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sábado, 23 de noviembre de 2013

CRONICAS VAMPIRICAS 2 - ANNE RICE - EL VAMPIRO ARMAND

CRONICAS VAMPIRICAS 2  - ANNE RICE
2ª Parte
Quinta parte
El vampiro Armand


1
luvia de primavera. Lluvia de luz que saturaba cada hoja nueva de los árboles de la calle y
cada adoquín del pavimento, cortinas de lluvia como hilillos de luz entre la vacía oscuridad.
Y el baile del Palais Royal.
El rey y la reina estaban presentes, bailando con el pueblo. ¿Los rumores de intrigas en las sombras?
¿A quién le importan? Los reinos se alzan y caen. Que no se quemen los cuadros del Louvre, eso es lo
importante.
De nuevo, perdido en un mar de mortales; facciones frescas y mejillas sonrosadas. Montículos de
cabello empolvado coronando las cabezas femeninas con toda clase de estrambóticos tocados, incluso
minúsculas naves de tres palos, arbolillos o pequeñas aves. Paisajes de perlas y cintas. Hombres de
amplios torsos como gallos, vestidos con levitas de satén como alas emplumadas. Los diamantes me
causaban dolor de ojos.
Las voces rozaban en ocasiones mi piel, las risas eran el eco de una carcajada impía. Coronas de
velas cegadoras, la espuma de la música lamiendo las paredes.
Ráfagas de lluvia por las puertas abiertas.
Olores humanos avivando sutilmente mi hambre, mi sed. Hombros blancos, cuellos de marfil, potentes
corazones latiendo con ese ritmo eterno, tantos matices en aquellos pequeños cuerpos desnudos ocultos
bajo los ricos trajes, salvajes contenidos bajo una faja de panilla, bajo incrustaciones de bordado, con los
pies doloridos sobre los altos tacones y mascarillas como costras ante sus ojos.
El aire sale de un cuerpo y es aspirado por otro. La música, ¿no va pasando de oreja a oreja, como
dice la vieja expresión? Respiramos la luz, respiramos la música, respiramos el momento en que pasa a
través de nosotros.
De vez en cuando, unos ojos se fijaban en mí con un aire de vaga expectación. Mi piel lechosa les
detenía por un instante, pero, ¿qué era aquello, cuando había quien se sometía a sangrías para
conservar tan delicada palidez? (Permitidme sosteneros la jofaina y apurar luego su contenido.) Y mis
ojos, ¿qué eran en aquel mar de piedras preciosas de imitación?
Con todo, los susurros se deslizaban a mi alrededor. Y aquellos aromas... ¡ah, no había dos iguales! Y
con la misma claridad que si lo anunciaran en voz alta, me llegaban aquí y allá la invitación de algún
mortal al intuir lo que era, y la lujuria.
En algún antiguo lenguaje, daban la bienvenida a la muerte; ansiaban la muerte mientras ésta
deambulaba por la sala. ¿Era posible que supieran el secreto? Naturalmente que no. ¡Y yo tampoco lo
sabía! ¡Aquello era lo absolutamente espantoso! ¿Y quién era yo para soportar aquel secreto, para
anhelar de aquel modo proclamarlo, para querer tomar aquella mujer esbelta y chuparle la sangre de la
carne rolliza de su pecho, macizo y redondeado?
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La música, una música humana, continuó sonando. Por un instante, los colores de la sala flamearon
como si la escena se fundiera. La sensación de hambre se agudizó. Ya no era sólo una idea. Las venas
me latían. Alguien iba a morir. Alguien sería desangrado en un abrir y cerrar de ojos. O en un abrir y
cerrar de colmillos. No pude soportar pensar en ello, saber que iba a suceder, ver los dedos en la
garganta, palpando la sangre de las venas, notando cómo cedía la carne. ¡Así, dámela! ¿Dónde? Éste es
mi cuerpo, ésta es mi sangre.
Lanza tu poder como la lengua de un reptil, Lestat, para capturar el corazón más conveniente con un
movimiento rápido y certero.
Brazos rollizos, maduros para ser exprimidos, rostros de hombres cuya barba bien rasurada casi
resplandece, músculos debatiéndose bajo mis dedos... ¡No tenéis la menor posibilidad!
Y de pronto, debajo de aquella química divina, de aquella panorámica de la negación de la
putrefacción, ¡vi los huesos!
Los cráneos bajo las ridículas pelucas, dos cuencas mirando con disimulo tras un abanico abierto.
Una sala de esqueletos bamboleantes que sólo aguardaban al tañido de la campana. Era una visión
idéntica a la que había tenido el público del local de Renaud la noche en que puse en práctica esos
trucos que tanto pánico produjeron. Ahora, aquel mismo terror podía ser infligido a todos los ocupantes
del gran salón.
Tenía que salir de allí. Había cometido un terrible error de cálculo: aquello era la muerte, pero aún
podía apartarme de ella si conseguía salir de allí. Sin embargo, me hallaba enmarañado en una red de
seres humanos como si aquel monstruoso lugar fuera una trampa para un vampiro. No debía apresurar
mis movimientos, o, de lo contrario, provocaría el pánico en el baile. Por ello, me abrí paso con toda la
calma posible, hacia las puertas principales.
Y allí, apoyado contra la pared más alejada de mí como un telón de fondo de satén y filigrana, como
un producto de mi imaginación, distinguí por el rabillo del ojo la presencia de Armand.
Armand.
Si me dirigió alguna llamada sin palabras, no la capté. Si hubo algún saludo, no me apercibí de ello.
Armand se limitaba simplemente a mirarme. Su apariencia era la de una criatura radiante de joyas y de
encajes bordados con festones. Para mí fue como una Cenicienta descubierta en el baile, como una Bella
Durmiente que abriera los ojos bajo un lío de telarañas y las apartara con un gesto de su mano cálida. La
intensidad de su belleza hecha carne me hizo soltar un jadeo.
Sí, lucía una indumentaria perfecta de mortal, y, no obstante, su aspecto era aún más sobrenatural; su
rostro era demasiado deslumbrante, sus ojos oscuros resultaban insondables, y, durante una fracción de
segundo, destellaron como si fueran dos ventanas asomadas al fuego del infierno. Y cuando me llegó su
voz, ésta era grave y casi burlona, obligándome a concentrarme para entenderla: «Llevas toda la noche
buscándome» dijo. «Pues bien, aquí estoy aguardándote. Llevo esperándote toda la velada.»
Creo que en aquel instante, paralizado e incapaz de apartar la mirada de él, me di cuenta de que en
todos mis años de vagar por esta Tierra no volvería a tener nunca una revelación tan profunda y detallada
del verdadero horror que constituía nuestra especie.
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En mitad de la muchedumbre, Armand parecía de una inocencia qué partía el corazón.
Sin embargo, cuando le miré vi las criptas y escuché el batir de los timbales. Vi campos iluminados
con antorchas en los que no había estado jamás, escuché difusos encantamientos y noté en el rostro el
calor de voraces fuegos. Y aquellas visiones no surgían de él, sino que las extraía de mí mismo.
Y, pese a todo, mortal o inmortal, nunca había resultado Nicolás tan seductor. Ni siquiera Gabrielle me
había cautivado tanto jamás.
Dios mío, aquello era el amor. Aquello era el deseo. Y todos mis amoríos pasados no eran ni siquiera
la sombra de éste.
Y me dio la impresión de que Armand, con una especie de murmullo que se abría paso en mi mente,
me hacía saber que había sido un estúpido al haber pensado que las cosas pudieran ser de otra manera.
«¿ Quién puede querernos tanto, a ti y a mí, como nos queremos nosotros?» me susurró, y sus labios
parecieron moverse de verdad.
Otros rostros le miraron. Los vi pasar con absurda lentitud, vi cómo las miradas pasaban sobre él, vi
cómo la luz le bañaba en un nuevo ángulo lleno de matices el agachar la cabeza.
Avancé hacia él. Me pareció que alzaba su mano derecha y me hacía una seña, pero luego me
pareció que no era así. Armand dio media vuelta y vi ante mí la figura de un muchacho de cintura
estrecha, hombros rectos y pantorrillas largas y firmes bajo las medias de seda; un muchacho que, al
tiempo que abría una puerta, volvía la cabeza y me hacía una nueva seña.
Me vino a la cabeza una loca idea.
Fui tras él y me pareció como si nada de lo sucedido hasta entonces se hubiera producido. No había
ninguna cripta bajo les Innocents y Armand no era aquel mismo monstruo antiguo y temible. De algún
modo, estábamos a salvo.
Éramos la suma de nuestros deseos y esto nos salvaba. El vasto horror de mi propia inmortalidad, aún
no experimentado, dejó de extenderse ante mí y nos encontramos surcando mares tranquilos guiados por
faros familiares, y fue el momento de echarnos el uno en brazos del otro.
Una sala oscura nos envolvió, privada y fría. El ruido del baile quedaba muy lejano. Armand estaba
excitado por la sangre que había bebido, y pude captar el poderoso ímpetu de su corazón. Me indicó con
un gesto que me acercara un poco más, y al otro lado de los ventanales destellaron las luces de los
carruajes que pasaban con un mortecino e incesante traqueteo que hablaba de confort y de seguridad, y
de todo lo que constituía París.
Yo no había muerto. El mundo estaba empezando de nuevo. Extendí los brazos y noté su corazón
contra mí y, gritando a mi Nicolás, traté de advertirle, de decirle que todos nosotros estábamos
condenados. La vida se alejaba de nosotros centímetro a centímetro y, contemplando los manzanos del
huerto bañados en una verde luz solar, creía volverme loco.
—No, no, querido —me susurraba Armand—, no hay más que paz y dulzura y tus brazos en los míos.
—¡Sabes bien que fue el más atroz azar! —musité de pronto—. Soy un diablo involuntario que llora
como un chiquillo abandonado. Quiero volver a casa.
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«Sí, sí.» Sus labios sabían a sangre, pero no era sangre humana sino aquel elixir que Magnus me
había dado. Advertí que me desasía del abrazo. Esta vez podría escapar. Tendría otra oportunidad. La
rueda había dado la vuelta completa.
Me encontré gritando que no bebería, que no lo haría. Y en ese instante noté los dos ardientes
colmillos que se clavaban con fuerza en mi cuello hasta alcanzarme el alma.
No pude moverme. El rapto, el éxtasis, me embargó como aquella primera noche, mil veces más
poderoso que cuando tenía entre mis brazos a un mortal. ¡Entonces me di cuenta de lo que estaba
haciendo! ¡Armand estaba alimentándose conmigo! ¡Estaba desangrándome!
Caí de rodillas, pero noté que él me sostenía, mientras la sangre seguía manando de mi cuello con
una monstruosa voluntad propia que yo era incapaz de detener.
—¡Demonio! —traté de gritar. Forcé la palabra arriba y arriba hasta que surgió de mis labios y la
parálisis liberó mis extremidades—. ¡Demonio! —rugí de nuevo, sorprendiendo a Armand en su
arrebatada concentración y enviándole hacia atrás contra el suelo.
En un abrir y cerrar de ojos, le así con mis manos y, haciendo añicos las puertas acristaladas, le
arrastré conmigo a la oscuridad de la noche.
Sus tacones se arrastraron sobre la grava del camino y su rostro se había convertido en pura furia.
Agarré su brazo derecho y le balanceé de lado a lado de modo que la cabeza le diera sacudidas y no
pudiera ver ni calcular dónde estaba, ni asirse a nada. Entonces, con mi puño diestro, lo golpeé una y
otra vez hasta que empezó a sangrar por los oídos, los ojos y la nariz.
Lo arrastré entre los árboles, lejos de las luces de palacio. Y, mientras se debatía tratando de
recuperarse con un estallido de fuerza, Armand lanzó su amenaza: me mataría, pues ahora tenía mi
fuerza. La había absorbido de mi sangre y, unida a la suya propia, le convertiría en un ser invencible.
Enloquecido, le agarré del cuello y empujé su mejilla contra el camino. Le inmovilicé, estrangulándolo,
hasta que brotó de su boca la sangre en grandes borbotones.
Armand habría gritado, de haber podido. Hundí las rodillas en su pecho. El cuello se hinchó bajo la
presión de mis dedos y la sangre manó y rebosó entre sus labios mientras él volvía la cabeza de un lado
a otro, con los ojos cada vez más abiertos pero sin ver nada.
Después, cuando le noté fláccido y exangüe, le solté. Volví a golpearle una y otra vez, sacudiéndole
de aquí para allá. Desenvainé la espada para cortarle la cabeza.
Que viviera así, si podía. Que fuera inmortal de aquella manera, si era capaz. Levanté la espada y,
cuando bajé la vista hacia él, la lluvia le golpeaba el rostro, y sus ojos me miraban, incapaz de pedir
piedad, medio muerto, incapaz de moverse.
Esperé. Esperé a que me suplicara. Quería que me diera aquella voz poderosa llena de astucia y de
mentiras, aquella voz que me había hecho sentir, durante un puro y deslumbrante momento, que volvía a
estar vivo, libre y en estado de gracia. Una falsedad, una mentira abominable e imperdonable. Una
mentira que no olvidaría jamás mientras deambulara por el mundo. Deseé que la rabia me impulsara a
cruzar el umbral de su tumba.
Pero no me llegó nada de él.
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Y, en aquellos momentos de inmovilidad y dolor, Armand recobró poco a poco su hermosura, tendido
como un niño descoyuntado sobre el camino de grava a apenas unos metros del tráfico, del tintineo de
las herraduras de los caballos y del ruido sordo de las ruedas de madera.
En aquel niño maltratado había siglos de maldad y de sabiduría, aunque no surgía de él ninguna
súplica ignominiosa sino sólo la borrosa y magullada sensación de lo que era. Una vieja, ancestral
maldad. Unos ojos que habían visto eras oscuras con las que yo podía sólo soñar.
Le solté, me puse en pie y guardé la espada en la vaina. Me separé unos pasos de Armand y me dejé
caer en un húmedo banco de piedra.
A lo lejos, unas siluetas bulliciosas se apiñaban junto a la cristalera rota de palacio, pero entre
nosotros y aquellos confusos mortales se extendía la noche, y contemplé a Armand con indiferencia.
Él seguía tendido en el suelo, inmóvil. Tenía el rostro vuelto hacia mí, aunque no a propósito, y el
cabello en un amasijo de rizos y sangre. Con los ojos cerrados y la mano abierta a un costado del cuerpo,
me pareció el hijo abandonado de un tiempo, el fruto de un accidente sobrenatural, un ser tan
desgraciado como yo mismo.
¿Qué había hecho Armand para convertirse en lo que era? ¿Cómo era posible que, tanto tiempo
atrás, alguien tan joven hubiera adivinado el sentido de decisión alguna, y mucho menos del voto de
convertirse en aquello?
Me incorporé y, acercándome lentamente, me coloqué junto a su cuerpo caído y contemplé la sangre
que empapaba su camisa de encaje y bañaba su rostro.
Pareció que exhalaba un suspiro y escuché el paso de su aliento.
Armand continuó con los ojos cerrados y, a la vista de un mortal, tal vez sus facciones mostraran una
total inexpresividad, pero yo pude captar el dolor que sentía. Capté la inmensidad de ese pesar y deseé
no sentirlo. Por un instante, comprendí el abismo que nos separaba y la distancia que había entre su
intento de acabar conmigo y la defensa, bastante simple, que yo había hecho de mi propia persona.
En un intento desesperado, Armand había tratado de imponerse a lo que no comprendía.
Y, en una reacción impulsiva, yo le había dominado y reducido casi sin esfuerzo.
Volvió entonces a mí todo el dolor que sentía por Nicolás y recordé las palabras de Gabrielle y las
denuncias de aquél. Mi rabia no era nada comparada con su pesadumbre, con su desesperación.
Quizá fue ésta la razón que me impulsó a agacharme y ayudarle a incorporarse. Y tal vez lo hice
también porque vi a Armand tan perdido y tan exquisitamente atractivo. Y porque, al fin y al cabo, los dos
pertenecíamos a la misma raza.
Era bastante lógico, ¿no os parece?, que uno de los suyos se lo llevara de aquel lugar donde, tarde o
temprano, los mortales se habrían acercado a él y le habrían obligado a huir a trompicones.
No me ofreció la menor resistencia. En unos instantes, se puso en pie y echó a andar a mi lado con
aire adormilado. Le pasé un brazo por los hombros, sosteniéndole y ayudándole hasta que empezamos a
alejarnos del Palais Royal en dirección a la rué St. Honoré.
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Apenas eché un vistazo a las siluetas que pasaban junto a nosotros hasta que reconocí bajo los
árboles una figura familiar de la que no surgía el menor aroma a mortal. Entonces comprendí que
Gabrielle llevaba algún tiempo allí.
La vi acercarse titubeante y en silencio, con expresión alarmada cuando vio la camisa de encaje
manchada de sangre y las huellas de los golpes en la piel lechosa de Armand. De inmediato, extendió los
brazos como si quisiera ayudarme a sostener la carga que éste representaba, aunque dio la impresión de
no saber cómo hacerlo.
A lo lejos, en algún rincón de los jardines en sombras, acechaban las demás criaturas. Oí su
presencia mucho antes de verlas. Nicolás formaba también parte del grupo.
Las criaturas y su nuevo compañero habían acudido desde muchos kilómetros de distancia siguiendo
el mismo impulso que Gabrielle, atraídos por el tumulto o por algún vago mensaje que yo era incapaz de
imaginar, y ahora se limitaban a esperar y observar mientras nosotros continuábamos nuestro camino.
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2
Gabrielle y yo condujimos a Armand a las caballerizas, y allí le ayudé a montar en mi yegua, pero me
dio la impresión de que podía caerse en cualquier momento y decidí montar detrás de él. De este modo,
los tres iniciamos nuestra cabalgada.
Mientras cruzábamos los campos al galope, medité sobre lo que me disponía a hacer. Me pregunté
qué representaría llevar a Armand a mi guarida. Gabrielle no formuló la menor protesta y se limitó a
dirigirle una mirada de vez en cuando. No capté ninguna reacción por su parte, y, allí sentado delante de
mí, le vi menudo y reservado, liviano como un chiquillo pero en absoluto infantil.
Sin duda, Armand había sabido siempre el paradero de la torre; ¿le habían impedido el paso los
barrotes y las verjas? Y ahora, yo mismo me proponía franquearle la entrada. ¿Por qué no me decía algo
Gabrielle? Aquél era el encuentro que habíamos deseado, el momento que habíamos estado
aguardando, pero ella conocía sin duda lo que Armand acababa de intentar.
Cuando por fin desmontamos, él se adelantó unos pasos y esperó luego a que yo alcanzara la verja.
Cuando hube puesto la llave en la cerradura, me volví a observarle preguntándome qué promesas podía
uno exigir de un monstruo como aquél antes de abrirle la puerta. ¿Tenían algún significado para las
criaturas de la noche las antiguas leyes de la hospitalidad?
Sus grandes ojos castaños tenían un aire derrotado, casi somnoliento. Me miró en silencio durante un
instante y luego extendió el brazo izquierdo y cerró los dedos en torno al barrote de hierro del centro de la
verja. Contemplé imponente cómo ésta empezaba a soltarse de la piedra con un profundo sonido
rechinante. Sin embargo, Armand se detuvo en ese momento y se contentó con doblar un poco el
barrote. La incógnita estaba despejada: nuestro congénere podría haber entrado en la torre en cuanto lo
hubiera deseado.
Examiné la barra de hierro que acababa de doblar. Yo había derrotado a Armand. ¿Sería capaz
también de repetir lo que él acababa de hacer? Lo ignoraba. Y, si era incapaz de calcular mis propios
poderes, ¿cómo podría nunca calcular los suyos?
—Vamos —dijo Gabrielle con cierta impaciencia, y abrió la marcha escaleras abajo hacia la cripta de
las mazmorras.
En la estancia hacía el mismo frío de siempre, pues el vigorizante aire primaveral no llegaba nunca
hasta allí. Gabrielle preparó un buen fuego en la vieja chimenea mientras yo encendía las velas. Armand
tomó asiento en el banco de piedra, observándonos, y pude apreciar el efecto que le producía el calor, el
modo en que su cuerpo parecía hacerse un poco más grande, la manera cómo aspiraba el calor y se
llenaba de él.
Cuando miró a su alrededor, fue como si procediera a absorber la luz de la estancia. Su mirada era
muy clara.
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El efecto que producía el calor y la luz en los vampiros era indescriptible, extraordinario. Y, pese a ello,
la vieja asamblea de aquellos seres había renunciado a ambas cosas.
Tomé asiento entre los bancos de piedra y dejé que mi mirada, como la de él, vagara por la amplia
cámara de techo bajo.
Gabrielle había permanecido en pie hasta aquel momento y, llegados a ese punto, se acercó a
Armand. Había extraído un pañuelo del bolsillo y le rozó la cara con él.
Armand la miró igual que observaba el fuego y las velas y las sombras que se agitaban en el curvo
techo. Su presencia pareció interesarle tan poco como todo lo demás.
Entonces, con un escalofrío, descubrí que las heridas de su rostro habían casi desaparecido ya. Los
huesos volvían a estar soldados, la forma del rostro era la misma de siempre, y sólo se le veía un poco
demacrado debido a la sangre que había perdido.
El corazón se me expandió ligeramente, en contra de mi voluntad, como ya me había sucedido en las
almenas de la torre al escuchar su voz.
Pensé en el dolor que había padecido hacía apenas media hora, en el Palais Royal, cuando la
punzada de sus colmillos en mi cuello había puesto de relieve su falsedad.
Sentí odio hacia él.
Pero no pude dejar de mirarle. Gabrielle le peinó, tomó sus manos y las limpió de sangre. Y, mientras
ella lo hacía, Armand ofreció un aspecto desvalido e impotente. En cambio, el rostro de Gabrielle no era
el de un ángel auxiliador; su expresión era más bien de una gran curiosidad, de un intenso deseo de
estar cerca de él y de tocarle y de examinarle. Ambos quedaron mirándose fijamente bajo la luz trémula
de la estancia.
Armand se encorvó ligeramente hacia adelante y volvió de nuevo la mirada, sombría y llena de
expresión ahora, hacia el fuego del hogar. De no ser por la sangre de su pechera de encaje, tal vez
podría haber pasado por humano. Tal vez...
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté, para que Gabrielle fuera testigo de su respuesta—. ¿Te quedarás
en París y dejarás que Eleni y los demás continúen su existencia?
No tuve respuesta. Sus ojos me repasaban, estudiaban los bancos de piedra, los sarcófagos. Los tres
sarcófagos.
—Sin duda, debes saber qué andan haciendo —insistí—. ¿Abandonarás París o seguirás en la
ciudad?
Me dio la impresión de que trataba de hablarme otra vez sobre la importancia y la enormidad de lo que
les había hecho a él y a los componentes de la asamblea, pero tal impresión se desvaneció. Por un
instante, su cara fue una mueca de dolor y pesar. Una mueca de derrota, llena de humana infelicidad. Me
pregunté qué edad tendría, cuánto tiempo haría que había sido un humano con aquella apariencia juvenil.
Armand captó mi pregunta, pero no respondió. Miró a Gabrielle, que estaba de pie junto al fuego, y
volvió luego la vista hacia mí. Entonces, en silencio, le oí decir: «.Ámame. Lo has destruido todo, pero, si
me amas, podrá ser restaurado bajo una nueva forma. ¡Ámame!».
Aquella muda súplica poseía, no obstante, una elocuencia imposible de expresar en palabras.
243
—¿Qué puedo hacer para que me quieras? —añadió en un susurro—. ¿Qué puedo ofrecerte? ¿El
conocimiento de todo lo que he presenciado, los secretos de nuestros poderes, el misterio de lo que soy?
Replicarle me pareció una blasfemia, y, como ya sucediera junto a las almenas, me descubrí al borde
de las lágrimas. Pese a la nitidez de sus silenciosas comunicaciones, la voz de Armand puso en eco
enternecedor a sus sentimientos al hacerse audible.
Igual que en Notre Dame, se me ocurrió que hablaba como lo harían los ángeles, si existían.
Sin embargo, pronto aparté de mi cabeza aquel pensamiento irrelevante, aquella distracción. Armand
se hallaba ahora justo a mi lado y me pasaba el brazo por la cintura mientras apoyaba la frente en mi
mejilla. Volvió a lanzarme su invitación, no el seductor requerimiento, exuberante y profundo, de nuestro
encuentro en el Palais Royal, sino aquella voz que me cantaba desde la distancia. Y me dijo que había
cosas que él y yo conoceríamos y que los mortales nunca sabrían. Me dijo que si me abría a él y le
entregaba mi fuerza y mis secretos, él me entregaría los suyos. Me aseguró que había sido empujado a
intentar destruirme, y, que me amaba tanto que no podía hacerlo.
Era una confesión tentadora, pero presentí un peligro. La palabra que acudió espontáneamente a mi
cabeza fue «cuidado». Ignoro qué vio u oyó Gabrielle. Tampoco sé qué sintió.
Instintivamente, evité la mirada de Armand. En aquel instante, fue como si no hubiera nada en el
mundo que deseara tanto como mirarle de frente y comprenderle, pero, de algún modo, supiera que no
debía hacerlo. Volví a ver los huesos bajo les Innocents, el parpadeo de los fuegos infernales que había
imaginado en el Palais Royal. Y ni todo el encaje y el terciopelo dieciochescos lograron darle un rostro
humano.
No pude ocultarle lo que sentía y me dolió no poder explicárselo a Gabrielle. Y el terrible silencio entre
ella y yo resultó, en aquellos momentos, casi insoportable.
Con él, en cambio, podía hablar; sí, con él podía vivir sueños. Un sentimiento de temor y respeto me
impulsó a abrir los brazos para estrecharle entre ellos y así lo hice, debatiéndome entre la confusión y el
deseo.
—Deja París, sí —me susurró—. Pero llévame contigo. Ahora ya no sé cómo existir en la ciudad. Voy
dando tumbos por un carnaval de horrores. Por favor...
—¡No! —me oí decir, como si me lo dijera exclusivamente a mí mismo.
—¿No tengo ningún valor para ti? —quiso saber él. Se volvió hacia Gabrielle, y ésta le miró con una
expresión angustiada, sin pronunciar palabra. No tuve modo de saber qué decía su corazón y, para mi
pesar, advertí que Armand estaba hablando con ella y me mantenía al margen de la conversación. ¿Qué
le respondería Gabrielle?
Pero, en ese momento, Armand se puso a implorarnos a ambos.
—¿Acaso no existe nada, fuera de vosotros mismos, que os merezca respeto?
—Esta misma noche podría haberte destruido —le recordé— Si no lo he hecho, ha sido precisamente
por respeto.
—No —replicó, sacudiendo la cabeza de una manera pasmosamente humana—. Tú jamás habrías
podido hacer tal cosa.
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Sonreí. Probablemente estaba en lo cierto, pero Gabrielle y yo le estábamos destruyendo por
completo de otra manera.
—Sí, es cierto, me estáis destruyendo —reconoció Armand, y, con un susurro, añadió—: Ayudadme,
concededme unos años más, unos pocos años de todos los que tenéis ante vosotros. Os lo ruego. Es lo
único que os pido.
—¡No! —repetí.
Armand estaba a apenas un palmo de mí, en el banco de piedra. Me estaba mirando y presencié de
nuevo el horrible espectáculo de su rostro frunciéndose, haciéndose más y más sombrío y hundiéndose
en sí mismo, presa de la rabia. Era como si estuviera formado de materia real. Sólo su voluntad le
mantenía fuerte y hermoso. Y, cuando el flujo de su voluntad se interrumpía, su figura se fundía como
una muñeca de cera.
Con todo, como antes sucediera, se recuperó casi instantáneamente. La «alucinación» había pasado.
Se puso en pie y se apartó de mí hasta quedar frente al fuego.
La fuerza de voluntad que surgía de él era palpable. Sus ojos parecían algo ajeno a él, y a cualquier
cosa terrenal. El fuego que refulgía detrás de él formaba una aureola espectral en torno a su cabeza.
—¡Yo te maldigo! —musitó.
Noté como una vaharada de miedo.
—Yo te maldigo —repitió, acercándose aún más—. Ama a los mortales, pues, y sigue viviendo como
lo has hecho, temerariamente, con apetencia por todo y amor a todo, pero llegará un momento en que
sólo podrá salvarte el amor de los que son de tu estirpe. —Dirigió una mirada a Gabrielle y añadió—: ¡Y
no me refiero a criaturas como ésa!
Sus palabras eran tan fuertes que no pude ocultar el efecto que me producían. Me descubrí
levantándome del banco y alejándome de él hacia Gabrielle.
—No vengo a ti con las manos vacías —insistió, dulcificando la voz deliberadamente—. No vengo a
suplicarte sin nada que ofrecer a cambio. Mírame. Dime que no necesitas lo que ves en mí, que no
necesitas a alguien con la fuerza suficiente para ayudarte a superar las penalidades que te aguardan.
Sus ojos lanzaron una mirada centelleante a Gabrielle y, por un instante, se mantuvieron fijos en ella.
Noté cómo se ponía en tensión y empezaba a temblar.
—¡Déjala en paz! —exclamé.
—No sabes qué le estoy diciendo —contestó fríamente—. No pretendo hacerle daño. ¿Pero no ves lo
que has hecho ya, con tu amor a los mortales?
Si no le detenía a tiempo, Armand diría algo terrible, algo que nos haría daño a mí o a Gabrielle. El
sabía todo lo sucedido con Nicolás. Tuve la certeza de que así era. Y comprendí que, si en algún
recóndito rincón de mi alma deseaba el fin de Nicolás, Armand lo sabría también. ¿Por qué le había
dejado entrar en mí? ¿Por qué había pasado por alto lo que podía hacerme?
—¡Ah!, pero si siempre es una parodia, ¿no lo ves? —continuó con el mismo hablar reposado—. En
cada ocasión, la muerte y el despertar devastarán el espíritu mortal. Uno te odiará por haberle quitado la
vida, otro se lanzará a excesos que tú desprecias. Un tercero surgirá loco furioso y otro será un monstruo
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que no podrás controlar. Uno sentirá celos de tu superioridad y otro te cerrará sus pensamientos. —Al
decir esto último, lanzó de nuevo su mirada a Gabrielle con una media sonrisa—. Y el velo siempre caerá
entre vosotros. ¡Crea una legión y seguirás estando siempre solo! ¡Eternamente!
—No quiero escucharte más. Todo esto no tiene sentido —afirmé.
La cara de Gabrielle había experimentado un cambio amenazador. Tuve la certeza de que, en aquel
momento, le estaba mirando con odio.
Armand emitió un áspero ruido que quería ser una risa.
—¡Amantes con rostro humano! —me dijo, burlón—. ¿No ves lo equivocado que estás? Ese otro
siente por ti un odio más allá de toda razón y ella...; bien, la roja sangre la ha hecho aún más fría, ¿no es
cierto? Pero incluso a ella, pese a su fortaleza, le asaltarán momentos en los que ser inmortal le dé
miedo. ¿A quién culpará entonces por haberle hecho lo que es?
—Estás loco —masculló Gabrielle.
—Al violinista, trataste de protegerle —continuó—. Pero a ella... A ella no intentaste protegerla en
ningún momento.
—No digas nada más —repliqué—. Haces que te odie. ¿Es eso lo que quieres?
—Sea como sea, digo la verdad y tú lo sabes. Pero lo que nunca sabréis, ninguno de los dos, es toda
la profundidad de vuestro odio y resentimiento mutuos. O de los sufrimientos. O del amor.
Hizo una pausa y fui incapaz de decir nada. Armand estaba haciendo exactamente lo que yo temía y
yo no encontraba el modo de defenderme.
—Si me dejas ahora con ésta —prosiguió—, volverás a hacerlo. A Nicolás no le has poseído nunca. Y
ella ya está preguntándose cómo podrá librarse de ti. Y, al contrario que ella, tú no soportas estar solo.
No pude responder. Los ojos de Gabrielle se empequeñecieron y el rictus de su boca se hizo un poco
más cruel.
—Y así llegará el momento en que busques a otros mortales con la renovada esperanza de que el
Rito Oscuro te proporcione el amor que anhelas. Y con estas criaturas recién mutiladas e impredecibles
intentarás moldear tus ciudadelas contra el tiempo. Pues bien, verás cómo se transforman en prisiones si
duran más de medio siglo. Te lo advierto: sólo con la ayuda de los que son tan poderosos y sabios como
tú podrá alzarse la verdadera ciudadela contra el tiempo.
La ciudadela contra el tiempo... Incluso en mi ignorancia, las palabras tenían su fuerza. El miedo que
había en mí estalló, se expandió hasta abarcar otras mil causas.
Por un segundo, Armand pareció distante, indescriptiblemente hermoso a la luz del fuego. Los
mechones oscuros de su cabello castaño rozaban apenas su fina frente y tenía los labios abiertos en una
sonrisa beatífica.
—Ya que no podemos tener el viejo orden, ¿por qué no tenernos el uno al otro? —preguntó de pronto,
y su voz volvió a ser una seductora invitación—. ¿Quién más puede entender tus sufrimientos? ¿Quién
más sabe qué pasó por tu mente esa noche en que saliste al escenario de tu pequeño teatro y
aterrorizaste a todos aquellos a quienes habías amado?
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—No hables de eso —murmuré. Pero sentía que me iba ablandando, arrastrado por sus ojos y su voz.
Estaba muy cerca del éxtasis que me había embargado aquella noche en las almenas. Usando toda mi
fuerza de voluntad, extendí los brazos para asirme a Gabrielle.
—¿Quién entiende lo que pasó por tu cabeza cuando mis renegados seguidores, recreándose con la
música de tu preciado violinista, imaginaron su espantosa empresa en el bulevar?
No repliqué.
—¡El Teatro de los Vampiros! —Sus labios se estiraron en la más triste de las sonrisas—.
¿Comprende ella la ironía, la crueldad que encierra? ¿Sabe ella lo que sentías cuando salías a aquel
escenario como galán joven y escuchabas al público vitoreándote? ¿Cuando el tiempo era tu amigo, y no
tu enemigo como ahora? ¿Cuando entre bambalinas abrías los brazos y tus amantes mortales acudían a
ti, tu pequeña familia, apretándose contra ti...?
—Basta, por favor. Te pido que pares.
—¿Alguien más conoce el tamaño de tu alma?
Brujería. ¿Había sido utilizada alguna vez con más habilidad? ¿Y qué era lo que nos estaba diciendo
en realidad bajo aquel líquido fluir de palabras hermosas?: «Venid a mí y seré el sol en torno al cual giréis
en órbita, y mis rayos dejarán al descubierto los secretos que os ocultáis el uno al otro, y así yo, que
poseo hechizos y poderes de los que no tenéis la menor idea, os controlaré y os poseeré y os destruiré».
—Ya te lo he preguntado antes —dije—. ¿Qué quieres? ¿Qué es lo que quieres de verdad?
—¡A ti! —respondió—. ¡A ti y a ella! ¡Quiero que nos convirtamos en terceto en esta encrucijada!
«¿No que nos rindamos a ti?»
Sacudí la cabeza en gesto de negativa. Y advertí la misma alarma y repulsión en Gabrielle.
Armand no mostró enfado; ahora no había malevolencia en él. Y, sin embargo, volvió a decir en el
mismo tono de voz seductor:
—Te maldigo.
Fue como si lo recitara.
—Me ofrecí a ti en el momento en que me venciste —continuó Armand—. Recuérdalo cuando tus
hijos tenebrosos arremetan contra ti, cuando se levanten frente a ti. Recuérdame.
Me sentí abrumado, más perturbado incluso que tras el triste y horrible adiós a Nicolás en el local de
Renaud. Durante nuestro encuentro en la cripta bajo les Innocents, no había sabido qué era el miedo. En
cambio, había empezado a tenerlo desde el momento en que habíamos entrado en la cámara donde
ahora estábamos.
Y Armand fue presa de un nuevo acceso de cólera, tan terrible que fue incapaz de controlarlo.
Bajó la cabeza y desvió la mirada de mí. Se hizo pequeño, liviano, y permaneció plantado ante el
fuego con los brazos apretados contra el cuerpo. Su mente empezó a lanzar amenazas contra mí y pude
captarlas nítidamente, aunque Armand las silenció antes de que surgieran de sus labios.
No obstante, algo perturbó mi visión durante una fracción de segundo. Quizá fue una gota de cera
cayendo de una vela, o tal vez el parpadeo de mis ojos. Fuera lo que fuese, Armand desapareció de mi
vista. O trató de hacerlo, pero le vi alejarse del fuego a grandes saltos, como un relámpago oscuro.
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—¡No! —grité. Y, lanzándome contra algo que no podía ver siquiera, le agarré entre mis manos, sólido
y material otra vez.
Armand se había movido muy deprisa y, pese a ello, yo había sido más rápido. Nos quedamos frente
a frente junto a la puerta de la cámara y, de nuevo, repetí mi escueta negativa sin dejar de sujetarle.
—No podemos separarnos así. No podemos decirnos adiós con este rencor, no y no.
Y mi voluntad se desmoronó de pronto mientras abrazaba a Armand y me apretaba contra él para que
no pudiera desasirse o tan siquiera moverse.
No me importaba lo que Armand era, ni lo que había hecho en el maldito momento de mentirme, o
incluso de intentar dominarme; no me importaba haber perdido mi condición de mortal y no poder
recuperarla nunca más.
Mi único deseo era que Armand se quedará allí. Quería estar con él, quería ser lo que él era y quería
que todas las cosas que había dicho fueran ciertas. No obstante, nunca podrían ser como él las deseaba.
Nunca podría tener aquel poder sobre nosotros. Nunca podría apartar de mi lado a Gabrielle.
Con todo, me pregunté si Armand se daba perfecta cuenta de lo que nos pedía. ¿Era posible que
creyera de verdad hasta en las palabras más inocentes que salían de sus labios?
Sin una palabra, sin pedirle permiso, le conduje de nuevo al banco junto al fuego. Volví a presentir
peligro, un terrible peligro, pero eso ya no tenía importancia, en realidad. Ahora, Armand tenía que
quedarse allí con nosotros.
Gabrielle murmuraba algo para sí mientras deambulaba de un extremo a otro de la cámara con la
capa colgada de un hombro. Casi parecía haberse olvidado por completo de nuestra presencia.
Armand la observaba con atención; Gabrielle, inesperada y bruscamente, se volvió hacia él y le dijo en
voz alta:
—Tú te acercas a él y le dices «llévame contigo». Le dices «ámame», y haces alusiones a unos
secretos, a unos conocimientos superiores, pero no nos ofreces nada, salvo un puñado de mentiras.
—Os he mostrado mi capacidad para comprender —respondió él con un leve murmullo.
—No, lo que has hecho son triquiñuelas —replicó ella—. Has creado imágenes. E imágenes bastante
infantiles. Has atraído a Lestat Palais Royal mediante los más elaborados engaños con el único propósito
de atacarle. Y ahora, cuando se produce un momento de pausa en la lucha, no se te ocurre sino intentar
sembrar disensiones entre nosotros...
—Sí, es cieno, antes trataba de engañaros —reconoció Armand—. Pero las cosas que he dicho aquí
son ciertas. Tú misma desprecias ya tu hijo por su amor a los mortales, por su necesidad de estar cerca
de ellos en todo instante, por su complacencia con el violinista. Tú sabías que el Don Oscuro
enloquecería a éste, y sabes que finalmente te destruirá. Y ansias verte libre de todos los Hijos de las
Tinieblas.
No puedes ocultarme ese pensamiento.
—¡Ah, qué ingenuo eres! —exclamó Gabrielle—. Ves las cosas, pero no las entiendes. ¿Cuántos años
duró tu vida mortal? ¿Recuerdas algo de esos años? Lo que has percibido en mí no es la suma total de la
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pasión que siento por mi hijo. Le he amado como nunca he querido a nada ni a nadie. En mi soledad, mi
hijo lo es todo para mí. ¿Cómo es posible que no sepas interpretar lo que ves?
—Eres tú quien se equivoca —contestó él con la misma voz dulce—. Si alguna vez hubieras querido
de verdad a otro, sabrías que lo que sientes por tu hijo no es nada en absoluto.
—Todo esto no lleva a ninguna parte —intervine.
Gabrielle, sin el más ligero titubeo, replicó de inmediato a Armand.
—No. Mi hijo y yo somos de la misma sangre en más de un sentido. En cincuenta años de vida, no he
conocido nunca a nadie más fuerte que yo, salvo mi hijo. Y siempre podemos corregir lo que nos espera.
¿Cómo vamos a hacerte uno de nosotros si utilizas estas cosas para echar leña al fuego? Pero quiero
que entiendas bien lo que te planteo: ¿qué tienes para dar de ti mismo que nosotros pudiéramos querer?
—Mi guía y mi consejo, eso es lo que necesitáis. Apenas habéis iniciado vuestra aventura y carecéis
de unas creencias que os sostengan. No podréis vivir sin un credo, sin un rumbo...
—Millones de humanos viven sin guía ni credo. Eres tú quien no puede pasarse sin ellos —protestó
Gabrielle.
Una oleada de dolor, de sufrimiento, surgió de Armand. Pero Gabrielle continuó hablando con una voz
tan monocorde y carente de inflexiones que casi era un monólogo.
—Yo también me hago preguntas —dijo—. Hay cosas que deseo conocer. No puedo vivir sin regirme
por una filosofía, pero ésta no tiene nada que ver con viejas creencias en dioses o diablos. —Empezó a
deambular de nuevo por la estancia, sin dejar de mirarle mientras hablaba—. Quiero saber, por ejemplo,
por qué existe la belleza, por qué la naturaleza sigue creándola y cuál es el vínculo entre la vida de una
tormenta de relámpagos y las sensaciones que nos inspira. Si Dios no existe, si estas cosas no están
unificadas en un gran sistema metafórico, ¿por qué conservan aún tal poder simbólico sobre nosotros?
Lestat lo denomina el Jardín Salvaje, pero a mí no me basta. Y debo confesar que esto, esta curiosidad
desquiciada o como quieras llamarlo, me aleja de mis víctimas humanas. Me conduce a campo abierto,
lejos de las obras humanas. Y tal vez me aparte de mi hijo, que está bajo el embrujo de todo lo humano y
mortal.
Se acercó a Armand y entrecerró los ojos, mirándole cara a cara. En aquel momento, nada en sus
gestos delataba que era una mujer. Continuó hablando.
—Sea como sea, ésta es la linterna con la que ilumino la Senda del Diablo. ¿Con cuál la has recorrido
tú? ¿Qué más has aprendido, aparte de supersticiones y creencias en el diablo? ¿Qué sabes de nuestra
especie y de cómo empezó a existir? Respóndenos a eso y quizá valga para algo. Aunque, por otra parte,
puede que tampoco eso sirva para nada.
Armand estaba estupefacto, sin recursos para ocultar su asombro. Miró a Gabrielle con aire de
confusa candidez. Luego se puso en pie y retrocedió, tratando obviamente de escapar de ella. Su mirada
perdida en el vacío era la de un ser abatido, vencido.
Se hizo el silencio, y, por un instante, sentí por Armand un extraño impulso protector. Gabrielle había
expresado la verdad desnuda de las cosas que le interesaban, como era su costumbre desde que yo
recordaba, y, como siempre, lo había hecho con su hiriente indiferencia. Había hablado de lo que le
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interesaba a ella sin prestar la menor atención a lo que él sintiera. Ven a un plano distinto, al mío, le había
dicho. Y él se había bloqueado, se había empequeñecido. Su grado de importancia estaba resultando
alarmante y no daba muestras de recuperarse del ataque de Gabrielle.
Dio media vuelta y avanzó de nuevo hacia el banco como si fuera a sentarse; luego se dirigió a los
sarcófagos y, finalmente, hacia la pared. Era como si aquellas superficies sólidas le repelieran, como si
su mente chocara con un campo invisible que le rechazaba antes de alcanzarlas.
Salió de la cámara, adentrándose en la estrecha escalera de piedra, y luego dio la vuelta y regresó.
Su mente estaba cerrada ahora, o, peor aún, no había en ella pensamiento alguno. Sólo pude captar
las imágenes desordenadas de lo que veía ante sí, simples objetos materiales que brillaban bajo su
mirada, la puerta tachonada de clavos de hierro, las velas, el fuego del hogar. Vi una detallada evocación
de las calles de París, de los vendedores y de los pregoneros de periódicos, de los cabriolés, del sonido
armonioso de una orquesta, de un horrible estruendo de palabras y frases de los libros que había leído
tan recientemente.
Todo aquello me resultaba insoportable, pero Gabrielle, con un gesto firme, me indicó que me quedara
donde estaba.
Algo estaba impregnando la cripta. Algo estaba sucediéndole al aire mismo de la estancia.
Algo cambió, aunque las velas seguían ardiendo y el fuego seguía crepitando y lamiendo las piedras
ennegrecidas del fondo del hogar, y las ratas seguían corriendo por las mazmorras de los muertos,
debajo de nosotros.
Armand se detuvo bajo el dintel en arco de la puerta y pareció que transcurrían horas, aunque no era
así; Gabrielle estaba lejos de mí, en un rincón de la cámara, con una expresión fría en su rostro
concentrado y unos ojos tan radiantes como pequeños eran.
Armand se disponía a hablarnos; pero lo que iba a ofrecernos no era ninguna explicación. Las cosas
que diría ni siquiera seguirían un orden. Era como si le hubiéramos abierto en canal y las imágenes que
salían de él fueran de su sangre.
Su figura era apenas la de un joven con los brazos cruzados sobre el umbral de la estancia. Entonces
comprendí qué era aquella sensación. Era una monstruosa intimidad con otro ser, comparada con la cual
hasta el extasíame momento de dar muerte a una víctima resultaba aburrido y controlado. Armand estaba
abierto a nosotros y no podía contener por más tiempo el deslumbrante torrente de imágenes que hacía
que su vieja voz silenciosa pareciera fina, lírica y afectada.
¿Era aquél el peligro que había intuido yo todo el rato? ¿Era aquello lo que había desatado mi miedo?
En el mismo instante de darme cuenta de ello, el miedo empezó a ceder. Parecía que todas las grandes
lecciones de mi vida las había aprendido a través de la renuncia al miedo. Una vez más, se rompía la
cáscara de miedo que me envolvía para que otra cosa surgiera a la vida.
Nunca jamás en toda mi existencia, tanto mortal como inmortal, me había visto amenazado con una
intimidad semejante.
250
3
La Historia de Armand
La cámara había desaparecido. Las paredes se habían desvanecido. Llegaban unos jinetes. Una nube
de polvo creciendo en el horizonte. A continuación, unos gritos de terror y un chiquillo de cabello castaño
oscuro, vestido con bastas ropas de campesino, corriendo sin cesar mientras los jinetes se desataban en
una horda. Y el chiquillo debatiéndose a puñetazos y a patadas tras ser atrapado y arrojado sobre la silla
de montar por uno de los jinetes, que se lo llevaba más allá de los confines del mundo.
Aquel chiquillo era Armand y el escenario de los hechos, aunque Armand lo ignorara, las estepas
meridionales de Rusia. El chiquillo conocía otras palabras como Madre, Padre, Iglesia, Dios y Satanás,
pero no sabía el nombre de su patria ni del idioma que hablaba, ni que los jinetes que le habían raptado
eran tártaros y que nunca volvería a ver nada de lo que conocía o amaba.
Oscuridad, el tumultuoso movimiento del barco y el interminable mareo y, emergiendo del miedo y de
la desesperación, la enorme y deslumbrante jungla de edificios imposibles que formaba la Constantinopla
de los últimos días del Imperio Bizantino, con sus fantásticas multitudes y sus tarimas para la subasta de
esclavos. El balbuceo amenazador de unos idiomas extraños, amenazas efectuadas en el lenguaje
universal de los gestos y, en torno al chiquillo, los enemigos que no podía distinguir ni calmar, y de los
que no podía escapar.
Pasarían años y años, más de una existencia mortal, antes de que Armand volviera la vista atrás
 
hasta aquel espantoso momento y le diera nombres e historias a todo aquello: Los funcionarios de la
Corte bizantina que le habrían castrado y los guardianes de los harenes del Islam que habrían hecho otro
tanto, y los orgullosos guerreros mamelucos venidos de Egipto que se lo habrían llevado con ellos a El
Cairo de haber sido más rubio y más fuerte, y los radiantes venecianos de hablar dulce con sus polainas
y con sus chalecos de terciopelo, las criaturas más deslumbrantes de todas, cristianos igual que él, y, sin
embargo, intercambiando ligeras risas entre ellos mientras le examinaban, y él allí, mudo, incapaz de
responder, de suplicar, incluso de mantener esperanzas.
Vi los mares que se abrían ante él, el gran vaivén azul del Egeo y el Adriático y, de nuevo, el mareo en
la bodega y el solemne juramento de no seguir viviendo.
Y luego los grandes palacios moros de Venecia alzándose de la reluciente superficie de la laguna, y la
casa a la que le llevaban, con decenas y decenas de cámaras secretas, y la luz del cielo apenas
entrevista a través de los barrotes de las ventanas, y los otros chicos hablándole en aquel idioma
veneciano tan suave y extraño, y las amenazas y las lisonjas mientras se convencían, contra todos sus
miedos y supersticiones, de los pecados que debía cometer con el interminable desfile de extraños en
251
aquel ambiente de mármol y luces de antorchas donde cada cámara se abría a una nueva escena de
ternura que se entregaba al mismo deseo ritual, inexplicable y, por último, cruel.
Y al fin, una noche, después de días y días de negarse a obedecer, hambriento y dolorido y privado de
hablar con nadie, fue obligado a cruzar de nuevo una de aquellas puertas tal como estaba, sucio y
cegado por la luz tras el encierro en la oscura y lóbrega celda. Y el ser que le estaba esperando allí, el
hombre alto, de rostro enjuto y casi luminoso, vestido de terciopelo rojo, le tocó con sus fríos dedos tan
suavemente que, medio adormilado, el muchacho no lloró al ver cambiar de manos las monedas. Pero
era una cantidad importante. Demasiado importante. Estaba siendo vendido. Y la cara del hombre... era
demasiado lisa; más bien parecía una máscara.
En el último instante, el muchacho se puso a gritar, juró que sería obediente, que no se pelearía más.
Que alguien le dijera dónde le llevaban; no volvería a desobedecer, por favor, por favor. Pero, en el
mismo instante en que era arrastrado escaleras abajo hacia el fétido olor de las cloacas, volvió a notar el
contacto de los dedos firmes y delicados de su nuevo amo y, en el cuello, el roce de unos labios fríos y
tiernos que nunca jamás le harían daño, y aquel mortal e irresistible primer beso.
Amor y amor y amor en el beso del vampiro. Un amor que bañó a Armand, que le limpió, esto es todo,
mientras era transportado a la góndola y ésta avanzaba como un gran escarabajo siniestro por el
estrecho canal hasta las alcantarillas bajo otra casa.
Ebrio de placer. Ebrio de las manos blancas y sedosas que alisaban su cabello y de la voz que le
llamaba hermoso; ebrio del rostro que, en instantes de emoción, se llenaba de expresividad para hacerse
luego más sereno y deslumbrante que si fuera de alabastro y joyas. Un rostro como un remanso de agua
bajo el claro de luna: un roce, aunque sea con las yemas de los dedos, y toda su vida sale a la superficie,
para, a continuación, desvanecerse de nuevo en la quietud.
Ebrio a la luz de la mañana con el recuerdo de esos besos, cuando, a solas, abría una puerta tras otra
y descubría libros, mapas y estatuas de granito y de mármol, cuando los otros aprendices le localizaban y
le conducían pacientemente a su trabajo para enseñarle a mezclar los colores puros con la yema de
huevo y a extender la laca de la yema de huevo sobre los paneles, y para guiarle por el andamio mientras
los artistas aplicaban cuidadosas pinceladas en el borde mismo de la enorme escena de sol y nubes,
mostrándole aquellos grandes rostros y manos y alas angelicales que sólo podía tocar el pincel del
Maestro.
Ebrio cuando se sentaba a la larga mesa con ellos y se atiborraba de deliciosos platos que no había
probado hasta entonces y de vino que nunca se agotaba.
Y cayendo dormido finalmente, para despertar en ese momento del crepúsculo en que el Maestro se
presentaba junto a la enorme cama, espléndido como un producto de la imaginación con su ropa de
terciopelo rojo, su tupida cabellera blanca brillando a la luz de la lámpara y la felicidad más natural e
ingenua en sus brillantes ojos azules cobalto. Y el beso mortal.
—Ah, sí, no separarme nunca de ti, sí..., sin miedo.
—Pronto, querido mío, estaremos unidos de verdad.
252
Antorchas encendidas por toda la casa. El Maestro en lo alto del andamio con el pincel en la mano:
«Quédate aquí, a la luz; no te muevas», y horas y horas inmóvil en la misma posición hasta ver, poco
antes del amanecer, sus propias facciones en el lienzo, las facciones del ángel. Y el amo sonriéndole
mientras avanzaba por el interminable corredor...
—No, Maestro, no me dejes. Permite que me quede contigo, no te vayas...
Nuevamente, la luz del día. Y dinero en los bolsillos, oro de ley, y el fasto de Venecia con sus canales
de aguas verdes oscuras entre los muros de los palacios, y los otros aprendices caminando del brazo con
él, y el aire fresco y el cielo azul sobre la plaza de San Marcos como algo que sólo hubiera soñado en la
infancia. Y, al atardecer, de nuevo el palazzo y la entrada del Maestro, el Maestro inclinado con el pincel
sobre la pequeña tabla, trabajando cada vez más deprisa bajo la mirada de los aprendices, entre
horrorizada y fascinada, y el Maestro levantando la vista hacia él y dejando a un lado el pincel y
llevándoselo del enorme estudio mientras los demás seguían trabajando hasta la medianoche, y su rostro
entre las manos del Maestro para recibir, de nuevo a solas en la alcoba, aquel secreto (nunca contárselo
a nadie) beso.
¿Dos años? ¿Tres? Imposible recrear o abarcar con palabras el esplendor de esa época: las flotas
que zarpaban del puerto hacia la guerra, los himnos que se entonaban ante los altares bizantinos, las
representaciones de la Pasión y de los milagros que se celebraban en los estrados de las iglesias y en
las plazas, con su boca del infierno y sus demonios retozones, y los deslumbrantes mosaicos que cubrían
los muros de San Marcos y de San Zanipolo y del Palazzo Ducale, y los pintores que trabajaban en esas
calles, Giambono, Uccello, el Vivarini y el Bellini, y los continuos días de fiesta y de procesiones. Y
siempre de madrugada, en las enormes estancias del palazzo iluminadas con antorchas, él a solas con el
Maestro mientras los demás dormían encerrados bajo llave en sus alcobas. El pincel del Maestro
moviéndose vertiginosamente sobre la tabla colocada ante él, como si estuviera descubriendo el cuadro
en lugar de crearlo...; el sol y el cielo y el mar extendiéndose bajo el dosel que formaban las alas del
ángel.
Y esos momentos horribles e inevitables en que el Maestro se ponía en pie gritando, arrojando los
botes de pintura en todas direcciones, y se llevaba las manos a los ojos como si quisiera arrancárselos de
las cuencas.
—¿Por qué no puedo ver? ¿Por qué no veo mejor que los mortales?
El muchacho apretado contra su maestro. Esperando el éxtasis del beso. Un secreto oscuro, no
revelado. El Maestro saliendo por la puerta sin ser visto, un rato antes del amanecer.
—Déjame ir contigo, Maestro.
—Pronto, querido mío, mi amor, mi pequeño, cuando seas lo bastante fuerte y alto y haya
desaparecido de ti toda imperfección. Ve ahora y disfruta de todos los placeres que te aguardan, goza del
amor de una mujer durante las próximas noches, y goza también del amor de un hombre. Olvida las
penas que conociste en el burdel y saborea esas cosas mientras te quede tiempo.
253
Y rara era la noche que terminaba sin que la figura del Maestro volviera, justo antes de salir el sol, y le
acompañaría muchas veces durante las horas de luz, hasta que, con el crepúsculo, llegara de nuevo el
beso mortal.
Aprendió a leer y a escribir. Se encargaba de llevar las pinturas a sus destinos finales en las iglesias y
las capillas de los grandes palacios, de cobrar las obras entregadas y de comprar los óleos y pigmentos.
Reñía a los criados cuando las camas se quedaban por hacer y las comidas no estaban a tiempo. Y,
adorado por los aprendices, éstos se despedían llorando cuando, terminado el aprendizaje, los enviaba a
su nuevo servicio. Le leía poesía al Maestro mientras éste pintaba, y aprendió a tocar el laúd y a cantar
tonadas.
Y en las tristes ocasiones en que el Maestro abandonaba Venecia durante muchas noches seguidas,
era él quien gobernaba la casa en su ausencia, ocultando su zozobra a los demás y sabiendo que ésta
sólo terminaría cuando regresara el Maestro.
Y una noche, por fin, en las horas de la madrugada en que hasta Venecia duerme:
—Ha llegado el momento, hermoso mío, de que vengas a mí y te conviertas en lo que soy. ¿Es éste tu
deseo?
—Sí.
—Te alimentarás siempre en secreto con la sangre de los malhechores, como yo hago, y guardarás
este secreto hasta el fin de los tiempos.
—Hago la promesa, me entrego, lo deseo..., deseo estar contigo, Maestro mío, para siempre. Tú eres
el creador de todo lo que soy. Nunca ha existido un deseo tan intenso.
El pincel del Maestro señalaba la pintura que se alzaba hasta el techo, por encima de las hileras de
andamios.
—Éste es el único sol que volverás a ver siempre. Pero dispondrás de un milenio de noches para ver
la luz como ningún mortal la ha visto nunca, para arrancar de las lejanas estrellas, como si fueras otro
Prometeo, una iluminación eterna con la cual comprender todas las cosas.
¿Cuántos meses transcurridos tras esto? ¿Cuántos meses de vagar sin rumbo bajo el dominio del
Don Oscuro?
Toda una vida nocturna de deambular juntos por las callejas y los canales —indiferente al peligro de la
oscuridad y ya sin miedo alguno—, y el antiquísimo éxtasis de la muerte, y nunca, jamás, un alma
inocente. No, siempre la de un malhechor, y la mente conmovida hasta topar con Tifón, el asesino de su
hermano, y luego el acto de apurar la maldad de la víctima humana y de transmutarla en éxtasis. El
Maestro, marcando el camino; el festín, compartido.
Y luego la pintura, las horas solitarias con el milagro de su nueva habilidad, el pincel moviéndose a
veces sobre la superficie esmaltada como dotado de voluntad propia, y los dos juntos pintando con furia
sobre el tríptico, y los aprendices mortales dormidos entre los botes de pintura y las botellas de vino. Y
solamente un misterio que perturba la felicidad, el misterio de que, como en el pasado, el Maestro debía
abandonar Venecia de vez en cuando para emprender un viaje que parecía interminable a quienes
quedaban dolidos por su ausencia.
254
Una separación aún más terrible, ahora. Cazar solo sin el Maestro, yacer a solas en el profundo
sótano después de la caza, esperando. No escuchar el timbre de la risa del Maestro ni el latido de su
corazón.
—¿Pero adonde vas? ¿Por qué no puedo ir contigo? —suplicó Armand. ¿No compartían el secreto?
¿Por qué, entonces, no le explicaba aquel misterio?
—No, querido mío, todavía no estás preparado para esta carga.
De momento ha de seguir siendo sólo mía, como lo ha sido durante más de mil años. Algún día me
ayudarás en lo que constituye mi deber, pero eso sólo será cuando estés preparado para recibir el
conocimiento, cuando hayas demostrado querer conocerlo de verdad y cuando seas lo bastante
poderoso como para que nadie pueda arrancarte ese conocimiento en contra de tu voluntad. Quiero que
entiendas que, hasta entonces, no tengo otra opción que dejarte al margen. Mi viaje es para atender a
Los Que Deben Ser Guardados, como siempre he hecho.
Los Que Deben Ser Guardados.
Armand les daba vueltas en la cabeza a aquellas palabras, que le producían miedo. No obstante, lo
peor era que apartaban de él al Maestro. Y sólo aprendió a superar ese miedo cuando comprobó que el
Maestro volvía a él una y otra vez tras estas ausencias.
—Los Que Deben Ser Guardados están en paz, o en silencio —decía el Maestro, al tiempo que se
quitaba de los hombros la capa de terciopelo roja—. Puede que nunca lleguemos a saber nada más del
tema.
Y, de nuevo, Armand y el Maestro volcados en el festín, en la sigilosa persecución de los malhechores
por las callejas venecianas.
¿Cuánto tiempo podría haber continuado aquello? ¿Lo que dura una vida mortal? ¿Lo que duran
cien?
Y había transcurrido aproximadamente medio año de esta tenebrosa felicidad, cuando una noche, tras
el crepúsculo, el Maestro se incorporó de su ataúd en el profundo sótano justo por encima del agua y
anunció:
—¡Levántate, Armand, tenemos que marcharnos de aquí! ¡Ellos están aquí!
—¿Ellos, Maestro? ¿Quiénes? ¿Los Que Deben Ser Guardados?
—No, querido mío. Los otros. ¡Vamos, debemos darnos prisa!
—Pero, ¿cómo pueden hacernos daño? ¿Por qué tenemos que marcharnos?
Los rostros blancos tras las ventanas, los golpes a las puertas. El ruido de los cristales rotos. El
Maestro volviendo la vista a un lado y a otro para contemplar los cuadros. El olor a humo. El olor a brea
ardiendo. Los misteriosos asaltantes subían del sótano, y también bajaban del piso superior.
—¡Corre! ¡No hay tiempo para poner nada a salvo!
Escaleras arriba hasta el techo. Unas figuras oscuras y encapuchadas blandiendo antorchas a través
del umbral, el fuego rugiendo en las habitaciones de la planta baja, haciendo estallar las ventanas y
envolviendo en llamas la escalera. Todos los cuadros destruidos.
—¡Al tejado, Armand, vamos!
255
¡Criaturas como nosotros con aquellas siniestras indumentarias! Otros seres como nosotros. El
Maestro dispersándolas en todas direcciones mientras corría escaleras arriba; los huesos de las criaturas
quebrándose al golpearse contra el techo y las paredes.
—¡Blasfemo, hereje! —gritaron las voces. Los brazos agarraron a Armand y no le soltaron. Y arriba,
en lo alto de la escalera, el Maestro se volvió hacia él y gritó:
—¡Armand! ¡Confía en tus fuerzas y ven!
Pero las criaturas se apelotonaban en persecución del Maestro, le rodeaban. Por cada una que él
estrellaba contra la pared encalada, aparecían otras tres, hasta que más de cincuenta antorchas
envolvieron las ropas de terciopelo del Maestro, sus largas mangas rojas y su cabello blanco. El fuego se
alzó hasta el techo con un rugido mientras le consumía, transformado en una antorcha viviente; y, con
todo, incluso envuelto en llamas, el Maestro se defendía quemando a sus atacantes mientras éstos
arrojaban las teas a sus pies como si fueran astillas de leña.
Armand, mientras tanto, fue conducido abajo y sacado de la casa en llamas junto con los aprendices
mortales, que chillaban de terror. Y fue llevado lejos de Venecia, surcando las aguas, entre gritos y
sollozos, en las entrañas de un buque tan aterrador como la nave de los esclavos, hasta salir a mar
abierto bajo el cielo de la noche.
—¡Blasfemo, blasfemo! —La fogata cada vez mayor, y el círculo de figuras encapuchadas a su
alrededor, y el cántico más y más estentóreo—: ¡Al fuego!
Y mientras Armand contemplaba la escena, petrificado, vio cómo los aprendices mortales, sus
hermanos, sus únicos hermanos, lanzaban alaridos de pánico mientras eran arrojados por el aire hasta
caer en el seno de las llamas.
—¡No, basta, deteneos...! ¡Ellos son inocentes! ¡Por el amor de Dios, basta! ¡Son inocentes...!
Armand gritaba y gritaba, pero había llegado su turno. Pese a su resistencia, le estaban levantando
del suelo con la intención de lanzarle hacia lo alto para que fuera a caer en la pira.
—¡Maestro, ayúdame! —exclamó. Tras esto, las palabras dieron paso a un único y prolongado grito
lastimero.
Furioso, se debatió enérgicamente entre los gritos y patadas.
Pero advirtió que le habían arrastrado lejos del fuego, que le habían rescatado y devuelto a la vida. Y
se encontró tendido en el suelo contemplando el cielo. Las llamas parecían lamer las estrellas, pero
estaban lejos de él y ya no podía ni sentir su calor. Armand apreció el olor de sus ropas quemadas y de
su cabello chamuscado. Lo peor era el dolor que sentía en el rostro y en las manos; la sangre seguía
rezumando de él y apenas era capaz de mover los labios...
—... Todas las vanas obras del Maestro, destruidas. ¡Todas las vanas creaciones que había hecho
entre los mortales con sus Poderes Oscuros, imágenes de ángeles y santos y mortales vivientes!
¿Quieres que te destruyamos a ti también? ¿O prefieres entrar al servicio de Satán? Toma una decisión.
Ya has probado el fuego y éste te aguarda, hambriento de ti. El infierno te espera. ¿Vas a tomar la
decisión...?
—... sí...
256
—... ¿Vas a servir a Satán como debe hacerse?
—Sí...
—... ¿Aceptas que todas las cosas del mundo son pura vanidad y te comprometes a que nunca
utilizarás tu Poderes Oscuros para satisfacer ninguna vanidad mortal, ni para pintar, crear música, bailar
o recitar para diversión de los mortales, sino para permanecer eternamente al exclusivo servicio de
Satán? ¿Te comprometes a emplear tus Poderes Oscuros para seducir y aterrorizar y destruir, sólo
destruir... ?
—Sí...
—... ¿A consagrarte a tu único amo, Satán, siempre y eternamente Satán? ¿A servir a tu verdadero
amo y maestro en la oscuridad y el dolor y el sufrimiento? ¿A entregarle tu mente y tu corazón?
—Sí.
—¿Y a no ocultar secreto alguno a tus hermanos en Satán, a proporcionarles los conocimientos que
poseas del blasfemo y de su carga... ?
Silencio.
—¡A explicar todo lo que conozcas sobre su carga! —insistieron las criaturas—. ¡Vamos, apresúrate,
las llamas esperan!
—No os entiendo...
—¡Hablamos de Los Que Deben Ser Guardados! ¡Cuéntanos lo que sepas!
—¿Contaros qué? No sé nada, salvo que no quiero sufrir. Estoy muy asustado.
—Dinos la verdad, Hijo de las Tinieblas. ¿Dónde están? ¿Dónde se encuentran Los Que Deben Ser
Guardados?
—No lo sé. Leed mi mente, si tenéis ese poder. Comprobaréis que no contiene nada que os pueda
decir.
—¿Pero qué son? ¿No te lo ha contado nunca tu blasfemo maestro? ¿Qué son Los Que Deben Ser
Guardados?
Así, pues, tampoco aquellas criaturas sabían a qué se refería el Maestro. El nombre no tenía más
significado para ellas que para el propio Armand. «Cuando seas lo bastante poderoso como para que
nadie pueda arrancarte ese conocimiento en contra de tu voluntad,» El Maestro había sido muy previsor.
—¿Qué significa ese nombre? ¿Dónde están? ¡Es preciso que nos des la respuesta!
—Os juro que no la tengo. Os lo juro por mi miedo, que es lo único que poseo ahora. ¡No lo sé!
Rostros lechosos apareciendo encima de él, uno tras otro. Los labios insípidos depositando besos
dulces e intensos, las manos acariciándole y las relucientes gotitas de sangre rezumando de las muñecas
de las criaturas. Estas querían descubrir la verdad en la sangre, pero, ¿qué importaba eso? La sangre
era la sangre.
—Ahora eres el hijo del diablo.
—Sí.
257
—No llores por Marius, tu maestro. Marius está en el infierno, donde pertenece. ¡Bebe ahora la sangre
curativa y levántate y baila con los de tu estirpe para gloria de Satán! ¡Bebe y la inmortalidad será tuya de
verdad!
—Sí... —La sangre quemándole la lengua al levantar la cabeza; la sangre llenándole con tortuosa
lentitud.— ¡Oh, por favor!
En torno a él, frases en latín y el pausado batir de unos tambores. Las criaturas se daban por
satisfechas, sabían que había dicho la verdad. No le matarían y el éxtasis borró cualquier otra reflexión.
El dolor de sus manos y de su rostro se había disuelto en el éxtasis...
—Levántate, joven, y únete a los Hijos de la Oscuridad.
—Sí.
Manos blancas tendidas hacia las suyas. Cornos y laúdes aullando sobre el batir de los tambores,
arpas pulsadas en un rasgueo hipnótico mientras el círculo empezaba a moverse. Figuras encapuchadas
vestidas de negro con túnicas de mendicante que ondulaban cuando alzaban las rodillas y doblaban el
espinazo.
Y, soltándose las manos, dieron vueltas y saltaron y cayeron de nuevo, girando y girando, y una
tonada se alzó en un murmullo cada vez más potente tras los labios cerrados.
El círculo siguió girando más deprisa. El murmullo era una gran vibración melancólica sin forma ni
continuidad y, sin embargo, parecía una especie de lenguaje, el propio eco del pensamiento. Cada vez
más potente, se alzó como un gemido que no lograra quebrarse en un grito.
Él hacía el mismo sonido, al unísono con los demás, y luego giraba y, mareado de dar vueltas, saltaba
al aire, muy alto. Las manos le asían, los labios le besaban y él daba vueltas y más vueltas impulsado por
los demás, alguien gritando en latín, otro respondiendo, otra voz gritando más fuerte, seguida de una
nueva respuesta.
Estaba volando, rotas las ataduras con la tierra y con el terrible dolor de la muerte de su Maestro y de
la destrucción de los cuadros y de la muerte de los mortales que había amado. El viento sopló de frente, y
el calor le estalló en el rostro y en los ojos, pero la tonada era tan hermosa que no importaba que ignorara
las palabras, que no pudiera rezarle a Satán o que no supiera creer ni rezar una oración como aquélla,
pues nadie se daba cuenta de su ignorancia. Todos los demás, formando un coro, continuaron lanzando
gemidos y lamentos y dando vueltas y saltando de nuevo; y luego, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás, echaron la cabeza hacia atrás, cegados por las llamas que les lamían, y alguien gritó «¡Sí, SÍ!».
Y la música se alzó como una oleada. Tambores y panderetas desencadenaron un ritmo bárbaro en
torno a Armand, mientras las voces se lanzaban por fin a una extravagante y acelerada melodía. Los
vampiros alzaron los brazos entre aullidos y sus siluetas pasaron revoloteando ante él, presas de
agitadas contorsiones, con las espaldas arqueadas y un taconeo nervioso. Era el júbilo de los diablillos en
el infierno. La escena horrorizó a Armand, y, al mismo tiempo, le atrajo. Y cuando las manos le asieron y
le hicieron dar vueltas sobre sí mismo, el joven se puso a taconear, a girar y a bailar como los demás,
dejando que el dolor le atravesase, doblando las extremidades y dando la alarma a sus gritos.
258
Y, antes de que amaneciera, Armand se encontró delirando, rodeado por una decena de hermanos
que le acariciaban y le tranquilizaban y le conducían peldaños abajo por una escalera que habían abierto
en las entrañas de la Tierra.
Durante los meses que siguieron, Armand creyó soñar que su Maestro no había muerto entre las
llamas. Soñó que su Maestro había caído del tejado, como un cometa flamante, a las aguas salvadoras
del canal que corría debajo. Y que sobrevivía en lo más profundo de las montañas del norte de Italia. Y
que le llamaba a su lado. El Maestro se hallaba en el santuario de Los Que Deben Ser Guardados.
A veces, en sus sueños, el Maestro aparecía poderoso y radiante como siempre le había visto; la
belleza parecía ser su vestimenta. Otras veces, se presentaba en el suelo como una criatura ennegrecida
y consumida, como un ascua dotada de vida, con los ojos enormes y amarillos. Únicamente su cabello
blanco aparecía tan abundante y lustroso como Armand lo recordaba. El Maestro se arrastraba por el
suelo, sin fuerzas, suplicándole ayuda. Y, detrás de él, una luz cálida surgía del santuario de Los Que
Deben Ser Guardados; y, con la luz, llegaba el olor de incienso. Parecía haber allí una promesa de
antigua magia, una promesa de belleza fría y exótica más allá de todo bien y de todo mal.
Pero todo aquello eran vanas imaginaciones. El Maestro le había dicho que el fuego y la luz del Sol
podían destruirles y él mismo había visto al Maestro envuelto en llamas. Tener sueños de aquel tipo era
como desear la vuelta a la vida mortal.
Y cuando Armand abría los ojos y contemplaba la Luna y las estrellas y el tranquilo espejo del mar
que tenía ante él, se daba cuenta de que no había esperanzas ni penas ni alegrías. Todas estas
emociones habían procedido del Maestro y éste ya no existía.
«Soy el hijo del diablo.» Aquello era poesía. Desapareció de él toda la fuerza de voluntad y no quedó
nada, salvo la confraternidad de las tinieblas. Y su impulso cazador pasó a cebarse no sólo en los
malhechores, sino también en los inocentes. La caza se transformó, por encima de todo, en un acto de
crueldad.
En Roma, en la gran asamblea reunida en las catacumbas, saludó con una reverencia a Santino, el
líder del grupo, quien descendió una escalinata de piedra para recibirle con los brazos abiertos. Aquel
poderoso Maestro había nacido a las Tinieblas en tiempos de la peste negra y le contó a Armand la visión
que le había asaltado en el año 1349, cuando la epidemia estaba en pleno furor, respecto a que nuestra
raza era como la propia peste negra: una plaga sin explicación, destinada a hacer dudar al hombre, a
hacerle dudar de la bondad y de la intervención divinas.
Santino condujo a Armand al santuario cubierto de cráneos humanos y le contó la historia de los
vampiros.
Estos, igual que los lobos, habían existido en todas las épocas como un flagelo de la humanidad
mortal. Y en la asamblea de Roma, sombra oscura de la Iglesia Católica, radicaba su perfección final.
Armand ya estaba al corriente de los rituales y de las prohibiciones más comunes. Ahora debía
aprender las grandes leyes:
259
UNA: Que cada asamblea debe tener su líder y que sólo éste puede ordenar que se efectúe el Rito
Oscuro sobre un mortal, además de ocuparse de que se observen como es debido las ceremonias.
DOS: Que no deben realizarse nunca el Rito Oscuro con un inválido, un tullido, un niño o un mortal
incapaz de, incluso con los Poderes Oscuros, sobrevivir por su cuenta. Se entiende también que todos
los mortales que reciban los Dones Oscuros deben ser hermosos, para que el insulto a Dios sea más
grande cuando se efectúe sobre ellos el Rito Oscuro.
TRES: Que los vampiros viejos no deben realizar nunca este rito mágico para que la sangre de los
novicios no sea demasiado fuerte, pues el poder de los vampiros crece con el tiempo de forma natural y
los viejos tienen demasiado para transmitirlo. Las heridas, las quemaduras y otras catástrofes
semejantes, si no logran destruir al Hijo de Satán, no hacen otra cosa que incrementar sus poderes una
vez curado. Con todo, Satán protege a su rebaño del poder de los viejos vampiros, pues todos éstos, sin
excepción, se vuelven locos.
A este respecto, Santino hizo observar a Armand que en aquel momento no había ningún vampiro
vivo que tuviera más de trescientos años. Ninguno de los que aún vivían guardaba recuerdos de la
fundación de la primera asamblea en Roma. El diablo llamaba a los vampiros a su lado con bastante
frecuencia.
También hizo hincapié en que el efecto del Rito Oscuro era impredecible, aunque fuera realizado por
un vampiro novicio y con todo el cuidado debido. Por razones que nadie conocía, algunos mortales se
hacían fuertes como titanes cuando renacían como Hijos de las Tinieblas, mientras otros apenas pasaban
de cadáveres ambulantes. Por eso debía escogerse con mucho cuidado a los mortales, y debía evitarse
tanto a los que poseían un gran apasionamiento y una voluntad indomable como a los que carecían por
completo de ambas cosas.
CUATRO: Que ningún vampiro puede destruir jamás a otro, salvo el amo de la asamblea, quien posee
poder sobre la vida y la muerte de toda su grey, y, además, tiene la obligación de conducir al fuego a los
viejos y a los locos cuando ya no pueden seguir sirviendo a Satán como es debido. Ese líder de la
asamblea tiene la obligación de destruir a todos los vampiros que no han sido creados como es debido, y
a aquellos que están tan malheridos que no podrían sobrevivir por sí solos. Y, por último, tiene también la
obligación de procurar la destrucción de todos los proscritos y de quienes hayan quebrantado las leyes.
CINCO: Que ningún vampiro debe revelar jamás su verdadera naturaleza a un humano y permitir que
éste siga viviendo. Ningún vampiro debe contar la historia de los vampiros a un mortal y dejarle seguir
viviendo. Ningún vampiro debe contar por escrito la historia de los vampiros ni revelar ninguna
información verídica sobre los mismos, para que los mortales no puedan descubrir tal historia y tomarla
por cierta. Y ningún mortal debe enterarse nunca del nombre de un vampiro, salvo el de su lápida
sepulcral, del mismo modo en que ningún vampiro debe revelar a los mortales la ubicación de su guarida
ni la de ningún otro vampiro.
Éstas eran, pues, las grandes órdenes que debían obedecer todos los vampiros y que regían la
existencia entre los no muertos.
260
No obstante, Armand debía conocer que siempre habían corrido historias sobre viejos vampiros
heréticos, poseedores de poderes terribles, que no se sometían a autoridad alguna, ni siquiera del diablo.
Eran vampiros que habían sobrevivido mil años (Hijos de los Milenios, eran llamados a veces). En el
norte de Europa estaban los relatos acerca de Mael, que vivía en los bosques de Inglaterra y Escocia. En
el Asia Menor corría la leyenda de Pandora, y, en Egipto, la antigua historia del vampiro Ramsés, a quien
se había vuelto a ver en los tiempos presentes.
Relatos semejantes podían encontrarse en todas partes del mundo y eran fáciles de descalificar como
meras fantasías, salvo por un detalle. Marius, el viejo hereje, había sido descubierto en Venecia, y allí
mismo había sido castigado por los Hijos de las Tinieblas. Lo que se contaba de Marius había sido cierto.
Pero Marius ya no existía.
Armand no dijo nada tras estos últimos comentarios. No le contó a Santino los sueños que había
tenido. Lo cierto era que los sueños se habían hecho vagos y confusos en su cabeza, igual que los
colores de los cuadros de Marius. Ya no estaban recogidos en la mente de Armand ni en su corazón para
que los descubriera quien escuchara sus pensamientos.
Cuando Santino habló de Los Que Deben Ser Guardados, Armand volvió a confesar que no sabía qué
significaba esa frase. Tampoco lo sabía Santino, ni ningún vampiro que éste hubiera conocido nunca.
El secreto seguía oculto. Marius había muerto y, con él, el viejo e inútil misterio quedaba reducido al
silencio. Satán es nuestro Señor y nuestro Maestro. En Satán, todo se conoce y todo se entiende.
Armand complació a Santino. Aprendió de memoria las leyes, perfeccionó su dominio de los
encantamientos ceremoniales, de los rituales y de las plegarias. Fue testigo de los aquelarres más
grandes que iba a presenciar jamás y tomó enseñanzas de los vampiros más poderosos, expertos y
hermosos que conocería en toda su existencia. Aprendió tanto, que se convirtió en un misionero
encargado de reunir en asambleas a los Hijos de las Tinieblas que vagaban perdidos y de conducir a
otros en la celebración del aquelarre y en la realización del Rito Oscuro cuando el mundo, el demonio y la
carne llamaban a hacerlo.
Enseñó las Bendiciones Oscuras y las Ceremonias Oscuras en España, Francia y Alemania, y
conoció Hijos de las Tinieblas salvajes y tenaces cuya compañía hacía arder dentro de él una llamita
mortecina cuando la asamblea le rodeaba, consolada por su presencia y obteniendo la unidad gracias a
su fuerza.
Armand perfeccionó el arte de la cacería de mortales hasta superar a todos los Hijos de las Tinieblas
que conocía. Aprendió a convocar a los humanos que realmente deseaban morir. Le bastaba con
acercarse a las viviendas de los mortales y llamar en silencio a sus víctimas para verlas aparecer.
Jóvenes, viejos, miserables, enfermos, feos y hermosos...; no importaba, porque no escogía. Les
lanzaba visiones por si querían captarlas, pero ni una sola vez se acercó a sus víctimas o tan siquiera
pasó los brazos en torno a ellas. Atraídos inexorablemente hacia él, eran sus presas mortales quienes le
abrazaban. Y cuando sus carnes cálidas y vivas le tocaban, cuando abría los labios y sentía derramarse
la sangre, Armand conocía el único placer que podía aliviar sus penas.
261
En el punto álgido de esos momentos, pese al éxtasis carnal de la caza, le parecía que su camino era
profundamente espiritual, sin contaminar por los apetitos y confusiones que confortaban el mundo.
En aquel acto sangriento se unían lo espiritual y lo carnal, y Armand estaba convencido de que era lo
primero lo que sobrevivía. Para él era una Santa Eucaristía, y la Sangre de los Hijos de Cristo sólo servía
para hacerle comprender la esencia misma de la vida durante la fracción de segundo en que se producía
la muerte. Únicamente los grandes santos de Dios le igualaban en aquella espiritualidad, en aquella
confrontación con el misterio, en aquella existencia de renuncia y meditación.
No obstante, Armand fue viendo desaparecer a los más poderosos de sus camaradas. Vio cómo se
volvían locos y hacían caer la destrucción sobre ellos mismos. Fue testigo de la inevitable disolución de
muchas asambleas, de cómo la inmortalidad derrotaba a los Hijos de las Tinieblas más perfectamente
creados. Y, en ocasiones, le pareció un castigo terrible que esa inmortalidad no tuviera el menor efecto
sobre él.
¿Acaso estaba destinado a ser uno de los vampiros viejos, de los Hijos de los Milenios? ¿Eran
creíbles aquellas historias que persistían todavía?
De vez en cuando, un vampiro errabundo hablaba de si la fabulosa Pandora había sido vista por un
instante en la ciudad de Moscú, en la lejana Rusia, o comentaba rumores sobre si Mael estaba instalado
en las yermas costas inglesas. Los viajeros hablaban incluso de Marius, de que había sido visto de nuevo
en Egipto, o en Grecia. No obstante, ninguno de aquellos narradores había visto con sus propios ojos a
los vampiros legendarios. En realidad, no sabían nada y sólo repetían rumores conocidos de oídas.
Nada de todo ello distraía ni divertía al obediente siervo de Satán. Cumpliendo con ciega fidelidad las
Leyes Oscuras, Armand continuó su servicio.
Con todo, a lo largo de esos siglos de obediencia, Armand guardó siempre para sí dos secretos. Dos
secretos que eran más suyos que el mismo ataúd en el que se encerraba durante el día, y que los
escasos amuletos que llevaba.
El primero de ellos era que, por grande que fuera su soledad y por mucho que se prolongara la
búsqueda de hermanos y hermanas de raza en quienes poder buscar cierto descanso, jamás había
llevado a cabo el Rito Oscuro por sí mismo. No estaba dispuesto a ofrecer a Satán ningún Hijo de las
Tinieblas creado por él.
Y el otro secreto, que mantenía oculto a sus seguidores por el propio bien de éstos, era sencillamente
su grado de desesperación, cada vez más profundo.
Era el hecho de no anhelar nada, de no apreciar nada, de no creer en nada; de no disfrutar un ápice
en el ejercicio de sus poderes, asombrosos y siempre crecientes; de vivir todos los momentos en un
vacío roto una vez cada noche de su vida eterna con el acto de la caza.
Mientras los demás le habían necesitado, Armand les había ocultado celosamente aquel secreto que
le había permitido guiarles, pues su miedo les habría hecho sentirlo también.
Pero todo había terminado.
Un gran ciclo había finalizado y, ya años atrás, Armand había notado que se cerraba sin comprender
siquiera que se trataba de tal ciclo.
262
Le llegaron de Roma los relatos maliciosamente confusos de los viajeros, ya no actuales cuando le
eran contados, respecto a que el líder, Santino, había abandonado a su grey. Algunos decían que se
había vuelto loco y se había retirado al campo; otros afirmaban que se había arrojado al fuego, y unos
terceros declaraban que «el mundo» se lo había tragado, que se lo había llevado un grupo de mortales
en un carruaje negro y que no se le había vuelto a ver.
«O nos arrojamos al fuego o entramos en la leyenda» había comentado el narrador de la historia.
Luego llegaron noticias de que el caos reinaba en Roma, de que decenas de líderes se ponían la
capucha y la túnica negras para presidir la asamblea. Y, más tarde, pareció que no quedaba ninguno de
aquellos líderes.
A partir de 1700, no había vuelto a tener noticias de Italia. Durante más de medio siglo, Armand no
había sido capaz de fiarse de su pasión ni de la de quienes le rodeaban para crear el frenesí del
auténtico aquelarre. Y, durante este tiempo, había vuelto a soñar con Marius, su viejo Maestro, con sus
ricas vestimentas de terciopelo rojo, y había visto el palazzo lleno de vibrantes pinturas. Y había sentido
miedo.
Entonces había llegado otro.
Sus hijos habían corrido a los subterráneos bajo les Innocents para describirle a aquel nuevo vampiro
que llevaba una capa de terciopelo rojo forrada de piel y podía profanar las iglesias y asaltar a los
portadores de cruces y deambular por los lugares de luz. Terciopelo rojo. Sólo era una coincidencia, y, sin
embargo, el detalle le enfureció y le pareció un insulto, un dolor gratuito que su alma no podía soportar.
Y, seguidamente, el nuevo vampiro había creado a la mujer, a aquella mujer de cabellera leonina y
nombre de ángel, tan bella y poderosa como su hijo.
Y Armand había subido los peldaños que le conducían fuera de las catacumbas, conduciendo a su
grupo contra nosotros, igual que los encapuchados se habían lanzado a destruirles a él y a su Maestro
siglos antes, en Venecia.
Y había fracasado.
Armand se vio en pie, vestido con aquellas extrañas ropas de brocados y encajes. Llevaba unas
monedas en los bolsillos. Su mente se inundó de imágenes procedentes de los miles de libros que había
leído. Y se sintió conmovido por todo lo que había presenciado en los lugares de luz de aquella gran
ciudad llamada París, y fue como si escuchara a su viejo Maestro susurrándole al oído:
«Pero dispondrás de un milenio de noches para ver la luz como ningún mortal la ha visto nunca, para
arrancar de las lejanas estrellas, como si fueras otro Prometeo, una iluminación eterna con la cual
comprender todas las cosas».
—Todas las cosas han escapado a mi comprensión —declaró—.
Me veo como alguien a quien la tierra haya devuelto, y vosotros, Lestat y Gabrielle, sois como las
imágenes pintadas por mi viejo Maestro en tonos cerúleos, carmines y dorados.
Permaneció inmóvil en el umbral de la cámara con las manos ocultas bajo los brazos cruzados,
mirándonos y preguntando en silencio:
263
«Qué hay que conocer? ¿Qué hay que dar? Somos los abandonados de Dios. Y delante de mí no se
extiende ninguna Senda del Diablo, ni suena en mis oídos ninguna campana del infierno».
264
4
Transcurrió una hora, quizás algo más. Armand se había sentado junto al fuego. Ya no quedaba en su
rostro marca alguna de la pelea, olvidada hacía mucho tiempo. Inmóvil y callado, parecía más frágil que
una concha vacía.
Gabrielle tomó asiento frente a él y contempló también en silencio las llamas, con rostro apenado y,
aparentemente, lleno de compasión. Me resultaba doloroso no poder conocer sus pensamientos.
Pensé en Marius. Marius... El vampiro que había pintado cuadros del y en el mundo real. Trípticos,
retratos, frescos en los muros de su palazzo.
Y el mundo real nunca había sospechado de él ni le había perseguido ni le había expulsado. Había
sido aquella banda de espectros encapuchados la que había acudido a quemar los cuadros, la que había
compartido con él el Don Oscuro (¿lo habría llamado así alguna vez el propio Marius?). Habían sido ellos
quienes habían decidido que Marius no podía vivir y crear entre los mortales. Habían sido ellos. No los
mortales.
Vi el pequeño escenario del local de Renaud y me oí a mí mismo cantando, y la canción se convirtió
en un rugido. «Es espléndido» dijo Nicolás. «No vale nada» repliqué. Y fue como si hubiera golpeado a
Nicolás. En mi imaginación, le oí decir lo que se había callado esa noche: «Déjame tener algo en lo que
creer. Tú nunca harías eso».
Los trípticos de Marius estaban en iglesias y capillas de conventos, tal vez en las paredes de las
grandes casas de Venecia y de Padua. Los vampiros no habrían penetrado en lugares sacros para
quitarlos. Así pues, tenían que estar en alguna parte, tal vez con una firma elaborada en el detalle, las
creaciones de aquel vampiro que se rodeaba de aprendices mortales, que mantenía a un amante mortal
de quien tomaba un poco de la secreta bebida y que salía de caza en solitario.
Pensé en la noche en la posada, cuando había percibido el sinsentido de la vida, y la difusa e
insondable desesperación de la historia de Armand me pareció un océano en el que podía ahogarme.
Esto era peor que la costa yerma en la mente de Nicolás. Esto, esta oscuridad, esta nada, duraba tres
siglos.
El radiante joven de cabello castaño sentado junto al fuego podía abrir de nuevo la boca y de ella
saldría una negrura como tinta china que cubriría el mundo.
Es decir, de no haber existido aquel protagonista, aquel maestro veneciano que había cometido el
acto herético de dar sentido a las imágenes de los paneles que pintaba —tenía que ser eso, darles
sentido—, y al que nuestra propia estirpe, los elegidos de Satán, había convertido en una antorcha
viviente.
¿Había visto Gabrielle aquellas pinturas del relato igual que yo las había visto? ¿Habían ardido ante
los ojos de su mente igual que habían hecho ante los míos?
265
Marius estaba recorriendo algún camino hacia mi alma que le permitiría vagar por ella para siempre,
junto a los espectros encapuchados que habían devuelto las pinturas al caos.
Con una especie de pena sorda, pensé en los comentarios de los viajeros sobre si Marius estaba vivo,
si le habían visto en Egipto o en Grecia...
Quise preguntarle a Armand si tal cosa no era posible. Marius debía haber sido tan fuerte... No
obstante, me pareció poco respetuoso preguntárselo.
—Es una vieja leyenda —susurró él. Su voz sonó tan precisa como aquella otra voz interior. Sin
apresurarse y sin apartar la vista del fuego un solo instante, añadió—: Una leyenda de los tiempos
antiguos, de antes de que nos destruyeran a ambos.
—Tal vez no —respondí. Me llegó un eco de las visiones, de las pinturas en las paredes—. Tal vez
Marius está vivo.
—Somos milagros o espantos —comentó él sin alzar la voz—, depende de lo que se quiera ver en
nosotros. Y cuando uno tiene la primera noticia de nuestra existencia, sea a través de la sangre oscura o
a través de promesas o visitas, uno cree posible cualquier cosa. Pero no es así. Muy pronto, el mundo se
cierra con fuerza en torno a este milagro y deja de esperarse ninguno más. Es decir, uno se acostumbra
a los nuevos límites, y éstos vuelven a definirlo todo una vez más. Por eso dicen que Marius pervive.
Todos ellos perviven en alguna parte, ¿no es eso lo que deseas creer? En la asamblea de Roma ya no
queda uno solo de los que me enseñaron el ceremonial durante aquellas noches. Tal vez la asamblea
misma haya dejado de existir allí. Han transcurrido años y años desde que tuvimos las últimas noticias de
ella. No obstante, todos ellos deben existir en alguna parte, ¿verdad? Al fin y al cabo, no pueden morir...
—Tras un suspiro, añadió—: No importa.
Lo que importaba era algo mayor y más terrible: que aquella desesperación podía aplastar a Armand
bajo su peso. Que, a pesar de la sed que ahora tenía, de la sangre perdida durante nuestra pelea y del
silencioso horno que era su cuerpo sanando de los golpes y de la carne desgarrada, no era capaz de
decidirse a salir al mundo superior a cazar. Antes sufriría la sed y el calor del silencioso horno. Antes se
quedaría allí, con nosotros.
Pero Armand ya conocía la respuesta: que no podría quedarse con nosotros.
Gabrielle y yo no tuvimos que hablar para hacérselo saber. Ni siquiera tuvimos que aclarar la cuestión
mentalmente. Armand lo supo igual que Dios puede conocer el futuro, porque Él es el poseedor de todos
los hechos.
Una angustia insoportable. Y la expresión de Gabrielle, muy triste y abatida.
—Sabes que desearía de todo corazón llevarte con nosotros —dije al fin. Me sentí sorprendido de mi
propia emoción—, pero eso sería una catástrofe para todos.
No hubo ningún cambio en él. Armand lo sabía. Gabrielle no hizo la menor protesta.
—No puedo dejar de pensar en Marius —confesé.
«Lo sé. En cambio, no piensas en Los Que Deben Ser Guardados, lo cual es muy extraño.»
—Sencillamente, es un misterio más —respondí—. Y existe un millar de misterios como éste. En
quien pienso es en Marius, y soy demasiado esclavo de mis propias obsesiones y de mi propia
266
fascinación. Es terrible darle tantas vueltas a la figura de Marius, separar a ese radiante personaje del
resto del relato.
«No importa. Si te place, tómalo. Yo no pierdo lo que doy.»
—Cuando alguien pone de manifiesto su dolor de forma tan torrencial, uno queda obligado a respetar
el conjunto de la tragedia. Uno tiene que intentar comprender. Y esta impotencia, esta desesperación, me
resulta casi incomprensible. Por eso pienso en Marius. A él lo entiendo. A ti, no.
«¿Por qué?»
Silencio.
¿No se merecía Armand la verdad?
—Siempre he sido un rebelde —declaré—. Tú, en cambio, has sido esclavo de todo lo que ha ejercido
poder sobre ti.
—¡Yo era el líder de mi asamblea!
—No. Eras esclavo de Marius, y luego lo fuiste de los Hijos de las Tinieblas. Caíste bajo el hechizo de
aquél, y, seguidamente, de los otros. Lo que padeces ahora es la ausencia de tales hechizos. Me
estremece pensar que, por unos instantes, me forzaras a entenderlo, a conocerlo como si fuera un ser
distinto del que soy.
—No importa —replicó él, con la vista fija aún en el fuego—. Piensas demasiado en términos de
decisiones y acciones. Mi relato no es ninguna explicación y no soy alguien que requiera un tratamiento
respetuoso en tus pensamientos ni en tus palabras. Y todos sabemos que la respuesta que has dado es
demasiado inmensa para ser proclamada. Y los tres sabemos que es definitiva. Lo que no entiendo es la
razón. ¿Así que soy una criatura muy distinta a vosotros y no podéis entenderme? ¿Por qué no puedo
acompañaros? Si me lleváis, haré todo lo que queráis. Caeré bajo vuestro hechizo.
Pensé en Marius con su pincel y sus botes de pintura al huevo.
—¿Cómo pudiste seguir creyendo nada de cuanto te decían después de que quemaran esos
cuadros? —exclamé—. ¿Cómo pudiste entregarte a ellos?
Agitación, cólera creciente.
Cautela, pero no miedo, en el rostro de Gabrielle.
—Y tú, cuando saliste al escenario y viste al público gritando para salir del teatro... (¿cuáles fueron las
palabras que usaron mis seguidores para describir la escena, el vampiro aterrorizando a la multitud y la
multitud saliendo atropelladamente al boulevard du Temple?) ... ¿Qué creías entonces? Que no
pertenecías al mundo de los mortales, eso es lo que creías. Sabías muy bien que no. Y no había ninguna
banda de espectros encapuchados y con túnicas que te lo dijeran. Lo sabías. Y tampoco Marius
pertenecía al mundo de los mortales. Ni yo.
—Ah, pero eso es distinto.
—No, no lo es. Por eso menosprecias el Teatro de los Vampiros que en este mismo instante está
representando sus obritas para conseguir el oro de los paseantes del bulevar. Tú no quieres engañar, a
diferencia de Marius. Y eso te separa todavía más de la humanidad. Quieres aparentar que eres mortal,
pero engañar te irrita y te hace matar.
267
—En esa aparición en el escenario —repliqué—, me manifesté yo mismo. Hice todo lo contrario a
engañar. Al poner de manifiesto mi condición monstruosa, buscaba de algún modo sentirme unido de
nuevo a mis congéneres humanos. Prefería que huyeran de mí a que no me vieran. Prefería que supieran
que era algo monstruoso a escurrirme por el mundo sin ser reconocido por aquellos de los que me
alimentaba.
—Pero no mejoró las cosas.
—No. Lo que hizo Marius fue lo mejor. No engañó a nadie.
—Claro que sí. ¡Le tomó el pelo a todo el mundo!
—No. Encontró un modo de imitar la vida mortal. De ser uno con los mortales. Sólo mataba
malhechores, y pintaba como los mortales. Ángeles puros y cielos azules, nubes, éstas son las cosas que
me has hecho ver mientras hablabas. Creó cosas buenas. Y veo en él sabiduría y ausencia de vanidad.
No necesitaba ponerse al descubierto. Había vivido mil años y creía más en las vistas del paraíso que
pintaba que en sí mismo.
Confusión.
«Ahora no importa, diablos que pintan ángeles,»
—Eso sólo son metáforas —afirmé—. ¡Y sí que importa! ¡Importa mucho, si has de renacer, si has de
retomar la Senda del Diablo alguna vez! Existen maneras de que podamos existir. Si pudiera imitar la
vida, encontrar un modo de...
—Dices cosas que no significan nada para mí. Somos los abandonados de Dios.
Gabrielle le miró de improviso y preguntó:
—¿Tú crees en Dios?
—Sí, siempre —respondió él—. Es Satán, nuestro amo, quien ha resultado ficción, y ésta es la ficción
que me ha traicionado.
—Oh, entonces estás condenado sin remedio —exclamé—. Y sabes muy bien que tu retiro a la
fraternidad de los Hijos de las Tinieblas fue apartarse de un pecado que no era tal.
—Cólera.
—Tu corazón se rompe por algo que nunca conseguirás —replicó, alzando la voz repentinamente—.
Has traído a Gabrielle y a Nicolás a este lado de la barrera, pero tú no puedes volver al otro lado.
—¿Por qué no prestas atención a tu propia historia? —pregunté—. ¿Se trata acaso de que no le
hayas perdonado nunca a Marius que no te advirtiera acerca de ellos, que te dejara caer en sus manos?
Yo no soy Marius, pero te diré que, desde que puse el pie en la Senda del Diablo, sólo he oído hablar de
un antiguo que pudiera enseñarme algo, y ése es Marius, tu maestro veneciano. Ahora, Marius me está
hablando. Me está diciendo algo sobre un camino para ser inmortal.
—Te estás burlando.
—¡No! ¡De ninguna manera! Y es a ti a quien se le rompe el corazón por lo que nunca conseguirás:
otra fe que abrazar, otro hechizo.
No hubo respuesta.
268
—Nosotros no podemos ser Marius para ti —insistí—, ni el señor oscuro, San tino. No somos artistas
con una gran visión que te pueda impulsar, ni somos amos de asambleas maléficas decididos a condenar
a la perdición a una legión. Y es este dominio, este glorioso mandato, lo que debes tener.
Sin proponérmelo, me había puesto en pie. Me acerqué al fuego y bajé la vista a Armand.
Y, por el rabillo del ojo, advertí el sutil gesto aprobatorio de Gabrielle y la manera en que cerraba los
ojos por un instante, como si se permitiera un suspiro de alivio.
Armand permaneció absolutamente inmóvil.
—Tienes que pasar por el sufrimiento de este vacío —le dije— y encontrar lo que te impulse a
continuar. Si vienes con nosotros, te fallaremos y nos destruirás.
—¿Cómo puedo pasar ese trance? —Alzó los ojos hacia mí y frunció el entrecejo con la expresión
más conmovedora—. ¿Por dónde empezar? Tú te mueves como la mano derecha de Dios, pero, para mí,
el mundo, ese mundo real en el cual vivía Marius, está fuera de mi alcance. Nunca viví en él. Me aplasto
contra el cristal, pero, ¿cómo entrar?
—No puedo decírtelo —respondí.
—Tienes que estudiar esta época —intervino Gabrielle con voz calmada pero imperiosa.
Armand se volvió hacia ella mientras mi compañera añadía:
—Tienes que comprender esta época a través de su literatura, su música y su arte. Acabar de surgir
de la tierra, como antes has dicho tú mismo. Ahora, vive en el mundo.
No hubo respuesta alguna de Armand. Una breve imagen del piso devastado de Nicolás con todos los
libros por el suelo. Civilización occidental amontonada.
—¿Y qué lugar hay mejor que el centro de las cosas, el bulevar y el teatro? —preguntó Gabrielle.
Armand frunció el entrecejo de nuevo y volvió la cabeza en actitud de rechazo, pero ella insistió:
—Tienes dotes para liderar la asamblea, y ésta todavía existe.
Él emitió un sonido grave, desesperado.
—Nicolás es un novicio inexperto —continuó Gabrielle—. Puede enseñarles cosas del mundo exterior,
pero no puede conducirles de verdad. Y la mujer, Eleni, tiene una inteligencia sorprendente, pero te
cederá el paso.
—¿Qué valor tienen para mí sus juegos? —musitó Armand.
—Son una manera de existir. Y, en este momento, eso es lo único que importa para ti.
—¡El Teatro de los Vampiros! Antes prefiero el fuego.
—Piénsatelo —insistió ella—. Hay en él una perfección que no puedes negar. Nosotros somos
apariencias engañosas de lo mortal, y el escenario es una ilusión de lo real.
—Es una abominación —replicó él—. ¿Cómo lo llamó Lestat? ¿Ridículo?
—Eso era para Nicolás, porque Nicolás construiría filosofías fantásticas sobre ello —explicó
Gabrielle—. Ahora debes vivir sin esas filosofías fantásticas, igual que hiciste cuando eras aprendiz de
Marius. Dedícate a conocer la época. Otra cosa: Lestat no cree en el valor del mal, pero yo sí. Y sé que tú
también.
269
—Yo soy el mal —respondió él con una media sonrisa. Casi se echó a reír—. No es cuestión de
creencia, ¿verdad? ¿Pero tú piensas que podría pasar del sendero espiritual que he seguido durante tres
siglos a la voluptuosidad y la sensualidad como si tal cosa? Nosotros éramos santos del mal —protestó—
. No seré el mal vulgar. No, señor.
—Pues no lo seas —replicó ella, impacientándose—. Si eres el mal, ¿cómo pueden ser tus enemigos
la voluptuosidad y la sensualidad? ¿No conspiran contra el hombre por un igual el mundo, el demonio y la
carne?
Armand movió la cabeza como para decir que no le importaba.
—Te preocupa más lo espiritual que el mal, ¿no es así? —intervine, mirándole fijamente.
—Sí —respondió de inmediato.
—Pero no comprendes que el color del vino en una copa de cristal puede ser espiritual —continué—.
Una mirada en un rostro, la música de un violín. Un teatro de París puede estar imbuido de lo espiritual
pese a toda su solidez. No existe en él nada que no haya sido moldeado por la fuerza de quienes
poseían visiones espirituales de lo que podría ser.
Algo se aceleró dentro de él, pero hizo caso omiso.
—Seduce al público con tu voluptuosidad —le instó Gabrielle—. Por el amor de Dios, y del diablo,
utiliza el poder del teatro a tu voluntad.
—¿No eran espirituales los cuadros de tu viejo maestro? —inquirí. Noté en mi interior una sensación
cálida al pensar en ello—. ¿Puede alguien contemplar las grandes obras de esa época y no llamarlas
espirituales?
—Yo mismo me he hecho esta pregunta muchas veces —dijo Armand—. ¿Era espiritualidad o
voluptuosidad? Esos ángeles pintados en el tríptico, ¿estaban captados en la materia o eran esa materia
transformada?
—Lo único que sé es que, no importa lo que te hicieran después los demás, nunca dudaste de la
belleza y del valor de la obra de Marius. Y eran la materia transformada. Sus imágenes dejaron de ser
pinturas y se convirtieron en magia igual que, al matar a nuestras víctimas, la sangre deja de ser sangre y
se convierte en vida.
Se le nublaron los ojos, pero no surgió de él imagen alguna. Fuera cual fuese la senda que estaba
recorriendo en sus recuerdos, viajaba por ella en solitario.
—Lo carnal y lo espiritual se unen en el teatro igual que en la pintura —dijo Gabrielle—. Somos
espectros sensuales por nuestra propia naturaleza. Tómalo como una clave para tu vida.
Armand cerró los ojos por un instante como si quisiera aislarse de nosotros.
—Ve a verles y escucha la música que hace Nicolás —le propuso ella—. Haz arte con ellos en el
Teatro de los Vampiros. Tienes que pasar de lo que te ha fallado a lo que pueda mantenerte. De lo
contrario, no hay esperanza...
Me habría gustado que no lo dijera con tanta brusquedad, que no fuese al grano con tan pocos
rodeos. No obstante, Armand asintió y sus labios se apretaron en una sonrisa amarga.
—Lo único importante de verdad para ti —añadió ella lentamente— es que vayas a un extremo.
270
Armand la miró con perplejidad. De ningún modo podía entender a qué se refería Gabrielle con esas
palabras. Por otra parte, a mí me pareció una verdad demasiado atroz para pregonarla. Sin embargo,
Armand no la rechazó. Una vez más, su rostro adquirió un aire pensativo, sereno e infantil.
Permaneció un largo rato con la vista fija en las llamas. Por fin, rompió el silencio:
—¿Qué necesidad tenéis de iros? —preguntó—. Nadie está en guerra con vosotros. Nadie tiene la
intención de expulsaros. ¿Por qué no colaboráis conmigo en la construcción de esta pequeña empresa?
¿Significaba aquello que aceptaba, que iría a unirse a los demás y a formar parte del teatro del
bulevar?
Armand no me contradijo. Sólo volvió a preguntar mentalmente qué me impedía crear la imitación de
vida mortal —si era así como quería denominarla— allí, en el mismo bulevar.
Sin embargo, advertí que también en esto se daba por vencido. Armand sabía que la visión del teatro
o del propio Nicolás me resultaría insoportable. Ni siquiera me sentía capaz de insistir de verdad en que
él lo hiciera. Gabrielle se había encargado de ello. Y Armand era consciente de que ya era demasiado
tarde para persuadirnos.
Finalmente, Gabrielle declaró:
—Nosotros no podemos vivir entre los de nuestra propia especie, Armand.
Y yo pensé: «Sí, ésta es la verdad más sincera, y no sé por qué no puedo decirla en voz alta».
—Lo que queremos es recorrer la Senda del Diablo —continuó ella—. Y de momento nos bastamos el
uno al otro. Tal vez en el futuro, dentro de muchos años, cuando hayamos estado en mil lugares y
hayamos visto un millar de cosas, tal vez entonces regresemos y volvamos a hablar como esta noche.
Las palabras no produjeron ningún efecto visible en él, pero era imposible saber qué pensaba.
Nadie dijo nada durante un largo rato. No sé cuánto tiempo permanecimos juntos y en silencio en la
cámara.
Traté de no pensar más en Marius ni en Nicolás. Había desaparecido ya cualquier sensación de
peligro, pero tuve miedo de la despedida, de la tristeza del adiós, de la sensación de haber obtenido
aquel asombroso relato de la desdichada criatura a cambio de muy poco.
Fue Gabrielle quien rompió finalmente el silencio. Se levantó y se acercó con movimientos gráciles al
banco contiguo al de Armand.
—Nos vamos —dijo a éste—. Si las cosas salen según mis planes, estaremos a muchas millas de
París antes de la medianoche de mañana.
Armand la miró con calma y aceptación. De nuevo, me fue imposible saber qué pensamiento ocultaba.
—Aunque decidas no ir al teatro —continuó Gabrielle—, acepta las cosas que podemos darte. Mi hijo
tiene riquezas suficientes para hacerte muy fácil la entrada en el mundo.
—Puedes quedarte esta torre como refugio —añadí—. Úsala el tiempo que quieras. A Magnus le
pareció muy segura.
Un instante después, Armand asintió con cortés gravedad, pero no dijo nada.
271
—Deja que Lestat te dé el oro necesario para convertirte en un caballero —insistió ella—. Lo único
que pedimos a cambio es que dejes en paz a los ex miembros de tu asamblea si decides no ponerte a su
frente de nuevo.
Armand estaba vuelto hacia el fuego una vez más, con el rostro sereno, irresistiblemente hermoso.
Asintió en silencio. Pero el gesto sólo significaba que la había oído, no que le prometiera nada.
—Si no acudes a ellos —insistí lentamente—, no les hagas daño. No hagas daño a Nicolás.
Y cuando pronuncié estas palabras, su rostro cambió muy sutilmente. Fue casi una sonrisa que se
extendió furtivamente por sus facciones. Y sus ojos se volvieron lentamente hacia mí. Y vi en ellos un aire
de desprecio.
Aparté la vista, pero la mirada había tenido sobre mí el efecto de un mazazo.
—No quiero que le hagan daño —insistí con un tenso susurro.
—No. Tú quieres verle destruido —replicó él con otro susurro—, para así no tener que sentir más
miedo ni pena por él.
Su mirada de desdén se intensificó terriblemente.
Gabrielle se apresuró a intervenir.
—Armand —dijo—, Nicolás no es un peligro para ellos. La mujer es capaz de controlarlo ella sola, y
Nicolás tiene muchas cosas que enseñaros sobre la época en que estamos, si le escucháis.
Los dos se miraron en silencio durante un largo instante. De nuevo, la expresión de Armand se hizo
dulce, suave y hermosa.
Y, con un gesto extrañamente decoroso, tomó la mano de Gabrielle y la estrechó con fuerza.
Permanecieron plantados uno frente a otro hasta que Armand le soltó la mano y se apartó un poco de ella
y cuadró los hombros. Después, nos miró a ambos.
—Acudiré a ellos —anunció con la voz más suave posible—. Y aceptaré el oro que me ofrecéis y
buscaré refugio en esta torre. Y aprenderé de vuestro apasionado novicio lo que tenga que enseñarme.
Pero sólo recurro a estas cosas porque flotan en la superficie del mar de oscuridad en el que me estoy
ahogando. No me hundiré sin haber entendido algo más. No te dejaré la eternidad sin..., sin una batalla
final.
Le estudié con la mirada, pero no me llegó de su mente ningún pensamiento que aclarara sus
palabras.
—Quizá, con el paso de los años, volverá a mí el deseo —añadió—. Conoceré de nuevo el apetito, la
pasión. Tal vez, cuando nos encontremos en otra época, todo esto será algo más que conceptos
abstractos y huidizos. Entonces hablaré con un vigor que iguale el tuyo, en lugar de ser un mero reflejo
de éste. Y discutiremos sobre la inmortalidad y la sabiduría. Entonces hablaremos de la venganza y la
aceptación. Por ahora, me basta con decir que deseo volver a verte. Deseo que nuestros caminos se
crucen en el futuro. Y, sólo por esta razón, haré lo que me pides y no lo que quieres: perdonaré a tu
malhadado Nicolás.
Exhalé un audible suspiro de alivio. Sin embargo, su tono de voz estaba tan cambiado, era tan
enérgico, que hizo sonar en mi interior un silencioso llamado a alarma. Allí estaba, sin duda, el amo de la
272
asamblea, aquel ser callado y lleno de fuerza, el que sobreviviría por mucho que llorara y gimiera el
huérfano que llevaba dentro.
No obstante, en aquel momento, apareció en su rostro una sonrisa calmosa y graciosa y advertí en
sus facciones un aire triste y cautivador. Se convirtió de nuevo en el santo de da Vinci, o, más
exactamente, en el diosecillo de Caravaggio. Y, por un instante, no hubo en él nada de malo o de
peligroso. Estaba demasiado radiante, demasiado lleno de todo de lo que era sabio y bueno.
—Recordad mis advertencias —murmuró—. No mis maldiciones.
Gabrielle y yo asentimos.
—Y cuando tengáis necesidad de mí, estaré allí.
Entonces, Gabrielle hizo algo absolutamente sorprendente: lo abrazó y lo besó. Y yo hice lo mismo.
El se mostró dócil, tierno y amoroso en nuestros brazos. Y nos dio a conocer sin palabras que acudiría
al teatro y que podríamos encontrarle allí a la noche siguiente.
Un instante después, había desaparecido, y Gabrielle y yo nos hallábamos a solas, como si él no
hubiera estado nunca allí. No escuché sonido alguno en la torre. No escuché nada, salvo el rumor del
viento en el bosque, a lo lejos.
Y cuando subí los escalones, encontré abierta la verja y contemplé los campos que se extendían
hasta los árboles en completa quietud.
Le quería. Lo supe, aunque la idea me resultaba tan incomprensible como él mismo. Pero me alegré
mucho de que todo hubiera acabado. Me alegré de que pudiéramos continuar nuestro camino. Y, sin
embargo, permanecí largo rato asido a los barrotes, con la vista puesta en los bosques lejanos y en el
resplandor mortecino que producía la luz de la ciudad distante en las nubes bajas.
Y la pena que sentía no era sólo por haberle perdido a él; era por Nicolás, y por París, y por mí.
273
5
Cuando regresé a la cripta, vi a Gabrielle que avivaba una vez más el fuego con la última leña. Con
gestos lentos y cansados, hizo prender la llama, y la luz de ésta bañó de rojo su perfil y sus ojos.
Tomé asiento pausadamente y la observé, admirando la explosión de chispas contra los ladrillos
ennegrecidos.
—¿Te ha dado lo que querías? —le pregunté.
—A su manera, sí —respondió Gabrielle. Dejó el atizador y se sentó frente a mí desparramando el
cabello sobre los hombros, al tiempo que descansaba las manos en el banco, a ambos costados—. Te
aseguro que no me importa si no vuelvo a ver nunca a otro de nuestra especie —afirmó fríamente—. Ya
estoy harta de sus leyendas, de sus maldiciones, de sus penas. Y estoy harta de su insufrible humanidad,
que puede ser lo más asombroso que han demostrado tener. Estoy a punto para salir al mundo otra vez,
Lestat, como lo estuve la noche de mi muerte.
—Pero si Marius... —respondí con excitación—. Madre, hay vampiros antiguos, vampiros que han
utilizado la inmortalidad de una manera totalmente distinta...
—¿De veras? —replicó ella—. Lestat, eres demasiado generoso con tu imaginación. El relato de
Marius tiene todo el aspecto de un cuento de hadas.
—No, eso no es cierto.
—¿Así que el demonio huérfano afirma descender no de los sucios diablos campesinos a los que se
parece, sino de un señor perdido, casi un dios? Te aseguro que cualquier chiquillo de pueblo, soñando
despierto junto al fuego de la cocina, puede explicarte historias parecidas.
—Armand no podría haberse inventado a Marius, madre —repliqué—. Quizás yo tenga mucha
imaginación, pero él carece prácticamente de ella. Es imposible que creara esas imágenes en su cabeza.
Te aseguro que las ha visto de verdad...
—No se me había ocurrido considerar así las cosas precisamente —reconoció ella con una sonrisa—,
pero bien pudo tomar prestado a Marius de alguna de las leyendas que ha leído.
—No —insistí—. Hubo un Marius, y existe todavía. Y hay otros como él. Existen Hijos de los Milenios
que han sacado más provecho de los dones recibidos que esos Hijos de las Tinieblas.
—Lestat, lo único importante es que nosotros les saquemos provecho —comentó Gabrielle—. En
definitiva, lo único que he aprendido de Armand es que los inmortales encuentran la muerte como algo
seductor y, en último término, irresistible; que no consiguen vencer en sus mentes a la muerte ni a la
humanidad. Ahora quiero tomar este conocimiento y llevarlo como una armadura mientras vago por el
mundo. Y, afortunadamente, no me refiero al mundo cambiante que esas criaturas consideran tan
peligroso, sino a ese mundo que ha sido el mismo durante eones.
Gabrielle echó hacia atrás su melena mientras volvía la mirada hacia el fuego.
274
—Mis sueños son de montañas cubiertas de nieve —continuó en voz baja—, de extensiones
desiertas, de junglas impenetrables o de los grandes bosques de América del Norte donde dicen que el
hombre blanco no ha estado jamás. —Su rostro adquirió un leve color al mirarme—. Piensa en ello. No
existe ningún lugar al que no podamos ir. Y si los Hijos de los Milenios existen realmente, tal vez sea allí
donde estén: lejos del mundo de los hombres.
—¿Y cómo viven, si es así? —pregunté. Estaba imaginándome mi propio mundo y lo veía lleno de
seres mortales y de las cosas que hacían esos mortales—. Son los hombres, precisamente, nuestro
alimento.
—En esos bosques laten corazones —respondió ella, como si soñara despierta—. Hay sangre que
fluye para quien la toma... Ahora, soy capaz de hacer las cosas que tú hacías antes. Podría luchar a
solas con esos lobos... —Dejó la frase sin terminar, sumida de nuevo en sus pensamientos. Tras un
prolongado silencio, añadió—: Lo importante es que ahora podemos ir donde queramos, Lestat. Somos
libres.
—Yo era libre antes —repliqué—. No me importaba en absoluto lo que Armand tuviera que decir, pero
ese Marius... Sé que Marius está vivo. Lo noto. Lo he notado mientras Armand explicaba la historia.
Marius sabe cosas... Y no me refiero sólo a cosas sobre nosotros, sobre Los Que Deben Ser Guardados
o sobre el viejo misterio, sea el que sea... Marius conoce cosas de la vida misma, de cómo moverse en el
tiempo.
—Bien, si lo necesitas, conviértelo en tu santo patrón —dijo ella.
El comentario me enfureció y no añadí nada más. Lo cierto era que sus comentarios sobre junglas y
bosques me asustaban. Y todas las cosas que según Armand nos separaban, volvieron a mi recuerdo
como había sabido que sucedería desde que él pronunciara sus muy escogidas palabras. Así pues, me
dije, también nosotros vivimos con nuestras diferencias, como los mortales, y quizá nuestras diferencias
son tan exageradas como nuestras pasiones, como nuestro amor.
—Ha habido un indicio... —murmuró mientras contemplaba el fuego—, una pequeña sospecha de que
la historia de Marius tenía algo de verdad.
—¡Ha habido mil indicios! —exclamé.
—Armand ha hablado de que Marius mataba a un malhechor —continuó ella— y ha llamado a ese
malhechor Tifón, el asesino de su hermano. ¿Lo recuerdas?
—He creído que se refería a Caín, dando muerte a Abel. Era a Caín a quien he visto en las imágenes,
aunque escuchaba ese otro nombre.
—Exacto. Ni siquiera Armand entendía a quién se refería el nombre de Tifón, aunque lo ha
mencionado. Pero yo sí sé qué significa.
—Cuéntamelo.
—Procede de la mitología grecorromana: es la vieja historia del dios egipcio Osiris, muerto por su
hermano Tifón, que se había convertido en señor del Inframundo, en una especie de, digamos, dios del
mal. Por supuesto, cabía la posibilidad de que Armand hubiera leído la historia en la obra de Plutarco,
pero lo extraño es que no lo ha hecho.
275
—¡Ah, ya lo ves pues! Marius existió. Cuando Armand ha dicho que vivió mil años, estaba diciendo la
verdad.
—Tal vez, Lestat. Sólo tal vez...
—Madre, vuélveme a contar esa historia egipcia...
—Tienes años para leer tú mismo todos esos viejos cuentos. —Se incorporó y se inclinó para
besarme. Percibí entonces la frialdad y la lentitud que siempre se apoderaban de ella al acercarse el
amanecer—. En cuanto a mí, estoy harta de libros. Ya leí suficientes cuando no podía hacer otra cosa. —
Tomó mis manos entre las suyas y añadió—: Dime que estaremos en camino mañana. Dime que no
volveremos a ver las murallas de París hasta que hayamos visto el otro extremo del mundo.
—Haremos lo que tú desees —respondí.
Gabrielle empezó a subir la escalera.
—¿Dónde vas ahora? —pregunté, mientras la seguía. Gabrielle abrió la puerta y se encaminó hacia
los árboles.
—Quiero comprobar si puedo dormir en la propia tierra —explicó, volviendo la cabeza—. Si mañana
no me levanto, sabrás que no lo he conseguido.
—¡Pero esto es una locura! —añadí, persiguiéndola. La mera idea de lo que iba a hacer me causaba
repulsión. Ella se adentró en una arboleda de viejos robles y, arrodillándose, se puso a cavar con sus
manos entre las hojas muertas y la tierra húmeda. Tenía un aspecto espantoso, como si fuera una
hermosa bruja de cabellos rubios escarbando con la rapidez de una fiera.
Luego se incorporó y me lanzó un beso de despedida. Tras hacer acopio de todas sus fuerzas, bajó al
hoyo como si la tierra le perteneciera. Y me quedé mirando con incredulidad el vacío donde ella había
estado, y las hojas que habían cubierto enseguida el lugar, como si allí no hubiera sucedido nada.
Me alejé del bosque a pie. Tomé rumbo al sur, lejos de la torre. Al tiempo que apresuraba el paso,
empecé a entonar en voz baja una cancioncilla, tal vez un fragmento de alguna melodía tocada por los
violines horas antes, en el baile del Palais Royal.
Y de nuevo se adueñó de mí la sensación de pesadumbre, la constatación de que nos disponíamos a
irnos de verdad, de que todo había terminado entre nosotros y Nicolás, entre nosotros y los Hijos de las
Tinieblas y su líder, y de que no volveríamos a ver París, ni nada que me fuera familiar, durante muchos
años. Y, a pesar de todos mis deseos de ser libre, tuve ganas de llorar.
No obstante, me dio la impresión de que mi deambular por el mundo tenía algún propósito que no
había querido reconocer. Media hora antes del amanecer, aproximadamente, me encontré en el camino
de postas, cerca de las ruinas de una antigua posada. El edificio, aquel puesto avanzado de un pueblo
abandonado, estaba cayéndose a pedazos y sólo conservaba intactas las paredes, de sólida argamasa.
Y, sacando la daga, empecé a grabar un mensaje en la blanda piedra:
MARIUS, EL ANTIGUO: LESTAT TE ESTÁ BUSCANDO. ES EL MES DE MAYO DEL AÑO 1780 Y ME
DIRIJO AL SUR, DE PARÍS HACIA LYON. POR FAVOR, DATE A CONOCER.
276
Cuando me aparté un paso del mensaje, advertí lo arrogante que parecía. Acababa de romper otra de
las leyes oscuras, al revelar el nombre de un inmortal y dejarlo grabado por escrito. Pues bien, hacerlo
me produjo una sensación maravillosa. Y, al fin y al cabo, nunca había demostrado mucha capacidad
para obedecer leyes.
277
Sexta parte
Por la senda del mal, de París a El Cairo
278
1
a última vez que vi a Armand en el siglo XVIII, él estaba ton Eleni, Nicolás y los otros vampiros
actores frente a la puerta del teatro de Renaud. Observaba cómo nuestro carruaje se abría
paso en el tráfico del bulevar. Le había encontrado un rato antes, encerrado con Nicolás en mi
viejo camerino y enfrascado en una extraña conversación que dominaba el sarcasmo de Nicolás y su
peculiar entusiasmo. Cubierto por una peluca y envuelto en una sombría levita roja, me pareció que ya
había adquirido una nueva opacidad, como si cada momento transcurrido desde la disolución de la vieja
asamblea le estuviera dando más solidez y más fuerza.
Nicolás y yo no tuvimos palabras para el otro en esos embarazosos últimos instantes; Armand, en
cambio, aceptó educadamente las llaves de la torre y una gran suma de dinero, con la promesa de que
Roget le facilitaría más cuando él quisiera.
Su mente siguió cerrada para mí, pero me aseguró de nuevo que no causaría el menor daño a
Nicolás. Mientras terminábamos de despedirnos, pensé que Nicolás y el pequeño grupo de vampiros
tenían todas las posibilidades de sobrevivir y que Armand y yo quedábamos amigos.
Al término de aquella primera noche, Gabrielle y yo estábamos lejos de París, como habíamos
prometido. Durante los meses siguientes, viajamos a Lyon, Turín y Viena, y luego fuimos a Praga, Leipzig
y San Petersburgo; luego volvimos al sur, a Italia, donde nos instalamos largos años.
Y, en todos estos lugares, fui dejando mensajes a Marius escritos en las paredes.
A veces no eran más que unas palabras garabateadas apresuradamente con la punta de la navaja. En
otras ocasiones, pasaba horas cincelando mis reflexiones en la piedra. Pero siempre, estuviera donde
estuviese, escribía mi nombre, la fecha y mi futuro destino, junto a mi invitación: «Marius, date a
conocer».
En cuanto a las antiguas asambleas de vampiros, fuimos encontrándolas en un puñado de lugares
dispersos, pero, desde el primer momento, quedó claro que las viejas costumbres estaban
desmoronándose por todas partes. Rara vez eran más de tres o cuatro las criaturas que mantenían los
viejos ritos, y, cuando se daban cuenta de que no queríamos participar en ellos ni nos interesaba su
existencia, nos dejaron en paz.
Infinitamente más interesantes resultaban los espectros que identificábamos esporádicamente en
medio de los humanos, aquellos vampiros solitarios y sigilosos que se fingían mortales con la misma
habilidad con que lo hacíamos Gabrielle y yo. Sin embargo, nunca nos acercamos a estas criaturas.
Huían de nosotros como debían hacerlo de las viejas asambleas y, como no veía en sus ojos otra cosa
que el miedo, nunca sentí la tentación de perseguirlas.
279
En cambio, me produjo una extraña satisfacción saber que no había sido el primer espectro
aristocrático en moverse por los salones de baile del mundo a la busca de víctimas, con el disfraz de
mortífero caballero que pronto se convertiría en epítome de nuestra tribu en relatos, poemas y horribles
novelas por entregas. Continuamente aparecían otros.
No obstante, en nuestro deambular íbamos a descubrir criaturas de las tinieblas aún más extrañas. En
Grecia topamos con unos demonios que no sabían ni cómo habían sido creados y, en ocasiones, incluso
encontramos unas criaturas desquiciadas, sin razón ni lenguaje, que nos atacaban como si fuéramos
mortales y que escapaban corriendo de las plegarias que pronunciábamos para ahuyentarlas.
Los vampiros de Estambul vivían en auténticas casas, a salvo tras grandes muros y verjas, con las
tumbas en los jardines, y vestían las mismas túnicas vaporosas que todos los humanos de esa parte del
mundo, para cazar por las calles nocturnas.
Pero también ellos se mostraron horrorizados de verme vivir entre los franceses y venecianos, montar
en carruajes y asistir a reuniones en casas de europeos y en embajadas. Nos amenazaban, gritando
encantamientos contra nosotros, y luego huían llenos de pánico cuando nos volvíamos contra ellos, para
volver a acosarnos de nuevo poco después.
Los fantasmas que rondaban las tumbas de los mamelucos en El Cairo eran espectros abominables,
sometidos a las leyes antiguas por unos amos de ojos hundidos que habitaban en las ruinas de un
monasterio copto, cuyos ritos estaban llenos de magia oriental y evocaban a numerosos demonios y
espíritus malignos de extraños nombres.
Todos ellos se mantenían a distancia de nosotros pese a sus ácidas amenazas, pero conocían
nuestros nombres.
En el transcurso de los años, nunca tuvimos más noticias de todas aquellas criaturas; naturalmente,
ello no constituyó una gran sorpresa para mí.
Y, aunque eran muchos los vampiros de otros lugares que habían oído hablar de las leyendas de
Marius y de otros antiguos, ninguno de ellos había visto con sus propios ojos a uno de tales seres.
Incluso Armand se había convertido en una leyenda para ellos y era habitual oírles preguntarnos: «¿De
veras habéis visto al vampiro Armand?». No obstante, jamás encontré a un auténtico vampiro antiguo.
Jamás encontré a un vampiro que estuviera cargado de algún tipo de magnetismo, a un ser de gran
sabiduría o de especial talento, un ser fuera de lo normal en quien el Don Oscuro hubiera obrado una
transformación alquímica perceptible que pudiera interesarme.
Comparado con aquellos seres, Armand era un dios sombrío. Y lo mismo cabía decir de Gabrielle y de
mí.
Pero estoy adelantándome demasiado en mi narración.
Al principio de nuestro vagar, cuando visitamos Italia por primera vez, conseguimos hacernos una idea
más cabal y plena de los ritos y ceremonias antiguos. En Roma, la asamblea salió a recibirnos con los
brazos abiertos. «Venid al aquelarre» nos dijeron. «Acompañadnos a las catacumbas y participad en
nuestros cantos e himnos.»
280
Aquellos vampiros romanos sabían que habíamos destruido la asamblea de París y que habíamos
vencido al gran Armand, el dominador de los secretos oscuros. Sin embargo, no nos despreciaban por
ello. Al contrario, no lograban entender los motivos de Armand para renunciar a su poder. ¿Por qué no
había cambiado la asamblea con el transcurso del tiempo?
En efecto, incluso allí, donde las ceremonias eran tan complicadas y sensuales que me quitaban la
respiración, los vampiros, lejos de evitar el contacto con los humanos, no tenían ningún reparo en
hacerse pasar por uno de ellos cuando convenía a sus intereses. Lo mismo sucedía con los dos vampiros
que habíamos conocido en Venecia y con el puñado de ellos que encontraríamos más adelante en
Florencia.
Envueltos en capas negras, se mezclaban con el público de la ópera, deambulaban por los pasillos
sombríos de las grandes mansiones durante bailes y banquetes, e incluso, en ocasiones, se sentaban
entre el populacho en las tabernas de baja estofa, estudiando muy de cerca a los humanos que les
rodeaban. En Roma, más que en ninguna otra parte, esas criaturas tenían por costumbre vestir con la
indumentaria de la época de su nacimiento, y, a menudo, iban engalanadas con las joyas y las prendas
más espléndidas, regias e imponentes, que lucían majestuosamente cuando querían.
No obstante, pese a todo ello, seguían retirándose a sus hediondos cementerios para pasar el día y
seguían huyendo entre alaridos de cualquier símbolo del poder celestial, además de volcarse con feroz
abandono en sus espectaculares y aterradores aquelarres.
En comparación con éstos, los vampiros de París habían sido primitivos, bastos e infantiles; sin
embargo, terminé por entender que había sido el propio carácter sofisticado y mundano de París lo que
había impulsado a Armand y a su grey a apartarse del contacto con los mortales.
Con la secularización de la capital francesa, los vampiros se habían asido a los viejos ritos mágicos;
en cambio, los espectros italianos vivían entre humanos de profunda religiosidad cuyas vidas estaban
impregnadas del ceremonial católico, de hombres y mujeres que respetaban el mal tanto como
respetaban a la Iglesia. En resumen, los ritos antiguos de los vampiros no eran muy distintos a las viejas
ceremonias de los italianos mortales, de modo que los espectros se desenvolvían en ambos mundos. Al
preguntarles si creían realmente en los ritos antiguos, se encogían de hombros. El aquelarre constituía
para ellos un gran placer. ¿Acaso no lo habíamos disfrutado Gabrielle y yo? ¿Acaso no nos habíamos
sumado finalmente a la danza?
«Volved siempre que lo deseéis» nos dijeron los vampiros de Roma.
Respecto a lo del Teatro de los Vampiros de París, a aquel gran escándalo que estaba
conmocionando a los de nuestra raza por todo el mundo... En fin, eso tendrían que verlo con sus propios
ojos para creerlo. Vampiros actuando en un escenario, desconcertando con trucos y mímica a un público
de mondes... ¡Todo aquello les parecía terriblemente parisino!, exclamaban entre risas.
Por supuesto, yo tenía en todo instante noticias más directas y concretas sobre el funcionamiento del
Teatro. Ya antes de llegar a San Petersburgo, Roget me había remitido allí un largo testimonio de la
«destreza» de la nueva trouppe:
281
Se disfrazan de marionetas de madera a tamaño natural. De las vigas descienden unas cuerdas
doradas atadas a sus tobillos, sus muñecas y la parte superior del cráneo, con las que parecen ser
manipulados en las danzas más encantadoras. Llevan dos círculos perfectos de carmín en sus blancas
mejillas y tienen los ojos muy abiertos, como piezas de cristal. Es increíble la perfección con que simulan
ser objetos inanimados.
Pero la orquesta es otra maravilla. Con las caras pálidas y pintadas en el mismo estilo que los
actores, los músicos imitan artilugios mecánicos, como si fueran muñecos articulados que, dándoles
cuerda, pasaran el arco por sus pequeños instrumentos o soplaran sus pequeñas boquillas produciendo
música de verdad.
El espectáculo es tan cautivador que las damas y los caballeros que acuden a él discuten entre ellos
sobre si actores y músicos son muñecos o personas de carne y hueso. Los hay que aseguran que todos
ellos son de madera y que las voces que surgen de sus bocas son obra de ventrílocuos.
En cuanto a las obras en sí, resultarían terriblemente inquietantes de no estar representadas con tanta
belleza y habilidad.
Uno de sus espectáculos más populares presenta al espectro de un vampiro surgiendo de la tumba a
través de una plataforma del escenario. La criatura resulta aterradora, con sus harapos, sus cabellos
revueltos y sus colmillos. Pero, ¡ay!, el vampiro se enamora enseguida de una mujer marioneta sin darse
cuenta de que no está viva. Pero al no encontrar en el cuello de su amada sangre alguna que beber, el
pobre vampiro no tarda en morir, en cuyo momento la marioneta revela que sí está viva, pese a ser de
madera. Y entonces, con una pérfida sonrisa, lleva a cabo una danza triunfal sobre el cuerpo del vampiro
derrotado.
Le aseguro que ver la obra le hiela a uno la sangre. Y, a pesar de ello, el público aplaude y aclama la
representación.
En otra breve escena, las marionetas danzantes forman un círculo en torno a una muchacha humana y
la engatusan para que se deje atar también con las cuerdas doradas como si fuera otra marioneta. El
lamentable resultado es que las cuerdas la obligan a bailar hasta que pierde la vida. La muchacha
suplica con gestos elocuentes que la liberen, pero las marionetas de verdad se limitan a reír y a hacer
cabriolas mientras ella expira.
La música es sobrenatural. Trae a la memoria las tonadas de los cíngaros en las ferias de pueblo. El
director es monsieur de Lenfent, y suele ser el sonido de su violín el que abre la sesión nocturna.
Como abogado de usted, le recomiendo que reclame parte de los beneficios que está consiguiendo esta
destacada compañía. Las colas para cada función ocupan un trecho considerable del bulevar.
Las cartas de Roget siempre me inquietaban. Me dejaban con el corazón desbocado. ¿Qué había
esperado que hiciera aquella compañía de extraños actores? ¿Por qué me sorprendía su osadía y su
inventiva? Los vampiros teníamos el poder para llevar a cabo todo aquello, pero no podía evitar hacerme
aquellas preguntas.
282
Cuando decidí instalarme en Venecia, donde pasé largo tiempo buscando en vano los cuadros de
Marius, recibía ya noticias directas de Eleni, cuyas cartas venían escritas con una exquisita habilidad
vampírica.
Según me contaba, la compañía era el espectáculo más popular de la noche parisina. De toda Europa
habían llegado «actores» para sumarse a ella, y la trouppe había crecido hasta la veintena de
componentes, número que ni siquiera una metrópolis como aquella podía mantener.
«Únicamente son admitidos los artistas más hábiles e inteligentes, aquellos que poseen un talento
realmente excepcional, pues lo que valoramos por encima de todo es la discreción. Como bien puedes
suponer, no nos gusta el escándalo.»
Respecto a su «Querido Violinista», Eleni escribía sobre él con afecto, afirmando que era la mayor
fuente de inspiración para todos, que escribía las obras más ingeniosas y que tomaba éstas de relatos
que había leído.
«Pero cuando no está enfrascado en el trabajo, puede ser absolutamente imposible. Hay que vigilarle
en todo instante para que no aumente el número de vampiros. Sus apetitos alimenticios son terriblemente
desordenados, y, de vez en cuando, le cuenta a un desconocido las cosas más asombrosas, aunque, por
fortuna, todo el mundo es demasiado razonable como para no tomar por cierto lo que oye.»
En otras palabras, Nicolás trataba de hacer más vampiros y no guardaba ninguna precaución en sus
salidas de caza.
En general, es nuestro Amigo Más Viejo [Armand, obviamente] el encargado de refrenarle, cosa que
hace por medio de las amenazas más cáusticas, aunque debo decir que éstas no tienen un efecto duradero
sobre nuestro violinista, pues suelen referirse a viejas costumbres religiosas, a fuegos rituales o al paso a
nuevos estados del ser.
No puedo decir que no le amemos. Por ti, cuidaríamos de él aunque no fuera así, pero le queremos. Y
nuestro Amigo Más Viejo, en particular, le tiene un gran afecto. No obstante, debo hacerte notar que, en los
viejos tiempos, personas así no habrían durado mucho entre nosotros.
Por lo que respecta a nuestro Amigo Más Viejo, dudo de que le reconocieras ahora. Ha construido
una gran mansión al pie de la torre y vive allí entre libros y grabados como un caballero erudito, sin
prestar atención apenas al mundo real.
No obstante, cada noche llega a la puerta del teatro en su carruaje negro y sigue la representación
desde su palco protegido por cortinas.
Y acude después a resolver todas las disputas entre nosotros, a gobernar como siempre ha hecho, a
amenazar a nuestro Divino Violinista, pero nunca jamás consiente en salir al escenario para actuar. Es él
quien acepta a los nuevos miembros, que, como te he contado, vienen de todas partes. No tenemos que
solicitar su presencia, sino que vienen a llamar a nuestra puerta...
Vuelve con nosotros [escribía Eleni para terminar]. Nos encontrarás más interesantes que cuando nos
dejaste. Hay mil maravillas oscuras que no puedo exponer por escrito. Somos una estrella brillante en la
historia de nuestra raza. No podríamos haber elegido un momento más perfecto en la historia de esta gran
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ciudad para nuestra pequeña maquinación. Y todo esto, esta espléndida existencia que llevamos, es obra
tuya. ¿Por qué nos dejaste? ¡Vuelve con los tuyos!
Guardé todas estas cartas. Las conservé con el mismo cuidado con que guardé la misiva de mis
hermanos de la Auvernia. Con la imaginación, vi perfectamente las marionetas. Escuché el lamento del
violín de Nicolás. Vi también a Armand, llegando en su oscuro carruaje y ocupando su asiento en el
palco. Incluso describí todo aquello en términos vagos y extravagantes en mis largos mensajes a Marius,
aplicándome de vez en cuando con el buril, presa de un pequeño frenesí, en alguna oscura calleja
mientras los mortales dormían.
Sin embargo, para mí, volver a París estaba fuera de cuestión por muy solo que pudiera llegar a
sentirme. El mundo que me rodeaba se había convertido en mi amante y mi maestro. Estaba embelesado
con las catedrales y los castillos, con los museos y palacios que veía. En todos los lugares que visitaba,
me introducía en el centro de la sociedad, me impregnaba de sus entretenimientos y chismorreos, de su
literatura y de su música, de su arquitectura y de todo su arte.
Podría llenar volúmenes con las cosas que estudié, que pugné por comprender. Me sentía tan
cautivado por los violinistas cíngaros callejeros y por los titiriteros ambulantes como por los grandes
castrad en los lujosos teatros de la ópera y por los coros de las catedrales. Rondé los burdeles y los
garitos de juego y los lugares donde los marineros bebían y se peleaban. Leí los periódicos de todas las
ciudades y frecuenté las tabernas, pidiendo a veces, por el mero hecho de tenerlo delante, algún plato de
comida que nunca tocaba. En esos lugares, conversé sin cesar con los mortales, invitando a muchos de
ellos a incontables vasos de vino, oliendo las pipas y los habanos que fumaban y dejando que aquellos
olores mortales impregnaran mi ropa y mis cabellos.
Y, cuando no estaba fuera merodeando de ese modo, viajaba por el reino de los libros que había
pertenecido tan exclusivamente a Gabrielle a lo largo de todos aquellos horribles años mortales en mi
casa natal.
Antes incluso de trasladarnos a Italia, ya dominaba lo suficiente el latín como para estudiar a los
clásicos, y reuní una biblioteca en el viejo palazzo veneciano que era mi guarida, donde a menudo
pasaba la noche entera leyendo.
Y, por supuesto, era la leyenda de Osiris lo que más me subyugaba, evocándome el recuerdo de la
narración de Armand y las enigmáticas palabras de Marius. Al adentrarme en todas aquellas viejas
versiones de la historia, me sentí calladamente sobrecogido por lo que leía.
Hete aquí a un antiguo rey, Osiris, hombre de extraordinaria bondad que aparta a los egipcios del
canibalismo y les enseña el arte de la agricultura y de la elaboración del vino. ¿Y cómo es asesinado por
su hermano Tifón? Mediante una treta, éste hace acostarse a Osiris en una caja del tamaño exacto de su
cuerpo y aprovecha para cerrar la tapa con clavos. Tifón arroja entonces la caja al río y, cuando la fiel Isis
encuentra el cuerpo del rey, éste sufre un nuevo ataque de Tifón, que le descuartiza. Finalmente, todas
las partes de su cuerpo son encontradas, salvo una.
284
Y bien, ¿por qué habría Marius de hacer referencia a un mito como éste? ¿Y cómo no habría yo de
asociarlo al hecho de que todos los vampiros dormidos en ataúdes, que son cajas del tamaño exacto de
los cuerpo (incluso la miserable multitud de la asamblea de les Innocents dormía en sus sepulcros)?
Magnus me había dicho: «Debes dormir siempre en ese féretro o en un sitio similar». En cuanto a la parte
del cuerpo que se perdió, la que Isis no encontró, ¿no existía una parte de nosotros que el Don Oscuro
no hacía revivir? Los vampiros podemos hablar, ver, gustar, respirar o moverse como los humanos, pero
no podemos procrear. Y tampoco Osiris podía, por lo que se convirtió en Señor de los Muertos.
¿Era aquél un dios vampiro?
Pero aún había algo más que me tenía desconcertado y atormentado. Aquel dios Osiris era el dios del
vino entre los egipcios, que más tarde se convertiría en Dioniso para los griegos. Y Dioniso era el «dios
oscuro» del teatro, el dios maléfico que Nicolás me había descrito en el pueblo, cuando éramos dos
muchachos. Y ahora teníamos el teatro lleno de vampiros en París. ¡Ah, era demasiado espléndido!
Estaba impaciente por contarle todo aquello a Gabrielle, pero, cuando lo hice, ella reaccionó con
indiferencia diciendo que había cientos de viejas leyendas parecidas.
—Osiris era el dios del trigo —replicó—. Era un buen dios para los egipcios. ¿Qué podría tener que
ver eso con nosotros? —Tras echar una ojeada a los libros que estaba estudiando, añadió—: Tienes
mucho que aprender, hijo mío. Muchos dioses antiguos fueron descuartizados y llorados por sus diosas.
Lee los mitos de Acteón y de Adonis. A los antiguos les encantaban esos relatos.
Y, tras esto, se marchó y me dejó a solas en la biblioteca, a la luz de las velas, hincado de codos entre
todos aquellos libros.
Medité sobre el sueño de Armand del santuario de Los Que Deben Ser Guardados, en las montañas.
¿Se trataba de un rito mágico que se remontaba a tiempos de los egipcios? ¿Cómo habían olvidado tales
cosas los Hijos de las Tinieblas? Quizás aquella mención a Tifón, el asesino de su hermano, sólo había
sido una referencia poética del maestro veneciano, nada más.
Salí de nuevo a las calles nocturnas y tallé mis preguntas a Marius en piedras que eran más viejas
que cualquiera de los dos. Marius se había hecho tan real que ya conversábamos igual que en otro
tiempo habíamos hecho Nicolás y yo. Había pasado a ser el confidente que recibía mi excitación, mi
entusiasmo, mi sublime perplejidad ante todas las maravillas y misterios del mundo.
Pero, conforme profundicé en mis estudios y amplié mis conocimientos, empecé a captar los primeros
indicios pavorosos de lo que podía ser la eternidad. Estaba solo entre mortales, y mis escritos a Marius
no lograban impedir que reconociera mi propia monstruosidad como había sucedido en aquellas primeras
noches parisinas, tanto tiempo atrás. Al fin y al cabo, Marius no estaba allí en realidad.
Y tampoco Gabrielle.
Casi desde el primer momento, las predicciones de Armand se habían demostrado ciertas.
285
2
Ya antes de salir de Francia, Gabrielle empezó a interrumpir el viaje para desaparecer durante varias
noches seguidas. En Viena, solía ausentarse más de una quincena y, para cuando me instalé en el
palazzo de Venecia, sus ausencias se prolongaban durante meses. En mi primera visita a Roma,
desapareció durante medio año. Y, después de dejarme en Nápoles, regresé a Venecia sin ella,
abandonándola para que regresara al Véneto por sus propios medios, cosa que hizo.
Naturalmente, se trataba de la atracción que ejercía sobre ella el campo abierto, los bosques y los
montes, o las islas en las que no vivían seres humanos.
Y tras aquellas ausencias regresaba en un estado tan lamentable (los zapatos rotos, la ropa hecha
trizas, el cabello enmarañado) que su aspecto resultaba punto por punto tan espeluznante como el de los
harapientos miembros de la asamblea parisina bajo les Innocents. Entonces, deambulaba por mis
estancias con sus ropas sucias y descuidadas, contemplando las grietas del yeso o la luz captada en las
distorsiones de los cristales de las ventanas.
Entonces me preguntaba por qué debía un inmortal repasar los periódicos, habitar en palacios, llevar
oro en los bolsillos o escribir cartas a la familia mortal que había dejado atrás.
Con aquel murmullo rápido y espectral hablaba de los acantilados que había escalado, de las
ventiscas bajo las que había avanzado, de las cavernas llenas de marcas misteriosas y antiguos fósiles
que había descubierto.
Después, se marchaba de nuevo tan silenciosa como había llegado, y yo me quedaba esperándola,
pendiente de su regreso, irritado con ella y amargado, para mostrarme ofendido con ella cuando por fin
reaparecía.
Una noche, durante nuestra primera visita a Verona, una pregunta suya me sobresaltó en una calleja
oscura:
—¿Sigue vivo tu padre?
En esa ocasión, había estado ausente dos meses. Yo la había añorado amargamente y ahora me
preguntaba por la familia como si ésta tuviera alguna importancia. Aun así, contesté:
—Sí, y muy enfermo.
Pero ella no pareció prestarme atención. Traté de contarle que en Francia las cosas estaban muy mal
y que, sin duda, habría una revolución. Gabrielle movió la cabeza e hizo un gesto de indiferencia.
—No pienses más en ellos —dijo—. Olvídalos.
Y se marchó una vez más.
Lo cierto era que no quería olvidarlos. Nunca dejaba de escribir a Roget preguntándole por mi familia.
Le escribía con más frecuencia al abogado que a Eleni, al teatro. Le pedí unos retratos de mis sobrinos y
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mandé a Francia regalos de todos los lugares donde me detenía. Y me preocupé ante la revolución,
como cualquier francés mortal.
Y por último, cuando las ausencias de Gabrielle se hicieron más largas, y nuestros momentos juntos
se volvieron más llenos de tensión e incertidumbre, empecé a discutir estos asuntos con ella.
—El tiempo se llevará a nuestra familia —le decía—. El tiempo se llevará la Francia que hemos
conocido. Entonces, ¿por qué renunciar a los nuestros ahora que aún podemos tenerlos? Yo necesito
estas cosas, te lo aseguro. ¡Esto es la vida para mí!
Pero aquello sólo era la verdad a medias. Yo no poseía a Gabrielle más de lo que poseía a cualquier
otro. Ella debió entender lo que le estaba diciendo en realidad. Debió oír la recriminación que había tras
mis palabras.
Los diálogos como éste la entristecían. Hacían surgir de ella la ternura. Entonces me permitía traerle
ropas limpias, peinarle el cabello... Y luego salíamos juntos a cazar y charlar. Tal vez incluso acudía a los
casinos conmigo, o a la ópera. Durante un breve lapso de tiempo, se convertía en una espléndida gran
dama.
Y esos momentos nos mantenían unidos todavía, perpetuaban nuestra creencia en que todavía
éramos una pequeña asamblea, un par de amantes triunfantes frente al mundo mortal.
Juntos ante el fuego en alguna mansión rural, cabalgando juntos en el asiento del cochero con las
riendas en mis manos, caminando juntos por el bosque a medianoche, seguíamos cambiando nuestras
opiniones discrepantes de vez en cuando.
Incluso íbamos juntos en busca de casas encantadas, un pasatiempo reciente que nos llenaba de
excitación. De hecho, Gabrielle regresaba a veces de un viaje precisamente porque había oído hablar de
una presencia fantasmal y quería que la acompañara a ver qué descubríamos.
Naturalmente, la mayoría de las veces no encontrábamos nada en los edificios vacíos donde se decía
que aparecían los espíritus. Y los desdichados a quienes se tachaba de poseídos por el demonio no
eran, las más de las ocasiones, sino enfermos mentales corrientes.
No obstante, hubo veces en que presenciamos fugaces apariciones y sucesos misteriosos para los
cuales no encontramos explicación: objetos que volaban, voces que surgían como rugidos de la boca de
niños poseídos, corrientes de aire heladas que apagaban las velas en una habitación cerrada...
Nunca sacamos nada en claro, sin embargo, de todo aquello. No vimos más de lo que un centenar de
estudios mortales había descrito ya.
Finalmente, el asunto se convirtió para nosotros en un mero juego, y, cuando hoy vuelvo la vista atrás,
me doy cuenta de que continuábamos con él porque nos mantenía juntos, porque nos proporcionaba
unos momentos de convivencia que, de otro modo, no habríamos tenido.
Pero las ausencias de Gabrielle no eran lo único que destruía nuestro afecto por los demás con el
transcurso de los años. Era también su actitud cuando estaba conmigo, las ideas que expresaba.
Aún conservaba aquella costumbre suya de decir exactamente lo que pensaba y poco más.
Una noche, en nuestra casita de la vía Ghibellina, de Florencia, Gabrielle apareció tras una ausencia
de un mes y empezó a hablar.
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—Ya sabes que las criaturas de la noche están maduras para acoger a un gran líder. No a un
supersticioso murmurador de viejos ritos, sino un gran monarca oscuro que nos galvanice siguiendo unos
nuevos principios.
—¿Qué principios? —pregunté. Haciendo caso omiso de mi réplica, ella continuó:
—Imagina algo más que este clandestino y repulsivo alimentarse de mortales, algo grande magnífico
como lo era la Torre de Babel antes de que la cólera divina la derribara. Hablo de un líder instalado en un
palacio satánico que envía a sus seguidores a volverse hermano contra hermano, a hacer que las madres
maten a sus hijos, a arrojar a la hoguera todos los grandes logros de la humanidad, a agostar la tierra
para que todos, inocentes y culpables, mueran de hambre. Crear el caos y el sufrimiento allí donde vayas
y derrotar a las fuerzas del bien para desesperación de los hombres. Eso sí que es algo merecedor de
ser llamado maldad. Ésa sí que es la obra de un verdadero demonio. Tú y yo no somos nada más que
flores exóticas del Jardín Salvaje, como tú me dijiste. Y el mundo de los hombres no es ahora ni más ni
menos de lo que ya vi en mis libros hace años, en la Auvernia.
La conversación me disgustó. Pero me alegró tener a Gabrielle junto a mí en la estancia, poder hablar
con alguien que no fuera un pobre mortal engañado. No estar solo con mis cartas de casa.
—¿Pero qué hay, entonces, de tus cuestiones estéticas? —pregunté—. ¿Qué hay de eso que le
explicaste a Armand acerca de que querías saber por qué existía la belleza y por qué razón continúa
afectándonos?
Gabrielle se encogió de hombros.
—Cuando el mundo del hombre se hunda en ruinas, la belleza se impondrá. Volverán a crecer los
árboles donde había calles; las flores cubrirán de nuevo el prado que hoy es un rancio tenderete de
barracas. Éste será el propósito del amo satánico: ver crecer las hierbas silvestres y ver cómo el bosque
tupido cubre todo rastro de las ciudades que un día fueron enormes hasta que nada queda de ellas.
—¿Y por qué llamas a todo eso satánico? —quise saber—. ¿Por qué no llamarlo caos? Eso es lo que
sería.
—Porque así es como lo llamarían los humanos. Fueron ellos quienes inventaron a Satán, ¿no es así?
Satánico no es más que el calificativo que dieron al comportamiento de aquellos que perturbaban el
orden en el que querían vivir los hombres.
—No lo entiendo.
—Pues utiliza tu mente sobrenatural, hijo mío de ojos azules y de cabellos de oro, mi hermoso
«matalobos». Es muy posible que Dios hiciera el mundo como dijo Armand.
—¿Es esto lo que has descubierto en los bosques? ¿Te lo han revelado las hojas de los árboles?
Gabrielle se echó a reír.
—Desde luego, Dios no es necesariamente antropomórfico —respondió a continuación—. Ni lo que,
en nuestro colosal egoísmo y sentimentalismo, llamaríamos «una persona decente». Pero probablemente
existe un Dios. Satán, en cambio, fue una invención humana, un modo de denominar a la fuerza que
busca derribar el orden civilizado de las cosas. El primer hombre que elaboró unas leyes (fuera Moisés o
algún antiguo rey Osiris egipcio), ese legislador creó al diablo. El diablo es el que tienta al hombre a
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quebrantar las leyes, y nosotros somos realmente satánicos por cuanto no seguimos ninguna ley para la
protección del hombre. Entonces, ¿por qué no saltárnoslas todas? ¿Por qué no provocar un incendio que
consuma todas las civilizaciones de la Tierra?
Me sentía demasiado asombrado para responder.
—No te preocupes —añadió Gabrielle con una carcajada—, yo no pienso hacerlo. Pero creo que
sucederá en las décadas futuras. ¿No crees que alguien lo hará?
—¡Espero que no! —contesté—. O, mejor, deja que lo exprese de este modo: si uno de nosotros lo
intenta, habrá guerra.
—¿Por qué? Todo el mundo seguirá a ese líder.
—Yo no. Yo combatiré contra él.
—¡Ah, eres muy divertido, Lestat! —exclamó ella.
—Es ridículo...
—¡Ridículo! —Gabrielle había apartado la mirada en dirección al patio, pero pronto la volvió de nuevo
hacia mí, y el color surgió en sus mejillas—. ¿Ridículo echar por tierra todas las ciudades? Entendí que
denominaras ridículo al Teatro de los Vampiros, pero ahora te estás contradiciendo.
—Es ridículo destruir cualquier cosa por el mero hecho de destruirla, ¿no crees?
—Eres imposible—replicó ella—. Algún día, en el futuro lejano, habrá un líder así. Él reducirá al
hombre al temor y a la desnudez de la que proviene. Y nos alimentaremos del hombre, sin esfuerzo,
como siempre hemos hecho, y el Jardín Salvaje, como tú lo llamas, cubrirá el mundo.
—Casi deseo que alguien lo intente —declaré—, pues yo me alzaría contra él y haría cuanto pudiera
por derrotarle. Y posiblemente podría salvarme, podría volver a ser bueno a mis propios ojos, por el
hecho de disponerme a salvar de todo eso al hombre.
Muy enfadado, me incorporé de mi asiento y salí al patio.
Ella vino detrás de mí.
—Acabas de expresar el argumento más antiguo del Cristianismo para la existencia del mal —
señaló—. Que está ahí para que podamos combatirlo y obrar el bien.
—Qué triste y qué estúpido —asentí.
—Esto es lo que no entiendo de ti —continuó ella—. Te aferras a tu vieja fe en la bondad con una
tenacidad prácticamente inconmovible. ¡Y, en cambio, resultas magnífico en lo que constituye tu
naturaleza! Cazas a tus presas como un ángel oscuro. Matas despiadadamente y, cuando lo decides,
pasas la noche saciándote de víctimas.
—¿Y bien? —le dirigí una fría mirada—. No sé ser malo haciendo el mal.
Ella se rió.
—De muchacho era un buen tirador —añadí—. Y un buen actor en el escenario. Ahora soy un buen
vampiro. Así es como entendemos la palabra «bondad».
Cuando Gabrielle se hubo ido, me tendí de espaldas en las losas del patio y contemplé las estrellas
pensando en todos los cuadros y esculturas que había visto en la ciudad de Florencia. Me di cuenta de
que me desagradaban los lugares donde sólo había grandes árboles, y de que el sonido de las voces
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humanas era, para mí, la música más dulce y más suave. Pero, ¿qué importaba, en realidad, lo que yo
sintiera o pensara?
Bien es cierto que Gabrielle no siempre me aturdía con extrañas filosofías. De vez en cuando, en sus
apariciones, me hablaba de cosas prácticas que había descubierto. Era, sin duda, más valerosa y
aventurera que yo. Y me enseñaba cosas.
Gabrielle ya había comprobado, antes incluso de que abandonáramos Francia, que los vampiros
podíamos dormir en la tierra. No eran precisos ataúdes mi catafalcos. Y se descubría alzándose
espontáneamente de entre la tierra al ponerse el sol, antes incluso de terminar de despertarse.
Los mortales que nos encontraban durante las horas diurnas, estaban perdidos, a no ser que nos
expusieran a los rayos del sol inmediatamente. Por ejemplo, cerca de Palermo, Gabrielle se había
echado a dormir en el sótano de una casa abandonada y, al despertar, había notado que el rostro y los
ojos le ardían como si la hubieran escaldado, y en su mano derecha tenía agarrado a un mortal, ya
cadáver, que al parecer había intentado perturbar su descanso.
—Le había estrangulado —me contó— y aún tenía mi mano cerrada sobre su garganta. Y la escasa
luz que se filtraba por la puerta entreabierta me había quemado el rostro.
—¿Qué habría sucedido de ser varios los mortales? —quise saber, vagamente fascinado con ella.
Gabrielle movió la cabeza en gesto de negativa y se encogió de hombros. Desde entonces, dormía
siempre enterrada, no en sótanos o ataúdes. Nadie volvería a perturbar su descanso. A ella no le
importaba.
Aunque no lo declaré en voz alta, yo estaba convencido de que dormir en la cripta tenía su gracia.
Había cierto encanto novelesco en el hecho de alzarse de la tumba. En realidad, yo me encontraba en el
extremo opuesto a la solución de Gabrielle, pues me hacía construir ataúdes especiales en cada lugar
donde nos quedábamos un tiempo. Y no dormía en el cementerio o en la iglesia, como era nuestra
costumbre más corriente, sino en escondrijos dentro de la casa.
No puedo decir que Gabrielle no me escuchaba con paciencia en ocasiones, cuando le contaba cosas
así. Me prestaba atención cuando le describía las grandes obras de arte que había visto en el museo
Vaticano, los coros que había escuchado en la catedral, los sueños que parecían provocados por los
pensamientos de los mortales que pasaban sobre mi guarida. Sin embargo, tal vez Gabrielle se limitaba a
contemplar el movimiento de mis labios; ¿quién podría decirlo con seguridad? Y, a continuación, volvía a
desaparecer sin explicaciones y volvía a deambular a solas por las calles, naciendo comentarios en voz
alta a Marius o escribiéndole unos mensajes larguísimos que, en ocasiones, me llevaba toda la noche
completar.
¿Qué deseaba yo de ella? ¿Que fuera más humana, que fuera como yo? Las predicciones de Armand
me obsesionaban. ¿Y cómo podría Gabrielle dejar de pensar en ellas? Tenía que haberse dado cuenta
de lo que sucedía, de que estábamos alejándonos cada vez más, que se me rompía el corazón pero
tenía demasiado orgullo para decírselo.
«¡Gabrielle, por favor, no puedo soportar esta soledad! ¡Quédate conmigo!»
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Cuando al fin dejamos Italia, yo empezaba ya a practicar mis arriesgados jueguecitos con mortales.
De vez en cuando veía a un hombre o a una mujer, a un ser humano que me parecía perfecto
espiritualmente, y me dedicaba a seguirlo. Primero, prolongaba este seguimiento una semana, después
durante un mes, a veces incluso más tiempo todavía. Me enamoraba de aquel ser. Imaginaba una
amistad, una conversación, una intimidad que jamás podríamos tener. Luego, en algún momento mágico
e irreal, le decía: «¿Pero tú ves lo que soy?», y el humano, en un acto supremo de comprensión
espiritual, respondía: «Sí, lo veo, lo entiendo...».
Un desatino, verdaderamente. Muy parecido al encuentro de la princesa que entrega su amor
desinteresado al príncipe encantado y éste recupera su forma original y deja de ser un monstruo. Sólo
que en este lúgubre cuento de hadas yo penetraba hasta lo más profundo de mi amante mortal. Los dos
nos hacíamos uno, y yo volvía a ser de carne y hueso.
Una idea deliciosa. Pero pronto empecé a darles más y más vueltas en mis pensamientos a las
advertencias de Armand acerca de que volvería a realizar el Rito Oscuro por las mismas razones por las
que lo había hecho antes. Entonces, dejé de practicar el jueguecito y me limité a seguir cazando con toda
la crueldad y el espíritu vengativo de siempre, y ya no fueron los malhechores mis únicas presas.
En la ciudad de Atenas, dejé el siguiente mensaje a Marius:
«No sé por qué continúo. No busco la verdad. No creo en ella.
No espero conocer por ti ningún antiguo secreto, sea el que sea. Pero en algo creo: Tal vez sólo sea
en la belleza del mundo por el que vago o en la propia voluntad de vivir. Este don me fue entregado
demasiado pronto. Y me fue otorgado sin una buena razón. Y, ya a mis treinta años mortales de edad,
empiezo a tener una cierta idea de por qué muchos de nuestra raza lo han desperdiciado o han
renunciado a él. Yo, en cambio, continúo. Y te busco.»
Ignoro cuánto tiempo pude haber vagado por Europa y Asia de aquella manera. Pese a todas mis
lamentaciones por la soledad en que me hallaba, estaba acostumbrado a ella. Y siempre había nuevas
ciudades igual que había nuevas víctimas, nuevos idiomas y nuevas músicas que escuchar. Por mucho
dolor que sintiera, siempre decidía en último término un nuevo destino. Mi deseo era conocer, finalmente,
todas las ciudades de la Tierra, incluso las remotas capitales de la India y de la China, donde hasta el
objeto más sencillo me parecería extraño y donde las mentes que sondeara resultaran tan
incomprensibles como las de unos seres procedentes de otros mundos.
Sin embargo, cuando partimos de Estambul en dirección al sur, adentrándonos en el Asia Menor,
Gabrielle sintió con más fuerza todavía la llamada de aquella tierra nueva y extraña, de modo que apenas
aparecía a mi lado.
Y, en Francia, la situación estaba alcanzando un clímax terrible, no sólo para el mundo mortal por el
cual aún me preocupaba, sino también para los vampiros del teatro.
291
3
Ya antes de dejar Grecia, por boca de viajeros ingleses y franceses, me habían llegado noticias
preocupantes de lo que estaba sucediendo en Francia. Y, cuando llegué a la Hostería Europea de
Ankara, encontré un gran paquete de cartas esperándome.
Roget había sacado todo mi dinero de Francia y lo había depositado en bancos extranjeros. «No debe
usted pensar en volver a París» me escribía. «He aconsejado a su padre y a sus hermanos que se
mantengan apartados de cualquier controversia. El ambiente, aquí, no es muy favorable a los
monárquicos.»
Las cartas de Eleni se referían, en su estilo, a los mismos temas:
El público quiere ver ridiculizada a la aristocracia. Una obrita nuestra, en la que aparece la
marioneta de una torpe reina a la que pisa sin piedad un escuadrón de estúpidos títeres soldados que ella
intenta mandar, arranca grandes risotadas y exclamaciones de los espectadores.
Los clérigos también son objeto de burlas: en otro pequeño drama que representamos, aparece un
sacerdote engreído que acude a castigar a un grupo de marionetas bailarinas, a las que afea su
comportamiento indecente. Pero, ¡ay!, el maestro de baile de las muchachas, que es en realidad un diablo
de cuernos rojos, convierte al desgraciado clérigo en un hombre lobo que termina sus días encerrado en
una jaula de oro por las burlonas muchachas.
Todo esto es obra del genio de Nuestro Divino Violinista, pero ahora es preciso estar con él todos los
momentos que pasa despierto. Para obligarle a escribir, le atamos a la silla y le ponemos delante papel y
tinta. Y, si no basta con ello, le obligamos a dictar las obras mientras nosotros las transcribimos.
Cuando recorría las calles, no hacía más que acercarse a los transeúntes para decirles con voz
apasionada que en este mundo hay horrores que no imaginan ni en sueños. Y te aseguro que, si París no
estuviese tan ocupado leyendo los panfletos que denuncian a la reina María Antonieta, nuestro amigo ya
habría conseguido que acabaran con todos nosotros.
Respecto a nuestro Amigo Más Antiguo, cada noche que pasa se muestra más irritado.
Naturalmente, me apresuré a contestar a Eleni rogándole que tuviera paciencia con Nicolás, que
tratara de ayudarle durante aquellos primeros años. «Sin duda, habrá algún modo de influir sobre él»
escribí. Y, por primera vez, añadí una pregunta: «¿Estaría en mi mano cambiar las cosas si yo
regresara?». Releí las palabras largo rato antes de estampar la firma. Las manos me temblaban. Por fin,
sellé la carta y la envié enseguida.
292
¿Cómo iba a regresar? Por muy solo que me sintiera, la idea de volver a París, de ver de nuevo el
pequeño teatro, me resultaba insoportable. ¿Y qué podría hacer por Nicolás cuando estuviera allí? La
antigua advertencia de Armand se repetía en mis oídos.
De hecho, daba la impresión de que Armand y Nicolás estaban siempre conmigo, no importaba dónde
me hallara. Armand, lleno de siniestras advertencias y predicciones; Nicolás, burlándose de mí con el
pequeño milagro del amor convertido en odio.
Jamás había necesitado a Gabrielle como en aquel instante, pero ella hacía mucho que me había
tomado delantera en nuestro viaje. De vez en cuando, evocaba el recuerdo de cómo eran las cosas antes
de que dejáramos París, pero ya no esperaba nada de ella.
En Damasco me aguardaba la contestación de Eleni:
Él te desprecia con la misma intensidad de siempre. Ante la sugerencia de que quizá deberías acudir a
su lado, se echa a reír. No te digo estas cosas para que te obsesiones, sino para que sepas que hacemos
cuanto podemos para proteger a este joven que jamás debería haber nacido al Reino de las Tinieblas.
Está abrumado por sus poderes, desconcertado y enloquecido ante su visión. Los demás ya hemos visto
otras veces todo esto y conocemos el lamentable final que le espera.
Pese a todo, este mes ha escrito su mejor obra. Las bailarinas marionetas, sin cuerdas en esta
ocasión, son segadas por una epidemia en la flor de su juventud y descansan bajo lápidas y coronas de
flores. El sacerdote llora sobre las tumbas antes de marcharse. Entonces llega al cementerio un joven
violinista mágico y, mediante su música, consigue que las muchachas se levanten. Vestidas de vampiros
con túnicas de seda negra con volantes y cintas de negro satén, salen de las tumbas y bailan alegremente
mientras siguen al violinista camino de París, representado por una hermosa estampa pintada en el
decorado. El público se muestra entusiasmado. Te aseguro que podríamos dar cuenta de nuestras presas
mortales en el escenario, y los parisinos no harían otra cosa que aplaudir, creyendo que se trata del
último truco que hemos inventado.
También encontré una carta alarmante de Roget:
París estaba dominado por una locura revolucionaria. El rey Luis se había visto forzado a reconocer a
la Asamblea Nacional. Todas las clases populares se estaban uniendo contra él como jamás había
sucedido. Roget había mandado un mensajero al sur para que viera a mi familia e intentara determinar el
ambiente revolucionario en el campo.
Respondí a ambas misivas con la preocupación y la sensación de impotencia que eran de esperar y,
mientras enviaba mis pertenencias a El Cairo, tuvo el presentimiento de que todo aquello en lo que
confiaba estaba en peligro. Exteriormente, continuaba mi mascarada como noble viajero sin ningún
cambio aparente; por dentro, el demonio cazador de las tortuosas callejas urbanas se sentía callada y
secretamente perdido.
293
Por supuesto, me dije a mí mismo que era importante viajar al sur, a Egipto. Que Egipto era una tierra
de antigua grandeza y de maravillas intemporales. Que Egipto me hechizaría y me haría olvidar aquellos
sucesos que se producían en París y que no estaba en mi mano cambiar.
Pero mi mente establecía una relación más. Egipto, más que cualquier otra tierra del mundo, era un
lugar amante de la muerte.
Finalmente, Gabrielle apareció como un espíritu surgido del desierto de Arabia y zarpamos juntos.
Pasó casi un mes hasta que llegamos a El Cairo, y, cuando encontré mis pertenencias esperándome
en la residencia para europeos, había entre ellas un extraño paquete.
Reconocí de inmediato la letra de Eleni, pero no pude imaginar por qué me mandaría un bulto como
aquél y me quedé contemplándolo un cuarto de hora seguido, con la mente más en blanco que lo que
jamás la había tenido en mi vida.
No había mensaje alguno de Roget.
Me pregunté por qué no habría escrito el abogado. ¿Qué habría en el paquete? ¿Por qué estaba allí?
Finalmente, advertí que llevaba una hora sentado en una habitación entre un montón de maletas y
baúles y contemplando un paquete, mientras Gabrielle, que no mostraba ganas de esfumarse todavía, se
limitaba a observarme.
—¿Vas a marcharte? —susurré.
—Si tú quieres... —respondió.
Era importante abrir aquello, sí, abrirlo y descubrir de qué se trataba. Sin embargo, me pareció
igualmente importante echar un vistazo a la destartalada habitación e imaginar que era la de una posada
de pueblo en la Auvernia.
—He soñado contigo —dije en voz alta, con la mirada en el paquete—. He soñado que vagábamos
juntos por el mundo, tú y yo, y que los dos éramos serenos y fuertes. He soñado que nos cebábamos en
los malhechores como hacía Marius, y, al mirar a nuestro alrededor, sentíamos asombro, pavor y pena
ante los misterios que presenciábamos. Pero éramos fuertes. Seguíamos siempre adelante. Y
hablábamos. «Nuestra conversación» seguía y seguía...
Rasgué el envoltorio y vi la funda del Stradivarius.
Quise decir algo más, sólo para mí mismo, pero se me hizo un nudo en la garganta. Y mi mente no
podía trasmitir mis palabras por sí sola. Alargué la mano y tomé la carta que se había deslizado a un lado
sobre la madera pulida.
Como me temía, las cosas han llegado a lo peor. Nuestro Amigo más Viejo, enloquecido por los
excesos de Nuestro Violinista, le encarceló finalmente en tu antigua residencia. Y, aunque le dejó en la
celda su violín, le cortó las manos.
Con todo, debes saber que, entre nosotros, tales apéndices siempre pueden reinstaurarse. Y las manos
en cuestión fueron guardadas en lugar seguro por nuestro Amigo Más Viejo, que dejó sin sustento al
herido. Durante cinco noches.
294
Por último, cuando la acción del grupo entero consiguió de nuestro Amigo Más Viejo que soltara a N.
y le devolviera todo cuanto era suyo, el asunto se dio por zanjado.
Pero N., enloquecido por el dolor y el ayuno (pues éste puede alterar por completo el temperamento),
se sumergió en un silencio impenetrable y así permaneció un tiempo considerable.
Por fin, acudió a nosotros y habló solamente para decirnos, como haría un mortal, que había puesto
en orden todos sus asuntos. Teníamos a nuestra disposición un fajo de obras recién escritas, y, a cambio,
debíamos convocar y celebrar con él el antiguo aquelarre en algún lugar del campo, con su hoguera de
costumbre. Si no lo hacíamos, convertiría el teatro en su pira funeraria.
Nuestro Amigo Más Viejo accedió solemnemente a sus deseos, y jamás habrás asistido a un aquelarre
semejante, pues creo que todos parecíamos aún más infernales con las pelucas y los ropajes finos, con
nuestros trajes de baile de vampiros, negros y llenos de volantes, formando el viejo círculo y entonando
los viejos cánticos con el desparpajo de unos actores.
«Deberíamos haberlo celebrado en el bulevar» dijo él. «Pero, tened; enviad esto a mi creador», y
puso en mis manos el violín. Nos pusimos a bailar, todos nosotros, para provocar al habitual frenesí, y
creo que jamás nos sentimos más emocionados, más aterrados, más tristes. Y él se lanzó a las llamas.
Sé cuánto te afligirá esta noticia, pero entiende bien que hemos hecho lo posible para que esto no
sucediera. Nuestro Amigo Más Viejo estaba amargado y afligido. Y creo que deberías saber que, a
nuestro regreso a París, descubrimos que N. había ordenado poner oficialmente al local el nombre de
Teatro de los Vampiros, y que estas palabras ya habían sido puestas como un rótulo en la fachada. Como
sus mejores obras siempre habían tenido vampiros y hombres lobos y otras criaturas sobrenaturales, el
público considera muy divertido este nuevo nombre y nadie ha exigido que se cambiara. En el París de
estos días resulta, sencillamente, una buena ocurrencia.
Horas más tarde, cuando por fin bajé la escalera y salí a la calle, vi en las sombras un fantasma pálido
y adorable, la imagen de una joven exploradora francesa de sucias ropas blancas y botas de cuero
marrones, con un sombrero de paja cubriéndole los ojos.
Reconocí quién era, por supuesto, y que una vez nos habíamos amado, ella y yo. Pero en aquel
momento era algo que apenas podía recordar o creer de verdad.
Creo que quise decirle algo mezquino, algo que la hiriera y la impulsara a alejarse de mí. Pero cuando
se acercó y dio unos pasos a mi lado, no dije nada. Me limité a dejarle la carta para no tener que cambiar
palabra. Y ella la leyó y la guardó, y luego pasó el brazo en torno a mí como solía hacer tanto tiempo
atrás, y echamos a andar juntos por las negras calles.
Un olor a muerte y a fuegos de cocinas, a arena y a excrementos de camello. Un olor egipcio. El olor
de un lugar que ha permanecido igual durante seis mil años.
—¿Qué puedo hacer por ti, querido mío? —susurró.
—Nada —respondí.
295
Era yo quien lo había hecho, quien había seducido a Nicolás, quien le había hecho lo que era, quien le
había dejado allí. Y era yo quien había trastocado el camino que podría haber seguido su vida. Y así, esa
existencia, sumida en la tenebrosa oscuridad y apartada de su curso humano, terminaba en esto.
Más tarde, Gabrielle guardó silencio mientras yo escribía mi mensaje a Marius en la pared de un
antiguo templo. Expuse el fin de Nicolás, el violinista del Teatro de los Vampiros, y tallé mis palabras con
la misma profundidad con que lo habría hecho un artesano egipcio. Un epitafio para Nicolás, una lápida
en el olvido que tal vez nunca leyera o entendiera nadie.
Resultaba extraño tenerla conmigo. Extraño tenerla de pie a mi lado hora tras hora.
—No volverás a Francia, ¿verdad? —me preguntó por último—. No volverás por lo que le hizo,
¿verdad?
—¿Por lo de las manos? —dije yo—. ¿Por lo de amputarle las manos?
Gabrielle me miró, y su rostro se petrificó como si una conmoción le hubiera robado toda expresión.
Pero ella había leído la carta. Lo sabía. ¿A qué venía esa conmoción? A mi manera de decirlo, tal vez...
—¿Pensabas que volvería para vengarme?
Ella asintió con un titubeo. No deseaba meterme tal idea en la cabeza.
—¿Cómo iba a hacerlo? —continué—. Sería una hipocresía, ¿no crees?, cuando dejé allí a Nicolás
contando con que ellos harían lo que tuviera que hacerse...
Los cambios del rostro de Gabrielle eran demasiado sutiles para ser descritos. No me gustaba ver
tanto sentimiento en sus facciones. No era propio de ella.
—Lo cierto es que el pequeño monstruo intentaba ayudar haciendo eso, ¿no crees?, cortándole las
manos. Debió ser todo un problema para él, en realidad, cuando habría podido quemar a Nicolás con
toda facilidad sin ni siquiera pestañear.
Gabrielle asintió, pero advertí su aspecto abatido y, al tiempo, quería la suerte que también hermoso.
—Eso es lo que he pensado —murmuró—, pero no he creído que tú opinaras lo mismo.
—¡Bah!, soy lo bastante monstruo para entenderlo —respondí—. ¿No recuerdas lo que me dijiste
hace años, antes de que ninguno de los dos dejara nuestro hogar? Lo dijiste el mismo día en que Nicolás
subió a la montaña con los comerciantes para regalarme la capa roja.
Me contaste que su padre estaba tan enfadado con él por tocar el violín, que le había amenazado con
romperle las manos. ¿Crees que, de algún modo, encontramos nuestro destino suceda lo que suceda?
Quiero decir, ¿no crees que, incluso como inmortales, seguimos un camino que ya teníamos marcado
cuando estábamos vivos? Imagínalo: el amo de la asamblea le cortó las manos.
Durante las noches siguientes, quedó claro que Gabrielle no quería dejarme solo, y me di cuenta de
que se habría quedado conmigo por el asunto de la muerte de Nicolás, no importaba dónde
estuviéramos. Con todo, la circunstancia de hallarnos en Egipto no resultaba indiferente. Ayudaba a su
decisión el hecho de que amaba aquellas ruinas y monumentos como no había amado nunca nada.
Tal vez la gente tenía que llevar muerta seis mil años para despertar su amor. Pensé en decírselo, en
burlarme un poco de ella con el comentario, pero la idea pasó simplemente por mi cabeza y se
296
desvaneció. Aquellos monumentos eran tan viejos como las montañas que ella amaba. El Nilo había
corrido por la imaginación del hombre desde el comienzo de los tiempos.
Escalamos las pirámides juntos, subimos a las patas de la Esfinge gigante. Revisamos inscripciones
de antiguos fragmentos de losas. Estudiamos momias que se podían comprar por una miseria a los
ladrones, fragmentos de cerámica antigua, piezas de joyería y cristales. Dejamos que el agua del río
corriera entre nuestros dedos y salimos de caza a dúo por las estrechas callejas de El Cairo, y entramos
en los burdeles a reclinarnos en los almohadones y ver bailar a los muchachos y oír a los músicos
tocando una música cálida y erótica que, por un momento, ahogaba el lamento del violín que sonaba en
mi cabeza en todo instante.
Me descubrí incorporándome y poniéndome a bailar desenfrenadamente aquellas tonadas exóticas,
imitando las ondulaciones de los que me animaban a seguir, hasta perder todo sentido del tiempo y de la
razón bajo el quejido de los cuernos y el punteo de los laúdes.
Gabrielle permanecía sentada, quieta, sonriente, con el ala de su manchado sombrero de paja blanco
cubriéndole los ojos. Ya no nos hablábamos. Ella era sólo una especie de belleza pálida y felina, de
mejillas manchadas de barro, que vagaba por la noche eterna a mi lado. Con el gabán ceñido por un
grueso cinturón de cuero y el cabello en una trenza a la espalda, caminaba con la prestancia de una reina
y la lasitud de un vampiro, la curva de su mejilla luminosa en la oscuridad, su pequeña boca un capullo de
rosa roja. Encantadora y, sin duda, destinada a desvanecerse muy pronto de nuevo.
No obstante, continuó conmigo incluso cuando alquilé una lujosa pequeña residencia, en otro tiempo
casa de un mameluco, con suelos de espléndidos azulejos y refinados tapices colgando de los techos.
Incluso me ayudó a llenar el patio de buganvillas y palmeras y todo tipo de plantas tropicales hasta
convertirlo en una pequeña jungla de verdor. Gabrielle se encargó espontáneamente de traer las jaulas
con los loros y golondrinas y brillantes canarios.
Incluso, de vez en cuando, hacía un gesto de comprensivo asentimiento cuando me oía murmurar que
no había cartas de París y me veía frenético ante la ausencia de noticias.
¿Por qué no me escribía Roget? ¿Había estallado París en disturbios y revueltas? Bien, tal cosa no
alcanzaría a mis parientes en la alejada Auvernia. ¿O sí? Pero, ¿le habría sucedido algo a Roget? ¿Por
qué no escribía?
Gabrielle me pidió que fuera río arriba con ella. Yo quería esperar una posible carta, quedarme a
preguntar a los viajeros ingleses, pero accedí. Al fin y al cabo, ya era bastante notable que me quisiera
por acompañante. A su manera, se estaba ocupando de mí.
Supe que había decidido vestirse una levita y unos pantalones bombachos de fresco lino blanco sólo
por complacerme. Que se cepillaba aquellos largos cabellos por mí.
Pero aquello ya no importaba nada. Me estaba hundiendo, lo notaba. Estaba vagando por el mundo
como si fuera un sueño.
Parecía muy lógico y natural que a mi alrededor encontrara un paisaje exactamente igual a como
había sido miles de años atrás, cuando los artistas lo habían pintado en los muros de las tumbas reales.
Parecía natural que las palmeras a la luz de la luna tuvieran el mismo aspecto de entonces, que el
297
campesino sacara del río el agua que necesitaba igual que en ese tiempo remoto se hacía. Hasta las
vacas que abrevaban en la orilla eran idénticas.
Visiones del mundo cuando éste era nuevo.
¿Había pisado Marius aquellas arenas alguna vez?
Deambulamos por el enorme templo de Ramsés, hechizados por los millones y millones de pequeñas
imágenes talladas en las paredes. No dejaba de pensar en Osiris, pero las figurillas me resultaban
desconocidas. Recorrimos las ruinas de Luxor y descansamos juntos en la falúa, bajo las estrellas.
Ya de regreso hacia El Cairo, al aproximarnos a los grandes Colosos de Memnón, Gabrielle me habló
en un apasionado susurro de cómo los emperadores romanos habían viajado hasta allí para admirar esas
estatuas, igual que ahora hacíamos nosotros.
—Ya eran antiguas en tiempos de los cesares —comentó mientras guiábamos nuestros camellos por
las frías arenas.
Esa noche, el viento no era tan fuerte como otras veces y pudimos ver con claridad las inmensas
figuras de piedra contra el cielo negro azulado. Aunque desgastados, los rostros parecían seguir mirando
al frente, testigos mudos del paso del tiempo cuya inmovilidad me producía tristeza y temor.
Si me pedía que fuera con ella, era sólo porque se sentía obligada a ello. La tristeza, la lástima...,
quizá también fueran razones que la impulsaban, pero lo que Gabrielle quería de verdad era ser libre.
Continuó conmigo mientras nos acercábamos a la ciudad. No dijo ni hizo nada más.
Y yo me hundía cada vez más, callado y aturdido, sabedor de que pronto recibiría otro golpe
demoledor. Me embargaban la certeza y el horror. Gabrielle me diría el adiós definitivo y yo no podía
evitarlo. ¿Cuándo empezaría a perder el control? ¿Cuándo rompería a llorar sin poderlo remediar?
Todavía no.
Cuando encendimos las luces de la casita, los colores me asaltaron: las alfombras persas cubiertas de
delicadas flores, los tapices con un millón de espejuelos cosidos, el brillante plumaje de los pájaros en su
aleteo...
Busqué algún envío de Roget, pero no había ninguno y, de pronto, me sentí furioso. Sin duda, ya
debería haber recibido noticias suyas. ¡Tenía que enterarme de lo que estaba sucediendo en París! A
continuación, me entró miedo.
—¿Qué diablos está pasando en Francia? —murmuré—. Tendré que ir a ver a otros europeos. A los
británicos. Ellos siempre tienen información. Allá donde van, siempre llevan consigo su maldito té indio y
su Times de Londres.
Me enfureció ver a Gabrielle allí plantada, tan quieta. Era como si en la sala estuviera sucediendo
algo; la misma sensación sofocante de tensión y expectación que había experimentado en la cripta antes
de que Armand nos contara su largo relato.
Pero no sucedía nada, salvo que Gabrielle se disponía a dejarme para siempre. Que estaba a punto
de esfumarse en el tiempo para siempre. ¡Y cómo podríamos volver a encontrarnos alguna vez!
—Maldición —exclamé—. Esperaba una carta.
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No había criados en la casa, pues no habíamos avisado de nuestro regreso. Me apetecía enviar a
alguien a contratar a unos músicos. Acababa de saciarme y sentía calor en el cuerpo y me decía a mí
mismo que me apetecía bailar.
Gabrielle rompió de improviso su inmovilidad y dio unos pasos muy medidos. Con una extraña
decisión, salió al patio.
La vi arrodillarse junto al estanque. Después levantó dos adoquines del pavimento, sacó un paquete y,
tras limpiarlo de tierra y arena, me lo trajo.
Antes incluso de que lo expusiera a la luz, vi que lo enviaba Roget. Aquel paquete había llegado antes
de iniciar nuestro viaje Nilo arriba, ¡y ella me lo había ocultado!
—¿Por qué has hecho una cosa así? —exclamé, hecho una furia.
Le arranqué el paquete de las manos y lo puse sobre el escritorio.
La miré fijamente y sentí odio por ella, más odio que nunca. ¡Ni siquiera en el egoísmo de la infancia la
había odiado como en aquel momento!
—¿Por qué me has ocultado ese paquete? —insistí.
—Porque quería una oportunidad —susurró ella. Vi un temblor en su mentón y en su labio inferior, y
unas lágrimas de sangre—. Pero tú ya habías tomado una decisión —añadió—, incluso sin esto.
Extendí la mano y desgarré el envoltorio. Cayó de él una carta, acompañada de varios recortes
doblados de un periódico inglés. Abrí el sobre de la carta con manos temblorosas y empecé a leer:
Monsieur:
Como ya debe saber, el 14 de julio, las turbas de París atacaron la Bastilla. La ciudad es presa del
caos. Ha habido revueltas por toda Francia. Durante meses he tratado en vano de ponerme en contacto
con su familia y de sacarla del país sana y salva, si era posible.
Sin embargo, el lunes pasado he recibido la noticia de que los campesinos y arrendatarios de tierras
se habían alzado contra la casa de su padre. Sus hermanos, junto con sus esposas, hijos y todos los que
intentaron defender el castillo, fueron asesinados y la casa, saqueada. Únicamente su padre logró
escapar.
Unos criados fieles consiguieron esconderle durante el asedio, y, más tarde, trasladarle a la costa. En
el día de hoy, se encuentra en la ciudad de Nueva Orleans, en la antigua colonia francesa de la Luisiana.
Le ruega a usted que vaya en su ayuda. Está abrumado de dolor y rodeado de extraños. Le suplica que
acuda.
Había más. Disculpas, seguridades, detalles... Todo ello dejó de tener sentido.
Guardé la carta en el escritorio y me quedé mirando la madera de éste y el charco de luz que producía
la lámpara.
—No vayas a su lado —dijo Gabrielle.
Su voz resultaba pequeña e insignificante en el silencio. Pero el silencio era como un inmenso grito.
299
—No vayas a su lado —repitió. Las lágrimas, dos largos regueros rojos que brotaban de sus ojos,
surcaban sus mejillas como si fueran el maquillaje de un payaso.
—Vete —susurré. La palabra flotó en el aire y, de improviso, mi voz se elevó de nuevo.
—¡Vete! —volví a decir. Y, nuevamente, mi voz no se detuvo sino que continuó elevándose hasta que
me encontré gritando con extrema violencia:
—¡¡VETE!!
300
4
Soñé con mi familia. En el sueño, estábamos todos abrazados unos a otros. Incluso Gabrielle se
hallaba presente, con un vestido de terciopelo. El castillo estaba ennegrecido, quemado por todas partes.
Los tesoros que había depositado allí se habían fundido o convertido en ceniza. Todo vuelve siempre a
convertirse en cenizas. Aunque... ¿cómo es realmente la vieja cita: «cenizas a las cenizas» o «polvo al
polvo»?
No importaba. Yo había regresado y les había convertido a todos en vampiros y allí estábamos, la
Casa de Lioncourt al completo, todos muy pálidos y hermosos, incluso aquel bebé chupador de sangre
que yacía en la cuna y aquella madre que se inclinaba sobre él para acercarle la gorda rata de larga cola
que se debatía entre sus dedos, y de la que había de alimentarse el pequeño.
Besándonos y abrazándonos entre risas, todos avanzábamos entre las cenizas: mis pálidos
hermanos, sus pálidas esposas, los niños fantasmagóricos parloteando sobre sus presas y mi padre
ciego, que, como una figura bíblica, se había puesto en pie exclamando:
—¡PUEDO VER!
Mi hermano mayor me pasaba el brazo por los hombros. Con unas buenas ropas, tenía un aspecto
espléndido. Nunca le había visto tan espléndido y la sangre vampírica le daba un aire muy reservado y
espiritual.
—¿Sabes? Ha sido magnífico que vinieras con todos estos Dones Oscuros —me decía con una
alegre carcajada.
—Con el Rito Oscuro, querido, con el Rito Oscuro —le corregía su esposa.
—Porque, si no lo hubieras hecho —continuaba mi hermano en el sueño—, ¡entonces estaríamos
todos muertos!
301
5
La casa estaba vacía. Los baúles ya estaban en camino. El barco zarparía de Alejandría dos noches
después. Sólo llevaría conmigo una pequeña valija. A bordo, el hijo de un marqués debería cambiarse de
ropa de vez en cuando. Y, por supuesto, el violín.
Gabrielle me miraba junto al arco de entrada al jardín, alta y esbelta, hermosamente flaca bajo sus
blancas ropas de algodón, con el sombrero puesto, como siempre, y el cabello suelto.
¿Tal vez era para mí, aquella melena al viento?
La pesadumbre seguía creciendo en mí como una marea que abarcaba todos los deudos, los muertos
y los no muertos.
Pero la pena pasó y volvió la sensación de hundimiento, de habitar en un sueño donde navegábamos
con voluntad o sin ella.
Comprendí que la mejor descripción de su cabello sería la de una lluvia de oro, que la poesía de
siempre cobra sentido cuando uno contempla a la persona a la que se ha amado. Adorables eran los
ángulos de su cara, su boca pequeña e implacable.
—Dime qué necesitas de mí, madre —murmuré en voz baja. La estancia, pulcra. El escritorio. La
lámpara. Una silla. Todos mis pájaros de brillantes colores enviados, probablemente, a su venta en el
bazar. Loros grises africanos que viven tanto como un hombre. Nicolás había llegado sólo a los treinta.
—¿Precisas dinero de mí?
Un gran y hermoso sonrojo en sus mejillas, los ojos en un destello de luz en movimiento, azul y
violácea. Por un instante, casi pareció humana. Habríamos podido estar en su habitación de nuestro
hogar. Libros, paredes húmedas, el fuego... ¿Había sido humana entonces?
El ala del sombrero le cubrió completamente las facciones por un instante al inclinar la cabeza.
Inexplicablemente, me preguntó:
—Pero, ¿dónde irás?
—A una casita en la rué Dumaine, en la ciudad francesa de Nueva Orleans —respondí con frialdad y
precisión—. Y cuando él haya muerto y descanse en paz, no tengo ni la más ligera idea de qué haré.
—No puedes hablar en serio.
—Tengo pasaje para el próximo barco que zarpa de Alejandría. Iré a Nápoles, y, de allí, a Barcelona.
Después, embarcaré en Lisboa rumbo al Nuevo Mundo.
Su rostro pareció adelgazar, haciendo más acusadas sus facciones. Movió ligeramente los labios pero
no dijo nada. Y luego vi aparecer en sus ojos las lágrimas y percibí su emoción como si surgiera de ella
para tocarme. Aparté la vista, revolví algo sobre el escritorio y luego, sencillamente, dejé las manos muy
quietas para que no me temblaran. Me alegraba de que Nicolás se hubiera llevado sus manos a la
302
hoguera consigo, pues de lo contrario, me dije, habría tenido que volver a París y recuperarlas antes de
continuar viaje.
—¡Pero no puedes ir a vivir con él! —susurró Gabrielle.
¿Él? ¡Ah, sí! Mi padre.
—¿Qué importa? ¡Me voy! —repliqué.
Ella hizo un leve gesto de negativa con la cabeza. Se acercó al escritorio. Su paso era más ligero que
el de Armand.
—¿Ha hecho esa travesía alguno de nuestra raza? —preguntó con un hilo de voz.
—Que yo sepa, no. En Roma me dijeron que no.
—Quizás ese viaje no pueda hacerse.
—Puede hacerse. Lo sabes muy bien —respondí. Los dos habíamos surcado ya los mares en
nuestros sarcófagos forrados de corcho. Y ay del leviatán que me molestara.
Gabrielle se acercó todavía más y me miró. Y su rostro no pudo ocultar por más tiempo el dolor que
sentía. Estaba arrebatadora. ¿Por qué la había vestido siempre con trajes de gala, sombreros de plumas
y perlas?
—Ya sabes cómo ponerte en contacto conmigo —le dije, pero la aspereza de mi voz carecía de
convicción—. La dirección de mis bancos en Londres y Roma. Estos bancos han vivido tanto tiempo o
más que un vampiro y seguirán siempre donde están. Pero ya sabes todo esto, siempre lo has sabido...
—Basta —replicó ella en un siseo—. No me digas esas cosas.
Todo aquello era una gran mentira, una parodia. Era precisamente el tipo de conversación que ella
siempre había detestado, el tipo de conversación que era incapaz de mantener. Ni en mis pensamientos
más desatados había esperado nunca que las cosas fueran así, que fuera yo quien hablara con frialdad y
ella quien llorara. Había pensado que yo me echaría a sollozar cuando Gabrielle me dijera que se
marchaba. Había pensado que me arrojaría a sus pies.
Nos miramos durante un largo instante. Sus ojos estaban teñidos de rojo y casi le temblaba la boca.
Y entonces perdí el control.
Me levanté y fui hacia ella y estreché entre mis manos sus hombros menudos y delicados. Estaba
dispuesto a no dejarla marcharse, por mucho que se resistiera. Pero no se debatió, y los dos
continuamos llorando casi en silencio como si no pudiéramos parar. Y, sin embargo, no se entregó a mí.
No se fundió en mi abrazo.
A continuación, se echó hacia atrás. Me acarició el cabello con ambas manos, se inclinó hacia
adelante y me besó en los labios, y luego se apartó con gesto ligero y sin el menor ruido.
—Entonces, está bien, querido mío —musitó.
Moví la cabeza. Palabras y palabras y palabras sin decir. Para ella no tenían utilidad, y nunca la
habían tenido.
Volvió a la puerta del jardín con su andar lento y lánguido, moviendo las caderas cadenciosamente, y
alzó la mirada al cielo nocturno antes de volverla de nuevo hacia mí.
—Tienes que prometerme una cosa —dijo por último.
303
Era el atrevido joven francés que se movía con la gracia de un árabe por rincones de un centenar de
ciudades donde sólo un gato callejero podría pasar sin riesgos.
—Desde luego —asentí. Sin embargo, mi espíritu estaba ya tan quebrantado que no quería seguir
hablando. Los colores se difuminaron. La noche no era cálida ni fría. Yo quería que Gabrielle se marchara
sin más, pero me aterraba el momento en que tal cosa sucediera, cuando ya no podría hacerla volver.
—Prométeme —dijo— que no buscarás poner fin a todo sin antes estar conmigo, sin que volvamos a
reunimos.
Por un instante, la sorpresa me impidió responder. Luego afirmé:
—No pienso ponerle finjamos. —Mi tono fue casi desdeñoso—. Por lo tanto, tienes mi promesa. No
me cuesta nada dártela. ¿Qué te parece, ahora, si tú me haces otra a mí? Que me harás saber dónde
irás después de aquí, dónde puedo localizarte; prométeme que no te desvanecerás como si fueras algo
que sólo he imaginado...
Me detuve. Había notado en mi voz un tono de urgencia, con atisbos de histeria. No podía imaginarla
escribiendo una carta o mandándola al correo o haciendo ninguna de las cosas que los mortales hacían
habitualmente. Era como si no nos hubiera unido, ni entonces ni nunca, una naturaleza común.
—Espero que aciertes en esa valoración de ti mismo —comentó.
—Yo no creo en nada, madre —respondí—. Hace mucho tiempo le dijiste a Armand que creías que
hallarías respuestas en los bosques y las grandes junglas, que las estrellas te revelarán algún día una
gran verdad. Yo, en cambio, no creo en nada y eso me hace más fuerte de lo que piensas.
—Entonces ¿por qué tengo tanto miedo por ti? —insistió. Su voz era apenas un jadeo. Creo que tuve
que seguir el movimiento de sus labios para oír lo que decía.
—Tú percibes mi soledad —contesté—, mi amargura al quedar al margen de la vida. Mi amargura de
ser el mal, de no merecer ser amado y, a pesar de todo, necesitar desesperadamente el amor. Mi horror
de no poder mostrarme nunca a los mortales. Pero estas cosas no me detienen, madre. Soy demasiado
fuerte para que me detengan. Como una vez dijiste, soy muy bueno en ser lo que soy. Estos temas,
simplemente, me hacen sufrir de vez en cuando, eso es todo.
—Te quiero, hijo mío.
Quise añadir algo acerca de su promesa, de los agentes en Roma, de que escribiera. Quise decirle...
—Recuerda tu promesa —murmuró.
Y, de pronto, supe que aquél era nuestro último momento juntos. Lo supe y me di cuenta de que no
podía hacer nada por cambiarlo.
—¡Gabrielle! —musité.
Pero ya se había marchado.
La sala, el jardín exterior, la noche misma, estaban en calma y en silencio.
En algún momento antes del amanecer, abrí los ojos. Estaba tendido en el suelo de la casa, donde me
había derrumbado llorando hasta caer dormido.
304
Recordé que debía partir hacia Alejandría, avanzar cuanto pudiera, y luego enterrarme bajo la arena
cuando saliera el sol. Sería magnífico dormir en el suelo arenoso. También recordé que la puerta del
jardín había quedado abierta. Y que ninguna de las puertas estaba cerrada con llave.
Pero no conseguí moverme. De una manera fría y muda, me imaginé buscándola por El Cairo,
llamándola, diciéndole que volviera. Por un momento, casi me pareció que lo había hecho, que había
corrido tras ella completamente humillado y que había tratado de hablarle otra vez del destino que me
conducía a perderla igual que a Nicolás le había llevado a perder las manos. De algún modo, teníamos
que trastocar el destino. El triunfo final debía ser nuestro.
Una idea sin sentido. Y tampoco había corrido tras ella. Había salido de caza y había vuelto. Para
entonces, ella ya estaría lejos de El Cairo, tan perdida de mí como un leve grano de arena en el aire.
Finalmente, largo rato después, volví la cabeza. Un cielo carmesí sobre el jardín, una luz carmesí
resbalando por el otro lado del tejado. La llegada del sol..., y la llegada del calor y el despenar de mil y
una voces por las tortuosas callejas de El Cairo y un sonido que parecía surgir de la arena y de los
árboles y de los campos sembrados.
Y, muy lentamente, mientras escuchaba estos sonidos y entreveía el fulgor luminoso agitándose en el
tejado, advertí la proximidad de un mortal.
Estaba en el umbral de la puerta del jardín, contemplando mi silueta inmóvil en el interior de la casa.
Era un joven europeo de cabellos rubios vestido de árabe. Bastante guapo. Y, con las primeras luces del
día, me distinguió allí: un europeo como él, tendido en el suelo de baldosas de una casa abandonada.
Me quedé mirándole mientras se adentraba en el jardín desierto; la luminosidad del cielo me calentaba
los ojos y empezaba a quemarme la suave piel en torno a ellos. Con su túnica y su limpio turbante, era
como un fantasma cubierto por una sábana blanca.
Me di cuenta de que debía escapar. Tenía que huir lejos inmediatamente, y esconderme del sol
naciente. Ya no tenía tiempo de llegar a la cripta. El mortal estaba en mi guarida. No me quedaba tiempo
ni para matarle y librarme de él, pobre mortal infortunado.
Pero no me moví. Y él se acercó aún más. Todo el cielo fluctuaba detrás de él mientras su silueta se
definía y formaba una sombra.
—¡Monsieur!
El susurro solícito, como el de la mujer de Notre Dame que, tantos años atrás, había intentado
ayudarme antes de que la convirtiera en mi presa junto a su inocente pequeño.
—¿Qué le sucede, monsieur? ¿Puedo ayudarle en algo?
Un rostro tostado por el sol bajo los pliegues del blanco turbante, unas cejas doradas destellantes,
unos ojos grises como los míos.
Me di cuenta de que estaba poniéndome en pie, pero no lo hice por propia voluntad. Me di cuenta de
que mis labios dejaban los dientes al descubierto. Y entonces oí un rugido que surgía de mí y advertí la
sorpresa en su rostro.
—¡Mira! —dije en un susurro, apoyando los colmillos en el labio inferior—. ¡Mira bien!
Y, corriendo hacia él, le así por la muñeca y le obligué a poner la mano abierta sobre mi rostro.
305
—¿Has creído que era humano? —grité. Y luego le levanté, manteniendo a distancia sus pies
mientras él los sacudía y se debatía inútilmente—. ¿Has pensado que era tu hermano?
El muchacho abrió la boca con un gemido seco, un carraspeo y, luego, un grito.
Le lancé por los aires y le vi volar sobre el jardín con el cuerpo girando y los brazos y las piernas
extendidos, hasta desaparecer por encima del tejado deslumbrante.
El cielo era un fuego cegador.
Salí corriendo por la puerta del jardín y me interné en el callejón. Corrí bajo pequeñas arcadas y crucé
calles extrañas. Probé puertas y verjas y aparté de mi camino a algunos mortales. Atravesé incluso
paredes que surgían ante mí y de las que se alzaban nubes de polvo de yeso que amenazaban con
sofocarme, para salir de nuevo a una calleja embarrada de olor rancio. Y la luz continuó detrás de mí
como si se tratara de una cacería a pie.
Y cuando encontré una casa quemada con las celosías en ruinas, irrumpí en ella y me enterré en el
jardín. Cavé mas y más hondo, hasta que no pude ya seguir moviendo los brazos ni las manos.
Estaba refugiado en el frío y la oscuridad.
Me hallaba a salvo.
306
6
Me estaba muriendo. O eso pensé. Era incapaz de contar las noches que habían transcurrido. Tenía
que levantarme e ir a Alejandría. Tenía que cruzar el océano. Pero eso significaba moverse, abrirse paso
en la tierra, rendirse a la sed.
No cedería a ella.
La sed llegó. La sed pasó. Fue el tormento y el fuego, y mi mente padeció la sed igual que la sufría mi
corazón, y éste se hizo más y mas grande, su latir más y más sonoro. Pero, a pesar de todo, seguí sin
ceder.
Tal vez los mortales, encima de mí, pudieran oír mi corazón. De vez en cuando, les vi como breves
llamaradas en la oscuridad y escuché sus voces parloteando en una lengua extranjera. Sin embargo, la
mayor parte del tiempo sólo vi la oscuridad. Sólo escuché las tinieblas.
Finalmente, fui la sed misma yaciendo bajo tierra, envuelto en sueños rojos, y la paulatina certeza de
que estaba demasiado débil para abrirme paso entre la blanda tierra arenosa, para poder poner la rueda
en marcha otra vez.
Exacto. No podía levantarme de allí aunque quisiera. No podía moverme en absoluto. Respiraba.
Seguía respirando. Pero no de la manera en que lo hacían los mortales. El latido del corazón me
retumbaba en los oídos.
Pero no morí. Sólo me consumí. Igual que aquellos seres torturados tras los muros de la cripta bajo
les Innocents, metáforas desamparadas del sufrimiento universal que pasa desapercibido, que no deja
constancia, que es ignorado.
Mis manos se hicieron garras y mi cuerpo quedó reducido a piel y huesos y los ojos me saltaban de
las órbitas. Es interesante que nosotros, los vampiros, podamos permanecer en ese estado para siempre,
que sigamos existiendo incluso si no bebemos, si no nos entregamos a ese placer exquisito y fatal. Sería
interesante, si no fuera porque cada latido del corazón significaba tal agonía. Y si pudiera detener mis
pensamientos:
Nicolás de Lenfent ha dejado de existir. Mis hermanos han muerto. El sabor apagado del vino, el
sonido de los aplausos. «¿Pero no crees que sea bueno lo que hacemos aquí, dar felicidad a la gente?»
«¿Bueno? ¿De qué estás hablando? ¿Bueno?»
«¡Es algo bueno, produce algún bien, hay bondad en ello! Dios santo, incluso si este mundo carece de
sentido, sin duda puede seguir existiendo en él la bondad. Es bueno comer, beber, reír..., estar juntos...»
Risas. Aquella música desquiciada. Aquella estridencia, aquella disonancia, aquella interminable
expresión chillona y penetrante del vacío y la ausencia de sentido...
307
¿Estoy despierto? ¿Estoy dormido? De una cosa estoy seguro. De que soy un monstruo. Y, gracias a
que yazgo atormentado bajo tierra, algunos seres humanos pueden atravesar el estrecho desfiladero de
la vida sin sobresaltos.
Gabrielle ya debe estar en las junglas de África.
En algún impreciso momento, penetraron unos mortales en la casa quemada bajo cuyo jardín me
hallaba, unos ladrones que buscaban refugio. Demasiado parloteo en un idioma extranjero. Pero lo único
que tenía que hacer era hundirme todavía más dentro de mi mismo, aislarme hasta de la fría arena que
me envolvía, para no escucharles.
¿Estoy realmente aprisionado?
El olor de la sangre ahí arriba...
Tal vez esos dos hombres que descansan en el descuidado jardín sean la última esperanza de que la
sangre me haga levantarme de la tierra, de que me haga revolverme y extender esas horribles (tienen
que serlo) y monstruosas zarpas.
Los mataré de miedo antes incluso de beber. Es una lástima. Siempre he sido un vampiro bello y
refinado. Pero ya no.
De vez en cuando, me parece que Nicolás y yo revivimos nuestras mejores conversaciones. «Estoy
mas allá de todo dolor y de todo pecado» me dice. «Pero, ¿tú sientes algo?» le pregunto yo. «¿Es eso lo
que significa verse libre de este estado? ¿Que uno deja de sentir?» ¿Que desaparecen la pesadumbre, la
sed, el éxtasis? En esos momentos, me resulta interesante que nuestro concepto del paraíso sea el de un
éxtasis. Las bienaventuranzas del cielo. Y que nuestra imagen del averno sea la de un dolor. El fuego del
infierno. Así pues, no nos parece demasiado bien no sentir nada, ¿verdad?
¿Vas a rendirte, Lestat? ¿O no es cierto, más bien, que antes prefieres combatir la sed con este
tormento infernal que morir y dejar de sentir? Al menos, sientes el deseo de la sangre, de una sangre
cálida y deliciosa llenando todo tu ser... Sangre...
¿Cuánto tiempo van a quedarse esos humanos aquí, encima de mí, en mi jardín destrozado? ¿Una
noche? ¿Dos? Recuerdo que dejé el violín en la casa donde vivía. Tengo que recuperarlo y entregarlo a
algún joven músico mortal, alguien que...
Bendito silencio. Salvo el sonido del violín. Y los blancos dedos de Nicolás pulsando las cuerdas, y el
arco moviéndose veloz bajo el foco, y los rostros de las marionetas inmortales, entre fascinadas y
divertidas. Cien años atrás, los parisinos le habrían capturado. No habría tenido que arrojarse a la
hoguera él mismo. Y también me habrían capturado a mí. Pero lo dudo.
No, jamás habría existido un lugar de las brujas para mí.
Ahora, Nicolás vive en mi recuerdo. Una piadosa frase mortal. ¿Y qué clase de vida es ésta? Si a mí
no me gusta vivir aquí, ¿qué significará vivir en el recuerdo de otro? Nada, me parece. No estás
realmente ahí, ¿verdad?
Gatos en el jardín. Olor a sangre gatuna.
Gracias, pero prefiero sufrir. Prefiero secarme como un pellejo con dientes.
308
7
Surgió un sonido en la noche. ¿Cómo era?
El poderoso timbal gigante que retumbaba pausadamente por las calles del pueblo de mi infancia
mientras los actores italianos anunciaban la representación que tendría lugar en el pequeño escenario de
la parte trasera de su pintarrajeado carromato. El gran timbal que yo mismo había tocado por las calles
de la ciudad durante aquellos días preciosos en que, fugado de casa, había sido uno de ellos.
Pero el sonido era aún más fuerte. ¿El estallido de un cañón transportado por el eco a través de valles
y pasos de montaña? Lo noté en los huesos. Abrí los ojos en la oscuridad y supe que se acercaba.
Tenía el ritmo de las pisadas. ¿O era el de un corazón latiendo? El mundo se llenó de aquel sonido.
Era un estruendo siniestro, que se acercaba más y más. Y, sin embargo, una parte de mí supo que no
era ningún sonido real, nada que pudiera captar un oído mortal, nada que hiciera vibrar la porcelana de
los estantes o el cristal de las ventanas. O que hiciera encaramarse a lo alto de la tapia a los gatos.
Egipto yace en silencio. El silencio cubre el desierto a ambas orillas del poderoso río. No se oye ni el
balido de una oveja. Ni el mugido de una vaca. Ni el llanto de una mujer en algún rincón.
Y, en cambio, el sonido es ensordecedor.
Por un instante, tuve miedo. Me estiré en la tierra, forcé los dedos hacia la superficie. Sin visión, sin
peso, flotaba en la tierra arenosa y, de pronto, no pude respirar, no pude gritar, y me pareció que, si
hubiera podido hacerlo, habría gritado tan fuerte que habría roto todos los cristales en kilómetros a la
redonda. Las ventanas se habrían hecho añicos y las copas de cristal fino habrían estallado.
El sonido era más fuerte. Se acercaba. Traté de rodar sobre mí mismo y alcanzar el aire, pero no
pude.
Y entonces me pareció ver la cosa, la figura aproximándose. Un leve fulgor rojo en la oscuridad.
Quizá sea la muerte, me dije.
Quizá, por algún sublime milagro, la Muerte está viva y nos toma en sus brazos, y esa figura que se
acerca no es un vampiro, sino la personificación misma del paraíso y sus bienaventuranzas.
Y con ella nos alzamos más y más, hacia las estrellas. Dejamos atrás los ángeles y los santos,
dejamos atrás la luz misma y penetramos en la divina oscuridad, en el vacío, al tiempo que dejamos atrás
la existencia. Y todos nuestros actos son perdonados y disueltos en el olvido.
La destrucción de Nicolás se convierte en un débil punto de luz que se desvanece. La muerte de mis
hermanos se desintegra en la gran paz de lo inevitable.
Traté de empujar la tierra, de hacer fuerza con los pies, pero yo estaba demasiado débil. Noté en la
boca un gusto a tierra arenosa. Sabía que debía levantarme, y el sonido estaba diciéndome que lo
hiciera.
Lo volví a sentir como una descarga de artillería: el rugido de un cañón.
309
Y me di perfecta cuenta de que aquel sonido estaba buscándome, que estaba acudiendo a mí. Me
buscaba como un haz de luz. No podía quedarme allí. Tenía que responder.
Envié hacia él el más caluroso sentimiento de bienvenida. Le dije que estaba allí y escuché mis
propios penosos jadeos mientras pugnaba por mover los labios. Y el sonido alcanzó tal potencia que hizo
vibrar hasta la última fibra de mi ser. En torno a mí, la tierra se movía bajo su efecto.
Fuera lo que fuese, había penetrado en la casa quemada y en ruinas.
La puerta había saltado reventada como si sus goznes, en lugar de anclados en hierro, lo hubieran
estado en simple yeso. Vi todas esas imágenes sobre la pantalla de mis párpados cerrados. Y vi aquello
moviéndose bajo los olivos. Estaba en el jardín.
Presa de un renovado frenesí, quise abrirme paso hacia el aire. Pero el ruido sordo y corriente que
escuchaba ahora era el de algo excavando la tierra encima de mí.
Noté algo suave como el terciopelo que me rozaba el rostro. Y vi encima de mí la luz tenue del cielo a
oscuras y la capa de nubes como un velo que tapaba las estrellas, y nunca como en aquel momento me
parecieron tan bienaventurados los cielos en toda su sencillez.
El aire llenó mis pulmones.
Emití un sonoro gemido de placer al notarlo. Pero todas aquellas sensaciones estaban más allá del
placer. Respirar o ver la luz eran milagros. Y el sonido del timbal, aquel ruido ensordecedor, parecía el
acompañamiento perfecto.
Y la figura, aquel ser que había venido a buscarme, aquél de quien procedía el sonido, estaba delante
de mí.
El sonido se desvaneció; se difuminó hasta que no fue sino el eco de una nota de violín. Y empecé a
salir de la tierra como si alguien me levantara, aunque el ser continuó donde estaba, con las manos a los
costados.
Por fin, adelantó los brazos para sostenerme, y el rostro que vi parecía surgido del reino de lo
imposible. ¿Cómo podía tener un aspecto así uno de nosotros? ¿Qué sabíamos nosotros de paciencia,
de supuesta bondad, de compasión? No, aquel ser no era uno de nosotros. Era imposible. Y, pese a
todo, lo era. Sangre y huesos sobrenaturales, como yo. Ojos irisados que captaban la luz de todas
direcciones, pestañas cortas como trazos dorados de la pluma más fina.
Y esa criatura, ese vampiro poderoso, me sostenía erguido y me miraba a los ojos. Y creo que dije
algo descabellado, que expresé algún pensamiento desesperado: Afirmé que conocía el secreto de la
eternidad.
—Entonces, dímelo —musitó el ser con una sonrisa. Era la más pura imagen del amor humano.
—¡Oh, Dios, ayúdame! ¡Condéname al pozo del infierno! —Estaba escuchando mi propia voz—. No
puedo seguir contemplando esta belleza.
Vi mis brazos como huesos, mis manos como garras de ave. Es imposible, me dije, seguir viviendo
como el espectro que ahora soy. Me miré las piernas. Eran dos palos. Las ropas se me caían a pedazos.
Era incapaz de moverme y de mantenerme en pie. De pronto, me asaltó el recuerdo de la sensación de la
sangre fluyendo en mi boca.
310
Vi ante mí, como una mortecina llamarada, sus ropajes de terciopelo rojo, la capa que le cubría hasta
el suelo, las manos enguantadas de rojo intenso que me sostenía. Los mechones de su tupido cabello,
rubios y canos, dibujaban ondas que caían en desorden sobre su amplia frente y enmarcaban su rostro. Y
los ojos azules podrían haber parecido meditabundos bajo las pobladas cejas doradas, de no ser por su
gran tamaño y por haber estado tan dulcificados por el sentimiento expresado en su voz.
Un hombre en la flor de la vida en el momento de recibir el don inmortal. Y en su rostro cuadrado, con
las mejillas ligeramente hundidas y la boca grande y carnosa, la expresión de dulzura y de paz.
—Bebe —me dijo, alzando un poco las cejas y modelando la palabra en sus labios lenta y
detenidamente, como si de un beso se tratara.
Como hiciera Magnus aquella noche mortal tanto tiempo atrás, el vampiro abrió la mano y apartó la
ropa de su garganta. La vena, púrpura oscuro bajo la piel translúcida sobrenatural, quedó expuesta. Y de
nuevo empezó el ruido, aquel sonido apabullante, y el ser terminó de sacarme de la tierra y me atrajo
hacia sí.
Una sangre como la luz misma, fuego líquido. Nuestra sangre.
Y mis brazos cobrando un vigor incalculable, rodeando sus hombros. Y mi rostro apretado contra su
carne blanca y fría. Y la sangre impregnando mi interior, esparciendo el fuego hasta el último capilar.
¿Cuántos siglos habían purificado aquella sangre, destilando su poder?
Bajo el rugido del rojo líquido al manar, me pareció que decía algo. Le oí repetir:
—Bebe, joven mío, herido mío.
Noté que su corazón se expandía, que su cuerpo vibraba y que estábamos apretados el uno contra el
otro.
Creo que me oí a mí mismo diciendo:
—Marius...
Y que él respondía:
—Sí.
311
Séptima parte
Magia antigua, antiguos misterios
312
1
uando desperté, me hallaba a bordo de un barco. Me llegó el crujido de las cuadernas, el olor
salobre del mar. Capté el olor de la sangre de los tripulantes y supe que estaba en una galera,
porque escuché el batir rítmico de los remos bajo el sordo rumor de las enormes velas.
No podía abrir los ojos ni mover las extremidades, pero me sentía en calma. No tenía sed. De hecho,
experimentaba una extraordinaria sensación de paz. Tenía el cuerpo caliente como si acabara de
saciarme y me resultaba agradable permanecer allí tendido, soñando despierto y acunado dulcemente
por el mar.
Al rato, mi mente empezó a despejarse.
Noté que estábamos deslizándonos muy deprisa por aguas bastante tranquilas. Y que el sol acababa
de ponerse. El cielo crepuscular empezaba a oscurecer y el viento estaba amainando. El sonido de los
remos alzándose y cayendo resultaba tan nítido como sedante.
Ahora, tenía los ojos abiertos.
Ya no estaba en el sarcófago. Acababa de salir del camarote de popa del largo navio y me hallaba en
cubierta.
Aspiré el fragante aire salado y contemplé el delicioso azul incandescente del cielo tras el ocaso y la
multitud de estrellas brillantes que empezaban a lucir. Desde tierra firme, las estrellas nunca se ven así.
Nunca parecen tan cercanas.
A ambos costados de la nave había oscuras islas montañosas, acantilados salpicados de pequeñas
luces vacilantes. El aire estaba impregnado del aroma de las plantas, de las flores, de la propia tierra.
Y la esbelta nave avanzaba a buena marcha hacia un estrecho paso entre los acantilados.
Me sentía inusualmente fuerte y despejado. Por un instante, sentí la tentación de intentar averiguar
cómo había llegado hasta allí, si me hallaba en el Egeo o incluso en el Mediterráneo, de saber cuándo
había dejado Egipto y si los hechos que recordaba habían tenido lugar realmente.
Pero las preguntas me resbalaron en muda aceptación de lo que estaba sucediendo.
Marius estaba arriba, en el puente, delante del palo mayor. Me acerqué al pie del puente, me detuve
allí, y alcé la vista hacia su rostro.
Llevaba la larga capa de terciopelo rojo que le había visto en El Cairo, y el viento agitaba sus
abundantes cabellos rubios, casi blancos. Tenía los ojos fijos en el paso que se abría ante nosotros, en
los peligrosos escollos que sobresalían de los bajíos, y su mano izquierda asía la pasarela de la pequeña
cubierta.
Me embargó una irresistible atracción hacia él, y la sensación de paz aumentó en mi interior.
313
No había la menor grandeza ominosa en su rostro ni en su postura, ni una altivez que me causara
miedo o humillación. Sólo le envolvía una serena nobleza, con los ojos muy abiertos y fijos al frente y un
gesto en la boca que sugería de nuevo una actitud de excepcional dulzura.
Un rostro demasiado liso, sí. Era demasiado fino: tenía el lustre de la piel de una cicatriz y, en una
calle a oscuras, habría sobresaltado, o incluso asustado, a cualquiera. Despedía una ligera luz. Pero la
expresión era demasiado cálida, demasiado humana en su bondad para sugerir otra cosa que una
invitación.
Armand me hubiera tal vez parecido un dios sacado de Caravaggio; y Gabrielle, un arcángel de
mármol en el pórtico de una iglesia.
Pero la figura que tenía ante mí era la de un hombre inmortal.
Y el hombre inmortal, con la mano derecha extendida ante sí, pilotaba silenciosa pero
inconfundiblemente aquella nave entre las rocas que orlaban el estrecho.
Las aguas brillaban como metal fundido, con destellos azules, plateados y negros. Al batir las rocas,
las veloces olas levantaban nubes de espuma.
Me acerqué más y, con el menor ruido posible, subí la escalerilla hasta el puente.
Marius no apartó la vista de las aguas un solo instante, pero extendió la mano izquierda y asió la mía,
que tenía al costado.
Calor. Una presión moderada. Pero aquél no era momento para hablar e incluso me sorprendió que
hubiera advertido mi presencia.
Frunció el entrecejo, y entrecerró ligeramente los ojos y, como si obedecieran a sus mudas órdenes,
los remeros aminoraron el ritmo de las paladas.
Me sentí fascinado por lo que veía, y advertí, al aumentar mi concentración, que podía apreciar el
poder que emanaba de él, un latido grave que surgía acompasado con el de su corazón.
También pude oír a unos mortales en los acantilados y en las estrechas playas que se extendían a
babor y a estribor. Los vi congregados en los promontorios o corriendo hacia la orilla con antorchas en las
manos. Mientras los veía allí, de pie en la semioscuridad del anochecer con la vista fija en los faroles de
nuestro barco, me llegaron sus pensamientos tan nítidamente como si fueran voces. El idioma era griego,
desconocido para mí, pero el mensaje era claro:
Está pasando el señor. Bajad a ver: está pasando el señor. Y la palabra «señor» incorporaba en su
significado una vaga sugerencia de algo sobrenatural. Y una oleada de veneración, mezclada de
excitación, se alzaba de las orillas como un coro de susurros superpuestos.
¡Escuchar aquello cortaba la respiración! Pensé en el mortal al que había aterrorizado en El Cairo y en
la antigua debacle en el escenario del teatro. Pero, salvo esos dos humillantes incidentes, había vagado
invisible por el mundo durante diez años, y aquellos mortales, aquellos campesinos de ropas pardas
congregados para contemplar el paso del barco, sabían quién era Marius. O, al menos, sabían algo de lo
que en realidad era. Aunque no utilizaban el término griego para referirse a los vampiros, uno de los
pocos que había aprendido.
314
Y pronto dejamos atrás las playas. Los acantilados se cerraron a ambos lados. El barco se deslizó con
los remos sobre las olas. Los elevados farallones de roca reducían la luz del cielo.
En unos instantes, vi abrirse ante nosotros una gran bahía plateada y un muro de roca cortado a pico
al frente, mientras a ambos lados unas laderas más practicables cerraban las aguas. El muro era tan alto
y vertical, que no logré distinguir nada en la cima.
Al aproximarnos, los remeros redujeron la velocidad. El barco viraba ligeramente a un lado, y, cuando
derivamos hacia el acantilado, vi la confusa forma de un viejo embarcadero de piedra cubierto de brillante
musgo. Los remeros habían levantado sus palas hacia el cielo.
Marius continuaba inmóvil como antes, ejerciendo una leve presión sobre mi mano con una de las
suyas, mientras con la otra señalaba el embarcadero y el muro de roca que se alzaba como la noche
misma, en el cual se reflejaba, difusa, la luz de nuestros fanales.
Cuando estábamos a apenas un par de metros del embarcadero —peligrosamente cerca para un
barco del tamaño y tonelaje que parecía tener éste—, noté que nos deteníamos.
A continuación, Marius me tomó de la mano y cruzamos juntos la cubierta. Montamos sobre la borda
del barco. Un criado de cabello oscuro se acercó y depositó una bolsa en la mano de Marius. Luego, los
dos juntos saltamos al embarcadero de piedra, salvando sin el menor sonido la distancia sobre las aguas.
Volví la vista y contemplé la nave, que se mecía ligeramente. Los remeros empezaban a bajar otra
vez las palas. Instantes después, el barco se dirigía hacia las luces lejanas de una pequeña población al
otro lado de la bahía.
Marius y yo nos quedamos solos en la oscuridad, y, cuando la embarcación no fue más que un punto
oscuro en las aguas brillantes, le vi señalar una angosta escalera tallada en la roca.
—Ve delante de mí, Lestat —me indicó.
La subida me sentó bien. Me gustó escalar con rapidez la cuesta, seguir los peldaños bastamente
tallados y los tramos en zigzag, notar cómo arreciaba el viento y ver el agua cada vez más lejana y
quieta, como si el movimiento de las olas hubiera cesado.
Marius sólo estaba unos pasos detrás de mí, y, nuevamente, pude notar y escuchar aquel latido de
poder. Era como una vibración que me calaba los huesos.
Los peldaños tallados en la piedra desaparecían antes de llegar a la mitad del acantilado y pronto me
encontré siguiendo un sendero por el que no pasaría ni una cabra montes. Aquí y allá, un peñasco o un
afloramiento de rocas ponía un margen entre nosotros y una posible caída a las aguas, pero, la mayor
parte del tiempo, el sendero mismo era lo único que sobresalía del acantilado y, conforme subíamos y
subíamos, incluso a mí me entró miedo de mirar hacia abajo.
Una vez, con la mano en torno a la rama de un árbol, lo hice y vi a Marius avanzando pausadamente
hacia mí con la bolsa colgada al hombro y la mano derecha libre. La bahía, el pueblo distante y el puerto
parecían de juguete, un diorama montado por un niño con un espejo, arena y unos pedazos de madera.
Mi vista alcanzaba incluso más allá del paso a aguas abiertas, hasta las siluetas en sombras de otras
islas que surgían del mar inmóvil. Marius sonrió y aguardó. Después, con gran suavidad, susurró:
—Continúa.
315
Como si estuviera hechizado, reanudé la subida y no me detuve hasta llegar a la cima. Salvé
gateando un último saliente de rocas y maleza y me puse en pie sobre una hierba mullida.
Ante mí se alzaban nuevas rocas y farallones y, como si hubiera surgido de su seno, una inmensa
casa fortificada con luces en sus ventanas y en sus torres.
Marius me pasó el brazo por los hombros y nos dirigimos a la entrada.
Noté que aflojaba el abrazo, al tiempo que se detenía ante un enorme portalón. Enseguida, oí correr el
pestillo desde el interior. La puerta se abrió y Marius volvió a asirme con fuerza, guiándome hacia el
corredor, donde un par de antorchas proporcionaban suficiente luz.
Con cierta sorpresa, advertí que no había allí nadie que pudiera haber corrido el pestillo o abierto la
puerta. Marius se volvió, miró hacia la puerta, y ésta se cerró de nuevo.
—Corre ese pestillo —me indicó.
Me pregunté por qué no lo movía como había hecho con todo lo demás, pero le obedecí de inmediato.
—De esta manera es mucho más fácil —comentó, y en su rostro apareció una ligera expresión de
burla—. Te acompañaré a la habitación donde podrás dormir tranquilo. Después, ven a verme cuando
quieras.
No pude oír a nadie más en la casa. Pero allí habían estado unos mortales, de eso estaba seguro.
Podía captar su olor aquí y allá. Y las antorchas llevaban sólo un rato encendidas.
Subimos por una pequeña escalera a la derecha, y, cuando entramos en la estancia que me había
sido asignada, me quedé pasmado.
Era una cámara enorme, con toda una pared abierta a una terraza de barandilla de piedra que
colgaba sobre el mar.
Volví la cabeza, pero Marius se había ido ya. Había partido con su bolsa, pero, en una mesa de piedra
en mitad de la estancia, encontré el violín de Nicolás y mi valija.
Al reconocer el instrumento, me recorrió un escalofrío de tristeza y de alivio, pues ya temía haberlo
perdido definitivamente.
En la cámara había bancos de piedra, una lámpara de aceite encendida en un pedestal y, en un
rincón, un par de sólidas puertas de madera.
Me acerqué a ellas, las abrí y descubrí un pequeño pasadizo que doblaba bruscamente en ángulo
recto. Detrás del recodo había un sarcófago con una tapa sin adornos. Estaba tallado en diorita, una de
las piedras más duras de la naturaleza, a mi entender. La tapa resultaba inmensamente pesada, y,
cuando examiné el interior, vi que estaba blindada con planchas de hierro y que contenía un pestillo que
podía cerrarse desde dentro.
En el fondo del sarcófago había varios objetos brillantes. Al levantarlos, despidieron unos reflejos casi
mágicos bajo la luz que se filtraba hasta allí.
Había una máscara dorada de rasgos delicadamente tallados, con los labios cerrados y unas
pequeñas aperturas en los ojos, sujeta a una capucha confeccionada con láminas de oro batido
dispuestas como pequeñas tejas. La máscara era pesada, pero la capucha resultaba muy ligera y flexible;
cada lámina iba atada a las vecinas mediante un hilo de oro. Y también había un par de guantes de piel
316
cubiertos completamente de otras láminas de oro de menor tamaño, como las escamas de un pez. Por
último, el sarcófago contenía asimismo una gran manta doblada, de la más suave lana roja, con nuevas
láminas de oro, de mayor tamaño, cosidas en una de las caras.
Advertí que, si me ponía aquella máscara y aquellos guantes —y si me cubría con la manta—,
quedaría perfectamente protegido de la luz si alguien abría el sarcófago durante mi sueño.
Pero era improbable que nadie llegara hasta el sarcófago. Y las puertas de aquellas cámara en forma
de L también estaban forradas de hierro, y tenían otro pestillo de metal para cerrar por dentro.
Pese a ello, aquellos objetos misteriosos poseían un encanto. Me complació tocarlos y me imaginé
poniéndomelos para dormir. La máscara me recordó las que simbolizaban en Grecia la comedia y la
tragedia.
Todo aquello recordaba la sepultura de un rey.
Dejé los objetos, un poco a regañadientes.
Volví a la estancia de la terraza, me quité la ropa que había llevado durante mis noches bajo tierra en
El Cairo y me puse prendas limpias. Me sentí bastante absurdo allí plantado, en aquel lugar intemporal,
vestido con una levita azul violácea con botones de perlas y la habitual camisa de encaje, y con unos
zapatos de satén con diamantes en las hebillas, pero ésa era la única indumentaria que tenía. Me até el
cabello a la nuca con un lazo negro, como un buen gentilhombre del siglo XVIII, y fui en busca del amo de
la casa.
317
2
Encontré antorchas encendidas por toda la casa. Las puertas estaban abiertas, igual que las ventanas
que se asomaban al firmamento y al mar. Y, mientras dejaba atrás la desierta escalera que conducía a la
cámara, me di cuenta de que, por primera vez en mi vagar, me hallaba en el seguro refugio de un ser
inmortal, con provisiones y con todo lo que un ser inmortal podía desear.
Pude admirar magníficas urnas griegas dispuestas sobre pedestales en los pasillos y grandes
estatuas de bronce procedentes de Oriente que me contemplaban desde sus hornacinas. Plantas
delicadas florecían en todas las ventanas y terrazas abiertas al cielo. Espléndidas alfombras traídas de la
India, de China y de Persia cubrían los suelos de mármol bajo mis pies.
Descubrí enormes animales disecados en actitudes casi naturales: el oso pardo, el león, el tigre,
incluso el elefante plantado en una cámara para él solo, lagartos del tamaño de dragones, aves de presa
posadas en unas ramas secas dispuestas para que parecieran surgir de un tronco real.
Pero todo ello quedaba dominado por los murales de brillantes colores que cubrían todas las
superficies, desde el suelo hasta el techo.
En una cámara había una escena oscura y vibrante del desierto de Arabia quemado por el sol, con
una caravana de camellos y mercaderes con turbante exquisitamente detallada avanzando por la arena.
En otra estancia, cobró vida a mi alrededor una jungla lujuriante de flores tropicales minuciosamente
reproducidas, lianas y hojas de cuidado dibujo.
La perfección del efecto óptico me asombró y me sedujo. Y, cuanto más estudiaba las imágenes, más
cosas veía.
Aquella estampa de la jungla estaba repleta de criaturas: insectos, pájaros, gusanos en el suelo..., un
millón de aspectos de la escena que, finalmente, me produjeron la sensación de que me había deslizado
fuera del tiempo y del espacio, de que me había sumergido en algo más que una pintura. Y, sin embargo,
todo estaba allí, plano sobre la pared.
Sentí que la cabeza me daba vueltas. Allí donde miraba, las paredes me ofrecían nuevas imágenes.
No podría describir en palabras algunos de los tonos y matices de color que vi.
En cuanto al estilo de todas aquellas pinturas, me desconcertó, a la vez que me complacía. La técnica
parecía absolutamente realista, con el uso de las proporciones y recursos clásicos que se encuentran en
todos los pintores del Renacimiento tardío, da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, así como de artistas de épocas
más recientes, como Wateau y Fragonard. El empleo de la luz era espectacular. Bajo mi mirada, las
criaturas vivientes parecían respirar.
Pero los detalles... Aquellos detalles no podían ser realistas ni guardar proporción. Sencillamente,
había demasiados monos en la selva, demasiados escarabajos en las hojas. En una estampa de un cielo
estival aparecían miles de pequeños insectos.
318
Llegué a una espaciosa galena, abarrotada a ambos lados por hombres y mujeres pintados en las
paredes, y estuve a punto de lanzar un grito. Había allí figuras de todas las épocas: beduinos, egipcios,
griegos y romanos, caballeros de armadura y campesinos y reyes y reinas. Había gentes del
Renacimiento con casacas y polainas, el Rey Sol con su inmensa peluca rizada, y, finalmente, personas
de nuestra época.
Pero, también allí, los detalles me hicieron pensar que lo estaba imaginando todo: las gotitas de agua
condensadas en una capa, el corte en una mejilla, la araña medio aplastada bajo una lustrosa bota de
cuero.
Me eché a reír. Pero aquello no era divertido; era, simplemente, delicioso. Me eché a reír sin parar.
Tuve que obligarme a salir de aquella galería, y lo único que me dio la fuerza de voluntad necesaria
fue la visión de una biblioteca, radiante de luz.
Muros y muros de libros y manuscritos en rollos, enormes esferas terráqueas refulgentes en sus
soportes, bustos de los dioses y diosas de la antigua Grecia, grandes mapas desplegados.
Periódicos en todas las lenguas estaban amontonados sobre unas mesas, y, por todas partes, había
profusión de curiosos objetos. Fósiles, manos momificadas, caparazones exóticos, ramilletes de flores
secas, figurillas y fragmentos de esculturas antiguas, jarrones de alabastro cubiertos de jeroglíficos
egipcios.
Y en el centro de la biblioteca, repartidos entre las mesas y las vitrinas, había cómodos sillones con
escabeles, candelabros y lámparas de aceite.
En realidad, la impresión que producía la sala era de relajado desorden, de muchas horas de puro
disfrute, de un lugar en extremo humano. Saberes humanos, objetos humanos, sillones en los que
podrían sentarse humanos.
Me quedé allí largo rato, echando un vistazo a los títulos latinos y griegos. Me sentía un poco ebrio,
como si hubiera topado con un mortal cuya sangre contuviera un exceso de vino.
Pero tenía que encontrar a Marius. Dejé atrás la biblioteca, bajé una corta escalera y crucé otro pasillo
cubierto de murales hasta salir a otra sala aún mayor, que también estaba inundada de luz.
Antes ya de entrar en ella, escuché el canto de los pájaros y aprecié el perfume de las flores. Y luego
me encontré perdido en una jungla de jaulas. Allí no sólo había aves de todos los tamaños y colores, sino
también monos y babuinos, y todos parecían haberse vuelto locos en sus pequeñas prisiones mientras yo
deambulaba entre ellas.
Plantas en macetas crecían apretadas contra las jaulas: helechos y plataneras, rosales, margaritas,
jazmines y otras flores vespertinas de dulces fragancias. Había orquídeas blancas y púrpuras, plantas
carnívoras que atrapaban insectos en su seno y arbolillos rebosantes de melocotones, limones y peras.
Cuando emergí por fin de aquel pequeño edén, me encontré en una sala de esculturas igual a
cualquier galería del Museo Vaticano. Y vislumbré otras cámaras anejas rebosantes de pinturas, de
muebles y accesorios orientales, de juguetes mecánicos.
Por supuesto, ya no me detenía ante cada objeto o cada nuevo descubrimiento. Apreciar cuanto
contenía la casa me habría llevado toda una vida mortal.
319
Continué adelante. No sabía adonde iba, pero comprendí que se me permitía admirar todas aquellas
cosas.
Finalmente, escuché el inconfundible sonido de Marius, aquel potente y rítmico latido del corazón que
había oído en El Cairo. Y me dirigí hacia él.
320
3
Penetré en un salón dieciochesco brillantemente iluminado. Los muros de piedra estaban recubiertos
de refinados paneles de madera de palisandro con espejos enmarcados que se alzaban hasta el techo.
Observé los habituales arcones pintados, los sillones tapizados, los cuadros de paisajes oscuros y
frondosos, los relojes de porcelana. Vi una pequeña colección de libros en unos armarios de puertas de
cristal y un periódico de fecha reciente sobre una mesilla, junto a un sillón con mantelillos de brocado en
los brazos.
Unas puertas corredizas altas y estrechas daban paso a la terraza de piedra, donde una hilera de
azucenas y rosas rojas perfumaban el ambiente.
Y allí, de espaldas a mí y apoyado en la barandilla, había un hombre del siglo XVIII.
Cuando se volvió y me indicó con un gesto que saliera a la terraza, vi que era Marius.
Iba vestido igual que yo. La levita era roja, no violácea, y los encajes eran de Valenciennes, no de
Bruselas, pero llevaba el mismo estilo de ropa, el lustroso cabello recogido en la nuca con una cinta
oscura como yo, y no parecía en absoluto tan etéreo como Armand, sino que daba el aspecto de una
superpresencia, de un ser de blancura y perfección imposibles, que, sin embargo, estaba relacionado con
todo el que le rodeaba: con las ropas que llevaba, con la barandilla de piedra donde tenía la mano,
incluso con el momento mismo en que una nubécula pasó ante la brillante media luna.
Saboreé aquel instante, el hecho de que aquel ser y yo nos dispusiéramos a hablar, de estar allí
realmente. Mi cabeza aún estaba tan despejada como en el barco. Seguía sin sentir la sed y me di cuenta
de que era su sangre corriendo por mis venas lo que me mantenía. Todos los viejos misterios se
concentraban en mi interior, despertándome y aguzando mi mente. ¿Estarían en algún rincón de la isla
aquellos a quienes se llamaba Los Que Deben Ser Guardados? ¿Conocería por fin la respuesta a aquél y
a tantos otros interrogantes?
Avancé hasta la barandilla y me detuve al lado de Marius, con la vista fija en el mar. Sus ojos estaban
clavados en una isla a apenas media milla de la costa, a nuestros pies. Estaba escuchando algo que yo
no podía oír. Y el costado de su rostro, bañado por la luz que surgía de las puertas abiertas a nuestra
espalda, producía la espantosa sensación de ser de piedra.
No obstante, le vi volverse de inmediato hacia mí con una expresión de alegría; su liso rostro adquirió
por un instante una vitalidad imposible y, a continuación, me pasó el brazo alrededor de los hombros y
me condujo de nuevo al interior del salón.
Caminaba con el mismo ritmo que un mortal, con el paso ligero pero firme y desplazando el cuerpo
por el espacio con toda normalidad.
Me guió hasta un par de sillones colocados frente a frente y allí tomamos asiento. Estábamos más o
menos en el centro de la estancia. La terraza quedaba a la derecha y contábamos con una clara
321
iluminación gracias a la lámpara del techo y a la decena larga de candelabros y brazos de luz instalados
en las paredes forradas de madera.
Todo aquello parecía muy normal, muy civilizado. Y Marius se instaló con evidente comodidad entre
los cojines de brocado, curvando los dedos en torno a los brazos del sillón.
Al sonreír, su aspecto se hizo totalmente humano. En su rostro surgieron todas las arrugas, toda la
expresividad de un rostro humano, hasta que la sonrisa se desvaneció de nuevo.
Traté de no mirarle, pero no pude evitarlo.
Y en sus facciones apareció un aire malévolo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué te sería más fácil —me preguntó en francés—, que yo te dijera por qué te he traído aquí, o
que tú me explicaras por qué querías verme?
—Bueno, prefiero lo primero —respondí—. Que hables tú.
Con una risa blanda y conciliadora, Marius continuó:
—Eres una criatura notable. No esperaba que te metieras bajo tierra tan pronto. La mayoría de
nosotros experimenta su primera muerte mucho más tarde: cuando ya tienen un siglo de existencia,
incluso dos.
—¿La primera muerte? ¿Quieres decir que es habitual... refugiarse bajo tierra como lo he hecho yo?
—Entre los que sobreviven, es habitual. Morimos. Volvemos a vivir. Los que no se entierran durante
ciertos períodos de tiempo, no suelen durar mucho.
La revelación me había asombrado, pero parecía muy coherente. Y me embargó el terrible
pensamiento de que si Nicolás se hubiera enterrado en lugar de arrojarse a las llamas... Pero no era el
momento para pensar en Nicolás. Si lo hacía, empezaría a lanzar preguntas inútiles a mi interlocutor:
¿Estaba Nicolás en alguna parte? ¿Había dejado de existir? ¿Y mis hermanos? ¿Estaban ellos también
en alguna parte o, sencillamente, habían cesado de existir?
—Pero no debería haberme sorprendido tanto de que, en tu caso, sucediera cuando ha sucedido —
continuó hablando como si no hubiera oído mis pensamientos, o no quisiera aludir a ellos todavía—. Has
perdido demasiado de lo que te era más preciado. Habías visto y aprendido muchas cosas muy deprisa.
—¿Cómo sabes lo que me ha sucedido? —quise saber.
Volvió a sonreír. Casi lanzó una carcajada. El calor que emanaba de él, la sensación de proximidad,
resultaban desconcertantes. Su manera de hablar era animada y absolutamente normal. Es decir,
hablaba como un francés bien educado.
—No te doy miedo, ¿verdad? —preguntó.
—No creo que quieras causármelo —respondí.
—Tienes razón. —Con un gesto informal, prosiguió—: Pero tu aplomo resulta, con todo, bastante
sorprendente. Para responder a tu pregunta, sé cosas que le suceden a nuestra raza por todo el mundo.
Y, para ser sincero, no siempre entiendo cómo o por qué las sé. Es un poder que, como todos los
nuestros, aumenta con la edad, pero sigue siendo inconsistente, difícilmente controlable. Hay momentos
en que puedo escuchar lo que les sucede a los de nuestra especie en Roma e incluso en París. Y,
322
cuando alguien me llama como tú lo has hecho, puedo captar su llamada desde distancias asombrosas.
Y puedo encontrar el origen de la llamada, como has podido comprobar por ti mismo.
»Pero la información me llega también por otras vías. Sé de los mensajes que me has dejado por las
paredes de media Europa, porque los he leído. Y he oído hablar de ti a otros. Y, a veces, hemos estado
cerca, más cerca de lo que puedas imaginar, y he oído tus pensamientos. Por supuesto, también en este
momento puedo escucharlos, como sin duda podrás advertir, pero prefiero comunicarme por medio de
palabras.
—¿Y eso? —quise saber—. Pensaba que los antiguos prescindirían por completo de la palabra oral.
—Los pensamientos son imprecisos —explicó él—. Si te abro mi mente, no puedo controlar realmente
lo que puedas leer en ella. Y, si soy yo quien lee en la tuya, es posible que malinterprete lo que vea u
oiga. Prefiero utilizar el lenguaje hablado y dejar que mis facultades mentales se expresen a través de él.
Me gusta la alarma del sonido para anunciar mis comunicaciones importantes. Me gusta que se reciba mi
voz. Y me desagrada penetrar en los pensamientos de otro sin advertencia. Para ser totalmente sincero,
creo que el lenguaje es el mayor don que comparten mortales e inmortales.
No supe qué responder a ello. De nuevo, el razonamiento parecía absolutamente coherente. No
obstante, me encontré moviendo la cabeza en gesto de negativa.
—Y tus gestos...—dije—. Tú no te mueves como Armand o Magnus, como yo creía que todos los
antiguos...
—¿Quieres decir como un fantasma? ¿Por qué iba a hacerlo? —replicó Marius con una nueva risa
suave que me hechizó. Se echó un poco hacia atrás en el sillón y dobló la rodilla hasta apoyar el pie en el
cojín del asiento, como haría un hombre en su estudio privado.
—Desde luego, hubo un tiempo en que todo esto era muy interesante para mí —comentó—.
Deslizarme sobre el suelo produciendo la impresión de no dar pasos, colocarme en posturas que resultan
incómodas o imposibles para los mortales. Volar distancias cortas y posarme en tierra sin el menor
sonido. Mover objetos por mera voluntad. En realidad, al final, todo ello resulta basto. Los movimientos
humanos poseen elegancia. Hay sabiduría en la carne, en el modo en que hace las cosas el cuerpo
humano. Me gusta el ruido de mis pies al tocar el suelo, el tacto de los objetos entre mis dedos. Además,
mover las cosas por pura fuerza de voluntad y volar, incluso distancias cortas, resulta extenuante. Como
has visto, puedo hacerlo cuando es necesario, pero es mucho más sencillo utilizar las manos para hacer
las cosas.
Sus palabras me complacieron y no traté de ocultarlo.
—Un cantante puede hacer añicos un vaso si logra dar el agudo preciso —añadió—, pero la manera
más fácil de romper ese vaso es, simplemente, dejarlo caer al suelo.
Esta vez, me reí abiertamente.
Empezaba a acostumbrarme a los cambios que experimentaba su rostro, entre la expresividad y la
inmovilidad perfecta como la de una máscara, y a la sostenida vitalidad de su mirada, que unía ambas. La
impresión que producía seguía siendo la de equilibrio y franqueza, la de una persona de desconcertantes
belleza y percepción.
323
Pero a lo que no lograba habituarme era a aquella sensación de presencia, de que algo
inmensamente poderoso, peligrosamente poderoso, estaba allí, contenido y muy próximo.
De pronto, me sentí un poco agitado, un poco abrumado. Y me entró un inexplicable deseo de llorar.
Marius se inclinó hacia adelante y me rozó con los dedos el revés de la mano y me recorrió un
estremecimiento. Estábamos conectados por aquel contacto. Y, aunque su piel era sedosa como la de
todos los vampiros, era menos flexible. Era como si me tocara una mano de piedra en guante de seda.
—Te he traído aquí porque quiero contarte lo que sé —declaró—. Quiero compartir contigo todos los
secretos que poseo. Por varias razones, has atraído mi interés.
Me sentí fascinado y percibí la posibilidad de un amor irresistible.
—Pero te advierto que en ello hay un peligro —continuó—. Yo no poseo las respuestas definitivas. No
puedo decirte quién hizo el mundo o por qué existe el hombre. Ni sé decirte la razón de que exista
nuestra especie. Lo único que puedo hacer es revelarte más cosas acerca de nosotros de las que nadie
te ha explicado hasta ahora. Puedo mostrarte a Los Que Deben Ser Guardados y decirte lo que sé de
ellos. Puedo decirte por qué razón, creo, he logrado sobrevivir tanto tiempo. Tal vez este conocimiento te
cambie en algo. Supongo que eso es lo que hace siempre, en realidad, cualquier conocimiento...
—Sí...
—Pero cuando te haya dado todo lo que tengo para darte, seguirás estando exactamente como antes:
seguirás siendo un ser inmortal que deberá hallar sus propias razones para existir.
—Sí, razones para existir —repetí. Mi voz sonó un poco amarga, pero me gustó oír pronunciar de
aquel modo las palabras.
Con todo, al mismo tiempo, tenía la lúgubre sensación de ser una criatura hambrienta y depravada a
la que iba muy bien una existencia sin propósitos; de ser un vampiro poderoso que siempre conseguía
todo lo que quería, por encima de todos y de todo. Me pregunté si Marius se daba cuenta de lo
absolutamente terrible que yo era.
La razón para matar era la sangre.
Aceptado. La sangre y el puro éxtasis de la sangre. Y sin ella, éramos pellejos como yo había sido
bajo la tierra egipcia.
—Recuerda bien mi advertencia de que las circunstancias seguirán siendo las mismas después. Sólo
tú puede que cambies. Tal vez salgas de aquí más ignorante que cuando has entrado.
—¿Pero por qué has decidido revelarme estas cosas? —le pregunté—. Sin duda, otros vampiros te
habrán buscado. Debes saber dónde está Armand, ¿no?
—Como te he dicho, tengo varias razones —contestó—. Y, probablemente, la principal es el modo en
que me buscaste. Muy pocos seres buscan de verdad el conocimiento en este mundo. Mortales o
inmortales, son escasos los que hacen preguntas. Al contrario, casi todos intentan extraer de lo
desconocido las respuestas a las que ya han dado forma en sus propias mentes; justificaciones,
confirmaciones, formas de consuelo sin las cuales serían incapaces de continuar adelante. Preguntar de
verdad es abrir la puerta al torbellino. La respuesta puede aniquilar a la vez la pregunta y a quien la hace.
Pero tú te has estado haciendo preguntas de verdad desde que dejaste París, hace diez años.
324
Comprendí lo que me decía, pero sólo inconexamente.
—Tienes pocos prejuicios formados —prosiguió—. En realidad, me asombras porque haces las cosas
tan extraordinariamente simples. Sólo quieres un objetivo. Sólo buscas amor.
—Cierto —dije con un leve encogimiento de hombros—. Bastante vulgar, ¿no?
Marius lanzó otra de sus leves risas:
—No. Nada de eso. Es como si los dieciocho siglos de civilización occidental hubieran producido un
inocente.
—¿Inocente? No te estarás refiriendo a mí, ¿verdad?
—En este siglo se habla mucho del buen salvaje —me explicó—, de la fuerza corruptora de la
civilización y de que debemos encontrar el modo de volver a la inocencia que hemos perdido. Pues bien,
todo eso no es, en realidad, más que una serie de tonterías. Los pueblos auténticamente primitivos
pueden ser monstruosos en sus creencias y expectativas. No les cabe en la cabeza el concepto de
inocencia. Y tampoco a los niños. En cambio, la civilización ha creado, al menos, hombres que se
comportan con tal inocencia. Por primera vez, miran a su alrededor y se dicen: «¿Qué diablos es todo
esto?».
—Tienes razón, pero yo no soy inocente. Impío, tal vez —repliqué—. Procedo de gentes sin Dios, y
me alegro de ello. Pero sé qué son el bien y el mal de una manera muy práctica, y soy Tifón, el asesino
de su hermano, no el matador de Tifón, como debes saber.
Marius asintió enarcando levemente las cejas. Él ya no tenía que sonreír para parecer humano. Ahora,
podía ver en él una expresión de emoción aunque no hubiera una sola arruga en su rostro.
—Pero tampoco buscas ningún sistema de valores para justificarlo —afirmó—. A eso me refiero
cuando hablo de inocencia. Eres culpable de matar mortales porque has sido creado como un ser que se
alimenta de sangre y de muerte, pero no eres culpable de mentir, de crear grandes esquemas de
pensamientos lóbregos y maléficos en tu cabeza.
—Eso es cierto.
—Carecer de dios es, probablemente, el primer paso para la inocencia, para despojarse del
sentimiento de culpa y de subordinación, de la falsa pena por las cosas que, supuestamente, se han
perdido.
—¿De modo que eso entiendes por inocencia: no la ausencia de experiencia, sino la ausencia de
artificios engañosos?
—La ausencia de necesidad de artificios —me corrigió—. El amor y el respeto por lo que tienes
delante de los ojos.
Lancé un suspiro. Me eché hacia atrás en el sillón pensando en lo que acababa de oír, en qué tenía
que ver aquello con Nicolás y con lo que éste decía de la luz, siempre la luz. ¿Se refería a esto?
Marius también parecía meditabundo. Seguía recostado en el sillón como había permanecido desde el
principio de la conversación y tenía la mirada perdida en el cielo nocturno más allá de las puertas
abiertas. Tenía los ojos entrecerrados y la boca un poco tensa.
325
—Pero lo que me ha atraído de ti no ha sido sólo tu espíritu animoso, tu honestidad, si lo prefieres.
También ha sido el modo en que pasaste a ser uno de nosotros.
—Entonces, también sabes todo eso...
—Sí, todo —asintió, sin darle importancia—. Has sido hecho vampiro al final de una era, en un
momento en que el mundo se enfrenta a unos cambios inimaginables. Lo mismo sucedió en mi caso. Yo
nací y crecí entre los hombres en una época en que el mundo antiguo, como hoy lo llamamos, estaba
llegando a su final. Las viejas creencias estaban agotadas y un nuevo dios estaba a punto de surgir.
—¿Qué época fue ésa? —inquirí, excitado.
—La de César Augusto, cuando Roma acababa de convertirse en imperio y la fe en los dioses había
muerto como expresión de elevados ideales.
Le dejé ver la sorpresa y el placer que inundaban mi rostro. Ni por un instante dudé de sus palabras.
Me llevé una mano a la cabeza como para recobrar la serenidad perdida, pero él continuó hablando:
—La gente corriente de esa época creía en la religión como la gente de hoy. Para ellos era una
costumbre, una superstición, una magia elemental, el uso de unas ceremonias cuyos orígenes se perdían
en la antigüedad, igual que sucede hoy. Pero el mundo de los que creaban ideas, de los que gobernaban
y hacían avanzar el curso de la historia, era un lugar sin fe y desesperadamente sofisticado como el de la
Europa de los tiempos actuales.
—Así me pareció mientras leía a Cicerón, a Ovidio y a Lucrecio —murmuré.
El asintió y se encogió de hombros ligeramente.
—La humanidad ha tardado dieciocho siglos en volver al escepticismo, al nivel de sentido práctico de
esos tiempos. Pero la historia no se repite en absoluto, esto es lo más sorprendente.
—¿A qué te refieres?
—¡Mira a tu alrededor! En Europa están sucediendo cosas absolutamente nuevas. El valor que se
otorga a la vida humana es superior al de cualquier otra época. A la sabiduría y a la filosofía se unen
nuevos descubrimientos en las ciencias, nuevos inventos que modificarán completamente el modo de
vida de los humanos. Pero ésta es otra historia distinta. Es el futuro. A lo que me quiero referir ahora es a
que has nacido en el punto de ruptura del viejo modo de ver las cosas. Igual me sucedió a mí. Has
aparecido de una época sin fe y, sin embargo, no eres cínico. Lo mismo pasó conmigo. Los dos hemos
surgido de una grieta entre la fe y la desesperación, por llamarlo así.
Y Nicolás, pensé, había caído en aquella grieta y había perecido.
—Ésa es la razón de que tus preguntas sean distintas a las de quienes han nacido a la inmortalidad
bajo el Dios cristiano.
Recordé la conversación con Gabrielle en El Cairo. Nuestra última conversación. Yo mismo le había
dicho que ésta era mi fuerza.
—Precisamente —asintió él—. Así pues, tú y yo tenemos eso en común. Nos hicimos adultos sin
esperar gran cosa de los demás. Y el peso de la conciencia, por terrible que fuese, siempre fue algo
privado.
326
—¿Pero fue bajo el Dios cristiano, en los primeros tiempos de ese Dios cristiano, cuando tú..., cuando
tú «naciste a la inmortalidad», según tu propia expresión?
—No —replicó Marius con un asomo de disgusto—. Nosotros nunca hemos servido al Dios cristiano.
Puedes quitarte desde este momento esa idea de la cabeza.
—Pero, ¿y las fuerzas del bien y del mal representadas en los nombres de Cristo y Satán?
—Repito que nada, o muy poco, tienen que ver con nosotros.
—Pero seguro que el concepto de mal, de alguna forma...
—No. Nosotros somos más viejos que todo eso, Lestat. Los hombres que me crearon eran
adoradores de dioses, es cierto. Y creían en cosas que yo no podía aceptar. Pero su fe se remontaba a
una época muy anterior a los templos de la Roma imperial, un tiempo en que se podía derramar a mares
sangre humana inocente en nombre del bien. Y en que el mal era la sequía, la plaga de langosta y las
malas cosechas. A mí me hicieron lo que soy esos hombres, en nombre del bien.
Aquello era demasiado seductor, demasiado subyugante.
Y, en un coro de vertiginosa poesía, acudieron a mi mente todos los viejos mitos. Osiris era un buen
dios para los egipcios, un dios del trigo. ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? Los pensamientos eran un
torbellino en mi mente. En una sucesión de imágenes mudas, recordé la noche en que dejé la casa de mi
padre en la Auvernia, mientras los aldeanos bailaban en torno a la hoguera de Carnaval y elevaban sus
cantos pidiendo que aumentaran las cosechas. Mi madre había tildado de pagana aquella fiesta. Lo
mismo había dicho el colérico párroco al que habían echado del pueblo tiempo atrás.
Y todo ello pareció más que nunca la historia del Jardín Salvaje, de bailarines en el Jardín Salvaje,
donde no prevalecía ninguna ley salvo la del jardín, que era una ley estética. Que el grano crezca muy
alto, que el trigo verdee y luego se vuelva dorado, que luzca el sol. ¡Mirad, fijaos en esa manzana de
forma perfecta que ha hecho el árbol! Los campesinos corriendo entre los árboles del huerto, con los
tizones ardientes de la hoguera de Carnaval, para hacer que las manzanas crecieran.
—Sí, el Jardín Salvaje —murmuró Marius con una chispa de luz en los ojos—. Y tuve que salir de las
ciudades civilizadas del Imperio para encontrarlo. Tuve que acudir a los profundos bosques de las
provincias del norte, donde el jardín crecía aún en toda su exuberancia, a las propias tierras de la Galia
meridional donde tú naciste. Tuve que caer en manos de los bárbaros que nos dieron a ambos nuestra
estatura, nuestros ojos azules y nuestro pelo rubio. Yo los recibí a través de la sangre de mi madre, que
procedía de esas gentes, pues era hija de un caudillo celta, casada con un patricio romano. Y tú los has
recibido a través de la sangre de tus padres, transmitida directamente desde esos tiempos. Y, por una
extraña coincidencia, ambos fuimos escogidos para la inmortalidad (tú por Magnus y yo por mis captores)
por idéntica razón: porque éramos el máximo exponente de nuestra sangre y de nuestra raza de ojos
azules, porque éramos más altos y bien plantados que otros hombres.
—¡Oh, es preciso que me lo expliques todo! ¡Tienes que contármelo todo! —exclamé.
327
4
Una escalera al interior de la Tierra.
Una escalera que era mucho más vieja que la casa, aunque no podría decir cómo lo sabía. Unos
peldaños desgastados, cóncavos en su centro de los pies que los habían hollado, descendiendo en
espiral más y más en la roca.
De vez en cuando, una abertura sobre el mar, toscamente tallada; una abertura demasiado estrecha
para que pasara un hombre, y un alféizar en el que anidaban las aves y en cuyas grietas crecían las
hierbas silvestres.
Y luego el frío, ese frío inexplicable que se siente a veces en los viejos monasterios, en las iglesias en
ruinas, en las habitaciones embrujadas.
Me detuve a frotarme los brazos con las manos. El frío subía de los escalones.
—Ya lo estoy haciendo —replicó él—. Pero, antes de continuar, creo que es el momento de enseñarte
algo que será muy importante más adelante.
Hizo una breve pausa para que sus palabras surtieran efecto en mí. Luego, se incorporó lentamente al
modo de los humanos, con las manos en los brazos del sillón. Se quedó de pie, mirándome y esperando.
—¿Los Que Deben Ser Guardados? —pregunté. La voz se me había vuelto apenas un balbuceo,
terriblemente insegura.
Y advertí otra vez en su rostro un leve aire burlón; o, más bien, un toque de aquel tonillo divertido que
nunca andaba muy lejos.
—No tengas miedo —dijo con sequedad, tratando de ocultarlo—. Es muy impropio de ti, ¿sabes?
Yo ardía en deseos de verlos, de saber qué eran, pero no me moví. Nunca había pensado de verdad
que verlos significaría...
—¿Es..., es algo horrible de contemplar? —quise saber.
Marius me sonrió plácida y afectuosamente y posó una mano en mi hombro.
—Si te dijera que sí, ¿acaso eso te detendría?
—No —respondí. Pero tenía miedo.
—Sólo es terrible con el paso del tiempo —añadió él—. Al principio, es hermoso.
Aguardó un instante, contemplándome y tratando de tener paciencia. Luego, con suavidad, insistió:
—Vamos.
—Ellos no lo causan —comentó Marius en voz baja. Estaba esperándome unos peldaños más abajo.
La semioscuridad descomponía su rostro en suaves contornos de luces y sombras; ello producía la
ilusión de una edad mortal que no existía en realidad.
—Ya estaba aquí mucho antes de que los trajera —añadió—. Muchos han acudido a esta isla en
peregrinación. Tal vez también ya existía antes de que ellos llegaran.
328
De nuevo, me invitó a seguir con su característica paciencia. Había compasión en sus ojos.
—No temas —repitió mientras reanudaba la marcha.
Me dio vergüenza no seguirle. Los peldaños continuaban más y más.
Pasamos junto a aberturas más grandes y llegó a nosotros el ruido del mar. Noté salpicaduras de la
fría espuma en las manos y en la cara, vi el brillo de la humedad en la roca, pero seguimos
descendiendo, y escuchábamos el eco de nuestras pisadas en el techo abovedado, en las paredes
toscamente horadadas. La escalera bajaba más allá de cualquier mazmorra; aquello era el hoyo que un
niño hace en la tierra cuando hace alarde ante sus padres de que cavará un túnel hasta el centro mismo
de la Tierra.
Finalmente, al llegar a un rellano, vi un estallido de luz. Un par de lámparas ardía ante una puerta de
doble hoja.
Grandes recipientes de aceite alimentaban la mecha de las lámparas, y una enorme viga de madera
atrancaba la puerta. Para levantarla habrían sido precisos varios hombres y, posiblemente, cuerdas y
poleas.
Marius la alzó y la dejó con facilidad a un lado. Tras esto, dio un paso atrás y miró fijamente la puerta.
Escuché el sonido de otra viga que se movía en la parte interior. Las hojas de la puerta se abrieron
lentamente y advertí que se me detenía la respiración.
No era sólo que Marius lo hubiera hecho sin tocarlas, pues ya había visto aquel truco anteriormente.
Lo que me dejó sin habla fue que la estancia que se abría tras ella estaba llena de las mismas flores
deliciosas y las mismas lámparas iluminadas que había visto en la casa. Allí, a gran profundidad bajo el
suelo, había azucenas blancas y de brillo ceroso, relucientes con las gotitas de humedad, y rosas en
todos los tonos, del rojo al rosado más pálido, a punto de caer de sus  tallos. Aquella cámara era una
capilla, con el suave parpadeo de las lámparas votivas y el perfume de mil ramos de flores.
Los muros estaban pintados al fresco como los de una antigua iglesia italiana, con pan de oro en los
dibujos. Sin embargo, las imágenes no eran las de unos santos cristianos.
Palmeras egipcias, el desierto amarillo, las tres pirámides, las aguas azules del Nilo. Y los hombres y
mujeres egipcios con sus barcas de gráciles formas surcando el río, los peces multicolores de sus
profundidades, los pájaros de alas púrpura en el aire.
Y el oro presente en todo ello, en el sol que brillaba en los cielos, y las pirámides que relucían a lo
lejos, en las escamas de los peces y las plumas de las aves, y en los ornamentos de las esbeltas y
delicadas figuras egipcias que permanecían inmóviles, mirando al frente, en sus largas y estrechas
embarcaciones verdes.
Cerré los ojos un momento. Los abrí lentamente y vi el conjunto de la cámara como una gran
santuario.
Hileras de lirios sobre un altar bajo de piedra que sostenía un inmenso sagrario de oro, un tabernáculo
labrado de refinados bajorrelieves con los mismos dibujos egipcios. Y una corriente de aire que llegaba
entre profundas grietas de la roca, agitando las llamas de las lámparas perpetuas y meciendo las grandes
329
hojas, como palas verdes, de los lirios que se alzaban en sus recipientes de agua, despidiendo su
perfume embriagador.
Casi podía escuchar himnos allí dentro. Casi oía los cánticos y las antiguas invocaciones. Y dejé de
tener miedo. Aquella belleza era demasiado majestuosa, demasiado confortadora.
Pero miré hacia las puertas doradas del tabernáculo. Era más alto que yo y hacía tres veces mi
anchura de hombros.
Marius también estaba mirando en la misma dirección. Noté el poder que surgía de su interior, el leve
calor de su fuerza invisible, y escuché abrirse la cerradura interna de las puertas del tabernáculo.
Si me hubiera atrevido, me habría acercado un poco más a él. Casi no respiraba cuando las puertas
de oro se abrieron por completo, retirándose hasta dejar a la vista dos espléndidas figuras egipcias, un
hombre y una mujer, sentados uno al lado del otro.
La luz bañó sus rostros finos, delicadamente esculpidos, y sus blancas extremidades, decorosamente
dispuestas. Y destelló en sus ojos oscuros.
Eran tan hieráticas como todas las estatuas egipcias que había conocido, escasas en detalles,
hermosas de contornos, espléndidas en su sencillez: sólo la expresión franca e infantil de los rostros
aliviaba la sensación de frialdad y severidad. Sin embargo, a diferencia de cualquier otra, ambas figuras
llevaban telas y pelucas de verdad.
Ya había visto santos ataviados de aquella manera en algunas iglesias italianas, terciopelos sobre
mármol, y el efecto no siempre era agradable.
Pero éstas habían sido vestidas con gran cuidado.
Las pelucas eran de largos y tupidos rizos negros, con el flequillo muy corto en la frente y coronadas
con rodetes de oro. En los brazos desnudos llevaban pulseras y brazaletes como serpientes, y varios
anillos en los dedos.
Las ropas eran del lino blanco más fino. El hombre, desnudo hasta la cintura y con una especie de
faldilla; y la mujer, con un vestido largo, ajustado y bellamente plisado. Ambos llevaban numerosos
collares de oro, algunos de ellos incrustados de piedras preciosas.
Los dos eran casi de la misma estatura y estaban sentados de manera muy similar, con las manos
extendidas sobre los muslos, y los dedos al frente. Y aquella semejanza me desconcertó de algún modo,
igual que su austero encanto y el brillo de sus ojos, como gemas.
Nunca, en ninguna escultura, había apreciado una actitud más llena de vida, pero, en realidad, no
había la menor vitalidad en las figuras. Tal vez se trataba de un efecto óptico causado por la vestimenta,
por el centelleo de las luces en los anillos y collares, de la luz reflejada en sus ojos relucientes.
¿Eran acaso Isis y Osiris? ¿Era una escritura en caracteres minúsculos lo que venía en sus collares,
en los rodetes de sus cabellos?
Marius no dijo nada. Sencillamente, estaba mirándoles igual que yo con una expresión inescrutable,
de tristeza tal vez.
—¿Puedo acercarme a ellas? —susurré.
—Desde luego —asintió.
330
Avancé hacia el altar como un niño en una catedral, dando cada nuevo paso con más vacilación. Me
detuve a apenas unos palmos de las estatuas y las miré directamente a los ojos. ¡Ah!, eran demasiado
perfectas en profundidad y brillo. Demasiado reales.
Cada una de las negras pestañas, cada pelo azabache de sus cejas levemente arqueadas, habían
sido colocados con infinito cuidado.
Con infinito cuidado se habían moldeado sus bocas entreabiertas, de modo que se viera el reflejo de
sus dientes. Y los rostros y los brazos se habían pulido tanto que ni la menor imperfección perturbaba su
lustre. Y, como sucede con todas las estatuas y figuras pintadas que miran directamente al frente, los dos
rostros parecían observarme.
Me sentí confuso. Si no eran Isis y Osiris, ¿a quién representaban aquellas estatuas? ¿De qué vieja
verdad eran símbolos? ¿Por qué aquel imperativo en el viejo apelativo, Los Que Deben Ser Guardados?
Contemplé las esculturas detenidamente, con la cabeza un poco ladeada.
Los blancos de sus ojos tenían un aspecto húmedo, como si estuvieran cubiertos con la laca más
transparente, y admiré las pupilas negras y profundas en el centro de sus ojos, pardos en realidad. Los
labios eran dos líneas rosa ceniciento de un tono palidísimo.
—¿Se puede...? —susurré, volviéndome hacia Marius, pero la falta de confianza me hizo dejar la frase
a medias.
—Sí, puedes tocarlas —dijo él.
No obstante, me pareció un sacrilegio hacerlo. Contemplé las figuras un momento más, admirando
sus manos abiertas sobre los muslos y sus uñas, que guardaban un sorprendente parecido con las
nuestras, como si estuvieran hechas de cristal e incrustadas en sus dedos.
Me dije que, si acaso, podría tocar el revés de la mano de la figura masculina sin que ello pareciera
tan sacrílego; sin embargo, lo que deseaba hacer realmente era tocar el rostro de la mujer. Por fin, alcé
los dedos hasta las mejillas de la estatua femenina. Y con gesto titubeante, dejé que las yemas rozaran la
blanca piedra. A continuación, clavé la mirada en sus ojos.
Lo que estaban tocando mis dedos no podía ser piedra. No podía... Más bien tenía el mismo tacto
que... Y en los ojos de la mujer había algo..., algo que...
Antes de que mi mente pudiera reaccionar, mis pies retrocedieron.
En realidad, me brinqué y aparté de la figura, derribando con mi gesto los jarrones de lirios y yendo a
golpear la pared del tabernáculo, junto a la puerta.
Me entró tal temblor, que las piernas apenas me sostenían.
—¡Están vivos! —exclamé—. ¡No son estatuas! ¡Son vampiros como nosotros!
—En efecto —asintió Marius—, aunque ellos no reconocerían esa palabra.
Marius estaba justo delante de mí y seguía contemplando las figuras, con los brazos extendidos a los
costados como había permanecido todo el tiempo.
Le vi volverse lentamente; se acercó a mí y me tomó la mano derecha.
La sangre había afluido a mi rostro. Quise decir algo pero no pude. Continué mirando las figuras y
luego volví la vista hacia Marius y hacia la blanca mano que me sujetaba.
331
—No sucede nada —murmuró casi con tristeza—. No creo que les disguste tu contacto.
Por un instante, no le comprendí. Después, supe a qué se refería.
—¿Quieres decir que...? ¿Que no sabes si...? ¿Que ellos están ahí sentados, simplemente, y...? ¡Oh,
Dios mío!
Y volvió a mi mente el recuerdo de sus palabras de siglos atrás, incrustadas en la narración de
Armand: «Los Que Deben Ser Guardados están en paz, o en silencio. Tal vez nunca sepamos más que
eso».
Me descubrí temblando de pies a cabeza, incapaz de detener la agitación de mis brazos y de mis
piernas.
—Los dos respiran, piensan y viven, igual que nosotros —logré balbucear—. ¿Cuánto tiempo llevan
así, cuánto?
—Tranquilízate —dijo Marius, dándome unas palmaditas en la mano.
—¡Oh, Dios mío! —volví a decir, estupefacto. No encontraba más palabras y repetí la exclamación
varias veces—. ¿Pero quiénes son? —pregunté por fin, con una voz histéricamente aguda—. ¿Son Isis y
Osiris? ¿Son ellos?
—No lo sé.
—Quiero alejarme de ellos. Quiero salir de aquí.
—¿Por qué? —preguntó Marius con calma.
—Porque ellos... ¡Porque están vivos dentro de sus cuerpos y..., y no pueden hablar ni moverse!
—¿Cómo sabes que no? —replicó él. Su voz era grave, apaciguadora como antes.
—Porque no lo hacen. Ésa es la cuestión, que ellos no...
—Ven —insistió Marius—, quiero que los mires un poco más. Después te llevaré otra vez arriba y te lo
contaré todo, como ya te he dicho que haría.
—No quiero volver a mirarlos, Marius. De veras que no quiero —me resistí, tratando de desasirme de
su mano mientras movía la cabeza en señal de negativa. Pero Marius me tenía agarrado con la firmeza
de una estatua y no pude evitar pensar cuánto se parecía su piel a la de aquellos dos seres, cómo estaba
adquiriendo su mismo lustre inverosímil, cómo su rostro resultaba tan liso como el de ellos.
Marius se estaba haciendo como ellos. Y, en algún momento del gran bostezo de la eternidad,
terminaría por convertirse en uno de ellos... si sobrevivía lo suficiente.
—Por favor, Marius... —supliqué. No me quedaba un ápice de coraje ni de vanidad. Lo único que
quería era salir de la cámara.
—Espérame pues —dijo él en tono paciente—. Quédate aquí.
Me soltó la mano, dio media vuelta y contempló las flores que había aplastado, el agua que había
derramado.
Y, ante mis propios ojos, el estropicio se arregló por sí solo, las flores volvieron a los jarrones y el
agua se evaporó del suelo.
Marius se quedó mirando a los dos seres que tenía delante y pude escuchar sus pensamientos.
Estaba saludándoles de una manera personal que no requería invocaciones ni títulos. Les estaba
332
explicando por qué se había ausentado las noches anteriores. Había viajado a Egipto y les había traído
regalos que no tardarían en llegar. Muy pronto, les dijo, los llevaría fuera para que vieran el mar.
Empecé a tranquilizarme un poco, pero mi mente se puso a repasar detenidamente todo lo que había
visto claro en el momento del terrible descubrimiento. Marius se ocupaba de ellos. Los atendía desde
siempre. Había embellecido aquella cámara porque ellos la veían y tal vez les importara la belleza de los
cuadros y de las flores que él traía.
Pero él no lo sabía. Y me bastó con mirarles de frente otra vez para sentir de nuevo el espanto de
saber que estaban vivos y encerrados dentro de sí mismos.
—No puedo soportarlo —murmuré. Sin que Marius lo dijera, supe la razón de que los guardara. No
podía enterrarlos en cualquier parte y olvidarlos, pues estaban conscientes. Tampoco podía quemarlos,
porque estaban desvalidos y no podían dar su consentimiento. ¡Oh, Dios, aquello era cada vez más
terrible!
Por eso los guardaba como los paganos de la Antigüedad guardaban a sus dioses en los templos que
eran sus casas. Y por eso les traía flores.
Y entonces le vi encender para ellos un pequeño pan de incienso que había sacado de un pañuelo de
seda, mientras les decía mentalmente que se lo había traído de Egipto y lo ponía a quemar en un platillo
de bronce.
Me empezaron a lagrimear los ojos y rompí en sollozos.
Cuando alcé de nuevo la vista, Marius estaba de espaldas a los dos seres y pude ver a éstos por
encima de su hombro. Marius se asemejaba a ellos espantosamente; era otra estatua vestida con telas. Y
pensé que tal vez lo estaba haciendo deliberadamente, manteniendo el rostro inexpresivo.
—Te he decepcionado, ¿verdad? —le susurré.
—No, en absoluto —respondió él con delicadeza—. En absoluto.
—Lamento mucho que...
—No, no es preciso.
Me acerqué un poco más. Sentía que había sido grosero con Los Que Deben Ser Guardados. Que lo
había sido con Marius. Él me había revelado aquel secreto y yo había mostrado horror y rechazo. Me
sentí decepcionado conmigo mismo.
Me adelanté aún más. Quería corregir lo que había hecho antes. Marius se volvió hacia ellos otra vez
y me pasó el brazo por la cintura. El incienso resultaba embriagador. Los ojos oscuros de los dos seres
reflejaban de pleno el movimiento espectral de las llamas de las lámparas.
No se veía el menor abultamiento de venas en la piel blanca; no había el menor pliegue o arruga. Ni
siquiera las finas líneas de los labios, que Marius aún conservaba. Sus pechos no se movían en absoluto
al ritmo de la respiración.
Y, al escuchar con atención en el silencio, no pude captar ningún pensamiento en sus mentes, ningún
latido en sus corazones, ningún movimiento de sangre en sus venas.
—Pero tienen sangre, ¿verdad? —cuchicheé a Marius.
—Sí, la tienen.
333
«¿Y tú...? ¿Tú les traes víctimas?» quise preguntarle.
—Ninguno de los dos bebe ya.
¡Incluso esto resultaba espantoso! Aquellos seres ni siquiera disfrutaban de aquel placer. Y sin
embargo, ¡ah!, imaginarlo... imaginar cómo habría sido... Los dos recobrando el movimiento el tiempo
suficiente para tomar a sus víctimas antes de volver a caer en la inmovilidad... No. La idea debería
haberme reconfortado, pero no fue así.
—Hace mucho tiempo, todavía bebían, aunque apenas una vez al año. Yo les dejaba algunas
víctimas en el santuario, malhechores en estado de debilidad y próximos a la muerte. Cuando volvía,
encontraba los cuerpos consumidos ya Los Que Deben Ser Guardados en la misma posición de siempre.
Únicamente el color de la carne era un poco distinto. Y nunca encontraba una sola gota de sangre
derramada.
»Esto sucedía siempre con luna llena y, por lo general, en primavera. Las presas que dejaba para
ellos en otras ocasiones no eran utilizadas nunca. Y, más adelante, incluso este festín anual cesó.
Entonces continué trayéndoles víctimas de vez en cuando. En una ocasión, cuando ya había transcurrido
una década así, dieron cuenta de otra. De nuevo, eso sucedió en primavera, en noches de luna llena.
Después, no volvieron a probar sangre durante al menos medio siglo. Perdí la cuenta. Entonces pensé
que tal vez tenían que ver la Luna, que tenían que percibir el cambio de las estaciones. Pero, como luego
se comprobó, tampoco aquello tenía que ver.
»No han vuelto a beber desde antes de que les trasladara a Italia, y de eso hace ya tres siglos. Ni
siquiera volvieron a probar una gota en el calor de Egipto.
—Pero, cuando lo hacían, ¿nunca les viste con tus propios ojos en pleno festín?
—No —respondió Marius.
—¿No les has visto nunca moverse?
—No, desde... Desde el principio.
Me descubrí temblando otra vez. Mientras contemplaba a los dos seres, imaginé que los veía respirar,
que los veía mover los labios. Sabía que se trataba de una ilusión, pero me estaba volviendo loco. Tenía
que salir de allí o me echaría a llorar otra vez.
—A veces —prosiguió Marius—, cuando acudo a verles, encuentro las cosas cambiadas.
—¿Cómo? ¿Cuáles?
—Pequeñas cosas —dijo, contemplando con aire pensativo a la pareja. Extendió la mano y tocó el
collar de la mujer—. Éste le gusta. Al parecer, es apropiado para ella. Antes tenía otro que siempre
encontraba en el suelo, roto.
—¡Entonces pueden moverse!
—Al principio pensé que el collar se le caía, pero, después de repararlo tres veces, comprendí que era
inútil. Ella se lo arrancaba del cuello, o lo hacía caer con su mente.
Solté un pequeño siseo de horror e, inmediatamente, me sentí mortificado de haberlo hecho en
presencia de ella. Quise salir de la cámara en aquel mismo instante. Su rostro era un espejo que reflejaba
todas mis fantasías. Sus labios se curvaron en una sonrisa, sin curvarse en absoluto.
334
—Lo mismo ha sucedido a veces con otros ornamentos que, creo, debían llevar los nombres de unos
dioses que no les gustaban. En cierta ocasión, un florero que había traído de una iglesia apareció roto,
como si lo hubiesen hecho estallar en pequeños fragmentos con su sola mirada. También ha habido otros
cambios sorprendentes.
—Cuéntame.
—A veces he entrado en el santuario y he encontrado a alguno de los dos en pie.
Aquello era demasiado terrible. Quise cogerle de la mano y arrastrarle fuera de aquel lugar.
—Una noche le encontré a él a varios pasos de la silla. Y, otra vez, a la mujer junto a la puerta.
—¿Tratando de salir?
—Quizás —asintió, pensativo—. Pero, entonces, podían salir fácilmente si así lo querían. Cuando
hayas oído todo el relato podrás juzgar. Siempre que los he encontrado desplazados, los he devuelto a
su lugar y los he colocado exactamente como estaban. Para hacerlo se precisa una fuerza extraordinaria.
Son como de piedra flexible, si puedes imaginar algo parecido. Y si yo tengo esa fuerza, imagina la que
pueden tener ellos.
—Acabas de decir «entonces». ¿Y si ya no pueden seguir haciendo lo que desean? ¿Y si llegar hasta
la puerta era lo máximo que les permitían sus esfuerzos?
—Yo creo que, si ella hubiera querido, habría roto las puertas. Si yo puedo abrir cerrojos con la mente,
¿qué no podrá hacer ella?
Contemplé sus rostros fríos y remotos, sus mejillas finas y hundidas, sus bocas grandes y serenas.
—Pero, ¿y si te equivocas? ¿Y si pueden escuchar cada palabra que estamos diciendo y eso les irrita,
les enfurece?
—Creo que, en efecto, nos oyen —asintió Marius tratando de tranquilizarme otra vez, con su mano en
la mía y una voz apaciguadora—, pero no me parece que les importe. Si les importara, se moverían.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Hacen otras cosas que requieren grandes fuerzas. Por ejemplo, hay veces en que cierro el
tabernáculo e, inmediatamente, ellos vuelven a correr el cerrojo y a abrir las puertas. Sé que son ellos
porque son los únicos que podrían hacerlo. Las puertas se abren de par en par y ahí están. Los llevo
fuera a contemplar el mar, y, antes del amanecer, cuando regreso para devolverlos adentro, resultan más
pesados, menos flexibles, casi imposibles de mover. Hay ocasiones en que creo que hacen todas estas
cosas para atormentarme, para jugar conmigo.
—No. Se esfuerzan en vano.
—No te apresures tanto en tu juicio —respondió Marius—. Como digo, he entrado en su cámara y he
encontrado pruebas de cosas muy raras. Y, por supuesto, están las cosas que sucedieron al principio...
Interrumpió la frase. Algo le había distraído.
—¿Te llegan pensamientos de ellos?
Marius estaba estudiándoles. Tuve la intuición de que algo había cambiado. Utilicé hasta el último
recurso de mi voluntad para no dar media vuelta y echar a correr. Miré a los dos seres detenidamente. No
335
vi ni escuché ni percibí nada. Si Marius no me explicaba pronto por qué se había quedado mirándoles de
aquel modo, empezaría a gritar.
—No seas tan impetuoso, Lestat —dijo por último con una leve sonrisa, con sus ojos fijos aún en la
figura del hombre—. De vez en cuando los escucho, en efecto, pero es algo ininteligible. Es sólo el sonido
de su presencia..., ya sabes a qué me refiero.
—Y entonces les oyes, ¿no es eso?
—Sssí... Tal vez.
—Marius, por favor, salgamos, te lo ruego. ¡Perdóname, pero no puedo soportarlo! Por favor, Marius,
vámonos.
—Está bien —aceptó él con paciencia. Me dio un apretón en el hombro y añadió—: Pero antes haz
una cosa por mí.
—Lo que me pidas.
—Háblales. No es preciso que lo hagas en voz alta, pero háblales. Diles que los encuentras
hermosos.
—Ya lo saben —repliqué—. Saben que los encuentro indescriptiblemente hermosos. —Estaba seguro
de que así era, pero Marius se refería a decirlo de manera ceremoniosa, de modo que borré de mi mente
todo el miedo y las locas supersticiones y les dije lo que Marius me había sugerido.
—Habla con ellos, simplemente —insistió Marius.
Lo hice. Miré a los ojos al hombre y también a la mujer. Y se adueñó de mi una sensación extrañísima.
Una y otra vez, repetí las frases Os encuentro hermosos, os encuentro incomparablemente hermosos
hasta que dejaron de parecer auténticas palabras. Me vi rezando como cuando era muy, muy pequeño y
me tumbaba en el prado en la ladera de la montaña y le pedía a Dios que, por favor, por favor, me
ayudara a escapar de la casa de mi padre.
Así le hablé a la mujer en aquel instante y le dije que estaba agradecido de que me hubiera sido
concedido acercarme a ella y a sus antiguos secretos, y este sentimiento se hizo físico. Se difundió por
toda la superficie de mi piel y por las raíces de los cabellos. Noté que la tensión abandonaba mi rostro. La
noté abandonando mi cuerpo. Yo era todo luz, y el incienso y las flores envolvían mi espíritu mientras
miraba las negras pupilas de sus ojos castaños tan profundos.
—Akasha —dije en voz alta. Escuché el nombre en el mismo instante de decirlo. Y me sonó
encantador. Se me erizó el vello de todo el cuerpo. El tabernáculo se convirtió en una frontera llameante
en torno a ella y sólo quedó algo borroso donde estaba la figura sentada del hombre. Me acerqué más a
ella, no por propia voluntad, y me incliné hacia adelante hasta casi besar su boca. Deseé hacerlo. Me
incliné aún más. Y al fin noté sus labios.
Deseé que la sangre fluyera a mi boca y pasara a la suya como había hecho aquella vez con Gabrielle
mientras yacía en el ataúd.
El hechizo se hacía cada vez más intenso y fijé la mirada en las órbitas insondables de sus ojos.
¡Estoy besando en la boca a la diosa! ¿Qué me está pasando? ¡Estoy loco sólo de pensarlo!
336
Me aparté. Me encontré de nuevo contra la pared, temblando, con las manos en las sienes. Por lo
menos, esta vez no había derribado los lirios; pero estaba llorando de nuevo.
Marius ajustó las puertas del tabernáculo e hizo que el pasador interior se cerrara de nuevo.
Penetramos en el rellano de la escalera y Marius hizo que la viga interior se alzara hasta sus
horquillas. Luego, colocó la exterior con sus manos.
—Vamos, joven —me dijo—. Subamos.
Pero cuando apenas habíamos dado unos pasos, escuchamos un seco crujido, seguido de otro.
Marius se volvió y miró atrás.
—Lo han hecho otra vez —murmuró. Y una sombra de inquietud hendió su rostro.
—¿Qué? —Retrocedí contra la pared.
—El tabernáculo, lo han abierto. Vamos. Volveré más tarde y lo cerraré antes de que salga el sol. De
momento, volvamos al estudio y te contaré mi relato.
Cuando llegamos a la estancia iluminada, me dejé caer en el sillón con la cabeza entre las manos.
Marius permaneció inmóvil, mirándome; me percaté de ello y alcé la vista.
—Te ha dicho su nombre —murmuró.
—¡Akasha! —repetí entonces. Era como rescatar una palabra de un sueño que se desvanecía—. ¡Sí,
me lo ha dicho! Ahí abajo he dicho Akasha en voz alta.
Miré a Marius, implorando una respuesta, una explicación a la actitud con la que me miraba.
Creí que iba a perder la razón si aquel rostro no recobraba la expresividad enseguida.
—¿Estás enfadado conmigo?
—Chist. Calla —me ordenó.
No pude captar nada en el silencio. Salvo el mar, tal vez. Y acaso el chasquido de la mecha de alguna
lámpara de las paredes. Y el viento, quizá. Ni siquiera los ojos de los dos dioses habían parecido tan
carentes de vida como los de Marius en aquel instante.
—Haces que algo se agite en ellos —susurró.
Me puse en pie.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé. Nada tal vez. El tabernáculo sigue abierto y están allí sentados como siempre, nada más.
¿Quién sabe...?
Y de pronto percibí todos sus largos años de querer saber. Siglos, diría, pero no puedo imaginar de
verdad lo que eso significa. Ni siquiera ahora. Percibí sus años y años de intentar sacar conclusiones de
sus menores signos sin conseguir nada, y supe que se estaba preguntando cómo era que yo había
obtenido de ella el secreto de su nombre, Akasha. Ya antes habían sucedido cosas, pero eso había sido
en tiempos de la antigua Roma. Cosas oscuras. Cosas terribles. Sufrimientos, unos sufrimientos atroces.
Las imágenes desaparecieron. Silencio. Marius estaba inmóvil en mitad de la estancia como un santo
descendido de un altar y plantado en el pasillo central de una iglesia.
—¡Marius! —susurré.
337
Salió de su ensimismamiento; su rostro se animó lentamente y me miró con afecto, casi con
admiración.
—Sí, Lestat —respondió, apretándome la mano en un gesto tranquilizador.
Tomó asiento y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. De nuevo, los dos quedamos frente a
frente, relajadamente. Incluso la luz uniforme de la estancia resultaba reconfortante. Y era reconfortante
ver, tras las ventanas, el cielo nocturno.
Marius estaba recuperando su anterior viveza, aquel destello de humor en los ojos.
—Aún no es medianoche y todo está tranquilo en las islas. Creo que, si nada me interrumpe, es el
momento de contarte toda la historia.

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