosotros, y siempre la veré. La veo cuando tengo hambre, cuando lucho,
cuando mato. La veo estremecerse y morir en mis brazos al beber la sangre de
mis víctimas.
¿Te imaginas lo que representaría para mí matarte, lector?
Confiemos en que no necesites presenciar un asesinato o una violación
para ver esta luz en los seres que te rodean. Ruega a Dios que no te exija
pagar ese precio. Deja que yo lo pague por ti.
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
Bibliografía seleccionada y anotada
Fui a Florencia para recibir este manuscrito directamente de manos de
Vittorio di Raniari. Era mi cuarta visita a la ciudad, y decidí, junto con Vittorio,
enumerar aquí algunos libros para los lectores que deseen conocer más detalles
sobre la Edad de Oro en Florencia y sobre la ciudad misma.
Permita el lector que le recomiende, en primer lugar, el brillante texto
titulado Public Life in Renaissance Florence de Richard C. Trexler, publicado en
la actualidad por Cornell University Press.
El profesor Trexler ha escrito también otros libros maravillosos sobre
Italia, pero éste es una obra extraordinariamente interesante y enriquecedora,
en especial para mí, pues los análisis y comentarios del profesor Trexler sobre
Florencia me han ayudado a comprender mejor mi ciudad de Nueva Orleans, en
Luisiana, más que cualquier otra obra que se ha escrito sobre ella.
Nueva Orleans, al igual que Florencia, es una ciudad de espectáculos
públicos, ritos y días festivos, de manifestaciones de celebraciones y creencias
colectivas. Resulta casi imposible describir Nueva Orleans de forma realista a
quienes no la hayan visitado, su Carnaval, su día de San Patricio y su festival de
jazz anual. La brillante erudición del profesor Trexler me procuró las
herramientas con que reunir los pensamientos y observaciones a propósito de
las cosas que más amo.
Entre las obras del profesor Trexler cabe destacar su Journey of the Magi:
Meanings in History of a Christian Story, un libro que descubrí hace poco. Los
lectores que hayan leído mis anteriores novelas recordarán la intensa, ferviente
y sacrílega relación entre el vampiro Armand y el cuadro florentino titulado El
cortejo de los reyes magos, pintado para Piero de Médicis por Benozzo Gozzoli,
que en la actualidad se exhibe en Florencia en todo su esplendor.
Sobre el gran pintor Fra Filippo Lippi, permita el lector que le recomiende
en primer lugar su biografía escrita por el pintor Vasari, por los interesantes
aunque inverificables datos que aporta.
Asimismo, existe un brillante libro titulado Filippo Lippi, publicado por
Scala, cuyo texto es obra de Gloria Fossi, que se vende en numerosas
traducciones en Florencia y otras ciudades de Italia. Aparte de éste, el único
libro que conozco dedicado de forma exclusiva a la figura de Filippo es la
inmensa obra de Jeffrey Ruda Fra Filippo Lippi, publicada por Phaidon Press.
Los libros más amenos para el lector en general que he leído sobre
Florencia y los Médicis son los de Christopher Hibbert, entre ellos Florence: The
Biography of a City, publicado por Norton, y The House of Medici: Its Rise and
Fall, publicado por Morrow.
También recomiendo The Medici of Florence: A Family Portrait, de Emma
Micheletti y publicado por Becocci Editore. The Medici, de James Cleugh, que
apareció por primera vez en 1975, en la actualidad está publicado por Barnes &
Noble.
Abundan los libros de divulgación sobre Florencia y la Toscana:
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Anne Rice Nuevas Crónicas Vampíricas 2 Vittorio el Vampiro
observaciones de viajeros, tributos y memorias entrañables. Las principales
fuentes, es decir, cartas, crónicas y diarios escritos durante el Renacimientos en
Florencia, se hallan en gran número de bibliotecas y librerías.
Recomiendo a los lectores que eviten las versiones compendiadas de las
obras de san Agustín, quien vivió en un mundo pagano donde los cristianos
más escrupulosos desde el punto de vista teológico seguían creyendo en la
existencia demoníaca de los dioses paganos caídos. Para comprender Florencia
y su romance del siglo XV con las alegrías y libertades de una herencia clásica,
es preciso leer a san Agustín y a santo Tomás de Aquino en todo su contexto.
Para quienes deseen una mayor información sobre el maravilloso museo
de San Marcos, existen numerosas obras sobre Fra Angélico, el pintor más
famoso del monasterio, que incluyen descripciones y detalles sobre el edificio, y
un gran número de libros sobre la arquitectura de la ciudad de Florencia. Tengo
una deuda de gratitud con el museo de San Marcos no sólo por haber
conservado la espléndida obra arquitectónica de Michelozzo, tan ensalzada en
esta novela, sino por las publicaciones que venden en la tienda del monasterio
acerca de su arquitectura y obras de arte.
Por último, deseo añadir lo siguiente: si pidieran a Vittorio que citara una
grabación de música del Renacimiento que transmitiera del modo más fiel
posible el ambiente de la misa y la eucaristía que él presenció en la Corte del
Grial de Rubí, sin duda sería las Vísperas de Todos los Santos, una música de
réquiem procedente de la catedral de Córdoba, interpretada por la Orchestra of
the Renaissance bajo la dirección de Richard Cheetham. Sin embargo, debo
señalar que se cree que esta música se compuso hacia 1570, algunos años
después de que Vittorio viviera su terrorífica experiencia. El disco ha sido
editado por el sello Veritas, a través de Virgin Classics.
Como colofón a estas notas, permítame el lector una última cita de La
ciudad de Dios, de san Agustín:
Dios jamás habría creado al hombre, y menos a
un ángel, sabiendo de antemano que iba a caer en el
pecado, de no haber sabido al mismo tiempo cómo
utilizar a estas criaturas de forma provechosa,
enriqueciendo el curso de la historia universal mediante
la antítesis que otorga belleza a un poema.
Personalmente, ignoro si san Agustín está en lo cierto o no. Pero en
cualquier caso, creo que merece la pena tratar de pintar un cuadro, escribir una
novela... o un poema.
ANNE RICE
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