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sábado, 23 de noviembre de 2013

Anne Rice - Entrevista Con El Vampiro - Tercera parte 2

Anne Rice 



Tercera parte
2

»Al entrar en las habitaciones del Hotel Saint-Gabriel prosiguió el vampiro, puse el cuadro sobre la chimenea y lo contemplé largo rato. Claudia estaba en alguna de las habitaciones. Había otra presencia intrusa, como si en uno de los balcones superiores, un hombre o una mujer estuviera próximo, despidiendo un inconfundible perfume personal. Yo no sabía por qué me había llevado el cuadro, por qué había luchado por él de un modo que ahora me avergonzaba más que el asesinato. Ni por qué lo tenía encima de la chimenea, viéndolo con mi cabeza gacha, mis manos temblando visiblemente. Y entonces, lentamente, volví la cabeza. Quise que las habitaciones tomasen forma a mí alrededor. Quise las flores, el terciopelo, los candelabros, todo en su sitio. Ser mortal y trivial y seguro. Y entonces, como surgiendo de entre brumas, vi allí a una mujer.
»Estaba sentada con calma en la mesa lujosa de tocador donde Claudia se peinaba; y estaba sentada tan inmóvil, tan absolutamente sin miedo, con sus grandes mangas de tafetán verde reflejadas en los espejos inclinados, que parecía que no era una mujer inmóvil sino una reunión de mujeres. Su cabello pelirrojo oscuro estaba peinado con la raya al medio, pero no caía todo a los lados, ya que una docena de pequeños rizos se escapaban para formar un marco alrededor de su rostro pálido. Me miraba con ojos serenos y violetas, y su boca de niña parecía obstinadamente suave, obstinadamente niña y sin mancha de pintura. La boca sonrió y dijo mientras los ojos parecían encenderse:
»—Síél es como tú dijiste, y ya lo quiero. Es como dijiste.
»Se puso de pie levantando con cuidado la abundancia del tafetán oscuro y los tres pequeños espejos se vaciaron al mismo tiempo.
«Absolutamente atónito y casi sin poder pronunciar palabra, me di vuelta para ver a Claudia, que estaba al otro lado de la gran cama, y vi su pequeña cara rígidamente calma, aunque se aferraba a la cortina de seda con un puño.
»—Madeleine dijo casi sin aliento. Louis es tímido.
»Y miró con sus ojos fríos a Madeleine, que sólo sonrió cuando Claudia dijo eso y, acercándose a mí, se llevó las manos al cuello de seda, de modo que allí pude ver las dos marcas pequeñas. Entonces la sonrisa murió en sus labios y, de improviso, éstos se volvieron henchidos y sensuales mientras entrecerraba los ojos, y ella musitó, la palabra:
»—Bebe.
»Me alejé de ella y mi puño se levantó con tal consternación que no pude encontrar las palabras. Pero entonces Claudia se aferró a mi puño, y me miró fijamente:
»—Hazlo, Louis me ordenó—. Porque yo no puedo hacerlo.
»Su voz fue dolorosamente serena, y toda la emoción quedó debajo de ese tono duro, maduro.
»—¡Yo no tengo el tamaño! ¡No tengo las fuerzas! ¡Tú te ocupaste de eso cuando me creaste! ¡Hazlo!
»Me separé de ella agarrándome la muñeca como si me la hubiera quemado. Pude ver la puerta y lo más sabio me pareció irme de inmediato. Podía sentir las fuerzas de Claudia, su voluntad, y los ojos de la mujer parecían encendidos con la misma fortaleza. Pero Claudia me mantuvo allí, y no con un ruego amable o una súplica miserable, que hubiera disipado su poder haciéndome sentir lástima mientras yo recuperaba mis fuerzas. Me mantuvo allí con la emoción que expresaban sus ojos, a pesar de su frialdad y del modo en que entonces se alejó de mí, casi como si hubiese sido derrotada instantáneamente. No comprendí la manera en que volvió a echarse en la cama, con la cabeza gacha, los labios moviéndose febrilmente, los ojos levantándose sólo para revisar las paredes. Quise tocarla y decirle que lo que me pedía era un imposible; quise apagar el fuego que parecía consumirla por dentro.
»La mujer, suave y humana, se había sentado en una de las sillas de pana junto al fuego, con el roce y la iridiscencia de su vestido de tafetán rodeándola como parte de su misterio, de sus ojos desapasionados con que ahora nos observaba, de sus pálidas facciones. Recuerdo haberme dirigido a ella atraído únicamente por aquella boca infantil y como enfadada que contrastaba con su rostro frágil. El beso del vampiro no había dejado más huella visible que la herida; no había nada inalterable en la pálida piel, rosada.
»—¿Qué te parecemos? pregunté, mientras veía cómo clavaba ella los ojos en Claudia. La mujer parecía excitada por la belleza diminuta de Claudia; una espantosa pasión femenina anudada en esas pequeñas manos pecosas. Te pregunté qué te parecemos. ¿Piensas que somos hermosos, mágicos, con nuestras pieles blancas, nuestros ojos duros? Oh, recuerdo perfectamente lo que era la visión humana, su debilidad. Y cómo la belleza del vampiro traspasó ese velo; esa belleza tan poderosamente atractiva, tan completamente engañosa. "¡Bebe!", me dices. ¡No tienes la más mínima idea de lo que pides!
»Pero Claudia se levantó de la cama y vino hacia mí.
»—¿Cómo te atreves? murmuró—¿Cómo te atreves a tomar esta decisión por los dos? ¡Sabes lo que te detesto! ¡Sabes que te detesto con una pasión que me devora como un cáncer! Tembló su pequeña figura y las manos gesticularon por encima de su vestido amarillo¡No desvíes la mirada! ¡Estoy harta de que mires para otra parte con tu sufrimiento! No entiendes nada. Tu mal es que no puedes ejercitar el mal y debes sufrir por eso. ¡Y yo te digo que no sufriré más!
»Sus dedos se clavaron en mi muñeca; me retorcí y di un paso atrás alejándome de ella, ante el rostro del odio y la furia que anidaba en ella como una bestia dormida, mirando a través de sus ojos.
»—¡Arrancarme a mí de manos humanas como dos monstruos asquerosos en un cuento de hadas de pesadillas! ¡Padres ciegos! ¡Padres! escupió la palabra. Que haya lágrimas en tus ojos. No tienes lágrimas suficientes para lo que me hiciste. ¡Seis años mortales más, siete, ocho..., y yo podría haber tenido esa figura! su dedo señaló a Madeleine, cuyas manos subieron hasta su rostro, con los ojos, húmedos; gimió casi el nombre de Claudia, pero ésta no la oyó—. Sí, esas formas. Podría haber sabido lo que es caminar a tu lado. ¡Monstruos!
¡Darme la inmortalidad con este disfraz desesperado, con esta forma inútil!
»Había lágrimas en sus ojos. Las palabras desaparecieron, se escondieron en su pecho.
»—¡Y ahora tú me darás a Madeleine! dijo, con la cabeza gacha y los rizos caídos como un velo protector. Tú me la darás. O lo haces tú o terminas de una vez lo que hiciste aquella noche en un hotel de Nueva Orleans. Yo no viviré más con este odio. ¡No viviré más con esta furia! No puedo. ¡No lo soportaré!
»Y echándose hacia atrás el cabello, se llevó ambas manos a los oídos como para tapar el sonido de sus propias palabras; tenía el aliento entrecortado y las lágrimas parecían quemarle las mejillas.
»Yo había caído de rodillas a su lado y estiré los brazos como para cubrirla. Sin embargo, no me animé a tocarla, ni siquiera a pronunciar su nombre, por miedo a que mi propio dolor escapara de mí con la primera sílaba en un chorro monstruoso de gritos desesperadamente inarticulados.
»—¡Oooh...!
»Ella sacudió la cabeza; le rodaban las lágrimas por las mejillas; tenía los dientes apretados.
»—Aún te quiero; ése es mi tormento. Jamás quise a Lestat. ¡Pero a ti...! La medida de mi odio es ese amor. ¡Son lo mismo! ¡Sabes cuánto te odio!
»Y me echó una mirada a través de la película roja que le cubría los ojos.
»—Sí susurré. Agaché la cabeza. Pero se alejó de mí y se fue hacia Madeleine, que la abrazó con desesperación, como si quisiera protegerla de mí¡Ah, la ironía, la patética ironía de todo eso! ¡Proteger a Claudia de mí!
»—No llores, no llores le susurraba a Claudia; y sus manos le acariciaban el pelo y la cara con una fuerza que hubiera hecho daño a un niño humano.
»Pero, de pronto, Claudia pareció perderse contra su pecho, con los ojos cerrados, el rostro inmóvil, como si se le hubiera acabado toda la pasión, el brazo descansando alrededor del cuello de Madeleine, la cabeza caída sobre el tafetán y los lazos. Se quedó inmóvil; las lágrimas mojaban sus mejillas como si todo lo que había saltado a la superficie la hubiese dejado débil y desesperada; como si yo no estuviera allí.
»Y allí seguían las dos juntas, una mortal cariñosa que lloraba ahora abiertamente, abrazando lo que ella no podía comprender de ninguna manera; a esa niña dura y blanca y anormal que ella creía amar. Y si no hubiera tenido lástima por esa mujer enloquecida e impetuosa que devaneaba con los condenados, si no hubiera sentido por ella toda la lástima que sentía por mi perdida naturaleza humana, le habría arrancado de los brazos esa cosa demoníaca, la habría abrazado y negado una y mil veces las palabras que acababa de escuchar. Pero sólo me quedé arrodillado allí, pensando. El amor es igual al odio: metí egoístamente eso en mi pecho, me aferré a eso cuando me apoyé pesadamente en la cama.
»Mucho tiempo antes de que Madeleine lo supiera, Claudia había dejado de llorar y estaba sentada, inmóvil como una estatua, en la falda de Madeleine, con sus ojos líquidos fijos en mí, ignorante del pelo rojo y suave que caía alrededor de ella, y de la mano de la mujer que aún la acariciaba. Y yo, sentado contra el pie de la cama, devolví esa mirada de vampiro, incapaz y sin ganas de hablar en mi defensa. Madeleine susurraba al oído de Claudia y dejaba caer sus lágrimas en los rizos de la niña. Y entonces, suavemente, Claudia le dijo:
»—Déjanos solos.
»—No. Ella sacudió la cabeza aferrándose a Claudia. Y entonces cerró los ojos y le tembló todo el cuerpo con una vejación terrible, con algún espantoso tormento. Pero Claudia la expulsó de la silla. Y ella quedó allí suplicante, espantada y pálida, con el tafetán verde flotando alrededor del pequeño vestido amarillo de Claudia.
»Se detuvieron en la entrada de la sala y Madeleine quedó de pie como si estuviera confusa, con una mano en la garganta, batiéndola como un ala y luego quieta. Miró alrededor como esa víctima indefensa en el escenario del Théàtre des Vampires, que no sabía dónde estaba. Pero Claudia había ido a buscar algo. Y la vi salir de las sombras con lo que parecía ser una inmensa muñeca. Me puse de rodillas para verla. Era una muñeca, la muñeca de una niñita con pelo rubio y ojos verdes, adornada con lazos y cintas, de cara amable y ojos grandes, con sus pies de porcelana repiqueteando cuando Claudia se la puso a Madeleine en los brazos. Y los ojos de Madeleine parecieron endurecerse cuando tuvo la muñeca y sus labios se estiraron en una sonrisa cuando le acarició el pelo. Ahora se reía entre dientes.
»—Échate le dijo Claudia, y juntas parecieron hundirse entre los cojines del sofá, el tafetán verde crujiendo y cediendo cuando Claudia tomó asiento a su lado y le echó los brazos al cuello. Vi que la muñeca resbalaba y casi caía al suelo, pero la mano de Madeleine la mantuvo en el aire, con su cabeza echada hacia atrás, los ojos firmemente cerrados y los rizos de Claudia acariciándole la cara.
»Volví a sentarme en el suelo y me apoyé contra el borde suave de la cama. Ahora Claudia hablaba en voz baja, apenas un murmullo, diciéndole a Madeleine que tuviera paciencia, que se quedara quieta. Temía el sonido de sus pasos en la alfombra; el sonido de las puertas cerrándose tras de Madeleine para dejarnos a solas con el odio que se levantaba entre los dos como un vapor asesino.
»Pero cuando levanté la mirada, Claudia estaba allí de pie, como transfigurada y perdida en sus propios pensamientos, todo el rencor y la amargura habían desaparecido de su cara, de modo que tenía la expresión en blanco de una muñeca.
»—Todo lo que me has dicho es verdad le dije. Me merezco tu odio. Lo merecí desde el momento en que Lestat te puso en mis brazos.
»Ella pareció ignorante de mi presencia y en los ojos tenía una tenue luz. Su belleza me hizo arder el alma de un modo que apenas lo pude soportar, y, entonces, ella dijo, como preguntándose:
»—Podrías haberme matado entonces, pese a él. Lo podrías haber hecho. Sus ojos, serenos, se posaron en mí—¿No lo deseas hacer ahora?
»—¡Hacerlo ahora! Le pasé un brazo por los hombros y la acerqué aún más¿Estás loca? ¿Cómo me dices semejante cosa? ¡Si quiero hacerlo ahora!
»—Quiero que lo hagas dijo ella. Agáchate ahora tal como lo hiciste entonces, sácame toda la sangre gota a gota, toda la que puedas con tu fuerza, empuja mi corazón hasta el límite. Soy pequeña; tú lo puedes hacer. No resistiré. Soy algo frágil que tú puedes aplastar como a una flor.
»—¿Estás hablando en serio? ¿Hablas en serio? le pregunté—¿Por qué no pones aquí el puñal? ¿Por qué no lo retuerces?
»—¿Morirías conmigo? me preguntó con tono irónico y burlón¿Morirías de verdad conmigo? insistió—¿No comprendes lo que me está sucediendo? Que él me está matando, ese vampiro principal que te tiene en trance, ese con quien no quieres compartir conmigo tu amor. Veo su poder en tus ojos. Veo tu sufrimiento, tu pena, el amor que no puedes ocultar. Da media vuelta, haré que me mires con esos ojos que lo desean; te haré escuchar.
»—Basta ya, no prosigas... No te abandonaré. Estoy obligado contigo, ¿no lo ves? No puedo darte esa mujer.
»—¡Pero estoy luchando por mi vida! ¡Dámela para que ella pueda ocuparse de mí, completar el disfraz con que debo vivir! ¡él entonces podrá tenerte! ¡Estoy luchando por mi vida!
»Yo me negué.
No, no, es una locura, es una brujerídije, tratando de desafiarla. Eres tú quien no quieres compartirme con él; eres tú quien quiere todo ese amor. Si no de mí, entonces de ella. Él tiene más poder que tú, te deja a un lado y eres tú quien quieres que él muera del mismo modo que Lestat. Pues bien, no me harás cómplice de esa muerte. ¡Te lo digo, no de esa muerte! Yo no la convertiré a ella en uno de nosotros. ¡No condenaré a las legiones de seres humanos que morirán en sus manos! ¡Tu poder sobre mí ha terminado! ¡No lo haré!
»Oh, si ella pudiera haberme comprendido.
»Ni por un instante pude creer realmente en sus palabras contra Armand: que, de ese distanciamiento que estaba más allá de la venganza, él pudiera desear egoístamente su muerte. Pero eso no significaba nada para mí en ese momento. Algo mucho más terrible, que yo podía comprender, estaba sucediendo; algo que sólo yo empezaba a comprender, algo contra lo cual mi furia no era más que una burla, un intento vacío de oponerme a una voluntad tenaz. Ella me odiaba, me detestaba, como ella misma lo había confesado, y se me había encogido el corazón como si, al negarme ese amor que me había sostenido toda una vida, me hubiese dado un golpe mortal. El cuchillo estaba allí. Yo me moría por ella, me moría por ese amor tal como me habría muerto aquella primera noche en que Lestat me la había entregado, la había hecho fijarse en mí y le había dicho mi nombre; ese amor que me había abrigado en el odio que sentía por mí mismo, que me había permitido existir. ¡Oh, cómo lo había comprendido Lestat! Y esta noche, por último, su plan había fracasado.
»Pero algo superaba eso, en algúámbito del que yo desaparecía mientras caminaba de un lado a otro, con las manos abriéndose y cerrándose a mis costados, sintiendo no sólo el odio en sus ojos líquidos: era su dolor. ¡Ella me había mostrado su dolor! Darme la inmortalidad con este disfraz desesperado, con esta forma indefensa. Me tapé los oídos con las manos como si aún estuviera pronunciando ella esas palabras, y se me derramaron las lágrimas. ¡Porque durante todos esos años yo había dependido totalmente de su crueldad, de su absoluta carencia de dolor! Y dolor era lo que ahora me mostraba, un dolor innegable. Oh, cómo se hubiera reído de nosotros Lestat. Por eso ella me había clavado ese cuchillo. Porque él se habría reído. Para destruirme por completo, ella sólo necesitaba mostrarme ese dolor. La niña que yo había convertido en vampira sufría. Su sufrimiento era igual al mío.
»Había un ataúd en la otra habitación, una cama para Madeleine, a la que se retiró Claudia para dejarme a solas con lo que yo no podía soportar. Y di la bienvenida al silencio. En algún momento durante las pocas horas que quedaban de noche, me encontré ante la ventana abierta sintiendo la lenta bruma de la lluvia. Brillaba en las ramas de los helechos, sobre las dulces flores blancas que se inclinaban, se agachaban y por último quebraban sus tallos. Una alfombra de flores llenaba el pequeño balcón, con los pétalos suavemente golpeados por la lluvia. Entonces me sentí débil y completamente solo. Lo que esa noche había pasado entre nosotros dos no tenía ya remedio. Y lo que yo le había hecho a Claudia no podía deshacerse jamás.
»Pero, para mi propia sorpresa, estaba vacío de todo remordimiento. Quizá fue la noche, el cielo sin estrellas, las lámparas congeladas en la bruma lo que me daba un bienestar que no había solicitado y que, en ese vacío y en esa soledad, no sabía cómo recibir. "Estoy solo pensaba. Estoy solo." Parecía justo, perfecto y, en consecuencia, tenía una forma agradable e inevitable. Me imaginé solo para siempre, como si al ganar esa fortaleza de vampiro la noche de mi muerte, hubiera abandonado a Lestat y jamás hubiera vuelto la mirada buscándolo, más allá de la necesidad de tenerlo a él o a cualquier otro a mi lado. Era como si la noche me hubiera dicho: "Tú eres la noche y únicamente la noche te comprende y te cubre con sus brazos". Uno con las sombras. Sin pesadillas. Una paz inexplicable.
»No obstante, pude sentir el fin de esa paz con la misma seguridad con que sintiera mi breve entrega. Y la paz se rompía como los negros nubarrones. El dolor urgente de la pérdida de Claudia me presionaba, desde atrás, como la forma salida de los rincones de esa habitación extrañamente ajena y atestada. Pero, afuera, aun cuando la noche parecía disolverse en el fuerte viento, presentí que algo me llamaba, algo inanimado que yo jamás había conocido. Y un poder en mi interior pareció contestar a ese otro poder, no con resistencia sino con una fuerza inescrutable, estremecedora.
»Pasé en silencio por las habitaciones, abriendo con cuidado las puertas hasta que vi, en la luz mortecina que echaban las lámparas detrás de mí, a esa mujer dormida en las sombras del sofá, con la muñeca rígida sobre sus pechos. Poco antes de arrodillarme a su lado, vi que tenía los ojos abiertos y pude sentir en la oscuridad esos otros ojos que me vigilaban, esa pequeña cara impasible que esperaba.
»—¿Te ocuparás de ella, Madeleine?
»Vi sus manos cerrarse sobre la muñeca y volvió el rostro contra su pecho. Y mi propia mano se extendió y la agarró, aunque no supe por qué, ni siquiera cuando ella me contestaba:
»—¡Síme aseguró con desesperación.
»—¿Es esto lo que tú crees que es ella? ¿Una muñeca? le pregunté, y mi mano se cerró en la cabeza de la muñeca sólo para ver que ella me la arrebataba, con sus dientes cerrados y echándome una mirada furibunda.
»—¡Una niña que no puede morir! Eso es lo que es dijo ella como si estuviera pronunciando una terrible maldición.
»—Aaah... susurré.
»—He terminado con las muñecas dijo ella, y la arrojó sobre los cojines del sofá. Buscaba algo en su pecho, algo que quería mostrarme y ocultarme al mismo tiempo, abriendo y cerrando sus dedos por encima. Yo sabía lo que era; me había dado cuenta antes. Un relicario atado con un alfiler de oro. Ojalá pudiera describir la pasión que llenaba sus facciones redondas; cómo se distorsionó su suave boca infantil.
»—¿Y la niña que muriópregunté, adivinando, observándola. Me imaginaba una tienda de muñecas, todas las muñecas con la misma cara. Ella sacudió la cabeza; su mano tiró fuerte del relicario y el alfiler rasgó el tafetán. Entonces vi miedo en ella, un miedo consumidor. Y le sangró la mano cuando lo abrió con el alfiler roto. Le quité el relicario de los dedos.
»—Mi hija murmuró, y le temblaron los labios.
»Era un rostro de muñeca sobre el pequeño fragmento de porcelana, la cara de Claudia, una cara de niña, una burla dulzona que el artista había pintado, una niña con el pelo despeinado como la muñeca. Y la madre, aterrada, contemplaba la oscuridad delante de ella.
»—El dolor... dije en voz baja.
»—He terminado con el dolor me interrumpió, y entrecerró los ojos para mirarme. Si tú supieras cuánto deseo tu poder; estoy lista, ansió tenerlo y se volvió a mí, respirando pesadamente, de modo que sus pechos parecieron hincharse bajo el vestido.
»Entonces una frustración violenta le cruzó la cara. Desvió la mirada, sacudiendo la cabeza y los rizos.
»—Si fueras un ser humano, hombre y monstruo dijo ella con furia; si te pudiera demostrar mi poder... y sonrió malignamente, en desafío¡Te podría hacer desearme! ¡Desearme! Su sonrisa contrajo las comisuras de sus labios. Pero no eres normal. ¿Qué puedo darte yo? ¿Qué puedo hacer para que me des lo que pretendo? terminó, y sus manos se movieron encima de sus pechos como para acariciarlos como un hombre.
»Ese momento fue extraño; extraño porque yo jamás podría haber predicho la sensación que incitaron en mí sus palabras, el modo en que entonces la vi con su pequeña cintura atractiva, con la curva redonda y amplia de sus pechos y con esos labios delicados y como haciendo pucheros. Jamás se imaginó lo que era en mí el hombre mortal, lo atormentado que estaba por la sangre que acababa de beber. La deseé más de lo que supo porque no comprendía la naturaleza de la muerte. Y, con el orgullo de un hombre, quise probárselo, humillarla por lo que me había dicho, por la vanidad de su provocación y por los ojos que ahora se alejaban disgustados de mí. Pero eso era una locura. No eran razones valederas para justificar una vida eterna.
»Y con crueldad, con seguridad, le dije:
»—¿Amabas a esa niña?
»Jamás olvidaré su cara entonces, la violencia, el odio absoluto.
»—Sí¿Cómo te atreves?
»Estiró la mano pidiendo el relicario que yo aún tenía en las mías. La consumía la culpabilidad, no el amor. Era la culpabilidad, esa tienda de muñecas que Claudia me había descrito, de estantes y estantes con la efigie de la niña difunta. Pero era una culpabilidad que ignoraba completamente la finalidad de la muerte. En ella había algo duro como el mal en mí mismo, algo igual de poderoso. Extendió una mano en mi dirección. Tocó mi abrigo y allí abrió los dedos apretándolos contra mi pecho. Me puse de rodillas, acercándome a ella, con su pelo tocándome la cara.
»—Agárrate de mí cuando te beba le dije, y vi que abría los ojos, la boca. Y cuando el delirio alcance el paroxismo, escucha con todas tus fuerzas los latidos de mi corazón. Aférrate y di una y otra vez: "Viviré".
»—Sí, sí dijo, y el corazón le latía, excitado.
»Sus manos me ardieron en el cuello, con los dedos abriéndose paso por la camisa.
»—Mira por encima de mí aquella luz distante; no apartes tus ojos de ella, ni un segundo, y repite y repite: "Viviré".
»Gimió cuando le abrí la carne y entró en mí esa corriente cálida, con sus pechos aplastados contra mí, su cuerpo arqueado, indefenso, en el sofá. Y pude ver sus ojos incluso cuando cerré los míos, ver su boca provocativa, anhelante. La abracé con fuerza, levantándola, y sentí que se debilitaba, que las manos se le caían a los costados.
»—Aférrate fuerte susurré por encima de la corriente caliente de su sangre, con su corazón atronando en mis oídos, y su sangre hinchando mis venas saciadas. La lámpara le indiqué—¡mírala!
»Se le detenía el corazón y su cabeza cayó sobre el terciopelo, con sus ojos opacos al borde de la muerte. Por un momento me pareció que no podía moverme; no obstante, supe que debía hacerlo, que alguien me llevaba la muñeca a la boca mientras la habitación giraba y giraba; que yo me concentraba en la luz tal como le había ordenado a ella, que saboreaba mi propia sangre en mi muñeca y que luego se la ponía en la boca.
»—Bébela, bebe le dije. Pero ella quedó echada como muerta. La acerqué aún más a mí y la sangre manó sobre sus labios. Entonces abrió los ojos. Sentí la presión suave de su boca, y sus manos apretaron mi brazo cuando empezó a beber.
Yo la mecía, le hablaba, tratando con desesperación de romper mi delirio, y entonces sentí su empuje poderoso. Cada vaso de mi sangre lo sintió. Estaba atrapado por su ímpetu, con mi mano aferrada al sofá y su corazón latiendo tremebundo contra el mío. Sus dedos se hundieron en mi brazo y en mi palma extendida. Me cortaba, me quemaba y casi grité mientras esto seguía y seguía. Traté de alejarme de ella, pero me la llevaba conmigo. Mi vida pasaba por mi brazo; su respiración, con sus gemidos, seguía el ritmo de sus ansias. Y esas cuerdas que eran mis venas, esos alambres chamuscados, tiraban de mi propio corazón con fuerza hasta que, sin voluntad ni dirección, me liberé de ella y caí al suelo, aferrado con una mano a mi sangrante muñeca.
»Ella, me miraba, con la boca abierta, manchada de sangre. Pareció que pasaba una eternidad mientras lo hacía. En mi visión nublada, ella se duplicaba y triplicaba y luego se borró en una forma temblorosa. Se llevó una mano a la boca; sus ojos no se movieron, pero se agrandaron mientras miraba. Y entonces se levantó lentamente, no como por sus propias fuerzas sino como levantada del sofá corporalmente por una fuerza invisible que ahora la tenía en sus manos, y ella miraba y daba vueltas y vueltas, con su falda moviéndose rígida como si fuera de una sola pieza, girando como un gran ornamento tallado en una caja de música que se repite, incesante. Y, de repente, ella miró el tafetán de su vestido, lo tomó entre sus dedos hasta que crujió y lo dejó caer; se cubrió rápidamente los oídos, mantuvo los ojos cerrados y luego los abrió. Entonces pareció ver la lámpara, la lámpara distante y baja de la otra habitación, que proyectaba una luz frágil a través de las puertas dobles. Corrió hacia ella y se puso a su lado mirándola como si estuviera con vida.
»—No la toques le dijo Claudia, y la alejó suavemente de su lado. Pero Madeleine había visto las flores del balcón y se acercó a ellas, con sus manos estiradas acariciando los pétalos y luego llevando las gotas de agua hasta su cara.
»Yo me movía a los costados de la habitación, mirando cada movimiento suyo; cómo cogía las flores y las estrujaba en sus manos y dejaba caer los pétalos a su alrededor, y cómo tocaba el espejo con las yemas de los dedos y se miraba a los ojos. Había cesado mi dolor, había atado un pañuelo a mi muñeca y esperaba, aguardaba, viendo que Claudia no tenía idea de lo que entonces iba a suceder. Bailaban juntas mientras la piel de Madeleine palidecía en la inestable luz dorada. Abrazó a Claudia y ésta se movió en círculos con ella, con su rostro pequeño alerta y preocupado detrás de la superficial sonrisa.
»Y, entonces, Madeleine se debilitó. Dio un paso atrás y pareció perder el equilibrio. Pero rápidamente se enderezó y dejó a Claudia en el suelo. En puntillas, Claudia la abrazó.
»—Louis. Me hizo una señal con la respiración entrecortada. Louis...
»Le hice un gesto para que se alejara. Madeleine, al parecer sin ni siquiera vernos, la miraba con las manos extendidas. Tenía el rostro blancuzco y desencajado y, de improviso, se rascó los labios y se miró las manchas oscuras en sus dedos.
»—¡No! ¡No! le avisé en voz baja, y tomé a Claudia de la mano y la traje a mi lado. Un gemido prolongado escapó de los labios de Madeleine.
»—Louis... me susurró Claudia con esa voz sobrenatural que Madeleine parecía no escuchar.
»—Se está muriendo, algo que tú no puedes recordar. Tú no pasaste por eso, no te dejó ninguna marca le dije en voz baja, quitándole el pelo de encima de la oreja sin que mis ojos dejaran a Madeleine ni por un instante; ésta pasaba de espejo en espejo, derramando sus lágrimas, mientras su cuerpo dejaba la vida.
»—Pero, Louis, si ella se muere... exclamó Claudia.
»—No. Me arrodillé al ver la preocupación en su rostro. La sangre tuvo fuerza suficiente; vivirá. Pero tendrá miedo, muchísimo miedo.
»Y, con suavidad, pero con firmeza, apreté la mano de Claudia y la besé en la mejilla. Me miró entonces con una mezcla de sorpresa y miedo. Y me siguió mirando con esa misma expresión cuando me acerqué a Madeleine, atraído por sus gritos. Ella dio una vuelta, con las manos extendidas, y la agarré y la atraje hacia mí. Sus ojos, ya quemados por una luz anormal, mostraban un fuego violeta que se reflejaba en sus lágrimas.
»—Es la muerte natural; únicamente la muerte humana le dije con suavidad¿Ves el cielo? Ahora debemos dejarlo, y tú debes quedarte a mi lado, echarte a mi lado. Un sueño tan pesado como la muerte invadirá tus miembros y no podré tranquilizarte. Tú te echarás allí y lucharás contra ese sueño.
Pero aférrate a mí en la oscuridad, ¿me oyes? Te cogerás de mis manos, y yo cogeré las tuyas mientas pueda sentirlas.
»Ella pareció un momento perdida en mi mirada y presentí la incógnita que la rodeaba, cómo la luminosidad de mis ojos era la luminosidad de todos los colores y cómo todos esos colores estaban para ella reflejados en mis ojos. La empujé dulcemente hasta el ataúd, diciéndole una y otra vez que no tuviera miedo.
»—Cuando te despiertes, serás inmortal dije. Ninguna causa natural de la muerte te podrá tocar. Ven, échate.
»Pude sentir su miedo, la vi tratando de evitar esa caja angosta cuyo raso no le dio ningún consuelo. Su piel ya había empezado a brillar, a poseer esa luminosidad que compartíamos Claudia y yo. Me di cuenta de que no se entregaría hasta que yo no estuviese echado a su lado.
»La tomé en mis brazos y miré a través de la habitación hacia donde estaba Claudia, con ese extraño ataúd, mirándome. Tenía los ojos quietos pero oscurecidos con una sospecha indefinible, una fría desconfianza. Puse a Madeleine al lado de su lecho y me acerqué a esos ojos. Y entonces, arrodillándome con calma a su lado, tomé a Claudia en mis brazos.
»—¿No me reconoces? le pregunté—¿No sabes quién soy?
»Ella me miró.
»—No dijo.
»Sonreí. Asentí con la cabeza.
»—No me guardes rencor. Estamos a mano dije.
»Movió la cabeza a un costado y me estudió con meticulosidad; entonces pareció sonreír pese a sí misma, y empezó a mover la cabeza, asintiendo.
»—Porque, ¿ves? le dije, con esa misma voz tranquila, lo que aquí murió en esta habitación no fue esa mujer. Tardará varias noches en morir, quizás años. Lo que esta noche ha muerto en esta habitación es el último vestigio en mí de lo que era humano.
»Una sombra cayó sobre su cara como si la serenidad se hubiera desgarrado como un velo. Abrió los ojos sólo para aspirar un poco de aire. Luego dijo:
»—Pues entonces tienes razón: sin duda, estamos a mano.
»—¡Quiero incendiar la tienda de muñecas!
»Madeleine nos lo dijo. Tiraba a la chimenea los vestidos doblados de esa hija muerta, los lazos blancos y las telas grises, los zapatos arrugados, los sombreros que olían a alcanfor y perfumes.
»—Esto no significa nada, para mí, nada. Se quedó contemplando las llamas y luego miró a Claudia con ojos triunfantes, feroces.
»Yo no le creí. A pesar de que noche tras noche la tenía que alejar de hombres y mujeres a quienes ya no podía sacarles más sangre, estaba tan saciada con la sangre de sus muertes anteriores, a menudo levantando a sus víctimas del suelo con la .impetuosidad de su pasión, rompiéndoles la garganta con sus dedos de marfil al mismo tiempo que les chupaba la sangre, que estaba seguro de que, tarde o temprano, esa intensidad demencial debía ceder. Ella se haría cargo de los elementos de esa pesadilla, de su propia piel luminosa, de las habitaciones lujosas del Hotel Saint-Gabriel, y clamaría para que la despertasen, para que la liberasen. No comprendía que no se trataba de un experimento; mostraba sus dientes aterradores a los espejos de marco plateado; estaba loca.
»Pero yo aún no me percataba de todo lo loca que estaba y de cuan acostumbrada al ensueño. No clamaría por la realidad; más bien sentiría la realidad en sus sueños; una araña demoníaca alimentaba su rueca con las telas del mundo y ella podía hacer su propio mundo de telarañas.
»Yo estaba empezando a comprender su avaricia, su magia.
»Tenía el oficio de hacer muñecas. Y con su antiguo amante había hecho, de forma interminable, réplicas de su hija muerta. Fue algo que yo comprendí, cuando, en la visita que hicimos a la tienda, vi los estantes llenos. Además tenía la habilidad del vampiro y la intensidad del vampiro; por tanto, en el espacio de una noche, cuando yo la había alejado de la matanza, ella, con una sed insaciable, creo que con unos pocos palos, su cuchillo y su formón, hizo una mecedora tan perfecta y proporcionada para Claudia que ésta, sentada al lado del fuego, pareció una mujer.
»A eso se le sumó, a medida que pasaban las noches, una mesa en la misma escala. Y, de una juguetería, trajo una pequeña lámpara, un plato y una taza de porcelana. Y del bolso de una mujer, un pequeño cuaderno de anotaciones que en las manos de Claudia era un gran volumen. El mundo se deshizo y dejó de existir en los límites de ese pequeño espacio que
pronto ocupó toda la superficie del tocador de Claudia: una cama cuyo dosel alcanzaba la altura de mi pecho; pequeños espejos que sólo reflejaban las piernas de un pesado gigante cuando me encontraba perdido entre ellos; unos cuadritos colgaban de las paredes a la altura de los ojos de Claudia, y, por último, encima de su mesa de tocador, guantes negros y largos para dedos diminutos, un vestido de gala de terciopelo, una tiara de alhajas. Claudia, la joya coronada, una reina de las hadas con desnudos hombros blancos, caminaba con sus ropajes lujosos entre las ricas posesiones de ese mundo enano mientras yo la espiaba desde la puerta, perplejo, desgarbado, echado en la alfombra para poder reposar la cabeza en el codo y observar los ojos de mi joya, y los veía misteriosamente suavizados por la perfección de su santuario. ¡Qué hermosa estaba con sus lazos negros! Una mujer fría, rubia, con una extraña cara de muñeca y ojos líquidos que me miraban con tanta serenidad y durante tanto tiempo que, con seguridad, yo debía de quedar olvidado; los ojos debían de ver algo distinto a mí cuando yo estaba soñando, echado allí en el suelo; algo más que el torpe universo que me rodeaba y que ahora estaba descartado y anulado por alguien que lo había sufrido, alguien que siempre había sufrido, pero que ahora no parecía sufrir y escuchaba una caja de música y ponía una mano en el reloj de juguete. Tuve una visión de horas más cortas y de pequeños minutos dorados. Pensé que estaba loco.
»Me puse las manos bajo la cabeza y miré el candelabro; me resultaba difícil salir de un mundo y entrar en el otro. Madeleine, en el sofá, trabajaba con esa pasión uniforme, como si la inmortalidad de ningún modo pudiera significar descanso. Cosía los lazos a las sedas de la camisa, sólo deteniéndose de tanto en tanto para secarse la humedad de su blanca frente.
»Me pregunté: "Si cierro los ojos, ¿este reino de pequeñas cosas consumirá las habitaciones a mi alrededor, y yo, como Gulliver, me despertaré y me descubriré atado de pies y manos, como un gigante rechazado? Tuve una visión de casas construidas para Claudia en cuyos jardines los ratones serían monstruos y habría pequeños carruajes y las malezas con flores serían árboles. Los mortales quedarían tan fascinados que caerían de rodillas para mirar a través de las ventanitas. Como una telaraña, los atraería.
»Yo estaba atado de pies y manos. No sólo por esa belleza fantasmal, ese secreto exquisito de los blancos hombros de Claudia, el rico collar de perlas, la languidez embrujadora; una botellita de perfume, ahora una garrafa, de la que salía un aroma de encantamiento que prometía el Edén: yo estaba atado por el miedo. Fuera de esas habitaciones donde se suponía que yo administraba la educación de Madeleine erráticas conversaciones sobre la muerte y la naturaleza del vampiro en las que Claudia podría haber enseñado con mucha más facilidad que yo si alguna vez hubiera mostrado el deseo de hacerlo, fuera de esas habitaciones, donde noche tras noche se me tranquilizaba con besos suaves y miradas contentas que aseguraban que ya no reaparecería más el odio que una vez me había mostrado Claudia; fuera de esas habitaciones, temía descubrir que, según mi propia admisión desganada, yo estaba verdaderamente cambiado: mi parte mortal era lo que yo amaba, estaba seguro. Entonces, ¿qué sentía por Armand, la criatura por quien yo había transformado a Madeleine, la criatura por la cual yo había querido ser libre? ¿Una distancia curiosa y perturbadora? ¿Un dolor sordo? ¿Un temblor innominable? Incluso en aquel sitio mundano, veía a Armand en su celda monacal, veía sus ojos castaños y sentía ese magnetismo fantasmal.
»No obstante, no hice nada por ir a verlo. No me animé a descubrir todo lo que podría haber perdido. Ni traté de separar esa pérdida de otra idea opresiva: que en Europa no había encontrado verdades que amenguaran mi soledad ni transformaran mi desesperación. En cambio, sólo había encontrado el mecanismo interior de mi pequeña alma, el dolor en la de Claudia y una pasión por un vampiro que quizás era más demoníaco que Lestat, pero en quien veía la única posibilidad de bien en el mal que yo podía concebir.
»Y, finalmente, todo escapaba a mis posibilidades. El reloj repiqueteó encima de la chimenea y Madeleine me rogó que la llevara a ver el Théàtre des Vampires y juró defender a Claudia de cualquier vampiro que osara insultarla. Claudia habló de estrategias y dijo:
»—Todavía no, ahora no.
»Yo me recosté, observando con algún alivio el amor de Madeleine por Claudia, su ciega pasión al descubierto. Oh, tengo en mi corazón tan poca compasión o recuerdos de Madeleine... Yo pensaba que ella sólo había visto la primera veta del sufrimiento; no comprendía a la muerte. Tan fácilmente se
la podía violentar, se la podía lanzar por el camino de la violencia... Suponía, en mi orgullo y engaño colosales, que mi dolor por mi hermano muerto era la única emoción verdadera. Me permití olvidar cuánto me había enamorado ciegamente de los ojos irisados de Lestat, que había vendido mi alma por un objeto luminoso y multicolor pensando que una superficie altamente reflexiva brindaba el poder de caminar sobre las aguas.
»¿Qué tendría que haber hecho Cristo para que lo siguiera como Mateo o Pedro? Vestirse bien, para empezar. Y tener una cabeza lujuriosa de abundante cabello rubio.
»Me detestaba a mí mismo. Adormecido por su conversacióClaudia susurraba acerca de matanzas y de la velocidad, y de las habilidades del vampiro, apareció entonces la única emoción de la que era capaz: detestarme. Las amo. Las odio. No me importa si están aquí. Claudia me pone las manos en el cabello como si me quisiera decir con la misma intimidad de antaño que su corazón está en paz. No me importa. Y está la aparición de Armand, ese poderío, esa claridad. Detrás de un espejo, al parecer. Y tomando la mano juguetona de Claudia, comprendo por primera vez en mi vida lo que ella siente cuando me perdona por ser yo mismo, y dice que me ama y que me odia: no siente casi nacía.

»Faltaba una semana reinició el vampiro su relato para que acompañáramos a Madeleine en su aventura de incendiar un universo de muñecas detrás de una vitrina. Recuerdo que caminé por la calle, giré y entré en una angosta caverna oscura donde el único sonido era la caída de la lluvia. Pero entonces vi el rojo resplandor contra las nubes. Repicaron las campanas y gritaron los hombres. Y Claudia, a mi lado, me habló en voz baja de la naturaleza del fuego. El humo espeso que se elevaba en el resplandor inquieto me puso nervioso. Sentí miedo. No un miedo mortal, sin freno, sino algo como un garfio que me rozara. Ese miedo..., era la vieja casa que ardía en la rué Royale, y Lestat como dormido en el suelo ardiente.
»—El fuego purifica... dijo Claudia.
»Y yo dije:
»—No, el fuego simplemente destruye.
»Madeleine pasó a nuestro lado y corrió hacia el final de la calle, como un fantasma en la lluvia, con sus manos blancas azotando el aire, haciéndonos señas, arcos blancos de luciérnagas. Recuerdo que Claudia se fue de mi lado en pos de ella. Aún tengo la visión de su pelo rubio despeinado, móvil, cuando me hizo señas para que las siguiera. Una cinta caída en el suelo, flameando y flotando en un remolino de agua negra. Y yo agachado para recogerla. Pero otra mano la alcanzó. Armand me la entregó.
»Quedé perplejo al verlo allí, la figura del Caballero de la Muerte en un portal, maravillosamente real en su capa negra y corbatín de seda, y, no obstante, etéreo en su inmovilidad. Hubo un debilísimo resplandor de fuego en sus ojos.
»Desperté de improviso como si hubiera estado durmiendo, me desperté al sentirlo, al tener su mano en la mía, al ver su cabeza gacha como si me hiciese saber que quería que lo siguiese. Me despertó mi propia experiencia de excitación ante su presencia. Y esa presencia me consumió con la misma fuerza con que me había consumido en su celda. Caminamos juntos a paso rápido; nos acercamos al Sena y nos movimos con tanta celeridad y habilidad entre los grupos de hombres que éstos apenas se percataron de nuestro paso; y nosotros apenas los vimos. Me sorprendí de que yo pudiera seguirlo con tanta facilidad. Me obligaba a reconocer mis poderes, a aceptar que las formas que yo normalmente elegía eran humanas y que ya no las necesitaba más.
»Quise, desesperadamente, hablar con él, detenerlo con ambas manos en los hombros, simplemente volver a mirarlo a los ojos como había hecho la última noche, fijarlo en un tiempo y en un espacio para poder afrontar la excitación que sentía en mi interior. Quería hablarle de tantísimas cosas, quería explicarle tantas cosas... Sin embargo, no supe qué decir ni por qué lo diría; sólo la plenitud de la experiencia me alivió casi hasta el borde de las lágrimas. Eso era lo que yo más temía.
»No sabía dónde estábamos; únicamente que alguna vez había pasado por allí: una calle de antiguas mansiones, de muros de jardín y portales de cocheras y torres en lo alto y ventanas de cristal bajo arcos de piedra. Casas de otros siglos, árboles nudosos, esa tranquilidad súbita y espesa que significa que las masas han quedado fuera; un puñado de mortales habitan esa vasta región de habitaciones de altos techos; la piedra absorbe el sonido de la respiración, el espacio de vidas enteras.
»Ahora Armand estaba encima de un muro, con su brazo contra la rama saliente de un árbol y su mano extendida para ayudarme; y en un instante yo estaba a su lado y el follaje mojado me acarició el rostro. Encima, pude ver piso tras piso hasta una torre que apenas se veía en la lluvia negra y continua.
»—Escúchame, vamos a subir a esa torre me dijo Armand.
»—Yo no podré... Es imposible...
»—No has empezado siquiera a conocer tus poderes. Puedes subir fácilmente. Recuerda que, si caes, no te lesionarás. Haz lo que yo hago. Pero atención a los siguiente: hace cien años que me conocen los habitantes de esta casa y piensan que soy un espíritu; por tanto, si alguien te ve por casualidad, o tú los ves a través de esas ventanas, recuerda lo que creen que eres y no demuestres interés o se sentirán defraudados y confundidos. ¿Me oyes? Estás perfectamente a salvo.
»Yo no estaba seguro de qué era lo que más me aterrorizaba: el subir por esos muros o que creyeran que era un fantasma; pero no tuve tiempo para inventarme excusas ingeniosas. Armand había empezado a subir, sus botas encontraban las grietas entre las piedras, sus manos eran tan seguras como garras en las hendiduras; yo lo seguía, apretado contra la pared, sin animarme a mirar abajo, agarrado, para descansar un instante, al arco ancho y esculpido encima de una ventana. Miré al interior: por encima del fuego, vi un hombro oscuro y una mano moviendo el atizador; una figura que se movía completamente ignorante de que la miraban. Y desapareció. Subimos cada vez más alto hasta que llegamos a la ventana de la misma torre. Armand la abrió de inmediato; sus largas piernas desaparecieron por el marco y yo lo seguí y sentí sus brazos alrededor de mis hombros.
»Di un suspiro de alivio, pese a mí mismo, cuando estuve en la habitación, frotándome las palmas de las manos, mirando aquel lugar extraño y húmedo. Abajo, los techos estaban plateados y, aquí y allá, se elevaban las torres a través de las frondosas y enormes copas de los árboles. A lo lejos, brillaba la rota cadena de la avenida. La habitación parecía tan húmeda como la noche. Armand hizo un fuego.
»De una gran pila de muebles, eligió sillas y las hizo leña fácilmente, pese al grosor de sus piezas. Había algo grotesco en él, acentuado por su gracia y la serenidad imperturbable de su rostro blanco. Hizo lo que cualquier vampiro podía hacer: romper esos gruesos pedazos de madera; sin embargo, hizo únicamente lo propio del vampiro. No parecía haber nada humano en él; incluso sus facciones apuestas y su pelo moreno se convertían en los atributos de un ángel terrible, que sólo compartía con el resto de nosotros un parecido superficial. El abrigo hecho a medida era un espejo. Y aunque me sentí atraído por él, con más fuerza quizá de lo que jamás me había sentido atraído por criatura alguna, salvo por Claudia, me fascinó de una manera próxima al miedo. No me sorprendió, cuando terminó, que pusiera una pesada silla de roble a mi disposición, pero que él se retirara a la chimenea y allí se sentara, calentándose las manos ante el fuego mientras las llamas le arrojaban sombras rojas a su cara.
»—Puedo oír a los habitantes de la casa dije. El calor sentaba muy bien. Pude sentir que se secaba el cuero de mis botas.
»—Entonces sabes que yo también puedo oírlos me dijo en voz baja, y aunque no hubo ni una pizca de reproche, me di cuenta de las implicaciones de mis propias palabras.
»—¿Y si vienen? insistí, estudiándolo.
»—¿No te das cuenta, por mi manera de estar aquí, que no vendrán? me preguntó—. Podemos quedarnos sentados aquí toda la noche sin jamás hablar de ellos. Quiero que sepas que si en este momento aún hablamos de ellos se debe a que tú te has referido a ellos.
»Y, como no contesté nada, y quizá parecí un tanto derrotado, me dijo que hacía mucho tiempo que habían cerrado la torre y que no la habían vuelto a pisar; y, si de hecho veían el humo en la chimenea por la ventana, ninguno de ellos se aventuraría a subir hasta el día siguiente.
»Vi entonces que había unos cuantos estantes de libros a un costado de la chimenea, y un escritorio. Encima de éste había unas hojas de papel dobladas, un tintero y varios lapiceros. Pude imaginarme que la habitación sería un sitio cómodo cuando no hubiera tormenta o después de que el fuego secara el ambiente.
»—¿Ves? dijo Armand, realmente no tienes necesidad de las habitaciones del hotel. En realidad, tienes necesidad de muy poco. Pero cada uno de nosotros debe decidir lo que quiere. La gente de esta casa me ha puesto un nombre; sus encuentros conmigo han sido causa de conversación durante veinte años. Son instantes aislados del tiempo que nada significan
para mí. No me pueden hacer daño y yo uso su casa para estar solo. Nadie en el Théàtre des Vampires sabe que vengo aquí. Es mi secreto.
»Lo había mirado con suma atención cuando hablaba, y se me volvieron a ocurrir las ideas que me habían venido aquella noche en la celda del teatro. Los vampiros no envejecen y me pregunté qué diferencia habría entre su rostro juvenil y su aspecto de hacía cien años o aún más; porque su cara, aunque no acentuada por las lecciones de la madurez, no era una máscara. Sólo supe que me sentía tan atraído por él como lo había estado antes, y, de alguna manera, las palabras que entonces pronuncié fueron un subterfugio.
»—Entonces, ¿qué te ata al Théàtre des Vampires? le pregunté.
»—Una necesidad, naturalmente. Pero he encontrado lo que necesito dijo¿Por qué me esquivas?
»—Jamás te he esquivado dije, tratando de ocultar la excitación que me produjeron sus palabras. Tú comprendes que debo proteger a Claudia; que ella sólo me tiene a mí. O al menos sólo me tenía a mí hasta...
»—Hasta que Madeleine fue a vivir con vosotros...
»—Sí... dije.
»—Pero ahora Claudia te ha dejado en libertad y, sin embargo, tú te quedas con ella y te atas a ella como su querido.
»—No, no es mi querida; tú no comprendes dije. Más bien es mi niña y no sé cómo puede dejarme en libertad... Eran ideas que se me habían ocurrido con gran frecuencia. No sé si la hija tiene el poder de liberar al padre. No sé si no estaré atado a ella todo el tiempo que...
»Me detuve. Iba a decir "que viva''. Pero me di cuenta de que se trataba de un vacío lugar común de los mortales. Ella viviría para siempre del mismo modo que yo. Pero, ¿no les sucedía eso a los padres mortales? Sus hijas vivían para siempre porque los padres morían antes. De repente me encontré perdido, pero consciente todo el tiempo de cómo me escuchaba Armand; que me escuchaba de una manera en que nosotros soñamos que los demás escuchan, y su rostro parecía reflejar todo lo que yo decía. No se abalanzaba para aprovechar mi pausa más breve, para señalar la comprensión de algo antes de que se hubiera terminado de expresar el pensamiento, o para discutir, con un impulso rápido e irresistible; todas esas cosas que a menudo imposibilitan el diálogo.
»Y al cabo de un largo intervalo, dijo:
»—Te quiero. Te quiero más que a nada en el mundo.
»Por un instante, no creí lo que había oído. Me pareció increíble. Me quedé desesperadamente desarmado. La visión muda de que viviéramos juntos se extendió hasta anular cualquier otra consideración en mi mente.
»—Dije que te quería. Te quiero más que a nada en el mundo repitió con un sutil cambio de expresión. Y entonces tomó asiento, esperando, aguardando. Su cara estaba tan tranquila como siempre, la frente blanca y pulida bajo el mechón de pelo negro, sin una traza de cuidado, y sus ojos reflejándose en los míos, los labios inmóviles. Tú quieres esto de mí y, sin embargo, no vienes a mí dijo. Hay cosas que quieres saber y no preguntas. Ves a Claudia alejándose de ti y, no obstante, pareces incapaz de evitarlo. Y, entonces, quieres darte prisa, pero no haces nada.
»—No conozco mis propios sentimientos. Quizá son más claros para ti que para mí...
»—¡Ni siquiera has empezado a conocer todo el misterio que eres! dijo él.
»—Pero al menos tú te conoces perfectamente. Yo no puedo decir eso de mí dije. La quiero pero no estoy próximo a ella. Quiero decir que cuando estoy contigo, como ahora, me doy cuenta de que no sé nada de ella, nada de nadie.
»—Ella es una época para ti, una época de tu vida. En caso de que rompas con ella, romperás con la única persona viva que ha compartido el tiempo contigo. Tú le temes a eso; temes al aislamiento, la carga, la inmensidad de la vida eterna.
»—Sí, eso es verdad, pero sólo en parte. Esa época no significa mucho para mí. Ella la cargó de significado. Otros vampiros deben experimentar lo mismo y sobreviven ese paso de cien épocas.
»—Ellos no lo sobreviven dijo él. El mundo estaría lleno de vampiros si así fuera. ¿Cómo piensas que he llegado a ser el más viejo de aquí o de cualquier otra parte?
»Yo lo había pensado y, por tanto, me aventuré a decir:
»—¿Mueren por la violencia?
»—No, casi nunca. No es necesario. ¿Cuántos vampiros crees que tienen el valor suficiente para la inmortalidad? Para empezar, tienen las nociones más vagas acerca de la inmortalidad. Porque, al convertirse en inmortales, quieren que todas
las formas de su vida sean fijas e incorruptibles: los carruajes hechos en el mismo estilo; vestimentas con el corte mejor; hombres ataviados y hablando del modo que siempre han comprendido y valorado; cuando en realidad, todas las cosas cambian menos el vampiro; todo salvo el vampiro está sujeto a una corrupción y a una distorsión constantes. Muy pronto, con esa mente inflexible, y a veces incluso con la mente más flexible, esta inmortalidad se transforma en una condena penitenciaria, en un manicomio de figuras y formas que son desesperadamente ininteligibles y sin valor. Un atardecer, un vampiro se levanta y se da cuenta de lo que ha temido quizá durante décadas: que simplemente no quiere vivir más. Que cualquier estilo o moda o forma de existencia que le hiciera atractiva la inmortalidad ha desaparecido de la faz de la tierra. Y no queda nada que ofrezca la libertad de la desesperación, con la excepción del acto de matar. Y el vampiro sale a morir. Nadie encontrará sus restos. Nadie sabrá que ha desaparecido. Y muy a menudo, nadie a su alrededor, en caso de que aún busque la compañía de otros vampiros, nadie sabrá que él está desesperado. Habrá dejado de hablar de él o de cualquier otra cosa hace mucho tiempo. Desaparecerá.
»Me quedé sentado e impresionado por la obvia verdad de sus palabras y, no obstante, al mismo tiempo, todas mis entrañas se rebelaron contra esa posibilidad. Tomé conciencia de la profundidad de mi esperanza y de mi terror. ¡Qué diferentes eran esos sentimientos alienantes que te he descrito de esa horrenda desesperación de pérdida! Había algo indignante y repulsivo en ella. No la podía aceptar.
»—Pero tú no te permitirías caer en semejante estado. Mírate le estaba diciendo yo. Si no quedara una sola obra de arte en el mundo..., y hay miles..., si no hubiera una sola belleza natural, si el mundo se redujera a una única celda vacía y una vela tenue, no puedo dejar de imaginarte estudiando esa vela, concentrado en esa luz trémula, en el cambio de sus colores... ¿Cuánto tiempo te podría sostener eso...? ¿Qué posibilidades crearía? ¿Estoy equivocado? ¿Acaso soy un idealista enloquecido?
»—No dijo él; hubo una breve sonrisa en sus labios, un flujo evanescente de placer; pero continuó hablando. Tú te sientes obligado con un mundo que amas porque ese mundo para ti sigue intacto. Es concebible que tu sensibilidad se convierta en un instrumento de la locura. Hablas de obras de arte y de bellezas naturales. Ojalá yo tuviera el poder del artista para vivificar para ti la Venecia del siglo XV, el palacio de mi amo, el amor que yo le tenía cuando era un chico mortal y el amor que él sentía por mí cuando me convirtió en un vampiro. Oh, si pudiera revivir esos tiempos para ti y para mí... únicamente un instante. ¿Cuánto valdría? ¡Y cuánto me entristece que el tiempo no apague la memoria de esa época y que se haga más rico y más mágico a la luz del mundo que hoy veo!
»—¿Amor? ¿Existió el amor entre ti y el vampiro que te creópregunté y me incliné hacia adelante.
»—Así es dijo. Un amor tan fuerte que no pudo permitir que yo envejeciera y muriera. Un amor que esperó paciente hasta que tuve fuerzas suficientes para nacer a la oscuridad. ¿Quieres decirme que no hubo vínculo de amor entre ti y el vampiro que te creó?
»—Ninguno dije rápidamente. No pude reprimir una amarga sonrisa.
»Él me estudió.
»—Entonces, ¿por qué te concedió estos poderes? me preguntó.
»Me apoyé en el respaldo de mi asiento.
»—¡Tú piensas que estos poderes son un don! dije. Por cierto que sí. Perdona, pero me sorprende que en tu complejidad seas tan profundamente simple me reí.
»—¿Debes insultarme? sonrió. Y su manera de hablar me confirmó lo que acababa de decir. Parecía tan inocente... Yo estaba empezando a entenderlo.
»—No, no por mí dije, y se me aceleró el pulso cuando lo miré—. Tú eres todo lo que soñé cuando me convertí en vampiro. ¡Tú consideras estos poderes como un don! repetí—. Pero, dime..., ¿sientes ahora amor por aquel vampiro que te brindó la vida eterna? ¿Lo sientes ahora?
»Pareció pensarlo y luego dijo lentamente:
»—¿Qué importancia tiene? Pienso que no he sido muy afortunado en sentir amor por muchas personas o muchas cosas. Pero sí, lo quiero. Quizá no lo quiera como tú piensas. Pareciera que me puedes confundir sin mayor esfuerzo. Tú eres un misterio. Yo ya no necesito más a aquel vampiro.
»—Se me brindó la vida eterna, con una percepción superior, y la necesidad de matar expliqué rápidamente porque el vampiro que me creó quería la casa que yo poseía y mi dinero. ¿Comprendes una cosa semejante? pregunté—. Ah, pero hay tanto detrás de mis palabras. Se me revela lentamente, de forma tan incompleta... ¿Ves?, es como si hubieras abierto una puerta para mí y la luz cayera en esa puerta y yo quisiera llegar a ella, abrirla del todo para entrar en la región que tú dices que existe más allá. Cuando en realidad, ¡no lo creo! El vampiro que me creó fue realmente todo aquello que yo creía que era malo; ¡era tan miserable, tan literal, tan desprovisto de todo, tan inevitable, eternamente desilusionante, como yo creía que tenía que ser el mal! ¡Pero tú, tú eres algo completamente ajeno a esa concepción! Abre la puerta para míábrela de par en par. Cuéntame de ese lugar en Venecia, de ese amor con la condena eterna. Quiero saberlo.
»—Te engañas. Ese palacio no significa nada para ti dijo él. La puerta que ves conduce hasta mí, a que vengas a vivir conmigo tal como ahora soy. Soy un demonio con infinitas gradaciones y sin culpa.
»—Sí, exactamente murmuré.
»—Y eso te hace infeliz dijo. Tú, que viniste a mi celda y dijiste que sólo quedaba un pecado, el asesinato consciente de una vida humana.
»—Sí... dije¡Cómo te debes haber reído de mí...!
»—Jamás me reí de ti dijo él. No puedo darme el lujo de reírme de ti. A través de ti, me puedo salvar a mí mismo de la desesperación que te he descrito como nuestra muerte. A través de ti, debo vincularme con el siglo XEX y llegar a comprenderlo de una manera que me revitalice, algo que necesito desesperadamente. A ti te he esperado en el Théàtre des Vampires. Si conociera a un ser humano de esa sensibilidad, ese dolor, ese enfoque, lo convertiría en un vampiro al instante. Pero eso se puede hacer rara vez. No, he tenido que esperar y vigilarte. Y ahora lucharé por ti. ¿Ves con qué crueldad me enamoro? ¿Es esto lo que tú denominas amor?
»—Oh, pero estarías cometiendo un gravísimo error dije, mirándolo a los ojos. Sus palabras empezaban a revelármelo. Jamás había sentido que mi propia frustración fuera tan nítida. Era inconcebible que yo pudiera satisfacerlo. No podía satisfacer a Claudia. Jamás había podido satisfacer a Lestat. Y a mi propio hermano mortal, Paul, ¡de qué forma miserable lo había desilusionado!
»—No, debo ponerme en contacto con la época me dijo con calma. Y lo puedo hacer por tu intermedio... No aprender cosas de ti que puedo ver en un momento en cualquier galeríde arte o leer en una hora en el libro más extenso... Tú eres el espíritu, el corazóinsistió.
»—No, no. Me llevé las manos a la cabeza; estaba al borde de lanzar una carcajada amarga e histérica¿No te das cuenta? Yo no soy el espíritu de mi época. Tengo problemas con todo y siempre los he tenido. ¡Nunca me he sentido a gusto en ninguna parte ni con nadie!
»Era demasiado doloroso, demasiado perfecto y verdadero. Pero su rostro se iluminó apenas con una sonrisa irresistible. Parecía estar a punto de reírse de mí y, entonces, se le empezaron a mover los hombros con esa risa.
»—Pero, Louis me dijo en voz bajaÉse es el mismísimo espíritu de tu época. ¿No lo ves? Todos se sienten como tú. Tu caída de la gracia y de la fe ha sido la caída de este siglo.
»Me quedé perplejo y, durante largo rato, contemplé el fuego. Había consumido toda la leña y era una tierra baldía de cenizas latentes, un paisaje gris y rojo que se hubiera pulverizado ante el empuje del atizador. No obstante, estaba muy caliente y aún despedía una luz poderosa. Vi mi vida en una completa perspectiva.
»—... Y los vampiros del Théàtre... dije en voz baja.
»—Ellos reflejan la edad del cinismo, que no puede abarcar la muerte de las posibilidades, una fatua indulgencia refinada en la parodia de lo milagroso; una decadencia cuyo último refugio es el ridículo de uno mismo, una desesperanza formal. Tú los viste; tú los has conocido toda tu vida. Tú reflejas tu época de un modo distinto. Tu reflejo es un corazón roto.
»—Esto es la infelicidad. Una infelicidad que no acabas de comprender.
»—No lo dudo. Dime cómo te sientes ahora, qué te priva de la felicidad. Dime por qué, durante siete días, no has venido a verme aunque estabas ansioso de hacerlo. Dime lo que te ata a Claudia y a la otra mujer.
»Sacudí la cabeza.
»—No sabes lo que me preguntas. Me resultó inmensamente difícil convertir a Madeleine en una vampira. Quebranté una promesa hecha a mí mismo de no hacerlo jamás, de que mi soledad jamás me llevaría a eso. No considero que nuestra vida sea un don y un poder. La veo como una maldición. No tengo el valor de morir. ¡Pero hacer otro vampiro! ¡Darle este sufrimiento a otro ser, condenar a todos esos hombres y mujeres a la muerte porque luego mi vampiro los matará! No cumplí una promesa. Y, al hacerlo...
»—Pero si te representa algún consuelo..., estoy seguro de que te das cuenta de que yo tuve algo que ver.
»—... Lo hice para liberarme de Claudia, para estar libre y poder ir a ti... Sí, me doy cuenta. Pero la última responsabilidad es mídije.
»—No, quiero decir directamente. ¡Yo te obligué a hacerlo! Estaba cerca de ti la noche en que lo hiciste. Utilicé mi mayor poder para convencerte. ¿No lo sabías?
»— ¡No!
» Agaché la cabeza.
»—Yo habría transformado a esa mujer en una vampira dijo él, pero pensé que sería mejor que tú te ocuparas de eso. De otro modo, no dejarías a Claudia. Debías saber que lo deseabas...
»—¡Detesto lo que hice! dije.
»—Entonces, detéstame a mí, no a ti.
»—No, tú no comprendes. ¡Tú casi destruiste lo que valoras en mí cuando eso sucedió! Te resistí con todas mis fuerzas cuando ni siquiera sabía que era tu poder lo que me influía. ¡Algo casi murió en mí¡Casi fui destruido cuando apareció Madeleine!
»—Pero eso ya no está muerto, esa pasión, esa humanidad, como tú quieras llamarlo. Si no estuvieras con vida, ahora no habría lágrimas en tus ojos. No habría furia en tu voz dijo él.
»Por el momento, no pude contestar. Simplemente asentí con la cabeza. Luego traté de volver a hablar:
»—Jamás debes obligarme a hacer algo en contra de mi voluntad. Jamás debes utilizar ese poder... tartamudeé.
»—No dijo de inmediato. No debo hacerlo. Mi poder se detiene en algún punto de tu interior, en algún portal. Allí no tengo ningún poder. No obstante..., esta creación de Madeleine está hecha. Tú quedas libre.
»—Y tú satisfecho dije, recuperando el dominio de mí mismo. No quiero ser grosero. Tú me tienes en tu poder. Yo te quiero. Pero estoy en falta. ¿Estás satisfecho?
»—¿Cómo puedo dejar de estarlo? preguntó él. Por supuesto que estoy satisfecho.
»Me puse de pie y fui a la ventana. Los últimos rescoldos agonizaban. La luz salía del cielo gris. Oí que Armand me seguía hasta la ventana. Podía sentirlo a mi lado. Mis ojos se acostumbraron cada vez más a la luminosidad del cielo, de modo que pude ver su perfil y sus ojos finos en la lluvia que caía. El sonido de la lluvia estaba en todas partes y era en todas partes diferente: flotaba en el canal del tejado, repiqueteaba en las tejas, caía suavemente por los distintos niveles de las ramas de los árboles, chapoteaba en la piedra del alféizar delante de mis manos. Una suave mezcla de sonido humedecía y coloreaba la noche.
»—¿Me perdonas...  por obligarte a hacer esa vampira?
me preguntó.
»—No necesitas mi perdón.
»—Tú lo necesitas dijo él. Por tanto, yo lo necesito.
Su rostro, como siempre, estaba completamente en calma. »—¿Cuidará ella a Claudia? ¿Aguantarápregunté.
»—Es perfecta. Está loca, pero por el momento es perfecta. Cuidará a Claudia. Jamás ha vivido sola un solo momento; para ella es natural estar dedicada a terceros. No necesita razones especiales para amar a Claudia. Sin embargo, aparte de sus necesidades, tiene razones especiales. El aspecto hermoso de Claudia, la tranquilidad de Claudia, el dominio y la serenidad de Claudia. Juntas son perfectas. Pero pienso... que deben abandonar París lo antes posible.
»—¿Por qué?
»—Tú sabes por qué: Santiago y los demás vampiros las vigilan y tienen grandes sospechas. Todos los vampiros han visto a Madeleine. Le temen porque ella sabe de ellos y ellos no la conocen. No dejan en paz a nadie que sepa algo de ellos.
»—¿Y el chico, Denis? ¿Qué piensas hacer con él?
»—Ha muerto contestó.
»Quedé atónito. Tanto de sus palabras como de su calma.
»—¿Tú lo mataste? pregunté.
»Dijo que sí con la cabeza. Y yo no dije nada. Pero sus grandes ojos oscuros parecieron en trance conmigo, con la emoción, el trauma que no traté de ocultar. Su sonrisa sutil y suave pareció atraerme, su mano se cerró sobre la mía en el marco húmedo de la ventana y sentí que mi cuerpo giraba para hacerle frente, como si no estuviera dominado por mí sino por él.
»—Era mejor me concedió—. Ahora debemos irnos...
»Y miró calle abajo.
»—Armand dije, yo no puedo...
»—Louis, sígueme susurró; y luego, en el marco, se detuvo. Aunque te cayeras en el empedrado de abajo dijo, sólo quedarías lesionado por muy poco tiempo. Te curarías con tal rapidez y perfección que en pocos días no tendrías la menor señal; tus huesos se curan igual que la piel; que este conocimiento te sirva para poder hacer lo que en realidad puedes. Bajemos.
»—¿Qué puede matarme? pregunté.
» Volvió a detenerse.
»—La destrucción de tus restos dijo él¿No lo sabes? El fuego, la desmembración... El calor del sol. Nada más. Puedes quemarte, sí, pero eres elástico. Eres inmortal.
»Yo miraba la llovizna plateada que caía en la oscuridad. Entonces apareció una luz bajo las ramas de un gran árbol y los pálidos rayos descubrieron la calle. El empedrado mojado, el gancho de hierro de la campana del carromato, las hiedras aferradas al muro. El gran bulto negro del carruaje rozó las hiedras y entonces la luz palideció; la calle pasó del amarillo al plateado y desapareció de golpe, como si los oscuros árboles se la tragasen. O, más bien, como si todo hubiera sido sustraído desde la oscuridad. Me sentí mareado. Sentí que el edificio se movía. Armand, sentado en el marco, me observaba.
»—Louis, ven conmigo esta noche murmuró de improviso con tono de urgencia.
»—No dije en voz baja, es demasiado pronto. Todavía no las puedo dejar.
»Lo vi darse vuelta y mirar el cielo. Pareció suspirar, pero no lo oí. Sentí su mano próxima a la mía en el marco.
»—Muy bien... dijo.
»—Un poco más de tiempo... dije yo. Y él asintió con la cabeza y palmeó mi mano como para decirme que estaba bien. Luego pasó las piernas y desapareció. Vacilé un instante, alarmado por los latidos de mi corazón. Pero entonces pasé por el marco de la ventana y comencé a seguirlo sin animarme a mirar para abajo.
El vampiro reanudó el hilo de su relato:
Era casi el alba cuando abrí la puerta del hotel. La luz de las lámparas flameaba en las paredes. Y Madeleine, con aguja e hilo en sus manos, se había dormido al lado de la chimenea. Claudia estaba inmóvil mirándome desde los helechos en la ventana, en las sombras. Tenía un peine en las manos. Le brillaba el pelo.
»Me quedé de pie absorbiendo todo lo que allí me impresionaba, como si todos los placeres sensuales de esas habitaciones me traspasaran como oleadas y el cuerpo se llenara de esas cosas, tan diferentes de la atracción de Armand y de la torre donde había estado. Aquí había algo cómodo y era perturbador. Busqué mi silla. Me senté y me llevé las manos a las sienes. Entonces vi que Claudia estaba a mi lado, y sentí sus labios en mi frente.
»—Has estado con Armand dijo ella. Quieres irte con él.
»Levanté la vista. ¡Qué hermosa y suave era! Y, súbitamente, tan mía. No vacilé en mis ganas de tocarle las mejillas, acariciarle suavemente las cejas; familiaridades que no había tomado desde la noche de nuestra pelea.
»—Te volveré a ver; no aquí, en otros sitios. Siempre sabré dónde estádije.
»Me pasó los brazos por el cuello. Me apretó, y cerré los ojos y hundí la cara en sus cabellos. Le cubrí de besos el cuello. Le cogí los brazos. Se los besé, le besé las suaves curvas de la carne, las muñecas, las palmas de las manos. Sentí que sus dedos me acariciaban el pelo, la cara.
»—Lo que tú quieras prometió—. Lo que tú quieras.
»—¿Estás contenta? ¿Tienes lo que quieres? le pregunté.
»—Sí, Louis. Me apretó contra su vestido y sus dedos me tocaron la nuca. Tengo cuanto quiero. Pero, ¿tú realmente sabes lo que quieres?
»Me movió la cabeza y tuve que mirarla a los ojos.
»—Temo por ti insistió—. Quizás estés cometiendo un error. ¿Por qué no te vas de París con nosotras? dijo de repente. Tenemos el mundo por delante. Ven con nosotras.
»—No dije y me separé de ella. Tú quieres que todo vuelva a ser como con Lestat. Eso jamás se podrá repetir. Y no sucederá.
»—Será algo nuevo y diferente con Madeleine. No pido que se repita el pasado. Fui yo quien le puso punto final dijo ella. Pero realmente, ¿sabes lo que estás eligiendo con Armand?
»Le di la espalda. En la antipatía que ella le tenía había algo misterioso y terco. En su fracaso de comprenderlo, ella repetiría que él le deseaba la muerte, lo que yo no creía que fuera cierto. No se daba cuenta de algo que yo sabía: él no podía desearle la muerte porque yo no la deseaba. Pero, ¿cómo se lo podía explicar sin sonar a algo pomposo y ciego, dado el amor que yo le tenía?
»—Es algo que se debe hacer. Es el camino a seguir dije, como si todo se me aclarara ante la presión de las dudas de Claudia. Sólo él puede darme las fuerzas para ser lo que soy. No puedo seguir viviendo dividido y consumido por el dolor. O me voy con él o muero dije. Y hay algo más que es irracional e inexplicable y que únicamente me satisface a mí...
»—¿Qué es...? preguntó ella.
»—Que lo quiero dije.
»—Sin duda, lo quieres murmuró ella. Pero tú eres capaz de quererme incluso a mí.
»—Claudia, Claudia... la abracé y sentí su peso sobre mi rodilla. Se apoyó en mi pecho.
»—Únicamente espero que cuando me necesites, me puedas encontrar... susurró ella. Que pueda volver a ti... Te he herido tantas veces. Te he dado tanto sufrimiento...
»Sus palabras se apagaron. Quedó inmóvil. Sentí su peso y pensé: "Dentro de poco tiempo, no la tendré más. Ahora simplemente quiero abrazarla. Siempre ha habido tanto placer en algo tan simple... Su peso encima de mí, esta mano descansando en mi cuello...".
»Una lámpara se apagó en alguna parte. Pareció que del aire húmedo y fresco, de improviso, se hubiera sustraído esa luz. Yo estaba al borde del sueño. De haber sido mortal, me habría contentado con dormirme allí mismo. Y en ese cómodo y soñoliento estado, tuve una sensación extraña, casi humana: que el sol me despertaría cálidamente y que tendría esa visión rica y normal de los helechos a la luz del sol, y de los rayos del sol en las gotas de lluvia. Me permití el lujo de esa sensación. Tenía los ojos entrecerrados.
»Tiempo después he tratado con frecuencia de recordar esos momentos. He tratado una y otra vez de recordar exactamente lo que en esas habitaciones empezó a molestarme, y tendría que haberme molestado. Cómo, al no haber estado alerta, estaba insensible de algún modo a los cambios que deben haberse verificado. Mucho después, dolido y robado y amargado más allá de lo imaginable, repasé esos momentos, esos soñolientos momentos anteriores al alba, cuando el reloj latía de forma casi imperceptible sobre la chimenea y el cielo palidecía cada vez más; y lo único que podía recordar pese a la desesperación con que fijaba y alargaba ese tiempo, pese a que con mis manos detenía las manecillas de ese reloj, lo único que podía recordar era el cambio suave de la luz.
»En guardia, jamás hubiera permitido que sucediera. Abotargado con precauciones más graves, no me percaté de nada. Una lámpara que se apagaba, una vela que se extinguía con el temblor de su propio charco de cera caliente. Con los ojos semicerrados, tuve entonces la sensación de oscuridad inmediata, de que me encerraban en la oscuridad.
»Y entonces abrí los ojos sin pensar en lámparas ni en velas. Pero fue demasiado tarde. Recuerdo haberme puesto de pie, haber sentido la mano de Claudia que caía a mi costado, y la visión de un grupo de hombres y mujeres vestidos de negro que entraban en las habitaciones; sus vestimentas parecieron apagar todas las luces de cualquier adorno o superficie laqueada; parecieron abrumar toda luz. Giré en contra de ellos, grité a Madeleine; la vi despertarse de golpe, aterrorizada, aferrada al brazo del sofá, y luego de rodillas cuando llegaron ante ella. Santiago y Celeste se acercaban a nosotros, y, detrás de ellos, Estelle y los otros cuyos nombres no sabía, y llenaban todos los espejos y se unían para formar muros amenazantes y móviles. Le grité a Claudia que corriera, después de haberme ido hasta la puerta de atrás. La hice pasar de un empujón y luego me detuve y lancé un puntapié cuando se acercó Santiago.
»Aquella débil posición defensiva que había mostrado contra él en el Barrio Latino no era nada comparada con la fuerza que entonces demostré. Quizá jamás pelearía bien en defensa de mis propias convicciones. Pero el instinto de proteger a Claudia y Madeleine fue abrumador. Recuerdo haber lanzado a Santiago hacia atrás de un puntapié; luego golpeé a aquella hermosa y poderosa Celeste que trató de pasar por mi lado. Los pasos de Claudia resonaron distantes en la escalera de mármol. Celeste me atacó, me clavó las uñas en la cara hasta que me brotó la sangre y me corrió hasta el cuello. La pude ver brillando con el rabillo del ojo. Ataqué a Santiago, abrazado a él, consciente de las fuerzas de esos brazos que se aferraban a mí, de esas manos que intentaban llegar a mi cuello.
»—Lucha, Madeleine grité, pero lo único que pude escuchar fueron sus sollozos. Entonces la vi en un remolino; era una cosa fija, aterrada y rodeada de vampiros. Ellos se reían con esa risa vampírica vacía, que es como de lata o de campanillas. Santiago se llevó las manos a la cara. Mis dientes le habían sacado sangre. Lo golpeé en el pecho, en la cabeza; el dolor me atravesó el brazo; algo me agarró del pecho, como dos brazos, que me quité de encima, y oí el ruido de cristales rotos detrás de mí. Pero algo más, alguien más, se aferró a mi brazo y me tiró con una fuerza tenaz.
»No recuerdo haberme debilitado. No recuerdo ningún momento preciso en que la fuerza de alguien me haya vencido. Recuerdo que simplemente estaba en inferioridad numérica. Desesperado, debido a la cantidad y la persistencia en mi contra, me inmovilizaron, me rodearon y me sacaron de las habitaciones. Llevado por los vampiros, me obligaron a recorrer el pasillo. Y luego caí por los escalones, libre por un momento ante las puertas angostas del fondo del hotel, sólo para volver a estar rodeado y agarrado por ellos. Pude ver el rostro de Celeste muy cerca de mí, y, de haber podido, la hubiera cortado con los dientes. Yo sangraba profusamente y me tenían agarrado tan fuerte de una muñeca que esa mano no la sentía. Madeleine estaba a mi lado, sollozando en silencio. Nos metieron a ambos en un carruaje. Me golpearon una y otra vez, pero no perdí el conocimiento. Recuerdo haberme aferrado tenazmente a la conciencia, sintiendo los golpes en la nuca, sintiendo que tenía la nuca llena de sangre que me bajaba por el cuello cuando estaba echado en el suelo del vehículo. Pensaba únicamente: "Puedo sentir que se mueve el carruaje; estoy con vida; estoy consciente".
»Y, tan pronto como nos metieron a rastras en el Théàtre des Vampires, grité llamando a Armand.
»Me dejaron ir, trastabillé en los escalones del sótano, una horda detrás de mí y otra delante, empujándome con manos amenazadoras. En un momento, le pegué a Celeste, y ella gritó, y alguien me golpeó por detrás.
»Entonces vi a Lestat, y ese golpe fue el más fuerte de todos. Lestat, de pie en medio del recinto, erguido, con sus ojos grises agudos y enfocados, la boca alargada con una sonrisa sardónica. Como siempre, estaba impecablemente vestido y espléndido con su rico abrigo negro y las telas finas. Pero las cicatrices aún marcaban cada milímetro de su piel blanca. ¡Y cómo distorsionaban su cara apuesta, dura! Tenía unas líneas finas y profundas que cortaban la delicada piel encima del labio, en los párpados, en la frente pulida. Y los ojos le brillaban con una furia silenciosa que parecía imbuida de vanidad, una horrenda vanidad incesante que decía: "¡Ved lo que soy!".
»—¿Es éste? preguntó Santiago, empujándome.
»Pero Lestat giró bruscamente en su dirección y dijo en voz baja pero ronca:
»—Te dije que quería a Claudia, ¡la niña! ¡Ella fue!
»Y entonces vi que se le movía la cabeza involuntariamente con sus palabras y que estiraba una mano como buscando el brazo de una silla, pero la cerró cuando se recompuso y me miró a los ojos.
»—Lestat dije, viendo que tenía algunas posibilidades de salvación¡estás vivo! ¡Estás con vida! Diles cómo nos trataste...
»—No dijo y sacudió la cabeza con furia, tú volverás conmigo, Louis.
»Por un momento no pude creer lo que acababa de oír. Una parte mía más sana, más desesperada, me dijo: "Razona con él", incluso cuando una risa siniestra le brotó de los labios.
»—¡Estás loco!
»—Te devolveré la vida dijo, y los ojos le temblaron con la angustia de sus palabras, el pecho agitado y esa mano moviéndose nuevamente y cerrándose impotente en la oscuridad. Tú me prometiste le dijo a Santiago que lo podía volver a llevar a Nueva Orleans. Y entonces, cuando miró a uno, y a otro, y a otro, se le agitó aún más la respiración¡Claudia!, ¿dónde está¡Ella me lo hizo! ¡Os lo dije!
»—Tiempo al tiempo dijo Santiago. Y cuando se acercó a Lestat, éste dio un paso atrás y casi perdió el equilibrio. Encontró el brazo de sillón que necesitaba y se aferró a él, cerró los ojos y recuperó el dominio de sí mismo.
»—Pero él la ayudó, la asistió... dijo Santiago, acercándosele. Lestat levantó la mirada.
»—No dijo. Louis, debes regresar a mi lado. Hay algo que debo decirte... sobre aquella noche en el pantano... Pero se detuvo y volvió a mirar en derredor como si estuviera enjaulado, herido, desesperado.
»—Escúchame, Lestat dije, tú la dejas ir, la dejas en libertad... y yo... volveré contigo dije, y las palabras sonaron vacías, metálicas. Traté de dar un paso en su dirección, de hacerle leer mis ojos, hacer que de ellos emanara mi poder como dos rayos de luz. Él me miraba; me estudiaba, luchando todo el tiempo contra su propia fragilidad. Celeste me cogió de la muñeca. Tú se lo debes decir continué diciendo: Cómo nos tratabas; que no conocíamos las leyes; que ella no sabía de la existencia de otros vampiros.
»Yo pensaba sin cesar mientras esa voz mecánica salía de mí: "Armand volverá esta noche, Armand tiene que volver. Él pondrá fin a todo esto; no permitirá de ningún modo que esto siga".
»Se oyó el ruido de algo que arrastraban por el suelo. Pude oír el llanto exhausto de Madeleine. Miré en derredor y la vi en una silla y, cuando ella vio mis ojos, su miedo pareció aumentar. Trató de levantarse pero no se lo permitieron.
»—Lestat dije¿qué quieres de mí? Te lo daré...
»Y entonces vi lo que hacía ruido. Lestat también lo había visto. Era un ataúd con grandes cerrojos de hierro lo que arrastraban en la habitación. Comprendí de inmediato.
»—¿Dónde está Armand? dije, desesperado.
*Ella me lo hizo, Louis. Ella me lo hizo. Tú no, ¡ella tiene que morir! dijo Lestat, y su voz enronqueció como si le costara un gran esfuerzo hablar. Sacad eso de aquíÉl viene conmigo a casa le dijo con furia a Santiago. Santiago se rió, y Celeste también, y la risa contagió a todos los demás.
»—Me lo prometiste dijo Lestat.
»—Yo no te prometí nada dijo Santiago.
»—Te han engañado le dije con amargura cuando abrieron la tapa del ataúd¡Como a un idiota! Debes conseguir a Armand. Él es el jefe le grité. Pero no pareció entender.
»Lo que entonces sucedió fue desesperado, nebuloso y miserable; yo los pateaba, trataba de liberar los brazos, les aullaba que Armand no les permitiría hacer lo que estaban haciendo, que no osaran hacerle daño a Claudia. No obstante, me metieron en el ataúd; mi esfuerzo frenético sólo sirvió para hacerme olvidar los sollozos de Madeleine, sus alaridos espantosos
y el miedo de que en cualquier momento se le sumaran los gritos de Claudia. Recuerdo haberme levantado contra la tapa que me aplastaba y haberla mantenido un momento antes de que la cerraran encima de mí y trabasen los candados con gran ruido de metales y llaves.
»Unas palabras antiguas volvieron a mí, un Lestat estridente y sonriente en aquel sitio distante, ajeno a los peligros, donde nosotros tres habíamos peleado juntos: "Un niño hambriento es un espectáculo horrendo... Un vampiro hambriento es aún peor. Oirían sus gritos hasta en París". Mi cuerpo empapado de sudor y tembloroso quedó tieso en el ataúd sofocante, y me dije: "Armand no permitirá que esto suceda; no hay ningún lugar en que me puedan esconder y quedar seguros".
»Levantaron el ataúd, hubo ruidos de pasos, y comenzó una oscilación de lado a lado. Mis brazos estaban apretados contra los costados de la caja, y cerré los ojos quizá por un instante. Me dije a mí mismo que no debía tocar los costados ni sentir el estrecho margen de aire entre mi rostro y la tapa; noté que el ataúd se movía cuando los pasos llegaron a los escalones. En vano traté de distinguir los gritos de Madeleine, porque me pareció que lloraba por Claudia, que la llamaba como si ella nos pudiera ayudar: "Llama a Armand; él debe volver esta noche", pensé con desesperación. Únicamente el pensamiento de la horrible humillación de oír mi propio grito encerrado conmigo, inundando mis oídos pero encerrado conmigo, me hizo evitar que lo hiciera.
»Pero otra idea se apoderó de mí incluso cuando aún fraseaba esas palabras: "¿Y si no viene? ¿Y si en algún sitio de aquella mansión tenía un ataúd escondido al que volvía...?". Y entonces mi cuerpo pareció escapar de repente, sin aviso previo, del dominio de mi mente, y golpeé contra las maderas que me rodeaban, luché por darme vuelta y poner toda la fuerza de mi espalda contra la tapa del ataúd. Pero no pude hacerlo; era demasiado estrecho y mi cabeza volvió a caer contra las planchas; el sudor me empapó la espalda y los costados.
»Dejaron de oírse los gritos de Madeleine. Lo único que oía eran los pasos y mi propia respiración. "Entonces, él vendrá mañana por la noche sí, mañana por la noche y ellos se lo dirán y él nos encontrará y nos liberará." El ataúd se movía. Un olor a humedad me llenó la nariz; su frescura se hizo palpable a través del calor cerrado del ataúd; y, entonces, al olor a humedad se sumó el olor a tierra. Pusieron el ataúd en el suelo. Me dolieron los miembros y me froté los brazos con las manos, tratando de no tocar la tapa del ataúd para no sentir lo próxima que estaba, temeroso de que mi propio miedo degenerara en pánico, en terror.
»Pensé que entonces me dejarían solo, pero no lo hicieron. Estaban cerca, atareados, y me llegó a la nariz otro olor que era crudo y desconocido. Entonces, cuando estaba echado, inmóvil, me di cuenta de que estaban poniendo ladrillos y que el olor provenía del cemento. Lenta, cuidadosamente, subí una mano para secarme la cara. "Muy bien, entonces, mañana por la noche", razoné conmigo mismo, y mis hombros parecieron crecer y apretarse contra los costados del ataúd. "Vendrá mañana; y, hasta entonces, éstos son, simplemente, los confines de mi propio ataúd, el precio que he pagado por todo esto noche tras noche."
»Pero las lágrimas me brotaron de los ojos y me vi golpeando la madera. La cabeza se me iba de un lado al otro y sólo pensaba en mañana y en la noche posterior. Y entonces, como para distraerme de toda esa locura, pensé en Claudia, sólo para sentir sus brazos en mi cuerpo a la luz mortecina de aquellas habitaciones del Hotel Saint-Gabriel, y sólo pude imaginarme la curva de su mejilla a la luz, el movimiento lánguido y suave de sus cejas, la superficie sedosa de sus labios. Se me puso tenso el cuerpo y di puntapiés contra las tablas. Había desaparecido el ruido de los ladrillos y se alejaban los pasos de los vampiros. Grité su nombre: "¡Claudia!", hasta que me dolió todo el cuello. Hundí las uñas en las palmas de mis manos, y lentamente, como una corriente helada, la parálisis del sueño se apoderó de mí. Traté de llamar a Armand, tonta, desesperadamente, apenas consciente de la pesadez cada vez mayor de mis párpados y de mis manos inmóviles y de que él también estaría durmiendo en algún sitio, que él también descansaba en su cuarto. Lo intenté una última vez. Mis ojos vieron la oscuridad, mis manos sintieron la madera. Pero estaba débil. Y entonces no hubo nada más.

»Me despertó una voz prosiguió el vampiro. Era distante pero clara. Pronunció mi nombre dos veces. Por un instante no supe dónde estaba. Había estado soñando; algo desesperado que amenazaba con desaparecer por completo sin dejar la menor pista acerca de lo que había sido; y era algo terrible que yo estaba ansioso por dejar escapar. Entonces abrí los ojos y sentí la tapa del ataúd. Recordé dónde estaba en el mismo instante en que, misericordiosamente, supe que era Armand quien me llamaba. Le contesté, pero mi voz estaba encerrada conmigo y era ensordecedora. En un momento de terror, pensé: "Me está buscando y no puedo decirle que estoy aquí''. Pero entonces escuché que me hablaba y que me decía que no tuviera miedo. Y oí un fuerte ruido. Y otro. Y hubo un sonido de algo que se rompía y luego la caída tumultuosa de los ladrillos. Me pareció que varios golpearon el ataúd. Entonces oí que los levantaba uno por uno. Sonó como si estuviera arrancando los candados por los tornillos.
»Se rompió la madera dura de la tapa. Un punto de luz brilló ante mis ojos. Respiré a través del mismo y sentí que el sudor me empapaba la cara. La tapa se abrió y, por un instante, quedé enceguecido; luego me senté viendo la luz brillante de una lámpara a través de mis dedos.
»—Deprisa me dijo. No hagas el menor ruido.
»—Pero, ¿adonde vamos? pregunté. Pude ver un pasillo de ladrillos que llegaba hasta la puerta que él había roto. A lo largo del pasillo, había puertas herméticamente cerradas, tal como había estado ésta. De inmediato tuve una visión de ataúdes detrás de esos ladrillos, de vampiros muriéndose de hambre y pudriéndose allí. Pero Armand me levantó y me volvió a decir que no hiciera ruido; nos arrastramos por el pasillo. Se detuvo ante una puerta de madera y entonces apagó la lámpara. Por un instante todo quedó a oscuras hasta que, por debajo de la puerta, apareció una luz. Abrió la puerta con tanto cuidado que los goznes no hicieron el menor chirrido. Ahora yo podía oír mi propia respiración y traté de acallarla. Entramos por el pasillo inferior que llevaba a su celda. Pero corrí detrás de él y me di cuenta de una horrible verdad. Él me estaba rescatando a mí, pero a mí únicamente. Estiré una mano para detenerlo, pero él me empujó para que lo siguiera. Sólo cuando estuvimos en el callejón al lado del Théàtre des Vampires, pude detenerlo. Y aun entonces, estaba a punto de continuar andando. Empezó a sacudir la cabeza antes de que le hablara.
»—¡No puedo salvarla! exclamó.
»—Realmente, ¡no esperarás que me vaya sin ella! ¡Ellos la tienen allíYo estaba horrorizado¡Armand, debes salvarla! ¡No tienes otra posibilidad!
»—¿Por qué me dices eso? me contestó—. Simplemente, no tengo el poder; lo debes comprender. Se levantarán contra mí. No hay ninguna razón para que no lo hagan. Louis, te lo repito, no puedo salvarla. Sólo arriesgaré perderte. Tú no puedes volver.
»Me negué a admitir que eso pudiera ser verdad. Mi única esperanza era Armand. Pero, en verdad, puedo decir que yo había superado el miedo. Lo único que sabía era que tenía que rescatar a Claudia o morir en el intento. Fue algo realmente simple y no un asunto de valentía. Asimismo, yo sabía, y lo podía ver en la pasividad de Armand, en la manera de hablar, que él me seguiría si yo volvía, que no trataría de evitar que fuera.
»Yo tenía razón. Corrí de vuelta al pasillo y estuvo detrás de mí en un santiamén; nos dirigimos a la escalera que daba al salón. Pude oír a los demás vampiros. Pude oír toda clase de sonidos, hasta el tránsito de París, que resonaba como una congregación en la bóveda superior. Y entonces, cuando llegué al rellano de la escalera, vi a Celeste en la puerta del salón. Tenía una de las máscaras de escena en la mano. Simplemente, me contemplaba. No parecía alarmada. En realidad, parecía extrañamente indiferente.
»Si me hubiera atacado, si hubiera hecho sonar la alarma, yo podría haber comprendido. Pero no hizo nada. Dio un paso atrás y entró en el salón, al parecer disfrutando de los sutiles movimientos de su falda; pareció girar por el simple placer de mover la falda y, haciendo un gran círculo, llegó al centro del salón. Se llevó la máscara a la cara y dijo en voz baja detrás de la calavera pintada:
»—Lestat..., es tu amigo Louis que te llama. Mira bien, Lestat.
»Dejó caer la máscara y se oyeron unas carcajadas. Vi entonces que todos estaban en el salón, en las sombras, sentados aquí y allí, juntos. Lestat, en un sillón, estaba sentado con los hombros encogidos y su rostro miraba en dirección opuesta a la mía. Parecía que tenía algo en las manos, algo que no pude ver; lentamente, levantó la vista y sus rizos rubios le cayeron en la cara. Sus ojos demostraban miedo. Era innegable. Miró a Armand. Este se movió por el salón con pasos lentos y seguros y todos los vampiros se alejaron de él, vigilantes.
»—Bonsoir, monsieur le dijo Celeste, con la máscara delante, como un espectro. El no le prestó atención. Miró a Lestat.
»—¿Estás satisfecho? le preguntó.
»Los ojos grises de Lestat miraron a Armand con sorpresa y sus labios trataron de formar una palabra. Pude ver que se le llenaban los ojos de lágrimas.
»—Sí... murmuró, mientras su mano luchaba con el objeto que trataba de esconder debajo de su abrigo negro; pero entonces me miró y las lágrimas le rodaron por el rostro. Louis dijo con la voz profunda y rica, en lo que pareció ser una batalla insoportable, por favor, debes escucharme. Tienes que volver... y entonces, agachando la cabeza, hizo una mueca de vergüenza.
»Santiago se reía en alguna parte. Armand le dijo en voz baja a Lestat que se debía ir, dejar París; que era un paria.
»Y Lestat quedó sentado con los ojos cerrados, la cara transfigurada de dolor. Parecía el doble de Lestat, alguien herido, una criatura debilitada que yo jamás había conocido.
»—Por favor dijo, y su voz era elocuente y amable cuando me imploraba¡No puedo hablar contigo aquí! No te puedo hacer comprender. Vendrás conmigo... por un tiempo nada más... ¿hasta que yo me recupere?
»—Esto es una locura... dije, y de repente me subí las manos a las sienes¿Dónde está ella? Miré sus rostros quietos, pasivos; esas sonrisas inescrutables. Lestat... le hice dar media vuelta, tomándolo de la lana negra de sus solapas.
»Y entonces vi el objeto en sus manos. Supe de qué se trataba. En un instante se lo arranqué de las manos y me quedé mirándolo. Era una cosa frágil de seda, era... el vestido amarillo de Claudia. Se llevó una mano a los labios y desvió la cabeza. Se le escaparon unos sollozos reprimidos, suaves, cuando tomó asiento mientras lo miraba, mientras miraba el vestido. Moví lentamente los dedos por encima de las lágrimas, vi las manchas de sangre y mis manos se cerraron temblorosas cuando lo aplasté contra mi pecho.
»Durante largo rato simplemente me quedé inmóvil; el tiempo no contaba para mí ni para esos vampiros movedizos, con una risa suave y etérea que me llenaba los oídos. Recuerdo haber pensado que quería taparme los oídos con las manos, pero no dejé escapar el vestido, no pude dejar de tratar de hacerlo tan pequeño hasta que quedó escondido en mis manos. Recuerdo que ardía una hilera de candelabros, una hilera despareja contra la pared pintada. Una puerta estaba abierta a la lluvia y todas las velas trepidaban y se movían en el viento, como si las llamas fueran levantadas de su cabo. Pero se aferraban a la cera y seguían ardiendo. Supe que Claudia estaba tras aquella puerta. Las velas se movieron. Los vampiros las habían cogido. Santiago tenía una vela; me hizo una reverencia y me invitó a traspasar el umbral. Apenas era consciente de su presencia. No me importaba nada ni él ni ninguno de los demás. Algo en mi interior me dijo: "Si te preocupan, te volverás loco; y, en realidad, carecen de importancia. Ella sí importa. ¿Dónde está? Encuéntrala". La risa de los vampiros era distante y parecía tener color y forma pero no formar parte de nada.
»Entonces vi algo a través del portal abierto, algo que había visto antes, hacía mucho, muchísimo tiempo. Nadie sabía que lo había visto antes. No, Lestat lo sabía, pero no importaba. Ahora no lo reconocería ni lo entendería. Que yo y él hubiéramos visto esa cosa, los dos de pie en la puerta de esa cocina de ladrillos en la rué Royale, dos cosas encogidas que habían tenido vida, madre e hija abrazadas, la pareja asesinada en el suelo de la cocina. Pero estas dos que yacían bajo la suave lluvia eran Madeleine y Claudia, el hermoso pelo rojo de Madeleine se mezclaba con el rubio de Claudia, que se estremecía y brillaba en el viento que pasaba por la puerta abierta. Lo único viviente que no había sido quemado era el pelo, no el largo y vacío vestido de terciopelo, no la pequeña camisa manchada de sangre con sus lazos blancos. Y la cosa ennegrecida, quemada, que era Madeleine aún tenía la estampa de su rostro vivo y la mano que se aferraba a la niña era totalmente como la mano de una muñeca. Pero la niña, la antigua, niña, mi Claudia, era cenizas.
»Di un grito, un grito salvaje y amenazador que salió de las entrañas de mi ser, elevándose como el viento en ese espacio angosto, el viento que sacudía la lluvia que caía sobre esas cenizas, golpeando las huellas de una pequeña mano contra los ladrillos, el pelo rubio que se elevaba, esos sueltos mechones que flotaban, volando hacia arriba. Recibí un golpe cuando aún gritaba, y me aferré a algo que creí que era Santiago. Lo golpeaba, lo destruía, retorcía esa sonriente cara blanca con unas manos de las que él no se podía liberar, manos contra las que luchó, gritando y mezclando sus gritos con los míos. Sus pies pisaron esas cenizas cuando le di un gran empujón; mis ojos seguían enceguecidos por la lluvia, por mis lágrimas, hasta que él se alejó de mí y fue entonces cuando él estiró su brazo para atajarme y pude verlo: era Armand contra quien yo luchaba. Armand, que me empujaba y me alejaba de esa pequeña fosa y me metía en el remolino de colores del salón, de los gritos, de las voces entremezcladas, de esa risa plateada, penetrante.
»Y Lestat me llamaba:
»—¡Louis, espérame; Louis, debo hablarte!
»Pude ver los ojos profundos y marrones cerca de mí. Me sentí débil y vagamente consciente de que Claudia y Madeleine estaban muertas, y su voz decía suavemente, quizá sin sonidos:
»—No pude evitarlo, no pude evitarlo...
»Ellas estaban muertas, simplemente muertas. Y yo perdía el conocimiento. Santiago aún estaba cerca de ellas, viendo aquel cabello en el viento, barrido encima de los ladrillos; aquellos rizos sueltos. Pero yo perdía ya el conocimiento...
»No pude llevarme sus cuerpos conmigo, no los pude sacar. Armand me pasó un brazo por la espalda y el otro bajo mi brazo, y me llevaba por algún lugar vacío y con ecos. Se levantaban los olores de la calle y allí había unos carruajes brillantes detenidos. Me pude ver corriendo claramente por el boulevard des Capucines con un pequeño ataúd bajo el brazo, la gente abriéndome paso, docenas de personas poniéndose de pie, las mesas llenas del café al aire libre y un hombre levantando su brazo. Parece que allí tropecé, yo, el Louis a quien Armand conducía a algún sitio, y una vez más vi sus ojos pardos fijos en mí y sentí ese mareo, ese hundimiento. No obstante, caminé, me moví, vi el brillo de mis propios zapatos en el pavimento.
»—¿Está tan loco como para pedirme a mí esas cosas? preguntaba yo de Lestat, con mi voz chillona y enfadada, e incluso aquel sonido me daba algún alivio. Yo me reía, me reía a carcajadas¡Está absolutamente loco para hablarme a mí de esa manera! ¿Lo oíste? pregunté. Y los ojos de Armand me dijeron: "Cálmate". Quise decir algo de Madeleine y Claudia y volví a sentir que me empezaba ese grito en el interior, ese grito que derribaba todo a su paso. Apreté los dientes para dejarlo adentro, porque hubiera sido tan sonoro y tan pleno que me destruiría si le permitía escapar.
»Entonces concebí todo con demasiada claridad. Ahora caminábamos, esa caminata beligerante y ciega que hacen los hombres cuando están borrachos perdidos y llenos de odio por los demás, cuando al mismo tiempo se sienten invencibles. Yo caminaba de esa forma por Nueva Orleans la noche en que conocí por primera vez a Lestat, esa ebria caminata que es un desafío a todas las cosas, que está milagrosamente segura de sus pasos y encuentra un camino siempre. Vi las manos de un borracho que encendían milagrosamente una cerilla. La llama tocó la pipa, chupó el humo. Yo estaba ante el escaparate de un café. El hombre chupaba la pipa. No estaba borracho. Armand estaba a mi lado esperando. Estábamos en el boulevard des Capucines, lleno de gente. ¿O se trataba del boulevard du Temple? No estaba seguro. Me indignó que sus cuerpos permanecieran aún allí, en ese lugar tan vil. ¡Vi el pie de Santiago tocando esa cosa quemada y negra que había sido mi niña! Yo lloraba con los dientes apretados. El hombre se levantó de la mesa y el vapor se expandió por el vidrio delante de su cara.
»—Aléjate de mí le decía yo a Armand. Maldito seas, no te me acerques. Te lo advierto, no te me acerques...
»Me alejaba por la avenida y pude ver que un hombre y una mujer se ponían a un costado dándome paso, el hombre con un brazo levantado para proteger a la mujer.
»Entonces, empecé a correr. La gente me veía correr. Me pregunté cómo me veían, una cosa salvaje y pálida que se movía demasiado rápido para sus ojos. Recuerdo que cuando me detuve, estaba débil y enfermo y me ardían las venas como si me estuviera muriendo de hambre. Pensé en matar, y la idea aquélla me sirvió de revulsión. Estaba sentado en los escalones de una iglesia, ante una de esas pequeñas puertas laterales, talladas en la piedra, y cerradas cada noche. La lluvia había amainado. O lo parecía. Y la calle estaba fúnebre y tranquila, aunque a lo lejos pasó un hombre con un paraguas negro y brillante. Armand estaba a cierta distancia, bajo los árboles. Detrás parecía haber una gran extensión de árboles y de hierbas mojadas, y de bruma que se levantaba como si el suelo estuviera caliente.
»Pensando en el malestar de mi estómago, de mi cabeza y de la garganta, pude volver, poco a poco, a un estado de calma. Para cuando estas cosas desaparecieron y me volvía a sentir bien, tuve conciencia de todo lo que había sucedido, de la gran distancia a que estábamos del teatro, y de que los restos de Madeleine y de Claudia todavía estaban allí... Víctimas de un holocausto, abrazadas. Y me sentí decidido y muy próximo a mi propia destrucción.
»—No lo pude evitar me dijo en voz baja, al oído, Armand. Levanté la mirada para ver su cara sombríamente triste. Desvió la mirada como si pensara que era inútil tratar de convencerme de eso. Pude sentir su tristeza abrumadora, su casi derrota. Tuve la sensación de que si satisfacía toda mi furia contra él, él haría poco por defenderse. Y pude sentir ese distanciamiento, esa pasividad suya como algo penetrante que estaba en la raíz de su insistencia:
»—Yo no podría haberlo evitado.
»—¡Oh, tú podrías haberlo evitado! dije en voz baja. Sabes perfectamente bien que lo podrías haber hecho. ¡Tú eras el jefe! Tú eras el único que conocía las limitaciones de su propio poder. Ellos las desconocían. No comprendían. Tu comprensión superaba la de ellos.
»Siguió evitando mi mirada. Pero pude ver el efecto que le causaron mis palabras. Pude ver el agotamiento en su rostro, la tristeza opaca y pesada de sus ojos.
»—Tú tenías autoridad sobre ellos. ¡Te temían! continué diciendo. Los podrías haber detenido de haber estado dispuesto a utilizar ese poder, incluso más allá de los límites que conocías. No quisiste violar tu propio sentido de ti mismo. ¡Tu propia y preciosa concepción de la verdad! Te entiendo perfectamente. ¡Veo en ti el reflejo de mí mismo!
»Sus ojos se movieron lentamente hasta encontrarse con los míos. Pero no dijo nada. El dolor en su rostro era terrible. Estaba desesperado por el dolor, y al borde de una terrible emoción que quizá no pudiera dominar. El temía esa emoción. Yo no. El sentía mi dolor con su poder sobrenatural que superaba al mío. Yo no sentía su dolor. No me importaba en absoluto.
»—Te comprendo demasiado bien... dije. Esa pasividad mía ha sido el meollo de todo, el verdadero mal. Esa debilidad, esa negación a comprometer una moralidad estúpida y fragmentada, ¡ese orgullo espantoso! Debido a eso, permití que me convirtieran en lo que soy, cuando sabía que estaba mal. Por eso, permití que Claudia se convirtiera en la vampira en que se convirtió. Por eso, permanecí a un costado y dejé que matara a Lestat cuando sabía que estaba mal, y eso mismo fue su condena. Y Madeleine, Madeleine... Dejé que llegara a esto cuando jamás tendría que haber permitido que se convirtiera en una criatura como nosotros. ¡Sabía que estaba equivocado! Pues bien, te digo que ya no soy más esa criatura pasiva, débil, que ha tejido mal tras mal hasta que la telaraña se volvió tan vasta y densa, mientras que yo sigo siendo su ridícula víctima. ¡Se ha terminado! Ahora sé lo que debo hacer. Y te lo advierto por la misericordia que me demostraste sacándome de esa fosa en la que estaba enterrado y donde hubiera muerto: no vuelvas a tu celda en el Théàtre des Vampires. No te acerques allí.

»No esperé a oír su respuesta relató el vampiro. Tal vez nunca intentó dármela. No lo sé. Lo dejé sin volver la vista atrás. Si me siguió, no me percaté de ello, ni traté de saberlo. No me importó.
»Me retiré al cementerio de Montmartre. Por qué elegí ese lugar, no lo sé, salvo que no estaba lejos del boulevard des Capucines; y Montmartre era casi rural entonces, oscuro y tranquilo comparado con el resto de la urbe. Vagabundeando por las casas bajas con sus huertos, maté sin la más mínima satisfacción, y luego busqué el ataúd donde pasaría ese día en el cementerio. Saqué los restos con mis propias manos y me eché en un lecho que hedía, que tenía el hedor de la muerte. No puedo decir que eso me diera comodidad, pero me brindó quizá lo que buscaba. Encerrado en esa oscuridad, oliendo la tierra, lejos de todos los humanos y de todas las formas humanas y vivientes, me entregué a todo lo que entorpecía e invadía mis sentidos; es decir, me entregué a mi dolor.
»Pero eso fue breve.
»Cuando el sol frío y gris del invierno desapareció para dar paso a la noche, ya estaba despierto, sintiendo que el sopor desaparecía, tal como sucede en invierno, y noté que las cosas vivientes y oscuras que habitaban el ataúd se movían a mi alrededor, escapando ante mi resurrección. Salí lentamente bajo la débil luna, saboreando el frío, el pulido total de la lápida de piedra que moví para salir. Caminando por las tumbas y fuera del cementerio, repasé un plan que tenía en la cabeza, un plan en el cual estaba dispuesto a jugarme la vida con toda la poderosa libertad de un ser al que realmente no le importa esa vida, de un ser que tiene la fortaleza extraordinaria de estar dispuesto a morir.
»En un huerto vi algo que sólo había sido algo vago en mis pensamientos hasta que lo tuve en mis manos. Era una pequeña guadaña, con su curva hoja aún sucia de hierbas verdes del último trabajo, y, una vez que la hube limpiado y que pasé el dedo por la hoja cortante, fue como si se aclarara mi plan y pudiera dar rápidamente los demás pasos: conseguir un carruaje y un conductor que cumpliera mis órdenes durante el dídeslumbrado por el dinero que le daría y las promesas de más ganancias; sacar del Hotel Saint-Gabriel mi ataúd y trasladarlo al interior del carruaje; procurarme todas las demás cosas que podía necesitar. Y luego estaban las largas horas de la noche, cuando debía simular beber con mi conductor y hablar con él y obtener toda su costosa cooperación para que me llevara al alba desde París a Fontainebleau. Dormir dentro del vehículo, ya que mi salud delicada me obligaba a que no me molestasen bajo ninguna circunstancia. Esta intimidad era tan importante que estaba más que dispuesto a agregar una suma generosa a la cantidad ya pagada, simplemente si ni siquiera tocaba el picaporte de la puerta hasta que yo saliera del carruaje.
»Y cuando estuviera convencido de que estaba de acuerdo y lo suficientemente borracho como para ignorar casi todo menos las riendas para el viaje a Fontainebleau, entraríamos lenta, cautelosamente, en la calle del Théàtre des Vampires, y esperaríamos a una distancia prudencial hasta que el cielo empezara a aclarar.
»Cuando mi plan estuvo en marcha, y me acerqué al teatro, éste seguía cerrado y protegido contra el día inmediato. Me acerqué cuando el aire y la luz me dijeron que tenía unos quince minutos para ejecutar mi plan. Yo sabía que, encerrados, los vampiros del teatro ya estaban en sus ataúdes. Y que incluso si uno de los vampiros estaba a punto de irse a dormir, no oiría las primeras maniobras mías. Rápidamente coloqué los leños al lado de la puerta cerrada. Hundí los clavos, que entonces cerraron esas puertas desde afuera. Un transeúnte se percató de lo que yo estaba haciendo, pero siguió su camino, creyendo que quizás estaba cerrando el establecimiento con el permiso del propietario. No lo sé. Sin embargo, sabía que antes de que terminara quizá me encontrara con los taquilleros, con los acomodadores y con los que barrían, y que quizá permanecieran en el interior, vigilando el sueño de los vampiros.
»Pensaba en esos hombres cuando llevé el carruaje hasta la misma callejuela de Armand y lo dejé estacionado allí; me llevé dos pequeños barriles de queroseno hasta la puerta de Armand.
»La llave abrió con facilidad, tal como esperaba, y una vez en el interior del pasillo inferior, abrí la puerta de su celda para cerciorarme de que él no estaba allí. El ataúd había desaparecido. De hecho, todo había desaparecido menos los muebles, incluyendo la cama del muchacho difunto. Rápidamente abrí un barril y, empujando el otro por las escaleras, me di prisa en mojar las vigas con queroseno y en empapar las puertas de madera de las demás celdas. El olor era fuerte, más fuerte y más poderoso que cualquier ruido que pudiera haber hecho para alertar a alguien. Y aunque me quedé absolutamente inmóvil al pie de las escaleras con el barril y la guadaña, escuchando, no oí nada, nada de esos guardias que yo suponía que estaban allí, nada de los vampiros. Aferrado al mango de la guadaña, me aventuré lentamente hasta que estuve ante la puerta que daba al salón. Nadie estaba allí para verme verter el queroseno en los sillones o en los cortinados; nadie me vio vacilar un instante ante la puerta del pequeño patio donde habían sido asesinadas Claudia y Madeleine. ¡Oh, cuánto quise abrir esa puerta! Me tentó tanto que casi me olvido del plan. Casi dejo caer los barriles y abro la puerta. Pero pude ver la luz a través de las grietas de la madera vieja de esa puerta. Y supe que debía seguir adelante. Madeleine y Claudia ya no estaban allí. Estaban muertas. ¿Y qué hubiera hecho de haber abierto esa puerta, de haberme enfrentado con esos restos, con ese pelo despeinado, sucio? No había tiempo, no tenía sentido. Corrí por los pasillos que antes no había explorado, bañé con queroseno antiguas puertas, seguro de que los vampiros estaban allí encerrados; entré en el mismo teatro, donde una luz fría y gris que venía de la puerta principal me hizo apresurar, y produje una gran mancha oscura en los cortinados de terciopelo del telón, en las sillas, en las cortinas de la entrada.
»Y, por último, terminado el barril y dejado a un lado, saqué la antorcha casera que había hecho, le acerqué una cerilla a los trapos mojados con queroseno y prendí fuego a las sillas. Las llamas lamieron su gruesa seda. Moví la antorcha en mi carrera hacia el escenario y encendí ese oscuro telón con un solo golpe rápido.
»En pocos segundos, todo el teatro ardió como con la luz del día, toda su estructura pareció chirriar y gruñir cuando el fuego subió por las paredes, chupando el gran arco del proscenio, los adornos de yeso de los palcos. Pero no tuve tiempo para admirar el espectáculo, para saborear el olor y el sonido, la visión de los escondrijos y rincones que salían a la luz en la furiosa iluminación que muy pronto los consumiría. Volví corriendo al piso inferior, prendiendo fuego con mi antorcha al sofá del salón, las cortinas, todo lo que ardiera.
»Alguien gritó en los pisos superiores, en habitaciones que yo nunca había visto. Oí el inequívoco sonido de una puerta que se abría. Pero era demasiado tarde, me dije aferrando la antorcha y la guadaña. El edificio era pasto de las llamas. Serían destruidos. Corrí hacia las escaleras y un grito distante resonó por encima de los rugidos de las llamas; mi antorcha acarició las vigas empapadas de queroseno y las llamas envolvieron las antiguas maderas, rizándose ante el techo mojado. Era el grito de Santiago, estaba seguro; y entonces, cuando llegué al piso inferior, lo vi allá arriba, detrás de mí, bajando las escaleras; el humo llenaba el hueco de la escalera a su alrededor, y él tenía los ojos llorosos y la garganta sofocada; sus manos estaban extendidas en mi dirección mientras murmuraba:
»—¡Tú, maldito seas...!
»Y yo me quedé sobrecogido; entrecerré los ojos para defenderme del humo, sentí que me lagrimeaban, irritados, pero sin dejar de enfocar ni por un instante su imagen, pues el vampiro usaba ahora todo su poder para atacarme con tal rapidez que se haría invisible. Cuando esa cosa oscura que era su ropa se acercó, blandí la guadaña y vi que le daba en el cuello. Sentí el impacto en su cuello, y lo vi caer a un costado, buscando con sus manos la espantosa herida. El aire estaba lleno de gritos, de alaridos; un rostro blanco brilló encima de Santiago, una máscara de terror. Algún otro vampiro corrió por el pasillo delante de mí hacia la puerta secreta del pasillo. Pero yo me quedé allí mirando a Santiago, viéndolo levantarse pese a la herida. Volví a esgrimir la guadaña, golpeándolo con facilidad. Y no hubo herida. Nada más que dos manos buscando una cabeza que ya no estaba allí.
»Y la cabeza, con la sangre que manaba del resto del cuello, y los ojos que miraban despavoridos bajo las vigas ardiendo, y el pelo oscuro y sedoso empapado de sangre, cayó a mis pies. Le di un fuerte puntapié con la bota y la envié volando por el pasillo. Corrí tras ella con la antorcha y la guadaña mientras levantaba los brazos para protegerme de la luz del día que inundaba las escaleras hasta la callejuela.
»La lluvia caía en agujas brillantes sobre mis ojos, que se esforzaron por ver el contorno oscuro del carruaje que relumbró contra el cielo. El conductor dormido se sacudió con mis órdenes, su torpe mano fue instintivamente al látigo y el carruaje salió disparado cuando abrí la portezuela; los caballos avanzaron rápidos mientras yo abría la tapa del ataúd; mi cuerpo cayó a un lado, mis manos quemadas bajaron por la protectora seda fría, la tapa cayó y reinó la oscuridad.
»El paso de los caballos aceleró su ritmo cuando nos alejamos de la esquina donde ardía el edificio. No obstante, aún podía oler el humo, me sofocaba, me irritaba los ojos y los pulmones, y tenía la frente quemada por la primera luz difusa del sol.
»Pero nos alejábamos del humo y de los gritos. Nos íbamos de París. Lo había logrado. El Théàtre des Vampires era devorado por el fuego.
»Cuando sentí que se me caía la cabeza de sueño, imaginé una vez más a Claudia y Madeleine abrazadas en ese patio sórdido, y les dije en voz baja, agachándome hasta las imaginarias cabezas de pelo rizado que brillaban a la luz de la lámpara:
«—No pude traeros. No pude traeros. Pero ellos yacerán arruinados y muertos en vuestro derredor. Si el fuego no los consume, será el sol. Si no se queman, entonces la gente que vaya a combatir el fuego los verá y los expondrá a la luz del sol. Os lo prometo: todos morirán como vosotras habéis muerto; todo aquel que esté allí esta madrugada, morirá. Y ésas son las únicas muertes en mi larga vida que considero exquisitas y buenas.

»Volví dos noches despuérelató el vampiro. Tenía que ver el sótano inundado donde cada ladrillo estaba calcinado, destrozado; donde unas pocas vigas esqueléticas apuntaban al cielo como estacas. Esos murales monstruosos que una vez habían rodeado el salón eran ahora fragmentos deshechos: una cara pintada aquí, un trozo de ala de ángel allá; eso era lo único identificable que quedaba.
»Con los periódicos vespertinos, me abrí paso hasta el fondo de un pequeño café al otro lado de la calle. Allí, bajo la luz mortecina de las lámparas y el espeso humo de cigarros, leí las notas sobre el siniestro. Se encontraron pocos cuerpos en el teatro incendiado, pero en todas partes había ropas y disfraces desparramados, como si los famosos actores de vampiros hubieran escapado del teatro hacía mucho tiempo. En otras palabras, únicamente los vampiros más jóvenes habían dejado sus huesos; los antiguos habían sufrido una consumición total. Ninguna mención de testigos o de algún sobreviviente. ¿Cómo podría haberlos habido?
»Sin embargo, algo me preocupó considerablemente. Yo no temía a ningún vampiro que se pudiera haber escapado. No tenía ganas de cazarlos en caso de haberlo conseguido. Estaba seguro de que había muerto la mayoría de los integrantes del grupo. Pero, ¿por qué no había habido guardias humanos? Yo estaba seguro de que Santiago había mencionado guardias y supuse que eran acomodadores y porteros que preparaban el teatro antes de las actuaciones. Y me había dispuesto a enfrentarlos con la guadaña. Pero no habían estado allí. Era extraño. Y lo extraño no me tranquilizaba mucho.
»Pero, por último, cuando dejé los diarios a un costado y volví a pensar en esas cosas, no me importó más ese elemento extraño. Lo importante era que yo estaba absolutamente solo, más solo de lo que jamás había estado en mi vida. Que Claudia había desaparecido para siempre. Y yo tenía menos razones para vivir que nunca. Y menos ganas.
»No obstante, mi pesadumbre no me abrumó, no me invadió, no me convirtió en esa criatura miserable y quebrada en que temía transformarme. Quizá no fuera posible aguantar el dolor que había sentido cuando vi los restos de Claudia. Quizá no fuera posible saber eso y sobrevivir por mucho tiempo. A medida que las horas pasaban, a medida que el humo en el café se hacía más espeso y que caía y subía el telón del pequeño escenario iluminado por una lámpara, en el que cantaban mujeres robustas, con la luz brillando sobre sus joyas baratas, y resonaban sus voces ricas y profundas, a menudo plañideras, exquisitamente tristes, me pregunté vagamente cómo sería sentir esta pérdida, esta indignación, y verse justificado en ellas, ser merecedor de simpatía, de aliento. Yo no hubiera contado mi dolor a ninguna criatura. Mis propias lágrimas no significaban nada para mí.
»¿Adonde ir entonces si no me moría? Fue extraño cómo me llegó la respuesta. Extraño cómo salí entonces del café y di una vuelta alrededor del teatro incendiado y, al final, me dirigí a la ancha Avenue Napoleón y por ella hasta el palacio del Louvre. Fue como si ese palacio me llamara y, sin embargo, jamás había estado dentro de sus muros. Había pasado mil veces delante de su extensa fachada, deseando poder visitarlo como un ser mortal por sólo un día y pasear entonces por esos salones y ver sus magníficos cuadros. Ahora lo haría en posesióúnicamente de una vaga noción de que en las obras de arte podía encontrar alivio; de que yo no podía brindar nada fatal a lo que era inanimado y, sin embargo, magníficamente poseído del espíritu de la vida misma.
»En algún sitio de la Avenue Napoleón, oí detrás de mí el paso inconfundible de Armand. Me hacía llegar señales, me hacía saber que estaba cerca. Pero no hice otra cosa que aminorar el paso y dejar que se me pusiera a la par. Durante largo rato, caminamos sin pronunciar palabra. No me animaba a mirarlo. Por supuesto, no había dejado de pensar en él ni por un instante; como si fuéramos humanos y Claudia hubiese sido mi amor, al final podría haber caído en los brazos de él debido a la necesidad de compartir un dolor común tan fuerte, tan absorbente. Ahora el dique amenazaba quebrarse, pero no se rompió. Yo estaba entumecido y caminaba como tal.
»—Ya sabes lo que he hecho dije por último; habíamos salido de la avenida y ahora podía ver allá delante la larga fila de columnas dobles contra la fachada del Museo Real. Sacaste tu ataúd, como te advertí...
»—Sí me contestó. Sentí un alivio súbito e inequívoco al escuchar su voz. Me debilitó. Pero, simplemente, yo estaba demasiado lejos del dolor, demasiado cansado.
»—Y, sin embargo, estás aquí a mi lado. ¿Quieres vengarlos?
»—No dijo él.
»—Eran tus compañeros, tú eras su jefe dije¿No les avisaste que yo estaba tras ellos, del mismo modo que yo te avisé?
»—No dijo.
»—Pero seguro que me detestas por ello. Sin duda respetas alguna norma, alguna lealtad de alguna especie.
»—No dijo en voz baja.
»Me sorprendió la lógica de sus respuestas, aunque no las podía explicar ni comprender.
»Algo se me aclaró en las remotas regiones de mis propias consideraciones incesantes.
»—Había guardias; estaban los acomodadores que dormían en el teatro. ¿Por qué no estaban allí cuando entré¿Por qué no estaban allí para proteger a los vampiros?
»—Porque eran empleados míos y los despedí. Los eché —dijo Armand.
»Me detuve. Estaba imperturbable cuando lo miré de frente, y tan pronto como se encontraron nuestros ojos deseé que el mundo no fuera una negra ruina vacía con cenizas y muertes. Deseé que fuera fresco y hermoso y que ambos viviéramos y nos pudiéramos dar amor.
»—¿Tú hiciste eso sabiendo lo que yo pensaba hacer?
»—Así es dijo.
»—¡Pero tú eras su jefe! Confiaban en ti. Creían en ti. ¡Vivían contigo! dije. No comprendo cómo tú... ¿Por qué?
»—Piensa la respuesta que más te guste dijo con calma y sensatez, como si no quisiera herirme con ninguna acusación o desdén sino mostrarme lo literal de sus palabras. Puedo pensar en muchas. Piensa en la que necesites y créela. Es igual a cualquiera. Te daré la razón verdadera de lo que hice, que es la menos auténtica: estaba por irme de París. El teatro me pertenecía. Por tanto, los despedí...
»—Pero, con lo que sabías...
»—Te lo dije; fue la razón real y la menos verdadera me dijo con paciencia.
»—¿Me destruirías con la misma facilidad con que permitiste su destrucción? le pregunté.
»—¿Por qué habría de hacerlo?
»—¡Dios Santo! susurré.
»—Has cambiado mucho dijo. Pero de cierta manera, eres el mismo.
»Seguí caminando y me detuve ante la entrada del Louvre. Al principio me pareció que sus muchas ventanas eran oscuras y plateadas con la luz de la luna y la llovizna. Pero entonces me pareció ver una luz débil que se movía en el interior, como si un guardia caminara entre esos tesoros. Y tercamente fijé mis pensamientos en él, en ese guardián, calculando cómo un vampiro podía atacarlo, arrebatarle la vida y la linterna, y las llaves. El plan era una confusión. Era incapaz de planes. Sólo había hecho un único plan en mi vida y lo había terminado.
»Y entonces, por último, me rendí. Volví a Armand y dejé que sus ojos penetraran en los míos y lo dejé acercarse como si quisiera hacerme su víctima. Bajé la cabeza y sentí su brazo firme sobre mi hombro. Y, súbitamente, recordando las palabras de Claudia que casi habían sido sus últimas palabras la admisión de que ella sabía que yo podía amar a Armand porque había sido capaz incluso de amarla a ella, esas palabras me parecieron ricas e irónicas, más llenas de significado de lo que ella se pudo haber imaginado.
»—Sí le dije en voz bajaéste es el máximo mal: que hasta podamos llegar tan lejos como amarnos, tú y yo. ¿Y quién más nos podría mostrar una partícula de amor, una pizca de compasión o misericordia? ¿Quién más, conociéndonos como nosotros nos conocemos, podría hacer algo más que destruirnos? Y, sin embargo, nos podemos amar.
»Durante largo rato se quedó mirándome, acercándose inclinando su cabeza poco a poco a un lado, y abriendo los labios como a punto de hablar. Pero sólo sonrió y sacudió la cabeza suavemente para confesar que no comprendía.
»Yo ya no pensaba más en él. Tuve uno de esos raros momentos en que parecí no pensar en nada. Mi mente era informe. Vi que se había detenido la lluvia. Vi que el aire estaba claro y frío. Que la calle estaba iluminada. Y quise entrar en el Louvre. Formé palabras para decírselo a Armand, preguntarle si podía ayudarme a hacer todo lo necesario para pasar la noche en el Louvre.
»Consideró que era una petición muy simple. Únicamente dijo que se preguntaba por qué había esperado yo tanto tiempo.
»Nos fuimos de París poco tiempo despuésiguió relatando el vampiro. Le dije a Armand que quería regresar al Mediterráneo; no a Grecia, como había soñado tanto tiempo, sino a Egipto. Quería ver el desierto y, más importante todavía, quería ver las pirámides y las tumbas de los reyes. Quería tomar contacto con esos ladrones de tumbas que saben más de ellas que los académicos, y quería descender a las tumbas todavía vírgenes y ver cómo estaban enterrados esos reyes, y las pinturas en los muros. Armand estaba más que dispuesto. Y partimos de París a primera hora de un atardecer, sin el menor indicio de ceremonia.
»Yo había hecho una cosa que debo anotar. Había vuelto a mis habitaciones en el Hotel Saint-Gabriel. Tenía el propósito de llevarme algunas pertenencias de Claudia y de Madeleine y colocarlas en ataúdes y hacerlas enterrar en el cementerio de Montmartre. No lo hice. Me quedé un rato en las habitaciones, donde todo estaba en orden y arreglado por los empleados, de modo que parecía que Claudia y Madeleine podían regresar en cualquier momento. En una mesita estaba el bordado de Madeleine junto a sus ovillos. Miré eso y todo lo demás, y mi tarea me pareció absurda. En consecuencia, me retiré.
»Pero algo me había pasado allí; o, más bien, algo de lo que yo había sido vagamente consciente se aclaró entonces. Aquella noche yo había ido al Louvre para encontrar algún placer trascendente que me aliviara el dolor y me hiciera olvidar por completo incluso de mí mismo. Eso me había sostenido. Ahora, cuando estaba a las puertas del hotel esperando el carruaje que me llevaría a encontrarme con Armand, vi la gente que caminaba por allí la incesante muchedumbre de la avenida, las damas y caballeros elegantes, los vendedores de periódicos, los carruajes de equipaje, los conductores de vehículos, y todo lo vi bajo una nueva luz. Antes, todo el arte había tenido para mí la promesa de una comprensión más profunda del corazón humano. Ahora el corazón humano no significaba nada. No lo denigré. Simplemente, me olvidé de él. Las magníficas pinturas del Louvre para mí no estaban relacionadas íntimamente con las manos que las habían pintado. Estaban cortadas y sueltas como niños convertidos en piedra. Como Claudia, separada de su madre, preservada durante décadas enteras con perlas y oro tallado. Como las muñecas de Madeleine. Y, por supuesto, como Claudia y Madeleine y yo mismo, todos seríamos reducidos a cenizas.



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